COLECCION POPULAR
810
LA BATALLA POR TENOCHTITLAN
PEDRO SALMERéiN SANGINES
LA BATALLA
POR
TENOCHTITLAN
Con la colaboraciñ n de
EDNA LfiPEZ SAENZ
FONDO DE CULTURA ECONOMICA
Primera ediciñn, 2021
[Primera ediciñn en libro electrñnico, 2021]
D. R. O 2021, Fondo de Cultura Econñmica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de Mexico
t www.fondodeculturaeconomica.com
Comentarios: [email protected]
Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Laura Esponda
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Cultura Economica y estfin protegidos por las leyes mexicana e internacionales de1
copyright o derecho de autor.
ISBN 978—607—16—7188—2 (ePub)
ISBN 978—607—16—7113—4 (riistico)
Hecho en Mexico - Mnde in Mexico
INDICE
Entrada
I. ENCUENTROS
1. Champotñ n
2. Presagios
3. Los “conquistadores”
4. Centla
S. Malintzin
6. Quetzalcñ atl
7. Vera—Cruz
8. Cempoala
9. Tlaxcala. Batallas
10. Tlaxcala. Alianza
11. Huexotzingo, Cholula, visiñ n de Anahuac
12. Tenochtitlan: Cortes y Moctezuma
II. GUERRA
13. La matanza de Tñ xcatl
14. La muerte de Moctezuma
15. Heroes
16. La Noche de la Huida
17. Otumba
18. Tlaxcala: segunda vuelta
19. Tepeaca
20. Viruela
III. SITIO
21. Texcoco
22. Tenochtitlan se prepara
23. Vuelta al lago
24. Cuauhnahuac y Xochimilco
25. Bergantines
26. Se cierra el sitio
27. Tlatelolco
28. Hambre, peste, miseria
29.Martes 13
IV. RESULTADOS
30. ¿Nueva ciudad?
31. La guerra sin fin
32. Cuestiñ n de clase
33. ¿Un mundo nuevo?
34. Resistencia y persistencia
V. DISCUSIONES Y DEFINICIONES
35. La llamada “Conquista de Mexico”
36. ¿Modernos contra primitivos?
37. La guerra mesoamericana
Sobre las fiientes
Nota metodolâgica
Sobre este libro. Agradecimientos
Mopes
Pedro
£ste libro es para Leonardo Lomeli,
Luis Fernando Granndos, José Angel Solorio,
Marti Batres, frma £rendira Sandoval,
Federico Anaya, Esther Sanginés y, obvio,
para Gaby, Martay Pablo.
Edna
AJoel Lâpez y Alicin Sdenz,
qrondes maestros de vida.
A mrs hijos Luis y Moxi.
Y al equipo integrado por
Andrés Centeno, Al@andro Bemal
y Aideé Romirez, por to que nprendimos.
ENTRADA
La “conquista de Mexico” se nos presenta como una de las mas
grandes hazañ as militares de la historia, puesto que 400 o 1 000
valientes y su esforzado capitan sojuzgaron a un poderoso y
floreciente imperio. Se nos ofrece como un triunfo de la
modernidad sobre el atraso, pues fueron las armas modernas, la
ciencia, la forma de pensar y la cultura politica moderna las que
permitieron esa asombrosa victoria. Ante nuestros ojos aparece
como un momento clave en la historia de la civilizacion, por
cuanto entrañ a la primera mundializaciñ n del capitalismo y da
origen a la modernidad.
También se nos presenta como un brutal genocidio. Se nos
presenta como una empresa abocada a destruir una alta
cultura que resulta mucho mas humana y armñ nica que la
occidental, en una cadena de acciones perpetradas por mero
afan de lucro y dominio. En fin, se erige ante nuestra vista como
el traumatico origen de la naciñ n mexicana y de nuestro ser
mestizo, pletorico de insuficiencias, accidental.
¿Es cierto todo eso? En realidad, casi ninguna de esas
afirmaciones se sustenta en los sucesos politicos, militares,
sociales y epidemiologicos ocurridos en una parte de lo que hoy es
Mexico en los añ os que van de 1519 a 1521. De hecho, trataremos
de mostrar que hasta el término “conquista de Mexico” es
discutible.
kComo lo mostraré? ¿Cñ mo discutiré con quienes han escrito
antes esta historia? Puedes, lectora o lector amigo, empezar a leer
este libro por la parte v, “Discusiones y definiciones” (también
puedes proceder de ese modo si quieres aclarar algunas nociones
sobre “Españ a” y “Mesoamérica”, o precisar las ideas que se teman
acerca de la guerra, asi como de las armas y formas de luchar), o,
en cambio, entrar en la historia misma y acompañ arme a
Guanahani, Cuba y Champotñ n, antes de llegar al Anahuac, en esta
relaciñ n de la batalla por Tenochtitlan, que viene a ser una parte
pequeñ a pero muy intensa dentro del conjunto integrado por la
irrupcion españ ola y las guerras mesoamericanas.
I. ENCUENTROS
1. CHAMPOTON
La civilizaciñ n azteca no concluyñ a consecuencia
de su edad senil, sino asesinada tragicamente.
Sucumbiñ con heroismo espartano, cortada como
una bella y tardia flor de otoñ o, y para ello
bastaron [...] un par de malos cañ ones, algunas
carabelas y un centenar de arcabuces.
SALVADOR ToscANo
SEGuN las explicaciones tradicionales, uno de los elementos
fundamentales —quiza el decisivo— para la derrota de Mexico-
Tenochtitlan fue la confrontaciñ n entre modernidad y atraso, en
materia de pensamiento militar y de desarrollo tecnolñ gico. Dichas
versiones hacen patente que las armas de fuego y acero, los
caballos y una estrategia politico-militar dirigida a la derrota y la
dominaciñ n fueron claramente superiores a la tecnologia y la
mentalidad nahuas, y se impusieron sobre ellas.
Nos han contado que el Câdice Florentino es una de las
principales “fuentes indigenas” (a partir de aqui las llamaremos
“cuasiindigenas” o “de tradiciñ n indigena”, por razones que
puedes hallar en el capitulo 38). ¿Que dice esta obra sobre ello?
Cuenta que cuando los mensajeros que habia enviado a Veracruz
para entrevistarse con Cortes Ie entregaron sus informes, a
Moctezuma
[t]ambién mucho espanto le causñ el oir cñ mo estalla el cañ ñ n [...] y
câmo se desmaya uno; se le aturden a uno los oidos.
Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus
entrañ as; va lloviendo fuego, va destilando chispas [...]
Pues si va a dar contra un cerro, como que lo hiende, lo
resquebraja, y si da contra un arbol, lo destroza hecho astillas [...]
Sus aderezos de guerra son todos de hierro: hierro se visten,
hierro ponen como capacete a sus cabezas, hierro son sus espadas,
hierro sus arcos, hierro sus escudos, hierro sus lanzas.
Los soportan en sus lomos sus “venados”. Tan altos estan como
los techos.
Los relatos estan llenos de las escenas de terror y espanto que
causan las armas de fuego, los caballos, los perros y hasta el
aspecto de los castellanos. Y asi ha llegado a nosotros la historia.
Esas narraciones también ponen de relieve el grado en que ha
cundido la “supersticiñ n” entre los nativos, que ven “dioses” en los
hombres “rubios” cubiertos de hierro: “Solamente aparecen sus
caras”, continua el Câdice Florentino. Asimismo, insisten en el azoro
que causan los efectos de estas armas y la aparicion de los caballos
sobre los mayas y tlaxcaltecas en 1519 y sobre los mexicas en 1520.
No abundemos de momento en el hecho de que la guerra contra
los mexicas iniciñ muchos meses después de las batallas de
Tlaxcala, lo que elimina el supuesto efecto sorpresivo de los
instrumentos de guerra y de los equinos para el caso mexica.
Pensemos que hacia al menos una generaciñ n que en Mesoamérica
se conocia la existencia de los españ oles. Empecemos a contar la
historia.
Todos sabemos que, en 1492, el almirante Cristñ bal Colñ n llegñ
a la isla de Guanahani y, a partir de entonces, los europeos
empezaron a navegar el Caribe y a ocupar sus islas y costas. Y,
aunque ninguna de las altas culturas mesoamericanas tenia un
puerto ni una flota (vivian de espaldas al mar ardiente y
tempestuoso; a diferencia del Mediterraneo, el Caribe no conectaba
civilizaciones, por no hablar de la escasez, la virtual inexistencia
de puertos naturales en el Golfo de Mexico), si habia pueblos
pesqueros en contacto con los distintos puntos de dicho mar.
De este modo, aunque se desentendieran de éste, no pudieron
sustraerse a su radical y rapidisima transformacion, que asi
cuenta German Arciniegas:
Cuando llegaron las naves de Colñ n, e1 Caribe pasñ , de subito, a ser
cruce de todos los caminos. Por primera vez los pueblos de este
hemisferio se vieron las caras. Y se las vieron las de todo e1 mundo.
De Europa llegaron los que venian a hacer su historia, a soltar a1
viento una poesia nueva. El Caribe empezñ a ensancharse y a ser el
mar del Nuevo Mundo.
Y entre todas las historias de navegantes que surcan y
nombran las tierras para ellos nuevas, ninguna le parece a
Arciniegas mas espectacular y atractiva que la de Américo
Vespucci, quien de adolescente vivia en el mismo solar que
Simonetta Vespucci. Uno daria su nombre a las nuevas tierras; la
otra, su imagen a la representacion grafica de la nueva era: El
nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli. El Renacimiento.
Y Américo Vespucci viene a cuento porque en 1497 costeñ 370
leguas de Honduras a La Florida y recalñ en lo que hoy es el
puerto de Veracruz. Exploro la isla de Sacrificios y la
desembocadura del Panuco, entrando en contacto con sus
habitantes 20 añ os antes de la expediciñ n de Francisco Hernandez
de Cñ rdoba.
En 1511 un navio cargado de esclavos que hacia el recorrido
de Darién a La Españ ola naufragñ cerca de Yucatan. Ocho
supervivientes llegaron a la costa. Dos de ellos seguian vivos
cuando apareciñ por ahi Hernan Cortes: Gonzalo Guerrero y
Jerñ nimo de Aguilar, quien le habria narrado los hechos a
Cervantes de Salazar en estos términos:
[...] saltando de la barca los que quedaron vivos, toparon luego con
indios, uno de los cuales con una macana hendiñ la cabeza a uno de
los nuestros, cuyo nombre callñ ; y que yendo aturdido, apretandose
con las dos manos la cabeza, se metiñ en una espesura do topo con
una mujer, la cual, apretandole la cabeza, le dexo sano, con una señ al
tan honda que cabia la mano en ella. Quedñ como tonto; nunca quiso
estar en poblado, y de noche venia por la comida a las casas de los
indios, los cuales no le hacian ma1, porque teman entendido que sus
dioses le habian curado, paresciéndoles que herida tan espantosa no
podia curarse sino por mano de alguno de sus dioses. Holgabanse
con é1, porque era gracioso y sin perjuicio viviñ en esta vida tres
añ os hasta que murio.
Ya reencontraremos a ambos personajes. Por lo pronto, vale
establecer que los contactos, los avistamientos, existian al menos
desde 20 añ os antes de que algunos vecinos de Cuba decidieran
hacer una expediciñ n de rescate a las costas de lo que hoy es
Mexico. Antonio Garcia de Leñ n define magistralmente ese tipo de
expediciones:
La expediciñ n de rescate era en ese momento una empresa de la
memoria, una apropiacion verbal del litoral, era como ir soltando
piedras de colores en un fondo transparente y asi iluminar e1
camino de regreso, como si bautizando los nuevos rios, los ancones,
las lagunas, las montañ as se fuera dejando una huella definitiva, util
para arraigar a los españ oles a estas nuevas tierras “descubiertas”. Si
en e1 principio del mundo fue e1 Verbo, éste era ahora un referente
disperso en expresiones sueltas, en donde nunca antes la palabra habia
dado ta1 seguridad, en nombres de santos o de los capitanes y
soldados mas proximos, referencias a1 mundo conocido del norte de
Africa, jirones de la Españ a musulmana, animales y plantas de las
Antillas, piezas de un vocabulario que tendria que quedar para
siempre en las cartas de marear, en las coordenadas nauticas de un
mundo futuro.
Esta expediciñ n en particular fue financiada por “hombres
pobres”, salvo tres, que corrieron con los mayores gastos, entre
ellos quien serta su capitan, Francisco Hernandez de Cñ rdoba. Los
objetivos eran lo suficientemente imprecisos para que fueran todo
lo amplios que se pudiera. Donde también encontramos una
inmejorable acepciñ n del verbo “rescatar” es en la ftelocion de los
cosos de Yucntdn de fray Diego de Landa: “Que el añ o de 1517, por
cuaresma, saliñ de Santiago de Cuba Francisco Hernandez de
Cordoba con tres navios a rescatar esclavos para las minas, ya que
en Cuba se iba apocando la gente”.
Por sugerencia del piloto Antñ n de Alaminos, la expediciñ n
partio directamente hacia el oeste, en busca de aquellos indigenas
“mas civilizados” a los que Colñ n habia encontrado en su cuarto
viaje. Tras varios dras de navegacion, llegaron a Isla Mujeres o
Cozumel.
kCâmo se cuenta el primer encuentro entre la superioridad
moderna y el atraso? Marzo de 1517: en las cercanias de Cabo
Catoche, actual estado de Quintana Roo, desembarcñ a las ñ rdenes
de Francisco Hernandez de Cñ rdoba un centenar de españ oles con
15 ballestas y 10 escopetas.
Yendo de esta manera, cerca de unos montes breñ osos, comenzñ a
dar voces e1 cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones
de indios de guerra que tenia en celada para matarnos; y a las voces
que dio, los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos
comenzaron a flechar de arte que de la primera rociada de flechas
nos hirieron quince soldados [...] Luego, tras las flechas, se
vinieron a
juntar con nosotros pie con pie y con las lanzas a manteniente nos
hacian mucho ma1. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir, como
conocieron e1 buen cortar de nuestras espadas, y las ballestas y las
escopetas; por manera que quedaron muertos quince de ellos.
Terminado el “rebato”, los españ oles tornaron a los barcos y
siguieron costeando hacia occidente. Varios dras después, en
Champotñ n tuvieron varios enfrentamientos con los indios.
Viendo nuestro capitan que no bastaba nuestro buen pelear [...] y
nosotros todos heridos a dos y a tres flechazos, y tres soldados
atravesados los gaznates de lanzadas, y e1 capitan corriendo sangre
de muchas partes, ya nos habian muerto sobre cincuenta soldados, y
viendo que no teniamos fuerzas para sustentarnos ni pelear contra
ellos, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio sus
batallones y acogernos a los bateles que teniamos en la costa, que
estaban muy a mano.
Lo que cuenta Bernal Diaz del Castillo es, sin disfraz, una
fuga desesperada: “Y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos
con las vidas de poder de aquellas gentes”. Aunque no todos,
pues ya en los navios “hallamos que faltaban sobre cincuenta
soldados”.
Dice Alonso de Zorita:
Fueron a Champotñ n, pueblo muy grande, llamabase el señ or
Mochocoboc, hombre guerrero y esforzado, y no los dejñ rescatar ni
saltar en tierra para tomar agua y mandaron soltar la artilleria de los
navios y los indios se admiraron de ver el fuego y e1 humo, mas no
huyeron, y con buen orden y gran grita arremetieron a los españ oles
tirandoles piedras y varas y saetas, los españ oles movieron para ellos a
paso contado y en siendo cerca dispararon las ballestas y con ellas y
a estocadas mataron muchos indios y como estaban sin armas
defensivas y desnudos cortabanles brazos y piernas y a otros rendian
por medio y aunque nunca habian visto tan fieras heridas duraron en
la pelea viendo la presencia y animo de su capitan y señ or [...] y los
españ oles se retiraron a los navios y al embarcar mataron veinte de
ellos e hirieron mas de cincuenta y prendieron dos y después los
sacrificaron a sus idolos y Francisco Hernandez quedñ con treinta y
tres heridas y a gran prisa se embarcaron [...] y con gran tristeza y
destruidos llegaron a Santiago de Cuba.
Derrota sin cortapisas ni atenuantes que, sin embargo, tendria
enormes consecuencias, como relata fray Diego de Landa:
Pero e1 señ or animñ tanto [a los indios] que hicieron retirar a los
españ oles y que mataron a veinte, hirieron a cincuenta y prendieron
dos vivos que después sacrificaron. Y que Francisco Hernandez salio
con treinta y tres heridas y que asi volviñ triste a Cuba, donde
publico que la tierra era muy buena y rica por e1 oro que hallo en la
Isla de Mujeres.
Tierra buena y rica en oro. Lo confirma Antonio de Solis:
Y aunque fue poco dichosa esta jornada, y no se pudo lograr
entonces la conquista porque murieron valerosamente en ella el
capitan y la mayor parte de su gente, se logrñ por lo menos la
evidencia de aquellas regiones, y los soldados que iban llegando a esta
sazñ n, aunque heridos y derrotados, traian tan poco escarmentado e1
valor, que entre los mismos encarecimientos de lo que habian
padecido se les conocia e1 animo de volver a la empresa.
Eso atraeria las dos siguientes expediciones, al mando de Juan
de Grijalva una y de Hernan Cortes la otra. Pero, entretanto,
quedémonos con la de Hernandez de Cordoba. Dice Serge
Gruzinski:
Expediciñ n chapucera, incursiñ n con pocos medios, fracaso en toda
la linea: para haber sido un ensayo fue un verdadero desastre; casi
una pesadilla que contradice la imagen que durante mucho tiempo se
han hecho de los indios de Mexico, dizque paralizados por la
extrañ eza y por las armas de sus visitantes. Su resistencia tenaz sñ lo
la iguala su capacidad para difundir la nueva y hacer sonar la alarma
en las costas. No es un azar que los españ oles sean recibidos en
Campeche, su segunda etapa, a1 grito de “jCastilan, Castilan!”, como
si ya se hubiese oido hablar mucho de ellos.
En marzo de 1517, los indigenas de un altépetl que no tenia
comparaciñ n posible con Mexico-Tenochtitlan enfrentaron
exitosamente a los españ oles y su armamento. La mitad de cuantos
salieron de Cuba murio en la expedicion, y los demas, con una sola
excepciñ n, regresaron heridos.
Pero la expediciñn de Hernandez de Cñrdoba no llevaba
caballos, o no suficientes para su uso militar. Aun cuando las
fuentes sobre dichos animales llegan a divinizarlos, el estudio
cuidadoso de los relatos concretos lleva a Guy Rozat a esta
conclusiñn:
Desde un simple punto de vista militar, nos parece evidente que los
indios de la costa, despué s los de Tlaxcala y finalmente Motecuhzoma,
sabian muy bien a que atenerse respecto a esos animales, aun si los
textos del encuentro continuan presentandolos como seres extrañ os,
mas o menos parecidos a monturas divinas.
Siempre desde e1 punto de vista militar, esta claro que los indios
percibieron con rapidez las ventajas del caballo, puesto que permite
cierta movilidad sobre terreno apropiado y proporciona una innegable
ventaja militar y tactica. Lo probaron muy pronto cuando quisieron
aniquilar esta ventaja españ ola construyendo defensas, trampas contra
estos animales y adoptando una técnica especifica de combate contra
la caballeria.
No obstante, de pronto parece que lo de Champotñ n nunca
ocurriñ , que nadie gritaba “ Castilan, castilan!”, porque...
2. PRESAGIOS
Por st sola ardiñ la casa del diablo Uitzilopochtli,
se inflamñ enormemente. Nadie la encendio, por
st sola ardio en llamas.
Câdice £lorentino,
versiñ n de DiANA MAGALONI
NO TENEMos ningun relato indigena ni cuasiindigena de las
expediciones de Hernandez de Cñ rdoba y Juan de Grijalva.
Nuestras primeras fuentes de la reacciñ n frente a la irrupciñ n
españ ola son las tlatelolco-franciscanas, las del pasmo y la sorpresa
del capitulo anterior... como st los españ oles hubieran aparecido
de la nada. Y con esos relatos nos hemos quedado. Pero antes del
pasmo estan los “presagios”, que lo justifican.
Segun las fuentes cuasiindigenas retomadas por los frailes de
los siglos xvI a1 xvIII, antes de conocer la existencia fisica de los
españ oles, los mesoamericanos y especialmente los mexicas, muy
particularmente Moctezuma, tuvieron “presagios” de su llegada. Y
esa idea se repite en la historiografia, en la mitologia y en la
literatura.
Los informantes de Sahagun hacen el recuento de ocho
“presagios funestos”. El cronista tlaxcalteca Diego Muñ oz
Camargo coincide con ellos. Van desde un cometa hasta incendios
sin causa aparente; desde rayos que caen en el Templo hasta agua
que hierve sin explicaciñ n... una mujer que lloraba por sus hijos,
un ave con espejo.
¿Que hacemos con los presagios?: ¿los ignoramos por
inverosimiles?, ¿los consideramos una explicaciñ n de lo
inexplicable construida posfacto por “mentes primitivas”?
Esos presagios, esa “supersticiñ n”, resultan particularmente
poderosos, porque impactan de manera decisiva a Moctezuma, el
“afeminado”, “cobarde”, “supersticioso” gobernante
“todopoderoso”. Asi lo describe Lucas Alaman, haciendo suya la
versiñn dominante:
El principe que ocupaba a la sazñ n e1 trono de Mégico, guerrero en
su juventud, se habia dejado afeminar por los placeres del poder
absoluto, siendo la poligamia uno de los derechos de la soberania. Su
espiritu ademas estaba poseido de funestas supersticiones, y una
predicciñ n, generalmente recibida, de la venida de unas gentes
extrañ as de Oriente, que habian de destruir su imperio, le preparaba
a temer su cumplimiento en sus dras.
Esta forma de ver a Moctezuma quiza no valide los “presagios”,
pero si un fatalismo historico que, en el caso de este autor, vera
como providencial y salvifica (porque “trajo” la “verdadera
religiñ n”) la llegada de los españ oles e, incluso, convertira a Cortes
en el fundador de la naciñ n.
Pero sigamos: “presagios”, cosas maravillosas que ocurrieron y
que hacian temer el retorno de Quetzalcoatl, de sus enviados o de
sus descendientes. Jaime Montell los explica asi:
Los cronistas españ oles del siglo xvi interpretaron estos fenñ menos
naturales como avisos enviados por la misericordia de Dios a los
indigenas para que se arrepintieran a tiempo de sus pecados.
Todavia en la segunda mitad del siglo xviii, el jesuita Francisco Javier
Clavijero, si bien admitia que podia tratarse de avisos divinos,
opinaba que la creencia generalizada en Mesoamérica sobre e1 regreso
de Quetzalcoatl [...] también podia ser interpretada como una
injerencia diabñ lica: Satanas, consciente de los progresos europeos
[...] pudo “facilmente conjeturar” que esto los llevaria a descubrir y
conquistar America, “y no es inverosimil que lo predijese a la nacion
consagrada a su culto”.
Porque para los españoles de los siglos xvI y xvII, e incluso
para muchos criollos ilustrados del siglo XVIII, Mesoamérica era el
reino de1 Diablo. Asi lo concibe fray Juan de Torquemada, el mas
acucioso historiador del siglo XVII, poseedor de una amplisima
cultura histñrica y del mas refinado método de la época, que dice
que escribiñ por
[s]er yo tan aficionado a esta pobre gente indiana y querer
excusarlos, ya que no totalmente de sus errores, y cegueras, al
menos en parte, y
sacar a luz todas las cosas con que se conservaron en sus republicas
gentilicias que los excusa del titulo de Bestial que nuestros
españ oles les habian dado.
Donde “Bestial” con mayuscula refiere a La Bestia, e1
diablo. Pues aunque el franciscano intenta de manera permanente
comprender la cultura indigena y reivindicarla frente a los
europeos, no deja de ser, no puede dejar de ser quien es ni
pertenecer a un tiempo concreto y a una concepciñn de1 mundo
particular segun la cual la historia es resultado de la Divina
Providencia, y los indigenas mesoamericanos pasan por
adoradores de1 diablo. Joseph de Acosta, hablando de los presagios,
observa:
He dicho todo esto tan de propñ sito, para que nadie desprecie lo que
refieren las historias y anales de los indios, acerca de los prodigios
extrañ os y pronñ sticos que tuvieron de acabarse su reino, y el reino del
demonio, a quien ellos adoraban juntamente; los cuales, asi por
haber pasado en tiempos muy cercanos, cuya memoria esta fresca,
como por ser muy conforme a buena razñ n, que de una tan gran
mudanza el demonio sagaz se recelase y lamentase, y Dios junto con
esto, comenzase a castigar a idñ latras tan crueles y abominables,
digo que me parecen dignos de crédito, y por tales los tengo y refiero
aqui.
Durante tres siglos ésa fue la idea imperante. Por ello, e1
nacionalista criollo Servando Teresa de Mier buscaria darle la
vuelta y argumentar que la Virgen Maria ya se habia aparecido, y
que Quetzalcñ atl era santo Tomas.
La idea del Diablo, presente desde Hernan Cortes y durante
tres siglos, nos permite regresar a la visiñ n de la “conquista” como
oposicion entre “modernidad” y “atraso”.
Vayamos a los “presagios”. De entrada, ningñ n historiador
pone en duda que existieran, o que la mentalidad primitiva de los
indigenas los hubiera construido. Y aparecen en todas las fuentes
de tradiciñ n indigena: desde el Câdice Florentino hasta e1 tlaxcalteca
Muñ oz Camargo y el texcocano Alva Ixtlilxñ chitl.
Y, sin embargo, estos sucesos, que para muchos historiadores
modernos reflejan la mentalidad “primitiva” de los
mesoamericanos, son muy parecidos a los que se “vieron” en
Europa en visperas del Milenio. Guy Rozat cita a los grandes
historiadores medievalistas Jacques Le Goff y Georges Duby, que
muestran como por toda Europa se reporto la presencia de
“cometas, lluvia de lodo, estrellas fugaces, temblores, maremotos”,
en fin, “prodigios” que auguran “cualquier cosa asombrosa y
terrible”.
Ese tipo de prodigios sigue apareciendo en Europa en los siglos
xvI y xvII. Con base en estos “hechos”, Guy Rozat propone que, en
lo tocante a los “presagios” que en este caso nos importan, “existe
una relacion entre esas construcciones simbñ licas y la presencia
occidental”. Es decir, quienes hablan de esos prodigios jamas son
los indigenas”.
Al analizar cuidadosamente estos fenñ menos en las tradiciones
grecolatina y judeocristiana, Rozat va en pos de un modelo
escatolñ gico (donde por escatologta entendemos las creencias
religiosas sobre el fin ultimo o la vida de ultratumba) que los
cronistas de Indias y las fuentes llamadas “de tradiciñ n indigena”
—para Rozat son, mas que otra cosa, franciscanas y medievales—
utilizaron para narrar la destruccion de Mexico-Tenochtitlan. Y
Rozat encuentra el modelo en la destruccion simbñ lica y real de
Jerusalén: “Para el mito cristiano, en este aniquilamiento de la
Jerusalé n judia, mas que la destrucciñ n fisica de una ciudad
poderosa, rica y opulenta, esta la voluntad de Dios de marcar con
una señ al histñ ricamente visible, para convencer a los simples y a
los escépticos de que un tiempo esta definitivamente consumido”.
Sin la destrucciñ n fisica de Jerusalén, no puede venir e1 Mesias.
No hay salvaciñ n. Y de aht se pasa a Tenochtitlan:
No es suficiente [...] notar las similitudes formales en los hechos
histñ ricos para poder afirmarlo. Es necesario darse cuenta de que la
caida de Tenochtitlan significa, de una manera mistica, e1 progreso
de la enseñ anza del Cristo, el desarrollo de la religiñ n cristiana entre
los indios [...]
Las fuentes “indigenas” y españ olas nos permiten ver cñ mo ese
esquema fue utilizado como ordenador discursivo para la redaccion de
los hechos “histñ ricos” y militares que contienen los relatos de la
conquista.
Y, sostiene mas adelante Rozat, en La guerra de los judios, de
Flavio Josefo, libro muy usado y leido por los monjes y teñ logos de
la Edad Media, hay un capitulo, “el xxxI del libro VI”, que informa
de los “signos y predicciones de las desgracias acaecidas a los
judios”. En é1 se encuentran, casi textualmente, jsiete de los ocho
“presagios” que en las fuentes indigenas anuncian la destruccion
de Tenochtitlan! Y, por si fuera poco, los ocho presagios aparecen
también, de manera casi textual, en las fuentes latinas jsobre la
destrucciñ n de Roma! El cuadro comparativo que hace Rozat en las
paginas 201-204 de su libro resulta lapidario e irrebatible. Lo que
sigue es rizar el rizo: por ejemplo, mostrar a Moctezuma como
profeta a semejanza del profeta Daniel, o detenerse en los caballos,
los perros, los “truenos”...
Moctezuma e1 profeta. Si estamos de acuerdo con Luis
Fernando Granados o Guy Rozat en que los textos “indigenas” y los
signos alli aludidos remiten a una simbologia cristiana y
occidental, encontramos que e1 retrato de Moctezuma también
pertenece a ella.
La tradiciñ n historiografica medieval pone gran énfasis en la
vida y los hechos de los “grandes personajes” cuyas acciones y
decisiones impactan decisivamente a los pueblos y naciones. Si
ademas repetimos la idea que hace de Moctezuma un tirano
todopoderoso (definiciñ n que no resiste el analisis de los hechos),
resulta entonces decisivo el papel de Moctezuma (recordemos que
la “cobardia” de éste es la primera de las cuatro causas
concurrentes que hace Todorov de las explicaciones tradicionales
sobre la derrota de los mexicas).
En ese sentido, que Moctezuma sea el unico que pueda ver o
entender los “presagios” se inscribe de lleno en la tradiciñ n
bfblica, en la que gran cantidad de jefes y dirigentes israelies esta
investida con e1 don de la profecia. Naturalmente, la
historiografia moderna (“cientifica”) rechaza los elementos
magicos o proféticos del relato, pero, como señ ala Guy Rozat, a1
hacerlo
toma prestados, sin darse cuenta, elementos del “mito” anterior, a1
que pretende haber superado en su fundamento y en su practica.
Esta ilusion epistemologica la obliga entonces a inventar “la
fragilidad de las estructuras”, “una atmñ sfera de supersticiñ n y
terror”, y a recurrir a los esquemas mas bajos de la mentalidad
primitiva sin jamas nombrarla.
La historiografia cientifica, todavia vigente, construye un mito
nuevo. ¿Cñ mo lo hace? En las fuentes “cuasiindigenas” Moctezuma
es el unico vidente. Sñ lo él ve. Y lo que ve esta aun oculto. Asi,
segun Alvarado Tezozomoc, manda llamar adivinos, pero estos no
resuelven su angustia. Busca a su alrededor sin encontrar
respuestas. Los “informantes de Sahagun” y Muñ oz Camargo lo
repiten: “Sñ lo Motecuhzoma esta marcado con el sello de la
videncia, con el sello de Dios”.
¿Que dice el discurso histñ rico contemporaneo? Atribuye gran
peso a dichas profecias en la desorganizacion que sigue al avance
españ ol y busca reconstruirlas como hecho histñ rico, sin notar que
lo principal aqut no esta en el suceso, sino en la coherencia del
mito “(st admitimos lo dicho sobre la analogia Tenochtitlan /
Jerusalén)”. El modelo exige la presencia de profetas... y, por
supuesto, del mito de Quetzalcoatl, citando Rozat como ejemplo a
Pierre Chaunu:
La asimilaciñ n paralizante esta probada por los textos en nahuatl y
por e1 ceremonial de la entrega de regalos a los jefes de la
expediciñ n: todos los atributos de Quetzalcñ atl, desde la serpiente
incrustada de turquesa hasta la peluca de plumas de quetzal [...] y de
garza. El simbolo fue suficientemente claro para que Cortes, informado
sin duda por la Malinche, comprendiera inmediatamente e1 sentido
de tal entrega y le sacara partido.
Pero si se releen los textos con atenciñ n, dice Rozat, no sñ lo
estan los presentes que deben ofrecerse a Quetzalcñ atl: también
se hallan los atavtos de Tezcatlipoca y Tlaloc. El Moctezuma del
mito se despoja desde la primera embajada (segun los
“informantes de Sahagun”) de los simbolos de su autoridad, las
“insignias divinas”. Hay en él una “pasividad” y un “entreguismo
teolñ gico”, a partir de lo cual algunos autores han concluido que
“traicionñ a su pueblo porque —piensan— se acobardo frente a la
estrepitosa demostracion de agresividad de los españ oles y ante el
recuerdo de antiguas profecias”. Pero los textos jamas lo
presentan de manera peyorativa, sino como un alma desorientada
frente a la terrible prueba de fuego, a la ineluctable destrucciñ n
que él sabia que debia ocurrir”.
Sigue Rozat: el desconcierto y la angustia de Moctezuma se
inscriben en una retñ rica apocaliptica: cuando se acerca el fin de
los tiempos, la mayoria de los hombres pierde la sed y el hambre,
no sabe dñ nde refugiarse... se hinca y suplica. De acuerdo con los
relatos “indigenas” de las dos embajadas enviadas a Cortes,
cuando Moctezuma se convence al fin (los textos reproducidos en la
Visiân de los vencidos de Leon Portilla son totalmente apocalipticos,
insiste Rozat), cuando admite el retorno de Quetzalcñ atl, toma
conciencia de que vienen grandes males para él y su reino. Y se
generaliza un ambiente “de panico y zozobra, tanto en
Motecuhzoma como en los demas indios”. Se pone en marcha “de
manera ineluctable la realizaciñ n escatolñ gica del destino mexica”. Y
poco a poco el espectro del mito se amplia a todo el mundo
indigena: el miedo alcanza al pueblo (y una vez mas, los relatos
son apocaltpticos).
Al saber que los españ oles preguntaban por él, dice el relato
españ ol del Câdice Florentino, “pensñ en huir o esconderse [...] en
alguna cueva, o salirse de este mundo y irse al Infierno o el paraiso
Terrenal o cualquier otra parte secreta”. Todo pertenece al
imaginario occidental. De cualquier manera, no es una huida
terrenal, sino metafisica.
Moctezuma intenta no apurar la amarga copa que, sabe, le toca,
y como no puede cambiar la historia, intenta modificar el espacio:
ordena cambiar los caminos para desviar a Cortes hacia Texcoco.
¿Para que sembrar magueyes? Para que se pierdan las
orientaciones espaciales. Puede parecer pueril y no faltan autores
que lo interpretan como un ultimo intento producido por la
mentalidad magica “en la que viven los primitivos”.
Este “primitivismo”, “¿es una referencia occidental a la
relaciñ n ambigua que entretejian los europeos con la naturaleza
salvaje y los hombres desnudos, en los confines de la cultura?,
¿una referencia al conjunto de los textos de las epopeyas
medievales en busca de ciudades encantadas?”, o ¿es un elemento
histñ rico real perteneciente a algo prehispanico que, a pesar de
todo, aparece bajo la escritura occidental? Todo en vano: Cortes
llega a1 valle de Mexico.
Diana Magaloni, una autora que, siguiendo a Leñ n Portilla, ve
en e1 Câdice Florentino la versiñ n indigena, también señ ala en su
estudio sobre las “profecias” la reiteraciñ n del relato bfblico y de
las fuentes “clasicas” grecolatinas y el caracter escatolñ gico: “Este
patrñ n en el que el principio y el fin se encuentran como una
serpiente que muerde su cola también estructura el relato mitico
de la Conquista: narra la renovaciñ n de la creaciñ n tras la caida del
cielo bajo la luz de los relatos biblicos del Genesis y del
Apocalipsis”.
Hasta aqui Rozat y Magaloni. Repitamos la pregunta: ¿que
hacemos con los “presagios”? Si la explicacion es que ello apunta
hacia una “mentalidad primitiva”, esta se debe atribuir en
pareja medida al humanismo franciscano del siglo XVI. Una “idea
primitiva” aceptada durante casi tres siglos, como aceptado era
pensar que Huitzilopochtli era una advocaciñ n o representacion
de Satanas todavia en el siglo XVIII.
Sin duda, tal como los muestran los informantes de Sahagtin y
tantas otras fuentes, esos augurios constituyen una explicaciñ n
fatalista de la caida de Tenochtitlan: la ciudad en medio del lago
tenia que caer porque asi lo dictaba la Divina Providencia, porque
asi lo habia previsto Quetzalcoatl...
En e1 siglo xIx ese fatalismo religioso fue sustituido por un
fatalismo “racional”, “histñ rico”, que persiste hasta nuestros dhas:
Tenochtitlan tenia que ser avasallada porque asi lo dictaban las
“leyes de la historia”, la “modernidad”. Dice Lucas Alaman que, si a
la falta de unidad politica de America y la ausencia de grandes
cuadrupedos se agrega
la ignorancia de todos los inventos que habian hecho una revoluciñ n
en el arte de la guerra en Europa, y de todos los adelantos que habia
habido en las ciencias y consiguientemente en las artes, se vera que
el nuevo mundo no estaba en manera alguna en estado de entrar en
lucha con el antiguo; que su descubrimiento no serta mas que la
señ al de su dependencia, y que habia de ser necesariamente la presa
de la primera naciñ n de Europa que tuviera conocimiento de su
existencia.
Créeme, lectora o lector amigo, que versiones ligeramente mas
actualizadas de este fatalismo, llamémoslo “tecnolñ gico” o
“ideolñ gico”, aparecen reiteradamente a lo largo del siglo y medio
de pensamiento historiografico que sigue a don Lucas Alaman.
Y, mas aun, ambos fatalismos se superponen. Un siglo después
de Alaman, Salvador Toscano escribiñ :
Que Moctezuma y su Imperio identificaban a los advenedizos como
los hijos de Quetzalcñ atl o Quetzalcoatl mismo esta fuera de toda
duda; que dentro del error de este mito enviara ricos
presentes es,
igualmente, materia comprobada. En la mentalidad indigena no
cabia duda de que las profecias habian llegado a su término:
Moctezuma, por lo mismo, debiñ callar y llorar amargamente, como
su Imperio todo.
3. LOS “CONQUISTADORES”
Nadie muestre cobardia;
pues que todos sois hidalgos
de los buenos de Castilla,
muramos como valientes;
agm es bien perder la vida.
Atribuido a EL CiD en el Romancero del Cid
PARA la tercera expediciñ n, el gobernador de Cuba, Diego
Velazquez, solicitñ a la Corona licencia para “rescatar, conquistar y
poblar”, y no sñ lo lo primero, como en las anteriores. La
organizaciñ n de la flota provocaria largos conflictos entre
Velazquez y quien seria su capitan, Fernando [Hernan] Cortes,
alcalde de la villa de Santiago de Cuba, hidalgo extremeñ o, “latino”
(estudiado en Salamanca) de unos 34 añ os, que habia amasado
una regular fortuna en la isla.
Muchas de las disputas posteriores se originarian en la
preparaciñ n y el financiamiento de la armada. Esos conflictos no
nos interesarian si no fuera porque, al rebelarse contra Diego
Velazquez y situarse en la ilegalidad, Cortes tomo decisiones que
de otro modo no hubiera tornado. Jaime Montell señ ala que una
especie de pacto de silencio acompañ a la organizaciñ n de la flota:
Existen tan pocos datos sobre la formaciñ n de esta tercera flota [...] que
dan la impresiñ n de la existencia de una especie de conjura para
mantener ocultos ciertos hechos; es como si una nube de humo
deformase los acontecimientos, y hubiese sido fabricada y levantada
por el mismo Cortes, reforzada mas tarde por [...] Bernal Diaz [...] y
otros participantes [...] quienes al parecer [...] disimularon u
ocultaron los hechos ilegales en que incurrieron.
Dejando la crñ nica de esos hechos ilegales o legaloides
cometidos meses después, hagamos recuento de la expediciñ n. En
Cozumel, Cortes pasñ revista. Dice Bernal Diaz del Castillo:
“Eramos quinientos ocho, sin maestres y pilotos y marineros, que
serian ciento; y diez y seis caballos y yeguas [...] once navios
grandes y pequeñ os; treinta y dos ballesteros, trece escopeteros,
diez tiros de bronce [cañ ones] cuatro falconetes y mucha pñ lvora y
pelotas”.
En otras cuentas aparecen hasta ocho mujeres, unos 200 indios
cargadores (de las Islas) y una cantidad indeterminada de perros.
Como capitanes: Alonso de Avila, Alonso Hernandez Portocarrero,
Diego de Ordaz, Francisco de Montejo, Francisco de Morla,
Francisco de Saucedo, Juan de Escalante, Juan Velazquez de Leñ n,
Cristñ bal de Olid y Pedro de Alvarado.
Conozcamoslos un poco:
Alonso de Avila tendria 33 añ os. Naciñ en Ciudad Real (La
Mancha). Tomñ parte en la expedicion de Grijalva y aportñ a ella
e1 buque que capitaneaba é 1 mismo, lo que volvio a hacer en la
expediciñ n de Cortes. Tras la fundaciñ n de la Villa-Rica de la Vera-
Cruz, Cortes lo nombrñ “tesorero real”. Tras la caida de Mexico-
Tenochtitlan participñ en las expediciones a Yucatan y Nueva
Galicia. Muriñ en 1542 en San Luis Potosi.
Hernandez Portocarrero o Puertocarrero no llegaba a los 30.
Nacido en Medellin (Extremadura), igual que Cortes, no era rico,
pero era primo del muy influyente conde Medellin, por lo que
Cortes le tenia consideraciones especiales: le pagñ su primer
caballo y en Tabasco le entrego para su servicio —incluido e1 sexual
— a la muy hermosa Malintzin. Fue el primer alcalde de Vera-Cruz.
En julio de 1519 partiñ con Francisco de Montejo a Españ a con
presentes para e1 emperador Carlos, con “e1 quinto real” y,
supuestamente, con la primera carta de relaciñ n de Cortes. En
Españ a, los partidarios de Diego Velazquez lo encarcelaron. Murio
en la carcel hacia 1524. Evidentemente, este viaje le permitiñ a
Cortes quedarse con Malintzin sin herir susceptibilidades.
Diego de Ordaz tenia casi 40 añ os. Nacido en Castroverde de
Campos, provincia de Zamora (Castilla-Leñ n), llegñ a Cuba muy
joven y era cercano a Diego Velazquez. Participñ en diversas
expediciones a1 continente. En estas tierras, Cortes se lo ganñ y se
convirtio en uno de sus mas firmes partidarios; en Coyoacan su
solar era aledañ o al del capitan general, y su palacio, aunque
reconstruido en el siglo xVIII, aun puede admirarse. Bernal Diaz del
Castillo cuenta su ascenso al Popocatépetl:
[E]l volcan que esta cabe Guaxocingo echaba en aquella sazñ n [...]
mucho fuego [...] de lo cual nuestro capitan Cortes y todos nosotros
[...] nos admiramos de ello; y un capitan de los nuestros que se decia
Diego de Ordaz tomñ le codicia de ir a ver que cosa era [...] Y después
de bien visto, muy gozoso e1 Ordaz volvio [...] con sus compañ eros.
Caida Mexico-Tenochtitlan, Cortes lo enviñ a Españ a como su
vocero. Por cierto, alla se empeñ o en que la imagen del volcan se
incluyera en su escudo de armas —y lo obtuvo—. Regresñ en 1525 y
le entrñ la friolera de encontrar El Dorado. Falleciñ en altamar en
1532.
Montejo naciñ en Salamanca y tenia 40 añ os. Era uno de los
hombres mas ricos de Cuba cuando aportñ un barco para la
expediciñ n de Grijalva y luego para la de Cortes. Cortes lo enviñ a
Españ a con Portocarrero. Corrio mejor suerte que este ultimo y
regresñ en 1526 para tratar de conquistar Yucatan hasta hartarse
de las reiteradas derrotas que sufriñ a manos de los mayas.
Francisco de Morla, de unos 30 añ os, nativo de Jerez de la
Frontera (seguro se cuenta entre quienes importaron a Cuba el
modo del españ ol que se habla en la Perla de las Antillas),
montaba un caballo que causo interesantes confusiones en la
“batalla” de Centla. Muriñ el 30 de junio de 1520 en la Noche de la
Huida o Noche Triste. Ese mismo dia murieron tambié n Francisco de
Saucedo y Juan Velazquez de Leñ n, ambos treintañ eros y oriundos
de Castilla la Vieja. Velazquez era primo del gobernador de Cuba y
cuñ ado de Panfilo de Narvaez.
Juan de Escalante, vasco o cantabro, era de toda la confianza
de Cortes, quien le encargo la célebre inutilizacion de los barcos y
luego, cuando marchñ a1 altiplano, e1 mando de la escasa
guarniciñ n de Vera-Cruz. Fue muerto en 1519 en las cercanias de
Nautla (en e1 actual estado de Veracruz) por indigenas tributarios
de Tenochtitlan o por fuerzas mexicas en un episodio que, segun
una de las versiones tradicionales, seria la causa o el pretexto
para que Cortes aprehendiera a Moctezuma...
Los dos que restan (Alvarado y Olid) serian, junto con Gonzalo
de Sandoval, los capitanes clave de la victoria final. Pedro de
Alvarado (extremeñ o de 34 añ os) llegñ a America con sus
hermanos como parte del séquito de Diego Colñ n, hijo de don
Cristñ bal, y en 1513 participñ en la conquista de Cuba a las ñ rdenes
de Diego Velazquez, su tio. Era rico en Cuba y aportñ un navio a las
expediciones de Grijalva y de Cortes, a las que concurrio con varios
de sus hermanos. Dicen que lo llamaban Tonatiuh, “el so1”, y que
fue el conquistador de Guatemala. Muriñ en 1541 en la guerra del
Mixtñ n contra los indios cazcanes, en e1 actual estado de Zacatecas.
Cristñ bal de Olid era un andaluz de 31 añ os que adquirio fama
por su valor desde los primeros encuentros. Caida Mexico-
Tenochtitlan, traicionñ a Cortes en favor de Diego Velazquez y fue
ejecutado en 1524.
Finalmente, Gonzalo de Sandoval era nativo de Medellin y
pariente y protegido de Cortes. Sñ lo tenia 22 añ os, pero contaba
con toda la confianza de Cortes y con una indudable capacidad de
mando y de negociaciñ n. Tras la batalla por Tenochtitlan siguio
siendo el mas leal lugarteniente de Cortes y quien quedo a cargo
del gobierno de Mexico mientras el capitan iba a Españ a a reclamar
sus derechos. Muriñ en Españ a en 1528.
Sobre los “400 valientes”, Manuel Orozco y Berra consignñ e1
nombre y algunas de las caracteristicas de cada uno de ellos (que
publicñ su discipulo, Alfredo Chavero). Gracias a eso sabemos que
provenian en su mayoria de las regiones mas agrtcolas y feudales
de la Peninsula (Extremadura, La Mancha y Castilla-Leñ n), aunque
habia bastantes de otras regiones y de otros parses. También esa
base nos permite generalizar y sostener, con Jacques Lafaye, que
“[l]a Conquista fue realizada por aventureros u hombres
arriesgados surgidos del pueblo (el brazo popular), bajo la
direccion de la pequeñ a nobleza (hidalgos y caballeros). Por esta
razñ n, fue tratada por la Corona como un pariente pobre”.
Peter Boyd y Bernard Grunberg rastrearon a los compañ eros
de Cortes, encontrando que su origen mayoritario era Andalucia.
Grunberg identificñ a 1 175 individuos, un poco mas de la mitad
de cuantos llegaron con Cortes y los que se Ie fueron sumando
hasta la caida de Tenochtitlan, que él calcula en 2 100 y Restall en
2 600-3
000. La tercera parte eran andaluces, casi todos los restantes de
Extremadura, Leon y Castilla, y unos cuantos no españ oles,
portugueses sobre todo. De los computados, sñ lo 6% eran hidalgos.
En cuanto a las mujeres que combatieron, que sumaban veinte,
casi todas eran andaluzas de clase baja. Y entre los
considerados “conquistadores”, habia dos negros y un cacique
indigena de Cuba. Un numero sorprendentemente alto sabia
firmar (84%), y de casi
ninguno se pudo conocer el oficio que desempeñ aba en Españ a
antes de embarcarse.
Y los une el afan de riquezas: en sus textos aparecen siempre
como justificaciñ n de sus actos el servicio de Dios y del Rey y el
afan de destruir la religiñ n “satanica” de los indigenas, pero, segun
recuerda Grunberg, el motivo primordial era otro: “No hay que
olvidar que la busqueda de oro fue uno de los motores del
descubrimiento de la Nueva Españ a. Esta preocupaciñ n obsesiva
que habia conducido a Cristñ bal Colñ n hacia America era también
una de las principales motivaciones de Cortes y de sus
compañ eros”.
La expediciñ n saliñ de Cuba dividida entre velazquistas y
cortesianos. Los primeros, mas acomodados en lo social y lo
politico, no parecian querer otra cosa que oro y volver pronto a la
Isla sin arriesgarse. Entre los segundos, generalmente de origen y
posicion mucho mas modestos, abundaban quienes quisieron ante
todo poblar el nuevo territorio: “Como en las Antillas las minas de
oro mostraron muy pronto la escasez de sus posibilidades, los
conquistadores se refugiaron entonces en un valor mas seguro y
mas rentable a largo plazo: la explotaciñ n de la tierra, aunque e1
espejismo del oro no desaparecio nunca del todo de su
imaginario”. En resumen:
Los conquistadores han sido presentados unas veces como aventureros
y gente sin escrupulos, o bien han sido señ alados como responsables de
cruentas matanzas. En otras ocasiones, han sido apologizados, a1
identificarseles como cruzados, fundadores de la Hispanoamérica
moderna. Al seguir la trayectoria de sus vidas, se puede decir que los
conquistadores no fueron, en general, ni lo uno ni lo otro. Antes que
todo, estos hombres eran gente comun que se esforzñ por encontrar en
otro lugar lo que no podian obtener en su tierra natal.
4. CENTLA
RETOMEMos el hilo de la historia. En Yucatan sñ lo nos detendremos
para narrar el encuentro con dos personajes: los naufragos de
1511, Jerñ nimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero. Cortes averiguo
gracias a1 traductor Melchorejo que habia un par de españ oles
presos en las cercanias. Cortes pagñ su rescate y Jeronimo de
Aguilar, hermano de la tercera orden de San Francisco (es decir,
no era fraile, como a veces se cree), paso a buscar a Guerrero,
quien, en version de Bernal Diaz del Castillo, le dijo: “Hermano
Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y
capitan cuando hay guerras; idos con Dios, que yo tengo labrada
[tatuada] la cara y horadadas las orejas. ¿Que diran de mi desde
que me vean esos españ oles ir de esta manera? Y ya veis estos mis
hijitos cuan bonicos son”.
Gonzalo Guerrero se quedñ . Y se dice que como cacique y
capitan de los mayas murio en combate contra los españ oles hacia
1530 o 1536. Esa es otra historia... o quiza otra parte de esta misma
historia. Luego, cuando se buscaron referentes mas alla de sus
acciones y decisiones, sin duda respetables, quiza ejemplares, se
convirtiñ en personaje literario y mitico. Entre tantas novelas y
narraciones (que nos ayudan a entender y entendemos, a
comprender nuestra idea de la “conquista” y, por tanto, de
“Mexico”), me gusta la de Eugenio Aguirre, aunque suene
demasiado romantica para ser real:
En la leyenda ha quedado tu nombre, estrella de sangre, rubia gema
que viniste a acrisolar la raza, la nueva estirpe, la cñ smica aventura
de los nuevos pueblos; ave que anidaste en e1 bronceado lecho de la
came morena del Mayab para engendrar los habitos ancilares de la
cultura joven de America.
En tu honor sea elevado el canto, sea labrada la estela de la selva
[...] Gonzalo Guerrero o Gonzalo de Aroca o Gonzalo Marinero, con
profundo orgullo en e1 pergamino de su conciencia.
Ya volveremos (quiza nos ayude Malintzin, Malinalli, Malinche,
doñ a Marina) a estas ideas. Quedémonos aqui por ahora. Por su
parte, Jerñ nimo de Aguilar mejoraria en mucho la capacidad de
Cortes para comunicarse con los indigenas, aunque la verdadera
traductora estaba por llegar.
Sigamos la derrota (en términos nauticos, la ruta) de los
expedicionarios por unos 600 kilñ metros y reencontrémoslos en la
desembocadura del gran rio que sigue llevando el nombre del
capitan explorador: Grijalva. A ella llegaron los españ oles entre el
13 y el 22 de marzo (segun que fuente usemos). Remontaron rio
arriba hasta buscar el poblado de Tabscoob, sobre una pequeñ a
loma que lo mantenia por encima de los pantanos, donde Juan de
Grijalva habia sido bien recibido. Esta vez no serta asi, ya por
decisiñ n de los tabasqueñ os, ya porque Cortes estaba determinado
a someterlos. Lo que sigue es una joya de imprecisiones y
supersticiones que se cuenta como una gran, formidable victoria
de los españ oles. Leamos a tres cronistas empezando por Cortes,
quien dice que al llegar frente al poblado fueron recibidos con
amenazas, por lo cual decidieron establecerse en “unos arenales
que estaban enfrente de aquel pueblo”. Al dia siguiente los
indigenas volvieron a exigirle que se fuera, pero Cortes decidio
atacar:
Y mandñ a un capitan de los que en su compañ ia estaban que se
fuese con doscientos hombres por un camino [...] que iba a aquel
pueblo; y e1 dicho capitan Fernando Cortes se embarcñ con hasta
ochenta hombres en las barcas y bergantines, y se fue a poner
frontero del pueblo para saltar a tierra si le dejasen; y como llego
hallñ los indios puestos de guerra armados con sus arcos y flechas y
lanzas y rodelas, diciéndonos que nos fuésemos de su tierra [...] Y
después de les haber requerido e1 dicho capitan tres veces, y
pedidolo por testimonio a1 escribano de vuestras reales altezas que
consigo llevaba...
Hagamos un paréntesis para hablar aqui del famoso
“requerimiento”, mas alla de la singular versiñn de que los
tabasqueños, en pie de guerra y listos para atacar, se quedaron
quietecitos a escucharlo tres veces y a que se diera de ello fe
notarial... el “requerimiento”, redactado por Juan Lñpez de
Palacios Rubios en 1513, debia ser leido a todos los indigenas antes
de ser atacados, para que asi no quedara duda de que existia “causa
justa”, y dice asi:
De parte del rey, don Fernando, y de su hija, doñ a Juana, reina de
Castilla y Leñ n, domadores de pueblos barbaros, nosotros, sus siervos,
os notificamos y os hacemos saber, como mejor podemos, que Dios
nuestro Señ or, uno y eterno, creo e1 cielo y la tierra [...]
Y asi sigue por varios parrafos, para justificar que al papa de
Roma Dios le dio “todo el mundo por su reino y jurisdicciñ n”, y
[u]no de los Pontifices pasados que en lugar de éste sucediñ en
aquella dignidad y silla que he dicho, como señ or del mundo hizo
donaciñ n de estas islas y tierra firme del mar Océano a los dichos
Rey y Reina y sus sucesores en estos reinos, con todo lo que en ella
hay, segun se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron,
segtin se ha dicho, que podréis ver si quisieseis.
Y por lo tanto, “Sus Majestades son reyes y señ ores de estas
islas y tierra firme” y sus habitantes, sus “subditos y vasallos”. En
consecuencia debian “deliberar sobre ello el tiempo que fuese
justo” y reconocer a la Iglesia y a los monarcas.
Y si asi no lo hicieseis o en ello maliciosamente pusieseis dilaciñ n, os
certifico que con la ayuda de Dios nosotros entraremos poderosamente
contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras
que pudiéramos, y os sujetaremos a1 yugo y obediencia de la Iglesia
y de Sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y de vuestras
mujeres e hijos y los haremos esclavos.
Es decir, los indigenas teman la culpa de todo lo que les pasara
st no se sometian. Regresemos: tras de que los tabasqueñ os
echaran una cabeceadita mientras se les leia tres veces esa cosa (no
es anacronico ni ahistorico descalificar esta farsa: lo hicieron con
toda claridad en su momento Bartolomé de las Casas y Fernandez
de Oviedo) y se daba fe notarial, iniciñ el ataque y, tornados los
indios por tres partes, huyeron, dejando a los españ oles dueñ os
del poblado.
Al dia siguiente se librñ la verdadera batalla (y volviñ a leerse el
“requerimiento”, segtin Cortes), cuya soluciñ n es emblematica
para la forma en que se contaria la historia. Regresemos con
Cortes:
Y habiendo dos horas que estaban peleando todos con los indios,
llegñ e1 capitan Fernando Cortes con los de a caballo por la una
parte del monte por donde los indios comenzaron a cercar a los
españ oles a la redonda, y alli anduvo peleando con los indios una
hora, y tanta era la multitud de indios, que ni los que estaban
peleando con la gente de a pie de los españ oles veian a los de a
caballo, ni sabian a que parte andaban, ni los mismos de a caballo
entrando y saliendo en los indios se veian unos a otros; mas de que
los españ oles sintieron a los de a caballo, arremetieron de golpe a
ellos y luego fueron los susodichos indios puestos en huida.
Los caballos resolvieron la batalla, dicen los cronistas. Ginés de
Sepulveda menciona: “A tiempo, pues, llegñ Cortes, quien con tan
escasa caballeria infundiñ tanto miedo al enemigo que todos
emprendieron rapidamente una desordenada huida, igual que si
un numero igual de toros, furiosos y salvajes, arremetieran, como
sucede en los espectaculos taurinos, contra una multitud
indefensa”.
¿Como fueron puestos en huida? ¿Cñ mo combatian los 10 de a
caballo en medio de la multitud cada uno por separado? ¿Como
descargaron los caballos en medio de los pantanos y —
suponiendo que existia la pequeñ a loma seca— cñ mo cargaban?
¿Una hora combatieron los de a caballo sin recibir una sola
herida? Mas aun, Cortes dice que no hubo un solo españ ol muerto
(Jen tres horas de combate contra multitud de indios!), pero
Bernal Diaz del Castillo cuenta otra cosa:
y luego enterramos dos soldados que iban heridos por la garganta y
otro por e1 oido y quemamos las heridas a los demas y a los caballos,
con e1 unto del indio, y pusimos buenas velas y cenamos y
reposamos. Aqui es donde dice Francisco Lñ pez de Gñ mara que saliñ
Francisco de Morla en un caballo rucio picado, antes que llegase
Cortes con los de a caballo, y que eran los santos apñ stoles señ or
Santiago o señ or San Pedro. Digo que todas nuestras obras y
victorias son por mano de Nuestro Señ or Jesucristo, y que en aquella
batalla habia para cada uno de nosotros tantos indios que a puñ ados
de tierra nos cegaran, salvo que la gran misericordia de Nuestro
Señ or en todo nos ayudaba; y pudiera ser que los que dice Gñ mara
fueran los gloriosos apñ stoles
señ or Santiago y señ or San Pedro, y yo, como pecador, no fuese
digno de verlo. Lo que yo entonces vi y conoci fue a Francisco de
Morla en un caballo castañ o, y venia juntamente con Cortes [...]
¿San Pedro y Santiago? En realidad la cita de Gñ mara no es tan
clara, pero no sera la ultima vez que algun cronista atribuye
particularmente al segundo “en persona” su intervenciñ n para
salvar una situaciñ n desesperada. No resulta mucho mas moderno
que los “presagios” o el mito de Quetzalcñ atl, de la misma manera
que el canibalismo ritual mesoamericano tampoco parece mucho
mas “primitivo” que el “unto de indio” que aqui menciona Bernal
Diaz del Castillo por vez primera de varias: el uso de grasa
humana hirviendo para cauterizar las heridas. Regresemos a
Santiago y veamos la cita de Gomara a que alude Bernal:
Pero a1 mejor tiempo los dejñ e1 caballero, y no le pudieron ver.
Como los indios no vieron tampoco a1 de caballo, de cuyo miedo y
espanto huian, pensando que era centauro, revuelven sobre los
cristianos con gentil denuedo, y tratanlos peor que antes. Tornñ
entonces e1 de caballo tercera vez, y hizo huir a los indios con dañ o y
miedo, y los peones arremetieron asimismo, hiriendo y matando. A esta
sazñ n llego Cortes con los otros compañ eros a caballo [...] dijéronle lo
que habian visto hacer a uno de caballo, y preguntaron si era de su
compañ ia; y como dijo que no, porque ninguno dellos habia podido
venir antes, creyeron que era e1 apostol Santiago, patrñ n de Españ a.
Bernardino Vazquez de Tapia presenta al señor Santiago:
Después de entradoles e1 pueblo, tuvimos otras dos batallas muy recias
con ellos y nos tuvieron un punto de nos matar, y corriéramos gran
peligro si no fuera por los caballos que sacaron de los navios; y que
aqui se vio un gran milagro. Que, estando en gran peligro en la
batalla, se vio andar peleando uno de caballo blanco, a cuya causa se
desbarataron los indios, e1 cual caballo no habia entre los que
traiamos.
Segun Cervantes de Salazar, durante las negociaciones con
los tabasqueños luego de la batalla, estos reconocieron la
superioridad de las armas:
Dixeron tras esto que los tiros y las espadas desnudas y las grandes
heridas que con ellas los nuestros hacian, los habian en gran manera
espantado, y que aquellos tequanes, que eran los caballos, eran tan
bravos y tan ligeros que con la boca los querian comer y parescia no
correr sino volar, pues los alcanzaban por mucho que ellos corrian, y
que sobre todo aquel caballo que primero vieron, les quitaba la vista de
los ojos y habia puesto gran espanto, de adonde cuando los otros
vinieron, se tuvieron por perdidos, y que siempre creyeron que e1
caballo y e1 hombre era todo uno.
Comoquiera que fuese, ya por carga de caballeria (de 10
caballos) en mitad de un pantano, ya por la milagrosa aparicion
del señ or Santiago, los indios echaron a correr y dejaron a los
españ oles dueñ os del campo... o quiza se debiera ello a los 400
infantes que atacaron en dos columnas. El evento se cuenta como
una gran victoria, pero... de pronto, los principales de la regiñ n les
piden que se vayan, y los españ oles se van.
5. MALINTZIN
Digamos cñ mo doñ a Marina, con ser mujer de la
tierra, que esfuerzo tan varonil tenia, que con oir
cada dia que nos habian de matar y comer
nuestras carnes con @i, y habernos vistos
cercados [...] y que ahora todos estabamos heridos
y dolientes, jamas vimos flaqueza en ella, sino
muy mayor esfuerzo que de mujer.
BERNAL DIAZ DEL (ASTlLLO
PERo antes de “pedirles” a los españ oles que se fueran, los
tabasqueñ os negociaron y llegaron al pueblo, rebautizado como
Santa Maria de la Victoria, con algunos regalos de escaso valor.
Dice Bernal Diaz del Castillo:
Y no fue nada todo este presente en comparaciñ n de veinte mujeres,
y entre ellas una muy excelente mujer que se dijo doñ a Marina. Que
asi se llamñ después de vuelta cristiana [...]
Y luego se bautizaron y se puso por nombre doñ a Marina [a]
aquella india y señ ora que alli nos dieron, y verdaderamente era
gran cacica e hija de grandes caciques y señ ora de vasallos, y bien se
le parecia en su persona [...]
[Y] a esta doñ a Marina, como era de buen parecer y entremetida
y desenvuelta, dio a Alonso Hernandez Puerto Carrero [...] y después
que fue a Castilla Puerto Carrero estuvo la doñ a Marina con Cortes, y
hubo en ella un hijo [...]
Camilla Townsend, quiza su mas reciente biñ grafa, refuta su
presunta “nobleza”:
También reunieron un grupo de veinte mujeres esclavas para
regalarselas en señ al de sumisiñ n. No se trataba de hijas o hermanas de
los guerreros, a las que solian ofrecer en matrimonio a antiguos
enemigos en señ al de amistad y nueva alianza. No: eran esclavas.
¿Esclavas para que? Frances Karttunen lo dice sin eufemismos:
Una vez en manos de los españ oles, las mujeres recibian un bautizo
sumario y las repartian entre los hombres para que les proporcionaran
servicios sexuales. Esa yuxtaposiciñ n del sacramento cristiano con la
violacion es ofensiva para nuestra sensibilidad actual, pero los
españ oles del siglo Xvl la tomaban con mucha naturalidad.
De las 20 esclavas, sin duda Malintzin era la de mejor pinta,
como dice Antonio de Solis: “Venia con estas mujeres una india
principal, de buen talle y mas que ordinaria hermosura, que
recibio después con el bautismo el nombre de Marina, y fue tan
necesaria en la conquista como veremos en su lugar”.
Por eso, Cortes se la cediñ a Hernandez Portocarrero, el de
mayor nobleza e influencia politica de sus capitanes. Pronto, al
notar que no sñ lo era superior por su belleza, Cortes la requisaria
para st mismo.
Gñ mara diria que ella se decia originaria de un pueblo nahua
de Jalisco, y como esclava, habria pasado por varias manos antes de
llegar a Tabasco. Fernandez de Oviedo la hace nativa de
Tenochtitlan. Todos ennoblecen sus origenes, pues para las
diferencias de clase y los prejuicios sociales de la época era
inconcebible que fuera de origen humilde. Con todo, lo mas
probable es que fuera del rumbo de Coatzacoalcos.
Malintzin seria un personaje clave en esta historia, como lo
reconoce Diaz del Castillo:
Doñ a Marina sabia la lengua de Guazacualco, que es la propia de
Mexico, y sabia la de Tabasco, como Jerñ nimo de Aguilar sabia la de
Yucatan y Tabasco, que es toda una; entendianse bien, y Aguilar lo
declaraba en castellano a Cortes; fue gran principio para nuestra
conquista [...] He querido declarar esto porque sin ir doñ a Marina no
podiamos entender la lengua de la Nueva Españ a.
Pero en Centla, a Malintzin, Marina, Malinche, Ie faltan unos
meses para adquirir su caracter protagñnico. Se la empezara a
mencionar cuando lleguen los españoles a San Juan de Ulua,
pero no sera antes del 26 de julio de 1519, fecha en que
Portocarrero y Montejo parten a España, que, en versiñn de Jose
Luis Martinez,
ella ya figure como “la lengua y el amor de Cortes, y la serena
fortaleza que sabia infundir animos cuando a todos les faltaban y
ayudar en las acciones mas duras de la conquista”.
Pero hay otras cosas que decir de esta mujer y en otros tonos.
Camilla Townsend asegura que
ella era la vocera. Habia sido elegida por los españ oles para hacer
declaraciones a nombre del grupo en su conjunto. La palabra que
designaba a un gobernante, “tlatoani”, significa literalmente “e1 que
habla”. Malintzin no era gobernante, pero probablemente habia
momentos en que daba la impresion de tener poderes analogos. En
e1 mundo indigena, los sacerdotes —hombres y mujeres— también
eran voceros que expresaban la retñ rica sagrada transmitida por
generaciones y recordaban a sus oyentes su obligaciñ n de seguir los
caminos del deber y preservar un universo que de otra manera se
hundiria en e1 caos.
Permiteme, lectora o lector, detenerme con pausa en el mas
reciente estudio sobre Malintzin, de la pluma de Fernanda Nuñ ez
Becerra, porque no sñ lo nos explica al personaje, sino muchas
cosas de lo que seguimos creyendo sobre ella y sobre la
“conquista”. Empieza asi:
Malinalli-Tenepal, Malinche, Malintzin, doñ a Marina, mujer e
indigena, madre y puta, traidora y utero simbñ lico de la naciñ n
mexicana, personaje ambiguo y desconocido, asi es como se nos
presenta a la Malinche.
No sabemos a ciencia cierta ni su nombre, ni su origen, ni su vida,
a excepcion de los momentos en que sirve de “lengua” y de “vagina”
a1 conquistador, macho y fecundador de la Nueva Españ a.
Y tras hacer un repaso y reflexiñ n sobre las biografias de La
Malinche y sobre la cultura “nacionalista”, del “indio” y del
“mestizaje”, Fernanda Nuñ ez revisa (plena de ironia) los retratos
que de Malintzin se han hecho.
“La buena”, “conciencia moral de Cortes” que a la vez
“participñ de manera activa para que Moctezuma abandonara
el culto sangriento de sus idolos”: he ahi el primer retrato. Entre
los autores y autoras que de esta versiñ n glosa, hay una para la
cual “la mejor defensa que se puede hacer de la Malinche [...] es la
del
amor [...] Si la Malinche se enamorñ de Cortes desde que lo vio,
¿cñ mo no traicionar a su pueblo? Frente al amor una mujer olvida
sus principios, su moral, y los suyos... todo es entendible”.
Para los autores que asi critica (y, mas aun, impugna) Fernanda
Nuñ ez, la potencia del amor en la mujer se basa en “verdades
irrefutables” y “avasalladoras”.
De acuerdo a la segunda versiñ n que se ofrece de Malintzin,
esta es el “retrato de una hiena”. Como las anteriores, se trata de
una versiñ n decimononica, porfirista: sin mas, una traidora y
“vendepatrias” poseida por una pasiñ n. Y lo unico que puede
justificarla o explicarla es justamente “la loca pasion que le inspiro
el destructor de su raza” (cita textual de Laureana Wright, a quien
Niiñ ez glosa).
El tercer retrato es el de la catequista, “la primera mujer en
beneficiarse con los frutos civilizadores y apostñ licos” de la
“buena nueva” traida por los “conquistadores”. De ése se deriva un
cuarto retrato, el de “la salvadora”, “subyugada ante la natural y
poderosa superioridad de la civilizacion cristiana”. Los españ oles
“mostraron a Marina el camino de la inmortalidad y de la dicha
ilimitada” de la fe cristiana, lo que la vuelve una “madre
salvadora” y... bueno, mejor lean a Fernanda Nuñ ez.
Quinto retrato, “a todo color: verde, blanco y colorado”. El
retrato nacionalista posrevolucionario que, en realidad, sigue
teñ ido de desprecio por el “indio” y “lo oscuro y tenebroso” de su
mundo, lo “asqueroso y nauseabundo” de su religiñ n... La glosa que
hace Nuñ ez de cierto autor es fantastica: “Marina era una esclava,
aunque esclavos de sus encantos se quedaban los que la veian, pues
fue gracias a su hermosura (el color rosado de su tez asi lo indica),
que su suerte habia de cambiar”. Marina “estaba por completo
enamorada”, Marina “esperaba con ansiedad a su primer amor”, al
que “se le rendiria pasiva y con gusto”. Finalmente, esta el retrato
del “doloroso mestizaje”, tan cercano a la historia escolar de mi
generaciñ n.
¿Es exagerado el sarcasmo? Sin leer a otros autores que la han
analizado (Margo Glantz, Jean Franco, Beatriz Aracil, Clara
Cisneros, Georges Baudot), pensemos que hay numerosos relatos
que atribuyen sus decisiones al “amor”, porque una mujer no
parece capaz de tomar decisiones politicas sin el elemento
“romantico” o “sexual”. Y esa concepciñ n medieval también
trascendiñ los siglos. Veamos una versiñ n literaria reciente (Laura
Esquivel):
Se moria de curiosidad por ver lo que se sentia e1 acariciarlo
[“Malinalli” a Cortes]. Pasar su mano por su pecho, por sus brazos,
por sus piernas, por sus entrepiernas, pero en su calidad de esclava
tenia que mantener la distancia. Y lo preferia, ya habia sentido las
miradas de Cortes en sus caderas y sus pechos y no le gustaban.
La escena romantica o erñ tica que arranca 30 paginas después
no hace sino confirmar lo que nos han contado de las razones de
Malintzin. Se multiplica ese tipo de relatos e interpretaciones que,
bien vistos, tienen su sintesis, llamémosla, “filosñ fica” (y
profundamente machista, pues no da a Malintzin, en tanto mujer,
mas motivo que el romantico-sexual), en Emilio Uranga y Octavio
Paz.
6. QUETZALCOATL
DEJEMos a la armada española entre Coatzacoalcos y San Juan de
Ulua, mientras resolvemos un tema clave: ¿cñmo se enteraron
Cortes y sus compañeros de Culhua y sus miticas riquezas? ¿Cñmo
decidieron que era eso lo que debian, lo que querian conquistar?
¿Quien les informñ? Y ya enterados de Culhua, ¿cñmo se enteraron
del mito del retorno de Quetzalcñatl y lo aprovecharon en su
beneficio? ¿Habia tal mito antes de que ellos llegaran?
Alfredo Lñpez Austin nos recuerda que
Ce Acatl Topiltzin Quetzalcñ atl [...] naciñ , para bien de los hombres,
en e1 Altiplano Central de Mexico, en e1 añ o de 843, o en e1 de 895, o en
e1 de 935, o en 947, o en 1156... ¿Naciñ ? Porque, segun minuciosos
estudios de las fuentes, se ha podido desde negar su existencia hasta
afirmar que murio en Uxmal, en la Piramide del Adivino, e1 dia 4
de abril de 1208, a las seis de la tarde, tiempo de Yucatan.
El problema no nace, como pudiera suponerse, en el momento
en que hombres llegados de extrañas tierras, vencedores y
dominantes, confeccionaban a su arbitrio la historia de los
derrotados con elementos dispersos de la tradicion indigena. Lo
hicieron, no cabe duda, en mayor o menor grado, pero la
naturaleza elusiva del personaje histñ rico mas vigoroso de
Mesoamérica surge siglos antes del violento contacto entre
America y Europa.
Asi pues, Quetzalcñ atl existe. No lo inventaron bajo la
direcciñ n de Sahagtin, Duran o Motolinia sus informantes.
Segunda pregunta: ¿cuando lo conocen los españ oles?
Pedro Martir de Angleria afirma que desde la expediciñ n de
Hernandez de Cñ rdoba los españ oles se enteraron de la historia o
mito de Quetzalcñ atl. “De cierto nada se sabe” concluye Angleria
sobre la manera en que se habrian enterado, mas Lñ pez Austin
enmienda con precisiñn: “Pero de cierto st se sabe que
malamente supuso Angleria la existencia de intérpretes en
aquella época”.
En la Crânica mexicâyotl, Alvarado Tezozomoc pone estas
palabras en boca de Moctezuma, cuando manda a Teuhtilli, Tendile
o Tlilancalqui como cabeza de la embajada enviada a Cortes a su
campamento, frente a la isla de San Juan de Ulua:
Llamñ a Tlilancalqui y djole: Ya esta acabado lo que habéis de llevar,
y os habéis de partir a dar este presente a los que son ahora venidos,
que entiendo que es e1 dios que aguardamos Quetzalcoatl, porque los
viejos de Tulan tienen por muy cierto que les dejo dicho su dios
Quetzalcñ atl que habia de volver a reinar a Tulan y en toda la
comarca de este mundo, y que cuando se iba llevaba e iba dejando
atras de é1 los montes, rios, los minerales de oro y piedras preciosas,
que hoy las tenemos y gozamos, y pues se tiene por cierto que ha de
volver éste que ahora vino debe de ser, pues dejñ dicho en Tulan que de
todo habia cumplimiento de sus tesoros y de todo género en este
mundo, y que habia de volver de adonde iba a1 cielo a ver a1 otro
dios [...] y si viéredes que comen de todo género de esto,
verdaderamente es e1 que aguardamos Quetzalcñ atl.
Teuhtilli y Cortes se encontrarian en un lugar clave y un
momento decisivo: el 24 de abril de 1521 en los arenales frente a
la isla de San Juan de Ulua, en los que ahora esta la ciudad y
puerto de Veracruz.
Mas adelante, el argumento de Quetzalcñatl resultaria
decisivo para coronar la alianza con Tlaxcala... al menos segun
Diego Muñoz Camargo en una explicaciñn que suena, muy
claramente, a construida posfacto y ya claramente para el
acomodo tlaxcalteca en el orden colonial... pues Xicoténcatl “el
Viejo” la habria dado tras no desautorizar el partido de su hijo,
que queria hacer la guerra a los españoles:
Y en este ayuntamiento dijo e1 gran Xicoténcatl a Maxixcatzin, a
Citlalpopocatzin y a Hueyolotzin: Ya sabéis, grandes y poderosos
señ ores, si bien os acordais, cñ mo tenemos de nuestra antigiiedad
cñ mo han de venir gentes de la parte de donde sale e1 so1, y que han de
emparentar con nosotros, y que hemos de ser todos unos, y que han
de ser blancos y barbudos que han de traer librillos en las cabezas
por señ al de gobierno, que han de ser zancudos, y que han de traer
armas muy fuertes y mas fuertes que nuestros arcos (por la ballesta
que ansi
la llamaban) que no las podemos enarcar, y con las espadas de
delicados filos; que nuestras armas (comparadas) con éstas no son muy
tenidas en nada; estos son y estos nos vienen a buscar, y no son otros
[...] No curemos de mas venganza. Estos dioses u hombres, veamos
que pretenden y quieren, porque las palabras con que nos saludan
son de mucha amistad, y bien deben de saber nuestros trabajos y
continuas guerras, pues nos lo envian a decir.
Quetzalcñ atl, mitico o humano, existia sin duda en la
concepciñ n del mundo mesoamericana. El peso del mito de su
“regreso”, sin embargo, apenas aparece en los primeros cronistas.
Su importancia creceria con el tiempo, en el tiempo de las
explicaciones posteriores.
7. VERA-CRUZ
¿Quién barrenñ los navios y dejñ en seco y
aislados los valerosos españ oles guiados por e1
cortesisimo Cortes en e1 Nuevo Mundo?
MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote
SEGUN Cortes, los buques de la expediciñ n anclaron en San Juan
de Ulua el 21 de abril de 1521, jueves santo. Poco después se
acercaron grandes canoas. De alguna manera lograron
comunicarse unos con otros ese dia o al siguiente, iniciando la
labor de Malintzin como traductora e intérprete.
Al dia siguiente los españ oles establecieron su campamento en
los médanos frente a la isla, en un punto llamado
Chalchiucueyehcan, donde estan hoy el centro de la ciudad y
puerto de Veracruz. Dos o tres dhas después habrian llegado los
embajadores de Moctezuma, encabezados por Teuhtilli (Tendile
para los españ oles), señ or de Cuetlaxtlan, y Cuitlalpitoc, quien ya
habia sido embajador o enviado ante Juan de Grijalva. Llevaban
decenas de acompañ antes, miles de tamemes y ricos y abundantes
presentes, segun las crñ nicas.
Segun algunas fuentes, dos principales que venian con los
embajadores les hicieron señ as a Malintzin y Jerñ nimo de Aguilar
para hablar con ellos por separado. Al conseguirlo, declararon que
no formaban parte de la embajada, sino que se habian unido a ella
con el objeto de entregarle a quien mandara a los españ oles “las
pinturas y profecias del rey Camapichi, que es el primero que
gobernñ en la dicha ciudad de Mexico Tenoxtitlan”, y que desde el
arribo de Juan de Grijalva estaban dispuestos a enseñ ar, aunque
cuando llegaron a la costa aquel ya se habia reembarcado.
“Tlamapanatzin y Atonaletzin”, descendiente el uno de
Acamapichtli y deudo el otro de Moctezuma, se negaban a
reconocer el dominio tenochca. Y segun un documento muy
polémico analizado por Luis Barjau, declararon que
por no haber consentido quemar las pinturas y profecias antiguas y
que hoy vinieron solos y con gran secreto porque e1 gran
Montesuma no lo sintiese y que desde ahora en adelante y para
siempre se ofrecian fieles y leales vasallos de Su Majestad [...] y que
siendo entrado ya e1 dicho Cortés en la gran ciudad de Tenochtitlan,
conforme veria y entenderia las pinturas antiguas, los hiciese
grandes y señ ores de tierras donde tienen sus pueblos.
También informaron que
no se quedase sin castigo e1 gran Montesuma por sus graves delitos
y causa que estaba cometiendo en deservicio de Dios y que tiene
mucho [vacio en e1 original] por e1 tesoro de su padre Axacaya un
aposento lleno en bruto sin su sello y cantidad de tinas ollas llenas de
piedras chalchihuyo, joyas y otras riquezas y que siendo tornado se le
enviase a su Magestad y se despiden para e1 efecto se les dio la presente,
fecha en San Juan de Ulua en veinte dras del mes de marzo añ o del
nacimiento de nuestro salvador Jesuchristo de mil quinientos
diecinueve añ os.
Cortes los citñ para dos dhas después, y llegaron Tlamapanatzin
y Atonaletzin con séquito, cargamento de presentes y las
“pinturas”, que fueron mostrando y explicando. “De lo cual yo el
dicho Hernan Cortes y los que en mi compañia estavan
quedamos admirados de las grandezas que veiamos y modo de
gobiernos y ordenanzas, profecias, mandamientos, ejecuciones,
sentencias y leyes.” Y finalmente, el documento llega al meollo:
estando e1 gran rey Acamapichi e1 primero, e1 añ o de 1364, vido un
hombre blanco y con barbas y vestido como papa de la banda de esta
tierra a1 parecer sacerdote con un libro en las manos y le dijo en su
lengua que estaba muy engañ ado [...] que hicieren sacrificios con sus
prñ jimos que no era fuerza lo demorasen en animales de la tierra y
que no se sustentasen con carnes humanas y que sus idolos habian
de ser derrotados, y que los hijos del so1 se habian de señ orear con
la tierra, habian de tiranizarlos y servirse de ellos y sus haciendas.
Segun este documento, Cortes habria recibido en muy
temprana fecha (aunque no puede ser marzo, sino abril) informes
directos tanto del mito de Quetzalcoatl y su regreso como de las
profundas enemistades que separaban a los pueblos y naciones de
Mesoamérica.
El documento en cuestiñn, Merced y mejora de Hemdn Cortés a los
caciques de Axapusco y Tepeyehualco (en la jurisdicciñn de
Otumba, donde en junio y julio de 1520 reencontraremos a estos
personajes), puede ser copia fiel del primer documento oficial de
los españoles escrito y firmado en lo que hoy es Mexico. Su
autenticidad ha sido discutida, pero Barjau aporta elementos
suficientes como para tomarlo seriamente en cuenta. Sea o no
cierto, alli quedaron plantadas las semillas del mito del retorno
de Quetzalcñatl.
Por su parte, Fernando de Alva Ixtlilxñchitl escribe que su
antepasado, el principe Ixtlilxñchitl, aspirante al trono de Texcoco,
habria informado de primera mano sobre los conflictos que
dividian no sñlo a los distintos nltepemeh entre st, sino también
al corazon mismo de la Excan Tlahtoloyan o Triple Alianza:
y en este medio tiempo llegaron otros embajadores de Ixtlilxñ chitl
en competencia contra sus hermanos y e1 rey Moctezuma su tio, a
dar la bienvenida a Cortes y a los suyos, y a ofrecérsele por su amigo,
dandole noticia del estado en que estaban las cosas del imperio, y e1
deseo de vengar la muerte de su amado padre e1 rey
Nezahualpitzintli, y liberar el reino de poder de tiranos, enviandole
algunos dones y presentes de oro, mantas de algodñ n y plumeria.
De que se holgo infinito Cortes saber las alteraciones y bandos
que habia entre estos señ ores, porque Moctezuma los tenia
descontentos y como tiranizados, y vio luego abierto e1 camino para
la felicidad, que después le sucedio, y que juntandose con uno de los
bandos, se consumirian ellos entre st, y é1 se haria señ or de
entrambos.
La siguiente acciñn de Cortes, segun casi todas las crñnicas,
también apunta hacia las razones de la derrota mexica que
glosamos al inicio de este libro: Cortes mandñ hacer un alarde
para impresionar. Dice Gomara que, tras la platica con Teuhtilli
y Cuitlalpitoc,
hizo Cortes que los españ oles saliesen con sus armas en ordenanza
a1 paso y son del pifano y atambor y escaramuzasen, y que los de
caballo corriesen, y se tirase la artilleria; y todo a fin de aquel
gobernador lo dijese a su rey. Los indios contemplaron mucho el
traje, gesto y barbas de los españ oles. Maravillabanse de ver comer y
correr a los caballos. Temian del resplandor de las espadas. Caianse
en e1 suelo del golpe y
estruendo que hacia la artilleria, y pensaban que se hundia el cielo a
truenos y rayos.
Dice Cervantes de Salazar:
Mandñ que delante dél saliesen todos los españ oles con sus armas en
ordenanza, al paso y son del pifaro y atambor, y que luego trabasen
una muy reñ ida escaramuza, y que también los de caballo con sus
cascabeles y adargas hiciesen otra escaramuza, de la cual Tendile y
los suyos se maravillaron mucho, porque pensaban que hombre y
caballo ser una misma cosa; tuvo pavor, aunque Cortes se reia con él.
Mandñ , hecho esto, a1 artillero mayor que, puestas las piezas de
artilleria en e1 orden y asiento que es menester para dar bateria a
una ciudad, disparase, sin quedar ninguna, contra cierto baluarte,
para que los indios viesen la gran furia de los tiros y considerasen e1
mucho dañ o que podrian hacer en las personas, pues en las paredes
le hacian tan señ alado.
Segun la narraciñn del mismo Cervantes de 5alazar, Teuhtilli
habria quedado muy espantado, calculando que, por pocos que
fueran los españoles, teman los elementos para imponerse... y
ésa habria sido la impresiñn que los enviados transmitieron a
Moctezuma. Pone Torquemada en voz del embajador ante el
monarca:
Aprisionaronnos y soltaron piezas que con sus truenos y relampagos
nos espantaron mucho y nos hicieron caer como muertos. Después que
volvimos en nosotros y nos dieron de comer, vimos sus armas y sus
caballos y sus perros que les ayudan en la pelea, de que nos
espantamos mucho mas; y seria cosa muy prolija y larga contar todas
las cosas en particular. Dicen que vienen aca, a conquistarnos y a
robarnos, no sabemos mas; si vinieren aca sabremos lo que quieren y lo
que pueden; sñ lo decimos que venimos grandemente espantados y
atemorizados.
Segun las crñ nicas, los embajadores fueron, pues, a contarle a
Moctezuma que los españ oles traian armas devastadoras,
invencibles, y que Cortes parecia ser el enviado de Quetzalcñ atl (al
menos es lo que cuenta la Cronica Mexicdyotl de Fernando Alvarado
Tezozñ moc).
Y Cortes habria asimilado toda esta temprana informaciñ n y
fue entonces cuando decidiñ “quemar sus naves” (lo que es
simbñ lico, pues los navios no fueron quemados, aunque a algunos
“se les dio de través”), es decir, impedir que los partidarios de
Diego Velazquez fueran a avisarle de los regalos que enviñ al
emperador Carlos, o que los descontentos o los pusilanimes (o
realistas, o inteligentes) desertaran o regresaran a la seguridad de
Cuba.
En el sentido de lo que venimos narrando, ¿nos importa la
fundaciñ n de la Villa-Rica de la Vera-Cruz? Sin duda, porque sin las
acciones de Cortes y sus partidarios en la primavera de 1519 no
podriamos entender las formas en las que se lanzo a la conquista,
al situarse en rebeldia contra el gobernador de Cuba y, en estricto
sentido, contra e1 propio rey, poniéndolo en la necesidad de
“conquistar” como dijimos en la primera parte.
Por lo pronto, se espera la vuelta de los embajadores mexicas,
que se habria dado al cabo de 10 dhas. Curiosamente, y contra el
mito de Quetzalcñ atl, Teuhtilli habria exigido en nombre de
Moctezuma, tras entregarles ricos presentes, que se retiraran a sus
tierras. Al negarse Cortes, los enviados desaparecieron y dictaron a
las poblaciones vecinas que nadie se acercase ni socorriese a los
extranjeros.
Entonces Cortes enviñ a Francisco de Montejo con dos navios a
explorar las cercanias para encontrar un asentamiento menos
hostil que los arenales de Chalchiucueyehcan, su falta de agua
potable y sus infinitos mosquitos, mientras se alzaban cada vez
mas voces entre sus compañ eros que exigian regresar a Cuba.
Los pasos siguientes nos interesan, pero no tanto como para
perdernos en las numerosas variantes y las interminables
discusiones de lo que se hizo. Baste con decir que Cortes, con el
apoyo del influyente Alonso Hernandez Portocarrero, del
adinerado Pedro de Alvarado y sus cuatro hermanos y de Cristñ bal
de Olid, Alonso de Avila, Juan de Escalante y otros capitanes y
soldados (entre los que Bernal Diaz del Castillo se cuenta a st
mismo), funda una villa y hace que se elija un Ayuntamiento, todo
conforme a la legislaciñ n medieval españ ola (st ninguno de ellos
llevaba un ejemplar de Las Siete Partidos de Alfonso el Sabio, las
conocian muy bien). Hecho eso, Cortes hace que lo nombren
Justicia Mayor y Capitan General y, de inmediato, traslada la recién
fundada Villa-Rica de la Vera-Cruz a lugares menos inhñ spitos que
los arenales.
Con esos actos juridicos, Cortes buscaba independizarse de
Diego Velazquez y rechazar los cargos de rebeliñ n, asi como
decidir por st mismo el caracter y los alcances de la expediciñ n... lo
cual seria valido si y sñ lo si funcionaban los planes de Cortes (el
desmesurado propñ sito de “conquistar Mexico”). Lo sintetiza muy
bien el historiador Antonio Garcia de Leñ n: “La genesis de la Villa
Rica de la Veracruz, la primera fundaciñ n del puerto, es muy
aleccionadora acerca de esta nociñ n de soberania y legalidad
sobre la que se va a fundamentar la conquista del territorio
integro de la nueva tierra”.
Cortes tenia que sacudirse los cargos de rebeliñ n y la
inconformidad dentro de sus propias filas y, como dijimos, busco
inspiraciñ n en la tradiciñ n juridica españ ola:
Lo mas importante de esta fundaciñ n de la Villa Rica de la Veracruz y
de la cesiñ n de soberania que esto significñ es que, una vez que fuera
elegido e1 cabildo por la “comunidad” de soldados convertidos en
vecinos de ocasion y decidido el avance a1 Altiplano, Cortes renunciñ
a todos los poderes delegados por e1 gobernador de Cuba
para que el nuevo cabildo lo nombrase “Justicia y Alcalde
Mayor y capitan de todos”. Y, asi, mediante una “argucia juridica”,
Cortes se legitimñ , se sacudio la autoridad de Velazquez y dejñ
plantada la semilla de un nuevo reino: el de la Nueva Españ a,
nacido en un cabildo fundado en unos arenales.
8. CEMPOALA
DE ESE HlOdo, Hernan Cortes y sus 400 valientes quedaron a su
suerte en los inhñspitos arenales de Chalchiucueyehcan, o en la
Villa-Rica de la Vera-Cruz, trasladada unos 40 kilometros al norte,
asediados por el calor y los insectos, sin bastimentos, ni
retaguardia, ni linea de abastecimientos. De esa situaciñn y
posiciñn vinieron a salvarlo los enviados de Chicomecñatl, también
llamado Xicomecñatl o Chicomacatl, y que para los españoles seria
simplemente “el cacique gordo de Cempoala”. “Y un dia, estando
yo y otro soldado puestos por espias en unos arenales, vimos venir
por la playa cinco indios [...] y por señas nos dijeron que los
llevasemos al real.”
Eran los enviados de Cempoala, considerada la principal ciudad
y cabecera oficiosa de la naciñn totonaca. Asi la describe fray
Francisco de Aguilar:
El dicho Hernando Cortes mandñ a la gente que se embarcasen unos
por mar y otros por tierra, en donde los que veniamos por tierra
llegamos a un pueblo que se llama Zempoala, e1 cual estaba metido
en una gran llanada y puesto y situado entre dos rios, pueblos de
mucha arboleda y frutales y de mucho pescado, en donde e1 dicho
capitan Hernando Cortés y su gente fueron muy bien recibidos de
los naturales, gente muy buena y muy amiga de los españ oles y
siempre les fueron leales.
Cervantes de Salazar y Lñpez de Gñmara diferenciaron a los
cempoaltecas de los mexicas por su aspecto fisico, sus atavios y su
idioma, que Malintzin no logro entender. Sin embargo, sometidos
los cempoaltecas de una u otra manera a la Triple Alianza, el
nahuatl era para ellos una lengua franca para la politica y el
comercio, y no tuvieron dificultades en darse a entender por los
traductores de Cortes.
Segun Alva Ixtlilxñ chitl, Cempoala habria tenido compromisos
y alianzas con Texcoco y le habria ayudado en su lucha contra
Azcapotzalco. Al momento de la irrupcion españ ola, el altepetl era
tributario de Tlacopan, aunque habria sido sometido por
Tenochtitlan mas mediante las amenazas que a través de la guerra.
Chicomecñ atl le habria contado a Cortes que Axayacatl habia
invitado a Tlehuitzilin, señ or de Cempoala, a los sangrientos
festejos de Tlacaxipehualiztli. Esta fue una estrategia ideada por
Tlacaélel, cihuncontl del tlntonni mexica, para probar st Cempoala
reconocia la autoridad de Tenochtitlan sin la necesidad de una
intervenciñ n militar. Tlehuitzilin aceptñ la invitacion, obsequiñ a
los embajadores que lo contactaron y fue intimidado exitosamente:
“Los señ ores y principales que fueron llamados para esta fiesta y
sacrificio estaban espantados y fuera de st de ver matar y sacrificar
tantos hombres, y tan atemorizados, que casi no osaban decir
nada”.
Aunque Cempoala era tributaria de Tlacopan, los informes de
Chicomecñ atl hablan del miedo a Tenochtitlan y a Moctezuma y
acusan su insoportable tirania. Entre las quejas que el gobernante
le expuso a Cortes, sobresalia el despojo de sus joyas de oro, la
entrega de gente de servicio y la entrega de victimas para
sacrificios. Asi, Hernan Cortes dio por hecho que Cempoala era
vasalla y tributaria inconforme de Tenochtitlan y, con permiso o
por invitacion de su señ or, se trasladñ a esa ciudad con buena
parte de sus hombres. Asi los recibieron, segun Bernal Diaz del
Castillo: “Salieron veinte indios principales a recibirnos [...] y
trajeron unas piñ as de rosas de la tierra muy olorosas, y dieron a
Cortes y a los de a caballo con gran amor, y le dijeron que su señ or
[...] por ser hombre muy gordo y pesado no podia venir a
recibirnos”.
La obesidad de Chicomecñ atl era tan llamativa que los
españ oles omitieron casi cualquier otro dato sobre su fisico, su
edad o su personalidad, aunque entre lineas se advierte la lucidez
de su inteligencia y su capacidad politica (dice Lñ pez de Gomara:
“Y el señ or no era nada nescio, aunque gordo”). Si la sucesiñ n en
Cempoala era hereditaria, debia ser continuador inmediato o casi
inmediato de aquel Tlehuitzilin que acepto someterse a Axayacatl
en las fiestas de Xipe Topec.
El señor de Cempoala recibiñ y alimentñ a los españoles. Le dio
a Cortes informes concretos y detallados sobre el poder de
Tenochtitlan, la extensiñn de sus dominios y la multiplicidad de
sus enemigos. En términos actuales, Chicomecñatl le facilitñ a
Cortes inteligencia militar suficiente para iniciar su campaña
contra la Triple Alianza, ademas de una base de operaciones.
Dice Lopez de Gñmara:
Aquel cacique, después de haber oido con atenciñ n a Cortes,
comenzñ muy de raiz una luenga platica, diciendo cñ mo sus
antepasados habian vivido en gran quietud, paz y libertad; mas que
de algunos añ os aca estaba aquel su pueblo y tierra tiranizado y
perdido, porque los señ ores de Mexico, Tenochtulan, con su gente de
Culua, habian usurpado, no solamente aquella ciudad, pero aun toda
la tierra, por fuerza y armas [...] mas empero si les contradicen o
resisten y toman armas contra ello, o se revelan después de una vez
subjectos y entregados, castiganlos terriblemente, matando muchos,
y comiéndoselos después de haberlos sacrificado a sus dioses de la
guerra Tezcatlipuca y Vitcilopuchtli, y sirviéndose de los demas que
quieren por esclavos, haciendo trabajar a1 padre y a1 hijo y a la
mujer desde que el sol sale hasta que se pone.
Pedro Martir de Angleria lo cuenta asi:
Conocida la intenciñ n de Cortes por parte de los de Cempoal,
limitrofes de Moctezuma y que sometidos a él por la fuerza eran sus
enemigos, fueron a1 encuentro del capitan españ ol [...] asi los
cempoalenses se dolian y mucho mas ante Cortes de que Moctezuma,
ademas de pesados impuestos, que por sus productos nativos vida
añ os le pagaban, les exigia parte de sus esclavos para inmolarlos a sus
dioses, y en defecto de aquellos a sus propios hijos.
Algunas fuentes dicen que fue por consejo de Chicomecñatl que
Cortes se trasladñ a Quiahuiztlan, ciudad con mejor ubicaciñn
estratégica que los médanos de la actual Veracruz. Y, también
por su consejo, poco después Cortes tomaria el camino de
Tlaxcala. Sigue Gñmara con su versiñn del primer encuentro
entre ambos:
Parñ aqui, enterneciéndosele los ojos y corazñ n, mas tornando en st,
encaresciñ la fortaleza y asiento de Mexico sobre agua, y
engrandesciñ las riquezas, corte, grandeza, huestes y poderio de
Moteczuma. Dijo
asimesmo como Tlaxcallan, Huexocinco y otras provincias por alli, con
mas la serrania de los totonaques, eran de opiniñ n contraria a
mejicanos, y teman ya alguna noticia de lo que habia pasado en
Tabasco, que si Cortes guerra, que trataria con ellos una liga de todos
que no bastase Moteczuma contra ella.
La alianza es también hermanamiento, como cuenta Bernal
Diaz del Castillo:
y que para que mas fijas sean las amistades trajeron ocho indias, todas
hijas de caciques, y dieron a Cortes una de aquellas cacicas, y era
sobrina del mismo cacique gordo [...] traianlas vestidas a todas ocho
con ricas camisas de la tierra y bien ataviadas a su usanza, y cada una
de ellas un collar de oro al cuello, y en las orejas zarcillos de oro [...] y
cuando el cacique gordo las presento, dijo a Cortes: “Tecle (que quiere
decir en su lengua señ or), estas siete mujeres son para los capitanes
que tienes, y esta, que es mi sobrina, es para ti, que es señ ora de
pueblos y vasallos”. Cortes las recibiñ con alegre semblante.
Para el siguiente siglo la narrativa cambia significativamente.
Veamos la versiñ n del padre Torquemada:
Hubo opiniones de que esta platica no naciñ del señ or de Cempoalla,
sino que como Fernando Cortés era hombre de admirable ingenio y
sagacidad, habiendo conocido el descontento que é l y toda aquella
tierra teman de la servidumbre en que e1 rey de Mexico los tenia y
opresiones que de sus ministros recibian, les propuso el salir de esta
opresion y se les ofreciñ de ayudarles y que como e1 deseo de libertad
es en todos los hombres tan natural y la opiniñ n de los castellanos era
grande en materia de valentia por lo sucedido en Tabasco, y por la
extrañ eza de sus personas, caballos y armas, se inclino a recibir su
ayuda de que Fernando Cortés sintiñ singular contento, viendo que por
aquel modo se le abria camino para ejecutar sus deseos y poner en
platica su intento.
Y no sñlo en cuanto a la identificaciñn del héroe; también de
otros asuntos, llamémoslos de orden moral, que a los soldados
cronistas como Bernal Diaz del Castillo no les generan
incomodidad, pero si al franciscano:
El señ or le presentñ veinte doncellas (aunque Gñ mara dice que
fueron ocho) todas hijas de hombres nobles. Una de las cuales venia
mas aderezada y con algunas joyas de oro al cuello que era su
sobrina y la mas hermosa y señ ora de vasallos, la cual dijo, que le
daba en señ al perfecta de amistad y confederaciñ n. Recibiñ e1
presente Cortes con mucho amor por no disgustar a1 que se lo daba.
Y la alianza empezñ a funcionar: en Quiahuiztlan Cortes
ordenñ arrestar a los recaudadores de impuestos de Moctezuma,
lo que animñ a unos 20 pueblos totonacos a declararse en
rebeldia contra la Triple Alianza. Estos pueblos pidieron a Cortes
que los encabezara y le ofrecieron miles de hombres de guerra. Al
mismo tiempo, una embajada cempoalteca saliñ a Tlaxcala para
iniciar las negociaciones en aras de construir esa “liga”. Por lo
pronto, se construyñ la liga totonaca, inserta por completo en la
tradiciñ n politico-militar mesoamericana y que, segun algunas
cuentas, proporcionaria 8 000 hombres para la marcha a Tlaxcala.
Chicomecñ atl también proporcionñ los guias que condujeron a
los españ oles hacia el Altiplano, 400 tamemes y de 40 a 50
guerreros que irian como guias y consejeros: una contribucion
humana aparentemente menor, pero un aporte estraté gico
incomparable. También fueron los cempoaltecas quienes
aportaron la mano de obra para la construcciñ n de la Villa-Rica de
la Vera-Cruz, base de operaciones de Hernan Cortes. La hueste
cempoalteca fue mandada hasta Tenochtitlan (donde se pierde el
rastro del personaje) por Tlacochcalcatl o “e1 de la casa de las
flechas”. Agustin Garcia Marquez recuerda que varios testimonios
lo mencionan. No esta claro st asi se llamaba o st era un titulo
militar.
Chicomecñ atl metiñ a Cortes, pensando hacerlo en provecho
suyo y sin arriesgar gran cosa, a la dinamica de la guerra endé mica
mesoamericana. Ya se encargaria e1 extremeñ o de adaptarla en su
beneficio y el del Imperio españ ol. Y las epidemias, de barrer con
el primer aliado de los españ oles. Chicomecñ atl pretende utilizar
a los españ oles en beneficio de sus propias politicas: en 1520
recibio y atendiñ a Panfilo de Narvaez, le informñ de la posiciñ n y la
situacion de Cortes y lo previno sobre su astucia y capacidad.
Durante la batalla contra Narvaez, Chicomecñ atl fue herido y las
fuentes se contradicen. Algunas parecen indicar que fue hecho
preso por Cortes; otras, que celebrñ la victoria del extremeñ o,
quien se hospedñ una semana en casa de la sobrina que meses
antes el cacique le habia “dado” y que fue bautizada como doña
Catalina.
Nada se sabe sobre el final de Chicomecñatl y se ignora si
conservñ su señorio. En 1526 Cortes pasñ por la ciudad y las
fuentes ya no mencionan a su antiguo aliado. Lo que st sabemos es
que Cempoala padecio muy duramente las epidemias iniciadas en
1520 y que hacia 158o la ciudad estaba casi despoblada y sus
tierras habian sido destinadas a la ganaderia. Escribio Francisco de
Aguilar en 1579: “La provincia de Sempoal, ya dicha, que en el
casco de ella se hallaron veinte mil casas, y ahora tiene veinte
casas”.
Pero eso seria después. Por lo pronto, Chicomecñatl le ha
facilitado a Cortes los datos esenciales. Los totonacas le han
brindado su mano. Ahora puede Cortes marchar a la “conquista”
siguiendo la ruta (politica) señalada por “e1 Cacique Gordo”. Dice
Bernal:
Después de bien considerada la partida para Mexico, tomamos consejo
sobre e1 camino que habiamos de llevar, y fue acordado por los
principales de Cempoal que e1 mejor y mas conveniente camino era
por la provincia de Tlaxcala, porque eran sus amigos, y mortales
enemigos de mexicanos. Y ya teman aparejados cuarenta principales, y
todos hombres de guerra, que fueron con nosotros y nos ayudaron
mucho en aquella jornada, y mas nos dieron doscientos tamemes para
llevar la artilleria [...] Y partimos de Cempoal mediado e1 mes de agosto
de mil quinientos diez y nueve añ os, y siempre con muy buena orden,
y los corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante.
9. TLAXCALA. BATALLAS
¿POR QuE se lanza Cortes a la “conquista”? Serge Gruzinski lo
resuelve asi: porque no tiene ningtin otro lugar a dñnde ir;
declarado rebelde por el gobernador de Cuba en el contexto que
precede a la rebeliñn de los comuneros de Castilla (junio 1520-abril
de 1521), sñlo tiene como salida la fuga hacia adelante.
Hernan Cortés no duda en referir las palabras de sus compañ eros,
que lo tratan literalmente de loco; pero ese loco tiene su lñ gica.
Para conjurar las acusaciones de rebelion [...] Cortes no tiene otro
camino que apoderarse de los dominios de Moctezuma, dando a su
iniciativa una fachada legal, irreprochable, imperial y cristiana. En
esas circunstancias la conquista de Mexico no parece ni una decisiñ n
maduramente sopesada ni la expresion de un proyecto politico: es
una cuestiñ n de vida o muerte [...]
La situaciñ n, aparentemente sin salida, lleva a la desmesura.
Cortes promete cualquier cosa: “Estabamos en disposiciñ n de ganar
para vuestra majestad los mayores reinos y señ orios que habia en el
mundo” [...] Si la modernidad es claramente el salto a lo monstruoso
que describe Peter Sloterdijk y la capacidad de asumir toda la
responsabilidad por los crimenes cometidos o por cometer, Cortes es e1
portador de esa modernidad. Su programa es literalmente
demencial.
Ese programa demencial esta a caballo entre dos mundos: por
un lado, en la acumulaciñn originaria y el espiritu empresarial que
augura el capitalismo; por el otro, en el sueño aristocratico y de
cruzada que hunde sus raices en el feudalismo. Pero, como me
comentñ Paco Ignacio Taibo II, “no esta exento de una logica de
poder y de rapiña que no es nueva para los españoles que han
destruido Al Andalus, expulsado a los judios, quemado, arrasado y
torturado”.
La siguiente parada, decisiva a la postre, es Tlaxcala. Como los
mexicas, los tlaxcaltecas tienen su origen mitico en Chicomoztoc.
Los teochichimecas fundaron lo que se convertiria en la provincia
de Tlaxcala, luego de vencer a los pobladores asentados
previamente en ese territorio. Durante un tiempo comerciaron con
otros pueblos nahuas de lo que hoy llamamos valle de Puebla y de
la cuenca de Mexico. Algunas fuentes los hacen aliados de
Nezahualcñ yotl en la lucha contra los tecpanecas de Azcapotzalco
(y, por lo tanto, corresponsables accidentales, como los totonacas
de Cempoala, del empoderamiento de Tenochtitlan), e incluso se
personaliza la alianza en la figura de Xicoténcatl el Viejo, cosa que
sñ lo seria posible st aceptamos las versiones (recogidas por Diego
Muñ oz Camargo) que le atribuyen 120 añ os de edad en 1519.
Tras la derrota de Azcapotzalco, el Huey Tlatocayotl mexica
iniciñ su violenta y acelerada expansiñ n, y para mediados del siglo
xv los tenochcas le habian arrebatado a Tlaxcala la mayoria de sus
pueblos tributarios. Tras el paulatino debilitamiento del poderio
tlaxcalteca, Axayacatl exigiñ que Tlaxcala lo tuviese por señ or. Al
negarse el consejo de Tlaxcala, iniciñ la agresiñ n militar y un
bloqueo comercial que se prolongñ por 60 añ os.
También la Guerra Florida se prolongñ por décadas. Fernando
de Alva Ixtlilxñ chitl escribiñ que los lideres de la £xcnn Tlatoloyan
y los de Tlaxcala, Huexotzingo y Cholula se reunieron para
solucionar los problemas de sus poblaciones ocasionados por
catastrofes naturales. Xicoténcatl e1 Viejo, señ or de Tizatlan,
sugiriñ combates periñ dicos entre las provincias para proporcionar
victimas sobresalientes a los dioses. El resultado fueron las
Guerras Floridas, las cuales aumentaron la tensiñ n entre Mexico y
Tlaxcala. La presencia de Nezahualcoyotl y de Moctezuma
Ilhuicamina durante estos acuerdos puede indicar que la reuniñ n
ocurriñ entre 1440 y 1469. La presencia de Xicoténcatl nos
obligaria a situarla hacia el final de ese arco temporal.
En 1519 Tlaxcala era una “republica” o “provincia”
independiente, conformada por cuatro cabeceras principales:
Tepeticpac, Ocotelolco, Tizatlan y Quiahuiztlan (actualmente,
Tepeticpac y Quiahuiztlan forman parte de Tlaxcala de
Xicohténcatl, la capital del estado; Tizatlan lleva el nombre de San
Esteban Tizatlan, y Ocotelolco, el de San Francisco Ocotelulco).
Cada una se gobernaba a st misma, pero los cuatro señ ores,
reunidos con otros principales en “Consejo” o “Senado”, decidian
sobre los asuntos que afectaran a la republica y particularmente
sobre la guerra endémica que mantenian con la Triple Alianza.
Cuando llegaron los embajadores de Cempoala, los cuatro
señ ores principales del Consejo de Tlaxcala eran Tlahuehxolotzin,
de Tepeticpac; Maxixcatzin, de Ocotelolco; Xicoténcatl el Viejo, de
Tizatlan, y Citlalpopoca, de Quiahuiztlan. Estos señ ores y otros
tecuhtli recibieron a los embajadores cempoaltecas enviados por
Chicomecñ atl para abrirle via a Cortés. Cempoala proponia la
creaciñ n de una liga contra la Triple Alianza, como la que Texcoco,
Tenochtitlan y Tlacopan habian construido contra Azcapotzalco.
Los embajadores pusieron énfasis en las intenciones que tenia
Cortés de impedir las injusticias cometidas por Motecuhzoma
Xocoyotzin, al igual que su desacuerdo por los trabajos que
padecian los pueblos sometidos por el Huey Tlatocayotl mexica.
El Consejo de la Repiiblica rechazo la oferta de los
cempoaltecas en una decisiñ n muy dividida. Desde entonces el
Consejo de Tlaxcala quedñ escindido en un bando contrario a la
alianza con los españ oles, encabezado por Xicoté ncatl e1 Mozo,
hijo del señ or de Tizatlan y el caudillo de mayor prestigio, y un
bando proespañ ol, encabezado por Maxixcatzin, señ or de Ocotelco,
cuyo brazo armado seria Chichimecatecuhtli, afamado jefe militar.
Rechazada la alianza, los tlaxcaltecas se aprestaron a la guerra.
La primera batalla entre tlaxcaltecas y españ oles, con sus aliados
totonacas, que se pierden en casi todas las crñ nicas de origen
españ ol, se fecha en Tecoac el 1 y el 2 de septiembre (no la actual
Tecoac, en el occidente de Tlaxcala, sino en una posiciñ n mucho
mas oriental).
Hubo una serie de escaramuzas y provocaciones, narradas
todas de muy distintas maneras, pero Solis parece sintetizar su
sentido:
Conociñ luego Hernan Cortés que aquella retirada tenia mas de
estratagema que temor, y receloso interiormente de mayor combate,
fue siguiendo con su fuerza unida la huella del enemigo, hasta que
vencida una eminencia que se interponia en e1 camino, se descubriñ en
lo llano de la otra parte un ejército que dicen pasaria de cuarenta mil
hombres. Componiase de varias naciones, que se distinguian por los
colores de las divisas y plumajes. Venian en é1 los nobles de Tlascala
y toda su confederaciñ n. Gobernabale Xicotencal, que como dijimos,
tenia por su cuenta las armas de la republica, y dependientes de su
orden mandaban las tropas auxiliares sus mismos caciques o sus
mayores soldados.
El campo de batalla parecia elegido aposta para dificultar las
maniobras de unos caballos que, segñn las crñnicas, los tlaxcaltecas
seguian viendo como divinos o casi. El numero de guerreros y la
dificultad del terreno pusieron en verdadero peligro a los
españoles. Hernan Cortés escribio sobre la dificultad de la batalla
por la gran cantidad de enemigos:
[C]omenzamos a nos defender como podiamos, y ansi nos llevaron
peleando hasta nos meter entre mas de cien mil hombres de pelea
que por todas partes nos teman cercados. Y peleamos con ellos [...]
todo el dia hasta una hora antes de puesto e1 so1 que se retrajeron.
Bernal Diaz del Castillo brindñ mas detalles sobre este primer
combate:
Y de hecho arremetimos de manera que les matarnos y herimos
muchas de sus gentes con los tiros; y entre ellos tres capitanes; y
vanse retrayendo hacia unos arcabusos donde estaban en celada
sobre mas de cuarenta mil guerreros con su capitan general, que se
decia Xicotenga [...] Y como habia alli unas quebradas, no nos
podiamos aprovechar de los caballos, y con mucho concierto las
pasamos, y al pasar tuvimos muy gran peligro, porque se
aprovechaban de su buen flechar, y con sus lanzas y montantes nos
hacian mala obra, y aun las hondas y piedras como granizos eran
harto malas [...]
Y andando en esas batallas, nos cercan por todas partes, que no
nos podiamos valer poco ni mucho, que no osabamos arremeter a
ellos, sino era todos juntos porque no nos desconcertasen y
rompiesen.
Pero st hay en las crñ nicas testimonios de la superioridad
militar españ ola. Leamos a Solis:
Llenñ se e1 aire de flechas, herido también de las voces y del estruendo;
llovian dardos y piedras sobre los españ oles, y conociendo los indios e1
poco efecto que hacian sus armas arrojadizas, llegaron brevemente a
los chuzos y las espadas. Era grande e1 estrago que recibian, y mayor su
obstinacion: Hernan Cortés acudia con sus caballos a la mayor
necesidad, rompiendo y atropellando a los que mas se acercaban. Las
bocas de fuego peleaban con e1 dañ o que hacian y con e1 espanto
que ocasionaban: la artilleria lograba todos sus tiros, derribando e1
asombro a los que perdonaban las balas. Y como era uno de los
primores de su milicia e1 esconder los heridos y retirar los muertos, se
ocupaba en esto mucha gente y se iban disminuyendo sus tropas;
con que se redujeron a mayor distancia y empezaron a pelear menos
atrevidos; pero Hernan Cortés, antes que se reparasen o rehiciesen
para volver a lo estrecho, determino embestir con la parte mas flaca
de su ejército, y abrir el paso para ocupar algun puesto donde pudiese
dar toda la frente a1 enemigo. Comunico su intento a todos los
capitanes, y puestos en ala sus caballos, seguidos a paso largo de la
infanteria, cerro con los indios, apellidando a voces el nombre de San
Pedro. Resistieron al principio, jugando valerosamente sus armas; pero
la ferocidad de los caballos, sobrenatural o monstruosa en su
imaginacion, los puso en tanto pavor y desorden, que huyendo a
todas partes se atropellaban y herian unos a otros, haciéndose el
mismo dañ o que recelaban.
Del otro lado, el Conquistador Anñ nimo describiñ la capacidad
militar de los guerreros mesoamericanos, tlaxcaltecas y otomies:
Es una de las cosas mas bellas del mundo verlos en la guerra por sus
escuadrones, porque van con maravilloso orden y muy galanes, y
parecen tan bien, que no hay mas que ver. Hallanse entre ellos
hombres de gran animo, y que arrostran la muerte con la mayor
resoluciñ n.
Yo vi a uno de estos defenderse valerosamente de dos caballos
ligeros, y a otro de tres y cuatro; y viendo los Españ oles que no lo
podian matar, perdiñ uno de ellos la paciencia y le arrojñ su lanza; pero
el Indio antes que le alcanzara la cogio en e1 aire, y con ella peleo
todavia mas de una hora, hasta que llegaron dos peones que lo hirieron
de dos ñ tres flechazos, con lo que habiendo cerrado el Indio con e1
uno, el otro lo abrazñ por detras y le dio de puñ aladas.
Mientras pelean cantan y bailan, y a vueltas dan los mas horribles
alaridos y silbos del mundo, especialmente si notan que van
alcanzando ventaja, y es cierto que a quien no los ha visto pelear
otras veces ponen gran temor con sus gritos y valentias.
Finalmente, hay que añ adir que en algunas crñ nicas,
retomadas por historiadores posteriores, el caballo sigue siendo
decisivo y parece que no ha ocurrido nada de lo anterior, que sigue
siendo novedoso. Escribe Cervantes de Salazar: “En este
reencuentro los de a caballo entraban y salian dellos, porque
tenian como cosa nueva mas miedo a los caballos que a los caballeros,
diciendo que aquellos venados mochos eran muy mayores que los
suyos e que
corrian mas, e que por algun encantamiento andaban los nuestros
encima dellos”.
Aunque, si asi fue, durñ poco, segun Muñ oz Camargo:
Luego a los principios, en e1 lugar y pueblo de Tecohuatzinco en la
provincia de Tlaxcalla, entendieron los naturales que e1 caballo y e1
que iba encima era todo una cosa, como los centauros u otra causa
monstruosa; y ansi daban raciñn a los caballos, como si fuesen
hombres, de gallinas y cosas de came y pan; e1 cual engaño durñ muy
poco, porque luego entendieron que eran animales irracionales que se
sustentaban de yerbas y en e1 campo, aunque también estuvieron
mucho tiempo en opiniñn de ser animales fieras que se comian a las
gentes.
Sigamos: el ejército tlaxcalteca se retirñ al final del dia
debido al deceso de varios capitanes, pues Xicoténcatl el Joven
considero arriesgado continuan el ataque sin el apoyo de
hombres que transmitieran sus ñrdenes. Dice Solis:
[S]upieron después por medio de algunos prisioneros que Xicotencal
ordeno la retirada, porque habiendo muerto en la batalla la mayor
parte de sus capitanes, no se atreviñ a manejar tanta gente sin cabos
que la gobernasen. Murieron también muchos nobles, que hicieron
costosa la facciñn, y fue grande e1 numero de heridos; pero sobre
tanta pérdida, y sobre quedar entero nuestro ejército, y ser ellos los
que se retiraban, entraron triunfantes en su alojamiento, teniendo por
victoria e1 no volver vencidos.
Aqui Solis juega con las palabras: los tlaxcaltecas se retiran en
orden, en tanto que los españ oles, con mucho trabajo, buscan un
refugio en el que se encerraran durante muchos dhas. Cortés y los
suyos lograron retroceder a Tehuacingo, donde encontraron una
pequeñ a poblacion abandonada y un cu en la punta del monte,
donde levantaron su campamento.
Mientras los españ oles se retiran y levantan su campamento,
los hombres de Xicoténcatl destazaron una yegua capturada y
repartieron sus restos en diversas poblaciones, asi como los de
algunos españ oles muertos, para mostrar que era falsa la
“divinidad” que les atribuian algunos de sus partidarios,
cempoaltecas y tlaxcaltecas.
La primera batalla también mostrñ a los españ oles un sistema
de combate distinto en comparaciñ n con lo visto hasta entonces y
la cantidad de guerreros que los grandes altepemeh
mesoamericanos podtan poner en el campo de batalla, lo que hizo
resurgir con fuerza las voces que exigian a Cortés regresar a Cuba.
Tres o cuatro dhas despué s de la primera batalla, los
tlaxcaltecas atacaron el campamento españ ol con un muy
numeroso ejército. Cuenta Bernal Diaz del Castillo:
Aqui habia bien que escribir y ponerlo en relaciñ n lo que en esta
peligrosa y dudosa batalla pasamos, porque nos cercaron por
todas partes tantos guerreros que se podria comparar como si
hubiese unos grandes prados de dos leguas de ancho y otras tantas
de largo [y] en medio de ellos cuatrocientos hombres; asi era[n]
todos los campos llenos de ellos, y nosotros obra de
cuatrocientos, muchos heridos y dolientes. Y supimos cierto que
esta vez que venian con pensamiento que no habian de dejar ninguno
de nosotros con vida, que no habian de ser sacrificados a sus idolos.
Cuatrocientos hombres, dice el cronista. Antonio de Solis (y no
sera la ultima vez) le enmienda la plana y recuerda a los aliados:
De los nuestros quedaron heridos nueve o diez soldados, y
algunos zempoales, cuya asistencia fue de mucho servicio en esta
ocasion, porque los hizo valientes e1 ejemplo de los españ oles, y la
irritaciñ n de ver despreciada y rota su alianza. Descubriase a poca
distancia un lugar pequeñ o en sitio eminente que mandaba la
campañ a, y Hernan Corté s, atendiendo a la fatiga de su gente, y a lo
que necesitaba repararse, tratñ de ocuparle para su alojamiento, lo
cual se consiguio sin dificultad, porque los vecinos le desampararon
luego que se retiro su ejército, dejando en é1 abundancia de
bastimentos, que ayudaron a conservar la provisiñ n y a reparar e1
cansancio.
Tras un sangriento pero poco claro combate, los tlaxcaltecas se
retiraron del campo de batalla. La confusa pelea se presentarta en
las fuentes y permaneceria en la historiografia como una gran
victoria españ ola, debida a los caballos, las armas de fuego y la
“modernidad” del pensamiento militar españ ol.
La victoria o pretendida victoria del 5 de septiembre fue
explotada para abonar el mito de la modernidad y la
invencibilidad
de los españ oles, con lo que a la par se omite el aporte de los
totonacas, y, también, el del “supersticioso primitivismo”
mesoamericano, basado en las fuentes tradicionales. Dice Alva
Ixtlilxñ chitl de la batalla del 2 de septiembre:
[...] en donde [los españoles] se vieron en grandisimo peligro y
salieron heridos muchos, aunque no murio ninguno; y haciéndose
fuertes, y en dos dras que durñ la batalla mataron infinitos
tlaxcaltecas, y viendo [éstos] que ningiin español habia muerto,
entendieron que eran encantados ñ que eran algunos dioses, y asi e1
tercer dia no quisieron pelear, sino que enviaron a Cortés ciertos
presentes por modo de sacrificio.
Es cierto que los tlaxcaltecas no pudieron acabar con el
enemigo y el ataque les resulto muy costoso en términos de bajas,
pero los españ oles y sus aliados quedaron encerrados en su
campamento, tras sufrir bajas asimismo sensibles. Sin embargo, en
los hechos esa creencia supersticiosa no tiene efecto sobre el
siguiente ataque, el 5 de septiembre. Si leemos con cuidado las
fuentes, encontramos que, al no alcanzar Xicoté ncatl la victoria, se
fortalecio el partido proespañ ol en el Consejo de Tlaxcala, que
retomñ las negociaciones con los enviados ahora de Corté s, ya no
de los cempoaltecas.
Parece ser que en estas batallas st se siguieron muchos de los
protocolos militares mesoamericanos y que los tlaxcaltecas
priorizaron e1 combate singular y la captura del enemigo sobre su
derrota y destrucciñ n.
Aun asi, algunos fragmentos de Diaz del Castillo pueden
hacernos pensar que hay momentos en la batalla del 5 de
septiembre en que se busca destruir al enemigo. Asi, Bernal cuenta
el inicio de la batalla en estos términos:
Otro dia de mañ ana, que fueron cinco de septiembre de mil
quinientos diez y nueve añ os, pusimos los caballos en concierto,
que no quedo ninguno de los heridos que alli no saliesen para
hacer cuerpo y ayudasen lo que pudiesen; y percibidos los
ballesteros que con gran concierto gastasen e1 almacén, unos
armando, otros soltando, y los escopeteros que por e1
consiguiente, y los de espada y rodela que la estocada o cuchillada
que diésemos que pasasen las entrañ as porque no se osasen juntar
tanto como la otra vez. La artilleria bien apercibida
iba; y como ya teman aviso los de caballo que se ayudasen unos a otros
Para continuan:
Volvamos a nuestra batalla. Pues como comenzaron a romper con
nosotros, qué granizo de piedra de los honderos! Pues flecheros, todo
e1 suelo hecho parva de varas tostadas de a dos gajos, que pasan
cualquier arma y las entrañas adonde no hay defensa; y los de espada
y rodela y de otras mayores que espadas, como montantes y lanzas;
qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con
que grandisimos gritos y alaridos! [...] Yo vi entonces medio
desbaratado nuestro escuadrñn, que no aprovechaban voces de Cortés
ni de otros capitanes, para que tornasemos a cerrar; tanto niimero de
indios cargo entonces sobre nosotros, que milagrosamente, a puras
estocadas, les hicimos que nos diesen lugar, con que volvimos a
ponernos en concierto. Una cosa nos daba la vida, y que, como eran
muchos y estaban amontonados, los tiros les hacian mucho ma1; y
demas de esto no se sabian capitanear, porque no podian llegar todos
los capitanes con sus gentes, y, a lo que supimos, desde la otra batalla
pasada habian tenido pendencias y rencillas entre e1 capitan
Xicotenga con otro capitan hijo de Chichimecatecle [...]
Es decir, segun el cronista, lo que salvñ a los españoles fueron
las rencillas entre los tlaxcaltecas y la caida de demasiados
capitanes que, se infiere, buscaban el combate en el plano
individual. Comoquiera que sea, los tlaxcaltecas se retiraron,
dejando a los españoles practicamente sitiados en precaria
posiciñn.
10. TLAXCALA. ALIANZA
DURANTE LOs siguientes dhas se produjeron ataques parciales y,
segun las fuentes, los tlaxcaltecas incluso alimentaron a los
españ oles para que no pudieran alardear de que los habian rendido
por hambre. De acuerdo con Cervantes de Salazar, les dijeron:
“}Bien sera que entiendan lo que podemos, y por que no piensen que
hacemos a nuestra ventaja los negocios y que queremos mas tomarlos
por hambre que rendirlos por fuerza de armas, inviémosles de comer,
que vienen hambrientos y cansados, porque después, en e1 sacrificio
y banquete que dellos hiciéremos, los hallemos sabrosos!”
Después de dichas estas palabras y otras tan arrogantes y mas,
inviaron luego trecientos gallipavos, docientas cestas de bollos de
centli, que ellos llaman tamales, que pesarian mas de cien arrobas, lo
cual ayudñ en gran manera a1 trabajo de los nuestros y socorrio a la
estrecha nescesidad que padescian. Hecho esto, cuando les parescio
que ya habrian comido, dixeron: “Vamos a ellos, que ya estaran
hartos; comerlos hemos y pagarnos han nuestro pan y gallipavos”.
La historia es tan sabrosa como los tamales que les habrian
llevado a los castellanos, pero lo que sigue no se entiende salvo
retomando las fuentes, que insisten en la desestructuraciñ n del
mando militar tlaxcalteca por la insistencia de los capitanes en
entrar en combate singular.
Cuando arreciaban los conflictos en el Consejo de la Republica
(ya lo comentaremos) lo mismo que las disidencias dentro del
mando militar de la confederaciñ n tlaxcalteca, Xicoténcatl el Mozo
habria recurrido, supuestamente por consejo de los sacerdotes
(¿para convencer a sus hombres?), a algo muy poco usual entre los
mesoamericanos: un ataque nocturno al campamento enemigo.
Dice Solis:
Llamaron para este fin a sus magos y agoreros, cuya ilusoria facultad
tenia e1 demonio muy introducida, y no menos venerada en aquella
tierra [... y éstos] dijeron: “Que mediante la observaciñn de sus
circulos y adivinaciones, teman ya descubierto y averiguado e1
secreto de aquella novedad, y que todo consistia en que los españoles
eran hijos del so1, producidos de su misma actividad en la madre
tierra de las regiones orientales, siendo su mayor encantamiento la
presencia de su padre, cuya fervorosa influencia les comunicaba un
género de fuerza superior a la naturaleza humana, que los ponia en
términos de inmortales. Pero es que a1 transponer por e1 Occidente
cesaba la influencia, y quedaban desalentados y marchitos como las
yerbas del campo, reduciéndose a los limites de la mortalidad como
los otros hombres; por cuya consideraciñn convendria embestirlos de
noche y acabar con ellos antes que e1 nuevo sollos hiciese
invencibles”.
Segun parece, el ataque fracasñ, en parte porque los partidarios
de los españoles avisaron del mismo y se arruino la sorpresa. Sin
embargo, a pesar de sus “victorias”, la verdad es que los españoles
estaban en una situaciñn sumamente fragil. Mas precaria incluso
que la que tenian en la Villa-Rica (la real o la meramente juridica).
Una vez mas se alzaron las voces de los partidarios de Diego
Velazquez, que exigian la retirada. Una vez mas Hernan Cortés
prometio la desmesura. Segun Bernal Diaz del Castillo, éste fue su
discurso:
Asi que, señores, no es cosa bien acertada volver un paso atras, que si
nos viesen volver estas gentes y los que dejamos de paz, las piedras se
levantarian contra nosotros, y como ahora nos tienen por dioses o
idolos, que asi nos llaman, nos juzgarian por muy cobardes y de pocas
fuerzas. Y a lo que decis de estar entre los amigos totonaques,
nuestros aliados, si nos viesen que damos vuelta sin ir a Mexico, se
levantarian contra nosotros, y la causa de ello seria que como les
quitamos que no diesen tributo a Montesuma, enviaria sus poderes
mexicanos contra ellos para que le tornasen a tributar, y sobre ello
darles guerra, y aun les mandara que nos la den a nosotros, y ellos por
no ser destruidos, porque les temen en gran manera, lo pondrian por la
obra. Asi que donde pensabamos tener amigos serian enemigos. Pues
desde que lo supiese e1 gran Montesuma que nos habiamos vuelto, |
qué diria!, ten qué tendria nuestras palabras ni lo que le enviamos
decir! j9ue todo era cosa de burla o juego de niños!
Parece que una de las razones de la retirada tlaxcalteca el 5 de
septiembre fue que un importante capitan del bando de
Chichimecatecuhtli (o su hijo) se desapareciñ del campo de batalla
junto con numerosos huexotzincas. Dice Bernal Diaz:
[D]esde la otra batalla pasada habian tenido pendencias y
rencillas entre e1 capitan Xicotenga con otro capitan hijo de
Chichimecatecle, sobre que decia e1 un capitan a1 otro que no
habia hecho bien en la batalla pasada, y e1 hijo de Chichimecatecle
respondio que muy mejor que é1, y se lo haria conocer de su
persona a la de Xicotenga. Por manera que en esta batalla no
quiso ayudar con su gente e1 Chichimecatecle a1 Xicotenga; antes
supimos muy ciertamente que convocñ a la capitania de
Guaxolcingo que no pelease.
Tlaxcala no fue derrotada militarmente. Sñ lo forzando las
crñ nicas puede decirse que fueron las armas españ olas las que
sometieron su orgullo. Pero Xicoténcatl tampoco pudo acabar con
los españ oles y las bajas sufridas por los tlaxcaltecas fueron muy
sensibles. Las rivalidades internas, asi como las crecientes
promesas de Hernan Cortés, terminaron dando vuelta a la primera
decisiñ n del Consejo de Tlaxcala.
Reitero: la posicion de Cortés y sus 400 valientes era aun mas
precaria en su campamento fortificado de lo que habia sido en la
Villa-Rica. Entonces los salvñ su primer gran aliado, Chicomecñ atl.
Esta vez los salvaria el segundo: Maxixcatzin logrñ que se aceptara
su propuesta de alianza con los españ oles, incluso que el mas
respetado de los cuatro señ ores, Xicoténcatl el Viejo, se sumara a
su posiciñ n, viendo que todo el poderio militar de Tlaxcala no
habia podido acabar con el puñ ado de enemigos.
Xicoténcatl el Mozo intentñ desobedecer las instrucciones del
Consejo y lanzar un Ultimo ataque. Dice Bernal Diaz del Castillo:
Y e1 capitan Xicotenga e1 Mozo no lo quiso escuchar a los cuatro
principales y mostrñ tener enojo y los tratñ ma1 de palabras, y que no
estaba por las paces; y dijo que ya habia muerto muchos teules, y
la yegua, y que é1 guerra dar otra noche sobre nosotros y acabarnos
de vencer y matar.
Entonces, el Consejo habria ordenado a los demas capitanes
que abandonaran a Xicoténcatl. Del general tlaxcalteca dicen las
fuentes que era un hombre de aproximadamente 35 añ os, con una
larga trayectoria militar que le concediñ el titulo de Capitan
General. Bernal Diaz del Castillo afirma: “Era este Xicotenga alto
de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenia larga y
como hoyosa y robusta; y era de hasta treinta y cinco añ os, y en el
parecer mostraba en su persona gravedad”.
Como un hombre de guerra, conociñ las dificultades que
atravesaba la provincia debido al cerco administrativo-militar que
Mexico-Tenochtitlan ejerciñ sobre ellos. Participñ en numerosos
combates contra los mexicas. También creciñ en la orgullosa
tradiciñ n de autosuficiencia de Tlaxcala. Con base en esa tradiciñ n
actuñ el caudillo militar de los tlaxcaltecas, pero finalmente acepto
la decisiñ n del Consejo y le anuncio a Cortés que visitaria su
campamento. Cuenta Bernal Diaz del Castillo que acudiñ al “Real”
de los españ oles con sus capitanes y muchos principales:
Y dijo Xicotenga que é1 venia de parte de su padre y de Maseescaci
[Maxicatzin] y de todos los caciques y republica de Tlaxcala a rogarle
que les admitiese a nuestra amistad, y que venia a dar la obediencia a
nuestro rey y señor, y a demandar perdñn por haber tornado armas y
habernos dado guerras; y que si lo hicieron que fue por no saber quien
éramos [...] Y dijo otras muchas palabras de ofrecimiento de sus
personas y su ciudad.
Asi pues, no vemos una victoria militar definitiva de los
españ oles, por mas que Diaz del Castillo la presente asi: “Y si de
antes nos tenian por teules, que son como sus idolos, de ahi
adelante nos tenian en muy mayor reputacion y por fuertes
guerreros; y puso espanto en toda la tierra como siendo nosotros
tan pocos y los tlaxcaltecas de muy grandes poderes y los
vencimos, y ahora enviarnos a demandar paz”.
Me pregunto otra vez: ¿dñ nde estaban, que hicieron los
totonacas? De cualquier modo, los españ oles, tan aislados en
Tehuacingo que los propios tlaxcaltecas los alimentaban, reciben
de pronto no una oferta de paz, como dice Bernal, sino una oferta
de alianza. Y del precario campamento en que estaban sitiados, sin
haber roto el sitio por la fuerza de las armas, parten a Tlaxcala,
donde son recibidos como heroes victoriosos.
El 18 de septiembre segun Gñ mara, o el 23 segun Bernal, los
españ oles pasearon en triunfo por algunas de las principales
poblaciones de la Repiiblica de Tlaxcala. Cortés habla de la ciudad:
“Tan grande y de tanta admiracion, que aunque mucho de lo que
della podria decir deje, lo poco que dire creo es casi increible,
porque es muy mayor que Granada y muy mas fuerte, y de tan
buenos edificios, y de muy mucha gente que Granada tenia al
tiempo que se ganñ ”.
Si estuviéramos contando la historia de Tlaxcala, habria
paginas y paginas por delante. Asl que digamoslo rapido: se
establecio una alianza, segun las fuentes tlaxcaltecas, en pie de
igualdad; segun las españ olas, con la subordinaciñ n tlaxcalteca de
por medio. Ahora bien, también las fuentes tlaxcaltecas señ alan
que el Consejo de Tlaxcala, empezando por los Cuatro Señ ores,
acepto al emperador Carlos como señ or, y la fe catñ lica como suya.
Andrea Martinez Baracs, destacada historiadora que se ha
esforzado por presentar una visiñ n equilibrada de Tlaxcala,
desbrozando la leyenda negra que los llama “traidores”, explica asi
las razones de la alianza:
Los tlaxcaltecas se unieron a los españoles tras haber sido vencidos
militarmente. En esta derrota de las armas intervinieron dos factores
politicos relacionados entre st: las desavenencias a1 interior del grupo
gobernante de Tlaxcala y la habilidad politica de Hernan Cortés. Sin
embargo, e1 ir y venir de los mensajeros, las actitudes de los
españoles y e1 choque entre Xicoténcatl e1 Joven y otros gobernantes
de la provincia no deben confundirnos: los tlaxcaltecas desplegaron
todos sus recursos bélicos para expulsar a1 invasor.
Pero, para sostener esta afirmaciñ n, Martinez Baracs supone
que fue determinante la creencia de que los españ oles eran
“dioses”, tal como “decian” los cempoaltecas que los acompañ aban
y los otomies al servicio de Tlaxcala que los combatieron en un
primer momento. Sigue:
¿Cuales fueron los términos de la paz?, ¿que significaba la “amistad”
que los dos contrincantes se ofrecian? “Nos damos a ti, confiados que
nada perderemos de nuestra libertad, sino que antes nos ayudaras
contra la tirania de Moctezuma”; estas palabras, que Cervantes de
Salazar atribuye a1 capitan Xicoténcatl, resumen la concepcion
tlaxcalteca de la “amistad” en proceso de establecimiento. Su orgullo
era e1 de una naciñn [que resistio y soportñ muchas cosas] por
permanecer libre. En esta calidad combatiñ a los invasores. Ahora
aceptaba que la fortuna le era adversa, pero compensaba este ma1 con
las nociones de que e1 Dios de Cortés era grande, y Cortés “bueno y
benigno”, un amigo, que incluso los ayudaria contra Moctezuma.
Al negociar antes de ser vencidos, cubrian otro expediente. En
su versiñ n, eran ellos quienes llamaban a los forasteros. No eran
vencidos. Aunque Xicoténcatl no se hacia ilusiones: “Acuérdate,
capitan valientisimo, que jamas Tlaxcala reconocio rey ni señ or, ni
hombre entro en ella que no fuese llamado o rogado. Tratanos
como a tuyos, pues te entregamos nuestras personas, casas, hijos y
mujeres”.
Diferimos de Martinez Baracs. No vemos en las fuentes derrota
militar de los tlaxcaltecas. Tampoco victoria. Terminemos
recordando que el Lienzo de Tlaxcala, cñ dice creado por estos sobre
sus campañ as militares contra Tenochtitlan al lado de los
españ oles, representa a los hispanos y a los tlaxcaltecas como
iguales: guerreros que combaten junto a su aliado usando sus
propias armas y sus propias insignias, al mando de sus propios
generales.
11. HUEXOTZINGO, CHOLULA, VISION DE ANAHUAC
TRAS TOMAR un descanso para reponer fuerzas, después de
holgar con las esclavas que les llevaron los tlaxcaltecas y una vez
diseñ ada su ruta a Tenochtitlan —a pesar (o a causa) de las
crecientes conminaciones de Moctezuma para que no fueran—,
los españ oles y miles de aliados (unos 8 000 tlaxcaltecas y unos 2
000 totonacas, al menos, ademas de huexotzincas y otomies)
salieron de Tlaxcala y una mañ ana de octubre de 1519 entraron a
Cholula.
Antes de salir de Tlaxcala, Cortés pactñ la alianza con
Huexotzingo. ¿Cuando? El gobernador indigena de Huexotzingo,
don Diego Ramirez, y su “Consejo” escribieron en 1560 que desde
el primer dia. Antes que los tlaxcaltecas. Leñ n Portilla transcribe la
carta de dicho Consejo al rey Felipe II:
Cuando tus servidores españoles se aproximaron a nosotros y vino e1
capitan general don Hernando Cortés [...] Nuestro Dios nos iluminñ
para que te perteneciéramos y nos hiciéramos gente tuya, tus vasallos.
Ningun pueblo nos sobrepaso en eso [...] en que primeramente nos
diéramos a ti.
Antes, dicen, antes y mejor que los tlaxcaltecas: “Aunque
aquellos que se llaman, que se dicen tlaxcaltecas, ayudaron,
nosotros mucho los presionamos para que ayudaran y nosotros los
presionamos para que no hicieran guerra”.
Y por ahi sigue la carta: casi hay que considerar que los
conquistadores son los huexotzincas. Y, sin embargo, el hecho es
que al entrar Cortés y los suyos a Cholula no sñ lo los acompañ aban
tlaxcaltecas y totonacos: ya van también con ellos los principales
de Huexotzingo.
Cholula: la ciudad sagrada cuyas elites se decian descendientes
directas de los toltecas y custodios de la doctrina de Quetzalcoatl
(o asi lo predican las fuentes). Cholula, firme aliada, privilegiada,
de Mexico-Tenochtitlan y enemiga “natural” de Tlaxcala y
Huexotzingo, entre las cuales estaba, sigue estando ubicada.
Lo que pasñ en Cholula es dificil de explicar, aunque se puede
reducir a dos versiones: los cholultecas, a instancias de
Moctezuma, preparaban una encerrona para matar a todos los
españ oles. La segunda version dice que no existia tal conjura, pero
que los tlaxcaltecas la inventaron y convencieron de ella a Corté s.
La segunda es la que predomina en las fuentes.
De lo que no queda duda es de la matanza. Y de que los
españ oles culparon de la misma a los cholultecas, o a los mexicas o
a los tlaxcaltecas, o a todos ellos. La matanza se perpetro
posiblemente el 18 de octubre de 1519. Los españ oles llevaban
tres dhas hospedados en Cholula cuando, siguiendo sus dichos,
Cortés decidio adelantarse a la celada de los mexicas y cholultecas
y aprehendiñ a los principales de Cholula, y, tras tenerlos presos
en el aposento que los cholultecas le habian cedido, ordeno,
directamente, salir a matar a las calles de la ciudad.
E asi anduve por la ciudad, peleando, dejando a buen recaudo e1
aposento, que era muy fuerte, bien cinco horas, hasta que eché toda la
gente fuera de la ciudad por muchas partes della, porque me ayudaban
bien cinco mil indios de Tascaltecatl y otros cuatrocientos de
Cempoal.
El Câdice Florentino lo cuenta asi:
Enseguida, entonces, espachurraron, asesinaron, golpearon. Nada
existia pues en e1 corazon de los cholultecas. No fue con flechas, no
fue con escudos como fueron a1 encuentro de los españoles.
Simplemente fueron masacrados a traiciñn, simplemente fueron
aniquilados con engaños; simplemente, sin saberlo, fueron
asesinados. Es cierto que fueron, simplemente, los tlaxcaltecas
quienes incitaron a perjudicarlos.
En el juicio de residencia que se le siguiñ a Cortés en 1529, el
cargo numero 40 lo acusaba de haber matado a mas de 4 000
cholultecas, cuando Cholula lo recibiñ en paz. El capitan se
defendiñ afirmando que los tlaxcaltecas le advirtieron que se
preparaba una traiciñ n... y leyendo bien la respuesta, decidio
hacer a la vez ejemplo y escarmiento:
Entonces comenzaban a entrar por la tierra mas recia e mas de gente,
porque se supiese como habia castigado la traiciñn que los dichos
indios le armaban, para que de alli en adelante fuese temido, fizo
hacer justicia de algunos indios, lo cual asi mesmo fizo por ganarse
esta tierra.
Algunos, dice él. De 4 000 a 6 000, segun los calculos.
Reiteramos: ejemplo y escarmiento quiso hacer Cortés segñ n
confesiñ n propia, aunque se justifique con la “celada”,
“emboscada” o “traicion” que ya estaba lista. Tan lista que, en el
siempre oportuno tono de color de Bernal Diaz del Castillo, ya
estaban a punto “puestas las ollas” para merendarse a los
españ oles.
A la masacre siguieron el incendio y el saqueo, que habria
durado dos dhas. Fernandez de Oviedo dice que los tlaxcaltecas se
llevaron unas 20 000 personas en calidad de esclavos y prisioneros
(porque los españ oles todavia no empezaban a esclavizar y marcar;
pronto los veremos en ello).
Si la intencion de Cortés era sembrar miedo, lo consiguiñ .
Todavia fueron y vinieron mensajeros, espias y embajadores, pero
él ordeno continuar la marcha hacia esa ciudad que todos le
pintaban con tan sombrios y coloridos tintes: Mexico-
Tenochtitlan. Saltémonos dos o tres semanas y lleguemos a la
gran ciudad, tal como la retrata nuestro gran hombre de letras del
siglo xx, Alfonso Reyes, en un poema en prosa:
Dos lagunas ocupan casi todo e1 valle: la una salada, la otra dulce.
Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en e1 estrecho formado
por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del
centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrñpoli, como una
inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y
tres calzadas, anchas de dos lanzas jinetas.
Tal es la imagen de aquella ciudad que asombrñ a los recién
llegados y que daba cuenta del poderio de ese Culua que pensaban
someter. Cuenta Bernal Diaz del Castillo:
Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en e1 agua, y en
tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y
por nivel como iba a Mexico, nos quedamos admirados, y deciamos que
parecia a las cosas de encantamiento que cuentan en e1 libro de
Amadis, por las grandes torres y cties y edificios que tenian dentro en
e1 agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados
decian que si aquello que veian si era entre sueños [...] ver cosas
nunca oidas, ni aun soñadas, como veiamos.
El capitan Hernan Cortés la pintñ asi:
Esta gran ciudad de Temixtitan esta fundada en esta laguna salada, y
desde la tierra firme hasta e1 cuerpo de dicha ciudad, por cualquiera
parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro
entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas
jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Cñrdoba. Son las
calles de ella, digo las principales, muy anchas y muy derechas, y
algunas de estas y todas las demas son la mitad de tierra y por la otra
mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles de
trecho a trecho estan abiertas por do atraviesa e1 agua de las unas a
las otras, y en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas, hay
sus puentes de muy anchas y muy grandes vigas, juntas y recias y
bien labradas, y tales, que por muchas de ellas pueden pasar diez de a
caballo juntos a la par.
Dejando las crñnicas, hay algo que decir sobre la ciudad y su
entorno, para entender la batalla que ya casi empezamos a contar.
Es una ciudad en un lago. El lago no sñlo es real: su presencia es
constante en la cosmovisiñn mexica. Aparece por todos lados
porque por todos lados rodea a su ciudad. Y eso que es ideologia,
seria también estrategia militar.
Nadie me ha explicado la simbiosis de la cultura con el
entorno, en este caso particular, como Gabriel Espinosa, quien nos
muestra que el lago, su abundancia de peces, aves acuaticas y otros
recursos, la facilidad para cultivar intensivamente las tierras
aledañas con instrumentos de madera, embrujaron a sucesivos
grupos y sociedades para instalarse junto a él, en él, y tratar de
dominarlo. Parte central del paisaje y la historia es la chinampa:
Llamanse chinampas [...] y hacenlas dentro del agua, juntando y
amontonando céspedes de tierra y lodo de la mesma laguna, y
haciendo unas como suertes muy angostas [...] dejando una acequia
entre suerte y suerte o entre chinampa y chinampa, las cuales quedan
como una vara y menos, altas del agua, y llevan poderosos maices,
porque con la humedad de la laguna se crian y sustentan aunque no
caiga agua del cielo.
Sobre todos los saberes y adaptaciones previas, los
tecpanecas, acolhuas y mexicas del final del posclasico hicieron
una extraordinaria serie de modificaciones al entorno. Dice
Gabriel Espinosa: “El primer rasgo que destaca es la red de
calzadas y diques con la cual Tenochtitlan parecia irradiar hacia la
tierra firme extendiendo su cuerpo por el espejo del lago: la
impresiñ n que da es la de una gran ciudad confundida con el
agua”.
En efecto: eran casi continuas Tenochtitlan y Tlatelolco con
Tlalnepantla, Ticoman, Tepeyac y Zacatenco, al norte, y Coyoacan,
Churubusco, Culhuacan e Iztapalapa, al sur. Formaban “un gran
nucleamiento comunicado por rectas calzadas que se ramificaban
en tupida red, pero, sobre todo, por el agua misma”. El occidente
del lago de Texcoco se habia convertido en una serie de lagunas
artificiales cortadas por diques y calzadas, con mas de una
veintena de islotes, casi todos ampliados con chinampas y
conectados entre st. Algunas calzadas eran también diques, para
detener la salinidad del lago de Texcoco. Sumemos al menos dos
acueductos que surtian a Tenochtitlan de agua potable.
En e1 centro de todo el complejo, una gran ciudad cuya
principal via de comunicaciñ n era el agua: las acequias, los canales
y sus canoas. Y dentro del mismo lago habia canales para facilitar
el transporte de mercancias. La ciudad entera es una ciudad
acuatica. El agua la penetra por todos los puntos.
Toda esta ingenieria hidraulica seria clave en la defensa de
Tenochtitlan contra los españ oles y sus aliados.
12. TENOCHTITLAN: CORTES Y MOCTEZUMA
POR UNA vez las fuentes coinciden: el 8 de noviembre de 1519 se
encontraron cara a cara Cortés y Moctezuma. Y ese
acontecimiento, enormemente simbñ lico y trascendente en todas
las fuentes, nos permite justamente entender el problema de las
fuentes con las que trabajamos.
Ese dia Moctezuma pronunciñ un discurso que Cortés
transcribiñ palabra por palabra un añ o después, a pesar de que
asegurñ al inicio de su segunda carta que “en cierto infortunio
ahora nuevamente acaecido, de que en adelante [...] dare entera
cuenta, se me perdieron todas las escrituras y autos que con los
naturales de estas tierras yo he hecho” (se refiere, por supuesto, a
la llamada Noche Triste).
Segñ n la versiñ n de Corté s, el tlacatecuhtli mexica habria optado
por la sumisiñ n exigida en el “requerimiento” que mostramos en
el capitulo 4, “Centla”:
Muchos dras ha que por nuestras escrituras tenemos de nuestros
antepasados noticia que yo ni todos los que en esta tierra habitamos
somos naturales de ella sino extranjeros y venidos a ella de partes
muy extrañ as y tenemos asimismo que a estas partes trajo nuestra
generaciñ n un señ or cuyos vasallos todos eran [...] y siempre hemos
tenido que los que de é1 descendiesen habian de venir a sojuzgar
esta tierra y a nosotros como a sus vasallos, y segiin de la parte que
vos decis que vents, que es a donde sale e1 so1, y las cosas que decis
de ese gran señ or o rey que aca os envio, creemos y tenemos por
cierto, é1 sea nuestro señ or natural, en especial que nos decis que é1 ha
muchos dras tenia noticia de nosotros y, por tanto, vos sed cierto que
os obedeceremos y tendremos por señ or en lugar de ese gran señ or
que vos decis y que en ello no habra falta ni engañ o alguno y bien
podéis en toda la tierra, digo que yo en la que mi señ orio poseo,
mandar a vuestra voluntad, porque sera obedecido y hecho y todo lo
que nosotros tenemos es para lo que vos quisiéredes disponer.
La versiñ n del Câdice £Iorentino es sorprendentemente parecida:
—Señ or nuestro: te has fatigado, te has dado cansancio: ya a la tierra tu
has llegado. Has arribado a tu ciudad: Mexico. Aqui has venido a
sentarte en tu solio, en tu trono. Oh, por tiempo breve te lo
reservaron, te lo conservaron, los que ya se fueron, tus sustitutos.
Los señ ores reyes, Itzcoatzin, Motecuhzomatzin e1 Viejo, Axayacatl,
Tizoc, Ahuitzotl. Oh, que breve tiempo tan sñ lo guardaron para ti,
dominaron la ciudad de Mexico. Bajo su espalda, bajo su abrigo
estaba metido e1 pueblo bajo [...]
Y tu has venido entre nubes, entre nieblas.
Como que esto era lo que nos habian dejado dicho los reyes, los que
rigieron, los que gobernaron tu ciudad:
Que habrias de instalarte en tu asiento, en tu sitial, que habrias de
venir aca...
Pues ahora, se ha realizado: ya tu llegaste, con gran fatiga, con afan
viniste.
Llega a la tierra: ven y descansa; toma posesiñ n de tus casas reales;
da refrigerio a tu cuerpo.
}L1egad a vuestra tierra, señ ores nuestros!
“Eso nunca ocurriñ —asegura tajantemente Matthew Restall—.
Pero los españ oles imaginaron que st, en Tenochtitlan en el añ o
1519.” El supuesto discurso de Moctezuma no estaba dirigido a las
audiencias indigenas, sino a la Corona españ ola y a otros poderes
europeos.
¿Nunca ocurriñ ? Dice Enrique Semo: “Varios autores
cuestionan la autenticidad de ese discurso, pero en general la
ceremonia en st es aceptada por todos los cronistas e
historiadores contemporaneos y posteriores”.
En efecto, los cronistas españ oles y las fuentes de origen o
tradiciñ n indigena aceptan la ceremonia. No la discuten. Tampoco
lo hacen, salvo excepciones notables, los historiadores
posteriores, de fray Juan de Torquemada a Hugh Thomas. Incluso
cuando Jose Luis Martinez compara la versiñ n del capitan
extremeñ o con las de fray Bernardino de Sahagun, fray Diego
Duran, Francisco de Aguilar, Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, fray
Bartolomé de las Casas o la interpretaciñ n de Eulalia Guzman del
fiienzo de Tlaxcala, concluye que la versiñ n mas logica es la de
Cortés, respaldada por Diaz del Castillo y Lopez de Gomara.
No hay duda: la versiñ n de Cortés se impuso. Pero, segtin
Restall, el sometimiento y la prisiñ n de Moctezuma en noviembre
de 1519 son mentiras insostenibles. Entonces, ¿por que se
impusieron y han perdurado hasta hoy? Veamos.
La mentira se puso en papel por primera vez en
circunstancias extremas. Escribe Restall:
El contexto durante e1 cual Cortés redactñ su segunda carta a1 rey
era absolutamente desolador. Su campañ a habia sido un desastre. La
mayoria de los españ oles que lo acompañ aron desde Cuba estaban
muertos [...] La gran isla-ciudad no sñ lo estaba perdida, sino que
nunca habia sido conquistada [...] los españ oles [...] habian sido
expulsados con violencia del Valle. Los sobrevivientes dependian
ahora mas que nunca de sus aliados tlaxcaltecas.
Cortés tenia que justificarse y presentar su expulsiñn de
Mexico-Tenochtitlan (en la Noche de la Huida, llamada “triste”)
como una rebeliñn. Y tenian que hacerlo él y sus capitanes
porque no tenian de otra, como explica Serge Gruzinski,
agudisimo lector de esas fuentes: declarado Cortés rebelde por
Diego Velazquez en el contexto que precede a la rebeliñn de los
comuneros de Castilla (junio de 152o-abril de 1521), sñlo tiene
como salida la fuga hacia adelante.
Hernan Cortés [...] no tiene otro camino que apoderarse de los
dominios de Moctezuma, dando a su iniciativa una fachada legal,
irreprochable, imperial y cristiana. En esas circunstancias la conquista
de Mexico no parece ni una decisiñ n maduramente sopesada ni la
expresiñ n de un proyecto politico: es una cuestiñ n de vida o muerte
para e1 interesado...
La situacion, aparentemente sin salida, lleva a la desmesura.
Cortés promete cualquier cosa: “Estabamos en disposiciñ n de ganar
para vuestra majestad los mayores reinos y señ orios que habia en e1
mundo”. [...] Cortés se planta en e1 escenario del mundo
ofreciéndose como depredador planetario [...] Su programa es
literalmente demencial.
Y en este demencial salto hacia el vacio, la “sumisiñn” de
Moctezuma era imprescindible para que Cortés pudiera justificar
sus acciones ante la Corona”:
Para que se considere que los mexicas son un pueblo en revuelta
contra Carlos y, por lo tanto, e1 blanco de un contrataque presentado
como un acto de legitima defensa, es necesario inventar e1 relato de
la sumisiñ n y, para que la sumisiñ n sea mas completa, e1 señ or del
lugar debe ser rehén de sus visitantes.
Y un documento con esas intenciones, con esa necesidad (la
segunda carta de relaciñ n), sellñ la forma canonica del cuento que
luego siguieron contando los historiadores.
II. GUERRA
13. LA MATANZA DE TOXCATL
La sangre de los guerreros cual si fuera agua
corria: como agua que se ha encharcado, y e1
hedor de la sangre se alzaba a1 aire, y de las
entrañ as que parecian arrastrarse.
FRAY BERNARDINO DE SAHAGUN
ATENGAMONos a lo factible. Moctezuma no se sometiñ al emperador
Carlos el 8 de noviembre de 1519, y no quedñ preso de Cortés ni ese
dia ni en las semanas siguientes. ¿Cñ mo habria sido la convivencia
entre Cortés y sus hombres con los mexicas? Numerosas fuentes
muestran que prevalecia la autoridad de Moctezuma. Y como se
prolongara la incñ moda presencia de sus huéspedes, Moctezuma
les habria pedido que se fueran.
Segun Bernal Diaz del Castillo, Moctezuma mandñ llamar a
Corté s, quien acudiñ a verlo con Olid, otros cuatro capitanes y los
traductores Malintzin y Aguilar. Y Moctezuma les habria dicho:
jOh señ or Malinche y señ ores capitanes! Cuanto me pesa de la
respuesta y mando que nuestros teules han dado a nuestros papas y a
mi y a todos mis capitanes, y es que os demos guerra y os matemos y os
hagamos ir por la mar adelante; lo que he colegido de ello, y me
parece, es que antes que comiencen la guerra, que luego salgais de esta
ciudad y no quede ninguno de vosotros aqui [...] si no mataros han, y
mirad que os van las vidas.
Esta amenaza, porque lo es, la habria pronunciado un
Moctezuma que, segun Diaz del Castillo y muchas otras fuentes,
estaba preso de los españ oles. Les habria dicho, ademas, que “no
hubiese mas palabras, sino obras”, y en su presencia se dictaron
las ordenes para construir tres navios en la Villa-Rica. Hecho eso,
entretanto, él, Moctezuma, “mandaria a los papas y a los capitanes
que no curasen de alborotar la ciudad”.
Moctezuma ordena y Cortés obedece. O finge obedecer, como
cuenta Fernandez de Oviedo, en la alocucion de Cortés a sus
capitanes:
Señ ores y hermanos: este señ or Montezuma quiere que nos vamos
de la tierra, e conviene que hagan navios. Id con estos indios, e
cortese la madera, y entre tanto Dios nos proveera de gente e
socorro, por tanto, poned ta1 dilaciñ n que parezca que hacéis algo.
También en esta versiñ n Corté s engañ a a un Moctezuma que
sigue mandando. Poco después (una semana, dice Oviedo) llegarian
las noticias del desembarco de Panfilo de Narvaez. Cortés,
seguramente, habria pedido a Moctezuma tiempo para resolver el
problema que enfrentaba.
Aunque contradictorias, pues suponen que Moctezuma era
preso, estas versiones abonan a lo mas lñ gico: los españ oles eran
unos huéspedes ya incomodos a los que se les dice, con amenazas,
que ya es tiempo de que se marchen. Pero, entonces, aparece
Panfilo de Narvaez.
Corté s cuenta que estaba
proveyendo las cosas que parecia que convenian al servicio de Vuestra
Sacra Majestad, y pacificando y atrayendo a é l muchas provincias y
tierras [...] y descubriendo minas, y sabiendo e inquiriendo muchos
secretos... y todo con tanta voluntad y consentimiento del dicho
Mutezuma y de todos los naturales de las dichas tierras, como si de ah
initio hubieran conocido a Vuestra Sacra Majestad por su rey y señ or
natural [...]
En las cuales dichas cosas, y en otras no menos utiles al servicio de,
gasté del 8 de noviembre de 1519, hasta entrante el mes de mayo de
este añ o [...] que estando todo quietud y sosiego.
“Que estando todo quietud” fueron a avisarle que habian
llegado 18 navios a San Juan de Ulua. Luego de ires y venires de
espias y mensajeros, enterado con claridad de que encabezaba la
nueva armada española el capitan Panfilo de Narvaez, que trata
ordenes del gobernador de Cuba de deponerlo y aprehenderlo,
Cortés decidiñ salir a su encuentro; dejando la fortaleza con 5oo
hombres (sic), saliñ con 70 españoles, no sin antes recordarle a
Moctezuma que era vasallo del emperador Carlos, y que
ratificara
su vasallaje (dicho en cinco renglones, cuando las idas y venidas de
mensajeros para el asunto de Narvaez le llevaron tres o cuatro
paginas).
No hay en la crñ nica de Bernal Diaz del Castillo quietud ni
sosiego, sino preocupaciñ n por las amenazas atras contadas. Y
reitera la posiciñ n de Moctezuma, cuando le informa a Cortés:
Señ or Malinche [...] me han llegado mensajeros de cñ mo en e1
puerto adonde desembarcasteis han venido diez y ocho y mas navios, y
mucha gente y caballos [...] Y porque no me lo deciais, por una parte
tenia enojo de vos tenérmelo encubierto, y por otra me holgaba,
porque vienen nuestros hermanos para que todos os vayais a Castilla y
no haya mas palabras.
Cortés dejñ a 80 españ oles con 14 escopetas, ocho ballestas y
cinco caballos a las Ordenes de Pedro de Alvarado (para custodiar
al prisionero Moctezuma, dicen las fuentes), y marcho a enfrentar
a Panfilo de Narvaez. Hay otro dato preciso en el cual repara
Matthew Restall: cuando Cortés saliñ a combatir a Narvaez,
Moctezuma enviñ observadores. Moctezuma, el hug tlatoani,
seguia disponiendo de miles de guerreros y decidia también
cuando y donde luchaban.
Quedñ , pues, Alvarado al frente de las fuerzas españ olas (y un
indeterminado numero de tlaxcaltecas, huexotzincas y
zempoaltecas) aposentadas en la ciudad de Mexico. Poco después
llega la hora de la gran fiesta del mes Tñ xcatl en honor de
Huitzilopochtli. Sobre la preparacion de la festividad, ni Cortés ni
Diaz del Castillo (ambos a la sazñ n en Veracruz) dan detalles. Los
informantes de Sahagñ n, segiin los cuales Moctezuma estaba
preso, ponen al monarca pidiendo permiso a Alvarado para
realizar la fiesta:
Luego pidieron [los mexicas] la fiesta de Huitzilopochtli. Y quiso ver
e1 españ ol cñ mo era la fiesta, quiso admirar y ver en que forma se
festejaba.
Luego dio orden Motecuhzoma: unos entraron a la casa del jefe,
fueron a dejarle la peticion.
Y cuando vino la licencia a donde estaba Motecuhzoma
encerrado, luego ya se ponen [a preparar la fiesta].
En el Câdice itamirez se cuenta al reyes. Es Alvarado quien Ie
ruega a Moctezuma que hagan su “mitote”: “En el entretanto don
Pedro de Alvarado, que habia quedado en Mexico por su lugar
teniente, rogo a Motecuzoma que todos los señ ores sus vasallos
hiciesen un mitote como sabian, galanos y sin armas [...]”
Y los Anales de Tlatelolco lo dicen asi:
Pronto después [los mexicas] pidieron instrucciones a Moctecuzoma en
que forma deberian celebrar la dieta de su dios. El les dio la orden
sobre la manera: “Ponedle todas las ofrendas: haced de este modo”.
Cuando e1 Tonatiuh les dio e1 permiso, ambos ya estaban encadenados;
Motecuzoma y e1 Tlacochcalcatl Itquahtzin, de Tlatelolco.
Fue en aquella época cuando ahorcaron en Atenantitech a1
Nexaulquetzin, principe acolhuaca [...]
Como segundo muriñ e1 soberano de Nautla, llamado
Cualpopocatzin. Lo mataron a flechazos y, cuando lo hubieron
llenado de flechas, entonces todavia lo quemaron vivo.
(Apunte: el señ or de Nautla habria sido ejecutado por Cortés
antes de salir a combatir a Narvaez, y, en algunas fuentes, el hecho
de que Cualpopocatzin atacara a los españ oles fue la causa de la
prision de Moctezuma. Tampoco me parece factible esa versiñ n.)
Para Matthew Restall estos parrafos resultan muy
importantes. De los que lo preceden y de ellos resulta que en mayo
ocurrieron tres cosas, aunque no podamos estar seguros de su
orden y relaciñ n causal. Una fue la celebraciñ n del Tñ xcatl. Los
españ oles ya habian presenciado festejos mexicas con sacrificios
(llevaban ocho meses en Tenochtitlan), y Alvarado, entre todas sus
justificaciones de la matanza, diria que le informaron que
Moctezuma pensaba incluir a algunos españ oles (es decir, que
Moctezuma mandaba). La segunda fue la guerra abierta entre los
aztecas y los caxtiltecas (castellanos en nahuatl). Estos tuvieron
ventaja sñ lo en las primeras horas, cuando arremetieron contra
quienes festejaban matandolos y mutilandolos. Después de eso, se
atrincheraron en el palacio de Axayacatl. La tercera fue que
Moctezuma parece ser finalmente apresado junto con muchos
nobles y funcionarios. Es tambié n importante que se consigne que
fue en mayo y después de la prisiñ n de Moctezuma cuando se
verificñ la ejecucion de Cualpopocatzin, la cual a decir de Cortés y
las fuentes afines, se habia suscitado anteriormente, lo que les
servia de fundamento para la prision de Moctezuma.
No dejemos de lado a Alva Ixtlilxochitl; su versiñ n es mas
ambigua, porque si bien manda Moctezuma, esta condicionado:
Estando Cortés, en e1 puerto de la Veracruz a lo de Narvaez,
ofreciñ se la fiesta tan celebrada de los mexicanos llamada Toxcatl
[...] y como Cortés les habia vedado e1 sacrificio de los hombres, tan
solamente se hiso un solemne mitote y danza en e1 patio del templo
mayor.
El “permiso” dado por Alvarado (o su aceptaciñ n) para la
celebracion del “mitote” era en realidad una trampa mortal en la
que el capitan españ ol pretendio acabar con la elite mexica
asesinando a sus guerreros y dirigentes y, muy probablemente,
aprehendiendo a Moctezuma y a los nobles principales.
Practicamente todas las fuentes aseguran que lo hizo sin permiso
ni conocimiento de Cortés, quien estaba en situacion desesperada,
si seguimos la narraciñ n como hasta ahorita. Por un lado, se acaba
la paciencia, la tolerancia de Moctezuma y de los mexicas por su
larga estancia en Tenochtitlan. Por el otro, una fuerza españ ola
muy superior esta en Veracruz con la orden de aprehenderlo y
conducirlo a Cuba como rebelde. Alvarado, que sin lugar a dudas
comparte la angustia de Cortés, intenta cortar una de las dos
amenazas que se ciernen sobre él y sus partidarios.
Consideremos un dato: la matanza del Templo Mayor habria
ocurrido el 20 o 22 de mayo de 1520. La derrota de Panfilo de
Narvaez a manos de Cortés y sus aliados indigenas ocurriñ el 27 o
28 del mismo mes.
Varias fuentes recogerian la justificaciñ n de Alvarado, segun la
cual el capitan simplemente se adelantñ a una conspiraciñ n para
exterminar a los españ oles pasada la fiesta o durante ella. Leamos
al “conquistador” Antonio de Solis:
Era su intento dar principio a1 baile para convocar a1 pueblo, y
llevarsele tras st con la diligencia de apellidar la libertad de su rey y
la defensa de sus dioses [...] vinieron la mañ ana precedente a1 dia
señ alado algunos de los promovedores del motin a verse con Pedro
de Alvarado, y le pidieron licencia para celebrar su festividad [...] se
la concedio, con calidad de que no llevasen armas [...] pero aquella
noche
supo que andaban muy solicitos escondiendo las armas en e1 barrio
mas vecino a1 templo.
Resolviñ asaltarlos en e1 principio de su fiesta, sin dejarles lugar
para que tornasen las armas [...] asi lo puso en ejecucion, saliendo a
la hora señ alada con cincuenta de los suyos, y dando a entender, que
le llevaba la curiosidad o e1 divertimiento. Hallñ los entregados a la
embriaguez, y envueltos en e1 regocijo cauteloso de que se iba
formando la traiciñ n.
Alva Ixtlilxñ chitl culpa a los tlaxcaltecas (como en Cholula):
Y fue que ciertos tlaxcaltecas [...] por envidia, lo uno por acordandose
que en semejante fiesta los mexicanos solian sacrificar gran suma de
cautivos de los de la naciñ n tlaxcalteca, y lo otro que era la mejor
ocasion que ellos podian tener para poder henchir las manos de
despojos y hartar su codicia y vengarse de sus enemigos.
Fueron con esta invenciñ n a1 capitan Pedro de Alvarado, que estaba
en lugar de Cortés, e1 cual no fue menester mucho para darles
crédito, porque tan buenos filos y pensamientos tenia como ellos, y
mas viendo que alli en aquella fiesta habian acudido todos los
señ ores y cabezas del imperio.
Y Alvarado y sus hombres desataron la muerte. Dice el Câdice
Florentino.
Pues asi las cosas, mientras se esta gozando de la fiesta, ya es e1
baile, ya es e1 canto [...] en ese preciso momento los españ oles
toman la determinaciñ n de matar a la gente. Luego vienen hacia aca,
todos vienen en armas de guerra.
Vienen a cerrar las salidas, los pasos, las entradas: la Entrada del
Aguila, en e1 palacio menor; la de Acatl lyacapan (Punta de la Cañ a),
la de Tezcacoac (Serpiente de Espejos). Y luego que hubieron cerrado,
en todas ellas se apostaron: ya nadie pudo salir.
Dispuestas asi las cosas, inmediatamente entran a1 Patio Sagrado
para matar a la gente. Van a pie, llevan sus escudos de madera, y
algunos los llevan de metal y sus espadas.
Continua Ixtlilxñ chitl:
Y cogiendo las puertas de é1 con algunos de sus compañ eros y los
tlaxcaltecas, entrñ con todos los demas con grande impetu, haciendo
gran matanza y carniceria de los desdichados mexicanos [...] estaban
desapercibidos y sin armas; y asi en breve espacio mataron a todos
los mas que alli hallaron, y cargaron ellos y los tlaxcaltecas de muy
grandes despojos y riquezas.
Las narraciones no pueden evitar el patetismo. Fray Diego
Duran, quiza el narrador mas cercano a los mexicas, elimina
cualquier tipo de justificaciñ n:
Don Pedro de Alvarado mandñ poner a las cuatro puertas del patio
cuarenta soldados, diez a cada puerta, para que por alli ninguno se
les fuese, y mando a otros diez que se fuesen hacia los que tocaban
e1 tambor, donde les parecio que andaba la gente mas ilustre [...] y
que en llegando matasen a1 que tañ ia e1 tambor y luego tras é1 a
todos los circunstantes; lo cual los predicadores del evangelio de
Jesucristo, o por mejor decir discipulos de iniquidad, sin ninguna
tardanza hicieron, entrando entre aquellos desventurados, desnudos
en cueros con solamente una manta de algodñ n a las carnes, sin
tener en las manos sino rosas y plumas con que bailaban, los
metieron a todos a cuchillo; lo cual como vieron los demas,
acudiendo a las puertas para huir eran muertos por los que
guardaban las puertas; de suerte que queriéndose meter y esconder
por los aposentos, huyendo de aquellos ministros del demonio, no
pudiéndose esconder de ellos fueron todos muertos, quedando e1
patio lleno de la sangre de aquellos desventurados y de tripas y
cabezas cortadas, manos y pies y otros con las entrañ as de fuera, a
cuchilladas y estocadas, que era e1 mayor dolor y compasion que se
pudo pensar; especialmente con los dolorosos gemidos y
lamentaciones que alli en aquel patio se oian [...] a los montes hacian
resonar y a las piedras hacian quebrantar de dolor y lastima, viendo
ocho o diez mil Señ ores en quien consistia la nobleza de Mexico,
muertos y hechos pedazos en e1 patio del templo, sin aber hecho ni
cometido cosa que lo mereciese, sino era abelles dado sus bienes y
haciendas y de comer y beber todo lo que les era necesario, con tanta
abundancia como queda referido.
El propñsito de Alvarado era liquidar a la jerarquia militar
mexica. Muy probablemente fue entonces cuando aprehendiñ a
Moctezuma y a los demas dignatarios que estarian presos con él,
asi como a numerosos familiares de la nobleza indigena. Sin
embargo, resulta curioso enterarse de que los principales
dignatarios, sin excepciñn, salvaron la vida, y que en las fuentes no
se da el nombre de ningñn guerrero célebre, ni gobernante, ni
miembro de la familia gobernante, que hubiese perecido en la
matanza.
La matanza del Templo Mayor no descabezñ en términos
politicos ni militares a la Triple Alianza, no debilito la fuerza
militar de Mexico-Tenochtitlan, ni siquiera provocñ una crisis en
el mando, como veremos. Lo que st hizo fue provocar la guerra. Esta
vez coinciden las fuentes. La reaccion de los mexicas fue
inmediata. Dice fray Bernardino de Sahagun:
Y cuando se supo fuera, empezñ una griteria:
—Capitanes, mexicanos... venid aca; jQue todos armados vengan:
sus insignias, escudos, dardos!... }Venid aca de prisa, corred: muertos
son los capitanes, han muerto nuestros guerreros!... Han sido
aniquilados, oh capitanes mexicanos.
Entonces se oyñ e1 estruendo, se alzaron gritos, y e1 ulular de la
gente que se golpeaba los labios. Al momento fue e1 agruparse, todos
los capitanes, cual si hubieran sido citados: traen sus dardos, sus
escudos.
Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y
aun con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas furiosos y
apresurados lanzan. Cual si fuera capa amarilla, las cañ as sobre los
españ oles se tienden.
Y aqui aparece otro hueco muy notable en las narraciones: un
mes entero desaparece. Sñ lo sabemos que durante ese mes (del 20
o 22 de mayo, fecha de la matanza, al 24 de junio, cuando regresa
Cortés) los 80 españ oles y quiza 4 000 tlaxcaltecas a las ordenes
de Alvarado (una vez mas, se pierden los nombres de los capitanes
nahuas de Tlaxcala), con Moctezuma y muchos principales presos,
realmente rehenes, se defienden en el Palacio de Axayacatl,
asediados, sitiados por los mexicas y cada vez mas desesperados.
Entretanto, Hernan Cortés habia neutralizado la otra amenaza
que sobre é l se cernia. Con (o sin, segun la fuente) el inapreciable
pero no contabilizado auxilio de tlaxcaltecas y cempoaltecas, el 27
o 28 de mayo derrotñ a la fuerza que las fuentes llaman
“numéricamente superior” (otra vez se borra a los
mesoamericanos que abrumaron en numero a los de Narvaez)
enviada por el gobernador Diego Velazquez para aprehenderlo, y
que tuvo como efecto principal reforzarlo en soldados españ oles,
caballos, armas de hierro y fuego, asi como prestigio ante los
suyos
y sus aliados. Asegurada la retaguardia y alertado de los graves
sucesos ocurridos en Tenochtitlan, emprendiñ el regreso al valle
de Mexico. Dice Bernal Diaz del Castillo:
Y luego caminamos a muy grandes jornadas hasta llegar a Tlaxcala,
donde supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habian
sabido cñ mo habiamos desbaratado a Narvaez, no dejaron de dar
guerra a Alvarado, y le habian ya muerto siete soldados, y le quemaron
los aposentos, y que después que supieron nuestra victoria cesaron de
darle guerra.
No creo que requiera comentarios, pero no me resisto a
insistir: “Montezuma y sus capitanes”. Bernardino Vazquez de
Tapia ofrece una explicaciñ n mucho menos terrenal del cese
temporal de hostilidades:
Y preguntando a indios principales que eran Capitanes cñ mo nos
habian dejado, tiniéndonos en tanto aprieto y peligro, dijeron que, en
aquella sazñ n, que nos entraban y tenian en tanto trabajo, vieron una
mujer de Castila, muy linda y que resplandecia como e1 so1, y que les
echaba puñ ados de tierra en los ojos, y, como vieron cosa tan extrañ a,
se apartaron y huyeron.
Regresemos: a su paso por Tlaxcala, Cortés pasñ revista:
Y luego Cortés mandñ hacer alarde de la gente que llevaba, y hallñ
sobre mil trecientos soldados, asi de los nuestros como de los de
Narvaez, y sobre noventa y seis caballos, ochenta ballesteros, y otros
tantos escopeteros, con los cuales le parecio que llevaba gente para
poder entrar muy a nuestro salvo en Mexico. Ademas de esto, en
Tlascala nos dieron los caciques dos mil indios de guerra.
Luego fuimos a grandes jornadas hasta Tezcuco, y no se nos hizo
honra ninguna ni parecio ningun señ or. Llegamos a Mexico dia de
señ or san Juan de junio de 1520, y no parecian por las calles caciques ni
capitanes, ni indios conocidos, sino todas las casas despobladas.
Hagamos un paréntesis, porque Alva Ixtlilxñ chitl dice otra
cosa:
Cortés volvia victorioso y muy bien acompañ ado, porque trata
consigo mil hombres de guerra y cien caballos, supo en e1 camino
como los de Mexico se habian alzado contra los que alli dejñ , y que si
no fuera por Motecuhzoma los hubieran muerto, con cuyas nuevas
vino a grandes jornadas hasta llegar a la ciudad de Tetzcuco, en
donde se reformñ , descansñ , fue regalado y avisado, dandole cuenta
de todo, y de cñ mo aun en la misma ciudad de Tetzcuco habia
algunos apasionados de los deudos y amigos de los que matñ Pedro
de Alvarado.
Las demas fuentes —salvo el Câdice itamirez— coinciden con
Bernal Diaz del Castillo. Lo mas seguro es que Ixtlilxñ chitl adelante
los hechos que st ocurrieron, pero no antes de que tuviera lugar la
tercera entrada de Cortés al valle de Mexico. De momento, lo que
sobreviene es el vacio que se hace al enemigo y que se agudiza en
Mexico. Dice Corté s:
Y dia de San Juan, después de haber oido misa, me parti y entre en
ella casi a mediodia, y vi poca gente por la ciudad, y algunas puertas
de las encrucijadas y traviesas de las calles quitadas, que no me
pareciñ bien, aunque pensé que lo hacian de temor de lo que habian,
y que entrando yo los aseguraria.
Con ese muy significativo vacio y silencio, Cortés y sus
compañeros llegan al Recinto Sagrado y, segun Cervantes de
Salazar, el propio capitan golpea la puerta principal:
Desde e1 muro pregunta Pedro de Alvarado: “¿Quien llama y que
quiere?” Replicñ Cortés: “Llama Hernando Cortés, nuestro capitan, que
quiere entrar”. Entonces Pedro de Alvarado le dixo: “Señ or, ¿viene
vuestra Merced con la libertad que salio de aqui y con e1 mando y
señ oria que sobre nosotros tenia?” Diciendo Cortés que st y, loado Dios,
con mas pujanza e mayor victoria, con grande alegria los que dentro
estaban le abrieron la puerta.
Lo que sigue son las explicaciones, el reparto de las culpas
(cuando Cortés escucho las justificaciones de Alvarado “le dijo
muy enojado que era muy mal hecho y gran desatino”), la
reanudacion de la guerra, brevemente suspendida, y la aceleracion
de la historia: Cortés llega a la ciudad el 24 de junio y vuelve a salir
de ella el dia 30. Seis dhas ricos en acontecimientos.
14. LA MUERTE DE MOCTEZUMA
LA MEJoR versiñn de historia grafica para niños hace del vacio en
tomo a Cortés una estrategia de Cuauhtémoc, jefe de la
resistencia mexica surgida al quedar en prision Moctezuma,
Cuitlahuac, Cacamatzin y los demas señores principales:
Un mensajero: Malinche regresa con muchos teules! jRegresa...!
Cuauhtémoc: Déjenlos entrar a Tenochtitlan... Nunca mas saldran
de aqui! jEscñ ndanse para que no vean cuantos somos!
Si la guerra se suspendiñ unos dhas, ya sea porque los mexicas
esperaban el resultado de la lucha entre Cortés y Narvaez, ya
porque se les apareciñ la Virgen Maria, tan pronto regresñ el
capitan extremeñ o se reanudñ con brios crecientes. Recuerda
Vazquez de Tapia:
Venido e1 Marquis, con la gente que habia llevado y otra muy mucha
de la que trajo Narvaez y muchos caballos y mucha artilleria, en
entrando en esta Ciudad luego a otro dia se tornaron a levantar los
indios y dar cruel guerra y en los primeros reencuentros, aunque
murieron muchos indios, murieron y mataron algunos españoles y
caballos y pusieron fuego a la fortaleza y aposento a donde
estabamos, que ardio dos dras sin poder apagar; y teniamos hambre y
padeciamos gran necesidad de bastimentos para comer.
En la primera salida, 400 españ oles a las Ordenes de Diego de
Ordaz —quien tenia la encomienda de Cortés de ver que ocurria en
la ciudad— fueron batidos:
Como fue Diego de Ordaz, de la manera que le fue mandado, aun no
hubo llegado a media calle por donde iba cuando le salen tantos
escuadrones mexicanos de guerra, y otros muchos que estaban en las
azoteas, y les dieron tan grandes combates, que le mataron en las
primeras arremetidas ocho soldados [...] y a1 mismo Ordaz le dieron
tres heridas. De manera que no pudo pasar un paso adelante, sino
volverse poco a poco a1 aposento.
Estos combates eran en el islote de Tenochtitlan, fuera del
recinto sagrado, y sin llegar a entrar a los canales. Al mismo
tiempo, cuenta Bernal Diaz del Castillo, los mexicas atacaron
“[sus] aposentos” con tal brio que hirieron a 46 españ oles, 12
de los cuales perecerian de las heridas recibidas. Aunque Antonio
de Solis minimiza las bajas (porque los tlaxcaltecas muertos no
cuentan casi nunca en las crñ nicas españ olas):
No se dejaron ver aquella tarde los rebeldes, ni después hubo
accidente que turbase la quietud de la noche. Llego la mañana, y
viendo Cortés que duraba e1 silencio del enemigo [...] dispuso que
saliese Diego de Ordaz a reconocer la ciudad [...] los indios
embistieron tumultuariamente, y anegados en su mismo numero, se
impedian e1 uso de las armas [...] Consiguio con dificultad la retirada,
y no dejo de costar alguna sangre, porque volvieron heridos Ordaz, y
los mas de los suyos, quedando muertos ocho soldados que no se
pudieron retirar. Serian acaso tlaxcaltecas, porque sñlo se hace
memoria de un español que obrñ señaladamente aquel dia, y murio
[...]
Bernardino Vazquez de Tapia da una versiñn muy parecida:
Venido e1 Marquis, con la gente que habia llevado y otra muy mucha
de la que trajo Narvaez y muchos caballos y mucha artilleria, en
entrando en esta Ciudad luego a otro dia se tornaron a levantar los
indios y dar cruel guerra y en los primeros reencuentros, aunque
murieron muchos indios, murieron y mataron algunos españoles y
caballos y pusieron fuego a la fortaleza y aposento a donde
estabamos, que ardio dos dras sin poder apagar; y teniamos hambre y
padeciamos gran necesidad de bastimentos para comer.
Hambre. Apuntemos que en una guerra ritual no se sitia por
hambre. La guerra aqui pierde ese caracter que en tantas fuentes
parece ser la unica forma de guerra en Mesoamérica. Alva
Ixtlilxñchitl cuenta, al fin, que Cortés le exigio a Moctezuma que
ordenase a sus subditos detener la guerra:
Y asi se comenzñ entre ellos una cruelisima guerra, y en la primera
pelea mataron los mexicanos a cuatro españoles; y otro dia adelante
hirieron muchos, y cada dia les daban cruel bateria [...] a1 septeno fue
tan recio e1 combate que dieron a la casa del aposento de los
españoles, que no tuvo Cortés otro remedio, sino hacer a1 rey
Motecuhzoma que se subiese a uno torre alta y les mandase que
dejasen las armas.
¿Lo hizo Moctezuma? Todas las crñnicas coinciden en que st lo
hizo. Dice Bernal Diaz del Castillo que Moctezuma se negñ en un
principio: “Yo tengo creido que no aprovecharé cosa ninguna para
que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor y han
propuesto de no os dejar salir de aqui con la vida; y asi creo que
todos vosotros habéis de morir”.
Este parrafo contradice el guion escatolñgico, teolñgico de la
versiñn tradicional: Moctezuma, pues, no cree, como dicen, que el
destino, la profecia, exige la victoria española. Mientras tanto, “el
padre de la Merced y Cristñbal de Olid” convencen al fin al
monarca, o al depuesto monarca, de que haga lo que pueda.
Montezuma se puso a pretil de una azotea con muchos de nuestros
soldados que le guardaban, y les comenzñ a hablar con palabras muy
amorosas que dejasen la guerra y que nos iriamos de México, y
muchos principales y capitanes mexicanos bien le conocieron, y luego
mandaron que callasen sus gentes y no tirasen varas ni piedras ni
flechas; y cuatro de ellos se llegaron en parte que Montezuma les
podia hablar, y ellos a é1.
Llorando, aquellos principales le habrian dicho que ya habian
elevado a Cuitlahuac como señor y que lamentaban su prision y su
estado. También le comunicaron que harian la guerra hasta acabar
con los españoles.
Hasta ahi hay unanimidad en las fuentes. Esta se rompe con lo
siguiente. Sigamos con Bernal Diaz del Castillo:
Y no hubieron bien acabado e1 razonamiento, cuando en aquella
sazñn tiran tanta piedra y vara, que los nuestros que le arrodelaban,
desde que vieron que entretanto que hablaba con ellos no daban
guerra, se descuidaron un momento de rodelarle de presto, y le dieron
tres pedradas, una en la cabeza, otra en un brazo y otra en una pierna.
Y Moctezuma se habria dejado morir, rechazando las
curaciones y los alimentos.
Y Cortés llorñ por é1, y todos nuestros capitanes y soldados, y
hombres hubo entre nosotros, de los que le conociamos y tratabamos,
de que fue tan llorado como si fuera nuestro padre, y no nos hemos de
maravillar de ello viendo que tan bueno era. Y decian que hacia diez
y siete años que reinaba, y que fue e1 mejor rey que en México habia
habido [...]
Pero si las fuentes coinciden en que Moctezuma, ahora st preso,
se dirigiñ a los tenochcas para que cesara la guerra, sobre su
muerte ya no hay unanimidad. Matthew Restall se pregunta:
¿quien mato a Moctezuma? Y sintetiza: los relatos dan cinco
versiones. La tradicional inicia con la segunda carta de relaciñ n de
Hernan Cortés:
Y e1 dicho Mutezuma, que todavia estaba preso, y un hijo suyo, con
otros muchos señores que a1 principio se habian tornado, dijo que le
sacasen a las azoteas de la fortaleza y que é1 hablaria a los capitanes
de aquella gente y les haria que cesase la guerra. Y yo le hice sacar, y
en llegando a un pretil que salia fuera de la fortaleza, queriendo
hablar a la gente que por alli combatia, le dieron una pedrada los
suyos en la cabeza, tan grande, que de alli a tres dras muriñ.
Habria muerto, pues, a causa de proyectiles aztecas, de manera
accidental. Tal como lo cuenta Bernal Diaz del Castillo y lo
reproducen Lñ pez de Gñ mara, Fernandez de Oviedo y muchos
historiadores durante cinco siglos.
La segunda versiñ n inicia de manera parecida, pero atribuye
culpabilidad directa y premeditaciñ n a los “rebeldes”. Se deriva de
la crñ nica “cuasiindigena” que hace de Moctezuma chivo
expiatorio de la derrota mexica. Esta versiñ n predomino en el
siglo
XVII.Los mexicas insultan y llaman cobarde al emperador.
En estas dos versiones los españ oles no sñ lo son inocentes, sino
que aparecen también consternados. Llorando a quien era como un
padre, dice Bernal Diaz del Castillo.
La tercera versiñ n:
La idea de que Montezuma contribuyñ de alguna forma a su propia
muerte, ya sea por sus imprudentes intentos de dirigirse a un
populacho armado y hostil o por negarse a la atenciñn médica y a1
alimento, se desarrolla por completo en la tercera variante de la
historia: muerte por suicidio.
Por nuestra parte, añadimos como coda que habria sido la
atenciñn médica; no hubo tiempo para que el tlncntecuhtli falleciera
ya no digamos de hambre, ni siquiera de sed. Una cuarta version
coincide con las anteriores, pero añade un nombre, el hombre
que habria soliviantado a los mexicas para que no escucharan a
Moctezuma: Cuauhtémoc, que entra aqui en la historia y que,
segun el Câdice ftamirez, habria dicho:
¿9ué es lo que dice ese bellaco de Motecuczoma, mujer de los
españoles, que ta1 se puede llamar, pues con animo mujeril se entrego
a ellos de puro miedo y asegurandose nos ha puesto a todos en este
trabajo? No le queremos obedecer porque ya no es nuestro rey, y
como a vi1 hombre le hemos de dar e1 castigo y e1 pago.
La quinta versiñ n acusa a los españ oles. Los acusa desde el siglo
Xvl, y no es solamente la version de tradicion indigena. Escribe
chimalpahin:
En [la fiesta de] Tecuilhuitontli los españoles mataron a
Motecuczomatzin, lo estrangularon antes de huir de noche. Mataron
asimismo a Cacamatzin, tlatohuani de Texcoco, y a1 tlocochcat
Itzcuahtzin, teuclato de Tlatelolco; a los tres los estrangularon los
españoles.
Otra vez el Câdice itomirez señ ala que, tras la huida de los
españ oles “y yendo a buscar a Motecuczoma, dicen que le hallaron
muerto a puñ aladas, que le mataron los españ oles a él y a los
demas principales que tenian consigo la noche que huyeron, y éste
fue el fin de aquel desdichado”.
Matthew Restall le da al acontecimiento esta lectura:
En e1 cuasiindigena Câdice Rnmirez, Montezuma y los otros nobles
cautivos son apuñ alados fatalmente por los españ oles, esta version
fue apoyada por los frailes Acosta y Duran. Un extrañ o detalle
mencionado por e1 jesuita Tovar, “y no faltñ quien dijo que porque
no le viesen la herida le habian metido una espada por la parte
baja”, lo que repite
Ixtlilxñchitl [...] No importa que tan delicadamente se ponga, es claro
que muchas décadas después del suceso se decia que los españoles
metieron una espada en e1 trasero de Montezuma (no hay duda, como
lo señala e1 académico belga Michel Garaulich, que esto se considero
apropiado para un emperador de costumbres sodomitas), un
desagradable simbolo de en qué forma tan profunda se ha perjudicado
la reputaciñn de Montezuma por siglos.
¿Que hacemos con estas versiones encontradas? Restall
encuentra una clave, que suscribo:
¿9ué sucediñ con e1 cuerpo del emperador? Las narraciones españolas
dieron poca atenciñn a este asunto, siguiendo e1 tono que Cortés
impuso (é1 dijo que “los prisioneros indios” se llevaron e1 cuerpo “y
no sé que hicieron con é1”). Pero los relatos cuasiindigenas ofrecen
detalles reveladores. De acuerdo con e1 Codice Florentino, llevaron
e1 cuerpo a Copulco y ahi lo cremaron. Copulco era ellugar donde
vivian los sacerdotes que celebraban e1 Fuego Nuevo [...] En e1 Cñdice
Tudela los sacerdotes se comen las cenizas de Montezuma, como
señal de reverencia y también en un ritual de renacimiento y
renovaciñn. Y en los Anales de Cuauhtitlan e1 cuerpo se lleva en
procesion por las ciudades en los cuatro puntos cardinales antes de
que lo cremaran. [A pesar de las contradicciones entre st,] siempre
exponen un elemento clave: e1 entierro, realizado por los mexicas, fue
un ritual de respeto y reverencia, no una disposicion irreverente del
cuerpo por parte de sus asesinos.
Aun mas:
Todavia existe otro posible giro de cñmo vieron los nahuas cristianos
ese entierro décadas mas tarde. La historiadora del arte Diana
Magaloni ha señalado que la ilustraciñn del Codice Florentirio de los dos
mexicas que sacan e1 cuerpo de Montezuma del lago (adonde los
españoles lo habrian arrojado) refleja la imagen del descenso de la
cruz.
La conclusiñn es lñgica: Moctezuma nunca fue despreciado,
mucho menos asesinado por su gente. Y hay un elemento comun
en todas esas versiones: culpar al otro. Nadie quiere asumir la
muerte del tlacatecuhtli, y todos la lloran.
Pero hay otra conclusiñ n: la herida o el rumor de la herida
recibida por Moctezuma
fue un regalo del cielo para los capitanes que asesinaron a
Montezuma y a los otros miembros de la familia real que estaban
cautivos, porque se tratñ de un asesinato en masa de toda la realeza
azteca o tlahtohcayotl. Los tlatoanis de todas las ciudades-Estado que
formaban la Triple Alianza, asi como también e1 rey de Tlatelolco,
fueron ejecutados: Cacama, de Texcoco (“apuñalado cuarenta y cinco
veces” de acuerdo con lo dicho por Alva Ixtlilxñchitl); e1 tlahtoarii de
Tlacopan, e Itzquauhtzin de Tlatelolco. Estas muertes estan bien
documentadas sin la controversia o misterio que rodea la muerte de
Montezuma.
No es de extrañ arse este asesinato en masa ante la
desesperaciñ n de los españ oles. Lo que importaba era debilitar al
enemigo y preparar la huida de Tenochtitlan. Y, sin embargo, ¿por
que los mismos que nunca negaron la matanza de Cholula o los
asesinatos de Cacama o Cuauhtémoc negaron el de Moctezuma?
Porque tiraria por los suelos todo el discurso de redenciñ n, de
sumisiñ n y de rebelion contenido en la segunda carta de relaciñ n,
escrita por Cortés cuando se prepara a entrar por tercera vez al
valle de Mexico, ahora st claramente en son de guerra...
Y, con todo, como siempre en esta historia, nada esta
completamente claro. Dice el Câdice Bamirez:
No quisieron hacer obsequias ni ninguna honra a este miserable rey,
antes a1 que trataba de ello lo denostaban y afrentaban, y de lastima
un mayordomo suyo, é1 solo, sin mas aparato le quemo, y tornando
sus cenizas en una olluela la enterrñ en un lugar harto desdichado.
15. HEROES
(Cuauhtémoc)
Joven abuelo: escuchame loarte,
unico héroe a la altura del arte.
RAMON LoPEZ VELARDE
EN EL hilo de la narraciñ n, lo que sigue es la Noche Triste, noche de
la victoria, noche siniestra, noche de la huida. Pero si me permites,
lectora o lector, hare un paréntesis para reflexionar sobre los
heroes, pues te habras dado cuenta de que acaban de aparecer en
esta historia dos personajes: Cuitlahuac y Cuauhtémoc.
Porque en la historia tradicional, y en la que en Mexico
acompañ ñ al proyecto nacionalista del Estado liberal del siglo xIX,
continuada durante buena parte del siglo xx, los “heroes” ocupan
un lugar destacado, primordial en la idea de naciñ n. En ello, los
historiadores mexicanos (destacadamente para este asunto Manuel
Orozco y Berra y Alfredo Chavero) siguen los modelos europeos,
hegelianos, y buscan la esencia de la patria, que arranca en
Tenochtitlan. Con ello, en realidad, retomaban y fortalecian la
version canñ nica, el discurso españ ol, que legitimaba su
pretendido dominio sobre toda la America Septentrional (o al
menos, la “America Septentrional españ ola”), ademas de las
razones religiosas, en el hecho de haber doblegado a Mexico-
Tenochtitlan, supuesta dominadora de todas las tierras cuya
herencia reclamaban los españ oles.
Y el talante heroico aparece en contraposiciñ n a quien
acabarnos de dejar y se convierte en el antihéroe por excelencia.
Escribiñ Salvador Toscano a mediados del siglo xx:
Pero también ese dia [8 de noviembre] se incubñ una [...] rebeliñn
contra e1 pusilanime Moctezuma. El soberano de Mexico, dice e1
informante de Sahagtin, habria pedido obediencia y bastimento para
los blancos; pero “los principes que convoco ya no le obedecian;
estaban enojados; ya no iban con é1; ya no hallaba obediencia”. En e1
corazñn indigena se planteo este dilema: hombres o dioses. Quienes
los consideraban hombres querian la guerra, pero quienes veian en
ellos los teules legendarios de Oriente pedian sumisiñn. Y en medio
de estas encontradas opiniones un soberano blando, cobarde, temeroso
de los dioses extranjeros, conducia a su pueblo por la via de la
ignominia.
Frente a esto es que se alzan los heroes. El mismo autor:
Alvarado todavia habria de cometer un error mas. A instancias de
Moctezuma dejñ libre a Cuitlahuac, también prisionero en e1 palacio,
para que —decia e1 soberano de Mexico— recomendara la paz a los
mexicanos. Pero e1 valeroso señor de Ixtapalapa, Cuitlahuac, saliñ de
la infamia de la prisiñn para ponerse a la cabeza de los suyos. Y
mientras Cuauhtémoc surgia a la historia como e1 caudillo de la
rebeliñn, Cuitlahuac pasaria como e1 héroe de la expulsiñn y derrota
de los extranjeros en la Noche Tenebrosa.
Dicho “talante heroico” aparece en las mismas fuentes, incluso
en las españ olas. Bernal Diaz del Castillo retrata asi a Cuauhtémoc:
“Era un sobrino o pariente muy cercano de Montezuma, que se
decia Guatemuz, mancebo de hasta de veinte y cinco añ os, bien
gentilhombre para ser indio, y muy esforzado, y se hizo temer de
tal manera que todos los suyos temblaban de él”.
Al presentarlo, el Câdice ftamtrez describe la politica que habria
de seguir una vez coronado:
Y eligieron los mexicanos por rey a un sobrino de Motecuzuma
llamado Quauhtemoc, señor de Tlatilulco en México, sacerdote
mayor de sus ritos y idolatrias y hombre de mucho valor y terrible
[...]
No quisieron por tener concepto de éstos que eran insufribles y
codiciosos. Tornñles otra vez a tratar aquesto, y aun otras dos,
diciéndoles ser entonces tiempo comodo: dijeron que querian mas
morir, que hacerse esclavos de gente tan mala como los españoles; asi
quedñ concluido que era mejor morir.
En ambos casos, ya lo veremos, se observa esa resoluciñ n: los
dos ultimos tlncotecuhtlis de Mexico-Tenochtitlan imponen, por
convicciñ n y por fuerza, la posiciñ n de resistir sin tregua a los
españ oles y a sus aliados.
Pero no hay Aquiles sin Hector, Mosqueteros sin cardenal
Richelieu, ni Tezcatlipoca sin Quetzalcñ atl. Y para algunos
mexicanos el verdadero héroe, el constructor de la patria (otra
vez en el sentido occidentalizante y monolitico de “patria”), es
Hernan Cortés. Seamos parcos y usemos sñ lo tres textos. Dice su
biñ grafo oficial, Lñ pez de Gñ mara:
Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; e1
color ceniciento, la barba clara, e1 cabello largo. Tenia gran fuerza,
mucho animo, destreza en las armas. Fue travieso cuando muchacho y
cuando hombre fue asentado, y asi tuvo en la guerra buen lugar [...]
Fue muy dado a mujeres y dioses siempre. Lo mesmo hizo a1 juego, y
jugaba a los dados a maravilla, bien y alegremente. Fue muy gran
comedor y templado en e1 beber, teniendo abundancia [...] Era recio,
porfiado, y asi tenia mas pleitos que convenia a su estado. Gastaba
liberalmente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos [...]
vestia mas polido que rico, y asi era hombre limpisimo [...]
Bernal Diaz del Castillo:
Oi decir que cuando mancebo en la isla Española fue algo travieso
sobre mujeres, y que se acuchillñ algunas veces con hombres
esforzados y diestros, y siempre saliñ con victoria [...] En todo lo que
mostraba, asi en su presencia como en platicas y conversacion, y en
comer y en e1 vestir, en todo daba señales de gran señor [...]
Era de muy afable condiciñn con todos sus capitanes y
compañeros, especial con los que pasamos con é1 de la isla de Cuba
la primera vez, y era latino, y or decir que era bachiller en leyes, y
cuando hablaba con letrados u hombres latinos respondia a lo que le
decian en latin. Era algo poeta [...] y en lo que platicaba lo decia muy
apacible y con muy buena retñrica.
Mucho mas adelante, dice: “No quiero decir de otras muchas
proezas o valentias que vi que hizo nuestro marques don Hernando
Cortés, porque son tantas y de tal manera que no acabaria tan
presto de relatarlas”.
Estos dos retratos de contemporaneos suyos son los que
abren el capitulo “Figura y caracter” de la, a mi parecer, mejor
biografia tradicional del capitan extremeñ o: la de Jose Luis
Martinez.
Quien retoma la tradiciñ n colonial de hacer de Cortés “padre de
la patria” es don Lucas Alaman, principal ideñ logo del partido
conservador. Quienes ven una continuidad entre Mexico,
errñ neamente concebido como Estado-nacion, y Tenochtitlan, son
Manuel Orozco y Berra y Alfredo Chavero, aunque ya habia
antecedentes en el siglo xVIII, en las plumas del jesuita Francisco
Javier Clavijero y el dominico Servando Teresa de Mier.
16. LA NOCHE DE LA HUIDA
En Tacuba esta Cortés / con su escuadrñn
esforzado, / triste estaba y muy penoso, / triste y
con gran cuidado, / una mano en la mejilla / y la
otra en e1 costado.
Anñnimo citado
por BERNAL DIAZ DEL (ASTlLLO
SEIS DiAs, seis, estuvieron bajo asedio permanente los 1 100
españoles de Cortés, y miles de tlaxcaltecas. Cuando leemos sobre
el caracter ritual o ritualizado de la guerra nahuatl, olvidamos o
pasamos de largo el hecho contundente de la estrategia diseñada
por los dirigentes mexicas. Dice Sahagtin que los mexicas y
tlatelolcas
tenian cercadas las casas reales que a nadie dejaban entrar, ni salir, ni
meter ningun bastimento porque muriesen de hambre, y si alguno
metia secretamente comida a alguno de los de dentro, los de afuera en
sabiéndolo luego los mataban [...]
Dieron bateria los mexicanos a los españoles siete dras y los
tuvieron cercados veinte y tres dras, y en este tiempo ensancharon y
ahondaron las acequias y atajaron los caminos con paredes, y hicieron
grandes baluartes para que no pudiesen salir los españoles por
ninguna parte.
Cuenta Cervantes de Salazar:
Venida que fue la noche, considerando Cortés e1 peligro tan
manifiesto en que los suyos estaban, e1 hambre que de cada dia mas
los afligia, las enfermedades de algunos, las muertes y heridas de
otros, e1 cansancio y extremo necesidad de todos, la multitud de los
enemigos, su rabia y porfia, e que por ninguna via, asi de halagos
como de amenaza, los podia atraer a su voluntad y que de cada dia
estaban mas emperrados e que ya no tenia pñlvora ni aun pelotas,
tanto que a falta dellas echaban en las escopetas chalchuites [...]
llamando a los principales Capitanes
[...] [Cortés] les dixo: “Señores: Ya veis que no podemos ir atras ni
adelante [...] Los indios pelean ma1 de noche; salgamos con e1 menor
bullicio que pudiéramos”.
Se trata, pues, de un sitio en toda regla, con la intenciñ n de
exterminar al enemigo. Desgastarlo y, como no habia
negociaciones ni, por tanto, capitulaciñ n posible (recordemos que
los españ oles ya habian faltado a su compromiso de irse sin dañ os,
acordado con Moctezuma), obligarlo por fin a salir para acabar con
él. Si seguimos la lñ gica, me parece evidente que no hay descuido
en la guardia mexica, sino la mas elemental lñ gica guerrera: atacar
al enemigo en donde fuera mas vulnerable, es decir, en las calzadas
y no en el campo relativamente abierto del Recinto Sagrado.
Hernan Cortés cuenta en detalle la toma del Templo Mayor, la
defenestraciñ n de los “idolos” de Huitzilopochtli y Tlaloc y el
incendio del templo, acciñ n conducida personalmente por él. Los
cronistas españ oles alaban el arrojo y la pericia del capitan
general. El hecho, posterior a la “pedrada” que, segtin él, recibio
Moctezuma y previo a la huida, es narrado como una hazañ a
militar. Pero fue a costa de pérdidas que no tenian repuesto y sin
obtener mas que una victoria simbñ lica, pues, incendiado el
Templo, los españ oles se encerraron en su fortaleza. En un ultimo
intento de negociacion, los capitanes mexicas a los que les hablo
Cortés desde la azotea le habrian contestado:
que bien veian que recibian de nos mucho daño, y que morian muchos
de ellos, pero que ellos estaban ya determinados de morir todos por
nos acabar, y que mirase yo por todas aquellas calles y plazas y
azoteas cuan llenas de gentes estaban [...] y que me hacian saber que
todas las calzadas de las entradas de la ciudad eran deshechas [...]
excepto una, y que ninguna parte teniamos por do salir sino por e1
agua; y que bien sabian que teniamos pocos mantenimientos y poca
agua dulce, que no podiamos durar mucho, que de hambre no nos
muriésemos aunque ellos no nos matasen.
Y en verdad que ellos tenian mucha razñn.
Todavia se combatiria un par de dhas y se tomaria la unica
resoluciñ n posible: huir por la sola calzada que no estaba
totalmente destruida. Una vez mas, y considerando el aviso que los
propios capitanes mexicas le habrian dado a Corté s: salir por
donde los mexicas querian que salieran, para atacarlos donde
querian atacarlos, no es verosimil en lo absoluto que hayan sido
descubiertos a media fuga. Es muy notorio, porque habla de sus
intereses y de lo que quiere venderle a su destinatario, el
emperador Carlos, que mas de la mitad del parrafo dedicado a la
preparaciñ n de la huida lo dedique a la salvaciñ n de —como dice
— “el oro y joyas de vuestra”, asi como del suyo propio y el de los
demas españ oles.
Tomada en consejo de guerra, la decisiñ n de huir repartiñ las
tareas, segun cuenta Bernal Diaz del Castillo: a la vanguardia,
Gonzalo de Sandoval y Diego de Ordaz con los mejores soldados;
Francisco de Lugo y Francisco de Saucedo con “cien soldados
mancebos, sueltos”, que pudiesen moverse a la parte de la linea
donde fuera preciso reforzar la pelea; 400 tlaxcaltecas cargaban
los puentes de madera hechos apresuradamente en la fortaleza,
que llevarian custodiados por 150 soldados; 200 “indios de
Tlaxcala” y 50 soldados cargarian la artilleria. El cuerpo principal
lo mandaba Corté s en persona, con Alonso de Avila, Cristñ bal de Olid
“y otros capitanes”; detras, custodiando el tesoro y los prisioneros,
los capitanes y soldados de la expedicion de Panfilo de Narvaez.
Cerrando la marcha, Pedro de Alvarado y Juan Velazquez de Leñ n.
Y todo este aparato, aqui apenas esbozado (tesoro, artilleria,
prisioneros...), salio silenciosamente la noche del 30 de junio hacia
la Calzada de Tlacopan.
Hacia algo oscuro y habia niebla y lloviznaba, antes de medianoche se
comenzo a traer la puente y caminar e1 fardaje y los caballos y la
yegua y los tlaxcaltecas cargados con e1 oro; y de presto se puso la
puente y paso Cortés y los demas que consigo trata primero, y muchos
de a caballo. Y estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y
silbos de los mexicanos, y decian en su lengua a los del Tlatelulco:
“Salid presto con vuestras canoas, que se van los teuies, y tajadles que
no quede ninguno a vida”. Y cuando no me cato, vimos tantos
escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de
canoas, que no nos podiamos valer.
Insisto: suena a cualquier cosa menos a coincidencia; apenas
embotellado en la calzada el grueso de la hueste de Cortés, queda
inmediatamente cercado por agua y tierra. Sin embargo, casi todas
las fuentes coinciden en este punto: los españ oles y tlaxcaltecas
fueron descubiertos a mitad de su sigilosa huida.
Una explicaciñ n lñ gica consiste en recordar que ninguno de los
dirigentes mexicas supervivientes contaria la historia. Las fuentes
“cuasiindigenas” son de testigos secundarios o estan basadas en la
tradicion oral, nunca de quienes tornaron las decisiones politicas o
militares en Tenochtitlan. Resulta entonces comprensible que
parezca accidental algo bien planeado, cuando ninguno de quienes
lo planearon quedñ vivo para contarlo. Pero la lectura de las
fuentes a mi no me deja duda. Reiteremos un poco. Quiza la mas
considerada es la que transcribiñ fray Bernardino de Sahagtin de
sus informantes tlatelolcas:
Pasaron cuatro acequias, y antes que pasasen las demas saliñ una
mujer a tomar agua y viñlos cñmo se iban, y saliñ dando voces
diciendo: jAh Mexicanos, ya vuestros enemigos se van! [...] luego
uno de los que velaban comenzñ a dar voces desde e1 cu de
Vitzilopuchtli en manera que todos le oyeron, y dijo: “ Ah valientes
hombres, ya han salidos vuestros enemigos, comenzad a pelear que se
van!”
Mas adelante reitera, dando los datos con mayor precisiñn:
Aun pudieron pasar los canales de Tecpantzinco, Tzapotlan,
Etenchicalco. Pero cuando a1 de Mixcoatechialtitlan, que es e1 canal
que se halla en cuarto lugar, fueron vistos: ya se van fuera.
Una mujer que sacaba agua los vio y a1 momento alzñ e1 grito y dijo:
“Mexicanos... Andad hacia aca: ya se van, ya van traspasando los
canales vuestros enemigos...! Se van a escondidas...!”
Dice Alva Ixtlilxñchitl:
Cortés perdiñ la esperanza de tener México, y determinñ salirse de
ella; pero fue con tanto peligro y trabajo suyo y de los suyos, que de
toda la riqueza que tenia junta no pudo sacar casi nada. Saliñse Cortés
a diez de Julio de mil quinientos veinte, de noche, por entender ser
acomodado; mas los mexicanos le sintieron y salieron a su alcance, y
le mataron cuatrocientos cincuenta españoles, cuatro mil indios
amigos y cuarenta y seis caballos.
Otra fuente, también texcocana, lo cuenta asi:
Viendo que no podian sustentarse, determinñ una noche de salir de
Mexico y salio con la mitad de su gente por la parte de Tacuba, con
tan gran silencio que no fue sentido hasta llegar a San Hipñ lito,
donde le salieron a1 encuentro y murieron de los nobles amigos que
llevaba y españ oles algunos; mas a1 fin se fueron y los tristes que
quedaron en la casa fuerte, segun dicen los viejos y en sus historias
esta pintado, hicieron los mexicanos fiesta con ellos y su came.
Mas de un siglo después, Antonio de Solis lo contaria ya de otra
manera:
Fue digna de admiraciñ n en aquellos barbaros la maestria conque
dispusieron su faccion, y observaron con vigilante disimulaciñ n e1
movimiento de sus enemigos. Juntaron y distribuyeron sin rumor la
multitud inmanejable de sus tropas: sirviéronse de la oscuridad y del
silencio [...] entrando al combate con tanto sosiego y desembarazo,
que se oyeron sus gritos y e1 estruendo bélico de sus caracoles, casi
a1 mismo tiempo que se dejaron sentir los golpes de sus flechas.
Esto, naturalmente, es mucho mas lñ gico y es la versiñ n que
seguiremos. Sobre el hecho en st, nadie mas plastico que Bernal
Diaz del Castillo, que se contñ entre los supervivientes. Cuenta que
una vez rodeados en la calzada...
y estando de esta manera cargan tanta multitud de mexicanos a
quitar la puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a
manos [...] como llovia, resbalaron dos caballos y caen en e1 agua, y
como aquello vimos [...] nos pusimos en salvo de esa parte de la
puente, y cargaron tanto guerrero que por bien que peleabamos no
se pudo mas aprovechar de la puente. De manera que en aquel paso
y abertura del agua de presto se hinchñ de caballos muertos y de
indios e indias y rioborias, y fardaje y petacas.
Ahi son atacados por tierra y agua. Atendiendo a los
informantes de Sahagiin, el grueso de los invasores quedo copado
entre el canal de Mixcoatechialtitlan y el de Tlaltecayohuacan:
Luego se ponen en plan de combate los que tienen barcas
defendidas. Siguen, reman afanosos, azotan sus barcas, van dando
fuertes remos a sus barcas. Se dirigen hacia Mictlantonco, hacia
Macuiltlapilco.
Las barcas defendidas por escudos, por un lado y otro vienen a
encontrarlos. Se lanzan contra ellos. Eran barcas guarnicionadas de
los de Tenochtitlan, eran barcas guarnicionadas de los de Tlatilulco
[...]
Pues cuando los españ oles hubieron llegado a Tlaltecayohuacan, en
donde es el canal de los toltecas, fue como si se derrumbaran, como
si desde un cerro se despeñ aran. Todos alli se arrojaron, se dejaron
ir a1 precipicio. Los de Tlaxcala, los de Tliliuhquitepec, y los
españ oles, y los de a caballo y algunas mujeres.
Pronto con ellos e1 canal quedñ lleno, con ellos cegado quedñ . Y
aquellos que iban siguiendo, sobre los hombres, sobre los cuerpos,
pasaron y salieron a la otra orilla.
Cervantes de Salazar recupera el patetismo de las escenas:
Fue tan brava y tan porfiada de parte de los indios la batalla, como
aquellos que peleaban en sus casas contra los extranjeros, que ponia
grima y espanto con la obscuridad de la noche y alarido de los indios
oir los varios y diversos clamores de los españ oles. Unos decian: “
Aqui aqui!” Otros: “jAyuda, ayuda!” Otros: “|Socorro, socorro, que me
ahogo!” Otros: “JAyudadme, compañ eros, que me llevan a sacrificar
los indios!” Los heridos de muerte y los que se iban ahogando y
aquellos sobre los cuales pasaban los demas, gemian dolorosamente,
diciendo: “JDios sea conmigo! }Misericordia, Señ or! jNuestra Señ ora
sea conmigo! Valgame Dios!”
Bernal Diaz del Castillo cuenta que Corté s y muchos de a
caballo lograron salvarse y llegar al pueblo de Tacuba (Tlacopan).
Sandoval y Olid le habrian rogado que regresara a auxiliar a
quienes seguian copados en la calzada, y Cortés, mal de su grado,
habria intentado socorrerlos con los de a caballo, hasta que al fin
llego a Tacuba eljefe de la retaguardia:
[L]uego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en
la mano, porque la yegua alazana ya se la habian muerto, y traia
consigo cuatro soldados tan heridos como é1 [...]
Dijo Pedro de Alvarado que Juan Velazquez de Leñ n quedñ
muerto con otros muchos caballeros [...] que fueron mas de ochenta
en la puente, y que él y los cuatro soldados que consigo trata, que
después que les mataron los caballos pasaron en la puente con
mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas [...] y en la triste
puente, que dijeron después que fue e1 salto de Alvarado, digo que en
aquel tiempo
ningun soldado se paraba a verlo si saltaba poco o mucho, porque
harto teniamos que salvar nuestras vidas.
En el juicio de residencia a Pedro de Alvarado se le acusñ de
haber abandonado a sus compañ eros para salvar la propia vida:
VIII. Ytem si saben que [...] e1 dicho Cortés hizo capitan a1 dicho
Pedro de Albarado de la rrezaga o rretaguardia con ochenta de
cavallo y quinientos peones y e1 dicho Cortés llevo la delantera y
saliñ desta Cibdad y paso con su gente ciertos pasos malos que havia
en la calzada y llegando e1 dicho Albarado a unos de los dichos pasos
malos que avia en la dicha calzada y estando deshecha la dicha puente
que no avia mas de un madero por do pasar e1 dicho Pedro de
Albarado se apeñ y pasñ e1 dicho madero dexando su cavallo de la
otra parte y toda la gente de que era capitan desmanparada biniendo
los enemigos tras dellos y cabalgo a las ancas de un cavallo de un
escudero questava de la otra parte y se fue huyendo donde estava
Cortés e1 qual le pregunto si avia pasado toda su gente y e1 dicho
Albarado le hizo entender que todos eran salidos y con esto e1 dicho
Cortés comenzñ a caminar y ansi se quedaron todos los cristianos
que benian en compañ ia del dicho Pedro de Alvarado desanparados
de capitan que los acabdillos y los yndios los mataron todos.
Alvarado, por supuesto, rechazñ los cargos imputados. Como
todos los demas.
¿Cuanto le costñ a Cortés la derrota? Los historiadores
militares saben que ésa es una de las cosas mas dificiles de calcular,
y las fuentes lo confirman. Las cifras de Cortés son, como es lñgico,
las menos graves:
En este desbarato se hallñ por copia, que murieron ciento y
cincuenta españ oles y cuarenta y cinco yeguas y caballos, y mas de
dos mil indios que servian a los españ oles, entre los cuales mataron
a1 hijo de Mutezuma, y a todos los otros señ ores que traiamos
presos.
Las cuentas de Bernal Diaz del Castillo son muy distintas:
murieron unos 850 españ oles y unos 1 220 tlaxcaltecas. “Los tiros
y artilleria y pñ lvora no sacamos ninguna; las ballestas fueron
pocas.”
Vazquez de Tapia escribe que se hizo un alarde en el que se
contñ a 425 hombres y 23 caballos, todos heridos. Y que de
Mexico habian salido 1 000 o 1 100 españ oles y unos 80 caballos.
Asimismo, 2 000 o 3 000 tlaxcaltecas, el hijo de Moctezuma, dos de
sus hijas y muchos indigenas de servicio, ademas de todo el tesoro.
Lñ pez de Gomara cuenta 450 españ oles muertos, 4 000 aliados y
46 caballos. Cervantes de Salazar, que en el “alarde” se contaron
unos 360 españ oles, 23 caballos y unos 600 indigenas, y que las
bajas fueron de 700 españ oles, 4 000 indigenas y 46 caballos.
Muñ oz Camargo es el unico que habla de los muertos del otro
bando, ademas de los “propios”:
A este tiempo, haciendo lo propio en este gran asalto y reencuentro,
que fue una de las mas sangrientas peleas y batallas que jamas en e1
mundo se han visto, porque como fuese de noche y entre acequias,
lagunas, ciénegas y pantanos, y fuentes quebradas, fue un combate y
rompimiento e1 mas inevitable, que jamas ha pasado ni se ha oido,
por ser los nuestros tan pocos y la gente contraria tan innumerable
que no se puede imaginar, y mas que los nuestros por salir de tan
gran aprieto y peligro procuraron de animarse y sacar fuerza de
flaqueza, y salir defendiéndose de sus enemigos lo mejor que
pudieran, cuya salida no pudo ser sin gran dañ o y perdida de los
nuestros porque en la refriega murieron mas de cuatrocientos y
cincuenta españ oles y sinnumero de los amigos de Tlaxcalla, aunque
se dice que fueron cuatro mil amigos; mas no fue a menos costa y
riesgo de los Mexicanos, porque experimentaron bien las manos y
animo de los españ oles, pues las acequias, calles y pasos de donde
habian quebrado las fuentes, quedaron llenos de cuerpos muertos, y
las ciénegas y lagunas teñ idas y vueltas en pura sangre.
17. OTUMBA
AL PARECER, las ultimas tropas arribaron a la orilla de la laguna al
amanecer del domingo 1° de julio. Cortés se habria quedado mas
tiempo en el pueblo de Popotla para esperar a que pasaran todos
los restantes y enviarlos a Tlacopan, donde debian concentrarse. Y
la tradiciñ n popular diria que ahi Cortés llorñ por la derrota, por
los soldados muertos, por lo perdido, por la incertidumbre.
Escribe Jaime Montell:
El llanto de Cortés se convirtiñ en leyenda popular. Aun subsiste e1
sabino o ahuehuete llamado “e1 arbol de la Noche Triste”, aunque ya
muerto, recargado en cuyo tronco se dice que Cortés llorñ . Asi se ve
en el Lienzo de Tlaxcala. Cortés, por supuesto, no lo menciona.
Gñ mara, Bernal y Cervantes de Salazar describen la escena en
Popotla, mientras que Solis la situa en Tacuba y Alva Ixtlilxñ chitl en la
Torre de la Victoria.
Llanto o no, aun no estaban a salvo. En Tlacopan (Tacuba, para
los españ oles) los volvieron a atacar los mexicas, con los
guerreros de esa misma ciudad y los de Azcapotzalco, asi que
continuaron la marcha. Cuenta Cortés:
Y llegado a la dicha ciudad de Tacuba hallé toda la gente remolinada
en una plaza, que no sabian dñ nde ir, a los cuales yo di prisa que se
saliesen a1 campo antes que se recreciese mas gente en la dicha
ciudad y tornasen las azoteas... tomé la delantera hasta lo sacar fuera
de la dicha ciudad, y esperé en unas labranzas; y cuando llegñ la
rezaga supe que habian recibido algun dañ o, y que habian muerto
algunos españ oles e indios, y que se quedaba por e1 camino mucho oro
perdido.
Aun sin tener la certeza de que Tlaxcala seguia siendo un
refugio abierto, tampoco tenian los españ oles ningun otro sitio al
cual ir, y la marcha de la tercera capital de la Triple Alianza a la
capital de sus aliados involucra la via de la guerra. Pero también
ofrece una ventana a la muy complicada geografia politica
mesoamericana y pone de relieve las dificultades que entrañ an las
fuentes. Tratemos de seguir la ruta.
Segun dice Bernal Diaz del Castillo, al salir de Tlacopan son
acechados y hostilizados por mexicas y tepanecas, pero cuentan
con la orientacion brindada por “cinco indios tlaxcaltecas, que
atinaban el camino de Tlaxcala, sin ir por el camino, [y que] nos
guiaban con mucho concierto, hasta que llegabamos a unas
caserias que en un cerro estaban, y alli junto un en [...] adonde
reparamos”.
Dicho cerro es el de Totolapan, hoy municipio de Naucalpan,
donde, “ganado Mexico”, se construiria el primer santuario a la
Virgen de los Remedios. Tras reposar y aprovechando la noche,
marcharon hasta Cuautitlan:
y [acordamos] con los tlaxcaltecas, nuestros guias, por delante, con
muy buen concierto caminar, los heridos en medio y los cojos con
bordones, y algunos que no podian andar y estaban muy malos a
ancas de caballos de los que iban cojos, que no eran para batallar, y
los de a caballo que no estaban heridos, delante y a un lado y a otro
repartidos.
Los informantes de Sahagñn dan detalles de los poblados por
los que pasaron después de Cuautitlan. Siguieron para
Otonteocalco, poblaciñn otomi donde fueron bien recibidos y
pudieron descansar, pues ahi cesñ el hostigamiento de los mexicas.
Estando los españ oles en este aposento arriba dicho [Otonteocalco],
vinieron los otomies de Teucalhuican con su principal que se llamaba
Otocñ atl, y trajeron comida a los españ oles que estaban muy
necesitados, diéronlos muchas tortillas y gallinas asadas y cocidas
[...]
Durmieron los españ oles que se escaparon en un lugar que se
llamaba Acueco, y de alli muy de mañ ana se partieron [...] Llegaron a
un lugar que se llama Calacoayan que esta encima de los cerros [...] y
descendieron hacia los llanos que se llamaban Tizapan, y luego
comenzaron a subir hacia e1 pueblo de Teucalhuican.
Llegados los españ oles al pueblo de Teucalhuican antes de medio
dia, fueron muy bien recibidos de los otomies cuyo era aquel pueblo,
y diéronlos luego mucha comida [...] y otro dia antes que amaneciese
aparejaronse para partir y tornaron e1 camino de Teputzotlan.
A partir de ahi, ya sin ser hostilizados, diversos poblados
otomies acogen y protegen a los españ oles, aunque van derrotados.
Probablemente estemos ante la influencia de Tlamapatzin y
Atonaletzin, los “caciques” otomies (pero emparentados con la
realeza mexica) de Axapusco y Tepeyehualco, en las cercanias de
Otumba, “en el reino de Acolhuacan”. Los dos principales que,
segun sus descendientes, habrian dado a Cortés la primera noticia
del mito de Quetzalcñ atl en “San Juan de Ulua”.
Pero también debe observarse que, alcanzada la parte
noroccidental del lago a la altura de Citlaltépetl (hoy San Juan
Zitlaltepec, municipio de Zumpango) y bordeado el lago por el
norte hasta Xoloc (San Lucas Xoloc, municipio de Tecamac), los
españ oles y sus aliados entraban “al reino de Acolhuacan” y, por lo
tanto, quedaban sujetos a Texcoco (hay que recordar que toda la
porciñ n septentrional de Acolhuacan parecia estar en manos de
los partidarios de Ixtlilxñ chitl).
Manuel Orozco y Berra trazñ la ruta, punto por punto,
encontrandose que varios de los lugares mencionados en las
fuentes ya no existian cuando él escribio su historia. No repitamos
su erudito recorrido: concretémonos a llegar a Temalcatitlan, en
los llanos de Otumba, el 7 de julio (14, segñ n Bernal Diaz del
Castillo), donde se librñ la unica batalla campal propiamente dicha
de esta etapa de la guerra.
La tradicion bélica occidental asegura que ninguna victoria es
completa sin la persecuciñ n y aniquilaciñ n del enemigo vencido, y
suele reprocharse a los mexicas no haberlo hecho. Se tiende a
omitir en esa consideraciñ n el gran dañ o recibido por los
tenochcas durante la noche de la huida, que los obligaba también a
tomarse un respiro y reorganizar sus fuerzas y, por supuesto, que,
evidentemente, el recié n electo tlacatecuhtli, Cuitlahuac, planeñ
cerrarles el paso a Tlaxcala en Otumba. Dice fray Diego Duran que
Cuitlahuac
enviñ sus mensageros a todos los pueblos cercanos, que juntamente
con sus mexicanos saliesen a los llanos de Otompa y que a los
españ oles que habian quedado les atajasen e1 paso y alli los matasen
a todos [...] pues su derrota llevaban a Tlaxcala, lo cual oido por todos
aquellos pueblos de Otumba y Teotihuacan y por todos aquellos
Otomies que viven en aquella comarca, salieron a los llanos de
Otumba tantos y tan innumerables indios que cubrian e1 so1.
Algunas fuentes dicen que Cuitlahuac en persona mandaba
al ejército de la Triple Alianza, pero la mayoria atribuye el mando
al cihuacoatl Matlaltzincatzin, hermano menor de Cuitlahuac.
Segun las cuentas (alegres) de los cronistas españ oles,
habria hasta 200 000 indigenas. No sñ lo se trata de la unica
acciñ n de armas que puede ser descrita como “batalla campal”:
también es la ultima vez que parecen haber estado presentes,
juntos en el mismo campo, la mayoria de los guerreros de Mexico-
Tenochtitlan, Mexico-Tlatelolco, Texcoco, Tlacopan y muchos de
sus aliados y tributarios nahuas y otomies del norte y oriente de la
cuenca de Mexico. Los historiadores que se han dedicado desde
el siglo antepasado a compulsar cifras y datos, como Manuel
Orozco y Berra y Alfredo Chavero, reducen la cifra de la coaliciñ n
encabezada por Tenochtitlan a menos de la mitad. Comoquiera
que sea, se trataba de un enorme ejército, indudablemente
reunido para eliminar a los españ oles.
Otra coincidencia en las fuentes atañ e a la desesperaciñ n de
los españ oles y sus aliados... y la presencia de animo de un Cortés
que venia herido, st bien no de gravedad, desde la huida de
Tenochtitlan. También coinciden en señ alar que no habia manera
de huir, que los “mexicanos” los “tornaron en medio”... por mas
que luego se porfie sobre la inexistencia de planes o estrategias en
el bando mexica. Vamos a los hechos, tal como los cuentan las
fuentes. Dice Bernal:
[P]oco mas de una legua de alli, en un llano, ya que creiamos ir en
salvo, vuelven nuestros corredores del campo que iban descubriendo y
dicen que estan los campos llenos de guerreros mexicanos
aguardandonos.
Y alli reparamos un poco y se dio orden cñ mo se habia de entrar y
salir los de a caballo a media rienda, y que no se parasen a lancear, sino
las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones, y que todos
los soldados las estocadas que diésemos que le pasasemos las entrañ as,
y que hiciésemos de manera que vengasemos muy bien nuestras
muertes y heridas [...]
jOh que cosa era de ver esta tan temerosa y rompida batalla; cñ mo
andabamos tan revueltos con ellos, pie con pie, y qué cuchilladas y
estocadas les dabamos, y con qué furia los perros peleaban, y que herir
y matar hacian en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos
manos, y los de caballo, como era el campo llano, cñ mo lanceaban a su
placer entrando y saliendo, y aunque estaban heridos ellos y sus
caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados!
En campo abierto eran eficaces los caballos, que, dice Bernal
Diaz del Castillo, atacaban en grupos de cinco. ¿Y cuantos caballos
quedaban? ¿Cuantos sanos? ¿Contra cuantos indigenas? Porque
Cortés narra que sus enemigos eran tantos y estaban tan
apretados que no se podia cargar:
Pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no
nos conociamos unos a otros, tan revueltos y juntos andaban con
nosotros, y cierto creiamos ser aquél e1 iiltimo de nuestros dias,
segñ n el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en
nosotros hallaban [...] Pero quiso Nuestro Señ or mostrar su gran
poder y misericordia con nosotros, que, con toda nuestra flaqueza,
quebrantamos su gran orgullo y soberbia, en que murieron muchos
de ellos y muchas personas muy principales y señ aladas; porque
eran tantos que los unos a los otros se estorbaban que no podian
pelear ni huir. Y con este trabajo fuimos mucha parte del dia, hasta
que quiso Dios que murio una persona tan principal de ellos, que con
su muerte ceso toda aquella guerra.
Es curioso. Cortés no se atribuye el mérito, cuando tantas
otras fuentes se lo dan sin regateos y la tradiciñn dominante asi
lo consigna. También parece ser que en esta batalla los mexicas
olvidaron lo que habian aprendido el mes anterior: habia que
pelear a muerte. Porque, al parecer, esta vez buscaban hacer la
mayor cantidad de prisioneros posibles. ¿Por que no mandaba
Cuitlahuac? ¿Por que sentian que los españoles ya estaban
derrotados? ¿Por que ganñ la costumbre de décadas sobre los
aprendizajes recientes? ¿Por incapacidad o por torpeza del
cihuncoatl? ¿0 porque las narraciones se atienen al patrñn
canñnico?
Bernal Diaz del Castillo anota que Cortés se encontraba con los
mejores jinetes y capitanes cuando advirtio dñnde estaba el
mando mexica:
Y desde que le vio Cortés, con otros muchos mexicanos que eran
principales, que todos traian grandes penachos, dijo a Gonzalo de
Sandoval y a Cristñ bal de Olid y a Gonzalo Dominguez y a los demas
capitanes: “jEa, señ ores! Rompamos por ellos y no quede ninguno de
ellos sin heridas” [...]
Y Cortés dio un encuentro con e1 caballo a1 capitan mexicano,
que le hizo abatir su bandera, y los demas nuestros capitanes
acabaron de romper e1 escuadron, que eran muchos indios, y quien
siguiñ a1 capitan que traia la bandera, que aun no habia caido del
encuentro que Cortés le dio, fue Juan de Salamanca [...] que le dio una
lanzada [...]
Nuestro Señ or Dios fue servido que, muerto aquel capitan que
traia la bandera mexicana, y otros muchos que alli murieron, aflojñ
su batallar [...] Pues nuestros amigos los de Tlaxcala estaban hechos
unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que alli
apañ aron hacianlo muy bien y esforzadamente.
Dice fray Diego Duran:
Procurando defenderse mas que ofender, vido el Marques que en un
cerrillo alto que en e1 llano parecia, vido una bandera alzada y junto
a ella un valeroso capitan, que en las insinias y armas que tenia y
ricos aderezos le pareciñ ser hombre de mucho valor y estima, y que
aquel animaba la gente desde aquel altillo, y que en aquél estaba
toda la fuerza del ejército indiano que tanto los fatigaban y
maltrataban; y subiendo en un potro que alli traya un soldado [...]
solo arremetio a los indios y pasando por entre ellos pasñ a donde el
del estandarte estaba, y no pudiéndole defender el paso llegñ a é1 y
le diñ lanzadas, e1 cual como cayñ muerto en e1 suelo y los suyos le
vieron, luego todos empezaron a desamparar e1 campo y a huir.
Coincide fray Francisco de Aguilar:
Cortés, metido entre los indios haciendo maravillas y matando a los
capitanes de los indios que iban señ alados con rodelas de oro, no le
curando de gente comun, llegñ de esta manera haciendo muy gran
destrozo a1 lugar donde estaba e1 capitan general de los indios, y
diole una lanzada de la cual murio.
Y retoma Cervantes de Salazar:
Estaba este General, cuanto podia ser, ricamente aderezado; era muy
bien dispuesto y de gran consejo y esfuerzo. Tenia muy ricos
penachos en la cabeza; la rodela que traia era de oro y plata; la
bandera y señ al real, que le salia de las espaldas, era una red de oro
que subia de la
cabeza diez palmos. Estaban junto a las andas deste General mas de
trecientos principales muy bien armados. Relumbraba aquel cuartel
con e1 so1 tanto, que quitaba la vista.
Habia de do Cortés estaba, hasta e1 General, mas de cien mil
hombres de guerra, y viendo que la victoria consistia en matar al
General [...] rompiñ con gran furia, como si entonces comenzara a
pelear por entre los enemigos. Siguiñ le solamente Joan de
Salamanca, que iba en una yegua overa. Fue matando y hiriendo con
la lanza y derrocando con los estribos a cuantos topaba hasta que
llego donde e1 General estaba, al cual de una lanzada derrocñ de las
andas; apeñ se Salamanca, cortñ le la cabeza, quitñ le la bandera e
penacho.
Fue de tanto provecho esta tan hazañ osa hazañ a, que como las
haces mexicanas tenian toda su cuenta con e1 estandarte real y le
vieron caido, comenzaron grandemente a desmayar, derramandose
unos a una parte y otros a otra. Aquellos trecientos señ ores, tornando a
su General en los brazos, se retraxeron en una cuesta, donde con el
cuerpo hicieron extrañ o llanto, endechandole a su rito y costumbre.
Entre tanto los nuestros, muy alegres, cantando: “jVictoria, victoria!”,
siguiendo mucho trecho a los enemigos.
Termina Bernal Diaz del Castillo:
[D]imos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud
de gente, porque no se habia visto ni hallado en todas las Indias, en
batalla que se haya dado, tan gran niimero de guerreros juntos,
porque alli estaba la flor de México y de Tezcuco y todos los pueblos
que estan alrededor de la laguna, y otros muchos sus comarcanos, y
los de Otumba y Tepetezcuco y Saltocan, ya con pensamiento que de
aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros.
Esa es la historia tradicionalmente contada: los mexicas y sus
aliados combatian sin mas tactica que la multitud y, fiados de su
numero, buscaban capturar a la mayor cantidad posible de
españ oles para sacrificarlos a “sus dioses”. Y, en esa situaciñ n,
Cortés en persona, secundado por Juan de Salamanca, habria
matado a Matlaltzincatzin, provocando la desbandada, la huida de
la multitud enemiga. Los españ oles, milagrosa e inesperadamente
victoriosos, marcharon a Apan, desde donde entrarian a la
“provincia de Tlaxcala”.
Ese es el cuento, ésa la explicaciñ n. No me resulta satisfactoria,
pero no hay otra.
18. TLAXCALA: SEGUNDA VUELTA
SEGUN los cronistas, tras la noche de la huida los españ oles no
parecian muy seguros de que el bando tlaxcalteca mantuviera sus
compromisos. Comoquiera que fuera, la victoria de Otumba les
habria cambiado el animo (o a los que quedaban). Cuenta Bernal
Diaz del Castillo:
[f]bamos ya muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman ayotes,
y comiendo y caminando hacia Tlaxcala [...] por temor no se tornasen
a juntar escuadrones mexicanos [...]
Y desde aquella poblazon y casa donde dormimos [Apan] se
parecian las serrezuelas que estan cabe Tlaxcala, y como las vimos
nos alegramos, como si fueran nuestras casas. Pues, ¿quiza sabiamos
cierto que nos habian de ser leales, o que voluntad tendrian [...]?
Pronto se disiparon las dudas, porque desde Apan se dirigieron
al territorio de Tlaxcala. Antonio de Solis cuenta:
Celebrñ se la entrada en e1 distrito de la Republica con aclamaciones de
todo el ejé rcito. Los tlascaltecas se arrojaron a besar la tierra
como hijos desalados al regazo de su madre. Los españ oles dieron al
cielo con voces de piadoso reconocimiento la primera respiraciñ n de
su fatiga.
Los temores de los españ oles parecian infundados... o casi. En
la principal fuente de tradicion tlaxcalteca, la cronica de Muñ oz
Camargo, se asegura que, tan pronto se enteraron de la derrota de
Cortés, los tlaxcaltecas organizaron un gran ejército para ir en su
socorro, el cual ya estaba concentrado en Hueyotlipan al
momento de la batalla de Otumba:
Sabida la nueva de su perdida y desbarato, llegaron en su socorro
y defensa gran numero de la ciudad de Tlaxcalla, enviado por los
Cuatro Señ ores, principalmente por Maxixcatzin [...] E hizo salir
mas de
doscientos mil hombres que salieron a socorrer a1 capitan Cortés a
Hueyotlipan: aunque no llegaron a tiempo, fue esta gente de mucho
efecto parar correr e1 campo en seguimiento de los contrarios, hasta
echallos de sus tierras y lugar a sus limites, que fue una reseñ a muy
util y provechosa.
A Hueyotlipan fueron los Cuatro Señores, asi como los
principales de Huexotzingo, a recibir a Cortés y los suyos.
Bernal Diaz del Castillo pone en boca de alguno de los señores de
Tlaxcala esta alocucion, cuyos ecos recuerdan a Homero:
jOh, Malinche, Malinche, y cñ mo nos pesa de nuestro ma1 y de todos
vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con
vosotros han muerto! Ya os lo habiamos dicho muchas veces que no
os fiaseis de gente mexicana, porque un dia u otro os habian de dar
guerra; no me quisisteis creer; ya hecho es, no se puede a1 presente
hacer mas de curaros y daros de comer. En vuestras casas estais.
Mas adelante, el mismo señor tlaxcalteca confirma la
convocatoria a las armas:
Y mucho debes a tus dioses que te han aportado aqui y salido de
entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de
Otumba, que cuatro dias habia que lo supe, que os esperaban para
mataros; yo guerra ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de
los nuestros, y no pude salir a causa que no estabamos juntos y los
andaban juntando.
Pero tampoco en Tlaxcala habia unanimidad. Cuitlahuac habia
actuado con rapidez. No acudiñ personalmente a Otumba porque
le parecia mas urgente asegurar el mando y dominio de
Tenochtitlan sobre la Triple Alianza y sus tributarios, combatir la
disidencia interna y aislar a los españ oles; antes que estos,
llegaron a Tlaxcala sus embajadores. En versiñ n de Cervantes de
Salazar, estos ofrecieron al Consejo de la Republica compartir por
mitades todas las nuevas conquistas, alianza, pagos... a cambio de
que los tlaxcaltecas exterminaran a los españ oles. Habrian dicho
los embajadores:
Sabéis que en todo son muy diferentes de nosotros; introducian
nueva religiñ n, de que nuestros dioses estan muy enojados;
dabanos otras
leyes y manera de vivir, usurpaban nuestras haciendas, forzaban
nuestras hijas y mujeres, derrocaron nuestros idolos, hicieron
justicia publicamente, como si fueran señ ores de la tierra,
prendieron a1 emperador Moctezuma, murio por su causa, e poco a
poco pretendian enseñ orearse de nuestras personas.
La historiadora de la Tlaxcala colonial, Andrea Martinez Baracs,
ha mostrado que desde el principio existio una disidencia
tlaxcalteca contra la alianza con los españoles; encabezados por
Xicoténcatl el Mozo, los que discrepaban salieron fortalecidos
con la derrota española y la embajada mexica. Segun Diego
Muñoz Camargo, asi se expresñ esa inconformidad en el debate
del Consejo de la Republica ante los embajadores de Cuitlahuac,
por voz de Xicoténcatl el Mozo:
Cuando vino desbaratado Cortés de México, y enviado los principes
Mexicanos a las cuatro cabeceras y Universidad de Tlaxcalla
diciéndoles que acabasen de matar a los cristianos, y que no
consintiesen gente tan extrañ a y belicosa entre ellos, porque les
venian a tiranizar y sujetar su monarquia, y a usurparsela debajo de
engañ o, con decir que eran caminantes y que iban de pasada a otras
tierras, que mirasen lo que hacian, y que si les acabasen de matar
ellos partirian la mitad del Imperio con Tlaxcalla y que habria paz
perpetua entre ellos [...] y este Xicotencatl Ayacatzin estuvo en que se
hiciese y concediese lo que los Mexicanos pedian.
Segun Bernal Diaz del Castillo, el general tlaxcalteca fue
incluso mas lejos:
[C] omo se supo en aquella ciudad que salimos huyendo de México, y
que nos habian muerto mucha copia de soldados, asi de los nuestros
como de los indios tlaxcaltecas [...] y que veniamos a socorrernos y
ampararnos en aquella provincia, Xicotenga e1 Mozo andaba
convocando a todos sus parientes y amigos y a otros que sentia que
eran de su parcialidad, y les decia que en una noche o de dia, cuando
mas aparejado tiempo viesen, que nos matasen, y harian amistades con
el señ or de Mexico, que en aquella sazñ n habian alzado por rey a uno
que se decia Coadlavaca [Cuitlahuac].
Es curioso cñ mo se repite el argumento: como vimos, es el
mismo discurso que fue usado para justificar las matanzas de
Cholula y del Templo Mayor. De cualquier modo, ese curso de los
acontecimientos no se replicñ en Tlaxcala porque en el Consejo o
Senado fue derrotada la propuesta de Xicoténcatl el Mozo. Dice
Muñ oz Camargo:
Siendo de contrario parecer Maxixcatzin, recibiñ grande enojo, y ansi
con grande ira y alteraciñ n lo maltratñ de palabra, diciéndole
palabras de grande injuria, llamandole cobarde, mujer y
afeminado, imputandolo de traidor, alevoso, y le dio de
rempujones, echandolo por unas gradas abajo, cuyo atrevimiento
tuvieron en mucha estima haberlo hecho ansi Maxixcatzin, respecto a
que otros mozos locos no se atreviesen a seguir la opiniñ n y
parcialidad de dicho Xicoté ncatl Axayacatzin [...]
Habiendo pasado esto, y viendo el rigor del tiempo y la guerra
trabada con los Mexicanos, conociéndolos por hombres falsos y
de poca fidelidad, no se les admitio su demanda ni cré dito de lo
que pedian, y antes la mayor parte de la gente y estado de la
Republica siguiñ la opiniñ n de Maxixcatzin.
Bernal Diaz del Castillo, al referir el episodio en el que un lider
echa “gradas abajo” a otro en sesiñ n del Consejo de la Republica,
agrega al cuadro la presencia de los españ oles y pinta a un
Xicoténcatl aprehendido por los propios tlaxcaltecas en cuanto se
enteran de su “conspiraciñ n” y al que se enfrentan
Chichimecatecuhtli (su rival en el mando de los ejércitos
tlaxcaltecas), su padre (Xicoténcatl el Viejo) y Maxixcatzin. Este
ultimo le habria dicho (y ésa es la posicion que imperñ ):
[D]ijo que si se les acordaba o habian oido decir que mas de cien
añ os hasta entonces que en todo Tlaxcala habian estado tan
prñ speros y ricos como después que los teules vinieron a sus tierras,
ni en todas las provincias habian sido en tanto tenidos [...] y que
tengan en la memoria lo que sus antepasados les habian dicho,
muchos añ os atras, que de adonde sale el so1 habian de venir
hombres que les habian de señ orear, y que a que causa ahora
andaba Xicotenga en aquellas traiciones y maldades, concertando
de darnos guerra y matarnos, que era ma1 hecho.
Puede ser que en agosto de 1520 Maxixcatzin tuviera razñ n; la
tragedia sobre Tlaxcala, y Mesoamérica toda, se abatiria en
septiembre: el propio Maxixcatzin, lo mismo que Cuitlahuac,
moriria de viruela. Pero no nos adelantemos, todavia esta Tlaxcala
en su cuspide. Sigamos con Bernal:
Xicotenga e1 Mozo respondiñ que era muy bien acordado lo que él
decia, por tener paces con mexicanos, y dijo otras cosas que no las
pudieron sufrir; y luego se levantñ Maseescaci [Maxixcatzin] y
Cichimecatecle [Chichimecatecuhtli] y el viejo de su padre, ciego
como estaba, y toman a Xicotenga e1 Mozo por los cabezones y de las
mantas, y se las rompieron, y a empujones, y con palabras injuriosas
que le dijeron le echaron de las gradas abajo [...] y como estabamos
alli reunidos y no era tiempo de castigarle, no osñ Cortés hablar mas.
Es decir, que Cortés se la guardñ al general tlaxcalteca... y
mientras se la cobraba, ya habia asegurado la amistad de sus
principales aliados. Ahora tenia que garantizar la lealtad de sus
hombres, porque una vez mas se alzaban voces contra la idea de
que continuara la expediciñ n.
Y después que vieron que con Cortés no aprovechaban sus palabras,
le hicieron un requerimiento en forma, delante de un escribano del
rey, para que luego se fuese a la Villa Rica y dejase la guerra,
poniéndole por delante que no teniamos caballos, ni escopetas, ni
ballestas, ni pñlvora, ni hilo para hacer cuerdas, ni almacén; que
estaban todos heridos, y que no habian quedado por todos nuestros
soldados [...] sino cuatrocientos cuarenta.
Corté s les prometiñ el oro y el moro, como acostumbraba, y
aseguro incluso que les permitiria regresar a Cuba a quienes asi lo
quisiesen tan pronto se pudiera. Se lo contñ de esta manera al
emperador Carlos en su segunda carta:
Viendo los de mi compañia que eran muertos muchos, y que los que
restaban estaban flacos y heridos y atemorizados de los peligros y
trabajos en que se habian visto, y temiendo lo por venir [...] fui
muchas veces requerido que me fuese a la Villa Rica de la Vera-Cruz
[...] Y yo, viendo que mostrar a los naturales poco animo, en especial
a nuestros amigos, era causa de mas aina dejamos y ser contra
nosotros, acordandome que siempre a los osados ayuda la fortuna
[etcetera].
Convencidos o no, los españoles supervivientes se plegaron a
los deseos de su capitan. Asegurado el frente interno, Cortés
decidiñ pasar a la ofensiva contra Mexico-Tenochtitlan y se reuniñ
con el Consejo de Tlaxcala para determinar la estrategia. Segun
Muñoz Camargo, el capitan consultñ a los cuatro señores, pues
“sin su parecer no queria comenzar cosa alguna”.
Los cuatro Señores [...] le respondieron resueltamente de que la
guerra se comenzase como mejor le pareciese y é1 ordenase; que ellos
le ayudarian é irian con é1 y le seguirian, atribuyéndose a st propios
la gloria de esto y de la orden que en todo se dio para la guerra,
porque dicen que ellos dieron este parecer [...]
Los Señores de Tlaxcalla y sus capitanes dieron el suyo, y fue que
ante todas cosas se conquistase la provincia de Tepeyacac [Tepeaca]
y toda su comarca y las demas provincias sujetas a los Mexicanos, é
que haciendo esto, seria desmembrar y cortar las raices del arbol, y
que quedando destroncado sin fuerza ninguna, con facilidad se
derribaria por el suelo.
La propuesta tiene una lñgica militar impecable y, ademas,
inicia por asegurar todo el que hoy llamamos valle de Puebla y sus
entradas al valle de México. Cervantes de Salazar personaliza el
“capitanes” en Xicoténcatl el Mozo, quien le sugiriñ a Cortés
empezar por Tepeaca:
Paréceme que primero que vuelvas sobre México, allanemos y
aseguremos estas provincias amigas y devotas del Imperio y nombre
mexicano, asi para que nos queden las espaldas seguras, como para ir
con mas gente, con mayor nombre y mas temidos.
¿Que dicen los españoles?
Como Cortés habia demandado a los caciques de Tlascala cinco mil
hombres para ir a correr y castigar los pueblos donde habian muerto
españoles, que eran Tepeaca, Cachula y Tecamachalco, de muy entera
voluntad tenian aparejados hasta cuatro mil indios, porque si mucha
voluntad teniamos nosotros de ir a aquellos pueblos, muchas mas
ganas tenian Maseecasi y Xicotenga e1 Viejo de darles guerra.
Los españ oles habian jugado sus cartas y fracasaron; ahora, la
guerra se haria de acuerdo con los planes de los tlaxcaltecas:
destruir a la liga, la confederaciñ n enemiga, desde la raiz, antes de
atacar la cabeza.
19. TEPEACA
NINGUNA de las crñ nicas, ninguna fuente, nos permite seguir con
precisiñ n las acciones militares de los ultimos cuatro meses de
1520. Es seguro, sin embargo, que empezaron por Tepeaca, aunque
tampoco se conserva el nombre de la poblaciñ n donde se dieron los
principales combates.
La justificaciñ n que dara Cortés para la campañ a, tanto de cara
al emperador Carlos como hacia sus hombres, es que, ademas de
ir acotando el poder de Tenochtitlan, se trata de vengar la muerte
de españ oles y castigar la antropofagia. La justificaciñ n de la
conquista reside en imponer la civilizaciñ n y la fe:
En cierta parte de esta provincia, que es donde mataron a aquellos
diez españ oles, porque los naturales de alli siempre estuvieron
muy de guerra y muy rebeldes y por fuerza de armas se tornaron,
hice ciertos esclavos, de que se dio el quinto a los oficiales de
vuestra majestad; porque, demas de haber muerto a los dichos
españ oles y rebeladose contra el servicio de vuestra alteza, comen
todos came humana, por cuya notoriedad no envio a vuestra
majestad probanza de ello.
Al sureste de Tlaxcala, situada en el centro geografico del valle
de Puebla, Tepeyacac (Tepeaca para los españ oles, y asi llamada
desde entonces) ocupaba una posicion privilegiada que Ie permitia
controlar las rutas comerciales entre la costa del Golfo y el valle de
Mexico, asi como disponer de las mas fértiles tierras.
Segun Bernal, eran 400 españ oles con 17 caballos y seis
ballestas. Sin armas de fuego. A los tlaxcaltecas, de 4 000 a 5 000
en un principio, los mandaban Xicoténcatl el Joven,
Chichimecatecuhtli y Tlahuehxolotzin. No se conservan los
nombres de los capitanes ni el numero de los guerreros aliados de
Huexotzingo y Cholula. Recuerda el cronista:
Pues ya que todos estabamos a punto, comenzamos a caminar y en
aquella jornada no llevamos artilleria, ni escopetas, porque todo
quedñ en las puentes [...] y fuimos con diez y siete caballos y seis
ballestas y cuatrocientos veinte soldados, los mas de espada y rodela,
y con obra de dos mil amigos de Tlaxcala.
Oviedo afirma que iban sin los aliados: “Sin los cuales fuera por
demas tentarse tal empresa, segtln el poco numero de los
españ oles respecto a los contrarios”. Ademas, Gñ mara asegura que
esclavizaron a los habitantes de los pueblos donde se habia dado
muerte a los españ oles: “Por putos, por idñ latras, porque comen
came humana, por rebeldia que tuvieron, porque temiesen otros, y
porque eran muchos, y porque, si asi no los trataba, luego se
rebelaran”.
Cortés fundñ ahi la segunda villa españ ola en Mesoamérica:
Segura de la Frontera (la fecha exacta se desconoce, pero seria en
agosto o septiembre), donde fechñ su segunda carta de relacion y
tres documentos o probanzos en los que hizo jurar a sus
compañ eros y lugartenientes que él hizo todo lo humanamente
posible por salvar el tesoro real; también, hace constar que Diego
Velazquez y Panfilo de Narvaez fueron los culpables de la
“rebelion” indigena y, por tanto, habia que embargar sus bienes.
Hay ademas un valioso documento histñ rico, fechado en Segura
de la Frontera, en el cual 534 españ oles (no aparece entre ellos
Bernal Diaz del Castillo) Ie piden al emperador, con su firma, que
confirme a Cortés como capitan y justicia mayor.
En tanto que Cortés continuaba la “pacificaciñ n” del valle de
Puebla conforme le iban llegando refuerzos (en su mayoria
accidentales) desde Jamaica y Cuba, Cristñ bal de Olid marcho
contra Quecholac y Tecamachalco. Cuenta Antonio de Solis:
El despojo que se adquiriñ en e1 alcance de los enemigos, y en los
mismos lugares sediciosos, fue rico y abundante de todos géneros.
Los prisioneros excedian e1 numero de los vencedores. Dicen que
llegarian a dos mil los que se hicieron sñlo en Tecamachalco, donde
se apreto la mano en e1 castigo, porque sucediñ en este lugar la
muerte de los españoles. Y ya no se llamaban prisioneros sino
cautivos, hasta que puestos en venta perdian e1 nombre, y pasaban a
la servidumbre personal; dando e1 rostro a la nota miserable de la
esclavitud.
Posteriormente, Cortés en persona dirigiñ una confusa
campañ a contra Cuauhquechollan (Huaquechula), que le aseguraba
el paso a los valles de México y Morelos por el sur del
Popocatépetl. Cervantes de Salazar cuenta que se esclavizñ a mas
de 2 000 indigenas. Antonio de Solis cuenta que miles de
huexotzincas fueron la clave de la campañ a de Huaquechula:
Cuando e1 cacique logrñ la ocasiñ n y desempeñ ñ su fidelidad [...] con
tan buena orden y tanta resoluciñ n, que facilitñ mucho la victoria, y
en poco mas de media hora fueron totalmente desechos los mexicanos
[...] Alojñ se dentro de la ciudad Hernan Cortés con españ oles,
señ alando su cuartel fuera de los muros a los tlascaltecas y demas
aliados, cuyo numero fue creciendo por instantes; porque a la fama
de que se movia su persona, salieron otros caciques de la tierra
obediente con sus milicias a servir debajo de su mano; y crecio
tanto su ejército, que segun su misma relaciñ n, llego a Guacachula
[Huaquechula] con mas de ciento y veinte mil hombres.
De Huaquechula siguiñ a Itzocan (Izucar de Matamoros), que
también fue arrasada y destruida. Cervantes de Salazar cuenta la
estrategia: a las poblaciones que se sometian se las respetaba. A las
que hacian resistencia, las arrasaba y esclavizaba a sus hombres.
Dice fray Diego Duran que Cortés
enviñ a rogar y avisar a los unos y los otros, que é1 no venia sino a
libertarlos de la tirania de México y de la opresiñ n en que los tenian y
como la amistad de los mexicanos nunca fue de voluntad, sino
forzosa, siempre se allegaron a querer ser amigos de los
españ oles, que no enemigos, en quien confiaron les darian
libertad y quitarian de la servidumbre en que México los tenia.
Ademas, por todos lados las guarniciones mexicas y sus aliados
estaban siendo rebasados por el numero de sus enemigos.
Asegurado el valle de Puebla, la campañ a continuñ : Diego de
Ordaz y Alonso de Avila fueron a Tuxtepec con varios miles de
aliados. También se enviaron expediciones de castigo a poblados
del actual estado de Veracruz que se rebelaban contra la nueva
dominaciñ n. Entretanto, tras la sujeciñ n de Huaquechula e Izucar,
Corté s regresñ a Segura de la Frontera, donde termini de escribir
su carta de relaciñn, que fechñ el 30 de octubre de 1520. Ahi nace
un nombre:
Por lo que he visto y comprendido cerca de la similitud que toda esta
tierra tiene a España, asi en la fertilidad como en la grandeza y frios
que en ella hace, y en otras muchas cosas que la equiparan a ella, me
pareciñ que e1 mas conveniente nombre para esta tierra era el de
Nueva España del Mar Océano; y asi en nombre de vuestra majestad
se le puso este nombre. Humildemente suplico a vuestra alteza que lo
tenga por bien y mande que se nombre asi.
No sobra comentar que Cortés seguia recibiendo refuerzos, o
apropiandose de ellos. Asi, un barco enviado por Diego Velazquez
con 13 soldados, otro mas con ocho y elementos para construir
ballestas. Uno de esos refuerzos fue el que encabezaba Diego
Camargo, cuya llegada nos permite recordar que no todo es
Tenochtitlan.
La expediciñ n de Camargo la habia enviado el gobernador de
Jamaica, Francisco de Garay, con objeto de construir una base o
factoria que le permitiera controlar la desembocadura del rio
Panuco. La expediciñ n la constituian tres carabelas con 157
soldados, siete caballos, artilleria y materiales para construir un
fuerte. Cuenta Jaime Montell que navegaron Panuco arriba unas
siete leguas y que se establecieron entre los huastecos, quienes los
trataron bien un tiempo y luego les pidieron que se fueran:
Camargo lo resintiñ y decidiñ castigarlos, mas los aguerridos
huastecos ya estaban preparados, y en Chila atacaron a los blancos
con ta1 furia por tierra y por agua, a bordo de sus canoas, que los
españoles tuvieron que abandonar uno de sus navios, lanzandose al
rio y nadando a sus dos embarcaciones restantes, no sin sufrir unas
dieciocho bajas, perder todos sus caballos y quedar muchos heridos.
Decidieron refugiarse en la Villa-Rica antes de emprender su
regreso a Jamaica. En el camino perdieron uno de sus bajeles y
desembarcaron a los sanos, que fueron recibidos en Nautla. La
ultima carabela llegñ a Veracruz tan deteriorada que en una
semana se perdiñ también. Los 60 supervivientes, hambrientos y
enfermos, fueron trasladados a una ciudad totonaca para que se
recuperaran, y quedaron encuadrados en las fuerzas de Cortés,
quien en sus cartas al emperador parece decir que cualquier
expedicion a tierra firme deberia contar con su apoyo o anuencia:
“Por ventura no les acaeciera este desbarato st la otra vez ellos
vinieren a mi [...] porque como yo estaba muy informado de todas
las cosas de estas partes, pudieran haber de tal aviso que no les
acaeciera lo que les sucediñ ”.
Francisco de Garay enviñ otra carabela a buscar a Camargo. La
mandaba Miguel Diaz de Aux, con 50 hombres y siete caballos.
Bernal Diaz del Castillo hace burla de los hombres de Camargo por
la desastrada condicion en que llegaron. En cambio, elogia a los de
Diaz de Aux, de quien Cervantes de Salazar diria que fue uno de los
mejores conquistadores y que murio rico y de avanzada edad en la
ciudad de México. Diaz del Castillo explica: “[Y] éste fue el mejor
socorro y al mejor tiempo que le habiamos menester [...] y porque
los soldados que traia Miguel de Auz venian muy recios y muy
gordos, les pusimos por nombre los de los lomos recios”.
Todavia contribuiria Garay con otra carabela de refuerzos. Ese
ultimo barco lo mandaba un Ramirez el Viejo y traia 40 españ oles,
ballesteros y 10 caballos. Su intento de “rescatar” por su cuenta
seria, al cabo, en provecho de Cortés, como señ ala correctamente
Bernal: “Y Francisco de Garay no hacia sino echar un virote tras
otro en socorro de su armada, y en todo le socorria la buena
fortuna a Corté s, y a nosotros era gran ayuda”.
Todavia llegaria otra nave, mandada por Juan de Burgos, que
traia mercancias, armas y tres caballos de las Canarias a Cuba y
que, habié ndose enterado el capitan y propietario del é xito de
Cortés, decidio pasar a la Villa-Rica, donde vendio todo lo que
traia por oro y con una quincena de hombres se puso a las
ordenes de Cortés.
Por fin, a mediados de diciembre, Cortés decidiñ regresar a
Tlaxcala para retomar desde ahi la ofensiva contra Mé xico-
Tenochtitlan. El 26 de diciembre, ya con todo listo, los españ oles
hacen un alarde, en el que se cuentan 40 de a caballo y 550 de a
pie, entre los cuales habia 80 ballesteros y escopeteros. Nueve piezas
de artilleria. Habia ademas 60 españ oles de guarnicion en Segura
de la Frontera y un numero indeterminado en la Villa-Rica. Corté s
dividiñ a la caballeria en cuatro escuadrones y a la infanteria en
nueve capitanias.
Al dia siguiente, los tlaxcaltecas hicieron su propio “alarde”.
Cervantes de Salazar cuenta que los cuatro señ ores de Tlaxcala
entraron a la plaza mayor encabezando a su gente, suntuosamente
ataviados y con los estandartes de sus ciudades. Tras ellos, 60 000
flecheros y 40 000 rodeleros. Cerraban la marcha 10 000 lanceros
encabezados por Xicoténcatl el Mozo. Tres horas durñ el desfile.
El 28 de diciembre emprendieron la marcha hacia Texcoco.
20. VIRUELA
Hiriñ Dios esta tierra con diez plagas muy crueles
[...] la primera de las cuales fue de viruelas [...] a1
tiempo que el capitan Panfilo de Narvaez
desembarcñ [...] vino un negro herido de viruelas,
la cual enfermedad nunca en esta tierra habia
visto.
FRAY TORIBIO DE BENAVENTE
CAsI inmediatamente después de la campañ a de Tepeaca,
apareciñ lo que resultaria el mayor azote de los nativos
mesoamericanos: la epidemia de viruela. Todas las fuentes
coinciden en señ alar que la enfermedad activa llegñ en mayo de
1520. Lo que no se explica es por que o cñ mo estuvo confinada a
la region de Cempoala hasta septiembre, cuando cundio la
epidemia. Explicaciones epidemiologicas, como la de Francisco
Guerra, hacen de Tenochtitlan, a partir de septiembre, “un area
epidemiologicamente confinada”.
No hay tal; en septiembre, Tenochtitlan no estaba sitiada, y la
epidemia asolñ con igual fuerza en todos los valles centrales. Asi
lo cuentan los informantes de Sahagtin en la versiñ n de Leñ n-
Portilla:
Cuando se fueron los españoles de México y aun no se preparaban los
españoles contra nosotros, primero se difundiñ entre nosotros una
gran peste, una enfermedad general. Comenzo en [e1 mes]
Tepei7huitL Sobre nosotros se extendiñ [...]
Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella.
Ya nadie podia andar, no mas estaban acostados, tendidos en su cama.
No podia nadie moverse [...] Y cuando se movian algo, daban de
gritos [...] A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura
enfermedad de granos.
Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre
murieron: hubo muertos por e1 hambre: ya nadie tenia cuidado de
nadie, nadie de otros se preocupaba.
Toribio de Benavente “Motolinia” continua el epigrafe con que
iniciamos el capitulo:
De cñmo las viruelas se comenzasen a pegar a los indios, fue entre
ellos grande enfermedad y pestilencia mortal en toda la tierra que
algunas provincias morian la mitad de la gente, y en otras poco
menos, porque como los indios no sabian el remedio de las viruelas,
antes como tienen muy de costumbre, sanos y enfermos bañarse a
menudo, con esto morian como chinches, y muchos de los que
murieron fue de hambre, porque como todos enfermaron de golpe, no
podian curar unos de otros, ni habia quien les hiciese pan [...]
Y en muchas partes aconteciñ morir todos de una casa y otras, sin
quedar casi ninguno, y para remediar e1 hedor, que no los podian
enterrar, echaron las casas encima de los muertos, ansi sus casas fue
sepultura. A esta enfermedad llamaron Veyzaval [huey zahualtl], que
quiere decir “la gran lepra”, porque desde los pies hasta la cabeza se
hincharon de viruelas.
Por su parte, fray Bernardino de Sahagun afirma:
Antes que los españoles que estaban en Tlaxcala viniesen a conquistar
a México, dio una grande pestilencia de viruelas a todos los indios en
e1 mes que llamaban Tepet7huitl que es a1 fin de septiembre.
[...] Esta pestilencia mato gentes sin numero, muchas murieron
porque no habia quien pudiese hacer comida; los que escaparon de
esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas, y algunos los ojos
quebrados; durñ la fuerza de esta pestilencia sesenta dias.
El “conquistador” Bernardino Vazquez de Tapia entendiñ
cabalmente el significado militar de la epidemia:
En esta sazñn vino una pestilencia de sarampiñn {sicJ, y vinoles tan
recia y tan cruel, que creo murio mas de la cuarta parte de la gente de
indios que habia en toda la tierra, la cual mucho nos ayudñ para hacer
la guerra y fue causa que mucho mas presto se acabase, porque como
he dicho, en esta pestilencia muriñ gran cantidad de hombres y gente
de guerra y muchos señores y Capitanes y valientes hombres, con los
cuales habiamos de pelear y tenerlos por enemigos; y milagrosamente
Nuestro Señor los mato y nos los quitñ delante.
“En algunas provincias la mitad”, dice (quiza exagerando)
Motolinia; “mas de la cuarta parte”, dice Vazquez de Tapia. Dos
nombres nos ayudan a medir el desastre. Victimas de viruela
fallecieron ese otoñ o Maxixcatzin, señ or de Ocotelco y cabeza del
(asi llamémosle) partido proespañ ol en el Consejo de Tlaxcala, y,
como todos sabemos, Cuitlahuac, penultimo Hues Tlatoani de
México-Tenochtitlan.
¿Que explica la virulencia de esta epidemia en particular y de
las padecidas en las décadas siguientes? El factor de difusiñ n de la
innovaciñ n que, segtin vimos, dio lugar a que, en la franja de las
civilizaciones del Viejo Mundo, las novedades y descubrimientos se
conectaran desde Tokio hasta Lisboa, mientras la interaccion de
distintas civilizaciones también propagaba las enfermedades
epidémicas y pandémicas.
Ademas de su gran difusiñ n en el llamado Viejo Continente,
debe resaltarse que estas enfermedades, debido a su origen, no
podian brotar por vez primera en Mesoamérica. En su polémico
libro Armas, gérmenes y acero, Jared Diamond recuerda que los
agentes de ellas fueron resultado directo de la domesticaciñ n de
animales.
Enfermedades infecciosas como la varicela, el sarampiñn y la gripe
surgieron como gérmenes especializados del ser humano, derivados
de mutaciones de gérmenes ancestrales muy parecidos que habian
infectado a los animales. Los humanos que domesticaron a los
animales fueron los primeros que cayeron victimas de los gérmenes
recién evolucionados, pero estos humanos desarrollaron después una
resistencia importante a las nuevas enfermedades.
Dejando de lado otras interpretaciones de este autor,
pensemos también que en el Viejo Mundo estas enfermedades
infecciosas aparecieron de manera gradual y paulatina mientras que
en Mesoamé rica llegaron de golpe. ¿Cual fue el efecto? Dice Enrique
Semo: “El cataclismo mas atroz que sufrieron los amerindios en la
conquista fue, sin lugar a duda, la combinaciñ n de guerras,
destrucciñ n de su tejido social y las enfermedades epidémicas
para las cuales no tenian inmunidad”.
¿Cñ mo calcular semejante cataclismo? Hay, dice Semo, dos
tipos de fuentes: los relatos, testimonios de testigos de la época, y
los calculos de demñ grafos contemporaneos fundados en fuentes
arqueolñ gicas y de archivo. Son muy valiosas las relaciones
geograficas hechas en los siglos xvI y xvII pOr orden de las
autoridades españ olas y, muy particularmente, Alonso de Zorita.
Sobre esas bases, los demñ grafos sostienen calculos
maximalistas que suponen que no menos de 20 millones de
habitantes y hasta 32 millones en Mé xico y America Central fueron
victimas de esta enfermedad en el momento de la irrupcion
españ ola, en tanto que hubo poco mas de un millñ n en 1600. Los
calculos minimalistas suponen de cuatro a cinco millones para
1520 y también poco mas de un millñ n para 1600.
En cambio, los calculos mas criticos, que revisan los anteriores,
hablan de unos 11 millones, que se acercan a los del juez Zorita,
quien en 1568 asegurñ que la poblaciñ n indigena del centro de
México era un tercio de la de 1519. Puesto que, segun él, esa
poblaciñ n era de 2 700 000, se suponen unos ocho o nueve millones
en el momento del encuentro. Enrique Semo, al compulsar y
analizar todos los datos, hace suyos los de 11 millones de
habitantes en Mesoamé rica y Aridoamérica en 1518 y 1 075 000 en
1605.
¿Las causas del desastre? Elsa Malvido clasifica en tres ramas,
con base en su origen, los nuevos agentes patogenos:
Primero, la “patologia social”: las muertes desatadas por la
guerra misma y por las condiciones de sobreexplotacion infligida a
los indios y a los pobres —guerra, alcoholismo, suicidio colectivo,
desintegraciñ n social, negaciñ n a la reproducciñ n, hambre, sed,
desgano vital—.
Segundo, la “patologia biolñ gica” pandémica: viruela,
sarampion, tosferina, varicela y paperas, que en su incursiñ n
(1520-1563) fue devastadora.
Por ultimo, la “patologia biosocial” pandémica: la peste en sus
cuatro tipos (bubñ nica, neumñ nica, septicémica y hemorragica),
que causo niveles de mortandad de 50 a 90% entre quienes la
adquirieron.
Las tres iniciaron su cruenta marcha ese añ o de 1520. La Triple
Alianza esta, pues, devastadoramente debilitada en visperas de la
ofensiva indo-españ ola contra el valle de México... pero también
los principales enemigos de la Excon Tlatoloyan han sufrido el
mismo devastador embate, particularmente Tlaxcala y dos
tlatocayotl cabezas de poderosas confederaciones de altépetl que
serian clave durante el cerco y sitio de Mexico-Tenochtitlan:
Texcoco y Xochimilco.
k Triple Ali‹inz‹i? Ya no m‹is. Texcoco esta a punto de unirse a la
gran liga antimexica.
III. SITIO
21. TEXCOCO
Estuvieron en el pueblo de Tezcuco cinco meses, en
los cuales se les dio todo recaudo que habian
menester asi de comida y servicio [...] y se aderezo
todo e1 ejé rcito de españ oles para la guerra con
Mé xico. Y asimismo se aderezaron todos los
señ ores principales y valientes hombres [...] para
venir a favor de los españ oles contra los
mexicanos.
FERNANDO DE ALVA IXTLILXOCHITL
LA VERSION texcocana de la historia que venimos contando se debe
fundamentalmente a Fernando de Alva Ixtlilxñ chitl, tataranieto de
Ixtlilxñ chitl —tlatoani de Texcoco en 1521—, quien viendo
reducidos y acotados sus privilegios, decide retomar el apellido y
escribir para recordar a la Corona españ ola y a sus funcionarios en
la Nueva Españ a el papel clave que su tatarabuelo habia jugado en
la conquista y caida de México-Tenochtitlan. La segunda fuente
texcocana es el Câdice Ramirez, de autor desconocido, aunque
identificado como indigena. Como señ ala Jose Fernando Ramirez:
“El autor de este precioso trabajo parece haber sido un mexicano
de raza pura, quien escribiñ en su lengua materna. No podemos dar
mas noticia acerca de este libro, sino que fue traducido por el
padre Juan Tovar”.
Hay quien supone que el documento lo habria encargado el
propio acolhua Ixtlilxñ chitl, quien es el héroe protagonista de la
segunda parte del mismo (la primera se centra en la historia de los
pueblos del valle de México, con énfasis en Texcoco). Dice Jose
Fernando Ramirez:
[T]odo parece indicar que fue escrito poco después de la conquista,
debio gozar gran popularidad, que por lo menos existian tres
traducciones: la una hecha por el jesuita Tovar, otra copia o ta1 vez
el original se encontraba en Santo Domingo y fue la base de la
historia
del dominico Duran; no solamente tuvieron esta relaciñ n por base
Duran y Acosta, tuvola también Tezozñ moc.
¿Que historia cuentan estas dos fuentes? En 1519 Texcoco era el
segundo poder en la inequitativa Triple Alianza. Era el principal
altépetl de la ribera oriental del lago; sus dominios directos se
extendian sobre tierras fértiles hasta las montañ as, y la
recoleccion de tributos se prolongaba al este hasta el Golfo de
México. Texcoco, como Tlacopan, fue granero de Tenochtitlan y
garante de su seguridad.
Las versiones texcocanas sostienen que la alianza de 1428
contra Azcapotzalco la encabezñ Nezahualcñ yotl, señ or de
Texcoco, y no Itzcoatl, señ or de Tenochtitlan. Nadie parece poner
en duda que en vida de Nezahualcñ yotl el poder de Texcoco era
paralelo al de Tenochtitlan, si bien fue menguando durante el
largo reinado de Nezahualpilli (1472-1515).
Al morir Nezahualpilli, Texcoco viviñ una fuerte lucha por la
sucesiñ n entre nueve o 10 de sus hijos, la cual no estaba resuelta
cuando en 1519 irrumpieron los españ oles. Este conflicto sucesorio
seria central en su historia. Los principales contendientes fueron
Cacama, sobrino de Montezuma, y Coanacoch e Ixtlilxochitl, hijos
de la misma madre y sobrinos-nietos de Tizoc. Al parecer, llegaron
a un acuerdo de que cada uno gobernaria una porciñ n: Ixtlilxochitl
el norte, Cacama el centro y Coanacoch el sur, conservando el
segundo el titulo de tlatoani.
Cuando Cortés arribñ al valle de México, en noviembre de 1519,
Cacama lo recibiñ y lo escoltñ de cara al “encuentro”, pero lo
sucedido después es “incierto”. Dice Restall:
De acuerdo con la narrativa tradicional, Cacama se opuso a la
rendiciñ n de Moctezuma y entonces Cortés lo apreso y puso a otro
de sus hermanos, Cuicuizcatl, en el trono de Texcoco. La idea de un
Cortés hacedor de reyes a las pocas semanas de haber llegado a
Tenochtitlan es uno de los muchos absurdos que se derivan de la
mentira sobre la aprehensiñ n del emperador.
Lo mas probable es que Cacama siguiera siendo el tlatoani
hasta su asesinato a manos de los españ oles en junio de 1520.
También parece ser un hecho que Cuicuizcatl, rehén de Corté s,
haya sido ejecutado por Coanacoch tras huir de los españoles y
presentarse en Texcoco, luego de la Noche de la Huida.
Comoquiera que sea, en el verano de 1520 Cuitlahuac era tlatoani
de Tenochtitlan y Coanacoch de Texcoco. El centro del imperio
estaba bajo control otra vez.
Pero ya Cortés tenia noticia y parte de las disensiones de la casa
gobernante de Texcoco. Algunas fuentes dicen que las tuvo desde
los primeros dias en la Villa-Rica. Escribe Alva Ixtlilxñchitl:
Y en este medio tiempo llegaron otros embajadores de Ixtlilxñ chitl
en competencia contra sus hermanos y e1 rey Motecuhzoma, su tio, a
dar la bienvenida a Cortés y a los suyos, y a ofrecérsele por su amigo,
dandole noticia del estado en que estaban las cosas del imperio, y el
deseo de vengar la muerte de su amado padre el rey Nezahualtzintli
y liberar el reino del poder de los tiranos.
Segun el Câdice Ramirez, esta alianza se hizo patente en junio
de 1520 cuando, tras la Noche de la Huida, Ixtlilxñ chitl preparñ
j200 000 guerreros! para socorrer a Cortés, y su ayuda detuvo la
persecuciñ n de los mexicas y tecpanecas. Las fuentes españ olas no
mencionan la ayuda de aliados indigenas en su huida hacia
Tlaxcala, pero tampoco dejan de recordar la terrible situaciñ n en
que estaban (hagamoslo con Vazquez de Tapia):
[C]omo todos ibamos heridos y tan quebrados y medrosos de los
dias pasados, si mucho nos apretaran, creo nos desbaratan y
mataran a todos por dicho y ser de noche, y ansi no se paso un dia,
de mas de diez o doce que tardamos en llegar a Tlaxcala, que no
hubiesen gran niimero de gentes con nosotros, que muchos dias nos
tuvieron cercados y a punto de ser perdidos.
Lo lñgico es, por tanto, que las ayudas recibidas y no
registradas por sus cronistas hayan sido centrales para el viaje a
Otumba y muy probablemente también en la victoria ahi obtenida.
Por otro lado, y como ya hemos visto, otras fuentes de tradiciñn
indigena, como el Câdice Florentino, asientan la ayuda que los
españoles recibieron de diversos pueblos otomies del norte de la
cuenca de México. Es notorio que, sin esa ayuda, muy dificilmente
los españoles hubieran podido llegar a Tlaxcala.
Lo que es evidente es que las rencillas internas de la casa
gobernante de la segunda capital de la Excan Tlatoloyan resultarian
a la postre tan importantes para los propñsitos cortesianos de
conquista como la temprana alianza con los tlaxcaltecas.
Regresemos al punto en que habia quedado la narraciñn: el 29
de diciembre de 1520, españoles y tlaxcaltecas descendieron de los
pasos montañosos hacia el valle de México. Dice Bernal:
Y luego bajamos la sierra, donde vimos grandes ahumadas que
hacian asi los de Tezcuco como los de los pueblos sus sujetos; y
yendo mas adelante topamos con un buen escuadrñ n de gente,
guerreros de México y de Tezcuco, que nos aguardaban en un mal
paso [...] mas luego desbaratamos los escuadrones y pasamos muy a
nuestro salvo.
Esa noche la pasaron en Coatepec, ya en dominios texcocanos.
Algunas fuentes aseguran que fue ahi donde Ixtlilxñchitl se reuniñ
con los españoles. Se habia mantenido alejado de la ciudad los 14
meses anteriores y ahora vera su oportunidad para convertirse en
tlatoani de Texcoco, aunque no era su tiempo aun, como cuenta
su descendiente Alva Ixtlilxñchitl:
El capitan preguntñ por el señ or de Texcuco y dijéronle que se habia
ido a México y luego dijo que no curasen de él, y preguntñ a quien le
venia el Señ orio y dijeron que a Tecocoltzin, hermano de Cacamatzin,
hijo de Nezahualpitzintli, y este Tecocoltzin fue desde México a
Tlaxcala sirviéndole, a1 cual Capitan lo hizo Señ or y lo hizo bautizar
llamandole D. Fernando [...] y los naturales de Texcuco servian a los
españ oles.
El dia 31 los españ oles y sus aliados ocuparon Texcoco sin
resistencia. Desde la piramide Alvarado y Olid vieron la ciudad,
mas extensa que Tenochtitlan y tan poblada como esta (unos 60
000 habitantes). La poblaciñ n habia huido en masa mientras
Coanacoch se refugiaba en Tenochtitlan. La ciudad fue saqueada y
las mujeres que quedaron, violadas y esclavizadas con los niñ os;
los hombres, masacrados. En el juicio de residencia a Cortés se Ie
acusñ de eso:
Cuando el dicho D. Fernando Cortés llegñ al dicho Tezcuco e el dicho
Tapaltecal e muchos señ ores e principales se avian ydo e absentado e
dexado mucha parte de sus faziendas e la gente comiin se yva e que
como esto vido e1 dicho D. Fernando mandñ que se diese sacomano
en e1 pueblo e tornasen lo que en el Callasen lo qual asy se fizo e
trayendo algunos españ oles algunas mujeres e muchachos de la tierra
e1 dicho D. Fernando Cortés los fizo esclavos e los vendio en publica
almoneda e no dio parte de ello a los compañ eros ni del mas despojo
que alli se huvo.
Saqueo y esclavitud —dice la fuente—, que omite las
violaciones. Ya instalados en Texcoco los españoles, reino
brevemente otro hijo de Nezahualpilli, Teococo, muerto en enero.
Nada de eso —ni del saqueo— cuenta Bernal Diaz del Castillo,
quien sñlo consigna la coronaciñn de Ixtlilxochitl (si acaso, dice que
algunos tlaxcaltecas saquearon comida):
Y este mancebo dijeron que era hijo legitimo del señ or y rey de
Tezcuco, que se decia su padre Nezabalpinzintle; y luego sin mas
dilaciones, con gran fiesta y regocijo de todo Tezcuco, le alzaron por
rey y señ or natural, con todas las ceremonias que a los tales reyes
solian hacer.
Fernando de Alva Ixtlilxñchitl resume asi la sucesiñn en
Texcoco y la alianza con los españoles:
Y en este mismo tiempo el dicho D. Fernando Tecocoltzin muriñ , y un
hermano de Cacamantzin que se decia Ixtlilxñ chitl hijo de
Nezahualpiltzintlin vino a servir al Capitan en lugar de su hermano
ya difunto, el cual y otros hermanos suyos y principales nunca se
quitaban de junto a1 Capitan, sirviéndole y ayudandole en la dicha
guerra, y nunca en ochenta dias que los españ oles estuvieron sobre
México jamas faltaron Ixtlilxñ chitl y demas principales y mucha
cantidad de gente de Texcuco que les ayudaban, y daban de comer.
Segun las crñnicas españolas, Ixtlilxñchitl, nuevo señor de
Texcoco (aunque no se olvide que habia otro señor de Texcoco, que
estaba en Tenochtitlan siempre al lado de Cuauhtémoc y al frente
de miles de guerreros acolhuas), puso al Estado-naciñn al
servicio de Cortés. Cuenta Antonio de Solis:
Quedñ Hernan Cortés aplaudido y venerado entre aquella gente; la
nobleza se declarñ su parcial, y enemiga de los mexicanos [...]
Trabajabase ya en la obra de los canales, por donde se comunicaba la
laguna con las acequias de la ciudad, y este principe dio seis o siete
mil indios, vasallos suyos.
En las crñnicas texcocanas, por el contrario, aparece como
aliado, casi a la par. Y habria participado en el diseño de la
siguiente fase de la campaña: aquella en que Cortés, con Andrés
de Tapia, Cristñbal de Olid, 13 de a caballo y unos 230 soldados,
junto con los tlaxcaltecas, avanzarian sobre Iztapalapa, mientras
los acolhuas de Ixtlilxochitl, con Alvarado, se dirigirian al norte
de la Cuenca de México. Gonzalo de Sandoval, entretanto,
coordinaria “la hazaña logistica” de trasladar las piezas de los
bergantines construidos en Tlaxcala y botarlos en el lago de
Texcoco.
Antes de ir a esa nueva etapa, concluyamos. Los españoles
tenian, pues, un nuevo aliado clave, que describe asi Alva
Ixtlilxñchitl:
Y en ese medio tiempo el dicho don Fernando Tecocoltzin, señ or de
Tezcuco, muriñ , y un hermano de Cacamatzin que se decia
Ixtilxuchitzin, hijo de Nezahualpiltzintli, vino a servir al capitan en
lugar de su hermano ya difunto, el cual y otros hermanos suyos y
principales nunca se quitaban de junto al capitan, sirviéndole y
ayudandole en la dicha guerra, y nunca en ochenta dias que los
españ oles estuvieron sobre México, jamas faltaron Ixtlixuchitl y
ademas principales y mucha cantidad de gente de Tezcuco que les
ayudaban y daban de comer: velaban de noche haciendo sus velas, y
tenian hecho su repartimiento.
La historiografia nacionalista decimonñnica, en voz de don
Manuel Orozco y Berra, habla asi de esa alianza y ese principe:
En el sitio nombrado Tlepehuacan se presentñ a Cortés el bastardo
principe Acolhuatl Ixtlilxuchitl, atizador incansable de las revueltas
del reino, aspirante perdido al trono de Texcoco; presentñ se con un
pendon de oro en señ al de paz y amistad, dando la bienvenida al
general y convidandolo a pasar a Texcoco en donde seria servido y
regalado; pesabanle mucho, dijo los males sobrevividos por la rebeliñ n
de sus tios y deudos los señ ores mexicas; que a causa de ello e1 rey
su
hermano y los de su corte eran culpados, pero que los perdonase,
pues a su nombre venia a disculparlos y a ofrecerle sus servicios.
Si don Hernando no vio con placer a aquel repugnante principe,
se enterñ con gusto de las desavenencias entre los herederos de
Acolhuacan; ni e1 nombre ni las nuevas le cogian desprevenido.
Si, lectora o lector, el gran geñgrafo e historiador nacionalista
del siglO xIx que tantas veces parece buscar la reconciliacion
escribiñ “repugnante principe”.
22. TENOCHTITLAN SE PREPARA
¿Quien podra sitiar a Tenochtitlan?
¿Quien podra conmover los cimientos del cielo...?
con nuestras flechas,
con nuestros escudos,
Esta existiendo la ciudad.
}México-Tenochtitlan subsiste!
POEMA NAHUATL
ESTos versos anñ nimos, atribuidos por Miguel Leñ n-Portilla a la
época de Izcñ atl y Tlacaélel, parecen mas propios del momento que
narramos, cuando el nuevo tlacatecuhtli, Cuauhtémoc, dedico sus
energias a preparar la guerra, unificando de manera implacable el
frente interno y buscando por todos los medios a su alcance
fortalecer su coaliciñ n.
Como lo habia hecho Cuitlahuac, el joven monarca enviñ
embajadores a todas aquellas ciudades que creia poder ganar para
su liga. A nombre del huey tlatoani, los embajadores ofrecian a
quienes estaban o habian estado bajo el dominio de la Triple
Alianza exenciones tributarias y libertades, y a quienes no habian
sido tributarios les aseguraba la paz y amistad permanentes. Por
instrucciones de Cuauhtémoc, los embajadores recordaban las
matanzas de Cholula, Tepeaca, Guaquechula y otros sitios, asi
como la destrucciñ n de templos y la imposicion de la nueva religiñ n.
Sin embargo, no tuvo demasiado éxito. Claramente, la balanza
estaba inclinandose ya hacia la coaliciñ n enemiga y los españ oles.
Cuando llego la noticia de la salida de los españ oles hacia
Texcoco, al parecer se celebrñ un consejo o asamblea de los
principales señ ores de Tenochtitlan y sus aliados para debatir la
guerra o la sumision, y la estrategia a seguir. Segun Cervantes de
Salazar, Cuauhtémoc se habria dirigido a los presentes, delineando
sus propñ sitos y estrategia. A falta de otra fuente, veamos esta
versiñ n (perfectamente españ ola y con parafrasis del Romancero y
del Cid) del discurso de Cuauhtémoc:
Ya, Principes, grandes señ ores, caballeros, capitanes y ciudadanos, veis
e1 estado en que hoy esta puesto e1 Imperio mexicano y cñ mo desta vez
ha de caer para no poder jamas alzar cabeza si no hacemos en su
defensa lo que debemos, o si se defiende, como es razon, levantarla
entre todos los imperios del mundo [...]
Y porque mas claro veais lo que hemos de hacer, este mi
razonamiento tendra dos partes: la primera sera en breve
recontaros lo que todos hemos visto cerca destos nuevos hombres; la
segunda, poneros delante de los ojos cuanto os conviene hacer hoy
mas que nunca el deber, de donde nascera la conclusion de mi fin y
designio.
Ante todas cosas, varones fortisimos, ¿quien de nosotros, unos
por vista y otros por oidas, no sabe los grandes y muchos dañ os que
estos cristianos, arrojados y echados por la mar, aun no bien
entrados en nuestra tierra, hicieron?
En el recuento de dañ os que habria hecho Cuauhtémoc consta,
por supuesto, la prisiñ n de Moctezuma (“que como cobarde vivio y
muriñ ”) y, en general, todo lo contado por la versiñ n canñ nica, que
aqui habria hecho suya el “aguila que cae”, para luego proponer la
guerra a muerte:
Y pues, como veis, los dioses son de nuestra parte y hemos de pelear
por su honra, por nuestra vida, por nuestra libertad, por nuestro
imperio, por nuestra hacienda, por nuestros hijos y mujeres, por
nuestra naciñ n y linaje, ¿quien de vosotros puede haber tan cobarde
que, aunque desnudo y sin armas, como fiero leon, no se meta por las
armas de nuestros enemigos y no quiera primero morir que perder
uno de los bienes contados, cuanto mas todos? [...]
En e1 bien de pelear esta la victoria; en la victoria, vuestra fama,
nombre y gloria, que hasta los iiltimos fines de la tierra se extendera
y durara para siempre. Deseasteis batallas y en ellas para siempre
quedasteis vencedores; dilatado habéis vuestro imperio, vengado
vuestras injurias, ennoblescido vuestro linaje, illustrado vuestra
nacion, y porque menos que esto no puedo esperar para lo por venir,
sñ lo os ruego hagais todos lo que me viéredes hacer, que desta
manera yo espero que los dioses seran muy servidos, y todos los que
después de nos vinieren diran: “Tal emperador para tales vasallos y
tales vasallos para tal emperador”.
Aprobada por aclamaciñn y con parecidos discursos su
propuesta (u orden) de resistir a todo trance a los españoles y la
coaliciñn enemiga, Cuauhtémoc habria purgado a los partidarios
de la paz y a los hijos de Moctezuma que pudiesen desafiar su
mando y señorio. Cuentan los Anales de Tlatelolco:
Cuando ellos [los españ oles] se hubieron establecido en Texcoco,
entonces los tenochcas empezaron a matarse mutuamente. En el añ o
Tres-Calli mataron a sus principes, Ciuacoualt [el cihuacoatl]
Tziuapopocatzin y Cipactzin Tencuecuecuenotzin; y a los hijos de
Motecuhzoma, Axayacatl y Xoxopueualoc, también los mataron.
Cuando los tenochcas se sintieron perdidos sencillamente se
querellaron entre ellos, y por esta razon, esos señ ores fueron
asesinados.
Asegurado el frente interno y sintiendo concluido el tiempo
de las negociaciones, decidiñ eliminar militarmente las amenazas
posibles. Noticias llegadas a Tenochtitlan señalaban que Chalco
se inclinaba por los enemigos, y hacia alla dirigiñ sus ejércitos.
Dice Alva Ixtlilxochitl:
Cuauhtémoc, viendo que no podia sujetar a los de Chalco, acordñ
juntar un grueso ejército, y antes que los chalcas tuviesen socorro
dar sobre ellos y destruirlos, los cuales con los aculhuas que se
quedaron con ellos y otros circunvecinos, aunque ya muy tarde
supieron cñ mo los mexicanos venian por ellos, se juntaron y salieron
al encuentro, y pelearon con ellos hasta vencerlos, y mataron
grandisima suma de ellos; perdiendo a cuarenta capitanes y a1
general.
Simultaneamente, Cuauhté moc preparaba la resistencia:
En Mé xico no se dormia; que lo mismo hacian los Reyes Cuauhtemoc,
Cohuanacochtzin y Tetlepanquezatzin [los tl‹ic‹itecuhtIis de Texcoco y
Tlacopan], apercibiendo de todo lo necesario y fortaleciendo la ciudad,
y juntaron casi trescientos mil hombres en su favor.
El historiador Jaime Montell resume asi los datos de este “no
dormir”:
Dedicñ [Cuauhtémoc] gran energia al fortalecimiento de su ciudad,
enviando guarniciones a los sitios estraté gicos, ordenando que se
hiciesen ejercicios militares diariamente, mandñ concentrar los
viveres y las cosechas en la comarca de forma que el enemigo no
encontrase alimentos, ordenñ construir una gran cantidad de canoas
[...] mando que la mayor parte de los ancianos salieran de la ciudad y
se refugiasen en las montañ as cercanas a Tlacopan, y reunio la
mayor cantidad de guerreros que pudo en México-Tenochtitlan.
Sin embargo, segun fray Diego Duran, no se hizo lo suficiente:
[T]uvo ardid y acuerdo de henchir la ciudad de gente, no tuvo
advertencia de proveer de mantenimientos y henchirla de
bastimentos, para poder sustentar tanta gente. Porque como los
españ oles y los demas sus enemigos le tornaron todos los pasos y
vias, asi por el agua, como por la tierra, faltaronle al mejor tiempo los
mantenimientos, y asi muriñ mas gente de hambre que no al hierro.
Bernal Diaz del Castillo cuenta sobre la preparaciñ n militar de
México-Tenochtitlan, fundado en el testimonio de prisioneros que
le informaron a Cortés sobre
todo lo que en México hacia y concertaba Guatemuz [Cuauhtémoc].
[...] Quiero tornar a decir los llamamientos y mensajeros que en
todos los pueblos sujetos a México hacian, y cñ mo les perdonaba los
tributos; y el trabajar [...] de dia y de noche [...en] hacer cavas y
ahondar los pasos de las puentes, y hacer albarradas muy fuertes, y
poner a punto sus varas y tiraderas, y hacer unas lanzas muy largas
para matar los caballos [...]
Dice Jaime Montell, con base en Chavero, que muchas de las
acciones del sitio no pueden entenderse sin tener presente que los
mexicas destruyeron varios tramos de las calzadas y los diques, y
que en las calzadas que dejaron ahondaron los canales que
separaban sus secciones. Como resultado, Tlatelolco recobrñ su
caracter insular y separado de Tenochtitlan.
Para defenderse contra los bergantines clavaron estacas puntiagudas
alrededor de la ciudad en los sitios por donde podian acercarse mas.
Dentro de la ciudad levantaron barricadas en las calles principales y
abrieron zanjas que comunicaban a los canales con las acequias
secundarias, de modo que la caballeria viese su paso obstaculizado,
pero que las canoas mexicas pudiesen circular por ellas. También
acumularon cantidad de proyectiles en las azoteas.
Asimismo, protegieron las rutas de entrada al valle de
México, obligando a los españoles y sus aliados a tomar la ruta
mas complicada, segun explica Cortés:
[L]os de las provincias de México y Texmixtitan aparejaban muchas
armas, y hacian por toda su tierra muchas cavas y albarradas y
fuerzas para nos resistir la entrada, porque ya ellos sabian que yo
tenia voluntad de volver sobre ellos [...] acordé de entrar por éste de
Texmoluca, porque como el puerto de él era mas agro y fragoso que
los de las otras entradas, tenia creido que por alli no teniamos mucha
resistencia.
Las coaliciones se estaban definiendo, los campos se
deslindaban. Cuenta fray Diego Duran que con los españ oles y
tlaxcaltecas estaban las confederaciones de Texcoco (salvo los
guerreros partidarios de Cohuanacochtzin ya concentrados en
Tenochtitlan), Xochimilco (todavia no, en realidad) y Chalco
(aunque esta, debilitada por la acciñ n de Cuauhtémoc). La
confederacion tecpaneca estaba sumamente dividida. Cuauhtémoc
contaba con los guerreros de Cuautlalpan y otros acolhuas —
refugiados en México-Tenochtitlan—, con las poblaciones del
rumbo de Cuauhtitlan, asi como con los tlahuicas (seculares
rivales de los xochimilcas en la disputa por el valle hoy llamado de
Morelos) y la mayoria de los oltepemeh nahuas de los actuales
estados de Morelos y Guerrero.
Sin embargo, diversas fuentes señ alan una enorme debilidad,
un hueco en la defensa. Dice Tzvetan Todorov que, para enfrentar
con eficacia a sus enemigos, los mexicas tenian un problema mayor
que la viruela, los bergantines, los caballos o los arcabuces, lo cual
a su vez se encuentra en todas las fuentes de tradicion indigena (y
volveria a encontrarse en las fuentes de tradiciñ n maya para
explicar la “conquista” de Yucatan):
La respuesta en los relatos indios, que es mas una descripciñ n que
una explicaciñ n, consistiria en decir que todo ocurriñ porque los
mayas y los aztecas perdieron el dominio de la comunicaciñ n. La
palabra de los dioses se ha vuelto ininteligible, o bien esos dioses se
han callado [...] Los aztecas describen el comienzo de su propio fin
como un silencio que cae: los dioses ya no les hablan.
23. VUELTA AL LAGO
OCUPADo Texcoco, establecido Cortés con el grueso de su ejé rcito en
la cuenca de México, los siguientes pasos eran de manual, como
diria Motolinia:
[Y] llevando muchos tlaxcaltecas consigo, conquistaron la tierra,
rededores de México, a ejemplo de los Reyes Catñ licos de gloriosa
memoria, que cuando ganaron Granada primero tornaron los
pueblos de la redonda; e para conquistar México, habian hecho en
Tlaxcalla bergantines, que hoy en dia estan en las tarazanas de
México, los cuales bergantines llevaron en piezas desde Tlaxcalla a
Tezcuco, que son quince leguas; e armados los bergantines en
Tezcuco y echados al agua, cuando ya tenian ganados muchos
pueblos de paz y otros conquistados, los unos servian a los cristianos
de comida, y los otros les ayudaban en la guerra, y de Tlaxcala, que
fue gran numero de gente de guerra a favor de los españ oles contra
los mexicanos, que siempre habian sido enemigos capitales los
mexicanos de los tlaxcaltecas.
El primer paso era Iztapalapa, la ciudad de la peninsula, mitad
en tierra firme, mitad chinampera. Iztapalapa, cuyos dirigentes no
habian expresado dudas de su alianza con Tenochtitlan
(recuérdese que, antes de ser ungido hug tlntooni, Cuitlahuac era
señ or de Iztapalapa), conformaba una cuñ a entre Texcoco y las
confederaciones de las ciudades chinamperas, sobre todo la
principal de ellas, Xochimilco. Ya habia tratos con los dirigentes de
Chalco —de donde surge la ofensiva de Cuauhtémoc— y
Xochimilco, pero ninguna alianza podia concretarse mientras
Iztapalapa estuviera firmemente en la liga tenochca.
De ahi que la lñ gica militar dictara apoderarse de esa
estratégica poblacion, aprovechando el ritmo de la ofensiva. Pocos
dias llevaban en Texcoco los españ oles cuando se preparñ la
fuerza contra Iztapalapa:
Acordñ Cortés que é1 por capitan general, Andrés de Tapia, Cristñ bal de
Olid y trece de a caballo, veinte ballesteros, seis escopeteros y
doscientos veinte soldados, con nuestros amigos los de Tlascala y
con otros veinte principales de Tezcuco [...] fuéramos camino de
Iztapalapa, que estara de Tezcuco obra de cuatro leguas [33
kilometros].
La cuenta de los españ oles no es precisa. Cortés ofrece otra:
“Salt [...] con doscientos españ oles, en los cuales habia diez y ocho
de caballo, y treinta ballesteros y diez escopeteros, y con tres o
cuatro mil indios nuestros amigos, y fui por la costa de la laguna
hasta una ciudad que se dice Iztapalapa”.
La de los tlaxcaltecas es menos precisa. Cortés dice “tres a
cuatro mil”, Solis 10 000 (en Solis siempre encontraremos la
mayor cifra de indigenas). Alva Ixtlilxñ chitl dice que eran
mayoritariamente acolhuas:
[S]aliñ Cortés de la ciudad con doscientos españ oles y mas de cuatro
mil naturales de la ciudad de Tetzcuco, algunos de Tlaxcalan y otras
partes que estaban con Cortés y con ellos Ixtlilxochitl acaudillando los
suyos.
Y fueron costeando la laguna hasta llegar a Iztapalapan, que siendo
reconocidos desde e1 peñ ol de Tepecpolco, dieron aviso a los de Mé xico
y asi, dos leguas antes de llegar a Iztapalapan, por agua y por tierra
comenzaron a pelear con los nuestros y en todas aquellas dos leguas
fueron revueltos peleando con los enemigos.
Asi lo cuenta Bernal Diaz del Castillo:
Por manera que en tierra firme aguardaron como buenos guerreros,
asi los mexicanos que fueron en su ayuda como los del pueblo de
Iztapalapa, y pelearon un buen rato muy valerosamente con
nosotros; mas los de a caballo rompieron por ellos, y con las ballestas y
escopetas y todos nuestros amigos los tlaxcaltecas que se metian en
ellos como perros rabiosos, de presto dejaron el campo y se
metieron en su pueblo.
Pero “era un ardid que entre ellos tenian pensado”, porque,
una vez caida la noche, mientras descansaban confiados en
Iztapalapa los españ oles y sus aliados, los de Iztapalapa rompieron
los diques que impedian que se inundara su ciudad y sñ lo la
rapidez de reacciñ n de Cortés y sus capitanes salvo la situaciñ n,
aunque se ahogaron algunos tlaxcaltecas (“como no eran
acostumbrados al agua ni sabian nadar”) y se perdieron la pñ lvora,
bagajes y el botin. Cortés apenas alude a la angustia por la que
atravesñ :
Certifico a vuestra majestad que si aquella noche no pasaramos el
agua o aguardaramos tres horas mas [...] ninguno de nosotros
escapara, porque quedabamos cercados de agua, sin tener paso por
ninguna parte [...] Aquel dia me volvi a Tesuico, peleando algunos
ratos con los que salian de la mar, aunque poco dañ o les podiamos
hacer.
Batidos y hambrientos, hostilizados durante parte del camino,
regresaron, pues, a Texcoco. El cerco iniciaba con un fracaso.
Pero eran ya tantos los guerreros de la liga antimexica, que
Corté s (y el consejo que lo acompañ aba, formado por capitanes
españ oles y guerreros aliados) pudo realizar varias operaciones
casi simultaneas, mientras urgia a que se acelerara el traslado de
los bergantines construidos en Tlaxcala. Son tantas las acciones
(sobre todo si quitamos de Cortés el foco de atenciñ n) y tan
confusas las fuentes, que resulta casi imposible fechar la sucesion
de los hechos en los cuatro primeros meses de 1521. Hagamos un
esfuerzo:
Casi inmediatamente despué s del primer intento fallido por
ocupar Iztapalapa, Corté s envio a Gonzalo de Sandoval y Francisco
de Lugo, con 20 de a caballo, 200 infantes y 8 000 acolhuas a las
ordenes del general Chichinquatzin —dice Alva Ixtlilxochitl—, a
escoltar a los guerreros tlaxcaltecas en su trayecto a los confines
de la cuenca de México y, de paso, presionar para que se acelerara
el traslado de los bergantines construidos en aquella ciudad.
Los mexicas los emboscaron en un campo sembrado porque,
tras la experiencia de Otumba, cuando los mexicas atacaban, lo
hacian en campos labrados, cortados por milpas y magueyales, lo
que obstaculizaba o imposibilitaba el avance de los jinetes y
reducia la eficacia de las armas de fuego. Los mexicas se
emboscaron y, dejando pasar al grueso de la tropa de Sandoval,
atacaron la retaguardia; en esta iban los tlaxcaltecas cargados de
botin, con cinco de a caballo y cinco ballesteros. Lo que cuenta
Bernal Diaz del Castillo, como en el ataque previo a Iztapalapa,
difiere de la versiñn de Hernan Cortés, para quien todo fue un
rosario de victorias:
[C]omo los mexicanos siempre tenian puestas velas y espias y sabian
cñ mo los nuestros iban camino de Chalco, tenian aparejados [...]
muchos escuadrones de guerreros que dieron en la rezaga donde
iban los tlaxcaltecas con su hato, y los trataron ma1, que no les
pudieron resistir los cinco de caballo y ballesteros, porque los dos
ballesteros quedaron muertos y los demas heridos, de manera que
aunque Gonzalo de Sandoval muy de presto volviñ sobre ellos y los
desbaratñ y mato diez mexicanos, y como estaba la laguna cerca, se
le acogieron en las canoas en que habian venido, y porque todas
aquellas tierras estan muy pobladas de los sujetos de México.
Corté s decidiñ dar descanso a los tlaxcaltecas y enviñ a la
mayoria de ellos de vuelta a su tierra. No sñ lo porque le bastaba
de momento con los acolhuas y otros aliados, sino también porque
el revanchismo de los tlaxcaltecas le estaba generando problemas
a la hora de ganarse la alianza de otras poblaciones del valle de
México. O eso es lo que dicen las fuentes españ olas, que tienden,
sistematicamente, a atribuir a estos enemigos primordiales de los
mexicas los desmanes y saqueos.
Tras dejar a los tlaxcaltecas (no sin sufrir ataques mexicas que
costaron la muerte de al menos dos españ oles, segtin Alva
Ixtlilxñ chitl), Sandoval marchñ a Chalco. Ya habian recibido Cortés
y los suyos embajadas de este lugar y de Mixquic. Dice Bernal Diaz
del Castillo:
Otro dia tuvimos nueva [de] cñ mo querian venir de paz los de Chalco
y Tamanalco [...] Y demas de esto, vienen del pueblo de Venezuela,
que se decia Mezquique [Mixquic], y de otros pueblos nuestros
amigos a decir a Cortés que los mexicanos les iban a dar guerra
porque han tornado nuestra amistad. Cortés y todos nosotros tuvimos
en mucho la venida de este pueblo, por estar dentro del agua, por
tenerlos como amigos.
En cuanto a Chalco, que era el granero de Tenochtitlan,
cuenta Alva Ixtlilxñchitl, atribuyéndole el mérito a su
antepasado:
Los señ ores principales de la provincia de Chalco que eran Omacatzi,
Itztlaltzin, Yoxiuhuetzin, Necuametzin, Quetzalcoatzin, Zitlaltzin,
Yaoxiuhcatzin y otros se juntaron y trataron de lo que se debia hacer
en razñ n de si se recibirian de paz a Cortés y a los suyos, o si
juntarian sus gentes en favor de los mexicanos, para lo cual enviaron
a la ciudad de Tetzcuco por sus embajadores, Ixtlilxñ chitl habiendo
oido su embajada les dijo a los señ ores de la provincia de Chalco que
de ninguna manera se levantasen contra Cortés.
Vista por los señ ores de Chalco la determinaciñ n de Ixtlilxñ chitl,
luego enviaron otros mensajeros a Cortés dandose por amigos, asi
mismo se redujeron algunos pueblos que habian estado de la parte
del rey Coanacochtzin, como fueron Otumba, Huexutla, Coatlichan,
Chimalhuacan y Atenco, con que de todo punto el reino de Tetzcuco
quedñ de la parte de Ixtlilxochitl en favor de Cortés.
La expediciñ n de Sandoval buscaba asegurarse la alianza con
aquellas estraté gicas confederaciones chinamperas, que, ademas,
eran fundamentales para el abasto de maiz y otros alimentos
basicos para Tenochtitlan. Chalco, ademas, era clave para la
seguridad de la ruta mas importante hacia el valle de Puebla-
Tlaxcala. Esta vez, dicen las fuentes, Sandoval no tuvo problemas,
aparentemente, para batir a la guarnicion mexica y fue recibido
jubilosamente en Chalco.
De ese modo, los señ ores de Chalco se sumaron a la coaliciñ n
antitenochca. En las fuentes españ olas aparece otra vez Cortés
como hacedor de reyes, pues, muerto de viruela el señ or de
Chalco, la embajada llevaba a dos de sus hijos a Cortés “y que por
su mano fuesen señ ores de Chalco, y que todos procurasen ser
sujetos al gran señ or de los teules”. El señ orio se dividio: el hermano
mayor quedo señ or de Chalco, con mas de la mitad de los pueblos
sujetos, y el segundo, de Tlalmanalco, Chimalhuacan, Ayotzingo y
otros pueblos.
Una tercera campañ a se habria hecho en defensa de los
campos de maiz, a punto para la cosecha, de Coatlinchan y
Huexotla, que los mexicas intentaron requisar. Una expediciñ n al
mando de Pedro de Alvarado, a costa de al menos un españ ol
muerto y una docena de heridos, logro evitar que los mexicas se
llevaran un grano que empezaba a volverse imprescindible.
La cantidad de frentes abiertos empezaba a rebasar las
posibilidades de Cortés (aunque por esos dias llegñ a Veracruz un
navio con 40 españ oles y ocho caballos, asi como ballestas y
arcabuces). Recién adquirido el dominio de Chalco, enviñ a
Sandoval a buscar los bergantines que ya estaban terminados en
Tlaxcala (es decir, las piezas listas para ser trasladadas). Y
habiendo salido ese capitan con mas de 200 españ oles y 15 de a
caballo, y ocupado Alvarado con otro centenar en la defensa de los
campos agricolas, llegaron mensajeros de Chalco a advertir que un
fuerte ejército mexica se dirigia a atacar la ciudad chinampera y
venian a pedir auxilio. Corté s explicñ que en ese momento no
podia darlo con españ oles, pero st enviar acolhuas.
De camino a Tlaxcala y por Ordenes de Cortés, Sandoval pasñ
por Calpulalpan (llamada por los españ oles “Pueblo Morisco”)
para arrasar la ciudad, en la que habian sido muertos cinco
españ oles. Bernal Diaz del Castillo omite el punto y Cortés lo
justifica, pero en eljuicio de residencia al capitan extremeñ o la
acusaciñ n es directa:
Otrosi: se le face cargo a1 dicho don Hernando Cortés, que estando
en Tezcuco después que perdiñ esta ciddad [Tenochtitlan], e antes
que se tornase a ganar, inviñ a Gonzalo de Sandoval, ya defunto, por
capitan, para traer cierta madera para los bergantines; e antes que el
dicho Sandoval se partiese dijo al dicho don Hernando Cortés, “¿si los
indios del pueblo Morisco me saliesen de paz, que se fare?”; e aquel
dicho don Hernando Cortés respondiñ , “aunque os salgan de paz, los
matad”, e que ansi se fue el dicho Sandoval, e de vuelta que volviñ ,
trujo mas de tres mil personas, del dicho pueblo Morisco, no
obstante que le habian salido de paz, e dadoles de comer; e ansi
traidos ante el dicho don Hernando Cortés, el dicho don Hernando
Cortés les tomñ e les fizo todos esclavos.
Antes de llegar los bergantines e iniciarse el sitio propiamente
dicho, Cortés encabezñ dos importantes expediciones. La primera,
al norte y poniente del lago. El primer objetivo era Xaltocan.
Ciudad situada en una isla en mitad del lago de ese nombre,
Xaltocan habia sido un altépetl nahuatl importante, aunque venido
a menos, no obstante lo cual rechazñ las ofertas de alianza de
Cortés.
El capitan saliñ de Texcoco al frente de 250 infantes y 30 de a
caballo, acompañ ado por Olid y Alvarado (dejando a Sandoval
encargado de la defensa de Texcoco), con 15 000 tlaxcaltecas y un
numero indeterminado de acolhuas (segun Alva Ixtlilxñ chitl, 60
000, mientras que Bernal Diaz del Castillo habla de “una
capitania de hombres de guerra de Tezcuco, los mas de ellos
principales”). Un importante contingente mexica habia reforzado
Xaltocan y la narracion de los combates hecha por los cronistas
españoles muestra con toda claridad que ya sabian aprovechar el
terreno y neutralizar a los caballos y también manejar
diestramente los mosquetes y ballestas. Dice Diaz del Castillo:
Y otro dia de mañ ana, junto al pueblo, comenzaron los mexicanos,
juntamente [con] los de Saltocan, a pelear con los nuestros [...] e
hirieron a diez de nuestros soldados y muchos de los amigos
tlaxcaltecas.
Y ningtin ma1 les podian hacer los de a caballo, porque no podian
correr ni pasar los esteros, que estaban todos llenos de agua, y el
camino y la calzada que solian tener, por donde entraban por tierra
en e1 pueblo, de pocos dias le habian deshecho [...] Y puesto que
[aunque] los escopeteros y ballesteros tiraban a los que andaban en
las canoas, traianlas bien armadas de talabardones de madera;
demas de los talabardones, guardabanse bien.
Ya se daba por fracasada la expediciñ n cuando dos indigenas
de “Tepetezcuco” (quiza Tepotzotlan), enemigos de Xaltocan,
informaron a los españ oles de la existencia de un vado donde
podian entrar con “el agua a vuelapiés, y otras partes a mas de la
cintura”, y, con los escopeteros y ballesteros por delante, lograron
llegar al pueblo. Los guerreros mexicas y los de Xaltocan se
replegaron en sus canoas hasta Tenochtitlan y la poblaciñ n fue
arrasada.
Eliminada Xaltocan, haciendo con ello escarmiento ejemplar
(otro mas) y quitando a la liga tenochca el control de ese lago,
Corté s avanzo hasta Cuautitlan, que lo mismo que Tenayuca
encontrñ vacia. La expediciñ n continuñ hasta Tacuba, donde tras
varios combates Corté s fue rechazado y tuvo que volver a Texcoco,
si bien no sin saquear y destruir Tlacopan en venganza por la
Noche de la Huida. Cuenta el capitan:
Y ya que estabamos junto a ella, hallamos también muchas acequias
de agua y los enemigos muy a punto; y como los vimos, nosotros y
nuestros amigos arremetimos a ellos y entramosles la ciudad, y
matando en ellos, los echamos fuera de ella [...] y en amaneciendo,
los
indios nuestros amigos comenzaron a saquear y quemar toda la ciudad
[...] y eso se hizo porque cuando salimos la otra vez desbaratados de
Temixtitlan, nos hicieron muy cruel guerra y nos mataron muchos
españ oles.
El recuento de los daños o se elude o resulta curioso. Leamos a
Diaz del Castillo: “Cortés no sabia que decirse [...] porque habia
visto que estaban muchos de nuestros soldados heridos y dolientes
y se habian muerto ocho de dolor de costado y de echar sangre
cuajada, revuelta con lodo, por la boca y narices”.
Antes de terminar el capitulo hay que hacer un apunte: las
fuentes texcocanas atribuyen esta campaña al norte y poniente del
lago a un plan de Ixtlilxochitl cuyo objetivo era someter a
Tlacopan. Dicen también que la mayor parte de las fuerzas que la
realizaron eran acolhuas. Para Matthew Restall, esta fue la ultima
parte de la campaña hecha de acuerdo con las formas y los tiempos
mesoamericanos porque, a su regreso a Texcoco, ya estaban listos
los bergantines... aunque el historiador en realidad se adelanta casi
un mes de otras campañas y negociaciones.
24. CUAUHNAHUAC Y XOCHIMILCO
LA SIGUIENTE fase del cerco, de la reducciñ n paulatina y sistematica
de los recursos de Tenochtitlan y sus aliados, arrancñ desde el
estratégico altépetl de Chalco, pero ahora faldeando la sierra
nevada, hacia el sur, hasta los dominios de los tlahuicas, que a la
sazñ n eran de los aliados mas importantes que conservaba
Tenochtitlan.
Al frente de 20 jinetes y 200 infantes, entre ellos 10
escopeteros y 12 ballesteros, los tlaxcaltecas y una capitania
acolhua, Gonzalo de Sandoval, con Luis Mann y Andrés de Tapia,
partio de Chalco y Tlalmanalco, a mediados de marzo, hacia
Huaxtepec (Oaxtepec), una de las principales ciudades tlahuicas,
desde la cual se desprendian guerreros de esa naciñ n, apoyados
por los mexicas, para amenazar permanentemente los campos
agricolas de Chalco y los caminos que de ahi partian hacia el
valle de Puebla-Tlaxcala. Cortés describiria asi Oaxtepec en la
siguiente expediciñ n:
Es la mayor y mas hermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene
dos leguas de circuito, y por medio de ella va una muy gentil ribera
de agua, y de trecho en trecho, cantidad de dos tiros de ballesta, hay
aposentamientos y jardines muy frescos y infinitos arboles de
diversas frutas, y muchas yerbas y flores olorosas, que cierto es cosa
de admiraciñ n ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta.
Frente a Oaxtepec, en terreno quebrado y complicado para las
maniobras de las caballerias, los españ oles de Sandoval y miles de
tlaxcaltecas, acolhuas y chalcas se enfrentaron con los mexicas y
tlahuicas. Cuenta Jaime Montell:
En un poblado cercano a Huaxtepec los esperaban tres escuadrones
de mexicas que los atacaron emitiendo grandes gritos y silbidos,
tañ endo sus caracolas y tambores. Sandoval colocñ a sus hombres en
posicion de combate, adelante los escopeteros y ballesteros
disparando sus
proyectiles contra los mexicas que avanzaban. Enseguida Sandoval
arremetio a la cabeza de la caballeria al grito de “|Santiago y a ellos!”
Numerosos españ oles y cinco caballos fueron heridos en los
combates de aquel dia y del siguiente, cuando al fin los españ oles
y sus aliados ocuparon Oaxtepec. Nunca sabremos en todas estas
cronicas cuantos mexicas y tlahuicas cayeron en combate y, muy
dificilmente, cuanta sangre costñ a chalcas, acolhuas y tlaxcaltecas.
Ocupado Oaxtepec, Sandoval enviñ mensajeros a Yecapixtla, de
donde partian las expediciones contra Chalco, diciendo a los
señ ores tlahuicas que se sometieran y echaran a los mexicas. La
respuesta fue que pasaran a lo barrido y que harian cecina con sus
carnes (la unica licencia literaria que me permito aqui es una
palabra).
Los chalcas le suplicaron a Sandoval que sometiera a
Yecapixtla, pues sin eso la campañ a seria en vano, ya que esa
ciudad fortificada era la clave estratégica del paso de las montañ as
al valle, asi como la plataforma de los ataques de tlahuicas y
mexicas a las tierras de Chalco. Sigamos con Montell:
Yacapixtla contaba con una fortaleza construida sobre una elevaciñ n
de dificil acceso. En las afueras de la poblaciñ n los mexicas atacaron
a las tropas de Sandoval y desde la fortaleza les arrojaban
grandisima cantidad de proyectiles, hiriendo a muchos soldados y a
tres caballos.
Cuenta Hernan Cortés que, ante el temor creciente de los
aliados, los españoles decidieron resolves la situacion y atacar
aquel cerro al grito de “jsantiago!”
Determinaron de morir o subirles por fuerza a lo alto del pueblo, y
con e1 apellido del Señ or Santiago comenzaron a subir; y plugo a
Nuestro Señ or darles tanto esfuerzo; que aunque era mucha la
ofensa y resistencia que se les hacia, les entraron, aunque hubo
muchos heridos. Y como los indios nuestros amigos los siguieron y
los enemigos se vieron de vencida, fue tanta la matanza de ellos a
manos de los nuestros, y de ellos despeñ ados de lo alto, que todos los
que alli se hallaron afirman que un rio que cerca casi aquel pueblo
por mas de una hora fue teñ ido de sangre.
Cuauhtémoc intentñ revertir la perdida de Oaxtepec y
Yecapixtla, que abrian a sus enemigos el valle de Morelos,
enviando un poderoso ejército contra Chalco. Pero esta vez los
chalcas, con apoyo de los huexotzincas, derrotaron a los mexicas
en campo abierto sin necesidad del auxilio españ ol.
Unos dias después, a principios de abril, un ejército mexica
aun mas poderoso volvio a marchar contra Chalco. Esta vez salio
Cortés en persona, con Alvarado, Olid, Andrés de Tapia y el
“tesorero real” Julian de Alderete, acompañ ados por 30 de a
caballo, 300 peones y “veinte mil” guerreros acolhuas y
tlaxcaltecas, con la intenciñ n de dejar resuelta definitivamente la
cuestiñ n de Chalco, que era muy vulnerable; las canoas mexicas
podian llegar muy cerca de la poblacion, sin riesgo alguno, pues
todavia no se disputaba el control del lago a los tenochcas ni su
alianza con los nltepemeh chinamperos de Xochimilco, Mixquic y
Cuitlahuac.
Cortés partiñ al frente de un numero de guerreros nunca visto,
pues en Chalco se les unieron huexotzincas, chalcas de
Chimalhuacan y otros combatientes. Dice el capitan que “llegamos
a una poblaciñ n suya [de Chalco], donde se juntaron con nosotros
mas de cuarenta mil hombres de guerra, nuestros amigos”. Y Diaz
del Castillo lo confirma.
Toda esta “copia” de fuerzas estaba pensada para someter
definitivamente a los tlahuicas, asi que, al frente de la fuerza,
Hernan Corté s entrñ al valle de Cuernavaca, esta vez por
Totolapan. Los guerreros tlahuicas, con refuerzos mexicas, los
esperaban en las alturas de Tlayacapan, “en un peñ ol muy alto y
agro”. Aunque la posiciñ n en que se habian hecho fuertes dichos
guerreros era muy dificil de expurgar, Corté s decidiñ atacarlos:
Pareciame, aunque era otro nuestro camino, que era poquedad pasar
adelante sin hacerles algun mal sabor; y porque no creyesen
nuestros amigos que de cobardia lo dejabamos de hacer [...] Y luego
en soltando la escopeta comenzaron a subir y ganaron a los
contrarios dos vueltas del peñ ol, que no pudieron subir mas, porque
con pies y manos no se podian tener, porque era sin comparaciñ n la
aspereza y agrura de aquel cerro. Y echaban tantas piedras de lo alto
[...] que nos mataron dos españ oles e hirieron mas de veinte; y en fin,
en ninguna manera pudieron pasar de ahi.
Cualquiera que pase por Tlayacapan dara por fidedigna la
descripcion de esas peñas, cuyos defensores obligaron a Cortés a
levantar el campo y retirarse. Los exploradores españoles habian
descubierto otro peññn, no tan fuerte como el primero, y Cortés
resolviñ tomar ése, para resarcir la derrota.
Tras dos dias de descanso, la expediciñn reiniciñ su camino y
llego a Oaxtepec el 10 de abril. De ahi avanzaron a Yautepec. Fuera
de la poblacion los esperaban numerosos guerreros, que huyeron
antes de plantas batalla. Escribe Cortés:
Y los treinta de caballo dimos tras ellos bien dos leguas, hasta los
encerrar en otro pueblo que se dice Gilutepeque, donde alanceamos
y matarnos muchos. Y en este pueblo hallamos la gente muy
descuidada, porque llegamos primero que sus espias, y murieron
algunos, y tomaronse muchas mujeres y muchachos, y todos los
demas huyeron; y yo estuve dos dias en este pueblo, creyendo que e1
señ or de é1 se viniera a dar por vasallo de vuestra majestad, y como
nunca vino, cuando parti hice poner fuego al pueblo.
La expediciñn continuñ hacia Tepoztlan. “Aqui se hubieron
muy buenas indias y despojos”, dice Bernal Diaz del Castillo. Y el
13 de abril Cortés estaba frente al principal altépetl tlahuica:
Cuauhnahuac, la actual Cuernavaca, poblaciñn situada
estratégicamente entre barrancas (de las que se habian retirado los
puentes), aunque los aliados de él le mostraron los caminos y vados
posibles. Cortés entrñ a la poblacion, abandonada por sus vecinos y
por los guerreros, y ordeno o permitio que se saqueara e
incendiara.
Yoatzin, señor de Cuauhnahuac, se sometiñ, sumandose a la
liga antitenochca. La expedicion habia alcanzado su éxito. Ese
mismo 13 de abril, Cortés no tomñ el camino de vuelta, sino que
decidiñ cruzar por las montañas hacia la cuenca de México. Escribe
Diaz del Castillo:
Pues como caminamos para Xochimilco, que es una gran ciudad, y
toda la mas de ella estan fundadas las casas en la laguna de agua
dulce, y estara de México obra de dos leguas y media, pues yendo por
nuestro camino con gran concierto y ordenanza [...] fuimos por unos
pinares y no habia agua en todo el camino; y como ibamos con
nuestras armas a cuestas y era ya tarde y hacia gran sol, aquejabanos
mucho la sed.
La intenciñn era sorprender a una ciudad que encabezaba una
fuerte confederaciñn de altepemeh y que seguia al lado de México-
Tenochtitlan, a pesar de histñricas rencillas: Xochimilco, la mas
importante y rica de las poblaciones del sur de la cuenca de
México.
La tradiciñn mitica xochimilca los vincula cercanamente con
los mexicas. Dice Alva Ixtlilxñchitl:
Los xuchimilcas [...] segñ n parece en sus historias, eran algo
circunvecinos de los aztlantecas que ahora se llaman mexicanos, y su
patria de a donde ellos vinieron, se llamaba Aquilazco [...]
anduvieron muchas y diversas tierras [...] hasta ponerse en Tula, en
donde enviaron a darle obediencia a Tlotzin [...] y a pedirle les
hiciera la merced de darles un lugar en donde poblar, y é1 les hizo
muchas mercedes, y les dio donde es ahora Xuchimilco.
Segun las fuentes, no menos de dos veces los mexicas se
habrian enfrentado contra los xochimilcas, primero como
mercenarios de Azcapotzalco y luego para someter Xochimilco a la
Excnn Tlatocayotl. Y junto con los tecpanecas de Coyoacan, los
xochimilcas tuvieron que construir la calzada de Iztapalapa a
Tenochtitlan, como tributo en trabajo, siendo Acamapichtli el
tlncntecuhtli de los mexicas. Habia, pues, una vieja rivalidad y los
acostumbrados rencores de los tributarios entre los mexicas y los
xochimilcas, pero en el seno de sus emparentadas elites la alianza
se habia mantenido.
Esa era la ciudad que el 15 de abril de 1521 (o cerca de ese
dia) los españ oles y sus aliados vieron desde las alturas de la
sierra que acababan de cruzar. Dice Cortés:
Y en amaneciendo tomamos nuestro camino y llegamos a vista de una
gentil ciudad que se dice Suchimilco, que esta edificada en la laguna
dulce, y como los naturales de ella estaban avisados de nuestra
venida, tenian hechas muchas albarradas y acequias y alzadas las
puentes de todas las entradas de la ciudad, la cual esta de Temxtitan tres
o cuatro leguas.
Los xochimilcas estaban preparados para recibirlos con zanjas,
barricadas y miles de guerreros prestos para la lucha. El combate
durñ horas y se seguia combatiendo en el centro de la poblacion
cuando llegñ por tierra un fuerte contingente mexica que atacñ a
los españoles y sus aliados por la retaguardia...
En el combate que siguiñ, san Pedro, en figura de tlaxcalteca,
habria salvado personalmente a Cortés, que estuvo a punto de
morir cercado por los mexicas. Segun el capitan español, todavia
llegaron otros 10 ooo mexicas y 2 00o canoas. Otra vez los
españoles estaban cercados, a pesar de llevar consigo al ejército de
aliados mas numeroso de todos cuantos habian reunido.
Jaime Montell cuenta que habiendo reunido a su consejo, en el
que tomaban parte principal los tlatoanis de Texcoco y Tlacopan,
Cohuanacotzin y Tetlepaanquetzatltzin, Cuauhtémoc
pronunciñ un discurso manifestando no entender cñ mo era posible que
tras haber expulsado a los extranjeros, matando a tantos de ellos, de
nuevo adquirian fuerza, y se dedicaban a robar y destruir los pueblos
laguneros, venciéndolos en todos lados. “Las manos me quiero
comer de rabia y pelarme las barbas de que no hayamos puesto
remedio.”
Termina Montell citando a Cervantes de Salazar. Haya o no
pronunciado ese discurso, lo cierto es que, sabiendo que Cortés
estaba rodeado en Xochimilco, los mexicas y sus aliados hicieron
un gran esfuerzo para terminar con él de una vez por todas.
El 16 de abril pareciñ cumplirse el plan de Cuauhtémoc:
rodeados por tierra y agua en Xochimilco, los españoles y sus
aliados fueron atacados por miles de mexicas que llegaron en
socorro de los xochimilcas. Cuenta Bernal:
[Y] los de a caballo, juntamente con Cortés, salen por otras partes a
tierra firme, adonde topan sobre mas de diez mil indios, todos
mexicanos, que venian de refresco para ayudar a los de aquel pueblo,
y pelean de tal manera con los nuestros, que les aguardaban con las
lanzas a los de a caballo, e hirieron a cuatro de ellos.
Y Cortés, que se hallñ en aquella gran prisa, y e1 caballo en que
iba, que era muy bueno [...] se desmayo, y los contrarios mexicanos,
como eran muchos, echaron mano a Cortés y le derribaron del
caballo.
Con todo, le salvaron la vida al capitan general el
“conquistador” Cristñ bal de Olea (que quedo malherido) y un
destacamento tlaxcalteca. También fue herido Cristñ bal de Olid. Al
caer la noche, los españ oles estaban cercados dentro de
Xochimilco. Los centinelas vieron llegar miles de canoas que
seguian trayendo guerreros de Tenochtitlan. Seguimos con Diaz
del Castillo:
Ya que fue de dia claro [...] nos vinieron a cercar todos los
escuadrones mexicanos en e1 patio donde estabamos [...]
En aquella batalla quedaron de nuestros soldados muchos heridos.
Pues no se acabo en esta refriega, que yendo los de a caballo
siguiendo e1 alcance, se encuentran con los diez mil guerreros que
Guatemuz enviaba en ayuda y socorro de refresco de los que antes
habia enviado [...] Y cuando los nuestros de a caballo se hallaron
cerca de ellos [...]
se replegaron. Finalmente ordenñ Cortés que todas las fuerzas
reunidas de los españ oles y aliados cargaran juntas, logrando
rechazar el ataque, y la jornada termini como la anterior. Ese dia,
cuatro españ oles fueron capturados y llevados ante Cuauhté moc,
quien, segun Diaz del Castillo, mandñ descuartizarlos para
mostrar sus miembros en los altepemeh que se estaban aliando
con Cortés.
El 18 de abril Cortés les ordenñ a sus hombres que salieran
violentamente de Xochimilco dejando atras todo peso innecesario
y todo cuanto habian saqueado en los pueblos tlahuicas. Y dejando
tras de st a Xochimilco saqueado e incendiado (como habian
dejado Cuauhnahuac), los españ oles lograron romper el cerco (no
se explica cñ mo) y salieron con rumbo a Coyohuacan (Coyoacan),
siendo combatidos a lo largo del camino. Cuenta Bernal:
Y porque ya estoy harto de escribir de los muchos reencuentros y
batallas que en estos cuatro dias tuvimos con mexicanos, y no puedo
dejar otra vez de hablar en ellas, y dire que después que amanecio
vinieron esta vez tantos culiias, que son mexicanos, por los esteros y
otros por las calzadas y tierra firme, que tuvimos harto que romper
en ellos, y luego nos salimos de aquella ciudad.
Mientras se empeñaban en salir de Xochimilco y durante la
marcha a Coyoacan, fueron heridos ocho españoles, dos de los
cuales murieron a los pocos dias. Como tantas otras poblaciones, el
altépetl tecpaneca de Coyohuacan habia sido abandonado por sus
pobladores y los españoles lo encontraron vacio. Era una
posicion que Cortés queria conocer, pues, con Iztapalapa, era
una de las
llaves de la calzada que conectaba a Tenochtitlan con el sur y con
la salida a Chalco. Dice el capitan:
Y a las diez del dia llegamos a la ciudad de Cuyoacan, que esta de
Suchimilco dos leguas, y de las ciudades de Temixtitan y Culuacan,
Uchilubuzco e Ixtapalapa, y Cuitaguaca y Mizqueque, que todas estan
en e1 agua, la mas lejos de estas esta en una legua y media,
hallamosla despoblada y aposentamonos en la casa del señ or, y aqui
estuvimos el dia que llegamos y otro. Y porque en siendo acabados
los bergantines habia de poner cerco a Temixtitan, guise primero ver
la disposiciñ n de esta ciudad y las entradas y salidas, y por dñ nde los
españ oles podian ofender o ser ofendidos.
Tras observar Coyoacan y sus posiciones, y no sin incendiarlo
parcialmente, Corté s continuñ hacia Tlacopan. En el camino, por
una ocurrencia suya, la de combatir en persona contra las
avanzadas tecpanecas, fueron capturados vivos Francisco Martin y
Pedro Gallego. De Tlacopan, casi sin pausa, continuaron la ruta por
el norte del lago, y retornaron a Texcoco el 23 de abril.
Pocos dias después, Cortés ejecuto a Antonio de Villafañ a,
partidario y amigo de Diego Velazquez, quien al parecer
encabezaba una conspiracion para matarlo y poner la expediciñ n
al servicio del gobernador de Cuba.
Y mientras los españ oles, desde Texcoco, realizaban estas
expediciones, les seguian llegando refuerzos desde el Caribe, casi
todos en pequeñ os grupos. El mas importante fue traido por Julian
de Alderete desde Santo Domingo y consistia en tres barcos con
arcabuces, ballestas, caballos y gente de guerra. Ademas, Alderete
habia sido designado tesorero real por el emperador, que
empezaba asi a tomar el control de la expediciñ n y de paso, a
legalizar las acciones de Cortés. El propio Cortés habia actuado,
enviando cuatro bajeles a Santo Domingo, para traer refuerzos,
comprar material de guerra, enviar comunicados a Españ a... y
anunciar que él mismo ya era una potencia mundial en 1521.
En sintesis, durante los cuatro primeros meses de este añ o
Corté s se habia puesto varias veces en peligro personal, sus tropas
fueron batidas en algunos sitios y salieron victoriosas en otros,
habia consolidado la gran alianza antitenochca pero, a pesar de
haber destruido ciudades de la importancia de Tlacopan,
Xochimilco y Cuauhnahuac, aun no habia doblegado la resistencia
y, en muchas ocasiones, Cuauhtémoc tomaba la iniciativa y lo
acorralaba o reducia.
Ese panorama terminaria con los bergantines.
25. BERGANTINES
Y entonces vienen los barcos desde Tetzcoco. Son
por todos doce [...] Después anda revisando [“el
marquis” [...] dñ nde es buena la entrada en las
acequias [...]
MIGUEL LEON-PORTILLA
APOSTA, dejamos fuera de la narraciñ n cronolñ gica el tema de los
bergantines porque, si hasta ahora hemos tratado de mostrar que
las formas de guerra se desenvuelven en una lñ gica
mesoamericana, y de aquilatar en su justa medida las decisiones (o
“consejos”) de Chicomecñ atl, Maxixcatzin y Xicoténcatl o Acolhua
Ixtlilxñ chitl, hay que ponderar ahora la decisiñ n tomada por
Cortés y sus compañ eros, ésa si claramente inserta en la tradiciñ n
militar europea: construir 13 bergantines para asediar
Tenochtitlan por agua, puesto que por tierra era suicida.
Bergantines que ademas pudieran desequilibrar en contra de los
tenochcas el control del agua, que hasta entonces les habia
resultado incontestable. Y con el control del agua, la posibilidad de
asfixiar a la gran ciudad.
Los bergantines se empiezan a mencionar desde que los
desastrados españ oles llegan a Tlaxcala tras la Noche de la Huida
y la batalla de Otumba. Dicen las cronicas tlaxcaltecas que,
durante la elaboraciñ n de los planes estratégicos que
desembocaron en la campañ a contra Tepeaca (agosto de 1520),
Cortés dijo que
de poner en ejecuciñ n la toma de México para asolalla y destruilla [...]
convenia mucho haber bergantines para dar guerra a los de México.
Ansi se hicieron trece bergantines en e1 barrio de Atempa, junto
a una ermita que se llama San Buenaventura [...] y después de hechos
por orden de Cortés y probados en el rio que llaman de Tlaxcalla
Zahuapan, que se atajñ para probar los bergantines, los tornaron a
desbaratar para llevarlos a cuestas sobre hombres de los de Tlaxcalla
a la ciudad de Tetzcuco, donde se echaron a la laguna [...] Fueron en
guarda de estos bergantines mas de diez mil hombres de guerra con los
maestros de ellos, hasta que los armaron en e1 agua de la laguna de
México.
En dos parrafos se cuenta una historia y una hazañ a logistica
que va de agosto de 1520 a abril de 1521. Cortés refiere asi su
disposiciñ n: “Mi determinada voluntad era revolver sobre los de
aquella gran ciudad, que de todo habia sido la causa; y que para
ello comenzaba a hacer trece bergantines para por la laguna hacer
con ellos todo el dañ o que pudiese”.
Las fuentes texcocanas se atribuyen la construcciñ n de los
bergantines, citémoslas por no dejar, advirtiendo que lo evidente
es que se construyeran en Tlaxcala:
[L]os naturales de Texcuco cortaron toda la madera que fue menester
para los bergantines hasta que los acabaron, y otros muchos por
mandado de Cortés hicieron mucha cantidad de colchas de algodñn,
de que se hicieron muchas armas para los españoles, y asi mismo se
hizo mucha cantidad de municion para ballestas, y se aderezñ todo el
ejército de los españoles de todo lo que habia menester para la guerra
de México.
Ahora bien: pensemos que si la madera y los carpinteros eran
de Tlaxcala, los clavos, las lonas y la brea habia que traerlos de
allende el océano y luego transportarlos desde Veracruz. Y ya
construidas, reunidas todas las piezas, llevar los bergantines de
Tlaxcala a Texcoco. Cortés, casi siempre parco en el elogio a sus
hombres, no los regatea a la “hazañ a logistica” (Restall) de
Gonzalo de Sandoval:
El dicho alguacil mayor [Sandoval] pasñ adelante cinco o seis leguas
a una poblaciñn de Tascaltecal que es la mas junta en términos de
Culua, y alli a los españoles y gente que traian los bergantines. Y otro
dia que llegñ, partieron de alli con la tablazon y ligazon dellos, la cual
traian con mucho concierto mas de ocho mil hombres, que era cosa
maravillosa de ver, y asi me parece que es de oir, llevar trece fustas
diez y ocho leguas por tierra.
Iban en la vanguardia de las fuerzas que llevaban los
bergantines ocho de a caballo y 100 infantes, y a los lados 10 000
indios de guerra con los capitanes tlaxcaltecas “Yutecad y
Teutipil”. Y en la retaguardia otro centenar de españoles y otros
10 000 tlaxcaltecas con Chichimecatecuhtli. Y es que, como
veremos, la llegada de los bergantines implicaba también la
concentraciñn de la mayor parte de las fuerzas disponibles: los
tlaxcaltecas regresaban de sus dos o tres meses de reposo.
En Texcoco se habia trabajado durante muchas semanas en un
dique seco para armar los bergantines y un canal para botarlos a
la laguna. Dice el Câdice Ramirez:
[L]1egaron Pedro de Alvarado que se habian quedado en Tlaxcallan
con algunos españoles y muchos tlaxcaltecas, con la madera y
clavaron para los bergantines; y luego se hicieron, dando don
Fernando todo e1 recaudo de gente y oficiales... hizo la zanja para la
laguna, por donde los bergantines entrasen, que acabados y puestos en
e1 agua.
Ratifica Bernal:
Cortés le demandñ [a Hernando Ixtlilxñchitl] que diese mucha copia
de indios trabajadores para ensanchar y abrir mas las acequias y
zanjas por donde habiamos de sacar los bergantines a la laguna [...] y
se le dio a entender al mismo don Hernando y a otros sus principales,
a que fin y efecto se habian de hacer, y cñmo y de qué manera
habiamos de poner cerco a México; y para todo ello se ofreciñ con
todo su poder y vasallos.
Corté s explica: “En esta obra anduvieron cincuenta dias sobre
ocho mil personas cada dia de las provincias de Acolhuacan y
Tesuico, porque la zanja tenia mas de dos estados de hondura y
otros tantos de anchura e iba toda chapada y estacada”.
Y Bernal Diaz del Castillo termina asi e1 capitulo respectivo:
[V]olvamos a decir de nuestra zanja y acequia por donde se habian de
salir los bergantines a la gran laguna, y estaba ya muy ancha y
hondable, que podian nadar por ella navios de razonable porte;
porque, como otras veces he dicho, siempre andaban en la obra ocho
mil indios trabajadores.
¿Que eran esos bergantines? Dado que e1 lago de Texcoco era,
mas que otra cosa, un espejo de agua de poca profundidad, se
trataba seguramente de grandes balsas de escaso calado, con
protecciones de madera para los remeros y los tiradores. Asi lo
cuenta Bernal Diaz del Castillo: “Para cada bergantin, doce
ballesteros y escopeteros, estos no habian de remar; y demas de
esto también se sacaron otros doce remeros, para cada banda seis
[...] y mas un capitan para cada bergantin, por manera que sale
cada bergantin a veinticinco soldados con el capitan [...]”.
Asimismo, Antonio de Solis menciona que:
Aplicñ Hernan Cortés a cada bergantin veinte y cinco españoles con
un capitan, doce remeros, a seis por banda, y una pieza de artilleria.
Los capitanes fueron Pedro de Barba, natural de Sevilla; Garcia de
Holguin, de Caceres; Juan Portillo, de Portillo; Juan Rodriguez de
Villafuerte, de Medellin; Juan Jaramillo, de Salvatierra, en
Extremadura; Miguel Diaz de Auz, aragonés; Francisco Rodriguez
Magarino, de Mérida; Cristñbal Flores, de Valencia de Don Juan;
Antonio de Caravajal, de Zamora; Gerñnimo Ruiz de la Mota, de
Burgos; Pedro Briones, de Salamanca; Rodrigo Morejñn de Lobera, de
Medina del Campo; y Antonio Sotelo, de Zamora.
Repetimos: ¿que eran los bergantines? Jose Luis Martinez,
retomando la “reconstrucciñ n conjetural” que hace C. Harvey
Gardiner con base en los escasos datos disponibles, los define:
Tornando en cuenta que e1 canal de Texcoco tenia una anchura
aproximada de 3.92 metros —“y dos estados”, dice Cortés—, la anchura
mâxima o manga de los bergantines pudo ser de 2.24 a 2.52 metros,
su calado entre 56 y 70 centimetros y su altura libre de 1.12 metros.
Los pequeños navios llevaban seis remeros a cada lado y tenian uno o
dos mastiles con velas [...]
El 28 de abril de 1521 los bergantines o fustas estaban listos,
enfilados en la zanja y dispuestos para pasar a1 lago y entrar en
accion. Pronto se comprobaria su eficacia guerrera.
Ese dia marcaria el inicio del sitio propiamente dicho, y Corté s
lo uso para hacer un “alarde” y recuento de fuerzas. Cuenta:
Y acabados los bergantines y puestos en esta zanja, a 28 de abril del
dicho año hice alarde de toda la gente y hallé ochenta y seis de
caballo, y ciento diez y ocho ballesteros y escopeteros, y setecientos y
tantos peones de espada y rodela, y tres tiros gruesos de hierro, y
quince tiros pequeños de bronce, y diez quintales de pñlvora.
Otro dia siguiente hice mensajeros a las provincias de Tascaltecal,
Guajucingo y Chururtecal [Huejotzingo y Cholula] a les hacer saber
como los bergantines eran acabados, y que yo y toda la gente
estabamos apercibidos y de camino para ir a cercar la gran ciudad de
Temixtitlan. Por tanto, que les rogaba, pues que ya por mi estaban
avisados y tenian su gente apercibida, que con toda la mas y bien
armada que pudiese, se partiesen y viniesen alli a Tezcuco, donde yo
los esperaria diez dias.
El sitio estaba a punto. Bernal Diaz del Castillo cuenta otras
previsiones importantes:
[V]iendo Cortés que ya los bergantines estaban hechos, y puestas sus
jarcias y velas, y remos muy buenos [...] y la zanja por donde habian
de salir a la laguna muy ancha y hondable, envio a decir a todos los
pueblos nuestros amigos que estaban cerca de Tezcuco que en cada
pueblo hiciesen ocho mil casquillos de cobre [...] y asimismo les
mandñ que en cada pueblo le labrasen y desbastasen otras ocho mil
saetas [...] y les dio de plazo ocho dias para que las trajesen.
Refiramos aqui a modo de epilogo, a falta de otro espacio para
hacerlo, la ejecuciñ n o asesinato de Xicoténcatl el Mozo (y
apuntemos que llamarlo mozo es para distinguirlo de su padre,
pues habria nacido hacia 1484, lo que para su época y lugar lo
hacia un hombre maduro), quien llegñ al gran campamento
ostentando el mando supremo de las fuerzas tlaxcaltecas y que al
iniciar la movilizacion de las tres divisiones hacia Tlacopan,
Coyoacan e Iztapalapa habria desaparecido. Segun Diaz del
Castillo, el general tlaxcalteca seguia oponiéndose a la alianza con
los españ oles y regresaba secretamente a Tlaxcala para,
aprovechando la ausencia de los guerreros y principales, hacerse
con el poder en su Republica.
Cervantes de Salazar ofrece una explicaciñ n mucho mas
complicada en la que tiene un relevante papel la vieja rivalidad
entre Xicoténcatl y Chichimecatecuhtli, quien, desaparecido aquel,
podria tomar sin estorbos el mando de los tlaxcaltecas.
Comoquiera que fuese, los informes enviados a Cortés, los
resentimientos del capitan general hacia e1 general tlaxcalteca que
estuvo a punto de hacer fracasar sus proyectos y la justicia
expedita de tiempos en guerra terminaron, segun la mayoria de
las
versiones, con el joven general ahorcado en un pueblo limitrofe
entre Acolhuacan y Tlaxcala. Escribe Muñ oz Camargo que
Axayacatzin Xicoténcatl “murio ahorcado en Tetzcuco”, y da una
muy larga explicaciñ n en la que, sin embargo, queda clara la
verdadera razon, ta1 como se la habria explicado Cortés a los
señ ores de Tlaxcala:
9ue este caballero Xicoténcatl habia cometido traiciñn y grande
delito. 9ue los españoles que ta1 cometian, que morian por ello: que
mirasen lo que les parecia y lo que en este caso debian hacer, y que le
diesen nueva seguridad de la amistad y palabra que le habian dado.
Visto por los Señores de Tlaxcala querella tan formidable de
Cortés, y la razñn que tenia, le respondieron con los embajadores que
le enviaron, diciéndole [...] Que ellos estaban tan confusos y admirados
de cosa tan mal hecha, que si en sus costumbres y leyes de guerra
hallaban que tenian pena de muerte los que en semejantes tiempos
dejaban a sus capitanes, que la misma ley era la suya, y aun mas
rigurosa, y que por tanto que alla se lo enviaban preso, que é1 hiciera
lo que mas le convenia segiin costumbre de guerra, y mandase
ejecutar la justicia en él para que le fuese castigo, y a los demas
ejemplo.
La supuesta traiciñn era un guardadito que le tenia Cortés a1
general tlaxcalteca. Sigue Muñoz Camargo:
[P]orque cuando vino desbaratado Cortés de México, y enviando los
principes Mexicanos a las cuatro cabeceras y Universidad de Tlaxcala
diciéndoles que acabasen de matar a los cristianos, y que no
consintiesen gente tan extraña y belicosa entre ellos, porque les
venian a tiranizar y sujetar su monarquia, y a usurparsela debajo de
engaño [...] este Xicoténcatl Ayacatzin estuvo en que se hiciese y
concediese lo que los Mexicanos pedian.
La historiografia nacionalista, de la mano de Manuel Orozco
y Berra y Alfredo Chavero, haria de Xicoténcatl el Mozo el
unico héroe tlaxcalteca. Vale la pena mencionar que en 1932 un
gobernador impuso a la capital de ese estado el nombre que
ahora lleva, Tlaxcala de Xicoténcatl, en honor al general, el
unico tlaxcalteca rescatable para la retñrica centralista.
26. SE CIERRA EL SITIO
BOTADOS los bergantines, concertadas las alianzas, mas o menos
controlado e1 lago de Xochimilco, Hernan Cortés decide al fin
cerrar el sitio. Para cubrir esta fase, en los capitulos finales
seguiremos la cronologia de Jaime Montell, quien compulso las
fuentes existentes y armñ el complicadisimo rompecabezas.
Para llevar a término su cometido, Corté s reunio a las fuerzas
aliadas y dividio a los españ oles que no estarian en los bergantines
en tres divisiones (o “trozos”), donde estarian apostados con otros
tantos capitanes y misiones sobre las entradas a las calzadas que
comunicaban a Tenochtitlan:
Pedro de Alvarado, con Jorge de Alvarado, Gutiérrez de Badajoz
y Andrés de Monjaraz, asi como asistido por 30 jinetes, 18
ballesteros y escopeteros y 150 peones, mas 25 000 tlaxcaltecas (u 8
000, segun Bernal Diaz del Castillo), debia hacerse fuerte en
Tlacopan.
Cristñ bal de Olid, “maestre de campo”, con Andrés de Tapia,
Francisco de Lugo, Francisco Verdugo y Juan de Alderete, y asistido
por 33 jinetes, 18 ballesteros, 160 peones y otros 20 000 aliados,
debia establecerse en Coyoacan.
Gonzalo de Sandoval, “alguacil mayor”, con Pedro de Ircio, Luis
Martin y Hernando de Lerma, y asistido por 24 jinetes, cuatro
escopeteros, 13 ballesteros y 150 peones, ademas de disponer de
miles de aliados de Chalco, Huejotzingo y Cholula, debia tomar
Iztapalapa y establecerse en esa ciudad.
Y, por supuesto, contaban los aliados. Antonio de Solis asegura
que con Pedro de Alvarado iban “treinta mil tlaxcaltecas”, y con
Cristñ bal de Olid “toda la gente de Chalco, Guajoncingo y
Cholula, que serian mas de cuarenta mil hombres”. Y aclara:
Seguimos en e1 numero de los aliados que sirvieron en estas entradas
la opiniñn de Antonio de Herrera, porque Bernal Diaz del Castillo da
solamente ocho mil tlascaltecas a cada uno de los tres capitanes, y
repite algunas veces que fueron de mas embarazo que servicio, sin
decir dñnde quedaron tantos millares de hombres como vinieron a1
sitio de aquella ciudad: ambiciñn descubierta de que lo hiciesen todo
los españoles, y poco advertida en nuestro sentir; porque deja
increfble lo que procura encarecer, cuando bastaba para
encarecimiento la verdad.
Corté s dejñ abierta la tercera calzada, que conectaba Tlatelolco
con el Tepeyac, como un ardid de guerra para ver si podia hacer
salir a los mexicas y batirlos en campo abierto. El, por su parte,
coordinaria las acciones de y desde los bergantines, con base en
Texcoco.
El 22 de mayo segun Bernal, el 10 segun Cortés, salieron de
Texcoco Pedro de Alvarado y Cristñ bal de Olid al frente de sus
divisiones. Habian planeado rendir la jornada en Acolman, donde
ambos capitanes estuvieron a punto de llegar a las manos por
disputas sobre los alojamientos. Enviados por Cortés, el capitan
Luis Martin y el padre Pedro Melgarejo evitaron que la disputa
terminara en las armas, pero Olid y Alvarado se enemistaron para
siempre. El 23 llegaron a Zitlaltepec, el 24 a Cuautitlan y el 25 a
Tenayuca y Azcapotzalco. Las cuatro poblaciones estaban
abandonadas. En algun punto, de alguna de estas ciudades
abandonadas por sus pobladores, dice e1 Câdice Florentino,
[s]e levantñ un rumor de sollozos. Y los que tenian barcas llenaron
sus barcas con sus niños, las impulsaron con remos, las impulsaron
dando duro a los remos. No llevaron nada con ellos, unicamente
partieron abandonando todo en lo peor del espanto: sus pertenencias
caseras, simplemente partieron desparramandolo todo. Pero nuestros
enemigos saquearon estas cosas. Vinieron a apoderarse de todo por
alla donde pasaban.
Alvarado y Olid se establecieron en Tlacopan y el 26 (o el 14 o
15), siguiendo Ordenes de Cortés, atacaron los manantiales de
Chapultepec y, tras fuertes combates, pusieron en fuga a los
mexicas e inutilizaron el vital acueducto, pues aunque los diques
reducian la salinidad de la secciñ n tenochca del lago de Texcoco de
tal modo que era posible sembrar en sus chinampas, no la llevaban
al grado de hacerla potable. Dice Corté s:
Otro dia de mañana los dos capitanes acordaron, como yo les habia
mandado, de ir a quitar e1 agua dulce que por caños entraba a la
ciudad de Temixtitan; y el uno de ellos, con veinte de caballo y
ciertos ballesteros y escopeteros, fue a1 nacimiento de la fuente, que
estaba un cuarto de legua de alli, y cortñ y quebro los caños, que eran
de madera y de cal y canto, y peleñ reciamente con los de la ciudad,
que se lo defendian por la mar y por la tierra; y a1 fin los desbaratñ, y
dio conclusion a lo que iba, que era quitarles e1 agua dulce que
entraba a la ciudad, que fue muy grande ardid.
De ahi, Alvarado y Olid marcharon a la entrada de la calzada de
Tlacopan y se internaron en ella, cayendo asi en una trampa de los
mexicas. Murieron ocho soldados españ oles y un caballo. Olid
culpñ a Alvarado de la derrota y al dia siguiente partiñ hacia
Coyoacan, haciendo caso omiso de los ruegos del segundo y
asegurando que se estableceria donde Corté s se lo ordenñ .
Coyoacan estaba abandonada.
El 28 de mayo Olid saliñ con 20 de a caballo, ballesteros y 7
000 tlaxcaltecas a la calzada de Iztapalapa, que se bifurcaba en
Churubusco: un ramal a Iztapalapa y el otro a Coyoacan. Hubo
escaramuzas una semana en ese ramal, cortado y atrincherado
por los mexicas. También Alvarado combatia cotidianamente en la
entrada de la calzada de Tlacopan. Los hombres de ambos
capitanes dedicaron dos o tres dias a hacer un camino apto para la
caballeria entre ambos campamentos, con algunas escaramuzas.
Escribe Cortés:
Y en estos seis dias los de un real y del otro se juntaban cada dia, y
los de caballo corrian la tierra, como estaban cerca los unos de los
otros, y siempre alanceaban muchos de los enemigos, y de la sierra
cogian mucho maiz para sus reales, que es el pan y mantenimiento de
estas partes, y hace mucha ventaja a lo de las islas.
Asegurados y comunicados entre st los campamentos de Olid y
Alvarado, Cortés ordenñ e1 siguiente paso, que fue la salida de
Texcoco hacia Iztapalapa de la tercera division o “trozo”, a las
ordenes de Gonzalo de Sandoval, y, poco después, la salida, por fin,
de los 13 bergantines con el propio Cortés, escoltados por
centenares de canoas acolhuas. Hechos ocurridos probablemente
el 31 de mayo.
Sandoval saliñ de Texcoco y tras fuertes combates ocupñ
Iztapalapa, obligando a huir a los mexicas por el lago, mientras
Cortés, con los bergantines y las canoas acolhuas, zarpaba a su vez
de Texcoco. Escribe Solis:
Dispuso Hernan Cortés sus bergantines, formando una espaciosa media
luna [...] Detiivose también e1 enemigo y pudo ser que con e1 mismo
cuidado. Pero aquella inefable Providencia, que no se descuidaba en
declararse por los españoles, dispuso entonces que se levantase de la
tierra un viento favorable, que [...] les dio todo e1 impulso que
necesitaban para dejarse caer sobre las embarcaciones mexicanas.
Dice Cortés:
Como hube despachado a1 alguacil mayor [Sandoval], luego me meti en
los bergantines, y nos hicimos a la vela y al remo; y al tiempo que e1
alguacil mayor combatia y quemaba la ciudad de Iztapalapa, llegamos
a la vista de un cerro grande y fuerte que esta cerca de la dicha
ciudad, y habia mucha gente en é1, asi de los pueblos de alrededor de
la laguna como de Temixtitan, porque ya ellos sabian que e1 primer
reencuentro habia de ser con los de Iztapalapa.
El “cerro grande” era el islote de Tepepulco. Ahi se habian
refugiado miles de habitantes de las ciudades cercanas, asi como
numerosos guerreros mexicas. Cortés decidio atacar el peññn
antes de continuar hacia Iztapalapa, como lo cuenta é1 mismo:
Y aunque mi motivo era ir a combatir la parte de la ciudad de
Iztapalapa que esta en el agua, revolvimos sobre aquel cerro o peñol,
y salté en é1 con ciento y cincuenta hombres, aunque era muy agro y
alto; con mucha dificultad le comenzamos a subir, y por fuerza les
ganamos las albarradas que en alto tenian hechas para su defensa. Y
entramosles de tal manera, que ninguno de ellos se escapñ, excepto
las mujeres y los niños; y en ese combate me hirieron veinte y cinco
españoles, pero fue muy hermosa victoria.
“Veinte y cinco” de un millar, en una operaciñn
aparentemente secundaria. Las cuentas van a empezar a salirle
ma1 a Cortés... aunque quiza la de ese dia no era una operaciñn
secundaria, pues el capitan extremeño necesitaba que los
bergantines ganaran la
primera batalla en que se empeñaban. Siguiendo su narraciñn,
recién vencidas las defensas de Tepepulco, vio que venia una flota
de no menos de quinientas canoas:
Y como yo vi que traian su derrota derecha a nosotros, yo, y la gente
que habiamos saltado en aquel cerro grande, nos embarcamos a
mucha prisa [...] y como yo deseaba mucho que e1 primer
reencuentro que con ellos hubiésemos fuese de mucha victoria y se
hiciese de manera que ellos cobrasen mucho temor de los bergantines,
porque la llave de toda la guerra estaba en ellos, y donde ellos podian
recibir daño, y aun nosotros también, era por el agua.
Aprovechando un viento favorable, los bergantines se
internaron en ellago, rompiendo entre las canoas, volcandolas con
facilidad, y dando a los escopeteros y ballesteros todas las ventajas
para matar a placer: “Y como e1 viento era muy bueno, aunque
ellos huian cuanto podian, embestimos por medio de ellos, y
quebramos infinitas canoas, y matarnos y ahogamos muchos de los
enemigos, que era cosa del mundo mas para ver”.
Desde Coyoacan se vera con claridad e1 combate, lo que
Cristñbal de Olid aprovechñ para avanzar por la calzada hasta el
punto donde entroncaban los ramales de Coyoacan y Xochimilco,
en la fortaleza llamada Xoloc. Aunque no podia ver el desarrollo
del combate, Alvarado fue avisado por mensajeros de Olid y
ordeno a su vez que la infanteria y los aliados avanzaran por la
calzada de Tlacopan.
Los bergantines persiguieron por tres leguas a las canoas, hasta
que estas se internaron en la ciudad. Combinadas las fuerzas de
Olid y los cañones de los bergantines, los españoles y sus aliados
lograron desalojar a los mexicas de Xoloc tras muchas horas de
combate. Cuenta Solis:
Tenia ganado Cristñbal de Olid e1 primer foso cuando llegaron las
canoas enemigas; pero a1 descubrir los bergantines, huyeron a todo
fuerza de remos las de aquella banda [...] Descanso la gente aquella
noche, sin desamparar e1 avance de la calzada [...] Hernan Cortés [...]
tropezñse luego con otra dificultad, porque los mexicanos que iban
huyendo habian ocupado un adoratorio, poco distante de la entrada,
en cuyas torres, gradas y cerca exterior se descubria tanto niimero de
gente, que parecia un monte de armas y plumas todo e1 edificio.
Una vez ganado Xoloc, Cortés decidiñ hacerlo fuerte y
establecer ahi su cuartel general, y no en Coyoacan, como habia
planeado: “Como les gané aquellas dos torres, determine de
asentar alli el real y que los bergantines se estuviesen alli junto a
las torres, y que la mitad de la gente de Cuyoacan y otros
cincuenta peones de los del alguacil mayor se viniesen alli otro
dia”.
Valga decir como paréntesis que la insistencia en no escribir
“Sandoval”, sino “alguacil mayor”, tiene una evidente intenciñn:
desde la fundaciñn de la Villa-Rica, Cortés tiene derecho a nombrar
funcionarios reales. Sigamos. Esa noche hubo un ataque nocturno,
y al dia siguiente continuaron los combates sobre la calzada; los
mexicas habian mantenido sus ventajas sobre esta hasta que los
españoles ganaron un puente y ampliaron e1 canal para que los
bergantines pudieran pasar al lado sur y occidental del lago.
El 2 de junio, Cortés le ordenñ a Gonzalo de Sandoval que se
trasladara a Coyoacan, pues ya no era necesario mantener una
fuerte guarnicion en Iztapalapa. Sandoval quiso hacerlo por la
calzada para ahorrarse horas de duro camino. Casi quedñ copado
en Mexicaltzingo, un islote entre Iztapalapa y Xoloc, donde
Cuauhtémoc habia planeado aislar a su divisiñn, destruyendo los
puentes de entrada y salida cuando estuviese en el islote. Pero
Cortés, notandolo, envio en su auxilio a parte de las tropas de
Olid y a varios bergantines, dos de los cuales sirvieron como
puentes, lo que le permitio a Sandoval llegar a su destino. La guerra
parecia empantanada. Antonio de Solis explica:
Considerñ Hernan Cortés que no le salia bien la cuenta de sus
disposiciones, porque se iba reduciendo e1 sitio de México a este
género de acometimientos y retiradas: guerra en que se gastaban los
dias, y se aventuraba la gente sin ganancia que pasase de hostilidad,
ni mereciese nombre de progreso [...]
Mandñ entonces que cesasen las entradas hasta otra orden, y puso
la mira en prevenirse de canoas que le asegurasen el dominio de la
laguna; para cuyo efecto enviñ personas de satisfaccion a conducir las
que hubiese de reserva en las poblaciones amigas, con las cuales, y
con las que vinieron de Tescuco y Chalco, se juntñ un grueso que
puso en nuevo cuidado a1 enemigo.
Poco después, Cortés decidiñ cerrar el sitio. Asi lo escribe e1
capitan:
Otro dia Pedro de Alvarado [...] capitan de la gente que estaba de
guarniciñn en Tacuba, me hizo saber cñmo por la otra parte de la
ciudad, por una calzada que va a unas poblaciones de tierra firme, y
por otra pequeña que esta junto a ella, los de Temixtitan entraban y
salian cuando querian, y que creia que, viéndose en aprieto, habian de
salir todos por alli, aunque yo deseaba mas su salida, que no ellos,
porque muy mejor nos pudiéramos aprovechar dellos en la tierra
firme que no en la fortaleza grande que tenian en e1 agua.
Viendo que los mexicas no pensaban abandonar su ciudad y
alertado por Alvarado, Cortés enviñ a Sandoval a establecerse con
su divisiñ n en el pueblo de Tepeyac, y cerrar asi la ultima calzada.
Con ello se completñ el cerco de Tenochtitlan: Alvarado en
Tlacopan, Olid en Xoloc y Coyoacan, y Sandoval en el Tepeyac,
quedando Texcoco como retaguardia y Cortés, con los
bergantines, entre Xoloc y Texcoco.
Cerrado el sitio, en lugar de esperar a que obrara resultados,
Corté s decidiñ lanzar un ataque general el 9 de junio, quiza porque
el mero sitio habria sido poco glorioso, quiza con la mira de
aprovechar el enorme numero de aliados (80 000, segtin él, aunque
Alva Ixtlilxochitl cuenta 28 000), que eran tantos que costaba
controlarlos y alimentarlos.
Al planear el ataque general, tuvo que dejar miles de aliados
cuidando Coyoacan, pues Xochimilco, Mixquic, Culhuacan,
Iztapalapa y Cuitlahuac, aunque al parecer no muy activos,
seguian en el bando mexica y constituian una amenaza.
Encabezados por Cortés, los españ oles lograron entrar a la
ciudad e incluso colocar un cañ ñ n en el Recinto Sagrado. En e1
Câdice Florentino se dice:
Traian la gran trompeta-de-fuego [...] los muy grandes y valientes
guerreros se escondieron en vano tras las columnas de piedra }y no
daban la cara, esos valientes guerreros! [...] Pero los españoles
entonces no doblaron las rodillas. Y cuando disparaban la trompeta-
de-fuego, oscurecia, e1 humo se extendia. Y los que se ocultaban tras
las columnas de piedra huyeron [...] Entonces los españoles se
llevaron la trompeta-de-fuego, la colocaron sobre la rueda de la piedra
de los sacrificios.
Pero, entonces, los sacerdotes del templo de Huitzilopochtli
empezaron a redoblar los tambores y a llamar a los que huian.
Sigue el Câdice £lorentino:
Todos los valientes guerreros que combatian en las barcas, todos
volvieron, volvieron a tierra firme. Y los que remaban eran todos muy
jñvenes [...] cuando los españoles vieron que iban a su encuentro, que
los perseguian, enseguida doblaron las piernas, voltearon la espalda,
corrieron mucho, huyeron [...] la trompeta-de-fuego la dejaron [...]
Enseguida los valientes guerreros se apoderaron de ella, la arrastraron,
la echaron al agua. Fue a Tetamazolco, en Sapo-de-Piedra, a donde la
llevaron.
Las crñnicas españolas relatan un contraataque y aun el propio
Cortés, combatiendo hasta la caida de la noche en el Recinto
Sagrado; narra el momento en que ordenñ la retirada —a pesar de
que la caballeria protegia la retaguardia— en la calzada de
Iztapalapa: “Aunque los enemigos veian que recibian daño, venian
los perros tan rabiosos, que en ninguna manera los podiamos
detener ni que nos dejasen de seguir”.
El 11 de junio se sometiñ Xochimilco, lo cual fue
importantisimo para el sitio por la gran flotilla de canoas y porque
atraeria consigo, aunque fuera por aislamiento, a Cuitlahuac (e1
actual Tlahuac) y Mixquic. Eso Ie permitio enviar seis bergantines a
Sandoval y a Alvarado. Dice Cortés:
Los naturales de la ciudad de Suchimilco, que esta en e1 agua, y
ciertos pueblos de Utumies, que es gente serrana y de mas copia que
los suchimilcas, y eran esclavos del señor de Temixtitan, se vinieron a
ofrecer y dar por vasallos de vuestra majestad, rogandome que les
perdonara la tardanza; y yo los recibi muy bien y holgué mucho con
su venida, porque si algiin daño podian recibir los de Cuyoacan era de
aquellos.
Cinco o seis dias después se estrecharon las alianzas:
En todo este tiempo, los naturales de Iztapalapa y Oichilobusco, y
Mexicacingo, y Culhuacan, y Cuitaguaca, que, como he hecho
relaciñn, estan en la laguna dulce, nunca habian querido venir de paz
[...] y ellos, viendo de como cada dia habiamos victoria contra los de
Temixtitan, y
por e1 daño que recibian y podian recibir de nuestros amigos [en
referencia a Chalco], acordaron de venir, y llegaron a nuestro real, y
rogaronme que les perdonase lo pasado y que mandase a los de
Chalco y a los otros sus vecinos que no les hiciesen mas daño.
Las guerras endé micas de Chalco contra Cuitlahuac y Mixquic
por el control del oriente de la laguna de Xochimilco son, pues,
parte paralela de esta guerra. Nada se cuenta de ellas, sñ lo que los
ataques de Chalco contra los aliados de Tenochtitlan eran
cotidianos. Y todos los altepemeh laguneros sumaron gente de
guerra y tal cantidad de canoas que se redujo casi enteramente la
capacidad de los mexicas para introducir insumos a la ciudad.
Como todos los aliados, los xochimilcas lo tenian claro. En 1563
los gobernantes del nltéped de Xochimilco le escribieron a1 virrey:
La verdadera ayuda, después de la de Dios, fue la que les dimos [...]
porque los españoles eran pocos y tan pobremente abastecidos y
atravesaban tierras en donde no podian saber que camino tomar si no
se los hubiéramos mostrado; miles de veces los salvamos de la
muerte.
Hay otros dos documentos, también de las décadas de 1550 y
1560, escritos por los principales de Xochimilco al virrey: “Le
dimos [a Cortés] dos mil canoas en la laguna, cargadas de
bastimentos, con doce mil hombres de guerra [...] como los
Tlaxcaltecas estaban ya cansados [...] el verdadero favor, despué s
de Dios, lo dio Xochimilco”.
Por su parte, Jaime Montell afirma: “En un documento de
Xochimilco se afirma que doce mil xochimilcas participaron en el
sitio de Tenochtitlan y que dos mil quinientos acompañ aron a
Pedro de Alvarado a Guatemala y Honduras”.
Al dia siguiente, Cortés ordeno un nuevo ataque. Y sigue la
narraciñ n de los combates, quiza asaz monñ tona porque todo
parece repetirse, un dia tras otro: combates sobre las calzadas,
unos avanzan, otros retroceden, todos se insultan, nadie gana
nada...
Cuando los españ oles estaban mas cerca de la ciudad, mas a tiro
se ponian de los proyectiles que los mexicas les lanzaban desde las
alturas; cuando los mexicas mas se acercaban a Xoloc, Tlacopan o
Tepeyac, mas fragiles se volvian sus lineas. Las caballerias eran casi
inutiles sobre las calzadas porque, suponiendo que tuviesen un
tramo no cortado, los mexicas se tiraban al agua antes que
dejarse arrollar.
Cuando los españoles tomaban un puente, lo cegaban, pero
en la noche los tenochcas volvian a abrirlo. Se clavaban lanzas
para sabotear los bergantines, se combatia dia a dia, en una
historia de nunca acabar. Asi lo hizo constar Cortés:
Parecera a vuestra majestad que pues tanto peligro recibiamos en e1
ganar de estas puentes y albarradas, que éramos negligentes, ya que
las ganabamos, [en] no las sostener, por no tornar cada dia de nuevo a
nos ver en tanto peligro y trabajo, que sin duda era grande, y cierto asi
parecera a los ausentes; pero sabra vuestra majestad que en ninguna
manera se podia hacer, porque para ponerse asi en efecto se requerian
dos cosas: o que e1 real pasaramos alli a la plaza y circuito [...] o que
la gente guardara las puentes de noche; y de lo uno y de lo otro se
recibiera gran peligro y no habia posibilidad para ello.
Ante los ataques casi cotidianos, muchos tenochcas fueron
abandonando su ciudad para refugiarse en Tlatelolco. Dice el
Codice Ylorentino:
En esa época los tenochcas vinieron a esconderse aqui, en Tlatelolco.
Un largo sollozo se elevñ; un largo gemido se elevo. Eran muchas las
lagrimas de las mujeres queridas; y nosotros [tlatelolcas] hemos
ofrecido a sus mujeres el irse con nosotros, y otros sobre los hombros
llevaron a sus niños. [De acuerdo a la Vision de los vencidos, e1 texto
reza asi:] En este tiempo los mexica-tenochcas vinieron a refugiarse a
Tlatelolco. Era general el llanto, lloraban con grandes gritos.
Lagrimas y llanto escurren de los ojos mujeriles. Muchos maridos
buscaban a sus mujeres. Unos llevan en los hombros a sus hijos
pequeñitos.
De ese modo, en el ataque del 22 o 23 de junio, por vez
primera Corté s encontrñ una resistencia mucho menor al entrar a
Tenochtitlan. Y fue por el rumbo del ataque de Alvarado, mucho
mas cercano a Tlatelolco, donde los españ oles y tlaxcaltecas
cayeron en una emboscada de los mexicas y tlatelolcas. En cuanto
a los prisioneros españ oles, fueron sacrificados.
Cortés marcho a1 dia siguiente al campamento de Alvarado y
escribio:
Otro dia de mañ ana acordé de ir a su real para le reprender lo
pasado [...] Y como yo llegué a su real, sin duda me espanté de lo
mucho que estaba metido en la ciudad, y de los malos pasos y
puentes que les habia ganado; y visto, no le impute tanta culpa como
antes parecia tener.
El 24 de junio fueron los mexicas los que atacaron el
campamento de Alvarado. El ataque, sincronizado “por mar y
tierra”, fue muy vigoroso y, de nuevo, en la versiñ n españ ola, como
sucede una y otra vez, la salvacion parece milagrosa. Consigna
Bernal Diaz del Castillo:
Y quiso Nuestro Señ or Jesucristo darnos esfuerzo que nos tomamos
a hacer un cuerpo y nos mamparamos algo con los bergantines, y a
buenas estocadas y cuchilladas, que andabamos pie con pie, les
apartamos algo de nosotros, y los de a caballo no estaban de balde,
pues los ballesteros y escopeteros hacian lo que podian, que harto
tuvieron que romper en otros escuadrones, que ya nos tenian
tomadas las espaldas.
Segun Bernal, murieron ocho españ oles. El propio Alvarado
salio descalabrado. Corté s decidiñ suspender los ataques a la
ciudad y, durante quiza 20 dias, disminuyñ marcadamente la
intensidad del conflicto. Es un claro cambio de estrategia: “Y yo
dilataba de me meterme mas adentro de la ciudad, lo uno, por ver
si revocarian e1 propñ sito y dureza que los contrarios tenian, y lo
otro, porque nuestra entrada no podia ser sin mucho peligro,
porque ellos estaban muy juntos y fuertes y muy determinados de
morir”.
27. TLATELOLCO
Y Quauhtemoczin estableciñ su cuartel en
Yacocolco. A la sazñ n toda la naciñ n abandonñ la
ciudad de Tenochtitlan. Entraron a Tlatelolco, se
detuvieron alla para vivir en nuestras casas, sobre
nuestras murallas de tierra.
Ari‹iies de Tlatelolco
LAS FUENTEs no llegan a un acuerdo. Parece que a Cortés le habria
bastado con rendir a Tenochtitlan por hambre... y, mientras, dar
alimento a 80 000 guerreros (o por ahi, o mas, a saber) a costa de
una regiñ n de precario equilibrio ecologico y alimentario, golpeada
por la guerra y la viruela.
Las fuentes no logran explicarnos la urgencia de Cortés ni la
terquedad de Cuauhtémoc, que al parecer se fundaba en e1
tiempo. Pero no podemos saberlo porque, en lo militar, todas las
fuentes estan escritas en clave europea. Y al mismo tiempo estas
también nos dicen que la prisa no era de Cortés.
En efecto: durante 20 dias Cortés no ordenñ ataques directos a
la ciudad pese a que, al parecer, los propios españ oles lo
presionaron para que lo hiciera. Jaime Montell lo sintetiza:
Afirma [Cortés] que se tardaba deliberadamente en penetrar mas
profundamente, con la esperanza de que se rindiesen, y por e1
peligro que correrian si lo hacian, debido a1 gran numero,
concentraciñ n y determinaciñ n a morir de los mexicas. Sus hombres
[...] le pedian [...] que atacasen el mercado de Tlatelolco.
Cortés les daba largas, Juan de Alderete le dijo que todo e1
ejército clamaba por ello.
Y Corté s cediñ (o al menos eso dice él):
Y como yo me excusaba, e1 tesorero de vuestra majestad [Julian de
Alderete] me dijo que todo e1 real afirmaba aquello [la necesidad de
atacar] y que lo debia de hacer; y a ély a otras personas de bien que
alli estaban les respondi que su propñ sito y deseo era muy bueno, y
yo lo deseaba mas que nadie; pero que yo lo dejaba de hacer [...] Y a1
fin tanto me forzaron, que yo concedi que se haria en este caso lo que
yo pudiese, concertandose primero con la gente de los otros reales.
Por supuesto, se trata de la justificaciñ n posfacto, de
responsabilizar al unico oficial designado por e1 rey Carlos del
que seria el mayor desastre militar de los españ oles después de la
Noche de la Huida. Para eso sirven los partes de guerra, las Cartos
de relaciân y los documentos oficiales.
Como sea, Cortés convocñ a consejo de guerra (otra vez
diluyendo sus decisiones, cuando las cosas no salian bien) en el
que se decidio un ataque general y coordinado contra Tlatelolco,
clave de la resistencia. Y el 30 de junio, con siete bergantines, unas
3 000 canoas y 300 españ oles, Cortés entrñ otra vez a Tenochtitlan
por la calzada de Iztapalapa, a la vez que Alvarado y Sandoval lo
hacian desde e1 poniente y e1 norte. Al llegar a la calzada de
Tlacopan y reunirse con la gente de Alvarado, Cortés dividiñ sus
fuerzas en tres contingentes para atacar por tres calles o vias e1
mercado de Tlatelolco, objetivo del ataque.
Y entramos en la ciudad, a la cual llegados, yo reparti la gente de esta
manera: habia tres calles, desde lo que teniamos ganado [que habian
ganado los tlaxcaltecas y la gente de Alvarado] que iban a dar a1
mercado, al cual los indios llaman Tianguizco, y a todo aquel sitio
donde esta llamanle Tlaltelulco; y la una de estas tres calles era la
principal, que iba a dicho mercado: y por ella dije al tesorero y
contador mayor de vuestra majestad [...]
... Julian de Alderete, que entrara con 70 españ oles y 20 000
aliados, con ocho de caballeria cuidando la retaguardia. Cortés le
ordeno que no avanzaran sin cegar los canales, para no quedar
encerrados. Por la segunda calle avanzaron Jorge de Alvarado y
Andrés de Tapia, con ochenta españ oles y 10 000 aliados. Por la
entrada mas angosta, llego Cortés con 100 españ oles, entre ellos
25 ballesteros y escopeteros, “y con infinito numero de nuestros
amigos”.
Y Cortés, segun Bernal, o Alderete, segun Cortés, cayñ en una
trampa preparada por los mexicas y quedaron copados. Cuenta el
capitan:
Y al punto que yo llegué a aquella puente de agua cuitada, vi que los
españ oles y muchos de nuestros amigos venian puestos en muy gran
huida, y los enemigos como perros dando en ellos; y como yo vi tan
gran desman comencé a dar voces tener, tener; y ya que yo estaba junto
al agua, halléla toda llena de españ oles e indios, y de manera que no
parecia que en ella hubiesen echado una paja; y los enemigos
cargaron tanto, que matando en los españ oles, se echaban a1 agua tras
ellos; y ya por la calle del agua venian canoas de los enemigos y
tomaban vivos los españ oles.
Aunque Diaz del Castillo achaca al capitan general el error de
haber caido en la trampa, también cuenta que su presencia evitñ el
desastre:
[Y] Cortés, desde que asi los vio que volvian desbaratados, les esforzaba
y decia: “jTened, tened, señ ores; tened recio! ¿Que es esto que asi
habéis de volver las espaldas?”, no los pudo detener. Y en aquel paso
que dejaron de cegar en la calzadilla, que era angosta y mala, y con
las canoas le desbarataron e hirieron en una pierna, y le llevaron
vivos sobre sesenta y seis soldados, y le mataron ocho caballos y a
Cortés ya le tenian engarrafado seis o siete capitanes mexicanos.
La retirada se convirtiñ en fuga. Desde sus canoas, los
mexicas capturaron a muchos españoles que caian al agua, y que
se empujaban entre ellos. Cortés cuenta asi lo que a élle ocurrio:
Y como el negocio fue tan de subito, y vi que mataban la gente,
determine de quedarme alli y morir peleando [...] Y como yo estaba
muy metido en socorrer a los que se ahogaban, no miraba ni me
acordaba del dañ o que podia recibir; y ya me venian a asir ciertos
indios de los enemigos, que a mi y a otros doce o quince de los que
conmigo estaban nos tenian por todas partes cercados [...] si no fuera
por un capitan de cincuenta hombres, que yo traia siempre conmigo,
y por un mancebo de su compañ ia, e1 cual, después de Dios, me dio
la vida; y por darmela como valiente hombre, perdiñ alli la suya.
El capitan era Alonso Quiñones en la versiñn de Cortés.
Segun Muñoz Camargo, Cortés fue salvado por el capitan
tlaxcalteca Antonio Temazahuitzin. De cualquier modo, hay
que reconocer
que son pocas las ocasiones en las que Cortés se presenta a st
mismo como héroe. Asi lo vimos en la Noche de la Huida y en
Otumba. Y como esas veces, el dañ o fue en esta ocasiñ n enorme:
En este desbarato mataron los contrarios treinta y cinco o cuarenta
españ oles, y mas de mil indios nuestros amigos, e hirieron mas de
veinte cristianos, y yo salt herido en una pierna; perdiose e1 tiro
pequeñ o de campo que habiamos llevado, y muchas ballestas y
escopetas y armas [...]
Todos los españ oles vivos y muertos que tornaron los llevaron a
Tlatelulco, que es e1 mercado, y en unas torres altas que ahi estaban,
desnudos los sacrificaron y abrieron por los pechos, y les sacaron los
corazones para ofrecer a los idolos.
Los españoles prisioneros, en efecto, fueron sacrificados.
Cuenta Gñmara:
Los sacerdotes se subieron a unas torres del Tlatelulco, encendieron
braseros, pusieron sahumerios de copalli en señ al de victoria.
Desnudaron a los españ oles cativos, que serian hasta cuarenta,
abriéronlos por e1 pecho, sacaronles los corazones para ofrescer a
sus idolos, y rociaron el aire con la sangre. Quisieran los nuestros ir
alla y vengar aquella crueldad, ya que estorbar no la podian; mas
bien tuvieron que hacer en ponerse en cobro, segñ n la carga y priesa
que les dieron los enemigos, no temiendo a caballos ni a espadas.
Fueron ese dia cuarenta españ oles presos y sacrificados.
Por su parte, Sahagiin relata:
Decian los capitanes: “jEa, pues, mexicanos!; jea, mexicanos!”; luego
comenzaron todos a tocar sus trompetas y a pelear con los españ oles
y llevaban de vencida a los españ oles, y prendieron quince
españ oles, y los demas españ oles huyeron con los bergantines a lo
alto de la agua y los presos quitaron las armas y despojaronlos, y
llevaronlos a un cu que se llama Tlacochcalco, alli les sacaron los
corazones delante del idolo que se llamaba Macuiltñ tec, y los otros
españ oles estaban mirando desde los bergantines como los mataban.
La versiñ n de los informantes de Sahagun consignada por Leñ n-
Portilla describe dicho suceso asi:
Y cuando completaron dieciocho cautivos, tenian que ser sacrificados
alla en Tlacochcalco [Casa del Arsenal]. Al momento los despojan, les
quitan sus armaduras, sus cotas de algodñ n y todo cuanto tenian
puesto. Del todo los dejaron desnudos. Luego asi ya convertidos en
victimas, los sacrifican. Y sus congé neres estaban mirando, desde las
aguas, en que forma les daban muerte.
Tras el “descalabro” del 30 de junio, Cortés y sus aliados
tuvieron que moverse con rapidez porque Cuauhtémoc envio
mensajeros a muchas ciudades. Segun Cortés, llevaban cabezas de
caballos y “cristianos” para enseñ arlas. Cortés también enviñ a sus
mensajeros para contrarrestar e1 efecto de esa exhibiciñ n:
[M]as con todo, porque los de la ciudad no tornasen mas orgullo ni
sintiesen nuestra flaqueza, cada dia algunos españ oles de pie y de
caballo, con muchos de nuestros amigos, iban a pelear a la ciudad,
aunque nunca podian ganar mas de algunas puentes de la primera
calle antes de llegar a la plaza.
Corté s regresa en julio a la estrategia de la segunda mitad
de junio: buscar el fin de Tenochtitlan y Tlatelolco por hambre y
aislamiento. Entretanto, a principios de julio sus hombres volveran
a intervenir en las guerras endémicas mesoamericanas cuando
enviados de Cuauhnahuac lleguen a Coyoacan a pedir proteccion
contra Malinalco. Cortés enviñ a Andrés de Tapia con 10 de
caballeria y 40 infantes. Destruyeron los llanos agricolas aledañ os
a Malinalco sin lograr, empero, ocupar la poblacion.
Inmediatamente después, Gonzalo de Sandoval, con 18 de a
caballo y 100 peones, combatio al lado de los otomies del valle de
Toluca contra los matlatzincas. Cortés retoma la difundida
calumnia de la antropofagia. Escribe:
El alguacil mayor fue aquel dia a dormir a un pueblo de los otomies
que esta frontero de Matalcingo, y otro dia, muy de mañ ana, se partio
y fue a unas estancias de los dichos otomies, las cuales hallñ sin
gente y mucha parte de ellas quemadas; y llegando mas a lo llano,
junto a una ribera, hallo mucha gente de guerra de los enemigos, que
habian acabado de quemar otro pueblo [...] y por e1 camino que
llevaban en pos de ellos hallaban muchas cargas de maiz y de niñ os
asados que traian para su provisiñ n.
Sandoval los persiguiñ hasta Matlatzinco, matandoles, segun
Cortés, mas de 2 000 guerreros e incendiando la poblaciñ n, que
quedñ bajo la ocupaciñ n de los aliados otomies.
Y, mientras tanto, seguian los combates. Sin que podamos
precisar la fecha, vale la pena cerrar e1 capitulo con esta cita de
Sahagun:
[Los españ oles] comenzaron a entrar por el camino [que se llama
Quavecatitlan] en orden de guerra con su bandera delante, y tocando
el tambor y pifano, y venian tras ellos todos los indios de Tlaxcala y
de otros pueblos que eran amigos. Entraron los españ oles con mucha
fantasia que no tenian en nada a los mexicanos, y los tlaxcaltecas y
otros indios amigos iban cantando, y también los mexicanos
cantaban de la misma manera segtin que solian hacer en las guerras,
y como llegaron a un barrio que se llama Tlioacan, que es ahora San
Martin, los soldados tlatilulcanos estaban escondidos y agazapados
por temor de la artilleria, esperando la pelea y la grita de sus
capitanes que mandasen pelear. Y como oyeron e1 mandato, luego
arremetio a los españ oles aquel capitan tlatilulcano que se llamaba
Tlapanécatl Hecatzin, y comenzñ a dar voces esforzando a los suyos,
y aferrñ con un españ ol y dio con é1 en tierra, y tomaronle los otros
soldados que iban con este Tlapanécatl Hecatzin.
28. HAMBRE, PESTE, MISERIA
¿CUANDo cambian las tornas, e1 ritmo de entrar y salir, la muerte
por goteo del puñ ado de españ oles y caballos? Quiza en el
momento en que las crñ nicas españ olas empiezan a notar el
numero creciente de mujeres tlatelolcas y tenochcas que
protagonizan la defensa desde las azoteas. Dice Fernandez de
Oviedo:
Muchas cosas acaecieron en este cerco, que entre muchas
generaciones [...] en especial de las mujeres de Temistitlan, de quien
ninguna menciñ n se ha fecho. E soy muy certificado que fue cosa
maravillosa e para espantar ver la prontitud e constancia que
tuvieron en servir a sus maridos, y en curar a los heridos, y en e1
labrar las piedras para los que las tiraban con hondas, y en otros
oficios para mas que mujeres.
Francisco de Aguilar da cuenta de estos atributos en las
postrimerias del sitio:
Como habia gran cantidad de mujeres, armaronlas a todas y
pusiéronlas en las azoteas, en donde peleando y espantando a los
españ oles de ver tanta gente de nuevo, matando de ellas los
españ oles conocieron y vieron como eran mujeres, y dandoles grita y
voces quedaron algo desmayados ellos y ellas.
Como apunta Gñmara: “Y aun en pelear desde las azoteas; que
tan buena pedrada daban ellas como ellos”.
Y no dejemos fuera, pues el tema nos lo pide, a Cervantes de
Salazar:
No menos que ellos porfiaron las mujeres, queriendo morir con sus
maridos y padres, teniendo en poco la muerte, después de haber
trabajado en servir los enfermos, curar los heridos, hacer hondas y
labrar piedras para tirar. Peleaban como romanas, desde las azoteas,
tirando tan recias pedradas como sus padres y maridos.
Pero st hay un cambio de estrategia, un momento claro de
inflexiñ n, hacia e1 20 de julio. Cortés relata que ya se habian
curado de las heridas del 30 de junio y, ademas, recibieron nuevos
refuerzos, pñ lvora y ballestas, provenientes de un barco de la
frustrada expediciñ n de Juan Ponce de Leñ n a Florida. Y “viendo
cñ mo estos de la ciudad estaban tan rebeldes y con la mayor
muestra y determinaciñ n de morir que nunca generaciñ n tuvo”, y
cñ mo, a pesar de su aislamiento creciente, de las derrotas de
Malinalco y Matlatzinco, a pesar de que el hambre apretaba ya,
[...] menos muestra veiamos en ellos de flaqueza; mas antes en e1
pelear y en todos sus ardides los hallabamos con mas animo que nunca.
Y yo, viendo que el negocio pasaba de esta manera, y que habia ya
mas de cuarenta y cinco dias que estabamos en el cerco, acordé de
tomar un medio para nuestra seguridad y para poder mas estrechar
a los enemigos.
De manera que pidiñ a sus aliados que trajeran miles de
hombres, no de armas sino campesinos, para ejecutar una politica
que siglos despué s se llamaria “tierra arrasada”. Es decir, destruir
por completo, parte por parte, la ciudad, “por manera que no
fuésemos un paso adelante sin lo dejar todo asolado, y lo que era
agua hacerlo tierra firme, aunque hubiese toda la dilacion que se
pudiese seguir”. Lo cual no dejaba de lamentar, pues la ciudad de
la que no pensaba dejar piedra sobre piedra “era la mas hermosa
cosa del mundo”.
Y el 20 de julio arranca esa nueva estrategia. Otra vez a
penetrar en Tenochtitlan desde Xoloc por un lado, y desde
Tlacopan por el otro (la divisiñ n o “trozo” del “alguacil mayor”,
Gonzalo de Sandoval, basicamente bloqueaba la salida por
Tepeyac y se usaba como cuerpo volante para ayudar a los aliados
fuera del valle de México). Pero ahora, manzana de casas que se
ganaba, chinampa que se ocupaba, era arrasada, paso a paso,
golpe a golpe. Cuenta Torquemada: “Era tanta la polvareda y
ruido, en derrocar y quemar casas y robar lo que en ellas habia y
cautivar niñ os y mujeres”.
Corté s escribe a su vez:
Y desde este dia en adelante cegamos de ta1 manera aquella calle del
agua que salia de la plaza, que nunca después los indios la abrieron;
y de alli en adelante comenzamos a asolar poco a poco las casas y
cerrar y cegar muy bien lo que teniamos ganado del agua; y como
aquel dia llevabamos mas de ciento y cincuenta mil hombres de
guerra, hizose mucha cosa.
Segun fray Diego Duran, quiza la fuente mas cercana a los
tenochcas, Cuauhtémoc, en una pequeñ a y veloz canoa, se
multiplicaba para estar presente en los lugares de mayor peligro.
Tras cuatro o cinco dias de instrumentada esta estrategia, por fin
los españ oles y sus aliados huelen la victoria.
Y como ya nuestros amigos veian la buena orden que llevabamos
para la destrucciñ n de ella, era tanta la multitud que cada dia venian,
que no tenian cuento. Y aquel dia acabarnos de ganar toda la calle de
Tacuba y de adobar los malos pasos de ella, en tal manera que los del
real de Pedro de Alvarado se podian comunicar con nosotros por la
ciudad.
Ese mismo dia se destruyeron las casas de Cuauhtémoc y
Tenochtitlan queda definitivamente ocupada. La resistencia se
concentra ahora en Tlatelolco. La obra de destruccion avanza en
ese rumbo, por el “barrio” de Cuepopan (en los epilogos
situaremos esta parte de la ciudad, si me esperas, lectora o lector).
En la zona chinampera entre ambos islotes recrudecen los
combates y la resistencia, llamémosla popular. Escribe Cervantes
de Salazar:
Hasta las viejas que casi no se podian menear barrian las azoteas,
echando la tierra y polvo hacia nosotros por cegarlos; decian cosas
en su lengua muy de viejas y muy donosas. Los niñ os y los
muchachos tenian concebido tan grande odio, mamado en los pechos
de sus madres y enseñ ado de las palabras y obras de sus padres que,
como podian, tiraban piedras e varas, e los que mas no podian,
terrones.
Hacia e1 26 o 27 de julio, la estrategia de tierra arrasada se
trasladñ a la calzada que unia Tenochtitlan con Tlatelolco (a las
casas y chinampas que la bordeaban) y a las chinampas de los
“barrios” intermedios —como Cuepopan—. El siguiente objetivo
era e1 “mercado” de Tlatelolco. Los hombres de Alvarado se
adelantaron a los de Cortés y entraron al mercado, logrando
incluso tomar e1 templo mayor e incendiando los santuarios.
Cuenta Torquemada:
Al espectaculo de esta quema, todos los hombres y mujeres que se
habian acogido a las tiendas que cerraban todo e1 tianguez
comenzaron a llorar con grandes gritos y alaridos y pusieron grande
espanto en todos los que los oian y tuvieron los tristes mexicanos
por indicio de ma1 agiiero aquel abrazamiento, porque quemado
aquel delubro satanico, luego se pronosticaron haber de ser de todo
punto asolados y destruidos.
No obstante, los tlatelolcas, dicen sus Anales, seguian
resistiendo:
Fue entonces cuando e1 tlatelolca fue aniquilado, e1 gran jaguar, e1
valiente guerrero. Luego la batalla se generalizo. Fue entonces
cuando arremetieron, cuando pelearon las mujeres de los tlatelolcas.
Golpearon al enemigo, portaron armas de guerra, se arremangaron las
faldas, se las levantaron todas para perseguir duro al enemigo.
La nueva estrategia convirtiñ las estrecheces de los mexica-
tlatelolcas y de los refugiados tenochcas en hambre, desolaciñ n y
miseria. Como ejemplifica Francisco de Aguilar: “[N]os acontecia a
los soldados no poder andar por las calles, de los indios heridos
que habia, de pestilencia, hambre y también viruela, todo lo cual
fue causa de que aflojasen en la guerra y no peleasen tanto”. Añ ade
Cervantes de Salazar: “Por las calles y en el agua montones de
cuerpos muertos, sin infinitos que en sus casas tenian escondidos,
cuyo hedor fue tan pestilencial que mato a muchos, y que el
hambre que padescian era insufrible”. Por ultimo, Cortés mismo
señ ala:
Salian de noche a pescar por entre las casas de la ciudad, y andaban
por la parte que de ella les teniamos ganada buscando la leñ a e
hierbas y raices que comer. Y porque ya teniamos muchas calles de
agua cegadas [...] acordé de entrar a1 cuarto del alba y hacer todo el
dañ o
que pudiésemos [...] y dimos sobre infinita gente; pero como eran de
aquellos mas miserables y que salian a buscar de comer, los mas venian
desarmados y eran mujeres y muchachos; e hicimos tanto dañ o en
ellos por todo lo que se podia andar de la ciudad, que presos y
muertos pasaron de mas de ochocientas personas.
Al parecer, fue el 28 de julio cuando finalmente quedñ ocupada
la plaza del mercado y Cortés, en la cima del templo, desde donde
vio que la ciudad ya estaba vencida, ocupada en casi todas sus
partes, ordena (y por una vez me inclino a creerle) un alto a1 fuego
para negociar, en aras de que
no pereciese tanta multitud de gente; que cierto me ponia en mucha
lastima, y dolor el dañ o que en ellos se hacia, y continuamente les
hacia acometer con la paz; y ellos decian que en ninguna manera se
habian de dar, y que uno solo que quedase habia de morir peleando,
y que de todo lo que tenian no habiamos de haber ninguna cosa, y
que lo habian de quemar y echar a1 agua, donde nunca pareciese; y
yo, por no dar mal por ma1, disimulaba en no les dar combate.
Y recuerdo tantas otras historias en las que es asi. Cortés tiene
razon; quien quiere conquistar y sojuzgar procede de esa manera:
prefiere que el candidato a esclavo se entregue sin combatir y
suele ser el candidato a esclavo quien hace la guerra y quien
resiste...
29. MARTES 13
Señ or Malinche: ya he hecho lo que soy obligado
en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo
mas, y pues vengo por fuerza y preso ante tu
persona y poder, toma ese puñ al que tienes en la
cinta y matame luego con é1.
CUAUHTEMOC
Versiñ n de BERNAL DIAZ DEL (ASTlLLO
PEDRO MARTIR DE ANGLERiA resume asi lOS 70 dias del sitio que esta a
punto de acabar:
Por espacio de 70 ininterrumpidos dias fue hostilizada la ciudad por
todas partes, por detras y de frente. Con arreglo a los informes de los
nuestros, cuando por las tardes se recogian a sus tiendas, quedaban
muertos quinientos mil y a veces mas enemigos dentro de las calles
mismas de la ciudad, en los diarios encuentros; y cuando mas cruel
era la matanza, tanto mas copiosa y opiparamente cenaban los
guaxocingos, tlascaltecas y demas comarcanos auxiliares que
acostumbraban sepultar en sus estñ magos a los adversarios caidos,
sin que Cortés se hubiese atrevido a impedirlo.
Entre e1 25 y el 27 de julio, Cortés ordenñ que la divisiñ n de
Pedro de Alvarado se trasladara a la plaza de Tlatelolco.
Cuauhtémoc y sus guerreros mantenian la resistencia en las
ultimas zonas de Tlatelolco mas lejanas de las calzadas y del islote,
de aguas mas bajas y acequias mas anchas. Cortés solicitñ y obtuvo
una tregua, durante la cual (tres o cuatro dias) se entregaron
muchos mexicas al borde de la inaniciñ n.
Terminada la tregua se reanudaron los combates, dia por dia,
aunque era mas dificil ir cegando esos ultimos canales, y la furia de
los mexicas era la de la desesperaciñ n. También ocurrio que los
españ oles avanzaban con mayor lentitud por la dificultad de llevar
los bergantines a la zona de combate y porque la pñ lvora
practicamente se habia terminado.
El 8 de agosto, los atacantes entraron en un barrio “como de
mil casas”, ultimo bastion de los mexicas. Sin posibilidad de usar
los caballos ni los arcabuces, parece ser que los españ oles sñ lo
iniciaron el combate y, después de entrar a1 barrio por dos rumbos
distintos, dejaron que sus aliados lo continuaran. En esos dias
postreros recrudecio la miseria y resurgio la viruela. Cuenta
Francisco de Aguilar:
Juntamente con esto fue nuestro Dios servido, estando los cristianos
harto fatigados de la guerra, de enviarles viruelas y entre los indios
vino una grande pestilencia como era tanta la gente que dentro
estaba, especialmente mujeres, porque ya no tenian que comer.
Y e1 Codice Florentino:
Los valientes guerreros iban de un lado a otro, iban a1 revés. Ya
nadie se mantenia erguido ni se mantenia derecho [...] nos rodearon,
nos cubrieron. Nadie podia ir a ningun lado. Habia muchos
empujones, mucho nos amontonamos. Muchas personas murieron
en la tormenta, se pisotearon hasta morir.
Y mas adelante:
Y todas las humildes gentes del pueblo sufrieron mucho, tuvieron
mucha hambre. Muchos murieron de hambre. Ya nadie bebia buena
agua, agua limpia. No bebian mas que agua salitrosa, por lo que
numerosas personas murieron. Y numerosas personas vomitaron
por esa causa un flujo de sangre, por lo que murieron. Y se lo
comieron todo: la lagartija, la golondrina, la paja de maiz y la grana
del natrñ n. Y masticaron la madera colorada del tzompantli, y
masticaron lirios acuaticos, y argamasa y piel curtida y cuero de
venado [...] y polvo de ladrillo [...]
Nada se parece a este sufrimiento tan grande.
Después, quiza hacia e1 9 o 10 de agosto, Cuauhtémoc todavia
lanza una ofensiva general. Las fuentes dicen que el tlacatecuhtli
pensaba echar mano de un ultimo recurso (“magico-religioso”,
dice Jaime Montell) invistiendo a Tlapaltecatl Opochtzin, famoso y
valiente guerrero de1 barrio de Coatlan, con las insignias y
atavios de Ahuizotl, quetzal-tecolote. La ofensiva fracasñ. Era
evidente que la guerra estaba por terminar. Cortés escribiñ:
Otro dia siguiente tomamos a la ciudad y mande que no peleasen ni
hiciesen ma1 a los enemigos; y como ellos veian tanta multitud de
gente sobre ellos, y conocian que los venian a matar sus vasallos y
los que ellos solian mandar [st: los antiguos tributarios de
Tenochtitlan, ahora por millares aliados en su contra] y veian su
extrema necesidad, y como no tenian dñ nde estar sino sobre los
cuerpos muertos de los suyos [...] decian que por que no los
acababamos ya de matar, y a mucha prisa dijeron que me llamasen,
que me querian hablar. Y como todos los españ oles deseaban que ya
esta guerra se concluyese, y habian lastima de tanto ma1 como se
hacia, holgaron mucho, pensando que los indios querian paz.
El lunes 12 de agosto de 1521 una delegaciñ n mexica llega al
Cuartel de Cortés y piden negociar en nombre de Cuauhtémoc. Este
hace esperar al extremeñ o cuatro horas en la plaza de Tlatelolco.
Irritado, e1 capitan ordena un ataque general, entrando otra vez
dos columnas por tierra (Cortés y Alvarado), mientras Sandoval
cerca y sitia desde el agua. Dice Cortés:
Aquel dia se mataron y prendieron mas de cuarenta mil animas; y
era tanta la grita y lloro de los niñ os y mujeres, que no habia persona
a quien no quebrantase e1 corazon, y ya nosotros teniamos mas que
hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen
tanta crueldad que no en pelear con los indios; la cual crueldad
nunca en generaciñ n tan recia se vio, ni tan fuera de todo orden de
naturaleza como en los naturales de estas partes.
O sea, Cortés y los españ oles conteniendo la crueldad de sus
aliados... como si no hubiesen existido las matanzas, incendios,
saqueos, violaciones masivas y esclavizaciñ n de los vencidos que e1
extremeñ o ordenñ y de las que hemos dado cuenta hasta aqui...
aunque Alva Ixtlilxñ chitl concurra con e1 capitan:
Unas de las mayores crueldades sobre los desventurados mexicanos
que se ha hecho en esta tierra [...] Los tlaxcaltecas y otras naciones
que no estaban bien con los mexicanos se vengaban de ellos muy
cruelmente de lo pasado y les saquearon cuanto tenian. Ixtlilxñ chitl
y
los suyos, a1 fin, como eran de su patria, y muchos sus deudos, se
compadecian de ellos, y estorbaban a los demas que no tratasen a
mujeres y niñ os con tanta crueldad, que lo mismo hacia Cortés con
sus españ oles.
Pero todavia, todavia ese lunes 12 de agosto los atacantes se
retiraron despué s de la matanza y saqueo. Se cuenta en los Anales
de Tlatelolco:
De este modo perecieron e1 mexicatl, el tlalelñ lcatl, dejando
abandonadas sus ciudades. Ya desde que estuvimos en Amazac [e1
ultimo barrio de Tlatelolco en caer], por tantos que éramos ya no
teniamos mas nuestros escudos, nuestras macanas de obsidiana, no
mas nuestros escudos, ni la comida acostumbrada. Hubo lluvias en
toda la noche. De este modo llegñ asi el final.
Llegñ asi el final. Al anochecer de ese 12 de agosto Cortés
aprestñ tres cañ ones hacia e1 barrio y ordenñ a Alvarado y a
Sandoval que se prepararan para volver a penetrar en él.
El martes 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipñ lito en e1
calendario cristiano, ce coatl, uno culebra, segundo dia del mes
Xocolhuehuetzi, añ o Yet Calli, en e1 calendario nahuatl, desde una
azotea Hernan Cortés observo lo que resultaria la ultima
penetracion militar contra e1 ultimo barrio resistente de
Tlatelolco. El capitan insistiñ en enviar parlamentarios para
obtener la rendiciñ n del ultimo bastiñ n. Al parecer, hablñ
directamente con el cihuacoatl Tlacotzin, segundo al mando de la
resistencia, y luego esperñ varias horas el resultado de sus
propuestas.
Ante el ultimo embate, los resistentes postreros caian a1 agua.
Ni el mismo Cortés oculta su pesar:
Los de la ciudad estaban todos encima de los muertos, y otros en el
agua [...] y otros ahogandose en aquel lago [...] era tanta la pena que
tenian, que no bastaba juicio a pensar como lo podian sufrir; y no
hacian sino salirse infinito numero de hombres y mujeres y niñ os hacia
nosotros.
Al penetrar en e1 ultimo reducto, parece que los españ oles ya
no encontraron resistencia. Cuenta Diaz del Castillo:
[J]uro, amén, que todas las casas y barbacoas de la laguna estaban
llenas de cabezas y cuerpos muertos, que yo no sé de que manera lo
escriba, pues en las calles y en los mismos patios de Tlatelulco no
habia otra cosa, y no podiamos andar sino entre cuerpos y cabezas
de indios muertos. Yo he leido la destrucciñ n de Jerusalén; mas si fue
mas mortandad que esta, no lo sé cierto [...] todos los mas murieron
[...] y hedia tanto que no habia hombre que lo pudiese sufrir.
(Aca un paréntesis, quiza reiterativo, quiza obvio: st los
indigenas mesoamericanos, o los mexicas en particular, eran
antropñ fagos, ¿cñ mo es que morian de hambre los sitiados de
Tlatelolco?)
De acuerdo a lo registrado por las fuentes, esa Ultima entrada
de los españ oles y sus aliados provocñ un verdadero éxodo, y
aunque los españ oles y algunos jefes aliados trataron de contener
el revanchismo (segun cuentan las fuentes que les son favorables),
muchos tlatelolcas y tenochcas fueron masacrados por los indios
amigos de los conquistadores.
Como los dias anteriores, mientras los aliados y algunos
españ oles entraban por tierra, los bergantines y cientos de canoas
acolhuas y xochimilcas se acercaban por el agua. De pronto, de
entre los carrizales, salen 50 canoas impulsadas por jñ venes
remeros. Otras fuentes dicen que era una sola canoa que trataba de
pasar desapercibida. Asi lo afirma el Câdice Florentino. “Y entonces,
cuando se llevaron a Cuauhtémoc, enseguida, entonces, todas las
gentes humildes del pueblo lloraron, dijeron ‘JHe aqui que se va el
mas joven de nuestros señ ores, Cuauhtémoc! He aqui que va a
entregarse a los dioses, a los españ oles!’ ”
La versiñ n texcocana, de Alva Ixtlilxñ chitl, también da cuenta
de la tristeza y el llanto de los vencidos:
En dicho dia que era de San Hipñ lito Martir fueron hacia el rincñ n de
los enemigos, Cortés por las calles y Ixtlilxuchitl con Sandoval, que
era e1 capitan de los bergantines, por agua hacia una laguna
pequeñ a, que tenia aviso Ixtlilxuchitl cñ mo el Rey estaba alli con
mucha gente en las barcas [...] era una cosa admirable ver a los
mexicanos: la gente de guerra confusa y triste, arrimados a las paredes
de las azoteas mirando su perdicion y los niñ os y las mujeres llorando.
A continuaciñ n, la versiñ n de Hernan Cortés:
Y plugo a Dios que un capitan de un bergantin, que se dice Garci
Holguin, llegñ en pos de una canoa en la cual le parecia que iba gente
de manera; y como llevaba dos o tres ballesteros en la proa del
bergantin e iban encarando en los de la canoa, hiciéronle señ al que
estaba ahi el señ or, que no tirasen, y saltaron de presto y
prendiéronle a él y a aquel Guatimucin, y a aquel señ or de Tacuba, y
a otros principales que con él estaban; y luego el dicho capitan Garci
Holguin me trajo alli a la azotea donde estaba, que era junto al lago,
al señ or de la ciudad y a los otros principales presos; el cual, como le
hice sentar, no mostrandole rigurosidad ninguna, llegose hasta mi y
d{jome en su lengua que ya él habia hecho todo lo que de su parte
era obligado para defenderse a si y a los suyos hasta venir en aquel
estado, que ahora hiciese de é1 lo que yo quisiese; y puso la mano en
un puñ al que yo tenia, diciéndome que le diese de puñ aladas y le
matase.
Los cronistas difieren en detalles pero ésa es la historia:
“Malinche, toma ese puñal y matame”. Ya leimos a Bernal Diaz del
Castillo. Asi lo cuenta Alva Ixtlilxñchitl:
[Y] le dijo a1 fin como a Rey, y él echñ mano al puñ al de Cortés, y le
dijo: }Ah capitan!, ya yo he hecho todo mi poder para defender mi
reino, y librarlo de vuestras manos; y pues no ha sido mi fortuna
favorable, quitadme la vida, que sera mas justo, y con esto acabaréis
el reino mexicano, pues a mi ciudad y mis vasallos tenéis destruidos
y muertos.
Asi termini la batalla por Tenochtitlan. No la guerra hispano-
mesoamericana ni la “conquista”. Dice Cortés: “[Y] asi, preso
este señor, luego en ese punto ceso la guerra, a la cual plugo a
Dios Nuestro Señor dar conclusion martes, dia de san Hipñlito,
que fueron 13 de agosto de 1521 años”.
Lector o lectora, déjame venir por una vez al siglO XxI, a mi
mesa de trabajo, y lamentar no sñlo que carezcamos de la
versiñn de los macehuales de Cempoala, Tlaxcala, Cholula,
Texcoco, Chalco, Cuauhnahuac, Xochimilco, Tenochtitlan,
Tlatelolco... déjame lamentar también que no tengamos ni una
sola versiñn ni un solo atisbo de los pensamientos y estrategias de
Cuauhtémoc. Ni la posibilidad real de inferirlos y reconstruirlos.
Quiza Lñpez Velarde tenia razon y Cuauhtémoc es el unico
héroe a la altura del arte... si pensamos en la concepciñn
individualista del héroe y olvidamos a todas las mujeres, niñ os,
ancianos y guerreros que resistieron hasta que é1 fue capturado.
IV. RESULTADOS
30. ¿NUEVA CIUDAD?
Los cristianos buscaron en todas partes a las
mujeres; les arrancaron las faldas y se echaron
sobre sus cuerpos, sus bocas, sus vaginas, su
cabello.
Ari‹iies de Tlatelolco
ANTES DE seguir, regresemos con Matthew Restall. Hemos insistido
en que los españ oles fueron un puñ ado, pero ¿de cuantos se
constituye el puñ ado? Restall contabiliza al menos 2 600, quiza 3
000 españ oles que llegaron a Mesoamérica para participar de una u
otra manera en la guerra contra Mé xico-Tenochtitlan y sus aliados.
Los 450 originales fueron recibiendo refuerzos en los meses
siguientes de diversas maneras: 1 100 llegaron con Panfilo de
Narvaez en abril de 1520; muchos otros en grupos pequeñ os,
algunos de los cuales fuimos consignando. En agosto de 1521 habia
980 en el valle de México.
De esos quiza 3 000, se calcula que un millar muriñ en la Noche
de la Huida y la batalla de Otumba. La mayoria de ellos por
infecciones de las heridas. Cientos fueron capturados vivos y
sacrificados entre julio de 1520 y junio de 1521. Otros mas
murieron en diversas acciones, y un puñ ado a manos de otros
españ oles, es decir, Cortés llevñ a la muerte a dos de cada tres de
sus hombres.
¿Y los indigenas? Imposible arriesgar ningun calculo sobre el
numero de muertos en combate en el bando mexica (ni en el de
sus enemigos). Sobre la tragedia demografica hablamos en el
capitulo titulado “Viruela”, pero queda un tema polémico, en
verdad muy discutido: ¿La irrupciñ n españ ola puede considerarse
un genocidio? Escribe Restall:
Lo que opino es [...] en términos retñ ricos en lugar de categñ ricos,
que las guerras de invasiñ n de los españ oles fueron genocidas no en
cuanto a su intenciñ n sino en su efecto. Dentro de lo que fue en
realidad la
guerra genocida hispano-azteca, ocurrieron episodios de genocidio
de menor escala. En un poblado tras otro [...] la matanza de los
combatientes fue seguida o acompañ ada de la matanza de civiles y de
la esclavitud y frecuente destierro de los sobrevivientes (genocida en
efecto) y marcado con un teatro de destrucciñ n deliberada (genocida
en su intenciñ n). Considerando acertadamente que habia millones de
indigenas mesoamericanos, los capitanes españ oles estaban dispuestos
a aniquilar a ciertas comunidades con el conocimiento de que
habia cientos mas. La supervivencia de estas comunidades —la
permanencia de los nahuas y de otros indigenas a través de estas
guerras y hasta el presente— ha ayudado a ocultar la evidencia de
estos genocidios menores.
Sigamos. Si se trataba de nombrar las cosas, como vimos que se
hacia en las expediciones de “rescate”, aqui se trata ya de llamar a
todo el territorio “Nueva Españ a del Mar Océano”, reino sujeto a la
Corona de Españ a. Se trataba también de rebautizar a la ciudad
ocupada y medio destruida, buscarle una nueva designacion y
hacer de ella e1 simbolo, la justificaciñ n de la ocupaciñ n o el
reclamo de todas las tierras que luego llamarian genéricamente
“America Septentrional españ ola”. Pero, en realidad, esos
españ oles que reclamaban el señ orio de tantas y tantas tierras y
almas no tenian en sus manos (porque la peste y la viruela las
dejaron inhabitables) ni los islotes de Tenochtitlan ni Tlatelolco.
Y vale la pena empezar este capitulo contrastando la disculpa
de Cortés y de las fuentes españ olas que atribuyen a los aliados,
sobre todo los tlaxcaltecas, la cruda agudizaciñ n de la tragedia, con
las fuentes de tradicion indigena, que señ alan directamente a los
peninsulares. En el Câdice Florentino leemos: “Los españ oles
tomaban cosas a la fuerza de las personas. Buscaban oro; no les
importaban nada el jade, las plumas preciosas o las turquesas [...] y
escogieron y se llevaron a las mujeres bonitas”. Y en el Câdice
Aubin: “Ninguna otra cosa tomaban sino el oro y las mujeres mas
hermosas”. A su vez, en los Anales de Tlatelolco encontramos el
siguiente epigrafe con el que abrimos este capitulo: “Los cristianos
buscaron en todas partes a las mujeres; les arrancaron las faldas y
se echaron sobre sus cuerpos, sus bocas, sus vaginas, su cabello”.
Por ultimo, dice Sahagun:
Los españ oles y sus amigos pusiéronse en todos los caminos y
robaron a los que pasaban, tomandolos el oro [...] y las mujeres
mozas hermosas, y algunas de las mujeres por escaparse
disfrazabanse poniendo lodo en la cara, y vistiéndose de andrajos;
también tomaban mancebos y hombres recios para esclavos,
pusiéronlos nombres de tlamacazcque, y a muchos de ellos herraron
en la cara.
En agosto de 1521, Tenochtitlan y Tlatelolco eran dos ciudades
en ruinas y casi abandonadas. Quedaban en ellas sñ lo aquellos que
“estaban demasiado enfermos para marcharse” (Bernal Diaz del
Castillo). Pero a pocas semanas empezaron a volver y reclamar
sus vecindarios y chinampas.
Ese fue el resultado para los defensores de la ciudad. Para los
aliados, el regreso a casa con el botin que pudieron arramblar; para
los españ oles, dice don Artemio de Valle-Arizpe con base en las
fuentes que hemos trabajado, la orgia, el desenfreno, el libertinaje:
Después de pasados cuatro dias de la toma de México, en que todo
quedñ despedazado [...] y tantos cadaveres [...] y en las calles y plazas
se vera a cientos de indios enflaquecidos, como espectros,
hambrientos, atonitos y tristes, sin hogar [...] después, repito, de
pasados cuatro dias de la toma de la ciudad, se trasladaron a
Coyoacan
Para celebrar la magnifica victoria convidñ Hernan Cortés a un
banquete a los capitanes de los tres campos y a los soldados que a
bien tuvo.
Hacia poco habia llegado a Vera-Cruz un cargamento de vino
de Españ a y, junto con los cerdos y manjares de la tierra, dio para
organizar un banquete que duraria largas horas y devendria una
borrachera universal, a la que siguieron altercados y riñ as y antes
de que empezara la violacion de las indias esclavas y las cocineras:
Aquello fue ya el desenfreno absoluto de todas las pasiones, que
llegaron al desatino y la locura, derribandolos a todos la sensualidad,
sin tener tasa ni fin su apetito. La orgia subiñ alli a lo mas alto del
libertinaje entre gritos, blasfemias y llantos de indias mancilladas.
Asi comenzñ a desenvolverse la vida de los españ oles en
Coyoacan. Antes del sitio, Cortés habia imaginado la ciudad
ocupada por los españ oles y los indios en las riberas, pero fueron
aquellos quienes se asentaron en Coyoacan. Y no fue hasta 1524
cuando finalmente Alonso Garcia Bravo realizñ la traza de la
ciudad y los españ oles empezaron a ocupar los solares que Cortés
les habia asignado en 1522.
Entretanto, se habia construido o continuaba un gobierno
mexica-tlatelolca en el resto de la ciudad. Los cinco altepemeh que
conformaron tradicionalmente el tlatocayotl de México
conservaron sus nombres (con un santo catñ lico agregado) y
sus gobiernos propios: Santiago Tlatelolco y San Juan
Tenochtitlan dividido en cuatro barrios: Santa Maria Cuepopan
(Santa Maria la Redonda), San Sebastian Atzacoalco (hoy al
noreste del Centro Histñ rico, y no confundir con Santiago
Atzacoalco, en la alcaldia Gustavo A. Madero), San Pablo Teopan
(origen de La Merced) y San Juan Moyotlan (en el actual mercado
de San Juan).
Mas adelante nos ocuparemos de la continuidad del altépetl y
del calpulli, de su transformaciñ n juridica en comunidades,
barrios, pueblos, reptiblicns y hasta ciudades. También pervivio la
nobleza indigena y sus descendientes o presuntos descendientes
fueron gobernadores, caciques, alcaldes: Tlacotzin, nieto de
Tlacaélel, fue cihuacoatl de Motecuzoma Xocoyotzin y sobrevivio al
sitio dentro de Tenochtitlan. Segun Cortés, en las ultimas semanas
fungio de negociador con los españ oles. Retuvo el cargo de
cihuacontl y, preso Cuauhtémoc, ascendiñ al “trono” con e1 nombre
de don Juan Velazquez Tlacotzin. Tras la ejecuciñ n de Cuauhté moc
se le nombro “gobernador”, aunque muriñ también en la
expedicion a Honduras.
Cortés nombrñ gobernador entonces a don Andrés de Tapia
Motelchiuhtzin, un guerrero aguila que moriria en 1530 en la
guerra contra los chichimecas. En la misma expedicion iba un
primo distante de Montezuma, don Pablo Tlacatecuhtli
Xochiquentzin, designado gobernador en su lugar. A él le sucediñ
don Diego de Alvarado Huanitzin, nieto de Axayacatl y sobrino de
Montezuma, llamado huey tlatoani por los mexicas. Su
nombramiento fue aprobado por el virrey Antonio de Mendoza,
quien confiaba mucho en él. Mas adelante hablaremos de los
caciques. Y la ciudad mantuvo e1 caracter lacustre de que hablamos
en el libro.
De este modo, terminadas las sacudidas iniciales y las
expediciones militares en las partes centrales de Mesoamérica
(hacia 1530), se estableciñ un regimen que a primera vista parece
asombrosamente estable —a1 menos hasta que nos asomamos a las
recurrentes rebeliones indigenas—. En buena medida eso parece
deberse a que Hernan Cortés, mas o menos conscientemente, se
adaptñ a los modos de dominaciñn politica preexistentes,
reemplazando a la Excan Tlahtoloyan o a Tenochtitlan en la cupula
del sistema de extracciñn de excedentes via los tributos, y a que la
evangelizaciñn fue relativamente suave y adaptada con rapidez por
los pueblos indigenas a su propia visiñn del mundo.
Federico Navarrete afirma que, en un primer momento,
la conquista españ ola no significñ la destrucciñ n de la estructura
politica posclasica [mesoamericana], sino simplemente una mas de sus
periñ dicas transformaciones. Corresponderia a los primeros virreyes
desmontar buena parte de esta estructura, aunque conservando su
elemento fundamental, los altepemeh locales, que fueron tan autores de
la conquista como los propios españ oles.
Retomaremos la idea en este punto en e1 ultimo de los
epilogos, pero antes debemos movernos un poco.
31. LA GUERRA SIN FIN
En grandes montones estaran los restos de los
guardianes de las playas, de los guardianes de las
orillas del mar cuando baje el Señ or Eterno, el
Señ or Justiciero, cuando baje la justicia de Nuestro
Señ or sobre el pueblo, cuando venga la gran pelea
de los blancos ibteeles a los pueblos y se conozca si
son esforzados.
El libro de los libros del Chil‹im Balam
EN 1526 e1 capitan Francisco de Montejo, afamado en la “conquista
de México” y enriquecido desde entonces como pocos, obtuvo las
capitulaciones necesarias para “conquistar” Yucatan. A fines de
septiembre de 1527 llegñ a Cozumel. Y un añ o después huyñ a
Veracruz tras haber ganado muchas batallas y fracasado por
completo en su intenciñ n de sojuzgar a los mayas.
En 1531 Montejo regresñ a la peninsula al frente de una nueva
expediciñ n. Estableciñ su base de operaciones en Campeche y para
1535 no quedaba ningun españ ol en Yucatan. En 1536 los mayas
vencieron una tercera expedicion.
En 1541 Francisco de Montejo el Mozo, hijo del anterior,
encabezñ un cuarto intento de conquista. Logro establecer
ocupaciones permanentes en Mérida en 1542 y en Valladolid en
1543. Miles de guerreros nahuas acompañ aron a los españ oles en
este tercer intento. Y en 1546, segun las cronicas españ olas, se
produjo una formidable insurrecciñ n que estuvo a punto de acabar
con la precaria colonia. A partir de entonces, los españ oles ya no se
retiraron de la peninsula, pero tampoco la sojuzgaron. Su
ocupacion fue superficial y en pequeñ os espacios que se expandian
y retraian a ritmos variables.
Seguir esa historia exigiria otro libro que nos cuente cñ mo e1
ultimo Estado maya reconocido como tal se sometiñ en 1696 o 1697
y, a pesar de ello, era mayor el territorio de la selva baja yucateca y
las selvas tropicales del Petén y la Lacandona que no estaban bajo
control españ ol que aquel donde sus miembros estaban realmente
sometidos.
Campañ as no menos cruentas, no menos prolongadas, fueron
necesarias para sojuzgar “la provincia de Chiapas”. Bernal Diaz del
Castillo dice que “los chiapanecas” eran los mejores guerreros de
“la Nueva Españ a”. La de su “conquista” es una historia tan larga y
pavorosa como la de Yucatan hasta que, de pronto, las naciones
mayas de Chiapas se levantan en armas otra vez en 1994.
Para algunos historiadores, los mayas del posclasico estaban
en “decadencia”. No se puede decir eso del “reino de Mechuacan”
que, quiza por contacto maritimo con Peru, empezaba a trabajar la
metalurgia de bronce cuando irrumpieron los españ oles. Los
purépechas habian derrotado completamente un intento de
conquista de los mexicas y sus aliados en la década de 1470, y luego
rechazaron proposiciones de alianza hechas por Cuitlahuac y
Cuauhté moc, aunque también se rehusaron a sumarse a la liga
antitenochca.
En 1522 el cazonci (gobernante o rey) Tangâ xoan Tzintzicha
visitñ a Hernan Corté s y aceptñ someterse al rey de Españ a.
Rodrigo Martinez Baracs, estudioso del gobierno indio y españ ol de
“la ciudad de Mechuacan”, dice:
El cazonci Tangaxoan se sometia pacificamente a Hernan Corté s,
estableciéndose un pacto de señ or a señ or: el cazonci reconocia la
soberania del rey de Españ a, quien a su vez reconocia al cazonci como
señ or y gobernador de la provincia de Mechuacan.
Sin embargo, en 1529 el presidente de la Real Audiencia (y
enemigo de Cortés) Nuñ o de Guzman mandñ aprehender al
cozonci y, al añ o siguiente, encabezo una expediciñ n a Michoacan
en la que, tras capturarlo, lo torturñ y asesino, sometiendo al
gobierno indigena al españ ol en una campañ a célebre por su
crueldad y violencia. Tras sojuzgar a Michoacan, Nuñ o de Guzman
partio hacia Jalisco.
Las guerras en el norte empezaron formalmente con la
expediciñ n de Nuñ o de Guzman a la Nueva Galicia, donde, mas aun
que en Michoacan, emulñ y superñ las peores acciones de Cortés en
Cholula, Tepeaca o Calpulalpan. Entre 1529 y 1536 las huestes del
feroz capitan asolaron una extensa comarca en la que fundarian el
reino de la Nueva Galicia, centrado en el eje Guadalajara-
Compostela. Sñ lo seis añ os después estallñ la primera gran rebeliñ n
de indigenas que ya habian “aceptado” el dominio españ ol: la
Guerra del Mixtñ n, que estuvo a punto de acabar con los hombres
procedentes de la peninsula ibérica en Jalisco. No esta de mas
decir que en esa guerra encontrñ la muerte el adinerado, afamado e
inquieto capitan Pedro de Alvarado.
Y entonces empezñ la apasionante y descarnada historia del
enfrentamiento bélico de frontera que se desarrollñ entre 1550 y
1600 en el septentriñ n de la Nueva Españ a: la guerra chichimeca,
que da titulo al libro clasico de Phillip Wayne Powell (estudio
esplé ndido, aunque a veces comulgue con la leyenda antiespañ ola
de cuñ o anglosajñ n):
A fines de 1546, una pequeñ a banda de soldados españ oles,
acompañ ada por una fuerza mas numerosa de aliados indios y por
unos cuantos frailes franciscanos, descubrio toda una cordillera que
contenia plata, muchas leguas al norte y al oeste de la gran ciudad de
México. El lugar del descubrimiento fue llamado Zacatecas [...]
La afluencia de indios y españ oles a la bonanza de Zacatecas, ya
en auge hacia 1550, lanzñ al hombre blanco y a su omnipresente
aliado indio hacia tierras desconocidas y hostiles. Los aguerridos
indigenas nñ madas de esta nueva frontera opusieron una enconada
resistencia al avance de los pueblos cristianos y sedentarios que
llegaban del sur.
Zacatecas. Por fin los españ oles habian encontrado minas de
plata dignas de las leyendas que se habian ido forjando desde que
Hernan Cortés recibiñ los primeros presentes de Moctezuma 27
añ os atras. Dicho estado se convirtiñ entonces en el centro de
operaciones de la carrera hacia el norte; si se habia descubierto en
esas aridas serranias una veta tan rica, seguramente habria otras
aun mas lejos, y la pujante ciudad seria la plataforma de despegue
de aventureros, fugitivos y toda suerte de buscadores de fortuna.
Desde 1550, por lo menos, se libro una guerra que resultñ
mucho mas larga, dificil y sangrienta que la campañ a de Cortés de
1520-1521. El teatro de la contienda se extendiñ , digamos, de
Querétaro a Durango y de Guadalajara a Saltillo. Los enemigos de
los españ oles y sus aliados (tlaxcaltecas, purépechas, otomies,
mexicanos y cazcanes, principalmente) fueron llamados
genéricamente chichimecas, nombre en el que ya desde mucho
antes de la conquista se mezclaban el temor y el desprecio que los
indigenas de las altas culturas mesoamericanas sentian por los
irreductibles nomadas del norte. Muy pronto los españ oles
aprendieron a distinguir a las principales naciones en que se
dividia ese grupo, cuatro de las cuales fueron declaradas las mas
peligrosas: las de los zacatecos, guachichiles, pames y guamares.
La guerra chichimeca puede dividirse en tres etapas, la
primera (1550-1567) fue una politica de guerra defensiva que, si
bien fracaso en su intenciñ n de asegurar los caminos, tuvo un
notable éxito en la extensiñ n de las exploraciones y e1
establecimiento de nuevos reales de minas, estancias hispano-
indias y poblados defensivos. En la segunda etapa (1568-1585) se
pretendiñ exterminar al enemigo nñ mada, sin mas resultado que
desatar unos enfrentamientos crecientemente encarnizados.
Comoquiera que sea, el gobierno de la Nueva Españ a obtuvo
un éxito parcial con la construcciñ n de numerosos poblados o
presidios defensivos, muchos de los cuales fueron fundados o
estaban mayoritariamente poblados por nahuas (sobre todo
tlaxcaltecas y mexicanos) y otomies. Estos indigenas llegaban
al norte con privilegios que no tenian en la Nueva Españ a:
mercedes de tierra, exenciones de impuestos, hidalguia (para
los caudillos otomies y mexicanos y para todos los tlaxcaltecas) y
otros. A cambio, tenian como obligacion (y privilegio) mantener
sus cabalgaduras, portar armas y defender la frontera.
A largo plazo, fue definitiva la fundaciñ n de esos presidios y
poblados, pero para 1580 estaba claro que no eran la soluciñ n al
problema chichimeca, como tampoco lo era la politica de guerra a
sangre y fuego. De modo que hacia 1585 se instrumentñ una
nueva politica, que sustituyo la inutil y onerosa guerra de
exterminio por la “paz por compra”, es decir, la firma de pactos
con las tribus chichimecas a cambio del respeto a sus tierras y la
entrega de alimentos, vestidos y ganado... lo que, a fin de cuentas,
salia mas barato que la guerra. Al mismo tiempo, se fueron
estableciendo colonias de indios aliados y misiones jesuitas y
franciscanas en el corazñ n de la zona rival.
La siguiente etapa de “conquistas”, que se prolongñ a lo largo
de todo el siglo XVII, la constituyen “las guerras indias de la Nueva
Vizcaya”, como se llamo a un reino mas o menos dependiente o
mas o menos independiente de la Nueva Españ a, que abarcaba
aproximadamente los actuales territorios de Chihuahua y
Durango, ademas de porciones de Coahuila, Nuevo México y Texas.
Dice Guillermo Porras Muñ oz que sus pobladores
tenian conciencia de que su existencia transcurria en una frontera, es
decir, que tenian a su lado o estaban circundados por tribus
guerreras que, en ocasiones, muy frecuentes en el tiempo que
estudiamos, ponian en peligro la vida y los bienes particulares y la
seguridad de la provincia.
Los documentos de la época no sñ lo hablan de dos razas, sino
que también distinguen “nuestra nacion” —la de los españ oles y
los “indios de paz”, muchos de ellos mesoamericanos— de “su
naciñ n” —las naciones de los “indios de guerra”—, mencionando
puntos concretos por donde “entraban” y “salian” los primeros
indios (puntos en los que se fueron instalando compañ ias
presidiales), es decir, diferenciando “sus” tierras de las “nuestras”.
Lo cierto, con todo, es que resulto muy dificil establecer la
concordia:
La jurisdicciñ n de la Nueva Vizcaya fue teatro en que acaecieron mas
rebeliones indigenas en el siglo xvii. Por mas esfuerzos que
desplegaron los españ oles, poco se pudo conseguir para estabilizar
cierto regimen de paz en esa vasta comarca noroccidental de Nueva
Españ a.
Repitiendo parcialmente las politicas que “pacificaron” (es un
decir) la Gran Chichimeca entre 1585 y 1600 hacia fines del siglo
XVII, la Nueva Vizcaya habia adquirido una relativa estabilidad.
Las nuevas guerras de conquista y expansiñ n se trasladaron a
Sonora, Nuevo México y Texas, donde aparecieron enemigos aun mas
vigorosos que los chichimecas: los yaquis, los yoremes, los apaches
y los comanches.
Dos datos finales: en 1810, enviados del rey de Españ a
Armaron con los representantes de la “naciñ n apache” un tratado
de paz por el que se comprometia a respetarles un extenso territorio
en las cuencas de los rios Casas Grandes, Mimbres, Gila y Bravo, asi
como a proporcionarles aperos de labranza y raciones
alimenticias. El añ o siguiente, el generalisimo Miguel Hidalgo y
Costilla diseñ o un
plan de alianza y declaraciñ n de limites con la “naciñ n comanche”.
Si entrecomillo, es porque “apache” y “comanche” son los
nombres que les dieron los españ oles a dos conjuntos de naciones
que hasta finales del siglO XIX librarian denodadamente la guerra
en defensa de sus territorios y sus formas de vida contra México y
los Estados Unidos, hasta que la industria y el armamento de la
era del imperialismo clasico (1875-1914) acabaron por fin con
casi todos ellos y recluyeron en “reservaciones” a sus ultimos
supervivientes.
La ocupaciñ n del Septentriñ n, la guerra que nunca termina, la
conquista nunca consumada, no se entiende sin la participacion de
los indigenas mesoamericanos. La lista de poblados fundados por
los tlaxcaltecas en Nuevo Leñ n y Coahuila es la de casi todas las
actuales ciudades de ambos estados del noreste.
Una de las fuentes de nuestra historia, Fernando de Alva
Ixtlilxñ chitl, cuenta que los acolhuas
guardaban el dicho Real hasta que se ganñ la ciudad. Y después de
ganada, a las entradas que se hacian dentro de México iban mucha
cantidad de principales y naturales de Texcuco en guarda y ayuda de
los españ oles, como fue a Mextitlan, Tototepec, Panuco, Itecoma,
Izhalahuacan... asi mismo ayudaron a ganar Xalisco, Cuatimala [...] de
manera que desde que los españ oles llegaron a esta Nueva Españ a
siempre y continuamente les obedecieron, y siempre fueron y han
sido leales vasallos de S.M.
Y numerosos “nobles” indigenas fueron capitanes en estas
guerras. Podriamos aumentar esta parte con los estudios de Maria
Castañ eda de la Paz sobre don Diego Mendoza de Austria y
Moctezuma; de Oudijk y Restall sobre Gonzalo Mazatzin
Moctezuma, o mejor aun, porque habla de los privilegios reales,
explicando en que consistian, y de los privilegios perdidos, del
estudio de Jose Rubén Romero Galvan sobre Fernando Alvarado
Tezozomoc... pero ademas de rizar el rizo, estariamos rizando un
rizo que corresponde a la época colonial y no a la irrupcion
españ ola, objeto del presente libro. Pasemos de la “nobleza” a las
clases oprimidas.
32. CUESTION DE CLASE
AUNQUE EL ultimo tlacatecuhtli de México-Tenochtitlan y el ultimo
cazonci de Mechuacan murieron ahorcados, debajo de ellos habia
una clase dirigente que resulto imprescindible para que los
españ oles pudieran administrar las posesiones que reclamaban
suyas. Los miembros de esta clase conservaron muchos de sus
anteriores privilegios, adaptados a las nuevas circunstancias.
Contemos tres historias, casi microhistorias, aunque antes de
ir a ellas definamos, con Jesus Hernandez Jaimes, el uso del
término “cacique” en los siglos xvI y xvII. Segun su cita del
Diccionnrio de autoridades, cacique era entonces: “Señ or de
vasallos o superior en alguna provincia o pueblo de indios.
Cualquiera de las personas principales de un pueblo, que ejercen
excesiva influencia en asuntos politicos o administrativos”.
Traida la palabra del Caribe, se usñ para sustituir las palabras
analogas de las lenguas mesoamericanas. Se relacionaba con
origenes de dominacion que se perdian en lo mitico, y con estirpes
que se remontaban al pasado prehispanico. Los españ oles
decidieron mantener a muchos “principales” como eslabones o
enlaces de poder. La Corona dispuso que
en los pueblos de indios, que en ellos se hallaron con alguna forma
de policia, o que después por los nuestros se le erigieron y edificaron
para reducirlos a ello [...] se conservasen para regirlos y gobernarlos,
en particular aquellos mesmos reyezuelos o capitanejos, que lo hacian
en tiempos de su infidelidad, o los que se probasen ser descendientes
de ellos.
Otro documento, de 1524: “[A] los caciques, por quienes los
indios se solian gobernar, no se les debe quitar enteramente la
superioridad que sobre ellos han tenido [...] y se les debe dar
alguna jurisdiccion y gobierno sobre los dichos indios”.
En Nueva Españ a y Peru los caciques fueron correas de
transmision entre los españ oles y la masa indigena. Ello les daba
privilegios a la vez que obligaciones. Entre los primeros estaban el
de poseer bienes inmuebles patrimoniales, recibir parte del tributo
y gozar de la exenciñ n del tributo y repartimiento; ademas, podian
vestir a la españ ola, montar a caballo, portar armas y desempeñ ar
cargos en el gobierno, aparte de que sñ lo los podia juzgar la real
Audiencia. En suma,
[1]as investigaciones actuales parecen mostrar que la nobleza indigena
de la postconquista no practico la solidaridad con los de [su] cultura,
sino todo lo contrario. Las facultades politico-administrativas fueron
usadas por muchos caciques para acrecentar su posicion
socioeconñ mica.
Los caciques se apoderaban con frecuencia de tierras de la
comunidad, aunque por encima de ellos estaban los
encomenderos y las autoridades españ olas, mucho mas abusivas
en la mayoria de los casos.
Hagamos, pues, un pequeñ o viaje. Vayamos a Chilapa,
poblaciñ n fundada por un capitan mexica hacia 1450, cuando los
cohuixcas del actual estado de Guerrero fueron sometidos por los
ejé rcitos mexicas. Entre 1520 y 1532 se enviaron varias
expediciones a la regiñ n hasta que las fundaciones de Taxco y
Acapulco parecieron asegurar su pacificacion, si bien hubo pueblos
indigenas, como los yope, que no se sometieron.
En 1522 era tlatoani de Chilapa un tal Izquinaci, de incierto
origen, pero vinculado a la nobleza tenochca y que adopto el
nombre de Antonio al ser bautizado. Izquinaci tuvo un hijo,
Agustin de Chilapa, a partir del cual es posible rastrear su
genealogia hasta el siglo xIx. Tuvo dos hijas: la mayor se casñ con
Pedro Tetlepanquetzatzin o Pedro de Tlacopan o de Tacuba; la
segunda, Agustina, desposo al cacique de Coyoacan, Felipe de
Guzman, descendiente de Nezahualpilli. Al enviudar, volviñ a
casarse con Constantino Huitzimengari, tambié n gobernador de
Coyoacan.
Pedro de Tlacopan era hijo de Antonio Cortés Totoquihustli y
nieto de Tetlepanquetzatzin, ultimo señ or de Tlacopan, que
compartiñ la muerte de Cuauhtémoc. Y era nieto de Francisca
Moctezuma, hija del tlatoani mexica. Sin embargo, el apellido
Moctezuma apenas empezaron a usarlo en el siglo xVII.
Agustin de Chilapa fue reconocido como cacique y gobernador.
Lo heredaron su hija Ana y su yerno Pedro de Tlacopan. En el siglo
XVIII, segtin la cuenta de sus bienes, los caciques de Chilapa eran los
principales propietarios de la regiñ n y de una docena de terrenos
que los indigenas de diversos pueblos estaban obligados a trabajar.
En 1665 el cacique Diego Moctezuma levantñ un censo de sus
tierras, contandose 36 estancias o haciendas.
Segunda parada. Muy cerca de la capital del vecino estado de
Oaxaca, separado de Chilapa por accidentes geograficos
increiblemente abruptos, esta Santo Domingo Yanhuitlan, sede de
uno de los mas espectaculares conventos del siglo xVl. Fue ésa una
de las poblaciones elegidas por Bernardo Garcia Martinez para
ilustrar sus hipñ tesis centrales sobre la llamada “conquista” que
mostramos al inicio de este libro (vé ase la Entrada y el capitulo 1).
En 1550 vivia ahi un tal don Domingo de Guzman, quien tenia
unos 40 añ os, por lo que habria tenido 10 u 11 cuando irrumpieron
los españ oles en el pequeñ o reino de Yanhuitlan. Por entonces se
llamaba Xa Nuhu o Siete-Mono. Los dominicos lo bautizaron con el
nombre mas ilustre que se les ocurriñ . Era hermano de la
gobernante en turno.
Yanhuitlan habria sido sometido a la Triple Alianza hacia 1486
y ahi se le habria impuesto este nombre al antiguo Yodzocahi. El
sometimiento consistia en la tributaciñ n, mientras que la dinastia
gobernante permaneciñ intacta. La dominaciñ n españ ola significñ
en un principio que una nueva relacion tributaria suplantaria a la
anterior: “Una vez desmanteladas las guarniciones mexicas, los
españ oles incluyeron a Yanhuitlan en su lista de conquistas [...] y
eso fue todo sobre la conquista de Yanhuitlan. Sin mayusculas, sin
gestas heroicas y sin Cortés”.
Asi pues, Siete-Mono, llamado Domingo de Guzman, siguiñ su
vida con relativa facilidad. Tras la muerte de su madre y su
hermana en una fecha sin registrar, se convirtiñ en el gobernante
local, en tanto que su sobrino cumplia la edad para hacerlo (en
1558 empezo a gobernar). Asi continuñ una dinastia inaugurada el
siglo xI y que se prolongaria hasta 1629. Hacia 1544 los españ oles lo
encarcelaron en México bajo los cargos de practicar sacrificios
humanos, adorar idolos y tener numerosas esposas. La acusacion
no prosperñ y fue liberado al cabo de un añ o. La imputaciñ n
muestra la justificaciñ n ideolñ gica de la conquista: la
evangelizaciñ n. Justo hacia 1550 y hasta 1575 empezñ la
edificaciñ n del majestuoso convento dominico. Don Domingo y su
sobrino don Gabriel proveyeron mano de obra y recursos, que eran
parte de las obligaciones tributarias de Yanhuitlan.
“¿Que habra reflexionado don Domingo sobre los tiempos que
le tocaron?”
México-Tenochtitlan era una sola; como Yanhuitlan hay 100,
hay 1 000: una conquista invisible. Su marginaciñ n u olvido “han
opacado dos elementos basicos de la Mesoamérica del siglo xVI,
tanto la prehispanica como la colonial. El primero se relaciona con
la fragmentaciñ n politica. El segundo, con la cuestiñ n de la
confrontacion frente al compromiso”.
Tercera y ultima parada de, como dice Garcia Martinez, 100
posibles. Don Carlos Chichimecatecuhtli Ometochtzin era nieto de
Nezahualpilli, tlatoani de Texcoco. Pertenecia a la mas prestigiada
nobleza indigena. Fue educado en el colegio de la Santa Cruz de
Tlatelolco, como muchos nobles nahuas. Algunas fuentes lo
presentan como “señ or de Texcoco”, cuando en 1539 se le proceso
por idolatria y por realizar sacrificios humanos. Junto con é l
fueron procesados Martin Ocelotl, su hermano Andrés Mixcoatl y
10 indios mas. Cuenta Maria Elvira Buelna:
El 22 de junio, Zumarraga [primer obispo de México] acudiñ
personalmente a la iglesia de Tlatelolco a registrar la denuncia de
Francisco Maldonado, principal de Chiconautla, quien estaba ligado
al colegio de Santiago. En la comparecencia estuvieron presentes en
calidad de intérpretes el entonces provincial de los franciscanos, fray
Antonio de Ciudad Rodrigo; fray Bernardino de Sahagtin, director del
colegio; y Fray Alonso de Molina. El denunciante acuso a don Carlos
Chichimecatecuhtli de promover la desobediencia a las normas
cristianas impuestas por los españ oles. Dias después, el sobrino de don
Carlos ampliñ su denuncia a Chiconautla, a donde acudiñ en persona
el inquisidor para realizar las diligencias judiciales.
Al parecer, don Carlos Ometochtzin cuestionaba las
enseñ anzas de los frailes, principalmente en el sentido de que el
cristianismo no debia observarse como ley unica. Rechazaba que
se les obligara a renunciar a sus creencias, las cuales habian
heredado de sus
ancestros. Defendia el derecho a la poligamia y a beber vino
(derechos, por cierto, propios de las clases dominantes antes de la
irrupciñ n españ ola, no de los macehuales).
Para el obispo, quiza era aun mas grave que Ometochtzin
cuestionara la autoridad del virrey y del obispo argumentando
que eran advenedizos no pertenecientes a los linajes reales y, por
tanto, no debian apropiarse de su tierra, ni sojuzgarlos. Al
parecer, estaba en contacto con los señ ores de México, Tacuba y
Tula, y habian acordado mantener la supremacia de la elite
indigena. En sus ataques a las autoridades politicas y religiosas se
mencionaban los vinculos de don Carlos con Hernan Cortés, pues,
al parecer, entre sus argumentos se incluia el elogio del
“marques”, bajo cuya “doctrina y administraciñ n” él habia crecido.
Ometochtzin fue condenado a la hoguera como “hereje
dogmatizante”, lo cual era una sentencia muy drastica y poco
usual en términos religiosos, toda vez que, evidentemente, la
condena obedeciñ a razones politicas: en el momento por el que
se atravesaba el fragil y epidérmico poder españ ol pretendia
institucionalizarse.
La aplastante condena parece indicar que don Carlos podia
ejercer influencia sobre los “señ ores” de Tenochtitlan y Tlacopan
(cargos que aun existian como tales) en 1539, justo cuando “el
marques” esta directamente confrontado con el virrey, don
Antonio de Mendoza, en defensa de sus mercedes y privilegios en
tanto “conquistador”.
Y estas son historias, digamos, marginales... la continuaciñ n
del gobierno indigena en Tenochtitlan hasta el siglo XVIII ha sido
explicada por André s Lira; la del gobierno indigena de Tlaxcala,
por Andrea Martinez Baracs; la del cogobierno indigena en
Michoacan, por Rodrigo Martinez Baracs. No obstante, James
Lockhart muestra muy bien la pervivencia de la “nobleza” entre
los pueblos nahuas. Aunque matiza las diferencias econñ micas y
la riqueza de los “nobles”, no deja de ponerlas en evidencia. Y
explica el origen prehispanico de esa nobleza:
Los linajes gobernantes de finales de la Colonia parecen tener mucho
en comun con los linajes de tlaloque del siglo xvI, y hasta donde aun
funcionaban. ¿En que medida se trata solamente de una apariencia?
Para el valle de México se ha demostrado que [...] el tlatocayotl formal
a menudo estaba apoyado por los decretos gubernamentales españ oles.
Esther Sanginé s escribe:
La posesiñ n de la tierra cambiñ , hubo tierras para el rey Carlos y sus
descendientes, para los conquistadores, para la iglesia con cada una de
sus Ordenes religiosas y clero secular, para los nobles indigenas y para
las comunidades de indios. Las tierras menos afectadas fueron las
pertenecientes a las comunidades; las tierras que habian pertenecido a
los jueces, o al templo, las que se destinaban para sostener las guerras
o las emergencias, se distribuyeron entre los españ oles. Los indios
nobles que no eran los señ ores o caciques, que ocuparon cargos
administrativos de alcaldes o regidores, participaban del tributo como
pago de sus servicios en la burocracia colonial como funcionarios
menores y disfrutaron de los servicios personales de los indios, los
cuales fueron sometidos por caciques y principales a una explotacion
mayor a la anterior a la llegada de los españ oles: “[E]n 1565, Antonio
Cortés, cacique [indio] de Tacuba, pidio la autorizaciñ n para hacer
trabajar en sus tierras a los indigenas de esa localidad. Se le autorizñ a
hacerlo, pero los indigenas que ocupara debian recibir un salario”.
Aun asi, no exageremos. En su ya clasico estudio sobre los
aztecas bajo e1 dominio españ ol, Gibson observa:
Cuando la administraciñ n españ ola tomñ posesiñ n del desplomado
imperio azteca despué s de 1521, el control indigena sobre un gobierno
central se perdiñ para siempre. Los descendientes de Moctezuma
recibieron encomiendas o fueron absorbidos en los niveles inferiores
de la nobleza peninsular. En la zona acolhua, los herederos de
Nezahualcñ yotl y Nezahualpilli se convirtieron en caciques de Texcoco,
poderosos durante un tiempo en el area inmediata pero con una
influencia mermada.
Regresando a Lockhart, é ste señ ala diversos elementos de
diferenciaciñ n social entre los nahuas de los siglos XVII jf XVIII, que
se traducen en su participaciñ n en actividades econñ micas como
el pequeñ o comercio, el transporte regional e interregional y el
control de oficios artesanales. Un rasgo caracteristico es la lengua:
“El grupo superior no hablaba nahuatl de la misma manera que la
gente comun, y en cualquier época era probable que supieran mas
españ ol”. Y termina:
A pesar de que en la actualidad conocemos muy poco de estos
asuntos, vale la pena mencionarlos [...] porque sirven para
recordarnos que el mundo nahua siguiñ estando muy diferenciado
hasta las ultimas décadas que preceden a la independencia.
Estas divisiones sociales se van a ahondar porque empezaran a
convertirse en divisiones de clase, puesto que, st hay una
transformacion de fondo que empieza en la década de 1520 en lo
que hoy es México, esta tiene una dimension mucho mas
econñ mica que cultural. En efecto, es el inicio de un mundo nuevo.
33. ¿UN MUNDO NUEVO?
No era posible que la creciente manufactura
absorbiera con la misma rapidez con que surgla a
aquel proletariado libre como el aire, creado al
disolverse las mesnadas feudales y mediante la
violenta y traumatica expropiaciñ n de los
campesinos arrojados de sus tierras. Por otra parte,
aquellas gentes, separadas de la noche a la mañ ana
de su modo habitual de vida, no podian
acomodarse con la misma premura a la disciplina
de la nueva situaciñ n. Gran numero de ellas se
convirtieron en mendigos, bandoleros y
vagabundos. A fines del siglo xv y durante todo el
xvi se dictaron en toda Europa Occidental, a la vista
de esta situacion, una serie de leyes sanguinarias
contra el vagabundaje.
KARL MARX
IMMANUEL WALLERSTEIN dice:
El mundo en el que vivimos, e1 sistema-mundo moderno, tuvo sus
origenes en el siglo xVl. Este sistema mundo estaba entonces localizado
en sñ lo una parte del globo, principalmente en partes de Europa y de
America. Con el tiempo, se expandio hasta abarcar todo el mundo. Es
y ha sido siempre una economia-mundo. Es y ha sido siempre una
economia-mundo capitalista.
El capitalismo y la mundializaciñ n nos los presentaron como
hechos europeos unos “hombres blancos”, los historiadores del
siglo xIX, 95% de los cuales se concentraba (“quiza”, arriesga
Wallerstein), en Gran Bretañ a, Francia, los Estados Unidos y las
regiones que se convertirian en Alemania e Italia. Sin embargo,
cada vez queda mas claro que la primera mundializaciñ n del
capitalismo, la que ocurriñ en el siglo xVI, trasciende a Europa.
Pero, sin duda, el detonante son los aventureros que bajo las
banderas de Españ a y Portugal surcaron los mares, conocieron
America, circunnavegaron el globo e intentaron dominar China y
Japon en una exorbitancia de la que las hazañ as y desmanes de
Cortés son reflejo y parte. Desmesura es la palabra que utiliza
Serge Gruzinski para mostrar los dos espacios clave de esta cadena
de acciones excesivas: China y México, con el mar de las Molucas y
el mar Caribe como prñ logos. La irrupciñ n españ ola en México es,
pues, una de las piezas clave de la mundializaciñ n del capitalismo.
Este mundo nuevo es nuevo en todo el mundo, y esa cuestiñ n
de clase también lo es. La forma en la que Hernan Cortés y otros
cronistas españ oles hablan de los mocehuoles nahuas no es muy
distinta de las formas en que los cantares y romances de fines de
la Edad Media (o el Qujote o los dramas histñ ricos de
Shakespeare) hablan de los siervos y de los campesinos. El
gigantesco despojo agrario que resultara de la conquista y el
sometimiento de miles y miles de personas al trabajo de las minas,
las haciendas y los obrajes en la Nueva Españ a y, en general, en la
America Septentrional españ ola es parte de un proceso general
cuya versiñ n britanica es descarnadamente descrita por Karl Marx
en el capitulo xXIv del tomo I, l1bl’O I, de El Capital, donde hace la
historia de ese despojo agrario, de la destruccion de las
comunidades, del desprecio a los humildes, como piedra de toque
del arranque del capitalismo. En el Imperio españ ol no aparece (o
esta presente en mucha menor medida) una caracteristica central
del imperialismo clasico (1875-1914): el abismo extremo entre
colonias y metropolis; entre la pobreza y esclavitud real en las
colonias y los derechos de los trabajadores en las potencias.
¿Minas, haciendas, obrajes? Luego de la caida de Tenochtitlan,
la America Septentrional españ ola, desde la grana de Oaxaca hasta
las minas de Parral, desde el puerto de Veracruz hasta el de
Acapulco, permanecera por unos 250-270 añ os como uno de los
grandes centros del capitalismo mundial. Cuenta John Tutino: “El
mundo se hizo uno en el siglo xVl”. Diversas circunstancias
despertaron en China una creciente demanda de plata
“precisamente cuando los españ oles conquistaban sus dominios
americanos y descubrian montañ as de plata”. Pero esas montañ as,
como ya contamos, estaban muy al norte de los altepemeh
“conquistados” o “sometidos” en la guerra de 1520-1521: “La
globalizaciñ n comenzñ en encuentros no planeados y poco
comprendidos entre personas que vivian en pueblos, centros
mineros y ciudades comerciales gobernados por distintos imperios
que hablaban idiomas distintos y tenian cultos diversos”.
Y entre los protagonistas de esta globalizaciñ n y de la
fundacion del capitalismo, chinos, hindues, castellanos,
portugueses, hay personajes “nunca imaginados”, como don
Fernando de Tapia, antes Conin, capitan otomi que a partir de 1550
aseguro la frontera de Querétaro y el Bajio, regiones clave para
nutrir y proteger las rutas de la plata que estaba cambiando al
mundo y que lo cambiarian aun mas en el siglo XVIII:
En el siglo xvi dio comienzo un nuevo mundo. Durante trescientos añ os
ninguna regiñ n fue mas importante para la creacion de ese mundo que
el Bajio, la fértil cuenca del Altiplano al noroeste de la Ciudad de
Mé xico. Esa frontera poco poblada y a menudo disputada, situada
entre los estados mesoamericanos del sur y los pueblos independientes
del norte, vio que todo cambiaba con la llegada de los europeos.
De lo que resulta que, a fin de cuentas, con la irrupciñ n
españ ola cambiñ todo el mundo, no unicamente el Anahuac. Y los
protagonistas de esta transformaciñ n fueron fundamentalmente
nahuas y otomies que, con herramientas españ olas y bajo la
explotaciñ n de los españ oles, abrieron al cultivo tierras que no
eran cultivables con herramientas de piedra y de madera y, sobre
todo, cavaron las minas de plata.
En el siglo XVIII, el Bajio era una de las regiones de mayor
dinamismo del capitalismo mundial, aunque socialmente se
hallaba tan polarizada que en su seno se gestñ “una insurgencia de
masas que asaltñ el Imperio españ ol y se convirtio en una
revoluciñ n social que ayudñ a crear Mé xico, transformar America
del Norte y dar un nuevo rumbo al capitalismo mundial”.
Los indigenas mesoamericanos y el puñ ado de españ oles
llegados al Bajio en el siglo xvI cambiaron al mundo. Los indios del
Bajio, hablantes de nahuatl, otomi y purépecha, cambiaron al pats
y en parte al mundo en 1810.
¿De donde salieron esos “indios” que hicieron una revoluciñ n?
34. RESISTENCIA Y PERSISTENCIA
Claro que la historia de Anenecuilco es parecida a
la que puede y debe hacerse de cada uno de los
pueblos antiguos de México [...] en ella se
condensan y resumen los heroismos y angustias
que, concentrandose a través de los siglos,
produjeron esa fuerza vigorosa y tragica que se
llamo Emiliano Zapata.
JESUS SOTELO INCH
NO PODEMos negar que la ocupaciñ n de Tenochtitlan y Tlatelolco es
un punto de inflexiñ n en nuestra historia. Las epidemias, la
evangelizacion, la mineria de plata, el paulatino ingreso de las
sociedades de estas tierras a las dinamicas capitalistas y sus
formas de explotaciñ n y discriminaciñ n, asi como muchas otras
cosas, justifican que durante tanto tiempo hayamos visto aquel
martes 13 de agosto como una linea divisoria (lo que en México
designamos como un parteaguas).
Hemos tratado de mostrar que el proceso fue mucho mas lento,
complicado y dificil y que tres siglos después, dentro del territorio
que hoy es México, todavia existian regiones y pueblos que no se
habian sometido al dominio nominal de la Corona españ ola. Ahora
hay que hablar brevemente de la continuidad cultural
mesoamericana entre las naciones que st lo hicieron, sobre todo en
el centro de México.
En el capitulo 33 señ alamos la continuidad de la estructura
politica mesoamericana. El autor al que seguiamos (Federico
Navarrete) revisa las interpretaciones del cambio cultural y nota
dos grandes tendencias. Por un lado, la tradicional, segun la cual
“los rasgos culturales de origen indigena eran sustituidos por los
de origen europeo en un proceso acumulativo y lineal”; por otro
lado, la “teoria de la resistencia”, que “enfatizñ la pervivencia de
rasgos culturales prehispanicos en las sociedades indigenas
coloniales gracias a su continua voluntad de preservar su
autonomia e identidad cultural”.
Frente a estas corrientes de explicaciñ n, que dan por sentada la
existencia de identidades culturales esenciales (podriamos decir
que una tesis y una antitesis, si esas palabras no levantaran
ampula), aparecieron nuevos enfoques que “plantean que la
cultura y la sociedad indigena entraron en una relaciñ n dialéctica
de dominacion y resistencia con el regimen cultural y que
absorbieron rasgos europeos, pero también modificaron
continuamente su propia tradiciñ n” para crear una realidad
cultural nueva y distinta de las precedentes.
Esta dialéctica tuvo marcadas variaciones regionales, pero hay
algunos elementos comunes mas o menos presentes que muestran
la creciente injerencia politica, econñ mica y religiosa del gobierno
españ ol, asi como el gradual desplazamiento de los gobernantes
indigenas (del que hablamos atras), hasta quedar reducidos a
asuntos meramente locales.
Navarrete sostiene que la nobleza indigena desapareciñ (yo
diria mas bien que se fue integrando a la nobleza a secas, a las
nuevas clases dominantes) “y con ella la cultura de elite
prehispanica”. Agrego que esa cultura de “la elite prehispanica” es
la que rescataron, reinventaron o inventaron los profesores Angel
Maria Garibay y Miguel Leon-Portilla con base, sobre todo, en los
informantes de Sahagun.
Y, sin embargo, se mantuvo una cultura popular, asociada a lo
religioso y a los pueblos y comunidades. La clave de la continuidad
y de la resistencia no esta, por tanto, en esas elites desaparecidas o
integradas, sino en el altépetl y el calpulli devenidos republicas de
indios, pueblos, barrios o comunidades. Y es en ellos donde
encontramos la continuidad cultural, la resistencia y la rebeliñ n,
durante cinco siglos. Asi, por ejemplo, en su clasico estudio sobre
las ideas politicas de la elite mexicana en la primera mitad del siglo
XIX, Charles Hale dice, al inicio del capitulo sobre los debates en
torno al “indio”: “El meollo de la cuestion india era la tierra, hecho
que confirmñ de forma inolvidable la revolucion agraria iniciada
por Emiliano Zapata en 1910”.
Una vez que la poblaciñ n se estabilizñ tras las epidemias del
siglo xVI, también se consolidaron los pueblos, los barrios y las
comunidades, asi como las leyes y el sistema que los “protegian” a
la vez que garantizaban su sujeciñ n politica, su explotaciñ n y
marginacion economica. El regimen colonial garantizo la
existencia de las comunidades, de las que dependia en buena
medida, y estas pudieron mantener en su seno numerosos
elementos de la cultura mesoamericana transformada en cultura
popular.
No fue hasta la modernizaciñ n del siglo XVIII que las
comunidades volvieron a ser amenazadas, aunque otra vez, como
todo en la historia de México, las variantes regionales fueron
mayores que los intentos gubernamentales por unificar los
procesos. Asi, al rastrear las raices y las razones de Zapata, Jesus
Sotelo Inclan encontro que la fertilidad de las guerras del Plan
de Amilpas y su cercania con el mayor centro de consumo (la
ciudad de México) hicieron que las tierras de las comunidades
tlahuicas y xochimilcas fueran asediadas por los hacendados
azucareros españ oles desde fines del siglo xVII. Y la historia
menuda del zapatismo muestra que la mitad de las comunidades
del siglo xVII seguian existiendo como tales cuando sus hombres
se sumaron al jefe Zapata a partir de 1911.
Desde la guerra del Mixtñ n —si decidimos considerarla la
primera rebelion indigena o guerra indigena en el territorio que
hoy es México— hasta el momento en que le pongo punto, firma y
fecha a este libro, los pueblos y comunidades indigenas y los
oprimidos en general no han dejado de resistir un solo dia. Ya
hablamos de la guerra chichimeca, las llamadas “guerras indias de
la Nueva Vizcaya” en que se involucraron los apaches y los
comanches, pero no son menores las suscitadas contra un supuesto
Estado nacional que pretendio construirse en torno a la “raza” y la
“identidad”. Otra vez descollaron apaches, comanches y yaquis y, a
partir de 1848, coras, huicholes, tzeltales, tzotziles, otomies,
nahuas o mayas yucatecos (sin rendirse durante mas de medio
siglo).
Friedrich Katz encuentra esta voluntad de resistencia mucho
antes de la irrupciñ n españ ola, y ve en los origenes prehispanicos
de la organizaciñ n rural y agraria una explicaciñ n del caracter
rebelde del campo mexicano:
Hay una caracteristica exclusiva de los levantamientos rurales en
México: sus cercanos vinculos con las revoluciones nacionales. La
conquista de México fue la unica vinculada a un gran levantamiento
popular contra la elite gobernante prehispanica; el movimiento de
independencia [...] constituyo a la vez una revoluciñ n nacional de
independencia y un levantamiento campesino, y la Revolucion de 1910
[...] ¿Existe alguna explicaciñ n de esas especiallsimas caracteristicas de
la historia mexicana?
Algunos arqueñ logos han propuesto que, entre las causas de la
caida de las grandes civilizaciones del clasico mesoamericano,
se encuentran los levantamientos rurales. Y desde luego, para
Katz, esto sucede en la “conquista”: “La excepcionalidad de México
también se manifiesta durante la conquista españ ola. Sñ lo en
México pudieron los conquistadores españ oles precipitar y
cubrirse en una ola de revoluciñ n social [...] un movimiento
dirigido contra los aztecas”.
Y, sin embargo, como hemos visto, las fuentes hablan de las
decisiones de los gobernantes: Chicomecñ atl, Maxixcatzin,
Ixtlilxñ chitl... quiza por ello el propio Katz se pregunta sobre la
violencia de fines del siglo xv y principios del xvI:
¿Eran estas revueltas principalmente luchas por e1 poder entre Estados
rivales y señ ores guerreros o eran semejantes a la mezcla
decimononica de conflictos de elite y movimientos rurales con
demandas especificas vinculadas a los intereses de la poblaciñ n
rural? Las fuentes aztecas [sic] no dan una respuesta definida a esta
pregunta y, a primera vista, estas revueltas no aparecen como
movimientos rurales, sino como intentos de recuperar el poder por
parte de las clases superiores tradicionales.
Al revisar algunas guerras o rebeliones del periodo 1480-
1510, Katz encuentra en ellas, siguiendo la obra de fray Diego
Duran, demandas causadas por la opresion social resultante de la
extraccion de tributos en beneficio de Tenochtitlan y sus clases
gobernantes. Las quejas presentadas a Cortés por el Cacique Gordo
de Cempoala lo reflejan. En versiñ n de Diaz del Castillo, dijo que
los mexicas:
[C]ada añ o les demandaban muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros
para servir en sus casas y sementeras; y otras muchas quejas, que
fueron tantas que ya no se me acuerda; y que los recaudadores de
Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas si eran hermosas, y las
forzaban.
Katz recuerda también dos momentos en los que queda clara
la renuencia de “las clases inferiores” a luchar en favor de los
intereses de las clases dominantes. Uno sobreviene en la propia
Tenochtitlan, en 1427, cuando los macehuales rechazaron la
guerra contra Azcapotzalco, que veian como una lucha por poder
y dominio.
El otro atañ e a la historia de Cuetaxtla, donde los plebeyos se
negaron a secundar la rebelion de sus gobernantes contra los
mexicas, y les pidieron perdñ n a estos: “Las palabras que
utilizaron eran notablemente similares a la terminologia de los
revolucionarios campesinos de muchas partes del mundo”. Y
vuelve a citar a fray Diego Duran:
¿Por que os vengais de nosotros que no os hemos enojado, ni injuriado,
ni inquietado, y dejais vivos a esos malditos ladrones de nuestros
principales y señores, que ellos son los que nos traen y acarrean la
muerte?
Nosotros, ¿no os damos nuestros tributos? ¿Danlos por ventura
ellos? Todo sale de nuestro sudor y trabajo: si damos mantas, ¿danlas
ellos o ibanlas a tejerlas? Nosotros y nuestras mujeres, ¿no las
hacemos? Si dan cacao, oro, piedras, pluma y pescado, ¿nosotros no
lo damos y ofrecemos a nuestro señor Motecuhzoma y a nuestros
señores los mexicanos? [...]
Lo que queremos decir es que pedimos justicia contra nuestros
señores.
Prosigue Katz: “Decian que sus señ ores les habian tratado con
la mayor ferocidad posible, que los habian tiranizado, que los
habian tiranizado y cargado de tributos, demasiado altos, y ‘que
todo su oficio era comer y beber a costa del comun, jugar y holgar’
¿No se parece sorprendentemente a las razones que
cempoaltecas y tlaxcaltecas dieron para aliarse con los españ oles?
Comoquiera que sea, esta cultura y esta voluntad de
resistencia reaparecen con fuerza en e1 siglo xlX: la guerra de
castas, eminentemente indigena y claramente vinculada a la
tradiciñ n popular y comunitaria; la guerra apache y decenas
mas de
rebeliones, pasando por Zapata hasta e1 dia de hoy. Y no es casual
que Emiliano Zapata sea el emblema de los indigenas rebeldes de
nuestros dias.
Encontramos entonces que la cultura y la resistencia indigenas
no son las de las elites, sino las de los pueblos. Esos pueblos que,
ademas de las permanentes rebeliones, son los protagonistas
conscientes de la destruccion del orden colonial en 1810 y de la
destruccion de la dictadura y del latifundio en 1911-1915.
Y gracias a la resistencia de esos mismos pueblos quiza estemos
maduros ya para entender a México como un Estado
multinacional, pluricultural.
No los veo, no nos veo, ni vencidos ni conquistados.
V. DISCUSIONES
Y DEFINICIONES
35. LA LLAMADA “CONQUISTA DE MEXICO”
EMPEZAMos este libro diciendo que nos han enseñ ado la “conquista
de México” como una gran hazañ a, como un genocidio, como... en
fin, como el traumatico origen de la naciñ n mexicana; el origen de
la naciñ n y de nuestro ser mestizo, pletñ rico de insuficiencias,
accidental.
Demos dos vueltas a esas ideas, siguiendo a1 bulgaro Tzvetan
Todorov y al mexicano Octavio Paz. El primero se plantea una
pregunta que parece central:
Un misterio sigue ligado a la conquista, se trata del resultado mismo
del combate: ¿por qué esta victoria fulgurante, cuando la
superioridad numérica de los habitantes de América frente a sus
adversarios es tan grande, y cuando estan luchando en su propio
terreno? Quedémonos en la conquista de México, la mas
espectacular, puesto que la civilizaciñ n mexicana es la mas
brillante del mundo precolombino:
¿como explicar que Cortés, a la cabeza de algunos centenares de
hombres, haya logrado apoderarse del reino de Moctezuma, que
disponia de varios cientos de miles de guerreros?
Todorov buscñ la respuesta “en la abundante literatura” que se
encuentra sobre todo en las crñ nicas españ olas (segun é1, la mas
notable es la de Bernal Diaz del Castillo) y en los relatos indigenas
transcritos por los frailes franciscanos “o redactados por los
mismos mexicanos”. Encontro en ellas varias razones o
explicaciones no excluyentes, sino confluyentes entre st. La
investigaciñ n de Todorov es muy importante, ya que sintetiza muy
bien las explicaciones dadas desde e1 siglo XvI, que se repetirian en
las historias de los cuatro, casi cinco siglos posteriores. Veamos.
Una primera razon es “e1 comportamiento ambiguo y
vacilante del propio Moctezuma, que casi no opone resistencia a
Cortés”. En ciertas cronicas se pinta a Moctezuma como un
hombre melancñ lico y resignado:
Los aztecas gustan presentarse como los legitimos sucesores de los
toltecas, la dinastia [sic] anterior a ellos, cuando en realidad son
usurpadores, recién llegados. ¿Les habra hecho imaginar este
complejo de culpa nacional que los españoles eran descendientes
directos de los antiguos toltecas, que habian venido a recuperar lo
suyo?
Moctezuma se deja apresar y trata de impedir la guerra por
todos los medios a su alcance. Pero Todorov hace un apunte
importante: “Faltan, por desgracia, los documentos que nos
hubieran permitido penetrar en e1 universo mental personal de
este extrañ o emperador”. Porque lo cierto es que no hay versiones
mexicas del hecho y sus consecuencias, ni retratos o
acercamientos a su personalidad que no sean los de los
conquistadores o los relatos ya sea “cuasiindigenas” o franciscano-
tlatelolcas.
De cualquier manera, la “cobardia” de Moctezuma sñ lo sirve
para explicar las primeras partes de la fulgurante victoria de
Corté s, de modo que tienen que aparecer otros factores
“decisivos”. La segunda explicaciñ n es la capacidad de Cortés
(lease bien: la capacidad de Cortés) para explotar las “disensiones
internas”, empresa en la que, segun Todorov, tuvo un éxito
enorme. Durante toda la campañ a “sabe sacar provecho de las
luchas intestinas entre facciones rivales [...] Al leer la historia de
México uno no puede dejar de preguntarse: ¿por que no resisten
mas los indios? ¿Acaso no se dan cuenta de las ambiciones
colonizadoras de Cortés?”.
Pero Todorov es muy inteligente y nos recuerda que “Mé xico”
(añ adiria por mi cuenta un “lo que hoy es...”) no era un Estado
homogéneo, sino un conglomerado de poblaciones, de las cuales
muchas ya habian sido conquistadas y colonizadas por los mexicas
y veian en Corté s —dice Todorov— un ma1 menor. Pero, ademas, la
sorpresa que tenemos al leer sobre esas disensiones no
corresponde a la mentalidad del siglo Xvl: es resultado de lo
sensibilizados que estamos en e1 siglo xx “a los males del
colonialismo europeo” (es curioso que en el siglo xxI esa
sensibilidad frente a1 colonialismo parezca menguar).
Y, por supuesto, esos males del colonialismo europeo eran
desconocidos para los habitantes de Mesoamérica, que, en cambio,
conocian muy bien las campañ as de los mexicas. De acuerdo con
Todorov, “nos puede escandalizar” saber que sñ lo buscan oro,
esclavos y mujeres, pero es que los indios de otras partes de
México se quejaban exactamente de lo mismo “cuando relataban
la maldad de los aztecas”.
Se añ aden varios factores mas: la superioridad de las armas
europeas, el efecto de los caballos, la concepciñ n “moderna” de la
guerra en tanto opuesta a la “primitiva” de los mexicas, y tñ mese
en cuenta, “por ultimo, [que] los españ oles también inauguraron,
sin saberlo, la guerra bacteriologica”.
Para Todorov, con todo, “estas superioridades, indiscutibles en
st mismas, no bastan para explicarlo todo”, de manera que
agregara otras, las cuales veremos después. Me extendi en la glosa
de Todorov porque sintetiza, con concision e inteligencia, las
explicaciones tradicionales de la “conquista de México”, de las que
resulta una interpretaciñ n de los hechos, de la historia que sigue
vigente: aunque se la ha discutido seriamente en la academia en
tiempos recientes, continua siendo la dominante y casi unica fuera
de un pequeñ o circulo de estudiosos.
Y de esa versiñ n hegemñ nica, canñ nica, se extrajeron potentes
conclusiones filosñ ficas, que, si bien ya aparecian en los siglos XVII
y xvIII, solamente a mediados del siglo xx adquirieron sus matices
mas acabados, con autores como Emilio Uranga y Octavio Paz.
Antes de revisar sus ideas, conviene decir que no surgieron por
generaciñ n espontanea: el racismo y el desprecio por lo indigena
son constantes entre los personajes encargados de diseñ ar los
modelos y proyectos educativos. Sin hablar del pensamiento oficial
del porfiriato, vinculado a1 darwinismo social y fuertemente
racista, recordemos los añ os veinte y treinta del siglo xx. Ricardo
Perez Montfort ha hecho un analisis del presunto “nacionalismo
cultural” y encuentra que para Manuel Gamio “la civilizaciñ n
indigena” estaba “atrasada en varios siglos” y era imprescindible
“procurar el mestizaje”. Los argumentos racistas de Jose
Vasconcelos son de sobra conocidos. Moisés Saenz, subsecretario
de Educaciñ n de 1924 a 1928 y encargado de diseñ ar la educaciñ n
secundaria y la educacion indigena, planteaba que era necesario
“amestizar a1 indigena” para “mejorar las razas”.
En ese sentido, la “filosofia de lo mexicano” sñ lo es
continuaciñ n lñ gica de aquel pensamiento. Emilio Uranga
encabezaba un grupo de filñ sofos que se hizo llamar “Hiperiñ n”,
quienes entre 1947 y 1952 se propusieron descubrir el ser, la esencia
de la mexicanidad. La historiadora Ana Santos sintetiza asi las
propuestas de esta agrupaciñ n:
El mexicano era un ser emotivo, sentimental, reservado, desconfiado,
inactivo, desganado, melancñlico, simulador, irresponsable, machista,
dispendioso, relajiento, incapaz de expresar sus inconformidades, que
imita lo extranjero por sentirse inferior o insuficiente, que desprecia la
vida humana [etcetera].
El Inberinto de la soledad, de Octavio Paz, acompañ a estas ideas.
Paz llevñ las conclusiones del Grupo Hiperion a la definiciñ n del
mexicano como “hijo de la chingada”, en tanto producto de la
violaciñ n de la madre indigena por el padre españ ol. En estas ideas
encontramos numerosos problemas. Para empezar, se trata de una
mirada de desdeñ osa superioridad de las elites, en la que unos
jñ venes filñ sofos se arrogan e1 derecho de hablar en nombre del
mexicano, de definirlo, presentando “una imagen negativa y
denigrante de los sectores populares de la poblaciñ n, una imagen
elaborada desde arriba que no escondia su mirada clasista y
racista, como tampoco escondia su vision moralizadora ni la visiñ n
redentora que las elites habian forjado de st mismas”.
¿Por que nos preocupa una filosofia elaborada hace mas de 60
añ os por autores de los que pocos se acuerdan? Por su caracter
utilitario, de efectos tanto duraderos como perniciosos. Esa
“filosofia de lo mexicano” coincidiñ temporalmente con la
“doctrina de la mexicanidad” elaborada por el PRI y el gobierno de
Miguel Aleman. Fue una filosofia que alimentñ el discurso del
gobierno y se convirtio en ideologia del Estado. Sus autores se
convirtieron en intelectuales organicos, todo lo cual esta
detalladamente explicado y muy bien fundamentado en e1 libro
de Ana Santos. (Importa señ alar, con todo, que al menos dos
miembros del grupo romperian con el regimen; los individuos
también cambian.)
Al definir lo mexicano como unico o peculiar, la doctrina de la
mexicanidad eliminaba cualquier referencia a la lucha de clases, a
las diferencias étnicas, sociales, econñ micas o de género, para
presentar —junto con esa unica manera de ser— una via mexicana
a1 desarrollo, diseñ ada por el PRI. Cualquier opciñ n distinta
(particularmente el comunismo) fue calificada de “ideologia
exñ tica”, traiciñ n a1 “espiritu nacional”. Durante décadas, hablar
ma1 del gobierno o del presidente significñ ser antimexicano (como
acuso Emilio Uranga a Daniel Cosio Villegas por su ensayo “La
crisis de México”).
Siendo asi e1 mexicano, sus males nada tenian que ver con
sistemas politicos o econñ micos, sino con aquellos traumas
(Uranga llegñ a afirmar que los problemas del mexicano se
derivaban de su modo de ser “y nada mas”). La filosofia de lo
mexicano “transfirio la responsabilidad por los problemas
nacionales al ser del mexicano, a su alma cercenada, sentimental y
quebradiza”. Y, por supuesto, un ser asi necesitaba una guia: un
gobierno que se presentaba como “una exhalaciñ n del aliento del
mexicano” y se abria a una etapa “constructiva y esperanzadora”
(en esto radicaba e1 tan discutido optimismo del Hiperiñ n). “Si el
mexicano, bajo la lente del Hiperiñ n, se describia como un ser
irracional y pasivo”, era obvio que se le negara su capacidad para
e1 ejercicio de la politica y que debiera someterse a la voluntad
transformadora del Estado.
Detras de esta definiciñ n del mexicano subyacen e1 racismo —
casi todos esos rasgos negativos “provenian de la raiz indigena y
del trauma que nos hace hijos de la chingada”—, la excepcionalidad, y
una lectura de la historia “lineal e inmñ vil que elimina e1 conflicto
y la pluralidad”. Estoy convencido de que, mientras sigamos
creyendo que hay un ser del mexicano (nunca hablaron de In
mexicana), una forma de ser mexicano —sea cual fuere, no sñ lo la
aqui mostrada—, el PRI habra ganado la batalla cultural. Y esta idea
de “el mexicano” se sostiene toda sobre dos ladrillos: e1 de la
“conquista” y el de la “raza”. También estoy convencido de que
esos ladrillos no resisten e1 ejercicio de la critica ni de la
investigaciñ n de fuentes. No hay ta1 “conquista”.
Demos otra vuelta de tuerca, una ultima, porque podriamos
dedicar bibliotecas enteras a este debate. Dice Bernardo Garcia
Martinez:
La conquista de México se nos representa no sñlo como uno de los
mayores episodios de la historia de este pais, sino también como uno
de los eventos mas espectaculares de la historia mundial. La caida de
la capital mexica, Tenochtitlan, sobresale como una de las acciones
militares mas grandes de todos los tiempos... Empatando con tan gran
evento, la percepciñn prevaleciente de la historia mexicana tiende a
ver la Conquista de México —destacada con C mayiiscula— como un
evento repentino e inesperado que provoco la destrucciñn del Imperio
de la Triple Alianza y el establecimiento casi inmediato del Imperio
colonial español.
Y no sñlo eso, sino que ademas
[s]e ha argumentado convincentemente que pocos lugares en e1
mundo experimentaron transformaciones tan grandes a lo largo de su
vida como México, o Nueva España, durante la primera mitad del
siglo xVl. Y es que pocos poderes coloniales han tenido tanto éxito en
establecer un sistema de dominaciñn claro y efectivo [...] La
Conquista de México resumia en pocos hechos la de todo el pats.
También es una idea de Garcia Martinez recordar que la
palabra “México”, usada para definir a nuestro pais y para
construir sobre él una idea de Estado, una idea de raza, una idea
de “mexicano”, surge del nombre mitico de una ciudad fundada
hacia 1325 en un islote del lago de Texcoco, y que en alianza con
otras (Texcoco y Tlacopan, principalmente) sojuzgñ militarmente
a muchas otras ciudades (altepemeh, plural de altépetl). Y la idea
de raza y e1 sentido historico (y arqueolñ gico, antropolñ gico,
arquitectonico y artistico, como muestra la disposicion misma del
Museo Nacional de Antropologia, obra cumbre del discurso priista
en esas materias) que se le dan a la nacion parecen nacer y
condensarse en esa ciudad y en su “conquista”.
Asi lo cuentan las historias centradas en el esforzado capitan
de los 400 valientes, que, sin embargo, son también contradictorias
en lo que a é1 respecta, desde quienes lo llaman libertador y
constructor de la nacion mexicana hasta quienes lo califican como
un despiadado genocida; desde quienes lo ven como uno de los
mayores genios militares de la historia humana hasta quienes lo
señ alan como un cobarde oportunista. Igualmente lo son aquellas
que se centran en e1 pusilanime y cobarde Moctezuma o el heroico
martir Cuauhtémoc.
Pero ¿si no fuera asi? ¿Si nada o casi nada fuera como nos
enseñ aron a creerlo? Porque, tras añ os de intentar orientarme en
la selva de libros, fuentes, creencias e ideas que abruman la
historiografia y la filosofia sobre la llamada conquista, encontré
que esas posiciones, aparentemente enfrentadas, en realidad se
desprendian del mismo relato o mejor dicho, de la misma manera
de contar e1 cuento.
En efecto: encontré que, hasta fechas muy recientes, casi todas
las versiones del cuento tienen un origen comun, un tronco basico,
e1 cual se desprende de una “versiñ n canñ nica”, fundada en los
autonombrados “conquistadores” (o “cronistas de Indias”) y mas
estrechamente en dos de ellos: Hernan Cortés y Bernal Diaz del
Castillo.
La historiografia critica mas reciente nos permitiñ a muchos
lectores entender que no existe una “visiñ n de los vencidos”, pues
los relatos “de origen indigena” o “cuasiindigena”, incluidos
aquellos que constituyeron la versiñ n mas leida, de mayor impacto
en la segunda mitad del siglo xx, comulgan en e1 mismo
reclinatorio: cuentan e1 mismo cuento. Y no hay otras fuentes que
estas, las de los “conquistadores” y las “indigenas”, sobre las cuales
se han tendido capas y capas de historiografia, desde fray Juan de
Torquemada hasta Hugh Thomas (un historiador muy leido cuyo
libro esta plagado de errores, citas incorrectas e incomprension
histñ rica, como ha mostrado Jaime Montell).
Sin embargo, ha sido también la revisiñ n minuciosa de esas
mismas fuentes lo que nos abrio la ruta de una version distinta;
finalmente, encontré que hay llaves para salir del circulo vicioso
del relato canñ nico.
Asi pues, intenté contar el cuento quitando la lupa de la
dicotomia Cortés-Moctezuma o Cortés-Cuauhtémoc, quitando e1
ojo de “los grandes personajes”, de “los hombres excepcionales”,
para ampliar la optica. Traté también de trascender la dicotomia
españ oles-mexicas y descentralizar la explicaciñ n.
36. JMODERNOS CONTRA PRIMITIVOS?
Los musulmanes invocaron a Mahoma,
los cristianos a Santiago.
Cantar dei Mao Cid
¿QUE GUERRA hacian? ¿Que pretendian los españ oles que llegaron a
estas tierras? Hay quienes opinan que se trata de una empresa
capitalista perfectamente diseñ ada, en la que e1 genial capitan
general va planeando paso a paso las estrategias de acuerdo con
una mentalidad plenamente moderna (“maquiavélica”), como
modernas son las armas. La “superioridad” tecnolñ gica y, mas aun,
la “intelectual” serian la clave en su victoria. ¿Modernos? Hay
quienes los presentan mas bien medievales.
El historiador y diplomatico mexicano Luis Weckman,
siguiendo las huellas de Silvio Zavala, puso de relieve hace casi 40
añ os nuestra herencia medieval. Don Luis demostrñ que México es
mucho mas medieval de lo que parece y que nuestra raiz medieval
es viva y vigorosa.
Es cierto que las expediciones de “rescate” y “conquista” que
partieron de las islas del Caribe hacia el actual México, entre 1517
y 1521, también tenian un caracter marcadamente capitalista, en
tanto que eran empresas con inversores que buscaban multiplicar
su capital. Sin discutir ese caracter capitalista, Weckman explica lo
que de medieval tiene la “conquista” en términos ideolñ gicos y
militares:
La expansiñn colonial guerrera y del Occidente medieval se iniciñ
centurias antes de las primeras aventuras maritimas de aragoneses,
portugueses y castellanos. Es legitimo considerarla una de las iiltimas
consecuencias de la prédica de la primera cruzada en el año 1095,
cuando Europa, tras haber dominado la triple ofensiva de arabes,
normandos y eslavos, pudo tomar la contraofensiva llevando la guerra
a1 campo enemigo [...] La idea de cruzada —aunque no e1 concepto—
nace realmente en España mas de trescientos años antes del Concilio
de Clermont.
“La cruzada ibérica —la Reconquista— termina” en 1492, e1
mismo año del primer viaje de Cristñbal Colñn. El espiritu que
desde un principio prevaleciñ en la conquista “fue semejante a1
que animo al avance peninsular desde e1 siglo vII hasta las
postrimerias del xv”: Hernan Cortés y sus amigos se instalaron por
la fuerza, fortificaron sus casas, impusieron el bautismo...
repitieron nombres como Segura de la Frontera. Sigue Weckman:
Es justificado decir, con Zavala, que “la conquista española... viene a
cerrar el ciclo medieval de las cruzadas”; con Blanco Fombona, que
“la conquista de America... fue la ultima cruzada”; e incluso con
McAndrew, que la Conquista fue no sñlo la ultima cruzada sino la
primera guerra de expansiñn imperialista moderna.
Los “cronistas de Indias” (los españ oles de la primera
generaciñ n de historiadores) parecen hablar de st mismos en e1
tono del Cid Campeador. También combaten junto a ellos, delante
de ellos, decidiendo batallas, Santiago Matamoros, transformado
en Santiago Mataindios, ademas de la Virgen Maria y el apñ stol
San Pedro.
Los dioses y diosas intervienen directamente en las batallas de
los hombres desde que hay tradiciñ n narrativa, oral o escrita,
como queda de manifiesto en la fliada. En México el apñ stol Santiago
se aparece por primera vez en la batalla de Centla, en una locaciñ n
indeterminada cercana a la actual Frontera, Tabasco. Y su
apariciñ n es decisiva, como veremos. No fue la ultima vez que lo
haria.
Mario Enrique Fuente Cid plantea:
Si los conquistadores se insertan en las instituciones medievales
guerreras, y estas son la cruzada y la guerra santa, la milicia, la
guerra caballeresca y el avituallamiento por cuenta propia,
proponemos que debemos considerar a la isuerra de Conquista como
una variante y continuaciân de la guerra medieval pero desarrollada en
la periferia.
Retomando a Immanuel Wallerstein, Fuente Cid recuerda que
en e1 sistema-mundo capitalista hay una gran diferencia entre
“centro” (las metropolis capitalistas) y “periferia”. Asi, por
ejemplo, mientras que en Europa el trabajo libre se hacia cada vez
mas comun, en America e1 capitalismo convivio con relaciones de
trabajo feudales y esclavistas durante mucho tiempo, y Jacques Le
Goff sugiere persistencias notorias del feudalismo hasta el siglo XIX.
En la America españ ola persistirian el trabajo no libre y una
peculiar relaciñ n de vasallaje feudal, la encomienda, lo cual
muestra las raices medievales de los autollamados
“conquistadores”.
Jacques Lafaye ve incluso lo medieval en el aspecto que para
Silvio Zavala es lo mas capitalista de estas expediciones:
Pues la Conquista o, mas exactamente, las conquistas eran
expediciones privadas. Desde el punto de vista economico —y este
aspecto era esencial—, las expediciones se fundaban en un contrato
de compañia entre un capitan (es decir, un hidalgo) y comerciantes o
banqueros (con frecuencia algtin armador). Estos adelantaban los
fondos necesarios o suministraban los barcos, las provisiones, las
municiones y la pacotilla para e1 trueque (rescate). El capitan se
comprometia a compartir las presas y e1 botin con sus comanditarios.
Debia dirigir la expediciñn y, antes que nada, reclutar los miembros.
Estos se dividian en dos categorias: los que tenian un caballo
(caballeros) y los otros (peones), es decir, con frecuencia, los hidalgos
y los otros.
Estas “empresas” devinieron un repliegue al Medievo:
América se convirtiñ en el refugio de los señores feudales a la
antigua, en el iiltimo escenario de las hazañas de la caballeria
tradicional. No es muy seguro que en Don 9uijote no haya mas
nostalgia que ironia; Cervantes pertenecia a la pequeña nobleza
militar, fue herido en Lepanto y solicito en vano la recompensa a sus
servicios con una alcaldia en las Indias. En esa época e1 poder real se
afirma por toda Europa con una voluntad centralizadora y rompe la
resistencia de la nobleza, hasta entonces todopoderosa. La conquista
de America fue la tentativa de los hidalgos españoles de revivir la
sociedad feudal, moribunda en la Peninsula.
Sigamos con la supuesta contraposiciñ n entre atraso y
modernidad. También se dice que e1 armamento y el pensamiento
militares modernos le permitirian a Españ a, en Europa, asumir la
condiciñ n de potencia: desde la conquista de Napoles encabezada
por Gonzalo Fernandez de Cordoba, el Gran Capitan, hasta el
agotamiento de la pujanza de los tercios españ oles en Flandes y
los Parses Bajos (digamos que hasta e1 final de la guerra de
Treinta Añ os, en 1648). Durante casi dos siglos los españ oles
señ orearon los campos de batalla europeos. Fernand Braudel
señ ala que las modernas armas de fuego le dieron a Españ a el
triunfo en la batalla de Pavia (1525), que contuvo el expansionismo
francés a Italia y dio a los habitantes de la peninsula ibérica una
larga y duradera ventaja, a1 mismo tiempo que de 1534 a 1573 se
triplicñ su poderio naval.
Pero todo esto es en e1 centro, no en la periferia. A America se
trasladan los armamentos, las instituciones, las tacticas de la
guerra de frontera propias de la reconquista. Ese ambiente militar
de larga duraciñ n, eminentemente medieval, es el que traen
Cortés y sus amigos a Mesoamérica, aunque fuera con algun que
otro elemento renacentista, segun los interesantes analisis que
hacen Martin Rios Saloma y Francisco Garcia Fitz.
En la explicaciñ n canñ nica, el “pensamiento militar moderno”
y e1 “armamento moderno” resultan ser decisivos en la derrota de
los “primitivos” o “atrasados” mesoamericanos. Tras revisar las
listas de armamento que hacen Salas, Weckman y Bruhn, Fuente
Cid se pregunta: “¿No sera que dicho armamento simplemente no
se ubica en ningiin transito sino que es plenamente medieval y
retrogrado con respecto a1 de los verdaderos ejé rcitos europeos?”
Eso propone Jose Borja Perez, quien muestra que la mayoria de
las 93 “escopetas” carecian de sistemas de igniciñ n, lo que las
coloca mas cerca de las armas del siglo xIv que de las del siglo xVI.
Su efectividad, segun este autor (y ahi comulga con el resto de
cuantos oponen la “modernidad” a1 “atraso”), se limitaria “a los
efectos magicos de su tronante rugido y diabñ lico aliento”.
Detengamonos un poquito en las armas y los caballos. De los
equinos dice Guy Rozat:
Desde un simple punto de vista militar, nos parece evidente que los
indios de la costa, después los de Tlaxcala y finalmente Motecuhzoma
sabian muy bien a que atenerse respecto a esos animales, aun si los
textos del encuentro continuan presentandolos como seres extraños,
mas o menos parecidos a monturas divinas.
Siempre desde el punto de vista militar, esta claro que los indios
percibieron con rapidez las ventajas del caballo, puesto que permite
cierta movilidad sobre terreno apropiado y proporciona una innegable
ventaja militar y tactica. Lo probaron muy pronto cuando quisieron
aniquilar esta ventaja española construyendo defensas, trampas contra
estos animales y adoptando una técnica especifica de combate contra
la caballeria [...]
Nos parece que el papel del caballo en la Conquista puede ser
reducido a proporciones mas verosimiles [...] desde los primeros
enfrentamientos, la muerte violenta o las heridas de cierto numero de
caballos [...] convencieron muy pronto a los indios de que se trataba
de animales.
El historiador Jose Lameiras, que ha estudiado e1 armamento
de los contendientes, señ ala que entre los mesoamericanos las
principales armas arrojadizas estaban todavia directamente
vinculadas con la caza y la pesca: el arco, la flecha de piedra y
madera (puntas de obsidiana o pedernal), la honda y el atlatl o
tiradera (instrumento para arrojar lanzas). Cortés, Diaz del Castillo
y otros cronistas hablan también de “varas” o jabalinas” (lanzas
de madera endurecida al fuego, a veces impulsadas por atlatl).
Sigue Lameiras:
Mas las armas contundentes, corto-contundentes y cortantes: los
mazos, garrotes, espadas, estoques, hachas, hachuelas, macahuitl (una
especie de porra con pedernales en sus dos costados) y cuchillos,
fueron los mas usados en los combates de “pie con pie”, de “cuerpo a
cuerpo” o “frente a frente”.
Por supuesto, “espadas” y “estoques”, o “hachas” y “cuchillos”,
son de pedernal u obsidiana, y las palabras, españ olas. Estas armas
mataban, y mucho, como veremos, con todo y armadura, cuando
los españ oles la tenian. Finalmente, los mesoamericanos
disponian de escudos y rodelas (chimalli) y “armaduras”
acolchadas de algodñ n (ichcahuipillis), cuya eficacia se pone de
manifiesto cuando nos enteramos de que, en 1520 y sobre todo en
1521, los españ oles las preferian a “sus pesadas y sofocantes
armaduras de metal”.
En cuanto a los españ oles, mas que las armas de fuego (salvo
en los primeros combates y en la etapa final del sitio, cuando los
bergantines permitieron su uso sin embarazos), que eran escasas,
casi todas de mala calidad y poco funcionales, las armas que
realmente les daban superioridad en el campo de batalla eran las
de acero (aunque una superioridad decisiva, por cuestion de
numero de combatientes). Las ballestas tampoco resultaron tan
eficaces fuera de los primeros combates, sobre todo por la
lentitud de su carga. Los arcabuces no tenian un alcance mayor a
50 metros y eran escasos y poco manejables. La combinacion de
picas y mosquetes de los tercios españ oles de la segunda mitad
del siglo xvI no estuvo presente en la historia que cuenta este
libro; a diferencia del mosquete, arma de mayor precisiñ n y mas
manejable, el arcabuz seguia siendo un lento instrumento
medieval.
Las armas de acero eran las casi irresistibles picas y alabardas
para la caballeria, pero los jinetes nunca pasaron de ser un puñ ado.
Las armaduras fueron rapidamente sustituidas por ichcohuipillis. Lo
que era irresistible en e1 campo de batalla y en e1 combate cuerpo a
cuerpo era la larga y pesada espada de acero.
Muchos de los datos anteriores se tornaron de las crñ nicas, y los
presenta Ada Bruhn, una historiadora convencida de la dicotomia
modernidad-atraso (y, ya puestos, de la “raza” y hasta de la
superioridad racial):
El encuentro de los primeros conquistadores españoles con las
grandes culturas —en este caso, Cortés en Méjico con los aztecas—
no sñlo fue un encuentro de dos mundos y razas completamente
distintos, sino también de dos civilizaciones separadas cultural y
técnicamente por milenios. Algunos cientificos alemanes e ingleses
han comparado a estas grandes culturas de America con las de la
antigua Asiria, en Mesopotamia, por su organizaciñn militar y su
crueldad.
Al analizar las armas mesoamericanas, sostiene: “Los aztecas
salian de una época prehistorica y entraban en otro periodo
también prehistñ rico”. En cambio, “los conquistadores españ oles
también salian de una época cultural, la medieval baja, para entrar
en la renacentista, con sus sñ lidas espadas de hierro”. Sin
comentarios.
Dejando a esta autora y regresando con Lameiras, podemos ver
que las armas, en general, no representaron una contribucion
técnica fundamental para la “conquista”, pero “son, por los
aspectos sicolñ gicos, un factor de modernidad frente a una
primitiva horda india”, y la conquista se logro mas por e1 genio de
Corté s. Por lo tanto, la oposiciñ n “modernidad / atraso” va
limitandose a1 genio, eliminadas las escopetas y arcabuces.
Entre quienes tal creen se cuenta de manera destacada
Benjamin Keen, quien asegura: “Los españ oles eran hombres
renacentistas, con una visiñ n del mundo esencialmente laica,
mientras que los indios tenian una cosmovisiñ n mucho mas
arcaica, en la que el ritual y la magia desempeñ aban una funciñ n
importante”.
La hueste de Cortés se convierte en un ejército profesional al
servicio de Carlos V, “completamente moderno en composiciñ n,
mentalidad y armamento, que se impone aplastando a unos
primitivos y supersticiosos indios”. Y pensemos que Benjamin
Keen es uno de los mas influyentes estudiosos del tema... porque
podemos abundar, y encontrar que los anacronismos de
prestigiadas obras historiograficas llegan a asegurar que se trato
del equivalente a un enfrentamiento entre quienes tuvieran
armamento atñ mico y quienes carecieran de él.
Quiza para la historiografia del siglo xx invocar a Quetzalcñ atl
sea primitivo y supersticioso, pero no lo es invocar a Santiago
Matamoros. Probablemente para ciertos historiadores sea
primitivo portar las insignias de Huitzilopochtli y consultar a los
“brujos” sobre la pertinencia de una batalla, a la vez que es
moderno pedir e1 auxilio de la Virgen Maria, llevar el crucifijo por
delante de las huestes militares y besar los escapularios en
demanda de divina protecciñ n.
En fin, Antonio Garcia de Leñ n nos muestra que el
pensamiento juridico-politico de Cortés y sus amigos esta anclado
en la tradicion medieval españ ola. Simultanea a la expedicion
militar de Cortés es la rebeliñ n de las comunidades de Castilla,
“sofocada en sangre pocos meses antes de que cayera la capital
azteca bajo control de los conquistadores”. Ese movimiento lo
mismo se abria a1 futuro como antecedente de demandas de
libertad e igualdad que se basaba en los “fueros” de los cabildos “y
en los origenes feudales y comunitarios de la realeza”.
Y es que el concepto español de monarquia no tenia su origen en lo
divino ni en lo palaciego, sino en la acciñn militar heroica. Desde la
Edad Media, este poder real comienza en la “elecciñn” de un caudillo,
que termina asumiendo funciones conductoras y patriarcales. Asi, el
poder real nace y se reproduce en el “afecto” mutuo del soberano y
los subditos y en la deliberaciñn democratica con los concejales y los
cabildos. Es un poder rural que hunde sus raices en e1 mundo
campesino y, como ocurriñ en la Castilla de 1521, cuando el monarca
no entiende o no comparte estos valores, su autoridad es
inmediatamente cuestionada. En el modelo de construccion de esta
realeza hispana, los capitanes que siguen en la accion heroica reciben
los primeros privilegios y titulos de hidalguia [...] Son estas nociones
profundas las que, en situaciones de riesgo y novedad, reproducen los
primeros conquistadores en e1 Nuevo Mundo.
La prevalencia de los cabildos esta en la base de la legitimidad
buscada por Cortés para, sin romper con Carlos V, escapar de la
acciñ n del gobernador de Cuba, Diego Velazquez. Esa es la clave
de la fundaciñ n de la Villa-Rica de la Vera-Cruz y de lo que
mostraremos como el “programa delirante” y la “fuga hacia
adelante” de Hernan Cortés.
Un apunte: los “modernos” o los “civilizados” siempre acusan a
los “primitivos” y / o a los “salvajes” de dos cosas que, justamente,
los definen como tales: de comer came humana y de realizar
sacrificios humanos. Ya vimos cñ mo mueren de hambre los
mexicas en agosto de 1513, rodeados de cadaveres; esos mexicas
a los que, una y otra vez, los “conquistadores” acusan de
antropñ fagos.
“Barbaros contra civilizados”: unos añ os antes de que Julio
Cesar partiera a conquistar las Galias, Marco Tulio Cicerñ n
descalificñ los testimonios de los galos en los tribunales de Roma
preguntando cñ mo se les podia creer a aquellos a quienes sus
dioses exigian sacrificios: “¿Quien no sabe que hasta la fecha de
hoy siguen manteniendo la barbara costumbre de sacrificar seres
humanos?”
Para Cicerñ n, era barbaro sacrificar a los dioses y civilizado
entregar esclavos a las fieras en el Circo u obligar a los gladiadores
a matarse entre st. Para Bernal Diaz del Castillo (y para muchos de
nuestros contemporaneos) era (o es) primitivo y salvaje sacar e1
corazñ n de un cautivo en lo alto de una piramide, pero no lo era (o
es) quemar a un hereje vivo en la plaza piiblica. Les resulta
primitivo y supersticioso creer que las armas de Huitzilopochtli te
llevaran a la victoria, pero parece civilizado, moderno, racional,
creer que Santiago Matamoros y la Virgen Maria pelean
fisicamente a tu lado.
37. LA GUERRA MESOAMERICANA
¿QUE Erin esa tierra a la que arribaron estos aventureros? No
conocemos el nombre que Ie daban sus habitantes (a veces
usamos “Anahuac”, aunque no sea del todo preciso), pero hace
décadas parecemos estar de acuerdo en llamarle “Mesoamérica” a
la “superarea cultural” en la que irrumpieron los españ oles y se
vivio un periodo prolongado de guerras que se han llamado “de
conquista”, a1 menos entre 1517 y 1550. Definamos. De acuerdo con
Alfredo Lñ pez Austin y Leonardo Lñ pez Lujan, “[u]na superarea
cultural supone la existencia de grupos humanos ligados por un
conjunto complejo y heterogéneo de relaciones. A lo largo de los
milenios, estas se establecen entre sociedades que viven en areas
contiguas; e1 resultado son tradiciones e historia compartidas”.
Estos autores muestran que, en e1 caso que nos ocupa, la
realidad de esta “superarea cultural” fue advertida desde e1 inicio
mismo de la etapa colonial. Citan a fray Bartolomé de las Casas:
“Toda esta tierra [Guatemala], con la que propiamente se dice la
Nueva Españ a, debia tener una religiñ n y una manera de dioses,
poco mas o menos, y extendiase hasta las provincias de Nicaragua
y Honduras, y volviendo hacia la de Xalisco, y llegaban, segñ n creo,
a la provincia de Colima y Culiacan”.
Esta region, cuyos limites definiñ con precisiñ n e1 sabio
obispo de Chiapas, se ha llamado “Mesoamérica” desde 1943,
cuando e1 antropñ logo Paul Kirchhoff, por encomienda de un
congreso y un comité académicos, busco los elementos y limites
territoriales de las sociedades de “cultivadores superiores”.
Entre los estudiosos posteriores a Kirchhoff, Lñ pez Austin y
Lñ pez Lujan enfatizan la propuesta de Eduardo Matos Moctezuma,
quien “estima que e1 concepto de Mesoamérica es sinñ nimo de un
modo de producciñ n donde la agricultura y el tributo son basicos, y
se establecia una doble forma de explotaciñ n: la de una clase sobre
otra en la misma sociedad, y la de la clase dirigente sobre pueblos
tributarios”.
Entender esta forma de explotaciñ n o de extracciñ n de los
excedentes productivos de pueblos y comunidades nos permite
pasar a la estructura politica de ella derivada. Comprender o
acercarnos a la comprensiñ n de dicha estructura sera clave para
entender la batalla por Tenochtitlan (1520-1521), que fue parte
central de la “guerra españ ola-mesoamericana” (1517-1550), como
la llama Matthew Restall.
Siguiendo con Lñ pez Austin y Lñ pez Lujan, los tlatocayotl o
reinos de Tenochtitlan y Texcoco representaban las formas
politicas mas avanzadas de su época y fueron modelo de otros
centros de poder. Pero existia “tal pluralidad de formas y
niveles de organizacion politica” que no es posible proyectar las
de Tenochtitlan y Texcoco a1 resto. Por ejemplo, “Xochimilco y
Tlaxcala se distinguian por sus aparatos gubernamentales
colegiados”. Ademas, coexistian dos sistemas de dependencia: “[e]1
de linaje y el territorial. Hasta el dia de hoy no es clara la forma en
que estaban imbricados [...] ni la manera en la que los subditos
resolvian su doble fidelidad”.
Aterrizando en la organizaciñ n politica de la Excan Tlahtoloyan o
Triple Alianza, Carmen Obregñ n cuenta que, como en las etapas
precedentes, la unidad politica fundamental del “imperio” que
“conquistaron” los tenochcas y sus aliados era el altépetl o pueblo:
“Un territorio con un gobierno soberano u originalmente
independiente, a quien tributaban varias comunidades o calpultin”.
Los altepemeh (plural de altépetl) solian ser muy estables, basados
en formas organizativas, costumbres y cultura comunes, con
notable tendencia a la cohesion y solidaridad interna.
En e1 periodo posclasico (900 / 1000 d.C. a 1520) los altepemeh
solian estar en guerras endémicas o recurrentes. Cuando un altépetl
lograba sujetar militarmente a otros e imponerles tributaciñ n,
alcanzaba el siguiente nivel en la organizaciñ n politica: el de
señ orio o tlatocayotl, sin dejar de ser altépetl. Los altépetl sometidos
conservaban su gobierno, reconociendo como autoridad politica
superior al tlatoani del señ orio dominante. Esas ciudades-Estado,
formadas por la capital o cabecera (pueblo conquistador) y
pueblos subordinados, variaban enormemente en extension y
poderio, sin que hubiera relaciñ n directa entre ambos factores:
Xochimilco, con
un territorio relativamente pequeñ o, tenia una capital
densamente poblada y grandes concentraciones de excedente
productivo. Los tlatocayotl eran mucho menos estables que los
nltepemeh.
Debido a las constantes luchas por el poder, los tlatocayotl
tendieron a establecer confederaciones militares. Para fines del
posclasico, en la cuenca de Mé xico existian ocho de estas
confederaciones:
Confederaciñ n mexica: Tenochtitlan, Tlatelolco, Ecatepec.
Xochimilca: Xochimilco, Tepetenchi, Olac, Tecpan.
Cuitlahuaca: Cuitlahuac (hoy Tlahuac), Tizoc, Teopancalcan,
Atenchicalpan.
Tepaneca: Azcapotzalco, Cuauhtitlan, Coyoacan, Huepoxtla,
Tlacopan, Tenayuca, Tepotzotlan, Tequéxquiac, Tultitlan,
Xilotzingo.
Culhiia: Culhuacan, Huitzilopochco, Mexicaltzingo, Iztapalapa.
Chalca: Chalco, Amecameca, Tlalmanalco, Chimalhuacan.
Mixquica: Mixquic.
Acolhua: Texcoco, Acolman, Chiautla, Chiconautla,
Chimalhuacan (a veces chalca, a veces acolhua), Coatlinchan,
Huexotla, Ixtapaluca, Otumba, Teotihuacan, Tepetlaoztoc,
Tepexpan, Tequisistlan, Tizayuca.
Tres de estas confederaciones establecerian un pacto de ayuda
militar, asegurando su expansiñ n progresiva sobre el resto.
Primero sometieron al principal tlatocayotl tepaneca, el de
Azcapotzalco, asegurando e1 control del norte de la cuenca.
Inmediatamente se lanzaron contra los pueblos agricultores del
sur, los chinamperos Xochimilco, Mixquic, Cuitlahuac y Chalco.
Entonces, los tres tlatocayotl de la £xcan Tlahtoloyan o Triple
Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan) adquirieron una
categoria superior, la de hueitlatocayotl, a las que ahora se les
reconocia no sñ lo un poder politico-militar, sino también religioso.
En un principio, la autoridad impuesta por la fuerza de las
armas desembocaba en una hegemonia politica indirecta, sobre
autoridades locales reconocidas como legitimas por sus
poblaciones. Obregon cita como autoridad a Alonso de Zorita: “Los
reyes mexicanos y sus aliados, los de Texcoco y Tacuba
[Tlacopan], en todas las provincias que conquistaban y ganaban,
de nuevo dejaban los señ ores naturales dellas en sus señ orios,
asi a los
supremos como a los inferiores”.
Excepcionalmente, se buscñ incorporar realmente a los
pueblos del sur de la cuenca de México, quiza para garantizarse un
area pacifica y estable. Asi, los señ ores de Xochimilco, Chalco,
Culhuacan, Coyoacan, Cuitlahuac y otros aparecian
constantemente acompañ ando a los hueitlatoque (los
“emperadores” de México-Tenochtitlan) en ceremonias
importantes, y sus fuerzas apoyaban en campañ as militares, a la
vez que se establecian alianzas matrimoniales casando a las hijas
de los señ ores de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan con los hijos
de los señ ores de esas ciudades.
Ese sistema de guerra permanente parecia entrar en un
proceso de centralizaciñ n y estabilizacion cuando irrumpieron los
españ oles.
Esta permanente divisiñ n politica, esta guerra endémica, esta
superposiciñ n de lealtades y, como veremos, la brutal opresiñ n
social que se manifestaba a través de la extracciñ n de tributos y los
sacrificios humanos nos explicaran mucho de lo que paso en esta
historia. Pero tambié n nos la han querido explicar desde la
concepciñ n de la guerra, que muchas veces queda vinculada a1
“atraso”.
Apenas nos hemos asomado a interpretaciones segtin las cuales
la monumental hazañ a de Corté s y sus 400 valientes (esta
afortunada frase se la escuché a Luis Fernando Granados y la hago
mia para el resto del libro) sñ lo fue posible merced a1 “atraso” de
las culturas, pueblos o naciones de Mesoamérica. Atraso
tecnologico, politico, material, teleolñ gico incluso (es decir,
dictado por las leyes divinas o las leyes de la historia y, por tanto,
inevitable), pues si Hegel es e1 padre de la filosofia de la historia,
America (la America anterior a la irrupciñ n) se presenta asi:
De America y su cultura, especialmente por lo que se refiere a México
y a Peru, es cierto que poseemos noticias, pero nos dicen
precisamente que esa cultura tenia un caracter del todo natural,
destinado a extinguirse tan pronto como el Espiritu se le aproximara.
America se ha mostrado siempre y se sigue mostrando floja tanto
fisica como espiritualmente.
Si hacemos a un lado a Hegel y “la calumnia de America” del
siglo XVIII (la explicaciñ n pseudocientifica de la inferioridad de
America y sus hombres, combatida por el abate veracruzano
Francisco Javier Clavijero y que historiñ magistralmente Antonello
Gerbi), pero reconocemos que existen diferencias clave en materia
de desarrollo tecnolñ gico (quiza podemos hablar de dos: la
metalurgia y la escritura alfabética), habria que tratar de
explicarlas.
Autores como Bernardo Garcia Martinez y Enrique Semo han
encontrado que la clave de estas diferencias es de orden
geografico, es decir, economico, material. En America sñ lo habia,
sñ lo hay, dos regiones donde es posible cultivar cereales de manera
intensiva con instrumentos de piedra y madera, y esas dos areas,
ademas de limitadas, estaban muy fragmentadas por una
geografia en verdad accidentada y carecian de vias de
comunicaciñ n.
Esa fragmentacion es una clave fundamental en la historia
antigua (y contemporanea) de nuestra America. Enrique Semo
recuerda que se calcula que en 1491 habia unos 2 000 idiomas
o lenguas, y esa diversidad lingiiistica “avala la hipñ tesis de que
existian muchas sociedades pequeñ as y autñ nomas, relativamente
aisladas, cada una de ellas en un reducido ambito geografico;
implica también que las campañ as de conquista imperial tuvieron
sus limites y que lo accidentado de la geografia fue un
obstaculo eficaz”.
En el Viejo Mundo las grandes civilizaciones se desarrollaron
en un vasto corredor en que habia grandes y faciles vias de
comunicacion que permitian la interacciñ n entre ellas: e1
Mediterraneo, el Mar Rojo, e1 Golfo Pérsico, la cadena de islas del
sureste asiatico hasta China, y los rios navegables.
Es un error comun creer que cada pueblo euroasiatico inventñ de
manera individual la agricultura, la domesticaciñn de animales, la
metalurgia del bronce y, sobre todo el hierro; asi como el arado, e1
molino hidraulico y de aire, el telar, el fuelle, la rueda, los carros, la
escritura, la vela de navegar y la imprenta. La verdad es que cada
chispazo creador se produjo en algunos pocos centros de innovacion
[...] y se transmitiñ [...] por el factor de di}itsiñri de In innovocion
facilitada por el contacto e intercambio [...]
Los españoles [...] pudieron llegar a America porque sus barcos
usaban brujulas y timones inventados en China y los capitanes
calculaban su posiciñn usando la trigonometria descubierta en Egipto.
La fragmentaciñ n politica, étnica y econñ mica de America seria
clave en la guerra iniciada en mayo de 1520, como veremos, pero
también nos recuerda la realidad material de la historia: la
carencia de animales de tiro, la inexistencia de vias naturales de
comunicaciñ n, la dificultad de la metalurgia, el aislamiento de una
cultura (y ahi aceptamos la idea de Mesoamérica como superarea
cultural) sin relacion con ninguna otra —o casi: hay evidencia de
esporadicos contactos de los puré pechas o los itzaes con e1 Peru—,
lo que nos podria regresar, st creyé ramos en ello, a la superioridad
incontestable de 14 caballos y 30 o 40 ballestas y arcabuces, o,
peor aiin, como han sugerido no pocos estudiosos, a la
“superioridad" del pensamiento "moderno", “renacentista",
“maquiavélico", sobre el “atraso" intelectual mesoamericano.
La idea de un mundo “atrasado" y plagado de “supersticiones"
se traduce (para lo que nos importa en esta historia) en la
concepciñ n de la guerra. Dice Carlos Brokmann: “Una de las
primeras preconcepciones acerca de la guerra en Mesoamé rica fue
que se trataba de conflictos altamente ritualizados [...] La negaciñ n
de las implicaciones militares, politicas y economicas de la guerra
en Mesoamé rica ha creado un vacio en la informaciñ n y una
percepcion que consideramos equivocada”. Ross Hassig mostrñ que
las conquistas “fueron convirtiéndose en e1 motor econñ mico y
politico de un sistema social en una estructura diseñ ada para la
expansiñ n continua y probablemente imposible de detener. Los
ejércitos se convirtieron en el instrumento fundamental para la
reproducciñ n del sistema, llevandolo a afirmar que ‘la guerra era
e1 imperio’ ”.
También para estos historiadores la Guerra Florida es una
guerra altamente ritualizada. Pero no es la unica forma de guerra
de la Mesoamérica del siglo XVI. Resulta evidente que esa guerra
“ritualizada" permitia a los mexicas mantener el control de sus
mas peligrosos rivales, liquidando sistematicamente a sus elites
guerreras para, asi, facilitar su control. Sin embargo, y mas alla de
lo “ritual", st simplificñ las tacticas militares de los mexicas, pues
las batallas generalmente consistian en lineas paralelas de
guerreros donde lo central era e1 combate individual cuerpo a
cuerpo. Quiza en esta concepciñ n de la guerra, no en su aspecto
ritual sino en el tactico, este la clave de la batalla de Otumba, que
las fuentes no nos permiten entender.
No obstante, esas ideas sobre la guerra mesoamericana no son
faciles de encontrar en las fuentes cuasiindigenas cuando hablan
de la historia previa a la irrupciñ n españ ola. No hallamos en ellas
descripciones de las formas tacticas de la guerra mesoamericana,
por lo que casi todo cuanto sabemos o cuanto suponemos esta en
las narraciones de Cortés, Bernal Diaz del Castillo y sus
compañ eros.
¿Que nos revelan las fuentes cuasiindigenas sobre el
“militarismo” del posclasico mesoamericano? Dice Sahagun, en el
capitulo titulado “De las cosas en que se ejercitaban los señ ores
para regir bien e1 reino”, que “el mas principal oficio del señ or era
el ejercicio de la guerra, asi para defenderse de los enemigos,
como para conquistar provincias ajenas, y cuando queria
acometer guerra contra algun señ or o provincia juntaba a sus
soldados y dabales parte de lo que queria hacer”.
De ahi, pasa a otros temas. Cuenta que, al decidir una guerra,
antes de emprenderla e1 señ or tomaba los informes de la tierra, la
situaciñ n, la potencia del enemigo. Enviados y espias recorrian la
regiñ n y
todo lo traian pintado y lo presentaban al señor, para que viese la
disposiciñn de tierra. Visto esto, el señor mandaba llamar a los
capitanes principales, que siempre eran dos, el uno se llamaba
tlacochcalcatl, y el otro tlacatécatl, y mostrandoles la pintura
señalabales los caminos que habian de llevar.
Eso haria Moctezuma, segun las fuentes del contacto, tan
pronto se entero del desembarco de Hernan Cortés y sus
compañ eros en tierras nominalmente tributarias de México-
Tenochtitlan, como ya veremos. Una vez tornados los informes, se
alistaba al ejé rcito y sus bastimentos. Sigue Sahagun:
Habiendo distribuido las armas a todos, mandaba luego a los
calpixques que llevasen armas a todos los principales de las
provincias que habian de ir a la guerra [.-]Juntado todo el ejército,
comenzaban a caminar por este orden: iban los sacerdotes de los
idolos delante de todos, con sus idolos a cuestas [...] tras estos iban
los capitanes y hombres valientes, un dia mas adelante que el otro
ejército; tras estos iban los soldados mexicanos; tras estos iban los
texcocanos, un dia mas
atras; tras estos iban los de Tlacuba, otro dia mas atras; tras estos iban
los de las otras provincias, otro dia mas atras.
Hasta aqui todo parece de la mas elemental lñgica militar, pero
desde ese momento deja de tenerla, porque lo primero que se hacia
iniciado el combate era tomar prisioneros para sacrificarlos de
inmediato: “Y los primeros cautivos que cautivaban, luego los
entregaban a los satrapas para que los sacrificasen y sacasen los
corazones, delante de las estatuas de sus dioses que llevaban a
cuestas”.
Dos capitulos posteriores de la historia de Sahagiin muestran la
existencia y formacion de una elite militarista y guerrera (“De la
manera que tenian los señores y gente noble en criar a sus hijos” y
“De los varones fuertes”). Pero no aportan a lo que aqui
querriamos saber.
¿La guerra era asi? ¿Su centro era el sacrificio? ¿0, como en
muy buena parte de lo que leemos en estas crñnicas
cuasiindigenas, lo importante para los principales tlatelolcas ante
los franciscanos era confirmar lo demoniaco de la cultura
mesoamericana? Asi por ejemplo, el dominico Diego Duran, sobre
la fiesta de Coahuitl:
[Y] asi cada pueblo sacrificaba a los que sus capitanes y soldados
habian cautivado y asi podemos pensar que numero de gente se
sacrificaba aquel dia en toda la tierra, no querria poner cosa que
pusiese en duda pero entiendo que me certificaron que, en toda la
tierra, pasaban de mil los que aquel dia morian y se llevaba e1
demonio.
Y, mas aun, para lo que nos interesa, el propñsito de las
“Guerras Floridas”:
Y porque viene aqui a coyuntura quiero decir a que fin se ordenaban
las guerras que entre México y Tlaxcallan y toda la generacion
tlaxcalteca habia porque como muchas veces habremos oido con
mucha facilidad sujetaban los mexicanos Tlaxcallan y a Vejotzingo y
a Tepeaca y a Tecally y a Calpa Quauhtlinchan y Atlixco, como
habian sujetado a toda la restante de la tierra pero no querian por dos
razones que daban aquella gente para comida sabrosa y caliente de los
dioses cuya carne les era dulcisima y delicada y la segunda era para
exercitar sus valerosos hombres y donde fuese conocido el valor de
cada uno y
asi en realidad de verdad no se hacian para otro oficio ni fin las
guerras entre México y Tlaxcallan sino para traer gente de una parte y
de otra para sacrificar [...]
Donde toda su contienda y batalla era el pugnar por prender unos
a otros para el efecto de sacrificio [...] para poder traer mas cautivos
que sacrificar de suerte que en aquellas batallas mas pugnaban por
prender y no matar ni hacer otro daño en hombre ni mujer ni en casa,
ni en sementera, sino sñlo traer de comer a1 idolo.
Quitando los sacrificios, en la crñnica del padre Duran se
advierten elementos similares a los de su colega Sahagun en lo
referente al militarismo de la sociedad mexica. Es interesante por
ejemplo, su descripciñn de los “guerreros del sol”:
Seguiase luego el solar de las aguilas cuyo nombre era quahcally el
cual se compone de quauhtly que quiere decir aguila y de cally que es
casa: de este género de caballeros que profesaban la milicia que
volando las aguilas en armas y valentia y en animo invencible por
excelencia les llamaban aguilas o tigres. Era la gente mas querida y
estimada de los reyes que habia y los que mas privilegios alcanzaban.
De la narraciñ n se desprende que para ascender en e1
escalafñ n militar no habia que mandar bien, ni diseñ ar batallas,
sino capturar enemigos para el sacrificio. ¿Seria asi de simple?
Y, sin embargo, las mismas fuentes, al relatar la historia de las
campañ as militares de los mexicas y sus aliados acolhuas y
tecpanecas, nos muestran que de lo que se trataba, quitando todo
esto, era de la extracciñ n de tributos. Y de guerras de
sometimiento y dominio que esas fuentes nunca nos cuentan en
detalle.
Aunque quiza st lo hagan, si las leemos con cuidado, mas alla
de sus evidentes interpolaciones cristianas y medievales, como
hace Clementina Battcock en su cuidadoso analisis de la Crdnicn
mexicana de Alvarado Tezozñ moc, en que advierte que, bajo las
interpretaciones rituales de la guerra, se pueden encontrar
razones que para nosotros resultan mas lñ gicas o reales. Frente
a1 vocablo “guerra”, en la fuente analizada,
la expresiñn “conquista” se refiere a un enfrentamiento de caracter
mas “real” —“material”, podria decirse—, que va detras de la
obtenciñn de tributos o bienes, un propñsito que pareceria ser
basicamente economico, aunque no por ello carezca de rasgos
simbñlicos.
Como otros autores criticos de hoy, cuyas interpretaciones
queremos resaltar, Battcock advierte que la Crânica mexicana repite
figuras clasicas y medievales. Asi,
describe la entrada de un victorioso Axayacatl a Tenochtitlan en estos
términos: “Cihuacoatl Tlacaélel ordena recibimiento que se entoldase
e hiciesen arcos grandes enramadas y e1 suelo lo sembrasen de
laureles desde Chapultepec a Tenochtitlan”. Sin meterse ya en e1
analisis de lo que significarian los toldos y las enramadas (que a mi
me parecen reminiscencias de los palios y los arcos para la recepciñn
de virreyes y obispos novohispanos), consideremos sñlo el asunto de
los laureles. Para cualquiera que haya leido algo sobre la historia del
mundo romano, saltara a la vista que el recuento es sospechosamente
similar a1 de la entrada de Cesar a Roma, luego de su triunfo sobre
los galos de Vercingetorix.
De hecho, no habia laureles en America. Pero ¿se trata de un
mero invento o de una traducciñ n de Tezozñ moc del original
nahuatl (la desaparecida Crânica X) a términos comprensibles
para la mentalidad europea? Porque también Jose Rubén Romero,
en su estudio sobre Alvarado Tezozomoc y la Cronica mexicano,
nos muestra elementos tipicos de las concepciones medievales de la
historia, centradas en monarcas, caudillos, religiñ n, honor y gloria:
Para honrar la muerte de los soldados mexicanos caidos en esta
campañ a, los habitantes de la ciudad de México compusieron un canto
en e1 que el concepto de guerra quedñ intimamente relacionado con el
de la gloria. Asi, la muerte en la guerra es el origen de la gloria y el
honor eternos. Es a través de esta relaciñ n causa-efecto entre guerra y
honor que puede explicarse la asimilaciñ n de estos dos conceptos en la
Crânica mexicano.
Dejando de lado las dudas sobre su caracter mesoamericano o
europeo-medieval (¿o ambos?), en la Crânica mexicana la guerra no
sñ lo aparece como el elemento ritual necesario para mantener e1
orden del mundo, sino que también legitima el sistema de
dominaciñ n y resuelve conflictos y tensiones sociales y politicas
internas, ademas de implicar los insoslayables elementos
economicos, es decir, la obtenciñ n de tributos. Dice Romero que
“Tezozñ moc presenta a los mexicas como poseedores de una
conciencia muy clara de la relacion entre la guerra y e1 poder, la
primera como medio para acceder al segundo”.
Podemos inferir de las lecturas de Battcock y Romero que las
guerras eran de otra forma y tenian otros propñ sitos, mas alla de
capturar guerreros para e1 sacrificio. Y los guerreros
mesoamericanos aprendieron bastante rapido a enfrentar las
armas de metal y fuego y los caballos y sus jinetes.
SOBRE LAS FUENTES
Conté esta historia con base en dos tipos de fuentes mas o menos
directas. La primera serie la integran los “conquistadores” que
escribieron sus testimonios y los autores españ oles que los
escucharon y escribieron basandose en ellos. Destacan tres: el
propio Hernan Cortés, Francisco Lñ pez de Gñ mara —a quien se
considera autor de la versiñ n “oficial” cortesiana de los hechos— y
Bernal Diaz del Castillo, quien asegura querer refutar al anterior
para ofrecer una historia desde la perspectiva de los ninguneados
“conquistadores” de a pie.
Las Cartos de relaciân, origen de la versiñ n canñ nica, son un
alegato juridico-politico antes que ninguna otra cosa. El capitan
extremeñ o necesita convencer al emperador Carlos V de la
legitimidad de sus acciones; de la necesidad, casi la obligaciñ n, de
someter estas tierras. La segunda carta, fechada en Segura de la
Frontera (Tepeaca) el 30 de octubre de 1520, inicia (tras
salutaciones y explicaciones sobre una carta anterior que se habria
perdido) recordando el numero de villas y ciudades “que hasta
entonces a su real servicio se habian ofrecido y yo a él tenia sujetas
y conquistadas”, para contar de inmediato el viaje de Cempoala
hacia Tenochtitlan. Y toda esa carta tiene como propñ sito justificar
las acciones del capitan en un momento en el que desde Cuba y
desde Españ a se cuestionaban sus actos, cuando habian muerto
mas de 1 000 españ oles y Cortés estaba fuera del valle de México
con los que le restaban.
Y la clave de esta necesidad de justificarse estara en el
“encuentro” y la “sumisiñ n” de Moctezuma. Es en torno a ese
evento que Matthew Restall hace un potente ejercicio intelectual
con el que demuestra que, si bien no hay nuevas fuentes, st
podemos leer atenta y cuidadosamente las que tenemos y mostrar
que sobre las fteIaciones de Hernan Cortés, un documento de
autojustificaciñ n politica, se construyeron las demas historias.
Sñ lo
lo dejo aqui apuntado, lectora o lector amigo; puedes leerlo en el
capitulo 15, “El encuentro”.
Sobre las Relaciones de Cortés se tejiñ la historia, el cuento que
nos han relatado. Ese documento sello la forma canñ nica porque
la base del relato, el tronco, seria la pauta que seguirian el resto de
los historiadores, en términos generales.
La otra fuente mas influyente, la Historic verdadera de la
Conquista de la Nueva España, de Bernal Diaz del Castillo, que
pretende ser un contrapunto no tanto a Corté s como a su
panegirista Lñ pez de Gñ mara, en realidad cuenta el mismo cuento.
“Nuestro Corté s”, que “se portñ muy varñ n”, es comparado con
Julio Cesar, Alejandro, Anibal, aunque, como señ ala Guillermo
Turner,
[e]n una gran cantidad de obras literarias que se inician en e1 siglo
xvi apenas existe un héroe de la antigiiedad con e1 que no se
compare la figura de Hernan Cortés (a favor de este ultimo). Ahora
se puede asegurar, con toda certeza, que esta idea es aplicable a gran
parte de las obras historiograficas sobre la conquista de México escritas,
cuando menos, por cronistas de la época.
En las historias del siglo XVI, las hazañ as de Cortés representan
la parte medular de la explicacion. Y Bernal Diaz del Castillo, “a
pesar de las constantes y sutiles criticas... no logra escapar del
mismo esquema narrativo”.
Por cierto, Guillermo Turner resuelve sin dejar lugar a mas
dudas (aludimos a las sembradas por Christian Duverger) la
autoria de la Historia verdadera de la Conquista de la Nuevn Espan‘a,
asi como las razones de su autor, el soldado-cronista Bernal Diaz
del Castillo, para escribirla. No esta de mas mencionar aqui que
entre esas razones esta no sñ lo la de corregir a Cortés y a su
apologeta, Lñ pez de Gomara, sino también a Las Casas, de quien
dice, a propñ sito de la matanza de Cholula: “Estas fueron las
grandes crueldades que escribe y nunca acaba de decir el obispo
de Chiapas, fray Bartolomé de las Casas [...] que les hara creer que
es asi aquello y otras crueldades que escribe, siendo todo al revés
que no paso como lo escribe”; es decir, la autoexaltaciñ n, pero
también la justificacion.
Bernal Diaz del Castillo “no logra escapar del mismo esquema
narrativo”, dice Turner. No quiere o no puede. Como tampoco lo
hacen aquellos otros cronistas que aportan detalles, perspectivas,
datos, precisiones, pero siempre bordadas sobre el mismo cuento;
esos otros “conquistadores”, actores y testigos de los hechos o de
parte de ellos, que los escribieron o relataron: fray Francisco de
Aguilar, el Conquistador Anñ nimo, Juan Diaz, Andrés de Tapia y
Bernardino Vazquez de Tapia, asi como algunos cronistas e
historiadores posteriores que recogieron directamente versiones
de los participantes o testigos, como Jose de Acosta, Gonzalo
Fernandez de Oviedo, Juan Ginés de Sepulveda, Antonio de
Herrera y Tordesillas, Francisco Lopez de Gomara, Pedro Martir de
Angleria y Antonio de Solis.
Un apunte: “el capitan” (autonombrado en su crñ nica) Bernal
Diaz del Castillo es un transgresor. Escribe Beatriz Gutiérrez
Miiller:
El capitan Bernal Diaz, quiza sin asi proponérselo, rompiñ canones.
Quienes escriben historia son los licenciados, los clérigos y los latinos
[los que sabian latin], y éstos han de guardar las normas del buen
estilo y procurar los modelos tradicionales. “No soy latino —confiesa
en su prñlogo [...] admite que— para poderlo escribir tan
sublimadamente como es digno fuera menester otra elocuencia y
retorica mejor que no la mia.”
Y de inmediato se disculpa... con falsa modestia. Lo de la falsa
modestia de Bernal del Castillo es un tema de Ramñ n Iglesia que
retoma muy bien Gutiérrez Miiller. Lo que si hace Diaz del Castillo
es tejer una narracion espléndida sobre la parte intencionada de su
memoria.
Entonces, ¿mienten los cronistas? ¿No hay forma de conocer
la verdad? Una lectura superficial responderia “si” y “no”, y
repetiria los consabidos lugares comunes, estilo “la historia la
escriben los vencedores”. Un librito titulado Y Bernal mintio... parte
de la idea de que sñ lo pueden evitar la “mentira” los testimonios
de primera mano e inmediatos. Y, segun ese autor, cuando a un
autor lo mueve el “resentimiento” o alguna emocion o intenciñ n,
su obra pierde veracidad.
Cualquier historiador sabe que no hay autor sin emociones ni
intenciones; sabemos también que explorando en ellas podemos
encontrar verdades parciales y razones. Como dice Restall:
Cinco siglos después de que los españoles arremetieron contra los
indigenas de Mesoamérica y escribieron cientos de paginas sobre lo
que vieron e hicieron, vivimos en un mundo intelectual en e1 que las
palabras testigo ocular son vistas con escepticismo y suspicacia, como
debe ser. Pero eso no significa que debamos descartar por completo
fuentes como las de Diaz [del Castillo] y desecharlas por falsas o
ficticias. Podemos recurrir a Diaz [...] Cortés [...] las docenas de
relatos y crñnicas [...] e incluso a los relatos de los aztecas y otros
mesoamericanos y sus descendientes mestizos [...] Podemos clasificar
las probabilidades y posibles verdades histñricas, examinar
cuidadosamente las mentiras, ficciones e invenciones hasta un nuevo
entendimiento y perspectiva que nos permita empezar a ver con
claridad.
Ahora bien, en el ultimo medio siglo muchisimos mexicanos
hemos creido que, por suerte, existe una “visiñn de los vencidos”
que nos permite entendernos, “encontrarnos” en la voz de
“nuestros antepasados”. Miguel Leñn-Portilla, el mas conocido
de los especialistas que han difundido las llamadas fuentes de
tradicion indigena sobre la “conquista”, señala que
[n]ahuas y mayas, que tanto empeño ponian y “tanta curiosidad
tenian” en conservar “la memoria de sus antiguallas”, no dejaron
perecer e1 recuerdo —su propia vision— del mas impresionante y
tragico de los acontecimientos: la Conquista hecha por hombres
extraños, que acabarian por destruir para siempre sus antiguas formas
de vida.
Leñ n-Portilla esta convencido de que existe esa visiñ n indigena,
la de los derrotados por la Conquista (con mayuscula), asi como
victimas de la destrucciñ n total de una cultura. ¿Dñ nde encuentra
esa vision? En los Cantares de Tlatelolco traducidos y editados por su
maestro Angel Maria Garibay; en la Relacion anânima de Tlatelolco;
en los “informantes” de fray Bernardino de Sahagun; en el
testimonio pictografico llamado Câdice Florentino, y en otras fuentes
pictograficas como el Lienzo de Tlaxcala y dibujos del Câdice itomirez.
También en los libros de Fernando Alvarado Tezozñ moc y Domingo
Chimalpahin.
Igualmente se encuentran estas voces, dice Leñ n-Portilla, al
menos parcialmente, en “los testimonios de algunos escritores
indigenas y mestizos, que hacen gala de descender de quienes se
aliaron con Cortés para conseguir la derrota de los mexicas”.
También puede llamarse esta una “Visiñ n de los vencidos”, porque
aunque “los tlaxcaltecas y los tetzcocanos lucharon al lado de
Corté s, no deja de ser igualmente verdadero que las consecuencias
de la Conquista fueron tan funestas para ellos como para el resto
de los pueblos nahuas: todos quedaron sometidos y perdieron para
siempre no poco de su antigua cultura”.
Entre estas fuentes, Leñ n-Portilla cuenta la Historic de Tlaxcala,
de Diego Muñ oz Camargo, y los libros de Fernando de Alva
Ixtlilxñ chitl, descendiente de los señ ores de Texcoco que lucharon
contra México-Tenochtitlan.
Durante mucho tiempo consideramos que en esos documentos
estaba la voz de los mexicas y otros pueblos nahuas. Sin embargo,
el cuento que se contaba en esa Vision de los vencidos no era en
realidad muy distinto (salvo en lo formal y lo poético) de la
version canonica. Incluso, algunos de los pasajes mas
inverosimiles de aquella versiñ n resultaban aun mas exagerados
en estas fuentes indigenas o de tradiciñ n indigena. Mas de tres
décadas después aparecio una critica devastadora: tras un
profundo analisis historiografico y epistemologico, Guy Rozat
niega la indianidad de los “textos indigenas de la conquista”:
En e1 transcurso de nuestras derivas identitarias y de nuestros
vaivenes académicos sobre America, nos encontramos con la Vision
de los vencidos. Es evidente que este pequeñ o libro nos cautivñ : por
fin e1 indio desesperadamente mudo empezaba a hablar... por
desgracia, la decepciñ n estuvo a la medida de nuestras esperanzas.
La segunda lectura ya nos dejaba una sensaciñ n amarga y con las
siguientes ya teniamos e1 Curioso [...] de desmontar la trampa
intelectual en la cual este librito habia intentado apresarnos.
Rozat argumenta que los textos escritos en los siglos xvI y xvII
a los que hemos llamado “indigenas” en realidad no lo son:
“Hemos concluido que no pudieron ser indios, st se entiende por
indios algo diferente a una caricatura producida por el discurso
cristiano- occidental”. Matthew Restall, a su vez, llama a estas
fuentes “cuasiindigenas”, negandoles también la “indianidad”
que les
supone Leñ n-Portilla. Por ejemplo, la versiñ n del Câdice Florentino
sobre el “encuentro” es casi exactamente la misma, e igual de
inverosimil, que la de Cortés.
Ahora bien, dentro de estas fuentes “cuasiindigenas”,
¿encontramos alguna versiñ n cercana a los tenochcas, asi sea
traducida, tamizada por la cosmovisiñ n franciscana y el afan de
quedar bien con el nuevo poder politico-militar?
Dice Gabriel Kenrick, recordando a Robert Barlow, que existe la
hipñ tesis de la existencia de una fuente en nahuatl “extraviada”
(la Crânica X) “de la cual derivarian directa o indirectamente
cuatro documentos bien conocidos por los historiadores”: el
primer volumen de la Historia de Ins fndins, del dominico Diego
Duran (1581); la Crânica Mexicana (ca. 1589), de Fernando Alvarado
Tezozñ moc; la Relaciân del origen de los indios, del jesuita Juan de
Tovar (que es un resumen de la obra de Duran), y la Historia natural
y moral de Ins fndins, del también jesuita Jose de Acosta (1590).
En este sentido, el Codice itamirez seria también derivado, pues es
una variante de Tovar y, por tanto, de Duran. No asi, en cambio, la
Crânica Mexicayotl, atribuida a Domingo de San Anton Muñ oz
Chimalpahin o a Fernando Alvarado Tezozñ moc.
Kenrick cuenta la historia de la Crdnica X: en 1856 Jose
Fernando Ramirez descubriñ un documento en la biblioteca del
Convento de san Francisco de la ciudad de México, al que sus
discipulos Orozco y Berra y Alfredo Chavero llamaron Câdice
Ramirez. Posteriormente, otros historiadores establecieron que era
una versiñ n de la itelacifin de Juan de Tovar, escrita con base en la
Historia de las Indies de fray Diego Duran. Y es entonces que Barlow
sugiere la idea de la Crânica X, que habria sido escrita en nahuatl
entre 1536 y 1539 y seria la base de las antes señ aladas. Luego,
Jose Rubén Romero Galvan propondria que la Crânica Z puede ser
obra de Alvarado Tezozomoc, quien estaba emparentado con la
mas alta nobleza tenochca.
Podriamos seguir con los muy interesantes textos de Kenrick y
Romero, o los estudios historiograficos de Edmundo O'Gorman.
Pero lo que nos interesa señ alar en todo caso es que las fuentes
“cuasiindigenas” no sñ lo son de origen “franciscano-tlatelolca”,
sino también las hay tlaxcaltecas (Muñ oz Camargo y el Lienzo de
Tlaxcala), chalcas (Chimalpahin) y probablemente, segun esta
versiñ n y como lo sostiene Kenrick desde el titulo, una versiñ n
“mexica-tenochca”.
A todo este conjunto de fuentes se les ha objetado que nos
llegan fuertemente filtradas por la visiñ n del mundo de frailes
franciscanos, dominicos o jesuitas, o por los intereses particulares
de “nobles indigenas”.
Y hacemos a estas fuentes la misma pregunta que a las
españ olas: ¿entonces, mienten? Si arriba respondiñ Matthew
Restall, ahora podemos entender, con Alfredo Lopez Austin, que las
fuentes de tradiciñ n indigena no responden unicamente a la
tradiciñ n catñ lico-medieval. Diversas herramientas de analisis y
lecturas cuidadosas nos permiten acercarnos a la historia detras
del mito y, sobre todo, a los modos de pensar mesoamericanos,
aun a través del tamiz europeo.
En una conferencia en Tabasco, a propñ sito de la batalla de
Centla, Luis Fernando Granados recordñ que en realidad
“[t]enemos muy pocos materiales para hablar de esto, después de
quinientos añ os las llamadas fuentes, es decir, los textos, las ruinas
que conservamos de eso que pasñ hace quinientos añ os son bien
poquitas, son un puñ ado de cosas, un puñ ado quiere decir eso: son
como seis o siete cositas casi nunca producidas en ese momento”.
Bernal Diaz del Castillo, a quien consideramos uno de los mejores
testigos, escribiñ 50 añ os después, “cuando era un viejecito que
recordaba sus andanzas de muchacho”. Pero esas fuentes, esos
materiales, son lo que tenemos. “Son pocos y malos quiza mas
malos que la mayor parte de los materiales con los que se hace la
historia, pero el conocimiento histñ rico siempre se hace con
materiales malos.”
Con todo, podemos hacer un esfuerzo de comprensiñ n,
entender que los españ oles vivian en un mundo en el que era
posible que se apareciese Santiago Matamoros. “Si queremos
entender a los españ oles de hace quinientos añ os, debemos
imaginarnos un mundo que ya no es el nuestro.” Y peor aun con la
versiñ n de los otros o la supuesta version de los otros. Por no
saber, ni siquiera sabemos como llamaban a estas tierras los
habitantes de lo que hoy llamamos Mesoamé rica.
Sin embargo, siempre hay peros o, al menos, matices. Leamos al
historiador Miguel Pastrana:
Entendemos por historiografia de tradiciñn nahuatl a todas aquellas
obras historicas que recogen la informaciñn, los conceptos, e1 punto
de vista y, sobre todo, los relatos estructurados de los grupos
indigenas de habla nahuatl, aunque los autores inmediatos sean
españoles o mestizos, religiosos, civiles o funcionarios. Lo importante
es que manifiesten, en algun grado y medida, conciencia histñrica
indigena, que hagan suyo e1 discurso de sus fuentes nahuas. Desde
este punto de vista, las obras de autores como fray Bernardino de
Sahagtin y fray Diego Duran son claramente de tradiciñn indigena
porque recuperan la expresion, las noticias y las ideas de los nahuas,
aunque, por supuesto, en ellas se manejen importantes conceptos de
origen europeo.
Quiza para Pastrana no hay diferencia entre “indigena” y
“prehispanico”. No es el unico que reivindica las tesis de Leñ n-
Portilla segun las cuales existe una “visiñ n de los vencidos”.
Veamos, entre otras, las palabras iniciales del estudio de las
pinturas del Câdice Florentino, por Diana Magaloni: “La historia de
nuestro origen como mexicanos inicia en la Conquista” (con
mayuscula). Y unas frases mas adelante:
Se ha extendido una interpretaciñn simplista y ficticia de este
acontecimiento, como si solo se tratara de un imperio poderoso que es
derrotado por un pequeño grupo de soldados españoles que fueron
vistos como seres sobrenaturales. Esta vision, que no se fundamenta
en hechos histñricos [...]
Se ha hecho empleando fundamentalmente fuentes europeas,
pero, sigue Magaloni: “El presente libro se suma a una
historiografia mas reciente, iniciada por Miguel Leñ n-Portilla,
para entender la visiñ n indigena de la conquista”.
NOTA METODOLOGICA
Sobre esos dos conjuntos de fuentes se han superpuesto capas y
capas de historiografia: desde fray Juan de Torquemada en el siglo
XVII, Francisco Javier Clavijero en el xvIII, Prescott, Orozco y Berra
y Chavero en el xIx, hasta legiones de historiadores en el siglo xx y
lo que va del XXI. Y con todo ello, como dice Guy Rozat, al contar la
historia de esa “conquista” seguimos los pasos de las Cartas de
relociñ n de Cortés y de los discursos de los frailes del siglo xVII:
[T]extos coloniales cuya lñgica era la de justificar un poder extranjero
impuesto sobre America y la creaciñn de una gran empresa
evangelizadora y colonial [...]
Hay una lñgica colonial en los textos de historia de los siglos
XVI- XVIII y si ésta no aparece hoy con tanta claridad, es porque han
sido revisitados a partir del siglo xix y xx y “resignificados” para ser
fuentes de la “Historia Mexicana”.
El resultado en el siglo xIx fue torcer, en aparente provecho de
la construcciñ n de “la Naciñ n México”, la misma “historia
salvifica”. La logica de “muchos relatos nacionales de historia”
termina por corresponder, “a pesar a veces de sus autores
mismos, a necesidades imperiales del mundo occidental [...] lo cual
indica que no hemos salido aun de un modelo de historiografia
teolñ gica”.
Sin embargo, en las ultimas décadas se ha hecho una lectura
critica de esas fuentes que —aunque aun no haya trascendido mas
alla de la academia y de pequeñ os circulos de estudiosos—
presenta una visiñ n muy distinta de la que antes teniamos, o de la
que aprendimos en la escuela. Al mostrar estos “espejos”, quiza te
hayan parecido, lectora o lector, demasiadas las citas textuales,
pero espero que se haya entendido el ejercicio, que el cuento este
contado lo mas claro que se pueda contar y que, al final, lo
comprendamos tanto como sea posible.
Cuando muestro las fuentes en espejo, trato de no repetir el
error de suponer que hay dos versiones contrapuestas, la de “los
vencedores” y la de “los vencidos”, y que hasta con mostrar la una
frente a la otra para acercarnos a la “verdad”. Considerando, como
lo hago, que no hay “visiñ n de los vencidos”, lo que intenté fue
interrogar a todas esas fuentes.
De lo que se trata, en realidad, es de traer a la discusiñ n
publica las ideas de los historiadores y filñ sofos que hasta hoy
sñ lo se han publicado en tirajes muy reducidos.
SOBRE ESTE LIBRO.
AGRADECIMIENTOS
Mientras exista e1 mundo no acabaran la fama y la
gloria de México-Tenochtitlan.
DOMINGO (HIMALPAHIN
Creci en esa tradiciñ n intelectual, en las visitas infantiles al Museo
Nacional de Antropologia, cuyo discurso y estructura reafirmaban
nuestra visiñ n de Tenochtitlan como pinaculo de Mesoamé rica y
antecedente directo de nuestra nacionalidad. Creci creyendo que
descendiamos de los mexicas y con la contradictoria sensaciñ n del
odio a los españ oles que “nos invadieron” y “destruyeron nuestra
cultura” y, a la vez, abrigando admiraciñ n por las inauditas
hazañ as de Cortés y sus 400 valientes. En mi adolescencia let a
Corté s, a Diaz del Castillo y a Leon-Portilla, que reforzaron esas
creencias.
Cuando hablo de creencias me remito a Jose Ortega y Gasset,
quien sentenciñ que “las ideas se tienen, en las creencias se esta”,
para distinguir dos clases de pensamiento. Aunque difiero en
muchas partes de aquel ensayo clasico, coincido en la distincion
central que hace entre, por un lado, las ideas, que a uno se le
ocurren o adopta y que, correctas o errñ neas, requieren reflexiñ n,
articulado logico y fundamentos, y, por otro, las creencias, que nos
vienen dadas, forman el continente de nuestra vida y no solemos
discutir; las aceptamos cual nos las legaron y se nos confunden con
la realidad misma. Pierden, por tanto, su caracter de ideas. Decia
Ortega y Gasset: “De las ideas-ocurrencias —y conste que incluyo
en ellas las verdades mas rigurosas de la ciencia— podemos decir
que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las
propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de
morir por ellas [...] Con las creencias propiamente no hacemos
nada, sino que simplemente estamos en ellas”.
Por eso, no solemos formular ni cuestionar nuestras creencias:
estan ahi y guian nuestra forma de estar en el mundo... hasta que,
añ ado, las hacemos conscientes y, por tanto, podemos formularlas
logicamente y, entonces, cambiarlas si asi queremos. ¿Cñ mo pase
de mis creencias sobre la conquista a mis ideas sobre la irrupcion
española?
Algunos de mis primeros trabajos escolares en la licenciatura
en historia versaron sobre esos temas que me apasionaban. Pero
los aparte para dedicarme como profesional a la Revoluciñ n y las
revoluciones. Y fueron mis reflexiones sobre el nacionalismo
mexicano y sobre la pluralidad y diversidad de este pais, que
acompañ aron mrs estudios sobre la Revoluciñ n (asi como la
irrupciñ n del Ejército Zapatista de Liberacion Nacional y mi
anterior conocimiento de movimientos indigenas y campesinos,
como la Uniñ n de Comuneros Emiliano Zapata o la Coordinadora
Nacional Plan de Ayala), las que sembraron dudas crecientes sobre
mrs anteriores certezas. Demoledoras resultaron mrs lecturas sobre
la ideologia priista y la “filosofia de lo mexicano” realizadas en
2016 y 2017.
Hubo un paréntesis previo (1997-2000), cuando me converti en
una especie de ayudante de investigacion de don Jaime Montell,
enviandole al rancho del Bejuco, en Ozuluama, Veracruz,
fotocopias de muchas de las fuentes de primera mano que empleñ
en la exhaustiva investigaciñ n que canibalicé a lo largo de este
libro. Asi tome contacto, por primera vez, con muchos de los
cronistas de Indias y las fuentes de tradicion indigena.
Y en diciembre de 2018 acepté la direcciñ n general del Instituto
Nacional de Estudios Histñ ricos de las Revoluciones de Mé xico (una
muy grata experiencia al frente de un espléndido equipo). Una de
mis principales responsabilidades era impulsar la reflexion
inteligente sobre nuestro pasado, asi como la divulgaciñ n de los
resultados de esas reflexiones. Un vehiculo para hacerlo consistiria
en aprovechar las conmemoraciones, y, en 2019-2021, una de las
principales era, es, el Quinto Centenario de la irrupcion española y la
guerra mesoamericana (la definiciñ n es de Luis Fernando Granados).
Desde el INEHRM, la Direcciñ n General de Memoria Historica y
Cultural de México (a cargo de Gabriela Pulido Llano) y otras
instituciones, diseñ amos una serie de acciones de reflexion y
promocion, en cuya discusion y organizaciñ n destacaron Beatriz
Gutiérrez Miiller, Luis Fernando Granados, Felipe Avila Espinosa,
Juan Ortiz Escamilla, Zoe Robledo Rincñ n, Paco Ignacio Taibo II,
Jenaro Villamil y Raquel Giiereca, entre muchas otras personas.
Y en el INEHRM se constituyñ un area para trabajar el tema, con
Edna Lñ pez Saenz, Andrés Centeno Vargas y Aideé Hernandez
Ramirez, a quienes encargué el diseñ o de exposiciones y otros
eventos, asi como la investigacion de aquel proceso histñ rico desde
la optica de Tlaxcala, Texcoco y Cempoala.
Esos proyectos se interrumpieron o quedaron en el aire por mi
salida intempestiva de la direcciñ n del INEHRM, a fines de
septiembre de 2019. Pero ya no habia forma de detener mis
reflexiones y preocupaciones sobre el tema ni de dar marcha atras
a mis largas discusiones con Luis Fernando (muchas de cuyas ideas
aparecen en este libro) ni a la lectura de las mas recientes
reflexiones historiograficas y filosñ ficas sobre el asunto. Y me
quede con la espina y desempleado, es decir, con todo el tiempo del
mundo por delante.
Aun asi, cuando Paco Ignacio Taibo II me pidiñ escribir este
libro, cuando me sugiriñ la metodologia que he llamado “de
espejos”, dude: no soy especialista en el periodo, carezco de
algunas herramientas que, creo, son imprescindibles para serlo,
como el dominio de la lengua nahuatl o de la paleografia. Como
historiador, se me considera “especialista” (quiero no serlo) en la
Revoluciñ n mexicana, pero...
Pero el proceso de reflexiñ n que vivi a lo largo de 2019 me
convencio de que quiza ninguna de nuestras historias este tan mal
contada a la generalidad de los mexicanos, ninguna este peor
comprendida, ni haya tenido efectos mas nocivos en la
conformaciñ n de nuestra conciencia histñ rica, que la de la
irrupciñ n españ ola y sus efectos. Decidi asumir el riesgo de
presentar a un publico amplio cñ mo estan repensando ese
proceso los mejores especialistas. 0 sea que, en ultima instancia,
Paco es el responsable de este libro...
Al asumir el riesgo, recordé haber dedicado varios añ os a
reflexionar sobre los ejércitos, las batallas y sus razones,
confrontando y criticando lo que llamé “versiñ n canñ nica”, oficial,
dominante. Para escribir mi libro 1915: Mexico en guerra,
descubri que la historia estaba muy mal contada porque los
historiadores, en general, habian seguido el guion escrito por los
vencedores, que
era, sobre todo, propaganda. Encuentro que las versiones de
Hernan Cortés y Bernal Diaz del Castillo sobre 1521 se parecen
mucho, en ese sentido, a lo que escribieron Alvaro Obregñ n y Juan
Barragan sobre 1915... y que de la misma manera que los
veteranos villistas se apegaron (sin saberlo o sin quererlo) al
guion de Alvaro Obregñ n, las fuentes “cuasiindigenas” siguen la
narrativa de Hernan Cortés. Asi que hoy, como entonces, habia
que confrontar, desmenuzar, torturar las narraciones.
Termino. Pude capotear el desempleo y el encierro con el amor
y el respaldo de Gaby y de mis hijos, y aportar mi parte de los
frijoles gracias, sobre todo, al apoyo de Leonardo Lomeli Vanegas
y también de Jose Angel Solorio, Elias Almanza y Juan Gerardo
Lñ pez. Discutieron conmigo estos temas o leyeron el borrador de
este libro Gabriela Pulido, Esther Sanginés, Beatriz Gutiérrez
Miiller, Clementina Battcock, Marlén Curiel-
Ferman, LuisFernando Granados, Paco Ignacio Taibo II, Luis
Arturo Salmerñ n, Jaime Montell, Felipe Avila, Bernardo Ibarrola,
Raul Gonzalez Lezama y Jose Angel Solorio. Y mi padrino,
Salvador Cardona de los Rios,
quien nos dejñ prematuramente, antes de poder leer este libro.
Finalmente, Edna Lñ pez Saenz aparece como colaboradora
(aunque la redacciñ n y la responsabilidad por lo dicho es de quien
suscribe) porque fue mas que ayudante de investigaciñ n: como
coordinadora del area dedicada a la irrupcion españ ola en el
INEHRM, su trabajo fue invaluable en el analisis y lectura de las
fuentes primarias, que discutimos una o dos veces por semana
durante mas de un añ o. Si hay aqui muchas ideas de Luis
Fernando, hay también muchas que son de Edna.
Y muchas viejas y nuevas lecciones de Alvaro Matute, Alfredo
Lñ pez Austin y Serge Gruzinski.
A todas ellas, a todos ellos, gracias.
PEDRO SALMERON SANGINES
Tlalpan, Ciudad de Mé xico / Celaya, Gto.,
20 de mayo de
2020 A 500 añ os de la matanza de
Tâxcatl, que dio inicio a la guerra aqui
contada.
Lx x i . Ruta de Cortés de Veracruz a Tenochtitlan.
A
MAPS
La cuenca de México
cerca de 1519
Lago d a la llegada de los españoles
pan
Xalloca
Amman
Tex
uatepec
Azcapotzalco
O Lago de
Tlacopan Texcoco
Chapultep Tano I
Chlmalh
Xochimiko
7 • d
h'1al'a z. Tcn‹mh titlan y cl x-a11c dc Mt•xicc›.
Es
aI
Mata 3. Huida de Cortés de Tacuba a Tlaxcala.
Mere z. Sitia› dc Tcntichtitlan.
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a “conquislo de México“ se nos presenlo como uno de los
mds Grandes hazaños militares de Io historia, puesfo que 4DD
indivi- duos y su esforzado copitén so|uzgoron a un poderoso y
llorecienle imperio. Se nos presento como un triunfo de lo
modernidad sobre el atraso, pues fueron los armas, la ciencia y la
culturo polihco mo- dernos los que permitieron eso osombroso
victorio. Se nos presento como un momenio clave en Io primero
mundiolizocibn del capita- lismo. También se nos presento como
un brutol genocidio. Como la dutruccién de uno alla cultura por mero
ofén de lucro y do‹cinio. En fin, se nos presento como el troumdtico
origen de lo rocidn n›exicono y de nuestro ser mestizo, plelérico
de insuficiencios, occidental.
¿Es cierlo todo eso? En reolidod, casi ninguno de esos
afirma- ciones se suslento en los hechos pditicos, mililores, sociales
y epi- demiolbgicos, ocurridos en uno porte de Io que hoy es
M4xico de 1J19 o 1521. De he<ho, hasta el lémino conquista de
México“ es dixviible. Esie libro trotord de explicarlo.
Pedro Solmerén Sanginés (Coofzocoolcos, Ver., 1971) es doclor en kislorio
par to us. No escriba diez libros como autor iinito, ires en cooulorfo
y publicado 40 orticulos académicos y copifulos en libros colactivos.
Entre sus obras desfocon Fa Oivisiân de/ ñJorie(2fX)6), Fas corrancishzs
(2010) y I PIS: México en guerra (2015). Fue profesor de divemos
universidodes y miembro del 5islwr›o Hocionol de Iwestigodores de 1999 a
20) 9; ocfuol- menle es orhculisto de toDorado e hishariador indq›endi
he.