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MALCUZYNSKI M - Sociocriticas Practicas Textuales Cultura de Fronteras

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SOCIOCRITICAS

PRÁCTICAS TEXTUALES
CULTURA DE FRONTERAS

Edición, coordinación y presentación

M.-Pierrette MALCUZYNSKI
SOCIOCRÍTICAS
PRÁCTICAS TEXTUALES / CULTURA DE FRONTERAS
TEORIA LITERARIA: TEXTO Y TEORIA

Directora
Iris M. ZAVALA

Co-directora
Myriam Díaz-Diocaretz
SOCIOCRÍTICAS
PRÁCTICAS TEXTUALES
CULTURA DE FRONTERAS

Edición, coordinación y presentación

M.-Pierrette MALCUZYNSKI

Thomas J. Batí

AMSTERDAM - ATLANTA, GA 1991


rN 7y . 6 r /77/

ISBN: 90-5183-294-X (CIP)


©Editions Rodopi B.V., Amsterdam - Atlanta, GA 1991
Printed in The Netherlands
El acto verdaderamente creador (como
cualquier acto, además) evoluciona en las
fronteras (en las fronteras de los valores)
del mundo estético, de la realidad de lo
dado (la realidad de lo dado es una
realidad estética), en las fronteras del
cuerpo, en las fronteras del alma.

Mijail M. BAJTIN
ÍNDICE

Nota preliminar. 9

1. A modo de introducción. 11
M.-Pierrette MALCUZYNSKI

2. Para una socio-crítica o variaciones sobre un incipit .... 29


Claude DUCHET (Trad. Katarzyna Urbañska)

3. Posiciones y perspectivas sociocríticas. 43


Claude DUCHET (Trad. y ed. M.-Pierrette Malcuzynski)

4. La inscripción del discurso social en el texto literario ... 51


Régine ROBIN/Marc ANGENOT (Trad. Katarzyna Urbañska)

5. En tomo a la intcrdiscursividad. 81
Edmond CROS (Trad. Danuta Kurzyca)

6. La anti-modemización de España. Análisis sociocrítico de


una práctica discursiva. 95
Antonio GÓMEZ-MORIANA

7. Lo imaginario social dialógico. 111


Iris M. ZAVALA (Trad. y ed. M.-Pierrette Malcuzynski,
en col. con Danuta Kurzyca y Zofia Marzec)

8. El sociotexto: el entimema y la matriherencia en los textos


de mujeres.129
Myriam DÍAZ-DIOCARETZ (Trad. y ed. M.-Pierrette
Malcuzynski, en col. con Danuta Kurzyca y Zofia Marzec)

9. Frontera de los estudios literarios; ciencia de la literatura,


ciencia del discurso.145
Marc ANGENOT (Trad. M.-Pierrette Malcuzynski)

10. El “monitoring”; hacia una semiótica social comparada . 153


M.-Pierrette MALCUZYNSKI

Selección bibliográfica . 175


-
NOTA PRELIMINAR

Quiero expresar mi gratitud a Iris M. Zavala, de la Universidad de


Utrecht (Holanda), por haberme animado a realizar este volumen
colectivo y darme la oportunidad de publicarlo; sus consejos y su apoyo
siempre alentador han sido imprescindibles para llevar a cabo este
proyecto.
Quisiera también dejar constancia de mi agradecimiento a mis
compañeras de la Cátedra de Estudios Ibéricos de la Universidad de
Varsovia (Polonia), Danuta Kurzyca, Zofia Marzec y Katarzyna
Urbañska, por haber aceptado la ingrata labor de traducir o colaborar en
la traducción de algunos de los artículos. Y quiero agradecer en
particular los responsables de la redacción castellana del conjunto,
Danuta Kurzyca y Abel A. Murcia Soriano (igualmente de la Universidad
de Varsovia), cuyo trabajo de elaboración estilística hizo posible la
realización de la versión final del volumen.
El presente libro es fruto de muchas horas de labor colectiva
desinteresada, ya que no se ha contado con ninguna clase de subvención.
Por haber dado su permiso de traducir y de reproducir los artículos, o
fragmentos de los mismos, quisiera agradecer a lo(a)s Editore(a)s de las
revistas Critical Studies (Amsterdam/Atlanta), Liííéraíure (París) y
Sociocriticism (I.I.S., Montpellier/Pittsburgh), así como de la colección
“Critical Theory” (John Benjamins B.V., Amsterdam/Philadelphia) y del
volumen colectivo Sociocritique (F. Nathan, París). Se ofrece la
referencia exacta de las publicaciones originales en la primera nota de
cada texto.
En unos fragmentos de “A modo de introducción” y “El ‘monitoring
hacia una semiótica social comparada” (M.-Pierrette Malcuzynski), se
reelaboran especialmente para este volumen, introduciendo ciertas
modificaciones, algunos aspectos de los problemas planteados en Entre¬
dialogues avec Bakhtin ou Sociocritique de la [déjraison polyphonique
(Amsterdam/Atlanta: Eds. Rodopi, 1991). “En torno a la inter-
discursividad” (Edmond Cros), versión autorizada por el autor, salió con
ligeras variantes en Literatura, ideología y sociedad (“Prácticas y
formaciones discursivas”, trad. del francés realizada por Soledad García
Mouton [Madrid: Ed. Gredos, 1986]). “Lo imaginario social dialógico”
consiste en un collage de fragmentos de textos - algunos ya publicados -
revisados y ampliados por Iris M. Zavala especialmente para este libro.
10

Son contribuciones inéditas los dos artículos siguientes: “La anti¬


modernización de España. Análisis sociocrítico de una práctica dis¬
cursiva” (Antonio Gómez-Moriana) y “Frontera de los estudios
literarios; ciencia de la literatura, ciencia del discurso” (Marc Angenot).
Los comentarios y las anotaciones concernientes al trabajo de
traducción se indican bajo forma de notas al final de cada artículo al
igual que las demás notas del(a) autor(a), y se diferencian de las últimas
por ir precedidas de la abreviatura “N del T\ El mismo sistema se
utiliza para las notas del editor, “N del Ed.”. Algunas referencias
aparecen con el apellido del autor seguido de la fecha de publicación;
esas remiten directamente a la selección bibliográfica que se encuentra
al final del volumen.
M.-Pierrette MALCUZYNSKI
(Universidad de Varsovia)

A MODO DE INTRODUCCIÓN

1. Palabras preliminares.

Producto de cierta coyuntura intelectual francesa a finales de la


década de los sesenta y a principios de la siguiente, y pasando por
algunos investigadores individuales de Montreal1, la sociocrítica parece
mantenerse durante muchos años como una especie de empresa
(académica) de la teoría y de la crítica francesa. La disciplina se ha
concentrado durante mucho tiempo en el sector de la narrativa realista,
campo literario todavía privilegiado, pero ya no exclusivo de la
investigación sociocrítica. Ya se trate de la narrativa realista (y
naturalista) francesa, por ejemplo, en los trabajos de Claude Duchet
(Universidad de París-VIII), ya de textos hispánicos como la picaresca
española, con el hispanista francés Edmond Cros (Universidad Paul
Valéry en Montpellier), entre otros.
Notemos en particular la labor de Edmond Cros, ya que publica
frecuentemente en castellano, empezando con mencionar el centro de
estudios que dirige en la Universidad Paul Valéry de Montpellier,
“Centro de Estudios e Investigación en Sociocrítica” (el C.E.R.S.).
Observemos que casi todos los títulos publicados por este centro se
concentran en las culturas hispánicas. Son publicaciones que com¬
prenden entre otras cosas una colección dedicada a los estudios
sociocríticos (“Collection Etudes Sociocritiques”, con dos series, una
empezada en 1975 y que reúne obras generales, y otra que reproduce las
Actas de simposios y coloquios desde 1976), y dos revistas, Imprévue
(desde 1977) y Co-Textes (monografías de literatura y cultura his-

1 La contribución en torno a la sociocrítica por parte de la investigación literaria


enraizada en una coyuntura germana constituye un problema aparte sobre el cual
volveremos más en adelante. En particular cabe mencionar a Pierre V. Zima (Universidad
de Klagenfurt en Austria) y Jürgen Link (Ruhr-Universitát Bochum, RFA).
12

pánicas, pub. desde 1980)* * 3. En 1986, las Ediciones Gredos de Madrid


publica Literatura, ideología y sociedad, traducción española (con
algunas modificaciones) de Théorie et pratique sociocritiques (1983)
también de Edmond Cros, que incluye todas las referencias a las
literaturas española e hispanoamericanas en la versión original3.
Por otra parte, prestemos especial atención al hecho de que muchos
de los que se llaman sociocríticos son de antemano hispanistas. Entre
otros, Antonio Gómez-Moriana (Universidad de Montreal), especialista
en los Siglos de Oro de la literatura hispánica4, la medievalista Monique
de Lope5, o yo misma, que he llegado a los estudios comparativos
mediante una formación en las letras latinoamericanas y españolas.
Cabe destacar también que varios sociocríticos cuya área de
investigación queda fuera del campo hispánico propiamente dicho han
tenido en uno u otro momento algún vínculo con América Latina, en
particular con México y Argentina. Tal es el caso de Claude Duchet ya
mencionado, de Régine Robin (Universidad de Quebec en Montreal),
la cual ilustra su trabajos sociocríticos con ejemplos de la novela realista
rusa, así como Marc Angenot (Universidad McGill, Montreal), cuya
extensa investigación sincrónica sobre el año 1889 dentro del marco
francófono constituye en sí un estudio sociocrítico.
Y, finalmente, subrayemos que durante la recién terminada década
de los años 80, la sociocrítica empieza a difundirse de manera más o
menos institucionalizada como disciplina, dentro del marco universi¬
tario y académico de investigación cultural y literaria, en varios centros
latinoamericanos y otros lugares del mundo. Algunos de ellos son
centros estructurados, con programas y currículum específicamente
sociocríticos, y todos están agrupados en el encuadre institucional del
“Instituto Internacional de Sociocrítica” (I.I.S.), encabezado por el
“Centro de Estudios e Investigación en Sociocrítica” de la Universidad
Paul Valéry, y el Departamento de Estudios Hispánicos y Portugueses
de la Universidad de Pittsburgh6. Fundado por Edmond Cros, el
Instituto creó en 1985 una revista dedicada a la sociocrítica,

Las ediciones del C.E.R.S. también incluyen una “Collection Etudes Critiques” y una
‘‘Série Pégagogique”.
3 Acaba de publicarse una versión inglesa (véase Cros 1988).
4 Además de numerosos artículos, A. Gómez-Moriana publicó un libro (1985) sobre la
subversión del discurso ritual en los siglos XVI y XVII españoles y está actualmente
terminando otro sobre el Quijote.
5 Monique de Lope (Universidad de Provence, Francia) es la autora de un extenso
estudio sociocrítico sobre El libro de Buen Amor (Lope 1983).
6 Existe un centro en la Universidad de Costa Rica en San José que ofrece seminarios
de sociocrítica, tanto al nivel de grado como de pos-grado, dentro de los estudios en la
Escuela de Filología. En este centro ya se ha generado una serie de proyectos que
13

Sociocriticism, publicada en los Estados Unidos y única de ese tipo en


Norteamérica.
El incontestable y marcado interés por las culturas y literaturas
hispánicas por parte de los sociocríticos, añadido al hecho de que no
existe ninguna empresa parecida en España (o al menos yo no tengo
conocimiento de ello en el momento de escribir estas líneas), hace
imprescindible dar cuenta y razón de esa colectividad, sintéticamente y
en castellano. El primer propósito de este volumen colectivo es, pues,
proporcionar algunos textos fundamentales que familiaricen al hispano¬
hablante con el aparato crítico y analítico de la sociocrítica así como
con el conjunto terminológico, nocional y conceptual, específico que
esta disciplina posee.
Hablemos, entonces, de esfuerzos colectivos. El así llamado “1-er
Congreso Internacional de Sociocrítica” celebrado en Montpellier, en
julio de 1989, con la participación de teóricos y críticos literarios de
varias universidades de Alemania Federal, Austria, Bélgica, Canadá,
Colombia, Costa Rica, Francia, Inglaterra, Italia, México y Polonia (el
2° Congreso tendrá lugar en Gualadajara, México, en noviembre de
1991). Subrayemos, sin embargo, que ese primer congreso fue precedido
por varios coloquios cuyo objeto había sido, más o menos explícita¬
mente, la sociocrítica. Recordemos algunas de esas reuniones. Un
coloquio en Toronto, en 1973, sobre la lectura sociocrítica del texto
novelesco. Un segundo, que tuvo lugar en Ottawa, cinco años más
tarde, en 1979, sobre las relaciones entre sociedad y literatura, y al año
siguiente, otra reunión en Bruselas sobre el tema de la operatividad de
los métodos sociocríticos, cuyas Actas fueron publicadas en la revista
Imprévue (núm.2, 1984). Cabe también mencionar una Mesa Redonda
organizada por el Departamento de Literatura Comparada de la
Universidad de Montreal, en diciembre de 1983, que contó con la
presencia de Edmond Cros y la participación de varios miembros de
otras universidades de la misma cuidad (en particular de la Universidad
McGill y la Universidad de Quebec en Montreal).

culminaron en varias tesis de licenciatura y de maestría, y en publicaciones de artículos y


libros. Los estudios sociocríticos también constituyen uno de los núcleos de interés del
“Centro de Estudios de Literatura Centroamericana y del Caribe” (C.E.L.C.C.), fundado
en 1987 dentro del marco de la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la
Universidad Nacional en Heredia (Costa Rica). El hecho de estar vinculados el
C.E.L.C.C. con el C.I.E.M. (“Centro de Información y Estudios Sobre la Mujer”, todavía
en etapa de constitución) de esta misma universidad, abre nuevos horizontes sociocríticos.
Otros centros existen en la Universidad Nacional de Bogotá y en la Universidad de
Guadalajara en México, así como en la Universidad de Abidjan, en la Costa de Marfil.
Vínculos similares entre la Cátedra de Estudios Ibéricos de la Universidad de Varsovia y
el “Instituto Internacional de Sociocrítica” están actualmente en etapa de constitución.
14

Al mencionar esas reuniones, hay que hacer una observación. Se da


una curiosa pero sintomática progresión de la problemática sociocrítica
que tiene su reflejo en los trabajos presentados en dichos encuentros. Si
en un principio se prestaba una especial atención a aplicaciones muy
concretas (al texto novelesco, en 1973, y a los problemas de mediación,
en 1979), luego se pasaría en el coloquio de Bruselas a cuestiones de
metodología. Poco a poco, las discusiones se orientarían hacia una
problemática de teorización para finalmente desembocar en un
encuadre de discusión explícito que produciría en el congreso de
Montpellier un cierto malestar: la sociocrítica en busca de su objeto. A
primera vista sorprende el uso presuntuoso de ese ‘su’ en una disciplina
que desde sus inicios parecía haber asumido su objeto correspondido de
estudio. Pero, ese objeto, en un principio sin problema aparente, ¿se
habrá de cierto modo ‘perdido’ en el camino, extraviado, difuminado
incluso? ¿Habrá perdido contenido o pertinencia? ¿Se habrá disemi¬
nado? Significativamente, la discusión alrededor de una mesa redonda
en sesión plenaria del congreso de Montpellier precisamente sobre el
tema del objeto, se orientó hacia una problemática del sujeto, sin poder
circunscribir ni ‘el’ ni ‘su’ objeto, a pesar de los repetidos esfuerzos y de
las numerosas llamadas al orden por parte de la Presidente de la sesión.
Recordemos la “Introducción” de Edmond Cros a las Actas del
symposium de Bruselas:

Invitados a hablar de sociocrítica, los participantes nos hablan a menudo


más - y en ocasiones alternativamente - de sociología de la literatura, de
sociología de los textos literarios, de análisis socio-históricos, de las relaciones
de la escritura con lo real... ¿Se debe concluir que en esta etapa de la reflexión
colectiva los límites que separan a unos de otros, esas diferentes perspectivas
estaban mal definidos? ¿Implican sociocrítica la sociología de los autores y la
sociología de la lectura? ¿Se reduce la sociocrítica a la sociogenética? [¿No
habría] otra posición que consistiría en considerar que todo escrito literario
textualiza ( met en texte’) una primera persona del plural vista como una
“totalidad nueva donde predomina el Yo”? Sin duda estas Actas son
reveladoras de la fluctuación de las aproximaciones reunidas bajo [la] etiqueta
[de sociocrítica], pero ¿no será precisamente porque a menudo, se ha
confundido abusivamente la sociología de la literatura con la sociocrítica?

(Mi traducción y mis intercalaciones)

El problema fundamental es que la distinción entre ‘sociocrítica’ y


‘sociología de la literatura’ en el sentido amplio de esta última, fue
quizás el primer, y primario, criterio sociocrítico. Recordamos que, a
principios de los años setenta, además de haber fundamentado la
concepción del término socio(-)crítica’ (entonces con un guión)
precisamente en esta diferencia, Claude Duchet también es el primero
en haberlo aplicado de manera concreta a un texto literario (véase su
15

“Para una socio-crítica o variaciones sobre un incipit”). Sin embargo y


en el transcurso de los años, tal vez ‘oída’ pero evidentemente no
entendida, esa distinción parece haberse convertido en un problema de
objeto. La todavía notoria confusión terminológica y conceptual entre
las dos disciplinas, existente en el encuentro de Bruselas, quedó
desplazada en el de Montpellier, debido quizás más a divergencias
ideológicas entre los participantes que a otras razones.
Entonces, ¿‘sociocríticas’ en plural?, como podría deducirse de lo
apuntado por Claude Duchet en 1979 (véase su “Posiciones y
perspectivas sociocríticas”). ‘Sociocríticas’ desde luego, por lo menos
desde cierto punto de vista; las contribuciones en el presente volumen
demuestran la diversidad, cuando no la heterogeneidad que las
orientaciones individuales confieren al conjunto. Una de ellas en
particular incluso rechaza explícitamente, la etiqueta de sociocrítica al
definir su propio trabajo, si bien queda evidentemente al margen de
cualquier sociología literaria convencional. Al caracterizar un cuadro de
trabajo múltiple, ‘multivocal’ en el sentido bajtiniano, pero claramente
sociocrítico, habría que tener cuidado, sin embargo, con no confundir
‘diversidad’ con ‘indeterminación de objeto’. Prestemos también
atención al riesgo que implica hablar en términos de ‘divergencias
ideológicas’; no caigamos en la tentación de abrir una brecha que haga
‘diferir’ la función y el sentido sociocrítico, desplazando el alegado
problema de objeto para complacerse en una (sin)razón pluralista que
neutralice la problemática, es decir, que convierta en sinónimos
heterogeneidad y pluralismo diseminatorio.

2. Problemática general.

Así pues, ¿qué es la sociocrítica?, ¿cuáles son sus características, sus


finalidades?, ¿cuál es su objeto?, ¿de dónde viene y a dónde va? Son
algunas de las preguntas a las que la voz colectiva de este volumen
intenta responder. Por lo tanto y a manera de preámbulo, quisiera
proponer un marco de trabajo general.
Como se ha observado, existe todavía una tendencia a confundir
sociocrítica y sociología de la literatura, o por lo menos a hacer de la
primera un campo de investigación sinónimo al de la segunda en su
diversificación actual. Pierre V. Zima, por ejemplo, propugna el uso del
mismo término sociocrítica, entendiendo por ello una síntesis de
sociología con crítica literaria (Zima 1985a:9). Eso le permite fusionar
dos conceptos en uno, “sociocrítica/sociología de la literatura”, y
explica las dificultades que tiene para definirlo, “ya que designa
16

numerosas aproximaciones teóricas disparatadas imposibles de encerrar


en una definición a la vez unívoca y matizada. En un intento de definir
el denominador común de las teorías en cuestión, se podría decir que la
sociocrítica es una tentativa de explicar la producción, la estructura y el
funcionamiento (la lectura, la traducción) del texto literario en el
contexto social, histórico e institucional”7 8. Zima también identifica la
sociocrítica con la sociología del lexto&; explica que el primer término
“actualiza” el segundo, al ser el de “sociocrítica” “más corto que la
expresión ‘sociología del texto’” (Zima 1985a:9; 1978). Basándose en los
trabajos de Julia Kristeva y en los de Jacques Lenhardt, Zima deduce
además una equivalencia, en su opinión, de los términos sociología del
texto y sociosemiótica. Es decir, “una tentativa de combinar algunos
teoremas y conceptos semióticos y una aproximación sociológica [para]
transponer los problemas sociales (la comercialización, las luchas
ideológicas, etc.) al nivel lingüístico”. De modo que “la sociología del
texto no pretende fijar el sentido único de un producto literario”, sigue
explicando Zima, “sino que más bien se esfuerza en dar cuenta de su
genésis (y de sus lecturas) en una situación sociolingüística y de su
estructura polisémica”9.
En otro trabajo, Zima define la sociosemiótica como un proyecto
sintético, que toma “como punto de partida sociológico y sociocrítico
(‘ideologieskritisch’) las últimas teorías de Horkheimer, Adorno y
Habermas que se orientan a menudo hacia los problemas del lenguaje y
de la comunicación” (Zima 1985b:114). No obstante, no es nada
extraño que, en todo ese caos conceptual y terminológico producido
con sociologías de la literatura o del texto (“Textsoziologies”), socio-
semióticas, sociolingüísticas aplicadas a los textos literarios, so-
ciogenéticas, sociologías de la lectura y de la recepción, “Ideologies-
kritisch’, la noción de sociocrítica como disciplina se desvanezca en
alguna parte.
En otras palabras, y sin entrar aquí en más detalles pues el propósito
de este volumen no es el de polemizar, son varias las ramas incluidas las
teorías de la recepción, que intentan ver en la sociocrítica una rama más
de ese gran árbol que sería la sociología literaria. Eso se puede apreciar
al observar el hecho siguiente: tales como han sido expuestos y
discutidos desde hace unos veinte años, muchos de los preceptos

7 Consúltese el capítulo “Sociocritique et sociologie de la littérature” en el


Dictionnaire des Uttératures de langue franqaise, eds. Jean-Pierre de Beaumarchais, Daniel
Couty y Alain Rey (París, 1984):2180.
8 No obstante, la proposición de Claude Duchet se presta a confusión (veáse p. 26 de
este volumen).
9 Dictionnaire, 2182.
17

específicamente sociocríticos empiezan a aparecer de manera implícita


como parte de los recientes esfuerzos de reorientar, o quizás sería
mejor decir de ‘regenerar’, una crítica literaria sociológica demasiado
rígida y por consiguiente hoy caduca en muchos de sus aspectos (véase
el número especial en sociología de la literatura de la revista Critical
Inquiry, 14, 4 [1988]). Este fenómeno de reorientación o ‘regeneración’
demostraría de hecho la prominencia de la sociocrítica; una disciplina
que ha dejado durante su todavía breve vigencia una profunda huella en
el desarrollo de la teoría y la crítica literaria. Creo poder afirmar que
todo ello muestra claramente su importancia.
Ahora bien, no cabe duda de que muchos de los preceptos
fundamentales de la sociocrítica fueron, y todavía en gran medida
siguen siendo los de la sociología literaria. Pero al principio de su
Literatura, ideología y sociedad, Edmond Cros reitera la propuesta
inicial de Duchet, haciendo hincapié en “la necesidad de proponer una
teoría fundada en la definición previa de un objeto de estudio específico
diferente del que se ha fijado hasta ahora la sociología de la literatura,
lo que implica la constitución de una nueva disciplina y, para evitar toda
confusión, de nuevas denominaciones” (Cros 1986b:21). Esencialmente,
esa propuesta nace de la idea de que la sociología literaria, en el sentido
más amplio y tomando en cuenta sus múltiples orientaciones, intenta
definir, explicitar la ‘naturaleza’ (si no la ‘esencia’) social del llamado
fenómeno literario-, por lo tanto, se debe abarcar a la literatura desde un
enfoque ya a priori empíricamente sociológico. Este era el caso de la
sociología de la literatura encabezada por Roger Escarpit en Burdeos,
cuyo enfoque migró hacia Lieja sufriendo ciertas modificaciones, para
constituirse en el núcleo de trabajo de algunos investigadores belgas,
como por ejemplo Jacques Dubois, entre otros.
No obstante, el objeto de la sociocrítica no se limita a una
aproximación conceptual basada en la identificación de los medios
operativos de la literatura y de los elementos que la constituyen como
institución social. También se aparta de los enfoques sociohistóricos
particulares de la literatura, defendidos y desarrollados por la crítica
practicada por Georg Lukács, Lucien Goldmann y luego Pierre
Macherey. El sociocrítico se distancia de estas posturas - si bien las
tiene en cuenta y no las rechaza del todo -, al tratar el estatuto social
de la literatura o del texto literario como una evidencia constitutiva de
los mismos, evidencia constitutiva que comparte cualquier rama de las
ciencias sociales y humanas y cualquier práctica cultural.
Por otra parte, el término sociocrítica evoca, es cierto, al de
psicocrítica de Charles Mauron, como ha apuntado Pierre Zima en
diversas ocasiones. Recordemos, sin embargo, que esa evocación fue en
18
realidad una de voluntaria contigüidad, al decir de Claude Duchet, para
realzar una preocupación común por las estructuras textuales de la obra
literaria. Pero aquí termina y a eso se limita el punto de convergencia
entre las dos; la sociocrítica no remite en este sentido a criterios que
inscriben convenciones psicoanalíticas, si bien un cierto vocabulario
(neo)freudiano ha penetrado la terminología de muchas disciplinas,
incluida la teoría y la crítica literaria, y la llamada psicolingüística,
especialmente bajo la creciente influencia de Jacques Lacan. Por tanto
es necesario subrayar, para no dar pie a malentendidos, que desde luego
no se discute el aporte, en nada menospreciable, del psicoanálisis al
estudio literario, por el hecho de dar cuenta de la construcción formal
de un texto. Al igual que el ‘texto onírico’, el ‘texto literario’ es
analizable, descifrable y descomponible de manera que se puedan
demostrar algunos de sus medios de producción. Sin embargo, en los
mismos términos freudianos, la creación artística permite desvelar los
mecanismos del subconsciente, no el conocimiento científico de los
mismos; por tanto, aquellos mecanismos por sí solos no pueden dar
cuenta ni, menos aún, razón de la producción artística. De modo que si
los conceptos psicoanalíticos permiten plantear una problemática de
productividad textual - esa sería quizás su contribución más importante
al estudio no sólo del artefacto literario sino de cualquier artefacto
sociocultural -, cabe subrayar que un análisis psicoanalítico como
método crítico permanece enmarcado dentro de esa misma problemá¬
tica y es inoperante fuera de ella.
En un primer nivel, el más inmanente, el campo sociocrítico de
investigación postula una doble práctica que, tradicionalmente, ha sido
concebida como dos aproximaciones autónomas a la literatura y a la
cultura, independientes una con respecto a la otra y hasta cierto punto
entendidas como contradictorias, es decir, incompatibles. Primero, la de
reinsertar la literatura en tanto que artefacto sociocultural, y su objeto
de estudio, dentro de un conjunto dinámico constituido de diversas
prácticas sociales en instancia de circulación. El gran mérito de la
sociocrítica habrá sido el de afirmar metodológicamente que esa
reinserción no puede ser llevada a cabo al hablar de ‘literatura’
exclusivamente como especifidad particular (aquí tocamos a problemas
ya discutidos desde hace muchos años y por tanto caducos desde el
punto de vista argumentativo). Eso significa, segundo, la obligación de
explorar una problemática de semiosis, es decir, penetrar y examinar
modalidades textuales.
Al centrarse entonces en el estudio del TEXTO, el objeto de la
sociocrítica es específico ya que redefine la noción misma de texto,
desprendiéndola en particular de las varias orientaciones lingüístico-
19

estructuralistas y psicoanalíticas de análisis formalistas. Pues, si hoy en


día el (neo-)formalismo ya no puede refutar la dimensión social del
texto, sin embargo persiste en una tendencia de cercar el fenómeno
literario en su autoreferencia (inter)textual. Ahí, el elemento-clave se
expresa a menudo en términos de una problemática de ‘escritura’ en un
sentido postestructuralista que se desliza hacia enfoques ‘decons-
truccionistas’. Llevado a sus extremos, el formalismo fetichiza y aisla el
texto; lo encierra en sí mismo. El examen de las modalidades textuales
se reduce a un análisis del fenómeno literario10.
La sociocrítica considera además la alternativa que representa un
cierto sociologismo como una irremediablemente oposicional y en
última instancia sin salida. Así, problematiza y reconceptualiza la noción
de texto según criterios que también se emancipan de los varios
constreñimientos manifiestos en una perspectiva sociológica conven¬
cional. Porque a fin de cuentas, la sociología literaria stricto senso
siempre descuida el texto a favor de la noción de obra, al igual que un
enfoque sociolingüístico de la literatura, por ejemplo, confunde lo
textual con los componentes sociológicos del lenguaje en el texto. Es
decir, intenta realzar algunas procedimientos de mediación (de
producción, de recepción) sin diferenciar entre estructuras de
sociedad/de lenguaje y estructuras textuales. Así pues, el texto bien
puede formar parte de un análisis sociológico y/o lingüístico de la obra
literaria, pero no constituye el elemento clave de sus respectivos
objetivos críticos. Baste recordar aquí el concepto lukácsiano de
tipicidad, o Lucien Goldmann cuando habla en términos de homología,
por citar sólo dos ejemplos. Son enfoques que quedan limitados por su
propio objeto: el examen del estatuto social, por no decir sociológico, de
la literatura/de la lingüística/de la semiología. Al no precisar los
instrumentos necesarios para un análisis del sentido dentro del texto, la
problemática de la circulación de los discursos sociales no queda
explicitada como dinámica constitutiva de la práctica literaria.
Es importante hacer hincapié, sin embargo, en que el argumento
espitemológico sociocrítico no consiste en una combinación o combina-

10 Antonio Gómez-Moriana (1981) ha resumido la cuestión del ‘fenómeno literario’ en


términos de cuatro fetichismos: 1. el fetichismo del autor “destacando su poder creador y
su estilo personal”; 2. el fetichismo del contexto socio-económico e histórico-social “en que
‘surge’ la obra como una necesidad indiscutible de los llamados ‘imperativos históricos
(sociocrítica determinista)”; 3. el fetichismo del texto “como único objeto pertinente del
estudio literario en cuanto tal”; y 4. el fetichismo del lector “o sujeto de la recepción del
texto. El texto queda reducido ahora a un conglomerado de ‘estímulos’, pura poten¬
cialidad virtual que necesita para realizarse, para convertirse en obra, el concurso del
lector”.
20

toria - en el sentido levistraussiano de “bricolage” - con uno u otro de


aquellos dos polos de aproximación a la literatura y a la cultura
constituidos por la oposición formalismo/sociologismo, o una síntesis ni,
menos aún, una suerte de intermediaria entre esos dos polos. Tampoco
se puede identificar la sociocrítica con la llamada sociosemiótica; ésta
parece substituir estructuras lingüístico-semióticas a estructuras tex¬
tuales, y recurre, entre otros conceptos, al de sociolecto. Consideremos
cómo Pierre Zima explica tener el proposito de “combinar la orienta¬
ción empírica de la sociología de los contenidos con algunas ventajas de
los métodos dialécticos”, pero niega al concepto de sociolecto una
dimensión ideológica; afirma al contrario que “existen sociolectos que
testimonian posiciones sociohistóricas de grupos particulares, sin ser
lenguajes ideológicos” (véase Zima 1985a: 19 y 20; consulte también
1985b). La pregunta que surge es la siguiente: ¿el lenguaje correlativo
a una (toma de) posición sociohistórica puede ser a-ideológico?
Además, discurso no es la misma cosa que palabra - a pesar de lo que
dicen algunos lingüistas y semiólogos (por ejemplo, Emile Benveniste
[1966] o AJ. Greimas) -, ni tampoco es sinónimo de sociolecto.
Cabe recordar aquí que el concepto de sociolecto deriva de la
lingüística post-saussuriana y es un calco del término idiolecto.
Insertado entre ‘lengua’ y ‘palabra’, el idiolecto designa el ‘código’
inherente y asumido por un individuo; muchos se han valido del
concepto para reintegrar la noción de estilo individual a la teoría
literaria. Mutatis mutandis, junto con el sociolecto la teoría transpone, a
veces casi mecánicamente, la noción de ‘código’ a un grupo o a una
colectivad determinada, designando grosso modo una especie de ‘jerga
social’; así, el sociolecto viene a designar las complicidades lingüísticas
de un pequeño grupo social11. No obstante, el riesgo de confundir
‘grupo’ o ‘colectividad’ con ‘clase’ conlleva el de neutralizar la noción
misma de jerarquización, de diluir el problema de las relaciones
desiguales (de dominación y subordinación) que se implica necesaria¬
mente al hablar de diferencias sociales. Aplicado a los problemas de la
producción del texto literario, es un enfoque que intenta privar el
lenguaje de toda función evaluativa y por tanto comunicativa. El
problema es que el signo, cualquier clase de signo sociocultural, no
puede ser separado de su dimensión ideológica12.

11 De ahí surge un derivado, “sociolecto especializado” (Greimas) que algunos han


ampliado, retrabajándolo en una perspectiva sociológica. Inspirándose de la sociología
durkenheimiana, por ejemplo, Jürgen Link habla en términos de un “imaginario
colectivo”.
12 Cada signo está sometido a criterios de evaluación ideológica; es decir, se trata
de comprobar si el signo es verdadero, falso, correcto, justificado, adecuado. Bajtin/
21

Sencilla pero decididamente, la sociocrítica permite situarse en otro


plano de investigación, uno que afirma que el signo ES ideológico.
Propone otros horizontes críticos que remiten a las prácticas textuales
desde un punto de vista sociohistóricamente diferencial, uno que asume
los problemas de ‘intercambios’ y de ‘usos’ sin confundirlos, al mismo
tiempo que provee de nociones teóricas y medios e instrumentos
específicos de análisis. En la medida que da cuenta de la instancia socio-
discursiva en circulación, la sociocrítica circunscribe el objeto de
análisis en función de dicha dinámica y de antemano entiende el texto
no sólo como el producto de una práctica socio-ideológica, de igual
importancia y en interacción recíproca con las demás prácticas
cognitivas, sino también como una producción en sí. Por lo que se
refiere a la literatura en particular, eso no significa privar lo ‘literario’
de su especificidad estética. Al contrario, intenta circunscribir las
características de esa especificidad, con sus modalidades, funciones y
objetivos propios, y las reinserta dentro de una economía sociocultural
dada sin la cual la dimensión del valor mismo del texto permanecería
ininteligible.
La sociocrítica es y siempre ha designado una disciplina en sí, cuyas
modalidades de trabajo consisten en penetrar dentro del artefacto y
resaltar el estatuto de lo social EN el texto. Esta fue la propuesta inicial
de Claude Duchet en 1971. Referiéndose a Henri Zalamansky (cf.
Goldamnn 1967), Edmond Cros confirma y resfuerza esa modalidad,
haciéndola aún más explícita; “no se trata de negarle su función
informativa a un texto de ficción - escribe Cros - , sino más bien de dar
a esta función su especificidad y situarla fuera de las zonas superficiales
de la obra donde el análisis de los contenidos estima posible
descubrirla” (1986:17). Hace falta extender el lema de Duchet, “dentro
de la obra, dentro del lenguaje”, para poder afirmar que “dentro del
lenguaje” se remite sobre todo al discurso. En seguida advertimos que,
significativamente, una perspectiva sociocrítica entiende las estructuras
de mediación, que intervienen entre las estructuras de sociedad y las
estructuras textuales, como de naturaleza discursiva (Cros 1986:113), y
no ‘inter-textual’. Por su parte, Claude Duchet habla del texto en
términos no sólo de lo que es sino también de lo que está antes y fuera
de él (“avant-texte” y “hors-texte”). Por tanto, todo un aspecto de la
sociocrítica se orienta hacia el examen de la o las maneras de las cuales
el texto está trabajado por los varios discursos co-existiendo en

[Volochinov] (1977:27) afirma que el campo de lo ideológico coincide con el de los signos;
se corresponden mutuamente. Donde está el signo, también está lo ideológico. Todo lo
que es ideológico tiene un valor semiótico.
22

una instancia de sociedad dada y, vice-versa, el texto opera sobre


aquellos discursos.
De ahí una noción de suma importancia para la sociocrítica, la de
discurso social. El discurso social se define como el conjunto regulado
por las convenciones y tomado en sus configuraciones ideológicas, de lo
que se dice y se escribe en un estado de sociedad. Véase el artículo de
Régine Robin y Marc Angenot, “La inscripción del discurso social en el
texto literario”. La concepción del discurso social se distingue de las
nociones de ‘ideología’, ‘doxa’, ‘hegemonía’ (en el sentido de Antonio
Gramsci), del ‘memorial’13. Pero al hablar fríamente de discurso social,
se entreabre de facto, ¡si bien involuntariamente!, alguna ventanilla por
la cual se precipita cierta tentación de ‘objetivizar’ !o discursivo; es
decir, una tendencia a descuidar la actividad humana que caracteriza la
práctica discursiva. Existe precisamente el riesgo de conferir a la
‘socialidad’ del trabajo discursivo un valor de intercambio, y no de uso.
La labor discursiva puede aparecer como una práctica que se ‘libra de(l)
juicio’ (ideológico). En la problemática de la (re-)distribución del
capital cultural y de sus estructuras discursivas, la noción misma del
discurso tiende entonces a difuminarse en una indeterminación
axiológica. Y de aquí la importancia de otro concepto, el de lo
imaginario social, tal cual lo ha concebido y elaborado Iris M. Zavala
(véase su contribución, “Lo imaginario social dialógico”). Al realzar el
usuario del lenguaje y de los productos socio-ideológicos en lo que
concierne a la producción literaria, la concepción de lo imaginario
social consiste en una significante propuesta que en parte constituye un
contrapeso a la de discurso social al mismo tiempo que la complementa.
Junto con la ya aludida diferencia entre productividad textual y
producción del texto, la sociocrítica permite delinear una serie de
distinciones fundamentales, todas las cuales subrayan la necesidad de
no confundir estructuras de sociedad con estructuras textuales, del
mismo modo que sujeto ideológico y sujeto crítico no remiten a una
misma instancia socio-discursiva. Una primera hipótesis, pues, sería la
de establecer que lo inter-textual no tiene sentido sino en relación con
determinadas y variadas practicas socio-discursivas que atraviesan y
sostienen el texto. En un primer intento de abarcar entonces el qué es,
qué significa sociocrítica, propongo hacer una diferenciación con¬
ceptual inicial entre intertextualidad e inlerdiscursividad'.
- intertextualidad: circulación y transformación de ideologemas, es
decir de pequeñas unidades significantes dotadas de acceptabilidad

13 Consúltese Angenot/Robin (1987), así como Angenot 1982, 1988 y 1989, y Robin
23

difusa en una ‘doxa’ dada”; la definición es de Marc Angenot14.


- interdiscursividad: interacción e influencia recíproca de diferentes
discursos circulando en una instancia social dada, incluyendo las que
habrán sido seleccionadas para ser reproducidas o no en un texto
determinado15.
Entendámonos bien. No es una cuestión de substituir la noción de
intertextualidad a la de interdiscursividad, sino de asumir el hecho que
no son la misma cosa ni remiten a los mismos fenómenos de producción
textual (véase el artículo de Ed. Cros, “En torno a la interdiscursividad”
para una interesante discusión que explora el problema en torno a las
varias concepciones de discurso, con referencias a Michel Foucault,
Michel Pécheux, Régine Robin, entre otros). Esa diferenciación remite
a otra distinción, quizás más crucial aún para el objeto sociocrítico,
entre ideologema e ideosema, el segundo término forjado por Edmond
Cros16. El ideologema designa un fenómeno ante todo ex/ra-textual,
mientras el ideosema, al contrario, un factor entera y específicamente
textual.
La definición más aceptada del ideologema emana de los trabajos
del Círculo Bajtin y nos llegó modificada a través de la labor
psicoanalítico-lingüística de Julia Kristeva. Según esta definición, el
ideologema asimila lo semiótico a lo ideológico; designa una función
común entre diferentes estructuras en un espacio sociocultural
concebido como intertextual17. El ideologema es un factor de
asimilación, cuando no de absorción, a un nivel específicamente
estructurador y se precisa desde la perspectiva de una hegemonía socio-
discursiva, de un bloque sociohistórico. De carácter sincrético e
unificador18, designa un factor hegemónico de determinación que
orienta ideológicamente la constitución de tal o cual discurso. Al igual
que el lugar aristotélico (“topos”), funciona como un principio
regulador subyacente en los discursos sociales a los cuales confiere
autoridad y coherencia (véase Angenot 1979:100); es decir, autoridad y
coherencia ideológicas. A partir del ideologema, el objeto de análisis

14 Angenot 1982:106-107 (la traducción es mía), así como del mismo autor 1977.
15 véase también el capítulo “Intertestualitá e interdiscorsivitá nel romanzo e nella
poesía” en Cesare Segre (1984): 105-118.
16 Para un primer esbozo de esa distincción, véase mi trabajo “New Mythologies: The
case of Mikhail Bakhtin” (1988).
17 Véase Kristeva 1968:312-313.
18 Como fenómeno de regulación estabilizadora, el ideologema permite la
manifestación simultánea de ‘verdades contradictorias’, o sea, dar cuenta de los elementos
residuales y emergentes que circulan en un estado de sociedad dada. Consúltese también
un largo y exhaustivo estudio sobre el ideologema, Schendel 1986-1987.
24

tiende entonces a circunscribir lo ideológico, a veces a costa de lo


semiótico. Pero la identificación del ideologema no permite dar cuenta
del potencial discursivo en su textualización, precisamente porque se
trata de un fenómeno extra-textual. El riesgo consiste pues, en
confundir el sujeto ideológico con el sujeto semiótico/crítico; en sus
aspectos más extremados, esta confusión puede enfocar la investi¬
gación cultural/literaria hacia un mero estudio ideológico de la
semiología.
El ideosema, por su lado, designa un factor coyuntivo e integrante
que se discierne desde una perspectiva de heterogeneidad sociodis-
cursiva. Derivando de una práctica ideológica precisa, explica Oros, el
ideosema se sitúa en la intersección de lo ideológico y de lo semiótico
y designa todo fenómeno textual que (re)produce las diversas inter¬
acciones entre diferentes discursos coexistentes en una determinada
instancia social. El ideosema no es en sí un agente estructurador sino
que define las interrelaciones que confieren, a través de él, una
significación semántica al material textual (Cros 1986b:81): es el factor
que induce la evaluación, cuando no la crítica. Es simultáneamente el
punto de origen a partir del cual el proceso de estructuración se
engendra y cada uno de los elementos que, a través el texto,
reproduce ese origen. Cros llama a la red de ideosemas una
“microsemiótica intratextual” (véase Cros 1990:75-93). Por nuestra
parte agregamos que la noción de ideosema enfatiza el sofisma teórico
que consistiría en hablar de ideología con respeto al artefacto
(literario u otro) sin explorar una problemática de semiosis del
sentido.
Resumiendo: el objeto del análisis sociocrítico es el de trabajar las
condiciones de existencia de la práctica textual, de la especifidad
estética del texto irreductible a su material lingüístico, de su
socialidad, subrayando la necesidad de poner en relieve los varios
discursos necesariamente comprometidos en un texto dado, así como
distinguir entre diferentes tipos de discursos. Más específicamente, se
trata de afirmar la preeminencia de lo mtmiiscursivo con respecto al
discurso. Aquí mismo se hace patente el aporte de uno de los
preceptos más importantes del Círculo Bajtin. Ya en 1924, en su
artículo “El problema del contenido, del material y de la forma en la
obra literaria”, Mijail Bajtin (1986a y 1989) apuntaba la necesidad de
construir una ciencia en una u otra esfera de la creación cultural
conservando toda la complejidad, plenitud y originalidad del objeto.
Subrayaba también que para una autodefinición exacta y segura, le es
indispensable a la estética (del arte literario) una interdefinición con
las otras esferas en la unidad cultural de la creación artística. No es
25

pues una casualidad que el subtítulo de este volumen y el exergo tomen


del filósofo y teórico ruso la noción de “cultura de fronteras”19.
Explico lo imprescindible del nexo Bajtin/sociocrítica en el artículo
incluido al final del volumen.
En definitiva, con el horizonte teórico y metodológico abierto por la
sociocrítica se fudamentan algunos de los criterios necesarios para el
establecimiento de una ciencia rigurosa de los artefactos socio-
culturales. Como ha observado recientemente el sociólogo francés
Pierre Bourdieu (1988:539), aludiendo también al problema formalismo
versus sociologismo, esa rigurosa ciencia consiste en una verdadera
conversión del modo usual de ‘pensar’ y ‘vivir’ la empresa intelectual.
Significa romper la relación narcisista inscrita en la representación del
trabajo intelectual como ‘creación’ por un lado y, por otro, excluir como
expresión por excelencia de la ‘sociología reduccionista’ el esfuerzo de
subsumir al artista y la obra de arte a una forma de pensamiento
doblemente reprensible pues a la vez genética y genérica.
Metodológicamente hablando, la sociocrítica consiste en trabajar,
remitiendo a procesos de la interdiscursividad, elementos de la
textualidad - al igual que el ideosema permite precisar el análisis
sociotextual - para especificar el problema de las prácticas socio-
discursivas. La propuesta de Antonio Gómez-Moriana en “La anti¬
modernización de España. Análisis sociocrítico de una práctica
discursiva” es un análisis sociocrítico aplicado al discurso español en
torno al concepto de la ‘modernidad’ y sus derivados, ilustrado con
ejemplos textuales tomados del Quijote y del Burlador de Sevilla. Es un
trabajo que conviene leer junto con las reflexiones innovadoras, y
reevaluadoras, de Iris M. Zavala en torno a la problemática
‘moderna/ista’ hispánica.

* * *

El presente volumen no pretende, ni mucho menos, presentar todos


los aspectos de la sociocrítica, sólo intenta indicar algunas de sus
prácticas que pueden servir de ilustración para un cuadro de trabajo
general a la vez que básico. Y eso consiste necesariamente en
proporcionar un riguroso encuadre nocional y conceptual. Ya se han
mencionado algunas nociones como discurso social, imaginario social.

19 Bajtin subraya que el acto cultural vive, en sustancia, sobre fronteras, de ahí su
seriedad y su importancia; llevado fuera de sus fronteras, pierde equilibrio, se vacía, se
hace arrogante, degenera y muere. Véase “El problema del contenido, del material y de la
forma...”.
26

interdiscursividad, ideosema, a los cuales se añade, entre otros, el de


sociograma (Duchet).
No obstante, si las implicaciones teóricas y metodológicas de la
sociocrítica son muy diversas, eso no quiere decir que la disciplina
misma no tenga sus propias limitaciones. Dado que tanto el trabajo ya
mencionado de Iris M. Zavala como el de Myriam Díaz-Diocaretz ( El
sociotexto: el entimema y la matriherencia en los textos de mujeres”)
son congeniales con la sociocrítica, pero no se pueden definir como
específicamente sociocríticos, sus respectivos artículos ocupan un lugar
importante en ese volumen porque permiten, implícitamente, sacar a la
luz algunos de los problemas y peligros que amenazan a esta disciplina.
Así pues, creo esencial incorporar aquí algunos conceptos que quedan
voluntariamente al margen de la sociocrítica, que precisamente se
manifiestan y se articulan en sus fronteras, como el de lo imaginario
social que realza al 'agente humano’ en las teorías de producción y
recepción del texto literario, y el sociotexto de Díaz-Diocaretz, que hace
hincapié en las diferencias entre la noción de ‘textualidad’ y la de
‘práctica textual’. Esta última contribución es especialmente interesante
porque trata de un aspecto de la cultura literaria hasta ahora ignorada
de la sociocrítica, los estudios feministas20.
Pueden además plantearse otras cuestiones. Pues hablar de inter¬
discursividad nos remite a la distribución y la transformación del marco
(histórico, político, institucional, tecnológico) de los constituyentes del
conocimiento sociocultural. En última instancia, la sociocrítica se pre¬
ocuparía también por la historia de las mentalidades. Me parece enton¬
ces necesario ampliar los objetivos sociocríticos en sus modalidades,
inicialmente y todavía casi exclusivamente centradas en el texto litera¬
rio. Aquí se hace importante la inclusión de unas nociones que han sido
elaboradas y desarrolladas fuera del marco de la crítica literaria propia¬
mente dicha, como, por ejemplo, lo que P. Bourdieu llama el habitus, y
su noción de [re]conversión. Más precisamente, sería imprescindible
justificar las razones de ser de la sociocrítica de manera que una teoría
de la producción sociocultural indisociable del problema de la circula¬
ción interdiscursiva quedara asumida por la práctica crítica. Sin duda, es
a lo que se refiere Marc Angenot al plantear un problema concomitante
en su “Frontera de los estudios literarios; ciencia de la literatura, cien¬
cia del discurso”, donde cuestiona el proto pseudos conceptual de los

2° La crítica literaria desde un enfoque bajtiniano y feminista propuesta por Myriam


Díaz-Diocaretz constituye mi punto de partida en un trabajo sobre el planteamiento de
una sociocrítica feminista, que parecerá en un volumen colectivo, Féminismes (ed. Myriam
Díaz-Diocaretz, Amsterdam/Atlanta: Eds. Rodopi).
27

llamados ‘estudios literarios’. Por mi parte, en “El ‘monitoring’; hacia


una semiótica social comparada”, propongo desarrollar el concepto de
monitoring inicialmente esbozado en otro trabajo (1989) como una
tentativa de afrontar y hacer hincapié en nuestra coyuntura de (profun¬
da) crisis tan de fin-de-siglo, muy de ‘fin-de-milenio’ diría. Se trataría de
re-orientar los múltiples discursos dispersos de las ciencias humanas
hacia una semiosis del sentido como una problemática transdisciplinaria
e intercultural.
Claude DUCHET
(Universidad de París-VIII)

PARA UNA SOCIO-CRÍTICA


O VARIACIONES SOBRE UN INCIPIT1

Palabras no de viento, sino de


carne y hueso [...] significan
más de lo que dicen.

Montaigne

Es el desvío (“écart" en francés) entre el significar y lo dicho lo que


autoriza el propósito de este artículo. Querríamos preguntarnos por ese
‘más de’ que separa las palabras de viento (verba) y las de carne y hueso
(scripta), que quedan y son nuestro vivir. Pero ¿por qué la socio-crítica?
Siempre se vacila en cargar la lengua con un neologismo y en ceder a
las modas de los prefijos. El aparato conceptual de la crítica ‘moderna’
es ya una selva que demasiado a menudo oculta el árbol-texto. Las
‘-logias’, las Mas’, las ‘meta-’ hormiguean ya, según algunos, sobre el
cadáver de las obras. ¿Obra? la palabra - pero ¿qué es la palabra? -
según otros está en cuarentena. Así como el asunto, el autor, la
literatura y, naturalmente, los personajes que no acaban de morir. Hace
bastante tiempo que nadie se atreve a transmitir un mensaje, por lo
menos en nuestro Occidente, y el escritor - si no es escribiente o
escribano - se sonrojaría, si existiera, por tener una idea, o solamente
algo que decir. En cuanto al realismo, cada uno sabe, o quisiera saber,
que es una astucia burda. Sólo los lectores se dejan engañar. La lectura,
ese vicio castigado, se convierte en una delectación taciturna.
Dejo a los expertos el cuidado del diagnóstico o la prueba del mal, si
es que lo hay, no he querido más que juntar, en incipit, un puñado de
varas para permitir al que lo lea debidamente escudriñar el ‘texto’ que

1 Traducido de la versión francesa, “Pour une socio-critique ou variations sur un


incipit”, publicado en Littérature, 1 (feb. 1971):5-14.
30

va a seguir. No sé de qué manera podría escapar de lo que atestigua:


una fecha y una situación.
Ahora bien, el término socio-crítica empieza a encontrarse por aquí
y por allá. ¿Se trata de un simple remiendo onomástico para designar de
nuevo la crítica ‘positivista’ (explicación del árbol por la selva), o del
disfraz de cierta crítica marxista (dialéctica del árbol y de la selva)? ¿Se
trata de una denominación cómoda y sintética que cubre diversos
intentos en los caminos abiertos por Lukács, Auerbach, Goldmann, o
por otra parte por los neo-formalistas? ¿Se trata más bien de una
especificidad que se afirma o se busca en el confluente de varias
corrientes (marxistas y estructuralistas), de un encuentro para un
proyecto común de disciplinas que han elaborado, cada una en su
dirección, su propia metodología: lexicología, estilística, semántica,
semiología... y también socio-antropología? En ese caso, ¿cuál sería el
proyecto y a qué llevaría?
Habiendo usado el término, me siento obligado a dar cuenta de él
‘provisionalmente’ y quisiera intentar precisar sus contornos, sin
demasiado aparato teórico. No es éste ni el lugar ni el momento y, tal
vez, la socio-crítica necesite menos conceptos nuevos que justas
aplicaciones. Un ‘intermediario’ (“entre-deux”) parece abierto, para ella
y no por ella, entre la sociología de la creación, con la que queda ligado
el nombre de Lucien Goldmann, y la sociología de la lectura, de la que
Burdeos y Lieja, entre otras, han hecho su especialidad, y de la que se
preocupan igualmente los sociólogos de la producción literaria como
Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron2.
A este'‘intermediario’ yo lo llamaré texto, para ser breve, y no entrar
en los debates en curso, y presentaré la socio-crítica como una
sociología de los textos, un modo de lectura del texto. ¿Monsieur
Jourdain o Lapalisse? Precisemos, corriendo el riesgo de truismos. La
palabra texto no implica para nosotros ninguna clausura, sobre todo no
la de su mayúscula inicial (que es por lo demás sólo una convención

2 La socio-crítica no tiene la pretensión de inventar el texto. Pero demasiados


comentarios sociológicos, o análisis marxistas de inspiración filosófica, estética o política
han atravesado hasta ahora el texto para establecerse más allá y considerar el estatuto
externo de las obras. Eso en razón de sus objetivos, pero también con falta de técnicas
específicas. Por otra parte, la teoría del reflejo, el concepto de lo típico, entre otros, así
como una insuficiente exploración de las ideologías y de la naturaleza del significado
literario han fijado la investigación marxista. El libro de Pierre Macherey ha marcado un
viraje y, más recientemente, los dos coloquios de Cluny, las investigaciones de Henri
Meschonnic, por ejemplo, y las de algunos grupos que trabajan con instrumentos mejor
adaptados, han modificado sensiblemente la situación. En el lado opuesto, ciertos
‘textólogos se han dejado atrapar en la trampa del auto-engendramiento del texto, causa
sui, hasta suprimir la noción misma del ‘intermediario’ (“entre-deux”).
31

entre otras) o de su punto final. Se trata de un objeto de estudio, cuya


naturaleza cambia según el punto de vista desde el que es abordado
(desde la obra hasta la formación discursiva tal y como la ha definido
Michel Foucault), y cuyas dimensiones varían de una forma parecida,
desde la más pequeña unidad lingüística hasta un conjunto reparable de
escritores: el texto utópico es la colección de escritos utópicos de una
época, o incluso la totalidad transcrónica del escrito utópico; pero texto
también la página que apunta tal comentario, o tal ‘explicación de
texto’, la cita, el rumbo Valeriano, o el exergo de ese propósito.
Un territorio se define por las fronteras: las del texto son
movedizas. En el caso de una novela, el título, la primera y la última
frase son, a lo más, señales entre el texto y lo fuera-del-texto (“hors-
texte”). De hecho, la sobrecubierta y la cubierta ya han hablado el
texto, ya han situado su contenido y su modo de escritura, ya han
distinguido ‘literatura’ y ‘sub-literatura’, nueva novela y novela nueva,
ya han escogido al lector sin quien no habría texto del todo.
Alrededor del texto hay entonces una zona indecisa, donde ése juega
su suerte, donde se definen las condiciones de la comunicación, donde
se entremezclan las dos series de códigos: el código social, en su
aspecto publicitario, y los códigos productores o reguladores del texto.
Las eventuales variantes pertenecen también a la zona textual3. Allí
son legibles hacia la coherencia, la huella de las presiones culturales...
Su estudio, así como el de los borradores y de los manuscritos no
interesa tan sólo a los filólogos. Desde nuestra perspectiva, son los
elementos de un texto enmascarado (genotexto), el lugar de un
desastre de la escritura, donde se puede observar la huella de los
posibles reprimidos, el juego de connotaciones, la influencia refractada
del destinatario. Los bosquejos (o estados) no son solamente intentos
de pluma hacia una expresión justa, sino suma de desvíos que puede
dar lugar a la sistematización. En la palabra escogida después de
borrones pesan todas las negativas que le dan nacimiento. Del texto
enmascarado o del texto público, puede ser uno u otro el más
directamente sensible a la investigación socio-crítica que se esforzará
siempre en reconocer, bajo el trayecto del sentido inscrito, el trayecto
desde lo no dicho hasta la expresión. Aplicada a los materiales o a los
rechazos de la obra la socio-crítica debe considerarlos estructurados
del mismo modo que la obra misma4.

3 Ver las sugestiones de J. Peytard, “Les Chants de Maldoror et l’univers de


Lautréamont”, Nouvelle Critique (oct. 1970).
4 Se quisiera aquí hablar de inconsciente textual, e impulsar la homología entre psico-
socio-crítica: por un lado la relación con el sujeto, el mito personal o colectivo, por otro la
32

Del otro lado del texto, pero ligados a él por la práctica social de la
lectura, que hace que un texto sea indisociable de las formas de cultura
o de enseñanza por las que es transmitido, la glosa de los escoliastas,
todos los meta-lenguajes o mediaciones que lo hacen ‘literatura’. No
hay texto ‘puro’. Todo encuentro con la obra, incluso sin preludio, en el
espacio absoluto entre libro y leyendo5, ya está orientado por el campo
intelectual en que sobreviene. La obra no es leída, no toma rostro, no es
escrita sino a través de costumbres mentales, de tradiciones culturales,
de prácticas diferenciadas de la lengua, que son las condiciones de la
lectura. Nadie es jamás el primer lector de un texto, ni siquiera su
‘autor’. Todo texto ya está leído por la ‘tribu’ social, y sus voces
extrañas - y familiares - se entremezclan con la voz del texto para darle
volumen y tesitura. Se recriminará que la palabra del escritor es ad
hominem, que la única cuestión legítima es “qué puede la literatura para

relación con el mundo, las ideologías, a través del espesor textual. Pero como ha
subrayado Serge Dubrovsky, la psicocrítica desemboca en una filosofía del espíritu y falla
la explicación de lo que aquella explícita. Además, la psicocrítica estudia en el texto un
discurso de la obsesión a partir de señales como las metáforas. Las presas de la socio-
crítica son más tenues, pero tal vez más aseguradas. No se trata de interpretar un sistema
simbólico, sino de remontarse hacia la ‘ignorancia’ (‘Tinsu”) del texto, de leer un discurso
no tenido o invisible por demasiada evidencia, de captar la instancia de lo social no en la
Ley, sino en las legalidades socio-culturales, vividas y no pensadas. En otro lenguaje, se
trata de distinguir entre en-sí y para-sí del texto, entre ser de clase y posición de clase.
Bajo ese punto, una intuición de Michelet me parece esclarecedora: “El error del pueblo
cuando ese escribe, es siempre de salir de su corazón, donde está su fuerza, para ir a tomar
prestado a las clases superiores abstracciones, generalidades. El tiene una gran ventaja, pero
que no aprecia de ningún modo: la de no conocer la lengua convenida, de no ser, como los
somos nosotros, obsesos, perseguidos por frases todas hechas, por fórmulas que viene de
ellas mismas, cuando escribimos, a ponerse sobre el papel” (Le Peuple, II [París, 1846],
196; subrayo. El pasaje me ha sido señalado por Renée Balibar, que trabaja sobre esos
problemas de lenguaje). El texto puede ser comentado por los comentarios de Pierre
Bourdieu: “La obra es siempre elipsis, elipsis de lo esencial: ella sobrentiende lo que la
sostiene (...). Lo que traiciona el silencio elocuente de la obra, es precisamente la cultura
(en el sentido subjetivo) por la que el creador participa de su clase, de su sociedad, de su
época” (Bourdieu 1966:897). Ver también la noción de “enlace extra-textual” de louri
Lotman (en Change, 6, en particular p. 70). Basta por ejemplo con soñar con el
‘personaje’ del proletariado para evaluar, bajo lo dicho del texto, la fuerza represiva de
una práctica casi exclusivamente burguesa de la literatura, incluso (¿sobre todo?) en Zola.
Habría que rebuscar los puntos de origen textual de un Gervaise o de un Lantier, recoger
todos los indicios y connotaciones que les constituyen poco a poco. Allí está su verdadera
vida, mucho más que la aventura que les cuenta. El punto de encuentro entre socio-crítica
y psicoanálisis, entre reprimido y rechazado, me parece deber situarse en otras regiones
que aquella de la psicocrítica, por las lecturas de dispersiones y de tensiones, más que de
superposiciones. Resulta que el aporte psicocrítico es importante, para construir una
teoría del efecto.
5 N del T: En la versión original, “entre livre et lisant”.
33

mí, que la lectura es placer e investigación del placer” (subrayo)6 7. Se


trata allí de otra dimensión, vivida, de la lectura, de una relación
privada y privilegiada (siendo ella misma un producto cultural) de un
buen uso de la lectura que puede ser el auto-análisis: ‘la obra me lee’.
Pero ella lee también la historia, y sea cual sea la calidad de la
lectura, esta no puede, según nosotros, escapar de su estatuto social si
se quiere admitir que las condiciones de recepción de un texto lo
crean en parte.
Es por eso que el final de un texto no es su fin, sino la espera de su
lectura, el principio de su por qué, de su hacia qué. Al final de la
Búsqueda del tiempo perdido (Marcel Proust), la búsqueda comienza, ‘en
el tiempo’, y la novela empieza de nuevo. Es el otro umbral del texto, un
instante de verdad en el que éste se declara, - “noche que anda” o
“amor taciturno...” -, añadiendo un efecto a los efectos, una des¬
tinación al sentido. Pero el principio de un texto no es tampoco su
comienzo: un texto no comienza jamás, siempre ha comenzado antes.
“La marquesa salió a las cinco” no puede enunciarse más que en la
parte baja de un río arriba, fuente ideal de códigos por los que se regu¬
lan el empleo del tiempo de las marquesas y el intertexto de los incipits,
ya que es necesario que la novela comience señalándose como tal.
El ante-texto (“l’avant-texte”) es pues también un fuera-del-texto-,
prosa del designado (la mira o el objetivo del texto) o del referente que
lo actualiza: lo que en Brasier, mito del poeta, es fuego; prosa del signo:
el avión de la modernidad en Zone\ prosa del significante: la palabra
impura de la tribu. El texto trabaja como el jugo de uvas, va hacia su
coherencia, borra el mundo, se encierra sobre su decir esencial, intenta
fundarse en valor, destruir la alusión para hacerse ilusión, volverse lo
real que persigue ser su lugar y su fórmula, suprimir en fin la
interferencia de los discursos parásitos: esos del tiempo, de los lugares,
de los objetos, de los cuerpos, de los hechos de la historia, de las
‘escenas’ de la novela... Pero lo que amenaza el texto impide también su
deriva. Esos discursos son los puntos de anclaje: aseguran la situación1 y
por lo tanto la comunicación del texto.
“Y los objetos, ¿cuál ha de ser la actitud frente a los objetos? En
primer lugar, ¿son necesarios? Qué pregunta. Pero ya no me engaño
que son de prever... Allí donde hay gente, dicen, hay cosas” (Samuel

6 Véase Michel Crouzet, “Psychanalyse et culture littéraire”, R.H.L.F. (1970):5-6. El


artículo, animoso, vivo, apasionado, apasionador, desarrolla un punto de vista poco más o
menos contrario al nuestro.
7 Ver G. Mounin, “La notion de situation en linguistique et la poésie”, Les Temps
modernes (dic. 1966).
34

Beckett, L’innommable). El objeto no es sino uno de esos cuerpos


opacos que el texto atrapa en su mallas. Lo esencial es que él haya
venido de otra parte como las manos o los rostros, como los gestos del
amor o los ritos del intercambio, las costumbres de mesa o las figuras
del deseo. El texto, en su generación debe sin cesar obrar con astucia
con lo que dentro de su elección misma no está elegido y le
compromete fuera de su camino. Recorrido a rectificar en cada frase, en
cada palabra. Migración del sentido hacia la significación. Constitución
de un espacio a partir de lugares, de un ‘personaje’ a partir de detalles,
de una ideología a partir de ideas más o menos recibidas, de la
literariedad a partir de códigos, de un vocabulario a partir de un léxico,
de un tiempo novelesco a partir de esos momentos socializados que
cortan de forma distinta el día según uno sea lavandera o marquesa:
“un proceso activo de apropiación de la realidad”8. No se trata ya de
leer lo oculto del texto, sino de establecer sus condiciones de existencia,
es decir de restituirle su asiento, siempre percibido y a menudo
invisible, situado fuera de las palabras y dentro de las palabras, de
buscar las raíces, de donde le vienen savia, sabor, saber. Espesor y no
profundidad, porque “los momentos, el mar, el rostro humano, en su
plenitud, nativos, conservan una virtud de otro modo atrayente que no
les valdrá una descripción” (Mallarmé).

* *

Flaubert9 nos servirá de ejemplo y de ejercicio para juntar estas


notas, precisamente en este límite donde el texto se pone en juego,
donde se intercambian mundo y palabra, vivir y decir, necesidad y
‘libertad’, donde se decide la elección, juntamente, de un fuera y de un
aquí, y el perfil de un sentido, en la suspensión de otros. Se habla de la
apertura de una novela: la palabra es ambigua porque tiende a
sacralizar como espacio del vuelo, de lo verdadero, de lo fiable, de lo
verificable, un en-dentro problemático, el azar de un texto, un lugar al

8 Roland Leroy, “Lénine et la littérature”, en Lénine et l’art vivant (París, 1970):71.


Podríamos asombrarnos del carácter poco ‘socio-crítico’ de esas notas. Eso sería olvidar
que historia y sociedad están inscritas en ellas, en cada instancia de la gestión, al menos a
primera vista. Otros, muy próximos a nosotros, parecen perder de vista ese alrededor y
ese dentro del texto; a la inversa, otros igualmente próximos, han perdido de vista el
texto.
9 Elección arbitraria y criticable, pero que permite situar la investigación sobre ese
campo de batalla del realismo donde se enfrentan análisis de tipo sociológico y
descripción textual. Otro ejemplo no haría sino cambiar el objeto, no la naturaleza del
propósito.
35

principio hecho de límites, un íemplum donde se observan los signos.


Pero ¿de dónde vienen las aves, y esos baches negros que ellas hacen
maliciosamente en el azul, qué saber ha guiado el bastón del
adivinidor? O bien, ¿se trataría de abrir una morada donde todo está
ya-allí, el depósito de un ya-dicho, de recibir un sentido todo hecho?
Yo quisiera pensar al revés la apertura, ver la vuelta hacia la otra cara
del espejo, hacia la reserva de los posibles, las prácticas vividas, hacia
ese lugar de los sentidos que es el mundo, y los caminos que la
historia traza en él.
No una, sino unas aperturas, unas roturas, unas brechas, en el
defecto de las imágenes, en las lagunas del texto, en los bruscos
cambios del relato, en los silencios del discurso, en los vacíos del
volumen textual. Hay menos exceso del texto en el texto que fuera de
él, pero se escribe y se lee en él. El texto da a leer sus espacios, se da
a leer en sus ‘blancos’: son lugares del significar, donde yacen tal vez
sus archivos. Por ello la reflexión de Michel Foucault sobre el análisis
enunciativo nos parece aquí decisiva, a condición de extenderla al
texto. Lo que puede parecer un contrasentido, puesto que M. Foucault
cuida mucho de distinguir el enunciado del texto, puesto que la
arqueología “no quiere en absoluto volver a encontrar el punto
enigmático donde lo individual y lo social se invierte el uno en el
otro”, puesto que en todo rigor “el enunciado no es frecuentado por
la presencia secreta de lo no-dicho, de los significados ocultos, de las
represiones” (ref. Foucault 1979). Sin embargo, si consideramos la
literatura como una formación discursiva específica, nuestra mira es
ese punto donde la información se vuelve valor, por un trabajo del
texto sobre el enunciado, donde texto y enunciado se confunden, y
nuestro esfuerzo es intentar en un texto reconocer el enunciado, el
“territorio arqueológico”. El traspaso desde entonces parece posible:
“describir un enunciado no vuelve a aislar y a caracterizar un
segmento horizontal, sino a definir las condiciones en las que se ha
ejercido la función que ha dado a una serie de signos [...] una
existencia específica”.
Añadamos que la elección de un enunciado restringido no tiene
valor metodológico, no mayor que el recorte en lexías al que Roland
Barthes ha procedido en Sarrazine (en S/Z). Para fundar el análisis
sobre pequeñas unidades operatorias, habría que establecer los
criterios de une recorte pertinente (fuera de la puntuación visible en
poemas o párrafos); y la lectura crítica propiamente dicha debería
reenviar sin cesar del fragmento al conjunto, y del conjunto al
fragmento, para respetar el funcionamiento real del texto. Sobre ese
punto, y el de la ‘comprensión’, el aporte de Goldmann es esencial.
36

Además, no es sino al nivel de la gran unidad (capítulo, libro, obra)


que pueden ser estudiados los trayectos de la significancia, las
variaciones paradigmáticas, las redes asociativas, las oposiciones de
funciones, los campos de dispersión sémica, el juego de códigos, la
modulación de temas y su actualización en motivos o su disposición
en figuras, la articulación del relato y del discurso, las tensiones del
significado, las contradicciones entre los niveles del texto, entre lo
designado y el signo, entre las ideologías (preexistente y producida),
las distorsiones provocadas por la intrusión de elementos (desde el
pequeño hecho verdadero hasta el enunciado antónomo o hasta el
encaje de conjutos: “Las Siete espadas” en la Chanson du Mal aimé,
“Eso matará aquello” en Notre-Dame de París). Con esta enumera¬
ción, que no es exhaustiva, quería solamente mostrar los puntos de
aplicación posibles de una socio-crítica, en la intersección de otras
aproximaciones que, lejos de excluir, ésta supone, aún a riesgo de
desplazar su manera de actuar o intentar interpretar su metalenguaje.

* * *

“¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? sin preguntármelo.


Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a eso preguntas, hipótesis. Ir hacia
delante, llamar a eso ir hacia delante”10. La frase de Beckett exhibe,
para constituirlas en texto, las cuestiones de cada incipit, o más bien
escoge como texto la problemática del texto; mientras que la frase
‘realista’ intenta esquivarla dando respuestas:

Nous étions á l’étude quand le Proviseur entra,


suivi d’un nouveau habillé en bourgeois et d’un
garqon de classe qui portait un grand pupitre.

(Nosotros estábamos estudiando, cuando entró el


Director del instituto, seguido por un nuevo
[alumno] vestido de paisano y por un mozo que
llevaba un gran pupitre.)

El incipit de Madame Bovary se instala en la aplastadora evidencia de


un estar-allí. La escritura realista enuncia lo innominable, da forma

10 Al principio de L’innommable. Se leerá el admirable comentario de Aragón en Je


n’ai jamais appris á écrire ou les incipit (París, s.f.):147.
37

de necesidad a lo arbitrario, hace coincidir el sujeto lingüístico y el


sujeto textual, funda lo verosímil sobre la puesta en escena del proceso
de enunciación: aquí el “nous” (nosotros) inicial, figura retórica del
‘punto de vista’. De hecho se trata de un engaño: ese “nous” mediatiza
el referente a lo transforma en espacio-tiempo atrapado en la trampa,
puesto que ya ha sido vivido por un ser textual. Además, y sobre todo, si
la mimesis de lo real tiende a vaciar el lenguaje, que sería puro tránsito
del sentido, la escritura restablece la pantalla de palabras y se inscribe
en un esquema narrativo preformado. Aquí el enunciado se encuentra
regulado por una estructura metonímica:

(éléves) -*• étude Proviseur -*■ nouveau -* gargon de


el as se -*• pupitre)

(alumnos) -*■ estudio -*• Director del instituto -*• nuevo


-*• mozo -*■ pupitre)

Esa estructura reposa sobre un ‘archivo’11, el tema escolar: describen


la llegada de un nuevo alumno a su clase. El efecto de lo real es
también, indisolublemente, efecto de texto y proposición ideológica.
Es decir que en lugar de un reflejo de lo real tenemos lo real de un
reflejo12, de ningún modo la ‘realidad’, sino una imagen mental de la
realidad, sobredeterminada por un código sociocultural, saturada de
lugares comunes, de estereotipos, de connotaciones inertes. El texto
da a leer ‘objetos’ en su falsa transparencia, y designa al mismo
tiempo su lector - el evidente sujeto de su lectura, integrado en la
novela por el “nous” y por el carácter aplicado del enunciado,
mimesis del estilo ‘a la tinta roja’ del joven Charles. Estamos menos
en el colegio de Rouen que en un espacio de comunicación y de
connivencia donde el colegio funciona como una institución, como el
lugar ritual de la reproducción de un saber, medio y momento de
volverse burgués. La moderna novela de educación pide a los libros
y a la asimilación de una herencia lo que hace poco derivaba de una

11 Término que nosostros empleamos aquí por su valor transhistórico: que la


redacción de escuela primaria sea todavía desconocida en la época de Flaubert poco
importa ya que su institución revela una práctica cultural anterior. Encontraremos, en
el número 2 de Littérature (1971), un artículo de Renée Balibar sobre esas cuestiones
de modelos escolares, generados del texto.
La expresión es de Alain Badiou.
38

experiencia del mundo, del viaje o de la aventura. Ningún azar aquí, y


los nombres están dados, en el anonimato de lo social y en el orden
de una jerarquía, el Director del instituto en la cima con la mayúscula
puesta. En el incipit de Jacques, al revés, Diderot teoriza de alguna
manera la práctica y la problemática de la novela de las luces (lo que
Beckett hace de otro modo para la novela moderna):

¿Cómo se habían encontrado? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se


llamaban? ¿Qué les importa? ¿de dónde venían? del lugar más cercano.
¿Adonde iban? ¿Acaso uno sabe adónde va?

El imperfecto flaubertiano, él, es un anticipo sobre una duración


familiar, pronto segmentaba en momento iguales, puntuación de un
tiempo alienado, socializado, consagrado a lo útil. Y el incipit pone
en lugar un fuera-del-texto cuya percepción supone un pasado (o
pasivo) cultural. Así los idiolectos “étre-á-l’étude” (estar estudiando),
un “nouveau” (un nuevo alumno), “habillé-en-bourgeois” (vestido de
paisano), la mayúscula del Poder, el término técnico “gargon-de-
-classe” (mozo), el objeto pupitre, elección paradigmática en una
reserva ‘escolar’ latente. La zona referencial no es solamente el
espacio abierto por la entrada del Director del instituto (el verbo
entrar - versus salir - es un estereotipo textualizado, un cliché de la
apertura), pero alrededor de esa sala, de donde emergen los
personajes, el fuera “bourgeois” de donde viene el nuevo, precisado
por el desvío “habillé en” (versus “vétu” [vestido de]) que, a la vez,
connota lo provinciano (mimesis de un hablar), el índice socio-
jerárquico (la pequeña burguesía) e inscrito en los vestidos sugiere la
aspiración social. En esa zona, cinco ‘personajes’, como mínimo, están
situados, a diversos niveles de presencia: si tres de entre ellos reciben
un estatuto textual, el ser global de la clase se bosqueja solamente en
ese “nous” que se va a desvanecer sin desaparecer sin embargo de la
escritura: subsiste allí, ya ser remudado por otros embragadores
(ciertos demostrativos por ejemplo), ya sea como sujeto implícito de
la enunciación, ya sea transferido a otros grupos portadores de una
mirada colectiva; el maestro esperará una frase, su textualización,
pero el enunciado le dibujará en vacío. Más allá, los ruidos del
bastidor, del corredor, el silencio de los espacios administrativos, los
rumores de la ciudad y esos de la vida, el eco de los campos y de las
familias. Todo eso puede fijarse sobre la figura siguiente, hecha de
círculos concéntricos, donde se querrá imaginar la representación de
un espacio-tiempo textual.
39

n = nuevo alumno ( ) = implicit


D = Director del instituto " " = imaginario, espacio
(M) = maestro sin fronteras
m = mozo

Como se ve, el nuevo alumno está enterrado en un espesor social,


no recibe existencia sino por varias mediaciones, y sin embargo
transciende esos límites por su punto de origen textual. En una
cronología ‘real’, el “nous" (nosostros; N) es anterior al “nouveau”
(nuevo alumno; n), que él engendra tal vez, textualmente13; en el
espacio-tiempo de la novela, para el “nous” encerrado en el fastidio y
el momento del “étions” y del “étude” (estábamos estudiando), el
nuevo alumno ha venido de otra parte (el incipit del Grand Meaulnes
de Alain Fournier: “El llegó á nuestra casa un domingo del
noviembre de 189...”). El encuadramiento textual de “nouveau”
(nuevo alumno) por “Proviseur”/Director y “bourgeois” es por lo
demás el índice de cierta distinción respecto a “nous”, porque el
Director aquí responde por el burgués: (n = N + D [b]). El personaje
nace de esta aura sémica que rodea en la frase la palabra referencial.
Pero la secuencia completa es de valor más ambiguo. La posición del
nuevo alumno está allí irónicamente precisada. La pirámide social se
invierte a lo largo de un eje narrativo, según un esquema del cual la
novela ofrece otros ejemplos: sociedad-autoridad-indivíduo-utilidad

13 O lo inverso. De hecho, yo quiero solamente decir que un texto supone, entre


sus condiciones de producción, un mínimo de coherencia específica.
40

(‘especie’). El participio “seguido”, la contigüidad sintagmática con un


mozo, reduce a la función-objeto de porta-pupitre, rebaja ahora aquello
que la situación textual tendía a promover. El perfil y peligro de un
destino se bosquejan y la desgracia de toda transgresión, subrayada por
ese enfadoso eco al final de frase, donde ‘pitre’ (o payaso) prepara el
ridiculus sum y funda en él el valor textual14. Además, la frase
estáminada por la connotación burlesca de un enunciado épico, lo que
produce un efecto de parodia; imagen de un ritual épico de presentación
del héroe se forma en él y se deshace en él con un mismo y prosaico
movimiento: el director-heraldo precede al guerrero seguido de su
escudero. La palabra “grande”, punto de sutura del relato (la estatura de
Charles, su historia), efecto de materia (él de materialidad al pupitre) se
eleva de nuevo también a lo épico (como más lejos la gorra-casco) al
mismo tiempo que introduce, primer epíteto del texto, una taimada
disonancia: el sema de la inadaptación, ya contenido en el participio
‘vestido’ (que se lee ‘disfrazado’), es una disfunción en el enunciado
‘realista’15, que supone la coherencia de lo que él describe, y la
transitividad de su discurso, dicho de otra manera la estabilidad del
mundo que él enuncia. El estatuto del incipit es particular, puesto que la
primera frase tiene también como papel permitir el relato y no puede así
pues constituirse en enunciado cerrado. Pero la manera en la que el
sentido va a abrirse compromete la ideología del texto. Aquí la
enunciación se hace denunciación. El texto rechina, desvela su montaje,
deja oir las voces de la ‘tras-fábula’ (“l’arriére-fable”)16 que recubren o
incluso anulan no las palabras sino la substancia del relato, que se vuelve
la nada visible. El fuera-del-texto ‘gnómico’ es él mismo arrastrado en
ese naufragio: la institución se presta a ser leída como una comedia de
gestos sin palabras, el saber es lo que se estudia sobre la irrisión de un
pupitre, la promoción social viene dada por la vanidad de un disfraz.
De ahí la función ideológica del estilo flaubertiano que piensa la
Francia burguesa en el trabajo de su escritura, la ‘de-construye’ y la ‘re¬
construye’, en gris, en un lenguaje en engañifa, falsamente unificador,
creando el efecto de una “unidad que no vela la pena”17. Pero la crítica
de la ideología se hace en la ideología de un estilo, él mismo

14 Ridiculus sum es información sobre la naturaleza de un castigo, signo cultural


paródico (referencia a las Humanidades” como fundamento de una ideología cultural) y
valor por sus zurcidos diseminados en el texto.
Véase el artículo de France Vernier, “Les disfonctionnements des normes du conte
dans Candide”, Littérature, 1 (feb. 1971).
^ La palabra es creada y comentada por M. Foucault, en la revista L’Arc, 29 (dedicado
a Jules Verne).
17 Ref. Gérard Hadda, “La littérature dans l’idéologie”, La pensée (julio 1979):96.
41

sobredeterminado por la ideología que él contesta. De ahí los efectos


diferentes producidos por el texto flaubertiano, según el tipo de lectura
que le cumple: efecto realista objetivo por lectura del referente, efecto
realista crítico por lectura del signo, puro efecto textual por lectura de
‘estilo’18. La lectura socio-crítica que nosotros proponemos quisiera
situarse al nivel del valor y dar cuenta de un efecto plural, o más bien de
los mecanismos de ese efecto. Lectura-escritura de algunos posibles de un
texto, atenta a situarse y a ponerse en cuestión, a la escucha, si se puede
de sus propios fantasmas, intentando interrogar la razón de los efectos y
su significación, abriendo el texto sin jamás cerrarlo, lo que es vivirlo.
Si fuera necesaria una definición, esta sería militante, iría en la
dirección de una semiología crítica de la ideología, de un desciframiento
de lo no-dicho, de las censuras, de los ‘mensajes’. Se trataría de instalar
la sociología, el logos de lo social, en el centro de la actividad crítica y no
al exterior de ésa, de estudiar “el lugar ocupado en la obra por los
mecanismos socio-culturales de producción y de consumación” (subra¬
yo)19. Camino más bien y perspectiva, no definición, que pesa. Yo no
olvido que no existe la lectura, sino lectores. Y habría algo ridículo en
librar esas notas de su empirismo y en construir sobre un incipit el
edificio de un método.
He aquí las cuestiones más urgentes. Comprometido en un ‘proceso
de cientificidad’, ¿no he cargado algo mi texto de una falsa ciencia? ¿He
escapado del dilema de la crítica, demasiado propensa a encerrarse en
su discurso o su objeto? ¿Qué sería la ciencia de los textos si ella no nos
pusiera de nuevo en posesión del mundo, a través del leer y de la
palabra humana? Leer para ver claro, leer para aprender y aprenderse...
Consignemos simplemente aquí, para volver a lo innominable de
nuestra frase, el proceso verbal de un nacimiento: un personaje toma
cuerpo a partir de huellas textuales; por debajo de las palabras emergen
los contornos de un rostro, y el silencio del relato se hace parálisis de
gestos, actitudes, historia ya vivida. El estado textual se vuelve estado
civil. Siento ternura por ese ser de papel que no existe sino por mi
lectura, empujado demasiado rápido y ya disfrazado, precedido,
escoriado, entregado a la inocencia cruel de nuestras miradas, y a la
aventura que le es desde entonces negada.

Traducido por Katarzyna Urbañska.

Estas lecturas están, por supuesto, situadas históricamente, como la mía.


19 “Transformación”, con su acuerdo, y por permutación del en y por, de una frase de
Roger Fayolle, colocada por el entrevistador bajo la bandera de “socio-crítica”, en otro
sentido que el nuestro (cf. Le Monde, 5.IX.1970).
Claude DUCHET
(Universidad de París-VIII)

POSICIONES Y PERSPECTIVAS SOCIOCRÍTICAS1

Sociocrítica y no la sociocrítica: sería presuntuoso aquí pretender la


presentación de un conjunto doctrinal. Se trata más bien de un informe
sobre los problemas que los progresos mismos de la investigación
plantean con respecto al análisis social e ideológico de los textos. Un
informe a varias voces que nació del deseo de confrontar diferentes
experiencias a partir de diversos dominios; del afán de tener en cuenta
tanto las aperturas teóricas y metodológicas de esos últimos años como
las dificultades, los límites, los malentendidos; y de la voluntad,
finalmente, de no satisfacerse con lo adquirido sino de perfilar, si se
pudiera, algunas nuevas perspectivas de estudio.
Empecemos por los malentendidos. La fortuna de la palabra misma
es engañosa. El término sociocrítica abarca hoy numerosos acercamien¬
tos a los estudios literarios, a veces complementarios pero otros
distintos entre sí. Al extenderse demasiado, el término pierde
pertinencia y, si en cierto momento ha desempeñado un papel eficaz de
clarificación, mejor quizás sería renunciar del todo a su uso en la
actualidad. Recordemos que en su sentido restringido, la sociocritíca se
dirige al texto.
Constituye aún una lectura inmanente en que retoma por su cuenta
esa noción del texto ya elaborada por la crítica formal(ista) y avala ésta
como objeto de estudio prioritario. Pero su finalidad es diferente, ya
que la intención y la estrategia de la sociocrítica consisten en restituir al
texto de los formalistas su ‘sentido’ (“teneur” en francés) social. La
apuesta sociocrítica, es lo que está en obra en el texto, es decir una
relación con el mundo. La propuesta, mostrar que toda creación
artística es también práctica social, y por ello, producción ideológica,
precisamente por qué es un proceso estético y no porque vehicula

1 Introducción al volumen colectivo editado por Claude Duchet; “Positions et


perspectives”, en Sociocritique (París: F. Nathan, 1979):3-8.
44

primeramente tal o cual enunciado pre-formado, hablado en otro lugar


por otras prácticas; no porque sea una práctica social que represente o
refiera tal o cual ‘realidad’. Es en la especificidad estética misma, la
dimensión valor de los textos, donde la sociocrítica se esfuerza leer la
presencia de las obras con respecto al mundo, presencia que llama su
socialidad.
Eso supone tomar en consideración el concepto de literariedad, por
ejemplo, pero como parte integrante de un análisis socio-textual. Eso
también supone la reorientación de la investigación sociohistórica desde
afuera hacia adentro, es decir hacia la organización interna de los
textos, sus sistemas de funcionamiento, sus redes de sentido, sus
tensiones; hacia los encuentros entre sí de discursos y de saberes
heterogéneos. Resumiendo, y quizás por capricho (“boutade”), la
sociocrítica quisiera apartarse a la vez de una poética ‘de los restos’, que
decanta lo social, y de una política de los contenidos, que descuida la
textualidad. Desde luego le interesan tanto las condiciones de
producción literaria como las de lectura o de legibilidad, las cuales
remiten a otras encuestas, pero precisamente para señalar en las obras
mismas la inscripción de esas condiciones, inscripción indisociable de la
‘textualización’ (“mise en texte”). Efectuar una lectura sociocrítica en
cierto modo significa abrir la obra desde adentro, reconocer o producir
el espacio conflictivo en donde el proyecto creador tropieza con
resistencias, con el espesor del ‘ya-allí’, con los constreñimientos de un
‘ya-hecho’, con códigos y modelos socio-culturales, con las exigencias de
la demanda social y de los dispositivos institucionales.
Dentro de la obra, dentro del lenguage: la sociocrítica interroga a lo
implícito, los presupuestos, lo no dicho o no pensado, los silencios;
formula la hipótesis del inconsciente social del texto, que queda por
introducir en una problemática de lo imaginario. En función de qué
podrían, deberían plantearse de nuevo, bajo nuevas ópticas, los
problemas de la significación; es decir el lugar y la función que la
práctica significante llamada ‘literatura’ contribuye a constituir y a
caracterizar en tal o cual formación sociohistórica. Si bien no hay nada
en el texto que no resulte de una determinada acción en la sociedad
(que no resulte ‘en última instancia’ de las relaciones sociales de
producción, que también determinan la posición del sujeto), no hay
nada tampoco que sea directamente deductible de esa acción. De ahí la
importancia decisiva de las mediaciones entre la base socio-económica,
la producción de los bienes simbólicos y lo imaginario del ‘escritor’
(scriptor), pero también la afirmación del carácter concreto de lo
simbólico (del trabajo de simbolización), y de la realidad de la ideología,
lo cual aparta a priori la idea de una jerarquía de causalidades.
45

Abierto de ese modo, el campo es el de una sociología de la


escritura, colectiva e individual, y de una poética de la socialidad. Por
tanto la sociocrítica no puede ignorar las contribuciones paralelas de las
gestiones sociológicas situadas por encima y por debajo de los textos:
sociología de los escritores y de los hechos literarios, sociología cultural
o sociología del conocimiento, sociología de la lectura o de la recepción,
pero también aquella sociología de las mediaciones que poco a poco
define sus objetos al analizar los mecanismos y los procedimientos de
legitimación. Por otra parte, la sociocrítica no puede sino subrayar su
deuda para los trabajos de Lucien Goldmann sin los cuales no hubiera
podido definirse en un primer momento. La “sociología dialéctica de la
literatura” - término preferible desde mi punto de vista al de
“estructuralismo genético” -, se esforzaba efectivamente en pensar
conjuntamente la relación de la obra con las totalidades englobantes (la
explicación), y las estructuras internas, las coherencias significativas de
un microcosmo textual (la comprensión). Goldmann fue el primero en
dar a la sociocrítica su principio directivo, que podría formularse de
manera siguiente: el texto, nada sino el texto pero todo el texto. “Al
nivel interpretativo y formal, importa que el investigador se mantenga
rigurosamente en el texto escrito; que no le añada nada-, que tenga en
cuenta su integridad...”2.
Pero sobre esas bases, la ambición de una totalización sociológica
del proceso estético era excesiva; sin duda se necesitaba el esfuerzo
colectivo - lo que Lucien Goldmann deseaba-de un equipo inter¬
disciplinario. Cabe recordar, sin embargo, por una parte, el enorme
retraso, por lo menos en Francia, de la crítica sociológica y de las
teorías del texto en la época del libro de Goldmann, El Dios escondido
y, por otra, las vivas resistencias institucionales y políticas con las cuales
tropezaron también en Francia las tesis goldmanianas, juzgadas según
los casos como demasiado o no bastante marxistas.
¿Es necesario recordar con Roger Fayolle, respecto a la referencia al
marxismo, que el acercamiento marxista a la literatura no es “un punto
de vista entre otros, sino otro punto de vista” (subrayo) sobre las
cuestiones literarias y estéticas? Y junto con Pierre Barbéris, que es
“absolutamente inconcebible (o ilusorio o mistificador) hablar hoy en
día de una crítica marxista constituida”. La sociocrítica no pretende de
ningún modo desempeñar ese papel, pero sí se esfuerza en contribuir a
la implementación de una crítica materialista y al desarrollo de la
investigación marxista. La sociocrítica no podrá avanzar en esta

2 Subrayado en el texto; Lucien Goldmann, Structures mentales el création culturelle


(París, 1970):468.
46

dirección sino a través del diálogo con el profesorado e investigadores


que integren en sus reflexiones y en su práctica una preocupación por lo
social, y a través de la confrontación incesante con los otros puntos de
vista, sin exclusión. Es cierto que la sociocrítica misma es tributaria de
sus propias condiciones de aparición y de enunciación: la ola del
estructuralismo, el rechazo de cierto historicismo, el impulso del
psicoanálisis, el desquiciamiento de las certitudes dogmáticas, todo ello
sobre un fondo de crisis y de revisiones más o menos desgarradas. De
modo que también participa a las ideologías ‘modernistas’. Sólo inscrita
en un proceso histórico global cobra significación, relativa, y no como
verdad a priori, o como ciencia de lo literario.
Es probable que esas breves observaciones expliquen el carácter
plural, polémico, (auto)crítico del volumen Sociocritique*, y a veces
distanciado de su objeto, debido al desarrollo desigual de la sociología
literaria según los puntos de partida, los objetivos y el grado de
teorización de la investigación, debido también a diversas urgencias
según las situaciones discursivas. Las diferencias de énfasis en sí
demuestran la historicidad de nuestras diligencias e interrogaciones. Mi
única inquietud sería que el término de sociocrítica fuese aceptado
demasiado fácilmente, que descuide la especificidad propia que he
intentado evocar, que dispense conceptos carentes de elaboración y, por
efecto de moda, que sólo venga a substituir un sociologismo caduco.
Por tanto le tranquiliza a uno que muchos investigadores eviten la
palabra o la utilicen con reticencia. Al releer el conjunto de las
contribuciones (para Sociocritique), constato una progresión segura
hacia la pertinencia de su uso, más exigencia también con respecto a la
nociones recibidas así como la insistencia en tres puntos: el sujeto, la
ideología, las instituciones.
Desde el punto de vista sociocrítico, el énfasis no está en el autor,
sino en el sujeto de la escritura, el cual no puede ser descartado al
hablar del sujeto de clase. Comprometido en un proceso de producción,
en lo concreto de una práctica, el sujeto textual debe ser reconocido en
las hendiduras sociales e ideológicas, trabajadas en y por lo imaginario,
y que también lo hacen existir como tal. En los debates fueron puestos
en tela de juicio tanto el individuo interpelado de Althusser como el
sujeto lacaniano, atrapado en la red de lo simbólico, o el locutor
universal ideal de Chomsky. La sociocrítica no puede ignorar ese tipo
de advertencia. Por el momento, sin embargo, tiene más una perspectiva
que una teoría del sujeto y tendrá que decidir sobre un problema de

3 N del T. Duchet hace referencia aquí a los artículos que siguen en el volumen
Sociocritique.
47

identidad, cosa que sigue siendo una ‘zona ciega’, sea el sujeto en
cuestión, en último recurso, la sociedad o el texto mismo.
Aunque ya presente desde hace algunos años en las investigaciones
de los sociólogos e historiadores de la cultura, y más o menos presente
en toda teoría de las mediaciones, esa preocupación por el sujeto sin
embargo sigue siendo relativamente nueva para el análisis institucional.
El problema es complejo, pues tiene que ver tanto con lo que instituye el
texto como ‘texto literario’, en función de normas genéricas, con los
códigos de aceptabilidad, con los constreñimientos formales, como con
lo que lo condiciona a priori (los cómo, por qué, y a través de qué uno
se hace escritor, examinados en términos de autonomización y de
legitimación, es decir de integración a un grupo) y, finalmente, con lo
que, históricamente, lo institucionaliza, lo reprime, lo anula o lo
marginaliza según las modalidades de inclusión y de exclusión. En la
estricta lógica de su propósito, la sociocrítica debiera preocuparse
esencialmente por las huellas que las presiones y las prácticas
institucionalizadas dejan en los textos, incluyendo a los modelos - o
contra-modelos - culturales y escolares. Pero, ¿no debería uno
formularse al mismo tiempo la pregunta inversa, es decir interrogarse
sobre las huellas que el texto deja en las instituciones, la función social
de la producción textual? Conviene recordar la importancia de la
advertencia que nos hizo Walter Benjamín: “Antes de preocuparnos por
la situación de la obra de arte con respecto a las instituciones,
deberíamos preocuparnos por el lugar reservado a las obras de arte en
las instituciones”.
En cuanto a la ideología-a las ideologías, a lo ideológico-, era
inevitable que el problema o el término se encontrase en el centro de
nuestros debates. Y de por hecho casi todos los participantes (al
volumen Sociocritique) han abordado ese escollo, pero con alguna
reticencia o esquivándolo. Las referencias canónicas fueron recordadas,
pero el desplazamiento fue netamente sugerido, por una parte, desde un
simple sistema de representaciones hacia procesos conflictivos, concre¬
tos, activos, inestables, donde el lector queda comprometido y, por otra
parte, desde La ideología alemana hacia el Libro III del Capital. La
discusión ha puesto en evidencia que la palabra ideología no puede ser
concebida en los trabajos de Marx sino en relación a la lucha de clases,
y que él mismo no emplea el término sino para describir los efectos
específicos de la ideología burguesa. En un caso límite, el análisis del
funcionamiento de las formas y de las relaciones de producción puede
dispensarse de recurrir a ello. En todo caso, importa saber de qué se
está hablando. La ideología no es “Weltanschauung” ni siquiera una
‘visión del mundo’; no se reduce a un fenómeno óptico (imagen
48

invertida, quebrada, distanciada). ¿Y de qué lugar de verdad se


decidiría leer claramente la ideología, desde qué ‘realidad’ se puede leer
la ilusión? “Enfermedades del sujeto o condiciones del discurso”; esa
fórmula abrupta, oída durante otro coloquio, en mi opinión resume el
debate. Diría por mi cuenta que todos estamos ‘enfermos’, que la
ideología es una dimensión de la socialidad, nacida de la división del
trabajo y vinculada a las estructuras del poder, que es condición pero
también producto de todo discurso.
El problema para la sociocrítica sería entonces el de una
especificidad del trabajo ficcional (poético) en relación con los
enunciados que atraviesan el texto. Lo que no quiere decir que el
trabajo ficcional escape a las luchas ideológicas reales o que no sea en sí
mismo una manifestación de ellas, sino que puede contradecir tal o cual
contenido que habrá puesto en forma, que puede hacer problemático un
proyecto ideológico, concepto definido por Pierre Macherey como la
toma de posición bajo la forma de un discurso dentro de un campo
conflictivo. Incluso en la novela de tesis (estudiada por Susan Suleiman)
donde el proyecto toma la forma de una declaración masiva, se instaura
un cierto dialogismo que cuestiona la tesis. Las advertencias pues, van
dirigidas contra el empleo vago del término ‘ideología’. Para los que no
temen recurrir a éste, importa restituirle su carga de agresividad y, más
precisamente, su valor tópico; de ver en él un punto de partida y no una
finalidad. Es por ello que la sociocrítica no puede restringirse a una
lectura de la ideología. Sería una reducción peligrosa cubrir con este
término todo lo social encontrado simplemente en el texto, o no ver allí
sino el depósito de la “doxa”. Incluso las connotaciones de los ‘literatos’
que, con Althusser, entienden por ideología “un sistema (que posee su
lógica y su rigurosidad propias) de representaciones (imágenes, mitos,
ideas o conceptos según el caso) dotado de una existencia y de un papel
histórico en una sociedad dada”, a mi parecer está lejos de deducir
todas las consecuencias y todas las exigencias programáticas. En función
de esa misma definición, bastaría recordar las tareas que Georges Duby
proponía a los historiadores para el estudio de las correlaciones entre
las ideologías y la práctica social, entre “las estructuras materiales” y las
mentalidades4.
“Pensar todo históricamente, eso es el marxismo”; esta apelación,
subrayado por Pierre Vilar, en una apretada discusión sobre las
posiciones althusserianas5, no es inútil, ya que la Historia constituyó la

4 Georges Duby, “Histoire sociale et idéologies des sociétés” en Faire de l’histoire,


tomo 1 (París, 1974):249 y ss.
5 Pierre Vilar, “Histoire marxiste, histoire en construction” en Faire de l’histoire:208.
49

gran ausencia de esos encuentros en el sentido de que, incluso cuando


era nombrada, no estaba en su lugar. Entiendo por eso una historia que
aún está por construir, donde la literatura tendría su lugar, tan
extendido como el de los fenómenos sociales en los cuales participa.
Observados desde el espacio textual, esos fenómenos no están
deshistorizados en éste. El texto ‘historiza’ y socializa aquello de qué
habla, aquello que dice de manera distinta; su coherencia estética (su
diferencia) es tributaria de condiciones contingentes tanto a lo
‘scriptible’ como a lo legible. Por otra parte, el texto cobra vigencia a
través de lo que produce, de lecturas, de efectos, de reescrituras. No
está hecho de otra naturaleza, a este respecto, que aquellos diversos
objetos, puntuales y seriales, materiales y simbólicos, de los cuales la
Historia hace y rehace incesantemente su proprio texto.

Traducido y editado por M.-Pierrette Malcuzynski


Régine ROBIN (Universidad de Quebec)
Marc ANGENOT (Universidad McGill)
Montreal

LA INSCRIPCIÓN DEL DISCURSO SOCIAL


EN EL TEXTO LITERARIO1

En el presente ensayo nos proponemos estudiar una de las tareas


esenciales de la sociocrítica que consiste en describir y aclarar de qué
manera el discurso social se inscribe en el texto literario.
La sociocrítica puede intentar dar cuenta de la socialidad del texto
desde dos puntos de vista: cómo el texto contribuye a producir el
imaginario social, a ofrecer a los grupos sociales figuras de identidad
(de identificación), a fijar representaciones del mundo que tienen
función social. El otro punto de vista, genético, consiste en preguntarse
cómo la ‘socialidad’ llega al texto. De diversas maneras, sin duda; lo que
nosotros queremos privilegiar aquí es la que llamaremos inscripción del
discurso social.
Al contrario del axioma de la antigua ‘sociología literaria’ que elude
o descuida constantemente el trabajo sobre el lenguaje y en el texto, la
materialidad del mismo texto, nosotros supondremos primero que la
literatura tiene que ver sólo con los referentes textuales. La literatura se
refiere sólo a otros discursos, incluso si la mira o el objetivo del escritor
fuera captar el extra-texto, conocer y representar una de las verdades
del mundo. Sin duda merece la pena plantear la cuestión de la relación
del texto literario con el mundo real, pero sólo después de haber
comprendido bien que esa relación con lo real se realiza mediante
lenguajes y discursos que, en una sociedad dada ‘conocen’ de una
manera diferencial e incluso antagonista, lo real.
Primero, según nosotros, hay que formular la pregunta cómo la
literatura, práctica simbólica, obra dentro de la compleja topología de
discursos desde el oral en todas sus formas, el conversacional, hasta los

1 Traducido del francés, “L’inscription du discours social dans le texte littéraire”,


Sociocriticism, 1.1 (julio 1985):53-82.
52

grandes géneros discursivos de aparato (“genres discursifs d’appareils”)',


cómo la literatura trabaja y sobre el ‘ya-allí’ (“déjá-lá”)2 de los sistemas
de representación del mundo y de la vida social. Tal perspectiva debería
permitir también plantear la cuestión de la especificidad de la práctica
literaria frente a otras prácticas discursivas. La sociología literaria
ingenua, cuyas premisas la sociocrítica intenta sobrepasar, es ingenua -
que se nos entienda bien - sólo en cuanto confunde el propósito de la
práctica literaria. De un modo u otro, este propósito es ‘conocer’ lo
real, dar cuenta de ello, expresarlo, dejar verlo con el material que le es
propio y que no es de ninguna manera lo real, sino las diversas maneras
en las que lo real ya está tematizado, representado, interpretado,
semiotizado en los discursos, lenguajes, símbolos, formas culturales.
(Esos discursos y lenguajes que forman igualmente parte de lo real.)
Para nosotros, el escritor es primero alguien que escucha, desde el
punto en el que se sitúa en la sociedad, el inmenso rumor fragmentado
que figura, comenta, conjetura, antagoniza el mundo. Ese rumor es lo
que al principio podríamos llamar el discurso social. La elección de tal
expresión (y particularmente el hecho de emplearla en singular, de no
hablar simplemente de discursos sociales) implica que más allá del
fragmento, de la diversidad de lenguajes y temas, de la cacofonía y del
caos, el investigador puede llegar a reconstruir las reglas de lo decible y
lo escribible, una división regulada por tareas discursivas, redes
interdiscursivas, reglas de formación de discursos determinados, pero
también un tópico, de maneras de hablar propias de un estado de
sociedad que determinan con cierta sistematicidad lo aceptable y lo
legítimo discursivo de una época. Esa posibilidad, que al investigador se
le presenta como la tarea de reconstruir las sistematizaciones locales y
generales que aclaran los rasgos característicos de un ‘espíritu de época’
(o “Zeitgeist”) conflictivo, de un estado de cultura, no es sin embargo la
que se le presenta al escritor, al novelista, por muy ‘omnisciente’ que
sea su narrador.
El historiador, el investigador tiene derecho a llamar discurso social
a esa entidad construida que forma un sistema discursivo, aunque
constituido de fragmentos no aleatorios. Desde el punto de vista que
adoptamos aquí, el de la práctica literaria, consideramos esa instancia
construida como un horizonte que es necesariamente presupuesto en
cada reflexión sobre discursos y prácticas en la sociedad, como de
ciertas regularidades que se pueden prever, entrever, pero cuyo régimen
sistemático no es jamás objetivo como tal, y el exponerlos a la luz
totalizante no es tarea del escritor. Volvamos a nuestra primera

2 N del Ed.\ Es decir lo que ya está afuera del texto antes que él.
c 53

aproximación: vamos a llamar discurso social a lo que llega al oído del


hombre-en-la-sociedad. Partiendo del escritor, el discurso social es
fragmento errático, rumor desmembrado, pero todavía portador, en el
caos mismo, de las apuestas (“enjeux”) y de los debates en los que
intervienen, de las migraciones y las mutaciones por las que ha pasado,
de las lógicas discursivas de las que es uno de los elementos. Los
enunciados que migran en una sociedad, en la conversación, en la
cartelera, en el periódico, en el libro y en los discursos ‘de
ornamentación’ (“discours d’apparat”), no sólo tienen una multiplicidad
de sentidos, son también portadores de específicas eficacidades, de
encantos y de funciones. Su forma, su ‘contenido’, su papel pragmático,
sus destinatarios de elección forman una totalidad compleja que no
puede resolverse en el mensaje unívoco y exangüe de teorías
axiomáticas de una lingüística o una sociología reducidas a ‘de la
comunicación’. El fragmento, el léxico, lo que recoge ‘el oído’, no son
portadores de un sentido inmanente ni estable, sino portadores también
oscuramente de las marcas de origen, de las huellas de las apuestas, de
las reinscripciones en varios contextos, de las permanencias que forman
cierta memoria de la “doxa”.
En lo que llega al oído del escritor hay lugares comunes, clichés,
máximas que delimitan el orden dóxico, lo que forma las
mentalidades (“le ’mentalitaire”)-, hay también paradigmas más
construidos, opinión pública, saberes disciplinarios, temas en migra¬
ción con su cortejo de predicados y epítetos, lemas políticos, grandes
doctrinas construidas como visiones del mundo, como historiosofías.
El escritor no percibe esos fragmentos, esos pedazos de figuras, de
entimemas y de fraseologías, como mónadas cerradas sobre ellas
mismas, ni las que se puede combinar libre, aleatoriamente, pero
como elementos semi-disponibles que tienen afinidades - unas
patentes, otras ‘extrañas’ - con otros fragmentos de la representación.
Los léxicos que el discurso social deposita en los espíritus, tienen
magnetismos, ‘átomos encorvados’, incluso cuando el sistema que les
organiza la circulación no está objetivado ni es conocible en sincronía.
Como ocurre con las piezas de un puzzle o rompecabezas, la
configuración particular del objeto discursivo fragmentario sugiere
conexiones sin ofrecer nunca a priori la pieza que falta. El escritor,
por lo menos el de la representación ‘realista’, sería alguien para
quien lo real, a través del rumor del disurso social, se presenta como
un puzzle en desorden pero, como en cada puzzle, con la certeza, la
garantía que a precio de cierta labor, de conjeturas y de
manipulaciones, saldrá de él una figura y que cada pieza por su
propio dibujo y contorno, revela una parte de el enigma sin imponer,
54

sin embargo, la elección asegurada de las piezas contiguas. El mundo


para el escritor ‘realista’ no es ni una figura visible desde siempre, ni
un definitivo enigma caótico, sino el incierto esfuerzo del paso del
enigma a la figura. (Si nuestra metáfora del puzzle tiene algún valor
sugestivo, habría que decir al menos, que el trabajo del escritor sobre
el discurso social correspondría a un puzzle muy quimérico del que
podrían salir varias figuras imprevisibles.)
Contrariamente a una imagen recibida estimada en la época
naturalista, el escritor no sería el que tuviera la vista más penetrante,
más aguda (el famoso sentido de la ‘observación’), sino aquel cuyo fino
oído distinguiría mejor en el bullicio de los discursos lo que vale la pena
ser transcrito y trabajado. Aquí la imagen del escritor sería la del
‘socioanalista’ cuya ‘atención igualmente flotante’ retendría con arte lo
que vale. Tenemos que referirnos aquí a otra noción, la del discurso
transverso que, como el mismo sintagma sugiere, atraviesa el espesor de
los discursos con sus propios axiomáticas y sus funciones instituidas
dirigiendo por vías de retornos temáticos, cognitivos y figúrales, lo que
se dice en una sociedad; lo transverso es la sobredeterminación de los
decibles dentro de una hegemonía.
Partimos de la hipótesis de que el escritor decide ocupar una posición
singular en el proceso de recepción, de reconfiguración y de reemisión
transformada de ese inmenso rumor del discurso social. El ideólogo
trata de producir lo sistemático, lo homogéneo, adoptando el punto de
vista de la certidumbre, estabilización y autoridad. Cada ideólogo obra
como una clase de colimador discursivo, si recordamos que en la óptica
el colimador es aquel pequeño instrumento que transforma los rayos
divergentes en paralelos. La palabra ordinaria es también,
tendencialmente, ese “bricolage” por el que el individuo se establece
como sujeto ideológico, ‘escogido’ del material heterogéneo de los
discursos, de los elementos combinables que le permiten decir ‘yo...’.
Con lo heterogéneo ‘bricolado’, el-hombre-en-la-sociedad zurce la
certeza identidaria y la novela socio-familial. El señor Homais es
alguien que se considera y se proclama complacientemente volteriano,
rusoniano, entusiasta del Progreso, enemigo jurado del obscurantismo
clerical: los elementos del discurso social ha formado un precipitado y
en ese precipitado el boticario de Yonville se ha reconocido. Emma
Bovary leyó en el convento los libros de Madame Cottin, Madame de
Genlis, Ducray Duminil. En las heroínas cloróticas y medievales de esas
novelas góticas y sentimentales, ella también, de manera muy diferente,
se reconoció, y no deja de repetir en sus aventuras personales, como su
neurosis de destino, esa construcción enigmática transformada en
palabra de adivino.
55

En cuanto al escritor, éste se prohíbe transformar el enigma en


medio inmediato e ingenuo de darse una ‘identidad’ o de aplanar lo
heterogéneo en una doctrina. Si él, sin embargo, no es un escritor
(post-)modernista al que le satisface el caos, los cambios de
caleidoscopio, el trabajo de Sísifo de perversos ‘bricolages’ siempre
empezados de nuevo; si él ya no es un novelista de tesis, el ensayista
de diagnósticos que se contenta con encarnar alegóricamente los
ideologemas puestos en relato, o con cubrir con un omatus retórico
sus estados de alma maquillados de certezas, él es entonces el que
primero reconoce plenamente el carácter problemático, cacofónico,
conflictivo, incierto de los modos en los que el discurso social sirve
para representar el mundo, pero también el que pretende más allá,
reconocer en él, inscribir y desplazar últimamente una ‘figura’. Dentro
de la problemática aquí esbozada del hecho literario como trabajo
interdiscursivo y la especificidad textual, ciertos aspectos de la
cuestión han sido ya objeto de abundantes investigaciones, incluso si
estas no habían sido pensadas y definidas dentro del cuadro heurístico
que es el nuestro. No nos ocuparemos aquí de cuestiones bien
documentadas, como el trabajo que lleva a cabo el texto sobre los
presupuestos lingüísticos, sobre los clichés en el sentido restringido,
sobe los saberes constituidos (eticocasuísticos, técnicos, especulativos),
sobre las ideologías-doctrinas en el sentido preciso de ‘la literatura y
el darwinismo’, ‘la literatura y el fascismo’, etc. Decidimos prestar
nuestra atención a los hechos sociodiscursivos menos limitados, menos
aislables, más borrosos y omnipresentes: esos conglomerados de
figuras, de imágenes, de predicados, que forman concreciones socio-
discursivas alrededor de un sujeto temático. Esos objetos son, con los
matices que marcaremos, del orden de lo que la sociocrítica de Claude
Duchet designa como “sociogramas”.
Claude Duchet define el sociograma, objeto de recientes trabajos, en
los siguientes términos: “Conjunto borroso, inestable, conflictivo, de
representaciones parciales centradas en torno de un núcleo, en
interacción unos con otros”. Conjunto borroso que atrae elementos
aleatorios, dotado de un coeficiente de incertidumbre, cuyas fronteras
con otras concreciones temáticas no son ni pueden ser herméticas.
Inestable, porque no deja de transformarse por una dinámica interna y
agrega, fagocita elementos prestados; en otro caso el sociograma tiende
a solidificarse, a fosilizarse en un eslogan, en un lugar común inerte.
Conflictivo, porque los elementos yuxtapuestos son portadores de
apuestas, de debates, de intereses sociales. De representaciones
parciales, porque arrancadas cada una de discursos específicos con sus
regularidades, que entran en el texto literario como lo heterogéneo, en
56

interacción, el sociograma no es una yuxtaposición de tonterías, una


cadena de redundancias parciales ligadas con un objeto temático.
Sin embargo antes de intentar ilustrar ese concepto y conjeturar a
propósito de él, conviene señalar en él el mérito heurístico a priori.
Claude Duchet ve bien que el objeto real para el historiador de
discursos y de ideologías, el primer objeto, es un objeto complejo
compuesto. Ciertamente se pueden analizar los componentes de éste
bajo el aspecto de ‘noumenas’ sociodiscursivos, máximas, entimemas,
mitemas, conexiones adjetivales, predicados... Pero el análisis parte del
hecho de que esos componentes elementales no son autónomos, que
nos son ni yuxtapuestos ni adicionables; que por otra parte, las
representaciones sociales no pertenecen ni esencialmente ni siempre a
esa única lógica homogénea de la ideología como subconjunto que
forma un sistema; que lo social y lo dóxico es primero el dialogismo, la
confrontación no sólo en la polémica explícita, sino también en la
‘polémica larvada’ dentro de una heterogeneidad constitutiva (cf.
Bajtin) que está en el centro de cada interacción verbal. La unidad de la
que conviene partir para idear el trabajo literario no es (o es raramente)
el ideologema unívoco, sino ese sociograma como aglomerado, como
vector semántico conflictivo.
Ya que nuestra reflexión nos lleva al encuentro de la de Claude
Duchet, es justo rendir aquí homenaje al mérito de su trabajo que se
halla en el centro de la sociocrítica francesa. Duchet más que nadie
emprendió el trabajo en teoría literaria dentro de una tradición
materialista que, sin reducir el texto a un artefacto conceptual ni a una
inmanencia sin significación, supera la vieja alternativa sociologismo/
formalismo. Dentro de esa perspectiva su conjunto de instrumentos de
análisis, revela, con razón, que la reproducción de las representaciones
del mundo se hace siempre no a partir de lo real objetivado según un
modelo de tipo ‘fotográfico’. Se realiza a partir de lo heterogéneo
siempre más allá del amalgama, del afrontamiento y sin que haya que
invocar de golpe un metasistema hegemónico. Claude Duchet hace sus
análisis en función de los objetivos que se propone, esencialmente sobre
el texto literario ya dado y sobre el trabajo que, como le parece, éste
lleva a cabo sobre las representaciones sociales. Nosotros nos situamos
aquí más especulativamente, en ese momento pre-textual donde ciertos
sectores del discurso social ofrecen un espesor, que llama la atención,
educada estéticamente, del escritor. La misma selección, la ‘buena
escucha es sin duda el primer acto estético del escritor, el que
demuestra su buena intuición de lo que ocurre en el espesor del
discurso social. Parece ser que siempre el ‘gran’ escritor percibe
adecuadamente lo que en esa nebulosa temática puede representar por
57

sinécdoque del ‘misterio’ social. Para volver a la imagen del


rompecabezas, el escritor debe ser el que se apodera de la buena pieza,
esa por la que habría que empezar. Añadamos que la elección de la
pieza, de una imagen cultura-filtro y de algunos de sus vectores
semánticos debe ser igualmente adaptada por las apuestas propias del
género literario con la entropía de su tradición, teniendo en cuenta el
hecho de que cada obra novadora se inscribe como disidencia crítica en
el interior mismo de la tradición genérica en la que se sitúa.
Si el escritor se equivoca, si no recoge del discurso social más que
excrecencias en definitiva sin gran significación, lo más sorprendente
para el ojo y para el oído3, la ‘ficcionalización’ (“mise en fiction”),
cualquier talento o sutilidad que él allí invierta, no producirán sino lo
irrisorio, tal vez con la dudosa consolación del éxito de moda o de
escándalo. Supongamos además que el valor hermenéutico de con¬
creciones sociodiscursivas no vale, según nos parece, más que para un
estado de la sociedad, para un momento de la cultura y de algún modo de
firma y define aquel momento. Flaubert con Madame Bovary selecciona
primero la base de una intriga deliberadamente gris, un sociograma casi
vulgar, banal, de transmisión oral, que se ha vuelto sospechoso por la
chocarrería del vaudeville y el pathos del melodrama: aquel del adulterio
provincial y de la mujer de amoríos y mal casada. Habría que decir por
qué, en el estado de desarrollo del género novelesco y en la economía del
discurso social en 1850, lo que era un buen elemento ‘conductor’ no lo
había sido treinta años antes e iba a ser imposible de manipular
textualmente treinta años más tarde. Al contrario, si se nos permite ese
contraste pedagógicamente simplista, tenenos a Paul Bonnetain,
naturalista honorable y no desprovisto de ‘talento’. A principios de los
años 1880, Bonnetain presenta Charlot s’amuse y espera que su labor
literaria y su mérito obtengan éxito. Ese fugaz éxito lo obtendrá, pero
también el escándalo (al igual que Madame Bovary por lo que al último
se refiere) por la publicidad y la ciencia y eminentemente idóneos para
los propósitos innovadoras del naturalismo. El ‘Adolescente mas-
turbador’ (¡‘Charlot se divierte’! [“Charlot s’amuse!”]), es un futuro
loco, hijo de una madre histérica y no saciada, y de un padre alcohólico
que colecciona defectos hereditarios, con un cortejo de enunciados sobre
el atavismo, la herencia y la degeneración... El discurso social lleva
aquellos temas al oído de manera insistente y se puede decir que,
trabajándolos y relacionándolos entre sí, Bonnetain escribe bajo su
dictado. Aparentemente aquel dictado no era el ‘bueno’ y Bonnetain,

3 N del T: En el original aparece como modismo y su neologismo: “du tape-á-l’oeil ou


du tape-á-l’oreille”.
58

como muchos otros naturalistas y ‘modernistas’ del fin de siglo, tenía un


mal oído...
Nuestras concreciones sociodiscursivas podrían igualmente empa-
rentarse con lo que Edmond Cros llama “ideosemas” cuando en su
trabajo sobre el Guzmán de Alfarache4 da cuenta a la vez de la
circulación interdiscursiva de los géneros, de los enunciados, de las
imágenes y de la singularidad de su textualización:

[...] todo elemento perteneciente al discurso de predicación en el texto


(sentencias, autoridades divinas, interpelaciones, lugares comunes de la práctica
del sermón, exemplas, etc.) ya no me remite a un conjunto de principios
abstractos que constituyen lo que se ha dado en llamar la moral cristiana, sino
que reproduce esta relación en función de sus virtualidades metonímicas. Llamaré
ideosema perteneciente a una práctica ideológica a todo fenómeno textual que
produce este efecto.
(Subrayado en el texto; Cros 1986:81)

El sociograma y su inscripción - transformación en la obra no


forman un tema en el sentido de diversas críticas ‘temáticas’, incluso en
el sentido de que él no es pertinente más que en un momento dado del
discurso social y según una lógica oculta que su reconocimiento a
tientas permite recorrer. ¡Es vano y engañador estudiar la ciudad de
Alejandría en nuestros días, el Amor venal de Petronio en Baudelaire,
las libaciones báquicas de Propercio en Malcolm Lowry! Los temas-
núcleos de un sociograma no tienen interés ni sentido sino en relación
con el debate general que se concentra alrededor de ellos, en relación
con una economía global de las representaciones sociales de las que no
son sino una sinécdoque. Walter Benjamín, entre otros ejemplos
posibles, ha apuntado de forma esencial que los ‘temas’ de la crítica
baudeleriana: el amor venal, la ciudad-laberinto, el spleen, el
alcoholismo, lejos de ser temas políticos arquetípicos o, al contrario,
ideomáticos en relación con el singular psiquismo del hijo de la señora
Aupic, son resultados de un trabajo de perversa y metódica selección,
que sirve de hermenéutica de la ‘modernidad’, de los objetos discursivos
que se ofrecen al oído a mediados del siglo pasado.

* * *

Para continuar es oportuno ilustrar lo que precede y la manera en la


que nosotros comprendemos el sociograma en ese coro a dos voces.

4 N del Ed.: Véase Cros 1981 y su artículo, “En torno a la interdiscursividad” en este
volumen.
59

Para la una (Régine Robín) el sociograma es lo que constituye el paso


de lo discursivo a lo textual. No se trata simplemente de una
interdiscursividad generalizada, sino de una ‘textualización’ (“mise en
texte”) que produce su ‘efecto de texto’. Si el sociograma se mueve, no
es solamente porque algunos de los ideologemas que el incorpora se
transforman, sino porque la textualización literaria, el mismo proceso
estético lleva a cabo una transformación.
Para el otro (Marc Angenot) se trata del conjunto de las
tematizaciones que la ficción y otros discursos inscriben en un sujeto
dado, del conjunto de vectores discursivos que tematizan ese objeto.
Como vemos, la sociocrítica que puede esperar todo del carácter
heurístico del sociograma, está todavía por fijar los contornos de una
noción que por definición no quiere dejarse encerrar en los paradigmas
de la configuración de la cláusula.
Intentaremos describir esquemáticamente dos sociogramas ricos y
significativos, pertinentes, en dos momentos culturales y dos sociedades.
Abordaremos el sociograma del héroe en la ficción rusa en torno a los
años 1840-70 y el sociograma de la prostituta y su presión temática
sobre las letras francesas después de 1870, principalmente y durante el
‘fin del siglo’5.
Nos vamos a ocupar del tema del héroe, pero sólo a partir del
momento en el que se especifica anclado en la sociedad rusa, y en una
coyuntura particular, ancha pero precisa, la que vió surgir el debate
entre los padres (Herzen, Turguenev) y los hijos (la generación de
1860), hasta el populismo constituido y el nechaevismo. La circulación
de los enunciados propia de ese estado de sociedad y a ese tiempo, les
imprime rasgos reconocibles en la atmósfera de aquel tiempo. Ya no es
el tema lo que nos ocupa, sino esas concreciones sociodiscursivas, esos
rasgos sobresalientes del discurso social que se imponen a todos, que
obligan a los escritores a apoderarse de esas nebulosas preconstruidads
e inestables. Los que, en lo que concierne a nuestro ‘héroe’, pasan por
una designación adjetival, cuyo vector orienta el dispositivo figural
desde el ‘héroe inútil’ hasta el ‘hombre nuevo’ pasando por el ‘anti¬
héroe’ o el ‘nuevo antihombre’, ‘hombre verídico’, ‘hombre auténtico’.
El paso de lo discursivo a lo textual nos parece decisivo para
circunscribir el modo en el que el discurso social se inscribe en la

5 Bajo los dos puntos de vista que acabamos de esbozar, la sociocrítica que trabaja
sobre los textos desde el punto de vista de una semiótica histórica y social se distingue de
una sociología de la literatura cuyo objeto es describir la manera en la que los escritos,
sus productores y sus públicos están inscritos en una institución específica (con su campo,
su mercado, sus aparatos...).
60

ficción y el modo en el que se transforma el sociograma del héroe.


El punto de partida podría ser lo que Dobroliubo llamó la
“oblomovschina”, término genérico que remite al ‘hombre inútil’ que,
desde Lermontov hasta Turguenev atraviesa la ficción rusa. Se trata de
un tipo literario caracterizado por un conjunto de rasgos de carácter, de
actitudes, de circunstancias y un mismo tipo de relaciones consigo
mismo, con los demás. Y en particular con las mujeres. Se trata a
menudo de aristócratas aislados alcanzados por el mal del siglo,
veleidosos, apáticos, con una fuerte propensión al ensueño, a los viajes
que ese caso deformaban más bien la juventud. Siempre fuera de lugar,
siempre de más, siempre desgraciado, reconocemos en él una de las
figuras emblemáticas del romanticismo.
No se trata, sin embargo, para nosotros de ver simplemente el
sociograma del héroe como un tipo desembarazado a partir del
‘contenido’. Lo importante es la textualización de esa figura discursiva
que varía de Lermontov a Gogol y de Goncharov a Turguenev,
pasando cada vez por el aspecto valor, literariedad del texto, por un
objeto, una escritura, un lugar y un espacio simbólicos, estructurando
el conjunto de las imágenes y de los enunciados. En Lermontov el
héroe inútil es inseparable de la bella Caucasiana, del caballo, del
universo aristócrata de la naturaleza salvaje, de las montañas de las
cabalgatas. En Herzen y en Gogol, es la “patache”, el “tarantass” o la
“brichka” que marcan el errar, las locas carreras a través de la estepa
o a través de Europa. En Oblomov es importante ese errar en el
mismo lugar. Toda la textualización se hace alrededor de la cama, del
viejo diván, del cansancio, del sueño, de la vieja bata que reviste
dimensiones míticas. En cuanto al mundo de Turguenev, éste pone en
escena a héroes inútiles en lugares privilegiados y antagónicos, en
ciudades de perdición (las grandes ciudades) preferentemente en el
extranjero, en ciudades de muerte (Rudin muere en las barricadas de
París, Insarov en Venecia) y como contrapunto, los dominios, las
fincas en la campiña rusa, la naturaleza, los grandes jardines de lilas y
de tilos bajo las estrellas.
Son algunos ejemplos para subrayar que el sociograma del héroe
inútil no se puede reducir a un sólo tipo, a un ideologema puesto en
imagen. Necesita su estructura estrellada de imágenes fuertes y
singulares, el paso de lo socio-discursivo a lo socio-textual. Hay que
apuntar que en el discurso social ruso de los años 1850 Dobroliubov
inauguraba una polémica, un debate, una investigación. Al hombre
inútil, al indolente Oblomov en su bata, había que oponer un héroe algo
más ‘positivo’. Es precisamente a lo que aspira la generación de 1860
que domina la crítica radical del momento.
61

Turguenev es el escritor más sensible al eco de las polémicas; a pesar


de vivir la mayoría del tiempo en el extranjero, es él quien hará moverse
en la ambivalencia y la confusión, la imagen del héroe, obligándole a
hacer un primer recorrido. En Nakanune {La víspera) de 1860,
Turguenev intenta presentar el primer héroe positivo (que había sido a
penas esbozado por Goncharov en el personaje de Shtolte) encarnado
por un revolucionario búlgaro, Insarov, de quien se enamora la
simpática Elena que dejará a su padre y a su madre para seguirle hasta
Venecia, donde áquel morirá de tuberculosis sin haber podido volver a
su patria. Turguenev hace moverse el sociograma del héroe en una
ambivalencia inaudita. ¿Acabar con el hombre inútil? ¡Naturalmente!,
pero para reemplazarlo ¿con qué exactamente?
Dos tipos de ‘hombres nuevos’ se perfilan en el horizonte literario.
Primero ese pobre Lupoiarov que viene a visitar a Insarov cuando éste
se está muriendo en Venecia, y que encarna al nuevo radical, seco y
limitado. Insarov le recibe en medio de su tos, de su respiración
jadeante. Lupoiarov suelta una larga charla pedante; cuando sale del
cuarto, Insarov, agotado, dice de él: “¡ésa, dice con amargura después
de mirar a Elena, ésa es vuestra joven generación! Conozco a algunos
que se hacen los importantes, que se dan tono, y que en el fondo no son
más que habladores como ese Señor”6. Insarov es otro tipo de hombre
nuevo. Enérgico, trabajador, fiel a la causa, tiene sin embargo unos ojos
leales, algo infantil. Es cierto que también él en algunos aspectos puede
hacer pensar en una caricatura. Es un hombre de hierro que no se deja
doblegar. La enfermedad, no obstante, hará resurgir su humanidad. De
las 160 páginas del texto ruso, más de veinte corresponden a Venecia, a
la agonía del héroe. Elena e Insavor están en Venecia a la espera de una
señal que les permitiría pasar a la costa dálmata. Esperando navegan en
góndola, van al museo, van a ver La Traviata, gozan de la belleza de la
ciudad en un fondo de muerte, cúpulas y bóvedas. El héroe positivo
muere antes de obrar de veras. La novela se acaba con el enigma de la
emergencia de hombres nuevos, hombres valederos, hombres verídicos
o simplemente hombres. La vacilación del narrador está inscrita por
todas partes, como si el presente fuera tan precario, tan trémulo que no
se pudiera sino plantear los problemas, sin poder dar verdaderamente
un rostro a ese hombre nuevo. ¿Está el porvenir del lado de los
Insarov? Pero como sabemos, él muere de tuberculosis en Venecia
después de haber asistido a una representación de La Traviata. El
nuevo héroe no puede ser ese hombre cuyo ataúd es paseado en

6 N del T: Todas las citas tomadas de novelas o textos críticos (rusos, franceses) son
traducidas de las versiones franceses tales cuales aparecen en el artículo original.
62

góndola. ¿Está el porvenir del lado de Lupoiarov, a penas esbozado


pero sí lo suficiente como para que retrocedamos de horror a la vista de
lo que nos espera? Entonces, ¿es ese hombre nuevo un ensueño
imposible, infigurable? ¿Núnca podremos salir de la ambivalencia
byroniana de los hombres inútiles?
Turgenev respondió a la crítica generalizada de su obra con una
nueva encarnación del héroe positivo en Padre e hijos de 1862, con la
figura de Bazarov, personaje algo enigmático, difícil de interpretar, que
para unos representaba lo que había de más odioso en el radicalismo y
que para Pisarev simbolizaba, al contrario, incluso en su torpeza, el
hombre del futuro.
Bazarov, el todo-de-una-pieza, que se interesa sólo por las ciencias
naturales, no ve la naturaleza sino para recoger allí ranas para
descerebrarlas, no ve el jardín sino con el ojo lucrativo del agrónomo,
Bazarov que se burla de los viejos humanistas que leen a Pushkin y que
tocan el violoncelo. ¿Por qué en esas condiciones se ha dado
interpretaciones divergentes a la obra? Bastaría decir que Turguenev en
Bazarov dió una caricatura del imposible ‘hombre nuevo’, que describió
incluso antes que Dostoyevski, a un antihombre nuevo, un antihéroe. El
sociograma del héroe se hubiera movido hacia el lado de un héroe
totalmente negativo que habría visto de esa manera la rehabilitación del
hamletismo y del hombre inútil. No es en absoluto el caso. Turguenev
nos sumerge todavía allí en la ambivalencia y el héroe muere todavía allí,
pero se ha vuelto útil esta vez, acompañando a su padre, médico de los
pobres, en plena epidemia de tifus. Pisarev, el crítico cientificista, el
cantor de la utilidad social se ha reconocido en Bazarov. Si él es trágico
incluso en su torpeza, escribe Pisarev, es porque está sólo, porque los
tiempos no están maduros. Será Chernyshevski quien creará al verdadero
héroe positivo en 1863, en el fondo de la fortaleza en la que estará preso,
será en el famoso ¿Qué hacer?. En esa novela compleja en la que
entremezclan episodios heredados de la novela negra y de la utopía
social, la escritura textualiza tres tipos de héroes y tres planos narrativos.
Tres tipos de héroes: los héroes triviales, toda una galería de pobres
gentes totalmente enajenadas en la alta socieda egoísta. Los padres de
Vera Pávlovna, el propietario de la casa, los ambientes de oficiales
juerguistas, la “cocotte” francesa que se vende al que más le ofrece.
Segundo piso, hombres nuevos como Vera Pávlovna, Lopuklov y
Kirsanov. No están sino esbozados, sin verdadero espesor. Son héroes
transitorios. Desaparecerán en cuanto hayan cumplido su misión. Para
que esos héroes no sean inaccesibles para un ‘lector perspicaz medio’,
Chernyshevski los opone a Rakhmatov, el ser perfecto, con demasiada
anticipación para ser un modelo, el “superman” totalmente positivo, el
63

que prefigura la humanidad del pasado-mañana. A la humanidad


ordinaria hay que presentarle hombres nuevos que viven en la
abnegación, en la búsqueda del mejor ser social y de su felicidad
personal, lo que puede ir sólo a golpes. A la humanidad de excepción, el
‘ser notable’ Rakhmatov, el rigorista, el que resueltemente escogió el
camino del ascetismo personal para el bien común. Hace gimnasia para
acostumbrar su cuerpo a la resistencia y hacerlo más resistente, sigue un
régimen alimenticio muy sobrio, es casto, duerme a veces sobre una
baldosa. Es un hombre de acero, un ser de voluntad, que tiene el
sentido del deber, que sabe donde está la verdad y a ella sacrifica su
confort y su vida personal. Es un ser organizado, racional, riguroso,
preciso, que no pierde su tiempo en lecturas vanas. Rakhmatov no
existe sino por el camino del narrador y desaparece en el momento en el
que el narrador se despide de él.
Ese hombre nuevo ha visto alzarse inmediatamente contra él a la
casi-totalidad de la institución literaria rusa. No sólo Zapiski iz podpolia
(El subsuelo) de Dostoyevski, sino también toda una pléyade de novelas
anti-nihilistas que intentan, no a la manera de Turguenev, hacer mover
la imagen cultural del hombre nuevo, sino también volcarla, construyen¬
do, según las mismas palabras de Dostoyevski, un ‘anti-héroe’. El
habitante del “podpolie” sombrío y solitario, acomete contra la moral
racional fundada sobre la ciencia, contra la moral utilitarista y
pedagógica de los radicales y de Chernyshevski en particular. El se burla
de que ‘dos y dos son cuatro’, de las estadísticas y del muro de las leyes
de la naturaleza. Hace pedazos el optimismo heredado de las luces del
autor de ¿Qué hacer?. ¡Nada de porvenir radiante, nada de garantía
fundada en la razón, nada de transparencia! Contrapartida oscura del
hombre nuevo, el antihéroe del subsuelo es malo y hace el mal por
capricho. Sin embargo es, como el hombre nuevo, razonable, didáctico,
todo de una sola pieza.
Son casi simétricos sin duda porque con uno y con otro nos encon¬
tramos al límite del sociograma del héroe, lo que significa que ese héroe
totalmente positivo o totalmente negativo corre el riesgo de
solidificarse en estereotipo, en arquetipo sin poder volver a moverse
más. Ni Turguenev en Tierras vírgenes ni Tolstoy en la “familia
contaminada” escapan de ese peligro. La única alternativa de ficción era
no volver al hombre inútil, sino sobrepasar al hombre nuevo
caricaturesco o al antihéroe fanático y encontrar lo que Turguenev
llamaba al ‘hombre verídico’. La brecha fue el polifonismo de
Dostoyevski (en sus otras novelas al margen de El subsuelo o Los
endemoniados) y los héroes problemáticos, torpes, ambivalentes de
Tolstoy, los P. Bezukhov y los Levin.
64

Desde Un héroe de nuestro tiempo de Lermontov hasta toda la


galería de ‘hombres inútiles’, desde los nuevos héroes ambiguos hasta
los hombres nuevos de Chernyshevski, desde los hombres nuevos hasta
los antihéroes anti-nihilistas, desde esas caricaturas hasta una
problemática vuelta a los antiguos recursos, el héroe de la ficción rusa
acompañando el rumor, los debates sobre el realismo y sobre la utilidad
social del arte, sobre el ser y el deber-ser de la estética, ha sido buscado
durante medio siglo. Nada ha podido hacer cambiar esa inscripción, ni
la reacción violenta del simbolismo, ni el decadentismo, ni el
vanguardismo y, vía La madre de Gorki (1906), un nuevo héroe positivo
resurgirá después de la Revolución de octubre, haciendo, una vez más,
que se mueva el sociograma del héroe. Trayecto figural complejo pues,
de larga duración, imposible de analizar sin su co-texto y la circulación
de los discursos7.

El sociograma de la prostituta8.

El límite de extensión del sociograma me parece corresponder a la


acumulación de todos los vectores discursivos que tematizan un objeto
socialmente identificado en un momento dado, sobre todo cuando sus
tematizaciones producen un verdadero nudo gordiano de representacio¬
nes intricadas e incompatibles cuyo enredamiento implica el conjunto
de discursos de una sociedad en un momento dado. Ha sido apuntado
muchas veces, sin que, a pesar de ello, haya sido superado, hasta
investigaciones recientes, el estado de constatación, la omnipresencia
del ‘amor venal’ como tema novelesco y como tema poético en el siglo
XIX, con el resto de desplazamientos metafóricos de los que el
principal es justamente la figuración (baudeleriana) del escritor como
‘prostituto’. Desde 1880, la ‘historia de una muchacha’ se vuelve un
objeto obligatorio de la novela (Goncourt, Zola, Maupassant,
Huysmans...) y la venalidad sexual ocupa de la misma forma la poesía
mediocre o de vanguardia (Verlaine, Rollinat, Brunat...), la temática de
la prostitución recibe finalmente, con la moda de la novela rusa,
renovaciones de su tematización (Tolstoy, Dostoyevski).

7 Encontraremos un análisis más detallado del sociograma del héroe en la sociedad


rusa y soviética en Régine Robín (1986).
8 Me refiero aquí a los trabajos parcialmente inéditos de Gehrard Kaiser, profesor de
la Universidad de Giessen sobre la prostitución como metáfora central en las letras del
siglo XIX. Y entre muchos otros, en materia de referencia histórica, también me refiero a
Filie de noce de Alain Corbin (París, 1978).
65

Sólo esbozamos aquí un trabajo complejo de investigación que


conformaría, en la literatura y en el discurso social, aquel nudo gordiano
de representaciones contradictorias que tanto ha atraído a los literatos.
Sin embargo, han obtenido poco destruyéndolo críticamente, o más
bien, incluso entre los mejores, magnificando en él la fascinación y este-
tizando en él las ambivalencias. Los vectores portadores de representa¬
ciones de la prostitución son, notablemente, los vectores de la oralidad
masculina burguesa, de la ‘conversación del fumadero’ que avena mitos,
anécdotas y prejuicios con toda la inversión de conocimientos cínicos y
semi-clandestinos. Por otra parte, está el gran discurso de la
medicalización y de la desviación penal y del sexo, donde los médicos
positivistas se ponen a la cabeza de una cohorte de vigilantes del orden
cuyo brazo seglar son las brigadas contra los delitos contra la moral
pública. El discurso médico administrativo sella la alianza del moralista,
del médico, del higienista y del funcionario ‘reglamentarista’, argumenta
la presión sobre la sifilifobia y sobre la necesidad del orden social. El
criminólogo, promotor de una ciencia emergente, construye con
Lombroso el concepto de la prostituta de nacimiento, verdadera ‘bestia
humana’ atávica en el progreso de la especie. Pero en otro campo,
menos apoyado en los aparatos, pero eminentemente productivo de
representaciones sociales, existe en la Francia de la Illa República
amplia prensa y literatura libertina; los “boulevardiéres” (Gil Blas,
Courrier Frangais, Vie parisienne) en los que se canta el apoteosis de la
“cocotte”, de lo horizontal, del París de los placeres.
No muy lejos se encontraría la literatura tan ‘bien escrita’ del
manido lirismo afrodisíaco donde triunfan los Catulle Mendés,
Maizeroy, Ad. Belot... La prostitución es construida también en el
periodismo de información, donde el tema de la sección de sucesos de
la prostituta degollada, desde el asunto Pranzini hasta Jack el
Destripador (1888-1889). Y más allá, figura una transformación
decadentista de la “Liebestod” que mezcla en una suprema ‘expiación’ el
sexo y la sangre redentora y erotizada. En la periferia, el contradiscurso
socialista, variante anarquista, construye la imagen de una doble
explotación de los hijos y de las hijas del pueblo, ‘carne para la fábrica y
carne para el placer’. La literatura en sus diversas formas ya ha
trabajado el sociograma: el post-romanticismo baudeleriano ha hecho
de él la imagen de la Belleza antifísica, de lo bello infame, la novela
realista desde Balzac hace de él la alegoría de la sociedad moderna, con
el “cash payement as the solé nexus”9 (Carlyle citado por Marx). El
escritor del final del siglo XIX recibe esas tematizaciones variadas,

9 N del T: En inglés en el texto original: “el pago al contado como el único nexo”.
66
ansiógenas, crepusculares, chocarreras, cínicas, libertinas, alegradoras,
condenatorias; la memoria social le muestra el recorrido hecho desde el
modelo romántico de la ‘Prostituta virtuosa’ (Fleur-de-Marie, Fantine)
y la influencia escandinava, rusa, le propone todavía el modelo
periférico de un redencionismo estafador y filosofante que la gente de
ingenio señala como ridiculamente antagonista del buen tono pari¬
siense. Bruant pretenderá renovar esa temática intentando ‘desvelar’ la
realidad brutal del París arrabalero con sus marmitas, sus “marlous",
sus “michés”, sus “pañíes”..., creando para un medio siglo el roman¬
ticismo del aventurero de Montmartre10. No será sino hasta la canción
del café-concierto, con sus inepcias y su dobles sentidos de casa pública,
cuando ofrecerá al escritor otras formas triviales de tematización* 11.
La experiencia literaria es trabajar sobre aquel material. Preguntarse
si el novelista naturalista y el poeta decadente frecuentan las casas
profusamente, es dar prueba del mismo contrasentido que sorprenderse
de que Rimbaud escribiese El barco ebrio sin aún haber ‘visto el mar’.
Ese barco ebrio nos recuerda a Etiemble, aventurero bajo todas las
latitudes desde la poesía parnasiana hasta el Diario de los viajes (Journal
des Voyages). Igualmente, si Maupassant frecuenta la Maison Tellier, es
tal vez para convencerse de que la ‘experiencia’ del escritor fija su
inspiración en lo real sin frases. Para volver al sociograma que se ha
impuesto a tantos escritores y ha sido llenado de imágenes,
desmontado, puesto en conexión provocante con otras entidades
dóxicas de tantas maneras, parece ser que a fin de cuentas, la literatura
ha sido en ese caso sobre todo una caja de resonancia del rumor social y
raramente ha propuesto una reconfiguración de los mitos y de los
lugares comunes.
Nuestra hipótesis esbozada a grandes rasgos es que ese sociograma
central, amasado de ambivalencia, satisfaciendo sincréticamente todos
los requisitos de la “doxa” y las estéticas modernistas ha constituido
una especie de magma ideológico imposible de analizar, fascinante para
el artista que veía allí, con razón, un instrumento hermenéutico. Pero
formaba un laberinto tan inextricable de ideologemas en tensión, que
no podía provocar sino una inagotable y vana fascinación. El
sociograma de la prostitución respondía a todas la nuevas necesidades
de la literatura: renovar su complejo de Asmodeo (la literatura como
máquina para hacer ver las cosas ocultas), producir una anti-estética de
lo infame y de la abyecto, una bella perversidad disociada del bien;

10 Ver L. Chevalier, Montmartre du plaisir et du crime (París, 1980).


11 En la misma época la crítica artística de los Chéret, Willette, Forain, la pintura de
Degas, de Raffaeli, de Toulouse-Lautrec se dedican a esta temática prostitucional.
67

trabajar sobre la ambivalencia que es la posición inconfortablemente


ideal de las letras, encontrar una alegoría de la sociedad capitalista, de
la ciudad, de los anonimatos del mundo moderno. A medida que los
discursos de control y de información cercan cada vez más lo social, la
literatura se vueve con predilección del lado de los ‘incivismos’, de los
en-el-exterior, de los allá, de los fuera-de-casta, como si ella se
reconociera, siendo marginada, en esos espacios periféricos. La temática
de la prostituta permite figurar al artista como un fastidiado que
necesita objetos de refinado gusto para sus papillas depravadas y
conmueve a compartir esos platos pimentados con el ‘hipócrita lector’.
Permite también asumir la posición antifilistea, teniendo más o menos
asegurado el escándalo; confirma accesoriamente la literatura como
actividad masculina, lejos de vanas litotes de la conversación mixta (se
pensará en la noción de la ‘literatura de solteros’ de Jean Borie)... No
acabaríamos.
Concluyamos bruscamente, repitiendo la hipótesis de que el socio-
grama de la prostituta, elemento clave de la relación de las letras en el
discurso social a finales del siglo XIX, cumplía tantas exigencias propias
de la literatura siempre constituyendo en la “doxa” un complejo tan
polivalente que a fin de cuentas el escritor podía a penas sino reforzar
ese enredado sistema (en el que intervienen todavía todas las repre¬
sentaciones del sexo y de la “mujer”)12 y no desmontarlo críticamente.

* * *

Intentaremos ahora esbozar una tipología de los modos de


inscripción del discurso social en el texto. El lector no debe, sin
embargo, tomar lo que sigue por una clasificación sistemática que tenga
valor por sí misma. Se trata de poner de relieve algunos grandes tipos
de textualización literaria con el fin de ampliar la reflexión sobre
nuestro tema. Nuestra reflexión invita a sustituir la clásica pregunta de
‘¿qué es la literatura?’ por una pregunta de otro orden: ¿qué puede
hacer la literatura operando sobre el discurso social? ¿En qué las
absorciones, reinscripciones y transformaciones que ésta realiza
concurren ya sea a reforzar la entropía dóxica, las representaciones
hegemónicas, lo transverso, ya sea a cuestionar el orden del discurso,
dislocándolo, ‘deconstruyéndolo’ si se quiere, pero reconstruyendo
también con el material disperso una figura inaudita, retotalizando en
una obra el discurso social según una lógica problemática que perturba
el orden dominante?

12 N del T: En el original, el vocablo “femme” aparece como neologismo: la “phame".


68

Esta deconstrucción que está en la misma esencia de la práctica


literaria, puede desembocar en las estéticas modernas de la auto-
representación, a la contemplación narcisista de su propio juego
deconstructor.
Así pues dos grandes tendencias polarizan la actividad textual:
Puede no hacer sino reforzar, sino servir de ‘relevador imaginario’
{“reíais imaginal”) a las líneas de fuerza del discurso social. O puede, al
contrario, interrogar su lógica desplazando elementos, pluralizando sus
mensajes, haciendo opaco aquello que en el discurso de información y
del saber se da en la claridad de certidumbres confirmadas. Esas dos
tendencias no sirven para oponer los buenos escritores a los mediocres,
tradiciones estéticas críticas a otras, más entrópicas. Esas tendencias
pueden mezclarse en el mismo autor, en el mismo escrito, en el mismo
pasaje: de vez en cuando el escritor menos hostil al grupo que describe
y al que le da la palabra, comete una especie de lapsus, repite
pasivamente un fragmento dóxico que el desarrollo mismo de su texto
habría debido disolver, deja elementos durmientes, residuos de clichés
no atacados.
Veamos un pasaje de la primera página de Germinal de Emile Zola,
que presenta a Etienne Lantier en la carretera principal de
Marchiennes. El incipit es un relato de focalización interna. Es la
mirada de Etienne, en efecto, la que barre la llanura, el suelo negro, el
horizonte plano. La intrusión del autor viene a perturbar ese comienzo.
“Una sola idea ocupaba la cabeza vacía del obrero sin trabajo y sin
albergue, la esperanza de que el frío sería menos fuerte después del
amanecer.” El sintagma “cabeza vacía” constituye una presuposición,
una ‘gnomé’ - un obrero sin trabajo tiene por fuerza la cabeza vacía,
mientras que “sin trabajo y sin albergue” parece fijado, repetible y
repetido en los discursos críticos o políticos franceses a finales del siglo
XIX. En un texto de obreros de noviembre de 1884 podemos leer la
siguiente frase: “Todos nosotros que estamos sin trabajo y de los que
muchos están sin albergue y sin pan, los que tenemos sólo la calle por
vestidos, nuestro deber nos dice no soportar más esa miseria”13.
Zola reinscribe entonces un elemento casi fijado del discurso social
sobre el obrero, pero también locuciones, enunciados que los mismos
obreros utilizaban como respuesta al discurso burgués, utilizando las
mismas palabras, las mismas frases, devolviéndolas. La inscripción que
hace Zola del discurso social, lo impensado presuposicional que le
marca (la cabeza vacía) es a la vez uno de los múltiples enunciados

13 Citado en M. Perrot, Les ouvriers en gréve 1871-1890, t. 1 (París/La Haye, 1973):291.


69

sobre el obrero reinscrito en un texto literario pero también, una vez


puesto de nuevo en circulación interdiscursiva, aquello que va a
informar la palabra obrera. Ese ese sentido, Claude Duchet tiene razón
al afirmar que

es absolutamente vano interrogar sobre la autenticidad del discurso obrero en


Germinal: nacido de una coyuntura de la que forma parte, es una de las
modalidades de la existencia del proletariado en el siglo XIX, proyectado
fuera de él bajo la mirada de otros e informando de las prácticas culturales,
respecto a las que él, el proletariado, debe sin cesar situar con precisión su
discurso. Dicho de otra forma, el discurso sobre el obrero y el discurso del
obrero forman un intertexto indisociable: uno no puede sino remitir al otro,
el otro inspirarse en ese uno^.

A lo sumo se puede decir que en ese intertexto, ese co-texto, ese archi-
texto, los temblores ideológicos muestran de una manera implícita los
residuos de la ideología dominante. Lo hemos visto con “cabeza vacía”.
Es, tal vez, aún más visible en ese pasaje de L’Assommoir: “Los siglos
del arte pasaban ante su ignorancia aturdida...”. Es precisamente
cuando la novela es escrita para dar la palabra al pueblo, cuando por
primera vez el narrador se deja contaminar por la palabra popular, sin
guardar las distancias del francés familiar, veáse jerga, en algunos
pasajes no trabajados por la escritura, dándose como concreciones
evidentes, sin embargo intravesables cuando el texto se reinstala dentro
de la ideología dominante y el ‘ya-allí’ del estereotipo. Atrapado en la
trampa del discurso social, pero al mismo tiempo desplanzándolo,
atacándolo, el escritor, ese Jano de dos rostros, es precisamente el
testigo de la interdiscursividad que le habita.
Ocurre que los grandes lienzos del discurso social se inscriben
indirectamente, venidos de la tribuna política de la ‘publicista’ y que las
formas de la textualización no superan el nivel del eco sonoro sin
ironización. Es el caso de los funcionamientos textuales masivos en la
mayoría de las novelas de tesis, en particular en las novelas del realismo
socialista soviético de los años treinta donde los héroes positivos repiten
el discurso de la línea política, introduciéndola en la obra, populari¬
zándola, sin ponerla en tela de juicio. Todavía no hay que caricaturizar,
tanto la textualización como el efecto de ficción tienden a deshacer la
linealidad de los mensajes, a crear lugares de tensión en el interior del
texto, ver contradicciones manifiestas, la mayoría de las veces
inconscientes. La mayoría de las veces el discurso social está ironizado.

14 Claude Duchet, “Le trou des bouches noires, parole, société, révolution dans
Germinal”, Littérature, 24 (dic. 1976): 11-39; 13.
70

En el mismo arte de la novela, desde Flaubert hasta Proust y de lo


cómico particular de sus personificaciones, producir los personajes-
discursos, con todas sus idiosincrasias, encarnaciones de un sextor
dóxico; el señor Homais produce el discurso de la prensa liberal
anticlerical de la Monarquía de Julio (versión provincial), como el señor
de Norpois encarna en su habitus y sus conversaciones la esencia
estilística de la gran crónica política de la Revue des Deux Mondes. En
cuanto a dos pobres hombres, Bouvard y Pécuchet, se convierten en dos
cameleones que pasan por todos los colores de los sectores discursivos
desde el fin del reino ‘luis-felipeño’ hasta el principio de aquel del
Príncipe-presidente.
Ocurre que los efectos de la ironización del discurso social tocan la
anti-utopía, cuando el narrador vuelve el discurso social contra sí
mismo. Es el singular caso de A. Platonov en su intraducibie
Chevengur15. En una lengua que hace perder al lector sus principales
coordenadas lógicas, Platonov crea todo el tiempo efectos de extrañez
en sus trueques entre el sentido abstracto, el concepto y la imagen
concreta. Toma el discurso social al pie de la letra, lo parodia, lo repite
como un loro, para sacar mejor el aspecto estereotipado. Descon-
ceptualiza, desautomatiza la lengua y resemantiza los clichés. “El
camino del comunismo” se vuelve bajo su pluma un verdadero camino
por la estepa, “el avance hacia el comunismo” obliga a la gente a
caminar, y “construir el comunismo para el mañana” se vuelve al pie de
la letra una actividad de construcción de un edificio, y “mañana” será
tomado por un embrague por “el día de mañana”.
Después en la directa sobre la interdiscursividad y el debate
polémico, la selección y la reinscripción de imágenes-catálisis (“images-
catalyses”), de frases, de sintagmas, producidos en el discurso político,
crítico o estético que los escritores hacen migrar devolviéndolos,
empleándolos de nuevo, citándolos, trucándolos pérfidamente, en una
palabra, obligando a hacer a esos ideologemas o imágenes-catálisis un
recorrido16. Es así como se distingue Dostoyevski en apoderarse de
imágenes que él ironiza en la ficción y hace constantemente migrar. En
Los endemoniados leemos a propósito de S. Trofimovich “él admitió sin
discutir que el término ‘patria’ era inútil y cómico, reconoció que la

16 Che\>etigur fecha de 1929. La censura lo rechazó. Ha sido traducido al francés bajo el


título de Les herbes folies de Chevengur (París, 1972).
16 Ver para todos estos elementos, el inmenso trabajo de J. Catteau, La créaúon
littéraire chez Dostoievski (París, 1978) y del mismo autor, “Du palais de cristal á Páge d’or
ou les avatars de 1 utopie ’, Cahier de l’Herne, Núm. especial sobre Dostoyevski, 24
(1973): 176-195. N del Ed.: veáse también Robin 1986.
71

religión era nefasta, pero declaró con orgullo, firmemente que ‘las botas
eran inferiores a Pushkin y muy inferiores’ Esas botas que el autor
hace aparecer entre comillas, han conocido un destino singular.
En un artículo que oponía Pushkin a Gogol, Pisarev particularmente
se había encarnizado con Pushkin. Este último aparece ante sus ojos
como jefe de filas de la escuela del ‘arte por el arte’. Pisarev le opone a
Gogol, el realista, y milita por la utilidad social. Escribe: “si Alemania
tuviera decenas de millones de arqueólogos como Jakob Grimm no
sería más rica y más feliz. [...] Y por eso digo con toda sinceridad que
me gustaría más ser un zapatero artesano (Sapozhnik) o un panadero
que un Rafael o un Grimm ruso”.
Un contemporáneo de Pisarev, Zaitsev, tendrá unos propósitos
todavía más definitivos; “No hay un lavador de entarimado o un
‘pocero’ ("vidangeur”) que no sea más útil que Shakespeare”.
Dostoyevski se apodera incansablemente de esas desgraciadas botas.
En un panfleto de 1864, en forma novelística, hace adoptar a su
personaje, el “Joven pluma”, un programa que en su punto cuarto dice
lo siguiente: “ ‘Joven pluma’, usted debe desde el momento tomar por
regla que un par de botas en todo caso tiene más precio que Pushkin, ya
que se puede muy bien pasar sin Pushkin, mientras que no se puede
pasar sin botas y que, por lo tanto, Pushkin no es más que lujo y
tontería. Comprendido”. En otro manuscrito, proyecto de un artículo
de 1864, leemos, siempre bajo la pluma de Dostoyevski, a propósito de
los nihilistas: “proclaman soberbiamente que las botas valen más que
Pushkin”. En cuanto al “pocero”, tan querido por Zaitsev, Dostoyevski
ya lo había reutilizado en Crimen y Castigo, en el momento cuando
Lebeziatnikov expone su concepción del arte:

Pero dígame, por favor, ¿qué encuentra usted de tan vergonzoso y tan
despreciable incluso en los desagües? ¡Yo soy el primero que está dispuesto a
ir a limpiar todos los desagües que usted quiera! No hay en eso el menor
sacrificio. Es simplemente un trabajo, una actividad noble y útil para la
sociedad, que vale lo mismo que cualquier otra y que es definitamente
superior a aquella por ejemplo de un Rafael o de un Pushkin, porque es útil.

Vemos que las botas de Pushkin, o simplemente Pushkin, o incluso


Rafael, o Shakespeare, o el pocero son imágenes-catálisis que
acompañan el trayecto figural del héroe de manera muy conflictiva. Esas
imágenes que remiten a la estética realista a base de utilidad social de la
generación de 1860 y a todo el debate estético sobre el arte, bien
podrían rodar aquí en torno a la siguiente fórmula predicativa: Un
zapatero es más útil que Pushkin versus un zapatero es menos útil que
Pushkin.
72

Encontramos el mismo problema ficcionalizado en Turguenev en


Padres e hijos donde el héroe positivo, Bazarov, ardiente fisiólogo,
adepto a las ciencias naturales, ataca la poesía y se escandaliza ante la
idea de que el padre de su amigo Arkade lea a Pushkin.

Anteayer lo miraba como leía a Pushkin, continuaba mientra tanto Bazarov.


Explícale de una vez por todas, por favor, que eso no tiene ningún sentido. El ya
no es un chiquillo, después de todo, ¿qué es lo que espera para tirar ese fárrago?
Y además, iqué idea más graciosa, de verdad, ser un romántico en nuestra época!
Mándele hacer alguna cosa útil.
- ¿Qué por ejemplo? preguntó Arkade.
- Stoff und Kraft de Brüchner, tal vez para empezar.

Imagen familiar que hace de Pushkin el centro de una constelación


de fórmulas y de imágenes sobre la utilidad social y sobre el arte. La
encontramos una vez más al final de la novela, en el momento de la
muerte de Bazarov. “... Rusia me necesita... No, hay que creer que no.
Además, ¿a quién necesita? A un zapatero, sí a un sastre, a un carnicero
[...] él vende su carne... el carnicero...”. Si Pushkin versus Gogol
simboliza toda una estética, otra imagen ‘migrante’ viene a frecuentar el
debate social e inscribirse en la ficción en la larga duración, es el
famoso Palacio de Cristal de la Exposición Universal de Londres de
1851. Sin haberlo visto, Chernyshevski hizo una descripción de éste para
los Armales de la patrie. En su novela ¿Qué hacer?, escrita en lo más
profundo de la fortaleza Pedro y Pablo de San Petersburgo, en un
sueño de la heroína Vera Pávlovna que simboliza la sociedad futura y la
futura organización del trabajo a la manera de un falansterio,
Chernyshevski evoca el Palacio de Cristal como lugar fuerte de la
utopía.

Entonces aparece un inmenso edificio como hay pocos, si los hubo alguna vez...
¿Cuál es su forma? Poco familiar, en nuestra opinión, pero tal vez podría darnos
una idea el palacio sobre la colina de Sidenham: hierro y vidrio, vidrio e hierro y
nada más. Y además no se trata sino del exterior del edificio, de su envolutra [...]
y en el interior es una hermosa casa... Por todas partes aluminio y más aluminio y
las entreventanas están adornadas con grandes espejos... Toda la casa es un
verdadero jardín de invierno.

Ese hombre nuevo, esa ciudad nueva simbolizada por el Palacio de


Cristal van a ver levantarse contra ellos inmediatamente a Dostoyevski,
que va a oponer a esa transparencia lo subterráneo, el agujero obscuro
donde nada puede ser racionalmente resuelto, donde 2 y 2 no son 4,
donde la transparencia de la relaciones inter-humanas es denunciada
como una mistificación peligrosa. Ese Palacio de Cristal será de nuevo
73

fustigado en My (Nosotros), la anti-utopía de Zamiatin, y aquí y allá en


la ficción soviética de los años treinta, donde personajes negativos
recogerán la imagen del cristal, de la transparencia para denunciar el
sueño de una sociedad egalitaria. Esas imágenes-catálisis, se presentan
en realidad de una manera mucho más compleja, como aglomerados
para componer concreciones socio-discursivas y socio-textuales que
encierran el trayecto temático del héroe. El escritor reinscribe para
situarse denunciándola, asumiéndola, desplazándola, transformándola o
ironizándola, opacándola, la fórmula predicativa del núcleo socio-
gramático.

Pisarev las botas valen más que Pushkin


Dostoyevski invierte totalmente la fórmula
Tolstoy la desplaza
Chernyshevski la recoge asumiéndola al desplazarla
Turguenev la ironiza, la denuncia pero dentro
de la ambivalencia

En pocas palabras, durante unos 10/20 años, antes de que la fórmula


sea completamente desplazada, sirve de frase-apuesta a un debate muy
importante sobre la definición del arte, sobre los postulados del
realismo y sobre los problemas de la figuralización del héroe como
hemos visto más arriba. Allí una vez más, el escritor se sitúa ya sea
reinscribiendo pura y simplemente las fórmulas, las imágenes del
discurso social, ya sea operando un movimiento, un desplazamiento de
enunciados en su ficción. Allí de nuevo los referentes de la ficción no
son pedazos de lo ‘real’ sino referentes textuales, fragmentos del
discurso social incorporados de manera específica, textualizados dentre
de la ficción.
El discurso social se encarna en personajes múltiples que permiten
al escritor ya sea crear portavoces únicos, ya sea, la mayoría de las
veces, figuralizar lo heterogéneno gracias a una panoplia de personajes,
“el personal” diría Philippe Hamon, portadores sin duda de la misma
ideología en el sentido más amplio. Pero dibujan como huecos, una
diversidad de aspectos, de tomas de postura, más allá de su singularidad
de individuos. Hay mil maneras de ser republicano durante la
Revolución de 1848, como hay mil maneras de ser ‘rojo’ o ‘blanco’ en la
guerra civil rusa. Que esta heterogeneidad desaparezca y el efecto de
tesis viene a matar rápidamente el efecto de texto. Dos ejemplos bien
74

conocidos para recordar ese procedimiento literario clásico que consiste


en diseminar el discurso social, ya no en el rumor de un fragmentario no
aleatorio, sino a través de la identidad propia de un personaje. En
Flaubert cuatro personajes encarnan un aspecto del espectro político y
social republicano: Sénécal, Regimbart, Dussardier, Deslaurier. En el
pasaje que apuntamos más abajo, analizado por Henri Mitterand17, el
narrador en un compendio sorprendente plantea la figura del
doctrinario, del terrorista, del dogmático imbuido de sus certidumbres.

Las convicciones de Sénécal eran más desinteresadas. Cada tarde, cuando acababa
su trabajo, volvía a su buhardilla, y buscaba en los libros cómo justificar sus
ensueños. Había comentado el Contrato social. Se atiborraba de la Revue
indépendante. Conocía a Mably, Morelly, Fourier, Saint-Simon, Comte, Cabet,
Louis Blanc, la pesada carreta de los escritores socialistas, aquellos que reclaman
para la humanidad el nivel de los cuarteles, aquellos que quisieran divertirla en un
burdel o doblarla sobre un mostrador, y, de la mezcla de todo eso, él se hizo un
ideal de democracia virtuosa, que tenía el doble aspecto de una alquería y de una
fábrica de hilados, una especie de Lacedemonia americana donde el individuo no
existiría sino para servir a la sociedad, más omnipotente, absoluta, infalible y
divina que los grandes Lamas y los Nabucodonosores. El no tenía ninguna duda
sobre la próxima eventualidad de esta concepción; y con todo lo que él
consideraba que le era hostil, Sénécal se encarnizaba, con el razonamineto de una
geometría y una buena fe de inquisidor. Los títulos nobiliarios, las cruces, los
penachos, los libros sobre todo, e incluso las reputaciones demasiado sonoras le
escandalizaban; sus estudios como sus sufrimientos avivaban cada día su odio
esencial a toda distinción o cualquier superioridad.

(Mitterand 1980:213-214)

Sénécal por lo demás “personaje suma” según la expresión de Michel


Crouzet18, acabará adhiriéndose al Imperio y cuando el golpe de estado
de Luis Napoleón Bonaparte matará sobe las barricadas a su antiguo
compañero de combate y de ideas, Dussardier. Se podría pensar a partir
de ese texto y de la figura del ‘demócrato-socialista’ integrista que
encarna Sénécal, que el narrador por su léxico, su ironía, ilegitimiza a
todos los Republicanos de 1848 y por un efecto de rebote ideológica¬
mente toma parte del campo de la reacción. Es sabido que no hay nada
de eso en la Educación sentimental, el campo de los legitimistas y de los
burgueses asustados igualmente detestables y que, en el retrato de los
Republicanos se recorre un verdadero abanico de posiciones de lo que
conlleva el discurso social. Dussardier se opone a Sénécal. Es el
verdadero cuarentayochista del mito, el alma generosa que dice poco

17 Véase Mitterand 1980, en particular 213-229.


18 Michel Crouzet, “L’éducation sentimentale et le genre historique” en Histoire el
langage dans “L’éducation sentimentale’’ de Flaubert (París, 1981):77-110.
75

antes de hacerse matar en las barricadas: “¡Estoy tan desesperado! ¿Es


que no ha terminado todo, además? Creí, cuando vino la Revolución,
que seríamos felices. ¡Ustedes recuerdan qué bonito era! ¡Qué bien se
respiraba! PerQ aquí estamos caídos una vez más, peor que nunca”.
Entre los dos, Deslauriers, el pobre ambicioso, especie de Julien
Sorel, y Régimbart, muy borroso; en el medio todavía Frédéric, que en el
momento en que tiene lugar la historia vaga amorosamente por el
bosque de Fontainebleau. En pocas palabras el discurso social está
diseminado en su variante republicana, como lo está en su variante
legitimista. Opacidad del mensaje, dificultad de situarse, reenvío de
espaldas contra espaldas en un concepto de la Historia donde todo es tal
vez teatro y repetición19. Pero con toda seguridad, es figuralización de
posiciones ideológicas y discursivas, textualización extremadamente
compleja de este inmenso rumor hecho de imágenes, de clichés, de
memoria citacional que constituye el discurso social.
Segundo ejemplo, los Blancos y los Rojos en El Don apasible de
M. Sholokov. Si es verdad que el escritor presenta con menos ‘talento’ a
los Rojos que a los Blancos (lo que le fue violentamente reprochado
durante los años veinte y treinta) hay que apuntar sin embargo que su
panoplia de personajes revolucionarios es variada tanto en el plano de las
individualidades - lo que no constituye aquí nuestro propósito - como en
el de las diversas posiciones del discurso social que ellos tienen prohibido
encarnar. Ni superhombres, hi héroes positivos, ni perfectos, ni tiernos.
Ellos son múltiples con sus cabezas políticas, sus héroes anónimos, los
comisarios que no tiemblan y aquellos que tiemblan, esos que no
soportan la sangre, con aquellos que al contrario son sanguinarios
dogmáticos intolerantes, figuras de mujeres inolvidables. Todo el
abanico de posiciones discursivas, de sensibilidades cosacas y no cosacas,
en el interior del campo de la Revolución. Esta diseminación de voces en
el mismo campo ideológico, esta figuración de lo heterogéneo está, sin
lugar a dudas, de parte del escritor realista en particular, uno de los
medios más adecuados de inscribir si no la globalidad, por lo menos en
su espesor representativo, el discurso social de una sociedad en un
momento dado.
El discurso social puede todavía inscribirse por las ausencias que lo
marcan. Incluso si esta categoría, como subraya Ph. Hamon en una obra
reciente20 queda borrosa, nos parece esencial. Esta ausencia desarma

19 M.A. Campino-Cajueiro, “La représentation de l’Histoire dans L’éducation


sentimentale”, tesis de doctorado [III-ciclo] (Universidad de París-VIII, 1979), texto
inédito.
20 véase Hamon 1984.
76

frecuentemente a los historiadores, perplejos ante un texto literario.


P. Guiral comenta así la ausencia de la Revolución de 1830 en Le Rouge
et le Noir de Stendhal:

¿Quién no sabe además que el novelista comete errores voluntarios o no, por
negligencia o intento de confundir las pistas, o pasa al lado de las realidades
esenciales? En un análisis muy percútante, M. Maurice Baumont recuerda que
Julien Sorel, el héroe de la novela Le Rouge et le Noir, es ejecutado once meses
después de la caída de Charles X. Entonces, Stendhal aprecia las maniobras del
clan de la Mole y de la Congregación, cuando ellos se habrían hecho olvidar
verosímilmente en aquel momento. En cuanto a Julien Sorel, en un momento en el
que liberalismo parece por poco tiempo triunfar, mientras que la agitación
antireligiosa se muestra por todas partes, el habría debido, en aquella primavera
de 1831, subir los escalones del éxito antes que esos del patíbulo...21

Se conoce la amplitud de los problemas cronológicos que han


acometido a Stendhal cuando al terminar su novela se produjo el evento
histórico. El novelista eligió no modificar nada a pesar de las
inverosimilitudes cronológicas observadas por P. Guiral y otros muchos.
La ausencia de la Revolución de 1830 toma entonces un valor
simbólico, político. El ‘error’ de cronología inscribe una temporalidad
política y ya no simplemente cronológica. Los miembros del jurado que
debían condenar a Julien al patíbulo, ¿habrían cambiado verdadera¬
mente al día siguiente de los acontecimientos de julio? Como dice Pierre
Barbéris,

confiemos después de julio en Valenod: él todavía tiene su cargo. Lo nuevo está ya


en lo antiguo: el poder burgués, antes de Julio, era ya aquello lo que no mostraría
a plena luz sino después de Julio. La negativa de Stendhal de rehacer el “plan” de
su novela y de organizar en ella el tiempo, tomando en cuenta un evento por cierto
vidente y en el momento entusiasmante, pero finalmente secundario en relación a
las mutaciones ya incurridas desde hace mucho tiempo o realizadas en las
profundidades de lo real social, esa negativa de mecanizar la Historia, hable
finalmente con más fuerza a favor de la Historia en el hecho de que no calca de ella
la cronología, sino que está conforme con su flujo profundo. El método, si tal
término tiene un sentido en cuanto a Stendhal, es aquí como siempre una visión
del mundo22.

Stendhal no es, sin embargo, el único en pasar por alto el 1830. Ni


Chateaubriand, ni Balzac le hacen mucho caso. Ningún héroe de la
Comedia humana combate o muere en las barricadas de Julio. Los
personajes más lúcidos de la obra balzaquiana analizan muy bien el

21 P. Guiral, La société frangaise 1815-1914 vue par les romanciers (París, 1969):10.
22 Pierre Barbéris, Sur Stendhal (París, s.f.):107.
77

oportunismo de la burguesía, el nuevo compromiso esbozado contra el


pueblo por las clases dominantes. Dusay se exclama: “Nosotros
queremos derribar a los dos Vandenesse, a los duques de Lenoncourt, de
Navarraeins, de Langeais y la Grande Aumónerie. Para triunfar, nos
uniremos incluso a La Fayette, a los Orleanistas, a la izquierda, a la gente
para degollar al día siguiente de la victoria, ya que todo gobierno es
imposible con sus principios. Somos capaces de todo por el bien del país y
por el nuestro” (subrayado en el texto)23.
Quedaría por evocar, pero dejamos aquí el discurso social
propiamente dicho, la manera de la cual por connotaciones culturales a
veces solidificadas, la textualización deja ver las euforias colectivas (cielo
azul, gran sol), el nuevo arranque de las luchas después del fracaso (el
sema ‘germinar’ en Germinal), los lutos, los retrocesos de la Historia
(cielos grises, cielos negros), o los momentos de grandes trastornos
(tempestad, nieve, etc.). En ese dominio que toca el cliché cultural, que
toca una estereotipia metafórica el problema vendría más bien por parte
del escritor a la hora de de-semantizar estos clichés para darles una
nueva vida, pero una vez más, nos encontramos aquí en las fronteras de
nuestro propósito.
Habíamos partido de una simple observación: el escritor no es aquel
que ‘ve’ mejor, sino aquel cuyo oído percibe el ruido del mundo, el rumor
del discurso social. En el transcurso de nuestro trabajo, nos habíamos
preguntado, en esas condiciones ¿qué puede la literatura ante la
proliferación del discurso social, su inmenso desvío, sus figuras de
confusión, su globalidad agujereada y su fragmentismo? Si la literatura
no ‘refleja’ lo real, si sus referentes son textuales, ella no inscribe ni
siquiera pasivamente a la manera de una publicística llena de imágenes el
discurso social; ella lo textualiza, lo pone en ficción, lo desplaza como se
dice, el cliché, o por lo menos - es nuestra apuesta -, ella es capaz de
hacerlo.
¿Cuáles son desde entonces las tareas de la sociocrítica? Si el texto es
un dispositivo interdiscursivo e intertextual que absorbe y vuelve a
poner de modo específico (la textualización, el trabajo de ficción, el
efecto de texto, el aspecto valor del texto, el trabajo sobre la lengua y en
particular sobre el significante) y singular las representaciones de lo real
presentes en el ‘ya-allí’ del discurso social, entonces tres posiciones
epistemológicas pueden abrirse camino, hoy.
Si se privilegia la deconstrucción solo, se corre el riesgo de
desembocar en una estetización de la actividad crítica, en una

23 Citado por Pierre Barbéris, “Juillet comme bañe d’essai ou trois réactions et leurs
suites”, Romantisme, 28/29 (1980):276.
78

anaxiología que contempla su propio vacío, en el trabajo de Penélope del


post-estructuralismo (véase Derrida, Baudrillard y otros). Si no se toma
en consideración sino la actividad de (re-)construcción se presupone en
alguna parte que el escritor trabaja no sobre el ‘ya-allí’, sobre lo real ya-
semiotizado, sino sobre un mundo objetivo representable del que el texto
reflejará por homología, analogía o por completamente otro proceso las
estructuras objetivas.
Si, como nosostros postulamos, el discurso social comporta apuestas
de legitimidad, de intereses sociales, de líneas hegemónicas, si
comporta novaciones y arcaismos, equilibrios aparentes al nivel
discursivo, concreciones dóxicas y estereotipadas, entonces la litera¬
tura puede ser esa práctica que se resiste a la hegemonía, que
funciona en el exceso (exceso de lenguaje, imposible de figurar,
imposible de decir todo diciéndose). En ese sentido, nosostros no
fetichizaremos la literatura, ella no lo puede todo. Ella no puede
sustituir los discursos de análisis ni siquiera discursos que basándose
en el análisis metaforizan considerablemente sus argumentaciones
(Marx, Freud). Diciendo eso, nosostros no establecemos jerarquía
entre los diferentes tipos de discurso. La literatura es obscureci¬
miento, es polisémica, véase polifónica, plurilingüe en el sentido que
M. Bajtin da a ese término; ella no tiene el poder (algunos dirían
felizmente porque ella es de otro orden) de oponer una claridad
reconquistada y crítica a las líneas generales de la hegemonía que ella
interpela. Mejor incluso, toda tentativa de clarificación liquida su
exceso, es decir de algún modo su literariedad.
En ciertas condiciones históricas, en cuanto el discurso claro,
argumentativo, discurso de saber o de verdad, se encuentra obstruido,
la literatura puede infinamente más que el discurso crítico de los
debates de ideas. Ese era el caso de la literatura rusa del siglo XIX
debido a la censura zarista. Ese era el caso de la literatura soviética del
período estalinista y sobre todo post-estalinista. Antes del discurso del
historiador, del político o del crítico, es la literatura la que en los años
sesenta pone de relieve los grandes acontecimientos traumáticos como
la historia de la colectivización, de la industrialización, de la segunda
guerra mundial, incluido la historia de la alfabetización al principio de
los años veinte.
Hay en cambio sociedades o períodos de la historia en los que la
literatura parece incapaz de oponerse a la hegemonía del discurso social
o incluso de reinscribirlo de manera fragmentaria. Ella se abandona
entonces a sus juegos de espejo y a sus autorepresentaciones, no tiene
nada más para textualizar. Su textualización se encamina hacia el vacío.
La ideología de la opacidad (a distinguir dentro de nuestro concepto
79

de los procedimientos de obscurecimiento de la ficción) se vuelve


simplemente obscurantista.
Dicho de otra manera, recogiendo la idea de las funciones de series
discursivas dentro de una sociedad y su historicidad (Tynianov), la
sociocrítica quisiera insistir sobre el hecho de que no hay una esencia de
formas literarias, géneros dentro de la interdiscursividad, sino funciones
que dependen de la coyuntura, de los modos de regulación de la
hegemonía. Tampoco, como habíamos señalado, el ¿Qué es la literatura?
de J.-P. Sartre, sino el nuestro “¿Qué puede la literatura?”. Después de
las fatigas del post-modernismo y la superación de las problemáticas del
reflejo, la sociocrítica, dándose cuenta del aporte de la poética
formalista, pero queriendo renovar con una aproximación social del
texto (la socialidad del texto, según la bella expresión de Claude
Duchet), sería intentar responder hoy, cara a la invasión de la confusión
del discurso argumentativo y de la fascinación narcisista de los video¬
clips, algo más. Tampoco el ‘Todo’ del fetichismo de la institución
literaria de otros tiempos, ni la ‘nada’ del marketing publicitario de hoy,
sino haciendo un pastiche de Siéyés, en vísperas del 89: ¡Algo!

Traducido por Katarzyna Urbañska.


Edmond CROS
(Universidad Paul Valéry, Montpellier)

EN TORNO A LA INTERDISCURSIVIDAD1

Para empezar, me gustaría hacer especial hincapié en la fundamental


contribución al problema por parte de Michel Foucault hecha, sobre
todo, en su La arqueología del saber (1979) donde desarrolla, desde una
óptica nueva, ciertos análisis realizados anteriormente en Locura de la
civilización, Nacimiento de la clínica y Orden de las cosas. Como
sabemos, dicha óptica consiste en un análisis del discurso en base a las
reglas de su formación, es decir, en una búsqueda de unidades del
discurso establecidas en el campo discursivo y libres de todas las formas
anteriores de continuidad:

de captar el enunciado en la estrechez y la singularidad de su acontecer; de


determinar las condiciones de su existencia, de fijar sus límites de la manera más
exacta, de establecer sus correlaciones con los otros enunciados que pueden tener
vínculos con él, de mostrar qué otras formas de enunciación excluye. No se busca
en modo alguno, por bajo de lo manifiesto, la garrulería casi silenciosa de otro
discurso; se debe mostrar por qué no podía ser otro de lo que era, en qué excluye
a cualquier otro, cómo ocupa, en medio de los demás y en relación con ellos, un
lugar que ningún otro podría ocupar. La pregunta adecuada a tal análisis se
podría formular así: ¿cuál es, pues, esa singular existencia, que sale a la luz en lo
que se dice, y en ninguna otra parte?
(Foucault 1979:45)

Tras destacar, en una primera aproximación, los discursos que definen


las ciencias del hombre, y subrayando que su planteamiento no es defini¬
tivo ni necesariamente válido, Foucault pasa a describir las relaciones
perceptibles dentro de las grandes familias de enunciados como la gra¬
mática o la medicina, lo cual le conduce a la observación de que la unidad
de cada uno de ellos no se basa en un campo hipotético de objetos ni en
un determinado tipo de enunciación, ni en un conjunto bien definido de
conceptos, ni tampoco en una estabilidad de lo temático.

1 Traducción de la versión inglesa de “About Interdiscursivity” (realizada por Jerome


Schwartz), publicada en Sociocriticism, 1.1 (1985):15-29.
82

De ahí la idea de describir esas mismas dispersiones; de buscar si entre esos


elementos que, indudablemente, no se organizan como un edificio progresiva¬
mente deductivo, ni como un libro desmesurado que se fuera escribiendo poco a
poco a lo largo del tiempo, ni como la obra de un sujeto colectivo, se puede
marcar una regularidad: un orden en su aparición sucesiva, correlaciones en su
simultaneidad, posiciones asignables en un espacio común, un funcionamiento
recíproco, transformaciones ligadas y jerarquizadas.

(Foucault, 61-62)

Así pues, hablaremos de ‘formación discursiva’ siempre que podamos


percibir y definir alguna regularidad entre objetos, tipos de enunciación,
conceptos y selecciones temáticas, mientras que por ‘reglas de
formación’ se entenderán las condiciones de existencia de estos diversos
elementos. Tomemos como ejemplo el caso de un discurso psiquiátrico
decimonónico que no se caracteriza por sus objetos sino por la manera
en que los crea, viz., estableciendo relaciones entre los viejos recursos
de emergencia (la familia, un círculo social cerrado, lugar del trabajo,
comunidad religiosa) y los recursos nuevos (el arte, la sensualidad, el
castigo legalmente instituido); casos de delimitación (medicina, justicia,
autoridad religiosa, crítica literaria y artística); “rejillas de especifi¬
cación” (sistemas “según los cuales se separa, se opone [...] se clasifica,
se hacen derivar unas de otras las diferentes ‘locuras’ como objetos del
discurso psiquiátrico” [Foucault, 68]). Un discurso es percibido como
una práctica social cuando establece relaciones entre instituciones
sociales, procesos socio-económicos, modelos de comportamiento,
sistemas de normas, técnicas, tipos de clasificación y modos de
descripción. El discurso, al establecer relaciones discursivas entre todos
estos elementos, crea el objetivo del que habla adquiriendo él mismo el
status de práctica discursiva, este “lugar en el que se forma y se
deforma, o aparece y se borra una pluralidad entrecurza - a la vez
superpuesta y con lagunas - de objetos” (Foucault, 79-80). Es
precisamente por esta razón por la que el discurso no es una simple
intersección de cosas y palabras ni un reducido terreno de contacto o
confrontación entre una realidad y una lengua, ni tampoco una mezcla
confuso de léxico y experiencia. El discurso se nos presenta como
irreductible a la lengua y al habla, y no puede traducir verbalmente una
síntesis pre-existente efectuada en otra parte.
A la luz de esta interpretación, podemos afirmar que las reflexiones
de Foucault se centran en el concepto de práctica discursiva, que -
como acabamos de ver - siempre implica el carácter social, o sea, la
sociabilidad del acto de habla y vínculos profundos con la historia. Las
modalidades enunciativas de un discurso clínico no hacen referencia a
la función unificadora de un sujeto, porque si los niveles que desde que
éste habla están enlazados por un sistema de relaciones, “éste no se
halla establecido por la actividad sintética de una conciencia idéntica
83

a sí misma, muda y previa a toda palabra, sino por especificidad de una


práctica discursiva” (Foucault, 90). Otro tanto se refiere al análisis del
proceso de formación de conceptos y del campo enunciativo, donde las
reglas de formación no reflejan las mentalidades ni la conciencia de los
individuos, sino el discurso mismo. Por tanto, dichas reglas permiten
describir “su dispersión anónima a través de textos, libros y obras”
(Foucault, 98).
Así pues, vemos que las relaciones discursivas no llevan sobrepuesta
una cadena de ideas, conceptos o palabras dentro del discurso, sino que
más bien determina el grupo de relaciones que el discurso debe
establecer para hablar de uno u otro objeto, para tratar de él, nombrar,
analizar, clasificar, y explicarlo. Ni tampoco se trata de escribir una
historia de ‘lo referente’. En el caso del ejemplo de Foucault, no se
trata de descubrir quién estuvo loco en un período determinado, en qué
consistía su locura, ni si sus trastornos fueron análogos a los que
conocemos hoy. Al contrario, son de interés fundamental para Foucault
las condiciones históricas que hacen posible el surgimiento del objeto
del discurso. “No se puede hablar en cualquier época de cualquier cosa”
(Foucault, 73). Los campos de percepción se reorganizan en función de
las transformaciones sufridas por las instituciones y las prácticas
sociales.
Al plantear el problema de prácticas discursivas y no-discursivas,
Foucault no pudo no dejar de tropezar con el materialismo histórico.
Así, Régine Robín - reconociendo la “enorme deuda que los historia¬
dores del campo discursivo han contraído con M. Foucault” y
recalcando lo interesante que son sus concepciones por oposición a una
antropología del sujeto, una historia de la ideas, la historia como una
continuidad, y la hermenéutica del significado -, lamenta que “la
relación entra prácticas discursivas y no-discursivas haya sido concebida
en términos de yuxtaposición, sin jerarquías ni predominaciones, sin que
el nivel discursivo haya sido relacionado en ningún momento con una
totalidad articulada de una formación social y su complejo repertorio de
instancias y predominaciones” (Robin 1973:85-89).
¿Es aceptable ese reparo? ¿A caso Foucault no presenta sus
reflexiones como una serie de conceptos, cuya intención es bosquejar
los problemas y abrir caminos para su investigación? En lo que puede
considerarse una primera aproximación al problema, enfoca su interés
en el momento en el que el discurso es constituido y con este mismo
hecho constituye su objeto. Y, por último y sobre todo, ¿no hace
Foucault una referencia implícita a aquel complejo juego de instancias
cuando traza una distinción entre el sistema de “relaciones primarias o
reales”, que no siempre son superponibles a las relaciones que van a
establecer los objetos (“las relaciones de dependencia que pueden
asignar a ese nivel primario no se expresan forzosamente en el
84

planteamiento de relaciones que hacen posibles los objetos de discurso”


[Foucault, 74]) por un lado, y el sistema de “relaciones secundarias o
reflexivas” y el de las relaciones que puede llamarse propiamente
discursivas, por el otro?
Esta observación nos conduce a un nuevo planteamiento del
concepto marxista de ‘formación social’: uno podría preguntarse por la
relación entre aquello que Foucault entiende por el término marxista y
el nuevo concepto de ‘formación discursiva’ que propone; y, por otra
parte, por cómo esta relación ha sido explícitamente formulada por
otros críticos.
Recordemos - con Régine Robín - que las múltiples contradicciones
que se dan en una formación social “causan que las funciones de los
mecanismos ideológicos del Estado se fundan, descarrilen, desvíen y
transformen” (Robín 1973:110) y-con Pierre Macherey-que estas
mismas contradicciones son implantadas en el texto literario, lo cual nos
conduce a otro concepto fundamental del materialismo histórico, el de
formación social. Todas las sociedades se componen de cierto número
de clases y grupos sociales, que son fruto de una específica combinación
de varios modos de producción, y precisamente esta complejidad de
estructuras económicas que interactúan con una complejidad de
superestructuras, reciben el nombre de Formación Social, término que
debe considerarse como correspondiente a una totalidad social concreta
e históricamente determinada: “El concepto de modo de producción
caracterizado mediante una oposición entre dos clases antagonistas, no
existe nunca en un estado primitivo”, afirma Nicolás Poulantzas.

En realidad existe solamente una formación social históricamente determinada,


es decir, una totalidad social - en el sentido más amplio de la palabra - en un
momento de su existencia histórica [...]. Así, la Alemania de Bismarck se
caracteriza por una específica combinación de capitalismo, feudalismo y modos
patriacarles de producción. Sólo existe la combinación en el sentido estricto del
término.2

Esto significa que “si el Estado es concebido como una expresión de


la clase dominante, como un compendio económico, una expresión
oficial de la sociedad, es, no obstante esto, analizado por los clásico del
marxismo de una manera igualmente compleja, con todo tipo de
desplazamientos y dislocaciones con respecto a la dominación de una
clase y de un modo de producción” (Robin, 98-99). Este breve resumen
nos permitirá intervenir en dos discusiones concernientes a la literatura
española del Siglo de Oro.

2 Nicolás Poulantzas, Pouvoir politique el classes sociales (París, 1968):11. Del mismo
modo, la Rusia de los años 1917-1927, analizada por Lenin representa una economía pa¬
triarcal campesina, un pequeño sector comercial, capitalismo privado y capitalismo
estatal.
85

1. A diferencia de aquellos que quisieran ver en la España del siglo


XVI principalmente una sociedad de castas (cristianos viejos, moriscos
y conversos), me gustaría firmar que esta distinción no elimina el
problema de clases. A aquellos que estén dispuestos a aceptar la validez
de sus análisis para el mundo moderno, mas no para la Edad Media,
con su supremacía de la Iglesia católica, ni para Atenas o Roma donde
predominaba la política, Carlos Marx responde que primero, choca
como cosa extraña a cualquiera que suponga que estas afirmaciones
bien gastadas sobre la Edad Media y el mundo antigo son desconocidas
por los demás, y, sin embargo, está claro que la Edad Media no pudo
alimentarse en el catolicismo, ni el mundo antiguo en la política. Al
contrario, es la manera en que se ganaban los medio de vida lo que
explica por qué la política aquí y el catolicismo allá desempeñaron un
papel principal. Por lo demás, se precisa de un modesto conocimiento
de la historia de la República Romana, por ejemplo, para poder darse
cuenta de que su verdadera historia es una historia de propiedad de la
tierra. Por otro lado, ya hace tiempo Don Quijote pagó el precio por la
errónea creencia de que la vida del caballero errante era compatible con
todas las formas económicas de la sociedad (rf. Marx, El Capital, t. I,
cap. 1).
2. Sin lugar a dudas, la formación social en cuestión está dominada
por el modo feudal de producción, pero esta dominación funciona
dentro de los marcos de una específica combinación con otros modos
de producción (patriarcal, artesanal, precapitalista). Y los trabajos de
algunos historiadores hablan de la existencia de un modo burgués de
producción. Por tanto, no dudaremos en hablar de una burguesía - la
burguesía rural, testigo presencial del comienzo de la desintegración del
campesinado; la industrial, y la mercantil -, si bien en el período en
cuestión esta última no se había constituido aún como clase. Tengamos
presente lo que Marx dice sobre los campesinos-pequeños propietarios
de tierras franceses de mediados del siglo XIX: Si millones de familias
viven en unas condiciones económicas que separan sus modos de vida,
sus intereses y su cultura de aquellos de otras clases situándolos en
hostil oposición a estas últimas, forman una clase. Mas, si existe tan sólo
una interconexión local entre esos campesinos-pequeños propietarios de
tierras y la identidad de sus intereses no engendra una comunidad, lazos
nacionales ni una organización política, no forman una clase (véase El
dieciocho brumario).
Michel Pécheux emplea el término de formación discursiva en un
sentido notablemente distinto al propuesto por Foucault. Para Pécheux,
los mecanismos ideológicos del Estado constituyen simultánea y
contradictoriamente tanto el lugar y medios de supremacía de la clase
dominante como el lugar y las condiciones ideológicas para la
transformación de las relaciones de producción. Además, no forman
86
una mera lista de elementos yuxtapuestos, sino que están organizados
en un conjunto complejo, hasta el punto que sus características regio¬
nales (“su especialización en la religión, conocimientos, política, etc.
‘son evidentes’ [...]”) los sitúan jerárquicamente uno respecto a otro.

Hablaremos de formación ideológica para caracterizar un elemento susceptible de


intervenir - en tanto que fuerza que se enfrenta a otras fuerzas - en la conjunción
ideológica característica de una formación social en un momento dado: así, toda
la formación ideológica constituye un complejo conjunto de posturas y
manifestaciones que no son ni ‘individuales’ ni ‘universales’, pero que
permanecen más o menos relacionadas con las actitudes de la clase en conflicto
con otra clase.

(Pécheux 1975:130)

Dichas formaciones ideológicas están organizadas como una “compleja


totalidad dominante”, mediante una estructura de desigualdad/subor¬
dinación que reproduce aquélla de mecanismos ideológicos del Estado.
Además, Pécheux formula la tesis de que el sentido de una palabra
no existe por sí mismo, sino que es “determinado por las posturas
ideológicas puestas en juego en el proceso histórico-social en el que se
producen (es decir, que se reproducen) palabras, expresiones y
proposiciones”, o, dicho de otra manera, que la palabra cambia de
sentido comforme a la posición de la persona que la usa. (“Por
consiguiente, llamaremos formación discursiva - en una formación
ideológica, es decir de una posición en una conjunción determinada por
el estado de la lucha de clases-a aquélla que determina ‘qué puede y
debe decirse (expresarse en forma de arenga, sermón, pamfleto,
declaración, programa, etc.) [...]’ ” [Pécheux, 144-145]). De modo que
las formaciones discursivas manifiestan ‘en la lengua’ las formaciones
ideológicas que corresponden a las mismas. Estas segundas “incluyen
necesariamente, como uno de sus componentes, una o varias
formaciones discursivas interrelacionadas”3. La formación discursiva es
el lugar de constitución del significado, su - por así decirlo - matriz.
Lo interesante del trabajo de Pécheux reside precisamente en la
manera en que vincula la constitución del sentido con la constitución
del sujeto, valiéndose del concepto de Louis Althusser de interpelación
ideológica. La tesis del último se resume en la ya muy conocida frase:
“La ideología interpela a los individuos en tanto que sujetos”.
Pécheux tiene razón al insistir en el desplazamiento de la fórmula
“individuo/sujeto” y en la paradoja del sujeto llamado a la existencia
que esto presupone. Repara con agudeza en que esta paradoja consiste
en el hecho de que, debido a un efecto retroactivo, cada individuo ya es

3 Véase Claude Haroche, Paul Henry, y Michel Pécheux, “La sémantique et la coupure
saussurienne; Langue, langage, discours”, Langages, 24 (dic. 1971):102.
87

un sujeto: “El sujeto siempre ha sido un individuo interpelado como


sujeto”, lo cual no deja lugar a dudas, puesto que “todos los individuos
perciben como ‘auto-evidente’ el significado de lo que oyen, dicen, leen
y escriben [...] en tanto que sujetos hablantes”, es decir - recurriendo
una vez más a las sugerencias de Althusser -, en tanto que “formas del
sujeto”4. (“Ningún ser humano, o sea, ningún individuo social puede ser
agente de una práctica a no ser que asuma la forma del sujeto. La
‘forma del sujeto’ es en realidad la forma de existencia histórica de todo
individuo-agente de prácticas sociales.”)5
¿Cómo se constituye a sí mismo el individuo en sujeto de su
discurso? La respuesta de Pécheux es: olvidando aquello que lo
determina, a través del hecho de que se identifica a sí mismo en tanto
que forma del sujeto con la formación discursiva que lo domina y se
identifica a sí mismo con ésta reproduciendo en su propio discurso los
indicios de aquello que lo determina.
Para comprender la aserción de Pécheux debemos abrir un
paréntesis y recurrir al trabajo de Paul Henry concerniente al concepto
de “lo preconstruido”, término que hace referencia a una construcción
externa anterior, independiente con respecto a lo que es ‘construido’
por lo dicho. Tomando como ejemplo la frase, “El que salvó al mundo
muriendo en la Cruz nunca ha existido”, Pécheux observa que “el
discurso del ateísmo militante niega en la ‘proposición total’ la
existencia misma de aquello que implica la oración subordinada”6. La
afirmación, aparentemente desprovista de sentido, tiene el mérito de
poner en relieve la falta de correspondencia entre “lo que es pensado
antes, en otra parte, e independientemente, y lo que va incluido en la
información global de la oración”. Y de aquí la distinción que propone
de “dos campos de pensamiento”, de los que uno encubre el otro.
Ahora bien, este ‘preconstruido’ es el vehículo para los enunciados
producidos por la “compleja totalidad dominante” de las formas
discursivas (ellas mismas son articuladas sobre la compleja totalidad
dominante de las formaciones ideológicas), un conjunto que Pécheux
denomina “interdiscurso”. Lo preconstruido interpela al individuo en
tanto que sujeto, mas el sujeto crea para sí una ilusión de autonomía,
haciéndose responsable de ese ‘en otra parte’ e incluyendo en su
discurso el ‘siempre ya-allí’ que le interpela. En otras palabras,
mediante la identificación del sujeto con ‘en otra parte’ él se identifica

4 N del T: “subject-forms" en el texto inglés


5 Louis Althusser, Réponse á John Lewis (París, 1973):93.
6 Paul Henry, De l’énoncé au discours: présupposition et processus discursifs (mimeo-
grafiado, C.N.R.S.-E.P.H.E., 1974); cita en Pécheux (1975):88 y 89. Henry cita el siguiente
ejemplo: “No es el continuo aumento de costes del gobierno lo que impone una subida de
impuestos, sino la guerra de Vietnam”, en que la oración relativa funciona como un
“preconstruido”.
88

consigo mismo; es en la materia preconstruida donde el sujeto hablante


se constituye a sí mismo.
Además, Pécheux hace una distinción entre “interdiscurso” e
“intradiscurso”, entendiendo el segundo como funcionamiento del
discurso con respecto a sí mismo. El “intradiscurso” redistribuye el
“interdiscurso” y en este sentido aparece como el hilo del discurso del
sujeto, como “un efecto que el interdiscurso ejerce sobre sí mismo, una
interioridad enteramente determinada como tal desde el exterior”
(Pécheux, 152). No creo traicionar la idea Pécheux al afirmar que
reproduciéndose a sí mismo en el sujeto hablante en forma de
espectacularidad supuestamente interiorizada, el Sujeto oculta esta
congruencia consigo mismo en el ilusorio efecto de autonomía del
sujeto hablante, mientras que se reproduce a sí mismo como tal7.
Pécheux continua sus reflexiones mostrando que la auto-identifica¬
ción llega a ser lo mismo que la identificación con otros dentro del
marco de una formación discursiva determinada

en la que los sujetos que ésta domina se reconocen unos a otros como espejos de
cada cual; esto quiere decir que la coincidencia (que es también una connivencia
y, en realidad, una complicidad) entre el Sujeto y uno mismo se establece
mediante un mismo desplazamiento entre los sujetos, de acuerdo con la
modalidad de “como si” (“como si yo que estoy hablando estuviera donde soy
escuchado”), una modalidad en que “la incorporación” de elementos inter¬
discursivos (lo preconstruido y los efectos que sostienen la articulación) hasta
puede llegar a fundirlos entre lo que es dicho y aquello sobre lo que se dice [...].

(Pécheux, 153)

Pécheux ilustra esta afirmación con un breve análisis de la frase: “La


blanca cruz que los manifestantes han fijado en el poste del faro no fue
tocada por la policía” (en el diario Le Monde, un reportaje sobre
Irlanda). Señala que el efecto poético de la mise en scéne dimana de la
discrepancia entre “el presente y el pasado”, unida a la falta de
correspondencia del sujeto a otros sujeto que constituye la identifi¬
cación (“Irlanda, como si estuvieras allí”. “Si hubieras estado allí,
habrías visto la cruz y sabrías de qué estoy hablando”).
No cabe la menor duda de que el trabajo de Pécheux es sumamente
interesante, pero, desgraciadamente, sus observaciones permenecen al
nivel de la enunciación y aparten las formaciones discursivas de
prácticas sociales, aunque son presentadas generalmente, como si

Rf. Althusser con respecto a esto: “Dios necesita hacerse hombre; el Sujeto necesita
llegar a ser sujeto, visible para los ojos, tangible para las manos (cf. Santo Tomás) de los
sujetos, como para demostrar empíricamente que, si son sujetos sujetos al Sujeto, sólo de
esta manera podrán volver, el día del Juicio Final, igual que Jesucristo volvió al seno del
Señor, es decir al Sujeto”. Véase “Idéologie et appareils idéologiques d’Etat”, La Pensée
151 (1970):35.
89

fueran articuladas sobre una infraestructura. En este aspecto, la


contribución de Michel Foucault es fundamental, puesto que su
perspectiva nos permite comprender cómo - dentro de una formación
ideológica determinada - los enunciados latentes del Sujeto son
actualizados mediante el expediente de una práctica discursiva.
Tomemos un ejemplo para aclarar este punto: En numerosas ocasiones
hemos visto cómo, en la España del siglo XVI o XVII, en el campo del
derecho civil, o en el caso de las prácticas inquisitoriales, la ideología
dominante interpelaba a su víctima en tanto que sujeto, en el mismo
instante en que lo castigaba precisamente por haberla esquivado (rf.
Cros 1979 y 1980). Al pie del poste de una hoguera y ya en el patíbulo,
cuando se obligaba a la víctima a que reconociera sus ‘errores’ y lo justo
de las torturas, se le obligaba al mismo tiempo a reproducir la ideología
dominante y, al hacerlo, esta última se encarnaba en aquélla por una
última vez para mejor sobrevivir.
En este caso, identificarse con el Sujeto no significa identificarse con
uno mismo, sino lo contrario: exorcizar y abjurar el yo. Por esta razón,
el nivel enunciativo de por sí no constituye una plataforma pertinente
para el análisis sociocrítico. Por otro lado, los ritos de auto-profanación
y auto-humillación producen el fenómeno de disociación de conciencia,
reflejado en la novela picaresca, cuya estructura textual es, en su
esencia, conflictiva y plantea a su propia manera el problema de
interpelación ideológica en cuestión. Ahora bien, los enunciados
latentes del Sujeto sólo atañen al campo discursivo en el grado en que
un texto escrito o una práctica discursiva remite estas prácticas sociales
a otras, como pueden ser la organización de obras de caridad, el
funcionamiento de mecanismos ideológicos del Estado (religión,
familia), o a procesos económicos o sociales (como la construcción de
caminos importantes, la necesidad de trazar rutas comerciales y el
correspondiente desarrollo del transporte con muías, el desarrollo de
ciudades, de posadas, o los fenómenos de inflación de la moneda, la
crisis económica, la bancarrota de individuos y del Estado, la
intervención de la banca extranjera...), a situaciones conflictivas (el
ascenso de la burguesía mercantil y rural, las tensiones entre la
nobleza), a modelos de comportamiento y a sistemas normativos (el
dinero, el honor, la castidad, la opulencia, la pobreza, el ascetismo, la
distinción entre el amor lícito e illícito...). Estas prácticas también
remiten a debates que por sí mismos transcriben la evolución de la
infraestructura (concernientes a la reforma de la mendicidad, la
reforma de los caminos reales, el lujo, el ocio), a modos de descripción
(la tipología de mendigos, pajes, nobles, sacerdotes, príncipes de la
Iglesia, mujeres, nacionalidades...), a una ideología práctica que ofrece
moldes específicos (la tradición literaria con sus clichés, normas y
técnicas...).
90

Tomando en consideración esta formación no-discursiva o, mejor


dicho, prediscursiva, podrá evitarse la confusión entre formación
ideológica y discursiva, o sea, entre aquello que determina y aquello que
es determinado.
Debemos hacer otra observación, esta vez concerniente al funciona¬
miento de aquella compleja totalidad dominante llamada “inter¬
discurso”. Quisiera subrayar que dicho interdiscurso en sí es un área
conflictiva compuesta de ‘formaciones discursivas’ contradictorias; y
que, no obstante eso, al referirse en última instancia a la formación
dominante es articulado en una forma combinatoria de infinidad de
variaciones, capaz de organizarse, aunque sólo fugazmente, en torno a
otra dominación. La elección del término idóneo aquí es problemática:
mientras que en el marxismo ortodoxo el concepto formación implica
una complejidad de estructuras económicas contradictorias, en Pécheux
este mismo término designa tanto la totalidad como cada uno de los
elementos en combinación. Esta es precisamente la razón por la que
creemos preferible aplicar el término sólo para definir la “compleja
totalidad dominante” que, en nuestro caso, estaría compuesta de
discursos, en cada uno de los cuales se implantan intereses sociales
contradictorios y divergentes. Está claro entonces que la identificación
del sujeto hablante puede ser una identificación con la formación
discursiva (en el sentido que usaremos el término en adelante), o bien
en el discurso mismo, definido por su relación a una clase o una región
(por ejemplo, el discurso de la burguesía acerca de la familia en un
período determinado).
Así pues, podemos hablar de lo aseverado ('Tasserté”) cuya relación
con la formación discursiva no está muy clara en Pécheux. Si lo
preconstruido se refiere a una formación discursiva o un discurso, ¿a
qué se refiere lo construido? Régine Robin responde: “A la
individualidad del sujeto en tanto que soporte, en tanto que punto de
vista localizado, a lo que está situado dentro del sistema de gestos y del
habla, a algo que funciona en la subjetividad, a lo que, en cierto sentido,
sigue refiriéndose a la ideología” (Robin 1973:105). Es evidente que en
ese caso Robin recurre a la hipótesis de Th. Herbert, quien distingue
dos formas de ideología8: la forma empirisla concerniente al proceso de
producción, y la especulativa que atañe a las relaciones sociales de
producción. Cada una de ellas cumple una función diferente: en el caso
de la primera, la posición de los agentes en el proceso de producción
“está disfrazada [...] en otras cadenas significantes que al mismo tiempo
indican esta posición [...] y la ocultan”; y la segunda permite “al sujeto
identificarse con las estructuras políticas e ideológicas, y, sobre todo [...]

8 Véase Th. Herbert, “Remarque pour une théorie des idéologies”, Cahiers pour
l’analyse, 9 (verano 1968).
91

le da la ilusión de que él es la fuente de sus ideas y de su subjetividad”.


De esta suerte, los mecanismos de sometimiento ideológico correpon-
den a una doble garantía: una garantía empírica, vinculada a la
‘realidad’, y una garantía especulativa que “está representada por
soportes de otros como un discurso reflejado, un testimonio, una
prueba o un mito que identifica subjetividades al discurso que éstos
pronuncian, es decir, que son pronunciados por ellos [...]”9.
Conforme a Herbert, las primeras de estas formas están organizadas
en torno a un sistema de indicios (“signáis”) que esbozan comporta¬
mientos, gestos y hablas.
Vemos ahora cómo Robin relaciona lo preconstruido en tanto que
discurso reflejado con la forma especulativa, y lo aseverado (o
construido) con la forma empírica. Lo aseverado o construido
corresponde a un conjunto de indicios “situados al nivel de explícitos
juicios, explícitos razonamientos, normas interiorizadas, valores, mode¬
los, afirmaciones y fenómenos complejos que hacen que el sujeto
interponga en su propio discurso rasgos peyorativos o afirmativos como
‘afortunadamente’, ‘desgraciadamente’, etc.”. A este nivel - afirma
Robin - “nunca se eclipsa completamente el lugar del sujeto de la
enunciación ni las condiciones de producción”.
Para aclarar lo que acabamos de exponer presentaremos un ejemplo
concreto. En la revista Imprévue he publicado un análisis de texto del
Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (1604) (véase Cros 1981). En
dicho texto, hay varios elementos preconstruidos advertibles a diferentes
niveles, lo cual nos lleva a la afirmación de que este término no
concierne meramente a la enunciación: en este preciso caso, los
elementos preconstruidos se refieren al nivel mítico y tópico (el Siglo de
Oro, la generosidad de la tierra) así como al nivel de temas didácticos
(el tema de la amistad). Desde este último punto de vista observamos
que la primera parte del texto se desarolla partiendo de lo 'ya-dicho’,
‘antes, en otra parte e independientemente’; es decir, que un amigo es
intrínsecamente fiel y capaz de abnegación. Esto implica un verdadero
sustrato de lugares comunes que permanecen implícitos o no-dichos por
suponerse que van incluidos en una definición precedente (lo frecuente
que es la falsa amistad, lo engañosas que son las apariencias, el sentido
de la autenticidad, la condena del egoísmo y de las motivaciones
egoístas...) y de valores (como fidelidad, generosidad, amistad); es decir,
todo un sistema de enunciados latentes que acompañan esta
esquemática enunciación textual (‘siempre se ha creído que es muy
difícil encontrar un amigo verdadero y fiel’). Al reproducir esa
afirmación el narrador se presenta al lector como conciencia que
recibe/emite un discurso y que aspira a eclipsar las relaciones de clase

9 Herbert, 102.
92

mediante el expediente de universales. Y al tiempo que reproduce este


discurso, de hecho da fe de su adherencia a este ‘ya-dicho’ y se hace
responsable de ello creando así la ilusión de su autonomía. De este
modo se presenta a todos como forma del sujeto, como agente de una
práctica social.
Le enunciación pertenece, pues, al área de formación discursiva, o
sea, de acuerdo con la definición que acabamos de propone, al discurso
dominante (dentro del marco de la compleja totalidad dominante). Por
esta razón, constituye uno de aquellos indicios de los que hablamos
antes, que atestiguan la manera en que la literatura en tanto que forma
ideológica marca sus mensajes. No obstante, lo que más nos interesa es
lo aseverado, es decir, la enunciación que articula este preconstruido por
encima del texto y que consiste en instituir la Tierra como paradigma de
Amistad. Mas, en este punto aparece un nuevo pre-aseverado trasmitido
por “topo'iel motivo de Generosidad de la Tierra, un motivo que
indudablemente permite pasar de un preconstruido a otro, de manera
que lo aseverado consiste en atribuir a la Tierra una cualidad ‘nueva’,
que es su estabilidad, su fidelidad.

Amistad — Tierra
\

Fidelidad Generosidad Estabilidad


Abnegación

= lo aseverado

Si este aseverado se halla en la totalidad del texto de Mateo Alemán,


vemos que el autor introduce un complejo sistema dialéctico (Estabili¬
dad vs. Inestabilidad) organizado en torno a temas pecuniarios. Tenga¬
mos presente que todo lo que esté contaminado por el dinero lleva el
rótulo de inauténtico, efímero, inestable. En la cadena de equivalencias
semióticas, el dinero llega a ser un signo metonímico de lo inestable, de
modo que creo posible establecer esta ecuación contradictoria: Dinero
(= Inestabilidad) vs. Tierra (= Estabilidad). Resulta inevitable comparar
este simbolismo creado por el texto con los fenómenos de la inflación
que caracterizó la España del siglo XVI, en especial en su última década
y que, en el contexto de la vida socio-económica trajo a su vez la
búsqueda de una protección contra la misma, que fue la tierra.
En este caso, ¿a qué puede asociarse lo aseverado? En una primera
reacción tendríamos la tentación de referirlo directamente a una deter¬
minada coyuntura socio-económica, al menos cuando tuviéramos que
93

separarlo de su contexto. Pero si, al contrario, tratamos de vincularlo


con la cadena de significados, nuestra percepción sufrirá un cambio.
Nos daremos cuenta de que la enunciación en cuestión no es sino uno
de los marcadores textuales mediante los cuales en el texto se incluye
un discurso pre-fisiocrático portador de intereses sociales específicos.
Ahora bien, estos intereses sociales se oponen a otros, comunicados por
otro discurso incluido del mismo modo en el texto (el discurso
mercantil) de tal manera que en nuestro ejemplo la compleja y
contradictoria totalidad de la formación social puede ser reconocida
como fondo para la producción del sentido. Entonces, ¿cómo en estas
condiciones, se puede plantear el problema del sujeto hablante? En este
aspecto, los análisis de Michel Pécheux y de Régine Robin no toman en
consideración la especificidad del texto literario. Para hacerlo, sería
menester analizar también la producción del sentido como función del
escribir y no solamente en términos de soportes del sujeto (“subject-
supports”).

Traducción de Danuta Kurzyca.



Antonio GÓMEZ-MORIANA
(Universidad de Montreal)

LA ANTI-MODERNIZACIÓN DE ESPAÑA.
ANÁLISIS SOCIOCRÍTICO DE UNA PRÁCTICA DISCURSIVA

El término anti-modemización puede evocar hoy la operación (muy a


la moda) por la que se opone al concepto (mal definido) de Modernidad,
un derivado temporal tan poco definido como esa matriz de que
procede: la Post-modemidad. Por otra parte, en castellano (tan
habituado a los ‘ismos’) no siempre se presta la debida atención para
distinguir los términos de esa discusión de actualidad, de aquellos otros
inventados por la historiografía de las literaturas hispánicas, que nos
acostumbró a oponer un ‘movimiento estético’ llamado Modernismo a la
llamada Generación del 98, tildando a ésta de ‘movimiento ideológico’.
Como si estética e ideología se pudieran ignorar mutuamente. Así, no
resulta hoy raro escuchar (ni tampoco leer, lo mismo en la prensa diaria
que en escritos de mayor durabilidad intencional) la palabra Posí-
modemismo, sin que podamos saber con exactitud lo que designa. Pues,
connotando siempre en castellano un movimiento (¿las vanguardias?)
posterior al Modernismo (literario), se usa a veces para designar una
adhesión ideológica (marcada por el morfema ismo) a la visión ‘post¬
moderna’ (¿post-industrialista?) del mundo - con una conciencia más o
menos clara de lo que Lyotard llamara “la condición postmoderna” (rf.
Lyotard 1984). Otras, para referirse al movimiento que, en las artes
plásticas y sobre todo en arquitectura, re-instaura el diálogo con la
tradición local mediante el uso de la parodia o del pastiche (creyendo
superar así el exceso de uniformidad e internacionalismo característicos
de la llamada arquitectura moderna). Se usa igualmente este término
para designar un momento de la crítica actual (tanto literaria, como
cultural en general) que coincide con la superación de los estructuralis-
mos: el Post-estructuralismo en sus diversas escuelas. O para designar
una actitud político-religiosa que se considera ‘de vuelta’ de los
llamados “errores del Modernismo”: aquellos condenados por el primer
Concilio Vaticano y, antes ya, por la “collectio errorum modemorum”,
96

el famoso Syllabus de 1864 en que Pío IX recapituló sus condenas desde


1846, y que (ya en nuestro siglo) volvería a condenar Pío X,
llamándolos “errores modemistarum”, como vuelve a hacerlo de nuevo
ahora Monseñor Lefebvre.
En realidad, la ambigüedad terminológica y la consecuente
inestabilidad conceptual que encontramos en los usos actuales de los
adjetivos ‘moderno’ y ‘post-moderno’ (con sus diferentes sustantivacio-
nes), aunque especialmente complicada en castellano, no es ni nueva ni
exclusiva del mundo hispánico. Desde que fue puesto en circulación por
Baudelaire, el término “modemité” connota, junto al surgimiento de la
lírica ‘moderna’, una nueva visión del mundo que condiciona tal
surgimiento y, al mismo tiempo, se consolida con él (ya que se nutre de
esa lírica). Así lo ha puesto de manifiesto Hugo Friedrich a propósito
de la poesía y la obra crítica de Baudelaire:

Este es el problema del propio Baudelaire: ¿cómo es posible la poesía en una


civilización comercializada y dominada por la técnica? Sus poemas nos indican
el camino; su prosa nos orienta teóricamente. Este camino conduce lo más lejos
posible de la trivialidad de lo real, o sea, a una zona de lo misterioso en la que,
sin embargo, puedan convertirse en alados y poéticos los estímulos civilizados
de la realidad comprendidos en ella. He aquí el punto de arranque de la lírica
moderna y de su sustancia corrosiva y mágica a la vez*.

Hugo Friedrich insiste en la dualidad conflictiva que entraña esta


percepción del mundo moderno: juntamente con el progreso que pone al
servicio del hombre el vapor y la electricidad, e inseparablemente unida
con él, el hombre moderno percibe la fealdad de la gran metrópolis y la
pérdida de todo lo natural-idílico en aras del progreso técnico. Pero
Baudelaire hará surgir precisamente de aquí la nueva estética: “Lo
mísero, degradado, malo tétrico y artificial, brinda un material excitante
que la poesía no debe desdeñar, pues encierra secretos que conducirán a
la poesía por caminos nuevos”1 2.
Se ha considerado el triunfo de la modernidad como una victoria
pírrica, por cuanto en su propio proyecto se inscriben ya una conciencia
de malestar y una crítica que habían de conducir a su superación3.

1 Hugo Friedrich, La estructura de la lírica moderna (Madrid, 1974):47-48.


2 Friedrich, 57.
3 Horkheimer y Adorno muestran en su Dialektik der Aufklárung esa autodestrucción
incesante inscrita en la aporía que en sus postulados críticos encierra el proyecto mismo de
la Ilustración, proyecto al que se identifican tanto los logros como las críticas de la llamada
Modernidad. Estas críticas, sin embargo, pueden obedecer a motivaciones muy distintas:
mientras Habermas, por ejemplo, intenta superar tal proyecto desde sus propios
postulados, declarándolo “incompleto”, no pocos pensadores de la llamada Postmoder-
97

En este sentido, el binomio ‘Modernidad/Post-modernidad’ constituye


una oposición dialéctica. No así (al menos, en apariencia) la pareja
conceptual ‘Modernismo/Anti-modernismo’ en el sentido en que lo usan
el Syllabus de Pío IX, la encíclica Pascendi y el decreto Lamentabili de
Pío X, o el “juramento antimodernista’', auténtico rito de abjuración
prescrito en 1910 por Pío X, y prácticado hasta época relativamente
reciente en ciertas solemnidades universitarias católicas. Por ejemplo, se
integraba tal juramento por parte del cuerpo docente en las ceremonias
de apertura del año académico. Estas se convertían así por momento en
verdaderos “exorcismos” contra los “errores del Modernismo”, per¬
sonificados por la prosopopeya de un lenguaje que les atribuía una
especie de acción terrorista, destructora del Occidente cristiano en su
base doctrinal misma: el origen sobrenatural (divino) de la tradición
católica y-con ella - de toda autoridad (incluida la del Estado), que se
legitima en tal tradición. En lugar de una modernización - si no deseada,
al menos proclamada en otros contextos y, en todo caso, sentida como
inevitable - se establecía sí el mecanismo (el “ritual”) de una auténtica
anti-modernización, o quizás mejor: de la des-modernización continua
de España. Huelga decir que, contra las acechanzas y el terror de un
“enemigo que nunca duerme”, se apelaba al despliegue de todos los
medios de combate, incluidos los más violentos.
Entendida a la luz de prácticas como las señaladas, la palabra anti¬
modernización, como la palabra des-modernización, va mucho más lejos
que los términos alemanes “Entmythologisierung”, “Entnazifizierung”
(‘des-mitologización’, ‘des-nazificación’), por ejemplo. Pues no se trata
aquí de una operación de la racionalidad cognitiva que desenmascara
una ideología - o una creencia más o menos irracional al interior de la
misma - para ‘depurar’ una cultura del lastre de elementos residuales de
un pasado superado ya; tampoco se trata en la anti- o en la des-
modernización de una “Umbau” (‘re-construcción’) entendida como
método hermenéutico de análisis crítico - lo que Derrida, traduciendo a
Husserl dió en llamar “deconstrucción". Entre los mecanismos
desplegados para la des-modernización de España se recurrió
evidentemente también a la “depuración”, a la destrucción del otro bajo
el pretexto de una “crítica constructiva”. Recordemos, por citar sólo un
ejemplo, la “depuración del magisterio” ordenada por Franco en el
transcurso mismo de la guerra civil, anunciando ya lo que habría de ser

nidad se oponen al mismo en nombre de una vuelta nostálgica a los ‘valores’ de la tradición
que tal proyecto niega. Veáse Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialektik der
Aufklárung: philosophische Fragmente, nueva ed. prep. por Rolf Tiedemann como tomo
tercero de las obras completas de Adorno (Francfort del Main, 1981). Ver también Foster
et al. 1985.
98

la (incivil) post-guerra. Pero estas operaciones se encaminaban más hacia


la resistencia contra lo nuevo que a una liberación de lo caduco en pro del
desarrollo futuro. En las prácticas encaminadas hacia la anti- o des¬
modernización de España se trata, por tanto, de un anti-proceso que
(pre)supone el proceso contrario: la acción (positiva), a la que se opone
una re-acción (negativa).
Tal como la vamos diseñado, la anti-modernización muestra una
dinámica doble, conflictiva: la oposición irreconciliable entre dos
movimientos opuestos, antagónicos, pero que se explican mutuamente
por surgir uno del otro, como la ‘respuesta’ surge del ‘estímulo’ que la
moviliza. La interrelación entre procesos del tipo ‘modernización/anti- o
des-modernización’ es la misma que encontramos, por ejemplo, entre
Reforma y Contra-Reforma: otro movimiento bastante español, cuyo
nombre no está muy lejos en su morfología como significante del término
que nos ocupa y (¿quién sabe?) quizás tampoco lo esté en su significado.
Pues la Contra-Reforma fue, sin duda, uno de los primeros grandes
movimientos de anti-modernización de España, y quizás haya que buscar
en ella el origen de todos los que siguieron después durante siglos.
Pero antes de ocuparnos de sus posibles orígenes históricos, inten¬
temos aún aclarar la dinámica de ese ‘anti-cuerpo’ que hemos designado
con los nombre de ‘anti-modernización’ y de ‘des-modernización’ de
España.
Además de pertenecer a la categoría de proceso que se define por
oposición a otro proceso de signo contrario (de ahí que me atreviese a
analogar su dinamismo con la acción atribuida por el discurso médico a
los anti-cuerpos), la Contra-Reforma y la anti-modernización tienen
otro elemento en común: en ambos casos el proceso de referencia
(aquél contra el que se define su dinámica o re-acción) es, a su vez, un
proceso de ruptura que se define también como intento de superación
de algo. Y ese algo que se intenta superar se llama en ambos casos
“la tradición” (católica romana, española, etc.). De ahí que Contra-
Reforma y anti-modernización puedan autodefinirse como “restableci¬
miento del orden”, como “normalización”, tras una “crisis” (ya ven que
la presencia de elementos léxicos propios del discurso médico se da
también en su propio discurso, no sólo en el mío). Su dinámica se
orienta precisamente contra esa “crisis”, que pone en “peligro” alguno
de los elementos (¿ideológicos?) que sustentan la continuidad de un tal
orden y de esa “norma”: la (tradicional) autoridad doctrinal de Roma,
por ejemplo, punto cuestionado, tanto por la Reforma protestante
como por los mencionados “errores” del Modernismo.
Como se ve, la anti- o des-modernización de España no sólo
constituye uno de los movimientos localizables entre los diversos ‘ismos’
99

del siglo XX, sino una casi constante de nuestra historia política,
religiosa y cultural. Su denominación más antigua (pero también la más
reciente) fue la de “cruzada” (contra “el infiel”, en las postrimerías de
la Edad Media); contra “la idolatría y los sacrificios humanos”, en
Indias; contra Lutero y “sus secuaces” de Sevilla o Valladolid, en los
comienzos mismos de la Reforma; contra “los turcos”, en Lepanto;
contra “judaizantes”, “falsos conversos”, “iluminados”, “brujas”,
“herejes” y otros desviados del “camino recto”, durante siglos; contra
“el liberalismo” y contra “los errores del Modernismo”, en el pasado
siglo y aún en el nuestro; contra “el comunismo”, contra “el judaismo
internacional” y contra “la masonería” - no menos internacional - , en
época muy reciente. Sus medios van de la reprobación social a la lucha
armada, pasando por la Inquisición o los tribunales militares, llamados
también en ciertos momentos “tribunales de orden público”. Su campo
de acción cubre todos los dominios, de la vida pública como de la vida
privada, y se propone como objetivo primario - pero no exclusivo -
combatir los llamados “delitos de opinión”: todo movimiento de
renovación que no respete el carácter inmutable de “la (su) Verdad”4.
Todo estudio de los procedimientos utilizados por la cultura
dominante para conseguir esta des-modernización de España tendrá,
por ello, que proceder ante todo a una lectura sintomática de los textos
de esa ‘crisis’ que, al poner en peligro alguno de sus soportes
ideológicos, determina el dinamismo de su lucha - de su ‘anti’. Y todo
análisis de los textos producidos o recibidos en estos períodos de
ruptura/represión, tendrá que considerar tales textos como una especie
de entimema, una como argumentación incompleta, por cuanto se trata
de textos que se inscriben en una muy amplia e intrincada red socio-
cultural e ideológica. Habrá por ello que situarlos en un largo contexto
intertextual e interdiscursivo en que entran en juego estímulos de muy
diversa procedencia y respuestas marcadas por prácticas sociales más o
menos consolidadas. El contexto se convierte así en parte integrante de
un todo mucho mayor que el mero conjunto de fonemas, morfemas,
lexemas, sintagmas, micro- y macro-estructuras, que sólo constituyen la
materialidad verbal cuantificable de los textos5.

4 Tocamos aquí la base epistemológica de la fragmentación del mundo moderno y de


la relativización de los valores. En ella se fundamenta la economía de mercados con su
negación de toda referencia a lo ‘real’ (“Werfreiheit”). A esta concepción se opondrá
continuamente la (neo)escolástica aristotélico-tomista española, últimamente restaurada
de nuevo por obra y gracia del Opus Dei, sin tener en cuenta del todo que es aquí donde
radica la mentalidad capitalista (burguesa), a que por otro lado se adhiere.
5 Sobre esta problemática, véase Gómez-Moriana 1988.
100

Frente al (neo)positivismo que reduce el estudio ‘verdaderamente


científico’ de los textos a ese material lingüístico (parte cuantificable del
significante), habrá que oponer por ello un estudio del plano de la
expresión en su totalidad, incluyendo en este plano cuantos elementos
(implícitos o explícitos) entran en juego en la comunicación. Pues cada
una de las informaciones explícitas de un texto (parte verbal
actualizada) funciona en toda comunicación como una especie de ‘tecla’
capaz de evocar, de movilizar en el oyente o lector, todo un mundo en
el cual se integra como fragmento: el mundo de la representaciones que
comparten emisor y receptor como un ‘horizonte’ común (parte
sobrentendida de la comunicación).
Un ejemplo nos ayudará a comprender mejor lo que llamo lectura
sintomática de un texto, y la inclusión del mismo en esa intrincada red
intertextual e interdiscursiva de que hablo más arriba. Al mismo tiempo,
espero poder mostrar con él esa constante socio-cultural que ha
marcado la teoría y la praxis dominantes en España durante quinientos
años, y que encuentra su expresión del siglo XX en la Generación del
98, Ortega, la Falange, el franquismo, el (neo)tomismo del Opus y otros
grupos integristas...
En su introducción a Falange y Literatura se refiere José Carlos
Mainer - al destacar lo que llama “actitudes prefalangistas” - a Eugenio
d’Ors, “árbitro intelectual” del noucentismo catalán y autor, en 1905, de
una tesis de doctorado en derecho que dirigió Gumersindo de Zacárate y
cuyo título reza: “Genealogía ideal del imperialismo (Teoría del Estado-
héroe)”, Mainer, que sigue al biógrafo de Xenius, Enric Jardí, evoca el
momento en que d’Ors, ya en plena guerra civil, se incorpora a la España
nacionalista desde París y vela, en la iglesia de San Andrés, de Pamplona,
“las armas de la caballería de Falange”. Destaca Mainer en d’Ors, las
“condiciones de un organizador nato”, su “obsesión por los rituales
fastuosos” y una “irreprimible inclinación a los símbolos”, para atribuirle
seguidamente la idea del Instituto de España (creado el 6 de enero de
1938 como “senado de la cultura nacional”) y la de una “Comisión de
estilo en las conmemoraciones de la Patria” (constituida por decreto del
18 de febrero de 1938). Mainer concluye:

El predicamento dorsiano fue largo - ya como jefe nacional de Bellas Artes, ya


como catedrático de ciencia de la cultura - y, en no pequeña medida, el grupo
falangista universitario le rindió la pleitesía debida en la tesis doctoral que
José Luis L. Aranguren dedicó a su obra*’.

6 José Carlos Mainer, ed., sel., pról. y notas, Falange y Literatura. Antología
(Barcelona, 1971); “Introducción”, 23.
101

Casi perdida en la nota 14 del citado estudio de Mainer, encontramos


aún la siguiente referencia de Jardí, a propósito del mencionado
Instituto de España:
Los miembros del Instituto [...] habían de responder afirmativamente a la
siguiente fórmula de juramento: “¿Juráis en Dios y en vuestro Angel Custodio
servir perpetua y lealmente a España, bajo imperio y norma de su tradición
viva; en su Catolicidad que encarna el pontífice de Roma; en su continuidad
representada por el Caudillo, salvador de nuestro pueblo?”.

Esta fórmula de juramento no es un mero detalle aislado, cuyo


análisis pueda quedar confinado exclusivamente al anecdotario de la
vida de Eugenio d’Ors, o al de la historia del Instituto de España. En
primer lugar, porque los performativos exigen un consenso social que
los convierte en síntomas de una ‘mentalidad colectiva’. En segundo
lugar, por la ‘continuidad’ de tal juramento. No me refiero sólo a esa
“continuidad representada por el Caudillo”, que expresamente afirma la
fórmula del juramento. Tampoco me limito al léxico de la continuidad
que pertenece, como marca distintiva, a este tipo de discurso: en él, los
sintagmas “tradición viva” y “Catolicidad que encarna el pontífice de
Roma” muestran, evidentemente, tal ‘continuidad’ hacia el pasado,
como “perpetua y lealmente” e “imperio y norma” la proyectan hacia el
futuro. Independientemente del contenido de tal fórmula de juramento,
el juramento es ya en sí mismo, en cuanto práctica, un elemento
residual de la pre-modernidad profundamente significativo en la
tradición española, tanto por el valor simbólico y eficacia de que gozó y
goza aún, como por su uso constante desde la prehistoria misma del
Estado moderno. Aparece en la leyenda del Cid y en Las Partidas, como
en los Fueros y en el Quijote; es elemento esencial en el código del
honor y en el del derecho, y constituye lo mismo la materia de las
‘burlas’ de Don Juan que el preludio de todo desafío. Las prácticas
inquisitoriales ritualizan juramentos y abjuraciones, y condenan el
perjurio y el perjuro; el juramento antimodernista ordenado por Pío X
fue practicado hasta época muy reciente en ciertas ceremonias
universitarias españolas, según vimos. El Instituto de España estableció
en plena guerra civil ese juramento que comentamos, como tantos otros
grupos e instituciones establecieron el suyo. Hay juras de bandera en el
ejército y las hubo en la Acción Católica, en la Falange y en los
cruzados o requetés; se juraba la defensa de la concepción inmaculada
de María (hasta derramar la última gota de sangre), lo mismo en el
Ayuntamiento que en la Cátedra de Sevilla, desde siglos antes de su
declaración como dogma de fe; se juraron los Principios del
Movimiento, declarados inmutables e imperecederos por las Cortes
Españolas, y se jura hoy fidelidad a la (nueva) Constitución.
102

En otro lugar he estudiado el horizonte contextual, las condiciones


históricas que permiten el ‘funcionamiento’ de los juramentos de Juan
Haldudo en el Quijote (I, iv), y el de las promesas y juramentos de Don
Juan en El Burlador de Sevilla. “Estos ‘actos verbales’ ”, afirmo allí,
“funcionan precisamente en ambas obras al interior de un todo mucho
mayor y complejo que la pura y simple organización de sus elementos
léxicos y gramaticales: la lucha entre dos sistemas diametralmente
opuestos de interpretación del mundo que coexisten en la España que
produce y consume ambas obras, como también - al menos, en
parte - todavía en el lector de hoy”7. Es bajo esta perspectiva del lector
del siglo XX que me referiré a los textos de Cervantes y de Tirso. No sólo
en por tratarse de juramentos, pues la figura de Don Quijote (en cuanto
‘prototipo’ de la caballería andante) constituye un punto de continua
referencia, tanto por parte de la Generación del 98, como por parte de
Ortega y de la Falange (recordemos la ya mencionada vela de “las armas
de la caballera de Falange” que realiza Eugenio d’Ors al incorporarse a
la España nacional en plena guerra civil). Y, antes ya de la novela
cervantina, la andante caballería ‘a lo divino' sirve como modelo a la
autobiografía dictada a su biógrafo, el P. Rivadeneyra, por el gran
campeón de la Contra-Reforma, el P. Ignacio de Loyola. Estamos pues
de nuevo frente a una ‘constante’ del imaginario colectivo hispano en su
lucha por la anti- o des-modernización de España (y quizás del mundo
entero, dada su ‘voluntad de imperio’).
Tras haber sido “armado caballero” de la “graciosa manera”, Don
Quijote tiene dos encuentros en que actúa según ordenan los usos de la
“andante caballería” que pretende encarnar: uno, con el rico labrador
que azotaba a su criado Andrés; otro, con un grupo de mercaderes
toledanos que “iban a comprar seda a Murcia”. En ambos encuentros
asistimos a diálogos de sordos que ponen de manifiesto el conflicto entre
lenguajes pertenecientes a dos ‘visiones del mundo’: el característico de
la (entonces ya decadente) sociedad feudal y el característico de la
(entonces naciente) burguesía.
El primero de estos lenguaje encuentra su expresión en Don Quijote,
que hace justicia’ mediante desafíos y sobre la base del respeto a quien
la representa, y del valor de las promesas y juramentos del interpelado,
en el caso de Juan Haldudo; o que exige un ‘acto de fe’ (ciega) en
Dulcinea - precisamente de los mercaderes. El segundo de estos
lenguajes encuentra su expresión en los cálculos económicos de Juan

Hago referencia aquí a algunos de los puntos tratados en mi estudio “Pragmática del
discurso y reciprocidad de perspectivas. Los juramentos de Juan Haldudo (Quijote I, iv) y
de Don Juan", Nueva Revista de Filología Hispánica, 36.2 (1988): 1045-1067.
103

Haldudo, como también en la insistencia de los mercaderes en el


conocimiento experimental, ante lo que el narrador llama “aquella
confesión que se les pedia”8:

No conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrándosla. (1:59).

Es precisamente en réplica a este último ruego - tan lógico desde su


lógica - de los mercaderes, que Don Quijote proclama su (diametral¬
mente opuesta) axiología - lógica consecuencia igualmente de la con¬
cepción que él representa acerca de la fe y de la virtud en general:

La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y
defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. (1:59).

El desenlace de ambas aventuras quijotescas es bien conocido: los


mercaderes se abren camino derribando de su caballo a Don Quijote, a
quien abandonan apaleado y maltrecho para continuar su ruta; Juan
Haldudo consigue que Don Quijote lo deje “ir libre” mediante
promesas acompañadas de juramentos. Del incumplimiento de tales
promesas y juramentos será advertido más tarde Don Quijote (terrible
desengaño) por el propio Andrés, a quien encuentra de nuevo en el
capítulo xxxi de esta misma Primera Parte. El lector, por el contrario, es
informado de inmediato gracias al diálogo entre amo y criado que sigue
a la (eufórica) partida de Don Quijote. Este diálogo desmiente la
ilusión, declarada “a media voz” por Don Quijote:

- Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ioh sobre
las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y
rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero
como lo es y será Don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe,
ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor entuerto y
agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la
mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel
delicado infante. (1:58)

Al mismo tiempo, el mencionado diálogo entre amo y criado permite


también al lector detectar, sin lugar a ambigüedades, la terrible ironía
del comentario del narrador que precede a la euforia quijotesca: “Y de
esta manera deshizo el agravio el valeroso Don Quijote” (1:58).
El mejor comentario que podemos hacer a estos enfrentamientos
entre dos lenguajes pertenecientes a las dos ‘visiones del mundo’
antagónicas que se disputan la hegemonía en la España de Cervantes

8 Las citas del Quijote remiten a la edición de Martín de Riquer (Barcelona, Editorial
Juventud, 1971), de la que se indica en el texto mismo tomo y página.
104

(y aún durante siglos, aunque de modo un tanto mitigado) quizás sea la


descripción que Marx y Engels hacen, en el Manifiesto del partido
comunista, del papel histórico (revolucionario) que cupo jugar a la
burguesía en su lucha contra la mentalidad feudal:

La burguesía ha desempeñado en el transcurso de la historia, un papel


verdaderamente revolucionario. Dondesquiera que se instauró echo por tierra
todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacable¬
mente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores
naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero
constante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor
de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida
melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas.
Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innúmeras
libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad
ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de
explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por
un régimen franco, descarado, directo, escueto de explotación.
La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por
venerable y digno de piadoso acatamiento9.

Lo que Marx y Engels describen aquí, como resultado de un largo


proceso histórico y con la perspectiva de varios siglos, parece puesto en
escena por Cervantes mediantes una ficción narrativa que evoca actores
sociales vivos en las mentes de sus lectores; no sólo de los lectores del
momento mismo, que comparten con él esa sociedad de ideales
conflictivos y de valores contradictorios (los ‘aún no del todo obsoletos’
y los ‘ya en vigor’) que caracterizan el momento de ruptura, sino los de
muy diferentes épocas y latitudes. Tan largo ha sido - sigue siendo - ese
proceso histórico, aún no consumado. Pues aún hoy siguen en vigor no
pocos elementos de esas instituciones feudales, patriarcales e idílicas
que la burguesía “echó por tierra”, según el Manifiesto. Marx y Engels
se equivocan en esto. Y quizás sea la duración, aún en nuestros días, de
esa lucha entre ambos ‘órdenes’ lo que explique la actualidad de que
goza el Quijote todavía hoy.
Decía Kierkegaard que Don Juan, al igual que Fausto, es un
producto medieval. Pues sólo en el marco de la sacralización de un
orden social es posible la “profanación demoníaca” de ese orden, base
estética de la rebeldía que caracteriza a ambos personajes trágicos y del
efecto catártico de sus castigos ejemplares. En el caso concreto de Don
Juan, sabemos que su origen medieval está bien documentado y que

9 Marx-Engels, Manifiesto del partido comunista (Madrid, 1974):74-75. Marx se refiere


en el Libro Primero del Capital expresamente a la obra cervantina y señala como “error”
de Don Quijote el “creer compatible la caballería andante con toda forma de sociedad”.
105
Tirso de Molina - o quien compusiese El Burlador de Sevilla y
Convidado de piedra - unió en un solo texto dramático dos leyendas
medievales. Ya el doble título de la pieza revela ese doble origen: El
Burlador, la leyenda del disoluto castigado; el Convidado, la del convite
de la calavera. La marca medieval (y tridentina a la vez) de su lenguaje,
aparte de la temática tratada y de su solución teológica, hace además de
Don Juan uno de los dramas de la Contra-Reforma española. Apoyo
este aserto especialmente en el funcionamiento de dos sintagmas
repetitivos en la elaboración dramática de la pieza, que va mucho más
allá de la mera yuxtaposición de dos leyendas medievales. Me refiero al
“muy largo me lo fiáis”, que con variantes poco significativas, se repite
siete veces - como respuesta de Don Juan las amonestaciones que recibe
de Catalinón, víctimas, estatua y coro - , y al “prometo” subrayado más
tarde por “juro cumplir mi promesa (mi palabra)” en que Don Juan
verbaliza sus burlas.
Las promesas y juramentos de Don Juan a sus víctimas tienen
un elemento en común con las promesas y juramentos que el labrador
Juan Haldudo hace a su criado Andrés en presencia de Don Quijote: la
falta de esa ‘comunidad ideológica’, de convicciones, que-juntamente
con la aceptación del procedimiento y la intención de participar en la
acción lingüística - se requiere, según Austin, como condición necesaria
para que los actos “performativos” del lenguaje realicen lo que
enuncian (véase Austin 1962). Es precisamente esa falta de ‘comunidad
ideológica’ - o, como los sociólogos la llaman, de “reciprocidad de
perspectivas” - lo que permite sus burlas tanto a Juan Haldudo como a
Don Juan. Ambos textos ponen así de manifiesto en su lenguaje mismo
los síntomas de la ‘crisis’ en que se encuentra la sociedad marco de tales
burlas: la lucha entre dos sistemas diametralmente opuestos de
interpretación del mundo que conviven en la España de la Contra-
Reforma.
Conviven allí, en efecto, elementos pertenecientes a un pasado no
muy remoto (pero sentidos ya como anacrónicos) con otros que
apuntan hacia el futuro, aún no integrados en sistema discursivo
hegemónico. No se trata sólo de las armas, de la indumentaria y del
lenguaje arcaizante del hidalgo manchego, que contrastan en el texto
con las expectativas que en su extrañeza muestran las ‘mozas del
partido’, ventero y arrieros. Se trata de concepciones del mundo y de
lógicas del todo irreconciliables, enfrentadas en el texto hasta el punto
de hacer imposible todo diálogo comunicativo entre sus protagonistas.
Lo cual no implica que deje de ser ‘eficaz’ la palabra de Don Juan o la
palabra de Juan Haldudo. Es precisamente esta eficacia de la ‘seducción
por la palabra’ lo que pone de manifiesto (en cuanto resultado -
106

síntoma) la profundidad de la crisis a que asistimos. Con o sin


‘restricción mental’- controversia que ya dejara bien zanjada Casal-
duero - 10, veo el problema de la ‘eficacia’ de las promesas y juramentos
del Burlador, como de Juan Haldudo, el máximo exponente de la
dualidad social destacada más arriba.
Y es - creo - en esa dualidad social donde hay que situar (y explicar)
el continuo quid pro quo que caracteriza los diálogos conflictivos por
disglosia, lo mismo en el Quijote que el Burlador, los interlocutores no
comparten el mismo horizonte epistemológico y axiológico; no hay
‘convención’. De ahí que los signos funcionen a doble código en el
‘pequeño diálogo’ (cf. Ducrot 1972) de ambos textos. Sólo el lector (o
espectador) resuelve, en cuanto ‘vector’ situado en el vértice de ambos
códigos, la ‘homonimia’ que da lugar al equívoco - en el ‘gran diálogo’
es precisamente un ‘competencia comunicativa’ que falta en la mayoría
de los personajes puestos en acción, pero que se presupone en el
público o lector como condición para el reconocimiento progresivo
(anagnórisis) de la dualidad social/discursiva sobre la que trabajan
ambos textos. Aquí radica precisamente su efecto estético.
Evidentemente, lo mismo Juan Haldudo que Don Juan conocen la
duplicidad de significados que poseen los significantes utilizados en sus
juramentos y promesas. Y es este ‘saber’ lo que les confiere un ‘poder’
casi demoníaco: el ‘poder-hacer-creer’ en la palabra, poder retórico que
los convierte en ‘hombres modernos’. Por el contrario, las víctimas de
las burlas de Don Juan, lo mismo nobles que villanas, muestran que
viven aún en la etapa epistemológica anterior, todavía hoy no
completamente superada gracias a la eficacia del proceso de des¬
modernización: la de la ‘buena fe’. Es esta ‘buena fe’ la que aún hoy
explotan en su retórica persuasiva tanto políticos como agencias
publicitarias y corporaciones instituticionalizadas. De aquí la actualidad
de esa ‘seducción por la palabra’ que he intentado destacar en el Quijote
y El Burlador, par explicarla en su ‘arqueología’ como condicionada por
un coyuntura histórica que en tantos aspectos sigue siendo aún la
nuestra.
Don Juan constituye el actor por excelencia. Los dramas que lo
ponen en acción crean por ello, inevitablemente y en el interior mismo
del espacio dramático, una teatralidad - si se me permite la expresión -
de ‘segundo grado’. No se trata sólo de los cambios de personalidad que
le permiten, enmascarado en capas ajenas, el engaño de “las que

10 Véase Joaquín Casalduero, “Los juramentos de Don Juan y su función en El


Burlador” en Contribución al estudio del tema de Don Juan en el teatro español (Madrid,
1975):19-37.
107

aguardan”. Se trata, sobre todo, de la usurpación de un lenguaje


socialmente marcado y todavía eficaz en su entorno social. Gracias a esa
usurpación discursiva Don Juan logra hablar a sus víctimas en un
lenguaje que es aún el de ellas, aunque no ya el suyo. Se trata pues de
una ‘máscara discursiva’ que permite a Don Juan, en sus promesas y
juramentos, el disfraz de la palabra por la palabra misma. Es el
lenguaje-acción, el discurso lo que se pone así en escena, lo mismo en
Don Juan que en el Quijote-, pero en el Burlador, al interior de otra
escena: el espacio dramático en que actúan burlador y víctimas, de
modo que se puede hablar en cierta medida de un ‘teatro en el teatro’.
El contrapunto de esa máscara y de esa teatralidad, símbolo de una
lucha des-modernizadora (que en la pieza dramática se considera eficaz
y de ahí su dramatismo trágico), lo constituyen - como si se tratase de
una ‘realidad’ ante la que una y otra revelan su ‘falsedad’ - las promesas
en negativo, las ‘serias’ amenazas pronunciadas por criado, víctimas,
estatua y coro, en un vertiginoso crescendo que (gracias a la
intervención sobrenatural) llevará a Don Juan a la muerte - al silencio.
De aquí que podamos afirmar que el drama de Tirso no hace otra cosa
que reproducir, como una especie de ‘eco’, los problemáticos usos
verbales de su tiempo. Tendrá que ser Moliére quien, por medio de la
ironización del castigo final de Don Juan, haga de la tragedia
(sobrenatural) de Tirso una comedia (humana), testimoniando con ello
de esa progresiva toma de conciencia social/discursiva en que parece
consistir el papel histórico de la literatura.
Cervantes, contrariamente a Tirso, parece participar en un proceso
de toma de conciencia de esa crisis. En este sentido, coincide Cervantes
con Moliére. Pues, usando como Moliére de la ironía, Cervantes logra
convertir el epos caballeresco en novela, reduciendo a lo grotesco los
más altos valores del orden feudal. Por otra parte, dado que en el
Quijote lo que se construye es una serie de enfrentamientos
interdiscursivos en que la ironía opera sobre ambos mundos
enfrentados, y no sólo sobre el feudal, parece tratarse aquí de una
distancia crítica ironizadora de las dos mentalidades opuestas. En todo
caso, no se toma posición en favor de ninguna de ellas: si la actitud de
Don Quijote resulta grotesca, la de sus oponentes resulta (por lo
menos) cruel y descarnada. No se ofrece solución monológica alguna.
Parece así quedar superada en el Quijote, a través del dialogismo una y
otra mentalidad, la burguesa y la feudal. La distanciación, en todo caso,
coloca al texto irónico fuera del espacio de reproducción puramente
mecánica de los discursos representados.
108

En este sentido, la obra de Cervantes se inscribe en un proceso de


modernización, proceso que será destruido después por los parámetros
que condicionan una lectura que la des-moderniza en su recepción
histórica. A este proceso de des-modernización de la obra cervantina
contribuyen (consciente o inconscientemente) ios comentarios al
Quijote que hemos indicado más arriba, y otras reutilizaciones del texto
cervantino, como de los ‘ideales’ quijotescos, a que asistimos a través de
todo el siglo XX.
En mi peregrinación a través del juramento como constante del
imaginario colectivo hispano en su lucha secular por la anti- o des-
modernización de España, y aprovechando el margen permisivo de la
ambigüedad de los términos del título que nombra sin definir el tema
de mi propuesta, se ha ido perfilando el concepto de anti-modemización
como un proceso dirigido contra una ‘Modernidad’ de extensión mucho
más amplia que la “modemité” de Baudelaire. En efecto, extendiéndose
a través de los siglos por campos de aplicación siempre nuevos, este
proceso se inscribe en un cierto dinamismo de emancipación del
hombre: frente a los mitos en general (“Entmythologisierung”); frente a
las bases ideológicas del orden feudal (emancipación burguesa); frente a
los límites que la religión impuso tradicionalmente a la política
(emancipación de la técnica política postulada por Maquiavelo); frente
a los límites impuestos por las creencias religiosas a la ciencia, a la
moral y al arte (secularización proclamada por el proyecto de la
Ilustración); frente a los límites impuestos por la naturaleza a la
actividad humana (desarrrollo tecnológico); frente a los dictados de la
mimesis y de la representación de lo real (auto-referencialidad del arte,
de la novela, de la poesía moderna); frente a toda referencia a lo real
(ruptura epistemológica, fundamento de la “Wertreiheit”n) que
caracteriza la moderna economía de mercados, basada sobre el
valor - convencional - de cambio, no sobre el valor - ¿real? - de uso).
De estas últimas afirmaciones y del tono crítico con que he tratado
los procedimientos de defensa del tradicionalismo español pudiera
quizás ser interpretada mi intervención como una defensa de la
Modernidad. No era este mi objetivo, y de ninguna manera quisiera
dejar la impresión de una creencia en el progreso continuo o ilimitado
de la ‘Humanidad’, que niega pasado y presente en aras del porvenir;
tampoco, de una creencia en la desalienación del hombre por el
dominio técnico de la naturaleza hostil, pues no hay peor alienación que
la del medio hostil por desnaturalizado que nos ha legado el llamado
progreso tecnológico. No era mi objetivo hacer ni una defensa del

11 N del EdO sea, de lo que está ‘libre de juicio’.


proyecto de la Ilustración que ignorase sus contradicciones y apodas, ni
una crítica del mismo al estilo de esa ‘nostalgia' llamada post-moderna,
pero que no hace otra cosa que apelar, en un neo-conservaturismo casi
delirante, por la restauración de una especie de nueva Edad Media. Una
crítica que en este sentido consagraría, además, la anti- o des¬
modernización que hemos destacado en varios siglos de historia de
España, como si se tratase de un movimiento que ‘se adelanta’
(proféticamente, como siempre) al resto del mundo.
Mi propósito no era otro que el de diseñar unos prolegómenos a la
historiografía (literaria) del siglo XX español, insistiendo en un método
de trabajo, el análisis del discurso, y en un horizonte que superase el de
la especialidad ceñida al estudio del momento histórico aislado (en
nuestro caso, el siglo XX) para comprender la dinámica de las grandes
continuidades históricas, lo que Paul Ricoeur ha llamado “la vía larga
[...] de la reflexión sobre la dinámica de los grandes símbolos culturales”
(Ricoeur 1969:286).
*
Iris M. ZAVALA
(Universidad de Utrecht)

LO IMAGINARIO SOCIAL DIALÓGICO1

El incorporar la imaginación y lo que llamo lo imaginario social


como objeto de estudio, no significa, creo, un proyecto excesivamente
ambicioso, si no un intento concertado de captar el valor cognitivo de
las construcciones imaginarias. Sugiere una comprensión activa de los
referentes, que se inscriben en las superficies textuales como
representaciones con signos negativos y positivos, de ‘imaginarios
sociales’ siempre cambiantes, en la medida en que las tecnologías se van
adscribiendo como tropos en el cuerpo social. La función semántica (y
el inconsciente está saturado de ‘voces’) y la sintáctica nos invitan a
reflexionar sobre las relaciones de semejanzas o de equivalencias que se
fundamentan en las palabras. El texto (los textos) se convierten, aunque
sólo sea momentáneamente, en formas articuladas de representaciones
de la imaginación cultural, imaginación que puede ser ‘imperialista’ y
proyectar una ‘fantasía cultural’ totalizadora. O, por el contrario, una
‘imaginación cultural emancipadora’ y una fantasía política libertadora.
En esta propuesta, parto de la fecha coyuntural de 1898 que marca
la inscripción de una nueva narrativa histórica y nuevas formaciones de
sujetos, nuevas prácticas discursivas que se han llamado tradicional¬
mente modernismo. El surgimiento de tal Corpus de narrativa histórica
es especialmente apropiado para el análisis de lo imaginario como
creador potencial de ficciones sustentadoras y de proyecciones
emancipadoras. El problema ha cobrado importancia en los debates
teóricos actuales sobre el valor cognitivo de la literatura, y el
movimiento actual en torno al modernismo y el postmodernismo.

1 Este ensayo consiste en la fusión y la reorganización de extensos fragmentos


tomados de dos textos - el “Prólogo” de un libro actualmente en prensa, 1898. The
Dialogical Social Imaginary (Urbana, Illinois: Indiana University Press) y “The Social
Imaginary: The Cultural Sign of Hispanic Modernism”, Critical Studies, 1.1
(Amsterdam/Atlanta, 1989):23-41 -, revisados y ampliados por la autora especialmente
para este libro.
112

Quiero comenzar con el modernismo como un punto de partida de una


‘gran narrativa’ emergente, mediada por un imaginar performativo - lo
imaginario social. Este imaginario proyecta una fantasía ideológica de
liberación simbólica. Mi propósito aquí es explorar el potencial
revolucionario de lo imaginario, tomando como ejemplos la ‘totalidad
social’ de la modernidad latinoamericana así como el nuevo sujeto
social y su “cultura adversa” (término de Lukács). El primer
modernismo hispánico finisecular puede entenderse como la experiencia
del agotamiento de los recursos del colonialismo español y como una
transición hacia unas sociedades modernas orientadas hacia la
democratización de lo que habría sido una desigual distribución del
capital cultural. La invasión y el intervencionismo norteamericano en
las islas de Cuba y Puerto Rico en 1898 y los sucesos de Panamá en
1903, generaron todo un sistema de referencia común para los
intelectuales latinoamericanos que exploran la multiplicidad. La
producción textual parte de la potencia de la persuasión, produciendo
una representación literaria que toma impulso del continuum del pasado
en una proyección abierta hacia el futuro2. El ‘campo literario’3 revela
hoy en día un principio común de visión y representación del mundo,
marcado por la tendencia hacia la búsqueda de una unidad política en el
espacio geográfico nuevamente fragmentado después de las Guerras de
Independencia. El tono ideológico de la idea dominante es un modelo
político, democrático y republicano coherente para crear una historia
futura y solidaria. Se parte de imágenes que se liberan de la tradición, al
apoyarse en la moderna experiencia y en la libre invención.
Debemos comenzar por plantearnos la raíz de un problema: estamos
en realidad ante nuevas formaciones sociales y discursivas, formaciones
que representan la modernidad y lo que es ‘moderno’ en variantes de la
modernidad europea. Así pues, aludiré a los modelos referenciales que
ilustran las ideologías en su pluralidad, que participan en el diálogo
polémico contra un campo político dominante. En la coyuntura
histórica del final de las Guerras de Independencia, de la Guerra de
Cuba, del expansionismo norteamericano en México y América Central,

2 He analizado diversas obras de los modernistas en “Turn of the Century Lyric:


Rubén Darío and the Sign of Swan” en The Crisis of Institutionalized Literature in Spain,
eds. Wlad Godzich y Nicholas Spadaecini, Hispanic Issues, 3 (1988):279-305; “The
Manuscript and Its Interpreters: Notes on the ‘Omniscient Reader’ of the Poetics of the
Lyric” en Approaches to Discourse, Poetics and Psychiatry, eds. Iris M. Zavala, Myriam
Díaz-Diocaretz y Teun A. Van Dijk, (Amsterdam, 1987):131-148. Para un análisis
detallado de Darío, veáse mi Rubén Darío bajo el signo del cisne (1989).
3 Véase Pierre Bourdieu 1966, donde se refiere al “inconsciente cultura!”, así como
del mismo autor 1982 y 1987.
113

el acontecimiento vivo y excepcional, induce a una unidad transnacional


entre los reducidos miembros de la ‘inteligentsia’ en Hispanoamérica,
que se enfrentan críticamente con la expansión norteamericana. Esta
situación excepcional obliga a una empresa común (“Nuestra América”,
en palabras de Martí), y atrae a diversos ‘modernos’ de puntos
geográficos diferentes: Cuba, Puerto Rico, Nicaragua, Chile, Uruguay,
Argentina, México y Venezuela. El discurso profundo revela una cierta
comunión de ideas con los ‘modernos’ de distintas ciudades europeas,
particularmente de Madrid, Barcelona y París, y con los movimientos
proletarios - anarquistas y socialistas.
Lo imaginario social que propongo significa una forma de evaluar las
proyecciones de futuro de las representaciones colectivas; en lo que
respecta a la modernidad y sus teorías de representación, revela una
forma de ‘representar’ la realidad desde la óptica de los nuevos sujetos
sociales y cómo éstos refractan una ideología emancipatoria a sus
receptores activos. Es decir, sugiero lo imaginario social como una
categoría cognitiva que se orienta hacia la expresión del potencial
concreto a partir del cual un grupo (o colectividad), que se imagina
solidario de sus propios valores y coherente con su propio proyecto
colectivo, aspira a transformar la historia. En este sentido, lo imaginario
aparece como sinónimo de enunciado aparecido conscientemente en un
momento histórico como réplica de los nuevos sujetos sociales en el
continente americano, que orientan sus prácticas textuales hacia el
surgimiento de un proyecto histórico colectivo. La intención es
legitimar una narrativa histórica, que no debe ser entendida de manera
restringida esencialista, sino como la imagen dialogizada de un sujeto
colectivo y sus nuevas identidades nacionales, que participa activamente
con sus propias definiciones y valoraciones mediante una poética de
negación.
La narrativa modernista emancipadora surge como réplica histórica.
En mi reconstrucción de este enunciado quiero volver a la alianza
dialógica de varias corrientes del pensamiento concerniente a la
configuración de la ideología, de lo imaginario, de lo simbólico, del
inconsciente y la representación, en un intento de ampliar el marco de
referencia necesario para retomar los grandes destinos históricos de
este discurso. Se combina con una práctica revolucionaria, para crear
“contra-imágenes” (término de Marx), o inversiones ideológicas
partiendo de una percepción anatrópica. Si me esfuerzo en distinguirme
del lacanianismo actual al describir mi concepto operativo de lo
‘imaginario social’ como toma de conciencia creativa, es porque en el
debate contemporáneo sobre el sujeto, el lenguaje y la ideología, su
influencia se manifiesta sobre todo en lo que se refiere a las nociones
114

del ‘imaginario’ y de lo ‘simbólico’ y a sus descripciones de la


incorporación del sujeto en el orden simbólico del lenguaje. Quede
claro, confío, que lo que llamo ‘lo imaginario social’ no sugiere el
‘inconsciente’ y su lenguaje simbólico lacaniano, sino el enunciado vivo
aparecido conscientemente como una proyección colectiva para crear
nuevas narrativas y destinos históricos. Su intención directa es una
proyección con función cognitiva y monitor de ‘narrativas’ emancipato-
rias. Intento establecer esta diferencia con el difundido postmoderno ‘el
imaginario’ psicoanalítico (no social) lacaniano a partir del uso del
artículo lo; me ocupa la función del imaginar como proyecto
emancipador. O, dicho en otras palabras, esta vez con la voz de apoyo
de Ana de Lansós: la imaginación como proceso de liberalización de los
individuos. Tal imaginaro social dialogizado toma inevitablemente un
carácter polémico: es una poética de la negación.
Si el ‘imaginario social’ se proyecta en momentos históricos
determinados, no es estático y se transforma con los cambios sociales;
a menudo permite depositar una memoria emancipadora o un
“subterráneo político” (en frase de Bajtin/Voloshinov), que se potencia
con nuevas ‘representaciones’ dialógicas y fantasías ideológicas. El
imaginario que propongo es un nudo dialógico que imana representa¬
ciones distintas, a partir de la ‘mirada’ o significador que le confiere a
la forma/producción una forma/representación particular a la natura¬
leza y al sujeto. Si seguimos las sugerencias de Bajtin/Volochinov
(1929 en 1977) y tomamos en cuenta el sujeto del discurso y su
interlocutor (puesto que el término receptor implica una actividad
pasiva), es posible entender la comunicación (literaria u oral) como
una interrelación activa entre ambos sujetos. Esta interacción se
determina por el uso que el sujeto emisor hace de la lengua. Es claro
que la producción textual refracta este ‘imaginario’ a partir de la
posición social (de clase, género y etnia) del sujeto enunciador. Y si
nos apoyamos en una teoría comunicativa que se determina por el uso
que el emisor hace de la lengua las preguntas quién, dónde, y a quién
se dirige el discurso, nos permitirán comprender el sentido potencial
de los enunciados.
Es decir, la línea argumental que propongo es tomar en cuenta el
locutor/localización (clase social y sexual, geografía, sitio, fecha) del
enunciado y su auditorio social. Este modelo provisorio permite que
nos plantemos la naturaleza de las formaciones discursivas, las
‘representaciones’ de la realidad y los sujetos sociales. Ellos autorizan o
legitiman el significador (uso de la lengua) dominante (de las
instituciones, del poder), o inscriben su propio proyecto ‘narrativo’ al
margen o en contra del discurso autorizado.
115

La integración de algunas nociones tomadas del Círculo Bajtin


(Bajtin/Medvedev/Voloshinov), como las de “ideologema” (que en
particular explota la posibilidad de relacionar entre sí imágenes,
experiencias y el discurso), “cronotopo” y “dialógía” contra el ‘holismo’
monológico y la hegemonía para promover nociones de inscripción
textual. Eso permite comprender el concepto operativo de lo imaginario
social como orientación y destinación del diálogo entre el emisor y su
auditorio, mediatizado por el discurso. Es la ‘representación’ imaginaria
de las relaciones sociales de producción de un grupo o colectividad en
solidaridad con sus valores y su proyecto colectivo. Lo imaginario social
sería lo que produce el sentido, abierto a! futuro, y el locus de la auto-
representación, orientado hacia el cambio histórico. Esos conceptos de
Bajtin y de su Círculo, así como su teoría de los discursos sociales
constituyen un punto de partida para interrogar el espacio de
configuración y las posiciones del sujeto de las ‘representaciones’
textuales dentro de sus relaciones dialógicas con la colectividad.
Para realizar este propósito, es importante subrayar que lo social
imaginario puede relacionarse con el ideologema, ya que es el espacio
de inscripción de los enunciados históricos y de las enunciaciones
discursivas. Parto entonces de la lengua como comunicación social y en
este sentido me apoyo en las teorías no-psicoanalíticas de lo simbólico,
como la sostenida por Pierre Bourdieu, que confiere a la lengua y a la
representaciones “una eficacia propiamente simbólica de construcción
de la realidad”. La comunicación en sí es un intercambio simbólico, que
depende de quién utiliza la lengua (el usuario), y del grupo o grupos
sociales en que “se apoya su fuerza ilocutoria” (véase Bourdieu 1982:14,
25, 31 y, del mismo autor, 1987). Esos problemas metodológicos ayudan
a aclarar los códigos ideológicos y sus ‘representaciones’ mentales en la
inscripción textual, la función ‘política’ de lo imaginario y la fuerza
social de lo simbólico dentro del orden de la significación y de la
comunicación.
Está claro que el uso del lenguaje en casos extremos (‘fantasía
cultural’ totalizadora o fantasía política libertadora; existen también
zonas intermedias) será radicalmente distinto. La representación depen¬
de de una ‘mirada’, del monitor de imagen que proyecta su propio
‘imaginario social’. Como ejemplos nada exhaustivos de dos ‘imagina¬
rios sociales’ refractados por monitores de ideologías distintas, piénsese
en las ‘narrativas’ sobre la conquista de los historiadores de Toledo
(Sarmiento de Gamboa) y la contra-narrativa de Garcilaso el Inca; el
Quijote y El Buscón. O, desde el punto de vista de la imagen misma (la
representación como sociograma), la inscripción del obrero, la mujer, el
sindicalismo, la iglesia en Fernán Caballero y Fernando Garrido;
116

o, si se quiere extremos menos perfilados, Valera y Galdós. Abundan


los ejemplos de monitor crítico, que proyectan en ‘distanciamiento’ un
‘imaginario social’ emancipador (por no decir revolucionario) y se
articulan en distintos lenguajes y sus usos.
La imaginación, el imaginar y lo imaginario no son sinónimos, sino
nociones que nos llevan a preguntarse sobre las relaciones entre el sujeto
y la ideología. El potencial de la imaginación y de lo imaginable4 en su
doblemente orientada dimensión estética y política, está vinculado con la
historia del mundo Occidental, de manera parecida a la oposición
“ancien/modeme”. Grupos históricamente diferentes (en particular las
vanguardias) han propulsado la dimensión de esa estética y de esa praxis.
Herbert Marcuse insiste que “sin fantasía, todo conocimiento filosófico
permanece encerrado en el presente o en el pasado, y desvinculado del
futuro, el cual es el único enlace entre la filosofía y la historia real de la
humanidad”5. Sin embargo, los argumentos contemporáneos sobre los
contenidos de lo imaginario se (con)centran en las teorías del
inconsciente, como depósitos (o “reservoirs”) de emociones reprimidas
que reducen su fuerza social emancipadora entendida como resistencia
activa. Esas nuevas lecturas de Freud reducen a especulaciones
psicoanalíticas el imaginario y lo simbólico, el ‘inconsciente’, la
‘estructura del espejo’ y lo ‘especular’.
En las formulaciones de Lacan, tanto el imaginario como lo simbólico
constituyen la base de un esquema para la estructura del sujeto que
reside en la relación dual entre el Ego y el Otro. Como tal, puede ser un
objeto en el que el sujeto se identifica a sí mismo(a) como un ser hu¬
mano. Además, el “Otro” psicoanalítico es parte de la formación del ser,
en contraste con el ‘otro’ bajtiniano que es a la vez ‘un otro’ y la imagen
de sí mismo, ambos socialmente comprometidos. Usando como material
sugestivo esas proposiciones sobre lo imaginario como constituyente de
una teoría del deseo, ahora propongo realizar una inversión a modo de
una confrontación dialógica con respecto a la diferencia entre un
imaginario psicoanalítico y simbólico, y un ‘imaginario social’. Lo
primordial en mi discusión son las proyecciones (históricas) ‘espaciantes’
de lo ‘imaginario’ que proporcionan a lo ‘imaginario social’ un objeto
teórico propio fundamentalmente incompatible con las teorías ‘libidina-
les’ desarrolladas por los postestructuralistas6.

4 N del T: “Imaging”, “image” (imagen) en la versión original en inglés.


5 Véase Herbert Marcuse, “Philosophy and Critical Theory” en Negations (London,
1968):55. Para una excelente semántica de lo ‘imaginario’, consultar P. Kaufman,
“Imaginaire et imagination”, Encyclopeadia Universalis (París, 1968), vol. 8:733-738; Le
Goff, Dictionnaire de la nouvelle histoire (París, 1978).
^ El imaginario es una noción común en diferentes disciplinas, desde varias
117

La proyección política del subconsciente como contraria al


almacenaje del contenido reprimido es básica para una teorización
marxista del sujeto; recientemente Fredric Jameson se ha reapropiado
de la problemática, uniendo la ideología con el imaginario. En El
inconsciente político (The Political Unconscious), Jameson ‘historiza’ la
topología lacaniana para proyectar un inconsciente politizado y la
historia como acto social simbólico. De bases similares, Pierre Bourdieu
afirma que siguiendo la ciencia moderna del lenguaje, es posible
acercarnos a la esfera privilegiada del poder simbólico, la de lo político,
“lugar de la previsión como predicción que pretende producir su propia
realización” (passim). En ese sentido, hay un paralelo entre
Voloshinov/Bajtin, Adorno, Horkheimer y Marcuse, que utilizan a
Freud para introducir la dimensión subterránea del inconsciente. Como
espacio dinámico, el inconsciente posee un potencial de crear ‘contra¬
imágenes’. Su poder simbólico reside en la posibilidad de formar y
reformar estructuras mentales y proyectar objetivos emancipadores
colectivos. Incorporados en una teoría social, esos impulsos y exigencias
podrían llegar a ser colectivos, en el sentido dado al término por Emile
Durkheim de “representaciones colectivas”, o lo que podría llamarse
‘imágenes colectivas’, que pueden relacionarse con una ‘memoria
colectiva’ (un concepto importante para la ‘nueva’ historia). Esa fuerza
asociativa es fundamental para el socialismo. Hay también otra relación
que Marx introduce; a través de la imaginación, las mitologías son
proyectadas en el orden de lo simbólico: “Todas las mitologías doman,
dominan, transforman las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y
mediante la imaginación; desaparecen, pues, cuando esas fuerzas han
sido realmente amaestradas”.
Una vez establecidas someramente estas distinciones, sería conve¬
niente contrastar los conceptos bajtinianos con las formulaciones
actuales, de objetivos diferentes, en torno a la ideología, la
representación, lo imaginario, y lo simbólico. Todas esas nociones están

perspectivas. Véase en particular Jacques Lacan, Ecrits. A Selectiort, trad. Alan Sheridan
(New York, 1977). La bibliografía sobre Lacan es inmensa, pero consúltese la crítica de
Fredric Jameson, “Imaginary and Symbolic in Lacan: Marxism, Psychoanalytical Criticism
and the Problem of the Subject”, Yate French Studies, 55/56 (1977):338-395, crítica
desarrollada en The Political Unconscious. Para otras distinciones, consultar Kaja
Silverman, The Subject of Semiotics (London/New York, 1983); Anika Lemaire, Jacques
Lacan (London, 1977); Art Berman, From the New Criticism to Deconstruction: The
Reception of Structuralism and Post Structuralism (University of Illinois Press, 1988).
Gayatri Spivak pone de relieve la abierta política imperialista, machista, del psicoanálisis
lacaniano, In Other Worlds: Essays in Cultural Politics (New York/London, 1987):261-262.
¿Podría ser que Lyotard emplee el término “deseo” en el sentido lacaniano de “carencia”
cuando habla del “deseo llamado Marx”?
118

vinculadas con las teorías de la formación del sujeto y con la literatura


comprendida como un modo de significación social que pertenece a lo
simbólico. La utilidad de algunos de esos modelos reside en la
reintroducción de preocupaciones colectivas e históricas, mientras que
otros, los que entienden la literatura como una construcción imaginaria,
hacen posible argüir que lo imaginario es lo que produce la
representación y el sentido social y político. Según Louis Althusser, la
ideología es “una ‘representación’ de la relación imaginaria de los
individuos con sus condiciones reales de existencia”, una forma
‘fantasmática’ de la inversión (la “cámara oscura” de Marx) que
constituye el sujeto en sus relaciones con la realidad objetiva7. La
ideología equivale entonces a una red o serie de representaciones que
inducen al sujeto a tener una relación ‘imaginaria’ con la realidad
objetiva/material, con identificaciones y/o distanciamientos que se basan
en gran parte en factores culturales. Por otra parte, algunos de los
llamados nuevos historiadores, como por ejemplo Jacques Le Goff,
conciben lo imaginario como un “tiempo proyectado”, “tiempo de la
imaginación del porvenir”8. Este entramado revela que en la actualidad,
algunos teóricos tienden a socializar e ‘historizar’ lo imaginario,
mientras que otros lo reescriben desde la perspectiva de las condiciones
psicoanalíticas actuales; como ejemplos extremos y distintos podemos
pensar en Roland Barthes, Christian Metz, Cornelius Castoriadis, Jean
Baudrillard9.
Volvamos a nuestro punto inicial, una vez que hemos establecido las
bases de diferencia entre las conceptualizaciones postestructuralistas
ahistorizadas de los modelos socializados, para proponer una topología
materialista de lo imaginario liberador. En mi argumento este no se
proyecta como un acto simbólico que privilegia principalmente
construcciones no-socializadas del lenguaje, tampoco se limita a una
ficción que se compensa en utopismos, conciliadores. Planteo más bien
que en la constitución del sujeto, la dimensión de lo imaginario como
un locus de representaciones mentales podría potenciar el poder

7 Louis Althusser, Lenin and Philosophy, trad. Ben Brewster (London, 1971):162.
8 “Temps projeté", "temps de Vimagination de ¡‘avenir"; Jacques Le Goff, Histoire el
mémoire (París, 1988):60-61.
9 Véase Roland Barthes, “En sortant du Cinéma”, Communications, 23 (1975);
Christian Metz, “The Imaginary Signifier”, Screen, XVI, 2 (1975): 14-76; Cornelius
Castoriadis, L’institution imaginaire de la société (París, 1975). Consúltese también,
Jochen Schulte-Sasse, “Imagination and Modernity: On the Taming of the Human Mind”,
Cultural Critique, 5 (1986/87):23-48; así como Fredric Jameson, en una crítica de
K. Burke, “Symbolic Inference; or, Kenneth Burke and Ideological Analysis”, Critical
Inquiry, 4 (primavera 1978):507-523.
119

liberador de lo simbólico mediante la fuerza performativa de narrativas


emancipadoras. Este discurso social emplea todo un sistema genérico,
incluso los repertorios tópicos de tropos, formas, figuras, palabras, y
lenguaje desde un habla interno - en el sentido bajtiniano - productivo
culturalmente, en ‘interpelaciones’ de ‘fantasías’ sociales cuyas
representaciones se articulan mediante operaciones selectivas y
combinatorias como parte de un proyecto colectivo.
Concebir de esta manera la proyección de lo imaginario significa
apoyarse en una representación de lo social como responsivo y
dialógico. El lector percibirá un eco de Bajtin y su Círculo sobre el
signo ideológico y una concepción del lenguaje como responsabilidad y
lucha en la arena social contra las hegemonías (en el sentido de
Antonio Gramsci del término). Esta construcción ideológica repre-
sentacional activada se inscribe como un icono que actualiza el
significante y el significado. La función social inscrita en el signo
cultural en sí nos ayuda a trazar el rasgo distintivo de las
interpretaciones de proyecciones emancipadoras y un imaginario
revolucionario, que aparecen por ejemplo, en la serie de poemas de
Darío, Los Cisnes, escritos en 1898. Sobre el telón de fondo de la
dialogía como respuesta futura (el ‘tercero’ de la interpelación
bajtiniana), sugiero que esos poemas proyectan su discurso social como
signos que refractan dialógicamente en polémica un horizonte
ideológico específico y una designación colectiva a través del potencial
de lo ‘social imaginario’.
Mi propósito es dar ahora un paso adelante y cuestionar algunos
argumentos postestructuralistas y postmarxistas, mediante una crítica de
su práctica hegemónica y globalizante. Como ‘lectora anacrítica’, quiero
ejercer mi percepción e invertir (para trascender) las prácticas críticas
postestructuralistas (y postmodernas) y oponerme a la seducción de la
totalización, para argumentar que la constitución de la subjetividad, la
colectividad y la ideología pueden ser movimientos oposicionales contra
una “doxa” totalizadora que reduce las diferencias o habla desde centros
que ostentan el poder. Estos universales diseminados desde las
hegemonía revelan el carácter conservador de toda una tendencia del
pensamiento contemporáneo, y debieran permitirnos inferir alternativas
en una reflexión sobre el poder y las estructuras de poder. La percepción
que propongo nos permitirá emplear sus argumentos para argumentar el
enlace entre el horizonte ideológico y la proyección emancipadora de lo
imaginario. En polémica contra el discurso institucionalizado del
postestructuralismo eurocéntrico o anglocéntrico, sugiero recuperar el
potencial emancipador de los productos culturales del subterráneo
inconsciente político de la modernidad finisecular.
120
Conviene recordar que la noción más difundida del imaginario es
totalizadora y que buena parte de los analistas de la postmodernidad le
conceden un lugar central en la fragmentación del sujeto y la apatía
axiológica actual. Desde el punto de vista postmoderno, Baudrillard
declara explícitamente que el inconsciente lacaniano es un modelo
directivo de indeterminaciones, simulaciones y deslegitimación de
metanarrativas históricas. El argumento de su discurso postmarxista
consiste en una progresiva incredulidad que se centra en la
problemática del “espejo de la producción”, el cual sería “la conciencia
humana en el imaginario” (subrayo)10. Argumenta así que el discurso de
la producción y el discurso de la representación son un espejo en el que
el sistema de la economía política llega a reflejarse en lo imaginario, y
se reproduce ahí como un factor determinante; es decir, la ilusión
crítica del materialismo histórico* 11. Para Baudrillard, lo imaginario es
un discurso ausente; afirma que carecemos de un “imaginario
revolucionario”. Aunque su análisis se centra en los síntomas de la
época post-industrial, su discurso descarta cualquier proyecto sociopolí-
tico tanto en el pasado como en la actualidad. Niega rotundamente
cualquier anterioridad temporal o lógica, hasta el punto de que el
presente para él es un desconocido, casi una situación adánica. En este
sentido esa ideología postmodernista globalizante repudia los proble¬
mas de la heterogeneidad y de las diferentes posiciones que el sujeto
toma (o puede tomar) frente a las estructuras de poder y de
dominación. Baudrillard claramente equipara lo ‘imaginario’ a construc¬
ciones ideológicas. En su visión de la vida social como paradigma
pseudo-histórico, niega categóricamente el modelo marxista de
producción y de socialidad, y afirma que ningún grupo jamás se hubiese
imaginado como social.
Como su discurso proviene de las ciencias sociales, parece lógico que
su propia percepción del imaginario lacaniano sea más materialista.
Debemos entonces cuestionar su negación con sus propias palabras, y
mediante una inversión perceptiva crear una contra-imagen. Debería ser
evidente que una inversión crítica de la idea de Baudrillard permite
trazar unas proyecciones culturales (y políticas). Aunque pretende que
es imposible concebir narrativas colectivas, creo que, la experiencia
histórica nos revela que han existido y existen grupos sociales que se

10 Jean Baudrillard, El espejo de la producción (México, 1983). Gregory S. Jay


polemiza con Baudrillard en su “Valúes and Deconstructions: Derrida, Saussure, Marx”,
Cultural Critique, 8 (1987-1988): 153-196.
11 N del Ed.: “L’illusion critique du matérialisme historique” es el subtítulo de la
versión original en francés, Miroir de la production (1973).
121

han imaginado y se imaginan solidarios con sus propios valores y son


coherentes con proyectos colectivos. Baste recordar la proyección
crítica de los textos de comportamientos social/sexual del teatro del
siglo XVIII, y las imágenes refractadas durante el Romanticismo (la
primera modernidad), Espronceda, Larra, la poética moderna de
Rosalía de Castro, la bohemia finisecular, Valle-Inclán, Rubén Darío,
Unamuno. Es decir, toda esa historia de intelectuales inconformistas
de una tradición liberal y progresista desde al menos el siglo XVIII.
En todos ellos, desde ángulos de refractación distintos (perspectiva
crítica, conciliadora o totalizadora), el monitor de imagen proyecta un
imaginario social performativo contra las tecnologías del poder, sean
estas tecnologías materiales (el desarrollo del capital y de la
industrialización y sus efectos desastrosos en el mundo social), o
‘mentales’, el miedo a los significadores autorizados, el miedo a las
palabras, el miedo a apartarse de la grey. Miedo inscrito en un
‘imaginario totalizador’ que se proyecta como verdad suprema; la
censura que impone la ausencia y el silencio de los signos. Cada
monitor proyecta su contra-imagen aspirando a construir un modelo
interpretativo, una refractación especular que invierta las otras
imágenes y su cadena de representaciones. El ejercicio de este
imaginario social es diferente; unos apoyan lo que consideran la
tradición mistificada, otros (quizá los menos), proyectan preguntas de
responsividad en el futuro, es esta una experiencia especular que tiene
su origen en la imaginación crítica. Toda una fenomenología y
epistemología (y praxis) parte de estos imaginarios sociales y sus
espejos refractadores; las imágenes se pueden acercar, alejar, invertir,
agrandar, achicar, pueden ser reales o imágenes virtuales. Estas
últimas incitan al lector(a) crítico(a) a percibirse dentro del mismo
radio, en la misma pantalla, como un renovado retablo de Maese
Pedro que nos invita a saltar al tablado. Modernistas a finales del
siglo XIX y principios del XX, naciones del Tercer Mundo, feministas
radicales, minorías étnicas en sociedades capitalistas y postindustriales
constituyen otras evidencias valiosas de este imaginario abierto a
perspectivas siempre nuevas.
El juicio de Baudrillard está en el centro de la discusión actual
sobre la modernidad y la postmodernidad, que plantea el valor
cognitivo de los textos, y la creencia en ficciones sustentadoras o en la
muerte de narrativas. Aunque Baudrillard ofrece una explicación
concreta del capitalismo multinacional contemporáneo, de su modo de
producción y sus factores dominantes culturales, nuestra inversión
anatrópica ayudará a hacer hincapié en lo poderoso de las narrativas
emancipadoras contemporáneas a través del análisis de la narrativa
122

sustentadora latinoamericana anti-colonial y anti-imperialista que


legitiman los discursos finiseculares.
Nuestra recuperación del modernismo finisecular no se debe a una
simple curiosidad “arqueológica”, sino que debe ser comprendida en
el contexto más amplio de una crisis contemporánea sobre el valor
cognitivo de los textos. Esta epopeya de progreso y emancipación, y su
proyecto cultural tiene su origen en el Caribe en los años 1880
durante la lucha libertadora de Cuba contra el colonialismo español y
en 1898 contra la invasión norteamericana. El modelo dialógico
lingüístico y literario de esa narrativa libertadora se estructura
líricamente en una dialéctica entre espacios internos (subjetivos) y
externos (realidad objetiva) que relativizan las referencias fijas y
estáticas. La subjetividad corresponde así a una práctica cultural
transmisora de un proyecto colectivo histórico. En cierto sentido,
estos espacios del sujeto equivalen aquí a la metáfora del interior
descrita por Walter Benjamín. Las posiciones de José Martí y de
Rubén Darío, de Miguel de Unamuno y de Ramón del Valle-Inclán
no son ejemplos únicos de esta narrativa emancipadora, sino
selectivos. La ficción sustentadora se representa mediante la oposición
Ariel/Calibán; Ariel (el espíritu de la nueva representación imaginaria
de la realidad), contra el proyecto imperialista, colonialista y
capitalista del Norte (Calibán), en la alegoría del texto canónico de
José Enrique Rodó, Ariel (1900).
Lo imaginario social que planteo puede ser entendido en términos
de un proceso y de nuevas prácticas que atraviesan la formación social
con variaciones estructurales, susceptibles de cambios históricos y de
nuevas representaciones. A finales del siglo XlX/principios del XX
(aunque el mismo potencial se mantiene en el presente), esa narrativa
se estructura explícitamente como una auto-representación polémica
contra las ficciones y las representaciones del invasor. La nueva
narrativa libertadora se apoya en una subjetividad que auto-valoriza la
identidad individual y colectiva mediante convicciones y evaluaciones
propias. Se abre hacia el futuro para producir nuevos significados y
experimentos con sensibilidades nuevas. Quisiera subrayar que
debemos evitar la ilusión formalista de considerar ese imaginar social
experimental como un bloque fijo válido solo a un fondo común de
una sociedad o una clase, un género sexual (“gender”, o sea la
identidad sexual socio-culturalmente adquirida) o una etnia, no
susceptible de cambios históricos. Este imaginar es un proceso
dinámico capaz de captar y expresar la novedad y la complejidad,
abierto a variaciones, mutaciones y desplazamientos incluso dentro del
mismo sujeto semiótico en su profunda dialogía. Como común
123

denominador, en el mismo momento histórico, este proceso puede


funcionar mediante estrategias de identificación y/o de ‘extraña¬
miento’, con las imágenes proyectadas, funciones que podemos hacer
coincidir con los problemas de la mimesis y de la anti-mímesis. El
texto interpela a la no-identificación con los valores rancios,
específicos, y la prisión del lenguaje y las ideas estereotipadas: Brecht
y el esperpento de Valle-Inclán, representan esta complejidad.
El espacio de este imaginario social modernista se distribuye en
diferentes campos: lo estético, lo lingüístico, lo discursivo, lo político y
lo cultural. La serie de poemas de Darío Los Cisnes constituye, por
ejemplo, una construcción alegórica del mundo social basada en los
principios de solidaridad contra la invasión norteamericana. En tanto
que constructos lingüísticos, el imaginar social de los poemas se apoya
en sugestivas designaciones que exploran las dimensiones denotativas y
performativas del discurso. Desde su punto de vista evaluador, Darío
interpela a su auditorio social creando una mise en scéne dramática y
una proyección ‘imaginaria’ de su existencia social concreta en un
momento histórico determinado. Los poemas de la serie no son los
únicos que proyectan una ficción sustentadora, este objetivo es
frecuente entre los escritores. En realidad, el discurso modernista
apoya una polifonía emancipadora creadora de libertad, que final¬
mente se ha convertido en una memoria histórica culturalmente
transmitida. La experiencia personal del sujeto social responde
provocando una tensión para cambiar la sintaxis de la historia. Como
conjunto de textos culturales, las reflexiones polémicas o irónicas iban
destinadas a impulsar respuestas colectivas.
Si aceptamos las formas empíricas y especulativas de la ideología,
podemos verificar, sus propiedades estructurales, empleando el
modelo de T. Herbert12. Lo empírico hace referencia a la relación
entre sentido y realidad; lo especulativo engendra la articulación de
significaciones entre los dos, en forma de discurso. La forma empírica
cumple una función semántica, y la especulativa, una función
sintáctica. Imaginar, por lo tanto, correspondería al punto de
producción/distribución de las significaciones, cuya función consiste

12 N. Poulantzas, T. Herbert, E. Verón atribuyen a la ideología dos funciones:


metafórica/semántica y metonímica/sintáctica. Poulantzas insiste en que el denominador
común produce una identificación del individuo con la sociedad. Véase El proceso
ideológico (Argentina, 1971). Cabe observar que los sociólogos franceses hacen uso
frecuente de los tropos retóricos literarios. Consúltese también Peter V. Zima (ed.),
Semiotics and Dialectics: Ideology and the Text (Amsterdam, 1981); “Le social,
l’imaginaire, le théorique ou la scéne de l’idéologie”, Núm. esp. de La Revue des
Sciences Humaines (Lille, 1977).
124

en que los sujetos se reconozcan entre sí. La similitud metafórica (que


no debe ser comprendida solo como un tropo retórico, sino como
depósitos de análisis de la práctica social) llega a ser un re-
emplazamiento de la realidad externa: desempeña el papel de un
código que mediatiza interacciones sociales subjetivas en el proceso
comunicativo. Mediante el proceso de ‘identificación’ y su contraste
dialógico de ‘extrañamiento’ en lo imaginario social, los poemas
representan una ‘victoria simbólica’ sobre el invasor norteamericano
en la coyuntura específica de 1898. En esta crisis histórica, podríamos
llegar a la conclusión de que lo imaginario social es producto de la
temporalidad de la historia; es decir, según la distinción esclarecedora
de la escuela de los Armales: un hecho histórico específico, breve
coyuntura temporal del acto económico con una temporalidad de larga
duración y de grandes estructuras de cambio (lo que Foucault llamó
“séries”) y de la no-cuantificable historia de las mentalidades. Todo
ello se entrelaza para convertirse en depósito de memoria colectiva.
En Darío y en otros modernistas hispánicos, lo imaginario social
se estructura, sobre todo, por medio de la ‘identificación’ con lo
‘español’, en una recepción emotiva/intelectual de los signos, que
inducen al lector/oyente a cuestionarlos de manera crítica. Simultánea¬
mente, sin embargo, el enunciado dialógico se entrelaza con las
dinámicas referencias negativas de ‘extrañamiento’, orientadas contra
el invasor. Este enunciado dialógico representa en lo imaginario social
un espejo en el que se reflejan mutuamente el objeto y su antítesis
mediante negaciones y anti-valores. Los tropos doblemente orientados
equivalen al objeto/tesis y la antitesis que entran en confrontación, de
modo crítico, con la fuerza de una ‘ideología revolucionaria’.
Si estamos de acuerdo que del epistémé modernista emerge el
potencial de lo imaginario y lo simbólico como medios de liberación
colectiva, la interación se fundamenta en el hecho de que el sujeto
constituye su proyecto político/cultural disperando las divisiones
rígidas entre lo que concibe tradicionalmente como estética y la
realidad cotidiana. Sobrepasa así la línea divisoria impuesta por los
sistemas fijos de representación. Para los modernistas, en esta
coyuntura precisa, el potencial del discurso poético radicaba en la
posibilidad de una escritura que crease una dialéctica entre las
fantasías culturales del individuo y la naturaleza colectiva del lenguaje
y de la recepción. Lo imaginario y lo ilusorio son los espejos que
refractan las condiciones materiales de existencia; el valor cognitivo
del imaginar reside en generar estas operaciones, y a través de un
proceso de identificación incorpora el auditorio social en el acto de
habla. Tanto la función semántica como la sintáctica generan un
125
vocabulario que produce y distribuye el sentido dentro de los registros
de identidad y de reconocimiento, u ‘otredad’ y distorsión.
En esta atmósfera de ‘distanciamiento crítico’, la producción
textual no propone a la comunidad lectora una imagen de la realidad
(mimesis), sino otra ‘representación’ como fuerza alternativa capaz de
revertir e invertir las estructuras del poder en constructos enunciativos
que proyectan y revelan la lucha de clases. A su vez, los discursos
sociales así concebidos revelan si el monitor de imagen reproduce los
significadores del poder. O, dicho de otra forma, si el discurso social
está atrapado en el círculo vicioso de la reproducción de la realidad o
la igualdad-en-la diferencia del espejo de la producción o, si por el
contrario, rompe ese espejo.
En la lectura concreta y específica del modernismo que propongo,
se entrecruzan una antropología social y una topografía materialista
de la imaginación, así como un enfoque histórico de lo imaginario y
de lo simbólico. Su producción textual nos invita a re-definir la
historia, a transformarla mediante la percepción anatrópica del
carnaval de los oprimidos en una asimilación selectiva del pasado, con
el propósito de re-orientar la memoria colectiva, liberándola de los
emblemas y las ‘ideologías’ que esclavizan. El autor/la autora re¬
orienta el campo cultural específico; escribir se convierte en un
desafío, un acto de habla para subvertir las instituciones y producir,
en cambio, una narrativa emancipadora de auto-representación. Esta
narrativa emancipadora se organiza mediante diversas combinaciones
discursivas para presentar un frente unitario coyuntural basado en la
diversidad geográfica, étnica y social. Dentro de esta formación social
polifónica, se interroga el pasado tanto a través de negaciones como
de afirmaciones, que sugieren a su vez nuevas preguntas sobre la
representación sociocultural y la realidad. El signo y el referente se
disasocian y se distancian del pasado colonial, de sus normas e
instituciones que se someten a una imaginaria inversión para
problematizar una realidad aparentemente sólida y fija. La posición
del sujeto simultáneamente interrogativa y afirmativa en oposición a la
barbarie de la invasión, política y literatura confunden sus armas en
una misma empresa liberadora. Se interpela el lector a romper el
espejo que le presenta una realidad prefabricada, y a moverse hacia la
otra realidad social.
Si aceptamos (aunque sea con reservas) una teoría social del
inconsciente y el potencial liberador almacenado allí contra las
estructuras de dominación y el potencial de responsividad del sujeto,
podemos establecer lazos entre el surgimiento del epistémé moder¬
nista hispánico y la función cognitiva del imaginar. La óptica de la
126

modernidad afirmaba la posibilidad abierta a la problemática de su


sociedad y de su tiempo, facilitaba los elementos de juicio y de crítica, y
se ejercía en función y exigencia de la libertad futura. No se trataba de
borrar el pasado, sino de asimilar la herencia recibida y modificarla
- ¿qué es nuestra América'!, ¿qué somos?, ¿qué queremos? -
y crear contra-imágenes, a menudo de naturaleza carnavalesca, en el
ejercicio de representaciones negativas del pasado y la tradición. Esta
ficción sustentadora tuvo como objetivo crear, en el texto de la historia,
un potencial emancipatorio cultural, de articular una memoria colectiva
y un “subterráneo político”, un “inconsciente político”, para el
auditorio social. Mediante la liberación de lo simbólico, aspiraba a
introducir ideologías revolucionarias fundamentadas en el proyecto y la
articulación de esa narrativa13, abierta al futuro. De ser así, podríamos
verificar que los ideologemas, los cronotopos y la dialogía se orientan
hacia la aventura incierta de otras formaciones sociales, culturales e
históricas, en polémica con los paradigmas narrativos anteriores y la
apología de un pasado sin apertura al porvernir.
En contra de lo que hoy pudiera suponerse, este primer
modernismo explora la articulación de nuevas ‘memorias’ mediante la
inscripción de la crisis social. Como utopía desempeña el papel
político real de originar todo un entramado de decisiones y proyectos
para modificar el futuro. Ese emergente texto cultural aspira a la
creación de una memoria colectiva anti-colonial, que implica
determinadas afirmaciones políticas y que hoy deberían ser analizada
dada la mayor perspectiva que disponemos. En conjunto, el epistémé
modernista se encaminaba a crear una conciencia histórica social
mediante una práctica que servía de soporte para expresar la vida
individual y colectiva en el engranaje de las estructuras anti¬
imperialistas y el desarrollo del capitalismo del primer tercio del siglo
XX. Son enunciados de fuerzas productivas que evolucionaron
simultáneamente con el desarrollo de objetivos similares en la
producción del conocimiento. La ‘precondición subjetiva de oposición’
finisecular implica determinadas afirmaciones políticas que se conciben
a la vez como experiencia colectiva y utopía del futuro.
Estas fuerzas productivas se fueron modificadas con las nuevas
generaciones, pero en el momento de su concreción histórica, en el
acontecimiento vivo de su formación, si bien no obedecía a un

13 Equiparo “subterráneo político” al “inconsciente político”; el concepto del


Círculo de Bajtin surgió en medio de una polémica con el freudianismo y designa una
conciencia ‘social’. Es evidente que Jameson adapta esta concepción y la usa para
designar la zona y la escena del “acto simbólico” de la producción literaria.
127

acuerdo previo, su desarrollo simultáneo revela que estas relaciones


dialógicas representan un fenómeno mucho más extenso que las
relaciones personales entre los escritores. El acontecimiento vivo de
1898 permitió captar las relaciones mutuas bajo un mismo ángulo, y se
coincidió en proyectar una poética de la negación cuyo objetivo fue
dramatizarle al individuo y a la colectividad la discordancia lógica de
un destino colonial anglo-americano. Se interpela a la comunidad
representándole de manera polémica las ideas normativas y hegemó-
nicas de progreso, los valores morales y éticos diferentes, y las
prácticas políticas y culturales norteamericanos como extrañas y ajenas
a los objetivos y al futuro abierto de su propio destino histórico.
En Darío, la doble interrogación del cuello de cisne sobre el
futuro incierto se transforma en concreto hecho psíquico: “¿Y tantos
millones de hombres hablaremos inglés?”. La pregunta del cisne es
una interrogación a responder en el futuro. En su tarea negativa, el
enunciado orienta el espacio de lo imaginario hacia la ‘victoria
simbólica’ sobre los norteamericanos, sus valores y su sistema de
representaciones. Se subraya la alternancia y el mutuo extrañamiento
de ambos sistemas de vida y pensamiento14.. Es a manera de un
destronamiento simbólico. En su tarea afirmativa, declara la libertad
de la conciencia cultural para establecer otras relaciones, de llevar a
cabo otros proyectos y otros destinos, generando el potencial de un
‘imaginario revolucionario’. La concepción artística de este modernis¬
mo es la estructura abierta del gran diálogo histórico. La percepción
del modernismo permite ampliar el escenario de los nuevos sujetos
históricos y su identidad latinoamericana; es a la vez el proceso y el
momento histórico en el cual el proyecto se establece, y es
precisamente esta polifonía de voces lo que permanece como trabajo
colectivo.
Esta proyección de lo imaginario social, como réplica a un
acontecimiento vivo, que revela la relatividad del poder y de la
situación jerárquica, inaugura una nueva liberación de lo simbólico. A
través de un discurso dialógico que niega y a afirma simultáneamente,
anticipa las formas modernas de polemizar. El signo del cisne
modernista de 1898 es el Sí y el No de la palabra dialógica. En
Hispanoamérica, las representaciones del discurso moderno se
fundamentaron en la problemática e inestable realidad de lo nacional
y en la inconclusión de la libertad en cada país. En tanto que poética
de negación, rechazaba la dependencia y la asimilación social
(colonial), y afirmaba una estructura abierta y dinámica proyectando

14 Adapto el término “asesinato simbólico’’ de Baudrillard.


128

‘fantasías ideológicas’ de liberación. El discurso poético modernista


dramatiza los polos de cambio y de crisis, la ambivalencia de lo
pensado como destino ineludible y como verdad única.

Traducido y editado por M.-Pierrette Malcuzynski,


en colaboración con Danuta Kurzyca y Zofia Marzec.
Myriam DÍAZ-DIOCARETZ
(Universidad de Amsterdam)

EL SOCIOTEXTO:
EL ENTIMEMA Y LA MATRIHERENCIA
EN LOS TEXTOS DE MUJERES1

1. El sociotexto.

El sociotexto se inscribe a partir de lo que antes he llamado el "texto


social” (Díaz-Diocaretz 1986). No introduje el término como una
estructura estática, sino como un conjunto de funciones variables para
dar cuenta de algunos factores comunes en textos poéticos de diferentes
períodos, cada uno de ellos dentro de su propio contexto histórico. Mi
propósito es situar y analizar los contructos ‘voz’ de la mujer y
conciencia estratégica, en el marco de una textualización de la mujer en
el cual también están en interacción los sociolectos patriarcales, además
del sociolecto de la escritora misma.
Al examinar cuidadosamente la visión del mundo de la mujer en
contra-distinción con la visión patriarcal del mundo, la noción de
estrategia en el programa artístico de la poeta se entiende esencial¬
mente como un factor dinámico. [...] Una poética del texto social invita-
a un análisis más amplio o un análisis, en el que, junto con el nivel
temático, deben tomarse en cuenta varias tensiones y relaciones de
diferencias internas en los textos escritos por mujeres. O sea, un análisis
que comprenda la inclusión de continuidades y discontinuidades
sistemáticas en un texto dado en relación con otras prácticas
discursivas. Así concebido, el “texto social” permite percibir las
instancias de representación y las prácticas metatextuales de la escritura,
enlazando el discurso poético con el mundo extra-textual a través de la

1 Este ensayo es una versión abreviada, revisada por la autora, de “Sieving the
Matriheritage of the Sociotext”, publicado en The Difference Within. Feminism and
Critical Studies, ed. por Elizabeth Meese y Alice Parker (Amsterdam/Philadelphia,
1989):115-147. Los corchetes indican los cortes.
130

voz de la mujer. Este enlace es válido sólo en la medida en que el


sistema comunicativo de un poema se considera en el complejo de
relaciones intratextuales y extratextuales. Consciente de la necesidad de
elucidar otros puntos importantes y de complementar aquellas previas
sugerencias, me referiré al sociotexto limitándome ahora a las
correlaciones generales que no pertenecen al campo de la representa¬
ción sino a aquella que tienen implicaciones textuales en la composición
artística. [...]
El marco general dinámico del sociotexto que propongo incluye una
comprensión de lo ‘probable’ en los textos escritos por las mujeres, una
comprensión de la práctica significante específica que funciona como
discurso en el mundo social. En la intersección de lo extratextual con lo
textual, existe un locus crucial de encuentro entre el yo, el ser social, el
sujeto-que-escribe y el sujeto de lo enunciado. Todos ellos están
condicionados por los mecanismos de la producción discursiva y al
mismo tiempo los modifican. La evaluación social, las normas implícitas
y las coacciones formales interactúan a través del “fenómeno cambiante
del lenguaje” en el horizonte de recepción, tanto en el acontecimiento
de la creación artística como en el de la matriz histórica2. El sociotexto
remite a las múltiples dimensiones de un discurso dado mediante el cual
se rechazan o se aceptan las jerarquías externas, al mismo tiempo que
propone un orden dinámico nuevo partiendo de actitudes contextualiza-
das en el interior que critican aquellas jerarquías.
Para considerar el sociotexto es de igual importancia valorar la
correlación estética entre la noción de la mujer-usuaria del lenguaje y la
de productora del texto, que participa en el desarrollo de la
socioestática y de la sociodinámica dentro el discurso, a la vez que las
transforma. Aunque las convenciones literarias y las normas poéticas
por definición están sujetas a cambios continuos, en el acontecimiento
de la creación artística y especialmente en el caso de la escritora, estas
convenciones y normas aparecen como pre-fijadas, pre-formadas, ya
establecidas, y por lo tanto, estáticas, debido a que ya forman parte de
las fuerzas sociales que luchan para preservar el equilibrio dominante
pre-existente en una sociedad dada. En respuesta a ese fenómeno y en
su función del sujeto-que-escribe, la escritora busca relaciones
contextúales de oposición, estrategias de resistencia y otros elementos
que, mediante innovaciones, desestabilizarán el stasis. De ese modo se
libera una dinámica que actúa contra las prácticas discursivas ya
existentes. Las correlaciones sociotextuales revelan el proyecto estético

2 Véase Jan Mukarovsky, The World and the Verbal Art: Selected Essays (New
Haven/London, 1977).
131

del sujeto y sus vínculos textuales dentro o fuera de una sociedad o una
comunidad dada.
Paralelamente al sincronismo inherente al sociotexto, es posible la
construcción ideológica del sujeto de modo diacrónico. Dadas todas las
variables que entran en juego en el sociotexto, el mundo representado y
el mundo empírico se encuentran como dos correlativos sin fusionarse
el uno con el otro. El sociotexto que sugiero no remite a una instancia
que deriva de la sociocrítica (aunque ambos coinciden en puntos
cruciales), ni de la sociología, de la sociolinguística o de la psicología
social.
El análisis sociotextual que propongo nos invita a integrar no
solamente los aspectos aprehendidos e interpretados en los textos
poéticos y los discursos particulares, sino que también le abre el camino
al discurso crítico para evaluar con mayor amplitud cada discurso
específico en cuestión. Las prácticas discursivas poéticas y críticas se
sitúan entonces en interacción en tanto que productos ideológicos;
tanto el texto analizado como el texto analizador sitúan el sujeto-que-
escribe en interrelación con el sujeto que analiza. Ambos constituyen
dos signos distintos; la primera y más implícita relación de las
practicadas en la semiótica, es la del sujeto como unidad social sobre
todo ideológica. Este aspecto es también importante en la crítica del
discurso poético, sobre todo en la poética de la lírica3.
Las dimensiones sociotextuales entretejen un espacio discursivo
estratégico en el que algunos conceptos claves deben contextualizarse
según la posición crítica del sujeto y la supuesta diferencia del discurso.
Además, estas dimensiones agrupan correlaciones producidas por la
posición de un texto dado en relación con otros textos4, con el discurso
y con los textos culturales en el mundo social. Esto es particularmente
importante si nos damos cuenta de que, en el acontecimiento de la
creación artística, el sujeto-que-escribe construye una concepción del
mundo en el texto. El texto a su vez trasmite esta propuesta de visión de
mundo, y en la práctica de la lectura, la concepción del mundo propia

3 Entre los pocos estudios que exploran el problema de la ideología en el discurso


lírico, es particularmente valioso el libro de Easthope (1983).
4 Aquí es evidente la importancia de la intertextualidad (cf. Julia Kristeva). Pero, en
uno de sus numerosas desviaciones del Círculo bajtiniano, la noción del proceso
significante de Kristeva está articulada como el funcionamiento de lo semiótico (“un
significante lingüístico significando un objeto para un yo [ego]”) y de lo simbólico en la
dirección del sistema discursivo psicoanalítico (las énfasis son de Kristeva; véase La
révolution du langagepoétique [París, 1974]:67). En mi enfoque, tomo esas nociones en sus
relaciones con el mundo social; así, el enlace entre un texto y otro llega a estar situado en
el contexto interdiscursivo de la función ideológica dentro de la palabra misma.
132

del intérprete activa aún otra visión. Así pues, formando parte de un
proceso, la escritura, el texto y la práctica de lectura se interrelacionan
de maneras dinámicamente diferentes5. En la creación artística, la
noción de ‘textos escritos por mujeres’ es en sí un condensador de
diferenciaciones internas, marcadas no sólo por el género sexual, sino
por otras yuxtaposiciones.
Es importante recordar que, según Bajtin/Voloshinov, si con¬
sideramos el discurso en un sentido más amplio como un fenómeno
de intercambio cultural, este cesa de ser algo auto-suficiente y no
puede ser comprendido independientemente de la situación social que
lo generó. Esta situación social es lo extratextual que el sociotexto
incorpora como lo no-enunciado sin negarle la importancia al
contenido de la obra. Este contenido está situado dentro de un marco
más amplio de evaluaciones subyacentes, proporcionando una función
marcada ideológicamente. Queda implícito que el aspecto temático es
un elemento entre muchos otros; está determinado por interrelaciones
dominantes diferentes que actúan desde dentro y desde fuera del
texto. [...]

* * *

Me estoy dando cada vez más perfectamente cuenta de que lo que yo llamo
mi texto, mi escritura, mi voz es unívoca y multivocal, y a veces ni siquiera es
voz, sin embargo, sé que estoy ahí. Pero aún en los momentos cuando, de lo
más personal, de lo más profundo de las imágenes, pensamientos, sentimientos
e ideas, atesoro frase tras frase, palabra tras palabra, para engendrar un
mundo por el que lucho para reivindicar lo mío, percibo, aquí y allá, las
palabras de un extranjero, las que también debo entresacar y emplear, si es que
quiero hablar.
-“después”, ¿“desde dónde”? -

Escribir: conocer lo extranjero de mi interior, lo familiarmente desconocido, el


fantasma de contradicciones -

Hablo a través de tí pero no puedo hablar contigo...

Escribir: para cambiar el curso del exilio, desde el silencio hasta la palabra
(suya), de lo nombrado hasta nombrar con los únicos instrumentos que
tenemos, lengua, lengua divisora -
¿“nosotros”? ¿“tenemos”?...

5 Consúltese Josué V. Harari, ed., Textual Strategies: Perspectives irt Post-Structuralist


Criticism (Ithaca, N.Y., 1979); Wolfgang Iser, The Act of Reading: A Theory of Aesthetic
Response (Baltimore, 1978); Susan Suleiman/Inge Crosman, eds., The Reader in the Text:
Essays on Audience and Interpretation (Princeton, N.J., 1980); Jane Tomplcins, ed., Reader-
Response Criticism: From Formalism to Post-Structuralism (Baltimore, 1980).
133

Escribir: para crear espacios y demostrar que he recibido y he percibido algo


de los mundos de fuera y de dentro -
¿para “quién”?

Escribir: ejecutar la recíproca relación de uno entre el yo y el mundo social,


acontecer y estar presente; ¿suceder en el discurso?...

Escribir: trazar la frontera entre el yo y el vacío que el yo rechaza ser.


- entre -

Una mujer, escritura: y el poema de mi juventud me devuelve la mirada,


emerge, super facies, en la oleada de una noche de insomnio, y sigo leyendo su
historia: Y si yo era tuya, ¿por qué no me diste tu voz, tu cuerpo? Y ahora, con la
vista borrosa, floreciendo lentamente en canas y pequeñas arrugas, y cansada
de nuevas formas, recuerdo - y cuando tú leas esto, nada habrá
cambiado - recuerdo la tierra entre el océano oscuro y la aterradora belleza de
las sierras, los pueblos desconectados, los micrófonos cortados, el rumor con
uniforme que asesina a las dos de la madrugada, la mirada de soslayo en la
bufanda, detalles acerca de los cuales ya no escribimos porque, según dicen en
el cuartel general, se ha vuelto cliché, porque, yo digo, todavía ocurre... Tenía
miedo de ti... y el texto, hablando ahora por y desde sí mismo, fluye, me privaste
de ti... ¿hiere tener un cuerpo? Yo no te heriría

En silencio, escribo en la página en blanco:


otros lo harían

Cuando lejos de aquí, lo hiciste, y lo volviste hacer una y otra vez, insiste el texto

En la página, mi segundo pensamiento:


El pasaporte de una mujer en los continentes de los deberes.

Escribir: Una mujer, que escribe: atrapada entre la “libre subjetividad” y el


“ser subyugado”.
Mujer: yo, la paradoja escriptural, una construcción relativa6.

En este nuevo pais, mi promesa: nunca más te silenciaré - dannoe! sozdannoeP

La problematización del ‘yo’ y de la ‘mujer’ en tanto que conceptos,


tienen puntos de convergencia y lugares de separación en la
construcción crítica del discurso feminista y del discurso sobre mujeres,
estén situados estos en la esfera francesa o en la norteamericana, en
planteamientos psicoanalíticos, psiquiátricos, legislativos, literarios, o
lingüísticos. Hablaré desde la perspectiva de las “restricciones
paradigmáticas”, para servirme de la frase de Elizabeth Meese,

6 La “libre subjetividad” y el “ser subyugado” explican el sentido ambiguo del término


“sujeto”. Véase Louis Althusser, Lenin and Philosophy (New York, 1971):182.
' En ruso, “lo dado” (dannoe), “lo creado” (sozdannoe).
134

utilizando como conceptos claves las nociones de ‘lo mismo’


(“sameness”) y del ‘espacio mismo de diferencia’8.
Situado entre el sistema cerrado de silenciación de la mujer en la
mudez cultural producida por el poder del patriarcado y la infinitud de
la posibilidad discursiva, el ‘yo’ textualiza y crea al sujeto-que-escribe en
una semiosis de acontecimientos trans-referenciados. El texto viene a
modificar la esfera discursiva prevaleciente; es una instancia que separa
el yo (con respecto al texto) en la cual este yo adquiere nuevas
relaciones en un campo más amplio de los textos de la cultura. Los dos
principios, el del silencio y el de la infinitud, son horizontes tácitos en el
acontecimiento de la creación artística, cuando el sujeto-que-escribe se
forma según sus propias intenciones, hacia una separación y una fusión
del discurso y dentro del discurso, para dejar de ser únicamente el
discurso del otro. Así se demarca el sujeto-que-escribe, en su existencia
propia, en relación con todas las otras prácticas discursivas9.
No es factible separar virtual y efectivamente el yo de la infinitud del
discurso; sin embargo, esta separación constituye un acto paradójica¬
mente necesario para que el sujeto-que-escribe pueda existir. Los dos
polos que inician la actividad de la práctica signicante son el yo
(inmaterial) y su otro inmediato, el cuerpo (material). En todos los
seres humanos se dan ambos dos polos; el diferencial sexual es
subsiguiente a la primera relación, ya que todo ser socializado recibe lo
masculino y lo femenino para incorporarlo en la designación semiótica

8 Elizabeth A. Meese, Crossing the Double-Cross: The Practice of Feminist Criticism


(Chapel Hill/London, 1986):137. Los constructos “mujer”, “escribir” y “cuerpo” han
existido, por supuesto, en todas las formas de análisis feministas. Véase, por ejemplo,
Nancy F. Chodorow, “Psychoanalytic Perspective”, y Jane Gallop y Carolyn G. Burke,
Eisenstein y Alice Jardine, eds. (Boston, 1980):3-19, 106-121; Jane Gallop The Daughter’s
Seduction: Feminism and Psychoanalysis (Ithaca, N.Y., 1982) y de la misma autora,
“Writing and Sexual Difference Within” en Writing and the Sexual Difference, Elizabeth
Abel, ed. (Chicago, 1982):283-290; Rosalind Jones, “Writing the Body: Toward an
Understanding of ‘l’Ecriture Féminine’”, y Héléne Vivienne Wenzel, “The Text as
Body/Politics: An Appreciation of Monique Wittig’s Writing in Context”, ambos artículos
en Feminist Studies, 7 (1981):247-263, 264-287. Y, más recientemente, Alice Jardine,
Gynesis: Configurations of Woman and Modernity (Ithaca, N.Y., 1985), así como los
artículos de Christine Brooke-Rose, Julia Kristeva, Nancy K. Miller, Susan Suleiman y
Catherine R. Stimpson en un número especial de Poetics Today, 6.1/2 (1985).
9 En Sémiotiké (París, 1969) de J. Kristeva, el lenguaje poético es para el(a) escritor(a)
una infinitud potencial, una serie de posibilidades factibles. Para la problemática del
modelo del lenguaje poético, Kristeva toma las nociones del “espacio” y del “infinito” de
las teorías matemáticas. Lo que yo propongo no se opone a este modelo; sin embargo,
quiero subrayar que las correlaciones que sugiero se acercan más a la ‘infinitud’
entendida como una dimensión de la existencia, cuyo origen se encuentra en la psicofísica,
una ciencia reciente.
135

como un referente en relación al cuerpo (del hombre o de la mujer) y


al constructo del ser social. Un conjunto de ideologías viene a
integrarse en la esfera del ser social y su relación con el mundo social
donde pre-existe el lenguaje (como expresión del otro). Las ideologías
y sus estructuras socioculturales de normas implícitas, códigos
interiorizados, medios de asimilación y de indoctrinación, modos de
resistencia y de evaluación específica, se orientan hacia el ser social y
el sujeto los articula en el acto de escritura. El acontecimiento de la
creación artística es una constelación dinámica en la cual la expresión
interna y la experiencia del yo se transmutan en la forma exterior
manifiesta del enunciado. Así pues, en el mundo representado, los
dramatis personae, los personajes y los personae líricos no son
independientes del mencionado conjunto entre el yo y el sujeto-que-
escribe. Son además representaciones del otro, pero dialogizadas y
sujetas a las dimensiones textuales del sujeto-que-escribe, que reciben
y ofrecen al mismo tiempo una evaluación discursiva. En el proceso
aparecen muchas variantes ya inscritas en el sujeto-que-escribe que
conciernen a otras relaciones complejas entre el yo, el ser social, y la
experiencia como parte del mundo interior y su articulación en una
forma del mundo externo (en un lenguaje dado). Postulo - siguiendo a
Voloshinov - una orientación social: la transición de la experiencia,
como expresión interna hacia el enunciado externo, es la primera etapa
en la creación ideológica y literaria. La orientación social ya
establecida, o a cuya posibilidad se alude en la experiencia se fija en
esta etapa10. No hay duda que esa transición es totalmente dinámica.
Ni la ideología ni la forma en el acontecimiento de la creación
artística son medios dados, sino que se disponen en relación directa
con el sujeto-que-escribe* 11.
Al explorar las fuerzas conscientes e inconscientes del yo a través de
las palabras, el sujeto-que-escribe introduce conexiones y confines que
le sitúan al nivel paradigmático y sintáctico, tanto como producto de la
historia cuanto material para subsiguientes prácticas significantes.
Cuando la construcción de ‘mujer’ penetra en el campo estético del
discurso poético, también llega a ser una concretización de un ser social
específico que no es una entidad normativa ni una noción trascendente.
Como representación puede aparecer bajo la forma de una identidad
concreta que logra coherencia en su individualidad, en su unidad de
relaciones.

10 Consúltese V.N. Voloshinov, “Literary Stylistics” en Shukman (ed.) 1983:110.


11 Véase P.N. Medvedev, “The Immediate Tasks Facing Literary - Historical Science”
en Shukmann (ed.) 1983:51-65.
136

El sujeto-que-escribe es producto de la inscripción de las ideaciones


del yo que aportan al mundo representado aquello que constituye una
parte de la esfera de la realidad material y de las fuerzas materiales
(incluyendo la experiencia y las ideas cotidianas). A esas últimas se les
asigna un valor nuevo que emana del depósito de sistemas abstractos y
virtuales de prácticas significantes en las cuales el sujeto no existía
previamente, o bien existía como el otro. Para poder situar el sujeto-
que-escribe en el contexto del discurso social, invertiré el foco
convencional de la mujer como otro12 para proponer el de LA MUJER Y
EL OTRO. Las dos correlaciones más importantes en el paradigma que
sugiero serán:

AQUEL(LA) QUE NO ES YO = = = EL SER SOCIAL


(celui/celle qui n’est pas moi)

EL OTRO:
AQUELLO QUE NO ES YO = = = EL MUNDO SOCIAL
(ce qui n’est moi)

Como resultado de esta inversión, la socialidad del otro, correlacio¬


nada con el sujeto-que-escribe, surge más como una inscripción discur¬
siva posicional que como una presencia estática, más como instancias de
procesos identificadores que una identificación como tal13.[...]
Al señalar estas distinciones que requerirían muchos desarrollos,
quisiera aclarar algunos aspectos del paradigma que propongo. La
percepción y la conciencia del otro en forma del texto y del discurso
‘ajeno’14, la voluntad de inscribirlo y comunicarlo, así como de

13 Por ejemplo, la mujer como el otro del hombre en el Otro existencialista de Simone
de Beauvoir, el otro y el Otro psicoanalíticos de Lacan, la lógica del mismo en Irigaray.
Véase Josette Feral, “The Powers of Difference”, Christiane Makward, “To Be or Not To
Be... A Feminist Speaker”, así como Carol Gilligan, “In a Different Voice: Women’s
Conceptions of Self and Morality”, los tres en The Future of Difference, op. cit.: 88-94,
95-105, 274-317. Carol Gilligan ha investigado el conflicto entre el ‘yo’ y el ‘otro’ en tanto
que problema moral central para la mujer en una experiencia concreta, proponiendo, por
ejemplo, que la decisión de abortar emana del ‘yo’. Toril Moi ofrece una discusión
interesante en su Sexual/Textual Politics (London/New York, 1985); en traducción al
español, Cátedra, 1989.
13 En la manera en la que están representadas en ese diagrama, las dos
configuraciones del otro son signos de la no-persona situada fuera del sujeto-que-escribe.
Cf. Ce/celui, “aquello que”, “aquél que”, en tanto que tercera persona remite a un signo
de ausencia, una no-persona, “situada fuera del discursorf. Barthes 1972:139 y Emile
Benveniste, Problémes de ¡inguistique générale (París, 1966):252; trad. al español, México,
Siglo XXI, 1978, 2 vols.
14 El texto ‘ajeno’ como factor intertextual dentro del marco de lo dialógico tiene una
función importante en el discurso feminista contemporáneo (see my The Transforming
137

incorporarlo en el significante, constituyen una respuesta ideológica a


las manifestaciones culturales que existen fuera del yo y que se captan
ya organizadas socialmente. Es decir, las prácticas dominantes ya le han
atribuido una lógica de organización. Desde esta perspectiva, el
acontecimiento del acto de escritura en la creación artística es una
actividad de producción de signos en la cual el YO y EL OTRO entran
en relación dialogizada, donde el yo y el texto ‘ajeno’ se confrontan y en
consecuencia se re-agrupan los valores. Las transformaciones de la
expresión interior en el otro como discurso ‘ajeno’ re-establecen nuevas
correlaciones a la problemática del silenciamiento cultural.
Las dos dimensiones, la del ‘yo’ y la del ‘ser social’, le instauran al
discurso estructuras comunicativas en y a través de una variedad de
sujetos en cada enunciado, que sólo pueden representarse en lo que
parecen ser ‘proyecciones’ o ideaciones de sus fuentes15. El sujeto-que-
habla no es únicamente agente activo o pasivo sino una socialidad
deíctica, una fuerza sociodinámica (no un centro) que orienta las
correlaciones entre el yo y el otro, entre el sujeto-que-escribe y el
sujeto-que-habla. El otro - como alienus - se articula en el discurso y se
transforma de texto del mundo social a un componente del sujeto-que-
escribe. La voz ‘ajena’ puede tomar su posición como (otro) sujeto-que-
habla; en cuanto enunciado, puede integrarse en el mundo textual como
representación, o puede denotarse textualmente como lo ‘no-
enunciado’. Por consiguiente, la especificidad histórica del sujeto-que-
escribe y su correlación con los sujetos-locutores intratextuales, no son
ni pueden ser estructuras fijas, ni tampoco son funciones sociotextuales
que activan textos. Ambas cambian en una constante interacción y
movimientos de intersecciones y ajustes que se van re-formando en la
organización estética y en la producción textual.
Estas observaciones revelan la necesidad de introducir en el
contexto la noción de mujer como ser social. Sugiero así una distinción
entre mujer-autora (una condición estática) y mujer sujeto-que-escribe
(“scripteuse”) siempre diferente y ya no un ser empírico, que sin
embargo no está totalmente desvinculado del mundo social. Del mismo
modo, el ser social no es enteramente independiente de la representa¬
ción estructurada del mundo. La autora funciona en el mundo social,

Power of Language: The Poetry of Adrienne Rich [Utrecht, 1984], Translating Poelic
Discourse: Questions on Feminist Strategies in Adrienne Rich [Amsterdam, 1985], and
“Poeticizing the Difference”). En una perspectiva diferente, Dennis Barón presenta la
noción de “idioma ajeno” (“alien tongue”) como equivalente del idioma de mujeres en el
desarrollo de las formas relacionadas con los genéros gramaticales en inglés (véase su
Grammar and Gender [New Haven, 1986]).
15 Benveniste, 133.
138

mientras que la scripteuse pertenece a la esfera de la práctica


significante.
He procurado, si bien sumariamente, demostrar que las reflexiones
acerca del acto de escribir y la naturaleza ideológica del sujeto
evidentemente plantean consideraciones sobre la autora, pero en el
terreno apropiado. Es decir, en la actividad de producción que
pertenece a una específica categoría determinada por estructuras
socioeconómicas. Sean las mujeres, intelectuales, críticas o autoras,
también funcionan conforme a determinadas ideologías, de acuerdo
con el status social, y, por lo tanto, de acuerdo con los factores de
clase dentro de los grupos sociales. Sin embargo, aún en el marco de
los cambios sociales y políticos más radicales, las estructuras
patriarcales perduran como una continuidad ininterrumpida en la
práctica discursiva. El factor que llamaré matriherencia reclama una
crítica que ponga al descubierto este dominio histórico de inte¬
rrupción del discurso social. De igual importancia es el depósito
histórico adquirido mediante indicadores de Indole cultural, geográ¬
fica, económica, histórica, genérica y racial, así como otras condiciones
que constituyen al ser social e informan el mundo de la experiencia.
Ese doble campo - la estructura socioeconómica y el depósito - es un
contexto externo al texto que explica el porqué una perspectiva
feminista no puede soslayar las nociones patriarcales. Una visión
crítica feminista trabaja/analiza precisamente con el espacio de
yuxtaposición donde el sujeto-que-escribe - al articular el yo y el
otro-y cada forma social e instancia de representación saturada de
nociones patriarcales, se fundamenta en el discurso como fuerzas
rivales. Por un lado, tanto la memoria innata como la adquirida (esta
última herencia de imposición del patriarcado) y, por el otro, la
relación entre el cuerpo y el ser social, son dos conjuntos de oposición
e importantes fuerzas sociales dinámicas que obran en el interior de la
producción textual. En cuanto ser sociocultural, la mujer puede
comprenderse desde las fronteras y el terreno mismo de las
contradicciones, donde la asimilación, la indoctrinación y especial¬
mente los modos de interiorización son los mecanismos que producen
las relaciones, divisiones y rupturas que ocurren entre el yo, el ser
social y el mundo social.
Esta dinámica que he descrito provoca en la articulación del sujeto
una voz múltiple (nunca una o univoca!, sino contradiciente y
contradictoria) y cambiante, transformando las voces anteriores así
como las ulteriores en la práctica de lectura. Desde esta perspectiva,
escribir es sobre todo la conciencia de la voluntad de cesar de
permanecer silenciada, de ser muda, de ser sólo lo otro en el discurso:
139

es un acto de cambiar las prácticas discursivas de l’autrui16. En las


relaciones entre el yo y el sujeto-que-escribe con la intersección
histórica del mundo social y la dinámica textual en el entrecruce de
multiplicidad y cambio, el texto 'ajeno’ (en tanto que estructuras
discursivas del otro) puede percibirse y re-estructurarse al sacar a un
primer plano sus proposiciones patriarcales. La estrategia discursiva de
desplazar lo patriarcal y otras formas textuales como lo otro, y la forma
de apropriación, revela en el discurso los múltiples matices de
diferencia genérica: los feministas, los no-feministas, los orientados
hacia la mujer, o los masculinistas (y machistas). [...]
Elegir un sujeto hablante femenino implica a la vez la incorporación
de un ser social especificado genéricamente como representación (el
sujeto-que-escribe puede ser mujer u hombre), que se debe distinguir
del ser social y del yo que han concibido tal construcción. El cuerpo em¬
pírico físico de mujer y el cuerpo físico como símbolo están estrecha¬
mente vinculados mediante un referente que enlaza y separa el mundo
de la realidad natural de la realidad social. En este sentido creo que la
noción de la escritura feminina, al igual que la noción del cuerpo de
mujer en sus múltiples representaciones es un sujeto constituido como
signo y producto ideológico. Así pues, los textos escritos por mujeres
reflejan una realidad concebida desde una específica conciencia es¬
tratégica, refractando otra realidad social ‘tamizada’ por la palabra. [...]
Tomemos, por ejemplo, la definición siguiente: “el discurso no es
otra cosa que la lengua en tanto el hombre que la emplea” (subrayo).
A. Greimas cita a Benveniste para situar el sujeto en el sistema del
discurso17. [...] La simple substitución de la palabra ‘hombre’ por
‘mujer’ - “el discurso no es sino la lengua asumida por la mujer que
habla” - , significa algo más que un mero cambio del género: revela una
dimensión sociocultural. La mujer que habla, la mujer que escribe; en esa
actualización del sujeto hablante femenino aparece un horizonte doble:
‘el mundo’ en general, y el mundo del patriarcado. La palabra de la
mujer habla desde esa dualidad. [...]

* * *

2. El entimema.

Los enunciados en la vida real y en el texto poético constan de dos


aspectos: aquello que se realiza verbalmente y su situación no-verbal,

16 ¡q del T: En francés en el texto original.


17 Algirdas Julien Greimas, Sémiotique et Sciences sociales (París, 1976):10.
140

y lo implícito (“podrazumevaemoe”). Para explicar esa inserción


recíproca en el discurso, Voloshinov (en Shukman [ed] 1983:5*30)18
sugiere una analogía con el ‘entimema’, un término de la lógica clásica.
El término consiste en un silogismo en el cual una de las premisas no se
manifiesta sino que queda implícita. Este aspecto de lo no-verbal no es
una causa externa, sino que constituye la estructura misma de lo
enunciado. La importancia del entimema consiste en determinar “la
selección misma de las palabras y la forma de la entidad verbal”
(Voloshinov, 13; subrayado en el texto original); cada instancia de
selección del material lingüístico le confiere una evaluación específica y
una orientación extra-textual al acontecimiento artístico. Adopto el
término ‘entimema’ orientándolo en otra dirección con el propósito de
re-examinar y explorar el papel que desempeña la evaluación tácita en el
discurso de las mujeres. El análisis del entimema nos llevará al
descubrimiento de un sistema múltiple de posiciones valorizadoras que
el sujeto-que-escribe acepta tácitamente de la forma poética, ya que este
sistema está estrechamente vinculado con lo que se dice o lo que se
expresa. Creo necesario comenzar por la organización misma del
material artístico para delimitar lo que llamo una estética de herencia
matriheredada. Una “evaluación según la forma” (Voloshinov, 22),
radical o no, presupone la subordinación de todos los elementos en la
estructura misma del texto. [...]
Quiero subrayar que el análisis que propongo del entimema permite
aislar las “suposiciones en común” aceptadas, y, especialmente señalar
el papel que desempeña el depósito de la “evaluación presupuesta en
común” (Voloshinov, 12-15) que forma parte de la voz interna del
sujeto-que-escribe. Es decir, el entimema que sugiero nos permitirá el
estudio de las ideologías en la estructura misma de las formas poéticas.
El entimema es socialmente objetivo, no tiene origen en el individuo;
así la evaluación que proyecta no es una evaluación individual sino una
colectiva. En un sentido general, puede a menudo contener implícita¬
mente la “atmósfera de sentimiento compartido” (Voloshinov), de un
período dado, o de un movimiento artístico, o bien de una colectividad
dada que proviene de una esfera cultural específica - por ejemplo,
‘americana’, ‘negra’, ‘chicana’, ‘caribeña’, ‘aborigen norteamericana’ - , o
bien de un clasema racial específico - negro, blanco, indio -, o de una
nación o un continente específico - Africa, América Latina, Israel,
India - , o de una clase social específica. Cuanto más amplia la gama de
puntos de vista en común y el grupo social, tanto más general

18 V.N. Voloshinov, “Discourse in Poetry and Discourse in Life”; véase la traducción


francesa en Todorov 1981:181-215.
141

y constante será el entimema en los elementos ideológicos del


enunciado. Así pues, sugiero que los textos escritos por mujeres en un
período dado contienen como aceptada, como algo inherente todas las
estructuras de la tradición, la forma del texto corresponde implícita¬
mente a una manifestación de “absoluta confianza en la simpatía de los
oyentes/lectores” de esa tradición específica.
No obstante, el entimema no revela sólo un asentimiento, puede
también tomar la forma de un “descontento compartido”; aquí, emerge
como elemento enigmático otro participante (además del destinatorio
directo). Por ejemplo, si las evaluaciones compartidas por la
colectividad se centran en el patriarcado, la hablante puede desafiar lo
implícito mediante un tono de irritación no expresado; por ej. la poesía
de Sylvia Plath. En otros casos, el entimema determina la formación de
un punto de vista que contiene lo tácito en tanto que un grupo de
evaluaciones acordadas por un colectivo de mujeres. En ambos
extremos, cuando el entimema se orienta, por ejemplo, hacia el
asentimiento con el patriarcado o hacia las mujeres, este núcleo de
ideas recibidas debe considerarse en estrecha interrelación con las otras
variantes que co-participan en el texto. El entimema no es un elemento
ajeno ni fuera de los otros elementos que estructuran un texto.
Volvamos a retomar el esquema que he propuesto, y recordemos
que la relación del sujeto-que-habla con el otro tiene un doble
planteamiento, en “aquel(la) que no es yo = ser social” y “aquello que
no es yo = mundo social”, y que ambos aspectos son externos a la obra.
En la estructura interna del texto artístico, estas correlaciones son
concomitantes a lo que Bajtin denomina de “oyente” y al tópico. ‘El
otro’ toma la forma de un ‘sujeto-que-escucha’ en el enunciado
artístico, para dejar lugar al punto de vista de otro co-participante
implícito. Voloshinov explica que ese co-participante determina, en
todos los actos de nuestra conciencia, no solamente el contenido del
enunciado sino también, y es lo más importante, la elección del
contenido, la elección de aquello de que estamos conscientes, de
aquello que también determina las evaluaciones - que penetran en la
conciencia. [...]
Todo este complejo tiene consecuencias importantes en los textos
escritos por mujeres. Se recordará que una de las funciones importantes
de este “oyente” es que el sujeto-que-escribe puede idearlo y
textualizarlo como un co-participante implícito bajo la forma de aliado
o de adversario. Eso, a su vez, provoca cambios subsiguientes en los
patrones de entonación y en el tono mismo (por ejemplo, la presencia
del humor, de la ironía, de la sátira). La función del “oyente” puede a
su vez insertarse en otra correlación sociotextual que interactúa de la
142

forma siguiente: “todos los fenómenos de la existencia que nos rodean


se funden con nuestras evaluaciones de los mismos”, explica
Voloshinov. Si una evaluación está realmente condicionada por la
existencia misma de una colectividad específica, se acepta dogmática¬
mente como algo sobrentendido, y no susceptible a la discusión. Pero si,
por el contrario, una evaluación básica se expresa y demuestra, ya se ha
vuelto equívoca, se ha separado del sujeto; ha dejado de organizar la
vida y, por tanto, ha perdido su relación con las condiciones de
existencia de esa colectividad.
A partir de aquí, podemos extrapolar algunas observaciones que no
fueron desarrolladas o previstas por el Círculo bajtiniano. Propongo
que en los textos escritos por mujeres, la noción del entimema como lo
‘dado colectivo’ debe entenderse por lo menos en los siguientes tres
sentidos: a) como un colectivo orientado hacia el patriarcado y
dominado por él; b) como un colectivo dominante (que puede incluir al
patriarcado pero que está estructurado y controlado por fuerzas
hegemónicas dentro de un orden sociopolítico y económico); y c) como
un colectivo no-dominante. Estos tres ‘colectivos’ que sugiero son muy
distintos entre sí, pero al mismo tiempo no se excluyen mutuamente en
un texto dado. Me centraré en un ejemplo para demostrar como estas
tres funciones de lo ‘dado colectivo’ operan en los textos.
La inclusión del dialecto, de formas coloquiales y vernaculares en la
poesía afro-americana de fines del siglo XIX indica el movimiento del
entimema desde un colectivo ‘blanco’ y sus suposiciones socialmente
aceptadas, hacia las suposiciones de evaluación de una colectividad, que
hasta entonces había sido excluida del campo de la forma poética. Es
interesante observar, como señala por ejemplo Gloria T. Hull, que
durante aquel período, el verso en dialecto era práctica exclusiva de los
poetas varones19. La explicación plausible que ofrece Hull, al tomar en
cuenta los límites impuestos por la sociedad con respecto a lo femenino,
es que el tono de la poesía en dialecto podría parecerles ‘poco feminino’
(“unladylike”) a las poetas. Me inclino a darle razón a Hull; y añado
que, en efecto, dada la articulación de la conciencia estratégica de la
mujer, el entimema en los escritos por mujeres podría contener los
contextos fundamentales no-enunciados de carácter evaluacional condi¬
cionados por la existencia misma no de una sola colectividad sino por la
existencia misma de al menos dos colectividades, como el Círculo
bajtiniano sugiere para todos los enunciados. Por consiguiente, me atre¬
vería a afirmar que en el caso de las poetas (afro-americanas) que en el

19 Gloria T. Hull, “Afro-American Women Poets: A Bio-Critical Survey” en


Shakespeare’s Sisters, ed. Sandra M. Gilbert y Susan Gubar (Bloomington, 1979):169.
143

siglo XIX se negaron escribir en dialecto, ese mismo hecho constituye


una evaluación tácita del dominio masculino sobre el discurso afro¬
americano de aquel período. Las dos colectividades implícitas en el
entimema serían el patriarcado (en su forma dual determinada por la
raza) y el mundo dominante de la sociedad blanca. [...]
Al señalar este ejemplo, quisiera sobre todo subrayar que el estudio
del entimema en los textos escritos por mujeres, permitirá la posibilidad
de trazar detalladamente los componentes textuales que ayuden a
encontrar dentro de las diferencias en el discurso poético, algunos
paradigmas de la ‘matriherencia’ y se podrá vincular así la evaluación
ideológica con la estructura poética. Pero, quisiera apoyar mi propuesta
llamando la atención a un factor importante para la comprensión del
entimema. Me refiero específicamente a la situación cultural del sujeto-
que-escribe en correlación con la del sujeto-que-habla, en la elección de
un determinado idioma nacional como material lingüístico. Es decir,
sugiero que la relación entre el sujeto-que-escribe y el papel que
desempeña las evaluaciones no-enunciadas que aporta el idioma elegido
forman parte de lo ideológico puesto en circulación por el material
lingüístico mismo y sus usos en un texto particular. Propongamos por
caso la decisión de escribir en una u otra lengua en situaciones de
bilingüismo, el empleo de expresiones en otras lenguas, el empleo de
textos culturales de otros sistemas de signos; serían solo algunos
ejemplos evidentes20. [...] Cada idioma particular ocupa un lugar
específico en la hegemonía de una sociedad dada, porque la mujer como
sujeto-que-escribe adquiere una posición dentro de este contexto y
dentro las fuerzas patriarcales. Todos esos aspectos del ser social
pueden indicar una variedad de ángulos de estructuración en la
organización estética del texto. Es evidente que una correlación con
uno o más idiomas implica relaciones con una o más culturas; el sujeto-
que-escribe toma posición activa mediante evaluaciones no-enun¬
ciadas en el contexto de lo dialógico dentro del discurso y sus

20 N del Ed.: He aquí algunos de los ejemplos mencionados por Myriam Díaz-
Diocaretz: la relación que el sujeto-que-escribe tiene en el discurso afro-americano y la
de los sujetos-que-escriben de las diversas comunidades étnicas en los Estados Unidos,
con respecto al idioma ‘normativo’ inglés; la relación de las chicanas con la cultura
mexicana y con la española además de la cultura norteamericana; el caso de las autoras
puertoriqueñas que deciden escribir en castellano o en inglés, incluyendo el uso ocasional
de expresiones extranjeras (respecto al idioma en el cual el texto está escrito) - por ej. la
función estética de la intercalación de textos en latín, inglés, italiano, francés y griego en
las novelas escritas en castellano por Iris M. Zavala, o las expresiones francesas y latinas
en la poesía en inglés de la poeta norteamericana Adrienne Rich. También cabe
mencionar la intercalación de un poema en francés en un volumen de poesía en castellano
de Myriam Díaz-Diocaretz, IR (Madrid, 1987).
144

transformaciones. Las formas lingüísticas y estéticas que pre-existen un


texto adquieren con nuevas orientaciones, se des-territorializan, se des¬
privilegian, y se las obliga en un grado máximo de expresión a librar
nuevas prácticas significantes21. Determinado por el entimema, la forma
artística le da forma a las polémicas internas. [...]
Quisiera terminar mi propuesta sobre el sociotexto y el entimema
recordando que para analizar lo específico en el discurso poético de la
mujer, el factor genérico, una constante útil, debe ponerse en
correlación con los otros elementos de la estructura interna del texto
artístico. Para poder asignar un espacio de diferenciación a la poética
misma de las mujeres, las nociones de clase, genéro y raza resultan
insuficientes si no se sitúan dentro de un marco más funcional que
permite que los textos escritos por mujeres se contextualicen como
parte de la producción del discurso social como totalidad. Creo que es
necesario reformúlar el elemento de cultura en el marco de lo dialógico
y de la práctica semiótica, desde una perspectiva feminista - y no
únicamente en el sentido de una ‘cultura de mujeres’ -, en el contexto
de los mecanismos de espacios culturales y extra-culturales del mundo
social en general. Esta dialéctica semiótica, nos permitirá comprender la
variedad de los mecanismos y las fuerzas del discurso social que cada
una de nosotras evalúa y que a su vez, estos nos evalúa a nosotras. A
partir de esta perspectiva, la dinámica del sociotexto como instrumento
crítico de correlaciones, hace posible integrar más que excluir elementos
que parecen incompatibles. En este sentido, el sociotexto que sugiero es
un factor interdisciplinario que nos lleva a reconocer, dentro de las
diferencias de los textos escritos por mujeres, a los extranjeros que
llevamos dentro.

Traducido y editado por M.-Pierrette Malcuzynski,


en colaboración con Danuta Kurzyca y Zofia Marzec.

21 Tomo el término “des-territoriar" de Gille Deleuze y Félix Guattari, Kafka: Pour


une littérature mineure (París, 1975); en trad. al españo, México, Era, 1975.
Marc ANGENOT
(Universidad McGill, Montreal)

FRONTERA DE LOS ESTUDIOS LITERARIOS;


CIENCIA DE LA LITERATURA, CIENCIA DE LOS
DISCURSOS

Que la noción de literatura, con la extensión y la comprensión que le


acordamos grosso modo, no se desprenda poco a poco de las culturas
europeas sino hacia finales del siglo XVII y luego en el XVIII, y que
hoy esté totalmente disgregada, es una evidencia admitida por todos.
No menos evidente es que el concepto griego de ‘Musas’, que
comprende la historia y la astronomía en un mismo conjunto con
aquello que de manera anacrónica llamaríamos la ‘literatura’, deriva de
una lógica cultural que nos es fundamentalmente extranjera, casi
ininteligible. No es menos cierto que China, Japón y Corea
construyeron unas categorías de discursos sublimes de alta legitimidad
social que no se sobreimponen a las categorías occidentales de las bellas
letras ni a las categorías modernas de literatura y de ficción sino al
precio de forzar y abusar el lenguaje. Igualmente, la categoría de
‘filosofía’ no se aplica a algunas de las tradiciones del Extremo Oriente
sino por analogía discutible y engañadora. Ya nadie sostiene hoy en día
teorías que hagan pensar en las de Shaftsbury o de Kant, según las
cuales existe una facultad específicamente estética en el hombre quien,
educado, forma el gusto, y a la que responden los caractéres
particulares de la obra de arte. Y no pienso que nadie haya intentado
refutar las tesis con las que Tzvetan Todorov inicia Los géneros
discursivos (Les genres du discours)’, es decir, la imposibilidad de
conceder a la ‘literatura’ una definición estructural sostenible, al igual
que es imposible reducir a un axiomática homogénea el conjunto de los
géneros que una comprobación histórica empírica re-agrupa en un
momento dado en el orden de lo ‘literario’.
Todos sabemos que el objeto de los así llamados ‘estudios literarios’
es y seguirá siendo inaprensible. La ‘literariedad’ de los textos del canon
de las bellas letras propio de una sociedad dada no es suficiente para
146

circunscribir un objeto de estudio, ya que todos los teóricos que


retomaron la problemática de la “literatumost” terminaron por
convencerse de lo siguiente:
1) de que había una abundancia de rasgos de literariedad, así como de
la polisemia en enunciados y textos no-literarios, por ejemplo en
eslogans políticos según la famosa discusión de R. Jakobson;
2) de que desde J. Mukarovsky hasta G. Genette y S. Fish, la
‘literariedad’ de un texto se debe esencialmente a una actitud de
recepción, que se puede leer ‘literariamente’ una gacetilla perio¬
dística, que una cierta lectura metamorfoseará esta gacetilla en texto
literario;
3) de que el interés, el placer, el valor que se pueden percibir en un
texto literario no se deben a sus marcas formales de literariedad,
sino a efectos patéticos, a proyecciones psicológicas, a coyunturas
exegéticas inducidas y a manipulaciones cognitivas, a esquemas
gnoseológicos quizás realizados de manera ‘curiosa’, ‘extraña’ y
compleja en los textos llamados literarios, pero que, una vez más, no
les son propios.
Es posible por supuesto formular una definición relativa e histórica
del objeto ‘literatura’: sería en ese caso aquello que en un momento
dado una sociedad hubiera canonizado con ese nombre. Esa
producción, que interesa a algunos sociólogos del ‘campo literario’ no
interesa sin embargo a los teóricos e historiadores literarios; engloba
empíricamente todo lo que se ha publicado como literatura con algunas
marcas de legitimidad (estatuto de los editores, recepción, reseñas),
pero es precisamente de esta masa de lo que los estudios literarios no
quieren preocuparse: de las 500 novelas, los 800 volúmenes de versos,
los 150 relatos de viajes publicados anualmente en el campo literario a
finales del siglo XIX en Francia, por ejemplo.
La ‘borrosidad’ (“le flou"), la indeterminación radical del objeto
resurge, de manera contradictoria, en el campo de aplicación de los
métodos ‘propios’ de los estudios literarios, pues esos métodos no
sabrían serles propios en ningún sentido riguroso. La Retórica de
Aristóteles fue pensada para teorizar formas persuasivas del discurso
que nosotros no consideramos ‘literarias’ (aún sin saber demasiado si el
ensayo, la polémica, el panfleto pertenecen o no a los estudios
literarios, y más cuando no estamos dispuestos a decir que los esquemas
argumentativos y las estrategias persuasivas de la Retórica de
Aristóteles sean realmente útiles a cualquier que estudia los ‘ensayos’
modernos). El Tratado de tropos (Traité des tropes) de Du Marsais por
cierto presenta ejemplos que reconocemos como ‘literarios’, pero los
147

tropos mismos (acerca de los cuales Du Marsais decía que se hacían más
en un día de mercado que en una sesión de la Academia) no tienen nada
de literario. La metáfora, la metonimia, la sinécdoque ya no son para
nosotros ni ‘figuras retóricas’ ni ‘figuras literarias’, sino mecanismos
genéticos fundamentales de toda semiosis. La narratología, uno de los
sectores donde el consenso de los críticos literarios sobre algunas
concepciones fundamentales es el mejor establecido, todavía no tiene
nada metodológicamente específico. Ese concepto nos viene de un
etnógrafo, Vladimir Propp, al trabajar sobre cuentos orales que no son
literarios sino por abuso de lenguaje y anacronismo. Los mejores
estudios narratológicos son, entre otros, los de Greimas y el trabajo de
sus discípulos del grupo de Entrevernes sobre los Evangelios, y los de
Hayden White sobre la narrativa historiográfica. En posesión de un
instrumento suficientemente rico para dar razón de todos los tipos de
formas de relato, los literatos empezaron en seguida a utilizar esa batería
de nociones y de paradigmas, hubo quien aplicándolos a los ‘estudios de
casos’ de Freud o de Stekel, hubo quien a la gacetilla y hubo quien a los
escritos de Plutarco o Carlos Marx. Todos tenían razón: no hay
instrumento por bello que sea que no se oxide al no ser usado.
Ahora se preguntarán: “¿porqué nos estará diciendo todo eso?, lo
sabemos perfectamente bien, lo enseñamos constantemente y lo
confesamos públicamente; no va seguir acumulando todas las pruebas
circunstanciales de la inexistencia de una identidad del hecho literario,
de una homogeneidad interna del corpus, de una específica proble¬
mática cualquiera y de una metodología propia”. Creo efectivamente
que lo sabemos pero añado que la institución universitaria lo sabe
globalmente al modo de “Yo no quiero saberlo”.
No quiero saberlo, o por lo menos yo pretendo sacar conclusiones
con rigor, ¡aún si a pesar de ser acusado de un razonamiento poco
afortunado por las consecuencias, lastimosas para mí y para la
posteridad de mis bases institucionales!
O, al contrario, el lector me concederá lo siguiente: ningún objeto,
ningún criterio discriminatorio, ninguna metodología, pero a fin de
cuentas, me echará en cara un argumento evidente que por su evidencia
misma avala mi argumentación y que dice que hay una clara diferencia
entre un libro de cocina y Kafka, entre un editorial de periódico y Musil
y que por ello la literatura en su “inquiétante étrangeté” existe sin que se
pueda delimitar el concepto. En La letra y la voz (La Lettre et la Voix),
Paul Zumthor demuestra un vez más con fuerza que “no existe una
categoría de ‘literatura’ en sí”, que “la ‘literatura’ no existe (todavía no
existe) sino como parte de un todo cronológicamente singular,
reconocible por diversas marcas (como la existencia de disciplinas
148

parasitarias denominadas ‘crítica’ o ‘historia’ literarias)”. Se le podría


replicar, con un argumento ad hominem, que Zumthor aceptaría de
buen grado: aunque él se ocupa de literatura medieval, consagra 350
páginas a demostrar la imposibilidad de reconocerla al aplicar nuestras
categorías o cualquiera categoría específica. Zumthor asume a fin de
cuentas la tesis con la que se identifica el apogeo del período simbolista:
que el texto literario es “una actividad que posee en sí su propio fin”,
oponiéndose así a toda producción discursiva cuyo “proyecto es
inseparable [...] de un proyecto global de sociedad donde [ella] se
integraría] funcionalmente”; que la ‘novela’ medieval y el ‘gran canto
cortés’ tienen que ver con aquellos “juego, desvío, astucia discursiva” y
que hacen que se pueda hablar de ellos como si fuera de literatura.
Zumthor acepta ambas caras de la moneda: la literatura no es definible,
no tiene contornos fijos ni esencia transhistórica y sin embargo está ahí,
en un estado de discursos sociales muy diferente al nuestro, con los
mismos criterios que han servido a los simbolistas para distinguir entre
la Religión del Arte y los intereses de la ‘algarabía democrática’.
Llegados a este punto, quizás encontraríamos que la paradoja es tal
que podemos vivir con ella, tomar una cómoda postura escéptica y
esperar para ver qué pasa. No evitaríamos con ello el problema.
Todorov y Zumthor no son los únicos en sostener la tesis de que los
estudios literarios no pueden delimitar claramente su objeto de estudio
y de que trabajan con metodologías y conceptos que no tienen ninguna
pertinencia respecto a ese objeto inaprensible. Sin embargo, las
conclusiones que los unos y los otros extraen varían mucho. La paradoja
o la contradicción central es que los estudios llamados literarios, si bien
deben reconocer que no tienen objeto propio, pueden por otra parte
enorgullecerse de tener entre las manos un conjunto inmensamente rico
de problemáticas, de esquemas de análisis, de diligencias exegéticas; un
conjunto que presenta la gran ventaja o la única desventaja, según los
puntos de vista, de casi no servir para evidenciar ese carácter de ‘textos
que poseen en sí mismos sus propios fines’ que, de manera oscura,
debería definir la particularidad del hecho literario.
Desde el formalismo hasta el estructuralismo y finalmente en nuestra
época, a veces llamada ‘post-estructuralista’ - con la readaptación de la
hermeneútica, el desarrollo del análisis de la recepción, del análisis
textual, de la crítica deconstruccionista -, a medida que los estudios
literarios desarrollaban medios de análisis y de crítica más y más
poderosos y exigentes, lejos de los insípidos comentarios intuitivos y de
las glosas empañadas de la antigua crítica, el objeto ‘literatura’ se
disipaba, su evidencia ilusoria se disolvía. Los estudios literarios no se
enriquecieron de paradigmas y de instrumentos nuevos; no renunciaron
149

al subjetivismo brillante y al positivismo forzado sino para descubrir que


junto con ese desarrollo, la autonomía y la especificidad de la bellas
letras eran irrevocablemente cuestionadas y desmontadas.
Ferdinand de Brunetiére y Jules Lemaitre creían en la absoluta
evidencia del hecho literario. Por su parte, Gustave Lanson creía poder
demarcarse de ellos al fundar un método histórico positivista que sin
embargo no por ello partía menos del hecho literario como dato
empírico no problemático. Pero desde el momento en que los
formalistas rusos se pusieron como meta la de fundar una “ciencia de la
literatura”, empezaron a aparecer como problemáticas la especificidad
misma de esa ciencia, la autonomía de la “serie literaria” (Tynianov) en
relación con la topología global del sistema cultural, la adecuación de
métodos desarrollados en relación con su pretendido objeto. Sin duda,
la pretensión resurgente de substituir los estudios sectoriales por una
semiótica general que englobara el conjunto de la cultura objetivizada
en sus artefactos, esa pretensión o esa esperanza nunca se vió realizada,
si por realizada entendemos convertir a un gran número de
investigadores para que adopten un paradigma fundamental y una
especie de programa común de investigación. Desde Mukarovsky hasta
Eco y Greimas, los grandes sistemas semióticos han sido o bien
descuidados, ampliamente ignorados (en el caso con Mukarovsky), o
bien se han convertido en doctrina grupuscular de discípulos fervientes
para los cuales es más bien la complejidad del mundo la que sirve para
justificar la doctrina que el modelo doctrinal para dar razón del mundo.
El eclectismo borroso que tiene función de contrato de bonne
entente en los estudios literarios hace que esas construcciones teóricas
estén ahí, abiertas al lobo como si se tratase de los pabellones
abandonados de una exposición universal después de su clausura, en
media de escombros y puertas batiendo. De modo que los estudios
literarios tienen métodos pero no un objeto, mientras que la semiótica
cultural general que nos parece sin duda gozar de uno, no tiene sino
una abundancia de construcciones sistemáticas que parecen ineptas para
re-agrupar al conjunto de los investigadores o para alimentar sus
investigaciones.
Desde hace más de veinte años se habla en Gran Bretaña de la ‘crisis
de los estudios literarios’ y quizá los ingleses hayan sido los primeros en
plantarle cara y sacar conclusiones lógicas. Crisis del concepto de
literatura, crisis institucional de la enseñanza de las letras en el sistema
escolar: esas dos crisis no pertenecen a la misma serie pero sí son
concomitantes. La ‘cultura del pobre’ planetario que las multinacionales
de la industria cultural establecen podrían haber servido de coartada a
un repliege elitista. Pero muchos ingleses eligieron al contrario
150

abandonar los estudios literarios a favor de los ‘estudios culturales’ y de


una enseñanza no deprovista de voluntarismo militante que pretende
interesarse únicamente por aquello que en la producción escrita obrera,
feminista, tercer-mundista y marginal parecía resistir al dominio
hegemónico de las ideas recebidas y de los intereses que conlleva la
cultura ‘desinteresada’. Sabemos que en su Teoría literaria (Literary
Theory, 1983), Terry Eagleton concluye para refutar la cosa tal cual
denominada ‘literatura’ como objeto privilegiado de estudio: “no debe
ser planteado como un a priori el axioma según el cual lo que se nombra
actualmente ‘literatura’ siempre será en todas partes el centro de
atención más importante. Un dogmatismo como este no tiene razón de
ser en el campo de los estudios culturales”. Precisaba, para que sus
conclusiones no apareciesen como una vana declaración de principios;
“eso significaría que los departamentos de literatura tales como hoy los
conocemos en la enseñanza superior cesarían de existir”.
Confieso compartir las tesis de Terry Eagleton, sin compartir de
ningún modo el ambigüo voluntarismo casi-militante en el cual
desemboca. Sólo las argumento aquí, de manera esencialmente técnica,
mediante tres proposiciones complementarias:
1. Los estudios literarios no tienen objeto estable y delimitado. El
argumento del texto autotélico, no-referencial, retomado por Paul
Zumthor, no se sostiene: todos los análisis que tienen por objeto el
‘trabajo de la forma’ dan por resultado el hacer emerger ese trabajo
como un trabajo sobre el discurso social que, lejos de conducir a la
inaprensibilidad semántica, es un acelerador exegético y un ‘compagina¬
dor’ de las significaciones latentes inscritas en el discurso social; la
pérdida de una función dóxica unidimensional ligada a las palabras y a
las locuciones reconocibles en el texto no constituye de ningún modo
una pérdida de referencia, de función referencial, salvo si da a la
referencialidad una definición positivista estrecha.
Veamos el ejemplo de ‘poetización’ de una gacetilla que da Gérard
Genette por la simple alteración de una disposición tipográfica en verso
libre:

Ayer en la Nacional siete


Un automóvil
Corriendo a cien por hora se estrelló
Contra un plátano
Sus cuatro ocupantes resultaron
Muertos.

Si es cierto que, por separado y decontextualizado, ese breve “flash” de


agencia de prensa toma una dimensión hermeneútica y quasi-metafísica
(uno lee la banalización de lo trágico, dice Jonathan Culler), por otra
151

parte es falso que la transformación (“avatar”) ‘poética’ de la gacetilla


priva el texto de toda referencia y encierre al ‘todo-hecho’ poético en su
propia inmanencia formal. Al contrario, cualquier interpretación del
todo-hecho lo hará aparecer como un trabajo sobre el discurso social
por una distanciación deconstructiva que desfamiliariza un sociolecto
periodístico para hacer hablar a lo absurdo, a lo anónimo, para
acrecentar así la riqueza de la significación e intensificar lo patético, y
no para separar al texto del flujo sociodiscursivo.
2a. proposición ya desarrollada: el mercado de metodologías
llamadas ‘literarias’ es de poca ayuda para disertar sobre la
especificidad, siempre alegada, del hecho literario, en cuanto a que esa
especificidad, históricamente variable, y múltiple, es una función de la
economía global del discurso social y no se entiende en términos
inmanentistas, sino en términos de trabajo interdiscursivo. De manera
complementaria, las metodologías literarias son metodologías sociodis-
cursivas pervertidas por su aplicación a un objeto fetichizado.
Es imposible hoy en día construir una narratología referida
únicamente a las formas literarias del relato, al igual que es imposible
producir una teoría de la metáfora limitándose sus análisis al dominio
de las bellas letras. Para hablar de metáforas, hay que hablar de “argot”,
intercambio oral, catácresis, neologías, jergas científicas y tipología de
los discursos sociales...
3a. tesis que completa las dos primeras; el único objeto que forma
una entidad propia y un campo global de interacción en su relativa
autonomía cultural, es el discurso social en su totalidad, en la
complejidad de su topología y en su división del trabajo. Es en el marco
de un análisis y de una teoría del discurso social donde podrán ser
aislados algunos escritos que a veces pertenecen al campo literario, y
donde el trabajo crítico sobre el intertexto aparecerá como revelador,
interesante, innovador, significativo, por motivos contingentes al orden
global de los discursos, a los efectos de ocultación y de aislamientos que
las anáforas, las discordancias, los paradoxismos inscritos revelan de
manera contradictoria en el texto en cuestión. Es al discurso social, en
la complejidad cacofónica de sus lenguajes, de sus esquemas cognitivos
y de sus migraciones temáticas al que se aplican las metodologías de los
estudios literarios - ‘desprovistos’ de aquello que tienen de fetichichista
y de formalista-, y no es sino en el discurso social donde pueden
reconciliarse, con cierto grado de objetivización y de demostrabilidad,
las tres etapas tradicionales de la descripción, la interpretación y la
evaluación de los textos, las obras, y los géneros y discursos que
coexisten e interfieren en una cultura dada. El texto literario inscribe el
discurso social y lo trabaja.
152

Pero el texto literario sigue siendo una pura entelequia: el trabajo


sobre los discursos sociales no es una tarea transhistórica que se
sobrentiende, es un trabajo siempre problemático cuyas estrategias son
múltiples, apremiantes, y divergentes en una misma sociedad por sus
medios y sus funciones. El discurso social aparece como un dispositivo
problematológico, hecho de engaños, enigmas, dilemas e interrogantes.
Si los textos, literarios o no, se refieren a lo real, esa referencia tiene
lugar en la mediación de los lenguajes y de los discursos que en una
sociedad concreta ‘conocen’ diferencialmente e incluso de manera
antagónica, lo real y de lo cual yo no puedo decir nada anteriormente a
las diversas maneras en las que se da a conocer.
Si mis tesis concuerdan parcialmente con las perspectivas heurísticas
de muchos investigadores llamados literatos - pienso aquí en Raymond
Williams, Edmond Cros, Claude Duchet, Charles Grivel y muchos
otros-, sin embargo yo propondría más radicalmente el orden
heurístico que deriva de ello. Sin una teoría y una práctica analítica del
discurso social, lo cual es mucho más, y una cosa muy distinta a la
intuición que tenemos de ellos, es prácticamente imposible abordar el
Corpus literario de una vez, sin caer en el a priori, en la intuición
incontrolada, en la imputación a los carácteres formales del objeto, de
las funciones interdiscursivas del texto.
Lo que hace falta hoy en día - más allá de las construcciones elitistas
de la historia de las ideas y de las interpretaciones mecanicistas de la
crítica llamada ‘ideológica’ -, y la tarea que yo me propongo, es
contribuir a la elaboración de una teoría y una historia del discurso
social. Por ello mismo se renuncia a los halagos del ‘texto puro’, pues
concibo la tarea del doxógrafo, diríamos, del crítico sociodiscursivo,
como una tarea de carácter fundamentalmente historiográfica y
sociológica.

Traducido por M.-Pierrette Malcuzynski.


M.-Pierrette MALCUZYNSKI
(Universidad de Varsovia)

EL “MONITORING”;
HACIA UNA SEMIÓTICA SOCIAL COMPARADA

Cuando introduje el concepto ‘monitoring’, inicialmente en un


artículo en torno a la sociocrítica y los estudios culturales (Malcuzynski
1989), lo hice con un doble propósito1. Primero, para evitar el problema
de traducción, ya que el vocablo ‘escuchar a’ (o el inglés “lisíening to”)
no reproduce de modo satisfactorio, al menos desde mi punto de vista,
todas las connotaciones del equivalente francés, “l’écoute”, en el
enunciado “escuchar al discurso social”. Segundo, quería divulgar un
término que ampliaría este concepto algo restringido de ‘escuchar’
respecto a la práctica literaria y que permitiría abarcar de un modo más
extenso la polifonía discursiva que circula en una instancia sociocultural
dada. El monitoring interpela una problemática de mediación e
interroga las relaciones entre el sujeto y el objeto haciendo hincapié en
la reinserción del texto (literario o no literario) y su estudio, en una
teoría de la producción cultural. O sea, entre el usuario que, en su
práctica (textual), manipula varios materiales discursivos, no exclusiva¬
mente lingüísticos, y el producto artefacto. Es decir, concierne no sólo a
la circulación sino también a la producción, a la materialización de los
discursos. El punto de partida era, y es, el aporte fundamental del
Círculo Bajtin a la sociocrítica, un nexo que, desde una perspectiva
metodológica, hace muy preciso el monitoring. Dicho en otras palabras,

1 En su discusión acerca de lo imaginario social, Iris M. Zavala emplea este concepto


en términos de un “monitor” pero lo utiliza como sinónimo de una ‘mirada’. Cabe
subrayar que mi concepción del ‘monitoring’, tanto la noción como sus funciones dentro
del campo de la producción literaria y cultural, fue introducida y desarrollada
independientemente y fuera del ámbito de las investigaciones realizadas recientemente en
algunas áreas de la (psico)lingüística, y en las que se utilizan el mismo vocablo para
designar ciertos mecanismos de producción del lenguaje (en algunos trabajos, por
ejemplo, de A. Hagen, W. J. M. Levelt y R. Jackendoff). Veáse también N. Chomsky,
Knowledge of Language: Its Nature, Origin and Use (New York, 1986).
154

el monitoring puede ser un factor que permite captar la preeminencia


de lo interdiscursivo sobre el discurso.
Siempre se puede delimitar lo que un enunciado ‘significa’, pero
considerado aisladamente, sin tener en cuenta el contexto extra-verbal,
extra-textual, el mismo enunciado queda vacío y despojado de sentido.
El enunciado, por consiguiente, “se apoya en su pertenencia real y
material a un mismo trozo de existencia, dando a esta comunidad
material una expresión y un desarrollo ideológicos nuevos”
(Voloshinov, “Le discours dans la vie et dans la poésie”; en Todorov
1981:191). En otro ensayo, “Problemas del texto literario”, Bajtin
problematiza la cuestión con respecto al estudio del artefacto
sociocultural literario en términos de lo dado y lo creado (véase Bajtin
1982). Si cada cosa creada lo es a partir de algo que está dado, no es
jamás un simple reflejo o una mera expresión de lo que pre-existe fuera
de ella, un todo hecho; “lo dado siempre se transfigura en lo creado”.
Bajtin observa que incluso si es más fácil estudiar lo que está dado en el
creado, que estudiar lo creado en sí, el problema es que el objeto se
edifica durante el proceso creador y que el poeta también se crea a sí
mismo, crea su visión del mundo, sus modos de expresión.
Una perspectiva sociocrítica intenta circunscribir en el texto la
inscripción de las interrelaciones entre lo dado y lo creado. Esta
perspectiva, reafirmando todas las diferencias entre las dos concepcio¬
nes, pone a la vez en relación mutua de interdependencia lo dado y lo
creado en la constitución, la materialización del texto. Eso implica la
necesidad de examinar lo que lo dado inscribe en lo creado y la manera
en la cual esta inscripción se efectúa, prestando especial atención a lo
que ocurre con lo dado a través lo creado. Aquí se hace evidente la
distancia diferencial entre la sociocrítica y los enfoques que bipolarizan
la crítica en sus orientaciones sociológicas y formalistas. Es decir, por
un lado, la sociología literaria que descuida lo creado como práctica
textual al buscar a toda costa estructuras corrrespondientes (lo que se
ha llamado convergencias, concepto al cual agregaría, convergencias de
universales), de manera contradictoria o no, entre una ‘obra de arte’ y
un dado todo-hecho. Por otro lado, las modalidades desocializadoras
del neoformalismo que descartan lo dado para subrayar espacios
inter/intra-textuales estructurados, pero donde cualquier factor extra¬
textual está considerado como inadecuado para la interpretación del
texto.
Recordemos la hipótesis de Robin/Angenot: el escritor (el novelista,
en su caso) es alguien que escucha [...] el inmenso rumor fragmentado
que figura, comenta, conjetura, antagoniza el mundo [y] cuyo fino oído
distinguiría mejor en el bullicio de los discursos lo que vale la pena ser
155

transcrito y trabajado”. Más importante quizás, es aquél que “decide


ocupar una posición singular en el proceso de recepción, de
reconfiguración y de re-emisión transformada de ese inmenso rumor del
discurso social”. Es decir, un “socioanalista”. A partir de la línea donde
se borran las divisiones convencionales entre el escritor/novelista y el
socioanalista/crítico, se problematiza el ‘escuchar’. Pues tener el ‘oído
fino’ y poder destacar lo que vale la pena transcribir y trabajar no
significa otra cosa sino precisamente un monitoring de los discursos:
distinguir entre los discursos diferentes y escoger las estrategias
(semióticas) que convienen para tal o cual práctica textual. Salvo que
‘escuchar’ es sólo un aspecto de lo que yo entiendo por ‘monitoring’; se
limita a la facultad de percepción auditiva (para no decir lingüística) de
entendimiento. El problema es que lo literario se produce a partir de la
interpelación de varias prácticas socio-ideológicas cuyos discursos
también circulan y que, entre los mismos, hay unos que no se pueden
‘oír’ porque son gestuales, por ejemplo, o porque sencillamente no se
captan a un primer nivel.
Repitamos que desde una perspectiva sociocrítica, el texto no consta
únicamente de lo que enuncia y la manera en la cual se (lo) enuncia -
lo que Bajtin llama la entonación o lo social -, sino también de
silencios, de no-enunciados y de no-visibles. Es decir, de lo que se ha
elegido para descartar y no textualizar, o lo no-decible o no-
reproducible, pero que forma parte implícita de lo textual en cuestión.
Es lo que Claude Duchet llama “texto”, referiéndose no sólo a lo que es
sino también en términos de ante- y fuera-del-texto. Al presuponer un
problema de función coyuntural con la pregunta ‘¿que posibilidad de
creación tiene la literatura si se apoya en el discurso social?’, la
diferencialidad de la sociocrítica fundamenta entonces el texto literario
en términos de una red de interrelaciones. Es decir, una red de
estrategias discursivas, que constituyen ellas mismas conjuntos de
confluencias de varias prácticas socioculturales; una red que así misma
forma un complejo socio-interdiscursivo2. Así pues, una primera
formulación del monitoring debe distinguir claramente entre los valores
de ‘intercambio’ y de ‘uso’. Se nos sitúa más precisamente en el terreno
del usuario y lo creado donde se articula una semiosis de
interrelaciones; al constituirse un complejo cuyos elementos inter¬
actúan, se produce el sentido. Este complejo de sentidos es lo que yo
entiendo por la estética, es decir, la dimensión valor de un texto. Por

2 Forjo el término a partir del concepto “complejo sociodiscursivo” de Patrick Tort,


modificándolo un poco para subrayar un conjunto dinámico de prácticas discursivas
interrelacionadas (rf. Patrick Tort, La pensée hiérarchique et l évolution, París, 1983).
156

tanto, si el texto es el objeto de la sociocrítica, el sentido que se


produce mediante la práctica textual es el objeto del monitoring; la
función del monitoring es la de identificar y especificar el sentido.
Observemos que el sustantivo castellano ‘monitor’ tiene dos
funciones distintas, al parecer no interrelacionadas, que remiten por
una parte al que amonesta y por otra al que avisa3. El vocablo proviene
del latín “monere” (= advertir) - de ahí el “monitor” en inglés, que
significa igualmente algo que hace recordar o que advierte - ; “monere”
también depende de una raíz “men’Tlmon” (“min”), ligada a la idea de
actividad mental. Prefiero conservar el término inglés de ‘monitor-ing’
para asociarlo a la actividad, o sea, al trabajo, a la tarea de un monitor,
para aproximarnos a la práctica crítica. Más concretamente, ello
significa recuperar las dos funciones de amonestar y avisar para
proyectar la idea del monitoring como la articulación de un complejo de
cognición; este complejo es lo que constituye la coyuntura espistemo-
lógica propia del concepto. Donde también se hace patente el nexo
pensamiento/acción de toda actividad humana, el monitoring activa el
re-conocimiento de las dimensiones sociales e históricas de los
discursos en sus entrecruces espaciales y temporales. Con respecto a la
práctica textual, conjuga lo que pre-existe al artefacto sociocultural con
su proyecto inherente; examina la manera en la cual interactúan el
conocimiento y la experiencia actualizada por la práctica, y proyecta lo
así materializado textualmente en su propia potencialidad discursiva.
Mi punto de partida para definir la toma de posición del monitoring
con respecto a la circulación y a la producción de los discursos es la
concepción bajtiniana de “umbral” (1963 en 1986a). Si para Bajtin, el
artefacto sociocultural (novelesco) es un complejo particular de
relaciones sociohistóricas, el monitoring implica una práctica diferencial
en la medida que actualiza la frontera común donde se encuentran e
interactúan esas variadas interrelaciones. Con el monitoring, pues, la
articulación de ese locus de interacciones permite evitar la doble
contradicción del ‘uno u otro’ y su contrario, el ‘ni/tampoco’ (el famoso
“ni-ni” criticado por Roland Barthes), en la (s)elección de los discursos;
una contradicción que a veces se entiende en términos de una
‘paradoja’ (las no menos famosas nociones de ambivalencia y
ambigüedad). También permite desprender al sujeto del enfoque

3 Antiguamente, un monitor designaba un subalterno en su función de acompañar en


el foro al orador romano, con el encargo de recordarle y presentarle los documentos y
objetos de que debía servirse en su peroración. También designa al esclavo que
acompañaba a su señor en las calles para recordarle los nombres de la personas a quienes
iba encontrando.
157

teórico que sitúa la práctica textual en el espacio-desvío y sus derivados


postestructuralistas, que consideran esa práctica, y el ‘texto' mismo,
como un aplazamiento sino un ‘diferir’ deconstruccionista. Desde esta
perspectiva, el texto no es nunca lo que es, ni jamás dice lo que dice
sino que es su propia (para-)textualidad alegórica, a menudo
psicoanalítica: el texto/sujeto ‘como otro’.
La concepción del umbral no designa una especie de tierra de nadie,
constructo en abstracto; se presenta al contrario como una frontera
donde se negocian unos procesos de integración que (re)territorializan
un complejo colectivo4. En el terreno mismo de la negociación lo
‘neutral’ es un sofisma incongruente; sólo existen tomas de posición y
géneros socializados, en plural. Reafirmemos que el sujeto mismo es el
producto de interacción con otros sujetos socioculturales. En sus notas
para la segunda edición de su libro sobre Dostoyevski y por lo que se
refiere a la constitución del sujeto, Bajtin explica que no se trata de lo
que ocurre ‘adentro’ sino de lo que acontece en la frontera entre la
conciencia de sí mismo y la de otro, en el umbral. Cada experiencia
interna siempre termina por situarse en la frontera, tropieza con un
‘otro’; toda la esencia del ‘yo’ es ‘dialogizada’, se halla en este encuentro
lleno de tensiones. Eso, concluye Bajtin, es el grado más alto de la
socialidad5. De modo que el monitoring articula la frontera como una
intersección constitutiva, un entrecruce vital, no como una división
entre bandos, ni dualismo maniqueista - o sea una problemática de
exclusión -, ni una síntesis metafísica, manipuladora de factores
neutralizantes: actualiza una crítica diferencial que interpela la
‘multivocidad’ y realza lo wterdisciplinario.
Volvamos al concepto de carnavalización, ya que sabemos que el
carnaval es un factor determinante y decisivo en la historia del género
novelesco occidental. Sabemos además que si no es un fenómeno
literario en sí, el carnaval se puede traducir a una imagen artística del
lenguaje literario, transposición que Bajtin llama “carnavalización
literaria”. Desde un punto de vista de técnica literaria, entonces, hay
una historia textualizada, la tematización del discurso carnavalesco. Y
Bajtin subraya claramente que por “literatura camavalizada” entiende
aquella que ha sufrido - directamente, sin intermediarios, o
indirectamente después de una serie de estados transitorios - la
influencia de uno u otro aspecto del folklore carnavalesco (antiguo

4 Invierto la noción de ‘desterritorialización’ de Gilíes Deleuze y Félix Guattari;


Capitalisme et schizophrénie. L’anti-Oedipe, nueva ed. aum. (París, 1975).
5 Véase “Toward a Reworking of the Dostoevsky Book (1961)”, Appendix II, en
Problems of Dostoevsky’s Poetics, trad. de Caryl Emerson (University of Minnesota Press,
1984:283-302; 287.
158

o medieval). Lo que Bajtin llama la “percepción carnavalesca”,


comprendido en el sentido amplio del término, remite a las culturas
populares en los diversos procesos de formación y desarrollo de la
producción literaria occidental. Más específicamente para él, los
procesos de formación del género novelesco, desde sus elementos
constitutivos a fines de la Antigüedad clásica y, en particular, durante la
Edad Media y el Renacimiento.
Aquí, quiero retomar el concepto de monitoring, cuya función crítica
es afín a aquella que antes había cumplido metodológicamente la
percepción carnavalesca respecto al texto literario. El escritor elegía una
toma de posición singular ‘carnavalizante’, frente a su sociedad, y se
proponía materializar su monitoring del mundo, materialización que
Bajtin definiría luego en términos de carnavalización. Pero, es necesario
ser más específico: la carnavalización designa un proceso de producción
sociocultural vigente en las particulares condiciones vividas de una
instancia determinada del desarrollo de la cultura y de la historia.
Desde un punto de vista funcional, el término ‘carnavalización’ implica
un concepto bien preciso y delimitado, que no se puede trasladar a
cualquier estado de sociedad, a cualquier hegemonía, ni es tampoco
aplicable de manera transhistórica a cualquier texto. Todo lo que quiero
sugerir aquí es que en su función de mediación, el monitoring
(sociocrítico) tiene su razón de ser teórica y metodológica, su
fundamento epistémico en lo que Bajtin llamaba “percepción car¬
navalesca” respecto a, y dentro de una coyuntura sociohistórica muy
precisa.
En la vasta relectura de la formación y del desarrollo del género
novelesco occidental, recordemos cómo Bajtin ve en la novela, a partir
del siglo XVII, el surgimiento de ‘nuevos’ elementos narrativos,
‘diferentes’, que empiezan a convivir junto a los elementos ‘carnavales¬
cos’, y que describe en términos específicos de una polifonía literaria.
Como obra máxima, ‘fronteriza’ en la historia del desarrollo de la
cultura literaria occidental, el Quijote articula la crisis textual de este
surgimiento. Aunque todavía domina un prisma diegético carnavalesco,
he sugerido que el Quijote ya no es ‘literatura carnavaleada’
propiamente dicha6 - como lo era la obra del Arcipreste de Hita, El
Libro de Buen Amor, por ejemplo - , pero tampoco se puede decir que es
‘novela polifónica’, si bien ya se articula a partir de elementos

6 Ya están desapareciendo en el Quijote algunos elementos típicamente carnavalescos;


por ejemplo la risa, esta risa “gorda”, “embarazada” diría Bajtin, especialmente en la 2a
parte. Para una discusión más detallada, ver mi Entre-dialogues avec Bakhtin (1991), en
particular los capítulos 3 y 5.
159

polifónicos embrionarios. Por tanto, lo polifónico que Bajtin describe


en la práctica novelesca de Dostoyevski es la cristalización textualizada
de factores narratológicos múltiples. Es decir, la incorporación de
elementos ya residuales (carnavalescos) a otros (polifónicos) emergen¬
tes, todavía en proceso de formación hasta el escritor ruso, hibridez
textual cuyo trabajo desemboca en un género narrativo concreto, la
novela polifónica. El monitoring particular de Dostoyevski ha sido
(re)producir en el texto los diversos contenidos del mundo y no sólo
representar los mismos como diferentes puntos de vista sobre el mundo.
Para Bajtin, el discurso dostoyevskiano anuncia la modernidad, o tal vez
es el pretexto para plantear un potencial moderno/-ista como
heterogeneidad interdiscursiva, y no el pluralismo diseminatorio y
neutralizante del postestructuralismo.
El concepto bajtiniano de lo dialógico es fundamental, ya que
rechaza la deposición sistemática de un discurso por otro; en lugar de
efectos de fusión, de exclusión o de substitución, implica fenómenos
que interactúan entre sí al mismo tiempo que se mantienen íntegros. La
dialogía postula la relación conjugadora del ‘y°’ y del ‘otro’ como
interdiscursividad, no un ‘antropofagismo’, ni la dilución de un discurso
en otro. El ‘yo como otro’ es una concepción ajena al pensamiento de
Bajtin salvo en una situación dialógica particular, el “microdiálogo”, que
describe una situación polifónica de reconciliación (para-neutralizante) y
que no debe ser confundida con la dialogía verdaderamente polifónica7.
Es imprescindible aquí reiterar que también le es ajeno el concepto de
la cesura psicoanalítica, la escisión del yo que implica el “Otro”
lacaniano con mayúscula; para Bajtin, “el otro (interlocutor, discurso)
es siempre ‘el otro de un otro’ (interlocutor, discurso), allí donde se
habría dicho que” ‘no hay otro del Otro’ (inconsciente)”8. Es decir,
heterogeneidad y no alteridad; el sujeto bajtiniano - el ‘yo’ en situación
dialógica - no implica un ‘yo’ que acaso sería también un ‘O/otro’, ni
tampoco una pluralidad de sujetos indiferenciados, sino siempre
‘otro(s) yo(s)’. O, dicho en otras palabras: “No quiero referirme, lector
mío, a mi yo solamente, sino a tu yo, a nuestros yos. Que no es lo
mismo nosotros que yos” (Miguel de Unamuno, Cómo se hace una
novela, 1925-1927).
La tarea sociocrítica consiste pues, en tener explícitamente en
cuenta que la singular posición que el escritor, el artista o crítico, elige
ocupar en la sociedad tiene una función y una orientación ideológicas

7 Véase mi artículo 1990a.


8 Jacqueline Authier-Revuz, “Hétérogénéité montrée et hétérogénéité constitutive”,
DRLAV. Revue de linguistique, 26 (1982): 119.
160

específicas; éstas condicionan la materialización de su monitoring. Por


otra parte, cabe recordar que tanto esa toma de posición como las
características conferidas a los procesos de inscripción textual,
dependen de la coyuntura sociohistórica particular. Desde un punto de
vista crítico, no se trata entonces de buscar y encontrar a toda costa, a
tontas y a locas, unas modalidades ‘carnavalescas’, por ejemplo, y/o
‘polifónicas’ en un texto. Con respecto a lo que un texto produce, el
monitoring no remite exclusivamente un dado ya delimitado. Tampoco
se trata de circunscribir ‘efectos textuales’, abstrayendo lo creado de lo
dado y remitir el análisis a una problemática de productividad textual.
De manera muy distinta, consiste en captar e identificar los procesos
dialógicos inscritos en el texto sociocultural, y que no son ‘dados’ como
tales sino (re-)creados, textualmente producidos. Es decir, no significa
aplicar (a menudo mecánicamente) estructuras ya delimitadas, sino
identificar procesos, factores de producción del texto.
Al explicar la relación dialógica en su “Problemas del texto
literario”, Bajtin introduce lo que llama el “grado cero del diálogo”
donde aparece el punto de vista de un tercero; este último no participa
al diálogo pero lo comprende (véase Bajtin 1982)9. Aquí se articula la
“comprensión concebida como diálogo”, que funciona como una
especie de cuarta dimensión en la dinámica dialógica tripartita de
Bajtin10. Es esa cuarta dimensión la que el monitoring actualiza;

9 Sobre el tercero bajtiniano, consultar Zavala 1989a y su “Epistemic Metaphors of


Time and Space: M. Bakhtin, Karl Manheim and Modernists” en “La genesi del senso”,
Núm. esp., Idee (en prensa). Véase también mi Entre-dialogues avec Bakhtin (el Capítulo
7 y las conclusiones), y mis artículos 1990a y 1990b. Asimismo, obsérvese que Claude
Duchet también ha aludido al tercero bajtiniano pero desplazándolo en términos del dis¬
curso social; es “el discurso que toda sociedad sostiene sobre sí misma, como también la
sociedad de la novela”. Más específicamente para Duchet, se trata de esta tercera persona
a la vez impersonal y colectiva que designa el “OTV” en francés; “el ya-dicho de una
evidencia preexistante a la novela y por ella puesta de manifiesto” (mi trad., cf. Duchet
1976).
10 Según la perspectiva crítica y el enfásis del análisis, se puede comprender esa
dinámica tripartita en varios enfoques. Bajtin/Voloshinov habla del contexto extra-verbal
de todo enunciado, donde para captar el sentido de dicho enunciado, es imprescindible el
tener en cuenta el horizonte espacial común a los locutores, el conocimiento y la
comprensión de la situación (o el “saber en común”) y la evaluación común (en Todorov
1981:189-191). Pueden ser los factores espaciales, temporales y socioculturales del
enunciado - la diatopía, la diacronía y la diastría de Antonio Gómez-Moriana (1985) - , o
el “texto' de Cl. Duchet en términos de los ante- y fuera-del-texto. En otro lugar Duchet
(1980) plantea las preguntas ¿quién?, ¿dónde? y ¿cuándo?, mientras Iris M. Zavala habla
en término de ¿dónde?, ¿quién?, ¿a quién?. También se puede concebir las preguntas
clásicas ¿dónde?, ¿cuándo? y ¿cómo?, esta última siendo importante por referir a la
socialidad de todo enunciado, la entonación bajtiniana.
161

comprender un texto significa aprehenderlo en la intersección del


intercambio dialógico. Es decir, en el entrecruce mismo de la instancia
ideológica con la instancia crítica, semiótica. En esa intersección
encontramos la producción del sentido. En este mismo entrecruce se
evidencian los procesos de la textualización y, por tanto, el ideosema,
no el ideologema11; o sea, el factor que designa todo fenómeno textual
que (re)produce las diversas interacciones entre diferentes discursos
coexistentes en una determinada instancia social dada. La sociocrítica
circunscribe la semantización interdiscursiva de la práctica textual,
donde el monitoring a la vez da cuenta y asume la materialización
de los discursos - diferentes voces en situación dialogizada, diría
Bajtin - , producción que remite a la problemática central de la hetero¬
geneidad interdiscursiva del texto.
Ahora bien, he aludido varias veces al hecho de que no todo
discurso es textual (estructurado textualmente); de ahí la diferencia
propuesta anteriormente (ver mi “Introducción”) entre interdiscursi-
vidad e intertextualidad, en particular la intertextualidad en el sentido
‘semanalítico’ kristeviano. El fenómeno sociocultural que llamamos
‘texto’ tampoco es necesariamente exclusivamente lingüístico. En sus
teorías sobre la estética textual novelesca, discurso específico en sí, el
mismo Bajtin pone en relieve las interrelaciones sociodiscursivas. Se
mueve entre varios discursos de categoría distinta; entre lo textual (aquí
lo literario), lo gestual, sincrético (el carnaval), y un tercero, que
proviene de otra coyuntura artística cognitiva, la escritura de
contrapunto musical (la polifonía). Por tanto, el ‘otro’ no remite
solamente a una problemática del sujeto, de una ‘voz’ literaria, sino
también a otros (tipos/clases de) discursos-, el carnaval y la polifonía no
son fenómenos discursivos literarios en sí. En otras palabras, la práctica
literaria es conjugación e integración (textual) de varios tipos de
discursos socioculturales diferentes, literarios y no-literarios.
La gran lección de Bajtin ha sido mostrar la posibilidad, y la
necesidad de distinguir entre diferentes estrategias de materialización
discursiva en juego en la prática textual. Por heterogeneidad
interdiscursiva entiendo, pues, no solamente la multivocidad sino
también una trans-semioticidad. De ahí la necesidad de plantear una
semiótica radicalmente distinta a la teoría lingüística, una semiótica que
integre las diferentes prácticas socioculturales12. Al fundamentar el
artefacto como práctica fra/isdiscursiva - semiosis del sentido -, se

11 Para una diferencia entre ideosema e ideologema, véase mi “Introducción”.


12 Marc Angenot, por ejemplo, habla de la necesidad de una semiótica “radicalmente
extranjera" a la teoría lingüística, pero se limita a lo que se refiere a la imagen (1985.14).
162

perfilan nuevos horizontes críticos respecto a la estética textual donde


lo ‘inter-disciplinario’ sería la misma evidencia.
Un primer paso hacia esa nueva dinámica crítica sería comprobar la
eficacia13 del análisis sociocrítico (hecho que incluye específicamente la
inscripción del discurso bajtiniano), y desarrollar su potencial operativo
en los estudios culturales. Pero seamos más específicos. El problema es
que, tal como lo entendemos hoy día lo ‘ínter-disciplinario’ refiere a
una suma de disciplinas distintas, fijadas en sí mismo y aisladas en sus
propios campos de actividad en el seno de lo que llamamos estudios
culturales. En estas condiciones, la práctica crítica ‘inter-disciplinaria’
está condenada a circular en función de una red sociodiscursiva donde
dominan todos aquellos tipos de convenciones prescriptivas que remiten
a una problemática de yuxtaposición de estructuras (pre)constituídas
por diversas disciplinas. A priori, el trabajo de lo míer-disciplinario,
aplicado a la estética, se fragmenta y se divide allí donde la concepción
misma de estética sigue siendo un universal, una abstracción
transhistórica; algo no material.
En cambio, la apertura de las modalidades sociocríticas sugeridas
aquí implica un auténtico cambio de estrategia, un cambio que proyecta
las modalidades críticas y el objeto de análisis sobre una problemática
epistemológica que asume el hecho de que toda práctica sociocultural es
intrínsecamente ‘multidisciplinaria’. Toda práctica está a la vez ‘en
situación’ sociohistórica y es sociohistóricamente dinámica en sí misma.
Si la literatura es una práctica social significante entre otras, en la
pragmática de los saberes y de las ciencias que un estado dado de
circulación cultural circunscribe, la práctica textual, literaria u otra, es
multidisciplinaria por definición. Su especificidad estética se fundamenta
en las estrategias de (s)elección, en el monitoring de los discursos.
Con el monitoring, se plantea entonces una problemática cognitiva.
Sobre todo, es preciso pensar, comprender dialógicamente y dialéctica¬
mente (sin confundir la dialogía con la dialéctica) la inter-actuación
conjugada por la práctica textual del nexo ‘dado/creado’. Recordemos
que según Bajtin - al hablar de Dostoyevski y la novela polifónica - , el
pensamiento humano se transforma en idea y que la idea en este
sentido es parecida a la ‘palabra’, al discurso con el cual forma una
unidad dialéctica14. Como el discurso, la idea pide ser oída y entendida
por otras voces, exige réplicas, respuestas dialógicas desde varios

13 Ver mi Entre-dialogues avec Bakhtin para una discusión en torno a ‘eficacia’,


‘iteración’ y ‘repetición’.
14 Subrayamos aquí un problema de traducción, pues el vocable ruso “slovo” es
ambiguo, referiendo tanto a ‘palabra’ como a ‘discurso’.
163

horizontes y diferentes puntos de vista (véase Bajtin 1986a). Es a esta


coyuntura comunicativa que se refiere Iris M. Zavala al proponer una
epistemología de responsabilidad. “Si las palabras no son solamente
‘palabras’ ”, escribe Zavala, “sino que como ideas quieren ser oídas,
entendidas y ‘respondidas’ por otras voces desde otras posiciones,
entonces podemos concluir que [...] una epistemología de respon¬
sabilidad deja abierta la implicación cognitiva de escribir y leer,
sugiriendo una estructura alternativa socializada de la lengua y del
pensamiento”15. Hace falta subrayar que al implicar aquellas otras
voces, “otras posiciones”, una epistemología de la responsabilidad
enfoca una respuesta que no puede limitarse a designar o sugerir una
posible alternativa (siempre aplazada o diferida), sino una que
articule, semantice y ‘concretice’ su potencial, estética y sociohistórica-
mente. La función del monitoring es muy precisa ya que refiere
entonces a una crítica ‘responsable’ que identifica, integra y asume las
“otras posiciones” para legitimarlas, actualizarlas y no sólo aludir a
ellas (o, en el peor de los casos, implicarlas para mejor descartarlas o
substituirlas).
A partir de lo que se ha llamado la “translingüística” (cf.
Todorov), radicalmente diferente de la semiología saussuriana
criticada por el Círculo Bajtin (véase Bajtin/[Volochinov] 1977),
propongo una práctica crítica que articule y ‘concretice’ la sugerencia
de Bajtin en torno a un pensamiento estético polifónico. Démosle el
nombre de pensamiento “transestético”, y remitamos a lo que dice
Bajtin al final de su libro sobre Dostoyevski. Allí considera la novela
polifónica como un paso adelante, no solamente en la evolución de la
prosa novelesca, de los géneros (literarios) que gravitan alrededor de
la novela, sino también en la evolución del pensamiento estético.
Sugiere una polifonía del pensamiento estético que trasciende el marco
del género literario llamado ‘novela’.
Esta proposición permite confirmar que la noción de lo ‘inter¬
disciplinario’, tal como se entiende convencionalmente hoy en día, no
tiene ningún sentido en la coyuntura de una práctica sociocrítica. Al
contrario, para abarcar todo el potencial sociocrítico, deberíamos
propugnar una analogía terminológica y conceptual, y apelar a una
práctica transdisciplinaria que no solamente traspase los límites de tal
o cual género (literario u otro) sino que también cuestione las
modalidades de la concepción que llamamos convencionalmente
‘género’, para fundamentarse en una semiótica social comparada.

15 Mi trad.; Zavala 1990a.


164

No creo sugerir generalizaciones falsas si afirmo que la tradición de


la disciplina que conocemos bajo el nombre de ‘semiótica’, ha sido
incapaz de sobrepasar sus bases teóricas lingüísticas. Desde luego, la
idea de una semiótica que introduzca problemas de comunicación y de
sentido en el modelo saussuriano no es nuevo. Esto constituye un vasto
abanico de trabajos, desde los de Emile Benveniste (quizás el primero
en tener en cuenta las relaciones sociales en torno al papel del sujeto)
hasta la gramática textual de Teun A. van Dijk y las propuestas de Luis
Prieto (este último intenta construir una teoría de los sistemas de co¬
municación a partir de una “semiótica funcional”). Pero, en general, no
pienso simplificar el problema al insistir que el molde lingüístico, sea
éste saussuriano o postestructuralista, sigue siendo el cimento
constitutivo de la semiología, aún en sus orientaciones más recientes
hacia una ‘ciencia general’ que aspira ser interdisciplinaria16.
Así pues, considero la ya mencionada “sociosemiótica” (véase la
“Introducción”) preconizada por Pierre V. Zima como una variante del
mismo problema. En este caso particular, el estudio de la literatura y
del llamado ‘fenómeno literario’ consiste en la fusión de dos disciplinas
‘auxiliares’, la semiología lingüística y la sociología, con el fin de explicar
el sistema significante del texto en función de las teorías de
comunicación y de la estética de la recepción, tales como éstas aparecen
en la filiación de lo propugnado por Th. Adorno, M. Horkheimer y J.
Habermas. Por otra parte, no tengo inconveniente en reiterar que al
volcarse sobre el “semanálisis”, Julia Kristeva (y el antiguo Grupo Tel
Quel) no ha hecho sino seguir el lema lacaniano - “el subconsciente
está estructurado como el lenguaje” -, por lo cual el uso mismo del
lenguaje resulta desocializado a su paso por el prisma psicoanalítico del
sujeto. Además, cabe recordar que “el texto no selecciona sus signos en
el lenguaje sino en el conjunto de las expresiones semióticas
adquiridas/propuestas por sujetos colectivos” (Cros 1986a:95).
La línea divisoria entre lo que quisiera proponer al hablar de una
semiótica social comparada y las muy diversas maneras hoy vigentes de
enfocar semiológicamente el artefacto sociocultural (incluidos los

16 Véase André Helbo (1987) cuya interesante discusión sobre una semiótica del
teatro afirma que el campo semiológico en sí se determina mediante una aproximación
interdisciplinaria al texto. También cabe recordar algunos de los trabajos sobre los
procesos de determinaciones socio-ideológicos en la producción cultural, por ejemplo los
de Pierre Bourdieu (1979) que indican unos esfuerzos para evitar el rechazo generalizado
de recurrir a factores extra-lingüísticos. Y, entre otros estudios más recientes, podríamos
mencionar el libro en semiótica social, aunque muy althusseriano (Hodge/Kress 1988), y
el doble volumen de Poetics Today, 1/2.10 (1989), ed. por Wendy Steiner, sobre arte y
literatura.
165

estudios comparativos inter-artísticos), designa una separación que la


disciplina habría fabricado entre una ciencia de significación como
sistema de signos, a menudo considerados como meros símbolos en
circulación hegemónicamente codificada, y una semiosis de prácticas
significantes que, diferencialmente, producen sentido. O, si se prefiere,
hay un abismo entre una ‘semiología general’ y una práctica semiótica
comprensiva. Consideremos el reproche que hace Marc Angenot a Luis
Prieto de no inscribir claramente sus propuestas dentro de la oposición
clásica comunicación/significación y de haber dejado de lado el estudio
del “hecho de significación”. Pero el conceder que, a fin de cuentas, esa
oposición no sería otra cosa sino un fetiche de las filosofías lingüísticas
(Angenot 1985:55), no significa que por ello las diferencias entre
‘significación’ y ‘sentido’ sean más precisas.
Mi hipótesis es que sólo al situarnos en el plano de una semiosis del
sentido como la “dimensión valor” del artefacto, se puede remediar este
problema de la contradicción inscrita en el eje comunicación/signi¬
ficación, y eso quiere decir, en primer lugar, desprender la semiología
del habitus lingüístico. Introducir aquí el habitus - noción del sociólogo
francés Pierre Bourdieu - tiene un doble propósito, si bien somos
conscientes de que es un arma de dos filos. Pero es aquí donde la
intervención del monitoring se hace crucial.
Ante todo, veamos el concepto en sus características esenciales. El
habitus parece ser un fenómeno sociocultural que activa los procesos de
la memoria colectiva y que remite a la “historia hecha naturaleza y por
eso olvidada como tal”, explica P. Bourdieu. Actúa desde el pasado, del
cual es el producto, para conferir a las prácticas una relativa
independancia con respeto a las determinaciones exteriores del presente
inmediato. El habitus reactiva el sentido objetivado en las instituciones;
es producto del trabajo de inculcación y de apropiación necesario para
que esos productos de la historia colectiva puedan reproducirse bajo la
forma de disposiciones durables y ajustadas. Estas disposiciones son la
condición de su funcionamiento. Por tanto, el habitus

es lo que permite habitar las instituciones, reapropiárselas prácticamente, y


por eso mantenerlas en actividad, en vida, en vigor, arrancarlas de manera
continua al estado de letra muerta, de lengua muerta, hacer vivir el sentido que
ahí está depositado, pero imponiéndolas las revisiones y las transformaciones
que son la contrapartida y la condición de reactivación.

(Mi trad.; Bourdieu 1979:96)

Bourdieu observa también que la noción del habitus le permite


desprenderse de los límites teóricos y metodológicos estructuralistas.
166

Las capacidades inventivas y ‘creativas’ del agente activo, el aspecto


activo del conocimiento práctico, son valorizadas por el habitus; éste
es el principio generador y estructurante de las prácticas y de las
representaciones (1985:12-13, 23-24).
Entonces, primero, el hecho de ser un concepto que metodológica¬
mente ‘viene de fuera’, es decir, un concepto extra-literario y no-
lingüístico, el habitus nos obliga a afrontar el hecho que es imposible
avanzar en las ciencias sociales si persistimos en utilizar las mismas
modalidades que se critican. Así, por ejemplo, el error de los post-
estructuralistas al ‘fabricar’, al inventar una brecha en la “barra de
significación”, desasociando libremente un(os) significante(s) de su(s)
significado(s), sin asumir la denegación del aparato conceptual
saussuriano; una brecha que algunos discursos postmodernistas han
convertido en abismo. En todo caso, aprehender el habitus aquí nos
permite identificar la sombra de la semiología saussuriana, pero
únicamente pseudo-‘reactivada’ a través de un doble prisma lacaniano/-
derridiano.
Por otro lado, el habitus implica poder examinar dialécticamente
las interacciones entre diferentes prácticas sociales. Como explica
Bourdieu, el habitus permite primero identificar los factores que ‘des-
clasan’ (de clase social) ciertos elementos, redistribuyéndolos (re-
jerarquizándolos) dentro de los límites de un mismo campo - digamos la
lingüística, o la literatura17 -, mediante desplazamientos verticales,
ascendientes o descendientes, dentro del sector vertical en el espacio
del mismo campo. Y, segundo, puede haber desplazamientos transver¬
sales que implican el paso de un campo a otro y que pueden ser
realizados o en el mismo plano horizontal o en planos diferentes; en
este caso implica una transformación de la estructura global, una
reconversión. Ahora bien, cualquier práctica sociocultural consiste en
una reconversión en el sentido que instaura nuevas estructuras. La
práctica textual es entonces, por definición, una (re-)estructuración de
discursos. Aplicado al examen de la materialización de los discursos, el
habitus es lo que permite circunscribir la dialéctica de esos
desplazamientos transversales de un campo a otro; es decir, la
reconversión semiótica en un texto dado. Pero es crucial hacer resaltar
aquí la instancia discursiva en su crítica diferencial.
Volvamos al eje comunicación/significación; conviene reformular la
‘oposición interna’ no en términos de una contradicción entre la práctica
comunicativa y el hecho de significación, sino en términos de una

17 Escojo a propósito el ejemplo de la lingüística o de la literatura para designar dos


‘campos’ diferentes, inconfundibles.
167

heterogeneidad social constitutiva18. Es decir, una praxis axiológica que


plantee una ‘discursivización’ de procesos intersemióticos en apariencia
incompatibles, por la cual se realiza una re-conversión en la que todos los
elementos son obligatoriamente redistribuidos en la constitución de un
diferente campo de conocimiento y de experiencia. Queda así implicada,
comprometida una re-orientación comunicativa: es decir, el discurso
produce una diferencialidad. Pues el sentido no es un ente dialéctico sino
el producto de la dialogía; constituye un diferencial socioculturalmente
producida. Se trata de un complejo heterogéneo: A [Y] B, juntos, una
interacción e integración de incompatibilidades (al no poder ser jamás A
un B, tampoco son mutuamente exclusivos ni substituibles), lo que
garantiza que tanto el uno como el otro se mantengan íntegros en su
especificidad particular.
Esta heterogeneidad social constitutiva que el monitoring conjuga
dialógicamente permite la identificación de lo que he llamado en otro
lugar el entre-texto (rf. 1991). Los entre-textos designan unos factores de
la textualidad que coexisten al lado de los demás fenómenos Ínter- e
intra-textuales, al tiempo que enganchan los procesos dialógicos internos
a aquellos fenómenos, remitiendo a una función estratégica interdiscur¬
siva de integración textual. Al hablar, por ejemplo, de la primera novela
del escritor catalán Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta
(1975), he sugerido el término de entre-texto para identificar y definir un
aspecto de su estrategia narrativa. Si el entre-texto en este caso aparece
como una costura textual intrínseca a la diégesis, su función se remite
específicamente a una dialogía interna de integración textual. Con
respeto a la totalidad del enunciado y en su función estratégica, el entre¬
texto se define también como ‘ausencia (textual) presente (en el
discurso)’. El entre-texto y el ideosema cohabitan en el discurso; al nivel
de la textualización, son dependientes uno del otro si bien funcionan
paralelamente. Por tanto, el entre-texto no es sinónimo del entimema
sino que designa el fenómeno discursivo a partir del cual se puede hallar
más concretamente el entimema inherente.
* * *

18 Se hace imprescindible una diferenciación entre polisemia y polifonía. Por tanto, al


definirse una concepción con respecto a la otra, se clarifican sus funciones respectivas: las
polisémicas refieren a una problemática de productividad y a la de alteridad, mientras que
las polifónicas, conversamente, fundamentan unos procesos de producción y se inscriben
dentro del marco de una heterogeneidad. Como ya lo he apuntado, entiendo el concepto de
alteridad en un encuadre psicoanalítico que refiere a la división y la escisión de un yo.
Heterogeneidad, en cambio, define un complejo colectivo de interrelación y de inter¬
actuación social (históricas, culturales, políticas) de varios yos íntegros en situación
dialógica.
168

Quisiera presentar un posible uso de la semiótica social comparada


como una práctica transdisciplinaria. Para ilustrarlo, propongo examinar
la película que Andrew Piddington ha realizado sobre la visita del
músico francés Jean-Michel Jarre a China, Jean-Michel Jarre. The China
Concerts [1981] (1982). Más específicamente y por falta de espacio,
quiero concentrarme en algunos aspectos de la función de la música en
relación con la totalidad textual cinematográfica, lo que los franceses
llaman “texto fílmico”. Subrayemos de entrada que es una película
bastante compleja que trata no sólo de los conciertos de Jarre en China
sino también de la China de Mao, además de la visión que nosotros ios
occidentales (en este caso particular, los norteamericanos) tenemos y
hemos tenido de ese ‘otro’, llamado el ‘oriental’, el chino, por ejemplo a
través del imaginario colectivo que ha creado la industria mitificadora
hollywoodiense19.
Observemos que en la película, la música de Jarre constituye un fondo
sonoro casi permanente que va y viene, atravesando todas las etapas
intermediarias desde el nivel más alejado de la imagen que muestra tal o
cual trozo de la vida en Pekín, o en Shanghai, cual un telón de fondo
apenas audible, hasta constituirse en primer plano en las escenas de la
película que presentan el espectáculo musical propiamente dicho, es decir
los conciertos mismos. De modo que se instala una suerte de
incompatibilidad, al primer nivel, entre la banda musical, occidental, y
todas las secuencias que no presentan los conciertos - con escasas
excepciones -, que constituyen más o menos la mitad de la película.
Mi punto de partida es que la música, como cualquier otra práctica
artística, permanece inintelegible si no se toma en consideración su
función dentro de la producción cultural en una sociedad determinada; es
solamente una cuestión de establecer el sentido de esa funcionalidad y
medir su grado. Al mismo tiempo que distinguimos entre las utilizaciones
prácticas de la música (su uso directamente observable, de hecho y casi
artificial) y sus funciones sociales, el acontecimiento musical (y aquí
entiendo ‘acontecimiento’ en el sentido bajtiniano del término), la
ejecución y el enunciado, son inseparables de una totalidad e implica
aspectos sociales20. Ivo Supicic explica:

19 Valdría la pena releer ese magnífico estudio de Edward Said, Orientalism (1978)
cuya tesis nos presenta el ‘Oriente’ como una fabricación, una creación pura y simple por
parte de la mentalidad occidental en busca de un ‘otro’ que, cuando no es nuestra propia
caricatura, en el mejor de los casos pretende ser nuestro complemento.
20 Notemos que para Bajtin, la música está profundamente cargada de contenido; su
forma nos conduce mas allá de los límites de su realización acústica, y desde luego no
hacia un vacío axiológico. Una música sin contenido en tanto que material organizado no
sería más que el excitante físico de un estado psico-fisiológico placentero (rf. “El
169

El acontecimiento musical está envuelto en un sistema de organización social


que regulariza las interrelaciones y las actividades de los miembros de
diferentes grupos sociales a los que concierne, de un sistema que permite a sus
miembros actuar como un todo, especialmente en vista de que participan a de
mentalidad más o menos similar, de los mismos gustos fundamentales, de
concepciones estéticas y de necesidades culturales similares. En la realidad
socio-musical todos esos elementos se interpenetran^l.

No obstante, nos sale un ‘pero’ en lo que concierne el contexto referencial


de nuestro ejemplo. Pues no se trata de un sistema social sino de una
confrontación de dos tipos de sociedad - la ‘occidental’ y la ‘oriental’ - en
las que todo se opone: desde la organización social, económica y política,
pasando por las mentalidades, los gustos y las concepciones estéticas, y
hasta las necesidades culturales (y no confundamos aquí ‘necesidades’
con ‘deseos’). Además, si el acontecimiento musical en sí tiene lugar en
China, si ha sido producido y organizado en vista de unos conciertos en
particular, la totalidad en la cual está inserto ese acontecimiento, se
dirige a nosotros, los occidentales.
En un primer nivel de análisis, defendería la tesis de que la
confrontación de aquellos dos estados de sociedad está mediatizada en
el discurso musical en sí. Este es un complejo heterogéneo, (1) al nivel
de la producción, de la composición. Para sus conciertos en China, Jean-
Michel Jarre ha combinado obras que pertenecen a su repertorio de
composiciones anteriores (en particular de la serie “Equinoxe”) con
piezas inéditas, nuevas, compuestas especialmente para el aconteci¬
miento. En lo que concierne a esas composiciones inéditas, observare¬
mos una hibridización de dos órdenes: una realizada por la mezcla de
efectos musicales que derivan de los sistemas armónicos occidentales y
orientales22; y la otra, realizada mediante la interacción de motivos y
temas tomados de los repertorios occidentales y chinos. (2) El mismo

problema del contenido, del material y de la forma en la obra literaria” en Bajtin 1986a y
1989).
21 Mi trad.; véase Ivo Supicié, “Les fonctions sociales de la musique” en Musique et
société. Hommages á Roben Wangermée, eds. Henri Vanhulst y Malou Haine (Eds. de
l’Université de Bruxelles, 1978):174-175.
22 Se puede hablar solamente de efectos en la medida en que la música china se apoya
en un sistema tonal particular, pentatónico, cuyo cuarto de tono es difícilmente
reproducible dentro de la fracción tonal mínima occidental (mitad de tono). Esa
incompatibilidad queda evidenciada en una escena; durante el concierto en Pekín, Jarre
introduce un motivo musical chino ‘occidentalizado’, motivo retomado e interpretado
luego por la Orquesta de Pekín. Pero cabe observar que no hay simultaneidad musical ni
interpretativa; formando un todo textual, la secuencia misma, los dos trozos musicales se
siguen cronológicamente. Pero, al realzar la incompatibilidad de materiales musicales, se
resfuerza la heterogeneidad de la escena.
170

grado de heterogeneidad caracteriza a los medios de producción


musical: el uso combinado, por un lado, de instrumentos convenciona¬
les y electrónicos y, por otro, de instrumentos occidentales y de
instrumentos chinos tradicionales. Y, finalmente, (3) un tercer punto,
pero quizás el más importante para mi discusión, en la observación de
que unos sonidos específicamente no-musicales, tomados de la vida
cotidiana se integran al material propiamente musical (del mismo modo
que podemos hablar de la interacción de discursos ‘literarios’ y ‘no-
literarios’ constituyéndose en el material novelesco), como el tráfico
urbano, los timbres de las bicicletas, trozos de conversaciones en la
calle, ruidos que provienen de emisiones radiofónicas y televisadas,
tanto internacionales como locales. En breve; un rumor, una multitud
de sonidos de diversas categorías que vienen a caracterizar la
experiencia vivida durante la producción misma de la película, a los
cuales se añade una dimensión turística y el modo de grabar por
excelencia esta experiencia en la memoria, tal como lo atestigua el
intermítante pestillo de una cámara fotográfica. En otras palabras,
nuestro texto se instala en una auténtica polifonía del pensamiento
estético musical, una ‘verdadera polifonía’ en el sentido que Gustav
Mahler le confiere, oponiéndola a lo que él considera ser únicamente
una homofonía disfrazada23.
Eso nos lleva a una segunda afirmación con respecto a la banda
musical, porque es imposible definirla aquí como música de película24.
Para comprender (en el sentido bajtiniano del término) la función del
discurso musical y abarcar el sentido de su integración en la totalidad
textual, en primer lugar debemos reevaluar las categorías usuales de la
relación música/imagen. Me refiero a las que clasifican esta relación en
dos grupos de conjuntos, músicas-narración, donde la narración suscita
la música, y músicas-acciones, donde la música nace de la acción25.

23 Véase Malcuzynski 1983 para una primera aproximación a la polifonía musical en


torno a una discusión sobre Bajtin, retomada luego en varios trabajos posteriores. Véase
también Theodor W. Adorno, Mahler. Une physionomie musicale, trad. J. L. Leleu y T.
Leudenbach (París, 1976):166-167.
1* Aquí quiero argumentar que oponer la “Música”, con mayúscula, u una “música de
película”, eso supone unas categorizaciones convencionales que una perspectiva
sociocrítica rechaza de antemano. Significaría decir que en el seno de la producción
cultural existen unos artefactos, como los de la “Gran Música” o las “Bellas Letras”, que
no tienen otra función sino ellos mismos. Por otra parte, en lo que concierne al cine en
particular, esas categorizaciones consideran la imagen y la música como dos entidades
‘artefactuales’ separadas donde, según el caso, una queda subordinada a la otra (veáse las
dos notas que siguen).
25 Véase por ejemplo, Jean-Rémy Julien, “Défense et illustration des fonctions de la
musique de film”, Vibrations, 4 (1987):28-41.
171

The China Concerts presenta un caso contrario; la música suscita una


narración y engendra una acción. La inversión de correspondencias
actualiza lo que aquí me parece ser central en la estética textual:
desmonta la jerarquía (pre)existente en el dominio cinematográfico
según la cual la música está subordinada a la imagen, pero en lugar de
derribar boca abajo la relación jerárquica - donde la película sería un
simple acompañamiento de la música26 -, resulta que ni la música ni la
imagen desempeñan el papel primordial.
Más bien, se produce un orden diferente de relaciones en las cuales
la imagen (que no se debe confundir con la narración y la acción) y la
música, conviven, cohabitan, son equivalentes en lo textual, donde se
instala cierta dislocación entre los dos contenidos. Además, propongo la
hipótesis de que es esa discrepancia la que produce la ‘equivalencia’. El
hecho que el contenido de la imagen y el contenido de la
música - donde lo ‘oriental’ y lo ‘occidental’ respectivamente, son
mucho más que simples denotaciones referenciales - no se fusionan
dialécticamente en uno solo, salvo quizás en las escenas del espectáculo
musical propiamente dicho. Son discursos de categorías distintas que se
conjugan e interactúan dialógicamente; producen una diferencialidad.
Dicho en términos sociocríticos, lo textual (cinematográfico) aquí se
actualiza por medio de una heterogeneidad interdiscursiva en la que la
pragmática dialógica se compromete como colectivamente diferencial. Y
observemos que estamos muy lejos de una simple metáfora como la que
Bajtin quería establecer al hablar de la ‘polifonía’ literaria. Se trata más
bien de captar el hecho de que la integración de diferentes elementos
semióticos en aparencia incompatibles es lo que propongo considerar
aquí como el material textual.
Veamos más detalladamente una secuencia de la Segunda parte de
la película que he bautizado la secuencia del “Taiji Juan”. Consiste en
una serie de planos donde la imagen de un chino, ejecutando los lentos
y rituales gestos de la gimnasia matinal sobre un fondo del amenecer,
alterna con la imagen de Jean-Michel Jarre durante uno de sus
conciertos. Sus manos ejecutan un ‘baile gestual’ similar pero sobre un
fondo nocturno, de modo que más parece acompañar que dirigir su
música. Sin embargo, las dos series de imágenes no son idénticas; no se
trata de una mera yuxtaposición de estructuras diferentes sobre un
mismo fondo sonoro, sino de una superimposición de elementos
‘iterados’. El enlace entre las dos series recuerda la relación que existe

26 Es el caso de películas de óperas, o de producciones cinematográficas donde la


imagen está claramente subordinada a la música (véase por ejemplo el artículo de Isabelle
Alarcon, “Figuralisme et écriture musicale dans le dessin animé”, Variations: 110-127).
172

entre el negativo de una foto - Jarre cuyas manos y luego su cuerpo, son
representados sobre el fondo negro, nocturno - , y su impresión sobre el
papel, el chino representado en ‘positivo’ en un momento del día que es
obviamente la mañana. A Y B sin posibilidad de substituirse el uno por
el otro; las dos imágenes se hacen indisociables la una de la otra para la
comprensión del conjunto.
Esa relación indudablemente dialógica se prolonga en el resto de la
secuencia al representar un grupo de gente ejecutando el Taiji Juan
bajo la dirección de un maestro. Al aparecer éste, la cámara alterna
entre él y Jarre mientras que la banda musical incorpora poco a poco las
palabras de las instrucciones del maestro; el diálogo se efectúa ahora
entre la función del maestro con respecto al grupo y la función de Jarre
en el espectáculo musical que está dirigiendo. La secuencia termina con
una imagen del grupo, cuyos miembros se pinchan ritualmente la nariz
sobre un fondo sonoro del público en la sala de conciertos aplaudiendo
al ritmo de la música, un fondo sonoro sincronizado con la acción de la
imagen. Finalmente, la cámara encuadra el espectáculo de Jarre al
mismo tiempo que la música realiza un desvanecimiento paulatino
pasando a otra melodía, la cual se sobrepone a los ruidos provenientes
de la sesión de gimnasia, ahora fuera del campo de la visión, ausente
pero omni-‘presente’.
Entonces: una dialogía surge entre imágenes parecidas pero no
idénticas. Se trata de la confrontación de dos (‘voces’) cultura(le)s, de
dos yos distintos, producida por la aproximación y la representación
simultánea de dos prácticas sociales completamente diferentes, en
aparencia incompatibles, y que terminan por interpenetrarse mediante
la representación inicial de los dos juegos de manos. A estas dos
prácticas, el Taiji Juan y la música occidental, se añade otra categoría de
integración de elementos distintos, cuerpo/intelecto. En última
instancia, es la música de Jarre la que enlaza el uno con el otro. Una
polifonía semiótica, por cierto transestética, pero cuya comprensión
queda incompleta si no se tiene en cuenta el contexto de esa ‘otra
posición’, la de la función particular de la música en la cultura china,
música que está ausente en ese trozo textual de la película pero
tácitamente presente en su discurso: el entre-texto.
Los chinos consideran la música como una representación
perceptible de las relaciones que unen entre sí los elementos del mundo
manifestado, como una representación que, si es suficientemente
semejante, puede reaccionar de rebote sobre aquellas relaciones y
modificar el curso de los acontecimientos. El sistema musical chino
tiene como objeto principal el “establecimiento de contactos y de
reacciones mutuas entre aspectos aparentemente no conectados en el
173

universo” (subrayo)27. Los tratados clásicos, los antiguos filosófos e


historiadores, así como el Yueji, el documento sobre música escrito en
la época de la dinastía Han bajo el emperador Wu di (147-87 antes de
Cristo), explican todos la estrecha interrelación entre la música y el
universo y todos los seres que lo habitan. Siendo la expresión de las
armonías naturales y de las fuerzas morales, la música proviene del
universo y a la vez actúa sobre él y lo regula. El Yueji en particular habla
de las similitudes y relaciones esenciales entre los hechos psicológicos,
sociales y políticos y las notas, los instrumentos, las melodías28.
No quiero seguir aquí con la demostración que efectúa el
musicólogo al nivel del material musical, sino prestar atención crítica y
reconocer el diferencial que emerge de lo textualmente producido en la
secuencia en cuestión. Pero, tengamos cuidado, pues no es la ausencia
de la música china que de cierto modo indica una ‘presencia extranjera,
ajena', sino el ‘conocimiento’ de su función lo que permite circunscribir
el factor de diferencialidad. Sirviéndome de la distinción que Myriam
Díaz-Diocaretz realiza en el contexto de las teorías feministas entre
“aquel(la) que no es yo" y “aquello que no es yo" (veáse su artículo en
este volumen), quiero introducir aquí una distinción, precisamente de
carácter diferencial, entre los constructos del ‘otro’ y de lo ‘ajeno’. Por
una parte, “aquel que no es yo" que se refiere al ser social - lo que es
‘ajeno’, aquí el chino y el Taiji Juan en relación con lo ‘familar’, es decir,
el francés y su música occidental -, Y por otra parte (subrayando con
fuerza el aporte coyuntivo), “aquello que no es yo”. Siendo
específicamente relacionados entre si lo ‘ajeno’ y la música occidental
(imagen/música), se remite lo ‘familiar’ a este “aquello”, el ‘otro’
mundo (artístico) en su socialidad. Es decir, lo que aquí es otro, esa otra
posición no-articulada textualmente, lo ausente en su función, o sea, la
música china. Son las relaciones particulares de equivalencia entre
imagen y música las que exigen hacer hincapié en esa ‘otra’ función
social, y sin el conocimiento de la cual el texto en cuestión no tiene
ningún sentido.
De modo que toda la secuencia puede quedar incomprensible sin
afirmar ese doble orden de integración semiótica: la música occidental
in presentía y la música china in absentia, lo no-enunciado, en sus
respectivas funciones socioculturales. Al representar dos prácticas
sociales (gimnasia oriental y música occidental) procedentes de dos
mundos socioculturales distintos, calificaría ‘trans-semiótica’ la función

27 Véase Alain Daniélou, Traité de musicologie comparée (París, 1959):70.


28 Daniélou cita el estudio de Maurice Courant, “Chine et Corée. Essai historique sur
la musique classique des Chinois” en Encyclopédie de la musique (París, 1922).
174

de la relación específica entre la banda sonora y la cinta visual. La


música de Jarre cumple una función que ya no es suya en el sentido de
que no remite a un compositor francés singular en su coyuntura
occidental exclusiva, ni tampoco refiere al ‘otro’ mundo social, el
oriental, sino que deriva de un complejo colectivamente diferencial; el
doble contexto social en cuestión. Situado en la frontera donde se
negocian los procesos de integración (textual), el monitoring aprehende
el sentido producido por la interactuación - interdiscursiva y trans¬
semiótica-de los diversos elementos dentro del territorio mismo de
este complejo colectivo, multivocal y trartsdisciplinario.
Se trata desde luego de una hipótesis, nada más. Se necesitaría un
trabajo crítico más amplio, en particular un análisis en buena forma
concerniente a la medida en la cual se puede hablar o no de la
inscripción de un discurso sociocultural chino en la película. Al esbozar
una aplicación de la crítica transdisplinaria, mi objetivo era subrayar la
necesidad de postular la pregunta ¿qué puede la práctica textual? en la
producción sociocultural. Pues, una cosa es examinar las múltiples
relaciones sociales y culturales que producen al sujeto, al tiempo que
éste siempre toma una posición con respecto a las mismas en el
proyecto estético, y asumir las articulaciones textuales como (seleccio¬
nes estratégicas de producción de un discurso que negocia dialógica¬
mente la heterogeneidad de aquellas relaciones. Lo dialógico es la
puesta en circulación de prácticas significantes que se textualizan en una
‘interdiscursivización’ semiótica. Otro planteamiento crítico, sin embar¬
go, aunque complementario, es el de interrogar la función de esa puesta
en circulación y su inscripción en el texto, para poder legitimar la
divulgación de un proceso cognitivo y poder captar el sentido colectivo
y trans-semióticamente diferencial que la pragmática dialógica empeña
por la práctica textual en una semiosis del sentido como valor.
Aquí, el entimema que salta a la vista es la dimensión política de esa
función, pero en el caso de The China Concerts, una lectura política
comprensiva revelaría un cierto uso coercitivo del ‘otro’ que produce
irremediablemente algún malestar. Convendría examinar el problema
muy de cerca, mas ya sería materia para otro trabajo.
SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA

Ya que los artículos en este volumen llevan notas y referencias bibliográficas respecto a la
problemática particular de cada uno-junto con las que indican las publicaciones
originales de ellos -, la lista siguiente sólo constituye una selección, un guía de lecturas de
interés general para los estudios sociocríticos, incluyendo algunos de los títulos ya
citados. Desde luego no exhaustiva, esta lista se limita a obras escritas y/o traducidas en
castellano, francés, italiano e inglés. La fecha que aparece entre paréntesis después de
algunos títulos remite a la edición original de la obra citada.

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DATE DUE / DATE DE RETOUR

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Debido en parte al marcado y creciente interés por el estudio de las
culturas y literaturas hispanoamericanas y españolas desde una
perspectiva sociocrítica, el presente volumen tiene como propósito
ofrecer a los investigadores hispano-hablantes un conjunto de textos
básicos sobre el aparato conceptual, crítico y analítico de dicha
disciplina. Algunas de las preguntas a las que la voz colectiva de este
libro intenta responder son ¿qué es la sociocrítica?, ¿cuáles son sus
características, sus finalidades?, ¿cuál es su objeto?, ¿de dónde viene y a
dónde va? La variedad de problemáticas abarcadas en este libro hace
que no se puede hablar sino en plural, de "voces sociocríticas" que
proyectan sus modalidades hacia unos horizontes interculturales y
multidisciplinarias, asimismo proporcionando nuevas perspectivas.

Con la participación de:

Marc Angenot (Universidad McGill, Montreal)


Edmond Cros (Universidad Paul Valéry, Montpellier)
Myriam Díaz-Diocaretz (Universidad de Amsterdam)
Claude Duchet (Universidad de París-VIII)
Antonio Gómez-Moriana (Universidad de Montreal)
M.-Pierrette Malcuzynski (Universidad de Varsovia)
Régine Robín (Universidad de Quebec en Montreal)
Iris M. Zavala (Universidad de Utrecht)

Las traducciones del francés e inglés fueron realizadas con la


colaboración de Danuta Kurzyca, Zofia Marzec, Abel A. Murcia
Soriano y Katarzyna Urbañska (Cátedra de Estudios Ibéricos,
Universidad de Varsovia, Polonia).

Especialista en el Círculo Bajtin, M.-Pierrette Malcuzynski se doctoró


en literatura comparada en la Universidad McGill, Montreal, así como
en la Universidad de Varsovia (Doctorat d’Eíat) donde es actualmente
Profesora titular de literatura hispánica y teoría literaria. Sus últimas
publicaciones en teoría cultural y la novela contemporánea incluyen
Entre-dialogues avec Bakhtin ou sociocritique de la [déjraison poly-
phonique', también trabaja en los campos de los estudios feministas y
multidisciplinarios. Es miembro del Comité de Redacción de la revista
bibliográfica de la Asociación Internacional de Literatura Comparada,
Literary Research/Recherche litléraire (Montreal), y del Comité Editorial
de la revista Critical Studies (Amsterdam/Atlanta).

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