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Teorico Virtual N 18 La Neurosis Obsesiva Segun Lacan

Lacan analiza la neurosis obsesiva en tres textos clave de los años 1950. En el primero, relee el caso de 'El hombre de las ratas' y propone que el delirio obsesivo tiene la forma de un mito individual. En el segundo texto, aborda la neurosis obsesiva a partir del esquema Z y la clínica de las preguntas. Finalmente, en el Seminario V examina la estrategia y rasgos estructurales del deseo del sujeto obsesivo.

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Teorico Virtual N 18 La Neurosis Obsesiva Segun Lacan

Lacan analiza la neurosis obsesiva en tres textos clave de los años 1950. En el primero, relee el caso de 'El hombre de las ratas' y propone que el delirio obsesivo tiene la forma de un mito individual. En el segundo texto, aborda la neurosis obsesiva a partir del esquema Z y la clínica de las preguntas. Finalmente, en el Seminario V examina la estrategia y rasgos estructurales del deseo del sujeto obsesivo.

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Teórico Nº 18

La neurosis obsesiva en Lacan

Prof. Nora Carbone

Introducción

¡Buenas tardes!, ¿cómo están?

En este nuevo teórico combinado (video+PDF) trabajaremos el tema de la neurosis


obsesiva según Lacan. Para ello nos centraremos en algunos textos de los años
’50, correspondientes a lo que se conoce como el período “estructuralista” de su
enseñanza. No obstante, veremos cómo, a la manera de un work in progress, se
van introduciendo modificaciones o re-elaboraciones de un texto al siguiente. En tal
sentido, les propongo revisar tres hitos de importancia en la concepción lacaniana
de esta neurosis:

En primer lugar, “El mito individual del neurótico”, conferencia difundida en 1953,
que nos brinda una re-lectura del historial freudiano de “El hombre de las ratas”.

A continuación, “El psicoanálisis y su enseñanza”, escrito de 1957, en el que se


aborda la neurosis obsesiva a partir del esquema Z y la clínica de las preguntas.

Finalmente, el Seminario V, en donde se arroja luz sobre la estrategia y los rasgos


estructurales del deseo del sujeto obsesivo, desde la perspectiva de la dialéctica de
la demanda y el deseo.

Los invito a comenzar nuestro recorrido.

El mito individual del neurótico: una relectura del historial de “El hombre de las ratas”

El texto “El mito individual del neurótico” recoge una conferencia de Lacan en un
colegio de Filosofía, que fue difundida en el año 1953. Es una exposición previa a
la formalización del esquema Z, aunque ya pueden encontrarse allí algunos
elementos que luego quedarían subsumidos en dicho gráfico.
La importancia de este texto radica, sobre todo, en el hecho de que ofrece al lector
un ordenamiento verdaderamente claro y sintético del caso de “El hombre de las
ratas”, que gira en torno al concepto de mito, articulado con el complejo de Edipo y
la vieja noción de Freud de novela familiar del neurótico.

Lo primero que hace Lacan es situar, en el corazón de la experiencia de ese arte


liberal que es para él el Psicoanálisis, una definición particular de mito. Lo cito: “el Comentado [NCC1]: Para Lacan el psicoanálisis es un arte
en el sentido de las artes liberales de la Edad Media (la
mito es lo que da una forma discursiva a algo que no puede ser transmitido en la dialéctica, la gramática, la música, entre otras) porque
mantiene en primer plano la dimensión humana,
definición de la verdad, porque la definición de la verdad sólo puede apoyarse sobre intersubjetiva, que entraña el uso de la palabra.
ella misma y la palabra en tanto que progresa la constituye (…) la palabra (no) puede
captar el acceso a la verdad como una verdad objetiva. Sólo puede expresarla de
modo mítico” (Lacan, 1953: 39). Reencontramos aquí algo de lo que ya trabajamos
cuando veíamos “Intervención sobre la transferencia”, ¿recuerdan? Ya entonces
señalábamos la relación de la verdad con el sujeto y su despliegue en la relación de
palabra, y situábamos -con el ejemplo de Dora- la diferencia entre esa verdad,
subjetiva, y la verdad de los hechos. También vimos, en aquel momento, cómo el
psicoanálisis debe intervenir –y cómo no debe hacerlo- para propiciar, en el sujeto,
nuevos desarrollos de la verdad. Pues bien, en este texto Lacan retoma aquellos
conceptos en función de la noción de mito, destacando su carácter de ficción, para
dar cuenta, de modo imaginario, de ciertas relaciones fundamentales del ser
humano. Y si hay un mito que vertebra por excelencia toda la teoría y la clínica
psicoanalíticas es, lo sabemos, el mito del Edipo, ese “conflicto fundamental que,
por intermedio de la rivalidad con el padre, vincula al sujeto con un valor simbólico
esencial” (Lacan, 1953: 39). Ven aquí como ya están esbozados algunos elementos
que hacen a la dimensión imaginaria y simbólica de la función del padre, y que unos
años más tarde quedarán incorporados al concepto de metáfora paterna. Y esto no
es todo. Lacan agrega, además, que siempre hay una distancia entre la función
simbólica del padre y el padre de cada quien, el de carne y hueso, de modo que
éste siempre aparece degradado o en falta con respecto a esa función. ¿Se
acuerdan del padre impotente de Dora y del padre deudor del Hombre de las ratas?
En efecto, esos son ejemplos de esa distancia, en la que Lacan sitúa el valor “para
nada normativizante, sino (…) patógeno” (Lacan, 1953: 56) del complejo de Edipo.
Una vez planteadas estas cuestiones generales, Lacan va a apelar al caso del
hombre de las ratas para mostrar cómo las formaciones neuróticas aportan al mito
edípico modificaciones de estructura, que cumplen una determinada función.

¿Lo vemos?

¿Recuerdan cómo llega este sujeto a la consulta con Freud? Estaba sitiado por el
temor obsesivo del cumplimiento de la tortura de las ratas en las figuras de su padre
muerto y su amada -idea desencadenada a partir de su encuentro con el relato
gozoso del capitán cruel- y había desarrollado, como medida defensiva, un
comportamiento delirioso de pagar una deuda contraída por la compra de unos
anteojos en un lugar equivocado. Lacan llama “trance” a esa rara conducta que Comentado [NCC2]: Lacan llama “trance” a lo que Freud
llama el delirio obsesivo
confina con las “construcciones delirantes”, en la que el sujeto, arrastrado por la
fuerza imperiosa de su lucha mental, viaja en tren de estación en estación,
desplegando excéntricos argumentos y maniobras frustras para saldar aquella
deuda en un escenario en donde desfilan, de un modo incierto, dos tenientes y dos
muchachas. El término “trance”, que utiliza Lacan para hablar del delirio del Hombre
de las ratas, es por demás elocuente: como un médium cuando se comunica con
los espíritus del pasado, Paul, tomado por su obsesión delirante, es transportado
fuera de sí mismo y fuera del mundo real: “como ocurre siempre con la vivencia de
los neuróticos, la realidad imperativa (…) pasa por delante de todo lo que lo
atormenta infinitamente” (Lacan, 1953: 46). Sabemos cómo termina el episodio. A
partir del despliegue de ese delirio bajo transferencia, el paciente acaba confesando
que, en realidad, finalmente envió el dinero a su verdadera acreedora: una
empleada de estafeta postal que había pagado en su nombre la compra por
contrarrembolso. Según Freud, el sujeto “se había escamoteado a sí mismo [ y a su
analista] en el relato” (Freud, 1909: 137) un fragmento de lo efectivamente
acontecido, haciéndose un juramento martirizante basado en un error, contrario a
todo criterio de realidad.

Haciendo una lectura muy atenta del texto freudiano, Lacan otorga a este argumento
fantasmático el valor de un mito, en el que se reconocen, en una versión novelada,
elementos significantes de la historia del sujeto. En efecto, en la fórmula mítica
original, organizada en torno de la figura del padre, encontramos la deuda, el amigo
(siendo oficial, éste había dilapidado los fondos del regimiento en una partida de
naipes y lo había salvado un compañero, a quien nunca le devolvió el dinero) y las
dos muchachas (la pobre, de la que estaba prendado, y la rica, con quien finalmente
se casa). Esos términos, que hacen a la novela familiar de este neurótico, son
retomados en el desarrollo último de la obsesión, pero transformados,
intercambiados, de forma que no puede hablarse de una mera repetición. Es por
eso que Lacan prefiere hablar de mito individual y no de novela familiar. Si hace Comentado [NCC3]: ¡IMPORTANTE! Lo individual da
cuenta del trabajo del sujeto con los significantes de su
hincapié en lo individual, es para remarcar el trabajo de sujeto que está en juego, historia

es decir, qué es lo que puede hacer alguien con los significantes que le tocaron en
suerte. En el caso de Paul, podríamos decir que apela a los significantes
privilegiados de su historia para solucionar la angustia vinculada con la eclosión de Comentado [NCC4]: ¡Atención! El mito tiene una función
de solución –fallida- con respecto a la angustia
la crisis. Esa es la función que Lacan le concede a esta versión modificada del mito
original que es el trance o delirio obsesivo. ¿Cómo lo hace? Reuniendo en un mismo
plano lo que en la situación original estaba en dos, es decir uniendo dinero y amor
-simbólicamente- en el acto de pagar la deuda en el lugar equivocado. Es en esa
“operación giratoria, nunca satisfactoria”, que se juega, según Lacan, “todo el drama
del neurótico” (Lacan, 1953: 48).

De lo anteriormente dicho se desprende un rasgo estructural del delirio obsesivo


que -en su momento- nos permitirá establecer diferencias con el delirio psicótico:
efectivamente, el hecho de que remita a los significantes privilegiados de la historia
del sujeto es lo que lo vuelve dialectizable y descifrable en el dispositivo analítico
bajo transferencia. Como veremos más adelante, el deliro psicótico no responde a Comentado [NCC5]: ¿Eso es lo que hace Freud! (ver p.
164-165-166 del historial)
esa lógica. Por el contrario, es indialectizable y, por eso mismo, no puede ser
descifrado.

Bien, hasta aquí la relectura del historial. Lo que hace Lacan a continuación es pasar
de la singularidad del caso a la generalidad de la estructura obsesiva. Toma
entonces el esquema del sujeto obsesivo adulto, y dice que siempre se presenta en
él una “situación de cuarteto”. Allí donde todo ser hablante se plantea dos tareas en
la vida, una que afecta al trabajo -asumir sus frutos sin conflicto, como algo que se
ha ganado y merecido- y otra que afecta al amor -elegir un objeto unívoco, para
“toda la vida” con el cual obtener un goce más o menos pacífico-, en la neurosis
obsesiva se produce una suerte de desdoblamiento: cuando logra asumir su papel
en el trabajo, se le desdobla el objeto de amor –a la manera de la mujer rica/mujer
pobre-; cuando logra encontrar un partenaire sexual unificado, en el plano del Comentado [NCC6]: O “la prostituta y la madre de los
hijos”, que es otra figura muy común
trabajo aparece algún personaje que supuestamente se lleva sus méritos y con
quien mantiene una relación de rival.

¿Cómo pensar estos desdoblamientos mortíferos? Lacan lo hace recurriendo al


narcisismo freudiano. Como recordarán, ya para esta época contaba con su teoría
del espejo y sabía de su valor en la formación del yo. Sabía también que esa matriz
edípica, que moldea las relaciones del yo con sus objetos, lleva el signo de la
agresividad, de lo destructivo. Eso lo lleva a decir que, además de la función
simbólica del Complejo de Edipo, hay que tener en cuenta una dimensión
imaginaria, dada por la degradación del padre con respecto a esa función, que hace Comentado [NCC7]: Recuerden el padre impotente de
Dora y el padre deudor del Hombre de las ratas. Para Lacan,
que se interponga allí, en la conocida tríada edípica, la muerte como cuarto el padre del neurótico es siempre un padre humillado, es
decir discordante con respecto a la función simbólica que
elemento. Es ella “la que se introducen la dialéctica del drama del Edipo y es de ella debe cumplir.
de la que se trata en la formación del neurótico” (Lacan ,1953: 58).

Ahora bien, ¿Cómo se articulan el yo -es decir el narcisismo freudiano- y la muerte


en la neurosis obsesiva? Habrá que esperar el esquema Z para captarlo con mayor
nitidez.

La neurosis obsesiva en la clínica de las preguntas

Como se desprende de lo que les decía recién, “El mito individual del neurótico” nos
brinda los elementos, los antecedentes, de lo que unos años más tarde quedará
plasmado en nuestro conocido esquema Z. Allí la neurosis obsesiva cobra un nuevo
valor al ser pensada, en contrapunto con la histeria, dentro de la llamada “clínica de
las preguntas”.

Hay un escrito de Lacan para trabajar estas cuestiones, que es “El psicoanálisis y
su enseñanza”, de 1957. Es un texto complejo, del que extraeremos solamente
algunos párrafos. Detengámonos un poquito en el título. ¿Qué nos enseña el
psicoanálisis? Nos enseña, dice Lacan, que en el inconsciente “ello habla (“ça
parle)”, afirmando así la existencia de un sujeto que trasciende al sujeto y plantea
su pregunta. El acto de hablar, que en el campo de la Psicología se adjudica
tradicionalmente al pronombre personal “yo”, es aquí tomado en relación al
pronombre demostrativo impersonal -ça o ello- para destacar el rasgo de
dependencia que Freud atribuye al yo con respecto al inconsciente. Lacan retoma
esta proposición freudiana a la luz de sus consideraciones lingüísticas: “el
inconsciente es el discurso del Otro” (Lacan, 1957: 421), afirma, y como tal está
sometido a las leyes inherentes al Orden simbólico. Si para Freud “ello habla” en el
sujeto, para Lacan el “medio” simbólico en el que el hombre debe alojarse “marcha
solo”. Se trata de un orden autónomo, a partir del cual el sujeto está determinado.
“Marioneta”, “siervo”, “condenado” son las figuras que utiliza para ilustrar esta
dependencia fundamental del ser humano respecto del lenguaje.

Así, la estructura de lenguaje distingue al inconsciente y determina sus formaciones,


y es la prevalencia en ellas del significante lo que permite a Lacan ubicar en una
misma serie el síntoma, el sueño, los actos fallidos, el chiste y la pantomima. Ya
hemos visto en qué consiste esta última en el caso de la histeria; revisaremos ahora
sus particularidades en la neurosis obsesiva.

Pero antes, ¿eso es todo lo que nos enseña el psicoanálisis? No. Lacan agrega que
también nos ha enseñado, a partir del concepto freudiano del narcisismo, a distinguir
lo simbólico de lo imaginario, y que es en este último registro que hay que ubicar al
yo.

Es esa distinción la que le permite, por estos años, construir su esquema Z. ¿Lo
recuerdan? Aquel en el que separa el vector que une al sujeto del inconsciente con
el Otro simbólico del que une al yo con sus semejantes. Es el esquema a partir del
cual concibe a la neurosis como una pregunta. En su momento lo aplicamos a la
estructura de la histeria, situando la pregunta por el sexo en el eje simbólico, y la
respuesta, bajo la forma de una pantomima, en la identificación viril que se sostiene
el eje imaginario.
En este texto retoma aquellas consideraciones, esta vez en el contrapunto entre
histeria y neurosis obsesiva: “[...] con toda la contingencia que la instancia del Comentado [NCC8]: El inconsciente es contingente
porque los significantes que lo constituyen no son necesarios
significante imprime en el inconsciente, no hace sino alzar ante nosotros la al viviente -es decir, pueden no ser esos, o también, pueden
ser otros-, sino que dependen del particular discurso
dimensión que ninguna experiencia imaginable puede permitirnos deducir de lo vivo, parental que precede al advenimiento del sujeto. Además,
cada sujeto toma prestado, como un “jirón”, algunos
a saber, la pregunta por el ser, o mejor dicho la pregunta a secas, del “¿por qué uno elementos de ese discurso para reescribir el texto.
mismo?”, por donde el sujeto proyecta en el enigma su sexo y su existencia” (Lacan,
1957: 432). Este párrafo vuelve sobre lo planteado en el Seminario III, en la medida
en que aquí también señala que el sujeto sólo puede hacerse la pregunta desde el
momento en que está instalado en el orden significante, es decir, como ser hablante. Comentado [NCC9]: ¡Cuidado! Se trata de una pregunta
inconsciente, cifrada en sus formaciones, no de algo dicho
Pero ahora añade algo más: ese enigma no sólo es en relación al sexo, sino también explícitamente

a la existencia. Y si la histeria se particulariza por su pregunta “¿qué es ser una


mujer”, la neurosis obsesiva lo hará por la pregunta por la existencia, a la manera
de “¿estoy vivo o estoy muerto?”

A esa pregunta inconsciente, velada, cifrada en sus formaciones, se responde,


como recordarán en el eje imaginario. ¿De qué manera? Con una pantomima.
Repasemos ese concepto. Según Lacan, la pantomima es una conducta que
concretiza la respuesta del sujeto ante su facticidad frente enigma del sexo, si se
trata de la histeria, y de la existencia, en el caso de la obsesión. Esta “representación
sin palabras” es ejecutada forzosamente por el yo al modo de un engaño, puesto
que con ella el sujeto no hace sino sortear la pregunta, desviarla. Como “unos
pasos de la Comedia Dell ‘arte” se monta la relación imaginaria a-a’ que se Comentado [NCC10]: La Comedia del arte (Commedia
dell'Arte en italiano) o es un tipo de teatro popular nacido a
interpone entre el sujeto y el Otro, capturando, deteniendo el mensaje que de éste mediados del siglo XVI en Italia, que mezcla elementos del
teatro literario del Renacimiento italiano con
le vuelve en forma invertida. No obstante, no se trata de una mera ilusión; la tradiciones carnavalescas (máscaras y vestuario),
recursos mímicos y pequeñas habilidades acrobáticas
pantomima sólo es imaginaria en la medida en que la verdad aparece allí bajo la
única forma posible, vale decir, como ficción. Ella hunde sus raíces en lo simbólico, Comentado [NCC11]: Adviertan aquí su punto de
contacto con el mito
ya que es el significante el que la determina, haciéndola, al igual que a las demás
formaciones del inconsciente, descifrable.

Hasta aquí, las particularidades de cada pregunta en cada una de las estructuras
subjetivas, y las generalidades del concepto de pantomima, que vale para ambas.
Resta situar, para la neurosis obsesiva, los rasgos distintivos que hacen a esta
última.

Así como dijimos que la característica de la pantomima histérica se relaciona con la


identificación imaginaria con el varón, la pantomima obsesiva toma la forma de una
hazaña. En ella, el yo, rivaliza un partenaire, en una suerte de lucha a muerte, en la Comentado [NCC12]: ¡IMPORTANTE!

que, como dice Lacan, “da sus pruebas de estar vivo” (Lacan, 1957: 434). Pero,
¡cuidado! Es una escena, un espectáculo ilusorio en el que en realidad no se corre
ningún riesgo. Al contrario, esa proeza astuta, que se presenta como un desafío,
como un récord que hay que batir, es en realidad una estrategia del yo. ¿Para qué?
En este texto Lacan nos da una primera respuesta, que adquirirá una forma más
acabada luego en el Seminario V: si el yo del obsesivo se embarca en ese combate
con su compañero imaginario, donde parece que se le va la vida, lo hace, afirma
Lacan, para “abdicar” de su deseo. Pero, ¿por qué tendría el sujeto que enajenarse Comentado [NCC13]: Abdicar quiere decir renunciar a
algo y cedérselo a otro. Esto es importante porque marca la
de su deseo, engañando al Otro -y a sí mismo- con este juego astuto? La respuesta función de la pantomima obsesiva como estrategia frente al
deseo.
a este interrogante, requiere, como veremos a continuación, de una nueva
herramienta teórica.

Pero antes de pasar al Seminario V, no quiero dejar de subrayar las analogías y


diferencias entre la pantomima y el síntoma: ambas son formaciones del
inconsciente, pero en la primera se destaca el elemento del comportamiento yoico,
ubicado en “el plano de la relación efectiva con el otro” (Lacan, 1958.425), cercano
a lo que Freud ubicaba como rasgos de carácter. Y aquí hay una diferencia entre
Freud y Lacan, ya que para Freud síntoma y carácter se hallaban en una relación
de oposición. Lacan, en cambio, trata a la conducta obsesiva como si fuera un
síntoma, en el sentido de que la vuelve descifrable. Comentado [NCC14]: En el Seminario V va a decir: “la
neurosis es una estructura analítica que está en los actos y
en la conducta. No está hecha únicamente de síntomas
Para que ustedes puedan hacerse una idea concreta sobre la hazaña obsesiva, les susceptibles de ser descompuestos en sus elementos
significantes y en los efectos de significado de dichos
dejo un ejemplo muy cortito, extraído del historial de “El hombre de las ratas”: el
significantes, sino que toda la personalidad del sujeto lleva la
sujeto le cuenta Freud que, cuando estaba en maniobras militares, siempre le había marca de esas relaciones estructurales” (Lacan, 1958: 484-
485)
“interesado mostrar a los oficiales de carrera que uno no sólo ha aprendido algo,
sino que puede aguantar bastante” (Freud, 1909: 132). Tienen allí resumido el
espíritu que comanda la hazaña obsesiva: un yo que en la escena con sus
partenaires -en este caso, los otros oficiales-, quiere demostrar lo fuerte y
“aguantador” que puede ser.

Resumo la posición con una bella síntesis que hace Lacan sobre esto en el
Seminario IV: “un obsesivo es, en suma, un actor que juega su rol y asegura cierto
número de actos como si estuviera muerto. El juego al cual se dedica es un modo
de ponerse a resguardo de la muerte. Es un juego viviente que consiste en mostrar
que es invulnerable. Con ese fin, ejerce un dominio que condiciona todas sus
aproximaciones con el prójimo. Uno lo ve en una suerte de exhibición donde se trata
de mostrar hasta dónde puede llegar en el ejercicio con ese otro, que es su alter
ego, el doble de sí mismo. El juego se despliega frente a un Otro que asiste al
espectáculo (...)” (Lacan, 1956: 29).

La neurosis obsesiva en la dialéctica de la demanda y el deseo

Hemos situado hasta aquí el work in progress de Lacan con respecto a la neurosis
obsesiva en lo que respecta a cómo se reordenan los elementos simbólicos e
imaginarios que anticipaba en “El mito individual de neurótico” con la construcción
del esquema Z. El Seminario V nos ofrece otra “vuelta de tuerca” sobre el tema, a
partir de la introducción de un nuevo instrumento conceptual: la dialéctica de la
demanda y el deseo.

No voy a volver aquí sobre los aspectos generales de dicha dialéctica. Los reenvío
al teórico sobre histeria en Lacan, en el que ya los trabajamos. Me voy a detener en
lo que hace a la particularidad de las relaciones entre demanda y deseo en el caso
de la neurosis obsesiva. Retomaré para ello lo que Lacan desarrolla, sobre todo, en
el capítulo XXIII del seminario, titulado “El obsesivo y su deseo”.

Lo primero que señala Lacan con respecto al deseo del sujeto obsesivo es que
presenta la característica de ser evanescente. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir
que, cuanto más se aproxima el sujeto al supuesto objeto de su deseo, menos
significa éste ante sus ojos. En palabras de Lacan, “a medida que intenta, por las Comentado [NCC15]: El encuentro con el objeto, o su
proximidad, producen en el sujeto una baja de la tensión
vías que se le proponen, acercarse al objeto, su deseo se amortigua, hasta llegar a libidinal
extinguirse, a desaparecer” (Lacan, 1958: 420). Esa es, para él, la “mecánica” del
deseo obsesivo: cuando se afirma conduce, de modo automático, a su propia
anulación. ¿Recuerdan que cuando hablábamos del deseo histérico, decíamos que Comentado [NCC16]: Por eso Lacan señala que el
obsesivo es un “Tántalo”. Tántalo, en la mitología griega, es
Lacan lo escribe dx para mostrar el punto de enigma que lo caracteriza? Bueno, un semidios sometido al castigo de estar en un lago con el
agua a la altura de la barbilla bajo un árbol de ramas bajas
cuando se refiere al deseo obsesivo, lo representa con una do, para destacar, repletas de frutas. Cada vez que Tántalo, desesperado por el
hambre o la sed, intenta tomar una fruta o sorber algo de
justamente, cómo desaparece. agua, estos se retiran inmediatamente de su alcance. Se usa
ese mito como un ejemplo proverbial de tentación sin
De esa descripción se desprenden dos preguntas. En primer lugar, ¿cuáles son las satisfacción

razones por las cuáles el deseo adquiere, en la obsesión, semejantes rasgos? Y


luego, ¿cómo solucionar este problema, que también pone al propio sujeto -y al
Otro- en peligro de extinguirse? Comentado [NCC17]: Esto es así por estructura: si
desaparece el deseo, desaparece también la dimensión que
une al sujeto con el Otro
Con respecto al primer punto, Lacan nos da una pista: “(…) en ese momento de su
demanda fue cuando para él se plantearon los problemas de sus relaciones con el
Otro, que luego resultaron determinantes para el establecimiento de su deseo”
(Lacan, 1958: 422-423). Si, como indica la dialéctica de la demanda y el deseo, la
demanda precede la inserción del hombre en el deseo sexual, habrá que referirse
a ella para encontrar las razones de tan particular forma de presentarse el deseo.
¿Y qué encontramos entonces? Lacan lo dice de una manera bastante graciosa,
cuando se refiere al niño, “futuro obsesivo”: “el niño que se convertirá en un obsesivo
es aquel niño de quien los padres dicen (…) que tiene ideas fijas. No tiene ideas
más extraordinarias que cualquier otro niño si nos fijamos en el material de su
demanda. Pedirá, por ejemplo, una cajita. En verdad, una cajita no es gran cosa
(…)” (Lacan, 1958: 409). La clave está en cómo pide la cajita, con una exigencia
que resulta intolerable al Otro. Es ese carácter de condición absoluta de la demanda
del futuro obsesivo, condición que destruye al Otro con su pedido insistente, la que Comentado [NCC18]: La exigencia absoluta provoca un
desgaste que tiende a producir en el otro la abolición, la
moldea la forma en que se presentará el deseo. Efectivamente, si destruye al Otro devaluación del propio deseo. Y como el deseo es siempre el
deseo del Otro…
con su demanda, no lo tendrá como apoyo para que el deseo encuentre una
formulación posible, pues es propio del deseo necesitar del paso por el Otro para
advenir como tal. ¿Cómo salir de este callejón sin salida? ¿Cómo hacer, entonces,
para preservar al Otro al que a la vez se destruye y que es necesario para
mantenerse como sujeto y para que el deseo no desaparezca? Es aquí en donde el
obsesivo introduce sus “soluciones” o estrategias.

Pero antes de pasar a ese punto, no quiero dejar de enfatizar la novedad de Lacan
en lo que hace al supuesto “sadismo” de los obsesivos, muchas veces plasmado en
sus fantasías. Allí donde el posfreudismo, haciendo una lectura particular de Freud,
veía la expresión de una tendencia instintiva sádico-anal, Lacan ve una
“organización, ella misma significante, de las relaciones del sujeto con el Otro”
(Lacan, 1958: 419).

Ahora sí, pasemos a las distintas caras de la “solución” al problema del obsesivo
con su deseo. Lacan indica que una de las formas de restituir al Otro puesto en
peligro y de resolver la evanescencia del deseo, consiste en ponerse en una relación
de absoluta dependencia con respecto al Otro. Así, el obsesivo está siempre
“pidiendo permiso”, haciendo que el Otro autorice o prohíba su deseo. Al fin y al
cabo, dice Lacan, “un deseo prohibido no quiere decir un deseo extinguido. La
prohibición está ahí para sostener el deseo” (Lacan, 1958: 423). A diferencia del
deseo insatisfecho del histérico, el del obsesivo se convierte así en un deseo
imposible, y en eso reside la estrategia ¿Un ejemplo? El hombre de las ratas, que
sostiene su deseo por la amada en tanto el mismo está prohibido por la voluntad de
sus padres (que querían que se casara con otra mujer). Esto se relaciona con otro
aspecto que el autor precisa con mucha claridad, que está dado por el hecho de
que el obsesivo “mantiene siempre su deseo a distancia”. Aclaro: distancia del
deseo, no del objeto. El objeto puede estar muy cerca; el punto es que el sujeto se
aleja de su deseo como una forma de no destruirlo, de mantenerlo vivo.

El obsesivo es aquel, que a diferencia del histérico, reduce su deseo a la demanda. Comentado [NCC19]: Como vimos en su momento, el
sujeto histérico mantiene separadas esas dos dimensiones
Y esto sucede de diversas maneras: el pedido, la orden, la exhortación, la
autorización, la prohibición. Siempre se las arregla para forjarse un Otro a medida,
un Otro completo, que le pida, que le exija, que ordene. ¡Por eso son siempre los
mejores empleados de una empresa! Se someten, como un buen esclavo, a las
demandas del Otro, como una manera de resguardarse de la emergencia del deseo. Comentado [NCC20]: La oblatividad u oblación es
un sacrificio, dádiva y ofrenda que se hacía en la antigüedad
Esto incluye también a los típicos fantasmas de oblatividad de los obsesivos. Como en las civilizaciones y culturas e homenaje o tributo a un
Dios, divinidad o deidad
una especie de genio de la lámpara de Aladino, dice “tus deseos son órdenes” y
tapona con un objeto que se da -el que supuestamente el Otro quiere, precisa, pide-
el surgimiento del deseo. Así, se inventa otro que legisla, que calcule y sea
calculable, pero que no desee. ¿Ejemplo? Nuevamente el Hombre de las ratas.
¿qué ocurre cuando el capitán le hace el cuento del suplicio? Aparece allí la
dimensión del deseo del Otro, de su goce –correlativos del propio deseo y goce-.
¿Cómo responde el sujeto? “el capitán me pide que pague; debo pagar”. Ejemplo
hermoso de la reducción del deseo a la demanda: ya no se trata de lo que el capitán
desea (ni de lo que el propio sujeto no se atreve a reconocer que desea) sino de lo
que el capitán pide.

Todas estas maniobras, apuntan, asevera Lacan, a “domesticar una angustia


fundamental”. El deseo, lo sabemos desde Freud, está aparejado a la angustia de
castración. Es esa falta, la que supone la castración freudiana, la que se busca
obturar con esta estrategia, para así negar toda división subjetiva.

Por último, es necesario agregar que es en este contexto en donde Lacan vuelve
sobre el tema de la hazaña, ubicándola como una solución al problema del deseo
que se sitúa, como dijimos “en el plano de una relación efectiva con el otro”. Lacan
vuelva aquí a preguntarse “¿qué es una hazaña?”. Y responde: “para que haya
hazaña hace falta ser al menos tres, porque uno no lleva a cabo su hazaña solo.
Hace falta ser al menos dos, para ganar un desafío, para que haya un sprint. Luego,
hace falta también que haya alguien que registre y sea el testigo. Lo que trata de
obtener en la hazaña el obsesivo es precisamente esto que llamábamos hace un
momento el permiso del Otro” (Lacan, 1958: 426). Es por eso que los vemos
imponerse todo tipo de tareas agotadoras, y extremadamente duras: trabajar sin
descanso, desperdiciar vacaciones, demostrar, como el Hombre de las ratas, lo
“aguantador” que se puede ser. Estas proezas, en donde no se corren verdaderos
riesgos, están allí para lograr el permiso de ese Otro, testigo de la escena, que es
el que “cuenta los tantos”, el que baja o sube el pulgar, el que dice “es duro, el
muchacho (…) Este es el que hay que preservar a toda costa, el lugar donde se
registra la hazaña, donde se inscribe su historia (..) es a él que va dirigido todo el
comportamiento del obsesivo. Su objetivo esencial, no hay duda, es el
mantenimiento del Otro” (Lacan, 1958: 427).

Para terminar, hay que añadir que, en esta maniobra juega un lugar importante el
significante fálico. Ya hemos dicho, al comienzo de la cursada, que el falo es un
significante impar, vértice del deseo humano, que no significa nada. Pues bien, el
obsesivo, que es “un hombre que vive en el significante, que está muy sólidamente
instalado en él” (Lacan, 1958: 495), quiere que signifique, y para ello lo degrada al
registro imaginario, poniéndolo a jugar en su relación con el semejante. Así, “en todo
obsesivo, hombre o mujer, ven ustedes manifestarse siempre en algún momento de
su historia el papel esencial de la identificación con otro, un semejante, un
compañero, un hermano apenas mayor, un compañero coetáneo que, en todos los
casos, para él tiene el prestigio de ser más viril, de poseer la potencia. El falo
aparece aquí en su forma, no simbólica, sino imaginaria. Digamos que el sujeto se
complementa con una imagen más fuerte que él mismo, una imagen de potencia”
(Lacan, 1958: 498). De esta manera, se identifica imaginariamente -él, o su
semejante- con el falo, es el falo, idealizando el dominio yoico, amurallándose en él Comentado [NCC21]: Se ubica como siendo el falo, en
última instancia, porque le angustia tenerlo, ya que esto
para negar su división. supone la castración

Bueno, ¡es suficiente por hoy! ¡Hasta la próxima clase!

Bibliografía obligatoria

Lacan, J. (1953) “El mito individual del neurótico”. En Intervenciones y textos 1. Buenos Aires:
Manantial, 1985, p. 37-59.

Lacan, J. (1957) “El psicoanálisis y su enseñanza”. En Escritos 1. México: Siglo XXI editores, 1985,
p. 419-440.

Lacan, J. (1957-1958). El Seminario, libro 5 “Las formaciones del inconsciente”. Buenos Aires:
Paidós, 1999. Cap. XXIII “El obsesivo y su deseo”.

Material de uso exclusivo de la cátedra de Psicopatología I de la Facultad de


Psicología de la UNLP.

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