ISBN: 9798395784391
Sello: Independently published
Título: NI EN TUS MEJORES SUEÑOS
Natalí Navarro © 2023
Cubierta: Lily Vainilla @lilyvainyllart
Maquetación: Sandra García @correccionessandrag
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Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las
leyes del copyright al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de
esta obra por ningún medio sin permiso.
A todas esas mujeres
que un día amaron
pero tuvieron miedo.
Lista de reproducción
• Libertad – Nil Moliner.
• Thunderstruck – AC/DC.
• Idiotas – Nil Moliner.
• Tú me has cambiado – Bombai.
• Mis cicatrices – Nil Moliner y Álvaro de Luna.
• La chispa – Lérica y Nil Moliner.
• Mundo imperfecto – Sidecars.
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Nota de autor
Ni en mis mejores sueños imaginé que este par de locos me enamorarían
tanto. Y es que Neus y Alex, ya en la primera novela de la Serie Destino,
La chica de mis sueños, sedujeron a todos los lectores con su chispeante y
excitante relación. Así que era de esperar que su historia fuera especial,
pero, sin duda, han superado todas las expectativas. Con cada palabra, cada
párrafo y cada capítulo que escribía cobraban más vida, se apoderaron de
mis manos y se han ganado un trocito de mi corazón para siempre. Espero
que consigan lo mismo contigo, que rías, llores y te excites tanto como lo
hacen ellos en su increíble historia. Una que trata de los miedos a amar y
ser amado. Que habla del poder del AMOR. Y de cómo escuchando a
nuestro corazón podemos superar nuestros mayores temores junto a la
persona que siempre soñamos.
Prólogo
Cuando veníamos de camino tendría que haberme dado cuenta de que el
aguacero que golpeaba la luna del coche y obligaba a los limpiaparabrisas a
ir a una velocidad estresante, nada bueno auguraba. Pero si hasta Thor se ha
opuesto a todo esto, y nos ha lanzado un rayo tan cerca del coche que
pensaba que acabaría como sardina braseada; mojado y chamuscado. A
pesar de todo, he seguido adelante. Creo que la palabra de uno es de valor y
no se puede faltar a ella porque casi te electrocute un rayo y mucho menos,
porque tu ropa esté tan empapada que parezca una segunda piel.
Cuando llegamos aparqué donde me indicó y en cuanto paré el motor, la
miré.
Blancanieves.
Más sexy que nunca me miraba con ojos chispeantes por la anticipación,
deseando mostrarme lo que ella llama «mi mundo». Las mejillas y la punta
de su pequeña nariz estaban algo sonrosadas debido a la fresca temperatura.
Su vestido rojo purpúreo, como el color del vino, se ceñía a sus curvas y yo
solo pensaba en bebérmela entera. Unos turgentes y erguidos pechos
rebasaban la línea de la coquetería en un acto de descaro, y sus duros
pezones me llamaban deseosos de atención. Del flequillo oscuro, caía
alguna gotita descarada sobre el escote y trazaban su redondez hasta
perderse por la abertura del tejido. Nunca una gota de agua, simple,
diminuta e insignificante, me había parecido tan excitante. Y es que la Dra.
Blázquez, es la psiquiatra más sexy y sensual que he tenido el gusto de
conocer. Bueno, en realidad es la única psiquiatra que conozco, pero eso no
le resta ni un ápice de sensualidad. Todo en esta mujer me grita «sexo».
—Una, dos… ¡Eh, tramposa! —le grité cuando abrió la puerta antes de
que pudiera decir tres.
Salió corriendo hacia el porche y en cuanto llegué a su altura no pude
controlar las ganas de tocarla y envolverla entre mis brazos, mientras ella
reía divertida porque había llegado antes.
—Has hecho trampas —le recriminé.
—Sr. Falcó, que yo sepa las reglas no están escritas en ninguna parte. Me
ha retado y le he ganado, asúmalo.
La besé feroz. A mí qué narices me importaba que me hubiera ganado en
una absurda carrera hasta la puerta. Yo lo único que deseaba era degustarla
mientras me empapaba de su aroma a flores silvestres, uno que se
intensificaba junto con el olor a tierra mojada del sendero por el que
habíamos corrido.
Nuestras manos recorrían con familiaridad y desespero el cuerpo del otro
siguiendo el compás del aguacero. Uno que caía repicando con fuerza sobre
el techado que nos resguardaba.
—Buenas noches. ¿Tienen intención de entrar?
La voz ronca y varonil nos interrumpió rompiendo el momento. ¿Sabías
que puedes besar a alguien y que todo a tu alrededor desaparezca? No sé si
te ha ocurrido alguna vez. Yo no lo había experimentado nunca, hasta que
esta mujer de labios gruesos carmesí irrumpió en mi vida.
—Sí. Él será uno de mis invitados a la lista.
Ajustando la solapa de su esmoquin, asintió con la cabeza, entendedor de
lo que ella le decía, y nos abrió la puerta con caballerosidad. En ese
momento debería de haberme dado cuenta de lo que su frase implicaba,
pero sentí los dedos fríos de mi acompañante entrecruzarse con los míos y
al mirarla, me perdí en su sonrisa. La seguí. Como haría cualquier hombre.
Caminé tras ella sin importar nada más. Porque Neus Blázquez es de esas
pocas mujeres en el mundo. De esas que se abren paso con determinación y
seguridad. De las que cogen lo que desean y cuando lo desean, y tú solo
eres capaz de seguirla embrujado por su aura de extrema seguridad. Es
probable que su mejor virtud sea una en la que ni ella misma repara, su
dualidad. Risueña, tierna, cariñosa y muy divertida, son solo algunas de sus
cualidades. Estas viven en comunión con su mordaz lengua, una que está
siempre dispuesta a atacar con excitantes e inteligentes ocurrencias. Sin
olvidarnos de su tenacidad y fuerza. Pero si hay algo que me tiene
obnubilado completamente es su autoridad. No creo que haya nada que me
pueda poner más cachondo que la Dra. Blázquez dándome órdenes.
Todas las mujeres con las que estoy, y te aseguro que son muchas, suelen
ser complacientes. No pretendo sonar pedante, pero también suelen estar
bastante desesperadas por las atenciones masculinas. Neus no. Ella no te
pone ojos de corderito toda la noche rogándote con caricias veladas que la
lleves a la cama y la hagas suya. Ella te exige que te metas en un baño y que
le hagas un cunnilingus. Lo quiere, pues lo coge, sin más.
Un calor inesperado golpeó mi cuerpo al cruzar el umbral y el dulzón
aroma de la estancia me empalagó al momento. Pero yo seguí sin prestar
atención a las señales, esas que el destino me estaba poniendo delante como
si fueran abruptas ramas con las que tropezar.
Creo que el único momento de mínima lucidez fue justo antes de pasar.
El pequeño recibidor de luz morada me resultó incómodo, una especie de
calambre recorrió mi espina dorsal y me detuve en seco.
—Neus —pronuncié su nombre en una exhalación.
—Ya lo hemos hablado. Este es mi mundo. Dijiste que querías entrar en
él, ¿no es así?
No contesté porque no estaba seguro de la respuesta. Solo le di un suave
apretón a su delicada mano y ella, con una sonrisa resplandeciente, me dio
un rápido beso, justo antes de empujar la puerta giratoria.
Caminamos, con la sensual música de fondo, el medio círculo en
completa oscuridad y cuando la hoja acabó de hacer la rotación, se abrió
ante nosotros el inframundo.
El olor que sentí al entrar se hizo más latente y lo que me pareció una
sensual música, pasó a ser solo el acompañamiento de gemidos y jadeos que
salían de la pared que teníamos al lado. Todo era negro, mesas, sillones,
incluso el suelo y las paredes. El único color lo daba la iluminación de un
rojo rubí.
Una vez en la barra tomamos asiento en dos altos taburetes que quedaban
libres. Me desprendí de la mojada americana y remangué las mangas de la
camisa. Solté un par de botones, exponiendo mi torso, con intención de
provocarla. Sin duda, lo conseguí. Neus repasaba todos mis movimientos
sin perder detalle. Sus muslos se frotaron entre sí, intentando calmar su
excitación. Sonreí triunfante y alcé un poco la mano para que nos atendiera
la camarera.
Una exuberante morena, de estrecha cintura, caminó sugerente hasta
nosotros con un peto de piel negro. La cremallera sufría por mantener sus
eslabones unidos y contener los exagerados pechos dentro del ajustado
traje.
—Dos daiquiris pasión, por favor —pidió Neus con decisión y sin
preguntarme qué era lo que me apetecía tomar.
—Yo prefiero una cerveza. —Rio.
—El daiquiri pasión es un cóctel que activa, como bien dice su nombre,
la pasión sexual. Su olor es muy afrodisíaco. Te gustará, es dulce y con un
punto ácido. Lleva ron, maracuyá, lima y azúcar. No eres alérgico a nada de
eso, ¿verdad?
—Dra. Blázquez, creí que era una mandona en la cama, no pensaba que
también pretendiera controlar mi alimentación.
—Hoy lo controlaré todo de ti —dijo dejando resbalar su dedo índice
desde mi clavícula hasta el primer botón abrochado.
Es imposible que sea saludable tenerla dura durante tanto tiempo. Seguro
que hay algún estudio de la Universidad de Massachusetts en el que han
comprobado cada cuanto hay que dejar libre el placer, debería buscarlo, no
vaya a ser que al final mis soldaditos sufran algún tipo de apoplejía.
Durante un rato corto charlamos y reímos prodigándonos arrumacos,
hasta que un foco iluminó el centro del escenario del fondo de la sala. El
lugar no era demasiado grande, desde cualquier punto se veía perfectamente
todo el salón. Un Drag Queen, vestido de negro, caminó hasta el centro con
sus altísimos zapatos. Llevaba una peluca del color del fuego hasta la
cintura y su cabeza estaba adornada con dos grandes cuernos. Parecía la
reina del infierno. Con fluidez explicó las normas de la sala llamada
Desenfreno, que era donde estábamos tomando algo. No eran muy
complicadas. Nada de tocar sin permiso. No penetrar sin preservativo.
Someter y golpear manteniendo siempre comunicación. Y sin alargarse
demasiado, concluyó con un:
—¡Qué comiencen los juegos del Averno!
A mí me sonó a la película de Los juegos del hambre. Y el símil me
pareció espeluznante. El nombre le venía perfecto al lugar. Averno era
como llamaron los griegos a un cráter por el que creían que podías entrar al
inframundo. Y ese lugar, estoy seguro, que era muy parecido al club en el
que estábamos.
Todo cobró vida de golpe. La gente que tomaba copas con actitud
relajada, de repente se desprendía de sus ropas con urgencia. En el
escenario, el Drag Queen narraba el trío del que todos éramos testigos. Lo
explicaba como si no estuviéramos allí o fuéramos ciegos, con todo lujo de
detalles.
Lo que al principio eran gemidos lejanos tras la pared del fondo, ahora
envolvían toda la estancia. En cuestión de minutos se formó una bacanal. El
olor de la excitación se mezclaba con el ya dulzón ambiente. Podías
escuchar cómo se succionaban labios, pezones y demás partes del cuerpo.
Los más apresurados ya penetraban a su acompañante, mujer u hombre,
todo estaba permitido. El sonido del sexo envolvía el lugar, pero de una
manera muy distinta a la que estoy acostumbrado.
Siempre me ha fascinado cuando penetras a una mujer con fuerza y su
humedad emite ese chasquido al chocar los cuerpos. Pero ese día, hasta eso
me… No sabría explicarme, pero me incomodaba. Así es como me sentí.
Bueno, y también desubicado.
Me encanta follar, duro y salvaje. Incluso me gusta que, en un apretón,
me cabalguen en el asiento trasero de un coche. Añadiría que soy fan de los
polvos en los ascensores, contra el cristal que suelen tener, disfruto viendo
la escena. Sentir que me pueden ver, me excita. Que alguien pase por al
lado del coche o que se pueda abrir el ascensor en cualquier planta y ser
pillado me pone a cien. Pero todo aquello era… muy distinto. No era un
puede, un quizá nos pillan. Allí todos se exhibían, los unos miraban a los
otros, follaban enloquecidos en cualquier rincón, con cualquier persona, y
en cualquier postura.
Acababa de descubrir Sodoma y Gomorra.
Dos manos enmarcaron mi rostro y eso consiguió que saliera del trance
en el que había entrado. Fue cuando me di cuenta de que estaba de pie.
Neus, que seguía sentada, abrió sus piernas dejando al aire sus bonitos
muslos, que asomaron por las rajas laterales del vestido, y yo me acomodé
entre ellas. Tras un lánguido beso, me aseguró:
—Todo saldrá bien.
Una vez más me mantuve en silencio sin saber qué decir.
—Nosotros iremos a una sala privada. Nos hemos quedado un rato aquí
solo para entrar en calor. —Guiñó un ojo y me apartó de su cuerpo para
ponerse en pie.
Lo que desde el principio solo parecía una pared, de cerca, podías ver
unos pequeños picaportes con un número sobre ellos, y justo a su lado una
luz. Miré la puerta contigua y estaba en rojo, la nuestra se veía verde. Pero
cambió de color cuando Neus la abrió. Así que entendí que eran señal de
libres u ocupadas.
En cuanto supe que nos protegía la intimidad y escuché el «clic» que
emitió la puerta al cerrarse, me lancé como una fiera sobre ella. A mí todo
aquel espectáculo de la sala me importaba una grandísima mierda. Yo solo
la necesitaba a ella para calentarme y sentir que ardía mi flujo sanguíneo.
Su dulce sabor abarcaba toda mi boca cuando su lengua resbalaba con la
mía. Ella sujetó mis largos mechones rubios y tiró de ellos con saña,
provocando dolor y un fuerte gruñido que llenó la estancia. Lamió todo mi
cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja y lo mordió con intensidad. Otro
fuerte jadeo nos acompañó. Bajé los tirantes de su vestido y lo arrastré por
todo su cuerpo forcejeando, ya que estaba mojado y no resbalaba por su
piel. Cuando fui consciente de la falta de ropa interior, me volví loco. La
cargué sobre mi hombro y la lancé sobre la cama que presidía la estancia
con un robusto dosel de acero. Me desprendí de toda mi ropa y agarré sus
tobillos tirando de ellos hasta el borde de la cama.
—De rodillas. Ahora —ordenó Neus.
¿Y tú qué haces cuando tienes semejante espectáculo delante de ti? Pues
obedecer sin pestañear.
Se sentó y llevó sus manos hasta los muslos, los acarició con decadencia
hasta llegar a las rodillas. Muy despacio ayudó a sus piernas a abrirse,
quedando completamente expuesta ante mí. Otro gruñido surgió de mi
garganta. No había mucha luz, pero podía ver perfectamente el brillo que le
otorgaba la excitación a sus labios rasurados.
—Huele, pero sin tocar.
Con la quemazón en la punta de los dedos, hice lo que me pidió. Acerqué
mi cara e inhalé con fuerza recibiendo una mezcla de su habitual aroma a
flores silvestres y el picante olor del deseo.
—Ahora, Sr. Falcó, siéntese en mi lugar. Voy a follármelo.
No sé de dónde lo sacó, pero en un abrir y cerrar de ojos, ya tenía un
condón puesto y a ella ensartada en mi palpitante polla. Comenzó a
cabalgarme con certeras caídas sobre mi falo, haciendo que la penetración
fuera profunda y enloquecedora. Llevé mi boca hasta uno de sus pezones y
lo mordí como sabía que a ella le gustaba. Eso provocó que aumentara el
ritmo volviéndome majareta. Neus gritaba jadeante y quise ver su rostro,
para disfrutar de su lujuria. Cuando alcé la vista…´
¡Boom!
Sentí cómo dentro de mi cerebro se generaba una parada total. El corazón
dejó de latir y el oxígeno decidió dejar de llegar a mis pulmones.
Jamás podría haberme imaginado en una situación así.
Conté con rapidez. Uno, dos y tres. ¡¡Joder!! Tres. Había tres tíos
desnudos a nuestro alrededor. ¿De dónde cojones habían salido? ¿Llevaban
allí todo el tiempo? Los dos más jóvenes eran iguales. Iguales. Es por eso
que necesité contarlos, creí que me estaba volviendo completamente loco.
Los conocía, ya me los había presentado Neus en una ocasión, y di por
hecho que se los tiraba, pero sin estar yo presente.
Neus extendió sus brazos como si fuera la Diosa Venus y ellos sus fieles
súbditos. Se acercaron y con las manos recorrió los miles de músculos que
tenían hasta sus gruesas pollas. Con total familiaridad las envolvió entre los
dedos y empezó a masturbarlos.
Llamó mi atención un movimiento y volví a centrarme en Neus que,
enajenada, seguía cabalgando sobre mí. Una mano masculina envolvió su
garganta para forzarla a llevar su cabeza hacia atrás. Cuando me fijé bien,
reconocí al jodido cirujano que trabaja con ella en el hospital. Este me
miraba con una petulante sonrisa de medio lado, mientras sacaba la lengua
para lamer todo el labio de MI Blancanieves. Es ahí cuando empecé a
reaccionar.
—Neus.
Jadeó con más fuerza, como si oír su nombre brotar de mis labios la
excitara y eso fue el remate.
—¡Basta! —grite.
Todos pararon en seco. Sin decir nada, sujeté con fuerza sus caderas y
sintiendo como si me arrancaran una parte de mí, me la quité de encima.
Con un brabucón gesto, lancé a las piernas del cirujanucho el preservativo.
A una velocidad insólita me puse el pantalón sin importarme la falta de ropa
interior, cogí la camisa con una mano y los zapatos con la otra. Justo antes
de abrir la puerta, me giré y con los ojos clavados en los de ella, hablé
impulsado por el enfado:
—Lo siento, Bellissima, pero ya te dije una vez, yo no follo con tías
como tú.
Capítulo 1
Furioso se queda corto. Estoy cabreado, colérico, enojado, enfurecido, y
por qué no también podemos añadir irritado e indignado. Aunque lo peor no
es nada de lo citado anteriormente, sino que… estoy celoso.
No debe de haber pasado más de media hora que hui del Averno. Es lo
que se tarda del antro ese a mi piso en el centro de Barcelona. Creo que,
aunque pase media vida, ni el enfado que tengo con Neus, ni el que tengo
conmigo mismo, voy a poder quitármelo.
«¿En qué coño estaba pensando cuando le solté esa frase?». De todas las
cosas que podría haber dicho en ese instante, voy y suelto la que sé que más
va a dolerle.
Me costó hasta parte de mi orgullo conseguir que me perdonara la
primera vez que se la dije, ahora, va a ser casi imposible. Pensándolo bien,
se puede quedar enfadada y con esos tres mamarrachos llenos de músculos.
No es envidia en absoluto. Voy a diario al gimnasio y eso me mantiene en
forma. Mi más de metro noventa es pura fibra. Tengo una musculatura
definida y que adoran todas mis amantes. He perdido la cuenta de las veces
que he necesitado curar los arañazos de mi prieto trasero, uno que trabajo a
conciencia en la Hip Thrust Machine, mi máquina preferida del gimnasio.
Lo que me irrita es que le gusten esos engullehormonas. Parecían dos
luchadores de Pressing Catch, aquel programa de los noventa que miraba
siempre con Quim.
Pensar en él me pone aún más nervioso. Mi mejor amigo y al que
considero mi hermano, está saliendo con la mejor amiga de Neus. Bueno,
llamar salir a lo que tienen, es un eufemismo. Están locamente enamorados
el uno del otro, rebasando casi lo que se puede considerar natural. Son la
pareja perfecta, y Chloe es de esas mujeres que te roban el corazón. Dulce y
cariñosa, siempre con una bonita sonrisa, aunque la vida haya sido una
cabrona con ella. La adoro. Pero Neus también la adora. A ella y a Quim. Y
eso solo va a traerme problemas.
Chloe ha tenido una vida muy difícil y Quim, bueno, menos mal que la
encontró cuando más lo necesitaba. Hace solo unos días que hemos
recuperado a Chloe. Por un momento creímos que la perdíamos, y te
aseguro que detrás hubiera ido mi amigo. Porque para él la vida ya no tiene
sentido sin su Diosa, que es como la llama. Sí, cursi de narices, pero ella se
deshace cada vez que se lo dice, así que quién soy yo para juzgarlo y menos
teniendo en cuenta que yo llamo a Neus, Blancanieves.
Es por todo eso que aún me irrita más lo que ha ocurrido hoy.
Ante todo, he de dejar claro que a mí esos sitios no me van, nunca me
han atraído. Pero cuando Quim me explicó que Chloe había estado
expuesta, medio desnuda en una jaula, dentro de un local igualito al que he
visitado hace un rato, casi vomito del asco.
En cuanto la gente ha empezado a quitarse la ropa, he recordado por lo
que ha tenido que pasar la que considero mi cuñada, y una bola pesada se
ha instalado en mi estómago. ¿En serio te apetece ir a un club de sexo
cuando tu mejor amiga hace unos días estaba en uno igualito y obligada a
ser expuesta? No lo entiendo. Vale, Neus hace mucho tiempo que frecuenta
el Averno. Aun así, algo no me cuadra. Hace unos días era una mujer
totalmente distinta a la que me he encontrado hoy dentro de esa habitación.
Hoy era artificial y sobreactuada.
El día que me pidió que conociera «su mundo» y al resto de sus
follamigos —cómo me patea el higadillo que me llame a mí así, y más aún,
que tenga a más de esos en su vida—, no pensé que la manera de
presentarnos sería en pelotas mientras me la follaba. Cuando me propuso ir,
no me explicó nada. Ahora sé por qué.
Al entrar en la habitación he dado por sentado que todo era solo para lo
que ella misma ya me había dicho, un medio para entrar en calor. Igual que
el que mira porno con su pareja.
Como apunte, que quede claro que Neus no es mi pareja, yo no tengo
esas cosas.
Bueno, volviendo al asunto, si pretendes montar una orgía, todos los
participantes tienen que saber que van a formar parte de ella. Es lo lógico.
Pues bien, esa es otra cosa que me repatea el higadillo. Estoy seguro de que
con ellos sí que lo tenía todo pactado, y yo he sido el imbécil que se deja
llevar. Eso no va a volver a ocurrir.
Ella me ha pedido que viera su mundo. Pues, bien, ya lo he visto y no me
gusta.
Capítulo 2
Una semana antes
—¿Sí?
—Bellissima, apri la porta, sono Alex.
Hablo italiano, sí, pero lo único que me vincula con Italia es mi amigo
Flavio y su exquisito restaurante, el Amore Mio. Siempre me ha parecido
muy sexy este idioma, y a la mayoría de mis amantes también. Así que
desde que se lo expliqué a Flavio me ha ido enseñando algunas frases, la
mayoría para ligar. Eso es todo el italiano que parlare. Hace muchos años
que soy cliente de Flavio, ya que su restaurante está justo debajo de mi
casa. Chapurreo con tanta asiduidad el italiano, que hay expresiones que se
podría decir que las tengo adquiridas en mi vocabulario habitual.
Subo en el ascensor y no puedo evitar recordar la última vez que estuve
aquí. Neus me invitó a su cumpleaños. Estábamos enfadados, como casi
siempre, pero lo arreglamos follando, también como casi siempre.
Bueno, creo que mi regalo también ayudó un poco a subsanar nuestras
diferencias. Le regalé una versión del cuento de Blancanieves. Aquel día,
en la librería, la pobre dependienta estuvo a punto de editarme ella misma el
cuento tal y como yo quería, solo para que me largara de allí. Por suerte
recordó una edición especial ilustrada por François Roca y narrada por
Charlotte Moundlic. En cuanto la sacó de la trastienda, la vi a ella, a mi
Blancanieves. La cubierta era toda negra, solo estaba iluminada por el
rostro de una chica de piel nívea y ojos verdes, en su mano sujetaba la
peligrosa manzana roja. El cabello era tan negro que se perdía en la
profundidad del fondo. La miré un buen rato pensando en que se la veía
delicada, pero a la vez oscura, fuerte y desconocida. Las maravillosas
ilustraciones nada tenían que ver con la imagen de cuento de princesa al que
estamos acostumbrados. Simplemente perfecto. Igualito a Neus. Para
rematar le llevé un enorme ramo de flores silvestres con una tarjeta que
rezaba:
Su preciosa apariencia y salvaje olor me recuerda a ti.
Feliz cumpleaños Blancanieves.
Soy todo un adulador, lo sé. El efecto que pretendía causar fue el que
conseguí. Se lanzó sobre mí en el rellano y nos devoramos, hasta que llegó
Quim y nos interrumpió. Estaba tan henchido por haber conseguido que se
le pasara el enfado, que casi tengo que entrar de lado por la puerta. Un
cartel de neones luminoso y brillante gritaba sobre mi cabeza: «He
triunfado». Aunque sufrió un fundido total en cuanto entré. Ocho ojos
acusadores me miraban como si fuera un rival a derribar. Los cuatro tíos
que me amenazaban de muerte con sus ojos eran sin duda guapos. No me va
el género masculino, pero el que es guapo lo es y punto.
Uno de ellos, al que me presentó como un compañero del hospital, y el
cual necesitó constatar que era cirujano estético, era más esbelto. Los otros
tres, unas máquinas de gimnasio y adictos a las hormonas. El de mirada
asesina era bombero y los dos restantes, unos inquietantes gemelos
idénticos que trabajaban como entrenadores personales.
Soy director en Genesis Marketing, y como el nombre indica, ayudamos
a empresas a gestionar su marketing. Creamos anuncios de todo tipo,
televisión, prensa, páginas webs, todo lo que imaginen nuestros clientes lo
hacemos realidad. En este mundo te encuentras de todo. Gente encantadora
y auténticos tontos, que solo llegan al mundo para desquiciar al resto.
Supongo que están para que el planeta quede equilibrado y no parezca que
vamos todos pasados de oxitocina y dopamina. En fin, lo que quiero decir
es que estoy acostumbrado a tratar con gente de todo tipo.
Me encanta mi trabajo. Quim siempre dice que soy un embaucador de
personas, él lo ve así. No es del todo cierto, la realidad es que disfruto
estando rodeado de gente. Me gusta charlar y casi siempre me parece
interesante lo que me explican. Escuchando y observando a las personas,
aprendes muchas cosas, y te aseguro que, solo mirándolos ese día, aprendí
bastante de esos cuatro mamarrachos. Si creían que sus músculos y sus
absurdas miradas, podían incomodarme, es porque aún no me conocían.
Neus, prácticamente, me ignoró toda la noche. Al final decidí invitar a
una de sus compañeras del hospital a venir conmigo. Eran unas cuantas
chicas de su unidad y una de ellas, la de las tetas bien puestas, no dejaba de
repasarme con la mirada y sonreírme coqueta. Una de esas miradas
suplicantes que suelo encontrar en el rostro de mis amantes. Esa que pedía a
gritos que bombease dentro de ella hasta desfallecer. Tras charlar un corto
rato aceptó sin dudarlo.
Ahí fue cuando llegó el mejor momento de la noche. Y conseguí lo que
realmente quería. A Neus le dio el mayor ataque de celos del que he sido
testigo jamás. Cruzó el salón aporreando el suelo con sus tacones y me
exigió, mucho más alto de lo que seguro pretendía, que habláramos.
—Verás, ahora no puedo, nos íbamos —dije girándome para mirarla a los
ojos.
—¡Ahora! —repitió alzando un poco la voz sobre la música y señalando
el pasillo que lleva al fondo de la vivienda.
No sé por qué, pero obedecí. Ni siquiera miré a la chica con la que
hablaba, solo puse un pie delante del otro. En la oscuridad del pasillo
intenté hablar con Neus.
—Me tengo que ir rápi…
Pero un empujón me cortó y así recorrí el pasillo, a empujones. En
cuanto me metió en el lavabo —estancia peculiar, lo sé—, encendió la luz y
con un regulador bajó la intensidad, dejando un ambiente algo misterioso.
Dio la vuelta muy despacio al pestillo, y se giró con la barbilla alzada y los
ojos enfurecidos.
—De rodillas.
—¿Perdona? —pregunté alucinado sin creer lo que acababa de decir.
—No tengo toda la noche. He dicho de rodillas. Ahora.
—Pero a ti… tú… —Solté una gran carcajada, pero ella se mantuvo muy
seria. Eso hizo que dejara de reír y la mirase expectante.
—Como veo que no lo estás entendiendo, te lo voy a dejar más claro.
Quiero volver a verte de rodillas consumido por el deseo.
Llevó una de sus manos al cuello, detrás del cabello, y con un simple
tirón soltó el lazo y el vestido cayó al suelo. Sus redondas tetas me miraron
orgullosas, coronadas por dos guijarros duros y excitados. Un diminuto
tanga de encaje rojo hizo que me explotara la cabeza cuando lo vi salir
volando por encima de mí.
—De rodillas, Alex. Ahora —repitió la orden.
Una vez probé su sabor, nada más importó. Me perdí en sus pliegues, en
la suavidad de su piel, y todo, o, mejor dicho, todos los que estaban fuera de
esa habitación, simplemente desaparecieron.
Me centro y recoloco mi entrepierna excitada debido a los recuerdos.
Golpeo con suavidad con los nudillos, no hace falta que pulse el estridente
botón del timbre, ya sabe que estoy subiendo. Escucho que gira la llave y
cuando abre la puerta me quedo sin palabras. Quim cree firmemente, y más
después de conocer a Chloe, en lo que su padre nos repetía una y otra vez
cuando solo éramos dos adolescentes cargados de hormonas descontroladas:
«—Un día mirarás a una mujer y dejarás de respirar solo para que ella
pueda abarcar todo el oxígeno del lugar. Ese será el día que tu vida dejará
de pertenecerte, porque sabrás que tiene una nueva dueña. Y ya nada más
tendrá sentido si no es junto a ella».
No tengo muy claro que esa frase sea de fiar, pero ahora mismo no estoy
respirando por si ella necesita más oxígeno.
He venido porque sé que está destrozada y sola. Lo que era imposible de
imaginar es que aún está más hermosa con los ojos hinchados y rojos,
mientras las lágrimas bañan sus mejillas. No es que me guste ver llorar a la
gente. Es que su naricita algo enrojecida, las pestañas pegadas entre sí por
la humedad y sus labios entreabiertos, me han desarmado. Su cabello
oscuro, casi negro, está recogido en una especie de moño alto y algunos
mechones acompañan a su flequillo alrededor de su perfilado rostro. Está
tan bonita que necesito aliviar la picazón de mis dedos, sin pensarlo,
extiendo los brazos y acaricio su rostro con ambas manos para limpiar los
salados surcos. Decido que no puedo desmayarme, en algún momento he de
respirar, y la mejor manera es apoderándome de su oxígeno, uno que tomo
cuando beso sus mullidos y templados labios. Siento su olor embriagarme y
todo mi cuerpo lo reconoce al instante. El beso es sutil, dulce. Nuestros
labios se rozan y acarician, pero nuestras lenguas se mantienen en su lugar
para que este beso se sienta íntimo. No dejo de acariciar su sedosa piel a la
vez que voy apartando los mechones de sus mejillas y llevándolos detrás de
sus orejas. Solloza y me separo un momento para envolverla con fuerza y
acunar su cuerpo en un fuerte abrazo que calma un poco lo preocupados que
estamos. No necesitamos decirnos nada, hay gestos que son más que
palabras.
Mira algo sorprendida cuando me agacho a coger la mochila que he
traído y el maletín.
—Vengo a quedarme. Puedo dormir en el sofá. Pero no te pienso dejar
sola en una situación como esta y, para qué engañarnos, yo tampoco quiero
estar solo.
Asiente conforme y se va a la cocina a preparar uno de sus brebajes de
brujita. Le encantan las infusiones, es por eso por lo que Quim y yo la
llamamos así, bueno por eso y porque ella tiene algo de bruja, no de las
malas, sino de esas que descubren cosas en los demás sin necesidad de
preguntar. Supongo que debe de ser un sentido extra que desarrollan los
psiquiatras. O quizá sea algo que viene de sus antepasados, podría ser
descendiente de quien sabe… una estirpe de brujas.
Se sienta a mi lado en el sofá y tomamos la infusión en silencio. Quizá
debería dejar de acariciar su pelo, pero no puedo. Y parece que a ella le
complace, ya que cada vez que le rozo la piel cierra los ojos. La infusión
tiene olor a lavanda y su sabor es dulce. El momento de silencio y el calor
de la bebida me va relajando poco a poco, y parece que a ella también. Al
terminar, deja las tazas en la mesa de centro, nos cubre con una gran manta
a los dos y ella se acomoda sobre mi pecho. No encendemos ni la tele. Se
queda dormida entre suspiros y algún sollozo, a la vez que trazo círculos en
el dorso de su mano. Aprovecho ese momento para enviarle un mensaje a
Quim.
Alex:
Dime que ya estás con Chloe.
Quim:
Es complicado, todo gira en torno a una investigación. Pero ella está
protegida. Te llamo cuando pueda.
¿Cómo que una investigación? Eso no me lo esperaba. Hasta donde yo sé
a Chloe la ha secuestrado la exnovia de Quim.
Ayer era el cumpleaños de Chloe y estaba todo preparado para que se
fueran el fin de semana a Tossa de Mar. Se suponía que iba a ser un día
increíble, pero todo fue un caos. Quim le había preparado un fin de semana
alucinante, iban a navegar en velero y hacer submarinismo. Además, Neus
y yo íbamos a subir para comer con ellos. Pero todo se torció por la
mañana, cuando Chloe no apareció. Por suerte para todos, Quim pertenece
al Grupo Especial de Intervención (GEI), es el cuerpo de élite de los
Mossos de Escuadra. Gracias a eso y sus contactos localizó a Chloe en
Marbella el mismo día que había desaparecido. Quise ir con él, pero decidió
ir en su moto para llegar antes. No he dormido nada en toda la noche, he
mirado el móvil sin parar. Quim solo me ha contestado las dos veces que ha
parado a poner gasolina para avisar que él estaba bien. Cuando esta mañana
me ha llegado el mensaje de Neus, desesperada porque Quim hacía varias
horas que no le contestaba, no me lo he pensado. Me he duchado, he
preparado una maleta y he venido.
Es ridículo que estemos en nuestros respectivos pisos, sufriendo y solos.
Si tienes a alguien cerca, todo se lleva mejor. Aunque ese alguien te saque
de tus casillas con frecuencia. Porque esta mujer causa eso en mí. En un
instante la adoro y un segundo después la odio con todo mi ser.
Antes de abrir los ojos ya soy consciente de sus suaves muslos rozando
los míos. Anoche entró en el baño con un grueso jersey y unos leggins, y
cuando salió, apareció con un sencillo camisón negro de tirantes. Digo
sencillo, porque lo parecía, era de algodón y sin encaje ni nada por el estilo,
pero sobre su cuerpo… ¡Mamma mia! Yo me quité el pantalón deportivo,
me dejé la camiseta y, sin mirarla demasiado, me metí en la cama.
Fue ella la que dijo que no tenía por qué dormir en el sofá. Que éramos
amigos que habían compartido intimidad y que dormir juntos era mucho
menos que tener sexo. Visto así, pensé que tenía razón. Eso fue justo antes
de meterme en la cama y dos minutos después de estar dentro, confirmé que
se equivocaba. No tengo problema en dormir con mujeres, después del sexo
es un palo irse a casa. Al principio, siempre se disimula, algo de arrumacos,
cabeza en el pecho, ya sabes, eso que todos hacemos para que el otro no se
sienta un objeto sexual. Después, cada uno a una punta y a descansar. Pero
esto es muy distinto. La denominada postura cucharita durante toda la
noche, ya es una clara distinción. Y si a eso le sumas que no hemos tenido
sexo, se confirma, se puede catalogar como caso aparte.
Mi brazo rodea su cuerpo y entrelazo los dedos con una de sus manos.
No es mi intención, pero por las mañanas, y aún más si tiene un trasero
presionando contra ella, mi entrepierna tiene vida propia. La siento crecer
cuando Neus mueve la pierna y su cuerpo se roza contra mí.
—Sr. Falcó, se ha despertado usted muy animado pese a las
circunstancias.
—Verá, Dra. Blázquez, mi polla adora su culo y usted no para de
moverlo sobre ella.
Ríe divertida y se gira para encararme. Sin esperármelo me besa.
—Buenos días y gracias.
—No digas tonte…
—Alex. —Me interrumpe como siempre hace—. Lo digo en serio.
Gracias.
Le sonrío y mientras peino su loco pelo alborotado, la beso de nuevo.
Capítulo 3
Trato de no psicoanalizarme. Pero es un defecto de profesión. ¿Qué
estoy haciendo? «Todo lo que siempre dices que no piensas hacer». Me
irrita la incansable verborrea de mi cabeza. «La que no está cansada eres tú,
has dormido agustísimo entre los brazos del señor ojazos». Y dale con las
reprimendas. Solo ha sido porque ambos lo necesitábamos. Estamos
destrozados con la desaparición de Chloe. Que Alex haya venido para
hacerme compañía ha sido… ha sido… «Por favor, si no eres ni capaz de
verbalizarlo en tu propia cabeza». Claro que puedo, ha sido… guay. «¿Has
dicho guay? ¿En serio? No, no lo ha sido. Lo que ha sido es perfecto, igual
que él». Es en este momento, cuando estás hablando contigo misma y te
sueltas justamente lo que no querías escuchar, cuando debes dejar de
psicoanalizarte. Si ahora mismo fuera mi propia paciente, anotaría en mi
libreta: «posible bipolaridad».
—Bellissima, ¿te importa si me doy una ducha?
A ver, cómo explico yo esto. Metro noventa de fibra, mechones rubios
despeinados, absurdamente sexys, ojos azul frustrante de tan bonitos que
son y para rematar, una sonrisa perfecta con hoyuelos incluidos. ¿Cómo no
voy a hablar conmigo misma?
—Neus, ¿estás bien?
—Sí, sí, sí —tartamudeo, genial.
¿Por qué no deja de rascarse el abdomen? Esos oblicuos tan perfectos me
están poniendo tontorrona. «¿Otra vez pensando en sexo? Solo hace dos
días que te prometiste aflojar con el tema». ¡Joder! Pero qué pesadita estoy
hoy conmigo misma.
—Me ducho contigo.
¿Acabo de decir que me ducho con él? Por el amor de Dios, si es que no
tengo control. «Ya hace tiempo que deberías ir a terapia». Es culpa tuya que
siempre esté pensando en sexo, es en el único momento que te callas, no
creo que nadie tenga una cabezota tan pesada.
—Mmm… Está bien —contesta sorprendido.
Pues claro que está bien, solo es una ducha, rapidita y ya está. «Claro,
solo una ducha ¡Ja!».
—Tengo toallas en el baño para los dos —digo a la vez que dejo caer mi
camisón al suelo de espaldas a Alex y sigo caminando para que me siga.
Lo escucho resoplar y eso me saca la primera sonrisa desde que
desapareció Chloe. ¿Cómo estará? Todo esto es horrible. Lo único que me
mantiene algo tranquila es Quim, ese hombre destruiría el mundo entero por
mi amiga. Hasta daría su vida a cambio de la de Chloe. Además, ese
extraño burbujeo que suelo tener en el estómago y que me avisa de las
cosas, me asegura que todo va a salir bien. Es como una especie de sexto
sentido, Spiderman tiene el arácnido y yo la capacidad de saber cómo se
sienten las personas. Cada vez parezco más loca, ¿verdad? Por suerte, a mi
cabeza solo la escucho yo y el mundo sigue creyendo que soy una
psiquiatra excelente. Bueno, Alex, Quim y Chloe creen que provengo de
una estirpe de brujas, menos mal que solo son ellos tres. El resto creen que
todo se debe a que soy muy buena en mi trabajo.
Dejo que el agua, bien caliente, caiga con fuerza sobre mi cabeza, a ver si
así me libero un poco de los constantes pensamientos. Es agotador.
—¿Mejor?
Abro los ojos y veo en el azul cristal de los suyos la preocupación. He
pasado media noche durmiendo, pero la otra media llorando. No me gusta
que sea testigo de mi debilidad, no la muestro nunca ante nadie.
Solo le contesto asintiendo, mientras observo que extiende su brazo para
alcanzar el champú. Nos cambia de lugar y me pone de espaldas a él.
Cuando empieza a masajear mi cabeza, la piel se me eriza del placer.
—Este ya es mi olor preferido —susurra.
Mi champú es de flores silvestres. Siempre me ha hecho gracia que un
hombre como Alex tuviera la sensibilidad suficiente para determinar el olor
de mi champú con solo inhalarlo. Cuando empieza a enjabonar mi cuerpo
no puedo retener las ganas. Sé que dije que aflojaría un poco e intentaría
bajar la frecuencia, pero si me ponen al tío más guapo que conozco desnudo
y acariciando todo mi cuerpo con jabón, ¿qué esperas?
—Necesito que me folles —suelto desesperada, pero es que ahora mismo
lo estoy.
—Neus, estás con las emociones alborotadas, por favor, no me pidas eso
porque no voy a poder seguir controlándome. ¿Tú eres consciente del
esfuerzo sobrehumano que resulta para mí verte así? Solo vestida con
diminutas burbujas de jabón brillando por todo tu cuerpo. Pareces una
ninfa.
¡Joder! Es tan perfecto que me repatea el higadillo. Lleva desde anoche
empalmado, me tiene desnuda y rogando sexo, y él quiere respetarme. Lo
malo, es que a mí nunca nadie me niega nada, y mucho menos si es sexo.
Llevo dos días sin acostarme con nadie, sé que dije que aguantaría todo el
fin de semana, pero lo de hoy no se puede considerar una falta a mi
promesa. Más bien es un hecho irremediable del que nadie, en la tierra o el
sistema solar, podría resistirse. Sin pensarlo me giro y envuelvo su polla
con firmeza a la vez que lo miro retadora. Cuando escucho su segundo
jadeo sé que he ganado.
—Solo lo haremos si es a mi manera.
—Hazlo cómo te dé la gana, pero necesito que lo hagas.
Es la única forma de relajarme de verdad y dejar de pensar en cómo
estará Chloe y en lo abrumada que me tiene Alex.
Cuando empieza a besarme con dulzura me pongo nerviosa y contraataco
con brusquedad.
—A mi manera o me salgo de la ducha.
—¿Vas en serio?
—Lo tomas o lo dejas.
—Está bien, vale. —Muy impropio en mí, pero me rindo.
Esto es horrible. Estoy perdida. Cuando he aceptado y ha seguido con sus
besos decadentes, pensaba que a medida que entrara en calor, el ritmo
también lo haría. Pues no. Alex ha decidido hacerme el amor. Me está
haciendo el puto amor. Y es aún más perfecto que cuando me folló sobre la
mesa de mi despacho hace unas semanas.
Lento y profundo, mientras me mira a los ojos con una de esas miradas
que acojonan.
—Bellissima, Blancanieves.
—Deja de hacer eso. No va a ocurrir. —Sonríe canalla.
—¿El qué?
—No nos vamos a enamorar —digo entre jadeos debido al placer que
estoy sintiendo.
Le da igual lo que le acabo de soltar, Alex no deja de entrar y salir de mí
con suavidad. Siento como mi nudo de placer se va rozando con su
abdomen, con cada acometida y un calambre recorre mis piernas cada vez
que eso ocurre. Estoy contra la pared y sujeta por las nalgas con sus manos,
el agua resbala por nuestros cuerpos y en breve perderé el juicio gracias al
orgasmo que siento arremolinarse y prepararse para explotar.
Nuestras miradas desconectan y la sensación es extraña, pero no voy a
pararme a valorar lo que eso significa. Sus jadeos cerca de mi cuello hacen
que sienta su aliento calentar esa zona. Cuando sus labios rozan mi oreja,
me susurra muy sensual:
—No me rete, Dra. Blázquez, o tendré que demostrarle de lo que soy
capaz y enamorarla.
—Ni en tus mejores sueños.
Capítulo 4
En cuanto suena el primer tono del teléfono, salto sobre él para
descolgar. Neus corre desde la cocina, donde estaba preparando el desayuno
y salta el respaldo del sofá para ponerse a mi lado.
—¡Quim! Por favor, dime que está bien y la tienes a tu lado —hablo a la
vez que va llegando la imagen de la videollamada.
—¿Dónde está Chloe? —pregunta Neus asustada, imagino que por no
verla junto a Quim.
—Hoy voy a buscarla.
La mano de Neus se enreda con la mía y la estrecha con fuerza, buscando
calmar la tensión.
—¡¿Cómo?! Dios mío, han pasado tres días. ¿Cómo puede ser que aún
no la hayas sacado de allí? —dice muy preocupada y sollozando.
—Tranquila, todo saldrá bien —susurro rozando el lóbulo de Neus y
rodeo su cuerpo para sentirla aún más pegada a mí. Es una necesidad
cuando sé que sufre.
—Ya os expliqué que todo gira en torno a una investigación. No puedo
actuar sin más. Solo os puedo decir que está a salvo y protegida.
—Pero… tío… ¿estás seguro de que ella está bien?
—Sí. No debería explicaros esto, pero os lo diré para que estéis
tranquilos. Hace un rato he recibido una foto de ella comiendo sentada en
una cama con una bandeja sobre las piernas. Y esta mañana una en la que
dormía tranquila. Se la ve tan preciosa y perfecta como siempre. Me
aseguran que nadie le ha puesto una mano encima y que no se separan de
ella bajo ningún concepto.
Neus suspira con fuerza encajando más su rostro en mi cuello. El llanto
hipado que ha empezado cuando he descolgado, deja de ser sonoro gracias
al alivio que siente. Ahora sé que llora porque puedo sentir como aún
tiembla su cuerpo. La miro y alguna lágrima rebelde sigue deslizándose por
sus mejillas.
—Estoy al borde de que me dé el décimo infarto del fin de semana, pero
verla me ha calmado un poco —explica desesperado Quim.
—¿Y ahora qué? —pregunto.
—Agente Puig —interrumpe una voz de fondo y Quim levanta su mirada
buscando a su propietario—. Es el momento.
Cuando Neus y yo lo escuchamos, los dos nos apretujamos el uno contra
el otro, buscando calmar un poco el nerviosismo y, seamos sinceros, el
miedo.
—Os dejo.
—¡Espera! —vocea Neus.
—No hay tiempo, ¿qué pasa?
—Cuídate mucho y volver los dos en perfecto estado, ¿me oyes? Es una
orden —pide volviendo a sollozar.
Quim le devuelve una débil sonrisa y asiente con la cabeza con toda la
seguridad del mundo. Porque él es así, seguro y fuerte, aunque, durante
unos meses, dejó de serlo por culpa de la muerte de sus padres, en realidad,
como dice Chloe, es como una especie de superhéroe.
—Os quiero.
—Y nosotros a ti —contestamos Neus y yo a coro y apresurados antes de
que se corte la llamada.
—Nos vamos, prepara la maleta.
—¿Qué? —me pregunta sorprendida.
—Si salimos ahora y no paramos más que lo imprescindible, podemos
llegar a Marbella en menos de diez horas.
Las dos manos de Neus rodean mi rostro y, con una sonrisa
resplandeciente, se lanza sobre mí y me besa. Por suerte el beso no se
extiende demasiado, no podría contenerme si se alarga y la haría mía otra
vez.
Ayer en la ducha no es que no quisiera, pero la vi sufrir mucho la noche
anterior. Ya la voy calando. Lleva una máscara, la que le muestra al mundo,
y lo cierto es que consigue lo que pretende. Todos creen que es
imperturbable, fuerte, decidida, y alto, que lo es, pero también es
extremadamente sensible a todo, a las emociones y a las caricias, también a
las muestras de cariño. Es como si llevara tanto tiempo bloqueando esos
sentimientos y sensaciones que ahora no sabe de qué manera gestionarlos.
En la ducha no quería que me la follara, lo pidió, sí, pero cuando empecé
a hacérselo lento sentí cómo se abandonaba al momento. Costó, al principio
estaba incómoda con tanto cariño, hasta que nuestras miradas tomaron las
riendas y se conectaron. Jamás había sentido una corriente semejante
recorrer mi cuerpo. Sus gatunos ojos verdes me pedían, no, me suplicaban
que no me alejara. Todo se rompió cuando llegó al orgasmo. Como si lo que
acabáramos de sentir no hubiera sido nada, salió de la ducha y durante un
rato me ignoró. Parecía que no estaba allí con ella. Le di su espacio y la
dejé reflexionar sobre lo que acabábamos de vivir juntos bajo el agua.
Cuando, supongo, digirió lo que había ocurrido, sin que me lo esperara y
mientras revisaba mails en el iPad, se acercó a mí y acarició el cabello de
mi nuca. Eso hizo que la mirara y ella me besó, uno de esos besos que das
porque necesitas sentir a la otra persona, su calor y su ternura. Me propuso
salir a pasear un poco para despejarnos y me pareció una gran idea.
No tenía ganas de quedarme en el bullicioso centro y la llevé a la Serra
de Collserola en la zona de la Rabassada. Era el lugar preferido de la madre
de Quim e íbamos siempre a ver el amanecer. No se lo he dicho a mi
hermano, pero vengo muy a menudo, a hablar con ellos, sus padres, y a
recordar bonitos momentos.
Le expliqué a Neus que solía llevar churros con chocolate para sabotear
los almuerzos nutritivos de la madre de Quim, y lo mucho que reíamos
siempre entre bromas y gestos de cariño.
Neus ha tratado a Quim como paciente desde que perdió a sus padres y
casi se pierde él también. El día que echó aquí las cenizas pensé que lo
perdía. Le dio un severo trastorno de estrés postraumático y acabó en el
hospital. Fue allí cuando la Dra. Blázquez irrumpió en nuestras vidas y sin
duda, fue para quedarse en ellas.
No soltamos nuestras manos en lo que duró todo el paseo. De camino al
coche, le propuse:
—Ya casi es la hora de comer, puedo llamar a Flavio y que nos prepare
algo para llevar.
—Perfecto. Me encanta la comida del Amore Mio.
Nunca he tenido pareja, pero te aseguro que cualquiera que nos viera ayer
creería que lo éramos. Besos, caricias, arrumacos. Hay veces que las cosas
simplemente fluyen, y con Neus lo están haciendo y me encanta. Sé que si
saco el tema ella se pondrá en plan: «¡Mayday! ¡Mayday! Preparar escudo
de fuerza contra emociones», así que dejaré que el destino nos lleve.
La comida fue relajada y estaba riquísima. Los raviolis rellenos de pera y
gorgonzola eran una explosión de sabor en el paladar. La lasaña tenía olor al
manjar de los dioses, la cremosa salsa era un festival degustativo. Todo
aderezado con una botella de lambrusco bien fría y su compañía, se
convirtió en la comida perfecta. Acabamos acurrucados en el sofá con los
móviles en la mano, esperando noticias de Quim y de Chloe.
Estábamos extremadamente preocupados, durante toda la mañana
bombardeamos a Quim por WhatsApp, pero todas las respuestas que
recibíamos eran iguales. Nos decía que Chloe estaba bien y que estaba
moviendo cielo y tierra para sacarla de allí. Neus era como una bomba de
relojería que detonaba cada pocos minutos con una emoción distinta,
contenta, triste, enfadada, preocupada, otra vez triste, incluso, cachonda.
Siempre he sabido manejar a las personas y lo hago con facilidad, pero
estaba siendo un arduo trabajo gestionar sus idas y venidas. Tenía que ir con
tiento, cualquier movimiento en falso podía arruinar el aura de buenas
vibraciones que se había formado entre nosotros.
Así que desde el sábado por la mañana me he convertido en un camaleón
emocional, y voy ajustándome al estado de Neus cada vez que lo necesita.
Si está triste le doy cariño, si se enfada le dejo espacio, cuando se preocupa
le recuerdo que Quim es casi como un superhéroe y eso consigue que
sonría. Cuando se pone cachonda, no voy a mentir, es uno de mis momentos
preferidos y, por supuesto, hago lo que sea necesario para cubrir su
necesidad. Es tan fogosa que me abruma. Me pierdo en su cuerpo con tanta
facilidad que me da un poco de vértigo.
—Estoy lista, podemos irnos. —La voz de Neus me saca de mi
ensoñación.
—Ya le he enviado un mensaje a Quim para avisarle que vamos para
Marbella. Pero no me ha contestado. Ya sabes, estará…
—Sí, ya.
Saber que en estos momentos nuestros amigos pueden estar viviendo
cualquier situación nos preocupa a ambos. Solo espero que salgan ilesos y
bien de todo esto.
Durante el viaje en coche, Neus ha estado muy pensativa y más
preocupada de lo que había estado todo el fin de semana. He intentado
distraerla con música y también charlando. No ha sido hasta que hemos
recibido el mensaje de Quim que se ha tranquilizado, bueno, lo hemos
hecho los dos.
Quim:
Chloe está bien. Estamos en el Hospital Costa del Sol.
Neus rompe a llorar a la vez que ríe, y yo, sin poderme contener, grito:
—¡Ahhh! ¡Sí, sí! ¡Joder!
Al final acabamos los dos riendo a boca llena de felicidad y hasta he de
apartarme un par de lágrimas con el dorso de la mano. Neus busca una
canción en mi móvil, que está conectado al coche, y nos miramos en cuanto
suena Libertad de Nil Moliner, es una de las preferidas de Chloe. Suena a
todo volumen llenando el espacio y nosotros cantamos a gritos, dando
palmas al ritmo y Neus bailando en el asiento con los hombros y los brazos.
El resto del viaje hemos charlado animados sin dejar de tocarnos. Yo le
rozaba la pierna, ella acariciaba mi mentón. Yo le retiraba un mechón de la
cara, ella me besaba la mano. Lo mejor de todo ha sido lo natural que nos
salía.
Al caer la noche y con el pantalón a punto de estallarme por culpa de
tantas caricias y besos, he parado en un área de descanso que no había nadie
y lo hemos hecho de nuevo lento, sin prisa y con muchas caricias. Otra vez,
sí. Hay que hacer las cosas como a uno le nacen, y a mí solo me apetece
embeberme de mi Blancanieves lenta y pausadamente, para no perderme
ningún detalle.
Capítulo 5
¿A qué velocidad puede llegar a mover una persona la pierna cuando
está nerviosa? Lo he cronometrado, sacudo la pierna una media de cuatro
veces por segundo. Es una especie de toc, algunos se muerden las uñas, yo
lo hacía, hasta que de niña descubrí que ahí se acumula más mierda por
metro cuadrado que en una cloaca. Ya sé que es bastante molesto para los
demás ver a alguien con el traqueteo de la pierna incesante, pero es que
llevamos aquí ya un rato y no abre los ojos. Yo quería despertarla en cuanto
he llegado, pero Quim —el protector— no me ha dejado. Miro a mi mejor
amiga dormir, plácida y tranquila, ayudada por la medicación que le han
dado para el estado de shock con el que ha llegado, y solo puedo pensar en
que es una superviviente. Me preocupa mucho lo que nos vamos a encontrar
cuando abra los ojos, después de lo de Juan, su exnovio, no sé cómo va a
gestionar todo esto del secuestro.
Las casi dos horas más largas de mi vida están acabando con la poca
cordura que me queda este fin de semana. Decir que ha sido el mejor y a la
vez el peor de mi vida lo describiría a la perfección. Casi me mata la
incertidumbre de saber cómo estaba Chloe. También he estado a punto de
morir de romanticismo. Odio los arrumacos, bueno, voy a especificar, odio
los arrumacos que vengan de cualquier hombre que no sea Alex. Eso ya es
mucho más de lo que cabe esperar de mí. Todo era fantástico, me he sentido
muy bien con él. Pero ahora, aquí sentados, me estoy agobiando y por fin,
estoy despertando de la ensoñación. Una que me ha tenido atontada por
culpa de mi preocupación por Chloe. Ahora sé que está bien y mis
conexiones cerebrales más racionales se están reconectando.
Vuelvo a mirar a Alex y él me corresponde con ese brillo que está
consiguiendo que el ritmo de mi pierna aumente. Lo leo en sus ojos, y casi
podría decir que lo grita un megáfono, se está enamorando. Ya se lo dije en
la ducha y no era broma «ni en sus mejores sueños», yo no me enamoro.
Hace muchos años que decidí que mi amor era solo para mis padres y mi
loquita, Chloe. Es una promesa que hice conmigo misma y es
inquebrantable. Para mí, los hombres tienen un cometido en mi vida, cubrir
mis necesidades físicas. Absolutamente nada más. Por norma general, mis
necesidades son sexo, del guarro y duro. Este fin de semana es cierto que ha
sido distinto y Alex ha sabido leer mejor que yo lo que necesitaba y me lo
ha dado. Genial, pero ya.
No tardo ni medio segundo en lanzarme sobre Chloe en cuanto abre los
ojos, la estrujo con todas mis fuerzas porque un abrazo es poco para la
necesidad que tengo de sentir que está viva y bien. Los médicos han
confirmado que no tiene ni un rasguño. No sé quién ha cuidado de ella, pero
ha cumplido su palabra.
En cuanto me sacio, dejo que Alex la abrace. Lo hace como si fuera una
hermana mientras le acaricia el cabello, y hasta que no escucha a Quim
decirle por segunda vez que Chloe está bien, no la suelta.
—Os quiero muchísimo a los tres. No podría tener una mejor familia.
Oír a mi amiga decir que somos su familia me hace feliz. Ella no tiene a
nadie, es huérfana y el que era su única familia la destrozó por dentro y por
fuera. —Puto Troll—. Es tanta la emoción que sentimos todos que las
lágrimas bañan nuestros rostros. Sin pensarlo y como un acto reflejo le
damos un abrazo colectivo. Porque así es, nos hemos convertido en una
familia, algo disfuncional, pero eso no importa.
***
Por fin le han dado el alta a Chloe y podemos volver a Barcelona. Ya no
podía seguir soportando esos ojazos azules tan bonitos, mirarme así más
tiempo. Cada vez que puede me roza y mi traicionero cuerpo vibra con su
toque, pero la peor es mi sonrisa, que ha decidido ir a su rollo y se extiende
bobalicona cada vez que cruzo la mirada con Alex. Necesito volver al
trabajo, muchas horas, no, muchísimas. Creo que voy a pedir doblar turno
durante dos semanas.
Una enfermera nos aguanta la puerta y antes de que pueda reaccionar,
Chloe sale corriendo y se lanza a los brazos de «El tío», porque eso es lo
que es. Menudo morenazo. Qué bien se lo monta Chloe últimamente. Ha
pasado de tener de novio a Troll, que es cómo yo llamaba al feo de Juan, a
rodearse de superhéroes, modelos y diría que este último, lo podemos
bautizar como Adonis perturbado.
El morenazo de ojos perturbados y con aspecto nostálgico mira a Chloe
con un cariño especial. Y es que ella, causa eso en todas las personas con
las que se cruza. Emite tanta luz y bondad que la gente solo desea quedarse
a su lado.
Quim nos presenta al tal Henchman. No sé si quiero saber el porqué de
ese nombre, así que no pregunto. Nos explica que ha sido la persona que ha
protegido a Chloe durante el secuestro. Solo por eso a mí ya me tiene
ganada. Un poquito también porque está de toma pan y moja, esa aura de
misterio lo hace ser bastante sexy.
Observo a Chloe mientras habla con él y reconozco esa mirada en mi
amiga, es una que poca gente tiene el privilegio de obtener de ella. Es la que
le regala a todos los que se han ganado un hueco en su corazón. Algo me
dice, ese instinto que siempre siento dentro de mí, que Henchman va a
formar parte de esta rara familia que estamos construyendo.
¿No me piensa soltar en todo el santo camino? Cada vez estoy más
agobiada. No es que me incomode que Alex me dé la mano. La cosa es que
no la suelta y Quim y Chloe, que van detrás, están viendo nuestros dedos
entrelazados.
Vamos los cuatro en el coche de Alex de vuelta a Barcelona. Seguro que
en cualquier momento sufro una contractura cervical de lo rígida que voy
sentada. Alex no deja de mirarme de reojo y yo no despego la mirada del
frente.
Por suerte, toma la salida para que podamos repostar. En cuanto para el
coche, salgo casi corriendo con la excusa de ir al lavabo. Me lavo la cara
con agua fresca varias veces, pero el calor que siento en el pecho parece no
tener intención de marcharse. ¿Qué narices me pasa? «Enamoradaaa…»
canturrea mi cabezota y la odio un poco más. Vuelvo a mojarme la cara
varias veces, me estoy agobiando y salto del susto cuando llaman a la
puerta.
—¡¡Ya voy, joder!! —grito como una auténtica macarra.
Vuelven a llamar y trazo un plan rápido, si asesino a la pesada de detrás
de la puerta y la encierro en el baño, nadie encontrará el cadáver hasta que
no estemos ya muy lejos. Abro brabucona con intención de pagar todo mi
estrés contra ella, pero me empujan con fuerza de nuevo dentro. Antes de
que me dé cuenta, su olor fresco y varonil acapara toda mi atención. Alex.
—¿Qué narices te pasa?
—No sé a qué te refieres —le respondo resuelta alzando la barbilla.
Ajusta mucho más su cuerpo contra el mío y sentirlo pegado a mí hace
que empiece a ponerme nerviosa.
—Ni se te ocurra hacerte la tonta conmigo, Neus.
—Mire, Sr. Falcó…
—Más te vale que no sueltes alguna chorrada. Piensa bien qué es lo que
vas a decir y déjate de Sr. Falcó. Después del fin de semana…
—¿Qué? Después del fin de semana, ¿qué? ¿Creías que por follarme
lento en la ducha caería rendida a tus pies? Vamos, Alex, responde. ¿Qué
esperabas después de unas cuantas caricias y unos cuantos polvos? Ya te lo
dije en la ducha, ni en tus…
Antes de que pueda acabar de hablar se lanza contra mi boca y toda mi
chulería desaparece. Tanto rato sintiendo su pulgar acariciar mi mano
mientras nuestros dedos estaban enlazados me estaba desquiciando.
Deseaba tocarlo, y ahora su beso es un alivio. Me estoy, o, mejor dicho, me
está volviendo loca. La mano de Alex se cuela por mi pantalón con agilidad
y cuando siente mi humedad, gruñe con su lengua enredada con la mía. Sin
ningún preámbulo, con decisión, ensarta dos dedos dentro de mí. Jadeo,
perdida en su sabor, a la vez que me penetra incesante.
—¿Lo sientes? Tu coño constriñe mis dedos deseosos de más roce.
—Sí, másss… —siseo rogando perdida en el gozo que siento.
Empiezo a mover mis caderas frotándome como si estuviera en celo,
cuando, sin previo aviso, saca la mano del pantalón.
—Deliciosa, Bellissima —dice llevando sus dedos a la boca—. Pero no
pensarás que porque tengas tan buen sabor voy a caer rendido a tus pies,
¿no? Vamos, Neus, responde. ¿Qué esperabas después de frotar un poco tu
coño suplicante?
Le doy un fuerte empujón tan enfurecida que no puedo ni respirar, tanto
que no me importa salir con el pantalón desabrochado. Cuando ya tengo un
pie fuera, sujeta mi muñeca y tira de mí para que me gire a mirarlo.
—Ya te lo dije en la ducha. No me rete, Dra. Blázquez, o tendré que
demostrarle de lo que soy capaz y enamorarla.
Capítulo 6
Quim se ha quedado con Chloe en su piso, y aunque me hubiera
encantado estar más tiempo con ella, soy consciente de que necesitan estar
los dos solos. Mañana iré a comer con ellos. Estoy muy preocupada. Chloe
está… bloqueada, sí, esa sería la descripción. Le he propuesto hacer terapia
a diario esta semana, pero se ha negado rotundamente. Dice que solo quiere
estar con Quim y tranquila. De momento voy a respetarla, pero si no mejora
no habrá discusión.
No nos ha explicado nada de lo que ha sucedido, solo ha dicho un millar
de veces que Henchman la protegió y cuidó de ella. A pesar de haber
hablado tanto de él, a Quim no se le ha visto celoso en absoluto. Eso me
fascina. Es bonito cuando amas con esa confianza. Con la seguridad de que
nada podrá aplacar el amor que os procesáis, porque es tan fuerte y potente
que es inquebrantable. Son afortunados de haberse encontrado. Lo más
normal es que vivas una vida entera sin sentir algo que ni se acerque a eso.
La mayoría de las personas creen enamorarse locamente, lo entregan todo,
absolutamente todo, y un tiempo después llegan a mi consulta. Destrozadas,
rotas, sin capacidad para volver a amar nunca, porque lo que más han
querido las ha destruido.
Este es el último semáforo antes de llegar a mi casa. Tengo tan buena
suerte que justo delante del portal hay un sitio y como no, Alex aparca. ¿En
serio? En esta calle es casi imposible encontrar un hueco. Gracias, destino.
Menos mal que la última parada en la gasolinera estaba solo a una hora,
porque si tengo que estar mucho más rato metida en ese coche, mi toc de la
pierna solo sería uno más de los diez o quince que hubiera acabado
cogiendo. Me bajo y ni lo miro. Mientras camino al maletero para coger la
maleta siento la aún húmeda ropa interior y eso me enfurece más. En cuanto
llegue a casa saco la caja de consoladores y no pienso parar hasta que no los
haya usado todos. Como si yo necesitara un tío para algo.
«Deja de engañarte. No necesitas tíos, ni dildos, ni consoladores, lo que
necesitas es a él». Si vuelves a hablar me voy al Averno y verás que
calladita te quedas, es un aviso, cabezota.
Camino apresurada al portal y cuando giro la llave, lo siento detrás de mí.
—¿Qué crees que haces, Alex?
—Subir a tu casa, tenemos que hablar.
—No hay nada de lo que hablar. Mira…
—Ni mira ni leches. Deja de comportarte como una cría. Subo. Los dos
hemos actuado mal y lo mejor será hablar como adultos.
—Verás, Alex, te agradezco mucho lo que has hecho por mí este fin de
semana. Todo tu apoyo, y bla, bla, bla… ya sabes lo que sigue. Pero a mi
casa subo yo sola. No tengo ganas de follar, estoy cansada y…
—Espera, espera. ¿Insinúas que pretendo subir para echar un polvo?
—¿Para qué si no? Adiós, Alex. Te llamo cuando esté con ganas de
follar.
—¡Deja de decir «follar»! —Alza la voz—. Estás actuando como una
niñata repelente, y no soporto esa boca sucia gratuita.
«Esa te la llevas, listilla».
—Así es como soy, si tanto te molesta, lárgate.
—Tú no eres así. Eres divertida, alegre, siempre repartes cariño a todos,
ya sea con tus dulces palabras o esos abrazos que me encantan. Además,
eres condenadamente atractiva, sexy y sensual. Y la mujer que tengo
delante no es nada de eso, ahora mismo no me pareces ni tan siquiera
atractiva con esa actitud vacilante y déspota. —Eso sí que ha dolido—.
Actúas así porque estás acojonada.
—¡Ja! ¿Y de qué debería tener miedo?
—De esto. —Nos señala a ambos varias veces—. Le tienes miedo a lo
que sientes cuando estamos juntos. Le tienes miedo al amor. Sabes, Neus,
yo creo que las cosas buenas han de fluir. Y de veras que este fin de semana
he sentido que algo precioso podía salir de nosotros dos. Me equivocaba.
Siento mucho mi actitud en el baño de la gasolinera, creí que así te haría
reaccionar. No debería haber actuado de esa manera.
Sin más, se da la vuelta y empieza a caminar con sus manos en los
bolsillos y esa actitud relajada que siempre lo acompaña. Con cada paso que
se aleja siento como si me estuvieran desgarrando por dentro. La garganta
me arde por la contención del sollozo que intento no emitir. Los ojos
empiezan a empañarse y no quiero seguir aquí expuesta ante él. Pero parece
que algo impide que mueva los pies. Como si una fuerza superior me
estuviera obligando a ver lo que estoy perdiendo por culpa de mi actitud.
Justo antes de subir al coche, me mira y lo que veo en sus ojos es aún
peor que lo que acaba de decirme. Está decepcionado.
—Será mejor que no nos llamemos.
Asiento, y aunque no quería, al pestañear, una lágrima rebelde resbala
hasta llegar a la comisura del labio. Cuando se detiene ahí, Alex, sin añadir
nada más, sube a su coche y se va. Se supone que solo abandona mi calle,
pero el vacío que siento es similar al de perder a alguien para siempre.
Entro en el piso y cuando intento cerrar la puerta con llave, me asusto.
No consigo atinar con la cerradura debido al tembleque en mis manos. Sé
perfectamente cuando fue la última vez que me ocurrió esto, y aunque han
pasado muchos años, hay cosas que nunca se olvidan. Voy a tener una
crisis. —Mierda—. Cuando la sufrí la primera vez no era psiquiatra, pero
ahora sí, y tengo claro lo que va a ocurrir después del temblor.
Busco con rapidez el móvil.
—Mamá, está pasando otra vez.
—Jaume, corre, la nena —grita histérica a mi padre y me cuelga.
Por suerte, mi madre tiene llaves de mi piso. Entra como un vendaval y
me encuentra en el suelo en el momento álgido.
Los ataques de pánico fueron uno de los motivos por los que estudié
psiquiatría. Suelen empezar con el temblor en las manos, justo después se
siente el dolor torácico. Como duele tanto el pecho, empiezas a agobiarte y
te cuesta respirar. La falta de oxígeno y los nervios provocan mareo. De
joven, la mayoría de las veces perdía el conocimiento. Por eso, en cuanto he
sentido la cabeza darme vueltas, me he estirado en el suelo. Si te desmayas
puedes caer sobre algo y golpearte la cabeza, depende de donde caigas
puede ser un grave accidente.
En cuanto mi madre me incorpora, unas horribles náuseas me asaltan y
comienzo a vomitar. Voy a morir, y si no lo hago, debería. El malestar es
insoportable. Mareo, asfixia, dolor torácico, falta de oxígeno, y para acabar
de rematar, ya no tiemblo. Creerás que eso es genial, pues no, es aún peor,
porque ahora tengo los músculos agarrotados y no puedo moverme. Una
vez vacío mi estómago y dejo de evacuar lo poco que he comido, mi padre
me carga en brazos a la cama como cuando era una niña. Nadie habla, solo
actúan de manera mecánica y coordinada. Son unos expertos. Los pobres
han tenido que vivir esto conmigo infinidad de veces y ya lo tienen tan
asumido que es hasta inquietante.
Después del vómito, la rigidez de la musculatura suele empezar a aflojar
y baja, en general, el episodio. Un ataque de pánico suele durar entre cinco
y veinte minutos. Aunque he visto pacientes que los han soportado horas.
Miro el reloj en cuanto puedo mover el brazo y el cronómetro que puse
cuando empecé a temblar marca treinta y seis minutos. Mi madre se da
cuenta y tira de mi mano para mirar ella también.
—Hacía muchísimos años que no tenías ataques y aún menos así de
largos.
—Es normal, mamá, lo de Chloe me ha tenido muy preocupada.
Se acerca y deposita una toalla húmeda y fresca en mi frente, está
intentando aliviar lo que ahora vendrá. Una migraña que no me dejará salir
de la cama en horas.
—He hablado contigo hace un rato y con Chloe. Estabas contenta por
estar con ella de vuelta en Barcelona. Neus —la miro cuando dice mi
nombre algo seria—, no vuelvas a mentirme. Nada tiene que ver con el
secuestro y ambas lo sabemos. Si no te sientes preparada para explicarme
qué ha ocurrido, lo respeto. Las dos sabemos los motivos por los que esto
empezó hace años, e intuyo por qué son ahora.
Cuando mi madre me lee de esta manera, pienso en que quizá sí que
venimos de una estirpe de brujas, unas que leían la mente.
Está asustada, y la entiendo, es normal. Siempre seré su niñita bonita. Lo
pasaron muy mal con todo esto hace años y veo el temor a que se repita
reflejado en sus bonitos ojos castaños. Los míos son como los verdes que
me miran agobiados desde el marco de la puerta. Mi padre siempre lo ha
llevado realmente mal, y tarda un rato en gestionar sus emociones cuando
sufro un ataque. Le guiño un ojo, es la señal que tenemos entre nosotros
para decirnos «estoy bien», él me devuelve el gesto y sale de la habitación.
Ninguno de los dos lo está, sé que parece una chorrada, pero ese gesto,
aunque lo que quiere decir no sea verdad, nos calma un poco.
Mamá besa mi mejilla y me mira mientras acaricia mi cabello como si
tuviera cinco años. El suyo, castaño oscuro, hace tiempo que lo cortó en una
media melena que le da un aire más juvenil. Cuando sonríe casi sin ganas,
algunas arruguitas enmarcan su mirada. Es preciosa, siempre lo ha sido, y
aunque ahora ya va a cumplir sesenta, no los aparenta. Le guiño el ojo a ella
también y niega un poco con la cabeza, sabiendo que solo lo he hecho para
que crea que estoy bien y me deje sola. Le retiro la mirada. No añade nada
más. Eso es algo que adoro de mi madre, lee mis gestos, los entiende y los
respeta. Antes de salir de la habitación apaga la luz, después, con suavidad,
cierra la puerta.
Por fin puedo soltarlo. Agarro la almohada, cubro mi cara y lloro. Lo
hago sin parar, hasta que agotada, por tanto revuelo emocional, me duermo.
Estoy tan cansada que ni la migraña lo impide.
Capítulo 7
Un sueño reparador más una larga ducha acabada con un minuto,
cronometrado, de agua helada, han bastado para seguir con mi vida. Lo de
ayer fue algo aislado. Está superado y ya ni lo recuerdo.
—Buenos días, Blanca.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que soy tu madre y que no me gusta
que me llames por mi nombre?
—Papá. —Lo abrazo y le beso.
—Pero bueno, ya estás otra vez con eso. Que sepas que no vas a generar
en mí ningún tipo de envidia —dice muy ofendida y yo sigo picándola.
—Papá, estás guapísimo con este jersey. El morado te favorece.
Mi padre, otro al que le encanta picar a mi madre, entra en el juego.
—Gracias, cielo. —Me abraza—. Tú sí que estás guapa, siempre serás la
mujer más bella del mundo.
—Ñi, ñi, ñi… Bla, bla, bla… —gruñe mi madre susurrando. Se la están
llevando los demonios.
No soporta el vínculo que tengo con mi padre. Los adoro a los dos tanto,
que es también uno de los motivos por los que no me voy a enamorar
jamás. Todo mi amor es prácticamente para ellos. Guardo un poco para
Chloe.
—Qué bien hueles hoy —sigo con mis zalamerías hacia mi padre. Al
mirarla de reojo sé que ha llegado al límite.
—Neus Blázquez Navas, o vienes a darle un beso a tu madre ahora
mismo o me largo y el desayuno te lo hará tu padre. Verás qué bien te
sientan los huevos revueltos en sus propias cáscaras. —Suelto una fuerte
carcajada y me siento triunfadora por conseguir enfadarla.
—Anda, ven aquí. —Tiro de su mano y la abrazo—. No te pongas
celosilla.
—Yo no estoy celosa.
Escucho a mi padre acompañar mis risas. Y siento sus brazos rodearnos a
ambas.
—La mujer más bella del mundo, me dio el regalo más hermoso. —En
vez de llamarse Jaume se podría llamar Zalamero.
Mi madre, cada vez que le dice algo así, se deshace. Escucho como se
dan un tierno beso mientras mi cabeza queda refugiada entre sus cuerpos y
sonrío.
Desayunamos y les aviso que me voy a ir a comer a casa de Chloe. No
hay discusión. Ya hace mucho tiempo que llegamos a un pacto. Yo los
llamo siempre que me ocurre algo y ellos respetan mi espacio y
desaparecen cuando siento que me encuentro bien.
***
Presiono el botón del timbre y en solo unos segundos la voz de Quim
pregunta quién es. Cuando entro en el piso me da un abrazo y besa mi
cabeza, ya es una costumbre entre nosotros. Me gusta, siento el cariño que
me tiene en esos gestos pequeños y simples. Voy directa al sofá y me lanzo,
literal, sobre Chloe, en plancha, y ella ríe. No es una risa completa, le falta
el brillo y la fuerza habitual en ella, pero algo es algo.
—Neus, me vas a asfixiar. —Vuelve a reír cuando le hago aún más
cosquillas.
Las cosquillas segregan endorfinas, también llamadas hormonas de la
felicidad. Ella no es consciente y cree que solo lo hago para chincharla
porque sé que lo odia. Pero la realidad es que es más bien un tratamiento.
Además de las endorfinas, que ayudarán a su estado de ánimo, reír o
incluso, solo sonreír, también es muy terapéutico. Cuando tu cerebro es
consciente de que sonríes o se escucha reír, entiende que está feliz y crea
más serotonina, endorfina, dopamina y oxitocina. En resumen, crea
hormonas de la felicidad.
La miro al separarme y está mucho más bonita. Mientras coloca sus
despeinados rizos rubios, sus labios mantienen una expresión algo más
alegre. Sus bonitos ojos del color de la miel siguen apagados y sin su brillo
habitual.
—¿Cómo estás, loquita? —pregunta.
—No tan bien como tú. Esa cara de enamorada rematada te favorece.
Mira a su chico y Quim, que está riendo detrás del sofá y alegando que
somos como dos niñas, se acerca. Curva su musculado cuerpo por encima
del respaldo y con una delicadeza inquietante, enmarca el rostro de mi
amiga y la besa. Postura incómoda, no qué va. Están a punto de partirse el
cuello ambos, sobre todo Chloe, que lo tiene doblado hacia atrás, pero
cuando hay tanto amor, no hay dolor.
—Tanto romanticismo me está empalagando. Que corra el aire.
—Lo dice la que no es capaz de dejar de acariciar la mano de mi amigo
durante diez horas de coche.
En cuanto lo suelta me pongo rígida. Los dos me miran con una sonrisilla
pícara en el rostro, pero al darse cuenta de mi cara son conscientes que
estoy más tiesa que el palo de una escoba, sus sonrisas desaparecen.
—Nena, ¿estás bien? —pregunta Chloe con su habitual dulzura.
—¿A qué te refieres?
—Pensaba que entre nosotras no hay secretos. —No hay casi ningún
secreto, pero eso no lo digo—. ¿Qué pasa con Alex?
Los dos me miran intentando analizar mi reacción y esperando una
respuesta.
—¿Qué va a pasar? Nada.
—Yo no he visto a mi hermano mirarte como si no fueras «nada» —dice
Quim con un tono algo acusador.
—Ha sido un fin de semana muy intenso, ambos necesitábamos calmar
un poco la preocupación y al parecer eso ha confundido un poco a Alex. Ya
sabéis, un par de buenos polvos y ellos se vienen arriba. —Río
despreocupada—. No tiene importancia —argumento reconstruyendo mi
armadura de indiferencia y despotismo.
—Pues creo que te equivocas. Conozco a Alex de toda la vida y te
aseguro que jamás lo he visto mirar a nadie como a ti —dice Quim a la vez
que Chloe coge mi mano con las dos suyas y niega con la cabeza.
—Tonterías —digo levantándome del sofá incómoda y caminando hacia
la cocina—. Había tensión sexual, la hemos resuelto y ya. Solucionado.
Somos amigos y así va a seguir siendo.
Meto la cabeza en la nevera de mi amiga y agradezco el frescor.
—Ya son pasadas las doce, así que es hora del vermut. ¿Quién quiere una
copa de vino? —Alzo la botella de La charla, es el vino preferido de Chloe
y mío.
—Neus, cielo, ¿por qué no lo hablas con nosotros?
—¿Sabes? Deberías seguir con esos besos empalagosos, así cerraréis un
rato el pico y podré tomar mi copa de vino blanco tranquila.
—Neus.
—¿Tienes olivas?
—Estás actuando como una…
Salvada por la campana, bueno, por el timbre. Qué pesaditos están todos.
Mañana volveré al trabajo y pediré doblar turno toda la semana, eso me
tendrá ocupada y alejada de preguntas y deducciones incómodas. Quizá
aproveche y llame a Esteva para que prepare una sesión en el Averno en mis
dos horas de descanso entre turno y turno.
Degusto el afrutado vino y justo cuando decido dejarlo caer por mi
garganta:
—¿Qué pasa, hermano? ¿Cómo está mi cuñada preferida?
Casi me atraganto. ¿En serio? «Y tan en serio, no te hagas la tonta, su
ronca voz ha hecho que se te erizara toda la piel, lo hemos sentido las dos».
¿Se puede odiar a tu propia cabezota? Sí, por supuesto que sí.
—Llegas justo a tiempo, tío, Neus acaba de abrir una botella de La
charla y Chloe preparaba un poco de queso y olivas para tomar el vermut.
Si no me giro todos sabrán que pasa algo, así que cuento hasta tres para
conseguir poner mi mejor cara de impasible ante cualquier situación y
volteo en el taburete.
¡Mierda! ¡Una de vaca, que es más grande! Tejano pitillo negro,
deportivas blancas y camisa desabotonada a juego con el calzado. Una
chaqueta de piel negra que le da un aire de fatal man, remata el outfit.
Gracias, destino cruel y malvado.
Después del repaso llego a sus increíbles ojos y aún es peor, su azul está
oscurecido por la decepción y el enfado, y eso lo hace aún más irresistible,
sexy y guapo. Ese aspecto de hombre rechazado solo provoca en mí que
quiera aliviar su soledad y comérmelo entero. Siento las miradas de Quim y
Chloe, están esperando nuestra reacción, ya que no sé cuánto rato ha
pasado, pero estoy segura de que más del normal y seguimos mirándonos
sin decir nada. «Cabeza llamando a coño. Deja de restregar las piernas y
habla», menos mal que no siempre eres una cabeza cansina y de tanto en
tanto me echas un cable.
—Hola, Sr. Falcó —saludo levantándome y caminando hasta la puerta,
donde sigue plantado como un espantapájaros. Aunque a mí no me espanta
nada.
Llevo una de mis manos tras su nuca y lo acerco para abrazarlo y darle
un beso en la mejilla, como hago siempre con él y con Quim. Cada vez que
nos tocamos saltan chispas. Siento su suave cabello rubio rozar mis dedos y
el hormigueo en ellos. Normalmente, eso acaba recorriendo todo mi cuerpo,
pero no es así, algo bloquea ese placer que siento cuando nos tocamos.
Darme cuenta me hiere. No me corresponde, eso es lo que ocurre, no ha
rodeado mi cuerpo con sus fibrosos brazos, ni sus manos sujetan con fuerza
mi cintura. Cuando busco su mirada para darle a entender que deberíamos
disimular delante de nuestros amigos, no la encuentro. Es como si acabara
de abrazar a una pared, insulsa, rígida e insensible.
Lo dejo ir suplicando con mis ojos que me devuelva la mirada, pero eso
no sucede. Solo me empuja con suavidad con su cuerpo para poder pasar, en
realidad, aunque lo hace con suavidad, me aparta con un ligero empujón de
su hombro.
—Cuñada, estás más bonita que nunca —adula a la vez que le da un
abrazo de oso y varios besos en la mejilla.
Chloe ríe divertida y Quim le da un empujón.
—Deja de besuquear a mi mujer, eres un sobón.
—Yo también me alegro de verte, cuñadito —dice Chloe dándole otro
abrazo cariñoso y volviendo a su minuciosa labor de cortar queso en finas
lonchas.
Cojo la copa de vino y me la bebo de un trago, la vuelvo a llenar y
cuando ya la tengo pegada al labio para repetir la acción, Quim sujeta mi
muñeca y me susurra al oído:
—Ya veo que está todo solucionado. Sobre todo, la parte en la que seguís
siendo amigos.
—No sé a qué te refieres —siseo entre dientes para que Alex y Chloe no
nos escuchen.
Él ríe bajito. Giro el rostro y lo miro desafiante. Sin pensarlo me bebo
otra copa de un solo tirón.
Capítulo 8
No me la quito de encima ni con agua caliente.
He pasado una noche de mierda. No he dormido nada, he dado tantas
vueltas en la cama que he acabado hasta mareado. A las cinco de la mañana
salía para el gimnasio. No abre hasta las seis. Así que he pasado más de
media hora aparcado delante, dentro del coche. Solo se me puede definir
como «gilipollas». Aunque me ha venido bastante bien para ponerme al día
con el correo electrónico. El frío que empieza a hacer en septiembre de
madrugada también ha ayudado a bajar un poco la temperatura provocada
por el rabioso fuego que tengo en el estómago desde ayer. Lo de la
gasolinera fue… fue… Joder, qué mosqueo que llevo.
Me comporté fatal, pero es que en ese momento la hubiera matado a
polvos. ¿Cómo se puede desear tanto a alguien y a la vez odiarla tanto?
Con toda su cara dura, me repasa con descaro, joder, pero si hasta se está
mordiendo el labio y sus piernas se han frotado entre sí. Sé qué significa
eso, excitación. Es automático, mi cuerpo responde al suyo como si
tuvieran una conexión que escapa de mi control. Por suerte no se ve lo dura
que se me ha puesto con sus gestos, porque llevo la camisa por fuera del
pantalón y lo disimula. No creo ni que sea consciente, si lo fuera no lo
estaría haciendo delante de Quim y Chloe.
Veo con claridad el momento exacto en el que regresa de sus lascivos
pensamientos y recubre su rostro con la máscara de indiferencia que suele
llevar. Me molesta mucho que sea tan bonita y más, que me lo siga
pareciendo aun estando tan enfadado. Lleva un tejano de tiro alto que se
ciñe a su cuerpo y remarca las curvas de sus caderas y la estrecha cintura.
Una camiseta básica blanca, como las que suele lucir, se entrevé debajo de
la chaqueta de lana verde con botones. Ese tono resalta el color esmeralda
de su mirada.
Tengo que cerrar en puños mis manos cuando me abraza y hacer acopio
de todo mi autocontrol para no tocarla. Me he sentido tan mal y tan vacío,
que me voy directo a Chloe y la abrazo a ella. El cariño de mi cuñada me
calma un poco.
Hemos pedido comida china, era lo que le apetecía a Chloe, y ahora
mismo la única función de todos en el mundo es complacerla. Está todo rico
y grasiento, como tiene que ser. A la segunda botella de vino, una que le
queda menos de la mitad, las conversaciones fluyen. Al principio parecía
que se había agotado el oxígeno en la casa, pero algo ebrio, todo pasa
mejor, el vino y el aire. Además, es imposible no reír con Neus y eso relaja
mucho el ambiente.
—Tengo otro.
—Por el amor de Dios, Neus. No estoy capacitado para otro chiste de los
tuyos —ruega Quim.
—Va, no mientas, te encantan. ¿Cómo se llama el hermano vegano de
Bruce Lee? —pregunta intrigante.
Chloe ya empieza a reírse.
—¿Cómooo…? —pregunta Quim con actitud agotada, pero en el fondo,
Neus tiene razón, le encanta.
—Broco Lee.
De veras que no quiero, estoy muy enfadado con ella, pero es que los
chistes malos son mi perdición y ella aún más. Me troncho. Al ver que hace
gracia, se viene arriba y ataca con el siguiente.
—¿Por qué las focas del circo miran siempre hacia arriba? —Nos sonríe
y antes de que dejemos de reír con el primer chiste, da la respuesta del
siguiente—. Porque es dónde están los focos.
Quim siempre lo dice y es cierto, Chloe es verdaderamente hermosa, pero
sobre todo cuando ríe. Neus no le quita los ojos de encima, la está
psicoanalizando, lo sé. Y también sé, que está haciendo de humorista para
que su amiga olvide, aunque sea por unos instantes, lo que ha tenido que
vivir. En estos últimos meses casi muere en manos de lo que se podría
llamar su familia y cuando por fin todo le sonreía, la secuestran. ¿Cuántas
probabilidades hay que a una única persona le ocurran cosas tan horribles?
No dejo de mirar cómo sonríe y de pensar en lo injusta que es la vida con
las personas buenas. Ni Chloe, ni Quim se merecían todo lo que han tenido
que sufrir. Pero estoy seguro de que, ahora, cuando superen esto, vivirán la
vida plena y feliz que siempre han ansiado.
Neus no calla, ha puesto quinta y sigue con sus chistes más malos que el
dolor, pero con los que te tronchas. Eso es solo porque los cuenta ella, con
ese descaro tan característico suyo.
—Esperar, esperar, este os gustará más. ¿Cuál es el colmo de un gallo?
—Esta vez solo me mira a mí, y sus esmeraldas chocan con mi océano—.
Que se le ponga la piel de gallina.
En cuanto lo suelta, su pie roza mi pierna y toda mi piel se eriza, mejor
dicho, se pone de gallina. Mi cuerpo es un maldito traidor. Y ella una
cabrona que me mira con descaro porque es sabedora de que lo que ha
dicho era lo que iba a provocar. Asciende sugerente y llega hasta mi polla
que responde al roce al instante. Agarro con fuerza su tobillo bajo la mesa y
la miro inquieto. Quim está a mi lado, pero no se da ni cuenta de lo que
ocurre, está embobado viendo a su chica reír.
Bajo la mirada y un divertido calcetín con el dibujo de medio aguacate
me sonríe. Antes de que pueda reaccionar, el otro medio aguacate aparece
con unos labios rojos lanzando un beso. Subo la mirada y me guiña un ojo,
cada vez que lo hace me desarma. Sigue acariciando y sus pupilas se dilatan
cuando mi polla da un brinco. Doy un largo trago al vino e intento respirar
con normalidad. Como no se está quieta, le envío un mensaje al móvil:
Alex:
Si no paras pienso follarte antes incluso de que seas capaz de salir del
edificio.
Estoy seguro de que la amenaza hará que pare. Ya dejó muy claro el otro
día que no quiere saber nada de mí.
Neus:
Me encantaría. Desde que te he visto entrar estoy húmeda.
A la mierda el enfado. Sí, soy débil y cuando se trata de ella, más. La
deseo tanto ahora mismo que se me ha olvidado lo que me dijo ayer. «¿Qué
es lo que dijo?». Ves, ya no lo recuerdo.
Hace años hice un taller de partes erógenas del cuerpo, y en los pies hay
varias. Si quiere jugar, pues lo haremos los dos. El área del pie que conecta
los órganos sexuales está en la parte inferior de los tobillos, a ambos lados,
y también en la zona de los talones. Así que me entretengo en masajear esos
puntos durante toda la sobremesa. Ha intentado retirar el pie en un par de
ocasiones, pero no se lo he permitido. Está preciosa. Sus mejillas algo
sonrosadas y sus labios un poco inflamados porque no deja de pellizcarlos
con sus dientes.
Salgo del baño y veo que han abandonado la mesa. Quim y Chloe se
están acomodando en el sofá y Neus acabando de llenar el lavavajillas. Ni
muerto me tumbo en ese sofá, junto a Blancanieves y con una manta
encima. Mi polla ya no va a soportar más tensión. Es el momento de la
retirada.
—Bueno, chicos, debería irme ya.
—¿Ya te vas? —pregunta Chloe.
Sé que ella está disfrutando de la compañía, y yo también. Pero mis
huevos acabarán escaldados si no me voy.
—Cuñadita, ya sé que prefieres mi compañía a la de tu fornido novio —
Quim me lanza un cojín en toda la cara y yo lo ignoro—, pero he de irme
ya. Quiero acabar un informe para mañana a primera hora.
Algo que sí que es cierto. Tengo siempre tanto trabajo, que es una excusa
que puedo utilizar en cualquier momento y no es mentira.
—Pues si tú te vas, yo también. Paso de quedarme a ver cómo estos dos
se lamen y restriegan en el sofá.
Yo sí que te voy a lamer a ti. Y vaya si lo hago, lo cumplo en cuanto la
puerta del ascensor se cierra. Sin pensarlo, agarro con fuerza su melena
forzando su cabeza hacia atrás. Eso la hace gemir. Desquiciado, lamo desde
su clavícula hasta el lóbulo de su oreja y lo muerdo.
Su mano se cuela en mi pantalón con destreza y agarra con fuerza mi
grueso falo. Imito sus movimientos y cuando mi mano se desliza por su
empapado coño, pierdo la cabeza. Sin miramientos, tiro más fuerte de su
pelo y la penetro con dos dedos de golpe. La miro, no quiero besarla, solo
observar el espectáculo que es esta mujer cuando desata su lujuria.
—A mi casa. En tu coche.
Saca la mano del pantalón y me obliga a hacer lo mismo. Camina con
rapidez y es en ese momento que me doy cuenta de que el ascensor ya está
en la planta baja y con las puertas abiertas. Por suerte ningún vecino estaba
esperando para subir.
Durante el camino nos besamos y acariciamos. Todo es más pausado,
pero a la que cruzamos el umbral, se acelera. Neus se va quitando las capas
de ropa al mismo ritmo que yo.
—Un chiste.
—¿En serio? —Me río a la vez que lanzo los pantalones no sé muy bien
dónde.
—¿Qué le dice la leche al cacao? ¡Échame polvos, que estoy calentita!
—Estás loca —certifico mientras me troncho de risa.
—El primero en llegar al dormitorio escoge postura —dice riendo.
Me lanza su diminuto tanga a la cara y sale corriendo.
Casi me mato cuando intento correr tras ella sin recordar que el
calzoncillo estaba a medio bajar.
—¡Tramposa!
—En el sexo y la guerra todo vale.
—Sabes tan bien como yo que esa frase no es así. Pero te lo perdono por
estar tan buenorra y sexy de rodillas en la cama.
Capítulo 9
—Me gusta mucho esto —le digo a Neus mientras me la tiro por cuarta
vez.
Anoche fueron tres y este es el de buenos días.
—A mí también me gusta —habla jadeante.
Por la habitación se reparten destellos de luz que entran por las rayitas de
la persiana. La suficiente claridad para verla sonreír. Una expresión que
bloquea mis neuronas. Su mano peina mi flequillo para atrás y lo sujeta en
el puño, pero sin hacer fuerza.
—Me haces cosquillas con los mechones en la nariz. —Sonrío y
arremeto con decisión dentro de ella.
Beso sus gruesos y jugosos labios con decadencia, y sigo entrando y
saliendo sin querer que esto termine jamás. Me lo estoy tomando con
tranquilidad. Sé que cuando esto acabe nuestras responsabilidades nos
obligarán a separarnos y ahora mismo no me apetece nada alejarme de ella.
La noche ha sido perfecta. El primero que echamos fue salvaje, apremiante.
Después fue… fue… increíble. No sé cómo explicarlo de otra manera.
Nuestros cuerpos conectan de una forma desconocida para mí.
Su excitación hace que resbale dentro de ella. Cada vez que la penetro
con fuerza, siento cómo sus paredes se estrechan reclamando más. Cada
pocas embestidas su espalda se arquea, cierra los ojos y gime con fuerza.
Fabulosa. Después vuelve a mirarme y sonríe jadeante. Dios mío. No había
conocido nunca a una mujer tan hermosa. Me parece la cosa más excitante
que he visto jamás. Tanto da el rato que la mire, no importa cuántas veces lo
hagamos. Siempre es como si fuera la primera y necesitara miles o millones
de veces más para poder saciarme.
El orgasmo de ambos llega a la vez y sin pensarlo, la beso para
embeberme de todo su placer, sus gemidos y su sabor.
—Necesito que hablemos. —Levanta su cabeza del pecho y empieza a
lamer mi pezón—. Bellissima, fermati. —Le pido que se detenga—. Lo
necesitamos. No podemos seguir follando y hacer que no ha pasado nada.
—Yo sí puedo.
—Muy maduro por tu parte. —Río.
—Está bien, hablemos.
Se incorpora y se sienta en la cama con las piernas cruzadas. Con esta
postura y su actitud de desgana parece una niña que espera la reprimenda.
Esa ya se la di anoche con la palma de mi mano sobre su redonda nalga
mientras le reprochaba cómo me había tratado. La muy descarada aún se
empapó más. Ya me estoy perdiendo otra vez en su cuerpo. A lo que iba.
—No podemos seguir tratándonos así y arreglando todo en la cama.
—Si quieres la próxima vez lo arreglamos contra la cómoda. También sé
pedir perdón de rodillas. Y me encantará que me castigues sobre la
encimera de la cocina.
—¡Joder, Blancanieves! Me lo estás poniendo muy difícil —bufo
pasando las manos por mi rostro, a ver si así borro las tres escenas de mi
mente y me consigo centrar en la conversación.
—Está bien. Valeee…
Se levanta de la cama y se pone un sencillo camisón que ha cogido de la
silla que hay en el rincón. Al girarse, me mira directamente a los ojos y yo
me incorporo y descanso la espalda en el cabezal. Sigue habiendo poca luz,
pero más que suficiente para vernos.
—Lo siento.
Me sorprende. Aunque es lo normal en ella, siempre lo hace.
—Yo también lo siento.
—No, Alex. Lo digo en serio. Lo siento. Yo no sé hacer estas cosas.
Camina hasta la cama y se sienta de espaldas a mí. No abro la boca. Si
necesita evitar mi mirada para soltarlo lo respeto.
—Nunca había estado tan a gusto con un hombre. A ver, estoy muy
cómoda con todos mis follamigos.
—Por favor, no vuelvas a llamarnos así. —Resopla agobiada.
—La cosa es esa, no eres como los demás. Tú eres mi amigo de verdad.
Te aprecio y me siento muy bien cuando estamos juntos. Pero esto es lo que
soy, esta es quien soy. Lo soy cuando estoy contigo, y aunque de manera
diferente, también lo soy cuando estoy con ellos.
»No te voy a mentir. Te deseo y me encantaría que sigas en mi vida, no
solo como cuñado de Chloe. Si no siendo amigo mío y, en especial, mi
amante.
—Yo siempre he querido eso, Bellissima, eres tú la que te alejas de mí.
—Es porque me miras de esa manera y me agobio.
—¿De qué manera? —digo medio riendo.
Se gira y niega con la cabeza.
—Pues de esa —extiende su brazo y me señala haciendo un círculo,
como si enmarcara mi rostro.
—Está bien, a partir de ahora te miraré así. —Me pongo bizco y ella ríe
divertida por mi tontería—. Ven aquí anda. —Gatea por la cama y se sienta
a horcajadas sobre mí—. Nada de etiquetas.
—Eso me gusta. No lo etiquetemos. Dejemos que fluya lo que nos
apetezca y cuando nos apetezca.
—Bien, eso también me gusta.
—Y a mí —certifica abrazándome y me dice al oído—. Hay una cosa
más.
Intento separarla, pero se aferra a mí y esconde su rostro en el hueco de
mi cuello.
—Tienes que conocerlos.
Por instinto aprieta mis manos en sus caderas. Sé perfectamente de quien
habla. Quiere que conozca al resto de asiduos. Siempre he sabido que yo no
era el único que se tiraba a Neus. Algo que al principio no me molestaba. Y
sí, he dicho al principio.
—Ya los conocí el día de tu cumpleaños. —Y tuve más que suficiente,
aunque eso no se lo digo.
—No me siento cómoda mintiendo, quiero ser libre de poderte decir con
quien estoy y creo que lo mejor es que los conozcas. Es como mejor
funciona esto. Así lo hago siempre. Ellos se llevan genial, te caerán bien,
seguro. Alex, quiero que conozcas mi mundo.
Me importa alrededor de doscientas mierdas que ellos se lleven genial,
como si se la chupan entre ellos.
—No hace falta que me cuentes con quien estás cuando no es conmigo.
—Mi salud mental no está preparada para eso.
—Quedamos el sábado. De veras que todo irá bien. Confía en mí.
Para ella la conversación ha terminado. Típico en Neus. Es la persona
más autoritaria y mandona que conozco. Toma una decisión y la lleva a
término. Casi debería estar agradecido, ya que me lo ha pedido, no exigido
como suele hacer. Se levanta y me lanza el camisón a la cara, cuando lo
retiro, está en el marco de la puerta del baño, desnuda y chupándose el dedo
índice. O me explota la cabeza o la polla, pero una de las dos no sobrevive a
esta mujer.
***
Cruzo las puertas de Genesis Marketing veinte minutos tarde. Aunque
en realidad se puede considerar más de una hora. Ya que suelo llegar el
primero, una o dos horas antes que el resto de los empleados.
La monada que contraté para recepción, Laura, se pone en pie en cuanto
me ve. Debe de medir más de metro setenta, su cabello negro azabache
siempre lo lleva pulcramente recogido en una alta coleta y su cara podría
ser perfectamente portada en cualquier revista de moda. Bueno, también ese
tipazo que se gasta. Cuando entras en una compañía que vende imagen, la
primera cara que han de ver es la de alguien bello. Pero no solo está ahí
sentada por eso, tiene un currículum impecable y hace su trabajo de forma
precisa e intachable. Fuera de lo espectacular que es, jamás me he acostado
con ella. Ni con ninguna otra mujer de la oficina. No me gusta mezclar el
trabajo y el placer. Aquí soy el jefe, todos me respetan y debe seguir siendo
así.
Como si fuera el ministro, me saluda siempre con una pequeña
reverencia. Le he pedido un millar de veces que deje de hacerlo, pero la
pobre es incapaz. No quiero saber qué piensa de mí para creer que tiene la
necesidad de hacer esa pequeña inclinación cuando nos cruzamos.
—Buenos días, Laura.
—Sr. Falcó —reverencia. Creo que no es ni consciente de que lo hace—,
hace veinte minutos que le esperan en la sala de reuniones.
—Sabes que si no hay visitas me puedes llamar Alex, ¿verdad, Laura?
—Sí, Sr. Falcó. —Otra inclinación. Imposible, desisto, no hay manera.
Genesis Marketing es mi casa y como segunda residencia está mi
apartamento, donde suelo dormir. Aunque siempre que puedo, apuro las
horas de sueño y disfruto de compañía femenina.
Las oficinas son espectaculares. Hace unos años se hizo una gran reforma
y aunque se mantuvieron los detalles modernitos del edificio, cambiamos
todo el mobiliario y algunas salas, para darle ese aire chic y vanguardista
que tan bien representa la compañía que somos. Camino por sus pasillos
con seguridad mientras sujeto el maletín en una mano y la otra descansa en
el bolsillo. Siempre tengo un par de trajes en el despacho, por si me
mancho, y sí, también por si vengo de follar, como hoy.
En cuanto me ajusto la americana del traje azul marino de Emidio Tucci,
hecho a medida, me dirijo a la sala de juntas.
—Treinta minutos tarde. ¿Cree usted, Sr. Falcó, que lo único que
tenemos que hacer es esperarle? —No. Lo que creo es que te mereces un
buen puñetazo en esa bocaza que tienes. Esto no lo digo, pero ganas no me
faltan.
—Enrique, primero de todo, buenos días a ti también y a todos. —El
resto de los empleados susurran un «buenos días», él no—. Para seguir, esta
sala tiene conexión directa con la intranet, podría haber trabajado
perfectamente mientras esperaba. Si se fija, el resto de los compañeros —y
remarco con retintín esa última palabra— tienen un cable rojo conectado a
sus ordenadores. Si hubiera asistido a la formación por parte del equipo de
IT (Information Technology), esa que creyó… Cómo dijo… ¡Ah! Sí, una
pérdida de tiempo. Sabría que solo necesita hacer eso para trabajar con
normalidad desde cualquier sala del edificio.
»Aclarado este punto. Y antes de comenzar, Xavier, ¿cómo está tu hija
Inés?
—Bien, gracias, Alex. Ayer ya no tenía fiebre y hoy mi mujer la ha
llevado al colegio.
—Genial. Me alegro. Berta, por favor, puedes empezar.
Berta es una crack en la investigación de mercado y durante una hora,
mediante diapositivas, nos muestra las estadísticas de sus estudios para las
próximas campañas. Normalmente, los lunes hacemos reunión, pero con
todo lo de Chloe me cogí el día libre y lo pasé todo al martes. Esta semana
ya estoy vendido, porque el trabajo se me va a acumular y tendré que
trabajar por las noches. A eso hay que sumar que Enrique, el estirado y
engreído hijo del jefe, me jode cada vez que cojo un día libre.
Enrique es el futuro heredero del imperio Genesis Marketing, pero es un
paria de la vida. Gasta toda la fortuna de su padre en alcohol, drogas y putas
de lujo. Y lo sé porque yo mismo reviso las cuentas cada mes con la
directora de contabilidad. El Sr. Miguel Santos, mi mentor, y al que
considero un segundo padre, es el C.E.O., lo que viene siendo máximo
ejecutivo de una organización, vamos, el dueño de todo este tinglado.
Hace cosa de cuatro años confió en mí para el puesto de director general,
algo que sentó como quince patadas en los huevos a Enrique, su hijo.
Siempre me ha odiado por el estrecho vínculo que tengo con su padre, pero
eso acabó de rematarlo.
Al principio me esforcé porque nos lleváramos bien, sin embargo, es
imposible. El que es gilipollas lo es y punto. Así que, tras hablarlo durante
horas, conseguí convencer al Sr. Santos para que le abriera una cuenta con
una obscena cantidad de dinero de la que pudiera hacer uso indiscriminado.
Para la empresa supone un gran coste, pero tenerlo callado no tiene precio.
Su padre se lo otorgó con la condición de que debía de cumplir con su
trabajo y callar. No lo hace todo lo que debería, ni una cosa, ni la otra, y sé
que se pasea por las mesas de los empleados hablando pestes de mí.
Aunque, realmente, nada de eso me preocupa. Soy un jefe muy implicado
con mi personal y sé que todos están contentos.
Capítulo 10
Toda la semana esperando esto. Deseando estar con él. Imaginando
cómo sería. Hasta, viniendo de camino, llegué a pensar que el romanticismo
de la tormenta era un buen presagio. Idiota.
He doblado turno todos los días, así lo solicité. Necesitaba tener la mente
ocupada y me había prometido que no quedaría con ningún follamigo hasta
hoy. Ha sido parecido a vivir en el infierno con palillos en los ojos para
evitar que se cerraran. Una media de entre ocho y doce cafés han
alimentado mi cuerpo. No fue buena idea pasar toda la noche del lunes
retozando con Alex en la cama. Eso provocó que empezara cansada la
semana, y aunque, tenía un día menos, se ha hecho eterna.
Sin duda, lo único bueno ha sido él. Alex. Algo que negaré si me
preguntan.
Es mono hasta decir basta. Cada dos por tres me enviaba algún mensaje
tonto con el que me reía. Iba por los pasillos del hospital arrastrando mis
Crocs rosas llenas de adornos y en cuanto sentía vibrar el móvil en el
bolsillo me detenía a mirarlo. Leía lo que me había enviado y daba igual lo
cansada que estuviera, o el estrés de ese momento, no podía controlar la
carcajada. Me han llamado la atención en dos ocasiones, hay zonas en las
que los pacientes necesitan estar en silencio y relajados. Además, no es muy
ético que una doctora, psiquiatra, vaya tronchándose con el móvil por los
pasillos como si fuera una adolescente. Pero es que cada mensaje era aún
más chorra que el anterior. Para que te hagas una idea, algunos mensajes
decían:
Alex:
Hola, ¿eres ecologista? ¿Por qué no vienes y me plantas un beso en mi
boca?
Alex:
¿Eres Google? Porque eres TODO lo que busco.
Había de más bobos, como:
Alex:
Mi color favorito es verte.
Alex:
Hola, ¿te gusta el agua? ¿Sí? Genial: ya te gusta un 70% de mí.
Alex es un hombre ingenioso. Pero, sobre todo, es alegre y divertido.
Siempre está de buen humor. Bueno, siempre que yo no intercedo en eso.
Aun así, suele relativizar mis locuras y cambios de humor. Nunca había
reído tanto con nadie. Cuando estamos juntos siento como si simplemente
así debiera ser. Es por eso por lo que, verlo salir de la sala privada del
Averno tan enfadado, tras soltar esa frase lapidaria que me dijo en nuestro
primer encuentro, hace que me sienta peor que nunca.
Me dolió mucho la primera vez que la dijo, sentí que no era suficiente
para él y hacía muchos años que nadie me hacía sentir eso. Habíamos
quedado en lo que ahora ya es uno de mis restaurantes preferidos, el Amore
Mio. Ese día me llamó y enseguida noté en su voz la desesperación. Dejé
plantado a Esteva, uno de mis follamigos y acudí al restaurante. Allí estaba
él. Con una simple camiseta de algodón y un cómodo pantalón deportivo,
frente a una cerveza. Cuando sus ojos arrasaron mi cuerpo, y digo
arrasaron, porque eso no fue un simple repaso, o al menos yo no lo sentí de
ese modo, todo mi cuerpo vibró. Me había llamado para que lo ayudara a
sacar a su amigo del gran hoyo en el que se encontraba. Al principio quise
matarlo por la falta de responsabilidad que tuvo con Quim, pero, cuando me
contó su plan y vi en sus ojos la súplica, no pude negarme a ayudarle. Al
salir del restaurante, frente a su portal, dejamos que lo que era más que
evidente ocurriera. Desde el primer día que nos vimos, una increíble fuerza
nos atrae el uno al otro. Así que nos besamos. ¿Fui yo? ¿Fue él? Quien dio
el primer paso no lo tengo claro. Pero sí sé, y no se me olvida, que
retrocedió. Fue ahí cuando me soltó esa frase lapidaria: «Yo no follo con
tías como tú».
Se dio la vuelta y entró en el edificio. Quise matarlo un millón de veces.
Así que, oír como la repetía, con esa mirada de enfurecido y
completamente decepcionado conmigo, está fragmentando mi corazón.
Ha cerrado la puerta con tanta rabia que el portazo ha sonado por encima
de la música.
Tenía mis dudas con todo esto. Le he dado muchas vueltas esta semana.
No sabía si explicarle lo que quería hacer o dejar que fluyera. Mi arrogancia
creyó que era una genial idea ensartarme en su largo y grueso pene mientras
el resto de mis follamigos aparecían. Creí que sentir nuestra unión y
conexión sería suficiente para que se dejara llevar. «Estúpida engreída».
Eso es lo que soy, esta vez tienes razón, cabezota.
—Hoy estás terriblemente sexy con el cabello mojado. —La voz
masculina me saca de mi trance.
Esteva. Cirujano plástico de la cuarta planta y mojabragas por
excelencia. Es un hombre con aire de gentleman. Lleva el cabello, algo
canoso en los costados, peinado en un alto tupé. Sus ojos son rasgados y
están cubiertos por unas gafas de pasta negras que le dan un aspecto
sofisticado y maduro. Su ropa cara y su aura de seguridad lo hacen muy
atractivo. Mantenemos una relación solo sexual desde hace ya unos años.
Nos entendemos bien en la cama, fluimos y era el mejor cunnilingus que
conocía. Eso fue hasta que Alex se metió entre mis piernas.
Desde detrás abraza mi cuerpo y con una mano amasa mi pecho, su otra
cuidada mano de largos dedos, resbala por mi vientre hasta la humedad de
entre mis piernas y frota mi clítoris inflamado. Uno que está así, no por él,
como solía ser, sino por el rubio de ojos azules que acaba de dejarme
destrozada frente a una puerta negra y oscura.
—Él se lo pierde. Ningún hombre en su sano juicio te rechazaría. ¿No es
cierto, chicos? —pregunta Esteva a los gemelos—. Comerle las tetas, yo
voy a darme un festín entre sus piernas.
Ellos obedecen. Yo suelo tomar el mando, es lo habitual, pero ahora
mismo no puedo hablar. Esteva siempre lleva la batuta en los encuentros en
los que yo no lo hago. Supongo que como es el veterano, el resto asumió
que era el que decidía. Eso si la orden no viene dada de mí. Siento el calor
de su aliento y cómo su lengua me degusta con largas pasadas, a la vez que
sus manos se aferran a mis nalgas para retenerme y acercarme más. Los
gemelos chupan, lamen y muerden mis pezones. Todo esto siempre es
perfecto, obsceno y excitante. Hoy no. Mis manos están colgando a los
costados del cuerpo y siento cómo empiezan a temblar. Esa es la señal de
que he de hacer algo ya. No puedo tener un ataque de pánico aquí, delante
de ellos. Al pestañear, dos gruesas lágrimas resbalan por mi rostro y
empiezo a sentir el dolor torácico. Solo hay una manera de bloquear esto.
Sexo.
—¡Basta! —Paran en seco al instante y solo se escucha la jadeante
respiración de Esteva. Degustarme es lo que más le excita—. A la cama,
todos.
Como si fueran soldados, bien entrenados, obedecen. He de darme prisa,
cada vez me encuentro peor.
—Tú —miro a Esteva—, duro y castigador.
No lo piensa ni medio segundo. Me conoce bastante bien, y sabe a qué
me refiero con lo que acabo de decir. Sin más actúa.
Me empuja contra la cama, sujetando mis tobillos, me da la vuelta y
levanta mi trasero. Soy como una muñeca de trapo. La cabeza empieza a
darme vueltas. Cada vez me cuesta más respirar. Cuando me ensarta con
violencia siento el dolor atravesarme desde mi vagina hasta el pecho. Sin
miramientos golpea mis nalgas una y otra vez con la palma de la mano.
Escucho como escupe y siento su saliva resbalar por mi ano. Uno de los
gemelos introduce dos dedos sin cuidado, con brusquedad. A la vez que el
otro tira de mis pezones. Siento el dolor por todo mi cuerpo. Las nalgas
escuecen y sé que estaré un par de días sin poder sentarme a gusto. La doble
y brutal penetración sacude mi cuerpo. Mis pechos están terriblemente
sensibles. Hoy nada es excitante, sensual o erótico. Hoy es castigador. Es lo
que merezco.
Empiezo a sollozar, pero a ellos eso ya no les importa. Saben que no
deben detenerse si no lo ordeno. Los tengo bien adoctrinados.
Una mano se enreda en mi melena y tira de ella con saña, obligando a mi
cuerpo a arquearse en una postura incómoda.
—¡Ahhh! —grito con mucha fuerza debido al dolor. No el que siento en
mi cuerpo, sino en mi corazón. Es la rabia que corre mis venas. Esa que me
impide avanzar en mi vida y que hace tanto tiempo que me tiene bloqueada
en este punto.
Una gruesa polla acalla mi grito y entra con tanta fuerza en mi boca que
no puedo controlar las arcadas.
Todo esto me lleva a un estado de enajenación. Es como si estuviera
viviendo una especie de viaje astral. Mi cuerpo se sobredimensiona. El
ataque de pánico se bloquea porque le doy tantos estímulos que se pone en
alerta, saltan las alarmas. Está demostrado científicamente. Cuando el
cuerpo es llevado al límite, libera una ola de hormonas. El cortisol ayuda a
controlar la presión arterial y eso ayuda a regular el ataque de pánico. La
adrenalina aumenta el estado de alerta provocado por la excitación del
sistema nervioso central. Comienzas a sudar para enfriar los músculos, y las
pupilas se dilatan en un esfuerzo por absorber más información del entorno.
La adrenalina se produce en situaciones de estrés o huida, y yo estoy en
ambos puestos. Me estresa pensar que pueda acabar vomitando o con el
cuerpo agarrotado y sin poder moverme. Y necesito huir, que mi mente se
diseccione, y apague la parte emocional y solo deje en activa la sensorial.
La conciencia de quien me hace qué, ha desaparecido. Lo cierto es que
me importa bien poco con quien estoy en la cama. Ellos son solo un medio
para transitar por mis emociones.
Una mano frota con fuerza mi clítoris y es ahí, justo en ese momento,
sobreestimulada y enajenada, que me asalta el orgasmo.
***
—¿Me vas a explicar qué narices pasa con ese tal Alex? —pregunta
Esteva en cuanto los gemelos salen por la puerta.
Después de estas sesiones saben de sobra que no deben hablarme.
Cuando todos llegamos al orgasmo, nos vestimos y cada uno se va por
donde ha venido. Antes incluso de ponerme la ropa, he solicitado un taxi a
través de la App que tengo en el móvil.
No soporto escucharlos hablar ni siquiera entre ellos.
Estos encuentros mitigan unas emociones, pero salen a relucir otras con
las que he de lidiar y necesito que sea en silencio.
Esteva sabe perfectamente cómo funciona y el pacto que tenemos. No me
molesto ni en contestarle, es que ni lo miro. Cierro el broche del zapato en
el tobillo, cojo mi bolso y me voy. Pero antes de poder abrir la puerta me
retiene sujetando con excesiva fuerza mi muñeca.
—Hacía años que no te pasaba lo de hoy. Te conozco, y aún más a tu
cuerpo. —Sacudo con fuerza el brazo para que me suelte y lo encaro. De
todos modos, no hablo. Que diga lo que tenga que decir y me voy—. Ese
estirado con aspecto de modelo solo te va a traer problemas. Estás
cambiando, y eso no me gusta. Él está jodiendo la relación que tenemos
todos. No nos gusta a ninguno de nosotros.
—Esteva, la que psicoanaliza soy yo. Tú dedícate a inyectar bótox. —
Decirle eso a uno de los cirujanos plásticos más prestigiosos de Barcelona
es mayor que un insulto, pero ahora mismo es lo que pretendo—. Adiós. —
Me giro y abro la puerta, pero justo antes de que ponga un pie fuera, me
dice:
—Aléjate de él si no quieres acabar con tu libertad emocional.
Capítulo 11
Adentrarme en las profundidades de Sodoma y Gomorra fue revelador.
Es imposible que Neus y yo tengamos nada. Absolutamente nada. No he
dejado de darle vueltas desde ayer y, sin duda lo del club, aunque me sentó
fatal, me ha venido bien. Me he dado cuenta de que no podremos
entendernos jamás. Creo, y no es algo que piense con rencor o reproche, lo
creo de verdad, Neus tiene un problema con el sexo. No me malinterpretes,
no lo digo porque ayer quisiera montarse una orgía y a mí no me vayan esas
cosas, me parece estupendo que a ella sí. Mentira, no me parece estupendo,
me jode y mucho. El caso es que estoy casi seguro de que a ella tampoco le
gusta demasiado. Parecía que necesitaba demostrarse algo a sí misma. Lo
supe cuando solté mi frase lapidaria. Su rostro era el reflejo del dolor, casi
pude sentir cómo gritaba que no deseaba quedarse allí.
Tenemos la falsa creencia de que las personas decididas y seguras no
sufren. Eso es una equivocación. Todos sufrimos. Todos tenemos nuestros
fantasmas y nuestras piedras en el camino. No sé qué es lo que perturba a
Neus, pero creo que su piedra hace mucho tiempo que se convirtió en una
inmensa gruta con caída al abismo.
Me he acostado las suficientes veces con ella como para conocerla. Ayer
no era la mujer que me trae de cabeza desde hace meses. En la cama es
desinhibida y fogosa, sí, mucho, pero también es dulce y cariñosa. Se
deshace cuando la toco. Le encanta que con las yemas de mis dedos acaricie
sus brazos cuando me cabalga a horcajadas sobre mí. Siento que su cuerpo
se estremece cuando retiro su cabello hacia un lado y tras lamer su cuello,
soplo sobre la humedad que ha dejado mi lengua. Ese acto provoca que
jadee con fuerza, disfrutando de ese simple gesto más que con cualquier
otra cosa.
Nada de eso es lo que ocurrió ayer en aquella grotesca sala oscura.
Me encantaría poder seguir con lo que tenemos y descubrir a dónde nos
lleva, pero es muy agotador remar a contracorriente. Los dos debemos
quererlo, y ella no está preparada. No está lista para dejar atrás sus sombras
y tampoco quiere que la ayude a hacerlo. Lo más fácil es alejarme, y si el
destino decide que nuestros caminos se encuentren más adelante, pues ya se
verá.
—Joder, tío, qué mala cara tienes hoy. —Quim tiene razón, no se lo
puedo rebatir.
Todo lo contrario a él, que está fantástico. Lleva el cabello algo más largo
que de costumbre, casi el mismo corte que yo, arreglado en la nuca y con
largos mechones que caen por el rostro, solo que Quim lo tiene castaño. Sus
ojos verdes parecen más claros desde que rescató a Chloe y tiene un brillo
especial en la mirada. Quizá me equivoco, pero lo veo más fuerte que
nunca. Quim tiene una espalda ancha, es alto y bajo su ropa, se intuye su
musculatura, la justa y necesaria para no parecer un mamarracho. Se nota
que entrena su cuerpo para cuidarse, no para lucir músculos.
—¿Cómo está mi cuñadita? —cambio de tema.
—No lo sé, es complicado. Está ahí, pero no está.
—Dale tiempo. Se pondrá bien, es la mujer más valiente y fuerte que
conozco.
—Sí, es una guerrera. —Sonríe de medio lado con ojos de enamorado.
—Come state, ragazzi? —nos interrumpe Flavio.
—Ottimo amico, e tu?
—Pues lo cierto es que tu cara dice todo lo contrario.
—Sí. Le he dicho lo mismo cuando he llegado. No tiene buen aspecto —
secunda Quim.
—La verdad es que me moría de ganas por quedar con mis colegas y que
me llenaran de elogios. Yo también os veo fantásticos —ironizo para que
me dejen tranquilo. No pienso contarles lo que me ocurre.
—Tu menti —afirma Flavio—. Aunque ya veo por tu gesto que no vas a
soltar prenda, así que a lo mío. ¿Qué queréis tomar?
He venido a comer con Quim al Amore Mio. Me ha llamado esta mañana
porque necesita mi ayuda. Aquí estoy. Siempre que él me lo pida. Al
parecer, Neus ha ido a ver a Chloe y él ha aprovechado la ocasión para
darles un rato de chicas y así, nosotros hacer uno de chicos. Echaba de
menos pasar tiempo los dos solos.
Antes era diferente, hablábamos de basket y comentábamos los fichajes
del Barça. Pero eso era cuando Chloe aún no estaba en la vida de Quim.
Ahora, no es que no lo hagamos, si no que también se añade a la
conversación los rizos de Chloe, lo bonita que está al despertarse… No lo
culpo, ya que ella acapara casi todos sus pensamientos y cada pocas frases
tiene la necesidad de explicarme algo que ha hecho o dicho. En fin, el amor
lo ha dejado medio tonto.
Si no fuera porque en toda la semana mi cuñada casi no ha mejorado,
diría que es más feliz que nunca.
—¿Qué podemos hacer para ayudarla?
—Es por eso por lo que te he llamado. No te he dicho nada aún porque
no quería monopolizar el tema hablando de Chloe.
Irónico, ¿verdad? No ha hecho otra cosa.
—Sabes que podéis contar conmigo para lo que haga falta.
—La tengo.
—¿El qué?
—Nuestra casa. La casa de los sueños de Chloe. Ya he cerrado la compra.
—Espera, espera. Más despacio. A ver si lo entiendo, ¿has comprado una
casa sin visitarla?
—Claro que la he visto, me escapé esta semana cuando Neus fue a ver a
Chloe. Les dije que me iba contigo a tomar una cerveza y así ellas podían
charlar. Tres horas más tarde ya estaba de vuelta con el trato cerrado.
Tardaremos en tener las escrituras, pero he conseguido un previo contrato
de alquiler con la propietaria y podemos instalarnos la semana que viene.
»Te va a encantar cuando la veas. La casa está bordeando el Camí de
Ronda, en Tossa de Mar. Está muy cerca de Cala Bona. Las vistas al mar
Mediterráneo son de infarto. —Infarto me va a dar a mí—. Contacté con
una inmobiliaria el día después de volver a Barcelona. El tío es un máquina.
Se ha quedado un porcentaje algo más alto de lo que esperaba, pero en
menos de una semana ha vendido la casa de mis padres, mi piso y me ha
encontrado la casa de los sueños de Chloe. Le dije lo que quería y lo ha
conseguido. Es el dinero mejor invertido de mi vida. Esta mañana me ha
enviado un mensaje, y me ha dicho que cree tener también un comprador
para el piso de Chloe. Aunque he de esperar hasta saber qué quiere hacer
ella.
Nunca me han disparado con una ametralladora, pero estoy seguro de que
se siente algo similar. Las palabras de Quim, que está exultante, han ido
taladrando mi cabeza sin descanso. Conclusión: ha dicho que se va de
Barcelona. Creo que también lo he oído decir... sueño y Chloe.
—¿Te vas? ¿Y el trabajo? ¿Y yo? —Ríe.
No entiendo qué es lo que le hace tanta gracia.
—Primero de todo, no me voy tan lejos, Tossa de Mar está a una hora de
coche. El trabajo, lo he dejado.
—¡¿Qué?! —Alzo la voz y la gente que come tranquila me mira molesta.
—Ya sabías que lo haría. Presenté mi renuncia por email el mismo día
que llegué al Hospital Costa del Sol con Chloe. Y, por último, ¿cómo que, y
yo? —Vuelve a reír—. Tú eres mi hermano, somos familia y así será para
toda la vida. —Posa su fuerte mano sobre mi hombro y me da un par de
palmaditas, es un gesto con el que trata de aliviarme. No lo consigue.
Todo mejora por momentos cuando vuelve a abrir la boca.
—No puedo, ni quiero dejar sola a Chloe. Necesito que tú y Neus me
ayudéis.
¿Sabes cuando entras en un gran almacén que está vacío y al hablar
parece que las palabras rebotan por la estancia creando un extraño eco? Eso
es lo que está pasando con la palabra «Neus» en mi cabeza. Resuena sin
parar, golpeando de un lado a otro, creo que acabaré con jaqueca.
—Mientras Chloe se daba una ducha, lo he hablado con Neus y ya está
todo medio organizado.
—¿Qué es lo que está organizado? —Esto no augura nada bueno para mi
bienestar. Sí para el de Chloe, pero no para el mío.
—Necesito que subáis a la casa y la preparéis para cuando la lleve. Neus
tiene todos los detalles y he comprado varias cosas que he enviado al buzón
de recogidas de Amazon de Genesis Marketing, están a tu nombre.
Cuando esta mañana he dicho que, si el destino decidía que nuestros
caminos se encontrarán más adelante, ya se vería. Me refería a mucho,
muchísimo, muchisísimo, más adelante. No unas horas después.
Me cago en ti, destino.
Capítulo 12
El viaje está al nivel de una endoscopia gastrointestinal sin sedación. Si
no te han hecho ninguna, te aseguro que es de lo más incómodo. En cuanto
introducen el tubo por la garganta empiezan las arcadas y sientes que te
ahogas, la sensación de asfixia es horrible. A eso hay que sumarle el dolor
que se siente cuando la camarita de las narices surca tu cuerpo hasta el
estómago. Es una manera gráfica y clara de explicar lo que este viaje en
coche hasta Tossa de Mar, con Blancanieves a mi lado, está siendo para mí.
Cuando llegué el domingo de comer con Quim recibí un mensaje.
Neus:
Miércoles a las 18:00 h.
Iremos en tu coche, hay que llevar muchas
cosas y tienes un maletero más grande.
Así es Neus. Una mandona redomada. No tenía ganas de entrar en debate
y mucho menos mensajearme con ella, aunque solo fuera para quedar más
tarde porque tenía una reunión. Le contesté con un simple «ok» y listo.
La reunión la he adelantado un par de horas y anoche trabajé hasta las
tres de la mañana para que todo lo que no iba a poder hacer quedara
acabado.
—Hablemos —dice y yo río a boca llena sin poder controlarme—. Deja
de reírte de esa manera, es inquietante y no te pega nada la ironía.
—Solo te diré una cosa, deja de darme órdenes —le contesto severo,
cortando la risa de golpe sin despegar la mirada de la carretera.
Ha tardado unos veinte minutos en ser capaz de abrir la boca, pero para
lo que ha dicho mejor se quedaba calladita. Cuando la he recogido no nos
hemos ni saludado. Odio todo esto, y odio más aún, que consiga sacar lo
peor de mí. Al llegar estaba esperando en la puerta de su casa con un
montón de bolsas. Como lo que Quim había enviado por Amazon ocupaba
todo el maletero, lo suyo lo hemos puesto en los asientos traseros. En una
especie de cadena de trabajo, Neus me pasaba las bolsas y yo las iba
colocando. Todo muy cómodo y fluido, véase la ironía.
—No pretendía darte ninguna orden. Por favor, vamos a hablarlo.
Decir que no me siento fatal por actuar así sería una gran mentira. Este
no soy yo. A mí me gusta llevarme bien con todos, y en especial con ella.
Disfruto cuando nos reímos juntos y me gusta cuando conversamos, es una
mujer muy inteligente.
Esta situación es incomodísima. De todos modos, no voy a ceder. Estoy
tan enfadado y dolido que no me nace ni mirarla. Bueno, eso y que sé que si
la miro me ablandaré.
—Perdóname. Háblame. Por favor. —Sujeta mi mano sobre el cambio de
marchas a la vez que me habla con voz suplicante.
La aparto de inmediato y la llevo al botón de encendido de la radio. Si
sigo escuchándola no podré aguantar impasible. Da igual la emisora, es solo
para llenar el espacio de otra cosa que no sea resentimiento, enfado y dolor.
Esa agobiante mezcla de sensaciones, las de ambos, me está asfixiando.
***
—¡Dios mío! A Chloe le va a encantar.
Son las primeras palabras de Neus desde que en el coche le he hecho el
vacío y no le he contestado. Y para ser sincero, creo que habla con ella
misma.
Camino hasta la ventana y cuando veo el verde jardín y cómo los tonos
naranjas del atardecer se funden con el suave oleaje, alucino.
—El muy cabrón tenía razón. Es la casa de los sueños de Chloe.
Yo tampoco hablo con ella, es un pensamiento que me ha salido en voz
alta. Siento como se pone a mi lado, el calor de su cercanía hace que el
escozor de mis manos aumente. No tocarla está provocando una especie de
urticaria en la punta de mis dedos.
—Sí. Lo es. Cuando me lo explicó, con tanta emoción, creí que
exageraba. Pero tenía razón, espectacular se queda corto. Ya imagino a
Chloe viviendo aquí y sentada en ese columpio todas las tardes. —Sonrío
porque yo he pensado lo mismo al verlo.
Su mano se entrelaza con la mía y cojo aire con fuerza, sintiendo la
maresía emborracharme. A Chloe le encanta esa palabra. Maresía es la
palabra con la que se describe el olor a mar; aroma a salitre, algas y
humedad salada.
Trago con fuerza e intento que el terremoto que tengo en mi interior no se
note. Debería soltarla y alejarme, pero no puedo.
—Respeto que no quieras hablar de lo que pasó en el Averno —
mantengo la mirada en el hipnotizante horizonte—, pero no podemos seguir
así, no lo soporto. Por favor, háblame, o si lo prefieres, me gritas o me
insultas, lo que sea, antes que sentir que soy indiferente para ti.
—Tú jamás has sido, eres, o serás indiferente para mí. —La miro y me
siento un miserable cuando veo como dos gruesas lágrimas resbalan por su
precioso rostro.
Saco la mano del bolsillo y la llevo a su cara para recoger con el pulgar la
gotita antes de que caiga por su barbilla. En cuanto nuestras pieles se unen,
ella solloza y dejando caer su rostro sobre mi mano cierra los ojos. Y es a
esto a lo que me refiero cuando digo que la Neus del Averno nada tenía que
ver con la que yo conozco. Ahora mismo, la real, la que derriba barreras y
se muestra humana, sensible y tierna, se está rindiendo ante mí para que la
perdone. Y yo, yo quiero resistirme, pero no puedo.
—¿Sabes lo que supuso para mí sentir que no te entregabas por completo
a mí? —Llora asintiendo con la cabeza—. No, no puedes ni imaginar lo que
fue sentir que la mujer con la que hacía el amor desaparecía y entregaba su
cuerpo a otros hombres. Porque eso es lo que ocurrió. Esta Neus —rodeo su
rostro—, la que me tiene completamente loco y fascinado, desapareció. Una
máscara de indiferencia la cubrió y solo quedó un cuerpo al que usar. Uno
que solo servía como escudo para proteger lo que los dos sabemos que
ocurre aquí. —Poso una de mis manos sobre su corazón y lo siento golpear
con fuerza, como si me suplicará que lo salvara.
Sus brazos me envuelven y descansa su cabeza sobre mi pecho con la
mirada puesta en el paisaje que se está oscureciendo. Los colores naranjas
del cielo se tiñen de tonos azules avisando que la noche quiere ser la dueña
del día. Y ahí nos quedamos, obnubilados con el susurro del mar de fondo,
esperando que el cielo apague su fuego para que llegue la suave y apacible
oscuridad.
—No podemos seguir así —certifico abrazándola con más fuerza, porque
sé que lo que le voy a decir nos va a doler a los dos.
Jamás me he sentido más miserable. Le hago daño constantemente a una
persona que adoro. Eso no es sano. Este dolor que ambos sentimos no es
bueno. Y solo tiene una solución. La odio, pero no podemos hacer otra cosa
si no queremos seguir sufriendo.
»Sea lo que sea que hayamos tenido, no quiero que continúe. —Neus
reacciona como yo hace un instante, abrazándome con más fuerza—. Me
gustas mucho, eres la mujer más sexy y divertida que conozco. Pase el
tiempo que pase, no voy a cambiar de opinión sobre eso jamás. Me
encantaría que estuviéramos los dos en otro punto, pero estamos en este. Y
creo que el tuyo está a varios kilómetros del mío, por senderos muy
distintos.
El corazón me va a tanta velocidad y golpea con tanta fuerza que estoy
seguro de que ella lo siente palpitar en su mejilla. No se mueve, apostaría a
que no está ni respirando, solo me abraza cada vez con más fuerza.
»Bellissima, no me voy a ir de tu vida —la separo de mi cuerpo para que
me mire, sigue llorando y yo solo quiero besarla y decirle que va a
funcionar, que estaremos bien. Pero sería mentirnos de nuevo a los dos—,
ya lo dijo Chloe, somos familia, una un tanto peculiar —nos sonreímos—,
pero lo somos. Seguiremos viéndonos y siempre que me necesites estaré
para ti, es solo que no podemos seguir con esto porque nos estamos
haciendo daño.
Me acerco con cuidado y la beso en la mejilla, permaneciendo ahí más
tiempo del correcto, inhalando el olor de su piel que tanto me gusta. Al
separarme, abre los ojos y me sonríe.
—Sr. Falcó, es el mejor, ¿lo sabe? —Sonrío.
—Dra. Blázquez, la adoro, ¿lo sabe? —Me devuelve la sonrisa. Rodeo
con el brazo su hombro y la apremio a entrar—. Deberíamos empezar a
montar todo este tinglado. El cabrón de Quim nos ha dado trabajo para rato.
—No sabes cuánto, alucinarás cuando veas todo lo que hay en las bolsas
y las cajas —me explica limpiando los restos húmedos que han dejado las
lágrimas en su preciosa cara.
Una vez dentro de nuevo, por unos instantes, mientras nos miramos
estáticos en medio del salón, creo que todo lo que he dicho es una patraña.
Que voy a olvidarlo y a lanzarme a sus labios. Pero Neus tiene una entereza
sorprendente y rompe nuestras miradas.
Se remanga, y como si todo entre nosotros fuera como siempre, o como
lo fue hace mucho tiempo, empieza a desembalar cosas y a explicarme qué
tenemos que hacer y donde colocarlo.
***
Hemos vuelto esta mañana pronto y por fin lo hemos conseguido dejar
todo listo. La reserva del hotel, uno muy cercano, la hizo Quim. Cada uno
en su habitación. Es algo que le dejé bien claro a mi hermano, no quería
compartir dormitorio con Neus. En ese momento me miró extrañado, pero
es listo y me conoce bien. No preguntó. No estaba dispuesto a hablar sobre
ello y él lo entendió.
Estamos bien. A los dos se nos da genial esto de hacer como si nada.
Evitamos estar muy cerca el uno del otro para no rozarnos, imagino que por
el mismo motivo. O al menos a mí, un simple toque con su piel podría
mandar a la mierda todo mi discurso de anoche.
Quim y Chloe no creo que tarden mucho en llegar. Neus está dando los
últimos retoques. Y yo pongo el lambrusco en hielo. Le sugerí a mi amigo
una comida más, como decirlo, elegante. Rio y me contestó:
—Nosotros no necesitamos ser elegantes, solo nosotros. Lambrusco y
pizza es la primera cena que compartimos en Tossa y será la primera en
nuestra casa.
Evidentemente, no hay nada que rebatir a tanto romanticismo, por mucho
que la cena sea sencilla.
Capítulo 13
Las semanas van pasando sin pena ni gloria, sobre todo sin gloria. Sigo
quedando con mis follamigos, pero con menos asiduidad. Desde que Alex y
yo lo dejamos. ¿El qué? Pues no lo sé. Sea lo que fuera que tuviéramos, se
acabó. Y el muy cabrón se llevó con él casi toda mi libido. Es como si ahí
abajo hubiera un árido desierto. «Solo con Alex se convierte en un
manantial con cascadas incluidas», y ahí va el apunte de mi cabezota. Una
que está más pesada que nunca y con la que me está costando lidiar. Como
solo tengo sexo una o dos veces a la semana y no desconecto, pues ella no
se calla.
Esteva se presenta algún día en mi despacho y me echa un polvo rápido y
castigador contra la pared blanca, una tan insulsa como me está empezando
a parecer él. Algunas veces, si sabe que tengo más tiempo, me llama y
quedamos en su piso con los gemelos o el bombero. Pero ya le dejé claro
que no quería que estuvieran los cuatro. «Como si estar con tres cambiara
algo». Ridícula, lo sé.
Lo que pasó con Alex me dejó devastada. Las primeras semanas he
sufrido ataques de pánico. No tan frecuentes como hace años, ni con tanta
intensidad como el que sufrí el día que volvimos de Marbella. Pero siguen
ahí, acechándome. Mi madre está preocupada, no lo dice, pero me llama
cada día. Y a mi padre, ya jubilado, le he encontrado la mejor excusa del
mundo para estar cerca de mí y controlar mi estado de ánimo.
Se podría decir que algo tuvo de bueno que Alex pusiera distancia entre
nosotros. Me analicé. Todo lo que me dijo me hizo pensar. El pasado estará
ahí siempre, pero eso no quiere decir que no deba afrontar mi futuro y
plantarle cara. Me di cuenta de que paseaba por la vida con un trabajo que
me consumía, y desperdiciaba el tiempo restante sin hacer nada más que
follar. Hice un ejercicio que hago muchas veces con mis pacientes. Apunté
en un papel todo lo que solía hacer a diario. Fue bastante revelador. «Lo que
fue es una torta con la mano abierta». Cierto. Entre el trabajo, las guardias
de más que solía pedir, y quedar con mis follamigos, la mayoría de días me
quedaban unas escasas seis horas para dormir. Me di cuenta de que de
manera inconsciente siempre buscaba alguna excusa barata en el hospital
para hacer turnos extras. Los de ocho horas los acababa convirtiendo en
diez o doce, cosa que ni me pagaban. Para rematar, Chloe se ha ido a vivir a
Tossa de Mar, la echo de menos a rabiar, aunque nos llamamos, no es lo
mismo. Así que, sin ella, me desapunté de yoga. Dejé de salir a cenar, e
incluso dejé de tomar una copa de vino por las noches mientras miraba la
televisión. Conclusión, tenía una vida de mierda.
Una mañana me desperté, llamé al hospital y les dije que estaba enferma.
Una locura, lo sé. Me planté en casa de mis padres y con decisión les dije:
—Voy a montar una consulta privada. —Mi madre sonrió, sabiendo más
incluso que yo.
Es bruja.
—Si ese hombre ha conseguido que te replantees tu vida, a mí ya me ha
ganado —susurró en mi oreja para que solo yo la oyera, a la vez que me
abrazaba.
Por suerte, mi padre, como si le acabarán de clavar un alfiler en el
trasero, saltó de la silla y me dijo:
—Pues vamos, hay que encontrar un local.
Justo antes de salir de casa, y para acabar de rematar, mi madre se me
acercó y me hizo una de esas preguntas de las que no esperas respuesta. De
esas que solo formulas para que la otra persona la analice. Esas que se te
clavan dentro de la cabeza y están días dando vueltas incansables.
—Sabes que no todos los hombres te harán lo que te hizo él, ¿verdad,
hija?
La miré espantada cuando se refirió a «él». Hacía muchos años que en mi
casa no se hablaba de lo que ocurrió. Después de ese día se instaló un pacto
no escrito en el que se decidió que nunca más, jamás, se volvería a hablar
de él. Pero mi madre decidió cambiar eso sin previo aviso. Me hizo
recordarlo y no me gustó lo que sentí al hacerlo. Dolió y mucho.
Mi padre, desde ese día, se puede considerar un apéndice mío. Ahí lo
tengo peleando por teléfono con el carpintero porque llega tarde y
explicando al pintor con señas que ese no es el color que habíamos
decidido.
Jaume, también conocido en mi casa como papá, es sin duda el mejor. Lo
adoro. Siempre gasta una bonita sonrisa bajo su bigote blanco, uno que hace
juego con su frondoso pelo. El verde de mis ojos lo heredé de él. Y su
humor también. Sin olvidarnos de su capacidad de mando. Sí, en eso
también nos parecemos. Está haciendo de jefe de obra, es a lo que se ha
dedicado toda la vida y sé que está disfrutando. Hace un año se jubiló, y
echa un poco de menos la vorágine y estrés del trabajo. Es muy activo y en
cuanto se retiró, él y mi madre buscaron mil cosas para hacer. No paran.
Hay veces que creo que voy a tener que poner una instancia para comer con
ellos. Aunque desde que empezaron los episodios de pánico, están mucho
más en casa y no han hecho ningún viaje del IMSERSO.
Este proyecto es un sueño. No uno que he tenido toda la vida. Uno que
vino de golpe. Porque ¿quién dice que los sueños han de ser deseados
mucho tiempo? Te puede pasar como a mí. Te levantas una mañana, te das
cuenta de que has de hacer algo, y se te ocurre tener un nuevo sueño. Sin
más. Ya casi está cumplido. La próxima semana inauguro.
Cuando dejo a mi padre en su casa me dirijo al Amore Mio. Hemos
quedado los cuatro para cenar. En cada semáforo, el toc de mi pierna hace
constatar lo nerviosa que estoy. Cada vez que voy a ver a Alex es como si
fuera a la guerra y yo tuviera que capitanear el escuadrón.
Al entrar en el restaurante salivo por el olor a pizza y queso fundido. El
lugar es precioso, pequeño y con el encanto típico italiano. Sus paredes son
de ladrillo y la luz es tenue, eso le da un aura romántica al salón. Todas las
mesas están cubiertas con manteles de cuadros rojos y blancos, muy al
estilo de la Toscana.
Al fondo, en la que sé, que es la mesa de Alex, los veo reír a carcajadas.
Los adoro. A los tres. Chloe está mejor que nunca, exultante, guapa, feliz. Y
todo gracias a Quim, que no parece que una depresión por la muerte de sus
padres casi acaba con él. Sin dejar de agitar los brazos, explicando algo que
a los demás les hace mucha gracia, está Alex. ¿Es posible que cada vez que
miras a una persona la veas aún más guapa que la anterior vez que lo
hiciste?
Me quedo un rato aquí, disfrutando de la complicidad que tienen. De la
forma en que se miran entre ellos, con ese cariño absoluto que le tienes a
los que consideras tu familia.
Alex ha cumplido su palabra y sigue en mi vida. Pero dista mucho de lo
que imaginé.
Me acerco y Chloe se lanza a mis brazos. Nos vemos mínimo una vez a
la semana. Bajan a Barcelona todos los miércoles para cenar juntos.
Siempre que puedo, si no trabajo, subo a pasar el fin de semana a su casa en
Tossa de Mar. Eso sí, con previa confirmación de que Alex no irá. Así lo
estableció él con un escueto WhatsApp que me envió. Si uno de los dos
tiene pensado ir a dormir, ha de avisar al otro para que no vaya. Solo
podemos coincidir para comer o cenar. Un trato de mierda.
Y luego está eso que siempre hace. Se va cuando estoy en medio de una
conversación con Chloe y yo no puedo irme. O en su defecto, espera a que
yo me vaya para hacerlo él. La última vez no salió de casa de Chloe y Quim
hasta que no escuchó mi coche irse. Y lo sé porque arranqué y aparqué unas
cuantas casas más adelante. Cinco minutos después pasó él.
Cuando saludo a Quim también me abraza y besa. Pero Alex… Descanso
mi mano en su brazo y nos damos un beso rápido en la mejilla. Él nunca me
toca. Ya no me abraza. Ni siquiera cuando comemos uno al lado del otro me
roza. Y si yo despreocupada —mentira, lo hago con toda la intención—, le
toco la pierna bajo la mesa o el codo roza su brazo, él lo aparta como si
tuviera el Covid-19 y la epidemia estuviera en su máximo pico de contagio.
—Estoy cansada de todo esto. Y aún más de fingir que es lo normal entre
nosotros.
—Nena, quizá deberías bajar la voz, te va a oír Flavio y ya sabes que con
Alex se lo cuentan todo —dice Chloe.
—Me importa veinte mierdas, de las gordas, de esas de vaca. Todas
puestas unas encima de las otras para que se vea una montaña de mierda. —
Gesticulo con los brazos dando a entender que las amontono yo misma y
Quim se troncha, pero yo no le veo la maldita gracia.
Alex se ha levantado para ir al lavabo. La cena ha ido bien, solo bien,
como siempre. Charlamos entre todos, reímos, brindamos… y todas esas
chorradas. Pero él no me mira, sus preciosos ojos azules no han vuelto a
sostenerme la mirada desde el día que nos fuimos de la casa de nuestros
amigos.
—Me largo. No tengo ganas de otra despedida protocolaria. —Me pongo
en pie—. Os quiero mucho y siento que estéis en medio de todo esto.
Tras achucharlos, me apresuro en coger el bolso. Quiero irme antes de
que salga del baño. Me da igual que vea que estoy molesta, ya estoy
cansada de fingir que todo está bien. Cuando me dispongo a ir hacia la
puerta, Quim me pregunta:
—Neus, ¿crees en el destino? —Río. Yo le expuse la misma cuestión
hace tiempo, sabiendo que su camino y el de Chloe estaban destinados a
encontrarse.
—Es una pregunta ya usada.
—Cierto, pero no por eso va a dejar de ser una gran pregunta.
Capítulo 14
—¿Qué tal van los preparativos?
—Es de locos.
—Me hace mucha ilusión asistir y poder ver de nuevo a Carme y el resto
de los compañeros.
—Carme siempre me envía recuerdos para ti. La sustituta no está a tu
altura. —Chloe sonríe y agita su mano restando importancia a mi
comentario.
No debería, porque es cierto. Chloe trabajó en Genesis Marketing unos
meses en el departamento de recursos humanos. Si no fuera porque Quim se
la ha traído a vivir a Tossa de Mar le hubiera rogado que siguiera en la
compañía. Era una compañera excelente, todos la apreciaban mucho.
Además, su jefa, Carme, estaba encantada con ella. Pero la vida de Chloe
necesitaba esto, vivir aquí y encontrar la paz en el amor. Hay veces que
sonreírle a la vida no es suficiente. Tras el secuestro presentó su dimisión.
Al final vendieron también el piso de ella y con el dinero de las tres
propiedades y el de la herencia de Quim, han decidido vivir la vida una
temporada. En apariencia, Chloe está recuperada, pero Quim me ha
explicado que aún hay noches que las pesadillas la perturban. Están
reformando la casa ellos mismos, yo les ayudo siempre que puedo. Les está
quedando preciosa, tiene la firma de Chloe por todas partes.
Sabía que le haría muchísima ilusión, así que la he invitado, bueno, a los
dos, al cuarenta aniversario de la compañía. Es en febrero, y aunque aún
faltan unos dos meses, ya voy de culo con los preparativos. No es que yo lo
vaya a hacer todo, pero sí que tengo que supervisar a todos. Va a ser uno de
los eventos del año en Barcelona. Las revistas y televisiones más
importantes están invitadas para hacer eco de lo que acontezca. Todo ha de
salir perfecto.
—Contamos contigo para la cena de fin de año. —Cambia de tema
Quim.
—Lo siento, tío, pero este año no creo que pueda venir. La campaña para
Nike está siendo para arrancarse los ojos. Lo tenía todo encarrilado y el otro
día se filtró parte de uno de los anuncios a la competencia. Hemos tenido
que volver a empezar de cero. Los directivos están muy enfadados y han
afirmado que si hay otra falta de profesionalidad por nuestra parte se largan.
No puedo perder esa cuenta, nos costó el año pasado entero conseguirla.
—¿Cómo ha podido filtrarse esa información? Todos los empleados
firman contratos de confidencialidad. Yo misma los revisé y actualicé con
las nuevas normativas.
—No lo sé, Chloe. Los informáticos dicen que no han encontrado nada
raro.
—Eso es imposible. Alguien ha debido hacer una copia de los archivos o
los ha tenido que imprimir. Se estableció en la empresa la gestión
documental completamente informatizada por ese mismo motivo. Ya no se
trabaja nada en papel, ¿no?
—Así se estableció. Se activó la campaña para el consumo sostenible y
ya no usamos papel para casi nada. Se trabaja todo a través de dispositivos
electrónicos en la intranet. Vinieron el mes pasado de la revista Ecologistas
en Acción a hacer un reportaje sobre esto, hemos ganado el premio a la
empresa más sostenible de Barcelona.
Lo digo con orgullo, porque eso también casi me cuesta la vida y la
salud. Fue muy difícil cambiar todo el sistema, pero ahora somos un
ejemplo a seguir del que me enorgullezco.
—Alex, si alguien lo imprimió o hizo una copia del archivo, dejó huella,
seguro.
—Lo sé. Pero los informáticos lo han revisado tres veces e insisten en
que no hay nada.
—Deberías hablar con Henchman —dice Quim.
—¡Claro! Voy a llamarlo ahora mismo. —Chloe ya tiene el móvil en la
mano.
—Espera un momento. Para. —Le quito el móvil—. Henchman se
infiltra en mafias y trabaja para la policía, no entiendo en qué podría
ayudarme. —Los dos se miran y veo como dudan—. Ya estáis aflojando la
lengua.
—Está bien, pero pongamos la mesa y mientras cenamos te lo
explicamos.
Los jueves o viernes, depende de la semana, al salir de la oficina vengo
directo a Tossa. Cenamos y me quedo a dormir. Me han montado una
habitación. Bueno, en realidad la comparto con Neus, pero nunca el mismo
día. Ya me ocupé de eso enviándole un mensaje para establecer un acuerdo.
No vendríamos a dormir nunca el mismo día. Podría dormir en el sofá si eso
ocurriera, pero saber que está en la planta de arriba y yo abajo, sería como
acostarse sobre una hoguera, el fuego me consumiría.
Nos han puesto una gran cama de matrimonio —sin doble sentido, qué va
—. Cuando me la enseñaron tuve que barrer mis huevos con escoba y pala.
Neus había estado allí el día anterior, lo supe en cuanto abrieron la puerta.
Su olor a flores silvestres inundaba toda la estancia. Dormir aquí siempre
es… doloroso. Pero aun así le dije a Chloe que, si Neus había pasado solo
una noche o dos, no hacía falta que cambiara las sábanas, que me sabía mal.
Lo cierto es que soy un puto psicópata, y en cuanto cierro la puerta por la
noche abro la cama y hundo mi nariz en la almohada rezando que ella haya
dormido allí. Pasar toda la noche con su olor me reconforta. Lo sé, estoy
enfermo.
Es uno de los dormitorios con vistas al mar. Frente a la cama hay un gran
ventanal con unos porticones azules que van desde el suelo hasta casi el
techo. Nunca los cierro, me gusta despertarme con el sol y al abrir los ojos
contemplar un rato el espectáculo de la naturaleza. La han pintado y
decorado toda en blanco. El único color lo aporta una pared abarrotada de
fotografías con marcos amarillos. Chloe ha repartido fotos por toda la casa.
Pero en esta habitación ha hecho una especie de mural de nosotros. Salimos
Quim y yo, Chloe y Neus, también hay varias de los cuatro juntos. Mi
favorita, una de las pocas que hay con mayor tamaño, es en la que salimos
los cuatro riendo a boca llena sentados en la mesa del que era el piso de
Chloe. Es del día que comimos juntos tras el secuestro. Recuerdo que Quim
estiró el brazo para hacer el selfie y un segundo antes de que apretara el
botón, Neus dijo:
—¿Cómo se dice pañuelo en japonés? Saka-moko. —Todos reímos.
Fue un gran día y una mejor noche. Cuando cerré los ojos para dormir, lo
hice creyendo que quizá era el momento de dejar de ir de flor en flor. Que el
título de gigoló ya no era para mí. Estaba convencido de que debía
aferrarme a las cosas sorprendentes de la vida, ya no le iba a tener miedo a
lo que el destino me preparara cerca de la mandona, divertida y preciosa
Neus. Pero, las cosas se torcieron, mucho, y ahora, meses después, lo veo
un pensamiento ridículo.
—Vaya, cuñada, cena de cinco estrellas. Nunca un pa amb tomaquet
había estado mejor preparado. El tomate está untado a la perfección y el
acei… —recibo una colleja de Quim—. ¡Auch!
—Déjate de rollos y siéntate. Hoy no hemos tenido tiempo de preparar la
cena y un poco de pa amb tomaquet, algo de embutido y queso es todo lo
que hay.
Solo lo he dicho para picar a Quim, que, como siempre, ha caído. La
verdad es que me encanta la sencillez que hay entre nosotros. No necesito
nada especial para cenar, solo vengo para pasar el rato con ellos.
Una vez sentados los tres hago la pregunta que me está rondando la
cabeza hace un rato.
—¿Quién es Henchman? ¿Y qué es lo que no me habéis contado?
—Ya sabes que él fue el que me cuidó y protegió durante el secuestro —
explica Chloe.
—Sí. Di por sentado que era agente infiltrado.
—Nada más lejos de la realidad —dice Quim—. Henchman trabaja por
su cuenta. Él no se casa con nadie. Le gusta la justicia, y es por eso que en
la mayoría de sus trabajos colabora con la policía, pero él es… es…
—¿Freelancer? —pregunto y ríen los dos divertidos.
—Sí, algo así —certifica Chloe—. Para que lo entiendas, lo llaman,
solicitan sus servicios y si para él tiene un sentido hacerlo, lo acepta.
—Solo coge trabajos en los que la justicia sea la finalidad —sigue con la
explicación Quim.
—¿Es el Robin Hood del siglo XXI? —Chloe se troncha con mi
comparación.
—Sin duda se le parece.
—¿Y cómo podría ayudarme a mí?
—El cabrón es un máquina —dice Quim—. No solo se entrena
físicamente y tiene conocimientos en artes marciales. Es uno de los mejores
hackers que he conocido. La verdad es que no sé dónde adquirió todos esos
conocimientos, pero es asombroso.
—¿Me estáis diciendo que sois amigos íntimos del agente James Bond?
—Podríamos decir que es una versión moderna de ambos personajes.
Tiene el sentido de la justicia de Robin Hood y las habilidades de James
Bond. —Chloe vuelve a reír.
—Valeee… ¿Y todo eso de qué me sirve a mí?
—¿Tú estás escuchando o hemos hablado con la pared? —cuestiona
Quim—. Él puede investigar quién ha filtrado la información de la campaña
de Nike.
No he dejado de darle vueltas a la conversación de la cena. Les he pedido
que me dejen pensarlo. No sé muy bien el qué. Está claro que necesito
encontrar el topo. Si ha podido filtrar información de una campaña, podría
hacerlo de todas las demás y eso sería el final de Genesis Marketing. En mi
trabajo uno de los factores más importantes es la sorpresa. Si la fastidian,
pierdes el cliente. Pero he de saber bien cómo hacerlo. Nunca le oculto
información al Sr. Santos, pero Quim ha insistido en que lo más importante
es que absolutamente nadie sepa quién es Henchman. Que él no aceptará el
trabajo si alguien dentro de la compañía sabe para qué está allí. Para
Henchman lo más importante es su anonimato, vive de eso. Por ese motivo
tengo que valorar bien qué voy a hacer, ocultar información a mi jefe y
dueño de la empresa, es algo que me preocupa.
—El otro día Neus se fue muy enfadada del Amore Mio —suelta de golpe
Chloe.
Estamos en el sofá tranquilos, tomando una copa de vino y viendo el
crepitar del fuego en la chimenea. Me encanta el olor de hogar que crea la
leña al quemar. Y lo acogedora que es esta casa. No hemos puesto ni la
televisión. Llevamos un rato relajados, sin hablar, solo disfrutando de este
momento compartido. Chloe está medio tumbada y sus piernas descansan
sobre las de Quim, él masajea con cariño sus pies. De tanto en tanto dejan
de mirar las llamas, y sus ojos buscan los del otro. En ese instante, cuando
se encuentran, se sonríen y sus miradas brillan. Yo desde el sillón individual
de vellut verde botella, uno que Quim usa para leer y que es de los pocos
muebles que han conservado de su piso de Barcelona, los observo. No
puedo evitar preguntarme qué deben de sentir, cómo debe de latirles el
corazón cuando esas chispas saltan en el momento en que se sonríen. ¿Yo
tendré la suerte de sentir eso algún día? Eso que se siente cuando tus
sentimientos son correspondidos.
Doy un trago a la copa y pienso en mi respuesta.
—¿Por? —meditadísima, pero es que no sé qué más decir.
—No podéis seguir así, Alex. —Bufo con fuerza. Quim tiene razón.
—Estoy desesperado.
Dejo la copa en la mesa de centro de madera veteada y froto mis manos
por la cara con intención de ordenar las ideas. Ellos son pacientes y se
mantienen en silencio esperando que prosiga.
Juro que he tratado por todos los medios volver a mi vida. Aunque lo
cierto es que me escudo en el gran volumen de trabajo para justificar todo el
tiempo que paso fuera de casa. He seguido quedando con otras mujeres.
Salimos a cenar y bueno… las llevo a casa. Es ahí cuando empieza mi
tortura. A la mierda. Necesito hablar de esto con alguien, y los únicos con
los que puedo compartir algo tan íntimo son ellos. Respiro con mucha
fuerza y algo avergonzado, con la mirada perdida en el suelo, suelto lo que
llevo tiempo intentando entender y que me está consumiendo.
—Tener sexo está siendo un infierno. Se suponía que es lo mío, pero…
—Vuelvo a inspirar y al dejar ir el aire, continúo—: ¿Sabéis lo incómodo
que es que una tía, se vaya de tu casa en medio de un polvo porque la has
llamado por tercera vez Neus? ¿O lo vergonzoso que fue cuando intenté
retenerla y al sujetar su mano para que no saliera del piso, volver a llamarla
Neus? Y lo peor de todo, sigo sin recordar cuál era su verdadero nombre.
—Cielo. —Suspira Chloe con su habitual dulzura.
—Lamentable, lo sé.
—Lo que es lamentable es que no hagas nada para arreglar lo que pasa
entre vosotros. —Quim se exaspera con este tema.
Él no entiende por qué estamos así, no les he contado nada de lo que
pasó.
—Mira, yo ya estoy cansado de todo esto, Alex tiene derecho a saberlo
—dice mirando a su chica.
—Quim, le prometimos que no diríamos nada —contesta inquieta.
—A la mierda con esa promesa. Es la única manera de empezar a
arreglarlo.
—¿Qué es lo que sabéis? —Me estoy agobiando.
—Todo —dice Quim—. Neus nos explicó, con demasiados detalles, lo
que pasó en el Averno.
Capítulo 15
Las palabras de Quim han entrado en mi cabeza en formato patada en el
culo. Una que me ha impulsado a levantarme del sillón. Camino hasta el
gran ventanal del salón y observo el paisaje. El mar está iluminado por el
brillo de la luna, y su luz permite apreciar su bravura. Los rizos de las olas
forman dibujos de espuma y eso denota que fuera hace mal tiempo. El
sonido del chocar del oleaje contra la pared del acantilado que sostiene la
casa es acompañado con el silbido del viento. En el horizonte se aprecian
las nubes que cubren poco a poco las estrellas. Se avecina tormenta en la
tierra y parece ser que también en mi vida. Una que tiene pinta de que
cuando descargue, va a ser para dejar ir todo lo que contenía.
—Cielo, ¿estás bien? —pregunta Chloe.
—¿Cuánto hace que lo sabéis?
—No creo que…
—¿¡Cuánto!?
—Nos lo explicó el día que fuimos los dos a comer al Amore Mio y te
pedí que vinierais a Tossa a preparar la casa —habla Quim—. Le pedí
ayuda y ella me dijo que no creía que tú estuvieras dispuesto. Al ver mi cara
de sorprendido se sinceró y me explicó el porqué.
—Cuando Quim se fue a comer contigo y nos quedamos solas, me lo
explicó a mí —dice Chloe—. Lo soltó todo y cuando acabó me dijo que no
quería volver a hablar nunca más del tema.
Sigo de espaldas a ellos, aunque ya el paisaje no existe, solo soy capaz de
ver las escenas del Averno. Neus preciosa riendo al entrar en la habitación.
Neus mirándome a los ojos mientras me cabalgaba. Y también a Neus
enajenada, entregándose a otros hombres delante de mí. Las manos de esos
tíos tocándola mientras yo miraba bloqueado.
No puedo seguir así, si no me sincero con ellos, no lo haré con nadie.
Engañarme estos meses no me ha servido de nada. Hace mucho tiempo que
no soy el mismo que era. Que no hago lo que hacía. Bufo dejando ir el aire
y dejo descansar mi cabeza en el frío cristal. Cuando ya tengo los pulmones
vacíos, inspiro a la vez que lo digo en voz alta por primera vez.
—Estoy enamorado de Neus —exhalo—. Lo sé desde el fin de semana
del secuestro. Quizá ocurrió antes, pero yo fui consciente de ello ese
sábado. Cuando abrió la puerta y aunque estaba hecha un asco, moqueando,
despeinada y con los ojos enrojecidos, me pareció la mujer más bella que
había visto nunca y en ese instante lo supe. Al tocarla mi cuerpo lo
confirmó. ¿Sabes ese rollo de dejar de respirar que siempre nos soltaba tu
padre? —Me giro para mirar a Quim y él asiente sonriendo de medio lado
con nostalgia—. Pues creo que el cabrón tenía razón.
—La tenía, por supuesto que la tenía —dice a la vez que besa a Chloe en
la sien.
—De veras que creí que la había encontrado. No es que la buscara.
Nunca he tenido especial interés en tener pareja. Era algo que ni me
planteaba. Mi vida era perfecta como estaba. Un trabajo que me encanta, un
bonito piso en el centro de Barcelona, grandes amigos, y para rematar
follaba tanto como quería con quien me apetecía. No necesitaba nada más
en la vida —hablo a la vez que camino de nuevo hasta el sillón y me dejo
caer agotado—. Pero llegó Neus y todo cambió. El día del Averno sentí
tantos celos. Estaba tan enfadado con ella. Ese día dejé de respirar, pero por
culpa de la rabia. Fue ahí cuando todo se fue al garete. Eso nos destruyó.
—Y no has hecho una mierda para arreglarlo —me recrimina Quim
enojado.
Dejo de mirar el fuego sorprendido por el enfado de mi amigo y al
encararlo, me doy cuenta de que no es eso, lo que está es decepcionado.
—Te creía más valiente y decidido, pero, amigo, deja que te diga que has
demostrado ser un cobarde. Te levantaste de esa cama y te largaste.
—¡¿Y qué coño pretendías que hiciera?! —Alzo la voz, enfurecido por el
ataque.
—¡Luchar! Decirles a todos esos mierdas que quitaran las manos de
encima de tu chica. ¡Joder, Alex! Tendrías que haber hecho algo hace ya
mucho tiempo.
Descanso los codos sobre mis piernas y oculto mi rostro entre mis manos
avergonzado.
—Soy ridículo. El día del restaurante se fue por mi culpa. Cada vez que
me roza me estremezco, así que la repelo. Sé que ella se da cuenta. Hace
meses que no le mantengo la mirada por lo mismo. Siento cómo me busca.
Cómo nuestros cuerpos se buscan. Y eso me está destrozando. Menudo
mierda estoy hecho. Yo, ¿sabes? El gigoló, el soltero de oro, me he
convertido en un puto enamorado.
—Cielo —siento la mano de Chloe acariciar mi espalda—, no eres
ridículo. Tienes miedo. Pero, cariño, con el miedo no se consiguen las
cosas, te lo aseguro. ¿Sabes el miedo que sentí yo la primera vez que vi a
Quim? Cuando sentí que sus dedos rozaban mi mejilla mientras jugaba con
mi rizo, creí morir. Era un desconocido para mí y, sin embargo, mi cuerpo
se estremecía y me empujaba hacia él sin poder evitarlo. Todo lo que sentí
ese primer día juntos fue alucinante y maravilloso, pero también devastador
y terrorífico. Estoy aquí porque me enfrenté a eso, lo combatí y seguí el
camino que me indicaba el latido de mi corazón.
Estiro el brazo y siento a mi cuñada sobre mí. Al instante me entrega lo
que necesito, un fuerte abrazo.
—Neus no… ella no…
—Deja de poner excusas. —Me corta Quim—. Mierda, Alex, ¿dónde
coño estás? Este no es mi hermano, es un panoli que dejó los huevos en
aquella sala. ¡Espabila! Eres el hombre más tenaz, enérgico e ingenioso que
conozco, pero, tío, deja que te diga, que hace varios meses que esa persona
ha perdido el rumbo.
Quim extiende la mano para que Chloe vuelva con él y no puedo evitar
medio sonreír, a la vez que niego con la cabeza. No es que sea posesivo o le
moleste las muestras de cariño que siempre nos prodigamos entre mi
cuñada y yo. Es que no soporta pasar más de un minuto sin tocarla. Hubo
un tiempo que creí que su obsesión era enfermiza. Pero después de tantas
horas con ellos, he cambiado de opinión. Son exactamente eso que todos
soñamos encontrar. Tienen una conexión que escapa al entendimiento de
muchas personas, pero a ellos no les importa. Ellos solo se dejan fluir con
sus necesidades y emociones. Es de envidiar.
—Y bien, ¿qué piensas hacer? —me presiona mi amigo.
***
Anoche, tras la pregunta de Quim me levanté y, sin contestar, me fui a la
cama. Sí, muy valiente y maduro. Pero es que necesitaba pensar y analizar
todo lo que me habían dicho. Cuando me estiré en el colchón fue aún peor,
su olor estaba repartido por las dos almohadas. Creo que cuando viene aquí
a dormir restriega el cuerpo por ambas a propósito, para destrozarme.
Empezó a llover y decidí sentarme en la mecedora de mimbre blanca que
Chloe había colocado junto a la ventana. Es como si la hubiera puesto ahí
para que pudiéramos meditar sobre nosotros. Así lo hice. Pensé en ella, en
mí, y en todo lo que me habían dicho Chloe y Quim. Mi amigo fue duro
conmigo, pero la amistad también es eso, ser sincero cuando es necesario,
aunque pueda doler.
Le di muchas vueltas a lo que Chloe me explicó. Cuando ella conoció a
Quim, bueno, ya lo conocía, pero eso es una larga historia, estaba con otro
hombre. Aunque llamar hombre a Juan sería exagerar, más bien es escoria.
En fin, a lo que iba. Ella estaba con esa escoria cuando su camino se cruzó
con el de Quim. Ese día podría haber continuado caminando por el sendero,
pero el destino la obligó a detenerse. Aunque si ella no se hubiera
enfrentado a todos, sus temores no estarían aquí.
Tras una semana de ensueño en Tossa de Mar, dejó a Quim una nota
rogando que la esperara, que iba a dejar a su novio para estar con él. Eso
casi acaba con su vida, pero ella siguió luchando. El secuestro también
ocurrió porque estaban juntos, pero una vez más, luchó.
Ahora, aquí sentado en la cocina, mientras los tres tomamos café en
silencio, la miro y solo puedo pensar en que la admiro mucho. Que es la
mujer más valiente que he conocido. Que si ella ha podido superar todo eso
por amor, yo he de poder superar lo del Averno. Y con ese pensamiento
tomo la determinación de hacerlo, voy a luchar por Neus.
—Voy a hacer que Neus se enamore de mí —rompo el silencio y Quim
empieza a troncharse de risa—. ¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta
gracia? —pregunto molesto por su actitud.
—Amigo, ella ya está locamente enamorada de ti. Solo tienes que hacer
que se dé cuenta de ello.
Capítulo 16
—¿Cómo ha podido ocurrir? —me pregunta el Sr. Santos.
No tengo respuesta para eso. Sigo mirando la gran pantalla que tiene
colgada en un lateral de su despacho. El lugar es sencillo, como mi jefe. A
pesar de tener tanto dinero, es una persona cercana y bastante mundana. La
enorme mesa de roble con la que trabaja es la misma que compró cuando
fundó la compañía y según él, no puede deshacerse de ella porque le da
suerte. Parece que hoy ha dejado de hacerlo.
—No lo entiendo, Miguel —lo llamo por su nombre de pila cuando
estamos los dos solos.
Vuelvo a leer el email que sigue con letras bien grandes presidiendo la
pantalla:
«Estimado Sr. Santos,
La gestión de nuestra cuenta, por parte de Genesis Marketing, ha sido
mediocre e irrespetuosa. Han incumplido el contrato de confidencialidad.
Por lo tanto, nos vemos en la obligación de rescindir de sus servicios con
efecto inmediato.
Como bien sabe, el incumplimiento de cualquier cláusula del contrato
tiene una penalidad monetaria. En este caso, los daños ocasionados a Nike
Retail Sucursal en España ascienden a un valor de quinientos cincuenta mil
euros (550.000€). Dicha cantidad deberá ser abonada en un plazo máximo
de quince días, en caso contrario nos veremos en la obligación de tramitar
el incumplimiento del contrato por la vía judicial.
Un cordial saludo,
Ricardo Cifuentes.
Director general de Nike Retail Sucursal en España».
—Alex, hemos pasado de un contrato millonario, a una multa
escandalosa, de un día para otro. En cinco minutos tenemos una
videoconferencia con el Sr. Cifuentes. ¿Algún plan para arreglar esto?
Se ha vuelto a filtrar la nueva campaña. Lo teníamos todo listo y, por
segunda vez, alguien de la compañía, un empleado, nos ha jodido. Sé lo que
tengo que hacer, pero antes, quiero ver cómo va la videoconferencia.
Esperaré a ver qué nos dice el cliente y después lo llamaré.
***
—Henchman, ¿qué tal, tío? Cuánto tiempo. Te agradezco que hayas
venido hoy mismo. Me ha comentado Chloe que estabas en casa de
vacaciones con la familia.
—¿Vacaciones? —murmura entre dientes y veo la ironía en su rostro—.
No hay problema. Si Chloe me lo pide no hace falta nada más.
Es algo inquietante esta extraña relación que tiene con mi cuñada. Pero
quién soy yo para juzgarlo. Todos adoramos a Chloe, ella genera eso en las
personas. No me han explicado lo que vivió en su secuestro, pero sí sé que
él la protegió y eso los vinculó de una manera especial.
—Bien, explícame con detalle cuál es el problema. —Directo al grano.
Henchman es un hombre bastante parco en palabras.
Le explico de nuevo, pero más en profundidad, lo que ha ocurrido con la
cuenta de Nike y todo lo que está suponiendo para la empresa, mientras
tomamos una cerveza en mi casa. Cuando lo llamé me dijo que era
importante quedar en un lugar que no fuera público.
—Lo he dejado todo preparado, mañana cuando llegues a la oficina has
de preguntar por Carme. Es la jefa de Recursos Humanos, ella te entregará
un contrato para firmar con la identidad que me facilitaste. ¿De dónde has
sacado ese DNI?
—No necesitas saber el cómo. Lo importante es averiguar quién está
filtrando la información y eso puedo conseguirlo.
—Mmm… sí, claro. —Es tan serio siempre—. Entrarás como Asistente
del Director General, es decir, mi asistente. Nadie se va a cuestionar tu
presencia en la oficina, ya que hace casi dos años que el Sr. Santos, C.E.O.
de la compañía, insiste en que necesito uno y lo ha constatado en varias
reuniones. Hoy mismo he solicitado que te preparen el despacho que tengo
justo al lado, siempre ha estado ahí esperando cubrir la vacante que
ocuparás tú.
»Siento no poder estar mañana. Pero es de máxima importancia que viaje
a la central de Nike de New York. Esta noche mismo sale mi vuelo. Voy a
ver si consigo algo más de tiempo para poder arreglar todo esto y lo más
importante, que no nos anulen el contrato.
—No hay problema. Ya he estado estudiando la compañía, los empleados
y departamentos. He podido revisar todo el proyecto Nike, los informes y
los emails, y estáis jodidos. El último email que os enviaron, ese del tal Sr.
Cifuentes, deja bien claro que debéis pagar la penalidad y que habéis
perdido el cliente.
—¡¿Cómo?! Eso es imposible… ¡Joder! ¿Cómo lo has hecho? La
empresa tiene un cortafuegos que nos costó una millonada. Se supone que
el acceso no autorizado está bloqueado.
—Alex, ya te lo he dicho, no necesitas saber el cómo. Este es mi trabajo.
Te aseguro que encontraremos al topo antes de lo que imaginas.
***
—¡Hola, preciosa! Hoy no podré ir a complacerte. Acabo de aterrizar en
New York. —Nombra la ciudad con un petulante acento neoyorquino que
es para darle de hostias al tonto leches este. Enrique tiene menos de
americano que Joaquín, el jugador del Sevilla. Al menos él es gracioso, el
hijo de mi jefe da risa, pero no por lo divertido que es, sino porque no se
puede ser más paleto.
El viaje ha sido largo y de lo más agobiante. No te habrás dado cuenta —
véase la ironía—, pero no soporto a Enrique. El Sr. Santos creyó que era
importante que su hijo me acompañara, primero para que no fuera solo y
segundo para que vea cómo hay que gestionar las cuentas grandes. Así que
me ha tocado traerme a este engendro, hacerle de canguro y, para remate, de
maestro.
La llamadita a la amiga de turno, dos octavas más altas de lo necesario,
para constatar que hoy tenía pensado echar un polvo, y que lo compensará
mañana, cuando llegue, ha sobrado. No me importa una leche a quién se tire
y ni cuándo.
Cogemos un taxi y tardamos casi una hora en llegar a la sucursal. El
aeropuerto está cerca del centro, que es donde se ubican las oficinas, pero es
hora punta y está todo colapsado.
En cuanto entra el equipo de gerencia nos ponemos en pie y tras los
pertinentes saludos y apretones de mano, comenzamos la reunión.
Después de cinco horas metidos en esta sala, estoy deseando salir de
aquí. No sé si llegaré a tiempo para el vuelo de regreso. No he querido ni
coger un hotel. La idea es arreglar esto y volver durmiendo las nueve horas
de trayecto.
Ya he conseguido seis semanas para cubrir la indemnización monetaria.
Pero eso no es a lo que he venido. La idea es que nos den una oportunidad
más.
Por suerte, el tonto leches de Enrique habla bastante mal el inglés, así que
hace pocas intervenciones. Estoy seguro de que no se está enterando de la
mitad de las cosas de las que hablamos. Además, se ha pasado todo el rato
devorando a la asiática que está sentada a su derecha y ella a él. El tío tiene
ese típico aspecto de españolito, moreno con ojos oscuros y bastante
fornido. A las americanas les encanta. Yo paso más desapercibido, soy solo
un rubio más de ojos azules.
Al final consigo que acepten darme cuatro semanas para descubrir qué es
lo que ha ocurrido y presentarles la mejor campaña que hayan tenido jamás,
y a un precio mucho más reducido de lo que podían esperar. Me he bajado
los pantalones, pero ahora lo importante es mantenerlos como clientes y
poder volver a casa.
Tengo una misión con una morenaza de ojos verdes y desde aquí no la
puedo llevar a cabo.
Capítulo 17
Voy caminando apresurada porque llego unos veinte minutos tarde. No
me he molestado ni en enviarle un mensaje a Esteva para avisarle. Es como
si esperara no encontrarlo en el restaurante, algo contradictorio, ya que voy
casi corriendo para llegar. «Deja de mentirte, no corres por llegar tarde, lo
haces para no cruzarte con Alex», cabezota incansable.
¿Cuántos restaurantes hay en Barcelona? Te aseguro que miles, pero yo
voy y quedo en el Amore Mio. ¿A quién se le ocurre? ¿Es que estoy loca?
«Solo a ti, insensata, y sí, rotundamente sí, cada día estás más loca.
Descontrolada por completo». Calla, joder.
Camino aún más rápido cuando paso por delante del portal de Alex. Es
viernes y aunque no he hablado con Chloe, lo más probable es que esté en
Tossa de Mar con ellos. Eso es lo que me estoy repitiendo desde que he
empezado a arreglarme. Pero esa sensación en mi estómago, que me suele
indicar si va a pasar algo, hace un par de horas que me está avisando, y
nada bueno augura, lo sé.
En cuanto entro viene la primera hostia. Es tan dura que doy un paso
atrás. Esteva está sentado en la mesa de Alex. Bueno, no es suya, pero él
siempre la ocupa cuando viene. Esto va a ser horrible. Como si no tuviera
ya suficiente presente al rubio, ahora ya solo puedo recordar imágenes de él
sentado en esa silla y con su increíble sonrisa contando anécdotas divertidas
para que Chloe, Quim y yo riamos. Mierda.
Hoy necesito desconectar, una charla ligera y un polvo con confianza.
Seguro que así rebajo el estrés que llevo acumulando hace días. Este fin de
semana es la inauguración de mi centro privado de psiquiatría. Estoy
exultante con ese tema. Es algo que me ha devuelto parte del entusiasmo
que había perdido.
—¿Come stai, bella Neus? —pregunta Flavio a la vez que nos damos dos
besos.
—¡Ciao, bello! Non bravo come te. —Le hago un guiño zalamera.
En el instituto di clases de italiano, me encanta el idioma, y aunque no
recuerdo mucho, me espabilo.
—Alex no me ha llamado para reservar mesa. A ver donde os puedo
hacer un hueco para cuatro, hoy estoy lleno.
En cuanto escucho el nombre de Alex, mi estómago se encoge. Nada
bueno, lo sé.
—Mmm… Flavio, hoy no cenaré con ellos. He quedado con otro amigo
—explico señalando a Esteva.
—Chiaro. Scusa —dice algo incómodo, aunque no más de lo que estoy
yo ahora mismo.
Cuando Esteva me ha enviado la ubicación del restaurante hace un rato,
le he respondido con rapidez que no quería cenar comida italiana. Ha
contestado con un audio en el que me explicaba que había llamado a cuatro
sitios y que todos estaban llenos, que era el único en el que había una mesa.
Después de blasfemar y cagarme en toda la familia del maldito destino, le
he contestado: «Ok».
Vuelvo a prestar atención a Esteva y me doy cuenta de que está
acompañado de otro hombre, este está de espaldas a la puerta.
—¡Sexy sin límite! Como siempre —habla Esteva a la vez que besa mi
mejilla.
—Hola, Esteva —saludo escueta y con mirada rabiosa. Sé muy bien qué
significa que haya un tío sentado con él.
—Cielo, te…
—Ya sabes que yo no soy el cielo de nadie. ¿A qué coño viene esto? —
Señalo con la mano al morenazo que tengo plantado de pie esperando ser
presentado.
—Fascinante, una mujer bella y con carácter —habla a la vez que se
lanza como un tigre hambriento sobre mí, rodeando mi cintura y pegando
nuestros cuerpos, excesivamente, para besar mi mejilla—. Un placer. Soy
Enrique Santos.
—Esteva, ¿de qué va esto?
—Enrique, te presento a Neus Blázquez. Como puedes comprobar es tan
bella como fiera. Por favor, tomemos asiento. Hablemos con calma.
Al sentarme clavo mis ojos en el tal Enrique. No me corto en repasarlo.
Él no lo ha hecho conmigo y, además, sé muy bien por qué está aquí. Es así
como Esteva ha ido introduciendo hombres en nuestro círculo. Él los
encuentra y me los presenta. Si me gustan y follando nos entendemos,
entran en el grupo. En los años que llevamos como pareja sexual liberal han
pasado unos cuantos. Casi todos acaban dejando esto porque han
encontrado una persona especial. El único que intenté meter yo, fue Alex y
no pudo salir peor. Alex. Alex… Dios mío… no me lo quito de la cabeza.
—Neus, Enrique es cliente mío hace tiempo —le inyecta bótox, lo he
notado al instante. No es excesivo, pero es algo que se detecta con facilidad
—, y el otro día coincidimos en el Averno y…
—¿En el Averno? No te he visto nunca por allí, estoy segura, lo
recordaría. —Sigo repasándolo.
Lo cierto es que es un bombón, de esos de chocolate negro, igual que el
color de su cabello y sus ojos enmarcados con espesas pestañas. Tiene una
mandíbula angulosa con un pulcro afeitado. Y unos labios gruesos y
carnosos. La camisa blanca, remangada dando un aire despreocupado, deja
evidencia de un cuerpo fornido y trabajado. Esteva sabe muy bien qué perfil
escoger.
—Frecuentaba otro local de Barcelona, pero hace un par de meses que
me invitaron a una fiesta en el Averno y te vi, desde ese día no he dejado de
buscarte. —Es tal la sorpresa que creo que las cejas han desaparecido en mi
cabello.
Sé de qué día habla, jamás lo olvidaré. Fue la última vez que pisé el
Averno. Recordar ese día, remueve cosas dentro de mí que me hieren. Y ahí
está de nuevo Alex.
Por suerte nos interrumpe Flavio, toma nota de la cena y vuelve a llenar
nuestras copas. No me mira ni una vez. Está molesto, incómodo, extraño.
«Estar aquí y con estos dos, planeando una noche de sexo, es de las
peores ideas que has tenido». Cierto, cabezota, cuando tienes razón, la
tienes.
La cena transcurre con fluidez. Pero en cuanto Enrique se excusa para ir
al baño, abordo a Esteva.
—Deberías haberme avisado. Sabes de sobra que no es el momento.
—Venga ya, Neus. Llevamos casi dos meses con esto. El niño modelo de
los cojones no estuvo a la altura. Asúmelo. —Me molesta que hable de
Alex con ese desprecio—. Además, creo que es hora de que Miguel siga en
su parque de bomberos apagando fuegos, y lo sustituyamos. Se nota que
está encaprichado contigo y es mejor zanjarlo a tiempo. Enrique superará
tus expectativas, te lo aseguro. Hemos participado en algunos juegos del
Averno juntos y nos entendemos. Te va a encantar todo lo que tenemos
preparado para esta noche. —Me sonríe altivo.
Esteva siempre me ha parecido tremendamente sexy con esa barba de un
par de días. Hoy no se ha puesto las gafas y lleva el cabello perfectamente
peinado en su tupé. Está guapo, porque lo es. Pero desde hace un tiempo no
lo veo como antes. Estoy algo desencantada con él. Aun así, sigue siendo
una gran vía de escape para mí. No se nos puede catalogar de amigos,
porque no lo hemos sido nunca. Solemos charlar de cosas banales y sin
importancia, después follamos estupendamente juntos y cada uno de vuelta
a su vida. Sin compromisos, sin expectativas y sin exigencias. Fluido y
despreocupado. Perfecto.
Cuando Enrique se acerca a la mesa, lo observo caminar con ese aire de
hombre que se come el mundo y decido que voy a dejar que esta noche me
coma a mí. Tengo ganas de buen sexo y él junto a Esteva son mi mejor
opción. En realidad, la única. Son dos hombres guapos. No necesito
absolutamente nada más de ellos. Bien pensado, debería haberme negado a
esta estúpida cena en la que he de estar todo el tiempo aparentando que me
interesan alguna de las chorradas que dicen. Me podría haber ahorrado este
tostón. Menudos petulantes están hechos los dos. Comeré rápido y así no
tendré que seguir aguantando la incansable verborrea y sus ridículos
halagos. No sé qué necesidad tienen de estar cada dos por tres diciendo que
soy preciosa, ya sabemos que vamos a follar.
Como casi no he intervenido en las conversaciones y mis respuestas han
sido muy escuetas, la cena ha sido bastante rápida. Flavio nos trae los cafés
y lo veo tan incómodo que no puedo evitar preguntarle.
—¿Todo bien? —Descanso una de mis manos en su antebrazo para
llamar su atención y que me mire.
Asiente, pero sus ojos se desvían hacia la barra que tiene en la entrada.
Mi mano rodea con más fuerza su brazo cuando un azul cristal me mira
como no lo había hecho hace mucho tiempo y quedo atrapada, anclada a esa
mirada que tanto he echado de menos. Alex.
—Bella, ¿necesitas algo más? —me pregunta Flavio muy cerca de mi
oído y es en ese momento cuando soy consciente de que no lo he soltado.
—Mmm… Sí. Por favor, un poco de agua, fría. —A ver si así consigo
templar mi cuerpo.
Llevo toda la tarde sintiendo que no era una buena idea venir aquí.
«Deberías escucharte más», me recrimina la pesada de siempre.
—La pasta estaba exquisita —comenta Enrique y da un sorbo a su café.
Por fin consigo dejar de mirar a Alex. Él no lo hace, sigue pendiente de
mí, lo siento, su mirada está fija en mí, y lo sé porque el vello se me eriza y
mi corazón late con más fuerza.
—Cierto, es el mejor italiano de todo Barcelona —contesta Esteva.
Suena mi móvil y vuelvo a mirar a Alex. Está sentado en la esquina de la
barra y le acaban de poner una cerveza que bebe rápido, de un trago, sin
dejar de mirarme. Cuando deja la copa vacía en la barra, sacude ligeramente
la cabeza indicándome que mire el móvil.
Alex:
¿No hay más putos restaurantes en el mundo?
—¿Tienes todo listo para la inauguración? —pregunta Esteva y lo miro.
—Pues… Sí. Ya está todo preparado. —Vuelvo a mirar de reojo a Alex y
lo veo escribir en el móvil de nuevo—. Solo espero que salga bien.
—Es fantástico que hayas decidido montar tu propia consulta. Yo y mi
padre fundamos la empresa desde cero y te aseguro que con esfuerzo
puedes llegar muy lejos.
Alex:
De todos los jodidos hombres que hay en el mundo, ¿tienes que estar
con él?
Neus:
No sé por qué le tienes tanta manía a Esteva.
Contesto a Alex rápido. No debería hacerlo, pero mis dedos han tecleado
solos y rabiosos. A él qué narices le importa con quien estoy.
Alex:
No me refiero al cirujanucho. Deja de hacerte la tonta conmigo. Hablo
de Enrique. ¿No puedes follarte a otro que no sea el hijo de mi jefe?
Capítulo 18
Como si todo encajara, llega a mi mente el momento en el que se ha
presentado: «Un placer. Soy Enrique Santos». He oído hablar a Alex en
innumerables ocasiones del Sr. Santos, su jefe, pero cómo iba a imaginar
que sería su hijo. Suena otro mensaje y cada vez estoy más nerviosa. Cojo
el móvil y las manos empiezan a temblar.
Esteva:
Deja de mirarlo y apaga el móvil.
—¿Nos vamos? —pide Esteva mientras leo su mensaje.
—Sí —respondo saltando de la silla.
Asiente con la cabeza y da una palmadita a Enrique, que parece que capta
el mensaje al momento.
Se adelanta y se dirige a la barra para pagar allí mismo. Lo sigo y es en
ese momento que escucho la voz de Alex, y hace que me estremezca.
Levanto la cabeza del suelo, una que he bajado en un ridículo intento por
ocultar todo lo que ahora mismo estoy sintiendo.
—Vaya, Enrique, qué sorpresa. Te hacía más de restaurante de estrella
Michelin. Se te ve un poco desubicado en un lugar tan mundano, ¿no crees?
¡Dios mío! Virgencita. Buda poderoso. Dioses de todos los tiempos… o
quién cojones me escuche. ¡¡Ayudarme!!
«De esta no te libras, maja, tú solita te lo has buscado». Cállate, no es el
momento. «Para remate, Alex, en ropa deportiva, está aún más guapo que
de costumbre. Si es que tiene planta con cualquier cosa». ¡Qué te calles,
cabezota estúpida!
—Lo cierto es que es un lugar que le pega mucho más a usted, Sr. Falcó.
—Madre mía, pero si lo está tratando de usted, esto se pone feo—. Pero
cualquier lugar es perfecto si se comparte con una mujer como esta.
Enrique rodea mi cintura con su largo brazo y me pega a su cuerpo como
si tuviera esos derechos.
¿Dónde guarda Flavio los cuchillos? Necesito practicarme, de inmediato,
el Harakiri. «Ni eso te salva de esta». Creo que mejor me decapito, así
acabo contigo también.
—Te presento a la señorita…
—Hola, Neus. —Los ojos de Alex ahora son dos rendijas minúsculas y
rabiosas.
—Hola, Alex —susurro con la poca voz que me queda y me acerco a
besar su mejilla.
Pero en el último instante, Alex empuja el taburete alejándose de mí y
dice:
—Disculpad, me llaman.
«La gente a esto lo llama hacer la cobra, yo creo que más bien tiene el
tamaño de una anaconda. Te ha esquivado tan rápido que ni lo has visto
venir». Sé que tienes razón, pero, por favor, cállate.
En ese momento se acerca Esteva y besa mi mejilla. Gracias, mundo
cruel. ¿Puede alguien clavarme un tenedor en cada ojo?, así dejaré de ver
ese precioso azul mirarme con tanto odio.
—¡Eh! Falcó. Nos vemos en la oficina el lunes. —Alza algo la voz
Enrique para llamar la atención de Alex, con la clara intención de que deje
de mirarme a mí.
Alex solo asiente con la cabeza y se gira para seguir hablando, con nadie.
Porque sé de sobra que no ha recibido ninguna llamada. Alex jamás lleva el
móvil en silencio. Está conectado a él veinticuatro horas al día. Muchos
clientes tienen sedes fuera de España y debido a la diferencia horaria con
otros países, ha de estar pendiente de cualquier necesidad que les pueda
surgir, en cualquier momento del día o la noche.
—¿Estás bien? —pregunta Enrique al salir del Amore Mio, sigue aferrado
a mi cintura y está notando como todo mi cuerpo tiembla.
¿Por qué no me suelta?
—Ve a buscar el coche, te esperamos aquí —señala Esteva.
En cuanto Enrique gira la esquina, Esteva me arrastra a un rincón y me
acorrala contra la pared.
—Basta. Tienes que detenerlo. —Asiento—. El pánico no te controla, lo
controlas tú a él. —Vuelvo a asentir.
Empuja mi cuerpo tembloroso y casi sin oxígeno, dentro de un portal
oscuro. Sujeta mi cuello con fuerza y mete la mano bajo mi vestido.
—Sabes lo que te pasa, Neus, que estás deseando que te folle. —Una vez
más asiento.
Agarra mi ropa interior con fuerza y la arranca.
—Tienes que respirar profundo, ¿me oyes? —Ahora ya solo soy una
muñeca desmadejada que asiente a todo—. Abre las piernas.
Se baja la cremallera y con los dientes abre un preservativo. Escupe en su
mano y esparce su saliva por mi vagina. Levanta mi cuerpo y, sin previo
aviso, se ensarta dentro de mí. Jadeo con fuerza y eso llena mis pulmones
con el aire que necesitaba. El dolor de la penetración por no tener mi cuerpo
preparado para ello hace que me centre en lo que está pasando contra esa
pared. Me folla con tanta fuerza que siento que me podría romper en dos.
Su polla golpea dentro de mí, contundente.
—Sujétate —ordena y yo obedezco.
Cuando siente que estoy bien aferrada a su cuerpo, una de sus manos tira
con rabia de mi cabello y la otra viaja a mi clítoris y lo estimula con
rapidez.
—Solo yo sé follarte así, ¿lo entiendes? —No le contesto, ahora ya no
puedo hacer otra cosa más que dejarme llevar por el orgasmo que se
arremolina dentro de mí—. Ni él, ni nadie más, sabe darte lo que necesitas.
Solo yo.
Cuando lleva sus dientes a uno de los pezones y lo muerde con fuerza por
encima del vestido, llego al orgasmo.
***
—¿Dónde estabais? Hace un rato que espero.
—Neus ha necesitado entrar de nuevo para ir al baño.
No sé por qué miente, pero ahora mismo todo me da igual. Solo quiero
llegar a casa de Esteva y acabar lo que hemos empezado en el portal.
Porque, sí, eso es solo el principio de lo que necesito que sea esta noche.
Necesito olvidar, aunque solo sea por un rato los ojos azules de Alex
mirándome con odio.
En el viaje me he mantenido concentrada en la respiración y Esteva, que
se ha sentado detrás conmigo, se ha concentrado en mi cuerpo. Ha abierto
mis piernas y me ha masturbado todo el camino ante la atenta mirada de
Enrique. No ha dejado que me corriera. Cuando sentía que llegaba, se
detenía y llevaba sus dedos a mi boca, para que los chupara a placer
mientras le mantenía la mirada a Enrique a través del pequeño cristal del
retrovisor. Un juego que me ha mantenido distraída y ansiosa por llegar
para dejar ir de una vez el orgasmo contenido.
Al adentrarnos en el piso de Esteva, decido tomar las riendas y asumo mi
papel.
—Los dos, desnudos, ahora.
Mientras me miran con sus gruesas y duras pollas erguidas, deseosas de
placer, bajo la cremallera del vestido con decadencia. Al soltarlo, la prenda
cae arremolinada en el suelo. Mi cuerpo está desprovisto de ropa interior,
Esteva me ha arrancado la única que llevaba. Ahora solo quedan unas
medias negras ligueras y los zapatos de tacón alto. Esteva es muy amante de
la lencería fina, y siempre me pide que la lleve en nuestros encuentros. Me
dejo caer de rodillas y abro la boca sacando la lengua, esperando que la
penetren.
Esteva es el primero en metérmela y llevarla hasta el fondo, provocando
una fuerte arcada. Varias embestidas después, es Enrique que disfruta
entrando y saliendo de mi boca. Cuando ya no puede más, me levanta.
Empuja mi cuerpo contra la pared y Esteva sujeta mis manos en alto contra
esta. Eso me obliga a descansar la cara contra la blanca pintura para no caer
al suelo. Enrique me penetra con tanta fuerza que mi alarido llena la
estancia.
—Estás prieta y mojada. Perfecta.
Bombea con fuerza sin descanso, amasando mis pechos, mientras Esteva
me acaricia mi nudo de nervios empapado. Cuando llego a mi segundo
orgasmo de la noche, me llevan al sofá y me ensarto en Enrique. Es un
hombre muy atractivo, tiene un cuerpo musculado y depilado que lo hace
muy deseable. Pero a mí eso poco, o, mejor dicho, nada me importa. En
realidad, prefiero cerrar los ojos, él, bueno, ellos no son relevantes, solo
quiero dejarme llevar por el placer que mi cuerpo está experimentando.
Para eso están aquí, para eso tengo follamigos. Su función, la de Enrique y
Esteva, es solo la de proporcionarme placer y llenarme de orgasmos hasta
caer tan agotada que mi cuerpo solo pueda rendirse a un sueño profundo y
placentero. Uno en el que nada ni nadie importa. Uno en el que mi cabezota
se calla. Uno en el que Alex no aparece.
Cabalgo a Enrique con fuertes caídas, sintiendo su polla llenándome por
completo. Esteva hace un rato que estimula mi entrada trasera, y finalmente
se ensarta con brusquedad. La doble penetración me enloquece. Es ahí
cuando todo se descontrola. Los dos me follan a gran velocidad y vuelvo a
llegar a ese estado de enajenación. Ese que desconecta de todo y solo
percibe sensaciones. Enrique chupa mis pezones, primero uno, después el
otro. Mientras que Esteva golpea con fuerza mi trasero con cada estocada.
—Los tres a la vez. Cuando yo lo diga —señala Esteva tomando el
mando.
Ninguno habla, solo seguimos follando como si fuéramos animales
enloquecidos, esperando la liberación. Jadeantes y sudorosos.
—¡Ahoraaa…! —grita.
—¡Ahhh! ¡Sí! ¡Joderrrr! —voceo sin parar hasta que el largo orgasmo
culmina.
Capítulo 19
Las flores silvestres siguen estando preciosas aun habiéndose secado.
Hace dos semanas el ramo llenaba el despacho de una fragancia fresca, una
que te trasladaba a un prado y evocaba libertad. Ahora solo quedan los
resquicios de las flores que fueron, pero aun secas y sin olor, yo las veo
preciosas. Siguen sobre la esquina derecha de mi gran mesa de despacho y
no tengo intención de quitarlas. Están ahí para recordarme que las cosas
cada vez van a peor. Aunque recordarlo no lo está evitando.
Vuelvo a sacar el sobre del primer cajón y leo la nota una vez más. En lo
que va de día lo debo haber releído como treinta veces. «O doscientas
cincuenta». Cállate.
Nunca podré olvidar el olor a flores silvestres,
porque nunca podré olvidarte a ti.
Siento no haber venido, pero los dos sabemos muy bien,
que lo mejor es que nos mantengamos a distancia.
Mucha suerte con tu nuevo centro.
Te pienso siempre, Blancanieves.
Con cariño, Alex.
El día después de la cena en el Amore Mio, fue la inauguración de mi
centro. Estoy muy contenta, porque, aunque solo llevo dos semanas, ya
tengo la agenda llena. En el hospital he solicitado una reducción de jornada.
Muchos pacientes fueron derivados a compañeros porque yo ya no podía
abarcar con tantos. Así que la gran mayoría, al descubrir que podía
visitarlos por privado, me han llamado y solicitado cita. Eso me emociona,
ya que aquí han de pagar y en el hospital quedaba cubierto por la sanidad
pública. Me hace sentir bien saber que prefieren que sea yo quien les siga
tratando.
El centro ha quedado precioso. Luce un luminoso blanco y las paredes
están decoradas con bonitas fotos que escogimos con Chloe. A ella le
encanta la fotografía y fue divertido encontrar las mejores entre las dos.
Cada imagen representa una persona riendo. Unos a boca llena y otros solo
sonríen tímidamente. Los hay de todas las edades, niños, jóvenes y adultos.
Me encanta cuando salgo a la sala de espera a llamar a un paciente y lo
encuentro sonriendo porque la imagen le ha contagiado. Eso era
precisamente lo que pretendía.
Estoy en el segundo piso de un edificio bastante céntrico. Era un estudio.
Convertimos el salón con cocina en dos estancias. Mi padre mandó cerrar la
cocina y la remodeló haciéndola muy funcional. Una nevera pequeña, un
par de fogones y un microondas. En un rincón una mesa con dos sillas. Dijo
que cuando dejara el hospital me vendría bien porque pasaría muchas más
horas aquí. Ya le he explicado cientos de veces que no pienso dejar mi
trabajo en el hospital, pero parece que no retiene esa información. El salón
lo hemos convertido en la sala de espera, con unos sillones gris perla llenos
de cojines de todos los colores y formas. Y en las paredes las fotografías.
Lo que era el dormitorio es mi consulta. Un rincón con un sillón individual
y otro doble, grises y con cojines iguales a los de la otra sala. Y al otro lado
la mesa de despacho. Todo es sencillo, pero bonito y alegre.
Vuelvo a releer la nota de Alex. «Doscientas cincuenta y una».
El día de la inauguración fue agridulce. Mis ojos miraban la puerta cada
vez que se abría, esperando ver a mi rubio preferido entrar, pero solo lo hizo
el mensajero con el ramo. En cuanto lo vi, supe que eran de Alex y que él
no vendría. Leí la nota y a partir de ese momento todo se torció. Mi madre
me preguntó dos veces si estaba bien y no dejaba de seguirme con la mirada
esperando mi reacción. Por suerte, fui previsora. Hace años que descubrí
que el sexo era la única opción para dejar de medicarme, así que quedé dos
horas antes con Enrique y Esteva. Pero cuando volví al centro parecía que
no había servido de nada. Las manos no dejaban de temblarme. No ayudaba
que cada dos minutos mirara el móvil para comprobar el WhatsApp y ver si
Alex me había escrito. No me había confirmado si vendría y yo ilusa de mí,
creí que me daría una sorpresa. En realidad, fue así, pero no la que yo
esperaba. Iba a explotar y tenía pinta que lo haría delante de todos.
Al final, justo antes de que empezara a llegar gente, y para prevenir un
posible ataque de pánico delante de todos, me mediqué. Me jodió hacerlo,
porque de joven me volví adicta a las pastillas y me costó mucho dejarlas.
De todos modos, solo era una.
Estoy peor que nunca y no solo lo digo por los ataques de pánico. Quedo
a diario con Enrique. Y Esteva, siempre que su horario se lo permite, se une
a nosotros. Los gemelos vinieron un día, creo que no les gustó Enrique,
porque no han querido volver a quedar.
Por suerte, Enrique siempre está disponible. «Dirás por desgracia. No
puedes seguir así». Eso ya lo sé, pero ahora silencio.
Lo llamo constantemente, al parecer puede ir y venir del trabajo sin dar
explicaciones, así que le envío un mensaje y nos vemos en cualquier lugar.
En dos semanas me he descontrolado por completo. He follado en el coche
de Enrique no sé cuántas veces ya. En el parque de enfrente del centro, tras
un matorral, ya van tres. En el lavabo del bar del final de la calle fueron dos
veces, después el camarero, con mucha educación, nos rogó que no
volviéramos. «Humillante». Sí, lo sé.
Ese día, como si no fuera suficiente lo avergonzada que me sentía, rematé
la faena en el cuarto de luces del edificio en el que tengo el despacho, con
Enrique hundiendo su polla en mí, mientras me tapaba la boca con una
mano para silenciarme. La otra envolvía mi garganta para que sintiera
asfixia, algo que últimamente me excita mucho.
Vergonzoso.
Estoy desatada. Hay días que estoy tan desesperada que he de
masturbarme esperando a que llegue Enrique. Ya todo me da igual.
Por suerte, de momento, he sido capaz de cumplir una promesa que me
hice a mí misma. No voy a hacerlo con nadie en el centro o en mi casa. No
podría estar tranquila recordando la escena una y otra vez mientras
descanso en mi piso, o atendiendo un paciente en el despacho. «No te
engañes, si sigues así, acabarás mancillando todos los rincones, tanto del
centro como de casa». Lo sé, pero deja de machacarme, cabezota
inagotable.
Eso es otra cosa que cada vez va peor. No se calla nunca. Ni cuando
estoy en mitad de un polvo. Me está fundiendo el cerebro. Mi cabezota me
cuestiona sin descanso. A eso, podemos añadir que, una y otra vez, veo la
cara de Alex la última vez que lo tuve delante en el Amore Mio. Y después,
todas las veces que hemos estado juntos. El fin de semana de la
desaparición, el día del Averno, las risas en las cenas con nuestros amigos.
Todo. Alex. Alex. Alex.
Para acabar de rematar, ya hace dos semanas que no veo a Quim y Chloe.
No he asistido a las cenas de los miércoles porque soy incapaz de
enfrentarme al rubio de ojos azules. Me he excusado en que tengo mucho
trabajo con el nuevo centro. Pero esta mañana, hablando con Chloe me ha
dejado claro que no puedo seguir ocultando lo que ocurre y antes de cortar
la llamada me ha dicho:
—Neus, no me tomes por tonta. Que no te haya dicho nada, no significa
que no lo sepa. Te estoy dando tu espacio, pero no vas a poder huir de él
eternamente. Lo sabes, ¿verdad?
Llaman al timbre y sé que es Enrique. Abro el cajón y leo dos veces más
la nota de Alex:
Nunca podré olvidar el olor a flores silvestres,
porque nunca podré olvidarte a ti.
Siento no haber venido, pero los dos sabemos muy bien,
que lo mejor es que nos mantengamos a distancia.
Mucha suerte con tu nuevo centro.
Te pienso siempre Blancanieves.
Con cariño, Alex.
Vuelvo a dejarla donde estaba y cojo mi bolso. En cuanto el portal se
abre, Enrique saquea mi boca. En dos segundos su erección se frota contra
mí.
—Al cuartito de luces. Te voy a follar tan duro que cuando acabe aún
sentirás mi polla dentro de ti.
Y aquí estoy de nuevo. Con el vestido arremolinado en la cintura y una
mano grande y fuerte ahogándome. Me penetra con rudeza por detrás, una,
dos, tres…
—¿Quieres más?
Cuatro, cinco… Mi cuerpo se sacude con cada penetración.
—¡Sííí…! —susurro entre jadeos intentando que no me escuche ningún
vecino.
Enrique pasa su mano entre mis piernas y reparte mis fluidos por mi
trasero.
—Aquí tienes más, nena.
Con su largo dedo penetra mi trasero lubricado con mi placer y su mano
se aferra aún más a mi garganta.
Justo en este momento, unos preciosos ojos azules se abren paso en mis
recuerdos. Alex aparece en mi mente.
—Más, más duro —pido a Enrique y voy con mi trasero a su encuentro
para sentir el dolor de las fuertes embestidas.
Pero la imagen de Alex no desaparece. Me mira, niega con la cabeza y
finalmente su voz suena en mi cabeza preguntando:
«Blancanieves, ¿qué narices estás haciendo?».
Capítulo 20
Acepté porque lo creí un acto de valentía. Pero ahora que las piernas
casi no me sostienen frente a la puerta de Genesis Marketing, no tengo tan
claro que haya sido una buena idea.
Llevo casi tres meses sin ver a Alex. Fue muy difícil tomar la decisión,
pero es lo que debía hacer. Hablé con Chloe y le expliqué que necesitaba
alejarme de él. No le pareció bien, y cuando lo supo Quim, este se enfadó y
me llamó «cobarde insensata». Aun así, le envié un mensaje a Alex en el
que intenté ser lo más clara y escueta posible.
Neus:
Necesito que desaparezcas por completo de mi vida.
Lo leyó, claro que lo hizo. Los dos checs en azul de WhatsApp así lo
indican desde ese mismo día. Pero no contestó, nunca. Después de eso,
pasadas unas semanas, pregunté a nuestros amigos si sabían algo de él, y
Quim fue tajante.
—¿Quieres o no quieres que desaparezca por completo de tu vida? —dijo
constatando que había leído mi mensaje—. Si es lo que quieres, es lo que
vas a obtener. No vuelvas a preguntarnos por Alex.
La amistad con Chloe y Quim se ha visto resentida por todo esto. Y
aunque nos llamamos cada semana, ya no nos vemos tanto. Desde el día de
Navidad no he vuelto a subir a Tossa de Mar. Me invitaron a pasar el fin de
año con ellos, pero decidí que mejor lo hacía en el Averno. Que es donde
paso todos los fines de semana que no trabajo.
Mi madre también está molesta conmigo. Hace dos semanas que no voy a
verla, y por consiguiente tampoco a mi padre. La bruja que lleva dentro me
leyó y destapó mi tapadera más rápido de lo que podía imaginar. La última
vez que comimos juntos me preguntó:
—¿Cuándo tienes pensado arreglarlo con ese chico?
—¿Qué chico, mamá? —pregunté confusa.
—Ese que te hacía sonreír y te estaba cambiando la vida.
—No sé de qué me hablas. —Reí intentando disimular la inquietud que
siento cada vez que pienso en él.
—Deja de ser un avestruz. Saca la cabeza de debajo de la tierra y plántale
cara al amor. Te has convertido en una cobarde, tienes miedo a sentir. No es
eso lo que tu padre y yo te hemos inculcado. ¿Crees que no sé qué estás
haciendo para controlar los ataques de pánico?
—¡¡No tienes ni idea!! ¡¡De nada!! —le grité levantándome de la mesa
enfadada por oír tanta verdad junta. Aunque eso no pensaba reconocerlo.
—Neus, no te atrevas a mentirme. Mírate. Estás más delgada y esas
marcas en el cuello —rápido llevé mi mano al pañuelo que lo cubría—,
¿crees que no las recuerdo? ¿Qué no sé qué son? Esa conducta compulsiva
con el sexo te va a llevar al mismo punto en el que estuviste hace años.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Oír a mi madre diagnosticar mi
problema, decir en voz alta lo que llevo meses intentando ocultarme a mí
misma, me destrozó. Sufrí uno de los ataques de pánico más largos que he
vivido en las últimas semanas. Cuando me recuperé me fui de su casa sin
dirigirles la palabra a ninguno de los dos. Crucé la puerta con la última frase
lapidaria de mi madre.
—Cuando quieras que te ayudemos, estaremos aquí. Como siempre lo
hemos hecho.
Eso me abrió los ojos. Mi madre tenía razón. No lo reconoceré delante de
ella, pero, estaba en lo cierto, debía dejar de ser un avestruz. El miedo y
huir de Alex no solucionaba nada. Así que cuando Enrique nos invitó, hace
un par de semanas, a Esteva y a mí, a la fiesta del cuarenta aniversario de
Genesis Marketing lo sentí como una señal. Acepté sin pensarlo.
Siete días después quería practicarme el Harakiri. ¿Qué por qué? Pues
porque después de varios meses, a tan solo una semana de la maldita fiesta,
Alex decidió contestar a mi mensaje. Leer su respuesta fue devastador.
«¿En qué narices estaba pensando cuando contestó? ¿Es que se había vuelto
loco? ¿Después de tanto tiempo ahora venía con esas?».
Pasé dos noches sin pegar ojo. Di más vueltas que una maldita noria. Mi
horrible cabezota me taladraba incansable. Pero, finalmente, llegué a una
conclusión. Ahora ya llegaba tarde, muy tarde. Dicen que el tiempo lo cura
todo y que la distancia hace el olvido. Así que lo más probable es que su
presencia ya no me afecte.
Verlo hoy de nuevo va a servir para darme cuenta de que solo ha sido
sexo del bueno, que no queda nada entre nosotros. Hoy va a ser el primer
paso para detener mi descontrol. Estoy segura de que cuando compruebe
por mí misma que solo era mi cabeza avivando un fuego que ya se apagó
hace mucho tiempo, podré empezar a gestionar esta adicción. No soy idiota.
Sé qué es lo que me pasa. Y mis padres también, porque la primera vez me
vi tan perdida, que los necesité y les pedí ayuda.
Explicarles lo que me ocurría no fue fácil. Decir a tus padres que tienes
adicción al sexo después de lo que viví, de lo que me hicieron, fue difícil de
comprender para ellos. Pero como siempre han hecho, no me juzgaron,
simplemente me ayudaron.
La voz de Enrique me saca de mis pensamientos y me trae al presente.
—Estás fantástica. No veo el momento de quitarte ese precioso vestido y
disfrutar de todo lo que hay debajo. —Es muy adulador, y poco más.
No solemos hablar de prácticamente nada. Si tenemos algo en común, ni
lo sé ni me importa. A mí, con su cuerpo y la disponibilidad que tengo de
él, ya me vale.
—Gracias —respondo escueta.
Al entrar, los nervios sacuden todo mi cuerpo y decido soltar el brazo de
Enrique para que no lo note. Enseguida veo a Esteva al fondo de la sala
tomando una copa de cava. Miro en todas direcciones buscando a Chloe y
Quim. «Mentirosa». Vale, seré sincera, busco a Alex.
—¿Una copa?
—Sí, por favor, Esteva. ¿Qué tal? Veo que al final sí que has podido
cambiar el turno en el hospital —lo saludo besando su mejilla.
—Estás increíble, la lentejuela verde del vestido hace que tus ojos se
vean aún más bonitos y claros.
Le sonrío complacida. Lo cierto es que el vestido es precioso. Es largo
hasta los pies con corte sirena. Un escote corazón lo hace sencillo, pero una
sugerente abertura, que llega hasta mi cadera, le da un toque sensual y
original. Tomo un largo sorbo de mi copa sintiendo el burbujeante cava
refrescar mi garganta y es algo que agradezco.
—Está todo precioso, Enrique.
—Gracias. He trabajado duro para que todo estuviera a la altura del
evento. Mi padre no creo que tarde en llegar, cuando lo vea estoy seguro de
que le encantará el trabajo que he hecho.
Como la empresa tiene un gran recibidor, lo han transformado en un
salón perfecto para la fiesta. El lugar está precioso. Los techos son altos y
han decorado la vuelta catalana de obra vista, que forman pequeños arcos a
lo largo de todo el vestíbulo, con unas sedas blancas. El original suelo de
baldosa hidráulica le da un toque urbano. Varias mesas con largos manteles
dorados presentan un suculento catering, y en el centro enormes ramos de
flores silvestres los decoran. Todo está lleno de flores que le dan un aroma
absolutamente embriagador al salón. Si no fuera porque Enrique me explicó
lo mucho que ha trabajado para preparar esta fiesta, pensaría que el diseño
es obra de Alex. Esos ramos son muy parecidos al que aún conservo —sí,
tres meses después—, en mi despacho.
—¡Hola, loquita!
—¿Qué tal estáis? —les pregunto a Chloe y Quim a la vez que les
abrazo.
Sabía que vendrían, eso también me ayudó a tomar la decisión de asistir
al evento. Chloe estaba deseosa de que llegara el día de la fiesta del
cuarenta aniversario de Genesis Marketing. Trabajó poco tiempo en la
compañía, pero está claro que todos los que se acercan a saludarla la
adoran. Los dos están guapísimos, parecen una pareja sacada de una revista.
Quim lleva un esmoquin que le queda como un guante y Chloe un precioso
vestido rosa palo con un fino brillo. Tiene un corpiño y a partir de la cintura
una vaporosa falda de tul cae hasta los pies. Está fantástica. No solo de
aspecto, también emocionalmente hablando. Es más feliz que nunca, y
Quim también. Me alegro mucho por ellos.
Charlamos un rato los tres hasta que se acercan de nuevo Esteva y
Enrique. Es ahí cuando la furia de Quim empieza a incomodarme. Los ha
diseccionado de mil formas, a los dos, solo con la mirada. En consecuencia,
a mí ya no quiere ni mirarme, está enfadado conmigo. «Normal. Enfadado
es poco para cómo debería estar». Silencio, ahora no te necesito.
En cuanto aparece la que era la jefa de Chloe, se van a saludar a más
gente y respiro aliviada. Aprovecho el momento para excusarme con mis
acompañantes, que parlotean sin parar de no sé qué, y me dirijo al baño
para… para… para salir de aquí un rato y poder respirar. Es como si alguien
estuviera succionando el oxígeno de la sala. El pecho contiene mi acelerado
corazón y las piernas están débiles, como si no tuvieran ganas de sujetarme
en pie. Camino y al llegar a la mitad del salón, lo veo. Está de espaldas a mí
pidiendo en la barra, pero reconocería ese porte en cualquier lugar del
mundo. Lleva un esmoquin negro que le queda como un guante. Me quedo
bloqueada, ahí en medio, plantada observándolo. Se gira y muy galante
tiende una copa a la joven que está a su lado. Pensar en que puede ser su
acompañante de esta noche me pellizca el corazón. Pero todo empeora
cuando se gira sonriendo y barre la sala con la mirada. Sus ojos azul cristal
se cruzan con los míos y solo necesito un segundo para saberlo. Nunca,
jamás, definitivamente nada, podrá hacer que la conexión que siento cuando
miro a este hombre desaparezca.
Capítulo 21
—Hola, Alberto. ¿Qué tal va todo? —le pregunto a Henchman.
Si yo tuviera que escoger un nombre falso, estoy seguro de que ese no
sería. Pero así lo decidió él.
—Hola, Sr. Falcó. Todo bien. Le traigo los informes que me pidió.
—Perfecto. Entra y los revisamos.
En cuanto pasa al despacho y cierra la puerta, toma asiento frente a mi
mesa.
Resulta que tener a Henchman en la compañía está siendo fantástico.
Porque, aunque está aquí para investigar cómo se filtró la información de
nuestro cliente, el tío es un currante y pese a que no debería, me ayuda con
muchas cosas de mi trabajo cotidiano. Bueno, cobra su sueldo como todos
los empleados, pero me sabe mal que haga tanto trabajo en la oficina. Soy
consciente de todo el «otro trabajo» que está haciendo. En pocas semanas
descubrió que los informáticos que teníamos en plantilla habían dejado una
puerta abierta en nuestro cortafuegos. Un canal por el que colarse a nuestra
intranet y por dónde obtener toda la información de las campañas de
marketing. Han tenido que ser todos, los cuatro, ya que, si solo fuera uno, el
resto hubieran detectado el problema. Mira qué sorpresa, ninguno encontró
nada.
—¿Has averiguado algo más?
—Alguien ha comprado el departamento de IT, estoy seguro. He revisado
las cuentas de los cuatro, pero no tienen ningún ingreso sospechoso.
Aunque eso no quiere decir nada. Es muy posible que estén recibiendo los
pagos en efectivo.
—Debe de ser una gran suma de dinero para que se la estén jugando así.
O son muy tontos o se creen muy listos. Pero si esto sale a la luz, sus
carreras se van a ir a la mierda. Nadie más va a querer contratarlos.
—Quien quiera que sea, es alguien con poder. Alguien con mucho
dinero, pero que además los tiene cogidos por los huevos. Estoy convencido
de que hay una amenaza personal, los están presionando con algo más que
con dinero.
»La semana que viene, con el revuelo de la fiesta del cuarenta
aniversario, aprovecharé para ausentarme en la oficina e investigaré sus
vidas. Sus hijos, esposa, amigos… La debilidad de todo hombre radica en
las cosas que ama. —Cuánta razón tiene—. Eso es lo que ha conseguido
que cuatro tíos acepten destruir Genesis Marketing. El dinero, puede
sobornar a uno, dos, pero ¿cuatro? No. Definitivamente hay algo más.
—Cierto. Sin ninguna duda el amor es nuestra mayor debilidad.
—He reservado mesa para comer en diez minutos.
—Perfecto. Tengo un hambre voraz. Podemos acabar la conversación en
el restaurante.
El camarero nos toma nota y sirve con rapidez un par de cervezas frías.
Hemos pedido el menú del día, porque comeremos y volveremos al trabajo
sin entretenernos.
—¿Estás a gusto aquí en Barcelona? —pregunto a Henchman intentando
desconectar un poco.
—Lo cierto es que hace tantos años que vivo lejos de mi hogar, del lugar
en el que me gustaría estar, que ya hasta me he acostumbrado.
Es un hombre de primera impresión seria. Pero cuando lo conoces es un
tío majo. Muy tranquilo. Suele explicar poco, o más bien nada de su vida y
que haya hecho este comentario me ha sorprendido.
—¿Fuera de tu hogar? —pregunto y él ríe.
—¿Crees que porque soy un nómada y vivo donde trabajo, no tengo un
hogar o personas a las que amo?
—Perdona, tío, no pretendía…
—Alex, no pasa nada. Es lo que creen todos. Chloe tiene razón, la gente
no me entiende porque no dejo que me conozcan.
—¿Y qué es lo que deberíamos conocer? —Vuelve a reír.
—¿Acaso importa?
—¿Sabes? Si la rubia pecosa de mi cuñada dice algo, suelo escucharla.
Siempre da muy buenos consejos.
—No, no siempre la escuchas todo lo que deberías. —Vuelve a reírse y
me sorprende su comentario, lo dice como si supiera algo que yo no—.
Chloe es una mujer alucinante.
—¿Eres consciente de que ella está enamorada de Quim?
—¿Y tú lo eres de que la quiero como a una hermana? Mira, Chloe es de
esas personas que calman el alma de gente como yo. Tenerla cerca consigue
que lo solo que siempre debo estar, sea más llevadero. Pero nada más.
—¿Por qué debes estar solo?
—Para proteger lo que más amo. —Sujeta su vaso de cerveza y da dos
largos tragos. Como si necesitara arrastrar los recuerdos que se atascan en
su garganta—. Después de estos meses trabajando juntos sabes que soy una
persona muy hermética y que nunca me entrometo en la vida de los demás.
Odio que lo hagan con la mía. Solo lo hago si mi trabajo lo requiere. Hoy
voy a hacer una excepción. Lo siento, pero tengo que hacerlo.
»Mira, yo no puedo estar con quien amo. Es algo imposible. Pero tú… tú
eres un tremendo gilipollas. —Su comentario hace que me ahogue con la
cerveza y empiezo a toser—. Alguien tenía que decírtelo. Espabila. La
mujer que amas se te está escapando entre los dedos y no estás haciendo
una mierda para recuperarla. No intentes negarlo. He accedido a todos los
archivos de la compañía y al primero que investigué fue a ti.
—¿A mí? ¿Pero si yo te pedí ayuda? —le recrimino ofendido.
—Eso no te exime de ser sospechoso. Todos lo son hasta que no se
demuestra lo contrario. Pero eso es otro tema. A lo que iba. Abrir tantas
veces esa maldita carpeta de fotos de Neus que tienes en el escritorio de tu
ordenador, no te la va a devolver. Ni releer su último mensaje cada día. Si
yo tuviera la suerte que tú tienes. Si yo pudiera hacerla mía para siempre, lo
haría costara lo que costase. Lucharía hasta el final.
Después de soltar la bomba, se ha levantado y lo he visto adentrarse en el
pasillo que lleva a los baños. Me atrevería a decir que se ha enfadado
conmigo, si no fuera porque cuando ha vuelto, me ha preguntado si había
visto la final de la Copa del Rey de Baloncesto que se disputó el domingo.
No ha vuelto a hacer alusión a la investigación y mucho menos a mi vida
personal. Y yo he preferido seguirle el rollo.
***
La gente nunca deja de sorprenderte, pero la conversación con
Henchman ha sido mucho más que eso, se podría catalogar de fulminante.
Siempre lo he visto como una especie de G.I. Joe, esos muñecos que
simulaban soldados estadounidenses que luchaban contra el mal. Y sí, se le
parece físicamente, y que también lucha contra el mal es un hecho, pero eso
no es todo, hay mucho más detrás de esta fachada de hombre melancólico y
silencioso que parece sacado de la guerra. No me he atrevido a preguntarle
qué es lo que le impide estar con esa mujer que dice amar. No era el
momento, pero lo será algún día.
—Adelante. —Dejo que pase la persona que ha llamado a la puerta e
interrumpido mis pensamientos—. Hola, Silvia, ¿qué necesitas?
—Alex, ha llegado la empresa que se encargará de las flores y los
elementos decorativos del salón.
—¡Ah! Sí. Me había olvidado por completo que habíamos quedado hoy.
Por favor, que pasen a la sala de reuniones, voy enseguida.
—Sí, ahora mismo.
—Gracias, Silvia.
Soplo agobiado dejando caer mi cuerpo en la silla del despacho, porque
esto de la fiesta me está acabando de rematar. Lo cierto es que voy tan
estresado que no he tenido mucho tiempo para mirar esas fotografías de las
que hablaba antes Henchman. Bien pensado, hoy no había abierto la
carpeta, así que lo hago. No hay muchas, solo una decena. Mi preferida una
que Neus duerme sobre mi regazo en el sofá de su casa. Me abraza como un
koala y sus labios están entreabiertos. Es del fin de semana que pasé en su
casa cuando secuestraron a Chloe. Cojo el móvil y vuelvo a abrir el
WhatsApp para releer el último mensaje que me envió:
Neus:
Necesito que desaparezcas por completo de mi vida.
He escrito decenas de respuestas para esa frase que me acabó de arrancar
el corazón de cuajo, en una semana en la que creí que no podía ir a peor.
Había tomado la decisión de luchar por nosotros. De demostrar a Neus que
podía funcionar. Y entré en el Amore Mio. En tan solo un segundo, toda la
ilusión y las ganas de ella fueron aplacadas por los celos. Unos enfermizos
y que desde ese día me consumen. Saber que Neus se acostaba con Enrique,
porque, sí, sé perfectamente que si estaban cenando juntos era para después
acabar la noche… bueno, eso… ya sabéis. No hace falta ser más específico
y tampoco soy capaz, la verdad. Todo eso acabo conmigo.
Vuelvo a pensar en lo que me ha dicho Henchman «eres un tremendo
gilipollas» y lo secundo. También ha sido una gran verdad cuando ha dicho:
«La mujer que amas se te está escapando entre los dedos y no estás
haciendo una mierda para recuperarla». Las verdades cuando lo son, son
absolutas. La cuestión es… ¿Voy a hacer algo?
Miro de nuevo el mensaje. Han pasado meses. Eternas semanas. Días
infinitos. Ha llegado el momento. Es ahora o nunca. Escribo con rapidez y
sin pensarlo, le doy a enviar:
Alex:
Necesito que aparezcas de nuevo en mi vida.
Capítulo 22
—Loco. Voy a acabar con camisa de fuerza e internado —les digo a
Quim y Chloe.
Han pasado ocho largos, tediosos e interminables días desde que le envíe
el mensaje a Neus. No esperaba que después de leerlo se lanzara a mis
brazos. Tenía claro que no sería tan sencillo con ella, en realidad, todo es
tremendamente complicado.
—Lo cierto es que yo ahora mismo tengo ganas de matarla.
—¡Quim! Que no ayudas —le reprocha Chloe a mi amigo.
—Yo solo quiero matarlos a ellos.
—Creo que deberíais relajaros —nos pide Chloe y me mantengo en
silencio, pero mi monólogo interior no cesa.
«¿Esto qué coño es? ¿Es una jodida broma?». Porque si lo es, no tiene ni
un poquito de gracia. Nada. Cero. Hace tan poca gracia que, del uno al diez,
podría puntuarla con un menos diez.
En cuanto la he visto, sus ojos se han anudado a los míos y he sentido
como si por fin hubiera encontrado agua en mitad del desierto. Solo he
podido pensar, ya eres mía. Le he guiñado un ojo y ella me ha devuelto el
gesto. Y me he dicho, no voy a dejar que te escapes nunca más. Una euforia
por verla aquí me ha inundado. Pletórico se queda corto describiendo lo que
he sentido al imaginar que se había puesto así de bellissima para venir a
verme. Parecía la reina de los bosques, vestida de verde y con ese moño alto
que dejaba a la vista la delicada piel de su esbelto cuello. Pero, justo en el
instante que he dado el primer paso para ir a por ella…
Enrique.
Ha aparecido de la nada y la ha envuelto con sus brazos. Su nariz ha
rozado el cuello desnudo inhalando su aroma, ese que tengo grabado a
fuego y tanto me gusta, y todos los insultos que me han pasado por la
cabeza han querido salir en forma de vómito sobre el indeseable heredero
de Genesis Marketing. Sus verdes esferas seguían ancladas a las mías y me
ha parecido leer en ellas incomodidad. Por un instante he estado tentado de
ir hasta ella y sacarla de aquí. La idea ha desaparecido tan veloz como ha
llegado a escena Esteva.
La fiesta del cuarenta aniversario iba perfecta hasta que Neus ha
aparecido. Todo el trabajo que he puesto en que esto saliera bien se ve a
simple vista. La mantelería, las luces, incluso las flores silvestres, repartidas
por toda la sala, han quedado inmejorables. Si dijera que parte de la
decoración no es porque no dejo de pensar en una morena que me trae loco,
mentiría.
Chloe y Quim están disfrutando del evento, en especial Chloe que no
deja de repartir abrazos y sonrisas a todos sus excompañeros. Yo lo estaba
pasando muy bien con ellos y el resto de los invitados hasta que la he visto
con esos dos mamarrachos. Ahora solo pienso en maneras de matar a
alguien sin ser descubierto.
Casi como si el destino quisiera rescatarme, y evitar que cometiera un
asesinato, el Sr. Santos ha llegado y ha reclamado mi atención para
presentarme a la periodista de Puro Marketing, una de las revistas de más
renombre en este ámbito. Me disculpo con mis amigos y hago lo que debo
hacer hoy, mi trabajo.
Es la mujer más prepotente que he conocido jamás. Parlotea sin descanso
como si esto fuera un mitin en el que el mejor gana el primer puesto al
conocedor del marketing y sus aplicaciones. Yo solo puedo hacer lo que
debo, reír sus bromas, asentir a todas las chorradas que dice, y como no,
dejar que me manoseé como si fuera un objeto. Incluso ha sugerido, delante
del Sr. Santos, que deberíamos acabar esta interesante conversación en su
habitación de hotel esta noche. El bochorno ha sido gigantesco. Suerte que
mi jefe ya la conoce y ha sabido capear la situación cambiando de tema y
preguntando por su marido. Sí, está casada, aunque por desgracia para mí,
su marido es un empresario muy ocupado y no ha podido acompañarla al
evento.
Sin poder evitarlo, cada poco, mis ojos se desvían en busca de Neus. Es
un día muy importante para las relaciones sociales y los negocios de la
empresa, he de estar a la altura, pero no puedo dejar de mirarla. Esta mujer
siempre consigue distraerme. La he visto todo el tiempo charlando en un
lateral del salón, junto a la barra, con sus dos follamigos. Me repatea el
higadillo. ¡Joder! Nuestros amigos se han acercado y han tratado de
entablar conversación, pero Chloe es lista y conoce bien a Quim, así que al
poco rato se han ido a saludar a otros antiguos compañeros de ella. Menos
mal, un minuto más y creo que Quim les arranca la cabeza a los dos
acompañantes de Neus.
La rabia me consume viéndola con esos cretinos.
No sé cuánto rato ha pasado, pero parece que por fin he saludado a todos
los invitados. Creo que he charlado con todos los hombres de la sala y
coqueteado con todas las mujeres hermosas que hay. Está mal, lo sé. Pero el
resentimiento es así. Lo he hecho para que Neus sintiera una pequeña parte
de lo que yo estoy sintiendo, viéndola con esos dos… esos dos… gilipollas.
Se tenía que decir y se dijo.
—Buenas noches y gracias a todo el equipo de Genesis Marketing. Sin
todos vosotros nunca podríamos haber cumplido cuarenta años —habla el
Sr. Santos desde el pequeño escenario y todos aplauden—. Ya conocéis a mi
mano derecha, Alex Falcó, un fuerte aplauso también para él, por capitanear
y gestionar todo lo que a un viejo como yo ya le queda grande.
Todos aplauden con furor y me buscan entre la multitud.
—Gracias a ti por confiar en mí más que yo mismo —le digo a mi
mentor y jefe alzando la voz para que se me escuche sin micro. El aplauso
se repite.
El discurso continúa mientras los invitados prestan atención a Miguel
Santos, y yo busco a Neus Blázquez. Veo a Chloe rodeada por los brazos de
Quim cerca del escenario. Y sigo buscando. La encuentro sola en un rincón.
Enrique debe de estar ansioso junto a la tarima esperando que lo llame para
subir y ser el protagonista durante un rato. Yo prefiero trabajar en la
sombra, no necesito subir ahí arriba para saber que mi esfuerzo diario es
reconocido. El Sr. Santos sabe que doy el máximo de mí siempre. Con
respecto a Esteva, donde esté me importa… nada, no me importa. Solo
espero que se quede un rato más en ese supuesto lugar.
Neus está distraída y su espalda descansa en la pared. Parece como si
pretendiera fundirse con ella. Sopla hacia arriba para apartar su flequillo y
mira la hora en el reloj que rodea su delgada muñeca. Toda ella está mucho
más delgada. Demasiado. Está preciosa, eso también, pero es evidente que
ha perdido bastante peso.
Empujado por una fuerza sobrenatural, mis pies se mueven uno delante
del otro. La decisión me invade. Una idea se instala en mi mente. Con
determinación camino ajustando la americana del esmoquin. Y antes de
poder meditarlo demasiado, me planto frente a ella y voy directo al grano,
sin rodeos:
—Ya es hora de que te vayas.
—Tienes razón.
Su respuesta me deja atónito. Sus hombros están decaídos y su gesto es
de agotamiento.
—Sigues sin estar ahí —le recrimino furioso.
—¿Disculpa? —pregunta mirando hacia los lados buscando algo, pero
sin saber el qué.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Neus Blázquez? —Sus ojos se
llenan de lágrimas y empiezo a preocuparme, aun así, vuelvo a la carga—.
La Neus que yo conocí era una mujer sagaz y respondona. Esto que tengo
delante —la señalo con la mano de arriba abajo— es solo un sucedáneo con
un bonito vestido sobre un cuerpo demasiado delgado. —Y es en ese
instante, por fin, cuando despierta de su letargo.
—¿Qué coño quieres, Alex? ¿Solo has venido a hablar conmigo para
insultarme?
—No. He venido para pedirte que te largues.
—¿Y si no lo hago? ¿Qué? ¡Eh! ¿Qué? —Ahí está mi chica.
La mujer que siempre me ha llevado de cabeza, esa que tiene respuesta
para todo y que reta a quien sea que se le ponga por delante, ha despertado.
No del todo, pero algo es algo.
—Si no mueves ese prieto y precioso trasero fuera de Genesis Marketing
ahora mismo, no respondo.
—¡Ja! —exclama vacilante—. ¿Sabes? Tengo tanta curiosidad por saber
qué va a hacer el Sr. Falcó, que acabo de decidir que aquí me quedo.
—Fantástico. Eso era justo lo que deseaba oírla decir, Dra. Blázquez.
Sujeto su mano, la arrastro los tres pasos que hay hasta la puerta lateral
que lleva a las escaleras y en cuanto se cierra tras nosotros, la cargo sobre
mi hombro como si fuera un saco de patatas.
—Pero… ¡¿qué coño haces, Alex?!
—Lo que debería haber hecho hace tres meses.
Subo las escaleras de dos en dos, con ella sobre mí, todo lo rápido que
puedo. Cuando llego a la segunda planta me doy cuenta de que algo no va
bien. Neus está inerte. No dice nada. No lucha por que la suelte. No patalea.
Ni tan siquiera me increpa o insulta. ¿Qué está pasando? Sin pensarlo y en
un acto de desespero por hacerla reaccionar, lanzo mi mano sobre su trasero
con fuerza.
—Estoy tan enfadado contigo que te azotaría hasta el agotamiento. —
Vuelvo a la carga con sus nalgas. Por suerte con esta segunda cachetada
reacciona, y un pequeño gritito brota junto a un insulto.
—¡Ahh! ¡Capullo! —La vuelvo a azotar.
—Cobarde —le digo cuando le doy por tercera vez.
Solo me faltan un par de tramos para llegar, así que acelero el paso.
—¡Idiota!
—Gallina. —¡Zas! Otra manotada.
—¡¿Yo?! Fuiste tú el primer gallina. —¡Zas! ¡Zas! Dos más.
—No está en condiciones óptimas para acusarme de nada, Dra. Blázquez.
—¡Zas!
En cuanto llego a la cuarta planta alargo las zancadas. Ya veo la puerta de
mi despacho.
—¡¡Ahhh!! Eres… eres… un imbécil, un gilipollas, un… un… ¡Ahh!
¡¡Te odiooo!!
Doy una patada a la puerta cerrando de un portazo, y en mitad de sus
gritos e insultos de rabia, la dejo en el suelo. Tiene los ojos enrojecidos por
la contención y la furia. Quiere llorar, pero su orgullo, ese que nos está
destrozando a los dos, se lo impide.
—Voy a acabar con esa mierda de orgullo que tienes. —Neus derrama la
primera lágrima y aumenta su enfado. Sus manos se cierran en dos puños y
arremete contra mi pecho. Golpea una y otra vez sin parar, y sigue
escupiendo las palabras con enfado. La dejo unos segundos para que se
desahogue. Tiene que soltarlo.
—Te odio. Te detesto. ¿Tenías que enviarme ese mensaje? ¿Por qué? ¡Eh!
¿Por qué no me dejas tranquila? ¿Por qué no te vas de mi vida? ¿Por qué no
me olvidas?
Cansado de que me golpeé, agarro sus muñecas y las llevo sobre su
cabeza. Su respiración es agitada y su piel está rosada debido al gran
enfado. Al pestañear, una lágrima resbala por su mejilla. La recojo con el
roce de mi nariz y sin separarme de su piel, la acaricio con ella hasta llegar
al borde de su oreja. Justo ahí, le susurro a la vez que inhalo con fuerza:
—Bellissima, ya te lo escribí en la nota. Nunca podré olvidar el olor a
flores silvestres, porque nunca podré olvidarte a ti.
Beso con ternura ese pequeño rincón de su cuerpo, tras su lóbulo, y
recorro su rostro sin despegar los labios hasta llegar a su boca. Cuando los
labios de ambos se tocan, Neus solloza, y yo… Yo siento que he vuelto de
la guerra y por fin estoy en casa.
Cuelo mi mano por la sugerente raja del vestido y en cuanto llego al
diminuto tanga compruebo que está empapada. Abro los ojos y rompo el
beso.
—Yo también te he echado de menos, Blancanieves. —Sus mejillas
aumentan el tono, está conteniendo la rabia que bulle por su cuerpo y las
lágrimas ya bailan libres por su sedosa piel.
Sin pararme a pensar en nada más que en mis deseos más primarios,
aflojo mi pantalón y saco mi polla palpitante y ansiosa. Llevo una de sus
piernas a mi cintura y apartando la ropa interior a un lado. Me hundo en
ella.
—¡Grrrr! ¡Sííí! Joder —voceo del gusto sin dejar de mirarla a los ojos a
la vez que Neus grita por la impresión—. Estoy tan enfadado contigo. —
Estocadas; uno, dos, tres—. Me has privado de ti tanto tiempo que te odio
por ello. —Dentro, fuera, dentro, fuera—. Pero ya no vas a huir más, ¿me
oyes? —La penetro con rudeza.
—¡Síííí! —responde gimiendo de placer.
Nuestros ojos se han anudado y esa energía que creí que nunca más
podría sentir, recorre todo mi cuerpo y me invade. Hace que vibre sintiendo
su aliento golpear mis labios. Que la sangre bombee con fuerza al inhalar su
aroma.
Sin soltar la sujeción de sus manos sobre la cabeza, la sigo penetrando
con fuerza, y uso mi otra mano para tocar lo que anhelaba hacía tanto
tiempo. Acaricio su hombro y sintiendo su calidez, asciendo por su delicado
cuello. Perfilo su barbilla y dibujo sus carnosos labios entreabiertos y
jadeantes.
—Lo vamos a hacer.
—¿El qué? —pregunta sollozando.
—Estar juntos. —Su cuerpo empieza a cimbrear—. No vas a volver a
huir. —Llora y yo sigo bombeando y sintiendo el calor de su humedad
envolver mi dura erección—. Vamos a ser pareja y vamos… vamos…
—¡No! Por favor, no lo digas. No me hagas esto, ahora no.
—Sí, Bellissima. Ahora sí. —Suelto sus manos y la cargo sobre mis
caderas.
Dejo caer mi cuerpo con el suyo sobre el mío en el sofá y nos miramos.
Ella sigue ensartada en mí, pero no se mueve, yo tampoco. Con mis dos
manos libres sujeto su rostro mientras ella solloza con más fuerza. Su
cuerpo está temblando mucho y sus manos se aferran en dos puños a mi
camisa con desespero.
—Bellissima, vamos a estar juntos, y vamos a amarnos libres. Porque…
Te quiero. Te quiero muchísimo y ya no quiero seguir viviendo sin ti.
Capítulo 23
De repente, Neus, con el puño cerrado, golpea con fuerza su pecho. El
cuerpo le tiembla y esto nada tiene que ver con la excitación. Se vuelve a
dar otro puñetazo a sí misma. Algo no va bien.
—¿Neus? ¿Qué te pasa? Me estás asustando. ¿Estás bien?
Niega frenética con la cabeza y cuando intenta hablar veo que no puede.
Empieza a boquear intentando coger aire y viene a mi memoria todas las
noches que vi a Quim así, cuando sufría ataques de ansiedad por culpa de
sus pesadillas. Sin pensarlo salgo de ella, me subo el pantalón y la estiro en
el sofá. Con desespero busco la cremallera del ajustado vestido y la bajo. En
dos tirones rápidos la libero de su estrechez.
Al soltar las cuerdas anudadas de sus zapatos, me doy cuenta de que ha
dejado de temblar. Miro hacia arriba y me invade el terror. Tiene una mano
sobre el pecho y todo el cuerpo está rígido, bloqueado. Su respiración sigue
siendo mínima.
—Neus, mírame. Respira, Bellissima. —Beso su frente con cariño y
angustia—. Lo haremos juntos. Inspira —cojo aire con fuerza—, espira. —
Lo dejo ir—. Nena, tú puedes controlarlo, sabes cómo hacerlo. Fuiste tú
quien me enseño cómo hacerlo con Quim. Vamos otra vez, respira. —
Masajeo las palmas de sus manos, frotando con el pulgar y trazando
círculos.
Neus me explicó que hay que conseguir llamar la atención de la mente
con otra cosa, y las caricias hacen que el cerebro se centre en esa agradable
sensación. No puedo hacer mucho más. Solo sigo con esas palabras a modo
de mantra. Viendo cómo mi preciosa chica sufre y sus lágrimas se
derraman.
Una culpa horrible se está extendiendo por todo mi cuerpo y me siento la
persona más miserable del mundo. La he dejado sola. Sea lo que sea lo que
le ocurre, lo está viviendo sola. Porque esto no es algo aislado, algo que
solo ha pasado hoy, esto viene de antes. Debería haber luchado por ella.
Siempre he sabido que algo ocurría y no he hecho nada. Nada.
Pasa un largo rato, y por fin, parece que empieza a respirar con algo más
de normalidad. Para ayudarla con la rigidez de su cuerpo froto mis manos
por sus brazos, masajeando para destensar.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento —repito sin descanso y, avergonzado,
evito su mirada.
Ya más tranquila, la abandono un segundo y saco del armario una manta,
la tengo por si alguna noche se me hace tarde y duermo en el despacho. La
cubro con ella y al sentarme, acomodo su cabeza sobre mí. Ella se pone de
costado y se hace un ovillo. Se la ve indefensa y vulnerable. Odio verla así.
—Descansa. Yo no iré a ningún lugar sin ti —le prometo mientras
acaricio sus mechones castaños desde la raíz hasta las puntas. No dejo de
hacerlo hasta que se queda dormida.
Me siento tan miserable que he de apartarme una lágrima con el dorso de
la mano.
—¿Por qué lloras? —habla en un susurro.
—No lo hago —respondo sin girarme y vuelvo a limpiar mi rostro.
—Creo que ha llegado el momento en el que deberíamos dejar de
mentirnos. —Tiene razón. Su voz suena rasgada y algo afónica.
A Quim también le ocurría. Es por estar tanto rato intentando coger aire,
la garganta se reseca. Me acerco al pequeño mueble donde tengo la cafetera
y saco del armario una botella de agua. Se la tiendo y bebe casi todo el
contenido.
—Gracias. —Vuelvo a la ventana asintiendo con la cabeza sin mirarla.
Hace dos horas que Neus se quedó dormida. Y en este larguísimo rato no
he dejado de pensar en todas las posibles causas que la han podido llevar a
estar así. Muy a lo lejos se oye la música de la fiesta que sigue impasible en
la recepción del edificio. Desde la cuarta planta en la que está mi despacho,
se ve Barcelona algo más tranquila que durante el día. Faltan diez minutos
para que sea la una de la mañana y el mundo sigue girando. Los coches
circulan, un grupo de gente sale del restaurante de enfrente riendo, y seguro,
que muchos bailan divertidos en la fiesta. Todo pasa con normalidad
mientras Neus sufre en silencio.
—Por favor, deja de hacer eso.
—¿Qué es lo que lo provoca?
—Te lo puedo explicar, pero tienes que dejar de hacer eso.
—¿El qué?
—Evitar mi mirada.
Sin meditarlo ni un segundo me giro y nuestros ojos se encuentran.
Siento como si me arrancaran el corazón a mordiscos. Veo lo destruida que
está ahora mismo y cada vez me siento más culpable.
—Perdóname.
—¿Por qué?
—Por haberte abandonado. Te he dejado sola. Prometí que no me iría de
tu vida y lo he hecho.
—No es que yo te haya puesto las cosas muy fáciles para quedarte. —
Sonríe débil y le devuelvo el gesto—. Ven, siéntate.
Ajusta un poco más la manta a su cuerpo, imagino que para cubrir la
desnudez que hay bajo ella, y me hace un espacio a su lado. Me sorprende
cuando coge mi mano y tirando de ella lleva mi brazo sobre sus hombros.
Después, acomoda la cabeza sobre mi pecho. La estrecho contra mí con
fuerza encantado con la postura. Necesitaba tocarla. Sentirla. Saber que
ahora su cuerpo es el de siempre y el susto ha pasado. Llevo mi frente sobre
su cabeza y la respiro, a ella, a su aroma, sus flores, su esencia.
—El que creí el amor de mi vida, del que me enamoré en el colegio y que
me pidió salir en el instituto cuando teníamos dieciséis años, destrozó mi
corazón y mi vida —habla pausada, pero con decisión y yo pongo todos mis
sentidos en alerta para no perder detalle de lo que sea que me va a contar a
continuación—. Ahora parece una locura, pero yo, Neus Blázquez, creía en
el amor eterno. En las medias naranjas, los corazones conectados y en todas
las leyendas que puedas imaginar sobre encontrar al amor de tu vida. Pasé
mi infancia frente al televisor viendo todas las películas de princesas Disney
y soñando que era una de ellas. Soñaba que un día un caballero me
rescataría y me daría un beso de amor verdadero. —Ríe con algo de
añoranza—. Con once años llegué un día del colegio y le dije a mi madre:
«Guillem es el amor de mi vida». Ella, con dulzura, sonrió y contestó: «Es
posible, todo es posible en el amor. El paso del tiempo dirá». Así que, yo
que soy más terca que una mula…
—¿Tú, terca? —Reímos los dos.
—¿Te lo cuento o no?
—Sí, sí. Por favor, continúa. —Beso su cabeza.
—Bien, lo que decía, a testaruda no me gana nadie. Así que tracé un plan
para que se diera cuenta de que estábamos destinados. Llevaba ya cinco
años enamorada de él. Era el último año de instituto y si no hacía algo,
corría el riesgo de perder a mi amor para siempre y pasar el resto de mis
días sola en el mundo. Al menos yo lo veía así con dieciséis años. Tenía que
conseguir que Guillem entendiera que era el otro extremo de mi hilo rojo.
—¿Hilo rojo?
—Sí, el de la leyenda japonesa. ¿No la conoces?
—No.
—Bueno, pues ya te lo explicaré. Deja de interrumpirme. —Ahora le doy
un beso en la mano, no puedo dejar de tocarla—. En dos meses Guillem
caía rendido a mis pies confesando que siempre había estado enamorado de
mí. Caminaba por el mundo como si fuera sobre una nube rosa de algodón
con destellos de purpurina. Escribía su nombre en la agenda del colegio y lo
enmarcaba en un corazón. Le enviaba SMS diciéndole que le quería.
Incluso había empezado a hacer un álbum con ideas de cómo sería nuestra
boda perfecta. Todo muy cursi y romántico.
»Al mes de salir juntos empezó a presionarme con el tema del sexo. Yo
quería entregarme a él. Claro que quería, pero deseaba que fuera una noche
especial. Así que lo hablamos y decidimos que lo haríamos en el viaje de
final de curso. Era perfecto. Todo lo era. Nos íbamos a Disneyland París.
¡Yo a Disneyland! La mayor fan de las princesas Disney desde niña, iba a
llevar a cabo el acto de mayor amor verdadero allí. Estaba exultante.
»Lo planeamos todo. Él había hablado con sus dos compañeros de
habitación. En la primera noche dormirían con mis dos mejores amigas.
Ellas aceptaron al instante, éramos inseparables desde que empezamos el
colegio y sabían lo importante que era para mí Guillem.
»Cuando los profesores se metieron en sus habitaciones hicimos el
cambio de dormitorios. Habíamos viajado todo el día en autobús y al día
siguiente, a primera hora de la mañana, íbamos al parque de atracciones.
Pero no me importaba no dormir o estar agotada por el viaje, solo quería
demostrar a Guillem todo lo que lo amaba.
»Ya estábamos los dos desnudos y habíamos estado haciendo algunos
juegos preliminares. Todo iba bien. Y de golpe se torció…
Capítulo 24
Hace dieciocho años…
—Joder, sí que habéis tardado —dice Guillem cuando la puerta se abre
de golpe.
—¡Ehh! ¿Pero qué hacéis aquí? —pregunto avergonzada intentando
cubrir mi cuerpo con las sábanas—. Guillem, ¿qué haces? —le increpo
cuando se levanta de la cama y empieza a chocar los puños a modo de
saludo con Sergi y Daniel.
—Vaya dulce, Neus, estás aún más buena sin ropa. Esas tetas son más
grandes de lo que imaginaba.
Sigo desesperada tirando de las sábanas y cubriendo mi cuerpo hasta el
cuello.
—Venga, que empiece la fiesta —dice Guillem alargando el brazo como
si mostrara un buffet libre e invitara a sus amigos a degustarlo.
Mi cabeza empieza a dar vueltas. No puede ser. Mi amor no lo va a
permitir.
Sergi no se lo piensa y con fuerza arranca las sábanas de mi cuerpo, me
agarra del tobillo y tira hasta que estoy frente a él.
—¡Ahh! —grito. Pero rápidamente mi voz queda ahogada bajo una
mano que cubre mi boca.
—Primero yo, aparta —ordena Guillem poniéndose frente a mí—. Tú
sujétala bien y ocúpate que no se la escuche.
El pánico se apodera de mí y empiezo a patalear para soltarme. Pero
casi no puedo ni moverme. Daniel ha llevado mis brazos hacia arriba y sus
dos piernas los bloquean sobre el colchón. A la vez que con una mano
cubre mi boca y con la otra agarra con saña mi cabello.
Duele muchísimo. Casi no puedo respirar y tampoco moverme. Los
gritos de socorro quedan ahogados en mi garganta. Siento un miedo atroz.
Lloro como nunca antes lo había hecho, miles de lágrimas bañan mi rostro.
Sergi abre de una de mis piernas tirando de ella hacia un lado. Clava
con fuerza los dedos en mi tobillo. Me está haciendo mucho daño. Al
mirarlo, veo que se está masturbando. Dios mío, que alguien me ayude.
En el momento que Guillem me penetra, el dolor más horrible que he
imaginado jamás me invade. Grito con todas mis fuerzas, pero queda
ahogado bajo la mano de Daniel. Todo queda opacado bajo su mano. Los
gritos de dolor, las súplicas, las demandas de auxilio, los sollozos.
—Joder, tío, hay mucha sangre —escucho que dice Guillem con algo de
preocupación en su voz.
—Es normal, las vírgenes siempre sangran. Venga acaba, que estoy
deseando follármela.
Hace muchos años que no se lo contaba a nadie.
Alex está en absoluto silencio. Supongo que lo está asimilando. Yo
mantengo la cara sobre su pecho porque mirarlo me avergüenza.
—No tengo claro cuánto tiempo duró. Pero te aseguro que me pareció
una eternidad —susurro.
—¿Y después? —pregunta acariciando mi rostro y empujando mi
barbilla con suavidad para unir nuestras miradas.
—Cuando acabaron me amenazaron, dijeron que si contaba algo las
fotografías que me habían hecho desnuda verían la luz y serían expuestas
por todo el instituto. Rota en todos los sentidos de la palabra, me puse la
camiseta y el pantalón y volví a mi dormitorio caminando como pude. No
levanté la cabeza ni una vez del suelo, no era capaz de volver a mirar a
Guillem. Tampoco me salían las palabras, solo podía llorar. Estaba en
shock. Me movía mecánicamente.
»Al llegar a mi habitación y empezar las preguntas de mis amigas,
reaccioné algo, y fui capaz de explicarles, más o menos, lo que había
ocurrido. Cuando acabé de narrar la breve vivencia a mis amigas entre
hipidos, llegó la segunda mayor decepción. Ellas me aconsejaron no decir
nada. Me dijeron que lo dejara pasar. Que sería mayor la humillación si las
fotografías salían a la luz. En ese momento me di cuenta de que hablaban de
su humillación y no de la mía. Que ser mis amigas las pondría en la
palestra.
—Joder, Neus —resopla Alex abrazándome con más fuerza—. Por favor,
dime que no te callaste.
—Por supuesto que no lo hice. Siempre fui una joven muy inquieta y leía
muchísimo. Sobre todo, novelas románticas. Pero en aquella época me
encantaba leer la revista SuperPop, ¿la recuerdas?
—Por supuesto, todas las chicas de clase llevaban sus carpetas forradas
de fotografías de esa revista.
—Sí, yo también. En ella leí un artículo sobre sexualidad que me marcó.
Yo no tenía ni idea de qué era el sexo, pero tenía claro que debía de ser
consentido. No lo pensé ni un segundo. Salí de la habitación gritando a mis
amigas un: «¡Cobardes!». A día de hoy sigo sin entender cómo pudieron
hacerme eso. Éramos jóvenes, pero… En fin, caminé de nuevo por el
pasillo del hotel, sujetando mi dolorido cuerpo en la pared y llamé con
ímpetu en la puerta de los profesores.
»Mis padres llegaron en el primer vuelo. Después de hacerme varias
pruebas en el hospital y administrarme la pastilla para interrumpir un
posible embarazo, volví a Barcelona.
—Ven aquí. Necesito sentirte más cerca —dice Alex apartando la manta
y sentándome sobre él. Cuando me tiene bien acomodada vuelve a cubrir mi
cuerpo y me da un rápido beso en los labios—. Sigue. ¿Qué pasó después?
—Ellos fueron acusados por un tribunal de menores y en poco tiempo
estaban otra vez en la calle tan campantes. Sin embargo, yo sufrí ataques de
pánico varios años, en los que tuve visitas al psiquiatra semanalmente.
Hasta que ya en la universidad, en el segundo año, conocí a Carlos. Él me
ayudó a dejar las pastillas y a controlar los ataques de pánico.
—¿Cómo?
—Eliminó una adicción sustituyéndola con otra. Me convirtió en adicta
al sexo.
—Espera, no lo entiendo. —Me mira sorprendido.
Es la misma cara que pusieron mis padres la primera vez que se lo
expliqué y les pedí ayuda.
—Es difícil de entender. Verás, Carlos estaba en su décimo año de carrera
y como trabajo final había hecho un estudio sobre cómo bloquear los
ataques de ansiedad y de pánico con otros estímulos. Los básicos y que te
enseñé para que usaras con Quim, ya los conoces. Respiración profunda,
concentrarse en otra cosa como la voz o un masaje, repetir un mantra. Él
basó su estudio en el Mindfulness. Es una práctica que se centra en la
consciencia y en una percepción agudizada para aceptar el presente. Con
ella, consigues prestar una atención plena a lo que sientes y a lo que haces.
Durante esta meditación, te concentras en el flujo de tu respiración, en tus
pensamientos y emociones sin juzgarlos. Él lo llevó a otro nivel. Carlos
estaba convencido de que con sexo podías llegar al mismo estado que con la
meditación, y así centrarte en lo que sentías en tu piel y zonas erógenas. El
sexo es muy placentero.
—Mucho, y más si es contigo. —Río por su comentario fuera de lugar.
—Cállate si quieres que te lo explique. —Lleva la mano a sus labios e
imita el gesto de cerrar con una cremallera y tira una supuesta llave. Es
como un niño y lo agradezco.
Hablar de esto es muy difícil para mí. Y aunque estoy muy sorprendida
con la facilidad con la que lo estoy haciendo con Alex, no quita que es una
etapa de mi vida que aún me duele. Que él quiera aligerar el peso con su
simpatía habitual, me hace sentir bien. No me juzga, ni me mira con pena.
Solo me escucha para comprenderme.
—El caso es que Carlos, en su estudio, explicaba que el sexo no solo es
agradable, sino que también muy saludable. Puede disminuir el colesterol,
favorecer el sistema cardiovascular, mejora la circulación e incluso el
sueño. Pero lo más importante para Carlos, era que disminuía el estrés. Un
día me pilló medicándome en un rincón del campus, intentando disimular
ante todos el ataque que estaba teniendo. Sin decir nada, sujetó mi mano y
me llevó a una sala donde nadie pudiera verme. Con calma me ayudó a
pasar el mal trago. Cuando me recompuse me contó su estudio y yo quedé
fascinada. Desde ese día entablamos una especie de amistad. Él poco a poco
se fue ganando mi confianza y yo, por primera vez en años, sentía que había
alguien que me admiraba, alguien a quien le gustaba. No mucho tiempo
después, Carlos consiguió que me acostara con él. Lo cierto es que fue una
segunda vez bonita. Me trató muy bien y dedicó todo el tiempo que hizo
falta para que dejara a un lado el pánico y sintiera placer. A partir de ahí, mi
vida cambio. Él fue quien me llevó al Averno por primera vez y ahí empezó
todo.
—¿Sigues con él? —pregunta incómodo.
—No, Alex. Hace años que lo saqué de mi vida. Consiguió que dejara las
pastillas, pero junto a él tenía una conducta compulsiva hacia…
—Te volviste adicta al sexo.
—Sí.
Me abraza y yo escondo mi rostro en el hueco de su cuello. Alex tiene
una especie de poder para leerme. Es como si entendiera que necesito
ocultarme.
—¿Sabes? —Niego abrazada a él—. Hoy casi me matas de celos —
Sonrío—. ¿Sabes qué más? —Le vuelvo a decir que no con la cabeza—. Te
odio un montón. —Me incorporo y lo miro asustada—. ¿Y sabes qué más?
—Repito el gesto de negación preocupada—. Un montón es muy poco
comparado a lo increíblemente enamorado que estoy de ti.
No puedo contenerme y me lanzo a besarlo. Porque no puede existir
nadie mejor para mí. Porque es rematadamente guapo, pero, sobre todo, es
absolutamente perfecto.
Capítulo 25
Por fin estoy en casa. O al menos es como me siento con la lengua
enredada con la de mi Blancanieves y mis manos acariciando su piel. Lo
tomo con calma y la beso con ternura. Acaricio sus labios con los míos y
nuestras lenguas bailan un vals sensual y fluido.
—No he terminado de saciarme de ti —le digo cuando se separa un poco
de mis labios—. Por favor, quédate un rato más pegada a mi cuerpo y deja
que te bese. Necesito sentir que es real, que está ocurriendo. Necesito sentir
que eres mía, aunque solo sea por un rato.
—Sabes muy bien que una parte de mí siempre ha sido tuya —dice entre
pequeños besos.
—Yo no quiero una parte, lo quiero todo, absolutamente todo.
Neus sujeta con fuerza los mechones de cabello de mi nuca y me besa
con más profundidad. Por un momento me pierdo en su sabor, en la
sedosidad de su piel y en su perfume. Pero necesito que entienda que la
quiero de verdad y que lo que acabo de decirle va muy en serio.
—Lo quiero todo de ti —repito.
Como si el placer más grande acabara de sacudirla, gime. No es nada
sexual. Es un gemido placentero. Uno que viene desde su corazón. Porque,
Neus no lo ha dicho, ni lo hará esta noche, pero yo sé que estos besos no se
los das a alguien que no amas.
—Quiero a la Neus sensual. —Me besa con más fuerza—. A la Neus
divertida. —Siento su sonrisa pegada a mis labios—. Pero sobre todo quiero
—la separo un poco de mí y la miro a los ojos—, a la mandona, a la locuaz,
a la risueña, a la luchadora, a la incondicional para sus amigos, a la hierbas,
a la bruja. —Golpea mi pecho con su palma riendo—. ¡Auch! —Finjo dolor
y consigo lo que pretendía, que vuelva a reír—. Neus, lo digo muy en serio.
Te quiero en todas tus versiones, hasta en las que te pones respondona, en
las que tienes miedo, incluso en las que te sientes perdida y vulnerable. Lo
quiero todo, lo mejor y lo peor de ti. Te prometo que cuando te pongas
insoportable y te odie con todas mis fuerzas, me quedaré. Seguiré a tu lado.
No voy a huir. Neus, yo nunca, óyeme bien, nunca te haré daño. Estoy listo
para recibir lo que quieras darme. Pero, y esta es una condición
inquebrantable, necesito ser el único al que se lo entregues.
Me mira evaluándome. Está meditando su respuesta. La quiero, haría
cualquier cosa por ella. Menos compartirla. Eso no voy a hacerlo. No
puedo. Me destroza el simple hecho de pensar que alguien puede besarla, y
me llena de una rabia insana imaginar que otro toca su cuerpo y su delicada
piel. Se pone en pie con la manta envolviéndola y se queda ante mí,
atravesándome con sus gatunos ojos verdes. He dejado de respirar por
instinto, para que lo pueda hacer ella, creo que necesita todo el oxígeno de
la sala y sin dudarlo se lo cedo.
—Está bien, Alex.
Lleva una de las manos que sujeta la manta a su moño y empieza a
quitarse las horquillas. Las lanza sin mirar al suelo, lo hace sin prisa y hasta
que sus mechones oscuros caen sueltos. Con un pequeño cabeceo, su
cabello algo ondulado por la forma que le ha dejado el peinado, se ordena,
un poco, no mucho. Está bonita con ese aspecto salvaje que le da el
despeinado de sus mechones. Para mí, «está bien, Alex», no es suficiente.
Es por eso que me mantengo en silencio. Sentado con mis manos sobre las
piernas y aferrado a su mirada, intentando trasmitirle que la necesito por
completo. A ella.
Neus es una criatura salvaje. Necesita meditar sus movimientos y solo se
lanza sobre su presa cuando está segura de que saldrá vencedora. Para ella
es importante acertar a la primera, porque sentir que puede perder es algo
que ya no entra en sus planes de vida.
Deja caer sus brazos, que quedan relajados a los lados de su curvilínea
figura, y con ese gesto, la manta abandona su cuerpo. Muy despacio sujeta
los extremos de su pequeña braguita y la arrastra por sus piernas sin dejar
de mantenerme la mirada. Vuelve a erguirse y veo como su expresión
cambia. Ahí está, la decisión está tomada. Solo espero que sea la que estoy
esperando, si no es así, estoy perdido.
—Quien soy y lo que soy. Mi cuerpo y mi corazón. Son tuyos, solo
tuyos.
—Prométeme que no huirás, que no te alejarás de mí.
—Ni en tus mejores sueños.
La felicidad es muy sugestiva. A lo largo de la vida podemos ser felices
de muchas maneras. Con distinta intensidad y de diferentes modos. Soy
feliz cuando estoy con Quim y Chloe y reímos juntos. Soy feliz cuando
cierro un buen acuerdo con un cliente. También cuando paso el día con mis
padres. Cada uno de estos momentos, aunque de maneras diferentes, me
llevan a un estado similar de felicidad. Pero, que Neus Blázquez se entregue
a mí, lo supera todo. Mi corazón bombea feroz el pecho y siento como
empuja con fuerza la sangre, una que recorre el cuerpo frenética. Una
extraña vibración me sacude y la quemazón viaja por mis manos, mis
labios, se pasea por todas partes. La necesidad de ella me apremia. Necesito
asegurarme de que esto es real, que lo que acaba de decir es cierto, que ella
está aquí y se entrega por completo.
Cuando me tiende su mano, la mía va a su encuentro sin que yo sea
consciente que le he dado la orden.
Intento tocarla, pero me detiene. Necesita hacerlo a su manera y yo que
lo haga. Así que me quedo inmóvil y expectante. Con tranquilidad va
soltando todos los botones de mi camisa y la arrastra por mis hombros a la
vez que acaricia mi piel. Cuando la deja caer al suelo, sus manos viajan a
mi rostro. La yema de sus dedos me toca como si con eso se cerciorase de
que soy yo, que estoy aquí, completamente entregado a ella. No se detiene y
recorre mi cuerpo. Pasando por mis hombros y rozando mis pezones, que se
yerguen al sentir su mano sobre ellos. Suelta el botón y baja la cremallera
del pantalón. Al arrastrarlo hacia abajo, junto a la ropa interior, se arrodilla
ante mí. Estoy más duro que nunca, la deseo con tanta fuerza que estar aquí
quieto, está siendo el acto de mayor contención de mi vida. Aun así,
aguanto, me mantengo inmóvil respetando sus tiempos y necesidades.
Suelta el nudo de los zapatos y acaba de quitarme toda la ropa. Cuando
estamos en igualdad de condiciones se levanta y me besa. En ese momento
ya no puedo aguantar más las ansias y la rodeo con mis brazos acariciando
toda su piel. Siento que dos manos son insuficientes para cubrir toda la
necesidad que tengo de sentirla. Sin soltarnos, Neus dobla las rodillas y la
sigo. Poco a poco se deja caer sobre la alfombra y mi cuerpo se pega, aún
más, al suyo.
Tumbado sobre ella, mi dureza intenta adentrase en ella, tengo que
separarme un poco para que no ocurra.
—Alex.
—Bellissima.
—Hazme el amor.
Su súplica me sorprende. Ella abre las piernas y sin ser del todo
consciente, su calor, su humedad, me envuelve. Me adentro en ella poco a
poco.
—Neus, el condón. —Intento dar marcha atrás.
—Antes no te ha importado no llevarlo. —Sonríe traviesa.
Mis ojos se abren inquietos al darme cuenta de que antes ni me he
acordado de que no lo llevaba. Estaba tan enfadado que solo quería
castigarla.
—Joder. Lo siento.
—Cállate, Alex. —Lleva su mano a mi falo y lo ensarta de nuevo dentro
de ella.
Levanta su trasero para llevarlo hasta el fondo y el placer más intenso
que he sentido jamás me consume por completo. Antes estaba tan furioso
que no había sido consciente de lo que es estar conectados así y sentir todo
sin barreras. Los gemidos de ambos golpean el uno contra el otro.
—¿Cómo puede ser tan increíble? —bufo enloquecido de placer, pero
quiero cerciorarme. Me detengo y le pregunto—: Cielo, ¿estás segura?
—Desde aquel día… no lo he vuelto a hacer sin protección —habla de
Guillem y la rabia me consume—. Quiero que lo hagas. Quiero sentirte a ti
por completo. Quiero que seas el único en algo. Quiero sentirte dentro de
mí y como solo tú, y nadie más que no haya sido tú, se derrama dentro.
Quiero ser tu cielo. Tu Blancanieves. Tu Bellissima.
No digo nada porque estoy tan abrumado por sus palabras y el placer más
absoluto, que no soy capaz. Para mí lo que acaba de decir es un «te amo», o
al menos mi corazón lo siente así. Le mantengo la mirada para no perderme
nada de lo que esto va a ser para nosotros. Es nuestra manera de sellar un
pacto. Estamos diciéndonos a nosotros y a nuestros cuerpos que esta es la
persona. Que es en este cuerpo en el que sentirá placer, son estas las manos
que nos sujetarán, los labios que nos hablarán y saciarán nuestra sed. Es
nuestra manera de explicarnos que es como deseamos que sean las cosas.
Salgo despacio y cuando vuelvo a adentrarme la estrechez de sus rugosas
paredes me regala el placer más inmenso.
—No había sentido esto nunca —jadeo cerca de sus labios—. Es la
primera vez que lo hago así. Cielo, tú… —Empieza a reír—. Es que no se
cuanto más aguantaré y ya sabes, tú… —Se pone seria.
—Sí, Alex. Quiero un hijo tuyo.
Cuando mi cabeza capta el mensaje, mi cuerpo se detiene. Paso unos
segundos analizando su comentario e intentando contestar con delicadeza.
—Bellissima, yo te amo, pero quizá, no sé… esto es un poco… quizá…
Neus estalla en una grandísima carcajada. Estoy tan bloqueado que no lo
veo venir y antes de darme cuenta nos ha volteado y ella está sobre mí.
Empieza a cabalgarme despacio y a pesar de la seria conversación que
acontece, gemimos por el placer.
—Verás, Piccolo —levanta su cuerpo y a la vez que habla se va dejando
caer lentamente—, quiero cuatro hijos. Deberían de llevarse no más de un
año cada uno. —Vuelve a caer sobre mí y creo que voy a enloquecer de
placer y de agobio—. Cuanto antes vengan los niños mejor, ¿no crees? —
Empieza a cabalgarme con más intensidad y siento su humedad bañar mi
abdomen cuando golpea contra él.
Ese sonido que me enloquece, el de su centro chorreante por el placer
chocando contra mí, se repite cada vez más seguido. Ahora mismo todas
mis capacidades están en el centro de mi cuerpo bombeando con fuerza
dentro del mejor lugar del mundo.
»¿No crees, Piccolo? —Que me llame así me excita aún más.
—¡Grrrr! —jadeo con fuerza conteniendo el orgasmo cuando siento que
el de ella empieza a fraguarse.
—¡Ahhh! ¡Sííí! Nunca. ¡Ah! Imaginé que… ¡Ah! Sin condón… ¡Ahhh!
Se sintiera así… —habla jadeante, gritando y gimiendo.
—Bellissima, deberías pararrrr… ¡Grrr!
—¡¿Por qué?! ¡Ohh… sí! ¡Más! —Salta sobre mí más rápido y con una
de sus manos pellizca mi pezón a la vez que con la otra lo hace con el suyo.
—Cielooo…
—Mmm…
—No sé si estoy listo para tener niños. ¡Joderrr! ¡Ahhh!
—¿Por qué?
—¡Grrr! Joder. Qué. Puto. Placer. No… Nooo… quiero hijos, al menos
no ahora. ¡Ahhh! —Excitado, gruño y jadeo. Hablar está siendo una tortura,
pero he de ser sincero con ella. Así que me concentro y lo digo de carrerilla
—. No los quiero aún, porque solo te quiero a ti. —Me mira sonriente y
sigue saltando sobre mi polla erguida. Incrementa la velocidad riendo a
boca llena y enloquezco por completo—. ¡¡Grrrr!! ¡¡Joder, Bellissima!!
Deja caer su cuerpo sobre el mío y siento su calor cubrirme. Sus duros
pezones arañan mi pecho y sus caderas bajan el ritmo y trazan círculos.
Frota su nudo de placer con mi cuerpo a la vez que mi polla crece aún más.
—Tomo anticonceptivos. —Abro los ojos en demasié y ella empieza a
troncharse de risa a la vez que jadea excitada.
—Vaya… —Levanta su trasero y se deja caer con mucha fuerza sobre mi
dura polla—. Pensaba que le estaba haciendo el amor a la dulce Neus, pero
ya veo que la graciosilla descarada ha venido a hacernos una visita. —
Golpeo con potencia dentro de ella.
—¡Ahhh! —jadea y ríe.
—Te voy a borrar esa risilla a estocadas. —La penetro de nuevo con
fuerza, hasta el fondo.
—¡¡Ahhhh!!
Se le borra la sonrisa y grita excitada cuando agarro sus caderas y, sin
control, entro y salgo de ella. La delicadeza ha desaparecido y ahora soy
como un animal enloquecido. Mis dedos se clavan en su nívea piel,
sujetándola algo alzada para poder entrar y salir, rápido y castigador. Se
yergue, y sus redondos y turgentes pechos, rebotan frenéticos en sus manos
mientras ella, enajenada, pellizca sus pezones. Siento el palpitar de su coño
y llevo mi mano a su clítoris. Mis dedos se deslizan sobre él a gran
velocidad, lubricados por sus fluidos. La sala se llena de gritos de placer y
cuando incremento la fricción, Neus se corre. Su placer, sin control, baña
mi cuerpo. Sale con fuerza mojando mi pecho y eso me enloquece aún más.
No dejo de estimularla y su corrida sigue salpicando mi pecho a la vez que
sus paredes me estrangulan la polla con fuerza.
—Eres el mayor espectáculo que he visto.
Me dejo ir llenándola con mi simiente y los fluidos de los dos se unen
cerrando el pacto. Estamos juntos.
Capítulo 26
He tenido dificultades para cruzar la puerta de entrada de Genesis
Marketing. Estoy tan henchido y feliz que la entrada me ha parecido más
estrecha que de costumbre.
—Hola, Laura.
—Buenos días, Sr. Falcó. —Hace la reverencia de rigor—. El Sr. Santos
hace un rato que llegó y solicitó reunirse con usted en cuanto apareciera.
—¿El Sr. Santos está aquí tan pronto?
—A mí también me ha sorprendido.
—Está bien, Laura, por favor, avísale que en diez minutos estaré en su
despacho.
Vuelve a hacer la reverencia y descuelga el teléfono a la vez que se
despide de mí.
Cuando llego a mi planta y veo a Henchman sentado frente a mi mesa de
escritorio, las sospechas se confirman, algo no va nada bien.
—Alberto —saludo escueto a Henchman cerrando la puerta.
—Sr. Falcó.
—Sin rodeos. ¿Qué coño está pasando?
—No lo sé, Alex. He llegado hace cinco minutos e imagino que sabemos
lo mismo. Laura me ha dicho que el Sr. Santos te esperaba para una reunión
urgente.
—Está bien, coge el iPad y vayamos. Lo mejor será que tú estés presente.
Asiente y emprendemos la marcha. Cuando entro en el despacho y veo a
Enrique con cara de oler mierda, sentado junto a su padre, un mal presagio
recorre mi cuerpo. ¿Es posible que, si compartes muchos fluidos con una
mujer y esta es medio bruja, se te pegue algo de sus poderes? «No es
momento de pensar en Neus y en el increíble domingo que hemos pasado
juntos». Cierto. He de centrarme. Al mirar a Miguel, su cara me preocupa.
—¿Hace falta que te traigas a tu perro faldero? —pregunta Enrique en
cuanto tomamos asiento Henchman y yo.
—No veo el problema, no soy el único perro faldero de la sala. —La
rápida y mordaz respuesta de Henchman me sorprende.
Pero es que Enrique siempre obtiene ese resultado en las personas, no
puedo culparlo.
—Lo que está claro es que tú necesitas bozal y…
—¡Silencio, Enrique! —ordena su padre molesto—. Alex, no sé si es
buena idea que Alberto acontezca lo que vamos a tratar en esta sala.
—Es mi mano derecha y todo lo que se hable aquí puede saberlo —
respondo con seguridad.
—Está bien, yo te he avisado. Creo que lo mejor es ir directos al grano y
no dilatar el asunto. Enrique, por favor.
Se levanta y siguiendo las órdenes de su padre, enciende la gran pantalla
que cubre el lateral de la sala. Cuando pulsa con el cursor del ratón el
símbolo del play, mi corazón se para por completo.
Se me ve de espaldas cargando con Neus sobre mi hombro y cómo azoto
su trasero en varias ocasiones. Entramos en mi despacho y se cierra la
puerta. Suelto el aire algo aliviado, pero dura solo los segundos en los que
la persona que está grabando abre de nuevo, solo un poco, lo justo. El vídeo
se ve muy nítido. Neus aporrea mi pecho con sus puños. Mi cuerpo se
abalanza sobre el suyo y poco después, levanto su pierna y empiezo a
follármela. No hace falta andar con más rodeos, esos son los conceptos
básicos que se visualizan.
Me he quedado tan absorto que no he sido capaz ni de detenerlo.
Henchman también está callado y entiendo que es porque está igual que yo
de sorprendido. El vídeo se corta justo antes de que lleve a Neus al sofá y
tenga el ataque de pánico. Aunque eso no aligera ni una pizca el enfado que
me está abrasando el estómago. Un silencio estremecedor ocupa la sala. La
pantalla está oscura, pero no soy capaz de apartar la mirada. Miguel
carraspea y llama mi atención.
—Verás, Alex, esto es…
—Esto es una invasión de mi intimidad y lo que es más grave, de mi
pareja.
—¿Disculpa? ¿Tu pareja? —pregunta sorprendido Miguel.
—¡Miente! —grita furioso Enrique—. Esta es solo una fulana que no
quería que se la follara y él la ha forzado.
Cuando llama «fulana» a Neus pierdo los papeles y me lanzo sobre él. Lo
levanto de la silla con los dos puños aferrados a las solapas de su traje. Pero
antes de que cometa una estupidez, Henchman me detiene.
—Alex. Deberías soltarlo.
—No, déjalo. Deja que demuestre de una vez por todas la calaña de la
que está hecho. Pegó a esa puta y ahora quiere golpearme a mí.
Mis dientes rechinan y creo que voy a perder algunas muelas debido a la
presión que estoy empleando las unas contra las otras. Intento contener la
furia y las ganas de pegarle una paliza. Creo que voy a acabar con un
esguince de mandíbula.
—Ha preparado dos cámaras en la sala, está esperando a que le golpees.
Cuando miro a Henchman, cabecea hacia dos pequeños puntos de luz
roja. Una en cada rincón de la librería que tiene Miguel detrás de su mesa.
—¿Cómo? ¿Pero qué…? —El Sr. Santos se gira y al ser consciente de
que lo que dice es cierto, sus ojos se abren desmesuradamente y buscan los
de su hijo.
En ese momento suelto con desprecio a Enrique contra la silla y dejo que
sea su padre el que le pida explicaciones.
—Enrique. Lo has orquestado todo tú. —No lo ha preguntado, es una
afirmación—. ¿Por qué?
—¿Yo? ¿Pero qué cojones ves en este mierda que siempre te pones de su
lado? ¡¿Es que no lo has visto?! No solo ha golpeado a esa furcia, también
lo ha intentado conmigo. Soy tu hijo, ¡tu hijo! ¡Yo heredaré esto! ¡¡YO!!
—¡Basta! —grita con su ronca voz Henchman.
Por suerte eso detiene el discurso de niño llorón de Enrique.
—Si vuelves a insultar a Neus seré yo el que estampe mi puño en esa
boca sucia que tienes. —Que salga en defensa de mi chica no me sorprende.
El sentido de la justicia forma parte de quien es él—. Sr. Santos, creo que es
un tema delicado y que debería de tratar con su empleado. Alex Falcó tiene
un currículum intachable, a diferencia de Enrique, y como mínimo se
merece la oportunidad de explicarse.
Enrique intenta protestar, pero Henchman se planta ante él y solo con su
amenazante mirada consigue que vuelva a cerrar el pico. Para ser sincero,
acojona. Cuando adquiere esa actitud impresiona, y eso que ellos no saben
de lo que es capaz. Si supieran que con una patada puede acabar con sus
vidas, hace rato que el gilipollas de Enrique estaría calladito.
—Dejadme a solas con Alex —pide Miguel.
Henchman con una sonrisa escalofriante, tiende una mano, en un gesto
servicial, para que Enrique pase primero. Este, dejando evidencia de que es
un mierda, baja la cabeza y sale a grandes zancadas blasfemando por lo
bajini.
—Me alegro de que al final lucharas por ella —susurra Henchman cerca
de mi oído para que solo yo oiga lo que ha dicho. Golpea un par de veces
mi hombro con su pesada mano y sale del despacho.
—Está bien, él tiene razón. No he sido justo contigo. Por favor, puedes
explicarme… todo.
—Lo cierto, Miguel, es que todo se resume en una frase. Ella es mi
mujer.
Deja caer su espalda en su gran silla de piel y sus manos entrelazadas
descansan sobre su prominente barriga.
—No quiero ser descortés, pero en el vídeo he visto como…
—Mire, no me voy a andar con rodeos. He azotado a esa mujer en el
trasero y espero poder hacerlo el resto de los años que me quedan de vida.
En ningún momento ha sido algo violento. Todo entre nosotros es
consensuado y no debería de ser incumbencia de nadie las prácticas
sexuales que mantengo con mi pareja. De todos modos, deje que le diga
algo, Sr. Santos —utilizo su apellido como muestra de distancia en nuestra
estrecha relación—, han vulnerado mi privacidad, pero lo que es aún más
grave, la de ella. Si estas imágenes ven la luz y ella se ve repercutida,
arrasaré el mundo entero si es necesario para limpiar su imagen. No me
importa lo que digan de mí, ni mi trabajo y mucho menos Genesis
Marketing. Solo me importa que ella no se vea afectada por nada de esto. Si
le afecta a nivel personal o laboral, las consecuencias por divulgarlo serán
devastadoras. ¿Lo ha entendido?
—Creo que tu explicación ha sido muy clarificadora. Por mi parte, lo que
hagas con tu chica no es de mi incumbencia. Me ocuparé personalmente de
eliminar el vídeo, y por supuesto, de Enrique, también de las cámaras de
este despacho. —Asiento con la cabeza y me doy la vuelta para largarme—.
Alex —vuelvo a girarme—, no debería haber dudado de ti.
No le respondo, solo asiento con la cabeza y salgo del despacho
intentando ordenar todas las emociones que me están consumiendo.
Capítulo 27
—¡Vamos! Triplazo de Laprovittola.
—Vaya jugadón. Sin duda, es uno de los mejores bases que ha tenido el
Barça de Baloncesto —le contesta Henchman a Quim que sigue centrado en
el partido.
Yo, sin embargo, hoy estoy un poco distraído. Después de lo que ha
ocurrido esta mañana no he remontado. He pasado el resto del día furioso.
Estaba tan enfadado que a media mañana he tenido que ir un rato al
gimnasio.
Una hora de cinta a la máxima velocidad que podían soportar mis piernas
y pulmones no ha bastado. Tampoco la canción Thunderstruck de AC/DC
estallando en mis oídos ha ayudado. Nada ha conseguido aligerar, ni un
poco mi enfado. No consigo quitarme a Enrique de la cabeza llamando a
Neus fulana, puta y furcia. El miserable se la ha estado tirando, disfrutando
de su cuerpo, su calidez, sus besos, su olor, y siempre la ha considerado
una… una… No hace falta repetirlo.
—Alex, deja de darle vueltas. Siempre hemos sabido que Enrique era un
imbécil. No dejes que te afecte —dice Quim sin despegar la mirada del
televisor.
—No estarías tan tranquilo si eso se lo hubieran hecho a tu dulce Chloe
—respondo atacándole y eso hace que deje de prestar atención al partido y
me mire.
—Mi dulce Chloe, en realidad es la dulce Chloe de los tres que estamos
aquí. Así que afloja. Bastante tengo con tener que compartir mi tiempo con
ella, con vosotros.
Henchman empieza a reírse y, con camaradería, golpea con su mano el
hombro de Quim.
—Está claro que mi dulce amiga saca al cromañón que llevas dentro.
—Hench, no me toques las narices. —Quim hace un tiempo que decidió
abreviar su nombre y parece ser que a él no le molesta.
—No seas injusto con Alex, sabes de sobra que tiene razón. Si estuvieras
en su lugar, es posible que Enrique ya descansara bajo tierra.
Quim resopla y apaga el televisor.
—Está bien, hablemos de esto antes de que lleguen de su paseo. Veremos
el partido después con la televisión a la carta. Lo siento, he sido un
insensible.
Neus y Chloe han salido a caminar un rato por la playa. Y los chicos nos
hemos quedado a ver el partido en casa de Quim y Chloe. Cuando vuelvan
cenaremos.
Desde que vieron que desaparecimos juntos en la fiesta del cuarenta
aniversario, no han dejado de enviarnos mensajes. Al final, para que nos
dejaran en paz, le contesté a Quim: «Dejarnos recuperar el tiempo perdido.
Cenamos esta noche en vuestra casa y os contamos». Eso sirvió, porque no
enviaron más mensajes, solo contestó con un escueto «ok».
Hemos llegado algo más pronto para ver el partido de baloncesto. Al
bajar del coche he detenido a Neus.
—¿Dónde vas tan rápida?
Me ha mirado sin entender, hasta que ha visto mi mano extendida
esperando la suya. Mis huevos han caído al suelo cuando la sonrisa más
bonita que he visto nunca se ha formado en su rostro. Con decisión ha
entrelazado sus dedos con los míos y tras un beso rápido hemos cruzado el
jardín delantero.
Chloe ha empezado a dar saltos de alegría como una niña en cuanto ha
abierto la puerta y ha visto nuestras manos unidas. Quim mientras me daba
un fuerte abrazo, me ha susurrado: «Ya era hora, hermano. Me alegro por
vosotros». Poco después ha llegado Henchman y haciendo honor a su
habitual manera de ser solo ha dicho: «Bien hecho».
—Y bien, ¿qué es lo que pasa? —cuestiona mi mejor amigo.
—¿Te parece poco que mi jefe haya visto un vídeo sexual mío tirándome
a mi mujer? —Quim sonríe ladino—. Por favor, cuéntame el chiste, así reiré
contigo.
—¿Has oído lo que has dicho? —me pregunta a mí, pero lo hace mirando
a Henchman.
—Yo sí que lo he hecho. —Le sigue este con la misma sonrisa.
—¿Qué?
—La has llamado «mi mujer».
Niego con la cabeza y ahora soy yo el de la sonrisa. Me gusta llamarla
así, hace que sienta que ahora es cien por cien mía. De nadie más. Es una
chorrada, pero me reconforta.
—¿Y si sale el vídeo a la luz? Me preocupa que afecte a Neus.
—Yo me he encargado de eso. Ese vídeo no llegará jamás a ser visible.
—¿Ya? —Le pregunto sorprendido a Henchman.
—Podrías haberme dicho desde el principio que lo que te ha preocupado
todo el día era eso. Cuando has salido del despacho ya me había encargado
de eliminarlo todo. He borrado la huella digital que se ha creado al grabarlo
en la nube del móvil de Enrique. Y cualquier rastro que haya podido dejar
en los archivos de Genesis Marketing. Tenía una copia del vídeo en el
servidor de la compañía. Dentro de su carpeta personal. Ahora mismo es
como si nunca hubiera existido.
Espiro con fuerza, y en la exhalación dejo que la preocupación fluya
fuera de mi cuerpo.
—¿Por qué no me lo has dicho antes, cabronazo? ¿Sabes el día que he
pasado? Es alucinante lo que eres capaz de hacer.
—Pensaba que estabas avergonzado porque te hubiéramos visto todos
tirándote a Neus —sigue con la conversación sin hacer alusión a mis
elogios.
—Eso no me importa. Lo cierto es que me ha gustado que el gilipollas de
Enrique fuera testigo de quien es el que se va a hundir entre sus piernas el
resto de sus días. —Los tres rompemos en una fuerte carcajada y me relajo
—. Estoy seguro de que el Sr. Santos ya ha bloqueado las cuentas de
Enrique. Será divertido ver cómo se gestiona sin el dinero de papá.
—¿Le ha bloqueado las cuentas de la empresa? —pregunta curioso
Henchman.
—Sí. El Sr. Santos me ha llamado por la tarde y se ha disculpado por lo
ocurrido. Le tengo mucho aprecio y la verdad es que todo este asunto me ha
dolido. Que desconfiara de mí así, ha sido un duro golpe.
—Pobre hombre, tener un hijo como Enrique debe de ser su penitencia
—afirma Quim.
—Sin duda. Miguel es un hombre íntegro y trabajador, y su hijo es… un
gilipollas y un vago. El pobre me ha dicho: «Entiende que, aunque es un
desastre de persona, es mi hijo». Lo cierto es que siento pena por él.
»Ha decidido que va a privarlo de manera indefinida de su cuenta de
empresa. Cualquier chorrada que necesite, va a tener que pedírsela a su
padre. Será divertido ver cómo consigue dinero para pagar sus carísimos y
sucios vicios sin que su padre se entere de cuáles son.
—Pues a mí eso me preocupa —suelta Henchman—. No me fio de él.
Estoy seguro de que después de esto no se va a quedar de brazos cruzados.
—¿Y qué va a hacer? Sin un duro y desprestigiado, poco más le queda.
—No sé, Alex, estoy con Henchman. No me fío de Enrique. —La
conversación me está agobiando y me pongo en pie acercándome a la
ventana para ver el paisaje. Me alucina este lugar. El jardín con el mar de
fondo es idílico y consigue calmar el alma.
—No te preocupes por eso ahora, yo me encargo.
—Ves, Chloe, Henchman se encarga de la cena —dice Neus entrando por
la puerta como un vendaval. Me giro y la veo con esa energía innata que
siempre tenía y que parecía haber perdido.
Camina con decisión hacia mí. Nada más existe. Tiene una meta y esa
soy yo. Acabo de recordar la primera vez que la vi. Abrió la puerta de la
habitación del hospital en la que estaba ingresado Quim, y su fuerza y
energía llenó la estancia. ¿Puede que ese día ya me enamorara un poco de
ella? Puede.
Su mano rodea mi nuca y estampa sus labios sobre los míos. Todos están
tan sorprendidos que se han quedado en silencio mirándonos. Cuando acaba
de besarme se gira y les dice:
—Lo veis. ¿Os dais cuenta? Así de incómodos y pegajosos sois vosotros
dos todo el tiempo. —Señala a Chloe y Quim—. Qué ganas tenía de daros
algo de vuestra propia medicina. —Todos reímos con su salida. Es única.
Sin duda es la mejor cena que hemos compartido en mucho, mucho
tiempo. Neus está exultante. Ríe relajada y cada vez que puede suelta
alguno de sus horribles chistes. Son tan malos que hasta ha conseguido
sacarle unas risas a nuestro imperturbable Henchman. Son estos momentos,
esos que parecen insignificantes, a los que no les das importancia, los que
hay que conservar para siempre en el recuerdo. Mi hermano y mi cuñada,
después de lo que han sufrido, son muy felices. Henchman sin duda tiene
una cuenta pendiente en alguna parte, pero, hoy, aquí, se nota que se siente
bien. Para mí ya es un grandísimo amigo, estos meses trabajando juntos nos
han unido. Y Neus, qué puedo decir, la amo. Y saber que ella está contenta
con nuestra situación me llena el corazón.
Capítulo 28
—Hoy os he puesto sábanas limpias —confirma Chloe.
—¿Eso quiere decir que he dormido siempre en sábanas sucias? —
pregunto divertida.
—Mira, creo que voy a ser sincera con los dos. Os he hecho dormir
siempre en las sábanas en las que había pasado la noche el otro.
—¡¿Qué?! ¿Tú eres consciente de la tortura que era para mí dormir con
su pestazo toda la noche? —digo intentando aparentar que estoy enfadada.
—Sois tan monos.
—¿Monos? —pregunta Alex.
—Los dos me sugeristeis que no era necesario que cambiara las sábanas
si solo había dormido el otro. —Se ríe negando con la cabeza y nos besa en
la mejilla a cada uno—. Buenas noches, os quiero.
Sin más se da la vuelta a la vez que Quim la rodea con el brazo y se
pierden en su dormitorio cuando la puerta se cierra al final del pasillo. Alex
y yo nos hemos quedado tan cortados por el comentario que seguimos en el
umbral de la puerta sin movernos.
—Nos hemos comportado como dos idiotas —sentencio.
—Pues hagamos algo para arreglar esta idiotez. —Alex, con una
velocidad inesperada, pasa su brazo por debajo de mis piernas y me alza—.
Entraremos con el pie derecho.
—No nos hemos casado y esta no es nuestra noche de bodas. —Río
divertida cuando sus cejas suben y bajan rápidas.
—Pero podemos hacer como si lo fuera. Siempre he pensado que la
noche de bodas debe de ser de lo más excitante.
Riendo entramos en el dormitorio y cuando llega a los pies de la cama
me deja caer con cuidado.
—Lo de excitante me ha gustado.
—A mí quien me gusta eres tú. —Solo con eso consigue que me deshaga.
Nos besamos de una manera desconocida para mí. Bueno, ya no lo es,
pero lo era antes de él. Besar a Alex es como si entraras dentro de una
lavadora justo en el momento del centrifugado. «Una comparativa muy
idónea y romántica». Cabezota pesada. «Es que eres menos romántica que
una cena de plato combinado número ocho en un bar de carretera». Sonrío
por las tonterías que puedo llegar a pensar.
—¿Me cuentas a mí también el chiste y me río contigo? —pide Alex.
Piensa, cabezota, busca una respuesta rápida. Siempre parloteando y
ahora te quedas en blanco.
—Mmm… —Vuelvo a besarle para ganar algo de tiempo—. Pensaba en
el comentario de Chloe —digo con soltura.
—Adoro a mi cuñadita, pero ha conseguido avergonzarme y eso tiene
mérito, es algo casi imposible.
Vuelvo a besarle. Enredo mi lengua a la suya y disfruto de algo que no
hacía desde mi juventud. Besarme con el chico que me gusta sin prisa.
Disfrutarlo. Acariciar su rostro y embeberme de su sonrisa. Estamos
tumbados de costado, el uno frente al otro. No nos hemos ni quitado la ropa.
Porque ahora mismo lo que más deseamos es solo darnos cariño. Sin más
pretensiones que las de sentirnos y mimarnos. Me encanta. Me siento en
paz cuando estoy junto Alex y esa es otra de las cosas que nunca había
sentido cerca de un hombre. Siempre estaba a la defensiva, preparada para
atacar y en guardia para salir corriendo. Ahora mismo, solo deseo que los
minutos se ralenticen y este rato mundano que estamos compartiendo se
alargue. La necesidad de sexo constante está ahí, acechando, removiéndome
por dentro. Las adicciones no desaparecen de la noche a la mañana. Pero
Alex me colma de tanto cariño y atenciones, que siento que eso compensa
parte de la ansiedad que siento intentando controlar mis necesidades más
primarias. Desde el sábado por la noche nos hemos acostado varias veces.
Algo que prohibiría de inmediato a una paciente con trastorno de la
hipersexualidad. Si quieres controlar una adicción, lo correcto es eliminarla,
suprimirla de tu vida. Esto no se lo puedo decir a Alex, si lo hago no
volverá a acostarse conmigo hasta no tener la certeza de que lo he superado.
De todos modos, y aunque ya sé que no debería autodiagnosticarme, estoy
mucho mejor. Yo soy adicta al sexo agresivo, castigador y doloroso. Porque
llevar a mi cuerpo a límites tan altos, es lo que hace que desaparezca la
ansiedad y controle el pánico. Con mi Piccolo estoy descubriendo que el
cariño, las caricias y los besos llenos de amor son una terapia muchísimo
mejor.
—Me encantaba dormir aquí, envuelta en tu perfume —digo con total
sinceridad.
Nos volvemos a besar a la vez que Alex me acaricia el cabello y retira
con la puntita de sus dedos el flequillo de mi rostro. Lo hace
constantemente y me encanta, hace que todo el vello de mi cuerpo se erice
debido al placer que me produce.
—Yo dormía con la cara hundida en la almohada.
Pasa un largo rato en el que, como si fuéramos dos adolescentes, solo nos
besamos y, no voy a mentir, nos restregamos el uno contra el otro. Es como
un baile de caderas y piernas enredadas que sigue el compás que marcan
nuestras caricias. Las respiraciones se agitan y siento mi humedad empapar
mi braguita. La dureza de Alex va en busca de cualquier parte de mi cuerpo.
—Pasaba las noches imaginando que te hacía el amor contra esa ventana.
Contemplando el mar.
—¿En serio? —Doy un salto de la cama.
—Joder, Neus. ¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? —Me quito la camiseta y se la lanzo a la cara—.
Ven aquí ahora mismo.
El pobre alucinado se levanta y se me acerca. Sin pensarlo, cojo su
camisa celeste y tiro con fuerza, haciendo que todos los botones salten.
—Vale, lo he pillado. Perdona, cielo, hay veces que soy un poco lento.
Me troncho de risa cuando gira mi cuerpo y lo empuja contra la ventana.
Me encanta que sea romántico y dulce. Sin embargo, yo siempre seré yo. Y
eso nada tiene que ver con mi adicción. Es cierto que he de aprender a
gestionarlo de manera más saludable, pero Alex, sin ser consciente, me está
ayudando a eso. Aun así, no quiero pasarme la vida en una cama haciendo
el misionero. Mucho menos cuando el rubio más sexy que he conocido es
capaz de hacerme ver las estrellas cada vez que me penetra con rudeza.
Sus manos ágiles sueltan el botón del tejano y lo quita arrastrando todo a
su paso. Con un toque de su pie separa mis piernas y estampa su mano con
fuerza en mi trasero.
—¡Ahh!
—No grites y mira. —Peina mi cabello con destreza hacia atrás, una vez
lo tiene todo en su mano, tira y me obliga a levantar la cabeza.
No hay ningún dolor, solo siento la tirantez. Él nunca me haría daño.
El mar platino ondea calmado y el cielo está bañado de millones de
estrellas. Las vistas desde «nuestro dormitorio», así es como lo llama
Chloe, son aún mejores que desde el salón.
—He pasado muchas noches mirando por esta ventana y soñando con
esto.
Acompaña a su dureza con la mano y la frota por toda mi vagina,
esparciendo mis fluidos por su excitado y grueso pene. Me estimula y
masturba durante un rato con su dura polla frotándola contra mi clítoris. Su
cuerpo está pegado a mi espalda y a la vez lame, besa y muerde mi cuello.
Y yo mantengo la mirada en el abrumador paisaje que ofrece el
Mediterráneo bañado por la noche. Cuando se introduce en mí, lo hace con
tanta intensidad que los talones se levantan del suelo y solo me sostengo
con la punta de los dedos.
Entra y sale con fuertes estocadas y no puedo evitar gemir. Nuestros
amigos deben de ser completamente conscientes de nuestra fiesta, pero no
me importa. Siento el calor y la humedad de su lengua recorrer toda mi
columna. Cuando llega al cuello, tira mucho más fuerte de mi cabello,
provocando que me curve por completo, y en una postura casi de
contorsionista, nos besamos. Con furia, con pasión, con necesidad. Rompe
el beso e incrementa la velocidad. Gemimos y jadeamos. Tengo que
sujetarme al marco de la ventana para no caer.
—Vámonos de viajeee... ¡Grrr!
—Piccolo. Cállate y fóllame más fuerte. —Alex ralentiza el ritmo.
—Nos vamos de viaje.
—Alex, estoy a punto de correrme, por el amor de lo que más quieras, no
pares.
—Viaje. —Penetra con fuerza sujetando mi cadera para que no caiga.
—¡¡Ahhh!!
—Viaje. —Repite con intensidad y se queda quieto.
—Deja de torturarme. —Llevo mi mano sobre mi clítoris y lo froto con
intensidad.
—Bellissima, te correrás cuando aceptes. —Me gira y en cuanto carga
conmigo, me empotra contra la pared y me folla enloquecido. Pero justo
antes de que llegue al orgasmo se detiene.
—Te odio.
—Te encanta. Acepta.
—No puedo —gimo con fuerza cuando vuelve a la carga con sus rudas y
rápidas penetraciones—. El nuevo centro. Joder, Alex, fóllame y deja de
detenerte.
—Cierra tres días, solo eso. Nos vamos el viernes y volvemos el
miércoles.
Si no acepto es capaz de tenerme toda la noche así.
—Vale. Vale. ¡Valeeee! —hablo a la vez que jadeo por el placer que me
produce el frenético ritmo que ha tomado.
***
—Muy buenos días —saludo en cuanto llego a la cocina con Alex
descansando su brazo sobre mis hombros.
—Sin duda serán buenísimos para vosotros dos —ironiza Henchman—.
Todos hemos podido comprobar que ha sido una gran noche… pero solo
para vosotros, el resto no hemos pegado ojo. Creí que dormir en el sofá
sería lo más duro, pero está claro que toda la dureza se la llevó Alex
anoche.
Quim se troncha de risa, mientras Chloe niega con la cabeza divertida.
—Hench, no te pega nada este momento de envidioso… quizá deberías
espabilar y buscar con quien pasar las noches en vela.
Todos se callan y se crea un mal ambiente. Está claro que lo que acabo de
decir ha molestado a Henchman, que ha bajado la cabeza y mira su taza de
café como si en ella viera algo que nadie más podemos. Cuando miro a
Chloe, ella niega con la cabeza, al buscar ayuda en Alex, él junta sus labios
haciéndome la señal de silencio. Es en ese momento, cuando Henchman
habla, que me doy cuenta de la gran metedura de pata.
—Esa persona existe, pero no todos tenemos la suerte de poder estar
junto a quien deseamos.
Capítulo 29
Hemos trabajado horas extras los dos para poder irnos el viernes. Al
final, hablamos como dos personas normales y no en medio de un polvo.
Alex ha tenido que cerrar varios temas, ya que está en la cuerda floja con un
cliente. Tendrá que estar pendiente de los mails y el móvil, pero lo
importante lo ha dejado arreglado.
Cerrar mi centro tres días me ha hecho mover toda la agenda. Pero si de
verdad quiero intentarlo —y es lo que deseo—, he de aprender a
anteponerlo al trabajo. Al menos siempre que sea posible.
Salgo sonriente del piso arrastrando mi maleta y en cuanto lo veo, me
detengo en seco. Alex lleva un gorro crema que cae algo arrugado hacia
atrás y una chaqueta plumón del mismo color. Es lo único que no me
sorprende de lo que estoy viendo. Ya me avisó que donde íbamos haría frío
y yo también voy preparada. Lo que me inquieta es lo que tiene detrás.
—¿Eso qué es? —Señalo con el dedo sin avanzar.
—Tatatachannn… —exclama abriendo sus brazos como si acabara de
hacer un número de magia—. Bellissima, esta será nuestra casita durante las
vacaciones. Sarà fantastico.
No me convence ni con sus zalamerías en italiano. Y eso que me vuelve
loca oírlo hablar así. Me doy la vuelta y camino de vuelta para casa.
—Vale, vale. Alto. —Sujeta mi brazo para que no avance más.
—Yo quería irme de vacaciones de verdad. No a una comuna de hippies.
—Blancanieves, no te pega nada ser una pija remilgada.
—¡¿Pija remilgada?! Sr. Falcó, si lo que pretende es convencerme va por
muy mal camino.
—Al menos deja que te la enseñe. Ven. —Tira de mí y me besa, es en ese
momento cuando me ablando. «Floja». Lo sé—. Está completamente
equipada. Mira.
Asomo la cabeza por la puerta y me quedo alucinada.
—No me lo imaginaba así.
—Aunque por fuera parezca solo una furgoneta…
—¿Solo una furgoneta? Piccolo, es una furgoneta retro de color amarillo
canario. Esto —digo señalando lo que parece un plátano gigante— no tiene
nada de «solo». Estoy convencida de que no había nada más cantón.
—Pija.
—Hippie zumbado.
Me mira serio y de repente empieza a reír a boca llena y yo no puedo
evitar contagiarme.
—Bellissima, el color no puedes negar que es una pasada. Es amarillo
libertad, amarillo sol, amarillo vacaciones, amar…
—Valeee… capto el mensaje. —Quiero aparentar seriedad, pero es que
está tan mono con esa cara de ilusión. Y tan emocionado con que sea
amarilla, con lo de irnos en ese trasto de vacaciones, que no puedo borrar la
sonrisa bobalicona de mi rostro.
—Por favor, deja que te enseñe cómo es por dentro, es alucinante, no le
falta detalle. Es la camper de más alta gama que tenían en la empresa de
alquiler. Tiene de todo. Nevera, cocina, calefacción y mira, aquí —abre una
pequeña puerta por la que su metro noventa no tiene cabida—, está el baño
con ducha.
—Piccolo, tú no cabes ahí. —Empiezo a reírme otra vez.
—Eso no es relevante. Donde sí que quepo es ahí. —Señala la cama que
hay en la parte trasera de la furgoneta.
La cubre una manta gruesa de pelo en color tostado y varios cojines
crema la decoran. Las ventanas del fondo están adornadas por cortinas
beige. Y las paredes están todas revestidas de madera. El lugar se ve muy
acogedor. Parece una pequeña cabaña. Lo cierto es que es muy bonita por
dentro. Por fuera canta de narices, pero he de reconocer que también tiene
su rollete guay que tenga ese aspecto retro.
Alex me mira intensamente, está analizando mi reacción y parece que se
da cuenta de que, aunque en principio me haya negado, lo cierto es que la
idea me parece loca, tanto que me encanta. Una increíble sonrisa cubre su
rostro y dándome una suave cachetada en el trasero, me dice:
—Venga, saca tus cosas de la maleta y mételas en los armarios de allí
arriba. Dejaremos las maletas en tu casa, así aprovechamos mejor el
espacio.
—¡Uy! Sí. Sin duda no llevarlas marca una considerable diferencia.
Me troncho de risa. Aunque hago lo que me pide, porque lo de esta
semana ha sido para que hoy se salga con la suya.
El martes salimos de casa de Chloe y Quim muy temprano y me dejó
directamente en el hospital. La mañana fue larguísima. No había dormido
casi nada. Poco después de llegar al centro, por la tarde, llamó al timbre un
mensajero y ahí empezó todo.
Cuando abrí la caja, había otra de bombones y sobre ella, en una nota,
rezaba:
Quedan cinco días para irnos de vacaciones.
Cuando llegue el viernes no habrá nada que desees más
que estar conmigo los cinco siguientes.
Estos bombones no son ni la mitad de dulces que tú.
La canción de hoy es Idiotas de Nil Moliner.
Te quiero,
Piccolo.
Casi me muero del ataque de risa que me dio con su romanticismo
anticuado. Después puse la canción y… y… me enamoré aún más de él.
Porque no se lo he dicho, pero es así, me tiene locamente enamorada. Tanto
que estoy acojonada. En cuanto conseguí calmarme, le envié un mensaje.
Neus:
Mira que eres empalagoso e «idiota». Pero, aun así,
yo también quiero que tus dedos me describan y me
provoquen un incendio.
Estoy deseando que me provoques una guerra mundial.
Alex:
Sabes que los dos somos unos «Idiotas».
Prometo respirarte lentamente y después
seremos como dos salvajes.
He recibido un paquete cada día y en la tarjeta que lo acompañaba añadía
una nueva canción.
Quedan cuatro días para irnos de vacaciones.
Es un frasco de mi perfume, así podrás rociarlo en tu cama.
La canción de hoy es Tú me has cambiado de Bombai.
Te veo esta noche,
Piccolo.
Decir que yo le he cambiado a él, después de todo lo que ha conseguido
conmigo me parece hasta de chiste. Alex no es consciente de todo lo que
está consiguiendo sanar en mí y de todo lo que está cambiando dentro de mí
gracias a él.
Neus:
Sin duda mi cielo se pintó de azul cuando apareciste tú.
Alex:
Tú me has cambiado, suerte la mía poderte encontrar.
Me complementas, eres mi mitad. Me has hecho vudú.
El tercer día me llamaron a la consulta del hospital porque tenía una
visita que exigía mi presencia. Muy molesta le expliqué a la chica del
teléfono, una nueva enfermera en la planta, que cuando estoy atendiendo
pacientes no se me puede interrumpir. La chica, apurada, dijo que al parecer
era algo muy importante y urgente. Cuando salí pisaba el suelo con tanta
fuerza que creí que lo hundiría a mi paso, hasta que vi a Flavio con una
sonrisa canalla. Solo dijo «Ese sciocco innamorato me mata si no te entrego
el pedido caliente. Goditela bella.»
Quedan tres días para irnos de vacaciones.
Sé que cuando doblas turno no paras a comer.
Espero que Flavio te entregue el plato de pasta caliente.
Si no es así, me lo dices y miro de acabar con su vida.
La canción de hoy es Mis cicatrices de Nil Moliner.
No dejo de pensar en tu cara de placer con el
segundo orgasmo de anoche.
Piccolo.
Esta canción ha sido un duro golpe. Porque levantarse y curar las
cicatrices es muy difícil, sobre todo cuando se marcan en tu alma para
siempre. He llorado y sigo haciéndolo, pero sé que Alex será el que me
ayude a sanar.
Neus:
Te prometo luchar por amor.
Alex:
Bellissima, lucharemos juntos por amor y caminaremos juntos.
Los besos curarán todos los miedos.
Solo hemos podido pasar una noche juntos en toda la semana. Los dos
vamos desbordados de trabajo porque irnos de vacaciones requiere que
tengamos que trabajar el doble. Aun así, Alex ha encontrado tiempo para
llamarme todos los días, y, sobre todo, para enviarme los paquetes. Unos,
que para ser sincera espero con ansias. Cada día es una sorpresa.
Quedan dos días para irnos de vacaciones.
Solo puedo imaginarte lamiéndola.
La canción de hoy es La Chispa de Lérica y Nil Moliner.
Llevo duro todo el día.
Piccolo.
Cuando desenvolví el paquete y vi la piruleta gigante en forma de
corazón, no lo pensé. Me desnudé y le envié una foto lamiéndola como si
fuera una niña buena y desvergonzada. Con una mano la sujetaba y la otra
acariciaba entre mis piernas. Bajo la foto añadí:
Neus:
Vamos a pasarlo bien, tú tienes el sabor y yo te doy mi querer.
Alex:
Y yo lo quiero todo contigo.
En cuanto piso la acera me doy cuenta de que voy con una sonrisa
bobalicona en la cara. Y es que esta ha sido mi expresión gran parte de la
semana. Él causa ese efecto en mí. Camino hacia la furgoneta y veo que
está sentado en el escalón de la puerta corredera lateral. Da un salto con
entusiasmo y me llama con el dedo índice, flexionándolo hacia él.
—¿No has echado de menos el paquete y la canción de hoy?
—Lo cierto es que esperaba que volviera el mensajero, me tiene loca con
esos músculos y esos labios —cierro los ojos y gimo—, si lo vieras.
—Neus.
—Mmm… —Sigo sin abrir los ojos y con mi papel de enamorada del
mensajero. Sin duda, una de mis cosas preferidas es hacer enfadar a Alex.
Escucho los primeros acordes de Mundo imperfecto de Sidecars.
Dan ganas de subirte el volumen
Poder memorizar cada gesto
Quisiera preservar tu perfume y llevármelo puesto
Me muero por beber de tus labios
Te asusta que seamos honestos
Quisiera que llenaras estadios y rompieras el techo
Y todo llegará
Si no le metes prisa al tiempo
Y aguantas lo que aguante el cuerpo
Si esperas nunca habrá un momento
Perfecto.
No apagues esa luz prendida
Ni cedas al tercer intento
Bienvenida al escuadrón suicida
Bienvenida a este mundo imperfecto
Abro solo un poco un ojo y veo un hilo rojo colgar delante de mi cara.
Como la intriga me puede, decido dejar mi papel y prestar atención al rubio
que tengo delante con expresión relajada. No hay ni pizca de enfado o celos
en su rostro. Lo único que veo es decisión. La canción sigue sonando desde
la furgoneta.
—¿Sabes? He investigado sobre la leyenda japonesa del hilo rojo.
Que se acuerde que lo comenté me demuestra que Alex siempre me
presta su máxima atención. Que me escucha, y, sobre todo, que le importa
lo que tengo que decirle.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué descubriste?
—Que tú eres mi otro extremo.
—Y eso… ¿Cómo lo sabes?
—Porque la leyenda dice que un hilo rojo invisible, que viaja del corazón
hasta anudarse al dedo meñique, está conectado al dedo de aquella persona
con la que estás destinado a encontrarte, sin importar el tiempo, lugar
o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer, enredar, pero nunca
romper. —Levanta mi mano y da varias vueltas con el hilo a mi dedo
meñique. Después levanta su otra mano y veo como el hilo nos conecta—.
Tú eres mi otro extremo. Bienvenida a este mundo imperfecto.
Capítulo 30
Al acabar de explicarme la leyenda, Alex, ha recogido los pedazos que
quedaban de mí después de la explosión que ha hecho mi corazón y, sin
dudarlo, he subido a la furgoneta. Desde ese momento he entrado en un
estado de… de… «Atontada nivel Top10». Sí, algo así. «Llevas desde que
hemos salido pestañeando exageradamente cada vez que te mira, se te va a
rallar la córnea de tanto frotarla con el párpado». No exageres. «Exagerar,
pero si hasta has intentado ponerte seria y te ha sido imposible debido a la
contractura facial que has sufrido». Está bien, estoy que me muero por los
huesitos de mi Piccolo. «Aleluya, Aleluya, Aleluyaaa…». Vale, vale,
tampoco exageres, relájate. «Quizá la que debería relajarse eres tú, si sigues
mirando el dedo se te va a desintegrar». No lo estoy mirando tanto, bueno,
un poco. Pero es que eso ha acabado de rematarme.
Mientras estaba en mi estado de atontada total, ha sacado una pequeña
tijera de su bolsillo, ha cortado dos trozos del hilo y me ha hecho un anillo
con él en el dedo meñique, hasta lo ha adornado con un pequeño lazo. Al
darme el otro trocito, yo, sin dudar, he hecho lo mismo en su dedo, pero sin
lazo, solo un par de nudos.
De verdad que todo era como si estuviera en una película de Disney. Mi
caballero ha venido a rescatarme en su flamante furgoneta y yo, con mis
largos cabellos al viento, me he puesto el cinturón. En los dibujos mola más
porque los caballos y aferrarse a su cintura es algo más romántico, la
verdad. Pero para mí todo es perfecto. «Dirás que era perfecto». Con lo a
gusto que estaba yo en mis fantasías, eres una cabezota entrometida.
—¿Piensas ayudarme? O prefieres que con la mano libre que tengo te
haga un masaje en los pies. ¡Ah! No, espera, que no tengo ninguna jodida
mano libre. En realidad, las tuyas me vendrían de perlas.
—Sr. Falcó, el sarcasmo no va mucho con usted —ronroneo y acaricio
con mi pie su muslo hasta llegar a rozar el abultado paquete.
—¡Auch! ¡Joder!
Me agacho y miro bajo la furgoneta. Alex tiene una mano sobre la cabeza
y blasfema a la vez que gruñe. Es una habilidad poder hacer ambas cosas a
la vez.
—¿Estás bien?
—¡¡NO!! ¡¿Quieres matarme, mujer?! —grita furioso.
«Deberías ayudarlo, ¿no te da pena?».
—Ufff... ¿Cómo puedo ayudarte?
—Ven aquí.
—¡¿Bajo la furgoneta?! Ah, no, eso no.
—Neus Blázquez, por el amor de Dios, ven aquí y ayúdame.
—Ufff… —Vuelvo a resoplar, pero al final cedo y me quito la chaqueta.
Al estirarme boca arriba en el suelo, arrastro mi cuerpo por el asfalto del
arcén para llegar hasta donde está él—. ¡Auch!
—¿Qué?
—Me estoy clavando la gravilla.
—Prometo, después, lamer todas tus heridas. —Río porque lo ha dicho
con voz sensual y es el momento menos adecuado para eso—. Ese sonido
me gusta mucho más. Pero deja la risilla y sujeta aquí.
***
Hace dos horas que pasamos la frontera y estamos a unos diez
kilómetros de un pueblo francés del que no había oído hablar en mi vida.
Alex dice que sabe muy bien donde va, pero yo hace una hora que llegué a
la conclusión de que va más perdido que un pedo en un jacuzzi. Para
rematar, en el cuadro de mandos ha empezado a parpadear la luz que indica
la bajada de presión de los neumáticos. No es que sirva de mucho, ya que te
avisa cuando se deshincha un poco, pero lo marca igual cuando se queda sin
aire. Seguido de la luz hemos sentido un traqueteo que ya anunciaba lo
evidente. Neumático pinchado. Llevamos unos veinte minutos intentando…
«¿Llevamos?». Lleva o llevamos es casi lo mismo. A lo que iba, Alex lleva
sacando la rueda de repuesto alrededor de veinte minutos. Menos mal que al
final he decidido ayudarlo.
No quiere llamar a la grúa. Cree que es mucho más rápido que lo haga él.
Así que aquí seguimos. Con la ropa sucia y peleando como si fuéramos un
matrimonio de viejos.
—¡¡Voilà!! —exclama Alex más de una hora después.
Su cara parece la de una cebra de tantas rayas negras que tiene, ha ido
pasando sus manos sucias por ella y lo cierto es que está de lo más mono.
No le digo nada porque aún se palpa algo de tensión entre los dos. Está
claro que cambiar ruedas no es una actividad que vaya a repetir con él.
Nunca.
—Hay un área de descanso a un par de kilómetros, podemos parar,
darnos una ducha y tomar un café.
Sonaba todo a un fantástico plan, si no fuera porque el mísero chorro de
agua que sale de la alcachofa de la ducha está más frío que el Ártico.
—¿Ahora por qué no funciona esto? Lo comprobé antes de salir y todo
iba perfecto. ¡Joder!
—Con lo bien que estaríamos en un hotel, dentro de su enorme bañera.
—Cuando lo digo, Alex se gira y me mira desesperado.
—Por favor, puedes estrangularme y acabar con mi vida. Morir es mejor
que esto, seguro. —Envuelve su cuello con la manguera de la ducha y me la
tiende.
Rompo en carcajadas. Río sin parar sujetando mi vientre y doblándome
hacia delante. Y es que, desde que hemos salido, es como si estuviéramos
en una de esas películas chorras, en las que solo pasan cosas ridículas e
imposibles. Río tanto que me caen lágrimas. En solo unos segundos, Alex
me sigue. Parecemos dos locos tronchándonos. Es tanta la risa floja que nos
ha dado que no me sostengo en pie y me dejo caer de espaldas en la cama.
—No te soporto. —Ríe Alex dejando caer su cuerpo sobre el mío—. Eres
la mujer más quejica del mundo.
—Y tú el hombre más torpe. ¿Cómo se puede ser tan poco habilidoso? —
Río aún más fuerte, tanto que casi no puedo respirar.
—Te voy a enseñar lo hábil que puedo ser cuando me interesa. —Muerde
mi cuello y siento sus caderas moverse sobre las mías.
Mi risa se va aflojando y una risilla tonta acompaña mi primer gemido.
Sus manos, con agilidad, demostrando que no es torpe para todas las
materias, hacen que mi ropa desaparezca en un segundo. Antes de que me
dé tiempo a reaccionar, su lengua lame con hambre entre mis piernas. Sentir
el calor de su aliento y cómo sus dedos buscan dentro de mí ese lugar de
máximo placer, consigue que me desespere. Grito, gimo y levanto mis
caderas buscando más, mucho más contacto con la ágil lengua que consigue
cimbrear todo mi cuerpo. En pocos minutos estallo en un fuerte orgasmo
que se prolonga cuando Alex me penetra de una estocada certera y bombea
dentro de mí. Al besarme saboreo mis fluidos mezclados con su sabor y me
excita tanto que pierdo el control, lo devoro, succiono y lamo. Es una
necesidad primaria, todo me parece poco, necesito más, lo necesito a él.
Siendo esclava del mayor placer, le ruego más entre gritos. En este
momento no hay nada que me pueda importar, salvo él. Mis manos recorren
su cuerpo definido, su suave piel del pecho, siento la dureza de sus pezones
y cómo se yerguen más al pellizcarlos. Sigo acariciando y cuando llego a su
culo, uno esculpido por dioses, golpeo con fuerza sobre él. Gime del placer
y me penetra con más rudeza. Siento su polla crecer dentro de mí,
llenándome por completo. Y repito, vuelvo a golpear su trasero y hundo mis
dedos en la prieta piel. Mi cuerpo se arquea sintiendo el orgasmo llegar.
Ambos gemimos enloquecidos.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
—¡Largo! —grita Alex y sus caderas se mueven más vigorosas, rozando
su pelvis con mi clítoris.
—Police, veuillez ouvrir la porte.
—Piccolo. No. Te. Detengas. ¡Ahh!
—Nunca.
—¡Sí! ¡Sííí!
—¡Grrr!
Gritamos al compás de nuestro orgasmo. Siento a Alex derramarse dentro
de mí y cómo su esencia me llena. Saber que eso es solo para mí, que lo
compartimos solo nosotros dos, hace a mi placer alargarse y que las réplicas
del orgasmo no se detengan. Hasta que escucho que pican en la puerta y
reconecto con la conciencia. Vuelvo al insulso mundo del presente y
abandono el del placer.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
—Police, s' il vous plaît, ouvrez la porte immédiatement.
—Voyyy… —contesta Alex cogiendo una toalla y envolviéndola a su
cintura.
Mira que he practicado sexo en muchas circunstancias y con varias
personas mirando y participando. Nunca, en toda mi vida, había pasado la
vergüenza que en este momento estoy sintiendo.
Al abrir la puerta corredera, y como el espacio en la furgoneta es tan
pequeño, puedo ver a toda la gente que está fuera mirando. Por
consecuencia, ellos también me ven a mí. Desnuda sobre la cama, medio
espatarrada, con cara de bien follada y pelos de loca. Sin olvidarnos de Alex
con su pene aún erecto bajo la toalla apuntando a todos los testigos. Y
cuando digo todos, me refiero a muchos. Parece que seamos la furgoneta de
los helados y hoy es el día del dos por uno.
Para acabar de arreglarlo, en un fluido inglés, el agente explica a Alex
que debemos abandonar el lugar y que la multa que le entrega es por
escándalo público. Serio, les contesta con un escueto: «Merci», coge el
papelito rosa. Al cerrar, su cabeza cae sobre la puerta y resopla.
—Sr. Falcó, sin duda, es único organizando de viajes.
Se gira preocupado y en cuanto nuestros ojos, el verde y el azul chocan, a
coro, rompemos en un monumental ataque de risa que dura tanto, que estoy
segura de que mañana tendré agujetas en la barriga.
Capítulo 31
—Si que has tardado en contestar.
—¡Hola, Alex! Ya veo que estás desesperado por hablar conmigo. ¿Ha
acabado Neus ya con tu cordura? —Ríe Quim.
—¿Cordura? La he perdido hace tanto rato que ya la palabra ha dejado de
formar parte de mi vocabulario. —Se troncha.
—¿Cómo va el viaje? ¿Qué tal Neus?
—Neus, o mejor dicho el diablo, está durmiendo. He parado a repostar. Y
deja que te diga que llamar a esto viaje, es un eufemismo. Está siendo más
bien un paseo por el infierno, descalzo sobre las brasas y arrastrando
cadenas de varios kilos atadas a los tobillos. —Vuelve a reír a carcajadas—.
No te rías, Quim. Lo digo en serio, creo que la he cagado con toda esta idea.
—La idea es perfecta. No creo que sea todo tan malo. ¿Qué ha ocurrido?
—Pues primero se enfadó porque decía que andaba perdido. ¿Te lo
puedes creer? Pero si ella no tiene ni idea de dónde vamos, ¿cómo puede
decir que estoy perdido? Ya en ese momento he empezado a pensar en
lanzarla fuera de la furgoneta en marcha. Para mejorar la situación, un
neumático ha pinchado y no me ayudaba a cambiar la rueda.
—¿Cambiar la rueda? ¿Sabes que eso viene el de la grúa y lo hace por ti?
—Quim, no me toques tú también las narices con la grúa. Y deja de
reírte.
—Perdona, tío, pero es que sois…
—Mejor ahórrate el adjetivo. Lleno de mierda hasta arriba por estar
tirado en el suelo, he parado para ducharnos. No te lo vas a creer.
—¿Qué?
—El agua no funcionaba. —Rompe en carcajadas junto a Chloe. Los
oigo a los dos muertos de risa y yo estoy al borde de lanzarme frente al
próximo camión que pase por la gasolinera.
—Pe… pero… —El cabronazo no puede ni hablar del ataque de risa—.
¿Cómo puede ser? Si lo comprobamos juntos y todo iba perfecto.
—No me he acordado de conectar la bomba de agua y el calentador. Esta
mujer funde mis neuronas. Al menos podrías haberte ahorrado poner el
manos libres, con uno que se ría de mí, tengo bastante.
—Cuñado, perdona. Pero es que sois únicos —dice Chloe sin dejar de
troncharse.
—Mejor os cuento ya el remate, con un poco de suerte os morís de la risa
y dejáis de humillarme. En un área de descanso hemos hecho las paces tan
lujuriosamente que nos han puesto una multa por escándalo público. —Les
va a dar algo riendo así—. Por suerte, después de que nos echara de allí la
policía, hemos parado de nuevo y esta vez sí que hemos podido usar la
ducha. Hemos comido tranquilos y, os soy sincero, he vuelto a jugármela
con lo del escándalo público.
—Se suponía que la furgoneta era para disfrutar de vosotros fuera de la
cama. —Y que Neus no estuviera todo el día pensando en sexo. Pero eso no
se lo digo a ellos.
—Bueno, y así es. Si me la hubiera llevado a un hotel ya tendría la polla
en carne viva, te lo aseguro.
Esta vez nos reímos los tres. Porque todo es una parodia.
***
—¡Bellissima! —Sí, ya vuelve a ser mi Bellissima.
—Mmm.
—Despierta, Blancanieves, hemos llegado.
—Ya es de noche. ¿Cuánto rato he dormido?
—Varias horas. Mira.
Con mi dedo le señalo al frente. He parado justo delante. Es de noche,
pero está todo iluminado con preciosas luces. Se frota algo los ojos y vuelve
a mirar.
—¿Qué? Eso es…
Apoya las manos en la guantera y se acerca a la luna de la furgoneta
intentando entender lo que está viendo. Una risilla nerviosa se apodera de
ella y alterna su mirada conmigo y lo que tiene delante. No digo nada, la
dejo hacerse a la idea. Lleva sus manos al cinturón, abandona la furgoneta
dando un salto y sale corriendo. Bajo yo también y al trote, la sigo. Cuando
está justo delante de la puerta empieza a gritar de emoción.
—Es… es… Es Disneyland. ¡¡Disneyland!!
Da saltitos a la vez que gira sobre sí misma y sigue gritando sin parar. No
deja de repetir que va a conocer a todas las princesas Disney. La poca gente
que hay a estas horas, pasa por su lado y sonríen al verla tan emocionada. Y
yo, yo me muero de amor. Todo lo que hemos pasado, el horrible o, mejor
dicho, ridículo viaje, lo vale. Lo repetiría cada día de mi vida si al llegar
volviera a verla así de feliz. No sé cuánto rato danza y da vueltas a la vez
que señala el castillo de la entrada.
—¡Eh! Falcó, es usted el mejor organizador de viajes que conozco. —Le
sonrío y me preparo para recibirla cuando la veo correr en mi dirección.
Salta sobre mí y rodea mi cuerpo con sus piernas y brazos.
—¡Gracias! —Beso—. ¡Gracias! —Otro beso—. ¡Gracias! —Cientos de
besos más.
***
He dejado todo atado en la oficina. El equipo que lleva la campaña de
Nike tiene designadas las tareas y lo único que debo de hacer es supervisar
todo lo que van avanzando. Me he traído el iPad e iré conectándome a la
intranet para asegurarme de que están cumpliendo mis indicaciones y
plazos de entrega. Confío en el equipo de trabajo. Pero me tiene muy
preocupado Enrique. Al parecer no ha aparecido por la oficina en todo el
día.
Alex:
¿Se sabe algo?
Henchman:
No.
Mira que le cuesta soltar palabras a este hombre. No se puede ser más
escueto.
Alex:
¿Has podido localizar su móvil?
Henchman:
No. El último punto donde da señal es Genesis Marketing. Lo que me
preocupa es que la señal es del domingo por la mañana. Después de eso,
nada.
Alex:
¿Por qué iría a la oficina un domingo?
Henchman:
Eso mismo me he preguntado. No te preocupes, disfruta con Neus de tus
vacaciones. Cuando sepa algo te aviso.
No me molesto ni en contestar, sé que él ya no espera mi respuesta.
Cuando Henchman da por zanjada una conversación, para él ha terminado y
punto.
Algo está pasando. Enrique nunca apaga el teléfono. Es un inepto, pero
sabe que hay que tener la línea conectada siempre, en cualquier momento
un cliente nos puede contactar. Espero que, pronto, Henchman descubra qué
está ocurriendo. De momento no voy a avisar al Sr. Santos. No es la primera
vez que Enrique se pega una fiesta tan grande que pierde hasta el móvil.
Salgo del baño de los diminutos —así es como lo hemos bautizado—, y
la escena que veo es igual a la que siempre imaginé del paraíso. Neus
arrastra la punta de sus dedos sobre su cuerpo desnudo y mi mirada
asciende hasta su rostro, me guiña un ojo. Está acostada de lado, sobre la
manta de pelo. Todo está oscuro y solo brillan las diminutas lucecitas led
que hay sobre la cama. Parece un cielo estrellado. Muy romántico, lo sé.
—Eres perfecta.
—Quítate todo y ven aquí conmigo.
Obedezco con premura y me estiro a su lado. Enseguida, ella se sienta a
horcajadas sobre mí. Levanta el trasero a la vez que lleva sus dedos índice y
corazón a su boca, y los lame sugerente. Después, estos viajan a su centro y
traza círculos sobre su nudo de nervios. Con la otra mano acaricia uno de
sus pechos. Gime y disfruta masturbándose delante de mí. Una escena
sublime.
—Venir a Disneyland era un sueño de infancia —explica entre jadeos
penetrándose con dos dedos.
—Lo sé. —Sonríe y gime fuerte. Verla entregada al placer ante mí es
increíble. Mantengo mis manos sobre la cama, ni siquiera la rozo, no lo
hago porque deseo verla romperse de placer mientras se toca y me mira
como si yo fuera la imagen de todos sus deseos.
—Al final vas a conseguir que me enamore de ti.
—Blancanieves, ya lo estás, solo que aún no eres capaz de reconocértelo
a ti misma.
Capítulo 32
Los dos días que hemos dormido en la furgoneta han sido muy
románticos y especiales. Si me lo dicen el primer día que subí a ella no me
lo creo. Hoy, sin embargo, parece ser que la noche no va a tomar el mismo
rumbo y ha decidido seguir el del inicio del viaje. Hemos tenido que
abandonar la zona destinada para las campers y autocaravanas que hay en el
mismo parque. Es febrero y aquí estamos ahora mismo a dos grados. Hace
frío, mucho frío. La furgoneta lleva unas botellas de butano que sirven para
tener calefacción, calentar el agua y cocinar. Pues mira qué suerte hemos
tenido, en medio de mi ducha se ha agotado. Cuando tenía el cabello
enjabonado y frotaba mi rostro con las manos llenas de espuma, ha decidido
llegar a su fin. ¡Gracias mundo por quererme tan bien! Ironía pura.
—¿Estás mejor?
—Sí.
Alex conduce de camino a una gasolinera cercana para poder comprar
otra botella de butano y sustituirla por la que está vacía. Ha puesto la
calefacción de lo que es la parte del coche, que solo funciona cuando está
en marcha la furgoneta, para que entre en calor. No me he enfadado ni un
poquito. No sería justo para él. Porque, aunque ahora mismo me esté
muriendo de frío y deseosa de sacarme el jabón del pelo, los dos últimos
días han sido los mejores de mi vida.
El primer día, diez minutos antes de que abriera el parque de atracciones,
ya estábamos en la puerta. Era tanta la emoción que no dejaba de dar
saltitos. Una niña que estaba tres o cuatro personas por detrás de nosotros
hacía exactamente igual que yo. Alex, al verla, no pudo contener la risa. Las
dos saltábamos sin parar y repartíamos besitos a quien nos había traído. Ella
a sus padres, yo a mi rubio preferido. Al cruzar la puerta de acceso sujeté la
mano de Alex y salí corriendo. En el puente por el que se accede a la gran
puerta del majestuoso y característico castillo Disney, uno igualito al que
sale al principio de todas las películas, estaba Mickey y Minnie. No me lo
pensé y me lancé a los brazos de mi ratón preferido. Mi Piccolo iba
grabando mi entrada al parque y la cara de alucinada que tenía mirando
todo, así que, el momento abrazo acosador quedó registrado para la historia.
Lo mejor de todo ha sido descubrir que Alex es tan fan como yo de las
atracciones. En dos días nos hemos subido a todas, e incluso repetido en
varias. Montañas rusas, realidad virtual, laberintos donde perderse, incluso
barcos que te hacían navegar por lugares mágicos, todo es como estar en
una película. El parque es alucinante. Y los espectáculos, madre mía, hemos
flipado. Luces, música, bailarines y como no, los personajes más
emblemáticos de mi infancia.
A media mañana del primer día hice una videollamada a mis padres. Les
había dicho que me iba unos días de viaje, y cuando me preguntaron con
quién iba, solo conteste un escueto: «Eso no es relevante».
Descolgó mi madre, estaba preciosa, se había pintado los labios en ese
tono rosado que tanto le favorece:
—¡Hola, mamá! ¿Dónde está papá?
—Qué amor de padre tienes, hija. —Miré un segundo a Alex, que lo
tenía frente a mí y ambos reímos porque ya le había explicado que mi
madre siempre se pone muy celosilla con la relación que tengo con mi
padre—. Ya, aquí tienes a tu amor.
—¡Hola, cariño! —saludó mi padre asomando por la pantalla.
—Lo cierto, es que a mi amor lo tengo aquí, a mi lado. —Mi madre dio
un gritito y se cubrió la boca con la mano, y mi padre abrió los ojos en un
gesto exagerado.
Mire a mi Piccolo y él volvió a guiñarme el ojo. Sin pensarlo mucho
más, no fuera a ser que me rajara en el último instante, giré sobre mí y me
coloqué al lado de Alex.
—¡Hola, Blanca! Sin duda, Jaume, somos unos hombres muy
afortunados.
Y así, con una puñetera frase, solo una. Soltando un puñado de palabras
en las que ni había meditado, Alex se metió en el bolsillo a mis padres. El
tío es bueno, muy bueno. Tanto que consiguió que olvidaran que yo también
estaba manteniendo una videollamada con ellos, es posible que durante
unos minutos hasta olvidaran que existo. «Ahora la de la pelusilla eres tú».
Ya saltó la cabezota exagerada, no fue para tanto, o… quizá un poco.
La conclusión es que estaban tan emocionados interrogando a Alex y él
tan enfrascado en su papel de «voy a ganármelos», que mis padres
olvidaron que estábamos de vacaciones.
—Sí, sí, sí… mi madre es preciosa, mi padre cojonudo y tú un partidazo.
¿Ya habéis terminado? —dije con todo mi estilazo cortando la
conversación.
—No seas celosilla, si sabes que yo solo tengo ojos para ti.
Para acabar de adornar la frase, con un dedo empujó mi barbilla para que
girara el rostro y cuando estuve de frente a él, me dio un beso en la punta de
la nariz.
—¡Ohh! ¿Has oído eso, Jaume? —Mi madre puso una cara de pava que
no podía con ella. Ya la tenía enamoradita.
«Como a ti». No hablamos de mí en este momento.
—Sin duda es un chaval que sabe dónde debe mirar.
—Bufff… ¿En serio? Bueno, corramos un tupido velo. ¿Queréis saber
dónde he venido de vacaciones o no?
—Dirás dónde te he sorprendido trayéndote.
—Está bien. Al César lo que es del César. Pero solo lo cuento si dejáis de
enjabonaros los unos a los otros y actuáis con algo más de normalidad.
Mi padre empezó a reírse mientras negaba con la cabeza, a él siempre le
ha hecho gracia que sea tan descarada.
—Vale, hija. Cuenta, ¿dónde estás?
—No os lo vais a creer. Mirar.
Estiré el brazo todo lo que pude y sin perder de vista la cara de mis
padres en la pantalla del móvil, Alex y yo giramos sobre nosotros mismos,
dando una vuelta completa para que vieran el castillo y el parque.
—¡Disney! ¡Jaume, es Disneyland! ¿Lo estás viendo, Jaume?
A mi padre se le llenaron los ojos de lágrimas más rápido, incluso que a
mi madre. Durante unos minutos dejé el móvil enfocándonos a nosotros con
el castillo de fondo. Mamá rio entre sollozos cuando pasó Pluto y asomó
detrás de nosotros moviendo sus grandes orejas. Mi padre no era capaz de
hablar. Tardó un rato en recomponerse y cuando recobró las fuerzas, fue
muy escueto, pero sincero.
—Gracias, Alex. Esto significa mucho para nosotros, y en especial para
Neus.
—Jaume, te prometo que vamos a disfrutar tanto, que todos los nuevos
recuerdos opacarán los antiguos. —No contestó, solo asintió llevando su
mano al pecho en un gesto de agradecimiento.
¿Y yo? Pues me lo comí. Después de todo lo que estaba haciendo por mí,
y, sobre todo, por qué lo estaba haciendo, que mis padres vieran que me lo
comía literalmente, me importaba menos que nada. Lo besé con fuerza, algo
desesperada porque todo me parecía poco para darle las gracias.
Mamá no podía contener la risilla y mi padre solo dijo: «Este chico ya
me ha ganado».
***
Sin duda, dos de las cosas más emocionantes para mí, y creerás que
estoy loca —lo cierto es que sí, lo estoy—, fueron las fotos con las
princesas y el desfile.
La enorme carroza con Mickey en lo alto saludando y lanzando besos,
instauró una sonrisa bobalicona en mi rostro que no se borró en todo lo que
duró el desfile. Luces, música y todos los personajes de mi infancia me
saludaban y lanzaban besos. Alex se mantuvo detrás de mí rodeando mi
cuerpo con sus brazos. Cada vez que se acercaba algún personaje que sabía
que me gustaba lo señalaba para que fuera de las primeras en verlo aparecer
al girar la calle. Me emocionó tanto que hasta se me escaparon un par de
lagrimillas.
—Por favor, quédate para siempre —habló en mi oído y me giré un
momento a mirarlo—. Estos días eres la mejor de todas tus versiones. Esta
Neus, feliz, alegre y con sonrisa perpetua, es, sin duda, la mejor. No dejes
que se escape.
—Sé que tú no dejarás que lo haga —le dije convencida llevando mis
labios sobre los suyos.
Las princesas fueron otro nivel. No me dejé ni una, me hice fotografías
con todas. Cenicienta, Bella, Ariel, Pocahontas y todas las demás posaron
conmigo y con Alex. Él al principio fue reacio a posar frente al objetivo,
pero le dije bien claro que todo lo íbamos a hacer juntos y sin pensarlo, se
colocó al otro lado de Rapunzel.
Se me fue un poco de las manos cuando vi a Blancanieves. «¿Solo un
poco?». Nunca se te escapa una, coñazo de cabezota. Lo reconozco, me
despisté bastante, pero no fui solo yo, esas niñas querían colarse y me
pisaron dos veces apropósito. «Y tú las empujaste y las llamaste Maléficas
de poca monta». Eso fue algo circunstancial y creo que no viene al caso
ahora mismo, pesada. La cosa es que conseguí lo que quería. Me hice la
fotografía de rigor con Alex y Blancanieves. Pero después, pregunté si me
dejaban sola con los siete enanitos. Tanto la princesa como la fotógrafa
dudaron, y Alex me miraba sin entender nada.
Quedó perfecta. Al comprarla y antes de regalársela a mi Piccolo, firmé
con un rotulador en un lado:
De Blancanieves para mi Príncipe.
Capítulo 33
No pretendo parecer un sobrado, ni vacilar, pero lo he bordado. Vale,
hemos tenido algún contratiempo, mejor dicho, varios, no soy de mentir.
Pero creo que han servido para medirnos, conocernos mejor, e incluso me
atrevería a decir, enamorarnos más. Quizá el día que pinchamos la rueda no
hizo precisamente que la amara más, pero de eso van las parejas. O eso
creo, nunca he tenido una, pero mis padres llevan casi cuarenta años juntos
y se quieren como el primer día. Son el perfecto ejemplo.
He oído decir innumerables veces que las peleas avivan la pareja. Es sin
duda la mayor patraña que he oído nunca. Lo mejor es cuando la beso hasta
que me falta el aire, o cuando la follo como si fuera el último polvo que
vamos a echar. Eso sí que aviva lo que tenemos. Que se dejen de tonterías
todos aquellos que justifican sus enfados alegando que la reconciliación es
lo mejor. Perdonar que os diga, si lo mejor es la reconciliación ¿Por qué no
pasáis el día centrados en eso y os olvidáis de pelear?
Hoy hemos visitado París. Sé que es un cliché, que está muy visto y que
todos lo dicen, pero las cosas como son, París es la ciudad del amor. Paseas
por sus calles sintiendo que un aura de romanticismo te envuelve. Hace un
frío del demonio. Henchman ya me avisó. Pues bien, eso ha sido otro punto
a nuestro favor. No me lo esperaba, pero hemos tenido la suerte de que nos
nevara. Es que solo le faltaba eso a Neus.
Al levantarnos, he conducido hasta la sede que tienen en la zona los del
alquiler de campers. Le he dicho a Neus que la dejábamos allí y que luego
volveríamos a buscarla. Con naturalidad me ha dicho un «vale» y hemos
cogido un taxi hasta el centro de París. He pedido que nos dejara en los
jardines del Champ de Mars. Están a los pies de la Tour Eiffel. Mentiría si
dijera que solo Neus se ha quedado con la boca abierta mirando la
impresionante construcción. Un verde y largo prado es la antesala de la
emblemática torre que construyó Gustave Eiffel. No sé qué tenía ese
hombre en la cabeza, pero debía de ser una persona fascinante.
Caminando por el jardín ha empezado a nevar y una especie de magia se
ha apoderado de nosotros aislándonos del resto del mundo. No existía nada,
excepto las caricias con guantes y todos los besos que nos regalábamos.
Durante un largo rato hemos permanecido abrazados en medio de los
Champ de Mars. Bajo el cielo plomizo y recibiendo las pequeñas gotas de
agua cristalizadas, que caían basculantes y sin prisa. Alguna reposaba en el
rostro de mi Blancanieves y el calor de su piel la fundía, volviéndola de
nuevo líquida. Después resbalaba por su piel sedosa hasta perderse.
El lugar parecía deshabitado. Entre semana se ven pocos turistas y los
campos, que suelen estar llenos en primavera, estaban desérticos debido al
frío y la nieve. Era como si nos otorgarán el privilegio de hacer nuestro este
lugar durante un rato. Mi Bellissima no dejaba de darme las gracias. Cada
día que pasaba estaba más cariñosa. Hay momentos en los que puedo sentir
cómo lucha contra ella y sus impulsos para dejarse llevar por el cariño y no
por la lujuria. No lo hemos hablado, pero el problema existe, su adicción no
va a desaparecer de la noche a la mañana. Mucho menos si no dejamos de
tener sexo. No entiendo demasiado de adicciones, pero sé, como casi todos,
que para dejarlas hay que eliminarlas. He leído sobre el tema y lo mejor es
ir a terapia. Ella lo sabe, es psiquiatra y una mujer sumamente inteligente.
Esperaré hasta que se sienta preparada, lo he meditado y he decidido que
voy a hacer lo que creo que más necesita. Amarla. Cuidarla. Y, sobre todo,
demostrarle que yo nunca le haré daño, que todo lo que hago con ella y con
su cuerpo es porque lo deseo y lo más importante, porque lo desea ella.
Al final la idea de alquilar la furgoneta ha salido más o menos como
esperaba. Durante todo el día estamos fuera y al caer la noche nos sentimos
agotados. Así que, sí, sin duda tenemos sexo, pero estamos tan cansados
que después del primer asalto caemos en los brazos de Morfeo. Nos
dejamos llevar por un sueño placentero y agradable, con nuestros cuerpos
enredados.
—¿Sabías que tiene 324 metros de altura? —explicó en cuanto paramos
bajo la estructura de hierro forjado.
—Desde aquí abajo impresiona muchísimo.
Neus no me contestó, solo siguió mirando y embebiéndose de su
grandeza y peculiaridad. Al subir en el ascensor nos colocamos pegados a
las ventanas y estoy seguro de que los dos dejamos de respirar al ascender.
No por miedo a las alturas, en Disneyland quedó claro que no tenemos
vértigo. Ha sido por las vistas. París se habría paso a medida que
ascendíamos. El cielo gris cubría toda la ciudad y no dejaba de bañarla con
pequeños copos. Al salir el frío nos sacudió, no importaba, el paisaje era tan
espectacular que todo valía para poder apreciarlo. La alta verja, imagino
que para que ningún loco se lance al vacío, tenía los cuadrados que la
formaban lo suficientemente grandes como para que puedas apreciar bien
las vistas sin que moleste. Nos acercamos al borde y apreciamos cómo
empezaba a cuajar la nieve en los Champs de Mars, y el verde se cubría de
un bonito manto blanco. Idílico.
Me va a costar un ojo y medio brazo, pero no me importa. Acabamos de
sentarnos para comer en el mítico Jules Vernes, el restaurante de una
Estrella Michelin de Frédéric Anton ubicado en la segunda planta de la Tour
Eiffel. El lugar es sencillo y moderno, pero sin dejar de ser sofisticado. Hay
un gran ventanal que surca el salón de una punta a otra. Nos han sentado
junto al cristal y desde aquí se ve la Place du Trocadéro. La nieve cuaja más
rápido en los jardines, por este lado está costando un poco. En el salón nos
acompaña poca gente. Y nos han puesto en mesas bastante separadas. Eso
nos otorga intimidad.
—Alex, no voy vestida para comer aquí. La poca gente que hay está muy
arreglada.
—No digas tonterías, estás preciosa. El pelo chafado por el gorro te
queda genial.
—¿En serio? —dice agobiada, peinando los mechones del flequillo y
ahuecando el cabello. No puedo evitar reírme.
—Muy gracioso. —Pone morritos.
Los dos llevamos tejanos, botas de invierno y gruesos jerséis de cuello
vuelto. El resto de los comensales van vestidos igual que la última vez que
estuve aquí y seguro que para lo mismo que yo en su día. Los hombres
llevan trajes y las señoras van arregladas para lo que estoy convencido es
una reunión de trabajo.
Hemos decidido pedir un menú degustación. El lugar está decorado todo
en tonos tierra y crema. Las mesas, sin manteles, lucen una bonita madera
veteada y las sillas son mullidas y cómodas. Cuando el camarero nos trae el
segundo plato me lanzo y hago la pregunta:
—¿Deberíamos dejar de tener sexo?
Neus me mira muy sorprendida y con los ojos abiertos exageradamente.
Sujeta el tenedor a medio camino entre el plato y su boca, esta se ha
quedado abierta esperando recibir el siguiente bocado. Cuando reacciona,
deja el cubierto sobre el plato y se yergue en la silla. Coge aire con fuerza y
al expulsarlo, me mira.
—Para ser sincera, si una paciente viniera a mi consulta con mi
problema, le diría que debe de dejarlo por completo.
—Si es un bien para ti, a mí no me importa. Yo no solo estoy contigo
por…
—Cállate. —Lo hago al momento y por una vez, agradezco que me
ordene silencio. Es posible que hubiera acabado diciendo alguna cosa sin
sentido, este tema me preocupa e inquieta a partes iguales—. Soy adicta al
sexo, pero a uno muy distinto del que practicamos nosotros.
—No te gusta el sex…
—Alex Falcó, cállate de una vez, si quieres que te lo explique, deja de
interrumpirme. —Le sonrío como un tonto porque me encanta cuando se
pone mandona y ella me devuelve el gesto sabedora de ello—. Deja de
sonreírme así que pierdo el hilo de la conversación. Dónde estaba… Ah, sí.
Te lo diré sin rodeos. Mi adicción es al sexo violento. —Calla unos
segundos—. ¿Estás seguro de que quieres que hablemos de esto?
—Sí —digo solemne y me mantengo en silencio, no tengo capacidad
para decir nada más.
—Está bien. El caso es que… Ufff… No sé si es buena idea.
—Quiero saberlo y lo más importante, entenderlo. —Asiente y tras lo
que me parece mucho rato abre los ojos, como si ya hubiera reunido la
valentía y continúa—: Necesito sentir dolor y asfixia. Es la manera en la
que llevo a mi mente a otro nivel. Que me duelan varias partes del cuerpo
hace que solo me pueda centrar en eso, si le sumas la sensación de ahogo,
es mayor la desconexión de la realidad.
—Yo no pienso asfixiarte. —Neus sonríe.
—Lo sé. Es por eso que creo que tú me estás sanando.
—¿Yo?
—Tu cariño, la devoción que demuestras por mi cuerpo, el amor que
siento cuando nos acostamos juntos, cuando me susurras al oído y lames mi
piel. Todo hace que mi alma sienta paz. No he vuelto a tener ningún ataque
de pánico y cuando nos acostamos nunca deseo que me asfixies o golpees
para hacer me daño. Porque que sepas que esas cachetadas que le das a mi
trasero no son para nada dolorosas. Solo excitantes, y joder, si es que hasta
son tiernas. No sé cómo lo haces, Alex, pero tu cariño me cura.
—Neus…
Un precioso silencio nos acompaña unos instantes, mientras nos miramos
de esa manera tan nuestra. Pero a Neus aún le queda camino por recorrer en
lo que a gestionar el romanticismo y las emociones se refieren, así que
interrumpe el momento.
—Bueno, a ver qué hay de postre. La comida es deliciosa, espero que el
postre esté a la altura.
Lo ha dicho llevando su mirada a la carta para ver que escoger. Vuelvo a
sonreír y la miro un buen rato embobado. No solo por lo preciosa que se la
ve con su cara lavada de esta mañana y sin nada de maquillaje. También por
lo valiente que es.
—Por el amor de Dios —dice levantando la cabeza—. Te lo he
explicado, ya lo sabes, ahora deja de mirarme como si fuera un cachorro
desvalido.
—Nunca he pensado eso de ti.
—Pues me miras como si lo hicieras.
—Te equivocas. Te miro con admiración. Eras una leona salvaje y
valiente, que está descubriendo la libertad, y que sea junto a mí, me
encanta.
Se levanta de la mesa y me da tal morreo que creo que otra vez nos van a
multar por escándalo público.
Capítulo 34
—Este tío nos está tomando el pelo, el parking de la furgoneta es en
sentido contrario. ¡Eh! ¡Monsieur!
—Neus, cállate, por favor. Este es el camino correcto.
—No, no, no. Es hacia el otro lado. Lo sabré yo.
—Joder, Neus, mira que eres difícil. No puedes hacerte la tonta y dejarte
llevar.
—Pero es que el camino es por allí, estoy seg…
—Merci beaucoup, monsieur —le dice Alex al conductor del taxi en
cuanto detiene el coche—. Vamos, hemos llegado.
Es en ese momento cuando me doy cuenta de que el rubio de ojazos
azules ha vuelto a hacerlo. Me ha montado en un taxi y sin que me lo
esperara vuelve a sorprenderme.
—Si no me lo dices, cómo quieres que sepa dónde vamos realmente.
—Pues porque quizá… ¿es una sorpresa?
Al entrar en el lujoso hotel empieza a preocuparme todo lo que este viaje
le está costando a Alex. Al mediodía, en el restaurante, he intentado sacar la
cartera y ha dejado claro que él correría con todos los gastos, que si quiero
pagar algo que organice yo otro viaje. Pasa la tarjeta por el lateral de la
puerta de la suite del Shangri-La Hôtel París y al abrir dice:
—Una verdadera princesa Disney ha de dormir al menos una vez en su
vida en una habitación como esta.
—Es de ensueño. —En cuanto cruzo el umbral me quedo embobada.
Una gigantesca cama preside una habitación enmoquetada en color
crema. Del tallado dosel blanco cuelgan los tejidos que adornan la cama
como si fuera la de una verdadera princesa de cuento. Todo tiene tonos
crema y dorados. Frente a la ventana hay una mesa redonda. Sobre ella un
ramo de rosas rojas más grande casi que el diámetro de la madera. Están
dentro de un bonito jarrón de cristal bañadas en agua. A cada lado, unos
platos están cubiertos por un cloche, una de esas campanas metálicas que
sirven para mantener la temperatura, como las que salen en las películas.
Cuando me acerco, a través de la ventana con cristales enmarcados en
madera, veo las impresionantes vistas. La ciudad está bañada de pequeñas
luces y precedida por la Tour Eiffel, que destella iluminada, como si miles
de chispas la recorrieran de arriba abajo sin parar. Los tejados que quedan
por debajo de nuestra altura aún conservan algo de nieve. No puedo evitar
sacar el móvil y hacer una fotografía a la vez que escucho hablar a Alex.
—Tú sí que eres un sueño. He devuelto la furgoneta. No te preocupes,
contraté un servicio especial para que trajeran nuestro equipaje, las
mochilas con la ropa están ahí. —Señala con el dedo—. Disfrutaremos del
hotel hasta mañana, después volveremos en avión. Así no estarás cansada
del viaje cuando lleguemos.
—He de decir, Sr. Falcó, que tiene una habilidad especial para
sorprenderme.
—Pues espera y verás. Hoy me voy a encargar de que te sientas una
verdadera princesa, así que debes prometerme que te dejarás llevar. —Río
risueña y asiento con la cabeza—. Bien, así me gusta, obediente y calladita
—dice Alex a la vez que lleva su mano entre mis piernas y acaricia mi
centro sobre el pantalón. Eso me provoca un rápido jadeo y retira la mano.
En ese instante me doy cuenta de que esto tiene pinta más de tortura, que de
trato de princesa.
—Estoy muerto de hambre —ronronea en el hueco de mi cuello y
después de lamerlo da un suave mordisco—. ¿Tú no?
—Estoy famélicaaa… —gimo con placer llevando la mano a su nuca
para pegarlo más a mí, pero él, con un ágil movimiento, se aleja y al llegar a
una de las sillas, la retira con un gesto caballeroso que acompaña de una
reverencia.
—Perfecto. Pues cenemos primero.
—Así que esas tenemos, eh.
—No sé a qué te refieres.
—Hacerte el tonto no va contigo.
Bajo la mesa empujo con la punta de la bota el talón de la otra y me la
quito. Repito con el otro pie, y en cuanto están libres llevo uno de ellos al
duro bulto que presiona su pantalón desde que me ha lamido. Una gran
sonrisa triunfadora brota en mi rostro cuando un pequeño gruñido se le
escapa y cierra los ojos. Su nuez baja y sube lentamente debido a la
contención que está ejerciendo sobre su cuerpo. Los mechones rubios caen
informales y le dan una apariencia terriblemente sexy. No dejo de acariciar
su abultada entrepierna y cuando abre de nuevo los ojos llevo el dedo índice
a la boca y lo chupo con fervor. Baja la mirada y una fuerte carcajada se le
escapa sin permiso, rompiendo el momento lujurioso. Sujeta uno de los pies
y lo levanta para que asome por el borde de la mesa. He de sujetarme para
no caer de culo cuando tira sin dejar de reírse.
—¿Esto es una broma?
—Son geniales, a Chloe le regalé los mismos. —Ríe aún más fuerte.
Me encanta cuando por cualquier tontería nos reímos a boca llena. De
manera fluida y natural, siendo nosotros mismos. Con Alex nunca siento
que he de contenerme. Pasa su mano por los ojos para limpiarse las
lágrimas y cuando vuelve a mirar los calcetines, se troncha de nuevo. No
puede casi ni respirar. Le ha dado una de esas risas tontas que no puedes
controlar, porque, a ver, son graciosos, pero tampoco tanto. Me gustan los
calcetines originales y un día buscando encontré una web que te los
personaliza. Cuando llegaron a casa, lo cierto es que Chloe y yo tuvimos el
mismo ataque de risa. Son de color fucsia fosforito y la cara de mi amiga y
la mía están bordadas por toda la prenda. Salimos las dos guiñando el ojo y
sacando la lengua. Son una pasada de chulos.
—¿Cómo se puede ser tan hortera con los calcetines?
—¡Ehhh! Pero bueno, mira que eres envidiosillo. Cuando volvamos te
compraré unos.
He de decir que al final lo he tenido que dar por imposible y he
empezado a comer mientras él seguía en bucle medio muerto de risa.
Al levantar el cloche había un delicioso Croque Monsieur. Es un
sándwich típico francés que está para morirse. Se elabora con pan de molde,
jamón cocido y queso gruyer. Después de hacerlo a la plancha le añaden
más queso por encima y lo gratinan. Le había dicho hoy a Alex que suelo ir
a un sitio de Barcelona que los hacen de escándalo y que es, sin duda, mi
sándwich preferido. Una vez más ha demostrado que siempre está atento a
todo lo que le cuento.
Poco a poco la risa floja se ha ido relajando y ha podido cenar conmigo.
Estoy tan eufórica que no dejo de hablar de Disney y nuestro día de hoy en
París, y de todo lo que hemos disfrutado.
—¿Ya estás? —Asiento a la vez que me limpio con la servilleta y la dejo
sobre la mesa—. ¿Sabes que a las princesas siempre se les somete a un
ritual antes de ir a dormir?
—¿Cuál?
—Ahora lo sabrás.
Se pone en pie y yo lo imito. De un largo paso se acerca y empieza a
acariciar con suavidad mi rostro, arrastrando la punta de los dedos y
recorriendo todas mis facciones. Cuando me besa entiendo lo que me dice.
Lo hace lento, sin prisa y sé que me está pidiendo permiso para ir a su
ritmo. Me dejo hacer.
Sujeto a mi mano camina de espaldas sin dejar de mirarme y entra por la
otra puerta que hay en la habitación. Un baño que casi alcanza el tamaño
del salón de mi piso de Barcelona, nos da la bienvenida. Es todo de mármol
blanco veteado en gris. A la izquierda, hay un plato de ducha de punta a
punta de la pared, tiene una columna de hidromasaje y lo protege una
mampara de cristal. El lavabo de dos senos es de un blanco brillante y un
enorme espejo está revestido por una luz tenue. El resto de iluminación de
la estancia lo dan las decenas de velas que hay alrededor de la bañera. Yo
creía que era cero romántica, y ahora mismo parezco una tonta con la
sonrisa bobalicona y el corazón bombeando con fuerza.
Enciende el agua y veo que vierte algo dentro. Cuando empieza a
llenarse, el olor a flores silvestres impregna el espacio y tengo que cerrar
los ojos debido a la agradable sensación. No puedo evitar pensar: «¿Cómo
es posible? ¿Cómo puede ser tan increíble y atento? ¿Ha mandado al hotel
comprar mi champú?».
La bañera es tan grande que estoy segura de que caben cuatro personas.
Unas preciosas patas de acero con filigranas la sujetan frente al ventanal. Es
igual que el del dormitorio, y a través de los cristales enmarcados en
madera tienes las mismas vistas, la Tour Eiffel no deja de brillar en la
noche. El grueso jersey sale por mi cabeza junto a la camiseta. Las manos
de Alex van trazando el camino que va de mi cuello, cruza el valle entre
mis pechos y llega al botón del pantalón. No puede contener la risilla
cuando, de rodillas, saca el pantalón por los pies y tira de los calcetines del
humor. El sujetador y la braguita son los siguientes.
Al estar en igualdad de condiciones y mientras solo el sonido del agua
llena la estancia, Alex me venera. Sus labios reparten pequeños besos por
todo mi cuerpo. Sobre los hombros, entre mis pechos, por el vientre hasta
llegar al ombligo. Da besitos a mis caderas y sobre mi pubis. Como puede
algo tan dulce y nimio, como un simple beso, puede ser tan devastador.
Creo que mi pecho está sufriendo un colapso porque no está soportando el
bombeo de mi corazón. Es tan abrumador todo lo que me está haciendo
sentir, que unas lágrimas rebeldes se pierden por mi rostro. Nunca, jamás,
nadie, me había hecho sentir esta clase de amor. Uno que sientes en la piel,
baña todo tu cuerpo y viaja hasta llegar a ese lugar donde tu corazón estaba
destruido, roto y quebrado. Como si de un trabajo minucioso se tratara, va
agrupando todas las piezas y las va uniendo para crear un lugar nuevo,
donde los sentimientos y el amor lo llenan todo. Eso es lo que te hace
entender que todo lo que has vivido, por muy duro que fuera, valió la pena
solo para llegar a este momento, a este lugar y con este hombre.
—Te amo —dice mientras recoge con el pulgar una de las lágrimas.
Es la primera vez que alguien me dice esas palabras. Te quiero, vale, pero
te amo… me ha sonado a sueños hechos realidad.
Carga conmigo en brazos y con sumo cuidado nos sumerge en el agua. El
calor de esta es sumamente placentero. Alex se coloca detrás de mí y
masajea mis hombros suavemente. Descanso mi cabeza sobre su pecho y
sin poder contenerlo, me dejo ir. Lloro. Por mis mejillas no dejan de
resbalar surcos salados. El cuerpo cimbrea y Alex me da la vuelta con suma
facilidad colocándome sobre él. Cuando sus ojos impactan contra los míos,
el llanto es mayor.
—Estoy aquí, cielo. Lo estaré siempre. Cuando rías, cuando gruñas —
sonrío en medio de un hipido—, cuando llores.
Al sellar sus labios sobre los míos, sollozo más fuerte.
—Tengo miedo —susurro sobre su boca, abriéndome en canal.
Exponiendo lo que escondo siempre tras mi mordacidad.
—Lo sé.
No deja de acariciarme, sus manos parecen estar cubriendo todo mi
cuerpo al mismo tiempo. Explicar lo que siento ahora mismo es imposible.
Saber que existe alguien que me acepta con mis luces y mis sombras. Que
me da mis espacios para que yo sola pueda llegar a entender lo que ocurre
entre nosotros. Todo lo que Alex me da me llena el corazón. Me he
enamorado. Y es por eso por lo que lloro, porque creí que yo no tendría
nunca más el derecho a vivir esto. Porque estaba convencida de que el amor
verdadero no existía. Sí, lo hace, dentro de mí y dentro de él. Conectado por
un hilo rojo del destino que se ha contraído y extendido, enredado y
quebrado, pero que ni ahora ni nunca se romperá. Por fin, después de
saberlo tanto tiempo en silencio, sin ser capaz ni de decírmelo a mí misma,
se lo digo a él:
—Te amo, hoy y siempre.
Capítulo 35
Llevo dos horas sentado en esta silla intentando trabajar, pero solo
puedo mirarla. Ya me he levantado tres veces para darle un beso sobre sus
entreabiertos labios. Duerme con una expresión plácida y de tanto en tanto
hace un pequeño suspirito. La última vez que se ha movido ha quedado
boca abajo con todos sus mechones castaños esparcidos por la almohada y
medio cuerpo desnudo fuera del cobijo del nórdico. He dicho que la iba a
tapar ya más veces de las que quiero reconocer, pero aquí sigo,
estudiándola. Su piel nívea e inmaculada tiene un bonito brillo debido a los
primeros rayos de sol de la mañana. La mitad de su trasero, redondo y
perfecto, preside una curvatura de espalda que es mi perdición. Nunca
imaginé que me parecería tan sensual, algo como el arco de la espalda. No
he podido resistirme y hace un rato he enviado un mensaje a Quim.
Alex:
Ahora más que nunca te entiendo. Anoche me dijo que me amaba.
Quim:
Ya nunca más nada en tu vida tendrá sentido si no es junto a ella.
Hace unos meses ese mensaje me habría acojonado. O, mejor dicho,
provocado un ataque de risa. Yo, el autonombrado gigoló, nunca me
imaginé así. Siempre creí que yo no estaba hecho para las parejas y mucho
menos para el amor. Era algo que no iba conmigo. Quim es el emocional y
sentimental, yo el analítico y práctico. Está claro que en la vida podemos
ser muchas cosas. Hoy eres de una manera y mañana irrumpe en tu vida una
psiquiatra mordaz y sexy, y te cambia por completo. Sigo siendo yo, pero
con nuevos matices. Una parte de mí, que no sabía ni que existía, ahora se
apodera de todo mi ser. Lo mío siempre fue jugar un rato a la conquista y
disfrutar del cuerpo de una escultural mujer durante una noche, quizá dos,
pero poco más. No me gustaba repetir porque todas me aburrían. Dirás qué
más da como fueran si la finalidad era tirártelas. Pues bien, ahora he
entendido lo que me pasaba. No eran ella. Sí, muy ñoño y romanticón, pero
es la pura verdad. No pretendo desmerecer a ninguna, todas eran agradables
y sobre todo estaban buenísimas, pero nada de lo que dijeran o hicieran era
nunca suficiente. Con Neus me pasa algo similar, aunque con una variante.
Con ella nunca es suficiente porque siempre necesito mucho más.
Llaman a la puerta y eso me saca de mis pensamientos. Cubro, por fin, el
cuerpo de mi mujer y abro. No hace mucho he pedido el desayuno. Al
cerrar, empujo el carrito al lado de la mesa.
—Buenos días, príncipe. —La miro con sonrisa de enamorado atontado,
sí, ¿y qué?
—Buenos días, Blancanieves.
—Dios mío, qué bien huele. —Sí, eso digo yo, Dios mío.
Se ha levantado de la cama y ha llevado sus brazos sobre la cabeza, una
pierna semiflexionada y los ojos cerrados. Se supone que se está estirando,
pero para mí está posando. Sin pensarlo, cojo el móvil.
—Sr. Falcó, ¿está haciéndome fotografías indecentes?
—Dra. Blázquez, ni se le ocurra moverse.
La muy descarada empieza a posar sugerente. Con cada postura da un
paso en mi dirección. Al llegar a mí, suelta el nudo del albornoz del hotel,
abriéndolo y dejando mi desnudez tan expuesta como la suya. Se sienta
sobre las piernas a horcajadas y justo cuando le estoy haciendo una
fotografía de retrato se ensarta en mi polla dura y palpitante.
—¡¡Joder!!
—Sí, eso mismo voy a hacer —dice a la vez que lame desde la base de
mi cuello hasta mi labio superior.
—Creo que no me acostumbraré nunca a hacerlo a pelo. ¿Tú eres
consciente de lo cachondo que me pone sentirte tan húmeda? Sin barreras.
Desesperado por el placer, sujeto con ambas manos sus mechones, y
llevo su cabeza hacia atrás, curvando todo su cuerpo y dándome mejor
acceso a sus turgentes pechos. Los devoro a placer mientras ella no deja de
saltar sobre mí gimiendo enloquecida. Me mantiene la mirada sin poder
contener sus gritos y me levanto. La llevo contra la ventana y arremeto con
ferocidad dentro de su prieto coño. Muevo mi lengua rápido sobre su pezón
y cuando siento sus paredes succionarme y reclamar más, acelero mis
caderas. En cuanto noto su orgasmo llegar, muerdo con fuerza el guijarro
duro que corona su turgente pecho. Con la mano que sujeto su trasero
esparzo sus fluidos e introduzco mi dedo índice por su entrada trasera. En
ese momento, estimulada por todas partes, estalla. Verla desquebrajarse de
placer es un espectáculo. No dejo de follármela con fuerza con mi polla y el
dedo. Siento cómo se fragua el segundo orgasmo cuando sus paredes
estrangulan mi falo. Es posible que la ventana no sobreviva a este asalto,
pero eso me importa una mierda. Me pide que no pare y bombeo más rápido
y profundo. Una colosal corrida baña nuestros cuerpos. Algo que me
fascina cuando sucede. Hay muy pocas mujeres que lo consiguen, ya que es
importante llegar a un alto nivel de estimulación y no todas lo soportan,
además deben de dejar atrás los prejuicios para liberarse a placer. Siento
cómo todos sus fluidos recorren el cuerpo de los dos y chorrean por mis
piernas. Creo que puedo morir en este momento del gustazo. Sale de mí
llevando sus pies al suelo a la vez que su mano va a parar a su coño, y al
frotarlo con frenesí sigue derramando su corrida. Cae de rodillas y se mete
mi duro y erguido falo dentro de la boca con tanta ansia que siento la arcada
cerrar su garganta sobre el capullo. No puedo más. Agarro su cabello y le
follo la boca sin dejar de separar mis ojos de los suyos. Ella sigue
masturbándose y sé que llegará a un tercer orgasmo. Lubrica con su placer
la mano que tiene libre y cuando me mete el dedo por el culo y lo curva,
grito tan fuerte que estoy seguro de que he despertado a todo París. No deja
de estimularme frotando justo en el lugar de máximo placer. Le aviso que
voy a correrme y sin pensarlo chupa con más entusiasmo. Cuando acabo de
derramarme en su boca gritando desquiciado, tira de mí para que me
arrodille frente a ella. Su mano gotea sus flujos y los lleva dentro de mi
boca para que la saboree como ha hecho ella conmigo. Es tan guarro y
excitante que mi erección no baja ni un poco. Cuando nos besamos,
nuestros sabores, nuestros orgasmos, se mezclan y avivan el deseo.
No puedo controlarme y la giro, la pongo a cuatro patas y me la vuelvo a
follar sin descanso hasta que me sacio. Un poco, lo justo para aguantar unas
horas.
Después de una ducha relajante con los chorros de hidromasaje, estoy
tomando el desayuno con hambre voraz y disfrutando del café. Neus come
de todo, no estoy seguro de que vaya a sentarle bien mezclar tantos
alimentos. Fruta, croissant, pan con mantequilla, huevos. Para remate da
sorbos alternados entre el zumo de naranja y el café con leche.
—¿Todo a tu gusto? —Sonrío divertido.
—Está riquísimo, me está entrando solo.
He pedido variado para que comiera lo que le apeteciera, no imaginé que
se lo comería en una mezcla inquietante y extraña. Me hace gracia. Con
muchas de las chicas que quedaba antes, cuando íbamos a cenar solo pedían
ensalada, estoy seguro de que morían de hambre. A Neus que la vea comer
no le importa, eso también me gusta.
El sonido de un email en el ordenador llama mi atención. El asunto del
mensaje me sorprende: «Demanda por incumplimiento de contrato».
En ese mismo instante suena el teléfono y al mirar la pantalla, soy
consciente de que mi júbilo se va a ir a tomar por culo en cuanto
descuelgue.
—Henchman. ¿Qué está pasando?
—Es Enrique. Siempre ha sido él.
—¿Qué quiere decir eso?
—Imagino que ya te ha llegado el mail del Sr. Cifuentes.
—Sí, iba a abrirlo ahora. Espera.
—Te lo resumo. Se ha vuelto a filtrar la nueva campaña.
—¡¿Qué?! —Neus me mira atenta, con el grito ha dado un saltito en la
silla de la impresión. Me pregunta susurrante si va todo bien y enloquezco
—. No. ¡Joder! No va nada bien. ¡Mierda! —Golpeo con el puño cerrado
contra la mesa fuera de mí.
—Tío, deberías calmarte —habla Henchman al otro lado del teléfono.
—¡¿Que me calme?! ¿De veras crees que voy a poder calmarme? —Me
levanto haciendo caer la silla hacia atrás y empiezo a caminar por la
habitación como si fuera un ratón enjaulado.
Grito y blasfemo sin parar hasta que un fuerte empujón me saca del
bucle.
—¡Basta, Falcó! —alza la voz con el segundo empujón y en ese
momento conecto y la miro.
Neus tiene cara de preocupada, la dulce sonrisa que la ha acompañado
todos estos días ha desaparecido, está esperando a que reaccione. Como no
lo hago, de un solo movimiento me quita el móvil.
—Tranquilízate y hablemos.
—¿Que me tranquilice? —Río desquiciado—. No tienes ni idea de lo que
está pasando.
—¡Pues explícamelo!
—Devuélveme el teléfono.
—¡No! Primero dime qué ocurre.
—Deja de actuar como una… una…
—¿Una qué? ¡Eh! ¡Eh!
—¡¡Joder, Neus!! —voceo fuera de control. En ese instante lleva su mano
a la pantalla y pulsa colgar. Verla hacer eso cortocircuita mi cerebro—.
¡Ahhhh! —grito enfurecido—. ¿Qué coño haces? ¿Quién mierda te crees tú
para tocar mi móvil? Te crees que, porque te traigo de viaje y te follo con
caricias, puedes hacer lo que te dé la gana con mi vida y mi trabajo. ¡¿Eh?!
¿Contestaaa…?
En cuanto su rostro cambia de expresión, soy consciente de que la he
cagado. Mucho. No. Muchísimo. Se da la vuelta, coge su mochila y las
cuatro cosas que tiene tiradas por la habitación y se mete en el baño. Cierra
de un fuerte portazo y maldigo una y mil veces. La he cagado a un nivel
estratosférico.
Capítulo 36
—Bellissima, por favor, abre la puerta. —Golpeo la madera con
suavidad y vuelve a sonar el móvil—. ¿Qué? —contesto seco.
—¿Todo bien?
—No. Joder. Todo está mal. La he gritado. Intento hacerla entender que
lo siento, pero no abre la maldita puerta del baño. —Vuelvo a golpearla con
más fuerza—. Me oyes, cabezota, lo siento, vale. —Estampo el puño y,
«gracias, mundo cruel», me hago un daño de mil demonios—. ¡Auch!
Henchman se ríe, y eso me cabrea un montón. Pero cuando escucho a
Neus decir desde el otro lado:
—Te lo mereces por imbécil.
Llego al límite de mi capacidad. Abro la ventana y salgo al pequeño
balcón. Grito con todas mis fuerzas hasta que siento dolor en las cuerdas
vocales. Cuento dos veces hasta cincuenta y vuelvo a entrar. Cierro para
que Neus no coja frío y agarro de nuevo el móvil.
—Y bien, ¿qué es lo que ha pasado?
—Puedo esperar un poco más si quieres, quizá Neus…
—Neus saldrá del baño cuando deje de comportarse como una niña —
alzo la voz para que me escuche—. Por favor, Henchman, dime qué narices
ha pasado y cómo es posible que se haya vuelto a filtrar la información. Se
suponía que tú estabas en Genesis Marketing para impedir eso.
—He subestimado a Enrique. Lo he vigilado muy de cerca, pero nunca
creí que fuera tan listo. Él es quien saca la información de la compañía y la
filtra a la competencia.
Escucho el agua. Supongo que Neus va a volver a ducharse. Le vendrá
bien para bajar su enfado. Sé que he sido un capullo de manual cuando le he
gritado. Pero su actitud tampoco ha sido la correcta. Está acostumbrada a
que todos hagan lo que quiere al momento, ha de madurar y entender que el
mundo no se para cada vez que ella lo exige.
—Eso no tiene lógica, está lapidando su propia empresa.
—Bueno, eso es cuestionable. Empiezo a creer que Enrique tiene otros
planes.
—¿Cómo ha conseguido sacar la información? ¿Han sido los
informáticos?
—Verás, el lunes le pregunté a Laura por Enrique.
—¿A Laura? ¿La chica de las reverencias?
—Sí. Al estar en la recepción, controla todas las entradas y salidas.
Además, ¿sabías que ella es la responsable de organizar la agenda de
Enrique?
—¿Ella? Pero si él tiene una secretaria para eso.
—Sí, lo sé. Por eso me llamó tanto la atención que fuera ella quien la
gestionara. Así que decidí vigilarla de cerca. La semana pasada, Enrique se
la tiró en los archivos de la tercera planta.
—No puede ser.
—Lo es. Esperó a que el equipo saliera a comer y cuando cruzaron la
puerta guardó en la chaqueta del traje un móvil y subió. Al acercarme a su
mesa, me llamó la atención que sobre esta hubiera otros dos móviles. Uno
era el de empresa, lo reconocí al momento por la funda corporativa, el otro,
cuando pulsé la pantalla, apareció ella con un gato en los brazos. Deduje
que era el suyo personal.
—Y, entonces, ¿de quién era el móvil que sí que cogió? Es raro, Laura
siempre lleva colgado del cuello el teléfono de la empresa. Su labor es
atender todas las llamadas y también está conectado al timbre de la puerta.
No debería separarse nunca de él.
—Eso fue lo mismo que me pregunté. Me fijé que el ascensor marcaba
que se había detenido en la tercera planta, así que subí por las escaleras.
Seguí el sonido del golpeteo, y asomé la cabeza por la pequeña ranura de la
puerta. Enrique se la tiraba como un animal mientras la asfixiaba con una
mano y tapaba su boca con la otra.
Cuando dice eso mi cuerpo se estremece, un fuego abrasador me quema
por dentro y un instinto de destrucción mundial se apodera de mí. Sé que
Neus necesitaba que la asfixiaran, y pensar en él haciéndole eso me
consume.
—¿Alex? ¿Sigues ahí?
—Sí, sí. Perdona. —Intento respirar, pero me está resultando una ardua
tarea.
—Bueno, el caso es que cuando le pregunté por Enrique se puso muy
nerviosa y llevó su mano instintivamente al bolsillo de la americana. Supe
al momento que era ahí donde llevaba el móvil y estaba seguro de que lo
usaba para hablar con él. Desde ese día he intentado quitárselo. Pero no se
separaba de él. Lo rastreé, pero no encontraba la señal. Así que deduje que
era de prepago. Ahí fue cuando saltaron las alarmas.
»La señorita Laura es escurridiza. Así que al final he tenido que usar la
única opción que tenía. Lo siento.
—¿Lo sientes?
—Sí. Es posible que llegue una demanda a la empresa por acoso laboral.
—¡¿Qué?! Joder, Henchman. La has…
—Ehhh… No sé qué te estás imaginando, pero no es nada de eso.
Necesitaba quitarle el móvil como fuera y la única manera era pegando mi
cuerpo al suyo para poder meter la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Mientras lo escucho, se abre la puerta del baño y Neus me mira seria
apoyando su hombro en el marco a la vez que se cruza de brazos.
—Dios mío. —La conversación con Henchman me está agobiando y más
aún el rostro de Neus, que nada tiene que ver con el de hace un rato—.
Puede alguien matarme ya, por favor.
—Joder, tío. Que te digo que no le he hecho nada. Solo la he acorralado
dentro del baño.
—¡¿Qué?! No será necesario que me mate nadie, moriré en breve de un
triple infarto.
—Deja que te explique. Cuando la he visto entrar, me he colado detrás de
ella y la he acorralado contra la pared. Le he dicho que la amaba y que solo
podía pensar en ella. Se ha quedado tan sorprendida que no se ha dado ni
cuenta de que el móvil había desaparecido de la chaqueta.
—Qué más.
—Nada. Ella, muerta de vergüenza, me ha dicho que está prometida y
que ama a su futuro esposo.
—Alto, alto. ¿Prometida? Hasta donde yo sé, Laura lo dejó con su novio
hace unos dos meses. Incluso le di un día libre extra, además de los dos que
le tocaban, para que pudiera hacer el traslado del piso que compartían.
Hablo sin dejar de mirar a Neus. Tapo con la mano el micro del móvil y
le susurro:
—Lo siento.
—Así es. Lo que tú no sabes es que el piso al que se trasladó lo paga
Enrique Santos.
—¿Cómo puede ser que no lo supiéramos antes?
—Porque es un alquiler. El contrato está a su nombre, pero ha sido listo,
no lo ha inscrito en el registro de la propiedad.
—¿Qué has encontrado en el móvil?
—Solo hay algún mensaje y fotografías de la pantalla de un ordenador
con las imágenes de la campaña. Es así como han sacado la información sin
dejar rastro en la compañía. Laura suele entrar a diario en todas las
campañas a las que está vinculado de algún modo Enrique.
—En realidad tiene acceso a absolutamente todas. Se lo otorgué yo. Entra
para buscar nombres, emails y números de teléfono siempre que algún
departamento le pide que contacte con algún cliente para modificar o
agendar una reunión.
—Le diste el poder de todo. Solo ella puede entrar sin que nadie
sospeche. El receptor de los mensajes es otro móvil de prepago.
—¿Y cómo sabes que es Enrique el que lo tiene?
—Porque en los dos últimos mensajes pone: «No veo el momento de
casarme contigo, cariño» y ella contesta: «Ansío ser la Sra. Santos. Te
quiero».
Capítulo 37
Para acabar de rematar, el desgraciado de Enrique ha comprado un
billete a New York. Solo puede haber un motivo por el que esa rata de
cloaca quiera viajar allí. Nike Sucursal NYC. Es donde está la central de
nuestro cliente y desde donde se gestionan todos los acuerdos comerciales
de gran peso. Esos que tienen muchos ceros. Como el que había firmado
Genesis Marketing con ellos y que, si no consigo salvar, acabará con la
empresa. Es la segunda vez que se filtra la campaña, eso quiere decir que la
primera penalidad es irrisoria en comparación a la que deberemos pagar si
no solvento esto.
He decidido que de momento no voy a decirle nada al Sr. Santos. Primero
quiero asegurarme de que todo está bien hilado. Enrique no deja de ser su
hijo y si no tengo pruebas fehacientes de que es él, todo podría ponerse en
mi contra. Confío plenamente en Henchman, pero antes iré a New York y
veré qué puedo hacer.
Neus. Ella es otra cosa que se ha sumado a toda esta montaña enorme de
mierda. No ha vuelto a abrir la boca desde que salió del baño, bueno, solo
un par de veces. Muy preocupante, lo sé.
No he querido explicarle demasiado. Solo le he dicho que debía de volar
a New York porque tenía un problema muy grave con un cliente y que debía
hacerlo de inmediato. Eso la dejaba a ella volviendo sola a Barcelona. Su
respuesta ha sido: «No te preocupes». Le he vuelto a pedir perdón y solo ha
contestado un escueto: «Te perdono». A mí todo me ha sonado a patraña.
Por un momento he dudado en volver a Barcelona con ella, pero si no
viajo de inmediato a New York podría ser que Enrique destroce, no Genesis
Marketing, sino mi carrera. Está claro que no tiene escrúpulos y si una
multinacional tan importante como Nike da malas referencias de mí, puedo
despedirme de trabajar de por vida. Sin importar el sector o el puesto.
En el aeropuerto de París, la despedida me ha sabido a ruptura. La he
besado y ella, aunque me ha seguido, rápido se ha apartado.
—Te quiero, lo sabes, ¿verdad? Prometo volver lo antes posible y
solucionar esto. Te llamaré en cuanto aterrice. Serán más o menos las nueve
de la noche en Barcelona. —Solo ha asentido con la cabeza y ha cruzado la
puerta de embarque. Antes de perderla de vista, nos hemos dicho adiós con
la mano. Ridículo.
¿Conoces las tres leyes de Murphy? Edward A. Murphy era un ingeniero
aeroespacial de Estados Unidos. Trabajaba para la Fuerza Aérea y era el
encargado de los sistemas de seguridad de proyectos tan importantes como
el Apolo o el helicóptero Apache. Lo que viene siendo un puto máquina.
Pues bien, el tío podría haberse metido sus malditas leyes por el culo. Y es
que estas, básicamente, se pueden resumir en lo siguiente:
Primera: Si algo puede salir mal, saldrá mal.
Segunda: Todo lleva más tiempo del que usted piensa.
Tercera: Si existe la posibilidad de que varias cosas vayan mal, la que
cause más perjuicios será la única que vaya mal.
¿A ti no te cae fatal este hombre? Yo lo odio. He podido secundar sus
puñeteras leyes, y estoy enfadado de cojones.
Primero: El avión en el que debía de subir ha sufrido una avería.
Segundo: En un primer momento, dijeron que tardarían un par de horas,
pero han sido unas siete.
Tercero: Esta es la que más gracia me hace —pura ironía—. Cuando he
tratado de avisar a Neus de que volaría más tarde, mi móvil ya estaba
apagado y sin batería. ¿Y dónde está el cargador? Pues en la maleta, dentro
del puñetero avión averiado.
Y ya que el destino se había empeñado en que mi vida quedara regida por
las leyes de Murphy, el vuelo también ha sido de lo más entretenido.
Durante todo el trayecto he sentido la necesidad de abrir la ventanilla y
lanzarme al vacío una media de dos veces por minuto. Incluso he mirado de
cerca si se podía abrir. Con tan buena suerte que justo en ese momento, el
tío que se sentaba a mi lado ha despertado y se ha creído que me insinuaba.
Yo embobado mirando el óvalo y pensando en todo lo que me ha venido
encima en un momento, no me he dado cuenta hasta que ha retirado los
mechones de mi flequillo. Cuando lo he mirado, me ha guiñado el ojo y
para remate ha sacado la lengua y la ha movido de manera lasciva frente a
mi cara. He dado tal salto del asiento que hasta la azafata ha venido veloz a
comprobar si estaba bien. No, claro que no lo estaba. Y no era porque el tío
de al lado fuera homosexual, o porque se me hubiera insinuado. Eso no me
importaba. Solo he necesitado decirle que era heterosexual, y él, muy
respetuoso, me ha pedido disculpas alegando que mi actitud lo había
confundido.
No estaba, ni estoy bien. Todo está jodidamente mal. No tengo claro que
pueda arreglar lo de Neus —menudo capullo he sido hablándole así—.
Además, mi trabajo y la compañía a la que he entregado toda mi vida
laboral, están en la cuerda floja.
Voy directo a la sucursal. Llamaré a Neus desde allí. Con el cambio
horario aquí son las siete de la mañana. Las oficinas abren a las ocho, pero
con el tráfico que suele haber en hora punta, lo más probable es que llegue
y ya haga un rato que ha abierto. No puedo perder ni un segundo. La verdad
es que cuando Henchman me ha dicho que ya me había comprado el vuelo,
le he querido un poco más.
***
Le digo, en inglés, a la recepcionista que vengo de Genesis Marketing y
antes de que pueda añadir nada más, me contesta:
—No sabía que vendría más gente de su compañía. Le esperan en la sala,
solo hace quince minutos que ha empezado la reunión.
—Gracias. —He contestado rechinando los dientes al indicarme la puerta
en la que acontecía el encuentro.
Abro y lo que ya sabía, o al menos suponía, se confirma. No podía ser de
otra manera. Pero eso no resta nada de impacto a la visión. Enrique está
sentado presidiendo unos de los extremos de la gran mesa de roble. Al otro
lado, el C.E.O. de esta delegación de Nike y junto a él, Ricardo Cifuentes.
La rata de cloaca está tan asombrado que su boca se ha quedado abierta a
modo de aeropuerto para moscas. Saludo con normalidad, estrechando la
mano de los ejecutivos de Nike y tomo asiento. Sé por sus caras que están
tan sorprendidos como Enrique.
—Y bien, ¿qué es lo que está pasando aquí?
Es ahí cuando reacciona y con desprecio lanza una carpeta sobre la mesa
y todos los papeles se esparcen por ella.
—Vayamos directos a lo que nos acontece. —El inglés de Enrique se
parece más al idioma de los indios, pero él habla como si su acento fuera
neoyorquino—. Quiero dejar claro desde el primer momento que el Sr.
Falcó no ha sido invitado a esta reunión por Genesis Marketing. Y que esta
misma semana recibirá la documentación para finiquitar su contrato con mi
compañía. —Río con ironía a boca llena.
—¿De qué coño estás hablando, Enrique? —le digo en castellano para
que solo él me entienda. Pero me ignora y sigue con su explicación.
—En los documentos podrán comprobar que el problema que nos
acontece es provocado por el Sr. Falcó. —No le interrumpo, quiero
escuchar la patraña que piensa contar—. Los primeros archivos son la
prueba de los desfalcos que ha hecho el Sr. Falcó a la cuenta de la empresa
de Genes…
—Mientes —sentencio con contundencia y seguridad.
—Las trasferencias de varios de nuestros clientes han sido
redireccionadas a cuentas en paraísos fiscales.
—Enrique, ¿qué es lo que estás haciendo? —Sigue sin mirarme y
continúa con la explicación.
—Todo saltó a la luz cuando el departamento contable reclamó los pagos
atrasados y los clientes nos enviaron los justificantes de transferencias ya
emitidos. El desfalco ha provocado un preocupante descenso en los
excedentes de la compañía. Unos que me he visto obligado a subsanar con
mi propio dinero para mantener la empresa que levantó mi padre a flote.
—Tremenda patraña te estás inventando. Estos documentos son
completamente falsos. —Estoy muy exaltado, pero trato de mantener la
compostura. Delante de los clientes no quiero parecer un loco. Aunque
seguro que después de esto me encierran en un psiquiátrico.
—Miren, caballeros —dice dirigiéndose a ellos sin mirarme—, en los
últimos documentos podrán comprobar cómo el Sr. Falcó incumplió el
contrato de confidencialidad.
—¡Ya está bien! —Alzo la voz a la vez que me pongo en pie—. ¡Todo
esto son injurias! —Golpeo con el dedo sobre el papel—. Nada es cierto. Es
él quien está robando dinero a la compañía y ha filtrado la campaña a la
competencia.
Los ejecutivos de Nike parecen casi impasibles ante mi estado de
nervios. Cuando Enrique contraataca lo miran y escuchan con atención,
igual que acaban de hacer conmigo.
—No seas ridículo, es un sinsentido creer que yo, dueño de Genesis
Marketing, pueda…
—Tú no eres dueño de la empresa, lo es el Sr. Santos padre. Un hombre
del que ojalá hubieras heredado algo de profesionalidad y entrega en lo que
al trabajo se refiere. ¡Tú! —escupo—, solo eres el niño rico que espera su
herencia. La única finalidad de todo esto es hundir mi carrera.
—¡Silencio! —brama Ricardo Cifuentes poniéndose en pie y
obedecemos al instante—. Ya hemos escuchado suficiente. Por lo que a mí,
como representante de Nike, respecta, su discusión es algo fuera del ámbito
comercial y no nos atañe. Vamos a mantener la demanda contra Genesis
Marketing por la divulgación de nuestra campaña en dos —remarca—
ocasiones. Se hará la ejecución de esta en un plazo de quince días hábiles.
Si en ese plazo se demuestra que el incumplimiento del contrato es derivado
de uno de ustedes dos, y no es culpa de la compañía, ejecutaremos la
anulación de la demanda, y esta pasará a ser contra el individuo concreto
que haya incumplido la cláusula de confidencialidad. Dicho esto, ruego que
terminen sus discusiones fuera de nuestras oficinas.
Enrique se levanta y, con una tranquilidad pasmosa, estrecha sus manos.
Antes de salir de la sala, añade:
—La verdad me dará la razón.
—La verdad siempre le da la razón a quien ciertamente la tiene —le ha
contestado el Sr. Cifuentes. Después Enrique ha abandonado la sala.
—Siento lo que ha ocurrido. Les ase…
—Mire, Sr. Falcó —interrumpe mi disculpa—, no tengo claro que lo que
nos ha contado el Sr. Santos sea cierto. He trabajado con usted desde el
inicio del proyecto y si aceptamos a Genesis Marketing fue porque su
entrega y compromiso nos cautivaron. Le recomiendo que se busque un
buen abogado, lo va a necesitar.
—Tengo algo mucho mejor. —Henchman. Sin duda mi amigo será mi
única salvación.
Salgo por la puerta y el bullicioso sonido de la enérgica ciudad me
detiene. Barcelona es una ciudad frenética, pero New York es una locura
que supera cualquier otra del mundo. La gente camina de un lado a otro sin
reparar en mí. Siento cómo las uñas se clavan en mi piel debido a la fuerza
con la que cierro el puño. Se escuchan cláxones, el murmullo de los
transeúntes que hablan con el móvil… ¡Mierda! Eso me recuerda que no he
llamado a Neus. Busco con la mirada la cafetería más cercana, seguro que
puedo conectar el móvil en algún enchufe y llamarla. En cuanto doy el
primer paso hacia el Starbucks de al lado, y sin verlo venir, un fuerte
puñetazo golpea mi estómago y me doblo hacia delante.
—Cuando acabe contigo, Neus no querrá ni verte y yo volveré a follarme
su prieto coño sin descanso —susurra la escoria de Enrique en mi oído
mientras me sujeta doblado para que no caiga al suelo. Me propina un
fuerte rodillazo y duele tanto que por un segundo dejo de respirar. Sigue
sujetándome para que la gente no sea testigo de lo que está haciendo.
La adrenalina sin duda es uno de los mayores poderes del ser humano,
hago acopio de toda la que me recorre el cuerpo y reúno todo mi odio, toda
la rabia que me está consumiendo desde esta mañana. Me yergo con
velocidad y expulso todo ese poder contra Enrique:
—¡Acabaré contigo, voy a matarteee…!
Capítulo 38
—¿Se encuentra bien, señorita? ¿Necesita algo?
—Un poco de agua, por favor.
La azafata de vuelo sin borrar su amable sonrisa me ha traído el vaso de
agua y me informa que en breve despegaremos. Intento concentrarme en la
respiración y decido ponerme los auriculares con una música especial para
meditar, tiene sonidos repetitivos, como si fuera un mantra. Nada está
funcionando. El temblor de los motores al encenderse el avión anuncia el
despegue. El capitán debe de estar hablando, sin embargo, no lo escucho, no
me quito los cascos. Cuando empezamos a coger altura son mis manos las
que tiemblan. Miro por la ventanilla, y en pocos minutos se ve París,
diminuto e insignificante. Como yo, incluso añadiría ridícula. La imagen de
Guillem llega nítida a mi mente a pesar de los años que han pasado. Lo veo
diciendo una y otra vez que me quiere. No era consciente de que lo hubiera
dicho tantas veces. Muchos momentos y recuerdos que creí que había
olvidado vienen a mi memoria.
«Si no haces algo pronto será mucho peor». Eso ya lo sé, cabezota. «Pues
a qué esperas».
Miro al joven que tengo sentado al lado. No debe de tener más de veinte
años y está con el móvil jugando al fútbol. En ningún momento ha sido
consciente de lo que me está ocurriendo y seguramente se lleve un gran
susto cuando me vea. Pero tengo que pedirle ayuda, este sitio tan estrecho
solo está consiguiendo que el ataque de pánico avance a más velocidad. Le
doy un par de codazos como puedo, mis manos y brazos empiezan a estar
engarrotados. Al girarse se queda pálido y se quita los auriculares con
agobio. Me habla, veo sus labios moverse, pero no lo escucho, solo oigo la
música que sigue sonando en bucle. Las lágrimas surcan mis mejillas y
Guillem no deja de sacudirme el cerebro. El joven se levanta y cuando
vuelve, viene con la azafata, esta no duda ni un instante en desabrochar mi
cinturón. Me llevan por el pasillo sujetándome por debajo de las axilas. Mis
piernas también están rígidas, siento cómo las arrastran por la moqueta
central. Me estiran en el suelo, frente a la puerta de salida, imagino que
porque es el espacio más amplio del avión. Ahí paso gran parte del vuelo
intentando recuperarme. Respirando. La sonriente azafata, que no puede ser
más maja, permanece junto a mí. No hace gran cosa, pero sujeta mi mano y
de tanto en tanto me da de beber agua a la vez que me pregunta si estoy
bien. Cuando toca aterrizar me encuentro mejor, así que me siento donde
me indica la chica que me ha acompañado todo el vuelo. La butaca está
algo resguardada de las miradas de todos los pasajeros, menos mal. La
azafata quería acompañarme hasta que cogiera un taxi, pero al final, le he
dado un abrazo de agradecimiento y la he convencido para que me dejara
marchar sola.
***
—Disculpe. No pretendo ser impertinente, pero ¿va a bajar?
Tengo la mano en el tirador y la vista clavada en la puerta. Vuelvo a leer
el cartel que tan bien conozco. «Averno». Nunca vengo sola, siempre lo he
hecho con alguno de mis foll… follami… «Ya no eres capaz ni de
nombrarlos». Cállate, no ayudas. Sé que, si entro ahí dentro el temblor de
cuerpo que aún no me ha abandonado desde el avión, se esfumará. Pero mi
mano, no obedece, no abre la puerta del taxi y mis piernas tampoco hacen el
intento de salir del vehículo. Respiro con fuerza y pongo el primer pie fuera
del coche, a su vez un sollozo brota sin permiso.
—¿Está segura de que quiere bajarse aquí? Conozco el lugar y no creo
que esté en condiciones para entrar.
Bajo el otro pie y el taxista sale para abrir el maletero y ayudarme con la
mochila. Al verla recuerdo que Alex las trajo sabiendo que dejaríamos la
furgoneta y necesitaríamos guardar la ropa para poder ir al hotel. Otro
sollozo. Más temblor en el cuerpo. Si entro rápido en el Averno pasará.
—Gracias. —El taxista asiente con cara de pena. No me paro a pensarlo
demasiado y me giro con decisión limpiando con el dorso de mi mano las
lágrimas rebeldes.
En cuanto traspaso la puerta, el estómago se me revuelve por el dulzón
olor, pero me adentro con decisión tragando con fuerza. La maleta me la
han guardado en la recepción, dentro de una taquilla y me han entregado a
mí la llave. Barro la sala con la mirada y compruebo que hay poca gente, es
pronto. Aunque aquí da igual la hora, siempre hay clientes, esto nunca
cierra. Recorro el negro salón intentando habituarme a la molesta
iluminación. El color rojo de todas las luces crea rostros difusos y
abstractos, pero reconozco un chico. Es un cliente habitual. Siempre que ha
podido ha estado dispuesto a compartir con Esteva y conmigo, así que voy
directa hacia él.
Al llegar a su altura veo que una chica de cabello corto y castaño se la
está chupando con énfasis mientras, otro chico que no reconozco, la penetra
con estocadas fuertes por detrás. No se detienen. En realidad, están en esta
sala, la llamada Desenfreno, precisamente porque les gusta que los miren.
—Vaya, hacía tiempo que no venías. Te echaba de menos. Únete a la
fiesta.
Retira una de las manos de la cabeza de la morena que ahora me mira
mientas lame su glande con un gesto de provocación.
—Ya sabes que prefiero las salas privadas. ¿Vienes?
Hace mucho tiempo que no hago esto. Normalmente, siempre me
acostaba con mis follami… y se unía algún otro. Hace años que decidí dejar
de hacerlo con desconocidos. Según qué prácticas, con personas que no
conoces, pueden extralimitarse o malinterpretarse. Pero ahora mismo me
lanzaría al mismísimo infierno si me asegurasen que este horrible dolor que
tengo en el pecho, en el corazón, puede desaparecer.
Empuja la cabeza de la chica con cuidado y esta se queja jadeante. El
moreno de estatura media tiene una cara que es bastante del montón, pero
sus labios son bonitos, perfilados y gruesos. Lo que más llama la atención
es su escultural cuerpo. Debe de pasar muchas horas en el gimnasio para
mantenerse así. No se parece nada al de Alex. Mejor. Solo estoy aquí para
borrar sus ojos azul cristal de mi cabeza. Aunque para eso tengan que
azotarme con la fusta hasta sangrar. No sería la primera vez.
—¿Qué es lo que te apetece? —pregunta en cuanto entramos a la sala
privada y se cierra la puerta. Ha pulsado el botón de ocupado, así que nadie
entrará a molestar.
—Quiero que me ates y me azotes hasta que te diga basta. Mientras tanto,
usa un cinturón de estos para rodear mi cuello.
La asfixia con cuerdas deja marca, pero si utilizas una tira de cuero ancha
es más difícil que haya evidencias.
—Te apetece duro. Me gusta. —Empieza a machacársela mientras me
desprendo de la ropa.
Aquí no hay caricias, ni besos, ni nadie me ayuda a quitarme nada. Esto
es solo un intercambio de necesidades físicas. El cariño o el amor no
existen en este lugar. Y tampoco en mi vida. Las palabras de Alex vuelven a
resonar en mi cabeza, como llevan haciéndolo todo el día, triturando mi
cordura. «Te crees que, porque te traigo de viaje y te follo con caricias,
puedes hacer lo que te dé la gana con mi vida y mi trabajo».
Cuando empieza a atarme las manos siento que voy a volver a tener otro
ataque de pánico. Estoy forzando mi cuerpo y él me lo está haciendo pagar.
—¿Estás bien? —pregunta al darse cuenta de que los músculos están más
rígidos de lo normal.
—No pares, golpea con todas tus fuerzas.
Sin dudarlo, da el primer fustazo a la vez que tira del cuero que rodea mi
cuello.
—¡¡Más fuerte!! —grito furiosa derramando lágrimas.
Golpea tres veces más, seguidas, secas y dolorosas. Pero no es suficiente.
Algo dentro de mi pecho se está resquebrajando. Siento cómo mis
pulmones intentan respirar, pero la ansiedad y la cuerda los están limitando.
Sé que si no se detiene es posible que me desmaye por la falta de oxígeno.
No me importa. En realidad, sería perfecto dejar de sentir.
—Usa la paleta de madera y golpea más fuerte.
Es uno de los juguetes más intensos que he usado. Se empuña por el
extremo estrecho y al otro lado es más ancho, rectangular y rígido. Si se
golpea con fuerza es estremecedor. Perfecto.
Da el primer golpe, es intenso pero insuficiente. Con el segundo empiezo
a llorar desconsolada, pero no por el dolor de mi trasero, más bien es el que
siento que está destrozando a mi débil corazón.
—¡Más!
—Oye, mira… creo que esto es demasiado.
—Más. Fuerte. —Intento gritar, pero como ya no puedo casi respirar, las
palabras salen susurradas. Gruño rabiosa mientras el llanto se vuelve
agonizante.
Las piernas casi no me sostienen, el ataque de pánico está destrozando mi
cuerpo. Afloja la correa que rodea mi cuello y siento que puedo coger algo
más de aire, al parecer eso abre una compuerta y todo el desayuno parisino
sale despedido.
—¡Eh! ¡Eh! ¿Qué coño te está pasando? ¡Me estás asustando!
El chico, que nunca he sabido cómo se llamaba porque me importa una
mierda su nombre, empieza a aflojar las sujeciones. Carga conmigo en
brazos y me estira en la cama. No puedo bajar los brazos, había atado mis
muñecas hacia arriba, al poste del dosel de la cama y se han quedado
rígidos en esa posición.
Veo al dueño del local sobre mí hablarme, no sé en qué momento ha
aparecido ni qué es lo que me dice. Lo reconozco, aunque no lleve su traje
de Drag Queen. Todos los que frecuentamos el Averno sabemos quién es, él
siempre se preocupa de conocernos. Como si supiera lo que debe hacer,
cubre mi cuerpo con una sábana y va masajeando mis brazos.
No sé cuánto tardan, pero finalmente aparecen unos sanitarios. Sin
pensarlo, me suben a la ambulancia y me llevan al hospital.
Capítulo 39
—Cielo, deberíamos hablar de lo que ha ocurrido.
—No es nada. Ya estoy bien. Solo me mareé un poco en el avión.
En el hospital me han pedido una persona de contacto para recogerme. La
medicación que me han suministrado por intravenosa es fuerte. Llamar a mi
madre ha sido una opción que no he contemplado. Lo primero que haría
sería preguntar por Alex y no sabría qué contestarle. Así que he llamado a
mi otra familia, la escogida.
—¿Vas a hacer eso? —pregunta Chloe cuando entramos en mi piso.
Quim va tras nosotras, pero no ha abierto la boca ni una sola vez. Eso me
inquieta.
—¿El qué? ¿Queréis un café? —finjo despreocupación y camino con
aparente decisión hacia la cocina.
—Cielo, en el hospital…
—¿Por qué nos estás mintiendo? —Quim interrumpe a Chloe y la
pregunta la lanza con severidad, se nota que está molesto. Su silencio era un
claro indicio de que algo no iba como yo creía. Que todo este papel no ha
colado. No le contesto, solo me mantengo en silencio sosteniéndole la
mirada—. El médico nos ha dicho que has tenido un grave ataque de
pánico. He buscado en internet y ¿sabes qué he encontrado? —Niego con la
cabeza y los ojos llenos de lágrimas—. Los síntomas son varios, pero lo que
me ha llamado especialmente la atención es el motivo por el que se suelen
producir. Con frecuencia se asocian a la idea de catástrofe inminente y a la
sensación de la pérdida de control, sobre todo la urgente necesidad de huir
de una situación.
Me rompo. Cubro mi rostro con ambas manos y un llanto desgarrador
araña mis mejillas.
—Por favor, os podéis ir. Necesito estar sola.
—Nena, no creo que debas quedarte sola.
Carraspeo para aclarar mi garganta e intentar que descienda el nudo que
hay en ella. Limpio con rabia mi rostro, yergo la espalda, y retomando a la
persona que me ha costado tantos años construir, hablo con determinación:
—Estoy bien. Lo cierto es que estoy mejor que bien. —Vuelvo a limpiar
de un manotazo otra lágrima rebelde—. Gracias por venir al hospital a
buscarme. ¿Sabéis? En realidad, solo estaba allí porque tenía ganas de
veros, que rapidillos habéis sido, ¡eh! A partir de ahora haré que os llamen
siempre desde allí cuando me apetezca cenar con vosotros. —Río, y
parezco una zumbada, lo sé. Eso no impide que siga con mi papel—. ¿Os
apetece un café?
—Para. —Quim sujeta mi brazo y me retiene para que no siga mi camino
hasta la cocina. Me giro luciendo la mayor de mis sonrisas. Es una que
llevo ensayando muchos años y que me sé a la perfección. Sacudo mi brazo
para soltarme de su agarre y retomando mi camino sigo hablando como si
nada.
—Me acabas de recordar un chiste buenísimo. —Río, a la vez que
empiezo a sacar las tazas de café—. ¿Me da un café con leche corto? Se ha
roto la máquina, cambio. —Suelto una carcajada y me giro para poner las
tazas sobre la barra americana de la cocina.
Quim y Chloe siguen plantados en el mismo lugar en el que los he
dejado. La cara de mi amiga es de absoluta pena y sus ojos están llorosos.
Sin embargo, su chico, al que considero ya mi familia, me mira furioso. Su
postura es rígida y sus manos descansan en las caderas, parece un padre a
punto de regañar a su hija. «Te lo mereces, por hipócrita». ¡Shhh!, ahora
no.
—Que te jodan, Neus. —Chloe sujeta su brazo en un vano intento de
detener lo que va a decir—. ¿Eres consciente de lo peligroso que es ir tan
rápido con la moto? No, claro que no. Hemos venido en un tiempo récord
desde Tossa, estábamos preocupadísimos por ti. Después de la llamada del
hospital he intentado contactar con Alex y ha sido imposible. Eso nos ha
puesto más nerviosos. —Cuando lo nombra, siento cómo las piernas
flaquean y necesito sujetarme con más fuerza a la encimera—. Creímos que
os había ocurrido algo a los dos. Nos debes la verdad. Nos. La. Debes —
ruge entre dientes—. ¿Dónde está Alex?
—En New York.
—¿Qué hace allí?
—Solo sé que se ha filtrado otra vez la campaña de ese cliente tan
importante y ha tenido que viajar a la central con urgencia para
solucionarlo.
—Y entre vosotros. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
—Nada. —Al sentir mis manos temblar las llevo a los bolsillos del
estrecho tejano para ocultarlas. Eso consigue que aparente despreocupación
ante la situación, algo que ya me viene bien.
—Cielo, sabes que a nosotros nos lo puedes explicar —dice suplicante
Chloe.
—Creo que lo mejor será que dejemos el café para otro día, estoy
agotada del viaje.
—¡Vete a la mierda! —ruge de nuevo Quim y sujetando a Chloe de la
mano tira de ella.
Abre la puerta con tanta energía que casi la convierte en giratoria. Salen
de mi piso veloces, mientras ella me mira con lágrimas en los ojos y él…
justo antes de cerrar se gira y me dice:
—Sea lo que coño sea lo que ha sucedido en ese viaje, tú sabes tan bien
como nosotros que Alex está loco por ti. Me importa una mierda si es cosa
tuya, suya o de ambos. ¡Arréglalo! Por una puñetera vez, sé tú la que le
demuestre a él que lo vuestro vale la pena.
Intento replicar a ese ofensivo comentario, pero el estallido del portazo
me corta. «Las verdades pueden ser como puñales atravesando el pecho».
Cabezota hiriente.
De nuevo, esa frase que ha desgarrado mi corazón, y en especial ha
hecho que los fantasmas de mi juventud me atormenten, vuelve a repetirse:
«¿Te crees que, porque te traigo de viaje y te follo con caricias, puedes
hacer lo que te dé la gana con mi vida y mi trabajo?».
Lo viví hace muchos años, y durante toda mi carrera no ha dejado de
repetirse. Una cantidad incalculable de mujeres pasa cada día por lo mismo.
Entregan su corazón a un hombre que las convence de que son lo que más
aman en el mundo, para después, sentir cómo se lo arrebatan para siempre.
Me han llegado a contar auténticas escenas de películas románticas. La
mayoría de las historias las he oído junto a una cama de hospital, mientras
miraba a los ojos a una mujer rota por dentro, y en muchas ocasiones, llena
de golpes por fuera.
Cuando Alex me gritó, sentí que volvía a ser esa joven de dieciséis años.
Ante mis ojos transcurrió todo lo que viví. Vi a Guillem besarme por
primera vez y cómo mi cuerpo se estremeció de la emoción. Nos vi a los
dos riendo en el banco del parque de al lado de casa. También en el cine,
besándonos sin parar e ignorando lo que fuera que habíamos decidido ver.
A su vez, imágenes de él diciéndome que me amaba irrumpían mezcladas
con las de las tres personas que me destrozaron mentalmente y trituraron mi
corazón. Es por eso que me encerré en el baño y me metí en la ducha.
Necesitaba eliminar la sensación de sus manos tocando mi cuerpo. No
estaban allí, claro que no, aun así, froté con fuerza para desprenderme del
tacto inexistente.
Una llamada consigue detener los horribles recuerdos. Es un número que
no tengo grabado en mi agenda. Miro la hora y pasan de las diez de la
noche. Me ilusiono ante la posibilidad de que sea Alex. Por un momento
pienso que quizá yo esté llevando todo esto más lejos de lo que debería.
Quizá mis traumas están minándome de inseguridad insana.
—¿Sí?
—¡Hola, preciosa! Hace mucho que no me llamas y me muero por verte.
Tengo que apoyarme en la encimera debido a la impresión.
—¿Enrique? Este número…
—Sí, he perdido el móvil y de momento he cogido uno de la compañía
—explica apresurado y sigue hablando—: Tengo muchas ganas de verte,
aunque si te soy sincero, te he llamado porque necesito hablar contigo, es
muy urgente. He pensado en ir mañana a cenar a ese japonés que te gusta
tanto.
—No es un buen momento.
—Es importante. Ha ocurrido algo que creo que deberías saber.
La bruja que llevo dentro me pellizca con mucha fuerza el estómago. Me
está avisando de que algo no va bien. Esa extraña sensación de inquietud
recorre todo mi cuerpo. No tengo ganas de salir de casa nunca más en mi
vida, y la última persona del mundo con la que me apetece estar es Enrique,
pero mi intuición me dice que es importante que acepte esa cena.
—Vale.
—Genial, te recojo mañana a las nueve.
—Vale —repito como una autómata y sin más, cuelgo.
***
Ayer me metí en la cama tras tomar una pastilla para controlar los
ataques de pánico y otra para dormir. Dos ataques en un solo día, es un
claro indicio de que he de medicarme. Al menos unos días. En algún
momento de mi llorera incontrolable hicieron efecto y caí rendida. El día lo
he pasado dormitando, con lágrimas bañando mi rostro y en la cama. Así
que mi aspecto es lamentable. Delante del espejo está la bruja que llevo
dentro, pero personificada. Estoy horrible. Ahora entiendo la mirada de
Chloe ayer. Recordarla me hace sentir como una miserable. «Fuiste una
auténtica imbécil con ellos». Cierto. Me envió un mensaje un par de horas
después en el que rezaba:
Chloe:
Cariño, Quim se ha enfadado porque te quiere, tanto como yo. Estamos
muy preocupados. Vamos a respetar tu espacio un par de días, después
volveré y hablaremos.
No se puede ser más buena. Tenerla en mi vida es un privilegio y mañana
sin falta iré a arreglar las cosas con ellos. Aún no tengo claro qué les diré,
pero he de solucionarlo, no puedo les puedo perder también.
Entro en la ducha e intento relajarme. Imposible. Utilizo más maquillaje
que de costumbre y seco un poco el cabello con el secador. Al abrir el
armario me decido por un tejano y un jersey, las dos piezas de color negro,
añado unas botas de caña alta y planas a juego con el resto de las prendas.
No me apetece salir, así que escojo algo cómodo y que además deje claro
que solo voy a cenar. Nada, absolutamente nada más.
Veo a Enrique, está aparcado a unos metros. Descansa sobre el coche con
las manos en los bolsillos. No sé qué le vi en su momento. Esos aires de
ricachón prepotente me molestan en exceso. «Lo que pasa es que él no es
Alex». Mierda, cállate, no es momento para tus reprimendas.
A tan solo un par de pasos, levanta la cabeza y me quedo asombrada.
Llevo las manos sobre la boca para ahogar el grito de espanto.
—Pero qué…
—Hola, preciosa.
—¿Qué te ha pasado? —pregunto exaltada.
Tiene la cara destrozada. El labio está partido y cosido con un par de
puntos que dejarán una cicatriz, seguro. En la ceja se aprecia más hilo
negro, eso será otra marca que no se borrará. El ojo derecho está
prácticamente cerrado debido a la inflamación y parece que el pómulo del
otro lado acabará teñido de un morado oscuro. Son golpes recientes. Lo sé
por la tonalidad que ahora tienen. No dejo de observarlo y él se mantiene en
silencio, dándome tiempo para asimilar lo que estoy viendo. Cuando decide
hablar, el impacto es mucho más bestia que el de su imagen.
—Ha sido Alex.
Capítulo 40
—¡¿Quéééé?! —grito sorprendida.
—Neus, está loco. Ha perdido la cabeza.
—¿Pero por qué haría esto? —pregunto señalando con la mano su rostro.
—Vamos, sube al coche y te lo explico con tranquilidad.
Abre la puerta del copiloto y me acomodo en el asiento. Estoy tan
sorprendida que los movimientos son mecánicos y me muevo sin
conciencia, a la vez que pienso en lo que acaba de decirme.
—Hola, preciosa.
—¡¡Ahhh!! —grito—. ¡Joder! Pero qué susto. ¿Qué narices haces tú
aquí? —Esteva está en el asiento de atrás y con la oscuridad de la noche no
me había dado ni cuenta de su presencia.
—Yo también te he echado de menos.
—Deja el cinismo para otro momento. ¿Qué coño está pasando? —exijo
una explicación mirando a Enrique y Esteva.
—Cielo, vamos a cenar y te lo explicamos. —Cuando escucho a Esteva
usar ese apelativo que tanto me gusta oír salir de los labios de Alex, me da
tal asco que mi estómago se revuelve.
—No. Vuelvas. A. Llamarme. Cielo. —Respiro con fuerza. La bruja que
llevo dentro me grita que salga de aquí corriendo—. Lo mejor será que me
quede en casa, ya no tengo ganas de salir a cenar. —Tiro de la maneta, una,
dos y hasta tres veces, sin embargo, la puerta no se abre.
—Neus.
—Ni Neus ni leches. Abre la puerta.
—Por favor, cálmate. No entiendo por qué estás tan nerviosa. Deja que te
explique —dice Enrique con voz relajada.
Es ahí cuando lo miro y recuerdo la supuesta paliza que le ha dado Alex.
Quiero saber qué es lo que ha ocurrido, o al menos su versión de los hechos.
Y para eso, solo me queda una opción. Quedarme en este coche con estos
dos. Cojo aire cerrando los ojos para cargarme de fuerza y al abrirlos, siento
que estoy algo más serena.
—Bien. Explica. —Lleva la mano a la llave y antes de que encienda el
motor, sujeto su brazo—. Aquí. Me lo explicas aquí. Después ya veremos si
vamos a cenar.
Enrique y Esteva se miran. El cirujano asiente con la cabeza dando a
entender que debe de aceptar. Es un gesto que no me gusta. ¿Qué traman
estos dos?
—Está bien. Te lo explico y después vamos a cenar. No sé si tú estás al
corriente, pero alguien ha filtrado información de nuestro mejor cliente a la
competencia. —Asiento—. Pues ese alguien es Alex.
—Imposible.
—Tengo pruebas que lo demuestran. No solo eso. También ha hecho un
desfalco a las cuentas de mi empresa y ha enviado el dinero de los últimos
pagos de los clientes a paraísos fiscales.
—No tiene sentido. ¿Por qué haría eso?
—Porque me quiere hundir, y…
—Porque es un celoso enfermizo —termina la frase Esteva. Me giro un
poco en el asiento para mirarlo—. No ha soportado lo que teníamos contigo
y la calaña de la que verdaderamente está hecho ha salido a la luz.
Me explican todo con detalles. Cómo Alex movió sin problema el dinero
de una cuenta a otra y cómo filtró la información. Al parecer solo necesitó
un teléfono de prepago y a la recepcionista. Lo que más me impacta es
cuando me explican que la tal Laura, lo ha hecho sin dudar porque Alex
está enamorado de ella. Lo rematan cuando dicen que están prometidos. —
¿Prometidos?—. Y una mierda. Hasta ese momento escuchaba dudosa y
atenta. Pero cuando me dicen que Alex le ha pedido matrimonio a esa chica,
no lo dudo, esto es todo una patraña. Lo conozco perfectamente, la palabra
matrimonio no entra en el vocabulario del Sr. Falcó. Tampoco entiendo por
qué está aquí Esteva, mucho menos por qué es él quien más tiene que
explicar, cuando se supone que no tiene nada que ver con Genesis
Marketing. No hay que tener ninguna intuición divina para saber que es
todo mentira. Lo único que no acabo de entender es la paliza que
supuestamente le ha dado Alex a Enrique. Es de las personas más pacíficas
que conozco. Pero si hasta abre la ventana para que las moscas puedan
volar tranquilas en libertad, en vez de aplastarlas de un manotazo.
—Es un psicópata y no quiero que te acerques más a él —dice Esteva
llevando una mano a mi cuello desde el asiento trasero.
Su mano lo envuelve con fuerza a la vez que acaricia la piel con el
pulgar. Cuando su aliento roza mi oreja, siento asco, pero más aún cuando
la lame. En menos de un segundo Enrique ha llevado su mano a mi
entrepierna y la otra a la suya y frota ambas con ansia. Esteva gime
apretando con más fuerza mi cuello a la vez que lo besa y lame.
—Basta. Si Alex se entera de esto… —susurro agobiada llevando las
manos a la de Esteva para que me suelte.
—Relájate, cielo. Ese imbécil no va a volver en mucho tiempo, te lo
aseguro —escupe Esteva con desprecio y seguidamente, ordena a Enrique
—: Sujeta sus manos mientras me la follo con los dedos.
Este, sin cuestionar la orden ni un momento, pasa la mano bajo el asiento
y lo hace retroceder. Su enorme cuerpo se coloca sobre el mío y sujeta mis
muñecas con un doloroso gesto.
—Parar. Esto no… —Antes de poder acabar la frase, Enrique me besa y
siento la mano libre de Esteva colarse por el pantalón, tal y como hace un
momento ha asegurado que haría. La otra sigue con sus dedos envolviendo
mi cuello con más fuerza.
«No permitas que lo hagan. Tú ya no eres una niña de dieciséis años.
¡¡Vamos, reacciona!!». Por una vez mi cabezota me ayuda de verdad.
La lengua de Enrique intenta abrirse paso en mi boca. Se lo permito, pero
solo para, sin titubear, morderla con saña. Rabiosa. Él grita y aun así no lo
suelto hasta que siento el ligero sabor metálico y salado de la sangre. Entre
lamentos, intenta contener con las manos el escandaloso goteo que emana
su boca. De un salto vuelve al asiento del conductor. En cuanto mis manos
quedan libres, alzo el codo todo lo que puedo y golpeo con fuerza hacia
atrás. El crujido que se oye, seguido del bramido de Esteva, me confirman
que he dado donde debía.
—¡¡Maldita puta barata!! ¡¡Serás zorra!!
No le presto atención, solo intento encontrar cuanto antes el puñetero
botón que abre el coche. «La llave, está en el contacto». Reacciono en
cuanto mi cabezota me avisa y estiro el brazo para apretar el botón que abre
al instante. De un salto salgo del coche y corro hasta el portal, cierro y subo
sin detenerme por las escaleras. Al entrar a casa, doy dos vueltas de llave y
arrastro el mueble del recibidor contra la puerta.
—Quim.
—¿Qué? ¿Qué te pasa? Neus, ¿estás bien? —pregunta asustado.
Cuando he llegado a casa y me he sentido segura, he ido directa a la
medicación. De este modo he podido bloquear lo que ya sabía que volvía, el
ataque de pánico. Ahora más que nunca he de poder controlarlos. Tengo que
estar bien y descubrir qué es lo que ocurre. Después he entrado en la ducha
y con una esponja he frotado mi cuerpo, entre hipidos, hasta que he sentido
que me desprendía del tacto de esos dos despojos. Ya más tranquila, lo he
llamado.
—Ahora ya sí. Pero necesito hablar con Henchman. ¿Sabes dónde puedo
encontrarlo?
—Si no me explicas qué te pasa…
—Vale, vale.
Apresurada, le cuento todo.
—Alex no haría nunca nada de eso. Genesis Marketing forma parte de él.
Y aunque te ama más que a nada, es la persona menos violenta que
conozco. Nunca le daría una paliza a alguien por celos. —Oír a Quim
decirme que Alex me quiere tanto, duele.
—Yo tampoco me he tragado la historia, pero antes de que pudiera decir
nada, todo se ha descontrolado.
Sigo explicándole. Le cuento que se han sobrepasado y él muy furioso
intenta convencerme para ir a la policía.
—No voy a ir a comisaría. No hay tiempo que perder. Quim, ¿has
conseguido hablar con Alex? Lo he intentado y salta el contestador.
—A mí igual, no he parado de intentarlo desde ayer y nada.
—Eso no es normal. Además, Esteva en el coche me ha dicho, y cito
textualmente: «Ese imbécil no va a volver en mucho tiempo, te lo aseguro».
Ha ocurrido algo y esos dos lo saben. Es por eso por lo que necesito hablar
con Henchman.
—Neus, hablé ayer con él. Después de salir de tu casa, lo llamé. Me
confirmó que Alex estaba en New York. Se suponía que él iba a volar allí
para ayudarle, pero ha ocurrido algo. Ha tenido que hacer un viaje de
emergencia.
—¿Está bien?
—Sí, él sí. O eso creo. Solo me dijo que ahora más que nunca debía estar
donde tocaba. Que lo sentía, pero que Ella era lo más importante en su vida.
—¿Ella?
—No sé más. Solo se despidió asegurándome que en cuanto pudiera
volvería.
—¿Qué vamos a hacer sin él? —Pienso, intento encontrar una solución
rápida. Cuando de golpe, lo veo claro—. ¡¡Lo tengo!!
Capítulo 41
Es la tercera vez que llamo. No voy a parar hasta conseguir que me coja
el teléfono. Salta otra vez el contestador, no me importa, lo vuelvo a
intentar.
—Diga —responde una voz grave.
—Disculpe. ¿Señor Santos?
—Yo mismo. Espero que no llame para venderme nada. He interrumpido
una reunión importantísima debido a su insistencia.
—Le aseguro que esto también es muy importante. Soy Neus Blázquez
y…
—¡Gracias a Dios! Hace dos horas que uno de mis abogados está
intentando contactar con usted. —He recibido varias llamadas de un
número desconocido. Estaba convencida de que era Enrique o Esteva, y es
por eso por lo que no he contestado—. Ya estábamos valorando la opción
de ir a buscarla a su casa. Alex me pidió ayuda y me suplicó que la
encontrara.
—¿Ha hablado con Alex? ¿Está bien?
—Señora Blázquez.
—Soy señorita y llámeme Neus.
—Disculpe, Alex se refiere siempre a usted como su mujer. Pero sí, lo
mejor es tutearnos, a mí puede llamarme Miguel.
Me quedo en silencio, intentando ordenar las palabras en mi cabeza para
integrarlas.
—¿Alex le habla de mí? —Ríe ligeramente.
—Todo el día. Lo cierto es que estoy deseando conocer a la mujer que ha
conseguido enamorar a mi chico.
Sé que Alex adora a su jefe, dice que es como un segundo padre para él.
Está claro que el cariño que se tienen es mutuo.
—Voy a enviar un coche de la compañía a recogerla y la traerán a las
oficinas cuanto antes.
—¡No!
—¿No?
—Mmm… Antes de ir, necesito que me explique qué le ha ocurrido a
Alex. Por favor. —Ni de broma voy a asomar la cabeza por Genesis
Marketing, lo último que quiero es volver a ver a Enrique.
—Ufff… —resopla con agobio—, Alex está en prisión. —Venga, sin
vaselina. Es tal la hostia que me quedo muda, pero él continúa como si nada
—: Tuvo un enfrentamiento con mi hijo, Enrique. —El cuerpo me tiembla
al escuchar su nombre—. Alex no ha tenido tiempo de contarme los
motivos, pero deben de ser de peso. Al parecer, tras una complicada
reunión, mi hijo esperó a Alex en la puerta de la central de Nike en NYC y
lo golpeó. Con tan mala suerte que justo en el momento que Alex se
revolvía y le propinaba un puñetazo, pasaron dos agentes. La policía
americana no se anda con chiquitas, así que, sin preguntar, lo esposaron y
lleva desde entonces en prisión.
—Por eso no me ha llamado —susurro para mí misma.
—Así es. Solo podía hacer una llamada de un par de minutos. Me llamó a
mí para que enviara a los abogados de la compañía a ayudarlo. Justo antes
de que se cortara me pidió que la buscara y le dijera que la quiere.
No puedo controlar el torrente de lágrimas que decide surcar mis
mejillas. En este momento me siento miserable. Débil. Solo he necesitado
una frase para dudar de él. Un puñado de palabras y he acabado en el
Averno. Si Alex descubre que he estado allí otra vez…
—¿Sigue ahí? —Reacciono e intento concentrarme en la conversación.
—¿Y Enrique dónde está?
—No sé nada de mi hijo desde el fin de semana. Ni siquiera tenía
constancia de que había una reunión con Nike en New York. He de decirle
que estoy algo inquieto y sorprendido. Alex me informa siempre de todo.
Además, ¿no estaban de vacaciones en Disneyland?
—¿Se lo contó?
—Claro. Estaba muy emocionado con la sorpresa de la furgoneta camper.
¿Le gustó?
—Mmm… Sí, lo cierto es que ha sido el viaje de mis sueños. —Decirlo
en voz alta, oírme a mí misma, hace que me sienta cada vez más miserable
y que las lágrimas resbalen en más abundancia—. Sr. Santos…
—Miguel.
—Sí. Miguel. ¿Qué va a pasar con Alex?
—Uno de los abogados de la compañía cogerá un vuelo en… menos de
una hora. El resto está tratando de que el Consulado General de España nos
ayude.
—No le entiendo.
—Enrique denunció a Alex y está acusado por un delito de agresión. Le
han retirado el pasaporte y está a la espera de un juicio rápido. El período
de tiempo entre el arresto y la instrucción de cargos, generalmente, es de
veinticuatro horas. He movido todos los hilos posibles para que no suceda
hasta que no llegue mi abogado. Tengo un gran amigo en la embajada y él
ha contactado con el Consulado de New York, van a tratar de conseguir que
le hagan un reconocimiento médico.
—¿Qué le ocurre? ¿No está bien? —pregunto exaltada.
—Espero que sí. Alex me explicó que mi hijo le golpeó y por eso él se lo
devolvió. Si hay evidencias de eso, si podemos demostrar con un parte
médico que Enrique también le pegó, tendremos mucho ganado. Los
abogados alegarán que fue en defensa propia y pedirán la libertad sin
cargos. En el peor de los casos deberemos pagar una indemnización.
—Envíame todos los datos, cogeré un vuelo hoy mismo. No puede seguir
allí solo. —Creyendo que le odio. Eso solo me lo digo a mí misma y es lo
que más me angustia.
—No serviría de nada. Nadie puede ver a Alex hasta que no se ejecute el
juicio rápido. Solo el abogado.
—¿Qué pasará si todo sale mal?
—Eso no es una opción. Tengo los mejores abogados del país y, no
quiero sonar pedante, pero también dinero. Esas cosas, Neus, lo consiguen
casi todo.
Capítulo 42
—¡Mierda! ¡Joder!
—Vamos, su tiempo se ha agotado.
—Por favor, déjenme volver a llamar.
—Ya le avisamos que tenía dos minutos.
—Solo necesito uno más, será un momento. —Estiro la mano para
sujetar de nuevo el teléfono y un tirón seco de las esposas me lo impide,
provocándome un dolor horrible en las muñecas.
Soy un delincuente más en esta comisaría. A estos dos agentes con
aspecto de devora donuts, no les importa una mierda que necesite un minuto
más para decirle a Miguel donde puede encontrar a Neus. Dios mío. No
dejo de darle vueltas intentando recordar las palabras exactas que le dije. Lo
que no se me olvida es su cara cuando las solté sin pensar, fueron lapidarias
para ella.
Las esposas van atadas con una cadena que cuelga hasta los tobillos,
estos también están apresados. Me impiden caminar con normalidad y he de
dar pasos cortos. Algo casi imposible porque los dos agentes que me
sujetan, cada uno de un brazo, dan largas zancadas y eso provoca que
tropiece constantemente. Avanzamos de nuevo por el largo pasillo de
paredes blancas y suelo pavimentado. A la derecha, las rejas de acero
delimitan las pequeñas celdas. No deben de medir más de dos por dos.
Cuando he llegado la primera vez, los agentes me han avisado de que lo
mejor era cruzar el pasillo con la vista al suelo. Más o menos a la mitad de
lo que parecía un camino interminable, desde una de las celdas, han
hablado:
—Mira, un gatito desvalido.
El comentario ha jugado una mala pasada a mi instinto y he mirado como
si fuera a encontrar al dichoso gatito. Mis ojos han impactado con el
hombre más temible del mundo. Toda su cara estaba repleta de dibujos
oscuros, pero lo más escalofriante era la palabra «death» tatuada en la
frente y de la que, en tinta de color rojo, unas gotas simulaban la sangre
resbalando por su rostro. Al sonreír unos incisivos espeluznantes asomaron
en su boca, parecían la versión oscura de un vampiro, uno que mata
mordiendo a sus presas. Los agentes me zarandearon para que volviera la
vista al suelo, pero ya era demasiado tarde. El zumbado de dientes como
colmillos empezó a reír y eso provocó que todos los demás se acercaran a la
reja. Sacaban sus brazos intentando tocarme. Me lanzaban palabras
obscenas. Incluso, uno de ellos escupió, con la mala suerte de dar sobre el
pantalón de uno de los policías. Sin meditarlo ni un momento, el agente
sacó la porra y le propinó un fuerte golpe en la pantorrilla desde el otro lado
de los barrotes. Un alarido de dolor lo dobló en el suelo. Ahí se lio aún más.
Todos abucheaban e insultaban a los uniformados y estos caminaban
impasibles, casi arrastrándome. Yo sentía que lo que estaba ocurriendo era
ficción.
Al entrar en la celda, me abordó la claustrofobia, no padezco de ella, y
aunque el lugar es pequeño, también es cierto que está repleto de barrotes y
da una sensación de más amplitud. Creo que me agobié por la sensación de
estar encerrado en un lugar en el que no deseaba. Al fondo, contra la pared,
había una construcción recubierta de hormigón, como el suelo, sobre ella un
colchón del grosor del papel. Al lado, doblada una manta. Miré al tío de la
celda contigua, estaba durmiendo sobre esa superficie y entendí que era ahí
donde pasaría la noche. Después de un rato tumbado supe que era imposible
que estuviera durmiendo, debía de tener los ojos cerrados, pero ya.
Me han quitado todas las pertenencias y no he podido saber la hora hasta
que no he salido, de nuevo esposado como un preso de alto riesgo, para
hacer la llamada. En la pared de la sala, desde donde he podido hablar con
Miguel, había un reloj. Marcaba las tres de la mañana, así que ahora deben
de ser algo más de las ocho y media en Barcelona. Neus lleva desde ayer
sin saber nada de mí. Empiezo a cuestionarme seriamente si todo lo que he
hecho por salvar la compañía está valiendo la pena.
La ley aquí es enrevesada, confío en los abogados de Miguel, pero no me
fío de Enrique. Ya ha demostrado ser más listo de lo que imaginábamos.
Para ser sincero me tiene impresionado, siempre lo he tenido como un tonto
redomado. Al principio tenía intención de llamar a Henchman, pero
conozco bien a los abogados de Genesis Marketing, son imparables.
Además, me envió un mensaje poco antes de quedarme sin batería que
decía:
Henchman:
Ha surgido una emergencia y no puedo volar a New York.
Es Ella. Me necesita. He de volver.
No quise preguntar, dudo que en ese momento me hubiera explicado
nada. Ese mensaje era impropio en él. Sin duda, en cuanto lo vuelva a ver
hablaremos de la tal «Ella». De todos modos, conociendo a Henchman ya
debe de estar al tanto de mi situación. Si puede hacer algo lo hará, estoy
seguro. Pero ahora mismo los que tienen poder para sacarme de aquí son los
abogados de Miguel.
Las horas aquí dentro se pueden catalogar como eternas, insufribles,
fustigadoras, inquietantes… y muchos adjetivos más que las colocan como
las peores de mi vida. Cierto es que, para venir desde la otra punta del
mundo, el abogado llegó en un tiempo récord. Pero ya no podíamos hacer
nada hasta el día siguiente, así que he tenido que pasar dos interminables
noches dentro de esa celda. Con un frío del demonio y casi sin dar bocado a
la asquerosa comida que nos dejaban en una bandeja.
Al final, el fiscal ha aceptado como pruebas los informes médicos. El
doctor ha dicho que he tenido suerte. Los traumatismos abdominales eran
severos, pero no han provocado ruptura de ninguno de los órganos. El
abogado ha jugado con esa baza a su favor, y ha alegado que fue una
negligencia no evaluarme clínicamente antes, ya que en el caso de ser más
grave podría haber muerto. Acojonante, lo sé.
Al final, ha conseguido que saliera, pagando claro, sin embargo, menos
de lo que inicialmente estableció el fiscal. Lo que no ha podido borrar es la
mancha en mi expediente. Ahora tengo antecedentes. Yo que siempre he
huido de todo conflicto y que me considero una persona pacífica, tengo
antecedentes. A eso, y como dato muy importante, hemos de sumar que le
he gritado a mi mujer como si fuera un auténtico zumbado. ¿Cómo se me
fue de las manos tanto? ¿Cómo he podido hablarle tan mal a la mujer que
amo? Y lo peor de todo, ¿cómo he podido hacerle tanto daño? Porque estoy
seguro de que esto la está machacando. La conozco y ahora también sé sus
sombras, unas que con seguridad están acechándola y consumiéndola.
En el avión he caído fulminado. Es probable que haya roncado como un
oso. Estaba destrozado. Físicamente y también a nivel emocional. Mi
cabeza está triturada de tantas vueltas que le estoy dando a todo lo que está
sucediendo.
Por fin piso suelo barcelonés. De todos modos, eso no aligera nada el
peso que llevo dentro. No dejo de darle vueltas a todo lo que puede haber
pensado y pasado mi chica, después de mis casi tres días fuera. Lo primero
que pregunté al abogado cuando llegó es si la habían localizado. Dijo que
Miguel ya había hablado con ella y estaba al tanto de la situación. Lo
siguiente que pregunté fue si tenía algún mensaje para mí de su parte. El
abogado solo dijo que cuando el Sr. Santos habló con Neus, no estaba por
esos menesteres. A mí me sonó a evasiva.
Ante la falta de información sobre mi mujer, mientras esperamos a que
salga nuestro equipaje por la cinta transportadora, saco mi teléfono del
bolsillo del pantalón y marco su número, estoy desesperado.
—¿Hola? —Cuando escucho su voz, he de limpiar la lágrima rebelde con
el dorso de la mano. Todo está siendo muy intenso y oírla ha hecho vibrar
todo mi cuerpo de alegría.
—Bellissima.
—¿Alex?
—Sí. ¡Dios! Qué ganas tenía de escuchar tu voz. Acabo de aterrizar.
Dime dónde estás. Cojo un taxi y voy directo. —El abogado sujeta mi brazo
para detener la marcha.
—Verá, Sr. Falcó, eso va a ser imposible. Debe de ir directo a Genesis
Marketing. —Me molesta mucho que interrumpa la conversación íntima
que tengo con mi mujer.
—No pienso ir a ningún puto lugar sin antes verla a ella.
—Alex. Deberías hacerle caso.
—¡No! Yo solo quiero verte a ti.
—Pero yo a ti no.
Al escucharla me quedo bloqueado en el sitio. Siento cómo la sangre deja
de fluir. Es debido a que mi corazón se ha detenido.
—Neus Blázquez, no nos hagas esto. Por favor. La he cagado. Y aunque
no recuerdo bien lo que te dije, sé que he sido un cretino. Te lo suplico, deja
que lo hablemos.
—Ya dijiste todo lo que tenías que decir en esa habitación de hotel.
Sin más cuelga el teléfono, dejándome con una inmensa sensación de
fracaso y un vacío gigantesco en mi pecho. El destino puede llegar a ser un
gran cabrón. Te hace creer que debes de tomar un camino y ahora me doy
cuenta de que no era el correcto. He viajado para no perder lo que creía lo
más importante en mi vida, y resulta que ya lo tenía a mi lado en aquella
habitación de París.
Capítulo 43
Después de la conversación con Miguel, llevo en el sofá sentada un
largo rato. Analizando mi actitud. Está claro que mis tormentos de juventud
han ganado la batalla.
Nunca imaginé que Alex, mi rubio risueño y divertido, me gritaría, y
mucho menos unas palabras tan ofensivas: «Te crees que, porque te traigo
de viaje y te follo con caricias, puedes hacer lo que te dé la gana con mi
vida y mi trabajo».
Aunque mi actitud en un momento tan límite como ese no fue la correcta,
no lo puedo justificar, se comportó como un auténtico imbécil. Sin
embargo, es lícito que estuviera tan agobiado, Genesis Marketing ha sido
prácticamente su vida hasta que… hasta que… «Dilo de una vez, hasta que
se enamoró de ti». Eso. Para él, que la compañía se hunda, significa que ha
fracasado. Que su trabajo y esfuerzo no han servido para nada. Está
pasando por un auténtico infierno y yo me he ido al Averno a follar con otro
tío. Como he podido ser tan… tan… no sé ni como expresar la actitud
asquerosa y horrible que he tenido. Alex en la otra punta del mundo, entre
rejas y rogando que me encuentren para decirme que me quiere y yo… yo
gritando «más fuerte» a otro del que ni siquiera sé su nombre. Me doy asco
a mí misma.
Miguel asegura que tiene la sartén por el mango y todo saldrá bien. Aun
siendo así, ¿qué pasará cuando vuelva Alex? ¿Qué va a ser de la campaña y
de su trabajo? Está claro que volver a la oficina con Enrique allí, ya no es
una opción para él. No pongo en duda el aprecio que le tiene Miguel, sin
embargo, un hijo es un hijo.
Tengo que averiguar qué hacía Enrique en New York. Me perdí la mitad
de la conversación enfadada dentro de la ducha, pero algo me dice que el
heredero de Genesis Marketing tiene mucha culpa, o toda, de lo que está
ocurriendo. Y sé quién es la persona indicada para ayudarme.
—Joder, Neus, ¿qué pasa? Me has llamado siete veces seguidas. —A mí,
a insistente y cabezota, no me gana nadie.
—Henchman, te necesito.
—Neus… no puedo. Lucy está descontrolada y...
—No sé lo grave que es lo de Lucy, pero Alex está en prisión preventiva
en New York.
—Pero ¡¿qué coño?! —Alza la voz sorprendido.
Sin perder el tiempo le explico todo lo que me ha contado Miguel.
Intento no dejarme ningún detalle. Él se mantiene en silencio atento.
—Joder, Neus. Dame un segundo. —Lo escucho murmurar o gruñir,
quizá está maldiciendo. No me queda claro—. Bien, salgo ahora mismo.
Pero mientras llego, haremos lo siguiente.
***
—Me ha sorprendido mucho tu llamada.
—No sabes lo arrepentida que me siento por no confiar en ti ayer.
Perdona. Estaba confusa.
—Tu confusión casi me cuesta uno de los apéndices más útiles de mi
cuerpo.
—Lo cierto es que perder una lengua tan ágil como la tuya sería
devastador para el mundo —digo sugerente a la vez que acaricio con el
dedo índice el dorso de la mano de Enrique.
El tacto de mi piel sobre la suya hace que se le escape un pequeño
gemido. Es discreto, pero desde el otro lado de la mesa lo he escuchado.
Lleva la mano que no estoy acariciando bajo la mesa y sé que está
recolocándose el paquete.
He quedado con él directamente aquí, en el Amore Mio, es el sitio
perfecto.
—Buona notte, bella.
—Buona notte, Flavio. ¿Come stai, amico?
—Non bravo come te. Oggi sei spettacolare.
—Sin duda haces honor a los rumores sobre los italianos, sois los más
seductores del planeta. —Río coqueta mientras me levanto a abrazar a
Flavio y beso su mejilla.
—Bien, pues pedimos, ¿no? —interrumpe Enrique, molesto por mi
actitud cariñosa.
—Os traigo primero un buen vino blanco y así podéis mirar la carta con
tranquilidad, ¿vale?
—Traiga un...
—Una botella de «La Charla» —interrumpo a Enrique—. Es el vino
preferido de mi amiga y mío. Flavio lo tiene en carta por nosotras. ¿Te
parece bien?
—Por supuesto. Hoy será todo cómo a ti te apetezca —contesta Enrique
con voz sensual, y siento que sus palabras van cargadas de unas promesas
que abarcan toda la noche.
Le sonrío complacida y me lo quedo mirando un rato. Tiene la cara
destrozada. Uno de los ojos no lo puede abrir. Los puntos del labio y la ceja
acentúan que se le vea aún más malherido.
—Deja de mirarme así. Sé que estoy horrible, pero los golpes de ese
cabronazo no durarán para siempre.
—No sé cómo he podido desconfiar de ti. La otra noche todo me vino de
sorpresa. Esteva, tus golpes y la historia. Fue demasiado que asimilar. Pero
he podido meditar estos días y me he dado cuenta de que no fui justa
contigo.
—Esta noche puedes compensarlo.
—Te aseguro que lo estoy deseando. —Paseo mi mano por el cuello y
acaricio con las yemas la redondez de mis pechos, que se exhiben
descarados en el escote.
Me he puesto un vestido rojo que realza mi busto y lo muestra erguido y
sugerente. El tejido se ciñe a mis curvas como una segunda piel, cubriendo
algo menos de medio muslo. Unos zapatos de tacón negros hacen que mis
piernas se vean aún más largas.
—No puedo dejar de imaginar esos labios rojos y jugosos alrededor de
mi polla.
—Mmm… —gimo cerrando los ojos a la vez que meto el dedo índice en
mi boca y lo voy sacando poco a poco.
—Te pienso follar tan duro y tantas veces, que no podrás ni andar
mañana. —Un carraspeo irrumpe en la conversación. Flavio sostiene la
botella de vino blanco mientras la está abriendo.
Nos miramos un segundo, y algo se remueve dentro de mí. En cuanto me
sirve, bebo la primera copa de un solo trago, sin respirar.
—¡Vaya!
—Estoy sedienta. —Le sonrío y paso la lengua por el borde del labio
para recoger una gota de la afrutada bebida—. Enrique, siento haber dudado
de ti. Nunca imaginé que Alex fuera de ese tipo de hombres. Pero está claro
que las ansias de poder lo han sobrepasado.
—No te preocupes, disculpas aceptadas. Siempre he sabido que eras una
mujer inteligente, tenía claro que al final te darías cuenta de que es un
mierda y volverías conmigo. Ambos sabemos que no vas a encontrar a
nadie que te ofrezca todo lo que te puedo dar yo. Sé lo que necesitas y cómo
dártelo.
Sus palabras me recuerdan a las de Esteva hace un tiempo. Es curioso lo
claro que tienen todos lo que necesito.
La cena transcurre entre adulaciones e insinuaciones. Y las copas de vino
van cayendo una tras otra.
—Ufff… —Llevo la mano sobre la frente—. Me estoy empezando a
sentir mal.
—¿Qué te ocurre?
—Quizá he tomado demasiado vino. Me siento algo aturdida. Disculpa.
Voy a ir al baño un momento.
—Espera voy contigo.
—No. No es necesario. Me refrescaré un poco y vuelvo enseguida.
—¿Neus? Llevas dentro demasiado tiempo. Estamos preocupados. Voy a
entrar. —Se oye la voz de Flavio al otro lado de la puerta. Una llave tintinea
y sé que trata de abrir—. Entro —confirma justo en el momento que una
arcada sube por mi garganta y la cena sale despedida de mi boca directa al
retrete.
Enrique, rápido, recoge mi cabello y sujeta mi frente mientras acabo de
vaciarme por completo. Sentada en el suelo, espatarrada y con lo que
seguro es un aspecto lamentable, respiro algo aliviada una vez lo he echado
todo. Flavio y Enrique me miran preocupados y, con cuidado, me ayudan a
ponerme en pie. Limpio mi rostro ante la atenta mirada de los dos hombres
que me custodian y sujetan mi cuerpo por los brazos.
—Bella, ¿come stai?
—Mejor.
—Has bebido demasiado. Te llevo a casa —sentencia Enrique.
***
—Despierta, preciosa. Hemos llegado. Te dejo aquí y yo daré otra
vuelta a ver si consigo aparcar. Así no tienes que andar.
—Enrique, me encuentro fatal. —Tapo mi boca conteniendo otra arcada
y él se retira con rapidez pegando su cuerpo a la puerta del conductor—.
Voy a enviar un mensaje a mi madre. Ella sabe preparar una infusión
fantástica para controlar el vómito. Lo siento, la noche prometía, pero solo
deseo estirarme y dormir.
—Está bien. Te llamo mañana.
—Gracias por la velada y siento haberla fastidiado.
—No te preocupes, recupérate y me llamas. Tengo muchas ideas y todas
implican a tu cuerpo. Así que ponte bien pronto, o mi polla reventará. —
Río ligeramente.
—No te beso, tengo el aliento… ya sabes.
—Sí, sí, tranquila.
En cuanto entro en el ascensor y las puertas se cierran respiro aliviada.
Una vez en mi piso y sintiéndome segura, envío el mensaje:
Neus:
Todo perfecto. Ya estoy en casa. ¿Tú qué tal?
Henchman:
Lo tenemos. Esto es el principio de su fin.
Capítulo 44
¿En qué momento de mi vida me despisté tanto? ¿Cómo he podido
arruinar el viaje y mi relación con Neus por mantener mi trabajo? Desde
que hemos salido del aeropuerto le estoy dando vueltas y he tomado la
decisión. Voy a dejar Genesis Marketing. Dimitiré. Me importa una mierda
el acuerdo con Nike, y las artimañas de Enrique para destruir mi carrera. He
aceptado ir a la compañía para dar la cara y presentar la dimisión en
persona. Después iré a casa de Neus y no pararé hasta que me escuche.
Hasta que me perdone. Voy a eliminar lo que nos ha jodido tanto a los dos,
mi trabajo.
He pasado la vida dejándome la piel en la oficina, sin darme cuenta de
que lo que realmente hacía era transitar, sin más. Estaba convencido de que
todo mi esfuerzo era relevante para la empresa. Que yo era imprescindible.
Pero la verdad es que solo es un trabajo. Uno que en realidad me restaba
tiempo vital. Me he perdido decenas de partidos disfrutando de una cerveza
con Quim por acabar un informe. He pasado noches en vela cerrando
presupuestos. Y he perdido horas de valor incalculable junto a Neus. Días
en los que no hemos podido quedar, porque siempre, para nosotros, el
trabajo era lo más importante. Eso se ha terminado. Ahora, que siento que
se escapa de nuevo entre mis dedos, que por segunda vez la voy a perder, sé
que mi Blancanieves siempre será el activo más valioso y rico de mi vida.
Porque ella me da todo lo que puedo necesitar. Porque las mayores riquezas
son las vivencias.
Bajo del taxi y camino con determinación. Cruzo las puertas, de lo que ha
sido mi casa los últimos catorce años, con confianza y tranquilidad. Paso
por mi despacho para asearme y cambiarme de ropa. Escojo una corbata
verde esmeralda, que me recuerda al color de ojos de Neus. Ya con la cara y
los dientes lavados, me miro en el espejo del pequeño aseo.
—Hoy va a ser un gran día —digo en voz alta tratando de convencerme
de ello.
Ajusto las solapas de la americana azul oscuro y me dirijo a la sala de
juntas. No corro. Camino relajado, con las manos en los bolsillos del
pantalón. Saludo con una sonrisa a todos los empleados con los que me
cruzo. Como he hecho siempre. Sin embargo, esta vez presto más atención
a los detalles. Intento embeberme del lugar para recordar todo lo bueno que
me ha dado.
Una vez frente a la puerta, inspiro con mucha fuerza y al dejar ir por
completo el aire, llamo con los nudillos y, sin detenerme, entro.
Al ver la cara de Enrique me quedo parado. Parece el primo feo del
jorobado de Notre Dame. Es evidente que no soy el único que está harto de
él. Quien sea que le ha golpeado, ha tenido más suerte que yo y ha podido
darle hasta quedarse a gusto.
—Miguel. ¿Qué tal?
Mi jefe está en pie, de espaldas a la mesa y mirando por el gran ventanal.
Sus manos descansan en los bolsillos, creo que esa postura la acabé
haciendo mía después de verlo tanto a él.
—Toma asiento, Alex, por favor.
—Solo he venido por un motivo y…
—Silencio.
—Papá, deberíamos llamar a seguridad, no me fío de él.
—¡He dicho silencio! —grita furioso, pero se mantiene con la vista fija
en el exterior—. Os vais a callar, los dos, hasta que acabe de decir todo lo
que debéis escuchar.
Se oye resoplar a Enrique, ni lo miro. Siempre fue irrespetuoso y
maleducado. Tomo asiento y cuando estoy acomodado, la voz de Miguel
llena la sala.
—Hace cuarenta años que fundé Genesis Marketing en una de las
habitaciones del primer piso que compré con mi esposa. Ahora, es una de
las empresas más punteras y mejor valoradas en el sector del marketing.
Pero esto no es solo mérito mío. Durante años he trabajado con gente
maravillosa que ha conseguido hacernos crecer.
»Todos saben que para mí, esta compañía es como un hijo más. La he
visto crecer, tropezar y remontar. Le he entregado más de media vida, sin
embargo, ahora, ha llegado el momento de dejarla ir. He decidido jubilarme.
Ya hace dos años que mi esposa desea que cojamos todo el dinero que he
ganado y nos lo gastemos en un viaje dando la vuelta al mundo. Se lo debo.
Pero para poder hacer eso, necesito saber que la empresa seguirá adelante
sin mí. No podría dejarla en las manos erróneas. Jamás me lo perdonaría.
—Bien dicho, papá.
—Veo que todos los años de colegios privados no han servido para que tu
educación mejore. —Se gira y lo encara manteniendo un silencio retador.
Enrique, aun así, abre la boca para rebatirle y Miguel vuelve a cortarlo—.
Nunca has sabido callar cuando debías. Siempre has sido impulsivo,
contestón y altivo. Pero esto, hijo, se te ha ido de las manos. —Señala su
rostro.
Los miro alternando, de uno a otro, estupefacto y sin comprender lo que
quiere decir. Enrique parece estar igual de sorprendido que yo, tanto que ni
habla. Ahora me fijo en él y también lleva traje, aunque le falta la corbata.
Su cabello oscuro está engominado hacia atrás como de costumbre. Y esa
cara tiene pinta de que tardará en volver a ser la misma. Seguro que los
puntos dejarán marca para siempre. Ante él está la carpeta que enseñó en la
reunión de New York. La reconozco por el color azul y por la palabra que
reza en ella «Falcó». Tiene las dos manos entrelazadas sobre la mesa y me
llama la atención lo inmaculadas que están. Así que deduzco que el que le
asestó tal somanta de palos, tuvo el completo control de la pelea. Yo solo le
di un mísero puñetazo en la mandíbula y como recuerdo, tengo dos dedos
morados e inflamados. De todo, lo que más me llama la atención es que no
parece que mi único golpe sea patente en su rostro. Los morados los tiene
en los ojos y pómulos. Así que, he acabado en la cárcel por un solo golpe
que no fue lo suficiente fuerte como para dejar señal. Patético. Está claro
que no va conmigo lo de ser un macarra que pega a la gente.
Deseé matarlo. Una necesidad física me embargó en el momento que lo
oí hablar de ese modo de Neus. No nos engañemos, nunca fui un luchador,
ese siempre fue Quim. Él ha sido el que ha librado las batallas por los dos,
el valiente. Se supone que yo soy el cabal, pero la Dra. Blázquez suele
fundir todos mis circuitos.
Miguel se vuelve otra vez hacia las vistas de Barcelona.
—¿Sabéis? Estoy tremendamente decepcionado. He confiado hasta
cuando nadie lo hacía. Lo entregué todo, sin censura, y viene devuelto de la
peor de las maneras. Me has robado, me has manipulado y lo que es peor,
me has mentido sin que te temblara el pulso—. Sus palabras certifican que
Enrique le ha enseñado los documentos.
Saber que está tan decepcionado conmigo, me duele. Paso las manos por
mi rostro y suspiro para cargarme de fuerza. Si no lo digo rápido, no podré
hacerlo.
—Dimito.
—¡Sí! Joder. ¡Ya era hora! —celebra Enrique poniéndose en pie sin
poder contener el júbilo. Lo ignoro.
—Miguel, lo sien…
—No vas a dimitir —dictamina Miguel girándose.
—¿Pero qué coño dices, papá? ¡¿Estás loco?! Claro que va a dimitir. Es
lo mejor que nos podía pasar. Que se vaya.
—Es que Alex no se puede ir.
—¡Pero qué narices! —brama Enrique.
Miguel lo ignora, solo me mira a mí cuando añade:
—He decidido dejar la compañía en las manos de la persona en la que
más confío y que de verdad se lo merece. —La voz incesante de su hijo,
murmurando que lo mejor es que dimita, se apaga de golpe y lo mira
estupefacto, pero no más que yo.
Miguel tiene la mirada fija sobre mí. No puede ser.
»Gracias por todos estos años de esfuerzo, Alex. Genesis Marketing será
tuyo en cuanto firmes los papeles.
—¡¡¿QUÉ?!! ¡¡Una mierdaaaa!! —Enrique se desquicia y coge una de
las sillas y la lanza contra la pared. Grita colérico.
Y como si de una película se tratara. En ese momento en que parece que
todo se ha descontrolado. La puerta se abre. Después de lo que acaba de
decir Miguel, creía que no había nada que pudiera sorprenderme más, error.
Neus Blázquez irrumpe en la sala más rompedora y sexy que nunca, entra
con un vestido negro de escote cerrado y ceñido a su cuerpo hasta debajo de
las rodillas. Los tacones hacen que contonee sus caderas. Y el cabello
recogido despeja su rostro adornado con unos increíbles labios rojos.
Todos estamos en completo silencio debido al embrujo de esta mujer.
Cuando se detiene junto a la mesa, lanza un puñado de papeles y estos se
esparcen por la superficie. Entonces, dice:
—Hola, Enrique. Bienvenido al principio del fin.
Capítulo 45
La mandíbula de Enrique está rozando el suelo y yo, ahora mismo, me
siento la puta ama. Miro a mi rubio preferido en el mundo y me muero de lo
guapísimo que está.
—¡Hola, Piccolo! —Le guiño un ojo.
—¡Hola, Bellissima! —Sonríe y tengo que contenerme para no lanzarme
sobre él y comérmelo enterito. Lo he echado tanto de menos que hasta
dolía.
En ese momento parece que las pocas neuronas de Enrique cobran
conciencia.
—¿Qué coño estás haciendo, Neus?
—Deberías relajarte, tanta tensión facial va a conseguir que se te salte
algún punto. Sería bueno que intentes conservar tu rostro en el mejor estado
posible. Lo más probable es que después de esto, sea lo único que te quede.
Una cara bonita. —Vale, soy una vacilona.
Pero es que se lo merece.
Como era de esperar, salta histérico sobre mí y es ahí cuando Henchman
aparece en escena.
Justo antes de entrar me ha dicho que debía hacerlo sola, que era mi
momento de gloria. Si es que adoro a este hombre.
Con un movimiento ágil veo aparecer la mano grande y fuerte de
Henchman desde detrás de mí, y en dos zancadas ya está sujetando a
Enrique del cuello, lo hace con tanto ímpetu que casi lo levanta del suelo.
Su cara empieza a cobrar un color rosado debido a la falta de aire y es
cuando decide lanzarlo sobre una de las sillas.
—Si abres esa bocaza que tienes, acabaré de retocar tu cara —amenaza.
Miro de reojo a Miguel. Siento pena por él. Al fin y al cabo, no deja de
ser su hijo. Veo la decepción en su rostro, pero se mantiene estoico. Se ha
quedado en un segundo plano, junto a la ventana. Él ya sabe qué es lo que
voy a decir, pero ha querido estar presente y ver la reacción de su hijo.
—Quiero dejar dos cosas claras. Primera: la cena de ayer solo fue para
distraerte y que, aquí mi amigo —señalo a Henchman—, pudiera ir a tu piso
y conseguir toda esta información —explico señalando los documentos que
he lanzado en la mesa.
Impulsado por la rabia, Enrique trata de levantarse de la silla, pero mi
secuaz posa la mano sobre su hombro y lo hunde de nuevo en ella.
—Engañarte fue fácil. Hombres. Más primarios no podéis ser. Un bonito
vestido, cuatro palabras de mujer arrepentida y algún gesto obsceno,
bastaron para engatusarte. ¿De verdad creíste todas las patrañas que te dije?
Para mí eres escoria. Pero mi papel era vital para conseguir toda la
información. Solo había un problema. Como desaparecer cuando ya
tuviéramos lo que necesitábamos. Es ahí cuando entra Flavio.
Se hace un silencio. Dejo que piense bien en lo que acabo de decir.
—Él fue el que vino a la mesa alarmado diciendo que te había oído
vomitar en el baño —piensa en alto Enrique atando acabos. Yo sonrío
triunfadora.
—La verdad es que de tanto en tanto se te enciende algo ahí dentro. —
Señalo su cabeza —. En cuanto abriste, me forcé con los dedos y todo salió
en tropel. Un poco de vómito le baja la libido a cualquiera. Faltó poco para
que se me escapara la risa en el coche, cuando fingí otra arcada y casi saltas
de él.
—Siempre has sido una puta barata. Una zorra que necesita que la
asfixien para correrse.
Alex yergue su cuerpo abandonando la silla a la vez que golpea con la
palma sobre la mesa y rompe su silencio:
—Si vuelves a dirigirte a mi mujer de ese modo o de cualquier otro, no
me va a importar el respeto que siempre le he tenido a tu padre.
—Alex —mi voz atrae su mirada al instante—, lo siento mucho.
—Yo sí que…
—No. Deja que acabe y aclare este otro punto. Siento lo de esta mañana.
Ha sido, sin duda, lo más difícil de todo. Necesitábamos que vinieras
directo a Genesis Marketing y poder pillar a Enrique aquí infraganti. Si te
dejaba venir a casa no me podría haber resistido y aún seguiríamos allí. —
Sonrío pícara con lágrimas en los ojos—. ¿Podemos olvidar lo que pasó esa
mañana en París? ¿Y centrarnos solo en que te quiero?
—Neus —dice en una exhalación a la vez que toda la rigidez de su
cuerpo se pierde y sus hombros caen acompañando a sus brazos, que
quedan lánguidos junto a su cuerpo.
—¡Bien! —carraspeo para retomar la cordura y dejo de lado el
romanticismo. No es el momento. Aun así, necesitaba que lo supiera. Estiro
la espalda, descanso las manos en mis caderas y me centro—. Vamos al
grano. ¿Qué iba a ahora? ¡Ah! ¡Sí! Ahora es cuando llega tu fin. —Miro a
Enrique—. El día que viniste a verme con esa cara magullada y me dijiste
que había sido Alex quien te había dado una paliza, supe al instante que
mentías.
—¡¡Fue él!! Y si no léete sus antecedentes.
—Enrique, la verdad es poderosa. Deberías de dejar ese papel, solo haces
que tu padre se sienta más avergonzado de ti. —Gira el rostro hacia Miguel
y este le mantiene la mirada firme, como el padre decepcionado que es—.
Vayamos por partes. Estos mails son con la central de uno de los bancos de
las Bahamas. En ellos solicitas que hagan las transacciones y los
movimientos entre cuentas para que no quede reflejada tu firma electrónica
en el banco de la compañía. Ahí me pareciste avispado. Pero he de
reconocer que lo de Laura, eso sí que me sorprendió. Conquistarla para que
fuera ella quien sacara toda la documentación de los clientes fue una buena
jugada. Tendré que darle mi tarjeta de la consulta para que pueda superar el
trauma que le va a causar descubrir que nunca la has amado, y que mucho
menos tenías pensado casarte con ella. Pobre chica. Dejo a su novio de toda
la vida por ti. Es posible que esto no lo supere nunca. —Me mira impasible,
le importa una mierda esa chica. Es un monstruo. No dejo que eso me frene
y continúo con lo que he venido a hacer—: Atento, porque ahora viene mi
parte preferida. Alex, por favor, puedes poner el vídeo de este pendrive en
la pantalla grande.
Se lo lanzo desde mi sitio hasta la otra punta de la mesa y lo coge al aire.
—Buen tiro, cielo. —Ahora es el quién me guiña el ojo.
Trastea en el ordenador y con un mando conecta una pantalla que ocupa
casi toda la pared del fondo.
—¿Sabes, Enrique? Vas causando desprecio allí por donde pisas. Solo
tuvimos que hacer un par de llamadas para que el señor Ricardo Cifuentes
aceptara darnos acceso a las grabaciones de las cámaras que hay en la
puerta de la central de Nike en New York. Piccolo, por favor, pon el vídeo.
Se ve el frenético tráfico de gente de la ciudad y cómo las puertas se
abren y aparece en escena Enrique. Las imágenes son algo pixeladas, pero
se ve con claridad que es él. Camina de un lado a otro ansioso, se detiene y
vuelve su cuerpo mirando hacia la puerta, en ese momento su rostro queda
frente a una de las cámaras. La perspectiva de la imagen cambia y se le ve
tratando de esconderse tras una de las columnas de al lado de la puerta. Otro
cambio de dirección de la imagen nos muestra a Alex caminando con las
manos en los bolsillos, solo da unos pocos pasos y se detiene. Su cabeza cae
hacia delante y queda latente con el gesto que no está bien. Siento un
pellizco en el corazón al pensar que solo unas horas antes yo estaba en el
Averno.
Se ve la imagen desde otra cámara. Enrique, en escena, camina decidido
y por detrás le asesta un fuerte puñetazo. Coloca su cuerpo sobre el de Alex
para que nadie vea lo que está sucediendo. Lo ataca de nuevo. Se ve claro,
porque el cuerpo de mi Piccolo se sacude y se dobla hacia delante.
—Atento, esta es mi parte preferida. —Todos están en absoluto silencio
—. ¡Ahí! Justo ahí. —Se ve a Alex incorporándose y cómo le lanza un
puñetazo al rostro de Enrique—. Y… tres, dos, uno… ¡Boom! Solo tres
segundos. Eso es lo que tarda en aparecer la policía. Que pasaran por la
acera justo en ese instante fue, sin duda, una suerte para ti. La pregunta es,
si esposaron a Alex después del primer golpe… ¿Cómo acabaste así?
Capítulo 46
Henchman es un auténtico crack. Mientras yo entretenía a Enrique en el
Amore Mio con la ayuda de Flavio, él se coló en su casa. Dirás, eso es
allanamiento, sí, claro que lo es. Es ilegal, por supuesto. Como también lo
es la estafa, el robo, el blanqueo de capital, y el incumplimiento de un
contrato de confidencialidad. A eso hay que sumarle, que, si no le intento
arrancar la lengua de un bocado, habría abusado de mí junto con Esteva.
Son tantos los cargos que recaerían sobre Enrique, que plantearse
denunciarnos por entrar en su casa, no es una opción para él.
Durante la llamada con Henchman descubrí muchas cosas que no sabía.
Me explicó la conversación que tuvo con Alex la mañana que discutí con él
en el hotel de París. Creía que no me podía sentir peor por haber ido al
Averno, pero me equivocaba. Saber todo lo que estaba haciendo Enrique
para acabar con mi chico, me destrozó. No dudé ni un segundo cuando
Henchman me contó su plan, pensaba ayudarlo en lo que fuera. Y lo más
importante, íbamos a destruir a Enrique.
Cuando lo vi en el restaurante, estaba muerta de miedo. Me preocupaba
que descubriera que todo era un teatro. Parecer sensual me resultó sencillo,
pero tener que acariciar su mano me produjo tanta repulsión que creí que
sería capaz de vomitar sin esfuerzo alguno. Mi trabajo suele ser más de
escuchar, no estoy acostumbrada a hablar mucho, a no ser que sean
personas que aprecio, amigos, familia, Alex. Así que darle conversación se
estaba convirtiendo en una labor agotadora, los minutos parecían horas. Su
prepotencia me aborrecía. Y lo que acabó de rematar la repugnante noche,
fue cuando dijo que él sabía lo que necesitaba y cómo dármelo. Menudo
gilipollas engreído.
En el coche, de camino a mi casa, hacerme la dormida fue la mejor idea.
Ya lo imaginaba rozando mi muslo con sus asquerosas manos todo el
camino, no podría haberlo soportado. Por suerte, no le va la somnofilia y
prefiere excitarse con personas despiertas.
Entré en casa y sentí un alivio inmenso. Henchman salió pitando del piso
de Enrique en cuanto le envié el mensaje. Pasó a recoger al Sr. Santos y
ambos vinieron. Sentados alrededor de la mesa de centro de mi salón, con
unas infusiones para calmar los nervios, mi amigo explicó con detalle cada
uno de los emails e imágenes. Sentí una pena enorme cuando Miguel, sin
poder evitarlo, se derrumbó. Que tu propia sangre, tu hijo, te haga algo así,
es devastador.
—¿No vas a contestar? Veo que el efecto del mordisco que te di en tu
asquerosa lengua está haciendo efecto en este momento. —Miro un
segundo a Alex, en un intento de decirle sin hablar, que todo tiene una
explicación. Él solo asiente con la cabeza ligeramente y eso consigue que
me tranquilice un poco, está confiando en mí.
Cojo los últimos documentos que hemos traído y continúo.
—Iré leyendo por orden. Para que puedas ir haciendo memoria poco a
poco, soy consciente de que no estás capacitado para mucha información
seguida.
—Eres una pu…
—¡Ni te atrevas! —lo interrumpe Alex alzando la voz. Henchman sigue a
su lado salvaguardándonos a todos de sus posibles impulsos de ira. Se le ve
impasible, con las manos sujetas delante de su cuerpo y las piernas
ligeramente abiertas. Solo le falta un uniforme de camuflaje para que todos
lo vean como el soldado que es. A Enrique, en cualquier momento, le
estalla un ojo debido a la presión arterial que debe estar sufriendo. Sus
manos envuelven los reposabrazos de la silla y estoy segura de que las uñas
ya están clavadas en ellos. Al Sr. Santos no lo miro, no quiero que se me
ablande ni un poquito el corazón—. Continúa, Bellissima.
Le sonrío ligeramente y empiezo a leer:
De: estevapuig@cirujanoplástico.es
Para: [email protected]
Asunto: Acuerdo a valorar.
Buenos días, Enrique,
Usted no me conoce, jamás me ha visto, pero estoy convencido de que lo
que le voy a ofrecer es de su máximo interés. Para igualar las condiciones,
y ya que yo le he estudiado y sé perfectamente quién es, sus hábitos y
costumbres, le doy mis datos para que pueda informarse. Mi nombre es
Esteva Puig, trabajo en el Hospital la Vall de Hebrón y soy cirujano
plástico. Puede buscarme por internet si desconfía.
Se preguntará cómo he conseguido su correo electrónico personal y de
donde he sacado toda esa supuesta información. Si acepta colaborar
conmigo, se lo explicaré.
El motivo por el que contacto con usted es porque compartimos odio
hacia la misma persona, Alex Falcó. Tengo algo que estoy seguro de que
usted va a desear febrilmente y que además nos va a servir para destruir a
ese maldito entrometido.
Quedo pendiente de su respuesta.
Esteva Puig.
Cirujano plástico.
—¡¡Eso es invasión de mi intimidad y un delito!! Pienso denuncia…
—Cállate. ¿O prefieres que hablemos de todos los delitos que has
cometido tú?
Henchman lo sujeta del brazo con, estoy segura, excesiva fuerza. Eso
hace que Enrique cierre el pico. Cuando todo está en absoluto silencio, paso
página y continúo con el siguiente email:
De: [email protected]
Para: estevapuig@cirujanoplástico.es
Asunto: Acepto.
Buenos días, Esteva,
He leído sobre usted y no consigo averiguar qué es lo que le relaciona
con Alex Falcó. De todos modos, tras reflexionarlo bien, acepto. No me
interesan sus motivos, me basta con saber que quiere destruir a ese, como
bien dice en su email anterior, maldito entrometido.
¿Cómo empezamos?
Enrique Santos.
De: estevapuig@cirujanoplástico.es
Para: [email protected]
Asunto: Acuerdo establecido.
Buenas tardes, Enrique,
Iré directo al grano. Solo hay una manera de destruir a Alex Falcó y es
Neus Blázquez. Esa mujer es su capricho. Si ves la foto adjunta, entenderás
que puede ser el capricho de cualquier hombre. Pues bien, vamos a
arrebatársela igual que ha hecho él con TU empresa. Genesis Marketing
será tuyo de nuevo. Pero recuperar tu compañía requerirá de una inversión
monetaria y que trabajemos en común. He contratado a un genio de la
informática que se encargará de encontrar la manera de desacreditar a
Alex. Mientras tanto, nosotros llevaremos a término la mejor parte.
No me andaré con remilgos, te he escogido no solo por tu afán para
destruir a Falcó, sino porque tus costumbres sexuales nos van a beneficiar.
Seré sincero, la cantidad de dinero que gastas en putas de lujo y clubs es
obscena. Te puedo asegurar que tu cuenta bancaria va a agradecer conocer
a Neus. Es una jodida ninfómana. Nos ocuparemos de saciarla y le
borraremos de la cabeza a ese gilipollas.
Cuando Falcó se quiera dar cuenta, ya le habremos arrebatado todo, y
recuperado lo que es nuestro. Tú a Genesis Marketing y yo a mi puta
particular.
Esteva Puig.
Cirujano plástico.
Capítulo 47
Alex se pone en pie cuando ve que derramo la primera lágrima, pero
levanto la mano en señal de alto. Resopla, sin embargo, acepta mi petición y
se queda en el lugar. De todos modos, no vuelve a tomar asiento, se
mantiene erguido, con los brazos cruzados y terriblemente enfadado. No
conmigo, es a Enrique al que atraviesa con su mirada. Cojo el pañuelo que
me entrega Henchman y limpio el surco salado.
Vuelvo mi vista borrosa debido a mis acuosos ojos, a los documentos e
intento seguir leyendo sin sollozar. Los siguientes emails los paso de largo.
Creo que es innecesario leer delante de todos lo que esos dos desgraciados
dicen de mí. Prefiero que Alex no lo tenga que escuchar. Me avergüenzo de
ello. Ya fue lo suficientemente humillante cuando los leí yo. Henchman, en
mi casa, creyó oportuno que lo hiciera de manera individual y que fuera mi
decisión permitir que los viera el Sr. Santos. Acepté. Tenía que saber qué
clase de persona era su hijo, y si para eso debía leer cómo Esteva y Enrique
planeaban los encuentros sexuales conmigo, pues que así fuera.
En los emails se referían a mí con términos como: «es la zorrita con el
coño más barato que he conocido» y «es una puta hambrienta, la chupa
como si no hubiera comido en años». Incluso se organizaban y distribuían
mi cuerpo por tiempos, para poder hacerme todo lo que querían. Hablaban
como si solo fuera un trozo de carne.
En uno de los correos, Enrique enviaba un gráfico en el que se reflejaba
todo el dinero que se estaba ahorrando en prostitutas y Esteva le contestaba
con imágenes de la casa de la playa que se compró gracias a la zorra que
era.
Henchman me avisó, me dijo que quizá era mejor que no lo supiera. Me
lo dijo tantas veces que me preocupó, así que decidí tomar la medicación
para evitar un posible ataque de pánico. Menos mal. Jamás podría haber
imaginado algo tan espeluznante y doloroso.
Años era lo que llevaba compartiendo intimidad con Esteva. Vale que,
para mí, también era solo un medio para saciar mis necesidades. Pero leer
todos los comentarios vejatorios y denigrantes fue devastador. Dicen que de
lo que siembras, recoges. No sé si eso es del todo cierto. Yo no soy una
santa, y he tratado durante años a los hombres como si fueran objetos, pero
nunca a ese nivel. Mi cabezota no deja de preguntarme: «¿Es justificable
que tú lo hicieras a una menor escala?». No. Definitivamente no. Pero
tampoco creo que me merezca haber sido la puta de nadie. Siempre fui
sincera con todos mis follamigos, ellos sabían lo que opinaba. Jamás les
engañé, desde el primer momento les expliqué que no quería ningún tipo de
relación afectiva, solo física. Todo era hablado y consensuado, y ellos
aceptaban las condiciones. Nunca importó que no fuéramos más que
personas que compartían intimidad, siempre sentí respeto por sus cuerpos y
por las personas que eran. Si yo hubiera sabido que Esteva pensaba que era
una prostituta, que solo era un trozo de carne al que hincar el diente, al que
usar y tirar a conveniencia, haría muchos años que no existiría en mi vida.
—Estoy saltando emails que no son relevantes en este momento. Aun así,
quiero dejar claro que yo no fui, soy o seré, nunca, la puta de nadie.
—Debería darte el guantazo que nunca te di de pequeño. He leído todo lo
que escribiste de esta mujer y solo puedo decir que me das asco, Enrique.
¿Cómo lo hemos podido hacer tan mal tu madre y yo? —Miguel
compungido rompe a llorar y ha de girarse para ocultar su rostro. Debe de
ser horrible lo que está pasando este hombre.
—Siempre has sido un viejo flojo, canoso y gordo, lleno de
sentimentalismo barato. Por suerte no os he necesitado nunca para ser el
gran hombre que he llegado a ser. Y tú —me señala con un gesto de cabeza
y cara de desprecio—, como tú bien has dicho antes, la verdad es poderosa,
aunque deberías haber añadido, que también es dolorosa, ¡eh!, zorra. —
Empieza a reír a boca llena.
Henchman lo coge de la pechera amenazante, pero él sigue riendo
enajenado. Está loco, enfermo, no está bien de la cabeza. Como psiquiatra,
estoy convencida de que sufre trastorno de la personalidad narcisista.
Suelen ser personas hipersensibles a las críticas, es por eso por lo que
señalar sus malas acciones hacen que pierdan el control. Él necesita creer
que es perfecto, poderoso, y hoy está pasando todo lo contrario. Está
quedando reflejada la mala persona que es.
—Eres un psicópata narcisista, pero no voy a entrar en tu juego. Solo
quiero leer… —vuelvo a buscar en los papeles, mientras él sigue con esas
carcajadas inquietantes y molestas—. ¡Esto! Aquí está. La prueba que falta
y que demuestra que Alex siempre ha sido un hombre íntegro e intachable,
y tú un mierda sin escrúpulos.
Hospital la Vall de Hebrón
INFORME MÉDICO
TRAUMATOLOGÍA
Nombre del paciente: Esteva Puig
Edad: 38 años
Sexo: masculino
Motivo:
Contusión en mano derecha.
Anamnesis:
El paciente presenta dolor agudo en los dedos corazón y anular de
la mano derecha, debido a una fuerte contusión. Alega que golpeó una
pared.
Exploración:
Falta de movilidad. Inflamación.
Diagnóstico:
Fractura del quinto metacarpiano de la mano derecha, en los
dedos corazón y anular.
Estatificación: Férula inmovilizadora.
Tratamiento médico: Ibuprofeno 400 gr.
Ciclo: tomas con intervalos de 8 horas.
—No lo entiendo. ¿Qué tiene que ver este informe médico?
—¿Sabes cómo se le llama a la lesión por fractura del quinto
metacarpiano? —Alex niega con la cabeza, y veo en la expresión de su
rostro que sigue sin acabar de entender qué quiero decir con todo esto—. Se
denomina: «Fractura del boxeador». Y es la típica que se produce por un
golpe mal dado, o varias repeticiones de este.
Es ahí cuando se da cuenta y gira de golpe la mirada hacia el rostro lleno
de morados de Enrique.
—Dejaste que te pegara Esteva para que todos creyeran que había sido
yo.
—¡¡FUISTE TÚ!! —Grita fuera de sí Enrique y da un salto sobre la mesa
para intentar alcanzar a Alex—. Tú, tú… ¡Túúú! ¡Siempre tú! —Intenta
arrastrarse por la madera pulida.
Henchman, antes de que llegue a mi Piccolo, lo sujeta del tobillo y de un
tirón seco lo lleva hacia atrás hasta que cae al suelo. Ha perdido la cabeza
por completo. Grita sin parar palabras inconexas. Me insulta y le dice a
Alex que le ha arruinado la vida. Se acaba de dar cuenta de que ha perdido.
TODO.
Está teniendo un ataque de ira. Henchman, con fuerza, lo sujeta en el
suelo con una rodilla sobre su espalda y las manos sujetas. Pero eso no lo
detiene. Ya no es capaz de controlar sus impulsos.
Ignorando la escena, y sin poder resistirme más, salto sobre la mesa y
antes de que pueda cruzarla, las manos de Alex ya tiran de mi cuerpo hacia
el suyo. Nos abrazamos y siento cómo nos esforzamos en fundir nuestros
cuerpos. Mi cara se resguarda en su pecho y me dejo ir. Lloro desconsolada.
Sin poder contener más todo lo que he sentido desde que he entrado en este
despacho.
—Flores silvestres —susurra con la cara hundida en mi cabello a la vez
que inspira con fuerza—. Neus. Para. Mírame. —Enmarca mi rostro con sus
cálidas manos para que pueda amarrar mi mirada a sus preciosos ojos
azules.
Siento la electricidad recorrer mi cuerpo entero, surca el suyo y vuelve al
mío. De nuevo, vuelvo a sentir esa energía increíble que me atrajo
irremediablemente a él la primera vez que lo vi en aquella habitación del
hospital, junto a Quim. Todo mi cuerpo se eriza y cimbrea sin control.
—Eres una kamikaze, una loca sin remedio, y, joder, la mujer más
valiente que he conocido nunca.
Todas las fibras de mi piel vibran. El calor de sus manos viaja por mi
torrente sanguíneo y llega al lugar donde la sangre se bombea con más
fuerza que nunca. Es ahí donde todo se expande albergando el amor que
siento por este hombre. Me lanzo a sus labios y lo beso a la vez que tiro con
ansia de los mechones de su nuca. Necesito saber que no se me escapará de
nuevo. Todo me parece poco, insuficiente.
Un carraspeo interrumpe nuestro devastador beso. Henchman tiene sujeto
a Enrique, que respira como un toro bravo, con exhalaciones exageradas. Su
piel está perlada y la camisa luce una mancha de sudor en el pecho. A pesar
de sus intentos de contención, su estado es más que evidente. El mordisco
de su mandíbula hace palpitar el músculo facial y las lágrimas surcan su
rostro. Está sufriendo el bajón. Cuando te da la subida de adrenalina todo se
intensifica, estás más eufórico, enérgico, fuerte, te sientes capaz de todo.
Sin embargo, el exceso de esta tiene consecuencias para el organismo.
Mareo, náuseas, problemas de visión temporal, taquicardias... Eso es lo que
le está ocurriendo, todo le está viniendo de golpe. No puede ni contener el
llanto. Balbucea entre hipidos. Está tan desbordado que un hilo de baba le
cae de la boca debido al exceso de salivación provocado por, lo más
probable, las náuseas que debe sentir. Verlo así me… me… «No te cortes,
verlo así es un puto gustazo. Y más que se merece el desgraciado». Cierto,
cabezota, se merece mucho más.
No quiero, pero, suelto un momento a Alex y camino hasta esta escoria
humana que casi consigue destruir Genesis Marketing, la carrera de mi
chico y lo más preocupante, nuestra relación. Mi amigo lo pone en pie,
frente a mí. Está tan desubicado que tarda unos segundos en reaccionar y
prestarme atención. Miro los brazos de Henchman, la camiseta los deja
descubiertos, y veo la brutal fuerza que tiene, cómo las venas se marcan por
el esfuerzo de contenerlo.
Cojo todo el aire que puedo y lo suelto en un brutal grito a la vez que
llevo mi rodilla hasta la entrepierna de Enrique. Es tal el golpe que veo
cómo su cara se pone aún más morada en cuestión de segundos. No puede
protestar, porque ni siquiera puede respirar. Cae de rodillas al suelo, sin que
Henchman suelte sus manos apresadas en su espalda. Solo espero los
segundos necesarios para garantizar que va a entender bien lo que le voy a
decir:
—Eres escoria —escupo con rabia—. Observa bien a ese hombre. —
Señalo a Alex y cuando veo que lo mira, continúo—: No olvides nunca que
él se ha quedado con todo lo que deseabas.
Capítulo 48
¿Cómo se puede desear tantísimo a alguien que consigue enfadarte a
niveles tan incalculables?
Procesar todo lo ocurrido ya es mucho, pero lo que Neus acaba de
soltarme me ha dejado en shock.
Cuando le ha dicho a Enrique que voy a quedarme con todo lo que él
deseaba, este se ha roto por completo. Ha sido una imagen que jamás
olvidaré. De rodillas, con las piernas apretadas para contener el dolor del
golpe de mi Bellissima, y el cuerpo encorvado, ha empezado a llorar como
nunca lo he visto hacer a nadie. Todo en él constataba que no se podía caer
más bajo. Estaba sudado, con su deprimente rostro lleno de golpes bañado
en lágrimas, y el cabello que, al principio de la reunión lucía engominado,
pasó a estar alborotado. La americana, una que seguro era hecha a medida,
caía de un hombro desgarrada de una manga debido al anterior forcejeo con
Henchman. No quedaba nada del hombre que se paseaba altivo por los
pasillos de Genesis Marketing hacía unas semanas. Todos nos quedamos un
largo rato mirando la escena, hasta que la mano de Miguel sobre mi hombro
y su voz, rompieron el extraño silencio.
—Creo que lo mejor será que me dejéis solo con mi hijo.
No contesté. Simplemente, lo abracé con fuerza. Me daba igual que me
cediera la empresa, en ese momento eso no era relevante. Lo único que
importaba era que, un hombre que siempre he admirado necesitaba que
alguien lo abrazara. O eso es lo que me pareció. Poco más podía hacer ante
el dolor que debía de sentir por la traición de su hijo. Saber que tu propia
sangre no solo ha pretendido hundirte a ti y a la compañía que tanto trabajo
te ha costado levantar, sino que, además, es una de las personas más
horribles que te puedes echar a la cara, debe de ser una de las cosas más
devastadoras de la vida.
—Te llamaré cuando esté algo más tranquilo y hablaremos. —Asentí y
me giré en dirección a la salida con el sonido del llanto de Enrique de
fondo.
En la puerta, como la mujer fatal que es, me esperaba mi Blancanieves.
Siempre me ha fascinado esa dualidad que tiene. Ese aspecto de piel
aterciopelada y rostro dulce y risueño, son solo la imagen que el mundo ve
de ella. Pero yo he tenido la suerte de descubrir todo lo que hay detrás de
eso. Y te aseguro que es increíble.
Caminé arrastrado por ese hilo rojo que nos une. Uno que se ha enredado,
tensado, e incluso casi se quiebra, pero ha resistido y lo hará siempre para
llevarme irrevocablemente hasta la persona del otro extremo. Neus
Blázquez.
Al llegar a su altura la envolví con mis brazos y así caminamos detrás de
Henchman hasta el ascensor. Una vez dentro, mi mirada quedó unos
segundos atrapada en la imagen del espejo. Vernos a los dos, hizo que una
sonrisa bobalicona se formara en mi rostro, pero duró solo el tiempo que
tardaron las puertas en cerrarse. Ha sido ahí cuando Neus ha roto el
silencio:
—He estado en el Averno.
Las palabras me han golpeado como si se tratará del disparo de una
bazooka. Tan fuerte que he retrocedido hasta chocar con la pared del
diminuto espacio. Y aquí sigo, sin poder hacer nada. Deseo gritarle. Estoy
enfadado a niveles incalculables. Pero a su vez, y sé que no tiene ningún
sentido, solo quiero besarla y abrazarla. ¿Cómo me puede provocar tanto
una sola persona? La miro sin verla, ahora mi cabeza solo está
imaginándola allí.
—Deberíais bajar en esta planta —dice Henchman.
Miro el panel de botones y constato que mi despacho está en este piso.
Así que salgo del ascensor, sin cuidado y sin prestar atención. Es tanto el
ímpetu que rozo con el hombro a Neus, y eso hace que mi cuerpo vibre al
sentirla, el cabrón es un traicionero de narices. No llevo más que unos pasos
cuando escucho como Neus le dice a Henchman un simple «gracias» y
después el repiqueteo de sus tacones. Eso me indica que está correteando
detrás de mí para alcanzarme. Sigo con el paso acelerado hasta atravesar la
puerta, sin detenerme hasta que me topo con la barrera que forma en mi
camino la robusta mesa del despacho. Me quedo a solo unos centímetros de
ella. Meto los puños, porque ahora solo tengo eso, puños, no manos, en los
bolsillos y respiro todo lo profundo que puedo. El vello de todo mi cuerpo
se eriza cuando los tacones se paran muy cerca, y la mano de mi Bellissima
se posa sobre mi espalda.
—Por favor, mírame. —Me quedo impasible—. Está bien. Lo entiendo.
—Retira la mano de la espalda, la oigo caminar y aunque no me giro, sé que
ha tomado asiento en el sillón donde le hice el amor el día de la fiesta del
cuarenta aniversario de Genesis Marketing.
Ese día se entregó a mí por completo y se abrió en canal. Me contó la
verdad de quién era.
—Creo que voy a llamar a este sillón, el confesionario. —Suspira con
fuerza. Siempre intenta enmascarar su verdadero estado con humor, pero
hoy no le va a servir—. Si crees que voy a justificarme, estás equivocado.
Lo he hecho, he ido al Averno. Fui porque en el avión de vuelta de París
sufrí un ataque de pánico, porque estaba furiosa, porque el temblor de mi
cuerpo no desaparecía y la ansiedad me consumía. Lo hice porque pensaba
que te había perdido y eso me estaba destrozando.
—Claro, si eso es lo normal, me follo a otro y arreglo el enfado con mi
novio. ¡Joder, Neus! —Rompo mi silencio girándome un instante, lo justo,
porque cuando veo su cara necesito darme la vuelta otra vez. Está bañada
en lágrimas y grita desesperada ayuda. No puedo dejar que sus ojos
suplicantes de perdón me distraigan. Estoy tan, pero tan, enfadado.
—Llegué allí y fui directa a un tío que ya conocía y le pedí…
—Detente. No quiero saberlo.
Me ignora y hace como siempre, lo que le da la real gana.
—Le pedí que me atara y me golpeara con una fusta, como no me
provocaba el suficiente dolor para opacar todo lo demás, le rogué que usará
la paleta de madera, todo eso mientras me asfixiaba. —Una gruesa lágrima
resbala por mi cara cuando cierro los ojos. Sus palabras me han desgarrado.
La imagen de ella con otro hombre es lo único que veo ahora mismo—.
Solo quería que el dolor fuera mucho mayor del que sentía aquí —dice con
la voz rota.
Sin pensarlo la miro y la veo con ambas manos en el pecho. Su
maquillaje acompaña las lágrimas y deja rastros negros por las mejillas.
—Esa maldita frase —tapa su cara con las manos—, se repetía sin parar.
Daba igual lo fuerte que me golpeara y lo mucho que dolía, yo solo sentía
cómo tus palabras me rompían por dentro una y otra vez. Me dio otro
ataque de pánico y el dueño del Averno tuvo que llamar a una ambulancia
porque no me recuperaba. —Levanta de nuevo la cara y sus ojos buscan los
míos—. Yo no quería follar con nadie, solo quería olvidar. Todo. Lo que me
dijiste y los recuerdos que llegaron tras eso. ¿Sabes cuantas veces me dijo
Guillem que me quería? ¡¿Lo sabes?! Decenas antes de violarme.
Justo en ese instante lo entiendo. Cómo he estado tan ciego. Su corazón
ha sufrido tanto que está débil, es frágil y se quiebra con facilidad.
Avanzo y me dejo caer de rodillas frente a ella con nuestros ojos acuosos
conectados. Con una mano retiro el flequillo a un lado, arrastro algunos
mechones castaños detrás de sus orejas, y envolviendo su rostro descanso la
frente sobre la suya. Ella también cubre mi cara con sus frías manos y ahí
nos dejamos ir, los dos. Lloramos en silencio mientras nos acariciamos y
limpiamos la humedad de nuestras mejillas durante un largo rato. Son
lágrimas derramadas por todo el daño que nos hemos hecho durante meses.
Son por todo el tiempo que deseamos estar juntos y no lo hicimos. Por los
ratos que compartimos, pero que no fuimos capaces de amarnos. Por el
Averno y por mi detención. Por todo lo que hemos tenido que pasar para
llegar hasta aquí. A este punto en el que, por fin, después de tanta negación
y dudas, nos hemos dado cuenta de que nunca habrá nadie más que no sea
ella para mí y yo para ella.
Porque ni en mis mejores sueños habría imaginado que llegaría a
encontrarla, y lo que es más importante, ella me encontraría a mí.
Epílogo
—Piccolo, pon esa caja ahí —me ordena Neus.
—¿Qué te parece si mueves un poco ese bonito trasero?
—Prefiero ver cómo mueves tú el tuyo —responde lanzándome el trapo
sucio con el que limpiaba el mueble del salón. Lo retiro de mi cara con
prisa y asco.
La miro y veo cómo camina moviendo las caderas exageradamente y
consigue lo que quiere, me quedo embobado. Lleva un vestido de algodón
sencillo color crema, que se ajusta a su cuerpo como una segunda piel.
¿Quién se pone eso para un traslado? Pues fácil, Neus Blázquez. ¿Y por
qué? Pues para volverme loco. La prenda marca a la perfección la curvatura
de su espalda —esa que me hace perder la cabeza—, y termina en el culo
más perfecto que he visto nunca. Se gira y me guiña un ojo con una sonrisa
de medio lado traviesa. Lleva su mano al bajo del vestido, uno que cubre
hasta medio muslo, y con solo un dedo arrastra el tejido por su piel hasta
dejar al aire una redonda, prieta y sugerente nalga. Es ahí cuando reacciono
y suelto de golpe la caja. En cuanto se oye el estruendo de esta al caer al
suelo, se para en seco y me mira con los ojos muy abiertos debido a la
sorpresa del ruido.
—No.
—Sí.
—No tenemos tiempo de juegos.
—Bellissima, para eso siempre hay tiempo.
Doy un salto por encima de la caja y en cuanto me ve, sale corriendo.
—¡Ahhh! No, no, no… prometimos que acabaríamos el traslado —habla
a trompicones muerta de risa mientras corre por todo el piso.
Rodea el sofá y yo lo salto por encima para atraparla. La rozo con la
punta de los dedos, pero me esquiva y corre más rápido. Cuando coge el
pasillo sé que ya es mía. Al llegar al dormitorio se queda a un lado de la
cama y yo al otro. Los dos respiramos agitados por la carrera entre risas.
Reír y correr es agotador, pero, si fuera por esto, desearía estar agotado
siempre.
—¿Qué le dice un chinche a su pareja?
—Por Dios, más chistes malos, no. —Suelta una carcajada que hace que
su cabeza caiga hacia atrás. Intenta recuperarse y sigue con lo que estoy
seguro, es un chiste malísimo.
—Te amo chincheramente. —Río como un bobo, porque es malo de
narices, pero me ama.
—Me preocupas, cada día eres más ñoña y romanticona.
—Puede. ¿Sabes? También puedo ser sexy y fogosa.
Agarra el bajo del vestido y tras sacarlo con agilidad por la cabeza, me lo
lanza y yo lo cojo al vuelo.
Su cabello está mucho más largo y me encanta. Los mechones
despeinados caen sobre la redondez de sus bonitos pechos. Aunque es
verano, su piel conserva ese aspecto níveo y sedoso. No puedo dejar de
observarla. Un pequeño ombligo decora su plano vientre y sigo bajando la
mirada, recorriendo su cuerpo. Sonrío al descubrir que no lleva ropa
interior. Por un momento me pregunto cuánto rato hace que va sin nada
bajo la ropa. Mucho, estoy seguro.
El día que Neus y Henchman salvaron mi carrera, mi dignidad y mi
corazón, solo fue el principio de mi nueva vida.
Miguel Santos me llamó unos días después y ya más tranquilos,
hablamos. Lo tenía clarísimo, Genesis Marketing era para mí. Pero yo no
podía quedarme con el dinero y la compañía, eso era algo innegociable. Así
que, tras un exhaustivo estudio de las cuentas, pactamos que todo el dinero
que no fuera imprescindible para continuar con la actividad de la empresa
se lo quedaría Miguel. Solo dejamos lo justo para poder cubrir los gastos
generales de los tres primeros meses. En ese tiempo, conseguí arreglar el
acuerdo con Ricardo Cifuentes, director general de Nike Retail Sucursal en
España. Bueno, no solo lo arreglé, sino que firmamos un contrato por dos
campañas más. Después del primer lanzamiento, todo estalló.
Fuimos nominados al primer puesto como mejor campaña publicitaria del
año en el Cannes Lions, el festival más grande del mundo en publicidad. Se
entregan diferentes premios publicitarios relacionados con el cine, la
prensa, el diseño, la tecnología, los medios de comunicación y dirección, y
algunos más. Es un evento espectacular, donde la crème de la crème del
sector hace acto de presencia. Un lugar idóneo para crear nuevos contactos.
Cannes fue un gran viaje, me llevé a mi Bellissima y aunque íbamos para
el evento, aprovechamos y llegamos unos días antes para disfrutar del lugar.
Los dos estábamos muy ilusionados porque Genesis Marketing estuviera
nominado. Para mí, eso ya era brutal. Pero cuando el presentador abrió el
sobre y dijo: «El primer premio a mejor campaña publicitaria del año es
para Genesis Marketing», casi me da un telele ahí mismo. Neus saltó de la
silla emocionadísima gritando feliz y tuvo que tirar de mis manos para que
despertara de mi ensoñación. Después de eso ha sido todo una locura. Las
grandes marcas llaman a nuestra puerta casi rogando por nuestros servicios.
No he perdido el contacto con Miguel, lo llamo cada semana para que me
cuente en qué punto del mundo está. Han calculado con su mujer que
viajarán alrededor de dos años. Le encanta que le explique los avances que
hace la empresa y contar con su opinión y consejos es una suerte. Tenemos
un pacto no verbal establecido, no nombrar nunca, jamás, a Enrique. Eso no
quiere decir que no esté informado de su paradero y su vida. Henchman se
encarga de enviarme todo.
Su padre llegó a un acuerdo con él. Denunciarlo era lo correcto, pero
Miguel no quiso, prefirió ponerle otras condiciones. No era lo que yo
quería, sin embargo, después de todo lo que este hombre había hecho por
mí, solo me quedaba respetar su decisión.
Enrique cobraría la herencia completa. Excepto la compañía, todo lo
demás, los bienes y el dinero, serían para él. Con una condición, debía salir
del país y no volver a intentar vincularse a Genesis Marketing o nada que
tuviera que ver con el sector. Sin pensarlo, firmó y se largó a Miami. Lo
último que me explicó Henchman es que acababa de abrir un club nocturno.
Me importa una mierda lo que haga, solo lo controlamos para que no se
entrometa en nuestras vidas.
El que no dejaba de meterse en nuestras vidas era Esteva. El trabajo del
hospital como cirujano plástico se esfumó debido a la lesión que sufrió en la
mano tras golpear a Enrique. Su mano derecha perdió parte del pulso y la
destreza que tenía, por lo que operar ya no era una opción. Aun así, no
dejaba de ir a hacerle visitas a Neus. Al principio fue duro. La perseguía,
incluso en una ocasión, se propasó. Ese día, mi Bellissima llegó a casa muy
asustada y ahí fue cuando tomamos la decisión. Fuimos a comisaría y
presentamos unos cuantos mensajes de móvil donde quedaba reflejado
cómo la acosaba, además de insultarla y amenazarla descaradamente. El
juez solo necesitó eso y la versión de Neus para imponer una orden de
alejamiento. Cuando se la saltó la primera vez y los agentes fueron a
buscarlo y se lo llevaron a comisaria, dejó de molestarnos. Creo que no se
creía del todo, o no quería creer que Neus llamaría a la policía. Pero mi
chica es valiente, fuerte y tremendamente vengativa cuando ha de serlo, en
especial cuando es por una razón de peso. Lo último que supimos de él es
que ejerce en una clínica privada de mala muerte inyectando bótox, que es
lo poco que su maltrecho pulso le permite hacer.
Henchman, qué puedo decir del que ya es un hermano más. Todo lo que
ha hecho por nosotros, por Chloe y Quim, por Neus y por mí, lo han
posicionado como a un miembro más de la familia. Es cierto que es parco
en palabras, pero ese rudo grandullón tiene un corazón que no le cabe en el
pecho. Entiendo perfectamente por qué Chloe, desde el primer momento, lo
quiso de esa manera tan especial. Ella supo ver enseguida la persona que es.
Después de todo el lío y conseguir salvar, podríamos decir, mi vida, se
fue a solucionar la suya. Intenta venir a visitarnos, pero las cosas se han
complicado con Lucy. Esa mujer va a acabar con la cordura de mi amigo.
Neus y yo… mejor imposible. Después de un noviazgo de lo más
empalagoso y excitante, por fin hemos decidido vivir juntos. Durante un
mes hemos reformado mi ático de soltero para convertirlo en lo que ella
llama, nuestro paraíso. Todo ha sido mucho más fácil de lo que creía. Mi
suegro, Jaume, es la caña. Había trabajado siempre de jefe de obra, y se ha
encargado de todo. Nosotros le explicamos lo que queríamos y, sin duda, lo
ha hecho realidad. Espacios diáfanos, alfombras de yuta, colores crema y
muchas plantas, han sido el resultado final.
Hoy estamos trayendo las últimas cajas del piso de Neus y, como es
habitual, ella se encarga de mandar y ordenar, y yo… yo le hago caso hasta
que me canso. Como justo acaba de ocurrir en este momento. Me da igual
que queden cajas por subir, ahora la pienso atrapar y zampármela enterita.
Neus está exultante, va un día a la semana a terapia con un psiquiatra, y
eso la está ayudando a sacar todo el dolor que llevaba acumulado dentro. Su
actitud hacia las relaciones y el amor ha cambiado de manera radical. Ahora
no solo aparenta ser empoderada y libre, también lo es.
—¿Desde cuándo estás desnuda bajo el vestido? —Ríe coqueta y lleva su
dedo índice a la entrepierna, una vez ahí traza círculos lentos.
Un suspirito se le escapa y se deja ir. Su cabeza cae de lado cerrando los
ojos cuando incrementa la fricción. Mientras, sin dejar de observarla, me
voy desprendiendo de la ropa.
—Desde que has subido la segunda caja.
—¡¿En serio?! —pregunto alzando la voz—. Debe de haber cómo unas
doce en el comedor. —Sonríe e introduce dos dedos dentro de ella. Ya no
puedo resistirme y yo también me masturbo.
Lo hago durante un rato, viendo cómo muerde su labio y se toca
mirándome. Debido al placer que está sintiendo vuelve a cerrar los ojos y es
ahí cuando salto sobre la cama para alcanzarla. Pero la muy canalla es
rápida. Me da esquinazo y sale corriendo al comedor mientras se muere de
la risa. No jugaba al pilla-pilla desde niño, y mucho menos recordaba lo
divertido que era. O quizá no lo era tanto, y es ahora cuando me parece tan
excitante.
La alcanzo llegando a la cocina. Cojo su cintura con ambas manos para
que no se escape.
—Mía, Blancanieves.
—Siempre —responde con doble sentido.
Con un gesto rápido, la giro y la levanto. Sus piernas envuelven mi
cintura por instinto. Doy un par de zancadas y su espalda golpea con
suavidad contra la nevera. Sin esperar ni un segundo más, me ensarto en
ella con fuerza y eso provoca que la estancia se llene con el sonido del
gemido de ambos. Le hago el amor mientras la beso como si fuera la
primera vez que lo hago. Con ella siempre tengo esa sensación. Esa que te
dan las cosas que te sorprenden de manera alucinante la primera vez que las
pruebas.
—Te amo muchísimo, Piccolo.
—Te amo, Bellissima. Solo nos falta una cosa para que sea perfecto del
todo.
—¡Mmm! ¿El qué? ¡Ahhh! —pregunta entre gemidos.
—Una mini Blancaniev… —No me deja seguir hablando y me besa con
fuerza.
Sus caderas van en busca de más fricción haciendo que pierda la cabeza.
Enloquecidos y a punto de llegar al orgasmo, se separa de mis labios con la
sonrisa más espectacular del mundo formada en su bonito rostro y
responde:
—Ni en tus mejores sueños.
Fin
Agradecimientos
He de decir que escribir es uno de los regalos más alucinantes que me ha
dado la vida. Lo es por lo que significa a nivel personal. Y es que viajar con
mis personajes y sentir como ellos me cuentan su historia susurrada para
que yo la plasme en las páginas, es una experiencia increíble. Pero también
es un regalo todo lo que gira en torno a una novela, eso que nadie ve, pero
que te da muchísimo.
Me refiero a todas esas preciosas personas, esas que hay detrás de cada
historia, de cada libro.
Lector@s qué especiales sois y cuánto me regaláis. Cada vez que me
decís que habéis llorado o reído junto a los personajes, o que estáis tan
enganchados al libro que no os separáis de las páginas, es para mí un sueño
hecho realidad. Creo que hablar con mis lectores, con vosotros, es, sin duda,
una de las cosas más bonitas de escribir. A todos, MIL GRACIAS POR
ESCOGERME, un trocito de mi corazón ya es vuestro.
¿Y esas personas que pasan por tu vida para embellecer tu historia? Esas
de las que no se habla, unas que nadie ve, pero que son vitales para que las
novelas lleguen a las manos de todos. Sandra (@correccionessandrag) y
Lily (@lilyvainylla), esto no sería real sin vuestro trabajo.
Sandra García, mi correctora y maquetadora, ya te lo he dicho muchas
veces, conocerte ha sido una de mis mayores suertes en este mundo de la
literatura, gracias y mil gracias por todo, por tus correcciones y por tu ayuda
con todas esas cosas que si no fuera por ti me volvería loca. Gracias por
todo, gracias por ser como eres.
Lily Vainylla, pero que requetebonita que es la portada. Yo te envío
audios larguísimos, soltándote un rollazo, y tú, de entre todas las chaladuras
que te pido, consigues encontrar la esencia de lo que realmente deseo.
Queda claro en el alucinante resultado. Gracias por entenderme y plasmarlo
de una manera tan especial. Tus manos y creatividad son mágicas.
Las y él cero, Carlota, Anna, Estefani y Marc, gracias por todo el apoyo,
por los ánimos cuando creo que esto no tiene sentido y por chillar de alegría
conmigo cuando estoy de subidón, pero sobre todo gracias por estar para
todo lo que haga falta y acompañarme siempre en mis locas aventuras. Os
quiero mucho.
No quiero olvidarme de dar gracias a la vida por todas esas personas que
pone en el camino y que voy conociendo en este proceso, lectores,
escritor@s, bookstabramers,… Es precioso ver que hay gente maravillosa
por todos los rincones del mundo, y que no importa si estás a unos metros o
nos separan miles de kilómetros, porque las amistades no entienden de
espacios, solo de personas bonitas.
Para cerrar, gracias a mi marido, Marc, y mis hijos, Marc y Martí, porque
ni en mis mejores sueños imaginé que mi vida junto a vosotros podría ser
tan increíblemente perfecta.
Sobre el autor
Natalí Navarro nació en Barcelona un 15 de septiembre de 1985. Se
aferra a la creencia de que nuestra manera de llegar al mundo marca nuestro
camino para siempre. Fiel a sus pensamientos, y tras una lucha de más de
veintitrés horas para decir: «Hola, Tierra, ya estoy aquí», sigue su arrollador
trayecto por la vida peleando por cumplir siempre sus sueños.
Necesita proyectos constantemente y le encanta compartirlos con amigos
y familia, pero en especial con su marido y sus dos hijos, a los que quiere
sin límites.
Sin duda, uno de los proyectos más especiales de su vida es escribir y con
ello se aventura en la ‘Serie Destino’. Una saga de novelas autoconclusivas
de género romántico contemporáneo, que estará completa a finales de año y
que consta de cuatro historias.
Tras la primera, ‘La chica de mis sueños’, llega la tan esperada segunda
parte ‘Ni en tus mejores sueños’.
Añadir que Natalí se considera una apasionada de la vida y se podría
decir que sufre adicción a la risa, los abrazos y las novelas de género
romántico en todas sus versiones.
Cada año para su cumpleaños pide lo mismo: «Deseo días de treinta y
dos horas para poder vivir más experiencias y no dejar de soñar despierta».
Si quieres conocerme un poquito mejor
y estar al día de todas mis novedades, me
puedes seguir en mis redes sociales:
@natalinavarro_escritora