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Los Cinco Se Escapan - Enid Blyton

Los primos llegan a Villa Kirrin para pasar las vacaciones de verano. Jorge planea pedir permiso a su madre para que los primos pasen una semana en la Isla Kirrin, propiedad de Jorge. Los primos están emocionados por la idea de vivir en la isla durante una semana.

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Los Cinco Se Escapan - Enid Blyton

Los primos llegan a Villa Kirrin para pasar las vacaciones de verano. Jorge planea pedir permiso a su madre para que los primos pasen una semana en la Isla Kirrin, propiedad de Jorge. Los primos están emocionados por la idea de vivir en la isla durante una semana.

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Llegan de nuevo las vacaciones y Los Cinco se reencuentran en villa Kirrin.

Muy emocionados planifican una excursión de una semana a la isla del


castillo. Pero no todo transcurre a pedir de boca: los niños no se llevan bien
ni con la nueva cocinera ni con su hijo y, además, la señora Kirrin está
delicada de salud. Cuando los padres de Jorge tienen que marchar porque el
estado de la madre empeora, la situación en villa Kirrin es tan insoportable
que a Los Cinco no les queda más remedio que correr el riesgo de escapar.

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Enid Blyton

Los Cinco se escapan


Los Cinco - III

ePUB v1.0
Siwan 24.05.12

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Título original: Five run away together
Enid Blyton, 01/01/1944.
Traducción: Juan Ríos de la Rosa

Editor original: Siwan (v1.0)


ePub base v2.0

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Capítulo I

VACACIONES DE VERANO

—Jorge, querida, siéntate y ponte a hacer algo —dijo la señora Kirrin—. No


haces más que ir de un lado para otro con Tim, entrando y saliendo a cada momento,
y yo quiero descansar un poco.
—Lo siento, mamá —dijo Jorgina cogiendo a Tim por el collar—. Pero es que me
siento muy sola sin los otros. ¡Oh, qué ganas tengo de que llegue mañana! He estado
sin ellos tres semanas enteras.
Jorgina estaba interna en un colegio con su prima Ana, y al llegar las vacaciones,
ella, Ana y los dos hermanos de ésta, Julián y Dick, se juntaban y lo pasaban muy
bien. Ahora estaban en las vacaciones de verano y ya habían transcurrido tres
semanas desde que empezaron. Ana, Dick y Julián habían ido de viaje con sus padres
y Jorgina no había podido acompañarlos porque su padre y su madre la habían
querido tener con ellos.
Al día siguiente iban a llegar los primos de Jorgina para pasar juntos el resto de
las vacaciones en la vieja casa de ésta, "Villa Kirrin".
—¡Qué bien cuando estemos todos juntos! —dijo Jorge (como siempre se la
llamaba) a Tim, su perro—. Será estupendo, Tim. ¿No te parece?
—Guau —ladró Tim lamiéndole a su amita la desnuda rodilla.
Jorge iba vestida como de costumbre, o sea exactamente igual que un muchacho,
con shorts y jersey. Siempre había querido ser un niño y no contestaba nunca cuando
la llamaban Jorgina. Por eso todo el mundo la llamaba Jorge. Había echado mucho de
menos a sus primos durante las primeras semanas de las vacaciones de verano.
—Y pensar que antes me gustaba tanto estar sola —dijo Jorge a Tim, el cual
siempre parecía entender todo lo que su amita le decía—. Pero ahora comprendo que
era una tonta. Es mucho mejor tratar con otros y compartir los juegos y tener amigos.
Tim golpeó el suelo con el rabo. Él también se sentía muy feliz en compañía de
los otros chicos. Estaba deseando volver a ver a Julián, Dick y Ana.
Jorge llevó a Tim a la playa. Hizo visera con la mano para resguardar sus ojos del
sol y empezó a mirar la bahía. A su entrada y justamente en medio, casi pareciendo
un centinela, había una pequeña y rocosa isla en cuya parte más alta se destacaba un
antiguo y ruinoso castillo.
—Bien, este verano visitaremos otra vez la isla Kirrin —dijo Jorge suavemente
—. No he podido ir allí todavía porque mi bote lo están arreglando, pero pronto estará
dispuesto y entonces iré. Y volveré a registrar el castillo por todos sitios. Oh, Tim, ¿te
acuerdas de la magnífica aventura que tuvimos el verano anterior?
Tim lo recordaba perfectamente bien, porque él mismo había participado en la

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fascinante aventura. Había estado abajo, en los sótanos del castillo, con los otros;
había ayudado a encontrar allí un tesoro y lo había pasado en grande con los cuatro
chicos que él amaba. Dio un pequeño ladrido.
—Estás recordando, ¿verdad, Tim? —dijo Jorge, acariciándolo—. ¿No crees que
será magnífico volver a la isla otra vez? ¿Y volver a meterse en los sótanos? Y, oh,
¿te acuerdas cómo Dick se metió por aquel oscuro pozo para rescatarnos?
Era emocionante ir recordando todas las cosas que habían ocurrido el año
anterior. A Jorge le parecía el día enormemente largo. Al día siguiente iban a llegar
sus primos.
«Le pediré permiso a mamá para que nos deje ir a la isla y vivir allí durante una
semana —pensó Jorge—. Será la cosa más fantástica que podamos hacer este verano.
¡Vivir en mi propia isla!»
La isla era propiedad de Jorge. En realidad pertenecía a su madre, pero ella había
dicho, dos o tres años atrás, que cuando Jorge fuera mayor se la regalaría, y desde
entonces Jorge la consideraba como suya. También consideraba suyos todos los
conejos que vivían en la isla, así como los pájaros salvajes y toda clase de animales.
«Le diré que iremos a pasar una semana en la isla, cuando vengan mis primos —
pensó excitadamente—. Nos llevaremos la comida y las demás cosas y viviremos allí
por nuestra cuenta. Nos sentiremos como Robinson Crusoe.»
Al día siguiente fue a buscar a sus primos, conduciendo ella misma el caballito
que tiraba de la tartana. Su madre había querido ir también, pero decía que no se
encontraba muy bien: Jorge estaba por ese motivo algo intranquila. Últimamente su
madre decía con frecuencia que no se encontraba bien. Tal vez se tratara del fuerte
calor veraniego. El tiempo había sido muy caluroso los últimos días. Día tras día el
cielo se había mostrado de un azul intenso, limpio de nubes y con fuerte sol. A Jorge
se le había puesto la piel muy morena y sus ojos resultaban sorprendentemente azules
enmarcados por su quemado rostro. Llevaba el pelo tan corto como de costumbre y
realmente resultaba difícil saber si era chico o chica.
El tren llegó. Tres manos se agitaban frenéticamente tras una ventanilla y Jorge
lanzó una exclamación de alegría al reconocer a sus primos.
—¡Julián! ¡Dick! ¡Ana! ¡Por fin habéis llegado!
Los tres chicos salieron precipitadamente del vagón. Julián llamó a un mozo.

—Nuestros equipajes están en el vagón. Hola, Jorge, ¿cómo estás? Caramba, qué
morena te has puesto.
Todos ellos estaban morenos. Todos habían cumplido un año más desde que
tuvieron la fantástica aventura en la isla Kirrin. La misma Ana, la más pequeña de
todos, no parecía ya tan niña ahora. Fue corriendo hacia Jorge para abrazarla y luego
se agachó junto a Tim, el cual estaba totalmente loco de alegría de volver a ver a sus
tres amiguitos.

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Se armó un terrible alboroto. Todos querían contar sus cosas a la vez y Tim no
paraba de ladrar.
—¡Creíamos que el tren nunca iba a llegar!
—Oh, Tim, precioso, eres el mismo de siempre.
—¡Guau, guau, guau!
—Mamá siente mucho no haber podido venir a recogeros también.
—Jorge, qué morena estás! Me parece que lo vamos a pasar muy bien.
—¡GUAU, GUAU!
—Cálmate, precioso Tim, y quédate quieto. Has estado a punto de partirme en dos
la corbata. ¡Oh, querido perrazo, qué grande es volverte a ver!
—¡Guau!
El mozo trajo el equipaje, que fue trasladado en seguida a la tartana. Jorge
chasqueó el látigo y el paciente caballito empezó a andar. Los cinco, dentro de la
pequeña tartana, empezaron todos a hablar lo más alto que podían, sobre todo Tim,
cuya canina voz era profunda y poderosa.
—Espero que tu madre no esté enferma —dijo Julián, que quería mucho a su tía
Fanny. Ésta era muy buena y gentil y gustaba mucho de que sus sobrinos fueran a su
casa a pasar sus períodos de vacaciones.
—Supongo que será cosa del calor —dijo Jorge.
—¿Y tío Quintín? —dijo Ana—. ¿Está bien?
A los tres chicos no les agradaba mucho tío Quintín, porque solía tener muy mal
genio, y aunque estaba contento de recibirlos en su casa, en realidad no le gustaban
mucho los niños. Por eso éstos siempre se sentían molestos ante él y se alegraban
cuando se alejaba de su presencia.
—Papá está muy bien —dijo Jorge alegremente—. Pero está preocupado por
mamá. Apenas le hace caso cuando está buena y contenta, pero cuando está mala se
contraría mucho. Por eso debéis ser, por el momento, un poco amables con él. Ya
sabéis cómo se pone cuando se enfada.
Los chicos lo sabían. Cuando las cosas no le iban bien era mejor mantenerse
alejado del tío. Pero eso no quería decir que tío Quintín pudiera desanimar a los
chicos aquel día. Estaban en vacaciones; iban a "Villa Kirrin"; estaban junto al mar y
tenían junto a ellos al magnífico Tim y muchas y agradables cosas en perspectiva.
—¿Podremos ir a la isla Kirrin, Jorge? —preguntó Ana—. ¡Llévanos! No la
hemos visitado desde el verano pasado. El tiempo era malo en el invierno y en las
vacaciones de Pascua. Pero ahora es espléndido.
—Por supuesto que iremos —dijo Jorge, brillantes sus azules ojos—. ¿Sabéis lo
que he pensado? He pensado que sería maravilloso que pasáramos allí una semana
entera por nuestra cuenta. Ahora somos mayorcitos y estoy segura de que mamá nos
dejará.

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—¡Pasar una semana entera en la isla! —gritó Ana—. Es demasiado bonito para
que sea verdad.
—Nuestra isla —dijo Jorge, muy contenta—. ¿No te acuerdas que prometí
repartirla entre los cuatro para que todos fuésemos dueños? Pues sigo pensando igual.
La isla es de todos, no mía.
—¿Y Tim? —preguntó Ana—. ¿No podríamos hacerlo a él partícipe en la
propiedad?
—Mi parte es la de él —dijo Jorge. Tiró de las riendas y detuvo el caballito.
Los cuatro contemplaron la azul bahía.
—Allí está la isla Kirrin —dijo Jorge—. Nuestra querida y pequeña isla. Qué
trabajo me cuesta no ir a visitarla. Hasta ahora no he podido, porque mi bote estaba
estropeado.
—Pues iremos todos juntos —dijo Dick—. Pienso si los conejitos seguirán tan
domesticados y sumisos como siempre.
—¡Guau! —ladró Tim al punto. El solo hecho de oír la palabra "conejo" le
excitaba considerablemente.
—Desecha tus pensamientos sobre los conejos de Kirrin —dijo Jorge—. Ya sabes
que no te dejaremos que les des caza, Tim.
El can abatió el rabo y miró desconsoladamente a Jorge. Era la única cosa en que
él y su amita no estaban de acuerdo. Tim estaba convencido a más no poder de que
los conejos eran unas cosas que habían sido creadas para darles caza. Pero Jorge
opinaba todo lo contrario.
—Vamos —dijo Jorge al caballito, sacudiéndolo con las riendas. El animalito
emprendió el trote con dirección a "Villa Kirrin". Pronto estuvieron en la puerta
principal.
Una mujer de cara avinagrada apareció por una puerta y se dirigió a ayudar a
desembarcar el equipaje. Los chicos no la conocían.
—¿Quién es ésa? —susurraron a Jorge.
—Es la nueva cocinera —contestó la aludida—. Juana ha tenido que ir a cuidar a
su madre, que se ha roto una pierna. Entonces mamá trajo esta otra cocinera. Se llama
la señora Stick.
—No le cae mal el nombre (Nota del traductor: Stick quiere decir, en inglés, palo,
bastón, garrote) —rió Julián—. En realidad, parece un viejo bastón. No me gustaría
que estuviera aquí mucho tiempo. Prefiero que vuelva Juana. Me es más simpática la
obesa Juana, y además se porta muy bien con Tim.
—La señora Stick tiene también un perro —dijo Jorge—. Es un animal horrible,
una especie de perro sarnoso y mal encarado. Tim no lo puede tragar.
—¿Dónde está? —preguntó Ana mirando a su alrededor.
—Está guardado en la cocina y a Tim no se le permite acercarse por allí. ¡Desde

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luego, es una buena medida, porque estoy segura de que en otro caso era capaz de
comérselo! Él no sabe que está en la cocina y se pasa los ratos olisqueando por la
puerta cerrada. Esto casi vuelve loca a la señora Stick.
Los otros rieron. Todos habían ya saltado de la tartana al suelo y estaban listos
para entrar en la casa. Julián ayudó a la señora Stick a entrar el equipaje. Jorge llevó
fuera la tartana y los otros tres fueron a saludar a su tío y a su tía.
—Bien, queridos —dijo tía Fanny sonriéndoles desde el sofá donde estaba
descansando—. ¿Cómo estáis todos? Siento mucho no haber podido ir a recogeros.
Tío Quintín ha ido a dar un paseo. Lo mejor que podéis hacer es ir arriba a lavaros y
cambiaros. Luego bajaréis para tomar el té.
Los chicos se encaminaron a su viejo dormitorio con su extraño techo inclinado y
su ventana, que daba frente a la bahía. Ana fue a la pequeña habitación que compartía
con Jorge. ¡Qué bueno era estar otra vez de vuelta en Kirrin! ¡Qué bien lo iban a
pasar estas vacaciones con Jorge y el simpático Tim!

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Capítulo II

LA FAMILIA STICK

Era maravilloso levantarse al día siguiente por la mañana en "Villa Kirrin" y ver
como el sol se introducía resplandeciente por las ventanas y oír el ruido del mar.
Resultaba encantador salir de la cama e ir corriendo a contemplar el mar azul y la
magnífica isla Kirrin destacándose a la entrada de la bahía.
—Voy a darme un baño antes del desayuno —dijo Julián poniéndose el traje de
baño—. ¿Vamos, Dick?
—Espera —dijo Dick—. Avisemos a las chicas.
Al cabo de poco estaban todos camino de la playa, con Tim galopando tras ellos,
moviendo vertiginosamente el rabo y con la lengua fuera. Se metió en el agua con los
demás y nadó alrededor de ellos. Todos eran unos magníficos nadadores, pero Julián
y Jorge eran los mejores.
Cogieron las toallas y se secaron, poniéndose acto seguido los shorts y los
jerseys. Entonces emprendieron el regreso dispuestos a desayunarse, con más apetito
que un cazador. Ana vio a un chico en la parte trasera del jardín y no pudo disimular
su sorpresa.
—¿Quién es ése? —dijo.
—Oh, es Edgar, el hijo de la señora Stick —dijo Jorge—. No me es simpático.
Siempre está molestando, sacándonos la lengua y diciendo palabrotas.
Edgar estaba cantando cuando los otros llegaron a la puerta. Ana se paró para
escuchar.
—¡Jorgita, Jorgita, pastel y salchicha! —cantó Edgar, haciendo el tonto.
Representaba unos trece o catorce años y tenía aspecto de pifíete—. ¡Jorgita, Jorgita,
pastel y salchicha!
Jorge se puso encarnada.
—Siempre está cantando eso —dijo furiosamente—. Supongo que lo hace porque
a mí me llaman Jorge. Se cree muy listo. No lo puedo tragar.
Julián se encaró con Edgar.
—¡Eh, tú, a ver si te callas! ¡No tienes ninguna gracia, tonto!
—Jorgita, Jorgita —empezó Edgar otra vez con una estúpida sonrisa en su ancho
y encarnado rostro. Julián dio unos pasos hacia él. Edgar desapareció rápidamente
metiéndose en la casa.
—No lo puedo tolerar —dijo Julián con voz decidida—. Me maravilla que no
hayas hecho nada, Jorge. Me maravilla que no le hayas dado de bofetadas, o
puntapiés, arrancado las orejas y otras cosas por el estilo. Tú sueles ponerte hecha
una fiera con estas cosas.

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—Sí, realmente no he hecho nada —dijo Jorge—. Yo me siento enfurecida por
dentro cuando oigo a Edgar cantar esas canciones estúpidas que se refieren a mí,
cambiándome el nombre. Pero, como sabes, mamá no se encuentra bien, y si yo me
metiera con Edgar, la señora Stick dejaría esta casa y la pobre mamá tendría que
hacer todo el trabajo, cosa que no es posible por ahora. Por eso me aguanto, lo mismo
que Tim.
—¡Eres magnífica! —-dijo Julián, admirado, porque él sabía muy bien qué duro
era para Jorge contener a veces su temperamento.
—Voy a ver si mamá quiere que le llevemos el desayuno a la cama —dijo Jorge
—. Encárgate de Tim, ¿quieres? Si Edgar aparece otra vez, a lo mejor no se puede
aguantar y se lanza sobre él.
Julián cogió a Tim por el collar. Este había lanzado algunos gruñidos cuando
Edgar estaba en el jardín, pero ahora estaba quieto entregado a la tarea de olfatear el
suelo con las narices crispadas.
De pronto, un perro con apariencia de sarnoso apareció por la puerta de la cocina.
Tenía la piel de un blanco sucio, con diferentes tonalidades que le daban el aspecto de
estar llena de remiendos. El rabo lo llevaba entre las piernas.
—¡Guaaaau! —ladró Tim alegremente, y se lanzó contra el perro. Empujó
fuertemente a Julián, porque era un perro muy corpulento, y el muchacho tuvo que
soltar el collar. Tim saltó disparado hacia el otro perro, que profirió un espantoso
lamento e intentó desaparecer otra vez por la puerta de la cocina.
—¡Tim! ¡Ven aquí, Tim! —gritó Julián. Pero Tim no oía nada. Estaba muy
atareado intentando destrozar las orejas del otro can, o, por lo menos, eso era lo que
parecía que pensaba hacer. El otro perro ladró y la señora Stick apareció con una
cacerola en la mano.
—¡Llamad a ese perro! —gritó. Intentó golpear a Tim con la cacerola, pero se
equivocó y le pegó a su propio perro, el cual empezó a ladrar más todavía.
—¡No le pegue con eso! —dijo Julián—. Le hará daño al perro. ¡Eh, Tim… Tim!
Edgar apareció entonces. Parecía muy asustado. Cogió una piedra del suelo y
apuntó hacia Tim.
Ana chilló:
—¡No tires la piedra, no la tires, no, niño malo!
En medio de todo ese tumulto apareció de pronto tío Quintín, con aire de mal
humor e irritable.
—¡Ya está bien! ¿Qué es lo que sucede? En mi vida he oído tal escándalo.
Entonces apareció Jorge por la puerta, que cruzó rauda como el viento, dispuesta
a rescatar a Tim. Se lanzó sobre los dos perros y trató de apartar a Tim. Su padre le
gritó.
—Ven aquí, tú, tontina. ¿No sabes hacer nada mejor que separar a dos perros con

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las manos? ¿Dónde está la manga de riego?
Estaba cerca. Julián corrió hacia ella, abrió la espita y apuntó hacia los perros. Al
momento el chorro de agua los obligó a separarse, sorprendidos. Julián vio a Edgar
que estaba cerca y no pudo resistir la tentación de enfocarlo un momento con la
manga. Edgar dio un grito y desapareció rápidamente.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó tío Quintín, enojado—. Jorge, ata a Tim en
seguida. Señora Stick, ¿no le he dicho que no deje salir al perro de la cocina si no está
atado? No estoy dispuesto a tolerar que vuelvan a pasar cosas como ésta. ¿Y el
almuerzo? Ya sé. Retrasado, como de costumbre.
La señora Stick desapareció, refunfuñando, por la cocina, llevándose consigo a su
remojado perro. Jorge, huraña, ató a Tim. Éste se sentó en su perrera y miró a su
amita con ojos suplicantes.
—Te he dicho que no le hagas el menor caso a ese perro sarnoso —dijo Jorge
severamente—. Ahora ya ves lo que ha ocurrido. Has conseguido que mi padre se
ponga de mal humor para el resto del día, y la señora Stick está tan enfurruñada que
no querrá hacer ningún pastel para la hora del té.
Tim lanzó un gemido y apoyó la cabeza contra las patas. Se lamió un poco los
pelos con la punta de la lengua. Era bien triste estar atado, pero, de todas formas,
había conseguido morder un poco las orejas al otro perro.
Poco después se dirigían todos a almorzar.
—Siento haber soltado a Tim —dijo Julián a Jorge—. Pero es que me daba unos
tirones que estuvo a punto de arrancarme el brazo. ¡Me resultaba imposible retenerlo!
Es mucho más fuerte que el otro perro, ¿verdad?
—Sí —dijo Jorge, orgullosa—. Lo es. Se hubiera comido de un bocado al perro
de la señora Stick si lo hubiésemos dejado. Y también a Edgar.
—Y a la señora Stick —dijo Ana—. A todos. No me gusta ninguno de ellos.
El almuerzo no resultaba muy agradable, porque tía Fanny no estaba allí, pero sí
tío Quintín, y tío Quintín, cuando estaba de mal humor, no era una persona muy a
propósito para alegrar el almuerzo. Riñó a Jorge y a los otros. ¡Ana casi hubiera
deseado que no hubieran ido a "Villa Kirrin"! Pero su espíritu se tranquilizó cuando
pensó en el resto del día: seguramente comerían fuera, tal vez en la playa o quizás en
la misma isla Kirrin. Tío Quintín no iba a estar siempre con ellos estropeándolo todo.
La señora Stick apareció para llevarse los platos y traer la carne de cerdo. Puso
los platos unos encima de otros sobre la mesa, con gran ruido.
—No es necesario que haga eso —dijo tío Quintín, irritable. La señora Stick no
dijo nada. ¡Estaba muy enfadada con tío Quintín, por supuesto! Puso silenciosamente
el último plato encima de los demás.
—¿Qué vais a hacer hoy? —preguntó tío Quintín hacia el final del almuerzo.
Empezaba a encontrarse algo más contento y no le gustaba estar rodeado de rostros

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sombríos.
—Hemos pensado en ir de excursión —dijo Jorge ávidamente—. Le he pedido
permiso a mamá y ha dicho que sí, con tal que la señora Stick nos prepare unos
bocadillos.
—Bien. Supongo que no se lo tomará muy a pecho —dijo tío Quintín intentando
hacer gracia. Todos sonrieron cortésmente—. Pero podéis pedírselo.
Hubo un silencio. A nadie le gustaba la idea de pedir a la señora Stick que hiciera
los bocadillos.
—Cómo me hubiera gustado que no hubiera traído a Stinker —dijo Jorge
lúgubremente—. Todo sería mucho más fácil si él no estuviera aquí.
—¿Es ése el nombre de su hijo? —preguntó tío Quintín.
Jorge hizo un gesto.
—Oh, no. Yo me refería al perro. Se llama Tinker, pero yo le llamo Stinker por lo
mal que huele. (Nota del traductor: Stinker en inglés quiere decir hediondo)
—No parece un nombre muy bonito —dijo su padre, entre las risas de los demás.
—No —dijo Jorge—. Pero es un perro muy antipático.
Al final fue tía Fanny la que consiguió de la señora Stick que hiciera los
bocadillos. La señora Stick fue a servir el desayuno a la cama a tía Fanny y entonces
convinieron en lo de los bocadillos, aunque a la cocinera no le hizo gracia.
—Yo no me comprometí al principio a trabajar para tres chicos más —dijo,
huraña.
—Ya le advertí que vendrían, señora Stick —dijo tía Fanny pacientemente—. Yo
no sabía que iba a estar enferma cuando ellos viniesen. Si yo hubiese estado bien
hubiera podido hacer los bocadillos y muchas otras cosas. Solamente le pido que
trabaje lo mejor que pueda hasta que yo me encuentre mejor. Quizás mañana esté ya
bien. Dejemos que los chicos se diviertan durante una semana y entonces, si todavía
me encuentro mal, estoy segura de que la ayudarán a usted un poco en su trabajo.
Pero lo principal es que lo pasen bien durante unos días primero.
Los chicos cogieron sus bocadillos y salieron de la casa. En el camino
encontraron a Edgar, con su acostumbrado aspecto de pillete.
—¿Por qué no me dejáis ir con vosotros? —preguntó—. Dejadme acompañaros a
esa isla. Sé muchas cosas sobre ella, ya lo creo.
—No, tú no sabes nada sobre la isla —dijo Jorge con ojos relampagueantes—. Y
yo no te llevaré nunca allí. La isla es mía ¿entiendes? Bueno, nuestra. Pertenece a
nosotros cuatro y también a Tim. Nunca permitiremos que vayas.
—Qué va a ser vuestra la isla —dijo Edgar—. ¡Eso es una mentira!
—No tienes la menor idea de lo que estás hablando —dijo Jorge
despreciativamente—. ¡Vámonos ya! ¡No debemos despilfarrar el tiempo hablando
con Edgar!

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Dejaron a Edgar con una buena rabieta encima. Cuando se hubieron alejado un
buen trecho, levantó la voz:

Jorgita, Jorgita, pastel y salchicha, ella sabe cómo decir mentiras,


Jorgita, Jorgita, pastel y salchicha.

Julián hizo el gesto de retroceder para encararse con el zafio Edgar, pero Jorge le
contuvo.
—Si le haces algo se lo contará a su madre y ésta se marchará de la casa, y
entonces mamá no tendrá quien la ayude —dijo—. No tenemos más remedio que
aguantarnos. ¡Odioso niño! No puedo tragar su nariz de granuja y sus ojos de mirada
retorcida.
—¡Guau! —ladró Tim vivamente.
—Tim dice que odia el miserable rabo de Stinker y sus estúpidos ojos —explicó
Jorge, cosa que hizo soltar la carcajada de los demás. Empezaban a encontrarse más
animados.
Pronto dejaron de oír la tonta canción de Edgar y olvidaron todo lo concerniente a
ello.
—Vamos a ir a ver si tu bote está ya arreglado —dijo Julián—. Si es así,
podremos ir remando hasta nuestra querida isla.

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Capítulo III

UN DESAGRADABLE TROPIEZO

El bote de Jorge estaba casi arreglado, pero no del todo. Le faltaba todavía una
capa de pintura. Resultaba muy alegre, porque Jorge había escogido una reluciente
pintura roja. Los remos estaban también pintados de rojo.
—Oh, ¿hay posibilidad de que esté terminado esta tarde? —preguntó Jorge al
hombre que arreglaba el bote.
Este movió la cabeza.
—No, Jorge —dijo—. Os llenaríais todos de pintura. Estará dispuesto mañana,
pero no antes.
A los chicos les hacía gracia oír que el hombre del bote o el pescador llamase a su
prima Jorge. Todos los del pueblo sabían de qué modo ella anhelaba parecer un
chico. Sus primos conocían también qué fiera y orgullosa era, y se decían riendo:
«Bien: todos saben que ella se comporta como un muchacho, y si quiere que la
llamen Jorge en lugar de 'señorita Jorgina', allá ella. Bien merecido se lo tiene.»
Por eso Jorgina era el «señorito Jorge» y estaba muy orgullosa con sus jerseys y
shorts cuando iba a la playa y remaba tan bien como cualquier pescador y nadaba
mejor que todos sus primos.
—Iremos a la isla mañana, entonces —dijo Julián—. Hoy merendaremos en la
playa. Luego daremos un paseo.
Merendaron en la arena, con Tim a su lado, el cual compartía más de la mitad del
ágape. Los bocadillos no estaban muy buenos. El pan era demasiado rancio; no tenían
dentro bastante mantequilla y, en general, estaban duros. Pero eso a Tim le traía sin
cuidado. Engulló todos los que pudo, moviendo el rabo tan frenéticamente que
echaba arena encima de los chicos.
—Tim, saca el rabo de la arena si quieres moverlo —dijo Julián quitándose arena
de la cabeza por cuarta vez. Tim volvió a mover el rabo con gran fuerza
desparramando gran cantidad de arena. Todos rieron.
—Vamos a dar un paseo ahora —dijo Dick—. Mis piernas tienen ganas de hacer
ejercicio. ¿A dónde vamos?
—Podemos ir a la parte más alta de las rocas, desde donde podemos ver bien la
isla. ¿Qué os parece? —dijo Ana—. Jorge, ¿está todavía allí el barco?
Jorge movió la cabeza. Los chicos una vez tuvieron una excitante aventura con un
viejo navío hundido que había en el fondo del mar. Una gran tormenta lo había
sacado del fondo de las aguas, incrustándolo firmemente entre las rocas. Entonces
pudieron explorar el barco, donde encontraron un plano del castillo con indicaciones
de dónde se hallaba un tesoro escondido.

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—¿Os acordáis cómo encontramos el viejo mapa en el barco y cómo buscamos
los lingotes de oro y los encontramos? —dijo Julián con los ojos brillantes—. ¿No se
ha desmoronado todavía el barco, Jorge?
—No —dijo Jorge—. No lo creo. Está metido entre las rocas del otro lado de la
isla, y por eso no se puede ver desde aquí. Pero podremos echarle un vistazo mañana.
—Sí, lo haremos —dijo Ana—. ¡Pobre viejo barco! Supongo que no durará allí
muchos inviernos.
Fueron por la parte alta de las rocas con Tim haciendo cabriolas delante de ellos.
Pudieron ver la isla fácilmente, así como el castillo que se destacaba en medio.
—Allí está la torre de los grajos —dijo Ana mirando—. La otra torre se vino
abajo, ¿verdad? ¡Mira los grajos volando en círculo alrededor de la torre, Jorge!
—Sí. Construyen sus nidos todos los años —dijo Jorge—. ¿No os acordáis de los
montones de palitos que había alrededor de la torre de los grajos, dejados por éstos
cuando construían sus nidos? Cogimos unos cuantos e hicimos fuego.
—Me gustaría hacerlo otra vez. Ya lo creo que me gustaría. Lo haremos todas las
noches si nos pasamos una semana en la isla. Jorge, ¿le pediste permiso a tu madre?
—Oh, sí —dijo Jorge—. Dijo que creía que podíamos ir, pero que ya veríamos.
—No me gusta que los mayores digan que ya veremos. Muchas veces eso quiere
decir que no nos dejan hacer lo que queremos, pero que no quieren decírnoslo por el
momento.
—Bueno, pero espero que al final nos dejará —dijo Jorge—. Al fin y al cabo,
somos mucho mayores que el año pasado. Julián ya ha pasado de los doce años, y yo
pronto, lo mismo que Dick. Sólo Ana es pequeña.
—No soy pequeña —repuso Ana, indignada—. Soy tan fuerte como tú. Pero no
puedo impedir ser algo más joven.
—¡Ea, ea, nena! —dijo Julián dando palmaditas en la espalda a su enfurecida
hermanita—. ¡Hola, fijaos! ¿Qué es eso que veo en la isla?
Había notado algo extraño en la isla mientras daba palmaditas a Ana. Todos se
pusieron a mirar la pequeña isla Kirrin.
—¡Seguro que es! ¡No puede ser!
Jorge profirió una exclamación.
—¡Caramba, una columna de humo! ¡Humo! Hay alguien en mi isla.
—Oh, nuestra isla —corrigió Dick—. Ese humo debe de provenir de algún barco
que esté detrás de la isla. Lo que pasa es que no lo podemos ver, eso es todo. Pero
apuesto a que el humo es de un barco. Sabemos que nadie puede ir a la isla, salvo
nosotros. Los demás no conocen el camino.
—Si alguien ha ido a mi isla —empezó Jorge, hecha una fiera—, si alguien ha
ido a mi isla, yo… yo… yo…
—Tú estallarás y te convertirás en humo —dijo Dick—. Ahora ya no se ve. Estoy

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seguro de que se trataba de un barco que echaba humo.
—¡Si mi bote estuviera ya arreglado! —dijo Jorge, impaciente—. Esta tarde iré
por él. Estoy dispuesta a llevarme el bote aunque la pintura esté húmeda todavía.
—¡No seas idiota! —dijo Julián—. Sabes muy bien qué bronca nos llevaríamos si
volviéramos a casa con las ropas y las cosas manchadas de rojo. Ten sentido común,
Jorge.
Jorge olvidó la idea. Escudriñó el horizonte para ver si aparecía algún barco de
vapor por uno u otro lado de la isla, dispuesto a entrar en la bahía, pero el barco no
apareció.
—Probablemente ha anclado en cualquier sitio —dijo Dick—. ¡Vámonos ya! ¿Es
que vamos a pasarnos el resto del día aquí plantados?
—Creo que lo mejor será volver a casa —dijo Julián, consultando su reloj de
pulsera—. Es casi la hora del té. Espero que tu madre se haya levantado, Jorge. Es
mucho más divertido cuando ella está en la mesa.
—Oh, espero que se haya levantado —dijo Jorge—. Vámonos ya. Regresemos.
Mientras regresaban seguían contemplando la isla Kirrin, pero lo único de
particular que podían ver eran los grajos y las gaviotas inundando el cielo, pero nada
de humo. Seguramente se trataba de un barco.
—De todas formas, mañana iré a echar un vistazo —dijo Jorge firmemente—. Si
alguien ha entrado en mi isla, lo echaré.
—Nuestra isla —corrigió Dick—. Jorge, quisiera que recordaras que dijiste que
la repartirías entre nosotros.
—Sí, lo haré —dijo Jorge—. Pero no puedo impedir el sentir que todavía es mía.
¡Vamos aprisa! Empiezo a tener hambre.
Por fin llegaron a "Villa Kirrin". Pasaron por el vestíbulo y se metieron en el
cuarto de estar. Ante su sorpresa, Edgar estaba allí, leyendo uno de los libros de
Julián.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo Julián—. Y ¿quién te ha dicho que puedes
coger mi libro?
—No estoy haciendo daño a nadie —dijo Edgar—. Si quiero leer un rato
tranquilamente, ¿no puedo hacerlo?
—Espera a que mi padre regrese y te encuentre aquí —dijo Jorge—. Y si has
estado en su despacho, verás cómo lo sentirás.
—Sí, he estado allí —dijo Edgar, sorprendido—. He visto esos instrumentos tan
bonitos con los que trabaja.
—¡Cómo te has atrevido! —exclamó Jorge poniéndose pálida de rabia—. Ni
siquiera nos permiten a nosotros que entremos allí. ¡Y, además, haber tocado sus
cosas!
Julián observó a Edgar con curiosidad. No podía imaginar cómo era posible que

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el muchacho se hubiera vuelto de pronto tan insolente.
—¿Dónde está tu padre, Jorge? —preguntó—. Creo que será mejor que lo
llamemos para que departa un poco con Edgar. Edgar parece que está loco.
—Llamadlo si queréis —dijo Edgar, todavía recostado en el sofá y pasando las
hojas del libro de Julián insolentemente—. Él no vendrá.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Jorge, asustada de pronto—. ¿Dónde está mi
madre?
—Llámala a ella también, si quieres —dijo el chico con aire socarrón—. ¡Venga!
¡Llámala!
Los chicos, de pronto, se sintieron asustados. ¿Qué era lo que quería decir Edgar?
Jorge salió corriendo escaleras arriba hacia el dormitorio de su madre, llamándola a
grandes voces.
—¡Madre! ¡Madre! ¿Dónde estás?
Pero la cama de su madre estaba vacía. No estaba hecha, pero sí vacía. Jorge se
metió en los otros dormitorios, llamando desesperadamente:
—¡Madre! ¡Madre! ¡Padre! ¿Dónde estáis?
Pero no hubo contestación. Jorge corrió escaleras abajo con la cara blanca como
el papel.
Edgar le hizo un gesto.
—¿Qué te había dicho? —dijo—. Te dije que podías llamar todo lo que quisieras,
que ellos no vendrían.
—¿Dónde están? —preguntó Jorge—. ¡Dímelo en seguida!
—A ver si los encuentras —dijo Edgar.
Se oyó una sonora bofetada y Edgar se incorporó, guareciéndose la mejilla
izquierda con la mano. Jorge lo había abofeteado con todas sus fuerzas. Edgar
levantó la mano para devolverle el bofetón, pero Julián se le encaró.
—No pelearás con Jorge —dijo—. Es una chica. Si quieres pelea, aquí estoy yo.
—No importa ser una chica —dijo Jorge intentando apartar a Julián—. Voy a
pelear con Edgar y le voy a golpear. Ya verás si no.
Pero Julián la apartó a un lado. Edgar empezó a acercarse a la puerta, pero allí
estaba Dick.
—Un momento —dijo Dick—. Antes de que te vayas, ¿dónde están nuestros tíos?
—Gr-r-r-r-r-r —gruñó Tim con voz amenazadora, cosa que hizo espantarse a
Edgar. El perro enseñaba sus enormes dientes, con el pelo del cuello erizado, y tenía
un aspecto sobrecogedor.
—Coged al perro —dijo Edgar con voz temblona—. Parece que quiere
abalanzarse sobre mí.
Julián cogió a Tim por el collar.
—¡Quieto, Tim! —dijo—. Ahora, Edgar, cuéntanos lo que queremos saber, y

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cuéntanoslo en seguida, o lo vas a pasar mal.
—Bien, no hay mucho que contar —dijo Edgar sin separar la vista de Tim. Miró a
Jorge y siguió—: Tu madre se ha puesto de pronto muy enferma, con terribles
dolores; han llamado al doctor y se la han llevado a una clínica. Y tu padre ha ido con
ella. ¡Eso es todo!
Jorge se sentó en el sofá, con la cara tan pálida que parecía enferma.
—Oh —dijo—. ¡Pobre madre! Ojalá no hubiéramos salido esta mañana. ¿Cómo
nos enteraremos de lo que ha ocurrido?
Edgar había salido de la habitación cerrando la puerta tras él. Tim no lo había
seguido. Se oyó también un portazo en la cocina. Los chicos quedaron mirándose
unos a otros, con aire abatido. ¡Pobre Jorge! ¡Pobre tía Fanny!
—Seguramente han dejado una nota en cualquier sitio —dijo Julián echando un
vistazo por todo el rededor. Vio una carta puesta en el borde del gran espejo que había
en la habitación, dirigida a Jorge. Se la dio a ella. Era del tío Quintín.
—Léela rápido —dijo Ana—. ¡Oh, querida, esto es realmente un mal comienzo
para nuestras vacaciones!

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Capitulo IV

UN PEQUEÑO TRASTORNO

Jorge leyó la carta en voz alta. No era muy larga y a todas luces se veía que se
había escrito apresuradamente.

Querida Jorge:

Tu madre se ha puesto muy mala. Voy a llevarla a una clínica. No pienso


dejarla hasta que no se encuentre mejor. Esto podrá tardar varios días o tal vez
una semana. Te telefonearé todos los días a las nueve de la mañana para decirte
cómo se encuentra. La señora Stick se cuidará de todos vosotros. Trata de que
todo vaya bien hasta que esté de vuelta.

TU PADRE.

—¡Oh, querida! —exclamó Ana viendo qué apenada estaba Jorge. Jorge quería
mucho a su madre, y por una vez aparecieron lágrimas en sus ojos. Jorge nunca
lloraba, pero era terrible volver a casa y encontrarse con que su madre había tenido
que marcharse porque estaba muy enferma. ¡Y también su padre se había marchado!
Sólo quedaban en la casa la señora Stick y Edgar.
—Qué pena me da que mi madre se haya tenido que ir —sollozó Jorge, de
pronto, apoyando la cabeza en un cojín—. Ella… ella a lo mejor no vuelve jamás.
—No seas tonta, Jorge —dijo Julián sentándose y rodeándola con el brazo—.
Claro que volverá. ¿Por qué no iba a hacerlo? Ya has visto que tu padre estará sólo
unos días con ella hasta que se encuentre mejor, cosa que ocurrirá pronto. ¡Animo!
No es propio de ti encontrarte de esa manera.
—Pero ni siquiera les he dicho adiós —sollozó la pobre Jorge—. Y yo le
encargué a mi madre que convenciera a la señora Stick para que hiciera los bocadillos
en lugar de hacerlo yo. Necesito ir a ver a mamá y ver por mí misma cómo está.
—No sabes dónde se la han llevado, y aunque lo supieras, seguramente no te
dejarían entrar a verla —dijo Dick—. Vamos a tomar el té. Así nos encontraremos
mejor.
—Yo no puedo comer nada —dijo Jorge fieramente. Tim puso la nariz entre sus
manos e intentó lamerla, mientras lloriqueaba un poco.
—¡Pobre Tim! No lo puede entender —dijo Ana—. Está terriblemente trastornado
al verte llorar, Jorge.
Esto hizo que Jorge se calmase. Se restregó los ojos con las manos y dejó que Tim
le lamiera las mejillas humedecidas. Pareció sorprenderse del sabor salado. Entonces

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intentó lamer las rodillas de Jorge.
—No seas tonto, Tim —dijo Jorge con voz normal—. No estés trastornado. He
tenido una emoción, eso es todo. Ahora estoy mejor, Tim. No lloriquees así, tontuelo.
Estoy muy bien. No me duele nada.
Pero Tim estaba seguro de que Jorge estaba muy apenada y siguió lamentándose y
apoyándose con las patas en Jorge, intentando lamerle las rodillas.
Julián abrió la puerta.
—Voy a decirle a la señora Stick que queremos ya el té —dijo, saliendo de la
habitación. Los otros pensaron que era bastante valiente al enfrentarse con la señora
Stick.
Julián se dirigió a la puerta de la cocina y la abrió. Edgar estaba allí sentado, con
una mejilla encarnada, allí donde Jorge le había dado la bofetada. La señora Stick
estaba allí, con aire avinagrado.
—Si esa chica le pega a mi Edgar otra vez, se las entenderá conmigo —dijo,
amenazadoramente.
—Edgar se merecía lo que le ha ocurrido —dijo Julián—. ¿Podemos tomar ya el
té, por favor?
—Tengo muy buenas razones para no haceros nada —dijo la señora Stick. El
perro estaba en pie mirando a Julián desde su rincón y empezó a gruñirle.— ¡Eso está
bien, Tinker! ¡Ladrarle a las personas que le pegan a Edgar! —dijo la señora Stick.
Julián no se amedrentaba por el perro.
—Si no quiere prepararnos el té, lo haré yo mismo —dijo el muchacho—.
¿Dónde está el pan y las pastas?
La señora Stick se encaró con Julián y éste la miró resueltamente. Pensó que era
una mujer muy desagradable y no le iría detrás con ruegos, por supuesto. Hubiera
querido poderle decir que se marchara, pero ella no le habría hecho caso. Sería gastar
saliva.
La señora Stick movió los ojos primero.
—Os prepararé el té —dijo—. Pero si tengo un poco de sentido común no os haré
más comida.
—Y si yo tengo un poco de sentido común llamaré a la policía —dijo Julián
inesperadamente. Él no había querido decir eso. Le había salido de pronto, pero lo
que dijo produjo un efecto sorprendente en la señora Stick. Parecía alarmada.
—No vale la pena molestarse —dijo con una voz más cortés—. Hemos tenido
todos una emoción y estamos trastornados. En seguida os prepararé el té.
Julián salió de la habitación, maravillado del efecto que había producido en la
señora Stick lo de llamar a la policía. Quizá lo que le asustaba era pensar que la
policía habría llamado a tío Quintín, y éste hubiera regresado hecho una fiera. ¡A tío
Quintín le traían sin cuidado un centenar de señoras Stick!

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Volvió con los otros.
—El té lo servirán en seguida. ¡A ver si nos animamos!
Cuando la señora Stick trajo el té no resultaba muy agradable estar sentado a la
mesa. Jorge estaba sofocada por haber llorado. Ana estaba todavía trastornada. Dick
intentó animarlos a todos contando algunos chistes, pero sonaban tan aburridos que
pronto abandonó la empresa. Julián estaba muy serio y ponderado. Parecía una
persona mayor. Tim se sentó al lado de Jorge con la cabeza apoyada en su rodilla.
«Cómo me gustaría tener un perro que me quisiera tanto», pensó Ana. Tim miraba
a su amita con sus pardos ojos en actitud devota. No tenía ojos ni oídos más que para
Jorge, ahora que ella estaba triste.
Ninguno sabía qué les iban a poner con el té, pero de todos modos era bueno y
cuando terminaron todos se sentían mejor. Nadie quería ir a la playa, por si acaso
sonaba el teléfono y dieran noticias del estado de la madre de Jorge. Por eso se
sentaron todos en el jardín, pendientes del teléfono.
Desde la cocina llegó una canción.

Jorgita, Jorgita, pastel y salchicha, se sienta y se pone a llorar, Jorgita,


Jorgita…

Julián se levantó. Se dirigió a la ventana de la cocina y miró dentro. Edgar estaba


allí solo.
—¡Sal fuera, Edgar! —dijo Julián con voz agria—. ¡Te enseñaré a cantar otra
canción! ¡Venga! ¡Sal!
Edgar no se movió.
—¿Es que no puedo cantar si quiero? —dijo.
—Oh, sí —dijo Julián—. Pero no esa canción. Te voy a enseñar otra. ¡Sal!
—No quiero —dijo Edgar—. Tú quieres pegarme.
—Exacto —dijo Julián—. Pienso que una pequeña paliza te sentará mejor que
cantar esa canción metiéndote con una chica. ¿Vas a salir? ¿O quieres que entre yo?
—¡Mamá! —llamó Edgar sintiendo pánico de repente—. ¡Mamá! ¿Dónde estás?
Julián de pronto metió su largo brazo por la ventana de la cocina y cogió por su
larga nariz a Edgar, zarandeándolo tan fuerte que Edgar gritó, lleno de pánico.
—¡Déjame! ¡Suéltame! ¡Me estás haciendo daño! ¡Suéltame! ¡Me estás haciendo
daño! ¡Suéltame, por Dios!
La señora Stick entró precipitadamente en la cocina. Dio un grito cuando vio lo
que estaba haciendo Julián. Voló hacia él. Julián retiró el brazo y quedó esperando al
otro lado de la ventana.
—¡Cómo te atreves! —gritó la señora Stick—. ¡Primero esa chica le da una

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bofetada y ahora tú le retuerces la nariz! ¿Qué os pasa a todos vosotros?
—Nada —dijo Julián placenteramente—. Se trata de que sólo queremos castigar a
Edgar. Ya sé que es tarea de usted, pero parece que no lo ha hecho nunca.
—Eres un insolente —dijo la señora Stick, ultrajada y furiosa.
—Sí, me atrevo a decir que lo soy —dijo Julián—. Se me ha pegado de Edgar.
También de Stinker.
Esto enfureció más a la señora Stick.
—¡Stinker! —gritó—. Ese no es el nombre de mi perro, y bien que lo sabes tú.
—Realmente debería ser —dijo Julián empezando a marcharse—. Déle un buen
baño y tal vez entonces le llamaremos Tinker.
Dejando a la señora Stick murmurando furiosa, volvió con los otros. Lo miraron
con curiosidad. Parecía un Julián diferente: un Julián muy determinado y resuelto, un
Julián muy mayor, un Julián que asustaba un poco.
—Me temo que la manteca esté en el fuego ahora —dijo Julián sentándose en la
hierba—. Le he retorcido a Edgar las narices y su mamá me ha visto. Creo que esto es
la guerra. A partir de ahora no podremos estar tranquilos ni un momento. Dudo que
nos pongan más comida.
—Lo haremos nosotros mismos, entonces —dijo Jorge— No puedo ver a la
señora Stick ni a ese horrible Edgar, ni a ese terrible Stinker. Estoy deseando que
vuelva Juana.
—¡Mirad, ahí está Stinker! —dijo Dick de pronto, sujetando a Tim con la mano, el
cual se había incorporado dando un gruñido. Pero Tim eludió las manos de Dick y
empezó rápidamente a correr a través de la hierba. Stinker profirió un calamitoso
aullido e intentó escapar. Pero Tim lo había ya cogido por el pescuezo y lo
zarandeaba.
La señora Stick apareció con una estaca y empezó a dar estacazos, no pareciendo
preocuparle mucho a qué perro le daba en concreto. Julián echó a correr en busca de
la manga de riego. Edgar, de un salto se metió en la casa, recordando lo que le había
ocurrido antes con la manga.
El agua empezó a salir y Tim dio un suspiro y dejó ir al aullante mestizo que tenía
entre los dientes. Stinker, al punto se precipitó sobre la señora Stick e intentó
esconderse entre sus faldas, temblando de terror.
—¡Envenenaré a vuestro perro! —gritó furiosa la señora Stick a Jorge—.
Siempre ataca al mío. O cuidas de que no se repita o lo enveneno.
Desapareció tras la puerta y los cuatro chicos se sentaron de nuevo. Jorge parecía
alarmada.
—¿Y si intenta realmente envenenar a Tim? —preguntó a Julián con voz
asustada.
—Es capaz —dijo Julián con voz profunda—. Pienso que lo mejor será que

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tengamos a Tim siempre con nosotros, día y noche, y que sólo nosotros le demos de
comer de nuestros propios platos.
Jorge acercó hacia sí a Tim, horrorizada ante la idea de que alguien estuviera
dispuesto a envenenarlo. Pero la señora Stick era terrible y muy capaz de hacer una
cosa así pensó Jorge. ¡Cómo ansiaba que su padre y su madre volvieran! Era horrible
le estar solos de esa manera.
El teléfono sonó de repente e hizo que todos se levantaran. Tim empezó a gruñir.
Jorge se metió en casa y cogió el auricular. Oyó la voz de su padre y su corazón
empezó a latir violentamente.
—¿Eres tú, Jorge? —preguntó su padre—. ¿Estáis todos bien? No tuve tiempo de
quedarme para contároslo todo.
—Padre, ¿cómo está mamá? Dímelo rápido —dijo Jorge.
—No podremos saberlo hasta pasado mañana —dijo su padre—. Yo telefonearé
mañana por la mañana y también al día siguiente. No puedo regresar hasta que no
sepa que ella está mejor.
—Oh, padre, es terrible estar aquí sin ti y sin mamá —dijo la pobre Jorge—. La
señora Stick es horrible.
—Ahora, Jorge —dijo su padre con aire impaciente—, estoy seguro de que
vosotros podréis arreglaros solos mientras yo estoy fuera. No me metáis más
complicaciones en la cabeza, que ya tengo bastante con la enfermedad de tu madre.
—¿Cuándo crees que volverás? —preguntó Jorge—. ¿No puedo ir yo a ver a
mamá?
—No —dijo su padre—. Han dicho que no podrá ser hasta dentro de dos
semanas. Yo estaré de vuelta tan pronto como pueda. Pero ahora no pienso dejar a tu
madre sola. Ella me necesita. Adiós, y que seáis todos buenos.
Jorge colgó el teléfono. Se volvió a los otros.
—No sabrán nada acerca del estado de mamá hasta pasado mañana —dijo—.
Tenemos que arreglárnoslas solos con la señora Stick hasta que papá vuelva. Y, Dios
mío, ¡a saber cuándo volverá! ¿No es terrible?

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Capítulo V

EN LA MEDIANOCHE

La señora Stick estaba aquella noche de muy mal humor y no había servido
todavía la cena. Julián fue a preguntarle sobre el particular, pero encontró cerrada la
puerta de la cocina.
Volvió con los demás con el rostro sombrío, porque todos ellos tenían mucho
apetito.
—Ha cerrado la puerta —informó—. ¡Qué mujer más pesada! No creo que quiera
servirnos esta noche la cena.
—Podemos esperar hasta que se vaya a la cama —dijo Jorge—. Entonces
buscaremos a ver qué podemos encontrar en la despensa.
Se fueron hambrientos a la cama. Julián se puso a escuchar para saber cuándo la
cocinera y Edgar se iban a la cama. Cuando oyó que subían la escalera y que cerraban
la puerta del dormitorio bajó hasta la cocina. Estaba muy oscuro y cuando iba a
encender la luz oyó el aliento de alguien que respiraba pesadamente. ¿Quién podría
ser? ¿Acaso Stinker? No. No era ningún perro. Era la respiración de una persona.
Julián se quedó quieto, con la mano en el interruptor de la luz, pasmado y algo
asustado. No podía ser un ladrón, porque los ladrones no se dedican a dormir en las
casas donde entran a robar. No podían tampoco ser la señora Stick ni Edgar.
Entonces, ¿de quién se trataba?
Encendió la luz. La cocina se iluminó completamente y los ojos de Julián se
fijaron en la figura de un hombre pequeño que estaba tendido en el sofá. Estaba
durmiendo profundamente, con la boca enteramente abierta.
No tenía un aspecto muy agradable. Hacía días que no se había afeitado, y tenía la
cara de un negro azulado. Parecía también que no se había lavado desde hacía
tiempo, porque tenía negras las manos y las uñas. Tenía el aire desaliñado a más no
poder, lo mismo que Edgar, exactamente.
«A lo mejor es el padre de Edgar —pensó Julián—. ¡Qué aspecto! Pobre Edgar,
¿cómo iba a ser mejor con un padre y una madre así?»
El hombre empezó a roncar. Julián no sabía qué hacer. Quería acercarse a la
despensa y abrirla, pero por otro lado no quería tener jaleo si se despertaba el hombre.
En realidad, no sabía cómo echarlo de allí, porque a lo mejor su tío y su tía estaban
conformes en que el marido de la señora Stick pudiera pasar algunos días en la casa,
si bien esto difícilmente podía creerlo.
Julián tenía mucha hambre. El pensar en las cosas buenas que habría en la
despensa le hizo apagar la luz y acercarse en la oscuridad a la puerta de la despensa.
La abrió. ¡Bien! Aquello olía a pastel o a algo parecido. Cogió algo de la despensa y

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aplicó la nariz. Olía a carne. ¡Un buen pastel de carne!
Tanteó de nuevo y topó con un plato que, al parecer, tenía tartas de jamón, porque
eran unas cosas redondas y planas y tenían una especie de palito en medio. Bien, un
pastel de carne y tartas de jamón serían suficientes para cuatro chicos hambrientos.
Julián cogió ambas cosas y salió cuidadosamente de la despensa. Empujó la
puerta con el pie. Entonces se dispuso a salir de la habitación. Pero en la oscuridad se
equivocó de camino y se dirigió directamente al sofá. El montón de tartas recibió una
fuerte sacudida y una de ellas se vino abajo. Cayó en la boca del hombre dormido,
cosa que le hizo despertar sobresaltado.
«¡Cáspita!», se dijo Julián a si mismo, empezando a retirarse sigilosamente,
deseando que el hombre diera una vuelta y se volviera a dormir.
Pero el palito de la tarta había resbalado por la barbilla del hombre y lo había
espabilado.
—¿Quién está ahí? ¿Eres tú, Edgar? ¿Qué estás haciendo aquí abajo?
Julián no dijo nada, pero se deslizó hacia donde creía que estaba la puerta. El
hombre se levantó y se dirigió a donde creía que estaba el interruptor de la luz. Lo
encontró y le dio la vuelta. Se quedó mirando atónito a Julián.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó.
—Justamente eso le iba yo a preguntar —repuso Julián fríamente—. ¿Qué es lo
que está usted haciendo aquí, durmiendo en la cocina de mi tío?
—Tengo buenas razones para estar aquí —dijo el hombre con voz ruda—. Mi
mujer es la cocinera, ¿no es así? Mi barco está cerca y yo estoy con permiso. Tu tío
quedó con mi mujer en que en esos casos yo podría venir aquí, ¿sabes?
Julián quedó aterrorizado. ¡Qué terrible tener en la casa no sólo a la señora Stick,
sino también a su marido! Era algo que difícilmente se podía soportar.
—Le preguntaré a mi tío si es verdad cuando telefonee por la mañana —dijo
Julián—. Ahora, déjeme el paso libre, haga el favor. Voy al piso de arriba.
—¡Oh! —dijo el señor Stick fijándose en el pastel de carne y en las tartas de
jamón que llevaba Julián—. ¡Oh! ¡Qué veo! ¡Estás robando cosas de la despensa!
Julián no tenía la menor gana de discutir con el señor Stick.
—Déjeme libre el camino —dijo—. Mañana hablaremos cuando mi tío telefonee.
El señor Stick no parecía querer dejar el camino libre a Julián. Este contrajo los
labios y lanzó un silbido. Se oyó un ruido en el techo. ¡Era Tim, que saltaba de la
cama de Jorge! Luego se oyeron pasos de perro que bajaban las escaleras y se
encaminaban por el pasillo que conducía a la cocina ¡Tim se acercaba!
Olió al señor Stick en la puerta de la cocina, erizó el pelo y enseñó los dientes.
El señor Stick se dirigió rápidamente a la puerta y la cerró de un golpe ante las
narices del perro. Le hizo un gesto a Julián.
—¿Qué es lo que vas a hacer ahora? —preguntó.

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—¿Quiere que se lo diga? —dijo Julián repentinamente de mejor humor—. Pues
voy a lanzarle a la cara este suculento pastel de carne.
Levantó el brazo y el señor Stick se apartó.
—No hagas eso —dijo—. No despilfarres ese bonito pastel de carne. Puedes irte
arriba, si así lo quieres.
Empezó a acercarse al sofá. Julián abrió la puerta y Tim entró dando un salto y
gruñendo. El señor Stick lo miró receloso.
—No dejes que ese antipático perrazo se me acerque —dijo—. No me gustan los
perros.
—Entonces no comprendo cómo tiene a Stinker —dijo Julián—. ¡Ven aquí, Tim!
Deja a ese señor. No tiene valor para resistir tus gruñidos.
Julián empezó a subir la escalera con Tim pegado a los talones. Cuando llegó
arriba, los otros lo rodearon, ansiosos de saber lo que había ocurrido, pues habían
oído las voces desde arriba. Rieron cuando Julián les contó cómo había estado a
punto de tirar el pastel de carne a la cara del señor Stick.
—Se lo hubiera merecido —dijo Ana—. Aunque habría sido una lástima, porque
no hubiéramos podido comérnoslo. Bien. La señora Stick será una mujer horrible,
pero sabe cocinar. Este pastel es magnífico.
Los chicos dieron buena cuenta del pastel y también de las tartas.
Julián les contó que el señor Stick estaba de permiso.
—Tres Stick en la casa parece demasiado —dijo Dick reflexivamente—. Qué
lástima que no podamos desembarazarnos de ellos y arreglárnoslas nosotros solos.
Jorge, ¿no podrías mañana convencer a tu padre?
—Lo intentaré —dijo Jorge—. Pero ya sabes lo difícil que es mi padre y el
trabajo que cuesta convencerlo de algo. Pero lo intentaré. Vaya, estoy muerta de
sueño. Vamos, Tim, vámonos a la cama. Dormirás apoyado en mis pies. No pienso de
ninguna manera que te muevas de mi lado, ahora que estos terribles Stick quieren
envenenarte.
Pronto los cuatro chicos, pasada ya el hambre, dormían apaciblemente. No tenían
miedo de que los Stick subieran a los dormitorios y los cogieran de improviso, porque
Tim se despertaría antes y los avisaría. Tim era el mejor centinela que ellos podían
tener.
Por la mañana la señora Stick, ante la sorpresa de los chicos, hizo una especie de
desayuno.
—Supongo que es porque sabe que tu padre va a telefonear, Jorge —dijo Julián
—. Y quiere portarse bien. ¿Cuándo te dijo que telefonearía? A las nueve, ¿verdad?
Bien. Ahora son las ocho y media. Vamos a ir rápidamente a la playa unos minutos.
Fueron todos a la playa, ignorando la presencia de Edgar al pasar por el jardín, el
cual les hacía morisquetas de burla. Los chicos no pudieron impedir el pensar que

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estaba loco. Al fin y al cabo, no se portaba como un muchacho de la edad de Julián.
Cuando regresaron eran aproximadamente las nueve menos diez.
—Me voy a sentar en el cuarto de estar hasta que suene el teléfono —dijo Julián
—. No quiero que el señor Stick lo oiga primero.
Pero, para su infortunio, cuando entraron en la casa oyeron a la señora Stick
hablando por teléfono en el vestíbulo.
—Sí, señor —oyeron que decía—, todo está normal. Puedo arreglármelas sola
con los chicos, aunque a veces hacen cosas molestas. Sí, señor. Desde luego, señor.
Bien, señor, es una suerte que mi marido esté aquí. Le han dado permiso en el barco;
así podrá ayudarme en muchas cosas y todo será más fácil. No se preocupe por nada,
señor, y no tenga prisa en volver. Yo llevo la casa muy bien.
Jorge entró en la habitación como una exhalación, y arrancó el auricular de
manos de la señora Stick.
—¡Padre! ¡Soy yo, Jorge! ¿Cómo está mamá? ¡Dímelo, rápido!
—No está peor, Jorge —dijo la voz de su padre—. Pero no podemos saber nada
definitivo hasta mañana por la mañana. Estoy contento de que la señora Stick me
haya dicho que todo va bien. Estoy muy trastornado y preocupado y es para mí un
alivio poderle decir a tu madre que todos estáis bien y que todo va bien, y que todo se
desarrolla normalmente en "Villa Kirrin".
—Pero no es así —repuso Jorge alborotadamente—. No es cierto. Todo es
horrible. ¿Pueden los Stick marcharse y dejar que nos las arreglemos nosotros solos?
—Caramba, por supuesto que no —dijo la voz de su padre, con tono sorprendido
y enojado—. ¿Qué es lo que piensas? Espero, Jorge, que serás razonable y te portarás
bien. Puedo decirte…
—Habla con él, Julián —dijo Jorge desesperadamente, poniendo el auricular en
las manos de Julián. El muchacho lo aplicó a la oreja y empezó a hablar con clara
voz.
—Buenos días, señor. Soy Julián. Me alegro mucho de que tía Fanny no esté peor.
—Lo estará si se entera de que las cosas no van bien en "Villa Kirrin" —dijo tío
Quintín con voz exasperada—. ¿No puedes convencer a Jorge para que entre en
razón? Dios mío, ¿es que no puede aguantar a los Stick una semana o dos? Te lo digo
francamente, Julián, no pienso que los Stick se vayan en mi ausencia; yo quiero que
todo esté preparado en la casa para cuando vuelva tu tía. Si es que no podéis resistir
su compañía, lo mejor que podéis hacer es regresar a vuestra casa con vuestros padres
para el resto de las vacaciones. Pero Jorge no irá con vosotros. Ella debe quedarse en
"Villa Kirrin". Ésta es mi última palabra sobre el particular.
—Pero, señor, yo querría decirle que… —empezó Julián pensando cuál sería la
mejor manera de tratar con un hombre tan temperamental.
Se oyó el clic al otro lado del teléfono. Tío Quintín había colgado y se había

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marchado. No había ya nada más que decir. ¡Caramba! Julián contrajo los labios y
miró a los otros con el ceño fruncido.
—¡Te lo tienes merecido! —dijo con voz agria la señora Stick desde el final del
vestíbulo—. Ahora ya sabéis cómo irán las cosas. Yo estoy aquí y me quedaré aquí,
siguiendo las órdenes de tu tío. Y a partir de ahora os vais a portar bien o todo será
peor para vosotros.

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Capítulo VI

JULIÁN DERROTA A LOS STICK

Sonó un portazo. Se cerró la puerta de la cocina y pudo oírse la voz triunfante de


la señora Stick contándole a Edgar y a su marido todo lo que había ocurrido. Los
chicos se dirigieron al cuarto de estar y se sentaron mirándose sombríamente unos a
otros.
—¡Papá es terrible! —exclamó Jorge, furiosa—. Nunca quiere escuchar a nadie.
—Bien. Al fin y al cabo, está muy trastornado —dijo Julián, más razonable—. Es
una lástima que haya telefoneado antes de las nueve. Así, la señora Stick ha podido
coger primero el teléfono y despacharse por su cuenta.
—¿Qué te ha dicho papá? —preguntó Jorge—. Cuéntanoslo exactamente.
—Me dijo que si no podíamos aguantar a la señora Stick, que nos fuéramos a casa
Dick, Ana y yo, pero que tú debías quedarte aquí.
—Bien —dijo Jorge al final—. Vosotros no podéis aguantar a la señora Stick. Lo
mejor que podéis hacer es marcharos a vuestra casa. Yo me las sé arreglar sola.
—¡No seas idiota! —dijo Julián dándole una amistosa palmadita en el brazo—.
Sabes perfectamente que no queremos abandonarte. No quiero decir, desde luego, que
nos guste la idea de estar una semana o dos conviviendo con los antipáticos Stick,
pero cosas peores hay. Pasaremos juntos la estacada.
El intento de chiste no arrancó ninguna sonrisa ni siquiera a Ana (Nota del
traductor: recuérdese que stick significa en inglés estaca, bastón). La perspectiva de
pasar dos semanas con los Stick no era nada agradable. Tim apoyó la cabeza en la
rodilla de Jorge. Ésta lo acarició y miró a su alrededor.
—Os iréis a vuestra casa —dijo a los otros—. He trazado un plan por mi cuenta y
vosotros no formáis parte de él. Yo tengo a Tim y él me cuidará. Telefonead a
vuestros padres e iros a casa mañana.
Jorge tenía la mirada desafiante. Tenía la cabeza erguida y no cabía la menor
duda de que había fraguado una especie de plan.
Julián se sintió inquieto.
—No seas tonta —dijo—. Ya te he dicho que pasaremos el tiempo juntos. Si has
fraguado un plan, nosotros formaremos parte de él. Pero nosotros estaremos aquí
contigo, ocurra lo que ocurra.
—Quedaos si queréis —dijo Jorge—. Pero cuando lleve adelante el plan
comprenderéis que no os queda más remedio que dejar esta casa. ¡Vamos, Tim!
Vamos a ver si Jim ya tiene el bote preparado.
—Iremos contigo —dijo Dick, que estaba muy apenado por Jorge. A pesar del
aire retador de su prima, había podido notar que ésta era muy desgraciada. La salud

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de su madre la tenía muy preocupada. Además estaba disgustada con su padre y muy
trastornada a causa de que comprendía que sus primos podrían dejarse de
preocupaciones y pasarlo bien si regresaban a su casa.
No era un día muy agradable aquél. Jorge se mostraba muy testaruda insistiendo
en que los demás marchasen a su casa y la dejasen a ella sola. Se enfadó bastante al
notar que, por su parte, ellos insistían en quedarse.
—Estáis estropeando mi plan —dijo al final—. Debéis marcharos, realmente
debéis marcharos. Os digo que estáis estropeando mi plan completamente.
—Bueno, ¿cuál es tu plan? —preguntó Julián, impaciente—. No puedo impedir el
tener la sensación de que tú dices que tienes un plan sólo para que nos vayamos.
—Yo tengo un plan de verdad —dijo Jorge perdiendo la paciencia—. Sabéis de
sobra que no es fingido. Si yo digo que tengo un plan es que lo tengo realmente. Pero
no voy a echarlo a rodar revelándolo. No me preguntéis. Es un secreto.
—Yo pienso que en realidad deberías contárnoslo —dijo Dick sintiéndose
ofendido—. Al fin y al cabo, somos tus mejores amigos, ¿no es así? Y pensamos
quedarnos contigo aquí, hayas hecho un plan o no, incluso aunque te lo echemos por
tierra, como dices. Nos quedaremos contigo.
—No dejaré que estropeéis mi plan —dijo Jorge con los ojos llameantes—. Estáis
contra mí lo mismo que los Stick.
—Oh, Jorge, no digas eso —dijo Ana, casi con lágrimas en los ojos—. No riñas
con nosotros. Ya es bastante malo que tengamos que estar riñendo a cada momento
con los Stick para que también nos peleemos nosotros.
Jorge, de pronto, pareció avergonzada.
—Lo siento —dijo—. Soy una idiota. No quiero pelear. Pero yo sé lo que me
digo. Yo llevaré adelante mi plan y no os diré en qué consiste, porque en otro caso os
estropearé las vacaciones. Por favor, creedme.
—Será mejor que hoy comamos fuera de casa —dijo Julián levantándose—. Nos
sentiremos mejor hoy fuera de casa. Y voy a ir a arreglarle las cuentas al viejo Stick.
—¡Eres muy valiente! —dijo Ana, que en aquel momento pensaba que se hubiera
muerto antes que enfrentarse con el señor Stick.
La señora Stick estaba muy antipática y de mal humor. Por un lado se sentía
victoriosa, pero por otro estaba muy enojada por haber notado que le habían
desaparecido el pastel de carne y las tartas de jamón. Su marido estaba explicándole
cómo habían desaparecido cuando apareció Julián.
—¡Cómo podéis esperar que os dé bocadillos para la merienda cuando has robado
mi pastel de carne y las tartas de jamón! —empezó a decir furiosamente—. No lo
comprendo. Os prepararé bocadillos de jamón con pan seco, y se acabó. Y lo que es
más, si todavía os pienso preparar eso lo hago sólo en la confianza de verme libre de
ti cuanto antes.

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—Hay que librarse de esa porquería —murmuró Edgar para sí mismo. Estaba
revolviéndose en el sofá leyendo una especie de periódico cómico en colores.
—Si tienes algo que decirme, ven aquí y hazlo —dijo Julián peligrosamente.
—Haz el favor de dejar en paz a Edgar —dijo la señora Stick al punto.
—Encantado —dijo Julián irónicamente—. A ver: ¿quién quiere venir en lugar de
ese cobarde "Cara Sucia"?
—¡Eh, muchacho, mírame! —empezó el señor Stick desde su rincón.
—No tengo ganas de mirarlo a usted —dijo Julián rápidamente.
—Mírame —dijo el señor Stick levantándose muy enfadado.
—Ya le he dicho que no quiero —dijo Julián—. Usted no ofrece una vista muy
agradable.
—¡Eso es una insolencia! —dijo la señora Stick rápidamente, perdiendo los
estribos.
—No es una insolencia, es la pura verdad —dijo Julián con voz airada.
La señora Stick lo miró. Julián también, desafiante. Tenía la lengua rápida, pero
no había dejado de comportarse con cierta cortesía. Sus más duras palabras eran
corteses en comparación con las que en realidad hubiera dicho. La señora Stick no
entendía a la gente como Julián. Sentía que era demasiado listo para una mujer como
ella. Odiaba al muchacho y, por equivocación, golpeó la pila del agua y vertió en ella
un plato de salsa, creyendo que en lugar de la pila estaba allí la cabeza de Julián.
Stinker dio un salto y empezó a gruñir de repente.
—¡Hola, Stinker! —dijo Julián—. ¿Todavía no has tomado un baño?
Desgraciadamente, no, a juzgar por lo que hueles, ¿verdad?
—Sabes que el nombre de este perro no es Stinker —dijo la señora Stick, irritada
—. Ten la bondad de salir de mi cocina.
—Conforme —dijo Julián—. Encantado de marcharme. No se moleste por
preparar los bocadillos de pan seco. Ya me las arreglaré para conseguir algo mejor
que eso.
Se marchó de la cocina silbando. Stinker gruñó y Edgar repitió lo que antes había
dicho en voz baja: «Hay que deshacerse de esa porquería.»
—¿Qué es lo que dices? —preguntó Julián, de pronto, asomando la cabeza por la
puerta de la cocina.
Pero Edgar no se atrevió a repetir la frase y Julián volvió a marcharse silbando
alegremente, aunque no se sentía demasiado alegre. Se sentía abrumado. Al fin y al
cabo, si la señora Stick se iba a poner tan difícil cada vez que le encargasen cosas
para comer, no resultaría muy placentera la estancia en "Villa Kirrin"
—¿Alguien se siente inclinado a merendar pan seco con jamón? —preguntó
Julián cuando estuvo con los otros—. ¿No? Pues eso es lo que ha ofrecido la señora
Stick. Opino que debemos procurar comprar algo decente. Hay una tienda en el

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pueblo donde venden cosas muy buenas para comer.
Jorge estaba muy silenciosa durante todo el día. Como muy bien sabían los otros,
estaba angustiada por su madre. Seguramente se dedicaba a pensar en su plan y en la
mejor forma de llevarlo a cabo.
—¿Vamos a ir hoy a la isla Kirrin? —preguntó Julián, pensando que esto
alegraría a Jorge.
Jorge movió la cabeza.
—No —dijo—. No quiero que vayamos. El bote ya está arreglado, lo sé, pero no
tengo ganas. Hasta que yo no sepa que mamá se encuentra mejor no quiero salir de
casa. Si papá llamase por teléfono, los Stick pueden enviar a Edgar a buscarme, cosa
que no podría hacer si yo estuviese en la isla.
Los chicos pasaron el resto del día sin hacer nada. Llegó la hora del té y la señora
Stick les preparó pan con mantequilla, pero sin ningún pastel. La leche estaba
demasiado agria y todos tuvieron que tomar el té solo, cosa que no les gustaba.
Cuando hubieron concluido el té, los chicos oyeron a Edgar desde el otro lado de
la ventana. Llevaba una escudilla de lata en la mano y la depositó fuera, encima de la
hierba.
—La comida de vuestro perro —gritó.
—¿Hay alguna galleta en esa escudilla de lata que hay en el suelo, Jorge?
Jorge fue a mirar. Tim atravesó la puerta y se acercó a la escudilla. La olió. Jorge
se dirigió también al sitio donde estaba la escudilla y Dick miró al perro a través de la
ventana, mientras pasaba. De repente se acordó de que al can lo querían envenenar y
lo llamó apresuradamente, cosa que hizo dar un salto a los demás.
—¡Tim…, Tim! ¡No toques eso!
Tim empezó a mover el rabo como indicando que de ningún modo pensaba tocar
aquello. Jorge corrió junto a él y cogió la lata, que, al parecer, tenía carne cruda. La
olió.
—No has tocado esto, ¿verdad, Tim? —preguntó ansiosamente.
Dick se apoyó en la ventana.
—No, no se ha comido nada. Lo he estado observando. Lo olfateó
cuidadosamente, pero no quiso tocar nada. Apuesto a que la escudilla esa tiene
veneno para las ratas o algo parecido.
Jorge estaba muy pálida.
—¡Oh Tim! —dijo—. Eres un perro muy inteligente. No has querido tocar la
comida envenenada, ¿verdad?
—¡Guau! —ladró Tim con aire decidido.
Stinker oyó el ladrido y aplicó la nariz junto a la puerta de la cocina.
Jorge lo llamó con fuerte voz.
—¡Stinker, Stinker, ven aquí! Tim no quiere su comida. Puedes tomártela tú. Ven

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acá, Stinker, aquí la tienes.
Edgar llegó corriendo detrás de Stinker.
—No le des eso —dijo.
—¿Por qué no? —preguntó Jorge—. Vamos, Edgar, dime por qué no.
—A él no le gusta la carne cruda —dijo Edgar después de una pausa—. El sólo
toma galletas especiales para perros.
—¡Eso es mentira! —gritó Jorge con los ojos centelleantes—. Yo lo vi ayer
comiendo carne. ¡Aquí, Stinker, ven y cómete esto!
Edgar le arrebató la escudilla a Jorge y echó a correr metiéndose en la casa. Jorge
quiso perseguirlo, pero Julián, que había saltado por la ventana cuando Edgar
apareció, la detuvo.
—¡No, vieja amiga! —dijo—. No vas a conseguir nada. La carne está ahora
probablemente ardiendo en la chimenea de la cocina. De ahora en adelante nosotros
mismos le daremos de comer a Tim con carne que compremos al carnicero con
nuestro propio dinero. No tengas miedo de que haya comido nada de la escudilla. Es
un perro muy inteligente.
—Lo podía haber hecho si hubiera estado hambriento —dijo Jorge, con la cara
verde ahora. Parecía encontrarse enferma—. Él no quiso que Stinker comiera de la
escudilla porque la comida estaba envenenada. Es una prueba, ¿verdad?
—Creo que sí que lo es —dijo Julián—. Pero no te preocupes, Jorge. A Tim nadie
lo envenenará.
—Podrían hacerlo, podrían hacerlo —dijo Jorge acariciando a su enorme perro en
la cabeza—. Oh, no puedo soportar este pensamiento, Julián. Realmente no puedo.
—Pues no pienses más en ello —dijo Julián—. Anda, tómate una galleta.
—¿Y no piensas que los Stick pueden querer envenenarnos a nosotros también?
—dijo Ana, súbitamente asustada, contemplando su galleta y haciendo conjeturas si
debía morderla o no.
—No, tonta. Ellos sólo quieren acabar con Tim porque nos guarda muy bien —
dijo Julián—. No te asustes. Sólo estaremos con los Stick un día o dos más y
podemos pasarlo en grande. ¡Ya lo verás!
Pero Julián había dicho esto sólo para confortar a su hermanita. En su fuero
interno estaba muy preocupado. Casi deseaba llevarse a Dick y a Ana a su propia
casa. Pero él sabía que Jorge no hubiera querido ir con ellos. ¿Y cómo iban a poder
dejarla sola con los Stick? Era enteramente imposible. Eran amigos y tenían que
permanecer juntos hasta que tía Fanny y tío Quintín regresasen.

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Capitulo VII

BUENAS NOTICIAS

—¿No creéis que deberíamos ir abajo después de que los Stick se vayan a la
cama, para coger algo de comida? —dijo Dick en vista de que aquella noche no
servían la cena.
Julián no se sentía inclinado a ello. No quería enfrentarse de nuevo con el señor
Stick. No porque le tuviera miedo, sino porque se trataba de un asunto muy
desagradable. Estaban en su casa, la comida era de ellos. ¿Por qué tenían que hurtarla
o mendigarla? Era algo ridículo.
—¡Ven aquí, Tim! —llamó Julián. El can dejó la compañía de Jorge y fue con
Julián—. Tú vas a ir conmigo a persuadir a la señora Stick para que nos dé las cosas
mejores que haya en la despensa —dijo Julián con una risa burlona.
—¡Buena idea! —dijo Dick—. Podemos ir todos.
—Es mejor que no —dijo Julián—. Yo solo me las puedo arreglar muy bien.
Bajó la escalera y se encaminó por el pasillo que daba a la cocina. Bajó y anduvo
con tal cautela que nadie en la cocina lo oyó hasta que no hubo franqueado la puerta.
Fue entonces cuando Edgar levantó la vista y vio a Julián y a Tim.
Edgar se asustó ante la vista del enorme perro, que ahora gruñía fieramente. Se
escondió tras el sofá de la cocina mientras contemplaba medrosamente a Tim.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó la señora Stick apagando el transistor.
—Cenar —dijo Julián, sonriente—. ¡Cenar! Las mejores cosas de la despensa,
compradas con el dinero de mi tío y cocinadas en la cocina de mi tía, con gas pagado
por ella…, ¡sí, cenar! Abra la puerta de la despensa y déjeme ver qué hay dentro.
—¡Y que no tiene agallas! —empezó el señor Stick con voz asombrada.
—Si quieres puedes llevarte un poco de pan con queso. Ésta es mi última palabra.
—Pues bien, ésta no es mi última palabra —dijo Julián acercándose a la puerta de
la despensa—. ¡Quieto, Tim! ¡Gruñe todo lo que quieras, pero no muerdas nada ni a
nadie… todavía!
Los gruñidos de Tim eran realmente aterradores. El mismo señor Stick se fue al
rincón más alejado de la habitación. Stinker, por su parte, había desaparecido. Estaba
escondido en el fregadero.
La señora Stick habló.
—Te llevarás el pan y el queso y te irás —dijo.
Julián abrió la puerta de la despensa, silbando suavemente, cosa que enojaba
mucho a la señora Stick.
—¡Caramba! —exclamó Julián admirativamente—. Usted sabe cómo abastecer
una despensa, señora Stick, puedo decírselo. ¡Un pollo asado! Lo estoy oliendo.

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Supongo que el señor Stick se ha entretenido hoy en matar a uno de nuestros pollos.
¡Y qué finos tomates! Mejores que los que venden en el pueblo, no tengo la menor
duda. Y ¡oh, señora Stick, qué maravillosa tarta de miel! ¡Puedo decir que es usted
una magnífica cocinera, realmente!
Julián cogió el pollo y el plato de tomates, acercándolo a la tarta de miel.
La señora Stick le gritó.
—¡Deja esas cosas! ¡Ésa es nuestra cena! Déjalas donde estaban.
—Usted ha cometido una pequeña equivocación —dijo Julián cortésmente—.
¡Ésta es nuestra cena! Hoy hemos comido muy poco y nos vendrá muy bien todo
esto. ¡Muchísimas gracias!
—¡Ahora, mírame! —dijo el señor Stick, muy irritado, viendo cómo le volaba su
magnífica cena.
—Usted no querrá seguramente que le vuelva a mirar —dijo Julián con cierto
tono de sorpresa—. ¿Por qué? ¿Es que acaso se ha lavado o se ha afeitado? Me temo
que no. Por eso hago muy bien en no mirarle a usted.
El señor Stick estaba mudo de asombro. Él no tenía mucha facilidad de palabra y
en esta ocasión un muchacho como Julián le quitaba el aliento y le dejaba en la
imposibilidad de decir su frase favorita: «ahora, mírame».
—Deja esas cosas donde estaban —dijo la señora Stick agudamente—. ¿Qué
crees tú que vamos a cenar si te llevas todo eso? ¡Dímelo!
—La cosa es fácil. Le ofrezco nuestra cena: pan con queso, señora Stick, ¡pan con
queso!
La señora Stick profirió una exclamación irritada y se acercó a Julián con la mano
levantada. Pero Tim se abalanzó sobre ella y empezó a rechinar los dientes.
—¡Oh! —chilló la señora Stick—. ¡Este perro vuestro por poco me arranca la
mano! ¡El muy bruto! Ya sabré algún día lo que hacer con él. ¡Ya lo verás!
—Usted ha intentado ya algo hoy, ¿verdad? —dijo Julián con voz tranquila,
mirando serenamente a los ojos de la señora Stick—. Esto es asunto de la policía, ¿no
es así? Tenga cuidado, señora Stick. Tengo buenas cosas que decirle a la policía
mañana.
Lo mismo que la otra vez, la mención de la policía pareció asustar a la señora
Stick. Le echó una mirada a su marido y dio un paso atrás. Julián empezó a
considerar la posibilidad de que el hombre hubiera hecho algo malo y estuviera
escondiéndose de la policía. Él nunca ponía un pie al otro lado de la puerta. El
muchacho se dirigió triunfante al pasillo. Tim le seguía pisándole los talones y muy
defraudado por no haber podido morder a Stinker.
Julián se dirigió al cuarto de estar y depositó los platos cuidadosamente en la
mesa.
—Fijaos lo que he traído —dijo—. ¡La cena de los Stick! —Luego les contó todo

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lo que había ocurrido.
—¿Qué tenéis que decir a todo eso? —dijo Ana admirativamente—. Julián, yo no
creo que tú solo los hubieses asustado. Fue muy buena idea llevarse el perro abajo.
—Sí —asintió Julián—. Yo creo que solo no hubiera sido tan valiente.
La cena era muy buena. Había cuchillos y tenedores en el aparador y los chicos se
hicieron con los platos fruteros que también había en el aparador, cosa que les evitó
tener que ir a la cocina a buscarlos. Había sobrado pan del té, por lo que la comida
resultó de lo mejor. Disfrutaron de ella en gran manera.
—Siento no poder darte los huesos del pollo —dijo Jorge a Tim—. Pero se
pueden partir cuando te los hayas comido y perjudicarte. Te daremos todo lo que
sobre. ¡Procura que no quede nada para Stinker!
No había que insistir con Tim acerca de ello. En dos o tres bocados dejó limpio su
plato y se puso a la expectativa, por si le tiraban más desperdicios o le dejaban probar
la tarta de miel.
Los chicos se sintieron muy contentos y animados cuando hubieron dado cuenta
de la cena. Habían terminado completamente el pollo, del que no quedaba más que un
montón de huesos. Se habían comido también todos los tomates y habían acabado el
pan y la tarta de miel.
Era tarde. Ana dio un bostezo y entonces lo hizo Jorge también.
—Vámonos a la cama —dijo—. No me siento con ánimos de jugar a las cartas ni
nada.
Se fueron todos a la cama. Tim, como de costumbre, se echó a los pies de su
amita. Estuvo despierto todavía un rato con las orejas empinadas pendiente de los
ruidos. Oyó a los Stick irse a la cama. Oyó cerrarse las puertas. Oyó un gruñido de
Stinker. Después todo quedó en silencio. Tim apoyó la cabeza en las patas y se
durmió, pero permaneció con una oreja erecta por si acaso. ¡Tim desconfiaba de los
Stick tanto o más que los chicos!
Los chicos se despertaron muy temprano por la mañana. Hacía un día
maravilloso. Julián despertó primero. Se dirigió a la ventana y miró el paisaje. El
cielo estaba azul pálido y flotaban en la altura algunas nubes rosadas. El mar estaba
también de un azul limpio, liso y tranquilo. Julián recordó lo que Ana solía decir de
que el cielo por las mañanas temprano cuando hace buen día parece que lo acaban de
sacar del lavadero. ¡Así está de claro y limpio!
Los chicos tomaron un baño en la playa antes del desayuno, pero esta vez
regresaron a las ocho y media, temerosos de que el padre de Jorge pudiera telefonear
temprano como el día anterior. Julián vio a la señora Stick en la escalera y la llamó:
—¿No ha telefoneado todavía mi tío?
—No —dijo la mujer en un tono grosero. Ella había estado esperando que el
teléfono sonara mientras los chicos estaban fuera. Entonces habría podido salir ella y

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decir las primeras palabras.
—Por favor, queremos ya el desayuno —dijo Julián—. Un buen desayuno, señora
Stick. Mi tío puede preguntar qué hemos tomado para desayunar, no lo olvide.
La señora Stick pensó que evidentemente Julián podía contar a su tío lo que
habían desayunado, o sea, sólo pan con mantequilla. Por ello, los chicos no tardaron
en percibir un delicioso olor a lomo de cerdo frito.
La señora Stick lo sirvió, aderezado con tomates, en una fuente, que depositó
violentamente sobre la mesa, juntamente con los platos. Edgar llegó con un pote de té
y una bandeja con tazas y salsa.
—¡Ah, aquí está el querido Edgar! —exclamó Julián con voz de agradable
sorpresa—. ¡Mi querido "Cara Sucia"!
—¡Perro! —dijo Edgar poniendo en la mesa el pote de té de un golpe. Tim lanzó
un gruñido y Edgar puso pies en polvorosa.
Jorge no quería comer nada. Julián empezó a servir el desayuno. Sabía que su
prima estaba preocupada, a la espera de noticias. Con sólo que el teléfono sonara,
sabría por fin si su madre estaba mejor o no.
No sonó el teléfono hasta que estaban a medio desayuno. Jorge estaba junto a él
antes de que dejara de sonar el primer timbrazo. Puso el auricular en la oreja.
—¡Padre! Sí, soy Jorge. ¿Cómo está mamá?
Hubo una pausa mientras Jorge era toda oídos. Todos los chicos dejaron de comer
y se pusieron a escuchar en silencio, esperando a que Jorge hablara. Por sus palabras
sabrían si las noticias eran buenas o malas.
—¡Oh, oh! ¡Qué contenta estoy! —oyeron que decía Jorge—. ¿Conque la
operaron ayer? ¡Oh, no me habías dicho nada! Pero ahora está mucho mejor,
¿verdad? ¡Pobre mamá! Dale recuerdos míos. Yo quisiera verla. ¡Oh, papá! ¿Puedo ir
a verla?
Evidentemente la contestación fue que no. Jorge escuchó durante un rato más,
después pronunció unas pocas palabras y dijo adiós.
Echó a correr hacia el cuarto de estar.
—Lo habéis oído, ¿verdad? —dijo alegremente—. Mamá está mejor. Ahora se
encuentra muy bien y podrá regresar dentro de poco tiempo, aproximadamente diez
días. Papá no quiere venir hasta que ella pueda hacerlo. Son buenas noticias de mi
madre, pero, por otro lado, estoy preocupada de que no nos podamos desembarazar
de los Stick.

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Capitulo VIII

EL PLAN DE JORGE

La señora Stick había estado escuchando mientras Jorge hablaba por teléfono y se
había enterado de que la madre de Jorge estaba mejor y que su padre no quería
regresar hasta que ella pudiese hacerlo, cosa que ocurriría dentro de unos diez días.
Por consecuencia, los Stick tenían diez días para pasarlo en grande. ¡De eso no cabía
la menor duda!
Jorge de pronto sintió que el apetito le había vuelto. Se comió el lomo de cerdo
afanosamente y untó la salsa con el pan. Se tomó tres tazas de té y dio por terminado
el desayuno.
—Me siento mejor —dijo.
Ana la cogió por la mano. Estaba también muy contenta de la mejoría de su tía. Si
no fuera por los terribles Stick, ellos podrían pasarlo de lo mejor. Entonces, de
repente, Jorge dijo algo que contrarió a Julián.
—Bien, ahora que sé que mamá está mejor podré aguantar a los Stick yo sola con
Tim. Por eso quiero que os marchéis a vuestra casa para que paséis sin mí el resto de
las vacaciones. Yo aquí lo pienso pasar muy bien.
—Alto ahí, Jorge —dijo Julián—. Este asunto está ya resuelto. Hemos tratado
antes sobre él. A mí se me ha metido en la cabeza quedarme en esta casa y has de
saber que cuando a mí se me mete algo en la cabeza, lo hago, lo mismo que tú, Jorge.
No me contraríes.
—Bien —dijo Jorge—. Ya os dije que he fraguado un plan y que vosotros no
tomáis parte en él. Me temo que acabaréis comprendiendo que no os quedará más
remedio que regresar a vuestra casa, tanto si queréis como si no.
—¡No seas tan misteriosa, Jorge! —exclamó Julián, impaciente—. ¿Cuál es ese
extraño plan? Es mejor que nos lo cuentes, aunque no formemos parte de él. ¿No
tienes confianza en nosotros?
—Desde luego. Pero vosotros me haréis callar si os lo cuento —dijo Jorge
hurañamente.
—Por eso mismo será mejor que nos lo cuentes —dijo Julián sintiéndose
incómodo.
Jorge tenía la cabeza muy dura y cuando se empeñaba en algo lo hacía hasta las
últimas consecuencias. ¡Y a saber qué es lo que se proponía hacer!
Pero Jorge no quiso decir ni una palabra más. Julián cejó en su empeño al final,
pero secretamente decidió no apartar la vista de Jorge. De esta manera su secreto plan
lo tendría que llevar a cabo ante sus ojos.
Pero Jorge no parecía querer llevar a cabo su extraño plan. Se bañó otra vez con

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los otros, dio un paseo con ellos y hasta remó. No quería ir a la isla Kirrin, por eso los
otros no le importunaron para que los llevase, sobre todo teniendo en cuenta que ella
no quería apartarse de la playa, no fuera a ser que Edgar viniese con un recado de su
padre.
El día era magnífico. Los chicos se habían llevado pastas y frutas, y merendaron
en la playa. A Tim le habían preparado un enorme y jugoso hueso.
—Tengo que ir de tiendas —dijo Jorge hacia la hora del té—. Vosotros podéis ir a
la casa y ver si la señora Stick nos piensa preparar el té, y yo entre tanto iré a comprar
unas cuantas cosas.
Julián enderezó las orejas al punto. ¿Acaso Jorge los estaba despachando para
que no viesen cómo desarrollaba su plan?
—Yo iré contigo —dijo Julián levantándose—. Dick puede encargarse de la
señora Stick por una vez y llevarse consigo a Tim.
—No, marchaos vosotros —dijo Jorge—. Yo no tardaré gran cosa.
Pero Julián estaba decidido a no marcharse. Al final acompañaron a Jorge porque
Dick no quería encararse con la señora Stick sin Julián o Jorge.
Jorge entró en una tiendecita y compró una nueva pila para su linterna. También
pidió dos cajas de cerillas y un bote de alcohol metílico.
—¿Para qué quieres todo eso? —preguntó Ana.
—Oh, lo necesito —repuso Jorge sin añadir nada más.
Volvieron todos a "Villa Kirrin". ¡El té estaba preparado en la mesa! La verdad,
no era un té extraordinario, puesto que se componía tan sólo de pan, jamón y un pote
de té; pero, de todos modos, resultaba apetecible.
Aquella tarde llovió. Los chicos se sentaron alrededor de la mesa y se pusieron a
jugar a las cartas. Sus corazones estaban alegres ahora que sabían que la madre de
Jorge estaba mejor. Hacia la mitad del juego Julián se levantó y tocó el timbre. Los
otros lo miraron grandemente sorprendidos.
—¿Por qué has tocado el timbre? —preguntó Jorge, estupefacta.
—Para decirle a la señora Stick que nos traiga algo de cenar —dijo Julián,
sonriente. Pero nadie contestó al timbre. Julián lo volvió a tocar una y otra vez.
La puerta de la cocina se abrió al final y la señora Stick se dirigió al pasillo, con
un mal humor evidente. Entró luego en el cuarto de estar.
—¡A ver si dejáis de llamar al timbre! —dijo, irritada—. No estoy dispuesta a
contestar a las llamadas que me hagáis con él.
—He llamado para decirle que queremos algo para cenar —dijo Julián—. Y para
decirle también que si no está usted dispuesta a servir la cena iré yo mismo por ella a
la despensa como hice la otra noche, con Tim. Me gustará mucho hacerlo. Pero en
otro caso puede usted traer una cena decente para nosotros.
—Si piensas volver a robar cosas de la despensa, yo… yo… —empezó la señora

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Stick.
—Usted llamará a la policía —acabó Julián por ella—. Hágalo. Eso nos gustará
mucho. Me imagino al inspector tomando notas en su bloc. Yo podría decirle algunas
cosas.
La señora Stick musitó algo entre dientes y miró a Julián como si estuviera
dispuesta a asesinarle. Luego volvió al pasillo. Por el ruido de cacharros que se
percibía de la cocina estaba claro que la señora Stick estaba preparando una especie
de cena para ellos, y Julián sonrió para sus adentros mientras repartía las cartas.
La cena no era tan buena como la noche anterior, pero no era mala del todo.
Consistía en un poco de jamón caliente, queso y los restos de un pudín de leche.
También en un plato de carne asada para Tim.
Jorge miró la carne, suspicaz.
—Llévese eso —dijo—. Apuesto a que usted la ha envenenado otra vez.
¡Lléveselo!
—No; por el contrario, es mejor que lo deje aquí —dijo Julián—. Yo lo llevaré al
químico del pueblo mañana para que lo analice. Si, como Jorge piensa, está
envenenado, el químico tendrá cosas muy interesantes que contarnos.
La señora Stick recogió el plato de carne sin pronunciar palabra.
—¡Horrible mujer! —exclamó Jorge atrayendo hacia sí a Tim—. Estoy muy
asustada por Tim.
Por fin llegó la noche. Con la oscuridad empezaron los chicos a sentir sueño.
—¡Son las diez! —anunció Julián—. Será mejor que vayamos a la cama. Ana
debe de estar pasándolo muy mal, porque no es tan mayor como para estar despierta a
estas horas.
—¡Vaya! —empezó Ana, indignada—. Yo soy casi tan mayor como Jorge, ¿no es
así? ¡Yo no tengo la culpa de ser la más pequeña de todos!
—Está bien, está bien —dijo Julián riendo—. No te enfades, que no voy a
obligarte a ir a la cama. Tenemos que estar todos muy unidos mientras estén aquí los
Stick. ¿Vámonos ya a dormir?
Los chicos estaban cansados. Habían nadado, paseado y remado aquel día. Julián
intentó estar un rato despierto todavía, pero pronto se durmió.
Se despertó de un salto, creyendo haber oído un ruido. Pero todo estaba en
silencio. ¿Qué podía haber sido aquel ruido? ¿Sería alguno de los Stick? No, no
podían ser ellos, porque en ese caso Tim hubiera hundido la casa con sus ladridos.
Entonces, ¿de qué se trataba? Alguna cosa lo había despertado, desde luego.
«Supongo que no se tratará de Jorge llevando a cabo su plan», pensó Julián de
pronto. Se incorporó. Cogió la bata y se la puso. Sin despertar a Dick se dirigió al
dormitorio de las chicas y encendió su linterna para comprobar que todo iba bien.
Ana estaba en su cama, durmiendo apaciblemente. Pero la cama de Jorge estaba

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vacía. ¡Los vestidos de Jorge habían desaparecido!
—¡Caramba! —musitó Julián entre dientes—. ¿Dónde habrá ido? Apuesto a que
se ha escapado para ir a encontrarse con su madre.
Su linterna iluminó de pronto un sobre blanco que estaba prendido con un alfiler
en la almohada de Jorge. Lo cogió.
Tenía su nombre puesto con letra de imprenta. «¡JULIÁN!»
Julián lo abrió y lo leyó.

QUERIDO JULIÁN —decía la nota—. No te enfades conmigo, por favor. No


me atrevo a estar en "Villa Kirrin" más tiempo por miedo a que envenenen a
Tim. Sabes bien que eso me rompería el corazón. Por eso me he marchado a
nuestra isla, para vivir sola hasta que papá y mamá regresen. Haz el favor de
dejar una nota a mi padre para que le diga a Jim que venga hasta la isla en su
bote y me avise de su regreso cuando vuelvan. Entonces iré a casa. Tú, Dick y
Ana podéis iros con vuestros padres, porque sería tonto quedaros en la casa
ahora que yo no estoy.

Os quiere,

Jorge.

Julián terminó de leer la nota.


—Bien, ya decía yo que se trataba de su plan —se dijo a sí mismo—. Ya veo por
qué decía que nosotros no pintábamos nada en él. Ella determinó irse sola a la isla
con Tim. No puedo dejar que haga eso. Ella no puede vivir mucho tiempo sola en la
isla Kirrin. Puede ponerse enferma. Puede caer entre las rocas y hacerse daño y nadie
se enteraría.
El muchacho estaba realmente preocupado con la determinación que había
tomado Jorge. Empezó a pensar qué podría hacer. Ese ruido que oyó seguramente lo
había producido su prima. Realmente no podía encontrarse muy lejos. Si echara a
correr hacia la playa podría alcanzarla.
Echó a correr en bata, atravesando el jardín y la puerta principal. Cogió luego el
camino de la playa. Había dejado de llover y se veían las estrellas, pero ninguna otra
luz.
«¿Cómo puede Jorge pensar que puede atravesar el mar por entre las rocas con
esta oscuridad? —pensó—. Está loca. Embarrancará el bote y se hundirá.» Siguió
corriendo por la oscuridad hablándose a sí mismo.
—Ya sé para qué quería la pila de la linterna y las cerillas, y supongo que el
alcohol metílico lo habrá comprado para utilizarlo en una improvisada hornilla. ¿Por
qué no nos habrá dicho nada de nada? Hubiera sido muy divertido ir con ella.

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Llegó a la playa. Vio la luz de una linterna y a Jorge dentro de su bote. Corrió
hacia allá, hundiendo los pies en la húmeda arena.
—¡Jorge! ¡Idiota! No debes irte sola en mitad de la noche —gritó Julián.
Jorge iba adentrando el bote en el agua. Dio un salto cuando oyó la voz de Julián.
—¡No puedes impedírmelo! —exclamó—. ¡Estoy decidida a marcharme!
Pero Julián agarró el barco metiéndose en el agua hasta la cintura.
—Jorge, escúchame! No puedes irte así como así. Te vas a estrellar contra una
roca. ¡Vuelve!
—No —dijo Jorge, muy contrariada—. Tú puedes volver a tu casa con tus padres,
Julián. Yo estaré bien sola. ¡Suelta mi bote!
—Jorge, ¿por qué no me contaste tu plan? —dijo Julián, casi perdiendo el
equilibrio por causa de una ola—. ¡Fíjate qué olas! No tengo más remedio que
meterme en el bote.
Se metió en el bote. De momento no pudo ver a Jorge, pero seguro que estaba
enfurecida con él. Tim le lamía las húmedas piernas.
—Lo estás estropeando todo —dijo Jorge con la voz quebrada, cosa que indicaba
que estaba muy contrariada.
—No soy ningún tonto —dijo Julián con voz suave—. ¡Escucha! Ahora volverás
conmigo a "Villa Kirrin". Y te prometo formalmente una cosa. Mañana iremos todos
a la isla contigo. Todos nosotros. ¿Por qué no hemos de hacerlo? Tu madre dijo que
nos dejaría pasar una semana en la isla, ¿verdad? Estaremos libres de esos horribles
Stick. Lo pasaremos en grande. Ahora, vuelve, Jorge, y deja que mañana vayamos
todos.

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Capitulo IX

UNA NOCHE EMOCIONANTE

Hubo un silencio sólo interrumpido por las olas que se abatían contra la
embarcación.
Entonces se oyó la voz de Jorge en la oscuridad, repentinamente alegre.
—Oh, Julián, ¿de verdad quieres eso? ¿De verdad queréis venir conmigo? Yo
estaba asustada porque me iba a llevar una regañina haciendo esto, porque papá dijo
que yo debía permanecer en "Villa Kirrin" hasta que él regresase, y ya sabes cómo
odia que lo desobedezcan. Pero yo pensé que si me quedaba allí vosotros lo haríais
también, y yo no quiero que seáis desgraciados con esos horribles Stick; por eso
decidí marcharme. Y no os dije que vinieseis conmigo para que no os riñeran también
a vosotros. Nunca pensé en pedíroslo.
—A veces eres un poco tontuela, ¿sabes, Jorge? —dijo Julián—. Si te has de
llevar una bronca, nos la llevaremos todos nosotros. Estamos unidos en todo. Por
supuesto que iremos contigo; yo tomaré toda la responsabilidad de nuestra escapada y
le diré a tu padre que lo hicimos por mi culpa.
—Oh, no, no hagas eso —repuso Jorge rápidamente—. Yo le diré que fue idea
mía. Si hago mal no me importa cargármelas luego. Ya lo sabes.
—Bueno, no vamos a discutir eso ahora —dijo Julián—. Al fin y al cabo, vamos
a estar una semana o diez días en la isla Kirrin y tendremos todo el tiempo que
queramos para hablar del asunto. Lo que hay que hacer ahora es volver a casa,
despertar a los demás y hablar tranquilamente sobre tu plan. ¡Puedo decirte que has
tenido una idea excelente!
Jorge estaba alegre.
—¡Me entran ganas de darte un abrazo, Julián! —exclamó—. ¿Dónde están los
remos? Ah, aquí están. El bote se ha alejado bastante de la orilla.
Remó fuertemente hacia la orilla. Julián saltó del bote y lo introdujo en la arena
con la ayuda de Jorge.
Iluminó con su linterna el interior del bote y lanzó una exclamación.
—Vaya, te has traído en esa caja un montón de cosas —dijo—. Pan, jamón,
mantequilla y pertrechos. ¿Cómo te las has arreglado para coger esas cosas sin que la
señora Stick te viera esta noche? Supongo que bajaste a la cocina y lo sacaste de la
despensa.
—Sí, así lo hice —dijo Jorge—. Pero no había nadie en la cocina esta noche.
Quizás el señor Stick ha ido a dormir arriba. O a lo mejor ha vuelto a su barco. De
todas formas, no había nadie cuando yo entré, ni siquiera Stinker.
—Será mejor que dejemos las cosas aquí —dijo Julián—, dentro de la caja.

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Déjala tapada y así nadie sospechará lo que hay dentro. Tenemos que meter muchas
más cosas para todos nosotros cuando vayamos a vivir a la isla. ¡Caramba, la cosa se
presenta fantásticamente divertida!
Los chicos emprendieron el camino hacia la casa sintiéndose muy excitados.
Julián se levantó los faldones de la bata, porque estaban mojados y le daba frío en las
piernas.
Tim correteaba alrededor, no pareciendo sorprendido en lo más mínimo de las
cosas que estaban sucediendo.
Cuando llegaron a la casa despertaron a los otros dos, que escucharon
sorprendidos todo lo que había ocurrido aquella noche. Ana se excitó tanto al saber
que todos iban a pasar una temporada en la isla, que empezó a dar gritos.
—¡Oh! ¡Es la cosa más fantástica que puede ocurrir! ¡Oh! Y pensar…
—¡Calla! —dijeron tres furiosas voces en voz baja—. ¡Vas a despertar a los
Stick!
—¡Lo siento! —susurró Ana—. Pero, oh, es que es una cosa tan emocionante…
Empezaron a hacer sus planes.
—Si vamos a estar una semana o diez días, tenemos que llevarnos muchas cosas
—dijo Julián—. La cuestión es ésta: ¿podemos conseguir suficiente comida para
tanto tiempo? Aunque vaciemos enteramente la despensa no creo que baste para una
semana siquiera. Nosotros siempre estamos muertos de hambre.
—Julián —dijo Jorge de repente, recordando algo—. ¡Ya sé lo que vamos a
hacer! Mi madre tiene en su dormitorio un armario lleno de comestibles. Ella guarda
docenas y docenas de latas de conserva por si en invierno nos hace falta: recuerda que
más de una vez estuvimos varios días bloqueados por la nieve y no podíamos ir al
pueblo. ¡Y yo sé dónde mamá guarda la llave! ¿No podemos abrir el armario y coger
unas cuantas latas?
—Por supuesto —dijo Julián, encantado—. Creo que tía Fanny no se dará cuenta.
Y de todas formas, podemos hacer una lista de las cosas que cojamos, y si tía Fanny
se da cuenta las reemplazaremos por otras que compremos. Pronto será mi
cumpleaños y espero tener entonces más dinero.
—¿Dónde está la llave? —susurró Dick.
—Vamos al dormitorio de mamá y os lo enseñaré —dijo Jorge—. Espero que no
se la haya llevado.
Pero la madre de Jorge se encontraba muy mal cuando se marchó y no se acordó
para nada de la llave del armario de los comestibles.
Jorge tanteó el fondo de un cajón del tocador y sacó dos o tres llaves enganchadas
con un aro. Probó primero con una. La segunda abrió el armario.
Julián iluminó por dentro el armario con su linterna. Estaba lleno de latas de
conserva de todas clases cuidadosamente dispuestas en los estantes.

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—¡Caramba! —dijo Dick con ojos radiantes—. Sopa, latas de carne, latas de
fruta, latas de leche, sardinas, latas de mantequilla, bizcochos, latas de verduras.
¡Aquí hay de todo lo que necesitamos!
—Sí —dijo Julián, complacido—. Es fantástico. Nos llevaremos todo lo que
podamos acarrear. ¿Sabes si hay por ahí un saco o dos, Jorge?
Pronto las latas estuvieron cuidadosamente guardadas en dos sacos. La puerta del
armario fue cerrada con llave.
Los chicos se dirigieron a sus respectivos dormitorios.
—Bueno, hemos resuelto el problema mayor: la comida —dijo Julián—.
Haremos también una excursión por la despensa y nos llevaremos pan y pastas. Y
¿qué hay del agua, Jorge? ¿Hay alguna en la isla?
—Supongo que habrá en aquel viejo pozo, pero como no hay cubo ni balde para
sacarla, tendremos que llevarla nosotros. Yo me llevé al bote una tina con agua
fresca, pero ahora que todos vamos a ir a la isla tendremos que llevar dos o tres más.
Yo sé dónde hay unas cuantas tinas.
Cogieron las tinas y las llenaron de agua fresca, apilándolas junto a los sacos,
dispuesto todo ya para ser embarcado en el bote. ¡Era fascinante hacer todas esas
cosas en la mitad de la noche!
Ana difícilmente podía contener los gritos y era una maravilla que Tim no ladrase.
Había una lata de pastas en la despensa, recién hechas, la cual fue a engrosar el
montón de cosas que habían preparado en el jardín. También habían cogido un gran
pastel de carne, que Jorge envolvió en una tela, mientras decía con fiera voz a Tim
que o dejaba de olerlo o lo dejaba en casa.
Tengo en el bote mi hornilla por si necesitamos calentar agua —susurró Jorge—.
Por eso compré alcohol metílico. ¿Verdad que no lo adivinabais? Y las cerillas para
encenderla. Por cierto, ¿qué haremos para alumbrarnos? Tendremos que coger velas.
Con las linternas no nos basta: se terminarían las pilas.
En el armario de la cocina encontraron velas, una caldera, una olla, algunos viejos
cuchillos, tenedores y cucharas, y muchas otras cosas que podían necesitar. También
cogieron algunas botellas de cerveza, que evidentemente estaban guardadas allí para
uso exclusivo de los Stick.
—¡Pensar que todo se ha comprado con dinero de mamá! —exclamó Jorge—.
Pues bien: nos llevaremos también la cerveza. Será buena para beber en los días de
calor.
—¿Dónde dormiremos por la noche? —dijo Julián—. ¿En esa parte ruinosa del
castillo donde está la única habitación que conserva el techo y las paredes?
—Allí es donde yo había pensado dormir —dijo Jorge— No pensaba hacer mi
cama con los brezos que hay en muchos sitios de la isla, y taparme con una manta o
dos que metí en el bote.

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—Cogeremos para llevarnos todas las mantas que encontremos —dijo Julián—.
Y también cojines, para que hagan de almohada. Caramba, ¿no es todo esto
fascinante? Nunca he estado tan excitado como ahora. Me siento como un prisionero
a punto de escaparse en busca de la libertad. ¡La sorpresa que se van a llevar los Stick
cuando noten que nos hemos marchado!
—Pero tenemos pensar qué les vamos a decir —dijo Julián juiciosamente— No
necesitamos que envíen gente a buscarnos a la isla para hacernos volver. No creo que
les guste saber que hemos ido allí.
—Dejemos eso para más tarde —dijo Dick—. Lo que hay que hacer es llevar
todas estas cosas al bote antes de amanezca, cosa que ocurrirá pronto.
—¿Cómo vamos a llevar todo esto al bote de Jorge? —preguntó Ana
contemplando a la luz de su linterna el enorme montón de cosas que habían apilado
—. ¡No podremos llevarnos todo eso!
Ciertamente que era un montón enorme. Julián, como de costumbre, tuvo una
idea.
—¿Hay alguna carretilla en el cobertizo? —preguntó a Jorge—. Si metiéramos
todas estas cosas en un par de carretillas, podríamos fácilmente acarrearlas de una
sola vez. Podemos hacerlas rodar por la parte arenosa del camino para que no hagan
ruido.
—¡Oh! ¡Es una buena idea! —exclamó Jorge, aprobadora—. Ojalá se me hubiera
ocurrido a mí antes. Cuando yo llevé mis cosas al bote tuve que hacer cinco viajes.
Hay dos carretillas en el cobertizo. Las cogeremos. Una tiene la rueda chirriante, pero
no creo que nadie la oiga.
Stinker oyó el chirrido mientras dormía en un rincón del dormitorio de la señora
Stick. Enderezó las orejas y se puso a lanzar leves gruñidos. No se atrevía a ladrar,
porque tenía miedo a que Tim se le echara encima. La señora Stick dormía
profundamente y no oyó ni el chirrido de la rueda ni los gruñidos de Stinker. No tenía
idea de lo que estaba ocurriendo en la planta baja.
Llevaron todas las cosas al bote. Los chicos decidieron no dejarlas abandonadas.
Al final acordaron que Dick se quedara allí durmiendo sobre las mantas.
—Espero que nos hayamos acordado de traer todo lo que necesitamos —dijo
Jorge arrugando la frente—. ¡Caramba! Por cierto, que no nos hemos acordado de
poner abrelatas para las latas de cerveza.
—Iremos a buscarlo —dijo Julián—. Creo que había algunos en el cajón del
armario. Adiós, Dick. Regresaremos pronto y nos pondremos a remar. Compraremos
pan en la panadería en cuanto abran, porque tenemos muy poco, y también
procuraremos hacernos con un buen hueso para Tim. Jorge llevó al bote una bolsa de
galletas para él.
Los tres emprendieron el camino de la casa, dejando a Dick cómodamente

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acurrucado en las mantas. Pronto le invadió el sueño otra vez.
Los otros hablaban sobre qué habían de decirles a los Stick.
—Creo que será mejor que no les digamos nada —dijo Julián al final—. Yo
particularmente no me siento inclinado a contarles mentiras deliberadas, y por otro
lado no pienso tampoco decirles la verdad. Ya sé lo que tenemos que hacer. Hay un
tren que sale de la estación a eso de las ocho, que es el único que podemos coger si
queremos volver a nuestra casa. Buscaremos una guía de ferrocarriles y la dejaremos
abierta en la mesa del cuarto de estar, haciendo ver que pensamos coger un tren, y nos
iremos por detrás de la casa, donde está el pantano, como si nos encaminásemos a la
estación.
—Oh, sí, entonces los Stick se creerán que hemos ido a coger el tren para volver a
casa —dijo Ana—. Nunca adivinarán que nos hemos ido a la isla.
—Ésa es una buena idea —dijo Jorge, complacida—. Pero ¿cómo nos
enteraremos cuándo vuelven papá y mamá?
—¿No puedes dejar un recado a alguien de confianza? —preguntó Julián.
Jorge se puso a pensar.
—Quizás a Alf, el pescador —dijo al final—. Él me cuidó a Tim cuando no me
dejaban tenerlo en casa. Sé que no nos traicionará.
—Entonces iremos a buscar a Alf antes de marcharnos —dijo Julián—. Ahora
será mejor que busquemos la guía de ferrocarriles para dejarla abierta sobre la mesa.
Encontraron la guía y subrayaron el renglón donde figuraba la hora de salida del
tren que los Stick debían creer que los chicos habían cogido. Encontraron también
varios abrelatas y los guardaron en los bolsillos. Julián cogió también dos o tres cajas
de cerillas. Pensaba que las dos que había comprado Jorge no eran suficientes.
A aquella hora empezaba ya a amanecer y la casa se iluminaba poco a poco por
los rayos del sol.
—Quizás esté abierta ya la panadería —dijo Julián—. Podemos ir a ver. Son cerca
de las seis.
Fueron a la panadería. No estaba abierta, pero los nuevos panes estaban ya
hechos. El panadero estaba fuera tomando el sol. Había hecho los panes por la noche
y los había preparado para venderlos por la mañana. Les hizo señas a los chicos.
—Muy temprano venís —dijo—. ¿Cuántos panes recién hechos queréis? ¡Seis!
¡Qué gracia! Y ¿para qué?
—Para comer —dijo Jorge riendo.
Julián pagó y se hicieron con seis enormes panes. Luego fueron a la carnicería.
Tampoco estaba abierta, pero el carnicero estaba barriendo el patio.
—¿Querría vendernos un hueso grande para Tim, por favor? —preguntó Jorge.
Le vendió uno enorme, que Tim observó vehementemente. ¡Pensó que tenía hueso
para días!

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—Ahora —dijo Julián mientras se encaminaban hacia donde estaba el bote—
meteremos todas estas cosas dentro del bote, volveremos a casa y haremos ruido para
que los Stick se enteren de que estamos allí. Luego iremos al pantano para que se
crean que vamos a tomar el tren.
Despertaron a Dick, el cual estaba todavía durmiendo plácidamente en el bote.
Metieron en la embarcación el pan y el hueso.
—Lleva el bote a la próxima ensenada —dijo Jorge—. ¿Podrás hacerlo? Allí
estaremos a cubierto de cualquiera que pueda vernos desde la playa. Los pescadores
están ahora pescando en sus barcos. Nadie nos verá si salimos de aquí dentro de una
hora. Supongo que antes de ese tiempo estaremos de vuelta.
Volvieron a la casa e hicieron ruidos como si estuvieran levantándose. Jorge lanzó
un silbido a Tim, y Julián se puso a cantar con todas sus fuerzas. Entonces, dando un
fuerte portazo, se encaminaron hacia el pantano de modo que pudieran verlos desde
la ventana de la cocina.
—Los Stick se extrañarán de que no esté Dick con nosotros —dijo Julián al notar
que Edgar los miraba desde la ventana—. Espero que piensen que ha marchado antes.
Fueron por la vereda que conducía a la playa donde solían bañarse y desde donde
no podían ser vistos por nadie de "Villa Kirrin". Entonces cogieron otra senda que
terminaba en la caleta donde Dick había llevado el bote. Él estaba allí, esperándolos
ansiosamente.
—¡Hola! —gritó Julián, excitado—. La aventura está a punto de empezar.

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Capitulo X

¡OTRA VEZ LA ISLA KIRRIN!

Todos ellos se metieron en el bote. Tim lo hizo de un ágil salto y se colocó en la


proa, que era su sitio. Grandemente excitado, jadeaba con la lengua fuera. Estaba
completamente seguro de que una nueva aventura iba a comenzar y él estaba metido
en ella. No era de extrañar que agitase frenéticamente el rabo.
—¡Ya nos vamos! —dijo Julián tomando los remos—. Siéntate en este lado, Ana,
que el otro extremo del bote se inclina por el peso de las cosas. Y tú también, Dick.
Así haréis mejor el contrapeso. ¡Ya nos vamos!
Era muy agradable sentir el balanceo de la embarcación movida por las olas. El
mar estaba deliciosamente en calma, pero una ligera brisa removía los cabellos de los
chicos. El agua se abatía alrededor del bote con un barboteo simpático.
Los chicos se sentían todos muy felices. Por fin obraban independientemente.
Estaban huyendo de los horribles Stick. Iban a vivir a la isla Kirrin, con los conejos,
las gaviotas y los grajos.
—¿Verdad que el pan recién hecho huele terriblemente bien? —dijo Dick, muerto
de hambre como de costumbre—. ¿No podíamos comer un poco?
—Sí, será mejor —dijo Jorge.
Cogieron trozos de pan caliente y recién hecho y le dieron también a Julián, que
estaba remando. Tim también participó, pero apenas tuvo un trozo en la boca,
desapareció.
—Tim no come como nosotros —dijo Ana—. Parece que, en vez de comer, se
beba las cosas. Desaparecen en cuanto las tiene en la boca.
Los otros rieron.
—Con los huesos no es tan rápido —dijo Jorge—. Es más minucioso. Los está
royendo horas y horas, ¿verdad, Tim?
—¡Guau! —ladró Tim mostrando su conformidad. Empezó a mirar el sitio donde
estaba su hueso, ansioso por hacerse con él, pero los chicos no se lo dejaron. Hubiese
sido una lástima que cayera al mar.
—Creo que nadie ha notado nuestra escapada —dijo Julián—. Excepto Alf, el
chico pescador, por supuesto. Dick: nosotros le contamos lo de nuestra salida a la
isla, pero no se lo hemos dicho a nadie más.
Los chicos habían llamado a casa de Alf cuando iban camino de la caleta. Alf
estaba solo en el corral. Su madre estaba fuera y su padre pescando. Le contaron su
secreto. Alf movió la cabeza y les prometió formalmente no decírselo a nadie.
Evidentemente, estaba muy orgulloso de que depositaran en él su confianza.
—Si mi padre y mi madre vuelven, avísanos —dijo Jorge—. Lleva tu bote lo más

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cerca de la isla que te atrevas y danos una voz. Tú sabes acercarte a la isla más que
nadie.
—Lo haré —dijo Alf sintiendo deseos de marcharse con los chicos.
—Así, pues, ya sabes —dijo Julián, mientras remaba hacia la isla—: si por
cualquier causa nuestros tíos regresasen antes de lo previsto, nos enteraríamos en
seguida y volveríamos a "Villa Kirrin". Pienso que lo hemos planeado todo de lo
mejor.
—Sí, es cierto —dijo Dick. Se volvió de cara a la isla, que estaba ya bastante
cerca.
—Pronto llegaremos. ¿No será mejor que Jorge coja los remos? —propuso Ana.
—Sí —dijo Jorge—. Hemos llegado al camino difícil, donde hay que sortear las
rocas. Dame los remos, Julián.
Cogió los remos y los demás contemplaron con admiración con qué destreza iba
sorteando las escarpadas rocas. Era una chica formidable. Podían estar seguros con
ella.
El bote llegó a la pequeña caleta. Era una especie de puerto natural rodeado de
rocas y cubierto de arena. Los chicos salieron del bote alegremente y se dispusieron a
meterlo tierra adentro.
—Más adentro todavía —dijo Jorge—. Ya sabéis que las tormentas azotan
muchas veces esta caleta y no quisiera que el mar se nos llevara el bote.
Pronto estuvo el bote bien instalado dentro de la arena. Los chicos se sentaron,
jadeando y resoplando.
—Vamos a tomar el desayuno ahora —dijo Julián—. No me veo con ánimos de
trasladar todas estas pesadas cosas por el momento. Desayunaremos sobre la arena
caliente.
Cogieron pan recién hecho, jamón y un pote de mermelada. Ana puso los
tenedores, los cuchillos y los platos. Julián abrió dos latas de cerveza.
—Un desayuno sencillo —dijo, dejando las latas sobre la arena—. Pero es de lo
mejor para personas que tienen tanta hambre como nosotros.
Se lo comieron todo, salvo un tercio del pan. A Tim le dieron sus galletas y su
hueso. Se comió aquéllas rápidamente y en seguida se sentó con toda tranquilidad,
dispuesto a roer el sabroso hueso.
—Qué suerte tiene Tim de no tener que molestarse en usar cucharas, tenedores,
cuchillos ni tazas —dijo Ana tendiéndose de espaldas al sol, porque no tenía ganas de
comer nada más—. Oh, si siempre vamos a tener unos desayunos tan estupendos en
la isla, casi diría que no quisiera volver nunca a casa.
Tim tenía sed. Se incorporó, jadeante, con la lengua fuera, ansiando que su amita
le diese algo para beber. A él no le gustaba la cerveza.
Jorge lo miró perezosamente.

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—Oh, Tim, ¿tienes sed? —dijo—. Oh, querido, por ahora siento como si no
pudiera levantarme. Tendrás que esperar unos minutos. Luego iré al bote y te traeré
agua.
Pero Tim no podía esperar. Se levantó y se dirigió a unas rocas cercanas. En una
cavidad descubrió un poco de agua de lluvia, que empezó a beber afanosamente. Los
otros, al oírle beber, se echaron a reír.
—¿Verdad que es inteligente Tim? —murmuró Ana—. A mí nunca se me hubiera
ocurrido buscar agua entre las rocas.
Los chicos estaban despiertos desde medianoche, y ahora que habían comido bien
se sentían muy soñolientos. Uno a uno se durmieron sobre la cálida arena. Tim los
miró estupefacto. ¡No era de noche! Y los chicos estaban durmiendo a pierna suelta.
Bien, bien, todo tiempo es bueno para que un perro se eche también a dormir. Tim fue
junto a Jorge, apoyó la cabeza entre las patas y se durmió.
El sol estaba muy alto cuando despertaron los chicos. Julián fue el primero en
despertarse. Luego lo hizo Dick, sintiéndose muy acalorado, porque el sol apretaba
fuerte. Todos se incorporaron, bostezando.
—¡Dios bendito! —exclamó Dick mirándose los brazos—. El sol la ha tomado
conmigo. Esta noche me van a doler terriblemente las quemaduras. ¿Hemos traído
crema Para el sol, Julián?
—No. No habíamos previsto eso —dijo Julián—. ¡Animo! Todavía tienes que
quemarte mucho más antes de que acabe el día. El sol va a calentar hoy de lo lindo.
¡No hay ni una nube en el cielo!
Despertaron a las chicas. Jorge se quitó de encima la cabeza de Tim.
—Con esa cabezota tan pesada me produces pesadillas —dijo—. Oh, caramba,
estamos en la isla, ¿verdad? ¡Por un momento había creído que estaba en la cama en
"Villa Kirrin"!
—Es maravilloso estar aquí por tanto tiempo, solos, con toneladas de buenas
cosas para comer y pudiendo hacer lo que nos dé la gana —dijo Ana, muy satisfecha.
—Creo que los Stick se habrán alegrado de nuestra marcha —dijo Dick—. "Cara
Sucia" podrá a su antojo meterse en el cuarto de estar y coger los libros.
—Y Stinker podrá corretear por toda la casa y meterse en nuestras camas para
descansar sin miedo a que se lo coma Tim —dijo Jorge—. Bien, dejémoslos. Ahora
que hemos huido no me importan nada esas cosas.
Era muy agradable estar sentados en la arena hablando de todas esas cosas. Pero
pronto, Julián, que no podía estar quieto mucho rato una vez despierto, se puso de pie
y se desperezó.
—¡Vamos ya! Hay muchas cosas que hacer. ¡Vamos!
—¿Qué hay que hacer? ¿Qué es lo que estás pensando? —dijo Jorge, estupefacta.
—Pues tenemos que vaciar el bote y llevar las cosas a un sitio donde no puedan

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estropearse si llueve —dijo Julián—. Además tenemos que decidir exactamente
dónde vamos a dormir y coger brezos para hacer las camas y echar encima las
mantas. ¡Hay muchas cosas que hacer!
—Oh, esperemos aún un rato —dijo Ana, sin muchas ganas de levantarse de la
ardiente arena. Pero los otros la levantaron, aprestándose luego a la tarea de vaciar el
bote.
—Vayamos a echar un vistazo al castillo —dijo Julián—. Busquemos la pequeña
habitación donde hemos de dormir. Es la única que permanece intacta.
Se dirigieron todos al final de la caleta, treparon por las rocas y tomaron el
camino del viejo y ruinoso castillo, cuyos muros se levantaban en el centro de la isla.
Se pararon para contemplarlo.
—Bonitas ruinas —dijo Dick—. ¡Qué suerte tener una isla y un castillo de
nuestra propiedad! ¡Es fantástico que todo esto sea nuestro!
Contemplaron la puerta del castillo, medio derruida, y los viejos escalones que
partían de ella. El castillo, en tiempos, tenía dos magníficas torres, pero ahora una
había casi desaparecido y la otra estaba medio en ruinas. Los negros grajos se
agrupaban a su alrededor graznando fuertemente. ¡Chack, chack, chack!… ¡Chack,
chack, chack!
—Bonitos pájaros —dijo Dick—. Me gustan. ¿Ves el parche pardo que tienen
detrás de la cabeza, Ana? Me maravillaría que algún momento dejaran de graznar.
—No lo creo —dijo Jorge—. ¡Oh, mirad los conejos, tan mansos como siempre!
El patio del castillo estaba lleno de grandes conejos, que miraban a los chicos
mientras éstos se les iban acercando. Parecía enteramente que era muy fácil cogerlos
y acariciarlos, de domesticados que estaban, pero uno a uno iban alejándose a medida
que los chicos se acercaban.
Tim estaba en alto grado de excitación y movía el rabo frenéticamente. ¡Oh, esos
conejos! ¿Por qué no podría darles caza? ¿Por qué era Jorge tan difícil con la
cuestión de los conejos? ¿Por qué no le dejaba hacerlos correr un poco?
Pero Jorge tenía la mano en el collar de Tim y lo amonestaba severamente.
—Tim, no oses perseguir ni al más pequeño de los conejitos. Son míos.
—¡Nuestros! —corrigió Ana al punto. Quería participar en i la propiedad de los
conejos lo mismo que en la de la isla y el castillo.
—¡Nuestros! —dijo Jorge—. Vamos ahora a echar un vistazo a la oscura
habitación donde tenemos que dormir.
Dirigieron sus pasos a la parte del castillo que parecía menos ruinosa.
Se acercaron a una puerta y miraron dentro.
—¡Aquí está! ¡Ésta es! —exclamó Julián asomándose.— Tendré que encender la
linterna. Las ventanas son aquí muy estrechas y está todo muy oscuro.
Encendió la linterna y los chicos contemplaron el interior de la habitación donde

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pensaban guardar las cosas y dormir.
Jorge profirió una fuerte exclamación.
—¡Caramba! ¡No podemos usar esta habitación! El techo se ha hundido después
del verano pasado.
Así era, en efecto. La linterna de Julián iluminó un montón de piedras
desparramadas por el suelo. Era enteramente imposible usar ahora la vieja habitación.
En todo caso sería muy peligroso hacerlo, porque a cada momento podían caer más
piedras.
—¡Vaya! —dijo Julián—. ¿Qué hacemos ahora? ¡Tenemos que buscar otro sitio
donde guardar las cosas y dormir!

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Capítulo XI

EN EL VIEJO NAVIO NAUFRAGADO

Era desesperante encontrarse de pronto con los planes deshechos. Los chicos
sabían que no había en el ruinoso castillo ninguna otra habitación capaz para
albergarlos. Y aunque encontrasen algún refugio al aire libre —porque el tiempo era
bueno—, siempre podía ponerse a llover, o desencadenarse una tormenta.
—Y las tormentas en la isla Kirrin son muy violentas —dijo Julián recordando
una o dos de ellas—. ¿Te acuerdas de la tormenta que sacó tu barco del fondo del
mar, Jorge?
—Oh, sí —dijeron Jorge y Ana juntas. Ana añadió vehementemente:
—Si podemos, vayamos hoy a ver el barco. Tengo muchas, ganas de ver si está
todavía incrustado en las rocas, como estaba el año pasado cuando lo exploramos.
—Primero hemos de pensar en qué sitio vamos a dormir —dijo Julián firmemente
—. No sé si te habrás dado cuenta, pero son las tres de la tarde. Hemos estado horas
durmiendo en la arena, supongo que cansados de la otra noche— Lo que tenemos que
hacer es encontrar algún refugio donde guardar las cosas y preparar las camas.
—Bien, ¿pero dónde dormiremos? —dijo Dick—. No hay algún otro sitio en el
viejo castillo.
—Tenemos los sótanos debajo —dijo Ana, temblorosa—. Pero yo no quiero ir
allí. Esté, todo muy oscuro y misterioso.
—¡Nadie quería dormir en los sótanos! —Dick frunció el ceño y se puso a pensar
fuerte.
—¿No podríamos guarecernos en el barco? —propuso.
—Podemos ir a ver —dijo Julián—. De cualquier modo, no me resulta muy
agradable vivir en un barco húmedo y podrido, pero si todavía está encallado, puede
ser que el sol lo haya secado y entonces podríamos llevar allí nuestras cosas y
preparar las camas.
—Vamos ahora mismo a verlo —dijo Jorge.
Se dirigieron a lo alto de la muralla que circundaba el castillo. Desde allí podían
ver perfectamente el barco. Éste había salido a la superficie el año anterior y se había
incrustado firmemente entre las rocas.
Llegaron a la muralla y pudieron ver el barco, que no se hallaba en el sitio donde
esperaban encontrarlo.
—Se ha movido de sitio —dijo Julián, sorprendido—. Está entre esas rocas, más
cerca de la orilla que antes. ¡Pobre viejo barco! Seguramente las olas han vuelto a
abatirse sobre él este invierno, ¿verdad? Tiene más apariencia de barco naufragado
que el último verano.

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—No creo que nos sea posible dormir en él —dijo Dick—. Está muy estropeado.
Lo que sí pienso es que podemos dejar las cosas dentro del barco. Me parece que
podríamos llegar a él por aquellas rocas que se le aproximan desde la orilla.
—Sí, creo que podremos —dijo Jorge—. El último verano teníamos que ir en
bote cuando la marea era baja, pero ahora me parece que podremos llegar andando
por las rocas.
—Lo intentaremos dentro de una hora —concluyó Julián sintiéndose excitado—.
La marea habrá bajado entonces.
—Vamos entre tanto a echar una ojeada al pozo —propuso Dick, y todos
emprendieron el camino hacia el patio del castillo, donde el verano anterior habían
descubierto un pozo cuyas aguas estaban más bajas que el nivel del mar.
Los chicos contemplaron el pozo y levantaron la vieja tapa de madera.
—Está ahí la escalera de hierro. Yo bajé por ella el año pasado —dijo Dick
asomándose—. Ahora vamos a buscar la entrada de los sótanos. Está muy cerca de
aquí.
Encontraron la entrada, pero, ante su sorpresa, montones de piedras habían sido
allí acumuladas.
—¿Quién habrá hecho eso? —dijo Jorge frunciendo el ceño—. ¡Nosotros no
fuimos! ¡Alguien ha estado aquí!
—Turistas, supongo —dijo Julián—. ¿Te acuerdas que vimos una columna de
humo por aquí el otro día? Apuesto a que se trataba de turistas. Ya sabes que la
historia de la isla y el castillo y los sótanos y el tesoro que encontramos el año pasado
ha aparecido en muchos periódicos. Supongo que algunos pescadores habrán hecho
dinero trayendo turistas a nuestra isla.
—¿Cómo se han atrevido? —dijo Jorge fieramente—. Pondré un letrero que diga:
«El que entre aquí irá a la cárcel.» No quiero extraños en nuestra isla.
—Bueno, no hay que preocuparse mucho por la entrada de los sótanos —dijo
Julián—. No creo que ninguno de nosotros quiera meterse allá dentro. ¡Mira el pobre
Tim! Está mirando muy tristemente a esos conejos. ¿No es gracioso?
Tim estaba sentado detrás de los chicos, mirando con gran tristeza los conejos que
le rodeaban en el verde suelo del patio. Miraba a los conejos, luego a Jorge y después
otra vez a los conejos.
—No, Tim —dijo Jorge firmemente—. No cambiaré de modo de pensar con lo de
los conejos. Tú no les darás caza en nuestra isla.
—Supongo que pensará que eres muy injusta con él —dijo Ana—. Al fin y al
cabo, tú dijiste que él participaría de una cuarta parte de la propiedad de la isla
contigo, y por eso él piensa que puede hacerse con su parte de los conejos.
Todos rieron. Tim movió la cola y miró esperanzado a Jorge. Iban cruzando el
patio del castillo. De repente Julián se detuvo.

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—¡Mirad! —exclamó, sorprendido, señalando algo que había en el suelo—.
¡Mirad! ¡Alguien ha estado aquí! ¡Aquí han encendido fuego!
Miraron al sitio del suelo donde indicaba Julián. Había un montón de ceniza.
Seguramente alguien había encendido fuego allí. Había también en el suelo una
colilla de cigarrillo. ¡No cabía la menor duda de que alguien había estado en la isla!
—¡Si vienen aquí turistas le diré a Tim que los ataque! —gritó Jorge, furiosa—.
Este sitio es de nuestra propiedad y no quiero que venga nadie. Tim, tú no puedes dar
caza a los conejos, pero sí a todo bicho viviente con dos piernas, excepto nosotros.
¿Entendido?
Tim empezó a mover la cola al punto.
—¡Guau! —ladró, completamente de acuerdo. Miró por todo el rededor como si
esperase que apareciera alguien a quien dar caza. Pero no apareció nadie.
—Creo que la marea habrá bajado ya —dijo Julián—. Vamos a ir a comprobarlo.
Si es así, podemos ir por esas rocas hasta llegar al barco. Es mejor que Ana no venga.
Podría resbalar y caer sobre las rocas.
—¡Desde luego que iré! —gritó Ana, indignada—. Vosotros también podéis
caeros lo mismo que yo.
—Bueno, ya veremos si la cosa ofrece mucho peligro —dijo Julián.
Emprendieron el camino hacia lo alto de la muralla. Observaron el barco y las
rocas y pudieron ver que éstas eran azotadas por las olas muy pocas veces, por lo que
podían dirigirse al barco con relativo poco peligro.
—Si te pones entre Dick y yo, puedes venir con nosotros —dijo Julián—. Pero
dejarás que te ayudemos a pasar por los sitios más difíciles y no armarás jaleo. No
queremos que caigas y que te lleven las olas.
Bajaron de la muralla y se dirigieron a las resbaladizas rocas que conducían al
barco. La marea había bajado bastante y ahora era posible llegar hasta el barco
andando por las rocas, cosa que les fue imposible a los chicos el verano anterior.
—¡Ya hemos llegado! —exclamó Julián tocando el casco del barco con la mano.
Resultaba un barco muy grande, ahora que estaban junto a él. Se alzaba majestuoso
ante ellos, cubierto de algas marinas y oliendo a cosa húmeda y vieja. El agua casi le
cubría la popa, pero no la proa, que estaba a cubierto del mar incluso cuando la marea
era alta.
—Ha sido zarandeado por las olas este invierno —dijo Jorge contemplando el
viejo navío—. Tiene una porción de agujeros más en el casco, ¿verdad? Y ha
desaparecido parte del mástil y del puente. No sé cómo nos las arreglaremos para
entrar en él.
—He traído una cuerda —dijo Julián desliándose de la cintura, donde la tenía
arrollada, una gruesa maroma—. Sólo medio minuto para hacer un lazo. Luego
intentaré sujetarlo en aquel trozo de palo que sobresale de la cubierta.

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Lanzó la cuerda dos o tres veces, pero no pudo enganchar el palo. Jorge se la
arrebató con impaciencia y al primer intento lo enganchó. Ella tenía mucha
experiencia en hacer cosas por ese estilo y lo hacía muchas veces mejor que un chico.
Ana la miró con admiración.
Jorge trepó por la cuerda como un mono y pronto estuvo en la inclinada y
húmeda cubierta. Por poco resbala y cae, pero se agarró a tiempo a un saliente. Julián
ayudó a Ana a subir y luego los dos chicos la siguieron.
—Huele horriblemente, ¿verdad? —dijo Ana tapándose la nariz—. ¿Todos los
barcos naufragados huelen de esta manera? Yo no pienso ir a explorar los camarotes
como hicimos el verano pasado. Allí debe de oler peor todavía.
Por tanto, los otros dejaron a Ana sobre la medio podrida cubierta mientras ellos
iban a explorar el interior del buque. Llegaron a los camarotes, que olían muy mal y
estaban llenos de algas. También exploraron el camarote del capitán, que era el mayor
de todos. Pero estaba enteramente claro que allí no podrían dormir, ni siquiera dejar
las cosas, de tan húmedo y podrido que estaba todo. Julián, en algún momento, tuvo
miedo de taladrar el suelo con el pie.
—Volvamos a cubierta —dijo—. Aquí no podemos seguir. Está todo muy
maloliente y oscuro.
Estaban dirigiéndose a cubierta cuando oyeron una exclamación de Ana.
—¡Caramba! ¡Venid rápido! ¡He encontrado algo!
Echaron a correr todos en dirección a Ana, por la húmeda y resbaladiza cubierta.
Ana estaba en el mismo sitio donde la habían dejado, con los ojos centelleantes de
excitación. Señalaba con el dedo a la parte opuesta de la cubierta.
—¿Qué es eso? —preguntó Jorge—. ¿De qué se trata?
—Mirad, eso no estaba allí la otra vez que vinimos al barco. ¡Seguro! —dijo Ana,
todavía señalando. Los otros miraron hacia donde ella indicaba. Vieron una gran caja
abierta en cuyo interior había un pequeño cofre negro. ¡Qué cosa más extraordinaria!
—¡Un cofre pequeño y negro! —dijo Julián, sorprendido—. No, esto no estaba
ahí antes. Y no hace mucho que lo han traído. ¡Está seco y nuevo! ¿A quién
pertenecerá? Y ¿por qué lo habrán traído aquí?

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Capitulo XII

LA CUEVA ENTRE LAS ROCAS

Cautelosamente, los chicos se dirigieron por la resbaladiza cubierta al lugar donde


estaba la caja. Evidentemente la tapa de ésta había sido cerrada para ocultar el cofre,
pero luego se había abierto sola.
Julián cogió el pequeño cofre negro. Todos los chicos estaban pasmados. ¿Por
qué habrían dejado ese cofre allí?
—¿No habrán sido contrabandistas? —dijo Dick.
—Sí, podría ser —dijo Julián pensando intensamente e intentando desatar las
correas del cofre—. Éste puede ser un buen sitio para los contrabandistas. Pueden
haber traído esto en un bote para ocultarlo.
—¿Quieres decir que ahí dentro hay cosas de contrabando? —preguntó Ana,
excitada—. ¿Qué podrán ser? ¿Diamantes? ¿Tejidos de seda?
—Cualquier cosa por la que haya que pagar para introducirla en el país —dijo
Julián—. ¡Caramba con estas correas! ¡No puedo desatarlas!
—Déjame intentarlo —dijo Ana, que tenía unos dedos largos y ágiles. Empezó a
manipular en las hebillas, y en poco tiempo desató las correas. Pero una gran
decepción se abatió sobre todos. ¡El cofre estaba cerrado a cal y canto! ¡Tenía dos
buenas cerraduras y no había llaves!
—¡Vaya! —exclamó Jorge—. ¡Qué fastidio! ¿Cómo podremos ahora abrir el
cofre?
—No podemos —dijo Julián—. Y no debemos romperlo para abrirlo, porque ello
pondría sobre aviso a los contrabandistas de que hemos encontrado las cosas que han
guardado. ¡Lo que tenemos que hacer es atraparlos!
—¡Ooooh! —dijo Ana, roja de excitación—. ¡Atrapar a los contrabandistas! ¡Oh
Julián! ¿Crees que podremos?
—¿Por qué no? —dijo Julián—. Nadie sabe que estamos aquí. Nosotros podemos
descubrirlo todo si vemos que un barco se acerca a la isla y suelta un bote. Yo diría
que los contrabandistas están utilizando esta isla como escondrijo para sus cosas.
¿Quiénes serán? Creo que alguien del pueblo Kirrin o de los alrededores.
—Esto se está poniendo emocionante —dijo Dick—. Siempre nos ocurren
aventuras cuando venimos a Kirrin. Aquí está todo lleno de aventuras. Esta es la
tercera.
—Creo que será mejor que salgamos del barco —dijo Julián observando cómo
volvía la marea—. Vámonos ya, no sea que nos coja la marea alta y tengamos que
estarnos aquí horas y horas. Yo bajaré primero por la cuerda. Luego sígueme tú, Ana.
Bajaron por la cuerda y pronto estuvieron sobre las rocas. Justo cuando llegaron a

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la más próxima a la isla, Dick se detuvo.
—¿Qué te pasa? —dijo Jorge—. ¡Sigue adelante!
—¿No es una cueva aquello que hay en aquella roca lejana? —dijo Dick
señalando con el dedo—. Enteramente lo parece. Si lo es, tendremos un sitio
magnífico donde guardar nuestras cosas y dormir, si es que la marea no la alcanza.
—No hay ninguna cueva en Kirrin —empezó a decir Jorge. Pero pronto tuvo que
callarse. Lo que Dick estaba señalando parecía en verdad una cueva. Al fin y al cabo,
Jorge no había explorado nunca esa parte rocosa de la isla, que estaba muy lejos del
interior y no podía verse desde tierra.
—Iremos a ver —dijo. Cambiaron su dirección y en vez de seguir por el camino
de la ida cruzaron la masa de rocas y se encaminaron hacia un saliente rocoso donde
parecía estar la cueva.
Por fin llegaron. Afiladas rocas guardaban la entrada y medio la ocultaban. Era
realmente difícil verla salvo desde el sitio donde había señalado Dick.
—¡Es una cueva! —exclamó Dick, muy contento, introduciéndose en ella—. ¡Y a
fe que es magnífica!
Era realmente una cueva estupenda. Su suelo estaba recubierto de seca y finísima
arena y estaba lo suficiente alta para que el agua no la alcanzase durante las mareas,
salvo en caso de fuerte temporal. En todo su alrededor tenía como una especie de
asiento de piedra.
—¡Exactamente como si la hubiéramos preparado nosotros! —gritó Ana
alegremente—. Podemos meter aquí todas nuestras cosas. ¡Qué estupenda es!
Vendremos aquí y viviremos y dormiremos. ¡Y fíjate, Julián, hay una claraboya por
donde entra la luz!
La muchachita señaló hacia arriba, y los demás pudieron ver que el techo de la
cueva tenía un agujero por donde entraba la luz.
—Podremos entrar nuestras cosas a través de ese agujero —dije Julián haciendo
planes rápidamente—. Nos costaría mucho trabajo traerlas por el camino que hemos
seguido hasta ahora. Tenemos que salir y buscar por encima de la cueva ese agujero y
cuando lo encontremos nos será fácil meter las cosas con la ayuda de una cuerda.
Aquél había sido un gran descubrimiento.
—Nuestra isla es mucho más interesante de lo que habíamos supuesto —dijo Ana
sintiéndose muy dichosa—. Hemos encontrado una cueva magnífica.
La primera cosa que hacer, por supuesto, era ir por encima de la cueva para
encontrar el agujero. Salieron y se dispusieron a encontrarlo. Tim resultaba muy
divertido andando por la resbaladiza roca. Sus patas resbalaban y dos o tres veces
cayó al agua. Pero siempre nadaba y volvía a trepar hasta reunirse con los demás.
—¡Es como Jorge! —dijo Ana riendo—. No se amilana por nada.
Siguieron trepando hasta llegar a la puerta de arriba de la cueva. No resultaría

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muy difícil encontrar el agujero, ahora que sabían que estaba por allí.
—Algo peligroso, realmente —dijo Julián asomándose al agujero cuando lo hubo
encontrado—. Cualquiera de nosotros, al pasar por aquí, podría haber caído dentro
por accidente. Ved cómo está todo cubierto de zarzas.
Removieron con las manos el agujero para dejarlo limpio de zarzas y, una vez
conseguido, pudieron fácilmente observar desde arriba el interior de la cueva.
—No está muy hondo el suelo —dijo Ana—. Casi podíamos saltar para meternos
allí.
—No lo haremos —dijo Julián—. Podríamos rompernos un hueso. Hay que
esperar a que atemos una cuerda a cualquier sitio y la metamos por el agujero.
Entonces podremos entrar y salir de la cueva fácilmente.
Fueron a donde estaba el bote y empezaron a vaciarlo, llevándose las cosas hacia
donde estaba la cueva. Julián cogió una cuerda y empezó a hacerle nudos a
intervalos.
—Es para que los pies tengan donde apoyarse —explicó—. Si bajamos todo
seguido podríamos dañarnos las manos. Estos nudos nos ayudarán a bajar y a subir.
—Deja que yo baje primero y entonces podréis ir echándome las cosas —dijo
Jorge. Ella bajó la primera, apoyándose uno a uno en los nudos de la cuerda. Era un
buen sistema para bajar.
—¿Cómo meteremos dentro a Tim? —preguntó Julián. Pero Tim, que había
estado gimiendo ansiosamente mientras bajaba Jorge, arregló él sólo la cuestión.
Dando un salto, desapareció por el agujero. Llegó un grito de abajo.
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? ¡Oh, Tim! ¿Te has hecho daño?
La arena estaba blanda como un mullido colchón y Tim no se había hecho daño.
Se sacudió y empezó a ladrar alegremente. ¡Estaba otra vez con Jorge! No estaba
dispuesto a permitir que su amita desapareciera tras misteriosos agujeros sin seguirla
al punto. ¡No, señor!
Entonces empezó el trabajo de meter en la cueva todas las cosas. Ana y Dick
ataron el primer paquete y Julián lo bajó cuidadosamente por el agujero. Jorge desato
las cosas en cuanto las tuvo a su alcance y luego subieron la cuerda para atar otro
paquete.
—¡Este es el último! —gritó Julián después de un buen rato de trabajo realmente
duro—. Ahora bajaremos todos y ni que decir tiene que lo primero que hagamos
después de preparar las camas será comer. ¡Estoy muerto de hambre! ¡Hace horas que
no hemos comido nada!
Pronto estuvieron todos sentados en la caliente y blanda arena de la cueva.
Abrieron una lata de carne, cortaron rodajas de pan y se hicieron bocadillos. Luego
abrieron una lata de manzanas en conserva que comieron con gran placer, así como el
jugo que contenía la lata. Después de esto se encontraban todavía hambrientos y

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abrieron dos latas de sardinas, que tomaron con galletas. Había sido realmente una
buena comida.
—Dulce de jengibre para terminar, por favor —dijo Dick—. Caramba, poca gente
en el mundo habrá disfrutado de una comida como ésta.
—Será mejor que vayamos en seguida a buscar brezos para los colchones —dijo
Jorge, soñolienta.
—¿Quién quiere brezos? —dijo Dick—. ¡Yo, no! Esta magnífica arena blanda es
lo único que quiero y un cojín y una o dos mantas. ¡Dormiré aquí mejor que en la
cama!
Las mantas y los cojines fueron repartidos por el arenoso suelo de la cueva.
Empezaba a oscurecer y encendieron una vela. Los cuatro adormecidos chicos se
miraron unos a otros. Tim, como de costumbre, estaba con Jorge.
—Buenas noches —dijo Jorge—. No puedo estar despierta ni un minuto más.
Buenas… noches… a… todos.

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Capítulo XIII

UN DÍA EN LA ISLA

Los chicos apenas sabían dónde se encontraban cuando despertaron al día


siguiente. El sol aparecía por la entrada de la cueva, topando primero con la
durmiente cara de Jorge. Esto la despertó, y, adormilada, no comprendía cómo su
colchón no estaba tan blando como de costumbre.
«¡Pero no estoy en mi cama, sino en la isla Kirrin, por supuesto!», pensó de
pronto. Se incorporó y le dio a Ana un empujón.
—¡Despierta, dormilona! ¡Estamos en la isla!
Pronto despertaron todos, restregándose los ojos.
—De todos modos, será mejor que traiga brezos para mi cama —dijo Ana—. La
arena parece blanda al principio, pero luego se vuelve dura.
Los otros estuvieron conformes con la idea de Ana. Así tendrían camas más
confortables.
—Es magnífico vivir en una cueva —dijo Dick—. ¡Qué maravilloso tener en
nuestra isla, esta fantástica cueva y el castillo y los sótanos! ¡Realmente, somos
afortunados teniendo la isla Kirrin para nosotros solos!
—Estoy pringoso y sucio —dijo Julián—. Vamos a darnos un baño antes del
desayuno. Luego, ¡jamón, pan y mermelada para mí!
—Tendremos frío después del baño —dijo Jorge—. Pondré mi hornilla con agua
a hervir para que podamos tomar el desayuno caliente.
—Oh, sí —dijo Ana, que nunca había manipulado una hornilla—. Yo llenaré la
olla con agua de una de las tinas. ¿Tenemos leche?
—Hay una lata de leche entre el montón de cosas —dijo Julián—. Podemos
abrirla. ¿Dónde está el abrelatas?
No lo encontraban, con gran exasperación de los chicos. Pero al final Julián lo
encontró en uno de sus bolsillos.
Llenaron la hornilla de alcohol metílico y la encendieron. La olla la llenaron de
agua y la taparon. Entonces los chicos se fueron a bañar.
—¡Fijaos! ¡Hay un maravilloso estanque entre esas rocas! —exclamó Julián
señalando—. No lo habíamos visto hasta ahora. Es muy bueno para nadar, como
hecho expresamente para nosotros.
—¡Piscina de la isla Kirrin! ¡Un chelín el baño! ¡Libre para los propietarios!
¡Vamos, es un sitio maravilloso! —dijo Dick—. Y fijaos cómo las olas abaten la cima
de las rocas y se meten en el estanque. ¡No puede ser mejor!
Era realmente un magnífico estanque, profundo, limpio y con el agua no muy fría.
Los chicos se sumergieron en él, nadando alegremente.

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Jorge se lanzó desde una de las rocas más altas en un salto magnífico.
—Jorge puede hacer cualquier cosa en el agua —dijo Ana, admirativa—. Me
gustaría poder saltar y nadar tan bien como Jorge, pero nunca lo conseguiré.
—Podemos ver el viejo barco muy fácilmente desde aquí —dijo Julián saliendo
del agua—. ¡Vaya! No nos hemos traído ninguna toalla.
—Utilizaremos por turno una de las mantas —dijo Dick—. Voy a traer una. Por
cierto, ¿te acuerdas del cofre? Una cosa muy rara, ¿verdad?
—Sí, muy rara —dijo Julián—. No acabo de entenderlo. Tendremos que vigilar el
barco para ver quién viene a recoger el cofre.
—Supongo que lo harán los contrabandistas, si es que son en realidad
contrabandistas, que han rondado por aquí y han llevado el cofre al barco en un bote
—dijo Jorge secándose vigorosamente—. Tendremos que buscar un lugar de
vigilancia para ver si aparece algún barco por aquí.
—Sí, no necesitamos que nos descubran —dijo Dick—. No conseguiremos nada
si se dan cuenta de que los hemos descubierto. En seguida se marcharían de la isla.
Propongo que, en el sitio mejor que encontremos, vayamos por turnos a vigilar y a
avisar a los otros si vemos algo.
—¡Buena idea! —alabó Julián—. Bien, ya estoy seco, pero tengo un poco de frío.
Vamos a la cueva a beber algo caliente. Y de desayuno, caramba, me tomaría un pollo
entero, o un pato, o quizás un toro.
Los otros rieron. Todos tenían la misma hambre.
Se dirigieron a la cueva corriendo sobre la arena, hasta llegar al agujero de arriba,
que ahora estaba bañado por el sol.
El líquido de la olla estaba hirviendo alegremente y despidiendo mucho vapor.
—Tomaremos jamón con rodajas de pan —ordenó Julián—. Voy a abrir la lata de
leche. Jorge, coge tú la lata de cacao y esa jarra y sírvenos a cada uno lo suficiente.
—Estoy terriblemente contenta —dijo Ana, sentada a la entrada de la cueva,
mientras desayunaba—. Es una sensación muy agradable. Cómo me gusta estar en
nuestra isla, viviendo por nuestra cuenta y haciendo lo que nos guste.
Todos se sentían igualmente contentos. El tiempo era también magnífico y el
cielo y el mar estaban de un limpio azul. Se sentaron y se pusieron a comer y a beber
mirando al mar y las olas que se abatían sobre el barco entre las rocas.
Era desde luego una costa muy rocosa aquélla.
—Voy a arreglar bien todas las cosas —dijo Ana, que era la más cuidadosa de los
cuatro y siempre le gustaba jugar a "la casa"-. Esto será nuestra casa, nuestro hogar.
Haremos cuatro camas. Y prepararemos cuatro sitios para sentarnos. Y pondré las
cosas bien dispuestas en ese escalón de piedra que enteramente parece hecho para
nosotros.
—Dejaremos que Ana juegue ella sola a "las casas" —dijo Jorge, que estaba

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deseando hacer cosas otra vez—. Tenemos que ir a buscar brezos para las camas. Y,
¡oh!, uno de nosotros tendrá que quedarse de guardia para observar el barco y ver si
alguien se acerca.
—Sí, eso es importante —dijo Julián al punto—. Yo vigilaré primero. El mejor
sitio creo que es encima de esta cueva. Me esconderé detrás de un arbusto para que
nadie me vea desde el mar. Vosotros traed los brezos.
Dick y Jorge fueron a buscar brezos. Julián subió por la nudosa cuerda que
atravesaba el agujero del techo, atada firmemente en las raíces de un enorme matorral
de genista. Cuando llegó arriba se tendió, jadeante, sobre los brezos.
No vio en el mar nada de particular salvo algunos grandes barcos a bastantes
millas en el horizonte.
Julián se puso a tomar el sol, que le llegaba a todas las pulgadas de su cuerpo. ¡El
trabajo de vigía iba a resultar muy agradable!
Pudo oír a Ana cantando abajo en la cueva mientras arreglaba su "casita". Su voz
llegaba a través del agujero del techo. Julián sonrió. Sabía que Ana lo estaba pasando
muy bien.
Así era, en efecto. Estaba lavando los cacharros que habían utilizado para el
desayuno en un charquito que la lluvia, muy a propósito, había formado fuera de la
cueva. Tim lo usaba también para beber y no parecía gustarle que Ana lo utilizara
para lavar. Por eso se excusó ella.
—Siento estropearte el agua, Tim querido —dijo—, pero tú eres un perro muy
inteligente y estoy segura de que si no te gusta beber aquí encontrarás en seguida otro
charquito donde podrás saciar tu sed.
—¡Guau! —ladró Tim echando a correr para encontrarse con Jorge, que en aquel
momento llegaba con Dick cargada con un montón de blandos y olorosos brezos para
las camas.
—Pon los brezos en este sitio de la cueva, por favor —dijo Ana—. Yo haré las
camas cuando termine con este trabajo.
—¡Estupendo! —dijo Jorge—. Ahora vamos a ir a buscar un poco más. ¿Cómo
os ha ido a vosotros?
—Julián ha subido por la cuerda para vigilar y darnos una voz si ve algo anormal.
Yo estoy deseando que lo haga, ¿y tú?
—Sería algo muy emocionante —dijo Dick echando los brezos sobre Tim y casi
enterrándolo—. Oh, lo siento, Tim, ¿estabas debajo? ¡Mala suerte!
Ana tuvo una mañana muy feliz, arreglándolo todo y poniendo los cacharros, los
cuchillos y las cucharas en un sitio, la olla en otro y al lado las latas de conserva.
¡Había preparado ciertamente una buena despensa!
Envolvió los panes en un mantel que había traído y lo puso en el sitio más fresco
de la cueva que encontró. También puso allí las tinas de agua y los vasos.

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Entonces la muchachita emprendió el trabajo de hacer las camas.
Decidió hacer dos, una en cada extremo de la cueva.
—Jorge, yo y Tim dormiremos en este sitio —decidió, disponiendo los brezos
adecuadamente para hacer la cama—. Y Julián y Dick en este otro sitio. Necesito
muchos más brezos. Oh, Dick, ¿estás ahí? Llegas a tiempo. Quiero más brezos.
Pronto las camas estuvieron magníficamente preparadas, cubiertas con mantas.
Los cojines hacían de almohadas.
«¡Qué lástima que no hayamos traído pijamas! —pensó Ana—. Los pondría bajo
las almohadas y quedaría todo muy bien. ¡Caramba! ¡Qué bonita ha quedado la
casa!» Julián llegó, resbalando por la cuerda. Miró a su alrededor, maravillado.
—Vaya —dijo—. Has dejado la cueva magnífica, Ana. Todo pulcro y en orden.
Eres una nena estupenda.
A Ana le gustó que le dijera Julián que la cueva estaba muy bien, pero no le
agrado que la llamase "nena".
—Sí, ha quedado muy bien, ¿verdad? —dijo—. Pero ¿por qué no estás vigilando
allí arriba, Julián?
—Ahora le toca el turno a Dick —repuso el aludido—. Ya han pasado las dos
horas. ¿Y si tomásemos unos bizcochos? Me gustaría tomar uno o dos y creo que a
los otros también les gustará. Vamos a tomarlos encima de la cueva. Jorge y Tim
están allí con Dick.
Ana, como buena ama de casa, sabía exactamente dónde estaba la lata de las
galletas. Cogió diez y se puso a trepar por la cuerda. Julián hizo lo mismo. Pronto
estuvieron los cinco recostados en el gran matorral de genista mordisqueando las
galletas. Tim, más que mordisquear, las devoraba.
El día transcurrió apacible y perezosamente. Todos tomaban parte en el turno de
la guardia, aunque Julián había reñido por la tarde a Ana a causa de que ésta se había
dormido durante la vigilancia. Esto la llenaba de vergüenza.
—Eres demasiado pequeña para hacer de centinela, eso es todo —dijo Julián—.
Eso no nos ocurriría nunca a nosotros tres ni a Tim.
—Oh, no, déjame que yo también haga la vigilancia —imploró la pobre Ana—.
Nunca, nunca más me dormiré. Pero es que el sol calentaba tanto, y…
—Excusas —dijo Julián—. Siempre que haces algo, metes la pata. Está bien, te
daré otra oportunidad para comprobar si eres lo suficiente mayor como para hacer las
cosas que hacemos nosotros.
Pero la vigilancia resultó infructuosa. Aunque todos fueron a su puesto por turnos
en busca de algún extraño navío, ninguno apareció. Los chicos estaban
decepcionados. Querían saber a toda costa quién o quiénes habían puesto el cofre en
el barco y por qué, y lo que podía haber dentro.
—Será mejor que nos vayamos ya a la cama —dijo Julián cuando el sol había

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desaparecido—. Son casi las nueve. ¡Vamos! ¡Estoy deseoso de meterme a dormir en
una de esas magníficas camas que tan bien ha preparado Ana!

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Capítulo XIV

PERTURBACIÓN EN LA NOCHE

La cueva estaba oscura, aunque no tanto como para que fuera necesario encender
velas. Sin embargo, resultaría muy bonito encender una. Por eso Ana cogió una
cerilla y encendió una vela. Al momento extrañas sombras empezaron a danzar por el
interior de la cueva.
—Me gustaría que encendiéramos fuego —dijo Ana.
—Pasaremos demasiado calor —opinó Julián—. Además nos llenaremos de
humo. En una cueva como ésta no se puede encender fuego. No hay chimenea.
—Sí que hay —dijo Ana señalando el agujero del techo—. Si encendemos fuego
justamente debajo del agujero hará las veces de chimenea, ¿verdad?
—Podría ser —dijo Dick, pensativo—. Pero yo no lo creo. La cueva se llenaría de
humo sofocante. No podríamos dormir.
—Entonces ¿no podríamos encender el fuego a la entrada de la cueva? —dijo
Ana, que entendía que en una casa siempre debía haber fuego encendido en cualquier
lugar—. ¡Así espantaremos a los animales salvajes! Eso es lo que hacía la gente hace
mucho tiempo. Lo he leído en mi libro de historia. Encendían hogueras a la entrada
de las cuevas para espantar a los animales salvajes que podían andar rondando.
—Pero ¿qué clase de animales salvajes crees tú que pueden andar rondando por
aquí? —preguntó Julián perezosamente, mientras terminaba de tomar una taza de
cacao—. ¿Leones? ¿Tigres? ¿O quizá temes que aparezcan un elefante o dos?
Todos se echaron a reír.
—No, yo realmente no pienso que animales como ésos vayan a aparecer —dijo
Ana—. Sólo digo que estaría muy bien dormir con un fuego que nos cubra la entrada
de la cueva.
—Quizá piensa Ana que los conejos pueden meterse aquí y mordernos los dedos
de los pies —dijo Dick.
—¡Guau! —ladró Tim enderezando las orejas, como siempre hacía cuando oía
hablar de conejos.
—Yo pienso que no debemos encender fuego —opinó Julián—. Porque lo
podrían ver desde el mar y poner sobre aviso a cualquiera que llegase a la isla para
contrabandear.
—Oh, no, Julián, la entrada de esta cueva está oculta al mar; estoy segura de que
desde allí no podrían ver el fuego —dijo Jorge, al punto—. Está ahí enfrente esa línea
de altas rocas que lo cubren todo completamente. A mí me gustaría que
encendiéramos fuego.
—¡Muy bien, Jorge! —dijo Ana, gozosa de haber encontrado a alguien que fuera

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de su opinión.
—Pero no vamos ahora a cansarnos trayendo leña —dijo Dick, que no tenía la
menor gana de moverse.
—No hace falta —dijo Ana vehementemente—. Yo misma he traído hoy un
montón de leña, por si necesitábamos fuego, y la he dejado en el fondo de la cueva.
—¿Verdad que es una perfecta mujercita de su casa? —dijo Julián con gran
admiración—. Ella podrá dormirse cuando está haciendo la vigilancia, pero tiene los
ojos bien abiertos cuando se trata de prepararnos una casa con todas las comodidades.
Se levantaron y se dirigieron al fondo de la cueva para traer leña. Ana había
traído unas brazadas de palitroques que los grajos habían dejado cuando hacían sus
nidos en la torre. Todos trabajaron en preparar el fuego. Julián trajo una porción de
marojos secos para meterlos entre la leña. Encendieron el fuego en la entrada de la
cueva. Los chicos volvieron a sus camas de brezos y se echaron sobre ellas, mirando
los rojos resplandores de las llamas y oyendo crujir la leña. La cueva tenía un aspecto
sobrenatural y emocionante.
—Esto es fantástico —dijo Ana medio dormida—. Realmente fantástico. Oh,
Tim, apártate un poco. Estás echado encima de mi pie. Jorge, llévate a Tim contigo.
Tú siempre acostumbras dormir con él.
—Buenas noches —dijo Dick durmiéndose—. El fuego se está apagando ya, pero
ahora no vamos a molestarnos en poner más leña. Seguro que todos los tigres, los
leones y los elefantes han huido ya despavoridos.
—¡Tonto! —dijo Ana—. No empieces a fastidiarme con eso, que a ti te ha
gustado el fuego más que a mí misma. Buenas noches.
Se durmieron pacíficamente y soñaron con muchas cosas.
Julián despertó dando un salto. Algún ruido extraño lo había despertado. Se puso
a escuchar. Tim estaba gruñendo profundamente:
—¡Grrrrr! ¡Grrrrr!
Jorge se despertó también y puso soñolientamente la mano sobre el can.
—¿Qué pasa, Tim? —preguntó.
—Es que ha oído algo, Jorge —dijo Julián en voz baja desde su cama, que estaba
al otro lado de la cueva.
Jorge se incorporó cautelosamente.
Tim seguía gruñendo.
—¡Ssssss! —dijo Jorge, y el perro calló.
Estaba muy erguido, con las orejas enderezadas.
—Quizá los contrabandistas han venido durante la noche —dijo Jorge, y un
cosquilleo de temor empezó a recorrerle la espalda. Tener contrabandistas de día era
excitante y emocionante, pero de noche era otro cantar. Jorge, ciertamente, no
deseaba encontrarse con ninguno.

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—Voy afuera para ver si puedo descubrir algo —dijo Julián abandonando
suavemente la cama para no despertar a Dick—. Voy a subir por la cuerda hasta la
parte de encima de la cueva. Desde allí se ve todo mejor.
—Coge mi linterna —dijo Jorge. Pero Julián no quiso.
—No, gracias. Por la cuerda nudosa puedo ir muy bien tanto si veo como si no —
dijo.
Subió por la cuerda y desde arriba miró hacia el mar. Era una noche muy oscura y
no se podía ver, desde luego, ningún barco, ni siquiera el naufragado.
«Qué lástima que no haya luna —pensó Julián—. Entonces hubiera podido ver
algo.»
Oteó durante unos minutos y entonces la voz de Jorge se oyó que provenía del
agujero del techo de la cueva.
—¡Julián! ¿Ves algo? ¿Quieres que suba yo?
—No veo nada de nada —dijo Julián—. ¿Gruñe todavía Tim?
—Sí, siempre que quito la mano del collar —dijo Jorge—. No puedo imaginar
qué es lo que le trastorna.
De pronto Julián pudo ver algo. Era una luz, a bastante trecho por detrás de las
rocas. Escudriñó excitado. ¡Esa luz estaba en el mismo sitio que el barco naufragado!
¡Podría ser que alguien hubiera entrado en el barco con una linterna!
—¡Jorge! ¡Sube! —dijo, asomándose por el agujero.
Jorge subió, mano sobre mano, como un mono, dejando abajo a Tim gruñendo.
Llegó a la parte de encima de la cueva.
—¡Mira allá, donde está el barco naufragado! —dijo Julián—. Desde luego, el
barco no podrás verlo, está todo muy oscuro. Pero podrás ver la luz de una linterna
que alguien ha dejado por allí.
—¡Sí, eso es que hay alguien que se ha metido en nuestro barco con una linterna!
—dijo Jorge sintiéndose excitada—. Oh, pienso si no serán los contrabandistas
trayendo más cosas.
—O alguien que quiera llevarse el cofre —opinó Julián—. Bien, mañana lo
sabremos, porque iremos a comprobarlo. ¡Mira! Quienesquiera que estén allí se están
marchando; la luz de la linterna va hacia abajo. Seguramente se están metiendo en un
bote que hay al lado del barco. Y ahora la luz ha desaparecido.
Los chicos aguzaron sus oídos por si podían percibir el ruido de remos o de voces
sobre el agua. A ambos les pareció oír voces.
—El bote lo habrán llevado a algún barco o algo así —dijo Julián—. Casi diría
que veo una luz en alta mar. Seguramente el bote se está acercando allí.
No había nada más que ver o que oír y pronto los dos chicos se deslizaron por la
nudosa cuerda hasta el fondo de la cueva. No despertaron a los otros, que todavía
estaban durmiendo apaciblemente. Tim dio un salto y se puso a lamer a Julián y a

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Jorge alegremente. Ahora no gruñía ya.
—Eres un buen perro, ¿eh? —dijo Julián acariciándolo—. Nada se te escapa a tus
aguzadas orejas, ¿verdad?
Tim se sentó de nuevo a los pies de Jorge. Estaba claro que la causa de su
sobresalto había desaparecido. Ésta podía haber sido la presencia de extraños en el
viejo navío. Pues bien: ellos irían al día siguiente a averiguar qué había pasado
durante la noche.
Ana y Dick se indignaron mucho a la mañana siguiente cuando oyeron a Julián
contar la historia.
—¡Deberías habernos despertado! —dijo Dick, enfadadísimo.
—Lo hubiéramos hecho si hubiese habido algo de particular que ver —dijo Jorge
—. Pero lo único que vimos fue la luz de una linterna, aparte que creímos oír algunas
voces.
Cuando la marea hubo bajado lo suficiente, los chicos y Tim se encaminaron por
las rocas hacia el viejo navío. Treparon luego hasta llegar a la inclinada y resbaladiza
cubierta. Dirigieron la mirada hacia la caja donde estaba guardado el cofre. La tapa
de la caja estaba cerrada.
Julián intentó abrirla. Para ello tuvo que apartar un taco de madera que alguien
había puesto allí para evitar que se abriera con el movimiento del barco.
—¿Hay algo dentro? —preguntó Jorge avanzando con cuidado hacia donde
estaba Julián.
—Sí —afirmó Julián—. ¡Fíjate! ¡Latas de conserva! Y tazas y platos y otras
cosas, justo como si alguien hubiese venido a esta isla a vivir también. ¿No es
gracioso? El cofre está aquí todavía, cerrado como antes. Y aquí hay algunas velas y
un pequeño candil y unas cuantas mantas. ¿Por qué habrán traído aquí todo esto?
Realmente era un rompecabezas. Julián frunció el ceño durante unos minutos,
pensando intensamente.
—Parece como si alguien se propusiera vivir en la isla durante cierto tiempo,
probablemente para vigilar las cosas que vayan trayendo de contrabando. Pues bien,
¡los vigilaremos de día y de noche!
Abandonaron el navío sintiéndose excitados. Tenían en la cueva un magnífico
sitio donde ocultarse. Allí nadie los encontraría. Y desde su escondrijo podían vigilar
si alguien se acercaba al barco o venía a desembarcar en la isla.
—Y ¿qué hay de la caleta donde hemos dejado nuestro bote? —dijo Jorge de
pronto—. Si ellos vienen a la isla, seguro que la utilizarán, porque es muy peligroso
desembarcar en otro sitio.
—Y si desembarcan en la caleta verán nuestro bote —dijo Dick, alarmado—.
Será mejor que lo escondamos.
—¿Cómo? —dijo Ana pensando que iba a ser una cosa muy difícil esconder un

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bote tan grande.
—No lo sé —dijo Julián—. Le daremos un vistazo.
Los cuatro y Tim se dirigieron a la caleta donde habían dejado el bote. Lo habían
puesto a bastante distancia del mar. Jorge exploró bien la caleta y entonces tuvo una
idea.
—¿No creéis que podríamos arrastrar el bote alrededor de esta roca grande?
Quedaría enteramente oculto, aunque, claro es, cualquiera que le diese la vuelta a la
roca lo vería en seguida.
Los otros pensaron que, al menos, valía la pena intentarlo, por lo cual, jadeantes,
arrastraron el bote hasta el otro lado de la roca, que casi lo ocultaba del todo.
—¡Bien! —dijo Jorge corriendo hacia la caleta, para ver si quedaba mucho del
bote al descubierto—. Se le ve un trozo todavía. Lo disimularemos con algas.
Llenaron la proa del bote con las algas que encontraron y, después de esto, no era
posible descubrirlo, a no ser que alguien le diera la vuelta a la roca.
—¡Bien! —dijo Julián mirando su reloj—. Es más de la hora de merendar.
Además, mientras hacíamos todo esto con el bote, no nos hemos acordado de dejar a
nadie de vigía encima de la cueva. ¡Qué idiotas somos!
—Yo no creo que nadie se haya acercado desde que salimos de la cueva —dijo
Dick poniendo un matojo de algas en la proa del bote, como último toque—.
Apostaría a que los contrabandistas sólo vienen por la noche.
—Me atrevo a decir que tienes razón —dijo Julián—. Pienso que es mejor que
vigilemos también por la noche. El vigía puede llevarse una manta.
—Tim puede estar con el que haga la guardia —dijo Ana—. Entonces, si en un
descuido se duerme, Tim gruñiría y lo despertaría si viese algo de particular.
—Querrás decir «si en un descuido me duermo» —dijo Dick riendo—. Vámonos
a la cueva a merendar.
¡Y fue entonces cuando Tim empezó a gruñir de nuevo!

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Capítulo XV

¿QUIÉN HAY EN LA ISLA?

—¡Sss! —dijo Julián al punto—. ¡Rápido! ¡Escondámonos detrás de estos


matorrales!
Habían abandonado la caleta y se dirigían hacia el castillo cuando Tim empezó a
gruñir.
Los muchachos y Tim estaban agazapados tras unos espesos matojos, con los
corazones latiéndoles apresuradamente.
—No gruñas, Tim —dijo Jorge al oído del can. En seguida dejó de gruñir, pero
seguía desasosegado.
Julián se asomó por entre los matorrales, apartándolos con las manos y
arañándose. Pudo ver a alguien en el patio del castillo: una persona, dos personas,
quizá tres. Aguzó la mirada, pero las figuras desaparecieron en seguida.
—Creo que han movido esas grandes piedras que hay a la entrada de los sótanos y
han ido abajo —susurró—. Quedaos aquí, que voy a ir allí un momento para ver. No
dejaré que nadie me descubra.
Volvió y movió la cabeza.
—Sí, han ido abajo, a los sótanos. ¿Creéis que pueden ser contrabandistas?
¿Creéis que están escondiendo las cosas de contrabando allá abajo? Es un sitio
magnífico para ocultarlas, por supuesto.
—Volvamos a la cueva mientras están en los sótanos —dijo Jorge—. Tengo
miedo de que Tim lo eche todo a perder si se pone a ladrar. Ahora precisamente está
reventando de ganas de meter ruido.
—¡Vámonos, entonces! —dijo Julián—. No vayamos a través del patio, sino
bordeando el mar. Luego, cuando lleguemos a la cueva, uno de nosotros puede
esconderse detrás del matorral de genista y vigilar a los contrabandistas. Ellos
seguramente han venido remando en un bote por entre las rocas.
Llegaron al final a la cueva y se metieron en ella. ¡Pero no bien había Julián
iluminado la cuerda con la ayuda de los otros, cuando Tim desapareció! Se había
escapado de la cueva mientras los otros estaban dé espaldas, y cuando Jorge dio la
vuelta, el perro ya no estaba allí.
—¡Tim! —llamó con fuerte voz—. ¡Tim! ¿Dónde estás?
Pero no llegó ninguna contestación. Tim se había ido por su propia cuenta. ¡Con
tal que los contrabandistas no lo vieran! ¡Qué perro más malo era haciendo eso!
Pero Tim había olfateado algo excitante. Había percibido un olor que él conocía
bien, un olor a perro, y estaba decidido a dar caza a su dueño y morderle las orejas y
el rabo. ¡Gr-r-r-r-r-r-r—! ¡Tim no permitiría que ningún otro perro estuviese en su

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isla!
Julián se sentó tras el matojo de genista vigilando por todo el rededor. En el barco
naufragado no ocurría nada de particular y tampoco se veía en el mar ningún otro
barco. Probablemente el bote que había traído a los extraños a la isla estaba
escondido entre las rocas. Julián miró por detrás de él con dirección al castillo. Vio
algo que lo dejó pasmado.
Un perro estaba olisqueando por entre los matorrales no muy lejos de allí y,
deslizándose tras él con los pelos erizados, estaba Tim. Tim seguía al perro como un
gato sigue a un conejo para darle caza. El otro perro lo oyó de repente y se volvió de
un salto, encarándose con Tim. Éste se lanzó encima del otro can gruñendo
ferozmente.
Julián miraba todo esto horrorizado, no sabiendo qué hacer. Los dos perros hacían
un ruido terrible, especialmente el otro, cuyos aullidos de terror y gañidos de rabia
inundaban toda la isla.
«Esto llamará la atención de los contrabandistas y verán a Tim y entonces sabrán
que hay alguien en la isla —pensó Julián—. Caramba, Tim, ¿por qué no te habrás
quedado quietecito con Jorge?»
Por la muralla del ruinoso castillo emergieron tres figuras, corriendo en fila india
para ver qué le estaba sucediendo a su perro. Julián quedó pasmado a más no poder.
Las tres figuras no eran otras que las del señor Stick, señora Stick y Edgar.
—¡Cáspita! —dijo Julián alcanzando rápidamente el agujero—. ¡Han venido
detrás de nosotros! ¡Han adivinado que habíamos venido aquí y han acudido para
hacernos volver a casa, los muy bestias! ¡Pues bien, no nos encontrarán! ¡Qué pena
que Tim lo haya echado todo a perder!
Llegó un estridente silbido a sus oídos. Era Jorge, que horrorizada por el ruido
que producían los dos perros había lanzado un penetrante silbido a Tim. Era un
silbido que el can siempre obedecía. Por ello, dejó al otro perro y se dirigió
rápidamente a lo alto de la cueva cuando los tres Stick, con su ensangrentado perro,
llegaban a la escena.
Edgar corrió tras Tim hasta lo alto de la gruta. Julián se metió en la cueva a través
del agujero en cuanto vio que llegaba Edgar. Lo mismo hizo Tim de un salto, yéndose
con su amita cuando estuvo dentro.
—Calla, cállate —dijo Jorge al excitado perro en un urgente susurro—. ¿Es que
quieres que descubran nuestro refugio, idiota?
Edgar llegó al techo de la cueva, jadeando. Quedó muy sorprendido al ver que
Tim, al parecer, había desaparecido a través de la sólida tierra. Lo buscó un poco más,
pero estaba claro que el perro no estaba allí.
El señor y la señora Stick subieron a donde estaba Edgar.
—¿Qué perro era ése? —preguntó la señora Stick—. ¿Qué es lo que hacía?

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—Se parece terriblemente a ese horrible perro de los chicos —dijo Edgar. Su voz
podía oírse perfectamente desde el interior de la cueva. Los chicos permanecieron lo
más quietos que podían.
—¡Pero no puede ser! —llegó a sus oídos 1a voz de la señora Stick—. Los chicos
se han ido a su casa, y el perro también. Nosotros los vimos dirigiéndose a la
estación. Ése debe de ser un perro perdido que ha dejado aquí algún turista.
—Bien, pero ¿dónde está? —dijo la ronca voz del señor Stick—. No se ve ningún
perro por aquí.
—Se metió dentro de la tierra —dijo Edgar con voz sorprendida.
El señor Stick le contestó despectivamente.
—¡Meterse dentro de la tierra! —exclamó—. No digas estupideces. Seguramente
se ha caído por entre las rocas. El muy bruto le hincó bien los dientes al pobre Tinker.
¡A fe que, si vuelvo a verlo, lo mato!
—Puede haber un escondite alrededor de esta roca —dijo la señora Stick—. ¡Voy
a echar un vistazo!
Los chicos permanecían quietos a más no poder y Jorge no separaba su mano del
collar de Tim. Pudieron darse cuenta de que los Stick estaban realmente muy cerca.
Julián esperaba de un momento a otro que uno de ellos apareciera por el agujero.
Pero afortunadamente no ocurrió nada de eso. Los Stick estaban, sin embargo,
muy cerca del agujero, discutiendo sus problemas.
—Si el perro es el de los chicos, entonces esos repugnantes muchachos han
venido a la isla en lugar de ir a casa —dijo la señora Stick—. ¡Esto trastornaría
nuestro plan de pies a cabeza! Tenemos que encontrarlos. No podremos vivir en paz
hasta que lo hagamos.
—Si están aquí, los encontraremos en seguida —dijo el señor Stick—. No hay
que preocuparse por eso. Su bote tiene que estar en algún sitio y ellos no estarán muy
lejos. Es imposible que cuatro chicos, un perro y un bote permanezcan ocultos en una
isla tan pequeña, especialmente cuando se les está buscando. Edgar, tú ve por ahí.
Clara, tú ve al castillo. Pueden haberse escondido entre las ruinas. Yo echaré una
mirada por aquí.
Los chicos seguían quietos y apretujados dentro de la cueva. ¡Cómo deseaban que
no descubriesen el bote! ¡Cómo deseaban que no encontrasen ni señales de él! Tim
gruñía por lo bajo, ansioso de volver a encontrarse con Stinker. Había disfrutado de lo
lindo mordiéndole las orejas.
Edgar tenía algo de miedo de encontrarse con los chicos y un gran miedo de
enfrentarse con Tim en cualquier parte. Por eso no puso demasiado entusiasmo en la
búsqueda. Fue a la caleta donde había desembarcado el bote y aunque vio huellas en
la arena no pudo encontrarlo ni darse cuenta de que la proa asomaba, llena de algas,
por una roca.

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—¡Nada por aquí! —gritó a su madre, que estaba por entre las ruinas del castillo
buscando probables escondrijos. Pero ella tampoco encontró nada. Y tampoco el
señor Stick.
—No puede ser el perro de los chicos —dijo el señor Stick al final—. Ellos
estarían en la isla si así fuera y también su bote y no hay señal de nada de eso. Ése
debe ser un perro perdido.
Los chicos se sintieron aliviados al cabo de una hora pensando que los Stick
habían ya dejado de buscarlos. Pusieron a hervir el agua en la hornilla para hacer algo
de té y Ana empezó a cortar bocadillos. Tim estaba atado por si acaso se le ocurría
volver a atacar a Stinker.
Tomaron el té sosegadamente y hablando en voz baja.
—Al fin y al cabo, los Stick no han venido a buscarnos por aquí —dijo Julián—.
Está claro que creen que hemos cogido el tren para irnos a casa y que nos hemos
llevado con nosotros a Jorge y Tim.
—Entonces ¿qué es lo que hacen aquí? —preguntó Jorge con fiereza—. ¡Esta es
nuestra isla! Ellos no tienen derecho a venir aquí. ¡Vamos a obligarles a regresar!
Ellos le tienen miedo a Tim. Voy a decirles que les echaré el perro si no se van.
—No, Jorge —repuso Julián—. Tienes que ser comprensiva. No tenemos ningún
interés en que vayan a casa y le digan a tu padre que estamos aquí, para que tu padre,
en un arranque de mal humor, regrese de pronto y nos haga volver a la casa. Yo tengo
pensada otra cosa.
—¿Qué? —preguntaron los otros viendo cómo los ojos de Julián brillaban como
solían hacerlo cuando tenía una idea nueva.
—Bien —dijo Julián—. ¿No creéis que los Stick tienen alguna relación con los
contrabandistas? ¿No creéis que ellos han venido aquí para coger el alijo o para
ocultarlo bien? El señor Stick es un marino, ¿verdad? Él debe de conocer bien a los
contrabandistas. Apuesto a que está pagado por ellos.
—Creo que tienes razón! —exclamó Jorge, muy excitada—. Bien, bien,
esperaremos a que los Stick se vayan y luego iremos a los sótanos y miraremos a ver
si han escondido algo allí. ¡Les vamos a estropear el plan! Esto está cada vez más
emocionante.

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Capitulo XVI

LOS STICK SE LLEVAN UN SUSTO

¡Pero los Stick no se marchaban! Los chicos se asomaban de vez en cuando por el
agujero del techo de la cueva y siempre veían a un Stick o a otro. Llegó la tarde y
empezó el día a ponerse oscuro. Los Stick no se habían marchado todavía. Julián
corrió a la orilla y descubrió un pequeño bote. Los Stick habían sido muy hábiles
sorteando las rocas.
—Parece como si los Stick hubiesen venido para pasar la noche —dijo Julián
lúgubremente—. Nos van a estropear nuestra estancia aquí. Nos hemos escapado para
huir de los Stick, y como si nada; los Stick están otra vez con nosotros. Vaya fastidio.
—Asustémoslos —dijo Jorge, con los ojos brillantes a la luz de una vela en la
cueva.
—¿Qué es lo que quieres decir? —dijo Dick animándose. A él siempre le
gustaban las ideas de Jorge, por descabelladas que parecieran a veces.
—Pues bien: yo supongo que ellos se irán a dormir a una de las habitaciones de
los sótanos, ¿verdad? —dijo Jorge—. No hay ningún sitio a propósito para cobijarse
entre las ruinas, si no, hubiéramos estado nosotros allí. El único sitio son los sótanos.
A mí no me gusta dormir allí, pero no creo que a los Stick les importe.
—Bueno, pero ¿qué, cuál es tu idea?
—¿No podríamos ir abajo y hacer ruido para que los ecos lo repitan por todos los
pasadizos? —dijo Jorge— Ya sabéis cómo nos asustaron los ecos la primera vez que
fuimos a los sótanos. Solamente tendremos que decir una palabra o dos y entonces los
ecos se pondrán a repetirla una y otra vez.
—¡Oh, ya recuerdo! —dijo Ana—. Y ¡cómo se asustó Tim cuando ladró! Los
ecos se pusieron a ladrar y él se creyó que había centenares de perros escondidos
ladrando. Estaba terriblemente asustado.
—Es una buena idea —dijo Julián—. Nos vengaremos de los Stick por haber
invadido nuestra isla. Si del susto que les demos se marchan, entonces sí que será un
triunfo para nosotros. Vayamos.
—¿Qué hacemos con Tim? —preguntó Ana—. ¿No será mejor dejarlo aquí?
—No. Él puede venir y ponerse a la entrada de los sótanos para hacer la guardia y
avisarnos si alguno de los verdaderos contrabandistas se acerca. No pienso dejarlo
aquí.
—¡Bueno, vamos ya! —dijo Dick—. Será un juego muy divertido. Está todo
oscuro ya, pero tengo aquí mi linterna y en cuanto nos convenzamos de que los Stick
están en los sótanos empezaremos nuestro juego.
No había señal de los Stick por ningún sitio. No se veía ninguna luz de un fuego o

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de vela, ni se oía tampoco ruido de voces. O se habían marchado, o estaban abajo en
los oscuros sótanos.
Las piedras de la entrada habían sido apartadas. Por eso los chicos estuvieron
seguros de que ellos estaban allá abajo.
—Ahora, Tim, quédate aquí quietecito —le susurró Jorge a Tim—. Ladra si
alguien viene, pero si no, no. Nosotros vamos a ir abajo, a los sótanos.
—Creo que quizá sea mejor que yo me quede aquí con Tim —dijo Ana de pronto.
No le gustaba nada el oscuro aspecto de la entrada a los sótanos—. Ya sabes, Jorge,
Tim puede asustarse si se queda aquí solo.
Los otros se echaron a reír. Sabían que la pequeña Ana tenía miedo.
Julián la cogió del brazo.
—Te quedarás aquí, pues —le dijo, benévolo—. Le harás compañía al viejo Tim.
Entonces Julián, Jorge y Dick empezaron a andar por la larga serie de escalones
que conducían a los profundos y viejos sótanos del castillo Kirrin. Habían estado allí
el verano anterior, cuando iban a la búsqueda de un tesoro abandonado; ¡ahora,
estaban allí otra vez!
Había allá abajo muchas celdas, unas grandes y otras pequeñas, en las que tiempo
atrás debieron estar encerrados infieles prisioneros.
Los chicos se introdujeron por los oscuros pasadizos. Julián había traído un trozo
de yeso y fue dibujando una raya por las paredes a medida que avanzaban para poder
luego encontrar fácilmente el camino de vuelta.
De pronto se oyeron voces y se percibió una luz. Se detuvieron y hablaron unos a
otros al oído.
—¡Fue en esa habitación donde encontramos el tesoro el año pasado! Ahí es
donde han acampado. ¿Qué ruido haremos?
—Yo haré de vaca —dijo Dick—. Lo hago terriblemente bien. Haré de vaca.
—Yo haré el carnero —dijo Julián—. Jorge, tú haz el caballo. Puedes ponerte a
relinchar como un caballo. ¡Dick, empieza tú!
Dick empezó. Oculto tras una especie de columna rocosa abrió la boca y mugió
tristemente, con mugido de vaca apenada. En seguida los ecos repitieron el mugido
por todos los pasadizos, de tal manera que parecía que un centenar de vacas andaban
vagando por los sótanos mugiendo a la vez.
—¡Muu-uu-uu-UUUUUU, uuu-uu-MUUUUUUU!
Los Stick escucharon pasmados a más no poder, asustados por el repentino y
terrible sonido.
—¿Qué es eso, mamá? —preguntó Edgar, casi con lágrimas en los ojos. Stinker
se acurrucó al fondo de la cueva, aterrorizado.
—Son vacas —dijo el señor Stick, preocupado—. Aquí hay vacas. ¿No oís los
mugidos? Pero ¿por qué tiene que haber aquí vacas?

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—¡No tiene sentido! —dijo la señora Stick recuperándose un poco—. ¡Vacas en
los sótanos! ¡Estás loco! ¡No me vayas a decir que también hay carneros!
Fue muy bueno que ella dijera esto, porque Julián escogió aquel momento para
empezar a balar. Su único y prolongado balido «bee-bee-ee-eee» fue recogido por los
ecos, que lo multiplicaron, pareciendo enteramente que una porción de desgraciados
carneros rondaban por los sótanos.
El señor Stick se puso de pie de inmediato, pálido como una sábana.
—¡No digas que no hay carneros! —dijo—. ¿Qué es eso, si no? Pero ¿qué pasa
en estos sótanos? Nunca lo hubiera imaginado.
—¡Bee-ee-EEEEEEEE! —resonaron los melancólicos balidos. Entonces Jorge se
puso a relinchar como un caballo impaciente.
Luego se puso a golpear el suelo con los pies produciendo un ruido que los ecos
multiplicaban y que llegaban a la habitación de los Stick veinte veces más fuertes.
El pobre Stinker empezó a gimotear lastimeramente. Nunca en su vida había
tenido tanto miedo. Se apretujaba contra el suelo, como si quisiera que la tierra se lo
tragase.
Edgar cogió a su madre por el brazo.
—Vámonos —dijo—. No puedo estar aquí. Hay cientos de vacas, corderos y
caballos rondando por ahí, ya puedes oírlo. Puede que no sean de verdad, pero el
ruido lo hacen y estoy asustado.
El señor Stick se acercó a la puerta de la habitación donde estaban y gritó
fuertemente.
—¡Eh! ¡Quienesquiera que seáis! ¡Marchaos!
Entonces Jorge gritó con voz profunda de caballo:
—¡CHAOS! ¡CHAOS! ¡CHAOS, AOS, AOS!
El señor Stick se metió rápidamente en la habitación y encendió otra vela. Cerró
la gran puerta de madera. Tenía las manos temblorosas.
—Son cosas muy extrañas —dijo—. No podemos estar aquí mucho tiempo si
cada noche sucede lo mismo.
Julián, Dick y Jorge tenían tantas ganas de reír que apenas podían seguir imitando
animales. Jorge se puso entonces a imitar a un cochinillo con un gruñido muy real, y
Dick por poco se muere de risa. Los ecos repitieron los gruñidos por todos sitios.
—¡Vámonos ya! —dijo Julián al final—. Voy a reventar de ganas de reír.
¡Vámonos ya!
«¡Vámonos ya!", susurraron los ecos. "¡Vámonos ya, ya, ya!»
Emprendieron el regreso, guiándose por la raya que había dibujado en la pared
Julián con el yeso. Era imposible equivocar el camino siguiendo aquella línea.
Llegaron por fin a la escalera de entrada y la subieron, encontrando al final a Ana
y Tim.

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La pequeña Ana rió cuando los otros le contaron lo que habían hecho.
—Oímos al viejo Stick gritar que nos marchásemos —dijo Jorge—. Estaba muy
asustado. Y Stinker gemía de un modo que partía el alma. Apuesto a que, después de
esto, los Stick se marcharán mañana. Les hemos dado un buen susto.
—¡Lo hemos pasado en grande! —exclamó Julián—. Fue una lástima que me
entrasen ganas de reír, porque iba a empezar ya a imitar al elefante.
—Es curioso que los Stick estén en la isla —dijo Dick, pensativo—. Se han
marchado de "Villa Kirrin", pero no han venido a buscarnos. Deben de estar en tratos
con los contrabandistas. Seguramente por eso la señora Stick entró a trabajar con tu
madre, Jorge, para estar cerca de la isla cuando llegara el tiempo de que los
contrabandistas necesitaran su ayuda.
—¿No podríamos volver a "Villa Kirrin"? —preguntó Ana, quien, a pesar de que
la isla le gustaba mucho, no se sentía muy cómoda en ella ahora que los malvados
Stick estaban allí.
—¡Volver! ¡Abandonar una aventura justo cuando está empezando! —dijo Jorge
despreciativamente—. ¡Qué tonta eres, Ana! Vuelve tú si quieres, pero estoy segura
de que nadie querrá acompañarte.
—Oh, Ana ante todo quiere estar con nosotros —dijo Julián sabiendo que Ana
podía sentirse ofendida por la sugerencia de marcharse sola—. ¡No te preocupes!
¡Serán los Stick los que se marchen!
—Volvamos a la cueva —dijo Ana, siempre pensando en la seguridad.
Emprendieron el camino a través del patio hasta la pequeña muralla que rodeaba el
castillo. Atravesaron la muralla y se dirigieron a la cueva. Julián encendió la linterna
cuando pensó que nadie vería la luz, porque era imposible ver nada en la oscuridad de
la noche y no quería que ninguno de ellos cayese por el agujero en vez de deslizarse
por la cuerda tranquilamente. Julián encontró por fin el agujero y lo iluminó, por lo
cual los otros pudieron bajar con seguridad al interior de la cueva, uno a uno. Echó
luego un vistazo al oscuro mar cuando algo llamó su atención.
Había una luz mar adentro y estaba haciendo señales. ¡A lo mejor habían visto la
luz de su linterna!
Julián observó, haciendo cábalas sobre si sería un barco haciendo señales, a qué
distancia estaría y por qué hacía las señales.
«Quizá van a llevar más material de contrabando al barco naufragado para que los
Stick lo recojan —pensó—. Cómo me gustaría averiguarlo yendo otra vez al barco.
Pero sería peligroso ir allí de día; los Stick podrían vernos.»
Las señales se producían durante un buen rato, como si estuvieran transmitiendo
un mensaje. Pero Julián no podía descifrarlo. Seguramente se trataba de señales que
debían recibir los Stick.
«¡Bien, pues esta noche no van a ver nada! —pensó Julián—. Creo que los Stick

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no se atreverán a salir de donde están, asustados por las vacas, los carneros y los
caballos que hay en los sótanos.»
Julián tenía razón.
Los Stick no se movieron de los oscuros sótanos en toda la noche.

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Capitulo XVII

UN DISGUSTO PARA EDGAR

Los chicos durmieron bien aquella noche, y como Tim no gruñó estuvieron
seguros de que nada podía haber ocurrido. Se desayunaron magníficamente con
lengua de cerdo, pan con mantequilla, melocotones en conserva y cerveza.
—Se está acabando la cerveza —dijo Julián, apenado—. Es la mejor bebida que
hay.
—Este ha sido el mejor ágape que he tenido nunca —dijo Ana—. Realmente el
mejor. En la isla Kirrin comemos muy bien. Me pregunto si los Stick harán tantas
comidas como nosotros.
—¡Puedes apostar a que sí! —dijo Dick—. Que habrán saqueado la despensa de
tía Fanny y cogido todo lo bueno que hayan encontrado.
—¡Oh, los muy bestias! —dijo Jorge, con los ojos chispeantes—. Nunca me
había parado a pensar que pueden haber robado en la casa y cogido toda clase de
cosas.
—Seguramente lo han hecho —dijo Julián con el ceño fruncido—. Nunca se me
ocurrió pensarlo. Lo malo sería, Jorge, que tu madre regresase sintiéndose débil y se
encontrase con que le han desaparecido un montón de cosas.
—¡Oh, querida! —dijo Ana, desanimada— ¿No sería una cosa terrible?
—Sí —dijo Jorge, muy malhumorada—. Es posible. Son muy capaces. Si se han
atrevido a venir a nuestra isla y vivir aquí, lo mismo pueden haberse atrevido a robar
en casa de mamá. Cómo me gustaría poder descubrirlo.
—Ellos pueden haber traído un montón de cosas en un bote, porque tienen que
haber llegado hasta aquí en un bote. Si han traído cosas robadas, las habrán dejado en
algún sitio de por aquí, supongo que abajo en los sótanos.
—Podemos echar un vistazo por los alrededores sin que nos vean los Stick —
sugirió Dick.
—Vamos a echar un vistazo ahora mismo —dijo Jorge, a quien le gustaba hacer
las cosas en seguida—. Ana, ¿querrás tú quedarte aquí para limpiar y arreglar la
cueva?
Ana dudaba entre acompañar a los otros y volver a jugar a "las casitas". A ella le
gustaba mucho arreglar la cueva y poner cada cosa en su sitio y hacer las camas. Al
final se decidió por esto último.
Los otros se fueron trepando por la cuerda. Tim se quedó con Ana, porque tenían
miedo de que se pusiese a ladrar y los delatase.
Ana lo ató y el can gruñó un poco, pero sin hacer mucho ruido.
Cuando los tres estuvieron encima de la cueva miraron hacia el castillo.

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Allí pudieron ver, no a uno, sino a todos los Stick, que, al parecer, salían de los
sótanos.
Parecían disfrutar mucho del sol y los chicos no se sorprendieron, porque los
sótanos eran fríos y muy oscuros.
Los Stick miraron por todo el derredor. Stinker iba al lado de la señora Stick, con
el rabo abatido.
—Están buscando las vacas, los carneros y los caballos que oyeron esta noche —
susurró Dick a Julián.
Los Stick hablaron entre ellos durante un minuto o dos y luego enfilaron el
camino de la costa que daba frente al barco naufragado. Edgar se dirigió a la
habitación donde primeramente habían pensado los chicos pasar las noches, la que
tenía el techo derrumbado.
—Yo voy a rondar a los dos Stick —susurró Julián a los otros—. Vosotros dos
vigilad a Edgar a ver lo que hace.
Julián desapareció, escondiéndose entre los matorrales mientras seguía la pista de
los Stick. Jorge y Dick se dirigieron con suma cautela al castillo.
Pudieron oír a Edgar silbando. Stinker estaba deambulando por el patio.
Edgar salió de la ruinosa habitación cargado con unos cojines, que evidentemente
habían sido guardados allí. Jorge se puso encarnada de rabia y apretó furiosamente el
brazo de Dick.
—¡Los mejores almohadones de mamá! —susurró—. ¡Oh, los muy bestias!
Dick también se sintió enfadado. Estaba claro que los Stick habían decidido estar
cómodos durante su estancia en la isla. Cogió un montón de tierra del suelo, apuntó
con cuidado y lo lanzó al aire. Un lluvia de tierra cayó entre Edgar y Stinker.
Edgar soltó los almohadones y miró hacia arriba, asustado. Estaba claro que
pensaba que algo había caído del cielo. Jorge cogió otro montón de tierra, apuntó, y
lo lanzó a su vez al aire. Cayó sobre Stinker, y el perro lanzó un aullido y desapareció
por el agujero que conducía a los sótanos.
Edgar miró al cielo y luego a su alrededor con la enorme boca muy abierta. ¿Qué
estaría ocurriendo? Dick aprovechó cuando miraba en dirección opuesta para lanzarle
otro montón de tierra. Esta vez cayó sobre el alarmado Edgar. Entonces Dick hizo un
mugido como él sabía hacerlo, exactamente igual que una vaca furiosa, y Edgar
quedó clavado en el suelo con el terror pintado en su rostro. ¡Otra vez esas vacas!
¿Dónde estaban?
Edgar echó a correr chillando de pavor y desapareció por la entrada de los sótanos
después de haber dejado los almohadones en el suelo.
—¡Rápido! —dijo Dick incorporándose—. Estoy seguro de que no regresará
hasta dentro de unos minutos. Está muy asustado. Vamos a recoger los almohadones
y traerlos aquí.

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Los dos chicos corrieron hacia el patio, cogieron los almohadones y volvieron a
su escondrijo. Dick miró hacia la habitación de donde Edgar los había sacado.
—¿Qué te parece si mirásemos en la habitación a ver si han guardado más cosas?
—dijo—. Tendríamos pruebas de que han robado.
—Yo iré, y tú vigila la entrada de los sótanos —dijo Jorge—. Si ves a Edgar no
tienes más que mugir otra vez y él echará a correr como alma que lleva el diablo.
—Está bien —dijo Dick dirigiéndose rápidamente a la entrada de los sótanos. No
había señal de Edgar ni de Stinker.
Jorge fue a la ruinosa habitación y miró por todos lados. Sí. Los Stick ciertamente
habían robado cosas. Había allí alfombras, objetos de plata y toda suerte de
comestibles. La señora Stick lo habría cogido todo de la gran despensa que había
debajo de la escalera. Jorge corrió a donde estaba Dick.
—¡Hay montones de cosas nuestras! —exclamó en un furioso susurro—. Ven y
ayúdame a cogerlas. Intentaremos sacarlas de allí antes de que aparezca Edgar o
vuelvan sus padres.
Justo mientras estaban hablando los dos juntos oyeron un leve silbido. Miraron a
su alrededor y vieron a Julián que se acercaba.
Se reunió con ellos.
—Los Stick se han ido al barco naufragado en un bote que han sacado de entre las
rocas. El viejo Stick debe de ser un buen marino para saber arreglárselas remando por
entre esas rocas tan difíciles.
—Oh, entonces tendremos tiempo de hacer lo que queremos hacer —dijo Dick,
complacido. Le contó a Julián lo que Jorge había encontrado en la ruinosa habitación.
—¡Malditos ladrones! —dijo Julián, indignado—. No piensan volver a "Villa
Kirrin", eso está claro. Deben de estar de acuerdo con los contrabandistas para
llevarse todas las cosas que han robado en un barco.
—No, no lo harán —repuso Jorge rápidamente—. Nosotros vamos a coger todas
las cosas y llevarlas a la cueva. Dick se quedará vigilando por si aparece Edgar, y tú y
yo, Julián, podemos acarrear las cosas. Las podemos meter en la cueva a través del
agujero del techo.
—¡Muy bien! —dijo Julián—. Podemos hacerlo antes de que vuelvan los Stick.
No creo que tarden demasiado. Probablemente han ido al barco a coger algo del
cofre. Ya sabes que esta noche vi una luz en el mar que seguramente era una señal
que los contrabandistas hacían a los Stick para que fueran a recoger del barco algo
que habían dejado allí.
Jorge y Julián corrieron hacia la ruinosa habitación, apilaron las cosas y cargaron
con ellas, llevándoselas a la parte de encima de la cueva. Les fue todo tan bien que
parecía que los Stick se habían propuesto dejarles las manos libres. ¡Hasta habían
cogido el reloj de la cocina!

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Edgar no apareció, por lo que Dick no tuvo más trabajo que el de sentarse en el
suelo y mirar de lejos a los otros. Después de algún tiempo, Julián y Jorge hicieron
señas a Dick para que fuese con ellos.
—Hemos traído todas las cosas —dijo Julián—. Ahora voy a ir a lo alto de esa
roca para ver si los Stick vuelven. Si todavía están en el barco, empezaremos a meter
las cosas por el agujero de la cueva.
En seguida volvió.
—He podido ver su bote atado al barco —dijo—. Todavía hay para rato. ¡Vamos
a poner las cosas a buen recaudo! A pesar de todo, hemos tenido suerte. Acercaron las
cosas al agujero y llamaron a Ana. —¡Ana! Hemos traído montones de cosas para
meterlas en la cueva. ¡Ponte debajo y ve cogiéndolas!
Pronto toda clase de cosas eran introducidas en la cueva. Ana estaba estupefacta.
Los objetos de plata y todas las demás cosas que podían estropearse con la caída
fueron envueltos en las alfombras y deslizados con una cuerda.
—¡Dios bendito! —exclamó Ana—. ¡Esta cueva parecerá realmente una casa de
verdad cuando haya puesto cada cosa en su lugar!
Justo cuando estaban terminando su tarea, los chicos oyeron voces en la distancia.
—¡Los Stick han vuelto! —dijo Julián yendo a mirar cautelosamente a lo alto de
la cueva. Tenía razón. Habían vuelto en el bote y estaban ahora encaminándose hacia
el castillo, cargados con el cofre del barco.
—¡Sigámoslos, y veamos qué ocurre cuando vean que en la habitación no hay
nada! —dijo Dick—. ¡Vamos todos!
Salieron de la cueva por el agujero y se instalaron detrás de un grupo de matas
desde el cual podían observar sin ser vistos. Los Stick dejaron el cofre en el suelo y
empezaron a mirar por todos sitios buscando a Edgar. Pero a Edgar no se le veía por
ninguna parte.
—¿Dónde está ese chico? —inquirió la señora Stick, impaciente—. Ha tenido
tiempo más que suficiente para hacer lo que tenía que hacer. ¡Edgar! ¡Edgar! ¡Edgar!
El señor Stick se dirigió a la ruinosa habitación y se asomó dentro. Volvió en
seguida.
—Se ha llevado todas las cosas abajo —dijo—. Debe de estar en el sótano. Esa
habitación está completamente vacía.
—Yo le dejé encargado que cuando terminara su tarea se sentara a tomar el sol —
dijo la señora Stick—. ¡Mira que meterse en el sótano! ¡Edgar!
Esta vez Edgar oyó y su cabeza se asomó por la entrada de los sótanos. Parecía
asustado en extremo.
—¡Ven aquí! —dijo la señora Stick—. ¡Te has llevado abajo todas las cosas en
vez de estar sentado tomando el sol como te dije!
—Estoy asustado —dijo Edgar—. Yo no quiero estar aquí solo.

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—¿Por qué no? —preguntó el señor Stick, estupefacto.
—¡Porque han aparecido otra vez las vacas! —dijo el pobre Edgar—. Había
cientos de ellas, papá, todas mugiendo a mi alrededor y tirándome cosas. Son
animales peligrosos, lo son. ¡No quiero estar aquí solo!

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Capitulo XVIII

UN INESPERADO PRISIONERO

Los Stick miraron a Edgar como si se tratase de un loco.


—¿Vacas tirando cosas? —dijo la señora Stick al final—. ¿Qué es lo que quieres
decir? Las vacas no tiran nada.
—Pues éstas lo hicieron —dijo Edgar. Entonces empezó a exagerar las cosas para
recuperar la simpatía de sus padres—. Eran unas vacas horribles. Las había a cientos.
Tenían cuernos largos como los de los renos y mugían horriblemente. Y nos tiraron
cosas a mí y a Tinker. Él también se asustó tanto como yo. Dejé los almohadones en
el suelo y me vine aquí a esconderme.
—¿Dónde están los almohadones? —preguntó el señor Stick mirando alrededor
—. No veo almohadones por ningún sitio. Supongo que me dirás que se los comieron
las vacas.
—¿Te has llevado todas las cosas a los sótanos? —preguntó la señora Stick—.
Porque esa habitación está vacía ahora. No hay nada allí.
—Yo no me he llevado nada abajo —dijo Edgar saliendo cautelosamente de la
entrada de los sótanos—. Yo solté los almohadones justo donde estáis ahora vosotros.
—¡Anda la osa! —dijo el señor Stick, perplejo—. ¿Qué ha pasado aquí? Alguien
se ha llevado los almohadones y también las demás cosas. ¿Dónde las habrán puesto?
—Papá, han sido las vacas —dijo Edgar mirando por todo el rededor como si
esperase ver vacas paseándose con almohadones, alfombras y objetos de plata.
—Basta ya de hablar de vacas —dijo la señora Stick perdiendo los estribos de
pronto—. Hemos mirado por todos sitios y en la isla no hay vacas. Lo que oíamos
anoche era seguramente una especie de ecos extraños que resonaban por los
pasadizos. No, muchacho, no se trata de vacas. Lo que hay que ver es si en la isla hay
alguien más.
Un desolado gruñido llegó de la entrada de los sótanos. Era Stinker, aterrorizado
de estar solo, pero no atreviéndose a salir de los sótanos.
—¡Pobre cordero! —dijo la señora Stick, que parecía tener más cariño al perro
que a cualquier persona—. ¿Qué le ha ocurrido?
Stinker dejó escapar todavía otro abatido lamento y la señora Stick se dirigió a los
sótanos para sacarlo de allí. El señor Stick la siguió y a Edgar le faltó tiempo para irse
también con ellos.
—¡Rápido! —dijo Julián incorporándose—. Ven conmigo, Dick. ¡Aprovechemos
la ocasión para coger el cofre! ¡Corramos!
Los dos muchachos echaron a correr por el patio del ruinoso castillo. Cada uno
cogió un asa del pequeño cofre y se lo llevaron. Llegaron a donde estaba Jorge.

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—Lo llevaremos a la cueva —susurró Julián—. Tú quédate aquí unos minutos y
mira a ver qué ocurre.
Los chicos se dirigieron a la cueva con el cofre. Jorge siguió escondida tras un
matorral, vigilando. A los pocos minutos reapareció el señor Stick y empezó a mirar
alrededor en busca del cofre. Su boca se abrió con signo de gran sorpresa cuando vio
que el cofre había desaparecido. Gritó dirigiéndose a la entrada del sótano.
—¡Clara! ¡El cofre ha desaparecido!
La señora Stick regresaba de abajo al lado de Stinker y seguida de Edgar.
Salió a flor de tierra y miró a su alrededor.
—¿Desaparecido? —dijo, enormemente sorprendida—. ¿Dónde está?
—¡Eso es lo que yo quisiera saber! —dijo el señor Stick—. Lo dejamos aquí hace
unos minutos y desaparece. Se ha marchado sólito al igual que las otras cosas.
—¡Eso es que hay alguien en la isla! —dijo la señora Stick—. Y vamos a
descubrir quién es. ¿Tienes preparada la escopeta?
—Sí —dijo el señor Stick golpeándose el cinturón—. Tú coge una buena estaca.
Iremos con Tinker. Si no conseguimos encontrar a los que nos están estropeando el
plan es que yo no me llamo Stick.
Jorge salió sigilosamente de su escondrijo para avisar a los otros. Antes de
deslizarse por la cuerda cubrió el agujero del techo de la cueva con zarzas. Llegó al
suelo y les contó a los demás lo que había ocurrido.
Julián había estado intentando abrir el cofre, pero todavía estaba cerrado. Miró a
Jorge.
—Tenemos suerte de que todavía nadie haya caído por el agujero del techo —dijo
—. Ahora nos estaremos quietos, y tú, Tim, no vayas a ladrar ni a gruñir.
Durante algún tiempo no se oyó nada. Luego se oyó a distancia un ladrido de
Stinker.
—Quietos ahora —dijo Julián—. Están cerca. Los Stick estaban una vez más
encima de la cueva rebuscando cuidadosamente entre los matorrales. Fueron al gran
matorral donde los chicos solían esconderse y vieron la yerba aplastada que había
allí.
—Alguien ha estado aquí —dijo el señor Stick—. Me pregunto si no estarán en el
centro de este matorral. Es tan espeso que podría ocultar a un ejército. Voy a echar
una ojeada, Clara, mientras tú te quedas aquí con mi escopeta.
Mientras esto ocurría, Edgar correteaba de un lado para otro. Estaba seguro de
que nadie iba a ser tan tonto como para ponerse a vivir dentro de un espinoso
matorral. De pronto vio horrorizado como el suelo fallaba. Sus piernas
desaparecieron por un agujero. Se agarró a unas plantas, pero no logró salir del
atolladero. Iba hacia abajo, hacia abajo, abajo, abajo… ¡crash! Edgar cayó por fin al
suelo, apareciendo ante los pasmados ojos de los chicos, después de aterrizar en un

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montón de arena blanda. Tim al instante se lanzó sobre él con un furioso gruñido,
pero Jorge pudo contenerlo a tiempo.
Edgar estaba medio atontado y muerto de miedo. Estaba tendido en el suelo de la
cueva, gimiendo con los ojos cerrados. Los chicos se miraban unos a otros. Por unos
instantes se sintieron tan perplejos que no sabían qué hacer o qué decir. Tim gruñó
ferozmente, tan ferozmente que Edgar abrió los ojos, asustado. Miró a los cuatro
chicos y al perro lleno de sorpresa y horror.
Abrió la boca para pedir auxilio, pero al punto notó sobre él la mano de Julián.
—Grita, y entonces verás como Tim empieza a morder por donde le dé la gana —
dijo Julián con voz tan furiosa como los gruñidos de Tim—. ¿Ves? Puedes intentarlo.
Tim está deseando morder.
—Yo no pienso gritar —dijo Edgar con voz tan baja que los otros apenas podían
oírle—. Llevaos ese perro.
Jorge le habló a Tim.
—Ahora escucha, Tim: si este chico se pone a chillar, te echas encima de él.
Échate aquí a su lado y enséñale los dientes. Muérdele donde quieras si se pone a
chillar.
—¡Guau! —ladró Tim, pareciendo muy complacido. Se echó en el suelo al lado
de Edgar y el chico intentó moverse. Pero Tim se le echaba encima cada vez que se
movía.
Edgar miró a los chicos.
—¿Qué estáis haciendo en esta isla? —preguntó—. Nosotros creíamos que os
habíais ido a casa.
—¡Es nuestra isla! —exclamó Jorge con fiera voz—. Nosotros tenemos perfecto
derecho a estar aquí si se nos antoja, pero vosotros no. ¡De ninguna manera! ¿Para
qué habéis venido aquí, tú, tu padre y tu madre?
—No lo sé —repuso Edgar, huraño.
—Será mejor que nos lo digas —dijo Julián—. Sabemos que estáis en tratos con
contrabandistas.
Edgar pareció sorprenderse.
—¿Contrabandistas? —dijo—. No sé nada de eso. Papá y mamá no me cuentan
nada. Yo no quiero tener tratos con contrabandistas.
—¿De veras que no sabes nada? —dijo Dick—. ¿No sabes para qué habéis
venido a la isla de Kirrin?
—No sé nada —dijo Edgar con tono insolente—. Papá y mamá nunca me cuentan
nada. Eso es todo. No sé nada de contrabandistas. Os lo digo.
Estaba enteramente claro para los chicos que Edgar realmente no conocía las
razones por las que sus padres habían ido a la isla.
—Bien. No me sorprende que no quieran revelar sus secretos a "Cara Sucia" —

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dijo Julián—. Apuesto a que en seguida se iría de la lengua. De todas formas,
sabemos que éste es un asunto de contrabandistas.
—Dejadme marchar —dijo Edgar hoscamente—. No tenéis derecho a retenerme
aquí.
—No pensamos dejarte marchar —dijo Jorge rápidamente—. Tú eres nuestro
prisionero ahora. Si te dejásemos ir con tus padres les contarías que nos has visto, y
no tenemos intención de que se enteren de que estamos aquí. Has de saber que
pensamos deshacer su plan.
Edgar comprendió. Comprendió un montón de cosas.
—¿Fuisteis vosotros los que se llevaron los almohadones y las otras cosas? —
preguntó.
—Oh, no, querido Edgar —contestó Dick—. Fueron las vacas, ¿verdad? ¿Es que
no te acuerdas de lo que le contaste a tu madre sobre centenares de vacas que mugían
y te echaban cosas encima y se llevaron los almohadones que dejaste en el suelo?
Seguramente que no has olvidado el asunto de las vacas.
—Entonces ¿fuisteis vosotros? —dijo Edgar, ceñudo—. ¿Qué vais a hacer
conmigo? Está claro que yo no pienso seguir aquí.
—Pero seguirás, "Cara Sucia" —dijo Julián—. Tú te estarás aquí hasta que te
dejemos marchar, y esto no ocurrirá hasta que hayamos aclarado el pequeño misterio
de los contrabandistas. Y te advierto que cualquier metedura de pata por tu parte será
castigada por Tim.
—Sois una pandilla de bestias —dijo Edgar al ver que no podía hacer otra cosa
que obedecer a los chicos—. Mi padre y mi madre se pondrán furiosos contra
vosotros.
Su padre y su madre estaban en aquel momento pasmados a más no poder. No
habían encontrado, por supuesto, a nadie escondido en el matorral. Cuando el señor
Stick terminó la búsqueda miró a su alrededor para ver dónde estaba Edgar.
Pero a Edgar no se le veía por ningún sitio.
—¿Dónde está ese estúpido chico? —dijo, y gritó—: ¡Edgar! ¡ED… GAR!
Pero no hubo respuesta. Los Stick emplearon una buena porción de tiempo en
busca de Edgar encima y debajo del suelo. La señora Stick estaba convencida de que
el pobre Edgar se había metido en los sótanos e intentó enviar a Stinker a buscarlo.
Pero Stinker no llegó más allá de la primera celda. Recordaba los peculiares ruidos
que se habían producido durante la noche última y no estaba en forma para explorar
los sótanos.
Julián, una vez terminado con Edgar, fijó su atención en el cofre.
—Voy a abrirlo de algún modo —dijo—. Estoy seguro de que dentro hay cosas de
contrabando, pero no sé cómo hacerlo.
—Tendrás que romper las cerraduras —dijo Dick. Julián cogió un trozo de roca e

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intentó romper las dos cerraduras. Consiguió romper una después de un rato más
tarde cedió también la segunda. Los chicos levantaron la tapa y miraron dentro.
Encima de todo había un cubrecama de niño, bordado con conejitos blancos.
Julián lo levantó, esperando ver debajo las cosas de contrabando. Pero, ante su
asombro lo que había debajo era ropa infantil. La fue sacando. Eran dos jerseys
azules, una falda azul, camisetas y pantalones y una casaca. Al final de todo había
varias muñecas y un oso de felpa.
—¡Cáspita! —exclamó Julián, extrañado—. ¿Para qué es todo esto? ¿Por qué los
Stick habrán traído esto a la isla, y por qué los contrabandistas lo escondieron en el
cofre? ¡Es un rompecabezas!
—¿De quién serán? Cómo me gustaría que fueran mías ¿no es extraordinario? —
dijo Ana.

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Capítulo XIX

UN GRITO EN LA NOCHE

Nadie podía contestar a la sorprendida pregunta de Ana. Los chicos permanecían


perplejos, contemplando el cofre. Era, en verdad, un alijo muy extraño. Recordaron
las otras cosas que había en el barco naufragado, como las latas de comida. Había en
la pequeña isla Kirrin unas cosas extrañas para el contrabando.
—Es fantástico —dijo Dick al final—. Pensar que habíamos creído que todo se
aclararía cuando abriéramos el cofre y ha sucedido todo lo contrario: el misterio es
más profundo ahora.
En aquel momento se dejaron oír las voces de los padres de Edgar llamando a su
hijo. Pero Edgar no se atrevía a contestarles. La nariz de Tim estaba apoyada contra
una de sus piernas. Podía ser mordido en cualquier momento. Tim gruñía de vez en
cuando para recordarle a Edgar que todavía estaba allí.
—¿Sabes algo del barco que hacía señales la última noche? —preguntó Julián
volviéndose a Edgar.
El muchacho movió la cabeza.
—No he oído nada de señales —dijo—. Sólo oí a mi madre decir que esperaba
que esta noche llegase el Vagabundo, pero yo no sé qué es lo que quiso decir.
—¿El Vagabundo? —dijo Jorge al punto—. ¿Qué es eso? ¿Una persona, un
barco, o qué?
—No lo sé —repuso Edgar—. Si me hubiera atrevido a preguntarlo me hubiera
llevado un buen sopapo en la oreja. Averiguadlo vosotros.
—Lo averiguaremos —dijo Julián—. Vigilaremos esta noche por si aparece el
Vagabundo. Gracias por la información.
Los chicos pasaron buena parte del día sin hacer nada y algo aburridos, todos
menos Ana, que tenía muchas cosas que arreglar otra vez. ¡Realmente la cueva
parecía mucho más una casa de verdad cuando hubo terminado! Puso los cobertores
sobre las camas y las alfombras en el suelo. ¡La cueva tenía un aspecto de lo mejor!
A Edgar no le permitieron salir de la cueva y Tim no lo dejaba ni un momento. Se
pasó mucho rato durmiendo, mostrando a las claras que el miedo a las vacas le había
impedido pegar ojo durante la última noche.
Los otros discutían sus planes en voz baja. Decidieron hacer guardia encima de la
cueva de dos en dos aquella noche. Querían saber lo que iba a ocurrir. Si el
Vagabundo llegaba, harían rápidamente nuevos planes.
El sol se puso. Llegó la noche y la oscuridad se cernió sobre el mar. Edgar
roncaba sonoramente después de haber tomado una buena ración de sardinas para
cenar, con bocadillos de carne de buey, albaricoques y leche. Ana y Dick fueron a

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hacer la primera guardia. Eran poco más de las diez y media.
A las doce y media Julián y Jorge treparon por la nudosa cuerda y se reunieron
con los otros dos. No tenían nada que contar. Volvieron al interior de la cueva, se
metieron en sus confortables camas y se pusieron a dormir. Edgar estaba roncando en
su rincón y Tim le vigilaba.
Julián y Jorge miraron hacia el mar, intentando encontrar algún barco. Había
salido la luna aquella noche y el paisaje no era del todo oscuro. De pronto oyeron
hablar en voz baja y pudieron ver dos oscuras figuras bajo las rocas.
—Los dos Stick —susurró Julián—. Yendo otra vez al barco hundido, supongo.
Se oyó un ruido de remos y los chicos vieron un bote avanzando por el agua. Al
mismo tiempo Jorge cogió por el brazo fuertemente a Julián señalando a un punto del
mar. Una luz estaba encendida a bastante distancia, desde un barco que los chicos
apenas podían distinguir. Entonces una nube cubrió la luna y no pudieron ver nada
durante algún tiempo.
Aguardaron jadeantes. ¿Se trataría aquella sombra del barco del Vagabundo? ¿O
el Vagabundo era el dueño? ¿Estaban los contrabandistas trabajando aquella noche?
—¡Hay otro bote que se acerca, fíjate! —exclamó Jorge—. Debe de venir de
aquel barco que hay a lo lejos. Ahora que la luna ha salido otra vez podrás verlo. Se
está acercando al barco hundido. Supongo que allí tendrán su lugar de reunión.
Entonces, muy irritantemente, la luna desapareció otra vez sobre una nube, y
estuvo oculta tanto tiempo que los chicos no podían contener su impaciencia. Al final
volvió a salir y a iluminar el agua.
—Ambos botes están alejándose del barco ahora —dijo Julián excitadamente—.
Se ve que han tenido ya su reunión y han traído las cosas de contrabando, supongo, y
el otro, el bote de los Stick, vuelve a la isla con el alijo. Seguiremos a los Stick
cuando regresen y veremos dónde guardan el alijo.
Durante un rato el bote de los Stick fue acercándose a la costa. Los chicos no
pudieron ver nada entonces, pero luego vieron de pronto a los Stick camino del
castillo. El señor Stick llevaba al hombro lo que parecía un gran paquete. No
pudieron ver si la señora Stick llevaba también algo.
Los Stick llegaron al patio del castillo y se dirigieron a la entrada de los sótanos.
—Van a guardar allí el alijo —susurró Julián a Jorge. Los chicos estaban ahora
observando desde detrás de una tapia cercana—. Volvamos a la cueva y contémosles
a los otros lo que hemos visto. Tenemos que hacer nuevos planes. Tenemos que
rescatar el alijo e ir al pueblo para contárselo a la policía.
En aquel momento un grito rompió el silencio de la noche. Era un alarido terrible,
que asustó en gran manera a los chicos.
No tenían la menor idea de dónde procedía.
—¡Rápidos! ¡Puede haber sido Ana! —gritó Julián. Los dos corrieron a más no

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poder hacia el agujero del techo de la cueva y se introdujeron en ésta descendiendo
por la cuerda. Julián miró por todo el rededor ansiosamente. ¿Qué podía haberle
ocurrido a Ana para hacerla gritar de esa manera?
Pero Ana estaba apaciblemente dormida en su cama, lo mismo que Dick. Edgar
seguía roncando y Tim vigilándole con los ojos verdes muy abiertos.
—Es fantástico —dijo Julián, todavía sobrecogido—. Es una cosa terriblemente
extraña. ¿Quién ha gritado de esa manera? No puede haber sido Ana, porque si lo
hubiera hecho habría despertado a los otros.
—Bien. ¿Quién ha gritado, entonces? —preguntó Jorge sintiéndose algo asustada
—. ¿No parece algo sobrenatural, Julián? No me gusta. Era alguien que estaba
horrorizado por algo. Pero ¿quién podrá ser?
Despertaron a Dick y a Ana y les contaron lo del extraño grito. Ana estaba
sobrecogida. Dick quedó muy interesado al enterarse de que dos botes se habían
dirigido al barco naufragado, y que los Stick habían regresado con un alijo o algo
parecido y lo habían guardado en los sótanos.
—¡Tenemos que arreglárnoslas para sacarlo de allí! —dijo, muy animado—. Nos
divertiremos de lo lindo.
—¿Por qué pensasteis que era yo la que gritaba? —preguntó Ana—. ¿Es que
parecía el grito de una niña?
—Sí. Sonó como los gritos que tú das cuando te damos un susto de repente —dijo
Julián—. Era el grito de una niña, no de un muchacho.
—Es extraño —dijo Ana. Se metió otra vez en la cama; y Jorge lo hizo a su lado.
—Oh, Ana —dijo Jorge, disgustada—, has llenado la cama de muñecas y ese oso
de felpa está también aquí. ¡Realmente, eres una criatura!
—No, no lo soy —dijo Ana—. Las muñecas y el oso de felpa sí que son criaturas
que están asustadas y se sienten muy solas porque no están con su amita. Por eso las
he metido en la cama. Estoy segura que a la niña le gustará.
—¡La niña! —dijo Julián despacio—. Nos ha parecido oír esta noche el grito de
una niña, y muñecas. ¿Qué relación puede tener todo esto?
Hubo un silencio. Luego Ana habló excitadamente.
—¡Ya sé! ¡Las cosas de contrabando son una niña! Ellos han raptado a una niña y
ésas son sus muñecas, que han robado junto con los vestidos para que ella se
entretenga jugando y pueda también vestirse cuando haga falta. La niña está aquí, en
la isla, y vosotros oísteis su grito de horror cuando los Stick la metían en los sótanos.
—Bien, creo que Ana ha dado en el clavo —dijo Julián—. ¡Inteligente que es!
Pienso que tienes razón. No son contrabandistas los que están usando la isla, ¡son
secuestradores!
—¿Qué son secuestradores? —preguntó Ana.
—Gente que raptan niños o personas mayores y las ocultan en cualquier sitio

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hasta que una gran cantidad de dinero es pagada por ellos —explicó Julián—. Esa
cantidad se llama rescate. Hasta que el rescate es pagado, el prisionero permanece en
poder de los secuestradores.
—Bien, eso es lo que ha ocurrido aquí entonces —dijo Dick—. ¡Apuesto a que
eso es! Se ve que han raptado a una niña rica y la han llevado al barco naufragado
para que la recojan los Stick. ¡Malvada gente!
—Y oímos el grito de la niñita justo cuando la metían en los sótanos —dijo Jorge
—. Julián, tenemos que rescatarla.
—Sí desde luego. No tenemos miedo. La rescataremos.
Edgar se despertó y se unió a la conversación de pronto.
—¿De qué estáis hablando? —dijo—. ¿Rescatar a quién?
—Nada que te interese —dijo Julián.
Jorge lo zarandeó y le susurró:
—Lo que esperamos nosotros es que la madre del querido Edgar esté tan
trastornada por la pérdida de su hijito como la madre de la niña —dijo.
—Mañana encontraremos a la niña y la rescataremos —dijo Julián—. Supongo
que los Stick la tendrán bien vigilada, pero ya veréis cómo encontraremos la manera.
—Estoy cansada ahora —dijo Jorge echándose en la cama—. Vamos a dormir. Si
nos acostamos temprano, nos despertaremos descansados y frescos. Oh, Ana, pon
esas muñecas en su sitio. No voy a dormir con tres de ellas.
Ana cogió las muñecas y el oso y los sacó de la cama.
—No os preocupéis —oyó Jorge que decía—. Yo cuidaré de vosotros hasta que
volváis con vuestra amita. Dormid tranquilos.
Pronto estuvieron todos dormidos. Todos menos Tim. que tenía siempre un ojo
abierto. No había necesidad de poner a nadie de guardia si estaba con ellos Tim. Era
el mejor guardián que podía haber.

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Capítulo XX

¡UN RESCATE Y UN NUEVO PRISIONERO!

Al día siguiente Julián se despertó temprano y subió por la cuerda para observar
desde encima de la cueva si los Stick andaban cerca. Los vio saliendo de los sótanos.
La señora Stick aparecía pálida y contrariada.
—Tenemos que encontrar a nuestro Edgar —empezó a decir a su marido—. Te
digo que tenemos que encontrarlo. No está abajo en los sótanos. Eso lo sé bien. Nos
hemos quedado roncos llamándolo ahí abajo.
—Y tampoco está en la isla —dijo el señor Stick—. La hemos registrado toda
ayer. Yo creo que quienesquiera que sean los que nos han quitado las cosas son los
mismos que han cogido a Edgar. Eso es lo que yo pienso.
—Bien. Deben de habérselo llevado a tierra firme entonces —dijo la señora Stick
—. Será mejor que cojamos nuestro bote y regresemos a tierra firme y hagamos unas
cuantas preguntas. Lo que yo quiero saber es quién ha sido el que se ha interferido en
nuestros planes y nos ha cogido las cosas. Estoy perpleja.
—¿Crees que debemos marcharnos ahora? —dijo el señor Stick, dubitativo—.
Suponte que los que han estado aquí ayer continúan todavía en la isla. Podrían
meterse en los sótanos.
—No están aquí ya. Usa tu sentido común si es que tienes alguno —dijo la señora
Stick—. Si no se hubieran marchado, tarde o temprano habríamos oído los gritos de
Edgar. Te digo que lo han cogido y se han marchado con él y con todas las cosas.
Esto no me gusta nada.
—¡Está bien! ¡Está bien! —dijo el señor Stick con tono de fastidio—. Ese chico
es siempre una incomodidad para nosotros, siempre se mete en líos.
—¿Cómo puedes hablar del pobre Edgar así? —gritó la señora Stick—.
¡Imagínate al pobre chico prisionero de extraños! Sin saber a dónde lo llevarán; debe
de estar muy asustado al no estar yo con él.
Julián se sintió disgustado. Ahí estaba la señora Stick hablando en ese tono de
"Cara Sucia", y mientras, tenía una niñita encerrada en los sótanos, ¡mucho más
pequeña que Edgar! Qué bestia era.
—Y ¿qué hacemos con Tinker? —preguntó el señor Stick con tono huraño—.
¿No será mejor que lo dejemos aquí para que haga guardia a la entrada de los
sótanos? Me refiero en caso de que te hayas equivocado y haya alguien todavía en la
isla.
—Oh, dejaremos aquí a Tinker —dijo la señora Stick sentándose en el bote. Julián
los vio embarcar, dejando al perro en la isla. Tinker los miró correteando de un lado
para otro, con el rabo entre las piernas. Entonces se volvió y corrió hasta el patio del

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castillo y se sentó tristemente al sol. Se sentía muy desgraciado. Tenía las orejas
enderezadas y miraba asustado de un sitio para otro. No le gustaba aquella extraña
isla ni los inesperados ruidos que se producían de vez en cuando.
Julián volvió a meterse en la cueva, deslizándose por la cuerda, cosa que asustó
en gran manera a Edgar.
—Salgamos y os contaré mis planes —dijo a los otros—. No quiero que Edgar se
entere.
Salieron de la cueva. Ana había preparado el desayuno mientras Julián estaba
fuera y el agua de la hornilla hervía alegremente.
—¡Oíd! —dijo Julián—. Los Stick se han marchado en su bote a tierra firme para
ver si pueden encontrar a su precioso y querido Edgar. La señora Stick está irritada y
angustiada porque piensa que lo han raptado y debe de sentirse muy asustado y solo.
—¡Ya está bien! —dijo Jorge—. ¿Y no piensa que la niñita debe de estar mucho
más horrorizada? ¡Qué mujer más horrible es!
—Tienes razón —dijo Julián—. Bien. Lo que propongo que hagamos es que
vayamos a los sótanos, rescatemos a la niña y la traigamos aquí a la cueva para que
tome el desayuno. Luego la llevaremos a tierra firme en nuestro bote, iremos a la
policía, averiguaremos dónde están sus padres y les telefonearemos para decirles que
su hijita está a salvo.
—¿Qué haremos con Edgar? —preguntó Ana.
—¡Yo lo diré! —dijo Jorge al punto—. ¡Meteremos a Edgar en la celda donde
esté encerrada la niña! ¡Imaginad lo perplejos que se quedarán los padres cuando
vean que la niñita ha desaparecido y que en lugar de ella está encerrado su querido
Edgar!
—¡Oooh! Ésa es una buena idea —dijo Ana, y los otros rieron, concordes.
—Tú quédate aquí, Ana, y prepara un poco de pan y mantequilla para la niña —
dijo Julián. Él sabía que Ana odiaba meterse en los sótanos.
Ana movió la cabeza, complacida.
—Está bien, lo haré. Voy a apartar un poco la olla de la hornilla porque el agua
hace rato que está hirviendo.
Todos volvieron al interior de la cueva.
—Ven con nosotros, Edgar —dijo Julián—. Y tú también, Tim.
—¿Adónde vais a llevarme? —dijo Edgar, suspicaz.
—A un sitio muy confortable, donde las vacas no podrán cogerte —dijo Julián—.
¡Vamos! ¡Levántate!
—Gr-r-r-r-r-r-r —amenazó Tim apoyando la nariz contra la pierna de Edgar.
Edgar se levantó prontamente.
Todos treparon por la cuerda, uno tras otro, aunque Edgar estaba terriblemente
asustado y pensaba que no podría, pero con Tim amenazándole abajo trepó con

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notable rapidez y fue ayudado a salir por Julián.
—¡Ahora, en marcha, rápido! —dijo Julián, que quería tener terminada la tarea
antes de que regresasen los Stick. Rápidamente, pues, fueron todos por entre las
rocas, por la muralla y por el patio del castillo.
—Yo no quiero meterme en los sótanos con vosotros —dijo Edgar, alarmado.
—Pues lo harás, "Cara Sucia" —dijo Julián amablemente.
—¿Dónde están papá y mamá? —preguntó Edgar mirando ansiosamente
alrededor.
—Esas vacas se los han llevado —dijo Jorge—. Ya sabes, aquellas que mugían y
se llevaron las cosas.
Todos se echaron a reír, excepto Edgar, que estaba asustadísimo y pálido. No le
gustaba esa clase de aventuras. Los chicos se dirigieron a la entrada de los sótanos y
pudieron ver que los Stick no sólo habían cerrado ésta con la piedra habitual, sino que
habían puesto encima un montón de pesados trozos de roca.
—¡Vaya con tus padres! —dijo Julián a Edgar—. Saben fastidiar a la gente.
Vamos, moveos todos. Hay que despejar la entrada. Edgar, tú también nos ayudarás.
¡Vamos! Lo vas a pasar mal si no lo haces.
Edgar empezó a trabajar junto con los demás, y una a una las rocas fueron
apartadas. Entonces la pesada piedra que normalmente cubría la entrada fue levantada
también y aparecieron por fin los escalones de los sótanos, que allá abajo se
sumergían en la oscuridad.
—¡Allí está Tinker! —gritó de pronto Edgar señalando a unos matorrales que
había a cierta distancia. Tinker estaba allí, oculto, horrorizado de ver de nuevo a Tim.
—Menuda pieza está hecho Stinker —dijo Julián—. No, Tim, no te lo comas.
¡Quieto aquí! ¡No lo ibas a pasar muy bien si te lo comieses!
Tim lamentaba mucho no serle posible dar caza a Stinker. ¡Ya que no le dejaban
cazar conejos, por lo menos deberían permitirle cazar a Stinker! Todos se metieron en
los sótanos. Las señales blancas de yeso que había hecho Julián estaban todavía allí,
por lo que les fue fácil llegar hasta la celda donde los chicos, en el verano anterior,
habían encontrado montones de lingotes de oro. Ellos estaban seguros de que en
aquella celda habían encerrado a la niña raptada, porque tenía una gran puerta de
madera que podía ser cerrada por fuera con fuertes cerrojos.
Se acercaron a la puerta. Efectivamente, estaba cerrada a cal y canto. No se oía
ruido alguno que proviniese del interior. Tim se apoyó en la puerta, gimoteando
levemente. Él sabía que dentro había alguien.
—¡Eh! —gritó Julián, fuerte y animadamente—. ¿Estás bien? ¡Vamos a
rescatarte!
Se oyó una especie de ruido, como si alguien se hubiese levantado de un taburete.
Entonces se oyó una voz suave.

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—¡Hola! ¿Quiénes sois? ¡Oh, por favor, sacadme de aquí! ¡Estoy muy sola y
asustada!
—¡Vamos a abrir la puerta! —dijo Julián en tono animoso—. No te asustes, que
todos somos niños. Pronto estarás a salvo.
Descorrió los cerrojos y abrió la puerta. Dentro de la celda, a la luz de una
lámpara, se veía una niñita, con la cara asustada y muy blanca y grandes ojos negros;
el pelo rojo oscuro le caía por las mejillas y se notaba que había estado llorando
amargamente, porque tenía la cara sucia y llena de lágrimas. Dick se le acercó y la
rodeó con el brazo.
—Todo va bien ahora —dijo—. Estás salvada. Te llevaremos con tu madre.
—Quiero ir con ella, quiero ir con ella —dijo la niñita con lágrimas en los ojos
otra vez—. ¿Por qué estoy aquí? No me gusta estar aquí.
—Oh, no es más que una aventura que has tenido —dijo Julián—. Ahora ya casi
ha terminado. Sólo le falta un poquitín. Te llevaremos a nuestra cueva para darte el
desayuno. Tenemos una cueva muy bonita.
—Oh, ¿tenéis una cueva? —dijo la niñita restregándose los ojos—. Quiero ir con
vosotros. Me gustáis, pero los otros no.
—Desde luego que no —dijo Jorge—. ¡Mira! Este es Tim, nuestro perro. Él
quiere ser amigo tuyo.
—¡Qué perro más bonito! —exclamó la niña poniendo los brazos alrededor del
cuello de Tim. En la lamió con fruición. Jorge estaba contenta. Puso su brazo
alrededor de los hombros de la niña.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Jennifer Mary Armstrong —dijo la niñita—. ¿Y tú?
—Jorge —dijo Jorge, y la niñita asintió, creyendo que Jorge era chico, no una
chica, porque llevaba pantalones lo mismo que Julián y Dick y tenía el pelo corto y
muy rizado.
Los otros dijeron también sus nombres y entonces ella miró a Edgar, que no había
dicho nada hasta entonces.
—Éste es "Cara Sucia" —dijo Julián—. No es amigo nuestro. Fueron su padre y
su madre quienes te encerraron aquí, Jennifer. Ahora nosotros vamos a dejarle en tu
sitio. ¡Menuda sorpresa se van a llevar cuando lo encuentren aquí!
Edgar dio un grito de espanto e intentó escaparse. Pero Julián, de un fuerte
empujón, lo metió en la celda.
—¡Esta es la única manera de demostrar a gente como tú y tus padres que la
maldad cuesta cara! —dijo el chico desaforadamente—. Y esto lo hacemos para
castigarte. La gente como tú no entiende de blanduras. Creías que éramos blandos y
tontos, ¿verdad? Pues bien; hora vas a tener la misma experiencia que Jennifer. Es
algo que os conviene a ti y a tus padres. ¡Adiós!

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Edgar empezó a gemir lleno de miedo cuando notó que Julián echaba totalmente
los cerrojos de la puerta.
—¡Me voy a morir de hambre! —gritó.
—Oh, no tengas miedo —dijo Julián—. Ahí dentro hay agua y comida en
abundancia. Aunque no te estaría mal pasar a la fuerza un poco de hambre.
—¡Ten cuidado, no te vayan a llevar las vacas! —gritó Dick. Acto seguido emitió
un perfecto mugido, con gran susto de Jennifer, porque los ecos lo repetían por todos
los pasadizos.
—Son los ecos —le explicó Jorge sonriéndole a la luz de la linterna. Edgar gemía
y lloraba como un niño.
—Es un cobardica, ¿verdad? —dijo Julián—. Vámonos ya de aquí. Tengo unas
ganas terribles de desayunar.
—Yo también —dijo Jennifer cogiendo a Julián de la mano—. Cuando estaba
encerrada no tenía hambre, pero ahora sí. Gracias por haberme rescatado.
—No hay que hablar de eso —dijo Julián—. Ha sido un placer para nosotros y
nos ha gustado mucho dejar a "Cara Sucia" en tu lugar.
Emprendieron el camino por los oscuros y húmedos pasadizos de los sótanos,
pasando por muchas celdas, grandes y pequeñas, que había en el camino. Al final
llegaron a los escalones de la entrada y pronto estuvieron bañados por la
deslumbrante luz del sol.
—¡Oh! —exclamó Jennifer aspirando fuertemente la fresca y olorosa brisa
marina—. ¡Oh, qué bonito es esto! ¿Dónde estamos?
—En nuestra isla —dijo Jorge—. Y éste es nuestro ruinoso castillo. A ti te
trajeron aquí la última noche en un bote. Nosotros te oímos gritar y por eso
adivinamos que te habían hecho prisionera.
Pronto estuvieron encima de la cueva y Jennifer quedó pasmada de verlos a todos
desaparecer deslizándose por la cuerda. Ella hizo lo mismo y pronto estuvo dentro.
—Divertido, ¿verdad? —dijo Julián a Jorge—. ¡A fe que esa niñita ha tenido una
aventura más emocionante que las nuestras!

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Capítulo XXI

UNA VISITA A LA COMISARIA DE POLICÍA

A Ana le resultó muy simpática Jennifer y le dio un beso y un abrazo. Jennifer


miró a su alrededor, contemplando la bien aderezada cueva, y entonces dio un grito
de sorpresa y alegría. Señaló a la bien hecha cama de Ana, donde había unas lindas
muñecas y un gran oso de felpa.
—¡Mis muñecas! —dijo—. ¡Oh, y también el oso de felpa! Oh, oh, ¿dónde las
habéis encontrado? ¡Las he echado mucho de menos! Oh, Josefina, Ángela, Rosebud
y Marigold, ¿me habéis echado de menos?
Abrazó a sus muñecas. Ana había escuchado con gran interés los nombres de
cada una.
—Las he cuidado muy bien —le dijo a Jennifer—. Están todas completamente
bien.
—Oh, gracias —dijo la niñita, sintiéndose muy feliz—. Sois muy agradables
todos. ¡Oh, qué magnífico desayuno!
Lo era en efecto. Ana había abierto una lata de salmón, otra de albaricoques y otra
de leche y había preparado pan con mantequilla y un gran jarro de chocolate. Jennifer
se sentó y empezó a comer. Estaba muy hambrienta y, mientras comía, empezó a
desaparecer su palidez.
Los chicos hablaron animadamente mientras comían. Jennifer les contó todo lo
que le había pasado.
—Estaba jugando en el jardín con la niñera —dijo— y de pronto, cuando la
niñera se había metido en la casa para buscar algo, un hombre saltó por la valla y me
envolvió la cabeza con un pañolón y me sacó de allí. Fuimos al mar y pude oír el
ruido de las olas chocando con la orilla y supuse que me habían metido en un bote.
Luego me llevaron a un barco grande y me metieron en un camarote durante dos días.
Luego me trajeron aquí una noche. Estaba tan asustada que di un grito.
—Ése fue el grito que oímos nosotros —dijo Jorge—. Fue una suerte que lo
oyéramos. Habíamos creído que se trataba de algo relacionado con el contrabando y
no pensamos en ningún rapto hasta que te oímos gritar, aunque habíamos encontrado
el cofre con tus trajes y juguetes.
—No sé cómo el hombre pudo traer eso —dijo Jennifer—. Quizás le ayudó una
criada. Tenemos una que no me es nada simpática. Se llama Sara Stick.
—¡Ah! —dijo Julián al punto—. La cosa está clara. El señor y la señora Stick
fueron los que te trajeron a la isla. Sara Stick, tu criada, debe de estar relacionada con
ellos. Seguramente anduvieron en tratos con alguien que tuviera un barco en
propiedad y en él te trajeron aquí para ocultarse.

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—Buen sitio para esconderla —dijo Jorge—. Nadie salvo nosotros la hubiera
encontrado.
Siguieron dando buena cuenta de todo el desayuno, tomaron un poco más de
chocolate y discutieron sus futuros planes.
—Cogeremos el bote e iremos a tierra firme esta mañana —dijo Julián—. Iremos
directamente a la comisaría de policía con Jennifer. Espero que los periódicos estén
llenos de noticias de su desaparición y que la policía la reconozca en seguida.
—Confío en que atrapen a los Stick —dijo Jorge—. Espero que no desaparezcan
como por ensalmo cuando se enteren de que Jennifer ha sido encontrada.
—Sí. Tenemos que prevenir a la policía sobre eso —dijo Julián, pensativo—. Será
mejor que no se divulgue la noticia hasta que hayan cogido a los Stick. Me pregunto
dónde estarán ahora.
—Yo no quisiera dejar esta cueva tan bonita —dijo Jennifer, que estaba ahora
muy contenta—. Me gusta vivir aquí. ¿Volveréis después a la isla, Julián?
—Sí. Regresaremos para vivir aquí unos días más, supongo —dijo Julián—. En
casa de nuestra tía no hay nadie ahora porque ella está fuera, enferma, y nuestro tío
está con ella. Nosotros estaremos en nuestra isla hasta que ellos vuelvan.
—Oh ¿podría yo volver con vosotros? —imploró Jennifer, con su redonda carita
iluminada por la alegría de pensar que podía ir a vivir en la cueva de la isla con unos
chicos y un perro tan simpáticos—. ¡Oh, dejadme! Me gustaría mucho. Y Tim me es
muy simpático.
—No creo que tus padres quieran, sobre todo teniendo en cuenta que te han
raptado —dijo Julián—. Pero, de todos modos, puedes pedirles permiso.
Todos fueron al bote. Julián lo empujó para meterlo en el mar y Jorge empuñó los
remos, sorteando el laberinto de rocas. Vieron el barco naufragado, cosa que interesó
una enormidad a Jennifer. Pero no quisieron detenerse. Pensaron que era mejor llegar
a tierra lo antes posible.
Pronto llegaron a la playa. Alf, el muchacho pescador, estaba allí.
Los vio y les hizo señas. Corrió para ayudarlos a meter el bote en la arena.
—Estaba a punto de coger mi bote —dijo—. Su padre ha vuelto, «señorito
Jorge». Pero no su madre. Ella se encuentra mejor y regresará dentro de una semana.
—Y ¿por qué ha vuelto mi padre solo? —preguntó Jorge, sorprendida.
—Estaba preocupado porque nadie contestaba al teléfono —explicó Alf—. Vino a
verme y me preguntó que dónde estabais. Yo no se lo dije, por supuesto. Guardé el
secreto. Pero yo me proponía esta mañana ir a avisaros. Él volvió esta noche última, y
¡cómo se puso! No había nadie en la casa para prepararle comida, todo estaba
revuelto y la mitad de las cosas habían desaparecido. Él está ahora en la comisaría de
policía.
—¡Caramba! —exclamó Jorge—. El mismo sitio a donde vamos a ir nosotros

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ahora. Nos lo encontraremos allí. Oh, queridos, espero que no esté de muy mal
humor. No se puede hacer nada cuando mi padre está enfadado.
—¡Vamos! —dijo Julián—. En cierto modo es una suerte que tu padre esté allí,
Jorge. Podemos explicarlo todo a él y a la policía al mismo tiempo.
Se despidieron de Alf, que se encontraba muy sorprendido de ver a Jennifer con
los otros. No podía comprender de dónde la habían sacado. Ciertamente ella no había
ido a la isla con los demás, pero había regresado en su mismo bote. ¿Qué era aquello?
Era algo misterioso para Alf.
Los chicos llegaron a la comisaría de policía y franquearon la entrada, ante la
sorpresa del policía que había allí.
—¡Hola! —dijo—. ¿Qué os trae por aquí? ¿Venís a denunciar un robo o algo por
el estilo?
—¡Oíd! —dijo Jorge, de pronto, oyendo una voz que provenía de la habitación
contigua—. ¡Es la voz de mi padre!
Se acercó a la puerta. El policía la llamó, molesto.
—No entres —le dijo—. El inspector está ahí y está muy ocupado. No quiere que
le interrumpan.
Pero Jorge había abierto ya la puerta de golpe y había entrado en la habitación. Su
padre volvió la cabeza y la vio. Se incorporó.
—¡Jorge! ¿Dónde habéis estado? ¿Cómo os habéis atrevido a marcharos de casa?
Nos han robado. Ahora precisamente estaba denunciando el robo al inspector.
—No te preocupes, papá —dijo Jorge—. Nosotros hemos encontrado todas las
cosas. ¿Cómo está mamá?
—Mejor, mucho mejor —dijo su padre, todavía enfadado—. Menos mal que por
fin podré decirle a tu madre dónde estáis. No hacía más que preguntarme por vosotros
y yo le tenía que contestar que estabais todos bien para que no se preocupara, pero yo
no tenía la menor idea de dónde ni cómo estabais. Estoy muy disgustado contigo.
¿Dónde habéis estado?
—En la isla —dijo Jorge, huraña, como siempre que su padre se enfadaba con
ella—. Julián te lo contará todo.
Julián entró en la habitación, seguido de Dick, Ana, Jennifer y Tim. El inspector,
un hombre alto e inteligente, con negros ojos bajo las espesas cejas, los miró
serenamente. Cuando vio a Jennifer dio un respingo y se incorporó.
—¿Cómo te llamas, pequeña? —preguntó.
—Jennifer Mary Armstrong —dijo Jenny con voz sorprendida.
—¡Caramba, caramba! —dijo el inspector, también sorprendido—. Esta es la niña
que todos estábamos buscando y ahora aparece aquí como por ensalmo. ¡Por Dios
bendito! ¿Dónde habrá estado?
—¿Qué es lo que quiere usted decir? —dijo el padre de Jorge, sorprendido—.

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¿Qué niña es la que anda buscando? Hace días que no leo los periódicos.
—Entonces usted no sabe nada de la pequeña Jenny Armstrong, a la que habían
raptado —dijo el inspector acomodándose en la silla y trayendo hacia sí a Jenny—.
Ha de saber que es la hija del millonario Harry Armstrong. Pues bien: la raptaron y
los raptores piden cien mil libras por su rescate. Hemos revuelto el país buscándola y
ahora aparece aquí tan campante. Estoy la mar de sorprendido. Es la cosa más
extraordinaria que me ha ocurrido. ¿Dónde has estado este tiempo, pequeña?
—En la isla —dijo Jenny—. Julián, cuéntalo todo.
Julián contó la historia entera desde el principio hasta el final. El policía de la
habitación de al lado entró y empezó a tomar nota en su libreta mientras Julián
hablaba. Todos escuchaban pasmados. También el padre de Jorge, que tenía los ojos
abiertos.
¡Qué aventura habían tenido los chicos y qué bien la habían resuelto!
—Y ¿no sabes quién es el dueño del barco que llevó a la pequeña a la isla? —
preguntó el inspector.
—No —dijo Julián—. Sólo sé que aquella noche tenía que llegar a la isla el
Vagabundo.
—Ah, ah —dijo el inspector, con gran satisfacción en su voz—. ¡Ajajá!
Conocemos bien al Vagabundo. Es un barco que lo tenemos sometido a vigilancia
porque sospechamos que está metido en turbios manejos. Esta ha sido una buena
noticia. La cuestión está en averiguar dónde están los Stick y encontrar el medio en
poder detenerlos, ahora que hemos sacado a Jenny de sus garras. Ellos, por supuesto,
negarán toda participación en el hecho.
—Yo sé la manera de poder detenerlos —dijo Julián rápidamente—. Hemos
dejado a su hijo, Edgar, encerrado en la misma celda donde ellos encerraron a Jenny.
Si alguno de nosotros pudiese decirle a los Stick dónde está Edgar, es seguro que
volverán a la isla y se meterán en los sótanos. Y si los atrapamos entonces,
difícilmente podrán negar que sabían nada de la isla y que habían estado allí.
—Esto ciertamente facilita mucho las cosas —dijo el inspector. Tocó una
campanilla y otro policía entró en la habitación. El inspector le dio una detallada
descripción de los Stick y le encargó que vigilara los alrededores y le avisase cuando
los encontrara.
—Entonces, Julián, podrás tener una pequeña conversación con ellos y hablarles
de la situación de Edgar —dijo el inspector sonriendo—. Si ellos vuelven a la isla, los
seguiremos y tendremos una buena prueba de su culpabilidad. Muchas gracias por la
gran ayuda que nos has prestado. Ahora podemos telefonear a los padres de Jenny y
decirles que su hija está a salvo.
—Ella puede venir a "Villa Kirrin" con nosotros —dijo el padre de Jorge, todavía
sorprendido por todo lo que acababa de oír—. Yo he traído conmigo a Juana, nuestra

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antigua cocinera, para que ponga en orden todas las cosas de la casa. Ella podrá
cuidar de los chicos.
—Está bien, padre —dijo Jorge firmemente—. Iremos a "Villa Kirrin" solamente
por hoy, porque nosotros hemos planeado pasar otra semana en la isla hasta que
mamá se ponga buena y regrese. Ella dijo que podíamos hacerlo y el tiempo es muy
bueno ahora. Juana podrá dedicarse a arreglarlo todo para cuando vuelva mamá,
porque no tendrá la molestia de cuidar de nosotros. Nosotros, por nuestra cuenta, lo
podemos pasar perfectamente en la isla.
—Ciertamente los chicos se merecen un premio por el buen trabajo que han
hecho —dijo el inspector.
—Muy bien —dijo el padre de Jorge—. Podéis volver a la isla, pero estaréis de
vuelta en "Villa Kirrin" cuando tu madre regrese, Jorge.
—Oh, sí, desde luego —dijo Jorge—. Tengo muchas ganas de volver a ver a
mamá. Pero en casa no se está bien si no está ella. Es mejor ir a la isla.
—Yo también quiero ir —dijo Jenny inesperadamente—. Dígales a mis padres
que vayan a Kirrin, por favor, y entonces podré pedirles permiso para que me dejen ir
con los otros a la isla.
—Lo haré —dijo el inspector, sonriendo a los cinco chicos. Le resultaban muy
simpáticos. El padre de Jorge se levantó.
—Vámonos ya —dijo—. Quiero comer algo. Todo esto me ha hecho coger un
apetito enorme. Vamos a ver si Juana nos ha preparado algo.
Todos se marcharon, hablando animada y atropelladamente, haciendo que el
pobre padre de Jorge se sintiera un poco turbado. ¡Siempre aparecía en escena en el
punto culminante de las aventuras de los chicos!

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Capítulo XXII

OTRA VEZ EN LA ISLA KIRRIN

Pronto llegaron a "Villa Kirrin". Juana, la antigua cocinera, les dio una gran
bienvenida, y escuchó asombrada sus aventuras.
Luego les preparó la comida.
Mientras estaban comiendo, Julián vio a través de la ventana una figura que él
conocía demasiado bien.
—¡El viejo Stick! —exclamó levantándose—. Quedaos aquí. Voy a hablar con él.
Salió de la casa y se encaró con el señor Stick.
—¿Quiere usted saber dónde está Edgar? —dijo Julián misteriosamente.
El señor Stick parecía sorprendido. Miró a Julián sin saber qué decir.
—Está abajo, en los sótanos, encerrado en aquella celda —dijo Julián, todavía
más misteriosamente.
—¡Qué vas a saber tú dónde está Edgar! —dijo el señor Stick—. ¿Dónde habéis
estado vosotros? ¿No os habíais marchado a casa?
—No le importa a usted —repuso Julián—. Pero si quiere encontrar a Edgar,
¡vaya a esa celda que le he dicho!
El señor Stick lanzó al muchacho una mirada desdeñosa y se marchó. Julián echó
a correr en dirección a la comisaría de policía. Estaba seguro de que el señor Stick le
contaría a su mujer lo que había dicho y que ella insistiría en que fueran a la isla para
ver si aquello era verdad. Por eso el único trabajo para la policía era vigilar la costa
hasta que llegasen los Stick.
Los chicos terminaron de comer, y tío Quintín anunció que tenía que volver junto
a su mujer, que quería saber cómo estaban todos.
—Le contaré que lo habéis pasado muy bien en la isla —dijo—. Los detalles
extraordinarios será mejor que se los contemos cuando regrese.
Se metió en un coche y los niños empezaron a considerar si podían ya volver a la
isla o no. Decidieron esperar todavía un poco.
Pronto un gran automóvil paró en la puerta principal de "Villa Kirrin". De él
salieron un hombre alto de pelo oscuro y una bonita mujer.
—Pueden ser tu padre y tu madre, Jenny —dijo Julián.
Eran, en efecto. Jenny recibió tantos besos y abrazos que estuvo a punto de
asfixiarse. Contó su historia una y otra vez y su padre no sabía cómo dar las gracias a
Julián y a los otros por lo que habían hecho.
—Pedid el premio que queráis y lo tendréis. Nunca podré deciros lo agradecido
que os estoy por haber rescatado a la pequeña Jenny.
—Oh, no queremos nada, muchas gracias —dijo Julián cortésmente—. Hemos

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pasado buenos ratos. Nos gustan las aventuras.
—Ah, pero tenéis que decirme qué es lo que queréis —dijo el padre de Jenny.
Julián miró a los otros. Sabía que ninguno de ellos quería un premio. Jenny
zarandeó a Julián, moviendo vigorosamente la cabeza. Julián se echó a reír.
—Bien —dijo—, hay una cosa que nos gustaría mucho a todos.
—Concedido en cuanto lo pidáis —dijo el padre de Jenny.
—¿Deja usted que Jenny pase una semana con nosotros en nuestra isla? —dijo
Julián.
Jenny dio un gritito y apretó con sus pequeñas manos el brazo de Julián. El padre
de Jenny parecía contrariado.
—Bien —dijo—. Bien. Como sabéis, ha sido raptada y no nos sentimos
inclinados a perderla de vista, al menos por ahora, y…
—Tú le prometiste a Julián concederle lo que pidiera, papaíto —dijo Jenny
rápidamente—. Oh, por favor, déjame ir. Yo siempre he querido vivir en una isla. Y
en ésta hay una maravillosa cueva y un castillo encantador, y los sótanos donde me
encerraron, y…
—Y nos llevaremos a Tim, nuestro perro —dijo Julián—. Con él nadie corre
peligro, ¿verdad, Tim?
—¡Guau! —ladró Tim con su más profunda voz.
—Bueno, puedes ir, Jenny, con una condición —dijo el señor Armstrong al final
—. Y es que mañana, tu madre y yo pasemos el día en la isla para ver si tú podrás
estar bien allí.
—¡Oh, gracias, gracias, papaíto! —exclamó Jenny, y empezó a bailar por la
habitación, llena de alegría. ¡Una semana entera en la isla con sus nuevos amigos y el
perro! ¿Qué más podía pedir?
—¿Puede Jenny pasar aquí esta noche? —pidió Jorge—. Usted estará en un hotel,
supongo.
Pronto los padres de Jenny se marcharon a la comisaría de policía para enterarse
de todos los detalles del rapto. Los chicos fueron a ver si Juana había preparado las
pastas para el té.
Justo a la hora del té llamaron a la puerta. Un alto policía apareció ante los ojos
de los chicos.
—¿Está aquí el señorito Julián? —preguntó—. Oh, usted es el chico que nos
conviene, señor. Los Stick acaban de salir en el bote hacia la isla y nosotros hemos de
seguirlos. Pero no conocemos bien el camino por entre las rocas que rodean la isla
Kirrin. ¿Podría guiarnos usted o la señorita Jorgina?
—Yo soy el «señorito Jorge», no la señorita Jorgina —dijo Jorge fríamente.
—Lo siento, señor —dijo el policía sonriendo—. Bien. ¿Puede usted venir
también?

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—¡Iremos todos! —dijo Dick—. Tengo ganas de volver a dormir esta noche en la
cueva. Mañana podemos enviar el bote para recoger a la familia de Jenny. Iremos
todos.
El policía dudó unos instantes porque le parecía demasiada gente para meterse en
el bote, pero no había tiempo que perder. Todos se metieron en el bote con tres
policías. Tim, como de costumbre, se puso a los pies de Jorge.
Jorge guió el bote tan inteligentemente como siempre, y pronto atracaron en la
arenosa caleta. Los Stick evidentemente habían llegado ya.
—Ahora, sin hacer ruido —dijo Julián—. He traído mi linterna. Espero que los
Stick estén ya abajo, buscando a Edgar.
Descendieron por los escalones que conducían al fondo de los sótanos. Ana fue
también esta vez, cogida de la mano de un policía. Caminaban con sumo cuidado por
los húmedos y oscuros pasadizos.
Llegaron al final a la puerta de la celda donde habían dejado encerrado a Edgar.
¡Todavía tenía echados los cerrojos!
—¡Fijaos! —dijo Julián en un susurro, iluminando la puerta con su linterna—.
Los Stick no han estado aquí todavía.
—¡Sssssss! —dijo Jorge, notando que Tim gruñía por lo bajo—. Alguien se
acerca. ¡Escondámonos! Supongo que serán los Stick.
Se escondieron tras una especie de valla que había cerca. Pudieron oír pisadas que
iban aproximándose y luego la airada voz de la señora Stick.
—¡Si han encerrado aquí a mi Edgar tendrán que vérselas conmigo! ¡Encerrar de
esa manera a un inocente! No lo entiendo. Si él está aquí, ¿dónde está la niña?
Contéstame a eso. ¿Dónde está la niña? Me parece que el jefe ha hecho un doble
juego con nosotros para quedarse con todo el dinero. ¿No había dicho que nos daría
cien libras si teníamos encerrada a Jenny Armstrong durante una semana? Ahora
pienso que debe de haber mandado a alguien a la isla para sacar a la niña y encerrar a
Edgar.
—Puede que tengas razón, Clara —dijo el señor Stick, cuya voz se oía cada vez
más cerca—. Pero ¿por qué tenía que saber Julián que Edgar estaba encerrado aquí?
Hay un montón de cosas que no acabo de entender.
Ahora estaban ya los Stick delante de la puerta de la celda con Stinker a sus pies.
Stinker, al parecer, olió a los que estaban escondidos y empezó a gruñir por lo bajo. El
señor Stick le dio un palmetazo.
—¡Basta! ¡Ya es suficiente con que tengamos que oír nuestras voces resonando
por el pasadizo para que tú también te pongas a chillar!
La señora Stick llamó con fuerte voz:
—¡Edgar! ¿Estás ahí? ¡Edgar!
—¡Mamá! ¡Sí, estoy aquí! —gritó Edgar—. ¡Sácame de aquí! Estoy muy

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asustado. ¡Sácame de aquí!
La señora Stick descorrió los cerrojos y abrió la puerta. Vio a Edgar a la luz de la
lámpara que había en la celda. El corrió hacia ella, sollozando.
—¿Quién te ha metido aquí? —preguntó la señora Stick—. Díselo a tu padre y él
le romperá la cabeza a quien sea, ¿verdad? ¡Hay que ver, encerrar a un pobre y
asustado niño de esta manera! ¡Qué maldad!
De pronto la familia Stick se llevó el susto mayor de su vida, pues un alto policía
apareció entre las sombras con una linterna en una mano y un bloc de notas en la otra.
—¡Ah! —dijo el policía con voz profunda—. Usted tiene razón, Clara Stick.
Encerrar a un pobre y asustado niño en esta celda es una maldad, y eso es lo que
usted ha hecho, ¿verdad? ¡Usted encerró aquí a Jenny Armstrong! Ella es una niña
pequeña. ¡El chico de usted sabía que no le iba a pasar nada malo, pero esta niñita
tenía miedo de morir!
La señora Stick quedó pasmada, abriendo y cerrando la boca, pero sin encontrar
una palabra que decir. El señor Stick gritaba como un ratón atrapado.
—¡Estamos copados! Esto es una trampa. ¡Estamos copados!
Edgar empezó a llorar como un niño de cuatro años. Los Stick de pronto pudieron
ver a la luz de la linterna a los otros chicos.
—¡Sapos y culebras, aquí están todos los chicos y Jennifer también! —exclamó el
señor Stick, altamente espantado y sorprendido—. ¿Qué es todo esto? ¿Qué ha
sucedido? ¿Quién ha encerrado a Edgar?
—Tendrá usted las respuestas cuando lleguemos a la comisaría —dijo el policía
—. Seguidme.
Los Stick siguieron al policía. Edgar seguía llorando. Imaginaba a sus padres en
la cárcel y a él en un terrible reformatorio. No le sentaría mal separarse una
temporada de sus padres. Así podría aprender a ser un buen chico.
—Nosotros no les acompañaremos —dijo Julián, cortésmente, al policía—.
Vamos a pasar aquí la noche. Usted puede regresar en el bote de los Stick. Ellos
conocen bien el camino. Llévese también a su perro. Está ahí. Le llamamos Stinker.
Encontraron al fin el bote de los Stick y éstos y el policía embarcaron en él.
Stinker también subió, contento de alejarse de la iría mirada de los ojos verdes de
Tim.
Julián empujó el bote mar adentro.
—¡Adiós! —gritó, mientras los otros chicos también hacían señas de despedida
—. Adiós, señor Stick, no vuelva a raptar ninguna niña. Adiós, señora Stick, vigile
bien a Edgar, no vaya a ser que lo vuelvan a raptar a él otra vez. Adiós, "Cara Sucia",
a ver si te conviertes en un buen muchacho. ¡Adiós, Stinker, a ver si pronto te das un
buen baño! ¡Adiós!
Los policías sonreían y hacían señas. Los Stick no decían una palabra. Estaban

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sombríos e irritados, intentando comprender cómo las cosas habían terminado de esa
manera.
El bote rodeó una gran roca y pronto desapareció de la vista.
—¡Hurra! —exclamó Dick—. ¡Se han marchado para siempre! Ahora ya tenemos
nuestra isla para disfrutarla nosotros solos. ¡Vamos, Jenny, que te la vamos a enseñar!
Qué bien lo vamos a pasar ahora.
Cinco felices chicos y un perro empezaron a correr por la isla que ellos amaban.
Los dejaremos disfrutando de su semana feliz. Bien se lo merecen.

FIN

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