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Lechuza Común Tyto Alba: January 2007

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Lechuza común Tyto alba

Chapter · January 2007

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1 author:

Felipe Siverio
Canary Islands’ Ornithology and Natural History Group (GOHNIC)
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Lechuza común · Tyto alba
Barn Owl
Lechuza, lechuzo, coruja, coruja blanca, coruja rubia, corujo

Lechuza común (Fotografía: Domingo Trujillo)

En Canarias, las poblaciones de lechuza común Tyto alba aparentan ser sedentarias, quizá con algún que otro
desplazamiento interinsular, a priori mucho más viables entre las islas e islotes orientales. Su distribución
espacial en Lanzarote y Fuerteventura está particularmente coartada por las llanuras, a menudo sin lugares
propicios para criar (Concepción, 1992; Siverio & Palacios, 2004). En las islas centro-occidentales, de mucho
más relieve, evita las masas forestales, las cotas altas y enclaves abruptos donde predomina el viento (Siverio
& Carrillo, 1993; Siverio, 1998; Siverio et al., 1999). Esto último sucede también en lugares de Lanzarote,
como el risco de Famara (Concepción, 2000), y podría ser una de las causas de su rarefacción, o inexistencia,
en el macizo de Jandía (Fuerteventura).
La preferencia de las lechuzas canarias por hábitats de cría naturales es afín a la mostrada por las de otras islas
macaronésicas (Naurois, 1982; Siverio et al., 2002; Siverio et al., 2004), y difiere, no obstante, de aquella por
lo general más antropófila de las aves continentales (Mikkola, 1983). Aquí está sobre todo ligada a los barran-
cos –no necesariamente de gran depresión– donde haya paredes apropiadas, con disponibilidad de cavidades,
y en cuyos aledaños se desarrolle cierta actividad agraria (Martín, 1987; Concepción, 1992; Siverio &
Carrillo, 1993). A veces, sin embargo, la ocupación de barrancos profundos, como ocurre en La Gomera, pare-
ce ceñirse sólo al pie de sus márgenes rocosos y a los anchos cauces antropizados, lo que respectivamente

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LECHUZA COMÚN · TYTO ALBA

Distribución de la lechuza común en el archipiélago canario durante el período de estudio (1997-2003) según las categorías de
nidificación (cuadrículas UTM de 5 x 5 km).

correspondería a territorios de cría y caza (Siverio et al., 1999). También se establece en acantilados costeros
e interiores, cráteres, jameos, algunas construcciones y diversos tipos de canteras, como socavones en conos
volcánicos (Concepción, 1992; Delgado et al., 1992), donde en un radio inferior a 40 m se han localizado
hasta tres nidos activos de forma sincrónica (Siverio, 1994). Las cavidades nidificatorias más usadas en
Tenerife (grietas, pequeños tubos volcánicos, etc.), situadas casi siempre en paredes basálticas y piroclásticas,
y a una altura media desde terreno transitable de 7,7 m (Siverio & Carrillo, 1993), coinciden grosso modo con
las de Lanzarote, cuya ubicación varía entre los 2 y 6 m (Concepción, 2000). La mayoría de las puestas, que
oscilan entre 2 y 8 huevos, se produce en febrero y marzo (Tenerife) y desde marzo a junio (Lanzarote) (Siverio
& Carrillo, 1993; Concepción, 2000). El tamaño medio de la pollada en Tenerife, 2,4 pollos (n=14), cuadró
con la tasa de vuelo de la misma muestra (Siverio & Carrillo, 1993). En cuanto a la dieta, de los algo más de
40 taxones-presa (vertebrados e invertebrados) identificados en la actualidad, el ratón doméstico Mus muscu-
lus es con diferencia el más depredado (Martín et al., 1985; Martín & Machado, 1985; Trujillo & Barone,
1991; Delgado, 1993; Rando, 1993; Concepción, 2000).

DISTRIBUCIÓN

Mundial. Su amplia distribución, entre las latitudes 40º N y 40º S, bien le hace merecer el calificativo de
cosmopolita. Se reparte por casi todas las regiones tropicales, subtropicales y templadas, en las que por lo
general elude las formaciones boscosas espesas y los desiertos (Bunn et al., 1982; Mikkola, 1983). Esa extraor-
dinaria adaptación a distintos ambientes de tan dilatado rango ha determinado la aparición de unas 36 subes-
pecies, muchas de ellas endémicas de islas oceánicas. De las siete que han sido diferenciadas en el Paleártico

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Atlas de las aves nidificantes en el archipiélago canario (1997-2003)

occidental, tres están restringidas a sendos archipiélagos de origen volcánico y una a las islas continentales
de Córcega y Cerdeña (Bunn et al., 1982; Cramp, 1995).
España. La ocupación del territorio español por la subespecie típica (T. a. alba) no sólo se limita al espacio
peninsular, donde hay antecedentes de su hibridación con la centro europea (T. a. guttata), que igualmente
ha criado aquí (Zuberogoitia & Campos, 1999; cf. Martínez & Zuberogoitia, 2003), sino que también se
extiende a los archipiélagos canario y balear. En Canarias, además, sigue reconociéndose la validez de una
subespecie exclusiva.
Canarias. Antes que nada es preciso apuntar que la taxonomía de las lechuzas de Canarias necesita ser acla-
rada mediante un estudio genético preciso. Mientras que la subespecie típica habita en las islas centro-occi-
dentales (Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, El Hierro y probablemente La Palma), la endémica (T. a. gra-
cilirostris) lo hace en las orientales (Lanzarote y Fuerteventura) y sus islotes (Roque del Este, Montaña Clara,
Alegranza, La Graciosa y Lobos) (cf. Siverio & Palacios, 2004). Esta repartición, sin embargo, no está del todo
clara debido a la aún persistente falta de pruebas de cría en algunas islas e islotes, así como a las aludidas
dudas taxonómicas. Cabe señalar que Alcover & Florit (1989) y Jaume et al. (1993), basándose en restos fósi-
les, sugieren que el taxón endémico ocupaba más islas en el pasado.
Roque del Este. Es muy probable que nunca haya criado en este pequeño islote de apenas 0,06 km?. Hasta
la fecha, sólo se conoce la detección de un ejemplar, quizá procedente de Lanzarote u otros islotes, en junio
de 1987 (Delgado et al., 1992).
Montaña Clara. Aunque la presencia de la especie es conocida desde hace décadas, aún sigue sin haber datos
sobre su reproducción. En la primera mención, concerniente a un ave y a una egagrópila en 1983 y 1987,
respectivamente, se sugiere que su permanencia aquí podría estar ajustada a la disponibilidad temporal de
alimento (Delgado et al., 1992). Mediante observaciones posteriores, que revelan la existencia de individuos
al menos entre mayo y septiembre, Martín & Lorenzo (2001) y Martín et al. (2002) no descartan que críe una
pareja. Dicha posibilidad es apoyada por la audición de reclamos territoriales, durante la noche del 31 de
mayo al 1 de junio de 1998, en el llano de El Aljibe e inmediaciones (cf. Siverio & Palacios, 2004; D.
Trujillo, com. pers.).
Alegranza. Hace casi un siglo que aparecieron las primeras referencias sobre la lechuza en este islote. Una de
ellas fue la de Bannerman (1914), autor que en 1913 observó dos aves, colectó una y fue informado –quizá por
los lugareños– sobre la posible nidificación de algunas parejas (cf. Bannerman, 1963). Puede que desde ese tiem-
po hasta ahora haya fluctuado poco el número de efectivos en este limitado ambiente insular. A finales del siglo
pasado, Delgado et al. (1992), tras detectar un ejemplar y varios posaderos, dedujeron que la población no pare-
cía exceder de 1-2 parejas. Una estima más reciente, 3-4 parejas (Martín & Lorenzo, 2001), se ajusta más a lo pre-
sumido por Siverio y Palacios (2004), una vez que en 2000 dichos autores constataron la cría de 2 parejas en el
interior de La Caldera (ver también Martín et al., 2002), además de cavidades-dormidero en uso y varias aves terri-
toriales en otros sectores. Así, si exceptuamos La Caldera, en el año 2000 se contabilizó en torno a una veintena
de localidades con presencia, entre éstas: El Bermejo (B. Rodríguez, com. pers.), proximidades del faro (C.
Schuster, com. pers.), La Rapadura, caldera de montaña de Lobos, cuesta de La Manzana, La Greta y El Veril.
La Graciosa. Que se sepa, todavía no hay datos concluyentes acerca de su reproducción, y las estimas de
tamaño poblacional hechas a lo largo del tiempo, 1-2 parejas (Delgado et al., 1992) y unas 3 (Martín &
Lorenzo, 2001), han sido inferidas en función del hallazgo de posaderos con egagrópilas (montañas Bermeja
y Amarilla, aledaños de Pedro Barba, etc.) y un posible nido y egagrópilas en montaña de Las Agujas (Varios
autores, 1988). La detección de una pareja en cortejo en enero de 2001 (Siverio & Palacios, 2004), precisa-
mente en los alrededores de Las Agujas, en la zona central de la isla, concuerda con el “lugar apropiado para
la nidificación” visto por Martín et al. (2002) en febrero de ese mismo año.
Lanzarote. Una vez que Hartert (1905) describiera esta raza endémica, la ausencia de datos fue casi total
hasta últimos de ese siglo. Fue en esas fechas cuando Delgado et al. (1992), al intentar censar la población,

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LECHUZA COMÚN · TYTO ALBA

anotaron 34 contactos (ocho nidos) bien repartidos por la isla (véase también Varios autores, 1988), y con-
cluyen que parecía ser más abundante que en Fuerteventura. También en esa época, y de acuerdo con
Concepción (1992), era especialmente frecuente en las inmediaciones de Tao, La Vegueta y Tinajo, así como
en el barranco Tenegüime y jameos del malpaís de La Corona, en el norte. Una estima poblacional de dicho
autor, 50-100 parejas en 1990, fue corregida más tarde y sustituida por 125-175 parejas (1988-89) en otro
de sus trabajos (Concepción, 2000). Aquí no hay que descartar una posible sobrevaloración, al menos de la
segunda estima, si tenemos en cuenta los aspectos metodológicos y ecológicos que dificultan el estudio de
esta rapaz nocturna en el medio canario. De cualquier modo, lo que sí parece indudable es la regresión pau-
latina de los efectivos aludida por Concepción (1992), hecho que, entre otras indicaciones, se pone de mani-
fiesto con los cada vez menos frecuentes atropellos en carreteras (Concepción, 2000; obs. pers.). Aun así, su
distribución no ha debido variar de forma importante en las últimas décadas, pues, durante los trabajos para
el atlas, gran cantidad de lugares de cría o presencia (29 cuadrículas versus 14 de Varios autores, 1988) fue-
ron localizados. Salvo en lo que respecta a la abundancia de la especie en el risco de Famara, las observacio-
nes en Teguise, Haría y otras zonas septentrionales coinciden con lo expuesto por Martín & Lorenzo (2001).
Aun cuando la agrupación de datos recabados en el presente estudio establezca un rango de 25-49 parejas,
nuestra propia experiencia nos hace sospechar un sesgo a la baja.

Lobos. A pesar de que no existe ningún indicio claro de reproducción, se han visto depósitos de egagrópi-
las, o restos producto de su disgregación (“alfombras óseas”), demostrando la presencia de lechuzas en diver-
sos lugares desde un pasado lejano hasta la actualidad. En este sentido, las acumulaciones de huesos del extin-
to ratón del malpaís Malpaisomys insularis, atribuidas a la actividad depredadora de la especie en el
Cuaternario (J. Michaux, in litt.), contrastan con los restos y egagrópilas frescas halladas a partir de la déca-
da de 1980. Entre otras, están las detectadas en el interior de un pozo en 1987 (Delgado et al., 1992), o en
varios posaderos en fechas algo posteriores (Martín & Lorenzo, 2001), lo que coincide con nuestras observa-
ciones más recientes en grietas de hornitos u otros roquedos de los sectores centro y norte del islote.

Fuerteventura. Al igual que en Lanzarote, la colecta de aves por H. J. Polatzek a principios del siglo pasa-
do, que sirvieron para describir la forma canaria (Hartert, 1905), constituye la reseña fidedigna más antigua.
Sin embargo, no fue hasta la década de los 80 cuando se intenta dilucidar su situación (Delgado et al., 1992).
Los contactos registrados durante dicho trabajo (n=19; nueve nidos), divididos en ocho cuadrículas que
excluyen la península de Jandía (cf. Varios autores, 1988), imposibilitaron evaluar la población, pero sí deno-
taron poca abundancia. La posterior ausencia de información, algo atenuada con datos de Martín & Lorenzo
(2001) –quienes también sugieren que no debía ser común–, es relativamente remediada durante los traba-
jos de campo para el atlas (cf. Siverio & Palacios, 2004). Así, una prospección parcial con metodología espe-
cífica, hecha en 2002 (19-27 de julio), y las observaciones de C.-J Palacios et al. (in litt.) permitieron entre-
ver que, a pesar de una aparente baja densidad, está bien repartida en la isla (36 emplazamientos actuales y
nueve de un pasado reciente), desde Corralejo a Gran Tarajal (25 cuadrículas). El examen de algunos de los
territorios ya conocidos en esta extensa superficie (cf. Varios autores, 1988) demostró tanto el desuso de unos
como la perseverancia en otros después de unos 14 años (Siverio & Palacios, 2004). Pese a que el macizo de
Jandía (sur de la isla) ofrece enclaves susceptibles de ser ocupados, de momento no hay constancia de obser-
vaciones fehacientes. Es más, durante una inspección exhaustiva de un sector potencial del barranco del
Ciervo, en la vertiente sur de dicho macizo, no apareció nada que evidenciara actividad actual o pasada. El
rango mínimo poblacional de 24-47 parejas, calculado al agrupar todos los datos del presente estudio, coin-
cide con una presunción anterior de en torno a 50 (Siverio & Palacios, 2004).

Gran Canaria. Los requerimientos de hábitat y la relativa abundancia de la lechuza común en la cercana
Tenerife hacen difícil comprender que exista tan poca información en esta isla. Esto no sólo parece ser el refle-
jo de la modesta intensidad de los muestreos hechos hasta el momento, sino también de una aparente pobla-
ción pequeña repartida en una vasta superficie insular. Una vez citada su presencia a mediados del siglo XIX
(Bolle, 1857) y principios del XX (Bannerman, 1912), el primer dato seguro de reproducción –uno de los

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Atlas de las aves nidificantes en el archipiélago canario (1997-2003)

pocos conocidos hasta hoy– no fue obtenido hasta 1987 en Moya (Trujillo & Barone, 1989). En esa misma
década, Varios autores (1988) hacen referencia a tan sólo cuatro detecciones (aves y/o egagrópilas) efectuadas
en sendas cuadrículas de la mitad septentrional. Asimismo, de todas las compiladas (n=12) años más tarde
por Martín & Lorenzo (2001), sólo una corresponde a la zona sur (Maspalomas), advirtiéndose en el resto una
clara concentración entre los sectores noroeste-este (costas y medianías). Esta hipotética predilección gana
más consistencia al saber que cuatro de las lechuzas muertas en el Centro de Recuperación de Fauna Silvestre
de Tafira del Cabildo de Gran Canaria entre 2002-06 (al menos n=6) procedían del municipio de Telde (P.
Calabuig, in litt.); más aún, la mayoría de los avistamientos realizados durante el presente estudio también
concierne a localidades norteñas (Agaete, Gáldar, Arucas, Las Palmas, Tafira, Santa Brígida, San Mateo, etc.).
Si bien es cierto que no se hallaron evidencias en los pocos barrancos meridionales visitados, esta aparente
rarefacción sólo podría confirmarse abarcando toda la vertiente con una prospección sistemática. Esto último
también habría que hacerlo en el resto de la isla para poder evaluar, sin reservas, el estatus numérico.

Tenerife. El carácter casual y la parquedad de las observaciones, entre otras la de Koenig (1890), imposibi-
litan intuir cómo era la situación de esta rapaz en el pasado. Una visión preliminar de su repartición entre
1979-1984, aportada por Martín (1987), incluyó 28 cuadrículas (un 24,56% del total) donde “la inmensa
mayoría de los datos” se refería a egagrópilas. Aun siendo parcial, dicho estudio ya dejó ver la preferencia por
el piso basal y las medianías, zonas en las que se continuó haciendo un buen número de detecciones (Varios
autores, 1988). Por medio de muestreos específicos hechos más tarde (sobre todo en 1988-1991), Siverio
(1998) amplió bastante el número de cuadrículas (n=74; 64,91 %), censó 161 parejas, y estimó que la pobla-
ción podía estar en torno a las 250. Durante el estudio también se constató un notable vínculo a la franja
altitudinal 0-300 m (cf. Siverio & Carrillo, 1993), una mayor agrupación en la vertiente norte, y su escasez
tanto en los macizos de Teno (NW) y Anaga (NE), como por encima de los 1.000 m.s.m. (cota máx. de cría
1.080 m). El avistamiento a más altitud conocido, de un ave a unos 2.100 m en el lomo del Retamar
(Vilaflor/Adeje) en agosto de 1998 (F. Torrénts, com. pers.), pudo haber correspondido –a juzgar por la fecha–
a un juvenil en dispersión. Según el cálculo estimativo hecho con las observaciones del presente trabajo, en
el que sólo se constató la ocupación del 50,4 % de las unidades muestrales, el tamaño de la población sería
56-112 parejas. Todas estas diferencias numéricas, más que a una presunta disminución de efectivos, podrí-
an ser el reflejo del método empleado a la hora de detectar la especie.

La Gomera. No fue hasta marzo de 1993 cuando la supuesta ausencia de la lechuza común en la isla quedó
definitivamente refutada (Siverio, 1998), y desde entonces hasta 2006, salvo comprobar su nidificación, se
han ido efectuando algunas observaciones de interés. Mediante la utilización de varios métodos (prospeccio-
nes diurnas, “playback”, comunicaciones de ornitólogos, etc.), Siverio et al. (1999) sólo registraron 14 detec-
ciones (dos de ellas de aves muertas) distribuidas de forma heterogénea por todas las vertientes de la isla y
dentro del rango altitudinal 10-900 m (mediana, 95). Buena parte de éstas se hicieron en barrancos profun-
dos enclavados en ambientes xéricos y termófilos, con cauces amplios y parcialmente antropizados (barran-
cos de La Villa, Santiago, Valle Gran Rey, Vallehermoso, etc.). Sin olvidar la restricción que ejercen las for-
maciones boscosas (Siverio, 1998), bien representadas aquí por el monteverde, la notable localización de la
especie podría, según dichos autores, estar en parte relacionada con el accidentado relieve insular. La situa-
ción apreciada por Siverio et al. (1999), “quizá menos de 15 parejas”, no parece haber cambiado hasta hoy;
en todo caso se ha hecho más crítica, a decir por lo infructuoso de múltiples inspecciones de lugares con o
sin presencia previa. Las observaciones relativas a un solo individuo realizadas en Agulo (octubre de 2001; J.
Leralta, com. pers.), Valle Gran Rey (agosto de 2005; P. Felipe, com. pers.) y a un cadáver en Ayamosna, San
Sebastián (mayo de 2006; P. Romero, com. pers.), son de las únicas más recientes que hay constancia.

El Hierro. Después de que en 1984 se constatara por primera vez su presencia y nidificación (una pareja en
la base del risco de Tibataje) por Martín & Machado (1985), todos los datos disponibles hasta hoy atañen úni-
camente a detecciones de aves o egagrópilas en distintas zonas. Al unir la información aparecida en algunos
trabajos (Varios autores, 1988; Siverio, 1998; Martín & Lorenzo, 2001) a la dada por varios naturalistas, así

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LECHUZA COMÚN · TYTO ALBA

como a la obtenida en los muestreos para el atlas, en el periodo 1986-2006 se han efectuado alrededor de una
treintena de contactos –entre ellos tres cadáveres– repartidos principalmente por el sector septentrional. Su
distribución altitudinal varió entre algo menos de 100 m (un ave en la costa de Sabinosa en febrero de 1995
[D. Trujillo & J.J. Ramos, com. pers.]) y los 1.300 m de Asomadas (San Andrés), cerca del borde superior
de los riscos de El Golfo, donde se vio un ejemplar cazando en febrero de 2002 (P. Felipe, com. pers.). El
apreciable mayor número de observaciones hecho entre ese último enclave y los 600 m del barrio de
Guarazoca –Las Charquillas, pueblo de San Andrés, La Peña (D. Trujillo & R. Barone, com. pers.) y cercaní-
as de Las Montañetas, entre otros– parece indicar la buena calidad del hábitat, tanto de cría (cavidades-nido
potenciales en la parte alta de los riscos de El Golfo y en conos de cínder) como de caza (llanuras con culti-
vos, pastizales, caseríos y casas dispersas). Otro de los hábitats a priori idóneos es toda la base del arco de El
Golfo, desde Las Puntas (NE) hasta Sabinosa (NW), en la que hay gran cantidad de cavidades a no demasia-
da altura, y una vasta plataforma costera como “territorio” de caza. No obstante, a excepción de la cavidad-
nido señalada por Martín & Machado (1985), en la que se han visto indicios de ocupación durante unos 22
años, y algunos avistamientos casuales, como por ejemplo en Las Baranditas, Sabinosa (A. Quintero, com.
pers.), la población parece ser reducida. Esta escasez se advierte aun más en buena parte de la vertiente meri-
dional, aunque aquí podría estar justificada por la carencia de cultivos, que propicien las presas, adyacentes
a acantilados costeros, así como al escaso desarrollo que presentan los barrancos, sin apenas paredes adecua-
das para la cría. De cualquier modo, sorprende bastante que en las inspecciones de largos tramos de barran-
cos altamente potenciales, como el de Santiago (Valverde), no se hallara ninguna evidencia actual o pretéri-
ta de lechuzas; sólo en el barranco de Mencáfete (Mocanal), J.G. Tejera (com. pers.) encontró una cavidad,
probablemente recién utilizada para criar, en septiembre de 2006. Pese a que no se puede hacer una estima
de la población, ésta, aunque reducida, podría ser mayor que las de La Gomera y La Palma.

La Palma. Sin dejar de lado la cita de Cuyás Robinson (1971) de un ejemplar disecado, los primeros datos
fidedignos sobre esta rapaz provienen de 1986-88, cuando se avistaron aves en los cuadrantes sur, oeste y nor-
oeste (Rebolé, 1989; Trujillo & Rebolé, 1989; Trujillo, 1989; Concepción, 1992). A partir de ahí se produ-
jo un vacío informativo, que pudo haber sido más prolongado de no ser por dos detecciones de aves solita-
rias en 2001, una en La Laguna (Los Llanos) en abril (R. Ojeda, in litt.), y otra en el barranco de Los Pájaros
(Breña Alta-Sta. Cruz de La Palma) en junio (R. García et al., in litt.), además de una herida que fue envia-
da al Centro de Recuperación de Fauna Silvestre de La Tahonilla del Cabildo de Tenerife unos años antes
(F.M. Medina & J. Hernández-Abad, com. pers.). Lo sorprendente es que, mientras tanto, varias prospeccio-
nes específicas fueron llevadas a cabo, una por iniciativa particular (14-22 de junio de 1990), y dos en el
marco de los trabajos para el atlas (25-29 de noviembre de 2000 y 29 de mayo-3 de junio de 2002), sin lograr
ningún resultado positivo. Sorprenden asimismo las observaciones de los últimos años, tanto por el número
de aves, hasta cuatro (septiembre-octubre de 2004) en Los Cancajos, Breña Baja (Romero et al., 2005), como
por el sitio donde se hallaba otra, cerca del roque de Los Muchachos, en octubre de 2004 (Domínguez, 2005).
Por último, Gutiérrez (2005) vio un ave en El Paso en julio de 2005, y V. Ojeda (in litt.) llegó a ver aves con
cierta asiduidad, incluyendo una atropellada, en áreas rurales de Breña Baja y Mazo en junio de 2006. En
función de lo dicho, da la impresión de estar ante una exigua población cuyos efectivos, difiriendo de la abun-
dancia del búho chico (Barone et al., 1994), logran –excepto casos puntuales– pasar inadvertidos dada su
extrema localización en zonas costeras y de medianías.

POBLACIÓN
Cuando hace más de diez años se publicó la primera estima de tamaño poblacional para el archipiélago, 400-
500 parejas (Tucker & Heath, 1994), aun siendo “no quantitative data”, dio la impresión de que dichas cifras
infravaloraban los efectivos de aquel momento. Esta sospecha, avalada por los estudios desarrollados en
Tenerife (Martín, 1987; cf. Varios autores, 1988; Siverio, 1998) y Lanzarote (Concepción, 1992), tuvo en
cuenta sobre todo la riqueza de hábitats en el archipiélago en los que, en principio, podía estar esta rapaz. Si

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Atlas de las aves nidificantes en el archipiélago canario (1997-2003)

consideramos el número de parejas reales censadas y el número estimado en Tenerife (1988-1991; Siverio,
1998) y le añadimos el rango estimado para Lanzarote (1988-89; Concepción, 2000), los valores que se con-
siguen, 286-425 parejas, hacen presumir ya que la población canaria excedía con creces aquella valoración.
Hoy, sin embargo, esa estima de 400-500 parejas, igualmente señalada por BirdLife International/EBCC
(2000), podría ajustarse más a la realidad actual que la de 250-1.000 dada por BirdLife International (2004).
Aunque con la cautela que ello merece, puede que la trayectoria recesiva advertida en Lanzarote (Concepción,
1992 y 2000) sea también la norma en otras islas como Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife o incluso El
Hierro, máxime cuando comprobamos que uno de los mayores peligros a que se enfrenta la especie, la red
viaria (véase Amenazas y Conservación), sigue aumentando. En islotes como Alegranza, La Graciosa o Lobos
parece que los efectivos, aunque escasos, se hayan mantenido estables a lo largo del tiempo. Podría acaecer lo
mismo en las islas de La Palma y La Gomera, si bien en esta última preocupa la extremada pobreza de datos
en los últimos años. Pese a todo lo dicho, la falta muchas veces de datos cuantitativos previos, así como la
complejidad que reviste censar su población, no permiten establecer con rigor cuál es la tendencia poblacio-
nal en varias islas.

AMENAZAS Y CONSERVACIÓN
Partimos con el inconveniente de no contar con un estudio que haya analizado las causas de mortalidad de
la especie en alguna isla canaria. Por tanto, los siguientes apuntes sobre amenazas y factores limitantes están
basados principalmente en lo expuesto por Concepción (2000) y Siverio & Palacios (2004) para las islas orien-
tales, así como en el conocimiento empírico para el resto. Es casi seguro que la causa de muerte más impor-
tante en otras muchas regiones, el atropello por vehículo (Shawyer, 1987), lo sea también en el archipiélago.
Nuevas vías, o mayor intensidad del tráfico, como por ejemplo entre el pueblo de Frontera y Las Puntas (El
Hierro), podrían exterminar poblaciones de por sí muy exiguas. El uso generalizado en Canarias de rodenti-
cidas anticoagulantes u otros venenos, a veces sin control alguno, representa un enorme riesgo si nos atene-
mos a estudios hechos en otros lugares, tanto con aves silvestres como controladas en laboratorio (Merson et
al., 1984; Taylor & Thomas, 1989). Mediante la destrucción sin pausa de los ecosistemas canarios (edifica-
ciones, extracción de áridos, etc.), especialmente los costeros, también se reduce cada vez más el hábitat de
ésta y otras aves. La baja densidad de las presas potenciales, consecuencia de la drástica disminución de la
agricultura en algunas islas, llevaría al abandono de sitios desde siempre ocupados. Las molestias derivadas
de las actividades deportivas (escalada, rappel, espeleología, etc.), practicadas en lugares usados para criar
(tubos volcánicos, paredes de barrancos, etc.), conllevarían la pérdida de puestas, polladas, o incluso la des-
erción definitiva, ya verificada en jameos del malpaís de La Corona (Lanzarote). Si en Lanzarote han sido
hallados varios individuos muertos por colisión con tendidos eléctricos (Lorenzo et al., 1998; Concepción,
2000), es muy probable que este factor de riesgo tenga cierta incidencia en otras islas; en este sentido, no
había cadáveres en 45,3 km de tendido inspeccionado en Fuerteventura (Lorenzo, 1995). Hoy en día, más
que a la caza ilegal, que puede que no tenga excesiva repercusión, debería prestarse atención a la tenencia en
cautividad de ejemplares foráneos (centros zoológicos y particulares) dado el efecto negativo que podría supo-
ner su escape para la población insular. En Tenerife ya hay constancia de al menos dos aves escapadas (C.
Méndez & J. Hernández-Abad, com. pers.).

Felipe Siverio

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