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Menosprecio y Opresión de La Mujer: Tradición de La Iglesia (La Rehabilitación Del Cristo, Versión en Español)

Es—sobre todo, para muchas mujeres—un mensaje liberador saber que Jesús de Nazaret enseñó y vivió la igualdad. No puso a los hombres por encima de las mujeres, sino que incluso rompió con el orden social habitual para las mujeres de aquella época: Hablaba con las mujeres, las visitaba en sus casas, las curaba, les salvaba la vida... El Cristo de Dios, encarnado antaño en Jesús de Nazaret, trajo a la humanidad la enseñanza de la Paz y Unidad, la omniabarcante Ley del Amor, y Su nombre será rehabilitado.
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Menosprecio y Opresión de La Mujer: Tradición de La Iglesia (La Rehabilitación Del Cristo, Versión en Español)

Es—sobre todo, para muchas mujeres—un mensaje liberador saber que Jesús de Nazaret enseñó y vivió la igualdad. No puso a los hombres por encima de las mujeres, sino que incluso rompió con el orden social habitual para las mujeres de aquella época: Hablaba con las mujeres, las visitaba en sus casas, las curaba, les salvaba la vida... El Cristo de Dios, encarnado antaño en Jesús de Nazaret, trajo a la humanidad la enseñanza de la Paz y Unidad, la omniabarcante Ley del Amor, y Su nombre será rehabilitado.
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La

Rehabilitación
del Cristo
de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios,
la Sabiduría divina,
rehabilitan al Cristo de Dios.

Ha llegado el tiempo: El Cristo de Dios, que Prueba de lectura


fue Jesús de Nazaret, quien trajo a la huma-
nidad las enseñanzas de los Cielos, la en- del capítulo:
señanza de la Paz, de la Unidad, la Ley del
amor que es omniabarcante e irrevocable, La tradición
va a ser rehabilitado en la Tierra, porque
de la Iglesia:
las estructuras de poder institucionales han
abusado del Cristo de Dios y lo han desa- menosprecio y opresión
creditado de la forma más infame y aún lo de la mujer
siguen haciendo.
Del libro:
La
La
Rehabilitación Rehabilitación
del Cristo del Cristo
de Dios de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios, En la amplia documentación «La rehabilitación del
la Sabiduría divina, Cristo de Dios» conocerá usted la dimensión del en-
rehabilitan al Cristo de Dios. gaño cometido con la enseñanza de Jesús, el Cristo
–y lo que Él, el Espíritu Libre, trajo verdaderamente a
los seres humanos y trae hoy de nuevo: la enseñanza
Prueba de lectura del capítulo: del amor a Dios y al prójimo, a los hombres, la natu-
raleza y los animales, el camino de regreso al Reino
La tradición de Dios, a nuestro Padre eterno.
de la Iglesia:
menosprecio y opresión de la mujer
Más de 700 págs, tapa dura,
Próxima edición en español: mayo de 2016
Febrero 2016
© Gabriele-Verlag Das Wort GmbH
Max-Braun-Str. 2, 97828 Marktheidenfeld, Si quiere le enviamos otros cuadernos gratuitos
Alemania con otros temas del libro
www.la-rehabilitacion.de
«La rehabilitación del Cristo de Dios».
En todas las cuestiones relativas al sentido,
la edición original en alemán tiene validez última.
www.la-rehabilitacion.de
Todos los derechos reservados.
Imprime: KlarDruck GmbH, Marktheidenfeld, Alemania
La tradición de la Iglesia:
Menosprecio y opresión de la mujer

Jesús de Nazaret no fue ningún «hijo de su


tiempo» ni tampoco siguió el espíritu de la
época. Vivió como revolucionario espiritual
que personificó los principios divinos a los que
pertenece también la igualdad. Jesús, el Cris-
to de Dios, ama a todos los seres humanos. Él
no hace diferencias, tampoco entre hombres y
mujeres, al contrario de las instituciones ecle-
siásticas que en nombre del Cristo de Dios a
lo largo de los siglos desdeñaron, mortificaron,
oprimieron, explotaron, humillaron y mataron
a las mujeres. Esta actitud despreciativa hacia
las mujeres por parte de los hombres de Iglesia
no tiene nada en común con la enseñanza ni
con la vida del joven valiente llamado Jesús de
Nazaret.

En el curso de la historia de la Iglesia se ha he-


cho resaltar muchas veces que Dios creó pri-
mero a Adán y que Eva fue formada de la cos-
tilla de Adán, como se puede leer en la Biblia.
Pero en esta se encuentra otro relato sobre la

1
creación del hombre: «Creó, pues, Dios al ser
humano a imagen suya; a imagen de Dios lo
creó. Como hombre y mujer los creó» (Génesis
1, 27).
¿Qué es entonces lo correcto? ¿Creó Dios por
igual al hombre y a la mujer, o surgió Eva de
la costilla de Adán y por tanto a la mujer se la
formó del hombre?

Es un mensaje liberador –sobre todo para mu-


chas mujeres– el que Jesús de Nazaret enseña-
ra y viviera la igualdad.
Él no ponía a los hombres por encima de las
mujeres, sino que incluso rompía con el orden
social establecido de entonces actuando a fa-
vor de las mujeres: hablaba con mujeres, se
hospedaba en casa de mujeres, sanaba a mu-
jeres y les salvaba la vida.
Por ejemplo, cuando los escribas y fariseos le
trajeron a una mujer que había sido sorprendi-
da en adulterio y que por ello debía ser lapida-
da, no solo dejó que la mujer se fuera a casa,
sino que fuera de eso destapó la hipocresía
de los hombres que la acusaban, diciéndoles:
«Quien de vosotros esté libre de pecado, que le
tire la primera piedra» (Juan 8, 7).

2
La franqueza de Jesús de Nazaret en el trato
con las mujeres, la percibieron también Sus
discípulos.
Esto se mostró, por ejemplo, cuando en una
fuente le pidió a una samaritana que le diera
de beber y conversó con ella, a pesar de que
las samaritanas estaban en aquel entonces en
una categoría social muy baja. La reacción de
los discípulos a esto se ha transmitido como
sigue: «Ellos se sorprendieron de que hablara
con una mujer, pero nadie Le preguntó: “¿Qué
quieres?” o “¿Qué hablas con ella?”» (Juan 4, 27).

También hubo discípulas

Así como las instituciones eclesiásticas forza-


ron en el curso de siglos la imagen de la crea-
ción de Eva a partir de la costilla de Adán, tam-
bién forjaron la imagen de los apóstoles como
un mero círculo de hombres.
Esta falsa representación se inculcó igualmen-
te durante siglos en las mentes de los creyen-
tes de Iglesia y desde entonces ha traído los
frutos correspondientes. Y puesto que desde
el punto de vista de la Iglesia lo que no pue-

3
de ser, tampoco debe ser, por ejemplo a una
mujer llamada Junia, que según s. Pablo en la
Epístola a los Romanos (16, 7) es un «apóstol»,
se la convirtió sin más ni más en un hombre
llamado Junias.
Que Jesús de Nazaret habría tenido supuesta-
mente solo discípulos –ninguna discípula– se
toma hasta hoy como argumento para desfa-
vorecer y discriminar a la mujer en la Iglesia
católica. En el Catecismo de la Iglesia católica
se dice al respecto que Jesús «eligió a hombres
para formar el colegio de los doce apóstoles».
A pesar de que evidentemente estos apósto-
les no eran sacerdotes y de que el concepto
de «apóstol» no se empleó solo para este gru-
po de los doce, la Iglesia vaticana abusa del
nombramiento de los discípulos para ordenar
a sus sacerdotes, y concluye diciendo: «Esta es
la razón por la que las mujeres no reciben la
ordenación» (N°. 1577).

¿Dónde enseñó Jesús de Nazaret algo seme-


jante? Tales declaraciones de la Iglesia católica
no son atribuibles a Jesús, el Cristo, –ni lo que
respecta a las mujeres ni al sacerdocio– puesto
que Jesús de Nazaret no fundó ninguna Iglesia

4
ni ordenó a ningún sacerdote. Jesús de Naza-
ret llamó a todos los seres humanos diciendo:
«¡Seguidme!».

Por ello Jesús de Nazaret no tuvo solo discípu-


los en torno suyo, sino también discípulas que
Le seguían seria y consecuentemente. ¿Cómo
se explica entonces el que fueran sobre todo
mujeres las que se mantuvieron fieles a Jesús
hasta la muerte en la cruz del Gólgota? ¿Y dón-
de estaban entonces los «recios» apóstoles
bajo la cruz? Y en el caso de Pedro ya había
cantado el gallo, porque había negado tres ve-
ces conocer a Jesús de Nazaret.

No por casualidad fueron también mujeres las


primeras que anunciaron Su resurrección. En la
Biblia se lee:
«Y regresaron del sepulcro a la ciudad y anun-
ciaron todas estas cosas a los Once y a los otros
discípulos. Las que referían estas cosas a los
apóstoles eran María Magdalena, Juana y Ma-
ría, la madre de Jacobo, y también las demás
mujeres que estaban con ellas. Pero los apósto-
les consideraban todas aquellas palabras como
desatinos y no les creían» (Lucas 24, 9-11).

5
¿No es significativo que Pedro negara a Jesús
de Nazaret y que Pedro no creyera a las muje-
res que anunciaban Su resurrección? ¿Y quién
se ve como directo sucesor de Pedro y está
sentado hasta hoy en la «silla de san Pedro»?
De Jesús de Nazaret no se ha transmitido en
todo caso ninguna sola palabra que pudiera
dar motivo a oprimir a las mujeres o a excluir-
las de alguna tarea.

En el cristianismo originario las mujeres parti-


cipaban aún de forma numerosa y de la mane-
ra más diversa: servían como sanadoras cris-
tiano-originarias, actuaban como apóstoles y
daban la palabra de Dios en las comunidades
cristiano-originarias. Sin embargo, las tareas
que las mujeres desempeñaban en tiempos
de Jesús y en las comunidades originarias
no pudieron practicarlas mucho tiempo. En
el transcurso del primer siglo y a comienzos
del segundo se pasó de la comunidad libre de
hermanos y hermanas, en la que cada uno as-
piraba a Dios en su interior, a una religión de
culto cada vez más externo con rituales y ce-
remonias que en muchos sentidos acogió las
tradiciones romanas. De una comunidad libre,

6
fraternal, de hombres y mujeres con los mis-
mos derechos, surgió una jerarquía patriarcal
–como era costumbre en el Impero Romano de
entonces– en cuya cúspide se encuentra hasta
hoy el papa como monarca absoluto.

Las mujeres deben


«callar en la asamblea»

El menosprecio y la opresión eclesiástica de las


mujeres se atribuyen a Pablo, es decir, a pasajes
textuales de sus epístolas a las comunidades,
aun cuando los responsables de las institucio-
nes llamadas Iglesia no son unánimes a la hora
de distinguir qué procede realmente de Pablo
y qué de sus discípulos. Pero todos ellos con-
sideran que la totalidad de los pasajes bíblicos
son supuestamente la «Palabra de Dios». En la
primera epístola a los corintios se dice:
«El varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es
imagen y reflejo de Dios; la mujer, sin embargo,
es reflejo del varón. Pues el varón no procede
de la mujer, sino la mujer del varón. El varón
tampoco fue creado para la mujer, sino la mujer
para el varón» (1 Co 11, 7-9).

7
Esto tuvo también consecuencias prácticas. Al
respecto se dice:
«Como es habitual en todas las comunidades
de los santos, las mujeres deben callar en las
asambleas; no les está permitido tomar la pa-
labra; deben permanecer sumisas, como lo pide
también la Ley. Si quieren aprender algo, que
pregunten a sus propios maridos en casa; pues
es indecoroso que la mujer hable en la asam-
blea» (1 Co 14, 33-35).

Y Pablo –o uno de sus discípulos– escribió a


los efesios:
«Vosotras mujeres someteos a vuestros maridos,
como al Señor; porque el marido es cabeza de la
mujer, como también Cristo es la cabeza de la
Iglesia; Él la ha salvado, pues ella es Su cuerpo.
De igual modo que la Iglesia es sumisa a Cristo,
así también las mujeres deben serlo a sus mari-
dos en todo» (Ef 5, 22-24).

Pablo, en cuyo nombre se difunde esta decla-


ración, no solo es venerado por la Iglesia cató-
lica como «santo», sino también como autor
de la «Palabra de Dios». ¿Por qué? ¿Dónde en-
señó Jesús de Nazaret algo semejante?

8
Jesús, el Cristo, ni fundó la Iglesia ni exigió que
alguien se sometiera. Él enseñó sencillamen-
te: «¡Seguidme!». Esto es válido para mujeres,
para hombres; para todos los seres humanos.
¿Cómo pueden armonizar estas declaraciones
discriminatorias, a las que se han remitido los
hombres de Iglesia a lo largo de todos los si-
glos, con la siguiente declaración, que igual-
mente se atribuye a Pablo?:
«Todos sois pues hijos e hijas de Dios, porque
creéis en Jesucristo y estáis unidos con Él. (...)
De modo que no hay ninguna diferencia más
entre judío y griego, entre esclavo y libre, entre
hombre y mujer» (Ga 3, 26-28).

¿Qué Pablo es entonces para la Iglesia católica-


mente «santo»? ¿El Pablo que pedía el someti-
miento de la mujer y condenaba a las mujeres
a que callaran? ¿O el Pablo que propugnaba la
igualdad de hombres y mujeres?
Esta pregunta la responde la misma historia de
la Iglesia. Ninguna de las declaraciones me-
nospreciadoras de la mujer que se le atribuyen
a Pablo, se pueden remitir a Jesús de Nazaret.
No obstante, estos pasajes bíblicos sirvieron
desde entonces a innumerables Padres de la

9
Iglesia, doctores de la Iglesia, eminencias, ex-
celencias, obispos y sacerdotes para marginar
a las mujeres y hacerlas callar.
Estas declaraciones son los fundamentos de la
desigualdad que existe aún hoy en día entre
hombres y mujeres. Sirvieron a lo largo de los
siglos para oprimir, explotar, humillar y des-
preciar a las mujeres, lo cual condujo antigua-
mente con frecuencia a que se las persiguiera
y asesinara cruelmente.

La enseñanza de los hombres


de Iglesia: Las mujeres deben pagar
por el «pecado de Eva»

Según las Biblias de las Iglesias institucionales


la primera mujer, Eva, se dejó seducir por el
«diablo» a ser desobediente, al probar un fruto
no permitido y darle también a Adán a comer
de este (Ge 3). A causa de este capítulo en la Bi-
blia, los hombres de Iglesia echan a Eva la cul-
pa de todos los males que desde entonces han
sucedido en el mundo. Con gran descaro se ha
afirmado una y otra vez que las mujeres tienen
que expiar por este «pecado» de Eva, a pesar

10
de que ni los profetas de Dios ni el Cristo de
Dios jamás enseñaron algo parecido. Partien-
do de Pablo, bajo el dominio de la Iglesia a la
mujer se la despreció y sometió cada vez más.
El erudito de la Iglesia Tertuliano (160-225), en
su escrito «Del adorno de la mujeres» riñó a las
mujeres, diciéndoles:
«En dolor y miedo debes dar a luz, mujer, en el
hombre debes apoyarte y él es tu dueño. ¿Y tú
no querías saber que eras una Eva? Aún perdura
en este mundo la sentencia castigadora de Dios
sobre tu género; por ello debe perdurar también
aún tu culpa. Tú eres la que ha dado entrada al
diablo» (De cultu feminarum, libro 1, cap. 1, 1).

«¿Tiene alma la mujer?»

Los hombres de Iglesia elucubraban en parte


seriamente acerca de la pregunta de si las mu-
jeres podían en realidad ir al Cielo.
Karlheinz Deschner escribe en su obra «La cruz
con la Iglesia»:
«Célebre fue un caso en el sínodo de Mâcon
(585), donde se debatió la pregunta de si las
mujeres que se lo merecían no tendrían primero

11
que convertirse en hombres durante la resurrec-
ción de la carne antes de que pudieran entrar en
el Paraíso. (...) Y todavía a comienzos del siglo
XIX aparecían escritos sobre la famosa disputa
escolástica (...): “¿Tiene alma la mujer?”» (pág.
209, 213, en alemán).

¿Cómo pueden los hombres sacerdote arro-


garse el derecho de querer decidir si las muje-
res tienen alma o no?

A comienzos del siglo XIII descolló Alberto


Magno, predicador de las Cruzadas y conoci-
do Maestro de la Iglesia, quien opinaba que en
realidad solo los seres humanos perfectos, es
decir, los hombres, podían nacer, pero: «Para
que la obra de la naturaleza no se destruya to-
talmente, esta forma a una mujer» (De animali-
bus, libro 16, cap. 1 y 2, cit. seg. Deschner, pág. 210,
en alemán).

Alberto Magno fue hecho «santo» en 1931,


es decir, en el siglo XX, y la Iglesia vaticana lo
considera patrón de los teólogos, filósofos y
científicos, de modo que estos todavía en el si-
glo XXI lo deben «invocar» de forma preferen-

12
te. Quien enseña algo semejante a como estos
hombres de Iglesia, no ha de sorprenderse de
que muchas personas sigan las palabras de
Juan de Patmos, que dijo: «¡Sal de ella, pueblo
mío, para que nos os hagáis cómplices de sus
culpas ni tengáis que compartir sus plagas!»
(Apocalipsis 18, 4). Así está en la Biblia a la que
siempre se remiten los hombres de Iglesia.
En la cúspide de las declaraciones desprecia-
doras de las mujeres se encuentra el maestro
de la Iglesia proclamado «santo», Tomás de
Aquino (1225-1275), que fue elevado a la cate-
goría de patrón de todas las escuelas católicas
y de la educación católica. También según su
opinión la esposa debe someterse al marido,
pues este es su cabeza, y en cuerpo y alma más
perfecto que ella, así hablaba Tomas de Aqui-
no. Él exigía la obediencia de la mujer en la
vida doméstica y pública y pregonaba:
«La mujer se comporta respecto al hombre co-
mo lo imperfecto y defectuoso con respecto a
lo perfecto». Para él la mujer es realmente un
«error de la naturaleza» una especie de «hom-
bre mutilado», «falso», «malogrado».
«La mujer está por naturaleza dotada con me-
nos virtud y dignidad que el hombre. Pues siem-

13
pre es más digno de honra lo que actúa que lo
que sufre, como dice Agustín» (Summa Theologia
tomo 1, 92; cita de Deschner, pág. 211, en alemán).

Estos son solo unos pocos fragmentos de las


diatribas con las que durante siglos los hom-
bres de Iglesia han denigrado y humillado a las
mujeres y han abusado de ellas. Sin embargo,
hasta el día de hoy a estos hombres se les tiene
gran consideración en la Iglesia católica, y en
parte son incluso Maestros de la Iglesia a los
que se ha proclamado «santos».
Los hombres sacerdote han declarado que las
mujeres son una cosa que se puede utilizar.
Pero con seguridad que nada, ninguna sola de
esas palabras está basada en Jesús, el Cristo, el
Hijo de Dios, que vino a la Tierra y nos enseñó
y predicó con el ejemplo el amor a Dios y al
prójimo. Las enseñanzas menospreciadoras de
las mujeres no son la palabra de Dios, sino la
expresión de neuróticas fantasías de hombres.
Declaraciones despectivas sobre las mujeres
no son por lo demás ninguna prerrogativa de
«dignatarios» católicos. El desprecio de Lutero
por las mujeres no envidia en nada al de sus
colegas de cargo católicos.

14
Para Lutero las mujeres son la «herramienta
más débil».
«Es algo penoso con la mujer. La mayor honra
que la mujer tiene es, en resumidas cuentas, que
nacemos a través de las mujeres» (cita de Walch,
Luther-Gesamtausgabe 1734, XXII, 43, 16, ‘Lutero,
edición completa’ de 1734, en alemán).

En este sentido Lutero proclamaba: «Pero aun-


que se sientan fatigadas y por último desfalleci-
das, eso no daña; déjalas que desfallezcan, para
eso están ahí» (cita seg. Hubertus Mynarek, Luther
ohne Mythos, pág. 43, en alemán).
Además, según Lutero la mujer ante el hom-
bre debería: «agacharse como ante su señor, al
que debe temer, serle sumisa y obediente» (Eine
Predigt vom Ehestand, 1525), (Un sermón sobre el
estado matrimonial, 1525).

Con Jesús, el Cristo, todo esto no tiene nada


que ver. Si Jesús hubiera querido que las muje-
res sirvieran a los hombres, ¿por qué entonces
no lo dijo?
Si Jesús hubiera partido del hecho de que las
mujeres están menos dotadas de virtud y dig-
nidad que los hombres, ¿por qué entonces no
lo enseñó?

15
Y si Jesús hubiera creído que las mujeres son
«seres de menor valor», que su «honra más
grande» es la de traer hombres al mundo, que
deben callar, etc., ¿por qué Él entonces habló
con ellas, comió con ellas, se hospedó donde
ellas?
Jesús, el Cristo, dio a todos los hombres el
mismo Mandamiento: «Amaos entre vosotros
como yo os he amado» (Juan 15,12).

Los hombres de Iglesia:


precursores de la obsesión por las brujas

La desvalorización y menosprecio de la mujer


por parte de los dignatarios eclesiásticos, no
solo representa una crueldad anímica, sino que
a menudo también tuvo consecuencias corpo-
rales brutales y sangrientas.
Agustín es considerado como el «teólogo de
la obsesión por las brujas», cuyas tesis fueron
acogidas más tarde por Tomás de Aquino y
Heinrich Kramer, el autor del «Martillo de bru-
jas». Para el monje dominicano Heinrich Kra-
mer, las mujeres no solo eran más tontas e in-
sensatas que los hombres, sino que:

16
«La mujer es, pues, mala por naturaleza, pues-
to que duda más rápidamente de la fe, reniega
también más rápidamente de la fe, lo que es
la base de la brujería» (Hexenhammer, 1487, ‘El
Martillo de Brujas’ de 1487, reimpreso en 1980, pág.
100, en alemán).
La «bula de brujas» del papa Inocencio VIII
(1484) y el «Martillo de brujas» (1487) de este
monje dominicano, sentaron la base para las
persecuciones de brujas en las regiones cató-
licas.
Las zonas protestantes eran por lo demás igual
de peligrosas para las mujeres, pues Lutero
dijo sobre las «brujas y brujos»:
«Con estos no se ha de tener misericordia algu-
na; yo mismo quisiera quemarlos» (cita de Rainer
Decker, Hexen, Mythen und die Wahrheit, ‘Brujas,
mitos y la verdad’, pág. 48, en alemán).

En total debieron ser unas 60 000 personas –


en su mayoría mujeres– las que sucumbieron
siendo víctimas de esta locura promovida por
los hombres de Iglesia. Estos son los frutos de
la Iglesia, que es la que puso la semilla para
ello con sus declaraciones de menosprecio a
las mujeres.

17
La enseñanza eclesiástica de la opresión de la
mujer marcó a la sociedad a lo largo de mu-
chos siglos. A través de toda la Edad Media los
hombres tenían –establecido jurídicamente– el
llamado derecho de corrección respecto a sus
esposas. Esto significaba que podían pegar a
sus mujeres, podían azotarlas, maltratarlas con
espuelas hasta que la sangre fluyera de los
cientos de heridas o hasta que se abatían casi
muertas.
Esto no solo lo permitía el derecho mundano,
también estaba estipulado hasta el año 1918
en el código de leyes católico, el Codex Iuris
Canonici:
«Los hombres pueden “golpear, encerrar, atar y
hacer ayunar a sus mujeres”» (cit. de Deschner, La
cruz con la Iglesia, pág. 225 en alemán).
¿Quién dio este derecho a los hombres? ¡Jesús,
el Cristo, no fue!
El que hoy en día se aspire en muchos países a
la igualdad de derechos entre hombres y muje-
res no es ningún mérito de las Iglesias. Todo lo
contrario: esto que es evidente y natural es vá-
lido solo como progreso moral, porque –como
tantas otras cosas– hay que lograrlo contra la
resistencia de la institución eclesiástica.

18
Sobre el libro
La rehabilitación del Cristo de Dios

El Cristo de Dios, encarnado antaño en Jesús de


Nazaret, que trajo a la humanidad la enseñan-
za de los Cielos, la enseñanza de la Paz, de la
Unidad, la omniabarcante e inalterable ley del
Amor, será rehabilitado en la Tierra, porque de
parte de las estructuras de poder institucionales
o confesionales se abusa del Cristo de Dios y se
Le desacredita de la forma más ignominiosa».

Los autores esclarecen detenidamente en este


libro las diversas facetas del abuso del nombre
de Jesús, el Cristo, sobre todo la tergiversación y
la falsificación de Su enseñanza originaria con
las devastadoras consecuencias para la huma-
nidad y para toda la Tierra.

Infórmese más sobre


- La lucha de las religiones de culto mundano
externo contra la corriente del cristianismo
originario
- Violencia, guerras, crímenes bajo el manto
de «cristiano»
- Dogmas y preceptos eclesiásticos

19
- El reto continuado contra Cristo
- La huella sangrienta de la Iglesia
- Los abismos de la enseñanza de Lutero
- Menosprecio y opresión de la mujer
- Los crímenes de miembros de la Iglesia
contra los niños
- La guerra contra los animales y los críme-
nes contra la Creación

Por medio de Su palabra profética dada a tra-


vés de Gabriele, la profeta y enviada de Dios
para nuestra época, Él conduce a todos los
seres humanos de buena voluntad a toda la
verdad, en la medida en la que la podamos
comprender

Más informaciones al respecto las encuentra


en los más de 100 libros y escritos que Gabrie-
le ha escrito y dado a conocer para personas
de todas las culturas y naciones.

20
Del libro:
La
La
Rehabilitación Rehabilitación
del Cristo del Cristo
de Dios de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios, En la amplia documentación «La rehabilitación del
la Sabiduría divina, Cristo de Dios» conocerá usted la dimensión del en-
rehabilitan al Cristo de Dios. gaño cometido con la enseñanza de Jesús, el Cristo
–y lo que Él, el Espíritu Libre, trajo verdaderamente a
los seres humanos y trae hoy de nuevo: la enseñanza
Prueba de lectura del capítulo: del amor a Dios y al prójimo, a los hombres, la natu-
raleza y los animales, el camino de regreso al Reino
La guerra contra los animales de Dios, a nuestro Padre eterno.
y los crímenes
contra la Creación
Más de 700 págs, tapa dura,
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La
Rehabilitación
del Cristo
de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios,
la Sabiduría divina,
rehabilitan al Cristo de Dios.

Ha llegado el tiempo: El Cristo de Dios, que Prueba de lectura


fue Jesús de Nazaret, quien trajo a la huma-
nidad las enseñanzas de los Cielos, la en-
del capítulo:
señanza de la Paz, de la Unidad, la Ley del La guerra contra los animales
amor que es omniabarcante e irrevocable,
va a ser rehabilitado en la Tierra, porque
y los crímenes
las estructuras de poder institucionales han contra la Creación
abusado del Cristo de Dios y lo han desa-
creditado de la forma más infame y aún lo
siguen haciendo.

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