Menosprecio y Opresión de La Mujer: Tradición de La Iglesia (La Rehabilitación Del Cristo, Versión en Español)
Menosprecio y Opresión de La Mujer: Tradición de La Iglesia (La Rehabilitación Del Cristo, Versión en Español)
Rehabilitación
del Cristo
de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios,
la Sabiduría divina,
rehabilitan al Cristo de Dios.
1
creación del hombre: «Creó, pues, Dios al ser
humano a imagen suya; a imagen de Dios lo
creó. Como hombre y mujer los creó» (Génesis
1, 27).
¿Qué es entonces lo correcto? ¿Creó Dios por
igual al hombre y a la mujer, o surgió Eva de
la costilla de Adán y por tanto a la mujer se la
formó del hombre?
2
La franqueza de Jesús de Nazaret en el trato
con las mujeres, la percibieron también Sus
discípulos.
Esto se mostró, por ejemplo, cuando en una
fuente le pidió a una samaritana que le diera
de beber y conversó con ella, a pesar de que
las samaritanas estaban en aquel entonces en
una categoría social muy baja. La reacción de
los discípulos a esto se ha transmitido como
sigue: «Ellos se sorprendieron de que hablara
con una mujer, pero nadie Le preguntó: “¿Qué
quieres?” o “¿Qué hablas con ella?”» (Juan 4, 27).
3
de ser, tampoco debe ser, por ejemplo a una
mujer llamada Junia, que según s. Pablo en la
Epístola a los Romanos (16, 7) es un «apóstol»,
se la convirtió sin más ni más en un hombre
llamado Junias.
Que Jesús de Nazaret habría tenido supuesta-
mente solo discípulos –ninguna discípula– se
toma hasta hoy como argumento para desfa-
vorecer y discriminar a la mujer en la Iglesia
católica. En el Catecismo de la Iglesia católica
se dice al respecto que Jesús «eligió a hombres
para formar el colegio de los doce apóstoles».
A pesar de que evidentemente estos apósto-
les no eran sacerdotes y de que el concepto
de «apóstol» no se empleó solo para este gru-
po de los doce, la Iglesia vaticana abusa del
nombramiento de los discípulos para ordenar
a sus sacerdotes, y concluye diciendo: «Esta es
la razón por la que las mujeres no reciben la
ordenación» (N°. 1577).
4
ni ordenó a ningún sacerdote. Jesús de Naza-
ret llamó a todos los seres humanos diciendo:
«¡Seguidme!».
5
¿No es significativo que Pedro negara a Jesús
de Nazaret y que Pedro no creyera a las muje-
res que anunciaban Su resurrección? ¿Y quién
se ve como directo sucesor de Pedro y está
sentado hasta hoy en la «silla de san Pedro»?
De Jesús de Nazaret no se ha transmitido en
todo caso ninguna sola palabra que pudiera
dar motivo a oprimir a las mujeres o a excluir-
las de alguna tarea.
6
fraternal, de hombres y mujeres con los mis-
mos derechos, surgió una jerarquía patriarcal
–como era costumbre en el Impero Romano de
entonces– en cuya cúspide se encuentra hasta
hoy el papa como monarca absoluto.
7
Esto tuvo también consecuencias prácticas. Al
respecto se dice:
«Como es habitual en todas las comunidades
de los santos, las mujeres deben callar en las
asambleas; no les está permitido tomar la pa-
labra; deben permanecer sumisas, como lo pide
también la Ley. Si quieren aprender algo, que
pregunten a sus propios maridos en casa; pues
es indecoroso que la mujer hable en la asam-
blea» (1 Co 14, 33-35).
8
Jesús, el Cristo, ni fundó la Iglesia ni exigió que
alguien se sometiera. Él enseñó sencillamen-
te: «¡Seguidme!». Esto es válido para mujeres,
para hombres; para todos los seres humanos.
¿Cómo pueden armonizar estas declaraciones
discriminatorias, a las que se han remitido los
hombres de Iglesia a lo largo de todos los si-
glos, con la siguiente declaración, que igual-
mente se atribuye a Pablo?:
«Todos sois pues hijos e hijas de Dios, porque
creéis en Jesucristo y estáis unidos con Él. (...)
De modo que no hay ninguna diferencia más
entre judío y griego, entre esclavo y libre, entre
hombre y mujer» (Ga 3, 26-28).
9
Iglesia, doctores de la Iglesia, eminencias, ex-
celencias, obispos y sacerdotes para marginar
a las mujeres y hacerlas callar.
Estas declaraciones son los fundamentos de la
desigualdad que existe aún hoy en día entre
hombres y mujeres. Sirvieron a lo largo de los
siglos para oprimir, explotar, humillar y des-
preciar a las mujeres, lo cual condujo antigua-
mente con frecuencia a que se las persiguiera
y asesinara cruelmente.
10
de que ni los profetas de Dios ni el Cristo de
Dios jamás enseñaron algo parecido. Partien-
do de Pablo, bajo el dominio de la Iglesia a la
mujer se la despreció y sometió cada vez más.
El erudito de la Iglesia Tertuliano (160-225), en
su escrito «Del adorno de la mujeres» riñó a las
mujeres, diciéndoles:
«En dolor y miedo debes dar a luz, mujer, en el
hombre debes apoyarte y él es tu dueño. ¿Y tú
no querías saber que eras una Eva? Aún perdura
en este mundo la sentencia castigadora de Dios
sobre tu género; por ello debe perdurar también
aún tu culpa. Tú eres la que ha dado entrada al
diablo» (De cultu feminarum, libro 1, cap. 1, 1).
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que convertirse en hombres durante la resurrec-
ción de la carne antes de que pudieran entrar en
el Paraíso. (...) Y todavía a comienzos del siglo
XIX aparecían escritos sobre la famosa disputa
escolástica (...): “¿Tiene alma la mujer?”» (pág.
209, 213, en alemán).
12
te. Quien enseña algo semejante a como estos
hombres de Iglesia, no ha de sorprenderse de
que muchas personas sigan las palabras de
Juan de Patmos, que dijo: «¡Sal de ella, pueblo
mío, para que nos os hagáis cómplices de sus
culpas ni tengáis que compartir sus plagas!»
(Apocalipsis 18, 4). Así está en la Biblia a la que
siempre se remiten los hombres de Iglesia.
En la cúspide de las declaraciones desprecia-
doras de las mujeres se encuentra el maestro
de la Iglesia proclamado «santo», Tomás de
Aquino (1225-1275), que fue elevado a la cate-
goría de patrón de todas las escuelas católicas
y de la educación católica. También según su
opinión la esposa debe someterse al marido,
pues este es su cabeza, y en cuerpo y alma más
perfecto que ella, así hablaba Tomas de Aqui-
no. Él exigía la obediencia de la mujer en la
vida doméstica y pública y pregonaba:
«La mujer se comporta respecto al hombre co-
mo lo imperfecto y defectuoso con respecto a
lo perfecto». Para él la mujer es realmente un
«error de la naturaleza» una especie de «hom-
bre mutilado», «falso», «malogrado».
«La mujer está por naturaleza dotada con me-
nos virtud y dignidad que el hombre. Pues siem-
13
pre es más digno de honra lo que actúa que lo
que sufre, como dice Agustín» (Summa Theologia
tomo 1, 92; cita de Deschner, pág. 211, en alemán).
14
Para Lutero las mujeres son la «herramienta
más débil».
«Es algo penoso con la mujer. La mayor honra
que la mujer tiene es, en resumidas cuentas, que
nacemos a través de las mujeres» (cita de Walch,
Luther-Gesamtausgabe 1734, XXII, 43, 16, ‘Lutero,
edición completa’ de 1734, en alemán).
15
Y si Jesús hubiera creído que las mujeres son
«seres de menor valor», que su «honra más
grande» es la de traer hombres al mundo, que
deben callar, etc., ¿por qué Él entonces habló
con ellas, comió con ellas, se hospedó donde
ellas?
Jesús, el Cristo, dio a todos los hombres el
mismo Mandamiento: «Amaos entre vosotros
como yo os he amado» (Juan 15,12).
16
«La mujer es, pues, mala por naturaleza, pues-
to que duda más rápidamente de la fe, reniega
también más rápidamente de la fe, lo que es
la base de la brujería» (Hexenhammer, 1487, ‘El
Martillo de Brujas’ de 1487, reimpreso en 1980, pág.
100, en alemán).
La «bula de brujas» del papa Inocencio VIII
(1484) y el «Martillo de brujas» (1487) de este
monje dominicano, sentaron la base para las
persecuciones de brujas en las regiones cató-
licas.
Las zonas protestantes eran por lo demás igual
de peligrosas para las mujeres, pues Lutero
dijo sobre las «brujas y brujos»:
«Con estos no se ha de tener misericordia algu-
na; yo mismo quisiera quemarlos» (cita de Rainer
Decker, Hexen, Mythen und die Wahrheit, ‘Brujas,
mitos y la verdad’, pág. 48, en alemán).
17
La enseñanza eclesiástica de la opresión de la
mujer marcó a la sociedad a lo largo de mu-
chos siglos. A través de toda la Edad Media los
hombres tenían –establecido jurídicamente– el
llamado derecho de corrección respecto a sus
esposas. Esto significaba que podían pegar a
sus mujeres, podían azotarlas, maltratarlas con
espuelas hasta que la sangre fluyera de los
cientos de heridas o hasta que se abatían casi
muertas.
Esto no solo lo permitía el derecho mundano,
también estaba estipulado hasta el año 1918
en el código de leyes católico, el Codex Iuris
Canonici:
«Los hombres pueden “golpear, encerrar, atar y
hacer ayunar a sus mujeres”» (cit. de Deschner, La
cruz con la Iglesia, pág. 225 en alemán).
¿Quién dio este derecho a los hombres? ¡Jesús,
el Cristo, no fue!
El que hoy en día se aspire en muchos países a
la igualdad de derechos entre hombres y muje-
res no es ningún mérito de las Iglesias. Todo lo
contrario: esto que es evidente y natural es vá-
lido solo como progreso moral, porque –como
tantas otras cosas– hay que lograrlo contra la
resistencia de la institución eclesiástica.
18
Sobre el libro
La rehabilitación del Cristo de Dios
19
- El reto continuado contra Cristo
- La huella sangrienta de la Iglesia
- Los abismos de la enseñanza de Lutero
- Menosprecio y opresión de la mujer
- Los crímenes de miembros de la Iglesia
contra los niños
- La guerra contra los animales y los críme-
nes contra la Creación
20
Del libro:
La
La
Rehabilitación Rehabilitación
del Cristo del Cristo
de Dios de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios, En la amplia documentación «La rehabilitación del
la Sabiduría divina, Cristo de Dios» conocerá usted la dimensión del en-
rehabilitan al Cristo de Dios. gaño cometido con la enseñanza de Jesús, el Cristo
–y lo que Él, el Espíritu Libre, trajo verdaderamente a
los seres humanos y trae hoy de nuevo: la enseñanza
Prueba de lectura del capítulo: del amor a Dios y al prójimo, a los hombres, la natu-
raleza y los animales, el camino de regreso al Reino
La guerra contra los animales de Dios, a nuestro Padre eterno.
y los crímenes
contra la Creación
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Próxima edición en español: mayo de 2016
Febrero 2016
© Gabriele-Verlag Das Wort GmbH
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Alemania con otros temas del libro
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La
Rehabilitación
del Cristo
de Dios
Hijos e hijas de Dios,
en misión de Dios, en unión
con la tercera fuerza básica de Dios,
la Sabiduría divina,
rehabilitan al Cristo de Dios.