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Susurros Desde El Más Allá (Andrea Milano)

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Susurros desde el más allá

Andrea Milano

Autor: Milano, Andrea


©2011, Editorial El Maquinista
ISBN: 9788493889043
Generado con: QualityEPUB v0.32 + Notepad++
Prólogo

Eugene, Oregón. Invierno de 1996.

Carisse Jordan, con dieciséis años recién cumplidos, tuvo la


terrible sensación de que algo malo estaba a punto de suceder.
Había salido de su casa sin el permiso de sus padres después de
recibir un mensaje de su novio. Jared le había dejado una nota esa
misma mañana en donde le decía que necesitaba verla esa noche,
que tenía algo importante que decirle. Por eso, tras coger su
mochila y su bicicleta, acudió a su cita sin pensarlo dos veces. Poco
le importó el frío y la humedad reinantes en aquella noche de finales
de febrero.
Y allí estaba, en el sitio favorito de ambos, acurrucada junto a
unos de los tantos abetos que rodeaban al río Willamette, toda
arrebujada con la mochila en su regazo, esperando
impacientemente a que Jared hiciera acto de presencia. Dejó la
mochila en el suelo, metió ambas manos en los bolsillos de su
cazadora y emitió un sonoro bostezo. No tenía sentido mirar el reloj;
por más que lo hiciera, el tiempo no iba a pasar más rápido. Sabía
que era más de medianoche y estaba empezando a sentir que salir
de su casa para internarse en el valle, a merced del clima gélido y
las alimañas que poblaban la región, no había sido una de sus ideas
más brillantes. Dejó escapar un suspiro que rápidamente se
condensó en el aire. Esperaría solo un rato más, y si Jared no venía,
iba a tener que soportar todos y cada uno de sus reproches a la
mañana siguiente.
De repente creyó escuchar el rumor de un vehículo acercándose.
—¡Por fin! —dijo aliviada. Cogió su mochila y salió del
improvisado refugio en el cual, estaba segura, había permanecido
casi una hora y atravesó el estrecho sendero que conducía a la
interestatal número 5.
Pero el vehículo que se acercaba no era la vieja Ford F-50 de
Jared. Se sorprendió cuando reconoció el pequeño utilitario
perteneciente a Emily Brendon, una de sus amigas y compañera en
el instituto Shelton.
El coche se detuvo y de él se bajaron Emily y tres chicas más:
Gwyneth Matheson, Holly Sherman y Paige Gilbert; todas alumnas
de la misma escuela.
—Emily, ¿qué haces aquí? —preguntó Carisse parándose frente
al vehículo para que las luces encendidas le brindaran un poco de
calor—. Estoy esperando a Jared, me dijo que...
Emily ni siquiera le permitió que siguiera hablando.
—¿Estás segura que es a Jared a quien esperas? —Las tres
chicas se acercaron a Carisse y se pusieron a su alrededor.
—Por supuesto, me pidió que nos viéramos aquí —respondió
Carisse un tanto inquieta. No le gustaba para nada la manera en
que Emily la estaba mirando.
—Eres una mentirosa, Carisse Jordan —dijo Emily entrecerrando
los ojos—. Sabemos muy bien que has estado coqueteando con mi
novio. ¡No lo niegues!
Carisse tragó saliva. El pánico se apoderó de ella. Dejó caer la
mochila y retrocedió unos cuantos pasos pero una de las chicas la
sujetó del brazo y la obligó a detenerse. Cuando se giró, comprobó
que era Paige Gilbert.
—Emily... no es verdad. Ian es quien ha estado buscándome...
Emily Brendon se mordió los labios; sus ojos azules centelleaban
en la oscuridad. Había odio en ellos y Carisse comprendió que
Jared nunca le había dejado aquella nota en su mochila; todo había
sido una trampa y él nunca vendría.
—Ian no se habría fijado en ti si no te le hubieras insinuado —le
espetó Emily.
—¡Es verdad! —afirmó Holly.
—¡Eres una ramera! —la insultó Gwyneth uniéndose al ataque.
—¿Sabes qué les sucede a las rameras como tú? —le preguntó
Emily cerca del oído.
Carisse estaba temblando, pero ya no era de frío, sino de terror.
Negó con la cabeza mientras trataba en vano de zafarse de los
fuertes brazos de Holly Sherman. Pero cuando Gwyneth la cogió del
otro brazo, supo que no había escapatoria posible.
—¡Por favor, dejadme ir! —suplicó mientras sus ojos se llenaban
de lágrimas.
Las cuatro muchachas se echaron a reír y sus carcajadas
retumbaron en la inmensidad del valle como un eco macabro.
Carisse pensó en ese instante en Ian Willes, el novio de Emily.
Era el capitán del equipo de baloncesto y se había acercado a ella
un par de semanas antes con la excusa de invitarla a uno de sus
entrenamientos. Ella había aceptado solo por cortesía, además
pensaba ir acompañada de Jared, pero en el último momento él no
pudo ir y se presentó sola. Ian la buscó después y la invitó a un
refresco. Jamás había coqueteado con él; solo había tratado de ser
amable. Todos en el instituto Shelton sabían que ella era la novia de
Jared Collins y que además Ian salía con Emily. Ahora comprendía
que su simpatía había sido malinterpretada; Emily creía lo que no
era y pensaba hacerle pagar por algo que no había hecho.
—Tenemos que darte una lección, Carisse —manifestó Emily
mientras cruzaba los brazos sobre su pecho y le clavaba la mirada.
Hizo una seña con la mano y ordeno—: ¡Soltadla!
Holly y Gwyneth obedecieron y al liberarla, Carisse fue a dar de
bruces contra el suelo. Le temblaban tanto las piernas que apenas
podía mantenerse en pie. Tenía que levantarse y correr. Debía
hacerlo... antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Qué hacemos con ella ahora? —quiso saber Paige.
Emily la miró, después volvió a contemplar a Carisse y por unos
cuantos segundos se quedó en silencio.
—Le daremos la oportunidad de escapar —dijo por fin. Se
agachó y cogió el rostro pálido y sudado de la víctima de su odio—.
No la desaproveches, zorra... ¡Levántate y corre!
El grito de Emily hizo que Carisse reaccionara. Haciendo un
enorme esfuerzo, consiguió ponerse de pie. Retrocedió de espaldas
unos cuantos pasos y observó el rostro de las muchachas, uno a
uno. Creyó ver algo de compasión en Paige Gilbert pero no en las
demás.
Como pudo, dio dos pasos más. ¿Cómo iba a correr si apenas
podía caminar? Además, ¿hacia dónde iría? Era peligroso
adentrarse en el valle en medio de la noche. No conocía muy bien el
lugar; huir hacia la carretera era su mejor opción, la única quizá de
salvar su vida, porque estaba segura que aquella noche iba a morir.
Emily y las demás acortaron la distancia que las separaba de su
víctima, flanqueándole el paso hacia la carretera; Carisse se dio
media vuelta y no tuvo más remedio que echar a correr en dirección
al bosque. Le pesaban las piernas y le costaba respirar; aun así
logró avanzar lo suficiente hasta perderlas de vista. Se detuvo junto
a un árbol para tomar aire pero el sonido de pasos acercándose a
gran velocidad, hizo que retomara su carrera de inmediato. Ni
siquiera sabía hacia dónde correr. Los árboles se sucedían uno tras
otro, convirtiéndose en un laberinto mortal. La luna llena arrojaba un
poco de luz al lugar pero ella iba a ciegas, huyendo para poner a
salvo su vida. Tenía el corazón en la garganta y el ensordecedor
sonido de sus latidos retumbaba en sus oídos.
—¡Perra, ven aquí!
—¡No huyas, zorra!
No reconoció quién de las cuatro le estaba gritando; a esas
alturas sabía que todas ellas tenían un único objetivo: alcanzarla y
hacerle pagar, por lo que creían, era su pecado.
Atravesó un enorme claro en medio del bosque lo más deprisa
que pudo. Debía encontrar un escondite y debía hacerlo pronto. Se
acercó a un área rocosa que se elevaba hacia el cielo unos cuantos
metros y que bordeaba la orilla del río. Buscó una abertura, un
pequeño agujero donde refugiarse. Nunca había escalado nada en
su vida y lamentaba no haberlo hecho antes. Ladeó la formación
rocosa con cuidado; unos pocos metros más abajo, el tempestuoso
lecho del río Willamette se retorcía formando varias ondas en su
superficie. Al menos sabía nadar, y si caía al agua quizá tenía una
oportunidad de salvarse. Eso, claro, si no moría congelada. Se
aferró a un saliente con ambas manos y se colgó de la pared de la
roca. Estaba fría y húmeda y le costó hacer pie en ella. Avanzó muy
despacio, midiendo cada movimiento con cuidado. Divisó una
entrada a tan solo unos pocos metros; si tenía suerte, podía lograrlo.
—¡Carisse! ¿Dónde estás, Carisse?
Reconoció la voz de Emily.
Se estaban acercando.
Debía darse prisa.
Estiró su brazo todo lo que pudo hacia la izquierda para aferrarse
a una rama que sobresalía de la enorme roca en la cual pendía. Tan
solo un poco más y llegaría a la cueva.
De repente, una luz radiante la alumbró y esfumó las sombras a
su alrededor. Giró un poco su cabeza. Emily y las demás apuntaban
sus linternas hacia ella. La habían encontrado, aun así, tenía
posibilidades de salvarse si conseguía introducirse en la cueva.
Dudaba que Emily y las demás chicas la siguieran hasta allí.
Debía hacer un último esfuerzo. Elevó una de sus piernas y
buscó un punto de apoyo. Trastabilló y estuvo a punto de caerse al
vacío. Escuchó las carcajadas de las chicas. Cerró los ojos y los
apretó con fuerza. Su corazón dejó de latir durante unos cuantos
segundos. De pronto, la pared de la roca le pareció más húmeda
que antes y le costó sujetarse.
—¡Baja de allí, Carisse o iremos a por ti! —gritó Emily quien una
vez más, llevaba la voz cantante.
Carisse vio que las chicas estaban justo debajo de ella,
dispuestas a todo con tal de no dejarla escapar.
Cogió impulso y se balanceó hacia arriba, soltó la rama a la que
estaba sujeta para poder asirse de algo más sólido pero calculó mal
el movimiento y cayó al vacío. Su cuerpo golpeó contra una roca
antes de terminar en el lecho del río.
Emily, Holly, Gwyneth y Paige se miraron unas a otras. De
repente el silencio se hizo demasiado aterrador y ninguna de ellas
pudo reaccionar. Ninguna supo cuánto tiempo pasó desde que
Carisse había caído al agua hasta que volvieron a respirar con
normalidad.
Holly se apartó de las otras tres muchachas y dejó caer la
linterna encendida al suelo.
—¡Esto no debió haber pasado! ¡No debió haber pasado! —dijo
en medio de un evidente estado de shock.
Paige la miró e inexplicablemente comenzó a llorar. Cuando
desvió la vista hacia abajo se dio cuenta que se había orinado en
sus pantalones.
Gwyneth corrió al lado de Holly y se abrazó a ella. Al tener la
misma edad eran las que más congeniaban dentro del grupo. Emily,
en cambio, continuaba en su sitio, inmóvil con la mirada clavada en
el río. Aún retumbaba en sus oídos el ruido seco que provocó el
cuerpo de Carisse golpeando contra la roca antes de rebotar dentro
del agua. Ella solo quería darle un susto; hacerle pagar por haberse
metido con su novio. Nada más... Y ahora Carisse estaba muerta.
—¿Qué haremos ahora? —La voz entre sollozos de Holly hizo
que por fin apartara los ojos del río Willamette.
—No lo sé... no lo sé —apenas pudo balbucear Emily.
Las demás la contemplaron; había miedo e incertidumbre en su
mirada. Emily había sido siempre, para todas, un punto de
referencia y ahora estaba tan aterrada como ellas.
—Debemos llamar a la policía —propuso Paige, no muy
convencida de lo que acababa de decir.
Ahora los tres pares de ojos estaban puestos en Paige Gilbert.
—No... nos culparían de su muerte y nos meterían en la cárcel
—adujo Holly abrazándose a sí misma para detener los temblores
que sacudían todo su cuerpo.
—Nosotras no la hemos matado —replicó Paige.
—¡Pero es como si lo hubiéramos hecho! —intervino Gwyneth.
—Debemos fingir que nada de esto ocurrió —dijo Emily
impasible, recobrando la calma—. Nos iremos y no diremos nada.
—¡No podemos hacer eso... no podemos! —chilló Gwyneth
sacudiendo su cabeza de un lado a otro.
—¿Tienes otra idea? —preguntó Emily con cierto tono de ironía
en su voz. Siempre le había molestado la cobardía de Gwyneth,
pero aquella noche no estaba dispuesta a tolerarla. Alguien debía
mantener la calma y pensar con frialdad y ese alguien sería ella, así
que hizo caso omiso a los lloriqueos de las demás y tomó el mando
de la situación. Después de todo, siempre lo había hecho. Era la
más fuerte de las cuatro.
Gwyneth no tuvo más remedio que guardar silencio.
—Muy bien, busquemos la mochila de Carisse y regresemos al
coche. Debemos irnos antes de que alguien pueda vernos —ordenó
Emily poniéndose en marcha. Las demás la siguieron, no sin antes
echar un último vistazo hacia atrás. El río se había llevado el cuerpo
de Carisse y él también guardaría el secreto de lo sucedido aquella
noche.
Las cuatro chicas avanzaron a paso acelerado hacia el automóvil
estacionado a un lado del sendero; Emily se detuvo para recoger la
mochila de Carisse mientras las demás miraban por encima de sus
hombros, como si temieran que el fantasma de Carisse las estuviera
persiguiendo.
Se subieron al coche y Emily encendió el motor; después, miró a
sus tres amigas y les dijo:
—Lo que ha ocurrido esta noche no puede saberlo nadie. —Hizo
una pausa ¿De acuerdo? Nadie. Debéis jurarme que mantendréis
vuestros labios sellados.
Holly, Gwyneth y Paige asintieron en silencio. Una vez más y
como lo habían hecho desde que se conocían, obedecieron a Emily
ciegamente
Emily cogió el volante y rápidamente se alejaron del valle en
dirección a la solitaria carretera.
Capítulo 01

Quince años después.

El ruidoso e intermitente pitido del despertador obligó a Blair


Gilbert a abrir sus ojos aquella mañana. Se desperezó lentamente
debajo de las sábanas y de un manotazo apagó la alarma del reloj.
Observó el desorden de su habitación mientras se incorporaba y
emitía un sonoro bostezo. Había llegado a las tantas la noche
anterior, tras asistir a una reunión en la cadena de televisión para la
cual trabajaba. La KTVC había presentado oficialmente la
temporada estival y Rob Payton, el gerente general, no tuvo mejor
idea que lanzar la casa por la ventana para celebrarlo. Habían
asistido casi todos, desde los conductores y periodistas estrellas
hasta el personal técnico. Ella, como la presentadora del tiempo en
el informativo del mediodía, entraba en una categoría intermedia.
Era querida y respetada dentro de la cadena, pero Blair no quería
ser eternamente la chica del tiempo. Su sueño era tener su propio
programa y esperaba cumplirlo pronto. Para eso había estudiado
periodismo y se había graduado con honores.
Haciendo un gran esfuerzo puso un pie fuera de la cama; le dolía
horrores la cabeza y necesitaba con urgencia un café bien cargado
para aplacar la resaca que sufría. Tenía que recordar no beber más
de lo permitido la próxima vez. Se colocó una bata encima de su
pijama y caminó hacia la ventana arrastrando los pies.
El día había amanecido soleado y auguraba otra jornada
calurosa; como presentadora del tiempo había ganado cierta
experiencia en el tema y podía presagiar si se aproximaba una
tormenta o haría un calor que derritiese la tierra. Llevaba más de
cuatro años haciéndolo, y no es que estuviera harta, pero esperaba
poder cambiar pronto el rumbo de su vida.
Tras echar un último vistazo a la calle, se dirigió a la cocina y
puso la cafetera en el fuego. Se le revolvía el estómago pero
necesitaba ingerir algo sólido, así que, untó un par de tostadas con
mermelada de fresa mientras esperaba que el café estuviera listo.
Sus ojos, de un intenso color azul oscuro, se posaron
distraídamente sobre el calendario que colgaba de una de las
paredes de la cocina.
Era otra vez aquella época del año que prefería olvidar. Faltaban
apenas tres días para que se cumpliera un aniversario más de la
muerte de su hermana y aún le dolía demasiado. Paige y ella
siempre habían tenido una conexión especial, y no se debía solo al
hecho de ser gemelas. Desde pequeñas habían mantenido una
relación simbiótica: podían entenderse con solo una mirada y
muchas veces las palabras estaban de más entre ellas. Hubiese
querido que Paige le contase la verdad para al menos poder
ayudarla, pero cuando decidió hacerlo... fue demasiado tarde. Aún
tenía grabada en su mente la expresión de terror en el rostro de su
madre cuando encontró a Paige colgando de una de las vigas de la
cochera. Tampoco había podido arrancarse de la memoria el rostro
hinchado de su hermana y el vacío de sus ojos, tan azules como los
suyos.
El dolor desgarrador había dado paso rápidamente a la
perplejidad; nadie podía sospechar qué se escondía tras la terrible
decisión que había tomado Paige Gilbert.
Era cierto que de repente se había vuelto extraña y retraída, pero
tanto ella como sus padres habían pensado que se debía a la
trágica desaparición de su amiga Carisse Jordan. La muchacha
había desaparecido de su casa una fría noche de febrero y nunca
más se supo de ella. El hecho, sin duda, había calado hondo en
Paige; no obstante, la verdad de la extraña desaparición de Carisse
y de su suicidio dejó estupefactos a todos en Eugene.
Paige había dejado una carta de despedida y en ella confesaba
qué había sucedido con Carisse Jordan cuatro meses antes. Blair
había tenido la mala suerte de ser ella quien encontró la carta,
debajo de la almohada de su cama y cuando la leyó pudo por fin
comprender el peso que cargaba su hermana sobre su conciencia.
Si cerraba los ojos, aún podía recordar cada una de las palabras
que escribió su hermana en aquel arrugado papel.

No puedo soportado más... la culpa es demasiado agobiante.


Carisse está muerta. Lo está desde la noche de su desaparición.
Todo fue un terrible accidente. .. No queríamos hacerle daño,
solo darle un susto, pero la situación se nos fue de las manos y
Carisse se ahogó en el río Willamette. Teníamos miedo y por eso
guardamos silencio... Pido perdón a sus padres por causar ¡a
muerte de su hija y pido perdón a mi familia por lo que voy a
hacer. Ya no puedo continuar... ya no.
Os quiero,
Paige.

El chillido de la cafetera trajo de regreso a Blair al presente de un


sopetón. Se sirvió una taza y se quedó contemplando el humo
fijamente.
Habían transcurrido quince años; sin embargo, los recuerdos
estaban tan vivos en su mente que parecía que todo había sucedido
ayer. El suicidio de Paige, la carta donde revelaba lo ocurrido a su
amiga Carisse Jordan; la búsqueda que había iniciado la policía
local para tratar de encontrar el cuerpo de la adolescente de
dieciséis años y que resultó infructuosa; las miradas acusadoras y
las sospechas. Todo seguía demasiado fresco en su memoria aún y,
a pesar de que intentaba seguir con su vida, era muy difícil hacerlo.
Siempre había sabido que su hermana no estaba sola la noche de la
tragedia. Paige no había dado nombres en su carta de despedida;
aun así, Blair podía deducir con quien estaba sin temor a
equivocarse. Gwyneth Matheson, Holly Sherman y Emily Brendon
eran sus mejores amigas y formaban parte del grupo al cual también
pertenecía Carisse Jordan. Pero nadie las acusó formalmente. Solo
el nombre de su hermana quedó manchado por la tragedia. El
cuerpo de Carisse nunca fue hallado y eventualmente el caso se
cerró por falta de evidencias. Recordó también que Jared Collins
había sido el principal sospechoso. Era el novio de Carisse cuando
ella había desaparecido y se convirtió rápidamente en objeto de
investigación y blanco de habladurías. Incluso después de la
confesión de su hermana, la policía y muchos en Eugene, lo
seguían viendo con malos ojos.
Blair recordaba al muchacho alto y desgarbado que vivía a unas
cuantas calles de su casa en el tranquilo vecindario de Fairmount. Él
y Carisse habían empezado a salir juntos unos pocos meses antes
de su desaparición. Los había visto juntos unas cuantas veces en la
escuela y parecían adorarse. Carisse era una jovencita hermosa de
cabello rojo y carita de princesa; Jared, en cambio, era alto y
extremadamente delgado, de torpes movimientos y unas enormes
gafas que cubrían casi la totalidad de su rostro. Aun así,
conformaban una bonita pareja porque irradiaban amor por todas
partes. Por esa razón, Blair nunca pudo entender por qué la policía
había sospechado de él. Llevó la taza a la mesa, se sentó y bebió el
café con ganas. Miró de reojo al par de tostadas que había
preparado y solo pudo darle un mordisco a una de ellas.
¿Qué habría sido de Jared Collins durante todos esos años? Lo
último que había sabido era que se había mudado a Sacramento
unos meses después de que el caso de la desaparición de Carisse
se cerrara oficialmente y se declarara su muerte como un terrible
accidente. Su padre continuaba viviendo en la misma casita a unas
calles de la de sus padres y gestionaba un taller mecánico. Tal vez
haberse alejado de aquel lugar le había servido para olvidar. Blair
hubiera querido hacer lo mismo, pero tras graduarse en la
universidad de Oregón decidió quedarse en Eugene para estar
cerca de sus padres; eso sí, ya no pudo continuar viviendo en la
misma casa donde Paige se había quitado la vida. Había alquilado
una pequeña casa de dos plantas en los suburbios de Harlow y
llevaba viviendo allí desde hacía más de siete años. Los vecinos la
conocían y ella confiaba plenamente en ellos.
Terminó de beber su café y se dispuso a darse un baño antes de
comenzar oficialmente su jornada. Debía estar antes de las once en
el canal para preparar el informe de aquel día y le gustaba hacer
todo con tiempo. Era precavida y sus colegas lo apreciaban.
Abandonó la cocina y corrió escaleras arriba, pero su teléfono móvil
empezó a sonar. Regresó a la planta baja y buscó el aparato dentro
de su bolso.
—Diga.
—Blair...
Reconoció la voz suave de su madre.
—Mamá, ¿cómo estás? —La pregunta estaba de más. Aquellas
fechas eran terribles para todos, especialmente para Gloria Gilbert,
que aún no se resignaba a la muerte de una de sus hijas gemelas.
—¿Irás con nosotros este año?
La pregunta quedó suspendida en el aire durante algunos
segundos. Blair sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo su
madre. El verano pasado no había asistido al cementerio, aunque
no recordaba qué había argumentado para evitarlo. La visita a la
tumba de su hermana revolvía muchas cosas en su interior y
escarbaba en una herida que aún no había cicatrizado.
—Sí, mamá, iré —se encontró diciendo de repente. No sabía por
qué lo había hecho. Quizá para aplacar, aunque fuera solo un poco,
el dolor de su madre. No podía olvidar que ella era el vivo retrato de
su hermana muerta y eso, muchas veces, había brindado consuelo
a Gloria en sus momentos más difíciles.
—¿Cómo va todo?
—Bien, mamá, todo va bien —respondió tras un suspiro. —¿Por
qué no vienes a cenar el jueves y te quedas a dormir? Podemos ir a
visitar a tu hermana el viernes temprano.
Blair comprobó que su madre seguía sin mencionar la palabra
"cementerio". Para ella siempre era "visitar a su hermana".
Continuaba refiriéndose a Paige como si aún estuviera viva y no
podía culparla.
—No sé si puedo... —Hizo una pausa y tras pensarlo durante
unos segundos dijo—: Haré lo posible, te lo prometo.
No era un sí rotundo; solo una promesa de que intentaría
complacer a su madre. Gloria le recordó que la quería y le
recomendó, como siempre, que se cuidara antes de dar por
finalizada la conversación.
Blair se dio una ducha rápida y se vistió con lo primero que
encontró. Un vestido de algodón ligero y cómodo era lo mejor para
afrontar una nueva jornada de calor.
Se cercioró de que había cerrado la puerta y se subió al
Chevrolet Chevette que había adquirido en un concesionario de
coches usados en cuanto se graduó en la universidad. Saludó con la
mano a su vecina, la señora French que, como cada mañana, se
levantaba temprano para cuidar su jardín, y partió rumbo a su
trabajo.
Se detuvo en un semáforo y aprovechó para revisar su aspecto
frente al espejo retrovisor. Su cabello, de un negro intenso, caía a
ambos lados de su rostro formando unos cuantos tirabuzones. Era
tan manejable que podía peinarlo solo con los dedos. Se había
puesto un poco de carmín en los labios y nada más. Ya se
encargarían las maquilladoras de dejarla guapa y atractiva para salir
delante de las cámaras. Esperaba que Christine también pudiera
hacer milagros con sus productos para borrar las ojeras de su
rostro.
Apartó la mirada del espejo y entonces la vio.
Emily Brendon atravesaba la calle en ese momento llevando a su
pequeño hijo de la mano. Ni siquiera se volvió para mirarla; siempre
trataba de evitarla, quizá era porque le recordaba demasiado a
Paige. Sintió el impulso de bajarse del coche y alcanzarla antes de
que se fuera, pero se frenó cuando vio que un hombre se acercaba
a ella y la abrazaba. Reconoció de inmediato a Ian Willes, su novio
de secundaria y actual flamante esposo. Además, ¿qué ganaba con
acercarse y acribillarla a preguntas? Emily era ahora una mujer de
treinta y un años, felizmente casada y madre de un niño de cuatro, y
Blair podía afirmar que, al igual que las demás muchachas que
habían estado con Carisse esa noche, continuaba guardando
silencio sobre lo sucedido.
Observó a la pareja mientras se alejaba y no se dio cuenta de
que la luz del semáforo había cambiado. Un vehículo detrás del
suyo tocó el claxon y Blair dio un salto en su asiento.
Se puso en marcha nuevamente porque no quería llegar tarde a
su trabajo, pero no pudo apartar a Emily Brendon de sus
pensamientos durante el trayecto a la emisora.

El informativo en el que ella presentaba el pronóstico del tiempo


terminó un poco después de la una de la tarde. Hacía tiempo que
venía insistiéndole a Rob para que la cambiara a la sesión nocturna,
pero el gerente parecía hacer oídos sordos a su petición. Quizá
porque tenía el puesto reservado para alguien más. Para nadie era
secreto que su colega Debra Bushell, tenía todos los privilegios solo
por ser la amante de turno de Rob Payton. Cuando ella había
llegado a trabajar a KTVC, la mujer ya presentaba la previsión
meteorológica y Blair sintió de inmediato la hostilidad de la rubia. No
sabía si era porque podía quitarle su puesto de trabajo o la atención
de Rob.
Blair ni siquiera veía a Rob Payton como hombre. Para ella, el
gerente cuarentón era solo su jefe, nada más. Prefería mantenerlo a
raya porque durante su primera temporada en la cadena se le había
insinuado unas cuantas veces. Afortunadamente, había desistido
cuando comprendió que Blair era un hueso duro de roer.
—¿Cansada?
Blair dejó los papeles que religiosamente le llegaban cada
mañana desde el servicio meteorológico sobre su falda y miró a
Russell Forrester, el conductor principal del noticiero.
—Un poco —respondió con una sonrisa.
Russell entró en el diminuto camerino que le había sido asignado
a Blair desde el día que piso por primera vez la KTVC y se sentó a
su lado.
—Te mereces tener tu espacio en la edición nocturna —le dijo él
aflojándose el nudo de su corbata—. Aunque confieso que te
echaría mucho de menos si te fueras.
Blair no supo cómo manejar aquel comentario. Le agradaba
Russell, siempre era amable con ella y se encargaba de hacerla reír
cuando estaba agotada física y emocionalmente como en ese
momento. Lo observó durante unos segundos; a su estilo era guapo.
Cabello rubio peinado hacia atrás y unos profundos ojos azules.
Sabía que estaba soltero y que muchas andaban tras sus huesos.
Sin embargo, a ella jamás le había atraído de esa manera. Le caía
bien y se sentía a gusto a su lado, pero nada más, por lo que cada
vez que el presentador trataba de ahondar en el terreno personal,
ella se cubría las espaldas.
—Ambos sabemos que el puesto está ocupado y me temo que
será así por mucho tiempo —aseveró Blair dejando escapar un
suspiro.
—¡A menos que el viejo zorro de Payton se canse de la adorable
Debra y la eche de su cama y del noticiero!
Blair dudaba que alguna de esas dos cosas sucediera. Rob
parecía estar loco por la rubia y Debra era lo suficientemente
inteligente como para no permitir ser desplazada de su sitio.
—Creo que mejor me marcho —dijo Blair poniéndose de pie.
Dejó los papeles encima de una mesita junto a la puerta y esperó a
que Russell se fuera. Se hizo un silencio incómodo, porque estaba
visto que él no planeaba irse aún.
—¿Te apetecería ir a almorzar? Conozco un restaurante italiano
muy bueno y...
Blair lo interrumpió. No tenía sentido dejar que continuara
hablando ya que no obtendría la respuesta deseada.
—Hoy no, Russell, estoy demasiado cansada. —Forzó una
sonrisa para él—. Quizá en otra ocasión.
—Como quieras... —Russell no tuvo más remedio que
marcharse con el rabo entre las piernas una vez más. Esperaba que
algún día Blair aceptara salir con él. Le gustaba mucho y no era de
la clase de hombres que se resignaba fácilmente.
Cuando se quedó sola en su camerino se quitó el exceso de
maquillaje y se sirvió un vaso de agua mineral. No tenía planes ni
para esa tarde ni para esa noche. Últimamente su idea de pasar un
buen rato se resumía en tumbarse en el sofá de su sala a disfrutar
de alguna comedia romántica o leer una buena novela de suspense.
La especie masculina había quedado indefectiblemente relegada a
un segundo plano en su vida. Podía contar los amoríos que había
tenido con los dedos de una mano y estaba segura que le sobrarían
un par. Tampoco tenía amigas; no de esas a las que les cuentas
todo de tu vida con pelos y señales. A veces pensaba que su única
amiga era la señora French, su vecina. Si seguía así, seguramente
terminaría como ella: solterona y aficionada a la jardinería y a hacer
punto. Bebió la última gota de agua y se recogió el cabello en una
cola de caballo. Iría a su casa y dormiría una siesta. La necesitaba.
Además, aún le dolía un poco la cabeza.

El jueves por la tarde cuando se fue a casa de sus padres para


cenar con ellos y quedarse a dormir, se desató una feroz tormenta.
Llegó a Fairmount, el vecindario donde había crecido, en medio de
un concierto de truenos y relámpagos. Sus padres la recibieron con
los brazos abiertos, felices de tenerla en casa aunque solo fuese por
un par de días. Aun así, Blair notó el semblante melancólico de su
madre. Dan Gilbert, en cambio, parecía más sereno y no dejaba de
abrazarla y decirle cuánto la había extrañado.
—¡Papá, no exageres! Me has visto la semana pasada —dijo
Blair en cuanto su padre la soltó.
—No es lo mismo, pequeña. —Dan estaba a punto de
emocionarse y antes de que eso sucediera, Blair preguntó qué
había de cena.
—Tu padre pensaba hacerte una barbacoa, pero con esta
tormenta es imposible —adujo Gloria sentándose en el sofá para
continuar con su bordado—. Si te parece bien podemos preparar
chuletas de cerdo con judías y salsa de ciruelas —sugirió sin
levantar la vista de su labor.
A Blair se le hizo agua la boca, pues hacía mucho tiempo que no
disfrutaba de una comida decente y suculenta. Aquella era, sin
duda, una de las desventajas de vivir sola: apenas pisaba la cocina
de su casa, solamente lo estricto y necesario. Además, tenía que
reconocerlo, era una pésima cocinera, virtud que no había heredado
de su madre. Su dieta consistía en ensaladas, alimentos enlatados y
mucha comida basura.
Una hora más tarde, su padre había conseguido meterla dentro
de la cocina.
—Papá, he notado que mi coche hace un ruido extraño, ¿podrías
echarle un vistazo? —comentó Blair mientras pelaba con paciencia
las judías.
Dan Gilbert frunció el ceño. Era gracioso verlo vestido con su
delantal de cocinero favorito. Medía fácilmente más de un metro
noventa y apenas le llegaba a las caderas; aun así Blair pensó que
lucía adorable.
—¿Has conducido hasta aquí bajo semejante tormenta sabiendo
que el coche tiene algún fallo?
Blair sabía que había sido una insensatez de su parte, pero no
pensaba que fuera nada serio. Claro que ella sabía de mecánica lo
mismo que de cocina.
—Fui imprudente, lo sé —reconoció.
—Lo mejor sería que lo viera un experto. ¿Por qué no lo llevas al
taller de Luke Collins? No puedes conducir de regreso a Harlow sin
saber qué es lo que tiene.
Blair estuvo de acuerdo con él. Echó un vistazo al exterior y
descubrió complacida que la tormenta había amainado.
—¿Crees que a mamá le molestará que abandone las judías? —
preguntó Blair a su padre dejando el bol dentro del fregadero. Gloria
continuaba en la sala trabajando en su bordado. Aquella simple
actividad le ayudaba a relajarse y desde la muerte de Paige le había
servido de terapia ocupacional.
—No te preocupes por ella, yo termino con las judías. Lo
importante es que soluciones lo del coche. —Se acercó a su hija y le
dio un beso en la frente—. Puedes pasar por el mercado de camino
al taller y comprar un poco de helado.
Blair asintió.
Salió a la calle y le recibió una brisa fresca; estaba anocheciendo
y debía darse prisa, ya que no quería encontrar el taller de Luke
Collins cerrado. Se subió a su Chevrolet Chevette y encendió el
motor. Todo parecía ir bien pero cuando lo echó a andar aquel
molesto ruido comenzó de nuevo. Decidió que era más seguro ir al
taller primero. Después de todo solo estaba a un par de calles de
allí.
Le llevó tan solo unos cuantos minutos llegar a destino. Se
estacionó frente a la propiedad y sonrió cuando vio que estaba
abierto aún. Era la primera vez que pondría un pie en el taller de
Luke Collins. Había pasado cientos de veces por aquella calle
cuando era una niña, sola o en compañía de Paige, pero jamás
había entrado. Ni siquiera cuando Jared era el novio de Carisse
Jordan.
Descendió del automóvil y caminó hacia la entrada, donde
estaba estacionada una desvencijada camioneta con el capó
levantado. Se quedó allí parada esperando que alguien viniera a
atenderla. Entonces escuchó una voz profunda y aterciopelada que
entonaba el estribillo de una vieja canción. Blair rodeó la camioneta
y vio unas piernas largas enfundadas en unos gastados pantalones
vaqueros que se asomaban por debajo.
—¿Disculpe, podría atenderme?
El hombre dejó de cantar y con un rápido movimiento se deslizó
hasta que su anatomía completa salió de debajo de la camioneta.
Blair tuvo que retroceder unos pasos cuando él se puso de pie
de repente.
Ahora podía ponerle un rostro a aquella voz grave y
aterciopelada. Estaba cubierto de grasa y sudado, pero Blair pudo
distinguir unos ojos de un color verde intenso, coronados por unas
espesas y largas pestañas. Una mandíbula fuerte ensombrecida por
una barba de días y una nariz recta y afilada.
—¿Se... se encuentra el señor Collins? —Estás parada justo
frente a él, cielo.
Capítulo 02

Jared notó de inmediato la conmoción en su rostro. Pero ella no


había sido la única en llevarse una fuerte impresión. Aún le costaba
asimilar que aquella mujer de cabello negro y maravillosos ojos
azules era nada más y nada menos que la hermana gemela de
Paige Gilbert. Hacía muchos años que no la veía y toparse con ella,
así, de repente, lo había dejado estupefacto. Le parecía estar viendo
a Paige, aquella risueña muchacha que se había quitado la vida
porque no pudo soportar la culpa por lo que le había hecho a
Carisse.
—Jared... —La voz de Blair fue apenas un balbuceo.
—Sí, soy yo —respondió él poniéndose un paño lleno de grasa
sobre el hombro.
Blair volvió a sumirse en el silencio. No podía dar crédito a sus
ojos. Aquel hombre de cuerpo atlético y musculoso no podía ser el
Jared que ella conocía. ¿Dónde había quedado el muchacho
enclenque y con pinta de intelectual que se había ganado el mote de
listillo? Había desaparecido por completo. Blair recorrió el cuerpo
masculino con la mirada, tratando de encontrar algún rasgo, alguna
señal de que no estaba siendo engañada. Cuando se topó con los
ojos de Jared se vio a forzada a apartar la vista. Se estaba
comportando como una tonta, dejándose llevar por la impresión del
momento.
—Ha pasado mucho tiempo. —Fue lo único que su garganta
pudo articular.
—Quince años, y en todo este tiempo no has cambiado mucho
—comentó él sin dejar de contemplarla—. Supongo que no puedes
decir lo mismo de mí.
Blair se atragantó. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué estaba sorprendida
no solo por su cambio sino también por su nueva apariencia? Sin
duda, Jared Collins se había convertido en un hombre atractivo.
Trató de adivinar su edad, y si la memoria no le fallaba, debía tener
unos treinta y tres años porque cuando salía con Carisse estaba a
punto de cumplir los dieciocho.
—Jamás te hubiera reconocido.
Jared sonrió y Blair se quedó prendada de su sonrisa.
—Yo, en cambio, supe de inmediato que eras tú. Confieso que
cuando te vi creí que eras un fantasma. Había olvidado cuánto te
pareces a tu hermana.
Una amarga sonrisa surcó los labios de Blair.
—No sé si esa semejanza es una bendición o una maldición.
Ahora fue Jared quien se quedó callado, tal vez dándose cuenta
de que había hablado de más.
—¿Cuál es el problema? —preguntó de pronto cambiando el
tono de su voz.
Blair se le quedó mirando un buen rato, como si no lo entendiera.
—Tu coche, ¿qué tiene? —volvió a preguntar.
¡Él estaba hablando del coche! ¿Acaso se había vuelto una
completa tonta? Notó que le sudaban las manos y sentía más calor
de lo normal.
—No lo sé, hace un par de días comenzó a emitir un ruido
extraño —explicó.
Jared caminó hasta su coche y Blair se quedó en su sitio,
observando como él se movía con la gracia de un felino que se
siente a gusto en su territorio. La camiseta sin mangas que llevaba
dejaba al descubierto un par de tatuajes que le conferían un
atractivo particular y... peligroso. Blair posó sus ojos en el águila
tatuada en su brazo izquierdo y luego observó el diseño tribal que
asomaba en su hombro. Despegó los ojos de su espalda y se
dedicó a la parte baja de su cuerpo donde unos gastados
pantalones vaqueros marcaban a la perfección la musculatura
masculina, desde sus muslos anchos hasta su firme y duro trasero.
Continuó mirándolo detenidamente mientras él levantaba el capó de
su Chevrolet Chevette y se inclinaba para revisar el motor. Blair
tragó saliva; ahora tenía una visión privilegiada de aquella parte más
que interesante de su anatomía. Se obligó a desviar la mirada pero
no pudo hacerlo.
¿Qué demonios le estaba sucediendo? Indudablemente la falta
de compañía masculina y de un buen revolcón estaba afectando su
cerebro y otras partes de su cuerpo.
—Es la correa del ventilador dijo Jared haciéndole señas para
que se acercara—. Se ha roto y golpea contra el filtro de aire. Ese
es el ruido que escuchabas.
Blair se asomó por detrás del capó y vio que Jared sostenía una
goma en una de sus manos.
—Tendré que reemplazarla pero no tengo una correa para este
modelo de coche. —Alzó la cabeza y le clavó la mirada—. ¿Te
importaría dejarlo hasta mañana?
Blair se sintió subyugada por el brillo de sus ojos verdes.
—Me quedo en casa de mis padres hasta mañana.
—Supe que te mudaste —dijo él de repente.
—Así es, vivo en Harlow desde hace unos años. ¿Hace mucho
que regresaste a Eugene? —se atrevió a preguntar. —Volví hace
unos días.
Él había sido escueto en su respuesta. No le dijo por qué había
decidido regresar después de casi quince años. Blair pensó que
quizá lo había hecho para ayudar a su padre en el taller. Se moría
de ganas de preguntar, pero no lo haría.
—Te he visto en la televisión —dijo sonriendo—, aunque debo
decir que eres más hermosa personalmente.
Blair pudo sentir un calor intenso subir hasta sus mejillas.
—¿Te has sonrojado? Apuesto a que no soy el primer hombre
que te lo dice...
"Sí el primero que me turba de esta manera", pensó Blair
mientras decidía qué contestar.
—La televisión suele engordar a las personas, al menos un par
de kilos.
—No a ti. Estás perfecta. —Y recorrió su cuerpo de arriba abajo
para enfatizar lo que acababa de decir.
¿Eran ideas suyas o Jared estaba flirteando con ella?
—Gracias. —Y cuando dijo aquella única palabra una luz estalló
en el cielo provocando que se asustara.
Jared no pudo evitar sonreír.
—No te preocupes, es solo un relámpago.
Blair pudo percibir cierto atisbo de burla en su voz. Decidió que
ya era hora de marcharse, pero parecía que hasta la misma
naturaleza estaba en su contra, y en ese preciso momento comenzó
a llover torrencialmente.
—Debo irme —dijo caminando deprisa hacia la salida.
—¡Espera! —Jared la detuvo—. No puedes irte bajo este
aguacero, deja que te acerque hasta la casa de tus padres.
No le agradaba la idea de que Jared la llevase, pero mucho
menos le gustaba tener que regresar bajo aquella tormenta.
—No es necesario, son solo dos calles —le dijo tratando de
convencerse más a sí misma que a él.
—No puedo dejarte ir así, no sería de caballeros. Espera aquí,
regreso en un momento.
Y antes de que Blair pudiera decir o hacer algo, Jared
desapareció detrás de una puerta corrediza que supuso conducía a
su casa. Se dio media vuelta y observó caer la lluvia. La tormenta
había oscurecido el cielo y el exterior parecía realmente una boca
de lobo. No se veía nada más allá de la gruesa cortina de agua y
tuvo que aceptar que haberse aventurado a marcharse caminando
hubiera sido una locura.
—Estoy listo, ven.
Se giró sobre sus talones cuando escuchó la voz de Jared detrás
de ella. Descubrió que se había lavado el rostro y se había mojado
el cabello. También había reemplazado la camiseta sucia y sudada
por una camisa impecablemente planchada. Ya no olía a grasa. El
aroma de su loción la envolvió por completo. Era increíble cómo los
hombres se las apañaban para arreglarse en tan poco tiempo. Jared
no necesitó mucho para conseguirlo y el resultado era más que
interesante.
Lo siguió, y él la condujo hacia la parte lateral del taller. Un gran
vehículo cubierto con una lona ocupaba casi todo el espacio.
Cuando Jared lo descubrió, su vieja camioneta Ford apareció,
gloriosa, ante sus ojos. Era la misma que conducía quince años
atrás, y por una milésima de segundo Blair pensó que había
regresado al pasado.
Jared notó su reacción.
—¿Sucede algo?
Ella negó con la cabeza.
—Sube. —Abrió para ella la puerta del acompañante y Blair
titubeó un instante antes de subirse por fin a la camioneta. Se
acomodó y observó el interior atentamente. Un par de dados de
peluche colgaban del espejo retrovisor y una pegatina de los Ducks
de Oregón ocupaba buena parte del salpicadero. Ella también era
fanática del equipo y su padre las había llevado a sus partidos
muchas veces a ella y a Paige cuando eran niñas.
La puerta del conductor se abrió de repente y Jared llenó el
interior de la cabina con su loción y su imponente presencia. Blair se
inclinó hacia atrás casi por instinto y, al hacerlo, la falda de su
vestido se levantó mostrando buena parte de sus piernas. Volvió a
colocar la tela en su sitio, pero a juzgar por el brillo en los ojos de
Jared de poco había servido. Lo escuchó carraspear y percibió que
se puso nervioso de repente. Encendió el motor y abrió la rejilla de
la ventilación. Blair agradeció en silencio porque comenzaba a
sofocarse y presentía que no se debía precisamente al calor
húmedo y agobiante que reinaba fuera.
Entonces se acordó del helado que había prometido llevar para
después de la cena. Miró de soslayo a Jared mientras maniobraba
para salir del taller bajo la torrencial tormenta. Quizá era mejor
olvidarse del helado. Lo importante era llegar sana y salva a su
casa.
—¿Vas directamente a la casa de tus padres? —le preguntó él
de repente como si estuviera adivinando sus pensamientos.
—Pues, la verdad es que tenía que pasar por la tienda y comprar
helado, pero creo que mejor me llevas derecho a casa.
—Podemos ir a por tu helado, es temprano aún y el
supermercado debe estar abierto —dijo Jared sonriéndole.
—Como quieras.
La Ford F-50 dobló en la primera esquina. Jared conducía
despacio porque la tormenta no daba ninguna tregua. Había muy
pocos vehículos circulando por las calles a pesar de que apenas
estaba oscureciendo pero la prudencia no estaba de más. Se
detuvieron frente a la tienda y Jared se ofreció a bajar por ella.
Quince minutos más tarde apareció todo empapado con su tarrina
de helado de fresa y vainilla. Blair se sintió un poco mal; él se había
mojado por su culpa. Entró en la camioneta y se sacudió el agua del
cabello. La camisa se había adherido a su torso indecentemente y
Blair no podía apartar sus ojos de los músculos que se marcaban
debajo de la tela empapada. Cuando él le clavó la mirada y se dio
cuenta hacia donde había concentrado su atención Blair, ella se
atragantó con su propia saliva.
¡Dios, estaba siendo demasiado evidente! Sentía que Jared era
capaz de leer cada uno de sus pensamientos del mismo modo que
ella podía adivinar la línea perfecta que se dibujaba entre sus
pectorales. Se hizo un incómodo silencio.
—Gracias —musitó finalmente Blair señalando el envase de
helado.
—Ha sido un placer. —Puso sus manos encima del volante,
respiró profundamente y arrancó la camioneta.
El corto trayecto hasta la casa de sus padres se hizo en
completo silencio. La tensión entre ambos era tan intensa que Blair
podía jurar que había más electricidad dentro de aquel vehículo que
fuera, donde se estaba descargando la imponente tormenta.
Cuando por fin llegaron, Blair lo miró y le sonrió.
—Gracias por traerme, Jared.
Él apagó el motor y se movió en su asiento hasta quedar frente a
ella.
—Era mi deber de caballero. No podía dejar a una damisela a su
suerte.
Blair no supo si estaba burlándose de ella nuevamente o no,
pero estaba muy agradecida con él.
—¿Qué hay de mi coche? —le preguntó retrasando el momento
de bajarse de la camioneta.
—Estará listo mañana. Solo debo cambiar la correa dañada.
¿Podrías darme tu número de teléfono?
Aquella petición la sorprendió.
—Para poder avisarte apenas tenga tu coche listo —se apresuró
a aclarar mientras sacaba el teléfono del bolsillo de su pantalón.
"¡Tonta y mil veces tonta!", pensó Blair. ¿Para qué otra cosa iba
a querer Jared Collins su teléfono?
—Si, por supuesto. —Le dio su número y él lo anotó en su móvil
—.
Será mejor que me vaya, mis padres deben estar preocupados
por mí...
Jared se apresuró a guardar el móvil y antes de que Blair se
bajara, la detuvo cogiéndola de la muñeca. Aquel simple contacto
despertó cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo.
—Hay... hay algo que he querido decirte desde hace mucho
tiempo.
—Hizo una pausa pero no soltó su brazo—. Lamento mucho lo
de tu hermana.
Blair pudo sentir cómo su corazón comenzaba a latir más
deprisa. Jamás esperó que después de quince años, Jared le
estuviera diciendo aquello.
—Gracias —susurró Blair tratando de contener una lágrima
rebelde que amenazaba con mostrarla vulnerable delante de Jared
—. Y yo lamento lo de Carisse... Fue terrible. —No sabía qué
palabras usar exactamente para expresar lo que sentía. Paige había
confesado antes de suicidarse que Carisse había muerto por su
culpa. Seguramente Jared la había odiado mucho después de
enterarse.
—Una tragedia que nos golpeó a todos, a unos más que a otros
—dijo él con la voz apagada. Solo entonces soltó el brazo de Blair.
—Siento... siento mucho que la policía haya sospechado de ti, yo
no tenía idea de lo que realmente sucedió... lo juro —aseguró
buscando que él la creyera.
Jared entonces se animó a rozar su mano. Notó que ella se
estremecía.
—Lo sé, nadie podía imaginarlo. La verdad de lo que ocurrió esa
noche se la llevó tu hermana a su tumba. Fue muy doloroso para
todos: yo perdí a una persona muy importante en mi vida... y tú
también.
Blair movió la cabeza en señal de asentimiento. Se sentía tan
bien con el roce de la mano de Jared en la suya. Quizá lo que ella
necesitaba en ese momento era mucho más que un simple roce.
Aquella conversación la estaba destrozando emocionalmente, pero
sabía que cuando terminaran de hablar sentiría un peso más ligero
en su alma.
—No es justo que mi hermana haya quedado como la única
culpable —dijo de repente estallando en llanto. Ya no pudo
contenerse más. Necesitaba sacarse toda la angustia que le
quemaba el pecho. Aunque no sabía si Jared Collins era la persona
adecuada para desahogarse, no tenía a nadie más a mano.
Además, inexplicablemente, se sentía muy a gusto con él. De cierto
modo, ambos compartían la misma pena: habían perdido al ser que
más amaban por culpa de una tragedia que aún continuaba siendo
un misterio, y nadie como él podía comprender por lo que estaba
pasando.
Jared sintió que Blair trataba de decirle algo. Apretó su mano con
fuerza y la obligó a que lo mirase.
—Dime, ¿qué quieres decir con eso? Nunca conocí el contenido
exacto de la carta que dejó Paige. Solo sé que en ella revelaba que
Carisse se ahogó en el río Willamette. Como bien sabrás, su cuerpo
nunca se encontró, pero la policía tomó sus palabras como una
confesión y decidió cerrar el caso tiempo después.
Blair lo observó con sus enormes ojos azules humedecidos por
el llanto.
—Paige escribió que fue un accidente; que solo querían darle un
susto...
—¿Querían? —Jared frunció el ceño.
Blair asintió.
—¿Quiénes querían?
—Es evidente que mi hermana no actuó sola esa noche. Sus
propias palabras la delataron... Estaba protegiendo a alguien.
—Y tú sabes a quién —la interrumpió Jared pasándose los
dedos por el cabello mojado.
—Tengo mis sospechas —dijo Blair un poco más calmada.
—No es difícil imaginarse quién estaba con ellas esa noche. —
Jared apretó el volante con ambas manos hasta que sus dedos se
tornaron blanquecinos.
No hubo necesidad de nombres, los dos conocían perfectamente
a las amigas de Carisse y Paige.
—No entiendo cómo nadie hizo nada al respecto —despotricó
Jared incapaz de controlar su ira.
Blair estovo a punto de tocar su hombro para brindarle un poco
de apoyo pero se arrepintió de inmediato.
—Supongo que la policía no pudo probar nada.
—¡Por supuesto, porque estaban perdiendo el tiempo
investigándome a mí! —replicó enfadado Jared—. Luego se
conformaron con la confesión de tu hermana y ya no buscaron más
culpables. Además, el hecho de que el cuerpo de Carisse no
apareciera, no ayudó demasiado. Ya sabes lo que dicen: "Sin
cuerpo no hay delito".
—Así es —concordó Blair. Miró a través del parabrisas; la lluvia
había amainado. Era hora de bajarse de aquella camioneta, lo sabía
—. Creo que mejor me voy antes de que el helado se derrita.
Los dos se habían olvidado no solo del helado, sino también del
mundo que los rodeaba.
—Te llamo mañana para decirte a qué hora puedes pasar a
recoger tu coche, o si prefieres puedo traértelo.
Blair se bajó de la camioneta. Solo caían unas cuantas gotas.
—Pasaré por él si te parece bien. Mañana puedes no localizarme
ya que mis padres y yo iremos al cementerio... se cumple un
aniversario más de la muerte de Paige.
Jared asintió. Lo había olvidado. El suicidio de Paige había
ocurrido cuatro meses después de la desaparición de Carisse, pero
en esa época él estaba tan ocupado en probar su inocencia que no
podía pensar en nada más.
—Hasta mañana, entonces —le dijo esbozando una sonrisa.
—Nos vemos, Jared. —Se apartó de la camioneta y se quedó
allí, en medio de la acera, hasta que giró en la esquina y
desapareció.
Apenas puso un pie dentro del porche de la casa, su madre le
salió al encuentro. Gloria Gilbert abrazó a su hija con fuerza.
—¡Mamá, estoy bien! —dijo Blair tratando de calmarla. Le
entregó el helado a su padre para que lo guardara y miró el rostro
preocupado de su madre.
—No venías y comencé a preocuparme...
—Tuve que dejar mi coche en el taller y no podía venirme bajo
esta tormenta —le explicó mientras ambas entraban a la sala. —
¿Quién te trajo?
—Sí, hija, vimos que te bajabas de una camioneta —acotó su
padre sumándose a la conversación.
Por unos cuantos segundos, Blair no supo qué decirles. ¿Cómo
les caería a sus padres saber que había sido el mismísimo Jared
Collins quien la había traído? Tal vez solo estaba exagerando un
poco, lo más probable era que ellos ya supieran que él estaba de
vuelta.
—Fue Jared —respondió por fin.
—¿Jared Collins está de regreso en la ciudad? —preguntó
sorprendido Dan.
—Sí, desde hace unos días. Habrá venido a ayudar a su padre
en el taller —supuso Blair dejándose caer en el sofá.
—No sabíamos nada; pero bueno no hemos salido mucho
últimamente —comentó Dan.
A todo esto, Gloria no había pronunciado palabra desde que el
nombre de Jared Collins fue mencionado. Tanto Blair como Dan la
miraron atentamente. No hacía falta ser adivinos para saber qué
pasaba por la mente de Gloria en ese instante. Había pasado los
últimos quince años sintiéndose culpable por el acoso que había
sufrido Jared tras la desaparición de su novia. El muchacho de
diecisiete años se había convertido en el sospechoso más señalado
y eso lo había obligado a abandonar su hogar una vez que el caso
se cerró. La policía había probado su inocencia, pero muchos en
Eugene siguieron mirándolo con reticencia, incluso ella lo había
hecho... Pero eso cambió el día en que leyó la carta que había
dejado su hija antes de quitarse la vida.
—Me gustaría invitarlo a cenar —dijo de repente Gloria.
—¿Mamá, estás segura?
—Sí, le debo una disculpa a ese muchacho... Esperé quince
años para hacerlo, no tiene sentido esperar más.
Blair sonrió. Su madre había reaccionado mejor de lo previsto.
—Se lo diré mañana cuando vaya a recoger mi coche.
Gloria asintió satisfecha. Sabía que se sentiría más tranquila
después de pedirle perdón a Jared Collins.
Después de la cena, Blair subió a la habitación que ocupaba
antes de mudarse. Pasó por delante del cuarto de Paige pero no se
animó a entrar: su madre seguía manteniendo aquel espacio de la
casa como un pequeño santuario. Había entrado hacía tres años y
ya no pudo volver a hacerlo.
Se quitó el vestido, se cepilló el cabello y se metió en la cama,
aunque no pudo conciliar el sueño de inmediato. No podía dejar de
pensar en lo sucedido aquella tarde con Jared. Ambos se habían
atrevido a hablar del pasado, y más allá del dolor que les provocaba
recordar, expresaron con palabras lo que no habían podido decirse
quince años atrás.
Suspiró profundamente y de un salto se alzó de la cama. Fue
hasta la ventana y contempló el exterior. La tormenta había
desaparecido y la noche serena presagiaba una buena jornada al
día siguiente. Sonrió; desde que se había convertido en la chica del
tiempo, le bastaba oler el aire o mirar al cielo para pronosticar el
clima.
Un coche pasó lentamente por su calle y Blair tuvo la fuerte
sensación de que alguien la estaba observando.
Se apartó de la ventana de inmediato y regresó a la cama. Se
cubrió hasta la cabeza con las sábanas e intentó dormir.
Capítulo 03

Como había previsto, aquel viernes amaneció soleado y con


unos cuantos grados de más. Blair pasó la mañana ayudando a su
madre a ordenar la biblioteca, catalogando los libros según su fecha
de publicación. No era una tarea que le gustase particularmente,
pero necesitaba ocupar su mente en algo mientras se preparaba
para visitar la tumba de su hermana. No quería pensar demasiado
en el asunto; era un trance que siempre le causaba un gran pesar y
ni siquiera el paso del tiempo lograba mitigar. Y además estaba la
cena de esa noche con Jared Collins como invitado de honor; claro
que la suerte podría torcerse a su favor y él podría decir que no.
Después de todo, seguramente se sentiría algo incómodo por
compartir la mesa con la familia de quien había tenido que ver con la
muerte de su novia.
Lo cierto era que no había hablado con él todavía y no podía
dejar de pensar en el momento en que hiciera oficial la invitación de
su madre. Cerca del mediodía, su teléfono móvil comenzó a sonar.
Corrió hacia la sala y tomó el aparato. El número que salía en la
pantalla era desconocido y supo quién era aun antes de responder.
—Diga.
—Blair, soy yo.
El corazón de Blair saltó dentro de su pecho. No podía ser que
se pusiera de aquella manera simplemente porque acababa de
escuchar su voz. —Hola, Jared.
Gloria salió de la biblioteca en ese preciso momento, y al
escuchar el nombre de Jared se acercó a su hija. —Acuérdate de
invitarlo a cenar. Blair tapó el auricular del teléfono. —No lo olvidaré,
mamá —le dijo bajando la voz. Gloria se dio cuenta que su hija se
había puesto nerviosa de repente. —¿Estás bien?
—Sí, mamá. Deja que atienda a Jared.
Gloria no dijo nada más y regresó a la biblioteca para continuar
con su tarea, pero desde allí podía escuchar perfectamente lo que
Blair decía al teléfono.
—Perdona, Jared, era mi madre... A propósito, me ha dicho que
te preguntara si te apetece venir a cenar esta noche. —Ya estaba.
Lo había soltado y ahora que fuera lo que Dios quisiera.
Por un segundo, Blair pensó que Jared había colgado porque no
se sentía nada desde el otro lado de la línea.
—¿Jared, sigues ahí?
—Sí, sí... es solo que me ha tomado por sorpresa. Jamás
imaginé que tu madre me invitase a cenar, eso es todo —dijo por fin.
—No es obligatorio que vengas. Si tienes otros planes lo
entenderemos perfectamente.
—No tengo otros planes, Blair, y me encantará cenar en casa de
tus padres esta noche.
Al menos lo había intentado, pero era evidente que a Jared la
idea de cenar con sus padres no le parecía tan fuera de lugar
después de todo. Quizá era solo ella la que seguía viendo
fantasmas donde no existían. Era hora de dejar el pasado
definitivamente atrás y aquella cena podía ser un buen punto de
partida.
Antes de colgar, Jared le dijo que había conseguido una nueva
correa para su coche y le prometió que se lo llevaría esa noche
junto con una botella de vino.
Inesperadamente la llamada de Jared había conseguido sacarle
una sonrisa y cuando regresó a la biblioteca su madre lo notó, pero
no dijo nada al respecto.
A las cinco en punto el vehículo de los Gilbert entraba al
cementerio de Eugene. Dan conducía mientras a su lado, Gloria,
con unas enormes gafas oscuras, fijaba su atención en un punto
imaginario que parecía pender de algún rincón del parabrisas. Blair,
por su parte, desde el asiento trasero observaba todo a su
alrededor. Enormes mausoleos se erigían a ambos lados del camino
de entrada. Muchos de ellos flanqueados solemnemente por
estatuas de piedra y mármol que representaban ángeles y
querubines. El sol aún no había desaparecido en el horizonte, pero
Blair percibió el aire sombrío que envolvía aquel lugar que no
visitaba desde hacía tres años.
Se apearon del automóvil para continuar a pie el trayecto hasta
la tumba de Paige. Blair tomó el brazo de su madre y caminó a su
lado. Sintió que temblaba y se preguntó si ella no empezaría a
temblar de un momento a otro. Imágenes del funeral de su hermana
se fueron sucediendo en su mente, una tras otra, y le pareció que no
habían pasado quince años sino quince minutos.
Cuando se estaban acercando al rincón del cementerio donde
Paige tenía su morada final, Blair distinguió una silueta junto a la
tumba de su hermana. Era una mujer, pero como estaba de
espaldas no pudo ver quién era.
El repiqueteo de sus zapatos hizo que se girara y entonces
reconoció a Holly Sherman. Llevaba unas gafas oscuras, pero aun
así se dio cuenta de que era ella.
Holly los saludó con un leve movimiento de cabeza y luego se
alejó en dirección a una de las salidas del cementerio.
—Mamá, iré a saludar a Holly. Regreso enseguida —dijo
soltándose del brazo de Gloria. Aceleró el pasó para poder
alcanzarla. Finalmente consiguió acercarse antes de que Holly se
subiera a su vehículo.
—¡Holly! —la llamó.
Holly Sherman se detuvo en seco.
Blair se paró detrás de ella y esperó a que se diera vuelta. No
supo cuánto tiempo pasó hasta que lo hizo. Notó la expresión de
dureza en su rostro y se preguntó por qué su presencia la
incomodaba de aquel modo.
—¿Cómo estás? —preguntó Blair tratando de que ella dijera una
palabra.
—Bien... estoy bien.
—Ha pasado mucho tiempo. —Se colocó un mechón de cabello
que caía sobre su frente—. No esperaba verte aquí hoy.
—Vengo cada año —respondió Holly, quien continuaba con las
gafas oscuras puestas.
—¿Sí? Yo hace tres años que no venía, pero mis padres nunca
me comentaron haberte visto...
—Es porque suelo venir muy temprano para que nadie me vea.
Hoy tuve que llevar a mi hija a su clase de danza y por eso no pude
venir antes —explicó justificando su presencia allí.
—¿Tienes una hija?
Holly asintió.
—¿Cómo se llama? —Blair estaba tratando de entablar una
charla amable con Holly, pero no podía pasar por alto cuan nerviosa
estaba ella. —Se llama... Paige —respondió Holly a punto de
romper a llorar. —Debe ser una niña muy dulce.
—Lo es. —Holly abrió la puerta de su coche—. Debo
marcharme, mi esposo me está esperando.
Blair sabía que era ahora o nunca, así que antes de que Holly se
fuera se interpuso entre ella y su lujoso coche.
—Holly, ¿qué pasó esa noche? ¿Tú también estabas en el valle,
verdad?
Holly se zafó de su agarre.
—Debo irme...
—¡Holly, por favor! Ambas sabemos que mi hermana y Carisse
no estaban solas... ¿Por qué no me dices la verdad?
Holly atinó a meterse dentro del vehículo, pero Blair se lo
impidió.
—¡Deja que me vaya! —pidió Holly llorando.
—¡Solo quiero saber la verdad!
Holly negó con la cabeza.
—No puedo... no puedo hablar.
—¡Pero Holly...!
Blair sintió que estaba perdiendo la batalla.
—Lo siento, Blair, lo siento mucho. —Entró en el coche y se
marchó a toda velocidad. Blair sintió que estaba huyendo no solo de
su asedio, sino del mismísimo pasado.
Se peinó el cabello con los dedos y suspiró profundamente.
Estaba convencida de que si hubiera presionado más a Holly, ella le
hubiera dicho algo. Tal vez había actuado precipitadamente y la
había asustado. Tenía que volver a intentarlo; ella era una de las
cinco personas que conocía la verdad. Dos ya estaban muertas y no
podían hablar.

Era una estupidez, pero esa noche, Blair se encontraba en su


antigua habitación mirándose al espejo por enésima vez porque no
estaba satisfecha con nada de lo que se probaba. Se dio cuenta que
estaba actuando irracionalmente. Hacía mucho tiempo que no se
enfrentaba al dilema de qué ponerse para impresionar a un hombre.
Impresionar a un hombre. ¿Era eso realmente lo que quería?
Tenía que sopesar la situación. Jared venía a cenar porque su
madre lo había invitado. No se trataba de una cita ni mucho menos;
él sólo había aceptado para no desairar a su familia. Entonces, si
sabía exactamente cómo estaban las cosas... ¿por qué no podía
dejar de sentir aquel revoloteo en su estómago? No era una
adolescente con las hormonas alteradas, ni tampoco lo era Jared.
Eran dos adultos; un hombre y una mujer que se disponían a
compartir una cena con los padres de uno de ellos. Eso era todo, no
había que buscarle tres pies al gato ni segundas intenciones a la
situación.
Finalmente, con las ideas un poco más claras, se decidió por un
conjunto fresco y colorido de pantalón y camisa en tonos
anaranjados que a pesar de ser bastante holgado, le sentaba de
maravilla. Se recogió el cabello en lo alto de la cabeza con unos
palillos y apenas se puso un poco de rímel en los ojos. Eso sí, no
podía faltar su perfume favorito; unas pocas gotas en el cuello y en
las muñecas. Cuando se dio cuenta que se estaba esmerando
demasiado en los últimos arreglos, se detuvo. Lo estaba haciendo
de nuevo.
Miró al espejo fijamente y se recordó:
—¡No es una cita, Blair, métetelo bien en la cabeza!
Lanzó un soplido de fastidio y, tras apagar la luz, salió de la
habitación. Iba bajando las escaleras cuando llamaron a la puerta.
Se detuvo de repente; su corazón también dejó de latir durante una
milésima de segundos.
Dan abrió la puerta y allí estaba Jared Collins, vestido
completamente de negro. Su cabello mojado caía
desordenadamente hacia ambos lados de su cara y la barba de días
había desaparecido. ¡Cielos! ¿Se podía ser más guapo? Blair
contuvo el aliento cuando él la descubrió a los pies de la escalera y
le sonrió.
—Hola, Blair. —Alzó su mano y le mostró un juego de llaves—.
Traje tu coche; lo estacioné en la entrada.
—Gracias. Luego me dices cuánto te debo —dijo yendo hacia él.
—Pasa, muchacho, pasa. —Dan prácticamente lo empujó hacia
la sala—. Es bueno verte después de tanto tiempo. Juro que si te
cruzo por la calle no te reconozco, has cambiado mucho —comentó
dándole una palmada en la espalda.
—Es lo que dicen todos. —Jared le entregó la botella de vino
que había prometido traer y volvió a fijar su atención en Blair.
—Iré a avisar a Gloria de tu llegada. Hace horas que está metida
en la cocina preparando la cena. Siéntete como en casa. —Miró a
su hija—. Cielo, ofrécele algo para tomar.
—Sí, papá.
Cuando se quedaron a solas, Jared aprovechó para pasear sus
ojos por la anatomía femenina sin ningún pudor. Sin duda, Blair
debía ser una de las pocas mujeres a quien el color naranja le
sentaba tan bien. La camisa que llevaba se ceñía a su cintura con
delicadeza y se podía adivinar fácilmente la forma de sus pechos si
uno miraba con atención. Por su parte, el pantalón marcaba
perfectamente la línea de sus caderas y cuando ella se giró para
servirle una copa, descubrió complacido un trasero redondo y
respingado. Sus pensamientos se estaban disparando hacia
terrenos peligrosos, pero no podía evitarlo. Blair Gilbert era una
mujer hermosa y él sabía apreciar la belleza cuando la tenía
enfrente.
—Ten. —Blair le entregó una copa con el limoncello que su
padre guardaba para las ocasiones especiales.
—¿Tú no bebes? —preguntó él al ver que ella no se servía nada.
—No, prefiero probar tu vino —dijo sin darse cuenta de que
había bajado el tono de su voz haciéndola sonar más ronca de lo
normal.
Jared sintió un estremecimiento que recorrió su cuerpo de arriba
abajo. Apretó la copa con fuerza y bebió un sorbo.
—Delicioso —dijo clavándole la mirada mientras elogiaba el
sabor del licor.
Blair desvió sus ojos hacia la puerta que daba la cocina. ¿Por
qué tardaban tanto sus padres en aparecer? Tal vez era mejor que
ella misma fuera i buscarlos.
—Iré a ver si mi madre necesita ayuda. —Antes de que Jared
pudiera decir algo, se escabulló hacia la cocina.
Unos minutos después reapareció acompañada de Gloria. La
mujer también se sorprendió ante el cambio de apariencia de Jared,
y después de darle las gracias por el vino le pidió que se volviera a
sentar.
—Hubiese querido hacer esto hace mucho tiempo. —Hizo una
pausa para sonreír a Blair, que había cogido su mano—. Espero que
no sea demasiado tarde para pedir perdón.
—No tiene que pedirme perdón, señora Gilbert. Usted no tiene la
culpa de lo sucedido.
—De alguna manera sí la tengo. Como la mayoría en Eugene,
levanté mi dedo acusador hacia ti cuando Carisse Jordan
desapareció. No dudé que habías tenido que ver con lo que le había
sucedido... Jamás podía llegar a imaginar la verdad y la descubrí de
la manera más dolorosa. Te pido perdón en nombre mío y de mi hija
—dijo por último con lágrimas en los ojos.
Jared vio que tenían el mismo tono azulado que los ojos de Blair.
Se inclinó hacia delante y apoyó su mano sobre la de Gloria.
—No tengo nada que perdonarle, señora. Todo eso ya ha
quedado en el pasado. Se perdieron dos vidas valiosísimas y no
tiene sentido seguir lamentándonos por algo que ya no tiene
remedio.
A Blair le hubiera gustado creerle, pero no pudo hacerlo ya que
percibió cierto recelo en sus palabras. Él no había olvidado en
absoluto lo ocurrido, al igual que ella. Un pasado sin resolver era
una carga demasiado pesada que soportar. Además, no estaba
segura de que hubiese perdonado a todos los que dudaron de su
inocencia. Quizá solo estaba mostrándose compasivo con su madre,
tratando de traer un poco de alivio a su dolor.
Gloria le dio unas palmaditas a la mano de Jared.
—Me alegra que hayas aceptado cenar con nosotros. Espero
que te guste el pescado.
—¡Me encanta! —respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Blair observó cómo su madre se quedaba embobada con su
sonrisa. Sin duda Jared era un seductor nato: hasta las madres
cincuentonas caían rendidas a sus pies.
La cena transcurrió tranquilamente. Se evitó tratar ciertos
asuntos y para mala suerte de Blair, ella se convirtió fácilmente en el
tema central de la conversación. Jared aprovechó para preguntarle
más sobre su trabajo y hasta se había atrevido a incursionar en el
terreno personal cuando le preguntó si tenía novio. Blair estaba a
punto de contestarle cuando su madre intervino:
—No tiene, y la verdad es que Dan y yo estamos ansiosos por
convertirnos en abuelos —manifestó mirando con ternura a su hija.
—Mamá... —Hubiera deseado que el suelo se abriese en ese
momento y se la tragara.
—Seguramente cumplirá con vuestros deseos pronto —dijo
Jared mirándola por encima de su copa de vino—. Una mujer bonita
e inteligente como Blair debe tener una cola de pretendientes
esperando un sí de su parte, ¿verdad, Blair?
¿A qué estaba jugando Jared? Parecía que quería sonsacarle a
toda costa si tenía algún amor escondido por ahí. ¿Qué demonios le
importaba a él su vida privada?
—Pues... algo hay —dijo observando atentamente la reacción de
Jared.
Él dejó su copa vacía de vino sobre la mesa y le sonrió.
—Tenía razón entonces; es muy difícil que una mujer como
vuestra hija esté sola durante mucho tiempo.
—Cariño, ¿quién es? ¿Por qué nunca nos has hablado de él? —
preguntó su padre sin poder simular su curiosidad.
Blair se sintió atrapada. Miró a Jared y luego a sus padres. No
podía mentirles; sin embargo no quería perder un punto frente
Jared, así que no tuvo mejor idea que meter al pobre de Russell en
el juego.
—Es Russell, el presentador de informativos.
Jared la miró con cierto aire de incredulidad. Sus padres, muy
por el contrario, la acribillaron a preguntas. Media hora después,
todos en la mesa creían que Russell y ella mantenían un romance.
Poco le importaba si Jared le había creído o no; eso le pasaba por
inmiscuirse en asuntos que no le competían. Él no era nadie para
indagar en su vida privada, mucho menos, valiéndose del deseo de
sus padres de verla pronto casada y con hijos.
Después de la cena, bebieron café en el porche acompañado por
una deliciosa tarta de manzanas que Jared no se cansó de
ponderar.
Blair participaba poco de la conversación; estaba sentada en la
banqueta y prefería observar en silencio.
Gloria se acercó a ella y le ofreció un trozo de pastel.
—Gracias, mamá, pero no podría probar otra porción. Dásela a
Jared para que se la lleve, ha quedado encantado con tu pastel —
dijo cruzando una pierna encima de la otra.
—Es encantador, ¿no crees? Y muy guapo, además —comentó
Gloria desviando la mirada hacia su invitado.
Blair no dijo nada, pero tenía que estar de acuerdo con su
madre.
—¿Cuándo vas a traer a tu novio a cenar?
—Mamá, Russell y yo apenas estamos conociéndonos —mintió
para salir del paso. ¿En qué se había metido? No podría sostener
aquella situación por mucho más tiempo. Su madre tenía que saber
que entre Russell y ella no había nada.
—Está bien, está bien, no quiero presionarte. Solo dije que sería
conveniente que lo trajeras a cenar algún día.
¿Conveniente? Para Blair lo más conveniente en ese momento
sería que Jared se machara por fin.
Un teléfono móvil sonó en ese preciso instante.
—Es el mío —dijo Jared poniéndose de pie para atender su
llamada en un rincón apartado del porche.
Blair agradeció al cielo aquella oportuna intervención. Con suerte
era alguien que requería la presencia de Jared y él tendría que
marcharse. Intentó escuchar algo de lo que estaba hablando pero le
fue imposible. Cuando colgó y regresó donde estaban ellos, notó la
expresión de contrariedad en su rostro.
—¿Sucede algo malo? —preguntó Blair preocupada.
—Debo irme. —Fue su única respuesta. Agradeció a Gloria la
deliciosa cena y le dijo a Blair que no se preocupara por el pago del
arreglo de su coche.
Ella no estaba dispuesta a dejarlo marchar sin antes saber por
qué se había puesto tan pálido después de recibir aquella misteriosa
llamada. El hecho de que él hubiera estado indagando sobre su vida
privada le daba ese derecho. Además, presentía que fuera lo que
fuese, tenía que ver con ella de alguna forma. Lo percibió en su
mirada.
—Jared, espera! —Lo alcanzó en la esquina. Él no había tenido
más remedio que irse caminando ya que había llegado en el coche
de Blair. —Ahora no, Blair. Debo irme.
Ella se paró delante de él y Jared no tuvo más remedio que
detenerse.
—¿Qué ocurre?
Jared se pasó los dedos por el cabello y dejó escapar un suspiro.
—Te vas a enterar de todos modos... Holly Sherman ha
desaparecido.
Blair abrió los ojos como platos.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. Me acaban de informar que Holly no aparece
desde esta larde...
—¿Y por qué te avisan a ti? Deberían llamar a la policía...
—Blair... yo soy policía.
Capítulo 04

Mientras desandaba el camino de regreso a la casa de sus


padres, Blair no podía dejar de pensar en lo que acababa de
escuchar. No era solo la desaparición de Holly Sherman sino el
hecho de que Jared fuera policía. Si él mismo no se lo decía, jamás
lo hubiera creído. Gloria y Dan aún continuaban sentados en el
porche cuando Blair volvió. Ambos percibieron en el rostro de su hija
que la llamada que había recibido Jared era más alarmante de lo
que habían imaginado.
—¿Hija, te ha dicho Jared qué sucede? ¿Por qué salió tan
deprisa? —inquirió Gloria poniéndose de pie y acercándose a ella.
Blair la miró; seguía tan desconcertada como antes.
—Sí... es Holly. Ha desaparecido.
Gloria se llevó una mano a la boca.
—¡Dios, pero si acabamos de verla esta tarde!
Blair asintió. Le costaba asimilar el hecho de que Holly hubiera
desaparecido justo después de que hubiera hablado con ella.
—Mamá, papá... ¿vosotros sabíais que Jared es policía?
Gloria y Dan parecían tan asombrados como ella ante aquella
novedad.
Dan negó con la cabeza.
—En lo absoluto, hija.
—¿Policía? Creí que trabajaba en el taller mecánico de su padre
—comentó Gloria sentándose nuevamente en su silla.
—Yo también —concordó Blair. No dejaba de preguntarse por
qué Jared no le había contado que se había convertido en policía.
Después de la mala experiencia sufrida quince años atrás donde
había sido considerado injustamente sospechoso de la desaparición
de su novia, era realmente increíble que se hubiera unido a las
fuerzas de la ley.
—¿No te ha dicho nada más sobre Holly? —preguntó Dan
frunciendo el entrecejo.
Blair negó con la cabeza.
—Esperemos que no sea nada grave y que ya esté de regreso
en su casa —dijo esperanzada Gloria apretando la mano de su
esposo con fuerza. La ciudad de Eugene ya había pasado por una
situación similar una vez y todo había terminado en tragedia.
—Ojalá, mamá, ojalá. —De los labios de Blair brotó un suspiro
lastimero.
Tenía un mal presentimiento.

Jared contempló al esposo de Holly Sherman con cierto aire de


conmiseración. Aquel hombre de aspecto fuerte y sencillo estaba
hecho un manojo de nervios en la sala de su casa. A su lado, su
hermana trataba de calmarlo.
Había llegado hacía media hora, tras recoger la camioneta de
casa de su padre, y aún no había podido sacarle una palabra a
Lance Schmidt. El hombre había llamado a la estación de policía
diciendo que su esposa no había regresado a casa. Normalmente la
policía esperaba al menos veinticuatro horas para proceder ante una
denuncia de desaparición, pero aquel caso tenía un ingrediente
distinto y Jared lo supo de inmediato.
Remangó las mangas de su camisa y apoyó ambos codos en las
rodillas.
—Señor Schmidt, debo hacerle algunas preguntas.
Lance alzó la cabeza y miró al hombre que acababa de hablarle,
pero no respondió.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su esposa? La hermana
de Lance intervino.
—Esta tarde salió como a las tres. Llevó a mi sobrina a su clase
de danza y debía estar de regreso antes de las siete, pero nunca
llegó.
A Jared le molestaba que no fuera el mismo Lance quien
contestara sus preguntas, pero al parecer estaba demasiado
conmocionado como para hacerlo.
—¿Puedo ver la caja?
Kimberley Schmidt se puso de pie y volvió unos segundos
después cargando una caja negra en sus manos.
—¿Alguien, además de Holly, usted o su hermano, ha
manipulado la caja? —interrogó seriamente.
—No, nadie.
—Bien. —Tomó la caja con cuidado. Era redonda y estaba
confeccionada con un cartón grueso. Parecía una de esas viejas
cajas que se usaban para guardar sombreros. Le quitó la tapa y en
su interior había un papel doblado en dos y debajo, un mechón de
cabello de color rojo atado con una cinta blanca.
Jared sintió las gotas de sudor cayendo por su frente. Cogió el
pequeño bucle y lo observó detenidamente. Habían pasado quince
años pero podía jurar que era de la misma tonalidad que el cabello
de Carisse. Si tenía alguna duda, la nota que lo acompañaba
confirmaba que no estaba tan equivocado después de todo. La
desplegó y leyó su contenido: El culpable debe pagar. Ojo por ojo,
diente por diente. Quince años no bastan para olvidar...
Volvió a guardar la carta y el mechón de cabello dentro de la caja
y la dejó encima del sofá.
—Señor Schmidt. —Esperó a que el esposo de Holly volviera a
prestarle atención—. ¿Cuándo recibió Holly la caja?
Los ojos enrojecidos de Lance se posaron en la caja.
—Hace unos días, el martes, creo.
—¿Cree o está seguro? Es importante, Lance. —Lo llamó por su
nombre para brindarle confianza. Necesitaba saber con lujo de
detalles todo lo que había sucedido desde que aquella caja
perturbadora había llegado a manos de Holly.
Lance se tomó unos segundos para intentar recordar.
—Fue el martes por la mañana... Sí, estoy seguro. Yo salía hacia
la oficina y encontré la caja en el buzón, junto el resto de la
correspondencia —afirmó.
—¿Y por qué su esposa no mencionó nada a la policía al
respecto?
—Holly jamás logró recuperarse completamente de la tragedia
que se llevó la vida de dos de sus amigas —respondió respirando
con dificultad—. Cuando le llegó el paquete fue como revivir todo
nuevamente. Creo que prefirió mantenerlo en secreto... aquí en
casa nunca se hablaba sobre lo sucedido con Carisse Jordan y
Paige Gilbert. Holly no quiso darle mayor importancia, pero estaba
muy nerviosa y esta tarde cuando fue al cementerio la noté más
angustiada de lo habitual.
Jared alzó las cejas.
—¿Holly estuvo en el cementerio?
Lance asintió.
—¿A qué hora?
—No le podría decir con exactitud. Como ya le expliqué salió de
casa a eso de las tres. Le llamé al móvil a las cuatro y me dijo que
había dejado a Paige en su clase de danza y que estaba en ese
momento en el centro haciendo unas compras, así que supongo que
habrá ido después.
Jared sacó una pequeña libreta que siempre llevaba encima por
si se presentaba algún imprevisto y anotó aquel dato. Recordó
entonces que Blair y sus padres también iban al cementerio esa
tarde. Remarcó lo que había escrito y cerró la libreta.
—Bien, señor Schmidt, trate de tranquilizarse. Haremos todo lo
que esté a nuestro alcance para encontrar a su esposa. —Se puso
de pie y cogió la caja con cuidado—. La llevaré al departamento de
evidencias para ver si podemos obtener alguna huella. Me
mantendré en contacto, y si recuerda alguna otra cosa, sólo tiene
que llamarme, ¿de acuerdo? —Estiró su brazo y torpemente Lance
estrechó su mano.
—No sé qué voy a decirle a mi hija... Me preguntará por su
madre y no sé qué responderle —balbuceó a punto de quebrarse
una vez más.
—No le diga nada por el momento —sugirió Jared, pero no sería
él quien tendría que lidiar con las preguntas de una niña buscando a
su madre.
Salió de la casa de los Schmidt y se topó con el detective Raze
McCue quien llegaba en ese momento acompañado por el equipo
de peritos forenses.
—No pude llegar antes, lo siento —se disculpó.
A Jared poco le importaba el motivo por el cual McCue había
llegado tarde; no estaba habituado a trabajar con compañeros pero
no podía hacer nada al respecto. Prácticamente le habían impuesto
a McCue apenas llegó a Eugene a ocupar su puesto como detective
jefe.
—Quédate con los forenses; yo iré a la estación —le indicó
avanzando hacia su camioneta.
Raze observó que él llevaba una caja negra en la mano derecha.
—¿Y eso?
—Una evidencia. Veré qué pueden hacer en el laboratorio. Nos
vemos.
Se subió a la Ford y encendió el motor. Antes de ponerse en
marcha, echó un vistazo a la caja que descansaba en el asiento del
acompañante. Esperaba poder obtener un informe de ADN del
mechón de cabello. La teoría que estaba tejiendo en su mente
parecía ilógica y hasta grotesca pero no podía dejar de pensar en
ella. No podía afirmar nada hasta no ver los resultados de las
pericias, pero rogaba al cielo para que sus sospechas fueran solo
eso... sospechas.
Le costaba creer que, después de quince años, alguien buscara
venganza por lo sucedido.
Blair entró en la estación de policía el sábado por la mañana,
temprano, y su presencia en el lugar despertó cierto revuelo. La
recepcionista, una mujer sexagenaria de sonrisa amable, le pidió un
autógrafo y otras dos mujeres que se encontraban esperando
quisieron sacarse una foto con ella. No era habitual tener a la chica
del tiempo en vivo y en directo. Blair no se había acostumbrado aún
a la popularidad que le brindaba su trabajo, pero no tenía más
remedio que aceptar que venía con el paquete. Para muchos en
Eugene ella era la señorita simpática y risueña que presentaba el
pronóstico del tiempo; para otros, en cambio, era la hermana
gemela de Paige Gilbert, la adolescente de quince años que se
había ahorcado en el garaje de su casa.
—¿Qué puedo hacer por ti, Blair? —le preguntó la recepcionista
guardando el autógrafo que acababa de firmarle como si se tratara
de un tesoro.
—Quisiera hablar con Jared Collins, por favor.
—El detective Collins no ha llegado aún —le informó
acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz. —¿Podría
esperarlo?
—Por supuesto, puedes esperarlo en su oficina. —Le señaló la
última puerta del pasillo—. ¿Te apetece un café? —Me encantaría,
muchas gracias.
Atravesó el pasillo rauda, consciente de ser el foco de atención
de todas las miradas masculinas a su alrededor. Leyó la inscripción
en la puerta escrita con letras negras: Jared Collins, Detective de
Homicidios. Blair se quedó pensativa durante unos segundos. Si
Jared era detective de homicidios... ¿por qué lo habían llamado a él
por una desaparición? Era extraño y al mismo tiempo no auguraba
nada bueno. Entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí. No
era un lugar espacioso, pero el suelo de madera y las paredes
pintadas de amarillo le daban un toque bastante acogedor, con un
mobiliario que consistía en un escritorio, un par de butacas, un sillón
de cuero y un archivador junto a la ventana.
Se notaba que los muebles eran nuevos: el olor a madera
lustrada impregnó sus fosas nasales. Se sentó en el sofá y dejó su
bolso en su regazo.
La recepcionista apareció unos minutos más tarde con una taza
de café.
—Muchas gracias.
—De nada, Blair. ¡Ms vecinas no van a creerme cuando les diga
que le lie servido un café nada más y nada menos que a la chica del
tiempo!—exclamó la mujer con una sonrisa de oreja a oreja.
Blair le devolvió la sonrisa. Sin duda la mujer derrochaba
simpatía. Después de repetirle por enésima vez que había sido un
honor conocerla, la mujer la dejó sola. Se bebió el café y miró su
reloj. No tenía nada importante que hacer aquella mañana de
sábado y al parecer, Jared tampoco.
Se puso de pie y caminó hacia el escritorio. Había una moderna
computadora y unos cuantos papeles en una carpeta. No había
fotos ni objetos personales; quizá se debía al hecho de que Jared
era nuevo y no había tenido tiempo de hacer suyo aquel despacho.
La puerta se abrió de golpe y Blair se dio vuelta. Jared se
quitaba las gafas en ese momento.
—Me dijo Berta que estabas esperándome.
Blair hubiera deseado que al menos le hubiera preguntado cómo
estaba. Al parecer Jared no estaba de buen humor esa mañana.
—Sí, necesitaba hablar contigo —le dijo obviando ella también el
saludo.
—Perfecto, porque yo también tengo que hablarte. —Pasó por
su lado y se acomodó en la butaca detrás de su escritorio.
—¿Se sabe algo de Holly? —preguntó Blair con la esperanza de
que la mujer hubiera aparecido sana y salva.
—Nada aún. Seguimos buscándola.
—Leí en la puerta que eres detective de homicidios...
—Lo soy.
—¿Entonces por qué te llamaron a ti? Holly no está muerta.
Jared dejó escapar un suspiro. No podía interrogar a Blair sin
revelarle algunos detalles del caso. Solo confiaba en que fuese
discreta.
—No, esperemos que no —dijo sin demasiada esperanza—,
aunque sospecho que la desaparición de Holly está relacionada con
la muerte de Caris se.
Blair se quedó boquiabierta. Cuando pudo reaccionar, dijo: —La
muerte de Carisse... no entiendo. El caso se cerró hace mucho
tiempo.
—Es muy probable que lo reabramos. —Hizo una pausa—. Hace
unos días, Holly recibió un anónimo y un mechón de cabello rojizo.
—Carisse tenía el cabello de ese color... —afirmó Blair mientras
trataba de asimilar aquella noticia—. ¿Qué decía el anónimo?
—No te lo puedo decir, por obvias razones, pero es indudable
que tiene que ver con lo sucedido hace quince años.
—¿Qué crees que le pasó a Holly entonces?
—No lo sabemos. Hace menos de veinticuatro horas que
desapareció, y en condiciones normales hubiéramos esperado para
iniciar la investigación, pero las circunstancias que rodean el caso
nos llevan a pensar que Holly no se fue por voluntad propia.
—Yo estuve con ella ayer en el cementerio... Jamás imaginé que
iba a desaparecer luego.
—De eso precisamente quería hablarte. —Se inclinó hacia
delante y apoyó las manos encima del escritorio—. ¿A qué hora
viste a Holly?
Blair no tuvo que pensar mucho su respuesta.
—Debió ser como a las cinco; cuando mis padres y yo llegamos
al cementerio, Holly ya se encontraba ahí.
—¿Estaba sola?
Blair asintió.
—¿Notaste algo raro? ¿Te dijo algo?
—Me acerqué a saludarla antes de que se alejara del cementerio
pero la verdad es que parecía estar huyendo de mí —le explicó—.
Le pregunté sobre lo sucedido aquella noche...
Jared frunció el entrecejo.
—¿Por qué le preguntaste eso?
—Ya te dije que estoy convencida de que mi hermana y Carisse
no estaban solas esa noche en el valle. Paige no dio nombres pero
estoy casi segura de que Holly Sherman, Gwyneth Matheson y
Emily Brendon las acompañaban.
El planteamiento de Blair no era tan descabellado. Jared también
había i en ido ciertas sospechas sobre lo ocurrido esa noche, pero
no se había atrevido a decirlas en voz alta. Además, no le hubieran
creído ya que todos sospechaban de él. Después del suicidio de
Paige su situación cambió y el caso se cerró. Nadie dudaba que una
de las hijas gemelas de Dan y Gloria Gilbert había tenido la culpa de
la muerte de Carisse y que todo había sido un desafortunado
accidente. Y así, el caso fue quedando en el olvido y la gente dejó
de hablar de él. Pero ahora, quince años después, alguien estaba
dispuesto a buscar venganza... ¿Pero quién?
—¿En qué piensas?
—En lo que acabas de decirme. ¿Qué te dijo Holly?
—Nada. Se puso muy nerviosa cuando me acerqué a ella,
supongo que mi parecido con Paige no ayudó demasiado...
Prácticamente huyó de mí —añadió trayendo a su mente el
momento en que Holly había escapado del cementerio en cuanto la
vio.
—Entonces desapareció después de las cinco de la tarde —
concluyó Jared.
—Así es. ¿Piensas que alguien le ha hecho daño?
Jared no supo qué contestarle, pero en su fuero más íntimo creía
que a esas alturas, la vida de Holly Sherman corría serio peligro.
El silencio de Jared le bastó a Blair para conocer qué pensaba él
de la situación. Un escalofrío recorrió su espalda. No podía dejar de
pensar en la lamilla de Holly y el momento terrible que debían estar
pasando.
—La historia se repite —dijo en un susurro.
—¿Qué has dicho?
Blair miró a Jared a los ojos.
—Que la historia se repite. Una mujer desaparece
misteriosamente y una familia sufre por no saber qué ha sucedido
con ella. Quince años después, alguien está escarbando en viejas
heridas que aún no han cicatrizado.
—No perdamos la fe. Holly puede aparecer sana y salva todavía
—dijo Jared esbozando una tibia sonrisa.
—Tú no lo crees... y yo tampoco.
Blair sintió una gran opresión en el pecho. De repente el pasado
se le venía encima como una avalancha y no sabía cómo detenerla
o escapar para ponerse a salvo.
—¿Te gustaría almorzar conmigo? —Preguntó Jared de repente
cuando notó la angustia en los ojos azules de Blair—. ¿Crees que tu
ligue, el del noticiero, se pondrá celoso?
Por un segundo, Blair no supo de qué le estaba hablando Jared,
pero recordó lo que había dicho la noche anterior en casa de sus
padres. Aquella quizá era la ocasión apropiada para aclararle que
Russell y ella solo eran compañeros de trabajo pero no supo por
qué no lo hizo.
—No, claro que no.
—¿No qué? ¿No aceptas almorzar conmigo o tu novio no se va
a poner celoso?
"¡Dios, si supieras la verdad!", pensó Blair.
—Russell no es celoso —aclaró—, por lo tanto no veo
inconveniente en almorzar contigo.
Los labios de Jared se ensancharon en una sonrisa. —
Estupendo. ¿Paso por ti al mediodía?
—Sí, ya no estoy en casa de mis padres —le aclaró. Sacó un
papel y un bolígrafo de su bolso y le apuntó su dirección—. Aquí
tienes.
Cuando Jared cogió el papel, sus dedos se tocaron. Fue apenas
un roce, pero bastó para que ambos se estremecieran. Blair se puso
de pie de inmediato y Jared hizo lo mismo. La acompañó hasta la
puerta.
—Nos vemos en un rato —le dijo sin apartar sus ojos de las
mejillas sonrojadas de Blair.
—Hasta luego —se despidió ella sin alzar la mirada. Necesitaba
salir de allí enseguida. Jared apenas la había tocado y ella se sintió
desfallecer. No podía perder el control de esa manera cada vez que
lo tenía cerca. Comenzaba a creer que aceptar su invitación a
almorzar había sido un error. Salió a la calle y pensó en llamarlo
para cancelar la cita pero no se atrevió.
"Has metido la pata, Blair", se regañó a sí misma mientras
encendía el motor de su Chevrolet Chevette.
Capítulo 05

Mientras se preparaba para su almuerzo con Jared, Blair recibió


una llamada de Russell. Le sorprendió porque era fin de semana y
raramente la llamaba
—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó Russell sin
rodeos.
Blair se quedó de una pieza. ¿Acaso Jared y Russell se habían
puesto de acuerdo para invitarla a salir el mismo día? Sonrió porque
la situación le |)areció bastante cómica.
—No, solo meterme en la cama con un buen libro —le dijo. No
había razón para mentirle. Solía pasar sus noches de sábado de
esa manera.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea.
—Me gustaría invitarte a salir. ¿Te gusta bailar?
¿Bailar? La última vez había sido en la fiesta de celebración de
fin de año en la KTVC.
—¿Qué dices? —preguntó Russell al ver que ella no respondía.
—Pues... me has cogido de sorpresa. —"¡Qué demonios!", pensó.
Al fin y al cabo no tenía nada que hacer esa noche—. Está bien,
acepto. —Excelente, pasaré por ti a las nueve. —A las nueve me
parece bien. Hasta la noche. —Hasta la noche, Blair.
Dejó el móvil sobre el tocador y se contempló en el espejo. Dos
citas el mismo día. ¡Era increíble! Había pasado mucho tiempo
desde su última cita con un hombre, y no era porque nadie la
hubiera invitado sino porque durante mucho tiempo prefirió
quedarse sola. Su relación sentimental más reciente había sido un
completo fracaso; se había enredado con uno de los técnicos de la
cadena y todo había terminado precipitadamente cuando Blair se
enteró por un tercero que estaba casado. Desde ese momento
había decidido cerrarle las puertas al amor y evitar así una nueva
desilusión. Sabía que estaba rompiendo en mil pedazos el sueño de
su madre de verla casada y feliz, pero no tenía interés de atarse a
nadie todavía. Cumplía treinta y un años en unos pocos meses y
creía que le quedaba mucha libertad por disfrutar antes de dar un
paso tan importante y definitivo.
Terminó de cepillarse el cabello y se puso un poco de su perfume
favorito detrás de las orejas y entre los senos. Tuvo la sensación de
que se estaba esmerando demasiado. Después de todo, solo era un
almuerzo con Jared Collins, uno de los muchachos que asistía a la
secundaria Shelton y que además había sido el novio de una de las
amigas de su hermana. Alguien a quien conocía desde hacía
muchos años. Sin embargo, se le erizaba la piel ante la idea de salir
con él. ¿Qué eran ellos en realidad? ¿Amigos? Nunca lo habían
sido; simplemente frecuentaban el mismo círculo de personas
cuando eran adolescentes. Ambos habían pasado por experiencias
traumáticas; quizá solo era eso lo que tenían en común. No quería
detenerse a pensar demasiado. Trataría de disfrutar del almuerzo
para despejar un poco la cabeza y olvidarse de los problemas. No
había nada de malo en ello.
Se contempló por última vez al espejo y abandonó su habitación
cuando descubrió que faltaba menos de media hora para que Jared
la recogiera.

Jared entró a la sala y se topó con una imagen patética: su padre


estaba tumbado en el sofá con una lata de cerveza en la mano y
mirando un programa de entretenimiento en la televisión. No era
mediodía aún y ya estaba bebiendo. Últimamente aquello sucedía
con más frecuencia y Jared se preguntó qué sería de la vida de
Luke si él no hubiera regresado a Eugene. Había conseguido el
puesto en el departamento de policía local gracias a las influencias
de uno de sus superiores en Sacramento, pero estaba seguro de
que la verdadera razón de su regreso era la mala racha por la que
estaba atravesando su padre. El taller no iba muy bien y los dos
últimos empleados habían renunciado porque, según afirmaban, era
imposible tratar con Luke.
Gracias a Dios su salario como detective le permitía tener un
buen sustento económico, pero no estaba dispuesto a solventar los
vicios de su padre.
—Papá... no deberías estar bebiendo tan temprano —le
reprendió Jared acercándose a él para quitarle la lata de cerveza.
Luke apartó la mirada del televisor y miró a su hijo, entornando
los ojos.
—Yo sé lo que me hago —le respondió cruzándose de brazos y
recostándose contra el respaldo del sofá.
—Escucha, el taller necesita volver a ser el de antes. Yo no
puedo ocuparme de él tiempo completo y nadie quiere venir a
trabajar contigo así que o dejas de beber y lo pones en marcha, o te
meto en un centro de rehabilitación —le advirtió.
—No puedes hacerme algo así, necesitas mi consentimiento —
replicó Luke poniéndose a la defensiva.
—Puedo obtener la orden de un juez alegando demencia senil,
sabes que no me costaría nada conseguirlo.
Luke le lanzó una mirada fulminante y se concentró nuevamente
en la televisión.
—Ocúpate de tus cosas —le dijo cuando vio que su hijo se
marchaba.
Jared se detuvo, dejó escapar un suspiro y se giró sobre sus
talones.
—Tú eres una de esas cosas. Me preocupo por ti y lo único que
quiero es que estés bien, papá.
Se hizo un denso silencio. Al parecer las palabras de Jared
tuvieron el efecto deseado. Luke asintió fuertemente con la cabeza.
—Lo intentaré... al menos lo intentaré.
Jared sabía que eso no era suficiente, pero era un buen
comienzo.
—Está bien, lo intentaremos juntos. —Fue hasta la puerta, cogió
las llaves de su camioneta y las metió dentro del bolsillo trasero de
sus vaqueros.
—¿Dónde vas? —le preguntó Luke.
—Salgo a almorzar. —Fue lo único que le dijo.
—¿Solo?
Jared no quería someterse al interrogatorio de su padre.
Además, se le estaba haciendo tarde.
—No puedes negarlo —dijo Luke de repente—. Sé muy bien que
saldrás con la hija de los Gilbert. La vi ayer en el taller... No deberías
involucrarte con ella. ¿No habrás olvidado lo que su hermana le hizo
a tu novia, verdad?
Jared salió de la casa y la única respuesta que recibió Luke de
parte de su hijo fue un sonoro portazo. Se levantó pesadamente del
sofá donde había estado echado las últimas dos horas y se buscó
una cerveza fría.
Jared se subió en su camioneta y dio un puñetazo al volante
descargando toda su impotencia. Mucha gente en Eugene aún se
empeñaba en alimentar viejos rencores, y su padre,
lamentablemente, era uno de ellos. Sabía que no había perdonado a
Paige Gilbert por lo que le había hecho a Carisse. En el Fondo,
comprendía a su padre. No había sido sencillo para él soportar que
lodo el mundo acusara a su único hijo por lo sucedido. En esa
época, Luke Collins solía mantenerse sobrio, pero poco a poco, el
odio y las sospechas que pesaban sobre Jared fueron aniquilándolo
hasta convertirlo en el guiñapo que era en la actualidad. Ni siquiera
la confesión de Paige antes de quitarse la vida, había logrado
devolverle la tranquilidad, para ese entonces ya estaba sumergido
en la bebida. Jared había conseguido sacarlo adelante algunas
veces, pero él volvía a recaer. Después se había marchado de
Eugene y la soledad contribuyó a aumentar sus problemas con el
alcohol. Jared no podía evitar sentirse culpable por haberse ido.
Pero marcharse de Eugene para labrar su propio camino le había
ayudado a superar los malos momentos del pasado. Ahora estaba
de regreso y más que dispuesto a sacar adelante a su padre. Se lo
debía, lo amaba y aunque le costaba demostrárselo, haría lo que
fuera por él. Por esa razón, si no cooperaba no tendría más remedio
que ingresarlo en un centro de desintoxicación y dejarlo todo en
manos de los expertos.
Observó su reloj; llevaba más de diez minutos de retraso.
Encendió el motor y partió rumbo a la casa de Blair.

El restaurante que Jared había elegido para llevarla a almorzar


era un local coqueto y poco concurrido en el área sur de Fairmount.
Él había hecho una reserva y una servicial y jovencísima camarera
los guió hasta su mesa, junto a una de las ventanas.
—¿Te gusta el lugar? —le preguntó Jared corriendo la silla para
que ella se sentara.
—Sí, es muy acogedor. No lo conocía.
—Me lo recomendó un colega. —Sin duda, hablarle de aquel
restaurante ubicado a tan solo tres calles de su casa, fue una de las
pocas cosas buenas que había hecho el detective Raze McCue
desde que había llegado.
Pidieron una ensalada de judías verdes y queso fresco de cabra,
y la especialidad de la casa: chuleta de cerdo con crocantide
patatas. Para acompañar, Jared pidió una botella de Merlot. Sirvió
primero a Blair y tras volcar un poco en su copa, alzó el brazo y dijo:
—Brindo por este momento... por ti y por mí.
Blair rozó su copa con la suya y le sonrió. De repente, un calor
intenso bajó hasta su vientre. Jared la miraba fijamente a los ojos y
parecía querer perforarle el alma con ellos. Habían adquirido un
brillo intenso y estaban más oscuros que nunca. Tragó saliva y
agradeció la oportuna aparición de la camarera.
El almuerzo transcurrió tranquilamente; ambos estaban
hambrientos y hablaban de temas triviales. No habían mencionado
la desaparición de Holly en ningún momento. De vez en cuando,
Jared se le quedaba mirando y Blair no sabía qué decir. Los
separaba una mesa, pero Blair podía sentir su calor a través de la
tela de su camisa; el aroma de su loción volvía a causarle un efecto
hipnotizante. Contempló los labios de Jared humedecidos por el vino
y se preguntó cómo sería ser besada por él. Dejó escapar un
suspiro y Jared alzó una ceja.
—¿En qué piensas?
Blair cogió la copa nerviosamente y bebió el último trago de vino.
Cuando dejó la copa vacía sobre la mesa notó que le temblaba la
mano.
—En nada en particular —respondió cuando se sintió capaz de
articular alguna palabra sin quedar como una tonta, porque era así
exactamente como se sentía. Parecía que había perdido la
costumbre y aquella era su primera cita con un hombre. ¿Qué tenía
Jared Collins que la aturdía de aquella manera? No se reconocía a
sí misma. La Blair equilibrada y controlada se había esfumado.
La camarera apareció con el postre, un delicioso dulce de
mango, y Blair encontró la excusa perfecta para mantener la boca
ocupada, aunque pronto descubrió que el silencio era todavía más
incómodo. Jared no dejaba de contemplarla y Blair no podía
imaginar en qué estaba pensando mientras lo hacía. Su teléfono
comenzó a vibrar dentro de su bolso. Cuando leyó la pantalla y
descubrió que era Russell casi se atragantó con un trozo de mango.
—¿No vas a atender? —preguntó Jared percibiendo su repentino
nerviosismo.
Blair no tuvo más remedio que hacerlo.
—Hola. —Miró disimuladamente a Jared y vio que él le estaba
prestando atención.
—Blair, te llamo para avisarte que pasaré un poco más larde a
recogerte esta noche. Ha surgido un imprevisto y no podré llegar a
la hora que habíamos acordado —le dijo Russell.
—No te preocupes, lo entiendo —respondió sin mencionar su
nombre.
—¿A las nueve y media está bien para ti?
Blair realmente lo que deseaba era cancelar la cita pero no se
animó a hacerlo.
—Perfecto, adiós. —Volvió a meter el móvil dentro del bolso y
cuando alzó la cabeza y miró a través de la ventana, divisó un
vehículo estacionado al otro lado de la calle. Le pareció haberlo
visto antes y entonces recordó que un automóvil similar había
pasado por la casa de sus padres la noche del jueves.
—¿Blair, qué sucede? —preguntó Jared mirando también hacia
el exterior del restaurante.
—Tengo la certeza de que ese coche azul es el mismo que vi
hace dos noches fuera de la casa de mis padres —le dijo sin apartar
la vista del vehículo.
—¿Te refieres al Sedán?
Blair asintió.
—Sí, no podía dormir y cuando miré por la ventana lo vi pasar
muy despacio.
Jared frunció el ceño.
—¿Estás segura que es el mismo?
—Absolutamente.
Jared observó el vehículo; tenía cristales polarizados y era
imposible ver a su conductor por eso se puso de pie de inmediato y
enfiló hacia la salida.
—¡Jared! ¿Qué haces?
Pero él no la escuchó, solo desapareció por la puerta. Unos
segundos después, lo vio cruzar la calle pero el sedán azul
abandonó su sitio a toda velocidad y casi atropella a Jared. Blair fue
testigo de cómo él cayó al suelo para evitar ser embestido y se
quedó quieto. Salió corriendo del restaurante y cuando llegó a su
lado descubrió aliviada que Jared ya intentaba ponerse de pie.
—¿Estás bien? —le preguntó mientras lo cogía de la cintura y lo
ayudaba a levantarse.
Jared asintió.
—¡Parece que llevaba prisa! —farfulló haciendo una mueca de
dolor. La caída no solo había roto la manga de su camisa; también
le había provocado unos cuantos rasguños en el brazo y en la cara.
—Será mejor que te cure esos raspones antes de que se
infecten. Quédate aquí. Pago la cuenta y regreso enseguida.
Jared la sujetó del brazo.
—De ninguna manera voy a permitir que pagues.
—No es momento de comportarse como un macho orgulloso —
le espetó Blair soltándose de su agarre.
Jared ni siquiera tuvo tiempo a protestar por segunda vez.
Cuando se quiso dar cuenta, Blair ya atravesaba la calle y entraba al
restaurante.
Regresó unos minutos después y prácticamente lo obligó a
subirse en su camioneta.
—¿Podrás conducir? —le preguntó ella antes de subirse.
—No fue nada, Blair, por supuesto que puedo conducir—replicó
Jared. Seguía molesto consigo mismo por haber permitido que el
sujeto del Sedán azul se escapara. Ni siquiera había podido ver la
matrícula.
—Muy bien, iremos a tu casa y te curaré esas heridas —afirmó
ella dándole a entender que no aceptaría un no como respuesta.
Jared no dijo nada, pero la idea de llevar a Blair a su casa no le
agradaba en lo absoluto. Temía un encontronazo con su padre y, si
además estaba ebrio, la escena iba a ser bastante patética.
—¿No podrías llevarme a tu casa? —se encontró preguntando
de repente.
Blair lo miró sorprendida.
—¿A mi casa?
—Sí... no quiero que nos topemos con mi padre. —Fue lo único
que dijo.
Y Blair no necesitó nada más para comprender el motivo de su
petición. Probablemente Luke Collins no la recibiría con bombos y
platillos. ¿Cómo no lo había pensado antes?
—Está bien —dijo antes de sumirse en el silencio nuevamente.
Jared descubrió que la casa de Blair se parecía mucho a ella.
Era sencilla, acogedora y bonita. Tenía las paredes pintadas de
blanco y unos pocos muebles desperdigados por aquí y por allá.
Bibliotecas de caoba con los estantes llenos de libros y una
chimenea de piedra se imponía desde uno de los rincones. Una
alfombra con dibujos tribales cubría casi todo el suelo de la estancia.
Se acercó a la chimenea y observó atentamente la hilera de
portarretratos colocados encima. Había fotos de Blair y de Paige
cuando eran niñas. Detuvo su mirada en una en particular. Las
gemelas no debían tener en esa foto más de seis años, estaban
montadas sobre un caballo y sonreían felices. No pudo distinguir
cuál de ellas era Blair.
—Ponte cómodo. —Blair le señaló el enorme sofá color terracota
que ocupaba buena parte de la habitación—. Iré por el botiquín.
Jared apartó la vista de la fotografía y obedeció. Apartó un par
de cojines tejidos al crochet y se dejó caer pesadamente encima del
sillón. No quería reconocerlo pero le dolía todo el cuerpo. Se miró la
camisa; se había roto a la altura del antebrazo y el cesto de basura
sería su próxima morada.
Blair regresó cargando una pequeña caja blanca. Se sentó junto
a él y sacó un pedazo de algodón que mojó en alcohol.
—Esto va a dolerte —le advirtió.
Jared asintió y vio cómo Blair apartaba la tela hecha jirones de
su camisa para limpiar su herida.
—Puedo quitármela si quieres —sugirió él de repente.
Blair sostuvo el algodón en el aire durante una milésima de
segundos.
—No hace falta. —Pasó el algodón por el raspón y vio divertida
como Jared cerraba los ojos para soportar el ardor. Parecía un niño,
y a Blair le dio mucha ternura.
Después fue el turno del magullón que tenía en la cara, justo
debajo del ojo derecho. Blair cogió un algodón limpio y lo embebió
también con un poco más de alcohol. Tuvo más cuidado e incluso
sopló un poco para aliviar el escozor.
Jared se dejaba hacer en completo silencio. Blair tenía manos de
hada, y a pesar del dolor era una delicia sentir su piel suave
rozándole la cara. Una vez que hubo limpiado ambas heridas, las
cubrió con unos apósitos.
—¿Ya está? —preguntó él añorando el toque de sus manos.
—Sí, no eran más que rasguños, pero podrían haberse
infectado. —Dejó el botiquín en el suelo y se acomodó un mechón
de cabello detrás de la oreja. Cuando se volvió hacia él, Blair fue
incapaz de apartarse. Pudo percibir su calor y sentir la penetrante
mirada masculina. Agachó la cabeza. Entonces Jared cogió
suavemente la barbilla de Blair y la obligó a mirarlo.
Él guardó silencio durante unos cuantos segundos en los que la
contempló con intensidad, lo que provocó que los latidos del
corazón de Blair aumentaran por momentos hasta terminar
convertidos en un estruendo.
—Eres preciosa... —susurró él.
Entonces, le deslizó el pulgar por los labios, y Blair se ensimismó
en el roce, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia atrás en
respuesta. Durante un momento ella no supo qué hacer ni qué decir,
y de repente sintió la cálida boca masculina en la suya mientras era
atraída hacia sus brazos.
Había estado esperando aquel momento, no tenía sentido
negarlo. Se había preguntado una y mil veces qué se sentiría
ahogarse en la magnificencia de aquel cuerpo recio, en la fuerza
que emanaba de él. La lengua de Jared, inquieta, juguetona, le
separó los labios provocativamente para invadir su calidez y buscar
la suya. ¡Dios bendito, qué sensación tan maravillosa! Era cálido,
incitante, sumamente masculino. Mucho más de lo que ella habría
imaginado jamás.
Blair pegó su cuerpo al suyo de manera instintiva a medida que
el beso se fue haciendo más y más exigente. Le rodeó el cuello con
los brazos y sus dedos juguetearon con el pelo de su nuca. Blair
gimoteó de puro y salvaje placer mientras unas sensaciones que
jamás había experimentado se fundían en sus entrañas.
Con un gruñido profundo él le colocó una de las manos en el
trasero y empujó audazmente las caderas de Blair hacia él,
sujetándola allí acogedoramente, mientras le deslizaba la mano libre
por la mejilla hasta el cuello, que acarició con los dedos.
Blair era absolutamente consciente de la tensión y dureza en
todos y cada uno de los puntos masculinos, así como de la pasión
salvaje que iba creciendo entre ellos, pero no era capaz de
detenerse. Todavía no. Solo quería estar allí, junto a él, toda una
eternidad: besándose, tocándose, sintiendo, deseando... La oleada
de emociones era perfecta, maravillosa, y cualquier insidiosa duda
sobre lo que estaba haciendo se desvaneció de sus pensamientos
cuando los labios de él continuaron torturándole con un placer
irresistible.
Ella se oyó jadear ligerísimamente cuando, sin previo aviso,
Jared tocó uno de sus pezones a través de la tela de su blusa. Lo
rozó con dulzura, acariciándoselo, provocando el ansioso ápice a
través de la fina capa de seda. Abandonada al impulso, Blair se
acomodó encima de él y empezó a mover las caderas contra las de
él, rozándole dulcemente con el vientre.
La acción hizo que Jared reaccionara con entusiasmo. Llevó una
de sus manos al trasero de Blair, y sin que esta fuera totalmente
consciente del hecho, empezó a levantarle la falda.
Con rapidez, Jared le colocó la palma en la pierna, y ya fuera por
inseguridad, o por el mero instinto, Blair se puso tensa de inmediato.
Aparentemente, él también lo notó, porque su boca aflojó el beso
y empezó a mover las manos por todas partes para acariciarle la
cara interior de los muslos.
—Jared... —murmuró ella, echando la cabeza hacia atrás.
—No digas nada —respondió él con voz áspera, mientras sus
labios empezaban a trazar una senda de besos livianos como
plumas por el cuello de Blair.
Jared bajó más la cabeza, y más, hasta que su boca le rozó la
parte superior de los pechos justo por encima del borde de su blusa.
Blair empezó a relajarse de nuevo, cerrando los ojos a las lujuriosas
sensaciones que él creaba con pericia, hasta que le sintió mover la
mano para acariciarle íntimamente la zona sensible de su
entrepierna.
Aquello la devolvió a la realidad de golpe.
—No. —Blair jadeó, empujándole por los hombros,
tremendamente avergonzada y abrumada de inmediato por la culpa.
Él retiró lentamente las manos y se irguió para mirarla fijamente,
y su respiración se hizo rápida y jadeante.
Blair se levantó de un salto y puso distancia entre ellos.
—Blair...
—Será mejor que te vayas, Jared —dijo dándole la espalda para
evitar que él se diera cuenta que en sus ojos aún brillaba la luz del
deseo.
Jared se quedó sentado en el sofá un rato más, tratando de
recuperar el aliento. No quería irse, no así, después de haber tenido
a Blair entre sus brazos. Finalmente y como pudo, se puso de pie y
se acomodó los pantalones.
—Me marcho —dijo esperando una palabra de ella. Pero Blair ni
siquiera lo miró y solo asintió con un leve movimiento de cabeza.
Se movió cuando escuchó la puerta cerrarse. Fue hasta la
ventana y lo observó subirse a su camioneta. Él la descubrió
espiando y por un instante sus ojos se encontraron.
Blair supo en ese preciso momento que estaba completamente
perdida.
Capítulo 06

Russell acompañó a Blair hasta el porche de su casa después de


haber pasado la velada juntos.
—¿Estás bien? —le preguntó él observando su rostro
detenidamente.
Blair lo miró a los ojos. No podía decirle que había estado
pensando en otro hombre mientras bailaba con él.
—No soy tonto, Blair y he notado que has estado ausente
durante toda la noche —dijo Russell tratando de adivinar qué
sucedía con ella.
Lo siento, Russell, pero esta época del año es particularmente
estresante para mí —respondió sintiéndose de inmediato culpable
por no ser del todo sincera con él.
—¿Es por lo de tu hermana?
Blair asintió.
—Ha pasado mucho tiempo, debes tratar de sobreponerte al
dolor. No ganas nada sintiéndote así —alzó una mano y acarició la
mejilla de Blair.
—No es solo eso, Russell... —dejó escapar un suspiro—. Ha
ocurrido algo que me hace pensar que es el pasado quien se
empeña en hacernos recordar los momentos dolorosos.
Russell enarcó las cejas.
—¿Qué quieres decir con eso? —Retiró la mano de su mejilla y
Blair se sintió aliviada.
—Una de las amigas de Paige ha desaparecido.
—¿Estás hablando de Holly Sherman? La noticia de su
desaparición llegó a nuestras manos temprano esta mañana.
Pensaba hablar del caso en la edición del lunes. —Hizo una pausa
—. ¿Sabes algo que yo no sepa?
—No. —Blair no iba a decirle nada más. La policía prefería
muchas veces ocultar detalles de la investigación a la prensa para
evitar que entorpecieran su labor. Ella, lamentablemente, sabía del
caso no por su condición de periodista sino por estar, de cierta
manera, involucrada. La desaparición y posterior muerte de Carisse
Jordan y el suicidio de su hermana eran solamente la punta del
ovillo. Ahora la policía debía tirar de él para descubrir la verdad.
—Bien, seguramente sabremos más en las próximas horas —
comentó Russell esperanzado—. ¿No me invitas a pasar? —
preguntó de repente acercándose a Blair hasta casi rozar sus
brazos.
Estoy muy cansada, Russell —dijo ella haciendo un gran
esfuerzo por sonreírle.
—Blair... no es secreto para nadie que me traes loco. —Apoyó
una mano en el quicio de la puerta y con la otra acarició el rostro de
Blair.
Ella contuvo el aliento. Russell tenía la clara intención de besarla
y lo único que ella deseaba era salir corriendo.
—Russell... eres mi amigo.
Él negó con la cabeza y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—No me interesa ser tu amigo, Blair. —La mano de Russell
ahora comenzaba a descender por su cuello y Blair supo que era
hora de detenerlo. Quiso apartarlo pero Russell fue más rápido y la
cogió de la cintura y la atrajo hacia él. En un segundo, Blair se vio
atrapada en sus brazos, luchando por liberarse.
—¡Suéltame, Russell!
Russell la empujó contra la puerta y la apretó con su cuerpo.
Buscó su boca y cuando intentó besarla, Blair le mordió el labio
inferior.
—¡Blair! ¿Qué has hecho? —No tuvo más remedio que soltarla.
—¡Te dije que me soltaras, Russell! —le espetó ella alejándose
de él lo más posible.
Russell tocó la herida en su boca y sus dedos se mancharon de
sangre. —Lo siento, creí que tú también lo deseabas —dijo él a
modo de disculpa.
—Pues te equivocaste. Nunca te vi de esa manera —le aclaró.
—Evidentemente pensé lo contrario después de que aceptaras salir
conmigo...
—Como amiga, solo como amiga —subrayó. Russell sonrió.
—Me equivoqué y te pido perdón. Confundí las señales, eso es
todo. Será mejor que me marche. —Se giró sobre sus talones, pero
antes de irse la miró por encima del hombro y le dijo—: Es una
pena, Blair. Pudimos haberlo pasado muy bien juntos.
—Vete, Russell. Nos vemos el lunes en el trabajo.
Después de que se marchara, entró en casa y puso el cerrojo.
De un manotazo se limpió la boca a pesar de que Russell apenas la
había tocado. Sin duda, aquella jornada de sábado había terminado
de la peor manera; quizá hubiera sido mejor no haber puesto un pie
fuera de la cama y así se hubiera evitado un par de disgustos.
De repente, alguien llamó a su puerta y Blair entró en estado de
alerta. Tardó un par de minutos en decidirse a abrir. No quería ver a
Russell nuevamente, pero cuando escuchó la chillona voz de su
vecina, soltó un suspiro de alivio y abrió por fin.
Blair, querida, perdón por venir a molestarte tan tarde pero no te
he visto en todo el día y quería darte estos retoños de begonias para
que plantes en tu jardín —le dijo Lilly French sosteniendo una
pequeña maceta de terracota en sus manos.
Blair le sonrió.
—No se preocupe, Lilly. —Blair conocía a su vecina demasiado
bien y sabía que su visita nocturna se debía a otros motivos. Lilly
French era la típica solterona romántica y casamentera que se
empeñaba en encontrarle pareja a todo el mundo. Seguramente la
había visto llegar con dos hombres distintos el mismo día y quería
enterarse de las novedades.
Debes trasplantarla mañana a más tardar para que florezca
fuerte y sana —le aconsejó sin moverse de su sitio. Era evidente
que no tenía la mínima intención de marcharse.
—¿Le apetece pasar y tomar un café? —le ofreció Blair abriendo
completamente la puerta.
—¡Me encantaría! —respondió la mujer con una sonrisa de oreja
a oreja instalada en su rostro.
Blair tomó la maceta y acompañó a Lilly hasta la sala. Luego se
dirigió a la cocina y una vez allí, tuvo que reírse. Adoraba a su
vecina y sabía que sería una misión más que imposible librarse de
las preguntas que, estaba segura, le haría mientras bebían su café.
Aun así, agradecía poder contar con su amistad. Regresó a la sala
unos minutos después con dos tazas de café humeante y se
preparó.
—¿Y bien, no vas a decirme quién era ese muchacho guapo que
te trajo a casa hoy?
Blair no imaginó que la querida Lilly desenfundara tan rápido.
Sabía que se estaba refiriendo a Jared porque a Russell lo conocía
ya que no se perdía ni una emisión del informativo que conducía.
Tragó saliva y bebió un sorbo de café.
—¿Se refiere a Jared? —preguntó Blair haciéndose la distraída.
—Jared... me gusta su nombre. —Dejó la taza de café sobre la
bandeja y la miró directamente a los ojos—. ¿Quién es?
Blair se inclinó hacia atrás y subió ambas piernas encima del
sillón.
—Alguien que conozco desde hace mucho tiempo.
Lilly frunció el entrecejo.
—¿Sí? Es la primera vez que lo veo contigo.
—Eso es porque regresó a Eugene hace solo unos pocos días
—respondió Blair antes de dejar escapar un profundo suspiro.
A Lilly no le pasó desapercibido aquel simple gesto que decía
mucho más de lo que Blair pretendía callar.
—Es muy guapo —afirmó Lilly sin dejar de mirar a su joven
amiga con sus vivaces ojos azules.
Blair apoyó el codo en el respaldo del sillón y se mesó el cabello.
—Lo es.
—¡Te gusta!
—¡Yo no he dicho eso! —saltó Blair poniéndose a la defensiva.
Pero de inmediato se dio cuenta que de nada servía negarlo. Jared
le gustaba... más de lo que quería reconocer.
Lilly le sonrió y le dio unas palmaditas en la pierna.
—No te culpo, cariño. Un hombre así pone patas para arriba el
mundo de cualquier mujer y tú no eres la excepción.
Blair le devolvió la sonrisa y pensó: "Sabias palabras".

El lunes llegó temprano a su trabajo y cuando se topó con


Russell, él la saludó desde la distancia porque estaba conversando
con Rob en uno de los pasillos. Se dirigió a su camerino y le pidió a
uno de los asistentes una taza de café y una aspirina.
Unos minutos más tarde alguien llamó a su puerta. Imploró que
no fuera Russell, pero cuando escuchó su voz no pudo evitar
inquietarse.
—Quiero disculparme nuevamente contigo por lo sucedido el
sábado, Blair —le dijo él en cuanto puso un pie dentro de su
camerino—. Creo que llevaba un par de copas de más y no actué
correctamente.
Blair lo miró. La pequeña marca en su labio inferior le recordó el
desagradable momento en el que Russell había intentado besarla.
Sin embargo, parecía realmente arrepentido de lo que había hecho
y no tenía sentido seguir enfadada con él. Quizá ella misma había
provocado la situación sin darse cuenta y lo mejor era olvidar todo el
asunto.
—No te preocupes —le sonrió, y solo entonces logró relajarse.
—Bien, iré a preparar el programa de hoy. —Salió del camerino y
cerró la puerta tras él.
Blair miró su reloj; aún le quedaba casi de una hora para salir al
aire. El informe de ese día, como siempre, ya estaba listo. El
departamento de prensa del servicio meteorológico se encargaba de
enviárselo cada mañana temprano para que ella le echara un
vistazo antes de presentarlo en directo.
Terminó de beber su café y rápidamente sus pensamientos se
dispararon hacia lo sucedido en su casa la tarde del sábado. No
había tenido noticias de Jared desde entonces, y se preguntaba
cómo sería su próximo encuentro después de lo que habían estado
a punto de hacer. Si ella no lo hubiera detenido, lo más probable era
que hubiesen terminado en su cama. Se estremeció de tan solo
pensar en aquella posibilidad. Deseaba a Jared, no iba a negar algo
que era tan obvio, pero no sabía cómo manejar lo que sentía de
ahora en adelante. Sus besos y sus caricias la habían torturado toda
la jornada del domingo. Se la había pasado encerrada en su casa,
haciendo limpieza y trabajando en el jardín, pero nada de lo que
hizo había logrado apartarlo de sus pensamientos. Mucho menos
después de la charla que había tenido con Lilly.
Abandonó su camerino y fue en busca de Christine para que la
maquillara. En el pasillo se topó con Gideon Gates, periodista de
renombre que presentaba su propio programa en el horario
nocturno. Lo notó distraído y fue ella quien lo saludó.
—Hola, Gideon.
Gideon Gates alzó la mirada de los papeles que estaba leyendo
y le sonrió.
—Blair, perdona, no te había visto.
—¿Alguna noticia relevante? —le preguntó echando un vistazo a
sus papeles. Nunca lo había manifestado abiertamente pero el
trabajo que hacía Gideon era el que a ella le gustaría desempeñar
algún día no muy lejano.
—Lamentablemente, sí. Han hallado el automóvil de Holly
Sherman, la mujer que desapareció el viernes, abandonado en un
estacionamiento.
El corazón de Blair se detuvo una milésima de segundo. La
noticia era terrible. Aún guardaba una mínima esperanza de que
Holly regresara a su casa sana y salva pero con este nuevo suceso
ya no había posibilidad alguna de que apareciera.
—¿Cuándo fue? —preguntó con voz trémula.
—Una patrulla lo encontró esta mañana cerca de las siete. La
policía ha sido bastante escueta a la hora de brindar información,
pero hemos conseguido averiguar que hallaron su bolso y sus
objetos personales en el vehículo aunque no había rastros de Holly
por ninguna parte —le informó Gideon percibiendo su enorme
interés en conocer los detalles de la noticia.
Holly estaba muerta, lo sabía. No podía olvidar el miedo
instalado en sus ojos la tarde en la que se la encontró en el
cementerio. Quizá ella había sido la última persona que la había
visto con vida. Un escalofrió recorrió su espalda. Pensó en el Sedán
azul y cómo su conductor había huido cuando Jared trató de
acercarse. ¿Alguien estaba acechándola a ella también? Si seguía
sus razonamientos y la desaparición de Holly Sherman tenía que ver
con lo sucedido hacía quince años, quien estaba observándola
podía ser la misma persona que se llevó a Holly. Pero... ¿por qué a
ella? No había estado presente la noche en la que Carisse Jordan
se cayó al río. Y entonces pensó en Paige. El parecido con su
hermana gemela muerta podía ser la causa. Trató de apartar
aquellos nefastos pensamientos de su mente, sintiendo que estaba
elucubrando demasiado, pero no pudo evitar sentirse intranquila.
Empezaría a mirar por encima de su hombro a partir de ahora. Mujer
precavida valía por dos.
Gideon miró fijamente a Blair cuando ella se quedó callada de
repente.
—Ya sabes que la policía prefiere mantenernos alejados y no
tenemos más remedio que conseguir la información por otro lado —
comentó él recuperando nuevamente la atención de Blair.
De repente, el rostro de Blair, que había estado pálido hasta
hacía apenas unos segundos, se iluminó.
—Gideon... ¿no necesitas ayuda extra? —le preguntó dejando
desconcertado al experimentado periodista de sesenta años.
Gideon se acomodó las gafas y se cruzó de brazos.
—¿Quieres trabajar para mí?
Blair asintió. Era una oportunidad de oro y lo sabía. Si Gideon la
aceptaba dentro de su equipo podía por fin cumplir su sueño de
convertirse en reportera de sucesos, y sus días como la chica del
tiempo quedarían atrás.
Sabes que me gradué con excelentes calificaciones, estoy
capacitada para llevar adelante cualquier reportaje... dijo incapaz de
ocultar su entusiasmo.
—¿Has hablado con Rob? Llevas presentando el informe del
tiempo... ¿cuántos años?
—Cuatro, y creo que ya son más que suficientes —alegó en su
favor. Era plenamente consciente de que todo dependía de la
decisión de Rob, pero no iba a bajar los brazos. Poseía un
argumento bastante poderoso como para lograr que le dieran la
oportunidad de trabajar por fin como periodista y lo iba a utilizar a su
favor—. Conozco a alguien en la policía. ..
Aquellas palabras surtieron el efecto deseado.
—¿Eso es verdad?
Blair asintió.
—Por mí no hay problema, me gusta incorporar sangre joven de
vez en cuando a mi equipo y creo que tienes pasta para el trabajo —
le dijo finalmente Gideon dándole el visto bueno—. Habla con Rob y
si él lo autoriza, te incorporarás de inmediato.
Blair no necesitó más que aquellas palabras para reunir valor y
enfrentarse a su jefe. Se despidió de Gideon con una sonrisa y se
dirigió a la oficina de Rob Payton dispuesta a todo.
Rob la recibió de inmediato con una amplia sonrisa. La invitó a
sentarse y pidió un café para ambos.
—¿De qué quieres hablar conmigo, Blair? —le preguntó el
gerente de la KTVC recostándose contra el respaldo de su sillón
para observarla mejor.
Sus ojos negros se posaron en el rostro de la jovencita que
alguna vez había intentado conquistar sin suerte.
—Rob, quiero dejar el parte meteorológico. —Se lo soltó lo más
de prisa que pudo.
—Blair, ya hemos tenido esta conversación antes...
—Lo sé, pero esta vez es diferente —lo interrumpió ella
moviéndose algo inquieta en su silla—. No se trata solo de cambiar
la edición del mediodía por la de la noche. Quiero hacer periodismo,
Rob, estudié y me gradué para ser periodista. No pretendo ser la
chica del tiempo toda mi vida. Gideon está dispuesto a incorporarme
a su equipo si tú me lo permites.
Rob debía suponer que el viejo reportero estaba detrás de todo
aquello. Le había dado alas a la muchacha y ahora él se veía
obligado a actuar en consecuencia.
—Si dejas el noticiero del mediodía, ¿quién ocupará tu puesto?
—Debra puede reemplazarme hasta que encuentres a alguien —
sugirió Blair mencionando a su rubia debilidad—. Estoy segura que
solo será por unos pocos días; no será difícil encontrar a otra
persona que ocupe mi puesto.
Rob se mantuvo en silencio durante unos cuantos segundos que
solo sirvieron para acrecentar la incertidumbre de Blair. Ella sabía
que una sola palabra de su jefe podía cambiar el rumbo de su vida
para siempre. Bastaba solo un sí... nada más.
Por eso cuando Rob le dio su respuesta, Blair casi salta de su
silla de alegría.
—No quiero ser el culpable de que termines tus días hablando
de chubascos y jornadas calurosas. —Le sonrió—. Solo voy a
pedirte que hoy hagas el programa ya que creo que sería la ocasión
perfecta para que te despidas de tus televidentes.
Blair no cabía en sí misma. El sueño que había perseguido
durante tanto tiempo se cumplía por fin. Sería reportera, nada más y
nada menos, dentro de la plantilla de Gideon Gates.
Le agradeció a Rob la oportunidad y abandonó su oficina con el
rostro iluminado por una sonrisa. Miró su reloj; faltaban menos de
veinte minutos para su sección dentro de las noticias y aún le
costaba creer que sería la última vez que presentaría el informe
meteorológico. Buscó a Christine para que retocara su maquillaje
antes de salir al aire y cuando llegó su momento, no pudo evitar
sentirse nerviosa.

Jared se había tomado un respiro ese mediodía después de


haber llegado del lugar donde habían abandonado el vehículo de
Holly Sherman. Se encontraba tomando un refrigerio en el bar
donde solían juntarse sus colegas a diario para beber un trago o
pasar el rato en sus horas libres.
Le gustaba almorzar solo, y a pesar de llevar apenas una
semana en su puesto de trabajo, la camarera de bar ya conocía sus
gustos. Le sirvió un filete con trufa y ensalada. Prefería almorzar en
la barra para evitar que alguno de los demás policías se sentara con
él. Oyó el tintineo de la campanita que colgaba encima de la puerta
y reconoció el acento sureño de Raze McCue cuando saludó a uno
de sus colegas.
Se llevó un buen trozo de filete a la boca y posó sus ojos en el
pequeño televisor ubicado detrás de la barra. El informativo ya había
comenzado y, como era de esperar, el caso de la desaparición de
Holly Sherman era el tema central. El camarero subió el volumen y
Jared se lo agradeció.
Se desconoce aún el paradero de Holly Sherman. La mujer fue
vista por última vez el viernes por la tarde y desde entonces no se
sabe nada de ella. Esta mañana se ha encontrado su automóvil
abandonado en el estacionamiento de la cadena de hoteles La
Quinta...
—La prensa no pierde el tiempo —dijo Raze McCue sentándose
a su lado.
Jared lanzó una rápida mirada a su compañero y siguió
disfrutando de su almuerzo.
Raze pidió una cerveza para él y otra para Jared.
—¿Has enviado las pertenencias de Holly al laboratorio? —
preguntó Jared tras agradecerle por la cerveza.
—Sí, y me acaban de informar que los muchachos de
criminalística ya han remolcado el coche para trabajar en él.
Jared asintió. Tenía que reconocer que, al menos, Raze era un
policía eficiente. Había sido uno de los primeros en llegar esa
mañana al lugar donde había aparecido el auto de Holly Sherman y
se había encargado de proteger la escena antes de que los curiosos
y la prensa la contaminaran. Lo observó y se preguntó cuántos años
tendría. Era mucho más joven que él, y en el fondo creía que esa
era la verdadera razón por la que no le había caído muy en gracia
cuando se lo asignaron como compañero.
Una voz dulce y familiar atrajo su atención de inmediato.
Allí estaba Blair en su rol de la chica del tiempo una vez más,
con una sonrisa en los labios y una belleza capaz de hipnotizar a
cualquiera a través de la pantalla del televisor.
Hablaba de probables tormentas eléctricas en el norte del estado
y humedad abundante, pero Jared solo podía pensar en la última
vez que habían estado juntos. Él había besado esos labios pintados
de rojo y había acariciado aquel cuello que se asomaba
delicadamente por el escote de su camisa.
El reporte del clima terminó y vio cómo Blair pedía la atención de
los telespectadores por un segundo. Escuchó con atención.
—Hoy es un día muy especial para mí —comenzó diciendo Blair
—, durante cuatro años he presentado para todos vosotros la
información meteorológica pero ha llegado el momento de tomar un
nuevo rumbo.
Jared apartó a un lado el plato casi vacío y apoyó ambos brazos
encima de la barra.
—Parece que la chica del tiempo nos deja —comentó Raze tan
atento como Jared al televisor.
—Cállate, déjame escuchar le pidió Jared observando fijamente
a Blair.
—Cuando entré en la KTVC, ¡o hice con la ilusión de convertirme
en reportera de sucesos algún día, y ese día finalmente ha llegado.
Quiero agradeceros las muestras de afecto que me habéis brindado
durante todo este tiempo, y especialmente a Rob Payton, nuestro
gerente, por darme ¡a posibilidad de formar parte de la familia
KTVC; no puedo olvidar a Russell y a todos mis compañeros de
informativos. —Hizo una pausa y miró hacia un lateral—. Y muy
especialmente quiero dar las gracias a Gideon Gates por permitir
sumarme a su equipo de investigación.
Jared percibió que a ella le temblaba la voz; sin duda, estaba
emocionada. Blair había mencionado al tal Russell. Era lo más
normal del mundo, después de todo ella misma le había contado
que mantenían un romance; sin embargo, le molestaba. Y mucho.
Los colegas de Blair aparecieron en cámara para abrazarla y
felicitarla. Jared apretó los puños con fuerza cuando vio a Blair entre
los brazos de Russell Forrester. El presentador del informativo se
mostró bastante efusivo con ella, como si no le importase que todo
el mundo los estuviera viendo y supieran que ella era de su
propiedad.
—Ese sujeto rubio sabe aprovechar muy bien las circunstancias
—bromeó Raze—. Mira cómo aprieta a la morena entre sus brazos.
No lo culpo... esa mujer es una bomba.
Jared apartó los ojos del televisor y le lanzó una mirada asesina
a Raze.
—¿Qué sucede? —preguntó Raze notando el cambio repentino
de su compañero.
—Muestra un poco de respeto, McCue —respondió irascible.
—Tengo ojos y veo, Collins. —Se cruzó de brazos y frunció el
entrecejo. ¿Por qué te pones tan quisquilloso?
Pero Jared no le contestó y dejó a Raze con ganas de conocer la
razón de su actitud.
Cuando observó al televisor nuevamente, Blair había salido del
aire y había quedado solamente Russell para cerrar la edición.
Raze se dio cuenta de que Jared tenía pocas ganas de
conversar, así que pagó las cervezas, se acercó a una de las mesas
donde dos policías charlaban animadamente y se unió a ellos,
dejando al detective Collins solo con su mal humor.
Capítulo 07

Ese lunes, Blair se marchó a su casa cargada de ramos de flores


y tarjetas que le habían obsequiado sus compañeros con motivo de
su nuevo trabajo. Todos habían sido amables y cariñosos con ella;
bueno, no todos. Debra Busheli no parecía estar demasiado
conforme con su nuevo nombramiento. Seguramente envidiaba que
Blair hubiera subido un escalón más en su carrera sin haber tenido
que pasar por la cama de Rob Payton para conseguirlo, pero a Blair
la antipatía de la rubia platino la tenía sin cuidado. Nada iba a
arruinar su momento. También había recibido una llamada de sus
padres: Dan y Gloria le dijeron cuan orgullosos estaban de ella, y
Blair no pudo evitar emocionarse hasta las lágrimas.
Dejó los obsequios encima de la mesa del comedor y se dirigió a
la sala. Quería compartir aquella alegría con la persona que más
había amado en el mundo. Se acercó a la chimenea y tomó uno de
los portarretratos. En la foto aparecían Paige y ella, unos meses
antes de la desaparición de Carisse Jordan. Paige sonreía feliz...
ignorando la tragedia que se avecinaba. Había sido tomada durante
la fiesta de cumpleaños de una de las amigas de Paige. Trató de
hacer memoria y recordar cuál de ellas. Con la foto en sus manos se
dejó caer en el sillón. La observó por un instante y entonces
repentinamente, los recuerdos se agolparon en su mente...
Octubre de 1995

Dan Gilbert tocó el claxon por cuarta vez y una de sus hijas se
asomó por la ventana y le hizo señas de que esperara.
—¡Paige, date prisa o llegaremos tarde! —gritó Blair corriendo
hacia el armario.
Paige miró a su hermana gemela a través del espejo. —Ya casi
estoy lista —le dijo retocando por última vez el colorete de sus
mejillas.
—¿Qué tal estoy? —le preguntó Blair a Paige, que era más
entendida en asuntos de moda.
Paige se giró y la contempló de arriba abajo. El vestido que
había elegido Blair no la favorecía demasiado. No resaltaba la curva
de sus caderas y solo hacía evidente la pequeñez de sus pechos
apenas desarrollados. Había elegido el color rojo para distinguirse
de su hermana gemela, quien llevaría un vestido negro al
cumpleaños de una de sus mejores amigas.
—¿Y? ¿No dices nada? —insistió Blair.
—Deberías haberte puesto el negro, te sienta mejor —comentó
Paige poniéndose de pie y cogiendo su bolso.
—¿Tú crees? —Blair la miró indecisa—. No quería que todos se
pasasen la noche confundiéndonos.
Paige sonrió.
—Eso no habría pasado. Tú estarías rodeada de tu grupo de
amigas y yo ¿el mío? —le recordó—. Ponte el vestido negro, anda.
Podemos hacernos peinados distintos, si quieres.
Blair asintió. Paige tenía razón; a pesar de ser hermanas
gemelas y asistir a la misma escuela, no compartían las mismas
amistades. La verdad es que a Blair no le agradaban demasiado las
amigas de su hermana. Si asistía al cumpleaños de una de ellas esa
noche era solo porque Paige había insistido en que fuera.
Finalmente, Blair accedió a cambiarse de vestido y se hizo una
trenza para diferenciarse de su gemela, que llevaba el cabello
suelto.
—Vamos antes de que alguno de los vecinos se moleste con
papá. —Paige cogió a Blair del brazo y ambas abandonaron la
habitación dando risotadas.
Cuando llegaron a la casa de la agasajada, Gwyneth Matheson,
la fiesta estaba en pleno apogeo. Un muchacho regordete que
llevaba una camisa de colores se paró delante de ellas y les sacó
una fotografía. La luz del flash aturdió a Blair durante unos
segundos y antes de que se diera cuenta, Paige se alejaba de ella
para reunirse con Holly Sherman. Blair no tuvo más remedio que
quedarse sola en un rincón, esperando a que alguien le hiciera
caso. No veía a ninguna de sus amigas allí, y por un momento se
sintió terriblemente incómoda.
Unos cuantos minutos más tarde, comprendió que tal vez estaba
haciendo el ridículo, quedándose metida en aquel rincón, por lo que
decidió que su mejor opción era escabullirse hacia el jardín para
sentirse más a sus anchas. Quizá con un poco de suerte, alguna de
sus amigas se dignaba a aparecer. Consiguió un refresco y atravesó
la sala en medio de una docena de adolescentes jocosos que
apenas le prestaron atención. Paige había tenido razón: nadie las
había confundido y, en cierto modo, eso era una bendición para
Blair. Bebió un poco de zumo de melocotón; demasiado dulce para
su gusto, pero estaba bien. Desde donde se encontraba podía
observar el interior del salón en el que se estaba llevando a cabo la
fiesta. Unos cuantos adolescentes también se habían escapado al
exterior, obviamente, por motivos muy diferentes al suyo. Se sentó
encima de un parterre decorado con margaritas de diferentes
tamaños y colores, y terminó su bebida. No hacía frío pero soplaba
una brisa fresca. Observó la falda de su vestido; se le había subido
hasta los muslos y a la luz de la farola sus piernas parecían brillar.
Cuando alzó la vista y miró en dirección a la entrada principal de la
casa, vio llegar a Carisse Jordan acompañada de su novio, Jared
Collins. La pelirroja la vio y la saludó con la mano, creyendo quizá
que ella era Paige. Blair le devolvió el saludo solo por cortesía.
Jared, en cambio, ni siquiera se giró.
Blair no podía entender que una belleza como Carisse se
hubiera liado con un cerebrito como Jared Collins. Eran tan
opuestos que cada vez que aparecían juntos llamaban la atención
de todos. Sin embargo, y eso estaba fuera de discusión, era
evidente que se querían. Y mucho. Blair dejó escapar un suspiro; a
sus quince años, aún no sabía lo que era el amor. Paige, en cambio,
era un poco más experta que ella en temas de chicos y se había
enredado el verano anterior con uno de los primos de Holly
Sherman. La relación no prosperó y su hermana se recuperó de
inmediato. Blair podía jurar, sin temor a equivocarse, que Paige
nunca había estado enamorada de Paulie Sherman.
Un rumor llamó su atención. Miró hacia una zona apartada junto
a la piscina y distinguió a Emily Brendon y a un muchacho alto que
intentaba calmarla. Él estaba de espaldas pero supo de inmediato
que se trataba de Ian Willes, capitán del equipo de baloncesto y la
última conquista de Emily, quien gozaba del privilegio de ser una de
las chicas más populares de la escuela de secundaria Shelton.
Discutían acaloradamente, y desde donde se encontraba, Blair pudo
percibir que Emily estaba bastante furiosa. No alcanzaba a
escucharlos pero era evidente que Emily era quien no pensaba dar
su brazo a torcer. Vio cómo Ian la agarraba por los hombros y la
atraía hacia él lentamente. Después se sumieron en un beso
apasionado y todo se calmó entre ellos. —¿Qué haces aquí afuera?
Blair se sobresaltó cuando escuchó la voz de su hermana detrás
de ella.
—Necesitaba un poco de aire —respondió encogiéndose de
hombros.
Cuando volvió a mirar hacia la zona de la piscina, Emily y su
novio se dirigían al interior de la casa, cogidos de la mano.
Paige se sentó junto a Blair y la empujó para que le hiciera
espacio.
—Así no vas a ligar nunca, hermanita —dijo Paige sonriendo.
—¿Quién dijo que yo quiero ligar?
Paige percibió que su hermana gemela se estaba molestando.
—Está bien, olvídalo. Vamos adentro, Gwyneth me pidió que te
buscara.
Blair sabía que eso no era cierto, y si por casualidad la
agasajada se lo había pedido, seguramente había sido más por
cortesía que por gusto. De mala gana, Blair aceptó acompañar a su
hermana al interior de la casa de los Matheson. Allí, tres chicas
estaban subidas encima de una mesita, cada una con una botella de
cerveza en la mano, mientras los demás chicos las incitaban a
beber. Una de ellas era Holly Sherman; a las otras dos solo las
conocía de vista. A Blair le pareció patético que se perdiera el
control de esa manera en una fiesta de cumpleaños. El ambiente
apestaba a alcohol y a algo más. Blair no dudó que algunos de los
chicos mayores hubieran llevado hierba para fumar. Sintió unas
intensas náuseas, y en ese momento lo único que deseaba era
marcharse. Miró a Paige, pero ella parecía estar a gusto ahora que
había sido acaparada por Gwyneth Matheson, Carisse Jordan y
Emily Brendon, que se había separado de Ian. Tampoco Carisse
estaba con su novio, y Blair se preguntó dónde se había metido
Jared. Miró a su alrededor y entonces lo vio. Estaba sentado en las
escaleras; sostenía una lata de cerveza entre sus manos y miraba
casi con indiferencia a las tres chicas que seguían bebiendo como si
el mundo se fuera a acabar de un momento a otro. Aparentemente,
ella no era la única que se sentía fuera de lugar aquella noche.
Experimentó un poco de pena por él: Carisse lo había abandonado
para estar con sus amigas. Paige había hecho lo mismo con ella.
Observó su reloj: las once menos cuarto. Su padre no vendría por
ellas hasta la medianoche y Blair ya quería marcharse. Buscó a su
hermana con la mirada; estaba en un rincón apartado, charlando
con Carisse. Se acercó y al hacerlo no pudo evitar escuchar lo que
la pelirroja le estaba diciendo a su hermana.
—Jared me pidió que me acueste con él pero yo... —Carisse se
quedó muda de repente cuando notó a Blair parada detrás de su
amiga.
Paige se dio media vuelta y le sonrió a su hermana.
—Blair, ¿te estás divirtiendo?
—La verdad es que no me siento muy bien —mintió, con la vaga
esperanza de poder irse de allí lo antes posible.
—¿Qué te sucede? —preguntó Carisse interviniendo en la
conversación de las gemelas.
—Me duele la cabeza.
—Paige, quizá deberías acompañarla a casa. Si Blair no se
siente bien, no debería quedarse —sugirió Carisse
comprensivamente.
Paige miró a su hermana.
—¿Quieres marcharte ahora o prefieres esperar a papá?
—No creo que pueda aguantar tanto tiempo, Paige... De verdad,
me siento muy mal —respondió abrazándose a sí misma, tratando
de dar énfasis a sus palabras.
Su representación había dado resultado y se marcharon de la
fiesta unos minutos después. La casa de los Matheson estaba a tan
solo unas pocas calles de la suya y llegaron antes de que el reloj
señalara las once y media. Tanto Gloria, que se había quedado
despierta esperando por el regreso de sus hijas, como Dan, se
sorprendieron de verlas llegar antes de lo previsto. Ya en la
habitación, Blair le insistió a su hermana para que regresara a la
fiesta y se divirtiera con sus amigas. La verdad es que se sentía
culpable por haberle mentido y sabía que el remordimiento sería
menos pesado si convencía a Paige de que volviera al cumpleaños
de Gwyneth.
—No, me quedaré contigo hasta que te sientas bien —le dijo
Paige sentándose junto a ella en su cama. Acto seguido, sacó algo
de su bolso y Blair vio que era la foto que le habían tomado al llegar
a la fiesta—. ¿A que salimos guapas?
Blair tuvo que reírse. Guapa no era exactamente la palabra. Ella
había salido con los ojos algo entornados por culpa del flash; aun
así, aquella foto iría al álbum de recuerdos.
Blair observó a su hermana mientras ésta dejaba la fotografía
sobre la mesita de noche. No podía dejar de pensar en el hecho de
que Paige hubiese preferido quedarse a su lado. Eran muy pocas
las veces en que su hermana la elegía a ella por encima de sus
cuatro amigas, y Blair se sintió feliz. Aunque le costara confesarlo,
sentía celos de Carisse, Emily, Gwyneth y Holly porque le robaban
tiempo con su hermana. Sabía que era una tonta por tener
semejantes pensamientos pero no podía evitarlo. Paige y ella
estaban unidas por un lazo mucho más fuerte que la sangre. Su
madre solía contarles que cuando eran apenas unos bebés, las dos
ya compartían una conexión muy especial. Bastaba que Blair
comenzase a chillar para que Paige hiciera lo mismo. Aun estando
en habitaciones separadas, e incluso en lugares diferentes, las
gemelas lloraban al unísono.
Blair apoyó la cabeza en la almohada y contempló a su hermana
hasta que el sueño la venció por fin.

Alguien llamó a la puerta y Blair se sobresaltó. Había estado


sumida en los recuerdos durante demasiado tiempo. Observó con
nostalgia la fotografía en donde aparecía con su hermana y se
levantó del sillón. Colocó el portarretrato en su sitio y se dirigió al
recibidor. Atisbo por la mirilla y sonrió cuando descubrió a su vecina,
Lilly French, con una bandeja en las manos.
Le abrió y Lilly French entró en la casa como una tromba.
—Hola, Lilly. ¿Cómo está?
La mujer se detuvo y se giró sobre sus talones.
—Estupendamente bien, cariño. —Abrió desmesuradamente sus
ojos azules y agregó—: ¡Supe lo de tu ascenso! ¡Es una noticia
estupenda, te felicito!
—Gracias, Lilly. —Blair olió el pastel de manzana que traía su
vecina y se le hizo agua la boca.
—Debemos celebrarlo —dijo Lilly dejando la bandeja encima de
una mesita—. Prepara el té que yo mientras serviré el pastel.
Sin esperar más, Blair puso a calentar el agua, y cuando el té
estovo listo, ambas se sentaron en el porche para aprovechar la
temperatura agradable de aquella tarde. Lilly le preguntó
exactamente en qué consistía su nuevo trabajo y escuchaba con
atención todo lo que Blair le contaba.
—Ya era hora de que alguien reconociera tu talento, Blair —
manifestó Lilly recostándose contra el respaldo de la silla—. ¿Dime,
trabajarás al lado de Gideon Gates?
Blair asintió y notó cierta excitación en su vecina.
—Ese hombre tiene un porte increíble, ¿no crees? Sale muy
guapo en la televisión.
—Lleva años en los medios —acotó Blair haciendo un esfuerzo
por no reírse. Era más que evidente que Lilly estaba encantada con
el periodista. Hasta se sonrojaba al hablar de él. Blair se preguntó si
su vecina no sentiría un amor platónico hacia el periodista. Sabía
que Gideon recibía a diario decenas de cartas de sus admiradoras,
todas dentro del rango de la señora French. Mujeres de mediana
edad, solteras y en busca de marido.
—Me gustaría tanto poder conocerlo algún día... —dijo de
repente Lilly con aire de ensoñación.
—Puede venir un día al canal, si quiere. Con gusto se lo
presento.
Aquellas palabras provocaron que los ojos de Lilly destellaran de
alegría.
—¿De verdad lo dices? ¿No crees que él pueda llegar a
molestarse?
—Para nada. Gideon es encantador y estoy segura de que le
gustará conocerla. —Esto último lo ignoraba, pero no le costaba
nada cumplir con el sueño de su amiga.
—Muy bien. —Lilly juntó sus manos sobre su regazo para calmar
su ansiedad y cuando pudo volver a hablar dijo—: Y ahora,
hablando de otro tema igual de interesante... ¿has vuelto a ver a ese
muchacho? Jared se llama, ¿no es así?
—Sí, se llama Jared; y no, no lo he vuelto a ver —respondió
dejando su taza de té vacía sobre la bandeja.
—Pero lo volverás a ver —insistió Lilly. Blair dejó escapar un
suspiro.
—Supongo que sí. Mi nuevo trabajo, por fuerza, implica que me
ponga en contacto con la policía. En realidad creo que el hecho de
que conozca a
Jared fue lo que convenció a Gideon para aceptarme en su
equipo, así que, de algún modo, se lo debo a él —reconoció Blair.
Lilly sonrió.
—¿Y ya le has dado las gracias? "Ni muerta", pensó Blair. —No,
Lilly, aún no.
—Seguro que encontrarás el momento oportuno, cariño. —Lilly
se puso de pie y se acomodó la falda del vestido—. Debo irme
ahora, tengo que alimentar a Pottsey.
Blair sonrió mientras pensaba en el perro de la señora French.
Era de color negro y tenía más años de los que podía recordar. Le
faltaba un ojo y había sido castrado de muy pequeño para evitar que
se alejara de la casa en busca de alguna perra en celo. Lilly cuidaba
a ese viejo perro como si se tratara de un niño.
Recogió el resto del pastel y lo acomodó junto a las tazas vacías
en la bandeja. Antes de entrar en casa, y siguiendo sus instintos,
miró por encima de su hombro. No vio a nadie, ningún Sedán azul
recorriendo el vecindario... Nada. Sin embargo, tuvo la fuerte
sensación de estar siendo vigilada.
Entró deprisa y echó la llave a la puerta.

Jared se encontraba en su oficina revisando el informe forense


de las pericias realizadas al vehículo de Holly Sherman. Habían
hallado el bolso de Holly con todas sus pertenencias dentro, tirado
en el suelo del coche. No había señales de violencia ni tampoco de
sangre. Fueron recogidas algunas huellas dactilares, pero después
de ser cotejadas se comprobó que pertenecían a Holly y a su
familia. Jared bufó contrariado. Tras recibir la noticia del hallazgo,
había tenido la vaga esperanza de encontrar alguna evidencia que
les indicara qué había ocurrido con Holly Sherman, pero,
lamentablemente, estaban tan perdidos como al principio y tenían al
tiempo en contra. Cada minuto que pasaba alejaba la posibilidad de
hallar a Holly con vida.
Arrojó la carpeta sobre el escritorio y empujó su silla hacia atrás.
No eran todavía las diez de la mañana y el calor era prácticamente
insoportable. Había perdido la cuenta de las veces que había
solicitado al ayuntamiento que enviase a alguien para que reparara
el aire acondicionado. Se puso de pie y caminó hacia la ventana. Allí
por lo menos se colaba un poco de aire, pero no era suficiente. Se
disponía a salir cuando sonó el teléfono.
—Diga.
—¿Detective Collins? Aquí Rogers, del laboratorio.
—Hola Rogers, ¿tienes algo para mí?
—Analicé la muestra que me envió. Afortunadamente el cabello
tenía un poco de tejido y hemos logrado obtener un perfil genético.
La primera noticia buena en días, por fin.
—Ahora solo necesitamos una muestra para comprobar si el
ADN concuerda —repuso el forense.
Jared farfulló. Aquello era un tropiezo.
—Está bien, trataré de conseguirla —dijo antes de colgar. Haber
obtenido ADN del mechón de cabello enviado a Holly Sherman era,
indudablemente, un paso importante. Sin embargo, sin una muestra
con la cual compararlo, no servía de nada. Una vez más, haría caso
a su instinto, que nunca le había fallado, además sabía exactamente
qué debía hacer a continuación.
Tomó su móvil, se puso las gafas de sol y abandonó su oficina.
—Berta, tengo que salir —anunció. Luego buscó a alguien con la
mirada—. ¿Dónde está McCue?
—No debe tardar en llegar —respondió la mujer sonriendo
nerviosamente.
—Cuando llegue, dile que se ocupe de todo aquí hasta mi
regreso. —No le gustaba que el tal McCue se quedara al mando
pero no podía aplazar su visita a casa de los Jordan.
Capítulo 08

—¿Has escuchado lo que te acabo de decir?


Los intensos y confusos ojos azules de Blair se clavaron en el
rostro impaciente de su nuevo jefe. Gideon se encontraba sentado
frente a ella, en la sala de reuniones. Los demás se habían retirado
ya, cada uno con la tarea que le había sido asignada.
—Sí, Gideon, perfectamente —respondió Blair tras un hondo
suspiro. Por supuesto que había oído lo que él le había dicho, solo
que estaba intentando todavía de asimilarlo.
—Bien. Quiero que consigas averiguar cómo va la investigación
por la desaparición de Holly Sherman. Después de que su vehículo
fuera hallado abandonado, la policía se ha negado a responder
preguntas a la prensa.
Blair trataría de cumplir con su trabajo lo mejor posible. Aquel era
su primer encargo y tenía que estar a la altura de las circunstancias.
Sabía que Gideon contaba con ella; más aun después de que le
había dicho que conocía a alguien en la policía. No sería sencillo,
pero debía intentarlo. Pensar en un nuevo encuentro con Jared le
provocaba dolor de estómago, pero debía afrontarlo tarde o
temprano. No podía seguir huyendo toda la vida. Cerró la carpeta
donde guardaba sus notas sobre lo que ya sabía del caso y miró a
Gideon con determinación.
—Será mejor que me vaya ahora mismo.
—Regresa con algo jugoso, Blair —insistió Gideon metiéndole
presión.
Blair tragó saliva. ¿Qué sucedería con ella si no lograba que
Jared le diera algo de información? ¿Gideon se arrepentiría de
haberla llevado a trabajar con él? Blair anhelaba con todas sus
fuerzas que no fuera así. Debía usar sus mejores armas para
alcanzar su objetivo... Tenía que hacerlo, aunque tuviese que lidiar
con Jared Collins y los sentimientos que despertaba en ella.
Salió de la KTVC cerca de las nueve, esperando estar de
regreso al mediodía con alguna novedad. La estación de policía no
estaba lejos de la cadena y solo le llevó veinte minutos llegar.
Aparcó frente al edificio y no divisó la camioneta de Jared por
ningún lado. Algo contrariada, cruzó la acera y entró en la comisaría.
Lo primero que vio fue a Berta, que le sonreía desde detrás del
mostrador de recepción. La mujer agitó su mano en el aire y Blair se
acercó.
—Buenos días, Berta. ¿Se encuentra el detective Collins?
—No, querida, ha salido. —Se quitó las pesadas gafas de carey
y le dijo—: Te vi el otro día en la televisión, enhorabuena por el
cambio.
—Gracias, Berta.
—Aunque debo decir que la rubia que han puesto en tu lugar no
es ni la mitad de simpática que tú —comentó refiriéndose por
supuesto a Debra Bushell.
Blair sonrió.
—¿No sabe cuándo regresará el detective Collins? Berta estaba
a punto de responder cuando una voz masculina se lo impidió.
—Yo estoy a cargo. ¿Qué puedo hacer por usted?
Blair se dio la vuelta y se topó con un hombre alto, de cabello
negro e increíbles ojos castaños. Vestía vaqueros gastados y
camisa negra. No tenía aspecto de policía en lo absoluto, salvo por
la placa de metal que colgaba de su bolsillo.
—Soy el detective Raze McCue. —Extendió su brazo y tomó la
mano de Blair por sorpresa.
—Blair... Blair Gilbert —balbuceó dejando que él estrechara su
mano.
—Sé quién eres —la tuteó—. La chica del tiempo. Bueno,
debería decir la ex chica del tiempo.
—Así es. Ahora trabajo como reportera de sucesos y estoy
preparando un informe sobre la desaparición de Holly Sherman. Me
preguntaba si la policía me podría dedicar un poco de su tiempo
para responder a algunas preguntas —le indicó tratando de sonar lo
más amable posible.
Raze frunció el ceño.
—No solemos dar información a la prensa, Blair. Creemos que
solo entorpecen nuestro trabajo.
Blair sabía que se las vería difícil. La policía y la prensa siempre
habían transitado por carriles separados. Era absurdo; ella solo
buscaba informar, contarle a la gente qué estaba sucediendo.
Después de todo, una mujer querida y respetada en la comunidad
había desaparecido sin dejar rastro.
—Comprendo, detective McCue...
—Llámeme Raze.
—Raze, no pretendo interferir con la labor policial. Solo quiero
saber cómo va la investigación. No pretendo que comparta conmigo
información que perjudique el caso.
Raze se cruzó de brazos y la miró fijamente. Blair se sintió un
tanto cohibida.
—Le diré lo que haremos: la invito a tomar un café y podemos
discutir al respecto.
La invitación sorprendió a Blair, pero no iba a desaprovechar la
posibilidad de obtener algo de información.
—Está bien, acepto.
Raze sonrió complacido. Se dirigió a la recepcionista y le dijo:
—Berta, llévanos dos cafés a mi oficina, por favor.
—Enseguida, detective McCue.
Blair atravesó el pasillo de la estación de policía junto al
detective McCue. Una vez más, la morena acaparó las miradas de
todos los hombres presentes.
Jared contempló la propiedad de los Jordan con nostalgia. Había
transcurrido mucho tiempo desde la última vez que había estado allí;
sin embargo, los recuerdos permanecían intactos en su memoria. La
tarde siguiente a la desaparición de Carisse, él había ido a buscarla
para salir a dar un paseo y su madre le había dicho que ella no se
encontraba en casa. Más tarde se enteró de que la policía la
buscaba. Le llevó muy poco tiempo a la gente de Eugene sospechar
de él.
"Es el novio, seguro tiene algo que ver", creían algunos. "Si la
muchacha desapareció en medio de la noche es porque iba a
encontrarse con él", decían otros. El paso del tiempo no había
borrado ni las miradas acusadoras ni los comentarios
malintencionados. No había visto a los señores Jordan en quince
años y le costaba estar allí, frente a su casa, esperando ser
atendido.
De repente, la puerta se abrió y Margaret Jordan apareció frente
a él. No quedaba nada de la mujer risueña que había conocido en el
pasado. Su cabello, del mismo tono rojizo de su hija, estaba
completamente cubierto por las canas, y un montón de arrugas
surcaban su rostro dándole la apariencia de una anciana, cuando no
debía de tener más de cincuenta años.
Margaret Jordan se quedó muda, mirando fijamente al hombre
que había llamado a su puerta.
—Señora Jordan, no sé si me recuerda...
—Eres Jared —dijo cuando se pudo recuperar un poco de la
impresión. —Sí, soy yo.
—Has cambiado mucho. —Lo sé.
Ambos continuaban en el umbral. Margaret no lo había invitado a
pasar y Jared no se atrevió a pedirle que lo dejara entrar. Parecía
como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.
—¿A qué has venido?
—Necesito hablar con usted. —Le mostró su placa y Margaret
Jordan ni se inmutó.
—¿De qué se trata?
—¿Quién es, cariño? —preguntó una voz masculina desde el
interior de la casa.
Jared reconoció a Theodore Jordan. Miró a los ojos a Margaret.
—Es importante... —afirmó el agente—. Se trata de la desaparición
de Holly Sherman.
Margaret se hizo a un lado y le permitió pasar. Cuando entraron
al recibidor, el padre de Carisse apareció. Llevaba unas gafas y un
libro en la mano y se quedó atónito al verlo.
—Es Jared Collins, Theodore —le indicó Margaret—. Quiere
hablar sobre lo sucedido a Holly Sherman.
El señor Jordan se quitó las gafas y contempló al detective de
arriba abajo. Lo hizo dos veces para cerciorarse de que su esposa
no se había equivocado.
—Ha pasado mucho tiempo, muchacho —dijo acercándose para
estrechar su mano con fuerza.
—Buenos días, señor Jordan. ¿Cómo está?
—Bien, muchacho, bien. Los años se han ensañado un poco con
mis huesos, pero supongo que hay cosas peores. —Miró a su
esposa—. Maggie, querida, ¿por qué no preparas un poco de café?
La mujer asintió y en silencio se fue a la cocina.
—Ven, pasemos a la sala.
Jared lo siguió.
—Supe que te hiciste policía.
—Detective de homicidios —especificó Jared.
Theodore se detuvo de repente.
—¿Homicidios? ¿Acaso han hallado a Holly...?
—No —se apresuró a responder Jared mientras se sentaba en el
sofá.
—Es terrible que Holly haya desaparecido sin dejar rastro.
Margaret y yo nos encontramos con su esposo ayer por la tarde y
estaba destrozado el pobre. Nadie puede imaginarse lo que se sufre
cuando un ser amado desaparece. —Hizo una pausa y suspiró
hondo—. Solo quien ha atravesado por una experiencia tan
devastadora puede saber lo que se siente... No saber dónde está, si
está bien...
Jared creyó oportuno intervenir.
—Señor Jordan, comprendo que la desaparición de Holly
Sherman le trae recuerdos dolorosos. Lo sucedido hace quince años
destruyó a mucha gente... incluido a mí.
Theodore sonrió con amargura.
—Lo sé, muchacho. Fuiste uno de los más castigados. —Se
pasó los dedos por el cabello blanco—. No voy a negar que tanto
Maggie como yo creíamos que tenías algo que ver con la
desaparición de Carisse. Todo el mundo en esa época sospechaba
de ti. Pero luego, con el suicidio de la chica Gilbert, todo se aclaró.
Me hubiera gustado pedirte disculpas en ese entonces pero estaba
tan devastado por la muerte de mi niña que no encontré las fuerzas
para hacerlo.
—No se preocupe; no fue fácil para nadie. Yo quería a Carisse...
En ese momento, la señora Jordan entró a la sala cargando una
bandeja.
Los dos hombres la miraron y notaron las lágrimas en los ojos de
Margaret Jordan. Theodore se puso de pie de inmediato, se acercó
a ella y le quitó la bandeja de las manos antes de que fuera a parar
al suelo.
Jared guardó silencio mientras contemplaba cómo Theodore
Jordan abrazaba a su frágil esposa y trataba de que dejara de llorar.
Tal vez debía marcharse, su aparición había abierto viejas heridas.
Incluso él se sentía sobrecogido por la situación.
—Puedo regresar en otro momento si lo prefieren —dijo después
de unos cuantos segundos.
Theodore negó con un leve movimiento de cabeza.
—No, estamos bien. Es solo que verte después de tanto
tiempo... Mejor hablemos del motivo que te ha traído hasta aquí.
Jared apoyó los codos en las rodillas y juntó las manos.
—Se trata de algo que recibió Holly Sherman unos días antes de
desaparecer.
—¿De qué se trata?
—Alguien le envió una caja con un mechón de cabello rojo y un
anónimo tres días antes de su desaparición. Creemos que la misma
persona que se lo envió es quien la secuestró.
Margaret pareció reaccionar al escuchar sus palabras.
—¿Un mechón de cabello rojo? —preguntó.
Jared asintió.
—Mi Carisse tenía el cabello rojo —musitó Margaret.
Jared tragó saliva antes de continuar hablando. No sabía cómo
se lo iban a tomar los Jordan cuando les dijera el motivo de su visita.
—Theodore, Margaret... es probable que la desaparición de Holly
esté relacionada con lo sucedido a Carisse hace quince años —dijo
por fin. Estudió la expresión en el rostro del matrimonio. Descubrió
desconcierto en el semblante de Theodore y una visible angustia en
los ojos de Margaret.
—¿Qué dices, muchacho? ¿Es eso posible? —preguntó
Theodore apretando la mano de su esposa con fuerza.
—Como le conté, junto al mechón de cabello había una nota...
—¿Mencionaba a mi Carisse? —lo interrumpió Margaret al borde
del colapso.
—No exactamente, pero se refería a un suceso ocurrido hace
quince años —puntualizó Jared.
Theodore y Margaret se miraron durante unos cuantos
segundos; después volvieron a posar sus ojos en el detective.
—¿Crees que podemos encontrar a Carisse después de tantos
años... que podemos traerla de regreso a casa? —quiso saber
Margaret mientras aferraba un medallón que colgaba de su pecho y
en el que Jared alcanzó a apreciar una imagen de su hija.
Jared ni siquiera podía llegar a imaginarse el padecimiento que
cargaban en sus almas los padres de Carisse. La pesadilla había
comenzado en el preciso momento en que su única hija había
desaparecido... Y después de quince años, la angustia, el dolor y la
incertidumbre no habían finalizado. Ni siquiera tuvieron un poco de
sosiego cuando se supo parte de lo que había sucedido la noche del
25 de febrero en el río Willamette... Esa verdad, revelada a medias,
no les había devuelto a su hija.
—Esperemos que sí, señora Jordan. Nuestra prioridad en este
momento es hallar a Holly con vida, pero quería que supierais que
es muy probable que reabramos el caso de vuestra hija. Por eso me
he atrevido a venir a veros. El forense ha conseguido un perfil
genético del cabello que le fue enviado a Holly... ¿Sería posible
obtener algún objeto personal de Carisse para tomar una muestra
de ADN y compararla con la del mechón?
Theodore tuvo que recostarse en el sillón.
—¿Piensas que el mechón de cabello es de Carisse?
Durante un par de segundos, Jared no supo qué contestarles. Si
bien era verdad que él mismo sospechaba que lo era, no podía
afirmar nada aún. Por eso respondió:
—Debemos hacer una prueba para constatarlo...
—¿Pero tú sí crees que alguien le ha enviado a Holly Sherman
un mechón de cabello de mi hija, cierto?
Jared finalmente asintió. No tenía motivo para negarlo. Su
instinto policial le decía que la desaparición de Holly se remontaba
inexorablemente a lo sucedido quince años atrás. El mensaje había
sido claro... Alguien buscaba venganza y su temor más grande era
que no se detuviera hasta que la obtuviera.
Jared pidió permiso para echar un vistazo a la habitación de
Carisse. Descubrió que todo seguía igual. Sus ojos se desviaron
hacia la ventana que daba a la calle, la misma donde tantas veces
se había colado para visitarla por las noches. En esa época era un
muchacho esmirriado y un poco torpe pero igualmente se las
ingeniaba para trepar por la verja y llegar hasta la habitación de su
chica. De sus labios brotó un suspiro. Agradeció que Theodore y
Margaret lo hubieran dejado a solas. Entrar a aquel lugar, que se
conservaba exactamente igual después de tanto tiempo, como si de
un mausoleo se tratase, podía estremecer al más fuerte de los
hombres, y él no era la excepción.
Caminó hacia la mesita de noche, donde seguía la cajita de
música. La abrió y los acordes de El Danubio Azul inundaron la
habitación. En su interior descubrió una rosa seca. Volvió a su
mente el momento en que se la había regalado. Fue durante la feria
del condado, en Véneta, una tarde de verano, cuando apenas hacía
dos semanas que habían comenzado a salir. Él había ganado una
muñeca de trapo para ella en uno de los juegos, pero Carisse
terminó regalándosela a una niñita que lloraba porque su hermano
había tirado su algodón de azúcar al suelo. Entonces, para que su
novia no se fuera con las manos vacías, Jared le regaló una rosa
roja, Carisse, encantada, le había dicho: "Es el mejor regalo que me
han dado. La tendré siempre conmigo".
Y así había sido.
Cerró la cajita de música con sumo cuidado y se dirigió al otro
extremo de la habitación, donde había una mesita de mimbre
cubierta por cofres de diferentes colores y tamaños, frascos de
perfume y una cesta con joyas de fantasía. No pudo resistirse y
eligió un frasco con el perfume favorito de Carisse. Quitó la tapa y lo
olió. Era como regresar al pasado, la fragancia suave y floral le
recordaba a la piel de quien había sido su primera novia, la chica
que le había robado el corazón con tan solo una sonrisa. La
adolescente tímida y sensible que había dudado cuando él le pidió
hacer el amor...

Octubre de 1995

Carisse canturreaba el estribillo de Ragged Glory de Neil Young


mientras tamborileaba nerviosamente sus dedos en la ventanilla de
la Ford F-50. A su lado, Jared estaba tan inquieto como ella. Dos
semanas antes, él le había pedido a Carisse que pasaran al
siguiente nivel en su relación. Hacía más de tres meses que salían y
él, al ser mayor, consideraba que si ambos estaban listos, ya era
tiempo de dar el gran paso.
Jared se movió y se acercó a ella. Cogió su mano y notó que
estaba temblando.
—Carisse, nena, no estés nerviosa... No hay nada que temer. Te
quiero y me quieres —le dijo acariciando sus adorables tirabuzones
del color del fuego.
Ella alzó sus enormes ojos azules hacia él y lo miró
intensamente. Comprendía la necesidad de Jared de hacer el amor
con ella: estaba a punto de cumplir los dieciocho y era normal que
quisiera de su novia algo más que un beso y un par de ardientes
caricias.
—No voy a presionarte —continuó diciendo él. Besó la punta de
sus dedos y agregó—: Lo haremos cuando estés lista.
Carisse esbozó una sonrisa
—Te quiero, Jared y quiero estar contigo... Ser tuya es lo que
más deseo en el mundo, pero necesito un poco más de tiempo —
dijo Carisse esperando su comprensión.
—Y lo tendrás, cariño. —Se acercó más a ella y se fundieron en
un apasionado beso.
Unos cuantos minutos más tarde, Jared dejó a Carisse frente a
su casa.
—¿Vendrás a la fiesta mañana? —le preguntó ella antes de
bajarse de la camioneta.
Jared la miró confundido.
—¡El cumpleaños de Gwyneth! ¿No lo habrás olvidado, verdad?
—No, no lo he olvidado. —La verdad es que tenía la esperanza
de poder eludir su compromiso, pero conociendo a Carisse, estaba
seguro de que lo iba a arrastrar a la dichosa fiesta si él se negaba a
asistir. Por eso no había tenido más remedio que decir sí con una
sonrisa cuando ella le había preguntado.
—¿A qué hora pasarás a buscarme?
—¿Te parece bien a las nueve?
—A las nueve estaré aquí.
Carisse le dio un ligero beso en los labios y salió de la
camioneta. Jared se quedó mirándola hasta que ella entró en su
casa. El solo hecho de tener que asistir al cumpleaños de Gwyneth
Matheson lo había puesto de mal humor, pero no permitió que
Carisse lo notara. Ella adoraba a sus amigas y se molestaba cuando
él hacía algún comentario negativo sobre ellas.
Cambió la sintonía de la radio y arrancó su camioneta. Una
sonrisa se dibujó en sus labios mientras conducía hacia Fairmount.
Presentía que pronto, por fin, Carisse se convertiría en su mujer.

Un bocinazo proveniente de la calle lo sacó de su


ensimismamiento. Sonrió con amargura. Lamentablemente, él y
Carisse nunca pudieron estar juntos... y, ahora, mirando hacia atrás,
Jared caía en la cuenta de que quizá la había presionado
demasiado, que en su afán de hacerla suya había olvidado que lo
más importante era el amor que se tenían. Él era virgen y aunque
nunca se lo había confesado a Carisse, presentía que ella lo había
sabido todo el tiempo, y era esa condición precisamente la que lo
había animado a insistir. No estaba bien visto entre sus pares que
un muchacho que estaba a punto de cumplir los dieciocho años aún
no hubiera hecho su debut sexual, Al principio le molestaba la
presión de sus amigos, pero luego comprendió que lo que quería no
era perder su virginidad, sino entregarse a la chica que amaba.
Aunque esto se lo guardó para él. No querían que además de
debilucho y patoso, lo tildaran de sensiblero.
Pero ese momento que había soñado durante tanto tiempo
nunca llegó, Sufrió por la desaparición de Carisse, soportó las
sospechas, y gracias a una fuerza de voluntad que desconocía que
poseía, logró seguir su camino, Abandonar Eugene para comenzar
una nueva vida lejos de todo y de todos fue la única salida posible.
Así, había llegado a Sacramento, con solo dos cientos dólares en
los bolsillos y el temor de ser devorado por una ciudad tan grande.
La fortuna estuvo de su lado y pronto consiguió trabajo en un taller
mecánico. Se adaptó a su nueva vida antes de lo pensado, conoció
a un par de chicas, y finalmente perdió la virginidad a los veinte
años, cuatro meses y once días. Pero pronto se dio cuenta que no
quería ser un mecánico toda su vida y así, tras pensarlo
concienzudamente, decidió darle un giro a su destino. Uno de sus
nuevos amigos, Keith, era oficial de policía y lo convenció para que
probara suerte uniéndose al cuerpo. Al principio le pareció una
locura; después de la experiencia que había atravesado, no tenía
una buena opinión de la policía. Pero, contra todo pronóstico,
terminó por ingresar en la academia e incluso se graduó con
honores. Se convirtió en detective de homicidios y fue la mejor
decisión de su vida.
Regresó al presente una vez más cuando sus ojos se posaron
en una fotografía que estaba oculta detrás de una cajita de madera.
Se le humedecieron los ojos cuando vio a Carisse tan hermosa y tan
llena de vida en aquella imagen. Cogió el portarretrato con manos
temblorosas y quitó la fotografía. Se la pediría a la señora Jordan.
No la necesitaba para el caso, ya que estaba seguro que habría
fotos de ella en el antiguo expediente, pero la quería para él. No
conservaba ninguna foto de Carisse y aquella, en especial, le
gustaba mucho. Buscó algo que le sirviera para recoger una
muestra de ADN. No quería someter a los padres de Carisse a un
análisis, y si encontraba algún objeto que había pertenecido a
Carisse, no sería necesario. Gracias a Dios, lo encontró. Sacó una
bolsita de polietileno del bolsillo de sus pantalones y metió dentro,
un cepillo con algunos cabellos enredados en él. Si la suerte estaba
de su lado, el perito podría obtener un perfil genético, y así acabar
con las dudas que minaban su mente.
Bajó a la sala y pidió permiso a Margaret para llevarse la
fotografía de Carisse. Tras la anuencia de la mujer y de prometerles
que los mantendría al tanto de las novedades, Jared se marchó.
No había tiempo que perder: cuánto antes supieran a quién
pertenecía el mechón de cabello que había recibido Holly, más fácil
sería descubrir la verdad.
Capítulo 09

Jared se quedó de piedra cuando entró en la estación de policía


y escuchó la risa de Blair que provenía de la oficina de Raze
McCue.
—La señorita Gilbert vino a buscarte, pero como no estabas, el
detective McCue se encargó de atenderla —le anunció Berta
percibiendo de inmediato la expresión de irritación en el rostro de su
jefe.
Él casi ni la miró. Atravesó el pasillo con rapidez y sin llamar,
entró a la oficina de su colega.
Blair y Raze dejaron de reír cuando vieron a Jared, de pie junto a
la puerta. Durante unos segundos eternos, nadie dijo nada. El
ambiente estaba tan tenso que podía cortarse con tijeras.
—Me dijo Berta que me estabas buscando —dijo por fin Jared
clavando sus ojos verdes en el rostro contrariado de la muchacha.
—Y no te ha mentido —intervino Raze—. Blair ha venido en
calidad de reportera para tratar de sonsacarnos algo de información
sobre la desaparición de Holly Sherman.
Jared frunció el ceño.
—¿Es eso verdad?
Blair asintió con un ligero movimiento de cabeza. No supo por
qué demonios las palabras se le habían atorado en la garganta
impidiéndole hablar con propiedad. Culpó a Jared y a su manera de
aniquilarla con la mirada. Debía de ser eso, no encontraba otra
explicación a su repentino silencio.
Raze, al ver que Blair no pronunciaba palabra alguna, decidió
intervenir una vez más.
—Collins, sé que no te agrada mucho que la prensa meta sus
narices en nuestros asuntos, pero ¿no podríamos hacer una
excepción?
Jared notó de inmediato dos cosas. La primera fue que el
detective McCue parecía encantado con la compañía de Blair, y la
segunda, fue el nerviosismo reflejado en el rostro de la muchacha,
como si él los hubiera pillado haciendo algo indebido. Por un
instante, Jared tuvo deseos de borrar la sonrisa de triunfador de
pacotilla del rostro de su compañero sacando a Blair de su oficina,
pero consiguió frenar el impulso de hacerlo.
Blair apartó la mirada de Jared, quien continuaba de pie bajo el
quicio de la puerta. Se sentía completamente cohibida bajo la
mirada de los dos detectives. Raze la contemplaba con simpatía y
beneplácito mientras que Jared con cara de muy pocos amigos.
—Ven a mi oficina ordenó de repente Jared.
Blair obedeció y se levantó de su silla.
Raze hizo lo mismo.
—Ha sido un placer conocerte, Blair. —Le sonrió—. Espero que
volvamos a vernos pronto.
—El placer ha sido mío, Raze —respondió ella devolviéndole la
sonrisa. Jared contempló aquella escena con enfado. Raze estaba
desplegando sus artimañas de seductor barato y Blair parecía
encantada con él. Tosió con fuerza para recordarles que él seguía
allí.
A Blair se le borró la sonrisa de la cara cuando se enfrentó a los
ojos de Jared. Si estaba molesto con ella, no se preocupaba en
absoluto por disimularlo. Abandonó la oficina de Raze seguida de
cerca por Jared, quien la condujo hasta la suya. Una vez allí, él la
invitó a sentarse. Blair ocupó el sillón y se arrepintió de inmediato de
no haber elegido la silla cuando Jared se acercó y se sentó junto a
ella.
—Me enteré de que ya no eres la presentadora del clima y que
ahora trabajas para Gideon Gates. —Hizo una pausa y suavizó la
expresión adusta de su rostro—. Me alegro por ti, es un paso
importante en tu carrera.
—Gracias, realmente lo es. El periodismo es mi verdadera
vocación —dijo Blair, que consiguió relajarse al menos un poco tras
ver el cambio de actitud de Jared.
—Y según lo que dijo mi compañero, has venido hoy hasta aquí
para obtener información sobre la desaparición de Holly...
Blair no iba a permitir que lo que fuese que sintiera por Jared
Collins interviniera en su trabajo. No sería profesional por su parte y
estaba allí como reportera, y por lo tanto no se iría con las manos
vacías.
—Así es. Gideon me asignó el caso de Holly —mintió. Jamás le
diría a Jared que había sido ella quien se ofreció a trabajar en él
porque tenía "contactos" en la policía.
—Como policías no nos gusta desvelar ningún tipo de
información a la prensa. Cualquier dato que se filtre puede
entorpecer nuestra investigación —adujo él pasándose una mano
por el cabello.
Blair observó aquel movimiento atentamente. Era un gesto casi
mecánico pero a ella le pareció de lo más sensual. Se imaginó esa
misma mano acariciando su pelo y... "¡Cielo Santo, mujer,
contrólate!", se reprochó a sí misma viendo el rumbo que habían
tomado sus pensamientos.
—Comprendo la postura de la policía, pero lo único que
queremos es contar lo que sucede. Seremos cuidadosos con la
información que podamos obtener, ya que nuestra intención no es
entorpecer el trabajo de nadie y esperamos que la policía tampoco
interfiera en el nuestro. —Blair no supo si había sonado demasiado
formal pero había hablado con la verdad.
Jared sonrió. Definitivamente Blair había nacido para aquello, y
estaba seguro de que podría quedarse horas escuchando su
perorata. Aun así, debía andarse con pie de plomo y no soltar
demasiado la lengua. La fascinación que despertaba en él la
muchacha podía volverse en su contra. Observó contrariado cómo
ella sacaba una pequeña grabadora digital del bolsillo de sus
pantalones y la encendía.
—Sabemos que se halló el vehículo de Holly estacionado en un
hotel, y según tenemos entendido, solo estaban su bolso y sus
objetos personales dentro.
Jared frunció el ceño. Esa información la había nitrado alguien
de la policía o alguno de los curiosos que se habían acercado al
estacionamiento del hotel cuando el automóvil de Holly fue
encontrado. Comprendió entonces que sería muy difícil mantener a
la prensa alejada de las noticias.
—Estáis muy bien informados —comentó con cierto aire
socarrón.
—Tenemos nuestras fuentes.
—Supongo que sí.
Jared suspiró y miró a Blair. Se perdió de inmediato en los
enormes ojos azules que lo contemplaban con expectación y recelo.
—¿Habéis averiguado algo más?
La pregunta de Blair lo sacó de ensoñación.
—No —respondió escuetamente.
Blair estudió su expresión tratando de descubrir si le estaba
diciendo la verdad o solo quería quitársela de encima lo antes
posible.
—¿Y qué hay del mechón de cabello y la nota que recibió Holly
antes de su desaparición?
—No queremos que esa información sea dada a conocer —se
apresuró a decir.
—Jared, creo que...
—¡No, Blair! Si quieres hacer tu papel de reportera, adelante,
pero yo decidiré qué preguntas responder.
Blair notó que él volvía a mostrarse severo, y por eso creyó
oportuno apagar la grabadora.
—Entonces, ¿no habéis conseguido realmente nada del cabello?
Jared vaciló unos segundos antes de contestarle. Ella parecía
haber dejado su rol de periodista a un lado pero no podía fiarse. El
hecho de que hubiera apagado su grabadora no significaba que lo
que él dijera no saliera luego de aquellas cuatro paredes.
Negó con la cabeza.
El silencio de Jared disgustó a Blair. Creía que más allá de su
trabajo como periodista, ella tenía derecho a saber lo que estaba
sucediendo, sobre todo cuando la desaparición de Holly tenía que
ver con lo sucedido quince años atrás y se había cobrado la vida de
su hermana. Pero al parecer, el detective Jared Collins no pensaba
lo mismo.
—Será mejor que me vaya —dijo de pronto con la intención de
levantarse del sillón, pero Jared fue más rápido que ella y consiguió
agarrarla del brazo.
—Espera, quiero hablar de algo contigo.
El deseo de Blair de salir del territorio de Jared se acrecentó.
Mucho más su temor de que él quisiera hablar sobre lo sucedido en
su casa. No estaba preparada para ello, ni tampoco para aceptar o
reconocer delante de él cuánto la había afectado.
—¿Has vuelto a ver el Sedán azul?
De los labios de Blair escapó un suspiro de alivio.
—No, no lo he visto desde que casi te atropella —respondió
soltándose de su agarre y poniéndose de pie. No pudo evitar
ponerse nerviosa. Después de todo, aquel nefasto suceso había
ocurrido el mismo día en que ella y Jared se habían besado en la
sala de su casa. Rogó al cielo para que él no mencionara el asunto.
—Debes avisarme si lo vuelves a ver, ¿de acuerdo? —dijo él en
cambio.
Blair asintió.
En ese momento, el teléfono de Jared sonó y Blair pudo respirar
más tranquila.
—Dime, Berta dijo él inclinándose encima de su escritorio para
alcanzar el intercomunicador—. Pásamelo de inmediato.
Blair percibió la tensión en el rostro de Jared. Estaba claro que
había recibido una mala noticia.
—Voy de inmediato, que nadie toque nada. —Colgó y cuando se
volvió vio a Blair parada detrás de él.
—¿Es Holly, verdad? —Blair supo lo que sucedía aun antes de
que Jared dijera algo.
—No lo sabemos. Un pescador encontró el cadáver de una
mujer flotando en el río Willamette. Debo irme ahora, Blair. —Se
dirigió hacia la puerta.
—¡Voy contigo!
—Blair, no creo que sea lo más sensato, no necesito...
—Jared, te prometo que no voy a interferir, pero déjame
acompañarte —le pidió plantándose a su lado junto a la puerta.
—Te dije que no quiero a la prensa metida en esto.
—No iré como reportera sino como testigo. Yo puedo identificar
el cuerpo... —Ni siquiera lo pensó cuando dijo aquellas palabras,
pero tenía que convencer a Jared de que la dejara ir con él.
—No es necesario que lo hagas. Recogeremos el cadáver y
haremos que un familiar lo identifique en la morgue —respondió
echando por tierra las intenciones de Blair.
—Por favor, déjame ir.
—¿Por qué insistes? —quiso saber Jared comenzando a perder
la paciencia.
—Porque se lo debo a mi hermana.
Se hizo un pesado silencio.
—Blair...
—Jared, ambos sabemos que todo esto se relaciona con lo
sucedido aquella noche de hace quince años con Carisse y el
posterior suicidio de mi hermana. .. Ella cargó con toda la culpa y no
es justo. Necesito saber qué pasó.
¿Cómo iba Jared a refutar sus palabras cuando él necesitaba lo
mismo? Ambos tenían heridas que debían cicatrizar y la única
manera era conociendo la verdad. Por eso decidió dejar que lo
acompañara.
—Vendrás conmigo pero nada de lo que veas y oigas podrá salir
a la luz, ¿has entendido? —le advirtió antes de abandonar su
oficina.
—Perfectamente —respondió ella siguiendo a Jared a través del
pasillo.

Llegaron a la escena del crimen cerca del mediodía, cuando el


sol ya calentaba sin piedad encima de sus cabezas. Blair se limitó a
observar todo con atención mientras Jared, que dirigía la
investigación, se hacía cargo de hablar con el forense que se
disponía a revisar el cuerpo. El lugar había sido debidamente
delimitado por las cintas policiales y llegaban hasta el área rocosa
que bordeaba el río. Blair recogió su cabello con una goma para
paliar un poco el calor y decidió bajarse de la camioneta de Jared,
desoyendo sus órdenes.
"Te quedas aquí, hasta que te llame", le había dicho Jared antes
de que ella pusiera un pie fuera del vehículo. No pensaba interferir,
solo acercarse y de ese modo, enterarse de las novedades. Cerró la
puerta de la Ford F-50 lentamente tras de sí y caminó en dirección
al río, donde Jared continuaba hablando con uno de los expertos
forenses, un hombre calvo y bajito enfundado en un mono
impolutamente blanco. Se acercó todo lo que pudo, tratando de
evitar que Jared la viera para poder escuchar lo que decían.
—A simple vista puedo determinar que lleva pocas horas en el
agua —aseveró el experto. Blair alcanzó a leer en su placa que se
llamaba Curtis Loughlin y era patólogo forense.
Blair no podía ver el cadáver desde donde se encontraba, puesto
que dos policías custodiaban celosamente la escena del crimen. Si
daba un paso más, era probable que Jared descubriera que le había
desobedecido pero, qué diablos, ella había ido allí en calidad de
testigo y no tenía sentido quedarse metida dentro de la camioneta.
Avanzó hacia él y tocó su brazo.
Jared se dio la vuelta de inmediato y la miró con cierto fastidio,
dándole a entender que no aprobaba el hecho de que no se hubiera
quedado donde le había dicho.
—¿Qué haces aquí?
Blair se puso a su lado, estiró un poco la cabeza y entonces
alcanzó a ver un bulto atascado en la orilla del río. Se llevó una
mano a la boca debido a la impresión. El cuerpo tenía una bolsa de
nylon en la cabeza, atada con una cuerda alrededor del cuello. Era
una imagen espantosa y rogó que no fuera Holly Sherman.
—¿Crees que es ella? —preguntó Blair sin poder apartar la vista
del cadáver.
Curtis Loughlin observó a la joven que había llegado con el
detective Collins y sonrió.
—¿Tú estás en la televisión, verdad?
Blair asintió.
—¡Claro, eres la chica del tiempo! Tienes loco a mi hijo,
¿sabías? ¿Podrías firmarme un autógrafo? ¡Le encantará!
Blair sonrió. No podía comprender cómo aquel hombre le
hablaba de un tema tan banal cuando a un par de metros yacía el
cuerpo sin vida de una mujer.
Jared también consideró inoportuno el comportamiento del
forense y le lanzó una mirada fulminante.
—Loughlin, ¿qué más puedes decirme del cadáver?
El forense guardó el papel que había sacado para que Blair le
estampara su firma y se puso serio.
—Nada más hasta que realice la autopsia. —Hizo un par de
señas a dos de sus colaboradores, quienes se encargaron de sacar
el cuerpo fuera del agua.
Blair no necesitó mirar el rostro cubierto por la bolsa para darse
cuenta de que efectivamente se trataba de Holly Sherman. El
cadáver tenía la misma ropa que llevaba Holly cuando se la
encontró en el cementerio el día de su desaparición. Al cuerpo le
faltaban los zapatos, y a simple vista se observaban unos cuantos
moretones en las piernas y en los brazos.
—Es ella, Jared —balbuceó mientras intentaba reponerse de la
impresión. Jared la apartó un poco e hizo que se girara.
—¿Estás segura?
—Holly llevaba esa misma falda el día que la vi en el
cementerio... ¡Dios! ¿Cómo pudo alguien hacerle algo semejante?
—Quiso volver a mirar el cadáver pero Jared no se lo permitió.
—Blair, escucha, no hay motivo para que sigas aquí. Ve a la
camioneta y espérame; ya has hecho tu trabajo. Ahora debo avisar
a su familia para que la identifiquen oficialmente —le dijo Jared
mientras sus ojos verdes se desviaban hacia la carretera—.
¡McCue! ¡Ven aquí!
Raze se acercó, saludó con una sonrisa a Blair y echó un vistazo
al cuerpo.
—¿Es Holly Sherman?
—Blair ha reconocido su ropa, pero necesitaremos que un
miembro de su familia la identifique formalmente. Quiero que vayas
a ver a Lance Schmidt y le notifiques el hallazgo.
—¿Yo? —preguntó sorprendido Raze.
—Sí, tú, McCue. ¿Algún problema?
—No. —Raze percibió el tono desafiante en la voz de su
compañero. Le estaba asignando la tarea más difícil. Sintió que aún
no se había ganado la confianza del detective Collins y eso le
molestaba mucho. Podía ser más joven y menos experto, pero
conocía muy bien su trabajo y quería demostrarle que estaba para
cosas más importantes. Comunicarle al esposo de Holly Sherman
que habían hallado el cuerpo de su esposa era una tarea que no le
agradaba demasiado, y además el departamento de policía contaba
con una asistente social que se encargaba de brindar apoyo
psicológico a los familiares de las víctimas. Sabía que su nuevo
compañero le estaba haciendo aquello para probarlo; pero no le
importaba. Jared Collins ya se daría cuenta que él era uno de los
mejores elementos dentro del cuerpo.
Miró a Blair una vez más y se despidió de ella con otra sonrisa.
—Loughlin, quiero el informe de la autopsia lo antes posible
exigió Jared mirando al forense.
Curtis Loughlin dejó de contemplar el cadáver por un segundo y
alzó la vista hacia él.
—Haré lo posible, Collins.
Jared asintió y se despidió. No pudo hacer nada cuando Blair,
finalmente, le firmó el dichoso autógrafo para su hijo. La condujo
hacia el lugar donde estaba estacionada la camioneta, pero antes
de subirse, ella se dio media vuelta y mirando fijamente a los ojos a
Jared, preguntó:
—¿Crees que este es el mismo sitio donde desapareció
Carisse?
Jared observó el inmenso valle. Estarían a unos cuantos metros
de la carretera, y en aquella zona el río corría paralelo a una gran
cadena rocosa. El Willamette se extendía casi un centenar de
kilómetros hasta su confluencia con el río McKenzie y ocupaba las
dos terceras partes del estado. Para cualquier otra persona era
imposible saberlo; sin embargo, para él, aquel lugar tenía un
significado muy especial y el hecho de que el cuerpo de Holly
hubiera aparecido justamente allí, era una señal.
—Ven, quiero mostrarte algo —dijo de repente, y Blair lo siguió
en dirección contraria en donde había aparecido el cuerpo de Holly.
Se adentraron en un estrecho sendero rodeado por un pequeño
bosque que se alejaba del río.
Jared se detuvo en un claro y se quedó contemplando un
enorme abeto. Se acercó y miró a Blair.
—Este era nuestro sitio favorito... Carisse y yo nos
encontrábamos aquí y nos quedábamos durante horas, recostados
bajo este árbol, olvidándonos del mundo, charlando de nuestras
cosas.
Blair vio un corazón tallado en la corteza del abeto y distinguió
dos letras dentro de un corazón: "C y J". Jared delineó las iniciales
de su nombre y el de Carisse y se sintió embargado por una gran
tristeza. Blair percibió su conmoción y se acercó por detrás. Rozó su
brazo hasta que sus manos tocaron los dedos masculinos.
Jared la contempló con ojos vidriosos. Aquel lugar le traía
demasiados recuerdos. La última vez que había estado allí había
sido unas semanas antes de la desaparición de Carisse. Sonrió con
amargura; había sido precisamente en aquel sitio donde le había
pedido por primera vez que durmieran juntos.
—¿Jared, te encuentras bien?
Él negó con la cabeza. Jamás había imaginado que volver a
aquel lugar pudiera afectarle tanto.
—No es casual que hayamos encontrado el cuerpo de Holly
precisamente en este lugar, Blair. Estoy convencido que es aquí
donde Carisse desapareció.
Blair pensaba exactamente lo mismo.
—Debemos averiguar qué sucedió realmente esa noche, Jared.
Por qué Carisse vino hasta aquí y sobre todo, cómo terminó en el
fondo del río.
Paige mencionó en su carta que se había tratado de un
accidente, que solo querían asustarla.
—Holly está muerta y también se ha llevado esa verdad a la
tumba.
—Hay dos personas más que estaban esa noche con ellas...
—Gwyneth Matheson y Emily Brendon.
—Sí, debemos hablar con ellas —decidió Blair.
—¿Debemos? —preguntó Jared alzando una de sus cejas.
Blair soltó la mano de Jared. Por un segundo había pensado que
ambos podían formar un buen equipo, pero volvía a equivocarse.
Jared era el policía y ella, la molesta reportera que según él
"interfería en la investigación".
Yo soy el policía, Blair.
—No lo olvido, pero creo que no te vendría mal un poco de
ayuda. Conozco a Gwyneth y a Emily, y puedo acercarme a ellas y
tratar de sonsacarles la verdad.
—De ninguna manera le advirtió Jared regresando al sitio donde
había dejado la camioneta estacionada.
—Jared, no seas testarudo.
—No insistas, Blair. No quiero a la prensa involucrada en mi
investigación. Si quieres información del caso, te la daré, pero solo
cuando considere oportuno hacerlo —aclaró.
Blair no sabía si creerle o no. Parecía que solo estaba tratando
de ser amable con ella.
—Es mi trabajo, necesito conseguir información —se atrevió a
decirle—. Mi jefe cuenta conmigo...
—Aunque no lo creas, respeto tu trabajo, pero entiende tú
también que nosotros solo hacemos el nuestro, y cualquier error
puede ser irremediable.
—¿Me dejarás ver el informe de la autopsia?
Jared dejó escapar un suspiro. Blair no era de las que se rendía
fácilmente.
—Está bien —respondió finalmente—. Tú ganas.
Blair se apresuró a sacar una tarjeta de su bolso y se la entregó.
—Es el número de mi oficina en la KTVC. Puedes enviarme los
resultados de la autopsia por fax cuando estén listos. Después de
que yo los lea.
—Por supuesto.
Jared le ordenó a dos de sus oficiales que se quedaran a
custodiar la escena del crimen hasta que los peritos terminaran con
su trabajo, y se subió a su camioneta. Blair se ubicó a su lado y él
notó cierto aire de triunfo en su mirada. Había perdido un punto
importante al permitir que ella pudiera conocer los resultados de la
autopsia. Lo sabía. ¿Cómo había conseguido que cediera tan
fácilmente? ¿Dónde quedaba su férrea postura de no compartir
información relevante con la prensa? Todo se había ido al demonio
en el mismo momento en que había posado sus ojos en Blair
Gilbert.
Encendió el motor de la Ford F-50 y trató de concentrarse en el
camino. No lo consiguió. El perfume de Blair llegaba hasta él,
embriagándolo con su aroma suave y delicado. Hacía un calor
insoportable y la temperatura debía estar por encima de los 30
grados, y aun así, ella olía como una flor fresca de primavera.
Apretó el volante con fuerza para reprimir el impulso de detener
la camioneta y reiniciar lo que habían dejado pendiente en casa de
Blair. No había podido apartar de su mente la manera en que se
habían besado y tocado... Jared suspiró resignado. Ya no había
duda alguna: estaba loco por Blair Gilbert.
Capítulo 10

Esa misma tarde, Blair se encontraba en la pequeña oficina que


le habían asignado en el canal por formar parte del equipo de
Gideon Gates. Sus ojos no se despegaban del teléfono. Miró su reloj
por enésima vez desde que había llegado y parecía que el tiempo
pasaba más lentamente de lo normal. Por fortuna, Gideon no se
encontraba en el lugar y no había tenido que reunirse con él.
Esperaba que Jared cumpliera con su palabra y le enviase el
informe de la autopsia para poder entregarle algo verdaderamente
jugoso a su jefe. La noticia del hallazgo del cuerpo aún no había
llegado a los medios, seguramente por estrictas órdenes de Jared, y
Blair temía que alguien les ganara ventaja. Tenía la oportunidad de
ser quien diera la primicia y no la iba a desaprovechar. Tomó un
bolígrafo del escritorio y comenzó a jugar con él para calmar su
ansiedad.
El corazón le dio un vuelco en el pecho cuando alguien llamó a
su puerta.
—Adelante.
—Blair, acaban de traer esto para ti. —Uno de los empleados del
canal le entregó un sobre color marrón.
—Gracias, Moses.
Lo abrió con impaciencia. No tenía remitente, solo su nombre
escrito con letras negras en el frente. Una sonrisa curvó sus labios
cuando descubrió que se trataba del documento que había
esperado toda la tarde. Junto al informe de la autopsia venía una
pequeña nota. Desplegó el papel y la leyó:

Blair, aquí tienes lo que querías. Espero que seas prudente y no


reveles al público más de lo necesario. Confío en tu buen juicio.
Al menos me merezco una cena, ¿no crees?
Jared.

Blair se mordió los labios mientras releía la última parte de la


nota. Jared esperaba algún tipo de recompensa por haber cedido a
compartir información con ella. ¿Una cena juntos después de lo que
había sucedido en el salón de su casa? ¿Y si las cosas se salían de
control nuevamente? Le asustaba la idea de estar a solas con él,
pero al mismo tiempo debía reconocer que la idea de cenar con
Jared la tentaba. Y mucho. Dejó el papel encima de su escritorio y
se dispuso a leer la autopsia con detenimiento. Veinte minutos más
tarde se encontraba preparando el informe que le presentaría a
Gideon esa misma tarde.
Llamó a su secretaria y sonrió cuando ésta le dijo que Gideon ya
se encontraba en los estudios y que requería su presencia. Salió de
su oficina en dirección a la de su jefe con una sonrisa en los labios y
llamó a la puerta.
—Pase.
Blair entró cuando Gideon estaba hablando por teléfono y no
pudo evitar oír la conversación.
—¿Cuántas veces te he dicho que no te hace falta ninguna
cirugía? Bueno, bueno, Celine, veré cómo me las arreglo. Cuídate y
adiós.
Colgó, y Blair notó de inmediato la preocupación en el semblante
de su jefe.
—¿Problemas? —se atrevió a preguntar.
—Era Celine, ha decidido hacerse un pequeño retoque y no
podrá presentar su espacio dentro del programa al menos durante
un par de semanas. Le he dicho cientos de veces que acabe de una
vez con esas tontas cirugías, pero no me hace caso. No sé qué voy
a hacer, contaba con ella para que hablara del caso de Holly
Sherman. Si al menos me hubiera avisado con tiempo... ¿Cómo
demonios voy a conseguir un reemplazo en menos de veinticuatro
horas?
Blair se acercó y se sentó frente a él. Realmente era un
problema, sobre todo porque Celine era quien iba a presentar el
informe que ella había elaborado con tanto esmero.
—Tengo novedades, Gideon —dijo tratando de levantarle el
ánimo a su jefe.
El rostro de Gideon cambió completamente.
—¿Has conseguido que la policía suelte prenda? —preguntó
Gideon sorprendido. Blair asintió.
—¿Qué tienes?
—Esta mañana han hallado el cuerpo de una mujer flotando en
el río Willamette. Era Holly Sherman. Yo misma la reconocí por la
ropa que llevaba puesta.
Gideon se inclinó hacia delante en su sillón y miró a Blair con los
ojos abiertos exageradamente.
—¿Has estado en la escena del crimen? ¿Cómo lo has logrado?
El detective Collins es un hueso duro de roer, no deja que nos
acerquemos ni a cien metros de distancia.
Blair carraspeó.
—Te dije que tenía contactos en la policía...
—Debe ser alguien con muchas influencias para que te hayan
permitido estar en la escena del crimen.
Blair no iba a decirle que su contacto dentro de la policía era,
nada más y nada menos, que Jared Collins.
—He conseguido el informe de la autopsia también. —Le entregó
el artículo que había preparado y esperó a que él lo leyera para
saber su opinión.
Gideon terminó de leerlo, se puso de pie y avanzó hacia la
ventana que daba al arroyo Amazon. Se llevó ambas manos a los
bolsillos de sus elegantes pantalones color azul marino y contempló
el paisaje mientras Blair esperaba una palabra suya con
impaciencia. De pronto, se giró sobre sus talones y la miró
directamente a los ojos.
—Creo que ya he encontrado el reemplazo perfecto para Celine.
Blair pudo sentir cómo su corazón empezaba a bombear con
más intensidad. Juntó sus rodillas porque estaba temblando de
emoción.
—¿Gideon, hablas en serio?
—¡Absolutamente! Estoy convencido que estás más que
preparada para lanzarte delante de las cámaras y presentar tu
informe esta misma noche. —Se acercó a ella, la obligó a ponerse
de pie y le dio un fuerte abrazo.
Y eso era precisamente lo que Blair necesitaba en ese momento.
Un voto de confianza que le permitiera avanzar en su carrera. Esta
vez volvería a estar frente a los telespectadores haciendo lo que
más le gustaba. Sonrió complacida y se permitió incluso llorar en el
hombro de su jefe.

Jared llegó a su casa después de las ocho de la noche. Se había


quedado en la comisaría revisando el informe de la autopsia y había
esperado en vano los resultados del análisis de ADN que había
ordenado hacer al cabello que el forense había conseguido del
cepillo de Carisse. Tenía que esperar al menos cuarenta y ocho
horas para comprobar que sus sospechas no eran infundadas.
Dejó la camioneta en el taller y subió a su casa. Le sorprendió
hallar el lugar en completo silencio. Se había imaginado que al llegar
se iba a encontrar con la patética escena a la que lo tenía
acostumbrado su padre. Suspiró aliviado cuando entró a la sala y
Luke no estaba bebiendo su cerveza. Era extraño no verlo. Recorrió
el resto de la casa y no lo encontró. Su padre seguramente estaba
embriagándose en algún bar de mala muerte; aún era temprano
para preocuparse seriamente. Decidió que tomaría una ducha y
cenaría algo. Se dirigió hasta su habitación y se quitó la ropa
sudada. Cuando se quedó completamente desnudo contempló su
imagen en el espejo. No era raro que quienes lo habían conocido en
el pasado se sorprendieran con su nuevo aspecto. Ya no quedaba
nada de aquel muchacho flacucho y enclenque que había sabido
ganarse el corazón de una de las chicas más populares y hermosas
del instituto Shelton. Ahora, a sus casi treinta y cuatro años, era
dueño de un físico admirable y deseable para muchas mujeres. Se
lo debía a sus años de entrenamiento en la academia de policía,
donde no solo había forjado su carácter sino también un cuerpo
cubierto de músculos y pura fibra. Sonrió divertido al recordar cómo
mujeres que en primera instancia ni siquiera se volteaban para
mirarlo, se desvivían luego por llamar su atención cuando su
apariencia cambió. No había sido sencillo dejar atrás a Jared el
listillo, y convertirse en un policía recio y respetado, pero a pesar de
todo, estaba conforme con su decisión. Dejó de cavilar frente al
espejo y se metió en el baño. Veinte minutos después bajó a la
cocina vistiendo unos jeans gastados y una camiseta sin mangas.
Se preparó dos suculentos sándwiches de pavo y buscó una lata de
refresco en la nevera. Con su pequeño arsenal, se dirigió a la sala
para disfrutar del partido que los Ducks jugaban esa noche un
partido de liga contra uno de sus eternos rivales: los Huskies de
Washington. Durante las dos horas que duraba el partido dejaría a
un lado las preocupaciones y se relajaría.
Dejó la bandeja encima de la mesita, cogió uno de los
emparedados y se recostó sobre el sofá. Buscó el mando a
distancia y lo encontró debajo de uno de los cojines. Encendió la
televisión; el partido aún no había comenzado, así que hizo un poco
de zapping. Se detuvo en el canal 11, desde donde trasmitía la
KTVC, y vio que el programa periodístico que conducía Gideon
Gates ya estaba al aire. Leyó los créditos y sonrió al ver el nombre
de Blair entre los demás integrantes del programa.
Cruzó ambas piernas sobre la mesita y bebió de su refresco.
Cuando Blair apareció en la pantalla, casi se atraganta. Tenía
entendido que ella solo trabajaría en el staff del tal Gates, nunca le
había mencionado que presentaría alguna sección del programa.
Subió el volumen y escuchó con atención.
"Buenas noches a todos. Seguramente os estaréis preguntando
qué hace la ex chica del tiempo con su propio espacio dentro del
prestigioso programa de Gideon Gates —comenzó a decir Blair son
una sonrisa en los labios—. Como muchos de vosotros sabéis, dejé
de presentar el parte meteorológico precisamente porque la emisora
me dio la oportunidad de hacer lo que realmente me apasiona: el
periodismo. Quiero agradecer una vez más a Gideon Gates y a
nuestro gerente, Rob Payton, por confiar en mí para llevar adelante
este nuevo desafío. Y aunque no iba a aparecer delante de
cámaras, hubo una razón de fuerza mayor que hizo que esta noche
esté frente a todos vosotros, llegando hasta vuestros hogares.
Celine, quien normalmente presenta esta sección del programa, ha
tenido un pequeño percance y no estará con nosotros hasta dentro
de un par de semanas. Recupérate pronto, Celine, trataré de estar a
la altura de las circunstancias. Regresamos con más, después de la
publicidad."
Jared pensaba en lo que acababa de decir Blair mientras la
cortina musical que cerraba cada espacio del programa comenzaba
a sonar. No le disgustaba el hecho de que Blair no le hubiera
mencionado que saldría al aire, aunque según sus propias palabras,
se debía a un hecho fortuito. Solo esperaba que cumpliera con el
pacto que habían hecho ambos sobre qué tipo de información
brindar a la audiencia y cual no revelar. No tardaría mucho en
averiguarlo. El programa regresó tras la publicidad, y ahora Blair
aparecía sentada en un sillón color chocolate, en un escenario
bastante diferente al anterior. Vestía una falda estrecha de color
morado que poco hacía por cubrir sus piernas; acompañaba su
atuendo con una chaqueta entallada del mismo tono y por debajo
asomaba una camisa blanca con los dos primeros botones
desprendidos. Estaba preciosa; formal, eso sí, pero absolutamente
sensual. Jared dejó escapar un suspiro y se olvidó del sándwich de
pavo y del apetito que tenía. La voz de Blair volvió a endulzar sus
oídos.
"Lamentablemente, debo comenzar mi informe periodístico con
una terrible noticia.", anunció, borrando la sonrisa de su cara
mientras miraba fijamente a las cámaras. "La policía ha confirmado
que esta mañana ha sido encontrado el cadáver de una mujer
notando en el río Willamette. La autopsia confirma que se trata de
Holly Sherman, la mujer que desapareció hace cinco días."
—Hasta ahora vas bien —dijo Jared como si Blair pudiera
escucharlo. Blair hizo una pausa antes de continuar. Cogió una
carpeta y le echó un vistazo.
"Según el informe de la autopsia, Holly Sherman llevaba muerta
al menos cuarenta y ocho horas cuando fue hallado su cuerpo por
un pescador, esta misma mañana. Se ha determinado que falleció
por asfixia y se hallaron señales en su cuerpo de que había sido
maniatada.", leyó. Luego volvió a mirar a la cámara. "No tenemos
más información del caso. La policía está haciendo lo posible para
hallar a su asesino y brindar así un poco de consuelo a la familia de
la víctima. Quiero agradecer especialmente al detective Jared
Collins por aceptar colaborar conmigo y permitirme traeros las
novedades del caso." Como pudo, Blair puso una sonrisa en su
rostro. "Os espero la próxima semana."
Una voz masculina en off anunciaba el comienzo de la pausa
publicitaria mientras las luces del plato comenzaban a atenuarse,
dejando a Blair sumida en las penumbras.
Jared no podía estar más satisfecho. Blair había dado la
información justa, no había mencionado el mechón de cabello ni la
nota, ni mucho menos la posible conexión del crimen de Holly con la
desaparición de Carisse.
El ruido de llaves en la puerta lo sobresaltó. Esperó a que su
padre entrara, pero cuando éste no lo hizo, se levantó y se dirigió
hacia la entrada. Como había imaginado, Luke estaba como una
cuba y apenas podía mantenerse en pie. Lo sostuvo antes de que
se diera de bruces contra el suelo y lo arrastró hasta el sillón. Lo
dejó allí y llevó la bandeja con el emparedado de pavo a medio
comer a la cocina. Regresó con una jarra de agua helada y se la
arrojó en la cara a su padre.
—¡Pero... qué demonios! —farfulló Luke mientras trataba de ver
quién lo había mojado.
—¡Esto no puede seguir así, Luke!
Luke se restregó el agua de los ojos y miró a su hijo; cuando lo
llamaba por su nombre era porque estaba realmente enfadado. —
Jared...
—¡Es la última vez que tolero tus borracheras! ¡Si no dejas de
beber, ya sabes lo que te espera! —Le arrojó un paño para que se
secara y subió corriendo las escaleras en dirección a su habitación.
Una vez allí, se dejó caer en la cama y contempló el cielo raso con
desazón.
Su padre no le estaba dejando otra alternativa. Ya no tenía
motivo para retrasar lo inevitable. Al día siguiente le pediría
discretamente a Berta que buscara un buen centro de rehabilitación.
También tenía otra cosa importante que hacer y no podía esperar.
Era hora de reabrir oficialmente el caso de la desaparición de
Carisse. No podía ser casualidad que alguien arrojase el cuerpo de
Holly en el mismo río donde, según Paige Gilbert, Carisse se había
ahogado. Era evidente que alguien buscaba venganza por lo
sucedido quince años atrás. Por más macabro que pareciera, Jared
estaba seguro, a esas alturas, de que los asesinatos no se
detendrían.

Blair corrió hacia la sala cuando escuchó el teléfono.


—Diga.
—Blair, querida, soy yo.
—Hola, Lilly. —Miró su reloj. No era normal que su vecina la
llamara tan temprano.
—¿Te he despertado?
—No, Lilly, estaba preparándome el desayuno.
—Antes que nada quiero darte la enhorabuena por tu primer
programa. Has estado estupenda. Lo terrible es que hayas tenido
que dar semejante noticia al aire...
—No ha sido fácil —respondió Blair enredando el cable del
teléfono en el dedo.
—Sobre todo cuando conocías a la víctima. ¡Pobre muchacha!
No puedo dejar de pensar en la pesadilla que habrá vivido en manos
de esa bestia que la mató —manifestó la señora French, que ya era
aprensiva por naturaleza.
Blair tampoco podía imaginarse los terribles momentos que
debió atravesar Holly antes de morir de manera tan cruel. Se le erizó
la piel.
—¿Necesitaba algo, Lilly?
—Sí, sí, querida. Mi prima Sylvia está muy enferma y me ha
pedido que vaya a pasar unos días con ella. Soy la única familia que
tiene y no pude negarme...
Blair adivinó lo que su vecina le diría a continuación.
—¿Podrías quedarte con Pottsey hasta que yo regrese de
Portland? Serán solo unos pocos días. Pottsey es adorable y no te
causará ningún problema.
Blair no supo cómo negarse; además, tenía que reconocer que el
perro de su vecina era un amor, no le costaría nada cuidar de él
durante la ausencia de su dueña. Acordó con Lilly que ella le llevaría
a Pottsey esa misma tarde antes de partir hacia Portland.
Colgó y fue hasta la cocina para prepararse un suculento
desayuno consistente en frutas, café y sus favoritos muffins de
chocolate y nuez. Ahora que ya no presentaba el informe del clima
no necesitaba presentarse en el canal a diario, mucho menos
cuando su aparición en el programa de Gideon era una vez a la
semana; solo tendría que acudir a las reuniones de pre producción y
de alguna manera le inquietaba tener todo el día para ella sola. Aún
no sabía exactamente en qué iba a ocupar su tiempo libre, pero
durante algunas horas quería olvidarse de todo. Después de haber
leído el informe de la autopsia de Holly había quedado bastante
impresionada. Alguien se había ensañado con ella y la idea de la
venganza volvió a rondar por su mente. Sacó el café del fuego y se
sirvió una taza; estaba a punto de darle un mordisco a su muffin
cuando alguien llamó a su puerta.
Era demasiado temprano y además no esperaba a nadie.
Observó su apariencia. Aún no se había cambiado de ropa y llevaba
su vieja bata encima de unos pantaloncitos cortos y una camiseta
sin mangas. No estaba presentable para nadie; mucho menos para
alguien que venía de improviso. Dejó que siguieran llamando con la
esperanza que se cansaran de hacerlo y se marcharan, pero al
parecer su misterioso visitante no pensaba rendirse. Arrastrando los
pies se dirigió hasta la puerta. Espió a través de la mirilla y se quedó
de una pieza cuando descubrió que se trataba de Jared.
¿Qué estaba haciendo allí? No podía abrirle, mucho menos sin
una pizca de maquillaje en su rostro y con el cabello todo
despeinado. Sin contar con el hecho de que aún llevaba su ropa de
dormir.
—Blair, sé que estás ahí. Tu Chevrolet está aparcado a un lado
de la casa.
Blair maldijo en silencio. Ya no tenía escapatoria. Respiró
profundo y cogió el pomo de la puerta. Cuando la abrió, Jared
estaba parado en medio del porche y le sonreía de oreja a oreja.
—Hola —le dijo mientras sus ojos la recorrían de arriba abajo.
Instintivamente, Blair se ató el nudo de la bata.
—¿Qué quieres, Jared?
Él percibió de inmediato su turbación.
—Creo que me debes una cena...
Blair frunció el ceño.
—¿Una cena? ¿Has visto la hora que es?
—Bueno, me conformo con un buen desayuno. —Sacó la mano
que había tenido oculta detrás de la espalda y le mostró una bolsa
con el logo de la pastelería más famosa de la ciudad—. Traje
pastelitos de harina y brownies de café con crema de chocolate
blanco. ¿Puedo pasar o vas a dejarme parado aquí toda la mañana?
Los dulces eran una verdadera tentación, pero compartir un
desayuno con Jared Collins era una trampa en la que no quería
caer. Dudó durante unos segundos sobre qué debía hacer. Si se
dejaba llevar por su lado sensato, tenía que despedir a Jared y
olvidarse de que había llamado a su puerta; sin embargo, una parte
de ella, la más osada y alocada, le gritaba que aceptara su
invitación a desayunar.
Para su desgracia, no fue su lado juicioso el que ganó la batalla.
—Pasa antes de que el café se enfríe.
Capítulo 11

Jared siguió a Blair hasta la cocina. Mientras caminaba detrás de


ella, se regodeaba la vista con los muslos femeninos que se
asomaban por debajo de la bata. Eran torneados y el sol del verano
les había otorgado un bronceado magnífico. Trató de apartar la
vista, pero no pudo. Por eso, cuando Blair se giró y descubrió hacia
dónde apuntaban sus ojos, se vio irremediablemente atrapado.
Dejó la bolsa con los dulces que había comprado especialmente
para aquella ocasión sobre la encimera y se rascó la cabeza, señal
de que estaba inquieto. En realidad, inquieto no era la palabra
adecuada para describir su estado en ese preciso momento. Estaba
ansioso y era perfectamente consciente de que le iba a resultar muy
difícil controlar lo que Blair despertaba en él cada vez que la tenía
cerca. Le había dado vueltas al asunto durante largo rato desde que
se había levantado esa mañana, pero de repente se encontró en la
puerta de la pastelería, comprando dulces para ella, pensando en
compartir un desayuno con ella...
La contempló en silencio mientras Blair le servía café en una
taza y colocaba los pastelitos y los brownies en una bandeja de
mimbre. Ninguno de los dos había pronunciado palabra desde que
él había atravesado el umbral, y el silencio se estaba haciendo ya
insoportable.
Fue Jared quien decidió romper el hielo de una buena vez.
—Te vi anoche en el programa de Gideon Gates.
Blair se sentó en el taburete frente a él y lo instó a que hiciera lo
mismo.
—¿Lo hice bien? —preguntó Blair. No es que necesitara su
aprobación, pero le importaba saber qué opinaba Jared de su
primera participación como periodista de sucesos.
Jared acomodó su imponente figura encima del taburete de
madera y le sonrió.
—Sin duda, has sabido estar a la altura de las circunstancias —
respondió él antes de beber su primer sorbo de café—. Una delicia...
Blair se ruborizó.
—No creo que haya sido para tanto.
—Me refiero al café —aclaró él haciendo un enorme esfuerzo
para no reír.
Blair miró al suelo con la vaga esperanza que se abriera una
brecha enorme y se la tragara. ¿Cómo podía ser tan tonta,
poniéndose en evidencia frente a él?
—Agradezco que no hayas divulgado más detalles sobre la
investigación.
—¿Ha habido alguna novedad? —preguntó Blair mientras sus
mejillas cobraban su color natural.
Jared tardó en responder.
—Sabes que no diré más de lo que tú me permitas decir —le dijo
Blair con sinceridad. Respetaría el pacto que habían hecho, aunque
ello significara ocultar información que le ayudara en su trabajo. Lo
más importante en ese momento para ella era aclarar el asesinato
de Holly Sherman, porque estaba convencida de que lo único que
podía acabar con el tormento que había comenzado quince años
atrás, era descubrir la verdad. Percibió en la mirada de Jared que
era exactamente lo mismo que buscaba él.
—Lo he estado pensando mucho... —Hizo una pausa—. Voy a
reabrir el caso de la desaparición de Carisse —soltó mientras
estudiaba el semblante de Blair.
Ella asintió y no pareció sorprendida.
—Tengo fuertes sospechas de que el crimen de Holly se
relaciona indefectiblemente con lo ocurrido hace quince años.
Además, está el hecho de que su cuerpo haya aparecido en el
mismo sitio donde, según tu hermana, se ahogó Carisse.
—¿Crees que es alguien buscando venganza?
—Sí. El asesino nos está enviando un mensaje. Sabemos que
no fue casual que haya arrojado su cuerpo al río Willamette. Quien
mató a Holly, conoce lo que sucedió aquella noche... o estuvo allí.
Blair no lo había pensado de esa manera. Después de conocer
el contenido del mensaje recibido por Holly días antes de su
desaparición, la idea de la venganza había cobrado mucha fuerza,
pero jamás cruzó por su mente que el asesino fuese alguien que
hubiera estado presente la noche en la que
Carisse desapareció. Ella siempre había sospechado que Paige
y sus amigas eran las que estaban con Carisse... ¿Y si había habido
alguien más?
—¿En qué piensas? —quiso saber Jared mientras probaba uno
de los pastelitos de harina.
—En lo que acabas de decir. ¿Es posible que las chicas no
estuvieran solas esa noche?
—No sabría la respuesta a esa pregunta. Las únicas que pueden
echar un poco de luz a tanto misterio son Gwyneth Matheson y
Emily Brendon. Ahora que el caso de la desaparición de Carisse
seguramente será reabierto, podré interrogarlas oficialmente.
—Han guardado ese secreto durante mucho tiempo, no va a ser
sencillo conseguir que cuenten la verdad —adujo Blair inclinándose
sobre la encimera. Este movimiento hizo que su bata se abriera más
de lo debido y Jared fue el primero en notarlo. Sus curiosos ojos se
desviaron rápidamente hacia el escote de la bata por donde se
asomaba la camiseta que Blair llevaba debajo.
Parecía que la tensión que ambos llevaban acumulada desde el
momento en que Jared llamó a su puerta, había llegado a su punto
más alto. Blair apartó la mirada porque era plenamente consciente
de que en el instante en que sus ojos se encontraran, volvería a
perder la batalla. Con movimientos torpes, se puso de pie y llevó las
tazas de café vacías al fregadero. Necesitaba un segundo de respiro
y le dio la espalda. No quería que Jared viera cuan perturbada se
encontraba. Automáticamente comenzó a lavar las tazas, como si
aquella tarea cotidiana pudiera acabar con las sensaciones que
minaban su cuerpo en ese momento. Sus manos dejaron de fregar
cuando escuchó los pasos de Jared acercándose. Él se paró detrás
de ella, a tan solo unos centímetros. Todo su cuerpo comenzó a
temblar. De repente y sin previo aviso, Jared bajó la bata por los
hombros de Blair y se inclinó sobre ella.
—Verdaderamente muy atractivos. —Le besó un hombro,
después el otro, mordisqueando ligeramente—. Me entran ganas de
ver más.
Blair tragó saliva. Quizá debería olvidarse de tomar decisiones
cuerdas. Sus piernas apenas podían sostenerla, en especial cuando
Jared le besó el hueco del hombro, acariciándoselo suavemente con
la lengua. ¿Quién hubiera sospechado que un hombro podía ser tan
sensible?
—Jared... no.
En un movimiento rápido y fugaz, Jared le arrancó de los labios
lo que Blair había estado a punto de decir. La giró y la aprisionó
entre su poderoso cuerpo y la encimera. Esta vez no se limitó a
besarla sino que incursionó violentamente en la boca femenina. La
tomó completamente con sus labios y sus manos, exigiendo la
posesión de aquel cuerpo débil que se derretía entre sus brazos.
Las manos de Jared recorrieron la tersa piel del costado de Blair,
por debajo de la camiseta. Luego, sus dedos ansiosos, reclamaron
los pechos de Blair. Los masajeó, dibujando círculos, a veces
tiernos, a veces bruscos... Los pulgares atormentaron los rosados
pezones hasta endurecerlos.
Blair intentó protestar, pero una vez más, Jared fue más rápido
que ella. Sus brazos cayeron sobre los de él, primero para tratar de
quitárselos de encima, luego para entrelazarse inesperadamente,
fascinada por la fuerza y calidad que poseían. A pesar de los
pantalones vaqueros de Jared, Blair sintió el candente deseo
quemándole el cuerpo en el momento en que las caderas
masculinas se movieron hacia las de ella, al mismo tiempo que su
lengua incursionaba en la húmeda cavidad de su boca. Pocos
minutos después, Blair se dio cuenta de que pudo haber hablado y
acabar con todo aquello, cuando los labios de Jared abandonaron
los de ella para descender por la mejilla, hasta llegar a la oreja, para
acariciarla con pequeñas exploraciones de la lengua. Pero no lo
hizo...
Una primitiva excitación se apoderó de Blair. Los murmullos de
protesta se convirtieron en susurros de placer. Abandonó los brazos
de Jared para acariciar su espalda, y sin ninguna clase de
inhibiciones presionó más su cuerpo contra el de él, saboreando la
sensación de aquellos poderosos hombros, respirando su fragancia.
Con el corazón latiendo alocadamente, Blair le miró a los ojos,
sintiendo que el fuego que ardía en ellos la engullía. Jared volvió a
besarla; su lengua exploró una vez más la suave carne interior hasta
que ella quedó jadeante, casi mareada por el tumulto de emociones
que formaban remolinos en su interior. Blair acarició el pecho
masculino por debajo de la camisa y Jared reaccionó de inmediato.
—Blair... te deseo tanto musitó tras abandonar la tibieza de sus
labios. Sus manos se deslizaron de arriba abajo por su espalda,
erráticas como los latidos de sus corazones. La abrazó más fuerte
mientras su boca derramaba besos en sus ojos, en su nariz, en la
curva de su mejilla. Su lengua lamió su cuello, sus dientes
mordisquearon su lóbulo y fue a por más. Se inclinó y hundió su
rostro en el valle de sus senos. Sus labios hicieron lo mismo que
habían hecho sus habilidosas manos segundos antes. Blair gimió,
arqueándose más hacia él, buscando sentir toda la fuerza de su
masculinidad.
Pero unos golpes en la puerta, les obligó a bajar de la nube de
deseo en la que se habían perdido. El sonido retumbó en los oídos
de Blair, que abruptamente apartó a Jared de su lado. Ella se quedó
mirándolo fijamente durante unos segundos, atrapada en el fondo
de sus ojos, mientras un temblor de placer la atravesaba. Se había
dejado llevar una vez más por lo que sentía y, muy a su pesar, no
estaba en lo absoluto arrepentida. Había tal fuego en las caricias de
Jared, tal magia en sus besos, que Blair supo que algo dentro de
ella había cambiado.
Con un suave gemido, Jared dio un paso hacia atrás, con el
hambre y el deseo rugiendo en su interior.
—¿Esperas a alguien?
Ella negó con la cabeza mientras se ataba el nudo de la bata con
fuerza y se acomodaba el cabello.
Salió de la cocina como pudo, con las piernas temblándole y el
corazón latiendo a mil por hora. Se asomó por la mirilla y vio a un
joven que cargaba un inmenso ramo de rosas rojas. Revisó su
aspecto una vez más y abrió la puerta.
—Buenos días. ¿La señorita Blair Gilbert?
—Sí, soy yo.
El mensajero le entregó las flores y le pidió que le firmara un
recibo. Blair percibió que el muchacho la observaba embelesado
mientras ella estampaba su rúbrica en el papel.
Entró a la casa y cerró la puerta tras de sí. Las rosas despedían
un perfume delicioso y se quedó oliéndolas durante unos cuantos
segundos. Un fuerte carraspeo hizo que alzara la vista.
—¿Un admirador secreto? —preguntó Jared desde la puerta de
la cocina.
—No lo sé. —Buscó una tarjeta y la encontró. Abrió el sobre y
leyó el contenido de la nota que acompañaba el ramo.
Jared la observó detenidamente; escudriñando cada gesto de
Blair. Notó el nerviosismo de ella apenas posó sus ojos en la tarjeta.
Luego la siguió con la mirada mientras ella colocaba las flores en un
jarrón y dejaba la tarjeta encima de una mesita. No pensaba decirle
quién le había enviado las rosas. Frunció el ceño, no hacía falta ser
adivino para darse cuenta de que el autor de aquel regalo había sido
el tal Russell Forrester. Percibió cierto aire de culpabilidad en Blair.
Sin duda, haber recibido las flores de su novio mientras estaba en
los brazos de otro hombre la había dejado bastante contrariada.
Sin decir nada más, Blair regresó a la cocina. Parecía que de
pronto, quería huir de él. Fue entonces cuando Jared aprovechó la
oportunidad y fue hasta la mesita donde ella había colocado la
dichosa tarjeta. Miró por encima de su hombro para cerciorarse de
que Blair no lo descubriera y la leyó:

Para la reportera de los ojos más bonitos. ¿Cenas conmigo esta


noche?
Russell.

Jared estrujó la nota entre sus manos y se imaginó que estaba


apretando el cuello del mentado Forrester. Arrojó el papel todo
arrugado al suelo y escuchó acercarse a Blair. Se giró sobre sus
talones y se enfrentó a su mirada cargada de reproches.
—No tenías derecho de hacerlo.
Jared puso las manos en la cintura y sonrió socarronamente.
—¿Pensabas guardarla como un souvenir para recordar a ese
imbécil cuando las malditas flores se marchitaran?
Blair trató de mantener la calma. Jared estaba molesto, aunque
le costara reconocerlo, tenía razón para estarlo. Nunca le había
aclarado que no había nada entre Russell y ella.
—Jared, Russell solo ha sido atento conmigo...
—¿Atento? —Jared dio dos pasos hacia delante y Blair
retrocedió hasta quedar pegada a la pared—. ¿Vas a aceptar su
invitación a cenar?
Blair no supo qué responder. Ni siquiera lo había pensado.
—Tu silencio es demasiado elocuente. —Acercó su rostro al de
ella y Blair pensó que la besaría, pero Jared no la besó; por el
contrario, se apartó y caminó con rapidez hacia la puerta. Se dio
media vuelta y le dijo—: Pensé que teníamos algo... pero está visto
que me equivoqué.
Blair corrió hacia él para intentar explicarle que nada la unía a
Russell más allá de una relación de amistad, pero Jared le cerró la
puerta en la cara y la dejó con la palabra en la boca.
El fuerte chirrido de los neumáticos de la camioneta de Jared
contra el asfalto se quedó grabado en la mente de Blair durante
varios minutos. Sus ojos, humedecidos por las lágrimas, se clavaron
en la nota arrugada que Jared había arrojado al suelo. Haberle
hecho creer que ella tenía una supuesta relación amorosa con
Russell había sido el más grande de sus errores. Después de lo que
había sucedido entre ellos en la cocina, Jared debía pensar que era
la peor de las mujeres. Se sintió fatal y con un enorme vacío en el
pecho. Caminó pesadamente hacia el sillón y se dejó caer en él.
Escondió el rostro entre las manos y se echó a llorar
desconsoladamente.

A Berta casi le da un patatús cuando Jared entró en la comisaría


y golpeó la puerta de entrada con fuerza. Pasó junto a su mostrador
y apenas le prestó atención. En ese momento Raze salía de su
despacho y lo llamó.
—Collins, llegaron los resultados del análisis de ADN que
solicitaste.
Jared se detuvo en seco y contempló con cara de pocos amigos
a su compañero.
—¿Dónde están?
—En tu despacho.
Sin nada más que decir, Jared se dirigió directo a su oficina.
Raze lo siguió y entró detrás de él. No iba a perderse los resultados
que había enviado el experto en criminalística. Jared no le había
querido contar exactamente por qué había pedido aquel análisis de
ADN y ya era hora de saberlo.
Jared se desplomó sobre su silla y abrió el sobre lacrado con
premura. Lo leyó de arriba abajo y en dos ocasiones. Ya no había
duda alguna; sus sospechas se habían confirmado. Dejó el informe
encima de su escritorio y fue entonces cuando advirtió la presencia
de su joven compañero.
—¿Vas a decirme de una vez qué sucede?
Jared lo miró durante un par de segundos. No tenía ganas de
lidiar con nadie esa mañana, ni siquiera con Raze McCue, razón por
la que le entregó el informe del laboratorio para que lo viera con sus
propios ojos.
Raze le echó una rápida ojeada.
—Aquí dice que las dos muestras analizadas coinciden en un
99%. ¿Se trata del mechón de cabello que recibió Holly Sherman
días antes de su asesinato?
Jared asintió en silencio.
—¿De quién es la otra muestra?
Jared expulsó el aire de sus pulmones y sonrió amargamente.
—De un fantasma...
Raze cogió la silla que tenía delante de él y se sentó.
—¿Qué dices?
—¿Has oído hablar de Carisse Jordan?
—No, ¿debería?
—Carisse Jordan desapareció una noche, hace quince años.
Una de sus amigas se suicidó un par de meses más tarde y en su
carta de despedida reveló que Carisse se ahogó en el Willamette
pero nunca se encontró su cuerpo. Carisse... ella tenía el cabello
color rojizo, similar al mechón que le fue enviado a Holly.
—La nota que lo acompañaba hablaba de una venganza.
También decía que quince años no bastaban —dijo Raze dándose
cuenta de la dimensión que estaba tomando aquel asunto.
—Así es. Por eso decidí seguir mis instintos y visité a los padres
de Carisse para obtener una muestra de ADN de su hija. El mechón
de cabello que le enviaron a Holly tiene el mismo patrón genético
que el cabello que recolecté del cepillo de Carisse.
—¡Pero eso es imposible! Esa muchacha lleva desaparecida
muchos años y según su amiga, la que se suicidó, ella se ahogó en
el río.
Jared asintió.
—Eso solo puede significar una cosa: que el asesino conocía a
Carisse. Por eso tenía en su poder un mechón de su cabello, y
ahora, quince años después, busca venganza por su muerte.
Raze se llevó una mano al mentón y se quedó absorto, con la
mirada clavada en los resultados que había enviado el laboratorio.
—Sí, puede ser, pero... ¿por qué esperar quince años? ¿Por qué
no vengar su muerte o desaparición antes? No tiene sentido.
A Jared también le carcomía ese interrogante. Era otro misterio
que se sumaba a la investigación. Ahora más que nunca estaba
convencido que reabrir el caso de la desaparición de Carisse era lo
más acertado.
—Debemos averiguar qué sucedió hace quince años para
resolver el caso —adujo Raze levantándose de su silla.
—Ya tomé cartas en el asunto y pedí reabrir el caso de Carisse;
solo estoy esperando la orden del juez.
Raze notó de inmediato el tono de familiaridad con la que su
compañero mencionaba a la joven.
—¿La conocías?
Una sonrisa amarga curvó los labios de Jared.
—Sí... era mi novia cuando desapareció.
Raze por fin comprendía por qué aquel caso le afectaba tanto.
Se sintió incluso un poco mal por haber pensado que lo único que
quería Jared era apartarlo y delegarle tareas sin importancia.
—No lo sabía. Lo siento mucho.
—Gracias —respondió Jared. Creyó vislumbrar un atisbo de
comprensión en los ojos de su compañero y por primera vez se
preguntó si no había sido injusto con él.
—¿Qué hacemos ahora?
Iré a ver al juez ahora mismo para que acelere su decisión. No
podrá negarse a reabrir el caso después de que le muestre los
resultados del ADN.
—¿Quieres que vaya contigo? le preguntó Raze en cuanto Jared
se puso de pie.
Él lo contempló seriamente unos instantes.
—Por supuesto, ¿eres mi compañero, no? —le sonrió y como
primer gesto de aceptación, le dio una palmadita en la espalda.
Berta y los demás policías, se sorprendieron al ver a Jared
Collins y Raze McCue marcharse juntos de la estación como dos
viejos amigos.
Capítulo 12

Blair colocó el cuenco con alimento en un rincón de la cocina y


llamó a Pottsey. El perro salió de detrás de un armario y se sentó a
observarla.
—Pottsey, sé que estás asustado y extrañas a tu dueña, pero
debes comer algo —le dijo agachándose frente a él para inspirarle
confianza. Lilly se había marchado esa tarde y no regresaría en al
menos tres días. Había aceptado cuidar de Pottsey porque pensó
que no tendría problemas con el animal. Siempre que visitaba a su
vecina, le había parecido un perrito dócil y cariñoso. Pero ahora solo
era un perro asustadizo y huraño.
Para colmo de males, la feroz tormenta que se había desatado
no ayudaba en nada.
—Ven, perrito. Tienes que comer. —Buscó el cuenco y se lo
puso delante del hocico. Pottsey olió el alimento con interés y por un
instante, Blair creyó que había ganado un punto con el animal. Pero
se equivocó de cabo a rabo. Pottsey volvió la cara y se echó en el
suelo con el hocico metido entre sus patas delanteras, manteniendo
esa posición un buen rato. Resignada, Blair se puso de pie y colocó
el cuenco en su sitio—. Cuando tengas hambre, tú sofito vendrás a
por tu comida —le dijo, pero el perro apenas le prestó atención.
Un relámpago estalló en el cielo y Blair dio un respingo. Cuando
miró hacia abajo, Pottsey ya no estaba allí: había corrido a
esconderse detrás del armario una vez más. Observó el reloj;
habían pasado veinte minutos de las ocho y su estómago rugía de
hambre. Apenas había probado bocado durante el transcurso del
día. Lo ocurrido con Jared le había quitado el apetito. Perdió la
cuenta de las veces que había descolgado el teléfono con la
intención de llamarle, pero se arrepentía antes de marcar su
número. Le dolía que él se hubiera marchado enfadado y pensando
algo que no era. Le dolía demasiado... Sacudió la cabeza en su afán
de apartar aquellos pensamientos que solo conseguían angustiarla.
Además, ella era la única culpable de toda aquella situación que se
había iniciado con una mentira. ¿De qué servía ahora lamentarse?
Respiró profundamente y decidió que una buena taza de chocolate
caliente le ayudaría a paliar un poco su dolor. Echó un vistazo hacia
el armario y vio que Pottsey no se había movido todavía. Unos
minutos después, se dirigió a la sala con el chocolate caliente y una
novela de su autora favorita. Se acurrucó en el sofá y el único
sonido reinante era la lluvia que caía cada vez con más fuerza.
Enfrascada en la trama dé la novela, no tardó en olvidarse de los
problemas que la abrumaban.
De pronto, creyó escuchar un ruido. Pottsey apareció en la sala,
y parecía alarmado. Se aproximó a la puerta que daba al patio
trasero y escudriñó en la distancia.
—Pottsey... ¿qué sucede? —preguntó Blair sin preocuparse
demasiado. Estaba visto que el perro temía las tormentas y lo más
probable era que se hubiera asustado a causa de los relámpagos.
En cuanto al ruido que había creído escuchar, podía tratarse solo
del viento.
El perro mantenía su vigilancia; el pelo de su cuello se erizaba y
un ladrido amenazante pretendía intimidar a algún extraño, si es que
lo había en realidad.
Con el ceño fruncido, Blair dejó el libro a un lado, apoyó los pies
descalzos en la alfombra y se incorporó lentamente. La ansiedad de
Pottsey había surtido efecto, pues su corazón había comenzado a
latir, estimulado por un temor involuntario. De puntillas y sin hacer el
menor ruido, Blair avanzó en la penumbra y se escondió tras las
cortinas para espiar a quien fuera.
La hamaca que colgaba en medio de dos árboles se agitaba
como si alguien se hubiera mecido en ella. No distinguió más allá,
ya que la lluvia torrencial no se lo permitió. Tampoco escuchó nada,
porque la tormenta ahogaba con su alboroto cualquier sonido.
Pottsey se le acercó meneando la cola, indicando que compartía su
inquietud y que estaba tan atemorizado como ella. Después regresó
a la puerta para reanudar su vigilia, y lanzó al aire un aullido agudo y
penetrante. En ese preciso instante, la energía eléctrica se fue y
Blair se asustó de verdad. Cruzó los brazos alrededor tic su pecho,
buscando en ellos, quizá, protección y orientó sus ojos al portón del
fondo. Notó que estaba abierto, y recordaba muy bien que ella
misma le había puesto el cerrojo esa tarde después de que Lilly le
trajera a Pottsey.
El perro gruñía mientras recorría la puerta de un lado al otro.
—Quédate aquí —ordenó Blair, con apenas un susurro.
Abrió la puerta y salió a la galería que daba al patio. Las
sombras acechaban por todas partes y el viento sacudía las hojas y
las ramas de los árboles. La lluvia tampoco daba tregua. El corazón
de Blair latía rápidamente, acechado por el miedo. Alcanzó a divisar
la casa de sus vecinos y descubrió que ellos sí tenían energía
eléctrica. Pottsey comenzó a ladrar con frenesí; sus ladridos eran
tan fuertes y ensordecedores que Blair ni siquiera podía pensar y
mucho menos agudizar los oídos para percibir algún ruido.
—¡Shhhh! —demandó, pero Pottsey se negaba a obedecer.
Mientras corría de regreso, Blair creyó distinguir una sombra
proyectada en la ventana de la cocina. Pottsey reaccionó de
inmediato, saltando casi sobre el fregadero, dispuesto a atacar al
intruso. Blair, mientras tanto, echó las vueltas a la puerta que daba
al patio y se reclinó luego sobre ella, asustada. Gotas de sudor
empapaban su frente y sus manos temblaban sin parar. Entonces,
en medio de la lluvia, le pareció oír el ronroneo difuso de un coche
que se alejaba. De inmediato recordó al Sedán azul. Blair llamó a
Pottsey y el perro se acercó a ella, más calmado, casi sumiso, en la
oscuridad y con el cuerpo estremecido por la tensión del momento.
—Ya... ya... —Trató de tranquilizarlo con unas cuantas caricias
en el lomo, pero la verdad es que ella continuaba aterrada. Alguien
había saboteado la energía eléctrica y la sombra que había visto a
través de la ventana era real, no la había imaginado.
A tientas, caminó en dirección a la sala. Esperaba que el intruso
no hubiera dañado las líneas telefónicas. Mientras se acercaba al
teléfono, rezó en silencio para que funcionara. Levantó el auricular y
sonrió cuando escuchó la señal. No lo dudó ni por un segundo;
sabía exactamente a quien llamar. Después de haber titubeado todo
el día, finalmente, llamaría a Jared. Él era el único que podía
ayudarla. Quien hubiera estado en su casa, podría regresar.
Con manos temblorosas marcó el número de la casa de Jared.
Era tarde y seguramente ya se había marchado de la comisaría de
policía.
Su miedo creció cuando nadie contestaba al teléfono. Estaba a
punto de resignarse cuando una voz masculina la atendió. No era
Jared.
—Diga.
Blair tragó saliva.
—¿Señor Collins?
—Sí... soy yo. ¿Quién habla?
Blair percibió, por el tono de su voz, que Luke Collins estaba
bebido.
—Señor Collins, necesito hablar con su hijo, es urgente —le dijo
sin mencionar su nombre.
—¿Quién habla? ¿Eres la chica Gilbert, verdad?
—Sí... soy Blair.
—Mi hijo no está y será mejor que no vuelvas a buscarlo...
De repente escuchó un tumulto; era Jared regañando a su padre.
—Blair, soy yo. ¿Qué sucede?
Blair dejó escapar el aire contenido en sus pulmones y se sintió
aliviada de escuchar su voz.
—Jared... alguien estuvo en mi casa y saboteó la energía
eléctrica.
—¡Por Dios, Blair! ¿Estás bien?
—Sí, sí.
—¿Sigue el sujeto en tu casa?
—No, creo que se ha marchado. Escuché un coche alejarse...
—¡Cerciórate de que todas las puertas estén cerradas! ¡Voy para
allá!
Blair no pudo decir nada más, debido a que Jared colgó de
improviso. Hizo lo que Jared le ordenó y una vez de que la casa
estuvo segura, buscó a Pottsey y volvió a acurrucarse en el sofá de
la sala, con el perro en su regazo.

Jared llegó unos, minutos más tarde, cuando la tormenta


comenzaba a amainar. A Blair, en cambio, le pareció que habían
transcurrido siglos desde que había hablado por teléfono con él. En
cuanto le abrió la puerta se arrojó a sus brazos toda temblorosa. Un
perro tuerto de color negro comenzó a ladrar a Jared, y él en lo
único que podía pensar era en el terrible hecho de que Blair había
estado en peligro. Si algo le ocurría jamás se lo hubiera perdonado.
La abrazó con fuerza y le acarició el cabello.
—Ya estoy aquí, nada malo va a sucederte —le repitió una y otra
vez mientras ella se aferraba a su espalda con toda la intención de
no soltarse jamás.
Blair no quería llorar ni mostrarse frágil delante de él, pero nunca
en su vida había sentido tanto miedo. Muy a su pesar, se apartó de
los fuertes y cálidos brazos de Jared y entre gimoteos, logró decir:
—Vi... vi su silueta recortada contra la ventana de la cocina...
Jared cogió su rostro lloroso entre las manos y la miró. —Escucha,
quédate aquí con el perro. —Miró fugazmente a Pottsey que no se
había movido de su lado—. Iré a cerciorarme de que ya no hay
nadie.
Mientras esperaba, Blair decidió encender unas velas para
espantar a las sombras. Pottsey la seguía de cerca, temiendo quizá
que lo abandonara como había hecho su dueña al irse sin él. Una
vez que colocó una vela en cada estancia de la casa, se dirigió al
sofá y se sentó junto a Pottsey para esperar el regreso de Jared.
Unos minutos después, Jared volvió. La expresión de
preocupación no había desaparecido de su rostro.
—Alguien ha forzado la puerta del patio y ha cortado el cableado
—le informó al mismo tiempo que guardaba su teléfono móvil en el
bolsillo de su chaqueta—. Acabo de llamar a los peritos. La lluvia
juega en contra, pero confío en que logren obtener alguna
evidencia. ¿Quieres una taza de café? Puedo prepararte una, si lo
deseas, porque no puedo marcharme hasta que no lleguen mis
hombres.
—Deja, yo lo preparo —dijo Blair dejando a Pottsey en el sillón.
Se dirigieron a la cocina, donde la llama de una vela arrojaba un
poco de luz al lugar, y mientras ella preparaba el café, Jared se
sentó y caviló en silencio durante unos cuantos segundos. Alguien
había querido asustar a Blair y lo había logrado. Jared pensó en el
sujeto del Sedán azul y en el asesino de Holly Sherman. ¿Sería el
mismo hombre? Un escalofrío helado le recorrió la espalda al
imaginarse semejante posibilidad. Si era así, Blair podía convertirse
en su próxima víctima. Aunque no comprendía el porqué, ya que ella
no había estado presente la noche en que Carisse se había
ahogado en el río. Si el asesino buscaba vengar la tragedia
acaecida quince años atrás... ¿por qué acechaba a Blair? Se
negaba a pensar que la razón fuese su parecido con Paige.
El equipo forense llegó cerca de las diez de la noche y de
inmediato comenzó con su tarea de recopilar evidencias. Jared le
había pedido a Blair que subiera a su habitación para que estuviera
más tranquila mientras él se quedaba a supervisar las tareas. Como
había temido, la lluvia había borrado cualquier rastro: no
encontraron huellas en la caja térmica ni en la cerradura del portón
que daba a la casa de su vecina. Solo unas cuantas marcas de
neumáticos en la calle que llegaban hasta la casa de Blair. Cuando
lograron restablecer el servicio eléctrico, Jared subió a la habitación
de Blair para contárselo. Cuando entró, descubrió que ella yacía
dormida en su cama, con el perro tuerto acurrucado a su lado,
velando su sueño. Se acercó sigilosamente para no despertarla y se
sentó en la silla frente a ella. Dejó escapar un suspiro. Si aquel
malnacido le hubiera hecho algo... Sacudió la cabeza; ni siquiera
podía imaginárselo. Sonrió aliviado de saberla segura y tranquila.
Blair se movió inquieta y abrió los ojos. Se miraron durante un
largo instante. Ella reprimió el deseo de lanzarse a sus brazos,
mientras él intentaba controlar sus ganas de besarla.
—¿Han encontrado algo? —preguntó refiriéndose a los forenses.
—Lamentablemente, nada importante. La lluvia ha sido nuestra
peor enemiga. No hay huellas ni fibras. Uno de los peritos tomó
muestras de las marcas de neumáticos en la calle que da a tu patio,
pero si no tenemos con qué compararlas, no nos sirven de nada.
Blair no ocultó su desazón. Acarició el morro de Pottsey e intentó
sonreír.
—Aprovechó que Lilly se fue de viaje para entrar a través de su
casa —comentó de repente.
—¿Lilly?
—La señora French, mi vecina, la dueña de Pottsey —aclaró
señalando al perro—. Se fue a Portland a visitar a una prima y me
dejó a Pottsey para que cuidara de él.
Aquel dato, que no parecía demasiado relevante, llamó la
atención de Jared. Era demasiada casualidad que alguien hubiera
asustado a Blair precisamente cuando su vecina no se encontraba
en la ciudad.
—Blair, no puedes quedarte aquí. Es peligroso...
—¿Crees que puede regresar? —preguntó, temerosa Blair.
Sí, es muy probable —respondió. No podía mentirle—. Puedo
llevarte a la casa de tus padres, si quieres.
—¡No, a casa de mis padres, no! —se apresuró a decir—. No
quiero alarmarlos. Si aparezco de improviso, en medio de la noche,
van a sospechar que algo grave sucede.
—¿Qué sugieres entonces? No voy a dejarte aquí, sola.
—No lo sé —respondió angustiada.
Después de unos segundos, Jared se atrevió a decir:
—Puedes venir a mi casa... al menos por esta noche. Mañana
puedes ir a los de tus padres.
Blair no dijo nada. No había barajado ni remotamente esa
posibilidad. La casa de Jared era el último lugar en el que se le
hubiera ocurrido pasar la noche.
—¿Tu casa?
—Sí. Puedo ofrecerte una cama caliente y un buen desayuno por
la mañana —le dijo con una sonrisa en los labios.
La oferta ya no le pareció absurda; más bien, tentadora.
—¿Qué dices? —Jared sabía que quizá estaba cometiendo una
locura, sobre todo cuando pensaba en la reacción que tendría Luke
al verlo llegar acompañado de Blair. Pero, al diablo su padre y su
estúpido rencor. Necesitaba tener a Blair cerca esa noche.
—No creo que sea lo más... prudente —dijo tratando de
encontrar la palabra adecuada.
—Olvidemos lo que pasó entre nosotros esta mañana. Lo único
que quiero es cuidarte... ¿Me dejas hacerlo?
Blair se movió inquieta en la cama. Jared la miraba fijamente,
gesto que provocó que su corazón empezara a latir alocadamente
dentro de su pecho. Por un instante consiguió olvidarse de que esa
noche su vida había estado en peligro. Se atrevió a mirarlo a los
ojos y se perdió en el verde intenso de su mirada. Él quería
protegerla... impedir que algo malo le sucediera. Se sintió totalmente
conmovida. Le importaba a Jared... hasta el punto de querer llevarla
a su propia casa, donde sabía que no era bien recibida.
Uno de los forenses llamó a la puerta y anunció a Jared que ya
habían terminado con su trabajo. Cuando se quedaron a solas
nuevamente, él insistió en saber su decisión.
—¿Vienes conmigo?
Blair hubiera querido responderle que con él, sería capaz de irse
hasta el fin del mundo, pero no se atrevió. En cambio, dijo:
—Está bien, pero solo por esta noche... Mañana iré a casa de
mis padres.
Jared asintió, satisfecho. Ninguno de los dos mencionó a Luke,
pero ambos sabían que el encontronazo entre Blair y él no sería
agradable.
—Debo llevar a Pottsey conmigo —anunció alzándose de la
cama—. Lilly jamás me perdonaría si lo dejo aquí.
Blair miró al perro; era una pequeña bola negra de pelos a la que
le faltaba un ojo y fue imposible no sentir compasión por el animal.
—Lo llevaremos con nosotros.
Blair sonrió al mismo tiempo que sacaba un bolso del armario y
metía un poco de ropa dentro. Un camisón y una muda para el día
siguiente. Agregó un cepillo, un frasco de perfume, algunos objetos
personales más y por supuesto, su teléfono móvil. Parecía que no
terminaba nunca de llenar el bolso.
Jared la observaba atentamente y no pudo evitar sonreír. Blair
pasaría solo una noche en su casa, pero por todo lo que estaba
introduciendo en su bolso, cualquiera diría que se estaba
preparando para un largo viaje.
—¿Estás lista? —preguntó por fin cuando ella se dio media
vuelta y lo miró.
—Sí. ¿Nos vamos?
Abandonaron la habitación. El equipo de forenses hacía rato que
se había marchado y el silencio que reinaba en la casa era
abrumador.
Pottsey los seguía de cerca, temiendo que lo dejaran allí, y
cuando Blair se subió a la camioneta de Jared, saltó encima de ella
y se acomodó en su regazo. Jared se ubicó en su sitio y observó de
reojo al perro, cómodamente echado sobre las piernas de Blair.
"Perro afortunado", pensó mientras encendía el motor de la Ford
F-50.
El recorrido hasta el barrio de Fairmount se hizo en completo
silencio. Solo se escuchaba el jadeo de Pottsey que aún no parecía
haberse recuperado de la traumática experiencia sufrida.
Cuando la camioneta dobló en la calle Charnelton, Blair comenzó
a ponerse nerviosa. Sus manos se movieron inquietas mientras
acariciaba el lomo de Pottsey. Pensó que Jared no lo notaría, pero
él estacionó la camioneta fuera de la propiedad, apagó el motor y la
miró. —Toda va a ir bien —le aseguró.
Blair quería creerle, pero en el fondo presentía que Jared tenía
los mismos temores que ella. Luke Collins no había olvidado que,
por culpa de Paige y sus amigas, Jared había vivido un infierno
quince años atrás. Y estaba segura que su única intención era
hacerle pagar a ella la mala acción de su hermana gemela. Respiró
profundamente y sonrió. Jared rozó su mano; en un gesto de ternura
y protección, Blair supo entonces que podía enfrentarse al monstruo
más temible si él estaba a su lado.
Entraron a la casa, y para fortuna de ambos descubrieron que
Luke no iba a molestar a nadie esa noche. Estaba tumbado en el
sofá de la sala, con el televisor encendido. Era evidente que estaba
ebrio; el olor a alcohol era casi nauseabundo.
Jared sintió mucha vergüenza de que Blair fuera testigo de
aquella lamentable escena. Hubiera querido borrar de sus retinas
aquella imagen que se había vuelto tan corriente en su vida.
—Lamento que veas a mi padre en este estado —le dijo
finalmente, apartando la vista del sofá y del cuerpo despatarrado de
Luke.
—No te preocupes.
—Ven, es por aquí.
Condujo a Blair escaleras arriba. Abrió la puerta de su habitación
y encendió la luz.
Blair entró y observó todo con curiosidad. Pottsey, un poco más
precavido, se quedó en el pasillo.
—Ven, perrito —lo llamó Jared, pero el animal no le hizo caso.
—Pottsey tiene su carácter —acotó Blair—. ¡No te imaginas lo
que me costó a mí conquistarlo!
Jared dudaba que alguien pudiese resistirse a los encantos de
Blair, ni siquiera aquella bestia tuerta y huraña que lo miraba con
desconfianza.
—El cuarto de baño está al final del pasillo. Cualquier cosa que
necesites, estaré abajo.
Blair asintió.
Gracias, Jared... por todo.
Él se acercó y Blair pensó que iba a besarla, pero se limitó a
coger su bolso para dejarlo encima de la cama.
—Buenas noches, Blair. Jared abandonó la habitación y cerró la
puerta tras de sí. Mientras se alejaba por el pasillo, una dura batalla
se libraba en su interior. Su único deseo era regresar al lado de
Blair, estrecharla entre sus brazos y acariciar su cabello hasta que
se quedase dormida. Necesitaba tenerla cerca, sentirla... amarla.
Pero no era el momento oportuno. Blair estaba vulnerable,
pasaba por un momento crítico y si él se acercaba, ella podría
confundirse. Debía esperar... Aunque le costara hacerlo, debía
esperar.
Capítulo 13

Después de que Jared cerrara la puerta, Blair dejó escapar un


resuello. Su corazón latía con fuerza y le costó calmarse. Había
esperado con anhelo un beso de Jared y tuvo que reconocer que
cuando él no se lo dio, se sintió bastante decepcionada.
Apoyó las manos en la mullida cama y sus ojos recorrieron la
habitación con curiosidad. Era un lugar pequeño, con piso de
madera y paredes pintadas en un tono marfil. El mobiliario era
bastante escueto. Además de la cama en donde ella estaba
sentada, había un armario empotrado en una de las paredes, una
silla junto a la ventana y una mesita de noche. Sus ojos se
desviaron precisamente hacia la mesita. Debajo de una lámpara
había algo oculto. Estiró el brazo y rozó el borde. Se dio cuenta de
que era una fotografía. No lo dudó ni un instante. Movió la lámpara y
la sacó. Era una fotografía de Carisse Jordan. En la imagen, la
muchacha sonreía feliz y Blair calculó que debió ser tomada poco
antes de su desaparición. Llevaba su cabello rojo con aquellos
tirabuzones que había decidido hacerse justo antes del cumpleaños
de Gwyneth Matheson.
¿Por qué Jared tenía aquella fotografía encima de su mesa de
noche, semi-oculta debajo de la lámpara? La respuesta a aquella
incógnita podría no gustarle demasiado. Tal vez... ¿era posible que
después de tantos años, Jared aún sintiera algo por Carisse?
Dejó la fotografía en su sido y se recostó en la cama. Ni siquiera
se preocupó por cambiarse de ropa; apoyó la cabeza en la
almohada y respiró hondo hasta sentir que el perfume que había
dejado Jared en ella la envolvía por completo. Sin previo aviso, unas
lágrimas rodaron por sus mejillas. Se las secó de un manotazo y
apretó los ojos con fuerza.
No tenía sentido ponerse a llorar ahora. Nada podía hacer ella si
Jared seguía atado a los sentimientos del pasado. No iba a luchar
contra el fantasma de Carisse Jordan... Un fantasma que seguía
susurrando desde el más allá y al cual, estaba visto, Jared no había
olvidado.
Pottsey percibió su estado de ánimo y saltó a la cama para
acomodarse a su lado. Blair se relajó acariciando el suave pelaje del
animal y, sin darse cuenta, se quedó dormida.
Cuando despertó, unas cuantas horas más tarde, miró a través
de la ventana y descubrió que apenas estaba amaneciendo. Apartó
con cuidado a Pottsey de su lado y se levantó de la cama. Trató de
hacer caso omiso a la fotografía de Carisse, pero se dio cuenta de
que el hecho de que ella la ignorara no significaba que no estuviera
allí, como una sombra que le recordaba que había sido el gran amor
de Jared y que al parecer, lo seguiría siendo sin importar el tiempo
que pasase.
De sus labios brotó un suspiro lastimero y buscó dentro de su
bolso ropa para cambiarse. Se daría un baño en la casa de sus
padres. Tendría que inventar una buena excusa para aparecerse sin
previo aviso. Ya pensaría en algo. Se quitó la ropa del día anterior y
se vistió con una falda colorida y una blusa sin mangas. Se peinó el
cabello con los dedos porque no quería salir a buscar el cuarto de
baño y toparse con Jared, o mucho peor, con su padre ebrio.
Prefería marcharse en silencio; no tenía ánimos de ver a Jared
esa mañana. Aunque le costara reconocerlo, haber hallado la
fotografía de Carisse le había afectado. Buscó un papel y un
bolígrafo en su bolso y le escribió una nota. La dejó en la cama,
sobre la almohada, y cogió a Pottsey en sus brazos. Abandonó la
habitación sigilosamente y atravesó el pasillo de puntillas. Bajó las
escaleras y agradeció de todo corazón que la puerta no tuviera
llave. Salió a la calle en donde aún la ciudad no había despertado y
se alejó de la casa de Jared sin mirar atrás.
Nunca sospechó que Luke Collins la estaba observando desde la
ventana de su habitación con los ojos inyectados de rabia y la
mirada perdida por el alcohol.

Cerca de las nueve de la mañana, Jared abrió la puerta de su


habitación y se quedó de piedra cuando descubrió que estaba vacía.
Caminó raudamente hacia la cama y cogió la nota que le había
dejado Blair antes de marcharse.

Jared, gracias por todo lo que has hecho por mí. Estaré bien, no
te preocupes.
Blair

¿Estar bien? ¿Con un loco que la acechaba y que se había


metido en su casa para hacerle quién sabe qué? Jared trató de
serenarse. Siempre había creído que las mujeres eran seres
incomprensibles, pero Blair era un caso extraordinario. Le parecía
increíble que la muchacha se hubiera ido en medio de la noche
después de haber atravesado por una situación de riesgo. Ambos
habían acordado que solo se quedaría en su casa una noche, pero
no le encontraba sentido al hecho de que se marchase de esa
manera; él podría haberla acercado hasta la casa de sus padres. Se
habría sentido más tranquilo si lo hubiera hecho, pero no... La
señorita Gilbert actuaba de aquella manera impulsiva, olvidándose
incluso de que su vida corría peligro. La insensatez de Blair ya no
tenía remedio, así que apretó el papel entre sus manos y lo arrojó al
suelo. Bajó a la cocina y vio, aliviado, que su padre aún no se había
levantado. Seguramente habría salido tarde en la noche para
conseguir algún trago y había llegado a las tantas. Mucho mejor;
con el mal humor que traía encima, un enfrentamiento con su padre
era lo último que necesitaba esa mañana. Se preparó una taza de
café bien cargado y frió unos huevos con tocino.
Mientras desayunaba, no podía apartar a Blair de su
pensamiento. Seguramente, después de escabullirse en medio de la
noche se había ido a la casa de sus padres; porque ya no era
seguro regresar a la suya, aunque conociendo a Blair, Jared no
podía estar seguro. Por eso, decidió que lo mejor era cerciorarse,
así que se desviaría de su camino y pasaría por el barrio de Harlow
antes de ir a la comisaría.
Mientras tanto, Blair había conseguido inventar una excusa
plausible para justificar su imprevista visita a sus padres. Les había
dicho que no podía regresar a su casa, al menos en un par de días,
porque se había roto una de las tuberías del agua. Había llegado
pasadas las seis, con Pottsey en los brazos, y Gloria se había
alarmado. De inmediato, su madre la había acribillado a preguntas.
Que por qué no había llevado más ropa consigo, que por qué había
llegado sin avisarles, que cómo un fontanero aceptaba trabajar a
aquellas horas tan tempranas... cuestionario del que Blair salió
bastante airosa gracias a la oportuna intervención de su padre,
quien pareció percibir que algo no andaba bien. Dan Gilbert logró
convencer a Gloria para que lo ayudase a preparar el pastel favorito
de Blair para el desayuno y así, ella pudo tomarse un respiro.
Blair aprovechó para escaparse y se encerró en el cuarto de
baño para darse una ducha.
Cuando entró a la cocina, media hora después, Pottsey estaba
disfrutando de un tazón de leche y su madre le había servido a ella
una doble ración de pastel de canela.
—¿Sales esta noche en la tele, hija? —quiso saber Dan.
Blair negó con la cabeza.
—No, papá. Saldré solo una vez por semana, igual que lo hacía
Celine —le explicó.
—Es terrible lo que ha sucedido con Holly Sherman —comentó
Gloria mientras le servía el café.
—Sí. —Hizo una pausa—. No os lo dije pero... yo estuve en el
momento en que el forense sacó el cuerpo de Holly del río. Fue
horrible. Tenía la cabeza cubierta con una bolsa... —No pudo seguir
hablando sin que se le revolviera el estómago.
—¿Qué hacías allí, pequeña?
—Papá, ahora soy periodista de sucesos. Mi jefe me ha
asignado el caso de Holly; además, yo estaba con Jared cuando le
avisaron que habían encontrado un cuerpo flotando en el
Willamette.
Ni Dan ni Gloria pasaron por alto el hecho de que su hija se
había vuelto a ver con Jared Collins. Fue Gloria quien comentó algo
al respecto:
—¿Has vuelto a verlo?
Blair dejó el trozo de pastel sobre el plato de porcelana y se
limpió los labios, para ganar un poco de tiempo antes de responder
la enésima pregunta de su madre aquella mañana.
—Sí... pero solo porque necesito recabar información sobre la
desaparición y posterior homicidio de Holly Sherman —aclaró.
Los padres de Blair se miraron. No eran tontos y conocían a su
hija demasiado bien como para no darse cuenta de que había algo
más.
—¿Se sabe quién la mató? —preguntó Dan frunciendo el
entrecejo.
—No, pero Jared me ha dicho que van a reabrir el caso de la
desaparición de Carisse Jordan —respondió dejando su taza de
café vacía encima de la mesa.
—¿Por qué van a hacer semejante cosa?
—Mamá, no puedo entrar en detalles —le explicó—, pero hay
fuertes indicios para creer que ambos casos están relacionados. En
ese momento el teléfono comenzó a sonar y Blair le hizo señas a su
padre de que ella contestaría.
Corrió hasta la sala y cuando cogió el auricular, solo escuchó un
pesado silencio.
—¿Bueno? —insistió al ver que nadie respondía—. ¿Quién
habla?
Blair escuchó que alguien respiraba ligeramente, pero seguía sin
pronunciar palabra. Unos segundos después, habían colgado. Se
quedó un largo rato con el teléfono en la mano, tratando de aquietar
a su intranquilo corazón. De inmediato relacionó aquella misteriosa
llamada con el hecho ocurrido la noche anterior. Respiró
profundamente y contó hasta diez; no podía mostrarse asustada
delante de sus padres, así que regresó a la cocina y fingió que nada
sucedía.
Hizo un enorme esfuerzo por comer un último pedazo del pastel
que había horneado su madre esa mañana y simular su conmoción
tras la llamada que había recibido. Su móvil comenzó a vibrar y Blair
dio un salto en la silla.
—Blair, cariño, ¿estás bien? le preguntó Dan con el entrecejo
fruncido.
—Sí... sí, papá. Es solo que estaba inmersa en mis
pensamientos —le dijo mientras cogía el móvil. Por fortuna, quien
llamaba era Gideon, que le pidió que estuviera presente en el
funeral de Holly Sherman. Apenas colgó, miró su reloj; el servicio
era a las nueve y media, y faltaban menos de veinte minutos. Le
pidió el coche prestado a su padre, ya que el suyo estaba aparcado
en su casa, y se despidió de Gloria y de Dan, no sin antes pedirles
que se encargaran de cuidar a Pottsey mientras ella regresaba. Al
salir a la calle no pudo evitar mirar por encima de su hombro, para
cerciorarse de que nadie estuviera espiándola. Se metió en el
automóvil y partió deprisa hacia el cementerio.
Cuando llegó, una enorme multitud se dirigía a rendirle su último
adiós a Holly Sherman, esposa y madre devota, uno de los
miembros más queridos y respetados de la comunidad de Eugene.
Blair se mezcló con ellos y al llegar al sitio donde serían sepultados
los restos de Holly, se quedó en un costado, apartada de los demás,
observando atentamente todo lo que sucedía a su alrededor.
Junto al féretro se encontraba un hombre que supuso sería el
esposo de Holly. A su lado, una mujer de cabello rubio abrazaba a
una niña que lloraba desconsoladamente sobre su regazo. Gideon
le había dicho que sería bueno que pudiera conseguir algún
testimonio, pero Blair no creyó que fuera el momento oportuno.
Distinguió entre los presentes a Emily Brendon y a Gwyneth
Matheson, quienes cubrían sus ojos con unas enormes gafas
oscuras. Estaban de pie, a unos pocos metros de donde se
encontraba ella y pudo ser testigo de cómo Emily apretaba con
fuerza la mano de su amiga Gwyneth, que parecía ser la más
afectada por la muerte de Holly.
El corazón de Blair dejó de latir por unas milésimas de segundo
cuando vio aparecer a Jared. Él avanzó en medio de la multitud que
se había reunido alrededor del féretro de Holly y se ubicó a una
distancia prudencial. La saludó moviendo la cabeza cuando se dio
cuenta que ella lo estaba mirando y apenas le sonrió. Blair desvió la
vista. No era necesario ser muy avispada para darse cuenta que
Jared estaba molesto con ella, seguramente, por haberse marchado
de su casa sin siquiera despedirse. Dejó escapar un suspiro; no
podía decirle el verdadero motivo que la había llevado a huir como
una fugitiva de su casa... ¿Cómo podía decirle que lo había hecho
porque descubrió que él aún amaba a Carisse? Sería exponer sus
propios sentimientos delante de él y no se sentía con las fuerzas
suficientes para hacerlo. No aún...
Los ojos de Blair volvieron a posarse en las dos amigas de Holly.
Emily y Gwyneth seguían en el mismo sitio. Le dio pena la pobre de
Gwyneth; al parecer no había cambiado mucho con el paso de los
años. Recordaba que de las cinco amigas, ella era la más
dependiente, la más débil. Paige le había comentado en más de una
ocasión que Gwyneth no hacía nada por su cuenta, y si se decidía a
hacerlo, era solo para buscar la aprobación y aceptación de las
demás. Ahora, al verla junto a Emily, Blair comprendía que seguía
siendo la misma. Quince años no habían servido para forjar su
carácter y, en cierto modo, seguía dependiendo de la aprobación de
los demás. No sabía mucho de ella; sólo que nunca se había
casado y que trabajaba en la biblioteca pública.
Observó, sorprendida, como Emily dejaba sola a Gwyneth para
acercarse a Jared.
Desde donde se encontraba, pudo ver a Emily sonreír a Jared. Él
se quitó las gafas de sol y le dio un abrazo. Parecían dos viejos
amigos que se reencontraban después de mucho tiempo. ¿Habrían
sido cercanos en el pasado? Blair no podía afirmar con certeza cuan
íntimos habían sido; supuso que como novio de Carisse, Jared
había compartido también momentos con sus amigas. Notó,
contrariada, que Emily dejaba su mano sobre el brazo de Jared
mientras le hablaba. Parecía que la mujer se estaba tomando
demasiadas confianzas con el detective. Los ojos inquietos de Blair
buscaron a su esposo, pero no había señales de Ian Willes por
ningún lado. La confianza con la que Emily Brendon trataba a Jared,
no solo le pareció exagerada... se dio cuenta que le molestaba, y
mucho. Es más... reconoció, muy a su pesar, que estaba
terriblemente celosa.

Jared sonrió a la mujer que tenía enfrente. Quince años habían


pasado desde la última vez que la había visto; sin embargo, Emily
Brendon seguía tan hermosa y altiva como siempre.
—Jamás te habría reconocido —le susurró ella al oído apenas se
acercó a él, justo cuando el sacerdote leía una sentida oración por el
alma de Holly Sherman.
—Es la historia de mi vida —le respondió Jared con una sonrisa
en los labios.
—Es lamentable que nos hayamos reencontrado en
circunstancias tan trágicas —comentó secándose las lágrimas.
Luego miró hacia el féretro y agregó—: La pobre Holly... ¿quién
pudo hacerle semejante atrocidad?
—Pronto lo sabremos.
Emily alzó las cejas y lo miró fijamente a los ojos.
—¿Eres el policía que investiga el caso, no es verdad?
Jared asintió.
—Cuando me dijeron que habías regresado a Eugene convertido
en detective, confieso que me sorprendí mucho. No creí que
después de tu terrible experiencia con la policía querrías tener algo
que ver con ellos...
Jared no iba a ponerse a contarle a Emily por qué había tomado
aquella decisión en su vida, por eso solo respondió:
—El tiempo hace que las personas cambien... no solo de
apariencia.
—¡Cuánta razón tienes! Pero, dime, ¿qué has hecho todos estos
años? —Miró su mano izquierda, más específicamente su dedo
anular—. ¿Te has casado?
—No, estoy soltero. En cambio, supe que Ian y tú seguís juntos.
Emily asintió.
—Así es, nos casamos después de cumplir los dieciocho y
estamos juntos desde entonces. —Hizo una pausa—. Tenemos un
hijo de cuatro años que se llama Charlie.
—Me alegro mucho por vosotros, de verdad. A propósito... no
veo a tu esposo por aquí.
—No ha podido venir. —Se dio media vuelta y señaló a una
llorosa Gwyneth con la mano—. He venido con Gwyneth, la pobre
está destrozada. Holly y ella estaban muy unidas, desde niñas.
—Si quieres regresar con ella, puedes hacerlo —le dijo Jared
viendo cómo Gwyneth se sacudía en pequeños temblores mientras
lloraba desconsolada.
—No, prefiero quedarme un rato más contigo.
Jared percibió el tono de sensualidad que le imprimió a su voz.
¡Estaba coqueteando con él! ¡En el funeral de una de sus amigas!
—Como quieras —solo pudo responder. La desfachatez de Emily
lo había dejado sin palabras.
Guardaron silencio cuando el sacerdote dijo las últimas palabras
antes de que el féretro descendiera a la que sería, la morada final
de Holly. Jared buscó a Blair con la mirada. Reprimió el impulso de
acercarse a ella porque sabía que la primera cosa que hubiera
hecho habría sido reprocharle su conducta de esa mañana. La
observó atentamente; estaba tan bonita como siempre. Llevaba
unos pantalones vaqueros ceñidos y una rigurosa camisa negra.
Había recogido su cabello en una coleta y apenas se había
maquillado. Una distancia de al menos diez metros los separaba,
pero Jared estaba seguro que si aspiraba fuerte, incluso podría
sentir el exótico aroma de su perfume. Todo en Blair Gilbert lo volvía
loco; desde su carácter entusiasta hasta el azul profundo de sus
ojos. Hacía mucho que no se sentía así junto a una mujer... Ni
siquiera con Carisse.
Desvió un segundo la vista de Blair porque uno de los vehículos
estacionados dentro del cementerio llamó su atención. Estaba
apartado de los demás y se parecía demasiado al Sedán azul que
casi lo había atropellado.
—¿Me disculpas un momento?
Emily le sonrió.
—¿Qué sucede? —preguntó ella, pero Jared no tenía tiempo
para darle explicaciones. Dejó a Emily y se dirigió hacia el lugar
donde estaba el coche estacionado. Pero cuando llegó al punto
donde, estaba seguro, lo había visto, el misterioso Sedán azul había
desaparecido. Lo buscó por todos lados, pero no había señales de
él. No podía ser una coincidencia. Estaba seguro de que se trataba
del mismo sujeto que se había metido en la casa de Blair la noche
anterior... ¿Sería también el asesino de Holly Sherman? Una de las
cosas que había oído hasta el hartazgo en la academia de policía,
era que el asesino siempre necesita ver con sus propios ojos el
resultado de su obra. Regodearse por lo que había hecho, una
última vez.
Buscó entre la multitud y luego salió a la calle, pero el coche se
había esfumado. Regresó al interior de la necrópolis; la ceremonia
ya había terminado. Descubrió que Blair ya no estaba en el mismo
sitio. Desesperado y temiendo que la aparición Sedán azul y la
repentina desaparición de Blair estuvieran relacionadas, se lanzó a
buscarla en medio de la multitud que lentamente iba abandonando
el cementerio.
Con el corazón en la boca, corrió hasta la tumba de Holly, pero
tampoco la encontró allí; solo estaban el acongojado viudo, con su
hermana y su pequeña hija. Se giró sobre sus talones y miró por
encima de la gente que caminaba hacia la salida del cementerio.
Nada.
De pronto, la muchedumbre comenzó a dispersarse y fue
entonces cuando la vio por fin. Estaba arrodillada junto a una tumba,
acomodando unas flores. A medida que se acercaba a ella, su
corazón fue recuperando el ritmo normal de sus latidos.
Blair alzó la cabeza cuando escuchó que alguien se acercaba.
Se levantó, se sacudió el polvo de sus pantalones vaqueros y se
volvió hacia él.
Jared descubrió que aquella tumba era la de su hermana
gemela. Un escalofrío recorrió su espalda cuando vio la foto de
Paige en la lápida. Era tan parecida a Blair...
Dio dos pasos más hasta quedar más cerca de ella; Blair lo miró
a los ojos y Jared descubrió que había estado llorando.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí, es solo que el funeral de Holly me trajo recuerdos muy
tristes. —Posó sus ojos en la tumba de su hermana—. A pesar de
los años que han pasado, sigo extrañándola...
Jared quería abrazarla, darle el consuelo que ella necesitaba,
pero no supo por qué razón, se reprimió. En cambio, puso su mano
en el hombro de Blair y le dijo:
—Nunca va a dejar de doler... no importa el tiempo que pase. Tú
al menos tienes un lugar donde venir a llorar. —Sabía que sus
palabras no eran de gran consuelo pero era la verdad. El río se
había llevado el cuerpo de Carisse y nunca lo había devuelto.
Theodore y Margaret Jordan no tenían una tumba donde dejarle
flores a su hija; él no tenía un sitio donde ir a verla cada veinte de
abril, día en que Carisse cumplía años. La tragedia acontecida
quince años atrás había abierto una brecha en sus corazones; una
herida que seguía doliendo y que el tiempo no conseguía curar.
Blair respiró profundamente. Jared tenía razón. Ni siquiera podía
imaginarse lo difícil que debió ser para él y para los Jordan no haber
podido enterrar a Carisse.
—Debo... debo irme —dijo ella de repente. Aquel lugar solo
lograba acrecentar su tristeza. Ya había cumplido con Gideon
asistiendo al funeral de Holly. Seguramente su jefe quería que se
acercara a Lance Schmidt para darle sus condolencias en nombre
del programa pero Blair pensaba que su presencia había sido
suficiente.
—Te llevo —se ofreció Jared.
—No es necesario, además he venido en el coche de mi padre
—respondió ella mientras comenzaba a andar.
Jared la siguió, no estaba dispuesto a dejarla marchar.
—Deja al menos que te acompañe hasta tu coche. —Se puso a
su lado para seguirle el paso.
Blair agradecía la preocupación de Jared, pero pensó que estaba
exagerando. ¿Qué podía sucederle a plena luz del día y con gente
alrededor?
—¿Lo crees realmente necesario?
—Sí... sueles escabullirte con demasiada facilidad —afirmó él
con ironía.
Blair se detuvo y lo miró a los ojos.
—Con respecto a eso... creí que era lo mejor. No quería toparme
con tu padre; ambos sabemos que no soy santo de su devoción —
manifestó esperando que él creyera en sus palabras.
—¡Pudiste despertarme para que te llevara a la casa de tus
padres! —espetó él alzando la voz.
—¿Y permitir que me vean llegar contigo a las seis de la
mañana? —replicó Blair con los brazos apoyados en la cintura.
Por fortuna, el cementerio estaba ya casi vacío y nadie fue
testigo de aquella peculiar escena.
—¿Hubiera sido tan malo que nos hubieran visto llegar juntos?
—¿Tú qué crees?
Jared contó hasta cinco en silencio. Hacía rato que había
perdido la paciencia. No entendía qué tenía aquella mujercita que
lograba sacarlo de sus casillas.
—¿Qué crees que hubieran pensado tus padres? ¿Qué tú y yo
nos habíamos acostado?
Blair no dijo nada, pero estaba que ardía en furia. No entendía
cómo aquella conversación se le había ido de las manos de aquella
manera.
—No habrían estado muy equivocados... —señaló él. Ya no le
gritaba, había bajado considerablemente el tono de su voz.
Blair sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Qué... dices?
Jared se acercó y acarició su mejilla.
—Anoche, después de que te dejara en mi habitación y cerrara
la puerta. .. lo único que deseaba era entrar y hacerte el amor —le
confesó.
Blair volvió a quedarse sin palabras. No tenía derecho a decirle
una cosa así. Se perdió por enésima vez en el verde intenso de sus
ojos y encontró el calor de su mirada. Experimentó un delicioso
estremecimiento. No podía dejarse llevar por lo que sentía. No supo
cómo ni de dónde, pero consiguió encontrar las fuerzas necesarias
para resistirse a sus encantos.
—No quiero hablar de ese tema, y menos en un lugar como este
—dijo desviando la mirada y reanudando la marcha.
Jared percibió que ella estaba insegura, vacilante. La acompañó
en silencio, contemplando cada gesto suyo, cada movimiento.
—Blair, hay algo que debo decirte... —habló de repente.
Ella lo frenó.
—Jared, no.
—No quiero hablarte de lo que sucedió entre nosotros, se trata
de algo que ocurrió hoy.
Blair frunció el entrecejo.
—¿Qué es? —Notó de inmediato la preocupación en el
semblante de Jared.
—Había un Sedán azul durante la ceremonia. Estaba
estacionado lejos de los demás y me pareció extraño. Quise ver
quién lo conducía, pero cuando me acerqué, había desaparecido.
Ahora entendía la insistencia de Jared en llevarla a la casa de
sus padres.
—¿Crees que es el mismo hombre que entró en mi casa
anoche? —La pregunta estaba de más.
Jared no quería alarmarla pero tampoco quería que tomara las
cosas a la ligera. Había una mujer asesinada y temía que no fuera la
única.
—Sí —afirmó.
Ella suspiró.
—Como ya te he dicho, he venido en coche.
—Me conformo con seguirte y asegurarme de que llegues sana y
salva a casa de tus padres.
Blair metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y
accedió a ser escoltada por él. Caminaron hacia la salida del
cementerio y ambos se subieron a sus respectivos vehículos. Blair
espió a Jared a través del espejo retrovisor en cuanto se colocó
detrás de ella. Recordó entonces que ni siquiera le había
mencionado la inquietante llamada que había recibido esa misma
mañana en casa de sus padres; se lo contaría cuando llegasen a su
destino.
Blair reconoció que era reconfortante sentirse cuidada de aquella
manera... pero Jared no iba a poder estar con ella las veinticuatro
horas del día. Se movió inquieta en el asiento. No podía depender
de él todo el tiempo, sin embargo, era plenamente consciente de
que solo se sentía segura cuando Jared estaba a su lado.
Capítulo 14

Jared se apresuró a bajarse de la camioneta para poder hablar


una vez más con Blair antes de que ella se escabullera nuevamente.
Se plantó en el lado del conductor y le abrió la puerta.
Blair le sonrió y Jared se quedó mudo, embobado con la
blancura de sus dientes perfectos. Le sonreía, pero aun así percibió
cierta preocupación en su mirada.
—Jared, hay algo que no te he dicho... Esta mañana recibí una
llamada extraña.
Jared se quitó las gafas y las metió dentro del bolsillo de su
camisa.
—¿Extraña por qué? —preguntó frunciendo el ceño.
Blair se cruzó de brazos.
—Quien llamó no dijo absolutamente nada; solo se quedó
escuchando en silencio. Su manera de respirar me dio escalofríos...
—¿Cuándo sucedió eso exactamente?
—Debían de ser cerca de las nueve, cuando estaba
desayunando con mis padres.
—¿Te llamó a tu móvil?
Blair negó con la cabeza.
—No, al teléfono de mis padres.
—Bien, me comunicaré con la compañía telefónica para rastrear
la llamada. Tal vez tengamos suerte y descubramos desde dónde la
hicieron —le informó Jared sin dejar de mirarla.
Ninguno de los dos mencionó la misteriosa aparición del Sedán
azul en el cementerio, pero la sospecha de que hubiera sido el autor
de la llamada flotaba en el aire como una amenaza. Era cada vez
más evidente que alguien quería involucrar a Blair en todo aquel
asunto, y Jared ya no podía estar tranquilo. Si fuese posible
construiría una muralla alrededor de Blair para que nadie le hiciera
daño.
—Puedes irte ahora —dijo de repente Blair—. He llegado sana y
salva —adujo recordándole a Jared sus propias palabras.
Sin embargo, Jared no tenía ganas de marcharse. El hecho de
que Blair estuviese en la casa de sus padres y en compañía de
ambos, no era razón suficiente para que él dejara de temer por su
seguridad. Cualquier medida de protección le parecía insuficiente...
Sólo sabía que estaría segura a su lado, pero tampoco se atrevió a
pedirle que le permitiera quedarse.
—Sí, debo regresar a la comisaría. Espero que el juez haya
autorizado finalmente a reabrir el caso de Carisse —le comentó
confiado.
Blair echó a andar hacia la casa. ¿Por qué le costaba tanto
despedirse de él?
—Nos vemos luego —le dijo mordiéndose los labios.
—Puedes apostar que sí respondió él con una sonrisa.
En sus palabras se perfilaba la promesa de un próximo
encuentro... ¿Qué sucedería cuando volvieran a verse? ¿Jared le
recriminaría una vez más su supuesta relación con Russell y
terminarían discutiendo, o se dejarían llevar por lo que sentían? La
incertidumbre de no saber carcomió la cabeza de Blair durante todo
ese día. Gracias a Dios, cuando llegó a la casa, su madre había ido
a la iglesia y su padre no le hizo preguntas incómodas. Se dedicó a
juguetear un rato con Pottsey en el patio trasero y después le dio un
baño al perro para que estuviera presentable cuando regresara su
dueña. Mientras enjabonaba a Pottsey no podía apartar de su mente
la escena de la que había sido testigo en el cementerio entre Jared
y la engreída de Emily Brendon. No podía ponerse celosa; no tenía
por qué. Después de todo, Emily estaba felizmente casada y tenía
un niño de cuatro años. Sin embargo, su actitud acaparadora hacia
el detective le había parecido bastante singular. Terminó de bañar al
perro y se olvidó de Emily durante un buen rato. Ya tenía demasiado
con sentir celos del fantasma de Carisse Jordan.

Jared le contó a Raze la llamada que había recibido Blair. Ese


hecho, sumado a la visita que había recibido la noche anterior en su
casa, era razón suficiente para pensar que alguien quería lastimarla.
Quizá no era su parecido con Paige lo que había desatado aquella
situación. Jared se negaba a creerlo, pero tampoco se le ocurría
otro motivo para que alguien quisiera hacerle daño.
—¿No será que está metiendo las narices donde no debe? —
sugirió Raze mientras jugaba con un bolígrafo.
—Es cierto que es quien investiga el homicidio de Holly Sherman
para el programa de Gideon Gates, pero ella asegura que ha visto el
sedán azul antes de que comenzara a trabajar como reportera. Es
más, el día que yo mismo casi fui atropellado por el sujeto, Blair ni
siquiera tenía idea de que pronto dejaría de ser la chica del tiempo
—adujo Jared.
—¿Entonces?
Jared movió la cabeza.
—Temo que se trate de algo más siniestro.
—Hablas del caso de la desaparición de Carisse Jordan,
¿verdad? Jared asintió. No tenía motivos para ocultarle cuáles eran
sus sospechas.
—¿El juez no ha llamado? —preguntó denotando su
impaciencia.
—No todavía.
En ese momento, Berta irrumpió en la oficina con un sobre en la
mano.
—Llegó el informe que esperabais de la compañía telefónica —le
informó.
Jared prácticamente se abalanzó sobre Berta y le quitó el sobre
de la mano.
Raze observó cómo su compañero se ponía pálido de repente y
arrojaba el informe que había enviado la compañía de teléfonos
sobre el escritorio.
—¿Qué sucede, Collins? —preguntó Raze intrigado.
—¡Es inconcebible! —Farfulló Jared mientras reía nerviosamente
—. Esto ya no puede seguir así... No me deja otra opción. —Levantó
el intercomunicador y le pidió a Berta que regresara.
Raze recogió el informe del escritorio y lo leyó. Había un número
de teléfono resaltado en amarillo. Lo reconoció de inmediato.
—Este número es...
Jared respiró hondo y trató de sosegarse. Miró a su compañero y
dijo: —Sí, McCue, es el número de mi casa... Mi propio padre es
quien ha llamado a Blair. —Sentía vergüenza, estaba harto de lidiar
con un borracho, mucho más con uno que seguía aferrado al
pasado, odiando a Blair injustamente. Jared no necesitó demasiado
para darse cuenta que lo que había provocado que su padre
cometiera semejante vileza había sido el hecho de que Blair hubiera
dormido en su casa. Seguramente la había visto cuando regresó de
madrugada, de una de sus tantas parrandas y había decidido
vengarse de ella asustándola. Si Luke no hubiera estado
completamente ebrio la noche anterior y si no lo hubiera visto con
sus propios ojos en el sillón de la sala, se habría atrevido a afirmar
que había sido él quien había irrumpido en la casa de Blair durante
la tormenta y había saboteado la energía eléctrica. Pero Luke
Collins no tenía la lucidez suficiente para cometer semejante acto;
sin embargo, no le había costado nada descolgar el teléfono y
llamar a Blair a casa de sus padres.
Berta entró a la oficina y de inmediato notó el semblante
circunspecto de su jefe.
—¿Qué necesita, detective Collins?
—Berta, quiero pedirte un gran favor. ¿Podrías investigar sobre
centros de rehabilitación de alcohólicos que se encuentren dentro
del estado?
Berta asintió. Comprendió de inmediato la situación. No era
secreto para ningún vecino de Eugene que para Luke Collins no
había mejor compañía que la de su botella de cerveza.
—De inmediato, detective.
—Berta... —le dijo antes de que la secretaria abandonara la
oficina—. Sé discreta, por favor.
Ella le sonrió. Ni siquiera tenía que pedirlo. A pesar del poco
tiempo que llevaba trabajando bajo las órdenes de Jared, le había
tomado mucho cariño.
Cuando los dos detectives volvieron a quedarse solos, Jared
guardó silencio durante unos cuantos segundos y Raze respetó su
deseo de no hablar. No debía de ser sencillo para nadie lidiar con un
padre adicto al alcohol.
—Debo ir a mi casa —dijo de repente, poniéndose de pie.
Raze le dijo que se fuera tranquilo, que él se encargaría de todo
mientras estuviera ausente. Le aseguró además que se quedaría a
esperar la llamada del juez y le avisaría en cuanto hablara con él.

Jared llegó a su casa y azotó la puerta de entrada con violencia.


Su padre lo iba a oír y ya no habría vuelta atrás; no después de lo
que había hecho.
Irrumpió en la sala, se dirigió hacia donde estaba el televisor y lo
apagó. Puso ambos brazos en jarra y fulminó a su padre con la
mirada.
—¿Por qué lo has hecho?
Luke se incorporó en el sillón y observó a su hijo. En una de sus
huesudas manos sostenía una lata de cerveza. Últimamente aquel
objeto inanimado parecía haberse convertido en una extensión de
su propio cuerpo.
—¿De qué demonios hablas? —despotricó Luke rascándose la
cabeza.
—No me vengas con esas. —Se acercó y le quitó la lata de
cerveza de la mano y la arrojó al hueco de la chimenea—. Sabes
muy bien de qué te estoy hablando.
Luke se encogió de hombros antes de intentar ponerse de pie
para escapar de la mirada acusatoria de su único hijo.
Jared se lo impidió y de un empellón lo obligó a sentarse de
nuevo.
—¡No vas a moverte de aquí hasta que me expliques por qué
llamaste a Blair esta mañana!
La expresión en los ojos vidriosos de Luke cambió de repente. Él
lo había descubierto; seguramente la zorra de Blair Gilbert había
corrido a contarle lo de la llamada y a Jared solo le bastó indagar un
poco para dar con el autor.
—Solo quería darle un buen susto —respondió antes de echarse
a reír—. Supongo que lo conseguí...
Jared reprimió el impulso de coger a su padre por el cuello y
zarandearlo hasta que dejase de reírse de aquella manera.
—¡Quiero que dejes a Blair en paz! ¿Me oyes?
Luke alzó el brazo e hizo un gesto de "vete al demonio" y Jared
estuvo a punto de perder los estribos. Debía calmarse. Luke no era
más que un borracho resentido.
—¿Qué te hizo esa zorra para que la defiendas de esa manera?
Jared contó mentalmente hasta cinco. Bufó con fuerza y
respondió:
—Blair no tiene la culpa de nada, Luke. Deja de lado ese maldito
odio que sientes hacia todos los que de algún modo tuvieron que ver
con mi pasado. —Hizo una pausa para tomar aire—. Carisse
desapareció y ese hecho desató la tragedia hace quince años; no
puedes culpar a Blair por lo sucedido...
—Esa muchacha es el vivo retrato de su hermana muerta. Si ella
hubiera hablado antes... nos hubiéramos ahorrado mucho
sufrimiento —dijo Luke cruzándose de brazos para intentar frenar el
temblor de su cuerpo.
Jared comprendía hasta cierto punto el rencor de su padre.
Después de todo, fue lo sucedido con Carisse y las acusaciones que
recayeron sobre su hijo las que le empujaron a beber. Pero no podía
concebir que después de tantos años buscara venganza con Blair.
—Blair ya ha tenido bastante con el suicidio de su hermana
como para encima lidiar con tu odio irracional. No debiste asustarla
de ese modo...
Luke alzó la cabeza y le clavó la mirada.
—Me volví loco cuando descubrí que ella y tú habíais pasado la
noche juntos —le soltó tratando de justificar su conducta.
—Blair y yo no pasamos la noche juntos; simplemente le ofrecí
una cama donde dormir. Alguien se metió en su casa anoche e
intentó hacerle daño.
Luke se mostró un tanto incrédulo.
—¿Es eso verdad?
Jared asintió.
—Y supongo que no te costó nada invitarla a dormir en tu
cama... Esa muchacha te ha nublado el juicio, y estoy seguro de que
algo busca... Si es igual que su hermana, no es de fiar, por eso no la
quiero cerca. ¡No la quiero! —esgrimió alzando la voz.
—Pues lo lamento mucho, Luke. Blair me gusta, me gusta
mucho y no voy a permitir que interfieras entre nosotros. Por eso he
tomado una decisión.
A Luke no le gustó para nada que Jared estuviera interesado en
Blair Gilbert, pero menos le gustó el tono de su voz al decírselo.
Parecía que estaba dispuesto a defender a la muchacha a capa y a
espada.
—¿De qué hablas? —preguntó con temor.
—Voy a ingresarte en un centro de rehabilitación para que te
desintoxiquen. —Se detuvo porque decir aquello le dolía más a él
que a su propio padre—. Te lo advertí, Luke...
—¡No puedes hacerme esto! —Como pudo, Luke se puso de pie
y se acercó a su hijo. Se aferró a sus brazos con fuerza cuando
trastabilló—. ¡Prometo que dejaré de beber... te lo prometo!
Jared observaba en silencio cómo su padre se echaba en sus
brazos y le prometía que ya nunca más bebería una gota de alcohol.
Sabía que sus promesas caían en saco roto; había perdido la
cuenta de las veces que le había jurado y perjurado que dejaría de
beber. Eso ya no era suficiente; su padre estaba enfermo y él no
podía ayudarlo. Lo abrazó y lo contuvo durante un rato.
—Papá, todo va a estar bien, pero comprende que necesitas
ayuda profesional, yo ya no puedo hacer nada.
Luke se apartó de él y alzó el dedo en un gesto acusador.
—¡Todo es por culpa de esa muchacha!
Jared ni siquiera se molestó en responderle. Nada de lo que
pudiera decirle en ese momento le haría de cambiar de opinión con
respecto a Blair. Esperaba que en el centro de rehabilitación le
hicieran ver lo equivocado que había estado todo ese tiempo.
Dejó a su padre solo en la sala y se fue a la cocina para hablar
por teléfono. Berta, como siempre, había cumplido eficazmente. Le
habló de una pequeña clínica de rehabilitación en las afueras de
Roseburg, al sur del estado, y tras darle todos los detalles, Jared
supo que era la indicada para llevar a su padre. Tras pedirle el
número del lugar, cortó con ella y se dispuso a llamar. No era
oportuno retrasar el momento.
—¿Centro New Life?

Al día siguiente, Blair sintió que debía regresar a su casa. Aún


estaba latente el temor de que el intruso regresara, pero no podía
abandonar su hogar; hacerlo, sería darse por vencida y aceptar que
había perdido. Miró a Pottsey, que descansaba junto a ella en el
porche. Estaba sola porque sus padres se habían ido a jugar su
tradicional partida de bridge semanal y había decidido tumbarse un
rato en el columpio para disfrutar de las últimas horas de sol. Lilly
aún no la había llamado, así que ignoraba cuándo regresaría. Era
mejor que estuviera en su casa en el momento en que su vecina
volviera de Portland. No tenía ganas de darle demasiadas
explicaciones de por qué se había marchado a casa de sus padres.
Con lo aprensiva que era Lilly, podía ser capaz de atrincherarse en
su salón para no dejarla sola, expuesta al peligro.
Bebió un poco de limonada y levantó ambas piernas encima del
columpio. Sus padres no le habían preguntado el verdadero motivo
por el que había aparecido repentinamente, pero no eran tontos y
sospechaban que algo extraño pasaba. En más de una ocasión Blair
había estado a punto de contarle todo a su padre, pero terminaba
por guardar silencio. No quería inquietarlos. Dan y Gloria Gilbert ya
habían sufrido demasiado como para que encima tuvieran ahora
que preocuparse por ella.
Dejó el vaso vacío encima de la mesita de mimbre y cuando miró
hacia la calle, notó que un vehículo había estacionado frente a la
casa de sus padres. Se sorprendió cuando vio a Gwyneth Matheson
caminar hacia ella.
Se puso de pie de un salto y se atusó un poco el cabello. Bajó
las escalinatas del porche y salió a recibir a su imprevista visita.
—¡Gwyneth, qué sorpresa! —dijo al tiempo que se acercaba a
ella y la abrazaba.
—Hola, Blair —dijo simplemente Gwyneth cuando ella la soltó.
Blair notó de inmediato la conmoción en el rostro de la joven. —¿No
esperabas mi visita, verdad?
—Pues no..., pero ven, siéntate —le indicó el columpio—. ¿Te
apetece un poco de limonada?
—No, gracias.
Ambas se sentaron en el columpio. Blair no pudo pasar por alto
el hecho de que Gwyneth apenas la miraba a la cara. Vio que
llevaba un bolso consigo, que apretaba con fuerza sobre su regazo.
Sus manos estaban temblando y Blair se dio cuenta de que estaba
aterrada.
—Gwyneth, ¿qué sucede? —Puso una mano sobre su hombro.
Entonces ella la miró. Se quedó un rato largo en silencio, solo
mirándola.
—Lo siento... es que te pareces tanto a Paige que no he podido
evitar ponerme triste.
Pero Blair sabía que había algo más; Gwyneth no estaba
solamente triste. Había pánico en sus ojos.
—Lamento traerte recuerdos amargos, Gwyneth.
—No te preocupes, no es culpa tuya. Es el pasado que se
empeña en regresar... —dijo al borde de las lágrimas.
Blair sintió pena por la joven; la sintió más frágil que nunca. Sin
duda, haber enterrado a una de sus amigas hacía apenas unas
horas, no había sido sencillo para ella. No obstante, Blair
sospechaba que había algo más, y era la ocasión perfecta para
ahondar en detalles.
—Te vi esta tarde en el funeral, me hubiera gustado acercarme a
saludarte —le dijo buscando calmarla un poco.
Gwyneth la miró con sus apagados ojos castaños y asintió.
—Sí, yo también te vi. —De repente, rompió en un llanto
profundo y Blair no supo qué hacer. Cogió sus manos con fuerza y
le ofreció su hombro para llorar.
—Siento mucho lo de Holly; debe haber sido terrible para ti y
para Emily...
La sola mención del nombre de Emily Brendon hizo que Gwyneth
se quedara tensa. Se apartó de inmediato y se enjugó las lágrimas
con un pañuelo que sacó del interior de su bolso.
—Holly es solo la primera...
Blair frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
Gwyneth respiró profundamente y desvió la mirada. Se quedó un
rato observando los coches que pasaban por la calle. El silencio se
había hecho casi insoportable; entonces, sacó un sobre del bolso y
se lo entregó.
—No se detendrá... No hasta que paguemos por nuestro error —
balbuceó con voz temblorosa Gwyneth mientras dejaba el sobre en
manos de Blair.
Blair no le preguntó nada; sabía que la mejor respuesta vendría
dentro de aquel sobre que acababa de entregarle Gwyneth.
Pero nada preparó a Blair para enfrentarse a lo que escondía
aquel pedazo de papel marrón. Había una nota escrita a mano. La
caligrafía era exquisita y ocupaba una sola línea.
"Una vida por otra no basta... La venganza aún no termina."
Junto al mensaje había una fotografía de una mujer. Una mujer
de cabello rojo...
Blair se llevó una mano a la boca debido a la impresión y la foto
fue a parar al suelo.
Era... era Carisse Jordan.
La lógica le gritaba que no podía ser... Que aquella imagen no
podía ser real. Sin embargo, allí estaba Carisse, con su
inconfundible cabello rojo y sus enormes ojos azules, sonriéndole
desde el mismísimo pasado.
Capítulo 15

Jared regresó de Roseburg agotado, tanto física como


mentalmente. No había sido nada sencillo dejar a su padre en aquel
sido a pesar de que sabía que lo estaba haciendo por su bien. Lo
peor había sido sacarlo de casa. Luke se había resistido, gritando y
pataleando como loco, por eso había tenido que usar la fuerza y
rápidamente todos los vecinos salieron a ver qué sucedía. Poco le
importaba el "qué dirán" a esas alturas de su vida. El viaje hasta
Roseburg se había hecho en completo silencio. De vez en cuando
observaba a su padre, quien sentado a su lado, apenas podía
controlar el temblor de su cuerpo. Llegaron al centro de
rehabilitación a primera hora de la tarde y lo recibió el doctor
Galveston, el mismo con quien Jared había hablado por teléfono. El
médico fue amable y comprensivo con él y le comunicó de inmediato
la regla principal de New Life: no podía visitar a su padre las dos
primeras semanas. Para poder permitir que Luke se aclimatara a su
nueva situación debía desarraigarse de la vida que llevaba antes de
ingresar en el centro de rehabilitación. Y así, lo había dejado en una
sobria y triste habitación de paredes blancas en donde su padre
pasaría una larga temporada. Jared ignoraba cuánto tiempo se
necesitaba para hacer desaparecer del organismo de una persona
todo el alcohol que había consumido durante casi quince años; solo
sabía que allí su padre tenía quizá la última oportunidad de
enmendar su vida. Le dolía dejarlo allí, contra su propia voluntad,
pero se consoló diciéndose a sí mismo que todo lo hacía por su
bien. Por eso, mientras regresaba a su casa trató de no pensar en el
odio que vio en los ojos de su padre cuando se despidió de él con
un abrazo.
Estacionó la camioneta fuera del taller y fue entonces cuando se
dio cuenta que debía cerrarlo. Él no podía encargarse del negocio
mientras su padre estuviera ausente. Lo de arreglar coches, era
para él solo un hobby, así que no le quedaba más remedio que
hacerlo. Colgaría más tarde un cartel anunciando que el taller
permanecería cerrado por tiempo indeterminado. Entró en la casa,
que le pareció extremadamente silenciosa. Sus ojos verdes se
posaron en el televisor apagado. Sería raro llegar y no encontrarse a
su padre tumbado en el sofá con una cerveza en la mano, mirando
La rueda de la fortuna.
Fue hasta la mesita donde se encontraba el teléfono y revisó el
contestador. Sonrió al ver la lucecita roja brillar intermitentemente.
Apretó el botón y escuchó los mensajes. Uno era de una empresa
de tele ventas que le ofrecía dos de sus nuevos productos. Lo borró,
escuchó el siguiente. Se sorprendió al oír la voz de Emily Brendon:
Hola Jared, llamé a la comisaría de policía y me dieron tu
número. Me gustaría que pudiéramos vernos. Si te interesa,
llámame al...
¿Qué podría querer Emily con él? No borró su llamada, lo que sí
hizo fue introducir el número de teléfono que le había dejado en su
móvil para llamarla más tarde. Estaba intrigado; además, tarde o
temprano tenía que hablar con ella sobre lo sucedido la noche en
que Carisse desapareció.
Había una tercera llamada.
Collins, buenas noticias. El juez autorizó que reabramos la
investigación por la desaparición de Carisse Jordan. Ya solicité
todos los expedientes del caso. Nos vemos mañana en ¡a oficina.
Nunca antes se había alegrado tanto de escuchar la voz de Raze
McCue. Estaba a punto de devolverle la llamada cuando alguien
golpeó a su puerta. Revisó su aspecto y se dirigió hacia la puerta.
Cuando la abrió se quedó perplejo. No esperaba a Blair, y mucho
menos que viniera acompañada de Gwyneth Matheson.
—Jared, ¿podemos hablar contigo? —fue lo primero que dijo
Blair cuando lo tuvo enfrente.
—Sí, por supuesto, pasad. —Las llevó hasta la sala echando una
rápida mirada para comprobar que todo estaba en orden. Maldijo en
silencio cuando vio la lata de cerveza vacía que él mismo había
arrojado esa mañana a la chimenea, pero por fortuna, ni Blair ni
Gwyneth la notaron.
Blair se sentó y Gwyneth se situó a su lado. Jared las observó
detenidamente; percibió de inmediato que algo andaba mal. Ya era
demasiado extraño que las dos se hubieran presentado sin previo
aviso en su casa.
—Te hemos buscado en la comisaría, pero Berta nos ha dicho
que estabas aquí —le explicó Blair mirando a su alrededor, inquieta
quizá por la posible aparición de Luke Collins.
Jared se sentó en el extremo de la mesita que estaba ubicada
junto al sofá que ocupaban las dos mujeres y se cruzó de brazos.
Sus ojos verdes pasaban del rostro de Blair al de la compungida
Gwyneth, que no había pronunciado palabra hasta el momento.
—¿Qué ha sucedido?
Blair entonces apretó la mano de Gwyneth y la instó a que
hablase.
—Jared... —dijo Gwyneth con voz temblorosa. Él se dio cuenta
que estaba realmente afectada.
—Te escucho, Gwyneth.
Blair, al ver el manojo de nervios en el que se había convertido
Gwyneth desde que había llegado a su casa, decidió intervenir.
—Jared, alguien le ha enviado un anónimo a Gwyneth.
Jared observó cómo Blair tomaba un sobre de papel marrón del
interior de su bolso y lo colocaba sobre su regazo.
—¿Es lo que creo que es? —preguntó Jared frunciendo el
entrecejo.
Blair asintió con un leve movimiento de cabeza. Le entregó el
sobre y volvió a apretar la mano de Gwyneth con fuerza.
Jared sacó la nota anónima y leyó el mensaje. Aquellas palabras
solo confirmaban sus más temidas sospechas: quien buscaba
venganza no iba a detenerse. Hurgó en el interior del sobre en
busca de alguna cosa más, quizá otro mechón de cabello de
Carisse. Pero lo que halló en cambio lo dejó estupefacto.
Sostuvo la foto de Carisse en sus manos y la contempló durante
un largo rato en absoluto silencio.
Blair lo observó; estudió cada uno de sus gestos, desde el rictus
de sus labios hasta la mano que comenzaba a moverse
nerviosamente sobre uno de sus muslos. Aquella fotografía lo había
perturbado. Blair percibió su angustia, pero también su inquietud. No
era para menos; la Carisse que aparecía en la foto poco tenía que
ver con la adolescente de dieciséis años que había desaparecido
una noche de invierno de 1996.
—¿Cuándo lo recibiste? —interrogó Jared apartando la vista de
la fotografía por un instante.
Gwyneth respiró profundo y lo miró.
—Ayer por la mañana. Alguien lo dejó en la biblioteca donde
trabajo.
—¿No notaste nada extraño? ¿Alguien que actuase de manera
sospechosa?
Gwyneth negó con la cabeza.
—¿Sabes por qué alguien te mandaría un mensaje así?
Tanto Jared como Blair miraron expectantes a Gwyneth.
—No... no lo sé.
Ambos sabían que la mujer estaba mintiendo.
—Gwyneth, si no me dices toda la verdad no podré ayudarte —
dijo Jared haciendo su mejor intento para que la angustiada mujer
entrara en razón.
—Gwyneth... —Blair miró a Jared buscando su permiso. Él
asintió con la cabeza en un gesto de aprobación, entonces ella
continuó hablando: No sé si lo sabes, pero Holly recibió un mensaje
similar unos días antes de desaparecer. —Su intención no era
alarmar a Gwyneth, solo quería que ella dijera la verdad sobre lo
sucedido quince años atrás para echar un poco de luz al caso.
Los ojos castaños de Gwyneth se abrieron como platos.
—¿Es... es verdad?
—Sí, Gwyneth —terció Jared—. Tengo la firme sospecha de que
quien asesinó a Holly ahora vendrá a por ti. El mensaje y la
fotografía son solo el principio.
Gwyneth se inclinó hacia atrás y se hundió en el sillón. Se llevó
ambas manos a la cara y se echó a llorar.
Blair y Jared se miraron; no sabían qué hacer.
—Trae un vaso de agua, por favor —le pidió Blair a Jared
mientras trataba de contener a Gwyneth.
Él obedeció y fue hasta la cocina. Cuando regresó, unos pocos
segundos después, Blair abrazaba a Gwyneth mientras le decía que
todo iba a salir bien.
Dejó el vaso encima de la mesa y caminó hasta la chimenea. Se
giró sobre sus talones y observó a las dos mujeres.
—Te asignaré vigilancia las veinticuatro horas del día, tanto en
casa como en la biblioteca —informó. Parecía que Gwyneth ni
siquiera lo estaba oyendo; seguía llorando desconsolada sobre el
hombro de Blair—, Esta vez estaremos prevenidos. También
mandaré a uno de mis hombres a tu casa, Blair. El sujeto de anoche
puede regresar...
—Jared —lo interrumpió—, con respecto a eso... no te lo había
mencionado porque no se presentó la oportunidad, pero quiero
regresar a mi casa. No puedo seguir viviendo con mis padres; ellos
ya sospechan que algo extraño está sucediendo y no quiero
alarmarlos.
—No es lo más prudente, Blair, y lo sabes —replicó Jared.
—Pero me acabas de decir que enviarás a uno de tus hombres
para que vigile la casa. No creo que alguien se atreva a regresar
con un policía merodeando por ahí. Prometo no cometer ninguna
tontería —añadió con una media sonrisa en los labios.
Jared comprendió en ese momento aquel dicho que rezaba "Por
la boca muere el pez."
—Está bien, le diré a McCue que envíe a un oficial a tu casa. —
Sacó el móvil y marcó el número de su compañero mientras se
dirigía hacia la ventana. McCue, escucha, necesito tres agentes
para trabajo de vigilancia. Envía uno a la casa de Gwyneth
Matheson y otro a la casa de Blair Gilbert. —Interrumpió la llamada
para preguntarle a Gwyneth en qué biblioteca trabajaba. Ella le
respondió que en la del centro y Jared le pasó los datos a McCue.
Cuando dio por concluida la llamada regresó al lado de las
mujeres.
—Gwyneth, trata de tranquilizarte. Habrá un agente de policía
velando por tu seguridad las veinticuatro horas del día. Nadie podrá
acercarse para hacerte daño, ¿me oyes? —Rozó su mano y notó
que estaba helada.
—¿Va a matarme... verdad? —balbuceó entre hipidos.
—No, no lo hará. Lo atraparemos antes de que lo intente
respondió Jared sonriéndole para infundirle un poco de seguridad.
Sabía que tenía que insistir y seguir con el interrogatorio, pero en
ese momento ella estaba demasiado conmocionada como para
contestar a sus preguntas. Tanto Gwyneth como Emily eran la clave
para descubrir la verdad. Recordó entonces el mensaje que le había
dejado Emily en el contestador. Si no podía obtener nada de
Gwyneth, tal vez pudiera lograr algo con su amiga.
Blair agradeció que Jared no hubiera insistido con más
preguntas; tenía la esperanza de que Gwyneth se abriera con ella
cuando estuvieran a solas.
Decidió acompañada hasta su casa y quedarse con ella hasta
que llegara la custodia policial. Jared no se opuso, solo le pidió que
tuviera cuidado y que se quedara con sus padres hasta que el
agente que enviaría para su protección se presentase en su casa.
Cuando se quedó nuevamente a solas, Jared buscó con afán la
fotografía de Carisse que le había sido enviada a Gwyneth y corrió
escaleras arriba con ella en mano. Entró a su habitación y sacó de
debajo de la lámpara de mesa, la foto que le había dado Margaret
Jordan. La diferencia entre ambas imágenes era casi abismal. En la
suya, Carisse tenía dieciséis años; en cambio en la otra, se podía
apreciar a una Carisse más mayor. Ya no tenía aquellos tirabuzones
rojizos que se había hecho para el cumpleaños de Gwyneth sino
que llevaba el cabello con las puntas desmechadas y peinado
desordenadamente.
El corazón de Jared comenzó a latir alocadamente dentro de su
pecho. No era absurdo el pensamiento que atravesaba su mente en
ese preciso instante. La prueba estaba allí... justo frente a sus ojos.

Blair tuvo que marcharse de la casa de Gwyneth con las manos


vacías. Se quedó con ella esperando que hablara pero no hubo
manera, Gwyneth no soltaba prenda. Parecía que una razón
poderosa le impedía contar lo que había sucedido la noche en que
Carisse desapareció. Blair ni siquiera tocó el asunto; Gwyneth se
tomó un par de somníferos y rápidamente se quedó dormida. Cerca
de las seis y media un agente se presentó y le dijo que lo enviaba el
detective Collins. Blair, solo por precaución, le pidió que le mostrara
su identificación y se marchó con la tranquilidad de que Gwyneth
estaba segura.
Se dirigió a la casa de sus padres. Se quedaría esa noche y se
marcharía a la mañana siguiente. Lo más probable era que para
entonces, el agente que la protegería ya estuviese disponible.
Conocía a Jared lo suficiente como para saber que si hubiera
podido, él mismo se habría apostado en la puerta de su casa para
protegerla. Sonrió ante la idea; pero la sonrisa se le borró de la cara
cuando al llegar al hogar de sus padres vio una patrulla de la policía
estacionada en la calle. Se bajó del coche y corrió hacia el porche.
Allí se encontró con una escena angustiosa: Dan Gilbert trataba de
calmar a su esposa, que había caído presa de un ataque de nervios.
No cesaba de llorar y balbucear palabras que Blair no alcanzaba a
comprender.
Se acercó y se arrodilló frente a su madre.
—¿Mamá, papá, qué sucede? ¿Qué hace la policía aquí?
Dan la miró; tenía los ojos humedecidos por el llanto.
—Alguien entró mientras estábamos fuera, cariño —le explicó su
padre.
Blair seguía sin comprender. En ese momento un policía se
acercó por detrás y descubrió que se trataba del compañero de
Jared.
—Raze, ¿qué pasa? —Se puso de pie e intentó entrar a la casa.
Raze la detuvo.
—Será mejor que no entres —le dijo.
Blair miró a sus padres, pero no podía esperar que ellos le
dijeran qué estaba sucediendo. Dan Gilbert apenas podía con su
acongojada esposa.
—Necesito saber qué pasa —insistió Blair, y haciendo un
esfuerzo sobrehumano consiguió zafarse del agarre del detective
McCue.
Entró en casa y frenó en seco. Se le heló la sangre cuando vio la
cuerda colgando de la viga de la sala.
—¡Oh, Dios mío! —Se llevó la mano a la boca para evitar pegar
un grito de terror. Todo el pasado se le vino encima de golpe; si
cerraba los ojos, incluso podía ver el cuerpo de su hermana
colgando laxo e inmóvil de la cuerda; con su rostro hinchado, la piel
azulada, los ojos abiertos, en una expresión macabra. Solo había
cambiado el escenario.
Sin darse cuenta, comenzó a temblar. Raze, que estaba de pie
detrás de ella, colocó ambas manos sobre sus hombros.
—¿Estás bien?
Blair pareció no escucharlo.
—Blair...
Entonces, como quien reacciona lentamente frente a una
experiencia traumática, Blair se echó a llorar desconsoladamente. A
Raze se le partió el alma y sin dudarlo, la estrechó entre sus brazos.
En ese preciso momento, Jared irrumpió en la sala. Había
recibido una llamada de Berta donde le informaba que algo había
ocurrido en la casa de los padres de Blair durante su ausencia.
Cogió su camioneta y como un poseso se dirigió hasta la propiedad
de los Gilbert, con la incertidumbre de no saber qué se encontraría a
su llegada.
Sus ojos se desviaron por un segundo de Blair, que lloraba en
los brazos de Raze McCue, hacia la gruesa cuerda de nylon que
colgaba del techo de la sala. El asesino había llegado demasiado
lejos y se empeñaba en traer el pasado de regreso. Primero el
mechón y la fotografía de Carisse, y ahora aquella puesta en escena
macabramente armada, con la única intención de remover viejas
heridas. Quiso acercarse a la cuerda para observarla más de cerca,
pero en ese preciso momento Blair pareció percatarse de su
presencia y lo miró a los ojos. Entonces se separó de Raze McCue y
se arrojó a sus brazos. Jared la estrechó con fuerza, olvidándose de
su compañero y de la soga que colgaba a tan solo un par de metros
de ellos. Cerró los ojos y apoyó el mentón en la cabeza de Blair. Ella
estaba temblando y no cesaba de llorar. Lentamente la sacó de la
sala y la llevó hasta el porche. Allí, Dan también se esforzaba por
contener a su esposa.
Unos pocos minutos después, llegaron los criminalistas para
hacer su trabajo. Jared le pidió a Raze que interrogara a los vecinos
para saber si alguien había visto algo; él prefería quedarse con Blair.
Se sentó con ella en la escalinata del porche. Ya no la abrazaba,
pero sostenía su mano con fuerza. Había logrado calmarse un poco:
seguía temblando como una hoja pero al menos ya no lloraba. Jared
ni siquiera podía imaginarse lo terrible que había sido para Blair
llegar a su casa y encontrarse con aquella cuerda colgando del
techo de la sala. Maldijo en silencio en más de una oportunidad por
haber permitido que algo así sucediera. Habría hecho lo que fuese
para que ni Blair ni sus padres hubiesen atravesado por semejante
mal trago. Ahora más que nunca sentía que tenía que acabar con
aquella pesadilla de una vez por todas. No quería que nadie más
muriera en nombre de una venganza absurda. No quería que Blair
sufriera...
Una vez que los peritos retiraron la cuerda y escudriñaron la
escena en busca de alguna pista, Jared acompañó a Blair a la
cocina mientras Dan llevaba a Gloria a su habitación para que
descansara un poco.
—¿Quieres que te prepare un té o prefieres un vaso de agua? —
preguntó Jared soltando a Blair por un segundo para ir hacia la
cocina.
Blair agarró su mano y no le permitió dar un solo paso más.
—No... no quiero nada. Solo necesito que te quedes a mi lado —
le pidió con la voz apagada. Parecía que de repente la Blair
impetuosa y vivaz que él conocía había desaparecido para dar paso
a una Blair sombría y apesadumbrada. Apretó su mano y le sonrió.
—Todo va a ir bien.
Ella apenas asintió.
—¿Qué es lo que quiere de mí, Jared? ¿Por qué me hace esto?
Jared se sentó en el taburete y movió su cabeza en un claro gesto
de desconcierto.
—Yo no estaba esa noche y sin embargo, quien quiera que esté
detrás de toda esta pesadilla, se empeña en hacerme pagar por
algo que no hice...
—Vamos a descubrir la verdad, Blair. El caso de la desaparición
de Carisse será reabierto y espero poder encontrar algo del pasado
que nos ayude a dilucidar qué está sucediendo.
Blair entonces recordó la foto de Carisse que había recibido
Gwyneth; no había tenido oportunidad de conversar con Jared al
respecto y, aunque ahora no se encontraba en condiciones de
hablar largo y tendido sobre el asunto, necesitaba saber qué
pensaba él de la fotografía.
—Jared... la foto de Carisse, ¿las has visto bien?
La pregunta de Blair no sorprendió a Jared lo más mínimo. Muy
por el contrario, presentía que ella compartía sus sospechas.
—Sí, ¿y tú?
Parecía que ninguno de los dos quería exponer su teoría en
primer lugar por temor a equivocarse.
—Sí, la verdad es que cuando vi esa foto me quedé
consternada. Jared... —Ni siquiera se atrevía a decirlo en voz alta.
Era más sencillo guardar aquella sospecha descabellada en su
mente; aun así, tenía que decirle a Jared lo que pensaba—... esa
fotografía demuestra que Carisse no murió esa noche en el río
Willamette.
Jared dejó escapar el aire contenido en los pulmones. Se sentía
más tranquilo ahora que sabía que Blair pensaba lo mismo que él.
—Sí, eso es lo que parece. En la imagen se puede ver a una
Carisse mayor; quizá con unos diez años más de los que tenía en el
momento de su desaparición —aseveró Jared.
—También noté que ya no llevaba sus brackets —señaló Blair—.
Y su cabello, ¿lo has visto? Parecía... descuidado —dijo buscando
el adjetivo correcto.
Jared no había reparado en ese peculiar detalle cuando vio la
fotografía por primera vez debido a la conmoción del momento, pero
ahora que lo pensaba con más calma, Blair tenía razón.
Jared, Carisse puede estar viva...
Él soltó su mano y se dirigió hacia la ventana que daba al patio
trasero de la propiedad de los Gilbert. Descubrir después de quince
años que Carisse no había muerto era demasiado hasta para un
hombre como él.
—Si lo está, ¿por qué nunca apareció?
Blair no podía responder a la pregunta que le acababa de
formular Jared. Estaba demasiado confundida y perturbada por lo
sucedido como para pensar razonablemente en otra cosa que no
fuera el hecho de que alguien se había metido en la casa de sus
padres y había escenificado de manera cruel el momento más
trágico de la familia Gilbert.
Cuando vio que Jared continuaba dándole la espalda, supo que
él estaba tan perturbado como ella; por supuesto, por distintas
razones. La posibilidad de que Carisse estuviera viva había
removido algo en su interior. No era para menos. Blair trató de
adivinar qué sentía realmente Jared ante aquel descubrimiento.
¿Estaría feliz o asustado? ¿Ansioso por saber más o temeroso de
descubrir algo que no fuera de su agrado? Después de todo, si
Carisse efectivamente estaba viva... ¿quién más que ella querría
cobrarse venganza por lo sucedido quince años atrás?
Blair se levantó del taburete y caminó hacia Jared. Le hubiese
gustado tanto darle un abrazo en ese momento para que pudiera ver
que él también podía contar con ella... Pero no supo si por cobardía
o prudencia, no lo abrazó ni le dijo una palabra de aliento;
simplemente se quedó detrás de Jared, acompañándolo en su
silencio.
De repente, él se dio media vuelta y le clavó la mirada.
—Si Carisse está viva, la voy a encontrar. ¿Cuento contigo?
Blair asintió, tratando de adivinar qué se escondía detrás de
aquella determinación, de aquella petición que él le hacía casi al
borde del llanto. Se le estrujó el corazón solo de pensar que Jared
quizá quería volver a ver a Carisse porque aún la amaba. Contuvo
sus propias lágrimas que amenazaban con salir y esbozó una tibia
sonrisa.
Jared la necesitaba... y ella estaría a su lado. Dejaría sus
sentimientos de lado y haría su mayor esfuerzo por ayudarle.
Esa tarde, después de que él se marchara, Blair corrió a su
habitación y lloró desconsoladamente sobre su cama. Acababa de
descubrir que amaba a Jared Collins como jamás había amado a
nadie en su vida. Sin embargo, era plenamente consciente de que
no era correspondida. Por esa razón, se armaría de coraje, juntaría
fuerzas de donde fuese y enterraría el amor que sentía por él en lo
más hondo de su corazón.
Cuando su llanto se detuvo, Blair dejó escapar un suspiro
lastimero. Apoyó la cabeza en la almohada e intentó dormir, pero no
pudo hacerlo...
Capítulo 16

Cuando Raze le informó a Jared que ninguno de los vecinos


había visto nada raro alrededor de la casa de los Gilbert, sintió que
el callejón sin salida en el que se había convertido el caso se hacía
cada vez más denso y misterioso. ¿Cómo era posible que nadie
hubiera visto nada? El hecho había ocurrido a plena luz del día y un
sujeto desconocido habría llamado la atención de cualquiera de los
vecinos.
—Según los peritos, alguien forzó la entrada posterior de la casa.
Entró por el patio trasero, y pudo escabullirse sin ser visto. El señor
Gilbert nos dijo que la puerta que daba al jardín raramente se
cerraba; mucho menos durante el día —aseveró Raze mientras se
dejaba caer en la silla.
—Seguramente tampoco hay huellas o restos en la cuerda —
supuso Jared, molesto porque el caso no avanzaba.
—Ahí te equivocas. El perito ha conseguido restos de tejido
epitelial entrelazado con los hilos de la cuerda; extrajo un perfil de
ADN, y solo necesitamos una muestra para compararla.
No era un gran avance pero no se podían quejar.
—¿Alguna novedad de la fotografía que envié a analizar? —
preguntó Jared de repente, incapaz de disimular su interés por
aquella evidencia en particular.
Raze sabía que estaba hablando de la fotografía que había
recibido Gwyneth Matheson.
—Todavía no, pero Joseph, el experto en digitalización de
imágenes, me prometió que tendría los resultados del peritaje para
mañana a lo sumo.
Jared no necesitaba de ningún examen para constatar que la
mujer de la fotografía era Carisse. Aun así, debía seguir los
procedimientos de investigación para poder presentarle a Margaret y
Theodore Jordan una prueba irrefutable de que su hija no había
muerto la noche en que cayó al río. Sin embargo, Jared se negaba a
creer que Carisse fuera quien estuviera detrás del asesinato de
Holly Sherman y el acoso a Blair y a Gwyneth. Además, ¿quién
conducía el Sedán gris? ¿Un cómplice? Si era así, ¿quién podría
secundar a Carisse en su venganza? ¿Y si era la misma Carisse
quien conducía el Sedán? Nunca habían visto a la persona que iba
detrás del volante. La idea le pareció algo absurda pero no podía
descartarla. El misterio crecía día a día y Jared odiaba no obtener
respuestas a las incógnitas.
Empezaría a desentrañar toda aquella trama; era la única
manera de llegar a la verdad. Lo primero que haría sería pedirle a
los chicos del laboratorio forense que comparasen el ADN hallado
en la cuerda dejada en la casa de los Gilbert con el ADN del cabello
de Carisse. Necesitaba pruebas, no meras sospechas. Lo segundo
que haría sería revisar los archivos del caso de la desaparición de
Carisse. Las cuatro cajas que habían enviado desde el juzgado
habían llegado ese mediodía y apenas tuvo tiempo para echarles un
vistazo después de llegar de casa de los padres de Blair. Miró el
reloj y luego observó a su compañero. Era tarde y no tenía ganas de
quedarse en la oficina hasta bien entrada la noche.
—Creo que me llevaré la mitad de esas cajas para revisarlas en
casa. —Alzó una ceja de manera interrogante—. ¿Te llevas tú la
otra mitad, McCue?
Raze se rascó la barbilla.
—¿Acaso tengo opción? —preguntó sonriendo.
—Por supuesto que no.
—Está bien; de todos modos no tenía planes para esta noche. —
Se puso de pie y separó dos de las cuatro cajas para llevárselas a
su casa.
—Si surge algo, me avisas de inmediato. Creo que me
mantendré despierto toda la noche —le dijo Jared mientras
observaba cómo su compañero iba sacando las cajas fuera de su
oficina.
—De acuerdo, nos vemos mañana —se despidió Raze sacando
la última de las cajas.
Cuando se quedó a solas, permaneció en su silla durante un
buen rato, dejando que pasaran los minutos. De tanto en tanto, sus
ojos se posaban en las dos cajas apiladas en un rincón de su
oficina. No iba a ser sencillo remover el pasado pero debía hacerlo.
De sus labios brotó un suspiro. No ganaba nada con quedarse allí,
así que se puso de pie, se colocó sus gafas de sol y llevó las cajas
que contenían el caso de Carisse a su camioneta.
Sin duda, aquella iba a ser una noche larga.

Blair se levantó cerca de las siete y bajó a la cocina, donde se


encontró a su padre preparando la cena.
—Mi niña, ¿estás bien? —le preguntó Dan abandonando su
tarea de cortar las verduras por un segundo para darle un beso a la
frente a su hija.
—Sí, papá. ¿Y mamá?
—Tuve que darle una de sus pastillas para dormir, estaba
demasiado intranquila, no dejaba de llorar...
Blair se arrojó a los brazos de su padre. Necesitaba tanto de un
abrazo suyo; no quería llorar, debía ser fuerte no solo por ella misma
sino también por su madre. Gloria aún no se había recuperado de la
muerte de Paige, a pesar del tiempo trascurrido. Seguía sufriendo,
muchas veces en silencio, por la decisión trágica que había tomado
su hija el día que se suicidó. No era justo que alguien viniera ahora,
después de quince años, a escarbar en el pasado con la única
intención de hacer más daño.
—Perdón por haceros pasar por todo esto —se disculpó Blair
con la cabeza apoyada en el hombro de su padre.
Dan la apartó y la miró con el ceño fruncido.
—Tú no tienes la culpa de nada, Blair.
—Sí, papá, de alguna manera... es culpa mía. Alguien está
buscando venganza y quiere hacerme pagar a mí por lo que le
sucedió a Carisse Jordan.
—¿Qué dices? —Dan sujetó a su hija de los brazos. El
desconcierto se había instalado en sus ojos azules.
Blair respiró profundamente, supo en ese momento que no tenía
más remedio que contarle a su padre todo lo que estaba
sucediendo.
—Ahora entiendo muchas cosas —comentó Dan después de oír
el relato de su hija—. Cariño, ¿por qué nos has ocultado todo esto?
Blair percibió no solo reproche en la voz de su padre, sino
también preocupación.
—No quería involucraros en toda esta locura; mamá no lo habría
soportado...
—Escúchame bien. —Dan se puso más serio de lo que ya
estaba—. Eres nuestra hija y tenemos derecho a saber lo que está
sucediendo. Perdimos a Paige... y no estamos dispuestos a perderte
a ti también. —Apretó las manos de Blair entre las suyas e hizo un
enorme esfuerzo por no llorar. Había conseguido mostrarse fuerte
frente a Gloria, pero el peso de la angustia estaba a punto de
vencerlo. Su hija también lo necesitaba—. Te quedarás con
nosotros.
Blair se dispuso a protestar, aunque hacerlo significara
desobedecer a su padre.
—No, papá, regresaré a mi casa mañana mismo; Jared me
pondrá custodia y no habrá nada que temer —le dijo para calmar su
angustia, a sabiendas de que nada tranquilizaría a su padre en ese
momento.
—Blair, por favor...
—No insistas, papá. No voy a quedarme; hacerlo sería aceptar
que quien está detrás de todo esto ha vencido la batalla y no estoy
dispuesta a dejar de luchar. Volveré a mi casa, y llevaré a Pottsey
conmigo. Seguramente la señora French no tarda en regresar. Jared
cuidará de mí, papá. —Blair se quedó callada de repente cuando
notó que su padre la miraba fijamente, como si quisiera escudriñar
dentro de ella.
—Parece que tú y ese muchacho estáis muy cerca últimamente
—comentó sin apartar los ojos del rostro de Blair, que lentamente
comenzaba a ruborizarse.
—No sé a qué te refieres —dijo Blair yendo hacia la mesada
para cortar las verduras de la cena. Necesitaba desviar la atención
de su padre. No quería que descubriera que estaba enamorada de
Jared, y si la miraba a los ojos, Dan Gilbert vería en ellos la verdad.
Dan no dijo nada durante unos segundos. Se dio cuenta de
inmediato que su hija prefería evadir aquel tema. Se acercó a ella y
se puso a lavar unas zanahorias que Blair acababa de pelar.
—A propósito de Jared Collins, esta tarde cuando pasamos por
su casa con tu madre, hemos sido testigos de una escena bastante
desagradable.
Blair dejó lo que estaba haciendo y se secó las manos con un
paño.
—¿A qué te refieres?
—Vimos cómo Jared arrastraba fuera de su casa a Luke Collins;
llevaba una maleta y el viejo no parecía querer irse. Los vecinos
salieron a ver qué pasaba; nosotros seguimos nuestro camino pero
no pudimos evitar ver lo que estaba sucediendo. Creo que ese
muchacho tardó mucho tiempo en tomar cartas en el asunto, y su
padre ya ni siquiera podía sostenerse en pie... El maldito alcohol...
—añadió moviendo la cabeza hacia ambos lados.
Lamentablemente, su padre tenía razón. Ella misma había sido
testigo del estado deplorable que se cargaba Luke Collins por culpa
de su adicción. Pensó en Jared y en lo mal que lo estaría pasando.
—¿En qué piensas, cariño?
Blair no le respondió de inmediato, pues su mente seguía muy
lejos de allí. Cuando su padre le repitió la pregunta, solo dijo:
—Papá, ¿te molestaría que no cenara con vosotros esta noche?
—No, por supuesto que no —respondió Dan observando
atentamente a su hija mientras se dirigía hacia la puerta de la
cocina. No necesitó preguntarle dónde iba. La expresión de sus ojos
decía más que un millón de palabras. Dan sonrió satisfecho al
tiempo que comenzaba a preparar la cena. Al menos esa noche, su
niña estaría protegida.

Jared acababa de ducharse cuando alguien llamó a su puerta.


Miró la hora en su móvil. Las siete y media. No estaba esperando a
nadie, al menos no se acordaba que alguien tuviera que venir. Por
un segundo pensó en Emily Brendon y su misterioso mensaje en el
contestador. Se había prometido devolverle la llamada pero se había
olvidado por completo de hacerlo. No la creyó tan atrevida como
para aparecer en su casa a esas horas. Descartó de inmediato
aquella posibilidad. Tan rápido como pudo, se puso una camiseta sin
mangas y se subió la bragueta de sus pantalones. Se puso unas
chanclas y cuando pasó junto al espejo se colocó el cabello, aún
empapado, lo mejor que pudo.
Corrió escaleras abajo y al pasar por la sala tropezó con una de
las cajas que se había traído de la oficina. Se aguantó el dolor y
lanzó un par de improperios al aire.
Cuando abrió la puerta y se encontró con Blair, se olvidó del
dolor de su pie y de maldecir por su imprudencia.
—Blair...
Ella le sonrió. Jared parecía bastante acalorado a pesar de que
era evidente que acababa de darse una ducha. Lo observó
rápidamente, sin detenerse demasiado en su escrutinio para no
delatarse frente a él. Estaba guapísimo; vestía sencillamente unos
pantalones vaqueros y una camiseta negra sin mangas. Unas
chanclas cruzadas por delante le daban un toque estival. Llevaba el
cabello mojado peinado hacia atrás, desordenadamente, como si
solo hubiera usado sus dedos para peinarlo. Sus ojos verdes
destellaban más que nunca y a Blair le costó apartar la mirada.
—Hola, Jared. ¿Tienes hambre? —Blair alzó su brazo y le
mostró el banquete que traía consigo.
Jared suspiró. Blair y comida japonesa... Dos manjares
imposibles de resistir.
—Ven, pasa. —Le quitó las bolsas de la mano y al hacerlo sus
dedos entraron en contacto. Blair cerró los ojos por una milésima de
segundo y se encontró a sí misma aspirando su olor. Cuando los
abrió, agradeció que Jared no se hubiera dado cuenta de aquel
pequeño detalle.
Lo siguió hasta la sala y se sentó en el sofá mientras él iba a la
cocina a por unos platos para servir la cena. Al quedarse sola,
esperando a que él regresara, comprendió la dimensión de lo que
acababa de hacer. Presentarse en la casa de Jared había sido quizá
un acto poco sensato de su parte, mucho más cuando quería evitar
a toda costa que descubriera lo que ella sentía por él. Sin embargo,
después de que su padre le contara lo que había visto esa tarde, no
lo dudó ni por un instante. Blair quería estar cerca de él, a pesar de
que la incertidumbre de no saber qué sucedería esa noche entre
ellos le carcomía el cerebro.
Subió una pierna encima del sillón y se apuró a acomodar la
falda de su vestido cuando vio que Jared salía de la cocina.
Él dejó la bandeja con el sushi encima de la mesa de centro y se
sentó a su lado. Blair vio con agrado las dos copas de vino blanco a
un lado de los platos. Una pequeña dosis de alcohol era
precisamente lo que necesitaba en ese momento.
—Espero que el vino sea de tu agrado —dijo él alcanzándole su
copa. Blair bebió un pequeño sorbo. —Delicioso.
Jared se quedó mirándola un instante. Una pregunta rondaba por
su mente desde que la había visto aparecer en su puerta: ¿qué
estaba haciendo ella allí? Se habían visto esa tarde en la peor de
las circunstancias y lo último que esperaba era que Blair viniera
hasta su casa para invitarlo a cenar. La observó a placeré mientras
ella probaba el pescado. Se había puesto un vestido color verde que
le llegaba un poco más arriba de sus rodillas. Ahora que estaba
sentada se le subía un poco y él tenía el privilegio de disfrutar de
buena parte de sus hermosas piernas. Unas finas tiras subían por
los hombros de Blair y terminaban en un nudo en la parte trasera de
su cuello. Se había recogido el cabello en una cola de caballo y
algunos mechones caían a ambos lados de su rostro dándole un
aspecto más juvenil. Estaba más hermosa que nunca y él ardía en
deseos de besarla. Bebió de su vino y dejó la copa encima de la
mesa. Era ahora o nunca. Se inclinó un poco hacia delante pero
Blair cogió de nuevo su copa y bebió su último sorbo de vino. Lo
había hecho adrede, y Jared sonrió para sus adentros.
—¿Qué son esas cajas? —preguntó Blair moviéndose un poco
hacia atrás, poniendo distancia entre ambos.
—Contienen los archivos del caso de Carisse —respondió él
resignándose a que el beso debía esperar.
—¿Ha habido algún avance en la investigación? ¿Has sabido
algo de lo sucedido en mi casa esta tarde?
De lo que menos quería hablar Jared en ese momento era de la
investigación, pero comprendía el interés de Blair por saber. Un
pensamiento atravesó su mente en ese momento... ¿sería ese el
motivo que se escondía en su repentina visita? Jared se negaba a
creer que Blair se hubiera presentado en su casa con el único
objetivo de sonsacarle información.
—El forense encontró restos en los hilos de la cuerda y logró un
perfil de ADN —le informó.
—Pero no tienes con qué compararlo —alegó Blair un tanto
desesperanzada.
Jared se quedó en silencio durante unos segundos.
—Le pedí al forense que lo comparara con el ADN de Carisse...
Blair fue quien se quedó muda ahora. No porque la idea le
resultase descabellada, sino porque en el fondo aún se negaba a
creer que Carisse hubiese sido capaz de un acto tan horrendo.
—¿Y la fotografía? ¿Han conseguido algo con ella?
Jared se removió en su sitio y Blair percibió su inquietud.
—La está analizando un experto. Tendremos algún resultado
mañana.
Blair sabía que esa dichosa fotografía era la pieza clave de todo
aquel rompecabezas, la prueba de que Carisse no había muerto la
noche en que desapareció. Claro que eso no significaba que fuese
ella quien estaba detrás de los anónimos y del acoso del que había
sido víctima. Tampoco probaba que fuese quien asesinó a Holly,
pero era la punta del ovillo... Solo había que tirar para ver qué había
oculto en la madeja.
—¿Puedo...? —preguntó Blair de repente mirando hacia las dos
cajas apiladas en un rincón.
Jared vaciló por un segundo, pero cuando vio el brillo en los ojos
de Blair comprendió que no había nada de malo en que ella le
echara una mano con los expedientes. No solo se le haría menos
pesado el trabajo a él sino que disfrutaría de su agradable
compañía.
Minutos después, habían dispuesto las más de veinte carpetas
alrededor de la mesa, y para estar más cómodos se sentaron en el
suelo, sobre la alfombra.
Leían con atención los informes del caso, en completo silencio.
De vez en cuando, Jared alzaba la vista y se deleitaba con el cuello
de Blair o el rojo de sus labios. La verdad era que estaba
empezando a perder la concentración.
—Aquí dice que Carisse salió esa noche en su bicicleta —acotó
Blair mostrándole a Jared uno de los informes.
—Sí, solía usarla para ir hasta el valle en donde nos
encontrábamos.
—¿La bicicleta apareció?
Jared leyó por segunda vez los documentos que sostenía en su
mano. En ninguno de los que había leído hasta el momento se
mencionaba la bicicleta de Carisse. Pero no era algo extraño: la
policía había inspeccionado el lugar después de conocerse el
contenido de la carta que había dejado Paige antes de suicidarse.
En el tiempo que trascurrió desde que Carisse se cayó al río hasta
que dieron con el punto exacto donde todo había ocurrido,
cualquiera pudo encontrar la bicicleta y llevársela.
—No hay ningún registro. McCue se llevó las otras dos cajas; le
preguntaré a él mañana.
Blair asintió y siguió leyendo, plenamente consciente de la
mirada de Jared sobre ella.
—Aquí hay una nota de uno de los policías que trabajó en el
caso —dijo Jared—. Escribió sobre la razón que llevó a Carisse a
salir de su casa esa noche e internarse en el bosque. —Hizo una
pausa cuando vio su propio nombre escrito en el informe—. Dice
que, supuestamente, Carisse iba a encontrarse conmigo... No dice
más nada.
—Pero eso no es verdad —adujo Blair.
Jared asintió.
—Entonces alguien más la citó allí esa noche.
—No lo creo; si como sospechamos, el asesinato de Holly está
relacionado con la desaparición de Carisse, ella fue allí esa noche
porque creía que iba a encontrarse conmigo. El árbol donde
solíamos vernos y en donde grabamos nuestros nombres estaba a
tan solo unos pocos metros de donde apareció el cuerpo de Holly.
—¿Alguien más sabía que tú y ella os encontrabais
precisamente allí?
—No lo creo. Carisse solía ser bastante discreta con esas cosas.
Blair entonces recordó la conversación que había escuchado sin
querer entre Carisse y su hermana durante la fiesta de cumpleaños
de Gwyneth Matheson. Carisse le estaba contando a Paige que
Jared le había pedido que hicieran el amor; al parecer no era tan
discreta como Jared pensaba.
—Pudo contárselo a sus amigas —repuso Blair.
—Tal vez. Eso permitiría explicar el motivo que llevó a Carisse a
salir de su casa aquella noche.
—¿Las muchachas habrán sido capaces de hacerle creer a
Carisse que tú la estabas esperando en el bosque? ¿Con qué
propósito?
—No lo sabemos; y si Gwyneth y Emily siguen guardando
silencio, nunca lo sabremos.
—Paige mencionó en su carta que solo querían darle un susto...
—Lo que nos lleva a un nuevo misterio: ¿por qué querrían
asustar a Carisse?
—¿Carisse nunca te comentó nada con respecto a su relación
con sus amigas?
Jared negó con la cabeza.
—Todo marchaba bien entre ellas. Siempre andaban las cuatro
juntas de arriba para abajo. No noté nada extraño en Carisse los
días antes de su desaparición.
—Tampoco noté nada en Paige —concordó Blair cerrando la
carpeta que acababa de revisar.
—Tiene que haber algo más; algo que se nos está escapando.
A Blair le gustaba que hablara en plural, como si ellos fueran un
equipo. El ritmo de su corazón se aceleró de repente. No podía ser
tan tonta, Jared solo estaba hablando del trabajo de investigación.
—Intenté hablar con Gwyneth pero fue imposible. Cuando la
acompañé a su casa, lo único que hizo fue tomarse un par de
pastillas y echarse a dormir. Puedo regresar e intentar hablar con
ella una vez más... —Se quedó mirando a Jared, esperando su
anuencia.
—Está bien, yo haré lo mismo con Emily.
Blair no se esperaba aquello. La idea de que Emily Brendon
estuviera cerca de Jared no le agradaba lo más mínimo.
—Os he visto juntos en el cementerio —comentó de repente,
tratando de sondear cómo estaba la situación.
—Sí, llevábamos quince años sin vernos.
—Se... se mostró bastante efusiva contigo. ¿Erais cercanos en el
pasado?
Jared notó el rictus severo en la boca de Blair; estaba molesta.
No, no estaba molesta... ¡Blair se había puesto celosa!
—Era la amiga de Carisse, nada más. ¿Por qué lo preguntas? —
Alzó una de sus cejas y la miró fijamente.
—Por nada —respondió Blair mientras jugaba con el bajo de su
vestido—. Simple curiosidad. ¿Has encontrado algo más en los
informes?
La pregunta descolocó a Jared. De repente, ella se había puesto
a la defensiva.
—Lo que ya sabemos. Después de... de la muerte de tu
hermana, la policía interrogó a Gwyneth, a Emily y a Holly, pero las
tres sostuvieron la misma versión: que habían ido al bosque para
acampar y que Carisse se había caído al arroyo por accidente.
—No creo que ellas conocieran el contenido de la carta que dejó
Paige, ¿cómo dijeron entonces lo mismo? —preguntó Blair más
desconcertada que antes—. Era imposible que lo hiciesen si no
sabían lo que mi hermana había dejado dicho en su carta.
—Sí, lo más probable es que hubieran hecho algún juramento
entre ellas, que hubieran urdido una mentira para no delatarse, y la
policía no tuvo más remedio que creerles cuando cada una de ellas
relató lo sucedido esa noche. El cuerpo de Carisse nunca apareció y
así el caso se cerró. Lamentablemente, no todos consiguieron dejar
lo sucedido en el olvido. Mi padre fue uno de ellos...
Blair dejó la carpeta encima de la mesa y rozó la mano de Jared.
—Me enteré de lo de tu padre.
Él la miró.
—¿Cómo te has enterado?
—Mis padres me lo dijeron. Te vieron sacar a Luke a la fuerza de
la casa con una maleta. No fue difícil adivinar qué estaba
sucediendo.
Jared soltó un suspiro lastimero. Ahora creía comprender el
motivo de su visita.
—Tenía que hacerlo, ya no sabía como ayudarlo. La bebida
estaba destruyendo nuestras vidas. —Acarició los dedos de Blair
suavemente—. Hay algo que no te he dicho y cuando lo sepas sé
que me odiarás.
"¿Odiarte? Jamás", pensó Blair. Nunca antes había sentido un
amor más grande y nada de lo que le dijera Jared haría que ella lo
odiara.
—¿De qué se trata? —preguntó calmadamente.
—Fue él quien hizo la llamada a la casa de tus padres.
Capítulo 17

Blair trató de asimilar lo que Jared acababa de decirle pero no


fue sencillo. Sabía que Luke Collins no la veía con buenos ojos y
que no le agradaba que estuviera cerca de su hijo, pero jamás se
imaginó que llegase a tanto. El rencor que guardaba hacia Paige y
hacia ella no había aminorado con el tiempo; muy por el contrario,
parecía crecer cada vez más. Una cosa era demostrarle su continuo
rechazo, pero otra muy diferente era haberse atrevido a llamarla a
casa de sus padres con la única intención de asustarla.
Miró a Jared directamente a los ojos, tratando de buscar alguna
explicación, pero cayó en la cuenta que él estaba más dolido que
ella.
—Lo lamento mucho, Blair, en serio. Cuando lo supe, comprendí
que era el momento de actuar. Mi padre no tenía derecho a hacer lo
que hizo... ni tampoco tiene por qué sentir rencor hacia ti. No quiero
justificarlo porque no se lo merece, pero la bebida ha destruido su
vida... Lo ha convertido en un hombre lleno de resentimientos. —Se
mordió el labio inferior y no apartó la mirada de ella.
Blair tragó saliva. Ahora era él quien necesitaba una muestra de
apoyo; por eso, sin siquiera titubear, Blair apretó su mano y esbozó
una sonrisa. Él no era culpable del odio de su padre, solo era una
víctima más de su terrible vicio. La ira que podía haber sentido hacia
Luke Collins cuando supo lo que había hecho, se disipó de
inmediato cuando miró a Jared a los ojos y se perdió en su mirada.
En ese preciso momento tenía deseos de estrecharlo entre sus
brazos, y por primera vez no se cuestionó si lo que estaba a punto
de hacer estaba bien o mal; hizo lo que le nacía desde lo más
profundo de su alma. Alzó su mano y acarició el rostro de Jared. Lo
instó a que se acercara y ella misma llevó su cabeza hasta su
pecho; sus dedos se enredaron en el cabello masculino mientras
Jared se apoyaba suavemente sobre su hombro.
Permanecieron en aquella posición durante unos cuantos
minutos. Jared, abrazado a Blair, totalmente embriagado por el
perfume de su cabello. Solo se escuchaba el tenue sonido de sus
respiraciones. Blair, inconscientemente, comenzó a dibujar
pequeños círculos en la espalda de Jared.
Se sentía tan bien así, uno abrazado al otro, sin decir nada,
olvidándose de los problemas y del mundo que los rodeaba.
De repente, Jared levantó un poco la cabeza y hundió su rostro
en el cabello de Blair. Ella dejó de dibujar círculos en su espalda
cuando sintió la boca masculina besando su cuello. No hizo nada
para detenerlo cuando él subió un poco más y comenzó a juguetear
con el lóbulo de su oreja. Un electrizante cosquilleo la recorrió de
arriba abajo. Sus manos se deslizaron por el torso de Jared y se
apoyaron delicadamente sobre su pecho. Jared creyó que lo que
intentaba hacer ella era alejarse, por eso abandonó el tibio rincón de
su cuello y se apartó, pero solo para mirarla fijamente a los ojos. No
tenía ninguna intención de dejarla escapar. No esta vez.
Jared permaneció allí quieto, largo rato, antes de que la dureza
de su voz penetrara el tibio aire nocturno que se colaba por la
ventana.
—Quiero hacerte el amor, Blair...
Blair sintió cómo su corazón estallaba dentro de su pecho. Le
temblaban las piernas y agradeció estar sentada. No tuvo
oportunidad de decirle nada, porque repentinamente Jared la estaba
besando de nuevo, plena y ávidamente, sin rodeos, y Blair
respondía, ansiosa por la necesidad insatisfecha, retorciéndose
contra él mientras su mano bajaba hasta su entrepierna para frotar
su miembro con un abandono desenfrenado.
Aquella caricia hizo reaccionar a Jared. Se puso de pie y la
obligó a levantarse. Al ver que él se agachaba y colocaba el brazo
detrás de las rodillas para levantarla, Blair lanzó una exclamación de
sorpresa. Con ella en brazos, Jared subió las escaleras hacia su
habitación. Blair le entrelazó sus dedos detrás de la cabeza y se
sujetó a él con fuerza, saboreando la fuerza que manaba del cuerpo
masculino y el fluido movimiento de sus músculos.
—Puedo andar perfectamente, ¿sabes? —dijo ella sintiéndose
de repente una niña.
—No pienso arriesgarme a que te me escabullas una vez más.
Blair inclinó la cabeza hacia atrás y echó a reír; luego la apoyó
nuevamente en el hombro de Jared.
—No voy a escaparme. Deseo esto... te deseo a ti —le susurró
al oído.
Jared apresuró el paso y tras atravesar el umbral de la puerta de
su habitación dejó a Blair en el suelo. Entonces ella se puso de
puntillas y lo besó con pasión. Al mismo tiempo, le tiraba de la
sudadera. Cuando por fin logró quitársela, apoyó las manos sobre
su torso. Ansiaba sentir su fuerza por todas partes.
Jared desató los tirantes de su vestido y, con un suspiro de
anticipación, dejó que el vestido de algodón se deslizara
sugerentemente sobre sus pechos antes de ir a parar al suelo. Ella
no llevaba sostén y sus pechos eran la gloria misma. Blair vio el
fuego en los ojos de Jared y no podía pensar en ningún momento en
el que hubiera ansiado algo tanto como deseaba el contacto de las
manos de Jared sobre sus senos, que estaban henchidos de deseo.
—Jared...
Él la miró con pasión. Comenzó a besarle suavemente el hueco
de los hombros, para luego detenerse sobre la parte superior de los
pechos. Blair se apretó contra él con un gruñido de necesidad. El
deseo se mezclaba desesperadamente con la ansiedad.
Blair, vestida ahora solo con unas braguitas de encaje, se puso
nuevamente en puntillas y apretó los labios contra los de él mientras
deslizaba los dedos hacia abajo, muy hacia abajo, hasta que
lograron acariciar la pesada y dura columna de su virilidad. Jared le
introdujo la lengua en la boca y comenzó a recorrérsela
desesperadamente. Las habilidosas manos de Blair se avocaban
ahora a desabrochar el cinturón, luego lo sacó muy suavemente de
sus pantalones, alargando la agonía. Blair lo miró directamente a los
ojos mientras tiraba del cinturón. Entonces se ocupó de los
vaqueros y con un rápido movimiento le abrió la bragueta. Lo
empujó hacia atrás y lo arrojó encima de la cama. Tiró con fuerza de
sus pantalones y lo dejó completa y gloriosamente desnudo. —
Blair...
—Shhh... no digas nada.
Se arrodilló en la cama y dejó que las yemas de sus dedos se
deslizaran por el torso, los brazos y las manos de Jared. Los
músculos masculinos se tensaban. Muy pronto, ella vio que estaba a
punto de perder el control. Blair se concentró en acariciarle los
bronceados y definidos bíceps. Delineó el tatuaje que tenía en su
brazo derecho mientras él la contemplaba absolutamente excitado.
De repente, vio que los bíceps de Jared se contraían un segundo
antes de que la volviera a tomar entre sus brazos.
Él tomó el mando ahora, así que colocó a Blair en el centro de la
cama.
—Es mi turno —gruñó. Antes de que Blair pudiera responder,
atrapó un seno con la boca.
Lentamente, torturándola con los labios, comenzó a recorrerle el
cuerpo, besando, lamiendo y acariciando. Se detuvo unos segundos
en el piercing que Blair llevaba en su ombligo. Levantó la cabeza
para mirarla.
—¿Y esto?
—Un... un capricho de mi adolescencia —respondió
retorciéndose debajo de él.
La lengua de Jared jugueteó con la pequeña joya y Blair tuvo
que agarrarse a las sábanas con fuerza. En un santiamén se
deshizo de la última prenda que los separaba y así, las finas
braguitas de encaje de Blair fueron a parar al suelo junto a las
demás prendas. Jared se acomodó sobre ella hasta quedar boca
contra boca, pecho contra pecho, con las caderas empezando a
golpear lentamente las de Blair cuando sus propias y acuciantes
necesidades afloraron. Le pasó la lengua por los labios, y con la
mano libre empezó a bajar por la pierna de Blair, rozándole el
contorno con las yemas de manera deliberada.
Ella gimoteó suavemente, retorciéndose con una temeridad
galopante que no podía comprender, mientras sujetaba la cara de
Jared entre sus manos.
—¡Dios mío! —le susurró él en la boca.
Blair se aferró con más fuerza, desesperada por sentir, por
saber, por poner fin a tanto deseo.
Y como si le respondiera, Blair sintió las manos Jared en su
muslo.
—Jared...
—Lo sé.
Tiró de él con frenesí, levantando las caderas para encontrar su
dureza; los ojos cerrados con fuerza, el corazón golpeándole en el
pecho, la sangre corriéndole con fuerza por las venas, latiéndole en
los oídos, ahogando cualquier sonido.
En ese momento, Blair sintió el primer contacto de la mano de
Jared entre sus piernas. Al principio, no estuvo segura de lo que
estaba sucediendo, porque él no hizo ningún movimiento. Pero de
pronto no hubo ninguna duda. Las intenciones de Jared eran claras,
y ella arqueó la espalda al sentir la inmediata y punzante sensación.
Pero Jared la besó con tanta intensidad, con tanta plenitud, que ella
perdió el control de su cuerpo y de su mente. Le colocó la mano
izquierda en la frente, con los dedos agitándose entre su pelo, y con
la otra empezó a acariciarla, dulce pero experimentadamente,
moviéndose rítmicamente encima, primero con un dedo, luego con
otro y al final con todos.
Blair perdió el aliento. No podía pensar, solo sentir. No podía
reaccionar. Jared le estaba haciendo algo muy íntimo, y sin
embargo, era incapaz de articular un pensamiento o de protestar,
porque deseaba que él siguiera así por encima de todo. Se aferró a
sus hombros con las manos rígidas, desesperada por la necesidad,
moviendo ya las caderas contra los dedos rítmicamente a medida
que él aumentaba la velocidad.
Jared le liberó la boca, bajó los labios hasta su cuello y siguió
moviéndose desde la cara hasta el pelo. Su respiración se hizo
áspera cuando le pasó la lengua por la oreja y le acarició el lóbulo,
jugando con él, chupándolo. Blair movió las piernas con desenfreno,
con el cuerpo descontrolado, totalmente ajena a todo lo que no fuera
las caricias que él le prodigaba en su centro. Gimió y se entregó
febrilmente, y Jared prosiguió de manera implacable, en silencio,
posando pequeños besos en sus mejillas, en su mentón, en su
cuello, acariciándola, llevándola a los confines de la tierra.
De repente, Blair se aferró a él con todas sus fuerzas. Abrió los
ojos, y Jared levantó la cabeza para mirarla fijamente. Y fue
entonces cuando ocurrió. Con una increíble intensidad, ella explotó
por dentro, gritando de asombro, de dicha, en un final perfecto para
una avidez deslumbrante.
Jared tragó saliva a duras penas, respirando con violencia
mientras seguía controlándose, y miró fijamente la cara de
perplejidad de Blair, ruborizada y hermosa, cuando alcanzó el clímax
en sus manos. Había ocurrido tan deprisa que no había tenido
tiempo de pensar en el curso de los acontecimientos, hasta que se
vio atrapado en una ráfaga impetuosa que había llevado a Blair más
allá del límite.
Ella se estremeció y cerró los ojos, apartándose de él. Jared le
acarició la frente con el pulgar y le puso la cabeza en el pecho, con
el corazón rugiéndole todavía mientras escuchaba el pulso rápido y
acompasado de Blair, y el cuerpo ardiéndole con un deseo que,
sabía instintivamente desde el principio, no sería satisfecho. Todavía
no había retirado los dedos de entre las piernas de Blair y podía
sentir su humedad, caliente y suculenta, invitándolo a entrar y a
satisfacer su ansia. Sentía una increíble necesidad de tocarla allí.
Jared aspiró profundamente el olor de la piel y el pelo de Blair,
disfrutando de la exuberancia de sus pechos y de su sinuosa
cadera. Blair estaba tumbada sin moverse medio debajo de él y lo
único que se oía de ella era su respiración acompasada, Jared no
dijo nada, no hizo nada, se limitó a seguir abrazándola y permitir que
Blair recuperase el temple a medida que aceptaba lentamente todo
lo que acababa de ocurrir. Pero no pudo resistir por mucho tiempo
más.
Le lamió el lóbulo de la oreja y le acarició el cuello con la mejilla;
después, bajó la cabeza hacia donde quería estar en realidad.
Instintivamente, encontró uno de sus senos con la boca, y lo devoró
con besos suaves y húmedos. Blair se retorció en la cama y gimió
incluso antes de que Jared le acariciara el pezón con la punta de la
lengua.
Jared escuchó complacido los pequeños jadeos, los gemidos
roncos que escapaban de los labios de Blair. Después, envolvió el
pezón con la lengua y se lo metió en la boca. Ella arqueó la espalda
y se estremeció; él apretó su cuerpo contra el de ella para absorber
el temblor y sentir la piel tersa y trémula. Siguió acariciándola hacia
abajo, comiéndosela a besos y lametazos. Blair se retorcía debajo
de él y se estremeció cuando él dejó un rastro de besos en la cara
interior de sus muslos. Fue subiendo hasta su vientre y se entretuvo
nuevamente con el piercing que decoraba su ombligo. Blair sonrió
con los ojos cerrados mientras él sembraba besos en su abdomen.
La necesidad acuciante que latía en su entrepierna provocó que
Blair enredase sus dedos en el pelo de Jared y lo empujara hacia
adelante, hasta que él quedó encima de ella una vez más.
Jared buscó su boca y la besó. Fue un beso largo, lento, y
sensual. Él movió sus labios sobre los de ella, luego introdujo su
lengua dentro de su boca, celebrando el dulce sabor de ella. Jared
se movió y se posicionó para entrar en ella. Lentamente, Jared se
deslizó por su interior y comenzó a formar círculos alrededor de su
centro. Blair sintió cómo la sangre le hervía en las venas; el deseo
creció hasta un punto insoportable. Las embestidas de Jared se
hicieron más insistentes y aceleradas.
—Jared... —murmuró Blair, con el rostro suave y lánguido, los
labios sonrosados y henchidos por sus besos. Estaba tan hermosa,
y su voz era tan seductora, que a él le hervía el cuerpo de deseo.
Era increíble, maravilloso. La carne de Blair se abría y lo
aferraba, y sus muslos firmes asían las caderas masculinas. Ella
perdió el aliento y ocultó su rostro en el cuello de Jared. Luego se
estremeció y comenzó a moverse debajo de él. De pronto, su
miembro palpitante sintió la caricia de las diminutas contracciones
que invadían el cuerpo de Blair.
Ella dejó escapar un sonido suave y gutural que llegó hasta el
alma de Jared. Golpeó contra ella, incapaz de contenerse, mientras
sentía que los dedos femeninos se clavaban en su espalda.
Después, el cuerpo de Blair se relajó solo un poco. Esa señal lo
desató por completo, y Jared se derramó dentro del cuerpo de la
muchacha, al tiempo que recorría sus mejillas con los labios.
—Jared... —oyó susurrar su nombre en labios de Blair mientras
su mente se despejaba.
Jared sonrió y se acostó junto a ella, de espaldas. Miraba fijo
hacia arriba. Mientras intentaba recuperar el aliento. Una intuición
demasiado vaga como para poder definirla hizo que Blair se pusiera
de costado y apoyara la mejilla contra el hombro masculino. La
mano de él buscó la suya y los dedos de ambos se entrelazaron.
Blair trató de vencer la imperiosa necesidad de echarse a llorar.
No sabía qué demonios le sucedía. Acababa de entregarse a Jared
y había sido uno de los momentos más maravillosos de su vida. Sin
embargo, no podía dejar de pensar en las sombras que acechaban
a su alrededor. Percibió cierto atisbo de nostalgia en los ojos de
Jared. ¿Acaso se sentía culpable por haberse acostado con ella?
¿Nunca conseguiría dejar el pasado atrás? Sus ojos se desviaron
hacia la mesita de noche, donde estaba la foto de Carisse, en el
mismo sitio donde ella la había encontrado.
Blair sintió entonces que el fantasma de Carisse había estado
con ellos, en aquella cama, mientras hacían el amor. Se levantó de
un salto y recogió su ropa del suelo. No tenía nada más que hacer
allí.
—¿Qué haces? —le preguntó Jared sentándose en la cama.
—Me marcho. —Se vistió lo más deprisa que pudo y evitó en
todo momento de mirarlo a los ojos.
—¿Por qué?
Blair se mordió el labio inferior. No había planeado decírselo pero
ya no aguantaba más.
—¡Porque no quiero compartirte con un fantasma! —le gritó.
Jared se quedó estupefacto, con los ojos fijos en la espalda de
Blair, tratando de asimilar lo que acababa de soltarle. Reaccionó
cuando ella se dirigió hacia la puerta; la alcanzó y la sujetó del
brazo.
—¡Déjame ir, Jared!
—¡No, hasta que me digas qué demonios quieres decir con eso
de compartirme con un fantasma! —le replicó girándola hacia él
para poder mirarla a la cara.
Blair lo miró. ¡Dios! ¿Es que acaso él no se daba cuenta de que
aún sentía algo por Carisse Jordan?
—Nunca has dejado de amarla, Jared...
—¿Qué dices? —Jared parecía estar más confundido que antes.
—¡Aún amas a Carisse! ¡Después de todos estos años... la
sigues amando! —le gritó a punto de quebrarse.
Durante unos cuantos segundos, Jared no dijo nada, solo se
miraron el uno al otro en absoluto silencio. Blair, temiendo que él
confesara que tenía razón; Jared, en cambio, estaba tratando de
comprender por qué ella le salía con semejante planteamiento.
¿Amar a Carisse? Todo aquello era una locura. Lo que había
sentido por Carisse, se había quedado en el pasado. Le guardaba
un inmenso cariño pero también era cierto que durante esos quince
años, se había sentido culpable. Siempre pensó que si él hubiera
estado esa noche con ella, nada malo le hubiera sucedido. Pero eso
no tenía nada que ver con el amor.
Respiró profundamente, buscando tranquilizarse.
—Blair...
—Déjame ir, por favor —le suplicó Blair al borde del llanto.
—No, debemos aclarar este asunto antes de que te vayas. —La
soltó solo por un instante para poder ponerse los pantalones—. Te
espero abajo para que hablemos —le dijo, sabiendo que ella
necesitaba unos minutos a solas.
Jared salió de la habitación, dejando la puerta abierta. Blair
apretó sus ojos con fuerza, tratando de detener su llanto. En sus
oídos retumbaban los pasos de Jared bajando las escaleras a toda
prisa. Se terminó de poner el vestido y se acomodó el cabello
desordenado. Estaba aturdida, imposibilitada de pensar con
claridad. Cuando abandonó la habitación de Jared en dirección
hacia la sala aún le temblaba todo el cuerpo.

Jared se dejó caer en el sillón de la sala. Todavía no había


recuperado el ritmo normal de su respiración. Había hecho el amor
con Blair y eso lo llenaba de dicha; sin embargo, las palabras que le
había soltado después de entregarse a él con tanta pasión, le daban
vueltas en la cabeza. Una cosa había conseguido sacar en claro:
Blair creía que el aún amaba a Carisse.
La vio bajar las escaleras y se estremeció. Se puso de pie y
avanzó hacia ella. La cogió de la mano y la llevó hasta el sillón. Notó
que estaba temblando.
Se sentó frente a ella y no la soltó. Durante unos cuantos
segundos, ninguno de los dos dijo nada. Blair agachó la cabeza,
como si de repente no se atreviera a mirarlo a los ojos.
—Blair —dijo finalmente Jared cansándose de aquel silencio
tenso que se había creado entre ambos. Colocó su mano en la
barbilla de Blair, obligándolo a mirarlo—. No sé por qué crees que
aún sigo enamorado de Carisse... pero te juro que no es verdad.
Ella tragó saliva.
—La quise hace mucho y en todos estos años nunca dejé de
sentir un afecto especial por ella, de recordarla con cariño. Fue mi
primera novia, la primera a quien besé y la primera a quien le pedí
que hiciera el amor conmigo. —Una sonrisa nostálgica afloró en los
labios de Jared—. Siempre pensé que si esa noche hubiera estado
a su lado, nada malo le hubiera sucedido.
—Vi su foto en tu mesita de noche... —dijo ella mirándolo con
sus enormes ojos azules.
Ahora comprendía por qué había huido de su casa sin
despedirse. Blair había encontrado la foto que le había pedido a la
madre de Carisse y supuso que él aún la amaba.
—Sí, ese día había ido a ver a los padres de Carisse para
pedirles una muestra de su cabello para realizarle un examen de
ADN. Entré en la habitación de Carisse y allí estaba su foto; se la
pedí a su madre, no porque continuara enamorado de ella...
simplemente quería tener un recuerdo suyo. Es demasiado doloroso
no tener una tumba donde visitarla. —Hizo una pausa—. Solo
quería una fotografía para recordarla con cariño... nada más.
Blair suspiró profundamente. Jared parecía sincero. Sus
hermosos ojos verdes no sabían mentir.
—Yo... yo pensé que seguías amándola... que nunca habías
logrado olvidarla.. . —comenzó a decir, sintiéndose una tonta. No
había fantasmas ni sombras del pasado entre ellos, solo los que ella
había creado en su mente; y ahora lo comprendía.
—No, yo estoy enamorado de otra mujer...
El corazón de Blair comenzó a latir vertiginosamente dentro de
su pecho. Jared acarició la boca de Blair con la yema de su dedo.
—Jared, perdóname, he sido una estúpida...
Jared no la dejó continuar. Se acercó y cubrió su boca con la
suya. La besó lánguidamente; luego dio por terminado el beso con
una última caricia de su lengua y un suave mordisco en el labio
inferior.
—No hay espacio en mi corazón para otra mujer, Blair... Te amo
—le susurró perforándola con la mirada.
Blair había comenzado a moquear. Le parecía estar viviendo un
hermoso sueño y temía despertarse y que todo se convirtiera en una
terrible pesadilla. En ese momento lo único que le importaba era
Jared y las palabras que acababan de salir de su corazón. La
amaba... ¡Jared la amaba! No cabía en sí misma de tanta dicha.
Se arrojó a sus brazos y se echó a llorar. Ya no de tristeza, sino
de felicidad.
¡Yo también te amo! —exclamó aferrándose a él con fuerza,
sintiendo el calor de su cuerpo y el alocado latir de su corazón que
estaba en perfecta sincronía con el suyo.
Por segunda ocasión en aquella noche, Jared levantó a Blair en
brazos La llevo hasta su habitación y la depositó en la cama. Antes,
guardó la fotografía de Carisse dentro del cajón de la mesita de
noche. Se acostó a su lado y comenzó a besarla, a recorrer su
cuerpo como si fuera la primera vez
Estaba a punto de hacerle el amor a la mujer que amaba, a la
mujer que lo amaba.
El excelso acorde de jadeos y gemidos, rápidamente barrió el
silencio de la noche. El pasado no podía tocarlos, ni podía
dañarlos...
Ya no.
Capítulo 18

Blair abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro de Jared a
solo unos centímetros del suyo. Él estaba profundamente dormido y
era un placer contemplarlo. Sus espesas y largas pestañas
dibujaban sombras en sus mejillas y su boca entreabierta era una
tentación imposible de resistir. Blair levantó lentamente su mano con
la intención de rozar la mandíbula afeitada de Jared, pero se
arrepintió. Se mordió el labio inferior y se movió un poco para poder
ver la hora en el reloj pulsera de Jared. Casi le da un síncope
cuando descubrió que había pasado media hora de las nueve. Era
tardísimo; Gideon había convocado una reunión a las diez y media
en la KTVC y necesitaba pasar por casa de sus padres primero para
recoger a Pottsey y las pocas pertenencias que se había llevado,
antes de ir a su casa para darse un baño y cambiarse de ropa.
Sería una misión casi imposible levantarse de aquella cama sin
despertar a Jared en su intento. Él tenía su brazo derecho alrededor
de su cintura y, por si fuera poco, las piernas de Blair estaban
enroscadas entre los poderosos muslos masculinos y las sábanas.
Respiró profundamente y midió las posibilidades. Si se movía
despacio podría salir sin tener que despertar a Jared. Lo primero
que hizo fue quitarse la sábana de encima. Contuvo el aliento
cuando sus ojos se toparon con la desnudez de Jared. Era un
ejemplar digno de admirar; nada quedaba del adolescente
esmirriado que había conocido en el pasado. Había desarrollado
una musculatura imponente. Se estremeció al recordar cómo sus
manos habían recorrido cada rincón del cuerpo de Jared la noche
anterior mientras hacían el amor. Apartó aquellos pensamientos de
su cabeza; lo que necesitaba en ese momento, era alejarse de él
para poder llegar a tiempo a su reunión de trabajo.
Movió su pierna y él se retorció en la cama. Blair se quedó
estática, sin siquiera respirar. Sonrió para sí. Estaba actuando como
una tonta pero sabía que si Jared se despertaba no saldría de su
cama en toda la mañana. Suspiró aliviada cuando él la soltó y se dio
la vuelta hacia el otro lado.
Blair, en vez de aprovechar y levantarse, se quedó contemplando
uno de sus tatuajes. Era un diseño tribal que nacía en la parte alta
de su espalda y subía hasta los hombros. Los ojos de Blair
recorrieron la línea de su columna vertebral hasta posarse en la
parte más sensual de la anatomía masculina. Si el trasero de Jared
le había parecido sexy enfundado en unos viejos pantalones
vaqueros, verlo desnudo era algo que podía dejar boquiabierta a
cualquier mujer, y ella no era la excepción.
Se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo; era el
momento para escapar sin despertar a Jared. Se levantó por fin de
la cama y recogió su ropa del suelo. Lo contempló por última vez y
salió de la habitación de puntillas. Cuando llegó al final del pasillo y
vio la puerta del cuarto del baño pensó que ahorraría tiempo si se
tomaba una ducha ahora. Luego, cuando fuera a su casa solo le
quedaba cambiarse de ropa. Se metió en el cuarto de baño y
descubrió que Jared tenía una buena colección de jabones.
Comprobó que hubiera una toalla seca y abrió el grifo de la ducha.
Dejó la ropa encima de una silla y se metió debajo del agua; sería
una ducha rápida... al menos eso era lo que pensaba. No contaba
con la no muy oportuna aparición de Jared.
Cuando él corrió la cortina, Blair se dio vuelta de un sopetón.
Jared estaba desnudo y le sonreía maliciosamente. No tardó ni un
segundo en meterse bajo el agua con ella.
—Jared! ¿Qué haces? —Blair se quedó quieta. El cubículo era
pequeño y con él dentro, apenas había espacio para poder
moverse.
Él se agachó y se acercó.
—Tomo una ducha con la periodista más sexy de la ciudad —le
respondió al oído.
Un intenso cosquilleo recorrió el cuerpo de Blair desde la cabeza
hasta los pies.
—Es tarde... —intentó decir para hacerle entrar en razón.
Pero de nada sirvió; Jared negó con la cabeza y comenzó a
acariciarla. Blair no opuso resistencia alguna cuando él la empujó
contra la mampara de cristal y se apretó contra ella.
El agua resbalaba por sus cuerpos provocando sensaciones
placenteras que se sumaban a las de las caricias que se estaban
prodigando. Las manos de Jared se deleitaban subiendo y bajando
por la piel mojada de Blair mientras ella enredaba sus brazos
alrededor de su cuello y subía una de sus piernas para abrirse ante
él.
Con un rápido movimiento, Jared la cogió por las caderas y la
levantó; Blair entonces se enroscó en los poderosos muslos de
Jared y arqueó su cuerpo hacia delante cuando él bebió el agua de
sus pechos y mordisqueó los pezones hasta convertirlos en duros
guijarros que fueron derritiéndose en el interior de su boca.
Blair dejó escapar un gemido; el fuego Líquido que quemaba sus
entrañas anhelaba ser sofocado. Besó el cuello masculino y
descendió hasta su hombro. Adoraba la dura línea de sus músculos.
Tomó el rostro de Jared entre sus manos y lo levantó para mirarlo a
los ojos; él emitió un quejido que rápidamente fue acallado con un
beso profundo e intenso. Ella se movió hacia él cuando sintió su
erección, e instintivamente abrió más las piernas, levantándose un
poco para darle la bienvenida.
La penetró, y sus cuerpos se sacudieron debajo del agua;
lentamente comenzaron a balancearse hacia atrás y hacia delante,
siguiendo el ritmo de las embestidas de Jared entrando y saliendo
de ella. Fue una sinfonía de jadeos y gemidos, arrullada por el
sonido del agua. La danza se hizo más intensa a medida que la
pasión se volvía más y más incontenible. Blair se aferró a la espalda
de Jared mientras su cuerpo se convulsionaba en intensos
estertores.
Apretó los dientes para no gritar. Él empujó dentro de ella más
profundamente y les sobrevino el orgasmo. Jared notó su espasmo;
la presión de los músculos de ella alrededor de su miembro y una
ola de placer indescriptible inundó su cuerpo. Blair entonces gritó de
placer, y mientras contenía la respiración, oyó el gemido final de
Jared.
Recuperaron la consciencia y el agua seguía cayendo. Blair
continuaba enroscada al cuerpo de Jared y parecía no tener
intención de soltarse.
—¿Estás bien? —preguntó él con la respiración entrecortada.
Blair asintió con un leve movimiento de cabeza; aún estaba
temblando.

Blair llegó a la casa de sus padres y apenas tuvo tiempo de


saludarlos. Cogió a Pottsey y las pocas pertenencias que había
llevado con ella y salió corriendo hacia su casa. Jared le había
asegurado que a partir de ese mismo día un policía de incógnito se
apostaría frente a su propiedad y la vigilaría de cerca. Cuando llegó
al coqueto barrio de Harlow comprobó que era verdad: un vehículo
estaba estacionado en la acera de enfrente. No tenía mucho tiempo,
pero aun así se acercó.
El policía se bajó de su coche y extendió su mano.
—Soy el oficial Foakes, señorita Gilbert.
Blair le sonrió.
—Llámeme Blair, por favor —le dijo. El oficial Foakes era un
hombre de unos cuarenta años, con el cabello rizado y una sonrisa
afable. Le agradó de inmediato—. Le ofrecería una taza de café,
pero se me hace tarde para llegar al trabajo...
—No se preocupe, ya cubrí mi cuota matutina de cafeína por
hoy. Está bien, le invitaré una taza mañana entonces.
—Estupendo.
Se despidió del agente Foakes y antes de entrar en su casa,
echó un vistazo a la casa de su vecina. No había señales de Lilly
todavía. Lo lamentó porque significaba que el pobre de Pottsey
tendría que quedarse solo hasta que ella regresara.
Entró a la sala seguida por el perro y subió las escaleras
corriendo. Tenía apenas media hora para vestirse con algo decente
y correr hasta la emisora. Jared había desbaratado sus planes
cuando se le ocurrió meterse con ella en la ducha... Pero la pasión
con que se amaron bajo el agua sería algo imposible de borrar.
Revolvió el armario y se decidió por una falda azul de corte clásico y
una blusa a tono. Se peinó con un recogido y apenas se puso
maquillaje. Se calzó un par de sandalias y salió a toda prisa. Buscó
a Pottsey para despedirse de él pero no lo encontró; seguramente
se había echado en su sitio favorito: detrás del armario de la cocina.
Salió de la casa a las diez y cinco. Le llevaría al menos unos
veinte minutos llegar hasta la emisora; eso, claro, si conducía más
rápido de lo acostumbrado.
Saludó con la mano al oficial Foakes y se subió a su Chevrolet
Chevette. Mientras conducía hacia la KTVC cayó en la cuenta que
había un asunto que no había aclarado con Jared: su supuesto
romance con Russell Forrester. Se le había pasado por alto
mencionarle que nunca había tenido nada que ver con el
presentador televisivo. Bueno, tampoco él le había preguntado al
respecto. Después de que hubieran hecho el amor por primera vez
se habían ocupado de tratar el tema de Carisse y de confesarse
mutuamente que se amaban; no había habido espacio para nada
más. Se estremeció al recordar la mirada en los ojos de Jared
cuando le dijo que la amaba. Había sido el momento más glorioso
de una noche perfecta. Tenía que aclararle que lo de Russell solo
había sido un invento; no quería que hubiera más malentendidos
entre ellos.
Tomó un atajo y logró llegar a la KTVC a las diez y treinta y dos
minutos. Corrió por los pasillos y se plantó frente a la puerta de la
oficina de Gideon Gates.
La voz ronca de su jefe le dijo que pasara.
Blair sonrió cuando vio que la reunión estaba comenzando. Se
habló sobre el tema que se trataría esa noche: la inminente condena
de un famoso contrabandista que traía de cabeza al cuerpo de
fiscales de la ciudad. Cuando Gideon le preguntó a Blair si estaba
preparando el material que presentaría en su próxima aparición, ella
respondió afirmativamente. En realidad, no sabía qué información le
permitiría compartir Jared con la audiencia, pero estaba segura de
que tendría algo prometedor para la próxima semana.
Una hora después, acalorada y agobiada, abandonó la emisora
en dirección hacia Laurell Hill Valley, el suburbio donde se
encontraba la biblioteca en la que trabaja Gwyneth Matheson.
Se había propuesto hablar con ella nuevamente y conseguir la
verdad de lo sucedido la noche en que Carisse desapareció. Jared
haría lo mismo con Emily Brendon y, aunque la idea no le gustaba
demasiado, no podía hacer nada para evitar que estuviera cerca de
ella. Aún recordaba la manera en que se había acercado a él en el
cementerio.
Estacionó su coche frente a la biblioteca del centro y se bajó. Era
un edificio de varias plantas, con muros de ladrillos y grandes
ventanales. Entró y le preguntó a la recepcionista por Gwyneth. La
mujer le dijo que se encontraba en el área de ficción catalogando
unos libros; le indicó cómo llegar y hacia allí se dirigió Blair.
La encontró subida a una escalera, colocando una pila de libros
en uno de los estantes.
—Gwyneth —la llamó.
La muchacha se quedó petrificada cuando la vio. Tardó unos
cuantos segundos en reaccionar. Dejó los libros en su sitio y bajó los
peldaños de la escalera con cuidado.
—Hola, Blair —le dijo forzando una sonrisa. Era más que
evidente que le importunaba su visita.
—¿Te sientes mejor?
Gwyneth asintió.
—Me alegro porque necesito que hablemos.
—No puedo hablar ahora, Blair, tengo mucho trabajo que hacer.
—Gwyneth pasó por su lado y abandonó el pasillo.
Blair la siguió. No se iba a rendir tan fácilmente.
—No voy a irme hasta que hablemos —insistió Blair con voz
firme.
Gwyneth se detuvo de repente y se giró sobre sus talones.
—¿Qué quieres saber exactamente?
—Lo que sucedió esa noche en el valle.
Gwyneth respiró profundamente. Sabía que este momento
llegaría tarde o temprano; solo que nunca pensó que fuese Blair, la
hermana gemela de Paige, quien le hiciera aquella pregunta cuya
respuesta había guardado celosamente durante más de quince
años.
—Aquí no. Acompáñame.
La condujo hacia la parte trasera del edificio, hasta un pequeño
patio en donde se sentaron a la sombra de un encino. ¿Qué es lo
que sabes?
—No mucho, solo lo que Paige dejó dicho en su carta: que
habíais querido asustar a Carisse y que ella terminó cayéndose en
el río.
—Eso es verdad —aseveró Gwyneth mientras movía
nerviosamente sus gafas hacia la punta de su nariz en un
movimiento casi mecánico.
—¿Por qué queríais darle un susto a Carisse?
Gwyneth titubeó antes de responder.
—Carisse se había metido con el novio de Emily.
Blair frunció el entrecejo.
—¿Con Ian Willes?
—Sí. Emily se había enterado de que ambos se habían estado
viendo. No podía soportar que alguien se metiera con su chico, ya
sabes cómo era... cómo es —rectificó.
Blair asintió. ¿Carisse había tenido un romance con Ian Willes?
Jamás se lo hubiera imaginado. ¿Lo sabría Jared? Presumió que no
estaba enterado.
—¿Pero era verdad que Carisse tenía algo que ver con su
novio?
—Emily decía que sí. Había discutido con Ian en más de una
ocasión por ese motivo —le explicó Gwyneth, que poco a poco se
iba relajando más a medida que hablaba.
Blair recordó la discusión que había presenciado en la fiesta de
cumpleaños de Gwyneth entre ambos.
—¿Cómo lograsteis que Carisse se presentara en el valle esa
noche? — Aquel era uno de los puntos principales de la
investigación que nunca llegó a descubrirse.
—Creo que Emily le envió una nota haciéndole creer que se la
enviaba Jared.
—¿Lo crees? ¿Acaso no estás segura?
—El lugar donde nos encontramos con Carisse era el mismo
donde ella y Jared solían verse —puntualizó.
Blair empezaba a atar cabos sueltos. Emily probablemente le
había enviado una nota a Carisse haciéndose pasar por Jared para
asegurarse de que la pelirroja asistiera a la cita.
—¿Qué sucedió una vez que Carisse llegó al valle?
—Emily... Emily le dijo que sabía que ella se veía a escondidas
con Ian.
—¿Carisse lo confirmó?
Gwyneth sacudió la cabeza.
—No, no... Ella repetía que nunca había tenido nada con él...
Blair percibió que Gwyneth comenzaba a agitarse.
—¿Emily le creyó?
—No...
—¿Qué sucedió después?
—Emily nos dijo que la sujetáramos, que no la dejáramos ir.
—¿Quién más estaba esa noche?
—Holly y Paige.
—Continúa —le pidió Blair, ávida por conocer el resto de la
historia.
—De pronto, Emily le dijo a Carisse que le iba a dar una
oportunidad de escapar. —Hizo una pausa para respirar
profundamente—. Carisse corrió en dirección al bosque. Nosotras la
seguimos; mientras lo hacíamos, la insultábamos, le decíamos
cosas horribles...
Blair trató de imaginarse aquel terrible momento. La pobre
Carisse huyendo de noche en medio del bosque mientras sus
mejores amigas, aquellas en la que más confiaba, la perseguían... la
cazaban.
—Carisse trepó a un risco; solo quería huir de nosotros... Estaba
aterrada —continuó diciendo Gwyneth. Con manos temblorosas se
quitó las gafas y las dejó encima de su regazo—. Unos minutos
después escuchamos un ruido...
Blair sujetó sus manos con fuerza. Vio que Gwyneth había
empezado a llorar.
—Era el cuerpo de Carisse golpeando contra una roca antes de
caer al río. ¡Fue el ruido más horrible que oí en mi vida!
—¿Qué hicisteis después?
—Nada. No hicimos nada. Emily recogió la mochila de Carisse
para que nadie la encontrara y nos hizo prometerle que no diríamos
a nadie lo que había sucedido esa noche. Tu hermana... ella quiso
llamar a la policía, pero Emily no se lo permitió. Creo que el peso de
la culpa fue demasiado para Paige. Muchas veces quise tomar el
mismo camino... ¡pero no pude, no pude!
Blair recordó entonces los diversos momentos en los que había
visto a Paige taciturna y triste. Incluso en más de una oportunidad
había tenido la sensación de que ella quería decirle algo, pero no se
animaba. Quizá si se hubiera atrevido a hablar de lo sucedido, hoy,
estaría viva.
Le dio unas palmaditas en el hombro a Gwyneth.
—No hables así... Es cierto que habéis hecho una cosa terrible;
pero no deja de ser un accidente —le dijo para infundirle un poco de
ánimo. —Carisse murió por nuestra culpa, Blair.
¿Qué diría Gwyneth si supiera que Carisse posiblemente estaba
viva? Sabía que Jared no la había autorizado para revelar la noticia
pero veía tan angustiada a Gwyneth que lo más sensato era decirle
la verdad.
Gwyneth, escucha. La policía está investigando la foto que
recibiste junto al anónimo. Si es Carisse, significa que no murió esa
noche en el río. Gwyneth abrió sus enormes ojos castaños
empapados en llanto.
—¿Es eso posible?
—Sí, en la fotografía se ve a una Carisse unos años mayor. Los
criminalistas están haciendo las pruebas necesarias para verificar si
en verdad se trata de ella o si alguien ha trucado la imagen para
hacernos creer que es Carisse —le explicó. Esperaba que luego
Jared no se enfadara con ella por haberle contado a Gwyneth aquel
detalle relevante de la investigación.
—Entonces... ¿es posible que sea Carisse quien haya asesinado
a Holly?
—La policía no tiene pruebas aún para afirmarlo...
—¡Pero es ella, tiene que ser ella! —la interrumpió Gwyneth,
todavía atónita por la verdad apenas revelada—. ¿Quién más
querría vengarse por lo sucedido hace quince años?
—No lo sé —respondió Blair, pero en su mente rondaban las
mismas sospechas de Gwyneth.
—¡Dios, Blair! ¿Te imaginas lo que significaría que Carisse no
hubiese muerto esa noche? La pobre Paige aún seguiría con vida...
—Se detuvo cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir.
Blair asintió. Era verdad. Mucho dolor se podría haber evitado si
Carisse hubiera aparecido sana y salva quince años atrás. Pero ya
no se podía hacer nada al respecto. Después de tanto tiempo
seguían los misterios, los secretos y el silencio. Si Carisse estaba
viva... ¿por qué no había aparecido antes? Si efectivamente era ella
quien quería vengarse por lo que le habían hecho, ¿por qué ahora?
¿Dónde había estado metida los últimos quince años? Incógnitas
que no tenían respuesta; al menos para ella. Quizá Jared tuviera
más suerte con Emily Brendon.
Capítulo 19

Jared estacionó su camioneta frente a la propiedad de los Willes.


Venía dispuesto a hablar con Emily y esperaba marcharse de allí
con algún indicio que le ayudara a desentrañar el misterio de la
desaparición de Carisse y el crimen de Holly Sherman. Se bajó del
vehículo y mientras se dirigía a la casa se quitó las gafas de sol y
las colocó en el bolsillo de su camisa. Era casi mediodía y el calor
era asfixiante. Se plantó en el umbral y golpeó a la puerta. No supo
cuánto tiempo estuvo allí parado esperando que le abrieran, pero
podía sentir las gotas de sudor corriendo por su frente.
Finalmente se apiadaron de él y cuando la puerta se abrió, Jared
se encontró con un niño pequeño que le sonreía.
Se agachó y le revolvió los rizos.
—Hola, pequeño. ¿Se encuentran tus padres en casa?
—¡Charlie, ven aquí! —Una voz masculina provocó que la
sonrisa del niño se evaporara de repente.
Jared se incorporó cuando Ian Willes apareció y cogió a su hijo
en brazos. Ambos se miraron durante unos cuantos segundos.
Jared percibió de inmediato que su presencia había puesto nervioso
al ex capitán del equipo de baloncesto de Shelton.
—Ian, ¿te acuerdas de mí?
Ian tardó en responder, pero Jared se había dado cuenta de que
sabía quién era él.
—Jared Collins, por supuesto —dijo finalmente cuando se hizo
evidente que lo recordaba. Extendió su mano y lo saludó.
—¿Podríamos hablar?
—Ian, ¿qué sucede? —Emily apareció en ese momento por la
parte lateral de la casa. Llevaba un pañuelo colorido en la cabeza y
unas tijeras de podar en la mano. Cuando vio a Jared se quitó el
pañuelo de inmediato y se arregló el cabello—. Jared, ¡qué
sorpresa!
—He venido a hablar contigo, Emily —le dijo Jared cuando ella
se acercó.
—Pero ven, pasa, que hace demasiado calor aquí afuera. —Lo
condujo al interior de la casa. Ian los seguía de cerca con el
pequeño Charlie en brazos.

Un par de minutos después, Emily le sirvió un refresco y se sentó


junto a él en uno de los sillones de la sala. Ian dejó a su hijo en la
cocina mirando televisión y se sumó a ellos.
Jared adivinó que la presencia de Ian echaría por tierra sus
planes. Esperaba interrogar a Emily en solitario y tal vez usar su
repentino interés en él para obtener respuestas. Aun así, notó que
ella lo miraba intensamente, como si poco le importara que su
esposo estuviera a tan solo un par de metros de distancia.
—Bien —dijo Jared tras dejar su vaso de refresco en la mesita—.
Como sabéis, estoy investigando el homicidio de Holly Sherman y
me gustaría haceros unas preguntas.
Jared miró atentamente a Emily; se había puesto pálida de
inmediato. Ian, en cambio, ni se inmutó.
—¿Qué podríamos saber nosotros de la muerte de Holly? —dijo
Emily acomodándose un mechón de su cabello en un acto casi
mecánico.
—El crimen de Holly está relacionado con la desaparición de
Carisse explicó Jared sin dejar de mirarla.
Emily se movió inquieta en su sitio; de repente, fue incapaz de
sostenerle la mirada.
—Eso sucedió hace mucho tiempo —intervino Ian. —Sí, pero
tenemos fuertes indicios para creer que los dos casos están
relacionados. —Hizo una pausa—. Por eso estoy aquí. Según los
informes policiales de aquella época, tú y las demás chicas os
habíais encontrado con ella esa noche en el valle.
Emily se quedó callada y cuando por fin reaccionó, solo asintió
con un tenue movimiento de cabeza.
—Necesito que me digas qué sucedió exactamente esa noche,
Emily. Es importante. —Jared sabía que no sería sencillo hacerla
hablar, pero por un segundo sintió que la fortaleza que había
caracterizado a Emily durante todos esos años comenzaba a
desaparecer.
—¿Por qué estás tan seguro de que la muerte de Holly tiene que
ver con lo que le sucedió a Carisse quince años atrás? —intervino
Ian nuevamente.
—No puedo daros detalles del caso, pero estamos seguros de
que quien asesinó a Holly buscaba venganza por lo que ocurrió esa
noche.
Los ojos de Emily se abrieron como dos platos. Jared no supo
vislumbrar si estaba sorprendida o asustada.
—La muerte de Carisse fue un accidente dijo Emily por fin—.
Nos encontramos esa noche en el valle, ella echó a correr y cayó al
río. La policía cerró el caso hace quince años...
—Emily, necesito que me des los detalles de esa noche. ¿Por
qué estabais allí? Me dices que Carisse corrió, ¿por qué lo hizo?
¿De qué huía? ¿De quién?
—Pasó... pasó hace mucho tiempo; no lo recuerdo exactamente
respondió con la voz temblorosa.
Jared sabía que le estaba mintiendo. Entonces miró a Ian.
—¿Qué hay de ti? ¿Puedes decirme algo de esa noche?
Ian negó con la cabeza.
—Como la mayoría en Eugene, me enteré recién al día siguiente
de que Carisse había desaparecido; la noche en cuestión, Emily y
yo no nos habíamos visto, por lo que no puedo decirte qué hizo ella.
Emily le lanzó una mirada censuradora a su esposo. Jared los
observó detenidamente. Notó cierta tirantez entre ellos.
—Lamento que no podamos ayudarte más, Jared —dijo Ian con
una expresión de indiferencia en los ojos.
Jared volvió a enfocar su atención en Emily.
—Por favor, si sabes algo, debes decírmelo. Tú puedes
convertirte en la próxima víctima. —No hubiera querido decirle
aquello, pero de alguna manera tenía que lograr que Emily le
contara lo ocurrido quince años atrás.
Las palabras de Jared no parecieron surtir el efecto deseado; por
el contrario, Emily se negó a seguir respondiendo a sus preguntas y
cuando Jared insistió, Ian amenazó con llamar a su abogado.
No tuvo más remedio que marcharse. Estaba seguro de que la
presencia de Ian había provocado que Emily guardara silencio.
Quizá debía regresar en otro momento y hacer un nuevo intento
cuando ella estuviera sola.
Se subió a su camioneta y partió rumbo a la comisaría.
Cuando llegó y Berta le anunció que Blair lo estaba esperando,
una sonrisa iluminó su rostro. Entró casi corriendo en su despacho,
y cuando la vio parada junto a la ventana fue hasta ella y la abrazó
por detrás.
—Hola —le susurró al oído.
Blair se mordió el labio inferior y se recostó contra él. Los
momentos compartidos la noche anterior estaban demasiado vividos
en los dos, y durante unos cuantos segundos se quedaron así:
pegados uno al otro, oliéndose, sintiéndose. Luego ella se giró sobre
sus talones y buscó su boca. Fue un beso tierno pero apasionado.
Jared la estrechó contra su cuerpo y ella rodeó su cuello con ambas
manos. Cuando se separaron, Blair le dijo:
—Te extrañé...
—Yo también. —La cogió de la mano y la llevó hasta el sillón. Se
sentó y dejó que ella se sentara sobre su regazo. La falda que
llevaba Blair se levantó y de inmediato Jared acarició sus muslos
con suaves movimientos.
Blair se movió inquieta encima de él. Trató de olvidarse de la
mano de Jared moviéndose alrededor de su pierna pero no era
sencillo.
—De... debemos hablar —dijo ella ahogando un gemido cuando
Jared rozó la parte interna de sus muslos.
Él sonrió.
—Hablemos.
Blair no podía pensar en otra cosa que no fuese la mano de
Jared acariciándola suavemente, pero tenía que contarle lo que
Gwyneth le había revelado.
—Jared, espera. —Su voz temblorosa sonó a súplica. Colocó su
mano sobre la de él para evitar que siguiera torturándola de aquella
manera y Jared no tuvo más remedio que obedecer.
—¿Qué es eso tan importante que tienes para decirme? —
preguntó Jared finalmente dejando su mano quieta.
—He hablado con Gwyneth esta mañana.
Jared no se sorprendió, sabía que Blair estaba tan involucrada
en aquel caso tanto o más que él.
—Espero que hayas tenido más suerte que yo con Emily —
repuso él. Aún estaba molesto porque no había obtenido nada de su
visita a los Willes.
Blair quería saber qué tal le había ido con Emily, pero sobre todo
le interesaba enterarse si la rubia había desplegado sus armas de
seducción con él.
—Ian estaba presente y no pude lograr que ella soltara prenda.
Blair dejó escapar un suspiro de alivio sin que Jared se diera
cuenta.
—Gwyneth me contó lo que sucedió realmente esa noche.
Jared estaba más que dispuesto a escucharla.
—También me enteré de otra cosa... Jared, ¿sabías que Emily
creía que Carisse tenía un romance con su novio?
Jared se quedó de una pieza. Frunció el entrecejo y miró a Blair
a los ojos buscando una explicación. Fue entonces cuando ella se
dio cuenta de que era la primera vez que él oía sobre aquel asunto.
—¿Qué dices? ¡Eso no es verdad!
—Gwyneth me dijo que por eso quedaron con Carisse en el valle
esa noche. Emily quería darle un escarmiento porque, según ella, se
había metido con su novio. Gwyneth también me dijo que Carisse lo
negó en todo momento...
—¡Por supuesto! Carisse no tenía nada que ver con ese
engreído de Ian Willes.
—Pero Emily no le creyó y decidió darle un susto. Las demás
chicas solo hicieron lo que ella les ordenó. Le dieron la oportunidad
a Carisse de escapar. —Hizo una pausa para contar aquella parte
del relato que le seguía pareciendo terrible—. Pero después... la
cazaron como si fuera un animal. Carisse solo quería ponerse a
salvo y terminó cayendo al río. —Blair vio cómo las manos de Jared
se cerraban, formando un puño.
—¡Entonces no fue un accidente, Blair! Espetó Jared incapaz de
controlar su rabia—. Emily y las demás provocaron que Carisse se
cayera al río.
Blair tragó saliva. No podía olvidar que su propia hermana había
participado en semejante acto de crueldad. Se separó de Jared y le
dio la espalda; en ese momento se sintió embargada por la culpa,
como si hubiera sido ella la que había estado esa noche con las
chicas en el valle.
Jared percibió rápidamente su angustia, se puso de pie y la
cogió de los hombros.
—No te sientas mal, por favor.
Blair lo miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡No puedo evitarlo, Jared! Lo que Paige y sus amigas
hicieron... fue terrible. Carisse cayó al río por culpa de ellas... Mi
hermana se suicidó porque ya no soportaba vivir con lo que había
hecho y encima ahora alguien quiere sembrar más muerte.
¿Cuándo va a acabar todo esto? ¿Cuándo? Se arrojó a los brazos
de Jared, el único lugar donde podía sentirse segura.
Jared la contuvo hasta que su teléfono sonó; fue Blair la que lo
instó a que respondiera. Podía ser algo importante. Efectivamente,
era Raze McCue con los resultados del peritaje que le habían hecho
a la foto de Carisse que le había sido enviada a Gwyneth. Los
expertos aseguraban que la mujer de la foto era, sin margen de
dudas, Carisse Jordan. Según el examen de envejecimiento facial
que le habían hecho a la imagen, habían podido establecer que
tenía entre veintiocho y treinta años en la foto, lo que demostraba
que había sido tomada no hacía mucho tiempo. La noticia no
sorprendió ni a Jared ni a Blair, pero sí añadía un nuevo misterio al
caso. Carisse estaba viva, pero... ¿por qué nunca apareció? ¿Por
qué dejar que sus padres siguieran creyendo que ella estaba
muerta?
Visiblemente más calmada, Blair se quedó un rato más en la
comisaría de policía para tomar apuntes para su nuevo reportaje.
Sabía que no podía anunciar aún que Carisse estaba viva. Primero
había que dar la noticia a los padres, y Jared le dijo que él se
encargaría personalmente de hacerlo. Pero había otra cosa que
debía hacer. Volvería a interrogar a Ian Willes, aunque esta vez de
manera formal: lo convocaría en las dependencias policiales y podía
venir con una horda de abogados si le apetecía.
Cerca de las tres de la tarde, Blair se despidió de Jared. Le dijo
que pasaría por casa de sus padres para ver cómo seguía Gloria y
luego iría a la suya porque Pottsey la estaba esperando. Jared la
besó profundamente, le dijo que la amaba y le hizo prometer que
tendría cuidado.

Ian Willes se sentó en la silla y se encaró a Jared con la mirada


altiva.
—Creí que ya habíamos hablado.
Jared se inclinó hacia atrás, apoyó los codos en la silla y juntó
las manos. Han surgido novedades en el caso. —Miró hacia la
puerta—. ¿No has traído a tu abogado?
Ian frunció el entrecejo. ¿Acaso necesito uno?
—Tú sabrás —afirmó Jared advirtiendo cómo Ian se ponía cada
vez más nervioso.
—Ya te dije todo lo que sé. No vi a Emily esa noche, supe lo que
le había sucedido a Carisse en la escuela.
—¿Tampoco viste a Carisse?
Ian guardó silencio durante unos cuantos segundos. Jared se dio
cuenta de que estaba tratando de ganar tiempo para responder. —
No.
—¿Seguro? —insistió Jared.
—¿Por qué tenía que ver yo a Carisse esa noche? —respondió
Ian con otra pregunta—. Tú eras su novio; seguramente era a ti a
quien esperaba ver esa noche en el valle.
Jared hizo caso omiso a su comentario.
—Ya sé por qué motivo Emily y las demás citaron a Carisse esa
noche haciéndole creer que era yo quien lo había hecho.
—No entiendo qué tiene ver eso conmigo —dijo Ian a la
defensiva.
—No nos hagamos los tontos, Ian. Según una de las testigos,
Emily quería darle un escarmiento a Carisse porque había estado
contigo. ¿Qué hay de cierto en eso?
Ian miró a Jared con sus ojos saltones de un color azul oscuro.
—¡Eso no es verdad!
—¿Por qué entonces Emily creía que tú y Carisse teníais algo
que ver? Creo que tu esposa siempre ha sido una mujer inteligente,
muy perspicaz, diría yo. Si sospechaba que andabas detrás de otra
chica era porque seguramente había cierto fundamento en sus
sospechas... ¿O me equivoco?
Ian comenzó a jugar nerviosamente con el teléfono móvil que
había dejado encima de la mesa. Ni siquiera miraba a Jared a los
ojos.
—¿Y bien? ¿Vas a decirme la verdad o no? Jared ya hacía rato
que había perdido la paciencia.
Ian respiró hondo, alzó la cabeza y le contestó:
—Carisse era bonita... En una ocasión en la que tú no pudiste
llegar a una de vuestras citas, le invité a un refresco y pasamos un
buen rato juntos, pero no hubo nada más entre nosotros.
—¿Cuándo fue eso?
Ian se encogió de hombros.
—No lo recuerdo exactamente. Unas semanas antes de su
desaparición, quizá.
—¿Volviste a verla nuevamente? A solas, me refiero.
Ian negó enérgicamente con la cabeza.
—¿Emily te pidió explicaciones?
—Sí, tuvimos una discusión en el cumpleaños de Gwyneth, pero
le dije que no había nada entre Carisse y yo.
—Al parecer, Emily no te creyó —repuso Jared sin dejar de
observar a Ian. Estaba demasiado nervioso y sintió que no le
contaba todo lo que sabía.
—Jared, yo...
—Habla.
—Espero que no te moleste lo que voy a decirte pero... Carisse
se me insinuó en más de una ocasión. Era guapa y en esa época
ninguna chica se me resistía.
Jared deseó por un momento olvidarse de su placa para poder
darle un puñetazo al imbécil que tenía sentado frente a él. Ian Willes
seguía siendo tan pedante como siempre. Él conocía a Carisse y
sabía que no era como las demás chicas que se acercaban a Ian
solo porque era el capitán del equipo de baloncesto y unos de los
muchachos más apuestos y populares del instituto Shelton. Él le
estaba mintiendo y quería saber por qué lo hacía.
Le dijo que podía marcharse; no tenía sentido seguir
interrogándolo cuando era más que evidente que Ian no iba a
hablar. Se marchó de la comisaría cerca de las seis, y antes de irse
a su casa pasó a ver a los Jordan para darles la noticia de que su
hija no había muerto quince años atrás. Como había imaginado, a
Margaret y Theodore Jordan casi les da un síncope cuando Jared
les contó que, al menos un par de años atrás, Carisse estaba viva.
Los Jordan lo acribillaron a preguntas, pero él no pudo darles
ninguna respuesta certera.
Tenía que encontrar a Carisse lo antes posible, no solo por el
bien de sus padres sino por su propia tranquilidad. Aunque le
costara creerlo, Carisse podía ser la asesina que estaba buscando.
Blair se acostó temprano esa noche. Por fortuna Lilly había
regresado y se había llevado a Pottsey. Blair no había querido
comentarle lo sucedido la noche de la tormenta para no alarmarla,
pero su vecina, como buena observadora, de inmediato notó el
vehículo estacionado frente a la casa y al sujeto que leía el periódico
en su interior. No tuvo más remedio que hablarle del hombre que
había saboteado la energía eléctrica y que había intentado entrar en
su casa. Blair creyó que la señora French se asustaría; sin embargo,
demostró todo lo contrario. Parecía incluso emocionada, sobre todo
cuando Blair le contó que había tenido que pasar la noche junto a
Jared por su propia seguridad y la de Pottsey, por supuesto.
Al día siguiente tenía que ir a la KTVC para preparar el programa
de esa semana y le había prometido a Lilly que la llevaría con ella
para presentarle a Gideon Gates.
Miró el reloj que colgaba de la pared. Era más de las nueve y no
conseguía conciliar el sueño. No había hablado con Jared desde
que había dejado la comisaría esa tarde temprano y la verdad era
que extrañaba escuchar su voz. Se incorporó en la cama y encendió
la lámpara. Cogió su teléfono móvil y marcó su número. Necesitaba
oírlo al menos una sola vez. Pero no pudo evitar sentirse
decepcionada cuando le saltó el buzón de voz. No supo si dejarle un
mensaje o no. Después de la señal, Blair se quedó en silencio. Se
sintió una tonta, sin saber qué decir. Colgó y arrojó el móvil sobre la
cama. Apoyó la cabeza en la almohada y trató de dormirse, pero fue
inútil.
Veinte minutos más tarde, se subía a su Chevrolette con rumbo a
Fairmount.
Jared creyó que estaba frente a un espejismo cuando abrió la
puerta y se encontró con Blair, parada en el umbral, con una caja de
pizza.
—¿Tienes hambre?
Jared la recorrió de arriba abajo, para darle a entender que para
él había un manjar más delicioso que la pizza que ella traía consigo.
Blair se ruborizó y cuando él la invitó a pasar, caminó presurosa
hacia la cocina.
Disfrutaron de la pizza y de una excelente botella de vino que
Jared había comprado tras el ingreso de Luke en la clínica de
rehabilitación. La había guardado en el refrigerador por si se
presentaba una ocasión especial y aquella era precisamente una de
ellas. Estaba con Blair, con la mujer que amaba.
No hablaron de la investigación para no arruinar el momento;
conversaron sobre temas triviales como la llegada de la señora
French y de su interés por conocer a Gideon Gates.
Jared dejó el vaso de vino sobre la mesa y se acercó a Blair.
Ambos estaban sentados en la alfombra de la sala.
Supongo que mañana cuando vayas al canal te vas a encontrar
con Russell Forrester...
Blair notó el tono despectivo que usaba Jared para referirse al
presentador. Comprendió que había llegado el momento de aclarar
la situación con él.
—Jared... hay algo que debo decirte.
Jared frunció el entrecejo y la fulminó con la mirada.
—¿Se trata de Forrester?
Blair asintió.
Jared sabía que Blair lo amaba, se lo había demostrado con
creces cuando habían hecho el amor. Sin embargo, tenía la espinita
clavada con respecto al tal Forrester.
—Sé que debí decírtelo antes pero no se presentó la ocasión —
se justificó. La verdad es que jamás hubo nada entre Russell y yo.
Salimos en una ocasión y resultó un fracaso... No hubo romance ni
nada.
Jared dejó escapar un suspiro de alivio, pero aun así, decidió
saber más.
—Recuerdo el ramo de flores que te envió; sin duda, estaba
bastante interesado en ti.
—Sí, pero de inmediato le di a entender que yo solo podía verlo
como a un amigo. No le gustó mucho la idea pero se conformó. —
Blair sonrió y rozó el brazo de Jared—. Cuando me besó y lo
rechacé se dio cuenta que...
—¡Espera, espera! —La interrumpió Jared mientras se movía
hasta quedar frente a ella—. ¿Cuándo te ha besado ese engreído?
—Fue el día en que tú me invitaste a almorzar. Esa misma
noche, Russell y yo fuimos a bailar y cuando me trajo de regreso,
me besó le contó
Blair como si aquel suceso fuese el más inocente del mundo. Le
encantaba el atisbo de celos que vislumbró en los ojos de Jared.
—¿Y... te gustó?
Blair no respondió de inmediato, prefirió jugar con la paciencia de
Jared.
—Me tomó por sorpresa y...
Jared ni siquiera la dejó continuar. Se acercó y cogió su rostro
con ambas manos. Arremetió contra la boca femenina, hundiendo
su lengua en la húmeda cavidad, invadiendo con fuerza, provocando
en Blair un torrente de fuego que lentamente la fue devorando.
Sintió que todo su cuerpo se derretía al mismo tiempo que Jared
bebía de ella como si de un manantial se tratase. Después, él
jugueteó con sus labios, chupándolos y mordiéndolos, hasta que
finalmente la soltó.
Completamente turbada y con los labios enrojecidos, Blair
preguntó:
—¿Qué... qué ha sido eso?
Jared le sonrió mientras le acariciaba la boca con su dedo índice.
—Solo me quería asegurar de que te olvidaras del beso que te dio
ese imbécil.
Blair mordió su dedo suavemente y lo miró directamente a los
ojos.
—Ni siquiera recuerdo cómo fue. —Se levantó del suelo y se
arrodilló entre los muslos de Jared. Apoyó ambas manos en los
hombros masculinos y jugueteó con las mangas de la camisa de
Jared. Cuando descendió hasta su abdomen, Jared contuvo el
aliento. Sin mediar palabra alguna, Blair tironeó de la prenda y se la
sacó por encima de la cabeza. La arrojó encima del sillón y se
dedicó a contemplarlo. Ahora no lo tocaba y Blair podía percibir la
excitación en los ojos del hombre que amaba. Acto seguido, ella
comenzó a desabrocharse los botones de la camisa, lentamente,
uno a uno, revelando la blanca y sedosa piel de sus pechos apenas
cubiertos por un sujetador de encaje negro.
Jared se movió inquieto. Sus brazos estaban descansando sobre
el sillón y el resto de su cuerpo no tardó en reaccionar. Blair pudo
percibir la tensión en los músculos de su estómago y el bulto que iba
creciendo debajo de sus pantalones vaqueros.
Se despojó de su camisa y fue consciente de los ojos de Jared
apuntando hacia sus pechos que se movían al ritmo de su agitada
respiración.
Blair no pudo esperar más, y sabía que él tampoco podía, por
eso se arrojó a sus brazos y ambos se fundieron en un beso
electrizante. Jared acomodó el cuerpo de Blair encima del suyo y
buscó afanosamente el gancho de su sujetador. Mientras, ella se
encargaba de quitarle el cinturón a sus pantalones.
Estaban más que preparados para recibirse el uno al otro, pero
no tuvieron más remedio que detenerse cuando el teléfono de Jared
comenzó a sonar. Blair apoyó la frente en el mentón de Jared y
sonrió.
—¡Cielos, que oportuno!
Jared besó su cabello y aspiró su perfume una vez más antes de
separarse de Blair. Se puso de pie y se llevó una mano a la
entrepierna mientras cogía el teléfono.
—Diga. —Esperaba que su vozarrón impresionara a quien fuese
que estuviera del otro lado de la línea por haberse atrevido a
interrumpirlo.
Blair contempló la espalda desnuda de Jared con placer mientras
él hablaba por teléfono y cuando escuchó el nombre de Gwyneth, se
alarmó.
—¿Cómo es posible? ¡Demonios! Jared colgó y se pasó una
mano por el cabello, en cuanto se volvió, se encontró con la mirada
interrogante de Blair.
—¿Qué sucede, Jared? —A esas alturas, a Blair le daba miedo
hasta formular una simple pregunta como aquella.
—Es Gwyneth... ha desaparecido.
Capítulo 20

Casi media docena de patrullas policiales se habían apostado


alrededor de la casa de Gwyneth Matheson. Jared estacionó su
camioneta donde pudo y se bajó raudamente. Blair hizo lo mismo y
rápidamente lo alcanzó. De repente, él se detuvo y la miró.
—No puedes entrar, Blair. Lo siento —le dijo Jared esperando
que entendiera que cuantas menos personas entrasen a la casa,
había más probabilidades de perseverar la escena.
—Está bien. —Blair se quedó en el porche; se sentía
completamente inútil pero sabía que esta vez, debía obedecer. Se
sobresaltó cuando vio que un hombre era sacado de la casa en una
camilla. Se agarraba la parte trasera de su cabeza, de donde
manaba una profusa cantidad de sangre. Parecía bastante
adolorido. Blair supuso que se trataría del policía que vigilaba a
Gwyneth. Se le hizo un nudo en la garganta al pensar en ella.
Divisó a Raze McCue, quien estaba conversando con uno de los
vecinos de Gwyneth. Raze movió ligeramente la cabeza y ella le
devolvió el saludo. Podía acercarse a él y tratar de averiguar qué
estaba pasando. Necesitaba saber dónde estaba Gwyneth...
necesitaba que alguien le dijera que ella regresaría sana y salva.
Jared aún no había salido de la casa, por lo que aprovecharía la
ocasión para ponerse al tanto de lo que estaba sucediendo. Se
dirigió hacia donde estaba Raze McCue y permaneció a una
prudente distancia mientras él interrogaba a la vecina de Gwyneth,
una mujer de unos cincuenta y pico de años que no paraba de
morderse las uñas y vestía un camisón demasiado escotado para su
edad.
Unos pocos minutos después, Raze terminó con la mujer y se
acercó a ella.
—Hola, Blair. ¿Cómo estás?
—Angustiada —respondió ella tras suspirar profundamente.
Raze puso ambas manos en su cintura.
—Esto no debió haber ocurrido —repuso él evidentemente
contrariado.
—¿Cómo es posible que Gwyneth haya desaparecido? —
Alguien redujo al escolta y logró llevársela —respondió Jared
acercándose por detrás.
Blair se giró sobre sus talones.
—¿Nadie vio nada? —preguntó.
Raze, que había sido el encargado de interrogar a los vecinos,
negó con la cabeza.
—Tiene que haber entrado después de las diez. El oficial Corley
se comunicó a esa hora con la comisaría y no reportó nada extraño
—informó Jared con el ceño fruncido.
—Tuvo que ser un hombre... Una mujer no pudo haber atacado
al oficial Corley y llevarse a Gwyneth —intervino Blair. La hipótesis
que rondaba en su cabeza desde que se había enterado de que
Carisse no había muerto quince años atrás perdió fuerza ante
aquella posibilidad. Aun así, no podía descartar nada.
Jared la miró a los ojos y supo exactamente qué estaba
pensando.
—Si es Carisse quien está detrás de todo esto, tiene un cómplice
—soltó Blair completamente convencida de sus palabras.
Raze la miró asombrado.
—¿Carisse Jordan?
—Las sospechas de Blair no son del todo infundadas, McCue —
respondió Jared—. La foto que recibió Gwyneth confirma que la
noche del veinticinco de febrero Carisse no murió. Si no apareció
durante todos estos años debe haber tenido una razón muy
poderosa.
—Sí, pero es indudable que tiene un cómplice. ¿Sospecháis de
alguien?
Tanto Jared como Blair negaron con la cabeza casi al unísono.
—Puede no tratarse de Carisse Jordan —alegó Raze—. Quizá
es alguien que quiere vengar lo sucedido hace quince años, alguien
que no sabe que ella no murió esa noche. ¿Qué hay de sus padres?
¿Algún antiguo novio?
Jared descartó la idea de inmediato. No creía a los padres de
Carisse detrás de semejante plan macabro y con respecto a lo de un
antiguo novio, a Jared le constaba que él había sido el primer amor
de Carisse. Por un momento, lan Willes vino a su mente. No había
sido novio de Carisse pero le había confesado que se sentía atraído
por ella. Además, la actitud evasiva de lan le había parecido
sospechosa. Podía estar simplemente tratando de proteger a su
esposa. Sin embargo, podía haber algo más.
—Raze, hazme un favor. Investiga a todos los que tuvieron que
ver con Carisse en el pasado, y pon énfasis en lan Willes, el esposo
de una de las chicas que estaba con Carisse esa noche en el valle.
Blair miró a Jared.
—¿Crees que pueda tener algo que ver?
—No lo sé, pero no está de más investigar.
Raze se despidió y Blair pretendió hacer lo mismo. Tenía que
levantarse temprano a la mañana siguiente para preparar su informe
sobre la desaparición de Carisse para el programa de Gideon y
además se estaba cayendo de sueño.
—Nada de eso —le advirtió Jared cuando ella le dijo que se iba a
su casa—. Esta noche te quedas conmigo.
Dijo aquellas palabras en voz alta y todos los policías allí
presentes lo oyeron. Blair no pudo evitar sonrojarse.
—Espérame en la camioneta. Iré a despedirme de mis hombres
—le indicó mientras se dirigía hacia el interior de la casa de
Gwyneth.
Blair ni siquiera protestó. Sabía que un oficial montaba guardia
fuera de su casa pero después de lo que le había sucedido a
Gwyneth comprendió que nada le costaría al asesino llegar hasta
ella; además, para qué negarlo... la idea de dormir entre los brazos
de Jared era sumamente deliciosa.
Llegaron a casa cerca de la medianoche; ambos estaban
exhaustos y la idea era irse directamente a dormir. Subieron cogidos
de la mano hasta la habitación de Jared y él se arrojó a la cama sin
siquiera quitarse la ropa. Apoyó la cabeza en la almohada y cerró
los ojos. De sus labios brotó un suspiro cuando los abrió y vio a Blair
de pie junto a la cama. Ella se inclinó y le quitó las botas; luego los
calcetines. "Al diablo", pensó Jared. ¿Cómo iba a conseguir dormir
teniendo a Blair a su lado?
—Ven aquí —pidió con urgencia Jared, extendiendo su brazo.
Blair no se movió de su sitio; en cambio, comenzó a desvestirse.
Primero fue el turno de sus pantalones, que deslizó lentamente por
sus muslos, y cuando alzó la vista se topó con los ojos de Jared.
Ardían de deseo. Parecía que el cansancio que tenía se había
esfumado de repente. Luego desabrochó los botones de su camisa,
tardando más de la cuenta, jugando con la ansiedad de su
privilegiado espectador. Cuando arrojó la camisa por fin al suelo,
Jared sonrió satisfecho. Blair rodeó la cama y se arrodilló a su lado.
Jared contuvo el aliento cuando las pequeñas manos femeninas
comenzaron a bajar la cremallera de sus pantalones. La austera luz
que penetraba en la habitación a través de la ventana reveló su
erección en todo su esplendor. Blair se dedicó a deshacerse de la
prenda con cuidado y cuando por fin logró quitarle los pantalones,
los arrojó junto a su ropa. Luego recorrió con los dedos la piel
aterciopelada de su miembro, tocándola, acariciándola, provocando
que el ritmo de la respiración de Jared se disparara. El calor
masculino la abrasaba y Blair decidió acabar con su agonía. Bajó la
cabeza y besó su miembro antes de abrir su boca para rodearlo.
Jared emitió un gruñido al experimentar aquella sensación, al
verla inclinada sobre él, al sentir el roce de su aliento sobre su
erección. Los dedos de Blair ejercían una exquisita presión y el
entusiasmo de sus besos hizo que le temblaran las piernas. Le
acarició el cabello que caía suelto sobre su estómago y decidió que
era su turno. Levantó a Blair y la tiró sobre la cama, tomándola por
sorpresa.
Se miraron durante un segundo a los ojos antes de que Jared se
inclinara encima de ella y hundiera su rostro entre sus muslos.
Acercó su boca al centro mismo de su feminidad y con la lengua,
siguió el borde de sus húmedos pliegues aún cubiertos por la ropa
interior. La seda roja se humedeció en unos segundos al sentir el
tacto de su boca, con el líquido de su deseo, con el cuerpo listo para
poseerlo. Pero, de momento, lo único que sentía era la incitante
presión de su lengua a través de la braga; calor y presión, incluso el
frío y el calor alternos de su aliento, todo a través de la seda. Blair
apretó las almohadas con ambas manos, luchando y gozando a la
vez. Que la tocaran sin ser del todo tocada, era como para volverse
loca.
—¿Te gusta? —preguntó Jared mientras le acariciaba la
endurecida yema del clítoris con la lengua. Blair tuvo que morderse
la palma de la mano para no gritar de placer.
—Sí... Jared... sí alcanzó a decir entre dientes, elevando las
caderas para mantener el contacto.
La recompensa llegó rápidamente cuando aquella húmeda tela
se deslizó por su piel. Entonces, Blair ardió de placer con el tacto
directo de su boca. Se retorció entre las sábanas al sentir que Jared
la penetraba con uno de sus dedos al compás de los movimientos
de la lengua que bailaba sobre el clítoris; un roce suave y sutil que
contrastaba con la creciente presión y fuerza del dedo. Una
deliciosa tensión se apoderó de su cuerpo y Blair tiró del cabello de
Jared, buscando instintivamente más. Más presión, más caricias. Él
añadió otro dedo, haciendo que ella se tensase. El dolor y el placer
hicieron que sus ojos volaran mientras el osado baile de su lengua
continuaba. Finalmente, ella se estremeció al sentir la oleada de
éxtasis, y encogió todos los músculos, apretándose contra sus
dedos, que aún la acariciaban. Blair gritó cuando la oleada parecía
acumular fuerza. Arqueó la espalda con aquel flujo. Jared apartó la
boca y se alzó para besarla, introduciendo y extrayendo los dedos
mientras ella sentía el clímax.
Él apartó la mano y Blair gimió al sentir el calor húmedo de la
erección en su aún trémula piel. Ella todavía estaba en éxtasis
cuando Jared le separó las piernas y se acomodó para penetrarla.
Se sumergió en ella completamente, insuflándole fuerza con la
boca a aquel grito de sorpresa y placer. Luego, lentamente, Jared
empezó a moverse, con la mandíbula abierta por el calor y la fricción
de su cuerpo, todo tenso y tembloroso a la vez. Blair le rodeó con
las piernas, atrayéndole con los tobillos para que la tomara, más
hondo, más rápido, más fuerte. Ella respondió a cada uno de sus
movimientos, atrayéndolo, atrapándolo, gritándole para sentirle
desde su más profundo interior, y él deseaba prolongar aquello.
Quería que la magia durase, la encantadora esencia y la sensación
de su cuerpo debajo, las caderas meciéndolo con los músculos
contraídos, succionándolo, absorbiéndolo.
—¡Dios... Jared! —Blair le clavó las uñas en la espalda, justo en
medio de su tatuaje.
Entonces él no pudo contenerse por más tiempo, y un abrasador
orgasmo le desagarró, descargando en ella, aterrizando sobre su
sensible clítoris y sintiendo la inconfundible tensión y los espasmos
del clímax de ella, como respuesta al suyo propio.
La vuelta de Blair a la realidad quedó demorada por las dulces
oleadas del orgasmo, y por el placer y el calor abrasador que
surgían de entre sus piernas provocándole otro torbellino de deseo,
hasta que Jared se movió suavemente, retirando el miembro aún
erecto unos pocos centímetros para liberarla de su peso. Un quejido
de protesta escapó de su garganta y ella apretó los muslos para
mantenerle cautivo entre sus piernas. Él le besó el cuello, sin
intención alguna de suplicar piedad.
—Te amo —le susurró Jared al oído entre jadeos.
Blair se recostó encima de él y apoyó la cabeza en su pecho.
—Yo también te amo, Jared —musitó antes de cerrar los ojos.

Blair se acomodó el cuello de su camisa y dejó que la


maquilladora retocara su rostro por última vez. En tan solo cinco
minutos tenía que plantarse frente a las cámaras y anunciar de
manera oficial la desaparición de Gwyneth Matheson. No había
novedades sobre su paradero y se temía lo peor. Por eso, Jared
había accedido a que ella hablara sobre el hecho en televisión.
Quizá alguien de la audiencia había visto algo y podía ayudar para
hallar sana y salva a Gwyneth.
Buscó con la mirada a Lilly. La había acompañado en su afán de
poder conocer a Gideon y ahora se encontraba precisamente
conversando con él en uno de los pasillos del plato. Gideon no
parecía haberse molestado con la presencia de su vecina; muy por
el contrario, se había comportado más que encantador con ella.
Cuando Blair volvió a prestarles atención, notó que Lilly se
sonrojaba por algo que Gideon acababa de decirle. No pudo
contener la risa. Allí estaba naciendo algo, podía apostarlo.
—¡Blair, prepárate! —le avisó Grant Silver, el asistente de
dirección.
Se cercioró de que llevaba todos los papeles y se ubicó en su
sitio. La música que anunciaba su segmento comenzó a sonar y
Blair respiró hondo antes de hablar.
—Buenas noches a todos. Soy Blair Gilbert y estamos emitiendo
en directo. —Hizo una pausa, leyó rápidamente el encabezado de
su reporte y continuó—. Hace una semana les daba a conocer la
trágica noticia del homicidio de Holly Sherman. la policía de Eugene
trabaja incansablemente para resolver el caso, tanto es así que el
detective Jared Collins y su compañero, Raze McCue están sobre
una pista bastante firme. Por obvias razones no pueden revelarla
pero créanme, están haciendo todo lo posible para encontrar al
asesino de Holly. —Esto último no estaba escrito en su reporte, pero
necesitaba decirlo—. Lamentablemente, hoy debo anunciarles una
mala noticia: ayer por la noche, Gwyneth Matheson fue secuestrada
en su propia casa, cerca de las diez. La policía afirma que quien se
llevó a Gwyneth es la misma persona que asesinó a Holly Sherman.
Ambas mujeres se conocían y como la mayoría de vosotros sabéis,
estuvieron involucradas en la desaparición de Carisse Jordan quince
años atrás. La policía de Eugene pide vuestra colaboración. Si
alguien ha visto o sabe algo que pueda ayudar a encontrar a
Gwyneth, por favor, pónganse en contacto con ellos. —Blair iba a
despedirse y sabía que debía hacerlo con una sonrisa, pero
simplemente no pudo—. Buenas noches y les veo la próxima
semana —dijo apuntando sus ojos azules a la cámara.
Cuando dieron paso a la publicidad, Gideon se acercó y la felicitó
por su tarea. Le dijo que Cecile debía tener cuidado con ella porque
podía quedarse con su lugar dentro del programa. Blair no supo si
estaba siendo sincero con ella o le estaba gastando una broma. Sin
embargo, en ese momento en lo que menos podía pensar era en la
posibilidad de quedarse de manera definitiva en el equipo de Gideon
como presentadora de sucesos. No podía apartar de su mente a
Gwyneth. Debían encontrarla antes de que tuviera el mismo final
que Holly Sherman.
Salió de la KTVC acompañada de Lilly. La mujer no dejó de
hablar de Gideon durante todo el trayecto hasta Harlow y así Blair
se había enterado que la había invitado a cenar. Sin duda, su vecina
había conseguido conquistar al solicitado presentador nocturno con
su simpatía. Se alegraba mucho por ambos; hacían una pareja
estupenda y se lo hizo saber a Lilly
—¿Tú crees? —le preguntó Lilly incapaz de simular su emoción.
—Por supuesto. Gideon ha quedado encantado con usted,
bastaba ver cómo la miraba para darse cuenta —repuso Blair
dándole confianza a su vecina—. Además, la ha invitado a cenar...
No suele hacer eso con las admiradoras que se acercan a él.
Lilly sonrió.
—Tendrás que ayudarme a elegir algo bonito para la ocasión. No
he salido mucho recientemente. ¡No recuerdo cuando tuve mi última
cita con un hombre! —reconoció un tanto avergonzada.
—No se preocupe, yo misma le ayudaré a escoger algo especial
—le aseguró Blair mientras estacionaba su coche frente a la casa de
Lilly—. Hemos llegado.
—¿Tú no te quedas? —le preguntó Lilly al ver que ella no se
bajaba. —No... me quedaré en casa de Jared —respondió con una
sonrisa en los labios.
Un brillo de picardía iluminó los ojos de su vecina.
—¡Vaya, veo que vuestra relación va en viento en popa!
—Nos amamos, Lilly —respondió Blair henchida de orgullo.
—Me alegro mucho por ti, querida. Buenas noches, que
descanses.
—Usted también, Lilly.
Pasó frente a su casa y vio que el oficial Foakes ya no estaba
allí. Jared le había dicho que lo había relevado de su tarea en el
mismo momento en que le pidió que se quedara con él. Esa tarde,
cuando había recogido a su vecina para llevarla al canal, aprovechó
para pasar por su casa y buscar algo más de ropa. Le dio cierta
nostalgia saber que no podía regresar hasta que toda aquella
pesadilla terminara. Pero permanecería al lado de Jared, el hombre
que amaba y eso bastaba para sentirse menos triste.
Cuando llegó a casa de Jared descubrió que el oficial Foakes
estaba estacionado a un lado de la calle. Se apeó del auto y se
dirigió hasta él.
—Buenas noches, oficial. Creí que Jared lo había eximido de la
tarea de vigilarme.
El hombre sonrió cuando ella llamó al detective Collins por su
nombre de pila. Al parecer eran ciertos los rumores que se habían
esparcido en la comisaría acerca del posible amorío entre el
detective y la ex chica del tiempo.
—El detective Collins me ordenó que continuara con la vigilancia,
solo que debía cambiar mi posición —le informó—. A partir de ahora
me apostaré aquí, en su propia casa.
—Comprendo —respondió Blair un tanto ruborizada. El agente
Foakes sabía que ella se quedaba con Jared. A esas alturas, todos
debían saber lo que había entre ambos. Se despidió del oficial y
entró a toda prisa a través del taller. Como supuso, Jared no había
regresado aún de la comisaría. Encendió el contestador y había un
mensaje suyo:
Blair, las cosas se complicaron por aquí. Trataré de regresar lo
antes posible. Te amo, cariño.
Blair repitió dos veces más el mensaje tan solo para escuchar la
voz de Jared diciéndole que la amaba. Cargó su maleta hasta la
habitación de Jared y acomodó su ropa en un rincón del armario.
Llevó su cepillo de dientes y los demás accesorios de belleza al
baño y una sonrisa afloró en sus labios cuando se contempló en el
espejo. Le agradaba crear su propio espacio en la vida de Jared. La
ropa en el armario y el cepillo de dientes junto al suyo significaban
mucho para ella. Claro que habría preferido que las circunstancias
fuesen otras y no se estuviera mudando a la casa de Jared porque
algún loco quería hacerle daño. Sin embargo, y a pesar de que le
angustiaba la desaparición de Gwyneth, no pudo evitar sentirse feliz
de estar allí. Bajó a la cocina y preparó la cena. Encontró la botella
de vino que habían bebido la noche anterior y la metió dentro del
refrigerador. Mientras el budín de salmón se cocinaba, aprovechó
para darse una ducha rápida. Se vistió con unos pantaloncitos
cortos y una camisa sin mangas y se dispuso a preparar todo para
cuando Jared regresara.
Unos minutos después, sonó el teléfono. Blair se apresuró a
contestar creyendo que era él.
—Hola. —Pero se quedó estupefacta cuando escuchó la voz de
Luke Collins desde el otro lado de la línea.
—Buenas noches, Blair.
—Buenas noches, señor Collins. —Su voz sonó como un
murmullo.
—¿Está mi hijo?
—No... él no ha llegado de la comisaría aún. Se hizo un largo
silencio.
—Esta es la primera llamada que me permiten hacer desde que
estoy aquí —le dijo de repente.
—Lamento que su hijo no esté...
—No, es mejor así —la interrumpió Luke—. Quería hablar
contigo. Ahora fue ella quien guardó silencio.
—Sé que me he comportado muy mal contigo y no tengo
derecho a pedirte que me perdones, pero quiero que sepas que el
poco tiempo que llevo encerrado en este lugar me ha servido para
recapacitar. —Hizo una pausa—. Nunca debí culparte. Jared
siempre tuvo razón, tú no tuviste nada que ver con lo ocurrido, pero
el alcohol y el rencor me han cegado todos estos años. Fuiste un
blanco fácil y lamento mucho lo que te hice...
A Blair se le hizo un nudo en la garganta. Luke Collins le estaba
pidiendo perdón; apenas podía creer que aquello estuviera
sucediendo.
—Señor Collins; usted, su hijo, yo... no hemos sido más que
víctimas en todo este asunto. Yo perdí a mi hermana y Jared perdió
a su novia. En mayor o menor medida, todos hemos sufrido por lo
ocurrido aquella noche en el valle.
—Yo me refugié en la bebida como si fuera la única tabla de
salvación y no me di cuenta hasta que terminé alejando a mi propio
hijo de mí.
—Jared lo ama, Luke. Su hijo siempre quiso su bienestar —
adujo Blair emocionada de escuchar al padre de Jared hablar de
aquella manera.
—Lo sé, hija, lo sé.
Luke la había llamado "hija". Blair sintió sus ojos humedecerse.
—¿Podrás perdonarme algún día?
—Ya lo perdoné hace tiempo, señor Collins.
Luke volvió a quedarse en silencio. Unos segundos después
preguntó:
—¿Quieres a mi hijo?
Blair ya no pudo contener el llanto. Percibió que a Luke le
temblaba la voz.
—Más que a nada en la vida —respondió mientras enroscaba el
cable de teléfono entre sus dedos.
—Jared también a ti, supongo que ya te lo habrá dicho.
—Sí, me lo dijo.
En ese preciso momento, Blair escuchó la camioneta de Jared.
El corazón le dio un vuelco.
—Acaba de llegar su hijo —anunció tras respirar profundamente.
—Me gustaría hablar con él.
—Por supuesto. —Blair se giró sobre sus talones cuando Jared
entró a la casa. Él se acercó y la abrazó por detrás. De inmediato
percibió que ella estaba llorando.
—¿Qué sucede? ¿Con quién hablas?
Blair le sonrió en medio de las lágrimas. No le dijo nada, solo le
entregó el teléfono. Jared lo cogió y cuando escuchó la voz de su
padre, buscó a Blair con la mirada. Ella asintió y lo dejó para que
hablara a solas con él.
No pudo dejar de llorar mientras servía la cena, pero por fortuna,
eran lágrimas de felicidad.
Capítulo 21

A la mañana siguiente, Blair se despertó cerca de las nueve y


Jared ya no estaba junto a ella en la cama. Se incorporó, y mientras
alzaba ambos brazos por encima de la cabeza emitió un sonoro
bostezo. Cerró la boca de golpe cuando vio a Jared aparecer por la
puerta con el semblante circunspecto. Él se paro al lado de la cama
y miró a Blair directamente a los ojos. Se puso pálida. Ella no
necesitó oírlo de sus labios para darse cuenta de qué estaba
sucediendo. Se llevó una mano hacia el pecho y sacudió la cabeza.
—¡Dios, no! ¡Gwyneth...!
Jared se sentó a su lado y la cogió de los hombros.
—La encontraron hace una hora, flotando en el río Willamette.
Blair sintió frío en todo el cuerpo y comenzó a tiritar. Jared la
estrechó entre sus brazos para tratar de sosegarla
—Debo ir, McCue me está esperando. No quiero que salgas de
aquí por nada del mundo, ¿me oyes? —le dijo seriamente cuando la
apartó para mirarla a la cara.
—Jared... ¿cuándo se detendrá? ¿Cuándo acabará esta
pesadilla? Blair se recostó nuevamente y Jared la cubrió con una
manta.
—No lo sé, cariño. —Hubiera deseado darle una respuesta más
positiva pero no quería engañarla. Si no lograban hallar al autor de
los crímenes, el número de víctimas aumentaría. Jared se
estremeció ante la idea de que Blair pudiera convertirse en la
próxima. Se quedó un rato más con ella y cuando comprobó que
estaba un poco más tranquila se marchó rumbo al valle para
inspeccionar la escena del crimen con sus propios ojos. Lo único
que sabía era que el cuerpo de Gwyneth había aparecido en el
mismo punto donde había sido hallada Holly Sherman.
Llegó al lugar y de inmediato se reunió con McCue.
—Es lo mismo otra vez —le dijo Raze subiéndose las gafas de
sol encima de la cabeza—. Tiene una bolsa en la cabeza y, según el
forense, murió asfixiada.
Jared no se sorprendió. En realidad, temía que aquello sucediera
desde el primer momento en que supo que Gwyneth había sido
secuestrada. El asesino tenía un patrón predeterminado y lo seguía
a rajatabla: primero enviaba los anónimos a sus víctimas para
infundirles temor, luego esperaba el momento oportuno para
secuestrarlas, y por último acababa con sus vidas de una manera
terrible, reviviendo lo sucedido quince años atrás con el único
propósito de cobrar venganza.
Se acercó a la orilla del arroyo y contempló el cuerpo hinchado
de Gwyneth Matheson.
—¿Hace cuánto que murió?
El forense alzó la cabeza y lo miró.
—No más de diez horas. Al igual que la primera víctima estaba
muerta cuando la arrojaron al agua —respondió mientras terminaba
de quitarle la bolsa de la cabeza al cadáver.
—¿Por qué no las asesina enseguida? —Intervino Raze—.
Gwyneth llevaba ya treinta y seis horas desaparecida. ¿Por qué
esperar tanto tiempo para matarla?
Jared no supo qué responderle. Pero de algo sí estaba seguro: si
se tomaba tanto tiempo para estar con sus víctimas, era porque al
asesino las conocía y las retenía a su lado solo para prolongar su
sufrimiento. Pensó en Carisse; sin embargo, era imposible que
hubiera podido actuar sola. Había sido un hombre el que había
reducido al oficial Corley y se había llevado a Gwyneth por la fuerza.
¿Quién sería capaz de ayudar a Carisse y convertirse así en su
cómplice? Un pensamiento asaltó su mente de repente. Miró a Raze
como si estuviera a punto de decirle algo.
—¿Sucede algo? —preguntó su compañero.
—¿Has podido averiguar algo de Ian Willes?
—No aún...
—Debo irme. Te quedas a cargo, McCue.
—Pero...
Jared ni siquiera lo escuchó. Caminó a toda prisa hacia el sitio
en donde había dejado aparcada su camioneta y se subió en ella.
Unos segundos después, lo único que alcanzó a divisar Raze en el
sendero fue la enorme nube de polvo que la Ford F-50 dejó tras
desaparecer.

Blair esperó a que Jared se hubiera marchado para levantarse.


Aún le duraba el frío en el cuerpo tras enterarse de la muerte de
Gwyneth. Sabía que Emily podía ser la próxima víctima y por eso
decidió que tenía que hablar con ella. Quizá la rubia había recibido
ya el fatídico anónimo y no dijo nada cuando Jared la interrogó.
Trató de no pensar demasiado en que ella también se había
convertido en un objetivo para el asesino. Seguía sin saber por qué;
se negaba a creer que fuera por su parecido con Paige pero por el
momento no encontraba otra respuesta a aquel interrogante. Sabía
que Jared se enfadaría con ella. Le había casi ordenado que no
saliera, pero no podía quedarse allí, con las manos cruzadas. Debía
actuar.
Se vistió rápidamente y salió de la casa. El oficial Foakes la vio y
la saludó moviendo la mano, desde el interior de su vehículo. Blair le
sonrió y sin perder más tiempo se subió a su Chevrolette Chevette y
se marchó rumbo al barrio donde vivía Emily. Esperaba que
estuviera en casa y que estuviera sola. Observó los alrededores.
Frente a la cochera solo había un automóvil estacionado. Subió los
cuatro escalones que conducían al porche y se plantó delante de la
puerta. Llamó y esperó ser atendida. Afortunadamente, Emily sí
estaba en casa, y a pesar de que se sorprendió con su visita, la
invitó a pasar.
—Emily, en realidad he venido hasta aquí para hacerte algunas
preguntas —dijo Blair sentándose en el elegante sofá de la sala. No
tenía tiempo de andarse con rodeos—. No sé si lo sabes pero
trabajo en el programa de Gideon Gates y estoy investigando los
asesinatos de Holly y Gwyneth. —Blair notó cómo Emily perdía el
color de sus mejillas y abría los ojos como platos. ¿Gwyneth está
muerta?
—Lamentablemente, sí. Esta mañana encontraron su cuerpo en
el río Willamette; al igual que Holly... Al igual que Carisse. Emily se
recostó en el sillón y se cruzó de brazos.
—El cuerpo de Carisse nunca apareció —repuso mirando
fijamente un punto imaginario frente a ella.
—Porque Carisse no murió esa noche —respondió Blair
sabiendo que aquella noticia consternaría a Emily.
Entonces Emily la miró; pero Blair percibió que no había emoción
alguna en sus ojos, solo un inmenso vacío.
—La policía cree que Carisse está detrás de las muertes de
Holly y Gwyneth, que busca venganza por lo sucedido aquella
noche en el valle. —Hizo una pausa para que Emily pudiera asimilar
todo lo que le estaba contando—. Tú estabas allí con ellas...
—¿Quieres decir que ahora viene a por mí?
—Es lo más probable. Holly y Gwyneth recibieron un anónimo
antes de desaparecer. ¿Has recibido uno tú?
Emily negó enérgicamente con la cabeza.
—¿Estás segura?
—¿Por qué habría de mentirte?
—No lo sé —respondió Blair—. Siempre has estado reacia a
hablar sobre lo sucedido esa noche. Emily sonrió con amargura.
—¿Gwyneth no te lo contó?
Blair asintió.
—Siempre supe que terminaría hablando. Gwyneth era la más
débil del grupo y hasta la cadena más resistente se rompe si hay un
eslabón defectuoso.
Blair percibió que Emily hablaba de su amiga casi burlándose de
su carácter. Gwyneth acababa de ser asesinada y ella solo podía
pensar en que ella no había podido guardar el secreto que se había
empeñado en ocultar durante más de quince años.
Blair quiso preguntarle más sobre la noche del veinticinco de
febrero y sobre el supuesto romance que había tenido su esposo
con Carisse pero justo en ese momento el pequeño hijo de los
Willes entró corriendo a la sala y se subió al regazo de su madre.
—Charlie, ¿por qué no estás viendo la televisión?
—Quiero ir con papá —balbuceó el pequeño de cuatro años
poniéndose de pie sobre las piernas de Emily. Luego, cuando miró a
Blair, escondió la cabeza entre los hombros y se quedó callado.
—Hola, Charlie —dijo Blair acariciando la rubia cabellera del
niño. Era idéntico a su madre.
—Papá no tardará en Llegar. ¿Por qué no subes a tu habitación
hasta que regrese de la cabaña?
A Charlie no parecía convencerlo demasiado el plan que le
ofrecía su mamá.
—¡Quiero ir con papá!
—Está bien, te diré que haremos. Te llevaré a tu cuarto y te
quedarás allí hasta que papá regrese; si lo haces te prometo doble
ración de pastel de limón esta noche. ¿Trato hecho?
El pequeño Charlie se mordió el labio inferior, miró de soslayo a
Blair y sonrió con todos sus dientes.
—Ven, vamos. —Emily se levantó y lo alzó en brazos—. Regreso
enseguida —dijo mirando a Blair.
Mientras esperaba, Blair contempló aquella parte de la casa con
atención. Los Willes parecían disfrutar de la buena vida. Si no
recordaba mal, Ian trabajaba en el negocio de bienes raíces y a
juzgar por la apariencia de su casa, le estaba yendo bastante bien.
Emily regresó un par de minutos después.
—Se ve que el pequeño extraña mucho a Ian —comentó Blair en
cuanto Emily se sentó en su sitio nuevamente.
—Adora a su padre, y cuando se va a la cabaña, Charlie lo
extraña muchísimo. Le he pedido en varias oportunidades que lo
lleve con él, pero Ian dice que no es un sitio para un niño de su
edad, que hay muchos riscos, animales salvajes, que puede caerse
al río... En fin, creo que solo son excusas para no ocuparse de él.
—¿Ian tiene una cabaña cerca del río?
—Sí, la heredó de sus padres. Desde un tiempo a esta parte
pasa más tiempo en la cabaña que en la casa. Es una especie de
santuario para él, y no permite que nadie se acerque... Ni siquiera a
mí me deja ir —le contó Emily olvidándose por un momento del
pasado para ventilar su vida marital. Puede pasarse horas
pescando, olvidándose de que tiene una familia...
Blair notó el reproche en sus palabras.
—¿Y hoy ha ido a pescar?
Seguro que sí, debió irse muy temprano. Yo estaba dormida
cuando cogió la camioneta y se marchó.
—Comprendo. —Blair se quedó pensativa durante un buen rato
mientras escuchaba a Emily quejarse de la vida que llevaba al lado
de Ian Willes. ¿Sería por eso por lo que había intentado acercarse a
Jared? Al parecer, su esposo le prestaba poca atención.
Al ver que ya no podía sacarle más información, Blair decidió
marcharse. Cuando estaba a punto de subirse a su coche descubrió
una camioneta acercarse a la casa. Ian Willes se apeó del vehículo
y se sorprendió de verla.
—Hola, Blair, ha pasado mucho tiempo —le dijo él mirándola
directamente a los ojos.
—Hola, Ian. ¿Cómo estás?
—Mejor que nunca. ¿Qué te trae por aquí?
—Vine a visitar a tu esposa y a conocer a vuestro hijo. Charlie es
adorable —manifestó Blair sabiendo que Ian no se tragaría aquel
cuento.
—Que tengas buen día, Blair —respondió él escuetamente.
Parecía que no tenía ganas de socializar demasiado esa mañana.
Le dirigió una última mirada a Blair y entró en la casa.
Blair lo observó hasta que él cerró la puerta tras de sí. Luego, en
vez de ir hasta donde estaba su coche estacionado, se acercó hasta
la camioneta de Ian. Miró en la parte trasera. Emily le había dicho
que su esposo había ido a pescar. No veía cañas por ningún lado.
¿Qué pescador no llevaba sus cañas de pescar consigo? Algo allí
no cuadraba. Luego, mientras conducía hacia Fairmount comenzó a
repasar lo que Emily le había contado. Ian tenía una cabaña en el
valle, a orillas del río Willamette. No dejaba que nadie se acercara,
ni siquiera su propia esposa. Ese comportamiento era bastante
sospechoso. Y además estaba el hecho de que no había cañas en
su camioneta cuando se suponía que había estado pescando. Algo
más le hacía ruido y era el inquietante detalle de que Ian esa
mañana temprano no se encontraba en casa... Había sido a esa
hora cuando el cuerpo de Gwyneth había aparecido. Blair detuvo su
automóvil de golpe, apretó ambas manos en el volante. ¿Era
posible?

Jared se encerró en su oficina y le pidió a Berta que nadie lo


molestara. Se sentó cómodamente en su silla, encendió el
ordenador y entró en la base de datos de la policía estatal. Era poco
probable que Ian Willes tuviera un expediente. Aun así, introdujo su
nombre y esperó pacientemente el resultado. Se preparó para una
página vacía. En apariencia, Ian era un padre de familia y un exitoso
hombre de negocios, pero Jared sabía muy bien que las apariencias
engañan... Muchas veces las personas ni siquiera son como uno las
imagina. Ian fue evasivo cuando lo había interrogado junto a su
esposa; pero no era solo eso: Jared había percibido cierta actitud
desafiante por parte del ex capitán de baloncesto de Shelton frente
a sus preguntas.
Se sorprendió cuando la base de datos le devolvió un par de
resultados. Había un par de infracciones de tráfico, una de ellas se
remontaba al año 1996. Jared se quedó de piedra cuando leyó la
fecha.
25 de febrero.
Según el informe, Ian había sido multado por exceso de
velocidad a tan solo un par de kilómetros del área donde Carisse
desapareció. Miró la hora: la una de la madrugada.
Jared nunca había creído en las casualidades, y no iba a
comenzar ahora. Aquello era un muy buen indicio... una pista que
podía llevarlo a desentrañar el misterio de la desaparición de
Carisse y los asesinatos de Holly y Gwyneth.
Siguió buscando pero no había mucho más de él en la base de
datos. Apartó la vista del ordenador y cogió el teléfono. Debía saber
más de Ian Willes y sabía exactamente a quién preguntarle.
—Emily —dijo cuando alguien levantó el tubo desde el otro lado
—. ¿Podríamos vernos? Es importante. —Jared se dio cuenta de
inmediato que ella no esperaba su llamada, pero la rubia no tardó ni
un segundo en aceptar su invitación. Se verían en su casa y,
aunque no era lo usual, Jared necesitaba estar a solas con Emily
para lograr que hablara con él.
Abandonó su despacho y le pidió a Berta que le comunicara a
Raze que había salido para seguir una pista. La mujer lo miró
curiosa e intentó sacarle un par de palabras antes de que su jefe se
marchara, pero fue inútil, Jared la dejó con las ganas de saber qué
estaba pasando.
Condujo hasta Fairmount a toda prisa, quería estar en su casa
cuando Emily llegase. Estacionó su camioneta fuera del taller y
saludó al agente Coates con un movimiento de cabeza antes de
desaparecer por la puerta lateral. La casa estaba sumida en el
silencio. Blair había salido, seguramente estaría en la KTVC
preparando su próximo programa. Buscó si había una nota de ella,
pero no había nada. Subió escaleras arriba y dudó si meterse en la
ducha o no. Decidió regresar a la sala y fue en ese momento
cuando alguien llamó a la puerta. Revisó su aspecto una vez más,
se desabrochó los dos primeros botones de su camisa y se peinó el
cabello con los dedos. Se sentía bastante extraño actuando de
aquella manera pero, a esas alturas, lo único que le interesaba era
lograr que Emily se abriera a él y respondiera a sus preguntas.
Le abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Emily
también había preparado su artillería pesada. Llevaba una falda
estrecha que se ceñía a sus caderas exageradamente y una blusa
escotada. Jared tragó saliva y la invitó a pasar. Ella contoneó su
cuerpo a medida que avanzaba por la sala; se dejó caer en el sofá y
lo miró fijamente con sus enormes ojos azules. Jared seguía
sonriéndole; no era la primera vez que una mujer intentaba seducirlo
pero sí era la primera vez que él lo intentaría con el único objetivo
de sonsacar información.
—No me has dicho aún qué quieres de mí. —Emily se cruzó de
piernas y le sonrió seductoramente.
Jared se sentó a su lado. Al hacerlo, su rodilla rozó el muslo
femenino. Emily ni se movió, por el contrario, se acercó más a él,
dándole a entender qué era lo que quería.
—Necesito que hablemos...
Emily levantó su mano y rozó el musculoso brazo de Jared que
descansaba en el reposabrazos del sillón.
—Cuando me citaste con tanta urgencia y en tu casa... no
esperaba que solo quisieras hablar.
Jared no dijo nada; era más que evidente que ella pretendía ir al
grano. Observó anonadado cómo Emily subía con su mano hasta
apoyarla en su pecho.
—Emily, quiero hacerte algunas preguntas sobre tu esposo le
dijo mientras trataba de que ella no metiera la mano dentro de su
camisa.
La mención de la palabra "esposo", hizo que Emily se enfriara.
Se apartó y no se molestó en ocultar su enojo.
—¿Ian? ¿Qué quieres saber de él?
Jared supo que era el momento oportuno para continuar
indagando.
—Tu esposo reconoció que hubo algo entre él y Carisse hace
quince años. ¿Tú te enteraste, verdad?
Emily dejó escapar un suspiro; luego se acomodó un mechón de
cabello y volvió a prestarle atención.
—Sí, alguien de la escuela me dijo que los había visto juntos en
más de una ocasión —reconoció. Le pedí que no se acercara a ella,
pero Ian me decía que era Carisse la que lo buscaba, me juraba que
él no tenía la culpa...
—¿Y tú le creíste? Jared deseó tener a Ian Willes frente a él en
ese momento para propinarle un golpe. Había ensuciado el nombre
de Carisse y ahora estaba seguro de que lo había hecho solo
porque ella lo había rechazado.
—Sí, le creí. Por eso decidí dar un escarmiento a Carisse.
Supongo que esa parte de la historia te la contó Gwyneth antes de
morir. —Carisse no tuvo nada que ver con Ian.
—¿Cómo puedes estar tan seguro, Jared? Ella pudo engañarte
como Ian me engañó a mí —repuso sonriendo con ironía.
—Yo conocía a Carisse y sé que hubiera sido incapaz de citarse
con alguien más... Ella me amaba. —Hizo una pausa—. Pero no
puedo poner la mano en el fuego por tu esposo. Es más, creo que él
se obsesionó con ella y estuvo esa noche en el valle.
—Te equivocas, Ian no estaba allí —aseveró Emily.
—Una infracción de tráfico lo sitúa a un par de kilómetros del
valle, esa misma noche.
—Eso no es posible...
—Lo es. ¿Sabes? Tengo una teoría al respecto: creo que él vio
todo lo que ocurrió esa noche. Fue testigo de cómo tú y tus amigas
asustasteis a Carisse hasta el punto de provocar su caída, esperó a
que os fuerais y la rescató con vida.
Emily sacudió la cabeza. No podía dar crédito a las palabras de
Jared. —Necesito que me digas todo lo que sabes, Emily. Ella lo
miró.
—¡Yo no sé nada! ¡Nada! le gritó poniéndose de pie para
alejarse de él.
—Llevas más de diez años casada con Ian; en todo este tiempo
debes haber notado algo extraño en él. Sabemos que Carisse no
murió esa noche, y tenemos pruebas de que Ian estaba cerca del
valle casi a la misma hora. Él es su cómplice, Emily, es quien ha
ayudado a Carisse a perpetuar su venganza. Debemos detenerlo.
Emily, quien le había dado la espalda a Jared desde que se
había levantado del sillón, se giró sobre sus talones y lo miró
directamente a los ojos. Jared vio las lágrimas en su rostro.
—Eso... eso no es verdad. Ian no es un... ¡Oh, Dios! Jared
alcanzó a sujetarla antes de que ella se diera de bruces contra el
suelo. La abrazó con fuerza y le ofreció su hombro para llorar. Le
acarició el cabello y le dijo que todo iba a ir bien. Alzó la cabeza
cuando escuchó ruido de llaves en la puerta.
Blair entró a la sala y se quedó petrificada cuando se encontró
con aquella escena: Jared abrazando a Emily mientras ella lloraba
desconsoladamente sobre su hombro. No pudo dar un paso más y
aunque Jared le hizo señas de que todo estaba bien, Blair no pudo
evitar sentirse invadida por los celos. Observó el sensual atuendo de
Emily y cuando Jared la apartó de su lado, notó que su camisa tenía
un par de botones desabrochados. ¿Qué había sucedido realmente
allí? En ese momento lo que menos le importaba era el llanto
desconsolado de Emily.
Jared la sentó en el sillón y se acercó a Blair.
—No es lo que piensas...
Blair se cruzó de brazos. Estaba molesta y no tenía por qué
disimularlo.
—¿Qué hace aquí?
—Necesitaba hacerle unas preguntas sobre su esposo.
—¿Y para interrogarla tienes que traerla a tu propia casa? —le
espetó Blair alzando la voz.
—Quería que se sintiera cómoda —respondió Jared ante el
enfado de Blair.
—Me imagino. —Una sonrisa irónica curvó los labios de Blair—.
Espero que al menos esa "comodidad", haya servido para algo.
Jared no se animó a decirle que en realidad no había obtenido
nada de Emily; después de que la cercara con la posibilidad de que
Ian fuera cómplice de Carisse, la rubia había quedado
conmocionada y en ese estado era imposible continuar con el
interrogatorio.
—Emily no se encuentra de condiciones de responder a mis
preguntas en este momento —repuso Jared mientras se pasaba una
mano nerviosa por el cabello.
—Pues, menos mal que me tienes a mí —dijo Blair con cierto
aire de misterio—. Creo que he logrado averiguar algo. Jared frunció
el ceño.
—¿Qué es?
Blair cogió a Jared del brazo y lo arrastró a la cocina. No iba a
hablar de aquel asunto delante de Emily.
—Sé dónde puede estar Carisse.
Jared no dijo nada durante una fracción de segundos y cuando
habló, le preguntó:
—¿Cómo lo sabes?
—Esta mañana estuve en casa de Emily —le informó. Hizo caso
omiso a la expresión de asombro en el rostro de Jared y continuó
con su relato—. Ella me contó que Ian tiene una cabaña a orillas del
Willamette y que suele pasar allí mucho tiempo. Heredó la
propiedad de sus padres y no permite que nadie se acerque... Ni
siquiera deja que Emily y su hijo Charlie lo visiten cuando él está allí.
—Interesante —dijo Jared. Su teoría estaba empezando a cobrar
fuerza.
—Hoy, cuando estuve en su casa, Ian regresaba precisamente
de la cabaña. Emily me había dicho que había salido esa mañana
temprano porque quería ir de pesca, pero revisé la camioneta y no vi
ninguna caña de pescar por ningún lado. Venía a contártelo pero no
esperaba encontrarte acompañado —añadió fulminándolo con la
mirada.
Jared no tenía tiempo para los celos infundados de Blair;
necesitaba ocuparse de aquel asunto cuanto antes.
—¿Puedes quedarte con Emily mientras yo voy hasta su casa
para vigilar a su esposo?
—¡De ninguna manera! ¡Quiero ir contigo! —le planteó.
—Blair, no creo que sea conveniente. Será mejor que te quedes
con ella...
—¡No pienso hacerlo! —Replicó, firme en su postura—. Yo fui
quien averiguó lo de la cabaña, tengo derecho a ir contigo.
Jared supo que sería inútil discutir con ella, por lo que decidió
llevarla con él. Emily seguía presa de la conmoción y solo lo miró
confundida cuando Jared le pidió que se quedara allí hasta que
regresara. Le ordenó al oficial Coates que la vigilara y se marchó
junto a Blair hacia la casa de los Willes.
Capítulo 22

Jared estacionó su camioneta a una distancia prudencial de la


residencia de los Willes. Apagó el motor y descansó ambas manos
sobre el volante. A su lado, Blair lo observaba detenidamente. Sus
ojos se dispararon de inmediato hacia los dos primeros botones de
su camisa que continuaban abiertos. ¿Hasta dónde habría sido
capaz de llegar él con tal de conseguir que Emily respondiera a sus
preguntas? No quería ponerse celosa pero no lo podía evitar. Ni
siquiera quiso imaginarse qué hubiera sucedido si ella no se hubiera
presentado de improviso. De sus labios escapó un suspiro que
atrajo la atención de Jared.
—¿No seguirás molesta por lo de Emily, verdad? —inquirió él
con una sonrisa burlona en el rostro.
Blair se acomodó el cabello detrás de la oreja y se sopló el
flequillo. Era más que evidente que a Jared le parecía graciosa su
actitud, pero no le daría el gusto de que siguiera mofándose de ella.
—No, por supuesto que no —respondió tajante apartando la
mirada.
No quería continuar hablando de Emily y de lo que podría haber
ocurrido si ella no hubiese llegado a tiempo—. Dime; ¿por qué
sospechaste de Ian?
Jared agradeció que ella hubiera cambiado de tema. Su
semblante se tornó serio.
—Hubo algo extraño en su actitud cuando lo interrogué. Además,
reconoció que Carisse le gustaba, aunque pretendió hacerme creer
que era ella la que andaba tras él. —Hizo una pausa—. Descubrí
que la noche de su desaparición, Ian fue multado cerca del lugar
donde sucedió todo. Sabemos que Carisse no pudo haber actuado
sola. Necesitó de la fuerza de un hombre para atacar al oficial
Corley y llevarse a Gwyneth de su casa... y hay algo más: cuando lo
interrogué le di a entender que un testigo había revelado que esa
noche Emily quería hacerle pagar a Carisse por acercarse a él.
Unas horas después, Gwyneth desapareció. Todos estos indicios,
más lo que has descubierto tú, son suficientes para considerarlo
cómplice de asesinato.
Blair había estado escuchando atentamente sus conjeturas,
luego dijo:
—¿Crees que Carisse ha estado oculta en su cabaña todos
estos años?
A Jared no le convencía demasiado esa posibilidad. La Carisse
que él conoció jamás habría dejado que sus padres pensaran que
ella estaba muerta, jamás habría urdido un plan para acabar con sus
amigas... Debía encontrarla y aclarar todas sus dudas.
—Mira, allí está. —Jared se inclinó un poco cuando vio que Ian
se subía a su camioneta. Estaban lejos para ser vistos pero era
mejor manejarse con cautela. Ian era el único que los podía llevar
hasta Carisse.
—Seguramente regresa a su cabaña —repuso Blair agachada
en su asiento.
Jared asintió mientras encendía el motor. Ian salió con su
camioneta y al llegar a la intersección de las calles Olive y Park viró
hacia la derecha.
Jared y Blair lo siguieron de lejos para no ponerse en evidencia.
Atravesaron casi media ciudad hasta la autopista 105. Una vez allí,
Ian continuó derecho durante unas cuantas millas. Blair miró con
nerviosismo su reloj. Habían pasado más de veinte minutos y se
estaban alejando de Eugene. El paisaje cambió lentamente: ya no
había asfalto ni viviendas, solo caminos polvorientos y el enorme
valle que rodeaba al río Willamette. A Blair se le hizo un nudo en la
garganta cuando se dio cuenta de que faltaba poco para que
anocheciera.
Ian dobló hacia la izquierda y cuando el sendero se hizo más
estrecho redujo la velocidad, obligando a Jared a hacer lo mismo
para evitar ser descubierto.
Una construcción rústica de dos plantas se perfiló unos cuantos
metros más adelante. Jared se detuvo detrás de unos árboles
cuando vio que Ian estacionaba su camioneta frente a la cabaña.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Blair mientras se abrazaba
a sí misma para calmar su angustia.
Jared se volvió y la miró directamente a los ojos.
—Tú no harás nada. Cuando Ian entre a la cabaña me acercaré
para ver qué está sucediendo —le advirtió.
Blair se limitó a asentir con la cabeza. No iba a cometer una
tontería.
Ambos observaron cómo Ian sacaba un bolso de la parte trasera
de su camioneta y luego entraba en la cabaña. Jared supo que era
el momento de actuar. Se dispuso a bajar, pero Blair lo cogió del
brazo y le hizo señas de que mirara hacia la derecha. Jared
obedeció y allí, delante de sus ojos, encontró la última prueba que
necesitaba para cerrar el círculo. El Sedán azul.
Estaba en el interior de un granero y tenía una lona en la parte
superior, pero ambos reconocieron el vehículo a pesar de que
estaba oscuro.
—Jared...
Él se volteó y la contempló.
—Sí, ya no hay dudas... es él. —Sacó su teléfono móvil y se lo
entregó—. Quiero que hagas algo por mí, llama a McCue y dile que
envíe refuerzos.
Blair asintió, angustiada.
Jared acarició su mano y le sonrió.
—Estaré bien, no te preocupes. —Ten cuidado —le pidió.
Blair tomó el teléfono con sus temblorosas manos y se lo llevó al
pecho. Sintió un repentino frío cuando Jared se bajó de la camioneta
y la dejó sola. Se movió a su asiento y lo siguió con la mirada.
Estaba anocheciendo y las sombras que se recortaban sobre el
suelo y los árboles eran en ese momento los mejores aliados que
Jared podía tener. El corazón de Blair saltó dentro de su pecho
cuando distinguió que Jared sacaba algo del bolsillo trasero de sus
pantalones.
Era un arma.

Jared cogió la pistola con fuerza y avanzó hacia la parte lateral


de la cabaña en cuclillas. El silencio abrumador que lo rodeaba fue
interrumpido por una melodía que Jared reconoció de inmediato. Era
Ragged Glory, una de las canciones favoritas de Carisse. La voz de
Neil Diamond parecía retumbar por todo el valle. Jared se acercó
hasta una de las ventanas y se apoyó contra la pared. Esperó unos
segundos antes de asomarse. Cuando estaba a punto de hacerlo, la
música se detuvo y escuchó la voz de Ian.
—Creo que ellos ya lo saben o al menos sospechan de mí, pero
no importa. La venganza no debe detenerse, cariño. Haré que todos
los que te han hecho daño, paguen por su maldad. Te lo prometí,
Carisse, y lo voy a cumplir.
Jared cerró los ojos durante una milésima de segundo al oír que
Ian mencionaba a Carisse. Ya no había ninguna duda, ella estaba
allí, con él. Se asomó por la ventana pero no pudo ver mucho. El
interior de la cabaña parecía estar en penumbras y solo pudo
distinguir una silueta femenina sentada en un sillón. Se le encogió el
corazón al pensar que iba a ver a Carisse después de quince años.
—La próxima será Emily. La soberbia y perfecta Emily...
Jared notó el tono burlón que usaba Ian para referirse a su
esposa.
—Sabes que nunca la amé... que me casé con ella para
mantener las apariencias, para que nadie nunca sospechara que tú
y yo estábamos juntos, mi amor.
Jared esperaba oír la voz de Carisse pero ella no hablaba.
—Luego será el turno de la perra de Paige Gilbert.
A Jared se le heló la sangre al oír el nombre de la hermana de
Blair. Ian creía que ella era Paige. Apretó su pistola hasta que los
nudillos de sus dedos se tornaron blanquecinos.
—Ella pagará también por lo que te hizo... Y cuando todas estén
muertas, tú y yo seremos finalmente felices.
Jared no podía ver el rostro de Ian Willes desde donde estaba,
pero pudo percibir la frialdad con la que hablaba. ¿Por qué Carisse
no le respondía? Entonces lo asaltó un terrible pensamiento. Ian
estaba loco y lo más probable era que hubiese arrastrado a Carisse
en su locura. Se alejó de la ventana y fue hasta la parte frontal de la
cabaña. Tenía que entrar y debía hacerlo ya.
Respiró hondo y contó hasta cinco. Levantó una pierna y le dio
una feroz patada a la puerta. Una vez en el interior de la cabaña,
apuntó a Ian con su arma y éste no tuvo más remedio que
retroceder.
—¡Quieto! —le ordenó cuando alcanzó a ver que Ian tenía la
mano derecha oculta tras la espalda.
Ian se apoyó contra el muro de madera.
—¡No vas a separarme de ella, Jared! ¡Carisse ya no te
pertenece! —le dijo con una sonrisa diabólica dibujada en sus
labios.
Jared hizo caso omiso a sus palabras. Buscó algo con que
alumbrar mejor el interior de la cabaña. Sus ojos rápidamente
estudiaron el lugar: no había un interruptor de luz, solo una lámpara
encima de la mesa. La cogió y subió la llama para poder ver mejor.
—Carisse... —Acercó la luz al sillón donde estaba sentada—.
Carisse... —la volvió a llamar pero ella no respondió, tampoco se
movió.
Cuando Jared rodeó el sillón para verla de frente, se quedó
petrificado.
La cabeza de Carisse descansaba en el respaldo y su cabello
del color del fuego caía a un costado de su rostro hundido. Llevaba
un vestido color lila y sus brazos extremadamente delgados pendían
a un lado como si fuera una marioneta.
Parecía dormida, pero Jared descubrió de inmediato que Carisse
no dormía...
Carisse estaba muerta.
Se quedó contemplándola durante unos cuantos segundos. Fue
entonces cuando se dio cuenta del ligero olor nauseabundo que
despedía el cadáver. A juzgar por el estado en el que se encontraba,
debía llevar muerta al menos unos cuantos días.
Estaba tan consternado que apenas podía respirar. Sintió un
agudo dolor en el pecho. Se arrodilló frente a ella y reprimió las
ganas de llorar. Fue un momento de debilidad que le costó caro. Ian
lo aprovechó y se abalanzó sobre él con un cuchillo en la mano.
Ambos rodaron por el suelo y Jared perdió la pistola, que fue a parar
debajo del sillón. Era Ian quien estaba armado ahora y llevaba las
de ganar; logró montarse encima de Jared y poner la afilada hoja del
cuchillo en su cuello.
—¡Carisse es mía, Jared, nadie la va a separar de mí! —le gritó
mientras respiraba con fuerza.
Jared sabía que un solo movimiento en falso era suficiente para
que Ian hundiese el cuchillo en su garganta. Trató de moverse
debajo de él pero Ian parecía tener la fuerza de diez hombres. No
podía dejar de luchar; Blair estaba en la camioneta y sabía que Ian
estaba dispuesto a matarla. Cerró los ojos un instante y la primera
imagen que le vino a la mente fue el bello rostro de Blair. No iba a
morir esa noche, tenía demasiados motivos para seguir viviendo.
Cuando abrió los ojos, descubrió horrorizado que la imagen que
segundos antes había traído a su mente se volvía realidad.
Blair ya no estaba solo en su imaginación. Lo había
desobedecido y había salido de la camioneta.
—Blair... —alcanzó a susurrar su nombre antes de sentir la
afilada hoja del cuchillo hundirse en su garganta.
Blair corrió hacia donde estaba Jared y se arrojó encima de él
cuando Ian se levantó. Vio horrorizada cómo la sangre comenzaba a
manar de su cuello y teñía de rojo su camisa blanca. Sacó un
pañuelo del bolsillo de sus pantalones y lo apretó sobre la herida.
—Jared... resiste, por favor, resiste...! —le pidió rompiendo a
llorar.
Escuchó un ruido detrás de ella y cuando se volvió, Ian la miraba
con los ojos desencajados, completamente fuera de sí.
—Me alegra que estés aquí, Paige —le dijo acercándose a ella.
Blair se echó hacia atrás pero no pudo hacer nada cuando Ian la
cogió de los pelos y la levantó del suelo.
—¡Ian, por favor! ¡Debemos llevar a Jared al hospital! —le
suplicó mientras él la arrastraba hacia el rincón donde estaba el
cadáver de Carisse. La arrojó al suelo, y cuando Blair levantó la
cabeza, se topó con los ojos vacíos y sin vida de Carisse Jordan.
Se echó hacia atrás y se llevó una mano a la boca para no gritar.
Luego volvió a mirar a Jared. Él no se movía; el pañuelo que ella le
había puesto para frenar el sangrado se había caído. Intentó
acercarse para colocarlo sobre la herida pero Ian se interpuso entre
ambos. Blair se detuvo de inmediato; desde el suelo, él parecía más
aterrador.
—Paige... ¿creíste que lograrías salirte con la tuya, verdad?
¡Dios, Ian seguía confundiéndola con su hermana gemela!
—Ian, yo no soy Paige... soy Blair. Paige murió hace quince
años... Se suicidó —le dijo para ver si él lograba reaccionar.
—¡Mientes, perra! ¡Solo estás tratando de salvar tu pellejo, pero
nadie va a evitar que pagues por tu culpa! —Levantó la mano y Blair
vio el brillo de la navaja que aún conservaba vestigios de la sangre
de Jared en su hoja.
Quiso ponerse de pie pero solo trastabilló cuando intentó
alejarse de él. Estaba sola a merced de aquel loco. Ya ni siquiera
Jared podía hacer nada por ella. Se le desgarró el corazón al pensar
que Jared estaba muerto. Movió la cabeza para ver si él había
despertado pero no alcanzó a ver nada.
—¡Levántate, zorra! —El grito de Ian retumbó en toda la cabaña.
Pero Blair no le obedeció. Ya no tenía fuerzas para intentarlo...
Jared se estaba muriendo a tan solo un par de metros de ella y ya
no tenía sentido luchar. Se dejaría ir porque sabía que no iba a
poder soportar vivir sin él. Ian se inclinó y la asió de la barbilla con
violencia.
—¿Me has escuchado, Paige? ¡Levántate!
Blair cerró los ojos con fuerza y esperó que la muerte viniera por
ella.

Jared ahogó el grito de dolor cuando despertó y se dio cuenta


que tenía una herida en el cuello. Lo primero que vio al abrir sus
ojos fue a Blair. Ella estaba acurrucada en el suelo y lloraba
desconsoladamente. Ian permanecía a su lado, con el cuchillo en la
mano.
Tenía que llegar hasta él antes de que lastimara a Blair. No podía
dejar todo en mano de los refuerzos que había pedido. Para cuando
ellos llegasen ya podría ser demasiado tarde para ella.
Se movió, y al hacerlo volvió a enfrentarse a Carisse. Apartó la
mirada de aquel rostro cadavérico y se arrastró hasta el sillón. Sabía
que su pistola había caído debajo. Miró a Ian; él seguía de espaldas,
ya no decía nada, solo observaba cómo Blair lloraba tirada en el
suelo. Estiró el brazo pero no había señales de la pistola. Apoyó la
cabeza en su hombro; la herida le punzaba y le dolía mucho. No
podía rendirse, la vida de la mujer que amaba estaba en juego.
Levantó una de sus piernas para darse algo de impulso y rodeó el
sillón con cuidado. La luz de la lámpara no llegaba a alumbrar en
aquel rincón y Jared no tuvo más remedio que tantear el suelo. Se
mordió el labio cuando el dolor se hizo insoportable. Se llevó una
mano al cuello y apretó con fuerza. Enseguida se manchó de sangre
y experimentó un intenso mareo. Aun así, no iba a permitir que Ian
le hiciera daño a Blair. Se arrastró un poco más y su esfuerzo valió
la pena. Sus dedos temblorosos rozaron la punta del cañón. Cogió
la pistola como pudo y se apoyó contra el muro. Mientras respiraba
agitadamente levantó el brazo y apuntó, pero la visión se le había
tornado borrosa. Ian se había convertido en una sombra más dentro
de la cabaña. Haciendo un gran esfuerzo, intentó enfocar su mirada.
Siempre había sido buen tirador, pero había pasado mucho tiempo
desde que había disparado por última vez.
Puso el dedo en el gatillo cuando estuvo seguro de que
apuntaba a su blanco. Su intención no era matarlo, solo quería
herirlo para evitar que lastimara a Blair. Sabía exactamente dónde
disparar. Movió la pistola hacia la derecha y apretó el gatillo.
La fuerza del disparo hizo que el debilitado cuerpo de Jared se
sacudiera hacia atrás. Alzó la vista y vio que Ian se tocaba el
hombro derecho mientras caía al suelo.
—Blair... —susurró.
Blair se había cubierto los oídos cuando el sonido del disparo
retumbó en el interior de la cabaña. Abrió lentamente los ojos y
descubrió el cuerpo de Ian junto a ella. Jared le había disparado... él
estaba vivo. Lo buscó con la mirada y cuando lo vio, recostado
contra una pared, se puso de pie como pudo y fue hasta él.
—Jared! —Blair se acostó junto a él y cuando vio que tenía los
ojos cerrados, temió lo peor. Acarició su rostro y le tomó el pulso.
Estaba vivo pero no sabía por cuánto tiempo más. Su cuello seguía
sangrando. Se apartó un poco para quitarse su propia camisa y la
apretó con fuerza sobre la herida.
Luego se recostó sobre su pecho y comenzó a rezar. Su corazón
se detuvo durante una milésima de segundos cuando se dio cuenta
de que Ian ya no estaba en el mismo sitio donde había caído.
Aterrada, descubrió que él se había puesto de pie y venía hacia ella
con el cuchillo en la mano. Se abrazó a Jared... al menos morirían
juntos.
Le pareció escuchar unas sirenas a lo lejos pero estaba tan
aturdida que pensó que solo era fruto de su imaginación, de sus
ganas de ser rescatada. Unos segundos más tarde, cuando Ian
estaba a punto de cumplir con su venganza, Raze McCue y tres
oficiales más irrumpieron en la cabaña y pusieron fin a la pesadilla.
Capítulo 23

Blair se paseaba por la sala de espera del hospital como una


fiera enjaulada. Habían llegado al Sagrado Corazón hacía más de
cuarenta minutos y uno de los doctores estaba atendiendo la herida
de Jared. Raze había insistido en llevarla a su casa pero ella se
negó rotundamente. Necesitaba estar con Jared. .. Necesitaba
saber que él estaba bien. Escuchó el ruido de una puerta al abrirse y
se detuvo. Una enfermera avanzó hacia ella pero pasó de largo.
Frustrada, Blair miró su reloj por enésima vez. Cuando se giró sobre
sus talones se sorprendió de ver allí a sus padres. Gloria y Dan
corrieron hacia ella y la abrazaron efusivamente.
—¡Cariño! ¿Estás bien? El detective McCue nos contó lo
sucedido —le dijo su padre mientras acariciaba su cabello.
Gloria no decía nada, simplemente abrazó a su hija con fuerza.
—Ya pasó todo, mamá. —Blair apartó a Gloria y le sonrió—. La
pesadilla finalmente terminó.
—¿Qué hay de Jared?
—Tiene una herida en el cuello, papá. —Miró en dirección a la
puerta por donde se habían llevado a Jared. Dan percibió su
angustia. —Se pondrá bien, cariño. No te preocupes.
Blair asintió. Jared había perdido una cantidad considerable de
sangre y había llegado inconsciente al hospital. Miró a sus padres;
no había necesidad de decir que amaba a Jared. Ellos ya lo sabían.
Apretó la mano de Gloria con fuerza.
Unos cuantos minutos más tarde, la misma enfermera que había
visto antes se acercó a ella y le preguntó:
—¿Eres Blair?
Ella asintió.
—Ven conmigo. El detective Collins acaba de despertarse y
quiere verte.
El rostro de Blair se iluminó.
—¿Se va a poner bien?
La enfermera, de nombre Susan, le sonrió.
—Sí, afortunadamente la herida no dañó ninguna arteria. Perdió
mucha sangre pero se recuperará. Su novio es un hombre fuerte.
Blair siguió a la enfermera hasta la habitación donde se
encontraba Jared y cuando atravesó la puerta, sintió el irrefrenable
deseo de echarse a sus brazos. El tenía los ojos cerrados y
respiraba pausadamente. Una venda envolvía su cuello. Se acercó
a la cama y cuando la enfermera los dejo solos, Blair se arrodilló a
su lado y comenzó a besar su mano. Rápidamente se echó a llorar.
Jared abrió sus ojos y el corazón se desató dentro de su pecho
cuando vio a Blair junto a él.
—Blair... cariño.
Ella alzó la cabeza y le sonrió en medio de las lágrimas.
—¿Cómo te sientes?
Jared hizo una mueca de dolor mientras se tocaba el cuello.
—Creo que sobreviviré —respondió haciendo un esfuerzo por
sonreír.
Blair se puso de pie y se inclinó para darle un beso en los labios.
—Gracias —le susurró cerca de la boca.
—¿Por qué?
—Por salvarme la vida... por no dejarme. —Buscó su mano y la
apretó entre las suyas.
—Me hubiera muerto si ese loco te hace algo malo. Todo acabó.
—Lo último que recuerdo es haberle disparado a Ian...
—Perdiste el conocimiento después de hacerlo —le indicó—.
Afortunadamente Raze llegó con los refuerzos y logró reducir a Ian.
—Supongo que le debo la vida, entonces.
Blair asintió.
—Supongo que sí.
—¿Blair...?
—¿Sí?
—¿Te han dicho cuándo podré salir de aquí?
—La enfermera solo me dijo que necesitas recuperarte; estás
muy débil a causa de la pérdida de sangre, pero con unos cuantos
días de reposo te pondrás bien.
Jared se incorporó en la cama y trató de disimular que la herida
no le dolía.
—Debo irme de aquí cuanto antes.
—¿Qué dices?
—Quiero... quiero ser yo quien interrogue a Ian Willes —
manifestó mientras luchaba en vano por aplacar el dolor.
Jared, no puedes abandonar el hospital sin la autorización del
doctor. Además, no creo que sea conveniente que seas tú quien
interrogue a Ian. Deja que Raze lo haga...
—¡No, quiero hacerlo yo! —replicó.
Blair respiró profundamente. No sería sencillo hacerlo cambiar
de idea, lo sabía.
—Si no me ayudas tú, lo haré solo. —Levantó la sábana,
dispuesto a salir de aquella cama de hospital.
—¡Jared, no! —Blair intentó detenerlo—. ¡Deja que hable con el
doctor primero! —le pidió.
Jared volvió a cubrirse con la sábana.
—Está bien, habla con él. Pero te advierto que me iré de aquí
con o sin su permiso.
Blair deseó atestarle un golpe en ese mismo momento para
hacerlo entrar en razón; pero por supuesto, no lo hizo. En cambio,
salió de la habitación y buscó al doctor que había atendido a Jared.
A pesar de la reticencia del profesional a dejarlo marchar, Jared
logró salirse con la suya.
Los padres de Blair se encargaron de llevarlo en su coche y
cuando pidió ir a la comisaría de policía en vez de a su casa, Blair le
habría dado el coscorrón que no le había dado antes de muy buena
gana.
Todos se sorprendieron gratamente cuando Jared apareció.
Berta le recibió con un cariñoso abrazo y los demás oficiales lo
felicitaron por su valentía. Cuando Raze se acercó, Jared extendió
su brazo y dijo:
—Me ha dicho Blair que te debo mi vida y la de ella. —Apretó la
mano de Raze y sonrió.
—No fue nada; solo estaba cumpliendo con mi deber. ¿Cómo te
sientes?
Jared movió la cabeza hacia un lado y hacia el otro.
—Me duele un poco, pero nada que unos buenos mimos no
puedan curar. —Miró a Blair y le sonrió, provocando que ella se
sonrojara—. ¿Dónde está? Raze se puso serio.
—En una de las celdas. Me disponía a interrogarlo precisamente
ahora...
—Yo lo haré —lo interrumpió Jared.
Jared, no creo que sea lo más prudente. Estás directamente
relacionado con el caso, cualquier error que cometas y todo se
echará a perder. No quiso saber nada de un abogado; le hemos
leído sus derechos y no ha abierto la boca desde entonces.
—Conmigo hablará —repuso Jared dirigiéndose a la sala de
interrogatorios.
Raze, al ver que no había nada que pudiera hacer para
convencer a Jared de lo contrario, le ordenó a uno de los oficiales
que preparara al detenido para llevarlo la sala de interrogatorios.
Antes de que se fuera, Blair tomó del brazo a Blair.
—Cuídalo, por favor —le pidió.
Raze le dio unas palmaditas en la mano.
—No te preocupes. Lo vigilaré de cerca y evitaré que cometa
alguna locura.
Blair se quedó más tranquila, aceptó un café que le ofreció Berta
y se sentó en la oficina de Jared a esperar.

Jared observó a Ian mientras se sentaba frente a él. La sala de


interrogatorios era un lugar oscuro y frío. El mobiliario consistía en
una mesa y dos sillas. Del techo pendía una lámpara que en ese
momento estaba encendida.
Ian permanecía con la cabeza hacia abajo y Jared podía
escuchar el continuo golpeteo de sus pies contra el suelo. Estaba
completamente diferente; ya no parecía un maniático, sino un
hombre abatido.
—Bien, Ian. Será mejor que empieces a hablar —dijo Jared para
romper el hielo. En su mano derecha sostenía una carpeta con el
informe de la autopsia de Carisse. Había alcanzado a echarle un
vistazo antes de que uno de los oficiales le trajera a Ian.
Ian no dijo nada; tampoco alzó la cabeza para mirar a su
interlocutor.
Jared dejó escapar un suspiro. Debía usar otra técnica si quería
lograr que él abriera la boca.
—Ian, dime... ¿cuándo murió Carisse? —Él lo sabía
perfectamente pero necesitaba que él se lo dijese. Aquella pregunta
podía ser la punta del ovillo; solo bastaba tocar la cuerda apropiada
para conseguir que hablara—. Supongo que te debe haber dolido
mucho su muerte...
Ian levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos.
—Carisse murió la noche en que sus amigas decidieron darle un
susto...
—Ambos sabemos que eso no es verdad, Ian. —Señaló la
carpeta que estaba sobre la mesa—. El informe de la autopsia
revela que Carisse murió hace por lo menos dos semanas.
Ian negó con la cabeza.
—Llevaba muerta mucho más que eso. —Hizo una pausa para
respirar hondo—. La noche en que cayó al río yo logré rescatarla
pero... nunca se recuperó. Parecía estar muerta en vida. Cuidé de
ella todos estos años esperando que despertara de su letargo algún
día. Sin embargo, nunca lo hizo. Yo la amaba. Empecé a amarla
incluso antes de que saliera contigo. Intenté acercarme a ella pero
siempre me rechazó...
—Continúa —instó Jared al ver que él se había detenido de
repente.
—La noche en que todos creíais que desapareció, escuché a
Emily hablar por teléfono con una de sus amigas. Así me enteré de
lo que pensaban hacerle a Carisse.
—Y decidiste evitarlo.
Ian asintió con un ligero movimiento de cabeza.
—La saqué del arroyo y la llevé a una mina abandonada donde
solía jugar de niño cuando iba con mi padre a acampar. Carisse no
reaccionaba, solo sabía que estaba viva porque comprobaba en
todo momento que aún respiraba. En la ciudad todos seguían
creyendo que había desaparecido y entonces supe que era mi
oportunidad.
Jared no dijo nada, solo permitió que siguiera hablando.
—Sería mía por fin. Sabía que algún día despertaría y lo hizo...
—¿Cuándo fue eso?
—Hace dos años.
Jared intentó imaginarse a la pobre Carisse en aquella terrible
situación.
—¿Por qué no la dejaste marchar entonces? Sus padres
estaban sufriendo por su ausencia.
—Carisse despertó pero ya no era la misma. —Se hizo un largo
silencio.
Jared ojeó el reporte de la autopsia una vez más. Esta vez leyó
las últimas hojas y descubrió que debido a un fuerte golpe en la
cabeza, Carisse había quedado hemipléjica. Había despertado
después de trece años, pero seguía cautiva no solo de su
secuestrador sino de su propio cuerpo.
—No me importó porque la amaba... Y sé que ella también me
amaba, después de todo, yo cuidé de ella todos estos años. La
alimenté, la abrigué, le ponía su disco favorito. Le tomé varias
fotografías y se las mostraba para que viera que aún seguía siendo
hermosa.
Jared pensó en la fotografía que le había enviado a Gwyneth.
—Ian, ¿qué sucedió cuando murió Carisse?
Ian agachó nuevamente la mirada y Jared pensó que ya no
hablaría más.
—Supe que lo único que redimiría su alma sería condenar el
alma de las personas que le hicieron daño quince años atrás.
La fecha de la muerte de Carisse coincidía con la desaparición
de Holly Sherman; aquel hecho había sido el detonador que desató
la locura.
—Holly, Gwyneth, Emily y Paige tenían que pagar por lo que le
hicieron.
Un escalofrío bajó por la espina dorsal de Jared cuando recordó
el momento en la cabaña en que Ian había confundido a Blair con su
hermana gemela, Pero presentía que solo había sido una jugarreta
suya para pasar por demente. Ian sabía perfectamente que Paige se
había suicidado; por eso había colgado la soga en la casa de los
Gilbert.
—Paige se suicidó hace quince años y tú lo sabes muy bien.
Ian hizo caso omiso a sus palabras.
—Compararemos tu ADN con el hallado en la cuerda que
dejaron en la casa de los padres de Paige. Estoy seguro de que las
muestras concordarán y eso demostrará que sabías perfectamente
que Blair no era Paige. —Jared notó que Ian se ponía nervioso—.
Me encargaré de que pagues por lo que has hecho, Ian. Por Holly,
por Gwyneth... pero sobre todo por Carisse.
Después de que Jared le dijera eso, Ian se negó a continuar
hablando, pero no fue necesario que lo hiciera. Había suficientes
pruebas como para que pasara el resto de su vida en prisión.
Salió de la sala de interrogatorios y se dejó caer sobre la puerta.
Sacó todo el aire que tenía acumulado en los pulmones en un
profundo suspiro. Ahora sí podía decir que toda aquella pesadilla
había terminado por fin.
Raze se acercó; había estado viendo todo el interrogatorio por si
Jared cometía alguna torpeza.
—Lo tenemos. Llamaré al Fiscal de Distrito para que presente
formalmente los cargos. No se va a librar de prisión aunque haya
querido hacernos creer que está loco.
Jared asintió.
—¿Dónde está Blair?
Raze le dio una palmadita en la espalda.
—En tu despacho, esperándote.
Sin perder un segundo, Jared atravesó el pasillo a toda prisa.
Entró en su despacho y cuando vio a Blair el corazón comenzó a
latir vertiginosamente, golpeando contra sus costillas. Se acercó a
ella con paso tembloroso y la miró con sus intensos ojos verdes.
Blair se levantó del sillón y ambos permanecieron en silencio
durante varios segundos, cogidos de la mano. Sabía lo que Jared
necesitaba de ella en ese momento. Abrió sus brazos y él se aferró
a ella con todas sus fuerzas mientras se echaba a llorar en su
hombro como un niño.
Se consolaron y mimaron mutuamente, conscientes de que todo
lo malo ya había acabado. Habían atravesado momentos difíciles,
pero encontrarían la fuerza suficiente para sobreponerse. Más tarde
se marcharon de la comisaría de policía y se dirigieron a la casa de
Jared en donde se entregaron apasionadamente el uno al otro como
si fuera la primera vez. Ya no había fantasmas entre ellos... ni
miedo, ni incertidumbre; solo la certeza de que estarían juntos para
siempre.

Unas semanas después.


Blair trataba de seguirle el paso a Jared pero le costaba
bastante. Los últimos días no se había sentido bien y se agotaba
con facilidad, sin contar con aquellas terribles náuseas que la
atacaban por la mañana. No estaba segura, pero sospechaba la
causa de aquellos malestares y una sonrisa misteriosa se dibujaba
en sus labios cada vez que pensaba en un posible embarazo. No le
había mencionado nada a Jared aún, quería encontrar el momento
oportuno para hacerlo.
Jared finalmente se detuvo y cogió su mano con fuerza.
Estaban frente a la tumba de Carisse. Desde que se había
llevado a cabo su funeral, casi tres semanas atrás, ninguno de los
dos había vuelto al cementerio. Jared posó su mirada en el retrato
de Carisse. Durante días, la imagen de su rostro cadavérico lo había
atormentado y lo único que evitó que se desmoronase fue el amor
de Blair. Se arrodilló y acarició la placa de bronce con su nombre.
—Por fin descansas en paz, Carisse —dijo con la voz quebrada
—. Ian pagará por todo lo que te hizo.
Blair posó su mano en el hombro de Jared. El día anterior se
había conocido el veredicto del juzgado: Ian fue condenado a pasar
el resto de su vida en prisión a pesar de que su abogado defensor
sostuviera desde un principio que su cliente no estaba en su sano
juicio cuando cometió los asesinatos. Pero un examen psiquiátrico y
varias pruebas forenses demostraron que no era así. Ian merecía
pudrirse en la cárcel por los años que le había robado a Carisse...
Por su muerte y por las de sus tres amigas, porque Paige también
había sido su víctima junto con Holly y Gwyneth.
Jared colocó una rosa amarilla sobre la tumba de Carisse y
guardó silencio durante un par de minutos. Blair se quedó a su lado,
respetando su dolor. Luego se puso de pie y se giró hacia ella. La
tomó del rostro y acarició sus mejillas.
—Yo también estoy en paz ahora. ¿Y tú?
Blair tragó saliva,
—Sí... sé que la muerte de mi hermana se podría haber evitado
si Ian no se hubiera llevado a Carisse, pero no se puede volver el
tiempo atrás. —Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro—.
Debemos mirar hacia delante y recordar con amor a quienes ya no
están.
Jared asintió y rozó el labio inferior de Blair con su dedo índice.
—Blair, sé que no es el momento, mucho menos el lugar... —Se
detuvo de repente.
Blair ansiaba escuchar lo que él tenía que decirle. Poco le
importaba que se encontraran en un cementerio frente a la tumba de
Carisse.
Los ojos de Blair siguieron el movimiento del brazo de Jared. Él
sacó una pequeña cajita de uno de los bolsillos de sus pantalones y
la abrió. El corazón de Blair se agitó dentro de su pecho.
—Blair Gilbert, ex chica del tiempo y reportera estrella de la
KTVC... ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa?
Blair contempló el anillo. Tenía una pequeña piedra azul
engarzada y destellaba a la luz del sol. Luego alzó la vista y se
perdió en la intensa mirada de Jared. Una mezcla de emociones le
impedía pronunciar palabra, pero sabía que él esperaba una
respuesta. Se mordió el labio y no pudo evitar que unas cuantas
lágrimas mojaran sus mejillas.
—¿Es eso un sí? —preguntó Jared incapaz de controlar su
ansiedad.
Blair asintió con un ligero movimiento de cabeza.
—¡Sí, acepto casarme contigo Jared Collins!
El rostro de él se iluminó y de inmediato colocó el anillo en el
dedo de Blair.
—Te amo, Blair.
—Yo también te amo, Jared.
Él la estrechó en sus brazos y la besó apasionadamente. Blair se
asustó cuando, de repente, él la levantó y la hizo girar en el aire.
—¡Jared, detente! le pidió al sentir los primeros mareos.
Él se dio cuenta de que algo no marchaba bien y la depositó en
el suelo suavemente.
—¿Qué sucede, cariño?
Blair respiró profundamente hasta que la sensación de vértigo
desapareció. No había querido decirle nada a Jared hasta
confirmarlo, pero ya no podía guardárselo más. Cogió la mano de
Jared y se la llevó hasta el vientre.
—Deberé cuidarme mucho... Al menos durante los próximos
meses —le dijo con una sonrisa en los labios.
Jared miró su vientre, luego la miró directamente a los ojos.
—¿Un hijo? ¿Vamos a tener un hijo?
—No me he hecho ninguna prueba aún, pero estoy segura.
—¡Dios, es la noticia más maravillosa que podrías haberme
dado! —Jared la estrechó entre sus brazos, poniendo cuidado en no
apretar su vientre, y le besó el cabello.
—Debo al menos hacerme un test para confirmarlo —repuso
Blair, aunque no tenía ninguna duda de que llevaba un hijo de Jared
en su vientre.
—Iremos a comprar uno ahora mismo —le dijo Jared mientras
continuaba besándole el cabello.
Abandonaron el cementerio a toda prisa, entre risas y lágrimas
de felicidad.
Dos horas después, en casa de Jared, ninguno de los dos podía
dejar de contemplar las dos rayitas rojas que señalaban que su
embarazo era real. Estaban acostados en el sillón de la sala y Jared
acariciaba el vientre de Blair. Aún le costaba creer que ella estuviera
gestando a su hijo allí dentro.
Las últimas semanas habían estado llenas de alegrías y
tristezas, pero solo quería pensar en las cosas buenas. Luke estaba
mejor y era probable que saliera de la clínica de rehabilitación antes
de lo esperado; Gideon le había ofrecido a Blair quedarse
definitivamente en el programa, en donde tendría su propio espacio,
y ahora tenían por delante un futuro más que prometedor con un hijo
que sellaría su amor definitivamente.
—¿En qué piensas? —le preguntó Blair alzando la cabeza para
mirarlo.
—En todo lo que hemos pasado, pero sobre todo en la dicha que
nos espera de ahora en adelante —respondió con una sonrisa
emocionada.
Blair apoyó el rostro en su pecho y cerró los ojos.
—Me alegra haberte encontrado, Jared.
—A mí también, cariño. ¿Por qué no tratas de dormir un poco?
—le sugirió Jared mientras acariciaba su espalda.
Blair se acurrucó encima de él y se adormeció con una sonrisa
en los labios.

Fin

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