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3062 Novena A La Dulcisima Sangre de Nuestro Redentor Jesucristo

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NOVENA

A LA DULCISIMA SANGRE DE NUESTRO REDENTOR


JESUCRISTO
y Ejercicio de sus siete principales Derramamientos para todos
los viernes del año

DISPUESTA POR UN RELIGIOSOS


del Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced
Redención de Cautivos

DEDICALA A LA VENERABILISIMA IMAGEN DE JESUS


CRUCIFICADO CON EL TITULO DE MISERICORDIA,
que se adora en la Iglesia de la Recoleta de Nuestra Señora de
Belén

Con licencia del Ordinario: reimpresa en Lima, en la oficina de la


Calle de San Jacinto. Año de 1769.
Los Ilustrísimos Señores Doctor Don Diego del Corro, Arzobispo
que fue de Lima, y Doctor Don Gerónimo Obregón, Obispo de
Popayán concedieron: el primero ochenta, y el segundo cuarenta
días de Indulgencia a cada día de la Novena, y a cada uno de los
siete Derramamientos de Sangre del Ejercicio de los Viernes.
MODO DE REZAR LA NOVENA

Arrodillado ante la Imagen de Cristo, Señor Nuestro y hecha la


señal de la Cruz, se dirá el siguiente:

ACTO DE CONTRICIÓN

Amo a Dios, creo en Dios, espero en Dios, pésame en el alma de


haber ofendido a Dios, solo por ser quien es. Así lo deseo ¡Jesús
mío! Así viva yo siempre, ¡oh mi dulce Redentor! Así muera yo
encendido en tu amor, y herido de Contrición. Amén.

Aquí se rezarán siete Padre nuestros y Avemarías gloriados, en


reverencia de los siete principales derramamientos de la Sangre
de nuestro Redentor.

El primer Derramamiento fue en su dolorosa Circuncisión.


Padre nuestro, Avemaría, Gloria.

El segundo fue en la Agonía del Huerto. Padre nuestro,


Avemaría, Gloria.

El tercero fue en los azotes que le dieron atado a la Columna.


Padre nuestro, Avemaría, Gloria.
El cuarto fue en la coronación de Espinas. Padre nuestro,
Avemaría, Gloria.

El quinto fue cuando lo desnudaron de la Túnica en el Monte


Calvario. Padre nuestro, Avemaría, Gloria.

El sexto fue cuando lo enclavaron en la Santa Cruz. Padre


nuestro, Avemaría, Gloria.

El séptimo fue cuando después de muerto, le abrieron el


Corazón con una Lanza. Padre nuestro, Avemaría, Gloria.

PUNTO DE LECCIÓN PARA MEDITAR UN RATO


El que se variará todos los días.

Habiendo Nuestro Redentor Jesús echado el resto de sus finezas,


instituyendo el soberano Sacramento del Altar, antes de ponerse
en manos de sus enemigos que deseaban quitarle la vida, y
derramar su Sangre: la quiso derramar él mismo a impulsos de
su amor. Se encaminó para esto al Huerto de Getsemaní: y
apartado de sus Discípulos, puesto de rodillas, comenzó a orar, y
a cubrírsele el corazón de pavor. Se llenó de infinita amargura al
considerar los martirios que iba a padecer y los acervos dolores
de su muerte, escarpiado en la Cruz. Al mismo tiempo con su
sabia comprensión, contemplaba clara y distintamente las
culpas y mala correspondencia de las Criaturas, tanto más
enormes, como que son ejecutadas después de los tormentos
padecidos por nuestro amor. Fue infinita la tristeza que le afligía
el corazón al ver despreciada su Sangre, abandonado su amor,
olvidadas sus finezas y frustrados sus deseos. Veía que, yendo a
padecer, y morir por destruir el pecado: había éste de erigir el
cuello entre los hombres atrevidamente. Este dolor le partía el
pecho, le destrozaba el corazón, y lo llegó a oprimir de tal suerte,
que le hizo saltar las lágrimas y sudar Sangre por todo el cuerpo.
Buscó consuelo entre sus discípulos y los hallo dormidos: señal
cierta de que lo habían de desamparar. Le dijo Jesús: Así, ¿que no
habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para que no
entréis en tentación.
No dejó Cristo de tener oración, por más que se vio en ella tan
afligido. Volvió segunda y tercera vez a orar y creciendo sus
amarguras, que comenzó a agonizar. Temblándole el cuerpo le
corría un sudor mortal por el rostro, se le iba suspendiendo la
respiración y cayendo el rostro sobre la tierra, puesta su divina
boca en el suelo, así llora, así suda Sangre, así agoniza, así ora en
medio de tantas angustias, diciendo con más prolijidad: ¡Padre
mío! si no puedo dejar de beber este Cáliz tan amargo hágase tu
voluntad. ¡Oh conformidad admirabilísima! ¿cuándo serás
imitada?
Acabada esta Lección se pedirá la gracia del Espíritu Santo para
meditar diciendo:

Ven, ¡oh Espíritu Santo! ¡dulcísimo Dios de amor! ¡Ven, vida de las
almas! ¡fuego suave! ¡Ven, Señor nuestro! y enciende nuestra
tibieza, alumbra nuestra ignorancia; enséñanos la ciencia de
Conocerte y para limpiar nuestras feas manchas, entra tu
poderosa mano en la interior mansión de nuestro espíritu, donde
ordenes el imperio de tu caridad, ahora y eternamente. Amén.
Quedándose todos en silencio meditase el paso leído y de rato
en rato, dirá alguno en voz alta las siguientes.

SAETAS
Pena, que hace sudar Sangre
y pone en tanta agonía,
considera cuál sería
tú ingrata correspondencia,
y tú falta de fervor
causaron este sudor.
¡Alma! en tu oración no busques
gusto, alivio ni consuelo,
mirándote en tal modelo.

La noticia de la pena
que a Cristo orando afligió,
ya por la sangre corrió.
Mira tú ingratitud
la gravedad manifiesta,
que a Cristo Sangre le cuesta.
Sirvate alma de cordial,
en tu afligida oración,
este cáliz de pasión.

Acabase la oración con la siguiente


ACCIÓN DE GRACIAS Y PETICIÓN
para todos los días.

Sea infinitas veces bendito, y amado con todos los corazones


nuestro buen Dios y Señor en los Cielos y en la tierra, por tiempo
y eternidad de todas sus criaturas, porque él solo es Dios
verdadero, bueno, santo, magnífico, amable, hermoso, puro y
perfecto, con infinitos atributos, y perfecciones. ¡Oh mi Dios!
¡quien como tú Vida mía! Quien te amara, ¡oh dulce Dueño mío
con un amor verdadero ardiente e infinito! Me alegro Señor de
que seas quién eres. Sé mi Dios como lo eres, sé tan hermoso,
tan amable como lo eres. Sé por mi gusto y por mi voluntad todo
lo que eres. Yo te quiero, te amo a lo menos deseo amarte y
servirte conforme quieres que te ame. Yo te ofrezco mi amor, en
acción de gracias, porque me criaste de la nada, haciéndome a
tu imagen y semejanza. Porque derramaste por mí tu
preciosísima sangre. Porque moriste en una cruz afrentosa,
pendiente de tres clavos. Porque te dejaste herir el corazón con
una cruel lanza, para abrirme en tu pecho la puerta de tus
amores. Porque lloraste por esta pérdida oveja tantas lágrimas,
buscándome para ponerme en tus hombros. Porque instituiste
por mí el Santísimo Sacramento del Altar, donde te adoro, y creo
como estás en el Cielo. Porque elegiste a María Santísima para
ser Virgen, y verdadera madre tuya, dándole entre infinitos
privilegios la gracia original en el primer instante de su
concepción. Porque me has dado a esta Señora por Madre,
abogada, especial devota, y todo mi consuelo y amor después de
ti. Porque me diste luz y auxilio para convertirme a tu amistad, y
salir de la esclavitud del pecado. Porque me conservas la vida, y
fuerzas para servirte, y porque espero me des auxilios y fortaleza
para servirte más desde hoy, amarte más y obedecerte más.
¡Mi buen Dios! permite que tu humilde y pobre criatura te haga
una súplica. Pues eres tan afable y benigno, permíteme que te
hable y ruegue. Te pido Señor, por tu preciosa Sangre, Pasión y
Muerte; por tu santísimo corazón y por los dulcísimos pechos de
María Santísima, que me des buena muerte; que me perdones
antes mis gravísimas culpas, las que me pesa haber cometido;
que me des gracia para perseverar sirviéndote; un corazón
manso, humilde, sencillo, obediente y todo lo que quieres te pida
y tú me quieres dar. Amén.

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES.

¡Oh María Virgen y Madre de Dios mi Redentor! Reina de los


Mártires, que lo fuiste al pie de la Cruz, más que todos los que
padecen en el cuerpo los tormentos; pues tu padeciste en el
alma los martirios. Acuérdate de las últimas palabras que te dijo
Jesús, antes de expirar por mi amor en la Cruz: ¡Mujer! ves ahí a
tu Hijo. Mujer te nombró, y no madre suya; porque título tan
dulce, palabra tan amorosa como la de Madre no quiso preferirla
cuando ardía en sed de mayores tormentos. Pero este consuelo
que no quiso recibir de Dios por no aliviar sus penas, no los dio
para consuelo en nuestras aflicciones, mandándonos en
persona de San Juan, que te reconozcamos como a Madre. ¡Oh
María, Madre amabilísima y Madre admirable! Nuestra Madre
eres, nuestra Madre te invocamos y quisiéramos incesantemente
decir a gritos: ¡María es nuestra Madre, oh dulcísima Señora!
¡Que confusión será para el infierno el oírnos decir que eres
nuestra Madre! ¡Y que confianza no brota en el corazón más
infeliz, voz tan dulce, eco tan amable, María es mi Madre!
Alentado con tanto Amparo pongo en tus manos este santo
ejercicio y te ruego humilde, lo unas a tus preciosos méritos y lo
ofrezcas a tu divino Hijo, para que me conceda por su Sangre y tu
intercesión, todo lo que deseo conseguir para mayor honra y
gloria suya. Amén.

RUEGOS CON QUE SE FINALIZA LA NOVENA TODOS LOS


DÍAS.

Sangre preciosa, Sangre del Costado


por mi amor vertida. en la cruel herida.
R/. Purifica mi alma
de toda malicia. Sangre consagrada
en hostia pacífica.
Sangre de mi Dios,
noble, excelsa y rica. Sangre con que aplacas
la justísima ira.
Sangre Redentora,
vida de mi vida.
Sangre con que borras
la escritura antigua.
Sangre derramada
por las culpas mías.
Sangre en cinco Pórticos,
de mejor Piscina.
Sangre rubicunda
de estima infinita. Sangre que te ofreces
por quien más te pisa.
Sangre que llorando Sangre que nutrió
mi Jesús vertía. la dulce María.

Sangre que en las lágrimas Sangre de mi alma,


hilo a hilo corrías. sangre de mi vida.

Sangre que te viste Sangre siempre pronta


de hombres abatida. a curar heridas.

Sangre que brotaron Sangre en que funda


agudas espinas. la esperanza mía.

Sangre que arrastrada Sangre encendedor


fuiste y escupida. de las almas tibias.

Sangre que vertieron Sangre que haces fuerte


manos atrevidas. al que en ti medita.
R/. Purifica mi alma
Sangre dulce y suave, de toda malicia.
humana y divina.

ORACIÓN

Omnipotente y sempiterno Dios, que con la sangre de tu Hijo


quisiste ser aplacado, y que nosotros fuésemos redimidos; te
rogamos, nos concedas el hacer de tal suerte memoria del precio
de nuestra Redención, que podamos en esta vida conseguir el
perdón y en la eterna el premio de la Gloria. Por el mismo
Jesucristo Señor nuestro, tu Hijo que contigo vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén.

LECCIÓN PARA EL SEGUNDO DÍA


Juan 18, 12

Puesto Jesús en manos de sus enemigos, cargado de prisiones,


fue conducido con tropel a la presencia del Pontífice Anás.
Preguntándole este por su Doctrina, y le respondió Jesús con voz
humilde y tierna: Yo siempre enseñé públicamente; pregunta a
los que han oído. Entonces un criado del Pontífice (que antes
había sido su discípulo y recibido de su mano la sanidad de una
oreja que le había quitado Pedro) revestido el corazón de
Demonio y la mano de un guante de acero, diciéndole: ¿así
respondes al Pontífice? le dio en el rostro tan espantosa
bofetada, que dando con Cristo en tierra le hizo reventar sangre
por los oídos, ojos, narices y boca. Punto es este que hace
estremecer los bronces, al ver a Dios caído de una bofetada,
bañado en sangre el rostro de Jesús, y abatido el Señor a los pies
de un hombre infame, esclavo del Demonio. Dios abofeteado y
deshonrado, ¿y nosotros buscamos honras y estimaciones? Un
mundo que deshonra y desprecia al único Dios que tenemos no
merece que le recibamos ni apreciemos sus honras. Si la honra
está en quien no la da, ¿qué nos podrá dar un mundo que no tiene
otra honra que darle a Dios bofetadas y desprecios? Apreció
Jesús las injurias como si fuesen honras, y ¿no nos
avergonzamos de apreciar las honras que vuela y se unen a las
injurias de Jesús? A un Cristo deshonrado con tan pública
afrenta, no se imita fácilmente por el camino de la vanidad y
estimación de aires podridos del mundo.
Pero no esto lo que más nos debe asombrar. Jesús está herido y
bañada la boca en su sangre lo que nos debe confundir es el
saber a quién representar el atrevido Malco. Simboliza este
hombre endemoniado al pecador que ofenda a Dios en la Iglesia,
porque esto es pecar a vista de Jesús y herirle propiamente rostro
a Dios. Las vistas torpes, trajes provocativos y rostros
descubiertos en la Iglesia, son bofetadas dadas sobre rostro de
Jesús y que abaten su sangre por los suelos. Harta materia
tenemos para llorar, confundirnos y morirnos este rato de dolor,
si hemos llegado a cometer un delito tan atroz como es abofetear
el rostro en nuestro Dios y Señor en su mismo Templo.

SAETAS

Piensa, cómo quedaría


sus Mejillas maltratadas,
con ciento y dos bofetadas.

Mira con qué mansedumbre


a quien tanto lo afrentó,
humilde le preguntó:

Si mal hablé muestra en qué,


y si no ¿por qué me hieres?
¿por qué me hieres? ¿por qué?
LECCIÓN PARA EL TERCER DÍA
Juan 19, 1

Pronunció Pilatos sentencias de azotes contra el inocentísimo


Jesús, por ver si de este modo se aplacaba el odio de sus
enemigos. Armaron estos con crueldad de demonios, para
hacerlo morir en los azotes, y que no escapase vivo de sus
manos, como pretendía el Juez. A este fin eligieron los demás
fuertes pulsos y los más crueles instrumentos, sugiriéndolo todo
el Demonio que habitaba en ellos. Sesenta hombres se
destinaron para azotar a nuestro Dios con varas sembradas de
espinas, con látigos pasados de puntas de acero, con alacranes
de hierro y cadenas pesadas, con bolas grandes de plomo. Se
acercaron furiosos a Jesús, que estaba ya desnudo y atado a una
columna de aquel patio donde se aseguraban los frenos de las
bestias. Temblaba aquella delicada humanidad al verse rodeada
de aquellas fieras. ¡Ea! ¿qué tiembla? le dijeron y le empezaron
azotar y despedazar todo el cuerpo. Se fueron remudando los
verdugos que apostataban en crueldad y tiranía; y lo azotaron,
hasta que faltos de fuerzas ya no se podían tener en pie. Se caían
sin aliento y Jesús agonizaba con la vehemencia de los dolores.
Aquellas sacratísimas carnes arrancadas a pedazos, poblaban el
aire. La sangre corría a ríos por la tierra. Y viendo que ya por las
espaldas no se veían sino unos descarnados huesos lo volvieron
por delante y amarrándole atrás las manos contra la columna, le
dejaron libre el estómago y pecho, en donde nuevamente
enfurecidos empezaron a entregarle las amoladas puntas y a
desgarrarle las entrañas, esforzándose más para que muriese
más breve. Apretad la mano, que ya expira, decían unos. De esta
no puede escapar vivos decían otros. Más viendo uno de ellos
que Jesús moría y ya casi expiraba en los tormentos sin haberlos
sentenciado a muerte, dijo: basta, basta y cortando la soga con
que estaba amarrado, cayó el cuerpo en un lago de sangre, todo
destrozado, sin aliento, sin respiración ni fuerzas. Y viendo los
sayones que se iba poco a poco alentando, todos juntos de
tropel, con los azotes que pudieron haber a las manos, los
rodearon y lo volvieron a azotar sin piedad. Esta ha de ser la
materia de la consideración

SAETAS

Mas de cinco mil azotes


a Jesús tu amante han dado
por cuenta de tu pecado
Piensa, que más ha sentido
el verse de ti agraviado,
que aun verse tan azotado,
¡Alma! cuando seas tentada
esta Sangre ten presente,
derramada tan cruelmente.

LECCIÓN PARA EL CUARTO DÍA


Juan 12, 2
No cesaba la crueldad de los enemigos de Jesús de discurrir
modos con que derramar su sangre. Los crecidos arroyos de ella,
vertidos en el martirio de la Columna, aun no bastaron para
apagar la sed de envidia en que se abrasaban e inventaron otro
género de tormento. Le vistieron una Purpura vieja, que acaso
encontraron. Lo sentaron en una ruin silla: y mientras unos tejían
un casco de espinas largas y gruesas, comenzaron los demás a
decirle oprobios, a darle bofetadas, a herirle con puñadas y
pescozones; a escupirle en el rostro y a hacer mofa de un Dios
que reputaban Rey fingido, hombre loco, y digno de todo
desprecio. Con esto le fueron desfigurando aquel hermoso rostro
en que desean los Ángeles mirarse; aquella belleza que en otro
tiempo deseaba ver Moisés; aquella hermosura sin par, que para
ser salvo quería ver David. Le hicieron perder el aspecto y figura
de hombre. Los ojos hinchados, la boca ensangrentada, los
dientes flojos y doliéndole acervísimamente; la nariz enconada y
denegrida; los labios y todo el rostro sembrado de sangre,
cardenales y saliva.
Llegaron los otros ministros con la corona que habían hecho con
malicia angosta, y en forma de casquete, para que entrase con
dificultad, y cubriese la cabeza, hasta llegarle a los ojos. Se la
pusieron y se le entraron setenta y dos espinas, y como fue este
tormento tantas veces repetido, hirieron en mil partes su divina
cabeza y le chorreaba la sangre por los cabellos, oídos y rostro, y
se le entraba en los ojos y en la boca, que como estaba cubierto
de salivas, se iba mezclando con ellas la sangre, y se le puso el
rostro disforme y como de un Leproso, como lo había profetizado
Isaías. Le pusieron en la mano derecha una caña, y para
saludarlo como a Rey de burlas, no usaban de las manos, le
escupían y daban furiosamente con la caña sobre la corona, con
los zapatos le abofeteaban, herían el rostro y boca. A todo esto,
Jesús sufrió y calló sin que se le oyese una palabra, ni se le
advirtiese un mirar airado, porque estaba tan dispuesto a
beneficiarlos, que a la menor demostración de dolor verdadero
que hubiesen manifestado, al punto les hubiera echado los
brazos y perdonado su culpa, como si no la hubiesen cometido.
Entonces callaba, viéndose ultrajado de unos hebreos que no lo
conocían; y hoy sufre, viéndose ofender d0e unos católicos, que
se precian de conocerlo, ejercitando ahora mayor paciencia que
entonces, porque espera nuestras lágrimas, aguarda nuestro
arrepentimiento, y que mudando de vida le pidamos perdón, y
misericordia.

SAETAS.
Piensa alma, que las espinas
con que a Jesús coronaron,
tus delitos las brotaron.
Por más que lo ultrajan, calla
A que esta paciencia imita,
que Jesús por ti ejercita.
Tanto silencio de un Dios,
¡almas! ¿en qué ha de parar,
cuando llegue en fin a hablar?

LECCIÓN PARA EL QUINTO DÍA.


Juan 19
Coronado ya Jesús de espinas penetrantes, hecho una llaga y
bañado todo en sangre, mandó Pilatos se lo llevasen para verlo.
Llegaron los verdugos a Jesús; lo levantaron de la silla y tirándolo
de las sogas con que lo habían ligado, lo llevaron a que subiese
por la escalera. Compungióse Jesús al verse obligado a subirla
porque se componía de sesenta escalones, y no tenía fuerzas
para subir una. La falta de sangre y las cadenas que le oprimían,
le hacían temblar todo el cuerpo. La cabeza, cercada de tantas
espinas, se le iba a un lado y a otro. Los ojos hinchados, ciegos
con la saliva y sangre, no veían el camino. Las manos con que
podía asirse de las paredes de la casa, estaban atadas
fuertemente y con tantos imposibles, lo apresuran y quieren que
suba a empellones. Alentóse a subir y ya cayendo, ya
arrastrándolo por los escalones, llegó a la presencia del Juez:
quien horrorizado de verlo con tanto castigo juzgo a sus
enemigos ya aplacados. Lo sacó a una ventana y mostrándolo al
Pueblo, dijo: ¡Veis aquí al Hombre! Una Túnica teñida
presuntivamente en la sangre de José y con realidad en la de un
irracional, fue bastante para que, al mostrársela a Jacob,
diciéndole: Mira si es esta la Túnica de tu Hijo, o no; rasgase sus
vestidos, se vistiese de cilicio, y llorase amargamente mucho
tiempo. ¿Esta es, decía, la Túnica de mi Hijo? Alguna fiera pésima
me lo ha devorado. ¡Oh María Santísima! ¡La lengua se anuda al
proferir tus congojas! No la Túnica de Jesús, teñida en su sangre,
sino al mismo Jesús ensangrentado y destrozado, divisaste en
aquel balcón, como se le reveló a Santa Brígida. Tu Jesús querido
es ese espectáculo sangriento, que lo han devorado las pésimas
fieras de mis culpas. Crucifícalo, crucifícalo, quítalo de nuestra
vista, gritaba aquella infame turba. Pilaros con ser Gentil,
conoció la inocencia de Jesús y que no había ley alguna para que
muriese. Nosotros la tenemos, dicen los judíos, porque se hizo
hijo de Dios. Mirad la ley que dan por causal los judíos para la
muerte de Jesús; ¡el ser hijo de Dios en cuanto hombre! Mirad a
Vuestro Rey, volvió a decir Pilatos y con tenacidad responden: No
tenernos más Rey que el Cesar; y añadieron, su Sangre caiga
sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Ellos lo dijeron con las
voces, pero nosotros lo significamos con las obras. Esta sangre
de nuestro dulcísimo Redentor, que debe servir para nuestra
salvación, servirá para nuestra condenación eterna, sí con
tiempo no purificamos nuestras conciencias.

SAETAS.
Pecador ¿qué es lo que eliges?
o que muera tu pecado
o Jesús tu enamorado
Dile con el corazón:
¡vivid mi Jesús! Vivid,
y vivid unido a mí
¡Vive en mi pecho, mi Bien!
Muera yo que te ofendí;
o viva solo por ti.

LECCIÓN VARA EL SEXTO DÍA.


San Marco 15
Habiendo dado Pilaros sentencia de muerte contra Jesús,
trataron sus enemigos de ejecutarla con presteza. Buscaron un
Leño grueso, tosco y pesado e hicieron de él una Cruz con quince
palmos de largo y ocho de brazos. Dispuesto lo necesario para el
martirio, lo desnudaron de la Túnica rota y le vistieron la suya,
paraque por ella fuese conocido, quien por hombre no podía
serlo en el rostro. Se abrazó el divino Sansón con la santa
Columna, que sostiene el Tempo de su Iglesia, para caminar al
lugar del suplicio. Se contaban un mil trescientos veintiún pasos
de la Casa de Pilatos al Calvario, y los anduvo Jesús con fatigas,
y dolores. Los miembros del cuerpo le temblaban. La sega de la
garganta, apretada con violencia le impedía la respiración. La
Sangre se le había helado sobre las niñas de los ojos. Una gruesa
soga, que le cogía por la espalda, se le introdujo entre la carne y
huesos, porque sobre ella caía la Cruz. Donde ponía el pie
derramaba sin cesar la sangre. Así caminó hasta llegar al Monte,
donde muriendo se le habían de acabar las fatigas. Cayó tres
veces con la Cruz, mas no se quedó caído. Se levantó, y prosiguió
el camino, para enseñarnos que, si nos vemos caídos, no es el
remedio quedarnos así y volver atrás, sino levantarnos humildes,
confiados y proseguir. Pobre del solo, (dice el Espíritu Santo por
Salomón) porque si cayere, no tendría quien le ayude a levantar.
¡Tú, Católico! no estás solo, acompañado estás de un Dios tan
benigno, que se quedó a la puerta de tu corazón y te toca.
Teniéndole ofendido, se convida para levantarte piadoso.
Levántate si te ves caído; corre a los brazos de Jesús á pedirle
misericordia. Corre, que María Santísima te saldrá al encuentro,
como a Jesús en el camino del Calvario. ¡Oh Lance de amarguras!
¡Faltan voces para decir tus penas! y solo con expresar que por
especial milagro no murieron Hijo y Madre, podemos apuntar tus
horrores. ¡Oh María! ¡Madre de piedades! Por aquel abismo de
aflicción tristísima que atravesó tu corazón, cuando encontraste
al hijo de tus entrañas en la calle de la amargura, por la Sangre
que le veías correr por el rostro y caer en lágrimas de sus ojos, por
las que lloraste en la pasión de tú Hijo, danos luz, fortaleza y
virtud para no pecar. Levántenos tu maternal misericordia, para
no caer más y andar en tu compañía, y la de Jesús por el camino
de la virtud y perfección.

SAE TAS
¿Habrá quien de él se despida?
para tanto no hay valor,
morir con él es mejor
Aunque cae, se levanta,
enseñándote con esto,
que te levantes más presto,
No dejes jamás la Cruz,
que Jesús no la dejó,
hasta que por ti murió.

LECCION PARA EL SEPTIMO DÍA


Lucas 23
Llego Jesús casi sin aliento a la cumbre del Monte Calvario,
cargado de la pesada Cruz en que había de morir. Le mandaron
que la soltase en el suelo y se desnudase. Y viendo que retardaba
la ejecución por su debilidad, se le llegaron llenos de furor y
tomando la Túnica por la parte de abajo, se la comenzaron a
desnudar. Mas como todo su sagrado cuerpo estaba hecho una
llaga con el martirio de los azotes, tenía descarnados, mal
heridos los huesos, nervios, y destrozados el pecho, estómago y
entrañas; y como la Túnica cayó sobre estas llagas, estaba tan
identificada con el cuerpo, que la sangre se había helado en
muchas partes o contenido de brotar como antes. Se fueron
despegando con crueldad y descubriendo aquel espectáculo
interior de horrores, fue un desollar vivo enteramente aquel
cuerpo. Por una parte, se le miraban las entrañas patentes. Por
otra se le descubría la contextura de las costillas. Arrancaban
muchos pedazos de la carne, se iban pegados con la Túnica y
llegando por fin a la abertura de la garganta, la corona de espinas
y el cabello enmarañado, lleno de sangre impedían la salida de la
Túnica, y para sacarla derribaron de un estirón aquel llagado
cuerpo, y lo arrastraron por el suelo que estaba sembrado de
lajas, huesos y espinas hasta que haciendo hincapié en sus
divinos hombros, le despegaron de la cabeza con violencia la
corona, y fue lo mismo que haberle arrancado el casco.
Despegada ya la corona y desnudo el cuerpo de Jesús, lo
tendieron sobre la Cruz para crucificarlo. Le pusieron la mano
derecha sobre el agujero del barreno y asegurándola con clavo
grueso encima, descargó un golpe tan fuerte con el martillo el
verdugo, que se estremeció el divino cuerpo, dieron sus
miembros un doloroso salto y se le encogieron los nervios del
brazo. Prosiguieron los golpes hasta quedar taladrada la mano
izquierda. Mas como los nervios se habían encogido no podía
alcanzar al barreno y para conseguirlo, aseguraron con sogas el
brazo clavado. Ataron igualmente el otro, y tirando con violencia,
se los descoyuntaron, y desarmaron la contextura del pecho y
quedó el corazón dando saltos con dolores inauditos. Clavada la
mano izquierda, pasaron a los pies, y siendo los empeines
dificultosos al taladro por ser parte gruesa, aquí se le redoblaron
los martirios. Barrenáronle ambos empeines, y como con esto, y
la crucifixión de las manos se le habían encogido ya todos los
nervios, y no podían igualar el lagar del barreno: le echaron unos
lazos corredizos, y haciendo hincapié contra la Cruz, le estiraron
el cuerpo con tal violencia, que le descoyuntaron todos los
huesos. Rasgándose los nervios, agrandándose más las llagas,
corría la sangre, rechinaron a un tiempo todas las coyunturas, y
acercándose a las plantas el barreno, poniendo un pie sobre otro,
con treinta y seis golpes, dados con pujante fuerza, quedó
escarpiado y crucificado Jesús por muestro amor en un afrentoso
patíbulo.
SAETAS.
Piensa, cuanto sentiría
verlo arrastrado María
Piensa, si tienes valor,
que le miras con crueldad
los huesos descoyuntar.
Piensa, que con los martillos
en los dedos le goleaban;
porque de malicia erraban.
Dolor y amor, ¿dónde estáis?
Mas duro que piedra soy;
pues sin uno y otro estoy.

LECCIÓN PARA EL OCTAVO DÍA


San Juan 19
Crucificado ya Jesús con tres escarpias, y enarborado el
estandarte de la Cruz, fijo en una peña, colgado de sus heridas,
en siete palabras nos dio las ultimas enseñanzas, como nuestro
Maestro en aquella cátedra de amor, despidiéndose con ellas de
nuestra vista e inclinando hacía el pecho la cabeza, por la parte
donde asistía María, comenzó a batallar con las agonías de la
muerte. Mas como aquel bendito cuerpo era de la más bien
templada junta de humores, y de milagrosa complexión y
contextura, batallaba con él la muerte para sujetarlo con las mas
terribles angustias. Le reveló María Santísima a Santa Brígida,
que subía como a borbollones el dolor de los pies clavados y de
las manos, junto con los de todo el cuerpo; de la cabeza taladra
de espinas, de los nervios y venas rotas. Todo este mar de dolores
se aunaba para combatir aquel tierno corazón, ultimo depósito
de la vida, dándole fieras lancetadas y cubriéndolo todo de
indecible angustia. Daba saltos el corazón, envuelto en mortales
ansias, y con su natural nobleza, ayudada del Poder divino que le
prolongaba el combate, rehaciéndolo de valor, resistía el golpe
de la muerte. Se le volvían a divertir por todo el cuerpo los
dolores. Le temblaban con vehemencia los miembros. Mas no
tardaban en repetirle los asaltos al pecho en insufribles
avenidas. ¡Oh Jesús de mi alma! ¡Que trance es este tan terrible!
Si vos, tan santo e inocente lo padecisteis tan amargo, ¿qué
acibares no me esperan a mi pecador infame? Fuese levantando
el pecho y el corazón, dándose ya por vencido y perdiendo a toda
prisa las fuerzas. La respiración salía ya desfallecida y a pausas.
Volvió los ojos en blanco. Se le cubrió el rostro y el cuerpo de un
sudor frio. La boca medio abierta, manifestaba los dientes
ensangrentados, la lengua rajada, denegrida y seca. Todo el
cuerpo se le estremece, tiembla de dolor y espanto de lo que va
a suceder. Las manos se retiran de los clavos, rompiendo más las
llagas; y el cuerpo se deja caer sobre los pies, quedando colgado
de las manos y apretando fuertemente las espaldas contra la
Cruz, como quien va a emprender un violento salto. Padeció el
ultimo dolor, sufrió la última agonía, exhaló el último aliento. Se
le arrancó el alma, murió Jesús, y murió por nuestro amor. Murió
amándonos el mismo Dios, que nosotros vivimos ofendiendo.
Con un amor como este, corresponde nuestras culpas Jesús. El
muere de amores y nosotros no cesamos de maquinar
ingratitudes. ¡Quien muriera de dolor de haberle ofendido! Jesús
no vive, porque nosotros le quitamos tantas vidas, cuantas veces
pecamos mortalmente. Muera a sus pies de contrición y muera
llorando quien vivió ofendiendo a su Dios amante.
SAETAS.

¡Alma! cuando seas tentada,


acuérdate de esta muerte,
padecida por quererte.
¡Almas! quien queda con vida,
cuando nuestra vida muere,
y un Dios ¡que tanto nos quiere!
Jesús expira, ¡cristiano!
y ¿no expiras de dolor?
poco, o ninguno es tu amor.

LECCIÓN PARA EL NOVENO DÍA


Juan 19,34
Estaba ya difunto Jesucristo, y los judíos, porque no les sirviese
de impedimento para la Pascua si quedaba el cuerpo pendiente
y vivo, impetraron licencia del Juez para quebrarle los huesos, y
así muerto quitarle de la Cruz. Y como para esto había en contra
una Profecía, no fueron quebrados los huesos de Jesús. Lo vieron
difunto y cuando con esto se debiera apagar su furor, se encendió
más su saña. Tomó un Soldado una cruel Lanza, y apuntando al
pecho con fiero golpe, lo atravesó, hiriéndole el Corazón, y de
éste brotó inmediatamente la última Sangre y agua que había
quedado en aquel sacrosanto cuerpo ¡Hay amante divino, que
llaga es esa tan dulce! ¡Que sangre tan sabrosa la que brotas para
regalar amores y arrebatar los corazones en pos de ti! ¡Oh llaga
de amor viva! y que tiernamente hieres mi alma en el más
profundo centro! ¡Oh Sangre hermosa y pura! ¡Cuando se
anegarán las almas que redimes en tus corrientes dulces y
suaves ambrosias! El corazón enamorado de Jesús se está
asomando por la abertura de aquel pecho, a ver si halla un
corazón con quien desposarse. Cristo está en la Cruz
enseñándonos la llaga de su corazón, provocando a que
corramos con prisa, nos abracemos de él y chupemos la Sangre
que descoge, del mismo modo que una amorosa Madre, para
atraer a su hijo, le muestra el néctar de su leche. Jesús abrió en el
costado esa puerta, paraque entres por ella hasta su corazón. En
él te tiene prevenido el tálamo, dispuestas las galas y preseas
ricas con que adornarte, para poner tu alma más linda que el sol,
y desposarse con ella, haciéndola Reina de esos cielos. Sangre y
agua vierte de su pecho; para que con el agua te limpies y seas
pura, y con la Sangre quedes abrasada en su amor. ¡Ay alma!
¡Qué bien te estará el elegir a este divino Esposo! El entregarle tu
amor con todas tus fuerzas, potencias y sentidos. El abrazarte de
ese cuerpo todo desgarrado, besar muchas veces sus profundas
heridas, llorar sobre ellas ríos de lágrimas dejarlas impresas en
tu corazón. La Sanare de Jesús clama por nuestro amor con
tantas voces, cuantas son las llagas por donde se vierte, pero en
particular la Sangre de su costado que nos está dando gritos
porque se rinda nuestra dureza, y le entreguemos todo nuestro
amor. No seamos más rebeldes a la luz y ciegos voluntarios, no
huyamos de la claridad. Celebremos con Jesús unos tratados de
amor. Seamos todos suyos, para que sea todo nuestro.
Renunciemos el mundo, para conseguir la mejor parte, viviendo
siempre a sus pies.
SIGUIESE EL EJERCICIO DE LOS SIETE DERRAMAMIENTOS
QUE SE REZA TODOS LOS VIERNES DEL AÑO.
Puesto de rodillas ante la Imagen Cristo Nuestro Señor, se dará
principio con la señal de la Cruz y después se dirá el siguiente.

ACTO DE CONTRICIÓN.
¡Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, dulcísimo
Redentor, amabilísimo Padre y único Dueño mío! ¿Quién tuviera
un corazón tan humilde, contrito y amoroso como el de vuestra
amante Discípula Magdalena, para postrarse ahora a vuestros
pies y llorar sobre esas llagas que os hicieron mis yerros, gemir
sobre esa Sangre que derramaron mis delitos y con íntimos ayes,
nacidos de un tierno dolor suspirar abrazado de esa Cruz, donde
tantas veces os pusieron mis atrevimientos? ¡Oh Jesús de amor!
Tu solo, ¡Señor mío! sabes cuanta es la dura obstinación de mi
corazón. Tú, ¡oh sol de misericordia! estás viendo mi miserable
ceguedad; y no ignoras, que solo tu luz me puede alumbrar; y solo
tu preciosísima y poderosísima Sangre me puede ablandar y
labrar. ¡Ea pues, Padre mío amorosísimo! pues tanto me has
aguardado y sufrido benigno, que en medio de tantas culpas no
me condenaste, esperando mi enmienda; pues me amaste con
tal extremo, aun siendo tu enemigo y no dudaste derramar hasta
la ultima gota de la sangre de tu corazón por mi amor, para que a
la hora que me quisiera convertir a tu amistad hallase en ese
costado herido, abierta la puerta del perdón, ¡dadle, ya Señor! A
mis ojos lagrimas de verdadero dolor para deciros que me pesa.
Pártase ya mi corazón de sentimiento, al acordarme de tas
ofensas. Diga ya con verdad, que me arrepiento, y que por solo
ser mis culpas agravios de tu amor, las aborrezco; y propongo
antes morir mil veces que volver a cometerlas, estribando este
mi propósito para ser perseverante en nada mío, sino en solo tu
poder, en solo tu amor, en solo tu bondad, misericordia y gracia.
Así sea para mayor honra y gloria tuya. Amén.

La sangre que Jesucristo


alma, por ti derramo;
sí es bálsamo de la vida,
haz que anime tu fervor.

El primer derramamiento de la Sangre preciosa de Nuestro


Señor Jesucristo, fue a los ocho días de nacido; enseñándonos
las dos virtudes tan necesarias de humildad y mortificación, con
las primeras gotas de su inocente Sangre, derramadas en la
Circuncisión y disponiendo llamarse Jesús, esto es Salvador, con
el ejercicio actual de derramar su Sangre por nuestro amor.

El legislador supremo
A la Ley se sujetó
e hizo que a fuerza de Sangre
se llevase a ejecución.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria, lo que se rezará en los seis


siguientes derramamientos.

¡Oh Sangre humildísima y altísima de Jesús, mi salvador


dulcísimo, derramada por mi amor en la Circuncisión! Yo te adoro
y humildemente ruego, me des valor para contra mis pasiones y
aliento para abatir mi soberbia y altivez, para honra y gloria tuya.
Amén.
Aquí besaran todos la tierra, diciendo:
V/. Te adoramos preciosa Sangre y te bendecimos.
R/. Porque en la Cruz santa redimiste al siglo.
Lo mismo se hará en los seis derramamientos que se siguen.

El segundo derramamiento de la Sangre de nuestro Padre


amabilísimo Jesús, fue en el Huerto de los Olivos, donde
puesto en oración ante su Padre eterno sobre una dura peña, fue
tan excesiva la agonía, pavor y tristeza que cubrieron su
piadosísimo corazón, al considerar el mar de tormentos que iba
a padecer y el malogro de ellos que había de hacer nuestra
infame ingratitud, que le hizo reventar la Sangre por todos los
sentidos y poros de su cuerpo santísimo, cayendo sin fuerzas
sobre la tierra: abrazado de la cual lloraba lágrimas de sangra qué
lo hacían agonizar, y ponían a punto de morir

Orando en el Huerto inunda


la tierra con el sudor
de Sangre,
que, agonizando,
su valentía dejó.

¡Oh Sangre poderosísima y virtuosísima de Jesús, mi amable


Redentor! Yo te adoro, cuando en copiosos sudores fuiste
derramada en las agonías de la oración del Huerto, y te ruego,
que fortalezcas y vivifiques mi débil y frágil corazón; para que
resista siempre y jamás consienta en la culpa. Amén.

El tercer derramamiento de la Sangre de Jesús, nuestro


enamorado amante, fue en la casa de Pilatos, cuando
amarrándolo tiranamente a una columna de piedra, con varas de
espinas, cueros torcidos, garfios de acero y otros instrumentos
cruelísimos, le dieren más de cinco mil azotes, con tan
desapiadado furor y violencia, que se caían en el suelo sin
fuerzas los Verdugos, y su Majestad volviendo en blanco los ojos,
fue visto agonizar tres veces, hasta que cansados lo dejaron
caído en el suelo entre su Sangre, y palpitando con las ansias de
la muerte.
Si Mármol te haces al ver
de su Sangre la efusión;
serás la Columna, en donde
el judaísmo lo azotó.
¡Oh Purísima y castísima Sangre de Jesús, adorado Esposo de mi
alma! Yo te adoro vertida al furor de los azotes en la Columna y
ruego que limpies mi corazón y lo laves del vicio sucio y
abominable de la sensualidad; y me das fervor, y espíritu para
castigar mi cuerpo con el ayuno y disciplinas sangrientas a tu
imitación. Amén
El cuarto derramamiento de la Sangre adorabilísima de Jesús,
nuestro Criador y Dios verdadero, fue cuando los ministros de la
maldad, vistiéndolo de una despreciable Púrpura, como a Rey
fingido, le traspasaron la divina cabeza con una Corona de
setenta y dos espinas, apretándola hasta llegar las puntas a los
ojos, con que hicieron correr presurosamente aquella divina
Sangre por el rostro; donde le escupían con desprecio y lo
abofeteaban, diciéndole injurias enormísimas.

Si tu culpa, como a Rey


de burlas lo coronó;
como a tu Dios y Monarca
tribútale adoración.

¡Oh Sangre nobilísima e ilustrísima de Jesús, mi Dios y mi Señor!


Yo te adoro y venero humildemente derramada a punta de tantas
espinas, por el cabello y rostro hermosísimo, afeado con tantas
salivas y bofetadas; y te ruego alumbres mi ceguedad, para que
reconociendo a Jesús por mi único Dios y Señor, ya jamás me
atreva a afrentarlo con la culpa, sino que sea siempre un humilde
obediente a su Ley. Amén.

El quinto derramamiento de la Sangre amabilísima de este


amante, fue en la cumbre del Monte Calvario; cuando antes de
crucificarlo sus enemigos, se le llegaron llenos de furor a
desnudarlo, y tomando por los cantos últimos la Túnica
inconsútil, que estaba ya pegada y unida a las llagas de todo el
cuerpo, se la desnudaron y descubrieron el espectáculo más
sangriento, capaz de humanar a las fieras. Mas no parando en
esto la impiedad, porque la corona de espinas impedía con sus
puntas la salida de la Túnica, arrastraron aquel divino cuerpo, tan
lastimosamente herido y ensangrentado por aquel suelo lleno de
piedras, lajas y huesos de difuntos; hasta que, con la violencia de
estropearlo, haciendo hincapié en sus hombros, le arrancaron la
Túnica con la Corona, dejándolo así Votado y todo
ensangrentado en aquel suelo.

Sangre en el Calvarlo arroja,


al desnudarlo el furor;
porque quiere estar vestido
de la gala de su amor.

¡Oh Sangre preciosísima y amabilísima de Jesús, mi tiernísimo


Padre! Yo te adoro vertida de sus llagas, arrastrada por los suelo
y pisada por mis culpas de tus enemigos; y te ruego con lo más
íntimo de mi corazón, que me des mortal odio al mundo y sus
vanidades, para seguir desnudo de carne y sangre al que por mí
se desnudó y te derramó. Amén.

El sexto derramamiento de la Sangre Santísima de nuestro


Salvador Jesús fue, cuando poniendo su desnudo, y
ensangrentado cuerpo sobre el ara de la Cruz, lo clavaron de
pies y manos en ella, traspasándole las nervios con duros
clavos; hiriéndole con los martillos, así en los empeines de los
pies, como en los puños y yemas de los dedos, porque con
malicia fingían errar los golpes; y levantada la Cruz en alto y fija
en el agujero de la peña, anegado en un mar de dolores
indecibles, expiro por nuestro amor.
Sus pies y manos divinas
tu ingratitud le clavo;
remachando con vileza,
el clavo tu obstinación.
¡Oh sangre suavísima y dulcísima de Jesús, mi único Benefactor
derramada con publica afrenta en el ara de la Cruz por mi amor y
salvación! Pues tienes valor y poder infinito sobreabundante para
salvar al más ciego y endurecido pecador; yo te ruego con
íntimos anhelos de mi corazón, que a la hora de mi muerte se
aplique siquiera una mínima gota tuya, para el total y eterno
remedio de mi alma pecadora. Amén.

El séptimo y último derramamiento de la deifica Sangre de


nuestro finísimo amador Jesús fue, cuando después de haber
muerto en una cruz por nuestro amor, no satisfecha la rabiosa
saña de sus enemigos con los tormentos que le hicieron
padecer estando vivo; viéndolo ya difunto, y sin movimiento,
un Soldado con una cruel Lanza arremetió furioso contra este
dulce amante y le dio tan fiera y violenta herida en el pecho que
le atravesó el corazón amorosísimo, de donde corrió al punto
ultima Sangre y agua, que había quedado en aquel divino cuerpo;
y traspasó (según tenía profetizado Simeón) el alma de la
afligidísima María, su Madre, que no se podía apartar de la vista
de su difunto Hijo.

Aún más allá de la muerte


se adelanta tu baldón;
pues la Lanza de tus yerros,
muerto, el Costado le abrió.

¡Oh Sangre amorosísima y ferventísima, que recogida en el


deifico Corazón de Jesús, mi eterno amador y Salvador, corriste
presurosa al bore de la Lanza con que fue herido en la Cruz, ya
difunto por mi amor! Yo te adoro y ruego rendido que, así como
alumbraste aquel Milite que te virtió dándole tu fe y tu amor; así
ilumines las tinieblas de mi corazón; para que, si hasta aquí he
militado contra ti, y he alanceado el tierno corazón de mi
Redentor con mis culpas; en adelante armado de su gracia y de
su cruz, milite contra el Infierno, y el pecado, hasta ser mártir del
divino amor. Amén.
No malbarates Cristiano
tanta Sangre de tu Dios;
sírvate para la gloría,
no para condenación.

Se dará fin al ejercicio con la Rogativa: Sangre preciosa con que


acaba la Novena

SALVE A LA SANGRE DE NUESTRO REDENTOR JESUCRITO

¡Sálvanos, Sangre divina!


Sangre poderosa y santa,
pues te derramo mi Dios,
para salvar nuestras almas.
R/. Sangre amorosa,
Sangre de mi alma
borra mis culpas,
dame tu gracia.

Sangre amable de mi Rey,


como de esclavo tratada,
cuando con crueles azotes
te virtió mi culpa ingrata.

Sangre, que la mejor Madre


te concibió en sus entrañas;
cuando respondió a Gabriel
fiat, según tu palabra.

Sangre de Misericordia,
segura prenda, que el alma,
con verdad arrepentida,
siempre que la busca la halla.

Sangre que la Vida ofreces


al que con mano tirana
la muerte le da a tu dueño
y al que es la vida de mi alma.

Dulzura en mejor Maná,


que todo favor engasta;
Vino que causa alegría
en el corazón que te ama.

Esperanza nuestra eres,


aunque nos cerquen desgracias;
y aunque en el Infierno mismo
sea postrada nuestra infamia.

Dios te derramo, porque


el alma más atribulada
se salve cuando se acoge
a tus corrientes sagradas.

A ti llamamos humildes,
desterrados de la Patria,
infelices hijos de Eva,
más felices por tu gracia.

A ti suspiramos todos,
gimiendo y llora tantas
culpas, con que te agraviamos
en este valle de lágrimas.

Ea pues, ¡Sangre querida!


nuestra obstinación ablanda
¡Señora mía! ¿hasta cuándo
seré oveja descarriada?

Si merezco mil Castigos,


es tu Sangre mi abogada,
que clama por mí perdón,
mejor que Abel por venganza.

Tu eres, has sido y serás


ancla de nuestra esperanza,
no contundas ¡vida mía!
Almas, que de ti se amparan.

Vuelve a nos esos tus ojos,


que Sangre lloraron tanta;
y como vieron a Pedro,
¡Jesús! mira nuestras almas.

Y después de este destierro


muéstranos, ¡oh Sangre santa!
a Jesús, fruto bendito
del vientre de mi abogada.

¡Oh clemente! ¡oh piadosa!


¡oh dulce Sangre de mi alma!
siempre misericordiosa,
aun cuando más agraviada.

¡Oh siempre Virgen María!


que acuesta Sangre nos manas,
en leche o miel convertida,
pide que nos sea aplicada.

Para que dignos seamos,


asistidos de tu gracia,
de alcanzar eternamente
las promesas en la Patria.
Amen.
REMEDIO EFICAZ PARA NO DERRAMAR LA SANGRE DE
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO,
ultrajándola más que en su Pasión o para que no peques
mortalmente

NOTA.
Luego que te veas tentado o donde temes serlo o sin esto, para
fijar tu propósito de no pecar: puedes rezar en forma de Rosario
una devoción fácil, ligera y tan eficaz que la abona el Espíritu
Santo. Acuérdate de tus novísimos y no pecaras jamás. Repara
Señor en la palabra, porque los ajenos no te moverán como los
propios. Pon un poco de atención interior y fija tu entendimiento
en estas verdades, que crees, y confiesas como cristiano. Que tú,
que estas leyendo estos renglones, te has de morir ¡por fin! Que
te puedes ver eternamente sin Jesús tu Dios; sin María su Madre,
anegado en fuego, maldiciéndote a ti, a tus Padres, al mismo
Dios, y a María Santísima eternamente. Que puedes ser
bienaventurado, viendo la hermosura de Dios, para siempre
honrado y querido de su Madre, y estar, mientras Dios fuere Dios,
gozando tantas felicidades, que aún no eres capaz de
Imaginarlas, y fijando tu pensamiento en estos tus novísimos, di
en nombre de Dios, y de María Santísima la devoción que te
ofrezco, y acabada, veras destruidas la tentación, o a lo menos
vencida; y la Sangre de Cristo no despreciada, sino victoriosa.
Con esta práctica conseguiré veas, que quien se condena, por su
gusto se pierde, y que no hay disculpa para pecar, siendo tan fácil
vencer la tentación más urgente, como lo verás, haciendo lo que
se sigue.
¡Tengo que morir y no sé cuándo!
Repite diez veces, ¡Oh muerte!
¡AI mismo Dios he de dar estrecha cuenta!
Repite otras diez veces, ¡Oh Juicio!

¡Esclavo del inferno soy pecando!


Repite otras diez veces, ¡Oh Infierno!

¡Las alegrías del Cielo son perpetuas!


Repite otras diez veces, ¡Oh Gloria!

Cuando me estoy en el pecado deleitando;


Como no advierto, que Dios me está mirando.
Si peco, y este es mi último pecado;
Soy para siempre condenado.
Si venciere la presente tentación,
En el Cielo tendré siempre el galardón.
Quiero pues vencer siempre, ¡oh buen Jesús!
Con tu gracia, en tu nombre y con tu luz.
Una Avemaría a la pureza de Nuestra Señora.

JACULATORIAS DE AMOR DE DIOS


para repetir entre día

¡Ah! ¡quien pudiera hacer! ¡ah quien hiciese!


¡Que amado fueras infinitamente!
¡Ah! ¡quien pudiera hacer! ¡Bien de mis bienes!
Que todos te alabasen: ¡siempre, siempre!
¡Ah hiciera! ¡Dueño de mi alma!
¡Que todos por tu gusto respiraran!
¡Amado! yo me abrazo, ¡ay dulce Dueño!
Al verte para mí, sin igual bueno.
Amarte quero, ¡dulce mío!
Y amarte esposo, aun siendo aborrecido
Nada soy y me gozo de ser nada,
Y aun a poder ser menos más holgara.
Buscarte quiero a solas ¡gloria mía!
Que darte y poco te hallo en compañía
Dame amor ¡gloria mía! oh daré voces
Que, dándome amor, el él te goces.
Cruz es querer quererte ¡ay bien que espero!
Y no poder quererte cuanto quiero.
Déjate amar ¡Bondad crucificada!
Déjate amar; pues no te cuesta nada.
¡Si tu poder, Esposo! a mí me dieses:
Te diera yo a ti amor cuanto quisieses.
Y si tenerme amor tu gusto fuera:
Siempre criara amor y te le diera.
Escoria soy mi Dios, pero, aunque escoria
Un Dios quisiera ser para tu gloria.
Pero en verme yo Dios, tanto te amara:
Que, por hacerte Dios, lo renunciara.
Mas si no, que de almas te criaría
Y a la que más te amase, Dios la haría.
¡Más hay! que si infinito mi amor fuera:
Dioses a todos por tu amor hiciera.
Porque Dios, como tú, ¡dulce querido!
De solo Dioses debe ser servido.
Mas hay, ¡Esposo mío! yo me muero,
De ver que nada soy y que te quiero
¡Úneme a ti, querido de mi vida!
Y harás todo a la nada, a ti unida.
Tu Sí, sea mi Sí de tal manera,
Como si solo un Sí de los dos fuera.
Tu No, sea mi No, y en dulce trueco,
Mi NO será respuesta de tu eco

LAUS DEO.
Formato original de la novena

Esta Novena es redactada en este formato por @libroscatolic en


el mes de julio 2024.

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