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Hacia El Reconocimiento Del Derecho Humano A La Dignidad Póstuma

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Revista del posgrado en derecho de la UNAM | revistaderecho.posgrado.unam.

mx
Revista Especial de la FES Acatlán | https://doi.org/

Hacia el reconocimiento del derecho humano a la dig -


nidad póstuma

Towards the recognition of the human right to post -


humous dignity 1

María de los Ángeles Hernández Rodríguez 2


Iván Alva Cortés3

Resumen: La dignidad póstuma es un concepto no novedoso,


pero ha sido retomado entre otros eventos, por la pandemia de
la Covid-19. Tiene su base en el concepto kantiano de la dig-
nidad humana mismo que fue retomado por diversos instru-
mentos internacionales y de ahí permeó a las constituciones
y leyes de algunas naciones. No obstante, en nuestro sistema
jurídico y en otros, no encontramos disposiciones expresas
que impidan que las personas sean cosificadas después de su
fallecimiento por lo que su personalidad puede verse afectada
por diversas faltas de respeto; por lo que la dignidad póstuma
es un derecho humano que protege entre otros la identidad,
imagen, datos personales y otros atributos de la personalidad
que se modifican (no se extinguen) con la muerte.
Palabras clave: dignidad, dignidad póstuma, persona, muerte, dere-
chos humanos, continuum.
Abstract: Posthumous dignity is a not new concept, but it
has been taken up again, among other events, by the Co-

1
En dedicatoria a los profesores de la Universidad que hemos perdido por la pan-
demia generada por la COVID-19, a quienes no olvidaremos. En especial al Doctor
Enrique García y Moisés, Coordinador del Posgrado, quien en su momento fuera
Coordinador del Posgrado de la FES Acatlán.
2
Profesora de Metodología Jurídica, Posgrado en Derecho, FES Acatlán, UNAM.
Contacto: <[email protected]>, ORCID: <0000-0002-5680-6797 >.
3
Alumno de Metodología Jurídica, Posgrado en Derecho, FES Acatlán, UNAM.
Contacto: < [email protected]>, ORCID: < 0000-0001-5011-0310>.
Fecha de recepción: 01 de agosto de 2021: fecha de aprobación: 28 de febrero de 2022.
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vid-19. It is based on the Kantian concept of human dignity


that was taken up by various international instruments and
hence permeated the constitutions and laws of some nations.
However, in our legal system and in others, we do not find
express provisions that prevent people from being objectified
after their death, so that their personality can be affected by
various disrespect. Therefore, posthumous dignity is a human
right that protects, among others: identity, image, personal
data and other attributes of the personality that are modified
(not extinguished) with death.
Keywords: dignity, posthumous dignity, person, death, human rights,
continuum.
Sumario: I. El problema de la dignidad póstuma en el sistema
jurídico mexicano, II. La dignidad en los cuerpos normati-
vos y su fundamentación kantiana, III.-La dignidad como
continuum, IV. Hacia el rescate de la importancia social de la
dignidad póstuma, V. La dignidad póstuma y el mito de la
plenitud del Derecho, VI. A modo de ejemplo: análisis de la
dignidad póstuma de los divorciantes en el ordenamiento civil
de la Ciudad de México, VII. Conclusiones, VIII. Fuentes de
consulta.

i. El problema de la dignidad póstuma en el sistema


jurídico mexicano

L
a presente propuesta, tiene como fin reflexionar acerca de
un concepto que no es novedoso, pero que debido a ciertos
eventos actuales originados por la pandemia de la Covid-19,
ha sido retomado por algunos autores para su discusión, ya que por
un lado la sobre mortandad generada por dicha enfermedad ha
causado estragos sociales, y por el otro, el trato denigrante que en
algunos casos han recibido los cadáveres de las personas fallecidas,
también ha generado indignación social no únicamente por las res-
tricciones sanitarias respecto a los concernientes ritos funerarios.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 89

En este sentido, en primer lugar, nos referiremos a la dignidad en


los cuerpos normativos y su fundamentación kantiana, es decir, a su
concepción moderna no secularizada y unificadora o universal; en
donde trataremos de rescatar que el ser humano continúa teniendo
un estatus de valioso aún después de su muerte ya que, solo bajo tal
premisa estaremos en una mejor posición para referirnos respecto
a algunas consideraciones afines a la dignidad póstuma. Para fina-
lizar, retomaremos la idea de los principios implícitos y su relación
con el mito de la plenitud del derecho y terminaremos haciendo
una alusión ejemplificativa concerniente a su falta de tratamiento
legal en el caso de los divorciantes, de conformidad con el Código
Civil para la Ciudad de México.
Antes de ello, es importante señalar que, por lo general relaciona-
mos a la dignidad con el proceso vital de cada persona, excluyendo
su reconocimiento en los seres humanos después de su muerte4. No
obstante, consideramos que, si hacemos una correcta interpretación
de diversas normas de nuestro sistema jurídico, como lo señala Ri-
cardo Guastini, podemos encontrar involucrado un verdadero prin-
4
Cabe señalar que nosotros no hablamos de cadáver, sino de persona humana
después de la muerte, debido al cúmulo simbólico de relaciones familiares y sociales
que no se extinguen con el fallecimiento físico, mismas que son vivenciadas en múlti-
ples narrativas sociales. En contraste y a modo de ejemplo, la jurisprudencia identifi-
cada con el registro digital 2012363, señala que la dignidad humana funge como un
derecho fundamental: “(…) cuya importancia resalta al ser la base y condición para
el disfrute de los demás derechos y el desarrollo integral de la personalidad.” Tesis
1ª./J.37/2016, Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, Décima Época, t. II, agosto
de 2016, p. 633. Recuperado de: https://sjf2.scjn.gob.mx/detalle/tesis/2012363. Es in-
dudable que la personalidad únicamente puede perfeccionarse cuando se está inmerso
en el flujo vital, no obstante, autores como Michel White, terapeuta narrativo, señalan
que, para incorporar las pérdidas con seres queridos podemos seguirlos considerando
como parte de nuestra vida actual, situación que se observa en muchos procesos socia-
les en donde a las personas fallecidas, se les mantiene simbólicamente presentes, como si
siguieran existiendo, aunque estas situaciones de hecho no son del todo consideradas
desde el punto de vista jurídico (Ver: “Decir hola de nuevo. La incorporación de la
relación perdida en la resolución de la aflicción”, recuperado de: https://www.academia.
edu/31648858/DECIR_HOLA_DE_NUEVO).
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cipio no expreso5 que permitiría reconocer la dignidad humana en las


personas que han trascendido a causa de su muerte física6.
El escaso reconocimiento explícito en el sistema jurídico mexica-
no a la dignidad humana después de la muerte tiene varias causas
ya que es un fenómeno que puede ser percibido de forma ambigua,
debido a diversos factores históricos, antropológicos, psicológicos,
jurídicos, sociales, políticos, económicos y culturales que se entre-
lazan para formar visiones que pueden llegar a ser, inclusive hasta
contradictorias, por ejemplo, las posturas existentes entre la llama-

5
Guastini, Ricardo, Estudios de teoría constitucional, México, Fontarama-Universidad
Nacional Autónoma de México, 2001, p. 138. Así, por ejemplo, el registro digital
2022461 del Semanario Judicial establece en parte de su texto que: “La dignidad se
funda en causas de orden moral y supone la relación de los deberes del sucesor para
con el difunto”. Frente a ello, cabría preguntarnos: ¿Qué fundamenta que existan
derechos frente a un fallecido? ¿Acaso un principio que puede interpretarse del propio
sistema como lo es por ejemplo la dignidad humana o la dignidad póstuma? Ver:
Tesis I.11º. C.112 C, Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, Décima Época, t.
III, noviembre de 2020, p. 1995. Recuperado de: https://sjf2.scjn.gob.mx/detalle/te-
sis/2022461.
6
El Diccionario de la Real Academia Española, respecto al término trascender, nos
dice que proviene del latín transcendere, que significa “<< (…) ‘pasar de una cosa a otra’,
‘traspasar’>>. Y de los diversos significados que menciona, nos parece apropiado el
de “Estar o ir más allá de algo”. Ver: https://dle.rae.es/trascender?m=form. Conforme a lo
anterior, consideremos pertinente la utilización de este vocablo para referirnos a que
las acciones de las personas pueden ser interpretadas de manera simbólica más allá de
su existencia física. Acotamos que hay diversas formas de trascendencia, tal como lo
señalaba Maslow en su Teoría de la motivación humana, al referirse a la autotrascendencia,
que: “(…) tienen como objetivo promover una causa más allá de sí mismo y experimentar
una comunión fuera de los límites del yo; esto puede implicar el servicio hacia otras
personas o grupos, la devoción a un ideal o a una causa, la fe religiosa, la búsqueda
de la ciencia y la unión con lo divino”. Por ejemplo, podemos trascender el tiempo, el
propio pasado, el dolor, nuestras necesidades básicas, la influencia negativa de la socie-
dad, nuestros defectos y debilidades, el miedo, etc. Ver: Quintero Angarita, José Rafa-
el, “Teoría de las necesidades de Maslow”, disponible en: http://doctorado.josequintero.net.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 91

da necropolítica7 y la necroética8.
Ahora bien, a efecto de enumerar grosso modo estos componentes,
los hemos dividido en dos grandes grupos: (i) sociales o universales
y, (ii) jurídicos o especializados. Consideramos que ello permite dis-
tinguir diversos fenómenos relacionados con la cosmovisión asen-
tada en nuestra cultura, los cuales sirven como un primer marco
referencial para posteriormente, poder dirigir nuestra mirada a la
reflexión centrada en el fenómeno jurídico, el cual al ser una expre-
sión compleja también, tiene múltiples aspectos a considerar debido
en primer lugar a que no se agota en el sistema de normas de carác-
ter oficial, ya que hay que recordar que éstas son el canal de expre-
sión de ciertos valores sociales, así como de innegables conductas
que generamos coexistiendo en comunidad, toda vez que como lo
establecía el reconocido jurista Luis Recasén Siches: “El Derecho es
una forma objetivada de vida humana”9.
Por efectos de espacio, respecto a las causas sociales o universales
a continuación enunciamos las dos que nos parecen más trascen-
dentes:

7
Se atribuye a Achille Mbembe este término a fin de referirse a las técnicas y
prácticas de muerte (como las masacres, por ejemplo) que ejercen tanto el Estado
como otros grupos de poder, a fin de mantener un control sobre la población. Ver:
Estévez, Ariadna, “Biopolítica y necropolítica: ¿constitutivos u opuestos?”, en Espi-
ral, Estudios sobre Estado y Sociedad, Revista electrónica, Vol. XXV, núm. 73, septiem-
bre-diciembre de 2018, pp. 9-43. Recuperado de: http://www.scielo.org.mx/pdf/espiral/
v25n73/1665-0565-espiral-25-73-9.pdf.
8
Pinto, Gómez, Marulanda & León (2021), señalan que la Necroética: “(…) con-
sidera las relaciones afectivas y simbólicas en torno al cadáver, así como el valor in-
trínseco de los cuerpos y sus componentes anatómicos, histológicos y aún genéticos,
como extensión de la dignidad humana, la cual no claudica con el término de la vida”.
Ver: Pinto, Boris Julian, et al., “Necroética: el cuerpo muerto y su dignidad póstuma”,
en Expresión forense. Revista de divulgación sobre Criminología, Criminalística y Ciencias Forenses,
Revista electrónica, recuperada de: https://www.expresionforense.com/post/necro%E9ti-
ca-el-cuerpo-muerto-y-su-dignidad-p%F3stuma.
9
Recasens Siches, Luis, Vida humana, Sociedad y Derecho. Fundamentación de la Filosofía
del Derecho, México, Biblioteca Virtual Universal, 2013, p. 30.
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a) La muerte es un tabú. A pesar de que todos los seres vivos se carac-


terizan por cumplir con un ciclo de vida, es innegable cierto temor
generalizado al tema de la muerte. Morin llegó a afirmar: “(…) ni
el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente10” ya que ésta repre-
senta cierto traumatismo. Al parecer como una forma de autopro-
tección, los seres humanos tenemos la necesidad de negar nuestra
vulnerabilidad frente al fin de nuestra existencia; aunque como lo
mencionamos al inicio, la Covid-19 nos han impactado mundial-
mente y nos ha llevado a enfrentarla como un hecho cercano y coti-
diano. Nuestras rutinarias formas de vida, salvo por la muerte de un
ser cercano, no parecían considerar de manera constante la finitud
de la vida: “Para nuestro inconsciente, es inconcebible imaginar
un verdadero final de nuestra vida aquí en tierra (…)”11. Además,
como seres sociales generamos vínculos y apegos que nos llevan al
sufrimiento frente a la ausencia de las personas con las que solemos
convivir.
b) La creciente deshumanización. En nuestro actual mundo globali-
zado y neoliberal tendemos a la cosificación lo cual se traduce en la
insensibilidad respecto al trato adecuado a las personas, quienes
mayormente son percibidas fragmentadas de su dimensión espiri-
tual12, situación por lo cual nuestra humanidad se ve desdibujada.

10
Morin, Edgar, El hombre y la muerte, 4ª. ed., Barcelona, Kairós, 2003, p. 17.
11
Kübler-Ross, Elisabeth, Sobre la muerte y los moribundos, trad. de Macmillan Pub-
lisingh Company, México, De Bolsillo, 2010, p. 15.
12
Una excepción se encuentra contenida en la Declaración Universal sobre Bioética y
Derechos Humanos, expedida por el Consejo General de la Organización de las Naciones
Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y en cuyos consid-
erandos se expresa que para su elaboración se tuvo presente: “(…) que la identidad
de una persona comprende dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, culturales y
espirituales”. Ver: portal.unesco.org/es/ev.php-URL_ID=31058&URL_DO=DO_PRINT-
PAGE&URL_SECTION=201.html. De igual forma, la Guía del Manejo Integral de Cuida-
dos Paliativos, emitido por el Consejo de Salubridad General y publicada en el Diario
Oficial de la Federación el 26 de diciembre de 2014, en su punto 6. Espiritualidad al
final de la vida, menciona que: <<El ser humano es integral: alma, cuerpo, materia y
espíritu. Una realidad que no podemos separar en sus distintos componentes. Puede
ser útil didácticamente presentar las “dimensiones” de la persona humana, pero con
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 93

Así, las personas en el peor de los casos se convierten en un medio


para lograr ciertos fines desvirtuando su esencia. Estas conductas,
van en contra del principio kantiano de la dignidad e inclusive de
la dignidad póstuma (mal trato al cadáver, por ejemplo). Por ello,
en su momento el filósofo y sociólogo alemán Axel Honneth retomó
el término reificación, que: “(…) puede ser vista como una forma
de praxis humana deformada y atrofiada respecto de una praxis
original de participación activa en el mundo y de implicación exis-
tencial”13.
En consecuencia, en las sociedades modernas al excluir la di-
mensión espiritual de la persona, tendemos a negar su trascenden-
cia y con ello, percibimos a la muerte como la terminación o fin de
la vida; siendo que lo cierto es que las personas al establecer fuertes
lazos afectivos intersubjetivos trascienden al dejar una huella fami-
liar y social importante, que no se extingue de forma instantánea
con su muerte, situación que por ejemplo, ha sido reconocida en
nuestro sistema tratándose de autores al considerar a los derechos
morales como perennes. Así, nuestra actual Ley Federal del Derecho
de Autor señala en su artículo 18 que: “El autor es el único, primige-
nio y perpetuo titular de los derechos morales sobre las obras de su
creación”. Estamos hablando de derechos imperecederos que solo
se extinguirán con la propia humanidad.

la conciencia de que se trata sólo de un esquema que nos ayude en la reflexión y la


relación de ayuda. Los estudiosos, además, no están de acuerdo sobre “cuantas sean
estas dimensiones”; puede ser útil, por lo menos, articular este discurso alrededor de
cinco dimensiones o aspectos de la persona humana: dimensión corpórea, intelectual,
emocional, relacional y espiritual>>. Recuperada de: http://www.dof.gob.mx/nota_det-
alle.php?codigo=5377407&fecha=26/12/2014&print=true].
13
Barrasús Herrero, Juan Carlos, “Reconocimiento y reificación: La revisión
de Axel Honneth de una categoría clave de la Teoría Crítica”, en Logos. Anales del
Seminario de Metafísica, Revista electrónica, Vol. 46, 2013, pp. 365-374. Recuperada
de: https://www.academia.edu/7918523/Reconocimiento_y_reificaci%C3%B3n_La_re-
visi%C3%B3n_de_Axel_Honneth_de_una_categor%C3%ADa_clave_de_la_Teoría_Crítica.
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Por lo que se refiere a las causas jurídicas o especializadas, cabe


destacar las siguientes:
a) Escasos precedentes. Como ya lo mencionamos la legislación y,
por lo tanto, los métodos interpretativos tradicionales identifican
a la dignidad humana con el proceso vital. Existen pocos criterios
que hacen referencia expresa a la dignidad de las personas que
han muerto. De igual forma, encontramos reducida literatura al
respecto.14
b) Inexistente sistematicidad legislativa. Los cuerpos normativos re-
lacionados con la muerte se encuentran dispersos en diversas dis-
posiciones implementadas por el legislador con poca interrelación
entre sí, los cuales se enfocan en aspectos técnicos específicos: ad-
ministrativos, penales, civiles, laborales, salubridad, de seguridad
social, etc. Conforme a ello, también existe una falta de inter-
pretación sistemática de las normas jurídicas relacionadas con la
persona, la dignidad y la muerte.
c) Vacíos legales. Así como en otros campos del conocimiento de
lo humano se cuenta con un área especializada en la muerte, de
igual forma la materia jurídica requiere contar con una disciplina
que ayude a conectar y hacer sentido en todos los aspectos jurí-
dicos dispersos en torno a este hecho, así como su relación con
la persona en los diversos contextos de su existencia (donación
de órganos, seguridad social, sucesión testamentaria, testamento
vital, manejo digno del cadáver en diversos contextos, derechos
de autor, etc.). En el mundo actual, se hace indispensable para el
sistema jurídico, considerar a la dignidad como un derecho hu-
mano perpetuo.
Con base en lo anterior, es evidente las limitadas aportaciones
desde la teoría jurídica y desde una visión multidisciplinaria para

14
En el Estado del Arte del protocolo de Doctorado de la Maestra Ángeles Hernán-
dez titulado La Dignidad Humana como un derecho humano perenne, tan solo se encontraron
del 2011 a la fecha 4 tesis de grado, 20 artículos académicos, una iniciativa de ley y
la reseña de un libro; aunque cabe aclarar que existen ciertos repositorios de acceso
cerrado en donde puede encontrarse más material acerca del tema.
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dotar de un contenido real y práctico a la dignidad, como un de-


recho humano de carácter perenne a fin de perfeccionar nuestro
sistema jurídico.

ii. La dignidad en los cuerpos normativos y su


fundamentación kantiana

Como sabemos, después de lo acontecido en la Segunda Guerra


Mundial algunos países tomaron la determinación de crear instru-
mentos normativos que facilitaran la protección de ciertos derechos
subjetivos de primer orden. En ese sentido, la dignidad humana se
erigió como uno de los principios rectores que sentarían las bases
para una protección más amplia de las personas. Así, la Carta de las
Naciones Unidas (1945) constituyó la primera fuente del Derecho
Internacional que incorporó expresamente este término ya que en
su Preámbulo podemos observar:
Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos […] a reafir-
mar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad
y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de
hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas (…).15
Posteriormente, un gran número de instrumentos normativos
tanto de carácter internacional como nacional comenzaron a adop-
tar este concepto como la base del entendimiento de los derechos
humanos. No obstante, al carecer de una definición precisa, muchos
teóricos han cuestionado: ¿Qué debemos entender por dignidad?
¿Cómo podemos aplicarla correctamente en los casos concretos?
Se ha escrito profusamente a partir de estas interrogantes y desde
luego, varias han sido las vertientes que se han generado, situación
que a su vez ha creado cierto grado de confusión.

Organización de las Naciones Unidas, Carta de las Naciones Unidas, recuperado de:
15

https://www.un.org/es/about-us/un-charter/preamble.
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Por nuestra parte, para poder dar respuesta a esta interrogante,


consideramos necesario partir de lo sostenido por Kant (para no
entrar a la discusión sacra del término propuesta con anterioridad,
por ejemplo, con Santo Tomás de Aquino); además de que creemos
que su visión ha perdurado de cierta manera hasta nuestros días
para fundamentar filosóficamente la existencia de los derechos hu-
manos. Ahora bien, este reconocido autor dentro de su obra Funda-
mentación de la metafísica de las costumbres, expuso que:
Los seres cuya existencia no descansa en nuestra voluntad, sino
en la naturaleza tienen, empero, si son seres irracionales, un valor
meramente relativo, como medios, y por eso se llaman cosas; en
cambio, los seres racionales llámense personas porque su naturaleza
los distingue ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no
puede ser usado meramente como un medio, y, por tanto, limita en
ese sentido todo capricho16.
Kant al realizar esta distinción entre cosas y personas, voluntaria
o involuntariamente trazó una clara distinción entre entes valiosos
y no valiosos desde un punto de vista antropocéntrico. Lo valio-
so se caracterizaba por una cualidad muy aquilatada en el Siglo de
las Luces: la luz de la razón, es decir, la capacidad del ser humano
de pensar. Así, las personas al ser racionales son valiosas ya que a
diferencia de lo que no es persona, la capacidad inmanente de re-
flexión posibilita vislumbrar para sí un propósito de vida, es decir,
desarrollar bajo designios autónomos un personal plan de vida, por
lo tanto, nadie que no sea yo, puede en términos generales tomar
decisiones existenciales por mí, por lo que si alguien más dispone
de mi persona me estará convirtiendo en un medio, como se hizo,
por ejemplo, con los judíos en los campos de concentración. Así,
esta valía es absoluta, es decir, aplica universalmente para todas las
personas por lo que no es dable ser cuestionada.

Kant, Immanuel, Fundamentación de la metafisica de las costumbres, 16a. ed., trad. de


16

Manuel García Morente, México, Porrúa, 2016, p. 48.


María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 97

Desde luego la visión kantiana de la dignidad, también ha sido


fuertemente criticada. En primer lugar por sentar las bases del an-
tropocentrismo, dejando de lado la valía de otras formas de vida;
y en segundo, por basar el valor de las personas de forma casi ex-
clusiva en su racionalidad, por lo que quienes carezcan por alguna
circunstancia de dicha capacidad, como puede ser un infante recién
nacido o alguien que sufra de alguna afección mental, al parecer
no podrían ser personas y en una estricta interpretación, deberían
ser considerados como cosas, aunque formaran parte de la especie
humana.
Por ejemplo, para la autora Quintanilla Madero, el valor supre-
mo del que gozan los seres humanos no disminuye, aunque alguien
no sea capaz ni siquiera de manifestarse por el motivo que sea17. En
ese mismo tenor, Pérez Treviño supone, que al ser la dignidad una
cualidad ontológica de la especie humana no implica que inclusive
se tenga que ser consciente de ella o que alguien deba ser capaz de
expresarla correctamente18. Lo anterior, nos permite interpretar a la
dignidad en un sentido más extensivo, es decir, como un valor con-
natural a cualquier individuo de la especie homo sapiens, ya sea que
éste se encuentre en plena configuración (protección al no nacido),
ya sea parte de la especie (dignidad en sentido vital) o haya perte-
necido en forma física a ésta (dignidad póstuma). En ninguna etapa
del desarrollo de la persona, ésta puede ser usada como medio para
la consecución de un fin ajeno.
Por ende, para Manuel Atienza, es importante señalar que el
sentido negativo de la dignidad se sustenta en la idea de que ésta
no nos dice en rigor lo que deberíamos hacer, sino más bien lo que
no debemos realizar, por ejemplo, tratar a alguien a título exclusi-

17
Cfr. Quintanilla Madero, Beatriz, Conducta humana. Bases antropológicas y neurobi-
ológicas, México, Trillas, 2014, p. 78.
18
Cfr. Pérez Treviño, José Luis, “La relevancia de la Dignidad Humana. Un co-
mentario”, en DOXA. Cuadernos de filosofía del derecho, España, núm. 30, 2007, pp. 159-
163, https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/13120/1/DOXA_30_23.pdf.
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vamente instrumental19, ya que cada individuo tiene el derecho y


la obligación de desarrollarse a sí mismo como persona y al mismo
tiempo tiene la obligación, en relación con los demás, de contribuir
a su libre desarrollo20.
Ahora bien, cabe señalar que la Constitución Mexicana no indi-
ca de forma expresa lo que debe entenderse por dignidad y tampo-
co hace referencia a la misma como una cuestión de carácter onto-
lógico, aunque menciona el término en varios artículos que se han
ido incorporando al texto constitucional a lo largo del tiempo con
diversos fines como lo han sido el desincentivar cualquier forma
de conducta discriminatoria (Art. 1º.), la protección a las mujeres
indígenas (Art. 2º.), la educación para la contribución de las formas
sanas de convivencia y la apreciación del valor de la persona (Art.
3º.), las cualidades de la vivienda (Art. 4º.), la protección al interés
superior del menor (4º.) y su consideración como uno de los princi-
pios de la rectoría económica del Estado Mexicano (Art. 25).
Por su parte, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación, en la Décima Época caracterizada por la aplicación
del nuevo paradigma de derechos humanos resultado de la reforma
constitucional de 2011, como ya lo mencionamos, hace una inter-
pretación respecto al significado que debe atribuírsele a este térmi-
no como valor de orden moral, principio y derecho, al señalar en el
registro identificado con el número 2012363, que:
La dignidad humana no se identifica ni se confunde con un precep-
to meramente moral, sino que se proyecta en nuestro ordenamiento
como un bien jurídico circunstancial al ser humano, merecedor de
la más amplia protección jurídica (…) la dignidad humana funge

19
Cfr. Atienza, Manuel, “Un comentario sobre el concepto de dignidad”, en Sala-
zar Ugarte Pedro, Larrañaga Monjarraz Pablo y Cerdio, Jorge (comp.), Entre la libertad
y la igualdad. Ensayos críticos sobre la obra de Rodolfo Vázquez, tomo I, Instituto de Investiga-
ciones Jurídicas México, UNAM, 2017, pp. 267-275, https://archivos.juridicas.unam.mx/
www/bjv/libros/10/4588/19a.pdf.
20
Cfr. Idem.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 99

como un principio jurídico que permea en todo el ordenamiento,


pero también como un derecho fundamental que debe ser respeta-
do en todo caso, cuya importancia resalta al ser la base y condición
para el disfrute de los demás derechos y el desarrollo integral de la
personalidad. Así las cosas, la dignidad humana no es una simple
declaración ética, sino que se trata de una norma jurídica que con-
sagra un derecho fundamental a favor de la persona y por el cual
se establece el mandato constitucional a todas las autoridades, e
incluso particulares, de respetar y proteger la dignidad de todo in-
dividuo, entendida ésta -en su núcleo más esencial- como el interés
inherente a toda persona, por el mero hecho de serlo, a ser tratada
como tal y no como un objeto (…)21.
Conforme a lo anterior, se reitera que la dignidad se interpreta
como una cualidad ontológica de la persona que supone que ésta
no puede ser tratada como un objeto insustancial. Y aunque no
hace referencia expresa a las personas fallecidas, en la legislación
secundaria como lo es la Ley General de Salud, se considera que:
“Los cadáveres no pueden ser objeto de propiedad y siempre serán
tratados con respeto, dignidad y consideración” (Art. 346), lo cual
se traduce como lo veremos en el siguiente apartado, en que existe
dentro de las bases de nuestro sistema, el fundamento para conside-
rar la dignidad póstuma.

iii. La dignidad como continuum

De acuerdo con el Cambridge Dictionary, continuum es un término que


se refiere a un fenómeno que cambia de carácter paulatinamente
sin algún punto de división claro22, en este sentido, cabe decir que:

21
Tesis 1a./J. 37/2016, Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, Décima Época,
tomo II, agosto de 2016, p. 633.
22
Cfr. Cambridge Dictionary, “continuum, something that changes in character
gradually or in very slight stages without any clear dividing points (…)”. Recuperado
de: https://dictionary.cambridge.org/es/diccionario/ingles/continuum.
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100 Revista Especial de la FES Acatlán | https://doi.org/

(…) Paul Ricoeur (…) establece que tratándose de cuestiones huma-


nas, no existen líneas divisorias definidas que nos hagan pasar de
forma automática de una categoría de cosa a persona, de tener vida
humana o no, ser digno o no. Menciona que existen fenómenos del um-
bral y estadio, que cuestionan la aparente solución de todo o nada: ser
persona (con sus atributos) o ser una cosa (con su falta de atributos).
Pensar de manera diferente, nos llevaría a la conclusión errónea de
que únicamente los adultos con cierto nivel cognitivo serían dignos.
Esta tesis coincide con lo expresado por Carl Rogers: “una persona
es un proceso en transformación, no una entidad fija y estática; es
un río que fluye, no un bloque de materia sólida; una constelación
de potencialidades en permanente cambio, no un conjunto defini-
do de rasgos o características”. El ser humano no es un producto,
un tajante antes o después, el hombre es un proceso en constante
transformación (…)23
Si la dignidad humana es un concepto de suma relevancia, la
dignidad póstuma viene a dar continuidad al valor simbólico de la
persona. Cabe resaltar que una vez que se ha perdido la vida la ma-
yoría de los instrumentos normativos se han olvidado de establecer
lo que sucede con la trascendencia de las personas fallecidas, así
como el alcance y vínculos que generaron en el transcurso del ciclo
vital y que no necesariamente se extinguen de forma automática.
Así, el hecho de que los cuerpos normativos contemplen en sus tex-
tos el concepto de dignidad humana, no implica que la misma sea
considerada en toda su amplitud.
Ahora bien, como lo mencionamos líneas arriba por lo que se re-
fiere a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es
evidente que contiene diversas referencias al concepto de dignidad,
como lo señala, por ejemplo, el artículo primero en su segundo y
último párrafo que ahora citamos:

23
Hernández Rodríguez, María de los Ángeles, “La Bioética y el Discurso de la
Dignidad”, en Neurociencias, Bioética y Derecho, México, UNAM-FES ACATLÁN-DGA-
PA, 2017, pp. 71-72.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 101

[…] Las normas relativas a los derechos humanos se interpretarán


de conformidad con esta Constitución y con los tratados interna-
cionales de la materia favoreciendo en todo tiempo a las personas la
protección más amplia.
[…] Queda prohibida toda discriminación motivada por origen ét-
nico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición
social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las prefe-
rencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra
la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los
derechos y libertades de las personas.
Estos supuestos son relevantes, ya que en apariencia parecería
que la dignidad como un continuum sí podría encontrarse contem-
plada, pues no existe algún tipo de distinción expresa entre los de-
rechos de las personas vivas y las ya fallecidas. Así, estos principios
al establecer una protección amplia en favor de la persona harían
suponer que los mismos no encuentran oposición respecto a la dig-
nidad póstuma. Además, como también ya lo referimos, la Suprema
Corte de Justicia de la Nación sostiene como premisa de primer
orden que: “[…] la dignidad humana funge como un principio ju-
rídico que permea en todo el ordenamiento […] se trata de […] un
derecho fundamental a favor de la persona […] -en su núcleo más
esencial- […]”24.
Ahora bien, es importante señalar que dentro de la constitución
mexicana o dentro del sistema de archivo sobre tesis y jurispruden-
cia de los tribunales federales, la referencia hacia la dignidad póstuma
como tal, no ha sido considerada, aunque sí existe una muy intere-
sante tesis aislada en materia civil identificada con el registro digital
242261 de la entonces Tercera Sala de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación que establece:

24
Tesis 1a./J.37/2016(10a), Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, Décima
Época, t. II, agosto de 2016, p. 633.
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La doctrina es unánime al sostener que el cadáver es extracomercial


y no puede ser objeto del derecho de propiedad, esto es, que no es
cosa que pertenezca en propiedad al heredero ni puede ser suscep-
tible de apropiación, debido a que los más elementales principios
de orden público, de sanidad pública, de moral social, están en di-
recta oposición con el concepto de una propiedad sobre el cadáver,
pues el destino normal del cadáver humano, según la conciencia
general, es el de ser dejado a la paz del sepulcro, bajo aquella forma
que la ley del estado haya fijado, y este destino es absolutamente
incompatible con el concepto de la comerciabilidad del cadáver. De
un modo casi general, deben considerarse admisibles los contratos
gratuitos sobre el propio cuerpo para fines científicos; en cambio,
de acuerdo con la opinión dominante, un contrato oneroso de se-
mejante contenido habría de considerarse nulo como contrario a
las buenas costumbres. Las disposiciones de última voluntad sobre
el cadáver (entierro, incineración, etcétera), se deben considerar vá-
lidas en concepto de modos o de disposiciones sobre ejecución del
testamento. Los negocios jurídicos de los parientes o de los terceros
sobre el cadáver, que no se refieren al funeral, a la autopsia o a cosas
parecidas, se deben considerar, en general, como nulos en concepto
de inmorales; en virtud de que la personalidad del hombre exige
respeto aun después de la muerte25.
De la anterior tesis, se desprenden dos situaciones a ser destacadas:
a) Las personas no pueden ser cosificadas ni aún después de su falle-
cimiento. Si algo ha quedado claro hasta este punto, es que una
persona no puede objetivarse pues es un fin en sí mismo.
b) La personalidad del hombre exige respeto, aun después su muerte.
Lo anterior supone que, al morir una persona se extingue en su
dimensión física, más no desaparecen por completo las demás ma-
nifestaciones de su huella vital26.

25
Tesis identificada con el registro digital 242261, Semanario Judicial de la Federación
y su Gaceta, Séptima Época, Volumen 22, Cuarta Parte, p. 49.
26
Cfr. Cárdenas Krenz, Ronald, “¿Tienen derechos los muertos?”, en Revista de
derecho corporativo, Universidad ESAN, Lima, Perú, enero-junio 2020, vol. 1, Núm. 1, p.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 103

En este sentido, cabe señalar que Velázquez Moreno define a la


corporeidad como un vehículo de nuestro estar–en-el–mundo, el
cual rompe con el paradigma cuerpo / mente, abarcando al hom-
bre en su totalidad. Define al yo como síntesis del cuerpo y del
alma, dando lugar a una dimensión más que corporal27.
Queremos recalcar que la corporeidad es parte de un todo, es
decir, de un universo mucho mayor por lo que su perdida no borra
la existencia de la persona ya que no es lo único relevante en la gene-
ración de vínculos intersubjetivos con los demás, por lo que también
para los seres humanos, a lo largo de su evolución terrestre, ha sido
importante no abandonar el recuerdo de las personas fallecidas28 por
lo que la mayoría de las religiones en el mundo – tanto moderno,
como antiguo – contemplan inclusive, que la vida puede prolongar-
se más allá de la extinción física, pues la esencia humana – sí, aquella
a la que se le otorga un valor especial –, permite fundamentar que la
trascendencia de la existencia no se disuelve con la muerte.
Esto es sin duda un punto importante, pues en muchas ocasiones
se pretende separar diametralmente la vida de la muerte, cuando
ambas manifestaciones forman un continuum: con el nacimiento de
una persona, es inevitable su desenlace. En tal sentido, la muerte
no da culmen al ser humano, pues este no solo es un costal de hue-
sos y músculos que vaga por un ambiente físico. Sus emociones,
sentimientos, decisiones y relaciones son factores intersubjetivos
que perduran varias generaciones, e inclusive los personajes ilus-
tres trascienden el transcurrir del tiempo, por ejemplo, la historia

172, recuperado de: https://revistas.esan.edu.pe/index.php/giuristi/article/view/13.


27
Cfr. Velázquez Moreno, Julián Eduardo, “Categorías esenciales para compren-
der la existencia del ser humano y sus transformaciones en la psicología humanista
existencial”, en El ágora USB, Colombia, V. 10, No 1, Enero-Junio 2010, p. 44, recu-
perado de: https://revistas.usb.edu.co/index.php/Agora/article/view/363/123.
28
Cfr. Tocci, Napóleon, et. al., “Una perspectiva axiológica del cuerpo humano
sin vida”, en Revista de la facultad de ciencias de la salud. Universidad de Carabobo, Venezuela,
vol. 18, núm. 2, 2014, p. 12, recuperado de: http://ve.scielo.org/pdf/s/v18n2/art03.pdf.
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occidental la hemos divido artificialmente en dos: antes y después


de Cristo, aunque ni quienes escriben ni quienes leen esto, lo hayan
conocido personalmente. Así, Ortega Ruiz afirma que el hecho de
que un hombre fenezca no implica que deje de ser considerado
como tal, por tanto, no deja de ser un sujeto de protección por el
derecho29.
Con base en todas las consideraciones vertidas en este apartado,
continuaremos con un análisis más puntual respecto a lo que impli-
ca la dignidad póstuma.

iv Hacia el rescate de la importancia social de la


dignidad póstuma

En nuestro sistema jurídico, no existe un concepto legal respecto a


la dignidad póstuma, sin embargo, debido a su comprensión global
consideramos muy ilustrativo retomar el propuesto en la iniciativa
de ley del Diputado Antonio de Jesús Madriz Estrada en la LXXIV
Legislatura del Congreso del Estado de Michoacán de fecha 14 de
julio de 2020, que la definía en su artículo 2º. fracción X, de la
siguiente manera [Es la]: “(…) protección de la identidad, imagen,
integridad, datos personales, información, historia, expediente clí-
nico, perfiles digitales, así como el contenido de los atributos de la
personalidad que se modifican con la muerte30”.
Como puede fácilmente comprenderse la dignidad póstuma va más
allá del debido respeto y cuidado al cadáver ya que abarca múlti-
ples dimensiones en cuanto a la forma jurídica de atención a las

29
Cfr. Ortega Ruiz, Luis Germán y Ducuara Molina, Sergio Arturo, “El cadáver
humano y su incidencia jurídica”, en Revista Verba Iuris, núm. 14(42), p. 94, recuperado
de: https://revistas.unilibre.edu.co/index.php/verbaiuris/article/view/5660/5272.
30
Congreso del Estado de Michoacán de Ocampo, Proyecto de decreto por el que adicio-
na el artículo 3 bis, 69 bis y reforma los artículos 16 y 71 a la Ley de Salud del Estado de Micho-
acán de Ocampo. Recuperado de: http://congresomich.gob.mx/file/Iniciativa-Reforma-Digni-
dad-Humana-Postuma-1-02-SEP-2020.pdf.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 105

personas fallecidas, que las afecta a ellas mismas, así como a sus
familiares e inclusive a la sociedad y al Estado, conformando con
ello un verdadero universo a ser estudiado desde diversos frentes,
por ejemplo:
a) Derechos: al entierro, a la preservación del cadáver, al manejo ade-
cuado y preservación de la integridad del cadáver (aún en tiempos
de crisis sanitarias), al luto y a los ritos mortuorios, a la verdad, al
honor, a una adecuada memoria respecto a las víctimas, etc.
b) Protección de imagen, datos, herencia cibernética, uso correcto del ex-
pediente clínico y privacidad de la información del difunto31.
c) Adecuada regulación sobre inhumaciones, exhumaciones y necrop-
sias, así la búsqueda de cadáveres indebidamente insepultos y el
respeto al sepulcro.
d) Desarrollo y aplicación ética de nuevas técnicas relacionadas con la
medicina y la biotecnología: fecundación postmortem, criogenia, etc.
e) Consideración de la muerte como Patrimonio Cultural, protección
a los derechos de propiedad pero industrial y autorales morales per-
petuos, etc.
f) Denuncia y combate a las prácticas de la necropolítica.
Por ello, en la iniciativa en comento en el artículo 3º. Bis de la
Ley de Salud del Estado de Michoacán de Ocampo, consideraba que las
finalidades de la dignidad póstuma debían ser:
I. El reconocimiento del derecho al luto de personas cercanas y fami-
liares de una persona fallecida.
II. El reconocimiento del derecho al trato respetuoso del cadáver de la
persona fallecida.
III. La protección y el acrecentamiento de los valores de la identidad,
imagen y memoria de la persona fallecida;

31
En este rubro es importante mencionar como antecedente mexicano, el amparo
en revisión 9/2021 en donde se hizo el análisis de constitucionalidad de los artículos
49, párrafo cuarto de la Ley General de Protección de Datos Personales en Posesión de Sujetos
Obligados y 70 de la Ley de Protección de Datos Personales en Posesión de Datos Personales del
Estado de Puebla; respecto al acceso y rectificación de datos de las personas fallecidas.
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IV. El consentimiento expreso de familiares respecto del manejo al ca-


dáver de la persona fallecida para los efectos de las disposiciones
que lo ameritan.
V. La protección simbólica de la imagen de la persona fallecida, cuyo
único fin lícito es el de la investigación científica y tecnológica.
La dignidad póstuma de las personas fallecidas será protegida y
garantizada por el Estado a través de la Secretaría de Salud, que-
dando prohibida toda difusión de contenido gráfico explícito de
personas fallecidas sin el consentimiento expreso de su cónyuge,
hijas e hijos, padres o familiares inmediatos, quedando exento de
esta disposición las imágenes utilizadas para la cobertura periodís-
tica siempre que no permitan la identificación directa de la perso-
na fallecida.
El derecho al luto de familiares, sus rituales y el acceso com-
pleto a la información de muerte estará protegido en cuanto a los
actos relacionados con cadáveres de seres humanos, siempre que
sea permitido por la autoridad sanitaria de la entidad federativa
competente, en los términos de esta Ley y demás disposiciones ge-
nerales aplicables32.
Como puede observarse, el texto normativo antes citado, no dis-
crepa respecto al argumento central de nuestra propuesta: la digni-
dad es un continuum por lo que una persona aún después de fallecida
debe seguir siendo respetada como tal. No obstante, cabe señalar
que, desde el punto de vista teórico quizá por razones históricas de-
rivadas del derecho internacional humanitario y debido a las conse-
cuencias actuales de la Covid-19, se ha hecho mucho hincapié sobre
todo al respeto al cadáver.
Así, Arriaga-Deza – citando a López Jacoiste – apunta que la
dignidad de la persona aun después de extinguida su existencia,
mantiene la significación y el respeto de quien fue. En tal sentido,
coincide que la persona es una constante y, por ello su cuerpo iner-

32
Ibid.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 107

te debe ser honrado de manera tanto simbólica como práctica33.


Además, el cuerpo inanimado al haber pertenecido a una persona
representa un conjunto de memorias y relaciones para otros indi-
viduos; en ese sentido debe conferírsele respeto, siendo éste deno-
minado jurídicamente de forma certera como dignidad póstuma34,
término que nos sirve para rescatar del olvido social al ser humano
exangüe, ya sin posibilidad para expresar deseos, propósitos, inten-
ciones, sufrimiento ni resistencia ante la violencia de otras personas.
De esta manera, no cabe duda de que el cuerpo exánime constituye
la mayor expresión de vulnerabilidad humana35. Podemos concluir
que, para este autor, los cadáveres no son cosas, son humanos y
dicha categoría puede considerarse como un género, en tanto que
sus especies pueden ser: vivo o muerto36. Así, la dignidad póstuma
también reconoce el valor de la persona, la cual se constituye en
su memoria y la de su red de relaciones significativas, de lo cual se
deriva una actitud de consideración a sus valores, creencias, prefe-
rencias religiosas, ideológicas y éticas, así como de su integridad,
tanto física como ideológica37.
Por su parte, Becchi refiere que la dignidad es un valor superior
a la misma vida38, en tal sentido:

33
Cfr. Arriaga- Deza, Emma Vanesa, “Dignidad y dignidad póstuma: respeto al pa-
ciente y al fallecido”, en Revista del cuerpo médico hospitalario nacional Almanzor Aguinaga Asenjo,
Perú, Vol. 13 Núm. 3 (2020), p. 324, recuperado de: https://docs.bvsalud.org/biblioref/2021
/04/1177983/749-otro-1485-1-10-20201223.pdf#:~:text=%2D%20La%20dignidad%20
es%20un%20valor,esto%20le%20llamamos%20Dignidad%20p%C3%B3stuma.
34
Cfr. Idem.
35
Cfr. Pinto, Boris Julián, “Necroética: el cuerpo muerto y su dignidad póstuma”,
en Repertorio de Medicina y Cirugía, Colombia, Vol. 27, núm. 1, 2018, p. 59, https://www.
fucsalud.edu.co/sites/default/files/2018-07/Reflexion-Necroetica-cuerpo-muerto.pdf.
36
Cfr. Ortega Ruiz, Luis Germán y Ducuara Molina, Sergio Arturo, op. cit., p. 95.
37
Cfr. Pinto, Boris Julián, op. cit., p. 60.
38
Cfr. Becchi, Paolo, El principio de la dignidad humana, México, Fontamara, 2012, p. 65.
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[…] el cuerpo humano sin vida tiene valores inherentes a la persona


humana, revestida de la dignidad que le es propia como condición
especial que lo caracteriza desde la concepción hasta más allá de su
muerte, en una existencia póstuma desconocida y mantenido en el
recuerdo por siempre. En ese contexto el cuerpo humano sin vida a
pesar de que no siente y no sabe lo que sucede a su alrededor, debe
ser tratado dignamente, preservando su intimidad y su derecho na-
tural a una muerte digna39.
Conforme a lo anterior, la dignidad – por decirlo de alguna ma-
nera – sobrevive al cuerpo sin vida con base en las manifestaciones
vitales de la persona que lo animó, es decir, al apartado esencial del
que se revistió y que le dio significación como valor superior. En
tal sentido ni el cuerpo ni la memoria de una persona pueden – ni
deben –, ser tratados como simples objetos.
Por todos los motivos expuestos con anterioridad, es que se pue-
de colegir que la dignidad es un concepto trascendente, que acom-
paña al ser humano desde el inicio de su existencia y que nunca se
separa de él. La dignidad es ese valor que toda persona goza, sea
cual sea la etapa en que se encuentre, esto es, sin importar si se es
niño o adulto, si podemos manifestarnos desde la racionalidad o no,
o bien, si se tiene vida o ya no.
La dignidad póstuma viene a ser el concepto que otorga valor a
lo desvalorizado, que revaloriza lo objetivado y que permite que se
logren perpetrar los anhelos de trascendencia por parte de los seres
humanos.

v. La dignidad póstuma y el mito de la plenitud de Derecho

Al inicio mencionamos que la dignidad póstuma parece ser un prin-


cipio no expreso, ya que existen diversas disposiciones sobre la digni-
dad y la muerte en nuestro sistema jurídico, por lo que, si hacemos

39
Tocci, Napoleón, et. al., op. cit., p. 12.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 109

una interpretación adecuada, es posible decir que es un verdadero


derecho humano.
Cobrar conciencia de lo anterior, nos permite reconocer a la dig-
nidad póstuma como un derecho permanente, mientras la humani-
dad tenga existencia. Y que también puede considerarse como un
derecho emergente, de conformidad con lo que señala el Instituto
de Derechos Humanos de Catalunya:
Los derechos humanos emergentes son reivindicaciones legítimas
de la sociedad civil dirigidas a la formulación de nuevos o renova-
dos derechos humanos. Hace sesenta años que se redactó la Decla-
ración Universal de los Derechos Humanos. Desde entonces, tanto
las sociedades nacionales como la sociedad internacional, han su-
frido profundas transformaciones a medida que se intensificaba la
globalización, apareciendo como resultado nuevas y apremiantes
necesidades humanas. Los derechos humanos emergentes preten-
den traducir estas nuevas necesidades en nuevos derechos40.
Conforme a lo anterior, coincidimos con aquellos doctrinarios
que consideran que los derechos humanos existen independiente-
mente de su reconocimiento por parte de los gobiernos, ya que se
ha demostrado que el Estado Legislativo de Derecho al tener como
uno de sus pilares fundacionales el mito de la plenitud del derecho, ha
sido un modelo histórico insuficiente para ampliar y garantizar la
protección jurídica de las personas.
Utilizando la definición de mito de Héctor Zamitiz, podemos de-
cir que éste se caracteriza por ser un conjunto de representaciones
reales o imaginadas (conceptos, imágenes y símbolos) no ordenadas
sistemáticamente, sino confundidas y amalgamadas en un todo41.

40
Instituto de Derechos Humanos de Catalunya, Derechos Humanos Emergentes, recu-
perado de: https://www.idhc.org/es/incidencia/proyectos/derechos-humanos-emergentes.
41
Cfr. Zamitiz, Héctor, “El respeto al estado de derecho en México: Entre el mito
y la verdad”, en Revista Casa del Tiempo, México, núm. 13, noviembre de 2008, p.
4, http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/13_iv_nov_2008/casa_del_tiempo_eIV_
num13_04_08.pdf
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Conforme a lo referido, los mitos pueden contener historias


fantásticas que tratan de dar explicación a hechos reales o pueden
originarse en conceptos o teorías racionalmente construidas, por
ejemplo: la “soberanía”, el “contrato social”, la “división de pode-
res” o la “revolución”42. Así, la sociedad se construye a sí misma a
partir de enlaces normativos que emanan de una fuente central de
poder construida desde relatos mitológicos que aportan una genea-
logía llamada a legitimar desde lo simbólico y casi propagandístico
la violencia primigenia que concede posición hegemónica a una
voluntad, que ha sido capaz de presentarse a sí mismo como una
moral universal y exigible43.
De tal forma, cuando se analiza al derecho desde una perspecti-
va mitológica, es observable que el mismo se encuentra cimentado en
la voluntad hegemónica de quienes tienen el poder para establecer lo
que es o no correcto, generando una idea de universalidad, que en el
fondo no lo es tanto. Por ello, los sistemas jurídicos son una mitología
contemporánea que busca legitimar el poder de facto44que el derecho
convierte en una norma jurídica positiva, que rige a la sociedad como
si se tratase de una moral objetiva e incuestionable45. De esta manera,
quienes ostentan el poder se legitiman y establecen las normas de
conducta que regulan a un grupo, considerando que la protección
de las personas, en mayor o menor medida, será otorgada por quie-
nes tienen la oportunidad de hacerlo. Siendo así, la extensión de los
derechos no se encuentra contenida en la prerrogativa en sí, sino en
la oportunidad de amplitud que la voluntad legislativa conceda, cre-
ciendo o decreciendo, según sea necesario. Reconfirmando así que,
todo mito puede ser modificable, según el narrador de la historia.
42
Ibidem, p. 5.
43
Cfr. Zambrano, Álvarez, Diego, “El rol del mito en la filosofía del orden y del
derecho”, en Revista telemática de filosofía del derecho, núm 21, 2018, pp. 47-75, http://
www.rtfd.es/numero21/02-21.pdf
44
Cfr. Idem.
45
Cfr.Idem.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 111

Zambrano Álvarez precisa que, los preceptos morales converti-


dos ya en prescripciones jurídicas, además de organizar el poder,
también establecen restricciones a la conducta de personas libres
y racionales que tienden naturalmente hacia su auto conducción46.
De tal manera, la voluntad de quien puede construir el sistema nor-
mativo puede establecer los límites de las personas que deban some-
terse al mismo. En ese sentido, una persona es tan humana como el
legislador quiera que sea.
Esto parecería una locura si se piensa en el respeto y protección
que parece tener la dignidad humana dentro de los sistemas normati-
vos actuales, pero debe recordarse que el valor de la persona ha sido
concedido en las legislaciones y no así reconocido. Para Montero, lo
anterior ha generado una deshumanización en el estudio y la práctica
del derecho, o para decirlo de forma más clara, es el olvido del ser
humano a fin de centrar la atención en la ley misma, en el sistema, su
funcionamiento, sus procesos y procedimientos, no en su destinatario
y en los efectos negativos o positivos que se pudieran ocasionar47.
Lo que se genera por conducto del mito del derecho, es que se
conceda un valor preferente a la norma y no así a la persona, dando
significados a los vacíos legales, por conducta de la comprensión
normativa sin considerar de fondo el valor del ser humano. En ese
sentido, al existir una voluntad hegemónica que otorga una moral
universal incuestionable al colectivo por conducto de la práctica
legislativa, supone un ente superior al deseo de una minoría, por lo
que, al pensarse en el valor individual de la persona, éste pasa a un
segundo término.
En tal forma, la dignidad humana contenida en todo ordenamien-
to jurídico es el reflejo de la extensión que el legislador quiera darle y
la interpretación que los operadores de justicia estimen, por lo que el
46
Cfr. Idem.
47
Cfr. Montero, Alberto, “Teoría crítica, mito y derecho”, en Revista de derecho,
México, vol. 2, 2017, pp. 16-17, recuperado de: https://una.uniandes.edu.co/images/pd-
fedicion2/articulos/Montero-2017---UNA-Revista-de-Derecho.pdf.
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112 Revista Especial de la FES Acatlán | https://doi.org/

valor especial de la persona pasa a ser un medio para la consecución


de los fines de alguien más. Siendo de esta manera, pareciera ser que
la persona es un objeto que se encuentra al arbitrio de quien tiene
la posibilidad de jugar con el sistema normativo a su antojo. Se hace
creer a las personas que en ellos está el poder de decisión, sin embar-
go, esto no es más que una falacia, pues tal como Montero precisa:
Detrás de las leyes y las instituciones están el pacto social, la sobe-
ranía y los ciudadanos (los cuales conforman al ‘pueblo’ como titu-
lar originario del poder soberano), sin embargo, estos no ejercen el
poder de modo directo, por ello, es necesaria la representatividad,
misma que se legitima mediante el derecho al sufragio ejercido a
través de un sistema político electoral. Así que, en última instancia,
todo parece depender de los representados, sin embargo, su mo-
mento estelar es fugaz, se limita al sufragio (HABERMAS, Jürgen,
2004, pp. 21-24), una vez realizado este, el Estado, sus instituciones
y quienes en su nombre realizan sus funciones no necesitan en nin-
gún momento, ni por ninguna causa volver a los ciudadanos y al
‘pueblo’. Lo que equivale a admitir que el Estado y sus instituciones
una vez que han recibido el soplo de vida, prescinden de quienes
son la razón de su existencia (los ciudadanos), por lo que gobiernan
y ejercen el poder sin considerarlos.
De tal forma, si observamos fácticamente que el valor de cada
persona puede ser solo un aspecto relevante para el Estado en el
momento en que se requiere de su voto, es evidente que el propio
gobierno tiende a cosificar a las personas. En ese sentido, si la pro-
pia dignidad de una persona viva no logra del todo ser valorizada,
la dignidad póstuma es un hecho irrelevante para el legislador, no
obstante que su reconocimiento sea un imperativo social. Así, el
fenómeno normativo formal es incompleto, sabemos en la prácti-
ca que los vacíos legales son innegables, por lo que la plenitud del
sistema jurídico también es un mito por lo que la llamada realidad
jurídica, solo se conforma con las representaciones que son útiles
para lograr ciertos fines.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 113

No obstante, la muerte en sí misma produce muchas alteraciones


en las relaciones catalogadas como jurídicas, por lo que el Derecho
debe intervenir con sus mitos para tratar de evitar la anarquía. En
este sentido, se inventó todo un sistema sucesorio que se basa: “(…)
sobre la ficción jurídica que la voluntad del difunto se prolonga aquí
en la tierra más allá de su desaparición terrestre”48. Ahora bien, si
se ha contemplado a la entelequia sucesoria con fines meramente
patrimoniales: ¿Qué motivos justificarían que dicha ficción no se
considerara también para propósitos axiológicos? ¿No se ampliaría
con ello una verdadera protección a la persona de manera más in-
tegral, y no solo respecto a los bienes económicos que se dejan tras
la pérdida de la vida? ¿No lograríamos con ello dar coherencia a la
realidad social, con la jurídica y la axiológica? ¿O un respeto más
profundo a los derechos humanos? Si las ficciones jurídicas (mitos)
sirven como dice Villoro para contrarrestar la anarquía -o el trato
inhumano de unos frente a otros-: ¿No valdría la pena considerar a
la dignidad póstuma como un verdadero derecho humano?

vi.A modo de ejemplo: análisis de la dignidad póstuma de los


divorciantes en el ordenamiento civil de la Ciudad de México

Hasta este momento hemos afirmado que, la dignidad es un dere-


cho innato de los seres humanos y que este hace referencia al valor
que tiene cada persona por virtud de dicha humanidad. De igual
manera, hemos afirmado que la extensión de la dignidad, no supo-
ne la más amplia protección que las normatividades nos han hecho
creer, pues la extensión de la misma depende del ánimo del legisla-
dor y – en su caso – de los operadores del derecho.
De esta forma, surge una pregunta: ¿Qué es más valioso, la dig-
nidad humana o la norma? La respuesta sencilla a este cuestiona-

Villoro Toranzo, Miguel, Introducción al Estudio del Derecho, 21ª. edición, México,
48

Porrúa, 2010, p. 342.


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miento pareciera ser, aun actualmente (a pesar del cambio de para-


digma hacía los derechos humanos), que la norma es más valiosa.
Entendamos primero una de las máximas de la vida en comuni-
dad, el derecho de una persona culmina cuando comienza el dere-
cho de un tercero. Si consideramos la anterior afirmación, podemos
comprender que para que exista una convivencia armónica en la
sociedad, las personas no pueden ejercer sus derechos de una for-
ma ilimitada, por lo que es esencial que existan ciertas normas de
conducta que generen una sana coexistencia, en donde la norma
jurídica toma una gran importancia al establecer las bases de las
relaciones interpersonales.
En este caso particular, se puede pensar en el derecho a la libertad,
ya que el mismo nos permite tomar de forma autónoma las decisio-
nes que afectarán a nuestra vida, sin embargo, ésta no permite que
con el ejercicio de nuestras libertades podamos ocasionar una lesión
a la esfera de derechos de otra persona. Por tal motivo, el legislador
previó necesario establecer ciertos límites a este derecho, para que la
vida en comunidad no fuese una anarquía descontrolada.
Ahora bien, cuando pensamos en la dignidad humana, el legis-
lador ha “reconocido” que ésta es un derecho fundamental, la base
de la normatividad y que no puede ser por tanto limitada, pues la
misma hace referencia al valor de una persona que por sí misma es
un fin, por lo que no puede ser tratada como un objeto para alcan-
zar alguna meta particular.
Este enfoque nos permitiría establecer que, ante un enfrenta-
miento entre la dignidad y una legislación, sería la dignidad quien
saldría avante, pues ésta es la razón última sobre la que se tiene que
interpretar las problemáticas que surjan en la normatividad, ya que
es importante recordar que la dignidad es la base de todo sistema
jurídico. Sin embargo, – como ya lo establecimos con anterioridad
–fácticamente esto necesariamente, no es así.
Para una mayor ejemplificación, estudiaremos dos figuras del
derecho familiar, que pareciera no generan un conflicto y que su
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 115

relación es sumamente armónica. El divorcio y las sucesiones, pa-


recen ser dos figuras que contemplan de forma clara dentro de sus
regulaciones a la dignidad humana, pero: ¿Qué pasa cuando se
aplican en conjunto? ¿Son armónicas?
Como se ha manifestado hasta este momento, cuando se piensa
en la dignidad humana, esta no puede solo cerrarse al criterio vital
de la humanidad, pues como se ha observado, una persona es un
todo que se encuentra configurado por un aspecto corpóreo y otro
espiritual. Debemos recordar que, una parte de la configuración de
la dignidad humana es el aspecto interno de la persona, tal y como
son sus emociones, sentimientos, decisiones y relaciones.
De tal manera, las decisiones y las acciones de una persona cobran
una gran importancia al tratarse de la dignidad, pues por conducto
de estas, los seres humanos logran trascender la barrera tiempo /
espacio, como ya ha quedado ejemplificado con anterioridad. De tal
manera, la voluntad resulta ser un aspecto relevante al tratarse de la
dignidad, pues esta es el medio por el cual una persona logra exte-
riorizar sus deseos particulares (libre desarrollo de la personalidad).
En ese sentido, al tratarse del juicio de divorcio, la voluntad de una
persona tiene demasiada relevancia, pues con la reforma realizada al
Código Civil para el Distrito Federal el día tres de octubre de dos mil
ocho, mediante la cual se cambió el modelo legislativo del divorcio
con causales a uno sin ellas, se establecía que la voluntad de una per-
sona era suficiente para culminar con una relación matrimonial.
Como ya se ha visto, la voluntad es la forma en que la dignidad
de una persona puede expresarse, por lo que el legislador estimó
que era necesario quitar toda clase de candados para alcanzar a
materializar los deseos de una persona, en este sentido, para poder
poner fin al matrimonio.
Dentro del juicio de divorcio se otorgó la misma valía que tiene
la voluntad en el matrimonio, pues para poder contraer un enlace
nupcial es necesario que exista la voluntad de los contrayentes, ya
que la falta de voluntad de uno, impide que se celebre el mismo. En
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tal sentido, la reforma al juicio de divorcio planteó que el deseo de


una persona por culminar su relación generaba el mismo resultado,
esto es, la invalidación de un matrimonio.
Como ya ha sido planteado, la voluntad de las personas deviene,
de entre diversos derechos, de la dignidad humana. La voluntad de
un individuo por auto determinarse, vivir la vida que, a su parecer,
es mayormente benéfica para su futuro o bien la decisión sobre el
camino que deberá seguir para la consecución de su propia felici-
dad, encuentra sustento en esta idea de dignidad.
Incluso es relevante establecer que la conexión entre el divorcio
y la dignidad humana no es solo un asunto doctrinal, pues el propio
legislador estimó importante proteger la intimidad de los divorcian-
tes, respecto de los actos de conflicto que hubiesen padecido ya que
exponer ante un tribunal sus motivos o causales de divorcio afecta-
ría su dignidad, imagen y reputación social49. De esta manera, se re-
conoció que no solo los tratos inhumanos pueden atentar contra la
dignidad, sino también el hecho de ventilar la intimidad de una pa-
reja lesionaría el valor de las personas involucradas. Por tal motivo
se estimó necesario erradicar el juicio con causales, para dar paso a
la separación de una pareja solo por virtud de la manifestación de la
voluntad de querer separarse (libre desarrollo de la personalidad).
Esta idea de que la simple voluntad de uno o, en su caso, ambos
cónyuges, fuese suficiente para decretar el divorcio, parte de la base
de la autonomía de la voluntad de las personas y que el Estado no
debe empeñarse en mantener, de forma ficticia, un vínculo que en
la mayoría de los casos resulta irreconciliable50.
En ese sentido, el legislador capitalino dio gran relevancia a la
dignidad humana, permitiendo el acceso a una vida libre de violen-
cia, consiguiendo con ello la eliminación de ciertos derechos que ya
49
Cfr. Diario de los debates de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, publi-
cado el 27 de agosto de 2008, pp. 31 a 38, http://www.aldf.gob.mx/archivo-29d877a2d-
50013f22c7ee4613fc35a2d.pdf.
50
Cfr. Idem.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 117

no eran acordes a su realidad, como serían los de cohabitación o la


vocación hereditaria.
La incorporación de la dignidad humana en el entendimiento
del divorcio permitió que las personas pudiesen acceder al derecho
de separación, ya que lo que se logró fue erradicar los candados
que la legislación establecía para que las parejas pudieran acceder
al divorcio y con ello, se les retornara el derecho de libre autode-
terminación que había sido secuestrado por virtud de la institución
del matrimonio.
En tal sentido, lo que pretendió el legislador al establecer una in-
terpretación más amplia del derecho al acceso al divorcio – toman-
do como base a la dignidad humana –, fue establecer que ésta debía
ser el punto de partida sobre cualquier conflicto que se generara,
ya que por su conducto se lograría establecer una correcta armoni-
zación de toda legislación. De esta manera, la dignidad encontraba
una valorización superior al tratarse de la norma.
En este punto, parecería que la dignidad humana es tan amplia,
que por su conducto se puede llegar a la modificación de la legisla-
ción para establecer una correcta armonía normativa, sin embargo,
uno de los casos más claros que se tienen respecto de la desvalori-
zación de la dignidad – póstuma –, se encuentra presente en el Có-
digo Civil para el Distrito Federal, ya que el artículo 290 de dicho
ordenamiento, establece:
La muerte de uno de los cónyuges pone fin al juicio de divorcio, y
los herederos tienen los mismos derechos y obligaciones que ten-
drían si no hubiere existido dicho juicio.
Ahora bien, este artículo de su simple lectura no genera nin-
guna controversia, pues es entendible que al llegar la muerte de
una persona y no poder continuar con un juicio, éste tenga que
culminar. Sin embargo, la segunda parte de dicho artículo supone
una hipótesis normativa interesante ya que los derechos heredita-
rios de la pareja supérstite subsisten por voluntad de la ley y, no de
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la persona; violándose con ello el principio de la dignidad humana


e inclusive de la dignidad póstuma como trataremos de evidenciar
a continuación.
Recordemos que en la legislación de la Ciudad de México se
establecen dos formas de suceder, una por vía testamentaria y otra
por la vía legítima:
a) La primera de ellas – como bien su nombre refiere – es aquella
disposición de los bienes a heredar, que se dará por conducto de un
testamento, el cual puede definirse como un acto unilateral, indivi-
dual, personalísimo, libre y revocable, a través del cual, una persona
con capacidad jurídica para celebrarlo manifiesta su última volun-
tad respecto del destino que habrán de tener sus bienes y relaciones
jurídicas que no se extinguen con la muerte, y reconoce y cumple
deberes; acto que, si se sujeta a las formas y requisitos establecidos
en la ley, surtirá efectos una vez que fallezca su autor51. En ese sen-
tido, en una sucesión testamentaria podrá heredar el autor de la
sucesión a cualquier persona que éste decida, familiar o no, sin ma-
yores limitantes que las de no dejar en estado de indefensión a al-
guna persona cercana que, por su imposibilidad, carezca de medios
para su subsistencia. Este tipo de sucesiones no genera problemas
dentro del sistema jurídico, pues al establecerse la forma en que se
dispondrá de los bienes de una persona, únicamente el sistema se
debe limitar a cumplir con la voluntad del de cujus.
b) Ahora bien, la sucesión legítima es la transmisión a título universal
del patrimonio de una persona que fallece, la cual tiene lugar cuan-
do ésta no se pronuncia respecto al destino que habrán de tener sus
bienes, o bien, cuando lo ordenado por ella no puede atenderse y,
en consecuencia, se rige por una serie de disposiciones legales que,
presumiendo cuál hubiese sido la voluntad del autor de la sucesión,
establecen quiénes son los sujetos que habrán de sucederlo y las
porciones que a estos les corresponden52.

51
Cfr. Suprema Corte de Justicia de la Nación, Serie Derecho Sucesorio, Sucesión Testa-
mentaria, t. 2, México, Suprema Corte de Justicia de la Nación, 2015, p. 32.
52
Cfr. Suprema Corte de Justicia de la Nación, Serie Derecho Sucesorio, Sucesión Legíti-
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 119

En tal sentido, existen dos puntos de suma relevancia dentro del


entendimiento de las sucesiones legítimas. El primero de ellos co-
rresponde a la falta de pronunciamiento respecto al destino de los
bienes y, a la presunción de la voluntad de la persona respecto de
quiénes podrán heredar los mismos:
a) El primer punto destacado, es importante en relación con la falta de
expresión de la voluntad del de cujus, ya que, al no existir una dispo-
sición testamentaria, los bienes de éste quedan vacantes, sin saber el
deseo real de la persona que ha de suceder la propiedad.
b) Por lo que hace al segundo punto, éste es relevante debido a que
establece una presunción a la voluntad no expresada del autor de
la sucesión, por conducto de las reglas que el propio sistema nor-
mativo establece. En ese sentido, la legislación civil de la Ciudad de
México señala que la prioridad del acceso a los derechos sucesorios
corresponde en primer lugar a los descendientes y posteriormente
a los cónyuges, ascendientes/adoptantes, colaterales hasta el cuarto
grado y en caso de que no existan familiares que puedan heredar, lo
podrá hacer la beneficencia pública.
De tal manera, la legislación civil aplicable en la Ciudad de Mé-
xico estima que los cónyuges tienen un derecho preferente sobre
los demás familiares del autor de una sucesión, con excepción de
los descendientes. Así, cuando un cónyuge sobrevive, éste tendrá
una limitante para heredar sí sobreviven descendientes al autor de
la sucesión, pues únicamente podrá acceder a la herencia, si carece
de bienes o los mismos no igualaran la porción que a cada hijo le
correspondiera53.

ma, t. 3, México, Suprema Corte de Justicia de la Nación, 2015, p. 32.


53
Artículo 1,624 del Código Civil para el Distrito Federal. - El cónyuge que sobre-
vive, concurriendo con descendientes, tendrá el derecho de un hijo, si carece de bienes
o los que tiene al morir el autor de la sucesión, no igualan a la porción que a cada hijo
debe corresponder. Lo mismo se observará si concurre con hijos adoptivos del autor
de la herencia.
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Por lo que hace a los demás familiares del autor de una sucesión,
el cónyuge supérstite tendrá preferencia para suceder, pues si es
que éste acudiera con los ascendientes la herencia se dividirá en dos
partes y una de ellas le corresponderá al cónyuge54; si concurriera
con el adoptante, el cónyuge sobreviviente accederá a dos terceras
partes de la herencia55, lo que ocurrirá de la misma forma si éste
acudiera en conjunto con los hermanos del autor de la sucesión56.
Lo anterior es de destacarse, porque de conformidad con la legis-
lación civil de la Ciudad de México, los cónyuges supérstites tienen
un derecho preferente – en la mayoría de las situaciones – al mo-
mento de acceder a la sucesión legítima de su pareja, siendo impor-
tante remarcar que, este derecho es efectivo mientras siga vigente
el matrimonio.
Ahora bien, retornando el punto inicial, es decir, conforme a
lo establecido por el artículo 290 del Código Civil para el Distrito
Federal, una pareja que comenzó con los trámites de divorcio y éste
concluye por la muerte de alguna de las partes, genera que los dere-
chos sucesorios subsistan, sin embargo, a la luz de la supletoriedad
de la voluntad ya indicada para la sucesión legítima, esto carecería
de sentido ya que si la última voluntad conocida del de cujus era la de
querer romper todos los vínculos jurídicos, entonces: ¿Por qué han
de subsistir los derechos hereditarios?
Esta pregunta admite dos posibles respuestas según se tomen en
consideración diferentes supuestos:
54
Artículo 1,626 del Código Civil para el Distrito Federal. - Si el cónyuge que so-
brevive concurre con ascendientes, la herencia se dividirá en dos partes iguales, de las
cuales una se aplicará al cónyuge y la otra a los ascendientes.
55
Artículo 1,621 del Código Civil para el Distrito Federal. - Si concurre el cónyuge
del adoptado con los adoptantes, las dos terceras partes de la herencia corresponden
al cónyuge y la otra tercera parte a los que hicieren la adopción.
56
Artículo 1,627 del Código Civil para el Distrito Federal. - Concurriendo el cón-
yuge con uno o más hermanos del autor de la sucesión, tendrán dos tercios de la
herencia, y el tercio restante se aplicará al hermano o se dividirá por partes iguales
entre los hermanos.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 121

a) Si se considera únicamente el texto legal establecido en la legisla-


ción civil, subsisten los derechos hereditarios.
b) Si se considera la última voluntad conocida del autor de la sucesión,
los derechos hereditarios deberían entenderse como concluidos.
Este último reparo encuentra sentido en uno de los fines del di-
vorcio, pues este no es solo una figura jurídica que deja a los cón-
yuges en la posibilidad de entablar otra relación conyugal, pues el
divorcio tiene de igual forma otros extremos como lo es la cesación
de la vocación hereditaria. Esto encuentra sustento en la propia
legislación, ya que en ningún apartado de la codificación civil se es-
tablece que las parejas separadas por virtud del divorcio mantengan
derechos sucesorios recíprocos.
Lo anterior se entiende, si se considera que la finalidad de la su-
cesión legítima es ofrecer – ante la falta de voluntad testamentaria
–, una posibilidad de traspasar los derechos de propiedad que tiene
una persona a sus familiares más cercanos, por lo que, al ya no
existir relación de filiación con la expareja, esta no tendría derecho
para ser parte de la sucesión. En ese sentido cabe preguntarse: ¿Por
qué subsisten los derechos hereditarios entre los divorciantes?
Si se considera que la dignidad póstuma, la cual refiere al valor
del ser humano, puede lesionarse por virtud de la vulneración de los
deseos previamente expresados en vida, es entonces imperante esta-
blecer una revalorización de lo manifestado por una persona en un
escrito de divorcio presentado ante una autoridad. De igual manera
debe decirse que el divorcio solo puede culminar por: virtud de una
sentencia que pone fin al matrimonio, la reconciliación de la pareja
y por la muerte de alguno de los cónyuges.

Por lo que hace al segundo supuesto, es decir, la reconciliación


de la pareja es importante señalar que se requiere de una nueva
manifestación de la voluntad de no querer separarse, con lo que
se pondrá fin al trámite de divorcio. Esto es trascendente debido
a que, para que la reconciliación sea la forma de finalización del
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juicio de divorcio, se requiere que las partes manifiesten su deseo de


continuar casados. Por tal motivo, si es que este deseo no se expresa,
la muerte de alguno de los cónyuges durante el proceso de divorcio
supone que no existió reconciliación entre la pareja, pues nunca se
informó al juzgador de este deseo, por lo que la última voluntad
conocida es la de querer separarse.
Siendo así, resulta importante que la dignidad póstuma sea con-
siderada dentro de esta hipótesis normativa, pues al actualizarse la
muerte de alguno de los divorciantes – de conformidad con todo lo
aquí expuesto –, debería también considerarse el deseo de culmi-
nación de la relación, estableciendo la terminación de la vocación
hereditaria.
Cárdenaz Krenz señala que, al morir una persona, en efecto se
extingue su existencia física, mas no desaparece por completo. No
solo porque igual podemos seguir hablando de ella, sino porque
le perviven relaciones, decisiones tomadas, los hijos que tuvo, sus
obras publicadas, los recuerdos que dejó, las disposiciones testa-
mentarias de su patrimonio o su buen nombre57. En tal sentido,
las decisiones tomadas por una persona en vida, deben continuar
teniendo efectos en el futuro después de su muerte, pues negar su
valor, es negar que el ser humano es valioso por sí.
Este autor también sostiene que los muertos cuentan con dere-
chos en tanto su condición pretérita de personas. Los tienen en for-
ma limitada, restringida, sin poder ejercerlos por sí mismos, pero
derechos, al fin y al cabo, como una prolongación trascendente de
su personalidad y sobre la base de la dignidad póstuma que tiene
todo ser humano58. Por tal motivo, es esencial que se revaloricen
las decisiones tomadas en vida. En tal virtud, la manifestación de
querer culminar con la relación matrimonial es un ejemplo más de
la voluntad pretérita trascendente de una persona, en donde su va-

57
Cfr. Cárdenas Krenz, Ronald, op. cit, p. 172.
58
Cfr. Ibidem, p. 192.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 123

lor primordial le permite alcanzar sus deseos, aun cuando ya no se


encuentre en un plano físico, pues su legado continuará por el resto
de la existencia.
La dignidad póstuma de una persona supone dar valor a las deci-
siones tomadas en vida, lo que el sistema jurídico mexicano no con-
templa, aunque el mismo supuestamente descanse sobre la base de
la dignidad humana. De tal forma, si lo que se pretende es dotar de
mayor importancia al valor del individuo, dicha valía no solo pue-
de ser concedida a una persona que físicamente se encuentra viva,
pues un ser humano es más que un cuerpo. Por ello, es importante
destacar que la personalidad jurídica —finalmente, una noción abs-
tracta— trasciende a la persona en cuanto a su existencia física. Re-
conocer los derechos post mortem de la persona implica admitir que
el ser humano no es solo existencia, sino también trascendencia59.
Por estos motivos, es que arribamos al cuestionamiento: ¿Qué
tan humanos somos para el sistema legal? Si tomamos en conside-
ración el concepto dignidad como continuum que aquí proponemos,
somos tan humanos como la propia dignidad pueda extenderse, es
decir, la humanidad no puede limitarse a un aspecto del ser huma-
no, como sería únicamente su manifestación vital, pues se debe con-
siderar a la persona como un todo, incluyendo su aspecto espiritual,
mismo que le otorga una de las características más importantes: la
trascendencia.
Ahora bien, si esta pregunta la contestamos desde un plano es-
trictamente jurídico, una persona es tan humana como el legislador
quiere que sea. Cuando se trata del divorcio o de las sucesiones, se
ha creado un mito que señala que la dignidad es un aspecto funda-
mental. Sin embargo, en su punto de intersección, se ha estableci-
do la inexistencia del valor de una persona, fragmentando de esta
forma el sistema jurídico con la falta de sistematización legislativa.
En un punto, el legislador ha estimado a la voluntad como un

59
Cfr. Ibidem, p. 194.
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pilar del sistema jurídico cuando se requiere resolver una proble-


mática específica, sin embargo, en un ánimo inexplicable, también
ha determinado que la dignidad humana tiene límites, los cuales se
encuentran con la muerte de una persona. Lo anterior, ocasionó la
cosificación del ser humano al llegar su muerte, lo que supone una
contradicción a la idea más pura de la dignidad, que tiene que ver
con el valor máximo que nos permite ser y manifestar fines.
De tal manera, tanto el divorcio como las sucesiones legítimas se
encuentran encasilladas a la voluntad del legislador, permitiendo
la violación de la dignidad póstuma de una persona. Lo que nos
permite recordar que la muerte de un ser humano, es la máxima
expresión de vulnerabilidad que tiene un individuo. En palabras
sencillas, la normatividad es más valiosa que una persona, perdien-
do así el sentido del valor humano.

vii . Conclusiones

Es incomprensible que, con el fallecimiento de una persona, ésta


pierda de manera instantánea todo valor del que fuera objeto en
vida, por tal motivo, la dignidad debe mantenerse como un valor
primordial concedido en favor de la esencia humana y, no así del
vehículo que la transporta.
Es de destacarse que, de conformidad con los postulados de Kant,
una persona no puede ser un objeto, por tal motivo reducir la vida
humana a un lapso definido en el tiempo y el espacio, es sinónimo
de poner un sello de caducidad en toda persona, que establece que,
una vez finalizada su vida corpórea, ésta se convierta entonces en
un objeto más, situación que ni siquiera el derecho reconoce como
tal ya que el cadáver no es considerado jurídicamente una cosa.
En ese sentido, cobra vital importancia que sea respetada la dig-
nidad de una persona que, aunque de forma física ya no se encuen-
tra, de manera esencial continúa habitando por conducto de sus
relaciones, emociones y decisiones, trascendiendo un espacio físico,
pero habitando de forma continua un espacio atemporal.
María de los Ángeles Hernández Rodríguez / Iván Alva Cortés 125

En tal virtud, debe comprenderse que el ser humano puede di-


vidirse en dos aspectos que le dan forma, uno que representa su
corporeidad en un plano físico, mientras que su parte esencial – in-
mersa en su valor – se contiene en un plano atemporal. Un cuerpo
que vive es la suma de ambas partes, pero la falta de corporeidad
no impide la continuación del ser, pues el apartado esencial nunca
deja de existir.
Siendo de esta manera, se impone necesario considerar el valor
de las personas fallecidas, por conducto de su dignidad póstuma
como un verdadero derecho humano.

viii.
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