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La puerta cerrada

[Cuento - Texto completo.]

José Donoso

Adela de Rengifo se quejaba frecuentemente de que a ella le habían tocado las peores
calamidades de la vida: enviudar a los veinticinco años, ser pobre y verse obligada a trabajar
para mantenerse con un poco de dignidad, y tener un hijito enfermizo, es decir, no enfermizo
precisamente, sino que más bien enclenque, de esos niños que duermen el doble que los niños
normales.
En realidad, desde que nació, Sebastián dormía muchísimo. Cerraba los ojos apenas su
cabeza caía sobre la almohada bordada con tanto esmero por su madre, y ya, dentro de un
segundo, estaba durmiendo como un ángel del cielo.
¡Es tan bueno y tan tranquilo el pobrecito! —decía Adela a sus compañeras de oficina—. Ni
siquiera llora ni despierta de noche, como casi todos los niños.
Adela y Sebastián vivían en dos cuartos que no eran malos a pesar de que las ventanas se
abrían sobre un patio interior muy estrecho, en el segundo piso de una pensión un poco
húmeda y bastante oscura. Cuando Adela partía a la oficina, en la mañana, la señora Mechita,
dueña de la pensión, quedaba encargada de cuidar a Sebastián. Pero como el niño era tan
tranquilo casi no había necesidad de preocuparse de él, porque jamás molestaba con el
bullicio y el recotín con que generalmente hacen la vida imposible los niños de cinco años.
En cuanto la señora Mechita iniciaba los quehaceres domésticos matutinos, Sebastián se
deslizaba hasta su propia habitación para tenderse en la cama y dormir a pierna suelta. La
señora Mechita entraba a verlo, porque le daba “un no sé qué” que un niño de su edad
prefiriera dormir a entretenerse con cosas más… bueno, más normales. Hasta que una tarde,
decidiendo llamar la atención de Adela sobre esta peculiaridad de su hijo, la abordó como
haciéndose la desentendida, y sin levantar la vista de la labor de crochet en que siempre tenía
atareados sus dedos pecosos, le dijo:
—¡Qué bueno para dormir está el niño, Adelita, por Dios! ¿No andará enfermo?
Adela, como si entreviera una censura, respondió muy tiesa:
—¿Y qué tiene de particular que duerma si se le antoja?
—Bueno, era por decirle no más… —replicó la señora Mechita, y al alejarse endureció su
quijada de mastín, reflexionando que las viudas jóvenes son demasiado nerviosas y que en el
futuro se guardaría de acoger a otra en su casa.
Como la observación de la señora Mechita subrayaba sus propias inquietudes, Adela no pudo
dejar de tomarla en cuenta. Era indudable que Sebastián dormía demasiado. No es que pasara
el día soñoliento ni amodorrado, sino que de pronto, porque sí, parecía estimar que resultaría
agradable dormir un rato, y, sin más, lo hacía como quien se entrega a un pasatiempo
entretenidísimo, tendido en su pequeña cama con barrotes de bronce, o sentado en cualquiera
silla. Intranquila, su madre a veces solía mirarlo dormir. Esto apaciguaba sus temores, porque
era seguro que nada malo podía ocurrirle a un ser que dormía con ese rostro de embeleso,
como si detrás de sus párpados transcurrieran escenas de una existencia encantada.
Pero por mucho que tratara de no agitarse, Adela no podía dejar de darse cuenta de que
Sebastián era un niño distinto. ¿Cómo no sentirse incómoda? Indiferente y solitario, parecía
no tener ninguna relación con lo que ocurría en torno suyo —ni con las personas, ni con las
cosas, ni con el frío ni con el calor, ni con la lluvia insistente que en invierno salpicaba en el
polvo acumulado en los vidrios de la claraboya del vestíbulo. Parecía, como la luna, que solo
la mitad de Sebastián se mostrara al mundo. Daba un poco de miedo. Los demás pensionistas
eran amables con él, más que nada por agradar a Adela, que al fin y al cabo era muy señora
a pesar de haber tenido tan mala suerte en la vida. Pero ella no se engañaba: sabía que nadie
encontraba simpático a Sebastián. Y la pena le trizaba el alma a pesar de que era imposible
no ver que tenían un poco de razón, porque era demasiado extraño que un niño de siete años
durmiera tanto y que no le gustara hacer nada más. No es que se “quedara” dormido, de
debilidad o de fatiga, sino que, eligiendo el momento, se “pusiera” a dormir, como los niños
corrientes se “ponen” a jugar a las bolitas o se “ponen” a cantar. No le interesaban los amigos
de su edad. Se aburría con libros, revistas y películas. No le gustaba jugar. Lo único que
parecía desear era abandonarlo todo para tenderse en su cama y “ponerse” a dormir.
Un día Adela le preguntó:
—¿Con qué sueñas, hijo?
—¿Sueño?
—Sí. ¿No ves visiones cuando duermes, como figuras o cuentos?
Sebastián acarició las manos de su madre al responder:
—No, parece que no… no me acuerdo…
Adela no pudo dejar de exasperarse con esta respuesta.
—¿Entonces para qué duermes tanto si no sacas nada? —le preguntó en tono cortante.
—Es que me gusta, mamá…
Al oír esto Adela se enojó de veras. Ella se veía obligada a trabajar y a sacrificarse para
mantenerlo. Ella, joven y bien parecida aún, por respeto a su hijo, desdeñaba las
proposiciones de los hombres que en la oficina intentaban cortejarla. Por él… por él… por
él, mil renunciaciones, mil dolores, mientras él se daba el gusto de pasar el día durmiendo. Y
dormía porque le gustaba dormir, nada más. Lamentó que Sebastián se acostumbrara desde
chico a hacer las cosas simplemente porque le gustaban —era una actitud peligrosa, casi
inmoral. Al principio, debía confesarlo, Adela creyó intuir oscuramente alguna función
misteriosa en el dormir de su hijo, como si esos sueños contuvieran un tesoro, algo que, a
pesar de que ni él ni ella comprendieran, en el futuro podía llegar a revelarse como útil o muy
importante. Esta vaga esperanza la había hecho callar con algo de temor. ¡Pero si se trataba
solo de una afición era una indecencia! ¡Ella también tenía sus gustos y hubiera querido poder
dárselos!
—Bueno, mamá —dijo Sebastián, sobrecogido por el malhumor de su madre—. Entonces,
si quiere, no duermo más, más que de noche…
El corazón de Adela se detuvo repentinamente, como a punto de caer en un pozo. Enmudeció,
y después de un instante pudo preguntar con voz muy lenta y muy baja:
—¿Entonces es algo que haces cuando quieres, porque sí? ¿Puedes controlarte?
—Sí, mamá, duermo cuando quiero dormir.
Al ver a su hijo de pie frente a ella, tan solo, tan raro, entregado a eso que ni él ni ella eran
capaces de comprender, mirándola con sus pobres ojos azules tan serios, sintió que el amor
la colmaba, y de pronto no pudo dejar de abrazarlo y besarlo, y de apretarlo contra su cuerpo.
—No, no mi niño —le decía—. No, duerme todo lo que quieras…
Meditó amargamente que Sebastián era la viva imagen de su padre —buen mozo, sí, pero tal
vez no demasiado inteligente. Por lo menos no tan inteligente como Carlos Zauze, el jefe de
su sección en la oficina, que no la dejaba en paz con invitaciones y requiebros, que aunque
respetuosas, eran tentadoramente insistentes. Porque nadie que tuviera algo… algo de valor
adentro de la cabeza podía gozar con una cosa tan descolorida, tan insubstancial como dormir
a deshoras. En fin, al año siguiente, cuando entrara al colegio, iba a ser fácil medir las
capacidades mentales de su hijo.
En el colegio Sebastián fue, si no un alumno brillante, por lo menos un muchacho muy
cumplidor de su deber. Dócil y tranquilo, a todos daba satisfacciones, pero nunca
satisfacciones que lo pusieran en evidencia. Además, las daba impersonalmente, como para
que la gente lo dejara en paz, y así no rozarse con sus compañeros y profesores. Nunca salía
con amigos en los días de fiesta, y por la tarde, después de clases, cuando los niños,
polvorientos y cansados, se detienen a comprar dulces y a hacer pequeñas barrabasadas antes
de separarse, Sebastián se iba directamente a su casa, tomaba el té, hacía sus deberes, y así,
ganado el derecho de hacer su voluntad, se acostaba a dormir como quien no está dispuesto
a malgastar ni un segundo. Los sábados y domingos hacía lo mismo —dormía de sol a sol,
consciente de que su conducta y sus calificaciones en el colegio impedirían que Adela se
atreviera a decirle nada al respecto.
No sin sobresalto, Adela a veces iba a la habitación de su hijo para verlo dormir. Y la sacudía
su viejo temor —temor y algo más grave, más inquietante aún: respeto. Porque en ese dormir
adivinaba algo que la eludía, algo demasiado grande o demasiado sutil para dejarse capturar
por la red un poco rígida y limitada de su imaginación. Lo más turbador era que Sebastián
siempre sonreía en el sueño. Y no era la sonrisa común y apaciguadora del que sueña con
casas y automóviles y lujos, y que se ve protegido por una madre bella y por un padre
poderoso. No. Era muy distinto. Era como si el espíritu se le escapara del cuerpo para
agazaparse en un mundo maravilloso y secreto alojado detrás de sus párpados. Todo él entero
parecía guardado allí, adentro de su sueño, sin dejar nada afuera para confortar a su madre
que lo observaba solitaria. Había… sí… una especie de intensidad salvaje que daba la
impresión de que el soñar de Sebastián era algo completo en sí, poderosamente cerrado, que
se bastaba a sí mismo sin necesitar para nada de la gente y de las cosas del mundo. A ella,
claro, tampoco la necesitaba para nada —era una sombra que se podía excluir con gran
facilidad de cualquiera riqueza. Verlo dormido era para Adela intuir cruelmente,
confusamente, todo lo que ella jamás había sido y que jamás podría ser ni comprender.
Cuando Sebastián llegó a cumplir quince, dieciséis años, era como si hubiera dejado tan, tan
atrás a su madre, que apenas la divisara, como punto insignificante un segundo antes de
disolverse al final del camino.
A esta altura, Adela, que entraba en la cuarentena, no pudo seguir resistiéndose a las
atenciones de Carlos Zauze, que la cortejaba con insistencia desde hacía tantos años. Era su
última ocasión y tenía que aprovecharla, porque no podía seguir marchitándose en un frío
cuarto de la pensión de la señora Mechita. Salió a comer y a pasear con su admirador, fueron
juntos a bailes y a los cines, y durante un tiempo Adela se sintió arrebatada por esta vida, por
este entusiasmo nuevo. A los dos meses, Zauze le pidió que se casara con él, ella consintió
feliz, e inmediatamente se hicieron amantes. Mientras su hijo soñaba vagas improbabilidades
en el cuarto vecino, los sueños de Adela se poblaron con la sensación de un bigote negro
acariciante y por el calor de unas piernas viriles junto a las suyas —ya no estaba sola, ya no
estaba eliminada de la vida por la misteriosa indiferencia de su hijo. Pero, poco a poco, una
vez realizado, el amor de Carlos Zauze se fue debilitando. Se habló cada vez menos de
matrimonio. Hubo muchas lágrimas. Luego, y quizás debido a las lágrimas, se habló cada
vez menos de amor, hasta que por último ya no se veían casi nunca, y fue claro que las
intenciones del jefe comenzaron a dirigirse a otro lado —hacia la secretaria de la Sección
Obras, dos pisos más abajo, una rubia joven pero demasiado llamativa según le informaron
sus compañeras de trabajo.
Le costó mucho consolarse, pero nadie pudo decir que perdió su dignidad. Lo malo era que
ya le había dicho a Sebastián que iba a casarse, que le daría un nuevo padre, y ahora se veía
en el incómodo trance de comunicarle que la vida se había encargado de destruirle también
esta última ilusión.
—¿No me dices nada? —le preguntó Adela, cuando se dio cuenta de que sus confidencias
no conmovían a su hijo—. Deja de manosear esa alcuza, vas a mancharte la ropa con aceite.
¿Crees que no me cuesta plata comprarte ropa?
Hizo un puchero, y sonándose la nariz agregó:
—Lo que me pasa no te importa nada…
—Sí, mamá —respondió Sebastián—. ¿Cómo se le ocurre que no?
Adela lloriqueaba diciendo:
—No, no. Yo soy menos que nada para ti. Eres un egoísta, y yo ya estoy cansada de tener
que trabajar y estar sola. Cómo estaré de vieja que ayer me mandé a hacer un par de anteojos,
porque el oculista me dijo que tengo presbicia…
Al decir esto comenzó a sollozar.
—Mamá, por favor, no llore… tome, suénese. Lo de su trabajo ya lo hemos hablado: termino
este año y me salgo del colegio para buscar un buen empleo. Quiero ponerme a ganar plata
para ayudarla. Además ya voy a cumplir diecisiete años y quiero darme mis gustos…
Adela suspendió repentinamente su llanto, y mirándolo seca de rabia, exclamó:
—¡Pero si a ti lo único que te gusta es dormir como un tonto!
Al oír esto, Sebastián clavó a su madre con la mirada, y sin embargo era como si no la viera.
A ella se le detuvo el corazón, porque en esa mirada vio el retrato de todo lo incomprensible
e inasible en la vida de su hijo, y de nuevo se deshizo en sollozos. Sin embargo, entre lágrimas
y lamentaciones, logró preguntarle por primera vez —si no le preguntaba ahora ya no le podía
preguntar y era incapaz de seguir viviendo rodeada de tanta aridez, de tanta soledad— qué
significaba que durmiera tanto.
—¿Cómo le voy a explicar, si ni yo mismo lo entiendo? —dijo él serenamente, mientras
Adela, ya más tranquila, movió la pantalla de la lámpara de modo que la luz rosada bañara
el rostro de su hijo, dejando el suyo en la penumbra.
—Es como… como si hubiera nacido con este don de dormir tanto y cuando quiero. Y quizás
por esa facilidad que tengo es lo único que me gusta. Es como si todo lo demás fuera sombras
que carecieran de importancia. Y sin embargo nunca he comprendido claramente lo que me
pasa. Para mí, toda la felicidad posible está en dormir; eso que parece tan pobre, tan absurdo,
pero para lo cual nací y ha llegado a ser lo único que me importa. Tengo la sensación que
sueño y soy feliz, que sueño con algo verdadero y mágico, con un mundo de luz que lo
aclarará todo, no solo para mí, sino que, a través de mí, para toda la gente. Pero al despertar
siento algo como una puerta que se cerrara sobre lo soñado, clausurándolo, impidiéndome
recordar lo que el sueño contenía; esa puerta no me permite traer a esta vida, a esta realidad
que habitan los demás, la felicidad del mundo soñado. Yo necesito abrir esa puerta, por eso
tengo que dormir mucho, mucho, hasta derribarla, hasta recordar la felicidad que contiene mi
sueño. Quizás algún día lo lograré…
—Pero hijo, estás loco. Eso solo lo logran los que se mueren…
—No mamá, morir no. Los muertos no sueñan. Para soñar hay que estar vivo, así es que
tengo que seguir viviendo. No he entregado toda mi vida a dormir, pero a veces siento que
debo hacerlo aunque no sepa qué voy a encontrar detrás de la puerta. Quizás descubra que
haber dejado de vivir como los demás fue una equivocación, que tal vez no valía la pena
saber lo que ocultaba la puerta. Pero no importa. El hecho de seguir un destino que yo siento
auténtico me justifica y le da una razón a mi vida. Pienso en las vidas de los demás, y les
tengo lástima, porque carecen de ese centro que yo tengo, porque no conocen el fervor que a
mí me anima. Y si lo que hay detrás de esa puerta es lo que yo pienso… si hay luz, si hay eso
que me permitirá comprender y, al comprender, explicar…
Al año siguiente Sebastián se empleó y su madre dejó de trabajar. Adela había envejecido
mucho. Era como si ver a Sebastián la cansara terriblemente, como si pensar en él la
exprimiera, dejándola seca. Consideraba que el destino había sido duro con ella, exigiéndole
mucho y dándole muy poco en cambio. Se consolaba jugando al naipe con la señora Mechita,
y hablando por teléfono de vez en cuando con sus antiguas compañeras de trabajo para que
le contaran lo que sucedía en la oficina. Con su pequeña jubilación y con el sueldo de
Sebastián les bastaba para ir tirando, y seguían habitando los mismos cuartos de la pensión,
con macetas de helecho colocadas en el centro de inmaculadas carpetas tejidas a crochet, y
con olor a viejas cortinas de felpa apolillada.
En la oficina Sebastián hablaba poco con sus compañeros. Sentía que anudar una amistad,
iniciar una relación que no fuera puramente formal, era traicionar su vocación para el sueño.
Había crecido mucho y estaba bastante flaco, hecho de una materia cerosa, muy frágil y
transparente, distinta de la carne. Esto le daba un aspecto tan interesante que las muchachas
de la oficina, mientras se empolvaban la nariz o refaccionaban imaginarios desperfectos en
sus peinados, lo miraban riéndose, lamentando que fuera tan joven. Tenía unos ojos azules
muy raros, muy bonitos.
—Ojos de santo —comentaba una de las muchachas.
—O de artista —opinaba otra.
—No, ojos de gran amante —corregía la más atrevida.
Pero cuando Sebastián respondía a alguna de sus preguntas o a una broma, su modo de
hacerlo era tan tranquilamente afable, tan sereno y limpio, que se sentían derrotadas, como
si no viera en ellas más que cascarones vacíos. Dejaron de embromarlo, y Sebastián logró
asumir un papel como de sombra eficiente, señalándoles con su silencio que él era de otra
especie, que no tenía tiempo ni inclinación para tomar parte en esa clase de pasatiempos.
El jefe de la sección, Aquiles Marambio, que no era más que diez años mayor que Sebastián,
lo tomó bajo su protección. Como Marambio hablaba tanto y al hacerlo solo le interesaba
escucharse, no se daba cuenta de que Sebastián le oía sin prestar atención. Solía sentarlo a su
lado para darle grandes peroratas:
—Tienes un futuro estupendo aquí en esta organización, Rengifo, porque yo, que conozco
bien a la gente, me doy cuenta de que eres un tipo serio y capaz. Adivina cuántas máquinas
de calcular nos mandaron de Norteamérica; unas máquinas modernas, preciosas, lo único que
les falta es hablar. ¿No sabes? ¡Ciento ochenta! ¿Te imaginas todo lo que podemos hacer con
ciento ochenta máquinas de calcular? Bueno, yo diría que se puede hacer casi todo…
absolutamente todo. ¿No te parece?
Aquiles Marambio era pequeño y delgaducho, con bigotitos negros muy finos y anteojos con
borde de oro. A pesar de sus acinturados trajes oscuros, se le comenzaba a notar una pequeña
panza, y la doble barba ya desdibujaba su mentón agudo, tembloroso como el de un niño a
punto de llorar si alguien contravenía sus órdenes o cometía alguna falta de pulcritud o de
puntualidad.
En una ocasión, después de mucha insistencia de parte de su jefe, Sebastián aceptó una
invitación para comer en su casa. Al sentarse a la mesa, Aquiles Marambio desplegó la
servilleta, introduciendo dos de sus puntas en los bolsillos del chaleco, y se puso a esperar la
cena, ponderándole a Sebastián los encantos de tener casa propia, mujer propia, radio y
máquina lavadora propias. Su mujer, mientras tanto, sin despegar los labios, sostenía una
sonrisa aprobatoria como quien sostiene un arma defensiva, porque era claro que su corazón
no estaba en la mesa, sino que en la cocina, rogando al cielo que la cocinera no dejara
quemarse el asado.
Después de muchos prolegómenos Aquiles carraspereó y dijo:
—Mira, Rengifo, hay algo de que tenía intención de hablarte…
—¿Si?
—Sí —respondió Marambio y, después de un silencio continuó—: Mira, se trata de lo
siguiente. En la oficina todos te aprecian, porque eres eficiente y caballeroso. Pero tú sabes
que en una oficina lo principal es la unión, que todos seamos como una familia. Sin eso no
hay eficiencia posible. La gente te tiene simpatía, pero no puedo ocultarte que están
comenzando a perdértela. Te encuentran raro… orgulloso. Te convidan a fiestas y a paseos,
te proponen ir a tomar una copa o a ver una película, y tú no has aceptado ni una sola vez.
¿Puedes decirme por qué?
—Es que salgo muy poco.
—¿Pero por qué? A tu edad debes salir y divertirte. Puedes estar jugándote tu futuro en una
cosa tan insignificante. ¿Por qué sales tan poco?
—Mi madre es sola. Tengo que acompañarla.
—Esa no es razón. Seguro que si ella se diera cuenta de la importancia que tiene tu
convivencia con tus compañeros de trabajo, no le importaría quedarse sola un par de noches
al mes. Porque no es más. Te digo estas cosas como amigo y como hombre de experiencia…
—Bueno, es que además soy muy flojo. Me gusta mucho dormir. En realidad, prefiero dormir
a pasear…
—No me vengas a decir que te pasas los sábados y los domingos durmiendo…
—Aunque parezca raro, sí. Soy muy dormilón.
Aquiles, cuyo rostro sufrió un repentino reventón de risa, se llevó la servilleta a los labios
para proteger su boca llena de comida. Exclamó:
—¿Oíste, Sara, lo que dice este tonto? El gran entretenimiento de Rengifo es dormir. Es la
primera vez que oigo una cosa así. No sale, ni le gustan las copas, ni anda con mujeres. Es
casi un vicio…
Si, claro asintió Sebastián, acompañando con una risita las carcajadas de su jefe.
—He oído hablar de muchos vicios, de mujeriegos y de cocainómanos y de borrachos y qué
sé yo, pero te aseguro que es la primera vez que oigo decir que alguien tiene el vicio de
dormir. ¡Eres loco, hombre! Si duermes todo el tiempo la vida te va a pasar de largo, y la
vida hay que vivirla. Mírame a mí.
Sebastián se sintió tan incómodo y culpable que no tuvo más remedio que dar por lo menos
una explicación vaga:
—Es que se me ocurre que durmiendo, en lo que sueño voy a descubrir algo importante, algo
más importante que… bueno, que vivir…
—¿Y si te demoras toda la vida en averiguarlo y te mueres antes? Significa que perdiste tu
vida durmiendo y que no sacaste nada.
—Se me ocurre que es tan maravilloso lo que voy a encontrar que estoy dispuesto a
arriesgarme.
—¿Arriesgarte a despertar muerto una buena mañana, y que te tiren así, sin uso, a la basura?
Ah, no, no, eso jamás. Es una locura. La vida hay que vivirla.
La conversación comenzó a flaquear. Por decir algo, Aquiles propuso:
—Te hago una apuesta a que te vas a morir sin ver nada.
Riendo, Sebastián replicó:
—Bueno, si gano yo, tú pagas mi funeral.
Aquiles estaba tan seguro de ganar que no titubeó en aceptar la apuesta.
—¿Y si ganas tú, qué quieres? —preguntó Sebastián.
Aquiles le palmoteo la espalda diciendo:
—Si gano yo, te mando a la fosa común. ¿Qué te parece?
—Bueno, muy bien.
Se dieron la mano para sellar la apuesta.
—¿Pero cómo vamos a saber quién ganó? —preguntó Aquiles, comenzando a dudar.
—Creo que mirarme la cara será suficiente para que sepas…
—Estás loco.
Ambos rieron. Y al despedirse de su protegido, Aquiles le aconsejó:
—Se me ocurre que lo que a ti te falta es energía, vitalidad. ¿Por qué no pruebas hacer
ejercicios, como yo? Me compré unas pesas y unos elásticos, y además todas las mañanas
hago flexiones. Quizás así tendrías energía para divertirte y salir con mujeres…
Era más o menos lo mismo que su madre le insinuaba tímidamente, desesperada porque su
hijo rehusaba todo entretenimiento, incluso ir al cine. Y si alguna vez logró convencerlo de
que la llevara, en la oscuridad de la sala Sebastián se quedaba dormido al instante. Adela
había envejecido mucho, y cada día se debilitaban más sus ojos y sus oídos. Era como si
lentamente todas sus facultades se fueran apagando, disolviéndose. ¡Había sufrido tanto! Sus
sufrimientos eran el tema predilecto de sus conversaciones con la señora Mechita, cuyos
dedos pecosos carecían ahora de su antigua destreza con el crochet, pero mostraba en cambio
una creciente avidez para escuchar los pesares de los demás. En una ocasión Adela transmitió
a su hijo, como dicho por la señora Mechita, lo que ella misma pensaba:
—La señora Mechita, que te quiere tanto porque te conoce casi desde que naciste, dice que a
ella le parece que estás malgastando tu vida… que debías divertirte, salir a veranear por
ejemplo. Dice que es necesario que reacciones, que dejes de dormir. Es como si estuvieras
embrujado, dice ella, que cree en esas cosas.
Sebastián perdió la paciencia. Después de gritar un poco bajó la voz y dijo:
—Lo que más me da rabia es que me cuente estas cosas como si se las hubiera dicho la señora
Mechita. ¿Por qué no me dice francamente que es lo que usted misma piensa? No quiero que
esto se repita, mamá. Yo trabajo y cumplo con mucho gusto con mi deber de mantenerla,
porque la quiero. Pero no acepto que nadie, ni usted, se meta en mi vida. Es dolor suficiente
no recordar nada, nada, por mucho esfuerzo que haga, de la felicidad que queda oculta detrás
de la puerta cuando despierto. A veces pienso que debo abandonarlo todo, exponerme a morir
de hambre si fuera necesario, para tener tiempo para dormir y dormir y dormir y dormir…
hasta que la puerta se abra. Tengo miedo de que la vida sea demasiado corta. Así es que si
no tengo derecho a dormir las horas libres que mi trabajo me deja, entonces no vale la pena
que siga viviendo…
—No vale la pena que sigas viviendo para hacer lo que haces —respondió Adela, saliendo
de la pieza con un portazo. Se encerró en su cuarto para gemir en voz alta de modo que su
hijo no pudiera dejar de oírla.
Sebastián reflexionó que tratar de explicarle las cosas a su madre era inútil. Era inútil explicar
nada a nadie. Todo esto era tanto más grande que él mismo y que la gente, que arrastrándolo
hacia un fin desconocido lo hacía con tal ímpetu que arrancaba sus raíces de la tierra y,
asilándolo, lo incomunicaba. Mientras crecía su angustia por no ser capaz de recordar su
felicidad, le parecía que todo su proceso se aceleraba. Antes, cuando era niño, dormía como
quien se entretiene, como quien ha descubierto un juguete un poco misterioso, pero al fin y
al cabo juguete, y por lo tanto inofensivo. En aquella época dormía porque le gustaba, o
cuando tenía tiempo, o simplemente cuando quería hacerlo. Pero ahora que saldaba sus
cuentas con la humanidad manteniendo a su madre, trabajando y, hasta cierto punto, tomando
parte en las actividades de los seres vivos, se sentía con pleno derecho a dormir seriamente,
con toda conciencia de su propósito, arrastrado por la auténtica y cada vez más desgarradora
necesidad de saber lo que sus sueños contenían. Lo que antes era un pasatiempo era ahora la
razón de su existencia, y le entregaba todas sus horas libres, preso de una vehemente sed de
sueño, como quien se expone a perder algo más importante que la vida misma si no aprovecha
todas, absolutamente todas sus horas. Pero al despertar la puerta permanecía implacable,
sellada, dejándole solo un deslumbramiento, una ansiedad agotadora por conocer aquello que
aclararía todo, permitiéndole a la vez, encontrarse con los demás seres.
De tanto cavilar, de tanto rumiar la dura suerte que en la vida le había tocado y de pensar en
las pocas satisfacciones que le proporcionaba el destino inexplicable de su hijo, Adela fue
palideciendo y enflaqueciendo, triste y sola en el fondo de su cuarto de la pensión. Comprobó
definitivamente que ella no significaba nada para Sebastián —solo otro objeto digno de vago
cariño dentro del reino de los objetos. Era como si a costa de no tomarla en cuenta su hijo la
hubiera borrado de la vida, privándola de contorno y de peso. Adela no solo estaba casi sorda
y muy cegatona, sino que también las piernas le dolían mucho al andar. Tosía bastante. Tosía
casi todo el tiempo. Y un día tosió demasiado, y como no tuvo fuerza para llamar a nadie que
pudiera ayudarla, murió como si finalmente se hubiera convencido de su propia falta de
existencia.
Al regresar del funeral, Sebastián se quitó el sombrero y los guantes, dejándolos encima del
mármol del peinador. Cerró los postigos de su cuarto, le pidió a la señora Mechita que le
enviara comida dos veces al día y se acostó a dormir ávidamente, como si el fallecimiento de
su madre le hubiera desatado el último nudo que lo unía al mundo. Durmió tres días y tres
noches —los tres días de permiso de luto que con cara compungida le otorgó Aquiles
Marambio. Al despertar comprobó que la puerta permanecía cerrada aún y la luz oculta. Pero
—y esta era la maravillosa diferencia— sabía con certeza que algún día, aunque fuera muy
lejano, iba a poder recordar entera esa parte de su vida que se ocultaba detrás de la puerta del
sueño. Era cosa de ponerse a hacerlo, nada más. Esta nueva fe lo hizo vestirse, peinarse y
salir de su casa en dirección a la oficina, sintiéndose liviano como nunca, fuertísimo, seguro.
Se hizo anunciar a su jefe, que recibiéndolo con un abrazo fraternal lo invitó a tomar asiento
en el sillón más cómodo de su despacho. Rechazando el cigarrillo que Aquiles le ofrecía,
Sebastián dijo:
—Vengo a presentar mi renuncia.
Aquiles Marambio se puso de pie de un salto. No comprendía una decisión tan repentina.
¿Por qué? ¿Con qué objeto? ¿De qué iba a vivir? ¿No se daba cuenta de que si permanecía
dentro de la Organización se le presentaba un futuro envidiable? ¿Cómo podía ser tan
inconsciente? Pero Sebastián se supo mantener firme en su propósito. Era como si no viera
ni oyera a Aquiles.
Por fin, agotado de tanto discutir solo, el jefe miró a Sebastián y con tono insultante le
preguntó:
—¿Y a qué te piensas dedicar? ¿A dormir todo el tiempo? ¿Y para qué?
Marambio sujetaba su ira.
—No sé, tengo que hacerlo, tengo que saber…
Aquiles se levantó furioso y comenzó a gritar:
—¡No me vengas con tus paparruchas de visiones! ¡Lo que pasa es que eres un flojo, como
todos ustedes los que se creen espíritus selectos! ¿Por qué te crees con derecho a una vida
privilegiada? No, no me vengas con historias, lo que tú quieres es pasarlo bien, no hacer nada,
dormir y descansar. ¡Nada de visiones! Pero te advierto, te vas a morir y no vas a llegar a
descubrir nada. Bueno… muy bien, entonces, ahora ándate. Ah, y quiero advertirte una cosa,
para que te acuerdes y después no me vengas a rogar que te ayude. Nosotros terminamos aquí
toda amistad. Yo no soy amigo de vagabundos profesionales. Y si quieres flojear y pasarlo
bien tienes que pagar las consecuencias hasta el fin.
Herido, pero mirándolo serenamente, Sebastián le preguntó:
—¿Y la apuesta?
Aquiles se rio con desdén:
—¿Así es que tienes el coraje de seguir las bromas, aún ahora? Muy bien. Que esa apuesta
permanezca como nuestra única relación. Pero no sabes el gusto que voy a tener de hacerte
meter en la fosa común.
Al salir a la calle Sebastián respiró profundo, como si lo hiciera por primera vez. Ahora, por
fin, era su propio dueño, sin sogas que lo ataran a nada ni a nadie —ahora iba a poder
entregarle su vida entera al sueño, y con cada segundo más que durmiera se iría aproximando
aquello, se haría más y más posible abrir la puerta. ¿Qué importaba que lo creyeran un inútil?
¿Qué era él en la vida real sino un pobre empleaducho en una firma de importadores, que
vivía en una pensión con olor a cortinas apolilladas? El sueño, en cambio, a pesar de no verlo
aún, le entregaría armas poderosas, grandes y bellas palabras, colores elocuentes, todo un
sistema de claridades —cosas inmensas y ricas con las cuales él, Sebastián Rengifo, haría
retroceder de alguna manera el límite de la oscuridad. Sí, ahora estaba seguro. A lo que antes
le entregaba unos pocos momentos libres le entregaría su vida entera. Viviría de modo que
pudiera dormir el mayor número posible de horas, sin permitir que se interpusieran
obligaciones de la llamada “vida real”. Ya no tenía para qué darle categoría a lo que no era
más que sombras —la comida, la vestimenta, el bienestar, las diversiones, la gente. Así,
viviendo siempre cercano a la puerta estaría listo en cualquier momento en que se entreviera
la luz.
La única manera de lograr este propósito era despojarse de todo. Y como jamás le había
gustado la ciudad, sobre todo cuando la primavera, como ahora, se insinuaba, vendió los
muebles, liquidó todas sus pertenencias, y despidiéndose para siempre de la señora Mechita
—que anegada en lágrimas exclamaba: ‘‘¡Estás loco, hijo, estás loco!”— salió de la ciudad
por un camino que conducía al norte.
El paisaje lo envolvió inmediatamente, suavizando su vigilia al presentarle un aire de sueño.
Los sauces mecían sus cabezotas verdes junto a esteros lentos y oscuros, y el mismo viento
que revolvía sus tristes mechas dotaba de un vocabulario distinto a cada planta, a cada rama,
a cada hoja. Allá, toda una loma azul de eucaliptos tiernos. Los senderos de rica tierra castaña
donde niños andrajosos jugaban con la infinitud de perros de los pobres, lo conducían hacia
un tambo que con su aroma se anunciaba desde lejos, o hacia el brazo de humo que lo
saludaba desde el techo de una choza oculta a medias entre los árboles. La corteza de cada
árbol ostentaba el mapa de un tiempo y de una función distintos. Sebastián, en medio de todo
esto, sintió que la distancia que antes separaba la “realidad diaria” de la otra realidad, de la
más verdadera, se iba acortando, porque era como si todo este mundo exterior se incorporara,
enriqueciéndola, a la realidad oculta del sueño.
Sebastián, fuerte y joven y contento con el verano que comenzaba, iba trabajando un tiempo
aquí y otro allá en las granjas y los campos. En un sitio ayudó al baño de las ovejas y le
permitieron dormir en el corredor. Más allá tomó parte en la cosecha de los girasoles y
después le encargaron que desenterrara papas de la tierra negra. Después seguía su camino,
mientras los tordos, como pedradas, amenazaban la fragilidad azul del cielo. Con lo que
ganaba en tres días de trabajo podía no hacer nada durante una semana; y ese tiempo lo
dormía entero, concienzudamente, debajo de los duraznos pesados de fruta, o a campo
abierto, o en algún pajar. El sol tostó sus facciones y sus brazos. Una luz tranquila bañaba
sus ojos. A veces, cuando de tarde en tarde regresaba a la ciudad, solía divisar a Aquiles
Marambio, que al ver a Sebastián desviaba la vista o cruzaba rápidamente la calzada para no
tener que dirigirle la palabra, alzando desde lejos un dedo enguantado como para censurarlo
o para recordarle algo.
Poco a poco algo extraño le fue sucediendo a Sebastián: le resultaba imposible controlar su
sueño. Ya no podía “ponerse” a dormir libremente y cuando lo deseaba, como en el pasado,
porque el sueño se apoderó de su voluntad, adquiriendo una independencia que lo regía con
despotismo. Ahora, de pronto, el sueño lo acometía porque sí, al borde de un camino por
ejemplo, y se veía obligado a encogerse allí mismo entre las sucias malezas para dormir.
Inquieto, sentía que su sueño se rebalsaba de su sitio, inundando su vida entera. Caía dormido
en cualquier parte, de día o de noche, con frío o bajo el sol, durante la lluvia o en las horas
de trabajo, y al despertar crecía su desesperación ante el recuerdo que se negaba. Pero
mientras más y más dormía, mientras más lo atormentaba saberse excluido de su propia
felicidad, más fe sentía en que alguna vez iba a ver la puerta abierta de par en par,
acogiéndolo. Era una cercanía prodigiosa lo que recordaba al despertar. Pero nada más.
Un día le entregaron una guadaña, prometiéndole que si cortaba todo el pasto de cierto
potrero, y luego lo almacenaba en la bodega, le pagarían una linda suma de dinero. Con eso,
pensó Sebastián, tendría para dormir un mes entero sin preocuparse de nada más, y lo que
podía sucederle en todo un mes de sueño era incalculable. Con el torso desnudo y la guadaña
al hombro vadeó el potrero de extremo a extremo. Las copas de las higueras eran líquidas y
murmuradoras en el viento recién desatado, y en su espesa sombra azul, sobre el musgo,
reposaban dos patos blancos como camisas recién lavadas que el viento hubiera dejado caer
livianamente. Sebastián escuchó el alarido de los queltehues, miró las nubes lerdas en su
carrera sobre los dedos de los álamos. Se dijo: “Tengo que apurarme. Tengo que cortar el
pasto y almacenarlo pronto, porque esta noche habrá tormenta…”
Trabajó toda la tarde. Las nubes eran cada vez más opacas y más bajas. Sebastián segó el
pasto con el ímpetu de quien lucha por salvarse en la tormenta de un mar vegetal. Cuando
tuvo todo el pasto cortado se supo vencido. Miró el cielo. Ya caía el agua. Dentro de un
momento el sueño se apoderaría irresistiblemente de él. Y se quedó dormido sobre el pasto
cortado, la lluvia cayendo sobre su cuerpo y sobre la cosecha —sobre la cosecha de pasto
que ya no tardaría en podrirse. Al despertar, sus patrones furiosos porque dejó que la cosecha
se estropeara, rehusaron pagarle. Sebastián partió, caminando muchos días, porque de granja
en granja se fue corriendo la voz de que no se podía contar con Sebastián.
Se le hizo difícil conseguir trabajo. En cada parte que le encargaban alguna faena, por ligera
que fuera, le sucedía lo mismo: se quedaba dormido sin poder controlarse. Lo dejaban
vigilando una olla y el guiso se quemaba; le pedían que cuidara a una criatura y esta se caía
de la cuna; lo mandaban llevar una carreta llena de paja, y desde la cima, al comienzo del
camino, picaneaba a los bueyes para dirigirlos, pero pronto se quedaba dormido y la carreta
se extraviaba. La marca de los fracasados se grabó en su andar y en su voz y en los jirones
de su ropa.
“Me estoy poniendo viejo…”, meditaba.
Hubiera sido fácil dejarse morir, lanzarse ante un camión en una carretera o saltar desde un
puente. Pero Sebastián no estaba dispuesto a hacerlo, porque solo si seguía viviendo podía
seguir soñando. Se sentía cerca de una meta, pero muy cansado. Lo malo era que para vivir
era necesario trabajar, y nadie quería darle trabajo. La gente se apartaba de él como si lo
temieran o trajera mala suerte. Desesperado ya, una tarde fue a un Hospital de Psiquiatría
para rogar que le enseñaran a controlar el sueño. Lo atendieron dos médicos jóvenes y serios,
benignos como ángeles vestidos de blanco. Escucharon con paciencia la historia de
Sebastián:
—Sí —dijo uno—, pero no es enfermedad…
—Aquí no podemos tratarlo —dijo el otro sonriendo con un poco de pena.
—Pero tengo miedo de morirme, doctor… —rogó Sebastián.
—Y si se pasa todo el día durmiendo, ¿no le da lo mismo estar muerto?
—No, no, me falta tan poco, doctor. La puerta ya se va a abrir…
—¿La puerta? ¿Qué puerta?
Los médicos se dieron cuenta de que Sebastián era una de esas personas un poquito
desequilibradas, pero no tanto como para merecer un tratamiento intenso. Había demasiada
gente verdaderamente enferma, y era necesario reservarse para esos. Sin embargo,
percibieron en Sebastián una especie de indefensión —no sabía dónde ir, qué hacer, y temía
tanto morir antes que aquella extraña puerta se abriera. Conmovidos, los médicos le
permitieron permanecer unos días en el hospital. Pero una noche, cuando hacían juntos la
ronda de las salas, llegaron a la cama de Sebastián, y al ver su sonrisa, la beatitud que
iluminaba su rostro, decidieron que era imposible seguir manteniendo en el hospital a alguien
que dormía tan tranquilamente. Lo despidieron a la mañana siguiente.
Sebastián sabía que el final estaba cerca. Ya no tenía nada en qué trabajar y vagaba por las
calles y los caminos, de casa en casa y de granja en granja, mendigando. La debilidad lo
invadió. Parecía un anciano. Nada en torno suyo le importaba, como si nada de lo que
sucediera significara nada. Vivía en un mundo crepuscular, poblado de sombras, de ecos, de
esperas. Se dejó crecer la barba y el pelo. Caminaba por las carreteras, por las vías férreas,
por las calles y avenidas de la ciudad, y cuando el sueño lo tocaba se tendía a dormir en
cualquier parte. Una vez un caballo se acercó a husmearle la cara, creyéndolo muerto. La
gente se apartaba de él como si fuera un mago o un pervertido o un loco. Pero él seguía
durmiendo confiado, porque cuando la puerta quedara abierta, toda la gente que ahora huía
de él, lo reconocería.
A veces iba a la ciudad, porque allí resultaba más fácil conseguir alimento. En el mercado
podía robar pan o un trozo de pescado frito. Pero generalmente lo reconocían, y alguna mujer
sofocada bajo el peso de sus paquetes se encaraba con él, gritándole:
—¿No te da vergüenza, flojo dormilón? En vez de trabajar pides limosna y robas. Eres un
asco para la humanidad. Debían echarte de la ciudad o meterte en la cárcel. Todavía no eres
tan viejo como para no poder trabajar.
Pero no podía trabajar. El sueño se apoderaba inmediatamente de él, como indignado de que
hiciera cualquier cosa que lo apartara de su poder. Una vez lo sorprendieron robando y lo
llevaron a la cárcel. Lo soltaron pronto, pero quedó marcado como delincuente, y aquellos
que antes sonreían con algo de benevolencia ante su vicio de la vagancia cruzaban a la vereda
de enfrente al verlo venir.
Llegó el invierno, otro invierno más, y con este la certeza para Sebastián de que iba a morir.
Ya no le quedaban fuerzas. Pero le parecía que si lograba vivir unas semanas más, unos días
más, si encontraba qué comer y dónde refugiarse iba a poder dormir, iba finalmente a
recordar, a entender, a hablar. Morir antes sería un fracaso. Pero la esperanza de Sebastián
era recia, lo único en él que no vacilaba. Era el fin. Pero quizás también el triunfo.
Hacía mucho frío. Bajo los yertos árboles negros del parque en el amanecer, Sebastián a
veces encontraba pájaros que con el frío habían muerto. Para tratar de revivirlos soplaba
sobre sus plumas grises, que duras de escarcha no se agitaban. En la ciudad vivía bajo un
puente, y rodeándose de perros piojosos para que lo calentaran, cubriéndose de diarios viejos
para que el viento no pudiera penetrarlo, lograba dormir mucho, casi todo el tiempo. Sabía
que ya, ya iba a recordar aquello, que ya, ya se iba a abrir la puerta. Era cosa de aferrarse a
la vida unos días más, encontrar un poco de pan, protegerse un poco del hielo y de la escarcha
era difícil. A veces pegaba la nariz a la ventana de alguna carnicería y se quedaba mirando el
rojo caliente de los animales destripados que colgaban de los ganchos, y cuando alguien abría
la puerta al salir, el olor espeso y sanguinolento calmaba un poco su hambre y su frío.
De pronto, un día tuvo una idea.
Iría a visitar a Aquiles Marambio, que no vivía lejos. Tal vez se conmoviera al ver su miseria.
Tal vez, olvidando lo dicho años antes, tantos, tantos años, le diera comida, lo abrigaría por
algunos días —aunque las últimas veces que casualmente se cruzaron en la calle, Marambio
no reconoció a Sebastián. Tal vez…
Sebastián se hizo un cucurucho de diarios para protegerse la cabeza, y lentamente atravesó
la tarde fría, las calles y las sombras de las casas y de los árboles y de los faroles apagados,
mirando de vez en cuando el cielo plomizo rayado por los cables, hasta llegar a la casa de
Marambio. Sobre los techos, las nubes restañaban casi todo el rojo que del crepúsculo
quedaba. La noche caía. Iba a nevar. Sebastián tocó el timbre de la casa de Aquiles Marambio.
Le abrió la puerta una sirvienta vestida de negro con un delantalcito de muselina blanca.
—¿Podría hablar con Aquiles Marambio? —preguntó Sebastián.
—¿Con don Aquiles? —la sirvienta acentuó el don—. Está comiendo. Vaya por la puerta de
atrás, por la otra calle; esta puerta es para las visitas. ¿Quién lo busca?
Pronunciar su nombre, Sebastián Rengifo, fue como abrir la portezuela de una jaula
dejándolo escapar para siempre, como un pájaro. Aguardó en la puerta de atrás, en un callejón
desierto donde el viento preso lloraba. Sebastián se caló más hondo su gorro triangular de
papel de diario y anudó bien los trapos viejos que protegían sus pies. Sin rostro ya, sin
nombre, se sentó en el umbral de la puerta a esperar.
La puerta se abrió por fin. Apareció Aquiles Marambio, bastante gordo con los años, llevando
una amplia servilleta blanca anudada debajo de su papada abundosa.
—¿Quiere hablar conmigo? —preguntó.
—Si… ¿No se acuerda de mí?
Marambio limpió con la punta de la servilleta el vaho que al salir al frío empañó sus anteojos.
Detrás de él, en el segmento de habitación que la puerta mostraba, algunas personas reían en
tomo a una mesa servida.
—No me acuerdo. Apúrese, dígame lo que necesita, mire que hace frío y hay mucha gripe…
Una lágrima se heló en las pestañas de Sebastián.
—Si no me dice lo que necesita voy a cerrar… —amenazó Marambio.
—No me conoce —balbuceó Sebastián.
—No, hombre, no lo conozco. ¿Cómo quiere que conozca a todos los vagos de la ciudad?
Además, con esa barba y esa mugre…
—Venía a pedirle que me diera qué comer y dónde vivir por unos días, señor. Me voy a
morir, y no puedo hasta que la puerta quede abierta… por favor…
Una nube de reconocimiento ensombreció el rostro de Marambio.
—¿Hasta que qué? ¿Qué puerta?
—…la puerta y yo pueda ver…
—No, no, no. Váyase de aquí. No se va a morir. Todavía no es tan viejo como para que no
encuentre trabajo. Usted quiso ser lo que es… váyase. Buenas noches. Yo no tengo nada que
ver con usted.
Y cerró la puerta.
Sebastián se encogió como mejor pudo para dormir en el umbral.
Durante la noche se abrió el cielo, y las estrellas, parpadeando apenas, miraban precisas desde
un cielo terriblemente negro y hondo, que dejó caer una dura escarcha. Y a la mañana
siguiente, domingo, el cielo amaneció despejadísimo, azul y frágil y delgado como un
volantín inmenso. El sol no calentaba las calles, pero su luz nítida señalaba todos los ángulos
y los contornos.
Don Aquiles Marambio, su señora y sus dos hijitas de seis y siete años, salieron temprano
para ir a misa. Asistieron al Santo Sacrificio con toda unción, y regresaron lentamente por
las asoleadas veredas, saludando a los conocidos, deteniéndose de vez en cuando para dar
pataditas en el suelo, palmoteando para que se desentumecieran sus dedos. Unos pasos
adelante de sus padres, María Patricia y María Isabel, casi del mismo tamaño, tocadas con
gorros de piel blanca y con las manos metidas en manguitos de la misma piel, dejaban
orgullosas que los que pasaban admiraran la corrección de su porte y el lujo de sus atuendos.
Al entrar por el callejón que llevaba a la puerta trasera de la casa, las plumas de vaho que tan
serenamente se elevaban desde las bocas de las cuatro personas de la familia Marambio, se
cortaron de pronto. Aquiles y su señora se detuvieron. Las niñas, con chillidos, buscaron
refugio junto a las piernas de sus progenitores —porque allí, en el umbral de la casa, yacía
una forma humana peluda y sucia, cubierta de diarios húmedos. Se acercaron. Marambio
movió la forma con el pie.
—Está muerto… —murmuró.
La mujer se agachó para sacarle el gorro que le tapaba la cara. Marambio exclamó:
—No seas idiota. Déjalo así. ¿Para qué quieres verle la cara?
Pero la mujer ya lo había hecho, y el rostro del muerto, debajo de sus barbas y de su mugre,
apareció transfigurado por una expresión de tal goce, de tal alegría y embeleso, que María
Isabel, acercándose a él sin miedo, exclamó:
—Mira papito, qué lindo. Parece que hubiera visto…
—Cállate, no digas estupideces —exclamó Marambio, furioso.
—Parece que estuviera viendo…
Antes que María Patricia pudiera decir lo que parecía que el muerto estuviera viendo,
Marambio tomó a sus dos hijas violentamente y las empujó para que entraran a la casa. Ellas,
de la mano, obedecieron sin los lloriqueos ni los pucheros de siempre cuando su padre las
contrariaba, hablando de lo bonito que eran los muertos y preguntándose por qué la gente
grande les tenía tanto miedo. Marambio llamó a la policía para comunicar que un vagabundo
había amanecido muerto en el umbral de su puerta. Y como don Aquiles era un hombre de
pro, y además con gran sentido cívico, dispuso que ya que el cadáver había amanecido en su
puerta no podía permitir que lo echaran así no más a la fosa común. Él se haría cargo de los
gastos del funeral —no de primera, claro, eso sería absurdo, sino que de un buen funeral de
tercera.
FIN

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