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El Barco de La Ilusión Fritz Glockner Corte 1. Ed Méxiko D.F. U.A. 2005 Ediciones B

.
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F ritz Glockner Corte cursó Historia en la

Universidad Autónoma de Puebla en Méxi-


co. Buena parte de su vida ha transcurrido
en el mundo de las letras. Además de reco-

nocido autor y colaborador de diversas pu-


blicaciones periódicas en México, ha sido

editor, librero y promotor de la lectura. Es


autor de varios libros, entre ellos, Un pue-
blo en campaña ,
Coleccionista de estrellas y
Veinte de cobre ,
obra finalista del Premio Boston

Rodolfo Walsh. También fue coautor de Boston,

Memorial de Chiapas y En el ombligo de la


luna México la ciudad de todos. Su novela
,

más reciente, Cementerio de papel será ,


lle- Public

vada al cine. MA

Durante las dos últimas décadas se ha dedi-


02116
cado a investigar la historia oculta de los Lfbrary

movimientos armados en México.


Digitized by the Internet Archive
in 2017 with funding from
Kahle/Austin Foundation

https://archive.org/details/elbarcodelailusiOOgloc

j
f

¡ccionario

El barco de la ilusión

Fritz Glockner

Ediciones B
GRUPO ZETA*

Barcelona» Bogotá • Buenos Aires» Caracas» Madrid» México, D.F. • Montevideo» Quito» Santiago de Chile
a
1. edición: septiembre 2005

© Fritz Glockner
© Ediciones B, S.A. de C.V. 2005
Bradley 52, Colonia Anzures. 11590, México, D.F.
www. edicionesb. com
www. edicionesb-america. com

ISBN: 970-710-187-3

Impreso por Quebecor World


Todos derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas
los
en queda rigurosamente prohibida, sin autorización
las leyes,

escrita de los titulares del copyright la reproducción total o parcial


,

de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos


la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución

de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.


El barco de la ilusión

Fritz Glockner
*
Para Guadalupe por ,
lo evidente ,

co;? existencia.

También para mis carnales:


Fernando y Juan Carlos Canales
Pedro Palou
Carlos Manss
Fíéctor Andrade
José Manuel Mendoza
Víctor Ronquillo
Alejandro Arroyo
con quienes la vida seguirá siendo
una aventura.
1

—Dice mi mamá grande que tu abuelo era un coqueto


—soltó Adriana descubrir Genaro Cipriano antes
al a
de entrar a clase; él no entendía lo que escuchaba. ¿ Su
abuelo? ¿Su mamá grande? ¿Qué tenían en común? De
momento emocionó al saber que los antepasados de
se
ambos tuvieran algo que ver, que se hubieran conocido.
—¿Tienes mamá grande y mamá chica?
—Así digo mi le a abuelita.
—Por que dices mi abuelo quiso con tu abuela
lo

— se atrevió a comentar.
—Mi mamá grande me pidió que la trajera al centro,
de pronto, quién sabe porqué, me platicó que por ahí es-
taba el consultorio de tu abuelo, supongo que algún re-
cuerdo la invadió. Emocionada, le conté que tú y yo so-
mos compañeros de salón; me preguntó por el nombre
de tus padres para cerciorarse si se trataba de la misma
familia y entonces se cohibió de seguir con sus confesio-
nes, por eso sólo soltó al aire que era un coqueto —con-
cluyó Adriana antes de que llegara Hilda e interrumpie-
ra la conversación.
Genaro Cipriano no tuvo descanso, comenzó a ela-
borar todo tipo de teorías, incluso jugó con las posibili-

—9—
dades del hubiera: pensó en las opciones de parentesco
entre Adriana y él de haberse casado sus abuelos entre
sí, ¿hermanos?, ¿primos? La voz del maestro le parecía
lejana, sin sentido, simplemente veía cómo se movían
sus labios sin que las palabras taladraran su concentra-
ción, sus pensamientos, sus suposiciones. Se le ocurrió
tarde decirle a Adriana que concluyeran entre ellos el

posible amorío de sus antepasados; varias ideas más lle-

naron su mente, todas ellas sin pronunciarse, aun cuan-


do disfrutaba imaginando que algún día se lo diría todo.
Recordaba con sobresalto el primer día de clases,
cuando Adriana se le presentó para preguntarle si él era
Genaro Cipriano, y preparándose, como siempre, para
recibir la clásica burla por su nombre, descansó cuando
escuchó el reclamo: «¿Por qué te quejas, si así se llamaba
Tin Tan?»
Era la primera vez que en lugar de provocar risas,

burlas o choteo, alguien le encontraba una cualidad a su


nombre.
—Pocos saben que somos tocayos — le salió aquella
mentira al encontrarse con las facciones delicadas de
Adriana. Y, como siempre, tuvo deseo de que la conver-
sación se alargara por más tiempo, pero su incapacidad y
poca habilidad para con las mujeres, le impidieron cons-
truir más platica. Por ello, supo de inmediato del padeci-
miento que estaba por comenzar; cada vez que se le me-
tía una mujer en la cabeza era casi imposible conseguir

sacársela, la peregrinación de reproches por no decir lo


adecuado e imaginar que se lo diría en otra ocasión esta-
ba por comenzar; arrepentirse de lo que nunca hacía era
su deporte favorito.

10 —
2

Al día siguiente de que se conocieron, Adriana llegó con


el desplante de quien sabe manejarse bajo cualquier cir-

cunstancia: «Hola tocayo de mi actor preferido. No es-

tás para saberlo, pero soy la Presidenta internacional del


Club de admiradoras de Tin Tan.»
«Entonces también me admiras de igual manera a
mí...» Pensó Genaro Cipriano, sin atreverse a decirlo,
creando un vacío en la conversación.
— ¿Qué te parece si te digo GC? porque Genaro
Cipriano es muy largo, a pesar de que me recuerde a
Tin Tan — le soltó Adriana, alivianándolo nuevamente y
zanjando el mutismo asumido por él.

—Como quieras —levantó los hombros Genaro Ci-


priano en seña de consentimiento.
— ¡Óyeme, ya te dije que Tin Tan es mi ídolo!
—Pues no si mi madre en tu lista, estaría incom-
está
pleta, aunque le llames a tu Club internacional encon- —
tró Genaro Cipriano la manera de mentir.
—¿No me digas que tu mamá también alucina con el
mejor cómico de México? —
se interesó ella.

—El tema ya no se toca en la casa, porque mi padre in-


siste en que es mejor Cantinflas... —luego de dudar por
11 —
unos segundos, se animó engañando
a seguir Es más, — .

¿por qué crees que me llamó así? —


expuso seguro, luego
de negar al antepasado al que le debía su nombre.
— ¡Adriana!, vamos a llegar tarde — se escuchó la voz
chillona de Hilda.
— Luego seguimos cotorreando del tema, pero que
no se te olvide que Tin Tan es elamor de mis amores, es
más, creo que sería el único hombre con quien me entre-
garía a besos hasta que mis labios se borraran de la cara.

Nos vemos.
El recién bautizado se turbó por completo al ver des-
aparecer a Adriana. Su cerebro se detuvo instantánea-
mente como computadora que no encuentra el proceso
siguiente.

12
3

«Ahora sí que es una preciosa coincidencia» se dijo en


silencioGenaro Cipriano al despedirse de Adriana, lue-
go de que terminara la clase y sus elucubraciones. Pri-
mero soy tocayo de Tin Tan, su amor platónico, y aho-
ra resulta que nuestros abuelos se conocieron. Decidió
caminar el trayecto del centro de la ciudad a la casa de
sus padres, en la colonia San Manuel. Tenía tantas cosas
en las cuáles pensar, que de llegar temprano a su casa no
gozaría de la calma para sumergirse en sus pensamien-
tos, caminar era una buena manera de nadar en ellos.

Cuando bajó por la 2 Sur se encontró con la clásica tien-

da de regalos de fantasía y peluches que cientos de oca-


siones había visto y había criticado, pensando cómo se
le podría ocurrir a alguien entrar ahí a escoger algún ob-
sequio, si todo lo que se exhibía desde los aparadores
era tan cursi.
Osos de peluche, muñecas de todos los tamaños, mo-
nos con sonrisas, tarjetas con buenos deseos, personajes
de tiras cómicas, sellos, plumas, llaveros, colgajos de fan-
tasía, calcomanías, miniaturas, toda una colorida masa
de objetos, deseando los mejores sentimientos se pre-

sentaron ante la mirada de Genaro Cipriano.

13
Por un momento dudó, pero cierta fuerza extraña le
hizo entrar en tienda y observar con cuidado todo lo
la

que ahí se vendía.


— ¿Le puedo ayudar en algo? —escuchó ame- la frase

nazante y absurda, salir de una dependiente que no de-


sea que el cliente se le vaya sin haber dejado algunos pe-
sos; pero en el caso de GC era precisamente lo contra-
rio, ya que había aceptado entrar al local en un acto de
inconsciencia, y que la empleada le hablara provocó que
se sintiera descubierto.

—No, gracias, sólo estoy viendo — le dijo a la cara,


abandonando de inmediato la tienda, apenado de sí mis-
mo por pensar en comprar algo para Adriana. ¿Qué le
había llevado a considerar regalarle un monigote?

— 14 —
.

—Ahora tú, ¿qué traes? Tienes cara como de pajarito en


basurero — le hizo ver GC a Adriana aquella mañana al
encontrarse en la entrada del Carolino, antes de comen-
zar las clases.
El no veía el día de proponerle ir a tomar un café o
ir al cine, pero al detenerse a pensarlo un poco termina-
ba ganando el miedo a ser rechazado, o peor aún, si ella

aceptaba salir, le asaltaba la duda, ¿de qué iban a plati-


car?
—Ya mi papá.
ni la friega .

— ¿Qué traes?
—Nada, que últimamente mi jefe anda de moralino
conmigo.
— ¿Pero...? De lo poco que me has platicado, no pa-
rece ser un moralino como dices, como el mío, que se la
pasa en la planta de Volkswagen, y cuya máxima aspi-
la

ración es el boliche dos veces por semana pretendió —


consolarla GC, comparando su ambiente familiar con el

de ella.

—Pues ya no sé qué es mejor, si un poco po-


jefe

litizado como el tuyo, pero que por lo mismo no le


busca las chichis a las hormigas, o un sesenta y ochero

15
arrepentido y neoliberalizado como el mío —condenó
Adriana, asombrando al amigo Según él,— . me tengo
que cuidar mucho, que no me puedo andar metiendo en
rollos de política, que todo es una mierda, que las cosas
no están como para que ande participando o apoyando
a nadie.

—Pero, ¿que pasó?


—En desayuno,
el tema de Chiapas y se me
salió el
ocurrió decir que no estaría mal apuntarme en una de
las caravanas que llevan ayuda humanitaria a los des-

plazados. Pues has de cuenta que les dije que me iba a


enrolar al Ejército Zapatista. Me aventó todo un rollo-
te, que si sólo hablo por hablar, que si no conozco corno

está la bronca, que me puede pasar algo, que él me lo


dice porque sabe de lo que habla, que si a su generación
se la madrearon más de una vez; creo que si le hubiera
dicho que me iba de prostituta no arma tanto oso.
— Lo que pasa es que...
— ¡Ni madres cabrón!, ahora resulta que vengo a
desahogarme contigo y me vas a salir con que estás de
su lado, no la jodas.
Genaro Cipriano supuso que el silencio era el mejor
de los resguardos ante los embates de Adriana. ¿Qué ar-

gumento valdría la pena usar para justificar a su padre?


¿De lado de quién ponerse?
— Ahora qué, ¿te vas a quedar calladote? Lo que de-
seo es que me entiendas y que me alivianes del encabro-
ne que traigo.
— ¿Crees que mentándole madre tu padre sen-
la a te

tirás mejor? — soltó GC, sorprendiendo Adriana, y a

antes de esperar cualquier respuesta — Enton- casi gritó .

ces, ¡QUE CHINGUE A SU MADRE!


La espontaneidad de GC hizo que Adriana levanta-

16 —
ra las cejas en actitud sorpresiva, dejando que el cho-
rro de la carcajada saliera como de una manguera de
agua, contagiándolo con las risotadas; hasta que apare-
ció Hilda Fernández, la amiga que parecía ser la agua-
fiestas oficial.

— ¿Qué pasa ustedes?


les a

—Nada, que primero me hace encabronar y luego


éste
con una puntada genial hace que se me olvide la muína.
—Y qué, ¿no piensan entrar Teoría de Comuni- a la

cación?
— ya vamos — indicó Adriana que adelan-
Sí, le se
tara— Quiero que una cosa que estoy escribiendo
.
leas

— soltó GC, cuando quedaron solos nuevamente,


le a
mientras se aventaba un clavado
\
al interior de su morral
en busca de algo —
Por alguna razón que puede que
.

tenga que ver con tu nombre, creo que eres la persona


indicada para echarle un ojo a mi escrito.
— ¡¿Ah — sí?! se sintió halagado.

—Como mi amor platónico es Tin Tan y re-


sabes,
sulta que a la fecha nadie, pero lo que se dice nadie, ha
escrito una biografía sobre él. Por lo que desde hace al-
gunos meses me dije: «A ver Adriana, quién mejor que
tú para reunir todo el material necesario y escribir algo
sobre el mejor cómico de México». Hay varios trabajos
sobre Cantinflas e incluso de Clavillazo, pero de Tin
Tan, que es superior a todos ellos, ni quien lo pele. ¿No
hay bronca si le echas un ojo?
La emoción tocó todas las fibras imaginables de Ge-
naro Cipriano; se sintió orgulloso de que Adriana le tu-
viera la confianza para permitirle leer su manuscrito so-
bre Tin Tan, quien no era de su agrado, sobre todo a
últimas fechas, después de saber que ella estaba profun-
damente enamorada del actor cómico.

— 17
— ¡Claro que no hay bronca! Aunque te advierto
que sobre Tin Tan no sé nada.
— Sólo quiero que leas lo que llevo escrito y que me
digas qué te parece.
Con cierta timidez Adriana sacó de su morral un so-
bre manila cerrado con diurex, que no correspondía a la

personalidad autosuficiente que ella siempre mostraba.


Genaro Cipriano extendió el brazo para alcanzar el ma-
terial al momento en el que ella volteaba para todos la-

dos como cerciorándose de que nadie les estuviera vien-


do, como si se tratara de una información confidencial
de la que nadie debiera enterarse. Con un beso en la me-
jilla se despidió, luego de gritar: «Mil gracias» y salir co-
rriendo rumbo al salón.
GC se quedó petrificado con el sobre en la mano, co-
mo si en ese instante se hubiese volteado el que va dando
la orden de mando en el juego de las estatuas de marfil.
Durante todo el día se le estuvieron derramando las

ganas por iniciar la lectura de aquel texto, sólo esperaba


el momento preciso que le permitiría tener la tranquili-
dad para sumergirse en él.

Pasadas las nueve de la noche Genaro Cipriano se


vio acompañado de aquel sobre manila con el escrito de
Adriana; en la oficina del periódico quedaban los suspi-
ros de la jornada; la publicidad ya se había remitido a
la ciudad de México. Se sintió dichoso de contar con un
lugar en donde poder leer sin interrupciones, le dio las

gracias a aquellas hojas que lo hicieron ganador de un


beso de la autora, el cual recordaba mientras se acaricia-
ba el cachete. Emocionado por la confianza, se dispuso a
sumergirse en la historia de Tin Tan.

— 18
EL BARCO DE LA ILUSIÓN
por Adriana

El banco de los sueños

De no ser aduana fronteriza, Ciudad Juárez,


por la

Chihuahua, habría sido un pueblo fantasma en 1927.


Había quedado atrás la gloria del histórico encuentro
entre los Presidentes de México y Estados Unidos:

Díaz Taft, realizado en 1909, lo que motivó que para
remodelar el edificio Aduanal se trajera desde Europa
el techo y la yesería. Lugar que años más tarde ocupa-

ría el señor Rafael Gómez Valdés al ser nombrado el

nuevo visitador aduanal, quién llegó con toda la fami-


lia para establecerse en aquella ciudad colindante con
El Paso, Texas.
Cinco años después, luego del arribo de la familia Gó-
mez Valdés Castillo, Rafael y Guadalupe batallaban con
los nueve hijos que eran ya para ese entonces. El ambien-
te de abandono de la ciudad no había cambiado mucho, a
pesar de la convivencia entre dos mundos; el del México
recién despierto, tratando de ponerse al corriente de las
novedades, y los Estados Unidos, cuyo imperio económi-
co habría dado su primer resbalón luego del crac del 29.
Durante mañana de alguno de los 31 días del mes
la

de octubre de 1932, Germán Genaro Cipriano Gómez


Valdés Castillo, con 17 años recién cumplidos, paseaba
bailarín por la calle Velarde, rumbo a la estación de radio
XEJ de aquella ciudad.
¿Cómo es que nace una estrella? ¿Pensará un mucha-
cho común y corriente en hacer locuras para que luego

19 —
queden plasmadas en la historia? De seguro el joven Gó-
mez Valdés no reparó en ello al momento en el que se le
acercó un perro callejero.
— Qui’ uvas, Firuláis —
le saludó Germán Genaro

Cipriano y le apapachó para distraer un poco la mono-


tonía de los días.
El animal husmeó en sus pantalones y ambos simpa-
tizaron de inmediato. La afinidad entre dos puede ser
simplemente parte de una casualidad y no de un guión
preestablecido. El perro, recién bautizado por Germán
Genaro Cipriano, enseñó la lengua demostrando su ne-
cesidad de afecto, concierne de que por lo regular ante su
búsqueda de comida lo único que encontraba eran pata-
das lanzadas hacia cualquier parte de su cuerpo, de ahí
que tuviera el olfato entrenado para detectar el peligro.
Al joven de nombre complicado le cayó en gracia el
animal; observó atento la baba que Firuláis derramaba
sobre la banqueta derruida y de inmediato le vino a la
mente el sabor amargo del pegamento de las etiquetas en
su boca, ya que en la radiodifusora desempeñaba, entre
otras, la tarea de pegar los marbetes a los discos.
—Tú y yo nos podemos echar manopla — la le dijo
sonriente perro — Yo
al voy conseguir algo
. te a pa’la
panza cambalacheándotelo por tu salivota, ¿sobres?
Firuláis pareció haber entendido el trato, se vio dis-
puesto a entregar su lengua por una causa noble que le

asegurase algo de comer. Al acariciarle el hocico, el ani-


mal dejó ver su lengua llena del líquido baboso.
—Ahora échale — ordenó Germán Genaro Ci-
llave

priano, conseguir que


sin obedeciera — Qué lo .
la cie-

rres,pues — momento en
le dijo, al que reanudó su el

paso rumbo a la radio, en compañía de su nuevo amigo.


Al llegar a la XEJ, el vigilante de la entrada observó a

— 20 —
Gómez Valdés con cierto desagrado, sin decirlo, su ros-
tro se preguntaba: «¿qué pensará hacer este loco con un
animal dentro de la radiodifusora?»
—Es un nuevo empleado —explicó el joven de ojos
grandes, antes de que el guardia complicara las cosas —
Es mi asistente —remató la frase al entrar en la radioes-
tación acompañado de Firuláis, y éste, muy seguro de sí,
como adivinando el modo de comportarse.
Germán Genaro Cipriano se acomodó en la mesa de
trabajo dispuesto a enseñar de una vez por todas el nue-
vo mecanismo de colaboración entre ambos. Le indicó
al perro el lugar en dónde echarse, para después tomar,

con una mano, una de las grandes etiquetas y, con la otra,

acariciarle el hocico a Firuláis. En ese momento el ani-


mal respondió como si supiera de antemano la lección.

— ¡Vientos! ¿Ya ves? Nos vamos a llevar muy de be-


renjena — exclamó joven antes de hacerle
el una de llegar
las galletas de marca gringa que se encontraba en la mesa

del café, la cual fue devorada con gusto por el animal,


sabedor de su buen comportamiento.
A su corta edad Germán Genaro Cipriano había si-
do ayudante de sastre y chalán en la compañía de luz,
pero ninguno de aquellos empleos satisfizo sus ambi-
ciones y por ello su padre terminó recomendándolo
con el señor Pedro Meneses Hoyos, precursor de la ra-
dio en Ciudad Juárez y dueño de la XEJ, para que se
pudiera incorporar a la plantilla de trabajadores de la
radiodifusora, atraído en gran parte por las ganas de
—como pusieran de apodo sus
querer cantar. La chiva le

compañeros de trabajo — esperaba una mínima oportu-


nidad para aprovecharla máximo; por
al ello, al fin se

sentía a gusto con su chamba.


¿Cómo se hace un artista?

— 21 —
Alguna tarde cualquiera el duende se coló por los ca-
bles de la radio para fortuna de La chiva.
— ¡Ya se fregó el micrófono! —fue la voz de alarma
que movilizó a todo el personal de la estación — Hay
que probarlo, rápido, fíjate si sale la voz... —aquella in-
dicación no fue dirigida para nadie en especial, pero las

La chiva por estar frente a él, hicieron que Ger-


ganas de
mán Genaro Cipriano se abalanzara hasta aquel lugar,
dejando a Firuláis mascullando los restos de una galleta.

«Muuuuujeeeeer, mujjjjjjeeeeerrrrrr diviiiiinaaa, tie-

nes vibración de gelatina en el andaaaaar...» Aquella


imitación de Agustín Lara provocó la carcajada de los
presentes, que se relajaron de la tensión que había causa-
do el desperfecto. Sin querer, la atención se centró en las
interpretaciones a voz en cuello que daban por igual el

tono más grave, como más agudo; sacando chispas de


el

las parodias sobre las letras del poeta popular, acompa-

ñando su cantar de un sinnúmero de gestos que hacían


más divertida su actuación.
—¡Ya está! Vamos al aire... —
Fue la orden que im-
pidió que La chiva continuara con su representación y
no tuviera más remedio que volver al lado de su ami-
go Firuláis, quien le esperaba ansioso para recibir otro
dulce premio.
— Que te presentes en la oficina de don Pedro —fue
la orden que recibió unos minutos después de haber de-
butado ante el micrófono descompuesto.
La figura del dueño imponía a todos los que labora-
ban en la estación. Aun cuando dejaba ver cierta flexibi-
lidad con el joven Gómez Valdés, por ser amigo de su
padre, hasta ese momento La chiva no sabía si la presen-
cia de Firuláis era el motivo por el que le mandaba a lla-

mar, o porque se había excedido en su broma al imitar al

22
maestro Lara, cosa que le podría traer problemas.
—Diga usté, pa’ qué le ayudo —expresó con desparpa-
jo, ocultando el miedo de la posible llamada de atención.
—Escuché aquello de vibración de gelatina...
—Fue una broma, señor. .

— ¿De dónde sacaste? lo

—Simplemente me ocurrió de tanto escuchar


se al

maestro Lara — dudó La chiva sintiendo cómo su ,


fres-

cura desaparecía.
— ¿Te sientes a gusto en el trabajo? — Inquirió don
Pedro.
—La mera verdura sismo, aunque eso de pegadora la

amargue un poco — Germán Genaro Cipriano


la vida...

iba a continuar cuando la puerta de la dirección general


se abrió lentamente y entró Firuláis, que se había esca-
bullido hasta aquella oficina, reclamando la presencia de
su amigo y protector.
—Pero tengo conocimiento de tu nuevo asistente,
para quién, por cierto, no habrá necesidad de asignarle
un sueldo, ya que supongo le vasta con las galletas del
café.

—No se preocupe, señor —titubeó La chiva ,


mien-
tras pretendía correr a Firuláis de la oficina por medio
de ligeras patadas que no atinaban a dar en el blanco.
—Creo que tienes un humor muy especial — inte-
rrumpió don Pedro — .
¿Te sientes capaz de hacerte car-
go de un programa cómico? —Al escuchar la propuesta,
La chiva Germán, Genaro, Cipriano, incluido el joven
,

Gómez Valdés, no supieron cómo actuar. Los ojos co-


menzaron a bailotearle como si tuvieran vida propia,
las pataditas que iban dirigidas a Firuláis comenzaron a

convertirse paulatinamente en un baile incontrolable lle-


no de emoción y alegría.

— 23 —
—Clarines, clarinete, clandestino que puedo —soltó
con todos los pulmones llenos de euforia, como si aca-
base de salir del agua exhalando el aire antes del aho-
go — ¿Cuándo quiere que empiece?
.

—Puede próxima semana, ve preparando mate-


ser la
rial,habrá que ponerte un nombre radiofónico y procu-
ra no perder la gracia —
recomendó don Pedro con tono
paternal, dando por terminada la entrevista con el hijo
de su amigo.
— ¡Záz cuáz! ¡Ya vainas, Firuláis!, yo que creía que
estaban a punto de correrme por tu culpa y ahora resulta
que hasta me serviste de amuleto —
le confesó La chiva a

su amigo callejero — . Ay manín, manín, yo que siempre


he deseado ser cantante y ahora estoy a un tris; lo que no
cacto es por qué mis cuadernos se ríen cuando entono
melodías melódicas, lo bueno es que tú no, ¿o sí? —El
perro observó de reojo a La chiva ,
tal vez presintiendo
que el nuevo empleo de su recién amigo no le brindaría
más el dulce manjar.
—No preocupeishon Firuláis, tu helpening para pe-
gar etiquetas será recompensada, aunque en la casa no
creo que te dejen roncar; ya veremos cómo resolvemos
lo espinoso del asuntillo para que no vuelvas a planchar

oreja en la calle.
La radio, con su infinita imaginación, se le abría co-
mo un mundo lleno de aventuras, improvisaciones, jue-
gos y chistes. Al joven Germán Genaro Cipriano Gó-
mez Valdés Castillo, se le presentó un camino cuya meta
final era la risa.

La chiva luciendo su pequeña barba, debutó con su


,

programa cómico, de parodias, imitaciones y entrevis-


tas: «Tin Tin Larará» salió al aire a la semana de haber

conversado con el dueño de la radio; la media hora ape-

24 —
ñas y alcanzaba para agotar la creatividad de La chiva ,

insistiendo con sus caricaturas sobre las canciones de


Agustín Lara.
— Que bárbaro Chiva, te estas ganando un diez, ¿de
dónde sacas tantas ocurrencias? —
Le cuestionó al ter-
cer programa el operador de la cabina radiofónica, quién
no dejaba de reír y festejar las bromas del joven Gómez
Valdés.
—Tú forgotear que el Topillero es el tramposo más
chipocludo de todos y para hacer reír sólo hace falta en-
señarle los maizotes a la vida y a uno mismo respon- —
dió muy serio el conductor, al momento que gesticulaba

y realizaba un pase de manos que le permitió quedarse


con unos billetes de a peso que su compañero había de-
jado encima de la consola para los refrescos.

Trae pa’cá chiva tramposa, que Tocinero ni que tus
calzonsotes, cáete con los dos pesos —
reclamó el opera-
dor, mostrando su fascinación por trabajar a su lado.
A menos de cumplir el mes con el programa, La chi-
va fue llamado por don Pedro nuevamente.

No la amuele chief, ya le estoy tomando el gusto
almicrobio y ahora ¿me quiere regresar a la etiquetada?

¿No wachea que ya despedí al Firuláis? —Entró rezon-


gando Germán Genaro Cipriano.

No entiendo nada de todo lo que dices, muchacho
— cortó en tono amable Pedro Meneses Pon aten- — .

ción, porque quiero ampliar tu programa a una hora;


pero vas a dejar de meterte con el maestro Lara, porque
en una de esas, te repites. Quiero que le des más juego
a las entrevistas, al chiste, que pongas música, que can-
tes otras cosas, que lleves al Topillo Tapas hasta donde

quieras. Porque de ahora en adelante te vas a quitar el


ridículo apodo de La chiva y te vas a llamar así: el Topi-

— 25
lio Tapas —abandonó el don Pedro para pal-
escritorio
mearle el hombro un par de veces —
Quién iba a pen- .

sar que te di el trabajo por hacerle un favor a tu padre y


ahora resulta que me estás redituando buenas ganancias
— le confesó.
—Híjoles don Fernando, eso no se lo van a creer en
mi cantón, ¿qué no ve que se la pasan hablando mal de
mí? Me injurian Juliana que siempre he sido muy travie-
so, que si doy harta lata; mi madre no para de repetir co-

mo disco rayado que no hay quién me aguante, y yo que


creo que la vida es puro choco chocolate chacote relajo

y risa.

—No te preocupes, afortunadamente hemos sabido


aprovechar tus cualidades.
—Eso dice usté porque no lo he colgado de los tiran-
tes de un árbol, como lo hice con mi hermano Antonio,
viera cómo wacheaba de chistoso pataleando en el ai-
se
re, hasta que llegó mi abuelita y entonces sí patas haber

quién las alcanza, porque esa escoba, cuando se lo pro-


ponía, bien que dolía en su flai.

Va a estar un poco difícil que a mí me puedas
colgar de un árbol, sobre todo porque tu abuelita no
anda por aquí cerca para hacerte ver la escoba; pero
mientras tanto decidamos cómo quieres que se llame el
nuevo programa.
—La mera verdura es que a mí me gusta mucho el
mar, no sabe cómo extraño aquellos paseos por Puerto
Progreso, cuando vivimos en Yucatancingo. Qué le pa-
rece que sea un barco que atraviese los mares de la risa,
del humor y del puritito relajo, —
don Pedro se comen-
zó a inquietar con el joven Gómez Valdés, quién ya ha-
bía llenado la oficina con una energía que poco podía
aguantar. En su emoción había recorrido todos los rin-

26
cones: saltaba, gesticulaba, movía las piernas y los bra-
zos como deseando traspasar los muros.
—Eres peor que una ilusión de vitalidad, mi querido
Topillo.
— ¡Eso don Juliano! Si el genio es usté, sólo que le en-
canta contar los negocios, pero ahí está el nombre, ¿qué
le parece «El Barco de la Ilusión»?, con el que vamos a

navegar, viajar, cumplir con toda la risa del auditorio. .

— ¡Basta! Elprograma es tuyo. Has con él lo que


quieras, pero ya déjame descansar que estoy mareado de
tanto verte bailar y brincotear. Ándale, ándale, prepárate
para salir al aire el próximo lunes y déjame descansar un
poco —tuvo que imponerse don Pedro ante la inquietud
desbordante del nuevo Topillo Tapas.
— Gracias, muchas gracias, no sabe qué bien va a sa-

lir, gracielas.

— ¡Vete ya! —alcanzó a gruñir el dueño antes de de-


jar del otro lado de la puerta la imagen delgada del joven
Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo.
— ¡Ttttuuuuuuuu Próoooximos a partir en El Barco de
la Ilusión! Váaamonooos! —todavía
¡
se atrevió a gritar de-
trás de la puerta del director el Topillo Tapas, llamando la

atención de todo el personal de la radiodifusora.


—Qué jais te traes, ¿por qué tanto grito? — Le detu-
vo al vuelo el operador de cabina.
—Nada carnalito, que a partir del próximo lunes tu
vas a ser el contramaestre del nunca olvidado Barco de
la Ilusión; yo al frente del timón, tú elevando velas, va-
mos a surcar los océanos de la imaginación como nunca,
nunca, manquísima se ha oído.
— ¿Estás loco? — Preguntó el operador, para dar-
se tiempo a comprender la atropellada voz del nuevo
Topillo Tapas.

27
—Más que loco, todas las locuras posibles se van a
convertir en la ilusión de la navegación y never jamás
La chiva chivata chivatera, para ser desde hoy, atenshión
pliss, el Topillo Tapas, por órdenes de su Majestad Me-
neses —concluyó con una reverencia.
A partir de entonces, la tranquilidad de Ciudad Juá-
rez, que a veces se veía quebrantada con la llegada de visi-
tantes norteamericanos o campesinos sin tierra, quienes
pretendían fincar su futuro al otro lado de la frontera, se
vio atravesada todos los días de cinco a seis de la tarde con
la voz del Topillo Tapas y su Barco de la Ilusión, el cual
no dejaba de elevar las velas cada tarde, para emprender
viajes inimaginables a un sinnúmero de puertos de la risa.
El éxito del programa radiofónico se vio refrendado
con la llegada de nuevos patrocinadores de Ciudad Juá-
rez, así como por varias empresas de artículos norteame-
ricanos que comenzaban a entrar por la frontera.

El público se maravillaba con los chistes del Topillo


Tapas, que seguía siendo La chiva para el personal de
la radio, quien asumía poco a poco el lenguaje de los fa-
mosos pachucos, aquellos mexicanos que vivían del la-
do norteamericano y que se negaban a olvidar del todo
su lengua de origen, intercalando el inglés a una manera
muy particular de hablar el español: el spanglish.
Los diversos oficios en los que había incursionado el

Topillo le permitían recrear historias, un día podía ser


guía de turistas, al siguiente chismorreaba con su jefe el

sastre ousaba su voz para imitar todo tipo de ruidos y so-


nidos. Su gran capacidad para la improvisación y el chiste
siempre le ayudaron frente al público radioescucha; igual
que su excelente voz para canto y la parodia llevaban
el

al personaje radiofónico, y su barco, a cualquier ilusión,

convirtiendo la radio en el sueño de la imaginación.

28
El 18 de marzo de 1938 al Topillo Tapas se le inte-

rrumpió la transmisión de su Barco de la Ilusión. Por


órdenes de la ciudad de México, todas las radiodifuso-
ras del país deberían enlazarse para que se escuchara el
mensaje del Presidente de la República, el general Láza-
ro Cárdenas. Y
mueca de disgusto del Topillo Tapas
la

no se hizo esperar, ya para entonces no había peor cosa


para el experimentado y famoso conductor de radio que
el Barco de la Ilusión se quedara en el puerto, anclado,
sin poder zarpar.
Se quedó en la puerta del estudio conversando con
los actores y el gerente de una compañía de artistas que
andaban de gira por Ciudad Juárez, de la cual se encon-
traba al famoso ventrílocuo Paco Miller; para
frente el

quienes abordar el Barco de la Ilusión con la idea de ha-


cerle publicidad a su espectáculo cómico-musical había
quedado en naufragio.
—Me va a disculpar de momento don Pacorro, pero,
por órdenes del más allá, hoy no va
programa a flotar el

— se disculpó el Topillo Tapas ¿Qué le parece si ma- — .

ñanita nos vemos a la misma hora y nos echamos una


cotorriza como la de los cotorros verdes que habitan
por el sur?
El empresario se imaginó que algo fuera de serie su-
cedía, no era común que las estaciones del país suspen-
dieran su programación normal para dar paso a un aviso
presidencial. Fue entonces cuando la voz imponente del
general Cárdenas anunció su determinación de llevar a
cabo la expropiación petrolera.
—Újule mis paisanos, ahora sí que los güeros del
otro laredo van a rechinar de rabia —expresó el Topillo
ante el grupo de artistas que todavía se encontraba en la

estación, provocando la risa de varios.

29
—Ni lo diga, próxima semana vamos para los
que la

Ángeles, California, y deseamos tener éxito por aquellas


tierras —
se lamentó de inmediato el empresario.

— Uuuuyyyyy mis carnales, pues más les vale ir pre-


parados con tierra y lodo, porque de que ya tronó, tronó,
—continuó su sentencia Topillo. el

— ¿Qué hace usted además de radio? —Se interesó la

eneseinstante empresario el Miller.


— Con esto de mi barco tengo y me sobra para cantar,
bromear, actuar, imitar y lo que se pueda; también de vez
en cuando bailo, pero eso sí no lo disfrutan los radioescu-
chas, ahí sólo se agasajan mis compañeros de la estación,

y viera cómo me aplauden.


— ¿Le gustaría actuar con nosotros? Propuso sin —
más el empresario ecuatoriano —
Para serle sincero, al .

llegar aquí me informaron que el cómico Are Chida no


puede entrar a los Estados Unidos.
— ¿Qué es Are Chida Cárdenas? Bromeó el locutor. —
— Según dice, es ciudadano norteamericano y como
no ha hecho el servicio militar, puede ser detenido. No
sé qué tan cierto sea, para mí que por estarle entrando
últimamente a la marihuana... —
Paco Miller se dio un
tiempo para continuar hablando —
Incluso su compa- .

ñero Luján también me dijo que es usted muy buen có-


mico.
—Ah, qué lujancín, lo que pasa es que le gusta como
bailoteo, le digo que sólo mis compañeros aprecian mis
pasos de charlestonia. Pero a todo esto, ¿qué peros le po-
ne a la verde? si dicen que es muy buena pa
5

la riiiiuma.

¿Cuál sería el asuntacho?


— Que nos acompañe en la gira que iniciamos la próxi-
ma semana por el otro lado.
— ¿Pero así nomás solitooo? Noooo, don Paquín, por

— 30
qué no me pone a alguien para que me ayude con las

cubetadas y para que se divida entre dos los silbidos y


las menciones a la jefecita... Digo, por si nos sale mal el

chouuuu. . . —El Topillo Tapas alargó los labios levantan-


do el bigote, para demostrar que la propuesta del empre-
sario le interesaba.
Los gritos de apoyo al Presidente Lázaro Cárdenas
comenzaron a escucharse en todas partes, interrumpien-
do el diálogo entre el conductor de radio y el empresario.
—¿Le cuacha que nos veamos mañana para que le
cumpla la entrevista y afinamos bujías? De príncipe
azul, mi motorcito parece decir que sincho decidien- —
do así el Topillo Tapas, dueño de los micrófonos de
Ciudad Juárez y capitán del Barco de la Ilusión, zarpar
a otros puertos.

Al día siguiente de la expropiación petrolera, el To-


pilloTapas llegó vestido con un pantalón bombacho y
pliegues en la cintura, un saco largo que le cubría hasta
la rodilla,de amplias solapas cruzadas y grandes hom-
breras, y una cadena que asomaba por debajo, dibujan-
do una elipse hasta su pantorrilla; el sombrero de fieltro
a la Bogart, rematado con pluma de avestruz, por últi-

mo, la corbata ancha que le colgaba del cuello. De inme-


diato la imagen llamó la atención de los compañeros de
la estación radiofónica, el Topillo Tapas se sabía especial

y su caminar le dio el toque mágico a todo el atuendo


que varios habían visto en los pachucos del otro lado de
la frontera.
— Quihubas tú, mi pachuco Topillo — lo recibió a la
entrada el fiel operador de cabina.
— Qué jaibas carnal, ¿ya me wacheaste?, puekx date
lax trex, porque será de las contadas oqueishons que ten-
gas pa’ disfrute de tu retina, que me voy con el Millas.

— 31 —
—No haga le carnal, ¿quién va a tripular ahora el barco?
—Ahí dejose los pa’ que lo anclen o lo hundan.
—Sabes de a’perdis, ¿de dónde son los pachucos?
— Inquirió el operador como revancha ante el desplante
del Topillo, quién, seguro de sí, decidía abandonarlos.
—Niágara, pero si tulipán condimento agrio, desem-
bucha que boinas por la carambola —exigió el nuevo
pachuco.
—Cuenta mi jefe, dizque un paisano de él, Ramiro de
la Rosa Hernández, huyó para los Ángeles desde muy cha-
vito. Que era muy giro el chavo aquel, bueno pa’ los trom-
pones, nunca se dejaba de nadie y le daba harto corajín que
los güeros se aprovecharan de los mexicalpeños, por lo que

organizó una flota bien gruesa que se dedicó al revoloteo


en serio. Que les encantaba caer en las fiestas vestidos con
esos sacos largototes, más su sombrero y la cadena, que
también les servía de vez en cuando para estrellársela en la
jeta a los pecosos; todo pa’ verse bien acá y andar hablando
entre el y el espangle.
inglish
— ¿Y de dónde es su jefe pué?
— ¿Cómo que de dónde mi buen? De la bella airosa:

Pachuca.
—Aaaahhhhh... — El recién estrenado abrió la boca
hasta que se le miró la campanilla.
—Me extraña, Topín, ahora de pachuco. Aguas, por-
que al de la pura neta se lo llevaron al tanque y allí lo

acuchillaron, pero la protesta sigue en la ronda.


— Pero qué me arañan los trapos ¿Eeeeeehhhhhh?
tal

— Modeló el Topillo, al momento en el que llegaba Paco


Miller a la estación de radio.
—Topillo, te presento al que puede ser tu compañe-
ro de chiste.
— Qué paso señor Miller... Para hacer chistes, por-

32
que así como dijo de chiste, mejor diga que parezco cari-
catura —respingó de inmediato el hombre alto y regor-
dete que acompañaba al empresario, quién dejó ver sus
entradas de la cabeza cuando se quitó el sombrero. Su
manera de expresarse, más bien educada, predispuso al
Topillo sobre cómo alternar en la broma con su nuevo
compañero de trabajo.

Marcelo Chávez, mucho gusto se adelantó al —
empresario, ofreciéndole la mano a Genaro Cipriano.

Uy carnal, tendrás que alivianarte, porque de pro-
ponérnoslo igual y logramos hacer corto circuito des- —
tacó de inmediato el locutor —
Pero éntrenle, que se
.

nos hace tarde — les invitó a pasar al estudio para llevar


a cabo la entrevista, en uno de los últimos viajes del Bar-
co de la Ilusión.

El Topillo y Marcelo no contaron con suficiente


tiempo para poder montar su número cómico antes de
partir para los Estados Unidos. El primero tuvo que de-
jar arreglados algunos pendientes. Y el segundo, se ha-
bía desempeñado hasta entonces como el responsable
de la administración de la compañía y tenía que entregar
las cuentas. Marcelo ya había sido patiño de varios có-
micos, incluida alguna presentación con Cantinflas, pe-
ro acoplarse a su nuevo compañero requería cierto es-
fuerzo. Al Topillo Tapas se le presentaba un poco más
fácil la situación, ya que simplemente le dijo adiós a uno
que otro querido y se echó a andar a la aventura, to-
ser
do sería nuevo para él, ¿qué podía perder?
La gira comenzó en los Estados Unidos, y a pesar
de que los novatos ponían lo mejor de ellos mismos,
no fueron del agrado del público. Lo exagerado de los
movimientos del Topillo saturaban el escenario; por su
parte Marcelo llegaba a tardarse más de 10 segundos

33
en seguirle el paso a su compañero. Se notaba la falta

de coordinación para conseguir el chiste y la risa del


público.
Un día, a mitad de la gira por los Estados Unidos, se
reunieron los hermanos Miller para hacer un balance de
la compañía.
— Los nuevos cómicos simplemente no funcionan,
llevamos un par de meses y en ciertas funciones dan más
ganas de llorar que de reír con su actuación se quejó —
Maulmer ante Paco.

Lo sé, pero tenemos que aguantar ¿con quién quie-
res que los suplamos ahora? —Acotó Paco, sintiéndose
responsable por la pareja de novatos — Tal vez tenga.

que ver la vestimenta del Topillo, que no se te olvide que


la imagen del pachuco poco aceptada de este lado de la
es

frontera — intentó justificar, para que su hermano acep-


tase darles otra oportunidad.
—Ni qué hablar, pero de regreso a México, si no me-
joran, habrá que tomar una decisión al respecto —fue la

sentencia que dejó Maulmer ante su hermano.


Con la intención de levantar el número de los cómicos,
Paco Miller sugirió que los acompañara una joven bailarina.
—Disculpen señores, ya conocen a la señorita Meche
Barba; desde ahora ella va a actuar con ustedes — inte-
rrumpió el empresario la sesión de trabajo entre Marcelo

y Topillo.
— ¡Ayyy mi cielo precioso!, pero mira nada más
Marcelo, el regalazo que nos acaba de hacer don Paco-
rro. Es más, señor, ¿por qué no se lleva al tieso éste y
me deja nada más con ella? —El Topillo de inmediato
aceptó la propuesta, por su parte Marcelo un poco más
sereno, sospechó que algo no andaba funcionando del
todo bien.

34
Para el estreno del baile, el Topillo no pudo ocultar
su nerviosismo minutos antes de subir al escenario.
—Pero, ¿qué acaso no bailas bien? —Pretendió tran-
quilizar Meche el baile de manos que el Topillo traía pa-
ra aminorar el pánico escénico por la coreografía mon-
tada.
— Sí, mi reina del alma, pero no es lo mismo moverte
así nada más, porque quieres hacerte el payaso, a preten-
der que te salga veri faiiin ante un público que ha pagado.
—Mira Topillo, tú sabes hacerlo, has de cuenta que
estás echando no pretendas recordar de memo-
relajo,

ria todos los pasos que ensayamos, simplemente mué-

vete como te dé la gana. Siente la música como siem-


pre lo has hecho y punto argumentó la bailarina pa-—
ra tranquilizarle.
—Ay, no podré hacerlo.
El...ena, sé si

—Me llamo Meche, no Elena.


— Lo que pasa es que te pareces al enaaano, de lo chi-
quitura que estás. . . —terminó por decir el Topillo cuan-
do las primeras estrofas de la música comenzaron a so-
nar indicando que debían entrar a escena.
Aquella noche de regreso Marcelo, Topillo y
al hotel,

Meche caminaban tranquilos con sus cinco dólares en la


bolsa como pago por su actuación, sin mayor preocupa-
ción que la de ser estrellas, por lo que el Topillo hizo que
se detuvieran frente a la marquesina de un cine que se

encontraron a su paso:
—Algún día tendrán que estar nuestros ñames colo-
cados ahí — señalando
dijo, las luces que anunciaban a

los actores de la cinta que se exhibía.

—Está bien soñar Topillo, pero creo que andamos


fallando en algo, por eso ahora que regresemos a Méxi-
co, como la primera parada de la gira es en Guadalajara,

35
pienso mostrarte algunas canciones que he compuesto,
para que las estrenemos —confió Marcelo sin abun-
allá

dar en sus sospechas sobre el porqué de la actuación de


Meche.
—Ya bairolas carnal, pero no forgeten que lo últimu-
cho que podemos perder es el barco de la ilusión. .
.
¡Que
caray! —Soltó Topillo el grito a media noche, ignorando
que los empresarios no confiaban del todo en ellos.

36 —
5

GC estaba fascinado con la lectura del texto de Adriana,


el título se le había hecho genial: «El Barco de la Ilusión»
-

— ¿Me permitirá algún día subirme a su cubierta? —Di-


jo en voz alta, tomar conciencia de la hora que
antes de
era. El silencio de la madrugada le hizo caer en la cuenta

de que podía irse a su casa, ya que aun cuando se roba-


ran la catedral, la información no tendría cabida en la
edición de aquel día. En un par de horas más aparecerían
los repartidores para recibir el periódico de la ciudad y
comenzar su distribución.
Durante el trayecto a casa, Genaro Cipriano fue tes-
tigo de cómo la Angelópolis dormitaba, mirando por la
ventanilla del taxi que lo transportaba. A pesar del can-
sancio, que comenzaba a manifestarse, llevaba consigo
intensas emociones.
Germán Genaro Cipriano, soy tocayo en dos terce-
ras partes, pensó, sintiéndose agraciado de llevar dos de
los nombres del ídolo de Adriana. El interés por aquel
actor cómico se abría paso, la sensación de que había
desperdiciado mucho tiempo por no estar al corriente
con las películas de aquellos tiempos se ubicó entre sus
nuevas angustias.

37 —
La época de oro del cine nacional se le había hecho
hasta entonces como parte de un pasado melcocho, em-
palagoso y hasta panfletario, que pertenecía a un tiempo
cuyos tentáculos poco tenían que ver con la realidad que
vivía.

Todavía cuando dejó que su cabeza se hundiera en la

almohada, como si ésta se desenchufara del resto de su


cuerpo, le quedaron bailando las anécdotas de su toca-
yo, de las que acababa de enterarse gracias al escrito de
su amiga. «Pinche loco tan buena onda», recordó al día
siguiente.
La desvelada no impidió que Genaro Cipriano se le-
vantara dispuesto a ir a la Universidad. Durante el reco-
rrido hasta el centro se sintió acompañado de caras en-
fadadas tal vez por la jornada que empezaba; de pronto
una voz crispó sus sentidos.

Súbete mi buen, perderse en las ilusiones es de
lo más riqui — doki —creyó haber escuchado y volteó
para todos lados, llamando la atención del resto de los
pasajeros — . No descobijes tocayín —volvió a presen-
tarse la voz, incomodando a Genaro Cipriano, quién
para entonces contaba con todos los pares de ojos ahí
reunidos pegados sobre su cuerpo y extrañados por su
comportamiento.
— Qué carnalín tan tinocentón, hasta pareces tierno-
choforo, muy balín
eres con cara cháfete —
balincete, el

desconcierto que sintió GC lo llevó a bajarse en la si-

guiente esquina. No sabía de dónde venía aquella voz,


al principio creyó que algún conocido le estaba jugando
una broma, pero luego de sentir aquellos ojos fiscalizan-
do su trastorno pidió la calle como único escape posible.
—Pocas chances hay pa’ zarpar, tu sabrás, sábanas
sancochadas —
le retumbó de nueva cuenta aquella voz.

— 38
Genaro Cipriano se quedó parado por unos instantes
sobre la Cinco de Mayo.
El malestar que le provocó la voz se fue diluyendo,
mientras GC se quedaba viendo hacia un punto en el in-
finito de aquella vialidad.
Pasados algunos minutos decidió reanudar su trayec-
to a pie. Se dio cuenta de que por el tiempo que había
perdido no llegaría a la primera clase; caminaba serio,

simplemente no dejó que ningún pensamiento ocupara


aquella sensación, pasó como zombi por la corresponsa-
lía para recoger la edición del día, para de ahí ir a uno
de los cafés del centro a desayunar. «O es hambre o la

desvelada», se consoló antes de revisar la información.


La incertidumbre por lo vivido no se despejaba del to-
do. ¿De dónde provenía aquella voz? se preguntaba una

y otra vez. Creyó recordar una obra de teatro de Woody


Alien en la que Bogart se le aparece al personaje principal.
¿Sueños de un seductor? Dudó si ese era el título.
«Eso sólo le puede pasar a Woody Alien», dijo en
voz alta, llamando la atención de los comensales.

Ssssshhhh, mejor baja la voz que te están clachan-
do todos, ahí tú salamandras, ésta es la primera llamada
— escuchó una vez más Genaro Cipriano. No quiso si-
quiera moverse, sabía que no se trataba de alguien que
estuviera cerca, no deseaba llamar más la atención de los
vecinos, como le había sucedido en el microbús. Preten-
dió contestarle a voz con sus pensamientos, pero por
la

más que se esforzó, no obtuvo respuesta.


Su mirada aterrizó en el reloj de pared del estableci-
miento, eran ya cerca de las diez de la mañana; pidió la

cuenta, decidió disfrutar de un paseo por el centro de la

ciudad antes de llegar a la Universidad, lo que menos le

preocupaba en aquellos instantes eran las clases.

39
Atravesó los portales escudriñando entre los pasean-
tes, entre las mesas llenas de curiosos; los comercios
apenas y levantaban sus cortinas, lo moroso del nuevo
día dificultaba a los vendedores deshacerse aún de las
lagañas. Sin saber a qué hora, se vio enfrente de la tienda
donde se exhibían todo tipo de obsequios. Se quedó pa-
rado, observando los rostros de los diferentes monos de
peluche que pretendían despertar la ternura del destina-
tario. No hubo mono que le convenciera de llevárselo
a Adriana. De nueva
cuenta entró y revisó todas las mi-
niaturas, los utensilios y hasta invirtió tiempo en leer las
frases: «los mejores amigos son para siempre», «recuer-
da que lo más importante eres tú», «lo invaluable de tu
amistad me amas a alguien,
permite ser millonario», «si

díselo», fue la frase que se le quedó danzando por la


mente, lo recitaba una Mafalda de cuero convertida en
llavero.
Mafalda debe ser su personaje favorito, se dijo a sí
mismo, pensando en Adriana.
Sin permitir que la duda lo mantuviera por más tiem-
po inmóvil, solicitó el llavero y lo pagó; ya sin la pesadez
de la ocasión anterior.
Antes de salir de la tienda se guardó la Mafalda en la

bolsa del pantalón y la comenzó a acariciar por un buen


rato, pensó en las generaciones que habrían crecido bajo
la influencia Mafaldesca. Precisamente acababa de leer
una entrevista con Quino, en que relataba que la ad-
la

miradora de los Beatles había nacido en 1966, por lo que


no pertenecía a su tiempo, aun cuando fuese idolatrada
por un gran número de compañeros suyos. Se concentró
tanto en aquellos pensamientos, que ni siquiera recordó
la frase que traía grabado el llavero.

Al llegar a la Universidad se topó con Adriana.

40
—¿Dónde has estado? ¿Por qué no llegaste a clases?
—Cubrí guardia en periódico y me quedé dor-
la el

mido — mintió.
—¿Y. —Soltó Adriana, refiriéndose su
. . ? pe- a texto,
ro sin querer mencionarlo.
—Ya lo comencé, está suave, precisamente te traigo
un regalito por escribir tan bien — se atrevió Genaro Ci-
priano, dejándose llevar por la fantasía que sentía se ha-
bía apoderado de él.

—Tú que no has visto ni madres de las películas de


Tin Tan, con lo que llevas leído, ¿te invita a ver una de
sus cintas?
—Aunque no lo creas —remató GC mientras sacaba
del bolsillo el llavero, extendiendo la mano cerrada has-
ta Adriana.
Una vez que ella tuvo el llavero entre sus manos, fue
cuando le cayó el veinte de lo que decía, pero no podía
echarse para atrás, había actuado de manera inconscien-
te; si lo hubiera pensado un poco, se hubiera arrepenti-
do, quizás por ello dejó que fluyera de manera irracional
su actuación.
— ¡Es Mafalda, muchas gracias! —expresó Adriana
emocionada al descubrir la imagen del llavero.
Los nervios comenzaron a ganar terreno ante la ecua-
nimidad con la que había venido actuando GC; afortu-
nadamente para él, nunca faltaba Hilda para salvar la po-
sible inundación de sus manos.
—A ver si se apuran que ya es tarde — gritó autorita-
ria la amiga, obligando a que se encaminaran al interior
del salón para asistir a la última clase del día.
Genaro Cipriano pensaba en todo menos en lo que
se discutía en el aula hasta que el maestro lo trajo de re-
greso solicitando su opinión acerca del tema. Este, co-

— 41 —
mo acabara de despertar, apenas y
si pudo cerrar y abrir
varias veces los ojos para ubicarse.
— ¿Que qué sabes acerca del SIDA? —Repitió el

maestro para que GC terminara de aterrizar, ante la risa


discreta del resto de los compañeros.
— ¿Esteee...? Pues que es una de las enfermedades
más gruesas.
— ¿Cómo se contagia? — Inquirió el profesor mo-
lesto por la distracción de GC.
— Por contacto sexual o por vía sanguínea — atinó a
responder sin saber dónde esconderse.
Varias de las opiniones de otros compañeros del sa-
lón habían escandalizado almaestro y creyó que Gena-
ro Cipriano le ayudaría a contrarrestar comentarios co-
mo el de la compañera, que aseguraba que SIDA po- el

día contagiarse por el simple piquete de un mosquito o


usando la navaja de rasurar de alguien contagiado.
Al no contar con su apoyo el maestro irrumpió mo-
lesto por la simpleza con la que se tocaba el tema.
—Ustedes creen que no les puede pasar nada y ha-
cen bien, porque a su edad se puede uno comer el mun-
do a bocanadas, pero tienen que estar muy atentos jó-
venes. Para su desgracia no es como en otros tiempos
en los que se luchaba por acceder a una relación sexual
sana y sin prejuicios, en su caso el SIDA es un problema
de salud pública, si no están seguros de que la persona
con la que van a realizar el acto sexual está completa-
mente sana, es imprescindible el uso del condón.
La risa mustia e incómoda de varios de los alumnos
no se dejó esperar, pocos entendían la preocupación del
maestro, su intención por hacerles ver de lo mal infor-
mados que estaban sobre un tema elemental y riesgoso.
—La satanización de este mal tiene mucho que ver

— 42 —
con que está involucrada la sexualidad humana como
vía de contagio, es uno de los motivos por los que
se escandalizan las conciencias e incluso ustedes suel-
tan bromitas incómodas sobre el tema. Se le considera
una dolencia sólo para homosexuales y precisamente
en eso radica el error, cualquiera de los aquí presentes
está en riesgo de ser contagiado, como lo estaría por
cualquier otra enfermedad. ¿Quién de ustedes ha to-
mado las precauciones necesarias antes de ir a la cama
con alguien?
Un silencio se apoderó del salón, nadie se atrevió a
responder.
—No me digan que ninguno de presentes ha los teni-
do relaciones sexuales —volvió con tono provocador.
—Eso que no sí voy se los a creer, las estadísticas
dicen que esta generación comienza a tener actividad
sexual a partir de los 15 años, claro está, no en todos los
casos, pero de manera general sí.

Nuevamente las sonrisas nerviosas afloraron en las

caras de la mayoría de los alumnos, nadie se atrevía a


declarar sus intimidades.
GC pensó en el número de veces en las que había te-
nido sexo, pensó que por ser de los más grandes del sa-

lón el maestro esperaba que pusiera el ejemplo, contan-


do sus experiencias. El recuento no fue difícil, realmen-
te su vida sexual no era tan exitosa, incluso le sobraron
dedos de una mano después de hacer el recuento.
Lo que le inquietó fue suponer la vida sexual de
Adriana. ¿Sería virgen todavía?
— La primera vez te marca —recordó que alguna de
sus compañeras de la preparatoria le había confesado,
ya que sabía de antemano que en el caso de los hombres
era diferente.

— 43
— Lo que quiero que entiendan, jóvenes, que de- es

ben tomar conciencia de lo importante del tema como


para dejarlo a broma. Realmente ustedes están jodidos,
se les clasifica como generación equis, que no se com-
prometen con nada, no crean que están a salvo, que es
la clásica forma de pensar, siempre se supone que lo

malo le pasa a los demás. Bueno, Nintendos, nos ve-



mos la próxima clase finalizó sarcástico el profesor.
El tema convocó a la discusión al salir del salón, a
todos les rondó por las neuronas lo expuesto.
—Éste está güey, ¿por qué todos han de insistir en
la onda de que somos los equis? Esa no es más que una

mafufada de los pinches gringos —


refutó Adriana al
toparse con GC.
Por su parte él tenía una obsesión más en la que
pensar, ¿ya habría tenido relaciones sexuales Adriana?
Al estar frente a ella se percató de su idiotez. ¿Cómo
se le ocurría pensar en eso de una mujer? ¿Más aún
de la chava que le gustaba? La idea se le atragantó en
el estómago, sintió en la garganta las palpitaciones del
corazón.
— ¿Qué no sabe el tarado de la participación de los
chavos para detener la guerra en Chiapas? Creen que
somos una bola de pensamos
irresponsables, que sólo
en la forma de reventarnos, que no tenemos concien-
cia, que sólo ellos pueden escribir la historia con sus

rollos sesenteros —Adriana echaba chispas, su indig-


nación desbordaba a GC.
—No tienes SIDA ¿verdad? — Le atajó él, detenien-
do la avalancha de reproches que pregonaba ella.

— Sí güey, y con un beso en el cachete te voy a


contagiar —reviró ella sonriente — .
¿Qué llevas leído?
— Quiso saber.

— 44 —
—Voy en las punto de termi-
dudas de Marcelo, a
nar la gira por Estados Unidos. No me digas que los
corren de la compañía de... ¿cómo se llamaba el em-
presario?
—Paco Miller, sonso, y para qué quieres que te lo

cuente, o qué; ¿ya no lo quieres leer?


—Cómo crees, si me dejaste bien picado.
—Eso que tú desearías tan ton tín
es lo cortó la —
conversación Adriana con su tono seductor. GC no
entendió la broma de su amiga, creyó que tal vez la

referencia tendría que ver con el mensaje del llavero,


mientras la veía partir.
El hambre hizo acto de presencia en Genaro Ci-
priano, así que decidió comer unas cemitas antes de ir-
se alperiódico y así aprovechar para continuar leyen-
do entre mordida y mordida. Deseaba saber lo que le
sucedería a los artistas.

Pachuco, pacheco, pachuqueando

La gira por los Estados Unidos concluyó sin pena ni glo-


ria, Guadalajara sería la entrada de la compañía de regreso

en territorio nacional; a pesar de todo se anunciaba exal-


tando que había obtenido grandes triunfos en el país del
norte. Aun cuando Maulmer no había vuelto a manifestar
su descontento con el Topillo y Marcelo, una vez llegan-
do a tierra azteca cualquiera podría sustituirlos.
— Pásele, pásele don Paco —invitó Marcelo al empre-
sario para que entrara a su camerino, faltando un par de

45
horas para la inauguración del espectáculo en la ciudad
que ya para entonces era conocida como la Perla Tapatía.
—Sólo le vamos a robar unos cuantos minutos, quie-
ro que escuche estas canciones que hemos preparado
aquí el Topillo y yo, pensamos que pueden resultar para
nuestro número.
Paco Miller, condescendiente con los dos cómicos, se
acomodó en una de las sillas frente al espejo rodeado de
focos, dispuesto a presenciar la inquietud de sus artistas.
En cuanto la melodía salió de la guitarra de Marcelo, el

Topillo comenzó a interpretar una canción con todo ti-

po de entremezclando tonos conocidos y otros


falsetes,

de su invención, así como varias palabras de lo que ya


para entonces se conocía como spanglish.
— ¡Basta! —Interrumpió el empresario, cuando ter-

minaron su actuación. La cara de ambos se convulsionó


después de la cortante palabra.
—Déjenme verlos en escena; en principio me gustó y
mucho. Supongo que usted las va a amenizar con sus pa-
sos de swing que tan bien le salen remarcó, dirigién- —
dose al Topillo.
—No hemos pensado en coreografucha, pero si Que-
rétaro, ahí le improviso un dancing.
— Y por qué hasta ahora
¿ ocurrió se les este número?
—El spanglish no muy bien vistoes al otro lado del
Bravo, don Paco, además, de por sí la imagen de pachu-
co de mi carnal aquí presente nunca cayó muy en gra-
cia, imagínese usted si todavía atizábamos el fuego con
este tipo de canciones. Creemos que va a ser otra cosa en
nuestro país — se adelantó a responder Marcelo, antes de
que el Topillo tomarapalabra y rompiese
la la magia con
la que habían envuelto al empresario.
—Adelante pues —soltó animado el jefe antes de

46 —
abandonar el camerino.
«Tercera llamada... ¡Comenzamos!» Se escuchó el

sonido en el teatro, las luces y la música avisaron al pú-


blico que abarrotaba el teatro Aldama de Guadalajara
que el espectáculo, la risa y la diversión daban inicio.
Inmediatamente después del desfile de todo el elenco
de la turno a Topillo Tapas y Marcelo
compañía, tocó el

de realizar su número; para el final de la segunda de las


interpretaciones Maulmer, quién desconfiaba de ellos, se
doblaba de la risa, teniendo que aguantarse las ganas de
explotar en carcajadas porque estaba detrás de una de las

piernas que daban al escenario; el público de igual mane-


ra hacía eco a las risotadas. Fue tal el éxito de sus tres in-
terpretaciones que al terminar la gente aplaudía y aplau-
día.El telón se cerró y se abrió en más de media docena
de ocasiones. Cada vez que Marcelo y Topillo volvían al
escenario para agradecer el aplauso, el segundo llevaba
a cabo alguna de sus actuaciones, brincoteando, hincán-
dose, gesticulando, bailando con los brazos en alto al es-

tilo español, convocando a que la gente respondiera.


Tuvieron que repetir la última de las canciones, Paco
Miller desde su lugar festejaba el haber permitido inau-
gurar aquel acto. Los aplausos no cedían luego de que
por segunda ocasión habían tenido que cantar la tercera
de sus melodías.
— Y ahora que hacemos carnal? —Preguntó con ca-
¿

ra de angustia, elevando el labio superior y provocando


que el pequeño bigote, que ya para ese entonces usaba el

Topillo, bailara de forma singular.


—Salgan de nuevo, canten otra vez la última canción
—ordenó don Paco.
— ¿Qué? ¿No se dio cuenta de que ya lo hicimos?
—Atajó Marcelo.
— 47 —
—No importa, ¿no ven que el público está enloque-
cido por ustedes?
De nueva cuenta se abrió
telón y el Topillo apare-
el

ció en escena aparentando fatiga de tanto aplaudir, el to-


no de las palmas volvió a subir de volumen, varios gri-

tos de bravo animaron la figura del pachuco, que fingía


agotamiento. Marcelo comenzó a rasgar la guitarra con
la repetición de la última canción ensayada, en su tercera
interpretación de la noche.
— Que no se te olvide que yo fui el responsable — se
acercó Paco a decirle a Maulmer al momento en que los
cómicos agradecían los aplausos recibidos.
Topillo Tapas y su carnal Marcelo, como ya se les
venía conociendo a últimas fechas, por la insistencia
con la que el primero se refería para con el segundo,
nunca imaginaron poder leer tan pronto una crónica en
algún diario sobre su actuación, pero así fue con la edi-
ción de El Informador del día siguiente. Con un llama-
do en la primera página, se encontraba la referencia a
la extraordinaria capacidad del dueto para provocar la

risa del público. Ambos adquirieron más de una doce-


na de ejemplares del diario, para enviárselos a quienes
deseaban tener noticias suyas, luego de tanto tiempo de
andar en gira.

El arribo de lacompañía a la ciudad de México a fi-


nes de 1943, se acompañaba ya de la fama obtenida en
Guadalajara.
—Ahora sí la capital —suspiró Marcelo.
— Qué, carnal, ¿estás sintiendo como que se te sube
la hormiguita y hace travesuras en la espalda?
—Más que eso Topillo, más que eso...

La ciudad de los palacios se dibujaba imponente a


los dos actores. Germán Genaro Cipriano Gómez Val-

48
dez Castillo tenía muchos años de no volver a la capital,
mientras que Marcelo Chávez pensaba en poder ver de
nuevo a una muchacha por la que dejaba más pelo en la
almohada que por cualquier otra preocupación.
Antes de dar inicio a uno de los ensayos generales de la
compañía en el teatro Iris, Francisco y Maulmer invitaron
al Topillo a dar un paseo para conversar un rato con él.

— Has demostrado tener gran capacidad para la co-


micidad, pero consideramos que hay algo que no cuaja
todavía —
inició el diálogo Paco Miller, mientras que los
trolebuses se formaban para subir a la gente, organizan-
do un gran gusano eléctrico sobre las calles del centro de
la ciudad de México.
—Necesitamos que tengas mayor impacto con la

gente, que recuerden fácilmente, crearte una persona-


te

lidad sólida — remató Maulmer.


El Topillo Tapas movía la cabeza de derecha a iz-

quierda tan sólo escuchando las palabras de los empre-


sarios, le inquietaba como nunca antes la posibilidad de
salir de la compañía, porque para él la actuación, la can-
tada y el baile, se habían convertido en el gran juego y
en la manera de divertirse. Las bromas se le daban tan
fáciles que en aquel preciso instante estuvo a punto de
realizar más de un par frente a la solemnidad de los em-
presarios, pero por alguna razón simplemente permane-
ció callado, escuchándolos.
—Hace tiempo en Ecuador tuvimos a un joven có-
mico, al cual bautizamos como el niño del Tin-Tan — in-

tervino Maulmer.
—Y es que el nombre de Topillo Tapas o el de Pachu-
co Topillo como que no termina de gustarle a la gente,
además de que ya anda por ahí un cómico llamado Topi-
llos y Planillas y te pueden confundir con él.

— 49 —
La seriedad con la que se manifestaban los empresa-
rios era demasiada para Germán Genaro Cipriano, quien
se distrajo viendo la publicidad pegada en las paredes de
la nombres como «El Borceguí», sugiriendo a la
ciudad;
gente acudir a «La casa del zapato barato y de calidad»
o la invitación para desayunar, comer o cenar en Fornos:
«A cinco pasos de este cine, leche fresca Jersey 10 centa-
vos el vaso». Aquellas frases desfilaron por la mente tra-

viesa del actor, hasta que intervino:


— Y qué
I
tal era el chavacal ese del que me hablan?
Los empresarios se sorprendieron por la pregunta
del cómico.
— ¿Cuál?
—El chamaco del no qué. se .

—No era nada bueno — sinceró Maulmer. se


—Ay, ay — exclamó
ay, ay, ay, Topillo momento el al

en el que se agarraba el estómago, simulando como si le

doliese,y antes de que los empresarios pudieran decir


algo por su escándalo y actuación, éste se reincorporó
rápidamente para echarles en cara.

—Ton’s por eso desean bautizarme igual, ya me ca-


yeron tan en mismísimo páncreas que hasta me lo hin-
el

charon y está a punto de reventar. Me consideran igual


de maleta o marciano, de ahí que me quieran nombrar
como el hijo de... Turin tun turin —comenzó a danzar
por la calle.

— Consideramos que te puede quedar bien el sobre-


nombre de Tin Tan.
Escuchó a sus espaldas el agonizante Topillo.
— Sí, cómo no, mejor insúltenme de otra forma, de
llamarme así están provocando que a mi mamacita la

llamen la campana — al voltear a ver a los empresarios


luego de sus palabras, Germán Genaro Cipriano se per-

— 50 —
cató de que no estaban entendiendo su broma Por- — .

que la gente va a decir que tiene un hijo que hace Tiiiin


Taaaan —
y continuó con el bailoteo por las calles del
centro, removiendo la risa de los empresarios.
El 5 de noviembre de 1943 debuta la compañía de
Paco Miller en el teatro Iris; la temporada comenzó len-
ta, el teatro se medio llenaba, a pesar de que en la pren-

sa el anuncio del espectáculo convocaba al público para


que fuera testigo de la actuación de grandes artistas, co-
mo era el caso de Tin Tan, de quién decía: «...el cómico
que no se parece a nadie, nuevo as del teatro en Méxi-
co...» Atrás había quedado aquella explosión llena de
efusividad en Guadalajara, ahora el Topillo comenzaba
a darse a conocer bajo su nuevo nombre.
La competencia entre artistas podía convocar a las
vanidades personales para que se supiese quién era el
mejor.
—Híjole, señor Cantinflas, andan diciendo por ahí
que es mejor un tal Tin Tan que usted, dizque es el as

del teatro en México.


El rumor llegó a oídos del amo de las carpas, quién
conquistó su fama luego de que en 1933, al salir como
presentador a anunciar el siguiente número, un chispa-
zo de olvido le llevara a hablar y hablar sin decir nada,
de ahí que el público le festejara la puntada ganando un
lugar entre el elenco. Lo que le permitió estrenarse en
el cine nacional en 1936. Luego de cuatro cintas había
logrado un lugar muy especial dentro del público con
«Ahí está el detalle», que se estrenó en el cinema Pala-
cio en septiembre de 1940. Cantinflas no podía permitir
que un rumor opacase los reflectores hacia él.

¿Dónde está actuando ese cómico de pacotilla?
—Rezongó de inmediato.
— 51 —
—En el teatro Iris, con la compañía del señor Miller
—respondió temeroso el portador del rumor, sin suponer la
molestia que le causaba al actor de «Águila o sol.»
— Con ellos está Meche Barba, comunícame con ella

—ordenó de inmediato.
— señor — apresurado aquel hombre.
Sí, salió

— Oye Mechita, coméntale Miller que acepto cual- a


quier oferta de trabajo.
Fue el mensaje que la bailarina le llevó al empresario,
quien no sabía si brincar de gusto o preocuparse por la can-
tidad que tendría que erogar ante tan tentativa sugerencia.
—Total hermano, lo que necesitamos son estrellas, y
loque sea de cada quién, Cantinflas llena los teatros, va-

mos apostándole argumentó Paco para convencer a su
hermano. Logrando, como era de preverse, un lleno ab-
soluto durante la pequeña temporada en la que Cantin-
flas se incorporó a la compañía.
La risa encontraba nido en cada rincón del Iris, en
donde se revolcaba el público cada noche de alegría, ol-
vidando en ese espacio los apremios cotidianos de un
mundo en guerra. Tin Tan no vio con buenos ojos el tra-

bajo del actor de «El signo de la muerte.»


—Chale nomás estamos de relleno como tu
carnal,
panza — expresó Tin Tan mayor ánimo. sin
—Qué compadre, gente también nos aplau-
va, la esta
diendo a nosotros; total, si por ver a Cantinflas nos están
conociendo, que más da —consoló Marcelo a su pareja,
convencido de sus palabras.
— Si tú lo ociqueas, algo saldrá del bisnes, porque
pa’los 40 fierros que sacamos ich nait, ni pa’l tacoreja.

—Sin achicopalarse vecino, que el tiempo nos puede


llamar cuando menos lo esperemos — insistió Marcelo,
y razón no le faltaba.

— 52 —
Inmediatamente después de esa temporada en el tea-

tro Tin Tan y su carnal Marcelo fueron llamados


Iris,

para encabezar el reparto en el teatro Follies; la risa que


lograban acaparar iba en ascenso, aquello, que habría
comenzado como la prueba para saber quién era mejor
cómico, sin querer les estaba abriendo la puerta a nuevos
contratos, ya que después de pasar una corta temporada
por el Follies, de inmediato llegó la propuesta para pre-
sentarse en el centro nocturno El Patio.
—Ya ves yo siempre lo chupe, ahora es-
carnal, si

tamos camelleando en el lugar más caireles de México


— externó Tin Tan, consciente de que semanas atrás du-
daba de su porvenir.
— cómo no, bueno
Sí, lo es que ya estamos engan-
chados.
—Tin Tan y Marcelo, ahí les hablan en la puerta
— el de un ayudante
grito distrajo la discusión entre los
amigos.
—Qué tal señores, soy productor de la XEW, quisiera
saber si estarían interesados en participar en un progra-
ma cómico que se transmite todos los lunes se presentó —
con el sombrero en la mano un señor muy trajeado.
—Ah, chihuahuas... —Se le salió a Marcelo, quién
no contaba con mayor experiencia en la radio y le tocaba
ahora dudar de sus posibilidades.
—Apreciable y distinguido gentelmen —intervino al

instante Tin Tan, con el recuerdo de su experiencia de su


paso por la XEJ de Ciudad Juárez — . El próximo luneta
nos vemos por allá —soltó sin más ni más zangoloteán-
dole la mano al recién conocido.
«CASINOS IMPERIAL TIENE EL GUSTO DE LLEVAR
HASTA USTED, UN MOMENTO DE BUEN HUMOR, UN
ALIMENTO PARA EL ALMA, ESTE ES SU PROGRAMA...»

53
Hasta aquí se voz engolada que todos los
escuchó la

lunes anunciaba la serie humorística; Tin Tan no se


aguantó las ganas y sin avisarle a nadie intervino: «BO-
CADILLOS DE BUEN HUMOR, TRANSMITIENDO DES-
DE LOS ESTUDIOS DE LA XEW, PORQUE LA PAPA ES-
TÁ POR SUBIR DE PRECIO, CON QUE NOS ACOMPAÑE
UNOS CUANTOS MINUTACHOS USTED SE SENTIRÁ
TAN LLENO QUE YA NO HABRÁ NECESIDAD DE MAS
BOTANA, ÉSTA MEJOR VITAMINA: LA RISA, NO
ES SU
JIRIMIQUEE, COMENZAMOS». Interrumpió la presen-
tación de la transmisión sin temor alguno, mientras
que Marcelo quedaba a la zaga ante los micrófonos.
se
Bocadillos de buen humor comenzó a transmitirse
diario, luego del éxito que lograra el buen humor de Tin
Tan. Las ofertas de trabajo aumentaban para la pareja;
por las tardes en la radio y en la noche con sus presenta-
ciones en el Patio, sintiéndose en plenitud hacia los últi-
mos días de aquel 1943.
— ¿Ustedes saben cuál de madrecitas mexicanas las

sufre más parir? — El público de El Patio no atinó


al a la
respuesta que Tin Tan estaba por dar.
— Las mamacitas yucatecas; porque sus hijos tienen
tamaños cabezones que también sirven en las perfora-
ciones de los pozos petroleros — las carcajadas fueron
interrumpidas cuando el actor Arturo de Córdoba, pre-
sente en el espectáculo, subió al escenario y le reclamó
a Tin Tan enfrente de todos los chistes de mal gusto en
contra de los yucatecos. Los originarios de la península
no veían con buenos ojos la cantidad de bromas que el

actor hacía sobre ellos.


—Más vale que ya le baje con los chistes de los bom-
beros, vecino, me acaban de decir que el campeón Julio
César Jiménez anda muy cabreado por sus bromas; ya

54
ve lo que pasó con Arturo de Córdoba, y lo peor es
le

que el boxeador amenazó con que si vuelve a oír una


gracia al respecto, le va a romper todo lo que se llama
mamacita con este— argumento Marcelo hizo desistir a
Tin Tan de continuar dándole a los yucatecos.
—Está bien no más de cabezones, aunque
carnalito,
la mera verdura estoy pensando que al que no le gusta

es a ti, por sentirte yucateco —


se carcajeó Tin Tan, para
comentarle luego —
por cierto, ahora sí que le estamos
,

pedaleando durazno, me anda revoloteando la idea de


puchar pa’que nos den más raya.
—Oye, Tin Tan, creo que es de las pocas veces que
has tenido un revoloteo de lo más bueno, porque ade-
más ha habido lleno total todas las noches.
—Suavena pue’, vamos a soltarle el rollo al Vicente
Miranda al terminar la función pa’rreglarnos un aumen-
tadlo.
—Me van a disculpar señores, pero es imposible, si

ustedes gustan, pueden irse a otra parte, más dinero del


que les estoy dando con tantos sacrificios no se va a po-

der —respondió el dueño del Patio, seguro de que lo-


graría controlar a los actores, como en tantas ocasiones
lo había conseguido con otros, quienes al pensarse fuera
del escenario se conformaban con lo que les daba.
La respuesta paralizó a los cómicos, no se habían es-
perado la negativa de aumento, siendo que los aplausos

y las muestras de afecto que habían logrado por parte


del público que atiborraba el centro nocturno era por
demás evidente; un par de segundos en silencio fue lo
máximo que aguantaron frente al escritorio del dueño.

Ni hablar, señor, centavos más, centavos menos,
pero a todos nos gustan —
comenzó diciendo Tin Tan,
creyendo el empresario haber doblegado a los actores —
— 55 —
Pero ha de saber que nuestro trabajo ya no vale lo que
usted está pagándonos, por lo tanto esto bien puede ser
una despedida —remató cómico sin mayor concesión
el

y salió de la oficina. Marcelo se quedó paralizado por


unos segundos más, no había remedio, tenía que apoyar
a su carnal y le siguió unos pasos atrás.
—Ya amuelas, vecino, opción dejaste para ne-
ni la ni
gociar — reclamó patiño, quién pensaba ya en casorio.
el

— Como que me echas ahora, Marcelo, dine-


es te el

ro va y viene, pero a este señor tenemos que hacerle ver


que nuestro trabajo vale, como voy a creer que negar-
nos unos pesos de más, con lo que se está metiendo el

desgraciado gracias a nosotros.


—No, pues en eso tienes razón, lo que pasa es que
con lo de la radio no voy a poder casarme.
—Ya nos saldrá algo, carnalito. Es más, si tu siempre
has sido más chipocludo que yo para eso de apostarle a
algo mejor. Incluso, ¿qué no ves la fila de gente que de-
sea entrar a los estudios de la W? Y todo paYaniquernos.
Ya somos buenos y nos merecemos algo mejor —sen-
tenció Tin Tan.
La ausencia de los cómicos comenzó a mermar la

asistencia del público una noche pre-


al Patio, incluso
guntó por ellos el director de cine René Cardona. Las
excusas comenzaron a ser insuficientes, la risa ya estaba
ausente del centro nocturno.
—Búsquenme a esos desgraciados, que regresen a la va-
yo estoy necesitado de ellos y so-
riedad sin que se vea que
bre todo que parezca que el aumento se les concede sin mi
consentimiento —sentenció Vicente Miranda, sabedor de
que la astillita le iba a durar un buen tiempo en el zapato.
De ahí que como revancha llegó a proponerle a Tin Tan:
—Deseo volver a contratarte, incluso el aumento que

— 56
pidieron, te lo concedo. Aunque he estado pensando que
tal vez tú solo podrías hacer mejor papel. ¿Qué te parece
si doy un poco más de dinero y nos safamos de Mar-
te

celo? —
Tin Tan no podía creer lo que estaba oyendo,
sus ojos se movieron, pero ahora más que en actitud fes-
tiva, pretendieron controlar la indignación que sentía.
—Ante ofertacha creo que no tengo nada que ha-
tal

cer aquí — sentenció Tin Tan, dispuesto dar por termi- a


nada de nueva cuenta relación laboral con Miranda —
la

Que le quede claro que Tin Tan no es nadie sin Marcelo,


juntos comenzamos y juntos terminamos.
— Está bien, cumplan por lo menos con el contrato
de dos semanas que acabamos de firmar y luego hagan lo
que quieran —
alcanzó a decirle el empresario a Tin Tan,
antes de que éste abandonara indignado su oficina.
—¿Cómo ves carnalito? me propusieron que te safa-

ra, este señor no sabe de lo que se pierde sin ti.Además,


tú eres mi
carnal de por vida y al que no le guste que se
consiga otro par —
Tin Tan dictó lo inseparable de la pa-
reja en aquél instante, la relación de trabajo había traspa-
sado el límite de lo laboral — Juntos para siempre,
.
car-
nal —dejó asentado Tin Tan.
El director de cine René Cardona llegó al Patio la no-
che en la que fueron recontratados.
—A ese lo quiero en la película — le dijo imperativo
Cardona a su asistente.

—No la amueles René, pero si ya estamos terminan-


do, es más, nos hemos retrasado bastante como para in-
cluir a un desconocido y sin experiencia, nuestro «Hotel
de Verano» más bien va a ser «Hotel de Invierno» de lo
colgado que andamos —
argumentó desesperado el asis-
tente, quién ya conocía que al director de cine, cuando
se le ocurría una escena más, así tronara, la hacía.

57
— ¿Qué no ves? Es muy bueno y creo que bien pue-
de levantar escena frente
la parque — alde cual- justificó
quier forma su deseo por incluir a Tin Tan.
— Le voy a hablar para que platique contigo, pero
insisto que una necedad de tu parte.
es

Tin Tan compartió unos minutos la mesa con el

director de cine, la propuesta de alcanzar la pantalla


grande le animó y aceptó de inmediato trabajar por
350 pesos.
—Me cuacha la ideadon René, usted diga cuándo
nos presentamos — aceptó a nombre de la pareja sin ha-
berle consultado a Marcelo.
— Lo
que pasa es que para el «Hotel de Verano»
que estoy terminando de filmar, sólo le necesito a usted
— dijo Cardona, ignorando el pacto recién amarrado en-
tre Tin Tan y su carnal.
— De ser así mejor me descuento, me va a disculpan-
cingo de las donde está Tin Tan está Mar-
iguanas, pero
celo, todo el mundo tiene un carnal y el mío va a donde
voy yo ¿a poco cree que las ridem me las puedo echar
solito? —
Impuso sin más.
—Está bien, no me molesta mayormente. Presénten-
se los dos la próxima semana, ¿le parece bien?
—Ya cantó el gallo, cuando el amanecer vio ento- —
nó Tin Tan al despedirse del director de cine.
—¿Ya ve carnal? Todo va very fain ¿no que no salía
el sol en cuarenta y tripas?
el

— Al cine, eso sí que es increíble Tin Tan —derrama-


ba su entusiasmo el robusto compañero.
A semana siguiente Tin Tan y Marcelo llegaron
la

muy temprano a las locaciones, se sentían como dos


provincianos recién desempacados en la capital del país;
lo observaban todo con el asombro característico de

— 58
quien por primera ocasión pone un pie en un estudio
cinematográfico. Les embargaba la ilusión de saber que
estaban en donde se recreaba parte de la realidad que
posteriormente se proyectaría ante cientos de ojos, de
espectadores, que ya se habían acostumbrado a asistir a
las salas de cine, que ya no escudriñaba detrás de la pan-
talla para dar con los actores, las voces a media función
ya no seescuchaban y el aplauso efusivo interrumpien-
do la proyección era cada vez más escaso.
Por todos lados se toparon con cables, focos, lámpa-
ras,cámaras; los actores y los técnicos corrían de un lu-
gar a otro; el director René Cardona ya no era aquel
señor amable del centro nocturno, ahora estaba en su
papel de máxima autoridad, no dejaba pasar el más mí-
nimo detalle: revisaba a los actores cuando éstos salían
de maquillarse, checaba las luces, constataba que la cá-
mara estuviese en foco, se paseaba por la escenografía, le
pedía a una actriz que se acomodara el pelo, todo aque-
llo que imaginaba que pudiera mejorar la escena lo con-

vertía en realidad para la lente.


—¿Ustedes dos son los que van a cantar? Les asal- —
tó un auxiliar ante la mirada absorta de los cómicos.
— Sí señor — apenas atinó a responder Tin Tan, de-
jando sentir cómo el gusanito de los nervios le recorría
todo por dentro.
—Pues apúrense, vean cuál de los camerinos está dis-
ponible y ahí se cambian, para que luego les maquillen

y de inmediato se lleve a cabo el primer ensayo, seña- —


lando hacia donde se encontraban varias puertas.
el área
Marcelo y Tin Tan comenzaron a dar algunos pasos
tímidamente, en más de una ocasión tropezaron con al-
gún cable, con alguna persona presurosa, igual desfilaba
ante ellos un caballo que un hombre disfrazado de oso.

59
—Éste bueno Tin Tan
es el —
señaló Marcelo un
camerino disponible. Al que de inmediato entraron los
cómicos, dispuestos a transformarse en sus propios per-
sonajes.
A los pocos minutos salía Tin Tan con su acos-
tumbrado traje de pachuco, su inconfundible pantalón
ancho de valencianas altas, su saco de enormes hombre-
rasy solapas extensas que parecían querer abrazarle el
pecho, bailándole la cadena que le colgaba desde el la-
do izquierdo del cinturón, para ir a esconderse al otro
extremo con el reloj en el bolsillo derecho; sin faltar su
sombrero de ala ancha con el indispensable remate de la
pluma de pavo real.
Por su lado Marcelo sólo portaba su traje común y
corriente, eso sí, los pocos cabellos con los que aún con-
taba estaban bien peinados y distribuidos en la pronun-
ciada calva; cargando su guitarra con la mano izquierda,
pero apretándola un poco más de lo acostumbrado gra-
cias a los nervios.

—Rápido a maquillaje, que se va a ensayar su escena


— les apresuró el mismo asistente, impidiendo que los
nervios o la excitación les traicionasen.
Los guiaron de inmediato a lo que parecía ser un
balcón de hotel, lleno de flores y enredaderas; les pidie-
ron quedarse allí para luego recibir la indicación de que
comenzaran a cantar.

— ¿Listos? —preguntó joven asistente —


a lo lejos el

¡Corre ensayo! — Ordenó por último.


Tin Tan no esperó más indicaciones, como si supiera
actuar ante una cámara de toda la vida.

— Me llamo Tin Tan o Germán Valdés, carnal. Ando


rolando en busca de un chante ¿ves? — Dirigiéndose a
Marcelo — ¿Aquí puede uno trapear
.
ese? — Se- la oreja,

— 60
ñaló la entrada al hotel en el momento en el que comen-
zó a cantar seguido por los rasguños que Marcelo le da-
ba a su guitarra.
— What sumara con
¿
la baisa?
—Muy bien. ¡Silencio todos! Se va a grabar. ¡Piza-
rra! ¿Listos? — Ordenó el asistente, mientras el director
sonriente disfrutaba de los actores recién adquiridos pa-
ra su película.
«¡LUCES!...» «¡CÁMARA!...» «¡ACCIÓN!»
Tin Tan y su carnal Marcelo repitieron lo que unos
minutos antes habían hecho frente a los ojos de todos,
ahora ante el con su spanglish y dos
lente de la cámara,
o tres bromas extras terminó su pequeña escena, apo-
yándose en los dichos de su carnal, quien titubeó en más
de una ocasión, ya que Tin Tan no se había apegado al
texto previamente acordado.
—Ya amuelas Tin Tan,
ni la como ocasio- te saliste tres
nes de que habíamos quedado — reclamó Patiño.
lo el

—De qué quejas siempre


te hemos hecho.
carnalín, si lo

— pero una cosa


Sí, espectáculo y otra ner-
es el los
vios de las luces y las cámaras, ¿qué no ves que nos van
a mirar cientos de personas al mismo tiempo?
—Es iguanas ranas carnalín, sólo que por este bisne
nos embuchacamos 350 fierros cada uno, mientras que
en el centro nocturno nospasamos con el tingorilin-
la

gori toda la noche y a penas sacamos pa’l chivo le hi- —


zo ver Tin Tan mientras abandonaban el foro de filma-
ción.
1943 era el año de Tin Tan y su carnal Marcelo, ha-
bían debutado en los grandes teatros de ciudad y la

habían logrado ser contratados en los mejores centros


nocturnos de México. Su paso por el cine, aunque efí-

mero, era el primer escalón que muchos hubiesen de-

— 61 —
seado dar en tan corto tiempo, además de que a diario
acudían a la W para pasarse un buen rato con sus Boca-
dillos de buen humor.
—Ahora ya me alcanza la marmaja para poder en-
Magdiux y que se venga
viarle a la pa’cá — le confesó
animado Tin Tan a su carnal.
— Que escondidito se lo tenía, nunca antes me había
hablado de aquella muchacha.
—Es mi jaina desde los tiempos de Juarín, ¿ acaso no
ha guachado que de pronto me llegan unas cartas muy
ronroneadoras? La neta de la verdura ya tengo ganas de
arranarme y tener un chante a donde llegar, eso de los
hoteles y las novias está a todo mecate, pero no hay de
dulce, quiero un resto a la Magdiux. La extraño gacho
y creo que es el mango de mi almíbar —
Tin Tan puso
una cara melancólica que igual podía confundirse con
una de sus actuaciones, a pesar de que en aquel momen-
to hablaba en serio.
De inmediato puso un telegrama para Ciudad Juárez
con un texto sencillo pero contundente: «Te espero lo
más pronto posible, deseo casarme. Tu amor, Germán.»
acompañado con un giro a nombre de Magdalena Mar-
tínez.
A principio de 1944 Magdalena llegó a la ciudad de
México, se encontró con Germán Genaro Cipriano y
no pasó ni una semana cuando ya estaban casados por
lo civil, los testigos fueron actores de la propia compa-
ñía, incluido el propio Paco Miller. Saliendo del Regis-
tro Civil Tin Tan volvió a la oficina de telégrafos para
anunciar a sus padres su recién matrimonio: «Me pescó
la Magdalena, una más en y pronto po-
la familia, ojalá

damos reunirnos, les quiere Germán». La familia Gó-


mez Valdés Castillo radicaba por aquellos días en la ciu-

62 —
dad de Laredo, Tin Tan no dejó remitente, entre otras
razones porque todavía no tenía un lugar dónde vivir el

recién matrimonio.
—Ahora mi Mag, luego de la función de esta no-
sí,

che nos lanzamos unos días de reventón para festejar


nuestra bodorria y luego buscamos en donde anidar
— declaró eufórico Tin Tan al salir de la oficina de telé-
grafos ante la expectativa de todos los artistas, quienes
animados se sumaban para ir a celebrar.

63
6

La lectura del escrito de Adriana provocó la parálisis del

tiempo de Genaro Cipriano a pesar de que los relojes ha-


bían continuado su paso. Su atención se había centrado
por completo en aquella de su tocayo, y se
historia, la

preguntaba: ¿Cuándo habría nacido en realidad la estre-


lla? ¿Qué fechas son las verdaderamente memorables co-
mo para anotar los cambios en la vida? Intentó ubicarse
en México de aquellos años, hizo un intento por conci-
el

liar anécdotas escuchadas de esos días. La costumbre de

pertenecer a una generación educada bajo la electrónica,


sólo le remitía a posibles escenas de la televisión, se sintió
limitado por no tener la capacidad imaginativa de su ami-
ga para recrear el ambiente de su amor platónico.
—Amor platónico —retumbó el eco de aquellas dos
palabras en su interior, descubriendo que para ella sólo
eso representaba Tin Tan, no lo podría alcanzar más que
en recreaciones del pasado, si acaso viendo sus películas,
imaginando y fantaseando sobre sus besos, pero al final

de cuentas, como simple referencia imaginable. ¿Acaso


no estaba él ahí de carne y hueso?
Saldó la cuenta de cemitas que había comido y
las

a pesar de la hora se encaminó despacio al periódico,

— 65
mientras manoseaba la idea de que
vez y para tal él

Adriana también pertenecía a esa especie de amor: el

platónico, el inalcanzable. La inseguridad volvió a ser

dueña de todas sus terminaciones nerviosas, comenzó a

deprimirse, prefirió acelerar el paso para llegar lo antes

posible a redacción y distraerse, total, ya tenía tema


la

para elucubrar cuando se encontrara solo al final de la


jornada laboral.
Al día siguiente, luego de concluir las clases encontró
el pretexto acertado para acercarse a ella.

— ¿Cuándo nace el artista? — Le soltó la pregunta a


bocajarro, almomento en que ambos salían del salón.
— ¿De qué me hablas?
— Según tú, ¿en qué momento Tin Tan se convierte
en estrella?
— Lo he pensado, pero no encuentro el momento
exacto, cualquier biógrafo puede que cite el día en el que
nació el ser humano, otros supongo que lo ubican cuan-
do obtuviera el trabajo en la radio en Ciudad Juárez, por
último habrá quien piense que la primera vez que puso
un pie en la pantalla —respondió dudando de sus pro-
pios argumentos.
—Por cierto, hasta donde llevo leído, no has dado la

fecha de su nacimiento.
—Tienes razón, nació el 19 de septiembre de 1915, lo
que todavía se discute es el lugar, como todo actor con-
sagrado; hay quién asegura que nació en Puerto Progre-
so, Yucatán, pero él siempre afirmó que había nacido en
la ciudad de México, incluso decía que en una vecindad
sobre la calle de los Hombres Ilustres, en el centro. Pero
siempre he creído que eso lo decía más bien en plan de
broma, por aquello de asumirse así mismo como ilustre;

creo que su primer domicilio fue sobre la calzada Tlaco-

66
pan, hoy calle Hidalgo, también en el centro de la ciu-
dad de México.
— ¿Por qué la versión de Ciudad Juárez como si hu-
biera nacido ahí? —Intervino GC ante el rosario de da-
tos que Adriana le recitaba.

—El que al parecer nació en Ciudad Juárez fue su


hermano Manuel. En el caso de Germán, supongo que
tiene mucho que ver el que ahí haya comenzado su acti-

vidad artística —Adriana


quedó callada, dirigiendo su
se

mirada hacia el cielo que se asomaba azul.



¿Qué te parece si tomamos un café el sábado por la
tarde y así cotorreamos más a gusto de tu escrito ? Se ani- —
mó a decir Genaro Cipriano, en un acto de arrojo, ya que
de pensarlo un poco, sabía que no se hubiera atrevido.
Se encontraban parados frente a la plaza conocida
por los estudiantes como John Lennon, aún cuando las

autoridades universitarias insistían en llamarle de la De-


mocracia, a unos pasos del edificio Carolino en el que
tomaban clases.

— ¿El sábado? — se preguntó para si misma Adriana,


como repasando mentalmente su agenda. Segundos en
los que GC se sintió frente al pelotón de fusilamiento,
esperando la respuesta, luego de haberse atrevido a invi-
tarla a salir.

—Me parece bien —terminó por decidirse Adriana.


—¿Paso por algún o ti a que nos veamos.
lugar quieres . . ?

—En café La Flor de Puebla cinco parece?


el a las ¿te
—Propuso ella.

Luego de despedirse, Genaro Cipriano no sabía si

hacer la clásica expresión vista hasta el cansancio en las

películas gringas luego del grito de «¡YES!», o bailar co-


mo se imaginaba que lo hacía Tin Tan, o ya de perdida
dar un brinco lleno de euforia. Su timidez terminó im-

67
poniéndose, así que simplemente apretó las mandíbulas
y cerró los ojos sintiéndose satisfecho.
Aquel día GC llegó eufórico al periódico, Juan Carlos
Canales descubrió de inmediato su estado de ánimo.
— ¿Ya te pelan? —soltó la broma el jefe.

—No te creas, tomar un


simplemente aceptó salir a

café mañana por la tarde, la neta es que no me hago ilu-


siones. El otro día me aventé la puntada de regalarle un
llavero de Mafalda que decía algo así como: «si amas a
alguien, díselo», pero creo que no le hizo gracia.
—Nada te parece, güey, luego te molestas que te di-
gan que eres equis, todo te parece mal, andas con una
crisis de la chingada, te la pasas encontrándole los punti-
tos negros al arroz, estás por cumplir 25 años y en lugar
de disfrutarla, te flagelas — le soltó Canales.
—Ya, ya, ya sé que me falta un poco, la
alivianarme
verdad esme trae jodido
que el no poderme relacionar
con Adriana como quisiera.
—Eso de cómo ¿qué esperas para decírselo?
quisieras,
—Te estoy diciendo que ya me un atreví a regalarle llavero.

— güey, y quieres que Mafalda sea tu vocera, no


Sí,

seas güaje, a las chavas les gusta que les digan la neta de
lo que sentimos, con letreritos no se conquista a las mu-
jeres, incluso a veces desean que uno se aviente así no-
más, ¿se te ha ocurrido darle un beso?
— ¿Cómo crees?
— ¿Entonces qué? supones que a ellas no se les antoja
que en un arrebato alguien las bese, sobre todo en estos
tiempos de mayor aliviane.

GC regresó a su casa pensando en las lecciones teóri-


cas que su jefe le había dado sobre cómo acercarse a las
mujeres, suponía que en parte tenía razón, pero, ¿cómo
atreverse con Adriana?

68
7

A las cinco en punto Genaro Cipriano estaba sentado


en una de las mesas que daban a la calle, no fuera a ser
que Adriana pasara de largo y no lo encontrara. Llevaba
consigo algunas notas sobre el texto. Era una tarde so-
leada, el cielo despejado permitía que de vez en cuando
se dibujara una nube en lo alto. El retraso de ella hizo
que las dudas lo asaltaran, ¿era la hora convenida?, ¿el

lugar?, ¿el día? No podía concentrarse en nada gracias a


la ansiedad que sentía.
Pasadas las 5:20 por fin se asomó Adriana.
—Discúlpame —arrojó con el último de los alientos
antes de sentarse. Su imagen irradiaba mayor luz y fres-

cura de lo que la tarde podía ofrecer. Sus jeans bien ajus-


tados combinaban a la perfección con aquella camisa
blanca con motivos bordados de los Loney Toones.
—Para no variar, tuve una pequeña escaramuza con
mis padres antes de de casa, y es que a cada rato se la
salir

pasan en el miedo sobre lo que estoy haciendo; les ate-


rran las drogas, el SIDA, la violencia de la ciudad, los za-
patistas, las elecciones, la velocidad de los microbuses o
combis, los degenerados y exhibicionistas, total que
las

muy liberales de la puerta de su casa para afuera, por-

— 69
que lo que es hacia dentro, a Irisel y a mi nos traen fritas

—terminó de vomitar Adriana.


Genaro Cipriano admiró mudo la figura de su amiga, la
ráfaga de reproches no había logrado moverle de su asiento.
— ¿No me vas a pedir un café? — le recriminó sacán-
dole del pasmo que traía.
— Claro, claro —titubeó buscando mesera. a la

— ¿Qué va pareciendo rollo? — Quiso saber de


te el

inmediato Adriana.
— Hasta donde he me gusta mucho.
leído,

— ¿En qué que vas?


dijiste

—Se acaba de casar y recién debutó en cine con el

«Hotel de Verano» — tuvo que acudir sus anotaciones a


GC, para poder precisar dónde había dejado la lectura.
—Ya avanzaste más de la última vez que no te acor-

daste de Paco Miller.


— Creo que voy por mitad del segundo capitulo.
la

—Más o menos, quiero apurarme terminar para ver a


qué hago con el escrito, me cae que es una pena que no
se le dé mayor reconocimiento a Tin Tan, luego de haber
sido el mejor cómico de este país.
— Lo que pasa es que ya nadie lo pela, tú porque eres
una loca enamorada, pero, ¿cuándo oyes hablar que la

gente vea sus películas? — se atrevió a opinar contradi-


ciendo a su amiga.

—Estás como tarado, ¿por qué crees precisamente


que lo siguen pasando por la tele? ¿Supones que los tele-
visos van aprogramar algo que no se vea? Hoy más que
nunca Tin Tan es actual, con su forma de ser, con su rebel-
día, su espontaneidad, su lucha contra la prepotencia, su
defensa para con los jodidos, su cine tiene más vigencia
que la de ningún otro cómico, quiérase o no, Tin Tan tras-
cendió a pesar de la crítica en su contra.

— 70
GC despertó a la trasnochada defensora de Tin Tan,
que contaba con un sinnúmero de argumentos, ejem-
plos, citas e información sobre el tema, de ahí que él se

sintieraen desventaja y no midió las repercusiones de


sus comentarios simplistas.
—Está bien, está bien, sólo te faltó decirme que soy
un clásico representante de la generación equis: desin-
formado, estúpido, inconsciente y banal —sonrió, lo-

grando que ella lo imitara.


— ¿Sabes? Alguna vez leí que don Francisco Gabi-
londo Soler, Cri-Cri, había logrado guardar la llave de
la infancia en algún rincón de su alma, de ahí que regre-

y que en eso radicaba su


sara a ella cuantas veces quería
genialidad como compositor infantil. Yo creo que en el
caso de Tin Tan, no sólo conservó la llave de la infancia,
sino que también se quedó con la de la adolescencia, por
eso su frescura, su desfachatez, su rebeldía, su capacidad
de improvisar. ¿Quién ha pretendido imitar a Tin Tan?
Fue de lo más polifacético, siempre se representó a sí
mismo, Tin Tan nunca dejó de ser Germán Valdés; a pe-
sar de haber representado todo tipo de papeles, él llevó
su vida al cine y el cine a su vida.
GC escuchaba atento la cátedra que le dictaba su ami-
ga, pero de pronto comenzó a distraerse pensando en los
consejos de su jefe Canales al momento en el que se le

apareció de nueva cuenta la voz que le hablaba al oído.


—¿Por qué no te vas a volar, gaviota, y me la dejas?
—Abrió los ojos como poniendo mayor atención a las

palabras de Adriana, pero en realidad no deseaba que


ella se percatara de su desconcierto.
—Discúlpame un momento, voy rápido al baño —in-
terrumpió la carrera en la que había convertido ella sus
disertaciones. Estaba tan concentrada en sus teorías, que

— 71
no tuvo tiempo de molestarse ante la interrupción del
amigo, quien para entonces se dirigía apresurado al baño
más preocupado por aquellas palabras que por el piquete
urgente de orinar.
En baño se encontró a un señor de edad usando el
el

mingitorio, con lo perturbado que estaba, no supo si for-


marse detrás de él o entrar a uno de los escusados separa-
dos por un cancel. Al fin se decidió y entró a uno de los

privados, y cuando terminó de bajarse el cierre de la bra-


gueta, cayó en cuenta de que no tenía ganas de orinar, pero
descubrió cierto líquido baboso que goteaba de su pene.
—Decídete ya carnal, estás más lento que un chichi-
cuilote, yo que tú, sobres.

El retumbar de lavoz le recordó que lo que menos de-


seaba era orinar, tan sólo quería que se alejaran aquellas
palabras de su oído.
Palpó calzón y descubrió que estaba manchado de
el

aquel líquido, sintió pena y con un pedazo de papel de


baño pretendió limpiar la trusa, volvió a intentar orinar
sin éxito alguno. Decidió abandonar el baño, se detuvo
ante lavabo y se enjuagó las manos, se echó un poco
el

de agua en la cara para ver si así conseguía despejarse de


la voz que le inquietaba, se descubrió en espejo y cre-
el

yó odiarse así mismo por un segundo, respiró hondo y


se armó de valor para volver a la mesa.
— ¿Te sientes bien? — Inquirió Adriana, descubrien-
do que algo sucedía.
— Simplemente me maree un poco —encontró el lu-

gar común para del aprieto.


salir

—Újule, en tu ausencia me permití pedir dos cafés


más, mejor que te lo cambien por un té, no te vaya a caer
mal otro café — se interesó por su amigo, mostrando la

veta materna que él nunca antes le había notado y que le

— 72
enterneció, acostumbrado a verla tan segura, tan firme,
sin lugar para la duda, siempre altiva y hasta arrogante.
— ¿Te sigues sintiendo muy mal?
—No, que pasa que me sorprendió tu
lo es interés
por mi salud.
— Si estás conmigo, ¿qué quieres? ¿Que te deje morir
solo en medio del café? —Reparó ella, tal vez sintiéndo-
se descubierta en su fragilidad.
—¿Sabes? Creo que a veces te pones a actuar y no tan
bien como lo hiciera Tin Tan se atrevió — a cuestionarla.

— Nunca he pensado en hacerte reír.


—No, actúas misma, sobre imagen que quie-
te a ti la

res proyectar para con demás. los


—Vientos por
carnal, enchufas, vas muy bien
fin te

—fue interrumpido en sus atrevimientos de nueva cuen-


ta por aquella voz.
— ¿Qué traes?
—Pretendes hacerte pasar como la mujer más segura
del mundo, como puede todo, inquebran-
aquella que lo
table, incluso insensible, a la que nada le afecta insis- —
tió él concentrándose al máximo para no permitir que lo

distrajera la voz.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Tú, con que asumes, has creado una ima-
la actitud
gen de puedelotodo construyendo una barrera infran-
queable hacia tus verdaderos sentimientos.
—Mira quién me lo dice, el más inseguro del mundo
—reviró usando un tono sarcástico para
ella, escabullirse.

— La gran diferencia que no pretendo vender una


es

imagen que no sea la mía. Además estamos hablando de


ti, no de mis inseguridades.
—Todo me lo debes a mí, de no estar presentacho
te hubieras dejado derrotar por un ataque de caballero-

73 —
sidad — le apuntó al oído aquel susurro — En lugar
. de
agridulcearmelo me
ignorólas y quieres que me vaya.
— Incluso, podría apostar que te aterras tanto a la

figura de Tin Tan como pretexto para evitar pensar


en un hombre de verdad — al terminar de decir aque-
llo, Genaro Cipriano fue el primero en sorprenderse
de sus palabras. ¿Por qué se atrevía a decirle aquello?
¿Quién era él para andarse metiendo en lo que no le

importaba?
Adriana se desplomó, su gesto se transformó en una
cara infantil, indefensa, descubierta en su más grande in-
timidad. GC se incomodó, se arrepintió de sus palabras,
hubiera deseado que en lugar de haberse desplomado, le

hubiera gritado que ¿¡por qué carajos se metía en su vi-


da! ? Que se defendiera como acostumbraba hacerlo, que
le echara en cara que él nada tenía que decir, si era la re-

presentación máxima de la inseguridad.


El silencio fue el único resguardo que Adriana en-
contró, incluso le costaba trabajo levantar cara y sos- la

tenerle la mirada a Genaro Cipriano, que pretendió ha-


cer alguna broma para alivianar el ambiente.
—Mira —señaló al En-
piso del establecimiento — .

contré una sonrisa, ¿acaso no te pertenece? Habría si- —


do una buena puntada de no ser por el ánimo en el que
se había sumergido para ese entonces Adriana, la cual

apenas y alcanzó a dibujar una leve línea horizontal en


sus labios.
— ¿Me puedes disculpar? —Fue último de el los re-
cursos que encontró mano GC para remendar sus
a la

palabras — No quise incomodarte.


.

—Me porque
afecta razón. Lo que pasa que
tienes es

no hace mucho tiempo me rompieron el corazón, y en


lugar de recomponer la vida con los pedazos que me

74
quedaron, en vez de pegarlo y reconstruir la historia, me
he anclado en el pasado, en las fantasías que me hice, en
las promesas incumplidas.
Genaro Cipriano entendió que había abierto la puer-
ta de una herida profunda, que incluso tal vez Adriana a
nadie le hubiera confesado aún.
—Reponerse de los golpes del corazón es más difí-

cil de lo que uno piensa. Yo no sé por qué el primer


amor tiene que ser siempre tortuoso. He sido testigo de
la gran tragedia griega que representaron mis amigas en
la secundaria o enprepa, y pensé que a mí nunca me
la

sucedería eso, pero ya ves. Me la pasé observando el lu-


gar común de la chava que anda detrás del galán que
nunca la y que por el contrario él se muere por
pela
otra, que a su vez no se fija en él. Todas estas historias se

repitieron hasta el cansancio, con testimonios de perso-


nas cercanas a mí, mientras que yo durante aquel tiem-
po nunca pensé en eso. No porque no me gustaran los
hombres o algo por el estilo, sino que simplemente mis
pensamientos estaban en otra parte. El amor me pegó
hasta que salí de la prepa. Decidí no entrar a la univer-
sidad, entré a trabajar en una empresa de publicidad,

y empecé a andar con alguien que me movió las fibras


dormidas.
Con la confesión de Adriana, se había creado entre
ellos la burbuja de cristal de la intimidad. GC se sintió
más cercano a su amiga.

Fueron siete meses muy padres, llenos de detalles,
paseos, como de novela clásica color de rosa, en los que
incluso me atreví a escribir planas enteras con los nom-
bres de los dos, las sensaciones se despertaron en cade-
na hasta que me desperté y todo terminó comentó —
Adriana con un tono de voz solemne. Recuperando en

— 75
cuestión de segundos su seguridad — . A todo esto, qué
tengo que andar contándote mis intimidades.
— Si yo nada más dije —remató Genaro Cipriano pa-
ra aligerar el ambiente y poder encontrar la salida del tú-
nel en el que habían entrado.
— ahora conoces algo que nadie
Total, sabe.
—Más de Tin Tan.
lo
—Precisamente, mi afición por Tin Tan la adquirí
gracias a esa persona, siempre me había gustado el pa-
chuco, pero mientras anduve con él, nos la pasábamos
recogiendo anécdotas, recortes, entrevistas sobre la vida
de tu tocayo. Al salir del sueño pensé que era tiempo de
darle forma y escribir lo que has estado leyendo, porque
en definitiva, quiero demostrarle al güey ese de lo que se
perdió —concluyó no sin un dejo de nostalgia.
—¿Quieres pedir algo más? —sugirió GC ante las ta-

zas vacías, mientras que encontraba una razón más para


despreciar a Tin Tan.
—No, mejor salgamos caminar un a rato.

— ¿A qué hora que volver tu casa?


tienes a
—No quedé, pero va haber una cena y mi mamá me
a
pidió ayuda.
—Son y media ¿dónde vives?
las seis

—En Bella Vista.


—Yo en San Manuel, o sea que podemos encami-
narnos y si nos cansamos paramos un taxi, ¿te parece?
—propuso él antes de iniciar el paseo.
El sol estaba a punto de perderse detrás de los volca-
nes, provocando que una variedad de
el cielo se tiñera de
colores pastel, ambos caminaron por algunos segundos
en silencio, cada quien consumiendo sus propias ideas.
— Crees que
¿
una chingona con mi
llegue a ser de escrito
Tin Tan? — Interrumpió Adriana calma anochecer. la del

— 76 —
—Chingona ya lo eres, ahora que guste o no tu tex-
to a un editor para que se publique, ahí sí, quién sabe,
loque en particular te puedo decir es que has logrado
que revalore mi nombre. Con tus rollos de fanática
tintanesca he descubierto lo padre que es ser tocayo de
alguien como Tin Tan. Hasta ahora sólo le había en-
contrado de bueno la imposibilidad de que se me que-
dara cualquiera de los apodos que los cuates intenta-
ron adjudicarme.
El trazó la ruta que seguirían hasta la casa de Adria-
na. El cielo terminó por oscurecerse, las luces de los
autos desfilaban a su lado. Se sentía muy a gusto de ha-
ber entablado aquella relación con su compañera de cla-
se, incluso olvidó a qué hora había dejado de escuchar
aquella voz y sólo cuando pensó de nueva cuenta en
ella, se inquietó. De inmediato la conversación derivó
en la Universidad y los compañeros, por lo que logró
sacudirse la angustia.
GC llegó a su casa pasadas las ocho de la noche, salu-
dó a su hermano menor que estaba con su novia en la sala

y se metió en su cuarto dispuesto a continuar leyendo.


El recuerdo de aquella tarde con Adriana le impidió
concentrarse; las confesiones, la conversación, los senti-
mientos, su asombrosa manera de interrogarla y las go-
tas que le mancharon el calzón, se asomaban en cada pa-

labra del escrito sobre Tin Tan. Sintió una picazón en


el pene. La evocación constante de la figura de ella con
sus jeansy su camisa le llevó paulatinamente a sentir la
erección que ya para ese entonces se le notaba a pesar
del pantalón de mezclilla.
Sintió vergüenza por pensar sexualmente en Adriana,
suponía que la atracción que profesaba por ella sólo po-
día pertenecer al terreno del idealismo. A pesar de ello no

— 77
tuvo más remedio. Masturbarse en la recámara era un pe-
ligro, suhermano podía entrar inesperadamente.
Turbado se dirigió al baño, sólo aquel podría ser un
resguardo seguro en dónde satisfacer aquellos impulsos
llenos de gratos recuerdos. La idea de hacerlo debajo
del estimulo del agua caliente le animó más.
«¿Bañarme a esta hora?» Se preguntó para sí mismo
ante la posibilidad. Ahuyentando de inmediato ciertos
pensamientos o culpas. Abrió la llave caliente de la re-
gadera y se imaginó cómo comenzaría a invadir el am-
biente del baño con su vapor. El grito impositivo de su
hermano lo arrancó de aquella ilusión.
— ¿¡Genaro, qué haces!? ¿Qué no ves que no hay
gas? — El cuerpo medio desvestir de GC
a sintió el bal-
de frío de aquella noticia.
— Pendejo, se me olvidó — gritó detrás de la puerta
del baño, como deseando desaparecer con sus palabras al

hermano que le había hecho caer en la cuenta de algo que


ya sabía, pero que el impulso le había hecho olvidar.
La erección para ese entonces venía de bajada. La
fortaleza de su pene comenzaba a arquearse ante el titi-
riteo del resto del cuerpo. Se colocó de nueva cuenta los
calcetines sentado en el escusado, se puso su camisa y
terminó por abrocharse los zapatos.
El mal humor se instaló en GC. baño hecho
Salió del
una furia. Antes de salir de su casa para dar un paseo
obligado por alguno de los parques de la colonia San
Manuel y ver si alguno de los cuates del rumbo se en-
contraba tomando un ron, dejó un «¡Carajo!» como
despedida a su hermano y a su novia.

— 78 —
8

«Ser el confidente puede provocar que como el


te vean
mejor amigo, incluso como un hermano, pero no como
hombre», se acordó GC de aquella sentencia que algu-
na ocasión le dictara Juan Carlos Canales, mientras salía

rumbo a la Universidad.
Dieron las diez de la mañana y Adriana no se apareció
por el salón de clases, la inquietud comenzó a invadirlo.
Durante descanso entre una clase y otra, se le acercó a
el

Hilda en busca de información. La amiga no aportó ma-


yores datos, abriendo más el abanico de sus angustias.
«¿Qué le habrá pasado? ¿Se pelearía con sus padres
y decidió irse de su casa? ¿Acaso saliendo de la cena el

sábado pasado asaltaron y luego secuestra-


a la familia
ron a Adriana? ¿La habrán violado? ¿Quiénes habrán
sido? ¿Acaso unos judiciales? ¿Y si se enojó por la con-
versación del sábado pasado y decidió no volver a ver-
me nunca más?» La rueda de la fortuna en la que había
convertido las interrogantes rondándole por la cabeza,
le hicieron caer en la cuenta de los disparates en los que
pensaba. Debía de dejar de escribir novelas policíacas de
una vez por todas. Tan fácil que sería llamarle por telé-

fono al salir de clases.

79 —
Una vez en la calle pensó en marcarle desde un telé-

fono público y no esperar hasta llegar al periódico. No


podía aguantar más aquella incertidumbre y se detuvo
en la primera caseta que encontró.
— ¿Diga? —Al escuchar una voz femenina muy me-
losa se dio cuenta que no sabía qué decir.

— ¿¡Bueno!? — Insistió la voz sin la amabilidad de


antes.
— ¿Di... disculpe... se encuentra Adriana? —A pe-
nas y le permitió balbucear el torbellino de insegurida-
des que se había apoderado de él frente al auricular.
—Ah, sí, un momento escuchó una vez más
espere —
la voz femenina menos dura. Pasaron unos cuantos se-
gundos antes de que Adriana respondiera al teléfono, en
los que comenzó a relajarse, de menos ya sabía que no
había sido raptada.
— ¿Bueno? — Llegó la voz despreocupada de ella has-
ta los oídos de GC, repartiendo una descarga de tran-
quilidad y molestia al mismo tiempo en su débil estado
de ánimo.
— Hola, habla GC.
— Quihúboles, ¿qué hay?
—Nada, sólo que como no llegaste a clases, quise lla-
marte para saber el motivo...
— Simplemente me quise quedar a escribir, ya ves có-
mo es una.

—Aaahhh — se quedó perplejo GC ante la sencilla

respuesta de Adriana.
-
—Pero qué bueno que llamaste, que tal si te vienes pa-
ra la casa y nos fumamos un churro, es más, estaba a pun-
to de prenderlo cuando me interrumpió mi hermana con
que me llamaban por teléfono, y la neta me da mucha hue-
va fumar sola. ¿Vienes ? —Propuso con la mayor simpleza

80
del mundo, hablando de drogas por teléfono, desconcer-
tando aún más a GC, quién tardó en responder ante aque-
lla invitación, sobre todo porque él a pesar de ser mayor

que ella nunca antes había probado cigarros siquiera.


— Sssí — salió la afirmación como no queriendo de
sus labios.
—Entonces no prendo y te espero, pero apúrate,
lo
porque ya lo tengo todo preparado.
—Salgo para allá —confirmó con un poco más de se-
guridad, pensando qué pretexto le daría a Canales para
no llegar a la oficina.
Durante el trayecto del centro de la ciudad a la casa de
Adriana, GC comenzó a sopesar la propuesta para la que
había sido convocado. De la sorpresa transitó a la indig-
nación, nunca se hubiera imaginado que ella le entrara a
la mota, incluso, ¿cómo había aceptado ir a su casa a com-
partir un churro?, siendo que él siempre se había negado
aprobarla y hasta sermoneaba a los cuates que no la deja-
ban de fumar. Pretendiendo digerir aquellos pensamien-
tos, cuando menos se lo esperó ya se encontraba frente a
su casa y no tuvo más opción que llamar a la puerta.
—Tú has de ser GC, pásale, Adriana está esperándo-
te en el cuarto de la sirvienta — le hermana em-
recibió la
pujándole hacia adentro, al momento en el que cerraba
la puerta por fuera.
Se quedó inmóvil hasta que el llamado de Adriana le in-
dicó el camino que debía seguir hasta donde se encontraba.
—¿Quihubas?
—Hola, supongo que quién me abrió es tu hermana,
¿y papás — Quiso saber que terreno
tus ? pisaba, imposible
que los padres estuviesen enterados de lo que harían, o si la
hermana era cómplice de aquella práctica, en fin, las arenas
movedizas inquietaban de más su frágil personalidad.

— 81 —
—Ellos no llegan sino hasta noche y que abrió
la la te

es mi hermana — respondió Adriana consciente de las

inquietudes de su amigo — ¿Estás .


listo?

—La verdad que estoy un poco nervioso, que.


es es .

— ¿Acaso nunca has probado mota? — Le ganó la el

punto, haciendo un gesto de asombro intencionado, a


pesar de que se imaginaba la respuesta.
—Puesss... no... ya ves que ni los cigarros me gus-
tan, lo que pasa es que... — La ausencia de argumentos
para justificarse le más de la cuenta.
hicieron titubear
—No te vayas a creer tampoco que soy una adicta,
lo hago muy de vez en cuando. La primera ocasión que
probé la mota fue a invitación del chavo que te plati-
qué, la verdad que acepté para saber qué onda, qué se
siente. Luego cuando me enteré que Tin Tan le entra-
ba con singular alegría, me dieron ganas por descubrir
qué sentía él.
—¿Tin Tan fumaba mota? —
Cuestionó GC ante la
novedad que se le presentaba con aquella información.
—Uta mano, hasta el gorro, le fascinaba meterse sus
churros a cada rato, por lo menos muchos de sus allega-
dos eso han dicho, incluso que durante las filmaciones se
metía sus guatazos, puede que incluso varias de sus me-
jores actuaciones las haya hecho bien pasado. Claro está
que ese pasaje de su vida es poco conocido, pero por lo

menos a mí me lo han contado diversas personas de las

que he entrevistado. Total, yo creo que no tiene nada de


malo, pero ya ves como luego se pretende cuidar la ima-
gen de un personaje famoso. Incluso, si te fijas, en distin-
tas películas hace alguna referencia a la mota. Bueno, pero
vamos a entrarle ¿o no? — Las últimas palabras le sona-
ron a GC más como un reto que como una invitación, de
ahí que se tragó sus nervios y aceptó.

82
—Tómatelo con calma, para entrarle a la marihuana
hay que estar relajado para no darse un mal viaje. Luego
de aspirar, quédate con el humo en los pulmones lo más
que puedas, ¿sí sabes como se le da el golpe al cigarro o
ni siquiera? —Lanzó Adriana la sátira, mientras que GC
se encomendaba a los santos del sacro cielo celestial para
no hacer el ridículo frente a ella, mientras observaba có-
mo prendía churro y le daba un primer toque largo y
el

prolongado antes de pasárselo.


Una vez que tuvo entre sus dedos el cigarro aquel, sin-
y sugestivo que despedía la planta seca
tió el olor picante

a medio quemar, el famoso olor a petate quemado le pare-


cía ahora menos desagradable, lo enfrentó con un suspiro

antes de llevárselo a la boca e inhaló. Sintió cómo el humo


invadía su lengua, luego sus encías, el paladar, infló los ca-
chetes como para expulsarlo, cuando Adriana le ordenó
que aspirara, que lo llevara al pecho y que lo retuviera
ahí. Obediente, fue sintiendo cómo el humo habitaba sus
pulmones como si fueran globos, un primer impulso por
toser se apoderó de él, se controló, aquellos segundos se
le hicieron horas, creyó haberse puesto rojo y cuando no

pudo más, exhaló y no sacó nada.


—¿Cómo —quiso indagar mientras
te sientes? ella le

quitaba de mano la el cigarrillo.

—Un poco mareado —atinó sintiendo a contestar,

que el aire le faltaba.

—Es porque
lógico, fumas tabaco —opinó
ni siquiera

dominando el tema, para luego darse otro toque y encender


la grabadora con un casete que tenía preparado del grupo de

rock Queen —
¿Quieres más?
.

Le devolvió el cigarrillo.
Consciente Genaro Cipriano de lo que sentiría de
nueva cuenta al llevarse la bacha a la boca, tomó fuerza
para no volver a ahogarse o toser y repitió los pasos suge-

— 83 —
V
ridos por ella. humo, ahora sí
Sostuvo por más tiempo el

logró controlar cualquier tipo de reacción, no hubo con-


vulsión y, por el contrario, hasta disfrutó un poco el olor
que despedía el cigarro; logró exhalar el humo que se en-
contraba en sus pulmones.
—Ya aprendiste no cabe duda que te estoy lle-
carnal,
vando por el camino de la perdición le comentó en plan —
bromista, descubriendo GC el cambio que para entonces
experimentaba Adriana en su manera de hablar.
La duda sobre si ella hablaba diferente o él percibía to-
do de manera distinta comenzó a instalarse. Sintió cómo
cierta fuerza se apoderaba de él, la reacción de la marihuana
hizo sus efectos, dominando su sistema nervioso; el tiem-
po parecía no transcurrir, la risa aparecía a flor de labios,
sin que nada aparentemente la provocara. La música co-
menzó a penetrarle por lo oídos, navegó por las ilustracio-
nes que adornaban las paredes del cuarto de servicio, tam-
bién al cerrar los ojos sentía que se iba de aquel cuarto. La
voz interna, que ya había aparecido en otro momento, re-
gresó con mayor nitidez a conversar en su interior.
—Muy bien carnal, ya vas entrando a la ondacha, si

eres bien chipocludo, lo que pasa es que te reprimientas


baterías, debes de alivianarte. ¿Qué no ves que a las cha-
vas no les cuachan los monigotes acartonados, como tu
comprenderinas ?
Dejó que la voz hablara sin la angustia por correrla
de su oído, como en otras ocasiones, no le interesó que a
su lado se encontrara Adriana con los ojos cerrados, con-
centrada en la música. Por un largo rato no se dirigieron
la palabra entre ellos, hasta que sintió cómo una pesadez
se le sentabaen los hombros, se asustó, abrió los ojos y
creyó descubrir el lugar en el que se encontraba y en com-
pañía de quién.

84
Adriana se percató de la incomodidad por la que es-
taba atravesando GC y trató de tranquilizarlo.
El escuchó la voz lejana, le dio miedo responder pen-
sando que no tendría capacidad para articular palabra,
tan sólo atinó a acariciarse los hombros como deseando
desprenderse de la pesadez que sentía sobre ellos.

—Cuando pasa eso, se dice que se te trepó el mono


— le dijo ella con toda tranquilidad, deseando borrar esa
cara de angustia en GC.
Le animó la caricia que representaban sus palabras,
se dejó de preocupar. «Entonces común», se dijo a sí
es

mismo, al momento en que volvía la voz a su oído.


— ¿Qué jais, carnalín? No se azote con la vaina ésta,
si se la mete uno es para el disfrute, no para el agüite;

te estás poniendo bien iris en lugar de guachar el mango

que te acompaña —
apenas y alcanzó a entender la mitad
de lo que le decía la voz. Sintió que la pesadez le inva-
día también la frente, los costados de la cabeza. Alcanzó
una colchoneta y prefirió acostarse. Fue entonces cuan-
do a Adriana le entró un ataque incontrolable de risa,
las carcajadas lo ocuparon todo, opacaban la música. La

posibilidad de que la voz regresara, tuvo la conciencia


de estar a su lado, simplemente se atrevió a dibujar una
sonrisa en sus labios, sintió cómo ella le tomaba la ma-
no izquierda y se dejó descansar sin expresar ya ningún
malestar.
Tuvo un rato de inmensa placidez que se interrum-
pió cuando ella se levantó a cambiar el casete. Genaro
Cipriano no articuló palabra durante ese tiempo en el
que se sintió poseído por el humo que había inhalado,
cuando lo hizo fue para pedirle a Adriana un vaso con
agua, sentía la boca reseca; para ese entonces percibía
una mezcla de sensaciones entre realidad e irrealidad.

85
— ¿Te sientes bien? — Le cuestionó Adriana, antes
de acercarle una jarra con agua de jamaica que GC no
supo de dónde salió.

—Tengo un poco de hambre —alcanzó decir por a fin.

— ¿Ya pasó mal el viaje?


—Fueron sensaciones,
varias las verdad me sacó la

mucho de onda el perder el control de mí mismo, de


pronto como que me fui a varios lugares fuera de este
cuarto, incluso hasta llegué a olvidarme de que estabas
a mi lado, también sentí durante largo rato una pesadez
muy gruesa.
—Total, gustó o no?
¿te
—Algo, pero no una cosa que mees lata estar ha-
ciendo a diario.
—Tampoco yo, ya te dije que lo hago muy de vez en
cuando, sobre todo en momentos muy especiales, cuan-
do me prendo a escribir sobre Tin Tan; cuando quiero
escuchar música y sentir la soledad muy de cerca; eso
sí, nunca en la depre, porque cuentan mis cuates tepo-

rochos que no hay peor cosa en el mundo que un mal


viaje.

—Entonces un mal viaje, lo que se dice mal viaje, no


lo tuve.
—Fue tu primera vez — le interrumpió Adriana —
Vente, vamos a ver qué hay de comer en la cocina, con el

estómago lleno se te va a terminar de pasar el efecto — le

dijo mientras encendía un incienso, provocando que to-


do el cuarto se invadiera del olor dulzón de la vara
para cubrirse las espaldas.

GC decidió caminar hasta su casa, quería procesar lo


experimentado en tan pocas horas. La multitud de sen-
timientos encontrados hizo acto de presencia.
El llegar temprano a casa despertó la curiosidad de

86 —
la familia, tuvo que inventar cualquier pretexto para sa-
lir adelante frente a los cuestionamientos, dudó sobre
si se le notaban o no los estragos de la marihuana, por
loque tuvo que pensar varias veces sus respuestas. Una
buena noticia era que ya había gas y finalizó el inte-
rrogatorio refugiándose en el baño. Cuando se quitó el
calzón palpó que la parte delantera de éste se encontra-
ba acartonada, algunas gotas de placer había dejado sa-
lir su pene y ni se percató siquiera a qué hora sucedió
aquello.
Se dejó acariciar el cuerpo desnudo por el vapor del
agua y no tuvo necesidad de batallar, de inmediato la
erección se presentó dispuesta a concluir el placer pa-
ra sí mismo. La imagen de Adriana no tardó en llegar
hasta su mente, alejó la posibilidad de sentirse culpable
por masturbarse pensando en ella, le recorrió el cuer-
po con una mirada llena de imágenes preconcebidas:
cuando la vio por primera vez, repasó cada una de las
diferentes maneras en las que se vestía, alcanzó a verla
con aquella blusa morada que le destacaba los senos,
acarició en vano sus cabellos y dejó que el éxtasis del
placer le saciara el hambre que sentía con unas peque-
ñas convulsiones al terminar. Acabó de enjabonarse
todo el cuerpo y fue cuando el cansancio se apoderó
de él.

Salió del baño y rechazó la cena que su madre le

ofreciera; se encerró en su cuarto decidido a terminar


de leer las cuartillas que Adriana le había entregado.
mañana habrá que inventarse cómo vivir,
«Total, ya
por hoy vamos con Tin Tan», se dijo justificando su au-
sencia en el periódico y el no atender la tarea del día si-

guiente.

87
¡Qué mené!

A los dos meses de haberse casado con Magdalena la

noticia de que pronto sería padre transformó el ánimo


de Tin Tan. El matrimonio para entonces se había ins-
talado en un pequeño departamento por el centro de la

ciudad.
Los gastos de mantener una familia, así como lo des-
preocupado que era para con el dinero, tensaban día con
día su relación relámpago con Magdalena, la cual dejó de
participar en las parrandas que se presentaban a menudo
dentro del ambiente de la farándula.
Con fecha del 22 de marzo de 1944, el Diario Fílmico
Mexicano dedicó una breve reseña sobre la primera apari-
ción en pantalla de Tin Tan: «Resulta que apareció un in-
dividuo de facha estrafalaria, vestido al más puro estilo de
los pachucos, mascando un idioma que él llamaba totacha
y llevaba un traje, si puede llamar a eso que llevaba
así se le

encima, de esta manera: azul, con pantalones amplísimos


y un saco que le llegaba a las rodillas. La cadena del reloj
rozando a la altura del dedo gordo del pie. El pachuco dio
su nombre: «Me llamo Tin Tan o Germán Valdés, carnal.
Ando rolando en busca de un chante ¿ves? ¿Aquí puede
uno trapear la oreja, ese?»

¿Ya viste lo que dicen de ti en el diario fílmico?
— Le esperaba a la entrada de la W Marcelo indignado.

Quítese lo enchilado carnal, que no dan para tanto
aquellas habas, el asunto no es tan iris como para agüitar-

— 88
se. Es más, traigo una crudelia cruzada en la azotea que
no me ha dejado ni siquiera echarme una birria pa’ ver si

me da chance de camellar — le soltó Tin Tan, invitando al

voluminoso amigo a que entraran a la estación de radio.


—Deberías hacer algo Germán, no se puede permi-
tir que alguien se exprese así de tu trabajo — le insistió

detrás Marcelo, mostrando su indignación golpeando el


periódico con la otra mano, como si tuviese cerca al au-
tor del artículo.
—Aliviánate brodi, el que publiquen lo que sea so-
bre nuestro rol en «Hotel de Verano» es un buen bisne;
total, para los pocos minutos que estuvimos en pantalla,
con que nos hayan pelado está de matraca. Tú vente a
tintanear con un bocadillo para el día de hoy, carnal, án-
dale — le jaló del brazo Tin Tan rumbo a la cabina para
dar inicio a su programa.
Aquel día Tin Tan se sintió inspirado y comenzó su
transmisión cantando «una mosca parada en la pared, en
la pared...» Del público que llenaba aquella tarde con
sus risas estudio Azul y Plata de la
el W sobresalieron
tres niñas, que comenzaban a cantar para la radiodifuso-
ra: el trío de las hermanitas Julián, que fueron escogidas
para acompañar las presentaciones de Tin Tan y Marcelo
en el teatro Follies.
Tin Tan vuelve a ser citado en la prensa provocando
un debate entre la intelectualidad del país, cuando el 4
de junio de aquel año el periódico Novedades publicó
un artículo del Maestro de la Juventud, José Vasconce-
los, quién bajo el título de «Pochismo lingüístico» dejó
testimonio de su indignación, porque el lenguaje del pa-
chuco se pudiera convertir en una expresión cultural
que invadiese todo el país. Los escasos minutos de Tin
Tan en pantalla anunciaban lo que sería posteriormente

89
la arrolladora tintaneada. El ex secretario de Educación
Pública calificó las presentaciones del cómico como es-

pectáculo mediocre, cuando no vulgar, para ahondar en


eltema diciendo: «Las buenas escuelas de Nuevo Laredo
y Coahuila y el esfuerzo de patriotas ilustrados han lo-
grado contener el abuso de la jerigonza tintanesca. ¡Pero
ahora ocurre que es la capital la que fomenta, aplaude y
disfruta el pochismo!»
Marcelo ya no pretendió azuzar a su compañero de
trabajo, a quién se le resbalaba todo tipo de ataques y,
peor aún, le motivaban a seguir con sus actuaciones.
— hemos provocado que se enchile el intelecto, por
Si

algo serenata —
alcanzó a expresar Tin Tan luego de leer
lo escrito por Vasconcelos.
El tema estaba en el ambiente, a los pocos días no tar-

daron en salir los defensores del pachuco, uno de ellos


fue el escritor José Revueltas, quién publicó: «Desde que
en un cabaret establecí contacto con él, me interesó vi-
vamente a causa de un fenómeno de interlocución con
el mexicano del otro lado. Como yo había visto eso con

prejuicios, sirvió para comprender mejor el problema


idiomático, por lo que me pareció muy bien la introduc-
ción de esa corriente; no se debía a una actitud conserva-
dora respecto a las tradiciones lingüísticas del español,
sino porque me era necesario hacer frente a esa sociolo-
gía del idioma.»
Lo que terminó por llevar más ruido al debate fue el

artículo que publicó Salvador Novo en el mismo perió-


dico Novedades el 20 de junio, refiriéndose a la pureza
del lenguaje que defendiera Vasconcelos, argumentando:
«Ciertamente, es un buen artículo. Me lo inspiraron los
que menudean sobre Tin Tan, a quien acusan de estar
corrompiendo el idioma con sus pochismos, que los chi-

— 90 —
eos repiten. Claro está que no tuve espacio para desarro-
llar como debiera toda pero en esencia, y los
la teoría;

lectores inteligentes lo habrán comprendido, estriba en


deparar a Cantinflas la representación de la subconcien-
cia mexicana, en tanto que es fuerza reconocer que Tin
Tan, cuando nos molesta, nos molesta porque encarna la

culpable conciencia de nuestro voluntario o pasivo des-


castamiento.» Para finalizar contundente: «...los detur-
padores de Tin Tan yerran el tiro. El buen señor es un
efecto, no una causa, de una corrupción más grave que la

simplemente lingüística.»
— ¿Ya vio carnalín? ¿Para qué tanta alharaca? Entre
Revueltas y el maestro Novo han tatemado un resto a
los hueseros. ¿No le dije que el borlote nos va a dar
pa’botanear? Pirémonos por un jalón que hay un titipu-
chal paTestejar, tráigase la lira brodiy cántese esa que
dice: Es el pachuco un sujeto singular / pero que nunca
debiera camellar, / y que a las aínas las debe dominar /
j

para que se sientan veri fain para bailar. / Toda carnala


que quiera ser feliz / con un padrino que tenga su desliz
/ vaya y agarre su veliz /y luego a camellar
a su chante
pa’ mantener al infeliz —
Tin Tan intuía que estában por
venir buenos tiempos comparados con los que ya esta-
ban viviendo.
A fines de 1944, cuando el primero de los hijos de
Germán Genaro Cipriano comenzó a expulsar sus be-
rrinches en un pequeño hospital cercano a su domicilio,
el director de cine Humberto Gómez Landero se entre-

vistó con el cómico para ofrecerle su primer papel estelar.


La visita de la cigüeña trastornó la rutina acostum-
brada del actor. Faltando pocos minutos para que saliera
el sol, Tin Tan llegaba a su casa, encontrándose con la

llorera del recién nacido.

91
—¿Podrías callar a ese hijo desobediente? — Le pro-
puso Tin Tan a Magdalena entre las últimas bromas an-
tes de dormir.
Estrenar el año de 1945 entre el universo de luces, cá-
maras, camerinos, ensayos, gritos, bailes, bromas, can-
ciones y juegos fue para Tin Tan como si toda la vida hu-
biese estado ahí, mientras que Marcelo permitía que los
nervios se asomaran cada vez que la pizarra anunciaba la

siguiente toma.
«LUCES, CÁMARA, ACCIÓN». Era el grito que ansia-
ba escuchar Tin Tan para darle vida a su personaje; le

motivaba saber que próximamente le verían cientos de


personas en un cine, traspasando las fronteras del teatro

y del centro nocturno.


—Checa estas escenas Valdés —sugirió el director el

primer día de la filmación de «El hijo desobediente.»


—Ya báscula alterada, señor direc —bromeó Tin Tan,
insatisfecho porque nombrara Valdés y no Tin Tan
le

como ya para entonces le decía todo el mundo.


—Que titipuchal de cambios, were momen, were mo-
men, aquí le hago al salsa, el petarro me invita a su casa,
el tal Marcelo acepta maricaqui fingir ser mi mayordom,

¡híjoles, qué quemón. . . ! —


Bromeaba solo, en lo que ho-
jeaba el libreto que le acababa de ofrecer el director.
—¿Cómo ves? —Se acercó Marcelo.
la le

—Tú sábanas, que bisne carnal, el es el bisne; total,

nos formamos al lado de la ganga y aquí sales como el

millonetas; afloja marmaja pa’l patrocinio, creo que el

cuento no está tan gacho. ¡Vamos dándole!


— ¡Corre «El desobediente»! Escena
hijo veintisiete.

¡Va! — Se oyó voz de un ayudante.


la

Marcelo Fortuna llega a la casa de huéspedes para


hacerse pasar como el mayordomo del millonario, por

— 92
quien Tin Tan se ha estado haciendo pasar. Ante el des-
concierto de la propuesta éste no sabe qué hacer, camina
de un lugar a otro, le vuelve a preguntar si está bien de la

cabeza, sino está loco cuando, de pronto, el cómico se


vio ante la cámara y soltó: «No le hagan caso, creo que
este ni trabaja en esta película, creo que se escapó de una
que se llama el medico de las locas...» Le habló Tin Tan
a la lente, como si el que estuviera enfrente fuera el es-
pectador.
— ¡ALTO! ¡CORTEN! Tin Tan, ¿cómo se te ocurrió
eso? ¿Quién te dijo que le hables a la cámara? ¿De dónde
sacaste esa idea? —recriminó indignado el director.
—Ojos de perro ¿apoco no estuvo chévere? Ima-
azul,
gine usted el descontrol de que te llegue un mayordomo
así, porque sí, pos simplemente se me ocurrió, ¿no estuvo

suavena? —Se justificó el actor ante aquella ocurrencia.

—Parece una locura, una de las reglas cinematográficas es



no voltear jamás a la cámara sentenció Gómez Landero.
—Oh, men, pero es para convivencia^ déjela usted,
total, si de a tiro se ve gacha, yo refifo la toma sin cobrar,

¿verdad Marceliano? —
Propuso Tin Tan seguro de sí,
incluyendo a su carnal en aquella aventura.
—Se va a grabar escena veintiocho. Cuando cantan
aquello de los locos. Todos a sus puestos. Aquella luz
dirígela a la escalera. Primer ensayo. ¿Listos Tin Tan y
Marcelo? — Ordenó el director, fingiendo que ignoraba
la propuesta del cómico, dispuesto a ver qué tal se veía el

cióse up hablando a la cámara.



Ooolrrait. Tu canción carnal, ¿trucha? —Animó
Tin Tan a su amigo al momento en que ambos ocuparon
sus puestos a un lado de la escalera de la casa y la músi-
ca de fondo comenzó a escucharse. Sin previo aviso Tin
Tan comenzó a cantar: «Llay que reír, / nunca llorar, /

93 —
siempre tener una sonrisa que obsequiar / y los dolores

y las penas olvidar.»


—A dúo carnal —indicó a Marcelo: «Somos dos chi-
flados, / nadie nos comprende / y no nos ofende que la

gente diga así: / Estos están locos / les patina el coco, /

pero no comprenden que ser loco es ser feliz, / tirirurá

tundá tundá tundá...» Se fue Tin Tan solo caqueando


hasta que le hizo una seña a su carnal para que regresa-
ran a la letra original: «Para vivir, / para gozar, / hay que
reír: / ja, ja, ja, ja, / nunca llorar: / ññññññ / siempre te-

ner una sonrisa que obsequiar / y los dolores /


y las pe-
nas olvidar. / Somos dos chiflados, / nadie nos compren-
de / y no nos ofende que la gente diga así: / estos están
locos, / les patina el coco, / pero no comprenden que ser
loco es ser feliiiiizzzz, / ja, ja, ja, ja, ja.»

Tin Tan bailoteó, dibujando todo tipo de muecas


mientras cantaba, aprovechando cada frase para gesticu-
lar, mover el bigote, alzar el cuello.
levantar los labios,
Apoyó su actuación moviendo las manos, señalando a
Marcelo, haciendo cuernos con los dedos. Las cejas bai-
laron al ritmo de la música y apretó el puño como de-
seando retener las notas musicales. La boca se le abrió
como si ella se dominara sola, dejó ver sus grandes dien-
tes, que invitaron a la risa. Por momentos el delgado bi-
gote mostró una exagerada tristeza inexistente, acompa-
ñado por unos ojos que bailaron al ritmo de la melodía.
En la búsqueda de la carcajada final engrandeció la boca
dispuesta a comerse el piano de la sala.
Los aplausos espontáneos de todos los actores y de
los técnicos no dejaron duda de que la escena quedaba
filmada, no había necesidad de repetirla.
— Estuvo muy bien Tin Tan, pero creo que abusas-
te en las locuras — quiso aconsejar Marcelo, mientras
94
descansaban los dos en su camerino; luego de aquella
explosión de placer durante la interpretación musi-
— En teatro no veo tanto problema, porque
cal . el le

no quedan registrados tus brincos, ¡¿pero en cine?! el

—Buzo carnalín, hemos aprendido cómicos y a ser


cantantes en la pura farándula. Tenemos que ser noso-
trosmismos y no reprimirnos con las famosas técnicas
que sólo limitan al actor. Creo que se debe de hacer lo
que uno siente —
respondió serio Tin Tan mientras se
secaba el sudor.
Marcelo no entendía aún que Tin Tan nacía para
quedarse en que a la cámara la respetaba
la pantalla,

como un profesional, pero no la veneraba, la conside-


raba una aliada, una amiga, un medio.
Con «El hijo desobediente» Tin Tan no sabía toda-
vía a quién estaba representando. ¿Estaría contando su
propia vida en aquella película? ¿Era el papel estelar
para elpachuco o para Tin Tan? De algo sí estaba se-
guro: tenía que jugar, su actuación debía estar llena
de movimientos y gesticulaciones; el director no siem-
pre tenía la razón, como muchos otros pensaban. Algo
dentro de él le ordenaba moverse, bailar, levantar una
pierna, los brazos, abrir la boca hasta enseñar la cam-
panilla. El cosquilleo que sentía con la música era arra-
sador, las ocurrencias para moldear el lenguaje eran in-
controlables, comenzaba a fundirse precisamente el hi-

jo desobediente del cine nacional.


—Esto es todo por hoy —anunció el final de la jor-

nada el director — . Mañana se filman las escenas en el

cabaret, descansen y estudien sus papeles.


—Vamos encarrerándonos carnal, ahora sí se justifi-
ca que nos demos un tiempín pa’lavar la tripa, ¿no cree?
—Propuso Tin Tan a Marcelo.

— 95
—Pero tenemos que llegar a la radio y por la noche
al teatro.
— Pues de a perdis me tengo que empinar un par de
cervatanas, ai’ usted sabrá si se agüita carnal.
Una vez frente a las cervezas y la botana, Tin Tan no
dejó pasar la oportunidad para contarle una
a su carnal
de sus tantas anécdotas juveniles: «Una vez andaba con
la flota y no traíamos y nos urgía un buche, y fíjese
feria

que se nos ocurrió fingir que ya me había pelado, y como


supuestamente la ganga no tenía feria pa'l entierro, arma-
mos la chapuza en una funeraria con todo y ataúd presta-
do; que me meto en él para que la raza se cayera con algo
de money. Ya habíamos juntado algodón y nos disponía-
mos a volar, cuando nos cayó el jefe de la tira que nos
descubre y nos levanta pa’l tanque. Eramos unos chava-
les carnal. Tortugas, que wait moment, lo sombrereado se

acomodó a la fianza pa’que nos abrieran celda.»


La relación con Magdalena, su esposa, comenzó a
deteriorarse rápidamente, el andar paseando la capa a ca-
da rato no fue lo mejor para la calma que necesitaba un
recién nacido en casa. Tin Tan comenzaba a ser famoso
por sus besos no sólo en escena, sino también fuera de
ella. Sus bolsillos se recubrieron de teflón
y no hubo di-
nero que se le pegara, a pesar de que cada vez cobraba
mejor.
La filmación de escena entre Tin Tan y Marcelo en
la

«El hijo desobediente», cuestionando la personalidad de


cada uno, anticipó el juego constante del límite entre la

realidad y la fantasía, que perduró como idea generaliza-


da en la filmografía tintanesca.
El set en el centro nocturno quedó listo, los extras

ocuparon su lugar y Tin Tan solicitó que los tequilas no


fueran de mentiras para poder inspirarse mejor y olvi-


darse de la actuación.
— Si esta carnala está como mi general — le dice Tin
Tan a la mesera del cabaret.
— ¿Qué general? —responde ella indignada ante los
borrachos.
—Mi general Mangomeri...
Entre los cambios de ánimo que provoca la borrache-
ra, Tin Tan expresa que se siente otro, que ya agarró la he-
bra, que es el hijo desobediente, que es súper Tin Tan.
— ¿Y tú sabes quién eres? —interroga a su carnal
Pascualito, quién para entonces llora de saberse un rico
abandonado.
— Para qué sirve el dinero ? —Le pregunta Marcelo For-
tuna, que se siente mejor como el mayordomo Pascual.
—Para pagar la cuenta —responde rápido Tin Tan,
que se dirige a la orquesta por una guitarra para inter-
pretar «El hijo desobediente.»
— ¡CORTE! Queda la escena, mañana se filma en la

delegación — ordenó el director.


—Vamos a seguirla Pascualito, Marcelo o como te

llames, al fin que estoy medio píloro —invitó Tin Tan a


su carnal, entre broma y serio, sin pasar por el camerino
para cambiarse.
nudo de la comedia de enredo se deshace, Marcelo
El
reconoce no ser Pascualito y ser el millonario Fortuna,
por quien se hacía pasar el pachucho Tin Tan, cuya ver-
dadera identidad sería Germán Rico.
—Escena setenta y ¡LUCES! ¡CÁMARA! ¡ACCIÓN!
tres.

—Tomaré por mi cuenta tu debut en mejor cabaret el

de México — propone Marcelo Fortuna pachuco que al

le salva la vida.
—Muchas gracias carnal — se expresa efusivo Tin
Tan, estrechando la mano del millonario.

— 97 —
—Y todavía más, no volveré un millonario abu- a ser

rrido, yo debutaré contigo — propone para fundarle la

pareja inseparable.
—Suave, así seremos Tin Tan y su carnal Marcelo en
el orelileliooo oleii tarara tan tan, ay, ay... —Baila efusi-
vo mientras tararea Tin Tan, contagiando a su prometida
y a su futuro e inseparable compañero de trabajo.
—A descansar todos — gritó Varelita, el auxiliar del
director. Luego en corto sugirió a Tin Tan y Marcelo —
Listos mañana porque la escena del Patio tiene que salir
a la primera y no vamos a poder ensayar antes.

—No te angusties Varelín, que si algo sabemos mi


carnal y yo es tirar dens y soltar rolas en el Patio, verdad
tú —
lanzó una palmada cariñosa al corpulento cuerpo
de Marcelo como queriendo recordar tiempos no muy
lejanos.
—Qué otra — asintió no muy convencido Marcelo
por los pleitos que habían tenido un par de años atrás
con el dueño del local.
—Que agüite el tuyo, si afinadas las cuerdas, gracia-
nas al hemos alcachofas la mostaza, ¿o qué no?
Patio,
— Puso Tin Tan en orden el ánimo de Marcelo.
— Pero ya ves cómo es uno Germán, ¿qué acaso ya se
te olvidó que aquel viejo propuso que me zafaras?
te


Stopeale a tu trenifugo, que bien sabes el rollo que
me aventé por tu alacena, o sea que ya forgoten aquel
borlo que tomorrow debutamos one more time. Ahora
invítame un guain.
Tin Tan se daba el lujo de cargar con la inseguridad y
lasdepresiones de su amigo, porque traía cuerda y ánimo
para dar y repartir.
El último: ¡LUCES, CÁMARA, ACCIÓN! de «El hijo
desobediente» estaba a punto de escucharse. Para enton-

— 98 —
ces el pachuco ya era Tin Tan, el viejo Topillo Tapas era
igual que Germán Genaro Cipriano y todos reunían la
espontaneidad e improvisación del cómico, quién conti-
nuaba jugando, riendo, tomando una copa entre filma-
ción y filmación, invitando a la risa en cada momento.
Con el rodaje de su primera película como estelar, Tin
Tan deseaba contrarrestar la idea de que ser cómico o co-
mediante era un oficio vulgar. Luego de haber conquista-
do la capital con el pachuco, cualquier meta parecía alcan-
zable. Se había representado así mismo y lo había logrado
con éxito.

—Silencio todos, lista la música. . . Se va a grabar últi-


ma escena. ¡LUCES! ¡cámara! ¡acción!
La melodía entró inmediatamente, las parejas se arre-
molinaban en la pista de baile. El señor Rogaciano Rico
de Chihuahua aparece en busca de su hijo descarriado; la
prometida consigue que éste se calme y le acompañe pa-
ra ver el espectáculo. Sale el maestro de ceremonias para
anunciar, luego de las fanfarrias, el extraordinario suce-
debut del maravilloso cómico y pachuco Tin Tan,
so: El

acompañado de su carnal Marcelo. Los aplausos truenan


por todo centro nocturno y Tin Tan aparece en escena.
el

— Muchas gracias, muchas gracias. Marcelino, ayer


soñé que debutábamos aquí, en el Patio — le dice a su
compañero sin dejar de jugar con las manos y mostrando
una emoción como si se tratase del año 1943, cuando apa-
recieron por primera ocasión en aquel centro nocturno.
—¿Sí?
— Silabario, silabario... Vamos a dejar que las cuer-
das bocicales nos presenten: arranquen con el «Rancho
grande.»
—Estás cantando «Rancho grande», una canción cien
por ciento mexicana, y estás gritando como si fueras del

— 99
sur de Estados Unidos —reclama indignado Marcelo a

Tin Tan, interrumpiendo su canto.


—¿Y por eso te esponjas?
—¿Te parece poco?
—Pero «Rancho grande» va por donde quiera
si del
mundo, carnal. Donde quiera que llega, se leterea el rey de
miros gritos. —
Concluye, para llevarse el «Rancho gran-
de» de la Argentina a Cuba, España, por American Airli-
nes, a los Estados Unidos una vez más para concluir con el:

La cámara se aleja para registrar una panorámica del


lugar; se encienden las luces del centro nocturno, el pú-
blico enloquece aplaudiendo y al fondo quedan las figu-

ras de Tin Tan y Marcelo en el escenario, agradeciendo


la aclamación; la música sigue y la imagen cambia a un
close-up de la cara de Tin Tan, quién antes de cerrar el ojo
izquierdo levanta bigote y la palabra FIN suple todo.
el

La ovación real sustituyó a la ficticia, la fiesta que ce-


lebraba el final de comenzó de inmediato en
la filmación
el centro nocturno y la champaña empezó a descorchar-

se. Tin Tan aventó su sombrero, abrazó a todos los com-

pañeros actores; por largo rato brindó con Marcelo, le

besó y agradeció a todo el personal con el que había


trabajado las últimas semanas. Las serpentinas y el con-
feti cayeron por todas partes, la euforia se derramaba, el

propio director Gómez Landero no dejaba de mostrar


su emoción. Varelita servía copas no le costaran como si

a la productora, no era sólo un gran día, no se trataba


de una fiesta más. Tin Tan entraba a la pantalla grande
con su carnal Marcelo de un lado y la complicidad de la
cámara por delante.
Cerca de las seis mañana parte del personal
de la

secundó la propuesta de Tin Tan de irse del Patio por

100
unos caldos a la Candelaria; para bajarse la cruda co-
menzaron a circular de nueva cuenta las cervezas y así
se fue enganchando la fiesta de nuevo por 48 horas más.
Tin Tan había ganado con la filmación el dinero que
nunca antes había pensado tener. La emoción lo llevó a
pagar las parranda y a ofrecer billetes de
cuentas de la

a peso a quienes se encontraba por la calle pidiendo li-


mosna. Por fin le envió a su familia un telegrama: «Ma-
má y papá, vénganse inmediatamente para México, es-
toy ganando mucho no quiero que trabajen,
dinero; ya
tengo las facilidades para comprarles una casa.»
Recibir noticias del segundo de los nueve hijos con-
mocionó a toda la familia Gómez Valdés Castillo. Des-
de el telegrama que anunciaba su boda hasta la noticia
de que comenzaba la siguiente generación con el naci-
miento de Francisco Germán, pocas eran las referencias
que se tenían de Germán Genaro Cipriano, salvo por
algunos periódicos que destacaban sus actuaciones en
los teatros o centros nocturnos.
—Verdaderamente Germán loco, ¿qué vamos
está
hacer en México? — Respingo de inmediato don Rafael.
—Vamos verle —suplicó doña Guadalupe— To-
a .

no queremos quedarnos nos regresamos y ya. Ha-


tal, si

ce tanto tiempo que no sabemos de él.


Un amotinamiento por parte del resto de los hijos
provocó el largo viaje desde Laredo hasta la ciudad de
México, a pesar de que don Rafael no quedó muy con-
vencido de lo que hacían.
A mediados de 1945, precisamente a una semana de
que se estrenase en los cines «El hijo desobediente», por
todas partes se veían los carteles anunciando la película;

la caricatura que ilustraba la imagen del pachuco co-


menzó a verse en cualquier esquina. Si antes había es-

101
candalizado con su manera de hablar y de vestir, ahora
la tintaneada y el ser pachuco llegaban a todos los rin-

cones de México.
Por aquellos días arribaron a la capital en compañía
de siete de sus hijos Guadalupe y Rafael.
-
— —
¿Dónde está tu mujer? Le cuestionó don Rafael
a Germán, cuando éste fue a recibirlos a la estación del
tren, luego de abrazar a cada uno de los miembros de la

familiacomo deseando rescatar los días pasados.



Nos estamos divorciando. —
La noticia de su se-
paración cayó como helada en el ánimo de sus padres.
—Ay, Germán, ¿y qué va a ser de tu hijo? — Interro-
gó de inmediato su madre.
—La vida del actor es muy dura madre, tengo trabajo
todas noches, y dependiendo del éxito en taquilla de
la

esta película hay proyectos para continuar en el cine. Ca-


si no estaba en amor se acabó más rápido que un
casa, el
pestañazo — confesó serio Germán, levantándose el áni-
mo con el gusto de ver nuevamente a la familia.
—Próximamente van a conocer a dos hijos desobe-
dientes: el de la pantalla y a Francisco Germán, su nie-
to —vaciló para despejar cualquier posibilidad de nu-
blar aquella alegría haciéndole bromas a sus hermanos
menores.
—Apúrense que nos está esperando un foringo para
llevarlos a su nueva casa —correteó a la tribu Gómez
Valdés Castillo, que no se daba abasto entre cajas, male-
tas y bolsas.
—Nombre brodis, ya verán qué chido es hacer cine
—comenzó a ap antallar a sus hermanos, quienes no deja-
ban de asombrarse con el trabajo de Tin Tan en la pantalla.
A las pocas semanas de haberse divorciado de Mag-
dalena Martínez, Tin Tan llegó con una muchacha a la

— 102 —
casa de sus padres para festejar su cumpleaños número
30, se las presentó como su nueva prometida, confiándo-
les que a principio del siguiente año se casaría con ella.

—Ella es Micaela Vargas —sonrió orgulloso frente a


la familia— . Le decimos Micky y
mera verdura es me-
la

jor, porque eso de Micaela suena medio federico ¿no?

Qué tal si un día vamos por la calle y nos gritan: Ahí van
Tin Tan y su mi-caeee-laaaa —
abrió la boca como si estu-
viera en plena actuación, haciendo reír a toda la familia.
—Tú ya deja de estar tiqueando a mi mango — se di-
uno de sus hermanos.
rigió a

¿Y qué pasó con las otras novias? ¿Me las puedes
heredar? —
Le respondió vivaz el hermano menor, le-
vantando las pobladas cejas.

— muchacho —
Estate, le reprendió doña Guadalupe.
—Lo más arturo del rollo es que todos ustedes van a estar
bien emperifollados cuando nos arranemos la Micky y yo.
Por aquellos días, las referencias periodísticas sobre
Tin Tan dejaban así testimonio de su actuación: «...un
cómico de desbordante temperamento expresivo; bueno
en la parodia, excelente en la imitación burlesca...»
Durante su presentación en el Follies a fines de octu-
bre, alguien le llegó con la noticia de la muerte de la madre
de su amiga y confidente Meche Barba. Se disponía a salir
de nueva cuenta al escenario, cuando la tristeza le invadió
como nunca antes. Rompiendo la máxima del espectácu-
lo, al abrirse el telón apareció Tin Tan serio, para decirle
al «Me van a perdonar, pero estoy muy triste, no
público:
puedo hacer más bromas ni chistes, en este momento se
encuentran velando a una persona que quiero mucho» a

pesar de no cumplir con su actuación, el público le aplau-


dió y éste, al borde de las lágrimas, agradeció las muestras
de apoyo y salió rumbo a la funeraria.

103
Meche Barba tenía tiempo que no veía a Tin Tan, al
terminar el compromiso con los Miller se frecuentaron
poco, cada uno había tomado diferentes caminos.
— ¿Cómo encuentras Elenita preciosa?
te

— Con algunos problemas, además de esta pena. Ya


recurrí a algunos amigos como Cantinflas, pero no pu-
dieron ayudarme.
— ¿Qué pues? Pide
traes, que lo sea.

—Necesito dos mil pesos para poder solventar los gas-

tos, si me puedes ayudar, te los pagaré en cuanto consiga.


—Te los presto con una simple condición, no lo to-

mes como un préstamo.


A partir de noviembre el director Gómez Tandero
proyectó la filmación con el pachuco, de ahí vinieron
varias entrevistas, proyectos, inversiones, «El hijo des-
obediente» no había sido el mayor de los éxitos, pero la

aceptación entre el público era buena.


Fueron dos las producciones que Tin Tan llevó a la

pantalla durante 1946 al lado del director: «Hay muertos


que no hacen ruido» y «Con la música por dentro.»
—Debimos haber invertido las películas, —descu-
brió Marcelo satisfecho al terminar de filmar la segunda
cinta.

— ¿Qué velas?
— Este fue un año importante, nació PRI —explicó el

Marcelo con tono de maestro — Además pintor rural . el

Orozco ganó el premio nacional de y ciencia.


artes
—Se te pegó el claxon o se te rompieron los mofles,
Marceliano.
—En cine, Dolores del Río se llevó el Ariel a la mejor
actuación y «María Candelaria», del Indio Fernández,
se llevó dos premios en Cannes, mientras que nosotros

decimos: Con la música por dentro hay muertos que no

— 104
hacen ruido — se carcajeó Marcelo de su propio chiste.
—Ahora sí, carnal, no sólo perdiste la hebra, sino
que también extraviaste la chaira.

Las improvisaciones y las constantes salidas del guión


en contra de la autoridad del director, acentuaron cada
día las diferencias entre Gómez Landero y Tin Tan.
—¿Por qué no te apegas más al guión? — Intentó
convencer Marcelo a su compañero, para destensar las

relaciones con el director.

— Charros, carnalín, pues que se me hace que tú es-


tás más por seguirle el juego al chief, en vez de jalar la

esmailada a la gente. Mira Marcelín, tú y yo no salimos


de la scul para llegar al bisne del showrisa. Nos hemos
ido ganando el hueso, la camelleada, pa’llegar a estado
durazno. No es que dude de las wachadas del direc, pero
a veces creo que no sale de las cartulinas mentales y la

raza lo que espera es un calote, y ese se lo tenemos que


dar nosotros de alguna manera.
Tin Tan había descubierto que simplemente con
soltar la lengua, contando historias o cantando, articu-
lando el cuerpo, los gestos de su cara o exagerar cual-
quiera de sus movimientos, de inmediato había una
respuesta favorable, no tenía necesidad de acudir a nin-
guna fórmula clásica, sabía que la diferencia se expre-
saba dentro de lo cotidiano de la gente. Poco le impor-
taba vivir los tiempos en los que ser cómico o come-
diante era sinónimo de vago, vagabundo, mal viviente,
para él no sólo representaba una forma de vida, sino el
medio para divertir y luchar en contra de los moldes
conservadores de la época.
Las críticas en su contra apuntaban, ahora, que las

actuaciones vistas hasta ese entonces de Tin Tan parecían


sobre actuadas. Alguien salió en su defensa para aclarar,

105
que más que sobre actuación, Tin Tan era exagerado,
siendo ésta una de sus cualidades.
A pesar de las constantes tensiones entre el actor y el
director, para 1947 programaron rodar dos cintas más.
Los productores interesados en cómico aumentaron,
el

igual que los ingresos, cada vez Tin Tan se daba el lujo
de cobrar más dinero por sus actuaciones en vivo o por
película, y de la misma forma comenzó a gastarlo.

Antes de comenzar la filmacha, me voy a tomar
unas vaqueishons para ir a wachear a mi hijo, hace rato-
nes grises que no lo veo. Luego pienso irme con la Mic-

ky a la playa le informó Tin Tan a Marcelo al comen-
zar el año.
—Recuerda que te comprometiste con el empresario
del Follies, para hacer una temporada al lado de Palillo
a partir de la segunda quincena de febrero — le recordó
Marcelo los compromisos.
— Sí, Marcelín, ya hasta pareces mi jefatura, estáte
hongo que sé del bisne.
—A los que no les hemos dado una respuesta son a los
delaXEQ.
—Esos que se vayan a freír truchas, porque los espá-
rragos están muy delgadillos, ¿o qué ya se te olvidó que
en el cuando andábamos fregados no quisieron nin-
43,
guna verdura con nosotros? ¿Muy salsas ahora? Que se
queden con sus micrófonos esperándonos. Ahí te hago
llegar una nota musical a mi regreso.
Tin Tan se despidió de su amigo, se subió a su Cadi-
llac recién comprado y se fue a descubrir lo crecido que
estaba su hijo Francisco Germán, para luego encontrarse
con el paraíso: el puerto de Acapulco.
— «Músico, poeta y loco» de próximaes el título la

película — dijo Varelita


le Tin Tan durante una
a re-

— 106 —
unión de trabajo.
—En la confusión vas a tomar el papel del doctor que
llega a una escuela para señoritas a dictar las nuevas po-
líticas de educación que hasta entonces han sido muy es-
trictas. Ahí han internado a la huérfana Miradores para
que no reciba su herencia.
— heredera? — Interrum-
¿Ya asignaron el papel de la

pió Tin Tan al ayudante.


—El señor Gómez en está eso.
— Pues que tengo resuelto borlongo, quiero
dile le el

que chambee con nosotros Meche Barba, ella bien puede


dar el ancho.
— Le voy a pasar tu sugerencia al señor director.
—No, dile que mi sugerencia es parte de una condi-
ción. Dame el guión para echarle un oclayo y deja de pa-
labrear tanto que me urge irme por unas cerbatanas — Tin
Tan dio por terminado el encuentro.

¿
Qué tal mi El ena, no te lo dij e una vez en los es-
. . .

tates? Ahora sí nuestros nombres van a quedar con luces

y toda la cosa en las marquesinas del Palacio Chino, del


Colonial, del Metropolitan —recibió Tin Tan a Meche
Barba, cuando llegaba al llamado para integrar el elenco
de la película — Vamos
. a aventarnos unos numerazos de
dancing muy chéveres.
—No sabes qué contenta estoy de volver a trabajar

contigo, Germán.
—Bien señores, todos a sus puestos — se escuchó la

voz del director.


Estaban reunidos en los estudios CLASA, la esceno-
grafía estaba a punto de estar lista: pintores, albañiles,
jardineros daban el toque final a la locación. Cables se
desplegaban por todas partes, el personal de iluminación
se desesperaba por dar el ambiente exacto.

— 107 —
—Se supone que de noche señores, tienen que co-
es

sombras en pared —
rregir las la insistía Varelita.

—Me dicen Tin Tan por músico y poeta —dijo có- el

mico en su primera escena.


— ¡CORTEN!, hagan todas las indicaciones a los ex-
tras para que se filme la escena de la plaza indicó el —
director.
— A qué hora voy
¿ a cantar «Bonita» ? —Lanzó su be-
rrinche el cómico, desesperado por interpretar la canción
que se le había pegado y que tarareaba a cada rato.
«Músico, poeta y loco» quedó filmada en dos semanas
con sus locaciones de cartón y el despliegue bailarín de
Meche Barba y Tin Tan.
— ¡No bien! Una más carnales —
salió Tin Tan gritó
pidiendo que escena del beso
se repitiera la final.

—Ya guión de «El niño perdido» — interrum-


está el
pió Varelita — Quieres verlo de una vez
. ¿
?

—Aguántame un ratón Vareliux, ahorita me voy con


algunos mangos a Acapulco y voy a mochar la hebra de
mi audífono.
—¿Se va Micky contigo? —Preguntó Meche.
la

—Naranjas Elena, Micky


agrias, saliendo un
a la le está

chichón en la panza que ya se está pareciendo al Marcelo.


— ¿Vas a ser papá?
—¿Cómo vitrinas? Pero no lo megafonees más, sino
me ahuyentas a las leidisss.
Los ataques en contra del pachuco aumentaron, a tal
grado que cuando Cantinflas sintió amenazado su éxito,
llegó al extremo de filmar en yo fuera diputado» un
«Si
letrero en su peluquería que decía: «Para pachucos no
hay servicio, porque me caen muy gordos.»
Por su lado Tin Tan seguía considerando el lenguaje y
su vestimenta como un medio a disposición de la gente.

— 108 —
—Te quieren hacer una entrevista Germán — le avisó Va-
relita antes de comenzar la filmación de «El niño perdido.»
—Achis, ¿qué me querrán preguntonas?
—Buenos señor, soy del Cinema Repórter —
días, se
presentó el periodista.
—Pa’ su avena, jovenazo, acomódese donde pueda,
ya ve que esto del show es medio atalandrado.
—Se ha dicho que es usted un actor improvisado
—soltó de inmediato entrevistador. el

—Uuuuuyyyy, young men, que pasa lo es que he


tenido que interpretar personajes de lo más contradic-
torios. Para materializarlos debidamente he tenido que
aprender a una barda de tres metros, a
llorar, a saltar

bailar, a disgustarme, en una palabra: he aprendido a ser


actor, me he formado solitín —Tin Tan supo ocultar su
desconcierto. La posibilidad de enojarse quedó guarda-
da en alguna cueva.
—Varios su sobreactuación.
le critican
—Simplemente actúo como siento que debe de ser,

no sé si sobreactué o le eché demasiadas claras al betún,


lo que sí sé, es que al estar frente a la cámara, los enani-
tos comienzan a darle libertad al gusto. Siempre he pen-
sado que los espectadores están ahí presentes, aun cuan-
do le esté hablando a la lente. No puedo actuar de ma-
nera diferente, ya sea en un centro nocturno o para el
cine. Recuerde usted, que antes, cuando se llevaron a ca-

bo las primeras proyecciones cinematográficas, la gente


pensaba que los caballos, los actores, las imágenes, se

encontraban detrás de la pantalla. Yo sigo creyendo que


ahí están, luego de cada función sé que estoy detrás de
la pantalla. No actúo para la industria, lo hago para la

gente y nunca me olvido de ella al estar filmando. Co-


mo Tin Tan he vivido tantos personajes que podría ac-

— 109
no quiero salirme de mi línea.
tuar cualquier papel, pero
¿Para qué? La tintaneada me deja dinero y cumple con
una misión que a mí me satisface: hacer reír a la gente.
Uno como artista se siente bien de provocar alegría.

— ¿Por qué deformar idioma? el

—Simplemente hablo como hace lo la gente que vi-


ve en la frontera, hay una mezcla entre ambas culturas
que no podemos negar, a pesar de que por estos lares
pretendan ignorarlo. El idioma es como una especie de
masa que se estira, se achica, se arregla, se adecúa según
lo quiera uno, más aún cuando juegas con la música,
con los ritmos de todo el mundo; la música es un len-
guaje universal.
— ¿Sabe usted que hay quienes exigen que sus pelí-

culas dejen de proyectarse?


— Iguanas me han dicho que el público las ve con
gusto, que las aplaude y le piden al cacaro que las refifa.

Un conocido que acaba de llegar de Colombia me contó


que entró al una de mis películas y que cuan-
cine a ver
do estábamos Marcelo y yo cantando, la gente comenzó
a patalear en el piso y a llevar con las palmas la melodía.
El amigo se enteró luego que esa es una de las maneras
como allá expresan que les gustó, al finalizar la película,
las luces se volvieron a apagar y se repitió la escena du-
rante la cual el público había hecho su borlote. Te pue-
do asegurar una cosa, uno de mis objetivos primordiales
en la vida es hacer reír a la gente y, bueno, si con lo que
hago se carcajean. .
.
¿qué mené? Insisto, me gusta ser yo
quien los haga reír.

—Tin Tan, quedan quince minutos para tu entrada


— interrumpió Varelita la conversación con el periodis-
ta, quien se quedó viendo cómo se filmaba «El niño per-
dido» en el momento en que Marcelo y Tin Tan derra-

— 110
maban con su variedad de ritmos y tonos.
chistes
— Chicken, chicken, no le entendiste porque eres
muy bruto y la cara te ayuda, profesor Pioquinto le —
recrimina Tin Tan a Marcelo ante la exigencia de éste por
no saber inglés.

—Yo creo que tú tampoco le entiendes, a ver cántala


en español para saber qué quiere decir — reta Marcelo.
—Te la canto, me canso ganso dijo un zancudo cuan-
do volar no pudo, la pata se le torció y la otra se le hizo
nudo, luego le dio la aftosa y hasta se quedó mudo; ya
mejor no le sigo porque yo luego sudo... —Y cantó—
«Cuando el sol se está poniendoooo, / en
el rancho tu

nada más oyes / chick / chick / la mamá gallina está lla-


mando a los pollitos / y los pollitos cantan también /
chick / chick / todo el día ellos cantan / chikenrechick.»
—Dame una música más alegre que música ame- la

rikeki,como música cubana — exige Tin Tan, y


la se
cambia ritmo, entonando otra
el — «Abajo de letra . la

cama / aúlla un perro, / se fue, / se fue, / se fue, / ya se


fue, / ya se fue, / se fue... / ya se fue. Ya no toques, ya
se fue.»
—Bueno, ¿pero qué se fue? —desconcertado lo ob-
serva Marcelo.
—La letra, yo tengo oído babalú, teacher, babalú y
babalú y babalú hasta que se fue, se fue y se fue.
— Bueno, ¿y ahí termina?
—Pues tiene una parte similar pero es por el estila-

dlo, porque dice: se fueeeee / se fue la nube, / ya no va


a llover, / ya no tengas miedo, / deja el impermiable, /

saca la pelota / y saca los guantes, / vamos a jugar, / ya


no va llover, / aquí esta el béisbol, / ya se fue la nube, /
se fue, / se fue, / se fue, / ya se fue la nube, / ya no tenga
miedo mi prima, / mi negra, / mi papi, / mi mami, / mi

— 111
abuela, / la tuya, / se fue la nube, / tarintarin /y abajo
de la cama / aúlla / guau, guau, / guauuuu / un perro...

/ y abajo de la cama / aúlla un perro, / se fue mi tía, /


se fue mi negra / y abajo de la cama / aúlla un perro, /
aúlla un perro...

Oye, ¿qué no se te hace que ya está bueno de au-
llidos? —
Interrumpe Marcelo, dejando a Tin Tan con la
boca y los labios convertidos en una bocina.

¿Eeeeeeh? —
Apenas y puede responder Tin Tan
con la boca así.

— Que ya esta bueno de aullidos.


— ¿Y quéa ti te importa? —Reclama Tin Tan, mol-
deando los labios para poder hablar.
— ¿Y a ti qué te pasó? — Imita Marcelo la boca de
Tin Tan.
— ¿Qué me pasó, dónde? —Pregunta perca- éste sin
tarsede como boca.
tiene la
—En trompa.la

— ¿Cuál tromp...? ¡Oh! —Expresa, para imagi- jalar

nariamente con dedos unos


los en comisuras de hilos las

loslabios que destraban leboca — Se me quedó la . tra-

bado el hocico... claro que aúlla el perro, tenía que ser


porque hace ocho días que no le dan de tragar explica —
Tin Tan.
— ¿No ha comido perro? el

—No ha comido.
— ¿Y entonces por qué aúllas?
—Pu, pu, pues por solidaridad.
Como ya era costumbre, el director dejó que Tin
Tan llevara la rienda de la actuación musical. Marcelo ya
estaba acoplado y sabía cómo seguirle el ritmo. La risa
contenida de técnicos y personal de apoyo comproba-
ban que la escena estaba bien.

— 112
— ¿ Qué no hay quien le pegue al dientón para que
nos pongamos a cantar? — Gritó Tin Tan eufórico, con
unas copas encima luego de terminar la filmación de «El
niño perdido.»
— Oye, Germán, acaba de llegar un productor de dis-
cos que quiere conocernos — le dijo Marcelo antes de que
la fiesta siguiera su rumbo de parranda interminable.
—Estoy super duper, carnal, ¿para qué nos querrá el

mister ese?
—Creo que interesado en que grabemos un
está disco.

— ¿Qué parece enganchas con y nos wacha-


te si te él

mos en unas semanoides? Porque si no seguimos la par-


ty en este instante, me van a dar ganas de jirimiquear,
carnalín —propuso Tin Tan a Marcelo, y la euforia per-
duró semana y media.

— 113
9

El sueño llegó sin avisar, cansancio y la excitación de


el

aquel día tan sólo le permitieron terminar de leer el escri-


to de Adriana, cuyas historias se le confundieron dentro
de un viaje de alucinaciones. La habilidad de manipular
eltema con el que soñar se le frustró. Cientos de noches
había presumido que detenía la angustia de cualquier pe-
sadilla, dándole un giro al sueño, o bien, cuando el pla-
cer con lo soñado se veía interrumpido, de inmediato se
concentraba y concluía la historia deseada.
Aquella noche fue la excepción, a pesar del esfuerzo
por introducir a Adriana como personaje de su ensoña-
ción, ésta nunca llegó, incluso sufrió una crisis de iden-
tidad en la que se perdía creyéndose Tin Tan, con todas
las inseguridades propias de Genaro Cipriano.
Al despertar al día siguiente sintió cómo se apode-
raba de él la incertidumbre, el recuerdo de la mota del
día anterior se mezclaba con la experiencia vivida bajo
el subconsciente.
Pensó que su almohada había dejado de ser su al-
fombra mágica por la que surcaba las aventuras que en
la realidad se veía imposibilitado a hacer. Creyó recor-
dar que la única ocasión en la que Adriana había apare-

115 —
cido fue para ver cómo se besaba con Tin Tan, precisa-
mente cuando él no era el cómico, sino GC.
Decidió levantarse de cama y prepararse un café
la

bien cargado para olvidar los rezagos del sueño. Ordenó


el original de Adriana, del cual varias hojas estaban arru-
gadas gracias a las sábanas. Imaginó que mucho habría
tenido que ver aquella situación. «Esta historia se apo-
deró de mi almohada», se dijo al momento en el que sor-
bía un trago de café. Colocó las cuartillas en el sobre y
se alistó para salir rumbo al periódico antes de llegar a la

universidad.
—¿Qué milagro que horas? —Le
llegas a estas reci-

bió uno de reporteros.


los
—Ya veces
ves, a del lado de
el empresa
gallo está la

y no queda de otra — respondió Genaro Cipriano sor-


prendido por el ingenio de su respuesta, que más bien
podría achacársela a Tin Tan y no a él, pero pensó que
algo se le podría haber pegado.
Se sirvió un café más para terminar de despejarse de
la cruda provocada por la mota. Revisó las páginas de
publicidad y órdenes de trabajo, y después de poner-
las

se al corriente en los pendientes que había dejado por no


acudir el día anterior, se dispuso a partir a la Universidad
cuando se cruzó con su jefe Canales.


¿Ya te vas?
—Voy Uni. a la

— ¿Hay bronca si faltas hoy?


—Supongo que no, ¿por...? —Dudó al responder
Genaro Cipriano, pensando en la frustración de no ver a
Adriana.
—Hay un caso sobre violación de derechos humanos
cometido en contra de un supuesto delincuente, a quien
al parecer torturó la policía judicial del estado y pensé

— 116 —
que tú podrías investigar la nota. Tal vez tratar de sacar
algo del hospital donde está internado, hablar con los fa-
miliares y obtener la declaración de la policía.

— Le entro.
—Entonces ven, para que te dé más información
—dijo Canales mientras caminaba hacia su escritorio —
Se supone que el afectado es un albañil de nombre Ge-
rardo Gallardo, a quién se le acusa de haber robado parte
de la raya del sábado pasado. La policía le detuvo cerca
de las seis de la tarde, en una cantina por Analco; algu-
nos de los testigos comentaron a los familiares de Ga-
llardo que los judiciales entraron pistola en mano ame-
nazando a todos los ahí presentes, para luego, con lujo
de violencia, llevarse al albañil. Y al no llegar a su casa, la
familia comenzó a buscarle por todas partes, sin que les

dieran referencia de él; hasta ayer lo encontraron inter-


nado en el hospital universitario, todo madreado. Pero
lo grueso del caso esque tiene clavado un clavo de cua-
tro pulgadas en la cabeza, los médicos no se lo pueden
sacarporque le vendría una hemorragia interna que le
puede provocar la muerte. La policía judicial no ha di-
cho nada al y no pierdas detalle.
respecto. Lánzate
— —
Me voy en friega apenas y pudo decir GC ante
la excitación que le provocaba su primer trabajo perio-
dístico, luego de tantos meses de estar corrigiendo la pu-
blicidad del diario.
Todas la ideas que alguna vez habría pensado en or-
denar correctamente para cuando se le presentase una
oportunidad como ésta, se emoción del
ahogaron ante la

encargo. Se trataba de un caso delicado, su más grande


sueño era contar bien la historia, no dejar detalle suelto.
Eran tantas las cosas que deseaba hacer, que no supo ha-
cia donde dirigirse. Por fin, luego de caminar como loco

— 117 —
tres cuadras sin rumbo específico, decidió ir primero al

hospital universitario, para conseguir información sobre


el albañil, entrevistar a los familiares y obtener los diag-

nósticos médicos. Luego se dirigiría a la procuraduría


del Estado. Pensó que no estaría mal darse una vuelta
por la construcción. Dejó para el final la cantina.
Fue un día muy agitado, logró conseguir los testi-
monios de los familiares, obtuvo la entrevista con el mé-
dico que atendía a Gerardo, pudo hablar también con
los compañeros de trabajo y el residente de la obra, pe-
ro no obtuvo ninguna declaración oficial más allá del
clásico boletín de prensa. Finalizó la jornada cerca de
las cuatro de la tarde en la cantina donde fue detenido
Gallardo. Por el miedo a una posible represalia de parte
de los judiciales, logró sacarle apenas a cuenta gotas su
versión al cantinero.
Llegó exhausto al periódico cerca de las seis de la tar-

de, pero a pesar del cansancio traía todavía cuerda para


sentarse a redactar todo lo que había conseguido.
—Canales no está, pero que te pusieras en chinga a te-

clear, él regresa como a las siete y media para que le enseñes


la nota — le comentó uno de los periodistas antes de salir —
Ah, por cierto, te ha estado llamando una tal Adriana.
—Gracias, en cuanto termine le llamo —despidió a
sucompañero de trabajo y se sintió por primera ocasión
como un colega más del diario y no el simple corrector
y ordenador de publicidad.
Eufórico, encendió una de computadoras y se dio
las

a la tarea de escribir aquella historia: «Gerardo Gallardo


se encuentra en coma gracias a un clavo de cuatro pulga-
das que nadie sabe cómo llegó a parar en su cabeza...»
Cuando llevaba más de
mitad redactada, llegó Juan
la

Carlos Canales que de inmediato le solicitó las cuartillas

— 118
ya escritas. Con un poco de inseguridad, que hasta en-
tonces no se había presentado, se las acercó. De lejos ob-
servaba de reojo cómo Canales garabateaba en su escri-
to, por lo que le costó trabajo retomar la concentración
para concluir la nota.
—Toma, son pocas correcciones. las

—Al parecer hay responsabilidad de parte de los mé-


dicos del hospital universitario, ¿sabías que le limaron
el clavo? —Contó GC descansado, como si acabara de
pasar un examen.
— ¿Para que pudiera peinar o qué?
se
—Dizque no poder al era mejor limárselo.
extraerlo,
— ¡Qué bárbaros! Corrígelo y envías de inmedia- lo
to. Nos vemos mañana.
Genaro Cipriano se sentía feliz frente a la pantalla de
la computadora redactando su primera nota, ya veía su

nombre impreso al día siguiente.


Cerca de las nueve de la noche confirmó que el ma-
terial se encontrara en la redacción de México, hasta en-
tonces el recuerdo de Adriana ocupó de nueva cuenta su
atención y le llamó por teléfono.

¡Vaya! Hasta que te comunicas — GC no supo dis-
tinguir si lo decía en plan de broma, como reproche o
preocupación de mamá que no sabe por dónde anda el

hijo desobediente.
—Me encargaron un reportaje.
—Aaaaahhhh —expresó Adriana.
—¿Cómo estas?
—Bien, ¿vas creer que
gracias, a que se ahora la

preocupó fui yo? Como ayer fue tu primera vez, ima-


giné que igual te habías sentido mal descubriendo —
sus sentimientos de mamá. Adriana no sabía cómo jus-
tificar que hasta al periódico le hubiese llamado.

— 119 —
— Sin bronca. Bueno, no te voy a decir que estuve
de lo más despejado, pero no pasó nada, fuera de algu-
nas pesadillas, todo en calma. Te digo que falté a clases
porque me pidieron mi primer trabajo como periodista
— remarcó como deseando dejar claro que él ya escribía
para un diario.
— Qué bien, supongo que nos vemos mañana, ¿no?
Tengo que entregarte lo que he escrito últimamente.
—Espero que sí; por cierto, ya termine de leer todo
lo que me entregaste. Mañana platicamos —
concluyó la
conversación un poco desmotivado.

— 120
De nueva cuenta GC llegó temprano al periódico, que-
ría ver cómo se había publicado su nota antes de ir a la

universidad. Hojeo rápido las diferentes secciones has-


ta que se encontró con su reportaje. Por primera vez
se sintió orgulloso de sí mismo al contemplar su nom-
bre impreso. Al releer la historia, no le gustó mucho,
se dio cuenta que hubiera podido quedar mejor, la po-
y de la autocrítica se hicieron
sibilidad de la perfección
presentes. Decidió tomarse un café antes de llegar a la
universidad.
—Qué Genaro, me pidió Adriana que
tal te entrega-

ra esto — extendió un sobre Hilda.


le

—¿Ya fue? se

—Estuvo en primera hora y decidió


la irse a su casa

— tajante, la amiga finalizó la conversación.


Se sintió incómodo, pensaba mostrarle el diario con
su nota publicada, platicarle de la experiencia del día an-
terior, contarle cómo había abordado las fuentes, decirle

de la experiencia de ser periodista, de la emoción por la

confianza de Canales al asignarle el trabajo, de los mie-


dos y las inseguridades, de cómo creyó haber escrito y
lo que había resultado, pensaba que ella era la única que

121
podía ser la depositaría de todas aquellas emociones en-
contradas, pero no estaba ahí.
«Sólo le interesa Tin Tan». Se dijo, mientras aparen-
taba poner atención al maestro.
Recobró la imagen de Adriana y se hizo acompañar
de ella durante el resto del dia, a pesar de su ausencia.
Salió del trabajo cuando aún se encontraba el sol, co-
menzó a vagar lentamente por la calle Tres oriente. Se-
guía emocionado de ver su nombre en el periódico, hu-
biese deseado comprar toda la edición y tapizar su cuar-
to con la nota. Tenía ganas de celebrar y se detuvo unos
segundos frente a la puerta de la escuela de Filosofía, por
si se asomaba alguno de sus conocidos. Al no descubrir

a nadie, decidió caminar rumbo a los portales, pasó por


el bar El Nivel y la posibilidad de entrar a tomarse una
cuba le cruzó por la cabeza, pero el saberse solo le des-
animó.
Las ganas de ver y estar con Adriana crecieron de
manera descontrolada. «Si le hablo, tal vez se niegue a
verme, mejor le caigo sin previo aviso», sostuvo en su
interior un monólogo que le llevó a gesticular y mover
los brazos sin darse cuenta, sólo se percató cuando se
cruzó con una pareja que no disimuló y soltó la carcaja-
da al descubrir sus movimientos. Luego de la decisión
que había tomado, no se inmutó de haber hecho el ridí-
culo. De inmediato le hizo la parada a un taxi que se de-
tenía en la esquina de la Tres oriente y Dos sur.

— ¡¿Cómo va Cipriano?! —te conductor Exclamó el

del auto antes de que terminase de ubicarse en el asiento.


— Guillermo, ¿que haciendo? estás
—Pues trabajando, qué va ¿y tú?
carnal, a ser,
—Voy casa de una amiga.
a
—Cuánto tiempo vernos, ¿cómo ha ido? —Elsin te

122 —
taxista arrancó sin preguntar por el destino.
—Pues ahí dos que verdad no me puedo que-
tres, la

jar mucho — contestaba por deseando que su


inercia,

viejo compañero de escuela, Guillermo Labastida, le

preguntara la dirección de su amiga.


—Oye, ¿ y has visto a alguien más del salón? — La
emoción de tener de pasajero a un viejo conocido provo-
có que Guillermo olvidase su oficio y se dedicara a pre-
guntar y a platicar como si se encontraran en un café.

La mera verdad ni tiempo me ha dado para saber
de los cuates de la generación — GC comenzó a inquie-
tarse ante la distracción de su amigo, que manejaba en
dirección contraria a la que él se dirigía.
—Quien me habló hace tiempo fue Martha Torija, la
Toronjas acuerdas de
¿te ella?

—Claro que sí.

—Acaba de de Estados Unidos,


llegar fue se a visitar

aunos parientes que andan de mojados, y nos quedamos


de ver la próxima semana. ¿Por qué no te vienes tú tam-
bién?
—Ya veremos, lo que pasa es que estoy trabajando en
un periódico y uno nunca sabe qué puede pasar.
—No me digas que ya estás publicando — insistía La-
bastida, olvidándose de su papel de conductor de taxi.

—Apenas estoy comenzando, pero ahí vamos...


—suspendió la frase esperando que su amigo se percata-
ra que simplemente estaba manejando con la mayor in-

diferencia, sin rumbo fijo.

—Oye, pues qué padre, todavía me acuerdo de tus


cuentos publicados en la revista del colegio.

—Aaaahhhh...
—Y tú no has te casado... ¿verdad?
—No, pues no.
— 123 —
— Qué afortunado eres, porque fíjate que yo me arre-
junté hace como tres años, precisamente por eso tuve
que dejar de estudiar, ya ves, luego de que salimos de la

prepa me fui a México, entré y ahí conocí a


a Veterinaria
mi chava, pero nos adelantamos. Estuvimos dándole de
vueltas cuando supimos que la regla se le había atrasado.
Tú sabes, pensamos en la posibilidad del aborto, en el
rollo ese del escándalo familiar cuando se enteraran que
estaba embarazada, incluso llegamos a pensar en casar-
nos con todas las de la ley, pero, total, decidimos tener
al chavito, esperarnos un rato para saber hacemos o
si la

no juntos,y ya luego ver si nos casamos. Porque si no


la hacemos, es más bronca y gastos aquello del papeleo
— el auto se iba acercando al Paseo Bravo, cuando por
fin GC se decidió interpelar a su amigo.
— Oye, carnal, perdón que te interrumpa, pero voy
para la colonia Bella Vista.
— Híjoles manito, qué regada, con la emoción de ver-
te manejé a lo pendejo. Pero no te preocupes, agarramos
laOnce sur y todo queda solucionado como buen —
hombre del volante, Guillermo Labastida dio la vuelta
sobre la Veinticinco poniente aunque estuviese prohibi-
da, para dejar a suamigo en casa de Adriana No es — .

nada, carnal, toma mi tarjeta, ahí viene el teléfono de la


casa, cuando necesites algo, me echas una llamada y lis-
to. De todos modos haber si te das una escapadita a Pla-

za Dorada la próxima semana, donde me quedé de ver


con la Toronjas.
— Órale, estamos en contacto y mil gracias —con-
cluyó GC con la euforia del amigo al momento de cerrar
la puerta del taxi.

124 —
Pasaban algunos minutos después de las siete de la tarde,

recordaba que los padres de Adriana llegaban a su casa


luego de las nueve. Le daba pena encontrarse con cual-
quiera de ellos. Con una convicción sostenida gracias a
la ansiedad que le despertó la conversación con su viejo
amigo, tocó el timbre de la casa. A los pocos segundos
llegó hasta la banqueta el clásico grito: «¿Quién?» Gena-
ro Cipriano estuvo a punto de contestar con la familia-
ridad poco clásica que da el responder un «Yo» frente a
lainterrogante de aquella voz femenil, pero se abstuvo y
gritó su nombre.
Abrió la puerta Irisel, quien esbozó una pequeña
sonrisa de malicia al ver su escuálida figura en la puerta,
convencida de que tenía argumentos para vacilar duran-
te los próximos días a su hermana.
—Pásale, supongo que vienes a ver a Adriana, está
en su cuarto haciendo el amor con su ídolo, déjame
avisarle.

GC no pudo articular palabra ante aquella soltura, se


quedó cautivado viendo cómo el cuerpo bien formado
desaparecía detrás de la puerta del garaje. Escuchó a lo
lejos el intercambio de gritos entre las hermanas, sin dis-

125
tinguir bien qué se habían dicho, cuando casi de manera
instantánea volvió a aparecer la hermana.
— Que subas y mucho ojo.
a su recámara,
Nuevamente, no pudo decir nada ante la actitud pi-
cara de Irisel, quien con su sonrisa evidenció que cono-
cía sus pretensiones. Se sintió desnudo en sus sentimien-

tos y no pudo disimular el ardor en su cara.


— Estoy en chinga.
Argumentó Adriana cuando sintió la presencia de
GC en el quicio de la puerta de su recámara, descubrien-
do éste todo un altar dedicado a Tin Tan. Había posters
pegados en la pared, carteleras viejas anunciando las pelí-

culas del cómico, una multitud de volantes que se habían


usado en los años cincuenta para invitar a la gente al cine,

un universo de periódicos, revistas, libros, papeles, servi-

lletas con anotaciones, y compactos con


discos, casetes
las canciones de Tin Tan; y sobre la cama recostados el

gato Félix y Mafalda observaban pasivos la energía con


la que Adriana movía los dedos sobre el teclado de su

computadora portátil. GC enmudeció al descubrir aquel


mundo, no sabía si dar un paso dentro de aquel cuarto o
mejor salir huyendo. Adriana enfundada en unos pants
azules apenas y se dejó distraer por su presencia.
—Ahora estoy contigo — le alcanzó a decir, sin dis-
traer su atención de la pantalla.

GC tomó una de las placas publicitarias con las que


Adriana había impreso varios papeles, la leyó al reves:
Cine México un gran programa triple: Tin Tan, el amo
de la risa en «No me defiendas compadre». Jorge Negre-
te en «No Fernando Soler y Esther
basta ser charro».
Fernández en «Flor de Durazno». Otra más llamó su
atención, se anunciaban también tres películas, pero una
de ellas le sonó familiar, ya que recién acababa de leer

126 —
que Tin Tan la había filmado en 1946. «HOY 3 éxitos:
Tin Tan y Marcelo en “Hay muertos que no hacen rui-
do”». Las otras dos proyecciones eran «La mujer sin al-
ma» con María y Fernando Soler y «Una carta de
Félix
amor» con Jorge Negrete y Gloria Marín. En ambas pla-
cas de acero el dibujo que destacaba era una caricatura
de Tin Tan levantando el brazo y vestido con un traje de
torero, sobresaliendo su labio grueso. Sopesó cada una
en una mano, como pretendiendo descubrir los años de
existencia de aquellas placas publicitarias por su medida

y peso, se asombró pensando que estaba acariciando al-


guna pieza de museo.
— Las compré hace dos semanas en los Sapos, ¿a po-
co no están padrísimas? —
Por fin Adriana le hizo caso.
— Son una reliquia.
— Ni tanto, una ha de ser del 47 y la otra de 1950, to-
mando en cuenta que tardarían un año más o menos en
proyectarse en Puebla las películas de Tin Tan. Pero, mi-
ra, la que más me gusta es ésta —sacó detrás de su com-
putadora el pedazo de una placa, la cual anunciaba la pro-
yección de «Lo que le pasó a Sansón», sólo que en ella

se caricaturizaba la cara completa de Germán Valdés con


sus ojos en espiral, como queriendo hipnotizar a quien lo
viese, igual que en una de las fotos que colgaban del piza-
rrón de corcho enfrente del escritorio de Adriana.
—Estás gruesa — exhaló Genaro Cipriano, compren-
diendo por qué Irisel se refería a que su hermana se
el

encontraba haciendo el amor con el cómico, comentario


que no dejó de provocarle un poco de celos.
—Ya te había dicho que soy la presidenta del Club de
admiradores de Tin Tan.
— Sí, pero esto es como el cuarto de los sueños de
Tin Tan.

127 —
—No creas que es fácil escribir sobre la vida de al-

guien, más aún cuando lo admiras.


— Hasta ahorita me acordé que mi jefe es muy cuate
de un director de cine, no recuerdo ahora muy bien có-
mo se llama, pero en una de esas y te puede echar una
mano — propuso GC, deseando encontrar un punto en
común con aquel universo.
— Sale.

—Sólo pase saludarte, pero veo que


a estás bastante
ocupada — disculpó GC, sintiendo cómo
se se desvane-
euforia de aquel que
cía la era su día — creía .
¿Nos ve-
mos mañana en la escuela?
—Supongo que ya he faltado mucho. sí,

—Entonces hasta mañana.


— ¿No hay bronca que no acompañe puerta? te a la
— disculpó Adriana.
se
—Sin bronca — dejó concentrada ante computadora.
la la

GC no terminaba de digerir la devoción casi enfer-


miza que le profesaba su amiga a Tin Tan.
—¿Ya te vas? —
le dijo Irisel cuando lo encontró en

las escaleras —
Te lo dije, cuando está con él es imposi-
.

ble interrumpirla en sus besotes — insistió la hermana.


Al día siguiente que llegó al periódico, ya superado
el trauma por no haber podido festejar como él hubiese
querido, lo primero que hizo fue pedirle a Canales el

nombre de su amigo director de cine, explicándole para


qué deseaba que le echara la mano.
—Se llama Carlos García Agraz, pero él es de otra
generación, no se si tenga que ver con Tin Tan, déjame le

llamo haber si les puede ayudar —


se ofreció el jefe.
Como a la media hora de haber platicado con Cana-
les, éste le tenía buenas noticias:
—Dice mi cuate que él no sabe ni madres de Tin

128 —
Tan, pero que conoce a la hija de Gilberto Martínez So-
lares, que le va a preguntar al padre si estaría dispuesto
a aceptar que tu amiga lo entreviste. Que le llamen en
una semana, toma, éste es su número Genaro Cipria- -

no se quedó atónito, no sabía quién era Gilberto Mar-
tínez, pero no quiso mostrar su ignorancia frente a su
jefe, quién se había mostrado muy cuate llamándole a
García Agraz, por lo que tan sólo le agradeció el gesto
fingiendo emoción.
—No manches, que chingón, ojalá y el cuate de tu
jefe me consiga la entrevista con don Gilberto —excla-
mó Adriana cuando GC le comunicó el resultado de su i

promesa; estaba que no cabía de gusto.


—Seré pendejo pero ¿quién es ese don Gilberto?
— se atrevió a reconocer su ignorancia, ante la euforia
de su amiga.
—En serio que lo eres, es nada más y nada menos el
director que hizo a Tin Tan. Con él filmó lo mejor de
sus películas: «El rey del barrio», «Calabacitas tiernas»,
«El revoltoso», «Me traes de un ala», «Dios los cría» y
toda la serie de parodias —enumeró enciclopédicamente
Adriana ante su azorado amigo, quién tan sólo se había
quedado con el título de «Me traes de un ala», porque
así se sentía emoción que le había provocado la
viendo la

noticia —Te ganaste un beso, aunque seas medio pende-


.

jo —le dijo al momento en el que tomaba con sus manos

las mejillas de él para estampárselo muy cerca de la boca,


llegando a rozarle la comisura izquierda de los labios.

GC alucinó tanto como ella luego de verla salir co-


rriendo en busca de Hilda para contarle lo que estaba a
punto de conseguir. Se quedó petrificado algunos segun-
dos y afortunadamente ninguno de los paseantes se per-
cató del trance en el que se encontraba.

129 —
—La traes de un ala, carnal —parecía que la voz le

regresaría a la realidad — . Te lo he estado queriendo de-


cirules desde hace un longo de nubes, pero al parecer te
escasea lo machín rin, para aquello de las jainas.

Para GC aquello había sido demasiado, por primera


ocasión el susurro no le inquietó, por el contrario, pau-
latinamente comenzó a despojarse de aquella sensación
de hipnosis en la cual se había sumergido y comenzó a
despertar, sintiéndose la princesa encantada del cuento
o el sapo con el maleficio que se vuelve príncipe por el

beso deseado. La voz retumbándole las neuronas hizo


que comenzara a caminar al lado contrario del periódi-
co, simplemente flotando.
—Ay tocayín, deberías pedirle el vocho prestado a
tu cuate el chafirete aquel del otro día e irte de reven
con la chaira aquella, total, a nadie le cae mal un fajecito

y tú estás que ardes por ella -


— esa sugerencia le indig-
nó, ¿cómo era posible que la voz le aconsejara apostar a
la aventura con Adriana? Ella representaba muchísimo
más para él que un simple faje, volteó hacia todas direc-
ciones como queriendo encontrar la figura que le suge-
ría aquel tipo de proposiciones. Nadie de los que alcan-
zó con la mirada parecía ser el responsable
a descubrir
del mensaje, guardó su indignación en la boca del estó-
mago, endureciéndolo. Pretendió calmarse y hasta en-
tonces se percató que se encontraba en la banqueta del
boulevard 5 de Mayo, precisamente del lado contrario
al cual debía dirigirse.
Se pasó una mano por la frente, queriendo retirar un
sudor inexistente, deseando que la voz se alejara, pensó
que no era justo sentir aquella irritación luego de haber
saboreado elaroma de las estrellas. El recuerdo de las
caricaturas del pachuco en la publicidad que había visto

130
un día antes en la casa de Adriana se ubicó entonces en
su mente.
—Es este cabrón —expresó
provocando va-
al aire,

rias miradas inquisidoras y hasta retadoras por saber si


aquel exabrupto estaba dirigido hacia alguno de quienes
en ese momento pasaban a su lado. Se dio cuenta que su
expresión había repercutido en algunos oídos, sin contar
con interlocutor de por medio. Inmediatamente retomó
el camino andado, tomando ahora sí el rumbo hacia el

periódico. Cual vil autómata se dirigió a la oficina, no


permitió que nada más le distrajera. La mezcla de aque-
lla sensación provocada por beso de Adriana y la in-
el

dignación de la voz que acababa de escuchar, le convir-


tieron en un robot de paso firme.
— ¿Tú qué traes ? —
Le sorprendió uno de los repor-
teros del periódico.
—Nada, ¿hay algo para mí? —Respondió, deseando
ocultar su condición.
—Estás como poseído y no precisamente por el dia-
blo — quiso bromear compañero de trabajo — Dejó
el .

dicho Canales que le eches un vistazo a la publicidad y


que te prepares mañana para hacer la guardia.
— Gracias —devolvió GC al dirigirse a su escritorio
para cumplir con la tarea asignada, aunque sentía unas
ganas desbordantes de entrarle al escrito de Adriana,
para hurgar si éste tendría algo que ver con aquella voz.
¿Sería él?

— 131
.

.
Adriana insistía sobre si se había cumplido ya el plazo
para poder llamarle a Carlos García Agraz, mientras
Genaro Cipriano tan sólo atinaba a disfrutar la ansie-
dad que mostraba por recibir noticias de la posible
ella,

entrevista, consciente de que por primera vez le daba


a ella más gusto que a él verle, y no al contrario como
había sido costumbre. Al cumplirse el plazo, fueron a
las oficinas del periódico para realizar la tan esperada
llamada.
—Me la he pasado como prisionera de guerra, ta-
chando palitos en la paleta de mi banca esperando este
día.

Las indirectas cruzaron todos los rincones de la ofi-

cina: periodistas, vendedores, secretarias y hasta la se-


ñora de la limpieza, no se aguantaron las ganas de co-
torrearse a GC cuando lo vieron tan bien acompañado.
El jefe Canales mordió algunas palabras apenas audibles
sobre el tema de tenerlo trapeando el pavimento. Adria-
na tan sólo atinó a fingir inocencia ante aquellas confe-
siones veladas.
—Vamos a llamarle a tu cuate García Agraz —anun-
ció GC con el deseo de dar por concluida la avalancha

— 133 —
de burlas. Al colgar el teléfono descubrió cómo Adriana
mostraba la expectación viva que anhelaba una respues-
ta favorable.

—Me que habló con su amiga y que ésta le dio el


dijo
teléfono de don Gilberto, que le hablemos directamente
nosotros, supone que no habrá problema.
—¿Le hablamos de una vez? —propuso ella, conte-
niendo el corazón para que no se le asomara en frente de
los trabajadores del periódico.

—Qué te parece si tomas tú el mando, aquí está el


número.
—Estoy muy nerviosa Gecito, háblale tú y has la ci-

ta, porfa.
Se sorprendió por derrumbe de su amiga, nunca
el

antes la había visto insegura para tomar una decisión.


Descolgó el auricular y marcó la larga distancia. Mien-
tras tanto, Adriana juntó sus manos casi en actitud de
plegaria, le dio la espalda y se retiró unos cuantos pasos
de donde él se encontraba, como para no estorbar; tan
sólo lograba percibir algunos de los monosílabos que
GC respondía, hasta que le escuchó decir: «Déjeme ano-
tar» momento en el que se dio vuelta llena de satisfac-

ción y comenzó a jalonear el brazo con el que Genaro


sostenía el auricular.

— Cómo no, señor, el martes a las once. Allá nos ve-


mos.
Adriana no necesitaba saber más para explotar en
alegría y lanzarse a sus brazos.

— ¡Dijo que sí! ¿verdad? ¡Dijo que sí! — Insistía,

ahogando el grito de felicidad para no llamar la atención


de los periodistas ahí reunidos.
—La hecha,
cita estáespera te la próxima semana.
—Tenemos que celebrarlo. ir a

— 134 —
—No sé si pueda, déjame hablar con el jefe.

— no Si te da chance, se lo pido yo, al fin de cuentas


creo que le caí bien —aconsejó, retomando a la Adriana
segura.
—Puedes faltar hoy, cambio me repones la
pero a

chamba cubriendo la guardia del domingo, ¿te parece?


— Condicionó Canales.
—Vamos una cantina. a

— ¿Cómo crees?
—No maricón, además hoy día
seas las cantinas ya
no son lo de antes, con su letrerito en la puerta de «Se
prohíben mujeres, uniformados y animales». Que for-
ma de ubicar al sexo femenino, pinches güeyes se — fin-

gió indignada.
—Sabes que no soy el mejor de los bebedores, mejor
comemos algo y luego vamos a alguno de los bares que
está en los sapos.
— Qué fresa eres, total, conseguiste la entrevista y te

tengo que dar gusto.


Durante la botana y gracias a las cubas de ron que
se tomaron GC se relajó, olvidó por un momento la cri-
sis existencial de estar enamorado de ella, disfrutó de su
compañía, se pusieron al tanto sobre las respectivas fa-
milias, hablaron de política, de la situación en Chiapas,
de las ganas de llegar a ser en el futuro, compartieron
sueños y expectativas; las horas pasaron, la platica fluyó
y no hubo motivo alguno que descompusiera la escena.
— ¿A qué hora vamos a salir de Puebla el martes?
—Preguntó Adriana cuando llegaron su a casa.

— ¿Vamos? —Retó deseoso por acompañarla él, a

México, pero quiso insistir en la dependencia que para


entonces ella le profesaba.
— Qué ¿
no me vas a acompañar?, grandísimo cabrón.

— 135 —
—Está bien, supongo que tendremos que salir como
a las ocho de la mañana a más tardar, ya que la cita con
don Gilberto es en la colonia del Valle.
—Conste — se despidió coqueta, para dejar en claro que
ella seguía siendo quien dominaba dentro de la amistad.
Aquel domingo de guardia no hubo mayor trabajo,
Genaro Cipriano se dio una vuelta por el zócalo de la
ciudad para cubrir el acto de protesta de unos vendedo-
res ambulantes. Recogió algunas declaraciones de los or-

ganizadores, conversó con periodistas de otros medios


con los que mantenía una relación lejana, pero que sabía
que le convenía entablar algo más estrecho; regresó al
periódico y redactó una nota muy sencilla sobre el even-
to, que de correr con suerte iría a parar a la sección de

Estados. Como a las cuatro de la tarde sintió hambre y


salió en busca de una torta.

El centro de la ciudad se veía abandonado, por lo re-


gular, si algo le invitaba a la depresión eran las tardes del
domingo. Sin una pasión sobre la que volcarse, de no ir

al cine, la otra opción era quedarse en casa viendo la tele-


visión con alguno de los programas dedicados al depor-
te,y él no era un apasionado de aquella afición. Desde
que era niño consideraba las tardes de los domingos co-
mo una lápida encima de la espalda, como vil «Pipila»,
ya que además por aquellos años le rondaba la angustia
de no haber cumplido con la tarea escolar.
Luego de descubrir dónde comerse una torta, paseó
lentamente y observó aparadores de tiendas cerradas, se
cruzó con una que otra pareja en busca de un rincón en
donde intercambiar algunos besos y sintió grandes de-
seos de ser él uno de ésos con Adriana como pareja.
Se dirigió a Woolworth y se perdió entre los mostra-
dores: perfumes, shampoos, jabones, juguetes, muñecos,

136
dulces, chamarras, plumas, camisetas, botes para la ba-
sura. Mientras detenía lentamente la mirada en cada uno
de los letreros que anunciaban las ofertas, pensó en lo

vacío de la vida, en lo cotidiano de los días, en lo inútil

de las horas. «Estás muy pinche existencialista», se dijo


al cruzar con una dependiente que le había estado obser-
vando desde que entró, vigilando por si acaso quería lle-

varse algo sin pagar.


Salió de la tienda y se encaminó por la Dos poniente. Se
detuvo un rato enfrente de Sanborn s, indeciso de si entra-
ba o no a hojear revistas: el deporte de los solitarios. Por fin
se decidió y entró al Pasaje del Ayuntamiento, descubrió
los colores de los vitrales, se detuvo frente a las ventanas de
la Galería del Ayuntamiento y se quejó consigo mismo al

descubrir una exposición de carros antiguos. «Pinches pa-


nistas, esa es su visión de cultura» se tragó su pensamiento
ante la emoción de algunos yupis expectantes.
Tomó el portal Hidalgo hacia la izquierda y dejó
atrás el pasaje para dirigirse de nueva cuenta a las ofici-
nas del periódico. Detuvo la mirada en los cafés del por-
tal Morelos por si se encontraba algún conocido por ahí

y continuó su camino. En la esquina de la Tres oriente


y Dos sur le esperaba orgulloso su amigo Guillermo La-
bastida en compañía de su mujer y su hijo.

Te estamos viendo venir desde hace media hora le —
soltó el viejo conocido —
Te presentó a mi esposa, bue-
.

no, mi compañera, y nuestro heredero. Venimos al centro


a dar una vuelta y tú, ¿qué andas haciendo? Le conté a
Margarita que eres reportero, además también la puse al
corriente sobre las chocoaventuras que tuvimos cuando
éramos estudiantes. Qué gusto volver a verte, por cierto,
te estuvimos esperando el otro día la Toronjas y yo, que

gacho que no pudiste llegar, pero me dijo que haber qué

137 —
día nos reuníamos. A todo esto, ¿qué tal te fue con la cha-
va esa, en donde te dejé ese día? Canijo chamaco, ya se
zurró, tenemos que ir al carro a cambiarlo. Bueno, Ge-
narín, ya nos vamos. Apuntaste mi teléfono, ¿verdad?
Ya sabes, cuando se te ofrezca algo, me echas un grito y
date un tiempecito para que nos juntemos y platiquemos.
Despídete mi’ja. Nos vemos, que estés bien.
GC no pudo articular palabra ante el monólogo de su
amigo, quien se preguntaba y se respondía solo, por lo
menos le había servido para sacarle de aquella actitud de
hastío. «Estoy hasta la madre, nomás», se dijo luego de
que Guillermo Labastida le dijera adiós, cuando comen-
zó a caminar sobre la Tres oriente rumbo al periódico.
—Ya lo dijo Tin Tan, mi tocayo: Hay que gozar de la

vida. O bueno, por lo menos dice Adriana que así dijo,


pero tiene razón, hay que gozarla. Lo que es, es, y lo que
no, pues no —
animó y llegó hasta la oficina del perió-
se
dico para cerciorarse de que nada más hubiera sucedido

y que ya podía irse a casa.


El paisaje del atardecer apuntaló su buen estado de
ánimo. Descubrió los volcanes al final del escenario ur-
bano: el Popocatépetl sostenía como de costumbre su
pequeña fumarola de ceniza, mientras que el Iztacíhuatl
mostraba su sueño, eran como dos sombras al final de la
calle, vigilando de un lado la ciudad de Puebla y del otro
la ciudad de México.

138 —
13

El martes temprano se encontraron en la terminal de au-


tobuses, ella irradiaba suemoción por conocer al direc-
tor de Tin Tan, mientras que para él, la simple aventura
del viaje y la compañía durante todo el día, le provocaba
un sentimiento similar.
—He checado que las pilas sirvan hasta en tres oca-
siones, traigo dos grabadoras, ya sabes, si una falla, la
otra no debe imitarla. Para que no parezca una loca, tú
haces como que llevas una y yo otra, ¿sí manito?
— Está bien, pero apúrate porque ya anunciaron
nuestro camión.
—Le de regalo
llevo al señor unos dulces poblanos,
es un buen detalle, ¿no crees?
—No se me había ocurrido, pero creo que sí.

«Los Puentes de Madison» fue la película que se


transmitió durante el viaje. Aquella historia del amante
oculto y de cuya existencia se enteran los hijos gracias
a los diarios de la madre muerta despertó de nueva cuen-
ta la historia de amor de GC. Pero ella no dejó de ha-
blar durante todo el trayecto acerca de Gilberto Martí-
nez Solares, de las preguntas que le haría, de Tin Tan y
sus anécdotas, de los datos que le faltaban para terminar

139
de escribir sobre su vida y de cómo había noches que so-
ñaba con él.
—¿Por ya sabes quién
cierto, no? ¿Ya es, leiste la

parte que envié con Hilda? Ahí hablo mucho de


te él.

—Ahora no he tenido tiempo de sacar hojas


sí las

del sobre, pero te prometo que en cuanto regresemos,


me aplico.
Al llegar a la ciudad de México decidieron desayu-
nar en el Vips cerca del metro Terminal Aérea, a pesar
de la devoción que le profesaba GC a Adriana, comen-
zaba a alucinar la plática sobre el director y el cómico;
se sintió como si él fuera un Patiño más en la vida real,
incluso se llegó a identificar con Marcelo, aunque le fal-
taran varios kilos para llegarle a su figura.
—Apúrate que nos quedan 40 minutos y tenemos
que transbordar en Balderas — insistió ella, provocando
que se atragantara los molletes.
Al llegar a la estación Eugenia faltaban 20 minutos
para que diera la hora de la cita, así que GC propuso
completar caminando y relajar así un poco los
el viaje

ánimos. Aquel fue el argumento que la convenció, por-


que ella insistía en tomar un taxi, no fuera a ser que se
les hiciera tarde.

La casa de construcción clásica de fines de la déca-


da de los treinta, principio de los cuarenta, en donde
los había citado Martínez Solares se levantaba con su
fachada pintada en blanco, pretendiendo aparentar ser
un castillo.

—Tenemos cita con el señor Gilberto Martínez Solares


—intervino GC cuando se asomó una cabeza para pregun-
tar qué deseaban, ya que Adriana estaba engarrotada.
Les hicieron pasar a una sala, de las paredes colgaban
carteles cinematográficos que anunciaban las recientes

140 —
producciones de don Gilberto y de su hijo, en los que
aparecían los cómicos de moda y no Tin Tan. Adriana
hizo una mueca de disgusto cuando descubrió aquello.
—En un momento viene don Gilberto — les informó
aquella cara ahora con cuerpo que había respondido al

llamado del timbre.


—No Tin Tan —susurró molesta, señalando
está el

decorado de paredes.
las

—Mejor concéntrate y prepara todo — hizo ver le

GC. Le quedaba poco tiempo para sacar grabadoras,


checar volumen y revisar casetes.
A los pocos minutos un hombre robusto de cara
amable se les presentó.
—Qué jóvenes, ¿qué quieren
tal con an- platicar este
ciano? — Expresó, invitando confianza don Gilber-
a la
to,relajando nervios de
los jóvenes. los
—Estamos escribiendo un trabajo sobre Tin Tan, don
Gilberto. Como usted sabrá, hay muy poco, o mejor
dicho, casi nada sobre y consideramos que Germán
él,

Valdés ha sido de los mejores cómicos de México in- —


tervino de inmediato Adriana, ya con el aplomo de cos-
tumbre, sorprendiendo a GC por incluirle dentro del
proyecto del que tan sólo era un lector.

—Dentro de comedia Tin Tan fue el genio, el núme-


la

ro uno, luego de él Tin Tan y en tercer lugar también. Se


va a convertir en un mito. Ahora déjenme decirles que los
académicos son unos pendejos, al igual que los periodis-

tas, consideran que un subgénero, eso sólo


la comedia es

sucede en México. Nunca me dieron un premio a mí o a


Tin Tan. En el caso de Cantinflas le otorgaron un Ariel
inventado, porque era Mario Moreno, pero la verdad es
que no había ni comparación entre Cantinflas y Tin Tan,
el primero era más tipo pueblo, en cambio Germán era

— 141 —
un verdadero actor, bailarín, cantante, pero bueno, qué
quieren que les cuente —dejó un suspiro en el aire.

— ¿Cómo se da la transformación del pachuco?


Porque usted no estaba muy convencido de su comi-
cidad, incluso tuvo dudas de trabajar con él intervi- —
no de inmediato Adriana, con la confianza obsequiada
por el director.
— Lo platicamos; creo poder afirmar que logré con-
vencerlo para quitarle lo pachuco, para convertirlo en
un personaje de barrio, medio buzo con las cha-
vivillo,

macas guapas, como usted. Aquello del pachuco era una


moda pasajera que había permitido innovar y darse a
le

conocer, pero tenía que cambiar para seguir existiendo y


así lo hicimos. La tintaneada daba para más. Como bien
dice,no le tenía mucha fe cuando lo conocí, en el senti-
do de que no era mi estilo su forma de ser cómico; cuan-
do tuve que enfrentarme a un personaje como Tin Tan,
necesitamos un par de películas para acomodarnos. Con
«Calabacitas Tiernas», que fue nuestra primera cinta,
nos fuimos despidiendo del pachuco, como recordarán
tan sólo aparece como tal al principio, cuando llega a una
casa de empeño, luego de aquella secuencia desaparece
su indumentaria. Creo que nuestra unión fue la efectiva,
filmamos aproximadamente cuarenta películas y sin du-
da fueron en las que mejor actuó, son las que han tras-
cendido. —Don Gilberto dejó volar los recuerdos, su
mirada no estaba en aquella sala, sus sentimientos tam-
poco, una sonrisa se dibujó en su rostro, dejando ver el

placer de evocar tiempos pasados.


—Don Gilberto, ¿cómo planeaban las películas,
quién las esbozaba? —Adriana parecía poseída.
—Varias de las películas las escribí yo, porque además
de dirigir también tecleé mucho. Claro está, me encasilla-

— 142 —
ron como director de comedia y no hice nada por cam-
biarlo, ya que me muy bien en el género y me apo-
sentía
yaba de un colaborador muy bueno para los diálogos,
Juan García, quien sabía del sabor del habla en los barrios,
en la cantina, en la calle, tenía a flor de lengua el modismo
popular, sabía de las raíces y los modales del pueblo.
Los y Adriana se dispuso de inmediato
cafés llegaron
a colocar en cada taza el azúcar que cada quien solicitó; la
marcha de los recuerdos se había activado y don Gilberto
no necesitó de otra pregunta para seguir contando su vida.
—A pesar de lo impuntual que era, sólo necesitaba un
ensayo de posición para que se cumpliera con lo planea-
do, siempre se sabía los diálogos, de vez en cuando co-
menzaba a improvisar, pero nunca saliéndose de lo que
habíamos pactado. Tin Tan nunca pretendió darme clases
a mí y yo nunca sugerí que actuara de tal o cual forma, nos
respetamos muchísimo. Mi método de trabajo era marcar
posiciones, señalaba cómo debería de llevarse a cabo la

escena, los movimientos, pero dejaba que cada actor di-


jera los diálogos como los sentía; ya si de repente no me
gustaba manera de expresar de alguno, entonces sí in-
la

tervenía para que se matizara tal o cual cuestión. Porque


era común en aquella época que los directores le decían
al actor hasta cómo debía de hablar, por lo tanto todos

lo hacían casi igual, perdiéndose no sólo el sentir de cada

personaje, sino también la posibilidad de actuación en ca-


da actor. Tin Tan inventaba gestos, modulaba la voz, ju-
gaba con las manos, levantaba los pies. ¡Imagínense que
yo le dijera como debía bailar, imposible! Creo haber te-
nido la habilidad de encontrar las facultades de Tin Tan
y de haberle dado amplitud a su actuación; yo siempre le
proponía que representara su papel como lo sintiera, pa-

ra mí las películas tenían que verse con naturalidad. Total

143 —
que ¿cuál era su pregunta? —Se quedó pensativo el direc-
tor, cuando se dio cuenta de que no había permitido la

participación de sus entrevistadores.


—Volviendo al tema sobre las críticas y la forma co-
mo y a Tin Tan los académicos y pe-
lo trataban a usted
riodistas, ¿qué nos puede decir? —
Intervino Adriana.
—Nos trataron de vulgares, corrientes, irrespetuo-
sos, atrevidos, porque Tin Tan retrataba la barriada, era
un personaje tentón, picaro, llevado con las muchachas
y la autoridad, aventurero; nos ponían del asco en sus
publicaciones.
—Tengo entendido que las hojas parroquiales censu-
raban cinematográfica y que por lo regular
la cartelera

sus películas no eran recomendadas ahondó ella. —


—Claro, no sólo en las hojas famosas, sino que tam-
bién desde el pulpito el padre a veces prohibía que los fe-

ligreses fueran al cine. Pero aquello era producto de los


tiempos, ustedes saben, eran días de un ambiente muy
conservador, pero fíjense que a pesar de los bloqueos,
porque supongo que no habría otra forma de catalogar-
los, siempre tuvimos éxito —
se echó un clavado en sus
recuerdos — . Me acuerdo que cuando estrenamos «No
me defiendas compadre», se proyectó por primera oca-
sión en un cine que quedaba sobre la calle 16 de septiem-
bre y aquel día no fue casi nadie, al segundo asistieron
unas pocas personas más, por lo que el productor me de-
cía que habíamos filmado un fracaso, que la sacáramos
de la sala
y que nos olvidáramos del negocio. Al tercer
día acudió más gente del primero y del segundo, y ya pa-
ra el primer domingo de proyección se llenó totalmen-
te; con decirles que hasta dos asfixiados hubo debido a
la multitud, fue un éxito rotundo, claro está que la cinta
tenía que tomar su propia fuerza, y así fue.

— 144 —
— ¿Qué nos pude del inseparable compañero
platicar
de Tin Tan?
—Marcelo fue un excelente ¿Supongo que
Patiño...
me preguntando por
está —Dudó de pronto don
él?

Gilberto — Porque para cuando Tin Tan tuvo dinero,


. se

vio rodeado de varios compañeros inseparables.


—A él me refiero, ya que a pesar de las compañías
casuales, Marcelo Chávez fue su amigo y compañero de
trabajo —confirmó Adriana.
—Marcelo tenía una chispa única, era además un in-

y componía varias de las canciones


telectual, él arreglaba

que se grabaron, su aspecto era poco agradable, lo que


le permitía a Tin Tan bromear sobre esa figura de gordo

chocante. Hicieron una muy buena pareja, tal como se


recuerda a varios de los cómicos famosos del mundo.

Don Gilberto, por último, ¿cómo retrataría a Tin
Tan?

Era un hombre muy generoso, me van a perdonar
pero llegaba al grado de pendejo, siempre traía detrás de
él auna bola de vividores que sólo extendía la mano para
recibir dinero. Pedía de favor que le fueran a comprar
unos cigarros y nunca le entregaban el cambio, siempre
pagaba las cuentas de los restaurantes, de las cantinas,

de los centros nocturnos, gastaba mucho. Era muy olvi-


dadizo, parrandero, mujeriego, su ego como artista no
eran exigencias extravagantes como la de varios actores
o actrices, sólo tenía que batallar con su impuntualidad,
pero siempre cumplió con lo programado. Por otra par-
te, también la familia vivió de su trabajo, era un buen
hombre, insisto, como ya les dije antes, un actor extraor-
dinario. Fíjense que ya de viejo Tin Tan me iba a ver,
me decía que volviéramos a hacer cine, que trabajáramos
como antes, pero ya estaba deteriorado, entre el alcohol

— 145
y la marihuana había cambiado mucho. —Al decir aque-
llo , era como si en los ojos de Martínez Solares hubiese
aparecido el actor enfrente de los jóvenes, de la yeuforia
la risa, se necesitaba ahora del café para poder pasar por
la traquea aquel recuerdo.
— Cuantas juergas no tuvimos juntos, Tin Tan y yo
nos divertíamos mucho, no sólo trabajando, sino tam-
bién con las chamacas, éramos muy, pero muy canijos...
—Y dejó la memoria vagando — . Bueno, muchachos, es-
pero que les hayan servido de algo mis recuerdos — la

frase quedó como despedida, mientras les acompañaba a

la puerta de salida.
Adriana recordó los dulces que le llevaba de regalo
al director, pero sintió pena de entregárselos, por lo que
sólo los acarició cuando guardó las grabadoras en su
morral.

146
Era casi imposible poder localizar una máquina que per-
mitiera medir emoción que embriagaba a Adriana, su
la

silencio no dejaba de mostrar la euforia que se desbor-


daba por cada uno de sus poros. GC prefería mantener-
se a la expectativa ante las reacciones de ella, por lo que
comenzaron a caminar sin rumbo sobre la calle Adolfo
Prieto.
— ¿Y...? —Interrumpió GC el andar silencioso, me-
ditabundo y excitado por ella.

— ¿con qué?
Y,
— ¿Qué hacemos ahora?
— Lo que quieras.
Dicha oferta no correspondía a las verdaderas aspi-
raciones de lo que él hubiera deseado, por lo tanto no
sugirió mayor cosa y se limitó a sacarle conversación.

— ¿Estuvo padre la entrevista, verdad?


Adriana ni se inmutó, continuaba extasiada, pensativa. .

—-No cabe duda de que Tin Tan fue un excelente ac-


tor, pero de no haber encontrado a un director como
Martínez Solares y a un Patiño de la talla de Marcelo
Chávez, no habría corrido con la misma suerte, ¿no
crees? — Intento de nueva cuenta GC salvar a su amiga

— 147 —
de ese letargo y consideró que el mejor antídoto sería

más tintalina.

—Tengo hambre ¿dónde comemos? —Al fin logró

arrancarla de su mutismo.
—¿Qué parece vamos centro de Coyoacán?
te si al

—Aprobado —rezongo para volver a abstraerse.


Una vez instalados en uno de los comedores de co-
mida corrida ubicados cerca del centro de Coyoacán, la

conversación entre los amigos volvió a encontrar la flui-

dez perdida, a pesar de que el tema fuera evidentemente


el mismo.
—¿Qué tanto ayudó conversación con don Gil-
te la

berto? — Indago GC.


— que no aportó mucho de
Fíjate que ya había lo leí-

do en algunas entrevistas anteriores, pero me permitió


convencerme de lo importante de la mancuerna entre el
actor y el director, como dijiste hace un rato y, más aún,
lo básico que fue Marcelo, quien se llevó poco de las pal-

mas con la creación del personaje principal.


—A partir de lo que he leído de tu escrito, más la
plática que escuché hoy, creo haber descubierto que Tin
Tan con su actuación vino a reinventar la ciudad y sus
habitantes; es fácil encajonarlo en el clásico pachuco, con
su vestir y el lenguaje, pero más allá de esa etapa, su per-
sonaje se incrustó de manera menos publicitaria, pero
más consciente dentro de la cultura citadina, analizaba —
GC, rendido frente al tema de su amiga.
—Así es, ya que además caracterizó todo tipo de per-
sonajes, más allá del clásico pachuco.
—¿Cuántos besos regaló? —
preguntó él, deseoso
por alcanzar tan sólo el uno por ciento de las bocas a las
que se acercó el actor.
—Por si no lo sabes, a la fecha no existe actor que ha-

— 148 —
ya besado a más mujeres en la historia del cine nacional
como lo hiciera Tin Tan, ni siquiera Pedro Infante, siendo
el galán de galanes —respondió Adriana suspirando, de-
seando haber sido ella una de las besuqueadas.
— ¿Siempre mantuvo esa espontaneidad?
— Creo que sus representaciones nunca dejaron de
realizarse con una gran carga de inocencia, Tin Tan
jugaba a ser actor, jugaba a filmar películas, jugaba a
la vida, sin perder el profesionalismo. ¿Sabías que en
Francia sus películas se exhiben como ejemplo de im-
provisación en la escuela de artistas cómicos?
— Imagino que no me equivoco al suponer que el

éxito de un director de cine tiene que ver con que el

público reaccione como éste desea, de ahí que las pe-


lículas que Tin Tan filmó con Martínez Solares hayan
sido las más exitosas en la carrera de ambos se aven- —
turo GC con su disertación frente a la experta.
Terminaron de comer y decidieron dar un paseo
por el centro de Coyoacán, antes de regresar a Puebla;
la plaza se encontraba salpicada de algunas parejas que
compartían caricias, así como estudiantes todavía con
el uniforme escolar, que mostraban los sudores de los
juegos.
Luego de rondarle por la cabeza varios minutos,
Genaro Cipriano se decidió y, como que no querien-
do la cosa, rozó su mano derecha con la izquierda de
Adriana mientras caminaban despreocupadamente. Al
percatarse de que no había provocado ninguna reac-
ción en ella, de pronto se atrevió y a pesar de que le

sudaba lamano por los nervios, volvió a provocar un


roce de mano pero en aquel instante se aprovechó pa-
ra entrelazar sus dedos con los de ella. Ella aceptó sin
réplica la extremidad húmeda del amigo y en silencio

149
continuaron caminando, despacio, tomados de mano, la

dando vueltas por la plaza del centro de Coyoacán.


— Es el momento carnal, sé un machín y aviéntate
—creyó escuchar la voz. GC sintió cómo sus nervios se
contraían y tal vez aquel rumor tenía razón, vio cómo las
ideas se convertían en mariposas alocadas; en cuestión de
segundos barajó todos pros y los contras de hacerle
los

caso a la voz y atreverse a besarla, cayó en la cuenta que


caminaban tomados de la mano, por lo que inconscien-
temente estrechó con fuerza la de
y al hacerlo instin-
ella

tivamente ambos se detuvieron. Genaro Cipriano sacó


fuerzas y le vio a los ojos, ella se dejaba llevar, por fin se
atrevió y acercó lentamente sus labios hasta los de Adria-
na, acariciándolos apenas, sintiendo su forma. Creyó que
ella se apartaría, tal vez le una cachetada, tantas oca-
daría
siones había imaginado la escena que no daba crédito a
que no se moviera ni lo rechazara, pero tampoco se entre-
gaba apasionadamente ante su atrevimiento.
Fue él quién apartó ligeramente su boca y pretendió de-
cir algo, cuando Adriana se lo impidió e, imitándole, acari-

ció ligeramente con sus labios los de él, para luego reiniciar
el paseo en silencio y balancear las manos entrelazadas.

— Las declaraciones de amor son un invento cursi


que no me agrada — dijo ella a los pocos pasos, descon-
certando por completo a GC, que no entendía la inten-
ción de sus palabras y prefirió disfrutar lo que estaba su-
cediendo en silencio, tal y como ella lo había hecho al
salir de la entrevista con Martínez Solares.

— Nunca he sabido si el amor es una invención, una


simple atracción, el despojo de tu personalidad, la re-

creación de tus instintos, las ganas por cumplir el ciclo

de toda mujer y embarazarse, la posibilidad de ahuyen-


tar la soledad, pero en lo que sí no estoy de acuerdo es

150
en eso de compartir la vida con una sola persona: todo lo
que tengo ganas de vivir, los viajes, los sentimientos...
De pronto Adriana guardó silencio por unos segundos,
para voltear a ver a Genaro Cipriano y poder confirmar
lo que había expresado.

—No sé si me entiendes, pero no deseo ser una mu-


jercita común y corriente, mucho menos tener un novie-
cito con el cual compartir la función de cine, creo que el

haberme involucrado con aquel chavo del que te plati-


qué alguna ocasión, transformó la idea que te crean des-
de chica en casa, en la escuela, por el simple hecho de ser
mujer. Eso de casarse y vivir feliz como en los cuentos
de príncipes y princesas, para mí, el único que pudo ha-
ber sido mi príncipe azul fue Tin Tan, y eso por herencia
de la persona con la que anduve, o sea que ni siquiera
soy tan creativa como puedes imaginarte.
Genaro Cipriano no sabía qué hacer: salir corriendo
emocionado por los roces que había experimentado con
los labios de Adriana, sentarse a llorar por las declara-
ciones que estaba escuchando, dejar que los celos le in-

vadieran o encabronarse de saber que un equis cualquie-


ra había hecho sufrir al amor de su vida. De pronto se
percató de cómo había contagiado de sudor la mano iz-
quierda de Adriana y apenado, decidió soltársela.
— Espero que no te de asco —
se atrevió a decirle in-
consolable de saber que ambas manos parecían de ancia-
nos, todas arrugadas por el sudor. Dejando aflorar una
vez más sus inseguridades.
—Eres un bobo —respondió sonriendo ella tierna-
mente, mirando — Supongo que hora de vol-
el reloj . es

ver — sentenció.
Los túneles del metro albergaban un sin número de
historias que se presentaban en cada uno de los rostros

151
de los que esperaban el tren. GC comenzó a reconocer
la diversidad en ellos, buscando poder ignorar la que en
verdad le preocupaba, habían sido muchos los mensajes
disparados por Adriana como para poder recogerlos en
ese instante, compañeros de viaje eran una
por eso los
buena excusa para platicar con uno mismo durante el
tiempo de espera y de trayecto, ante el silencio impuesto
por los viajeros.
La obligada separación de los sexos durante las ho-
ras pico del metro provocó que Adriana se fuera en los
primeros vagones, mientras a GC le tocó la parte final
del convoy. Sin haber quedado de acuerdo en encon-
trarse en algún punto de la central de autobuses, la tor-
menta de angustias comenzó a rechinar en su interior:
¿ Y si le pasa algo? ¿Si la quieren seducir? ¿Si la asaltan?
La llegada a la terminal de San Lázaro se hizo eterna,
por eso en cuanto puso un pie fuera del vagón, se echó a
correr para localizar a su amiga.
Tienda de discos, puesto de revistas, puesto de tor-
tas apestosas, pizzas, joyería de fantasía, lotería y mela-
te, fue recorriendo cada uno de los comercios. Otra vez
llegó hasta el redondel de laTAPO, con el restaurante en
medio, y fue hasta entonces cuando bajó para ver si por
ahí estaba su amiga. Al no dar con ella, se detuvo en ca-
da uno de los locales entre línea y línea de autobuses:
panadería, dulcería, farmacia. También revisó los pues-
tos que estaban en medio del pasillo circular y fue en
uno de ellos donde finalmente la descubrió.
—Y ¿qué
tú, traes? —preguntó tranquila.
—Nada, carajo, encontraba y me alarmé un
que no te

poco; además de que llevó dos o tres carreras y mi con-


dición física no es la misma —apenas y pudo contestar,
controlando la respiración.

152
Durante el trayecto de regreso GC no sabía ni de qué
platicar con su amiga, ambos traían muchos pensamien-
tos, como para interrumpirse. No fue sino hasta que el

camión cuando él al-


llegó a la primera caseta de cobro,
canzó a concentrarse en un sólo pensamiento y dejó de
jugar al pin pon: «¿Qué haría si me sacara el melate?»
Retozando con varias respuestas que tenían que ver con
regalos para sus seres queridos, deseos incumplidos, via-
jes,negocios y un sin fin de otras cosas. Pero no dejaba
pasar la oportunidad para de vez en cuando observar có-
mo Adriana escuchaba una y otra vez la entrevista que
había realizado.
— ¿En qué piensas tan concentrado? — El juego de su
fantasía se rompió, cuando ella lo interrogó.

—Simplemente vengo pensando que haría si me sa-


cara el melate.
— ¿Y ya metiste números? los

—No, siquiera cómo juega.


ni sé se

—Serás tan güey, entonces ¿cómo quieres sacártelo?


—Nada más era un juego mental, un sueño, ¿a poco
tu nunca has imaginado en lo que podrías hacer con el
dinero de una rifa, de la lotería o del melate?

Claro que sí, sobre todo luego de que vi la pelícu-
la «Mátenme por que me muero», en la que supuesta-

mente Tin Tan se saca cinco millones de pesos la re- —


ferencia de Adriana no podía estar exenta de su enaje-
nado tema.
Puebla se descubrió por sus luces, la aventura había
concluido. En cuanto GC llegó a su casa pretendió dor-
mirse para despejar lo atareado del día, el insomnio se

hizo presente, decidió no dar más vueltas por lacama y


retomó la lectura del escrito de Adriana. Total, Tin Tan
no sería tan mala compañía.

153
Fábrica de risas

Tin Tan exprimía hasta el último gajo la máxima que se

había impuesto: «Hay que gozar de la vida y hacer que


la gente también la goce». Una vez más al terminar la pa-

rranda se escapó para Acapulco a disfrutar del mar, pa-


seo que interrumpió cuando recibió la noticia de que su
segundo hijo ya tocaba las puertas del sanatorio.
Desde mediados de 1947 la esposa del director Gil-
berto Martínez Solares insistía en ir a ver el espectáculo
que Tin Tan y Marcelo presentaban en El Patio. El di-
rector, no muy convencido, aceptó ir al centro nocturno
para fin de año.
— Es un buen cómico —aconsejó la señora al ver a
Tin Tan en el escenario.
—Se me hace un poco vulgar —arremetió el director,
tal vez influenciado por todo lo que se había dicho sobre
el pachuco. Martínez Solares en su paso por Los Ángeles,
California, a principio de los años treinta, estudió para ca-
marógrafo, lo que le dio la oportunidad de trabajar como
extra en varias cintas importantes y aprender la técnica pa-
ra dirigir. Por lo que a su regreso a México sorprendió de
inmediato con su forma de manejar las escenas y consiguió
contratos con distintas casas productoras.
Había quedado atrás la idea de instalar un estudio fo-
tográfico en sociedad con Gabriel Figueroa; por aque-
llos años el nombre de Gilberto Martínez Solares ya se
había colocado dentro de la industria cinematográfica,

— 154 —
su película «Yo Bailé con don Porfirio», estrenada en
1942, le dio un lugar importante dentro de la empresa
CLASA, consiguiendo un éxito más con la cinta «El glo-
bo de Cantolla.»
— Este muchacho es muy bueno Gil, estás perdien-
do el tiempo con tus comedias ligeras, deja a esa Mapi
Cortés y filma algo con él — insistió la esposa al salir del
centro nocturno.
—Ya veremos — reacio, Martínez Solares cortó la

conversación con su mujer.


Martínez Solares es llamado por el señor Elizondo, ge-
rente de los estudios CLASA, para organizar los proyectos
que tenía la productora destinados para el año de 1948.
—Tengo un joven cómico y quiero que usted escriba
una película para — informó gerente— Ya ha filma-
él le el .

do algunas cintas, échele un vistazo a cualquiera de ellas.


— Cómo no señor, si gusta programamos una entre-
vista para conocerlo y vemos qué se puede hacer.
La sorpresa no estuvo ausente cuando frente a los
ojos del director se presentó Tin Tan, aquel que se había
negado a contemplar como posible actor de sus cintas a
pesar de la insistencia de su esposa.
—Qué tal señor, aquí tintaneando para que no se
aburra la vida, porque ya ve que la señora del burro lue-
go trae cierto interés y que feo que a uno le digan «vida
mía, para qué sirves sino te encanicas de vez en vez...»
—Entró a su oficina el cómico con su desparpajo acos-
tumbrado.
— Gilberto Martínez Solares —respondió serio el

director.
—No se crea que vengo de a solapa, aquí frente a us-

ted Marcelín, Marceliano, cuya panza parece de marcia-


no y no lo que usted pensó.

— 155
—Antes que nada vamos a ver algo del trabajo que
ya han hecho con Gómez Landero — sentenció el di-

rector.
—Qué puedo decir señor, creo que don Humber-
le

to es buen direc, aunque a veces le falta tatema, lumbre,


fuego, se camuflajea y se destorlonga muy rápido ante
la tintaneada.
—Entonces, ¿qué me proponen que vea de su traba-
jo? —Accedió más condescendiente Martínez Solares,
luego de escuchar la opinión de Tin Tan sobre Gómez
Landero.
—Podría usted ver «Hotel de Verano», que fue nues-
tra primera película, aunque no sea de don Humberto
—sugirió Marcelo como pretendiendo mediar ante el

exceso de confianza con la que su carnal había conduci-


do a la conversación.

—O «El hijo desobediente», quien por creerse un


«Músico, poeta y loco» apenas y llegó a imaginarse
«Con la música por dentro», todo por creer que «Hay
muertos que no hacen ruido» —recitó Tin Tan, descon-
certando al director de cine.
—Son los títulos de las cinco películas que filmamos
con don Humberto, señor. — Aclaró Marcelo, deseando
mesurar la extravagancia de su compañero.
—Ya veremos alguna de ellas entonces, denme un
par de semanas para que me reúna con Juan García,
el dialoguista, y comencemos a esbozar alguna historia
—finalizó la platica el director, pensando para entonces
que tenía frente a él a un cómico diferente.
—Ahora vamos estudios Okeh, para hacer
a los las

pruebas del disco — impuso Marcelo su compañero. a


— O qué, o qué chinchurria Marcelín, me
la co- traes
mo burra de tequisquetengo, ¿no nos podríamos echar

156
un buche en el camino?, para que se me zarandeen las

hebras vocalísticas, además todavía estoy de parí por la

llegada del Javiercín a este mundo ingrato.


—Tu hijo ya tiene dos meses de nacido Germán y van
como cinco veces que le quedamos mal al productor.
—Jaibas encueradas en la playa, Marcelo, ¿no crees
que es emocionante ser fader por segunda ocasión? Ba-
lines los de la matatena, vámonos rait nao, antigua me
repienta.

Caqueando en la cinta

Luego de varios ensayos, por fin quedó listo el reperto-


rio de canciones que Tin Tan y Marcelo interpretarían
para su primera grabación. De una lista de más de 30
canciones diferentes se escogieron 15 para el disco que
se preveía fuera un Long Play, ya que el responsable de
la grabadora supo, que a partir de aquel 1948, en los Es-
tados Unidos se acababa de editar el primer L.P., y que
pronto llegaría un equipo
México para poder reprodu-
a
cir y comercializar aquel formato por todo el país.

Durante las grabaciones Tin Tan le daba vuelo a su


imaginación, tal y como lo hiciera ante la cámara de cine,
incluso se sentía con mayor libertad ante el micrófono,
pues recordaba su paso por la radio.
—¡¿Aquí quién despacha?! ¡Aquí, señor, un tequila!
— Inició la broma Tin Tan, para ser secundado de inme-
diato por Marcelo.
— ¿Qué quiere?
157
—Un Antes de que empiecen
tequila. trancazos. los

—¿Sencillo?
—No, doble.
— ¿Doble?
—No, no, mejor doble no.
— ¿Sencillo?
—No, y antes de que empiecen
triple trancazos. los

— Triple,ahí le va.

—Antes de que empiecen trancazos, oreeeee. los

En ese instante el propio Tin Tan sacó un vaso y le

echó hielos para que quedara registrado el ruido en la

grabación.
— Hup,
Salud... cof, cof, cof.

— ¿Qué, pateo?
— ¿Más mezcla maestro o le remojo los adobes?
—Preguntó el pachuco, para continuar con su broma
frente al micrófono — . Hip, ja ver, otro tequila!
—¿Triple también?
— señor, y antes de que empiecen
Sí los trancazos.
—Bueno, ahí le va.

De nueva cuenta se sirvió líquido en un vaso y se es-


cuchó el chorro deslizarse sobre el vidrio.
—Salud. Cof, cof. Otro tequila, antes de que empie-
cen los trancazos.
— Oiga, ¿cuáles trancazos?
—Pos que va haber.
los a

— ¿A qué hora?
—A hora que dé cuenta que no traigo
la se pa’ pagarle.
— ¿Ah sí?

— señor.

— ¿No trae?
—No traigo.
—Pues ahora desquita aunque sea cantando.
se

— 158
—Pues échele un cinco al piano, pues vamos...
La música entra, Tin Tan y Marcelo comienzan a
cantar.
— ¿Qué, no estuvo bien antes de cantar
el chiste
«Echale un cinco piano»? — Preguntó Germán.
al

—Estuvo bien, pero, ¿por qué no preguntarle antes


a Felipe Valdés su opinión? — Argumentó productor el

ante la libertad que se habían tomado los cómicos con la

composición.
—No problem, brody, si además es mi tocayo.
—¿Cuál sigue? — -
Insistió Marcelo para terminar con
las objeciones del productor, ante las que sabía de ante-
mano que no iba a ceder su compañero.
—Se escogió Luna de Texas —intervino un asistente
de grabación.
—A ver, maestro, échele ahora un veinte a la orques-
ta y vámonos —convirtió el pachuco su boca en un al-

tavoz.
La cinta corría registrando bromas, melodías y to-
dos los tonos de voz, mientras que en el estudio los pre-
sentes se deleitaban con la actuación de Tin Tan y Mar-
celo, aguantándose la risa para no estropear el disco.

—Muy bien, muy bien — confirmó satisfecho el pro-


ductor.
—De todos modos nos faltan varias canciones más
—cortó Marcelo.
la alegría

— ¿Ya ves cómo eres? Nada más nos agüitas la fiesta,

pero bueno, vámonos que yo invito —propu-


a festejar,

so Tin Tan a todos los ahí presentes, sin esperar a ver


quién seguía sus pasos rumbo a cualquier lugar para to-

mar unas copas.


La grabación se suspendió por más de una semana.
Nadie supo de Tin Tan luego de la pachanga a la que

— 159 —
había convocado. Se desapareció por varios días y ni su
esposa Micaela sabía de él.
—Debe de andar por Acapulco —supuso Marcelo
ante el productor, un poco apenado.
— Bueno, de todos modos no ha llegado el equipo
para grabar el Long Play, que ha sido un disco de mucho
éxito con los vecinos del norte y creo que va a revolucio-

nar el mercado nacional.


Sin mayor explicación, por fin llegó Tin Tan.
— —
¿Qué jais carnales? gritó a la entrada del estudio
de grabación.
— Oye Germán, ya ni la amuelas, nos has dejado plan-
tados por más de una semana — le recriminó Marcelo.
—Uuuuy Marceliano, pus tan siquiera hubiesen se
regado, parque crecieran como robles — bromeó, sin

darse cuenta de que Marcelo se encontraba muy moles-


to — .
¿Cuántas rolas nos vamos a reventar hoy? — Pre-
guntó mientras entraba a la cabina.
—Programamos «Paloma mensajera», arreglo ya el está

listo por de Musical — comentó productor.


los Safari le el

—A pues, que toquen —dispuso Tin Tan des-


ver, la

preocupado, mientras tarareaba otra canción.


— ¿Cuál esa? —Preguntó productor.
es el

— Los agachados, de Severiano Briseño, lo que pasa


es que estoy muy
mal herido y no saben cómo se me
antoja una pancita —
confesó Tin Tan, ante la expectati-
va que había despertado si aprobaba o no el arreglo mu-
sical de «Paloma mensajera.»
— ¿No la conocen? —Replicó el pachuco mientras
entraba al estudio —
Vente pa’ca Marcelo y ya quita esa
.

cara de mostro, va con ritmo de swing, más o menos


¿no? — Se dirigió a Marcelo de nueva cuenta para ver
si ya se le había pasado lo enojado. Sin esperar a ver su

160
comenzara a tocar como le
reacción, pidió a la orquesta
iba indicando, una vez que el tono le satisfizo, invitó a
Marcelo al chiste:
—¿Sabes qué carnalazo?
— ¿Qué pasó? — con desgano siguió Marcelo la

actuación.
— Que vengo un poco crudo Marcelino, quisiera
una pancita, Vente, vamos con
así calientita. aga- los
chados... ¿Noo? — Bailoteó, parando boca como la

trompeta, un poco para seguir broma y porque en


la

verdad tenía ganas de ir a comer un caldo, en lugar de


estar ahí.
— ¿Bueno y por qué vienes crudo?
— Porque me pasé toda noche pescando, Mar-
la la

celo, en lago de Chapultetrepo — ya confiado, Tin


el

Tan siguió el chiste, sabiendo que Marcelo se había re-


lajado.
—Y porque pasaste pescando ¿vienes crudo?
te la

— vengo crudo de sueño, qué, ¿no puedo?


Sí,

—Ah, cómo no.


sí,

—Ya verás ver no.


a si

— ¿Y toda noche estuviste pescando?


la

—Anja.
— ¿Y qué pescar?
fuiste a

—Cagüiles.
— ¿Cagüiles? —Preguntó Marcelo punto de a reírse

para ese entonces con las ocurrencias de su compañero.


— Cagüiles. —confirmó Tin Tan sabedor de que ha-
bía ganado la partida.

— ¿Cagüiles?
—Cagüiles.
— Oye ¿qué son cagüiles?
—Pescados.
161
-Oye y de qué pescados, yo no conozco los cagüiles.
—No, ni yo tampoco conozco los cagüiles, si no
agarré ninguno Marcelino.
—Vaya, vaya.
— cuando
Ji, ji, ji, pesque traigo para pre-
los te los

¿no?
sentártelos,
—Bueno.
—Vamos echarnos pancita con agachados,
a la los
¿orejas? — Tin Tan, desconcertando
Insistió pre- a los
sentes, quienes no sabían si continuaba con la broma, o
en verdad proponía salir a comer.
— Tira, vale —apoyó Marcelo, consciente del humor
de Tin Tan.
—Poninas, ahí te van —anunció Tin Tan mientras le

solicitaba a la orquesta que se arrancara con la música y


ambos entonaron:

A comer pancita / con los agachados, / que vengo
muy crudo, ayyyy.
—De todo tengo siñooor —intervino Tin Tan con
voz tipluda imitando a una mujer.
— La birria suave / muy bien calientita / con su calli-
to sabroso y gordito, / su cebollita muy bien picadita.

Dejó Marcelo sólo a Tin Tan para que recitara:

— Chichaaaaarrón muy picosito como a mí me va a


/

gustar, / chayotitos muy tiernitos en su mole de pipián,


/ romeritos calientitos con torta de camarón.
El requinto de la guitarra de Marcelo cedió el aire a

Tin Tan, inflando los pulmones, éste:

—También... / tiene mole de olla sazonado con ci-

lantro / con su rama de epazote / con su flor de calaba-


za, / xoconoztle, / verdolaga, / frijolitos calduditos con
su chile picadito, / tortillitas calientitas sacaditas del co-
mal.

162
La orquesta entró a una señal del pachuco para
acompañar al dúo.

A comer pancita / con los agachados / que vengo

muy crudo / aaaay. Concluyeron Tin Tan y Marce-
lo agradeciendo como si hubieran recibido una cascada
de aplausos de un público imaginario. Una vez poseí-
dos, las bromas siguieron, ignorando ambos al resto de
técnicos y músicos.
—Hip, ummm —siguió actuando Tin Tan.
hip,
— ¿Todavía borracho? — Preguntó Marcelo.
estas
— Sí, ¿por qué? hup, hum.
hip,
—¿Cómo que por qué? Muy mal hecho.
— ¿Por qué mal hecho? Ahora ando de ambiente y
me voy pa’l Tenampa Marceliano.
—No, no, no, no, no.
—¿Por qué no, no, no, no, no?
— Oye, ¿tú has visto cómo hace se el hígado con el

alcohol?
—No ¿cómo? —Responde Tin Tan actuando que
estaba a punto de caerse de borracho.
—Mira, se hace negro y arrugado y hasta se me en-
china el cuerpo de acordarme.
—No me digas Marcelo —abre los ojos asustado Tin
Tan.
— — Sí insiste.

—Ya no vuelvo Marcelo.


— ¿No vuelves tomar? a

—No, ya no vuelvo comer hígado Marcelo, todo


a
prieto y arrugado, no, no, no, no — convencido dejó
ahí la broma Tin Tan, para salir de la cabina de graba-
ción.
— Grabamos todo — salió sonriente el productor al

encuentro de actores — los . Estuvieron estupendos, te-

163
nemos un material muy bueno para producir el disco,
sólo falta grabar «La burrita» y «El buey palomo.»
—Te veo Marcelo.
triste

— ¿Nos vemos mañana? — Sugirió nervioso uno de


los asistentes.
-
— Sábanas, today a volar golondrinas que han sido
so many days de encierro.
—Tin Tan, Tin Tan, que firmemos el contrato
falta

y cobrar el adelanto, nos está esperando el presidente


de la compañía —
angustiado, Marcelo trató de detener
el paso del cómico rumbo a alguna de las cantinas cer-
canas.
—Nooo carnal, hazme
balona y arregla todo el
la

bisne, ¿qué no ves que tengo un borlo muy importante


aquí a la vuelta? Es más, si hay algún destorlongo, lléva-

me «La primera esquina», ahí me


de favor los papeles a

quedé de ver con unos cuadernos se encaminó hacia —


la salida del estudio. Estaba aburrido de los llamados a
la responsabilidad que le hacía Marcelo; por su parte és-
te volvió a enojarse ante la actitud despreocupada de su
compañero.
— Germán, Germán, espérame, escúchame, creo que
no soy tu secretario, vamos a firmar los papeles y luego
haces lo que quieras; ya estuvo suave de que sólo pien-
ses en las copas y...

—Vámonos respetando Marcelo, creo que nos he-


mos estado wachando mucho durante los últimos años
y ya estamos cansados, por eso antes de que el calote lle-
gue a mayores, mejor nos distanciamos por un tiempo.
Tin Tan ignoró la exigencia de Marcelo para que fue-
ran en ese instante a firmar el contrato. Disgustados los
compañeros de trabajo, cada uno tomó direcciones con-
trarias.

164
Ladrón de sueños

Durante los primeros días del mes de mayo, Micaela,


angustiada, buscaba a su esposo por todas partes, lle-

vaba más de cinco días sin comunicarse con ella, aun-


que las parrandas eran costumbre, en esta ocasión le

había llegado un recado de la señora Beatriz Velasco


de Alemán para que confirmase su asistencia al evento
en el que se festejaría el día de la madre.
—Marcelo, ¿sabes algo de Germán?
—No, Micky, hace unos días tuvimos una discu-
sión y desde entonces no lo he vuelto a ver.
Micaela se sorprendió cuando Marcelo le dijo del
pleito. Por fin la madrugada del siete de mayo Tin
Tan llegó a su casa tambaleándose, ella se despertó
luego de que Germán se tropezara en más de una
ocasión con los muebles, las ganas por recriminarle
su ausencia desbordaron el ánimo somnoliento de la

mujer.
—Es increíble, Germán, llevas varios días fuera de
casa, seguro te has de haber ido con tus amiguitas a
Acapulco otra vez.
—No problem, Micky, no problem, dale un besito
al trompudo.

—No te hagas el gracioso, estoy harta de tus fies-


tas, de las parrandas, de lasquemujeres con las sales
cada vez que puedes, mientras que tu hijo y yo esta-
mos aquí, esperándote.

— 165
—Vengo muuuy mareado, mejor discutimos luego
—propuso Germán mientras que torpemente pretendía
desvestirse.
—Te he estado buscando por todas un partes, eres
irresponsable; desde hace varios días te llegó un recado
de la señora Velasco de Alemán.
—¿Y esa? —Preguntó abriendo los ojos, temeroso
de que alguna de sus amigas se hubiera atrevido a bus-
carle en la casa de su esposa.
—No no una de
te asustes, amigotas,
es tus es la es-

posa del presidente.


— ¿Quiere actuar en próxima película?
la Ji, ji, ji. .

—Hasta Marcelo disgustado contigo.


está
—Mira, Micky, cuestiones de trabajo son asunta-
las

cho mío, voy pedir que en eso que no


te a metas. sí te

—Además de todo, tengo algo importante que decir-


te,estoy embarazada otra vez.
—Tárararalin qué bueno, Micky, ver aho-
tarará, a si

me hace una mujercita — luego de


ra sí se noti- recibir la
cia, Tin Tan se percató que ese era el momento preciso
para pasar a otro tema y dar por terminadas las recrimi-
naciones de su mujer.
— ¡Qué cínico eres!

—Vámonos a festejar, Micky, vente, todavía debe de


estar abierto algo en Garibaldi; sirve que pongo en or-
den la maceta, porque la traigo de un lampareado, que
para qué te cuento.
—Vete dormir Germán, mañana seguimos platican-
a
do. — Micaela metió su cuarto y cerró
se apuerta de- la

trás de ella.

—Un hijo más, un chilpayate nuevo, más pañales y


mamilas, todos juntos otra — Cantó Tin Tan mien-
vez...

tras se dirigía despreocupado a la recámara de las visitas.

166
El Palacio de los Deportes había sido invadido por
cientos de madres, el espectáculo organizado por la se-

ñora Beatriz Velasco de Alemán para conmemorar el

10 de mayo había convocado a varios artistas impor-


tantes, dentro de los que figuraban además de Tin Tan,
Sofía Álvarez, Piatigorsky, Manuel Bernal recitando
el brindis del bohemio, Elvira Ríos, María Enriqueta,
además de presentarse una sinfónica y el clásico ma-
riachi. Por la mañana se habían repartido varios obse-
quios a las madres que acudieron en masa al Parque
Anáhuac, evento en el que se reportaron 66 niños per-
didos y tres alumbramientos.
—En la mañanada, la Cruz Rojiza tuvo más chamba
que un burrocaco, una señora decidió sacarse el bulto
en pleno pasto, ¿qué talachas que no le creyeran que
era mamá? Tuvo tatema, iguanas y Marceliano disfraza-
do de ñora, también hubiera agarrado premiacho, ¿no?
— Abrió Tin Tan su espectáculo sin la clásica compañía
de su carnal Marcelo.
Luego de haber cumplido con su compromiso en el

festejo de las madres, fue a casa de sus padres, para feli-

citar a sumamá. Se encontraba reunida toda la familia,


festejando a doña Guadalupe. Germán comenzó a vaci-
lar desde la puerta de entrada, cuando Ramón acudió a
abrirle.

—Ese mi ¿qué chongo peina ahora?


hilo, te

—Pensé que no venir — recriminó molesta


ibas a le

su madre.
—Ay, mamita, no sabes que he tenido
el trajín últi-

mamente — cariñoso Germán.


se justificó

— ¿Dónde tu esposa? —Preguntó don Rafael.


está
—Ahhh, pues saben, decidió quedarse con Ja-
ella

vito, que le preparó todo un pachangón; yo he dudado

— 167 —
en llegar más tarde, ya saben que los biberones en las

rocas, que es lo que acostumbra tomar ese chamaco, se


me suben ipso facto.
— Deja de hacerte el chistoso, Germán, el otro día
vino muy preocupada Micaela por tu culpa, que tenías
varios días sin aparecerte por tu casa.
—Esa mujer, lo que pasa es que estaba yo camellan-
do, viejita.
— Qué viejita ni que nada, haber si te comportas co-
mo debe de ser; incluso, hace ya tiempo que no traes a
Germancito para que nos visite, ese niño va a crecer sin

abuelos.
—Pásenle muchachos, noqueden en la puerta,
se
aunque los tiros estén rudos, —
indicó Tin Tan al maria-
chi que nadie había descubierto, mientras entonaban las
mañanitas.
— Les tengo otro para que dejen de andar du-
nieto,
dando de uno — anotó Tin Tan cuando acordes los ter-

minaron de escucharse.

Ya me voy a achantarme, porque además la Micky
no sabe que ando por aquí. ¿Qué les parece si el próxi-
mo fin de semana nos vamos todos a Acapulco para que
conozcan un yate que ando pensando comprar? Pro- —
puso al final Germán, rompiendo la densidad del am-
biente.
—Oye, Germán, ¿qué hay con lo que te pedí? — Le
recordó Ramón.
—No he recibido noticia del nuevo director con el

que voy a trabajar, pero tú no te preocupes carnalito,


le voy a decir que si no te contrata, conmigo tampoco
cuenta.
—Ni creas que voy a permitir que trabaje tu herma-
no contigo — sentenció la madre — . Ya bastante tengo

168
con un hijo en el mundo de la farándula, como para que
ahora sonsaques a éste.

—Ay maminita linda, cuántas cosas se te ocurren, ya


me voy, se preparan para irnos todos a Acapulco. Vá-
monos muchachos, que ahora le tocan mañanitas a la

Micky.
Un par de meses después, la tribu Gómez Valdés
Castillo se trasladó para Acapulco, a conocer el yate re-
cién adquirido por Germán.
—Se va a llamar Tintavento —sentenció Germán an-
te toda la familia, que miraba cómo una botella de sidra
servía para bautizar el yate.
—¿Te costó mucho dinero carnal? —Preguntó el

más pequeño de hermanos. los

—No era tanto Manolín, pero desgraciada deva- la

luación del pasado 21 de junio me rompió el hocico al

grado que todavía me duele. ¿Se nota la diferacha entre


Sidray Champagne? —
Se pasó la mano por la boca, fin-
giendo limpiarse una gota de sangre.
—Estás muy endrogado, ¿verdad? —Cuestionó su
padre.
—Leve, padre, Ya estoy por filmar
leve. siguiente la

película y están programadas varias giras al interior de


la República; con eso espero sacar los morlucos necesa-

rios, ¿a poco no está chipocludo el barquito?

— ¿Qué es de Marcelo, Germán? Hace tiempo que


no lo vemos. —preguntó su madre.
—Le una gira y anda camellando ocultó el dis-
salió —
tanciamiento con su carnal, mirando de reojo a su esposa
para que no fuera a echarlo de cabeza frente a su mamá.
—Ya están anunciados los próximos juegos olímpi-
cos, el otro día vi en el periódico el cartel —interrumpió
la conversación uno de los hermanos.

— 169
—Después de doce años vamos volver tener a a

Olimpiadas — señaló don Rafael, todavía pensando en


la pasada guerra mundial.
— Imagínense estar en Londres, viendo al equipo
mexicano de equitación —soltó ilusionado Tin Tan,
mientras su recién estrenado yate se dejaba guiar por las

aguas de Guerrero.
Durante mes de agosto, Gilberto Martínez Sola-
el

res mandó llamar a Tin Tan para revisar la historia que


pronto filmarían.
—A partir de esta escena vas a dejar de usar el atuen-
do de pachuco —sentenció el director.

— ¿Cómo, cómo, cómo? Pero y ¿qué voy hacer a sin


mi sombrero y mi cadena? — Se actor desha-
resistía el a

cerse de su vestimenta.
—Debes entender que personaje más
el es versátil,

no podemos dejarlo como un joven de la frontera. La


historia se desarrolla en la ciudad de México, vas a fingir

ser un millonario que revolucionará el centro nocturno.



Está bien don Gil, aquello del espejo me gusta mu-
cho. Oiga, por cierto, un hermano desea trabajar en el
cine, ¿qué chance hay de meterlo?

—Primero quisiera conocerlo para ver en qué papel


se puede no creo que haya ningún problema. Lo
ajustar,

que sí es que a tu compañero Marcelo le vamos a dar un


papel menor. Había pensado en él para que actuara co-
mo el empresario, pero los compromisos de los produc-
tores destinaron el papel a Jorge Reyes. ¿Habrá algún
problema?

No lo creo, pero de todos modos le voy a pedir
que mejor sea usted quien le de la nota, últimamente an-
da medio enchilado conmigo y no quisiera que esto aca-
bara gacho.

— 170 —
Octubre fue el mes escogido para echar a rodar «¡Ay,
que bonitas piernas!» Los estudios CLASA recibían por
primera ocasión a la pareja Martínez Solares-Tin Tan. El
estilo hollywoodense con el que se habían construido
los estudios le presentaban una nueva realidad al cómi-
co. El 5 de aquel mes llegó en su Cadillac negro.
El rodaje comenzó de inmediato y las escenas se suce-
dieron por varios días sin contratiempo: Tin Tan ante la vi-
trina de una tienda de antigüedades / Tin Tan en la tinto-
rería consiguiendo prestado un traje / Tin Tan es corrido

del centro nocturno / Tin Tan decide suicidarse / Tin Tan


es atropellado / Tin Tan despierta en una casa / Tin Tan se

hace pasar por el empresario / Tin Tan coquetea con todas


las mujeres / Tin Tan habla con su imagen en el espejo.

— ¡CORTEN! ¡CORTE! Muy bien Germán, hasta


aquí van muy bien las cosas. — Comentó satisfecho
Martínez Solares.
—¿Se va convenciendo producto don Gil? —Pre-
del
guntó sarcástico Tin Tan.
—Ahí vamos, ya veremos, prepárate porque mañana
esun día muy pesado, se filma la escena 38 y hay dos
números musicales. A ver si ahora sí llegas puntual.
—Amenazó el director.
Al día siguiente, el rodaje de la película no había po-
dido comenzar, Tin Tan llevaba cuatro horas de retraso.
La desesperación, enojo y hasta el desconcierto in-
el

vadían los estudios. Un ayudante regresó de la casa de


Germán sin noticia, ni siquiera su esposa se encontraba.

¿Dónde andará este hombre? Se preguntaba Gil- —
berto Martínez Solares, paseando de un lado a otro de
los estudios — .
¡Con un carajo, localícenlo en donde
sea!, búsquenlo en las cantinas, en los centros noctur-
nos. Marcelo, ¿dónde chingados podrá estar metido?

171
—No me lo tome mal señor, pero no tengo ni
a
idea, no será la primera vez que Tin Tan hace algo
parecido.
— ¡Tráiganme Ramón, su hermano debe saber
a algo!

—No, pues, ayer nos despedimos en puerta de la los

estudios, simplemente me dijo que no podía llevarme a

la casa, porque tenía un compromiso, pero eso sí, me


soltó un billete para el taxi —respondió Ramón preocu-
pado por su hermano.
—Reporten su automóvil a la policía, en algún pin-
che sitio debe de estar —
los ánimos le subían y le baja-
ban a don Gilberto.
Por la tarde no tenían todavía noticia alguna sobre el
paradero del actor.
—Váyanse todos a sus casas, repórtense para ver has-

ta cuándo se le ocurre a este cabrón aparecer —manifes-


tó molesto el director.
Pasaron varios días y nadie sabía nada sobre Tin Tan.
Los hermanos ya habían recorrido todas las delegacio-
nes, los hospitales, sabían que su esposa Micaela se en-
contraba en Ciudad Juárez de vacaciones y que no es-
taba con ella; no quisieron decirle que su esposo estaba
desaparecido para que no se preocupara, tomando en
cuenta su embarazo. De igual manera ya habían ido has-
taAcapulco y tampoco había pasado por ahí.

Híjoles, don Gilberto, no nos lo va a creer, pero
seguimos sin saber nada de él. Ya recorrimos todas las
cruces, cárceles, los antros que acostumbra, y nada — in-
formó preocupado Ramón.
—¿Cómo es posible que no den con él? —entró a
la oficina del director hecho una furia el productor de
la película, Salvador Elizondo — . Es imposible que haya
desaparecido, ¿acaso no saben lo que cuesta mantener

— 172 —
detenido un set? Los salarios de los técnicos, el sindica-
to?¿Dónde podrá estar?

De momento suponemos que no le ha pasado nada
malo —
apenas y pudo responder Ramón.
—Qué irresponsabilidad — insistió el productor.

—¿Qué sucede aquí? —Entró a la oficina de Martínez


Solares otro de los productores de CLASA . Cuánto gri-

to, ¿por qué estás tan molesto? — Cuestionó a Elizondo.


—Se trata de Tin Tan, que no aparece por ningún la-

do y nos tiene detenida la película —explicó más tran-


quilo Gilberto Martínez Solares, que para entonces sa-
bía que el motivo de la ausencia tenía que ver con una
parranda muy escondida del cómico.
—¿Buscan Tin Tan? —Preguntó sorprendido
a el re-

cién llegado.
— ¿por qué preguntas como imbécil? —Reviró
Sí,

Elizondo su colega. a
—Lo que pasa que yo me encontré hace como
es lo

diez días en el Chula Prie-


aeropuerto, en compañía de la

ta, estaban muy contentos y me dijeron que se iban a

Londres a ver cómo ganaban los aztecas la medalla de


oro en equitación a los ingleses comentó el productor —
sin poder detener la carcajada.

Me las va a pagar todas juntas ese comicucho
— amenazó Elizondo mientras abandonaba la oficina he-
cho un energúmeno.
Ante la noticia y la reacción de Elizondo, Martínez
Solares y Ramón se contagiaron de la risa del productor.
— Claro, si hace unos meses, cuando inauguramos su
yate, comentó lo padre que sería asistir a las Olimpiadas
en Londres —recordó Ramón aliviando su angustia.
—Pinche muchacho —fue único comentario que pu- el

do exclamar director— ¿Noel cuándo regresaba?


.
te dijo

173 —
—No, pero según creo la clausura de las Olimpiadas
es por estos días.

La voz de un voceador interrumpió la conversación


en la oficina. Precisamente en ese momento todo México
se convulsionaba con la noticia de que el equipo ecuestre
mexicano alcanzaba las medallas de oro tanto en la cla-

sificación por equipo como individual, encabezando la

lista el Coronel Humberto Mariles.


—Y pensar que allá está nuestro hombre perdido
—reflexionó para sí don Gilberto.
Todo se dispuso para continuar la filmación un par de
días después de que se tuvo noticia del paradero de Tin
Tan; se convocó de nueva cuenta a los actores y técnicos,
se vivió en los estudios un ambiente de zozobra a la espe-
ra del actor principal, nunca antes nadie se había atrevido
a abandonar una filmación sin previo aviso, retrasando
el trabajo de todoequipo y provocando la furia de un
el

productor, porque eran vistos con respeto y hasta con su-


misión, conscientes de que eran los del dinero.
A la entrada del estudio Martínez Solares y Salvador
Elizondo se apostaron muy serios a la espera de que Tin
Tan apareciera, el segundo tenía una larga lista de ame-
nazas preparada desde que tuvo noticia del viaje del có-
mico a Londres.
Como no hubiese pasado nada, apareció Tin Tan
si

bailando en la entrada de los estudios CLASA; con una


euforia única, desde que llegó comenzó a saludar a todo
aquel que se cruzaba a su paso, como siempre. Cual-
quiera hubiera imaginado que luego de haber faltado a
la filmación, llegaría casi escurridizo, pero por el contra-
rio, éste se hacía notar: gritaba, cantaba, bailaba.
Al llegar al set en el que se llevaba a cabo el rodaje
de su película, saludó de inmediato a sus compañeros de

174 —
trabajo, se pasó de largo sin descubrir al director y al
productor que estaban parados a la entrada, hasta que
Rosita Quintana, la que representaba a Lupita la sir-

vienta, le señaló con las cejas la presencia de los señores


en la puerta.
— ¡Don Gil! —Expresó con un grito ensordecedor —
Ni se imagina lo chipocludo que es Londres, qué puen-
tes, qué palacios, qué qué cultura. Los juegos
calles,

olímpicos fueron un verdadero reventón mundial, unas


muchachonas blancas, blancas como la lechi, el famosí-
simo Big Ben se ve rete’chulo, la gente es de un emperi-
follado que no vea, y qué ranflas hay por esas tierras, y
la tira con sus sombrerotes y sin fusca al cinto; no, don

Gil, no sabe qué ciudad...


La expectación que se había creado entre todo el per-
sonal por la llegada de Tin Tan los tenía paralizados a to-
dos. El actor, con sus comentarios, actuaba como si hu-
y vuelto en menos de media hora.
biese ido a la esquina
Gilberto Martínez Solares estaba mudo, no encontraba
palabras de regaño, ¿cómo meter en cintura al cómico?,
¿acaso sería conveniente amenazarlo?, ¿qué tal si dejaba
la filmación?, ¿cómo sustituirlo? Todas esas preguntas
revolotearon en mente del director, que tan sólo atinó a
la

esbozar una pequeña sonrisa. Por su parte, el productor


intentó intervenir ante el desparpajo del actor.
—Señor Valdés, considero que lo que usted ha he-
cho es un acto de una gran irresponsabilidad, sépase que
ésta será...
—Aaaaahhhh, ¿está usted aquí?, ¿y por qué pierde el

tiempo y no madre? Pues co-


se va usted a chingar a su
mo le decía don Gil, never de limón pensé que London
fuese lo que es, y no sabe lo emocionante que fue ojear
ganar a la selección mexicana de cuacos. Tin Tan ha- . . —
175 —
bía dejado enmudecido al grupo de técnicos, actores,
auxiliares y directivos de la película, parecía que su eu-
foria no iba a ser minada por ningún productor.
Ante aquella escena Martínez Solares no tuvo mayor
remedio que ordenar: «Muy bien todos a sus puestos,
vamos a seguir trabajando.»
—Oye Germán, ¿por qué no le avisaste a nadie que
pensabas irte? —
Acudió a cuestionarlo incrédulo su her-
mano Ramón.

¿De qué me parloteas carnalín? —Contestó extra-
ñado Tin Tan, como si no entendiera el por qué del am-
biente, si él tan sólo había tenido la ocurrencia de un
momento a otro de ir a Londres.
— ¿Cuál es el motivo del esponje? Si me estaban es-
perando para continuar filmando, para eso les dejé mi
imagen en el espejo, para que los acompañara, o qué, ¿ya
no está? —Anotó con una expresión traviesa en la cara,

al momento en el que fueron interrumpidos los herma-


nos por las carreras de todo el mundo, el maquillaje, las
luces; atentos a todos los detalles antes de que se escu-
chase la orden de la pizarra:
—Escena treinta y ocho, «¡Ay que bonitas piernas!»,
¡LUCES! ¡CÁMARA! ¡ACCIÓN!
Los estudios CLASA se vieron convertidos en un verda-
dero torbellino, don Gilberto deseaba que concluyera la

filmación de «Calabacitas Tiernas», como comenzó


se le

a llamar a la película, aun cuando en las pizarras y demás


material de la cinta seguían grabando el título de «¡Ay que
bonitas piernas!» Se logró amortiguar parte de los gastos
ocasionados por la ausencia del actor principal.
Unavez más y a toda velocidad se vio a Tin Tan re-
partiendo cheques / Tin Tan enamorando mujeres / Tin
Tan cantando y bailando / Tin Tan contratando artistas /

176 —
Tin Tan en la comisaría / Tin Tan enamorado / Tin Tan
lo logra todo.

La palabra FIN se abrió paso, la mancuerna cómico


director dejaba de anunciarse para convertirse en reali-
dad. En una esquina la dirección de Martínez Solares, en
esta otra, la actuación de Germán Valdés Tin Tan.
Una orquesta de aplausos invadió casi la totalidad de
los estudios CLASA, Tin Tan comenzó a recibiruna ava-
lancha de felicitaciones; por su parte, Gilberto Martínez
Solares decidió abandonar rápidamente el estudio, que-
ría descansar un rato a solas en su oficina. Tin Tan quedó
ante Marcelo, cuyo papel había sido menor, como secre-
tario del juzgado, era ya más de medio año distanciados.
—Quihubo panzón, boludo, barrigón y carnal del
alma — declamó Tin Tan momento de extenderle
al los
brazos a su compañero, los cuales cumplían diez años de
estar juntos, era 1948.
—Qué hay hocicón, cara de chango y
flaco, m... ¿
?

masón. — Respondió Marcelo, rompiendo en carcajadas


mientras se abrazaban.
—Que tu pelona cabeza no vaya a suponer que te he
extrañado.
—Y luego qué ¿quieres que diga que yo extrañé.
te te . . ?

—¿Vamos por unas —Propuso en inmediato Tin Tan.


? lo

—Vamos.
Germán Valdés Tin Tan vive, a partir de su encuen-
tro con Martínez Solares, la emoción de la libertad que
nunca antes había sentido, para entonces sabía del amor
por la industria cinematográfica en toda su amplitud, no
existiría ya nada que le detuviese a partir de «Calabaci-

tas Tiernas», «¡Ay que bonitas piernas!» La vida como

una aventura permanente era realidad, el vivir de las ilu-


siones, de su juego con el espejo y su propia imagen le

— 177 —
otorgaba la posibilidad de disfrutar no sólo la ficción
dentro de sus personajes y su reivindicación por reír y
hacer reír, sino que además de disfrutar todos y cada uno
de los momentos de su presente.
A principios de febrero de 1949 se estrenó en el Cine
Alameda «Calabacitas Tiernas», a la salida de la sala se le

acercó Meche Barba.


—Flaco hocicón, estuve contando cuántos besos te

diste con las diferentes actrices en la película.


—Mira tú, ¿quién te has creído para andarme custo-
diando cual gendarme?
—Una de tus mejores amigas.
— ¿Y cuántos a llegué? kisses
—Te echaste con tu enorme bocota.
treinta
— ¿Sabes que una de maneras perfectas para
es las

ponerle y no cuernoslos Micky? — Confesó Tin Tan


a la
en momento exacto cuando su esposa
el acercaba — se

Precisamente, se habla del rey y se asoma con su panza


de Mahoma —bromeó haciendo referencia a la barriga
de Micaela a punto de dar a luz.

—Tenemos que reunirnos el lunes de la próxima se-


mana, Germán, ya quedaron listas las historias de las

siguientes películas y quiero que las discutamos. Por


cierto, mira cómo quedaron las invitaciones de mano
—intervino en ese momento Gilberto Martínez Solares,
extendiendo un cartoncillo en el que se veía impresa la

foto de Rosita Quintana, con un vestido que tenía un


par de hoyos que permitían meter los dedos, figurando
ser las piernas.
— «Calabacitas Tiernas», «¡Ay qué bonitas piernas!»
Calabacitas maduras, Ay que piernas tan velludas — Re-
¡
!

citó Tin Tan luego de que introdujo sus dedos en la invi-

tación y jugaba haciéndole bromas a Meche y a Micaela.

— 178
—No vayas tarde
a llegar el lunes.
—Ay, ¿qué usté nunca plancha
direc, oreja, así con la

pata suelta, sólo para contemplar las gaviotas pasar? Lo


voy a invitar uno de semana a Acapulqui-
estos fines de
to, para que se dé una vueltecita con nosotros en el Tin-

tavento y descubra lo que es la life propuso mientras —


se enredaba el dedo índice de la mano izquierda en uno
de los chinos de su copete.
—Ya has tenido varias semanitas para relajarte, ade-

más, en el estado en el que se encuentra la Micky, no


creo que puedas salir ni a Xochimilco — le hizo ver
don Gilberto.
—No remember Gil, no remember, que ya estoy con
la corneta atenta para escuchar los siguientes berridazos
de la que viene, porque si no es niña, lo regreso de donde
venga —señaló la panza de su esposa.
—A nueve lunes, parece?
las el ¿te
—Yes seeeeerrrrr — cuadró Tin Tan. se

179
Al fin se acercó el sueño al ánimo de GC, con la lectura

del texto de Adriana había logrado despejar todas aque-


llas emociones encontradas. Aunque todavía entre el

adormilamiento alcanzó a preguntarse:

— ¿Cuándo me enamoré de Adriana? ¿Cómo se


apoderó de mi existencia? ¿Por qué me dejé enajenar?
— Sintió como si éstas fueran mariposas dando vuel-
tas por su cabeza.
Una racha de cuestionamientos filosóficos se convirtió
en la fila de las interrogantes, como cuando era niño:

«¿Quién soy? ¿Adonde voy? ¿Qué quiero?» Se creyó de-


rrotado; habían sido tantas cosas aquel día: viaj ar con Adria-
na a la ciudad de México, conocer a un hombre-historia co-
mo Gilberto Martínez Solares, pasear, besarse y saber de las
intenciones de ella, creerse el siguiente ganador del Melate,
conocer de la mancuerna Tin Tan-don Gilberto.
Dudó si todo había sido real o fantasía. Se concentró
para verse a sí mismo a las puertas del Banco de los Sue-

ños, para escoger con cuál vivir aquella noche. Deseaba


terminar de leer el manuscrito lo más pronto posible,
programó su despertador interno para que lo levantara a

las cinco de la mañana.

— 181
Total, simplemente se trataba de un día y una no-
che más.

Era un rey

Fueron dos los guiones que le presentó don Gilberto a


Tin Tan, y el esbozo de otra película, además de la nueva
comedia que traía entre manos.
—Mira ex-pachuco, creo que gradualmente debes
alejarte de aquella imagen de la frontera; como cómico,
ya estuvo bueno de la vestimenta y el arrabal aquel lleno
de anglicismos. Estamos por iniciar una nueva década en
la que debemos destacar lo nuestro, alejarnos de las imi-
taciones. Varias son las empresas nacionales y extranje-
ras interesadas en invertirle dinero a nuestro cine. Esta-
mos en el momento justo para replantear tu carrera. De
momento ha estado bien lo que has hecho, pero ya son
seis las películas que llevas como pa...
—Momentito, momentito, don Gil, son ocho.
—Me producciones en
refiero a las que has ocupado
un papel estelar.

—Bueno, en ese caso serán siete, que no se le olvide


el experimento que hice con Paco Miller, «El que traga la

paga», que fue un corto muy inocentón, pero no le reste

ami carrera artística.



Supongo que estás de acuerdo conmigo en que de-
bemos pensar mejor en las futuras producciones.
— Cintarazo sin dolor, ¿pero? Sobre la pachuques,
déjeme decirle que todavía lo quiere la gente, es un

— 182
personaje que no puede desaparecer de una pestañada,
don’t forgeten que para conservar a Tin Tan, hay que
diluir poco a poco al pachuco. Cacaréeme de qué tratan
las películas.

—Aquí está el primer proyecto. Tiene que ver con


unos de carpa que llegan a un pueblo y se enfren-
artistas

tan al cacique, ya que el hijo de éste ha embarazado a una


muchacha y desean que el heredero cumpla como hom-
bre y se case con ella. Dentro de las confusiones te ena-
moras de una muchacha llamada Rosita, quien cree que
eres muy valiente como para derrotar a todos los malos
del pueblo, y corres con la suerte de salir bien librado.

Es una películacha muy campirana.

Necesito que acordemos pronto los detalles de la
historia, porque los productores quieren enviar una si-
nopsis a algunos países de Centro América para amarrar
coproducciones.
—Disculpen, señor Valdés una llamada
el tiene ur-
gente —-interrumpió un asistente.

—Espéreme don ahora retacho, porque único


Gil, al

que quiere amarrar es a mí.

Micaela había pedido a uno de los hermanos del ac-


tor que se comunicara con él, para avisarle que se iba al

hospital, que los dolores eran insoportables.

—Ay nanita, yo en el cotorreo mientras la Micky pa-


riendo en la casa, no debí de haberla dejado solapa, ¿ya

ve don Gil? Está bien todo lo que usted diga, me llevo


parte del guión para estudiarlo, reúna al resto de los ar-
tistas, que no se le olvide Marceliano en primera línea...

¿Dónde deje el carroooo? Ai la veriguamos.


porque su tercer des-
Salió corriendo de los estudios,
cendiente estaba por llegar, sino era que ya había llega-
do. Antes de que los chillidos de su primera hija comen-

183 —
zaran a hacerse notar por toda el área de maternidad, Tin
Tan llegó nervioso al hospital.
— ¡Fue niña! ¡fue niña! — Comenzó a gritar el cómi-
co, al ver que el foco prendido era el rosa.
Se creó gran expectación alrededor del comediante,
varios de los pacientes y de las personas que acudían a
visitar a algún enfermo, así como
personal medico y en-
fermeras, se acercaban para ser testigos de la felicidad de
Tin Tan.
—Se va a llamar Olga — le dijo muy serio a Meche
Barba, que para ese entonces ya estaba ahí.
—¿Olga?
— Sí, para que de grande le digan Olga... sana. ¿Pues
qué no ves como berrea? Está bien sanota mi’ja.
Martínez Solares esperó algunos días hasta que la

emoción por la recién llegada a casa de la familia Valdés


Vargas bajara de nivel y el padre de Olga pudiera con-
centrarse en la nueva empresa fílmica, para iniciar el ro-
daje de«Soy charro de Levita.»
— Se va a rodar la escena con la abuela de Carmelita,
recuerden que ya llegaron al pueblo con la compañía de
artistas, a Tin Tan lo quiero en el centro, Marcelo un
poco más a la derecha. Corre ensayo. ¿Listos? —Indicó
Martínez Solares.
—Ya quedamos que va a ser éste, ¿verdad? — Dice
Tin Tan a la abuela.

— ¿Cuándo quedamos, tú? —Pregunta temeroso


Marcelo.
— bioy.
El pánico de enfrentarse cacique y sus pistoleros se ha
al

apoderado de los dos, cuando la abuela los interrrumpe.


—Pues dos, caso morir peleando.
los el es

—Yo creo que no hay necesidad, señora, mire yo he


— 184
sido merolico —pretende mediar Tin Tan, ante la exi-

gencia de que se arreglen las cosas de manera violenta.


—De manera que usted no es católico —interroga la

abuela.
—No, no, no, no, no, quiero decirle que tengo facili-

dad de palabra.
— Y palabra no basta?
¿ si la

—Me llevo la guitarra.

—¿Ah, luego piensa usted ganar guerra guitarrazos?


la a

—No, señora, pienso ganarla con palabra, la el divi-


no atributo del hombre.
— Lo dudo, pero si está tan seguro, vaya con Dios.
—Muy Se
bien. está acabando la luz, vamos primero
a filmar la escena cuando te encuentras con Pepito. ¿Ya
se aprendió su papel? — Cambió de parecer el director,
al descubrir que el sol comenzaba a ocultarse.
—Aquí está — confirmó un asistente con un niño de
la mano.
—¿Lista la cámara? ¡SILENCIO TODO MUNDO! PI-

ZARRA ¡ACCIÓN! Quedó la orden, al momento en el
que la cámara registra cómo Tin Tan va caminando por
un bosque para encontrarse con el niño.
— Oye, güerco, ven acá, ¿cómo te llamas?
—Pepito.
— ¿Y dónde queda rancho de Coyotes?
el los

— ¿Por qué?
—Tengo que ver un don Agripino.
a tal

— ¿Pa’ qué?
—Eh... qué muchacho tan preguntón — desespera se

Tin Tan.
—¿Es usted cirquero? — Le pregunta luego de ver su
forma de vestir.

—No.

185 —
— ¿Marrullero?
—Tampoco, pero mira que eres grosero, qué se me
hace que voy a dar un coscorrón.
te

— Aaahhh, a poco es usted muy macho... Reta el —


mocoso, barriendo a Tin Tan de arriba a abajo Usted — .

qué macho va a ser, los machos traen pistola, mire se —


toca su pistola de agua que le cuelga de la cintura.

— ¿Así es que... todos llevan pistola aquí? — Interro-


ga con miedo.
— Si entra al rancho de don Agripino sin armas, has-
ta los perros se van a reír de usted.
-
— ¿Y si me ven armado?
—Entonces puede que respeten. ¿Aunque vestido
le

así?— en su burla
Insiste niño. el

— ¿Yyyy... Eso qué tiene? —Tin Tan palpa sus ro-


pas — ¿Cuánto quieres por tu pistola? — Propone para
.

sentirseseguro.
— Cinco pesos, porque de ya no consiguen. éstas se
—Eeehhh, doy dos —acepta negociar Tin Tan, pe-
te

ro elniño niega — Te doy


se . doy cuatro, tres... te es to-

do lo que traigo...

—Juega, dando y dando. —Pepito acepta por fin el

trato.

—Dando y dando, me gusta — dice mismo


así se a sí
Tin Tan, ya seguro de que carga pistola, aunque sea de
agua.
—Está ahí nomás, tras lomita... — Señala el niño el

lugar en donde está el rancho de los Coyotes, satisfecho


por la transacción que acaba de realizar.
—Eh, gracias... ¿Pepito?... —Duda Tin Tan, ve a la
cámara y se vuelve a preguntar, buscando una respuesta
entre el público imaginario detrás de la lente — ¿No será
éste el Pepito de los cuentos?

186 —
— ¡CORTE! Se queda. Muy bien muchacho — felicita

don Gilberto niño. al

— Los extras están citados para mañana, señor — le

informó un ayudante al director.

—A ver, atentos todos por favor. Van a darse algunos


cambios, para mañana se graba la escena de la inaugura-
ción de carpa y cuando entran los matones de Don
la

Agripino a destruirlo todo. No se va a poder realizar un


ensayo general, todos saben sus papeles, nos tiene que
salir a la primera. Ustedes chequen que todas las cáma-
ras estén en su lugar, para que la escena se filme desde
diferentes ángulos. Los de sonido, no quiero problema
alguno, ¿estamos? Vestuario y maquillaje desde tempra-
no —
indicó don Gilberto.
Al día siguiente comenzaron a desfilar los extras; a la
clásica orden, una cámara registra la entrada del público
más apostadas en el interior de ésta
a la carpa Noris, tres
no dejan que se escape detalle alguno. Todos en su papel
disfrutan la inauguración del espectáculo artístico. Los
matones irrumpen en la escena, provocan a Tin Tan y a
Marcelo, cuando representaban su número musical. Co-
mienza la pelea, vuelan sillas, los gritos interrumpen la
música, todos corren; a Marcelo le ha caído una viga y
se desmaya en medio del escenario, por su lado Tin Tan
queda noqueado en la gradería. Las llamas se tragan la
carpa. Tin Tan recobra el conocimiento y va en busca de
su carnal.
— ¿Marcel, Marcelo, Marcelito, Marcelito. —Pre- . . ?

gunta entre sollozos, sin saber todavía qué ha pasa-


do — .
Qué desgracia, Dios mío... Disculpe señor, ¿no
ha visto mi carnal Marcelo?
a —
Le pregunta al propio
Marcelo, a quien no reconoce por tener la cara llena de
tizne?

— 187 —
— ¿Marcelo? ¿Quién Marcelo? —Pregunta mis-
es él

mo, en un ataque de amnesia.


—Mi carnal.
—Marcelo, mi nombres me suenan...
carnal, los
—Pero si Marcelo, ¿por qué andas disfrazado
eres tú, así?

—La función va comenzar. —Se levanta


a co- . . serio,

mo poseído.
—Marcelo, ¿
no me reconoces ? Soy yo —insiste preo-
cupado Tin Tan.
— ¡Arriba —Continua su monólogo.
el telón!
—Estás borracho otra vez.
—Ser o no he aquí
ser... problema, qué másel es le-

vantado para el espíritu: surtir los golpes y darlos de


la insultante fortuna o tomar las armas contra un plie-
go de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con él,

morir... dormir... —Recita Marcelo fuera de guión. Tin


Tan entre actuación de afligido y la sorpresa por
la la

improvisación de su compañero, sigue el juego.


—Pero Marcelito, antes tedaba por emborracharte y
ahora le zumbas a la grifa, ¿de cuál fumaste? ¿De la de
Jiquilpan?
—Sí, he aquí el obstáculo...
—Que lo brinque Mariles, es el único en el mundo.
Pero Marcelo, ¿qué te fumaste un extra grueso? Mira,
soy yo, TIN TAN, TIN TAN. — Insiste en su desconcierto,
por no poder parar la filmación ante la carrera de impro-
visaciones de su carnal. Sintiendo lo que en decenas de
ocasiones habría tenido que padecer Marcelo, cuando él

se sale del libreto.


—Tin Tan.
—Tin Tan.
—Tin Tan — dice otra vez Marcelo como tomando
aire para ver qué se le ocurre ahora.

188 —
—Tin Tan —abre los ojos el comediante como su-
plicando a Marcelo que dé por terminada la improvi-
sación.
—Eso me recuerda... Las campanas de Puebla...
Cinco de mayo de 1862, era la aurora, el sol resplan-
decía rasgando los jirones de niebla y entre los ra-
la

yos de la luz que envía, surgen las torres de la heroica


Puebla... Tiiiiin Taaaan, Tiiiiin Taaaan... —Marcelo no
puede más y en lugar de romper en carcajadas comien-
za a chillar.
—-Marcelo fumaste de lloradora y ya me la pe-
la

gaste, vámonos al hotel, a ver si hay alguien que nos


de una manita, mi viejo, haber encontramos cómo
si

salir —
de aquí. Sollozando también Tin Tan termina
por improvisar — cuidado no te vayas a tropezar con
la silla.

— ¡CORTE!, ¡CORTE! Ahora tocó — señaló te a ti el

director un Marcelo que


a revolcaba de se la risa.

— carnalín, ahora
Eiijos, que no mediste, con
sí te

lo gordo que — recriminó Tin Tan Marcelo


estás le a
del aprieto en que había metido.
el le

— ¿Estuvo mal don Gilberto? —Apenado preguntó


al director — Tenía que escarmentar
.
y que a éste sin-
tiera lo que yo — alcanzó reponiéndose de
a justificar
las carcajadas.
—Vamos ver cómo quedó, yo creo que no hay
a
problema, pero para la otra, aunque no le avises a Tin
Tan, sí te voy que me prevengas por lo menos a
a pedir
mí. —Exigió divertido también don Gilberto.

No carnaaaaallll... Ahora sí que perdiste tus ca-
nicas, me cae que te la raspaste de a feo, ¿a dónde se
te fue el pajarito? —
Insistió Tin Tan alegre, nervioso,
pero sin posibilidad alguna de recriminar de más.

— 189 —
Al terminar de filmar «Soy charro de Levita», Mar-
tínez Solares no dejó descansar a Tin Tan, ya que pro-
gramó inmediatamente el rodaje de la siguiente cinta.
— Sólo puedes irte un par de semanas de vacacio-
nes a Acapulco, emborracharte o hacer lo que quieras,
pero las locaciones de ya están contratadas y no
la cárcel

podemos retrasarnos ni un día; porque incluso ya llegó


parte del dinero de los productores, o sea que puedes
pasar cuando quieras a mi oficina a cobrar el adelanto.
—Qué bueno don Gil, no sabe cómo ando necesita-
do de marmaja, con eso del yate y de la Olguita, las cosas
se han puesto very federicas.
— Bueno, pues ya sabes, éste es el guión de la siguien-
te, se va a llamar «No me defiendas compadre.»
— ¿Ya escuchaste Marceliano? Deja de defenderme
compadre.
—Precisamente, de ayuda que vasla huyendo a estar
a cada rato es de la de un licenciado, compadre tuyo,
quien en lugar de sacarte del bote, por lo regular, te re-

funde más y lo va a representar Marcelo.


—Noooooo, poninas dijo popochas, ni mandado a

cortar. Nos vemos en unos diáconos carnales — se des-


pidió bailoteando como siempre.
La alegría de Tin Tan se manifestaba a cada paso, era
mediados del año de 1949 y ya se le consideraba como
un actor de primera línea, famoso, reconocido y varios
eran los empresarios que deseaban apostarle a su carrera.
Sus huidas a Acapulco le permitían disfrutar del paraíso
en la playa, con su yate y una casa que estaba por com-
prar. En las vacaciones no dejaba de visitar a su hijo ma-

yor. El último año de la década de los cuarenta estaba


cerrando la cúspide de uno de los más famosos cómicos
del cine mexicano.

— 190 —
El vago de una vecindad es pretexto ideal para ser
acusado por cualquier robo cometido en la zona, de ahí
que Tin Tan, el pachuco, empezó a despojarse casi por
completo de aquella imagen, menos de la pluma, sobre-
viviendo en cualquier sombrero, cachucha o hasta en la

cuartelera de la prisión de la cinta «No me defiendas


compadre.»
—Esta va a ser tu primera película con grandes escena-
rios; como habrás visto, tenemos los juegos de béisbol en la
cárcel, la vecindad y su ambiente, el barrio, el restaurante,
el almacén, la arena de lucha libre —remarcó el director lo
complicado de la producción — . Son muchos los papeles
que vas a desarrollar: mesero, detective, luchador.

—¿Va querer un doble para escenas en arena?


a las la

—Preguntó uno de los asistentes.


—Naranjas, sólo que marquen movimientos y
se los
le luchamos, que no crean que no sé de patines voladores
y llavesucas.
Al momento en el que aparecían en cartelera «Soy
charro de Levita» y «No me defiendas compadre» dio
comienzo a los preparativos para el rodaje de la tercer
cinta de aquel 1949. Tin Tan nunca se imaginó llegar a
filmar tantas películas en un solo año, se sentía satisfe-

cho, emocionado.
— ¿Ya ven? Si les estoy diciendo que a esto de la tin-

taneada nadie la detiene. —Presumió durante la primera


reunión de trabajo de la cinta «El rey del barrio.»
— Sí carnal, no sólo las campanas hacen referencia a

ti, sino que también la tintorería, el tinterillo, los títeres,

el tintanol, es más, ya eres un clásico a la altura de Ham-


let, del Quijote, y hasta te pareces al Zorro — bromeó
Marcelo que continuaba en su papel de defensor del
compadre.

191 —
—Dédalo Marcelín, dédalo, pero pa’que te lo sepas,

la asociación internacional de músicos me acaba de in-


formar que a partir de este mes, cualquier melodía, can-
ción, rola, o musiquilla, en vez de terminar con el clásico
Tan Tan, va a concluir con un Tin Tan, ¿eeeeehhhh? ¿có-
mo la wacheas?
— Quiero decirles que ya está casi listo el reperto-
rio — informó director mientras
el les entregaba los
guiones.
— Señor, discúlpeme, pero lo que escribí no tiene na-
da que ver con lo que está usted presentando. Se supo-
nía que una película seria, casi dramática, la
ésta sería
historia de un hombre bueno que desea ser malo, no es-
taba pensada como comedia. —
Interrumpió indignado
Juan García, el dialoguista, al observar el texto que se
distribuía.
—Aquí lo que hacemos es comedia mi querido Juan,
para dramas sobran directores, lo que escribiste serio, lo
es tanto como para que resulte una buena comedia, y así
se va a quedar. Me vas a disculpar, pero si no te parece, la
llevo acabo solo —sentenció Martínez Solares.
— Ora que nos ha traído de un ala don Gildugo

— bromeó Tin Tan para aliviar aquella discusión.


— ¿No que querías más trabajo para salvar tus
deudas? — Siguió Marcelo.
— ¿pero? No era pa’que Martincín tomara tan
Sí se la

apecho como recién nacido —jugó con sus gesticulacio-


nes cómico — Por
el . acabo de teatro
cierto, direc, ir al

Arbeu, dónde se presenta una espiritifláutica muy co-


torreta, creo que es de la tierra de Quico Guanabacoa.
¿Por qué no le echa un ojal?
—Recuerde, don Gilberto, que Germán y yo no va-
mos a estar quince días, porque nos vamos de gira para

— 192
promover el disco —sacó a colación Marcelo.
—De todos modos voy a empezar los arreglos para
que demos el pizarrazo por septiembre, ¿les parece?
—Propuso el director.
—Suavena en leche de burra.
Con el elenco de «El Rey del barrio», Germán Val-
dés dejó de considerar como único compañero para ac-
tuar a Marcelo. Se sentía dentro de un un gran circo;
enano, el hombre fuerte, la mujer flaca y el gordo. Con-
formándose así un repertorio ideal que le permitió un
mayor lucimiento en la actuación.

¿Queremos competir con el Atayde, verdad don
Gil? ¡Pásele, pásele, a ver al hombre que platica con las
hormigas, al gordo cuyos trajes son las tiendas de cam-
paña, a la mujer que de un soplido llega a Londres y al
único que desaparece a las mujeres de un beso, pásele,
pásele, dos tandas por un boleto! Gritó eufórico. —
Luego de recuperar el aire por la carcajada que le
ahogaba, don Gilberto terminó de dar las indicaciones
para el primer ensayo, antes de comenzar a filmar:
—Muy bien, como saben, la trama de «El Rey del
barrio» es muy sencilla, Tin Tan es el hombre bondado-
so en la vecindad, que para ganarse la vida encabeza una
banda de maleantes, la cual nunca logra dar un golpe
por culpa de sus tonterías. De ahí que estemos jugando
con dos facetas diferentes del mismo personaje, incluso,
ahora vamos a divorciar por completo a Germán Valdés
del pachuco —volteó a ver retador el director hacia don-
de se encontraba Tin Tan, para dejar claro una vez más—
se acabaron los pantalones, el saco que he soportado en
algunas ocasiones y la pluma con la que se presentó en la
última película. Necesitamos al Tin Tan vivillo, peladito,
chacotero, chapucero y hasta tramposo, muy mexicano-

193
te, no más palabras en inglés, que tanto han criticado los

Vasconcelos, poetas o académicos ramplones.


—Ay guaymas de mis sonoras, cuanta autoritacha en
sus palabras don Gilgañón. — Se levantó, aparentando
sumisión.
—Aunque no lo has querido ver así, creo que es por
el bien del propio Tin Tan como cómico, como hombre
entregado a la risa, tu capacidad da para más que conti-
nuar con la imagen pachuquil. Sé que aún dudas de mi
propuesta, que todavía cargas con la desconfianza que
demostré cuando nos conocimos y las críticas que le hi-

ce a las películas que filmaste con Gómez Tandero, el

México de los cincuenta no va a tener nada que ver con


el de los cuarenta. Este es el año en el que incluso se
han descubierto los restos del último emperador azteca:
Cuauhtémoc, por lo tanto el nacionalismo y parte de
la capacidad de Juan como guionista se nos diluye de

continuar vivo el pachuco —


razonó Martínez Solares,
ante un asombro generalizado entre los artistas presen-
tes, para quienes «El Rey del Barrio» dejó de ser una
película más, emocionándose con el proyecto como lo

demostraba la joven Silvia Piñal.


—Adiós pachuco querido, adiós mi personaje ama-
do, hoy abandono por gracia de la empresa, pronto
te

veremos tu lápida en la que reza: aquí yace el pachuco


olvidado por Tin Tan y que tantos aplausos le trajera.
Oooohhhh dioses de la farándula, qué ingratos son los
nuevos tiempos, no los quiero vivir, yo mejor deseo se-
guir pachuqueando hasta morir —
declamó Tin Tan su
farsa ante la expectativa que despertaba la conversación
entre el primer actor y el director.
—Muy bien señores, han sido testigos de un hecho
histórico, estamos ante el funeral del pachuco que tantos

194
retortijones nos produjo —elevó su voz Marcelo, aplau-
diendo ante el drama fingido de su compañero.
Los aplausos irrumpieron en el set de filmación. En-
tre broma y broma se estaba ofreciendo un pequeño ho-
menaje pachuco ya para entonces despedido.
al


Luego de que sales de tu cuarto en la vecindad
en compañía de Pepito tu hijo, uno de los chamacos va
a remarcar tu nueva personalidad, saludándote como:
Qué tal señor Tin Tan —intervino Américo Fernández
el asistente del director.
— ¡Claro! Va volver actuar Pepitooo... —Miró
a a
al niño — me cae que
. Sííí, verdadero diablo, no es el

hay dedulce que por este chamaco se llama así el de los


chistes —confesó resignado, mientras abrazaba al actor
infantil.

—Pero ahora va a ser tu hijo y es un niño muy dulce


y cariñoso, incluso es el que te aparta del mal —recordó
Américo.
—En la escena del bazar, cuando me cambio de fe-

rrocarrilero por maloso, no caché bien a bien el por qué


los animales me saludan —interrogó Tin Tan hojeando
el guión.
—Recuerda que le acabas de quitar su cigarro al due-
ño de tienda y te metes a
la la trastienda con él en la boca
— aclaró el Peralvillo.
—Aaaaaahhhhh, o séase que mi amiga meriii guaaa-
na, ¿es la culpable? — Preguntó abriendo boca como la

si se encontrase ante la cámara.


—Así, es.

—No, mi carnalita es muy buena onda.


pero... si

—No va a ser una actitud moralista, simplemente


puedes ver el cigarro una ves que te han saludado los
animales y lo pisas —recordó Américo.
— 195 —
—Quiero que se ensaye la primera escena, cuando
Pepito y Tin Tan se despiertan —indicó el director —
¿Qué no estaba Tin Tan aquí?
—Creo que salió a saludar a su amiga Mari Guana
—respondió Marcelo.
—Ay hombre, este este hombre... — Lamentó el di-

rector, complaciente para con las libertades que se toma-


ba el actor.

El ensayo se suspendió cerca de la noche, cuando lle-

gó el personal de utilería para comenzar a construir las

escenografías.
—Alcachofas, yo creí que también íbanos a ensayar
las carreras que están marcadas don Gilipando, ya ni la
muelas —reclamó con flojera el cómico.
—Tenemos todavía sábado y domingo para termi-
nar de señalar movimientos. Vámonos todos, no olviden
aprenderse sus papeles —recomendó en lo general el di-

rector, para luego dirigirse en lo personal a Tin Tan —


no se te olvide que hay un número musical en el que
quiero que seas el Romeo de Julieta pero a la mexicana,

y no llegues tarde Germán.


— Ora qué Dongil, ora qué, ¿pos ya de a’tiro cree usté

que no sé qué quiere decir cuando la manecilla grandota


está en el doce y cuando la chiquita está en el nueve?
— Lo que parece es que no se te pega ningún reloj, en
la pasada filmación llegaste tarde más de ocho ocasiones.
—Bueno, señores, ¿quién desea ir al Tívoli? Hay que
distraerse un ratón, luego de la friega que nos ha puesto
don Gil.

—Creo que están cantando hermanitas las Julián,


¿no? — Preguntó Ramón, su hermano.
—Pues que quieran, vámonos, yo invito y no co-
los

mo Rey de película — terminó conversación Tin


el la la

— 196 —
Tan, al momento en el que llegaba su Cadillac a la puerta
de los estudios.
Gran expectación despertó la presencia del cómico
en el teatro, el público se le acercaba para pedirle autó-
grafos, el maestro de ceremonias agradeció que se en-
contrara presente uno de los más grandes artistas de
México. El primero de los aplausos fue para él, antes que
para los artistas que actuaron aquella noche.
—Qué bien cantan esas muchachas —
comentó Tin
Tan al finalizar la función. — Espérame un momento, an-
tes de irnos a echarnos unas aguas, quiero ir a felicitarlas.
—Buenas, buenas, buenas nocheeeesss... —Dijo Tin
Tan presentarse en
al camerinos — ¿Cómo
los .
le va, se-

ñorita pero qué bien


Julián?, ha puesto — Le
se usted...

dijo a Rosalía, la más pequeña de las hermanas.


—Muchas —contestó
gracias ella el cumplido.
—No sabía que habían progresado tanto. Las felicitó
mucho, ya que sé que cantan tan bien le voy a decir a
todo el mundo que las venga a ver, ¿cuánto tiempo más
van a estar aquí?
—Su temporada termina hasta principios de noviem-
bre,señor Valdés — interrumpió en momento Cha- ese el

to Guerra, empresario del


el teatro.
—Es bueno saberlo, bueno saberlo, ahora me van
es

a disculpar pero me están esperando unos cuadernos allá


abajo, aquí nos veremos pronto señoritas.
—Es un mango Ramón, un mango — le confesó a su
hermano rumbo a El Patio, en donde habían quedado de
verse con el resto de los actores de la película.
—¿De quién me hablas Germán?
—Esa chamaca Rosalía, que y linda crecidita está.

—Ay Germán, Germán, más adicción por


tienes las

mujeres que por cualquier otra cosa.

197
El rodaje de «El Rey del barrio» se llevó a cabo sin
contratiempo, la dinámica de las escenas se sucedieron
una tras otra.

— ¡CORTE! —Detuvo la filmación el director — . Re-


cuerda Tin Tan que planeas dar un solo golpe, luego de
que te han abandonado los de la banda; es cuando apa-
rece Vitola y le vas a dar clases de canto. Por ahora vá-
monos a la escena de la fiesta de cumpleaños de Pepito.
Quiero que aquella cámara tome un plano general del
cuarto. Esta sólo va a filmar a Tin Tan, listos los de las
luces. Pizarra. SILENCIO.
Las luces iluminaron el set que aparentaba ser la casa
del Rey y su hijo, los invitados comenzaron a llegar a la

fiesta.

—Bueno, ¿ya ustedes quién los invitó? —Pregunta


Tin Tan al ver que son sus antiguos cómplices, quienes
han llegado a la fiesta.
— Charros, que no venimos ver usted.
lo a a
—Venimos Pepito, con permiso.
a felicitar a

—Qué ahorita
triste está esta fiesta, animamos. la

—Ese mi Pepito, aquí trajimos esto pa’la fiesta.

Van hablando mientras entran a la casa los antiguos


compinches del Rey.
A Tin Tan no le queda más remedio que aceptar aque-
lla visita, cada cual trae su bolsa con cosas para el festejo.

—Buenas noches... —Se escucha temerosa la voz del


policía, encarnado en Marcelo.
— Si es usted ¿cómo le va vecino?, pásele. — Le invita
Tin Tan sorprendido y temeroso.

No sabía que estaban de fiesta, perdóneme.
—Es santo de Pepito, tómese una
el copita.
— ¿Sabe? Yo nada más quería saber si puedo trabajar
con usted.

— 198 —
—Újule ya desbaraté banda. la

— ¿Eh?
—Qué digo, que ya di de baja a todos mis emplea-
dos por incompetentes, por alzados y por estúpidos; sa-
be usted que he invertido mucho tiempo y dinero tra-
tando de hacerlos gente, pero no ha sido posible; pero
pásele, ¿de qué se toma su rompope? —
Insiste Tin Tan

y lo lleva hasta donde Carmelita está colocando la co-


mida para la fiesta —
Mira Carmelita quiero presentarte
.

a un amigo doble.

Miren a Pepito.

Arriba el festejado —
cargan los ex miembros de la —
banda al niño, que luce un disfraz de ratero, con su anti-
fazy su metralleta de juguete. De pronto se incomodan,
cuando descubren la presencia de Marcelo y lo enfrentan.

Ese mi azul

Quihubo, qué tal.

Ora que me acuerdo ¿por qué nos dejó tirado el
trabajo? n

—Pos es que tenía mucho tiempo que no hacia traba-


jo pesado —contesta achicopalado Marcelo.
-Hij o, lo que pasa es que usted es de poco aguante
—reclama uno de ellos.

La fiesta va tomando su forma, los rompopes circu-


por mayor, Tin Tan y Marcelo en una esquina con-
lan al
versan abrazados ya muy tomados.
—Mire, le voy que pasó, yo lo andaba
a decir lo vigi-
lando a usted — confiesa Marcelo balbuceando.
—Yo... yo que usted me andaba vigilando.

—Pero ahora verlo aquí tan buen padre,


al al verlo
tan buen amigo, al verlo tan buen ciudadano, mire hasta
las lagrimas se me quieren salir. Mire, mire, mire. . . —So-
lloza arrepentido.

199
—Por favor no me llegue a la fibra de los sentimien-
tos, porque me hace llorar, me hace llorar... — Solicita
Tin Tan también medio llorón.
—Llore, llore, desahogúese. Llore sin pena. Mire, pa-
ra demostrarle que yo le estimo de verdad, desde hoy
tiene usted permiso para robar.
Los miembros de la banda se asombran ante aquella
propuesta del azul.
—Pero mire lo que es la cosa humana, verdad, yo ya me
había propuesto caminar por la ruta del sendero del bien. .

—No, no, no, no, no...


—Y ahora y me da permiso para robar.
llega la justicia

—No, no, no, no me entiende, mire, robe, robe, robe


y hágase rico, mire, el dinero lo hará decente y respeta-
ble, mire, así son las cosas aquí —
-propone Marcelo.
—Aquí y en todas partes —pretende Tin Tan. justificar

—No, no en todas aquí más... Mire, mire no-


partes,
más cuánto ratero millonario anda por ahí suelto, no-
más mire.
Marcelo señala a la cámara, como en tantas ocasiones
lo ha venido haciendo Tin Tan, sorprendiendo una vez
más con su improvisación.
— Por favor tenga la bondad, mi azul, dispénselo, es-
tá tomado, no es pleito especial con usted, no le haga ca-

so, déjelo, está tomado —


suplica Tin Tan ante el posible
público ofendido por Marcelo dentro del cine Por fa- — .

vor, ese señor pagó por su asiento —


le explica en corto a

Marcelo para que deje de meterse con el público. Dis- —


pénselo, no se vaya, no se vaya, dispénselo... Vuelve a —
suplicarle al público, que supuestamente se está saliendo
de la sala por el insulto.
—Déjelo, déjelo... —Terco, necea Marcelo en su bo-
rrachera.

— 200 —
—Hombre, dispénselo, está tomado... —Una vez
más intenta Tin Tan persuadir al respetable para que no
se salga — . El nos mantiene — le comenta al oído a Mar-
celo, refiriéndose al público.
—Hace mucho que no digo salud... Carmelita, Car-
—Pide Marcelo que sirvan
melita... les las otras.

—CORTE. Ya estamos en la línea, vamos a filmar


cuando en plena borrachera Tin Tan le canta a Carmeli-
ta y se cree Romeo. No se te olviden los movimientos
Germán: subes, bajas las escaleras, te meces, estás borra-
chín, pero eres muy amable y hasta educado indicó —
el director —
No te esperabas que fuera Marcelo quien
.

se dirigiera a la cámara, e incluso que se metiera con el

— ¿Y por qué cree que tuve que pedirles que no se

fueran? Este panzón, ¿qué no sabe quién paga? Casi y


me hinco ante ellos.
La última toma se llevó a cabo en Chapultepec, luego
de que el Rey, Tin Tan, se convirtiera al fin en maquinis-
ta del trenecito del bosque.
—Que el rotulista tome de las fotos fijas escenas pa-
ra ilustrar los cartones en los que se presentan los cré-
ditos, quieroque sean caricaturas como lo hicimos en
«Soy charro de Levita» —
ordenó Martínez Solares a su
asistente Fernández.
— ¿Listo para el reventón? — Le preguntó Borolas a

Tin Tan.
—Adelántense, antes tengo un bisne muy floreadito
que arreglar en el Tívoli.
—Ay, Tin Tan, ya andas detrás de alguna chamaca
—censuró Marcelo.
—Oh, Marceliano, lo que pasa es que tú no entiendes
a quienes tenemos corazón de condominio.

— 201 —
— ¿Ya saben del pleito que se trae Revueltas contra
Jenkins? —Preguntó el Peralvillo.
— ¿Qué Honorato de Balzac? —Se interesó Tin Tan,
al recordar a José Revueltas, quien al lado de Salvador
Novo lo defendieron públicamente cuando Vasconcelos
lo criticó.
—Mira, éste es el ejemplar de la revista Hoy ,
en la

que José Revueltas reprocha a Jenkins de estrangular al

cine nacional.
—Préstamela manito, quiero echarle un vistazo, pero
ahorita ya se me hace tarde para llegar al Tívoli, te la de-
vuelvo luego, ¿sí? — Solicitó el actor mientras se subía
a su carro, en el que ya estaba un gran arreglo floral —
Ahí nos wachamos pa’lotra.

El amor hace olas

Aquel 29 de octubre de 1949, José Revueltas denunciaba


las amenazas que se cernían en contra de la producción

cinematográfica nacional, ventilando que se gestaba un


feudo de unos cuantos amos. Dentro de los más benefi-
ciados por el cine estaban los intermediarios, ahorcando
al productor, mientras que el público sólo podía ver lo

que aquellos dictaran.


Haciendo un análisis sobre los créditos y financia-
mientos entre los productores cinematográficos naciona-
les, Revueltas señalaba cómo los dueños del ochenta por
ciento de las salas cinematográficas controlaban el orga-
nismo Películas Nacionales, dependiente del Banco Ci-

202 —
nematográfico, responsable de que las cintas mexicanas
obtuvieran un buen final en la exhibición. Pero resulta
que los controladores del monopolio de los cines queman
las producciones nacionales, comprando a un bajo costo
la primera exhibición y, a pesar de ser una cinta de éxito,
la retiran de los cines, provocando que los productores en
su necesidad por recuperar la inversión se conformen con
un porcentaje menor para su reinstalación en las salas.
Revueltas mencionaba que tres eran los responsables
de aquella situación: uno invisible, el norteamericano
Jenkins,y dos personalidades mexicanas visibles, Espi-
nosa Yglesias, representante de la Operadora de Tea-
tros, y Gabriel Alarcón, de la Asociación Nacional de
Exhibidores.
Más adelante, en su artículo, Revueltas denunciaba
cómo William Jenkins siempre había obtenido bajo el
amparo de los Ávila Camacho una serie de negocios tur-
bios, dentro de los que se incluía la denuncia de su auto
secuestro, el cual llevó al gobierno mexicano a pagarle
su propia liberación. De ahí que el cine mexicano estu-
viera amenazado, no para desaparecer, sino de conver-
tirse en un instrumento en contra de los intereses nacio-
nales. Por ello, Revueltas convocaba a todos los trabaja-
dores cinematográficos para que hicieran a un lado sus
diferencias y presentar un solo frente con apoyo del go-
bierno, para poder soportar la amenaza.
Al terminar de leer el artículo, Tin Tan sintió cómo le
invadía una gran indignación, pensó en su buena fortu-
na, ya que a final de cuentas sus ingresos aumentaban sin
problema alguno; pero por fin comprendía los por qués
de tantas otras irregularidades en las nóminas, no sólo
de los actores, sino también de los técnicos y demás per-
sonal que laboraba a su alrededor.

203 —
Al día siguiente se asombró cuando descubrió la car-
ta abierta que varias productoras publicaban en los pe-
riódicos, respondiendo al artículo de Revueltas, en la
que no sólo justificaban las acciones de Jenkins, Espi-
nosa y Alarcón, sino que además les agradecían públi-
camente las migajas derramadas de la explotación de
sus cintas. Entre otras empresas, aparecían las firmas de
Mier y Brooks, así como de la Filmadora Chapultepec,
con quienes Tin Tan había realizado varias películas.
El coraje y la irritación se le atragantaron, cuando
cerca del medio día recibió una llamada inesperada.
—Disculpe, ¿es usted el señor Germán Valdés? — Se
oyó una voz trémula al otro lado del teléfono.
— Igualito desde que nací —respondió chacotero y
serio a la vez.
—Disculpe que le moleste, pero le llamo de la Presi-
dencia Municipal de Acapulco, para darle una mala noti-
cia — la voz guardó silencio por unos segundos que ten-
saron los nervios del cómico — . No sé si esté enterado
del huracán que azotó al puerto la madrugada de este
día, lo que provocó que su yate se viniera a estrellar has-
ta el kiosco de la plaza central.
—Achis, achis, ¿y ora qué?
—Pues nada, le estamos comunicando el percance,
ya que por la tarde llegará una grúa para arrastrar su na-
ve fuera de la aunque no creo que todavía sirva.
plaza,

Mi Tintavento amado exclamó trágico por el te- —
léfono Tin Tan —
¿Hay necesidad de que esté presente?
.

¿Tengo que pagar algún destrozo?



De momento no se preocupe señor, si no puede,
no hay urgencia de que venga, simplemente vamos a co-
locar su yate a la orilla del mar, para sostenerlo en un
embarcadero del Ayuntamiento para que no naufrague.

204 —
Vamos a investigar los motivos por los que el huracán
remolcó su yate y luego le volveremos a llamar, para ver
si hay necesidad de que declare —informó cauto el re-

presentante de la autoridad, consciente de la personali-


dad con quien hablaba.
—En cuanto pueda voy para agradezco mo-
allá, le la

lestiaque ha tomado de llamarme y estoy sus órde-


se a
nes para cualquier cosa — cortó comunicación Tin Tan
la

sin aguantarse ganas de berrear — ¡Micaeeeeeeeela-


las .

aaaa! Micky, Vaaaargas... Se nos llevó un huracananche


nuestro Tintavento, todavía me una letra y
faltaba pagar
ya nos amolamos — Esbozó con esa gran boca la magni-
tud de su desgracia, ante los ojos de su esposa quien acu-
dió a sus gritos con pequeña Olga en brazos, sin saber
la

si se trataba de una más de las bromas de su esposo o si

en verdad se habían quedado sin yate.


A la semana siguiente, Tin Tan leyó la respuesta que
José Revueltas publicara de nueva cuenta en la revista
Hoy sobre la carta firmada por los productores cine-
matográficos, dejando al descubierto la campaña bajo la
que pretendían cobijarse los acaparadores, insistiendo
en las formas en cómo los dueños del monopolio de las
salasde exhibición cinematográficas chantajeaban y co-
hercionaban por separado a los productores, para obte-
ner contratos de exhibición benéficos para sus propios
forma como Jenkins, Espi-
intereses. Revueltas reveló la
nosa y Alarcón comenzaban a penetrar no sólo la exhi-
bición, sino también la producción, cerrando con ello la
pinza de un negocio que podría llegar a atentar contra
los trabajadores de la industria del cine.
—Don Gil, ¿qué orejas con todo que se ha estado
lo

publicando? — Llegó preguntón Tin Tan hasta la oficina


de Martínez Solares.

— 205 —
—Es una bronca que trae el rojillo de Revueltas en
contra de los señores Espinosa, Jenkins y Alarcón. Yo
te recomendaría que te mantengas al margen de aquellos

problemas —aconsejó cauteloso el director.

—No la jorobe don Gil, lo que Pepe está diciendo


nos incumbe de incubadora a nosotros también.
—¿Alguno de productores ha tratado mal?
los te

—No, pos yo he contado con muy buena marmaja,


¿pero...?—Dudó cómico no encontrar más elemen-
el al

tos para seguir defendiendo a Revueltas, sin saber cómo


podría ayudar a su amigo en aquella controversia.
—Mira Tin Tan, deja que esto lo arreglen los que
saben; precisamente aquí tengo la solicitud de contrato
para tu próxima película, todo está listo para filmar a
principios del próximo año, y son los de Mier y Brooks
los que están poniendo la mayor parte del dinero, que

ya se te dio por adelantado y que ya te gastaste para pa-


gar la letra del yate; si te involucras en problemas que
no te tocan directamente, todos podemos pagar los pla-
tos rotos —sentenció Martínez Solares.
—Ay, aaaayyyy, ay, ay, ay, ahora sí me pegó directo
al corazonete, don Gil; soy un moribundo que vende
su vida al peor postor. Aaaahhh, pero eso sí que ni
se les ocurra machacarme con que llegas muy tarde,
aléjate de tu amiguita Mari Huana, tienes que esto, tie-

nes quehotro, porque se las recuerdo como lo hice con


aquel cuando llegué de Londres, ¿estamos? Amenazó —
Tin Tan.
Con la filmación de «¡Ay amor cómo me has pues-
to!» Tin Tan terminó por amalgamar su actuación al la-
do de Vitola, la que había comenzado en la cinta ante-
rior, así como con el enano Tun Tun y sus hermanos Ra-

món y Manuel.

— 206 —
—Ay, amor, cómo me has puesto loco, loquísimo,
loquérrimo — pasaba cantando durante
se la graba- la

ción de la primera película de 1950, en donde el perso-


naje del barrio se reforzó para dejar en el olvido al pa-
chuco, más aún después del éxito con el que había sido
recibido «El Rey del barrio.» La insistencia de tararear
su composición de «Ay, amor, cómo me has puesto» te-
nía que ver con el noviazgo en secreto que Tin Tan sos-
tenía para entonces con Rosalía Julián.
—Ya eres un clásico — se le ocurrió a Marcelo decir,

refiriéndose al beso final con el que terminaba el rodaje


de la película.

—¿Y si soy tan clásico por qué no representamos a


Chakespiare? ¿O al betarrito aquel de la madre patria?
—Propuso Tin Tan.
—Precisamente de eso quiero hablarte —interrum-
pió Martínez Solares — Le estoy proponiendo
. una a
empresa una serie de sátiras de clásicos. ¿Qué te parece-
ría ser el Zorro versión Tin Tan? ¿O, Simbad, por ejem-
plo? Ser un personaje común de barriada ha estado bien,
pero de alguna manera estamos compitiendo con Can-
tinflas y con un nuevo cómico que acaba de estrenar su

primera película, le llaman «Resortes», ya que por fin


enterramos al pachuco, para identificarte como perso-
naje del pueblo, pero ahora creo que podemos innovar
con estas sátiras, en las que siempre serás Tin Tan el

gran personaje. —Terminó por visualizar don Gilberto.


—Juega el pollo — aceptó, trasladando su imagina-
ción hacia héroes clásicos con
los los que había crecido
de niño — Oiga, don Gil, sólo que
. le voy a suplicar que
considere a unas muchachonas que cantan requete bien,
supongo que ya las habrá escuchado, se trata de las her-

manitas Julián.

207 —
—Está bien Tin Tan. —Aceptó, como era costum-
bre, la recomendación del cómico — Estoy por termi- .

nar de escribir la sátira del Zorro, que podría llamarse


«La marca del Zorrillo», te envío a tu casa este fin de
semana la sinopsis.
—Cómo vuela la cigüeña, la gaviota o hasta la palo-
ma, palomilla, ahí nos vidrios y no se me vaya a achico-
palar porque no les acompañe hoy a mover mandíbula,
pero me tengo que ir a Acapulco, pa’checar a Rosalita.

Tin Tan llegó


Acapulco y de inmediato se dirigió al
a

hotel Las Americas, lugar en el que se presentaban Ro-


salía y sus hermanas.
— Chalía preciosa, ya estoy aquí, échale un ojo a lo
que encontré tirado para — Le ti. dijo cariñoso, en el
momento en que le entregaba un estuche — . Y hay más,
van a ser contratadas para actuar en su primera película
tú y tus hermanas.
— Oye, pero un regalo muy
éste es caro.
—Pero no gasté en estoy diciendo que me
él, te lo
encontré tirado y ¡oh sorpresa! que descubro que decía
Rosalía, por lo tanto me quedé pensando: ¿ A qué Rosa-
lía conozco? Le di hartas vueltas a la azotea, hasta que
me dije... ¡Claro, la Julián! Y precisamente estoy por
verla en Acapulco, de ahí que sólo pasé a un changarriux
para que me hicieran favor de envolverlo para regalo y
traértelo luego, luego, periquín tontín; no puedes recha-
zarla — insistió para que se quedara con la pulsera que le
obsequiaba.
—Tendré que pedirle permiso mi mamá. a
—Üjule manita, pero no le traje una de estas a tu ma-

má, mejor quédatela sin decirle nada, regálame un besito


y acepta ir a cenar cuando termines tu actuación.
Por aquellos meses un inversionista quebrado le pro-

208 —
puso a Tin Tan que se asociara con él para poner un centro
nocturno; la idea no
pareció mala y de inmediato dispu-
le

so parte del dinero de la nueva película para lograr la inau-


guración de El Satélite, ubicado sobre Insurgentes Sur.

—Ni te preocupes Micky, con este centro nocturno


vamos a duplicar la marmaja, ya lo verás. Y no me an-
gustiescon broncas de feria, porque acabo de embar-
carme con otro yate. ¿Cómo íbamos a quedarnos sin
barquito?
Con la segunda cinta de 1950, Tin Tan y Martínez So-
lares estrenan la serie de parodias sobre temas clásicos.
«La marca del Zorrillo» es la película con la que arrancan,
en la que el hijo del vizconde de Texmelucan es enviado
por éste a Italia para que estudie esgrima, pero le sale pa-
cifista y en lugar de tomar el arte de las armas, aprende

canto y baile, lo que desilusiona por demás al padre, so-


bre todo, porque sobre ellos recae la amenaza del gober-
nador Marcelo, que fue mozo
casa del vizconde y
de la

ahora con poder está dispuesto a cobrarse todas las penu-


rias que pasara cuando eran niños señorito Tin y él.
el

— Está re’te güeno esto de hacer doble papel don Gil,


sobre todo por la paga, ¿noooo? Padre e hijo me van a
salir a toda remolacha.
—Muy bien Tin Tan, va la escena de cuando tu pa-
dre te echa en cara tu cobardía por negarte a acudir a la

cita, luego de que te retara el capitán de las Guardias del


gobernador. Por cierto, cuando dijiste que le hablabas al

mil cerebros, ¿a quién te referías? — Incrédulo, preguntó


el director.

—Pos a quién va a ser don Gil, a la cámara, que luego


va a proyectar en una pantallota de este vuelo ante un
milenio de chompetas las escenas que aquí estamos fil-

moteando, ¿ya entendió?

209
—Ordena pizarra Valerio.
la

—Dentro de mis antepasados ha habido de todo: pi-


ratas, abarroteros, avijeros, cuatreros, falsificadores de
dólares y hasta traficantes de marihuana, pero nunca hu-

bo cobardes indignado confiesa el vizconde.
—CORTE. — Ordenó el director. — ¿qué escena sigue
luego de ésta? Para que de una vez se grabe, antes de que
se vuelva a cambiar Tin Tan de vestimenta.
—Solo faltaría cuando el conde se va indignado, lue-
go de escuchar el discurso pacifista de su hijo — anotó
Valerio Olivo, su asistente.
— Que filme —dispuso
se el director.
—Yo no soy cobarde, padre, yo soy pacifista, que no
es lo mismo. Odio el derramamiento de sangre inútil, y
también el útil. Si el mundo es muy ancho y es muy am-
plio, cabemos todos, no estamos en la luna, que cuando

está en cuarto menguante están todos apretados. Por eso


yo odio la guerra, la guerra fría, la guerra caliente, la
guerra tibia, las bombas, las odio, debe de morir la bom-
ba de hidrógeno, la bomba atómica, la bomba lacrimó-
gena, ¡bombas! —en eso entra música yucateca como la

fondo musical — Pare música, bomba. — Ordena


. el se-

ñorito para luego continuar — hay huelga de luz y . Sí

qué, yo me alumbro con quinqué. Bombas, nada más


las yucatecas, querido padre, por eso yo soy aficionado
a las buenas costumbres. ¡Viva el plan Marshall, viva la

UNESCO, viva la paz! —Aquí es interrumpido por los


aplausos de la multitud reunida, mientras el vizconde se
va indignado, mascullando que su hijo es un cobarde —
Compañeros, usemos el común para resolver los
sentido
problemas, ya lo dijo Westin House en un disco: ya bo-
rrachos, qué horas son... — Concluye su discurso el se-

ñorito Tin al momento en el que está parado en la mesa

— 210 —
principal de la fiesta.
—Queda la escena. Tin Tan, te toca práctica de esgri-
ma, aquí está el señor Haro Oliva, quien te va a ayudar
en el manejo del sable y el florete — los presentó Martí-
nez Solares.
El campeón olímpico no necesitó más que una tarde
para que Tin Tan lograra manejar el arte del esgrima, pa-
ra filmar las escenas en las que se enfrentaba con Rafael
Alcayde, quien pensó que tendría que telegrafiarle los
toques del arma, pero se sorprendió al ver a un Germán
Valdés que con gran agilidad trepaba en mesas, sillas,

subía escaleras, se colgaba de los candiles, bailaba y se


acostaba retando a su contrincante espada en mano.
—Puf, por fin llegó la bruja —exhaló Rafael Alca-
yde — Pensé que
. éste no sabía nada de esgrima y al que
puso en aprietos fue a mí. Reconoció el actor.—

Antes de rodar la escena de la bruja quiero hacer
un ensayo. ¿Dónde está Tin Tan?
—-Aquí estaba hace un momento —recordó Valerio
Olivo, el asistente.

—Ya llegué, ya llegué — salió gritando detrás de una


escenografía, de la mano de Rosalía Julián — . Deja de
andar de chismoso, Valerio Aceituna, nomás fui a revi-

sarle unas muelonas aquí a la señorita — le advirtió al di-

rector, provocando que se sonrojara la Julián, soltando


la mano del actor.
—Ah, ahora eres odontólogo —retó don Gilberto—
Bueno, todos a sus puestos, queuna vez más, no
se filme
vaya a ser la de malas; Valerio, checa que haya quedado
bien la última escena de los espadazos.
—Órale mi Valerio Aceituna que todos estamos muy
cansados — declaró Tin Tan. — ¿Vamos cenar ir a al ter-

minar filmación? — Le propuso Rosalía.


la a

— 211 —
— ¿Y mis hermanas y mi mamá?
—Tráetelas mi un chaperón
reina, total, si es incómo-
do, con tres ni lo vamos a notar.
El Satélite comenzó a tener varios desfalcos; además
de actuar en su propio centro nocturno, Tin Tan tuvo
que hacerla de mesero de vez en cuando, para intentar
que las finanzas levantaran. Cuando él se anunciaba con
su espectáculo, el lugar se llenaba, pero los gastos co-
menzaron a rebasar las ilusiones apostadas, por lo que
poco a poco se fue deteriorando la asistencia del público
al lugar. Por su parte Germán Valdés no podía dejar los

compromisos fílmicos, que ya para ese entonces había


contraído con diferentes casas productoras.
— La siguiente sátira va a ser de Simbad.
—Me cuadra la don Gil, pero sabe que me
matrícula
invitaron a hacer un doblaje de un filme en los uñates
estates quelites, todo por mi dulce voche, osease que me
voy a perder como una hoja completa del calendario.
-Oye, y qué hay con el contrato. — Pretendió saber
don Gilberto.
—No se agüite Doneli, desde la bronca del año pasado
con mi cuaderno Vueltas-Re, le advertí a Mier y AS Films
que nones con sus clausuletas de exclusivachas de trabajo,
osease que soy pájaro libre para chambear con quién sea.
— Y también para otras cosas? —Replicó
¿ el director.
— ¿Se del pájaro? — Interrogó alburero
refiere a lo
Tin Tan.
—Yo sólo digo como queel Enton-
chinito: lo velo.
un mes para que rodemos «Simbad el
ces te reportas en
mareado». Mientras tanto me voy a reunir con el repar-
to, para definir los papeles.
— Oki doqui doligil —bailando, se despidió para ir a

doblar la película «Dos personajes fabulosos.»

— 212
Gilberto Martínez Solares quiso experimentar con
el elenco de «Simbad el mareado», dejando que cada
actor escogiera su papel dentro de la película; no se ex-
trañó al ver cómo cada quien elegía representar a los
personajes antagónicos a los de las cintas anteriores.

De ahí que el Peralvillo se quedara como policía, Mar-


celo de jefe de la banda de falsificadores, además de la

participación de Vitola, Wolf, Tun Tun y varios más.


— Llévense sus papeles, supuestamente, sólo faltan
quince días para que llegue Tin Tan, parte del equipo ya
está en Acapulco pendiente de locaciones y demás
las

detalles, recuerden que en esta ocasión Germán también

va a ser el coreógrafo —indicó don Gilberto.


Tin Tan una semana más en regresar. Martí-
se tardó
nez Solares sabía del riesgo que se corría con el cómico
fuera de México, por lo que no inició contratación de
servicios hasta que el actor principal estuviera presente.
Estaba consciente de que Germán Valdés se sabía in-
sustituible, de ahí que se la pasara retando los aires de
los productores perdona vidas. Por su parte, el director
mantenía una buena relación con el actor, ya que se res-
petaban y se permitían la libertad de trabajar en un am-
biente profesional.
— Qué milongas don Gil, ¿estamos? — Llegó jaca-
randoso, para no variar.
—Faltan algunos detalles por afinar en Acapulco, yo
creo que salimos para allá en un par de días. Mientras
tanto quisiera que nos reuniéramos con todo el equipo
para ensayar los diálogos de algunas escenas.
—Ya estufas de petróleo.
—En Acapulco nos vamos a hospedar en el hotel Im-
perial, tú vas a compartir cuarto con Mario Llorca, que
va a ser ahora mi asistente.

— 213 —
—No la muégano del turrón don Gilibustero, ¿qué
tal si de pronto se me pega una mantarraya, cómo la voy
a maniobrar con el Llorca en la cama de al lado?
—Recuerda que sólo tenemos dos semanas para ro-
dar la película, tenemos que apurarnos, y
por lo tanto así

me aseguro que llegues temprano a las filmaciones.


—¿Estando en Acapulquito de mis amores y no va-
mos papalotear?
a
—Al terminar película puedes papalotear que
la lo

quieras.
—Chanclas don Giltler, hoy está más explotador que
antes, me voy a ir a quejar al sindicato de vagos, reventados
y pachangueros, para que le envíen un extrañamiento.
Martínez Solares dio las indicaciones para que en
la primera escena la cámara hiciera un cióse up del pie

de Tin Tan, registrando cómo de su dedo gordo se veía


amarrado un hilo de pescar. El dedo se mueve y Tin
Tan se emociona creyendo que ha pescado algo, que
podrá cocinarse un ceviche. Saca del mar un pez dimi-
nuto, que le pide que no esté molestando, que mejor le
hable a su papá.
—Oiga, don Gil, ¿qué le parece si acompañamos
varios de los movimientos con sonidos? Por ejemplo,
cuando salgo del mar, luego de que la Azucena me jala,
me desmayo y revivo en varias ocasiones, golpeándome
la cabeza en la arena, ahí quedarían bien unos golpecitos
musicalizados, como de caricatura.
—Está bien la propuesta, márcalo para que se grabe
—admitió el director.
—¿No me va regañar cuando parlotee cáma-
a le a la
Ya ve que ha sido todo un
ra? éxito.
—Dirígete cámara cuantas veces quieras, pero ya
a la
sabes que si no quedan bien, durante la edición corta-

— 214 —
mos esas tomas.
—Sábanas calientes. Oiga, ¿a qué hora se va a ensa-
yar la coreografía?
—El salón nos lo prestan a la una de la tarde, sólo
cuentas con tres horas.
—Changos en sus jaulas, mira a ese par, son como
una y un ratoncito.
jirafa —
Comentó Tin Tan, señalan-
do a Tun Tun y a Vitola, quienes admiraban el mar desde
unas piedras, alejados un poco del lugar en el que se es-
taba grabando —
Vamos a darles un remojón, senten-
. —
ció, al momento en el que sin previo aviso corrió para

empujar al agua a la pareja dispareja. Las carcajadas si-


lenciaron por un momento la música que tocaba el mar,
cuando las olas golpeaban la bahía.
—Véngase nene querubín, no se vaya a ahogar por
las bromas del hocicón ese. —
Maternal, ayudaba Vitola
para que Tun Tun alcanzara a salir del mar Debería de — .

darte vergüenza, ponte con uno de tu tamaño. Ame- —


nazó la actriz, fingiendo indignación por la broma.
—On’ta, on’ta, on’ta la güenza, que quiere mi amiga
espiritifláutica que vea, ¿acaso será un ave que descono-

cemos los aquí presentes?


—Vámonos a la playa para rodar la escena en la que
le dices a Azucena que se busque un gringo viejo y reu-

mático —
se impuso el director.
El trabajo se intensificó durante los días siguientes.
Tin Tan se sentía realizado de trabajar al lado del mar;
remó, bailó, subió, besó, corrió; faltando pocos días para
que la filmación terminara, el cansancio comenzó a aso-
marse en la cara de todo el equipo.
—Haaay, hay, hay naranjas dulces en tiempos de me-
locotones, cómo me duelen los huesos con esto del bai-
loteo y de los catorrasos. — Llegó quejándose Tin Tan al

215
lobby del hotel, luego de haber filmado cuando se pelea
con todos los integrantes de la banda de falsificadores.

— ¿Quieres que te dé un masaje? — Le propuso


Wolf.
— Pues no estás tan chulo como la Chalía, pero me
duele espinazo completito y te voy a dar chance que
el

hagas lo que quieras con mi cuerpo, como si tuvieras en-


tre tus manoplas masa para pizza.
—Acuéstate en el piso —recomendó el luchador.
— Aaaaaahhhhh, ahí, ahí, aaaaaaaahhhhhh, oye, for-
tachón, no sabía que tuvieras unas manos de seda, mejor
que las de muchas mujeres, que se me hace que me di-

vorcio de la Micky, dejo a Chali y me caso contigo.


— Les manda a decir el director que estén preparados
a las diez demañana porque se va a grabar la corretiza
la

que le pega medio pueblo a Simbad, y nos tiene que salir


a la primera —interrumpió Llorca.
—Ahorca, ahorca, no me dejas dormir a gusto, me
si

cae que te voy a mandar a la Roqueta para que te coman


los tiburones, apenas me estoy reponiendo de la golpiza

y tú ya estás machacando de nuevo.


Faltando dos días para que finalizara el rodaje de
«Simbad el mareado», sin previo aviso, se presentó a la
locación Micaela, en compañía de sus dos hijos. La re-
lación entre el matrimonio Valdés-Vargas no había esta-
do en sus mejores tiempos, mucho menos luego de que
Germán comenzó a pretender a Rosalía, incluido el es-

caso tiempo que el actor le dedicaba a su familia debido


a la carga de trabajo. Entre películas, actuaciones en vi-
vo, algunos programas de radio a los que era invitado, la
atención del centro nocturno, giras al interior de la Re-
pública, el reventón y la bohemia, sumaban tensiones a
la relación.

— 216 —
— ¡Micky! ¡Javito! ¡Olguita! — Se abalanzó a los be-

sos de sus hijos;una vez que pasó el asombro, ya que


no era común que su esposa se presentara cuando estaba
trabajando. Luego de que los niños nacieron, los tiem-
pos de juergas juntos quedaban para el recuerdo, cosa
que Micaela reprochaba de vez en cuando.

Bodoques preciosos, ¿quién los quiere más? ¿Qué
jaiva Micky? ¿A qué se debe su humanidad por estas
tierras?

— Creí conveniente traer a los niños a la playa, apro-


vechando que estás por acabar la filmación de la pelícu-
la, para que pasemos unas vacaciones juntos.
— ¡Qué buen puntacho! —Anotó Tin Tan sin tanto
ánimo, ya que al finalizar el rodaje, había planeado al-
canzar a las hermanas Julián, que realizaban una gira por
Guadalajara, para pasarse unos días al lado de Rosalía.
—Regístrense en el hotel, ¿qué tal si te llevas a los

niños un rato a la alberca?, yo los alcanzo a la hora de la

comida. ¿Verdad que Olguita quiere unos pulpos en su


tintan?
Diez días después, la familia volvió a la ciudad de
México, buenos propósitos de Micaela de que estu-
los
vieran juntos de vacaciones no habían sido la mejor de
las ideas. Germán había perdido parte de la magia en su
relación, sentía que la rutina se había instalado en medio
de ellos dos. Ella sabía que por mente de su esposo pa-
la

saban otros pensamientos, y que no eran precisamente


las deudas o el trabajo lo que le distraía.

Varios habían sido los chismes que el matrimonio


sorteaba casi a diario acerca de las relaciones extramari-
tales de Germán. Micaela sabía de las debilidades de su
esposo y más que perdonar o resignarse, se había pro-
puesto aceptarlo como era, pero algo dentro de ella le

— 217
exigía poner mayor atención en vez de caer en el lugar
común del reproche, el escándalo o la recriminación.
Al día siguiente de que llegaron a la capital, Tin Tan
se desapareció tres días bajo cualquier pretexto. Había
ido en busca de Rosalía, quien no volvía de su gira y
tenía que presentarse con sus hermanas en Querétaro.
Germán abordó su Cadillac y partió para allá.
— ¿Has —
tenido mucho trabajo? Preguntó Rosalía
cuando vio
lo llegar.

—Así chiquita, pero ya estoy


es aquí.
—Quisiera hacerte una pregunta, Germán —su to-
no de voz inquietó cómico — ¿Qué somos tú y yo?
al .

¿Dónde quedan tus hijos y tu mujer?


Tin Tan bailó los ojos como si estuviera enfrente de
la cámara.
— ¿Sabes cómo va llamar una de mis próximas
se a
películas? — Preguntó, huyendo ante cuestionamien- el

to de Rosalía, para contestarse a sí mismo, mirándole a


los ojos — . «Me traes de un ala». — Levantó la boca para
acallar con un beso cualquier insistencia.

— 218 —
Llevaba tres tazas de café y la lectura lo había hipnoti-
zado más de la cuenta, no sintió el tiempo hasta que su
madre comenzó a distraerle con el trajín cotidiano de las

mañanas.
—Son y media, ¿ya
las siete bañaste? te

—¿Tan tarde? Chispas, me tengo que apurar, es tar-

dísimo.
— ¿Qué estabas haciendo?
—Leyendo unas cosas —ocultó de su amiga.
el escrito
—¿No dormiste bien? Tienes una cara desastrosa.
—Es que me paré cinco de
a las mañana. Me voy la

rapidísimo — cortó interrogatorio de


el que su judicial al
madre lo sometía.
No tuvo tiempo de llegar a la primera clase, Genaro Ci-
priano se sentía satisfecho de haber terminado con la lectu-
ra de la segunda entrega de Adriana. Al descubrir a su ami-
ga en el salón de clases, ésta de inmediato le propuso.
—Hoy en la tarde pasan por la televisión una pelícu-
la de Tin Tan, ¿qué tal si te vienes conmigo a la casa para
que la veamos juntos?
—Tendría primero que hablar al periódico, para ver
si no tengo problemas.

— 219 —
—Ándale GC, es mejor pedir perdón que pedir per-
miso, podemos comer mientras vemos «El Ceniciento»,
no seas rajón, además, cómo vas a seguir leyendo lo que
estoy escribiendo si ni siquiera has visto una película
completa de Tin Tan — le chantajeo.
— ¿Como qué hora terminará?
a
—Empieza o sea que como
a las tres, a las cinco de la

tarde.
— Le voy Canales que llego cinco y media.
a decir a
A ver si no se enoja, con la falta de ayer creo que he abu-
sado un poco. Por cierto, aquí está lo que me enviaste
con Hilda, ya lo terminé.

— Qué bueno, te tengo otro bonche en la casa, o sea


que con mayor razón tienes que venir —sugirió coqueta.
Los dos jóvenes se fueron a casa de Adriana al termi-
nar las clases. GC iba un poco nervioso de haber mentido
a su jefe para que le diera permiso de llegar La más tarde.
necesidad de hacer una tarea en equipo parecía un buen
pretexto. Se sentía arrastrado por las diferentes propues-
tas que ella planteaba, y que él obedecía sin objeción.

«El Ceniciento» comenzó con la presentación musi-


cal de los hijos de Marcelo y de Sirenia, hermana de An-

drés, un alcohólico, vividor y bueno para las trampas en


la baraja, quien a su vez era padrino de Valentín Gaytan,
un chamula que llega de Chiapas a la capital en su bús-
queda, por mandato del cura de su pueblo, luego de que
muere su madre.

En parte no me gustan las películas de Tin Tan por sus

números musicales se atrevió a exponer GC ante ella.
—Cómo serás güey, fíjate en su actuación, en sus
movimientos, no te pido que disfrutes su voz, porque se
ve que no tienes oído para diferenciar un Do de un Sol.
— Creo que tú serías la única en todo México que

220 —
gastaría dinero por ver una película de Tin Tan.
— Qué te pasa, si somos muchos los mexicanos que
consideramos a Tin Tan el mejor cómico de México, in-
cluso mejor que Cantinflas.
— Sí, pero precisamente a nosotros nos llega todo el

cine mexicano de aquellos años por la televisión: Pedro


Infante, Cantinflas, los Soler, Tin Tan, María Félix, los

conocemos gracias a que sus películas las pasan y las re-

piten, y las refritean en la tele, pero no me digas que al-


guien pagaría una entrada al cine para ver aquellas cin-
tas. Incluso puedes ir a un video y preguntar si tienen
en renta ese tipo de cine o si se vende para los amantes
nostálgicos como tú. Se ven cuando se le acaban las tele-

novelas a la programación de Televisa. Te lo digo porque


precisamente no encontré ninguna película para rentar
en el video.
— Fíjate que no es tan mala tu reflexión, me la he pa-
sado tan clavada cachando todo lo que sale de Tin Tan
que, tienes razón, es cine para consumo por televi-
el

sión. Incluso gracias a ésta fue como me comencé a vol-


ver una Tintadicta, preferí desde chica ver cine mexicano
que las estupideces de que si «Muchachi-
las telenovelas;

tas», «Quinceañera», «Cadenas de Amargura», «Rebel-

de», siempre se me han hecho tramas muy chafas, en


cambio, a pesar del dramatismo o del chiste fácil, creo
que es mejor el cine de aquellos años, pero en definitiva
tienes muchísima razón, a nosotros nos llega el cine
mexicano gracias a la tele.

La producción cinematográfica que hay en los vi-

deos es lo reciente, las producciones que han denomina-


do como el resurgimiento de la época de oro, si es que
realmente alguna vez existió ésta, o por el contrario los
churros de comedia estúpida que pasan por televisión.

221
— Supongo que por su parte, nuestros padres sí tu-
vieron que gastar tiempo y dinero para ver a Tin Tan, o
sea que ellos sí fueron a una sala de cine para poder dis-
frutar de estas cintas.
Mientras los amigos discutían, en la pantalla de la te-
levisión aparecía Tin Tan vestido de chamula, pregun-
tando en la casa de Marcelo por Andrés, su padrino.
Creen que el indígena es millonario y por ello recibe el
mejor de los tratos por parte de la familia, pero cuando
descubren que no tiene ni en qué caerse muerto, lo po-
nen a planchar, lavar, fregar pisos, atender la puerta.
—¿Ya viste? Tu ídolo se adelantó al discurso de estos
tiempos, con el ceniciento puso de manifiesto la discri-
minación, explotación, desprecio, chantaje y utilización
del indígena chiapaneco, mucho antes que Marcos ex- —
presó GC mientras pasaban comerciales.
Tin Tan chilla en la televisión, explica que tiene que
reconstruir la torre de la iglesia de su pueblo, ya que
cuando él nació hubo un temblor que la tiró y todos le

echaron la culpa de la desgracia.


— ¿En qué año se filmó esta película? —Interrumpió
una vez más GC.
—En 1951.
—Podría ser el año de nacimiento de Marcos, el

subcomandante.
—Ahora sí que te la estás jalando hasta el infinito

GC, deja escuchar —replicó medio molesta Adriana—


Ve esto, nada más anota cómo juega con la imaginación
—indicó, erudita del tema.
En la televisión Tin Tan sale disfrazado de conejo,
canta, juega, luego sale de perra, olfatea, saca un hueso,
de cazador que acude a un árbol que aparece de la nada
en el cuarto de los hijos pequeños de la casa de Marcelo.

222 —
Ella se ríe, festeja las gracias del cómico, se hipnotiza por
su forma de cantar, por sus bromas.
Tin Tan no para de actuar para ella, se asombra de las

tropelías de su padrino, aúlla porque dice sentirse el ce-


niciento del siglo actual. De suerte se agacha mientras le

envían un golpe, que va a parar a la cara de uno de los


hijos de Marcelo. Baila con Magdalena, la guapa de la

película. Se pone nervioso cuando Andrés, el padrino, lo


lleva a un centro nocturno llamado La Bruja, no quiere
beber pero lo obligan, se soba los cabellos a cada instan-
te, baila a regañadientes con las mujeres del lugar, juega
poker y gana mucho dinero. Declara que antes se había
emborrachado sólo una vez, pero en las sillas voladoras.
—Me cae que tengo razón — insistió GC en su di-
sertación por comparar «El Ceniciento» con el conflic-
to actual en Chiapas — . Me cae que te podría yo apostar
que cómico favorito de Marcos también es Tin Tan.
el


Sssshhhh —
lo calló Adriana, para que no la dis-
trajera cuando Valentín el chamula se dispone ir a la fies-
ta de cumpleaños de Magdalena, pero Marcelo, enojado

por la broma que le jugó Andrés su cuñado, lo corre de


su casa y no le permite que use el esmoquin que le com-
pró. Sale a la calle, está lloviendo, le roban su maleta, le
cae un rayo, se entera por el periódico de un transeúnte
que en un accidente murió su padrino. Dice que el cielo
se le ha venido encima. Se va desconsolado a meterse a
un hotel de cuarta, hasta donde llega su padrino con el

traje para que pueda ir a la fiesta de Magdalena. Este le

agradece y le dice que es su hado padrino.


Por fin llega a la fiesta y Magdalena lo está esperan-
do, bailan, salen a la terraza. Tin Tan, alias Valentín, le

canta a su amada. GC se imagina que él podría cantarle


igual a Adriana:

— 223 —
«Siempre estoy en ti, / pensando. / Y tú de mí no sa-

bes nada, / hace tiempo que te quiero / y me callo las pa-


labras. / Tengo hambre de tus besos, / tengo sed de tus
desmayos. / Cuándo, / cuándo / calmaré las ansias de te-
nerte yo a mi lado. / Suave temblor de tu piel entre mis
manos, / miles de besos sin fin / sobre tus labios, / labios
que añoro.»
Genaro Cipriano jugó a la imaginación como si fue-
ra él un personaje de película de Tin Tan, volvió a la rea-
lidad cuando descubrió que Adriana de quien se encon-
traba hipnotizada era del actor y no de él, ella tal vez
también estuviera jugando con la fantasía, pero creyén-
dose Alicia Caro en el papel de Magdalena.
Marcelo llega en compañía de la policía, detienen a
Valentín luego de varias corretizas; por su parte el hado
padrino es llevado ante los tribunales, para saber si al-

canza el cielo o el infierno. En la delegación los policías


miden zapato que Tin Tan dejó tirado y a nadie le que-
el

da, hasta que descubren a Valentín barriendo, le prueban


el zapato y se dan cuenta que es de él. No hay cargos,
está libre. Marcelo se disculpa y lo deja con Magdalena
para que se den el beso que despide la película.

— ¿No me digas que no te gustó? — Inquirió Adria-


na, que trajo los pensamientos de ambos a la realidad.
—No me hizo tanta gracia como pero me pare- a ti,

ció buena — contestó un GC cauto. — Ya me voy, por-


que si no, me van a correr del periódico.
— Esta no es de las mejores, incluso a mí no me gus-
tan tanto la serie de parodias, aunque actúa muy bien
en varias de ellas, tienes que ver «Mátenme porque me
muero», precisamente en esta parte quevoy a dar aho-
te

ra escribo mucho de ella, léela y luego vemos la película


¿no?

224
—Bueno, voy a tratar de leerlo hoy mismo — serio,

GC decidió levantarse para ir a trabajar, dejando que


Adriana continuara en su viaje con Tin Tan.
— Sale, nos vemos mañana — le dijo ella con los ojos

puestos en algún punto que no descubría.


él

GC llegó al periódico nervioso por haber mentido


a Canales, quien ya no estaba en la oficina. Sólo había
dejado instrucciones de que revisara bien la publicidad
y que cubriera la guardia. Llamó a su casa para decirles
que llegaría en la madrugada. Luego de dejar todo listo,
regresó al escrito de Adriana para saber el por qué del
enamoramiento de ella para con Tin Tan.

Vivir del cuento

Las ofertas de trabajo se sucedieron una tras otra, el éxito

de Germán Valdés Tin Tan era un hecho consumado que


nadie podía negar; patrocinado incluso sin querer por
la Liga de la Decencia, la cual insistía en identificar el ci-

ne Tintanil como no apto para las buenas costumbres.


Aquella propaganda en contra era la mejor recomenda-
ción para que varios feligreses acudieran a los cines, quie-
nes traducían la clasificación de las famosas hojitas como
A, de Aburridas, B, Buenas, y C de Colosales.
A fines de 1950 y principios de 1951 varias empresas
fílmicas se pusieron en contacto con Tin Tan para que
trabajara con ellos; por su lado, a Germán Valdés no ha-
bía dinero que le alcanzara, no sólo por conseguir el ca-
pricho de manejar un Cadillac del año o de insistir en el

— 225 —
remplazo del Tintavento, sino que además, haciendo ho-
nor al personaje de «El Rey del barrio», al ir por la calle

Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés no dejaba que


su mano no saliera del bolsillo dispuesta a repartir un bi-
llete de a peso o de mayor valor, para quien se lo solici-

tara y para quien no, también.


—Don Gilguero, me está llamando la compañía ve-
chambee con ellos.
cina pa’que

No hay problema, siempre y cuando cumplas con
los compromisos que hemos adquirido para rodar el
próximo año con Mier Brooks y AS Films, que, como
sabes, van a ser cuatro las producciones.
— ¿Le paraguas si comenzamos en febrero la muvis
aquella? La del guión que me dio la semana pasada.
¿Cómo se llama?
— «El Revoltoso.»
—Esa mera, ya ve que puedo revolverme más
si no,
que un huevo. El Renacuajo Cardona quiere que parti-
cipe de ya con Pedro Infante en «También de dolor se
canta», usted sabe, gracias a Cardonas las pantuchas me
adoptaron, ni modo de no aventarme un palomazo a su
lado. Además, José González Prieto me quiere llevar a
Cuba durante todo enero del próximo año, para filmar
«Cuando las mujeres mandan», y ¿quién se atreve a dis-
cutirles cuando se ponen las enaguas?

Bien, pero no te vayas a retrasar, porque luego va-
mos rodar «El Ceniciento» y «Chucho el remendado»,
a
para continuar con la zaga de las parodias.
—No preocupeishon don Gilavario, no preocu-
peishon, voy a pedir a Ismael Rodríguez que me
le

aguante hasta mediados de año, para filmar una histo-


ria bien re’quete graciosa que me contó el otro día du-
rante una cena, en la que me siento como personaje de

— 226
historieta, y ya ve que soy un adictocomiquero.
—Y también eres un adictofaldero y un marigua-
nero...
—Charros, charros don Gilitiche, no ande poniendo
el ojo en el blanco de la injuria. — Dejó la broma y se
retiró de la oficina del director.
Tin Tan se llevó a trabajar con él a parte de los artis-
tas que también debutaron bajo la dirección de Martínez
Solares.
—Oye, Germán, ¿no verá mal que se en un trabajes
papel de segunda en otra producción? ¿Perdiendo el es-

telarque ya eres? — Cuestionó Micky saber de


la al los
planes de su esposo.
—Micky querida, bisnes y marmaja que
ar bisnes, la

me van a dar está muy buena, más aún ahora que las de-
dulce nos quieren ahogar. Ademulas voy a estar al lado
de Pedro y ésa es su película, no querrás que llegue yo a
decirle que nones, que el tal Pedro se vaya de segundón

y que me dejen el estrellato.


A mediados de 1951 Tin Tan llevaba seis películas fil-
madas, hasta que por fin tuvo tiempo para cumplir con
la promesa hecha a Ismael Rodríguez, quien con su pro-

ductora independiente pretendía competir dentro del ci-

ne nacional, y le era indispensable el apoyo del cómico.


Los compromisos del actor con las otras productoras
atrasaron por más de cuatro meses la filmación de «Má-
tenme porque me muero». No era mucho lo que gana-
ría con ella, pero, por un lado, tendría participación en
lasganancias y sobre todo le interesaba el guión, mismo
que se le hacía como llevar una historieta al cine, utili-
zando todo tipo de recursos onomatopéyicos.

Incluyamos sonidos, música, ruidos específicos, re-
tomemos los elementos del cine mudo —sugirió el actor.

- 227 -—
— Los créditos van a ir con caricaturas intercalados
por una mano, quiero utilizar pocas disolvencias, que
entre una escena y otra se mezclen diferentes maneras
de secuencia. En unas ocasiones tú vas a empujar la si-

guiente toma, en otras llegará de arriba, luego puede cor-


tarse la pantalla, en fin, deseo darle mucho movimiento,
y cuando tengamos que hacer oscuros, que éstos sean
por medio de círculos, pero nunca de plano entero in- —
formó el director —
Por último, he pensado dedicarle la
.

película a la voracidad de la crítica, para que la despeda-


cen a su gusto...
—Por mi disgusto, tanto gusto —concluyó Tin Tan.
— La película abre con letrero de Chismorreo
el in-
formativo de Ferrusquilla, luego viene la boca de la

pantalla que va a ser la del narrador, que dirá con voz


medio nasal: «Respetable público, están ustedes escu-
chando la voz de la pantalla, la que les va a narrar una
historia de gente safada, cualquier semejanza con per-
sonas cuerdas asistentes a esta sala es de lamentarse.
Ojo al parche». — Interrumpe sus explicaciones el di-

rector por la risaasombro que ha provocado entre


y el

los ahí presentes —


Para luego dar la entrada a la am-
.

bientación; ahí ya sales tú sentado en tu camión de me-


rolico, para cuando aparezca Tun Tun, la voz continua-
rá diciendo: «En estos tiempos de hambre, quien pue-
de ganar para comer es un sabio, he aquí a un sabio,
he acá a un medio sabio. El sabio está enamorado, lo
que demuestra que es un sabio bruto, es un merolico y
el mueble chico es su ayudante». «Empieza el drama».

¿Qué te parece la entrada? — Preguntó el director aten-


to a las reacciones de Tin Tan.
—Suavena carnal, suavena, vamos a echar harterrimo
relajiux.

228
—Cuando vuelve a entrar el narrador es aquí, mira,
dice: «Parece quedueña de sus sueños es una criatura
la

llamada lechuga que lo abandonó, bueno, se le perdona


lo fresca siendo lechuga, pero hay que trabajar, la vida es

dura y hay que ver qué se hace.» Entonces envías a Tun


Tun para que haga su trabajo. Señala el texto Ismael —
para que lo lea Tin Tan.
— Lo que yo digo es que te vayas para tu rincón, no
se vayan a dar cuenta de que eres el palero.
—Recuerda que tu personaje es Tin Tan, cuyo máxi-
mo sueño es el de poder construirle una escuela nueva
a los niños desamparados del hospicio en el que tú cre-
ciste, ese día los vas a visitar para llevarles dulces con
lo que ganaste gracias a las transas, los remedios caseros
que vendes para todo mal.

¿Mezcal? —
Interrumpió el cómico al director.
— Luego vendrá el número musical en el que tocas va-
rias armónicas de diferentes tamaños que te va pasando
Tun Tun, desde esta chiquitita hasta esta grandotota.

¿ Cuándo le doy un besito a Tongolele?

—Precisamente, luego te vas al teatro en el que actúa


Santanela, en donde su padre Marcelo confiesa que no te
quiere al lado de su hija, así que desprecia las flores de ca-
labaza que le envías a su camerino. Y antes de que se in-
terrumpa la proyección por el intermedio, aparecerá un
letrero que dirá que no le metan la mano al compañero de
al lado y que cuiden sus objetos de valor.
— ¿Vamos a filmar ahora cuando le hago de desar-
mador?
—Una vez que te corre Marcelo del camerino de
Santanela, va el intermedio, entra narrador y vas tú...
el

¿Listos todos? —Preguntó el director, para que se fil-


mara el teatro lleno — ¡LUCES!, ¡CÁMARA!, ¡ACCIÓN!,
.

229
QUE ENTRE EL NARRADOR. —Luego de la orden, se
comenzó a escuchar la voz gangosa que narraba parte
de la historia.

—Tin Tan con tal de estar al lado de Santanela sirve


de desarmador, ya que el público le avienta de todo y por
ello el resto de los artistas pueden salir confiados a traba-
jar, sin riesgo de que los jitomateen, ya que todos se los
lleva él. — El cómico pretende cantar ante la lluvia de ver-
duras que cae sobre el escenario.
—CORTEN, CORTE, ya quedó, no hay necesidad de
que se repita.
—Ah, jijos, una semilla de jitomate se me quedó me-
tida en la niña, ya ni la amuelan; le pusieron mucha pa-
sión a la aventada, ¿qué de a’tiro me traen ganas? —Re-
plicó Tin Tan luego de recibir los jitomatazos.
—Disculpe señor, pero tuvimos un pequeño proble-
ma. — Se acercó el asistente al director.
—¿Qué pasó? —Preguntó Ismael, saber serio sin lo

que había sucedido con la cámara que estaba en medio


del teatro.
—Es que se rodó, pero la cámara principal no tenía
rollo...

— ¡¿Qué?! ¡Bola de estúpidos! —Tronó Ismael—


¡¿Cómo posible que pase
es ¡¿Quién fue esto?! el res-

ponsable?! — Un arropó todo escenario,


silencio el los
extras que se encontraban sentados como público del
teatro apenas y se atrevieron a pasar saliva ante los gritos
del director.
— ¿Qué alcachofas? ¿Por qué andas desgañitando, te

mi buen? — Se asomó Tin Tan, quien ya su se dirigía a


camerino a descansar, pero el escándalo le había hecho
regresar.
—Nada, con la pena del mundo, pero el semillazo en

230
tu niña izquierda no sirvió para nada. —Le dijo, pensan-
do que el cómico también se enojaría tanto o más, luego
de que lo habían lastimado.

¿Qué trigueña? —
Interrogó otra vez Tin Tan sin
entender nada.
—Que filmamos sin rollo. —Se atrevió a contarle el
director, pensando que renunciaría en ese instante.
— ¡JAAAAA, JAAAAA, JAAAAA! —Una estridente ri-

safue que recibió Ismael como respuesta, provocando


lo

que todos contagiaran de


se — ¿Cómo fue posible?ella .

Estamos echando despapaye que esto era


tal menos lo
que nos podía —Apenas
pasar... doblándose de dijo, la

carcajada que había provocado


le la noticia.

—¿No hay problema repetimos escena? —Pre- si la

guntó cauto el director.

—Nomás que la haremos mañana, porque hoy estoy


medio cansado. Pero antes tráeme aquí al responsable o
responsables de que no haya habido cinta en las cámaras.
— Sentenció, creyendo todos que serían despedidos o de
menos regañados por el actor. Una vez que estuvieron los
tres responsables, Tin Tan les pidió que se pararan en el

escenario del teatro, se bajó de lado del público y le pidió


a todos los extras que junto con aventaran jitomates y
él

demás verduras como lo hicieran cuando él actuó de des-

armador —
Nomás pa’que sepan lo que uno
. siente, ¿no?
— Las risas nuevamente invadieron el teatro.
—Excelente idea. — Gritó el director — Una vez que
.

te hayas sacado cuando vayas por Santanela


la lotería,

al teatro para informarle que eres millonario, llegas car-

gado de verduras para ser tú desde el escenario el que


jitomatea al público — se le ocurrió al director, luego de
ver la condena que recibieron los responsables del per-

cance.

— 231
El rodaje de «Mátenme porque me muero» continuó
con aquella libertad a la que ya se habían acoplado Ismael
y Germán.
—Hoy nos toca rodar la escena en la que pretendes
vender el billete de lotería, luego de que te transas al viejo

usurero. Aquel que te propone que hay que comprar ba-


rato y vender caro, porque según él los negocios son co-
mo el cochino, en el que todo es negocio, así como todo
negocio es cochino. ¿Listos todos? Corre escena en la

cantina...
—Treinta y tres mil trescientos treinta y tres juega

para hoy; aquí está la suerte, el premio mayor son cinco


millones, cinco tres, sólo a quinientos pesos aquí está su
billete, el de la suerte.

—No —rechaza oferta un lade cantina. cliente la

—Deme cuatrocientos y suyo —rebaja Tin Tan.


es

—No.
—Trescientos.
—No.
—Bueno, deme doscientos.
—No.
—Ciento cincuenta — llega a la desesperación en su
oferta.

—No.
— Ciento veinticinco.
—Noventa y cinco pesos —ofrece el cliente, al ex-
tenderle un billete de a cien pesos.
— Démelos —
acepta desconcertado por no tener los
cinco pesos de cambio.
—Mis cinco pesos.
—Voy, no tengo cambio; deme cien y que los el can-
tinero nos cambie. — Propone Tin Tan
lo sin soltar su
billete de lotería, mientras que el cliente tampoco suelta

232
el dinero, así que ambos se dirigen a la barra, justo cuan-
do en la radio comienza a divulgarse el resultado del
sorteo de la lotería nacional.
—Deme los cien —suplica todavía Tin Tan en las úl-

timas.
—Cinco pesos es mucho —reclama
dinero el cliente.

—Pero usted se va asacar cinco millones. Además,


apúrese que se va a pasar sorteo. — Pretende conven-
el

cer el merolico, frente al cantinero, para que éste cam-


bie el billete. Por fin se escucha ya el premio al primer
lugar, en el radio que está sobre la barra se distingue la

voz del niño gritón.


—Treinta y y tres, CIN-
tres mil trescientos treinta

CO MILLONES DE PESOS, Premio Mayor, Premio Ma-


yor. —Al escuchar el anuncio Tin Tan pone cara de sus-
to, el cliente cree que se ha sacado la lotería, pero la

transacción no se había consumado. Tin Tan se niega a


entregarle el billete, se gritan y el billetero se acerca al

aparato incrédulo de lo que ha escuchado.


—Por otra vez más — suplica
favor, repítalo le al radio.

—Treinta y mil trescientos


tres y treinta tres, cinco
millones de pesos.
—Por última vez, por — favor, repítalo insiste una
vez más borde de
al locura. la

—Treinta y mil trescientos


tres y treinta tres, cinco
millones de pesos. — Concede niño de el la radio. Tin
Tan chilla de gusto, expresa que va a poder construirle a
los niños un orfelinato más cómodo, se emociona, enlo-
quece. Por su parte, el cliente que iba comprar el billete
a

se jala los pelos y se trastorna, reconoce que por bruto


no se sacó la lotería.

—Crees que eres millonario y te vas rápido a ver a


Santanela para demostrarle a Marcelo, su padre, que tie-

— 233 —
nes con qué. De ahí vendrá la escena de cuando buscas
al médico para que te dé el certificado de salud para po-
der casarte; te entrevistas con varios locos y viene la con-
fusión en los diagnósticos del doctor Sulfatealuna, que
asegura que estás enfermo de cáncer de oquis, y da inicio
la lucha por ver quién se queda con tu fortuna. Comien-

manera de morir antes de que la enferme-


zas a buscar la
dad avance más. —
Le comentó el director a Tin Tan.
Las siguientes escenas desfilan entre las ganas de San-
tanelay su padre por asesinar a Tin Tan al igual que el

médico Sulfatealuna, sumado al deseo del cómico por


encontrar valor para suicidarse.
Primero lo intenta con una pistola y, ante las dudas,
le tiembla la mano y falla. En segundo lugar toma vene-
no para ratas, pero le da naúseas y lo vomita todo. Co-
mo tercera opción decide ahorcarse, pero se da cuenta
que será muy feo apachurrarse las anginas, de ahí que
la cuarta determinación sea aventarse al trolebús, pero
termina enganchado en la parte delantera. Como quin-
to intento, sequeda parado en medio de una calle, duda
sobre si prefiere que le atropelle un camión que viene
por un carril o la ambulancia que va a pasar por el otro;
va y viene, y por fin cierra los ojos a mitad de la calle,
pero provoca que choquen entre ellos. En el sexto in-
tento decide aventarse de un edificio, y luego de mu-
chos rezos le dice a San Pedro que ahorita sube, nada
más va para abajo primero, pero le salva la cornisa del
edificio. Descubre un periódico en el que se solicita co-

piloto de un conductor de carros de carrera que ha lle-


vado al cementerio a sus siete antiguos compañeros; Tin
Tan va pero el piloto se muere en la siguiente carrera
mientras él se salva. La octava idea tiene que ver con la
silla eléctrica: la manda construir
y todo queda listo, pa-

— 234 —
ra cuando alguien abra puerta de entrada a su casa y
la

se active la electricidad. Pero primero toca un mendigo


que no quiere entrar y luego pasa un trabajador de la
compañía de luz, que le avisa que le acaban de cortar la
corriente por no pagar el recibo. Por último, como no-
vena opción, le un perro que parece tener ra-
suplica a
bia que le muerda, pero el perro no le hace caso; cuando
llega su dueño, le explica que se comió un alka seltzer

y que por eso tiene espuma en el hocico. Pero es éste


quien le lleva con SASCUAS: el Sin-
los ojos vendados al

dicato de Asesinos y Similares Confederación Universal


A Sus Órdenes.
Tin Tan entra alSASCUAS, de entre sus
local del
miembros, el que menos ha matado a su papá. Le ense-
ñan el muestrario de las mil y un formas de poder morir,
incluso el Tontin de Tin Tan le hace cosquillas al hombre
licuadora: «Bestia humana que con un abrazo suyo pul-
veriza acero, hierro, carne, chicles, chocolates, palomi-
tas... ¡Hay mueganitos!...» voz del narrador.
se oye la

Se cierra el contrato firmado por Tin Tan con sangre;


éste suplica a los matones que no lo vayan a dejar vivo
aunque se les hinque, pero eso sí que no le digan cuándo
o dónde aparecerán para asesinarle.
Falla el dispositivo de la espada en el respaldo de un
sillón. Tun Tun va por una torta y un café, pero antes de
que Tin Tan le dé la primera mordida, el enano se arre-
piente, se la arrebata y la avienta por la ventana, explo-
tando la bomba que traía. De igual forma cuando va a
llevarse la taza con el líquido a la pega y sale
boca, le

regado el café, dejando al descubierto media docena de


alacranes.
Ante los constantes fracasos para encontrar la muer-
te, Tin Tan reflexiona y llega a la conclusión de que se-

— 235 —
guramente muerte anda de vacaciones y solicita: «Má-
la

tenme porque me muero», solloza mientras se pregunta


por qué nadie lo mata. Corre a todos de su casa, porque
sabe que pronto llegarán los del sindicato por él.

El primero en aparecer aquella noche es un hindú


que le pone una víbora, pero ésta resulta ser lechuguita y
en lugar de matar a Tin Tan, mata al hindú.
A la llegada del hombre licuadora, se corta el suspen-
so con un letrero que «Mátenme porque me mue-
dice:
ro, fin del rollo nueve». Luego entra el segundo cartel
cuyo mensaje es: «No se impaciente, orita viene el si-

guiente rollo». Para dar pasosegundo asesino que trae


al

consigo una enorme ratonera. Mientras tanto, Tin Tan


está en el baño dispuesto a tomarse un somnífero para
no sentir la muerte. Por último, llega el hombre agujero.

Pero los enredos comienzan cuando se apaga la luz, de


ahí que licuadora tritura al de la ratonera, mientras que
agujero le manda su dardo envenenado a licuadora y, en
su desesperación, agujero cae en la ratonera. Tin Tan sa-
le vivito y coleando, para descubrir que lechuga se ha
comido el cheque.
El sabio Salomón descubre que no enfermo deestá
nada, además, al comunicarse por teléfono con la Lote-
ría le avisan que puede pedir un duplicado del cheque,
que acuda en la noche a la inauguración del centro noc-
turno La Calaca Rumbera.
Tin Tan, emocionado, le habla por teléfono a Santa-
nela, cuando se cruzan las líneas y descubre que todos
lo quieren matar. La pantalla se divide como página de
historieta y conecta cada imagen por el hilo de teléfono:
por un lado Santanela, en otro el doctor y la enfermera,
Marcelo en su teléfono, el notario en otra parte, hasta
abajo el novio y por último Tin Tan y Tun Tun.

236 —
—¿Bueno? —Contesta teléfono Santanela. el

—No tengo Santanela, dice sabio Salomón que


la el

no tengo — anuncia emocionado.


la

—¿Mi vida? —Pregunta pensando que ella, se trata


deltenor.
—Yo no soy su —responde Marcelo.
vida, idiota
—No oigo, señorita — confunde notario.
le se el

—¿Mi papá? —Pregunta desconcertada Santanela.


—¿Habla señorita Santanela? —Cuestiona doctor.
la el

—Habla Marcelo, ¿qué hace usted con mi —Se hija?


indigna padre. el

—Ya escuché todos,


les que voy hablar
a cállense a
— impone — ¿Está ahí licenciado?
se ella .

— Sí señorita.

— ¿Y usted doctor?
— señorita Santanela.

— ¿Me oyes Marcelo?


—Respeto, que soy tu padre.
—Tenor, ¿no ahí? Entonces quedas
estás te fuera.
—Asegura no respuesta de su prometi-
ella al recibir
do — Quiero que escuchen todos, Tin Tan
.
mío, yo es le

he dado su veneno y el dinero será sólo para mí, no les


voy a dar ni un centavo. —
Advierte Santanela, sin saber
que Tin Tan también ha escuchado.
—Usted nos para darnos indicaciones,
citó vieja ase-
sina — doctor.
replica el
—A mi no dice usted hija le vieja.

— Le digo su y tan macho, venga us-


vieja a hija si es

ted para mi casa...


— Vayan a pasearse los dos...
—En cuanto encuentre, mató, señor
lo lo notario...
—Usted me queda guango...
Ja, ja, ja, ja. .

237 —
—Bueno, chancludos, Tin Tan mío con todo y es la-

na — interrumpe Santanela discusión de todos contra


la

todos.
— ¡Qué móndriga! — Tin Tan.
-
se le sale a

— ¿Quién habla? —Pregunta ella.

—El tenor Riverita.


— ¡Qué móndrigo! —Rezan todos vez. a la
—Usted no doctor... es

—Ni usted es notario...

— ¿Bueno, señorita Santanela? Habla


la el Pirulí
—interrumpe la nueva discusión Tun Tun, a instancia de
Tin Tan.
—¿Oíste algo? — Inquiere Santanela con miedo, pa-
ralizando a todos los demás.
—¿Como de qué?
— Como estuvieran
si interferidas las líneas
—Noooo, no nada. oí
— —suspira
Vaya... ella.

—Hablé para que Tin Tan va


decirle verla de- a ir a
butar en noche Esqueleto Rumbero, porque además
la al

tiene que arreglar un negocio ahí — cuelga teléfono, el

cortándose la comunicación entre todos, quienes ya sa-

ben dónde encontrarle.


—En esta última escena, mientras ustedes actúan, en-
tra el narrador para decir: «La vida ya no tiene interés
para Tin Tan, quiso ser bueno y resultó ser tarugo. Va a
despedirse de su amor fallido y ella, infame, le prepara
su pócima mortal, con un misterio descarado. El, al ver

esto, formula palabras entrecortadas de amor. ¿Serán pa-


labras de amor? ¿O serán palabras cortadas por la cen-
sura? Pues bien, ella no sabe que Tin Tan ya sabe que lo
quiere envenenar y él quiere saber hasta dónde llega ella.
Y ya lo ven ustedes, vivo, enojado, pues Tin Tan ya está

— 238 —
muerto, muerto en vida, puesto que ya nada le importa.
Sólo le queda la esperanza de que Santanela se arrepien-
ta,y el desenlace se desató como chiflido». Viene el
remordimiento de Santanela y descubre que realmente
quiere a Tin Tan, para llegar al final con el feliz beso.

Ya estufas Isma, ismás de lo que habíamos pensado,
pero fue un agasajón estar al lado de Tongolele. Ahora sí me
gané unas vaqueishons en Acapulquín. Este año no he dis-
frutado del Tintavento II. Ahí nos guaymas en escabeche.
Las excesivas presentaciones de Tin Tan en diversas
producciones durante el año de 1951, gastaron la ima-
gen del cómico ante las pantallas, aún cuando su figura
ya estaba totalmente incorporada en la vida cotidiana de
los mexicanos; tal vez por eso en su siguiente produc-
ción, al lado de nueva cuenta de Martínez Solares, se fil-

mó «Las locuras de Tin Tan»», colocando el nombre del


personaje en el título de la cinta, para destacar al pro-
tagonista, al actor, al comediante que todos conocían;
pero aquella disponibilidad para aparecer en papeles se-

gundones empezaron el desgaste, del que Germán Val-


dés se justificaba, como en el caso de la película «Mi
Campeón», dirigida por Chano Urueta, en la que actuar
al lado de Agustín Lara había sido su mejor pretexto,
ya que le hacía recordar los años en los que gracias a su
imitación había conseguido su primer trabajo en una ra-
diodifusora en Ciudad Juárez.
El amanecer del primero de enero de 1952 descubrió
a un Germán Valdés caminando por la playa de Acapul-
co solo y meditabundo, en pocas ocasiones se había da-
do tiempo para vagar enterrando los pies en la arena;
paseaba, meditaba, mientras el color naranja de los pri-
meros rayos solares del año nuevo acariciaban sus ideas.
Atrás quedaba el bullicio de la fiesta; la sensación de salir

239
y caminar en absoluta soledad había inundado por com-
pleto sus deseos.
Quería pensar y valorar los proyectos de aquel año,
incluso pensó por un momento largo en lo que estaría ha-
ciendo en aquel instante Rosalía. Al acordarse de ella sin-

tió sus labios muy Germán suspiró, se detuvo un


cerca.
segundo para disfrutar mejor cómo aparecía el primer ra-
yo de sol del 52. Se sabía en el lugar de éxito, el que ape-
nas pocos años atrás consideraba tan sólo como un suspi-
ro, ahora la realidad no le llenaba de humo la cabeza, por
el contrario, refrendó ante el mar de Acapulco sus ganas
por seguir arrancándole risas a su público, y de manera
muy particular disfrutar cada minuto de su vida.
Tres fueron los proyectos cinematográficos que acep-
tó para aquel año, dos bajo la dirección de su viejo amigo
Gilberto Martínez Solares, uno de ellos para continuar
con de clásicos que tanto éxito habían tenido, y
las sátiras

otra cuyo título había prometido a Rosalía que filmaría,


que además refrendaba su atracción hacia ella: «Me traes
de un ala.»

Por su compañía Filmex le había propuesto


parte, la
un jugoso contrato para ser dirigido por Rafael Baledón,
en «La isla de las mujeres», que se grabaría en Acapulco,
cosa que le atraía por demás al actor.
A mediados del mes de febrero se comenzó a rodar «El
bello durmiente», a pesar de su insistencia el director Mar-
tínez Solares no incluyó en el reparto a las hermanas Julián,
era por demás público el romance que el cómico sostenía
con Rosalía; y la Micky le había dejado de hablar a don Gil-
berto por consecuentar los caprichos de su esposo.
—Pues ahora no va ha haber polvorones, don Gili-

mero. Si no le da un papel a las hermanas Julián, no vamos


a lograr la filmación de «Me traes de un ala», sé que está

— 240
de nueva cuenta y que pretende que Fernan-
Silvia Piñal

do Soto chambee con nosotros, además de que me gusta


mucho el guión y la idea, pero no me puede dejar a las se-
ñoritas Julián fuera del reparto, osease que hágale como
quiera —sentenció al director, al terminar de grabar «El
bello durmiente.»
—Pero si ya tienes demasiadas broncas con Micaela,
Germán, para qué le echas más leña al fuego; lo hago
por ti, por mi parte, no creas que no valoro el trabajo de
aquellas muchachas, ¿pero...?
—Noooooo, mi Gilifactor, por mi relación con la

Micky deje usted de andar como angelito de la guarda,


ésa es mi bronca. Si muchachas con la
considera a las

calidad necesaria, pos’entons que actúen cuando se lle-


van a cabo las presentaciones en el teatro con Rosita,
¿estamos?
— Allá tú. —Don Gilberto sabía que eran pocas
las presunciones de estrella con las que acostumbraba
desempeño durante las
chantajear Tin Tan, tanto en su
filmaciones, como para con los productores, más allá
de sus constantes impuntualidades y de las libertades
que se tomaba fuera de texto, que por lo regular eran
buenas ideas. De ahí que no le quedara de otra y acep-
tó su condición.

241 —
y
17

Conociendo la vida de Tin Tan, Genaro Cipriano no dio


con la clave del enamoramiento de Adriana, simplemente
sintió celos de que un actor con todas las mujeres que quiso

a su alrededor, le robara a su amiga gracias a la televisión.

— ¿No vas a comer conmigo hoy? Toca Tin Tan en


«Fábrica de cómicos», a ver, préstame el periódico para
saber si puedes perderte o no la película —condicionó
Adriana a GC al salir de la universidad.
—Ni madres maestro, tú me pediste que reeducara
tu concepción cinematográfica nacional y precisamente
hoy pasan por una de las mejores cintas de Tin
la tele

Tan, o sea que a ver qué chisme chino le cuentas a Ca-


nales, pero antes de las cinco no liegas a la oficina, y
apúrale para que pasemos a comprar una botella de vi-
no blanco que se me antojó —
ordenó ella ante un GC
imposibilitado de protestar.
Una vez más, como nunca antes se lo imaginó GC,
se vio sentado ante el televisor con una mesita de por
medio, dispuesto a ver una película de Tin Tan, mien-
tras que tiempo atrás se la había pasado cambiándole
de canal cuando descubría cualquier tipo de producción
mexicana de aquel tiempo, incluso las llamadas de la

— 243 —
época de oro, por considerarlas churros pasados de mo-
da, dramas deleznables o series cómicas sosas.
«Me traes de un ala» apareció en la pantalla del tele-
visor. GC que ya sabía de la cinta por el manuscrito, de
inmediato recordó que así pensó que algún día le diría

también a ella: «Me traes de un ala Adris.»


—Pon atención en la escena que sigue — le interrum-
pió Adriana, mientras que en la tele Tin Tan se peleaba

con el jefe de la redacción del periódico para el que tra-

bajaba, mientras le mostraba unas fotografías:


—Ya ve usted, en esta foto, ve esa manita, es del Presi-
dente, está allá afuera,no tarda en entrar. En esta otra no se
ve, porque está agachado recogiendo su servilleta —apare-

ce la fotografía de un comedor vació —


Cuando tenga us- .

ted una duda, consúlteme jefe propone Tin Tan.—


—Fuera, fuera de redacción para siempre —
esta or-
dena hombre del periódico.
el

—Pero dése cuenta que somos huérfanos —


jefe, in-

terviene llorón Fernando Soto Mantequilla en su papel


de Narciso.
—De que no tenemos mamá — Tin Tan. insiste

—Ni papá.
—Ni perrito que nos haga: gua, gua.
— Les doy un minuto para que salgan por esa puerta,
o prefieren por aquella ventana —
alejarse amenaza los
indignado.
— Por favor...
—Ya...
—Disculpe, ¿cuándo podemos venir para hablar de
un aumento de sueldo? — Inquiere de nuevo Soto Man-
tequilla.

—En el año dos mil.


—Está bien... ¿En la mañana o en la tarde?

244 —
Tin Tan y Narciso salen corriendo del periódico rum-
bo al teatro Palace en el que actúa Rosita, la actriz por
quien el primero es capaz de convertirse en todo, ya que
como estrategia publicitaria su representante le ha dicho
que declare ante la prensa que se casará con aquel que
sea jugador de fútbol americano, y Tin Tan lo fue. Luego
dijo que contraería nupcias con un náufrago, y se con-
virtió en Tintanson Crusoe. Luego se le ocurrió que me-
jor sería la esposa de un clavadista, y desde la plataforma
más alta de una alberca Tin Tan arriesgó la vida. Por úl-
timo se le ocurrió que sería bueno pasar el resto de su
vida al lado de un argumentista de cine, y de inmediato
escribió una película que le lleva a su camerino en aquel
instante, cuando la encuentra con el empresario Gamez,
con quien la actriz decide terminar su relación.
Conteniendo la furia y los celos, en su desesperación,
el empresario se va a recluir en su casa. Jiménez, el repre-
sentante, lo sigue para hacerle ver que no es cierto, que
Rosita en verdad lo quiere a él.

— La soledad mejor consuelo que nos


es el sale al pa-

so — explica empresario
el su al llegar a casa, en la que
confiesa al representante que está habitada por el fantas-
ma de su ex-esposa, muerta veinte años atrás, y que por
lo mismo todo está intacto como se quedó el día en que
su mujer falleció.
Sin poder controlar más su ira, el empresario recuer-
da que hasta se convirtió en poeta por Rosita, conside-
rando aquello como la muestra más clara de la estupidez
humana. Por su lado, Tin Tan acostado en una nube de
lo alto de las tramoyas del teatro, precisamente intenta
escribirle una prosa a Rosita:

Rosa, no seas desgraciada. Rosa no seas apestosa.
Yo soy tu nube gris que alumbra tu destino.

245
— Fíjate, fíjate en lo que viene —alertó Adriana a GC
cuando Tin Tan y Narciso huyen en su auto.
Mientras por la televisión se ve cómo en una fiesta se
anuncia que doña Adelaida va a interpretar el Ave María,
ésta comienza a cantar con una voz de soprano exagera-
da, al momento en el que todo tiembla, se cae el techo, el
ambiente se inunda de polvo y aparece el cofre del carro
de Tin Tan y de Narciso, que se han ido a estrellar contra
la casa de la fiesta.
Apenas puede contener la risa, sin embargo Adriana
comenta lo que pasa por la televisión con aquella película
de Tin Tan. — Fíjate, ¿ves cómo se trata del cine surrealis-
ta mexicano ?, me cae que éste era un genio, luego vas a ver
cómo hasta se parece a Chaplin en las corretizas dentro
de la casa — Advirtió
. asombró de GC.
ella, ante el

Tin Tan y Narciso logran salir de la cárcel argumen-


tando que son influyentes.
— ¿Verdad que eres Senador? —Cuestiona Narciso a
Tin Tan ante el agente del Ministerio Público.
—Claro que lo soy cuando ceno —responde Tin Tan
tratando de convencer de sus influencias a los licencia-
dos, que los dejan en libertad, y ante el desaire de Rosita,
éste propone hacer lo que Pedro Infante cuando una vie-
ja lo tira: irse a emborrachar, por lo que en compañía de

Narciso se van a meter a un centro nocturno, pagando el


consumo con el cheque que había recibido por el guión
que escribió.
—Ahora le voy a cantar a las niñas por bonitas, a las
prietas por prietitas... — Imita a Infante y cuando va en
zopilotes a volar, se acerca a Narciso el gerente del lugar
para informarle que el cheque es de un banco que tronó
veinte años atrás y que la firma de Isabel la Católica no
es válida en esa fecha.

— 246 —
Una vez más Tin Tan recuerda el número de teléfono del
político de apellido Tostado para apantallar al gerente y que
los saque del aprieto, pero éste lo envía a prisión de nuevo.
—No pierdas detalle de lo que viene a continuación,
todas las carreras, los trucos, las puertas, ni siquiera va-
yas a pestañear —volvió a ordenar Adriana, al momento
en elque GC sorbía un trago de vino.
Tin Tan, mientras tanto, corría por la pantalla de la
televisión huyendo del empresario y sus sirvientes, quie-
nes lo pretenden asesinar. Todo se esclarece con ayuda
de Rosita y de una de las sirvientas; se descubre la mal-
dad de Gamez el empresario, que mantiene a su hija lo-
ca encerrada por más de veinte años, así como sus celos
enfermizos. Rosita declara ante los periodistas que va a
contraer matrimonio con aquel que logre cantar como
Carusso, Tin Tan no lo duda y se presenta en una ópera
española, bailando a su lado.
—Tal vez mejores películas y curio-
ésta sea de las

samente poco se habla de ella, es buenísima, ¿no crees?


— Insistió Adriana sin voltear a verle, todavía posesiona-
da por la euforia de la cinta.
—Es curioso que aquí Soto Mantequilla haga de la

Patiño o de carnal de Tin Tan, en lugar de Marcelo, que


por mejor — atino comentar GC.
cierto, es a
—Existe versión de que fue idea de Martínez So-
la

lares el poner a Mantequilla para que actuara a su lado,


sin desplazar por completo a Marcelo. Pero en definitiva
tienes razón, se lleva las palmas Fernando más que Mar-
celo, fue una lástima que no hicieran otras películas jun-
tos, salvo ésta y «La isla de las mujeres» que dirigió Ra-
fael Baledón.
—¿Te has fijado que las películas de Tin Tan por lo
regular terminan con un beso?

247
— Es lo contrario al clásico sufrimiento que experi-
mentan otros cómicos mexicanos, quienes casi nunca se
quedan con la chava que les gusta. Pero es que Tin Tan
es un galán, los finales de sus películas tienen que ser al-

go así como los cuentos de hadas donde diga: Y vivieron


muy felices... —Volvió a ensimismarse Adriana.
GC no supo nada más qué decir ante aquel cúmulo
de reflexiones. Tal vez creyó ser el cómico que no se
queda con la artista de la que está enamorado, mientras
que ella a su modo disfruta del actor. Para no parecer
más estúpido de lo que ya se sentía, decidió ir a trabajar

y continuar leyendo lo que ella escribía, para poder de-


cir más, y poder disfrutar del cine Tintanil a su lado.

Los besos de Tin Tan

Trabajar al lado del mar se convertía para Tin Tan en un


placer en vez de una obligación, más aún sabiendo que
al igual que en la filmación anterior, estaría al lado de
Rosalía. «La isla de las mujeres» era la rebelión de los
hombres en contra del yugo femenil en una isla domi-
nada por ellas, en la que Tin Tan cae y es considerado
el dios Toti. Pero luego de varias pruebas y traiciones,
logra detener la invasión de los integrantes de la isla de
enfrente, habitada sólo por hombres, para que entre to-
dos pudieran hacer Quichi, Quichi, y ser muy felices,
pero cuando todavía no sabían besar, Tin Tan canta:
«Ahora tengo que enseñarles / la manera de besar, /
ya verán que va a gustarles / y a lo mejor van a gritar.

248 —
/ Gritarán de puro gusto / de saber lo que es besar, / y
tendrán ya menos susto / que cuando grito al empezar.
/ Un besito sabrosito / que te diga lo que es amor, / que
te sirva despacito / y se estrelle hasta el corazón. / Y se-
guimos con los besos / que es la clase superior, / pues be-
sando empieza el mundo / y besando tiene que acabar.
La canción de los besos y la repartida de éstos co-
menzó a marcar el récord de Tin Tan como el que a más
artistas ha besado en pantalla.
Por lo menos una vez semana Tin Tan acudía a
a la
su centro nocturno, El Satélite, no sólo para ver cómo
iban las cuentas, sino que cuando podía, actuaba en él;
aunque sus presentaciones en vivo se habían reducido al
mínimo; si algo buscaban los clientes que acudían al lu-
gar, era tener la suerte de encontrarse con el dueño. De

todas formas los gastos eran muchos, la inversión no se


había logrado recuperar y, además, tenía que desembol-
sar dinero para vestuarios y para pagar la nómina, por lo
que a fines de 1952 pensó seriamente en dar por termi-
nado el sueño de su centro nocturno.
— Hoy después del Satélite nos vamos derechito a
Tlalpan —
propuso Micaela una noche que llegó a visitar
a su marido —
Me tomé la libertad de pedirle a tu mamá
.

que nos cuidara a los niños. O qué, ¿no quieres una pa-
rranda conmigo?
— Me canso ganso, me chiflo el resto y mejor nos va-
mos antes de que acabe el espectáculo, no vaya a ser la
de malacatonche que me
quieran para algo y se nos cebe
— le dijo Tin Tan, levantando las cejas mientras jalaba a
su esposa para ir al motel.
Para expulsar la cotidianidad de la relación con su
esposa, TinTan decidió quedarse en Acapulco una se-
mana más, después de las fiestas de fin de año que como

249
costumbre pasaban allí la familia Gómez Valdés Casti-
llo. Envió a avisar a la ciudad de México que cancela-
ran todos sus compromisos porque deseaba ir con su
esposa, solos, en su Tintavento II. Se podría decir que
a finales de 1952 Germán y Micaela estaban reconstru-
yendo su matrimonio.
Una vez solos, llevaron al yate todo lo necesario
para pasar en alta mar varios días. Emprendieron el

viaje.

—Ya se estropeó la estufa — se desesperó Micaela al

no poder calentar la comida.


—No te engordes Micky, por ahí hay un anafre, va-
mos a prenderlo para poder hacer lo que quieras, si no,
nos embuchacamos los víveres fríos, total —propuso
Tin Tan, se levantó para buscar carbón y darle gusto a su

mujer, ya con varias copas en la sangre.


Encontró el anafre, lo encendieron y en él pudieron
calentar la comida. Disfrutaban del paisaje del mar, ha-
bían tomado ya varias botellas de vino durante la comi-
da, más las cubas de ron que acompañaron la botana. El
sol del atardecer invitó a la siesta y en la cubierta queda-
ron tendidos los dos cuerpos.
— ¡Germán! Despierta, rápido, quemando se está el

barco... — Escuchó entre sueños Tin Tan de los gritos


su mujer, la pereza hacía lentos sus movimientos, ape-
nas alcanzó a medio abrir el ojo izquierdo, cuando ante
sí una llama se acercaba amenazante.
— Jijos de la fregada, del susto hasta el cuete se me
baja y tan caro que salió —expresó cuando logró incor-
porarse — . Cálmate, cálmate, por aquí vi un bote con
agua, ya verás, ahora me echo al plato estas desgraciadas
llamas. —Desesperado, comenzó a voltear para todos
lados buscando con qué apagar el fuego.

250
— Hazte a un lado, va lo encentre; no te asustes Mic-
ky, no va a pasar nada se — acerco Tin Tan con un bote
lleno de un líquido hasta el anafre ce. que salía la lum-
bre, el que de inmediato aventó con la esperanza de que
terminara el calor. Una línea ro a ;

y caliente se dibujó
en el aire, creando un puente de llamas entre anafre y
el

el brazo de Tin Tan. Apenas alcanzo a soltar el bote, el


olor penetrante de la gasolina se de o sentir, en lugar de
;

apagar el fuego, Tin Tan lo avivo con acuel líquido.


— Pero que bruto soy, ay, nanita, mira nada más has-
ta parezco antorcha —comenzó a gritar, mientras corría
en busca de algo con que apagarse el brazo. Las llamas
consumían madera del piso ce la cubierta del yate,
la

una gran columna de humo espeso se levantó en medio


del mar.
Micaela alcanzó una toalla para cubrirle el brazo a su
marido, logrando así apagar las llamas.
—Aaaaavyw, ahora sí va nos llevo la treeada — eri-

tó Tin Tan al ver cómo las flamas flotaban en el mar so-


bre su Tintavento II, sintiendo que el aire le faltaba por
el humo que lo invadía todo a su alrededor.
— Rápido, vámonos en el bote, corre, súbete — le in-

dicó a la Micky.
— Mi bolsa, mi bolsa... — Tuvo tiempo de reclamar
Micaela, preocupada por no dejar su oolsa a la deriva.
— Qué bolsa m que ocho cuartos, apúrate que nos
matamos — Tin Tan antes ce oue en su inconcien-
.a jaló

cia Micaela intentara entrar en la cabina cel yate nueva-


mente.
Los esposos apenas lograron trepar a la lancha sal-
vavidas; a Tin Tan se le olvidó por unos instantes el do-
lor del brazo quemado y comenzó a remar con todas
sus fuerzas; los remos pegaban en el agua una y otra

— 251 —
vez, pero la lancha no se alejaba más allá de diez metros
de la embarcación en llamas, con su enorme humareda.
—Pero qué pendejo soy —alcanzó a decir cuando se
dio cuenta que la lancha seguía amarrada al yate.
Al fin el propio fuego cuando
los separó del peligro,

se quemó el cordel que los unía y las paleadas que daba


Tin Tan con los remos lograron alejarlos unos metros
más de aquel infierno en alta mar.
A Tin Tan se le agotaron las fuerzas, cuando la lancha
logró navegar unos cincuenta metros, distancia desde la
cual ambos observaban cómo se hundía el Tintavento II,

su gran diversión. Las llamas iban apagándose conforme


tocaban el ma-
agua, aunque todavía varios pedazos de
dera ardían en el mar; el pilar de humo se volvió más in-
tenso y varias embarcaciones comenzaron a llegar.
—Por un pelito —
alcanzó a suspirar Tin Tan, estre-
chando a su esposa entre sus brazos, sin que el dolor de
la quemada comenzara a sentirse —
Cómo de película.
.

— Exclamó cuando llegaron hasta la orilla del mar, con la


ayuda de varias barcazas, mientras que una multitud se
reunía para ver llegar a los náufragos, convocados por el

humo que se distinguía a varios kilómetros a la redonda.


— Pronto, abran paso, vamos a llevarlo al hospital
—propuso una de personas que esperaba desde
las los
laplaya.
—Péreme, péreme, déjeme ver por última vez Tin- al

tavento — II. ya tranquilo — seré güey —


Solicitó ,
dijo al
darle la espalda al espectáculo que se imponía.
A los pocos días, una vez recuperado de la quemada en
elbrazo y cuando se dedicó a contar lo que había pasado
con su yate, Tin Tan no sabía si se trataba de una escena pa-
ra alguna de sus películas o si en verdad se había equivoca-
do, y en vez de agua le había vertido gasolina a las llamas.

252 —
—Ahora que sí ficción su más grande
llevé la a limi-
tadlo — repetía cada
se a rato.

—No cabe duda que hemos vivido del cuento —sus-


piró Micaela.
A final de cuentas aquella experiencia desagradable
había logrado cumplir con el objetivo por el que deci-
dieron quedarse más tiempo en Acapulco: el matrimo-
nio Valdés Vargas logró una reconciliación que llevó a
Micaela al tercer embarazo.
— Como uno no es ninguno, dos es medio, tres es

uno, y como uno no es ninguno, viene en camino el


cuarto hijo —
llegó informando a la reunión con Martí-
nez Solares para programar las películas que filmarían
durante 1953.
—¿Qué te pasa? —No entendió uno de los produc-
tores que estaba ahí reunido para revisar las cuentas de
la filmación de «El mariachi desconocido.»
—¿Está embarazada de nuevo la Micky? —Saltó de
su Martínez
silla Solares.
—Sincho, mis carnaletos, voy a ser papi por cuarta
ocasión. ¿Cómo quedó el oclayo? Sobre todo a us-
les

ted Gilmochero, que se la ha pasado diciéndome que si


la mota pa’cá, que si la mota pa’lla, que si la potencia

sexualiti, ¿y no se qué más. ? . .

—No, pues felicidades, se ve que el susto del yate te


puso en acción —
bromeó el director.
—Muy bien, felicidades también de parte de la com-
pañía. Ahora pasemos a los detalles de la película for- —
mal, interrumpió el productor.
—Precisamente, con el aviso oportuno del cuarto he-
redero, deseo informar también que ésta será la última
producción que Tin Tan haga con ustedes. Sí están us-

tedes para saberlo y yo para contárselos, pues resulta

— 253 —
que me han propuesto fundar una productora, por lo

tanto vamos a cumplir con el mariachi, pero los siguien-


tes proyectos tintanescos se van a filmar con otra empre-
sa. Ya le hice saber al presidente de su compañía esta dis-
posición y, según me contestó, no hay fijón —intervino
Tin Tan para bajarle los humos al productor.
—Oye Germán, ¿pero...?
—No ahogue en angustias don
se las Gilatario, con
usted hablaremos en el momento oportuno. Por ahora,
una vez enterados de la cazuela, vámonos de frente con
los trompetazos.
A pesar de los aprietos económicos con los que co-
menzó a enfrentarse Germán Valdés, la idea de consti-
tuir su propia compañía productora se hizo realidad en
aquel año del 53, estrenando la cinta «Dios los cría.»
—Te anda buscando el director Rogelio González, y
también tienes un recado de don Emilio Fernández — le

informó Micaela al llegar a su casa.


—Achis, cuánta solicitud por estos días.

un par
El rodaje de «Dios los cría» tuvo que atrasarse
de meses, para que Tin Tan pudiera cumplir con un par
de solicitudes, ya que por un lado se le ofreció actuar
bajo la dirección de Rogelio González en «El Vagabun-
do» y el Indio Fernández, por el otro, le daba un peque-
ño papel en «Reportaje», al lado de Arturo de Córdoba,
Dolores del Río, Jorge Negrete, María Félix, Pedro Ar-
mendáriz, Pedro Infante y Joaquín Pardave.
—Ujas manito, qué bueno que aceptaste — recibió lo
Meche Barba, quien también participaba en película la

del Indio Fernández con un pequeño papel — Yo . creí


que por ser tan famoso, ya no aceptabas papeles que no
fueran estelares.
—Qué traes Elena, qué traes, si tú me conoces desde

254
chiquito, casi, casi, me cambiaste los pañales. Además,
¿tú crees que no iba yo a aceptar estar al lado de la Félix,
el Armendáriz, mi carnal Infante y sobre todo contigo?
¿Qué ya se te olvidaron nuestros sueños de cartelera?
—No, Tin Tancito, lo que pasa es que carteleras las
tuyas porque lo que es a mí...

—Qué, ¿de a tiro te ha ido muy gacho? Si has estado


en teatros, centros nocturnos y una que otra película, no
sea chillona, que las quejas sólo al departamento y para
ir a gritar cuando le duela a uno la muela. Ya ni yo, que
me volví a quedar sin yate por pensador tlaxcalteca, o
sea que jálele enana del alma.
—Ton’s qué, don Gil, ¿le va a entrar o no? Le he di-

cho que el productor ejecutivo de Cinema Valdés va a


ser mi hermano Rafael, quién sí sabe de marmajas bien
administradas y no es como yo, que no sé por qué, pero
las águilas de los pesos me huyen, haga de cuenta que

nada más me cae uno a la bolsa y se echan a volar. Y


qué le voy
contar de los Fiidalgos, Josefas y Morelos,
a

quienes hasta parece que al que le hacen la guerra de


Independencia es a mí. Ahora que con los Cuauhté-
mocs ahí sí tengo un pleito muy personal, porque si a
él lequemaron las de andar, yo estuve a punto de ser
el Obregón de los cómicos. Es una historia que le va a

gustar don Gilimoños, es pa’comenzar, ya luego segui-


mos con las sátiras y con la idea aquella del Sultán que
me contó la otra noche. ¿Qué güiros...? ¿Se viene con
nosotros?
Gilberto Martínez Solares el director mancuerna de
Tin Tan dudaba entre ir o no a trabajar con la produc-
tora Cinema
Valdés; parte de su fama y de su trabajo lo
había alcanzado gracias a otras compañías, con las que
tendría que dejar otros proyectos, pero al final de cuen-

— 255 —
tas comprendió que era preferible seguir al lado del có-
mico de su preferencia que someterse a los contratos del
resto de las productoras. De ahí que «Dios los cría» co-
menzó por fin a rodarse.

— ¿Le echo una ojera texto de Verbitsky?


al

— Es bueno, pero quisiera hacer algunos cambios.


Por ejemplo, no está definido el por qué cambia de pa-
recer Tin Tan el transa y se convierte en protector de
Nínive.
—Usted proponga, no creo que Alejando Verborrea
objete los cambios.
El tercer hijo llegó a engrosar la lista de la familia
Valdés Vargas, cuyo nombre fue Genaro.
—Nombre, y afortunadamente con Javi, la Micky se
montó en su macho y no quiso, pero de que me sobran
nombres pa’que se llamen como yo, me sobran...
Mientras tanto, Tin Tan seguía su noviazgo secreto
con Rosalía, en el que había varios obstáculos por sor-
tear debido a madre de las Julián se oponía a que
que la

su hija siguiera saliendo con un hombre casado.



Mi mamá me ha prohibido que te vuelva a ver, ade-
más de que tú sabes que me siento muy mal con tu espo-
sa y con tus hijos...
—No es tan fácil, Chalía, reconozco la molestia de
tu mami, pero es que no he podido, no puedo, no tengo
cómo...
— Germán, dejémonos de ver, nada más nos hemos
estado haciendo daño. Creo que es justo que te diga que
voy a aceptar la propuesta de noviazgo que me hizo Luis
Gavaldón.
— ¿Qué quieres que te diga Chali linda?, si no he sa-
bido resolverme. No que yo
está bien te lo diga, pero
aquel que te pretenda debe, en primer lugar, respetarte

256 —
mucho, en segundo, quererte más de lo que yo te he
amado y, por último, nunca deberá de hacerte sufrir
— como pocas veces en su vida, Tin Tan se puso serio,
le dio un ligero beso en la mejilla a Rosalía
y se fue aca-
riciando sus sentimientos, sus contradicciones, sus de-
seos, sus dudas.
La noticia de la muerte de Jorge Negrete, el nueve
de diciembre de 1953, representó un drama no sólo para
el cine nacional. Falleció en la ciudad de Los Angeles,
California. Artistas, técnicos, productoresy directores
no podían ocultar su tristeza, que era compartida por
toda la población. El fundador de la Asociación Nacio-
nal de Actores dejaba su recuerdo inmortalizado en sus
cintas. La noticia conmovió a Germán Valdés, que de
inmediato acudió a ver a su amigo Pedro Infante, para
quien Jorge había sido como un hermano.
—Sólo se nos adelantó —
le dijo Germán a Pedro du-

rante el velorio multitudinario.


Repuesto del golpe, Tin Tan se reunió con don Gilberto
y su hermano Rafael, para proyectar el trabajo del año si-

guiente. Eran tres las producciones que se tenían en mente.


—Las historias con las que contamos van a tener tí-
tulos de clásicos en forma de sátira, pero el contenido
va a ser muy actual —
propuso Martínez Solares Las — .

ideas que quiero que revises son: la primera, sobre un


mozo de un banco que se vuelve millonario, luego de
pasar por la cárcel. La segunda, ésta que se trata de un
enredo de amores para poder conseguir a la mujer que
amas, y, por último, estaría la de un vagales mil chambas,
profesional de la cama.
—Estamos pensando que sería un exitazo incluir en
«El vizconde de Montecristo», que será la primera pro-
ducción del próximo año, a nuestra señorita México,

— 257
quien obtuvo el cuarto lugar en el concurso internacio-
nal de belleza, ¿qué opinas? — Intervino Rafael.
— ¡Qué cuerazo!, ¿qué quieres que te diga...? ¿qué
no? Hombre, muchacha Lepe... pelotea lo man-
si a esa
go. Además, últimamente ando medio heridón, o sea
que necesito muchachotas guapas para olvidar.
—También hemos recibido una propuesta para que
actúes con Joaquín Pardavé, pero bajo la dirección de
Jaime Salvador.
—Y en esa producción ¿cómo vamos a ir?
—Sólo como productores asociados, pero los crédi-
tos generales se los lleva Diana Films.
— ¿De qué trata? ¿Les advertiste que tiene que estar
Marcelo?
— Se supone que un voceador muy pobre que se
eres
presta al juego de hacerse pasar por el hijo de un libanés
multimillonario, quien tuvo a su primogénito fuera del
matrimonio. El prometido de su hija es el que, para ga-
narse la confianza absoluta del suegro, organiza todo el

enredo. Por dinero aceptas...


—Como también por dinero vamos aceptar a reali-

zar celuloide, ¿no? — interrumpió Tin Tan, querien-


este
do hacerle ver a Martínez Solares, por qué trabajaría con
otro director.
—Total, que luego de varios momentos de enredo,
por fin la esposa del libanés se entera de que su esposo
tiene un y que no eres el amigo lejano, o sobrino,
hijo
ni criado de la casa, por lo que ambos se van a vivir a la

vecindad donde está tu hermanita. Para entonces tú ya le


agarraste cariño al vejete millonario y le quieres contar
la verdad, que te dieron dinero para hacerte pasar por su
hijo, pero él no te cree. Un día llega la esposa del libanés
para informarle que pronto se casará su hija, que para

— 258
entonces Germán ya le había echado el ojo a la supuesta
media hermana y tú no deseas que se matrimonie con el
falsificador de la realidad. Por lo que te haces pasar por
el juez. Al momento de la ceremonia se presentan los

amigos pobres del barrio, llegan los bomberos dispues-


tos a impedir que se casen y se arma la corretiza: gritos,

bronca y demás. Todo se aclara, la hija no se casa y tú te

vas a vivir con ellos y con tu hermanita.


—Parece buena, ¿ya enviaron el guión?
—Sí, pero tienen una objeción. No quieren que tu
personaje sea Tin Tan, dicen que si te nombran como
siempre, la gente va a confundir ésta producción con el

resto de tus cintas, ya sabes, andan queriendo hacerle al

exclusivo.
—Achis, achis y entons’, ¿cómo desean que llame se

el personaje? ¿Ben Sela Así? — Bromeó un poco


Jala in-
conforme.
—Me dijeron que tu personaje podrá llamar Ger- se
mán Valdés.
—Está pero en algún momento tendrán que ha-
bien,
cer alguna referencia a Tin Tan, tal vez en un cartel pega-

do en una pared, o que nos vayamos a un centro noctur-


no y ahí actúe yo como Tin Tan, o lo que quieran; acepto
no ser Tin Tan en lo general, pero que sí exista alguna
mención.
—Aquí tienes el guión, mientras lo revisas has la
propuesta de en qué escena se te ocurre dicha mención;
yo me voy a comunicar con ellos para avisarles que
aceptamos, para que nos den el adelanto y les comentó
tu solicitud.
— ¿Cuando vamos a rodar «El vizconde...»? — Pre-
guntó Martínez Solares, sintiéndose desplazado de la

conversación.

259 —
—¿Les parece bien si a partir de marzo le damos a
nuestras producciones? —Les propuso Rafael.
A principios de febrero de 1954 se anunció la actua-
ción de las hermanas Julián en el Hotel Las Américas,
de Acapulco. Unos toquidos a la puerta de su camerino
interrumpieron los últimos toques de maquillaje.
—Le envían esto a la señorita Rosalía. —Se anunció
un mensajero, con un gran arreglo floral en las manos.
Pensando que se trataba de Luis Gavaldón, la menor de
las hermanas abrió el sobre que contenía la tarjeta y sus
nervios no pudieron ser más que delatores.
—¿Tú qué —
traes? Le preguntó una de ellas.

—Es de Germán. —Indicó al señalar el arreglo. Ha


de estar entre el público.
—¿Cómo atreve? — Intervino otra hermana—
se la

¿Ya que
le dijiste novio? tienes
—Claro que incluso unos
sí, meses que no
tiene tres

lohe visto.

—Que no entere mi mamá, no para qué quieres.


se si

Los acordes de un trío interpretando «Flor de Aza-


lea» inquietaron aún más a Rosalía, quien pensó que el
estomago se le había volteado como la mitad de una na-
ranja. Detrás de la puerta se escuchaba la música, Tin
Tan abrió previa pregunta infantil: —¿Se puede? —La
sorpresa paralizó a las hermanas.
—Qué, ¿traigo cara de fantasma?, o de a tiro les sor-
prendió mi boquita de lavadero. ¿Te gustaron las flores

Chalia?
Rosalía sintió cómo su cuerpo se estremecía. Las
hermanas, que antes habían censurado a Tin Tan,
enmudecieron.
—Ya vamos a salir, Rosalía, no te tardes. —Alcanzó a
decir la hermana mayor mientras agarraba el chal con el

260 —
que actuaría, cuando abandonaban el camerino, imitán-
dole la otra hermana sin que hubiera necesidad de ma-
yor explicación.
— ¿Qué no sabes que estoy comprometida? —Fingió
indignación Rosalía, ocultando su emoción.
— ¿y? ¿qué no puede una artista como tú reci-
Siiiiií,

bir flores? Nada más vine a desearte éxito, no me voy


a quedar porque tengo un compromiso. —Argumentó
Tin Tan al momento de darle un beso en la mano.
Rosalía creyó que podía resolver su atracción para
con él haciéndose novia de Gavaldón, quien al día si-

guiente le hizo una broma, que ésta utilizó como pretex-


to para terminar su noviazgo.
—¿Vas regresar con Germán? ¿Pero no das cuen-
a te

ta que no da tu lugar? ¿Hasta cuándo piensas aguan-


te

tar? —Cuestionó hermana mayor Rosalía— ¿Aca-


la a .

so piensa divorciarse? ¿Te ha prometido algo? Además


cómo sabes que eres la única, si ya ves que es bastante
mujeriego.
—Mira Chalía, el hombre vive de ilusiones, ¿qué es el


amor si no una ilusión? Le dijo Tin Tan a Rosalía cuan-
do se enteró que había terminado con Luis Gavaldón.

Señorita México, México, rra, rra, rra... Echó —
una porra Tin Tan al ver llegar a Ana Bertha Lepe para
preparar «El vizconde de Montecristo»— . Don Gilipen-
dio, ¿por qué me llamo Inocencio y no Tin Tan? —Re-
paró luego de la broma el cómico.
— que no fue mala idea la de Jaime Salvador en
Fíjate
«El hombre inquieto», de comenzar a despojarte del per-
sonaje con el que llevas ya varios años conviviendo, estu-
ve pensando un rato y creo que ha llegado el momento de
destacar al cómico Germán Valdés en todo tipo de repre-
sentaciones, más allá de encasillarlo con Tin Tan.

— 261 —
—Pero si la gente a quién busca es a Tin Tan, a Ger-
mán Valdés lo conocen sus hermanos, sus padres y una
que otra chica. Acepté dejar al pachuco, ¿pero dejar aho-
ra a Tin Tan?
—Todo comediante progresa Germán, no es que en-
terremos a Tin Tan, pero debemos mostrar otro tipo de
personajes, porque sino también estamos saturando a la

gente con la tintaneada, el actor tiene que adaptarse a


todo tipo de expresiones artísticas. Además el nombre
de Inocencio va muy bien con el personaje que se está
creando; débil, ingenuo, bonachón del Vizconde. Por
otra parte también me hizo pensar lo que salió en el Ci-
nema Repórter.
— ¿Ahora que chingüengüenchadas nos echán?
—Escucha —comentó Martínez Solares
serio al co-
menzar a leer: «Si Germán Valdés quiere salvarse de un
debe asesinar sin piedad y sin reparo de
total eclipse,

ninguna especie a su creación Tin Tan.»


—Uchas, buchas, matrurcas, ¿para qué les hace caso
don Gilipendio? ¿Cuándo nos ha importado lo que di-
gan de mí, de las películas, de su dirección? Qué, ¿ya
se le olvidó lo bien que salimos librados de aquellas vo-
ces vociferantes que pedían que saliéramos de cartelera
por dizque deformar el españolero y al mexicalpan de
las tuneiras?
—No tanto una
es crítica, como una profecía, Germán.
—Bucles de milos abuelita, ya hasta me dice usted
Germán en lugar de Tin Tan.
—Entiéndeme, han sido varias las películas con el

mismo personaje, lo que estoy proponiendo es crearte


nuevos protagonistas a partir de diversas cintas, dejar de
encasillarnos con Tin Tan, trascender la actuación mis-
ma, eres un actor que dá para mucho, que puede repre-

— 262 —
sentar cualquier papel que se ponga enfrente. le


Soplan los vientos del guayabazo para convencer-
me, ¡ay! Gilabanza, ahora la estrategia mortal que se
avisora es: eres lo máximo germanciano, actores como
tú no hay dos, vamos a inmortalizarte, que las futuras
generaciones digan: mira ahí está... —Tin Tan se quedó
pensando un momento —
Creo que tiene razón, ade-
.

más si ya acepté no ser Tin Tan en otras cintas, no sé por


qué estoy ahora de chimilcualero, pero eso sí, don Gil-
director, que siempre exista alguna mención, recordato-
rio o remache con Tin Tan. Concedió el cómico. —
—Una vez que ya se pusieron de acuerdo, ahora quiero
decirles que no alcanza la inversión que habíamos contem-
plado para poder rodar la película —interrumpió Rafael
la conversación — Por
. lo que quisiéra proponerles lo que
conversé con Mier y Brooks, que están dispuestos a copro-
ducir con nosotros como Cinematográficas Valdés.
— Y lana que habíamos pensado para
¿ la ésta?
—Cuestionó Tin Tan.
—Se quedó corta por devaluación. la

—Estos ameriquequis, ¿a cómo anda dólar? el

—A doce cincuenta.
—Hasta desdichados
la luna, verdes, ya billetes ni la
otra, la yerba que es mejor que sus papeluchos con em-
perchados. no hay de otra, vámonos tendidos.
Si

«El Vizconde de Montecristo» atrajo la atención del


público por el estreno en cine de la Señorita México.
Inocencio, el mozo de un banco es engañado por el
gerente, quien le nombra cajero principal, para poder
acusarle a él de un desfalco cometido por su hijo. Du-
rante los pocos minutos que ocupa el puesto, Inocencio
le presta dinero a una anciana desamparada, invierte los

depósitos entre un comerciante y un profesor, ponién-

263 —
dolé al primero los 18.50 y al segundo los 25,000. Al lle-

gar a prisión conoce a un ratero que le hereda veinte mi-


llones de pesos.
—Esta parte — Interrumpió filma-
es buenísima... la

ción comediante — Imagínense —


el dijo
. todos les a los

ahí presentes — entorpezco


,
lemuerte para que me la

diga en dónde está escondida la marmaja, y luego de


que le malogro la llegada de la calaca, hasta lo ayudo a
concentrarse, eso es morir a gusto.
—Ya que no se
se te ocurrió interrumpir la filmación,

te olvide que cada vez que cuentas algo, concluyes con

las famosas posdatas, como si se tratase de una carta le —


recordó el Peralvillo.

—Huracanes en mar, sólo di diez besos miss.


la le a la
—En «Los de Barba Azul» vas pasar con
líos te la a
la boca hinchada, recuerda que te casas con tres millo-

narias para enviudar enseguida, y juntar el dinero que el


rico te exije para que te conceda la mano de su hija, que
es a quien en verdad amas. Son como unas cuarenta es-

cenas de besos. —
Le comentó don Gilberto a Tin Tan,
anticipándole las películas que rodarían juntos en 1954.
— ¿Más los miles que ya llevo en mi carrera? Oiga,
don Gilucón, ahora sí me vio sólo la boca tamaño som-
brilla, ¿qué sólo actúo bien los besos? ¿Ya previnieron

a las actrices nuevas de que yo no beso, sino que les


robo el maquillaje con tamaño hocicón?
— Por eso en tu récord te voy a disminuir los pico-
retes en «El sultán descalzo». —Amenazó el director —
Recuerda que en esta película tampoco eres Tin Tan, el

personaje va a ser precisamente el sultán, el vagales de


la vecindad. Dentro de la historia quiero destacar cómo
el valiente lo es hasta que el cobarde quiere. También
vamos a poner de manifiesto el tema de la corrupción,

264
cuando haces pasar por policía, y en esta película no
te

te va a llegar el amor, sino que, supuestamente, te vas

a dar cuenta cuando te den celos del pretendiente de la


muchacha, a la que le haces creer que eres el maestro de
Tenemos que ensayar muy bien la escena del box,
baile.

porque ya hemos tenido varias de lucha libre y aunque


será muy parecida a lo que hicimos anteriormente, qui-
siera meter algunos cambios.
— no hay más indicaciones de las que me ha dado
Si

que, por cierto, son muchitas, me voy que tengo una cita
muy importantérrima.
— ¿Te vas con alguna chamaca?
—No don tengo una con un constructor de
Gil, cita

yates que me propuso fabricar uno en el jardín de mi ca-


sa, ya ve que el dólar se nos fue al cielo, entonces, ahora,
me es imposible reponer el Tintavento II con uno de los

que dizque ofertan en Acapulco. Según él, que me va a


construir el Tintavento III por menos de la mitad de lo
que piden en dólares en el puertacho.

¿Dónde vas a dormir hoy?
—En mi casa, Gilogro.
—Allá te mando a mi asistente, para que le des alber-
gue en cuarto de huéspedes y te tenga presente en los
el

estudios a la hora de tu llamado.


—¿Otra vez me va a traer con lazarillo? No la amue-
le, me siento como preso político con sus asistentes, no
me dejan vivir en paz; claro está que no me dicen nada
cuando me paso de copas o de fumada, pero eso de an-
dar con chaperón es re’gacho, don Gildarmen, que me
caiga una estrella si no llego puntual mañana, pero quí-
teme a los vigías esos —
suplicó, ante la fórmula que ha-
bía encontrado Martínez Solares, para que el actor no
llegara tarde, como era su costumbre.

265
Luego de tres meses de trabajo, un pequeño detalle se
pasó de largo, el Tintavento III se había construido en el

jardín del hogar Valdés Vargas, pero no habían calculado


que éste no cabía por las puertas de la casa. Solamente una
solución podía hacer llegar el yate hasta el mar: derrum-
bar varios muros de la casa en su paso rumbo a Acapulco.
—¡A todas Margaritas! Me salió más barato cons-
truir en casa el Tintavento III, pero me salió igual de
caro con los muros que se tuvieron que tirar, ya ni la

amuela este carnal, cómo no se le ocurrió que no iba a

pasar, tan chida que se vio la nave en el jardín. ¿Entons’


qué, van a venir conmigo a Acapulco a estrenar el Tinta-
vento III este fin de semana? — Invitó a parte del equipo
reunido, cuando estaban a punto de terminar la filma-
ción de «El Sultán descalzo.»
Una gran caravana se fue de viaje hasta Acapulco, para
estar presentes cuando el Tintavento III tomara agua; to-
dos ignoraban que estarían ante una escena cómica más,
como si estuvieran frente a las cámaras en una locación.
Largo había sido el trayecto desde la ciudad de Méxi-
co hasta el puerto, al fin más de medio centenar de
invitados observaban cómo lentamente se colocaba la
embarcación sobre el mar. Cuando la grúa terminó de
depositarlo, un estruendoso aplauso explotó. Tin Tan
levantó las manos y pidió silencio, la Micky le acercó
la botella de champagne que serviría para inaugurar el

nuevo yate.
Antes de que este pudiera hacer algo con la botella en
la mano, una ola movió de más la barca próxima a estre-
narse. El letrero de Tintavento III quedó a desnivel de la
mirada de los testigos, un chorro de agua comenzó a bro-
tar de las entrañas del yate, Tin Tan se trepó a él para saber

qué sucedía, pensando que se trataba de alguna broma.

— 266 —
— ¡Agua! ¡Agua!, jijos del máiz, hay agua —alcanzó
a gritar desesperado ante el asombro del público.
Algunos comenzaron a reirse, creyendo que aquello era
un chiste más de Tin Tan, otros no salían de su asombro o
pretendían entender la desesperación con la que su amigo
En general, nadie le hizo caso, hasta
corría de un lugar a otro.
que con sus propios ojos comenzaron a ver cómo paulatina-
mente el Tintavento III se hundía frente a ellos.
—Se inunda, se va a ir, agárrenlo —vociferaba deses-
perado Tin Tan.
Algunos pescadores acudieron presurosos e intenta-

ron amarrar el yate, que para entonces contenía ya un


gran peso de agua. Los crujidos de la madera dieron el

aviso de que no había nada más qué hacer. El mar se es-

taba tragando al Tintavento III.

—No puede ser mamacita, no puede ser... —Supli-


caba Tin Tan desesperado, viendo cómo la obra de cons-
trucción de la que se sentía orgulloso naufragaba.

Nadie de los ahí reunidos se atrevió a hacer comen-


y lo irreal de lo que aca-
tario alguno, era tal la sorpresa
baba de suceder, que todavía no asimilaban los hechos.
Confiados, sonrieron hasta que Tin Tan se levantó y des-
tapó la botella de champaña que nunca había dejado de
estar en su mano izquierda.
— ¡Vamos a ponernos beodos! A otra cosa mariposa.
Micaela sírvele a todo el mundo y el que no se emborra-
che conmigo y mi desgracia no es mi carnal. Dictó re- —
puesto del susto, al momento en el que daba largos tra-
gos a la botella.

— 267 —
,
Genaro Cipriano entendió que no podría llegar a con-
seguir el amor de Adriana, ella estaba muy metida en
las películas de Tin Tan como para pensar que pudiera

fijarse en él. Le daba coraje suponer que le quería como

a un hermano, que contaba con su confianza, pero que


ella deseaba a un hombre más parecido a Germán Val-

dés que a él. ¿Quién podría deshacerse de Tin Tan? Si ya


se había salvado de quedar quemado en el Tintavento, si

ninguno de los del SASCUAS había logrado desaparecer-


le, si siempre triunfaba ante los malos en todo tipo de
batallas, pleitos y broncas. «¿Por qué a él le sale todo
bien y a mí todo mal?» Se preguntó rumbo a la univer-
sidad, dispuesto a tocar el tema del amor con su amiga.
— ¿Ya desayunaste? —Le preguntó al salir de la se-

gunda clase.
—¿Ahora resulta que te preocupas por mi alimentación?
—Lo que pasa es que quiero proponerte que nos pe-
lemos de la siguiente clase, te invito un café, quiero pla-
ticar contigo — se atrevió GC a decirle.
—En chinga, manito, porque ahí viene el profe —acep-
tó Adriana, apresurándolo al ver que aparecía el maestro
de la siguiente materia.

269
Una vez instalados en uno de los cafés del centro,
GC sentía que la no sabía de dónde sacar
vida se le iba,

fuerzas para abordar el tema que quería, como era co-


mún, las manos comenzaron a inundarse de sudor, has-
ta que se le arrugaron como de anciano; se juzgó torpe,

pensó en la posibilidad de que se le acercara en ese ins-


tante la voz para darle valor.
—Sabes, Adriana, lo que pasa es que... no sé cómo
empezar...
—Bien sabes que como a un hermano, eres
te quiero
algo así como mi mejor amigo, me has echado mucho la
mano, me encanta estar contigo y platicar de cualquier
cosa, además de que es a toda madre saber que alguien te

adora, pero precisamente por eso no piensas en esa per-


sona más allá de la confianza y como paño de lagrimas
— ayudó Adriana.
le


Lo que estás diciendo es que no te gusto — a penas
y pudo articular GC, sintiendo que el mundo se le venía
abajo.
— Sería una chingadera de mi parte sembrar falsas
ilusiones, tú mejor que nadie sabes que me enamoré de
un güey, que todavía sigo herida, que Tin Tan no me ha-
ce caso por más que sueño con él y que, incluso, cada
vez que lo veo me quiero meter en sus películas. Por lo
mismo, no te veo como una persona con la que pudiera
andar, lo que pasó en México simplemente pasó, como
en cualquier otra ocasión le he dado un beso a un chavo
en una disco, no sé, no quisiera romperte la madre, pero
entre nosotros no puede haber algo más allá que la chin-
gonérrima amistad que existe. ¿Me comprendes?
Genaro Cipriano se sintió un estúpido por haber
pretendido confesarle abiertamente su amor, como si eso
pudiera cambiar lo que ya sabía de antemano.

— 270 —
—Creo que la regué. No debí haberte obligado a que
dijeras...

—No te claves, GC, temprano íbamos a


tarde que
sacar el tema. Es mejor que lo hablemos, que pongamos
las cosas en claro, que no se construyan fantasmas con

sentimientos que no son.



¿Por qué las historias de amor siempre tienen que
ser tortuosas? No sé por qué me acordé ahorita de cuan-
do iba a las fiestas en la prepa, con esas ganas de ligarte a
la chava que te gusta, pero nunca me atrevía a sacar a bai-
lar a ninguna de y sólo me la pasaba dando vueltas
ellas,

como güey, viendo cómo los demás se divertían, pero,


claro, es que además bailo muy mal.

Siendo un poco filósofos de la Conasupo, creo que
parte de la condición humana es algo así como el per-
petuarnos en la insatisfacción, si estamos aquí, desea-
mos estar allá, si estoy con equis, me la paso pensando
en lo mejor que podría estar con zeta —reflexionó seria
Adriana.
—¿De qué podemos construir sino de peda-
la vida,

zos de ilusiones? Creo que Tin Tan. Aunque


se lo leí a
sea de otros tiempos — sonrió con desgano GC.
—Más jodidos estamos nosotros, nos han que-
carnal,
como la generación equis, como los que
rido hacer pasar
no pensamos ni nos comprometemos con nada. Somos
los monetaristas de estos tiempos modernos. Aaahhh,
pero eso sí, cuando nos despiertan y pretendemos ir co-
mo zombis detrás de un ideal, nos cortan las alas de in-
mediato. ¿Cuánta contradicción no existe entre nuestros
padres y nosotros? Como si estuviéramos reviviendo los
pleitos generacionales de la década de los cincuenta, cuan-
do no se le dejaba hacer nada a los chavos. Lo peor del ro-
llo es que a nosotros nos metieron en escuelas activas,

— 271
nos propusieron que pensáramos por nosotros mismos,
nos dejaron la libertad para escoger el vestidito. Más ca-
brón aún, nos bautizaron con los nombres de sus ídolos,
¿cuántos Vladimires, Tanias, Ernestos, Fideles, Intis, Ca-
milos o Aleidas no conoces más o menos de nuestra edad?
— Cuestionó angustiada Adriana.
— Lo que pasa que mi familia un poco conser-
es es

vadora — GC, sorprendido por


justificó reflexiones las

de su amiga, quien para entonces ya había cambiado la

platica por completo.


— Sí, carnal, pero más allá de la educación que mamas-
te, perteneces a un ambiente generacional, dentro del cual
en mayor o menor medida nos vino a sacudir las telarañas

un pinche encapuchado llamado Marcos. Contradiciendo


el bienestar individualista al que nos habían orillado luego
de la caída de los muros, que fue un sueño la apuesta de
güajiro de gran parte de la generación, por lo menos de mis
padres, el poder ver que aquel muro se reprodujera hacia

otras partes, y les resultó una frustración cabrona saber


que sus sueños se habían ido por la coladera. Y ahora que
nos negamos a ser unos Beverly Hills, de pronto nos subi-
mos al carro del zapatismo, de ahí supongo que estén tan
asustados y me rolleen como bestias.
Adriana estaba posesionada de su discurso. Genaro
Cipriano se sintió más pendejo aún al escuchar a su ami-
ga, saber de sus reflexiones más allá deltema tintanil, la
creyó superior a él, asimiló la frustración de nunca espe-
rar que su amor fuese correspondido.
— Como que hay una bronca por saber en dónde
chingaos estamos, porque nos prepararon para vernos
retratados en las estúpidas series gringas, pero su apues-
ta valió madres, no somos ni equis ni el carajo, nos con-
vertimos en un batido, de esos que la mamá acostum-

272
braba darte antes de ir a la escuela. Nos metieron en una
licuadora y pusieron leche, huevo, chocolate y hasta a al-
gunos les incluyeron plátano. Guaaag, qué pinches eran
esos batidos, ¿no te tocaron? —Sonrió Adriana despo-
jándose de su dramática disertación.
—Alguna vez —sonrió GC un poco más relajado.
— Total que me dueles un resto, pero yo te veo dife-
rente — falló Adriana antes de levantarse de la mesa del
café y abandonar con sus frustraciones y angustias a su
amigo.
Genaro Cipriano apretó los dientes, vio salir a su
amiga del restaurante, decidió alejar sus frustraciones,

solicitó un café más y antes de sacar de nueva cuenta el

escrito para seguir leyendo, exclamó para sí: «Pinche Tin


Tan, ¿quién fueras tú?»

La vida en el espejo

Tin Tan se sentía en conflicto amoroso, tal vez por pri-


mera ocasión concebía un malestar interno respecto a su
situación de ser novio de Rosalía y estar casado con Mi-
caela. Aún cuando la relación con la Micky mostraba ya

signos de agotamiento, la seguía queriendo, además del


sentimiento de culpabilidad que se instalaba dentro de él
al pensar en separarse de ella.

Aquella sensación le parecía extraña, si siempre se


había dado el gusto de andar con cuanta mujer quisiera,
pensó que tal vez por estar próximo a cumplir las cuatro
décadas de edad, en 1955, le estaba entrando el viejazo,

— 273 —
o que su atracción hacia Rosalía tuviera que ver con
aquella sensación que tantas ocasiones había escuchado
que hombres maduros experimentaban: deseos de
los

comenzar a andar con jovencitas.


A pesar de que nunca se hubiera puesto a pensar en
aquello de la edad, y que más bien había estado viviendo
su propia vida como una escena más de una de sus propias
películas, al terminar de filmar «Pobre huerfanita» agarró
su Cadillac y se dirigió a la carretera de Cuernavaca.
El atardecer dibujaba diversas sombras en compañía
de las nubes, Germán Valdés estaba un poco melancóli-
co. Nadie se hubiera imaginado al famoso Tin Tan im-
buido en sus propios pensamientos, en sus dudas, en sus
incertidumbres, más aún si siempre se la pasaba en la

broma, en el chiste, tomando las cosas con una sonrisa,


buscando el lado jocoso de la tragedia. Disfrutaba con-
ducir su automóvil: cada cambio de velocidad, el paisaje
arbolado a su alrededor. La imagen de su hijo Germán le
vino de pronto, tenía varios meses de no verlo.
Luego de transitar varios kilómetros estacionó el coche
a un lado de la carretera, descendió y se le antojó un toque

de mota. Sacó una bacha de la güantera del automóvil y se


internó en el bosque que se le presentaba enfrente.
Luego de haber aspirado el humo, sintió cómo varias
escenas de su propia vida se intercalaban una tras otra:
tuvo en mente cuando trabajaba en la radio de Ciudad
Juárez, se presentó el niño Gómez Valdés correteando

y haciendo bromas a sus hermanos, se vio a sí mismo


cuando pertenecía a compañía de Paco Miller, recordó
la

las largas caminatas al lado de Meche Barba y sus innu-

merables sueños de fama. Marcelo se hizo presente con


todo y sus reproches. Paulatinamente fueron llegando
cada uno de sus compañeros de cine de los últimos años:

274 —
pasó Tun Tun, Wolf Ruvinski, Vitola, el Bo-
Peralvillo,
rolas, Andrés Soler, con éste se quedó a convivir por más

tiempo, añorando los días en los que le daba todo tipo


de consejos de cómo actuar. También apareció Fernando
Soto, sintió que una multitud de mujeres se presentaban
frente a él en actitud de mitin, tal vez de protesta, ahí es-
taba más de una enamorada con la que habría tenido uno
que otro romance.
Dejó que el resto de la bacha de marihuana se consu-
miera por sí sola, estuvo atento al humo que despedía la
hierba entre sus dedos, y después la aventó. Comenzó a
caminar hacia el bosque más profundo. Decidió espan-
de tristeza y depresión que estaban apo-
tar la sensación
derándose de su ánimo.
Volvió sobre sus pasos rumbo al auto, no había to-
mado una determinación aún, quería mucho a Micaela,
pero al mismo tiempo sentía una gran atracción y amor
por Rosalía. No era la clásica aventura pasajera que ha-
bía experimentado en otras ocasiones. El malestar tenía
su punto de partida en ello precisamente, Rosalía era la

única que había puesto en duda el seguir con Micky.


—Pero muchos años, ¿y si luego me deja por
le llevo

un joven? ¿Cuánto tenemos en común? ¿Tengo fuerzas


para reiniciar una relación? ¿Qué con mis hijos? ¿Qué
con la Micky?
Encendió un cigarrillo y dejó que el humo contrajera
sus pulmones, disfrutando aquella sensación ante la falta

de respuesta a sus incógnitas que sentía le inflamaban el

cerebro.
Subió el automóvil y regresó a la ciudad de México,
al tomar Insurgentes una copa y pensó en
se le antojó

detenerse en El Satélite, pero de inmediato imaginó la


serie de quejas, cuentas, cosas que se le presentarían. No

— 275 —
tenía ganas para subirse al escenario si el público se lo
pedía. Se detuvo en un bar más adelante y mantuvo en
soledad aquellas sensaciones.
—Ay ranas calvas, este año cumplo cuarenta... —Se
dijo ante el espejo de un baño impersonal antes de irse
a su casa.
Las películas para filmar durante 1955 no le anima-
ban más allá del dinero que le dejarían.
—Truchas de agua azul, don Gil, nos vemos mañana
para comenzar los ensayos; me voy, porque ahora sí se

acabó El Satélite, tengo una cita para finiquitar todo.


Es mucha la lana que se está gastando a lo lerdo, y ya
ve que últimamente no ha estado muy lindo, ¿orejas de
burro en primavera? —Se despidió Tin Tan, luego de
entrevistarse con Martínez Solares para hablar del tra-

bajo de aquel año.


Además de «Lo que le pasó a Sansón», también fil-

mó con Martínez Solares «El vividor», ambas produc-


ciones ya no pudieron ser costeadas al cien por ciento
por productora cinematográfica Valdés. El 55 parecía
la

ser un año de catástrofes económicas. Para poder seguir


manteniendo aquel nivel de vida, aceptó filmar con otra
productora «El médico de las locas», bajo la dirección
de Miguel Morayata; cinta en la que se retomó la idea de
la sátira de obras clásicas, de ahí que el personaje Apo-
lonio, artista incomprendido, representara al Tenorio en
broma, hablara con cuadro de La Gioconda y al fin
el ,

alcanzara el amor de su amada en una representación de


Romeio y Juliata.
—Supe que metiste en el repertorio a tu novia. —Le
reclamó Micaela a Tin Tan al terminar de grabar «El mé-
dico de las locas» — . Tú y yo ya no tenemos nada que
hacer juntos, por más que he intentado rehacer nuestro

276
matrimonio, empeñas en seguir con esa muchachita.
te

No es justo, Germán, he sido el hazmerreír de toda la


gente durante muchos años. —
Germán no se atrevió a
contestar a ninguno de los reproches de su esposa. Se
sabía culpable.
—Quiero que nos divorciemos —fue determinante
la expresión de Micaela. No hubo un un no como
sí ni
respuesta, estaba más serio que nunca. El miedo se ha-
bía apoderado de él, incluso llegó a pensar en pedirle
perdón a la Micky. Pero al mismo tiempo sentía la feli-
cidad de saberse fuera del compromiso matrimonial pa-
ra poder unirse sin problemas a Rosalía. El silencio de
Germán sepultó el matrimonio Valdés Vargas.
Tin Tan comenzó a aceptar representaciones en va-
rios teatros, tanto de México como
de Centro y Suda-
mérica, al igual que uno que otro contrato que salía en
los Estados Unidos. El haberse dedicado de lleno al cine
le había quitado tiempo para poder presentarse en vivo.
Incluso por aquellos días aceptó trabajar una corta tem-
porada alternando en el teatro Follies con Palillo.

—Nos proponen una por Nueva York.


realizar gira
— Y qué esperas Marceliano?
¿

—Será una temporada de un mes aproximadamente;


loque pasa es que luego tú tienes tantos compromisos,
que ya no sabe uno.
—Vámonos para allá carnal.

—Nos hace una muchacha para completar


falta el

teatro de revista.

—Ora — Puede que por su mente cruzó


verás... ser
la posibilidad de invitar a Rosalía Julián para que actua-
ra con ellos, tenía tiempo que no la veía, desde que fil-

mó ««El médico de las locas». No sabía siquiera si ella

tenía contrato, pero se decidió por otra actriz.

— 277
—Hay una muchacha de nombre Kitty que el otro
día me presentaron en el teatro Follies, creo que es bue-
na, pregúntale por ella a González, el administrador.
A
mediados de noviembre de 1955 la compañia de
teatro de revista mexicano con Tin Tan a la cabeza,
partió para Nueva York.
— Qué emoción en Nueva York — expresó
estar al-

terada Kitty de Hoyos al llegar al hotel.


— Estás muy chavala, mi querida tu Kitty, ¿es pri-
mer viaje a la capital del espectáculo?
— don Germán.
Sí,

— Orale manita, está bien que ya entré a la cuarta


decena, pero no es para que me hables de don, el don
es para los acartonados, para los hambreadores, para
los que se la creen, para los fufurufos que no saben de
para los de bastón y paso lento, pero nosotros
la vida,

somos compañeros de trabajo.


—Disculpe... no quise...
—No mi kikir... kitty, ni siquiera de usted me ha-
bles,vámonos tuteando como buenos compás del es-
cenario. Es más, te voy a decir todo lo que tienes que
ver en Niu Yorki, donde se come de a chupete de índi-
ce, los museachos que tienes porque además
que ver,

vamos a estar harto tiempo, o sea que vas a poder verlo


todo.
—Aún no ha decidido quién va cantar
se a las pier-

nas de Kitty — interrumpió conversación director


la el

de escena.
— ¿Cómo que no hay quién? Y Jhonny Valdés, ¿es-
tá dibujaaado o qué? — Indagó Tin Tan, levantando la

boca.
— No, señor, lo que pasa es que no pensé que usted
pudiera.
— Llévenme mi cuarto para que me la
la letra a

aprenda y la cante fuera de escena, para no robarle cá-


mara a esta niña.
—Muy bien, señor.
—No preocupe, mami, tú número va
se a estar chi-
pocludo.
Las presentaciones en Nueva York fueron un éxito,
sobre todo con el público de habla hispana. Una idea
rondaba por la cabeza de Tin Tan, hasta que por fin,

como a mitad de la temporada, se decidió y llamó a la


ciudad de México con su hermano Ramón.
— Ramonsete, ¿cómo andan aguas por las allá?

— Qué milagro, Germán, ¿pasa algo? —Se sorpren-


dió el hermano de que le llamara desde Nueva York.
— Sí carnal, me urge que me ubiques por donde an-
da Rosalía, si es que está en la ciudad de México, si an-
da de gira, en qué lugar y a dónde me puedo comuni-
car con ella. ¿Sales?
—Voy ver quién hablo, dame un par de
a a le días.

—Hojuelas carnal, para que no olvidache, yo se te


te marco la cara en cuarenta y ocho orales.
Tin Tan se enteró que las hermanas Julián se esta-
ban presentando en la ciudad de Tijuana, durante una
gira que llevaban a cabo por todo el norte del país.

Que te acompañe tu hermana, no vas a ir sola a
ver a ese hombre —
fue el único recurso que la mamá
de las Julián alcanzó a imponer, ante la determinación
de Rosalía de acudir al llamado de Tin Tan para que
viajara aNueva York.
Germán estaba esperándola en el aeropuerto inter-
nacional y un sombrero al aire fue la seña que le per-
mitió a Rosalía saber en dónde se encontraba el ena-
morado.
— Rosita preciosa, qué bueno que viniste, elaño
que entra me caso contigo —fue el mensaje que Tin
Tan le dio a Rosalía cuando esta todavía no terminaba
de arreglar los trámites de migración.
Las solicitudes de llevar a cabo producciones tinta-

nescas volvieron a saturar al La primera


actor en 1956.
de ellas fue una idea del director Juan Bustillo Oro, que
propuso realizar un homenaje al escritor José Rubén
Romero, llevando a la pantalla «Las aventuras de Pito
Pérez», con un libreto cinematográfico basado en la no-
vela «La vida inútil de Pito Pérez.»
—Carambolas de billar chafa, pero si ya Manuel Me-
del filmó con gran exitazo La vida inútil del tal Pérez
— argumentó Tin Tan, cuando su hermano Rafael le
planteó el proyecto del antiguo director de Cantinflas.
—Se trata de retomar al no volver a con-
personaje,
tar toda la obra de Romero, según lo que he leído, hay

nuevos personajes, las historias del vagabundo son dife-


rentes a como las narra el autor y a cómo lo filmó Medel
— le explicó su hermano.

— ¿Qué hay con el detalle ese que está ahí? Bro- —


meó Tin Tan en clara referencia a Cantinflas.
— Hasta donde yo sé, nada. Ahora, tienes que tomar
en cuenta que no se está proponiendo una película có-
mica como las que has filmado, no es la sátira común de
las realizadas con Gilberto, el papel que te están propo-

niendo es más bien tragicómico. No son las característi-


cas del personaje que has representado hasta ahora. In-
cluso será, creo, la primera ocasión en la que no conclu-
yes la relación amorosa, sino, por el contrario, a partir
de las decepciones del corazón el personaje se va engan-
chando en la vagabundeada. De ahí que un poeta se inte-
rese por tus andanzas y te proponga que le cuentes cada

— 280
tarde tus aventuras a cambio de una botella.
— ¿ Y tú que pitos vas a tocar con el tal Pérez?

— Lo más que aceptaron fue que sea el gerente de


producción.
—Estos de la Diana Films son durelos para el billete.

—Aceptaron inmediatamente la participación de


Marcelo, como la condición que habías marcado.
—Me acalambra y me motiva las encias actuar en es-
to que parece ser diferente, diles que me den un par de
diáconos para wachar el texto —dejó en claro Tin Tan al

abandonar la oficina de su hermano.


A mediados del mes de enero de 1956 se reunieron
nuevamente los hermanos, para revisar las solicitudes de
trabajo y programar las participaciones del año.
—Tengo que camellar durísimo, me acaban de ofre-
cer otro yate, creo que ahora sí me va a durar, ya ves que
con la Micky no tuve ninguna suertucha.
— ¿Qué decidiste del proyecto de Bustillos? Me han
estado llamando hasta tres veces por día, les urge que de-
cidamos y ya pasó más de una semana. .

— Freno de mano carnal, leí el texto en Acapulco y


me gustó, ese sabor de filosofía popular está a todo me-
cate, háblales para decirles que aceptamos hechos la ra-

ya; hay que localizar a Marcelo y podemos comenzar a


rodar a fin de mes.
Mientras Rafael cumplía con las indicaciones de Tin
Tan, éste volvió a hojear el guión y leyó en voz alta algu-

nas partes al azar:

— ¿A dónde va?
—A ninguna parte y siempre llego puntual, ¿no va
pa’lla?

Sus manos corrieron rápidamente las hojas, se volvió


a detener:

281 —
—Soy borracho porque soy amigo de la verdad, cues-
ta trabajo batallar contra el pudor, pero una vez que éste
se pierde, no sabe cómo se descansa.
Rafael volteó a ver a su hermano, quien caminaba de
un lado a otro de la oficina con el texto entre las manos.
—Esto es muy bueno, escucha. «La humanidad es

hipócrita, acude a Dios a cada instante por miedo, pero


para pecar va con el diablo, y a éste pobrecito nadie le
reconoce.»
Germán abrazó el texto, alzó los ojos al techo y ex-
clamó —Cuánta razón tiene con esto de que bebe pa-
ra hacerse daño a sí mismo y no a los demás, y que el
respeto para con uno es estorboso. Por último, su re-
flexión sobre hablar del pasado, que es como resucitar
a un muerto, por que estar borracho el buen
ello tiene

Pito, me gusta, me gusta mucho. El final, este tema so-


bre los déspotas, me encantó, me cae que tiene razón al
decir que es el estudio más fácil: Primer año, te la pasas
de adulador de quien ostenta el poder; para el segun-
do, desconoces amigos fieles pero que son incómodos;
como tercer curso, se perfecciona el espíritu de gran-
deza, y para la cuarta y última opción está el ser dés-
pota cada segundo de tu vida. Muy chipocludo. ¿Ya les

hablaste?
— Desean presentarte en un par de días con el resto
del elenco y comenzar los ensayos en cuanto digas.
—Sobres.
— ¿Qué vamos hacer mientras tanto con todo
a lo

que tenemos pendiente?


—Vamos programando y conciliando tiempos. ¿Qué
hay?
—Fernando Cortés nos está proponiendo todo un
paquete por una cantidad muy fuerte de dinero.

282 —
—No exclusividades, Raf que quiera, siem-
acielos, lo

pre y cuando podamos chambear con otras compañías.


— Quiere que actúes en una parodia como que las

has hecho con Gilberto, creo que le llama «El gato sin
botas»; luego está la idea de un par más de cintas de las
que apenas están desarrollando las tramas. Una sería «El
campeón y la otra la quiere titular «Refifí entre
ciclista»

las mujeres». Además, propone que tengas una partici-


pación pequeña en una producción que está por filmar,
que se llama «El teatro del crimen», con María Antonie-
ta Pons, Manuel Medel y el tocayo Banquells.
— Suegras enojonas, vamos dándole que me hace fal-

ta hartísima lana. ¿Ya hablaste con don Gilberto?


—Hasta donde tengo entendido con él hay un par
de producciones. Aquí está el guión de una de ellas, se

llama «Los tres Mosqueteros y medio». Según me dijo


por teléfono, luego se comunica contigo para progra-
mar la Oye, por cierto, me habló Manuel,
filmación.
que le propusieron un papel en una película de Tito Da-
vison, pero él también quería saber que tanto podrías
aceptar un pequeño papel en su cinta.

Tin Tan dice Tan Tan, ¿a qué hora me vas a dejar
libre para divorciarme? Lo peor del caso es que inme-
diatamente después tengo que casarme.
Germán Valdés rodó en aquel año como nunca an-
tes; ocho diferentes producciones fueron las que inclu-

yeron su nombre, superando el número de películas de


años anteriores, en los que a lo sumo había alcanzado la
cifra de seis.

—Voy cumplir cuarenta y zafo, me voy a casar, ne-


a
cesito comprar el Tintavento IV y soy muy chido, ¿algo
más? —
seguro de que su vida estaba cambiando. Tal vez
comenzara ahora sí el declive del actor frente a la pan-

283
talla, luego del sinnúmero de cintas memorables que ya
había dejado para la historia del cine nacional.
Para la filmación de «El campeón ciclista» invitó a tra-
bajar a su antigua compañera de gira por Nueva York
Kitty de Hoyos. Tin Tan, en el papel de Cleto García, dis-
frutó de las diversas aventuras del repartidor de periódi-
cos, quien también sabía agotar su veta de inventor que ya
en otras cintas había dibujado. En este caso, la más gran-
de aspiración del creador era conseguir que mientras se
hablara por teléfono, se pudiera ver a la persona del otro
lado de la línea telefónica por medio de su Temirófono.
—¿No ha llegado Tin Tan? —Preguntó molesto el

director Fernando Cortés.


—No, señor.
—Llevamos más de horas esperando. tres

—Quihubas con chirimollas de Ixtapalucan. —Se


las

escuchó voz de Tin Tan


la entrada de estudios
a la los
Tepeyac— Desenchufen
. mal humor por aspirina
el la

retardada, y que no diario


es casa uno, ¿verdad Ro-
a se
sita?— Irrumpió de mano de Rosalía la su nueva Julián,
esposa — Acabamos de desembarcar de Ixtapa,
. újules,
que aires se respiran por aquellas tierras, ¿en cambio
aquí? Parece que ni los inventos de Cleto lograrán de-
rretir lo pesado de sus humores.
—Lo que pasa que además de tu tardanza, no he-
es

mos conseguido filmar la escena de cuando me entrevis-


to con Sonia — se acercó Marcelo para contarle lo que

—Están tensores, vaya ambientico pesadero, a ver,


dejen de hacer todo lo que están haciendo, vangan todos
pa’ca, arremúlensen allí. —Tin Tan comenzó a organi-
zar a todos los ahí presentes, sentándolos en el piso para
quedar él al centro del set de grabación.

284
— Les voy a representar un pedacín de una obra dra-
mática, a ver qué les parece —
anunció, para comenzar a
actuar un drama inventado por él, que tenía que ver con
un personaje atrapado en un espejo y sus angustias por
encontrarse a sí mismo. Poco a poco Germán logró cap-
tar la atención y los sentimientos de los presentes, hubo

quien lloró. Las tensiones por el trabajo, por el tiempo


que se había perdido en la espera pasaron a segundo pla-
no. Incluso el propio director Fernando Cortés se quedó
mudo al presenciar el drama representado por Tin Tan.
De pronto hizo sonar la música del estudio y comen-
zó a cantar y a bailar:
«Tarapa / tararar / pa / pa / parara / pa / paaaa, / can-
tando en el baño / me
mucho de ti. / Cantando
acuerdo
/ en el baño / me acuerdo mucho de ti. / No sé por qué /
ha de ser allí / no sé por qué / ha de ser allí, / allí, / allí,

/ alliiiiiíeeeooo. / cuando me baño / es que...


Es que... /

/ pues yo me sobo, / es que... / pues yo me acuerdo /

es que... / te quiero muchoooo. / Cantando en el baño

/ me acuerdo mucho de ti...» A una seña entró el chun-

tata, sorprendiendo y cambiando el sentir de sus com-

pañeros que habían sufrido con su representación y que


ahora se aguantaban la risa de verlo cantar y bailar. «Este
es el corrido / del caballo flaco / que salió un domingo
/ de Guadalajaraaaaa, / siendo que el jinete / no pesaba
nada, / pues llevaba arriba / a don Agustín Lara.» Vol-
vió a interrumpir su corrido para aclarar: Esta imitación
del carnal Agustín es a su favor y porque es compadre
mío — dice dirigiéndose todos, cuya atención y a risas

tenía ya en su bolsa — Hermanos del alma, vida ya


. esta
no la veo como negocio, yo creo que unos meses más y
good by. —
Luego de la introducción volvió a cantar co-
mo el flaco de oro: «Esta vidaaaa / cada día / se me acor-

— 285
taaaa / y mi noche / es larga, / larga, / larga, / ya no me
importa / si se me alarga / o se me acortaaaa, / ya no me

importa / si se me acorta / o se me alarga. / Sufrir, / su-


frir, / esa es mi vida / llorar, / llorar, / mi suerte, /
esa es
estoy muy flaco para estar vivo / pero muy gordo para
estar muerto / y mientras yo sollozo, / cómo se ríe el se-
ñor / que entierra en el pozoooo...» —Entró de nuevo
un cambio de música para finalizar — «Cantando en
: el

baño / me acuerdo mucho de tiiiiiiiiiiii.»


Los aplausos apenas dejaron terminar los últimos
ies que salían de la boca, convertida en churro, de Tin
Tan. Había logrado relajar las tensiones, del llanto había
transportado a la risa a los ahí presentes. Sin más, Ger-
mán les propuso.
—Tin Tan, por no decir Tan Tan, vamos a darle que
el ratón quedó detrás del gato por mi lunera mielera con
la Rosita — se fue para su camerino a cambiarse de ropa
y a que lo maquillaran. Regresó a los pocos minutos con
un teléfono en la mano.

Te hablan, mi Soni —
le dijo a la artista al momento

en el que le extendía el auricular.



Bueno, bueno, buenoooo —
gritó ella, mientras
que todos se percataron que se trataba de un teléfono
de utilería, y las carcajadas por la broma terminaron de
barrer el ambiente hostil que se había creado antes de su
llegada.
«Refifí entre las mujeres» fue la última producción
de 1956, una vez más al lado de Andrés Soler. Tin Tan,
ahora convertido en Refifí se la pasaba filmando todo lo
que otros no captaban, considerándose el primer papa-
razzi mexicano. Gracias a su cámara y a sus ganas por-
que las fotos fueran radiografías que reflejaran lo esen-
cial del alma humana, que sacaran el otro yo de los foto-

— 286 —
grabados, luego de ser el mandadero de la compañía que
producía el noticiero cinematográfico «Verdad», logra el

esclarecimiento de un fraude entre el representante en


México de una corporación de seguros de Europa y per-
sonalidades de la alta sociedad, quienes se autorobaban
sus joyas para cobrar los seguros. Consiguiendo así sal-
var de la quiebra a laempresa de noticias y alcanzar el

amor de la hija del dueño.

287
Genaro Cipriano dejó las cuartillas escritas por Adriana.
Comenzó a sentir cómo el piso se abría debajo de sus
pies, se mareó, las náuseas aletearon en su estómago. Co-
menzó a entender que ella jamás sería de él. ¿Suicídate mi
amor? ¿Me traes de un ala? ¿Ay, amor, cómo me has pues-
to? ¿Loco por ella? «¿También de dolor se canta?» Susu-
rro para sí mismo, y para que los demás comensales no le
escucharan. Terminó su café y solicitó la cuenta. Decidió
regresar a la universidad, no sabía si se encontraría con
ella. De algo estaba seguro; ¿Para qué huir más?

Esperó a que terminara la cuarta clase y con la pri-


mera persona que se topó al entrar al salón fue con su
enamorada.
—Estás gruesísima, tú no eres una fan de Tin Tan,
te has metido en más de una ocasión a actuar con él en
sus películas, te pareces al personaje de la historia «La
rosa púrpura del Cairo», de Woody Alien, ¿la has visto?

Donde el actor sale de la pantalla para hacer feliz a la


espectadora que está enamorada de él; así tú, te has ido
a instalar de por vida a las películas de Germán Valdés
— le comentó al verla, como si nada hubiese pasado en-
tre ellos unas horas antes.

— 289 —
— ¿Me creerás que hasta he soñado con Tin Tan besán-
dome? — Le confesó ella.

—¿No digo? Tú no una admiradora más,


te eres estás

enajenada de un actor de hace chorrocientos miles de años,


¿qué es lo que más te atrae de él?

—No le juegues al psicoanalista, cabrón, simplemen-


te me parece que es el mejor cómico que ha dado este

país. Tin Tan se encuentra en el olvido, nadie le pela, ni

las instancias oficiales ni los críticos de cine. Se ha pro-


vocado gran alboroto por otros artistas cómicos, pero a

Tin Tan, que trabajó lado de todos y cada uno de los


al

actores de su tiempo, no sólo con los comediantes, nadie


le ha dado el lugar que se merece.
—Eso pues, ¿pero?.
está bien, .

—Tú, porque no has mucho cine de Tin Tan,


visto
pero un poco más, es uno de los primeros
si te fijaras

en demandar un alto al México prepotente, siempre se la


pasaba destacando lo jodido que se encontraban los más
pobres, sin caer en falsos moralismos como llegaron a
plantear otros actores; el siempre jugó, jugó a vivir, jugó
a actuar, jugó a la vida y al cine.

—Resulta que ahora el regañado soy yo, simplemente


porque no soy un especialista en Tin Tan.
—Fue uno de los más grandes visionarios de lo que es-

taba sucediendo en y su relación con la televisión.


el cine
Si te das cuenta, nunca pasó por la caja idiota con un pro-

grama estable, así como tampoco fue el gran carpero como


otros artistas. Tal vez por eso lo han ninguneado como han
querido. En una entrevista que le hacen en 1968, ya decía
que la televisión abarataba al actor, porque la gente lo po-
día ver gratis, y eso es lo que sucede en la actualidad.
— Lo que pasa es que tampoco es un cómico de nues-
tros días... O sea, quiero decir que a contadas personas

— 290 —
de nuestra edad le parece atractivo aventarse más de un
número musical chafón con la escenografía de cartón.
—Ya ves, cabrón, ese es el problema, que a nosotros
-

nos educaron con rollos de tipo Hollywood, todo lo que


pasa por la tele es el parámetro bajo el cual nos mueven
el gusto. Más allá de las fallas o carencias de los números
musicales que pasan en las películas de Tin Tan, hay que
ver su actualidad, insisto, su lucha en contra de la impu-
nidad, su juego entre y la realidad. No ha habi-
la ficción
do cómico posterior que no haya tomado alguno de los
detallesque fueron originales de él, por ejemplo, el som-
brero que saca en el Sultán luego lo retoma Chespirito,
para su Chavo; el jugar con la música de un género a
otro, saber bailar como él, pocos. En fin, muchos de los
rollos que planteó en sus películas hace cuarenta años si-

guen teniendo vigencia, creo que es de los actores más


que tenemos, que no ha terminado de pasar de
efectivos
moda, aun cuando se le pele poco e incluso se le consi-
dere decadente. Que por demás, tuvo su etapa floja.

¿Floja? El otro día como tarea por tú culpa, vi «La
Odalisca número trece» y me pareció verdaderamente
chafísima.
—Es cuando con Viruta y Capulina, la verdad
sale

no sé por qué aceptó rodar esa película, en la que además


se le da un papel malón, pero incluso en ese churro, no
me podrás negar su superioridad. Además el baile en el
que se presenta como odalisca, es buenísimo.
—Ahora sí que te orinaste fuera del guacal. Una co-
sa es que me argumentes con razón cuando Tin Tan fue
Tin Tan y la hizo de todas, todas, y otra es cuando ver-
daderamente es malísimo, como en esta película, en la
que ni siquiera en ese baile hace algo bueno, que no te

ciegue el amor.

291
— «La Odalisca» es de 1957, precisamente cuando
filmó otras películas buenas, ¿ya leiste aquella parte?
— Quiso Adriana cambiar el tema, ante los cuestiona-
mientos de su amigo.
— Creo que no, no me suena, déjame leer y luego te

digo. Por cierto, al parecer otra obsesión de tu héroe


era la cárcel, son varias las películas en las que recurre a
la prisión —consoló GC a Adriana, sabiéndose ganador
del debate.
—Toma, te —evadió
doy el final, ya terminé de escribir
extendiéndole último de
ella, elsobres con su los escrito.

— ¿¡Ya!? —Se paralizó del asombro GC — ¿No .


te

digo? Andas gruesa.


—Termina de ¿no? Para que me cantes qué onda.
leerlo,

—Te voy pero de dolor — soltó


a cantar, broma co- la

mo despedida.

Ilusiones de medianoche

—Parece que sí va a aceptar Joaquín Capilla la propuesta


que le presentamos a principio de año informó Martí- —
nez Solares a Tin Tan sobre los planes para filmar «Paso
a la juventud», al lado del campeón clavadista mexicano,
ganador de la medalla de oro en los juegos olímpicos de
Melbourne, Australia.
— Le conocí en Londres en el 48, qué tiempos ajados
don Gilandron, creo que en aquellos juegos olimpieros
logró una medalluca de brócoli.
—De ser así, prepárate para la siguiente producción.

— 292
Otro ídolo del cine nacional abandonaba las panta-
llas, conmocionando a todo el país. El 16 de abril de

1957 una noticia recorrió todos los rincones de México,


para provocar el surgimiento de una leyenda. La XEQ a
las doce de la tarde divulgaba la muerte de Pedro Infan-

te, aunque poco crédito se le quiso dar a lo que se había

escuchado por la radio. Los diarios vespertinos insistían


en hacer saber lo que la gente se negaba a creer. ¿Cómo
era posible que el héroe ya no estuviera? ¿Si había gana-
do tantas batallas? ¿Quién les cantaría ahora? Los deu-
dos no serían exclusivamente los familiares o los amigos
cercanos, sino, de nueva cuenta, al igual que tres años
atrás como cuando muriera Jorge Negrete, sería un pue-
blo entero el que padecería el dolor de la tragedia.

La noticia llegó hasta Ciudad Universitaria, en don-


de Tin Tan en su papel de Casimiro, en «Paso a la juven-
tud», estaba al lado del clavadista Joaquín Capilla.
—No me vengan con chifladeras, ¿cómo que se mu-
rió Pedro? Ha de ser una falsa noticia, tal vez se trata de
una treta publicitaria, ¿este...? No sé... —Se negaba al

igual que todo México a aceptar la realidad.


—Parece ser cierto, Germán, ya envié a mi asistente
para que verifique en los estudios qué pasó. —Dijo Mar-
tínez Solares, conteniendo su propio dolor— Descan- .

sen todos. —Ordenó el director frente al desconcierto


de quienes aún no sabían de la tragedia.

Tin Tan se sintió desconsolado por la noticia y de


inmediato recordó cuando conoció a Pedro en los estu-
dios, las ocasiones en las que tuvieron algunos papeles
juntos y la amistad que entre ambos se había creado. Te-
nía ganas de estar con su esposa, consolarse con alguien,
sabía de antemano que la noticia podría alterar a Rosa-
lía, quien se encontraba embarazada del primero de los

— 293 —
hijos del matrimonio Valdés Julián. Pensó que de todos
modos una información así, la sabría tarde o temprano y
decidió, sin decirle a nadie, abandonar Ciudad Universi-
taria rumbo a su casa.
La mejor de las satisfacciones que recibió Tin Tan,
luego de saber que nunca más vería a su amigo, fue que
ante su ausencia, los productores de la película «El que
con niños se acuesta», la siguiente cinta que tenía con-
tratada Pedro, bajo la dirección de Rogelio González,
con quien Germán había trabajado en la película «El va-
gabundo», habían elegido al cómico como sustituto de
Infante para continuar con el proyecto fílmico.
—¿Te imaginas Chalía linda? Entre tantos otros acto-
res me están solicitando a mí, para que reemplace a Pedro.
Una vez más Tin Tan quedaba en algún baúl de estu-
dios cinematográficos y dio paso a Encarnación oChon,
el telegrafista de San Luis de las Tormentas, que se la

pasaba juntando para poder casarse con Rosario o Cha


su novia, cuyos padres se niegan a aceptar dicho enlace,
porque consideran poca cosa alempleado de telégrafos
y prefieren a un riquíllo de la comunidad. Contra vien-
to y marea Cha y Chon se casan, durante el viaje en tren
rumbo a la luna de miel, Chon le canta a su recién espo-
sa El Segundo, lo que consideró Germán Valdés como
uno de los más grandes honores, cantar en lugar de Pe-
dro Infante.
«Yo no pude suponerme / lo que sucedió, / el juegui-
tooo entre tú y yo / de inocentes amiguitos jugando al
amor, / entre sus redes nos atrapó, / cariñito azucarado
que sabe a bombón, / amorcito consentido de mi cora-
zón, / sin saber cómo
cuándo / empezó este romance
ni

/ sin que yo supiera dónde iba a llegar. / Comenzó por


un dedito y la mano agarró / se trepó por un bracito y al

— 294
labio llegó /y de un beso mi amor adorme-
al estallido /

cido / cambió de pronto el juego / en el más dulce amor.



Besaste veintitrés veces a Lilia Prado, Gerbancio
— le recordó Meche, su contadora de besos, luego de ha-

ber visto la película.

— Y eso que no llegamos nada de nada, eeeehhhh?


¿ a
—Reviró sonriente Tin Tan.
—De seguro hubo tomas en que no
varias las tenías
que pero ahí estabas tú de
besarla, facilote.

—Todo en memoria del cuatacho Pedro, mi Meche,


sólo por él.

Tin Tan aceptó antes de que finalizara aquel año al-

ternar el primer papel


lado de Viruta y Capulina, bajo
al

la dirección de Fernando Cortés, quien para entonces


había acaparado los restos del trabajo tintanesco, tra-
yéndolo de un papel a otro. «La odalisca número trece»
se le presentaba como la oportunidad de despedirse de
lassombras y alcanzar el juego visual del color, el cine-
mascope. No hubo objeción ante las propuestas de los
números musicales, como tampoco en lo referente a tal
o cual escena, simplemente Tin Tan se dejaba llevar por
la corriente, un poco cansado ya de la propia industria

cinematográfica, las confusiones nada chuscas, dejándo-


se guiar hasta la ciudad imaginaria de Damascotepec,
con mayor pena que posibilidad de gloria.

¿Cuándo sabe uno que ha pasado su mejor época?


¿Cómo habrá que tomar los nuevos espacios? Tal vez
Tin Tan no tuvo tiempo de detenerse a responder para
sí una que otra pregunta. Su vida había cambiado por
completo, ahora tenía que cuidar al recién nacido Car-
los Valdés Julián, así como tampoco podía olvidarse de

Germán Valdés Martínez, Javier, Olga y Genaro Valdés


Vargas. Deseaba seguir con el nivel de vida que hasta

— 295
entonces había logrado, pero el dinero seguía siendo su
peor enemigo, a cada rato que le pasaban la charola, va-
ciaba los bolsillos entre amigos, familia y conocidos.
La propia historia del cine nacional experimentaba
cambios, las producciones se cuidaban menos, los argu-

mentos dejaban de contar con la revisión del actor. Pue-


de que el cansancio por emprender una nueva empresa,
o alguna gira, en aquel momento hayan sido un obstácu-
lo, Germán Valdés tenía ganas de disfrutar más a su fa-

milia, convivir con su nueva esposa, acudir a la casa de

sus padres, bromear con los hermanos como antes, or-


ganizar fiestas y ver a todos reunidos.
Puede que ahí se encuentren las razones por las que
una vez más en 1958 el actor aceptó todo tipo de pro-
puestas cinematográficas, repartidas las ocho películas
que realizó aquel año entre siete directores diferentes,

variando desde la costumbre por trabajar bien al lado de


Martínez Solares, entre quienes no existía ya ningún tipo
de mal entendido para acoplarse, así como estar de nue-
va cuenta bajo la dirección de Rogelio González, quien
le había escogido para sustituir a su amigo Pedro Infan-
te, o experimentar, en un intento por recordar los viejos
tiempos, en la cinta «La tijera de oro», haciendo man-
cuerna con Benito Alazraki, con quien ya había trabaja-
do en otra película.
Regresó a trabajar con Fernando Cortés luego de la

experiencia con Viruta y Capulina, o permitió también


que Miguel Moray ata le dirigiera una historia nada con-
vincente sobre dos personas idénticas. Así como tam-
bién se prestó a realizarun papel poco espectacular con
Rafael Portillo y, supo más o menos salir adelante en la
producción dirigida por Fernando Méndez.
Aún a pesar de que la gente sabía distinguir la manera

— 296 —
como Tin Tan era capaz de sazonar la broma y ser dife-
rente al resto de los cómicos de la época, la figura ya esta-
ba desgastada en pantalla, varias de las producciones de
aquel año confirmaron la falta de aliento de otros días.

El maestro peluquero todólogo de «La Tijera de


oro», muestra parte de esa vitalidad agotada. Es el per-
sonaje que ayuda a todos en el barrio, reúne la cantidad
de dinero para que los habitantes de la vecindad no sean
arrojados a la calle, le compone su radio a Sara, inyecta
a la mamá de su novia, adopta al chicharito de su pelu-
quería como si se tratase de un hijo y es novio de una
muchacha menor que él, a quien los padres recomiendan

que mejor le haga caso al hombre rico e influyente, para


que no se pase la vida contando centavos como su ma-
dre, al lado de un hombre frustrado. También se indigna
ante la actitud prepotente y todopoderosa de políticos
pistola al cinto, por lo que se pasa el tiempo enfrentán-
dolos. Orillado y desesperado por las deudas, termina
sorbiendo su amargura en una cantina y una vez más
defiende a un borrachín de un empistolado. Cuando es
trasladado al Ministerio Público, llegan los amigos que
antes le dieran la espalda a echarle la mano en plena dis-
cusión, incluida Rosita la novia.Todos vuelven felices al
barrio, luego del clásico beso final, cuando cae la cortina
de la peluquería.
Comonunca antes Emilio Campos, el maestro pe-
luquero, puede que representara el tiempo vivido en
ese instante, no por Tin Tan, sino por el propio Ger-
mán Valdés.
—Ponte trucha Manuel, porque en esta película la
vamos hacer gacha. — Le informó Germán
a a su herma-
no menor, ante la propuesta de Rogelio González de fil-

mar «Dos fantasmas y una muchacha.»

— 297 —
—Se supone que somos miembros de familias cuyos
pleitos han durado más de treinta y dos generaciones, tú
eres un López y yo un Pérez, estamos a principios del
siglo XX en un teatro y nos indignamos porque el vulgo
se recrea la pupila con el tobillo de la enamorada de am-
bos. De que luego del duelo, en el cual me gusta lo
ahí
que propone el director: se supone que desde nuestros
respectivos palcos nos cacheteamos con los guantes, cual
debe. Cada uno escoge a sus padrinos y disparamos al
mismo tiempo, cayendo muertos los dos, pero no nos
damos cuenta y caminamos hasta encontrarnos en las al-
turas del teatro. Nos asustamos cuando vemos nuestros
cuerpos en el
y es cuando nos cae el veinte de que
piso,
hemos muerto, que somos un par de fantasmas, de ahí
que asustamos a todos en el teatro.
— —
¿Como éste? Comenzó a hacer girar su campa-
nilla Manuel, imitando el ruido de una sirena.

— Estate, estáte, que me revientas el niño de la oreja,


porque has de saber que si tenemos niñas en los ojos, ni
modo que no tengamos niños en algún lugar de nuestros
cuerpos, ¿o no?
— Me late, me late, matarililililón. Ve qué padrísimo,
aquí dice que la voy a hacer de caníbal, chino, griego,
español, universitario, vayaaaaa, hasta que voy a poder
bailangas como tú. —
Volvió a interrumpir Manuel, con-
tagiado por la emoción sobre la producción que le esta-
ba contando su hermano Germán.
— Luego vemos la coreografía, si quieres te echo una
manopla.
— ¿Pero? Con que quedarifa chamaca con-
el se la es

miguín. — Reclama Manuel.


—Ninguaras, tú siquiera has leído texto y yo
ni el

ya...Pero mira, escenas son buenérrimas. —


estas Insis-

— 298 —
tió Germán, luego de pasar rápidamente las hojas del
guión.
— Sibirín, tin, tin, como la pulguita pis, pis, creo que
va ha estar muy pin. — Salió feliz Manuel con su libreto
debajo del brazo, dispuesto a estudiar su papel.
Mientras tanto Germán hojeó otra propuesta que le

había llegado, cuyo título le atrajo de inmediato: Vivir


del cuento. — ¿Qué ha sido mi vida si no eso? Es de los
mejores títulos que he visto, Tin Tan el vividor de los
cuentos, Tintacuentos, Tintiricuentero, Tintacantocuen-
tos, Tintabailaríncuentista, aaaahhh... —-Dejó escapar un
suspiro el actor. Los tiempos pasados, los actuales y los
venideros se atropellaban en su cabeza y en sus senti-
mientos.
—Qué pasó Germán, ¿vas o no entrarle con a la his-

toria de modelos? — Interrumpió Alazraki


las pensa- los
mientos del cómico.
—Tendrá que ser pa’l año que viene, mi hermano.
Tengo que cumplir a un par de directores. De tu historia
me gusta el relajo que se echa con la televisión, ¿cómo
dices que se llama?

—No pero creo que podría


es definitivo, «Mode- ser
los adomicilio». ¿Por?
—Por nada, no mal — quedó meditando Tin Tan.
está se

—Ahora que deseas, podríamos ponerle Tin Tan y


si

las modelos —propuso como estu-


al aire el director, si

viera leyendo pensamiento del


el actor.

—Pero protagonista no Tin Tan, ya dejé


el es a ese lo

en algún cajoncito.
—Pero la gente te conoce más por Tin Tan que por
Germán Valdés, digo, no es que seas un desconocido,
pero la verdad nos daría mucho empuje revivir tu nom-
bre de pantalla. ¿Cómo se te da el crédito en todas las pe-

299 —
lículas que has filmado? Sino es como Tin
precisamente
Tan, y en algunas ocasiones con letras pequeñas Germán
Valdés, incluso creo que sería la primera cinta cuyo títu-

lo diría Tin Tan.


—No mi querido Beniman, estás descono-
te la creas

ciendo «Las locuras de Tin Tan», que se filmó a princi-


pio de los cincuenta, creo que en el 51.
— Claro, se me olvidó —
aseguró apenado el direc-
tor— .Es una buena idea nombrar la película de mode-
los con Tin Tan, nos daría mayor taquilla, no creo que se

oponga Martínez Solares al cambio de titulo de su obra.


jOsí?
—Uuuy mi hermano, ve que no conoces. se lo
—Déjame proponérselo señor Zacarías, ya verás al

cómo si parece, busca


a él le manera de la sacarle el sí a
don Gilberto — Alazraki veía animado, mientras des-
se

colgaba el teléfono para hablar con el productor y, Tin


Tan buscaba la sinopsis de las modelos entre la montaña
de papel erigida encima del escritorio.
— Le pareció buena idea, aunque piensa que no se va
poder cambiar de nombre al personaje, te quedarás co-
mo Marcos Alonso Chimalpopoca, pero está de acuerdo
en que será buena la taquilla si nombramos la película
«Tin Tan y las modelos.»
— Que vaya entonces. Oye, no encuentro la sinopsis,

pero había una escena en que


masaje y lue-
la me dan un
go voy torcido manejando una motocicleta, me parece
medio chafaltrafa.
—Deja revisarla y te hago llegar el guión completo,
¿te parece bien que comencemos a filmar a mediados de
enero del año entrante? — Insistió, para amarrar el com-
promiso.
—Sastre sin mangas en el chaleco. — Le contestó el ac-

— 300 —
tor, dando por terminada la conversación con Alazraki.
«Tin Tan y las modelos», quedó rondándole el título
a Germán Valdés en la cabeza. Se imaginó la escena en la

que no estaba de acuerdo, hizo algunas anotaciones de


memoria sobre la historia que recordaba. «Qué oficina
tan chiquita le han dado a esta muchacha». Se imaginó di-
ciendo al descubrir a la secretaria en un closet, la que co-
quetearía con el gerente de la fábrica de artículos de be-
lleza Venus. «Hay que hacer hincapié en lo ridículo que
puede ser la televisión.» Le dijo Tin Tan a Germán, mien-
tras se quedaba observando un aparato televisor apagado

enfrente de él. Recordando las diversas propuestas que le


habían hecho meses atrás sobre un programa, que recha-
zó gracias a la forma altanera y prepotente de los empre-
sarios televisivos. «Se están creyendo los dueños de los
artistas estos cuadernos». Exclamó en voz alta, aún cuan-

do no tuviera destinatario su advertencia.


Germán Valdés dejó de tener influencia en las pro-
ducciones que se le proponían, si acaso le aceptaban
los productores o directores una que otra modificación
a determinada escena o cambio de texto; él sabía que
los tiempos habían cambiado, sus números musicales de
rumba, tango, flamenco, rancheras, salsa, wogie-wogie,
estaban comenzando a dejar su lugar al rock, música a
la que todavía él no se integraba.
—¿Se acuerda usted de mi cubano aquel que cuate, el
deseaba beisbolista? — Cuestionó
ser Germán Valdés a

uno de los ayudantes de la escenografía de la cinta «El


fantasma de la opereta», quien había colaborado en va-
rias de las películas dirigidas por Fernando Cortés.
—Más o menos mampis. —Quiso recordar Germán,
ante el esfuerzo al que lo sometía el Mamparas, como le

decían desde pequeño al asistente.

301 —
—Uno de pelo chinito, que se lo presenté para ver si

podía ayudarlo para que entrara de extra. Que incluso


jugaron un rato al beis, porque es rete’bueno pa’la bola
—Mmmmm... creo que — Concedió sí. el actor, más
por cansancio que por saber de quién le hablaba el

Mamparas.
—Pues fíjese me
acaba de escribir y resulta que
que
es de los que se fueron a la revolución con los barbudos

de Cuba, y que ganaron este año. —Narró orgulloso de


que su amigo fuera un revolucionario.
— ¿Ah sí?

—¿No cree usted que ya hace algo en México?


falta así

—Algo ¿cómo qué? —Preguntó desconcertado


así,

comprender qué pasaba con el Mamparas.


el actor, sin

— Un cambio, una revolución, ¿a poco usted votó


por el licenciado López Mateos?
— La mera verdura ni siquiera botellas me tocaron
el año pasado, tuve tal cantimplora de chamba, que no

supe de mí.
— ¿No cree que haya tanta pobreza en México como
lo había en Cuba, para que pase algo fuerte?
—Pero los comodines son diferentes, aquí de menos
no hemos padecido una tía dictagorda como en otras
partuchas, hay que ayudar para que haya menos des-
igualdad, pero no con la escupidora de plomo. Precisa-
mente el cine es una de las formas de echar la manopla
para que a la gente se le prenda el foquito de la ayuda-
dora. No se puede permitir que se descriminiche a los
indígenas, por ejemplo, así como tenemos que poner
un frenacho a los jicarones aquellos que estudian la ca-
rrera de déspota —terminó de decirle Germán al Mam-
paras, viéndole para saber si había satisfecho sus ganas
por conversar.

302
—Tiene razón don Germán, ¿desea que le mande sa-
ludos a Calixto de su parte ahora que le escriba?
—A Calixto, ¿y ese quién es? —Se volteó Germán
sin entender de nueva cuenta de quién se trataba.
—Mi cuate, cubano revolucionario, ganón.
el el

—Aaaaaahhh, salúdalo de mi parte — atinó


claro, a
decir el cómico mientras se dirigía a su camerino para
que lo maquillaran.

Cada vez fueron menos las actuaciones que realiza-


ron juntos Tin Tan y Marcelo, aun cuando en las seis
cintas que filmara Germán Valdés durante 1959 ostentó
el primer crédito, los papeles que le asignaron a Marce-
lo fueron de poca importancia; pero a pesar de ello, en
aquel año salió su segundo Long Play grabado con la

disquera Guitarra, cuyo título era: «A gozar y reír; Tin


Tan y su carnal Marcelo». En el que entre otras melodías
compuestas por el propio Tin Tan, se grabó la canción
Bonita, de Luis Alcaráz, que el cómico lanzó al éxito in-
terpretándola en varias de sus películas.
Las giras para promover el disco se pospusieron has-
ta que Tin Tan cumpliera con los contratos cinematográ-
ficos contraídos.
— Quedó listo el guión de «Variedades de media no-
che», — Fernando Cortés
llegó a informarle Se inclu- — .

yeron los comentarios que nos hiciste durante la última


reunión que tuvimos.
—A ver no hacemos rabietear a mares a los que se
si

creen hoy dueños de los artistas. —


Le comentó Tin Tan
al director, en clara alusión a los que cuatro años atrás

habían inaugurado Telesistema Mexicano, del consorcio


televisivo que comprendía los canales 2, 4 y 5.

—No lo creo, ya nos autorizaron sus instalaciones


para poder rodar la película.

— 303
—Es que no se miden, con la euforia aquella que han
despertado entre la gente por ser actores, me cae que se
aprovechan de los inocentes, son peores que los produc-
tores de cine. ¿No te solicitaron revisar la historia?

—Para nada, tú no te preocupes, a pesar de que les

tiramos un buen de prepotentes, monetaristas y puede


que hasta de amorales por atentar en contra del arte, sa-
ben que también es publicidad para ellos, y así hasta van
a mostrar a la gente su lado humano —tranquilizó el di-

rector a Tin Tan.


—Esta escena de los programas de concursos está
buenona, que no se te olvide que el papel del concursa-
dor-en-todo es para mi hermano Ramón. ¿Cómo se va a
llamar siempre mi personaje?
— Quedamos que Germán Gómez, ahora si que será
parte de tu verdadera personalidad.
— Casi nadie sabe que el apellido Valdés es compues-
to con Gómez. Me parece bien, porque va a ser mi otro
yo el que critique el medio de la caja boba. Eso, eso es
la televisión, ni es teatro ni es cine, es una vil caja boba
— gritó satisfecho.
— ¿Ya te fijaste que eres graduado en todo por co-
rrespondencia? Esa puntada se le ocurrió a González,
por aquello de que hoy pululan por todas partes publici-
dad para que estudies por correo para sastre, dibujante,

cocina, albañilería...
—Y yo estudié para cantante, floor manager ,
actor,
microfonista, diseñador, mariachi, les faltó mariachi
—sugirió Tin Tan, extirpándole la carcajada a Fernando
Cortés.
—Sabes que lo peor del caso es que la gente se lo
cree, me contaba un cuate que son miles de pedidos los
que reciben estas compañías.

— 304 —
—En esta escena de cuando me meto a la transmisión
televisiva de un café, habría que ser más chinchoso con
aquello del malinchismo, algo así como prefiero la mú-
sica vernácula al rock.

—¿Ya llegaste al gerente de la tele?

—Aquí está —observó Germán— . Hijitos pajaritos,


están gruesones, esto de no darle la espalda al retrato del
propio gerente en su oficina les va a doler.
—No sólo eso, sino que siempre va a tener la razón
él, si una idea se le ocurre a uno de sus achichincles, el ge-
rente la hace suya, es más o menos presentarlos como los
creadores de la vida a partir de que apareció la televisión.

Tin Tan reventó con una carcajada al leer los textos


del gerente de Televicentro, cuando es amenazado de
muerte por el vengador.
—¿No suena como muy resentidón Mendoza el actor
olvidado? — Deliberó Tin Tan sobre papel de su el socio,
que dice conocer a todos en el mundo de la televisión y
que supuestamente lo va a ayudar para triunfar en ella.
—Por eso si te fijas, más adelante dicen unos textos
sobre el defender el arte, no la pretensión de ser artista,

sino el arte mismo de la actuación, del canto. Deja ver lo


despersonalizado que ha sido esta industria en compara-
ción con el cine o el teatro.

— ¿Qué chambas me va conseguir? a


— Para que que reciba pastelazos en
seas el los el pro-
grama del Loco Valdés, como oso en la serie del circo, de
avisador y de limpia bulbos en la sección técnica.
—Faltaría una escena en la que me meto a una puerta

y salgo vestido de algo, de pollo, por ejemplo; luego sal-


go otra vez y estoy de panadero, algo así como cuando
se hace la toma desde un pasillo con varias puertas, que
es la clásica forma de resolver una persecución.

— 305
— ¿En que secuencia quieres? la

—Antes de —señaló, cuando hace


ésta las parodias de
los programas de varios actores de televisión: como Paco
Malgesto, Pedro Vargas, Lucho Gatica y Cachirulo.
—Anotado señor.
—Oye, por último, falta aquí remarcar cuando me
trepo a la torre detrás de Mendoza una vez descubierto
que es él el vengador, que el gerente de la tele mande
traer a su gente de noticias. Ya ves que a éstos no se les
escapa una, si no es por producción artística, que sea por
la informativa, pero le exprimen el jugo a todito.
— ¿Es todo?
—Zitácuaro, ahora que no nos han llamado a ca-
si

mellear con ellos, después de esto, ni con mi compadre


Meraz me van a permitir regresar a su Coronel Cosmos.

Por último, Germán, ya no insistí en meter una es-
cena parecida a la que hiciste en «Tin Tan y las mode-
los», de satirizar a Orwell con lo de los marcianos en el
zócalo, como referencia de lo que puede hacer el medio.
Primero porque se iba a ver muy chocante repetir la es-
cena y por...
—Muy bien, mi hermano, muy bien, convoca a to-
dos para lapróxima semana y vamos a darle porque me
quiero ir con Rosita a Acapulco.

— 306 —
Aquella mañana Genaro Cipriano detuvo la lectura, ho-
jeó rápido las hojas que le acababa de entregar Adriana,
eran pocas las cuartillas que le faltaban para terminar, la
duda sobre de qué platicaría después con ella le asaltó.
Tin Tan venía siendo un buen pretexto para estar a su la-
do, a pesar de los celos que le seguía guardando al cómi-
co por robarle el amor de su amiga. Se dispuso a salir pa-
ra verla, prefirió dejar las últimas cuartillas para leerlas
por la noche, de momento deseaba encontrar al culpable
de que su sueño no le acompañara más.
—Esto sí que es paradójico, Adriana, a Tin Tan no
le hacía ninguna gracia la tele y precisamente como ya
comentamos, por ella lo conocemos. —
Le dijo, presu-
miendo que le faltaba poco para terminar de leer.

—Y es más, según plantea Carlos Monsiváis, cosa


que por demás le creo, que gracias a la caja idiota se le

revaloró como actor, como cómico, como el gran artista


que fue.

—Me despertaste ganas por ver «Variedades de


las

media noche».
—Es de menos conocidas, no muy buena, pe-
las es

ro todo el rollo que se avienta jodiendo a la tele no tie-

— 307 —
ne cuate. De monetaristas, vendidos a la publicidad, anti
manipuladores y locos no los baja. Además,
artísticos,

ha de haber sido gruesísima la onda por aquellos años,


imagínate tú, cuando comenzó a ser popular la tele, las

ganas de ser actor de todo el mundo. Porque además es

un medio que entra a tu casa como la radio, pero aquí


con mayor poder de convencimiento por la imagen, de
a perdis la radio te deja a la imaginación sus historias, la

voz del locutor, y la música, pero con la te-


los sonidos
le, me supongo que más de un ingenuo de aquellos años

creyó que quienes se le presentaban por la pantalla ha-


bitaban dentro de ella.

—Para uno es difícil pensar en eso, supongo que no-


sotros vimos la pantalla desde que estábamos en el vien-
tre de nuestra madre. Así como nuestros padres se sor-
prendieron con nuestros nintendos, nuestros abuelos se
han de haber sorprendido con la televisión.

Ahora que lo dices, más que paradójico podría de-
cirse que el colmo de Tin Tan fue que trascendiera gra-

Oye, precisamente me dejaste muy


cias a la televisión.

clavada ayer cuando comentábamos sobre la decadencia


o no de Tin Tan. Ese es uno de los debates más entram-
pados sobre su figura, y llegué a la conclusión de que
Tin Tan nunca tuvo una decadencia dijo muy segura
-

Adriana.
—Amiguita, creo que tú te haces cosquillas sólita
cuando ves las últimas películas de Tin Tan.

Lo que quiero decir es que quien entró en deca-
dencia fue el cine nacional, todo el conjunto de las pro-
ducciones de los sesenta no pudieron incorporarse a la
historia del cine. No me digas que por aquel tiempo
Cantinflas filmó algo que valiera la pena, incluso el pro-
pio Martínez Solares parecía triste dirigiendo a Tin Tan,

— 308 —
fue él quien ideó la serie de Chanoc, en su afán por aco-
plarse a los nuevos tiempos, Tin Tan se prestó a actuar

en producciones como «Locura de terror» o «Pilotos


de la muerte», en las que se ve desubicado al pretender
bailar rock, y de lo menos que se le puede acusar es de
poco rítmico, ¿me explicó? Por ejemplo, ¿puedes venir
hoy a la casa al salir de clases? Quisiera que vieras «El
violetero.»
GC se sintió atropellado con el cúmulo de argumen-
tos que Adriana le soltaba como ametralladora. Se supo
en desventaja, ya que ella mejor que nadie sabía que si

algo le fascinaba era estar a su lado, aunque fuera frente


a la televisión con Tin Tan de intruso.
— Luego del pacto que hice con Canales de no vol-
ver a encargarme ningún trabajo hasta que esté en tercer
semestre, creo que no tengo bronca de llegar hasta las

cinco y media para checar la publicidad; pero de todos


modos déjame avisar.

Una vez más Adriana dispuso de todo lo necesario


frente al comer mientras que por la panta-
televisor para
lla chica aparecía Lorenzo Miguel remando por los ca-
nales de Xochimilco.
—Mira como Tin Tan plantea una vez más defensa la

del indígena — señaló Adriana, mientras que


le ven- el

dedor de flores discute inocentemente con Teresa, la hi-

ja menor de la casa a la que ha sido invitado para arre-


glar el jardín. Ella está por irse a vivir a los Estados Uni-
dos, en una actitud de anhelo por todo lo que no es

mexicano.
Lucía, la hija mayor, la reprende por aquella actitud,
insistiendo en que el indígena mexicano ha corrido en
desventaja no acceder a una educación y oportuni-
al

dades, pero que son individuos tan valiosos como cual-

309
quier otro mexicano. Surgiendo así la idea en Lucía de
transformar a Lorenzo Miguel, proponiéndole que se
vaya a trabajar de planta en su casa, mientras le enseña a
leer y escribir, así como ciertas formas para integrarse al

mundo citadino. Logra convertirse en el administrador


de los negocios de la familia; Teresa vuelve un año des-
pués de su viaje y cae en la trampa de Lucía, llegando
incluso a besar nuevo administrador debajo de una
al

mesa de pin pon, sintiendo como una burla la lección


que le asestó la hermana mayor, mientras que Lorenzo
Miguel, a pesar de su transformación, se sabe producto
de un experimento y regresa a Xochimilco, en donde
todo ha cambiado. María Candelaria, su antigua compa-
ñera de trabajo y con la que existía cierta simpatía amo-
rosa, ya está comprometida con otro lugareño luego de
haberse sacado entre ambos la lotería. A Guadalupe, la

sirvienta de la casa de Lucía, vecina de toda la vida de


Lorenzo Miguel, se le ve feliz de la mano de Tun Tun.
Desamparado se sube a una chalupa y se va remando
entre los canales de Xochimilco, cuando se le aparece
Lucía en una Chinampa y le confiesa su amor.
— —
No es mala comentó GC con aires de crítico
cinematográfico.
—No mames, claro que no es mala, si te das cuenta,
no maneja un discurso panfletario o moralino, como
bien puede ser el caso de otras cintas de la época. Por
ejemplo, las últimas quince o veinte películas de Can-
tinflas son deleznables, precisamente por exagerar sus

mensajes piadosos.
—Aahh —asintió él, ya para entonces aburrido por
las disertaciones de su amiga, con toda aquella carga de
idolatría que le profesaba al actor.

—Ahora sí que Tin Tan siempre se la pasó defen-

— 310 —
diendo minorías en sus películas; primero con el rollo
de los pachuchos, luego con los habitantes de las vecin-
dades y en éste con los indígenas.

Este rollo que me acabas de echar parece ponen-
cia de coloquio intelectual, poco sugestivo para la diges-
tión —cortó Genaro Cipriano la inspiración analítica de
Adriana, antes de irse al periódico.

Abrazo a la memoria

¿Cómo asimilaba la industria cinematográfica los cam-


bios que se asomaban a principios de la década de los se-
senta? ¿Qué pasaba en el México de aquellos años? ¿Có-
mo se reacomodaban las expresiones artísticas? ¿Qué
prefería el ¿Qué quería la
espectador? juventud? ¿Qué
nuevos símbolos florecían? ¿A dónde acudía a divertir-
se la gente? ¿Dónde quedaban las expresiones popula-
res que prolif eraron durante los cuarenta y cincuenta?
¿Qué se bailaba?
Germán Valdés recibía la nueva década a punto de
cumplir los cuarenta y cinco años. Comenzaba a dejar
de ser el actor atractivo para las recientes ínfulas del cine
nacional, la falta de llamados para realizar nuevas pro-
ducciones no deterioraba su humor, aun cuando para
1960 filmó cuatro cintas como estelar, por lo que co-
menzó a realizar varios viajes, no solo al interior de la
República, sino también a Centro y Sudamérica. El tea-
tro de revista, espectáculos cómico-deportivos, giras al
lado de Marcelo, para promover su más reciente pro-

— 311
ducción discográfica, algunas presentaciones por televi-

sión y radio, así como su más grande afición por irse a

Acapulco en compañía de su familia, fueron el centro de


su vida y de trabajo.
—Ya está todo listo señor. —Se acercó para infor-
marle el auxiliar de dirección a Julián Soler, durante el
rodaje de «Locura de terror.»
— ¿Terminaron de maquillar a los monstruos?
—Sí.
— ¿Están cuidados todos los detalles de la locación
en la cueva?
—Sí.
— ¿Cuánto tiempo llevamos de retraso? —Preguntó
Soler al percatarse que no contaba con ningún otro dis-
tractor, antes de ponerse más nervioso de lo que ya es-
taba por la ausencia de Germán en los estudios.

— Hora y media señor.


Julián se fue a parar a la entrada de los estudios
Churubusco, encendió un cigarro y creyó descubrir a lo
lejos de la calle el automóvil de Tin Tan, exhaló satisfe-

cho el humo cuando confirmó que sí era.


— Qué pretexto, Germán, llevas un par de llantas
ponchadas, el cierre del viaducto, por poco y te creo
aquello de que se habían escapado los animales del Ata-
yde semana pasada, ¿con qué me vas a salir ahora?
la

—No, mi querido July, ahora sí que no hay nada que


ocultar, simplemente que uno no aprende, ya ves, acaba de
nacer la Rosalita y ahí está uno. La mera verdura es que
hoy sí que me levanté temprano, Chalía me sirvió, bien
linda, mi desayunóte, me lavé los dientes, con estas ma-
zorcas si no me tomo el tiempo necesario, me puedo pa-
sar todo el día; cuando salía para acá, le doy su besito de
despedida a Rosalía, ella bien linda me lo contestó, que me

312
pico y que le planto un segundo, ella no vayas a creer que
se opuso, ¿pos cómo se iban a quedar las cosas así? Y que
se me deja venir con otro más chipocludo. Ya para el tercer
besotote, para qué te cuento, hasta ahorita terminamos.
La narración de Germán desenfadó por completo
al director, que mejor ordenó de inmediato que todos
ocuparan sus puestos para iniciar la grabación.

El 31 de enero de 1962 en sesión poco solemne, la

Asociación Nacional de Actores convocó al evento en el

que Germán Valdés Tin Tan la medalla


se le entregaría a
Virginia Fábregas, como reconocimiento a sus 25 años
ininterrumpidos de actor cómico. Una ausencia desta-
caba entre los amigos y familiares que acompañaban a
Tin Tan, don Rafael Gómez Valdés, quien desde hacía
tiempo se encontraba delicado de salud.
—Achis, ¿tan añejado ya?— Exclamó Tin Tan al re-

cibir la presea.
El rodaje de «Pilotos de la muerte» comenzó a prin-
cipios de aquel año,una película en la que Tin Tan al-

ternaría con Adalberto Martínez Resortes, bajo la di-

rección de Chano Urueta. Se prepararon varias locacio-


nes en el Autódromo de la Magdalena Mixuca, donde se
filmó el espectáculo de los Hell s Drivers capitaneados
por Jack Kochman, con suertes a gran velocidad.
El sábado 12 de febrero, antes de que Germán salie-

ra de su casa rumbo al autódromo, llegó una noticia fa-

tal: su padre acababa de morir. El actor cerró la boca, se


atragantó el dolor, los ojos se le inundaron de lágrimas
y se acurrucó en los brazos de su esposa por un tiempo.
Se metió al baño y al rato salió dispuesto, anunciando
que se iba a trabajar, rechazó la propuesta de faltar a la

filmación aquel día. Serio, antes de partir dijo: «Total, se


llama los “ Pilotos de la muerte”.»

— 313 —
Luego de medio bailotear Rock and Roll con Resor-
tes al ritmo de popotitos, interpretada por los Teen Tops,
dejando atrás el mambo, y las rumbas, volvió a
la salsa

aceptar trabajar al lado de Viruta y Capulina en «Peligro


de muerte», y se aventó una de vaqueros con «Fuerte,
audaz y valiente», bajo la dirección de René Cardona, en
la que interpretó a León, ingenuo y débil cowboy que

blofea y cuenta hazañas nunca realizadas ante un grupo


de chicos malos.
—Yo fui el jefe de los bandidos de Río Frío, es más,
yo fui el que enfrié el río, también me comí a Rintintin,
ataqué el fuerte Stocton, asalté el expreso de Shangai y
maté a la familia del Llanero Solitario, —narra cuando
lo torturan con una pluma en la nariz.

A fines de 1962, Producciones Latino Americanas le

propone realizar la sátira de Tarzán, bajo la dirección de


Fernando Curiel. La cinta se rodó y se le adaptaron dos
finales: uno en blanco y negro, en el que el hombre mo-

no es liberado por Conga para que no sea sacrificado, y


también son perdonados los ingleses que pretendieron
apoderarse del tesoro del Rey Salomón, cuyo título pre-
cisamente sería: «El tesoro del Rey Salomón». Mientras
que también se trabajó un final a colores, cuando el in-
glés le propone al hombre mono asociarse con él, luego

de haber descubierto petróleo, y es cuando el gran jefe


de la aldea de los Matanga le da la bienvenida al techni-
color y se escenifica el último número musical, cuyo tí-

tulo fue «Tin Tan el hombre mono.»


Las giras habían sido un gran éxito a pesar de que
los sesenta golpeaban fuerte que hasta entonces
a los
se consideraban inmortales. Durante 1963 Germán Val-
dés no tuvo tiempo de entristecerse por ser llamado con
menos regularidad en producciones cinematográficas. A

— 314 —
un hombre maduro, continuaba siendo jo-
pesar de ser
ven en sus actuaciones en vivo, la chispa no le había
abandonado y él luchaba por incorporarse a los nuevos
tiempos.
El teatro San José en Costa Rica se encontraba al lle-

no total actuación de Tin Tan y su carnal Mar-


para la

celo, estaban a la mitad de una gira por Latinoamérica.


En elescenario Tin Tan contaba chistes y Marcelo, co-
mo siempre, fiel patiño, no dejaba de marcar su toque
humorístico.
«Ooooohhhh, mamá / yo quiero casarme / con una
negrita / que sepa bailar... / Tiririqui / tiririqui / titu-
tiiii » Terminó de cantar Alabama y de inmediato Tin
Tan entre los aplausos del público comenzó a chiflar
muy agudo y dejó de hacerlo cuando uno de los tambo-
res de la orquesta sonó seco.


¿Viste, qué fue eso Marcelo? Preguntó, señalan- —
do al otro extremo del escenario como si hubiera caído
algo.
—No Tin Tan, ¿qué fue?
—Aventaron un astronauta —aseguró.
a
—Aaahhh... ¿un astronauta?
— ahorita vengo de
Sí, cañaveral de ver cómo
callo
avientan carnales esos que duran tanto vuelta y
a los
vuelta en mundanal mundo Marcelino — explicó muy
el

conocedor.
— ¡Qué interesante! — Abrió Marcelo los ojos asom-
brado.
— pero, pues, eso no
Sí... tiene chiste.
—¿Cómo no chiste? tiene
—En México avientan como cerca de quinientos mil
astronautas todas noches Marcelino — explicó su
las le a

compañero y al público.

— 315 —-
— Oye tú y cómo ¿
está eso...?
—Pues vete cantinas y verás cuánto tequilero
pa’las
hay, nada más salen de las cantinas y... fffiiiiiiiiiiiiuuuuu

arriba y sin cuete, Marcelo — las risas retumbaron — . Yo


te quiero cantar a ti
y a todo este lindo público de Costa
Rica que nos viene a ver aquí al teatro San José una can-
ción que le de la vuelta al mundo, una canción satelitada.
—Ah, una canción satelitada...
—Dice así, para ustedes respetable público, La nuez,
canción satelitada.
— Oye, ¿qué ritmo lleva? — Preguntó Marcelo antes
de hacer sonar su guitarra.
—Es el ritmo de dos por cuatro, o tres por ocho, o
seis por diez, como más barato.
te salga

— No, no, no, ¿pero?, ¿cómo hace, como va siendo?


— Dice chun ta ta, chun ta ta... Tin Tan espera a —
que Marcelo lo siga con la guitarra y una vez que escu-
chó el ritmo deseado —
muy bien. Así... La nuez, para
,

ustedes. Canción satelitada... Sí señor...


— ¿Cómo dices que se llama la canción? Dejó Mar- —
celo a Tin Tan con la boca abierta antes de que comenzara
a cantar.
— La nueeezzz, Marcelo...
— La nuez, no conozco... la

— Orita la oyes, orita la oyes, venga de ahí. —Una


vez más el chun ta ta sale de la guitarra de Marcelo —
Canción satelitada para ustedes que se llama La nuez.
Dice así...
— ¿Oye no cambia de ritmo? —Vuelve a interrumpir
Marcelo, antes de que la garganta de Tin Tan saque la

primera estrofa.
—Noooo, no cambia en nadaaaa, no me interrumpas
por —Se desespera Tin Tan.
favor.

— 316 —
—-Entonces no cambia. — Confirma Marcelo.
-

—No, no cambia, va... ahí, ahí... —Expresa, atento


una vez más al chun ta ta —
La nuez, canción satelitada
.

con todo respeto para ustedes. .


¿ Y cómo dices que se llama...? Pone cara de in- —
genuo Marcelo.

Ay, diosito santo, déjame cantar Marcelo, se llama
La nuez... —
Sin poder contenerse más.
— ¿Qué no es el nogal?
— Noooo, La nuez y si me vuelves a interrumpir ¡gr-
fgstmbkzxqw! para tu jefita.
—No, está bien, ya.
—¿Ah, verdad? La nuez, canción para satelitada to-
dos ustedes, dice «No eeezzz que no
así: quiera / te /

siyaaaaa...» — Al momento de entonar canción, Tin la

Tan se alejó corriendo hacia el otro extremo del escena-


rio y luego de encarrerarse dio un gran salto.
La sorpresa enmudeció al público, cuando presenció
cómo la figura de Tin Tan se achicaba cuando éste caía
en el hoyo que su peso había hecho en la duela del esce-
nario, quedando detenido tan sólo por los brazos.
— ¿Otro astronauta? — Exclamó Marcelo asustado al
dejar de tocar y acercándose ver su compañero.
a a
—Ayúdame Marcelo, —exclamó temeroso Tin Tan
cuando se vio en aquella posición, porque, además, se per-
cató de que faltaban como tres metros para caer hasta el

fondo, en el que se encontraban varios fierros y piedras.


—Ahorita Tin Tan, ahorita — -decía Marcelo nervio-
so, sin saber cómo dando de vueltas alrede-
arrodillarse,
dor del medio cuerpo de Tin Tan que asomaba, pero eso
sí, sin dejar de agarrar la guitarra.

En todo el teatro no se escuchaba el menor susurro, el


público había quedado paralizado por lo que presencia-

317
ba. Marcelo no atinaba en cómo ayudar a su compañero.
Poco a poco con los codos Tin Tan alcanzó a empujar su
cuerpo hacia arriba, hasta que al fin una de sus piernas pa-
só por el boquete que se había hecho en el piso del esce-
nario y alcanzó a salir, con la respiración agitada.
El silencio que inundaba el teatro San José fue roto
por una voz desde la galería: — ¡Otra vez Tin Tan, por-
que yo no te vi! —Tin Tan jaló aire por la boca, con la

mano le indicó a Marcelo que continuara con el Chun


ta tay luego de esbozar una sonrisa continuó cantando:
«No eeezzz / que no te quiera...» Como si el accidente
hubiera sido parte del espectáculo. «Si yaaaaa... / no
te sigo / besaaandooo...» Marcelo hizo la segunda, su

cara estaba más pálida que la del propio Tin Tan, quien
alargaba el final de las letras para concentrarse: «No
ezzzzzzzz / que no te quiera / si yaaaaa / no te sigo be-
sando. / La cruz no pesa/ lo que calaaa/ son los filos/

cariño santo y los trancazos,/ cariño santo.» El público


pasó del pasmo a la risa, escuchando la nuez satelitada.

Un nuevo chiflido de Tin Tan marcó que el satélite se


dirigía a otra parte, mientras que el ritmo de la música
cambiaba, era enviado a los Estados Unidos según narró
el cómico. De ahí expresó Tin Tan, abriendo su boca a
todo lo que daba:
— Ahora ha volado el satélite para la Argentina. —Al
momento en el que la orquesta comenzaba a interpretar
los acordes de un tango. — Argentina, de dónde es el

tango malevo, el tango que sos la tragedia, tragedia a la

que se hubiese enfrentado el mundo de haberse roto la

maceta éste rorro tan comicón. — Las carcajadas no de-


jaron que Tin Tan continuara con su improvisación y él
mismo se comenzó a sentir cansado luego de la impre-
sión recibida, de ahí que continuara platicando la can-

318
ción de la nuez con tono de Tango.
—No eeezzz / que no te quiera... —Tin Tan comen-
zó a golpetear a Marcelo, actuando la tragedia del tango.
—Oye, oye, oye, ¿por qué me pegas? Está bien que
casi te hago cosquillas para que te cayeras, pero no te

desquites.
—Es que tango muy fuerte Marcelino.
el es

—¿Y yo qué culpa tengo?


—Para hacer un tango hay que matar a tres y no a
un hocicón, como pretendieron los empresarios de este
teatro,y como tú vales por tres por lo panzón, te damos
y luego hacemos el tango.
—No, no, no...

—Está bien, mejor sácate de ahí y llévatelo


el satélite

para Querétaro de las pirinolas, Marceliano.


—Mmmm, ¿qué parece España? te

—Hooombre, tu madre, Marceloooo... —Declamó


como andaluz.
—Nooo, mejor no lo llevemos a España. —Sugirió
Marcelo.
—¿Y por qué no?
—No, pus, ¿qué que ver mi mamá, aquí en
tiene la

bala perdida? Mi mamá no ninguna bala perdida.es

— Oye, oye, eso yo no eso mejor pregúntaselo


lo sé,

a tu papá — aclaró Tin Tan ya encarrerado en impro- la

visación — El era quien


. abría puerta le de la a las tres la

mañana a la señora, Marcelo.


—Pero lo malo es que no se lo puedo preguntar a mi
papá, porque mi papá sí que es una bala perdida acla- —
ró Marcelo.
—Eso yo tampoco lo sé.
—Bueno, pues pregúntaselo a tu mamá —asestó Mar-
celo, retirándose fuera del escenario, dejando a Tin Tan

319
doblándose el estómago, aguantando la risa, al momento
en el que los aplausos interrumpían el duelo.
El telón se cerró, las palmas continuaban escuchán-
dose tronar del otro lado, Marcelo y cargó a Tin
salió

Tan, abrázandolo, el público se puso en pie y entendió


que no era prudente exigir que los actores terminaran su
número.
—Estuvo cerca Tin Tan — exclamó Marcelo entre
bambalinas.
Un sinnúmero de personas se les acercaron a los ar-
tistas, pendientes de la salud de Germán, se desvivían
por saber lo sucedido.

—Estoy más o menos bien, pero qué, ¿acaso aquí no


escomo en gringolandia? — Lanzó pregunta Tin Tan, la

desconcertando todos — En una demanducha con


a . los

ameriquiquis me hubiera embolsado unos cincuenta mil


dolarucos, mis queridos ticos. —Sentenció bromista—
Está bien, está bien, fírmenme un cheque por gastos
médicos y que no se le vaya a borrar la Tin...taaaaan.
— Aclaró por último el actor ante la incertidumbre de
los responsables.
A su arribo a México, luego de aquella gira, Germán
Valdés una vez más descubrió lo que eran los tiempos
modernos, cuando se enteró al llegar a su casa, por voz
de su esposa Rosalía, que el 10 de diciembre sería la úl-

tima función que daría el teatro Tívoli, escenario por el

que habrían pasado los dos artistas, ella cantando al la-

do de sus hermanas, igual que un sinnúmero de artistas


cuyos nombres desde 1946 habían desfilado por su mar-
quesina, como Tongolele, Ninón Sevilla, Agustín Lara,
Roberto Soto, Rosita Quintana y Toña la Negra entre
otros.
Tin Tan levantó las cejas de asombro ante la noticia

320
y sus entrañables recuerdos, ya que meses atrás también
había cerrado sus puertas el teatro Follies para ser de-
rrumbado, en donde había alternado con Palillo, entre

otros artistas.
—Qué tiempos tan chistoretitos. — Esbozó una son-
risa ante la tristeza que desprendía su esposa— No se me .

achicopale mi Rosita del alma, ¿qué no ve cómo andan las


cosas? Fíjese en toda la bola de incrédulos que acudieron
a la avenida Reforma el otro día, dizque pa ser testigos del
desfile de ovnis, y ya ves el chasco, porque los dejaron
plantados. —Bromeó para levantarle el ánimo.
La industria cinematográfica parecía querer ajustar
cuentas con todos los artistas cómicos de los cuarenta y
cincuenta, sobre todo con aquellos cuyo origen venía de
la antigua carpa, para relanzarlos a la pantalla metidos en
un mismo costal, como era el caso de la cinta «Los fan-
tasmas burlones», en que Clavillazo, Resortes y Tin
la

Tan compartieron créditos al lado del ya para entonces


famoso, gracias a la televisión, Loco Valdés. Aun a pe-
sar de que Tin Tan no cargaba con aquel origen carpero,
precisamente y tal vez por eso, las críticas cada vez se
enfilaron más en su contra.
La radio primero y el teatro de revista después ha-
bían sido los trampolines de La chiva para
,
ser luego el
Topillo Tapas y llegar a los reflectores como pachuco y
después con Tin Tan, quien tuvo su veta popular y de
barriada igual que aquellos que se habían fogueado entre
el populacho carpero. ¿Advenedizo? ¿Impostor? ¿Cola-
do? ¿Qué con el Tin Tan, haciéndola en una vecindad de
multichambas, o como defensor del barrio? Había con-
quistado la capital del país con sus extravagancias pa-
chuquiles, inmerso en una industria que lo había explo-

tado al máximo.

— 321 —
Pero a pesar de ello, de las posibles adversidades, de
los celos o las dudas, nadie podía poner en entre dicho
el profesionalismo de Germán Valdés Tin Tan, su versa-
tilidad, su voz, el control de su cuerpo para hacer mími-
ca, la forma de bailar, el poder de sus gesticulaciones, su
libertad para filmar, la originalidad en sus improvisacio-
nes, sus ocurrencias y sus besos.
—Hagamos una como
don Gilipoyas. Le antes, —
soltó Germán a Martínez Solares, cuando se encontra-
ron en los estudios Churubusco a mediados de 1964.
—Se nos quedó en el papel la sátira de Robinson
—recordó el director.
— Querrá usted decir de Tintanson.
—Déjame ver saco apoyo de algún productor
si el

para poder rodarla —prometió Martínez Solares.


— ¿Qué parece me endrogo un poquín y vuelvo
te si

a producir? — Propuso Germán.


— Cómo pero cosa
veas, muy dura — quiso
la está ser
precavido.
—Ninguas, pa’qué nos ha de marmaja, de no servir la ser
pa’ser lo que uno quiere, mi distinguido don Gilasacón.
Martínez Solares, de igual forma, estaba padeciendo
elcambio de época, de ahí que el último experimento de
parodias aun y cuando convocara de nueva cuenta a Vi-
tola, como parte de los actores de otros tiempos, dejara
en la añoranza los éxitos en pantalla de la cinta produci-
da por Producciones Germán Valdés.
Sin desistir, varios directores, deseando alcanzar el

reconocimiento no obtenido en otros tiempos, se le acer-

caron a Tin Tan, igual que otros con los que había filma-
do tremendos fracasos, de formaron en
nueva cuenta se
la cola, o aquellos como Martínez Solares cuya época se

encontraba ya en los anales de la historia, pero que pre-

322 —
tendieron adaptarse a la era del rock. Entre todos ellos
estarían ubicados en forma diversa: Chano Urueta, Ma-
nuel de la Pedroza, Emilio Gómez Muriel, René Cardo-
na y hasta Miguel Morayata.
Directores con los que Germán Valdés actuó, parti-
cipando también como productor, como fue el caso del
«Tintanson Crusoe», «Gregorio y su ángel», «Connie
Carrol y El pobre Simón», entre otras cintas. Pero exis-
tía una mejor referencia a los días en los que alcanzó el

éxito en serio, comparado con lo producido o actuado


durante la segunda mitad de los sesenta.
A los 51 años de edad, una vez más Germán Valdés
se sintió satisfecho al cien por ciento con su trabajo,
luego de no haber estado tan contento y de tener un re-
vés más en sus aventuras como productor, cuando los
estudios Walt Disney lo invitaron a doblar la voz de Ba-
loo en «El libro de la selva», experiencia que repitió dos
años más tarde ahora en el papel del gato O’Malley en
«Los Aristogatos.»
Para poder llevar a cabo la filmación de «Las Naciones
Unidas Tintorería», también conocida como «Canciones
Unidas», tuvo que trasladarse al Perú, ya que el departa-
mento de cinematografía desechó el guión por el título y
Germán Valdés no se iba a traicionar a sí mismo en 1 968, el
año de las Olimpiadas y de la insurgencia estudiantil.
Se acercaba el fin de otra década, Germán Valdés ha-
bía incursionado no sólo en varios papeles de segunda
mota, sino que también le había vuelto a apostar a su pro-
pia productora y tuvo las ganas de debutar como director,
de ahí que durante 1969 se rodara «El capitán Mantarra-
ya», que incluía a su esposa Rosalía en el reparto.
Un poco por la falta de ofertas, además de las di-

ferencias entre ellos, y porque cada cual había tomado

— 323 —
i
rumbos diferentes, Marcelo trabajaba ya para entonces
como inspector de espectáculos. Comenzaron a espar-
cirse varios rumores sobre una supuesta separación del
dúo Tin Tan y su carnal Marcelo.
Faltando pocos días para que finalizaran los sesenta,
Germán Valdés se sentó frente a un espejo, comenzó a
gesticular como si estuviera ante una cámara, y todos sus
personajes se le amontonaron en un mitin multitudinario
en la recámara de su casa, en donde se encontraba solo.
—He estado dentro y fuera de un espejo, mi vida ha
batallado entre la fantasía y la realidad. ¿Cuál ha ganado
más? ¿Cuál de las dos prefiero? Estos espejuchos no son
más que objetos del reconocimiento, mira nada más Tin
Tan cuántas canas ya tienes. Ay, Germán, no existirías
si no te vieras en un espejo. Porque ¿quién eres en una

pantalla de cine? ¿Tiiiiin Tan, o Gerrrrrrrmán? Bueno,


Germansucho, no existiríamos para nosotros mismos de
no observarnos en un espejo, porque para los demás sí,
o qué, ¿acaso no me reconocería la Chalía? Ah qué per-
sonalidad la mía, por eso: «Tú tienes personalidad/ sí,/
personalidad/ yea / tatararara/ ra / ra/ ra/ ra/ rai / rara...»

—Germán quedó serio por unos segundos, tal vez


se
los recuerdos eran más importantes que seguir cantan-
do, creía poder abrazarlos.
— Me la he pasado 54 años trepado en el barco de
la ilusión y mírate... No te puedes quejar. Que no se me
vaya olvidar pedirle un beso a Rosalía, no vaya a ser que
se me cumpla la pesadilla de anoche, en la que sufrí con
que nadie más me iba a dar un beso en todo lo que me
restaba de vida.
Abandonó el espejo, tal vez su imagen quedó graba-
da en la memoria, se dirigió a su clóset, sacó una caja con
cientos de fotografías y de inmediato desfilaron varios

— 324 —
personajes, decenas de mujeres, antiguos compañeros de
trabajo; a su cabeza acudió toda una orquesta, interpre-
tando todo tipo de música. «Recordar, ¿ será volver a vivir
como dicen? ¿O comenzar a morir?» Se preguntó melan-
cólico.
Todo tiene su tiempo, recordó que le habría dicho a
un reportero en una entrevista para el Excélsior , la ho-
jeó, detuvo su mirada ante su respuesta: «Saber adaptar-
se al tiempo y a las circunstancias consiste el buen vivir y
el buen morir», y el buen comer y el buen cocinar, y el
buen besar y tiran, tiran, tiran. .

Observó a su alrededor y se acordó que no había dado


una respuesta a Martínez Solares sobre su idea de ser Tse-
kub en una serie sobre Chanoc. Le distrajeron las risas de
sus hijos, que se acercaban apresuradamente, guardó todo

y se dispuso a recibirlos con una cara de felicidad.


Febrero parecía ser el mes de los infortunios en la vi-
da de Germán Valdés.
— Qué me perdonen mis carnales, pero siento como si
me hubieran arrancado una pierna o un brazo. —Alcan-
zó a decir abatido cuando el 1 3 de febrero de 1 970 recibió
la noticia de que Marcelo Chávez, su carnal, su compañe-
ro, su amigo, su sombra, su inseparable, su protegido, su
patiño, con quien había enjugado los nervios en 1938 ante
su primera presentación en público, había muerto.
—Rosalía, Rosalía... —Apenas y gritó, soltando el

teléfono que le hacía saber de la tragedia, al momento en


el que comenzaba a llorar inconsolable — . Mi hermano
se ha muerto, mi hermano. Le escuchó decir
. . — la espo-
sa al abrazarlo, desconcertada ella de lo que se le había

informado a Germán.
En el primer año de la década de los setenta tuvo pe-
queños papeles en tres producciones, aun cuando el pú-

— 325 —
blico sabía de la fórmula y, no se dejaba engañar al sabo-
rear tan sólo de una probadita del Tin Tan, que ya no se
parecía en nada al de otros tiempos.
Sin compañía de Marcelo, Tin Tan no dejó de tra-
la

bajar y de cumplir con varios compromisos, presenta-


ciones en vivo, de ahí que incorporara a Rosalía, su espo-
sa, en un nuevo espectáculo titulado: «Tin Tan y su cos-

tilla», quienes debutaron en la Carpa México con muy

buenos resultados, aun cuando la salud de Germán Val-


dés comenzaba a deteriorarse.
Una buena noticia le llegó aquel año con Adriana Roel.
—Germán, acabo de regresar de Frankfurt.
— —
Qué bien mi Róela le respondió Tin Tan a una
Adriana emocionada del otro lado de la línea telefónica.
—Lo que pasa es que me metí a una discoteca y. .

—Y y chupaste en grande, ya
bailaste te dije que te

alejes del vicio —vaciló Tin Tan.


mi’jita
—Vas dejar que cuente o qué.
a te

—Mejor o qué.
—Pues que en aquel lugar había una
fíjate sala con
una televisión muy
grande y ¿qué crees que estaban
viendo los alemanes, felices de la vida?
— La Dolche ¿pues qué más?
Vita,
—No, Tin Tan, estoy hablando en serio.

—Pues cómo quieres que sepa yo que estaban viendo


los teutones esos.
— «Escuela de verano», Germán, estaban muertos
de risa viendo «Escuela de verano» con subtítulos en
alemán.
— Ooooorale manita, pues habrá que ir a exigirles
nuestras regalías a estos hitlerianos.
— ¿No da gusto?
te

— Claro que me da muchisísimo gusto, pero también


— 326 —
me daría más emoción saber que nos dan unos cuantos
francos, ¿no crees?
Al año siguiente en «Acapulco 12-22», en compañía
de «Los Cacos», puede que Tin Tan se haya encontrado
a «Chanoc contra el tigre y el vampiro», ambos enemi-
gos también de «El increíble Profesor Zovek» para po-
der asustar a «Las tarántulas.»
Y para 1972 luego de «La disputa», se encontraron
con una «Noche de muerte.»
Germán Valdés, de 57 años, se fue con sus hermanos
Antonio y Ramón por unos días a Zihuatanejo, a princi-
pios de 1973, se sabía enfermo. La vitalidad y la energía
lo habían abandonado, la enfermedad lo consumía por
dentro. Caminaba en silencio por la playa, mientras los
hermanos le dejaban que meditara.

¿Cuánta gente querida no volveré a ver más? Se —
preguntó, vagando sobre la arena —
Creo que en estas .

circunstancias el único personaje al que me asemejo más


que nunca es a Pito Pérez. —
Les comentó a sus herma-
nos al regresar del paseo.
—Bueno, vamos a hacer algo para reírnos, porque si

siempre me la pasé haciendo reír a la gente, será muy ri-


dículo que ahora nos sentemos a velar el pasado — le co-
mentó a Ramón y Antonio, quienes se animaron de in-

mediato para disfrutar aquellos instantes.


Germán Valdés regresó a la ciudad de México, tal vez él
mejor que nadie sabía del poco tiempo con el que contaba
y deseaba disfrutarlo al lado de su familia. Mandó traer a
sus hijos Germán, Javier, Olga y Genaro, así como al resto
de sus hermanos y algunos amigos cercanos. Cuando se
pudo, hubo fiesta en la casa de los Valdés Julián.
Los primeros días de junio la enfermedad comenzó
a vencer el débil cuerpo de Germán, tuvieron que inter-

327 —
narlo en el hospital de la Asociación Nacional de Acto-
res, el cuarto 409 comenzó a ser la sede de una zaga de
más de 110 películas cómicas del cine nacional. Puede
que comenzaran a desfilar desde entonces La chiva, El
Topillo Tapas, el primer Tin Tan de pachuco, Tincito y
sus pantalones cortos, Toni García, Lorenzo Miguel, el
Rey, Marcos Alonso Chimalpopoca, el maestro Emilio
Campos, el Señorito, Quintín, Casimiro, Encarnación,
Pito Pérez, Sansón, Inocencio Dantes, Perkins, Toti, el

Hombre Mono, Pacífico, Octano, Germán Pérez, Va-


lentín Gaytán, Simbad, Refifí, Cleto García, el Sultán,
Germán Gómez y el Tin Tan de tantas cintas como «Má-
tenme porque me muero», «Me traes de un ala», «Ay,
amor, cómo me has puesto», «Soy charro de Levita»,
«Músico, poeta y loco», «No me defiendas compadre» y
«Calabacitas Tiernas», entre tantas otras. Puede que to-
dos hayan colaborado para que Germán Valdés es-
ellos

tuviera optimista, o por lo menos consciente de cómo se


agota el tiempo.
—Mi Vitola, tan linda, que siempre estás atenta y
pendiente de mí, aunque me la pase diciendo que estoy a
todas margaritas, no se lo crea, yo ya no tengo remedio,
ya me voy a ir, voy a cumplir con el último Tin Tan, por-
que recuerda que a todo final musical ya no se le marcará
con el clásico Tan Tan. Pero ni te angusties, porque pre-
cisamente nacimos para morir. —Le sonrió a su compa-
ñera de trabajo el viernes 28 de junio.
Para la madrugada del día 29 preguntó en dónde se
encontraba su esposa Rosita, sólo para decirle que se
veía muy linda. Ella le invitó a que se durmiera, tal vez
como Inocencio convenciera a don Facundo para que
cerrase sus ojos y descansara sin problema alguno. Ger-
mán Valdés obedeció la indicación, entró en coma.

— 328
El 29 de junio de 1973 dejaba de existir Germán Ge-
naro Cipriano Gómez Valdés Castillo, pero heredaba a
todo un país a Germán Valdés, conocido por todos co-
mo Tin Tan.

329 —
Genaro Cipriano no supo qué hacer, en las páginas se le
acababa de morir el actor que tantas veces había visto vi-
vo en la pantalla de la televisión, se sintió desconsolado
de saber que ya no existía Germán Valdés. Triste, guardó
las hojas del escrito de Adriana. Había aprendido a que-

rer al loco aquel, amante de la vida, llamado Tin Tan.


A pesar de la hora, se decidió a llamarle por teléfono
a Adriana, quería decirle lo triste que se sentía.

— —
¿Hola? Respondió Irisel al otro lado de la línea.
— ¿Me puedes comunicar con Adriana? — Solicitó
seco.
—Permíteme.
—¿Qué hay? —Llegó voz la de como ma-
fresca ella

nantial.
—Tin Tan.
— ¿Qué? — Cuestionó entender.
ella sin

—Que Tin Tan, que ya acabé de leer.

-¿ y?
—Me gustó mucho.
—¿Te con mejor actor cómico de México?
reconcilié el

—Mejor que lograste que deje de


eso, pena de
sentir
mi nombre.

— 331 —
— ¿Sabes? Siempre he pensado que sería padre poder
escoger como va uno a morir. De contar con esa chance,
me he imaginado un millón de veces cómo habría deci-
dido morir Tin Tan.
—Haciendo reír a la gente —propuso GC.
—¿Será bueno vivir de las ilusiones de otros? ¿Es
mejor vivir de las propias? ¿De las prestadas? ¿Dónde
queda la realidad? —disparó Adriana, para el descon-
cierto de su amigo.
—Se supone que quien está consternado por Tin Tan
soy yo — reclamó ante él las preguntas lanzadas por
ella.

— El día en que fue enterrado Germán Valdés hubo


un solar —
eclipse comentó Adriana
le de sus sin salir
propios pensamientos.
— ¿Qué fecha fue?
—El domingo primero de julio de 1973.
—A pocos los y unos días cuantos años nací yo
—anotó Genaro Cipriano por decir algo.

—¿Cuál será tu última ilusión antes de morir? — in-


sistió Adriana.
— ¿Te digo mía? —Retó
la él.

—Mejor me cuentas otro día — escapó Adriana.


la se
—Valiéndome que tú pienses, yo quiero un
lo te

chorro — soltó GC, mientras colgaba


le teléfono y el se
imaginaba besar a Adriana en el clásico final de película
de Tin Tan.

332 —
I
A

/
3 9999 05883 926 5
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Me gustas por guarra, amor Juan Hernández Luna

Las mentiras de la luz Juan Hernández Luna


Fritz
Yodo Juan Hernández Luna

Gaudí una novela Mario Lacruz


Glockner
Las ventanas y las voces Juan Carlos Botero

La sentencia Juan Carlos Botero

Obabakoak Bernardo Atxaga

Esos cielos Bernardo Atxaga

Hot Line Luis Sepúlveda

Moleskine Luis Sepúlveda

Vida feliz de un joven Santiago Gamboa


llamado Esteban

El cerco de Bogotá Santiago Gamboa

Fotografía de portada:
Escena de la película Hotel de verano.
Cortesía Filmoteca de la UNAM.
Diseño de portada: TYPE
Glockner

A través de las entregas que Adriana


Fritz ofrece a GC, su compañero de clase, so-

bre la biografía que está escribiendo


acerca de Tin Tan, es como logra con-
vertir a éste, su enamorado secreto, en

cómplice para ambos idolatrar al que


ilusión
para ellos es el mejor cómico de México.
GC vuelca sus ilusiones por ella en la

la lectura del texto que devela al actor en

de diversos momentos de su carrera.


Una novela dentro de la gran novela que
descubre al artista como un hombre-ca-
barco
maleón. Quien a pesar de transformarse
con los años, según las demandas de la
El época y de su público, guardó intacto
siempre su corazón de adolescente, su
generosidad y gran sentido del humor.
Con una prosa transparente que consigue,
no sólo aproximarnos gran cómico y
al

hacernos ver nuevamente sus películas, El la

barco de la ilusión nos transporta tam-


bién al cine de la llamada Época de Oro
para compartir set con el actor y co-
nocer más del México de aquellos años.

Ediciones B
CKUPOZHA*

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