Logra por fin Leibniz estructurar esta nueva rama de la matemática que le permite finalmente definir
un punto cualquiera determinado, no sólo como cruce de dos rectas o como cruce de dos curvas o
como tangencia- cómo geometría- sino además, como una función de una o dos o tres variables, que
hace que el establecimiento matemático de la función nos diga de una manera previa recorrido que
este punto va a seguir.
El éxito que logra Leibniz en esta teoría del cálculo infinitesimal se documenta inmediatamente en la
fisica, en el problema de la materia que es el segundo de los problemas a que se enderesa su
reflexión juvenil. Y en este problema de la materia también tropieza inmediatamente con una
oposición a la física cartesiana. La física cartesiana es una física geométrica. Para Descartes el cuerpo
no es ni más ni menos que pura extensión. Por eso precisamente, cuando D. calcula la cantidad de
movimiento, o sea al producto de la masa de un cuerpo por su velocidad, encuentra que la cantidad
de movimiento en un sistema cerrado de cuerpos es constante.
Se llaman sistema cerrado de cuerpos a un conjunto de cuerpos que están en movimiento relativo,
los unos con respecto a los otros, pero que constituyen un conjunto, un sistema, dentro del cual no
penetra ninguna influencia de afuera. Semejante sistema no se da en la realidad fisica en la cual
vivimos; pero si consideramos la totalidad del universo, es esa totalidad, en efecto un sistema
cerrado de ese universo.
La tesis de Descartes consiste en afirmar que la cantidad da movimiento, o sea el producto de la
masa por la velocidad, en un sistema cerrado (en el universo, por ej.) es constante, y establece la
constancia de multiplicado por “y”. Leibniz examina detenidamente esta tesis cartesiana y encuentra
que en físicamente falsa. Descartes no ha tenido en cuenta que los cuerpos no son solo figuras
geométricas, sino que además son “algo”, que tiene la figura geométrica, no son solo extensión, sino
algo que tiene la extensión; y por eso cegado por su geometrismo, ha fallado la formulación de esta
ley mecánica; porque lo que es constante en un sistema cerrado, el producto de la masa por el
cuadrado de la velocidad, lo que desde entonces se llama en física fuerza viva”. Leibniz, pues,
descubre la constancia de la fuerza viva en un sistema cerrado.
Quiere esto decir que al punto material no es punto geométrico; no es definible solamente por las
coordenadas analíticas cartesianas, sino que además ese punto, si es material, si es real. Contiene
materialmente una fuerza viva, que es la que determina su trayectoria y su cantidad de movimiento;
y esa fuerza viva que contiene el punto material es en un momento determinado la resultante
exacta de todo el pasado de la trayectoria que la masa de ese punto material ha recorrido y contiene
ya “en germen” la ley de la trayectoria futura.
Así substituye Leibniz, en su física, la noción de fuerza viva a la noción de puro espacio extenso. Los
cuerpos no son solamente figuran geométricas, sino además y, sobre todo, fuerzas conglomeradas
de energía, conglomerados dinámicos. Cada uno de esos conglomerados dinámicos puede definirse
matemáticamente, porque con la trayectoria recorrida, el cuadrado de la velocidad y la masa, se
tienen elementos suficientes para determinar matemáticamente la situación dinámica actual de
cualquier cuerpo y esa situación dinámica actual de cualquier cuerpo contiene a su vez la ley de su
evolución dinámica ulterior, posterior.
La Monada más percepción y apetición.
Con lo infinitamente pequeño del cálculo infinitesimal; con la fuerza viva como elemento definitorio
de la materia en vez de la pura extensión, tomamos los dos elementos, las dos ideas fundamentales
que llegando a un maridaje, a una unión perfecta, van a dar de sí a la metafísica propiamente dicha
de Leibniz. La metafísica de Leibniz está construida toda ella sobre el fundamento de la idea de
“monada”. Puede decirse que la matemática de Leibniz es la teoría de las monadas: y Él lo
comprendió así, puesto que su última obra, publicada después de su muerte, lleva. ese nombre:
Monadología”.
La palabra “monada” no es de Leibniz. Probablemente la ha tomado de sus lecturas de un filósofo
del Renacimiento, u físico, astrónomo y matemático muy genial: Giordano Brono. Plotino la utilizó
también.
La monada es primeramente substancia, es decir, realidad. Substancia como realidad, y no
substancia como contenido del pensamiento, como término puramente psicológico de nuestras
vivencias. Sino substancia como realidad en sí y por sí. Ser substancia para Leibniz, no puede ser
extenso. Para Leibniz la extensión os el orden de las substancias, el orden de la simultaneidad de las
substancias; como el tiempo en el orden de la sucesión de nuestros estados do conciencia. La
extensión, el espacio, es una idea previa, pero no tienen objeto substancial, real.
El único objeto substancial, real, la substancia, la monada, no puede, por consiguiente, definirse por
la extensión. Si la monada pudiera definirse por la extensión, entonces la monada sería extensa;
sería divisible, sería dual o trial, etc. Pero la monada es única sola, y, por consiguiente, indivisible. Y
para que sea indivisible no vale hablar de Átomos. Los átomos materiales no satisfacen a Leibniz,
porque un átomo, si es material, si es extenso, es divisible será más o menos difícil de dividir por la
técnica digital humana; pero como no se trata de técnica digital, sino de la contextura en sí y por sí
de la substancia, una substancia extensa será siempre divisible.
Por consiguiente, la monada no puede ser divisible; es indivisible; y si es indivisible es inmaterial; y si
no consiste en extensión, en materia, no puede consistir en otra cosa que en fuerza, en energía.
Fuerza y energía, segun nuestra experiencia sensible, son la capacidad que un cuerpo tiene de poner
en movimiento a otro cuerpo. Pero así no puedo definirse metafísicamente la energía, porque aquí
no hay cuerpos las monadas no son cuerpos; las mondas no son extensas. Entonces la energía no
puede ser otra cosa que la capacidad de obrar, de actuar.
Nosotros no tenemos otra intuición de acción sino la que tenemos de nosotros mismos, del mismo
modo que nosotros, en el interior de nosotros mismos, nos captamos a nosotros mismos como
fuerza, como energía, como tránsito y movimiento interno psicológico de una idea, de una
percepción a otra percepción, de una vivencia a otra vivencia, así es lo que constituye la consistencia
de la moneda. La monada es substancia activa, esa capacidad de pasar por varios estadios, esa
posibilidad de vivir.
La monada no solo os indivisible, sino individual. Es totalmente diferente de otra monada; no pudo
haber en el universo dos monadas iguales. En virtud del principio de Leibniz, llamado de los
indiscernibles”, si una monada fuese igual a otra monada, no podrían ser dos sino una. Las cosas en
el mundo, las realidades en el mundo son indiscernibles cuando son iguales. Por tanto, nunca son
iguales. La individualidad de la monada es uno de los puntos esenciales de la moetafisica de Leibniz.
Indivisible significa individuo, pero además simple, sin partes. La monada no tiene partes; pero como
os activa, hay que encontrar una definición que haga compatible la individualidad, la indivisibilidad,
la simplicidad de la monada, con los cambios interiores de la monada. Cambio interno significa
“percepción”. La monada está dotada de percepción y de apetición, caracteres de todo lo
esencialmente psíquico. La percepción es el acto mismo de tener lo múltiplo en lo simple. En el alma
espiritual, en el acto de percepción, lo múltiple percibido, el contenido múltiple de la vivencia está
en la unidad indivisible, en la unidad simple del percipiente. En la percepción es donde se da
precisamente el requisito que exigíamos: que la monada sea simple, indivisible e individual y al
mismo tiempo contenga una pluralidad de estados. Esa percepción es la representación de lo
múltiple en lo simple.
Pero además de percepción, la monada tiene apetición o sea tendencia de pasar de una a otra
percepción. Las percepciones se suceden en la monada; y ese sucederse de las percepciones en la
monada constituye la apetición. Ahora ya tenemos una representación, una idea mucho más
compleja y clara de la actividad de la monada. La actividad de la manada es doble: por un otro lado
percibir, por otro lado, apetecer. Corresponde pues la realidad metafísica de la monada, percibir;
por monada a esa realidad que llamamos el “yo”.
Leibniz ha descubierto así, por debajo de ese apariencia fenoménica de lo geométrico, de lo
mecánica, de lo físico, de lo material, la monada, como soporte real metafísico de esa apariencia
mecánica. La monada no es extensa, no es movimiento, sino es pura actividad, o sea percepción y
apetición.
Estas monadas son la sucesión constante de diferentes y diversas percepciones, el tránsito constante
de una a otra percepción. La ley intima de ese transito es una ley espontanea. Del mismo modo que
el círculo recorrido por un punto está ya en germen dentro de la división infinitesimal del punto, así
también la monada no tiene ventanas ni le entra nada del mundo exterior. Pero la ley Intima de
sucesión de sus estados perceptivos y de su propia apetición, es una ley que rige esa sucesión; lo
mismo que la ley intima de una función, de una variable, está íntegramente contenida en el seno del
punto de esa variable. Y así nos encontramos con que, en cualquier momento de su vida, de su ser,
de su existir en cualquier instante de su realidad, la monada es una reducción del mundo entero. Es
la monada en cualquier momento de su vida, algo que en ese momento contiene todo el pasado de
la moneda y todo el porvenir, puesto que la serie de las percepciones que la monada va teniendo,
viene determinada por una ley interna que es la definición de esa individualidad substancial. En
cualquier momento de la vida de la monada, todo su pasado está volcado al presente, y ese presente
a su vez no es más que el preludio del futuro, inscrito ya también en la actividad presente de la
monada.
Ahora bien: si las monadas de esta suerte reflejan el universo, si cada monada es un reflejo universal
lo es exclusivamente desde un cierto punto de vista. Refleja pues cada monada la totalidad del
universo; pero la refleja desde el punto de vista en que se halla situada; y además la refleja
oscuramente. La percepción la distingue perfectamente Leibniz de la apercepción. Leibniz distingue
entre percibir y apercibir. Apercibir es tener conciencia de que se está percibiendo. La apercepción
es el saber de la percepción; la percepción que se sabe a sí misma como tal percepción.
Las monadas tienen percepciones; pero algunas de entre ellas, además de percepciones, tienen
apercepciones. Las monadas que tienen apercepciones y memoria constituyen lo que se llama las
almas, o sea un plano superior, en la jerarquía metafísica, al de las simples monadas con
percepciones, o sea con ideas confusas y oscuras.
Leibniz se esfuerza por hacer patente la existencia de percepciones inconscientes; pues si no hubiese
o no pudiese haber percepciones inconscientes, toda su teoría se vendría abajo. Si toda percepción
fuese necesariamente también apercepción, entonces todo el sistema metafísico caería. En nuestra
propia vida psíquica, tan desenvuelta, puesto que nosotros somos almas con apercepción y
memoria, encontramos también percepciones sin conciencia, alude L. a una porción de hechos
psicológicos, bien conocidos desde entonces en la psicología y que revelen que a cada momento
estamos percibiendo sin apercibir. Tenemos percepciones y no apercepciones de ello. Por ejemplo,
cuando oímos el ruido de las olas del mar sobre la playa, este ruido tiene que componerse de una
multitud enorme de pequeños ruidos: el que cada gota de agua hace sobre cada grano de arena; sin
embargo, no somos conscientes de esos pequeños ruidos de eso que él llama pequeñas
percepciones”. Somos conscientes solamente de la suma de ellas, del conjunto de ellas, pero no de
cada una.
Jerarquía de las monadas
Cuando la monada, además de percepción inconsciente, tiene percepción consiente o sea
apercepción, y capacidad de recordar, o sea memoria, esa monada es alma. Aquí se opone
radicalmente Leibniz a la teoría de Descartes, que afirmaba que los animales no tienen alma; que
son puros mecanismos, igual que los relojes, y funcionan lo mismo que los relojes. Leibniz considera
que no hay tal, sino que los animales tienen alma, porque tienen percepciones y apercepciones, se
dan cuenta; y además tienen memoria.
Otro tramo superior en la jerarquía metafísica de las monadas serían los espíritus. L llama espíritu a
las almas que además poseen la posibilidad, capacidad o facultad de conocer las verdades de razón,
de tener percepción apercitiva de las verdades de razón. Y, por último, en lo más alto, en el punto
supremo de la jerarquía de las monadas, está Dios, que es una monada perfecta o sea donde todas
las percepciones son apercibidas, donde todas las ideas son claras, ninguna confusa; y donde el
mundo, el universo, está reflejado, no desde un punto de vista, sino desde todos los puntos de vista.
Imaginémonos pues un ser que vea el universo, no como lo vemos nosotros ahora desde un sector
del universo. Todo el universo está en ese nuestro sector, porque sin discontinuidad ninguna
podríamos pasar de ese sector a otro; pero simultáneamente no podemos estar situados más que en
un punto de vista, de manera que, aun teniendo el máximo conocimiento científico, no podríamos
reflejar el mundo más que desde un cierto ángulo visual.
Pero imaginemos ahora un ser que pudiese reflejar al mundo desde la suma de todos los ángulos
visuales: ese es Dios. Él tiene una perspectiva universal.
De esa manera el enjambre infinito de las monadas constituye un edificio jerárquico, en cuya base
están las monadas inferiores, materiales, cuyas aglomeraciones constituyen los cuerpos mismos, que
son puntos de substancia inmaterial, puntos de substancia psíquica, con percepción y apercepción.
Pero luego por encima, están las almas, o sea aquellas monadas dotadas de apercepción y de
memoria. Por encima, los espíritus, aquellas monadas dotadas de apercepción, memoria y
conocimiento de las verdades eternas. Y, por último, en lo más alto de la cúspide, esta Dios, monada
perfecta, en la cual toda idea es clara, ninguna confusa, y toda percepción es apercibida o
consciente.
Dios creo el universo. Significa que Dios crea las monadas, y cuando Dios crea las monadas, pone en
cada una de ellas la ley de la evolución interna de sus percepciones. Por consiguiente, todas las
monadas que constituyen el universo están entre sí en una armónica correspondencias
correspondencia armónica que ha sido preestablecida por Dios en el acto mismo de la creación.
La armonía preestablecida: comunicación entre las substancias:
En el acto mismo da la creación cada monada ha recibido su esencia individual, su consistencia, su
definición funcional, infinitesimal. Esa monada desenvolviendo su propia esencia, sin necesidad de
que de fuera de ella entren acciones ningunas a influir en ella, desenvolviendo su propia esencia,
coincide y corresponde con las demás monadas en una armonía perfecta del todo universal. De esta
manera, por la sola definición esencial de cada uno de esos postes de sustancia metafísica que son
las mónadas, Leibniz resuelve el problema formidable que se había planteado en la metafísica a raíz
de la teoría de Descartes. Era el gran problema de la comunicación de las substancias y
principalmente de la relación entre el alma y el cuerpo.
Descartes había establecido tres substancias: la substancia divina, la extensa y la pensante. Se trata
de saber cómo es posible que al cuerpo influya sobre al alma y que el alma influya sobre el cuerpo.
Que existe esa influencia es indudable, porque un pensamiento de levantar la mano derecha me
basta para que levante la mano derecha. Que el cuerpo influye sobre el alma, es también indudable,
porque una modificación cualquiera del cuerpo me produce, por lo menos, la idea confusa del dolor.
¿Cómo es posible esa comunicación entre las substancias? Para que dos substancias, dos seres, dos
cosas, comuniquen, es preciso que haya algo de común entre ellas; tiene que haber algo de común
para que dos cosas comuniquen; tienen que comunicar por una vía común. Pero no hay nada de
común entre el puro pensar y el ser extenso. Los metafísicos posteriores a Descartes se esforzaron
por resolver este problema.
Leibniz establece un ejemplo muy instructivo que comprende todas las posibles soluciones a este
problema y que alude a los filósofos que han adoptado esas posibles soluciones.
En una habitación hay dos relojes que marchan acompasadamente. Van de acuerdo porque se da
una influencia directa de un reloj sobre otro. Es la solución que admite la causa que influye sobre el
efecto. Pero Descartes no puede utilizar esta solución porque no hay nada en común entre el alma y
el cuerpo.
Cabe otra hipótesis; un hábil artesano se sitúa delante de los dos relojes y cuando uno de los dos
empieza a querer adelantarse al otro, le toca la máquina para que no se adelante; y caminan al
compás. Esta es la teoría de Malebranche: “la teoría de las causas ocasionales” Dios estaría
constantemente atento a lo que sucede a las substancias, y cuando en una substancia sucede algo,
le da esto ocasión para influir en la otra y que acontezca en ella lo correspondiente. Malebranche
considera que únicamente Dios es causa eficiente, y lo que llamamos causas, en la física y en la
naturaleza, son ocasiones que Dios tiene de intervenir continuamente en la armonía entre las
substancias en el universo.
Cabe otra hipótesis: no hay dos relojes sino un solo mecanismo con dos esferas; un solo conjunto de
ruedas y de pesas, pero dos esferas, una a la derecha y la otra a la izquierda. Entonces por fuera
tienen que andar siempre las dos esferas correspondientes y parejas porque como es un solo
mecanismo el que manda las dos agujas, no puede haber diferencias entre ellas. Esta solución es el
panteísmo de Espinosa. No hay más que una substancia: Dios. Esta substancia tiene dos caras, dos
atributos: la extensión cartesiana y al pensamiento. Como la extensión y el pensamiento no son de
que dos atributos de una y la misma substancia universal, las modificaciones en la una y en las otra,
son modificaciones en la única substancia
Leibniz tiene que acudir entonces a otra hipótesis, que es la suya: que los dos relojes no han sido
fabricados por un mal relojero, sino por un obrero magnifico, perfecto. Es Dios que ha hecho las
substancias; y las ha puesto en marcha de manera que no se apartan ni un milésimo segundo las
unas de las otras. Dios al crear la totalidad de las monadas, cada una con su ley funcional interna, las
he creado en armonía preestablecida; y entonces, sin necesidad de que haya una intercomunicación
de las substancias, de hecho, siguiendo cada una ciegamente su propia ley, resulta la armonía
universal del todo.
El optimismo.
Para Leibniz el mundo creado por Dios, el universo de las monadas es el mejor, el mas perfecto de
los mundos posibles. Si nos ponemos a escogitar, desde el punto de vista de la logica pura,
encontraremos que había un gran número, un numero infinito de mundos posibles; pero Dios ha
creado el mejor de entre ellos.
Pero: ¿cómo puede decirse que este mundo es el mejor cuando a cada momento vemos a los
hombres asesinarse brutalmente unos a otros? Leibniz en quinientas páginas de un libro que se
llama “Teodicea” se esfuerza por mostrar que en efecto hay mal en el mundo, pero que ese mal es
un mal necesario. Cualquiera otro mundo, que no fuere éste, tendría más mal que éste porque es
forzoso que en cualquier mundo haya mal, y éste es el mundo en donde hay menos mal.
No puede haber mundo sin mal, por tres razones: que el mal metafísico procedo de que el mundo
es limitado, finito; y en finito porque es creado. El mal físico procede de que el mundo es material y
la materia trae consigo la privación, el defecto, al mal. El mal moral tiene que existir también, porque
es condición del bien moral. El bien mal no es sino la victoria de la voluntad moral robusta sobre la
tentación y el mal. Para que haya bien es necesario que haya mal; el mal es la base necesaria, el
fondo oscuro del cuadro, absolutamente indispensable para que sobre él se destaquen los bienes.
En este mundo el mal existe como condición para el bien, y precisamente por eso éste es el mejor de
los mundos posibles, porque el mal que en el existe, es el mínimum necesario para un máximo de
bien.
Así la metafísica de Leibniz termina en estos canticos de optimismo universal
Reproducción del libro “Lecciones preliminares de filosofía” de pág. 158 a 170.
LEIBNIZ
Es uno de los filósofos más considerables que ha conocido la humanidad. En su tiempo tuvo una
autoridad indiscutida, no sólo en filosofía, sino también en física, en matemática, en jurisprudencia,
en teología. En todo aquello en que él puso su mano, alcanzó las más altas cumbres del saber.
Leibniz tuvo la percepción clarísima de donde se encontraba la falla, el defecto, el punto flaco del
empirismo inglés. No pudo conocer sino la obra de Locke y sin embargo le bastó para llegar al punto
central en donde estaba la originalidad, pare al mismo tiempo la falla del empirismo: su intento de
reducir lo racional a fáctico, la razón a puro hecho. Hay una contradicción fundamental en esto: si la
razón se convierte en puro hecho, deja de ser razón; lo fáctico es lo que es sin razón de ser, mientras
que lo racional es lo que es razonalmente; es decir, no pudiendo ser de otra manera. El defecto
fundamental de todo psicologismo es que lo racional es convierta en puro hecho, deja de ser
racional.
El punto de partida de Leibniz es este descubrimiento central. Respondiendo con un libro a Locke:
“Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano” Leibniz distingue verdades de razón y verdados
de hecho: Las verdades de razón son aquellas que enuncian que algo es de tal modo que no puede
ser más de ese modo; las verdades de hecho son aquellas que enuncian que algo es de cierta
manera, pero que podría ser de otra. Las primeras enuncian un ser a consistir necesario como el
triángulo tiene tres ángulos. Las segundas enuncian un ser contingento, como: el calor dilata los
cuerpos. Las verdades matemáticas son de razón, las verdades físicas son de hecho, como lo son las
verdades históricas.
Esta división corresponde a la que hacen los lógicos entre juicios apodícticos y juicios asertorios
entre 2 y 2 son 4, y esta mesa es redonda. En los apodícticos el predicado pertenece necesariamente
al sujeto, en los asertóricos el predicado pertenece al sujeto de hecho pero no de derecho, no
necesariamente.
El problema que se había plateado Locke era el problema del origen de las ideas. También Leibniz se
plantea el mismo problema pero partiendo de esta distinción: verdades de hecho y verdades de
razón no pueden ser oriundas de la experiencia, si fuera así serían oriundas de hechos y serían
entonces verdades de hecho, y entonces no serían verdades de razón, serían tan contingentes, tan
casuales, tan accidentales como son las mismas verdades de hecho.
¿Serán entonces innatas? Si, pero no como pensaba Descartes. Innato no quiere decir que son
totalmente impreso en nuestro intelecto sino “virtualmente” impreso. Innato significa
“germinativamente, seminalmente innato. Las ideas innatas constituyen al mismo espíritu o
intelecto.
En el curso de la vida, del espíritu, esas ideas se desenvuelven, se explicitan, se formulan, surgen así
las matemáticas, etc. Aprender matemática no es algo que se parezca en los más mínimo a la
comunicación o información que se recibe de otra persona o lee en el diario de una verdad o suceso
de hecho aprender matemática consiste en que las matemáticas latentes que están en uno salgan a
flote. Leibniz recuerda la teoría de la reminiscencia de Platón que en el Menón que presenta a
Sócrates que hace deducir, por medio de preguntas inteligentes, a un joven esclavo, toda la
geometría.
Seminal, genético, germinativo puedo decirte únicamente de las verdades de razón que, en este
sentido, son innatas cualquier hombre puede saberla y no necesita para ello de la experiencia sino
solamente del desarrollo de esos gérmenes que están ahí. Leibniz expresa eso de una manera
perfectamente clara cuando dice, completando un dicho de Aristóteles, que “nada hay en el
intelecto que no haya estado antes en los sentidos, a no ser el propio intelecto, con sus leyes y con
sus gérmenes, o posibilidades de desarrollo, que no necesitan más que de explicitarse.
Leibniz descubre así lo que después de Kant, vamos a llamar “a priori”. A priori significa
“independiente de la experiencia”. Las verdades de razón son a priori, son previas a la experiencia,
ajenas a ella. La experiencia no puede imprimirlas en nosotros porque lo que ella imprime son
únicamente los hechos, contingentes, accidentales.
Las verdades de hecho si son oriundas de le experiencia, están impresa en nosotros por medio de la
percepción sensible. Esas verdades, sin embargo, no carecen de una cierta objetividad; son
objetivas, enuncian lo que el objeto es, nos dicen la consistencia del objeto. Pero esa consistencia
del objeto que es el contenido de las verdades de hecho, constituye un conocimiento de segundo
orden, un conocimiento inferior.
Esta lampara es verde es un hecho contingente, habría podido ser azul. Pero, ¿de dónde le viene que
es verde y no azul? Le viene de un motivo o razón suficiente: el que la hizo verde la hizo a porque se
lo mandaron y se lo mandaron por algo. El cliente la quiso así y la quiso así por un motivo o razón.
Las verdades de hecho están sustentadas en un principio de razón suficiente. Si prologáramos la
serie de razones suficientes a cada una de las causas de las verdales, de hecho, cada prolongación
será un afianzamiento más de la objetividad de esas verdades de hecho.
El ideal sería llegar a una causa que no necesitase a su vez de la aplicación del principio de razón
suficiente, sino que fuese una causa que ya constituyese, dentro de sí, la necesidad, que fuese al
mismo tiempo un hecho y una verdad de razón, una necesidad.
Esta causa es Dios. En Dios no hay verdades de hecho y verdades de razón: todas son verdades de
razón. En Dios desaparecería la distinción entre verdades de hecho y verdades de razón, porque
como Dios conoce actualmente toda la serie infinita de razones suficientes que han hecho, que cada
cosa son lo que es, como Dios conoce toda esa serie de razones de ser como son las cosas, ningún
juicio es en el asertórico y puramente contingente, sino que es necesario. Como él conoce toda la
serie infinita actualmente, para Él lo contingente deja de serlo y se transforma en necesario. La
verdad de hecho deja de ser verdad de hecho y se transforma en verdad de razón.
El ideal de conocimiento consiste en acercarnos lo más posible a ese conocimiento divino, que
consiste en acumular tal cantidad de series de conocimientos en los principios de razón suficiente
que la cosa esté apoyada cada vez más en razones suficientes y vaya deviniendo cada vez más una
verdad necesaria, una verdad de razón.
El ideal de Leibniz es el ideal de la pura racionalidad, el que se realiza en la lógica y en las
matemáticas. Entre este conocimiento perfecto y el conocimiento un poco inferior de las verdades
de hecho que están en el físico no hay un abismo sino una serie de transiciones continuas, una
continuidad de transiciones, de tal suerte que el esfuerzo del conocimiento ha de consistir en
convertir cada vez más amplios territorios de verdades de hecho en verdades de razón. ¿Cómo?
Metiendo las matemáticas en la realidad. El conocimiento será cada vez más profundamente
racional cuanto que sea más matemático.
Leibniz lo comprueba inventando el cálculo infinitesimal que hace dar un salto formidable al
conocimiento de hecho de la naturaleza y convierte grandes sectores de la física en conocimiento
racional puro. El cálculo infinitesimal es la aplicación del principio de la continuidad entre lo real y lo
ideal, entre la verdad de hecho, llevada una tras otra, y la verdad de razón. La relación que existe
entre la verdad de hecho, con todos los antecedentes de rezones suficientes que la sostienen, y la
verdad de razón, es exactamente la misma que hay entre una recta y la curva. No hay tampoco un
abismo entre la recta y la curva porque la curva no es sino una recta de radio infinito. ¿Y que es al
punto, sino una circunferencia de radio infinitamente pequeño?
Vemos como entre el punto, la curva y la recta no hay abismos de diferencia, sino que desde un
cierto punto de vista especial, que consiste en considerarlo todo como engendrado, como
engendrándose en la pura racionalidad de los gérmenes lógicos que hay en nuestro espíritu, entre el
punto, la curva y la recta hay un tránsito continuo; como que puede ese transito escribirse en una
función matemática, en una función de cálculo integral y diferencial de cálculo infinitesimal, siendo
el punto simplemente una circunferencia de radio mínima; siendo la curva un trozo de
circunferencia de circunferencia de radio infinitamente largo.
Estas consideraciones fueron las que llevaron al Leibniz a pensar que un mismo punto, ya se
considere como perteneciente a la tangente a esa curva, o a la curva misma, ese mismo punto tiene
definiciones geométricas diferentes según sea considerado como punto de la curva o como punto de
la tangente a la curva. Lo único que hará falta será encontrar la fórmula que defina cada punto en
función del todo. Es precisamente la búsqueda del cálculo infinitesimal con el cual una enorme zona
de verdades físicas, de hecho, ingresan de pronto en el cuerpo de las verdades matemáticas, de
razón.