MANUAL OFICIAL DE LA LEGIÓN DE MARÍA
40. PREDICAD EL EVANGELIO A TODAS LAS CRIATURAS(Mc 16,15)
2. LA LEGIÓN DEBE DIRIGIRSE A CADA PERSONA EN PARTICULAR
No nos dejemos deslumbrar por la multitud de comuniones en la
misa de la mañana; hay contrastes horribles: familias enteras
donde todo está desquiciado, barrios completos donde reina la
corrupción y la maldad, donde el pecado se halla como entronizado
y rodeado de su corte. Segundo, recordemos que el pecado -
aunque se haga doblemente repulsivo en dichos sitios por estar allí
condensado - no es menos vil y abominable cuando está más
difundido. Tercero: allí se presentan los frutos ya maduros de los
pecados castigados en el mar Muerto, pero las raíces se extienden
bajo el suelo por todos los rincones del país.
Dondequiera que se infiltre el abandono religioso o levante cabeza
el pecado venial, allí hay tierra abonada para todas las
abominaciones. El apóstol -esté donde esté- tiene trabajo a mano.
Aunque no se dijeran más que unas palabras de consuelo a algún
pobre anciano en un hospital, o se enseñara a los niños a hacer la
señal de la cruz y a balbucir una contestación a "¿Quién hizo el
mundo?", se estaría dando, conscientemente o no, un duro golpe a
todas las maquinaciones del mal. Cuarto -y éste es un mensaje
alentador para el apóstol, propenso a desanimarse ante el mal que
domina el mundo- esos mismos desórdenes que acabamos de
mencionar no son incurables. Hay un remedio -y es el único-: la
aplicación intensa y paciente de los medios sobrenaturales de que
dispone la Iglesia.
Bajo esa corteza de depravación, cuyo mero esbozo hace
estremecer, se esconde una fe que en algunos momentos buenos
suspira por la virtud. Y si en esos momentos hubiera alguien que
ayudara, animara y hablara de cosas mejores, infundiendo la
esperanza de que para todo hay remedio, se podría llevar al
sacerdote y a los sacramentos aun a la persona más depravada.
Recibidos los sacramentos, se produce una transformación que
nunca se borrará por completo.
Tan manifiesto es frecuentemente el poder de Cristo en sus
sacramentos, que quedamos atónitos al ver que se repite ante
nuestros ojos el milagro de una vida totalmente cambiada: un
nuevo Agustín o una nueva María Magdalena, aunque sea en escala
menor. En otros, la curación será menos sorprendente: los malos
hábitos y las influencias del pasado dominarán todavía su vida, y
seguirán nuevas caídas y nuevas enmiendas. Es probable que
nunca se hará de ellos lo que podríamos llamar unos buenos
ciudadanos; pero el elemento sobrenatural influirá tal vez lo
suficiente en sus vidas como para conducirlos por fin al puerto de
la salvación. Si se logra esto, se habrá alcanzado la gran victoria
final.
Para el legionario de fe sencilla y animosa habrá pocos fracasos,
aunque él o ella trabaje en los lugares más oscuros y llenos de
maldad. La regla es breve: difúndase la frecuencia de los
sacramentos y la práctica de las devociones populares, y se
derretirá el pecado ante sus mismos ojos. Hágase el bien en
cualquier parte y todos saldrán beneficiados; basta con abrir
brecha en un punto cualquiera. Sírvase el legionario de armas
adecuadas para la necesidad del momento. Por ejemplo: si en una
casa hay seis familias alejadas de la misa y de los sacramentos, y
todas son difíciles de convencer, ¿no podrá el legionario inducir a
una de ellas a hacer algo que cueste menos? Si consigue entronizar
el Sagrado Corazón en esa familia, está ganada la batalla. Poco a
poco esa familia se irá levantando, y las demás seguirán su
ejemplo; por fin, aquellos que con el mal ejemplo habían sido
arrastrados mutuamente al vicio, se animarán ahora unos a otros a
la virtud" (P. Miguel Creedon), primer director espiritual del
Concilium Legionis Mariae).
"Este ladrón robó el paraíso. Nadie antes de él recibió tal promesa;
no Abrahám, ni Isaac, ni Jacob, ni Moisés, ni los profetas, ni los
apóstoles. ¡El ladrón arrebató el primer puesto!. Pero también su fe
fue superior a la de todos ellos. Veía a Jesús atormentado, y le
adoró como si estuviera en su gloria. Le veía clavado en la cruz y le
suplicó como si estuviera sentado sobre un trono. Le veía
condenado y le pidió un favor como a un rey. ¡Oh admirable
ladrón! ¡Tú viste a un hombre crucificado y le proclamaste Dios!"
(San Juan Crisóstomo).