Concilio y conspiraciones para matar a Jesús
luego de la resurrección de Lázaro
cercaesta.com
Texto: Juan 11:47-54. Betania estaba tan cerca de Jerusalén que pronto llegaron a la ciudad
las noticias de la resurrección de Lázaro. Por medio de los espías que habían presenciado
el milagro, los dirigentes judíos fueron puestos rápidamente al tanto de los hechos.
Convocaron inmediatamente una reunión del Sanedrín, para decidir lo que debía hacerse.
Cristo había demostrado ahora plenamente su dominio sobre la muerte y el sepulcro.
Este gran milagro era la evidencia máxima que ofrecía Dios a los hombres en prueba de
que había enviado su Hijo al mundo para salvarlo. Era una demostración del poder divino
que bastaba para convencer a toda mente dotada de razón y conciencia iluminada. Muchos
de los que presenciaron la resurrección de Lázaro fueron inducidos a creer en Jesús. Pero
el odio de los sacerdotes contra él se intensificó. Habían rechazado todas las pruebas
menores de su divinidad, y este nuevo milagro no hizo sino enfurecerlos.
El muerto resucitó en plena luz del día y ante una multitud de testigos. Ningún sofisma
podía destruir tal evidencia. Por esta misma razón, la enemistad de los sacerdotes se hacía
más mortífera. Estaban más determinados que nunca a detener la obra de Cristo.
Saduceos y fariseos
Los saduceos, aunque no estaban a favor de Cristo, no habían estado tan llenos de malicia
contra él como los fariseos. Su odio no había sido tan acerbo. Pero ahora estaban
cabalmente alarmados. No creían en la resurrección de los muertos. Basados en lo que
llamaban falsamente ciencia, habían razonado que era imposible que un cuerpo muerto
tornara a la vida. Pero mediante unas pocas palabras de Cristo, su teoría había quedado
desbaratada. Se había puesto de manifiesto la ignorancia de ellos tocante a las Escrituras y
el poder de Dios. Se pusieron en circulación falsos informes, pero el milagro no podía
negarse, y ellos no sabían cómo contrarrestar sus efectos. Hasta entonces, los saduceos no
habían alentado el plan de matar a Cristo. Pero después de la resurrección de Lázaro,
creyeron que únicamente mediante su muerte podrían ser reprimidas sus intrépidas
denuncias contra ellos.
Los fariseos creían en la resurrección y no podían sino ver en ese milagro una evidencia de
que el Mesías estaba entre ellos. Pero siempre se habían opuesto a la obra de Cristo. Desde
el principio le habían aborrecido porque había desenmascarado sus pretensiones
hipócritas. Les había quitado el manto de rigurosos ritos bajo el cual ocultaban su
deformidad moral. La religión pura que él enseñaba había condenado la vacía profesión de
piedad. Ansiaban vengarse de él por sus agudos reproches. Habían procurado inducirle a
decir o hacer alguna cosa que les diera ocasión de condenarlo. En varias ocasiones, habían
intentado apedrearlo, pero él se había apartado tranquilamente, y le habían perdido de
vista.
Todos los milagros que realizaba en sábado eran para aliviar al afligido, pero los fariseos
habían procurado condenarlo como violador del sábado. Habían tratado de incitar a los
herodianos contra él. Presentándoselo como procurando establecer un reino rival,
consultaron con ellos en cuanto a cómo matarlo. Para excitar a los romanos contra él, se lo
habían representado como tratando de subvertir su autoridad. Habían ensayado todos los
recursos para impedir que influyera en el pueblo. Pero hasta entonces sus tentativas habían
fracasado.
Las multitudes que habían presenciado sus obras de misericordia y oído sus enseñanzas
puras y santas, sabían que los suyos no eran los hechos y palabras de un violador del
sábado o blasfemo. Aun los oficiales enviados por los fariseos habían sentido tanto la
influencia de sus palabras que no pudieron echar mano de él. En su desesperación, los
judíos habían publicado finalmente un edicto decretando que cualquiera que profesase fe
en Jesús fuera expulsado de la sinagoga.
Así que, cuando los sacerdotes, gobernantes y ancianos se reunieron en concilio, era firme
su determinación de acallar a Aquel que obraba tales maravillas que todos los hombres se
admiraban. Los fariseos y los saduceos estaban más cerca de la unión que nunca. Divididos
hasta entonces, se unificaron por oposición a Cristo.
El concilio para planear la muerte de Cristo
Nicodemo y José habían impedido en concilios anteriores la condenación de Jesús, y por
esta razón no fueron convocados esta vez. Había en el concilio otros hombres influyentes
que creían en Cristo, pero nada pudo su influencia contra la de los malignos fariseos. Sin
embargo, los miembros del concilio no estaban todos de acuerdo. El Sanedrín no constituía
entonces un cuerpo legal. Existía sólo por tolerancia. Algunos de sus miembros ponían en
duda la conveniencia de dar muerte a Cristo. Temían que ello provocara una insurrección
entre el pueblo e indujera a los romanos a retirar a los sacerdotes los favores que hasta
ahora habían disfrutado y a despojarlos del poder que todavía conservaban.
Los saduceos, aunque unidos en su odio contra Cristo, se inclinaban a ser cautelosos en
sus movimientos, por temor a que los romanos los privaran de su alta posición. En este
concilio, convocado para planear la muerte de Cristo, estaba presente el Testigo que oyó
las palabras jactanciosas de Nabucodonosor, que presenció la fiesta idólatra de Belsasar,
que estaba presente cuando Cristo en Nazaret se proclamó a sí mismo el Ungido. Este
Testigo estaba ahora haciendo sentir a los gobernantes qué clase de obra estaban
haciendo.
Los sucesos de la vida de Cristo surgieron ante ellos con una claridad que los alarmó.
Recordaron la escena del templo, cuando Jesús, entonces de doce años, de pie ante los
sabios doctores de la ley, les hacía preguntas que los asombraban. El milagro recién
realizado daba testimonio de que Jesús no era sino el Hijo de Dios. Las Escrituras del Antiguo
Testamento concernientes al Cristo resplandecían ante su mente con su verdadero
significado.
El error de Caifás
Perplejos y turbados, los gobernantes preguntaron: “¿Qué hacemos?” Había división en el
concilio. Bajo la impresión del Espíritu Santo, los sacerdotes y gobernantes no podían
desterrar el sentimiento de que estaban luchando contra Dios. Mientras el concilio estaba
en el colmo de la perplejidad, Caifás, el sumo sacerdote, se puso de pie. Era un hombre
orgulloso y cruel, despótico e intolerante. Entre sus relaciones familiares, había saduceos
soberbios, atrevidos, temerarios, llenos de ambición y crueldad ocultas bajo un manto de
pretendida justicia. Caifás había estudiado las profecías y aunque ignoraba su verdadero
significado dijo con gran autoridad y aplomo: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos
conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda”.
Aunque Jesús sea inocente, aseguraba el sumo sacerdote, debía ser quitado del camino.
Molestaba porque atraía el pueblo a sí y menoscababa la autoridad de los gobernantes. Él
era uno solo; y era mejor que muriese antes de permitir que la autoridad de los
gobernantes fuese debilitada. En caso de que el pueblo llegara a perder la confianza en sus
gobernantes, el poder nacional sería destruido. Caifás afirmaba que después de este
milagro los adeptos de Jesús se levantarían probablemente en revolución. Los romanos
vendrán entonces—decía él,—y cerrarán nuestro templo; abolirán nuestras leyes, y nos
destruirán como nación. ¿Qué valor tiene la vida de este galileo en comparación con la vida
de la nación? Si él obstaculiza el bienestar de Israel, ¿no se presta servicio a Dios matándole?
Mejor es que un hombre perezca, y no que toda la nación sea destruida.
Al declarar que un hombre moriría por toda la nación, Caifás demostró que tenía cierto
conocimiento de las profecías, aunque muy limitado. Pero Juan, al describir la escena, toma
la profecía y expone su amplio y profundo significado. Él dice: “Y no solamente por aquella
nación, mas también para que juntase en uno los hijos de Dios que estaban derramados”.
¡Cuán inconscientemente reconocía el arrogante Caifás la misión del Salvador!
La decisión del concilio
En los labios de Caifás esta preciosísima verdad se convertía en mentira. La idea que él
defendía se basaba en un principio tomado del paganismo. Entre los paganos, el
conocimiento confuso de que uno había de morir por la raza humana los había llevado a
ofrecer sacrificios humanos. Así, por el sacrificio de Cristo, Caifás proponía salvar a la nación
culpable, no de la transgresión, sino en la transgresión, a fin de que pudiera continuar en
el pecado. Y por este razonamiento, pensaba acallar las protestas de aquellos que pudieran
atreverse, no obstante, a decir que nada digno de muerte habían hallado en Jesús.
En este concilio, los enemigos de Cristo se sintieron profundamente convencidos de culpa.
El Espíritu Santo había impresionado sus mentes. Pero Satanás se esforzaba por
dominarlos. Insistía en los perjuicios que ellos habían sufrido por causa de Cristo. Cuán
poco había honrado él su justicia. Cristo presentaba una justicia mucho mayor, que debían
poseer todos los que quisieran ser hijos de Dios. Sin tomar en cuenta sus formas y
ceremonias, él había animado a los pecadores a ir directamente a Dios como a un Padre
misericordioso y darle a conocer sus necesidades.
Así, en opinión de ellos, había hecho caso omiso de los sacerdotes. Había rehusado
reconocer la teología de las escuelas rabínicas. Desenmascaró las malas prácticas de los
sacerdotes y había dañado irreparablemente su influencia. Había menoscabado el efecto
de sus máximas y tradiciones, declarando que, aunque hacían cumplir estrictamente la ley
ritual, invalidaban la ley de Dios. Satanás les traía ahora todo esto a la memoria. Les insinuó
que a fin de mantener su autoridad debían dar muerte a Jesús. Ellos siguieron este consejo.
El hecho de que pudieran perder el poder que entonces ejercían era suficiente razón,
pensaban, para que llegasen a alguna decisión. Con excepción de algunos miembros que
no osaron expresar sus convicciones, el Sanedrín recibió las palabras de Caifás como
palabras de Dios. El concilio sintió alivio; cesó la discordia. Decidieron dar muerte a Cristo
en la primera oportunidad favorable.
Jesús se retira
Al rechazar la prueba de la divinidad de Jesús, estos sacerdotes y gobernantes se habían
encerrado a sí mismos en tinieblas impenetrables. Se habían puesto enteramente bajo el
dominio de Satanás, para ser arrastrados por él al mismo abismo de la ruina eterna. Sin
embargo, estaban tan engañados que estaban contentos consigo mismos. Se consideraban
patriotas que procuraban la salvación de la nación.
Con todo, el Sanedrín temía tomar medidas imprudentes contra Jesús, no fuese que el
pueblo llegara a exasperarse y la violencia tramada contra él cayera sobre ellos mismos. En
vista de esto, el concilio postergó la ejecución de la sentencia que había pronunciado.
El Salvador comprendía las conspiraciones de los sacerdotes. Sabía que ansiaban eliminarle
y que su propósito se cumpliría pronto. Pero no le incumbía a él precipitar la crisis, y se
retiró de esa región llevando consigo a los discípulos. Así, mediante su ejemplo, Jesús
recalcó de nuevo la instrucción que les había dado: “Mas cuando os persiguieren en esta
ciudad, huid a la otra”— Mateo 10:23. Había un amplio campo en el cual trabajar por la
salvación de las almas y a menos que la lealtad a él lo requiriera, los siervos del Señor no
debían poner en peligro su vida.
Jesús había consagrado ahora al mundo tres años de labor pública. Ante el mundo estaba
su ejemplo de abnegación y desinteresada benevolencia. Su vida de pureza, sufrimiento y
devoción era conocida por todos. Sin embargo, sólo durante ese corto período de tres años
pudo el mundo soportar la presencia de su Redentor.
Su vida fue una vida sujeta a persecuciones e insultos. Arrojado de Belén por un rey celoso,
rechazado por su propio pueblo en Nazaret, condenado a muerte sin causa en Jerusalén,
Jesús, con sus pocos discípulos fieles halló temporariamente refugio en una ciudad
extranjera. El que se había conmovido siempre por el infortunio humano, que había sanado
al enfermo, devuelto la vista al ciego, el oído al sordo y el habla al mudo, el que había
alimentado al hambriento y consolado al afligido, fue expulsado por el pueblo al cual se
había esforzado por salvar.
El que anduvo sobre las agitadas olas y con una palabra acalló su rugiente furia, el que
echaba fuera demonios que al salir reconocían que era el Hijo de Dios, el que interrumpió
el sueño de la muerte, el que sostuvo a miles pendientes de sus palabras de sabiduría, no
podía alcanzar el corazón de aquellos que estaban cegados por el prejuicio y el odio, y
rechazaban tercamente la luz.