Teoría de la Sociedad
Habiendo ya estudiado las características que presenta el ser humano y, en especial, habiendo
llegado a la conclusión de la necesidad que tiene éste de vivir en sociedad, pasaremos en la
siguiente unidad a estudiar más en detalle esta estructura en la cual nace, vive y muere el ser
humano, es decir, la sociedad.
Qué es la Sociedad.
La Sociedad proporciona a las personas las condiciones de existencia y desarrollo que necesitan
para alcanzar su plenitud y en consecuencia, ella viene postulada por la misma naturaleza del
hombre. No se trata sólo de satisfacer las necesidades materiales del hombre sino que,
principalmente en la colaboración que se requiere para el pleno desarrollo, de sus necesidades
espirituales.
Definición de Sociedad: "Pluralidad de personas, que entre sí tienen un fin que de algún modo es
objetivamente común y que requieran para alcanzar el fin de la acción mancomunada de quienes
integran la sociedad".
De la definición podemos desprender los elementos de ella:
a) La pluralidad de personas;
b) Que exista un fin, que de algún modo sea objetivamente común; y
c) Que se necesite el concurso de las pluralidades, el concurso mancomunado de las
personas para alcanzar su fin.
Clasificación de las Sociedades.
a) Sociedades Necesarias.
Este tipo de sociedades siempre han existido y son aquellas que están directamente exigidas por la
naturaleza humana y que desde siempre han debido existir. Ejemplo de este tipo de sociedades
son la familia y el Estado. Desde una perspectiva tradicional, la familia es necesaria en razón de la
procreación de la especie y la protección que requieren los niños en su etapa infantil. El amor
humano, de pareja, busca una cierta relación estable en el tiempo. El Estado es necesario en
cuanto agrupación jurídica superior en que el hombre ha estado inserto en cada época. Algunas
concepciones, como la marxista, planteaban en un comienzo que el Estado debía desaparecer, sin
embargo, la práctica demostró que esto es una utopía y que el Estado es necesario para la
sociedad moderna.
b) Sociedades Voluntarias.
Son aquellas que no están directamente exigidas por la naturaleza humana y cuya existencia
depende de la evolución de ésta y de las circunstancias en que se desarrolla la vida social;
básicamente, su existencia dependerá de la voluntad de quienes la crean e integran. Ej. Todas
aquellas que se encuentran entre la familia y el Estado: empresas, sociedades anónimas, gremios,
etc. Siempre están insertas en un Estado.
c) Sociedades Perfectas.
Son aquellas que poseen, por sí mismas, todos los elementos necesarios para proporcionar
integralmente el bien común general a quienes forman parte de ella. El término perfección tiene
aquí un carácter técnico, es decir, que permite al ser humano su plena realización espiritual y
material. En el orden temporal la única sociedad perfecta es el Estado.
d) Sociedades Intermedias.
Son aquellas que no tienen en sí mismas todos los medios necesarios para permitirle al hombre
alcanzar su fin último. Sólo tienen elementos que permiten proporcionar una parte del bien
común general, que viene a ser un "Bien Común parcial".
Ejemplo: la Universidad. La persona consigue su fin, la obtención de un título profesional, pero no
satisface los otros aspectos.
La sociedad intermedia sólo posee elementos que permiten satisfacer parcialmente la realización
de sus integrantes en el plano temporal y el orden que para ello configuran se denomina “bien
común particular”, siendo el bien parcial el de la persona.
Estas sociedades se denominan intermedias, pues se encuentran entre el hombre y el Estado. El
hombre con el bien común individual y el Estado con el bien común general.
Hay que tener presente que el ser humano necesita agruparse con otros semejantes para procurar
su más plena realización personal posible. Es así como entre la célula básica de toda sociedad, que
es la familia, y la forma jurídicamente superior de agrupación humana, que es el Estado, las
personas dan vida a múltiples agrupaciones que se denominan por ello “intermedias”.
Dentro de las sociedades intermedias podemos tener, a su vez:
1. Sociedades intermedias políticas.
Que son aquellas que unen a los hombres en virtud de afinidades ideológicas o políticas,
es decir, relacionadas con la conducción del Estado en su conjunto. Sin embargo, como
ellas no son expresión oficial del Estado, debe considerársele como sociedades
intermedias de carácter político. Ellas pueden ir desde una academia o instituto que
asuma el proselitismo de una ideología determinada, hasta un movimiento o partido
político que actúe como tal dentro de la vida contingente del país, de acuerdo a las leyes
que rijan estas actividades.
2. Sociedades intermedias no políticas.
Por otro lado, están aquellas que derivan su origen de vínculos tales como la vecindad, el
trabajo común, la afinidad vocacional o intelectual, en general, aquellas que cubren todas
las otras facetas que nutren la vida social.
e) Sociedad civil
La concepción moderna de sociedad civil remonta, de hecho, a este autor. Según Hegel, después
de la familia se pasa a la sociedad civil. Ella es la diferencia que se instaura entre la familia y el
Estado.
Hegel introduce una separación entre el Estado y la sociedad civil y condena como un error la
confusión entre uno y otro.
La separación introducida por Hegel entre la sociedad civil y el Estado, separación que había
debido parecer impensable teniendo en cuenta la etimología, ha sido poco a poco recibida en el
vocabulario contemporáneo.
El hecho de que el concepto de sociedad civil se haya elaborado y se utilice tiene varias
explicaciones, entre ellas el sentimiento anti- estatal (de derecha y de izquierda) reclamando
menos burocracia, menos intervencionismo, menos centralización, y, en consecuencia, más
espacio para las libertades de todo tipo. Un sentimiento que llega, al extremo, hasta la hostilidad
frente a la sociedad política y de la "clase política", recreando así, en teoría, una división
antagónica de la sociedad entre una "esfera civil" y una "esfera política".
Sin embargo, pareciera ser más razonable que esta recuperación del interés haya sido provocado
más por el despertar de la sociedad civil como idea y movimiento anti-totalitarios en los antiguos
países comunistas de Europa que como respuesta a las aspiraciones no satisfechas de las
sociedades democráticas occidentales expresadas como un sentimiento antiestatal.
Varios autores habían observado, de hecho, que, paralelamente a la descomposición del poder
totalitario comunista, la sociedad largamente paralizada comienza a reconquistar primero los
"espacios" ideológicos y económicos, y enseguida políticos. Un avance entonces de la sociedad
civil hacia su triunfo sobre el totalitarismo que la política de la glasnost y de la perestroika de M.
Gorbachov habían sabido animar, en parte involuntariamente porque su objeto inicial había sido
el refuerzo del régimen a través de la reforma.
Nosotros agregamos por nuestra parte un tercer fenómeno que prueba este resurgimiento del
interés por la sociedad civil, cual es el rechazo a los efectos negativos del proceso de globalización
por parte de grupos, asociaciones, partidos políticos, comunidades, etc. de todo el mundo cuyas
manifestaciones las hemos visto en los distintos lugares en donde se llevan a cabo conferencias
mundiales de grupos económicos, gubernamentales y tecnológicos.
En la situación actual que estamos viviendo, podemos ver claramente una sociedad civil
internacional que se manifiesta en contra de la guerra y contra sus gobernantes.
f) Sociedad Política.
Pero la sociedad humana no sólo puede considerarse desde esta perspectiva sino que, además,
puede analizarse desde su organización política, de la forma en que se estructura el poder político,
de cómo se adquiere, ejerce y transmite. En este caso, tratamos con la sociedad política que es la
sociedad considerada desde el ángulo del poder político. Recordar las definiciones de política
vistas en el primer capítulo.
Consecuencia de lo anterior, podemos decir que el hombre puede ser considerado también desde
el ángulo político como ciudadano, gobernante, miembro de la sociedad política.
La importancia de todo lo anterior radica en el hecho que de la distinción que hagamos de
sociedad política frente a la sociedad civil podemos establecer el ámbito de competencia de la
sociedad política y podemos determinar hasta dónde puede extenderse el poder político en su
función de regulador de la sociedad civil. Así, mientras más extenso sea el campo de una, más
reducido será el de la otra. Sin embargo, es importante destacar que esta función se encuentra
limitada a la consecución del bien común y, por tanto, que se debe reconocer una autonomía
fundamental a la sociedad civil para su libre desarrollo, como consecuencia de la libertad del
hombre.
Ejemplo de lo anterior lo encontramos en nuestra propia Constitución Política que en el artículo
primero reconoce a la familia como núcleo fundamental de la sociedad. Además, establece que el
Estado (sociedad política) reconoce y ampara a los grupos intermedios (sociedad civil) a través de
los cuales se organiza y estructura la sociedad y les garantiza la adecuada autonomía para cumplir
sus propios fines específicos. En su inciso cuarto reconoce que el Estado (sociedad política) está al
servicio de la persona humana (sociedad civil) y su finalidad es promover el bien común, para lo
cual debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a toda la sociedad civil su mayor
realización espiritual y material posible, con pleno respeto a los derechos y garantías establecidos
en la Constitución.
Las Sociedades Intermedias y el Principio de Subsidiariedad.
Tal como lo señaláramos anteriormente, el hombre busca su desarrollo y plenitud y para ello ha
ido formando, en primer término, la familia y, enseguida, múltiples asociaciones cada vez más
amplias y complejas para fines más amplios, hasta llegar al Estado.
Por consiguiente, la asociación superior que se crea para un fin más complejo no debe excluir ni
absorber o entorpecer las asociaciones más pequeñas con fines más simples. El Estado, institución
superior, debe reconocer los múltiples cuerpos intermedios existentes en la sociedad, y por tanto,
no entorpecerlos o absorberlos, sino por el contrario, reconocerlos y respetarlos en su legítima
autonomía.
Es decir, el bien común, fin del Estado, significa el pleno respeto al derecho de las personas a
formar cuerpos intermedios autónomos. Estos cuerpos intermedios surgen desde la base hacia
arriba. Son expresiones de la creatividad de las personas, de la sociedad civil. No deben ser
creaciones del Estado, pues en el fondo sólo serían expresiones de éste.
Toda sociedad, por definición, es apta para alcanzar por sí misma esa finalidad propia y objetiva.
De ahí nace el principio de las autonomías sociales, conforme al cual toda entidad intermedia
entre el hombre y el Estado tiene derecho a autogobernarse, es decir, a procurar libremente la
obtención de su objetivo. Ese es el marco – a la vez el límite – de toda legítima autonomía:
encaminarse libremente al propio fin específico, pero no a otro diferente.
Si la sociedad tiene los medios necesarios para alcanzar su propio fin, tiene el derecho a alcanzarlo
con libertad y autonomía, es decir, el derecho a regirse a sí mismo.
Gobernar es regular o dirigir una sociedad hacia su fin, el fin propio de ella, que es el Bien Común
particular. Autonomía es el derecho a buscar su fin en forma libre, pero llega sólo hasta la
obtención de ese fin, no puede sobrepasar ese límite.
Aquellas sociedades que son órganos del Estado no son sociedades intermedias por cuanto son
dependientes del Estado y no autónomas. Se pueden mover en roles estrictamente estatales u
otros que no lo sean tan directamente, pero que el Estado asume. Por ejemplo, los Ministerios, las
empresas del Estado que no pueden determinar privarse por sí mismos sino que es el Estado quien
debe decidirlo.
De lo anterior brota como consecuencia el principio de subsidiariedad. Según él, ninguna sociedad
mayor puede asumir legítimamente el campo de atribuciones o de acción de una sociedad menor,
porque las sociedades mayores nacen para realizar lo que las inferiores no pueden lograr por sí
mismas, y no para absorber a estas últimas como ya lo señaláramos. Por tanto, el Estado no puede
invadir el campo propio de las autonomías de las sociedades intermedias, ni menos el de lo que las
personas individuales están en condiciones de llevar a cabo adecuadamente. De este modo, el
campo legítimo de acción del Estado o de una sociedad intermedia empieza donde termina la
esfera posible de acción adecuada a las sociedades intermedias menores o de los individuos
particulares.
En conformidad al mismo Principio de Subsidiariedad, el Estado asume las actividades para las
cuales ha sido establecido y que no pueden cumplir las personas o cuerpos intermedios. Tales son,
por vía de ejemplo, las tareas de la defensa nacional, con sus aspectos de velar por la seguridad
externa y la seguridad interna del Estado, dotándose de Fuerzas Armadas; la función de policía, de
resguardo del orden público, dotándose de las Fuerzas de Orden y seguridad pública; la función
jurisdiccional que realiza a través de los Tribunales de Justicia, y otras.
Por excepción, el Estado puede asumir aquellas actividades que, aunque teóricamente podrían
ser desempeñadas por los particulares (sea individualmente o agrupados), en el hecho no son
llevadas a cabo satisfactoriamente por éstos. Pero para que dicha forma de acción supletoria del
Estado sea legítima, es necesario que concurran dos condiciones:
a) Que la autoridad estatal haya agotado los esfuerzos para que el vacío sea llenado por los
particulares
b) Que la actividad en cuestión resulte necesaria para el bien común.
Aún en este último caso, el Estado debe proseguir su estímulo a la iniciativa privada para que
remedie tal vacío, ya que éste denota una falta de vitalidad del cuerpo social que conviene
superar. En la medida que lo consiga, el Estado se liberará de esa tarea de suplencia, y podrá
reforzar su acción en lo que más específicamente le corresponde, que son aquellas tareas que por
su naturaleza jamás podrían ser adecuadamente asumidas por los particulares, ni individualmente
ni a través de las sociedades intermedias que puedan generar.
Por lo tanto, el Estado puede desarrollar dos tipos de funciones según este principio, las funciones
connaturales y las funciones subsidiarias. Las primeras son aquellas que, por su naturaleza misma,
jamás podrían ser asumidas adecuadamente por un grupo de particulares, y que conllevan la
representación de la comunidad toda como la defensa nacional, las relaciones exteriores, la
dictación de las leyes generales que regulen la convivencia jurídica necesaria entre quienes
integran un Estado, la aplicación de tales leyes a través de la administración de justicia, etc.
Estas funciones son de dos tipos: las que representan a la comunidad toda como la defensa y las
relaciones exteriores; y las que se refieren a la regulación normativa de las sociedades intermedias
y de las sociedades entre sí. Se hace a través de la dictación de normas legales de carácter general
que regulen sistemas genéricos y no casos específicos. Se dictan y aplican a través de la
Administración y la Judicatura (Justicia y Poder Judicial).
En resumen, el Principio de Subsidiariedad es aquel en virtud del cual ninguna sociedad puede
asumir funciones que otras agrupaciones menores pueden desarrollar adecuadamente. Menos
aún pueden hacerlo respecto de tareas que los particulares están en condiciones de emprender en
forma individual.
Ahora bien, surgen al menos tres posibles interpretaciones del principio de Subsidiariedad:
a) Un rol abstencionista del Estado: en que sólo va a intervenir en sus fines específicos, y sólo
subsidiariamente en funciones de suplencia o ayuda a los cuerpos intermedios cuando no puedan
cumplir sus funciones.
b) Un rol intervencionista del Estado: cuando, sin perjuicio de las funciones específicas ya
indicadas, le corresponda dirigir, estimular, fomentar, coordinar y ejecutar él mismo por exigencias
del bien común las tareas necesarias a tal fin.
c) Una interpretación ecléctica, intermedia entre las señaladas.
Un ejemplo de lo señalado lo encontramos en nuestra propia Constitución Política que en su
artículo primero reconoce a la familia como núcleo fundamental de la sociedad. Además,
establece que el Estado (sociedad política) reconoce y ampara a los grupos intermedios (sociedad
civil) a través de los cuales se organiza y estructura la sociedad y les garantiza la adecuada
autonomía para cumplir sus propios fines específicos. En su inciso cuarto reconoce que el Estado
(sociedad política) está al servicio de la persona humana (sociedad civil) y su finalidad es promover
el bien común, para lo cual debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a toda la
sociedad civil su mayor realización espiritual y material posible, con pleno respeto a los derechos y
garantías establecidos en la Constitución.
En su último inciso establece como deber del Estado el resguardar la seguridad nacional, el dar
protección a la población y a la familia, el propender al fortalecimiento de ésta, el promover la
integración armónica de todos los sectores de la Nación y el asegurar el derecho de las personas a
participar con igualdad de oportunidades en la vida nacional.
Bien Común
El fin objetivo del Estado es el propio de todo Estado, cualquiera sea éste. Así, existe un fin único
para el Estado, el mismo para todos los tiempos, que habrá de permanecer idéntico a sí mismo en
todas las formas y que contiene en su unidad a los demás fines. Este fin, absoluto, no es otro que
el denominado “Bien Común”.
Definición de Bien Común: “Es el adecuado modo de relación, que permite que todos y cada uno
de los integrantes de la comunidad nacional alcancen su mayor realización material y espiritual
posible.”
El problema que se nos plantea ahora es determinar qué se entiende por esta expresión. Nosotros
examinaremos las siguientes doctrinas:
a) Tomista o Clásica del Bien Común.
La elaboración de esta noción se debe en gran medida a teólogos católicos y, en particular, a las
corrientes tomistas. La definición de Bien Común que nos da Santo Tomás de Aquino es la
siguiente: "el conjunto de condiciones sociales que hacen posible y favorecen en los seres
humanos el desarrollo integral de sus personas".
No se trata del bien de la mayoría ni del de la minoría, sino que es un orden que permite que
todos y cada uno obtengan su fin personal. No se trata de una mera suma de intereses
individuales sino de un bien supraindividual hacia el cual se orientan los bienes de las personas. Se
debe buscar la justicia social y el bienestar para que todos los individuos puedan llevar una vida
digna.
El Bien Común en su totalidad es inalcanzable. Es un concepto relativo porque representa una
meta imposible de alcanzar en su plenitud debido a la imperfección humana, es decir, el grado de
bien de una sociedad es inagotable, nunca se llegará a la perfección, lo que sí podrá ocurrir es que
se llegue a satisfacer las necesidades de cada uno en la mayor medida de lo posible.
Lo que se busca es el mayor desarrollo posible del ser humano no sólo desde el punto de vista
material o económico sino también espiritual porque las necesidades de éste son también aquellas
relacionadas con el espíritu.
El bien común es un medio para el alcanzar el bien individual o personal. Importante es recalcar
que las sociedades están al servicio de las personas que las componen y no viceversa. El ser
humano es lo importante, lo central y la sociedad debe estar a su servicio.
En otras palabras, puede decirse que el bien común en su clásica acepción, no es el bien de todos
– como si “todos” fueran una unidad real -, sino el conjunto de condiciones apropiadas para que
todos – grupos intermedios y personas individuales – alcancen su “bien particular”. Por eso cabe
también afirmar que no hay contradicción entre “el bien común” así considerado y los “bienes
particulares”.
Siguiendo la corriente aristotélico-tomista, según el padre jesuita Francisco Suárez, los contenidos
específicos del bien común son el orden, la justicia, el bienestar y la paz interna.
La Constitución Política de Chile hace mención al bien común en el art. primero inciso 4to, dentro
de las “Bases de la Institucionalidad”, en los siguientes términos: “El Estado está al servicio de la
persona humana y su finalidad es promover el bien común, para lo cual debe contribuir a crear las
condiciones sociales que permitan a todos y cada uno de los integrantes de la comunidad nacional
su mayor realización material y espiritual posible, con pleno respeto a los derechos y garantías que
esta Constitución establece”.
b) Concepción individualista o liberal del Bien Común.
Esta concepción del fin individual, en que cada persona debe respetar el derecho de terceros. El
Bien Común representa una mera suma de bienes individuales que cada integrante busca con
prescindencia de los demás, con la inicial consideración de no atentar contra el bien de los demás,
o no impedir a los demás que alcancen su propio bien. En otras palabras, habría aquí una exigencia
de omisión, esto es no lesionar los bienes individuales contrapuestos a los míos, y una exigencia de
ayuda respecto de los demás.
Problema: aquí el Bien Común se identifica con el bien de la mayoría. No existe preocupación por
el bien de los demás.
A diferencia de la concepción clásica, los individualistas postulan que no puede impedírsele a los
demás obtener su bien a través de alguna acción positiva que lo entorpezca. El bien común será el
de la mayoría, porque mientras más personas alcancen un cierto fin, se considerará ese fin como
el que le conviene a la mayoría.
Se trata de lograr mi bien sin contribuir al bien ajeno, sin molestarlo. Luego deja de interesar cuál
es el bien verdadero y cuál el aparente. Cada persona hace lo que le parece conveniente con
respecto a su fin. Por lo tanto, la concepción individualista es insuficiente.
c) Concepción colectivista o totalitaria del Bien Común:
Los colectivistas identifican al Bien Común con la idea del Bien del todo colectivo a la cual se
subordina en forma absoluta y unilateral las personas, sus libertades y sus derechos; lo que
importa es el bien del todo colectivo, esto es, el conjunto.
La diferencia entre “mayoría” y “todo colectivo” es que la primera es la suma de los que
componen esa mayoría, y el segundo, es el bien de la grandeza de la sociedad como un ente
individual, que prima por sobre los derechos de cada persona que la compone. Aquí no hay
derecho ni libertad que una persona pueda reivindicar frente a la colectividad si aparece
perjudicando el progreso de este todo colectivo omnipotente.
El grave problema es que por la mayoría o la fuerza se puede llegar al totalitarismo. Así, si se va al
fondo de las visiones totalitarias se considera a la sociedad como una suerte de ser substancial
(supra-personal). La sociedad es mucho más que las personas y estas están al servicio unilateral
del todo. El nombre del todo colectivo permite el atropello, ya que todo se hará en nombre de la
colectividad. No existe aquí derechos, sino más bien concesiones por parte de la autoridad.