El caso del célebre pintor
Autor: Adolfo Luis Perez Zelaschi
Esto empezó como algunos cuentos policiales de la vieja escuela. Desgraciadamente, las
circunstancias fueron tan reales como la afortunada participación que tuvo en el caso el
inspector Leoni.
Los diarios no hablaron de él entonces porque los reporteros gráficos y los cronistas que fueron a
Villa del Lago1 -un hermoso lugar cordobés frente a Villa Carlos Paz- en aquel verano de 1958,
sólo se entrevistaron con los funcionarios visibles de la policía provincial y los de la Federal,
llamados para el resonante caso. Leoni quedó en la sombra, como a él le gusta, porque
desprecia las palabras, el ruido y los porotos2.
Habrán adivinado ustedes que hablaremos de Isidro Viel, el pintor asesinado hace unos años.
Como se sabe, Isidro Viel fue -es, mejor dicho, pues sus cuadros están en los grandes museos de
América y Europa- uno de esos artistas absolutos, cuya vida carente de relieves exteriores se
aplica a su arte como la de un monje a la oración. El mismo ascético renunciamiento del
cenobita, la misma pétrea voluntad, el mismo desprecio por el mundo y, en el caso de Isidro Viel,
incluso el celibato, el retraimiento, la soledad. Desde luego, existe una variante en orden a los
fines. Uno procura la salvación de su alma; el otro, tal vez la condenación por lo mismo que
busca la línea, el color, la forma, es decir, una obra al fin de cuentas para el goce de los sentidos.
Una gran fortuna heredada le permitió esta consagración. Además, y desde su juventud,
secuelas poliomielíticas y un asma incurable lo confinaron en esa región cordobesa donde el aire
puro, seco, luminoso, fue para él como el agua de la pecera para el pez sacado del mar. Apenas
un viaje a París, otro a Nueva York, tan penosos que no pudieron repetirse, marcaron algunas
etapas de su vida. Todo lo demás transcurrió allí, en su hermoso chalet de Villa del Lago,
prendido sobre la ladera de las sierras, desde cuyos ventanales se ve el espejo de agua del dique
San Roque, los opuestos cerros, las luces de Carlos Paz.
Su vida (y su obra, que en ninguno más que en él fue de veras su vida, porque ésta no tuvo
sentido, sino como medio para consumar aquélla) transcurrió hacia adentro, en esas tremendas
batallas que, sin duda, libró contra su propio débil cuerpo su espíritu atormentado por
gigantescas furias y entusiasmo sin otra salida que la de fijarse en la tela.
Sí: en Isidro Viel vida y pintura fueron una sola cosa. Días, semanas enteras, las pasaba en su
inmenso taller del piso alto de su villa, recibiendo apenas la silenciosa visita de la cocinera que le
dejaba sobre una mesilla agua mineral acidulada con limón, fruta y algunas viandas como para
alimentar un canario y que a veces, cuando Isidro Viel hallábase arrebatado por el trabajo,
retiraba intactas al día siguiente.
Tales jornadas transcurrían íntegras allá arriba, porque cuando la fatiga lo derribaba, Isidro Viel
dormía allí mismo, en invierno sobre un sofá y cubierto por un quillango catamarqueño, en
verano sobre una hamaca paraguaya tendida entre dos puntales del techo. Otras veces recaía en
largos períodos estériles. Entonces leía, escribía cartas o bajaba a Carlos Paz para ver a alguno
de sus poquísimos amigos.
Desde luego, artista hasta los huesos y con escasos contactos humanos, su principal relación con
el mundo la mantenía a través de su marchand3, un belga llamado Paul Stern, habilísimo
mercader de cuadros y descubridor de talentos, que desde el primer momento advirtió el genio
de Isidro Viel y se aseguró un contrato de exclusividad de sus obras. Poco a poco, Paul Stern
había llegado a ser su apoderado, su jefe de ventas, su manager4, su agente publicitario, su
abogado, su ojo, su oído, y si bien Isidro Viel había ganado miles de dólares a través de Paul
Stern, como aquél tenía cierto desdén por el dinero, el belga había ganado mucho más. La
relación la mantenían por carta o telegrama, con alguna visita cada tanto, porque en la casa de
Viel no había teléfono. Aparte de esto, Paul Stern era quien le proporcionaba los materiales con
los cuales Isidro Viel preparaba -o hacía preparar por algún ayudante- sus colores y hasta el
enduido de sus telas.
Isidro Viel desdeñaba, como recordarán, los aceites, barnices y pinturas que le proporcionaba la
industria, aun la más avanzada y noble, y fabricaba por sí mismo lo que necesitaba. Peritísimo en
esto como un viejo maestro del Renacimiento, él mismo ideaba las mezclas buscando, según
decía, hacerlas eternas ayudándose, como es natural, para los trabajos de molienda, mezcla y
combinación con algún aprendiz que nunca le duraba mucho tiempo porque el maestro,
exigentísimo consigo mismo, lo era también con los demás. A lo largo de treinta años le habían
servido una docena de muchachos, que luego se alejaron a los cuatro rumbos. Al parecer,
ninguno fue su discípulo, pues salvo un tal Servando Funes o Fuentes, que permaneció a su lado
un par de años y que continuaba pintando sin mayor fortuna, los demás trabajaban en otra cosa.
Era difícil tratar con Isidro Viel. Sus nervios estaban siempre tensos como la cuerda de un arco
pronto para disparar. Para él nada existía, salvo su obra. Su cuerpo endeble cobijaba una energía
casi feroz, que lo llevaba a pintar cuadro tras cuadro. Las tres cuartas partes no salían de allí. El
maestro los alineaba contra las paredes de su taller, como si fueran botellas de un coñac que
necesitara añejarse. Allí quedaban un mes, dos, un año, cinco, bajo el ojo autocrítico y sin piedad
de su creador. De pronto, un día cualquiera, Isidro Viel se precipitaba sobre uno, sobre dos, sobre
diez, los rajaba con la espátula, los arrancaba a tirones de sus marcos y los arrojaba a cualquier
parte. Los que se salvaban eran enviados enseguida a Paul Stern: Isidro Viel no quería verlos
más, como si cobrara odio a todo aquello que daba por concluido.
De todos modos, nadie podía imaginar que ese solitario, sin más enemigos que los que
naturalmente y sin quererlo se concita el genio, no muriese en su cama. Pero, como ustedes
recordarán, una mañana de marzo de 1958, la sirvienta lo halló muerto de cuatro balazos.
Estaba sentado en su sillón cotidiano, su vaso de agua mineral roto y derramado, y en una
mesita frente a él había quedado la botella de whisky con que convidaba a los íntimos y un vaso
que su visitante no llegó a usar.
Las cuatro balitas habían partido de una delicada Tala 22, según la pericia. Dos habían entrado
en el corazón de Isidro Viel; otra en la garganta; la cuarta en el hombro izquierdo e introducían
un impensado elemento de aventura en aquella vida dedicada a combinar sedentariamente
colores y formas. El arma era pequeña, casi ineficaz, pero se descartó a cualquier mujer porque
en Villa del Lago todos conocían a Isidro Viel, y en este sentido su vida era tan transparente
como el cristal de sus ventanas. En la casa sólo vivían dos mujeres, las dos muy viejas: una que
fue su aya y ahora era su ama de llaves, y la otra su cocinera.
A éstas interrogó la policía cordobesa. He aquí lo que dijeron: El 5 de marzo llegó en una
camioneta con chapa de Buenos Aires un desconocido sesentón, bien vestido y de pocas y
cortantes palabras que, sin dar su nombre, pidió ser recibido por el pintor. Viel aceptó a disgusto,
pues se hallaba en pleno trabajo. El hombre bajó entonces de la camioneta lo que sin duda era
un cuadro de mediano tamaño envuelto en fuertes papeles impermeables y protegido por un
machiembradísimo bastidor de madera. Viel y el desconocido conversaron a puertas cerradas un
breve rato. Luego el visitante salió deprisa, bajó las escaleras, puso furiosamente en marcha la
camioneta, lanzándola como un tiro calle abajo a pesar de la peligrosa pendiente que remataba
en el lago del dique. La sirvienta lo vio tomar el camino a Córdoba, que es también el camino a
Buenos Aires y a toda la República. Desde luego, la vieja no se atrevió a preguntar nada a Isidro
Viel cuando media hora después entró en el taller para llevarle la colación de la tarde. Isidro Viel
estaba de pie mirando absorto el cuadro que le habían traído.
-Señor, el té, le dije, pero el niño no me oyó. Se lo repetí y entonces se dio vuelta como un loco y
me gritó: -¡Vieja idiota! ¡Déjeme en paz!
Un rato después las mujeres oyeron algo así como un desgarrado estampido o una rajadura
instantánea, y al asomarse de nuevo la cocinera con discreta curiosidad, vio a Isidro Viel
tratando de arrancar su pierna derecha de la tela que había roto de un puntapié. Cuando lo
consiguió, quebró en astillas el marco, partió las tablillas del esqueleto, rasgó los papeles e hizo
con todo un bollo de gran tamaño. La cocinera volvió a retirarse y sólo regresó a la noche para
anunciarle la comida (frugal: un arroz con leche y un puñado de ciruelas secas).
-¿Eh...? ¿Qué? ¡Ah! ¡Ya bajaré!
Pero no fue. Durante horas se quedó como estaba: echado sobre una de sus mesas de dibujo
examinando los jirones del cuadro roto antes, pasándoles un raspador por el envés para
arrancarle polvo de pintura y laminillas de color, disolviendo éstas en aguarrás o aceite;
oliéndolas, olfateándolas, examinando a lupa las partes raspadas.
A las 11 de la noche las dos mujeres se fueron a dormir dejándole el arroz ya helado y las tristes
ciruelas negras sobre la mesa del comedor, donde estaban todavía a la mañana siguiente.
Apenas amaneció, Isidro Viel se hizo llevar a Carlos Paz en un taxi y allí, desde la oficina de
Correos, habló telefónicamente a Buenos Aires.
Estos fueron los hechos narrados por las dos sirvientas.
Obviamente había allí una pista principal: el cuadro deshecho. La policía, con la ayuda de los
expertos, lo halló entre papeles, borradores y copias inservibles y lo rehízo prontamente. Era, sin
duda posible, uno de los cuadros de Isidro Viel, característico de su época verde actual: una
imagen de mujer (las fabulosas mujeres de Isidro Viel, soltero, misógino, asceta, que sonríen
levísimas, incorpóreas casi, perdidas en esfumaturas doradas, en finísimas gradaciones de tonos,
sonrisas aladas, manos trashumanas, ojos casi siempre claros) sobre un fondo no figurativo
donde jugaban los casi increíbles verdes de Isidro Viel. Nada más. O sí: aparte de la
inconfundible firma del pintor, el cuadro tenía al dorso, pegado con cola, un cuadrángulo de
papel. Decía, así: "Yo, Isidro Viel, certifico que este cuadro cuyas dimensiones son sesenta y
cuatro por ciento dos y medio centímetros, y que es un retrato de mujer en azul y gris sobre
fondo verde, fue pintado por mí en el mes de mayo de 1957. Firmo este certificado de puño y
letra y también a pincel abarcando el comprobante y la tela a la que va adherido con la firma
que utilizo en mis cuadros".
Ahí estaban las dos firmas: una en tinta china al pie del papel; la otra, mitad sobre éste y mitad
sobre la tela, de tal manera que no podía despegarse el certificado sin rasgar la película de
pintura que se continuaba en la tela. Los peritos calígrafos y pictóricos se pronunciaron sin
controversia: la tela y la firma eran de Isidro Viel.
La Policía Federal, por su parte, estableció rápidamente esto: a) Paul Stern manifestó haber
recibido aquel cuadro de Isidro Viel, como se lo aseguraba su bien conocido contrato, y haberlo
vendido por doscientos cincuenta mil pesos a don Lorenzo Fuertes, riquísimo industrial llamado
el Rey del Caño de Fibrocemento. A pedido del Rey del Caño, había solicitado ese certificado a
Isidro Viel, que lo extendió sin reparos a pesar de ser algo insólito.
b) Lorenzo Fuertes dijo que, en efecto, compró el cuadro a Paul Stern para colocarlo en el mejor
lugar de su nueva biblioteca, flamantísima o, mejor dicho, virginal en todo sentido. Desde luego,
alarmado por los doscientos cincuenta mil pesos que Stern le pidió por ese Viel verde, requirió
garantías concretas de autenticidad, es decir: un certificado en regla. Paul Stern se rió al
principio, pero cuando vio que la exigencia era seria, aceptó y unos días después de cerrado el
trato le entregó la tela con el certificado.
Pero no en vano el Rey del Caño había levantado su ciclópea fortuna sobre la base de no confiar
ni en su madre. Para él el certificado sólo mudaba las cosas de lugar: en vez de la firma usual,
ahora tenía otras dos al dorso del cuadro, pero la desconfianza seguía en pie. ¿Eran las firmas de
Isidro Viel? Por eso un día hizo embalar el cuadro, lo metió en una de las camionetas de sus
fábricas y sin decir a nadie una palabra, para no pasar por bruto, según confesó, conduciendo él
mismo -recuerdo de sus días de camionero cuando transportaba fierros viejos y caños en desuso
por Valentín Alsina- viajó hasta Villa del Lago para obtener el testimonio del propio pintor.
Cuando quedó desempaquetado el cuadro, Isidro Viel, ya disgustado por la interrupción en su
trabajo, lo miró un largo rato con absorta fijeza, pasó sus dedos temblorosos sobre la tela, releyó
el certificado, tal vez con la emoción de un padre ante la vuelta del hijo pródigo. Al final
despachó a Fuertes con un gesto impaciente: -Ya me comunicaré con usted, señor.
El Rey del Caño, algo intimidado por hallarse por primera vez en su vida frente a un artista
insigne, sólo se atrevió a pedirle una fecha para volver por el cuadro. Isidro Viel le señaló
vagamente una cualquiera, días más adelante, y le volvió la espalda.
Sin saber qué hacer, y furioso consigo mismo, Lorenzo Fuertes volvió a Buenos Aires aunque,
desde luego, con el firmísimo propósito de regresar en la fecha indicada. No llegó a hacerlo: dos
días después se enteró por radio de la muerte de Isidro Viel.
c) Se verificó que los hombres ligados de una u otra manera al caso, estaban lejos cuando
ocurrió el asesinato: Fuertes en Mar del Plata; Stern en Buenos Aires, en el departamento de una
cancionista de radio, Chelo Arroyo, la que, como él era soltero y ella poca reputación tenía para
perder, no tuvo inconveniente en revelarlo. La policía localizó también a varios de los antiguos
ayudantes de Viel: uno en París, otros tres en Buenos Aires donde eran uno empleado de banco,
otro fotógrafo, el tercero periodista; otro, Servando Funes, en Rosario, donde vegetaba pintando
monas5 sin pena ni gloria; un séptimo en su taller mecánico en Alta Gracia, y a un octavo,
muerto. Faltaban cuatro o cinco, que no fueron hallados.
Quedaban, desde luego, abiertas infinitas posibilidades, porque Isidro Viel, como todos los
genios, se había ganado incontables enemigos gratuitos. Ello empero, ¿podía llegar el fanatismo
estético al crimen? La historia no recuerda casos. ¿Un ratero ocasional, un vulgar ladrón
enceguecido por la fama de afortunado de Isidro Viel? La policía no lo creía, pues resultaba difícil
explicar que Isidro Viel, tan hosco, tan huraño, hubiera recibido a un desconocido tranquilamente
sentado en su sillón, con un vaso de agua mineral en la mano y habiendo dispuesto otro vaso y
una botella de whisky sólo para su huésped, pues él era abstemio. El asesino era, sin duda, una
persona a quien Isidro Viel conocía. Por eso también la policía cordobesa verificó uno por uno el
uso de sus horas de los poquísimos amigos que Isidro Viel tenía en Carlos Paz. Todos ellos -tres o
cuatro, por lo demás- lo aclararon perfectamente: uno en el club, otro en el cine con sus hijos, los
demás durmiendo matrimonial y pacíficamente. ¿Algún visitante ocasional, pero ligado por algún
interés, sea económico como Lorenzo Fuertes, sea artístico como, por ejemplo, un admirador o
un discípulo de cuya existencia nadie tenía noticia? ¿Quién podía saberlo?
En realidad alguien había entrado, matado y reingresado en la noche, una sombra, una cara
desconocida, un revólver con cuatro balas de menos, Equis, el fantasma.
De todos modos, como no quedaron huellas en ninguna parte, ni siquiera en el delator bronce
del llamador, y como el asesino actuó antes de aceptar el vaso de whisky y antes de tocar la
botella, era lícito suponer algo premeditado.
Leoni estaba por ese tiempo de vacaciones en su casita de verano de Carlos Paz -único bien que
tiene, aparte de otra en Ramos Mejía, donde vive, luego de cuarenta años en la Policía-, donde
yo era su huésped, y, naturalmente, como Leoni es toda una institución dentro de la institución
siguió el caso entreverado con la gente de ahora, que lo respeta como a un viejo león cuyas uñas
no ha gastado el tiempo. Una tras otra había buscado probar las hipótesis con la gente de
Córdoba y con los dos inspectores de la Policía Federal llamados para el caso, sin llegar a
ninguna conclusión. Los hechos permanecían ahí, invulnerables, y esa tarde los recapitulábamos
por décima vez acodados sobre el puente Nuevo.
-Estoy de acuerdo -decía Leoni- de que en este caso pueden aceptarse diez explicaciones
racionales que lo dejarán cerrado y sin castigo. Pero aquí hay un detalle que no encaja -y repitió,
como en sueños-: sólo un detalle... sólo un detalle...
De pronto se levantó como un oso o una marea. Sus ojos negrísimos brillaron y sus dedos como
tenazas que tantos delincuentes han conocido para su mal, me apretaron el brazo.
-Ya lo tengo. Venga, Pérez Zelaschi.
Cruzamos el puente, la calle, un ómnibus de la Ablo nos rozó infernalmente. Pronto estuvimos en
la comisaría, donde su titular mateaba bajo los sauces con el inspector Arregui, de la Policía
Federal, cansados de un día cordobés de sol y búsqueda.
-¿Usted por aquí, Leoni?
-Yo mismo.
-Arrímese al mate.
-Ya la tengo.
-¿Ya tiene qué?
-Ya tengo la vuelta. Arregui, llame al departamento y pida que le aprieten los tornillos a la
cancionista ésa.
-¿A Chelo Arroyo?
-Sí.
Arregui tendió la mano hacia el teléfono.
-Señorita... ¿Hay demora con Buenos Aires? Bien. Comuníqueme con el departamento de Policía.
Después le preguntó a Leoni: -Que la aprieten... ¿hasta dónde?
-Un poquito, nomás. De palabra, para que no arme escándalo. Cantará enseguida. Es su oficio.
La noticia de la detención de Chelo Arroyo por encubrimiento, de Stern por asesinato y de
Servando Funes por falsificación, la oí por radio esa misma noche cuando terminábamos el
maravilloso pastel de espárragos preparado por doña María, la mujer de Leoni. Me volví hacia el
comisario que había escuchado la noticia manteniendo en alto y a contraluz un vaso de vino
riojano que brillaba como una de las lámparas del infierno. Cuando el locutor concluyó Leoni dijo:
-Hecho.
Volvimos sobre el tema, naturalmente, mientras doña María servía ahora próvidos y helados bols
de ensalada de frutas.
-El detalle que no encajaba no fue que Isidro Viel rasgara y rompiera su cuadro, sino que lo
raspara. Que lo rompiese podía ser explicado por el odio que tenía a aquello que había pintado.
Pero que lo raspase, no. Si él lo había hecho, si preparó los colores y la tela, ¿para qué lo raspó?
Sólo cabía una suposición: para ver cómo y con qué lo había pintado, no él, sino el verdadero
autor del cuadro.
-Pero todos los peritos y todos los críticos: Romero Brest, Mujica Lainez, Córdova6... certificaron
que era un verde auténtico. ¡Y son expertos de primera, Leoni!
-Bueno, eso les enseñará que siempre tienen algo que aprender. Ya verá usted que la
falsificación era tan perfecta que sólo el propio Isidro Viel pudo descubrirla. Alarmado, rabioso,
vio que la cosa era gravísima: el falsario había usado sus mezclas, sus colores, su forma de
preparar la tela. Creo que ya hubo en Francia un caso así, no recuerdo con qué pintor de esos
que pintan cuadros medio estrafalarios. De aquí la rabia insensata de Viel cuando supo que
alguien podía pintar cuadros como los suyos y engañar a todo el mundo. El genio se resiste a
tener duplicados. ¿Oyó usted que han detenido a Servando Funes? Fue el ayudante de Viel que
más duró en el empleo y estuvo con él precisamente en su etapa verde, que es en la que murió.
Funes, que debe ser una luz, aprendió el oficio del maestro, pero sólo su oficio de la época verde.
Apuesto la cabeza a que no pintó Viel dorados, ni azules, ni rosas. Me preguntará por qué no
pensé que el falsario fuera el asesino. Es que todos saben que Stern es el vendedor exclusivo de
Isidro Viel. El falsificador podía, tal vez, vender dos o tres cuadros trabajando por su cuenta hasta
que Stern se enterase. Y esto ocurriría enseguida porque un Viel es como un elefante blanco: no
puede moverse sin que lo vean. Funes, casi seguro, llegó a un arreglo con Stern. Nadie
sospecharía de éste y menos si los Viel falsos podían ser confundidos con los auténticos hasta
por los expertos. El único capaz de descubrir la trampa era el propio Isidro Viel, y el pobre estaba
recluido aquí enfrente, en Villa del Lago, donde no recibía ni a los gatos. El riesgo hubiera sido
casi cero de no existir tipos tan desconfiados como Fuertes. Nadie pide un certificado así. Menos
que nadie va, además, a pedir al pintor un testimonio adicional. Ahora bien, ¿por qué lo mató
Stern? Porque una vez descubierto estaba arruinado y porque de todos modos podía vender
todavía muchos verdes Viel fabricados por Funes. La coartada de Stern era buena, pero débil. Se
olvidó que, aunque le hubiera hecho algún buen regalito para que declarara lo que declaró Chelo
Arroyo, las cancionistas de tercer orden nunca se hacen rogar para cantar. Y menos si los que las
oyen son los muchachos de la calle Moreno7, especialistas en preparar cantores.
-¿Y si la Arroyo se hubiera mantenido en sus trece?
Leoni esbozó un gesto vago: -En ese caso, mala suerte. Tal vez hubiera pedido que siguieran a
Stern hasta que él mismo nos condujera a la fábrica de los verdes.
-Insisto: en aquel caso usted jamás hubiera podido acusar a Stern.
Leoni volvió a levantar la copa de riojano y su voz era tan ominosa como el rojizo trasluz del vino
cuando me contestó: -Entonces... hubiera pedido que le apretaran los tornillos también a Paul
Stern.
El resto ustedes lo recuerdan. Detalles más, detalles menos, las noticias posteriores confirmaron
las hipótesis de Leoni. Fue Stern quien olfateó la existencia del falsificador cuando en un remate
de copete vio aparecer un verde Viel que él no había recibido. Desechada de antemano la
suposición de que Isidro Viel burlara el contrato de exclusividad pronto dio con Servando Funes y
vio, estupefacto, su fábrica de verdes Viel: diez, veinte, cincuenta cuadros que hubieran podido
salir de la propia mano del pintor. Además, no eran copias como lo supuso Leoni, sino cuadros
nuevos, originales pensados y ejecutados por Funes con tal habilidad que podía pensarse que el
espíritu de Isidro Viel hubiera transmigrado a él. Si alguna vez Stern pensó denunciar al falsario,
esos cuadros lo indujeron a lo contrario: cincuenta Viel eran diez millones de pesos y podía
seguir vendiendo todos los que Funes fabricara. Cerraron trato: cincuenta mil pesos por cada
cuadro, que Stern vendió a distintos coleccionistas.
Stern, además, amaba los goces de la vida y, entre éstos, los más caros. Desde hacía tiempo
pasaba apuros de dinero. Isidro Viel tenía 60 años y una salud precaria. El día que muriese sus
cuadros valdrían automáticamente el doble, al cesar, digamos así, la producción.
Sólo que en este caso continuaría existiendo una fábrica secreta para abastecer a una demanda
a doble precio. La idea de matar a Isidro Viel fue perfeccionándose en la cabeza de Paul Stern. El
episodio de Lorenzo Fuertes obró como un precipitante.
Cuando Isidro Viel lo llamó por teléfono pidiéndole que fuera ense-guida a Villa del Lago y le
explicó por qué, llamó a su propia muerte. Antes de viajar Paul Stern regaló a Chelo Arroyo un
brazalete de brillantes para que declarase lo que declaró. Para la cancionista fue sólo cuestión de
cambiar de fechas, porque Paul Stern la visitaba todos los miércoles, desde hacía un año, en su
departamento de la calle Soler.
Cosa previsible: sólo aparecieron dos de los treinta coleccionistas engañados por los falsos
verdes Viel. Los otros, y hasta hoy, sin duda mostrarán su verde Funes a sus relaciones y dirán:
Sí, es un verde auténtico, un legítimo Viel. ¿Recuerda usted aquel caso? Pero a mí no pudieron
engañarme, amigo mío. ¡Yo entiendo de estas cosas! Este es un Viel... ¡Un Viel!
1- Villa del Lago: localidad de Córdoba.
2- porotos: se refiere al dinero.
3- marchand: en francés, marchante, comerciante.
4- manager: anglicismo por apoderado.
5- monas: retratos sin importancia.
6- Romero Brest, Mujica Lainez, Córdova: Jorge Romero Brest. Crítico de arte, profesor y escritor
argentino, nacido en 1905. Manuel Mujica Lainez (ver Propuestas de lectura). Córdova Iturburu.
Poeta, escritor y crítico de arte argentino. Nació en 1902.
7- los muchachos de la calle Moreno: se refiere a la Policía Federal, cuyo Departamento Central
está en la calle Moreno de la ciudad de Buenos Aires.