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07-11-Carta de Sigmund Freud A Jacques Lacan - 1933

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Carta de Sigmund Freud a Jacques Lacan (1933)

Estimado Dr. Lacan: Gracias por el envío de su tesis de doctorado. Leía con
máxima atención, centrándome, conforme a su propia indicación, en el caso que el
Señor denomina “Aimée”, sobre el cual se puede decir que ha sido estructurada toda
la obra. Acerca de los deseos, entonces, haré algunos comentarios psicoanalíticos, los
cuales indubitablemente, deberán tocar aspectos de la teoría, ya que ésta es,
finalmente, la que hace hablar a los supuestos “hechos” (el Señor recordará, al
respecto, el comienzo de mis “Pulsiones y sus destinos” cuyo manifiesto liminar
continúo considerando válido).
Este caso me interesó de sobremanera, teniendo en cuenta la observación
incluida en mi “Schreber”, en lo tocante con el mínimo de paranoia que un analista
tropieza en su práctica habitualmente. Por eso es que, el Señor bien sabe, yo preferí
centrarme en las Memorias del Presidente; con todo, parece que adoptando tal
procedimiento – sin darme cuenta de esto a posteriori – hubiese llegado a un dato que
su “Aimée” precipita como tal: Me refiero a la importancia del escrito en la paranoia,
trasladada en su paciente tanto por la redacción de notas autobiográficas como de
cuadernos, como por sus dos “novelas”. O sea que, el paranoico – coincidiendo en esto
con el Señor… conmigo, en fin… ¿Con todos los que sentimos que debemos escribir? –
no apuesta su dinero a verba-volent pero permanentemente a scripta-manent 1 – tiene
que coincidir con la aproximación que se produce entre el paranoico y el filósofo,
porque en éste la intensidad de lo personal es tan destacada que hasta da su nombre
al sistema – escrito – que a partir de él comienza – ¿Acaso todo filosofo no cree, a
sabiendas o no, que su cosmovisión conforma el punto inicial del cosmos, con la
consecuente derrota del caos? – Observe el Señor, que su propuesta ateniente a Aimée
– o la de ella misma – procede con la misma rutina, en cuanto vehiculiza un “prototipo”
inclusive una “observación primordial”, ¡Pequeña conquista la de Aimée!, ¡prototipo
primordial!: con afecto, aludo como nuestra pequeña y oscura mucama consigue ser
una nada pequeña Narcisa, que acapara la ocupación libidinal del inteligente – y por
qué no, erudito – Doctor Lacan, convenciéndolo de su originalidad y su unicidad, y
haciendo escribir, a su vez, respecto a ella. O inclusive, instándolo a sustentar, en el
mismo sentido, que “toda tarea fecunda debe imponerse la tarea de monografías
psicopatológicas tan completas como sean posibles”. Claro que el psicoanálisis, en
tanto disciplina de las singularidades, debe velar por la atención al repudio de todo lo
que no comporte una minuciosa escucha al paciente, ¿más cree el Señor, que una
monografía completa – o exhaustiva – da cuenta o respeta este carácter singular? Mi
obra testimonia que las historias que redacte no fueron “creciendo”, si tomamos como
caso el de la joven homosexual. Antes tendía progresivamente – pienso ahora mientras
le escribo – a circunscribir, a recortar ciertas constelaciones que los instrumentos
analíticos permiten esclarecer y, de hecho, esclarece. Allí pueden estatuirse
prototipicidades, u observaciones primordiales. Puedo decirle que tal fue el modo
fundamental según enfoqué los casos de relatos de mis queridos discípulos, los Dres.
Abraham y Ferenczi. Uno escribe “lo que cae” de nuestra práctica diaria, aún si el
texto resultante fuese relativamente breve. Sí, no olvido que Aimée no es un caso de
psicoanálisis, en cuanto no hubo de su parte una intervención analítica, debido – como
1
el Señor declara – a factores ajenos a su voluntad, más siendo un caso susceptible de
aplicación del psicoanálisis, los lineamientos que menciona conservan su validez. Releo
el escrito y compruebo que parte desde el escrito: a partir del escrito, pues derivé de
su escrito a los de Aimée, que el Señor hizo que escribiera. Más también lo que a ella
le configuró su delirio fueron ciertos escritos, e imágenes publicitarias. Así, lo
interesante, más todavía, lo apasionante de Aimée es comprobar cómo los medios de
comunicación de masas y de espectáculos públicos, le proporcionan el soporte
escenificado para diseñar sus perseguidores: la serie de la hermana, como el Señor
muy bien

2
indica, basase en la lectura de artículos periodísticos, posters y novelas, a la
asistencia al teatro o al cine, a la contemplación de fotografías. Más aún, a
partir de este núcleo se desgarran sus oídos contra la agitación sobre
artistas, poetas, periodistas, editores que envenenan sus días. ¡Qué notable
génesis “indirecta” que tanto deben molestar a nuestros adversarios del otro
lado del Atlántico, tan proclives como son a esa extraña concepción allí
nacida llamada “conductismo”! Esta campesina perdida se ve bombardeada
por una tormenta de palabras y de imágenes, que la atontan, la descolocan,
que no le dejan ya reconocer su lugar. Su mudanza a “la ciudad luz”
terminan por hacerla perder en su oscuridad, se busca, en su tentativa de
reconstitución, en las letras impresas, allí firmes, allí estables, allí garantidas,
las que con su tremenda difusión multiplican las garantías indicadoras de un
lugar para ella, cosa que no ignora porque se caratula como una “verdadera
enamorada de las palabras” – a esa expresión el Señor agrega – “ese
disfrute casi sensible que le producen las palabras de su propia lengua”,
advierta, sin embargo, que luego de escribir la frase transcripta, el Señor
recuerda a Rousseau a propósito de “un paranoico genio”. Con todo, yo creo,
que Rousseau incide en el Dr. Lacan según la idea de “buen salvaje”, ¿Por
qué?, porque idealiza en Aimée – y lo generaliza – el “sentimiento de
naturaleza” el cual siguiendo a Montassut2 – cito del texto – es
“característica frecuente del paranoico”, más para el Señor es “un
sentimiento de valor humano positivo”, que teme sea destruido en aras de la
adaptación social. El caso de Aimée, campesina, ciertamente pareciera
confirmarlo, pues su eclosión delirante sucede cuando pospone al
regionalismo vital la diseminación urbana de las palabras.
Finalmente, que cosa no se intercambia más en las grandes ciudades,
que palabras. Pero,
¿la naturaleza guarda en sí alguna cualidad terapéutica, en todo caso,
equilibrante, según colijo, acaso transmite algo puro, no tomado de la acción
depredadora de los hombres? Es cierto que no hay cultura sin malestar, yo lo
dije, pero no es menos cierto que no hay naturaleza sin cultura. O sea,
transitivamente, no hay naturaleza que no sea alcanzada por el malestar.
Otra cosa es colocar, como el Señor sagazmente lo indica, la cuestión de la
multiplicación de mensajes, es el modo de participación social que pauta,
inclusive, un periódico. Es unos de los efectos de los avances de la ciencia y
de la industria sobre el modo de constitución y de adolecer mentalmente de
una persona; quiero decir que eleva a potencia o a alcance de “parroquia”,
aquella que recordaba Bergson, como condición para la eficacia de un
chiste. Es por eso que respaldo absolutamente la certera afirmación que el
Señor escribía así: “el delirio de interpretación… es un delirio de la casa, de
la calle, del foro”. Para su paciente, según su registro, la víctima le fue
cambiando desde su hermana, en la villa, hasta la señora Z, ofrecida como
vedette por el foro, a quién ataca en plena calle. Esta señora Z no es como
3
el Flechsig de Schreber: es un ser distante, una visión fugaz, un nombre en
un lugar investido, antes que todo de símbolos de reconocimiento
parroquial, que se prestaba a que su Ideal del Yo todavía asentara sus bases.
Y acontece que su mejor amiga, aunque se haya transformado en un
acosador, no pudiera cargar sobre sí el peso del lugar, por no disponer de
título que la autorizaran a tanto, esta hipótesis que el Señor piensa, la que
juzgo correcta, no se compadece, sin embargo, con otra expresada, en la
que afirma que la mejor amiga “hubiese sido agredida si hubiese estado a su
alcance”. Entiendo que esta contradicción surge de la mezcla de dos
criterios: uno el psicoanalítico, que rescata lo acontecido y lo somete a
interpretación, el otro, corresponde más a un ejercicio imaginativo. Quiero
significarle que el objeto de agresión o del delirio, revela en Aimée un
carácter más fácilmente móvil que en Schreber, como connotando más
nítidamente un funcionamiento pulsional, un carácter menos viscoso de la
libido que el mostrado por el Presidente. En efecto la mejor amiga fue la que
habló por primera vez con la señora Z de Sarah Bernhardt, que se constituye
en una de sus principales perseguidoras, vale decir que quien decía, quien
hablaba, se descolocó sobre los nombres de las personas de quien hablaba,
ellas fueron su sustituto, de nombre a nombre, en una verdadera cadena de
deslizamiento incoercible. Digno de una “enamorada de palabras” que nos
enseña inequívocamente, como le decía, el despropósito que postula el
conductismo, pues que podría argumentar éste, con su simplismo
explicativo, sobre el

4
hecho que lo dicho sustituye a quien lo dice, sin los choques o diques propios
de los modos psiconeuróticos, claro que con todo hay que ligar su modo
psicótico con los psiconeuróticos, ya que el sentido de sus síntomas, o de sus
actos, permanecen ocultos y enigmáticos. En referencia a la temática de los
mecanismos productores, deseaba comentarle algunos puntos, comenzando
por la auto-punición, tan decisivas en sus solidas argumentaciones. El Señor
capta en Aimée una problemática que la localiza “más allá del principio del
placer” en cuanto a las consecuencias que se presentan de su acto agresivo,
ya que éste tiene, a decir verdad, como acto pulsional, coincidiendo, por otro
lado, fuente y fin de la pulsión. Sin embargo, claro, digo “ella” y debo
corregirme: ¿qué significa ella desde que el psicoanálisis nos demuestra la
participación del aparato psíquico?, para preguntárnoslo de modo más
apropiado, “lo qué de ella”, el Señor responde que “su ideal exteriorizado”- y
está en lo cierto – solo que esta agresión patentiza su carácter irrisorio, en
tanto ella intenta eliminar su ideal envidiado, obedeciendo un mandato
autodestructivo de su Súper Yo.
Esto, a lo que yo llame “imperativo categórico” – siguiendo a Kant – por su
condición de inapelabilidad, significa para el Señor uno de los puntos, el
punto al que el psicoanálisis más notoriamente 2 NT: Marcel Montassut, La
constitución paranoica, 1924 adhiere, lo que no deja de complacerme. Más
colegí de aquí que “los mecanismos psíquicos de autocastigo” conforma una
hipótesis “nada implicada… de las primeras síntesis teóricas”
psicoanalíticas, me parece ya una afirmación que temo no poder
compartirla. ¿Por qué?, porque muy temprano, en la Interpretación de los
Sueños, hice mención a los “sueños punitorios”, en un capítulo ni marginal
ni secundario, en efecto afirmaba allí que “ha de concederse que
admitiéndolos (a los sueños punitorios) se agrega allí un cierto sentido a la
teoría de los sueños”, afirmando líneas después que “el carácter esencial de
los sueños punitorios reside en que en ellos el formador del sueño no es el
deseo inconsciente que procede de lo reprimido (o sistema inconsciente),
señalo el deseo punitorio que recae contra aquel, este último pertenece al
Yo, aunque también inconsciente (es decir pre-consciente)”, claro, hace tres
años me vi forzado, ante una nueva edición del libro, adosando una nota al
pie, indicando que ese era el lugar donde debía colocarse al Súper Ego, en
tanto descubrimiento posterior del psicoanálisis. Ahora, recuerdo también
haber redactado – para esa misma edición – otra nota incluida en el capítulo
VI, párrafo “los efectos del sueño”, en que puntuaba una hipótesis que
también estimo pertinente: “Es fácil reconocer en estos sueños punitorios el
cumplimiento de deseo del Súper Yo, lo que implica, a mi juicio, una
reformulación más precisa – basada en nuevos descubrimientos de la teoría
psicoanalítica – de un fenómeno ya circunscripto y ya jerarquizado, tanto es
así que en mi afán de dejar esto aclarado firmemente, entenderá que esta
precisión no se aplica únicamente al ámbito onírico, pues en este mismo
5
texto la extiendo a los síntomas. Podrá rever así, el caso de la paciente con
vómito histérico, su síntoma, escribí “solo se engendra donde dos
cumplimientos de deseos opuestos, proveniente cada uno de distintos
sistemas psíquicos, pueden coincidir en una expresión” por lo que ellos
debían ajustarse también “a la ilación de pensamientos punitorios”. Lo
mismo ocurre con respecto al caso Dora, cuando adjudico su pretendida
“neuralgia facial” a un autocastigo, o cuando asumo idéntica posición ante
el impulso suicida o la manía de enflaquecer del paciente en el Hombre de
las Ratas. Así, siguiendo la misma línea en otros textos, todos anteriores a
1921, (observo este año para manifestarle que en él se puede datar mi
Segunda Teoría del Aparato Psíquico, pues Psicología de las Masas se
desarrolla a mi entender cómodamente, si bien no ha sido comprendida bien
por los comentadores).
Bien: Dr. Lacan, cuique suum tribuere. Más siguiendo dichas preceptivas,
debo agradecerle sinceramente el aporte que el Señor ha realizado acerca
de la función del Súper Ego, no suficientemente destacada en psicoanálisis
hoy día. Aludo a la operación aloplástica de dicha instancia. El Señor
seguramente tendrá presente que esta clasificación – autoplástica /
aloplástica – la incluí hasta ahora solamente en la perdida de la realidad en
la psicosis y la neurosis, más me parece sumamente valida su articulación
como una dimensión superyóica, por cuanto permite la intelección no
solamente en cuanto al sentimiento de culpa, si no específicamente en la

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consumación de la necesidad de castigo, como acontece evidentemente con
Aimée. Esto había sido señalado por Alexander – que el Señor cita – en su
libro “El carácter neurótico” de 1930 – porque un título idéntico utilizó el
injusto Adler dieciocho años antes – sobre un tipo de paciente que canalizan
sus conflictos antes de actuarlos en la realidad, que los revela bajo forma
sintomática.
Más creo que Alexander se equivoca cuando idealiza esta condición de
“carácter neurótico” al creer que ésta ya tenía resuelta su relación con la
realidad, la cual, al contrario, debería retornar lo que estuviese separado –
autoplásticamente – de ella. Creo, en efecto, que Alexander desestima el
factor de renegación en juego, que torna esa realidad modelada de forma tal
que para su presentación fidedigna el crimen se autolegitima. Diferente de
Alexander, el Señor desataca el lado descriptivo, anti-adaptativo del Súper
Yo, su hiperpresencia destilada en los efectos – reales – de retorno que
suscita, más que en su hipotética ausencia juzgada de acuerdo con la falta
de inhibiciones motrices, en este sentido, no se trata la verdad de ausencia,
si no de esa orden de superación conservadora que me parece tematizado
en Schreber así: “lo superado-conservado dentro retorna de afuera”. Su
localización conceptual del Súper Yo me llevó a una fecunda revisión del
concepto que vertí en el prólogo de Aichhorn, en el sugiero la idea de una
eventual falla superyóica en la estructura del delincuente impulsivo; su
contribución, en cambio, me reconduce apropiadamente a estas pocas
líneas que – años antes de este prologo – destiné a reflexión sobre “los que
delinquen por sentimiento de culpa”. Creo que éstos, en verdad, se alivian
como su Aimée, enseguida después del acto en cuestión, “se curan” por la
obediencia al insensato mandato superyóico bastante más violento y eficaz
en el retorno “viniendo de afuera” puesto en juego.
Necesidad de castigo, como le decía, que avala tanto su postura, como que
Alexander pisoteo en su Psychoanalyse der Gesamtpersonlichkeit: el castigo
o el sufrimiento no comportan un beneficio secundario del síntoma – dicho
de modo general – si no, un beneficio primario. Esto es lo que traté de
exponer cuando hice mención de “las resistencias del Súper Yo”, en tanto él,
como el Señor comprendiera, y lo hizo funcionar a las mil maravillas. Yo
colijo que esto fue posible en la medida que él – su antecesor – puede
asegurar que el Súper Yo no se configura en función de una supuesta
introyección individual de las normas manifiestas vigentes en la sociedad
actual, si no que implica algo admirablemente bien resumido en Nunberg,
así: “Alexander lo considera como un código de todos los tiempos, invariable
y recóndito en las profundidades del yo”.

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