ASTRI-DILIGENCIA-325 Joss Tanner (1995) Espuelas de Plata
ASTRI-DILIGENCIA-325 Joss Tanner (1995) Espuelas de Plata
1
—Un momento de descanso, Waimer —suplicó el preso—.
Detengámonos a la sombra de aquel cactus.
En la ardiente y lisa llanura, y a unas doscientas millas, se alzaba un
gigantesco saguaro. Briam Waimer espoleó a su caballo y tiró de las riendas
de la montura de Corbin Bell y de la acémila cargada con provisiones y
azumbres de agua.
Llegaron debajo de la estrecha sombra del saguaro y se detuvieron.
Waimer empujó su sombrero hacia la nuca, resopló y dirigió una mirada a
su alrededor. Hacía un calor terrible y la calígine ondulaba a ras del suelo
desdibujando el perfil del horizonte.
—Quíteme los grilletes de los tobillos, sheriff —pidió Corbin Bell,
sudoroso bajo su camisa azul descolorida.
—No —denegó Briam Waimer—. Es usted un tipo peligroso, Corbin.
No volveré a fiarme. Continuaremos enseguida. Esta laguna de sal supone
una trampa mortal. ¿No ha visto los esqueletos de animales y personas que
jalonan el camino?
El prisionero se impacientó.
—¡Al diablo con los que me han precedido camino del infierno! —
barbotó—. Yo estoy vivo, todavía. ¡Mire mis tobillos, Waimer! Me apretó
demasiado los grilletes y estoy sangrando...
Waimer bajó del caballo e inspeccionó con ojo crítico los grilletes que
sujetaban las piernas del detenido por debajo de la panza del caballo.
Efectivamente, las ajorcas de acero estaban muy apretadas y el metal
había herido la carne por encima de las sandalias mexicanas que calzaba
Corbin Bell. Hilillos de sangre manaban de la carne lacerada.
—Están bien así —dijo el sheriff, impasible—. Se los quitaré cuando
lleguemos al oasis de Parson Wells.
—¡Parson Wells! —exclamó Corbin—. ¡Eso queda a unas quince millas
de distancia! Me habré desangrado antes de que lleguemos allí.
Waimer observó sin pestañear los pajizos cabellos de Corbin Bell, sus
facciones correctas y atezadas, sus vivos ojos azules...
—¿En qué quedamos? —respondió irónico—. Usted dijo que prefería
morir aquí por la picadura de una serpiente antes que volver a Marloville...
—¡Quiero vivir, por ahora! —gritó el preso—. Por lo demás, no creo
que lleguemos jamás a Marloville.
—Ya veremos —replicó el membrudo Briam Waimer.
Introdujo un pie en el estribo, se dejó caer en la silla y taloneó a su
caballo.
—¡Usted me odia, Briam Waimer! —chilló el prisionero—. A pesar de
su hipócrita actitud de policía honesto, usted me odia a muerte, sheriff.
Preferiría descerrajarme dos tiros y evitarse la molestia de conducirme a
Marloville. ¡Diga la verdad, deje de fingir que es un hombre justo!
Waimer no respondió. Clavaba tercamente su mirada en el confín del
horizonte y espoleaba a su caballo cada vez que el animal remoloneaba.
«Corbin Bell se equivoca», reflexionó. «Prefiero verle colgar de la
horca en Marloville, después de que el jurado le haya declarado culpable de
asesinato».
Cabalgaron otras tres horas sin interrupción. La llanura de sal se
extendía interminable por doquier. A la luz del sol, el suelo expandía un
resplandor cegador. Ni una sola brizna vegetal crecía en aquel panorama
desolador.
Waimer sacó su reloj del bolsillo del chaleco. Eran las tres de la tarde, lo
que significaba que aún tendrían que cabalgar otras tres horas hasta llegar al
oasis de Parson Wells.
Giró en la silla y miró al prisionero. Corbin Bell yacía sobre el cuello de
su caballo, el sombrero de palma deshilachada sobre la nuca, absolutamente
inmóvil.
Las caballerías se habían detenido instintivamente a la sombra de un
talud de poca altura. Una serpiente de cascabel se arrastró sobre la
superficie salina y desapareció entre unas rocas, treinta yardas más allá.
El caballo de Waimer lanzó un relincho de pánico e intentó erguirse
sobre sus patas traseras, pero el jinete le sujetó con fuerza hasta que el
animal se calmó.
Corbin Bell despertó en ese momento de su modorra.
—Un poco de agua, sheriff —murmuró.
—Después. Primero tienen que beber las caballerías.
Saltó al suelo y caminó hacia el mulo que transportaba la impedimenta.
Descolgó a medias un azumbre de agua y sacó un pozal plegable, con el que
abrevó a las bestias. Después ofreció lo que quedaba de agua al prisionero.
—¿He de beber en el mismo pozal en que se abrevan los animales? —
protestó Corbin, colérico.
Y lanzó un pegajoso salivajo entre los pies del sheriff.
Waimer no se inmutó: alzó el codo y se refrescó el rostro con el agua
que sobraba. Luego plegó el cubo y lo guardó en su bolsa de lona. Bebió un
par de tragos de agua del azumbre y volvió a montar, mientras Corbin Bell
se desahogaba con vio lentas imprecaciones.
—Que los zopilotes devoren su cadáver, sheriff Waimer! ¡Por Dios
Todopoderoso, que es usted un hombre impío, insensible e indigno!
—No gaste su saliva en balde, Corbin. La va a necesitar para responder
a una acusación de asesinato, cuando lleguemos a Marloville —respondió
Waimer.
—¡Nunca llegaremos a Marloville, se lo juro! —barbotó el preso,
frenéticamente—. Usted y yo dejaremos nuestros huesos en estas soledades.
—Ya veremos —repitió el sheriff, cachazudo.
Prosiguieron la marcha. A cada momento se tornaba más cansino el
paso de las caballerías, aunque el calor iba cediendo gradualmente.
Muy cerca del atardecer apareció una manchita de verdor en el
horizonte, hacia el noroeste. Se acercaban al oasis de Parson Wells, situado
en una ligera depresión del terreno.
Las caballerías avivaron el paso instintivamente.
Se hallaban a unas doscientas yardas de distancia, cuando retumbó un
disparo. El balazo arrancó el sombrero de la cabeza de Briam Waimer y se
alejó silbando.
Un momento después, Waimer estaba de bruces contra el suelo y
empuñaba su «Winchester». Desde allí, hizo cinco rapidísimos disparos
hacia el oasis. Una rama de chopo se desgajó de su tronco y cayó al suelo
con gran estrépito.
Detrás, se oyó el grito de Corbin Bell:
—¡¡Sheriff!! ¿Va a dejarme aquí, expuesto a que me vuelen la cabeza de
un balazo?
Siguió gritando hasta enronquecer, prisionero a lomos de su caballo,
pero Waimer no le prestaba atención. Aplastado tras una duna de sal, el
sheriff de Marloville recargaba parsimoniosamente su rifle.
En las alturas se oyó un graznido. Corbin Bell alzó la mirada y vio la
bandada de zopilotes que planeaba airosamente a unas trescientas yardas de
altitud.
Sopló una leve brisa que provenía del oeste. Briam Waimer distendió las
aletas de su nariz y llenó los pulmones del fresco aire. Un momento
después, sus facciones duras se fruncían en un rictus de repugnancia.
La brisa que provenía del oasis traía un hedor a carne muerta.
2
Las caballerías se habían alejado, asustadas por los disparos del rifle de
Waimer. El anochecer llegó enseguida, ahuyentando los ardores diurnos y
sumergiendo la masa verde del oasis en las primeras sombras.
Fue entonces cuando Waimer se arrastró silencioso por el suelo hasta
alcanzar las frondas de Parson Wells.
Permaneció unos minutos inmóvil y vigilante, preparado para repeler
cualquier inopinado ataque.
No quería exponerse temerariamente. Por encima de todo, debía
conducir a Corbin Bell hasta la distante ciudad de Marloville. Pero
necesitaba el agua de Parson Wells para continuar su camino. De no ser por
esta necesidad perentoria, Waimer hubiera huido del oasis cuando aquel
disparo le arrancó el sombrero de la cabeza.
Solo le quedaba medio azumbre de agua y aún faltaba por cruzar media
llanura de sal.
Mientras aguardaba entre las sombras, se preguntó a sí mismo sobre la
identidad de su desconocido atacante. ¿Uno de los compinches de Corbin
Bell quizá?
Escrutó la penumbra. A través de los troncos de los chopos y los álamos
temblones podía ver el pequeño estanque circundado por grandes piedras
redondeadas, el bosquecillo de cañas verdes y el pozo situado en mitad de
la explanada del oasis. Un gran abrevadero de tablones, junto al pozo, podía
servir de refugio al tipo que había estado a punto de perforarle la cabeza de
un balazo.
En la quietud del anochecer se oyó un gemido. No provenía del pozo ni
del abrevadero, sino más bien del estanque situado a la derecha.
Waimer avanzó unos pasos y llegó al borde del estanque.
Sus ojos se habían acostumbrado ya a la penumbra y le fue fácil
distinguir el bulto más claro de la persona desnuda que se hallaba al borde
del estanque, de bruces sobre uno de los redondos peñascos.
¡Era una mujer!
Todavía asombrado, Waimer abandonó los árboles de un salto y apartó
de un puntapié el rifle que la mujer tenía al alcance de las manos.
Ella exhaló un gritito de sorpresa y pánico y retrocedió hacia las aguas
más profundas.
—Salga de ahí —ordenó el sheriff de Marloville.
Pero la mujer retrocedió aún más hasta ocultarse tras la masa de juncos
que caía al borde del embalse.
—¡No puedo! —gimió—. Estoy... estoy desnuda.
Waimer se humedeció los labios con la punta de la lengua.
—Me gustaría saber por qué disparó contra mí —dijo—. Pudo volarme
la cabeza de un balazo.
—Era... la última bala —jadeó ella—. Lo siento. Me sentía aterrorizada.
Creí que eran ellos, que volvían.
—¿Ellos?
—Los forajidos que me sorprendieron en el oasis. Maté a uno de ellos.
Los demás...
Un gemido quebró su voz.
—¿La violaron? —preguntó Waimer, crudamente.
Ella no respondió. ¿Para qué? Lloraba quedamente, oculta tras los
verdes juncos.
—Eran... eran cinco hombres jóvenes y violentos. Llegaron
súbitamente, ayer al atardecer. Trataron de emborracharme, se pelearon
brutalmente entre sí, luego organizaron una especie de sorteo.
—Y el premio era usted —sugirió Waimer.
—Me... arrancaron los vestidos a zarpazos y se divirtieron conmigo
durante toda la noche. Yacían, borrachos, cuando amaneció. Conseguí
apoderarme de un rifle e intenté huir en uno de sus caballos. Pero el caballo
me arrojó al suelo y uno de ellos despertó. Le maté. Su cadáver está ahí, al
otro lado del estanque.
—¿Y los otros cuatro?
—Despertaron al oír los disparos. Yo estaba escondida detrás del pozo y
les conminé a ensillar sus caballos y marcharse. Les hubiera matado, uno a
uno, pero sabía que en el rifle solo quedaba una bala. Ellos... demostraron
un gran temor al ver a su compinche muerto, el rostro destrozado a balazos.
Ensillaron los caballos y se alejaron. Esta tarde, cuando oí el relincho de
unos caballos, imaginé que ellos habían decidido volver. Por eso... disparé.
Lo siento.
—Comprendo —movió la cabeza Waimer en sentido afirmativo—.
Intentaré ayudarla. Creo que tengo alguna ropa en mis alforjas. Se la daré.
—No... no será tan fácil —murmuró la mujer, en las tinieblas—. Estoy
herida. El hombre al que maté consiguió clavarme un balazo en el muslo
izquierdo. He debido perder mucha sangre, aunque taponé la herida y
apliqué un vendaje.
—Salga del estanque —sugirió Waimer—. El agua diluirá la sangre
coagulada y la herida volverá a sangrar otra vez.
—Está sangrando —afirmó ella—. Pero no saldré de aquí... desnuda.
Waimer dejó el rifle en el suelo y se despojó prestamente del chaleco y
la camisa, que arrojó hacia la mujer.
—Póngase eso, por el momento. Enseguida me ocuparé de usted.
Lanzó un largo y penetrante silbido.
A los pocos segundos se oyó el trote de unos caballos y el prisionero
Bell llegó al oasis con las caballerías.
Waimer buscó en las alforjas y sacó un ancho pantalón de dril, que
lanzó hacia la mujer que permanecía en el estanque.
—¿Qué diablos está ocurriendo aquí? —exclamó Corbin—. Que me
aspen si lo entiendo.
Waimer se lo explicó en pocas palabras. Después de oírle, el prisionero
dirigió una mirada ansiosa hacia el estanque.
—¿Quién es?
—Aún no sé su nombre —replicó Waimer. Y se inclinó para liberar al
prisionero de la cadena y los grilletes que aprisionaban sus tobillos.
Corbin resbaló hasta el suelo y se zambulló de bruces en el estanque,
aunque sus brazos permanecían unidos por las esposas de acero. Entre
tanto, Waimer tendió su mano a la mujer y la ayudó a salir del agua.
La dejó cerca del pozo y buscó unas ramas se cas, con las que encendió
una fogata en pocos minutos.
A la luz de las llamas, contempló con estupor el rostro de la mujer. Unos
cabellos rojos, rezumantes de agua limosa, rodeaban un rostro bellísimo,
carnoso, delicado y muy expresivo. Tenía unos preciosos ojos violeta, una
nariz fina y sensitiva y una boca grande, de labios frutales, ahora
descoloridos, que temblaban ligeramente de fiebre y de frío.
—Siéntese aquí —Waimer acababa de arrastrar una piedra plana junto
al fuego—. El calor de la hoguera secará esas ropas. Le daré algo de comer.
Luego echaremos una ojeada a esa herida.
Desató una bolsa de lona y sacó una cacerola, en la que puso agua a
hervir. Cuando se incorporó, sorprendió a Corbin Bell a unos pasos de
distancia. El prisionero contemplaba a la mujer con un gesto de
incredulidad. Indudablemente, la belleza de aquella desconocida le producía
un fuerte impacto. Sin embargo, ella desvió inmediatamente la mirada.
Corbin se dejó caer al suelo, frente a la mujer, mientras en una sartén
chisporroteaban gruesas lonchas de tocino. Cuando la grasa estuvo fundida
a medias, Waimer echó a la sartén el contenido de tres latas de alubias
guisadas.
La mujer temblaba, encogida sobre sí misma, y se mordía los labios
exangües como si tratase de reprimir un gemido de dolor.
«Desdichada», pensó Waimer, compadecido. «Es demasiado joven para
sufrir una experiencia tan horrible».
Distribuyó la comida en las latas y ofreció una a la mujer y otra al
prisionero. De la bolsa de lona sacó cucharas de hierro estañado y una
botella de vino.
—Beba un poco —ofreció la botella a la mujer—. La hará entrar en
calor.
Pero ella la rechazó con un gesto. Comía con tanta ansiedad, que
Waimer sospechó que llevaba largo tiempo sin ingerir alimentos. También
el prisionero engullía su pitanza con ansiedad, lo mismo que Briam Waimer.
No habían probado bocado desde que, al amanecer, Waimer preparase un
yantar idéntico al de la cena.
Por el rabillo del ojo, Waimer comprobó que Corbin dirigía a la mujer
furtivas y ansiosas miradas.
«No es de extrañar», pensó. «Es una mujer muy atractiva. Demasiado
para estas tierras salvajes. Luciría mejor en el salón de una gran mansión».
Corbin cogió la botella de vino con ambas manos y bebió con tanta
avidez, que Waimer se vio obligado a arrebatársela antes de que la vaciase.
La cena había terminado. Waimer echó una mirada alrededor, se
incorporó y tendió una manta cerca del bosquecillo de chopos.
—A dormir, Corbin —indicó—. Tengo que curar a esta mujer. Vamos.
El preso se alzó del suelo y caminó hacia el lugar que el sheriff le
indicaba. Una vez allí, Waimer le soltó el grillete de la mano izquierda y le
encadenó al tronco de un robusto chopo.
—Un cigarrillo, polizonte —pidió el prisionero.
Con un gesto brusco, Waimer le puso un pitillo en los labios y le acercó
la llama de un fósforo. Mientras Corbin fumaba, Briam desensilló las
caballerías y les colgó los morrales con una pequeña ración de pienso.
El agua hervía a borbotones en la cacerola cuando volvió junto a la
mujer. Traía una botella de whisky y un rollo de vendaje aséptico.
—Veamos esa herida —dijo.
La joven pelirroja le miró, sobresaltada.
—No puedo permitir que...
—¿Dónde está la herida? —insistió Waimer, tajante.
Se arrodilló. No era necesario preguntar: se veía una gran mancha rojiza
en el pantalón de dril azul a medio secar. La herida estaba en el muslo
izquierdo, cerca de la ingle.
A pesar de las débiles protestas de la mujer, Waimer sacó su cuchillo,
rasgó la tela y descubrió la herida.
El pedazo de tela que servía de vendaje estaba empapado de sangre a
medio coagular. Waimer lo retiró diestramente y palpó con suavidad la cara
posterior del muslo.
—La bala está dentro. Hay que sacarla. Le dolerá —advirtió.
—No me importa. Sé que hubiera perecido en este lugar si usted no
hubiera llegado. Haga lo que tenga que hacer —replicó, mordiéndose el
labio inferior.
—Bien... —Waimer descorchó con los dientes la botella de whisky—.
Beba un buen trago, le servirá de anestésico. ¡Beba!
La mujer obedeció, entornando los párpados y crispadas sus manos
sobre la botella. Hubo un movimiento de repulsa instintivo, pero el hombre
sujetó la botella hasta que ella hubo bebido una buena cantidad de licor.
Mientras la mujer se agitaba en un escalofrío de repugnancia, Waimer
sacó una delgada navaja, cuya hoja pasó por las llamas repetidas veces.
Para distraerla, dijo:
—El hombre que llevo prisionero es Corbin Bell, acusado del asesinato
de la señora Mariam Hargitay, de Marloville, Arizona. Yo soy Briam
Waimer, sheriff de Marloville. ¿Cómo se llama usted?
—Allyson... Allyson Brown —replicó ella, con un castañeteo de
dientes.
Waimer acababa de retirar las hilas del ancho boquete de la herida, que
volvió a sangrar inmediatamente.
—Descanse. Apoye la cabeza en esa manta, señorita Brown. La bala es
de pequeño calibre, un treinta y ocho, supongo. La extraeré enseguida —
habló el sheriff—. Pero, dígame, ¿cómo una mujer tan hermosa como usted
se arriesgó a viajar en solitario por estos parajes?
Allyson apretó los dientes para no gritar. El delgado estilete de Waimer
rozaba los bordes de la herida.
—Vine a... a recoger una herencia, en Mojado, muy cerca de aquí. Mi
tía murió hace unas semanas. Me dejó un... pequeño rancho. Vine en
diligencia hasta Picachos y allí... compré un caballo. Me dijeron que... era
fácil atravesar la laguna de sal, sí... si se hacía un alto en el oasis de Parson
Wells. Y...
Waimer había encontrado el pedazo de plomo. Lo sujetó con la punta de
la navaja, apretó desde abajo los bordes de la herida y la bala salió, con un
chorro de sangre.
Allyson exhaló un gemido y se desmayó.
—Tanto mejor —murmuró Waimer—. Sufrirá menos.
Seguro de que ella estaba inconsciente, cauterizó los bordes de la herida
con la navaja al rojo vivo, la desinfectó e introdujo hilas estériles. Pensó
que la cicatriz del muslo quedaría de forma indeleble, pero consideró que
peor hubiera sido para Allyson morir entre horribles sufrimientos en el oasis
de Parson Wells.
Una vez hubo terminado la cura, avivó el fuego, cubrió a la mujer con
otra manta y bebió un sorbo de whisky.
Todavía fumó un cigarrillo, recostado en el tronco de un chopo,
mientras observaba al prisionero, que roncaba sonoramente.
Luego, muy avanzada la madrugada, se quedó dormido con el rifle
cruzado sobre el pecho.
3
—Eres una loca —susurró Corbin Bell.
La hoguera languidecía. Al leve resplandor del rescoldo, el prisionero
contemplaba a Allyson con expresión febril.
Ella acababa de volver en sí.
Corbin había permanecido despierto todo el tiempo, aunque fingiera
dormir para que Briam Waimer se confiase. Ahora el sheriff de Marloville
yacía al borde del estanque, respirando rítmicamente y profundamente
dormido, al parecer.
—¿Por qué viniste? —inquirió el prisionero, destellantes los ojos.
—¿Tú lo preguntas? —respondió ella, con voz apenas audible—. Supe
que Briam Waimer había cruzado la frontera en pos de tus huellas y
comprendí que acabaría atrapándote. Waimer tiene fama de hombre duro,
terco e incansable. Cuando persigue a un delincuente, acaba por
encontrarle. Y eso fue lo que ocurrió.
—¿Es cierto que unos tipos te violaron? —murmuró Corbin,
exasperado.
La respuesta de la mujer tardó en llegar.
—Sí. Mala suerte. Sabía a lo que me exponía cuando partí en busca de
ti. Quería evitar que te ahorcaran y he hecho lo humanamente posible para
ahorrarte esta ignominia. El encuentro con esos canallas fue... un episodio
muy desagradable, pero inevitable.
Corbin sonrió con amargura.
—Debiste quedarte en Sherman —dijo con voz lejana—. Nada volverá
a ser igual, después del incidente con esos individuos.
—¿Quieres decir... que ya no me amas, Corbin? —exclamó ella, dolida.
El prisionero dejó escapar una sorda carcajada.
—Ponte en mi lugar. Desde que Waimer me contó la historia, no he
dejado de imaginarme lo que ocurrió aquí, entre esos rufianes y tú...
—¡Corbin! Lo dices como si yo me hubiera ofrecido gozosamente a los
violadores —le recriminó Allyson.
—¿Qué más da? Lo cierto es que ha ocurrido: cinco tipos apestosos
revolcándose con la maravillosa Allyson Delaney, la más esplendorosa
actriz de la Compañía Merryman, la mujer más deseable del Salvaje Oeste.
¿Crees que imaginarme la escena de la múltiple violación no me hace
sufrir?
Allyson se incorporó sobre los codos. Un ramalazo de dolor le recorrió
desde el pie izquierdo hasta la cintura.
—Yo también sufrí mucho cuando esos miserables abusaron de mí —se
dolió la joven—. Reían como locos rodeándome, me tiraban de los cabellos,
me pellizcaban y desgarraban mis ropas...
—¡Calla!
—¿Por qué he de callar? He sufrido todo eso por ayudarte, he pasado
momentos espeluznantes en los que creí morir. Y, ciertamente, me habrían
asesinado si yo no hubiera sabido defenderme. Corbin, todo lo hice por ti...
cuando supe que Briam Waimer iba en tu busca.
Callaron.
El fuego chisporroteó, iluminando fugazmente el rostro macilento de la
mujer.
Al rato se oyó de nuevo la voz de Corbin Bell.
—Está bien —susurró, vigilando al durmiente Waimer—. Al fin y al
cabo, tus esfuerzos no han sido inútiles. Has llegado a tiempo de impedir
que me ahorquen en Marloville. Acércate.
—Corbin, apenas puedo moverme —protestó ella—. He perdido mucha
sangre. Permanecí durante una hora en el estanque y mi herida volvió a
sangrar. Ahora... tengo la pierna izquierda entumecida y no puedo
moverme. Pero además...
—No seas estúpida —la recriminó él, anhelante—. No dejes pasar el
momento. Waimer duerme. Arrástrate hasta él. Suele guardar las llaves de
las esposas en la caña de su bota izquierda. Apodérate de las llaves y
libérame. Yo me haré cargo de todo lo demás.
—¿Qué harás con Waimer?
Corbin sonrió.
—¿Qué puedo hacer, sino eliminarle? —siseó—. Le meteré un par de
balazos en la nuca y le enterraré en esa llanura de sal. Jamás encontrarán su
cadáver.
—¿Y luego...?
—Tú y yo volveremos a México. Tengo unos miles de dólares
depositados en un banco. También dispongo de amigos que me ayudarán.
En realidad...
—¿Sí?
—Mis camaradas no deben estar muy lejos de aquí. Waimer me pilló
por sorpresa cuando dormía en una fonda de Torreón al otro lado de la
frontera, pero mis amigos no me han abandonado. He advertido algunos
signos de que vienen siguiéndonos.
—¿Por qué, entonces, no te liberaron ya? —observó Allyson—. De la
frontera hasta aquí hay muchas millas. Han tenido tiempo y ocasiones
suficientes para intentarlo.
—Collins es perro viejo. Seguro que espera la ocasión más oportuna,
con el menor riesgo para ellos. Pero ya no será necesaria su intervención,
por que tú vas a quitarme estas esposas, ¿verdad?
Allyson vaciló. Parecía muy nerviosa.
—Me mentiste, Corbin. Juraste por lo más sagrado que eras inocente,
que nada tenías que ver en el asesinato de Mariam Hargitay. Quiero saber la
verdad.
Una sonrisa cínica distendió los labios del prisionero.
—No fue propiamente un asesinato —respondió—. Mariam era una
histérica, una loca que de repente se sintió asaltada por los remordimientos.
Quiso hacer una tragedia de lo que apenas era una aventura galante. Le dije
que sería discreto respecto a nuestras relaciones si me entregaba cinco mil
dólares. Su esposo, Mike Hargitay, es un hombre muy rico. ¿Qué
significaban cinco mil dólares para ellos? ¡Una minucia! Pero ella se puso
nerviosa. Parecía dispuesta a confesar la verdad a Mike, a implorar su
perdón. La aferré por el cuello en un arrebato y... Bueno, creo que apreté
demasiado. Fue un accidente. Yo no quería matarla.
Las palabras de Corbin quedaron flotando en el aire. Allyson respiraba
entrecortadamente. ¿Era posible que aún siguiera amando a aquel hombre?
—El doctor Perry certificó que la señora Hargitay fue violada después
de muerta —pronunció, al cabo de unos minutos.
—¿Violada? ¡Ja! —replicó el prisionero—. Mariam y yo veníamos
manteniendo relaciones íntimas durante tres meses. Me parece recordar que
hicimos el amor antes... antes de que ocurriera aquel accidente. ¿Cómo
puede asegurar el remilgado doctor Perry que la violaron después de
muerta?
Allyson no podía responder a tal cuestión. Solo sabía que la angustia
ponía un nudo en su garganta, que se sentía ahogar y que la herida de su
muslo latía dolorosamente.
—Ve. Coge las llaves de las esposas —la incitó Corbin.
Allyson, sumida en sus pensamientos, no le oyó. Dominada por
inquietantes sospechas, se movió un poco y dirigió una mirada al cuerpo
yacente de Briam Waimer. Más allá, apenas a veinte yardas de distancia,
estaba el cadáver de un hombre llamado Joe Roberts. Allyson lo había
matado al amanecer del día anterior. Durante las tórridas horas de calor, el
cuerpo debía haberse descompuesto, a juzgar por el hedor que reinaba en el
ambiente. Los zopilotes habían acudido al atardecer, guiados por su instinto.
A la mañana siguiente, las carroñeras devorarían el cuerpo de Joe Roberts...
si antes no le daban sepultura.
Allyson irguió la cabeza con valentía.
—No iré a por las llaves, Corbin.
—¿Cómo te atreves a...?
—No puedo moverme. Mi herida sangraría en cuanto me moviera. Por
lo demás... ¿qué sería de mí? Aunque matases al sheriff Waimer, tendríamos
que cabalgar durante más de cien millas hasta la frontera. Mi herida
necesita cuidados o moriré. Y ahora no quiero morir, Corbin.
El prisionero se incorporó vivamente. Dio un tirón a la cadena que le
mantenía sujeto al tronco del árbol, pero al fin se resignó, impotente.
—¿Qué te propones, Allyson? —bramó, conteniendo su voz—. ¿Vas a
traicionarme ahora?
—No. Prometí liberarte y lo haré, pero antes tendré que recuperarme de
esta herida —respondió, reflexiva—. Hay una población llamada Mojado a
unas diez millas de aquí. Mojado queda en la ruta que Waimer seguirá hacia
Marloville. Estoy segura de convencer al sheriff para que descansemos unos
días allí, hasta que mi herida se haya cerrado. Entonces prepararé tu fuga.
¿Estás de acuerdo?
Corbin se mostró receloso.
—Waimer es un hombre inteligente. ¿Y si descubriera que tú y yo
estamos de acuerdo para...?
—Tranquilízate. Le he mentido, como ya sabes. Mi historia fue
suficientemente convincente. Waimer no sospecha de mí —dijo Allyson—.
Esfuérzate en simular que no nos conocemos. Lo demás queda de mi
cuenta.
—Está bien, pero ten cuidado con Waimer. Es astuto y clarividente
como un zorro. No me mires, no te acerques a mí y ten la boca callada —
advirtió el prisionero, aceptando el plan a regañadientes—. Durmamos
ahora. No deben faltar muchas horas para el amanecer.
Corbin se quedó dormido poco después. Ahora sí roncaba de verdad.
—No tiene conciencia —murmuró Allyson—. ¿Es posible que aún esté
enamorada de Corbin Bell?
4
Poco después del amanecer, Briam Waimer tenía las caballerías y los
azumbres llenos de agua del pozo de Parson Wells.
Allyson no había logrado conciliar el sueño por el resto de la noche,
pero simuló dormir cuando el sheriff de Marloville se puso en pie.
Waimer prendió fuego a un brazado de ramas y la brisa aventó el humo
hacia la mujer, obligándola a toser. El hombre se volvió en el acto y la miró
con interés.
—¿Se siente mejor? —preguntó.
—Sí. Aunque tengo la pierna entumecida.
—Espere.
Waimer se acercó y manejó con suavidad su pantorrilla. Al fin, la sangre
fluyó libremente por las arterias y venas.
—Gracias, señor Waimer. Ahora me siento mejor —dijo ella,
reconocida.
—Corbin duerme aún —replicó él, después de dirigir una ojeada al
preso—. Entretanto prepararé café, tocino frito y unos huevos.
La tomó por los hombros y la acomodó sobre una manta plegada, tras lo
cual se fue hacia la fogata. Al poco rato, se expandió en el aire el aroma a
café y a tocino frito. Allyson olfateó con interés: ya no olía a muerto.
Como si pudiera penetrar su pensamiento, Waimer dijo:
—Acabo de enterrar cerca de aquí al hombre que usted mató. Se
llamaba Joseph Roberts. En su bolsillo hallé un pasquín con su efigie. Era
un tipo de cuidado el tal Roberts: estaba reclamado por atraco, violación y
asesinato. Hay una pequeña recompensa por su captura, vivo o muerto:
quinientos dólares, que le pertenecen a usted, Allyson.
—No quiero ese dinero. Me repugnaría cobrar por la muerte de un
hombre. Me vi obligada a hacerlo y lo lamento —respondió la joven.
Waimer no hizo ningún comentario. Poco después ponía un plato en las
manos de Allyson. Mientras ella comía con buen apetito, trajo un pote con
café, que dejó al alcance de su mano.
Comieron en silencio mientras el prisionero dormía. Un rayo de sol
iluminó las altas copas de los chopos.
Mientras bebía el café a pequeños sorbos, Allyson observaba
disimuladamente a los dos hombres, al prisionero y a su captor.
Indudablemente, Corbin Bell era mil veces más atractivo, físicamente.
Alto y delgado, esbelto y elegante, de finos cabellos rubios y facciones
regulares, Corbin podía enamorar a cualquier mujer a las primeras de
cambio.
Allyson recordaba el fruncimiento irónico de sus labios, el brillo
chispeante de sus ojos azules, la sonrisa cautivadora, su actitud desafiante,
la agudeza de su picante conversación...
Briam Waimer era más alto y mucho más robusto, de apariencia tosca.
Una cabeza sólida, facciones angulosas, labios fuertes, nariz aguileña, ojos
oscuros, facciones impenetrables... Todo ello asentado sobre unos hombros
anchos y cuadrados, un tórax sólido y unas piernas largas y musculosas.
Corbin era adorable al primer contacto, pero Waimer inspiraba
confianza. La noche anterior le había dedicado toda su atención. Sin
halagos ni excesiva delicadeza, pero con eficiencia y firmeza. Sus manos no
habían temblado cuando sujetaron la pierna de Allyson y extrajeron
diestramente la bala.
«Dos caracteres dispares», pensó la joven. «Uno es capaz de subyugar
con su brillante verborrea, el otro convence con su silencio».
Estaba pensando en todo ello, cuando escuchó la voz áspera del
prisionero:
—¡Eh, polizonte! ¿Qué hay de mi desayuno?
Waimer le llevó el plato que había dejado cerca del rescoldo. Corbin lo
tomó con avidez con su única mano libre y lo soltó al momento,
mascullando una maldición.
—¿Por qué no me advirtió que quemaba, maldita sea? —chilló—. ¡Al
diablo con el desayuno! Todo se ha echado a perder.
—Lo siento, no podemos demorarnos más. Tiene usted las manos
delicadas, Corbin. Yo no me he quemado —replicó el sheriff de Marloville.
—¡Váyase al diablo! No me moveré de aquí si antes no lleno
adecuadamente mi estómago —protestó el preso.
Waimer le sostuvo la mirada.
—Se moverá, Corbin, se moverá —aseguró.
Súbitamente, se dejó caer y apresó los tobillos de Bell, que aferró en un
santiamén con los grilletes. Forzándole con un tirón a colocarse boca abajo,
clavó ambas rodillas en su espina dorsal, soltó la cadena del árbol y maniató
al preso con singular maestría.
Sin hacer caso de sus reniegos, le incorporó y le ayudó a subir a la silla
de uno de los caballos.
Enseguida tomó a Allyson por la cintura y la llevó en volandas hasta el
otro caballo, en cuya silla acomodó a la mujer.
—¿Y usted, señor Waimer? —inquirió ella.
—Caminaré durante un rato. Después compartiremos la montura —
respondió Briam.
A las once de la mañana se habían alejado unas ocho millas de Parson
Wells. Hacia el norte se perfilaba la línea quebrada de las cumbres áridas de
Yellow Range.
Waimer tiró de las riendas y las caballerías se detuvieron, chorreantes de
sudor.
—Señales de humo —pronunció, señalando una voluta azulada, muy
tenue, que se elevaba de un pico de la cordillera.
Sonó detrás la carcajada de Corbin Bell.
—¿Miedo, polizonte? —se burló.
—Por simple precaución, nos desviaremos ligeramente hacia el oeste
para evitar Yellow Range. La cordillera establece los límites del Territorio
indio —respondió el sheriff, pasando por alto la ironía del prisionero.
—Pero eso supone dar un largo rodeo para llegar a Mojado —advirtió
Bell.
—No importa. Tenemos mucho tiempo. ¿Tanta prisa tiene en que le
ahorquen, Corbin?
Hubo un destello de fría cólera en los azules ojos del preso.
—Le advertí que jamás llegaríamos a Marloville, sheriff —mordió cada
sílaba—. Y vuelvo a recordárselo ahora.
—Ya veremos —replicó, encogiéndose de hombros. Y prosiguió la
caminata a pie.
Durante largo rato, la estela de humo siguió elevándose en las cumbres
de la cordillera.
Corbin sonreía.
Lo que Waimer tomaba como señales de humo enviadas desde el
territorio indio, no correspondía a las habituales comunicaciones entre los
pieles rojas. Sam Collins, uno de los camaradas del preso, había venido
enviándole aquellas señales desde que traspasasen la frontera.
Ahora, más que nunca, Corbin Bell estaba seguro de que Waimer jamás
llegaría vivo a Marloville.
***
Desde las estribaciones de Yellow Range, Sam Collins observó las dos
hileras de casas de Mojado a través de unos prismáticos.
El poblado se hallaba situado en una ladera árida y pedregosa. Apenas
dos docenas de casitas de piedra con tejados de pizarra. No había nadie a la
vista a la una de la tarde. Unas gallinas picoteaban en un montón de basura
situado en mitad de la única calle.
—¡Mojado! —exclamó Collins, irónico—. Jamás vi un poblado más
seco y polvoriento.
Bajó los prismáticos y se volvió hacia sus camaradas, Doyle, Goodday y
Dorren, que jugaban al póquer a la sombra de un peñasco. Todos eran
jóvenes, desgreñados y sucios, incluido el más veterano, Collins.
—No será difícil —exclamó este, descendiendo de su apostadero—.
Todos los hombres útiles abandonan el poblado al amanecer para cargar sus
carromatos de bórax. En Mojado solo quedan ahora las mujeres, unos
cuantos niños y un par de viejos.
El rubio Ben Dorren alzó vivamente la mirada.
—No vale la pena, Sam. Esos tipos de Mojado deben ser pobres como
las ratas. Siéntate y juega unas manos de póquer —propuso. Y añadió—: Es
más cómodo esperar a Corbin sin movemos de este lugar.
Collins lanzó un escupitajo al suelo. Era el más bajo del cuarteto, pero
también robusto y musculoso. Y tenía muy malas pulgas. De hecho, era
Collins quien imponía su autoridad al grupo de jóvenes facinerosos.
—¿Y si Corbin y ese tipo, Waimer, se retrasan? ¿Nos alimentaremos de
estas piedras o nos dedicaremos a cazar lagartos? No seáis estúpidos: abajo
hay comida de sobra. También necesitamos algo de beber, municiones... Es
posible que encontremos también algunos dólares e incluso alguna
muchacha bonita...
Dorren, Goodday y Doyle apenas prestaban atención a las palabras de
Collins. Estaban en una reñida partida de póquer. En lugar de jugar dinero
—no disponían de un solo centavo—, se jugaban un puñado de cartuchos de
revólver.
—He visto una mujer muy linda, allá abajo —mintió Sam Collins—.
Delgada, morena, cabellos largos y sedosos. Podríamos.
—¿Una mujer joven y morena? —brincó Ben Dorren—. Vamos allá.
Nos la rifaremos, como hicimos con la pelirroja de Parson Wells.
Goodday descendió rápidamente a la hondonada próxima, donde tenían
los caballos.
Poco después descendían de la sierra e irrumpían al galope en Mojado,
disparando a mansalva contra todo bicho viviente.
Huyeron las gallinas alborotando y un chucho se alejó, arrastrando su
pata perforada por un balazo.
Collins y su banda cayeron sobre el tranquilo poblado como una plaga
bíblica, llevando tras sí la rapiña, el espanto y la desolación.
5
Tres niños de corta edad yacían, sollozantes, sobre el cuerpo de una
mujer joven, caída sobre el polvo. En el suelo, la tierra seca absorbía
rápidamente la sangre que goteaba de los cabellos de la mujer.
—¡Dios santo! —murmuró Allyson—. ¿Qué ha ocurrido aquí?
Waimer contemplaba la empinada calle de Mojado. Un anciano de
largos cabellos blancos permanecía de bruces sobre el abrevadero. El agua
del depósito se había teñido de rojo.
Más allá, un pequeño borrico peludo agonizaba en medio de la calle,
agitando patéticamente una pata. Había gallinas muertas por doquier y el
suelo estaba regado de prendas de ropa y otros enseres. Varias casas habían
sido incendiadas y grandes llamaradas surgían a través de sus puertas y de
los angostos ventanucos. En algún lugar oculto, un perro lanzaba lastimeros
aullidos.
Waimer permanecía absorto en la contemplación de aquel desastre,
cuando escuchó una ronca voz a su espalda.
—¡No se muevan de ahí o les acribillaré con esta escopeta!
Briam permaneció inmóvil. Oyó unos pasos inseguros, arrastrados, y
una figura menuda y rechoncha entró en su área de visión.
El hombrecillo llevaba los grises cabellos manchados de sangre, que
chorreaban por su rostro barbudo dándole una apariencia terrible. En sus
manos temblorosas tenía una temible escopeta de enormes cañones, con la
que apuntaba a Briam Waimer.
—¿Quiénes son ustedes, y qué vienen a hacer aquí? —preguntó el
anciano con una voz increíblemente grave y bronca en un hombre tan
pequeño.
—Soy Briam Waimer, sheriff de Marloville. Conduzco a Corbin Bell,
acusado de asesinato. Me acompaña la señorita Allyson Brown. ¿Qué ha
ocurrido aquí? Se diría que el diablo acaba de descargar su ira sobre este
poblado...
El anciano le vigiló atentamente a través de sus párpados manchados de
sangre seca.
—¿Dónde están sus credenciales? —exigió.
Al ver que Waimer introducía dos dedos en un bolsillo de su chaqueta,
el viejo afianzó con mayor firmeza su temible escopeta recortada.
—¡Tenga cuidado, amigo! Despacio o le abraso —advirtió—. Deje caer
esas credenciales al suelo y retroceda unos pasos.
Waimer obedeció. Luego, el viejo atrapó de un zarpazo la estrella de
plata y el documento expedido por el gobernador del Territorio de Arizona.
Haciendo visajes, leyó la credencial y alzó la mirada.
—Pueden desmontar. Quizá quieran echarnos una mano. ¡Dios bendito,
creo que cualquier ayuda será bien recibida en estos momentos! Me llamo
Evelius Haxton y soy el alguacil honorario de Mojado. Aquí no hay sheriff,
ni comisario, ni autoridad alguna. Este era un lugar tranquilo y apacible
hasta que, a mediodía, llegaron esos forajidos disparando como diablos...
—¿Cuántos hombres eran? —preguntó Waimer, echando pie a tierra.
—Cuatro, solo cuatro jovenzuelos harapientos y salvajes. Cayeron sobre
nosotros de improviso, disparando sobre todo lo que veían moverse, fuera
hombre o animal. A esa pobre joven, la viuda Galloway —señaló el cuerpo
de la mujer rodeado por los tres pequeños que lloraban desesperadamente
—, la sorprendieron en su casa y... Dios me perdone, la violaron delante de
sus hijos, apenas tres criaturas. Pero antes habían matado a mí hermano,
Matthews Haxton, que les hizo frente con una simple estaca en la mano. Yo
salí de mi casa al escuchar los estampidos y los gritos de las mujeres. Ni
siquiera tuve tiempo para coger mi escopeta lobera. Uno de esos salvajes
me atropelló con su caballo. Debo... debo tener varias costillas rotas y el
cráneo descalabrado, pero aún puedo mantenerme en pie.
Waimer tomó a Allyson por la cintura y la depositó en el suelo. Más
allá, Corbin Bell contemplaba la escena con una desdeñosa sonrisa en sus
finos labios.
—Se lo advertí, sheriff —dijo, sarcástico—. Jamás llegaremos a
Marloville.
Los músculos faciales de Briam se crisparon.
—Cállese, Corbin —ordenó—. Cállese o le romperé esa bocaza a
puñetazos.
Y el preso enmudeció.
Entre tanto, Allyson se había alejado, cojean do, hacia el grupo formado
por la mujer muerta y sus tres hijos. Tomándoles cariñosamente de las
manos, les habló con voz cálida y convincente y apartó a los niños del
cadáver de su madre.
Algunas mujeres asomaron a las puertas de sus casas.
—Llámelas —dijo Waimer a Evelius Haxton—. Hay que organizar a
estas gentes, atender a los heridos, apagar los incendios y remediar el
desastre en lo posible. ¿No tienen un médico?
El alguacil de Mojado dejó escapar una risita cascada.
—¿Médico, agua? En Mojado no disponemos de tales comodidades,
sheriff Waimer. El agua hay que buscarla en un pozo a cuatro millas de
distancia. Desengáñese: esas casas arderán hasta que se consuma la última
astilla. Pero no se preocupe, son construcciones de piedra y el fuego no se
propagará. Tampoco tenemos médico, pero siempre podemos contar con
Pat.
—Llame a ese Pat. Le necesitamos.
De entre las mujeres se abrió paso una que medía más de seis pulgadas
y vestía ropas varoniles. Sus ademanes nada tenían de femeninos, según
pudo apreciar Waimer.
—¿Alguien preguntaba por mí? —exclamó la mujeruca con voz áspera.
Y se acercó a Waimer y Haxton.
—Pat ha traído al mundo a todos los niños nacidos en Mojado, amigo
mío —explicó el alguacil—. A pesar de su aspecto, sabe ser delicada con
todos y es muy experta curando toda clase de heridas. Podemos contar con
ella.
—Muy bien. ¿Dónde están los hombres de este poblado?
—Trabajando en la cantera de bórax. Es nuestra única riqueza. No hay
otros recursos. En Mojado, todos los hombres útiles deben extraer bórax,
desde los doce a los setenta años. Yo tengo ochenta y tres —dijo Haxton—.
Mi pobre hermano, Matthews, había cumplido los noventa y dos.
—Mientras regresan los hombres, curemos a los heridos —decidió
Waimer—. ¿Quiere acompañarme, señora? —preguntó a la formidable Pat.
—No me llame «señora» —replicó la mujer, áspera—. Llámeme Pat,
como todos.
Registraron las casas y hallaron a dos docenas de personas heridas de
bala o contusionadas. Los cuatro asaltantes habían llevado a cabo una
verdadera razzia en poco más de una hora. Después de desvalijar los
humildes hogares, destruyeron las vajillas, destrozaron las ropas y enseres y
prendieron fuego a varias casas antes de emprender la huida con su botín.
Trasladaron a todos los heridos al destartalado templo de Mojado. La
gigantesca Pat, con un delantal manchado profusamente de sangre,
remendaba descalabros y cosía heridas con un cigarro entre los dientes. A
pesar de su tosco aspecto viril, sabía prodigar palabras de consuelo a las
mujeres y niños heridos y practicaba las curas con una habilidad digna de
un veterano cirujano.
Al atardecer, Waimer se reunió con Allyson, que cuidaba a dos niños de
seis y cinco años y a una niñita de tres en una de las casas del poblado.
—Debe estar hambrienta, Allyson —dijo el hombre, con una mirada
afectuosa—. Prepararé un poco de comida. No sé cómo ha podido resistir
en pie, hambrienta y con esa pierna herida.
Allyson sonrió animosamente.
—Las circunstancias obligan, señor Waimer...
—Llámeme Briam —pidió él—. Por cierto, ahora puede resolver el
asunto de su herencia —y al advertir la expresión confusa de ella, añadió—:
¿No tenía que heredar un rancho en Mojado?
Allyson desvió la mirada.
—Le mentí, Briam —confesó—. En realidad, emprendí el viaje con el
fin de liberar a Corbin Bell. Pero he cambiado de opinión.
—Está enamorada de él —sugirió Waimer.
—Lo estaba, sí. Apasionadamente. Estaba dispuesta a arriesgar mi vida
por Corbin. Solo que... ahora sé la clase de persona que es —acarició a la
niña que tenía en brazos y susurró—: Tengo que confesar algo muy
importante, Briam.
—¿De qué se trata?
—Los hombres que me violaron en Parson Wells eran... los amigos de
Corbin— declaró, con un jadeo que henchía sus hermosos senos bajo la
holgada camisa de Waimer.
—¿Usted... los conocía?
—No. Pero ellos se llamaban por sus nombres, allá en el oasis: Collins,
Doyle, Goodday, Dorren y Roberts. Anoche, mientras usted dormía, Corbin
habló conmigo. Mencionó a Collins, ¿comprende? Dijo que sus amigos
estaban cerca, que le liberarían. Quería... quería asesinarle a usted. Me pidió
que le despojara de las llaves de las esposas, pero no accedí. Estaba
dispuesta a huir a México con él. Luego, Corbin confesó que había
estrangulado a Mariam Hargitay en un arrebato. Lo que más me impresionó
fue que Corbin no se dejó guiar por un impulso pasional, sino por la
ambición. Mató a la señora Hargitay cuando ella se negó a entregarle cinco
mil dólares —relató Allyson, la voz entrecortada.
Waimer asintió, en silencio.
Luego dirigió una mirada penetrante a la joven y dijo:
—Ha tomado la decisión más sensata, Allyson, y me alegro
sinceramente por usted. Conozco bien a Corbin Bell. Si sus compinches son
unos desalmados, él es una verdadera alimaña. Me imagino lo que hubiera
hecho con usted, una vez le hubiera quitado las esposas... Para Corbin, una
mujer no es sino un objeto que se puede usar a capricho y... destruir cuando
ya no se la necesita.
Allyson prorrumpió en un gemido de amargura. Con un gesto instintivo,
oprimió contra su pecho a la niña rubita que tenía en las brazos.
Cuando alzó la mirada, Waimer se había marchado.
Desde la calle, el sheriff de Marloville vio venir por la empinada
pendiente una hilera de carruajes cargados de bórax.
Mucho más próximo estaba Corbin Bell, de bruces sobre la silla de un
caballo. Evelius Haxton le vigilaba, escopeta en mano.
—¡Hijo de...! —mascullaba el anciano cuando Waimer se acercó—.
Intentó apoderarse de mi escopeta en un descuido y me lanzó una
dentellada al cuello. Pero no sabía este granuja que Evelius Haxton es
rápido como una ardilla: me aparté de un salto y le arreé un buen culatazo
en pleno rostro. ¿He hecho bien, sheriff Waimer?
—Demoledoramente bien, según veo —asintió Briam, alzando la
cabeza del preso por los cabellos y comprobando que el culatazo de Haxton
había destrozado la nariz de Corbin Bell.
Mientras los hombres de Mojado arreaban sus mulos camino del
poblado, Briam descolgó un exiguo saco de provisiones y fue a reunirse con
Allyson.
Compartían unas latas de carne con los pequeños huérfanos, cuando
resonó un fuerte griterío en el exterior.
Waimer saltó del escabel y salió a la calle.
Un grupo formado por unos setenta hombres fornidos vociferaban
alrededor de Corbin Bell, al que llevaban en volandas.
Briam vio colgar una soga resistente de la viga que sobresalía de la
fachada y comprendió en un segundo: los excitados habitantes de Mojado
se disponían a ahorcar a Corbin Bell.
Aunque injusta, su reacción era lógica: puesto que no tenían al alcance
de sus manos a los forajidos que habían desolado el poblado, los airados
ciudadanos se disponían a saciar su sed de venganza en otro forajido.
Resonaron dos potentes detonaciones. Los hombres se volvieron
asustados, cuando el nudo corredizo abarcaba ya el cuello de Corbin Bell,
tan pálido como la pared encalada que sustentaba la viga de madera.
—Dejen a mí prisionero —ordenó el sheriff Waimer—. Comprendo el
estado de ánimo de todos ustedes, pero este hombre debe responder de sus
crímenes en Marloville, donde, con toda probabilidad, será condenado a
morir en la horca.
6
Al amanecer ardía una gran fogata en mitad de la calle del poblado. Los
rudos hombres que veían transcurrir sus vidas arrancando bórax a la llanura
salina, se apiñaban alrededor de la lumbre, mientras sorbían sus cuencos de
café y fumaban los primeros cigarrillos.
Evelius Haxton, el alguacil, recorrió con su mirada los rostros atezados
de sus convecinos.
—Será mejor que vaya a despertar a Briam Waimer y le comunique lo
que habéis acordado —habló Haxton, que llevaba un aparatoso vendaje en
la cabeza—. Waimer y la mujer que le acompaña nos han ayudado mucho
desde que llegaron aquí. Por tanto, el sheriff de Marloville debe conocer
vuestra postura.
Se apartó del corro con pasos lentos y arrastrados. Algunos minutos
después volvía con Briam Waimer.
—¿Y bien...? —formuló el sheriff, escrutando las facciones de aquellos
hombres.
—Habla tú, Lyon —sugirió el alguacil a un individuo alto y corpulento
que fumaba constantemente, dando claras muestras de nerviosismo.
Lyon Redwood se alzó del lugar que ocupaba junto a la hoguera.
—Somos sencillos trabajadores que vivimos míseramente del bórax,
señor Waimer —dijo—. Nuestras herramientas no son los rifles y las
pistolas, sino los picos, las azadas y las palas. Jamás hemos tenido
problemas en Mojado, a pesar de lo precario de nuestros medios. Deseamos
que los criminales que atacaron traicioneramente nuestro poblado paguen
por lo que han hecho, pero no tenemos posibilidad de ayudarle.
Redwood tosió secamente, arrojó con rabia el cigarrillo a la lumbre y
quedó en silencio.
—Lo comprendo —respondió Waimer, asintiendo con un movimiento
de cabeza—. Yo perseguiré a esos criminales. Solo les pido...
—¿Sí, señor Waimer? —preguntó Redwood, algo más animado.
—Les pido que cuiden a la señorita Allyson Delaney y guarden a mí
prisionero hasta mi vuelta.
—Se lo prometemos —juró Lyon Redwood—. Puede marchar
tranquilo. No lincharemos al preso. En cuanto a la señorita Delaney, la
cuidaremos como si fuera una más de nuestras mujeres.
—En tal caso, no hay más que hablar —replicó Waimer. Y se apartó del
corro.
Contempló a Corbin Bell, aferrado sólidamente con cadenas a una
gruesa argolla empotrada en el muro.
El preso no dormía. Inquieto y receloso, Corbin se removió en el suelo
al reconocer al hombre que se acercaba a contraluz del resplandor rojizo
que expandía la hoguera.
—¡Waimer! —llamó, al ver que el sheriff empujaba la puerta de la casa
donde Allyson descansaba en compañía de los pequeños huérfanos de la
viuda Galloway.
Briam volvió sobre sus pasos y se acercó a su prisionero.
—¿Qué?
—No puede dejarme aquí, a merced de esos hombres primitivos —
clamó Corbin—. Estoy seguro de que me colgarán en cuanto usted se haya
alejado.
Waimer rio sin ganas.
—Me han dado su palabra y yo confío en ellos. Pero usted está muerto
de pánico, Corbin. Tendrá que quedarse aquí. Voy a rastrear a sus
miserables compinches.
—¡Espere! —Waimer se alejaba ya—. Si me saca de aquí le diré dónde
se esconden mis camaradas. ¡Escuche, escuche, Waimer! Lo teníamos todo
previsto, por si usted lograba atrapar me. Los puntos donde ellos podrían
atacarle, las vías de escape para huir hacia México, los escondrijos más
seguros... todo. Solo que... Allyson se entrometió y lo echó todo a perder.
Briam le taladró con la mirada. Odiaba a aquel hombre, pero debía
cuidarse de su seguridad. Tenía que llevarlo, vivo, a Marloville.
—¿Dónde están Collins y los otros? —indagó.
—Suélteme, lléveme con usted atado de pies y manos y se lo diré —
respondió el preso, incapaz de dominar su pánico.
Waimer escupió en el suelo.
—Está dispuesto a vender a sus camaradas a cambio de su vida,
¿verdad, Corbin? —pronunció las palabras lentamente, con desprecio—. No
le importa traicionar a sus amigos con tal de salvar la piel.
El preso se agitó desesperadamente.
—¡Abra las esposas, suelte esa cadena y... le llevaré hasta ellos! —
gimió. Y añadió, destellantes los azules ojos—. Será fácil, sheriff. Usted
podrá sorprenderlos y aniquilarlos sin el menor riesgo. Ellos... Collins y los
otros, aguardan confiados. Pero solo yo conozco su escondrijo. ¿Qué
responde?
—No —dijo el sheriff de Marloville. Y se alejó hacia la casa donde se
alojaba Allyson.
Contra lo que esperaba, ella estaba despierta, aunque descansaba sobre
una manta tendida en el suelo, muy cerca de la cama en la que dormían los
tres niños.
—Allyson, tengo que marcharme. Lo comprendes, ¿verdad? —dijo el
hombre.
La joven de los cabellos rojos asintió con un ademán. Conocía los
propósitos del impenetrable Waimer: atrapar a la banda de Collins, aun a
riesgo de su vida. Allyson intuía que a Briam le impulsaba otro motivo,
aparte de detener a unos peligrosos delincuentes: llevar ante el juez a los
desalmados que la habían violado salvajemente en Parson Wells.
—Las gentes de Mojado cuidarán de ti —añadió Waimer—. Confío en
encontrarte aquí a mí vuelta.
Allyson se abrazó impetuosamente al hombre y le besó en los labios.
—Aquí te esperaré, Briam —prometió en un susurro.
Le siguió hasta la puerta.
Waimer tenía dos caballos ensillados. No llevaba muchas provisiones,
pero sus dobles cananas —cruzadas a la bandolera sobre el pecho— estaban
repletas de municiones.
Le vio montar sin prisas y talonear a su caballo. Cuando se alejaba calle
arriba, Allyson sintió un tremendo vacío en su pecho, que se palpó
instintivamente.
—Vuelve, Briam —murmuró, brillantes los ojos de lágrimas—. Te
necesito.
***
***
***
—Allá voy —acababa de anunciar Sam Collins Waimer le vio aparecer
al borde de la hoya, junto a la base del monolito desmochado.
Collins tenía el rostro cubierto de sangre, deshecha en jirones su camisa,
manchados de polvo sus cabellos pajizos. Cojeaba aparatosamente cuando
comenzó a ascender por el barranco.
No llevaba ningún arma a la vista Apoyaba su mano derecha en la nuca
y llevaba colgando el brazo izquierdo, cuya manga, deshilachada, estaba
empapada de sangre.
La actitud de Collins era de suprema derrota, de resignación infinita.
Parecía tan maltrecho y arruinado que nadie hubiera desconfiado de él.
Nadie excepto Briam Waimer, que había perseguido a los más
peligrosos y astutos crimina les durante muchos años.
No se dejó impresionar por el aspecto abatido y derrotada del forajido.
El rifle se había enfriado poco, pero incluso así lo mantuvo firmemente
aferrado mientras Collins ascendía penosamente.
Se alertó, es cierto, cuando el joven y musculoso bandolero perdió pie y
rodó aparatosamente cuesta abajo. Le oyó gritar de dolor, maldecir
sordamente y darse a todos los diablos, mientras se incorporaba con
dificultad en el canchal, el brazo izquierdo inerte, como si lo tuviera
tronchado.
—¡Arriba! —gritó.
Y Sam Collins recomenzó su camino, tambaleante y cojeando, a lo largo
de la trocha. No podía ver a Waimer, oculta iras una roca, pero se las arregló
para orientarse ladinamente.
Se apoyó en un risco, jadeó, tosió, lloriqueó.
—No puedo seguir subiendo —lastimeó—. Tenía roto un brazo y acabo
de dislocarme un tobillo y me he tronchado varias costillas. ¡Por amor de
Dios, baje de ahí y écheme una mano! —suplicó.
Waimer vaciló.
Era un hombre duro, pero también compasivo. Al cabo de un instante
salió de detrás de la peña que le servía de protección y descendió un tramo.
Al fin y al cabo, ¿qué mal podía esperar de un hombre desarmado y
quebrantado?
Seguía descendiendo cuando Collins se puso en marcha hacia arriba,
con tan mala suerte que resbaló y volvió a caer.
—¡Espere ahí! Yo le sacaré del atolladero —gritó Waimer.
Se dejó resbalar por la rampa con cuidado.
Súbitamente, un pedazo de plomo acarició su mejilla izquierda.
Sam Collins acababa de sacar un «Derringer» de su bota izquierda con
su brazo izquierdo y le disparaba a mansalva.
Rodó sobre la roca, quebrantándose brazos y rodillas, pero firmemente
afianzado el rifle entre sus manos.
Cayó al vacío, se deslomó contra una comisa de basalto, gritó de dolor y
se retorció sobre sí mismo en el momento en que Collins apoyaba el cañón
de su «Derringer» sobre la frente de Waimer.
Alzó el rifle, lo apoyó desesperadamente en la garganta del forajido y
disparó sin interrupción hasta que ya no quedaron más balas en el brocal de
carga.
Collins estaba muerto, siete veces perforada su garganta, cuando apretó
el gatillo del «Derringer».
Debió ser un movimiento reflejo, espasmódico. Pero las balas del
pequeño revólver se habían agotado y no se produjo la detonación.
Tenso, dolorido y aterrado, Waimer vio desprenderse el «Derringer» de
los dedos de Collins. El arma rebotó sobre las rocas de la rampa y
desapareció, mientras Collins se inclinaba de costado y cala de espaldas
contra una cárcava, al borde del barranco.
Su cadáver permaneció un momento en la cornisa, relajados los
miembros, remota la mirada de los ojos muertos.
Al fin cayó y rebotó sordamente en el canchal, salió despedido en el aire
como una bola de caucho y, describiendo una curva, fue a estrellarse de
cabeza contra la mole rocosa desprendida del monolito.
Waimer quedó inmóvil, considerando el engaño de Sam Collins,
contemplando su cuerpo desarticulado y recuperando el resuello.
Luego se puso en pie.
Acababa de recordar a Allyson Delaney. Y sintió una terrible urgencia
de abandonar aquel infierno de roca y fuego y reunirse con la mujer en el
humilde refugio de Mojado.
—¡Allyson! —murmuró, ronca la voz.
Y aunque se hallaba muy quebrantado, superó la garganta rocosa y llegó
arriba.
Los zopilotes se cernían sobre la abundante pitanza cuando lanzó un
largo y penetrante silbido.
Al cabo de unos minutos, un caballo avanzó al galope a través del
canchal. Para entonces, los zopilotes estaban ya cebándose sobre sus presas.
9
Había algunas teas de pino ardiendo sobre aros de hierro empotrados en
las paredes.
Ya era de noche y el jinete avanzó por la empinada calle de Mojado
hacia la multitud de hombres y mujeres que le aguardaba.
Un individuo alto y musculoso se destacó del grupo. Era Lyon
Redwood, que sudaba copiosa mente, tensos los músculos y desesperado el
semblante. Había una inmensa desesperación en el brillo febril de sus ojos.
Detrás de él, dos de los hombres de Mojado portaban en sus brazos el
cuerpo flácido de un adolescente. Detrás de aquel grupo, otros cuatro
ciudadanos cargaban con el cadáver del anciano Evelius Haxton.
Waimer parpadeó, inquieto.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —murmuró, secas las fauces.
Nadie respondió a su pregunta, por el momento.
Los hombres y mujeres de Mojado se contemplaban entre sí de reojo,
brillantes sus rostros a la luz rojiza de las antorchas.
Finalmente, cuando el silencio se hubo alargado de forma insoportable,
el gigantesco Lyon Redwood avanzó tambaleante hacia Briam Waimer, que
aún permanecía a caballo.
Redwood sacó un viejo revólver que llevaba bajo el cinturón y lo
ofreció al sheriff de Marloville.
—Máteme, Waimer —pidió con voz ronca.
Briam le miró con estupor.
—Pero... ¿está loco, Lyon? —replicó, impaciente—. ¡Me pide que le
mate! ¿Por qué razón? —contempló, despectivo, el arcaico pistolón a
chispa.
—Máteme, Waimer —insistió Redwood, atormentado—. Me hará un
favor.
Briam giró en la silla y escrutó los rostros de las personas que le
rodeaban.
—¿Alguien quiere explicarme de una maldita vez qué es lo que ha
ocurrido aquí? —les interpeló.
Una mujer delgada y de rostro marchito respondió:
—Corbin Bell se fugó, llevándose a la señorita Allyson Delaney. Fue
durante la siesta. Todos descansábamos en nuestras casas en aquel
momento. Cuando salimos a la calle advertimos la ausencia de su
prisionero. También faltaba la señorita Delaney. Los hijos de la viuda
Galloway declararon que el preso había irrumpido de improviso en la
vivienda. Corbin Bell empuñaba la escopeta recortada de Evelius Haxton.
Amenazó con matar a los niños si la señorita Delaney gritaba o se negaba a
acompañarle Luego cayó sobre ella, la derribó de un culatazo, la ató y
amordazó y se la llevó. Los niños, muertos de miedo, se ocultaron bajo el
lecho y permanecieron allí hasta que les encontramos.
—¿Y Haxton, y ese chico...?
—Suponemos que el criminal consiguió atraer a Justin Redwood, el hijo
de Lyon, que se dirigía a por agua al manantial, durante la siesta. Debió
convencer al chico para que robara a Haxton las llaves de las esposas que le
sujetaban al muro. Luego... luego estranguló al chico con el pañuelo que
Justin llevaba al cuello.
Algunas miradas se clavaron, acusadoras, en Briam Waimer, que aún
empuñaba, flojas los dedos, el viejo revólver de Redwood. Lyon
permanecía en pie ante él, inexpresivo, inmóvil como una estatua de barro
cocido.
Waimer tragó saliva.
Muchas de aquellas personas le acusaban con la mirada, como si
dijeran: «Justin y el viejo Haxton no habrían muerto si no hubieras traído a
Mojado a un peligroso asesino».
Waimer compuso una sonrisa amarga. Algunos de los ciudadanos de
Mojado habían olvidado ya ciertos episodios. Olvidaban que Allyson y él
habían dedicado largas horas a atender a las víctimas del grupo de Collins, a
llevar un soplo de ánimo y de consuelo a aquellas sencillas gentes
asustadas.
—¿Y Evelius Haxton...? —insistió, con amargura.
—Se quedó dormido, al parecer. Corbin pudo huir tranquilamente,
después de asesinar al desdichado Justin. Pero es una fiera sedienta de
sangre y no quiso renunciar a una víctima fácil. Debió acercarse como un
puma traicionero a Haxton, vencido por el sopor. Le arrebató su cuchillo y
le degolló. Después huyó tranquilamente, tras robar dos caballos. Y eso es
todo, sheriff Waimer —terminó la mujer.
Lyon Redwood alzó ambas manos hacia el jinete.
—¡Máteme, Waimer, máteme ahora mismo! —imploró—. Me lo
merezco: no cumplí con mi palabra de guardar a su preso y proteger a la
señorita Delaney. ¡Máteme! —repitió desesperado—. Me hará un inmenso
favor.
A Briam le latían las sienes dolorosamente.
Había estado a punto de morir de sed, de insolación o... de plomo. Se
sentía desfallecido, sediento, amargado, tan desesperado como el propio
Redwood.
Pero arrojó al polvo el pesado pistolón de Lyon y pronunció:
—Lo siento. Lo siento de veras. Haxton era un buen hombre, que no
merecía una muerte tan atroz. Y probablemente Justin era un joven
inofensivo y confiado Me hago cargo de esas muertes. Perseguirá a Corbin
Bell aunque sea hasta el mismo infierno.
Tiró de las riendas con un ademán de fatiga y el caballo giró lentamente.
—Y usted, Lyon, recoja ese revólver y consérvelo por si algún día llega
la ocasión de defender a los suyos —pronunció alzando una mano en señal
de despedida.
Se alejó al paso, derrumbado sobre el cuello de su cabalgadura. Detrás
de él sonó una voz rotunda:
—¡Espere, sheriff Waimer!
El caballo siguió avanzando cansinamente, pero unas manos toscas y
fuertes le retuvieron por las riendas.
—¡Espere! Usted está al borde de sus fuerzas, Waimer. Tiene que
descansar, comer y beber hasta hartarse, dormir unas horas para recuperar
sus energías. ¡No le dejare marchar, Waimer!
Asombrado. Briam reconoció a Pat, la enorme mujer de ademanes
viriles que el día anterior había remediado los descalabros causados por la
banda de Collins.
—Pero...
—¡No se resista o me veré obligada a derribarle de un sopapo! —
amenazó la valiente mujeruca—. Venga conmigo, yo me ocuparé de usted,
Waimer. En cuanto a mis conciudadanos, voy a cantarles cuatro verdades.
Tiró con vigor de las riendas del caballo del sheriff y se dirigió a los
atribulados habitantes de Mojado.
—¡Escuchadme, almas de la caridad! —les interpeló—. Durante
muchos años os habéis comportado como mansos borregos. Trabajabais
como animales, confiados... porque un anciano valeroso como Evelius
Haxton os sacaba las castañas del fuego. Ahora... hemos sufrido una terrible
experiencia, pero ello no es motivo para que sigáis comportándoos como
pasivos semovientes. Vamos a apoyar a Waimer, a prestarle nuestra ayuda y
nuestro aliento. Los mejores de vosotros acompañaréis al sheriff tras las
huellas de ese coyote de Corbin Bell, que nos ha robado a la magnífica
señorita Delaney. ¡Le daréis su merecido a esa fiera sin escrúpulos! Los
demás quedaremos aquí, rifle en mano y ojo avizor, cuidando de los
ancianos, las mujeres y los niños. ¿Estáis de acuerdo?
No hubo ninguna respuesta, ni afirmativa ni negativa.
—¡Ay de vosotros sí no seguís mis instrucciones! —clamó Pat—.
Personalmente me ocuparé de que dejéis en buen lugar el nombre de
Mojado. Ahora, venga conmigo, sheriff. Usted necesita los cuidados de una
mujer como yo.
***
Una masa nubosa ascendía lentamente por la ladera hasta las cumbres
de Yellow Range.
El grupo de treinta jinetes que dirigía el sheriff Waimer se detuvo en
mitad de la sierra para dar descanso a los sudorosos caballos.
—Otra vez esas señales de humo —dijo Waimer, volviéndose hacia
Lyon Redwood.
—Los apaches se comunican entre sí. El mensaje dice: «Un intruso a
caballo acaba de penetrar en Territorio indio. Estad alerta» —interpretó
Redwood.
—¿Cómo? —se asombró Briam—. ¿Sabe usted leer las señales de
humo?
—Vivo en Mojado desde hace treinta años. Los indios siempre han
estado ahí, en la montaña, y nosotros junto a la llanura de sal. Los apaches
jamás nos molestaron, ni nosotros profanamos su Territorio. Sí, aprendí
desde niño a interpretar esas señales de humo. Es fácil.
—¿Está seguro? Ayer encontramos unos rescoldos aún calientes, allá
abajo. Reconocí las huellas que las espuelas de plata de Corbin dejan en el
suelo. Había otras huellas de bolas, pequeñas. Debían corresponder a
Allyson. Y usted dice ahora que solo un jinete cabalga a través del
Territorio apache...
—Es lo que dicen las señales —replicó Redwood, hierático.
El semblante de Waimer se ensombreció. Si Corbin huía en solitario,
¿dónde estaba Allyson?
Lúgubres pensamientos acudieron a su mente. Tratándose de Corbin
Bell, uno podía imaginar cualquier monstruosidad.
Reaccionando, gritó:
—¡Adelante!
Lyon le sujetó por un brazo.
—¿Está seguro de lo que hace? —le interpeló—. Nos exponemos a
morir todos. Los apaches suelen exterminar a los insensatos que se
aventuran más allá de los picachos de Yellow Range.
Waimer le dirigió una mirada penetrante.
—Pueden volver, si quieren —respondió, paseando su mirada por los
rastros de los hombres que componían la posse. Por mí parte, seguiré
adelante. No puedo dejar a la señorita Delaney en manos de un criminal.
Espoleó a su caballo y cabalgó por la pina pendiente sin mirar atrás. A
los pocos minutos escuchó un rumor de cascos detrás. Lyon Redwood y los
demás ciudadanos de Mojado habían decidido seguirle.
Desde los distantes picachos seguían alzándose nubecillas de humo.
«Un intruso a caballo ha penetrado en nuestro territorio...» ¿Qué había
sido de Allyson Delaney?
10
Ya de madrugada. Allyson Delaney sintió correr la sangre entre sus
manos.
«Debo tener las muñecas destrozadas», pensó. Pero no sentía dolor.
Corbin había apretado tanto sus muñecas con la fina correílla que la joven
tenía acorchados ambos brazos.
Contuvo un momento el aliento, apercibió el oído. A pocos pasos de
distancia, Corbin Bell roncaba estrepitosamente.
Allyson siguió frotando sus ligaduras contra el tronco del aliso al que le
había atado Corbin. Su antiguo amante había tomado todas las precauciones
posibles para evitar la fuga de Allyson: después de rodearle los tobillos con
los grilletes de Waimer, el forajido había atado sus muñecas con una tira de
cuero, que enlazó apretadamente al tronco de un árbol.
Allyson conocía la verdad: para Corbin ella no era sino un rehén que le
serviría de escudo si Briam Waimer les daba alcance.
—Nunca nos alcanzará, querida —se había burlado Corbin la noche
anterior, mientras la maniataba—. Hace tres horas que penetramos en
Territorio indio. Waimer no se atreverá a desafiar las iras de los broncos
apaches.
Llevaba toda la noche frotando las correíllas contra el rugoso tronco del
aliso. La tira de cuero había aflojado un tanto, pero aún resistía, tenaz, todos
sus esfuerzos. Y Allyson ya desesperaba al comprobar que sus fuerzas iban
disminuyendo, la sangre impregnaba ya sus manos y las ligaduras seguían
resistiendo.
Un par de horas más y llegaría el amanecer. Allyson volvió a esforzarse,
a la desesperada.
De pronto, la correílla se partió. Allyson estranguló en su garganta un
gritito de júbilo.
Se incorporó un poco, trató de alzarse del suelo, pero sus piernas
estaban trabadas por los grilletes de acero. Cayó.
Podía alejarse, reptando, un tramo, a favor de las sombras. Pero no iría
muy lejos. Corbin la encontraría fácilmente.
Decidió jugárselo todo a una carta y rodó silenciosamente por el sucio
en dirección al forajido. Palpó sus bolsillos con suavidad, temerosa de que
el hombre despertase de improviso.
Pero el sueño de Corbin era pesado, profundo. Había robado un par de
botellas de whisky en el establo, una de las cuales se había bebido la noche
anterior mientras insultaba a Allyson y le pronosticaba toda suerte de
revanchas para el momento en que dejasen atrás el peligro.
Algo tintineó en el bolsillo del pantalón de Corbin. La mujer introdujo
dos dedos en el bolsillo, atrapó la llave en su arete de acero y se libró de las
esposas con un suspiro de alivio.
Ahora la sangre comenzaba a circular fluidamente por sus brazos y el
escozor de las muñecas era insoportable. Se mordió los labios, contuvo un
gemido y alzó el rifle que había resbalado de entre las manos de Corbin.
Por un momento, Allyson tuvo la tentación de disparar, de enviar al
asesino al sueño más profundo. Finalmente, dejó escapar el aire contenido
en sus venas, se incorporó lentamente y se alejó.
No se atrevió a desatar uno de los caballos, ensillarlo y huir al galope.
Todavía temía demasiado a Corbin.
Poco después del amanecer, los rayos del sol despertaron al hombre.
Dirigió una mirada al lugar donde debía estar Allyson y advirtió su fuga.
—Maldita zorra —murmuró entre dientes, al comprobar que ella se
había llevado el rifle.
Comprobó que aún conservaba sus dos revólveres —robados al dueño
del establo de Mojado— y la canana repleta de cartuchos. Rio como un
loco.
—¡Al diablo! —gritó—. Que Satanás cargue con Allyson Delaney. A fin
de cuentas, ella hubiera supuesto un engorro para un tipo tan inquieto como
yo.
Disponía de provisiones y agua suficiente para alcanzar la frontera.
Después...
Ensilló los caballos y partió hacia el sudoeste. Hacia el mediodía
descubrió un arroyo que discurría por el fondo de una quebrada. Más abajo
descubrió unos airosos chopos y una frondosa mancha de arbustos.
Probablemente, Corbin hubiera seguido de largo si —un instante
después— no hubiera escuchado el armonioso canto que sonaba en el soto.
Echó pie a tierra y descendió despacio, el revólver empuñado Miró
luego a través de los arbustos y parpadeó asombrado: una mujer muy joven,
casi una niña, estaba lavando unas ropas al borde del remanso.
Una mujer apache, una adolescente, bellísima. Sus cabellos negros
brillaban al sol y sus senos puntiagudos se balanceaban, bajo el vestido de
algodón, al tiempo que ella frotaba la ropa sobre una laja de piedra.
Corbin se humedeció los labios con la punta de la lengua. Y súbitamente
el furor se desató dentro de él. ¿Cuánto tiempo llevaba sin gozar de la
intimidad de una mujer hermosa? Varias semanas, desde que Briam Waimer
le apresara en Torreón. Demasiado tiempo para un tipo tan fogoso y
temperamental como Corbin Bell.
***
***
Tres días más tarde, dos jinetes se detuvieron en un cruce. Una de las
sendas conducía a Marloville, la otra a Sherman, hacia el noroeste.
Allyson Delaney alzó su mirada hasta el hombre de la estrella de plata.
Dejó escapar un profundo suspiro y desvió los ojos.
—Bien, aquí nos separamos, Briam. Debo... debo agradecerte todo lo
que has hecho por mí —dijo. Y la voz apenas le salía del cuerpo.
El hombre asintió con un aplomado movimiento de cabeza.
—Así que te vas... —dijo—. Debe ser el atractivo del escenario, los
vestidos lujosos, los aplausos Supongo que vuelves a la Compañía
Merryman.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? —se encogió ella de hombros—. Gasté
mis ahorros en este viaje, siguiendo las huellas de Corbin. Soy una mujer
solitaria. Briam, una actriz sin importancia, una de tantas...
—Podrías ser una buena esposa —sugirió Waimer—. Podrías ser... la
señora Waimer.
Allyson se sonrojó súbitamente. Sus labios temblaron.
—¡La señora Waimer! —murmuró, extasiada—. Suena bien, pero es
imposible, Briam. Tú sabes lo que sucedió en Parson Wells. Fui violada y
ultrajada, fui...
—Fuiste la víctima de Corbin Bell y de un puñado de criminales —
replicó él, con ira mal disimulada—. Pero si tu deseo es seguir en solitario,
ve.
Tiró de las riendas y se alejó por el camino de Marloville. «¡Estúpido»!
se apostrofó a sí mismo cuando se hubo alejado media milla. «Has Perdido
a la magnífica Allyson Delaney, a la mujer que amas apasionadamente».
Tiró bruscamente de las riendas. Detrás de él, galopando
frenéticamente, se acercaba Allyson...