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(Comentario Bíblico Adventista) Manuscritos Bíblicos. AT y NT (Apunte-FB)

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Manuscritos del Antiguo Testamento

Antiguo material de escritura

Los antiguos usaban diferentes clases de materiales de escritura, tales como arcilla, tablillas de
madera, pedacitos de piedra caliza o fragmentos de alfarería, cueros curtidos de animales, o
papiros. El último material mencionado, precursor de nuestro papel moderno, se hacía de la
planta del papiro que crece en pantanos. Para los documentos más largos, probablemente éste
fue el material de escritura más antiguo usado en Egipto. Puesto que los primeros libros de la
Biblia han sido escritos en rollos de papiro, corresponde dar una explicación de este material de
escritura.

El tallo de la planta de papiro se cortaba en tiras angostas, de unos 22 a 25 cm de largo. Las tiras
eran colocadas a lo largo, lado a lado, y una segunda capa era pegada transversalmente sobre
ella mediante presión. Las hojas que así se producían eran martilladas y frotadas con piedra
pómez para que quedara una superficie pareja y lisa. Las hojas, que generalmente no medían
más de unos 65 cm2, eran pegadas en forma de rollos que no medían más de unos 10 m, aunque
se conocen rollos mucho más largos; el famoso papiro Harris, del Museo Británico, tiene unos
50 m de largo. Generalmente se escribía sólo sobre la capa horizontal (anverso), pero
ocasionalmente también sobre la capa vertical (reverso).

Los papiros escritos más antiguos conocidos proceden de la quinta dinastía egipcia, que ha sido
ubicada en la mitad del tercer milenio antes de Cristo. Egipto era un país que producía mucho
papiro y exportaba grandes cantidades de este material de escritura. Puesto que Moisés, el
autor de los primeros libros de la Biblia, había recibido su educación en Egipto y escribió en las
proximidades de Egipto, es posible que los primeros libros de la Biblia fueran escritos en rollos
de papiro.

Por Jeremías sabemos que los documentos eran guardados en vasijas (cap. 32: 14), declaración
que ha sido corroborada por muchos documentos antiguos hallados en vasijas durante las
excavaciones de ciudades de antaño.

Mediante evidencia documental se sabe que del siglo XV en adelante se usaban rollos de cuero
en Egipto. Los manuscritos de cuero más antiguos proceden del siglo V AC. Se usaban rollos de
cuero en los casos cuando se necesitaba un material de escritura más durable. De ahí que sean
de cuero los Rollos del Mar Muerto, que pronto consideraremos, y que posiblemente provienen
de la biblioteca de una sinagoga.

La vitela (o pergamino fino), se preparaba con pieles de animales jóvenes -ganado vacuno,
cabras, ovejas o venados- trabajadas y pulidas con mucho esmero. No se empleó mucho hasta
el siglo II AC. Era el más caro de los materiales de escritura y se usaba sólo para los manuscritos
muy valiosos -como los manuscritos de la Biblia de la iglesia cristiana del siglo IV, la que para ese
tiempo disfrutaba de honores y riquezas.

Las plumas para escribir en los papiros eran de cañas golpeadas hasta convertirlas en pinceles
finos; pero se usaban plumas de punta aguzada para escribir en cuero. La mayor parte de la tinta
empleada por los escribas antiguos era hecha de hollín con una solución de goma; pero las
muestras de tinta que se han hallado, que datan hasta del siglo VI AC, contienen algo de hierro,
el que probablemente provenía de agallas de roble.
Los Manuscritos del Mar Muerto

Antes de 1947, el manuscrito de la Biblia hebrea más antiguo conocido era un fragmento de hoja
de papiro que contiene el Decálogo y las palabras de Deut. 6: 4, 5. Este documento, llamado el
"Papiro Nash", proviene aproximadamente del año 100 AC, y fue hasta 1947 unos mil años más
antiguo que cualquier otro manuscrito conocido de la Biblia hebrea.

En 1947 se efectuó el mayor descubrimiento de manuscritos bíblicos de los tiempos modernos,


cuando algunos beduinos hallaron varios rollos de cuero y fragmentos en una cueva cerca de la
orilla noroeste del mar Muerto. Puesto que nunca antes se habían encontrado rollos tales, sus
propietarios árabes tuvieron algunas dificultades para venderlos. Los compradores temían que
pudieran ser falsificaciones. Sin embargo, finalmente una parte de los rollos llegó a manos del
Prof. E. L. Sukenik de la Universidad Hebrea y una parte quedó en posesión del monasterio sirio
de Jerusalén. El Dr. John C. Trever, que entonces era director interino de la Escuela
Norteamericana de Investigaciones Orientales de Jerusalén, fue el primer erudito que reconoció
su antigüedad, y llamó la atención de los expertos norteamericanos para que estudiaran los
rollos. En la primavera de 1948, cuando las primeras noticias de su descubrimiento llegaron al
mundo occidental, los Manuscritos del Mar Muerto inflamaron la imaginación de cristianos y
judíos por igual, en una forma como no lo había logrado ningún otro descubrimiento
arqueológico desde los días del descubrimiento de la tumba inviolada del rey Tutankamón en
Egipto, unos 25 años antes. Se inició una activa búsqueda para encontrar nuevos rollos cuando
se comprendió que el clima seco del desierto de Judea había preservado materiales antiguos
perecederos, tales como rollos de piel, los que se habrían desintegrado ya hace mucho en otros
lugares de la Tierra Santa debido a los inviernos húmedos. No tardaron en descubrirse nuevas
cavernas que contenían rollos y miles de fragmentos de rollos. En la zona de Qumran, donde se
descubrió la primera caverna, posteriormente algunos beduinos y arqueólogos encontraron
otras once cavernas que contenían manuscritos. Este material, ha sido denominado Rollos de
Qumrán, pero la expresión "Manuscritos del Mar Muerto" incluye, además, los que proceden
de otras zonas del desierto de Judea, cerca del mar Muerto. Parte de este material se encontró
en el Wadi Murabba'at, en el sureste de Belén, otra parte se descubrió en el Wadi Hever, y otra
parte procedió de las excavaciones de las ruinas de la fortaleza judía de Massada, destruida por
los romanos en el año 73 DC.

Khirbet Qumran, unas ruinas ubicadas en las proximidades de la primera caverna, yacen cerca
de la desembocadura del Wadi Qumran, que entra en el mar Muerto a unos trece kilómetros al
sur de Jericó. Cuando se excavaron esas ruinas, se descubrió que había existido allí la parte
principal de una comunidad constituida por una secta judía sumamente estricta, probablemente
los esenios. Las excavaciones arrojaron mucha luz acerca de la vida de la secta, cuyos miembros
habían sido los propietarios de los rollos encontrados en el vecindario. En esta especie de
monasterio los miembros de la secta trabajaban, comían, llevaban a cabo sus rituales religiosos
y adoraban juntos a su Dios, aunque vivían en las cavernas circundantes. Los edificios de Qumrán
fueron destruidos en la primera guerra entre los judíos y los romanos (años 66-76 DC).
Probablemente los miembros de esa secta perecieron en esos años, porque a partir de entonces
el grupo desapareció. Al parecer muchos de los rollos fueron ocultados en las cavernas ante la
amenaza de destrucción. Los dueños nunca regresaron en busca de ese material. Los
manuscritos encontrados son de naturaleza variada. En la primera caverna se encontró una
copia completa y otra incompleta del libro de Isaías, una parte de un comentario sobre Habacuc
y fragmentos del Génesis, Deuteronomio, Jueces y Daniel -todos escritos en el estilo de la
escritura hebrea utilizada después del exilio en Babilonia- y fragmentos del Levítico en escritura
preexílica. En otras cavernas se encontraron grandes porciones de los Salmos, Samuel y Levítico.
Con el tiempo se descubrieron en estas cavernas fragmentos de todos los libros del Antiguo
Testamento, con excepción de Ester. Otros libros hebreos representados por los rollos y
fragmentos son obras apócrifas y seudoepigráficas que ya se conocían, libros de naturaleza
sectaria desconocidos hasta entonces y algunas obras de carácter secular. La escritura usada en
estas obras es consonántica, puesto que en esa época los hebreos todavía no usaban las vocales.

El estudio de estos rollos ha originado una nueva rama de las ciencias bíblicas. Aún hoy, cerca
de tres décadas después del descubrimiento de la primera caverna de Qumrán, ni siquiera se ha
publicado la mitad de los manuscritos descubiertos. Sin embargo los artículos y libros que tratan
de los rollos del Mar Muerto se cuentan por miles, y la bibliografía correspondiente al material
que se ha publicado ya constituye varios volúmenes. Una revista erudita, la Revue de Qumran,
se dedica exclusivamente al estudio de estos rollos. Esto constituye una muestra del interés que
los eruditos y especialistas en los asuntos bíblicos tienen en los rollos del Mar Muerto.

Durante los primeros años después de su descubrimiento, los eruditos entablaron una acalorada
batalla en torno a su autenticidad y a su edad; pero ya hace mucho que se han silenciado las
voces de la duda, Cuando los arqueólogos profesionales encontraron en sus exploraciones y
excavaciones la misma clase de rollos descubiertos anteriormente por los beduinos, se tornó
sumamente claro, aun para los incrédulos más recalcitrantes, que los rollos del Mar Muerto no
eran un producto de falsificaciones modernas o medievales, sino auténticos manuscritos
antiguos.

Se acepta en general que los Manuscritos del Mar Muerto fueron escritos durante un período
comprendido entre el siglo III AC y el siglo I D.C. Los manuscritos encontrados en otras zonas ya
mencionadas proceden cae los siglos I y II D.C. Estos descubrimientos han puesto a nuestra
disposición manuscritos bíblicos que tienen una antigüedad de mil años más que los textos
bíblicos hebreos conocidos antes del descubrimiento de esos rollos. Esto reviste una gran
importancia porque nos ha proporcionado muestras de todos los libros del Antiguo Testamento,
menos uno, en la forma como existían durante la época del ministerio de Cristo. En otras
palabras, ahora sabemos cómo era la Biblia de los tiempos de Cristo. Hemos descubierto que su
texto contiene tan sólo escasas diferencias con el texto que nuestros traductores modernos han
utilizado. Aunque los Manuscritos del Mar Muerto contienen numerosas variantes lingüísticas,
tales como variaciones en la ortografía o en formas gramaticales, estas diferencias son tan
insignificantes que difícilmente se aprecian en las distintas traducciones hechas de esos rollos si
se compara su texto con el de traducciones hechas a partir de otras fuentes. En esta forma los
rollos dan un testimonio elocuente de la fiel transmisión del texto de la Biblia hebrea a lo largo
de los siglos cuando la Biblia se copiaba a mano. El descubrimiento de los Manuscritos del Mar
Muerto nos ha proporcionado una prueba de que en el Antiguo Testamento todavía poseemos
la Biblia de Jesucristo en la misma forma que él conocía y que recomendó.

La obra de los masoretas

Los eruditos judíos de los primeros cinco siglos de la era cristiana completaron la tarea de dividir
el texto de la Biblia en párrafos, grandes y pequeños, tal como se encuentran todavía hoy en los
textos de la Biblia hebrea. Estas divisiones no se debieran confundir con los capítulos y versículos
que se encuentran en nuestro Antiguo Testamento en castellano, que son de un origen
posterior. Los rabinos judíos también introdujeron una cantidad de marcas diacríticas para
señalar la ubicación de pasajes difíciles que se explicaban en sus escritos. Puesto que no existen
manuscritos de la Biblia escritos durante este período, nuestra información acerca de la obra de
estos eruditos judíos en lo que atañe a la Biblia hebrea procede del Talmud.

Aproximadamente desde el año 500 D.C., los eruditos judíos que perpetuaron la tradición
concerniente al texto del Antiguo Testamento han sido llamados masoretas, de Masora, el
término técnico hebreo para la "tradición remota en cuanto a la forma correcta del texto de las
Escrituras". Estos hombres se esforzaron por asegurar la transmisión exacta del texto a las
generaciones futuras y consignaron los resultados de sus labores en monografías y en
anotaciones hechas a la Biblia.

Puesto que el hebreo había sido una lengua muerta durante siglos -reemplazada
completamente por el arameo como lengua viva- existía el peligro de que su pronunciación se
perdiera enteramente con el correr del tiempo. Por esa razón los masoretas inventaron un
sistema de signos vocálicos que se añadieron a las consonantes hebreas. Así se simplificó la
lectura de la Biblia hebrea y se garantizó la conservación de la pronunciación que existía
entonces. Sin embargo, no debiera pasarse por alto que la pronunciación conocida a través del
texto común de la Biblia hebrea es la de los masoretas del siglo VII de la era cristiana que, como
lo sabemos ahora, varía algo de la del período del Antiguo Testamento.

Los masoretas también inventaron dos complicados sistemas de acentos, uno para los libros en
prosa y otro para los Salmos y Job. Los acentos consisten en muchos signos diferentes añadidos
al texto con el propósito de indicar los diversos matices de pronunciación y énfasis.

Cada vez que los masoretas creyeron que algo debía leerse en forma diferente de la que estaba
escrita en el texto, colocaron en el margen los cambios sugeridos, pero no cambiaron el texto
mismo. Un ejemplo es la lectura del nombre de Dios -que consiste en las cuatro consonantes
hebreas YHWH (llamado el tetragrámaton)- que probablemente se pronunciaba Yahwéh en la
antigüedad. Pero durante siglos lo judíos piadosos, temiendo profanar el nombre santo, no lo
habían pronunciado. En cambio, cuando llegaban a la palabra YHWH, decían 'Adonai: Señor. Los
masoretas fieles a su principio de no cambiar las Escrituras, dejaron las cuatro consonante
hebreas YHWH cada vez que las encontraron, pero les añadieron las vocales de la palabra
'Adonai. Por lo tanto, cada lector judío experto al llegar a esta palabra, leía 'Adonai, aunque sólo
estaban las vocales de la palabra 'Adonai añadidas a las consonantes YHWH. Puesto que los
cristianos de la primera época de la Reforma no conocían la práctica explicada, se limitaron a
transliterar como Jehová el divino nombre de Dios.

Los masoretas establecieron, además, reglas detalladas y exactas que debían aplicarse en la
producción de nuevas copias de la Biblia. Nada se dejó a la decisión de lo escribas, ni el largo de
las líneas y columnas, ni el color de la tinta a emplearse. Se contaban las palabras de cada libro
y se fijaba la palabra que quedaba a la mitad a fin de poder comprobar la exactitud de las nuevas
copias. Al final de cada libro se añadía una nota que daba la cantidad total de palabras contenida
en el libro, que decía cuál era la palabra que estaba en la mitad y que además daba otras
informaciones estadísticas.

Manuscritos existentes del texto masorético

Con la excepción de los rollos Mar Muerto, todos nuestros manuscritos más antiguos de la Biblia
hebrea son de la parte final del período masorético. Probablemente el más antiguo es una copia
Pentateuco, del siglo IX, que está en el Museo Británico. Sin embargo, la fecha no es
completamente segura puesto que se la ha establecido a base del estilo de su escritura. El
manuscrito de la Biblia hebrea conceptuado como más antiguo es una copia de los "profetas
posteriores"; está en Leningrado y fue escrito en 916 DC. Otras copias famosas de la Biblia
hebrea son el Códice Laudiano de Oxford, del siglo X, contiene casi todo el Antiguo Testamento,
y el Códice Ben Aser de Alepo, también del siglo X, el que lamentablemente fue dañado durante
un motín antijudío en 1948. Con la excepción de los rollos Mar Muerto, todos nuestros
manuscritos más antiguos de la Biblia hebrea son de la parte final del período masorético.
Probablemente el más antiguo es una copia Pentateuco, del siglo IX, que está en el Museo
Británico. Sin embargo, la fecha no es completamente segura puesto que se la ha establecido a
base del estilo de su escritura. El manuscrito de la Biblia hebrea conceptuado como más antiguo
es una copia de los "profetas posteriores"; está en Leningrado y fue escrito en 916 DC. Otras
copias famosas de la Biblia hebrea son el Códice Laudiano de Oxford, del siglo X, contiene casi
todo el Antiguo Testamento, y el Códice Ben Aser de Alepo, también del siglo X, el que
lamentablemente fue dañado durante un motín antijudío en 1948. El códice fue recuperado de
entre las ruinas de la sinagoga de Alepo (1948), fue escondido por varios años y luego enviado a
Israel. Aproximadamente la cuarta parte de sus páginas fueron destruidas. Sólo se han
conservado 11 páginas del Pentateuco (Deut, 26: 37-34:12), más una página del Génesis,
secretamente fotografiada en el siglo XIX, y publicada en 1887.- N. del T .* (Nota: El códice fue
recuperado de entre las ruinas de la sinagoga de Alepo (1948), fue escondido por varios años y
luego enviado a Israel. Aproximadamente la cuarta parte de sus páginas fueron destruidas. Sólo
se han conservado 11 páginas del Pentateuco (Deut, 26: 37-34:12), más una página del Génesis,
secretamente fotografiada en el siglo XIX, y publicada en 1887.- N. del T .*)

Otros manuscritos antiguos de la Biblia hebrea fueron encontrados en una sinagoga del Cairo,
donde habían escapado a la destrucción. La mayor parte de ellos están ahora en colecciones
rusas y en la biblioteca de la Universidad de Cambridge, Inglaterra. La razón de la escasez de
antiguos manuscritos de la Biblia hebrea es una ley judía que prohíbe el uso de Biblias
desgastadas y arruinadas. Tenían que ser enterradas o destruidas de otra manera para evitar
cualquier profanación del divino nombre de Dios que contenían. Por lo tanto, si un manuscrito
envejecía y se desgastaba, era puesto en un cuarto de la sinagoga, llamado geniza, para ser
destruido después. Hasta ahora sólo se ha encontrado una geniza que contuviera manuscritos
antiguos; la del Cairo. Hasta donde sepamos, se han perdido todos los otros manuscritos bíblicos
del primer milenio de la era cristiana.

Sin embargo, el extremo cuidado con que fueron escritos los manuscritos por los escribas judíos
es una garantía de la exactitud de las copias existentes de la Biblia. El descubrimiento de los
Rollos del Mar Muerto que ha proporcionado textos que son mil años más antiguos que las
copias más antiguas de la Biblia hebrea conocidas hasta entonces, ha demostrado que el texto
del Antiguo Testamento nos ha sido transmitido prácticamente en la misma forma como lo
conoció Cristo.
Los manuscritos del Nuevo Testamento

Necesidad de un detenido estudio textual

Los libros del Nuevo Testamento fueron escritos unos 14 siglos antes de que sé inventara la
imprenta en el mundo occidental. El único método de reproducir la Biblia fue, durante largos
siglos, copiar su texto a mano. Todos los manuscritos originales de las Escrituras se han perdido,
por lo tanto, el Nuevo Testamento que ahora tenemos es hecho a base de copias, las más
antiguas de las cuales se escribieron muchos años después de la muerte de sus autores
originales. Es casi seguro que ninguna de las copias que existen fue hecha de los escritos
originales, sino de otras copias; y en el proceso de recopiar las Escrituras durante siglos, en
manuscritos posteriores de la Biblia se filtraron algunos errores de copia.

La exactitud de las obras impresas se puede comprobar si se dispone de los manuscritos


originales del autor; se pueden hacer cambios o correcciones cuando se publica una nueva
edición, y esos cambios se ven fácilmente comparando todas las ediciones. Pero el proceso es
diferente cuando se trata de obras que durante siglos han sido escritas a mano y no tenemos los
manuscritos originales. En este caso se necesita, con frecuencia, una laboriosa comparación
científica antes de que el erudito pueda pensar que probablemente han llegado al texto original
de cada pasaje. Aunque sólo unas pocas de las miles de variantes en el Nuevo Testamento son
teológicamente significativas, ya que el teólogo cristiano y el estudiante de la Biblia deben basar
su fe en las declaraciones auténticas de los escritores de la Biblia, es sumamente importante la
tarea de procurar un texto digno de confianza.

Por lo tanto, al erudito bíblico le corresponde la tarea de estudiar cuidadosamente los


manuscritos neotestamentarios, a fin de restablecer un texto que esté tan cerca del original
como sea humanamente posible. Generalmente una obra tal se conoce con el nombre de "crítica
textual" o "baja crítica". En el siguiente artículo se discuten la baja crítica y la alta crítica, o sea
la crítica literaria. Mediante un proceso de diligente estudio crítico, la crítica textual se esfuerza
por descubrir y eliminar errores de copistas para llegar a un texto bíblico que, en todo lo posible,
sea el mismo que salió de las manos de los escritores originales. Esta obra ha sido sumamente
fructífera, y en los últimos años lo que ha logrado la crítica textual y sus descubrimientos, han
hecho mucho para restablecer la confianza en el texto de la Biblia.

La naturaleza de las variantes textuales

Muchos de los manuscritos bíblicos no fueron preparados por escribas profesionales, sino -
especialmente en los primeros siglos cuando las iglesias todavía eran pobres- por cristianos de
escasa educación. La caligrafía deficiente, las muchas faltas de ortografía y otros errores de copia
debidos a la poca preparación en el arte de escribir, muestran que así fue.

Un típico error de los copistas es el intercambio de sinónimos tales como "hablar", "decir" o
"expresar". Muchas de esas sustituciones aparecen en los manuscritos del Nuevo Testamento,
aunque en tales casos el significado del texto no ha sufrido. Por ejemplo, algunos manuscritos
tienen en (Mat. 25: 11) la palabra ' lthon, "vinieron", en vez d' rjontai , "vienen""." La diferencia
sólo atañe a un tiempo verbal que quizá sea imperceptible en una traducción.

En muchos lugares difiere la secuencia de las palabras de un manuscrito a otro, aunque el


pensamiento sea idéntico. También en este caso la mayoría de las diferencias no tienen
importancia, como lo demuestra el ejemplo de Mat. 4:1. A continuación presentamos las
traducciones literales de cuatro manuscritos de este pasaje:

1. Códice Vaticano (siglo IV): "Entonces Jesús fue llevado al desierto por el espíritu para ser
tentado por el diablo".
2. Códice Sinaítico (siglo IV) y manuscrito del siglo IX: "Entonces Jesús fue llevado por el
espíritu al desierto para ser tentado por el diablo".
3. Manuscrito medieval: "Entonces Jesús fue llevado al desierto para ser tentado por el
diablo".
4. Manuscrito medieval: "Entonces Jesús fue llevado al desierto para ser tentado por el
espíritu".

Otra clase de errores frecuentes es la omisión de palabras, de frases o hasta de líneas completas.
Todo mecanógrafo sabe cuán fácil es saltar de una palabra a otra igual que se halla en una línea
posterior, omitiendo así el trozo que hay entre esas dos palabras. Los eruditos llaman a esto un
error "homoioteléutico", esto es, omisión debido a similitud o parecido de ciertas palabras. En
los manuscritos del Nuevo Testamento no sólo se encuentra esta clase de omisión textual, sino
también otras.

En otros casos aparecen adiciones en el texto cuando, por ejemplo, se añade el artículo definido
en ciertos pasajes, que no los tienen en los manuscritos más antiguos. La palabra "Jesucristo"
aparece en lugares donde en los textos más antiguos sólo dice "Jesús", y también el atributo
"santo" se antepone a la palabra "Espíritu".

Unas variantes son originadas por errores ortográficos; otras, por confundir palabras que
parecen similares a la vista, pero que tienen un significado diferente. Los manuscritos más
antiguos del Nuevo Testamento se escribieron sólo con mayúsculas, sin espacios entre las
palabras, sin signos de puntuación y sin acentos; por lo tanto, era fácil que el ojo inexperto leyera
mal ciertas palabras. Además, es evidente que ciertas notas escritas por lectores en los
márgenes de algunos manuscritos, a veces se consideraban erróneamente como parte del texto
original por algún copista posterior, quien las incorporó a los nuevos manuscritos. Esos copistas
pensaban, sin duda, que la anotación marginal era una omisión de un copista anterior, y que se
había escrito en el margen después de descubrirse el supuesto error. Por esta razón han
aparecido en manuscritos posteriores adiciones que no se hallan en las copias más antiguas.

Además de todas estas variantes involuntarias ocasionadas por imperfecciones humanas,


aparecen otros cambios en algunos manuscritos posteriores que revelan un esfuerzo
intencionado por mejorar el texto. En algunos casos, pasajes difíciles fueron simplificados con
observaciones aclaratorias; en otros, palabras toscas fueron reemplazadas por otras más
elegantes, y en otros lugares, construcciones gramaticales en desuso fueron cambiadas por
otras más comunes. Algunos manuscritos de los Evangelios muestran que sus copistas fueron
influenciados por expresiones similares en textos paralelos, y otros cambiaron expresiones poco
comunes de citas del Antiguo Testamento para que concordaran con textos del Antiguo
Testamento que les eran familiares.

Como los libros del Nuevo Testamento circularon profusamente y muchos miles de copias
fueron escritas por personas de diversa capacidad lingüística, es fácil comprender cómo se
introdujeron tales variantes en los manuscritos bíblicos. Los dirigentes de la iglesia advirtieron
esas diferencias y de vez en cuando se esforzaban por preparar un texto uniforme mediante
revisiones; y por eso a veces declaraban que ciertos pasajes eran correctos aunque no siempre
se basaban en la evidencia de manuscritos antiguos. En esta manera la iglesia sancionó un texto
griego -el Bizantino (ver p. 147)- que generalmente fue aceptado durante siglos, aunque
probablemente difería en muchos detalles de los textos conocidos por la iglesia primitiva.

La restauración del texto original

Lo antedicho muestra la naturaleza de las variantes textuales que encuentra el estudiante de los
manuscritos del Nuevo Testamento. A fin de reconstruir un texto que sea lo más idéntico posible
al original, el investigador debe clasificar esas variantes y escoger entre ellas. Esto implica una
ardua labor crítica hecha científicamente.

En primer lugar, debe tenerse en cuenta cada manuscrito bíblico existente. Esos manuscritos
deben ser estudiados y reproducidos mediante copias fotográficas. Estos textos quedan así al
alcance de los eruditos en general, y no únicamente como exclusividad de unos pocos doctos en
la materia que quizá vivan cerca de donde se conservan esos manuscritos. Este proceso es
especialmente necesario en el caso de los manuscritos más antiguos, pues generalmente son los
más valiosos para los estudios textuales.

Una comparación de los manuscritos más antiguos con los de fecha más reciente revela errores
que pueden reconocerse fácilmente y ser eliminados. A veces los mismos errores aparecen en
una cantidad de manuscritos que se remontan en forma particular a un texto llamado
"arquetipo". Si este arquetipo existe, entonces los eruditos pueden desechar, por carecer de
importancia para el estudio textual, todas las copias posteriores basadas en dicho arquetipo. Los
investigadores comparan después los diversos arquetipos para tratar de llegar a lo que
probablemente sea el texto original de todos los manuscritos. Esta tarea de descubrir el
arquetipo más antiguo posible, basándose en el material de todos los manuscritos disponibles,
se llama recensión.

El trabajo de la crítica textual es más difícil de lo que parece según la descripción precedente. La
relación mutua de varios manuscritos no siempre se reconoce fácilmente, pues algunos de ellos
pueden no ser nítidos descendientes de un arquetipo, sino híbridos en su forma. El erudito del
Nuevo Testamento no sólo debe enfrentar estos problemas sino también comparar, con sentido
crítico, las traducciones más antiguas y las citas de pasajes del Nuevo Testamento en los escritos
de los padres de la iglesia, y valorar su evidencia comparándolas con la de los manuscritos.

Se sabe que hay más de 5,200 manuscritos del Nuevo Testamento griego. Esta gran cantidad
aumenta la obra del especialista en crítica textual; sin embargo, esto es lo que le permite
conseguir resultados más fidedignos y satisfactorios que los que hubiera obtenido si sólo tuviera
a su disposición unos pocos textos antiguos para sus 113 comparaciones, como es por ejemplo,
el caso del erudito que se ocupa de literatura antigua extra bíblica, pero que sólo dispone de
unas pocas copias antiguas. Esto sucede con la famosa Constitución ateniense de Aristóteles, y
la Didajé, obra cristiana del siglo II, pues en ambos casos sólo se conocen copias muy posteriores.
Cuando esto sucede, es imposible determinar la forma original de estos textos.

Materiales para escribir y estilos

Los escritores del Nuevo Testamento disponían de diversos materiales para escribir. El pueblo
generalmente escribía en fragmentos de alfarería (ostracones), en tablillas de madera
recubiertas de cera, en cuero y pergaminos, y en papiros. Cuando se trataba de documentos
más extensos o de obras literarias, como es el caso de los libros del Nuevo Testamento, el papiro
era el material de escritura más barato y más frecuentemente usado.

Papiro. Este material de escritura se originó en Egipto. Los documentos más antiguos escritos
en papiros egipcios datan de la 6.ª dinastía egipcia, del 3er. milenio a. C. Se sabe con certeza que
desde 1100 a. C. los rollos de papiro eran un artículo importante de exportación, y que los
egipcios lo intercambiaban por madera de cedro en el puerto fenicio de Gebal, y desde aquí los
fenicios lo llevaban a todas partes del mundo mediterráneo. Los griegos deformaron el nombre
Gebal y lo llamaron Biblos, y como recibían de esa ciudad el material para escribir llamaron
biblos tanto a dicho material como a los rollos hechos de él. Esta palabra se introdujo en el
castellano a través del latín y se transformó en la palabra Biblia, el Libro de los libros, o en
palabras tales como bibliografía, biblioteca, etc. Después de que Egipto abrió sus fronteras a los
extranjeros en el reinado de Psamético I (663-609 a. C.), el papiro se convirtió en el principal
material de escritura del mundo antiguo, y mantuvo esa categoría durante muchos siglos. En el
período de los Tolomeos y de los romanos había grandes fábricas y depósitos de papiros en
Alejandría.

El papiro se hacía del tallo de la planta de papiro que, en la antigüedad, crecía abundantemente
en el delta del Nilo. El tallo, una vez cortado, era dividido en tiras delgadas de unos 25 cm de
largo y se hacían capas; se superponían dos de éstas -una vertical y la otra horizontalmente-, y
luego eran pegadas con una especie de goma y se hacía presión sobre ellas. Cuando estas hojas
cuadradas se secaban, las superficies eran alisadas con piedra pómez. Por lo general sólo se
escribía sobre la superficie en que las fibras corrían horizontalmente; pero por razones de
economía a veces se escribía en ambos lados. El apóstol Juan habla de un rollo escrito por ambos
lados (Apoc. 5: 1).

Para escribir una carta, una solicitud o un mensaje corto, por lo general bastaba una sola hoja
de papiro. Sin embargo, las composiciones literarias necesitaban un rollo que se hacía pegando
por sus extremos una cantidad de hojas. La longitud más común de un rollo era de unos 10 m,
pero algunos eran mucho más largos. El gran Papiro Harris que está en el Museo Británico, es el
más largo que se ha encontrado; tiene una longitud de 43, 61 m.

Estos rollos o libros, llamados por los griegos biblia y por los romanos volumina, se encontraban
en las bibliotecas públicas y privadas y en las librerías de las grandes ciudades durante los
períodos helenístico y romano. Con toda probabilidad, los originales de los Evangelios y de las
epístolas del Nuevo Testamento fueron escritos en rollos de papiro lo suficientemente largos
como para abarcar todo el libro. Para los Hechos de los Apóstoles, el libro más largo del Nuevo
Testamento, habría hecho falta un rollo largo. Para una carta breve como Filemón, 2 ó 3 Juan y
Judas, bastaría una sola hoja.

Durante el siglo II d. C. aparecieron los libros encuadernados. Una cantidad de hojas anchas se
ponían una sobre otra, luego se doblaban por el medio y se las unía 114 con una costura en el
doblez, como las secciones de un libro moderno. Estos libros eran llamados códices.

La pluma para escribir en el papiro se hacía con una caña cuya punta había sido deshecha hasta
tener la forma de una brocha fina. La tinta era una mezcla de hollín, agua y una sustancia
gomosa. Se escribía en columnas de un ancho variable, que por lo general incluían de 14 a 30
letras.

Pergamino. Los manuscritos más famosos y mejor conservados del Nuevo Testamento no están
escritos en papiros sino en pergaminos, material hecho con el cuero de cabritos, ovejas, becerros
y antílopes. Esos cueros eran curtidos con cal, limpiados, raspados, alisados y extendidos sobre
una armazón. Aunque este proceso se usó durante siglos para curtir cueros, los habitantes de
Pérgamo se especializaron tanto en ese oficio durante el siglo II a. C. que ese material recibió el
nombre de esa ciudad. Por eso en español decimos "pergamino". Un manuscrito en pergamino
era llamado por los griegos difthéra, y los romanos le daban el nombre de membrana, palabra
latina que usa Pablo en 2 Tim. 4:13.

Durante la última parte del período imperial romano, los pergaminos sustituyeron a los papiros
hasta tal punto que éstos perdieron su importancia. Por eso los manuscritos bíblicos producidos
en ese tiempo, como el Códice Vaticano y el Códice Sinaítico del siglo IV, están escritos en
pergaminos. Eusebio, el historiador eclesiástico, refiere que en 331 d. C. el emperador
Constantino ordenó que se prepararan 50 copias de las Escrituras en pergaminos para las iglesias
de Constantinopla, la nueva capital del imperio (Vida de Constantino iv. 36).

Los códices de pergamino por lo general se hacían superponiendo cuatro hojas rectangulares,
doblándolas por el medio y uniéndolas con una costura en el doblez. Estas secciones eran luego
encuadernadas como un libro moderno. Básicamente, este es el método que aún se usa para
encuadernar los libros.

La tinta para escribir sobre pergaminos no era por lo general la tinta a base de carbón u hollín
que se usaba en los papiros, pues ésta podía borrarse fácilmente, sino una tinta hecha con hierro
y bilis o hiel de animales. La pluma fina semejante a una brocha, usada para los papiros, fue
reemplazada en el período griego y romano por la pluma dividida en el centro, hecha de caña o
de metal. Las líneas horizontales, espaciadas uniformemente e impresas sobre el pergamino con
un punzón metálico, daban a la escritura una apariencia uniforme, y las verticales similares
señalaban el ancho de las líneas escritas y los márgenes. El efecto de las impresiones de la
escritura era visible en el reverso como líneas en alto relieve, y por esto sólo se usaba un lado
para escribir.

Los que copiaban la mayor parte de los manuscritos en pergamino eran escribas profesionales.
Si se hacía un pedido especial se podían conseguir ediciones de lujo en hojas de pergamino muy
fino. En esos casos se escribía con sumo cuidado y las letras iniciales eran verdaderas obras de
arte. Algunos pergaminos eran teñidos de color púrpura y estaban escritos con tinta de plata u
oro, como pueden verse algunos ejemplares en las bibliotecas de Patmos, Leningrado, Viena,
Londres y Roma. En la Edad Media con frecuencia se añadían cuadros en miniatura a estos
textos.

Los pergaminos eran costosos, y con frecuencia en tiempos de dificultades económicas se los
usaba de nuevo. El manuscrito era lavado con jabón y agua, y si lo que estaba escrito no
desaparecía con ese procedimiento, era raspado con piedra pómez y cuchillos hasta que se
eliminaba la mayor parte de la escritura anterior. Un manuscrito escrito en un pergamino usado
anteriormente recibe el nombre de codex rescriptus: "códice escrito de nuevo", o palimpsesto:
"raspado de nuevo". El texto anterior, que se borraba, era por lo general el más importante por
ser el más antiguo. Esos palimpsestos son, con frecuencia, muy difíciles de descifrar, y su
restauración requiere un estudio paciente y cuidadoso auxiliado por el empleo de fotografías
infrarrojas. Los dos manuscritos bíblicos más famosos de este tipo son el Códice de Efrén, que
está en París, y un manuscrito de los Evangelios en siríaco, del monasterio de Santa Catalina, del
monte Sinaí.

Los pergaminos continuaron siendo el material más importante para escribir hasta el siglo XVI,
pues desde entonces cedieron su lugar al papel. Los chinos inventaron el papel en el siglo II a.
C., y aunque los árabes lo introdujeron en el mundo occidental en el siglo VIII d. C., su uso no se
generalizó hasta el siglo XIII.

Unciales y cursivos. Hay una notable diferencia entre la escritura de los documentos griegos
comunes antiguos -tales como cartas y facturas- y la escritura de las obras literarias. Los
primeros (cursivos) están escritos con minúsculas y muchas de sus letras están unidas; pero los
segundos (unciales) se escribían casi exclusivamente con letras mayúsculas bien formadas y
separadas, adaptadas de las mayúsculas que se usaban en las inscripciones. En contraste con los
manuscritos hebreos, en los cuales las palabras estaban separadas con una marca o con un
espacio, los manuscritos griegos no presentan esas divisiones. En los antiguos manuscritos
griegos faltan signos de puntuación, acentos y los espíritus suaves y ásperos (característicos del
idioma griego). Las letras mayúsculas de esos manuscritos son llamadas "unciales", nombre que
deriva de la palabra latina uncia, que significa "duodécima parte". Se supone que una línea
común de tal escritura contiene doce de esas letras. Un códice escrito en mayúsculas se llama
uncial.

A comienzos del siglo IX empezó a desarrollarse una escritura cursiva más bella y elegante que
la antigua para la producción de libros. Las letras eran más pequeñas, tomaban menos espacio
y podían escribirse más rápidamente que las unciales. Estas letras fueron llamadas minúsculas,
del latín minusculus: de pequeñas dimensiones. El manuscrito más antiguo escrito con
minúsculas es un texto griego que ahora está en Leningrado, y que lleva la fecha de 835 d. C.
Desde fines del siglo IX los manuscritos cursivos o en minúscula fueron sustituyendo más y más
a los unciales, hasta que fueron completamente reemplazados alrededor de los siglos X u XI. Por
lo tanto, son exclusivamente unciales los manuscritos bíblicos griegos escritos hasta el siglo VIII,
inclusive; los que pertenecen a los siglos IX y X unos son unciales y otros cursivos; y los del siglo
XI en adelante, todos son cursivos.

La manera de escribir es, pues, uno de los factores que ayudan a determinar la antigüedad de
un manuscrito bíblico. Otros factores son la forma de las letras, el estilo de la escritura, la clase
de abreviaturas usadas y la relación existente entre las letras y las líneas trazadas. Todos estos
factores juntos hacen posible que un paleógrafo pueda determinar con aproximación la
antigüedad de documentos escritos aun cuando no lleven fecha.

Los escribas, acostumbrados a escribir en columnas angostas en los papiros, continuaron con
ese hábito cuando escribían en hojas de pergaminos de un tamaño mucho mayor; por eso
escribieron varias columnas en una página. Los manuscritos bíblicos más antiguos bastante
completos -el Sinaítico, el Vaticano y el Alejandrino- tienen respectivamente cuatro, tres y dos
columnas (ver la ilustración frente a la p. 129). La mayoría de los manuscritos bíblicos unciales
tienen dos columnas, semejantes a las Biblias modernas; en cambio, los manuscritos cursivos
por lo general sólo tienen una columna por página, pues a medida que pasaba el tiempo se hizo
más pequeño el tamaño de los libros.

Otro indicio externo de los antiguos manuscritos bíblicos que ayuda al estudiante del Nuevo
Testamento a comprender ciertos problemas de exégesis, es el hecho 116 de que la división de
palabras al final de una línea se hacía arbitrariamente, sin regla alguna. De modo que un vocablo
podía ser dividido en cualquiera de sus letras. Esto produjo ciertas variantes en los manuscritos
bíblicos y en las traducciones. Por ejemplo, en Mar. 10: 40 los antiguos traductores al latín leían
állois en vez de áll óis , con lo cual Jesús estaba diciendo "para otros está preparado" , en vez de
"para quienes está preparado".
Como los manuscritos antiguos no tenían signos de puntuación, las frases eran a veces divididas
incorrectamente. Un ejemplo clásico de esta división se halla en Luc. 23: 43 (ver el comentario
respectivo). Aunque los escribas separaban a veces los párrafos mediante espacios, sus
manuscritos no tenían divisiones por medio de capítulos o versículos como se hace en las Biblias
actuales. En el siglo XIII se comenzó la división de la Biblia en capítulos. Según algunos
especialistas la hizo Esteban Langton, arzobispo de Canterbury (m. 1228 d. C.); pero según otros
el autor de esa innovación fue el cardenal español Hugo de San Caro, alrededor del año 1250 d.
C. La división en versículos se introdujo tres siglos después, cuando el editor Roberto Estienne,
de París, empleó esas divisiones en su edición grecolatina de 1551 para ayudar a encontrar los
pasajes en los dos textos diferentes.

Las palabras sagradas Dios, Señor, Jesús y Cristo casi siempre se abreviaban por medio de una
contracción. Se piensa que esto se hacía por reverencia, así como lo hacían los escribas hebreos
con el Tetragrámaton (YHWH, las cuatro letras, nombre de Dios) en los MSS hebreos del AT. Con
el correr del tiempo aparecieron en los manuscritos abreviaturas y contracciones, en su mayoría
palabras relacionadas con Dios y asuntos sagrados. A estas palabras, llamadas nómina sacra, se
les colocaba encima un trazo horizontal para indicar la contracción.

Principales escritos del Nuevo Testamento

Papiros. Por lo general, se usa el símbolo P y un numerito en alto (Pl, P2 , etc.) para identificar
los papiros del Nuevo Testamento. Aunque la mayoría de las copias del Nuevo Testamento
escritas durante los primeros tres siglos de la era cristiana deben haber sido hechas en papiros,
hasta 1930 sólo se conocían 44 fragmentos de esos manuscritos; pero estos fragmentos, debido
a su reducido tamaño, tenían poco valor para la historia del Nuevo Testamento. No obstante,
con el descubrimiento de dos importantes grupos de papiros en el siglo XX, el cuadro ha
cambiado radicalmente. Por 1975 se conocían más de 80 papiros del NT, los cuales comprenden
una buena parte del NT.

Por el año 1930 se efectuó un descubrimiento de manuscritos que sólo ha sido sobrepujado en
importancia por el hallazgo del Códice Sinaítico, realizado por Tischendorf unos 70 años antes.
En algún lugar de la provincia egipcia de Fayún -el sitio exacto del descubrimiento nunca fue
revelado- algunos lugareños hallaron una cantidad de códices de papiro. Se los repartieron y los
vendieron a varios coleccionistas de manuscritos europeos y americanos. Entre los manuscritos
había tres códices del Nuevo Testamento, grandes porciones de los cuales quedaron en poder
de A. Chester Beatty, de Inglaterra. Otras secciones considerables fueron adquiridas por la
Universidad de Michigan. Algunos fragmentos quedaron en manos privadas en Austria, Italia y
otras partes. Estos manuscritos habían sufrido mucho con el correr de los siglos, y cuando
llegaron a Europa parecían ladrillos pues todas sus hojas estaban pegadas entre sí. El extinto Dr.
Hugo Ibscher de Berlín -en ese tiempo la autoridad máxima en la conservación de papiros-
desplegando una habilidad magistral y con infinita paciencia logró separar las hojas y consiguió
montarlas en forma permanente y preservarlas. El extinto Sir Federico Kenyon experto de
primera línea en lo que atañe a manuscritos griegos- publicó los diez códices que contenían
libros bíblicos entre 1933 y 1937.

Los tres códices del Nuevo Testamento son del siglo III, y, por lo tanto, son más o menos un siglo
más antiguos que los más antiguos manuscritos del Nuevo Testamento previamente conocidos,
excepto algunos pequeños fragmentos. El códice que originalmente contenía los Evangelios y
los Hechos (P45), está representado por 30 hojas incompletas con partes importantes de los
cuatro Evangelios y de 14 capítulos de Hechos. Con la excepción de la porción de Mateo, se ha
conservado lo suficiente como para dar un nítido cuadro de la naturaleza de este manuscrito
evangélico del siglo III.

El segundo códice (P46) consiste de 86 hojas levemente dañadas que contienen las epístolas de
Pablo. Se cree que originalmente consistió de 104 hojas. La secuencia de los libros conservados
es Romanos, Hebreos, 1 Corintios, 2 Corintios, Efesios, Gálatas, Filemón, Colosenses y 1
Tesalonicenses. La colección original de libros de este códice quizá incluía 2 Tesalonicenses
después de 1 Tesalonicenses; pero parece que faltaban las epístolas pastorales.

El tercer códice (P47) del Nuevo Testamento, de los papiros de Chester Beatty, consiste de 10
hojas dañadas que contienen porciones de Apocalipsis 9 a 17. Toda la obra debe haber tenido
32 hojas. Este manuscrito fue muy bien recibido, pues había muy pocos manuscritos primitivos
que contuvieran el libro del Apocalipsis.

Estos tres códices de papiro, aunque son fragmentarios, tienen mucho valor pues proporcionan
un texto representativo de 15 libros del Nuevo Testamento, cien años más antiguos que los
textos conocidos hasta 1930. Aunque hay grandes lagunas en estos textos, sin embargo, si los
comparamos con otros manuscritos bíblicos es posible determinar qué clase de Nuevo
Testamento usaba la iglesia cristiana de Egipto durante el siglo III, poco más de un siglo después
de la muerte de los apóstoles.

Otro fragmento de papiro sumamente importante, descubierto en 1935, es el papiro Rylands


N.º 457 (P52). Fue comprado, junto con muchos otros fragmentos, por Grenfell, en 1920, para
la Biblioteca John Rylands de Manchester, Inglaterra; pero no se reconoció su importancia hasta
que C. H. Roberts lo examinó en 1935. Este pequeño fragmento de papiro, de unos 9 por 6 cm,
sólo contiene partes de Juan 18:31-33 en el anverso, y los vers. 37-38 en el reverso. Todos los
expertos en papiros concuerdan en que fue escrito en la primera mitad del siglo II, y algunos
eminentes eruditos europeos lo han ubicado en el tiempo del emperador Trajano (98-117 d. C.).
Este Fragmento, aunque insignificante en tamaño, ha sido de gran valor. Hizo callar a aquellos
críticos que fijaban el origen del cuarto Evangelio en la última parte del siglo II. El hecho de que
una copia del Evangelio de Juan, originalmente escrito en el Asia Menor, ya circulara a comienzos
del siglo II en Egipto, favorece la opinión de que el Evangelio de Juan fue compuesto durante la
era apostólica. Ver el facsímile correspondiente frente a la p. 128.

La importancia de estos descubrimientos no fue menor que la de la publicación de los papiros


de Bodmer entre 1956 y 1961. Esta colección lleva el nombre de Martin Bodmer, bibliófilo y
humanista suizo, fundador de la Biblioteca Bodmer de Literatura Mundial en Coligny, suburbio
de la ciudad de Ginebra, quien los compró a un comerciante en antigüedades egipcio. Además
de incluir obras clásicas, apócrifas y de la época cristiana primitiva, la colección comprende
manuscritos bíblicos en griego y en copto. Los MS del NT son de importancia capital.

El papiro Bodmer II, denominado P66, fue publicado en 1956 por Victor Martin, profesor de
filología clásica de la Universidad de Ginebra. Este manuscrito contiene desde Juan l: 1 hasta 14:
15; le falta sólo el pasaje de Juan 6: 12-35a. Según el estudio paleográfico que realizó, Martin
fechó el manuscrito por el año 200 d. C. Por su parte, Herbert Hunger, director de las colecciones
papirológicas de la Biblioteca 118 Nacional de Viena, propuso una fecha anterior, como a
mediados del siglo segundo. Según estas fechas, el papiro tendría por lo menos 125 años más
que los grandes unciales descritos más abajo. El P66 es el mejor preservado de todos los papiros
bíblicos y viene de unos cien años después que el cuarto Evangelio fue escrito. Por lo tanto, debe
ser considerado como importante testigo de la forma original del Evangelio. Las cien páginas
publicadas miden unos 15 por 14 cm. En 1958 se publicaron los fragmentos de las 46 páginas
restantes. En 1962 se publicó una copia facsímile de todo el manuscrito.

Los papiros Bodmer XIV y XV, denominados P75 contienen importantes secciones de Lucas y
Juan. Fueron publicados en 1961 por V. Martin y P. Kaiser, quienes les asignaron una fecha entre
175 y 225 d. C. Constan de 102 páginas de las originales (que deben haber sido como 144); cada
una de ellas mide como 27 por 13 cm. Incluye desde Lucas 3: 18 hasta 18: 18, y desde Lucas 22:
4 hasta Juan 15: 8. Básicamente el texto coincide con el del Códice Vaticano y con los
manuscritos sahídicos de la versión copta. Es posible que sea algo más antiguo que P66, y su
texto parece ser mejor que el de aquél. Ambos manuscritos son del tipo alejandrino. El P75 se
asemeja más al Códice Vaticano, mientras que el P66 se parece más al Códice Sinaítico aunque
tiene en ciertos puntos textos que no se encuentran en otros manuscritos. El papiro P75
contiene la copia más antigua del Evangelio de Lucas y probablemente la segunda en antigüedad
de Juan. Este papiro es, por lo tanto, de inestimable valor. Estos MSS muestran que el tipo
alejandrino de texto existía ya por el año 200 d. C.

Los papiros Bodmer VII y VIII, denominados P72, contienen las más antiguas copias que se
conocen de judas y 1 y 2 Pedro. Estos libros bíblicos estaban encuadernados junto con una
mezcla de otros documentos, copiados por cuatro escribas diferentes. Además de las tres
epístolas, la colección contiene la Natividad de María, la Undécima Oda de Salomón, la Homilía
de Melito sobre la Pascua, un fragmento de un himno, la Apología de Filias y los salmos 33 y 34.
Este códice de papiros, escrito en el siglo tercero, fue publicado por Michel Testuz en 1959. El
texto de las epístolas es en esencia el del Códice Vaticano y de la versión sahídica.

El papiro Bodmer XVII, denominado P74, fue publicado en 1961 por Rodolfo Kasser. Contiene
partes de Hechos, Santiago, 1 y 2 Pedro, 3 Juan, y Judas. Está mal conservado, y por ser del siglo
séptimo no tiene la importancia de los primeros papiros mencionados.

Números y símbolos de los manuscritos unciales en pergamino. Se conocen ahora más de 265
unciales en pergamino. Algunos de ellos sólo son pequeños fragmentos. Como siguen
descubriéndose manuscritos bíblicos antes desconocidos, cualquier número que se dé será
inexacto antes de mucho tiempo. Durante más de un siglo los eruditos se han acostumbrado a
designar los principales manuscritos unciales con las letras mayúsculas del alfabeto latino (A, B,
C, etc.). Cuando se terminaron esas letras, usaron las letras mayúsculas del alfabeto griego que
tienen un trazado diferente de las letras latinas), y cuando se necesitaron más símbolos se
recurrió al alfabeto hebreo.

Aunque estos símbolos han sido aceptados casi enteramente por los eruditos del Nuevo
Testamento hasta el punto de que difícilmente puedan ser desplazados, su uso tiene desventajas
pues las letras de los tres alfabetos no son suficientes para dar un símbolo a cada uncial. Por eso
Caspar René Gregory, uno de los más grandes críticos textuales, introdujo otro sistema que da
a cada uncial un número precedido por O: O1, O2, O3, etc. Aunque el sistema de Gregory es el
mejor que se haya propuesto 119 hasta ahora, pocos lo han seguido. Otro notable erudito,
Hermann von Soden, ha sugerido otro sistema diferente; pero por lo general los eruditos no lo
han aceptado.

Sólo unos pocos manuscritos contienen todos los libros del Nuevo Testamento. Aunque se
conocen más de 265 manuscritos unciales, únicamente 4 contenían originalmente todos los
libros, y sólo 46 de unos 2.750 cursivos que se conocen contienen todo el Nuevo Testamento.
Una colección completa de todos los libros del Nuevo Testamento en un solo volumen era
antiguamente pesada y costosa. Por eso en la mayoría de los manuscritos sólo hay partes del
Nuevo Testamento, especialmente los Evangelios, las epístolas de Pablo o las epístolas generales
(también llamadas "católicas" o "universales"). Como los Evangelios y los escritos de Pablo
estaban más difundidos en la iglesia primitiva que las epístolas generales, esos libros aparecen
en un número mayor de manuscritos.

Los principales unciales. Ningún estudiante del texto del Nuevo Testamento puede recordar
todos los manuscritos bíblicos, y aun es difícil que recuerde todos los unciales. Sin embargo,
debiera estar familiarizado con algunos de los manuscritos más antiguos y más famosos sobre
cuya validez se basan las ediciones impresas del texto griego del Nuevo Testamento que marcan
la pauta, y también las traducciones modernas, tales como la RVR, BJ, BC, NC, etc.

CÓDICE VATICANO. El Códice Vaticano es uno de los dos códices bíblicos de pergamino más
antiguos que se conocen hasta ahora. No se sabe cómo llegó a la biblioteca del Vaticano; pero
en 1481, cuando se hizo el primer catálogo de esa biblioteca, ya estaba allí. No se usó durante
siglos, y las autoridades del Vaticano aun lo negaron a veces a los eruditos que querían
consultarlo. Después de muchos esfuerzos estériles, finalmente el erudito bíblico alemán,
Constantin Tischendorf, obtuvo permiso para su publicación, lo cual hizo en 1867. Un facsímile
científicamente satisfactorio apareció en 1904. Este precioso documento quedó así al alcance
de todos los eruditos. Este códice tiene 759 hojas, de las cuales 142 abarcan el Nuevo
Testamento. Se han conservado los Evangelios, los Hechos, las epístolas generales (o
"universales"), las cartas de Pablo y Hebreos hasta el cap. 9:14. Faltan el resto de Hebreos, 1
Timoteo, Tito, Filemón y Apocalipsis. Las páginas miden unos 25 por 25 cm, con tres columnas
de 42 líneas cada una. La escritura es nítida y elegante, y corresponde con el estilo del siglo IV.
Desafortunadamente el manuscrito sufrió las añadiduras hechas por una mano posterior, entre
los siglos VIII y X. Esa persona repasó el texto que había palidecido y añadió marcas diacríticas.
Además, ese escriba desconocido procedió como un crítico textual pues no repasó las palabras
y letras que le parecía que estaban fuera de lugar. Dos correctores posteriores añadieran otras
alteraciones. Ver la fotografía frente a la p. 129.

CÓDICE SINAITICO. Este manuscrito es el segundo de los códices de pergamino más antiguo de
la Biblia. Tischendorf descubrió 129 hojas de él en un cesto de papeles del monasterio de Santa
Catalina, en el monte Sinaí, en 1844. En ese momento pudo llevar con él 43 hojas, que han
quedado en poder de la biblioteca de la Universidad de Leipzig. Después de una segunda
búsqueda en 1853, que resultó infructuosa, finalmente consiguió encontrar el resto del
manuscrito durante una tercera permanencia en el monasterio en 1859. Por pedido de
Tischendorf, el monasterio donó el códice al zar de Rusia Alejandro II, quien lo colocó en la
biblioteca imperial de San Petersburgo. En 1933 el gobierno soviético lo vendió a Gran Bretaña
por 100.000 libras esterlinas y desde entonces ha estado en el Museo Británico de Londres. En
1862 Tischendorf publicó un facsímile del Sinaítico 120 en cuatro tomos monumentales. Una
reproducción fotográfica apareció en 191l. Este códice consiste de 346 hojas, el Nuevo
Testamento completo ocupa 145 de ellas. También incluía la Epístola de Bernabé (apócrifa) y
una tercera parte de la obra del Pastor de Hermas. Las páginas miden unos 43 por 38 cm, y son
de 4 columnas con 48 líneas cada una. La escritura, aunque similar a la del Vaticano, fue
ejecutada algo menos cuidadosamente, y hay en ella muchas correcciones hechas por tres
personas diferentes. Este manuscrito fue escrito en el siglo IV, quizá algo después que el Códice
Vaticano.

CÓDICE ALEJANDRINO. Este códice fue durante siglos el único manuscrito bíblico antiguo
ampliamente conocido en Europa. Fue escrito en Egipto en el siglo V. Cirilo Lucar, patriarca bien
conocido, lo llevó en 1621 de Alejandría a Constantinopla cuando fue nombrado patriarca de
esta última ciudad. Siete años más tarde lo obsequió al rey Carlos I de Inglaterra. En 1757 Jorge
II lo depositó en el Museo Británico. Su texto del Nuevo Testamento fue impreso por primera
vez en 1786. En 1879 fue reproducido fotográficamente, y en 1909 apareció una segunda edición
en escala reducida. El manuscrito tiene 773 hojas, de las cuales 144 corresponden al Nuevo
Testamento. Las hojas miden unos 32 por 27 cm, escritas en dos columnas de 50 líneas cada
una. La escritura es gruesa y grande. En este manuscrito faltan los capítulos 1-24 de Mateo, dos
hojas de Juan y tres hojas de 2 Corintios. Además de los libros canónicos del Nuevo Testamento,
también están en el Alejandrino las dos epístolas de Clemente Romano. Ver la fotografía frente
a la p. 129.

CÓDICE DE EFRÉN (AFREN O EFRAÍN). Este palimpsesto estuvo originalmente en Constantinopla,


de donde fue llevado a Florencia cuando aquella ciudad fue tomada por los turcos en 1453.
Cuando Catalina de Médicis se convirtió en la novia de Enrique II de Francia en el siglo XVI,
recibió este manuscrito como parte de su dote y lo llevó a París, donde está ahora en la
Biblioteca Nacional. Fue escrito originalmente en el siglo V, pero el texto fue borrado en el siglo
XII y reemplazado con 38 tratados de Efrén de Siria, reconocido como uno de los padres de la
iglesia, y por eso este códice recibió este nombre. Se afirmaba que el texto original era ilegible;
pero Tischendorf lo descifró después de trabajar pacientemente durante dos años, y en 1843
publicó un facsímile del Nuevo Testamento. El manuscrito tiene 209 hojas; 64 contienen
secciones del Antiguo Testamento, y 145 del Nuevo Testamento. Estas hojas miden 31, 25 por
23, 75 cm con una sola columna en cada página. Están representados los libros del Nuevo
Testamento excepto 2 Tesalonicenses y 2 Juan; pero ningún libro está completo. Por eso sólo
abarca unos cinco octavos del Nuevo Testamento.

CÓDICE FREERIANO. Este códice fue escrito a fines del siglo IV o comienzos del V, y contiene los
Evangelios. Charles L. Freer lo compró en El Cairo en 1906; pero ahora está en la Galería de Arte
Freer, en Washington D. C. En este manuscrito hay extrañas peculiaridades: Mateo, Lucas 8: 13
a 24: 53, y Juan 1: 1 a 5: 12 son del tipo de escritura o texto llamado bizantino; el resto de Lucas
y de Juan concuerda con el texto presentado por el Vaticano y el Sinaítico; Marcos 1:1 a 5:30
corresponde con un tipo de texto occidental, y el resto de Marcos es de Cesarea. (Más adelante
hay explicaciones para estos diversos tipos de textos.) Otra variante de este códice en la
terminación de Marcos es la llamada "Lógion Freer" (dichos de Freer), que se trata en el
comentario de Marcos 16: 14.

CÓDICE DE BEZA CANTABRIGENSE. Este manuscrito es un uncial del siglo VI que contiene los
Evangelios y Hechos tanto en griego como en latín. Se lo llama así porque una vez perteneció al
reformador francés Teodoro Beza, quien lo obsequió en 1581 a la biblioteca de la Universidad
de Cambridge. Su carácter bilingüe indica que se originó en la parte meridional de Francia o de
Italia. Este manuscrito revela extrañas peculiaridades en los escritos de Lucas, las que también
se encuentran en las antiguas traducciones siríacas y latinas. Tiene también muchas omisiones.

CÓDICE CLAROMONTANO. A este manuscrito bilingüe también se le asigna como símbolo la letra
D, pues contiene sólo epístolas de Pablo que no están en el Códice de Beza, y, además,
perteneció antes a Beza. El manuscrito recibió su nombre del monasterio de Clermont, al cual
perteneció durante un tiempo. Ahora está en la Biblioteca Nacional de París. El Claromontano,
como el de Beza, proviene del siglo VI, y probablemente alguna vez formaron un solo volumen.

CÓDICE KORIDETIANO. Este uncial de los Evangelios es diferente en muchos respectos de los ya
mencionados. No es antiguo, pues quizá fue escrito en el siglo IX por un escriba poco experto,
que sólo tenía un conocimiento rudimentario del griego. Von Soden fue el primero en prestar
atención a este códice en 1906; pero no llegó a ser bien conocido hasta que Beermann y Gregory
lo publicaron en 1913. Su nombre se deriva del monasterio de Korideti, en el Cáucaso, donde
fue conservado anteriormente. Ahora está en Tiflis, en la Unión Soviética. El Koridetiano es un
valioso manuscrito porque su texto, especialmente Marcos, es del tipo de Cesarea, que se
remonta, por lo menos, al siglo III.

Cursivos. Hay más de 2.750 manuscritos cursivos (en minúscula) que se pueden estudiar, pero
su valor es mucho menor que el de los unciales por ser mucho menos antiguos. Sólo hay 46
cursivos en los que está todo el Nuevo Testamento. Todos los demás tienen únicamente partes
de él. Los Evangelios aparecen con más frecuencia. Los manuscritos cursivos se identifican con
números arábigos. Aunque la mayoría de los cursivos tienen un tipo de texto de origen tardío,
es evidente que algunos son copias de manuscritos muy antiguos. Por ejemplo, el texto del
Cursivo 33 es casi idéntico con el del Códice Vaticano. Algunos manuscritos cursivos forman
familias, como 1, 118, 131 y 209, que Kirsopp Lake indicó que se remontaban a un arquetipo
similar al Nuevo Testamento griego que Orígenes usó en Cesarea, generalmente llamado el texto
de Cesarea. El erudito irlandés W. H. Farrar identificó otra familia de cursivos: 13, 69, 124 y 346.

Leccionarios. Los leccionarios contienen colecciones de pasajes bíblicos usados en las iglesias
para las lecturas de las Escrituras correspondientes a cada semana del año litúrgico. Algunos
contienen lecturas sólo para sábados y domingos; otros contienen todas las lecturas
correspondientes a los días de entre semana. El número de estos manuscritos es de 2.135.
Aunque su valor es muy pequeño para la reconstrucción del texto original, pues casi todos estos
manuscritos son copias tardías, ayudan a identificar los lugares de origen y el ámbito geográfico
en que se esparcieron ciertas variantes, ya que se conocen con frecuencia los monasterios e
iglesias en que fueron escritos.

La presentación de un resumen de los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento revela


que, afortunadamente, los eruditos tienen a su alcance algunos manuscritos que distan poco del
tiempo de sus autores originales. Los grandes unciales -el Vaticano y el Sinaítico- fueron escritos
unos 250 años después de los apóstoles, y los papiros Beatty y Bodmer son un siglo más
antiguos, de modo que hay un intervalo de poco más de 100 años entre la escritura de los
originales y la producción de las copias más antiguas que ahora tenemos. En este respecto el
erudito neotestamentario es mucho más afortunado que el que se ocupa de las obras griegas
famosas de la antigüedad. Por ejemplo, los escritos de Sófocles, Esquilo, Eurípides, 122
Aristófanes, Platón y otros, sólo se conocen a través de copias medievales escritas con
minúsculas, de 12 a 16 siglos después de la muerte de sus autores. Las copias de las obras latinas
están generalmente a una distancia de 500 a 700 años de sus autores. Debido a que los
manuscritos existentes del Nuevo Testamento llegan mucho más cerca de los originales, se
puede confiar en que las ediciones eruditas modernas del Nuevo Testamento griego
virtualmente no varían en ningún punto importante de los manuscritos de los autores originales.

Las traducciones antiguas del Nuevo Testamento

Cuando las enseñanzas cristianas se propagaron en países donde no se hablaba griego, fue
necesario hacer traducciones de los escritos sagrados de la iglesia en las lenguas vernáculas.
Quizá por esto a fines del siglo II el Nuevo Testamento fue traducido al siríaco, una forma del
arameo que se hablaba en el norte de Siria y la alta Mesopotamia. En ese mismo tiempo se
hicieron traducciones al latín para los cristianos de Italia y del norte del África; y también,
probablemente, antes del año 200 d. C. se hicieron traducciones de las Escrituras al copto para
los creyentes del alto Egipto. Después, especialmente a comienzos de la Edad Media, se hicieron
traducciones a la lengua gótica, al armenio, al etíope y al árabe.

Las versiones más antiguas -siríaca, latina y copta- han sido de mucho valor para la investigación
textual. Su importancia se debe a que esas traducciones se hicieron antes que cualquiera de los
manuscritos griegos que hoy se conocen; por eso sirven como testimonios de los tipos textuales
que existían a fines del siglo II. Como provienen de zonas geográficas limitadas, también sirven
para revelar el lugar de origen de ciertas peculiaridades y variantes textuales. Sin embargo, su
utilidad también está sujeta a limitaciones porque ninguna traducción representa fielmente al
original, y estas traducciones antiguas sólo han llegado a nosotros en copias posteriores que,
como todos los otros manuscritos, tienen sus propias historias textuales. Comparten las mismas
limitaciones las traducciones medievales posteriores, como la arábiga, la anglosajona, la
valdense y la paleogermana. Evidentemente algunas fueron traducciones de traducciones,
tomadas de la Vulgata latina y no del texto griego.

Antiguas traducciones latinas. Estas traducciones son anteriores a la época cuando Jerónimo
preparó la traducción de la Vulgata a fines del siglo IV. Cada manuscrito es muy diferente de
todos los demás. Agustín dijo al comentar este hecho, que se conocía el número de los que
tradujeron la Biblia hebrea al griego (los Setenta), pero que no se podía decir lo mismo del
número de los autores de las traducciones latinas. Se conocen unos 50 manuscritos de estas
antiguas traducciones latinas hechas desde el siglo IV hasta el XIII. Su texto es muy parecido al
texto griego del Códice de Beza y, en algunos respectos, al de la antigua versión siríaca. El
nombre Itala, aplicado frecuentemente a las antiguas traducciones latinas, es incorrecto, pues
se basa en un error de comprensión de una expresión de Agustín que en realidad usó este
término para la Vulgata.

La Vulgata. Las grandes diferencias entre las diversas traducciones latinas antiguas hizo
necesaria una revisión completa. Esta tarea fue emprendida por Jerónimo bajo el patrocinio de
su amigo, el papa Dámaso. Jerónimo usó el antiguo texto latino de tipo europeo y lo corrigió de
acuerdo con los manuscritos griegos. Comenzó su obra con el Nuevo Testamento alrededor del
año 382 d. C. En 405 ya había traducido también el Antiguo Testamento. Como su obra era
patrocinada por Roma, la traducción de Jerónimo desplazó gradualmente a versiones anteriores,
y finalmente recibió el honroso título de Vulgata "la común". Sin embargo, su aceptación no fue
posible hasta que se hicieron algunas modificaciones en su texto. Por lo tanto, la Vulgata que
conocemos hoy no es, de ninguna manera, una obra exclusiva de Jerónimo. Un grupo de eruditos
anglicanos en Oxford, Inglaterra, publicaron una edición crítica del Nuevo Testamento de la
Vulgata (1889-1954), y eruditos benedictinos han estado revisando la Biblia latina desde 1907.
Ya se han publicado la mayor parte de los libros del Antiguo Testamento.

Antiguas traducciones siríacas. La historia de las traducciones de la Biblia al siríaco se parece


mucho a la de las traducciones al latín, pues las primeras traducciones, de origen dudoso,
finalmente fueron reemplazadas por una versión autorizada reconocida.

EL DIATESARON. El Diatesarón (o Diatessaron) es una armonía de los Evangelios preparada por


el apologista Taciano quizá en la segunda mitad del siglo II. Su nombre probablemente significa
literalmente "a través de cuatro", para significar que es una armonía de los cuatro Evangelios.
La iglesia siria usó el Diatesarón casi exclusivamente, durante varios siglos, en lugar de los cuatro
Evangelios; sin embargo, no disponemos hoy de ningún ejemplar siríaco de esa obra de Taciano.
Sólo se conoce por algunas traducciones libres al árabe, latín y holandés, y por una hoja de un
texto griego. No se ha definido aún la cuestión de si el Diatesarón fue escrito originalmente en
siríaco o en griego.

LA SIRIACA CURETONIANA. Este manuscrito de los Evangelios, hallado en un monasterio copto


de Egipto, quedó en posesión del Museo Británico en 1842. Se escribió en el siglo V y recibió su
nombre debido a su editor moderno, W. Cureton. La traducción de los cuatro Evangelios, de los
cuales es copia, se hizo alrededor del año 200 d. C.

LA SIRIACA SINAITICA. Este manuscrito de los Evangelios fue descubierto por las señoras A. S.
Lewis y A. D. Gibson en el monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí, en 1892. Es un
palimpsesto que proporciona una traducción quizá más antigua que la que presenta la Siríaca
Curetoniana. No se conserva ningún manuscrito de la antigua versión siríaca de Hechos o de las
epístolas de Pablo. Se conoce esta versión sólo por los Evangelios, las citas de los padres
orientales, y en el caso de Hechos, por el comentario de Efraín, que se conserva sólo en armenio.

La Peshito ( Peshitto o Peschito). "Peshito" significa "simple" o "común". " Esta traducción siríaca
se llamó así desde el siglo IX en adelante, quizá debido a que se había convertido en la más
difundida de las versiones siríacas. Se cree que su autor fue Rábula, obispo de Edesa de 411 a
435 d. C. En la Peshito faltan cuatro de las epístolas generales o "universales" (2 Pedro, Judas, 2
y 3 Juan) y el Apocalipsis. Esta nueva versión desplazó rápidamente a las traducciones más
antiguas, y fue la Biblia de ambas iglesias sirias después de que se dividieron en los grupos
nestoriano y monofisita en el 431 d. C. Se conocen más de 350 manuscritos de la Peshito, varios
de los cuales son de los siglos V y VI.

Las traducciones coptas. Recibe el nombre de copto, el idioma vernáculo de los cristianos
egipcios a partir del siglo III. El dialecto copto del bajo Egipto se llamaba bohaírico (o menfítico),
y el que se usaba en el alto Egipto era conocido como sahídico (o tebano). Se conocen más de
120 manuscritos del Nuevo Testamento en bohaírico, que datan quizá del siglo IX al XII. En esos
manuscritos hay pocas variantes y son reproducciones fieles del tipo de texto representado por
los grandes manuscritos griegos: el Vaticano y el Sinaítico. También existe una traducción
sahídica que es muy semejante en su forma textual con la versión bohaírica; pero contiene
variantes que se encuentran en el Códice de Beza, en las traducciones latinas antiguas y en las
siríacas antiguas. Los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento sahídico no son tan
abundantes como los que hay en bohaírico. Su fecha quizá esté entre los siglos V y IX. No se ha
establecido con seguridad cuándo se hicieron originalmente estas traducciones coptas; pero la
sahídica quizá apareció a principios del siglo III y la bohaírica poco después.

Citas de los padres de la iglesia

Los padres de la iglesia usaron muchísimo el Nuevo Testamento, como puede verse por el gran
número de citas que hay en sus obras. En los escritos de Justino Mártir hay 300 citas directas o
indirectas del Nuevo Testamento; en Ireneo, 1.800; en Clemente de Alejandría, 2.400; en
Tertuliano, más de 7.000; en Orígenes, casi 18.000. Las citas del Nuevo Testamento que hay en
la literatura cristiana antigua tienen aproximadamente el mismo valor para el estudio textual
que las traducciones antiguas, pues las obras compuestas en los siglos II y III son más antiguas
que la mayoría de los manuscritos bíblicos disponibles. Además, generalmente se sabe cuándo
y dónde vivieron los padres de la iglesia, y por lo tanto el carácter de sus citas con frecuencia
ayuda a encontrar el lugar y el tiempo aproximado del origen de ciertas variantes y de ciertos
tipos de texto. Por lo tanto, es razonable llegar a la conclusión de que el tipo de texto usado por
Cipriano, que escribió en el norte de África, probablemente era común en aquella parte del
mundo. Asimismo, el texto citado por Orígenes, que primero vivió en Alejandría y después en
Cesarea, lo más probable es que fuera una recensión o revisión de un texto hecha en Alejandría
o Cesarea. Cuando se hallan algunas citas de las obras de los padres de la iglesia que concuerdan
con ciertos manuscritos del Nuevo Testamento, se puede concluir que estos últimos representan
un texto tipo que era común en el tiempo y lugar en que escribieron esos padres.

Sin embargo, debe recordarse que el uso de citas por parte de los padres de la iglesia tiene sus
limitaciones. La mayoría de las citas son cortas, nunca se citan ciertos pasajes importantes del
Nuevo Testamento, y no se sabe si determinado escritor se citó de memoria o copió. Por eso es
engañoso declarar que cada variante que se encuentra en los padres es un testimonio
importante en favor de cierto tipo textual. También debería señalarse que los manuscritos en
donde están las obras de los padres han tenido su propia historia de transmisión, y quizá no
siempre representan con fidelidad lo que se escribió originalmente.

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