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La Virgen y El Tiempo

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CAPÍTULO TERCERO

LA VIRGEN Y EL TIEMPO

El papel de la Virgen María en la economía de la salvación, en general, y en la vida interior de


cada cristiano va tomando cada vez mayor relieve en el catolicismo contemporáneo. Hay algunos a
quien esto causa turbación, porque temen que este relieve pueda hacer aumentar la distancia que
nos separa de nuestros hermanos protestantes. Pero si, a nuestro parecer, de lo que se trata, en
esta acentuación de la mariología, es de una fidelidad a la inspiración del Espíritu, guiando en el
curso de los siglos a una toma de conciencia más explícita de la verdad contenida en la Escritura,
no podría ser por mucho tiempo causa de separación entre los cristianos.
Así pues, me gustaría mostrar en las páginas que siguen que el papel dado a María por el
catolicismo, en sus líneas esenciales -no hablo aquí de tal o cual forma de devoción que pudieran
comportar una desviación- no es una doctrina añadida a la Escritura, ni vete a saber qué
reviviscencia de paganismo, ni la sublimación de algún comportamiento instintivo, sino que
procede del conocimiento mismo de la Palabra de Dios, asimilada mejor a lo largo de los siglos por
la fe de la comunidad y por la tradición del magisterio bajo la acción del Espíritu que actúa siempre
en la Iglesia. Se trata simplemente, en efecto, de este hecho, el más misterioso entre todos -y que
no constituye una concesión a la razón, sino más bien un escándalo para ella-: que una mujer haya
sido escogida para ser la Madre de Dios y que, según los caminos de Dios, que son irreversibles,
esta mujer mantenga, en relación a los miembros de Cristo, el papel que tiene en relación al mismo
Cristo. Así pues, mostrar cómo el papel de la Virgen se encuentra en la línea de la Biblia es lo
primero que vamos a hacer. Será la mejor justificación del papel que seguimos reconociéndole en
el misterio presente de la historia y, singularmente, en el de la preparación de la venida de Cristo
en los pueblos que aún se encuentran en la situación del Adviento.

1. MARÍA Y EL ANTIGUO TESTAMENTO


María juega un papel capital en relación a la primera Parusía. Ella es, en efecto, la que culmina
la espera del pueblo judío, en la medida en que no es sino en ella sobre quien convergen y
confluyen todos los anhelos y todas las inspiraciones, todas las gracias, todas las prefiguraciones
de las que el Antiguo Testamento estuvo colmado; de tal manera que puede decirse que ella es la
que, en la proximidad de la venida de Cristo, resume y encarna aquella larga espera de veinte
siglos que la había precedido.

María, culminación del Antiguo Testamento


Todo el Antiguo Testamento viene, así, a concentrarse en ella, en un anhelo más ardiente y en
una preparación espiritual más plena ante la venida del Señor. Omnis vallis implebitur et omnis
collis humiliabitur. “Que todos los valles se llenen y todas las colinas se abajen.” La obra del
Antiguo Testamento fue la de llevar a cabo la educación de una humanidad llena de rugosidades y
asperezas, aún deforme, aún carnal, para convertirla poco a poco en capaz de acoger los dones de
Dios y de recibir el Espíritu Santo. Hubo, pues, una larga obra progresiva de educación. Es esta
educación la que culmina en el alma de la santa Virgen. De manera que si su alma escapa al
tiempo y es, en cierto sentido, como una presencia de la eternidad, puede decirse que ella fue
como preparada por toda la educación que recibió su estirpe.
María es la flor maravillosa que brotó de Israel en la culminación de aquella acción misteriosa
del Espíritu Santo, llevada a cabo en el alma de todos los profetas y de todas las santas de Israel.
Todo lo que se realizó en el alma de Raquel, en el alma de Rebeca, en el alma de Sara y en el alma
de Rut, en el alma de todas las mujeres del Antiguo Testamento, tiene su culminación en el alma de
María. Hasta el punto que puede decirse en verdad que, con ella, “todo valle se llena y toda colina
se abaja”. Es decir, ella es verdaderamente aquella sobre la que el Señor podrá avanzar sin que sus
pies se lastimen.
¿Cuál fue esta educación que era necesario dar a Israel, y por Israel a toda la humanidad, para
guiarla a ser de tal manera que el Señor pudiera poner sobre ella la pureza de sus pies? Ante todo,
era preciso infundirle el sentido de Dios. El Israel primitivo no tenía aún el sentido de Dios, o más
bien, tenía de Dios un sentido extremadamente tosco. Para él todo era Dios y nada consideraba ser
Dios. Esta humanidad primitiva era una humanidad que lo divinizaba todo, pero también que no
encontraba en ninguna parte al Dios verdadero: cualquier piedra izada, cualquier árbol coronando
una cima, cualquier fuente, era para ella una presencia misteriosa y oscura de lo divino. Era
esencialmente idólatra, es decir, adoraba a la criatura tomándola por el Creador.

María, respuesta fiel a la fidelidad de Dios


La primera obra de educación que el Espíritu Santo debió realizar en el corazón de la
humanidad, fue precisamente arrancarla de los ídolos para llevarla a confesar y a reconocer al Dios
único. Es un drama que constatamos a lo largo de la historia de Israel en la que, constantemente, el
pueblo quiere volver a los ídolos. Cada vez que entra en contacto con los egipcios, con los
cananeos, con los babilonios, le vemos atraído, con aquella especie de primitivismo que hay aún en
él, porque todavía es carnal y apegado a la naturaleza camal: es con cierta violencia que Dios lo
arranca de sus aspiraciones naturalistas, limitadas a las potencias de la tierra y de la vegetación,
para llevarlo a reconocer al Dios Santo, que es un Dios trascendente, un Dios insaciable, un Dios,
en cierto sentido, difícil de soportar, por una humanidad aún frágil, todavía tierna, para la que el
peso de Dios casi es agobiante, como Rilke dijo de los ángeles: “Su presencia es como el primer
nivel de lo terrible” (Elegías de Duino, I, 3). Es preciso que la humanidad se acostumbre a llevar
sobre sí a este Dios cuyo peso es tan agobiante para sus espaldas que primero intenta
desembarazarse de él. A lo largo de toda la historia de Israel, Dios reprocha continuamente a su
pueblo sus infidelidades, que son las de acudir a adorar en los altozanos de los montes y junto a los
árboles frondosos. En el libro de Ezequiel, en el capítulo 16, se dice: “En todas las plazas te hiciste
un prostíbulo y colocabas tu puesto en todas las calles; te instalaste en todas las encrucijadas y
manchaste tu belleza, abriéndote de piernas a todo el que pasaba, fornicando sin cesar” (24-25).
Israel fue infiel a su único Esposo, a Yahvé que lo había escogido para que lo tuviera sólo a él por
Esposo, sólo a él, como al Único, y al que le era infiel cada vez que ponía su atención en los falsos
dioses.
Encontramos, por el contrario, en la santa Virgen, en el término de esta lenta educación de
Israel, un sentido admirable de Dios y de su unidad. Si comparamos las infidelidades de Israel con
su fidelidad, vemos que se realiza plenamente en ella el misterio de esta educación de Israel: ella
es la Virgo fidelis, la virgen fiel, la virgen que jamás ha sido infiel, que ha respondido por medio de
su fidelidad a la fidelidad de Dios, la virgen consagrada al Dios único. Ciertamente es, pues, por
justo título que la liturgia le aplica las palabras de la Esposa del Cantar, que es el epitalamio de las
nupcias del Verbo con su pueblo, el poema de la Alianza, puesto que es ella, en último término,
aquella cuya fidelidad ha sido, después de tantas infidelidades, la respuesta de la humanidad a la
fidelidad de Dios. Puede decirse que, en el misterio de la santa Virgen, este primer aspecto es el
que podríamos relacionar con el Padre, que es, en la Trinidad santísima, la fuente de la unidad.

María, la llena de gracia


El misterio de la educación de Israel es, en segundo lugar, el misterio de la gracia, es decir, de
la comunicación de la vida divina a la humanidad. Podemos darnos cuenta de que, en su origen,
Israel no había comprendido esto totalmente. Creía que Dios lo había escogido para darle los
bienes temporales, para sacarlo de Egipto donde se encontraba bajo esclavitud y donde la vida no
le resultaba agradable; allí fabricó ladrillos con el barro y la paja amasados, bajo las órdenes de los
contramaestres egipcios; pensaba que Dios lo había conducido a través del desierto para hacerlo
entrar en posesión de la tierra prometida, es decir, de una tierra en la que manaban la verdadera
leche y la verdadera miel, la leche que se bebe y la miel que se come, una tierra en la que habrían
vacas espléndidas que darían hermosos becerros; una tierra en la que habría abejas cuya miel
alimentaría a los hijos de Israel. Esto es lo que interesaba al pueblo de Israel, lo que esperaba que
Dios le daría. Y Dios, que es bueno y paciente, Dios, que conoce a sus criaturas -“porque yo sé lo
que hay en el interior del hombre”- y que toma a los hombres tal como son, Dios tomó a este
pueblo tal como era, tomó a la humanidad, en sus comienzos, tal como era, de la misma manera
que, en nuestros comienzos, nos toma tal como somos, es decir, que primeramente, el dio a los
hombres, para hacérselos suyos, lo que ellos le pedían. En consecuencia, habiendo escogido a este
pueblo, primero le prometió una cierta felicidad humana, terrenal; más tarde, después de haberle
dado bienes, poco a poco, intentó hacerle comprender que esto no era de lo que se trataba y
progresivamente le fue retirando estos bienes temporales; fue poniendo poco a poco en el interior
del misterio de Israel, el misterio de la Cruz, que es aquel por el cual Dios hace que nos
desprendamos de las cosas a las que nos atamos con demasiada avidez, para que nos vaciemos de
nosotros mismos a fin de llenamos de él.
Este misterio de la Cruz está presenta en la historia de Israel: es el misterio del justo caído en
la desgracia, que encontramos en el libro de Job, este libro tan misterioso que encontramos en el
corazón del Antiguo Testamento, tan escandaloso para el alma judía, el misterio del que no percibe
el mal que ha hecho y al que, sin embargo, Dios somete a prueba. Y Job no conoce aún la
respuesta. “Sólo sé una cosa, y es que yo no he merecido estas penas y he caído en la desgracia,
pero adoro el designio de Dios que no comprendo.” Lo que tiene lugar es, en realidad, un plan muy
inteligible y lleno de sentido. Dios mostraba a Job, y por él al pueblo de Israel, que él jamás había
prometido los bienes de la tierra a sus amigos. Y nosotros podemos recordar las palabras de Pío XI
a propósito de la canonización de una santa italiana: que para comprobar el valor que Dios da a los
bienes de la tierra, sólo hace falta fijarse en quién los da; podemos constatar hasta qué punto se
compromete poco a darlos a sus amigos, puesto que los da también a sus enemigos. La
desigualdad en el reparto de los bienes temporales que constatamos, que no corresponde en
absoluto a una jerarquía de méritos, es la prueba de que Dios no les da valor alguno y que los
verdaderos bienes son los bienes espirituales. Poco a poco, pues, a través de toda la historia de
Israel, Dios ha intentado que su pueblo se desprendiera de los bienes camales y le ha llevado a
hacerle comprender que era otra cosa la que él le quería dar. Pero sabemos hasta qué punto le
costó al pueblo comprender esta enseñanza, puesto que, cuando vino Cristo, los judíos quedaron
decepcionados; esperaban un soberano temporal que les diera el poder sobre las naciones y, en
lugar de esta gloria, vieron a un crucificado. Y aún poco antes de la Ascensión de Cristo, los
Apóstoles le preguntaron: “¿Pero, Señor, cuándo vendrás a restablecer el reino de Israel?”.
En la Virgen contemplamos el resultado perfecto de esta educación de Dios. Ella es aquella de
la que san Bernardo nos dice que la única cosa que pidió es la gracia: El semper inveniet
gratiam. Ella no hizo como Salomón, que pidió la sabiduría. Ella pidió la gracia puesto que la gracia
es lo único de lo que tenemos necesidad. Ella es, pues, la que posee la perfecta sabiduría, es decir,
aquella en la que precisamente la obra de la sabiduría se realizó perfectamente y la que,
poseyendo la perfecta sabiduría -sapientia quiere decir recta sapere, saborear las cosas de
manera correctas, apreciar el sabor de las cosas espirituales-, puesto que ella encuentra gusto en
las cosas espirituales, pidió las cosas espirituales, pidió la gracia y la obtuvo. Ave Maria, gratia
plena. Ella es la que escuchó la bienaventurada expresión: “Llena eres de gracia”. ¿Por qué eres
llena de gracia? Porque eres la que quiso la gracia, que sólo quiso la gracia, que comprendió que
sólo una cosa era necesaria y que, por eso mismo, la obtuvo. También sobre este aspecto puede
decirse que ella acaba perfectamente la educación dada por Dios a Israel.

María, madre de todos los hombres


Por último, en tercer lugar. Dios quería enseñar a Israel que él era el Dios de todos los hombres
y no solamente el Dios de Israel. Es por aquí por donde el drama explota al máximo y que a este
Israel “duro de cerviz” le costó aceptar el plan que Dios tenía para él: es en este aspecto en el que
este plan podía parecer más paradoxal. Dios empezó por escoger a Israel. Durante diecinueve
siglos Israel fue el único; despreció a los otros pueblos que, en efecto, no habían sido escogidos.
Pero, sin embargo, poco a poco Dios intentó haber comprender a este pueblo que si él lo había
escogido, no lo había hecho por él mismo; lo había sido para ser el instrumento de sus designios
ante los otros pueblos. Esto, Israel lo comprendió, en primer lugar, como dominio que debía ejercer
sobre los demás y cuyo primer puesto él ocuparía. Sólo fue poco a poco que el plan de Dios se le
fue manifestando; plan según el cual él estaba destinado a preparar la venida del Señor, pero,
cuando el Señor vendría debía desaparecer y convertirse en un pueblo entre los demás. Y es esto lo
que no aceptó; se negó a entrar en este rango y a perderse entre los otros pueblos.
En la santa Virgen, que es el fruto del pueblo de Israel, vemos, por el contrario, esta aceptación
del plan de Dios y este amor universal. Ella no es sólo la hija de Israel, sino que ella es aquella en la
que la estirpe de Israel se abre a la entera humanidad, puesto que es a la vez hija de Abrahán e
hija de David y, al mismo tiempo, mater divinae gratiae, mediadora universal, madre del género
humano. En ella se hace plenamente realidad, pues, la promesa hecha a Israel: tener un papel
particular, que le será dado en relación a toda la humanidad. Y es verdaderamente ella, nacida de
la estirpe de Abrahán, eternamente judía, la que es al mismo tiempo la madre de todos los
hombres. Ella es la que aceptó no ser solamente judía; es la que aceptó que su corazón se
ensanchara hasta los límites del mundo; es la que renunció a su privilegio de nacimiento y la que,
por eso mismo, alcanzó un privilegio infinitamente más grande aún, que es el de la universalidad.
De esta manera la santa Virgen es verdaderamente el resultado perfecto, en la meta de la historia
de Israel, de lo que Dios había querido llevar a cabo.
Es el misterio de la pasión de su corazón. Lo que muere en el corazón de María la tarde de la
Pasión es este amor aún humano, todavía camal, hacia Cristo en particular. Y lo que resucita en el
corazón de María el día de la Resurrección es su maternidad universal para con todos los hombres.
En aquel momento, algo debió morir en el corazón de María; es el punto final de una felicidad muy
grande, la de esos treinta y tres años que ella había vivido con el Hijo de Dios hecho hombre. Es por
este motivo que, cuando Cristo le dijo, mostrándole a Juan: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”, su
corazón quedó traspasado hasta el fondo por una espada, puesto que, en efecto, era el final de una
realidad maravillosa. En aquel momento, ella fue más allá de aquel amor concentrado en la
humanidad de Jesús para dilatar su corazón a la medida de toda la humanidad, Y esto no podía
hacerse sino a través de la muerte, por la muerte del corazón; sólo podía hacerse por medio de
aquella pasión del corazón tan profunda como la pasión del cuerpo de su Hijo. Porque este
incremento de la caridad, esta dilatación de la caridad por medio de la que ella abraza al mundo,
no puede hacerse, digámoslo una vez más, sino por medio de la muerte. Se hace por medio de la
muerte en cada una de nuestras vidas, cuando vamos más allá de cuanto hay de demasiado
limitado en nosotros para ensanchar verdaderamente nuestro corazón según la medida del corazón
de Cristo. Y es también esto lo que constituye la realidad de la historia de todo pueblo en la medida
en que es necesario, para que cada pueblo entre también en el cuerpo de Cristo, que sepa,
igualmente, superar cuanto hay en él precisamente de demasiado limitado, renunciar a su
imperialismo. Es un aspecto del misterio de Cristo que reúne todas las cosas por medio de su cruz.

2. MARÍA Y LA IGLESIA

Todo esto, que es la preparación y la prefiguración de Cristo en el alma de la Virgen, sigue


siendo para nosotros una realidad actual, puesto que el misterio que vivimos en este momento en
el mundo es el de esta venida progresiva de Cristo en todas las almas y en todas las naciones. Si
Cristo, en efecto, vino según la carne, en la cima de la esperanza de Israel, y si María vio al que ella
esperaba, si ella sostuvo en sus brazos al niño nacido en Belén, si ella pudo saludar, como Simeón,
al esperado de las naciones, podemos decir que Jesús ha venido. Ha venido, pero siempre es el que
ha de venir. Ha venido, pero no en plenitud. Y si la espera de Israel fue colmada, esta espera, sin
embargo, sigue todavía. Nosotros nos encontramos siempre en el Adviento, en la espera de la
venida del Mesías. Vino, pero aún no se ha manifestado plenamente. Ni se ha manifestado
plenamente en cada una de nuestras almas, ni se ha manifestado plenamente en la entera
humanidad, es decir, que así como Jesús nació según la carne en Belén de Judea, igualmente debe
nacer espiritualmente en cada una de nuestras almas. Hay una Navidad perpetua de Jesús en
nosotros que es el misterio total de la vida espiritual. Es preciso que constantemente nos
transformemos en Jesús, que nos hagamos nuestras las características del Corazón de Jesús, los
juicios y la manera de pensar de Jesús. Porque ser cristiano es irnos transformando poco a poco en
Jesucristo, de manera que seamos verdaderamente los hijos del Padre, puesto que sólo son hijos
del Padre aquellos que han sido transformados plenamente en el Hijo, y el misterio de la vida
cristiana es el de la transformación de cada una de nuestras almas en Jesús. Así también, en cuanto
a la humanidad entera, Jesús aún no ha venido plenamente, ha venido en algunos grupos, pero no
ha venido en todos. Hay zonas enteras de la humanidad en las que Jesús todavía no ha nacido. El
Cristo místico aún no es total, aún se encuentra mutilado, incompleto y la plegaria misionera es,
pues, el deseo de la venida de Jesús en el mundo entero, de tal manera que el cuerpo de Cristo
alcance así su plena medida.

María prepara la venida de Jesús en las almas


Y todo lo que es verdad acerca de la preparación de la venida de Cristo en la carne, sigue
siendo verdad en lo que afecta a la preparación espiritual de la venida de Jesús en nuestras almas y
a la venida espiritual de Jesús en el cuerpo místico por entero, porque el plan de Dios es uno. Y así
como María jugó un papel eminente -y es aquí donde tocamos el fondo mismo del misterio de la
Virgen-, así como María jugó un papel eminente y particular en relación al nacimiento de Jesús,
según la carne, puesto que le dio la carne con la que nació, así también María continúa jugando un
papel eminente en la preparación de las venidas actuales de Jesús. Puede decirse, pues, que María
continúa transitando por el mundo, como decían los Padres, a fin de ser siempre para él la que
prepara la venida de Jesús. Esto es verdad, en primer lugar, en cuanto a cada una de nuestras
almas. Puede decirse con toda verdad que María tiene un papel particular en nuestras vidas
espirituales porque es ella la que prepara las venidas de Jesús en nosotros y la que,
progresivamente, va dando forma en nosotros a Jesús. Este papel de María está en estrecha
relación con el espíritu de la infancia espiritual. Pero de la misma manera que el espíritu de infancia
no es en modo alguno una sublimación de la nostalgia de la infancia, igualmente, la devoción
mariana no es de ninguna manera una sublimación de la maternidad humana. Lejos de ser una
humanización del cristianismo, el papel de María en el plan de Dios es, para la razón humana, uno
de los aspectos más desconcertantes de la Encamación y es por esta razón que nuestros
racionalismos intentan olvidarlo. Introduce a quienes lo aceptan en aquella infancia espiritual en la
que se encuentran las promesas del Reino de Dios.

María, figura y anticipación de ¡a Iglesia


Pero al lado de este aspecto, que es individual, hay otro que es el del papel de la santa Virgen
en relación a la venida de Cristo a los pueblos en los que todavía no ha venido. Es aquí donde nos
encontramos con el aspecto específicamente misionero del misterio de María. El misterio de la
santa Virgen consiste en que ella ya existe antes de que Jesús exista; ella está presente en Israel
antes de que Jesús esté presente en él. Y ella es ya en Israel una misteriosa presencia, me atrevería
a decir, de Jesús antes de Jesús, puesto que ella está por entero en relación con Jesús y nada hay
en ella que no esté en función de Jesús. A ella la encontramos, pues, en el espacio que precede a la
Encamación. Parece como si hubiera un momento en el que la Iglesia ya existiera, puesto que
María es la figura de la Iglesia y de la humanidad salvada por Cristo, antes de la existencia de
Jesús. Misteriosamente, también, encontramos a María en el espacio que separa la Ascensión de
Pentecostés, el espacio espiritual en el que Jesús ya no está, porque ha subido a su gloria, mientras
que María sí que está, antes de que la Iglesia exista institucionalmente, puesto que la Iglesia visible
no existe sino después de Pentecostés. Sólo es en Pentecostés cuando el Espíritu Santo derramado
sobre los Apóstoles les constituirá en Iglesia jerárquica. Pero, sin embargo, puesto que allí está
María, también está allí la Iglesia.
Comprendemos entonces cuál es el papel misterioso de la santa Virgen en los pueblos
paganos: en ellos no está la Iglesia, Jesús no está todavía en ellos y, sin embargo, la Iglesia ya está
allí porque María está allí. Antes de que los pueblos paganos se conviertan a Cristo, antes de que la
Iglesia visible no se implante en ellos, se da, pues, una misteriosa presencia de María que prepara,
que prefigura a la Iglesia, que es como una anticipación de lo que será la Iglesia. Se da una relación
muy misteriosa y muy profunda de María en los pueblos paganos. Podemos acordamos de aquel
pasaje de Péguy en el que explica que no puede decir el “Padre nuestro”, pero sí que puede decir,
en cambio, el “Dios te salve, María”. Muchos pecadores no pueden decir el “Padre nuestro” pero,
sin embargo, dicen el Avemaria. Nos encontramos aquí con algo muy cierto. Cuando uno no puede
decir el “Padre nuestro”, porque no es digno de decirlo, si uno no tiene las disposiciones filiales, en
estado de gracia, parece que no obstante puede decir “Dios te salve, María” puesto que hay una
presencia de María allí donde Jesús y la gracia aún no están. He aquí porque hay una relación
misteriosa entre María y los pecadores. Es esto lo que experimentan muchos pecadores que rezan
a María cuando no pueden aún rezar a Jesús.
Igualmente hay una presencia de María en estos pueblos que viven aún en las tinieblas. Jesús y
la Iglesia no están allí y, sin embargo, María sí está. He aquí porque hay una misteriosa protección,
una misteriosa preparación mariana en los pueblos paganos que aún no conocen a Cristo. Por eso
podemos invocarla especialmente por ellos. Sabemos que ella es el canal de una gracia misteriosa
y que allí por donde la gracia de Jesús no puede aún pasar, hay gracias marianas que pasan: son
las gracias de las preparaciones. La teología distingue, al lado de la gracia santificante, la que
denomina la gracia preveniente, es decir, cuando aún no nos encontramos en estado de gracia no
por ello somos ajenos a toda gracia; pero hay gracias para los que no están todavía en estado de
gracia y son precisamente aquellas gracias que les preparan para la Gracia, ya que si no tuvieran
lugar gracias que nos prepararan para la Gracia, nunca llegaríamos a ella, siendo así que es sólo
por ellas que podemos alcanzarla. El papel de María puede compararse a esto. Ella es la gracia allí
donde la gracia aún no está, la gracia que previene y que prepara. Por eso podemos decir que hay
esta relación particular de María en relación a los pueblos paganos. Los pueblos paganos se
encuentran todavía en la situación en la que se encontraban los judíos antes de la venida de Jesús,
allí donde se encontraban los Apóstoles antes de la donación del Espíritu Santo y antes de que la
Iglesia estuviera visiblemente constituida.
De esta presencia escondida de María, podemos detectar algunos signos. En el islamismo, a
decir verdad, es más que una presencia escondida. Si bien los musulmanes no reconocen a Jesús
en su plenitud, rinden a María, por el contrario, un gran homenaje. ¿Cómo no podemos pensar
entonces que María no los conducirá un día hasta Jesús? Son los únicos descendientes de Abrahán
que reconocen y proclaman su pureza. Aquí también se nos manifiestan las profundidades
teologales y propiamente marianas de la historia.
Más escondida, pero también real, y no ya a través de un reflejo de revelaciones, sino en la
alborada de las prefiguraciones, se nos manifiesta la presencia mariana en las civilizaciones de
Extremo Oriente. Se nos muestra bajo dos formas diferentes que corresponden a los talantes de
estas razas. En China, se encuentra prefigurada como madre. El culto de la madre constituye en la
civilización china un sello muy particular. Leí en el testimonio de una estudiante china: “La
devoción mariana reviste en un cristiano chino la forma de la piedad filial; su educación lo explica.
Tengamos presente los honores dados a los progenitores. De esta piedad filial, gran parte
corresponde a la madre. En China, el honor que se tributa al mérito propio de alguien redunda
siempre en alabanza de su madre.” Es así como el culto de la madre puede disponer al pueblo
chino a reconocer a Cristo pasando por María.
En la India, por el contrario, la glorificada es la que es virgen: a través de toda la historia de
este país podemos ver el culto que se rinde a la diosa virgen y el culto de la virginidad. Si quizá
corresponda a la China profundizar en la Maternidad de María, es la India la que quizá descubra las
riquezas de su Virginidad.

Presencia de María en el mundo


Por último, podemos decir que lo que es verdad de los pueblos paganos lo es también, en
cierto sentido, de la humanidad entera. No son sólo los pueblos paganos los que se encuentran en
el Adviento, sino que la Iglesia está a la espera de una plenitud que no ha alcanzado todavía,
puesto que si bien Cristo se encuentra vivo y vivificante en su Iglesia, lo está de manera escondida,
oscura, misteriosa. Su reinado todavía no se ha manifestado ni en su plena realeza ni en su plena
dignidad de cabeza de su pueblo. Así pues, en este sentido, nos encontramos todavía en un tiempo
que precede a la verdadera Iglesia, que precede a la Jerusalén celestial de la que podemos decir
que nuestra Iglesia presente no es sino la prefiguración. Se da todavía una ausencia de Jesús al
lado de una presencia de Jesús, y por eso hay una presencia particular de María en la medida en la
que ella es la que prepara la venida definitiva de Jesús. Por eso ella llenó con su presencia el
espacio que separó la Ascensión de Pentecostés. Este gran espacio en el que nos encontramos
actualmente es aún una espera y es aún un Adviento, y también la preparación de la Jerusalén
celestial y de la Iglesia definitiva. Nos encontramos todavía como entre sombras. Los sacramentos
se mueven en este contexto, la jerarquía visible es la figura del banquete celestial;
el Bautismo lo es de la purificación definitiva que nos permitirá entrar en la gloria del Padre.

María en el corazón de la Iglesia


Por esta razón, María ocupa un lugar muy significativo en el mundo y juega en él un papel
primordial. Ella es, precisamente, la que prepara también en el interior de la Iglesia esta definitiva
instauración. Nosotros asistimos a una manifestación progresiva de María en la Iglesia. Esto se
expresa, en primer lugar, a través de estos dogmas sucesivos por los que este papel misterioso se
pone de manifiesto. Y desde que en el siglo V, en el concilio de Éfeso, recibió el nombre de
“theotokos” (Madre de Dios), diversos aspectos de su papel se fueron dando a conocer, poco a
poco, a través de todos los siglos cristianos. Desde esta perspectiva, tenemos, en medio del siglo
XIX, la atención prestada a su Inmaculada Concepción y, en nuestro tiempo, la prestada a misterios
tales como el de su mediación de toda gracia o el de su Asunción. Estos dogmas son una toma de
conciencia, por parte de la Iglesia, de una realidad espiritual que había en ella poseía sin que
hubiera tomado plena conciencia de la misma. Puede decirse que la Iglesia va haciendo que se
despierte en ella su conciencia mariana, que va tomando cada vez mayor conciencia de la realidad
y del lugar de María en su interior. Por eso valoramos tanto esta presencia de María en la Iglesia; es
un tesoro que debemos guardar y acrecentar.
Esta manifestación de María se expresa también por medio de su descubrimiento progresivo en
la Escritura. La meditación de los santos a través de los siglos hace que se pongan de manifiesto
cada vez más las figuras de María que la Escritura contiene; “Tú fuiste escogida antes de los siglos,
escribe Adán de San Víctor, tú estuviste largo tiempo escondida bajo la corteza de las Escrituras. Tú
eres el tronco del que debía brotar la flor del mundo, Cristo. Tú eres la que creemos que fuiste
prefigurada por adelantado por medio del trono de Salomón, por el velo de Gedeón y por la zarza
que no se consumía”. Es ella de quien la contemplación colectiva de la Iglesia, reflejada en la
liturgia, ha descubierto su figura en la “Sabiduría creada antes de los abismos y que jugaba con los
hijos de los hombres”, y en la mujer que aplasta la serpiente, en Judit que triunfa de los enemigos
de Dios y en Ester que intercede por su pueblo. Es ella la que la Iglesia de Oriente nos muestra en
la Esposa del Cantar. Es ella en quien, el oficio reciente de la Medalla milagrosa, nos muestra a la
mujer que habita el desierto del Apocalipsis, y el oficio de la Aparición de Lourdes, a la mujer
coronada con doce estrellas. En todas estas figuras, la tradición veía, en primer lugar, por justo
título, profecías de la Iglesia futura. Pero la contemplación cristiana las ha personalizado poco a
poco en María.

María y el Espíritu Santo


Y al mismo tiempo que la manifestación de María parece que se hace visiblemente más
radiante, en el mundo interior y escondido de la santidad se hace patente cada vez más que toda
santificación se realiza por medio de una unión filial al fíat de María. Si ella es la mediadora de
todas las gracias, puesto que su misión es, mientras el mundo perdure, formar a Cristo en las
almas, donde ella ejerce su misión de manera eminente es en las almas de oración y de plegaria. Si
la santidad es la acción de Dios que da forma, según su voluntad, a las almas que se le entregan
totalmente, puede decirse que toda gracia de santidad es una participación en la gracia de María,
que fue el alma que se abandonó plenamente en manos de Dios. Y si es por el Espíritu Santo que se
obra toda santidad, puede decirse que el papel que tiene María en esta obra se muestra
sucesivamente cada vez con mayor claridad, porque siempre es sobre ella que es derramado el
Espíritu Santo: desde la Encarnación, Spiritus Domini superveniet in te, hasta Pentecostés, et
erat mater Jesu ibi.
Hay una relación muy particular entre la santa Virgen y el Espíritu Santo. Si, en un primer
momento, hemos dicho que la Virgen fue, ante todo, la que había reconocido al Padre, la perfecta
adoradora del Padre; si hemos dicho, en un segundo momento, que ella fue la que preparó la
venida del Verbo y que, por tanto, estuvo destinada por entero a la generación del Verbo en las
almas y en la Iglesia; ella es también de una manera muy misteriosa la que la Iglesia denomina
Esposa del Espíritu Santo, es decir, aquella que, con el Espíritu Santo, trabaja en medio de la
humanidad para la edificación de la Jerusalén celestial. Si el Espíritu Santo fue dado con abundancia
en el Cenáculo es porque María estaba allí; en todas las épocas en las que la Virgen está presente,
el Espíritu Santo es derramado abundantemente y lleva a cabo las grandes obras de Dios. Por este
motivo, tenemos puesta una gran esperanza en que, en la misma medida en la que nuestro siglo es
un siglo mariano, en la medida en que ponemos nuestros ojos en estos grandes misterios marianos
de la Asunción y de la Mediación, Dios prepara en la Iglesia, misteriosamente, una nueva efusión
del Espíritu Santo, un nuevo Pentecostés. En este sentido la presencia de María es también una
prenda y una promesa de la venida cercana del Espíritu, es decir, de la conversión de los infieles y,
ésta es nuestra profunda convicción, de la unidad de los cristianos.

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