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Unidad 2. La Verdad. Portadores, Definiciones y Criterios.

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Unidad 2

Nociones preliminares de teoría del conocimiento,


filosofía del lenguaje y lógica

1. La verdad

El conocimiento es conocimiento verdadero: para que X sepa que p, "p" tiene que
ser verdadera (o, como mínimo, X no debe tener razones para considerarla falsa). Pero,
¿qué quiere decir "verdadero"? Cuando "verdadero" se aplica a una parte de lo que decimos
-y no, por ejemplo, a personas, según se lo hace al decir "Fulano es un verdadero amigo"-,
la verdad plantea tres problemas filosóficos: a) ¿cuáles son las cosas que son verdaderas o
falsas?; b) ¿qué tiene que pasar para que una de esas cosas sea verdadera?; c) ¿cómo se
averigua si lo es? a) pregunta por los "portadores de la verdad"; b), por la definición de la
verdad, y c), por un criterio de verdad. Comenzaremos por el primero de estos problemas.

2. El problema de los portadores de verdad: oraciones, proposiciones,


afirmaciones

Los candidatos habituales a portadores de verdad son las oraciones, las


afirmaciones, las proposiciones y las creencias. Especificaremos lo que se entiende por las
tres primeras (es muy difícil, o tal vez imposible, definir satisfactoriamente la noción de
creencia; y, por otra parte, la creencia -no su contenido sino ella misma como estado
mental- no parece un buen candidato a portador de verdad primario, pudiendo ser, en todo
caso, un portador que será verdadero de manera derivada cuando lo sea su contenido u
objeto, esto es, lo creído, que será alguno de los otros candidatos). Una oración es una
cadena de expresiones del lenguaje natural, gramaticalmente correcta y completa; por
ejemplo, "La nieve es blanca", "Cierre la ventana", "¿Qué hora es?" son oraciones. Hay que
distinguir entre oraciones-tipo y oraciones-caso. Una oración-caso es un objeto físico, una
sucesión de marcas en el papel o de ondas sonoras. Cuando se considera a dos o más casos
como emisiones (es decir, como inscripciones o proferencias) de la misma oración, "la
misma oración" significa la misma oración-tipo. Por ejemplo, las dos inscripciones

1
Todos los chapistas son bohemios
Todos los chapistas son bohemios

son casos del mismo tipo. Una oración-tipo es, o bien un modelo ejemplificado por casos
similares, o bien una clase de casos similares. Qué criterio de identidad hay que adoptar
para las oraciones-tipo, es una cuestión discutida; algunos exigen similitud tipográfica o
auditiva, y otros, igualdad de significado. Hay que distinguir las oraciones declarativas de
las interrogativas, imperativas y exclamativas. Son oraciones declarativas, no sólo las que
tienen el verbo principal en indicativo, sino también, por ejemplo, los condicionales cuyo
verbo principal está en subjuntivo. Si los portadores de verdad fueran oraciones, podríamos
decir que las oraciones declarativas -a diferencia de las interrogativas, etc.- se caracterizan
por ser verdaderas o falsas (pero tendríamos que agregar que lo mismo ocurre con ciertas
oraciones interrogativas, a saber, las preguntas retóricas).
Una afirmación es lo que se hace cuando se emite una oración. La palabra
"afirmación" es, al igual que "creencia", un caso de polisemia acto-contenido; en este
momento la estamos usando en el segundo sentido, para referirnos a lo afirmado, y no al
acto de afirmarlo. Suele decirse que dos o más emisiones hacen la misma afirmación
cuando "dicen lo mismo sobre la misma cosa", interpretación que funciona bastante bien en
casos sencillos como éste:

Tengo calor (dicho por x)


Usted tiene calor (dicho por y a x)
J'ai chaud (dicho por x)

Una proposición es lo que tienen en común todas las oraciones declarativas


sinónimas, como "Juan ama a María" y "María es amada por Juan", o "Llueve" y "Es
regnet". Cuando dos oraciones significan lo mismo, se dice que expresan la misma
proposición. Oraciones de distinta clase pueden tener el mismo "contenido proposicional".
Así, por ejemplo,

Juan cierra la ventana.

2
¡Cerrá la ventana, Juan!
¿Juan cerró la ventana?

tienen como contenido proposicional común "cerrar Juan la ventana", pero sólo en la
primera dicho contenido aparece en forma de proposición.
Oraciones, afirmaciones y proposiciones son cosas distintas; en principio, y
dependiendo de cuáles fueran los criterios de identidad para cada una de ellas, se podría
tener

la misma oración/diferente afirmación/diferente proposición


diferente oración/la misma afirmación/diferente proposición
diferente oración/diferente afirmación/la misma proposición

Varios autores han sostenido que los portadores de verdad no pueden ser las
oraciones. Uno de los argumentos que se presentan en apoyo de esta tesis es que si las
oraciones fueran verdaderas o falsas, algunas oraciones serían a veces verdaderas y a veces
falsas; otro es que algunas oraciones, por ejemplo las imperativas, no son ni verdaderas ni
falsas, de modo que no todas las oraciones pueden ser verdaderas o falsas. Como señala
Haack (1978, pp. 100-101), estos argumentos no parecen concluyentes, pero sugieren que,
sean cuales fueren las cosas que se elijan como portadores de verdad, deberían satisfacer
dos desiderata: 1) que su valor de verdad no cambie; 2) que todos los miembros de la clase
pertinente sean verdaderos o falsos. Dejando a un lado la cuestión de si estos desiderata son
en sí mismos aceptables, resulta que a las afirmaciones y las proposiciones no les va mejor
que a las oraciones con respecto a ellos.
Dos emisiones separadas por unos segundos de "Juan está sentado" pueden ser una
verdadera y la otra falsa. Podríamos impedir que cambiara el valor de verdad de las
afirmaciones haciendo tan estricto su criterio de identidad como para no admitir que dos
emisiones no simultáneas hagan la misma afirmación. Pero esto establecería una
correspondencia uno a uno entre afirmaciones y oraciones-caso y ya no estaría claro para
qué sirve distinguirlas.
También puede cambiar el valor de verdad de la proposición expresada por una
oración; por ejemplo, la proposición expresada por la oración "El actual presidente de la

3
República es un militar" en un tiempo fue verdadera y ahora es falsa. Algunos han
rechazado esto haciendo estricto el criterio de identidad para proposiciones, pero esto es
vulnerable a una objeción similar a la que se hizo en el párrafo anterior.
Strawson parece sostener que algunos usos de oraciones declarativas -por ejemplo,
durante la representación de una obra de teatro o al escribir una novela- no hacen
afirmaciones. Pero, con respecto a las oraciones cuyo sujeto no denota nada, como "El
actual rey de Francia es calvo", se muestra ambiguo acerca de si no hacen ninguna
afirmación o hacen una que no es ni verdadera ni falsa. Si ocurriera esto último, algunas
afirmaciones carecerían de valor de verdad.
En esto a las proposiciones les va hasta cierto punto mejor que a las oraciones.
Algunas oraciones que, según se dice, no son ni verdaderas ni falsas, como "César es un
número primo", carecen de sentido a pesar de ser gramaticalmente correctas, y, por lo tanto,
no expresan ninguna proposición. Las oraciones interrogativas y las imperativas no son ni
verdaderas ni falsas, y tampoco expresan proposiciones. Pero es dudoso que pueda
especificarse qué tipos de oración expresan proposiciones (nada distingue a las preguntas
retóricas de las demás oraciones interrogativas salvo el hecho de que sólo las primeras
expresan proposiciones -o son portadoras de verdad, o la variante que se prefiera con
respecto a esta cuestión-). Y, según algunos autores, ciertas oraciones declarativas -por
ejemplo, oraciones vagas y oraciones acerca de futuros contingentes- no son ni verdaderas
ni falsas a pesar de ser significativas, con lo cual expresan proposiciones que no son ni
verdaderas ni falsas.
No hace falta insistir en que a las oraciones no les va mejor. Hemos mencionado ya
oraciones que pueden no tener ningún valor de verdad. Y es evidente que muchas
oraciones-tipo cambian su valor de verdad; por ejemplo, "Está lloviendo". Incluso pueden
hacerlo algunas oraciones-caso; un caso de "Patricia está planchando", escrito en mi
cuaderno, podría ser verdadero a la mañana y falso a la noche. Pero esto puede arreglarse
mediante una plausible convención según la cual el valor de verdad de una oración-caso es
el que tiene cuando finaliza su emisión. Quine ha sostenido que podemos especificar clases
de oraciones cuyo valor de verdad no cambia; incluyen a las oraciones que expresan leyes,
para las que no son pertinentes las consideraciones temporales, y oraciones con una
especificación completa de tiempo y lugar, en las que los verbos en forma temporal y las
expresiones como "ahora" se reemplazan por verbos en forma no temporal, fechas y

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momentos. Quine llama "oraciones eternas" a estas oraciones cuyo valor de verdad
permanece constante.
Haack (1978, p.103) sostiene que exigencias como 1) y 2), impuestas por quienes
rechazan a las oraciones como portadores de verdad, pero que de todos modos las
afirmaciones y proposiciones tampoco logran satisfacer, surgen, por otra parte, de
supuestos cuestionables sobre la teoría de la verdad, a saber, que una teoría correcta debe
ser bivalente (esto es, postular o suponer dos valores de verdad) y producir verdad
atemporal.
Una sola cosa más diremos sobre el problema de los portadores de verdad -que, por
supuesto, sigue siendo actualmente un problemas filosófico no resuelto-: es otro de los
problemas que no se pueden resolver mediante el análisis del lenguaje ordinario. En efecto,
la pregunta correspondiente no está implícitamente respondida en dicho lenguaje; la gente
común atribuye verdad a lo que se dice sin pronunciarse en modo alguno sobre la
naturaleza o el status ontológico de lo que se dice.

3. Teorías de la verdad: definiciones y criterios

Pasamos ahora al segundo de los problemas filosóficos antes mencionados, esto es,
a la pregunta "¿Qué es la verdad?", que le fuera hecha nada menos que a Jesucristo por
Poncio Pilatos. De los varios sentidos que se le pueden atribuir a esta pregunta, nos
quedaremos solamente con el que corresponde a las formulación que antes le dimos, esto
es, la entenderemos como sinónima de "¿Qué tiene que pasar para que un portador de
verdad sea verdadero?". Cualquier respuesta a esa pregunta constituye lo que en la
terminología filosófica se llama una "teoría de la verdad". A continuación trataremos de
esbozar los principales tipos de teorías de la verdad que se han propuesto.
Para las teorías coherentistas, una creencia es verdadera (o falsa) sólo en la medida
en que forma parte de un sistema de creencias, y su verdad consiste en cierta relación de
coherencia con las demás creencias del sistema. Se necesita especificar en qué consiste esta
relación de "coherencia"; algunos críticos de la teoría han supuesto que se trata sólo de
consistencia (algo parecido a la no-contradicción), pero sus defensores la entienden como
consistencia y exhaustividad (se dice que un conjunto de creencias es exhaustivo si no se le
puede agregar ninguna creencia nueva sin volverlo inconsistente). Para las teorías

5
correspondentistas, la verdad de una proposición consiste, no en su relación con otras
proposiciones, sino en su relación con el mundo, en su correspondencia con los hechos. La
teoría pragmatista -en una versión extrema que tal vez no haya sido defendida por nadie,
pero que sin embargo es la más difundida- dice que una creencia es verdadera si
"funciona", si conduce a un comportamiento eficaz. En las variantes más matizadas -por
ejemplo, en la desarrollada por Peirce-, combina las dos teorías anteriores, admitiendo que
la verdad de una creencia consiste en su correspondencia con la realidad, pero sosteniendo
que se manifiesta por su coherencia con otras creencias. La teoría de la redundancia,
propuesta por Ramsey en 1927, afirma que "verdadero" es redundante, pues decir que "p"
es verdadero es equivalente a decir que p.
Hay que distinguir entre definiciones de la verdad (esto es, de la expresión
"enunciado verdadero") y criterios de verdad. Mientras que una definición da el significado
de "enunciado verdadero", un criterio es un test, método o procedimiento para determinar si
un enunciado es verdadero o falso. Suele decirse, sin embargo, que la definición de
cualquier palabra o expresión es un criterio para su aplicación, y en cierto sentido esto es
efectivamente así. Lo que sucede en que en algunos casos averiguar si se da lo que dice la
definición de "x" es tan difícil como averiguar si se da x, y en estos casos la definición no
constituye un criterio en el sentido de la palabra que ahora nos interesa, esto es, en el
sentido de proporcionarnos un indicador confiable de la presencia de x que sea más fácil de
descubrir que x.
La definición de la palabra "mesa" que figura en los diccionarios comunes es una
"definición criterial" en el sentido indicado. Tales diccionarios dicen, en efecto, que una
mesa es un mueble que consta de una tabla apoyada sobre una o varias patas. La definición
sólo hace referencia a características observables de las mesas, de modo que basta
entenderla para reconocer una mesa, para determinar si un objeto cualquiera es una mesa; la
definición es, así, al mismo tiempo, un criterio efectivo de "mesidad". Cuando disponemos,
como en este caso, de un criterio definicional, tenemos la ventaja de que es infalible
(aunque, por supuesto, no nos vuelve infalibles a nosotros, que podemos aplicarlo mal -o
fracasar en la tentativa de aplicarlo, si se prefiere emplear "aplicación" como palabra de
logro-); si un objeto consta de una tabla apoyada sobre al menos una pata, entonces ese
objeto es por definición una mesa. Lamentablemente, no es esto lo que ocurre con las
palabras más interesantes.

6
Consideremos, por ejemplo, la palabra "ácido", y supongamos que en los libros de
química se la define haciendo referencia a la estructura molecular de los ácidos. Semejante
definición no es un criterio de "acidez" de acuerdo con el sentido que le venimos dando a la
palabra "criterio", porque determinar cuál es la estructura molecular de un líquido es tan
difícil como determinar si ese líquido es un ácido. Pero disponemos de un criterio de acidez
que consiste en sumergir en el líquido un papel de tornasol azul; si el papel se vuelve rojo,
el líquido es un ácido. Este criterio no es infalible porque no forma parte de la definición de
"ácido" ni se deduce de ella; contamos sin embargo con él como un indicador confiable de
"acidez" porque aceptamos la hipótesis de que hay una relación causal entre la estructura
molecular de los ácidos y su propiedad de volver rojo al papel de tornasol azul. Si algún día
abandonáramos esta hipótesis, deberíamos buscar un nuevo criterio.
Cuando se acepta la teoría correspondentista de la verdad en cualquiera de sus
variantes, o, mejor dicho, cuando se acepta el "núcleo duro" de dicha teoría -y no
necesariamente los detalles de alguna de sus variantes particulares-, o sea, la idea de que un
enunciado es verdadero si efectivamente ocurre lo que ese enunciado dice que ocurre, la
situación de la palabra "verdad" es peor que la de la palabra "ácido"; no solamente la
definición correspondentista de la verdad no es un criterio de verdad sino que, además, no
existe ningún criterio general de verdad asociado a ella, esto es, ningún test que, frente a un
enunciado cualquiera, permita determinar si efectivamente ocurre lo que ese enunciado dice
que ocurre. Como definición, la correspondentista tiene sin embargo importantes ventajas
(de las que hablaremos enseguida) y esto ha llevado a algunos a proponer una combinación
de la correspondencia como definición con la coherencia como criterio; así se lo hace, por
ejemplo, según ya lo mencionamos, en la variante desarrollada por Peirce de la teoría
pragmatista de la verdad.
¿Cuáles son las ventajas de la teoría correspondentista de la verdad? Señalemos, en
primer lugar, que coincide con las intuiciones de cualquiera: todos somos espontáneamente
correspondentistas. La respuesta que todo el mundo da implícitamente -y que se revela en el
uso común del lenguaje veritativo- a la pregunta "¿Qué es la verdad?" (entendida como
sinónima de "¿Qué tiene que pasar para que un enunciado sea verdadero?"), es la respuesta
correspondentista. Por supuesto, ésta puede no ser la respuesta explícita de quienes no han
prestado al tema una atención especializada -de hecho, no lo es en la inmensa mayoría de
los casos-; en cuestiones como ésta, las personas comunes dan respuestas que reflejan

7
fielmente su propio uso del lenguaje sólo si se las somete a un "hábil interrogatorio", esto
es, sólo si se eligen bien las preguntas. Es que, como dice Stephen Barker, "lo que una
persona dice acerca de cómo usa una palabra no es más digno de confianza que, por
ejemplo, lo que dice un tenista acerca de cómo se mueve mientras juega; es posible cometer
errores al describir las propias actividades". También Ernest Nagel, al referirse a las
encuestas como una de las técnicas utilizadas en la investigación social para la recolección
de datos, ha señalado que la circunstancia de que el entrevistado sepa que es objeto de
interés puede inducirlo "a dar respuestas aplomadas a cuestiones acerca de las cuales nunca
ha reflexionado" (1961, p. 421). De modo que, como dice Tarski, las investigaciones
realizadas mediante encuestas

deben llevarse a cabo con el máximo cuidado. Por ejemplo, si le preguntáramos


[…] a un adulto inteligente sin preparación filosófica especial si considera que una
oración es verdadera si concuerda con la realidad, […] puede resultar simplemente
que no comprenda la pregunta; por consiguiente su respuesta, cualquiera que sea,
carecerá de valor para nosotros. Pero su respuesta a la pregunta acerca de si
admitiría que la oración "Está nevando" puede ser verdadera aun cuando no esté
nevando, o falsa aunque esté nevando, sería, naturalmente, muy importante para
nuestro problema (1944, p. 141).

Por eso no le sorprendió en modo alguno -agrega- enterarse de que en una encuesta
realizada por A. Ness sólo el 15 % estuvo de acuerdo en que "verdadero" significaba para
ellos concordante con la realidad, mientras que el 90 % estuvo de acuerdo en que la
oración "Está nevando" es verdadera si y sólo si está nevando.

De modo que una gran mayoría de esas personas parecían rechazar la concepción
clásica de la verdad en su formulación "filosófica", aceptando en cambio la misma
concepción cuando se la formulaba en palabras sencillas (p. 142).

Otra ventaja de la teoría correspondentista consiste en que es "autosuficiente",


mientras que sus rivales parecen tener necesidad de apoyarse en ella. Supongamos que
adherimos al pragmatismo "vulgar" según el cual una creencia es verdadera si nos hace
tener más éxito en el logro de nuestros objetivos, y supongamos también que uno de
nuestros objetivos es ganar dinero, de modo que una creencia cualquiera C será verdadera
si teniéndola ganamos más dinero que no teniéndola. ¿En qué sentido tiene que ser verdad
que ganamos más dinero desde la adquisición de C, en sentido pragmatista o en sentido
correspondentista? Esto es, ¿tenemos que ganar en serio más dinero o basta con creer que

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lo estamos haciendo?1 Si se responde que basta con creerlo, esta nueva creencia tendrá que
facilitar a su vez el logro de algún objetivo -el mismo u otro diferente- con respecto al cual
se volverá a plantear la cuestión de si hay que alcanzarlo realmente o basta con creer que se
lo ha alcanzado. Pero alguna vez habrá que parar, so pena de que no haya ninguna creencia
verdadera, y la única manera de hacerlo consiste en admitir creencias que sean verdaderas
en el sentido correspondentista. (Por supuesto, nada de lo dicho se aplica al pragmatismo
"sofisticado", por la sencilla razón de que éste es correspondentista.)
Todo lo expuesto vale también para el coherentismo. "Un enunciado cualquiera E es
verdadero si es coherente con los demás enunciados creídos por X (un individuo o
comunidad cualquiera)". ¿En qué sentido tiene que ser verdadero ese enunciado -digamos,
E'-, en sentido coherentista o en sentido correspondentista? Esto es, ¿se necesita que E sea
coherente con los demás enunciados creídos por X o basta con que lo sea E'? Y todo
continúa, mutatis mutandis, como en el párrafo anterior.
Incluso alguien que propone una teoría consensual de la verdad, como Apel (1987),
parece admitir las dos ventajas que hemos expuesto cuando dice que "la teoría realista de la
verdad como correspondencia no es sólo la intuición básica natural respecto a la verdad de
los enunciados, sino que está presupuesta también por todas las teorías de la verdad como
su condición necesaria" (p. 44).
Señaladas esas ventajas del correspondentismo, consideremos algunos de sus
posibles defectos. Podría pensarse que la definición correspondentista de "verdad" sólo es
aplicable a proposiciones triviales, como "La nieve es blanca";

podría creerse -ha señalado Simpson (1975)- que si consideramos una oración más
compleja, acerca de campos electromagnéticos o procesos históricos, la situación
es distinta. Sin embargo -sigue diciendo-, esta creencia se basa en una confusión
entre verdad y criterio de verdad; la complejidad de los tests experimentales que
ponen a prueba enunciados teóricos de alto nivel, cuando tales tests son posibles,
sólo muestra que los criterios de verdad son correlativamente más complejos, pero
no que se necesita un cambio en la definición de verdad.

1
Esta objeción le fue formulada por Juan de Mairena a un panadero pragmatista que, habiendo aumentado los
precios, sostenía que, para justificar tal aumento, no hacía falta mejorar realmente la calidad de los productos
que vendía, bastando para ello con que los clientes creyeran que dicha calidad había mejorado. A lo que Juan
de Mairena replicó que, entonces, tampoco hacía falta pagar realmente el aumento, bastando con que el
panadero creyera que lo cobraba.

9
No disponer de un criterio de verdad infalible es uno de los reproches que
normalmente se le hacen al correspondentismo. Formulada como pregunta retórica, la
objeción es ésta: ¿para qué nos sirven las verdades que no conocemos? También se la
puede formular del siguiente modo: un concepto o una idea de la verdad -una definición de
la palabra "verdad" o de "proposición verdadera"- no es legítimo si no suministra (o, como
mínimo, está asociado con) un criterio de verdad, es decir, un método para determinar el
valor de verdad de cualquier enunciado. Tal como lo entiende el correspondentismo, el
predicado "es verdadero" no se puede aplicar con seguridad a ningún enunciado (salvo tal
vez los que versan sobre mi experiencia presente). ¿No será mejor abandonar este concepto
vacío y reemplazarlo por otro? A esto responderemos, siguiendo a Rudolf Carnap, que si
los términos que no tienen casos seguros de aplicación debieran ser abandonados, esto no
afectaría solamente a la palabra "verdad" sino a todos los términos, o al menos a la
mayoría. Si no podemos tener la certeza de que sea verdadera la afirmación "Esto es
alcohol" -y, en efecto, no podemos tenerla, como lo hemos señalado al ocuparnos del
conocimiento-, entonces tampoco podemos tener la certeza de que esto sea alcohol; de
modo que, junto con "verdad", tenemos que rechazar "alcohol" y todos los demás términos.
Una característica importante de la verdad correspondentista es su independencia
respecto del conocimiento, característica que algunos expresan diciendo que no es un
concepto de verdad epistémico. Dijimos antes, al ocuparnos del análisis del conocimiento,
que el conocimiento implica verdad: si X sabe que p, entonces "p" es verdadera. Pero,
cuando el concepto de verdad es el correspondentista, no ocurre a la inversa: la verdad es
independiente del conocimiento. Consideremos la siguiente proposición verdadera: "Las
golondrinas son aves migratorias". ¿Por qué decimos que es verdadera? Por una razón
extremadamente sencilla: porque las golondrinas son aves migratorias. No porque sepamos
que lo son, sino porque son migratorias -lo sepa alguien o no-. Para comprenderlo mejor,
consideremos esta otra proposición: "Hace diez millones de años llovió en el lugar donde
ahora está la ciudad de Mar del Plata". Nadie puede saber si esta proposición es verdadera o
falsa; sin embargo, tiene que ser una de las dos cosas, ya que hace diez millones de años, en
este lugar, o llovió, en cuyo caso la proposición es verdadera, o no llovió, en cuyo caso es
falsa.

4. Relativismo con respecto a la verdad

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Otra característica importante de la verdad correspondentista es que, en lo que a ella
concierne, el relativismo con respecto a la verdad es una teoría falsa. Suele decirse que no
hay verdades absolutas, que todas las verdades son relativas. A veces lo que se quiere decir
con esto está bien; lo que se quiere decir es que con el tiempo cambian las creencias de la
gente, y lo que ayer se creía verdadero, hoy se cree falso; o que lo que Fulano cree
verdadero, Mengano lo cree falso. Todo esto está bien -se trata incluso de algo trivial, que
todo el mundo sabe-, pero se lo expresa de manera innecesariamente engañosa al decir que
la verdad es relativa. Ahora bien, si en serio se quiere decir literalmente esto último -que la
verdad es relativa-, entonces se trata sencillamente de una afirmación falsa: es obvio que
pueden cambiar, como hemos dicho, las creencias de la gente, pero no los valores de verdad
de las proposiciones -al menos, no los de todas-, y no hay que confundir estas dos cosas. La
proposición "La Tierra es plana" no solamente es falsa ahora, cuando todo el mundo cree
que la Tierra es redonda; también era falsa en la antigüedad, cuando muchos la creían
verdadera. Como lo hemos señalado ya varias veces, esto se refleja en nuestra manera de
hablar: no decimos "Los antiguos sabían que la Tierra era plana" sino "Los antiguos
creían…"; y nos expresamos de esta manera porque (al menos prima facie) el conocimiento
implica verdad (en cuya ausencia, por lo tanto, no atribuimos conocimiento), cosa que no
ocurre con la mera creencia. Esta discusión sólo resulta interesante si la idea de la verdad
involucrada es la correspondendista; para las teorías coherentista y pragmatista (vulgar), el
relativismo con respecto a la verdad es una tesis verdadera pero también trivial: es obvio,
por ejemplo, que a mí puede resultarme útil una creencia que a otro no le conviene tener.
El antirrelativista puede admitir que hay proposiciones cuyo valor de verdad cambia
al cambiar las circunstancias (siempre que los portadores de verdad sean en efecto
proposiciones, u oraciones-tipo; el valor de verdad que tiene una oración-caso al finalizar
su emisión no puede cambiar). Así, por ejemplo, la proposición "Está lloviendo" es
verdadera en algunas situaciones -cuando llueve- y falsa en otras; la proposición "Me duele
la cabeza" es verdadera si la profiero yo en este momento, y falsa si la emite otro, o yo
mismo en otro momento. No está obligado a admitirlo; puede hacer tan estricto el criterio
de identidad para proposiciones como para que cualquier cambio en el estado de cosas
implique un cambio de proposición -aunque ya hemos señalado que esta maniobra tropieza
con una grave dificultad-, o sostener que "Está lloviendo" y "Me duele la cabeza" son,

11
como la mayoría de las oraciones que emitimos, oraciones elípticas o incompletas, y que el
valor de verdad de las correspondientes oraciones completas -que especifican fechas,
momentos y lugares- no puede cambiar. No está obligado a admitirlo, decía, pero puede
hacerlo sin problemas, ya que -para refutar la tesis de que todas las verdades son relativas-
a él le basta con que algunas oraciones sean "eternas" en el sentido de Quine, y es
indudable que esto último ocurre. En efecto, ningún cambio en las circunstancias podría
alterar el valor de verdad de "Sócrates murió en el 399 a. C." o "Un cuerpo no sometido a la
acción de ninguna fuerza externa persiste en su estado de reposo o de movimiento rectilíneo
uniforme". Estas últimas oraciones pueden ser verdaderas o falsas, se las puede creer
verdaderas en un momento histórico y falsas en otro, pero de ningún modo puede ocurrir
que su valor de verdad cambie.
Contra esta idea de la verdad como algo independiente de lo que crean o sepan los
hombres podría formularse otra objeción: si no hubiera hombres, no habría proposiciones,
y, en consecuencia, no habría proposiciones verdaderas, no habría "verdades". Aunque no
todos los filósofos estarían de acuerdo con esto, en el presente contexto lo admitiremos for
the sake of the argument. Aun admitiéndolo, lo que depende de los hombres es la existencia
de proposiciones, pero no su valor de verdad. Veámoslo a través de un ejemplo. Si no
existiéramos nosotros, tampoco existiría -supongamos- la proposición "Las golondrinas son
aves migratorias"; que exista depende, pues, de nosotros. Pero, una vez que existe, su valor
de verdad no depende de nosotros -no depende de nuestras creencias, conocimientos,
deseos, etc.- sino solamente de los hábitos de las golondrinas. El carácter absoluto de la
verdad no requiere que haya proposiciones; requiere que, dadas ciertas proposiciones, sus
valores de verdad sean inalterables.

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