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Chicos La Sexualidad o La Palabra Sexo Es A Menudo

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La identidad sexual aparece por primera vez en la Biblia en el

momento de la creación del ser humano: “Dios creó al ser


humano a su imagen … Hombre y mujer los creó” (Gn 1:27). La
Escritura habla de la identidad sexual como la parte fundamental
de la imagen de Dios en la raza humana que le da la capacidad
de relacionarse, de multiplicarse, de ejercer dominio y servir
como mayordomos en complementariedad (Gn 1:27-31). La
diferenciación sexual no es exclusiva del ser humano, pues se
encuentra presente en toda la creación, pero Dios manifiesta su
intervención particular en la formación, el cuidado y la
valoración de cada ser humano y de su sexualidad desde el
momento de su concepción.

Chicos la sexualidad o la palabra sexo es a menudo un tema tabú,


rodeado de silencio y negación. Como cristianos debemos
preguntarnos: ‘¿Cuál es el plan de Dios para la sexualidad
humana?’ La Biblia no permanece callada en cuanto al tema,
más bien resalta algunos aspectos importantes sobre el:

A ver se los dire asi, el sexo es creación de Dios. Fue idea de


Dios crear personas tanto masculinas como femeninas, y unirlas
por medio del sexo (Génesis 2:24). Tanto el hombre como la
mujer son creados con deseo sexual.
Esto forma parte de la buena creación de Dios (Génesis 1:31).
Tanto al hombre como a la mujer se les ha dado el regalo de
poder experimentar el placer y el disfrute dentro del
matrimonio. Esto enriquece y profundiza la relación de amor
de la pareja. “Porque esto es la voluntad de Dios: [...] que se
abstengan de la fornicación.” (1 Tesalonicenses 4:3)
Dios espera que nosotros como sus siervos “nos abstengamos a
tal acto la palabra fornicación se refiere a algunas formas de
contacto físico íntimo fuera del matrimonio. El sexo
prematrimonial es un pecado tan grave como el adulterio, el
espiritismo, la borrachera, la idolatría, el asesinato y el robo
(1 Corintios 6:9, 10; Revelación [Apocalipsis] 21:8).
¿ Okey porque deberia interesarnos este asunto?
Porque la Biblia nos advierte: “Dios juzgará a los fornicadores” (Hebreos
13:4). Pero una razón más importante es que amamos a Dios, y una
manera de demostrarlo es obedeciendo sus leyes relativas a la moralidad
sexual (1 Juan 5:3). Él bendice a quienes cumplen sus mandatos (Isaías
48:18).

Romanos 1:26-32
Reina-Valera 1960
26 Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus
mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, 27 y de
igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se
encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos
vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la
retribución debida a su extravío.

28 Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a


una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; 29 estando
atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad;
llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; 30
murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios,
altivos, inventores de males, desobedientes a los padres,
Dios te ha dado un sexo biológico. No es una equivocación que hayas
nacido con las características sexuales que posees. Eres su criatura. Tu
cuerpo le pertenece a él y debe ser destinado a adorar al Dios que lo ha
diseñado. Así lo dice la Biblia: “Por precio habéis sido comprados; por
tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor. 6:20).

Por nuestra naturaleza pecaminosa, la tendencia natural es hacia el mal.


Es por eso que en todo ser humano habita un deseo pecaminoso, difícil de
dominar, que puja por corromper el propio cuerpo. Estos deseos se
manifiestan en cada ser humano de manera diferente. No podemos
anularlos, pero sí dominarlos por medio del Espíritu Santo, y renovarlos
conforme a Dios (Efe. 4:22-25).

La inclinación sexual está constituida por factores internos


(predisposiciones e impulsos innatos) y factores externos (estímulos y
vivencias traumáticas infantiles). Además, hay factores genéticos,
sociales, ambientales y cognitivos que juegan un papel importante. Los
deseos sexuales hacia una persona del mismo sexo pueden aparecer desde
la infancia. Sin embargo, la inclinación no define tu orientación sexual.
Lo que define la orientación es la conducta.

Cuando una persona escoge conducirse contrariamente al diseño divino y


al propósito que Dios le ha dado para satisfacer su inclinación, adora más
su cuerpo que al Creador de su cuerpo. Decir que el deseo homosexual es
pecado puede generar sentimientos de culpa y desesperación. Pero la
culpa que lleva al remordimiento –en vez de al arrepentimiento– no
procede del Padre de la bondad, sino del Príncipe de las tinieblas. Dios no
condena nuestra tendencia hacia el mal porque sabe que “todos pecaron y
están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). Sin embargo, espera
que –en respuesta a su misericordia– no cultivemos el pecado. Su gracia
no nos exime del deber, sino que nos invita a dominar las pasiones por
medio de Cristo y a ser justificados por su sangre cada vez que recaemos
en nuestros intentos fervorosos por tener vidas consagradas.

La Biblia es concisa al declarar: “No erréis; ni los fornicarios, ni los


idólatras, ni los adúlteros, ni los homosexuales, ni los afeminados
heredarán el Reino de Dios” (1 Cor. 6:9,10).

Dios no pregunta cuáles son tus inclinaciones, sino cuáles son tus
acciones. Dios te hizo libre para escoger. Libertad es actuar sabiendo que
hay límites y que excederlos trae consecuencias. Libertinaje es abusar del
don de la libertad para exceder los límites que esta compone. Dios te da
libertad por medio de Cristo, y te aparta del libertinaje. Considerar
erróneamente la libertad como licencia es el primer paso en dirección a
corrompernos.

Dios no te condena por lo pecaminoso de tu deseo. En cada cristiano


habita el mal de igual manera, manifiesto de diferente forma. Dios no
condena el deseo, sino la conducta ante el deseo. Cuando decides
conducirte satisfaciendo lo que te incita a pecar, tus conductas dan
testimonio de tu adoración: “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús
para buenas obras” (Efe. 2:10). Así, decides si tu cuerpo es utilizado para
la complacencia propia o si es reservado para rendir culto a Dios. De esta
manera defines tu salvación.

El comienzo de la restauración de todo cristiano, independientemente de


su inclinación sexual, parte del reconocimiento de su condición, y del
arrepentimiento de su acción. “Solo Dios mismo puede proporcionar
remedio, y esto lo ha hecho mediante el sacrificio de su Hijo. Todo lo que
se pide del hombre caído es que ejerza fe: fe para aceptar las condiciones
necesarias para perdonar su pasado pecaminoso, y fe para aceptar el
poder que se ofrece para llevarlo a una vida de rectitud”, afirma el
Comentario Bíblico Adventista en la explicación de Romanos 1:23, 24.

Las tendencias que van en contra del sexo que Dios te ha dado como un
regalo no pueden cambiarse voluntariamente; pero cuando sometes tu
voluntad a Dios, él es capaz de hacer el “querer como el hacer por su
buena voluntad” (Fil. 2:13).

La verdadera adoración no consiste en otra cosa que dar gloria a Dios con
nuestros cuerpos. Implica morir a los propios deseos, porque al conocer al
Creador hay una profunda impresión de que solo lo que él demanda es
bueno. Adorarle es obedecerle, aunque su mandato vaya en contra de lo
que nuestro corazón dicta.

Recuerda: “Dios me ama como soy, pero no me deja como estoy”. Tal
vez en tu corazón hay deseos que van en contra del propósito de Dios,
pero debes saber que no hay condenación para aquellos que se rinden a
los pies del Salvador (Rom. 8:1). Tu confianza no debe depositarse en ser
capaz de hacer lo bueno, sino en que el Espíritu Santo te ayudará a
abandonar toda obra que te aparta de Dios (Rom. 8:13).

Después de todo, la verdadera adoración no gira en torno a lo que a ti te


complace, sino a lo que complace a Dios. “Pero Gracias a Dios que
aunque érais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella
forma de doctrina que os transmitieron, y libertados del pecado, vinisteis
a ser siervos de la justicia” (Rom. 6:17-18).

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