SELLO PLANETA
COLECCIÓN
FORMATO 15 x 23 cm
T I BALME
RÚSTICA
BAJARÉ DE LA LUNA EN TIROLINA
N
N TI BALM
SA
ES
SA
S
SERVICIO
CORRECCIÓN: PRIMERAS
Nacido en 1970, es el compositor y cantante «Yo soy binario. O mis notas eran excelentes
de la banda indie Love of Lesbian. Dentro de su —cuando la asignatura me gustaba, como DISEÑO 2/6 sabrina
discografía tiene títulos tan celebrados como Literatura, Dibujo libre o cualquiera imparti-
Maniobras de escapismo, Cuentos chinos para da por un profesor que me hubiera caído en REALIZACIÓN
niños del Japón, 1999, La noche eterna / Los gracia— o eran un auténtico desastre. Por tal
EDICIÓN
días no vividos, El poeta Halley o V.E.H.N., que, motivo creo que mis padres consideraron mis
al igual que los tres anteriores, se colocó en rarezas como algo entretenido, hasta que
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el número 1 de las listas de ventas al poco de la cosa se me fue de las manos hace cosa CORRECCIÓN: SEGUNDAS
su lanzamiento. En su faceta literaria es autor de un año y medio. A raíz de aquel día, una
del bestseller (o «celebrado cuento») infantil psicóloga empezó a estudiarme como si fue- DISEÑO 8/9 SABRINA
Yo mataré monstruos por ti, traducido al inglés, ra una nueva especie de animal descubierto
danés e italiano, de la novela de humor ¿Por en el Amazonas. La última cosa que la psicó- REALIZACIÓN
qué me comprasteis un walkie-talkie si era hijo loga le dijo a mi madre fue: “Déibid está en
único? y del libro de relatos La doble vida
de las hadas. Su novela anterior, El hambre
invisible, continúa la senda emprendida con
BAJARÉ la luna, y por ahora no parece dispuesto a
bajar”.
CARACTERÍSTICAS
IMPRESIÓN 4/0
DE LA
David, o DÉIBID WEIRDO, como le gusta que le llamen,
su libro de poesías Canción de Bruma. La luna, siempre la luna. Probablemente,
es un preadolescente que ve el mundo desde una perspectiva muy
la frase que más me ha dicho mi familia es
diferente a la del resto de su familia y no está pasando por su mejor
LUNA EN
En Bajaré de la luna en tirolina, Santi Balmes la siguiente: “¿Cuándo bajarás de la luna?”.
nos ofrece una genial mezcla de lo surrealista
momento: sus padres se acaban de separar, su hermano mayor, Dano, Siempre les contesto: “Cuando pueda bajar PAPEL
ha dejado de hablarle sin que Déibid sepa el motivo y, para colmo,
SANTI BALMES
con la realidad más cotidiana. en tirolina”.»
TIROLINA
se ha enamorado por primera vez de una chica de la que no sabe PLASTIFÍCADO softouch
ni su nombre.
UVI
SANTI BALMES sumerge al lector en el mundo fantasioso y peculiar
@santibalmeslol RELIEVE
de Déibid, los sucesos cotidianos y extravagantes que acontecen
@SantiBalmesSoy en su estrambótica familia, y hace que viva con él su despertar a la BAJORRELIEVE
@santi.sanfeliu
adolescencia, al amor y a la sexualidad.
STAMPING
Una novela tierna y descarnada en la que la profundidad de las
emociones llega envuelta en una capa de ironía y humor FORRO TAPA
PVP 19,50 € 10282287
Diagonal, 662, 08034 Barcelona Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
Ilustración de la cubierta: © Javier Jaén
www.editorial.planeta.es Fotografía del autor: © Noemí Elias
www.planetadelibros.com GUARDAS
INSTRUCCIONES ESPECIALES
C_Bajaré de la luna en tirolina.indd 1 16/9/21 10:45
Santi Balmes
Bajaré de la luna en tirolina
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© Santi Balmes, 2021
Publicado por acuerdo con Carmona Literary Agency
© Editorial Planeta, S. A., 2021
Av. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona
www.editorial.planeta.es
www.planetadelibros.com
Primera edición: octubre de 2021
Depósito legal: B. 13.544-2021
ISBN: 978-84-08-24699-2
Composición: Realización Planeta
Impresión y encuadernación: Unigraf
Printed in Spain - Impreso en España
El papel utilizado para la impresión de este libro está
calificado como papel ecológico y procede de bosques
gestionados de manera sostenible
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LA JUEZA HIGGINS
How soon is now?
The Smiths
Viernes, 7 de agosto de 2020
Vamos allá. Iré al grano, porque si eres preadolescente, esta
es la mejor frase para empezar un diario. Hoy, meses des-
pués de que mis padres decidieran separarse, mi hermano
mayor Jakob y yo hemos tenido que visitar el despacho de
una jueza. En medio de un silencio atronador, hemos espe-
rado durante diez minutos en un pasillo, sentados en ese
tipo de sillas que uno ve en urgencias, cada uno enfrascado
en su móvil. De vez en cuando, controlaba a Jakob de reojo,
por si se daba por aludido y me decía algo, pero él seguía
absorto en las fotos de una tipa de su clase llamada Dafne,
con expresión amenazante por culpa de la mascarilla de
Alien que pilló en Amazon.
La verdad es que últimamente contactar con mi herma-
no es tan difícil como encontrar cobertura en medio del Eve-
rest. Y es que lleva sin dirigirme la palabra desde el 20 de
marzo de este año. ¿Motivo? Lo desconozco por completo.
Todo empezó una mañana cuando me lo crucé en el pasillo
de casa. Jakob se dirigía al lavabo cuando le dije: «Buenos
días». Mi hermano se apartó el flequillo grasiento que usa
para taparse los granos de la frente, alzó una ceja y me apartó
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con un violento manotazo. Desde entonces, si se dirige a mí
siempre es a través de mis padres.
Nota aclaratoria: tampoco es que antes fuéramos uña y
carne. Nos llevamos cinco años y eso a según qué edades
se nota, pero, maldita sea, nuestra relación era francamen-
te buena. Por ejemplo: casi toda mi lista de reproducción
está confeccionada a base de bandas del siglo pasado que
Jakob me enseñó en su habitación con el objetivo de que sa-
liera del trap, y la verdad es que muchas de ellas me atra-
paron cual araña a un mosquito. Recuerdo que una vez
leí: «¿Escucho música pop porque estoy triste, o estoy tris-
te porque escucho música pop?». No lo sé. Ahora mismo,
reconozco que me pongo esas canciones solamente cuan-
do me veo capaz de soportarlas, ya que me recuerdan de-
masiado a esta extraña situación entre mi hermano y yo, o
pienso en el final del matrimonio de nuestros padres, o en
esta pandemia, o en el conflicto que tiene medio mundo
con la otra mitad.
Ahora mismo quedarme a solas con Jakob es un auténti-
co martirio, y eso que para pelotearle me he puesto la raída
camiseta de The Smiths que él mismo me regaló cuando ya
no le cabía ni de coña. Para darle más lástima, en mis auricu-
lares estoy escuchando, en modo repeat, How soon is now? de
los Smiths a un volumen insoportable, con el único objetivo
de que Jakob se entere. No sé por qué hago estas cosas. En el
fondo, es como si le pidiera perdón, cuando ni siquiera sé
por qué diablos debería hacerlo. La canción de los Smiths
dice algo así como que todo el mundo necesita ser querido,
pero Dano es incapaz de pillar indirectas.
Diez minutos después de estar sentados en aquel ambien-
tazo fraternal, la jueza Higgins, una señora regordeta con el
pelo recogido en una cola de caballo y mascarilla roja con
estrellas blancas, ha salido por una puerta que llevaba su
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nombre grabado en una placa. Ha dicho solamente: «¿David
Weirdo? ¿Me haces el favor de acompañarme?».
He dejado a Jakob en el pasillo, pero antes no he podido
evitar susurrarle:
—Me voy, pero solo un rato. No te pongas triste ni apro-
veches para ver porno.
Jakob me ha mirado de reojo y ha levantado una ceja,
como si removiera mierda con un palillo.
Luego la escena ha cambiado. Interior. Despacho. Plano
medio. Los pies me colgaban de la silla giratoria, así que me
he podido dar una vuelta entera de reconocimiento. Alehop.
Te diré lo que me ha llamado la atención de su despacho.
Nada.
La jueza, de nombre Marguerite y cara de Serafine, ha
abierto un documento en su ordenador y me ha mirado a los
ojos como si me analizara.
—Hola, David.
En aquellos momentos ha sucedido lo que siempre ocu-
rre cuando me siento incómodo. De repente, la cámara que
graba mi película me ha enfocado y, para sorpresa de mi es-
timado público, andaba enfundado en un traje de astronau-
ta. El visor era tan oscuro que cualquier haz de luz rebotaba
en él y volvía a su origen. Mi respiración era angustiante:
boooh, ahhhh, boooh.
—Mmmm. He dicho: «Hola, David».
—Se pronuncia Déibid.
—Ah, bueno, Déibid. Al lío. Ya sabes que tus padres van
a divorciarse. Tengo que preguntarte con quién prefieres
quedarte: con papá o mamá, o con los dos.
—Siempre me quedo con los dos.
—No te entiendo.
—Habitualmente me quedo con los dos por igual.
—¿Perdona?
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—Me refiero a que me gusta tomarles el pelo a los dos.
La jueza me ha soltado: «Vaaale, muy bien, hoy me ha
tocado un humorista, pues mira, Déibid, gracias por el chis-
te, tengo que reconocer que te has quedado conmigo». En
cero coma, ha cambiado su careto y ha exclamado:
—Me refiero a quedarte, no como sinónimo de tomar-
les el pelo, sino que-dar-te, permanecer, convivir. ¿Papá o
mamá?
He mirado por la ventana y he resoplado como un caba-
llo cansado. Como todo esto de ponerme serio me supera,
intento convertir nuestro diálogo en un juego.
—Preferiría vivir con Deadpool.
Ha sido entonces cuando la jueza Higgins se ha bajado la
mascarilla a la altura de la papada. Es curioso: en estos tiem-
pos de pandemia, uno tiende a añadir vacíos en las partes de
la cara que no vemos. Es como si toda la humanidad se hu-
biera convertido en Mister Potato. En el caso particular de la
jueza, había imaginado sus labios como si fueran un ojete
que, al abrirse, mostraba una multidentadura de alienígena.
Cuando ha destapado su verdadera boca he tenido que re-
configurar la imagen con mi goma de borrar imaginaria. Sin
la mascarilla, la jueza tenía cara de otro.
—Déibid. Te estoy hablando en serio.
—Yo también. Le haré un listado por orden de preferen-
cia: uno, Deadpool, porque es gracioso por encima de sus
posibilidades; dos, Batman, porque su casa es increíble y en-
cima tiene mayordomo; tres, Katy Perry, porque está buenísi-
ma, aunque, bien mirado, no creo que esté interesada en mí:
soy bajito y tengo once años, once granos y aún no he hecho
el famoso cambio. O cuatro, en la casa de The Big Bang Theory,
porque son muy frikis y no daría el cante, aunque, cuando
pongo la versión original, me doy cuenta de que hablan muy
rápido el inglés, así que parecería que la serie hubiera ficha-
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do a un idiota. Ah. Y con los chavales de Stranger Things me-
jor no. Muy estresante.
—Déibid, por favor. ¿Con tu padre o tu madre?
—¡Señora jueza! Si no me hubiera interrumpido todo el
tiempo, habría llegado a mis padres. Son la octava opción.
—Tus padres son la única opción real.
He fingido que pensaba detenidamente en el dilema. Por
cierto, me encanta hacer ese gesto delante de mis amigos.
Mirar al infinito, frotarme la barbilla. Luego poner la expre-
sión de esos sabios que reflexionan mucho. Mi cara podría
traducirse como: «Atención, bros, acabo de descubrir algo muy
importante para la humanidad y ahora mismo os lo voy a
decir». Y justo después, cuando he conseguido la atención de
todos, me tiro un pedo. O suelto una parida gigantesca. O las
dos cosas a la vez, técnica que tengo que mejorar. Esa misma
expresión de besugo pensante ha sido la que he puesto de-
lante de la jueza Higgins. He musitado: «Mamá, papá, pito
pito colorito... ¿Puedo usar la llamada del público?».
La jueza Higgins ha cruzado los brazos como una niña
enfurruñada y ha esperado a que se me pasara la tontería.
Tremendo error. A mí la tontería no se me pasa. Es mi esta-
do normal, mi contraseña para escapar. De esta guisa nos
hemos tirado un par de minutos sin decir absolutamente
nada, como si fuera ese juego en el que quien habla primero
pierde.
—Vamos, Déibid, que no tengo todo el día.
—Ya lo he decidido. Pero antes de que lo diga, haga re-
doble de tambores. Tra, tra, tra, trucutú... Me quedaré con...
—¿Con quién, joder?
—Con el que me pague más.
Objetivo «Reventarle la paciencia», cumplido. Lo he sabi-
do porque la esférica jueza ha puesto exactamente la misma
cara que mamá cuando le suelto la décima ultraparida del
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día y la posee Satanás. La jueza ha efectuado un movimiento
con las piernas y ha lanzado su silla con ruedas hacia atrás.
—Oye, ¿podemos hablar en serio? Ya me imagino que
esta entrevista no es agradable. A fin de cuentas, tú eres un
niño y yo soy una aburrida jueza a la que acabas de conocer.
Adivino cómo te sientes. Mis padres también se separaron, sé
que puede llegar a doler mucho, pero por experiencia te
diré que, visto con el tiempo, aquella separación fue lo mejor
para todos. Vamos, haz un esfuerzo. Por última vez. ¿Con
quién?
—Con el Satisfyer de mamá. No para de hablar maravillas
de él. Sus amigas también lo adoran.
A la jueza se le ha escapado un «grrrmppfff», que es como
una carcajada abortada que a uno le sale del cuello, pero que
cortamos por la nariz. Higgins ha puesto sus brazos rodeán-
dose la nuca y se ha inclinado hacia atrás, como intentando
decir: «Dios mío, este Déibid Weirdo va a ser un hueso duro
de roer». En esas andábamos cuando su flexible silla de orde-
nador ha cedido más de la cuenta, provocando que la oron-
da mujer se haya caído de espaldas. La santa hostia ha podi-
do oírse en todo el edificio, lástima que no he podido
grabarla. La jueza Higgins se ha quedado un buen rato mi-
rando el techo, gimiendo «Uuuh» con una posición corporal
absurda para una representante de la ley. Parecía que estu-
viera a punto de parir y que no le hubiera dado tiempo de
quitarse las medias. Sus tacones me han apuntado como un
par de cuernos de toro. Ha sido muy sonrojante, y peor ha
sido cuando el zapato derecho se ha desprendido de su pie,
como si se suicidara, plof, y ha mostrado una media agujerea-
da por el dedo gordo.
—Oiga, me tiene que decir cómo hace eso.
Desde el suelo, la jueza se ha tocado las cervicales como
si quisiera comprobar que no se había quedado muñeco,
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como el bueno de Stephen Hawking. Acto seguido se ha in-
corporado y ha intentado reconducir la situación cambian-
do la forma de sus cejas. Ha sacado un kleenex del primer ca-
jón con el que ha desprendido un alargado moco de su
mascarilla —os juro que el maldito moco había aprovechado
el accidente para salir del interior de su nariz y poder ver el
mundo—. De repente, palmada a la mesa. ¡Pam! He pensa-
do que tenía los segundos contados.
—Mira, Déibid. La diferencia entre un niño y un adulto
es para mí la siguiente: un niño juega siempre y le cuesta mu-
cho comportarse como un adulto. Un adulto trabaja siempre
y le cuesta mucho comportarse como un niño. Pero las cosas
siempre tienen un punto de inicio y un punto final. Un ho-
rario. Unas normas. Es un palo, lo sé. Ahora te pido que sal-
gas del jijí jojó que llevas, y digas lo que sientes.
—Siento que necesito saber si usted también tiene un
Satisfyer.
—Claro. Y unas bolas chinas. Y un dildo enorme. ¿Con-
tento de que haya bajado a tu nivel?
Tocado y hundido. Mi reacción ha sido desviar los ojos
hacia el suelo y quedarme pillado mirando un clip.
—Cuando salgas de aquí, entrará tu hermano Jakob. Le
haré la misma pregunta. Lo digo para tu información, y por
si quieres cambiar el cachondeo este que llevas por una res-
puesta cabal. Te lo voy a preguntar por última vez.
Me he adelantado:
—Con los dos.
La jueza Higgins ha soltado aire, bufff, como si hubiera
conseguido pasar la típica pantalla que se nos atranca.
—Pues entonces firma aquí. Y aquí también.
—Una última cosa. Hablando de mi hermano. Esta no-
che ha tosido mucho. Le diría que tiene el virus, pero, claro,
con los que fuman porros nunca se sabe. Ah. Y no le haga
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firmar nada con su boli. Acaba de tocarse en el lavabo del
pasillo. Es un onanista compulsivo y aún no sabe lavarse las
manos. Onanista, ya sabe, pajero. Conozco la palabra por mi
amigo Kasper, que lee mucho. Si dice algo malo de mí, me
gustaría que me lo contara. Aquí le dejo mi móvil. No se lo
dé a mis fans, ¿vale?
—Claro, Déibid. No se lo daré a tus fans, no te preocupes.
La jueza se ha despedido de mí con esa media sonrisa
que tan de moda está en el mundo de los adultos, entre tier-
na y perdonavidas (mi amigo Kasper usaría el adjetivo «con-
descendiente»), aunque el portazo tras de mí ha sonado
como un «Hasta nunca, payaso». He caminado por el pasillo
intentando no pisar las líneas de las baldosas, por eso de que
podría explotar el mundo. Al llegar a la altura de la silla de
Jakob, le he dicho: «Te toca». Jakob, con expresión de nini al
que le da pereza incluso respirar, se ha levantado como si el
culo le pesara toneladas. Unos metros más tarde, he escucha-
do cómo me decía:
—Ya lo sé, subnormal.
Paralicemos la imagen de mi hermano diciendo «Ya lo
sé, subnormal». Observemos su expresión de victoria enfada-
da. Su pelo, al que le falta un buen champú antigrasa aun-
que se lo haya lavado hace cinco minutos. Su cara, redondea-
da y pálida, como la masa de una pizza familiar. Su pose de
estúpido intelectual y su camisa de color verde militar. Se
parece a Paul Dano en Little Miss Sunshine, ¿verdad? Pues
toma nota. Jakob, a partir de ahora, será bautizado en este
diario como Dano. Porque así le llama todo el mundo. No
me lo inventé yo, sino su amiga Alexia.
Ahora incluso mis padres lo llaman Dano.
Por cierto, se lo debería haber dicho a la jueza: con Alexia
no me importaría irme a vivir. Creo que es la persona más
dulce del universo.
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Ahora te pido otro favor. Imagina mi imagen congelada
en el pasillo de este gris edificio construido para arreglar los
problemas de los adultos, problemas que, por cierto, no exis-
tirían si no existieran los adultos. Fíjate en mí, un segundo
después de que Dano me haya rebasado. Esos cuernos que
alzo mientras voy camino del metro, porque no pienso espe-
rar a Dano ni de coña. Cuando salga del despacho, sabrá
que, aunque tenga once años, tengo una tarjeta de metro y
la suficiente autonomía como para poder decir:
—Que te folle un pez espada.
En fin. Vamos a darle un toque de alegría a mi debacle.
Imagíname cogiendo el metro y escuchando a todo trapo
Kinky afro de los Happy Mondays. ¡Hay que ver cómo cambia
el estado de ánimo la música! Ahora mismo, los viajeros del
vagón están bailando la canción conmigo. Cuando llega el
estribillo, la anciana, el par de hiphoperos y el grupo de cin-
co chicas que van a la playa han cantado conmigo esa parte
en la que el cantante propone crucificar a algún hermano, y
lo dice con tal desparpajo que transforma un deseo de asesi-
nato en algo divertido. Justo lo que necesitaba. Quitar hierro
a lo que me pasa. Reír por no llorar.
A veces uno se convierte en una canción.
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