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MANZANO Poner El Cuerpo

En los años ‘60 y ‘70, la juventud argentina fue clave en cambios culturales, sexuales y políticos. Publicidades como la “moda guerrillera” reflejaban la conexión entre juventud, erotismo y revolución. “Poner el cuerpo” simbolizaba tanto la participación en la lucha armada como la transformación de normas sexuales y de género. La época impulsó debates sobre igualdad y nuevos roles, destacando al cuerpo joven como símbolo de cambio social y político.

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MANZANO Poner El Cuerpo

En los años ‘60 y ‘70, la juventud argentina fue clave en cambios culturales, sexuales y políticos. Publicidades como la “moda guerrillera” reflejaban la conexión entre juventud, erotismo y revolución. “Poner el cuerpo” simbolizaba tanto la participación en la lucha armada como la transformación de normas sexuales y de género. La época impulsó debates sobre igualdad y nuevos roles, destacando al cuerpo joven como símbolo de cambio social y político.

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Poner el cuerpo.

El cuerpo joven, entre el erotismo y


la política revolucionaria
MANZANO, Valeria
En los años ‘60 y ‘70, la juventud argentina fue clave en cambios culturales,
sexuales y políticos. Publicidades como la “moda guerrillera” reflejaban la
conexión entre juventud, erotismo y revolución. “Poner el cuerpo”
simbolizaba tanto la participación en la lucha armada como la
transformación de normas sexuales y de género. La época impulsó debates
sobre igualdad y nuevos roles, destacando al cuerpo joven como símbolo de
cambio social y político.
Entre la exhibición y el disfraz
Durante los años ‘60, en Argentina y Occidente, el cuerpo joven y
“desnudo” se posicionó como eje de las nuevas modas y la publicidad. John
Berger, en su análisis sobre la representación del cuerpo, distinguió entre
“estar desnudo” (ser uno mismo) y “ser un desnudo” (exhibición para
otros), señalando su relación con la moda y el erotismo. En las décadas de
1960 y 1970, la interacción entre vestido y desnudo redefinió el erotismo,
especialmente en mujeres jóvenes, quienes adoptaron ideales de delgadez
y atractivo físico.
En Argentina, el cuerpo femenino se convirtió en símbolo de debates sobre
moral pública en un contexto de erotismo mercantilizado. La llegada de la
minifalda en 1966 marcó un cambio cultural, aunque inicialmente se
consideró una moda pasajera. Las jóvenes pioneras en usarla, como
estudiantes de Filosofía y Letras, enfrentaron resistencias, pero su uso se
popularizó rápidamente. En 1967, campañas publicitarias con imágenes que
combinaban desnudo y vestido generaron polémica y censura oficial.
La propagación de estas prendas impulsó ideales de delgadez, promovidos
por revistas como Para Ti, que recomendaban dietas estrictas. Además, se
popularizó el ejercicio físico para lucir las nuevas modas, mientras se
discutía sobre la feminización de los hombres y la moda unisex.
Publicidades de jeans, como las de Levi’s, intensificaron la sexualización del
cuerpo femenino, convirtiéndolo en símbolo de deseo y mercancía. Estas
transformaciones en la moda reflejaron profundos cambios culturales y
sociales en el país.
Antes y después de aquella “primavera”, el mercado publicitario reflejaba
las tensiones entre moralismo y el auge del "sexo vende". En 1967, la
publicidad argentina experimentó un crecimiento sin precedentes, con un
aumento del 50% en inversión respecto de 1966. La publicidad gráfica
recuperó terreno gracias a la impresión en colores y a una “oleada erótica”,
donde el 75% de los avisos exhibía cuerpos femeninos para vender
productos. Aunque se redactó un código de ética para regular estas
prácticas, pronto quedó en desuso.
Simultáneamente, revistas como Siete Días introdujeron chicas en bikini en
sus portadas, enfrentando censuras oficiales lideradas por Guillermo Borda,
quien vinculó la exhibición femenina con la amenaza a valores familiares.
Tras su renuncia en 1969, estas restricciones se relajaron.
En el ámbito político, la radicalización afectó la moda. Se crearon sindicatos
de modelos, que debatieron el rol de la moda en el capitalismo dependiente.
Para algunas mujeres, integrarse a la militancia revolucionaria implicó
cambios estéticos que abandonaban la moda "burguesa" para reflejar
sencillez y proletarización. Sin embargo, el cuerpo femenino también se
utilizaba estratégicamente: jóvenes guerrilleras, descritas en los medios
como atractivas y sofisticadas, empleaban su imagen para operaciones
como robos o infiltraciones.
Esta “sexualización estratégica” reflejaba la tensión entre los ideales
revolucionarios y los roles tradicionales de género. Guerrilleros y guerrilleras
adoptaban "máscaras" sociales para integrar su lucha al contexto público.
Mientras los hombres se disfrazaban de obreros o policías, las mujeres
explotaban roles tradicionales o potenciaban su deseabilidad, combinando
estas estrategias con los objetivos revolucionarios.
Sexo y revolución
En las décadas de 1960 y 1970, las palabras “sexo” y “revolución” formaron
parte de un léxico que incluía términos como “emancipación” y “liberación”.
En un contexto trasnacional, movimientos como el feminismo y los derechos
homosexuales cuestionaron la familia patriarcal, la desigualdad de género y
la heteronormatividad. Mientras en Estados Unidos y Europa hubo avances
legales, en América Latina estos actores fueron menos influyentes, y las
demandas feministas y sexuales eran vistas como marginales dentro del
clima político de los años setenta.
En Argentina, grupos como la Unión Feminista Argentina (UFA), el
Movimiento de Liberación Feminista (MLF) y Muchacha surgieron con
demandas como anticoncepción, aborto y guarderías. Sin embargo, estas
agrupaciones, de vida breve, enfrentaron dificultades para articular redes y
fueron ignoradas por sectores políticos dominantes. Entre las acciones más
destacadas estuvieron protestas contra el Día de la Madre y la feria
Femimundo en 1972, aunque pasaron desapercibidas.
El Frente de Liberación Homosexual (FLH), fundado en 1971, reunió a
agrupaciones como Nuestro Mundo y Eros, destacándose por su crítica al
patriarcado y al “erotismo comercializado”. Sus intentos de insertar la
cuestión sexual en el proceso revolucionario fracasaron debido a tensiones
con la izquierda y al rechazo de sus demandas como neocoloniales o
irrelevantes.
La izquierda revolucionaria, como el PRT-ERP, descalificó la “revolución
sexual” como una falsa liberación promovida por el capitalismo, que
reforzaba la cosificación y la subordinación de la mujer. Documentos como
“Sobre Moral y Proletarización” propusieron la pareja monógama basada en
ideales socialistas, mientras condenaban la erotización de la cultura como
evasión de los problemas reales. Las luchas por la liberación sexual y de
género en Argentina chocaron con el conservadurismo político y cultural,
destacando la tensión entre el discurso revolucionario y las demandas
feministas y de diversidad sexual.
Augusto Klappenbach reflexionó sobre los vínculos entre política y erotismo
en un artículo, destacando que el capitalismo restringía el potencial crítico
de Eros al placer sexual, volviéndolo políticamente inofensivo. Contrastando
con otros intelectuales, Klappenbach imaginaba un futuro no capitalista
donde Eros impregnaría toda la experiencia humana.
Mientras tanto, en Argentina, jóvenes de clase media y obrera
experimentaban transformaciones en las actitudes y prácticas sexuales. En
los años sesenta, se difundió una nueva visión del sexo asociada al amor y
la responsabilidad, cuestionando la virginidad femenina como símbolo de
honestidad. Para 1973, encuestas revelaban que una alta proporción de
jóvenes había iniciado su vida sexual en la adolescencia, reflejando un
cambio en las normas sobre sexo y matrimonio.
El arquetipo de la “piba de barrio”, vinculado en el pasado a represión y
conservadurismo, evolucionó hacia una mayor aceptación de la sexualidad.
En los años setenta, testimonios y encuestas destacaban cómo jóvenes de
distintos sectores sociales empezaban a ver el sexo con naturalidad, aunque
persistan desigualdades de género. Tanto hombres como mujeres debatían
los nuevos roles y exigencias sexuales, señalando la persistencia del
machismo en las dinámicas íntimas y en los mensajes de los medios. Este
panorama reflejaba el inicio de una revolución sexual discreta en Argentina,
marcada por tensiones entre avances culturales y estructuras patriarcales.
La conciencia está en el cuerpo
Durante su exilio en México, Héctor Schmucler reflexionó sobre la relación
entre el cuerpo y la subjetividad política en los grupos revolucionarios de los
años ‘70. Según él, la izquierda revolucionaria instrumentalizaba el cuerpo
de los militantes, separando al “hombre que desea” del “hombre político”.
Esto reducía al revolucionario a una máquina al servicio de la revolución,
enajenándolo de su humanidad cotidiana. Este ideal político se asociaba a
una figura heroica masculina que encarnaba valentía, resistencia y
sacrificio, ejemplificada por líderes como el Che Guevara.
La cultura militante enfatizaba la acción incansable, que requería cuerpos
jóvenes, resistentes y disciplinados. Para las mujeres, esto era más difícil
debido a las exigencias de género y el machismo que impregnaba tanto a la
izquierda como a la sociedad argentina en general. Aunque algunas
lograban ascender, la militancia era predominantemente masculina,
subrayando una juventud idealizada y saludable.
Las organizaciones revolucionarias, como el PRT-ERP, promovían un
activismo extremo, basado en la “moral proletaria”, que implicaba cruzar
fronteras culturales y sociales, sacrificando descanso, salud e incluso vida
personal. Esta dinámica se reflejaba en semblanzas de figuras como Luis
Pujals y Eduardo Capello, cuyas vidas militantes ilustraban la intensidad
física y emocional requerida.
El peronismo revolucionario también exaltaba la acción, representada en
figuras como Eva Perón, asociada al sacrificio y la entrega total. En
militantes de mayor edad, como Coty y Ramona, o en intelectuales como
Paco Urondo, el compromiso político exigía adaptar sus cuerpos y rutinas a
las exigencias revolucionarias. Urondo, por ejemplo, combinó su trabajo
intelectual con un entrenamiento físico intensivo, simbolizando la fusión
entre acción y pensamiento revolucionario.
Este anti-intelectualismo valoraba la acción por encima de la formación
ideológica, diferenciando a las nuevas izquierdas de generaciones
anteriores. En retrospectiva, militantes de la época reconocen haber
priorizado la práctica por sobre el debate político o la reflexión teórica.
Aunque los grupos revolucionarios de los años setenta usaban una retórica
igualitaria, en la práctica predominaba el liderazgo masculino. Las mujeres
ocuparon pocos cargos altos en el PRT-ERP y ninguno en la cúpula de
Montoneros, aunque eran más frecuentes en los rangos medios. Montoneros
creó la Agrupación Evita para organizar la militancia femenina, reforzando
roles tradicionales y abordando problemas como la violencia doméstica,
aunque con escasa convocatoria. Las mujeres enfrentaron barreras
culturales y familiares que dificultaban su militancia activa, especialmente
por el control social y la sobrecarga de responsabilidades domésticas.
En las guerrillas, las mujeres tenían roles limitados, generalmente asociados
a tareas consideradas femeninas, como la limpieza y la organización
cotidiana. A pesar de algunos intentos de inclusión, la participación
femenina en la lucha armada era excepcional y enfrentaba prejuicios
culturales y organizativos. La militancia exaltaba un ideal masculino, joven,
resistente y heterosexual, enfatizando el control del cuerpo y las emociones.
La sexualidad era regulada estrictamente, y las relaciones fuera de la
pareja monógama se castigaban como desviaciones individualistas. La
homofobia predominaba, con medidas extremas como expulsiones o
ejecuciones en algunos casos.
La cultura revolucionaria celebraba la acción, rechazaba el intelectualismo y
demandaba cuerpos resistentes, adaptados al ideal del combatiente
masculino joven. Este modelo excluía a quienes no cumplían con las
exigencias físicas y sociales, consolidando un liderazgo basado en la
capacidad para soportar pruebas de activismo y disciplina.
El cuerpo joven en la Argentina de los ’60 y ’70: erotismo, política y
género en transformación
El cuerpo joven fue central en la cultura y política argentina entre finales de
los ‘60 y principios de los ‘70. Su irrupción pública, desde las revistas y la
moda hasta las manifestaciones, trajo cambios en la exhibición e interacción
en lo erótico, sexual y político. La mujer joven protagonizó nuevas pautas
eróticas, pero estas reforzaron ideales de belleza y autocontrol, llevando a
la cosificación más que a una verdadera “liberación”. Sin embargo, no
necesariamente sometieron más a las mujeres al poder masculino, ya que
se entrelazaron con otras transformaciones de la sexualidad.
El sexo premarital se normalizó, y en los ‘70 surgió una concepción que
desvinculó la sexualidad del matrimonio, promoviendo debates sobre
igualdad sexual en un contexto aún marcado por un doble estándar. En los
grupos revolucionarios, el compromiso político regulaba la conducta sexual,
definiendo la moral individual. Los militantes buscaban un “cuerpo
resistente”, ideal joven, masculino y disciplinado, asociado al compromiso y
la acción. Este ideal excluía a las mujeres del liderazgo y del combate
guerrillero debido a las limitaciones de género. A medida que la represión
estatal aumentó en los ‘70, no distinguió entre guerrilleros, militantes y
activistas, poniendo a todos los cuerpos en la línea de fuego.

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