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M. Zerda - CEPAL 05 - La Comunidad "Awicha" en La Paz, Bolivia.

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SÓLO PARA PARTICIPANTES

DOCUMENTO DE
REFERENCIA

10 de Octubre de 2005
SOLO ESPAÑOL

Gobierno de Argentina, Ministerio de Desarrollo Social de la Nacional


Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)
CELADE- División de Población

Reunión de Gobiernos y Expertos sobre Envejecimiento de Países de América del Sur

Con la colaboración del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), Organización
Panamericana de la Salud (OPS), Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Organización
Internacional del Trabajo (OIT)

Buenos Aires, Argentina, 14 al 16 de noviembre de 2005

LA COMUNIDAD “AWICHA” EN LA PAZ, BOLIVIA.


EXPERIENCIA PARTICIPATIVA DE PERSONAS DE EDAD INDÍGENAS MIGRANTES.

Este documento fue preparado por MERCEDES ZERDA Y JAVIER MENDOZA de la comunidad
de ancianos y ancianas “Awichas” de Bolivia. Las opiniones expresadas en este documento, que no ha
sido sometido a revisión editorial, son de la exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no
coincidir con las de la Organización. Se prohíbe citar sin autorización de los autores.
La Comunidad “Awicha” en La Paz, Bolivia.
Experiencia participativa de personas de edad indígenas migrantes.

Presentación
La experiencia que se presenta, se está desarrollado desde hace veinte años en un vecindario de la
ciudad de La Paz, con una población de personas adultas mayores pobres, indígenas de la etnia aymara
que habiendo migrado desde sus comunidades originarias del área rural a la ciudad, han sido partícipes
de un programa que les ha brindado la posibilidad de mejorar su vida en un marco de respeto y vigencia
de su cultura nativa. Se trata de la experiencia de la Comunidad de Ancianos y Ancianas “Awicha”.
Awicha en el idioma aymara quiere decir “abuela”; se refiere a la abuela de sangre, pero también a
cualquier anciana de una comunidad. Es un denominativo cariñoso con el que los aymaras se refieren a
las mujeres de edad avanzada
Fieles al espíritu con el que se ha trabajado en el seno de la Comunidad Awicha, este documento ha
sido elaborado a partir de discusiones sobre el tema con miembros de la Comunidad a fin de que refleje
el punto de vista de sus integrantes, que son personas ancianas indígenas que han emigrado a la ciudad
de La Paz.

I. Descripción de la experiencia

Antecedentes:
Bolivia es uno de los países del continente americano que tiene una población mayoritariamente
indígena, sin embargo desde su nacimiento como república, ha sido siempre gobernada por
representantes de la minoría blanca o mestiza de cultura occidental y recién desde hace pocos años se la
reconoce constitucionalmente como un país pluricultural y multilingüe.
Según el censo nacional del año 2001, aunque la población adulta mayor se encuentra repartida en
porcentajes similares entre el área urbana y rural en Bolivia, llama la atención que según el mismo
censo, el 70% se autoidentifica como indígena y casi en un 80% habla un idioma nativo.
Estos datos nos muestran un espectro especial de la conformación cultural de la población adulta
mayor del país, en el que se nota un profundo contenido de culturas indoamericanas que, habiendo sido
consideradas siempre como campesinas, poco a poco van teniendo vigencia urbana debido al
fenómeno creciente de emigración desde el campo a la ciudad.
La pobreza en esta población es del 63%, siendo en el área rural mayor al 90%. Solamente el 20% de las
personas mayores de 60 años cuentan con jubilación y en el área rural este porcentaje es de 2% apenas.
Los aymaras, componen el grupo étnico más numeroso del occidente de Bolivia. Se calcula que
alrededor de un millón y medio de personas mayores de quince años hablan el idioma aymara en el
país. En las áreas urbanas del departamento de La Paz, el 60% de sus habitantes se auto identifica
como indígena del grupo aymara. El conglomerado urbano de las ciudades de La Paz y El Alto, cobija
a la mayor parte de población de esta etnia en el país.
La “zona”1 de Pampajasi, donde se ha desarrollado la experiencia de la Comunidad Awicha, se
encuentra en la ladera este de la ciudad. Ccomo en todas las zonas marginales, sus habitantes son, en su
mayor parte familias indígenas que han dejado sus tierras de origen en el altiplano paceño buscando
mejores condiciones de vida en la ciudad.
I.2. Descripción de la experiencia
El año l985, cuatro awichas aymaras, que habían emigrado desde sus comunidades campesinas de
origen, a la ciudad de La Paz, decidieron formar en Pampajasi una organización autónoma,
independiente de cualquier institución gubernamental o no-gubernamental, con la finalidad de apoyarse
mutuamente para enfrentar los problemas cotidianos que encuentran las mujeres indígenas ancianas

1 Así se denomina tradicionalmente en La Paz a los barios marginales.

1
que acaban viviendo en los centros urbanos. Las cuatro amigas, que como muchas otras habían sido
trasladadas desde sus comunidades rurales a la ciudad por sus hijos, ante los problemas de adaptación
a esa nueva vida, decidieron buscar apoyo en su propósito de formar una organización para
“ayudarnos entre nosotras a vivir y morir juntas en la ciudad”.
La Comunidad Awicha se fue conformando a lo largo de los años a partir de la necesidad de apoyo
mutuo que sintieron aquellas cuatro ancianas fundadoras: doña Francisca, doña Manuela, doña Dionisia
y doña María. De ese pequeño intento surgió un esfuerzo que actualmente congrega a más de ciento
setenta ancianas y ancianos en La Paz y alrededor de ciento cincuenta en cuatro comunidades
campesinas ubicadas en el área del lago Titicaca.
La Comunidad Awicha es parte de un conjunto de organizaciones más amplio denominado Comunidad
Aymaras Urbanos de Pampajasi (CAUP) que conjuga los esfuerzos del Centro Infanto Juvenil Machaq Uta
y el Centro de Medicina Natural y Espiritualidad Aymara Qulla Uta, que son instituciones de base
conformadas por aymaras migrantes que trabajan en el fortalecimiento de su cultura en el ámbito
urbano de la ciudad de La Paz, desde hace muchos años.
Actualmente, la Comunidad Awicha en La Paz está formada por seis grupos: tres en Alto, Central y
Bajo Pampajasi; uno en Kupini, uno en Alto San Antonio y uno en El Alto. Cada grupo tiene alrededor
de treinta integrantes, todas personas mayores de sesenta años.
En el área rural, se han formado grupos de ancianos y ancianas en cuatro comunidades aymaras de la
provincia Manko Kapak del departamento de La Paz: Kusijata, Chachapoyas, Qullasusyu y Qillay
Belén, que desde hace tres años se han integrado a la Comunidad Awicha.
La Comunidad Awicha en La Paz paulatinamente ha ido incorporando varones, pero sigue siendo una
institución esencialmente femenina, solamente el 23% de sus integrantes es de sexo masculino, pues la
mayor parte de la población indígena adulta mayor que habita las ciudades está conformada por mujeres
viudas.

Ser mujer, pobre, india y vieja en medio de la ciudad.


La migración del campo a la ciudad es el fenómeno poblacional más importante en Bolivia. Hasta hace
poco “aymara” era sinónimo de campesino; pero cada vez más, debido a la pobreza en el área rural, las
personas de las etnias nativas se trasladan a las ciudades, haciendo que un alto porcentaje de los
bolivianos de los pueblos originarios sean cada vez habitantes de las ciudades.
Sin embargo, trasladarse a vivir en las ciudades no hace que los aymaras se conviertan
automáticamente en citadinos. Ante la marginación de la que son objeto, los aymaras en la ciudad
tienen que maquillar su comportamiento con toques urbanos, adquiriendo formas occidentales para
ser aceptados por la cultura dominante como una forma de adaptación pacífica y menos dolorosa para
participar en la vida económica de la ciudad. Pero esto resulta muy difícil para las awichas, pues ellas no
pueden mimetizarse, no hablan español, ni pueden competir como fuerza de trabajo dentro de la
ciudad, porque las tareas que habitualmente realizaban en el campo y para las que son expertas
(cuidado de animales, labranza de la tierra) no son requeridas en la ciudad.
Impulsados por la falta de tierras y las dificultades económicas, quienes primero emigran del campo
hacia la ciudad son los hombres y mujeres jóvenes, solteros o con niños pequeños, dejando a sus
padres a cargo de sus parcelas en el campo y de la pequeña casa familiar. La pareja de abuelos envejece
hasta que, por lo general, muere primero el abuelo --el achachi-- y la awicha, que muchas veces se queda
temporalmente en compañía de un nieto o nieta, finalmente es trasladada por sus hijos, que no ven otra
solución, a la ciudad, muchas veces en contra de su voluntad.
La awicha llega a la urbe cargando su idioma, su manera de entender el mundo, sus tradiciones y
costumbres, para encontrarse con una realidad hostil que le habla en otro idioma y en la que los
valores comunales de solidaridad y reciprocidad con los que había sido criada todo el tiempo
súbitamente son cambiados por el individualismo y la competencia que rigen en el ámbito urbano.
Probablemente, la primera decepción que las awichas sufren al llegar a la ciudad ocurre cuando se dan
cuenta de que su familia misma ha cambiado: en la ciudad sus hijos no se comportan como en el
campo porque el permanente estado de necesidad en el que viven las familias migrantes exige que el

2
padre y la madre trabajen, descuidando la atención de los hijos. Así las awichas pasan a ser las
encargadas de vigilar y controlar a unos niños con los que no pueden comunicarse y quienes adquieren
toda clase de valores y formas de comportamiento reñidos con la moral tradicional aymara de una caja
luminosa que llaman televisión.
Las awichas piensan que la ciudad, con sus malas costumbres, hace que sus hijos y nietos pierdan el
respeto por todo aquello que hay que respetar. Ellas tratan de explicarse las nuevas costumbres urbanas
usando los moldes de su propia cultura pero nunca logran entenderlas. No entienden por qué la gente
vive de una manera tan poco humana en la ciudad. Ante ese hecho, su primera reacción suele ser de
indignación; pero como no hablan castellano y su opinión no tiene el mismo valor que tenía en su
comunidad campesina, se cansan de criticar y terminan por callar.
Las consecuencias de este brusco cambio de vida son: la soledad, la falta de relaciones sociales y la
conciencia de un abismo generacional y cultural que paulatinamente hace que las awichas se
automarginen, se resignen a perder sus derechos y se sienten a esperar una indigna muerte en la ciudad.
Se ven como inútiles porque no pueden aportar a la economía familiar y se sienten invadidas en los
estrechos lugares donde sus hijos las llevan a vivir con sus familias, hasta que poco a poco se van
convirtiendo en fantasmas dentro de la bulliciosa urbe, añorando las amplias y silenciosas planicies que
les acompañaron toda su vida anterior. Como indias, como mujeres y como viejas están sujetas a una
triple discriminación, y se puede decir que no existe un rango más bajo donde un ser humano puede ser
ubicado en la escala social boliviana.
El problema económico más serio que enfrentan las indias viejas en la ciudad es no poder encontrar
trabajo. Lo mucho que saben hacer no les sirve y la competencia con las jóvenes, que llenas de energía
llegan del campo en busca de un futuro, en medio de la endémica crisis económica del país, es
insostenible. Así acaban dedicándose a tareas tales como reciclar basura, recoger huesos, hilar lana o
realizar actividades informales eventuales que les producen una ganancia promedio menor de U$ 10 al
mes.

Una “comunidad aymara urbana”


De la misma manera que se considera que los aymaras que emigran a la ciudad, porque dejan de ser
campesinos, deben incorporarse irremediablemente a la cultura occidental citadina; se piensa que las
formas de organización comunal tradicionales que están vigentes en el campo no tienen cabida en la
ciudad, y que en el ámbito urbano, por definición, las maneras de organización social en las zonas y los
barrios marginales deben responder solamente a los parámetros culturales citadinos occidentales. Casi
nunca se concibe la posibilidad de la utilización, dentro de la ciudad, de formas de organización
basadas en las maneras nativas rurales basadas en el trabajo colectivo, la reciprocidad y la dirigencia
como una obligación de todos.
Los aymaras mismos en las zonas marginales de La Paz tienden a seguir las formas citadinas de
organización, que suelen ser de estructura piramidal, donde manda inflexiblemente la mayoría, donde
se elige dirigentes que representan y no consultan a las bases, con resultados no siempre satisfactorios.
Las cuatro awichas fundadoras de la comunidad que decidieron crear una organización que les ayudara a
sobrevivir en la ciudad, buscaron apoyo y lo encontraron en una pareja de psicólogos comunitarios que
trabajaban en la zona, éstos les ayudaron en la creación de su organización siguiendo una metodología
de trabajo comunitario no directiva, lo que permitió a las awichas conformar una agrupación a la medida
de sus necesidades.
Como no conocían otra alternativa, nunca habían ido a la escuela, ni sabían leer ni escribir, empezaron
a construir una asociación guiadas solamente por sus tradiciones, sus necesidades y sus posibilidades.
Esto resultó finalmente en una especie de réplica urbana de su comunidad indígena rural, adaptada a
sus nuevas necesidades citadinas y a las características propias de las personas de edad.
La esencia de la forma de organización de la Comunidad Awicha surgió así de manera natural. Casi sin
pensarlo, las mujeres empezaron a trabajar en conjunto y a realizar por turno las tareas de dirección y
servicio al grupo, recuperando así las relaciones de reciprocidad y control social, fundamentales en la
vida comunal de los aymaras, y logrando crear en el proceso un espacio psicológico de gran

3
importancia que podía tomar el lugar de la comunidad aymara rural de la que se sentían huérfanas en la
ciudad.
De esa manera, paulatinamente fueron conformando su propia "comunidad aymara urbana",
reivindicando el respeto por sus costumbres y valores tradicionales y recobrando su antigua dignidad y
autoestima. En esa “comunidad” se habla su idioma, se organizan según su tradición, se baila sus
danzas nativas, se escucha su música, se mastica hojas de coca y se realizan los ofrecimientos rituales
para los espíritus de la naturaleza: Pachamama (madre naturaleza) y Achachilas (ancianos espíritus de las
montañas).

Forma de funcionamiento.
Dentro de los grupos de la Comunidad Awicha, las ancianas y ancianos que son miembros, planifican,
ejecutan y evalúan sus proyectos en el seno de sus grupos de base, recibiendo apoyo técnico profesional
sólo en las tareas que no pueden realizar por sí mismos. Este apoyo está coordinado por una psicóloga
que con un equipo operativo de jóvenes aymaras urbanos se ocupan de la organización, capacitación,
contabilidad, promoción y difusión de actividades culturales, rituales y educativas. Este equipo, junto
con las directivas de los grupos, se encarga de la relación con los organismos de apoyo financiero y el
manejo de los recursos obtenidos.
La tradición aymara exige que todos los miembros de una comunidad sean dirigentes; no se trata de un
privilegio, sino de una obligación que todos deben cumplir y un derecho que le asiste a cualquiera que
sea miembro de la comunidad. Todas las awichas tienen que cumplir la obligación de dirigir sus grupos.
Todas deben cumplir comisiones de trabajo, aportar lo mismo y recibir los beneficios de forma
equitativa, considerando siempre sus necesidades, habilidades y dificultades específicas. Se trata de una
ética básica ancestral de la cultura aymara.
Cada grupo de la Comunidad Awicha tiene una asamblea semanal en la participan todos sus integrantes.
En ella se planifican, organizan y evalúan las actividades del grupo. Las decisiones son tomadas por
consenso, teniendo en cuenta los puntos de vista de todos los participantes, discutiendo veces por
horas, hasta que todos se sienten representados en la decisión final. Las tareas son repartidas de manera
equitativa, de modo que todos participen de acuerdo a sus posibilidades físicas y sus habilidades.
Siempre se consideran casos particulares, nunca hay reglas inflexibles. Las personas que han cumplido
turnos que impliquen uso de dinero realizan sus informes económicos y no hay nadie que pueda
excusarse de hacerlo; de esa manera hay un minucioso control sobre los recursos en cada grupo.
También, dentro de ese ámbito, se presentan y se solucionan de manera colectiva problemas
interpersonales que pueden haber surgido entre las awichas.
Cada grupo tiene una directiva que es anual y rotativa, como es tradicional en la organización aymara.
Las directivas de cada grupo, se reúnen por lo menos una vez al mes con el equipo operativo para
informar sus inquietudes y coordinar las acciones de todos los grupos de la Comunidad Awicha.
Actualmente la comunidad cuenta con dos pequeñas casas comunales en Pampajasi donde viven
veinticuatro personas de edad que no tienen familiares en la ciudad. Estas residencias son lo más
alejado de un asilo o un hospicio; es decir un refugio donde las personas viejas van para ser atendidas.
La sola mención de esas palabras hace enfurecer a las awichas porque en sus casas comunales todo
depende de ellas mismas y son libres de hacer de acuerdo a sus decisiones colectivas. Las casas son
compartidas por hombres y mujeres, y en algunos pocos casos son parejas; no existen horarios y
pueden recibir visitas cuando quieran. Cada anciano o anciana ocupa una habitación que es suya hasta
su muerte y sus familiares no pueden heredar la habitación, que será asignada a otra awicha. Dentro de
las casas comunales, las responsabilidades de mantenimiento están distribuidas entre todos quienes
viven en ellas. Algunas awichas crían animales pequeños, como conejos o pollos, o cocinan en fogón
como en el campo, y todo esto se ve como algo natural.
En sus reuniones siempre usan su idioma, como en sus comunidades de origen, para analizar y
solucionar los problemas de convivencia que se presentan.
La Comunidad Awicha, tiene tres comedores que atienden a unas setenta personas mayores que viven
en las casas comunales o fuera de ellas pero necesitan apoyo alimentario. Allí también las awichas se

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encargan por turno del funcionamiento de todo; hacen las compras de los alimentos y realizan
informes semanales y mensuales de los gastos. En uno de los comedores las awichas y achilas que
integran el grupo cocinan en turnos semanales.
Las awichas que viven en las casas comunales o fuera de ellas, participan también en iniciativas
productivas como el hilado artesanal de lana de alpaca y el tejido de mantillas; la producción manual de
pan sin aditivos artificiales para el consumo de vecinos de la zona y la elaboración y venta de k‟ispiña
(alimento tradicional aymara elaborado con quinua), como fuente de generación de ingresos propios
que benefician a cada participante.
Dentro del ámbito del movimiento por la vigencia de los derechos de las personas adultas mayores, la
Comunidad Awicha se ha convertido en una importante impulsora de la organización de los adultos
mayores en La Paz y en el país. Ha participado activamente en congresos de adultos mayores en el
ámbito nacional e internacional. Aunque sus representantes no hablan bien español, reflejan bien el
carácter indígena de la mayoría de las personas de edad en Bolivia. Los miembros de la Comunidad
Awicha se han destacado también por su participación activa en acciones de cabildeo ante los órganos
de gobierno por la consecución de políticas estatales que protejan a las personas de edad y por el
reconocimiento y la vigencia de sus derechos dentro de la sociedad boliviana. Sus planteamientos van
dirigidos también al reconocimiento de los derechos políticos, económicos y culturales de la nación
aymara en su conjunto.
La Comunidad Awicha, es miembro de la Red Defensa del Anciano, pertenece a la Red del Consejo de
Venerables Ancianos de La Paz, a la Asociación Nacional del Adulto Mayor, a la Red "Tiempos" de
Latinoamérica y el Caribe.

Recursos
Las cuatro awichas fundadoras empezaron a reunirse en una calle de Pampajasi. Entonces a ninguna
institución de cooperación le interesaba su proyecto. Durante muchos años, el único apoyo que
recibieron provenía de un grupo de personas ancianas de Linköping (Suecia) que vendían la lana de
alpaca hilada a mano que las awichas enviaban desde Bolivia y realizaban rifas y eventos de recaudación
de fondos para sus amigas del tercer mundo. Esta relación de solidaridad que todavía perdura, fue de
provecho mutuo, porque al mismo tiempo que ayudó con algunos recursos en esa difícil etapa inicial a
las awichas bolivianas, ofreció a las abuelas suecas la posibilidad de ser útiles en la última parte de su
vida.
La organización ha recibido apoyo financiero de Svalorna de Suecia y de HelpAge International. En el
ámbito nacional, ha recibido en el pasado apoyo financiero de instituciones bolivianas como la
Fundación Horizontes y actualmente la Fundación San Luis, son también importantes los aportes
solidarios de amigos como el grupo de Linköping y otros. Su presupuesto para el año 2005, está
calculado en veinte mil dólares.

II. Aspectos innovadores y exitosos de la experiencia

Las awichas y su idea del envejecimiento.


En español y otros idiomas occidentales, se puede usar la palabra “viejo” para referirse indistintamente
a un objeto muy usado o a una persona mayor. En el idioma aymara es imposible hacer eso; para cada
caso los términos son distintos y los que se refieren a las personas de edad implican siempre mucho
respeto. Awicha y achachi son las mismas palabras que se utilizan en referencia a los espíritus de los
antepasados, que constituyen en punto central de la religión aymara. También se usa chuymani para
viejos de ambos sexos, que significa una persona con gran sabiduría y sentimiento.
En las comunidades indígenas campesinas las personas mayores ocupan un lugar preferencial: la
comunidad en su conjunto las protege y escucha con respeto sus consejos cuando son consultadas. En
las ciudades, donde el sistema social comunitario tradicional se diluye, aún en las zonas donde la
población es mayoritariamente aymara pero de diferentes provincias, los valores tradicionales de

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solidaridad desaparecen y junto con ellos la responsabilidad comunitaria y el respeto hacia los
mayores.
En las comunidades rurales donde han crecido las awichas, el envejecimiento y la muerte son vistos
como fenómenos naturales que no producen gran temor. Acostumbradas como están a no
sobrevalorar al ser humano por encima de todo lo que envejece y muere en la naturaleza, con el paso
del tiempo, ya han velado por última vez a muchas en sus casas comunales y todas están siempre
preparadas para ese último momento. Un día, con mucha extrañeza, doña María hizo el siguiente
comentario: “En la radio han dicho: „Aunque el cuerpo esté anciano, siempre hay que tener el espíritu joven‟. No
entiendo eso, ¿acaso es malo tener un espíritu anciano como nuestro cuerpo?”
Desde esa perspectiva nacer, envejecer y morir son parte de ese proceso y resulta absurdo luchar contra
el envejecimiento o temer a la muerte, pues sería atentar contra la vida misma. Interrogado sobre la
vejez el yatiri (chamán) del grupo, Don Carlos, respondió así:
El envejecimiento viene del aire, del agua, del sol, de los animales, de las plantas, viene de todo en la naturaleza. Cuando
la planta nace es chiquita y su color verde brilla; cuando florece es que se ha enamorado; después se embaraza, tiene fruto y
guarda dentro de ella la semilla. Las plantas, como todo en el mundo, son hembra y macho; después de botar su semilla,
la vestimenta de la planta poco a poco se vuelve vieja, y ya no puede volver a ser de nuevo verde. Cuando llega la helada se
dobla porque cada vez está envejeciendo más; después muere y se vuelve abono, para ayudar a nacer a la semilla en una
nueva planta. Igual nosotros: nuestro tiempo llega siempre a su hora. A medida que envejecemos nos vamos hartando de
vivir, así como cuando comemos nos hartamos y ya no podemos comer más, así tenemos que aprender a saciarnos con la
vida y no negarnos a envejecer y morir.

Lo único que tienen para legar es su cultura.


Después de haber logrado un nivel de seguridad aceptable para sus últimos días, agradecidas a la vida y
fieles a su tradición de dar por lo que han recibido, las awichas han visto como su misión legarnos lo
único que tienen: su cultura. Naturalmente, todas las actividades que realizan las integrantes de la
Comunidad Awicha, están centradas en la expresión de sus valores culturales. Entre ellas hay que
destacar:
Revitalización de la música y la danza nativas. Una de las actividades más importantes en la cultura
aymara y para las awichas es la danza. Al igual que sus antepasados, bailan ante cualquier evento
importante. Preocupadas porque danzas que todas ellas habían bailado durante su juventud en sus
comunidades de origen se están perdiendo, han decidido revitalizar antiguas danzas aymaras, o algunas
que han sido transformadas por la influencia cultural occidental en la ciudad.
Desde hace doce años las awichas presentan públicamente un grupo de danza en las fiesta de Pampajasi
y son reconocidas y aplaudidas por los habitantes de la zona como una importante demostración de la
identidad cultural aymara en la ciudad. Del mismo modo, los achachis (varones) de la organización desde
hace algún tiempo, se han organizado para interpretar música con sus instrumentos nativos, como
solían hacer en su juventud en sus comunidades originarias, respetando las épocas y los estilos en que
se debe ejecutar la música autóctona aymara.
Teatralización de cuentos aymaras antiguos. Todos los grupos que componen la Comunidad Awicha
muestran mucho entusiasmo en la producción de pequeñas piezas teatrales que ponen en escena, en
aymara, antiguos cuentos propios de la tradición ancestral aymara. Estos cuentos, que frecuentemente
encierran profundas moralejas, son presentados en diferentes escenarios, sobre todo ante otros grupos
de personas de edad.
Festivales de revitalización de la cultura aymara. Desde hace cinco años, la CAUP en coordinación con
la Oficialía Mayor de Culturas del Municipio de La Paz, realiza dos festivales anuales con participación
de organizaciones de Pampajasi, Kupini y Villa San Antonio, en los que las awichas son parte
fundamental. En estos festivales se difunden música y danza autóctonas, se realizan ofrecimientos
rituales a los dioses tutelares de la religión aymara, y las awichas, junto con las madres del Centro Infantil
Machaq Uta elaboran distintas muestras de la culinaria aymara que tienen mucha acogida entre el público
que asiste porque se trata de platos difíciles de conseguir en la ciudad.

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Estos festivales se realizan en Machaq Mara ( el Año Nuevo aymara, en el solsticio de invierno) y el 14
de noviembre, en conmemoración al héroe aymara más importante: el caudillo indígena Tupak Katari,
muerto por los españoles en 1781.
Transmisión de la tradición oral a niños y niñas. En un esfuerzo para preservar el inmenso caudal de
sabiduría que encierran estas ancianas mujeres, las awichas han accedido a abrir las puertas de sus casas
comunales para que niños y niñas, hijos de aymaras migrantes, puedan escuchar de ellas la narración de
cuentos y tradiciones antiguas y para aprender de ellas el idioma, y la explicación de importantes
tradiciones culturales y la fabricación de elementos propios de la cultura aymara como las t‟ant‟a wawas,
literalmente “niños de pan” imprescindibles para festejar la llegada de las almas de los difuntos en
Todos Santos, o la elaboración de t‟isnus, complejas pulseras tejidas a mano. que sirvan como pulseras.
Encuentros culturales urbano–rurales de ancianos. Hace tres años, la Comunidad Awicha aceptó el
requerimiento de comunidades rurales en la región del lago Titicaca para replicar su experiencia en el
ámbito rural. Así empezó un proceso de intercambio muy fecundo que ha permitido a los ancianos y
ancianas del campo mostrar sus expresiones artísticas de danza y música autóctona ante públicos
urbanos, sobre todo cuando han sido invitados a participar en los festivales culturales. Este intercambio
ha desembocado a fines del año 2003 en la organización un gran Festival de Personas Adultas Mayores
en la localidad de Copacabana, en el cual participaron alrededor de ciento cincuenta ancianos y ancianas
presentando números de danza, música y teatro aymara. En esa ocasión, la comunidad rural de Kusijata
en una movilización colectiva de toda la comunidad, recuperó la danza de los chunchus, que no se había
bailado en los últimos cincuenta años, replicando la música, los vestidos, las máscaras y los accesorios
en base al antiguo traje que guardaba un abuelo.
Con la recuperación de esta danza en el área rural se fortaleció la organización de ancianos de Kusijata y
en julio del 2004 fueron invitados a participar en la Entrada Folclórica de Pampajasi. En esta ocasión las
Awichas bailaron chunchu, reconstruyendo música, danza y trajes que nunca se usaron en la ciudad
Centro de Medicina Natural y Espiritualidad Aymara Qulla Uta. La medicina para los aymaras está
íntimamente ligada a la religión. Para los ancianos y ancianas aymaras que llegan a la ciudad con la
cosmovisión propia de su cultura, el mundo entero es un ser vivo y todo en la naturaleza tiene un
espíritu protector: los animales, los productos agrícolas y los fenómenos climáticos. La Pachamama o
madre naturaleza y los achachilas, los espíritus ancestrales que moran en las montañas de los Andes, son
los que proporciona a todos los seres lo necesario para vivir y por ello permanentemente hay que
hacerles ofrecimientos rituales como muestra de agradecimiento y pedirles permiso y poder usar de
buena manera los recursos que brindan.
Aunque esa religión tradicional ha sido afectada por la imposición del cristianismo, el espíritu animista
y profundamente ecológico de la religión tradicional sigue vivo. Todas las awichas participan de ese
sentimiento básico, aunque algunas de ellas sean católicas o evangélicas; porque entre ellas no hacen
ninguna distinción entre esas denominaciones religiosas.
A pesar de que en Bolivia existe un seguro de salud universal y gratuito para todas las personas mayores
de sesenta años, y casi todos los integrantes de la Comunidad Awicha cuentan con este seguro, la
medicina occidental moderna es sentida como una forma de agresión cultural por las awichas, pues la
manera de entender y tratar la enfermedad en ambas culturas es muy distinta. A las awichas no les gusta
ir al hospital, sólo lo hacen si es inevitable, y aún entonces, de manera subrepticia introducen pociones
y preparados propios de su cultura para aliviar sus enfermedades. Prefieren la medicina natural de sus
ancestros que les proporciona el yatiri.
Para solucionar sus problemas de salud a su manera, las awichas propiciaron la formación de lo que es
actualmente el Centro de Medicina Natural y Espiritualidad Aymara “Qulla Uta” (casa de medicina), que
funciona en Pampajasi y que se ha convertido en una institución aparte en beneficio de la población de
Pampajasi desde hace nueve años. A través de acciones relacionadas con la atención con medicina
tradicional a las awichas y a toda la población, la Qulla Uta, ha servido para dignificar la medicina
tradicional y la religiosidad aymaras como actividades merecedoras de respeto en la zona, impulsando
la expresión pública de su espiritualidad y su religión ancestral, algo prohibido durante siglos

7
Actualmente, se está desarrollando un programa en el cual una qulliri (herbolaria) atiende consultas y
ofrece medicinas caseras a todas las awichas y junto con ellas elabora pomadas y jarabes corrientemente
usados en el tratamiento de enfermedades de ancianos. Este programa se está realizando con la
perspectiva de que sea considerado como una experiencia piloto para una futura integración de la
medicina natural al Seguro de Vejez, que es una demanda de las organizaciones de las personas
mayores del país.
Lo que empezó como un intento de organización de cuatro mujeres indígenas ancianas, poco a poco se
ha convertido en un referente cultural para toda la zona de Pampajasi. Ver a este grupo de ancianas
mostrar con orgullo al mundo lo que son, sin el apocamiento y la vergüenza que el marginamiento ha
instaurado en sus hijos y nietos, representa una gran lección para todos. A su edad, aparecen ante todos,
como una vanguardia en la preservación del rico patrimonio cultural del que son herederos los aymaras
y como un esfuerzo notable para devolver la autoestima y la dignidad a su pueblo.
Además de estas manifestaciones concretas del patrimonio cultural de las awichas, que esta siento
legado a la población de Pampajasi, existe una herencia intangible transmitida por ellas en su forma de
concebir la vida y de entender el proceso natural del envejecimiento. Es algo que están
permanentemente mostrando en la vida cotidiana, en la manera de organizar sus grupos, en su forma
de compartir sus viviendas y comedores comunales, y en todas las manifestaciones que resultan de las
relaciones sociales y económicas que van con los mecanismos comunitarios característicos de la
sociedad aymara que han sido capaces de hacer funcionar en la ciudad: la reciprocidad, la solidaridad y
la igualdad, demostrando que pueden ser válidos fuera de los contextos rurales con los que
normalmente se los asocia.

Principales Desafíos y Oportunidades de la experiencia


El principal desafío que tiene el programa, es lograr que la experiencia que las awichas han acumulado
sea tomada en cuenta por los organismos del Estado boliviano al momento de diseñar políticas y
programas para proteger a las personas adultas mayores en Bolivia.
Los modelos de desarrollo que se elaboran en Bolivia, por lo general son copias de lo que se está
haciendo en otros países. Entre los gobernantes hasta ahora se ha visto muy poco interés por
desarrollar propuestas nuevas que salgan de la realidad pluricultural que vivimos. Esta visión
equivocada de progreso, que mira solamente los adelantos de la cultura occidental, en nuestro criterio es
un freno al desarrollo social en Bolivia y por lo tanto no solucionan de manera eficiente los principales
problemas de inequidad que sufrimos. En un país en el que la mayoría de la población se reconoce de
una etnia indígena o pueblo originario, debemos empezar a buscar respuestas a nuestras necesidades en
el interior de nuestra riqueza cultural.
Si se considera la permanente migración de personas de edad avanzada desde las comunidades
indígenas campesinas hacia las ciudades, la experiencia de la Comunidad Awicha puede brindar muchas
enseñanzas que sirvan para organizar programas comunitarios de sostén a esta creciente población.
Los servicios autogestionarios que han construido las awichas , son además muy baratos en comparación
de otros servicios semejantes que tienen estructuras verticales de funcionamiento.
En Bolivia se están produciendo importantes cambios sociales fruto de la emergencia vigorosa de las
culturas nativas, por eso este momento histórico es propicio para investigar, desarrollar y construir
modelos alternativos de atención a adultos mayores que tomen en cuenta la realidad cultural propia del
país.

III. Conclusiones

Es importante empezar a mirar a las culturas nativas con nuevos ojos, despojados de la arrogancia
cultural de occidente y la experiencia que hemos presentado es una muestra optimista de respeto y
horizontalidad que no solamente es aplicable al trabajo con adultos mayores indígenas, sino que
también puede aplicarse al trabajo con personas mayores de cualquier grupo cultural, pues nos permite

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enfrentar los problemas sociales de esta población con una visión de mayor respeto y menor
paternalismo.
El aporte de las “Awichas” a una cultura positiva de envejecimiento.
Algunas de las lecciones que recibimos de las awichas pueden ser de gran utilidad en una sociedad que
está permanentemente perdiendo el respeto por la naturaleza y que cada vez es menos solidaria y más
inhumana, con sus indios y sus viejos.
Diferentes culturas producen diferentes “vejeces” y la de las awichas nos obliga a mirar el proceso de
vivir desde otra perspectiva; no solamente como la declinación inevitable de la existencia, sino como
una culminación en que se logra la plenitud de la vida. Doña Liuca decía:
“no quiero rejuvenecer, ya he sido niña y he corrido, he jugando como niña, ya he sido joven y he bailado, he enamorado, he
gozado y sufrido mi juventud, he criado hijos y me han dado alegrías y penas, ahora quiero ser vieja, quiero gozar y sufrir
mi vejez, eso es lo que correctamente me toca”.
Siendo la migración interna el problema poblacional más importante en Bolivia, se constituye en una
realidad socio cultural y económica que afecta al desarrollo de la cultura nativa y su preservación. Afecta
negativamente cuando desaymariza a los jóvenes para que encajen en una sociedad de cultura urbana
occidental, cuando los obliga a dejar la lengua nativa y la vestimenta por considerarlas menos dignas que
las occidentales. Afecta negativamente cuando margina e invisibiliza a los adultos mayores nativos que
no pueden asimilar la nueva cultura.
Si los gobernantes de Bolivia, se esforzaran por construir un verdadero país pluricultural y no creyeran
natural la superioridad civilizatoria de la cultura occidental; todo el sistema organizativo de los pueblos
indígenas podría dejar la clandestinidad y se podría constituir un estado con relaciones interculturales
horizontales, que sin duda serían más apropiadas para el desarrollo del país.
Esto no será posible si no aprendemos de los viejos, si no les escuchamos es posible que con su silencio
muera la alternativa de un entendimiento distinto del envejecimiento y de una sociedad más equitativa y
respetuosa de la naturaleza.
Don José Mendoza dice:
“Todo en este mundo nace, es joven y envejece. Si no madurarían las plantas, no tendríamos frutos y si no envejecerían no
tendríamos semillas ni abono. Por eso contentos tenemos que vivir la vejez y conformes tenemos que morir, para que la
vida siga, sin envejecimiento no habría vida”
El aporte de la Comunidad Awicha debe ser entendido también en términos más globales, su voz, junto
a la voz de los viejos y viejas indígenas de América, los de África, Asia y la de los viejos aborígenes de
Australia, debe ser escuchada en sus conocimientos ecológicos y su sabiduría ancestral y sus
recomendaciones deberían ser tomadas en serio, pues realmente en un momento podrían servir para
salvar nuestro planeta.

Documento elaborado por Mercedes Zerda y Javier Mendoza

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