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Cotero-Torrico, J. B. (2024) - Tres Componentes, Una Práctica. Una Reflexión Sobre La Enseñanza en Gestión Cultural

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Tres componentes, una práctica:

una reflexión sobre la enseñanza en Gestión Cultural.

Por Jorge Bernardo Cotero Torrico

En México, la gestión cultural ha cobrado una relevancia creciente como campo de


conocimiento e intervención, reflejándose en el aumento de programas educativos
dedicados a este ámbito desde principios del siglo XXI (Mariscal y Ortega, 2021).
Este crecimiento responde a la necesidad de enfrentar las complejas interacciones
entre los desafíos contemporáneos, y el entramado de significados
socio-históricamente producidos y simbólicamente estructurados que configuran lo
que llamamos cultura. La enseñanza de la gestión cultural, por tanto, se ha vuelto
fundamental para su consolidación como disciplina, así como para su adaptación a
los cambios globales, especialmente los tecnológicos y digitales, pues esto exige
estrategias de reflexión y acción que sean correspondientes a dichos cambios, sin
perder de vista su objeto de estudio primordial.
Este ensayo se desarrolla a partir del análisis de tres componentes esenciales
para reflexionar sobre la enseñanza de la gestión cultural en el contexto mexicano
actual: oficio, experiencia e industria. Estas reflexiones parten de la idea de que la
gestión cultural, en tanto objeto de conocimiento, puede ser vista a través de tres
cualidades inherentes: inteligencia, movimiento e inercia. Cada una de estas
cualidades se relaciona con los tres componentes fundamentales mencionados1, y
ofrece un marco específico para analizar la enseñanza de la gestión cultural desde
una perspectiva crítica.
El oficio de la gestión cultural, como sostienen Chavarría y Valenzuela (2018)
no puede desligarse de los conceptos que la definen y la orientan en su configuración
práctica. En este sentido, se trata, entonces, de una actividad social (gestionar la
cultura) que debe entenderse como una práctica de reflexión y acción conjunta, es
decir, un proceso de intercambio de sentido, en el que sus partes, dialogan entre sí a

1
Es decir, entendiéndose por oficio al trabajo al que se dedica alguien, ya sea manual o mecánico y que se
aprende a profundidad más con la práctica que con estudios especializados (DEM, 2024); por experiencia a la
facultad individual—por lo tanto social—de percibir e interpretar la realidad presente y el contexto inmediato; y
por industria, a la actividad y organización laboral, económica y administrativa cuyo insumo de recursos, es en
grandes cantidades y para fabricar objetos o dar ciertos servicios a la sociedad (DEM, 2024).
distintos niveles2; y en donde intervienen el gestor—quien advierte la
problemática—; las personas (no los públicos)—para quienes se gestiona: los
beneficiarios—; la cultura en tanto lugar de encuentro—¿como mediación?—; y el
significado como vínculo que unifica estas partes. Desde esta perspectiva, enseñar
gestión cultural implica trascender definiciones funcionalistas3 para fomentar una
comprensión más profunda y crítica de la práctica, trascendiendo lo operativo para
instalarse en una dimensión teórica y práctica mucho más sólida.
El primer componente, el oficio, no sólo debe entenderse en su dimensión
técnica o práctica, sino también como un acto inteligente, es decir a partir de una
visión que puede inteligir, que permite leer entre líneas, interpretar el contexto y
anticipar los significados. El oficio en la gestión cultural, es la fuerza social primaria
que convierte al mundo en mundo, transformando al gestor en un artesano del
sentido. En este tenor, el gestor cultural deja de ser un ejecutor de acciones
predefinidas y se convierte en un creador de significados, es decir, en un facilitador
de vivencias que significan. De esta manera, el oficio se revela como un componente
esencial para la enseñanza de la gestión cultural, pues promueve una reflexión
mucho más profunda sobre la praxis del gestor y su relación con los procesos
culturales.
El segundo componente, la experiencia, a menudo se reduce a la facultad
pragmática4 individual de percepción e interpretación del contexto inmediato. Sin
embargo, en la gestión cultural, la experiencia trasciende la simple interpretación del
entorno; es la vivencia lo que expande, pues la naturaleza de lo experiencial solo es la
comprobación del conocimiento. En este sentido, la enseñanza de la gestión cultural
debe fomentar la capacidad de los gestores para advertir a la experiencia como
proveedor de múltiples escenarios en los que uno sólo puede ser testigo de lo que ya
está articulado. Lo cual, permite ver que el quehacer de un gestor cultural, no puede
quedarse en segundo plano y mucho menos en primer plano, sino que ese quehacer
se vuelve parte del mismo proceso: el gestor es testigo del proceso cultural, participa
en ello y facilita su comprensión.

2
Niveles ontológicos, epistemológicos y axiológicos.
3
Herencia de los modelos de productividad capitalista.
4
Lo pragmático, en este contexto, se entiende desde la expresión de su aspecto más fundamentalista, situado por C.S. Pierce:
“para averiguar el significado de una concepción intelectual se deberían considerar qué consecuencias prácticas podrían
concebirse lógicamente como resultados necesarios de la verdad de esta concepción, y la suma de estas consecuencias
constituirá el significado completo de este concepto”.
El tercer componente, la industria, es quizás el que se cuantifica más
fácilmente. La industria cultural, por ejemplo, ha sido objeto de crítica desde hace
tiempo, especialmente en relación con su tendencia a la estandarización de procesos
y la producción en serie (Horkheimer y Adorno, 1944). En este sentido, la enseñanza
de la gestión cultural debe incluir una reflexión crítica sobre los procedimientos de la
industria y las tendencias a la innovación, pues la reproducción de modelos
estandarizados tiende a diluir el potencial creativo y transformador del proceso
cultural. La industria de la cultura, si bien es componente esencial de dicho campo
de acción y conocimiento, debe ser tomada en cuenta desde una perspectiva crítica
que le permita descubrir a los agentes del medio, nuevas formas de indagar al
respecto de sus limitaciones y de explorar nuevas posibilidades de interpretación.
Ahora, para ilustrar la interacción que se da entre estos tres componentes, es
útil recurrir a un ejemplo anecdótico: Un funcionario público de rango no muy alto
y recién egresado de la licenciatura en gestión cultural, se encontraba en medio del
barullo de una aglomeración de gente formada para inscribirse al nuevo ciclo de
actividades regulares que ocurren en un centro cultural municipal al sur de una
ciudad mexicana. Este funcionario, agobiado por la cantidad de gente que estaba
en espera para firmar su inscripción, obedecía a la inercia de la función pública en
lugar de cumplir su función como servidor público. Absorto en ello, este funcionario
no vio que una persona mayor se le había acercado para preguntarle la ubicación
de un salón; y distraído, no se percató que la persona le había preguntado algo
muy simple y reaccionó de manera impersonal. Éste, al instante advirtió que la
función de un servidor público es simple: servir. De ahí que el servidor supo,
entonces, que la práctica de gestionar la cultura es una actividad simple y viva.
Este ejemplo es apropiado, pues en él se muestra cómo es que estos tres
componentes—oficio, experiencia e industria—interactúan en la práctica de la
gestión cultural. Por naturaleza, la inercia de la administración pública pudiera
decantar en una estandarización de los procesos estructurales; sin embargo, el oficio,
entendido como una práctica reflexiva y creativa—permite que el gestor cultural
pueda actuar siendo testigo de la experiencia, es decir, testigo de aquello que provee
múltiples escenarios, y por lo tanto, actuar en acorde a uno de los principios
fundamentales de este campo, que es hacer comunidad: ser común. De ahí que, la
industria cultural, aunque está sujeta a dinámicas de producción estándar, también
puede ser un espacio para la creación de nuevas formas de interacción cultural.
A manera de conclusión, se infiere que la enseñanza de la gestión cultural
dispuesta desde esta perspectiva en donde se problematiza el sentido de su
práctica—en este caso a partir de los tres componentes del análisis: oficio,
experiencia e industria—amplía las posibilidades tanto para su consolidación como
campo de reflexión-acción conjunta y permanente, como para empezar a pensarla—y
teorizar, ¿por qué no?—en tanto intercambio de sentido en el que sus partes (gestor,
personas, cultura y significado) dialogan a distintos niveles. Primero, a partir de lo
ontológico, o sea, a partir de la advertencia del oficio en tanto fuerza primaria de
producción; luego desde lo epistemológico, pues esta perspectiva expande el
conocimiento y la producción discursiva de la práctica como tal, pues permite
trasladarse de la producción pragmática de experiencias al reconocimiento de la
vivencia; y finalmente, desde lo axiológico, pues en esencia, la gestión cultural vista
desde esta perspectiva, se ocuparía de principios y no de resultados o residuales que
son cuantificables.
Por último, cabe mencionar que esta perspectiva de análisis, se puso en
práctica como propuesta teórico-metodológica para incidir en la formación
académica universitaria de mediadores artísticos, desde una materia de la malla
curricular básica—que se diseñó desde el aprendizaje basado en proyectos.
Específicamente, en la etapa del diseño metodológico para recabar información y
sistematizar una actualización del programa de estudios de una escuela privada de
danza urbana5 ubicada en Tlaquepaque, Jalisco. De manera que, efectivamente, esta
propuesta, además de abrir la posibilidad a la reflexión teórica y práctica de la
gestión cultural, puede expandir su horizonte metodológico para su enseñanza en
espacios de aprendizaje de distinto orden: formales y no formales.

5
Esta escuela se llama Black & Gold.
Referencias

Bernárdez, J. (2003). La profesión de la gestión cultural: Definiciones y retos. 1-10.


https://www.oibc.oei.es/uploads/attachments/77/La_profesi%C3%B3n_de_la
_Gesti%C3%B3n_Cultural_Definiciones_y_retos_-_Jorge__Bernardez.pdf
Diccionario del Español de México (DEM) https://dem.colmex.mx/Ver/oficio, El
Colegio de México, A.C., [4 de octubre]
Diccionario del Español de México (DEM) https://dem.colmex.mx/Ver/industria, El
Colegio de México, A.C., [4 de octubre]
Horkheimer, M. y Adorno, T. (1998 [1947]). Dialéctica de la Ilustración, J. J.
Sánchez (trad.). Madrid: Trotta.
El Colegio de México. (2024). Diccionario del Español de México. (2da ed.).
Mandoki, K. (2006). Estética cotidiana y juegos de la cultura: Prosaica I. Siglo
veintiuno editores. México
Mariscal Orozco, J. y Ortega Sánchez, K. (2021). Estrategias para el estudio de la
gestión cultural en el nivel universitario. Ariadna Ediciones. DOI:
http://doi.org/10.26448/ae9789566095415.26

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