La mirada que encantó al conde
Catherine Brook
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Epílogo
Capítulo 1
¿Cómo podía ser tan descarado?
Kristen Beckett paseó de un lado a otro de la habitación echándole
continuas miradas al reloj que colgaba encima de la chimenea. Faltaba poco
para su llegada, pero ella aún no se hacía a la idea. Había tenido cinco días
para procesarla, pero simplemente no podía hacerlo. No encontraba la
manera de ver con agrado, o, aunque fuera, como beneficiosa, la visita de él
a la casa.
Al igual que le sucedía cada vez que se le venía su nombre a la cabeza,
Kristen enrojeció de rabia y apretó los puños. Ella ya sabía que ese hombre
era un idiota, un irresponsable y un maldito, pero tener que agregar
descarado a la lista había hecho que su odio por él creciera. ¿Cómo se
atrevía a aparecer allí después de cinco años ignorando su deber? ¿Por qué?
Saber la respuesta a esa última incógnita era el único motivo por el que ella
había accedido a recibirlo. Aunque tenía una teoría en mente: su prometida
lo había dejado.
Sonrió con malicia al recordar la escena que había hecho en aquella casa
hacía apenas cuatro meses. Sarah llevaba dos meses muerta, y la asignación
que él pasaba semestralmente a la niña había llegado puntualmente, como si
no hubiese pasado nada. Kristen, todavía llena de dolor y de rabia porque su
hermana hubiera tenido que sufrir cinco años por culpa de ese desgraciado
—y él ni siquiera supiera de su muerte o no le importara— había ido a casa
del hombre que había sido el causante de todas sus tristezas.
No pensó con coherencia cuando tomó la decisión; de hecho, casi nunca
lo hacía cuando su temperamento volátil tomaba el mando de su cabeza.
Ella solo actuó. Quería reclamarle, hacerle saber que su hija había quedado
huérfana. No porque lo necesitaran, sino con la esperanza de que la culpa lo
atormentara y viviera un poco del infierno que ellas habían padecido esos
años.
Quiso el destino perverso que esa noche él hubiera estado cenando con
su novia. La satisfacción de Kristen se multiplicó al darse cuenta de que
había revelado ante esa familia importante el secreto mejor guardado del
señor Gallagher. A lo mejor no consiguió hacerlo sentir culpable, pero había
conseguido arruinarlo. Ella mejor que nadie sabía que la alta sociedad no
perdonaba los errores. Una verdad así, esparcida entre la sociedad, era una
mancha de tinta que caía sobre un vaso lleno de agua limpia. Siempre
quedaría sucia.
Kristen no tenía duda de que su novia lo había dejado después de eso.
Tal vez por esa razón había decidido fingir ser un buen padre.
Quizás, Kristen sí había conseguido hacerlo sentir culpable.
Lástima que fuera demasiado tarde.
Detuvo su paseo solo para tomar la hoja que reposaba encima de una
mesa de noche, al lado de su cama. Había llegado hacía cinco días, y, como
si de una presencia maligna se tratara, había conseguido que todos, excepto
Nathaly, estuvieran de un humor bastante fúnebre desde entonces.
La leyó por enésima vez. Al igual que antes, sus dedos apretaron la hoja
y consiguieron arrugarla. El papel era apenas legible con tantas marcas,
pero Kristen, que se sabía la carta de memoria, no tuvo inconveniente en
descifrar las tres líneas que fueron escritas con el trazo firme y seguro de
aquellos que no le deben nada a la vida.
Querida dama,
La muerte de Sarah me ha tomado por sorpresa. Después de pensarlo unos días, he decido que iré
por la niña el veintiocho de este mes. Por supuesto, usted será recompensada por el tiempo que se ha
ocupado de atenderla.
Atentamente,
I. Gallagher
Tuvo que contener, también por enésima vez, el impulso de lanzar la
carta al fuego.
«Iré por la niña el veintiocho de este mes», había escrito él, como si
Nathalie no fuese más que un objeto que le había encargado a otra persona
y ahora tuviera tiempo de ir a buscarlo. ¡Después de cinco años! Además,
tenía el descaro de añadir que la compensaría por haberla atendido. Kristen
estaba segura que, en su visita, jamás le dio a entender que la niña era una
carga para ella. En realidad, recordaba haberle dicho muy claro que no lo
necesitaban.
¿Querría vengarse por haberle arruinado la cena, y por eso iba por la
niña?
No importaba. Ella lo ahorcaría con sus propias manos antes de que
pudiera llevársela y enterraría el cadáver en el jardín.
Dudaba que alguien lo echara de menos.
Un golpe en la puerta disipó sus sanguinarios pensamientos. La persona
no esperó a que ella respondiera, sino que abrió, pero no entró. Se limitó a
asomar la cabeza llena de canas, tal vez suponiendo que la noticia que daría
iba a hacer que el volcán explotara.
—Niña, Jonas me ha dicho que se acerca un carruaje.
Kristen soltó un gruñido que nada tenía que envidiarle al de una bestia.
Sus ojos dorados brillaron igual que los de un lobo listo para atacar cuando
se acercó a la ventana. Efectivamente, un carruaje demasiado elegante para
no resaltar en el ambiente rural estaba a un minuto de la casa.
—¿Dónde está Nathaly? —le preguntó sin apartar la vista de cada metro
que el coche avanzaba.
—En su cuarto.
—Que no salga de ahí, Hannah.
—Niña, ¿qué vas a hacer? Él es su padre.
Kristen la miró, y la fuerza de esa mirada hizo que la mujer sintiera en
su cuerpo el peso de sus casi setenta años. No se pudo mover. Conocía a
Kristen desde su nacimiento, y nunca se había acostumbrado a la ferocidad
de sus ojos cuando esta se molestaba.
Que Dios se apiadase del señor Gallagher.
—Que no salga de ahí, Hannah —repitió, haciendo énfasis en cada
palabra. No era una orden que pudiera permitirse desobedecer—. Quédate
con ella. Yo atenderé al señor Gallagher.
Hannah asintió y volvió a cerrar la puerta.
Kristen observó el carruaje hasta que este se detuvo en la entrada de la
pequeña casa de dos plantas. Una figura masculina salió del coche y se
acercó con decisión a la puerta. Tocó tan fuerte que ella pudo escuchar
claramente cada golpe. Desde esa altura no pudo detallarlo bien. Sin
embargo, solo bastó verlo caminar y escuchar la intensidad de sus golpes
para hacerse una idea de su personalidad.
Él no era un invitado común, y lo sabía. También sabía que esa era su
casa y esperaba que lo recibieran como el dueño.
Ella le daría una buena bienvenida.
Kristen no dudó cuando tomó el balde lleno de agua que le habían
llevado hacía unas horas para el baño. Tampoco sintió el peso que, de no
haber estado envalentonada por la rabia, habría desequilibrado su delgada
figura.
Bajó las escaleras con un objetivo en mente. El trayecto hacia la entrada
no era muy largo, así que no tuvo tiempo de reconsiderarlo. Abrió la puerta
y, sin mirar al receptor de su bienvenida, tomó el balde con firmeza y lo
vació sobre su invitado.
Este jadeó con sorpresa.
Kristen abrió la boca para soltarle todos los insultos que se merecía,
pero al mirarlo, ella también jadeó. El balde cayó sobre los pies del
caballero, haciendo que gruñera y trastabillara hacia atrás. Kristen apenas lo
notó, asombrada como estaba.
Ese no era el invitado que ella había estado esperando.
***
Ian Gallagher tardó un segundo en ser consciente de que estaba
empapado de los pies a la cabeza, y otro en mirar a la causante de ese
recibimiento. Tenía unos comentarios hirientes en la punta de la lengua que
murieron cuando la observó. No era de extrañar, se dijo, porque cualquiera
se habría quedado sin palabras si hubiera visto a la mujer que él tenía en
frente: rubia, con la piel de porcelana, la nariz pequeña y los labios rosados.
De alguna manera, rasgos que podían ser comunes se habían organizado
para formar un rostro particularmente perfecto, siendo la característica más
destacable unos ojos dorados, tan brillantes que el sol les debía de tener
envidia.
Ian jamás le había dado demasiada importancia a la belleza física de una
mujer, ni se había permitido deleitarse hasta el punto de perder el habla,
pero había algo en esa dama que le hechizó de tal forma que fue incapaz de
reaccionar.
Quizás, pensó segundos más tarde mientras el frío atravesaba su piel y le
calaba los huesos, su estupor solo fuera producto de que lo acabara de
bañar.
Parpadeó. La rabia, que había hecho una pausa mientras la observaba,
volvió a expandirse por todo su cuerpo. Solo años de fiero control evitaron
que maldijera en voz alta frente a la dama...
Si es que se le podía llamar así.
—No sabe cuánto lo siento —dijo ella. Su voz iba en consonancia con
su aspecto, pues era delicada y suave—. Yo... No quería. Estaba... eh...
Estaba esperando a otra persona —confesó, sonrojada.
—No me imagino qué pecado habrá tenido que haber cometido alguien
para merecer semejante recibimiento —masculló, furioso, a la vez que
echaba un rápido vistazo a su atuendo. No había un solo lugar seco en sus
pantalones grises o en su camisa blanca.
Ni que decir tiene que el chaleco y el frac negro se habían llevado la
peor parte.
—Por favor, pase y colóquese junto al fuego —dijo ella, apresurándose
a abrir la puerta—. Deme su frac, lo pondré fuera para que se seque.
Ian alzó una mano para detenerla cuando ella hizo ademán de
acercársele. Se quitó él mismo el frac, pero no cometió la imprudencia de
dárselo. Tampoco entró de inmediato. Ya que no tomaba ninguna decisión
sin pensarlo antes dos veces, evaluó por unos segundos si sería conveniente
entrar o no. Al final, echó un vistazo rápido a la fachada de la casa y
confirmó que estaba en el lugar correcto.
Solo había estado allí una vez, pero tenía la dirección grabada a fuego
en su cabeza, así como la única visita que hizo a ese lugar.
—Por favor, pase —insistió ella al verlo dudar—. No tema mojar el
salón.
Ian estuvo a punto de bufar.
Esa ni siquiera era una preocupación. Aunque no tomaran en cuenta que
la casa era suya, ella le debía la cortesía de dejarlo entrar, pues lo había
llevado a ese estado. No era como si él hubiera decidido visitarla después
de tomar un baño con la ropa puesta.
Entró y de inmediato se encontró con una pequeña estancia que hacía de
salón principal. La extraña mujer estaba echando leña a la chimenea.
Ian la observó, preguntándose quién sería esa desquiciada que recibía a
los invitados no deseados con un baño de agua fría. Vestía elegantemente,
con un vestido que, si bien parecía algo pasado de moda, estaba elaborado
con tela de calidad. Su peinado, recogido en una trenza que adornaba su
coronilla como una corona, evidenciaba el trabajo de una buena doncella.
Recordó vagamente la escena que había acontecido en su casa hacía tres
meses, una en la que él no había estado presente, pero que su hermano
David, furioso como estaba, le había relatado con bastante detalle. Una
mujer rubia con mirada fiera había irrumpido en su casa para informar que
Sarah había muerto y que la hija de esta había quedado huérfana de madre.
Ian había quedado tan sorprendido por la noticia que apenas prestó atención
a la descripción que David le hizo de esa dama.
En ese momento, se preguntó si no se trataría de la que tenía enfrente.
Dudaba que otra joven con esas características viviera en la casa. A lo mejor
no tenía derecho a emitir una crítica, pero Ian consideró que, con el dinero
que les enviaba, Sarah bien podría haber contratado a alguien menos
desquiciado para encargarse de su hija.
«Mi hija», pensó.
Todavía estaba intentando acostumbrarse al sonido de esa frase.
—Siéntese, por favor —dijo ella, señalando un sillón que acaba de
acomodar justo frente al fuego—. ¿Quiere un poco de té?
—No, gracias.
—Lo ayudará a entrar en calor —insistió. A Ian le dio la impresión de
que había preguntado solo por cortesía, como una madre que le preguntaba
a su hijo si quería verduras y se las ponía sobre la mesa aunque este hubiera
respondido que no—. ¡Hannah! —gritó—. ¡Hannah!
Pasó casi un minuto hasta que una mujer regordeta, ya bastante mayor,
entró apresurada al salón.
Ian no la había visto en su vida.
—¿Qué…? Dios mío —musitó cuando se fijó en él—. Niña, ¿qué has...?
—Hannah, por favor, trae un té al señor, y algo para que pueda secarse
—pidió. No dio explicaciones, pero el sonrojo en su rostro debió darle a la
anciana una idea de lo que había sucedido.
Esta asintió y se retiró tan rápido como su edad se lo permitió.
—No era necesario —masculló, enfadado porque hubiera ignorado su
negativa. Él no tenía tiempo para tomar un té, simplemente quería hacer lo
que había ido a hacer y regresar a Londres para atender sus asuntos.
—¡Claro que sí! Se va a congelar. Lamentablemente, no tengo ropa para
que se cambie, o se la ofrecería con mucho gusto. De verdad, lo siento.
Ian asintió. Tenía pocas ganas de enzarzarse en una discusión que solo
podría quitarle tiempo. Los rituales de bienvenida de la mujer no le
interesaban.
—Señorita...
—¡Acérquese al fuego si no quiere agarrar una pulmonía! —interrumpió
ella, y le colocó una mano sobre el hombro para instarlo a caminar. Ian lo
hizo por inercia.
—Mire, yo solo deseo…
—Secarse un poco, lo entiendo —asintió enfáticamente—. Puede
quedarse aquí el tiempo que desee. Por cierto, ¿a dónde se dirige? ¿Está
perdido? ¿Cuál es su nombre?
Ian la miró sin entender. Se preguntó, nuevamente, si no se habría
equivocado de lugar.
—¿No recibieron mi carta? —preguntó.
El rostro de ella también evidenció confusión.
—¿Su carta?
—Sí, la mandé hace más de una semana. Debió llegar hace unos cinco
días, aproximadamente.
Ella palideció y dio un paso hacia atrás. En ese momento, Hannah entró
y dejó una bandeja con té sobre una mesa en el centro. No se percató de la
palidez de su señora, sino que se dirigió directamente a Ian y le entregó una
manta.
Este la tomó sin dudarlo y procedió a sacarse la cara.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó ella.
La amabilidad de hacía un momento ya no estaba.
—Ian Gallagher —respondió, secándose el cabello.
—¿El señor Gallagher? —inquirió. Por alguna razón, sonó como un
graznido—. Imposible.
Solo entonces él entendió el motivo de su confusión. Hizo una mueca de
fastidio ante la perspectiva de tener que dar explicaciones.
Era una historia demasiado larga.
—En realidad, no. El señor Gallagher que usted conoció es mi hermano.
Sucede que...
—¿Su hermano? —interrumpió ella. Él empezaba a darse cuenta de que
tenía la desagradable costumbre de no dejar hablar a los demás—. ¿Ni
siquiera ha tenido el valor de venir él mismo?
De pronto, sus ojos ardían más que las llamas que él tenía a sus
espaldas. Ian no solía intimidarse ante nadie, pero sentía que la mirada de
esa mujer tenía el poder de matar.
—No es así. Hay...
—Ha sido tan cobarde que no ha venido él mismo —afirmó. Su voz se
debatía entre la incredulidad y la rabia.
—Déjeme hablar —ordenó con firmeza. Usó ese tono que solo los más
estúpidos ignoraban. Ella, por suerte, decidió hacerle caso—. Hay una
confusión. El señor Gallagher que usted conoció es mi hermano, pero él no
es el padre de la niña. Soy... yo. —Las palabras salieron dubitativas. Aún no
se hacía a la idea.
Ella retrocedió, de alguna forma alejándose de esa revelación.
—Entonces, usted es el padre de Nathalie —dijo a modo de
confirmación.
—Sí. ¿Dónde está la niña? No tengo mucho tiempo, y...
No pudo seguir. Algo le manchó la camisa y gotas calientes le salpicaron
la cara.
Ella le había lanzado el té encima.
Capítulo 2
—¡¿Qué le pasa?! ¡¿Se ha vuelto loca?! —exclamó.
Ian miró su ropa con incredulidad. Antes había estado solo húmeda, pero
en ese momento una mancha amarilla teñía la camisa blanca y hacía que su
piel ardiera como el infierno. Casi podía imaginarse a su ayuda de cámara
al borde de una apoplejía, tal y como estaba él ese instante.
No recordaba la última vez que le había gritado a una mujer.
O que habían gritado, a secas.
—No. Loco está usted si piensa que puede aparecer después de cinco
años y llevarse a la niña sin hacer más que ordenar que se la entreguen. No
crea que voy a permitirlo.
Si el gruñido de un lobo pudiera convertirse en palabras, sonaría muy
similar al tono que ella había usado. Su posición tampoco era menos
intimidante: sostenía la taza de tal forma que parecía estar dispuesta a
utilizarla como un arma.
A su pesar, Ian retrocedió un paso.
—Es mi hija —le recordó. Por suerte, estaba tan poco acostumbrado a
sentirse intimidado que su voz no tembló.
—Y un cuerno. ¿La ha visto alguna vez en estos cinco años? ¿Tiene ella,
por lo menos, la protección de su apellido? No. Usted perdió cualquier
derecho que pudiera tener como padre desde que las abandonó, y no puede
simplemente venir un día y decir que se la va a llevar.
Ian sabía que tenía razón, pero no era un hombre que admitiera con
frecuencia que se había equivocado, así que se refugió en la rabia que le
causaban sus palabras impertinentes. Nunca nadie se había atrevido a
tratarlo con semejante descaro, y no estaba dispuesto a permitirlo.
—Me he ocupado de ella —rebatió—. Esta casa, ¿de quién es? ¿Quién
manda el dinero que reciben semestralmente?
Ella apretó los labios y él sintió una perversa satisfacción al dejarla sin
palabras. De no haber estado impaciente por marcharse, se habría deleitado
un rato con su expresión de disgusto.
Lamentablemente, tenía cosas que atender.
—Bien, si no hay nada más que discutir, me gustaría que llamara a la
niña —dijo, dispuesto a hacer la buena acción del día y perdonar la mala
educación de la mujer—. Como he mencionado, tengo asuntos que hacer
y...
—¿Usted cree que el dinero compensa su falta? —espetó. Ian había
malinterpretado su silencio. No había callado porque su reproche hubiera
surtido efecto, sino porque estaba acumulando rabia para lanzarla contra él
—. ¿Sabe todas las veces que ha preguntado Nathalie por usted? ¿Tiene
idea de las mentiras que hemos tenido que decirle para que no se sintiera
abandonada? Su dinero no ha podido comprarle el amor de un padre.
En esta ocasión fue Ian quién apretó los labios, frustrado porque las
palabras de ella hubieran dado en un blanco sensible. Se repitió que había
hecho lo que cualquiera en su situación, incluso más.
Sin embargo, no consiguió callar la voz de la conciencia.
—Yo le habría dicho que usted estaba muerto —continuó ella. Cada
palabra era una gota de veneno que le caía sobre el pecho y se lo quemaba
—, pero Sarah no quiso. Ella prefería decirle a Nathalie que su padre se
encontraba en un largo viaje. La pobre nunca perdió la esperanza de que
usted regresara.
A la mitad del discurso, las palabras dejaron de ser bruscas para volverse
simplemente amargas; la amargura que solo producía la tristeza de lo que
podría haber sido y no fue.
—He regresado —musitó Ian.
Por primera vez, no sabía si estaba diciendo lo correcto. No quería
admitir que estaba más afectado de lo que parecía.
—¡Demasiado tarde! —gritó ella, mostrando los dientes como un
animal herido que buscaba venganza—. ¡Lárguese de aquí! No lo
necesitamos. Si es necesario, yo buscaré cómo mantener a Nathaly.
—No diga tonterías, yo...
—¡Largo!
—Señorita…
—¡Largo! ¡No quiero volver a verlo por aquí!
—¡Basta! —exclamó, exasperado—. He venido aquí por la niña, y no
me pienso ir sin ella.
Por un momento, Ian se había sentido vulnerable, y tan culpable que
había considerado la posibilidad de marcharse. No obstante, la actitud de la
mujer había conseguido que se refugiara en la rabia. Todas sus acusaciones
eran ciertas, sí, pero ella no tenía ningún derecho a apartarlo de la niña ni
del futuro que él podía darle.
Si Sarah ya no estaba, la niña era su responsabilidad. Ian no evadía sus
responsabilidades.
Ya no.
—Para sacar a Nathalie de aquí —dijo con lentitud a la vez que daba un
paso hacia delante. Alzó la taza de manera amenazante—, va a tener que
pasar por encima de mi cadáver.
Ian dio un paso hacia ella, aunque no estaba muy seguro de qué hacer.
Con regularidad evitaba las peleas porque eran una pérdida de tiempo, y
aunque dudaba que le supusiera un problema vencer a alguien tan pequeño,
iba en contra de sus principios hacerle daño a quien estaba en condiciones
inferiores.
Miró a la mujer. Sus ojos refulgían de nuevo con ese brillo asesino que
le hizo dudar que ella estuviera en una condición inferior. Daba la
impresión de que podría matarlo si su cuerpo se alimentaba de la rabia que
expresaban sus ojos.
—Usted no tiene ningún derecho sobre ella —comentó, conciliador.
Tenía la piel agarrotada por el frío y estaba cansado por el viaje. No deseaba
posponer más esa discusión.
—¡Soy su tía! —espetó—. He estado con ella desde que nació.
Considero que tengo más derecho que el padre que la abandonó.
Ian dio un paso hacia atrás, sorprendido. Según recordaba, Sarah era la
hija bastarda de un barón que vivió con su madre hasta la muerte de esta,
cuando ella tenía doce años. El barón la acogió en su casa a regañadientes,
como doncella, pero a los dieciséis ella se marchó, incapaz de soportar el
rechazo no solo de la sociedad, sino de su propio padre, que se negaba a
reconocerla.
Él no recordaba que tuviera hermanas, a menos que...
—¿Es usted hija del barón Dacre?
—Sí. ¿Algún problema con ello?
El único problema que Ian veía ahí era la educación que el barón le
había dado a sus hijas legítimas. La dama no solo era grosera y atrevida,
sino que, además, estaba cuidando a la hija bastarda de una hermana que
también lo era.
Ninguna dama que se preciase de serlo se rebajaría de tal forma.
Observó de nuevo su rostro, cuidando de no mostrar ninguna expresión.
La mujer debía de superar los veinte años, pero dudaba que tuviera más de
veinticinco. Aunque había pasado la edad aceptable para encontrar marido,
no creía que pudiera entrar aún en la categoría de «solterona».
No con esa belleza.
El barón, si mal no recordaba, tampoco era pobre. Así pues, o ella
misma se había excluido de la sociedad, cosa que no le parecía improbable,
o había un misterio en su historia.
Como fuera, no tenía el tiempo ni la valentía para averiguarlo. Le daba
la impresión de que la mujer le lanzaría la vajilla entera antes de que
pudiera terminar la pregunta.
—No. Mire, no he venido a buscar pelea, lo único que deseo...
—Acallar su conciencia a costa de Nathaly. No se puede obtener todo lo
que se desea en esta vida, señor. Ni siquiera con todo su dinero. No se la va
a llevar —afirmó.
Ian apretó los puños y respiró hondo.
No era un hombre que dejase ver con facilidad su rabia, pero esa mujer
parecía tener un talento único para sacar a relucir en él los peores
sentimientos. Que sus palabras fueran verdaderas conseguía ponerlo todavía
más furioso. Además, le fastidiaba que le hablara con superioridad, como si
ella nunca hubiera cometido un pecado en su vida. Juraría que esa
impertinencia ya le habría reservado un lugar en el infierno.
Dio un paso hacia ella y se inclinó amenazadoramente hasta que sus
narices quedaron a un palmo de distancia. La cercanía le permitió observar
que la mano que tenía la taza temblaba.
—Me gustaría ver cómo me lo impide —replicó.
Sus labios se curvaron unos milímetros, formando el esbozo de una
sonrisa maliciosa.
Ella no respondió, pero el desafío en sus ojos era indicativo de que no
pensaba darse por vencida. Si sentía miedo, su rostro se negaba
tozudamente a demostrarlo.
La tensión del ambiente era tan filosa que podría cortarse con un
cuchillo. Ninguno hizo el menor movimiento, ni quitaron la vista del otro.
Eran dos luchadores esperando pacientemente a que el contrincante diera el
primer movimiento para empezar la pelea. Tal era la determinación de
ambos que podrían haberse quedado allí horas si una voz dulce no hubiera
llenado el silencio, disipando la tensión como la brisa de primavera se
llevaba los últimos copos del invierno.
—¿Tía Kristen?
De inmediato, se separaron. La mujer miró a la niña con una mezcla de
sorpresa y rabia. Se acercó y se colocó parcialmente frente a ella, como si
quisiera protegerla.
Si Ian no se hubiera quedado rígido ante la recién llegada, quizás se
habría sentido ofendido. Sin embargo, apenas podía parpadear.
No sabía qué había esperado sentir la primera vez que viera a su hija,
pero jamás imaginó quedarse paralizado en el lugar y con la boca seca. A lo
mejor, verla suponía aceptar la realidad de lo que había hecho hacía tantos
años. Una cosa era saber que evadió una responsabilidad, y otra tenerla de
pie frente a él mirándolo con unos curiosos ojos grises.
Los mismos ojos grises que tenía él.
Tragó saliva, incapaz de recordar la última vez que se había sentido tan
incómodo.
—¿Quién es él, tía? —preguntó la niña con su voz aguda.
Para sorpresa de ambos, salió del escondite que las piernas de su tía le
proporcionaban y quedó en medio de ambos. Su cabello negro, igual que el
de Sarah, caía suelto y despeinado sobre sus hombros. Vestía un camisón
blanco en buen estado que se fusionaba con su piel del mismo color.
—Un visitante —espetó ella, sin poder disimular su desdén—. Mandé
decirte con Hannah que te quedaras en el cuarto, Nathaly.
—¡Pero tengo hambre! —protestó la niña.
—Si hubieras tocado la campanilla, Hannah habría ido —respondió. Su
voz se había suavizado para hablarle a la niña, pero sus hombros estaban
tensos.
Ian sabía que, de no haber sido porque la niña estaba en medio, se habría
lanzado sobre él y le habría arrancado los ojos por ponerla en una situación
tan complicada. A decir verdad, tampoco se fiaba demasiado de su propia
reacción si ella hacía algo imprudente. Ya había quedado demostrado que
era bastante vulnerable a las provocaciones de la mujer, y no podía estar
más enfadado por ello.
La niña, en ese momento, era la bandera blanca que evitaba la guerra.
—Está bien, ya voy —dijo la niña, y suspiró con decepción.
Después de una mirada hacia Ian, se dio la vuelta. Él apenas tuvo tiempo
de reaccionar.
—¡Espera! —pidió, aunque su voz, acostumbrada a mandar, hizo que
sonase como una orden.
La niña obedeció, sobresaltada, y miró a su tía con miedo. Esto hizo que
la mujer contrajera la cara en un semblante feroz.
Parecía decirle que lo mataría si seguía hablando.
A Ian no podían importarle menos sus amenazas en ese instante,
concentrado como estaba en pensar qué iba a decirle.
Jamás había tratado con niños. Cuando tomó la decisión, se dijo que no
podía ser tan difícil.
Ya no estaba tan seguro de ello. Sentía que cualquier error en sus
palabras desencadenaría la condena de la infanta y, por algún motivo, esa
idea le desagradaba.
—He venido a verte a ti —le dijo, en el tono más amable que fue capaz
de elaborar.
Nathalie abrió los ojos con sorpresa, y el recelo de su mirada se
transformó en entusiasmo rápidamente. Solo un niño podía ser capaz de
otorgar semejante confianza sin muchos miramientos.
—¿A mí? —preguntó, animada—. Entonces voy a poder servir el té,
¿verdad, tía Kris?
Esta se limitó a apretar los labios.
Entonces, la niña arrugó el ceño y miró a Ian.
—¿Por qué estás mojado? —Miró a su tía—. Tía, ¿no es de mala
educación venir a tomar el té con ese aspecto?
La mujer sonrió, lo que le ganó una mirada furiosa de Ian.
—Sí, al igual que llegar sin avisar.
Ian apretó la mandíbula.
«Eres mejor que esto», se dijo. «No dejes que esa loca te provoque».
—No creí que necesitara invitación para venir a mi propia casa —
comentó con calma.
La calma que precedía a la tormenta.
La mujer apretó los puños. Parecía a punto de lanzarse contra él.
Ian curvó los labios en una sonrisa hostil.
—Esta no es tu casa, es nuestra casa —aclaró Nathaly, y lo miró como
si él se hubiera vuelto loco.
—No, querida, también es mi casa —dijo con amabilidad. Se le hacía un
poco más fácil a medida que hablaba con Nathaly. Parecía una niña muy
receptiva. Ella lo miró con ojos curiosos e Ian decidió hablar antes de
arrepentirse—. Yo soy tu padre.
Capítulo 3
Si Kristen hubiera tenido un cuchillo a la mano y Nathalie no hubiera
estado allí, le habría clavado el arma en el pecho.
No podía creer que se hubiera atrevido a confesárselo. No podía creer
que siguiera con la absurda idea de llevarse a la niña, como si no la hubiera
abandonado antes de nacer.
Nathalie parpadeó, sorprendida. La alegría se había esfumado, dejando
paso a la confusión.
Miró a Kristen con sus ojitos bien abiertos.
—Tía Kris, ¿eso es verdad?
Kristen no fue capaz de mirarla. En cambio, centró toda su atención en
el caballero frente a ella, si es que merecía recibir ese nombre.
Él tenía las cejas arqueadas. La retaba a que lo contradijera y le mintiera
a la niña que tanto decía querer.
Kristen quiso borrarle la expresión con un puñetazo.
—Sí —respondió.
Su voz sonó seca y resentida. Por suerte, Nathalie todavía era
demasiado joven para notarlo.
De nuevo, sus ojos volvieron a brillar con emoción infantil.
—Eres mi papá —musitó, encantada—. ¡Has vuelto! ¡Mamá siempre
decía que volverías!
Desde la muerte de Sarah, Nathalie preguntaba con frecuencia cuándo
volvería su padre. No era de extrañar que estuviera tan entusiasmada, y
Kristen hubiera deseado compartir un poco de su alegría, pero no podía.
Sentía un nudo en la garganta ante el recuerdo de su hermana, y una
punzada de odio por el hombre que había sido el causante de sus desgracias.
Lo miró, esperando que él viera en sus ojos toda la rabia que le
profesaba, pero él no la miraba. Tenía la vista fija en Nathaly, aunque su
expresión parecía ausente. Kristen esperaba que las palabras de su hija se le
hubieran clavado como filosos cuchillos en el corazón y le causaran,
aunque fuera, un poco del dolor que él les había provocado. Deseó que
sufriera, que sintiera remordimientos por sus acciones. Pidió a Dios que, si
había un poco de justicia en ese mundo, él no pudiera dormir por las
noches. Era lo mínimo que se merecía. Era lo mínimo que se merecían esos
hombres que abandonaban a una mujer después de obtener lo que querían.
—He vuelto, sí —respondió él con voz ronca—. De hecho, he venido a
llevarte conmigo.
Kristen apretó los puños y sintió cómo el asa de la taza se le clavaba en
los dedos.
¿Qué tanto se horrorizaría Nathalie si la rompía sobre la cabeza de su
recién llegado padre?
—¿A dónde? —preguntó la niña, animada.
—A Londres —respondió él.
Para sorpresa de Kristen, se puso en cuclillas para quedar a la altura de
la niña.
Nathalie arrugó el entrecejo.
Kristen supuso que creía que iba a pasear por el pueblo, o algo así.
—Londres —repitió—. Eso está lejos.
—Vivirás en una casa grande —continuó él, alentado porque la niña no
mostrara rechazo—, y tendrás bonitos vestidos.
—Bonitos vestidos... ¿Como una dama?
Algo en esa pregunta hizo que él tragara saliva con tanta fuerza que se le
marcó la nuez de Adán. Entonces, sus ojos se encontraron con los de
Kristen, y si llegó a haber alguna vulnerabilidad en ellos, quedó opacada
por el desafío.
Kristen le sostuvo la mirada. Parecía sorprendente que tuviera los
mismos ojos que Nathaly, pero que, a su vez, fueran tan diferentes. No
había nada cálido en su mirada, y ella no comprendía cómo sería capaz de
dar afecto a su hija. Incluso en ese momento, cuando debería sentirse
ablandado por la presencia de la pequeña, se limitaba a desafiar a Kristen.
Se burlaba de ella, incitándola a que le impidiera llevársela tal y como había
prometido.
Si es que podía hacerlo.
Kristen no sabía si podía hacerlo. Tenía toda la intención de impedírselo,
pero era consciente de que eso no era suficiente. ¿Qué iba a hacer? Dudaba
que saliera bien parada en un combate físico contra él, y en el caso de que
lograra convencerlo de que las dejara en paz, ¿qué le diría a Nathaly?
Verla así de emocionada había sido un duro golpe para Kristen. No se
veía capaz de romper sus ilusiones. No podría desengañarla diciéndole que
su padre era un hombre malo. Él le estaba prometiendo la vida que la niña
se merecía. ¿Tenía ella algún derecho a arrebatársela? No, aunque dejarla ir
con él le provocaba un vacío en el pecho.
Si tan solo pudiera asegurarse de que la cuidaría bien, de que la querría,
Kristen podría apartar sus sentimientos por el bien de Nathaly.
La niña, al ver que su padre no le respondía, le tiró del frac para llamar
su atención.
—¿Tendré vestidos como los de una dama? —insistió.
—Sí —respondió él—, como los de una dama.
Nathalie chilló. Un chillido de alegría pura.
—¿Has oído eso, tía Kris? ¡Iremos a Londres y tendremos vestidos
bonitos como los de una dama!
Si la situación no hubiera ameritado seriedad, Kristen se había reído de
la expresión de él. Tenía el cuerpo tan tenso y el ceño tan arrugado que
cualquiera diría que lo acaban de obligar a invitar al demonio a su casa.
—Me temo, cariño, que la invitación no se extiende a mí —dijo con
suavidad.
La alegría de la niña pareció esfumarse, como si le hubieran echado un
balde de agua a una pequeña fogata.
—¿Es verdad que tía Kris no viene con nosotros, papá? —preguntó,
claramente esperando que la respuesta fuera no y que Kristen estuviese
confundida.
Él ni siquiera lo dudó.
—No. Ella debe quedarse.
La niña arrugó el entrecejo y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Él pareció alarmado.
—Si tía Kris no va, yo tampoco.
—Pero...
—Somos familia —insistió la niña—. La familia no se separa. Mamá
siempre lo decía.
Él soltó un suspiro cansado.
Kristen no supo qué decir, así que se limitó a sentirse orgullosa por la
niña.
Pasados unos segundos de tensión, él la miró. Kristen entendió que
esperaba que dijese algo, pero prefería morderse la lengua hasta sangrar
antes que intervenir en su favor. En el fondo, tenía la esperanza de que se
diera cuenta de que ahí, en esa casa, estaba la única familia que Nathalie
conocía, y si quería ver a la niña, tendría que adaptarse a eso.
Supuso que podría aceptar que la visitara de vez en cuando.
Al ver que no pensaba decir nada, se volvió hacia la pequeña.
—¿Me podrías dejar a solas con tu tía? Tengo que hablar con ella.
Para satisfacción de Kristen, Nathalie la miró para pedirle permiso.
Kristen asintió y la niña empezó a caminar hacia la puerta. Hannah estaba
bajo el marco, esperando.
Seguramente lo había escuchado todo.
Cuando la niña la vio, se giró hacia su padre, mostrando la cara
sorprendida de alguien que había olvidado algo importante.
—Hannah también debe venir —añadió—, y su esposo Jonas, y su nieta
Kitty.
El señor Gallagher se puso de pie lentamente.
Parecía muy cansado.
—Hablaré con tu tía al respecto.
La niña asintió, satisfecha. Hannah la tomó de la mano para guiarla
hacia su cuarto, pero en el último momento, ella se giró.
—¿Papá?
Él tardó un momento en captar que se refería a él.
—¿Sí?
—No volverás a irte, ¿verdad?
El señor Gallagher daba la impresión de ser alguien que quería estar en
cualquier lado menos allí.
—No —dijo al fin. Sonó tan seguro que incluso Kristen le creyó.
La niña le dedicó una sonrisa radiante que hizo que él retrocediera un
paso. Kristen fue incapaz de leer su expresión o adivinar lo que pensaba.
Cuando Kristen estuvo segura de que Nathalie no los escuchaba, le
dirigió al señor Gallagher una mirada burlona.
—Así que no ha salido como esperaba, ¿verdad?
Él le respondió con una mirada insolente.
—Usted no puede venir conmigo. No podría justificar su presencia en
mi casa.
—¿He dado a entender que quisiera acompañarlo? —preguntó, haciendo
acopio de su tono más ofendido—. No pienso vivir bajo el techo de un
hombre como usted.
Él decidió no discutir lo que implicaba ser un hombre como él.
Kristen se sintió decepcionada. Habría estado encantada de decírselo.
—Entonces, dígale a la niña que no puede venir y convénzala para que
venga conmigo.
Kristen soltó una carcajada.
—Dígame, señor Gallagher, ¿su capacidad de razonamiento es limitada,
o solo finge que lo es?
—¿Perdón? —dijo, incrédulo.
Kristen señaló su ropa empapada.
—¿No le he dado ya a entender lo que pienso sobre su idea de llevarse a
Nathaly? ¿Cómo se le ocurre que la convenceré para que se vaya con usted,
si estoy en contra de esa idea? A lo mejor no se lo he dejado lo
suficientemente claro.
Él observó con incredulidad cómo ella se acercaba a la mesa donde
reposaba el resto del té.
La tomó de la mano cuando hizo ademán de tomar la tetera.
—Está usted loca —le espetó—. No me puedo creer que Sarah la dejara
a cargo de la niña.
Kristen le lanzó una mirada irónica.
—Es inverosímil, ¿cierto? ¿Por qué dejármela a mí cuando podría
habérsela dejado al padre afectuoso que venía a ver a la niña con
frecuencia?
Kristen sintió que le apretaba inconscientemente la muñeca, pero no se
quejó. En cambio, lo miró con desafío.
—Está manipulando a la niña a su favor —acusó él.
Furiosa, Kristen se zafó su brazo para poder apuntarlo cómodamente
con el dedo.
—¿Que yo la estoy manipulando? ¿Quién le ha ofrecido vestidos y una
vida de dama para convencerla de marcharse? Tal vez creía que, al igual
que usted, la niña no tenía aprecio por su familia, ¿verdad?
—Eso no es...
—Si yo quisiera manipularla —continuó Kristen—, me habría limitado
a decirle que usted era un señor malo que la quería alejar de nosotros
fingiendo que era su padre. Ella me habría creído. Pero no le he dicho ni
voy a decirle nada semejante, aunque, a decir verdad, no me hubiese alejado
demasiado de la realidad con esa historia, ¿no cree?
Kristen sonrió al ver cómo él apretaba los dientes.
—No estaba intentando manipularla —rebatió él. Kristen pudo observar
cómo su pecho se movía con respiraciones profundas para controlarse—. Le
decía la verdad. Tendrá todo lo que ella quiera y merece. ¿Es usted tan
egoísta como para negarle una buena vida?
Kristen sintió de nuevo ese pequeño sentimiento de duda, pero no
permitió que él lo notara.
—¿Lo tendrá a usted? —replicó, tragándose el nudo en la garganta—. Si
la respuesta es afirmativa, retiraré mis objeciones.
Él parpadeó. Ella supo, por su expresión, que había entendido el
trasfondo de la pregunta.
El hecho de que no constestara de inmediato fue respuesta suficiente.
—Vivirá conmigo. Por supuesto que me tendrá.
Kristen soltó una carcajada amarga.
—¿Por qué no se va, señor Gallagher? Váyase y no regrese. Nathalie
superará su perdida... de nuevo. Yo me encargaré de que lo haga.
Hubo unos minutos llenos de un silencio tan tenso que a Kristen se le
erizaron los vellos, como si de una mala premonición se tratase.
—No —dijo el señor Gallagher, tan abruptamente que incluso él pareció
sorprendido—. No me iré de aquí sin la niña.
—¿Por qué ahora? —indagó Kristen, queriendo saber la respuesta a esa
pregunta que tanto se había hecho—. ¿Por qué no antes?
—Sarah ha muerto —dijo muy lentamente, como si temiera pronunciar
algo que no debía—. Nathalie es mi responsabilidad ahora.
—¿Y antes no lo era?
Por un momento, pensó en que le iba a responder, pero él apretó los
labios y la miró de una forma que la congeló. Esos ojos de hielo se
volvieron inflexibles.
—¡Basta! —gritó con enfado—. No tengo por qué darle explicaciones a
usted. Me llevaré a la niña y no hay nada que pueda hacer por impedirlo.
—¿Se atreverá a llevársela a la fuerza? —preguntó ella, conteniéndose
para no gritar y alertar a Nathaly. Fue un esfuerzo titánico. Nada odiaba más
que a un hombre que hablaba como si estuviera acostumbrado a ser
obedecido—. ¿No sabe nada de niños? ¿O no le preocupa que ella lo odie?
Pasarse las manos por la cabeza fue lo único que le indicó a Kristen que
él empezaba a inquietarse. Miró la puerta por donde había salido Nathaly.
Recordó la alegría de su rostro, y se preguntó si no debería hacer el esfuerzo
de tolerarlo por ella. Darle una oportunidad. A lo mejor no era intolerante
como su propio padre. Le había prometido a Nathalie vestidos bonitos.
Eso era más que lo que el barón Dacre había hecho por Sarah.
—Podría venir a visitarla de vez en cuando —sugirió, haciendo acopio
de todas sus fuerzas para no rechinar los dientes—. Así la niña se
acostumbrará a usted, y... quizás, algún día, quiera acompañarlo a Londres.
Le costó una parte de su corazón decir esas palabras, por eso no pudo
sentirse sino enfadada cuando vio que él hacía una mueca de desagrado.
—No tengo tiempo para visitas eventuales.
—Le he escuchado decir «no tengo tiempo» al menos cuatro veces
durante su visita, ¿y así planea ocuparse de una niña? Déjeme adivinar: iba
a dejarla a cargo de sus sirvientes, ¿no es así?
Él no respondió, pero su semblante le dijo que así era.
En ese momento, lo odió más que nunca.
—No sé si lo sabe, señor Gallagher, pero los niños necesitan cariño,
aunque hayan nacido fuera del matrimonio. Nathalie no merece que la aleje
de una casa en donde la quieren para llevarla a un lugar frío. Si no piensa
dedicarle su valioso tiempo, será mejor que no regrese por aquí.
—Soy un hombre ocupado, señorita... —Se tomó unos segundos para
recordar el apellido de la familia— Beckett. Usted no podría comprenderlo.
Y no lo hacía. Kristen había estado en su casa, y sí, era ostentosa, pero
dudaba que fuera fruto del duro trabajo del que el señor Gallagher
alardeaba. Por experiencia, Kristen sabía que esa clase de mansiones eran
hereditarias. El hombre podía tener una fortuna, pero no creía que la
hubiese hecho él. No era difícil deducir que pertenecía a la clase alta, y ese
tipo de caballeros le tenían alergia al trabajo.
—Lo que no puedo comprender es por qué quiere llevarse a su hija. No
me diga que tiene remordimientos de conciencia, señor Gallagher —se
burló, con el objetivo de irritarle.
—No pienso seguir discutiendo esto con usted.
—Yo tampoco. —Señaló la entrada—. ¡Márchese!
Él levantó una ceja.
—¿Me está echando de mi propia casa?
—Sí —aseguró Kristen, y antes de que él pudiera preverlo, se acercó a
la chimenea, tomó el atizador y lo levantó amenazadoramente—.
¡Márchese!
—No puede estar amenazándome —dijo, mirando el arma improvisada
con incredulidad.
—¿Quiere ponerme a prueba?
Ella hizo ademán de golpearlo y él retrocedió por instinto.
—¡Está usted loca! —dijo mientras retrocedía hasta la puerta.
—Ya lo ha dicho. No entiendo por qué sigue aquí. ¿No ha escuchado
que los locos somos peligrosos?
Chocó contra la puerta y empezó a tantear, buscando el pomo, sin
quitarle la vista de encima.
Cuando lo consiguió, casi tropezó con los escalones al bajar.
—Volveré —le aseguró.
—Entonces, asegúrese de no traer su mejor traje.
Sin más que acotar, le cerró la puerta en la cara.
Capítulo 4
¡Le había cerrado la puerta en la cara! ¡La puerta de su propia casa!
¡Lo había amenazado con un atizador!
Ian no sabía cuál de todos esos hechos lo dejaba más patidifuso. Solo
esperaba que la locura no fuera hereditaria, o quizás llevarse a la niña no
sería buena idea. Pero ¿acaso había sido en algún momento una buena idea?
Recordaba haber tomado la decisión poco después de que David,
furioso, le pusiera al tanto de la muerte de Sarah y de lo acontecido en su
casa. Ian se había pasado semanas deliberando al respecto, y al final,
haciendo caso omiso de todas las razones por las que llevar a la niña a su
casa resultaba una locura, decidió asumir la responsabilidad. Sarah estaba
muerta y él era su padre, aunque se esforzara continuamente por olvidar ese
detalle. Debía de ocuparse de la niña ahora que su madre ya no estaba; el
honor que siempre lo había caracterizado se lo exigía.
Que la acción pudiera desencadenar un escándalo era algo en lo que
prefirió no pensar demasiado.
No obstante, él había creído que la niña estaba desamparada. ¿Cómo iba
a saber que la criatura había quedado a cargo de una tía con problemas
mentales? David no mencionó el parentesco de la mujer que había ido a la
casa a armar un escándalo. Ian supuso que se trataba de una empleada.
Ojalá lo hubiera sido.
Mientras iba de regreso a la posada en la que había pasado la noche,
pensó si no sería mejor irse y no regresar, tal y como ella le había sugerido.
A lo mejor estaba loca, pero la niña parecía tenerle demasiado cariño, y eso
significaba que jamás le había hecho daño, por lo que posiblemente no se lo
iría a hacer.
Él podía seguir mandando dinero y desentenderse. Sin duda, era más de
lo que sus pares hacían con un hijo bastardo. No tenía por qué llevar a la
niña a su casa ni afrontar el escándalo que eso supondría. Todo seguiría
siendo igual que hasta el momento, y nadie se enteraría de ese error de
juventud.
Sí, eso debería hacer.
Miró por la ventanilla del carruaje, pero, en lugar de detallar el paisaje,
su mente evocó la imagen de Nathaly, sonriendo con alegría ante su
aparición.
«¡Has vuelto! ¡Mamá siempre decía que volverías!».
Ian no podía explicarse por qué esas palabras le abrieron un hueco en el
pecho que le robó el aire.
Sarah no perdió nunca la esperanza.
Siempre había sido muy optimista y alegre. Siempre le había dado más
confianza de la que él merecía. La actitud de Nathalie le recordaba un poco
a ella, y quizás por eso dudaba si marcharse o hacer el intento.
«No volverás a irte, ¿verdad?», había preguntado ella, con un tono
esperanzado que le había arrebatado a Ian el sentido común. No pudo
negarse, y en ese momento maldecía el instante en el que le dijo que no,
pues se había condenado él mismo con la palabra. No dudaba que la
señorita Beckett encontraría una excusa para justificar su ausencia, pero Ian
no estaba seguro de si podría perdonarse romper su promesa. Ya tenía
demasiados cargos con los que lidiar como para agregar uno más a la lista.
Sin embargo, si se la llevaba, ¿qué haría con ella?
Hasta hacía unas horas antes, la respuesta era sencilla: la llevaría a su
casa, le compraría ropa bonita y posiblemente la haría pasar por la hija de
unos familiares suyos que nadie conocía y que acababan de morir
trágicamente, dejándolo como tutor de la criatura. Era la forma más fácil de
evitar no solo el escándalo, sino que Nathalie fuera repudiada.
A Ian le había parecido un plan excelente. Al menos hasta que la
señorita Beckett hizo lo que parecía que se le daba mejor: confundirlo.
«¿Lo tendrá a usted?», había preguntado ella.
Él sabía muy bien a qué se refería, y tanto entonces como en ese
momento no supo qué responder. Ian vivía para su trabajo porque era la
forma más fácil de no pensar. Pasarse todo el día fuera de casa, ocupándose
de negocios y haciendo dinero, se había convertido en una costumbre que
no tenía intención de erradicar. Le daría a la niña todo lo necesario para
vivir bien, y no muchos podían contar con eso en la vida, pero estaba claro
que para la mujer era importante eso del «cariño paternal».
Tal vez, si le hubiera mentido y respondido que sí, ella habría accedido a
ayudarlo.
O no.
También le daba la impresión de que no se la podía engañar con
facilidad. Esos ojos fieros no solo estaban llenos de ira, sino también de
recelo. Ian había visto en ella la mirada de una persona desconfiada; una
desconfianza que solo podía provocar la traición. Quizás fuera una
conjetura apresurada, y, sin duda, no apostaría por ello, pero que la señorita
Beckett tuviera un pasado a lo mejor explicaría su desequilibrio mental.
Por otra parte, estaba el hecho de que la niña no quisiera irse sin su
«familia». Ian no había esperado oposición semejante, y le enfadaba
bastante, porque era un hombre que seguía planes muy estrictos. En una
visita que no había durado ni una hora, esas dos mujeres habían arruinado
todo lo que tenía organizado en su cabeza.
Como vivieran las dos bajo su techo, probablemente enloquecería.
Cuando llegó a la posada, se apresuró a subir los escalones que lo
llevarían al cuarto que había alquilado la noche anterior, cuando llegó.
Intentó pasar desapercibido, pero no lo logró. Su ropa mojada atrajo varias
miradas y provocó muchos comentarios.
Ian contuvo un gruñido.
Cuando entró, su ayuda de cámara estaba organizando algo en su baúl.
Al ver el estado de Ian, los ojos se le abrieron como platos.
—¡Por los dientes de Dios! ¿Qué le ha pasado?
—Un incidente —respondió sin querer dar muchos detalles.
—¿Con una fuente?
Ian le dirigió una mirada furibunda que lo hizo callar.
El señor Hawe era nuevo en el trabajo. Había sido contratado hacía unos
meses por petición de su abuelo, el antiguo ayuda de cámara que había
servido primero a su padre y luego a él. Como era ya demasiado mayor para
continuar con su labor, había recomendado al muchacho, que no debía de
pasar los veinte años.
En ocasiones era algo impertinente, pero hacía bien su trabajo.
—Esa mancha no se quitará —advirtió con tiento, señalando la mancha
marrón en la camisa blanca.
Ian hizo un gesto para quitarle importancia.
—¿Por qué mejor no me buscas ropa seca antes de que agarre una
pulmonía?
El joven, asustado por su tono, se apresuró a obedecer.
—Ya lo he arreglado todo para el regreso —indicó mientras buscaba en
el baúl ropa adecuada.
—No nos vamos aún —declaró Ian.
—¿No? —preguntó, extrañado.
Había viajado las suficientes veces con Ian para saber que establecía
fechas muy concretas y odiaba los retrasos.
—No. Ha surgido un imprevisto.
«Uno grande», pensó, sin saber todavía qué iba a hacer.
La señorita Beckett le había ofrecido que visitara a la niña hasta que esta
se sintiera lo suficientemente cómoda para irse con él, pero para Ian, ese
sería un trabajo en el que tendría que invertir demasiado tiempo.
Tiempo que no tenía.
Además, ¿qué iba a hacer cuando la visitara? No se imaginaba sentado
frente a ella, hablando. Ian no tenía ni idea de cómo entretener a un niño o
de cómo ganarse su confianza. Hasta el momento, había pensado que
ofrecer regalos bastaría.
¿Por qué tenían que complicársele tanto las cosas?
—Maldita sea —susurró, lo que le ganó una mirada atónita de su ayuda
de cámara.
Ian perdía la calma pocas veces hasta el punto de maldecir.
Una vez estuvo vestido con ropa seca y solo en su habitación, se quedó
mirando fijamente el fuego de la chimenea. El crepitar de las llamas le
recordó a los ojos de la señorita Beckett, quien a su vez le recordaba el gran
dilema en el que se encontraba.
Podría marcharse y dejar de perder el tiempo viendo la leña consumirse,
o podría quedarse un poco más e intentar resolverlo todo. Esta última
opción seguramente le tomaría varios días, y como Ian no era de los que
delegaba responsabilidades por temor a que otros lo arruinasen todo,
seguramente, cuando volviera a Londres, estaría lleno de trabajo.
Sin embargo, tenía el presentimiento de que, si lograba llevarse a la niña
consigo, estar muy ocupado no sería algo que lamentar, porque, aunque
estaba dispuesto a asumir sus responsabilidades, algo dentro de él quería
seguir huyendo.
***
Kristen se sintió agotada después de haber cerrado la puerta. Sin cuidado,
dejó caer el atizador. El ruino del metal chocando contra el suelo no la
perturbó, pues su mente ya estaba bastante alterada con lo acontecido
durante la visita.
Casi arrastrando los pies, subió los peldaños de las escaleras y se dirigió
a la habitación que quedaba al lado de la suya. Allí encontró a Nathaly,
sentada en la cama riéndose de algo que Hannah le había dicho.
—Tía Kris —dijo la niña en cuanto la vio—, ¿has hablado con papá?
¿Nos iremos todos a Londres?
El tono ilusionado de Nathalie la golpeó como un puño invisible, y casi
consiguió dejarla sin voz. Sin embargo, se las arregló para sonreír.
—Cariño, es un poco más complicado de lo que parece —dijo con
dulzura.
Los hombros de Nathalie se encorvaron por el peso de la desilusión.
—Yo no quiero irme sola.
—Nadie te va a obligar a irte sola —le aseguró Kristen. Con un gesto de
mano, le pidió a Hannah que se marchara. Esta lo hizo, no sin antes lanzarle
una mirada que decía: «Ten cuidado».
—¿Dónde está papá?
—Se ha ido.
Los ojos de Nathalie se abrieron, horrorizados.
—¡Me prometió que no lo haría!
—Regresará —se apresuró a aclarar, aunque ni ella misma sabía si sería
así—. Tenía que ir a cambiarse y no había espacio en esta casa para él.
Seguramente está en la posada del pueblo.
—Oh.
Nathalie no parecía muy convencida, y Kristen no la culpaba. Ella
tampoco lo estaba.
¿Regresaría? Eso había prometido él, pero quizás se lo pensaba mejor y
olvidaba su recién adquirido impulso de responsabilidad. Al ver la
desilusión de Nathalie por su partida, ya no estaba segura de que fuera la
mejor opción.
El maldito había tenido que esperanzarla con su presencia.
—Tía Kris, ¿crees que le he agradado?
Kristen tragó saliva para disolver el nudo en la garganta y fue a sentarse
junto a Nathaly. Le pasó un brazo por los pequeños hombros y la atrajo
hacia ella.
Intentó sonar lo más convincente posible:
—¡Claro que sí! ¿Cómo podrías no agradarle, con lo especial que eres?
—Parecía muy serio —acotó la niña.
—Es parte de su carácter.
Y de verdad lo creía. Unas pocas palabras con él bastaban para que
cualquiera notara que no era precisamente un caballero encantador. Kristen
no podía adivinar qué había visto Sarah en él, además de su apostura.
Porque sí, era apuesto como el pecado, pero, en opinión de Kristen, no
compensaba sus aires de superioridad.
Miró a Nathaly, que tenía los ojos cerrados. Sus pequeños brazos la
abrazaban por la cintura. A excepción de en los ojos, se parecía bastante a
Sarah, y lo que más temía Kristen era que sufriera un destino similar.
Kristen tenía once años cuando Sarah llegó a su casa. El servicio le
había dicho que sería aprendiz de doncella y que ayudaría en la cocina, pero
a Kristen le pareció muy extraño, porque nunca contrataban a nadie tan
joven. Una noche, escuchó a sus padres discutir y se enteró de la verdad. Le
habría gustado decir que la sorprendió, pero Kristen, al ser la única niña de
la familia había sido desde muy pequeña el paño de lágrimas de su madre.
Muchas veces la había escuchado llorar y quejarse de que su esposo no la
amaba lo suficiente para quedarse solo con ella. Saber que tenía una
hermana le resultó más un hecho curioso que una conmoción.
Entonces, decidió que la conocería.
Sarah y ella se cayeron bien al instante, y aunque a sus padres,
especialmente a su madre, no les hacía gracia su amistad, Kristen, que
siempre había sido una joven rebelde, buscaba formas de pasar tiempo
juntas. La baronesa le pidió varias veces a su marido que se deshiciera de
«la bastarda», como se afanaba en llamarla, pero este se negaba. Kristen
nunca supo por qué, pues era bastante evidente que no le profesaba cariño a
su hija.
A lo mejor la retenía solo por remordimientos de conciencia.
A los quince años, Kristen fue enviada a una escuela para señoritas, y
cuando regresó en las vacaciones de verano, se enteró por una doncella de
que Sarah se había marchado, cansada del desprecio de la baronesa, e
incluso del mismo servicio, pues Dios podía perdonar a los pobres, pero no
a los bastardos. No supo más de ella hasta que, en su primera temporada, la
vio por casualidad en un espectáculo en la ópera.
¡Sarah se había convertido en cantante! Y una muy buena.
Mantener comunicación desde entonces fue difícil. Se escribían cartas, y
muy de vez en cuando se citaban en el parque, pero sus encuentros eran
breves por temor a que las vieran juntas y que la reputación de Kristen se
viera afectada.
Muchas veces, Kristen se encontró pensando que bien podrían haberse
ahorrado el esfuerzo, pues al final la reputación de Kristen había acabado
igualmente por los suelos, hasta tal punto que tuvo que pedirle asilo a su
hermana bastarda. Para aquel entonces, Sarah ya estaba embarazada y había
sido recluida en el campo por el desentendido padre.
Kristen pensó en que la historia se estaba repitiendo con demasiada
exactitud. Sarah había muerto y el padre decidía, quizás por remordimientos
de conciencia, acoger a la niña. Sin embargo, ¿qué sería de Nathalie cuando
estuviera allí? Puede que le hubiera prometido ropa cara y otros lujos, pero
Kristen no podía estar segura de que lo fuera a cumplir. No olvidaba su
expresión cuando le preguntó si, además de lo material, lo tendría a él. Le
había dicho que no sin palabras, y se lo había ratificado varias veces con la
frase «no tengo tiempo». Nathalie sería encargada al servicio, si no corría la
misma suerte que Sarah y terminaba formando parte de él. Después de todo,
sería un escándalo admitir públicamente la existencia de un hijo bastardo, y
el señor Gallagher daba la impresión de ser de aquellos a los que no les
gustaban los escándalos.
Sitió que el cuerpo que la abrazaba se deslizaba y supo que Nathalie se
había dormido. La acostó suavemente sobre la cama y se encaminó a la
puerta, diciéndose que no permitiría que nadie le hiciese daño, ni siquiera
su padre. No la dejaría a su cargo hasta que estuviese segura de que le iba a
dar el futuro que se merecía.
Si el señor Gallagher regresaba, esperaba que estuviese preparado para
un nuevo enfrentamiento.
Capítulo 5
Después de tocar a la puerta, Ian tomó la precaución de colocarse unos
metros a la derecha para, una vez la abrieran, no quedar justo enfrente de
esta y de lo que le esperara tras el marco. La señorita Beckett no tardó en
abrirla. Llevaba un vestido semejante al del día anterior, de buena tela pero
pasado de moda.
Al menos, el enigma de por qué vestía tan bien estaba resuelto.
Lástima que no pudiera decir lo mismo de las demás incógnitas que la
rodeaban.
A pesar de que no tenía tiempo para pensar en algo que no fuera cómo
cumplir el objetivo que lo había llevado al pueblo, Ian había dedicado una
hora de la noche anterior a divagar sobre el misterio que rodeaba el pasado
de la señorita Beckett, en parte por curiosidad, y, por otra parte, porque
necesitaba la información para el plan que estaba trazando.
Como hija legítima de un barón, debió de tener muchas posibilidades de
casarse. A Ian no se le hacía difícil imaginarla rechazando pretendientes,
pero dudaba que el barón tuviera mucho respeto por las preferencias de su
hija. Si la señorita Beckett no estaba casada, sería porque hubo un
escándalo por medio, y desconocer cuál podría traerle a Ian más problemas
de los que ya tenía. Así pues, antes de ir a la casa, había mandado a su
ayuda de cámara a preguntar sobre la señorita Beckett. Sin embargo, nadie
en ese pueblo sabía nada, más allá de que era la «simpática» hermana de la
difunta señora Señora Robinon, nombre por el que, al parecer, todos
conocían a Sarah.
Cuando Hawe le había traído la información, Ian se preguntó por un
momento si no habría dos señoritas Beckett en el pueblo.
No le parecía que «simpática» fuera un adjetivo que se le pudiera
asociar a ella.
—Ah, es usted —dijo la mujer, dedicándole una mirada poco agradable.
Ian no pudo evitar revisarla de arriba abajo en busca de un posible arma.
Gracias a Dios, no tenía.
—¿Esperaba a alguien más? Supongo que a una visita más agradable,
puesto que no tiene a mano ningún líquido que arrojar.
La señorita Beckett sonrió sin humor, dando a entender que no le había
hecho gracia.
No le importó. Ian no tenía la intención de ser gracioso, sino cortante.
Le molestaba que su itinerario estuviera atrasado porque esa mujer no
quería ayudarlo. Él estaba seguro de que ella podía convencer a la niña para
que se fuera con él y no quería hacerlo por rencor.
—Avise la próxima vez que vaya a venir, le daré la bienvenida que
merece.
Ian se estremeció de solo pensarlo y esperó que ella no hubiera notado
que, en el fondo, le tenía un poco de miedo.
No, más bien era cautela.
Con los enfermos mentales siempre había que tener cautela.
Ella se apartó para dejarlo entrar, e Ian lo hizo con paso seguro. Quería
dejar claro quién era el dueño de la casa, aunque ella no pareció ni un poco
intimidada. La última vez, sin duda, esa información no había impedido que
le lanzara una taza de té encima.
—¿Dónde está la niña?
—Nathaly, se llama Nathaly. ¿No sabe ni siquiera cuál es su nombre?
Ian mantuvo a raya su molestia.
¿Acaso pensaba replicar a cualquier cosa que dijera?
—¿Dónde está Nathaly? —preguntó con paciencia.
—Duerme.
Ian echó un vistazo a su reloj de bolsillo.
—Son casi las once. Los niños no deberían levantarse tan tarde, o se
acostumbrarán a la vagancia.
—Perdone el error. No tengo tanta experiencia como usted en esto de
criar niños.
Su sarcasmo era igual de hiriente que una navaja. Ian no podía creer que
alguien tuviera semejante capacidad para utilizar las palabras como arma.
—Yo no soy su enemigo, señorita Beckett.
—Pues yo no lo considero mi amigo, señor Gallagher. Si no es mi
amigo, es mi enemigo. Lógica primaria.
—Tenemos un punto en común —le recordó—: Nathaly. ¿Podríamos
hacer el esfuerzo de hablar como personas civilizadas por ella?
—¿Insinúa que no soy civilizada?
—Insinúo que quizás deba controlar un poco su carácter.
Como si hubiera nacido para llevarle la contraria, sus ojos centellaron,
sus manos formaron puños e Ian estuvo seguro que saltaría sobre él en
cualquier momento, como un depredador furioso.
—Intenté llegar a un acuerdo con usted, señor Gallagher. Sin embargo,
usted decidió que Nathalie no valía el esfuerzo.
—Eso no es así.
—Dijo que no tenía tiempo para aceptar mi propuesta.
—¡Y no tengo tiempo! —exclamó, un poco exasperado—. Tengo
negocios en Londres, mucho trabajo.
—¿Desde cuándo los ricos herederos trabajan?
Ian le dedicó una mirada helada.
—Usted no sabe nada de mí.
Por un momento, creyó que sus palabras habían tenido algún efecto en
ella, pues el fuego de su mirada pareció apagarse. Lamentablemente, duró
muy poco como para poder afirmarlo.
—Sus acciones en los últimos seis años me han dicho mucho de usted,
señor Gallagher.
Ian sintió el repentino impulso de justificarse, de explicarle por qué no
podía casarse con Sarah. No obstante, calló. Ella debería saber cuáles
fueron sus motivos. Venía de una familia de clase alta, tenía que entender
que había ciertas reglas que no se podían romper.
No debería obstante, seguía condenándolo por el abandono, lo que
implicaba que no importaba lo que él dijese: ella no lo perdonaría.
A veces, Ian tampoco se perdonaba a sí mismo, aunque se dijera una y
otra vez que había hecho lo correcto.
—Las personas cambian, señorita Beckett.
—No —afirmó ella con rotundidad—. Las personas no cambian;
cambian sus intereses, que es diferente, y, a veces, por motivos que no son
precisamente los más adecuados. Acoger a una niña solo porque la
responsabilidad lo dicta es igual que no acogerla.
Ian desvió la mirada. No quería que ella viera en sus ojos que le daba un
poco de razón.
Pero ¿qué más quería de él? ¡Estaba haciendo más de lo que otro
hubiera hecho en su lugar!
—Pude haberlas dejado a su suerte, ¿sabe? —dijo con desdén,
esperando que ella entendiera que no era el monstruo que se empeñaba en
ver—. Pude no mandarles dinero, ni haberles comprado una casa. Pude
decir que la niña no era mía. Otro en mi lugar lo hubiera hecho.
Para su sorpresa, el comentario, en lugar de apaciguarla, la enfureció
más.
Sus ojos se encendieron y sus puños se apretaron.
—También podría no haberse acostado con ella. Podría no haberle dado
a entender que tendrían un futuro juntos cuando no era así —siseó. Los
labios le temblaban por el esfuerzo de no gritar.
—Yo no hice tal cosa —replicó, ofendido—. Sarah sabía perfectamente
cuál era la naturaleza de nuestra relación. Jamás la engañé al respecto.
—Eso es lo que se dicen para acallar la conciencia, ¿no es así? —dijo
con amargura. A Ian le llamó la atención que hablara en plural—.
Mentirosos. Todos son unos mentirosos.
Esa última frase disipó cualquier duda que hubiera podido surgirle sobre
si se estaba refiriendo solamente a él o a los hombres en general. Sin poder
evitarlo, la curiosidad lo picó, y su cerebro, acostumbrado a los negocios,
empezó a atar cabos.
¿Sería posible que tras el odio de la señorita Beckett hubiera algo más?
¿Tendría algo que ver con el posible escándalo que la excluyó de la
sociedad? Por el bien de su plan, debía obtener las respuestas a esas
preguntas de inmediato, pero dudada que la señorita Beckett se mostrara
dispuesta a satisfacer su curiosidad. Ian preveía una discusión muy larga
antes de llegar a obtener alguna información concreta, y no tenía tiempo
para eso.
Tendría que arriesgarse.
—Señorita Beckett...
—¡Papá!
Ian dio un respingo al escuchar la voz, y la palabra que había usado la
niña para llamarlo. El día anterior también lo había llamado así, pero Ian
sentía que podían pasar años antes de que se acostumbrara a ese inesperado
título, si es que algún día llegaba a hacerlo.
Se giró y se encontró a la niña de pie en el umbral, con el mismo
camisón de la última vez y los ojos grises brillando con emoción.
Observarla le causaba a Ian una sensación extraña. Eran sus mismos
ojos grises, pero hacía tiempo que los suyos no brillaban con tal fulgor. Era
como si estuviera viendo en el espejo un reflejo que no era el suyo.
—¡Sí ha regresado, tía Kris!
La mencionada se limitó a esbozar una sonrisa que debió costarle hasta
su último grado de autocontrol.
—He regresado —confirmó Ian, sintiéndose algo tonto porque la voz le
hubiera sonado tan débil. Se aclaró la garganta, una forma darse valor para
continuar con la locura que estaba a punto de cometer—: He venido a
decirles que mañana nos iremos todos a Londres.
Dos jadeos siguieron a la declaración, uno de emoción y el otro de
horror. No era difícil deducir a quién pertenecía cada uno.
Dirigió su mirada a la señorita Beckett y la escudriñó. Quizás fuera
cruel, pero Ian se sentía muy satisfecho de cada gesto de contrariedad que
mostraba. Le gustaba tener el control de la situación. La había acorralado, y
ella lo sabía. Si se negaba a ir con ellos, él no sería el malo de la historia,
pues sería la señorita Beckett quien estaría abandonando a su sobrina, y
seguramente la niña lo vería así.
Por otra parte, si accedía, sería conteniendo un disgusto tremendo. A Ian
no le hacía gracia tener a una mujer enojada en su casa, por lo que esperaba
que primara el egoísmo y lo dejara por fin marcharse con la niña.
Era una apuesta muy arriesgada la que estaba haciendo, pero no había
logrado encontrar otras soluciones que no le costaran una gran cantidad de
tiempo. Tenía que regresar a Londres, y se había prometido a sí mismo que
sería con la niña.
Además, no le gustaba perder, y menos ante una mujer demasiado
irrespetuosa, dadas sus circunstancias.
Era el momento de que ella decidiera si quería seguir jugando.
***
Kristen apenas podía contener el enfado causado por la declaración del
señor Gallagher. Sus palabras habían sido un golpe que la tomó por
sorpresa, y, por ende, necesitaba de un tiempo para recuperarse y
reaccionar.
Dada su reacción el día anterior ante la posibilidad de llevarla consigo,
Kristen había descartado esa opción entre las decisiones que él podría
tomar. No había previsto esa jugada, y precisamente por eso ahora se
encontraba acorralada.
Sabía lo que él pretendía y eso la enfurecía más.
Negarse o aceptar. No había otro camino. Sabía que Nathalie no lo
entendería si ella se negaba, y Kristen tampoco sabría cómo explicárselo.
Deseó haberle dicho que su papá estaba muerto en cuanto tuvo la
oportunidad.
Observó que Nathalie daba brinquitos de felicidad. Kristen no podía
abandonarla, nunca se lo perdonaría, y Nathalie no la perdonaría si se
negaba. Incluso podría aceptar irse con su padre igualmente, y, entonces
Kristen, habría fallado en su misión de protegerla.
Alejó todas las advertencias que su cabeza le hacía sobre por qué todo
eso era una mala idea.
En cambio, forzó un tono amable y dijo:
—Es una noticia excelente, señor.
Notó en el rostro de Gallagher el desconcierto, que dio paso a la
frustración, y se permitió regocijarse un momento.
No era la decisión que él esperaba, y Kristen se sentía feliz de haberle
causado un poco del disgusto que él acababa de causarle a ella... O que le
llevaba causando desde su aparición.
—Nathaly, ¿por qué no les avisas a los demás de nuestra inminente
partida?
Ella asintió, emocionada, y salió de la habitación como un torbellino.
—Ayer me acusó de haber manipulado a la niña —comentó Kristen,
intentando no mostrar por completo su molestia—. Ahora comprendo que
fue porque me juzgó con base en sus propias habilidades. Voy a tener que
agregar «cobarde» a la lista de sus defectos.
—Es astucia, no cobardía.
—¡Es deshonesto!
—La vida en general lo es.
Kristen atisbó duda en su tono. Parecía que dijera las palabras más para
defenderse que porque lo creyera de verdad.
—¿Qué pretende? ¿Cuál es su grandioso plan, ahora que he decidido
irme con usted?
—Se hará pasar por la institutriz de la niña.
Kristen se envaró con teatralidad.
—Soy la hija de un barón. ¿Planea que finja que soy una institutriz?
—Dado que vive aquí y no en Londres, con su familia, no me dio la
impresión de que le molestara renunciar a su estatus —replicó con
sequedad.
Y no le molestaba, pero Kristen estaba dispuesta a hacer lo que fuera
para irritarlo.
Por otra parte, comprendió que le acababa de insinuar que deducía
mucho sobre su pasado. Kristen supo, desde el momento en que le dijo su
identidad, que llegaría a una conclusión cercana a la realidad, y también
sabía que había muchas probabilidades de que en Londres descubriera su
historia real, o, al menos, la peor versión de esta.
Hacerse pasar por institutriz podría ser una buena forma de no llamar la
atención.
—No hay otra manera de justificar la presencia de una dama soltera en
mi casa —continuó él—. Quiero que todo sea lo menos escandaloso
posible.
—Supongo que la presencia de Nathalie será ya de por sí escandalosa —
dijo Kristen. Un destello de culpabilidad brilló en los ojos de él, y la
atenazó un mal presentimiento—. ¿Cómo piensa justificar la presencia de
Nathaly?
—Bien, considerando las circunstancias, he concluido que lo mejor sería
decir que es una pariente lejana que ha quedado bajo mi cuidado.
—Va a renegar de ella —musitó Kristen con incredulidad—. ¡Está
haciendo hasta lo imposible por llevársela y quiere renegar de ella!
—Es lo mejor para Nathalie —replicó a la defensiva—. Si la sociedad se
entera que es ilegítima, sufrirá mucho.
—¿Y cree que si la niega no? ¡Le ha dicho que es su padre! ¿Cómo
planea que una niña de cinco años logre llevar una farsa como esa?
—Usted podría...
—No. Me niego a intentar explicarle a Nathalie por qué su padre no
quiere que lo llamen así, ni que otros se enteren de que están emparentados.
Si tan convencido está de su plan, va a tener que hacerlo usted.
Un silencio tensó llenó la habitación.
Kristen sabía que sus palabras no carecían de lógica, pero el lado
protector salía en defensa de la niña. El cariño era lo más importante en la
educación de una criatura. ¿Cómo podría Nathalie sentirse querida si su
propio padre renegaba de ella? Quizás cuando creciera pudiera
comprenderlo, pero dudaba que en ese momento lo hiciese.
Y, mientras no lo entendiera, sufriría.
—Es lo mejor para ella —dijo con cautela.
Kristen pensó que también intentaba convencerse a sí mismo.
—Quizás lo mejor sea que deje las cosas tal y como están.
La farsa no había comenzado y ella ya se estaba imaginando todas las
complicaciones que traería. Si querían hacerlo bien, la mentira tendría que
durar años. Tendrían que estar siempre al pendiente de no cometer ningún
desliz, y cuando Nathalie se casara, su esposo jamás podría enterarse de la
verdad. Era un secreto que todos tendrían que llevarse a la tumba, si la
verdad no los alcanzaba y los ahogaba antes.
Kristen era de las que creían que no se podía sostener una farsa durante
demasiado tiempo.
—No soy un hombre que le tenga tolerancia a los errores —comentó él
lentamente, como si le costara mucho pronunciar las palabras—. No tiene
usted idea de lo que esto significa para mí. Quiero hacer las cosas bien para
honrar mi propio código de conducta, y quiero darle a ella, de alguna
manera, la vida que le corresponde.
Kristen admitió a regañadientes que sus afirmaciones eran sinceras, y le
causaron tanta emoción que bajó las defensas. Por primera vez lo vio no
como un monstruo sin corazón, sino como un hombre vulnerable que, al
igual que los demás, no era inmune a las equivocaciones.
Su aversión hacia él se redujo.
—Yo también quiero lo mejor para ella —dijo Kristen con suavidad,
indicándole que sus palabras no tenían la intención de buscar pelea—. Pero
no sé si esa sea la manera.
De nuevo, el tenso silencio les hizo conscientes de su incapacidad para
encontrar una solución milagrosa.
Kristen, egoísta, todavía deseaba que ese encuentro jamás hubiera
ocurrido.
—Podemos decidirlo después —propuso, conciliador—. Siempre
podemos decir que la niña me dice papá para no extrañar tanto al suyo, o
algo semejante. —Kristen hizo una mueca de desagrado. Él lo notó—.
Señorita Beckett, comprendo que mi existencia posiblemente nunca le
llegue a ser grata, pero me gustaría que, por el bien de la niña, acabáramos
con esta guerra.
En lugar de calmarse, Kristen detectó cierta condescendencia en su tono
que la hizo alzar nuevamente las murallas.
Sabía cómo procedían los hombres, y lo fácil que se les daba manipular;
sobre todo cuando eran tan apuestos como él. Kristen no podía permitirse
flaquear cuando el futuro de su sobrina estaba en juego.
—Aceptaré ir con ustedes, señor Gallagher, y si veo que Nathalie se
queda en buenas manos, prometo marcharme sin protestar. Pero si no es
así... —Se acercó. Su mirada amenazante lo apuntó como un cuchillo—,
sabrá lo que de verdad es una guerra.
Tras la amenaza explícita, se dio la vuelta y se marchó. Él conocía el
camino de salida, y aunque fueran a vivir pronto en la misma casa, Kristen
prefería pasar el menor tiempo posible con él. Algo le decía que era más
peligroso de lo que se había imaginado hasta el momento.
Capítulo 6
Al día siguiente, todos se encontraban en el carruaje del señor Gallagher
que las llevaría a Londres.
Kristen apenas podía creérselo, y por el tenso silencio que inundaba el
espacio, parecía que los demás tampoco.
Hannah y su nieta, Kitty, estaban dentro del coche junto con Kristen,
Nathalie y el señor Gallagher. Jonas, el esposo de Hannah, viajaba delante
con el cochero y el ayuda de cámara. Si el señor Gallagher se sentía
incómodo por la presencia de tantas mujeres, no lo evidenciaba, aunque
Kristen empezaba a notar que tendía a ocultar la mayoría de sus emociones,
y la incomodidad estaba la primera en la lista. Aunque lo había enfadado e
incluso frustrado, dudaba que lo hubiese visto incómodo por más de cinco
segundos, y solo cuando Nathalie estaba presente. A Kristen le exasperaba
un poco ese rasgo de personalidad, aunque no dejaba de admirar en secreto
ese manejo de sus emociones. En ocasiones, a ella le gustaría manejar
mejor las suyas, pues se encendían con la misma rapidez que una mecha
ante la presencia del fuego, y eso podía ser igual de beneficioso que
perjudicial.
Nathalie soltó un jadeó emocionado y sacó la cabeza por la ventana, a
pesar de que Kristen le hubiera advertido dos veces que no lo hiciera. Los
sonidos de alegría de la niña eran lo único que, cada tanto, rompía la
tensión y los instaba a relajar los hombros. Ella era la única que el día
anterior no había sentido pesar al hacer los baúles, ni había mirado con
melancolía la silueta de la casa mientras se alejaban. Para ella, iba a un
hogar grande donde viviría como una dama, y todos a los que quería
estarían con ella.
Según su visión infantil, nada podía salir mal.
Kristen deseaba contagiarse de su optimismo, pues ella sí tenía una
amplia lista de lo que podría salir mal.
Primeramente, estaba la identidad que iba a asumir la niña. Aunque
había acordado con el señor Gallagher que lo discutirían después, ella sabía
que no era un asunto que se pudiera posponer por mucho tiempo. Si iban a
iniciar una farsa, tendrían que empezarla desde los primeros días, y aunque
sabía que era lo mejor para Nathaly, Kristen seguía rechazando la idea.
Después de todo, vivir en una mentira no podía augurar nada bueno.
Sí, no sería rechazada por la sociedad, pero ¿a coste de qué? El precio
sería dejar una parte de ella misma alejada para siempre; sería vivir
sabiendo que no valía lo suficiente siendo lo que era, y que por eso debía
ser alguien más. Sería mentirle a todos a los que alguna vez llegase a amar.
Kristen odiaba a la sociedad por eso. Detestaba sus prejuicios, sus reglas
absurdas, y, sobre todo, el trato hacia las mujeres. A lo mejor, si Nathalie
fuera un hombre, podría caminar por los salones con más libertad.
Hablarían, criticarían y los más moralistas le darían la espalda, pero
seguramente podría conseguir una esposa desesperada y siempre tendría el
control de la situación. En cambio, como mujer, era casi imposible que
consiguiera un partido decente, y si lo hacía, tendría que estar siempre
agradecida porque este hubiera pasado por alto su «condición». Si las
mujeres de buena cuna pagaban caro los mínimos errores, no se imaginaba
los desprecios a los que someterían a una bastarda. Ella misma sabía lo
crueles que podían ser aquellos que habían tenido la suerte de no ser
descubiertos cometiendo alguna infracción.
Cuando llevaban cuatro horas de viaje, Nathalie se quedó dormida sobre
el regazo de Hannah. El señor Gallagher y ella no dejaban de lanzarse
miradas despectivas, y sin los aullidos de alegría de la niña, el silencio les
cortaba la piel.
—Todavía no comprendo por qué no podíamos esperar unos días más.
Quería despedirme de algunos amigos —comentó Kitty, quejumbrosa.
Hannah le lanzó una mirada de advertencia a su nieta, y la joven, de
apenas dieciocho años, bajó la cabeza con vergüenza.
—El señor Gallagher tenía mucho trabajo —respondió Kristen. El tono
bajo de la voz que usó para no despertar a Nathalie no pudo disimular el
sarcasmo de la frase—, lo que hace que me pregunte... ¿no ve mal la
sociedad que alguien de su posición trabaje, señor Gallagher?
Él le dedicó una mirada de fastidio.
—Sí, pero el dinero evita que hagan comentarios impertinentes. No
frente a mí, al menos.
Su tono fue hosco, y, de hecho, llevaba siendo así desde que se
despidieron el día anterior. Kristen suponía que no le había gustado que
rechazase su oferta de paz.
No le importaba. O, al menos, intentaba que no le importase. Durante la
noche, admitió en unas cuantas ocasiones que quizás se hubiera portado de
un modo demasiado brusco, pero su parte más recelosa se negó a aceptarlo
por completo y la instó a mantener la guardia alta.
No se confiaba en los hombres.
No en hombres como él.
—Por supuesto. El dinero lo soluciona todo.
Aunque su rostro no diera muestras de ello, ella supo que él había
captado la indirecta: sus hombros se enderezaron, listos para la pelea.
—Yo pensaba que las mujeres apreciaban lo útil que resultaba. ¿No es
seguridad económica lo primero que buscan en un esposo?
—El dinero no sirve de nada si el caballero no es digno.
—¿Por eso no se ha casado? ¿No ha encontrado ningún caballero digno?
Kristen se sobresaltó por el rumbo que había tomado la conversación.
—Tal vez —dijo con cautela.
—Me sorprende que no haya encontrado ningún caballero digno de
usted. Seguramente no buscó demasiado.
—O quizás los caballeros así escasean —replicó, sintiendo cómo el
enfado le calentaba la sangre.
—Según su percepción, porque yo estoy seguro de que habrá algún que
otro caballero digno de usted.
—¿Qué insinúa? —preguntó Kristen.
Él curvó ligeramente los labios hacia arriba en una sonrisa diseñada para
irritar.
—Solamente que algún caballero se habrá considerado digno de usted.
—Hay muchos caballeros que se consideran dignos de cualquier mujer,
pero no merecen ni siquiera una sonrisa de estas.
El atisbo de sonrisa desapareció.
De nuevo, el silencio los rodeó.
—Me pregunto —dijo Kristen pasados unos minutos, incapaz de
permanecer en silencio— si por eso usted no se ha casado. ¿No ha
conseguido una mujer digna de su cuna?
Él odiaba sus ironías; ella lo supo en cuanto lo miró.
—Tal vez no haya querido casarme.
—O a lo mejor nadie lo considera a usted digno —replicó ella, sin
ocultar la diversión que esa posibilidad de causaba.
—Le aseguro que ese no es el problema.
Kristen quiso seguir burlándose, pero entonces, sus ojos detallaron bien
su cara y no pudo evitar reconocer su apostura. Había algo atrayente en
todo ese hombre que una mujer no podía ignorar por mucho tiempo. Quizás
era su expresión solemne, sus palabras seguras o su mirada penetrante. Era
esa clase de energía que repelía pero atraía al mismo tiempo, causando una
intriga que no se apaciguaría con facilidad.
No fue capaz de decir nada durante el resto del viaje.
Era casi media noche cuando llegaron a su destino. La mansión estaba
tal y como ella la recordaba: imponente, gritando a los vecinos la riqueza de
su dueño, con sus columnas de mármol y paredes de piedra blanca.
La primera vez que la había visto, Kristen había sentido rabia. Nathalie
debería haber crecido allí, junto con Sarah.
En ese momento, solo sintió miedo del futuro.
La puerta se abrió antes incluso de que llegaran a la entrada. El
mayordomo también era el mismo de la última vez.
—¿Quieren comer algo? —preguntó Ian mientras se acercaban a la
puerta.
Kristen negó con la cabeza. Nathalie era incapaz de decir palabra.
Observaba toda la fachada como si se hubiera encontrado con una criatura
fantástica.
Cualquier rastro de sueño desapareció de su rostro.
En cuanto a Hannah, Kitty y Jonas, sus expresiones de perplejidad eran
similares.
—Es bueno tenerlo en casa, mi...
—Espero que hayan recibido mi mensaje —interrumpió el señor
Gallagher.
—Así es. Tenemos la habitación de la institutriz lista, al igual que la de
los nuevos criados. Por supuesto, la de la niña también.
Kristen estuvo a punto de hacer una mueca. Nathaly, por suerte, estaba
demasiado ensimismada mirando al techo como para escuchar el término
con el que se referían a su tía.
—Bien. Por favor, lleve a la niña y a la señorita Beckett a sus
habitaciones, y dígale a alguien que conduzca a los Thompson y a su nieta a
las dependencias de los criados.
—Yo puedo hacerlo —se ofreció el muchacho que había viajado con
ellos, a quien Kristen reconoció como el ayuda de cámara—. También
puedo mostrarles mañana la casa.
La generosidad de la oferta pareció extrañar al señor Gallagher, pero no
discutió. Kristen notó cómo el joven no le quitaba la vista de encima a
Kitty, aunque esta no le estaba prestando atención.
—Como ordene. Si tiene la amabilidad de acompañarme, señorita
Beckett...
Los mayordomos tenían la cualidad de ser imperturbables, pero Kristen
tenía el don de notar hasta el mínimo cambio en una persona, por lo que
supo que el hombre, aunque no dijera nada, sabía que había sido ella la que
montó el escándalo aquella vez.
Tuvo que tirar de la mano de Nathalie para instarla a caminar.
—¿No podemos recorrerla entera? —preguntó con ojitos de cachorro,
suplicante.
—Mañana, cariño.
Ella hizo un puchero, pero la protesta murió con un bostezo.
Cuando llegaron al pie de las escaleras, se giró.
—Buenas noches, papá.
Él masculló algo, pero Kristen no lo oyó. El mayordomo no dio
muestras de haber escuchado el nuevo título por el que había sido llamado
el señor de la casa.
La habitación era muy cómoda. Nathalie dormía en el cuarto de al lado,
pero, aun así, a Kristen le costó conciliar el sueño.
No podía dejar de pensar en que esa era la vida que Sarah siempre quiso
para su hija, pero no del modo en que la imaginó. Al día siguiente tendría
que enfrentarse a la realidad, y Kristen sabía que esta no era ni la mitad de
optimista de como su hermana la soñó.
***
Salió de su habitación a las siete de la mañana, incapaz de volver a conciliar
el sueño después de una noche intranquila. Como no sabía cómo contactar a
Hannah, y no era propio de una institutriz llamar a los criados, se puso un
sencillo vestido color crema, de esos destinados a llevar en la casa. Bajó las
escaleras, intentando deducir dónde estaría la cocina, pero la mansión era
demasiado grande como para no perderse.
Incluso la casa de su padre debía tener la mitad de ese tamaño.
—Señorita Beckett —dijo una voz a sus espaldas.
Kristen se sobresaltó. Giró lentamente hasta que se quedó frente al
recién llegado.
—Señor Gallagher.
Teniendo en cuenta que los aristócratas consideraban las siete de la
mañana una hora indigna, Kristen se sorprendió de lo bien arreglado que
estaba. Su traje era negro, con una camisa blanca que resaltaba su amplio
torso. Las prendas carecían de imperfecciones.
Ese joven que ejercía de ayuda de cámara debía de ser muy eficiente.
—Me dirigía al comedor. Si gusta acompañarme en el desayuno...
—Es usted muy amable con una institutriz, milord. Al parecer, es más
considerado con aquellos de clase baja de lo que imaginé.
Su único gesto de molestia fue una leve alteración en la respiración. Él
continuó su camino y Kristen lo siguió, suponiendo que, si no había dicho
nada, la invitación seguía en pie.
Llegaron a un comedor inmenso, demasiado grande para ser utilizado
por una sola persona, o dos, si el otro señor Gallagher seguía allí. Kristen
tomó nota mental de preguntar por él. Ahora que sabía que no era el
culpable, se sentía mal por el desagradable rato que le hizo pasar.
Esperaba que su compromiso no se hubiera roto.
Él se sentó en la cabecera de la mesa, y le hizo un gesto para que tomara
asiento a su lado. Kristen obedeció, y poco después entraron varios criados
y colocaron unos platos sobre la mesa.
—¿Té o café, señorita?
—Té, por favor.
Mientras le servían, observó que él tomaba café. Negro y puro.
Como su alma, seguramente.
—He estado pensando en la situación con la niña... —comentó después
de que los criados se marcharan tan silenciosamente como habían llegado.
—Se llama Nathaly.
—Lo sé. ¿Qué tiene de malo que le diga «niña»? Es una niña.
—La forma en que lo dice es despectiva, como si ella fuera algo
desagradable. No dudo que usted la considere una responsabilidad molesta,
pero preferiría que Nathalie no se diese cuenta.
De nuevo, su respiración se alteró.
—He estado pensando en la situación de Nathalie —dijo con calma.
Kristen tenía la impresión de que ese día había decidido no responder a sus
provocaciones. Una lástima. Ella pagaría por verlo perder por completo los
estribos—. Sigo considerando que mentir sobe su identidad es lo mejor.
Kristen echó dos terrones de azúcar a su té y empezó a remover, como si
así pudiera posponer indefinidamente tener que tomar una decisión.
—¿Cómo se lo explico? —preguntó en voz baja, no en tono acusador,
más bien con tristeza—. ¿Cómo le digo a una niña que tiene que negar sus
orígenes, lo que era su madre, para ser socialmente aceptada? ¿Cómo le
explico que el mundo no es tan amable como ella lo ve?
Él no respondió, y su silencio de acuerdo fue desconsolador en lugar de
reconfortante, pues le hizo saber a Kristen que el problema era tan grave
como ella lo imaginaba.
—¿Los criados no hablarán? Ella lo llamó anoche «papá».
—El servicio de aquí es discreto. Cuando lo considere oportuno, puedo
justificar su trato hacia mí como el afecto de una niña que extraña a su
padre. Si sospechan la verdad o no, no se atreverán a contradecirme. La
sociedad tampoco. —La miró con intensidad—. Entonces, ¿estamos de
acuerdo?
Kristen tragó saliva para disolver el nudo en la garganta.
Por suerte, la entrada de un criado la salvó de responder.
—Milord, han traído esto para usted. Dicen que es urgente.
Él tomó el sobre que le ofrecía y lo abrió. Kristen, ensimismada, tardó
un momento en procesar una palabra particular de esa frase.
«Milord».
—Tengo que irme. Ha surgido un problema en una de mis
embarcaciones —comentó, guardando la nota. Debió notar la palidez en el
rostro de Kristen, porque preguntó—: ¿Está usted bien?
La sangre que había perdido empezó a regresar, cada vez con más
fuerza, hasta que sus mejillas estuvieron rojas de furia.
¿Que si estaba bien?
Kristen quería matarlo.
Tanto Sarah como ella habían supuesto que era un hombre proveniente
de alguna familia aristocrática, y aunque se le había hecho raro a Kristen
que viviese en una casa tan grande, nunca tuvo razones para pensar que
fuera un lord. Ella lo había llamado señor Gallagher en más de una ocasión,
y él nunca la había corregido, lo que significaba que él había querido que
ella creyera eso.
—¡Mentiroso! —siseó—. Todos son unos mentirosos.
Antes de poder pensarlo mejor, le echó el té encima.
Capítulo 7
Ian observó cómo una mancha amarilla se esparcía sobre su camisa y sintió
que su control se hacía añicos.
¡Esa maldita mujer estaba loca, y había elegido el momento más
inoportuno para uno de sus ataques!
—¡¿Se puede saber qué diablos le pasa?! —gritó.
Si alguna vez había perdido el control de esa manera, no lo recordaba.
Tampoco estaba como para pensar detenidamente en ese momento. Ese día
había amanecido con la determinación de llevarse medianamente bien con
la dama, por eso había ignorado sus pullas con mucho autocontrol. Sin
embargo, ella parecía tener un don único para hacerle perder el dominio de
sí mismo, y estaba tan furioso que ni siquiera quería esforzarse por
recuperarlo y demostrarle que era mejor que ella.
—Así que nunca engañó a Sarah. Eso fue lo que me dijo, ¿no? ¿Y
ocultarle esta información no es un engaño?
De haber estado de su humor habitual, quizás se habría molestado en
explicarle con calma por qué lo hizo, y también que no la sacó de su error
precisamente para evitar una discusión.
No obstante, Ian estaba lejos de sentir la imperturbabilidad que siempre
lo acompañaba.
—Sí, le mentí sobre mi nombre —admitió sin tomarse el tiempo de
medir sus palabras. La rabia soltaba la lengua—. No quería que se enterara,
porque si había rumores de nuestra relación, eso podría perjudicarme. ¿Cree
que es egoísta? Pues sí, lo es, pero usted mejor que nadie debería
entenderlo. Es la hija de un barón, sabe cómo se maneja este mundo. Sabe
que, si me hubiera casado con Sarah, la niña y ella habrían sufrido
desprecios durante toda su vida. —Se levantó de forma tan abrupta que la
silla casi se cayó—. Además, mi familia siempre se ha enorgullecido de una
buena reputación y no iba a ser yo quien la arruinase por una aventura. Es
injusto, pero la vida suele serlo.
—¡Una aventura! —jadeó Kristen—. ¿Eso fue mi hermana para usted?
—Lo que ella significó para mí solo le incumbía a Sarah, y como ella
está muerta, no tengo que darle explicaciones a usted sobre mis
sentimientos ni de por qué he mentido sobre mi identidad.
—A mí también me ha mentido sobre su identidad —le espetó ella.
—¡Para evitar esta discusión!
—¿Y cómo esperaba que reaccionara? ¡Tengo derecho a estar molesta!
—Ese es el problema, señorita Beckett, que cree tener más derechos de
los que en realidad posee—dijo con un tono tan helado que bien pudo haber
hecho nevar—. En realidad, no tengo por qué escuchar sus reproches hacia
mis acciones. La única que podía reprochármelo era Sarah, y en todo caso,
Nathaly, que fueron las afectadas. No pienso permitir que siga faltándome
el respeto que siga juzgándome como si usted no hubiese cometido jamás
un error. Dígame, señorita Beckett, ¿nunca se ha equivocado? ¿Jamás ha
deseado volver el tiempo atrás para solucionar un problema?
Kristen no respondió.
—Eso imaginaba —dijo con desdén, y se retiró.
Fue directamente a su habitación a cambiarse de traje, y mientras se
desvestía, tocó la campanilla para llamar a su ayuda de cámara. Como
tardaba mucho en llegar, sacó él mismo ropa limpia, aunque con la
brusquedad de sus movimientos arrugó las prendas.
Cuando el señor Hawe llegó, soltó un jadeo de horror.
—¿Qué está haciendo?
—Ha habido un incidente con el traje. Tengo prisa, así que pásame unos
gemelos.
El señor Hawe caminó con lentitud hasta la cómoda en donde los
guardaba, sin dejar de mirar la ropa que formaba un bulto en el suelo.
Incluso de esa manera se lograba ver la mancha en la camisa.
—¿Cómo se las arregla para manchar así la ropa? La última no se pudo
rescatar.
Ian le dirigió una mirada helada que le hizo apurar el paso.
Una vez con un aspecto presentable, se apresuró a bajar las escaleras.
De reojo, vio a la señorita Beckett apoyada en el marco de la puerta que
daba al vestíbulo.
La ignoró.
Siguió caminando hacia la puerta que el mayordomo ya tenía abierta,
sombrero y abrigo en mano. Estaba a punto de llegar cuando escuchó que
alguien gritaba:
—¡Papá!
Vaciló solo un segundo, quizás menos, pero no lo suficiente como para
que no resultara creíble lo que hizo a continuación: seguir caminando como
si no la hubiese oído.
***
Cuando regresó a su casa, ya había pasado la hora de la cena, y el
mayordomo lo estaba esperando para darle cuenta de lo sucedido en el día.
No era algo que el sirviente hiciese con frecuencia, pues conocía lo valioso
que era el tiempo para su señor, así que Ian supo que lo que le tenía que
decir era importante.
No se equivocó.
Sin saber cómo tomarse lo acontecido en su ausencia, se dirigió a su
despacho, diciéndose que ya pensaría en ello luego y tomaría una decisión.
No obstante, al entrar en su despacho, se encontró al eje del problema
sentada en su escritorio.
Qué hacía allí era una pregunta que prefirió omitir para ahorrar tiempo.
—Nathalie no debería comer con los criados —dijo, decidiendo abordar
de una vez el problema.
Ella no se mostró sorprendida porque él lo supiera.
—¿Y qué debería haber hecho? —preguntó, levantándose del asiento
con la gracilidad de un gato—. ¿Sentarla en ese inmenso comedor para que
comiera sola? O, mejor: decirle que lo esperara. Con un poco de suerte, no
se hubiera desmayado antes de su llegada.
—No, me provoque, señorita Beckett. No estoy de humor.
—¡Qué novedad! —dijo con sarcasmo—. Supongo que su falta de
humor fue lo que motivó que decidiera ignorar a Nathalie esta mañana,
cuando lo llamó.
Ian suponía que ella habría presenciado la escena.
—No sé de qué me está hablando —respondió mientras ocupaba el
asiento que ella había dejado libre.
—No sea idiota. Por supuesto que sabe de qué estoy hablando —replicó
con rabia.
Ian suspiró.
—Bien, sí, la ignoré, pero porque usted me había puesto de mal humor y
no me veía capaz de hablar con la niña.
Era una verdad a medias. Ian la había ignorado porque no sabía cómo
enfrentarse a la situación. Durante ese pequeño segundo, se había
imaginado a sí mismo girándose y quedando paralizado ante la sonrisa de la
niña.
Una sonrisa inocente que no entendería por qué debería guardarle a
rencor a su padre.
Él le había dicho a la señorita Beckett que la única que tenía derecho a
juzgarlo era Nathaly, pero, de alguna manera, saber que la niña no lo haría
le causaba inquietud. Sentía que la estaba engañando. Además; enfrentarse
a ella era un recordatorio no solo de la amarga realidad, sino de los errores
pasados.
Ian tenía el presentimiento de que cada día que la viese en su casa se
preguntaría si habría hecho lo correcto al traerla.
—Pagar con una pequeña de cinco años el enfado que yo le cause no es
justo.
—La vida no es justa, señorita Beckett —le dijo, por segunda vez en ese
día—. Por eso estamos en esa situación.
Él vio en su mirada que ella lo había entendido, pues sus ojos ámbar
centellearon por el enfado, la impotencia y algo de melancolía.
El silencio se prolongó tanto que Ian deseó que ella se marchara y lo
dejara sumirse en cualquier cosa que lo distrajera. Ella, sin embargo,
paseaba alrededor de él; no con intención de intimidarlo, sino pensativa.
Él la observó. Llevaba puesto el mismo vestido de la mañana, y este se
ajustaba de forma provocativa a su figura, especialmente a unos generosos
pechos. No era la primera vez que Ian los notaba, pero sí la primera vez que
les prestaba suficiente atención como para que su cuerpo reaccionara en
consecuencia. Sintió que su sangre se calentaba, y aunque se reprendía por
ello, no podía dejar de observarla.
Ahora que no estaban luchando en una guerra verbal, podía observar a la
mujer que había debajo de una barrera de rencor. Era una mujer que
caminaba con pasos cortos y elegantes, aunque no carentes de energía.
Pensó que cualquiera que la viera moverse podría darse una idea de su
personalidad atrevida y vivaz, aunque dudaba que alguien pudiera adivinar
la ferocidad con la que la dama que se escondía tras esas delicadas formas
femeninas podía atacar. No era común encontrar a una mujer con tanto brío,
e Ian admitía que la admiraba un poco. Había que tener valor para
enfrentarse a él, pero no era nada comparado con la determinación de
apoyar a una hermana bastarda con una hija también ilegítima.
Quizás no sabía qué la había llevado ahí, pero las circunstancias poco
importaban cuando el apego que le mostraba a la niña decía mucho de sus
sentimientos.
A la señorita Beckett no le importaban las convenciones sociales.
Eso era más de lo que se podía decir de él.
—Tal vez me extralimité un poco esta mañana —dijo con lentitud,
deteniendo su paseo para mirarlo con valentía a los ojos.
—¿Usted cree?
No era lo más razonable mostrarse sarcástico cuando ella hacía amago
de disculparse, pera dada su reciente perturbación al mirarla, prefirió no
bajar las defensas.
—Sucede que no soporto a los hombres arrogantes, que creen que el
mundo está en sus manos y por eso pueden hacer lo que quieran —dijo
entre dientes. Se tomó dos segundos para respirar hondo antes de continuar
—. Sin embargo, tenía razón en algo: sí comprendo que actuó como alguien
de su posición lo haría. Puedo imaginar el dilema en el que se vio y
entender por qué tomó la decisión que tomó.
—Gracias —respondió.
—Lo que no puedo perdonar —continuó ella, haciendo que la pequeña
sensación de alivio muriera antes de crecer— es que no haya tenido el valor
de actuar de forma diferente. Podría haberse casado con ella y llevársela a
otro país, donde nadie conociera la historia. Podría haber olvidado la
responsabilidad que tenía para con el título. Después de todo, no es algo que
usted eligiera.
»Dígame, ¿alguna vez lo pensó siquiera? ¿Se arrepintió de tomar la
decisión de dejarla?
No. De lo único que Ian se había arrepentido era de haberse juntado con
ella en un principio, de haberla dejado embarazada y con el corazón roto. Él
jamás tuvo intención de herirla, ni de que las cosas fueran demasiado lejos.
Creyó que Sarah lo sabía, pero ella había malinterpretado su relación.
Quizás Ian debió haberla dejado cuando la notó más cariñosa y
juguetona, cuando vio que había mucha confianza. Si lo hubiera hecho, a lo
mejor su relación sería un recuerdo más y no ese nudo en el pecho llamado
remordimiento.
Su falta de respuesta fue más reveladora que ninguna palabra.
De nuevo, el silencio se apoderó de la estancia, hasta tal punto que él
deseó que se fuera. Pero ella no hizo ademán de moverse.
Estaba allí, parada, mirando a la nada.
Ian no lo soportó más.
—No soy arrogante.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Dijo que el motivo de su molestia era que no soportaba a los hombres
arrogantes. Yo no soy arrogante.
Ella se rio. Se rio de verdad.
Era la primera vez que escuchaba el sonido de su risa.
—Oh, por Dios. ¡Claro que lo es! Cada gesto suyo lo indica. Su forma
de caminar. —Empezó a andar de un lado a otro, delante del escritorio.
Cuadró mucho los hombros y sus pasos empezaron a ser rápidos y violetos.
Ian se dio cuenta de que intentaba imitarlo—. La manera de mirar a todos
por encima de hombro. —Le dio la espalda e hizo una muy mala actuación
de «mirar por encima del hombro»—. Sus muecas de desagrado. —Arrugó
el ceño hasta e hizo una mueca de asco, similar a la que haría alguien
cuando se encontraba una mosca en la sopa.
Ian debería haberse enfadado, pero había tal desparpajo en sus acciones
que no se dio cuenta de que estaba sonriendo hasta que ella le devolvió el
gesto.
Por varios segundos, sin perder la sonrisa, solo se miraron. Él observó
sus ojos dorados, brillantes por algo que no era rabia o rencor, y le
parecieron hipnotizadores. Esos ojos prometían a la persona que los
cautivase muchas aventuras, alegrías y emociones que no cualquiera podría
ofrecer; retaba al que los mirase a intentar acercarse y probar suerte, a hacer
una apuesta arriesgada sin tomar en cuenta los riesgos.
Ian sintió el impuso de acercarse más, todo lo que pudiera. A lo mejor
ella sintió algo similar, porque parpadeó con rapidez y dio un paso hacia
atrás, como si algo la hubiera sobresaltado.
—Es tarde, es mejor que me vaya a descansar.
Él asintió, todavía perturbado por la naturaleza de sus pensamientos.
Ella comenzó a caminar hacia la salida, pero se detuvo a medio camino.
—Respóndame algo, por favor. ¿La quería?
De nuevo, dejó que el silencio respondiera por él, pues sentía que si
decía las palabras en voz alta, la culpa arremetería contra él como una ola
dispuesto a ahogarlo.
Ella soltó un sonoro suspiro.
—Ella a usted sí lo quería. Nunca dejó de creer en usted. ¿Sabe cómo
murió? Supongo que tiene curiosidad por saberlo.
La tenía, pero Ian había evitado hacer esa pregunta para evitar
momentos incómodos. Por el tono de ella, presentía que la respuesta le
ocasionaría algo peor que un mal rato.
—Venía a buscarlo —confesó—. Nathalie preguntaba mucho por su
padre, así que Sarah decidió venir a buscarlo. Por alguna estúpida razón,
creyó que podría convencerlo de ir a visitarlas. —Sonrió sin humor—. Fue
al pueblo a tomar una diligencia, a pesar de que le dije que no hacía buen
tiempo. El carruaje tuvo un accidente en el camino. Dos personas murieron,
entre ellas, Sarah.
Ian no dijo nada. La declaración le abrió un hueco en el pecho que le
robaba el aire y amenazaba con dejarlo inconsciente.
Ella no podía haber muerto por su culpa.
Miró a la señorita Beckett, esperando que fuera una clase de broma
cruel, pero no halló en su rostro ninguna satisfacción por la reacción de él
ante la declaración.
Ella tenía una expresión fúnebre.
—Lo siento —dijo. La voz le sonó ronca. La palabra englobaba muchas
disculpas.
—¿De verdad? —preguntó con ironía.
—No puedo cambiar la situación, señorita Beckett, solo lamentar el
rumbo que tomó. Jamás fue mi intención herir a nadie. Creí haber sido claro
con Sarah. Tampoco estaba en mis planes que se quedara embarazada, yo...
—Dudó sobre qué decir. Aunque la dama que tenía delante no era de las que
se escandalizaban con facilidad, la educación de Ian le impedía hablar
abiertamente de tales intimidades—. Se tomaron precauciones para evitarlo.
El embarazo fue un desafortunado incidente.
—Ah. Entonces considera a Nathalie un desafortunado incidente.
Ian apretó lo dientes.
—¿Podría dejar de tomarse a mal todo lo que digo y escucharme? Sí,
fue un incidente, no hay otra manera de describirlo, pero eso no significa
que culpe a la niña o algo similar. Simplemente lo que sucedió no era parte
del plan original.
—¿Y cuál era el plan original? —preguntó Kristen con avidez. Se
acercó con pasos lentos hasta que llegó al escritorio, sobre el que se inclinó
—. ¿Acostarse con ella y después dejarla?
Ian debió haber supuesto que ella no tendría tanta delicadeza al
mencionar el tema.
—Vivir una experiencia que fuera agradable para los dos —corrigió—.
Quizás usted no pueda entenderlo porque no es el mundo en donde se crio,
pero, en ocasiones, las personas quieren... experimentar sin necesidad de
llegar al matrimonio. Es solo algo físico.
Ian se sentía muy incómodo explicándole eso a una señorita de buena
cuna, por más que esta señorita no tuviera tabúes en el momento de hablar.
Sentía que le estaba ofreciendo información que ella no debía saber.
Aunque, si lo pensaba con detenimiento, ¿en qué se diferenciaban ella y
Sarah? Podría decir, incluso, que Sarah era más inocente. Había algo en la
mirada de la señorita Beckett que hablaba de haber vivido experiencias que
una dama de su posición no debería conocer; experiencias que le habían
otorgado la dureza a su mirada y el veneno a sus palabras.
—Sarah sabía que yo no me iba a casar con ella, y se lo dejé claro en
varias ocasiones. No es mi culpa que se enamorara de mí. Lo siento. Es lo
único que puedo decir.
Para su sorpresa, ella retrocedió. Había comprendido lo que acababa de
decirle.
—A veces me pregunto si los hombres saben amar —musitó.
Él no respondió. No era una pregunta directa, más bien un comentario
para ella misma, una incógnita que deseaba resolver.
—Señorita Beckett —dijo con tiento. Ella alzó la mirada—, ¿por qué no
está actualmente en la sociedad, buscando esposo?
Ella le dedicó una sonrisa que planeaba ser de burla, pero un ligero
toque de melancolía empañaba la intención.
—Si quiere saberlo, tendrá que invertir su preciado tiempo en
averiguarlo. —Caminó de nuevo hasta la puerta, la abrió y se detuvo bajo el
marco—. Le creo, milord. Por eso, le daré un consejo: si no quiere tener
otra cosa de la que arrepentirse, será mejor que no vuelva a hacer como si la
niña no existiera. También saque un poco de tiempo para ella. No puede ser
tan difícil.
Cerró la puerta antes de que Ian pudiera responder, y fue mejor así,
porque él no habría sabido qué decir.
Capítulo 8
Al día siguiente, Kristen esperó a que Nathalie se despertara para
acompañarla a desayunar. Puesto que el conde había insistido en que
tomaran las comidas en el comedor principal, Kristen se veía en la
obligación de acompañarla, aunque sabía que si él no estaba presente para
distraerla, la niña se preguntaría por qué no podían comer con Hannah,
Kitty y Jonas, tal y como hacían siempre en casa, y como habían hecho el
día anterior bajo la incrédula mirada del resto del servicio.
El matrimonio y la joven habían sido la única compañía que se habían
permitido en aquella pequeña casa, así que eran más que criados: parte de
su pequeña y extraña familia.
Hannah ya estaba con la niña cuando Kristen entró en la habitación. La
mujer la estaba ayudando a ponerse un vestido azul pálido que había le
quedaba corto y un poco ajustado.
Había que comprarle más ropa, pues la niña crecía a una velocidad
pasmosa.
—¿Por qué no puedo desayunar en camisón? —protestó la niña cuando
Kristen entró.
Había preguntado lo mismo el día anterior. En su pequeña casa de
campo era habitual que Nathalie se la pasara en camisón a menos que
salieran o hubiera visitas, cosa que no sucedía con frecuencia. La niña
aseguraba que los vestidos pesaban mucho, y Sarah había consentido que se
pasara el día con ropa de dormir.
Sería una costumbre difícil de quitar.
—Porque no es correcto —respondió Kristen con tiento—. Además, hoy
comeremos tú y yo en el salón principal.
Nathalie no se mostró tan emocionada como Kristen había esperado. De
hecho, parecía estar decaída.
—¿Papá también va a estar? —preguntó con esperanza.
Kristen también habría querido saberlo.
—A lo mejor —respondió con el mismo tono convincente que usó el día
anterior para explicarle a la niña que su padre no la había ignorado;
simplemente no la escuchó cuando lo llamó—. Si dejas que Hannah te
vista, podríamos llegar a tiempo para desayunar con él.
Era improbable, y Kristen lo sabía. Eran casi las diez de la mañana, y
dada la experiencia del día anterior, el conde desayunaba a las ocho en
punto. Después de eso era difícil verlo por la casa hasta entrada la noche.
Con paciencia, Nathalie dejó que Hannah la arreglara, pero no estaba
feliz; Kristen lo veía en sus ojos. Había una diferencia muy grande entre ser
un niño y ser tonto, y aunque Nathalie no había tenido otra opción que
creerla cuando Kristen le había explicado que su padre era un hombre muy
ocupado y por eso no apareció en el resto de las comidas, la niña empezaba
a dudar del afecto que su madre le había dicho que este le profesaba.
Kristen suponía que era más fácil creer esa mentira cuando el padre en
cuestión estaba ausente y no podía demostrar con sus acciones el poco
interés que le tenía a su hija.
Esa era una de las razones que hacían que Kristen reavivara su odio por
él.
La noche anterior, cuando se sinceró con ella, Kristen supo que no
podría reprocharle no haber querido a Sarah como ella a él, pues amar no
era una obligación. También le creyó cuando dijo que lo sentía. Su mirada
no mentía. Al mirarlo a los ojos, ella vio el desconsuelo, el arrepentimiento
y un pozo de profunda desesperación que había sido abierto cuando la
barrera de indiferencia que lo protegía había caído.
Por primera vez pensó en que, en realidad, nunca engañó a su hermana.
Kristen jamás supo los pormenores de la relación con Sarah, pero ella no
lo veía como un hombre que dijera palabras bonitas y regalara flores para
obtener los favores de una dama. Sarah tampoco había mencionado en
ningún momento que él le dijese que la amaba; solo repetía constantemente
que él regresaría porque era un hombre responsable.
Al parecer, esa responsabilidad respondía solo a ciertas condiciones,
como que la madre ya no estuviera para encargarse de la niña.
Mientras observaba cómo Hannah le trenzaba el cabello, Kristen se dijo,
como se había dicho durante las horas que se quedó pensando por la noche,
que lo único que podía reprocharle al conde era haber actuado como todos
esperaban que lo hiciera, haciendo sufrir a su hermana y a la niña. No
obstante, no pudo dejar de preguntarse: si se hubiese casado con su
hermana, ¿qué futuro le habría esperado a Sarah, rechazada por la sociedad
y con un hombre que no la amaba?
No parecía un futuro alentador.
No sin cierto resquemor, Kristen admitía que existían más variables de
las que había considerado en un principio.
Hannah terminó de arreglar a Nathalie y Kristen llevó a la niña al
comedor. Cuando llegó, la pequeña soltó un chillido, y Kristen, aunque no
dijo nada, compartió su asombro.
Allí estaba el conde.
—¡Papá! —exclamó Nathaly, corriendo para llegar hasta él.
El conde se levantó y esbozó un intento de sonrisa sincera. Sin embargo,
se quedó estático cuando Nathalie alzó los brazos esperando que la cargara.
Echó un vistazo a Kristen, indeciso sobre qué hacer. Ella, con una
mirada feroz, le indicó que obedeciera la orden de la pequeña. Su expresión
era resignada cuando la alzó en brazos, y posteriormente pasó a la
estupefacción cuando Nathalie le echó lo abrazó.
La escena hizo que Kristen sintiera un nudo en la garganta. Él seguía sin
responder al abrazo, y cuando parecía que iba a hacerlo, la niña se separó.
—¡Me alegro de verte Ayer te llamé cuando ibas a salir, pero tía me dijo
que no me oíste.
Si la declaración le causó algún remordimiento, se cuidó de mostrarlo.
Bajó a Nathalie con cuidado y le indicó que se sentara a su lado.
La niña se subió con dificultad a la silla.
—¿Nos acompaña, señorita Beckett?
Kristen parpadeó.
No se había dado cuenta de que se había quedado paralizada en la
entrada.
—Por supuesto.
De inmediato, los criados entraron a la habitación y empezaron a servir.
Nathalie se enderezó en la silla, imitando a Kristen; fingiendo que ella
también era una señorita de la alta sociedad, cosa que, se dijo Kristen, no
podía estar más cerca de la verdad.
—Papá, ¿cuándo saldremos a pasear por Londres?
El conde estuvo a punto de atragantarse con el café. Le dirigió una
mirada alarmada a Kristen.
—Recuerda que papá está muy ocupado, cariño —dijo Kristen con
dulzura—. Seguramente en unos días podrá llevarte al parque.
Y, con suerte, ya habrían decidido cómo la presentarían ante la sociedad.
Kristen sabía que el tiempo para tomar una decisión se agotaba. No
podrían mantener a Nathalie encerrada para siempre, y aunque el conde
asegurara que sus criados eran de fiar, Kristen presentía que pronto el rumor
estaría circulando por las casas más acaudaladas de Londres.
¿Quién era la niña que se alojaba en la mansión de lord Wischesley y lo
llamaba «papá»? Deducir la verdad —y exagerarla— sería un juego de
niños para la sociedad. Entonces, empezarían las visitas, y el conde tendría
que dar una explicación.
El problema sería cuál.
—Oh.
Nathalie se mostró decepcionada el tiempo que tardó en fijarse en las
cerezas que había en el frutero y extender la mano, encantada.
Kristen observó que el conde detallaba los movimientos de su hija,
como si analizándolos pudiera encontrar la mejor manera de actuar. Kristen
apostaba una fortuna a que jamás había tratado con niños, pues estaba
incómodo.
Sonrió con malicia.
—Sin embargo, creo recordar que quedó pendiente una reunión de té.
Quizás lord Wischesley desee unirse a nosotras más tarde.
El mencionado la miró con incredulidad y rabia, mientras Nathalie
apoyaba la idea con un chillido de emoción.
—¡Sí, papá, ven a tomar el té esta tarde! Yo lo serviré. Sé cómo hacerlo,
lo prometo.
Había un debate en sus ojos, y Kristen rogó por que no se negara, pues
Nathalie estaba tan ilusionada que no se tomaría bien el rechazo.
—Iré —prometió él.
De nuevo, parecía resignado a tener que aguantar los arranques de
Nathaly. Kristen no lograba decidir si esa actitud le causaba pena o rabia.
Nathalie soltó otro chillido de alegría.
—Voy a decirle a Hannah que yo voy a servir el té, y que ella haga
galletas. ¡Le quedan muy ricas!
Brincó del asiento.
Kristen abrió la boca para decirle que continuara desayunando, pero el
conde se adelantó poniéndole una mano sobre el pequeño hombro.
—Termina de desayunar. Estoy seguro de que Hannah tendrá tiempo
suficiente para preparar esas galletas.
Nathalie obedeció de inmediato.
Kristen no se sorprendió. La orden había sido amable, pero seguía
teniendo el característico tono imperativo del conde.
La comida continuó en silencio, aunque nadie parecía incómodo.
Apenas terminó de comer, Nathalie volvió a brincar del asiento, aunque
antes de salir dirigió una mirada interrogante a su padre. Cuando este
asintió, ella corrió a la cocina.
Kristen intentó no sentirse ofendida porque la niña la hubiera ignorado
por completo.
—No ha debido comprometerme así —recriminó él apenas Nathalie
estuvo fuera del campo de visión.
—¡Oh, vamos! —dijo Kristen con una sonrisa burlona—. Será solo un
rato. ¿No me dirá que no tiene tiempo?
—De hecho, he perdido bastante tiempo hoy esperando a que se
levantaran para desayunar —replico con sequedad.
Kristen se sorprendió.
Así que no había sido casualidad encontrarlo ahí. Kristen podría haberse
burlado por haber sido las causantes de que perdiera tan valiosas horas, pero
no lo hizo. A su manera, decidir desayunar con Nathalie era una forma de
mostrar interés. Un gesto tan simple para alguien con la rigidez de lord
Wischesley era algo que debía, si no valorar, al menos respetar.
—Entonces, ¿qué más da una o dos horas más? —rebatió ella, con la
mente fija en su objetivo—. ¿Nunca se toma un día de descanso?
Él no respondió, y ella dedujo que la respuesta era negativa. Kristen ya
lo supuso cuando el día anterior llegó casi a las diez de la noche.
—No lo entiendo —continuó ella, dispuesta a que le aclarase todas las
dudas—. Es usted un conde, ¿por qué trabaja tanto?
—El condado exige ciertas responsabilidades.
—No las suficientes como para no permitirse tiempo de ocio. Conocí en
su tiempo a muchos caballeros de la alta sociedad, y trabajar no es su
afición preferida. Además, ayer mencionó algo de unos barcos. No me diga
que se dedica al comercio.
—No me diga usted que le parece insultante.
Parecía incrédulo.
—¡Oh, no! —se apresuró a decir—. Solo lo considero... ilógico. ¿Estaba
en la ruina? ¿Tuvo que buscar formas de levantar el patrimonio familiar?
—Por supuesto que no. —Estaba muy ofendido—. Los Gallagher
siempre han sabido manejar el dinero.
—Entonces no lo entiendo.
—No tengo por qué darle explicaciones. —Se levantó, dejando casi la
mitad del desayuno, y se dirigió a la puerta.
—Lord Wischesley —lo llamó. Él se detuvo—. Ayer mencioné que se
arrepentiría si seguía despreciando a Nathaly. Creo que debería aclarar que
yo haré que se arrepienta. —Sonrió para enfatizar la perturbadora amenaza.
Él salió del comedor y Kristen terminó su desayuno con calma.
Fue a buscar a Nathalie a la cocina poco después, y la encontró
lloriqueando junto a Hannah.
—Tía Kris, Hannah dice que no sabe si puede hacer las galletas —se
quejó la niña, claramente esperando que ella resolviera el problema.
Kristen notó que algunas de las doncellas que limpiaban la cocina la
miraban con disimulo, seguramente preguntándose por qué la niña llamaba
a la institutriz «tía».
No por primera vez se dijo que todo aquello había sido una idea
absurda.
—Nathaly, cariño, ¿por qué no vas a tu cuarto mientras yo intento
convencer a Hannah?
La niña obedeció a regañadientes.
Kristen sabía que no iría a su cuarto y que probablemente se dedicaría a
pasear por la casa.
—No sé si quieren que me acerque a la cocina. Ayer me ofrecí a ayudar
y la cocinera me vio con mala cara —se quejó la anciana con ese tono que
decía «ya no estoy para estos insultos»—. Es una mujer un poco
desagradable —dijo con en voz baja para que no la escucharan.
—Es una amargada —añadió Kitty, cuya aparición sorpresiva las
sobresaltó a ambas.
Esa joven tenía la capacidad de caminar como un fantasma.
—¡Kitty! —la reprendió su abuela, y le hizo un gesto para que bajara la
voz.
—Es la verdad —siseó la joven—. Todos aquí lo son. —Miró a las
mujeres que limpiaban la cocina y de vez en cuando les echaban miradas
suspicaces—. Nadie nos habla, aunque está claro que se mueren por
preguntarnos quiénes somos y quién es Nathaly.
—Entonces, quizás sea mejor que no nos hablen —murmuró Kristen,
sin saber cómo llevarían un interrogatorio por parte de los criados.
—¡Pero es muy aburrido! —protestó la joven—. Al menos en el pueblo
tenía amigas.
—Ese joven, el señor Hawe, te invitó al parque el domingo —le recordó
Hannah—. Deberías aceptar. Parece un muchacho amable.
Kitty arrugó el ceño, como si le estuviesen sugiriendo que probara una
sopa de ajo.
—No me agrada —manifestó—. Se mostró demasiado insistente, y creo
que habla demasiado.
—Tú también —dijo su abuela.
—Y es muy impertinente —prosiguió, como si su abuela no hubiese
intervenido—. Dijo que mi ropa estaba arrugada. ¡Como si todos los
empleados tuviéramos tiempo de vestirnos como él, que arregla su ropa
como si fuera el dueño de la casa!
Tanto Kristen como Hannah ocultaron una sonrisa.
—Pero te puede enseñar Londres —prosiguió su abuela—. Es una buena
oportunidad.
—He dicho que no —insistió la joven—. No voy a salir con alguien que
me cae mal. Señorita Beckett, ¿usted saldría con alguien que le cae mal?
Kristen se aclaró la garganta para fingir seriedad.
—Bien, creo que todos merecemos una oportunidad, y...
—Si lord Wischesley la invitara a salir, ¿saldría con él?
—Por supuesto que no —respondió automáticamente.
Kitty miró a su abuela como si acaba de probar un punto.
Kristen se dijo que era una joven muy lista.
—No iré con él, y es mi última palabra.
Se marchó tan sigilosamente como había llegado.
Hannah se giró hacia Kristen con una ceja arqueada.
—Así que..., si el conde te invitara a salir, ¿dirías que no?
—Claro que me negaría. ¿Por qué habría de aceptar?
Kristen no entendió la mirada que la anciana le dirigió. Sus ojos tenían
esa clase de mensajes que solo se podían descifrar cuando se llegaba a
cierta edad o se vivían algunas experiencias de vida.
—Iré a preguntar si me dejan hacer las galletas para el té —le dijo
Hannah, pasado un minuto de incómodo silencio.
Kristen la observó acercarse a una de las doncellas y vio cómo esta le
señalaba la puerta que llevaba al almacén. Seguramente la cocinera estaría
ahí. Cuando Hannah estuvo fuera de su vista, y sin nada que la distrajera, su
mente hizo una insidiosa pregunta.
«¿De verdad diría que no?».
***
El conde sí llegó a la hora del té, y Kristen soltó el aire que había estado
conteniendo. Nathalie había ido a recordarle a Hannah por cuarta vez en la
tarde que sirviera el té a las tres en punto.
—Me alegra que haya venido —dijo Kristen en un arranque de
amabilidad.
El salón del té era una pequeña habitación tapizada en amarillo pastel,
con una mesa en el centro y cuatro asientos, uno de ellos destinado para dos
personas.
Kristen estaba sentada en ese, y lord Wischesley se ubicó justo frente a
ella.
—Bueno, la niña me prometió que serviría ella el té. Si usted hubiera
sido la anfitriona, mi respuesta habría sido otra.
Kristen arqueó las cejas, gratamente sorprendida por la broma implícita.
—Vaya, ¿y quién cree que le ha enseñado a Nathalie a servir el té?
—Espero que Sarah. Ya he recibido muchas quejas de mi ayuda de
cámara.
Era la primera vez que el nombre de su hermana se mencionaba sin
provocar tensión. A lo mejor era por el esfuerzo que estaba poniendo en
hacer amena la conversación. Kristen no dudaba de que lo estaba haciendo.
No era parte de su carácter actuar con ligereza. O, al menos, ella no lo había
visto así, pero ¿cuánto llevaba conociéndolo? ¿Una semana?
—Papá... Quiero decir, padre. —Nathalie había aparecido en la puerta.
Hizo una graciosa reverencia que provocó que se tambaleara hacia delante
—. Es un gusto que haya accedido a tomar el té con nosotras.
Kristen contuvo una sonrisa y vio que el conde hacía un gesto similar.
Este se levantó como haría un caballero e hizo una perfecta reverencia.
—Lady Nathaly. Es un placer que me haya invitado.
Nathalie se permitió perder un momento la compostura para mostrar su
deleite ante el sonido de su nombre con el título.
«Si la pobre supiera que sería el título que le correspondería si fuera
legítima», pensó Kristen, dejándose llevar un minuto por el desasosiego.
—Traerán el té en un momento —comentó Nathaly, retomando su papel.
Caminó con elegancia, o la mejor imitación que pudo hacer de un andar
elegante, y se sentó, no sin dificultad, en una de las sillas que estaban en el
lateral de la mesa.
Lord Wischesley solo se sentó después de que ella lo hubiera hecho.
—Hace un clima muy agradable, ¿no creen? —comentó la niña.
Sí, tan agradable que había truenos resonando desde hacía unas horas.
Kristen contuvo las ganas de reír. Apostaba por que le había preguntado
a Hannah qué temas de conversación eran apropiados para el té.
—Así es —convino lord Wischesley con amabilidad.
No pudo dejar de preguntarse qué habría causado un cambio de actitud
tan brusco en él. En el desayuno estaba incómodo y deseoso de huir de
cualquier conversación que la niña pudiera proponerle, pero en ese
momento parecía dispuesto a seguirle el juego a Nathaly, a ser amable con
ella.
Kristen no era tan ingenua como para creer que su amenaza había sido
efectiva.
Tenía que haber algo más.
—¡Oh, ha llegado el té! —anunció cuando Hannah entró en el salón con
una bandeja que dejó sobre la mesa. Esta tenía tres tazas, dos teteras (una
con té y otra con leche) y un recipiente para el azúcar. Además, había una
bandeja llena de galletas—. Padre, ¿lo desea con leche y azúcar?
—Lo prefiero puro —respondió, sin perder en ningún momento la
cordialidad.
Nathalie tomó la tetera y sirvió con mucho cuidado en una de las tazas.
Para sorpresa de Kristen, no derramó nada.
—¿Y tú, tía Kristen?
—Con uno de azúcar, por favor.
Nathalie repitió el procedimiento, solo que esta vez añadió un terrón de
azúcar. Por último, se sirvió ella con leche y azúcar.
Mucho azúcar.
El conde tomó una de las galletas y la probó.
—¿Le gustan las galletas, padre?
—Están deliciosas —respondió este, y a Kristen le dio la impresión de
que no mentía, porque tomó otra.
Era la magia de las galletas de chocolate de Hannah.
—Yo supervisé mientras las hacían.
Él le sonrió. Tenía una sonrisa tan cálida que Kristen sintió que algo se
derretía dentro de ella ante la escena.
—Es un honor que se haya tomado esa molestia.
Lo que fuera que Nathalie iba a responder se perdió cuando escucharon
voces provenientes del pasillo.
—Lars, creo que he vivido aquí lo suficiente como para tener el
atrevimiento de pasar sin ser anunciado, ¿no crees? —dijo una voz
amigable.
—Sí, pero sucede que... —protestó el mayordomo.
—Si no hay visitas, no veo por qué no puedo pasar.
—Milord está ocupado.
—Ian siempre está ocupado. Si espero a que no lo esté, no lo veré
nunca.
En ese momento, el dueño de la voz apareció en la entrada, captando la
atención de todos los presentes.
Kristen supo de inmediato quién era: el verdadero señor Gallagher, el
hermano del conde.
—Milord, intenté...
El conde le hizo un gesto al mayordomo para que se retirara y este lo
hizo. El señor Gallagher ni siquiera de dio cuenta, pues su atónita mirada
pasaba de Kristen a la niña y viceversa.
—David, ¿qué haces aquí? —preguntó el conde, con algo que sonó más
a un gruñido que a una frase.
El recién llegado no dejó de mirarlas. En realidad, no dejó de mirar a
Kristen.
Ella sabía que él la recordaba, y extraño hubiese sido que no fuera así.
Después de todo, le arruinó una cena y le dio una bofetada que le enrojeció
la mejilla.
—Yo... —intentó responder, pero estaba demasiado estupefacto.
—David —repitió el conde con impaciencia.
El hombre parpadeó para salir de su estupor. Por fin miró a lord
Wischesley.
—Pasaba por aquí y decidí ver si estabas en casa, para confirmar lo de la
cena. Envié una carta y nunca me respondiste.
No lo dijo en tono acusador; más bien con el tono resignado de alguien
que tenía un hermano al que siempre se le olvidaban esas cosas; de quien
estaba acostumbrado a recordárselas con frecuencia.
—Ah, sobre eso, no creo que...
—¿Quién eres? —preguntó Nathaly, interrumpiendo a su padre.
Kristen se dijo que había demorado mucho en intervenir.
El señor Gallagher se sobresaltó. Parecía igual de incómodo que el
conde durante el desayuno.
—Yo, eh... Soy su hermano —dijo, señalando a lord Wischesley.
La niña no tardó en llegar a la conclusión más lógica.
—Entonces, eres mi tío.
El hombre miró a lord Wischesley con incredulidad. Después, volvió a
mirar a Nathaly.
—Sí, supongo que sí.
—Bien, ¿te quedas a tomar el té?
—No —dijo el conde.
—Sí —respondió el señor Gallagher, recuperado de la sorpresa y
esbozando una sonrisa de perversa satisfacción—. Será un placer.
—David...
Como toda respuesta, el hombre se sentó en el asiento disponible.
Nathalie miró la mesa, contó las tazas y luego contó a las personas.
Arrugó el ceño.
—Necesito otra taza —declaró—. Iré a buscarla.
Nadie se molestó en decirle que podía tocar la campanilla para
solicitarla. Todos querían quedarse a solas.
Cuando Nathalie iba de camino a la puerta, se detuvo para mirar al señor
Gallagher.
—No vuelva a venir sin avisar. Es de mala educación.
Se retiró con los hombros muy rectos y la cabeza alta, como una
verdadera dama indignada.
—Qué encantadora —comentó el señor Gallagher a nadie en particular.
—¿Qué diablos estás haciendo?
—Ian, ¿no eras tú el que decías que era de mal gusto decir malas
palabras frente a una dama? —Miró a Kristen y le sonrió—. No nos han
presentado, pero creo que ya nos conocíamos, ¿no es así?
Kristen se sonrojó.
—Sí. Lamento que fuera en aquellas circunstancias. Me disculpo por mi
comportamiento. Hubo un malentendido.
Posó su mirada en el conde para que no le quedara duda de quién tenía
la culpa de ese malentendido. Se preguntó cuántas personas creerían que era
ese señor Gallagher el que tenía una hija bastarda en algún lado. Kristen
sabía que Sarah se había ido de la lengua en más de una ocasión.
—Ya lo creo. Disculpas aceptadas. Usted conoce mi nombre, ¿sería tan
amable de mencionarme el suyo? —preguntó, tendiéndole una mano.
—Soy la señorita Beckett —respondió Kristen, aceptando el saludo por
costumbre.
Él le dio un beso rápido, aunque el hecho de que Kristen no llevara
guantes hacía la situación muy impropia.
—Un placer.
Le pareció ver un gesto contrariado en el conde, pero no estuvo segura.
—Confío en que mi aparición aquella noche no le supusiera ningún
problema —comentó Kristen con tiento, incapaz de quedarse callada ahora
que podía saber qué consecuencias había tenido su arrebato aquella noche.
—Unos cuantos, sí, pero nada que no se solucionara.
Kristen respiró aliviada.
—David... —Al parecer, el conde estaba molesto porque lo hubieran
ignorado—. ¿Qué es lo que estás haciendo?
—Pues espero a que traigan una taza para mí —dijo con seriedad,
aunque sus ojos brillaban de diversión. Kristen pensó que eran polos
opuestos. Donde lord Wischesley era brusco y frío, el señor Gallagher era
cálido y amable—. Y, mientras llega, podríamos retomar el tema de la cena.
—No voy a ir —dijo el conde, malhumorado—. No tengo tiempo.
—Estás tomando el té con una niña de cinco años. Nunca creí que algo
semejante fuera posible. Si has tenido tiempo para eso, puedes venir
mañana por la noche a mi casa. Emily quiere conocerte.
—Ya me conoce —replicó Ian.
—Sabe quién eres, pero apuesto mi mejor traje a que no habéis cruzado
más de diez palabras. Nunca estabas cuando la invitaba a cenar.
En esta ocasión, sí le estaba recriminando. Kristen supuso que Emily era
la esposa del señor Gallagher, y, con toda probabilidad, la dama que estuvo
presente en aquella cena.
—Si acepto, ¿te irás ahora?
—No. ¿Qué va a decir mi anfitriona? Tendrá verdaderas razones para
afirmar que soy un maleducado. —No podía ser más obvio que se estaba
divirtiendo—. Por favor, Ian. Solo una noche. Una cena en familia. Hace
años que no tenemos una.
Algo en esas palabras tocó el corazón del conde, pues su semblante se
ablandó.
—Está bien. Estaré allí. Lo prometo.
—Estupendo. Apuesto a que Farlam y su esposa se sorprenderán al
verte.
—No has mencionado que irían —le recriminó el conde.
El señor Gallagher pareció verdaderamente sorprendido de que él no lo
hubiera supuesto.
—Son la familia de Emily. Por supuesto que irán. ¡No te vas a retractar!
—advirtió al ver que lord Wischesley iba a hablar—. Has dado tu palabra.
El conde se limitó a apretar los labios con desaprobación.
—La señorita Beckett y la niña también pueden ir, si lo desean —añadió
el señor Gallagher, mirando a Kristen.
—No —se apresuró a responder el conde.
Kristen se indignó.
—No puede responder por mí —entonces, miró al señor Gallagher—,
pero mi respuesta es no.
Vio de reojo que el conde ponía los ojos en blanco. Le habría gustado
decir que sí para contradecirlo, pero sería demasiado insensato presentarse a
una cena donde estarían otros miembros de la sociedad que podrían
reconocerla.
Además, ¿qué les dirían sobre su identidad, y acerca de por qué vivía en
la casa del conde?
—Si le preocupa su identidad o la de la niña, es conveniente que sepa
que todos los asistentes están enterados de la situación. —Ante la ceja
arqueada de Kristen, él añadió—: Somos familia. No hay secretos entre la
familia.
—El marqués de Farlam es el hermano de su esposa —intervino lord
Wischesley con tono irritado—. Contarle la verdad era la única manera de
que aceptara ese matrimonio. Después de la escena que montó en mi casa,
comprenderá que ni él ni la novia se mostraran muy predispuestos al
compromiso.
Su acusación la enfureció.
No permitiría que le echara toda la culpa.
—Si usted no hubiese usado el nombre de su hermano, él no tendría que
haberse visto involucrado —replicó.
—Es verdad —convino el señor Gallagher, aunque no parecía molesto
por haber sido el chivo expiatorio—. Pero eso ya no importa, ¿cierto? Venid
a cenar y limemos asperezas.
—No —volvió a decir el conde.
—Pero Emily querrá conocer a la niña —se quejó el hombre.
—Pues que venga a visitarla. Hay... asuntos que impiden que la
saquemos de la casa
—¿Cuáles? —preguntó el señor Gallagher, reacio a aceptar la negativa
—. Todos en esa casa saben que tienes una hija. ¿Qué más da presentarla
como tal?
—David, no quiero que haya rumores. No todavía.
—Entonces todos trataremos el asunto con discreción —aseguró el
hombre—. Los invitados y el servicio. Te doy mi palabra.
Lord Wischesley quería seguir replicando, lo veía en su mirada, pero
también temía ofender a su hermano diciéndole que no confiaba en su
palabra. Kristen se dijo que, si era verdad que todos en esa cena sabían la
verdad, no había ningún motivo por el que excluir a Nathaly.
—A Nathalie le alegraría asistir —comentó Kristen tomando un bando.
Por supuesto, esto no agradó al conde, porque resopló.
—Si la niña va, usted también —declaró con el autoritarismo al que solo
podría estar acostumbrado un miembro de la nobleza.
Kristen se dijo que debía recordarle que ella no era la empleada que
estaba fingiendo ser.
—Oh, vamos, ¿no me dirá que tiene miedo de estar a cargo de Nathalie
durante una noche? Dado el interés que tenía en llevársela, no pensé que esa
responsabilidad fuera a aterrorizarle.
No le quitó la vista de encima, aunque supuso que el arranque de tos que
rompió el silencio provenía del señor Gallagher.
El conde apretó tanto la mandíbula que Kristen temió que se la
desencajara.
—Miedo es lo que parece tener usted de asistir —replicó con una calma
helada—. ¿Por qué? Como ha dicho mi hermano, todos saben la verdad.
Nos limitaremos a decir que usted es su tía y nadie se atreverá a juzgarla, se
lo aseguro.
Kristen mantuvo la cabeza en alto, aunque le temblaron ligeramente las
manos. Sabía qué estaba pensando él, y no quedaba lejos de la verdad. ¿Y si
alguno de ellos la reconocía? No temía que él se enterase de todo, pues
tarde o temprano lo sabría, pero Kristen prefería que, para los otros, su
existencia siguiera en el anonimato.
—Quizás no deseo asistir.
—¿Por qué? —insistió.
Una excusa barata, como que se sentiría incómoda, no lo convencería.
Podía decirle la verdad una vez se hubiera marchado el señor Gallagher de
la casa, explicarle que no quería revivir cierta parte de su pasado, pero
Kristen lo había retado a que la investigara y no quería liberarlo de esa
tarea.
Solo por eso, decidió correr el riesgo.
¿Qué tantas probabilidades había de que alguno de esos asistentes la
reconociera? Muy pocas, pues estaba segura de que jamás le habían
presentado al marqués de Farlam o a su familia.
—Está bien, los acompañaré.
—¿A dónde van? —preguntó Nathalie antes de que alguno de los
caballeros respondiera.
Llevaba otra taza de té en la mano.
—A cenar a mi casa —respondió el señor Gallagher con la satisfacción
pintada en el rostro—. Tú también vendrás.
—¡Genial! —exclamó la niña con alegría, y corrió hasta las sillas. Una
vez sentada, recobró la compostura y preguntó—: ¿Con leche y azúcar?
Él respondió y Nathalie le sirvió.
Durante la siguiente hora, la niña le preguntó al señor Gallagher si su
casa era tan grande como esa, y quiénes vivían allí. Él respondía y ella
seguía preguntando, dejando poco espacio a los demás para la
conversación.
Al conde no le molestó, pues estaba claro, por su expresión, que el buen
humor inicial había desaparecido.
Kristen también estaba taciturna. No podía sacarse de la cabeza que
aquello sería lo más cercano a una cena formal que tendría desde hacía
años, y regresar de algún modo al mundo que había abandonado era
arriesgarse a enfrentarse con aquellos fantasmas a los que siempre rehuía.
A lo mejor había llegado el momento de demostrarse a sí misma que era
tan valiente como decía ser.
Capítulo 9
Al día siguiente, Ian no las acompañó a desayunar, pues si iba a perder gran
parte de la noche en casa de su hermano, bien podía iniciar temprano la
jornada de trabajo. Sin embargo, no fue una jornada productiva, pues se vio
constantemente distraído por los pensamientos, que no dejaban de analizar
el rumbo que había tomado —y que tomaría de ahí en adelante— su vida.
Cuando decidió traer a la niña a la casa, ni siquiera consideró que pasar
tiempo con ella estuviera entre sus obligaciones. Ser afectuoso no era una
de sus cualidades, y tampoco consideraba que el cariño de un padre fuera
esencial en la vida de un niño. Después de todo, su padre jamás había sigo
amigable con ellos, y David y él crecieron perfectamente así. No obstante,
el comentario de la señorita Beckett aquella noche, advirtiéndole que se
arrepentiría, había conseguido sembrarle la duda de si había tomado o no la
decisión correcta. Ian ya se arrepentía de muchas cosas en su vida, y en
cuanto recordó la ilusión con la que la niña lo había llamado y la forma
despiadada en que él la ignoró, tuvo otra cosa que añadir en la lista.
Se dijo entonces que quizás debería modificar un poco sus planes, y, en
contra de su agenda, las acompañó a desayunar.
Había sido el desayuno más incómodo de su vida, aunque Nathalie
había estado feliz de verlo, y eso había provocado una emoción en su pecho
que lo había instado a aceptar la absurda idea de dejar que le sirviera el té.
Ian se había pasado todo el día mentalizándose, y, llegado el momento,
estaba un poco más confiando.
Era solo una niña. No podía ser tan difícil tratarla. Y, efectivamente, no
lo fue. Seguirle el juego no le supuso todo un reto, como había creído; por
el contrario, fue volviéndose más divertido a medida que pasaron los
minutos. Se dio cuenta de que Nathalie hacía que todo fuese más agradable.
Simplemente, no podía comportarse de forma desdeñosa con ella; no
cuando sonreía con la inocencia que solo se podía tener a los cinco años.
Habría sido un tiempo bien invertido si David no hubiese aparecido.
Mientras dejaba que su ayuda de cámara le acomodara los gemelos de la
camisa, Ian se dijo que esa era una pésima idea. Tener a la niña en casa ya
era un riesgo cuando no había decidido cómo la presentaría al mundo, pero
sacarla de la mansión era exponerse innecesariamente a las murmuraciones.
Él confiaba en su hermano, y, en gran parte, también en el resto de los
asistentes, pero no podía quitarse de la cabeza que el servicio podría hacer
correr los rumores.
¿Qué pasaría entonces con Nathaly, con él?
Ian lo analizó y se sorprendió descubriendo que la preocupación por su
reputación era menor que la que tenía hacia el trato que le pudieran dar a la
niña. Sabía que, dijera lo que dijera sobre ella, él no saldría bien parado. Era
algo a lo que se resignó cuando la fue a buscar. Pero también sabía que no
sería quien se llevara la peor parte.
De pronto, le perturbó la idea de que ella pudiera perder su sonrisa por
algún comentario cruel.
Ese instinto protector era nuevo.
E incómodo.
Cuando estuvo arreglado, bajó al salón para esperar a las mujeres. Se
sorprendió al encontrarlas allí. La primera en la que se fijó fue en Nathaly,
pues esta se acercó al pie de la escalera al percatarse de su presencia. La
niña tenía el pelo recogido en una trenza que le caía sobre el hombro, y
llevaba un vestido rosado que le quedaba corto.
Ian tomó nota mental de conseguirle ropa.
—¡Papá! Has tardado mucho —reprochó la niña.
Ian arrugó el entrecejo.
Él nunca llegaba tarde.
Sacó el reloj de bolsillo para comprobar que fueran las siete en punto, y
así era.
—No, cariño. Nosotras hemos estado listas muy pronto —intervino la
señorita Beckett, que estaba recostada en una de las columnas del vestíbulo.
Ian la había visto de reojo mientras bajaba las escaleras, pero ahora que
se veía obligado a prestarle atención, no pudo evitar observar cada detalle
de su apariencia. Llevaba un vestido blanco que, si bien se notaba que era
de unas temporadas anteriores, no mostraba mucho uso y le quedaba a la
perfección. Eso, sumado al recogido alto que le habían hecho en el cabello,
casi le daba la apariencia de una joven debutante e inocente.
Si no fuera por sus ojos...
Ian estaba a unos cinco metros de ella, pero incluso desde allí podía ver
ese brillo peligroso en su mirada, el que tenía cuando se enfrentaba a algo
desagradable y estaba dispuesta a salir victoriosa.
La señorita Beckett era una fiera que no se amedrentaba con facilidad.
Ian tenía que reconocerle su valor, aunque no podía dejar de preguntarse
qué era lo que temía tanto de esa cena. Dejó claro que Nathalie no era su
preocupación, y él solo pudo suponer que no deseaba que alguien la
reconociera.
¿Por qué?
A lo mejor temía que los asistentes manifestasen la misma curiosidad
que él por cómo había terminado cuidando de Nathaly, o quizás tuviera
miedo de que alguno de ellos conociera por qué había abandonado la
sociedad. Ian esperaba, y no le daba remordimientos admitirlo, que así
fuera. Quería saber cuál era el misterio que envolvía a esa mujer, y no veía
una mejor oportunidad de obtener respuestas.
—Oh. —Fue todo lo que dijo Nathalie ante la aclaración de su tía—. No
importa. ¿Nos vamos?
Ian esbozó una sonrisa involuntaria y deseó tener las mismas ganas de ir
que mostraba la niña.
El trayecto hasta la casa de David duró media hora. Nadie dijo nada,
aunque Nathalie estaba ansiosa y la señorita Beckett mantuvo una postura
defensiva durante todo el viaje, con los hombros cuadrados y un rictus
severo que se veía extraño en su rostro.
De nuevo, su educación noble quedaba en evidencia. Nadie creería que
esa mujer era una simple institutriz, pues cada parte de ella estaba
empeñada en desmentirlo.
Ian se dijo que, si seguían con esa farsa, ella no podría dejarse ver.
Cuando llegaron, un mayordomo les abrió la puerta y los hizo pasar un
vestíbulo apenas amueblado. Su hermano se había casado hacía tres meses
y la casa era nueva, por lo que todavía faltaba mucha decoración; sin
embargo, podía observarse ese toque femenino en los colores, en la
disposición de los objetos y en un ligero aroma dulzón que impregnaba el
aire.
Más que una casa, se dijo Ian con una punzada de envidia, era un hogar.
—¡Oh, ya han llegado! Bienvenidos —dijo una voz familiar a unos
metros de él.
Emily Gallagher, la esposa de su hermano, había aparecido frente a ellos
mientras Ian observaba la casa.
Ian la había visto en algunas ocasiones, pero jamás habían entablado una
conversación profunda. David tenía razón cuando le reprochó que no se
conocieran como deberían conocerse las personas que compartían un lazo
cercano. Cada vez que su hermano planeaba algún encuentro que
involucraba a su esposa, Ian siempre alegaba que tenía otra cosa que hacer,
y no porque ella le desagradase, sino porque nunca había sido de los que
disfrutaban una noche en familia.
A lo mejor porque había tenido muy pocas en su vida.
—Señora Gallagher, gracias por invitarnos —comentó Ian con cortesía.
—Ya te lo he dicho, puedes llamarme Emily —acotó ella.
Sí, se lo había dicho. Si mal no recordaba, fue en una ocasión en la que
aparecieron sorpresivamente en su casa a la hora de la cena. Lo habían
encontrado por casualidad, pues Ian había decidido llegar temprano a su
casa, y se habían autoinvitado a cenar. Emily, que no era precisamente una
dama recatada y discreta, había sugerido con desparpajo dejar las
formalidades, porque ya era «familia», y desde ese entonces lo llamaba por
su nombre.
A Ian le costaba más. La formalidad siempre había sido parte de su vida,
una barrera que pocas veces se atrevía a romper, y las ocasiones en las que
lo había hecho le habían traído complicadas consecuencias.
—Usted debe ser la señorita Beckett —continuó la dama—. Creo que ya
nos conocemos.
Al igual que la tarde anterior, cuando David hizo un comentario similar,
la señorita Beckett se ruborizó. A Ian le había sorprendido entonces, y en
ese momento volvió a sorprenderse de que fuera capaz de mostrarse
avergonzada por sus actos impulsivos.
Dudaba que a él le pidiera perdón por haberle destrozado dos camisas.
—En circunstancias poco gratas, pero sí —respondió, manteniendo la
calma y el porte de una dama—. Espero que su primera opinión de mí esté
sujeta a cambios.
—¡Oh, por supuesto! David me lo explicó todo después. Comprendo su
molestia en aquel momento. Tal vez yo habría hecho lo mismo. —Lanzó
una mirada de soslayo a Ian, pero él no pudo decidir si lo estaba juzgando o
simplemente tenía curiosidad—. Y tú debes de ser Nathalie —comentó,
inclinándose un poco para que su cabeza estuviera a la altura de la niña—.
Es un placer.
La niña respondió con una reverencia más elaborada que la que mostró
en el té.
Debía de haberlas estado practicando.
—Yo soy Emily —prosiguió—. Puedes llamarme así, o puedes decirme
tía Emily. Siempre he querido tener sobrinos, pero mi hermano no
colaboraba.
Nathalie miró a la señorita Beckett con gesto interrogante.
—¿Cuántos tíos tengo? —preguntó, confundida.
—Solo tú, yo y tu tío David, pero como ella es la esposa de tu tío,
también se convierte en tu tía —respondió esta con una sonrisa tensa.
Ian se preguntó si estaría pensando en los otros hijos del barón.
Nathalie no pareció comprenderlo muy bien, pero se encogió de
hombros y le sonrió a Emily.
—¡Han llegado! Admito que pensé que no lo harían —comentó David,
apareciendo unos metros tras su esposa. Esbozaba esa sonrisa amigable
típica de él—. Pueden pasar a salón si lo desean. En cuanto lleguen los
Langton, se servirá la cena.
La mención a los otros invitados casi consiguió que Ian torciera el gesto.
No se iba a quedar tranquilo hasta que esa noche transcurriera sin
contratiempos.
Pasaron al salón principal, una agradable estancia amueblaba con
sillones color crema que hacían juego con el blanco de las paredes. David y
su esposa se sentaron en un asiento para dos, y él y la señorita Beckett en
otro.
Nathaly, de alguna manera, consiguió colocarse en el medio.
—¿Cuándo llegaron a Londres, señorita Beckett? —preguntó Emily con
la curiosidad brillando en los ojos azules.
—Hace cuatro días.
—Supongo que aún no conocen la ciudad.
—No —contestó Nathalie antes de que Kristen pudiera hacerlo. Parecía
muy desilusionada—. Yo quiero ir al parque.
Un silencio incómodo se formó. Todos sabían por qué no había sacado a
la niña de casa, y buscaban la mejor manera de responder a eso sin que
sonara forzado.
Fue Emily la primera en reaccionar.
—Todavía hay mucho tiempo para eso, querida, porque piensan
quedarse aquí, ¿no es así?
La pregunta era una excusa para indagar.
Lo dicho. No era una joven indiscreta.
—Sí —respondió Ian, sin mudar su expresión de seriedad.
—¡Maravilloso!
—¿Qué es maravilloso? —preguntó una voz jovial desde la entrada—.
¿Mi llegada? Porque si es así, ya sabes que, si me extrañas tanto, siempre
puedes dejar a tu esposo y volver...
Gabriel Langton, el recién llegado, calló en cuanto todas las miradas se
posaron en él, aunque Ian no pudo decidir si fue por la presencia de
Nathalie y la señorita Beckett o porque su esposa, la marquesa de Farlam, lo
regañaba con los ojos.
—¡Gabriel! —exclamó Emily con alegría. Se levantó para recibirlos, y
todas la imitaron—. Llegáis justo a tiempo.
Farlam parpadeó, sorprendido. Ian confirmó su sospecha de que nadie le
había avisado de que ellos estarían ahí. Quiso ahorcar a David, pero se
limitó a lanzarle una mirada hostil que este ignoró con un sonrojo culpable.
—Querida, no nos habías dicho que habría más invitados —señaló una
dama de voz autoritaria.
Era lady Ross, la abuela de los hermanos Langton. La dama apenas se
sostenía en pie gracias a su bastón, aunque nadie se atrevería a ofrecerla
ayuda para caminar a menos que quisiera desatar su furia. Era una dama
orgullosa y muy respetada.
Ian había estado rogando por que asistiera.
—Oh, se me habrá olvidado. Apenas recibimos la confirmación ayer —
dijo Emily con inocencia.
Ian supuso que, más que un olvido, quería ver la cara de sus familiares
cuando supieran quiénes eran los otros invitados.
De esos pequeños detalles se entretenía la alta sociedad.
Se percató de cómo lady Ross lo miraba a él, después a la niña y, por
último, a la señorita Beckett. Se quedó más tiempo analizando a esta última,
quien soportó su escrutinio con estoicismo.
—Permítanme presentarlos. Señorita Beckett, Nathaly, ellos son mi
hermano Gabriel, el marqués de Farlam; mi cuñada Else, la marquesa de
Farlam, y mi abuela, lady Ross. Familia, ellas son la señorita Beckett y su
sobrina, Nathaly.
No había presentado directamente a Nathalie como la hija de él, pero Ian
sabía que no sería una conclusión muy complicada de obtener, considerando
que los tres conocían la historia y habían estado presentes cuando la
señorita Beckett armó aquel escándalo en su casa.
—Un gusto —respondieron los tres al unísono.
Las damas inclinaron la cabeza en señal de saludo y Farlam extendió
con galantería la mano hacia la señorita Beckett, quien la aceptó con
naturalidad; otra prueba de que estaba acostumbrada ese tipo de situaciones.
Nathalie observó cómo el marqués besaba la mano de su tía y extendió
la suya, suponiendo que eso era lo que debía hacer. Si Farlam se sorprendió,
no lo mostró, y repitió el gesto con la pequeña como si fuese lo más normal
del mundo.
—Me gusta tu ropa —comentó Nathaly, observando con fascinación el
atuendo del marqués.
Este se mostró igualmente fascinado por el comentario, e Ian estaba
seguro de que no fingía, pues dudaba que alguien le hubiera dicho alguna
vez algo similar. Si Emily se caracterizaba por ser indiscreta, su hermano
también, aunque de un modo diferente. Todos sabían que Gabriel Langton
era un dandy, y era difícil pasar por alto su llamativa forma de vestir. Esa
noche llevaba un chaleco color borgoña combinado con unos pantalones
azules, una camisa beige y un lazo de un naranja chillón.
Ian hizo una mueca, y atisbó, por casualidad, que la marquesa también.
—Eres un encanto —dijo con alegría—. Eres bienvenida a mi casa
cuando quieras. Sería agradable tener a una mujer que no me lleve la
contraria. —Lanzó una mirada acusadora a su esposa, y luego, a su abuela.
Nathalie apenas lo escuchó, porque pareció caer en la cuenta de algo.
—¿Podemos ir ya a comer?
Emily asintió, sonriendo, y junto a David encabezó la marcha hacia el
comedor.
Nathalie los siguió muy de cerca.
—¿Ves? A ella sí le gusta mi ropa —comentó el marqués mientras
tomaba el brazo de su esposa.
Ian le ofreció el brazo a la señorita Beckett, quien lo aceptó con
reticencia. Caminaron unos pasos detrás de los marqueses, por lo que
pudieron escuchar la respuesta ácida de lady Farlam.
—Es una niña. No puedes esperar que tenga buen gusto.
—¿Por qué no puedes admitir que me queda bien?
—Mentir es pecado —replicó ella con simpleza.
—Y tú, una santa devota, ¿no? También es pecado ser impertinente. Esa
lengua tuya debe de tener un lugar en el infierno —dijo él con resquemor.
—Al igual que tu arrogancia. Y ser impertinente no es un pecado. No
hay un mandamiento que lo prohíba.
—¿Ah, no? ¿Y qué tal el que dice «no desobedecerás a tu esposo»?
—Ese no es un mandamiento —replicó ella.
—Claro que sí. El cuarto.
—No. Ese dice: «Honra a tu padre y a tu madre»
Ian no los veía, pero se imaginó a Farlam frunciendo el ceño.
—Seguramente también incluye al esposo. Después de todo, es el que
tiene que tolerar a la mujer cuando sale de casa.
—Los mandamientos no son cláusulas que puedan estar sujetas a
interpretaciones.
—Pues deberían —contestó con sequedad—. De todas formas,
prometiste a obedecerme en la iglesia, cuando nos casamos.
—Eso es mentira.
—Claro que no.
—Oh, bueno. Considero que los votos sí pueden romperse, dependiendo
de con qué sinceridad se hayan dicho.
—¿Estás insinuando que tus votos fueron mentira?
—No todos. Solo el que hacía alusión a la obediencia...
Él bufó.
—Juraste frente a Dios. Mentira o no, deberías cumplirlos.
—No, porque...
Ian dejó de escucharlos, ya que se habían alejado demasiado y estaban
siseando.
—¿Fue un matrimonio forzado? —le preguntó la señorita Beckett, tan
cerca del oído que él se sobresaltó.
—No —respondió una persona de la que se habían olvidado. Ian se
detuvo, y ese segundo bastó para que lady Ross los alcanzara—. Llegaron
al altar por gusto y en contra de toda conveniencia.
—¿Cómo? —preguntó la señorita Beckett, al parecer tan sorprendida
que se le habían olvidado qué preguntas no debían hacerse.
—No lo sé. Creo que hay quienes no pueden vivir sin que alguien los
estimule, no sé si me entienden —dijo la anciana, mirando con curiosidad a
la señorita Beckett—. Puede sonar como si se quejara, pero una esposa
obediente habría aburrido a Gabriel. A él le encanta fastidiar a las personas,
así que necesitaba a alguien que lo fastidiara a él para que la convivencia
estuviera igualada. Las personas buscan a otras con su misma energía y
pasión. —Sus ojos seguían posados en la señorita Beckett, como si intentara
darle un mensaje. Esta no mostró ninguna expresión, pero Ian sintió cómo
el brazo que lo rodeaba estaba más tenso.
—A veces no es lo más conveniente —comentó ella.
—No —concordó lady Ross—. En algunos otros casos, cuando una
persona tiene un alma de fuego, necesita que alguien lo apacigüe en lugar
de que lo avive. Es otra clase de equilibro.
La señorita Beckett no miraba a lady Ross ni a nada en particular. Sus
ojos eran las ventanas a través de las cuales se podía ver un debate interior,
aunque no escucharlo.
—Dicho de esa forma —dijo después de un segundo, recuperando su
aplomo—. Tampoco suena como lo más conveniente. Una persona con
fuego en el alma no debería buscar a nadie que lo apague.
—Dije «apaciguar», no apagar. Hay una diferencia —explicó la anciana,
como si estuviera tratando con jóvenes que no sabían nada de la vida—. Un
fuego controlado puede ser muy útil para dar calor, pero uno descontrolado
podría provocar una tragedia. Sin embargo, a veces es difícil que la persona
con el alma de fuego lo entienda. En muchas ocasiones, se quema antes de
averiguarlo.
La dama apuró el paso, dando por finalizada la conversación.
No pudo alejarse demasiado, pero ellos no se atrevieron a importunarla.
La cena fue mejor de lo que Ian había imaginado. Aunque no era común
tener a una niña cenando entre adultos, ninguno de los presentes desairó a
Nathaly, y ella, en correspondencia, se comportó lo mejor que podía
comportarse una niña de cinco años.
Farlam parecía especialmente fascinado con la pequeña. Le preguntaba
cosas y ella respondía entusiasmada. La marquesa, en lugar de espantarse
porque su esposo se mostrase agradable con una bastarda, los observaba
con curiosidad y de vez en cuando esbozaba una sonrisa de satisfacción. Ian
casi no la conocía, pero teniendo en cuenta que era la hija de un vicario y
antes de eso había sido la dama de compañía de la familia, no debería
haberle sorprendido su falta de prejuicios.
Cuando sirvieron el postre, se dio cuenta de que se había preocupado
por nada, y anheló que el resto de la sociedad fuera igual de benevolente
con Nathaly.
—Son una familia muy agradable —le comentó la señorita Beckett
mientras hundía la cuchara en el pastel de frambuesas. Miraba a Nathaly,
que charlaba animadamente con Emily en la otra punta de la mesa—.
Lamento haberles arruinado aquella cena. Otro en su lugar no me habría
recibido.
Ian, sin duda, no lo habría hecho; menos aún después de conocer su
manía por arrojar tazas llenas de té.
—No fue su culpa —la consoló. Quería decirle que ella no debería haber
sido tan imprudente, pero prefirió evitar una posible discusión; no cuando la
tarta era de frambuesas y esas manchas eran difíciles de quitar.
—No —concordó ella—. Fue suya.
Ian debió haber supuesto que ella no aceptaría la paz.
—Yo no la insté a ir a armar un escándalo a mi casa.
—Solo dejó que todos creyeran que era su hermano el padre de una
bastarda, y no usted.
Ian apretó la mandíbula.
Un día de esos se la dislocaría por cada disgusto que ella le hacía pasar.
—David estuvo de acuerdo. Era menos escandaloso que fuera el hijo
menor el que cometiera un desliz semejante. Mi padre acababa de morir. La
sociedad jamás habría perdonado que el nuevo conde manchara tan rápido
la reputación de la familia.
—«La sociedad jamás habría perdonado...» —repitió ella con tono
ausente—. Me pregunto cuántas vidas se habrán arruinado por temor a ese
juez llamado alta sociedad. ¿Cuántos niños habrán sido abandonados?
¿Cuántas parejas que se amaban se vieron obligadas a elegir un compañero
más adecuado? ¿Cuántos deseos fueron reprimidos? Lo peor es que
nosotros hemos creado ese juez. Nosotros somos ese juez. Nosotros y
nuestra manía de juzgar solo para sentirnos superiores.
Ian se percató de que no hablaba con resentimiento, sino con
resignación. Aceptaba que no podía cambiar el mundo, aunque no dejaba de
lamentarlo.
—¿Nunca se sintió culpable? —preguntó, mirándolo por fin con esos
ojos capaces de atravesar incluso el muro más resistente—. Saber que la
reputación de su hermano estaba manchada, que eso le podría traer
problemas mientras todos lo consideraban a usted un mártir. ¡Oh, el pobre
conde de Wischesley! —dijo con dramatismo—. Qué difícil tener que
soportar en sus hombros la carga de un hermano descarriado que manchara
su apellido. Ya no hay respeto por nada.
Su burla se sintió como un cuchillo clavado en el pecho que se retorcía
causándole dolor, pero no el alivio de la muerte.
—Usted no lo entiende.
—En realidad, sí lo hago —respondió, y sus palabras parecieron
sinceras—. Sé lo que es que esperen algo de ti, y ese peso de tener que
cumplir con las expectativas. Actuar como todos esperan es lo que garantiza
un lugar en este mundo. Sí, entiendo lo que debió sentir, pero de ahí a dejar
que su hermano asumiera la culpa... Me parece de cobardes.
—¿Y qué esperaba que hiciera? —siseó Ian, echando una mirada
alrededor para verificar que nadie le prestaba atención—. ¿Decir
públicamente que era yo quien había cometido el error? A lo mejor ni
siquiera así se hubieran detenido los rumores. Es muy difícil pararlos una
vez han comenzado, y cualquier intento por frenarlos casi siempre termina
empeorándolo todo. La sociedad tenía que creer que al menos uno de los
dos mantendría el honor que los Gallagher siempre han demostrado, y se
esperaba que fuera yo. Puede parecerle de cobardes, señorita Beckett, pero
era importante para mí mantener el honor de mi familia, sobre todo
considerando que ya me sentía culpable por haberlo mancillado con esa
aventura. Sí, me remordió la conciencia que mi hermano cargara con la
culpa, pero si se repitiera la historia, me temo que lo volvería a hacer,
porque hay algunas responsabilidades que van más allá de lo entendible.
Dijo más de lo que habría querido, pero, para cuando se dio cuenta, las
palabras ya habían salido de su boca, y poco le importó entonces. ¿Lo
entendía ella? ¿De verdad? Ian había vivido toda su vida sometido a reglas,
escuchando cómo debía de comportarse, preparándose para las
responsabilidades que asumiría. Jamás le había molestado, porque los
valores de su familia le habían sido tan bien inculcados que ya los sentía
como propios. No obstante, cuando conoció a Sarah, se preguntó si no
podría hacer algo por gusto. Una aventura. Si iba con cuidado, no tendría
consecuencias, pensó. Todos habían tenido una alguna vez, y la joven
cantante de ópera se mostró muy entusiasmada por colaborar. Era un soplo
de aire fresco que entraba en la estancia en donde había estado encerrado
toda su vida.
Si tan solo hubiera sabido lo que pasaría...
—Sarah no debió hacer que corrieran esos rumores —dijo él con la voz
cargada de amargura, un fútil intento por defenderse de algo de lo que él
mismo se había declarado culpable.
—No —concordó ella, para su sorpresa—. Fue un acto de venganza un
tanto infantil, pero ¿piensa alguien racionalmente cuando se siente
engañado? No lo creo. Yo habría hecho lo mismo, o algo similar: destruir a
quien te destruyó. Es nuestra naturaleza. Si le sirve de algo, creo que se
arrepintió de ello. Como ya he dicho, lo quería, y confiaba en que
regresaría. Tal vez solo intentaba presionarlo para hacerlo. Que no fuera la
mejor manera es, por supuesto, debatible.
Guardaron silencio por tanto tiempo que la conversación llegó hasta ahí.
Si algún invitado se percató de la tensión que los rodeaba, no dijo nada.
Nathalie seguía hablado con Emily, ajena a lo que su presencia significaba
para él y para su vida.
¿Qué culpa tenía ella?, se preguntó, y no por primera vez.
Cuando la cena terminó, David los invitó al despacho a tomar un trago.
Ian se había negado porque había algo que quería hacer, y como a Farlam
no le entusiasmaba la idea de fingir que tenía una amistad con David, todos
se quedaron en el salón, reunidos como familia, lo que le dificultó a Ian el
objetivo que tenía en mente.
No fue hasta bien entrada la noche, cuando ya consideraba la posibilidad
de irse, que vio su oportunidad.
Lady Ross se había alejado del grupo y se había recostado al lado de una
de las ventanas, apoyada con fuerza sobre su bastón para mantenerse en pie.
Parecía mirar con atención los jardines.
—Me preguntaba cuánto tardaría en venir —dijo la anciana, tomándolo
por sorpresa—. ¿Qué? ¿Creía que no me iba a dar cuenta de que quería
hablar conmigo a solas? Si lleva toda la noche vigilándome como un cuervo
que espera pacientemente la muerte de su víctima para ir a comerlo.
Ian se mostró avergonzado.
—Le pido disculpas si la he incomodado...
La anciana lo interrumpió con un ademán de manos.
—Es ridículo que precisamente usted, que odia perder el tiempo, decida
andarse con formalidades. Pregunte lo que quiere saber. Es sobre la señorita
Beckett, ¿no?
A Ian le incomodó que la dama se mostrara tan directa y que lo hubiera
leído tan bien; a él, que se enorgullecía de no dejar que nadie conociera sus
pensamientos.
Esa frágil mujer era un adversario más temible de lo que aparentaba. La
edad solía hacer eso con las personas.
—Sí. Siento curiosidad por saber si la conocía. Deduzco que la señorita
Beckett participó en la temporada de 1820...
—1819 —corrigió la mujer, vanagloriándose de su memoria—. Sí, la
recuerdo. Nunca nos presentaron, pero es difícil olvidarse de una dama que
fue tan emblemática en la temporada. Kristen Beckett es su nombre, ¿no?
Única hija de los barones Dacre.
Ian asintió. El corazón le latió de expectación. La perspectiva de saber el
pasado que rodeaba a esa mujer lo emocionó hasta un punto que jamás
había sentido.
Hacía tiempo que Ian le había perdido emoción a las cosas.
—Como ya he dicho, es difícil olvidarse de ella. No tenía una dote
extraordinaria, ni una familia de gran renombre, pero logró convertirse en
una de las rosas más codiciadas de la temporada, ¿sabe? Había algo en ella
que llamaba la atención de todos. Algunos decían que era su seguridad al
caminar; otros, su sonrisa, pero yo creo que era el fuego en sus ojos. ¿La ha
mirado a los ojos?
Ian no respondió porque sabía que era una pregunta retórica, aunque
algo dentro de él se movió cuando recordó su mirada llena de fuego.
—Cuando entraba en un salón, todos la miraban. Era la vitalidad en
persona, y la gente se le acercaba, atraída por esa energía. No es común ver
a una joven así. Llega un punto en el que la educación termina matando una
parte de la personalidad de la mujer, pero con ella no fue así. Su forma de
ser no era fingida; su entusiasmo, su coquetería..., todo era real. Era una
mujer que disfrutaba la vida.
—Si todo eso es verdad, debió tener muchos pretendientes —dijo Ian
con cautela. La dama lo miró, diciéndole en silencio que sabía a dónde
quería llegar y que le parecía ridículo que tuviera que introducir la pregunta
de forma tan delicada.
—Sí. Muchos. Se volvió tan popular que su familia recibió invitaciones
de los círculos más altos de la sociedad. Damas y caballeros tenían interés
en conocerla.
Guardó silencio. Él supo que estaba esperando que preguntara
directamente lo que quería saber, y sintió resentimiento hacia la anciana por
obligarlo a admitir su curiosidad.
—¿Por qué no se casó?
—Ah, estoy seguro de que muchos se preguntaron eso una y otra vez.
Apuesto a que propuestas no le faltaron, pero ella los rechazaba a todos.
¿Recuerda lo que le he dicho sobre las almas de fuego? Pues bien: la
señorita Beckett tenía esa alma de fuego, y sabía que los caballeros que la
cortejaban, una vez la tuviesen, intentarían apagarla. Quería a alguien con la
misma energía que ella. Me imagino que todos le parecerían aburridos, y
razón no le faltaba. No había buenos prospectos esa temporada —comentó
eso último como si fuera un recuerdo triste.
—¿Pero el barón tomaba en cuenta las elecciones de su hija? —
preguntó. Aunque conocía poco al barón, dudaba que hubiera dejado pasar
una buena propuesta de matrimonio.
Ningún padre lo hubiese hecho.
—Oh, yo creo que él lo aceptaba por otros motivos. Ya le dije que ella
estaba teniendo mucho éxito, y se rumoreaba que había un duque que estaba
considerando pedirle matrimonio. Me imagino que Dacre estaba esperando
esa propuesta maravillosa que los haría escalar socialmente como jamás
habrían imaginado. A él le convenía que ella no se comprometiera, y por
eso aceptaba su desinterés por los demás candidatos. Lamentablemente,
creo que esperó demasiado.
De nuevo, guardó silencio. Ian sabía que buscaba impacientarlo, y lo
estaba consiguiendo.
Vieja astuta.
—¿Qué sucedió?
—Pues que la señorita Beckett se enamoró, y no fue del duque. —
Sonrió como si estuviera viviendo de nuevo aquellos años—. El señor
Telford, segundo hijo de un vizconde. Un granuja encantador. Ese tipo de
partidos de los que las madres alejan a sus hijas. Decían que su sonrisa
hacía desmayar a las jovencitas y ruborizar a las damas, y era verdad. ¡Oh,
ese calavera...! Más de una vez me hizo sonrojar con su lengua afilada, sí.
Mi bastón no lo amedrentaba. Jóvenes o viejas, todas las mujeres lo
adoraban, aunque, como le he dicho, nadie le hubiera confiado a su hija.
—Me cuesta creer que la señorita Beckett se enamorara de alguien así
—comentó sin pensarlo.
Por la forma en que la joven hablaba, Ian había creído que odiaba a los
hombres mujeriegos, aunque a lo mejor solo lo odiaba a él.
—Tenía dieciocho años, lord Wischesley. Era joven, inexperta, y él tenía
la magia que los otros caballeros no tenían, la pasión que ella buscaba. De
pronto, se les veía bailando hasta cuatro piezas en un baile, y se acervan de
forma indecente en el vals. A ella no parecían importarle las
murmuraciones, y no dudo que se divirtiera con ellas. Una vez hablé con su
madre, la baronesa, y me comentó que el barón le había prohibido al señor
Telford acercarse a su hija. Él, sin embargo, no era muy obediente. Ella
tampoco. Siempre supe que la señorita Beckett era de esa clase de jóvenes a
las que había que decirle que hiciera lo que en realidad no querías que
hiciera solo para que, con el afán de llevarte la contraria, hiciera lo que en
realidad querías. Aunque también era muy inteligente como para caer en esa
trampa, así que al final era indomable.
—Como el fuego descontrolado —comentó Ian para sí mismo.
Lady Ross lo oyó y asintió.
—Exactamente. Su relación se volvió un escándalo. Todos vaticinaban
que, si ella no se alejaba de él, caería en desgracia.
—¿Y fue así? —preguntó, temiendo un poco la respuesta.
La anciana se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe, aunque eso se rumorea. Hubo un baile en el que no se
les vio a ninguno de los dos, y empezaron las murmuraciones. Casi al
anochecer, la señorita Beckett apareció, junto con su madre, y dijeron que
ella se había sentido mal y había estado descansando en un salón, siempre
en la compañía de la baronesa. Nadie pudo desmentirlo porque,
efectivamente, la baronesa tampoco estaba en el salón, pero yo sospecho
que era porque la estaba buscando.
—¿Usted cree que estuvo con el señor Telford? —preguntó. En realidad,
no se le hizo difícil imaginarla escapándose de su carabina para tener una
cita secreta, aunque sí se sintió un poco enfadado ante la idea.
—Sí —dijo sin dudar—. Y la sociedad también. El rumor bastó para
bajarla del pedestal en el que estaba, aunque no quedó oficialmente
repudiada. Después de eso, se la vio en unos cuantos bailes más hasta que
desapareció. Sus padres dijeron que había recibido el llamado de Dios y se
había ido al convento.
—¿Un convento? —escupió con incredulidad.
Lady Ross pareció entender su sorpresa.
—Sí, muchos quedaron igual de perplejos. La señorita Beckett no era
precisamente la dama más devota, y por la forma en que bailaba con el
señor Telford, no parecía temer a Dios. Hubo varios rumores, unos más
controversiales que otros, pero ¿quién podía probarlos? Con el tiempo,
todos se olvidaron de ella. —Lady Ross miró hacia donde estaba la señorita
Beckett, e Ian también lo hizo. La mujer buscaba algo con la mirada, y
cuando se fijó en él, caminó hacia ellos—. Al menos ya sé que no dedicó su
vida a la iglesia. Habría sido un desperdicio de personalidad. —Ian la miró,
y algo del temor que sentía se debió ver en su rostro, porque la anciana
aclaró—: Oh, no se preocupe. No comentaré nada. Estoy muy vieja para
esas andadas.
—Gracias —dijo con sinceridad, calculando los segundos que faltaban
para que ellos estuvieran en el campo auditivo de ella—. Una última
pregunta: ¿qué pasó con él?
—¡Oh! Eso es lo más extraño de todo —respondió la anciana, con el
tono de alguien frustrado porque no había podido conseguir la última pieza
del rompecabezas—. Él también desapareció.
Capítulo 10
—Señorita Beckett, me gustaría hablar con usted un momento... en mi
despacho.
Kristen, que llevaba a una adormilada Nathalie de la mano, miró a Ian
de soslayo antes de asentir.
No estaba sorprendida. Desde que lo había visto hablando con lady
Ross, supo que ella era el tema de conversación. No había escuchado lo que
decían, pero le había dado la impresión de que la dama la reconoció apenas
la vio y, de alguna manera, se había preparado para ser interrogada cuando
estuvieran en casa.
Como siempre, al conde no le gustaba perder el tiempo.
—Subiré a Nathalie para que Hannah la acueste y luego me reuniré con
usted —le dijo como si no supiera de qué iría la conversación.
—Buenas noches, papá —susurró la niña, bostezando.
—Buenas noches —contestado él con su acostumbrada seriedad.
«Al menos ha respondido», pensó Kristen mientras llevaba a la niña al
cuarto. Se dijo que eso era más de lo que hizo la última vez que se había
enfadado con ella, así que, o bien no estaba tan molesto, o estaba
empezando a llevar mejor lo de no pagar con otros su malhumor.
No era que le importara que estuviese molesto. Kristen siempre supo
que sería una reacción probable, dado su carácter, y estaba preparada para
enfrentarlo. No era una cobarde, y tampoco podría huir toda su vida.
Además, él menos que nadie tenía derecho a juzgarla. Lo que temía de esa
conversación no era enfrentar sus errores pasados, sino que la echara de la
casa, alejándola así de Nathaly.
Kristen no se fiaba de cómo reaccionaría si él llegaba a hacer algo
semejante. No estaba lista para dejar a la niña viviendo sola con él. No
podía asegurarse de que él no la hiciera sufrir.
Dejó a Nathalie en manos de Hannah y le dijo que iría a hablar con lord
Wischesley; que, por favor, la esperase en su cuarto para ayudarla luego con
el vestido. Advirtió el semblante preocupado de la anciana, pero Kristen le
sonrió para indicarle que todo estaría bien y se encaminó al despacho antes
de, por algún motivo, perder el valor.
Tocó la puerta una sola vez y entró sin esperar respuesta.
El conde estaba sentado detrás de su escritorio, con un candil sobre la
madera que le iluminaba el rostro y hacía reflejos rojizos sobre su cabello
castaño. La luz de la luna se filtraba por las ventanas y le iluminaban el
camino hasta él. Kristen sintió que estaba caminando hacia el juez al que
rendiría cuentas sobre todos sus pecados, aunque él tuviera más que ella.
—Así que alguien lo ha ayudado con la tarea, ¿no? Y yo que tenía la
esperanza de que al menos perdiera unas horas investigando... —dijo una
vez estuvo frente a él.
—Lady Ross ha sido una informante muy valiosa —respondió. No
sonaba enfadado, pero a Kristen se le hacía difícil averiguar su estado de
ánimo con tan poca iluminación.
—Ya veo. ¿De qué quiere hablar?
—Del señor Telford.
De nuevo, Kristen no estaba sorprendida, aunque su corazón dio un
brinco al escuchar su nombre.
Una reacción instintiva, supuso. El instinto solía recordar aquello que
representaba un peligro.
Observó cómo el conde se levantaba del asiento y se dirigía a una
repisa, de donde sacó una copa, una botella y se sirvió un trago, como si la
conversación fuera difícil para él.
Kristen contuvo un bufido.
—Muy bien —dijo, manteniendo la calma, mientras caminaba con
tranquilidad hasta la misma repisa que él acababa de abandonar—. Pero
antes de comenzar, me gustaría decirle algo. —Abrió la repisa, sacó otra
copa y la misma botella que había tomado él: Cognac. Procedió a servirse
—. Me parece de muy mala educación que llame a una dama a su despacho
de noche, quiera obligarla a hablar de un tema incómodo, y ni siquiera se
moleste en invitarla a una copa. —Dejó la botella donde había estado, alzó
su copa llena en un gesto burlesco y después tomó un sorbo de la bebida—.
Ahora sí. Pregunte lo que quiera. Con un poco de suerte, el alcohol me hará
más receptiva.
Él no dijo nada respecto a su atrevimiento, y Kristen, mientras bebía un
poco más, se dijo que era un hombre sensato.
—Lady Ross me contó su relación con él, una noche en la que
desaparecieron juntos y su posterior salida de sociedad. Me gustaría
escuchar su versión.
Kristen tomó otro trago y empezó a caminar de un lado a otro, sin
prestar atención a nada a su alrededor. Él había sacado a colación un
escenario, y su mente, sin saberlo, había viajado hasta él.
Se perdió en los recuerdos de aquellos años, donde había sido feliz,
cuando no sabía que la calma también podía preceder a las tormentas.
—El señor Telford—musitó, y, a su pesar, sonrió. Porque él podía
haberle hecho daño, pero le había sacado tantas sonrisas que era difícil
borrar el hábito—. Podría decirse que fue el gran amor de mi vida, no me
molesta admitirlo. Era tan diferente a los demás... ¿Sabe? Los caballeros de
esa temporada siempre me parecieron muy aburridos, incluido ese duque
con el que mis padres querían que me casara. Todos tan correctos, tan
apegados a las normas, y tan, pero tan hipócritas. Apuesto que más de uno
había tenido alguna aventura reprobable, pero fingía ante los demás que no.
—Le echó un vistazo y notó que su semblante era inescrutable. Si había
captado la indirecta, no dio muestras de ello—. Algunos eran vanidosos;
otros me querían para obtener el trofeo de la temporada. El señor Telford,
en cambio, parecía tan natural... Su comportamiento era reprobable, pero no
le importaba que la gente lo supiera. No fingía para agradar, solo era él
mismo. Una vida a su lado, me dije, nunca sería aburrida.
Se acabó el contenido de la copa y decidió llenarla antes de continuar.
Sabía que él la observaba, pero no se atrevió a mirarlo.
—Entonces, ¿decidió llamar su atención?
—Sí, no fue muy difícil —respondió mientras se servía—. Era un
calavera. Todas lo sabían, y mi madre más de una vez me lo advirtió.
«Kristen, no te acerques a él», decía. «Solo jugará contigo». Yo, por
supuesto, no le hice caso. Para ese entonces habían alimentado demasiado
mi vanidad, así que no había ninguna razón para creer que, si conseguía que
se enamorara de mí, no se enamoraría de nadie más. Cambiaría.
Él soltó un sonido que se pareció mucho a un resoplido, y Kristen salió
de su ensoñación para mirarlo con desdén.
—Era joven e ingenua, lord Wischesley. O, bueno, eso me digo siempre.
Es muy fácil echarle la culpa a la juventud para no sentirse mal. En fin. De
más está decir que mi madre tenía razón. Siempre la tienen. Él no quería
nada serio, pero yo no me di cuenta de eso. Me decía cosas bonitas y me
hacía reír. Más de una vez me escapé al jardín con él para robarnos unos
cuantos besos.
Él se aclaró la garganta como si de pronto se le hubiese formado un
nudo dentro. Sus ojos grises brillaron con disgusto, y Kristen no solo se
puso a la defensiva, sino que sintió placer por habérselo comentado.
—Como aquella noche, antes de que saliera de la sociedad.
—Oh, esa vez no estábamos en el jardín —dijo Kristen con una sonrisa
perversa, ansiosa por refocilarse con la expresión de horror que sabía que
pondría. Su descaro estaba siendo incrementado por el alcohol, pues la
segunda copa estaba casi vacía—. Estábamos en la biblioteca,
específicamente en uno de los salones. Me acosté con él esa noche.
Su cara de estupefacción fue mejor de lo que se había imaginado.
Kristen sonrió, esta vez verdaderamente divertida.
—Y antes de que lo pregunte —continuó, como si acabara de confesar
una simple travesura—, él no me obligó. Lo hice porque lo deseaba.
Siempre he sido curiosa, así que quería saber qué seguía a los besos, a los
toques. Hace unos días habló sobre algo físico. Dijo que a lo mejor no lo
entendería, pero sí, lo hago, porque lo he sentido. Aunque —su expresión
perdió toda la diversión— lo mío no era solo físico. Yo lo amaba, y él me
había prometido esa noche que, si me entregaba, se casaría conmigo. Nos
fugaríamos a Gretna Green. No creí que fuera algo malo, y yo lo deseaba.
Amar significa entregarse, ¿no?
Él no dijo nada.
Kristen escrutó su rostro. Quería parecer inexpresivo, pero Kristen vio
en sus ojos lo que pensaba, y se indignó.
—No me mire con lástima —le dijo con enfado mientras se acababa el
contenido de la copa—. Ya le he dicho que yo lo deseaba, y no me
arrepiento de lo que pasó. Es verdad que no fue tan maravilloso como
esperaba, pero tampoco lo pasé mal. —Dejó la copa vacía sobre el
escritorio y se inclinó hacia él—. Adelante, júzgueme si quiere. Yo seguiré
sin arrepentirme. Los caballeros pueden disfrutar siempre que lo deseen,
pero las señoritas decentes tienen que reservarse hasta el matrimonio, ¿no?
Para mí es una injusticia.
—No la juzgo —musitó él.
Kristen evaluó la sinceridad de su tono y quedó satisfecha.
Fue a rellenar su copa.
—Bien, porque entonces le diría que no tiene derecho. Usted menos que
nadie puede juzgarme por... ¿cómo lo llamó aquella vez? «Experimentar».
No, no me arrepiento de eso —repitió mientras tragaba el contenido de su
tercera copa—. Pero sí me arrepiento de haber creído en sus palabras.
Hubo un silencio tenso después de eso.
Kristen se preguntó si él entendería que una de las razones por las que lo
había odiado era por su parecido con el señor Telford. Al creer que él había
embaucado a Sarah con palabras tiernas, Kristen había recordado su propia
experiencia, y pensó en lo cerca que se había visto de terminar igual que su
hermana. Aunque, en su caso, habría sido peor, porque una mujer respetable
que caía en desgracia era aún más vilipendiada que una que nunca se
consideró decente.
Pero lord Wischesley no había engañado a Sarah, y ahí había una gran
diferencia. No era esa clase de hombre que Kristen había aprendido a odiar.
Al menos, no del todo.
—¿Qué pasó después? —preguntó él con cautela, como si temiera su
reacción.
Se dijo que hacía bien. Traer de nuevo esos recuerdos había hecho que
sus nervios, normalmente templados, estuvieran a la defensiva.
—Mi madre nos encontró. —Intentó sonreír, pero había llegado a la
parte de la historia en que la parte feliz acababa—. Estaba histérica. Le gritó
al señor Telford que fuera a la casa al día siguiente y me arrastró a mí al
tocador. Arregló como pudo mi cabello mientras me decía cosas que no veo
conveniente repetir, pero no fue agradable. No me importó. Pensé que así
por fin darían su consentimiento para la boda.
—Pero el señor Telford no se presentó.
—Oh, lo hizo —dijo Kristen, jugueteando con la copa mientras se
recostaba en la repisa—, pero no fue a pedir mi mano, sino dinero. Quería
mil libras a cambio de no decir que la única hija del barón Dacre era una
zorra.
Él se sobresaltó, aunque no pudo decir si fue por la información, por su
vocabulario, o por ambos.
Kristen se giró para servirse otra copa.
—No —dijo él. En un primer momento creyó que estaba desmintiendo
su relato, pero cuando se levantó, se percató de que no quería que se
sirviera más—. Ya es suficiente.
—Eso debería decidirlo yo. Soy la que está contando la historia, después
de todo.
—Vaya. No pensé que fuera tan débil como para no poder sobrellevarlo
sin alcohol.
Kristen sabía que era una pulla, pero aun así paró de rellenar la copa y
dejó que él se la arrebatara. Quiso mirarlo enfurruñada, pero todavía estaba
lo suficientemente consciente para actuar como una adulta. Además, ya
había bebido demasiado: lo supo porque su cercanía la perturbó, y la hizo
muy consciente de su atractivo, especialmente de esos hombros anchos que
le tapaban la visión. Algo en él inspiraba seguridad, y la niña interior de
Kristen, la que se sentía engañada, quiso aferrarse a esos hombros en busca
de consuelo.
Sí, había bebido demasiado.
—¿Accedió su padre al chantaje? —preguntó, sin querer disimular ya su
curiosidad.
—No lo sé —respondió Kristen, retrocediendo unos pasos hasta que
chocó con la repisa—. No me dejaron estar presente en esa conversación.
Supongo que sí, porque ningún rumor se filtró. En las veladas siguientes,
las personas solo comentaban mi desaparición aquella noche.
—¿Y a él? ¿Lo volvió a ver?
—No. Desapareció. Mamá insinuó que a lo mejor buscaba el dinero para
huir. Se rumoreaba que había deshonrado a otras jóvenes, y había personas
importantes pidiendo su cabeza. No me importó en su momento y tampoco
me importa ahora —dijo, encogiéndose de hombros, reuniendo la mayor
dignidad que podía—. Me alegro de que no fuera a pedir mi mano. Hubiera
sido un esposo terrible.
—Sí —concordó él, y había tanta empatía en su voz que Kristen se
sintió reconfortada—. No la merecía.
Guardaron silencio unos segundos. Kristen aprovechó para alejarse un
poco más, pero cada vez que daba un paso hacia un lado, él la seguía de
forma inconsciente, como si un hilo los mantuviera unidos.
—Cuando una de las partes no está comprometida, los matrimonios no
pueden ir bien —comentó él después de haber estado pensando en algo
durante un rato.
Kristen tardó un momento en captar a qué se refería.
Le costó admitirlo, pero supo que él tenía razón. Si se hubiera casado
con Sarah, ni él ni ella habrían sido felices, y, por consiguiente, tampoco
Nathaly. Kristen sabía lo que era crecer en una familia cuyos padres estaban
unidos solo por el deber, y a veces discutían tanto que sus hermanos y ella
se encerraban en las habitaciones para no escucharlos.
Odió tener que quitar de la lista otro de sus fallos, porque odiarlo hacía
que fuera más fácil mantener altas las barreras.
Sin embargo, Kristen era una mujer razonable.
Lord Wischesley fue un cobarde por no enfrentar a la sociedad, sí, pero
si lo hubiera hecho, el final habría sido igual de trágico. Nathalie habría
sido una niña legítima a costa de la felicidad de dos adultos, y eso tampoco
hubiera sido justo. De su larga lista de errores, lo único que Kristen podía
reprocharle en ese momento era el haber pensado que el dinero sustituiría el
cariño de un padre. Aunque no se hubiera casado con Sarah, al menos debió
haberse preocupado más por la niña y no haberla dejado tirada en el campo,
como un motivo de vergüenza.
—Tiene razón.
Esa era la única concesión que Kristen pensaba hacerle respecto al tema.
—Dice que no se arrepiente de lo que hizo, pero, si él no le hubiera
dicho que la amaba ni le hubiese prometido matrimonio, ¿lo habría hecho
igualmente? —preguntó con cautela, sabiendo que pisaba un terreno muy
personal.
Kristen consideró no responder. Había evitado pensar en ello durante
esos años, pero la pregunta se coló en lo más profundo de su mente y se dijo
que había llegado el momento de considerarlo.
¿Habría cambiado si él hubiese sido directo con ella? Lo cierto era que
no lo sabía.
Kristen siempre se decía que no se arrepentía porque había sido un buen
momento, no hubo mayores consecuencias y arrepentirse solo servía para
sufrir aún más por la perdida. No obstante, tenía que admitir que su vida
había cambiado de tal forma que era imposible ignorar la voz que le decía
que podía haber actuado de otra manera. Si él hubiera sido sincero, tal vez
se lo habría pensado mejor, o, quizás, al igual que hizo Sarah, se habría
dejado guiar por el instinto y la estúpida idea de que él actuaría de la forma
correcta.
El amor hacía a las personas ciegas, y el deseo las volvía tan
irrazonables como animales. No era una combinación que propiciara buenas
decisiones.
—No lo sé —respondió, decidiendo ser sincera. El alcohol le soltaba un
poco la lengua—. Me gusta pensar que habría sido sensata, pero siempre
me he rebelado contra el mundo y sus normas. Me sentía muy atraída por
él, quería experimentar, y, quizás, el saber que no era correcto meincitaba
más, ¿sabe? No pensé en las consecuencias. Sin embargo, me gusta decir
que no me arrepiento. Todas las jóvenes deberían vivir alguna vez en su
vida esas sensaciones, y estoy segura de que, si me hubiera casado con
alguno de mis pretendientes, no me habría sentido igual. Él despertó algo
dormido en mí, innato, algo a lo que quería acceder con desesperación.
—Deseo —susurró él, acercándose un paso y dejando entre ellos un
espacio muy pequeño.
—Sí —musitó ella. Como si la palabra hubiera evocado el sentimiento,
Kristen sintió un cosquilleo por su cuerpo que se incrementaba a medida
que era consciente de la cercanía de él.
—Es un sentimiento muy peligroso —susurró él—. Una vez que se le da
rienda suelta, es difícil pararlo.
La miró de una forma extraña, intensa, como si estuviera poseído por
algo misterioso que deseaba devorarla. El calor aumentó y deseó arrancarle
la copa de la mano y tomar el líquido para que el coñac le devolviera la
razón.
O la ayudara a perderla.
—¿Está segura de que estaba enamorada? —preguntó con suavidad. Se
acercó otro paso—. A menudo se confunde la atracción con el amor.
Kristen negó con la cabeza.
—Lo amaba —aseguró—. Creía que nos complementaríamos bien. El
deseo era otra cosa, era...
—Una necesidad —sugirió él. Dio otro paso. Kristen se preguntó si lo
hacía de forma consciente o no—. Ves a la otra persona y sientes ganas de
acercarte, de besarla.
—Sí —concordó ella, mirando por instinto a sus labios—. Y se entra
como en un trance.
—Todo deja de existir —agregó él.
No supo cómo pasó, pero sus labios estaban unidos antes que pudieran
formular alguna otra oración. Lo que había comenzado como un cosquilleo
se convirtió en llamas que le quemaban bajo la piel, como si la sangre
estuviera hirviendo. Le rodeó el cuello con los brazos y se pegó a él,
cediendo a la necesidad. Movía los labios intentando seguir su ritmo
demandante, y la mente se le quedó en blanco, solo concentrada en la
sensación de su boca y en la mano que acariciaba su espalda, luego su
cintura, y apretaba con un poco de fuerza el contorno de su seno.
En medio de ese calor abrasador, Kristen encontró un momento para
pensar en que eso no se parecía en nada a lo que había experimentado la
última vez. Quizás el tiempo había mitigado la intensidad de sus recuerdos,
o tal vez el alcohol intensificaba las sensaciones, pero había algo más
apasionado en ese beso. Telford solía provocarle calor y contracciones en el
estómago. Lord Wischesley, en cambio, la estaba haciendo perder el
sentido, como si se hubiera emborrachado de verdad y quisiera cada vez
más.
Kristen se sentía atrapada por algo muy fuerte y peligroso. El instinto le
advertía que huyera, y, a la vez, la incitaba a quedarse. No tomaba un bando
porque sus intereses eran igual de fuertes. No supo qué hacer, así que se
quedó ahí, besándolo hasta que el sentido común regresara.
El sonido de cristales rotos fue la campana que les indicó la hora de
volver a la realidad. Kristen se separó como hubieran tirado de ella hacia
atrás y lo miró con estupefacción. Una estupefacción que él compartía. Tal
parecía que hubieran sido arrancados abruptamente de un trance y ahora
miraran las consecuencias de lo que había hecho mientras no habían tenido
control sobre sí mismos. En el suelo descansaba, hecha pedazos, la copa
que él le había arrebatado y que se le debió caer cuando las cosas
empezaron a descontrolarse.
Se miraron en silencio. Kristen sentía la boca seca, y a medida que iba
cayendo en la cuenta de lo que acababa de hacer, sentía un peso
golpeándole la espalda.
Pero ¿qué diablos había hecho? Acababa de besar a un hombre que ni
siquiera le caía bien, que era el padre de su sobrina y que, indirectamente,
había hecho sufrir a su hermana.
¿No era eso una clase de traición hacia Sarah?
Sintió que la cabeza de daba vueltas.
—Señorita Beckett...
Kristen alzó una mano para detener lo que fuera a decir.
No podía escucharlo. No en ese momento.
Salió de allí lo más erguida que pudo y se refugió en su habitación.
Hannah la estaba esperando.
—¿Sucede algo, niña? —preguntó la anciana con dulzura mientras la
ayudaba a deshacerse del peinado.
—Oh, Hannah... Creo que he cometido un error —musitó con la mirada
perdida—. Uno muy grande.
Y temía que irreparable.
Había dado un paso que no sabía si podría deshacer.
Capítulo 11
Ian entró al comedor y agradeció encontrarlo vacío. Ese día se había
levantado más tarde de lo habitual, ya que su mente se había entretenido
demasiado dándole vueltas a cada una de las partes de la conversación de la
noche anterior.
Primero debatió sobre lo que le había contado lady Ross y que la
señorita Beckectt le había confirmado posteriormente.
Ian había imaginado varias razones por las que esta habría salido de
sociedad. Un posible escándalo estuvo entre ellas; sin embargo, jamás se le
pasó que la situación hubiera llegado hasta esos... extremos, lo cual era
absurdo, porque el carácter intenso de ella decía mucho de su naturaleza
apasionada. Quizás lo más sorprendente de todo no fuera que se hubiera
entregado al señor Telford en un arrebato de pasión, sino que se hubiera
enamorado de ély hubiera creído sus mentiras. No le parecía el tipo de
mujer que confiaba con facilidad, pero, por supuesto, la mayoría de las
veces había que pasar por una traición para forjar esa parte del carácter. Ella
había aprendido la lección. L.a había aprendido tan bien que Ian ya no se
extrañaba de que lo hubiera recibido con un baño de agua la primera vez
que se vieron.
Comprender la razón por la que lo odiaba había hecho que la opinión
que tenía sobre ella mejorara. De hecho, llegó a sentir tanta empatía por su
historia que no pudo evitar odiar al señor Telford por haberla hecho sufrir.
Quizás él no fuera el más adecuado para juzgar, pero Ian jamás había
engañado a Sarah respecto a la naturaleza de su relación, precisamente para
evitar el dolor que las mentiras conllevaban. Prometerle matrimonio a una
dama para facilitar que esta se entregara era caer demasiado bajo. El señor
Telford no solo le había arrebatado la virtud, sino que había herido una
parte de su alma que sería muy difícil sanar.
Cada vez que Ian se la imaginaba joven, confiada y enamorada, apretaba
los puños con rabia. Despertaba en él un instinto protector que ni siquiera
sabía que tenía, y sentía el absurdo impulso de consolarla.
Tal vez por eso la había besado. Para consolarla.
Una vez había cerrado el tema de su expulsión en sociedad, Ian se había
obligado a pensar en el beso. O, mejor dicho, a pensar en por qué la besó.
Una pregunta para la cual, cabía acotar, aún no había conseguido una
respuesta. No una lógica, al menos. En realidad, ni siquiera recordaba
mucho cómo se había dado. Estaban hablando de deseo, y, a cada palabra,
había empezado a sentir la imperiosa necesidad de acercarse. De pronto, se
estaban besando, y de ahí en adelante el recuerdo todavía le producía una
punzada de excitación en el cuerpo, cosa que le preocupaba, porque Ian
siempre había sido de los que medía sus reacciones, y la pasión
desenfrenada de ese beso le pareció muy peligrosa.
Ni siquiera podía decir que «pasión» fuera la palabra adecuada para
describirlo. En algunos momentos, le pareció que había atracción más allá
de lo físico; que lady Ross tenía razón cuando dijo que había algo en ella
capaz de encantar a los hombres y tenerlos a su merced. O a lo mejor solo
llevaba mucho tiempo en celibato y su imaginación había exagerado un
poco las cosas.
Ian quería creer que era eso último, pues era lógico. Su imprudente
relación con Sarah también le enseñó una lección, y desde entonces no
había tenido ninguna aventura que pudiera traer consecuencias andantes.
Esa abstinencia, sin duda, debía de causar algunos efectos secundarios
en los hombres.
—Buenos días, lord Wischesley.
Ian se tensó cuando reconoció la voz, pero se las arregló para que su
tono fuera lo más neutral posible.
—Buenos días, señorita Beckett.
Ella se sentó a su derecha, como solía hacerlo, e Ian notó que tenía
ojeras.
No era el único que había pasado una mala noche.
—Nathalie se alegrará de verlo. Bajará en un momento, en cuanto
Hannah termine de arreglarla.
Ian asintió. Ella no le quitó la vista de encima, como si esperara que
dijese algo más, pero él no tenía intención de hacerlo, así que tomó un
sorbo de su café, esperando que el sabor amargo disipara la distracción que
había creado en su cabeza el olor dulce de su perfume. Recordaba haber
percibido el día anterior el mismo olor, cuando estaban más cerca de lo que
dictaba el protocolo.
—Entonces, ¿actuaremos como si no hubiera pasado nada?
Él casi se atragantó con el café.
—¿Perdón?
—Me ha escuchado perfectamente.
—Así es. Le estaba dando la oportunidad de retractarse, pero ya que no
es así, ¿tiene una mejor idea para mantener nuestra frágil convivencia sin
que resulte incómodo? La escucho.
Ella resopló.
—Es usted odioso.
—Y usted es incomprensible. Pensé que le agradaría que no sacara el
tema. ¿Puedo saber por qué desea tratarlo?
Si llegaba a preguntarle por qué la había besado, Ian tendría que buscar
una excusa para irse. Quizás a ella no le molestaban los momentos
incómodos, pero él no pensaba someterse a ellos.
No era por cobardía. Era por su paz mental.
—Porque me gustaría aclarar algo —le dijo con un tono que le pareció
nervioso, aunque debió habérselo imaginado. Esa mujer nunca estaba
nerviosa, y la forma en que le había contado su pasado era un buen ejemplo
de su falta de timidez—. No voy a consentir que, debido a lo que le relaté la
noche anterior, me pierda el respeto o me juzgue.
—Yo no la juzgo.
Y era verdad. A lo mejor, unos cuantos años antes, lo habría hecho.
Nadie en la nobleza vería bien que una dama perdiera la virtud antes del
matrimonio, y al ser parte de ese círculo, Ian tampoco lo hubiese aceptado.
Sin embargo, lo que había sucedido y su situación actual le quitaban todo el
derecho a condenar, y menos a ella, pues aunque la señorita Beckett
afirmara que lo hizo guiada por la curiosidad, Ian sabía que, de no haber
recibido una propuesta de matrimonio, de no haberla enamorado el señor
Telford, ella no lo habría hecho. En los acuerdos íntimos sin compromiso
ambas partes sabían a lo que se enfrentaban, y el señor Telford no había
sido sincero en ningún momento.
La había engañado para firmar un contrato sin darle la opción de leerlo.
Había jugado con su confianza.
Ian se presentía que el único motivo por el que no se arrepentía era
porque no servía de nada lamentarse por no haber actuado con más
sensatez.
—No me voy a acostar con usted —continuó ella, y su sinceridad
golpeó a Ian en el pecho. Era ridículo, pero esa afirmación lo dejó un poco
molesto—. Habré perdido mi lugar en sociedad, pero por lo menos me ha
quedado el derecho a elegir. ¿Entiende?
—Entiendo —respondió con sequedad.
En realidad, no tenía porqué estar molesto, ni sentirse despreciado.
Enredarse con ella sería lo peor que podría hacer en ese momento, y puesto
que ella había reaccionado de forma positiva al beso, debería alegrarle que
no tuviera la intención de volver su relación aún más complicada de lo que
ya era.
No obstante, una parte de él protestaba. La misma parte que el día
anterior había querido fundirse con su cuerpo hasta que no supiera dónde
comenzaba uno y dónde terminaba el otro. La misma que quería entrar en
su mente, conocer su funcionamiento y derribar sus barreras.
Definitivamente, la abstinencia estaba teniendo efectos secundarios.
—Bien. Si es así, ahora sí podemos fingir que no pasó nada —comentó
ella con un desinterés que lo enojó aún más.
Esa falta de control sobre sus emociones lo hizo considerar la idea de
poner una excusa y marcharse para trabajar. Mantenerse ocupado siempre
era una buena forma de alejar los pensamientos tormentosos.
—Buenos días, papá.
La llegada de la niña arruinó la posibilidad. Con esfuerzo, intentó que su
expresión no fuera hostil y le levantó para recibirla. Ella se soltó del brazo
de la criada y caminó dando brinquitos hasta la mesa.
Ian se dijo que debía comentar con la señorita Beckett algunas cosas
sobre su educación.
—Buenos días.
—Me da gusto verte. Ayer no desayunaste con nosotros —le acusó
mientras se subía con dificultad a la silla.
Ian no vio prudente mencionar que el hecho de haber cenado con ella ya
suponía para él pasar tiempo en su compañía. Presentía que la niña no lo
entendería. Así pues, mantuvo silencio mientras observaba cómo la señorita
Beckett colocaba sobre el plato de Nathalie porciones picadas de huevo,
tocino y fruta.
La niña tomó él tenedor, ensartó un trozo de tocino y se lo ingirió.
Separó los labios para decir algo, pero pareció recordar que no se hablaba
con la boca llena, así que masticó con apuro y tragó tan fuerte que se le
marcó la garganta.
—¿Cuándo vamos al parque? —preguntó al fin.
—Pronto —respondió Ian, diciéndose que había otras decisiones que
debía tomar con rapidez.
—¿Cuándo es pronto? Hace unos días me dijiste que en unos días.
—Nathalie —intervino la señorita Beckett—, tu padre está muy
ocupado. ¿Por qué no terminas de desayunar y luego lo discutimos?
La niña hizo un puchero.
—¿Por qué siempre está ocupado? —preguntó con un tono de voz que
puso a Ian nervioso. Parecía que quería llorar—. Casi no nos hemos visto
desde que llegamos.
—Nathaly, es complicado, cariño —dijo la señorita Beckett. Ian se lo
agradeció con la mirada, pues la acusación de la niña había conseguido
dejarlo mudo—. Los padres siempre están ocupados.
—Mamá siempre tenía tiempo para mí —replicó.
—Es diferente.
—¿Por qué?
—Porque los hombres trabajan más —replicó la señorita Beckett con
paciencia.
—¡Mentira! —chilló la niña mientras se bajaba de un salto de la silla,
sin mirar siquiera su desayuno. Sus ojos se llenaron de lágrimas, e Ian se
sintió que el pecho se le encogía—. No quieres pasar tiempo conmigo
porque no me quieres. Hoy es domingo. Nadie trabaja los domingos.
Ian no supo qué decir, y por la expresión de la señorita Beckett, ella
tampoco. Parecía que no era una actitud que la niña mostrara con
frecuencia.
Nathaly, al ver que nadie desmentía su afirmación, salió corriendo fuera
del comedor. La señorita Beckett se puso de pie para ir a buscarla, pero él le
hizo un gesto con la mano para detenerla.
—Voy yo —le dijo.
Ella arqueó una ceja. Su afirmación la había sorprendido, y quizás
agradado.
—¿Está seguro?
No. De hecho, el instinto le decía que era una muy mala idea. Él no
sabía cómo consolar a una niña. Por supuesto, siempre podía decirle lo que
ella quería escuchar, como que sí la quería y prometerle que la llevaría al
parque, a comprar vestidos, dulces o lo que ella quisiera. No debería ser tan
difícil que ella le creyera. Lo complicado sería lidiar con la culpa de seguir
mintiéndole. Ella no se lo merecía, y él, que se enorgullecía ante la sociedad
de hacer las cosas bien, debería empezar a actuar como siempre debió
hacerlo desde el principio.
Después de preguntarle a unos criados, descubrió a la niña escondida
debajo de las escaleras de servicio. El lugar estaba oscuro y lleno de polvo.
Ian tuvo que tomar una de las velas del pasillo y encenderla para poder
observarla. Abrazaba sus rodillas con las manos y tenía la cara mojada por
las lágrimas.
Ni siquiera lo miró cuando se sentó frente a ella.
—Tienes razón —dijo después de muchos segundos de tenso silencio—.
Casi nadie trabaja los domingos. Pero yo sí, eso no es mentira.
Ella no respondió de inmediato, lo que no hizo más que aumentar su
inquietud.
—¿Por qué? —preguntó al fin con un hilo de voz.
—Bueno... Me gusta mantenerme ocupado. Es muy aburrido no hacer
nada, ¿no crees?
Nathalie lo pensó, y mientras lo hacía, las lágrimas dejaron de caer.
—Podrías jugar conmigo —dijo con sencillez.
—Podría —concedió Ian, más tranquilo al ver que ella ya no lloraba—,
pero llegaste hace unos días, y me tomará un poco de tiempo adaptar mis
horarios para dejar tiempo libre para ti.
Por no decir que le tomaría tiempo acostumbrarse a ella. A veces, Ian se
sentía tan cómodo en su compañía que sentía que era fácil tenerla en casa,
pero en otras circunstancias, como esa, presentía que aún debía
acostumbrarse a demasiadas cosas.
Nathalie evaluó sus palabras y terminó haciendo un seco asentimiento
de cabeza. Estaba menos alterada que cuando había salido del salón, pero
había recuperado su natural felicidad.
Ian se sorprendió echando en falta su sonrisa.
—Papá, ¿por qué tardaste tanto en ir a buscarme?
La pregunta no le tomó desprevenido. La llevaba esperando desde hacía
varios días, y la verdadera sorpresa era que hubiera tardado tanto en
recriminarlo.
Era mejor que lo hiciera. Ian no se sentía del todo tranquilo sabiendo
que ella no le guardaba rencor, porque eso significaba que lo creía digno de
ser admirado cuando no era así. Significaba que la estaba engañando. A
veces, las almas inocentes traían más desdicha que calma, porque de alguna
manera hacían que el alma pecadora fuera más consciente de sus errores.
—Es complicado —dijo en voz baja, incapaz de encontrar una forma de
explicarle la lucha entre la responsabilidad consigo mismo y con ella y el
deber que tenía con los demás. Quizás algún día—, pero fue un error haber
tardado tanto.
No supo cuándo había llegado a esa conclusión, pero sí supo que era
real. A lo mejor no habría podido casarse con Sarah, pero bien pudo ir a
conocer a Nathaly, buscar la manera de verla crecer. La razón por la que no
lo había hecho era porque creyó que sería más fácil si evadía el problema,
tanto para él como para ellas. Hubiera sido complicado explicarle a una
niña por qué su padre iba y venía y no vivía con su madre, como era
habitual. Sin embargo, cuando veía a Nathaly, sus intentos de llamar su
atención, estaba seguro de que su ausencia no había sido la mejor opción.
—Mamá siempre decía que regresarías, pero a veces yo no la creía —
confesó la niña, con culpa—. ¿Me perdonas?
Lo dicho. La inocencia de alguien causaba más intranquilidad que paz.
Ian no recordaba haberse sentido tan miserable jamás.
—Creo que eres tú la que debe perdonarme a mí, por haber tardado
tanto. ¿Lo haces?
Ella asintió rápidamente.
No supo cuánto había necesitado el perdón hasta que le fue concedido.
—Pero tienes que llevarme al parque.
Él sonrió.
—Te llevaré, te lo prometo. Y a comer helado. Solo necesito que me des
un poco de tiempo, ¿está bien?
—¿Qué es helado?
—Un dulce. Es frío y muy delicioso.
Los ojos de ella se iluminaron. Había regresado ese brillo de alegría.
—Está bien. Esperaré como una niña buena, lo prometo. —Se levantó
de un brinco e Ian envidió su rapidez. A él se le habían dormido las piernas
—. ¡Voy a decírselo a la tía Kris!
Desapareció antes de que Ian pudiera responder. Él se preguntó si
tendría visión nocturna, porque apenas se veía algo una vez se alejaba de la
vela.
Con dificultad, se puso de pie, tomó la vela y caminó hacia la puerta que
lo llevaría a la cocina. Apenas había dado unos pasos cuando llama iluminó
el contorno de una silueta femenina muy bien proporcionada.
—¿Escuchando conversaciones ajenas? —preguntó, un tanto irritado
porque ella hubiera sido testigo de ese momento tan íntimo, de ese lado
culpable que pocas veces se atrevía a mostrar.
—Quería asegurarme de que no necesitaba ayuda.
Su declaración le sonó sincera, así que Ian se calmó. Admiraba que, a
pesar de odiarlo, jamás hubiera puesto a la niña en su contra. Le habría sido
muy fácil manipularla, dada su influencia sobre ella, pero siempre había
actuado en beneficio de Nathaly, incluso si eso significaba que ella siguiera
creyendo que su padre nunca había cometido errores. Era una mujer justa,
que defendía con fiereza a los que quería y haría lo que fuera para que estos
estuvieran bien.
No pudo evitar pensar que sería una madre formidable, por no decir una
esposa muy leal.
Lástima que alguien sin escrúpulos hubiera arruinado su futuro.
—Querrá decir que quería asegurarse de que yo no lo estropearía todo y
la niña terminaría peor —bromeó.
Vio por el rabillo del ojo que ella sonreía.
—También.
Salieron a la cocina, donde algunos criados decidieron fingir que no los
observaban. Ian debería subir, cambiarse el traje por uno que no estuviera
lleno de polvo y apresurarse a resolver lo que tenía pendiente para ese día,
pero aunque ya había perdido suficiente tiempo esa mañana, no pudo
resistirse a mirarla por unos segundos más, porque no tenía enfrente a la
señorita Beckett hostil y que siempre estaba a la defensiva, sino a una mujer
que todavía tenía un amago de la sonrisa en la boca y lo miraba como si
también estuviera viendo algo nuevo en él, algo que definitivamente no era
reprobable. Una mujer que ya no lo observaba con odio ni desconfianza. No
quería moverse, porque deseaba disfrutar esa mirada mientras durarse;
deleitarse con ella y sentir que, a sus ojos, era alguien apreciable.
Pero no todo podía durar para siempre, y el sonido de algo cayendo hizo
que parpadearan y volvieran a la realidad.
Ella dejó de observarlo. Parecía incómoda.
Ian se sentía igual.
—Me tengo que ir. —Fue lo único que dijo antes de marcharse para
continuar su vida, la real, no la que le prometían esos ojos de llamas
doradas.
No la volvió a mirar mientras se alejaba de ella. Tenía miedo de volver a
sentirse encantado, de desear que ella lo observara con aprobación.
Tenía muchos miedos que ni siquiera se atrevía a formular.
***
Ian regresó temprano ese día, mucho antes de la cena. Había decidido que
sería un buen gesto para intentar calmar a Nathaly, y se había dicho que
posponer el trabajo un día más no traería mayores consecuencias.
No recordaba la última vez que se había dicho esa frase, pero fue tan
liberador que decidió no pensarlo demasiado, simplemente actuó.
Encontró a la niña y a su tía en el jardín. La señorita Beckett estaba
sentada en la grama, con las piernas cruzadas y el vestido acomodado para
que la piel no quedara a la vista. Sostenía un libro, y de vez en cuando
desviaba su atención para vigilar a Nathaly, que parecía muy entretenida
jugando con barro.
Hizo una mueca al notar lo sucio que estaba el vestido. Y sus manos.
Toda ella, en realidad.
—¡Papá! —exclamó la pequeña apenas notó su presencia. La señorita
Beckett también alzó la mirada para observarlo—. ¿Has venido a jugar
conmigo?
Su intención había sido pasar tiempo con ella, sí, pero que lo aspasen se
ensuciaba el traje de barro.
—Estaré más cómodo viéndote jugar —le dijo mientras se acercaba al
lugar donde estaba la señorita Beckett, lejos de la tierra húmeda.
Días antes habría sido impensable perder el tiempo de esa manera, pero
ya que estaba allí, ningún argumento tenía fuerza suficiente para hacer que
se marcharse.
—¡Pero es divertido! ¡Mira, he hecho un castillo! —Señaló una
construcción de barro que parecía más una montaña que otra cosa, y que se
sostenía en pie en contra de todas las leyes de gravedad, pues estaba torcida.
—Me temo no tengo habilidades para el barro —contestó, intentando no
mostrar su horror—. Sin embargo, me complacerá observarte.
Nathalie se encogió de hombros y siguió con su dudosa construcción.
—¿No quiere ensuciarse el traje, milord? —preguntó la señorita Beckett
con una sonrisa, aunque sin apartar la vista de su libro.
—No veo que usted esté más inclinada a jugar.
Ella soltó una risita, suave, dulce, casi infantil.
—Admito que es un poco tedioso quitar el barro de las uñas.
—Y del vestido. Y de la cara, supongo. No debería jugar con barro. Una
señorita jamás lo haría.
En esta ocasión, ella sí lo miró.
—Es una niña —declaró, como si eso fuera respuesta suficiente. Al ver
que él seguía con su expresión reprobatoria, añadió—: Todavía se puede
permitir no ser «correcta».
—Cuanto antes aprenda, mejor será para ella.
—O peor —aseguró la señorita Beckett, dejando el libro sobre su regazo
para prestarle toda su atención—. Yo diría que aprender a no divertirse es
algo que debería posponerse el máximo tiempo posible.
—Yo no he dicho que no se pueda divertir —protestó.
—Ha insinuado que debería comportarse como una señorita, lo cual es
lo mismo. Modales impecables, siempre postura perfecta, evitar
ensuciarse... ¿No es eso el antónimo de la diversión?
—Usted es una señorita, y no me parece que no se haya divertido nunca.
Ella sonrió, como si él acabara de traerle a la mente buenos recuerdos.
—Los mejores momentos que he pasado en mi vida han requerido
romper alguna que otra regla.
Dados sus antecedentes, a Ian no le costaba imaginarlo.
Ella debió deducir lo que él estaba pensando, porque su sonrisa se
amplió. Era un reto, una provocación para que la criticara.
Como eso no sucedió, sus facciones se relajaron.
—Hay tiempo para todo, lord Wischesley. Nathalie ya tendrá tiempo de
aprender a comportarse. Por el momento, ¿qué tiene de malo que se
divierta? Si se es rígido todo el tiempo, llegará un momento en el que el
alma querrá liberarse, salir de la rutina. Creo que sucede con la mayoría de
las personas de la alta sociedad. Llevan una vida aparte de la que muestran
porque no pueden soportar a tiempo completo las exigencias de la
aristocracia.
Ian no logró deducir si estaba lanzándole una indirecta o había sido un
comentario casual. Parecía lo segundo, pues su tono carecía de hostilidad.
Decidió no responder, así que se dedicó a observar cómo la niña
intentaba levantar de nuevo la estructura que había cedido al peso de la
gravedad.
Había mucho de conmovedor en su persistencia. Un niño más débil
quizás se habría echado a llorar, pero Nathalie demostraba tenacidad
volviendo no solo a armarlo, sino a buscar una mejor manera para que se
sostuviera.
Espera que mantuviera esa actitud el resto de su vida. La necesitaría.
—¿Sabe? Nunca habría llegado a imaginar que sería capaz de esto.
—¿Cómo dice?
En lugar de responder, ella le señaló un espacio a su lado para que se
sentara.
Ian dudó. Su ayuda de cámara ya había protestado esa mañana cuando
tuvo que cambiarse el traje lleno de polvo, y no le interesaba ensuciar el
segundo de tierra. Sin embargo, admitía que era incómodo hablar así, por lo
que accedió. Supo que había tomado la decisión correcta cuando ella le
regaló una cautivadora sonrisa. Se estaban volviendo más habituales, y a
Ian le fascinaba verlas.
—Capaz de perder el tiempo simplemente observando a la niña para que
esta sepa que está presente. —Acarició con distracción el lomo del libro
mientras miraba a Nathaly—. Capaz de admitir frente a ella sus errores.
La alusión a la conversación de esa mañana lo incomodó, así que se
limitó a guardar silencio.
—Creo que lo prejuzgué—dijo segundos después.
—¿Disculpe? —preguntó, sorprendido.
—No voy a volver a repetirlo —respondió ella, y, de nuevo, soltó esa
risita adorable—. Pero sí diré que... quizás no resulte ser tan mal padre
como imaginé. A lo mejor me puedo ir pronto sabiendo que la dejo en
buenas manos.
La idea de que ella se marchara lo perturbó un poco. No llevaba muchos
días en su casa, ni había sido una compañía demasiado grata, pero imaginar
la casa sin ella le causó inquietud, por no decir miedo. Quizás se debía que,
si ella se marchaba, él tendría que enfrentarse a Nathalie solo.
—Nadie la está echando, señorita Beckett.
—Oh, pero apuesto por que desea hacerlo. —Sus ojos brillaron con
burlona complicidad, como si pensara que, en el fondo, eso era lo que él
deseaba y le divertía que no lo admitiera—. Además, quedarme demasiado
tiempo no es conveniente. Sabe el porqué.
Sí. Aunque la señorita Beckett se había alejado de los salones de baile
hacía demasiado tiempo, no era conveniente para la niña,
independientemente de la decisión que se tomase sobre ella, que alguien la
reconociera; ni mucho menos que se enterasen de que vivía en la casa de un
hombre soltero. Eso echaría por tierra la excusa del convento y causaría un
escándalo demasiado grande para cubrirlo.
Ella tendría que irse más pronto que tarde, e Ian tendría que aceptarlo.
Guardaron silencio por unos minutos. Nathalie rehacía por tercera vez el
«castillo», y ellos la observaban porque era menos peligroso que observarse
el uno al otro.
—Tengo que agradecerle su ayuda con la niña —dijo Ian, después de
haber reflexionado un rato—. Admito que no me habría acercado si usted
no hubiera insistido. Gracias.
Ella inclinó la cabeza y le sonrió.
—¿Puede repetirlo?
Ian le devolvió la sonrisa.
—No lo creo.
Ella se rio. Cada vez que lo hacía, Ian se fijaba en sus labios, y el
cerebro traicionero recordaba lo que había sido besarla mientras el instinto
quería hacerlo otra vez.
—No tiene nada que agradecerme —dijo, encogiéndose de hombros—.
Hice lo que tenía que hacer para que Nathalie estuviera bien.
—Podría haberla puesto en mi contra; hacer que me rechazara tanto que
yo no tuviera otra opción que alejarme.
Ella negó con la cabeza.
—Con el tiempo habría salido perjudicada. Los niños no saben odiar, y
no tienen por qué pagar por el odio de los adultos. Yo quiero que Nathalie
sea feliz.
—¿Y usted? —preguntó sin poder evitarlo—. ¿No quiere ser feliz?
—Soy feliz si Nathalie lo es —respondió, aunque a Ian le pareció un
comentario evasivo.
—¿Qué pasará cuando se vaya? ¿A dónde irá?
—Admito que no lo he pensado. Quizás a la otra punta del país. Me
inventaré un nombre nuevo y seré una respetable institutriz. Apuesto a que
con una referencia tan respetable como la de lord Wischesley conseguiré un
buen trabajo.
Lo que conseguiría, pensó Ian, sería un problema, a menos que trabajara
en la casa de una viuda sin hijos en edad de apetencia sexual.
—¿No ha pensado en regresar a la sociedad? Podría volver con su
familia. Podrían decir que la vida religiosa no fue para usted y...
—Un momento... ¿Vida religiosa?
Ian recordó que no le había mencionado esa parte de la historia.
—Para justificar su desaparición, su familia dijo que se había ido a un
convento.
Ella soltó tal carcajada que hasta Nathalie se giró para mirarlos.
—¿Un convento? Vaya, no se les puede acusar de falta de creatividad,
aunque sí de lógica. Pero supongo que era la opción menos escandalosa
para sacarme del mapa.
—Sí, por eso creo...
—No, lord Wischeley —interrumpió—. Lo que propone no va a
funcionar. Mis padres jamás me aceptarían, y aunque lo hicieran y lograra
casarme a la avanzada edad de veinticuatro años, no creo que llegue a ser
feliz así. No había nadie decente en ese mundo que me atrajera, y dudo que
lo haya ahora.
—Podría intentarlo.
Pero ella volvió a negar con la cabeza.
—No se preocupe por lo que vaya a ser de mi vida. Aprendí a cuidarme
sola, y eso seguiré haciendo. Por ahora, disfrutaré de estos momentos con
Nathaly.
«Y yo de estos con usted», pensó Ian.
La frase llegó de forma fugaz, como esos pensamientos que no se
comprendían hasta segundos después de haber sido creados, y cuando se
hacía, llegaba el horror, el preguntarse por qué había pensado algo así. Eso
fue lo que le sucedió, pero más que el horror por el pensamiento, le
sobrevino el espanto por saber que era cierto, que deseaba pasar todo el
tiempo que pudiera con ella. Que no quería que se marchara, y Dios sabría
la razón.
Con ironía, se dijo que debió haberse quedado en el trabajo. Después de
todo, siempre había sido su mejor arma para no pensar... y para no sufrir
con lo que no podía ser.
Capítulo 12
—¡Eres un descarado!
Kristen escuchó el grito mientras paseaba por el jardín. Localizó la voz
justo a tiempo para ver cómo Kitty propinaba una bofetada al joven que,
por lo visto, le acababa de robar un beso junto a la puerta de servicio. Dicho
joven era el señor Hawe, el ayuda de cámara del conde.
Intrigada y divertida por la cara de desconcierto del muchacho, Kristen
se escondió tras la esquina de la propiedad y los observó.
—¡Pero me has correspondido! —se quejó el joven, demostrando que no
entendía la razón de la bofetada.
—No es cierto —protestó Kitty—. Simplemente me has agarrado
desprevenida.
—Hemos estado casi un minuto besándonos.
—¡No es verdad! ¿Estás insinuando que soy fácil?
—No, por supuesto que no —se apresuró a decir él—. Yo solo... Es
decir, yo... eh... Creo que voy a recoger la ropa de milord.
Desapareció por la puerta de servicio y Kristen notó cómo Kitty lo
seguía con la mirada. Salió de su escondite para que la muchacha la viera.
—Señorita Beckett —dijo, sobresaltada, cuando notó su presencia—.
¿Usted... eh... lleva mucho rato ahí? —preguntó con timidez.
—El suficiente —respondió Kristen con una sonrisa.
—No se lo diga a mi abuela —suplicó—. Él me besó, y yo...
—Le respondiste. Por casi un minuto.
—¡No! Lo he abofeteado, como hace una dama decente.
Kristen se carcajeó.
—Las bofetadas pierden un poco de su efecto dramático cuando tardas
casi un minuto en propinarlas.
Kitty se encogió, avergonzada.
—Oh, señorita Beckett... Es complicado de explicar.
—Si quieres hablar con alguien...
Kitty no dudó en aceptar el ofrecimiento. Alentada, se acercó a Kristen y
empezó a hablar.
—Él no me agrada. Al menos, hay muchas cosas en él que no me
gustan, pero hay algo, no sé qué, que me...
—¿Atrae? —sugirió al ver que se quedaba sin palabras.
—Sí. Lo cual es muy raro, porque no me agrada. ¿Cómo puede atraerme
alguien que no me agrada?
—Es más frecuente de lo que crees —comentó Kristen, retomando el
paseo con Kitty a su lado—. Quizás, en el fondo, te gusta más de lo que
piensas.
—¡Claro que no! —se obstinó la joven—. Su impertinencia me irrita, su
descaro me enfada, y es algo arrogante. Por eso no puede ser posible que
me atraiga. Imagínese que se tratara de lord Wischesley y usted. ¿Sería
capaz de besarlo?
Kristen no pudo hacer más que lamentar la comparación, porque le trajo
a la mente el recuerdo de ese beso que tanto había querido olvidar. Si Kitty
supiera que la respuesta no haría más que confirmar sus miedos, quizás
dejara de usarlos a ellos como ejemplo y Kristen pudiera olvidarse de que
ella tenía el mismo dilema.
—Te voy a confesar algo, pero no comentes nada con tu abuela —le
dijo, bajando el tono de voz—. A veces, hay una atracción física que no
tiene nada que ver con lo emocional. Que te guste besarlo no significa que
te estés enamorada de él, o algo similar. Simplemente es deseo.
—Deseo —repitió Kitty, analizando sus palabras—. ¿Y cómo sé que es
solo eso? ¿Cómo sé que no...? —Hizo una mueca, como si le costara decir
las palabras—. ¿Cómo sé que no me está empezando a gustar?
Kristen lo pensó un momento.
—Sabrás que te está empezando a gustar cuando sus defectos dejen de
ser tan terribles.
Kitty analizó sus palabras por varios minutos. Kristen también pensó en
ellas, y ambas caminaron en silencio por un rato.
No era una experta en el amor, pero habiendo caído en sus garras en una
ocasión, podía decir con certeza que era una enfermedad que impedía ver
con claridad los defectos del otro, así que supuso que, cuando alguien
empezaba a verse mejor ante los ojos que antes lo habían despreciado, era
porque el sentimiento estaba haciendo de las suyas.
—Últimamente no me parece tan irritante —comentó Kitty, rompiendo
el silencio—, y a veces me hace reír. ¡Oh, Dios! Me está empezando a
gustar, ¿no es así? ¡Me está empezando a gustar alguien a quien odiaba!
¿No es eso terrible, señorita Beckett?
Kristen pensó que, visto desde un punto de vista lógico, era mejor odiar
antes de amar que enamorarse directamente, porque habiendo odiado se
conocían al detalle los defectos de la otra persona y el amor no podía
maquillarlos o excusarlos, sino simplemente aceptarlos. Sin embargo, no
fue eso lo que respondió, porque no pudo evitar aplicar la teoría a su propia
situación.
Ella también había empezado a ver con otros ojos a lord Wischesley, y
había aceptado su beso.
Entonces, eso significaba que...
—Sí, Kitty —murmuró, abstraída en sus pensamientos—. Es terrible.
***
—Señorita Beckett, milord quiere verla en su despacho —le dijo el
mayordomo apenas entró a la casa.
Kristen se extrañó. Era apenas mediodía, por lo que encontrar al conde
en casa a esa hora era igual de inusual que llegar al hogar y descubrir que el
rey estaba de vista. Aunque en los últimos cinco días lord Wischesley se
había mostrado menos evasivo, pues cenaba y desayunaba con ellas, desde
aquel día en el jardín no se le había visto antes de las ocho de la tarde en la
casa Kristen todavía no entendía por qué trabajaba tanto cuando era indigno
de alguien con su posición y el conde respetaba mucho las reglas.
Caminó con paso lento hacia el despacho, aún aturdida por la
conversación que había mantenido con Kitty y la inquietante posibilidad de
que él le empezara a gustar.
Pero ¿cómo era posible? Aunque no estuviera de trasfondo su historia
con Sarah, lord Wischesley no era la clase de hombre por el que podría
sentirse atraída. Demasiado serio, aburrido, exasperante, acostumbrado a
seguir lo que se esperaba de él sin importar las consecuencias. De haberlo
conocido en su primera temporada, lo habría ignorado. No obstante, y
quizás por su primera mala elección, Kristen ya no veía los anteriores
defectos como algo tan terrible. A lo mejor un hombre serio podía ser
divertido con la persona adecuada, y tenía otras virtudes, como la capacidad
de razonar con la cabeza fría y la responsabilidad. Esto último era debatible
en el conde, pero puesto que estaba decidida a darle puntos, Kristen tenía
que concederle que se había hecho cargo de Nathalie y estaba intentado ser
un buen padre.
Cinco años tarde, pero bien podría no haber aparecido nunca.
«Dios, sí me está empezando a gustar», musitó para sí, horrorizada. Ya
no lo veía como un hombre malvado, sino como uno que cometía errores e
intentaba rectificarlos. Un hombre que tenía cualidades. ¡Eso era terrible!
Ella no podía tener un futuro con él. Primero, porque estaba segura de que
él no la querría en su vida. Segundo, ¿no sería aquello una clase de traición
hacia Sarah? Ser feliz con el hombre que su hermana deseó parecía propio
de mentes retorcidas y envidiosas.
—Tranquila, Kristen —susurró mientras se detenía frente a la puerta—.
Pronto te irás, todo quedará en el olvido, y saldrás adelante. Siempre lo
haces.
Y con esa determinación, tocó a la puerta.
—Adelante —dijeron desde dentro.
Kristen entró y lo encontró sentado en tras el escritorio. Se fijó en que
sobre este había varios papeles y objetos ordenados con pulcritud, y cayó en
la cuenta de que el conde era de esos que adoraban el orden.
Esperaba que nunca se le ocurriera buscarla en su habitación, o sufriría
un infarto.
—¿Quiere hablar conmigo? —preguntó en tono despreocupado,
fingiendo que no había pasado nada, que no lo veía de forma diferente.
—Sí. —Firmó un documento que tenía enfrente, dejó la pluma en el
tintero y le prestó toda su atención—. No sé cuánto más tiempo podremos
seguir postergando el asunto de Nathaly.
Kristen se imaginaba que tarde o temprano volvería a tocar el tema.
Había intentado no pensar mucho en ello porque odiaba tener que tomar
una decisión tan complicada. Si tan solo Nathalie fuera mayor, la opción de
elaborar una mentira podría ser pasable. Nathalie podría entenderlo, e
incluso decidir qué quería para su vida.
Sin embargo, no era así. Ellos tendrían que decidir el futuro de la niña
aceptando las posibles consecuencias.
—¿Tan terrible sería presentarla como una bastarda? —preguntó
Kristen, tomando asiento. Sabía la respuesta, pero tenía la pequeña
esperanza de que las cosas pudieran arreglarse sin sumergirse en una
mentira permanente—. Es usted un hombre respetado, a lo mejor...
—Mi respetabilidad se irá en cuanto el rumor se esparza. Tal vez en
unos años el escándalo disminuya, pero ella quedará marcada para siempre.
Kristen suspiró con melancolía.
—Si le soy sincera, quisiera poder posponer esta decisión
indefinidamente.
—Eso no solucionará el problema.
—Oh, pero nos dará días de tranquilidad —dijo en un intento ponerle
humor al asunto. Tomó el tintero sobre el escritorio y empezó a juguetear
con él. Notó que el conde la miraba, como si temiese que fuera a lanzárselo
encima.
O quizás solo temía que le desorganizara todo.
—Y se perderá tiempo que se podría invertir en pensar detenidamente.
—En torturarse con la indecisión, querrá decir.
—Pero la decisión estará mejor fundamentada, no será tomada
impulsivamente.
—¿Acaso es eso tan malo?
—No sé. Dígamelo usted.
Kristen se envaró con la pulla y lo miró con rabia.
¿Cómo podía pensar que ese hombre le gustaba? ¡Si era odioso!
—Mejor dígame: ¿de verdad ha razonado todas las decisiones que ha
tomado en su vida? Porque yo podría mencionar algunas que debió pensarse
mejor.
Él resopló, pero tuvo la decencia de no replicar y mostrarse un poco
avergonzado.
Todo lo avergonzado que un hombre arrogante como él se podía
permitir.
—Lo lamento —dijo con sinceridad—. Este asunto me tiene un poco
alterado.
Kristen asintió para decir que lo perdonaba. Discutir no ayudaría a
resolver el problema.
—Solo sugería que evaluáramos las ventajas y desventajas de cada
opción.
—Pero si ya las sabemos —contestó con amargura—. Si decimos que su
hija es una bastarda estaremos diciendo la verdad, no tendrá que negar a su
madre, pero deberá afrontar el desprecio de la sociedad. En cambio, si
decimos que es su pupila, la aceptarán con reticencia y el coste será vivir en
una mentira. No hay mucho más que pensar.
—En realidad, sí —replicó él con ese ligero tono de superioridad que no
podía faltar en sus conversaciones. Era ese alumno petulante que siempre
tenía algo que decir en la clase—. Llegado el momento, Nathalie necesitará
a alguien que la presente en sociedad, alguien con influencias. Mi cuñada
podría hacerme el favor, pero lo ideal sería que lo hiciera mi esposa.
Kristen sabía qué estaba insinuando. Si se hacía pública la existencia de
una hija bastarda, le sería difícil conseguir una buena esposa. Habría alguna
que otra candidata desesperada, pero ninguna de linaje respetable. Para una
mujer era una humillación que el marido presumiese de hijos fuera del
matrimonio, y quienquiera que aceptara casarse con él probablemente no
vería con buenos ojos a Nathaly.
A Kristen se le encogió el corazón al imaginarse a su niña despreciada
por quien fuera la señora de la casa. Tendría que irse pensando en que el
conde la defendería de cualquier humillación, y eso era algo que todavía no
se atrevía a afirmar.
Quizás él estuviera enmendando sus errores, pero seguía siendo un
padre más bien ausente y muy apegado a las tradiciones.
—Quizás debería casarse antes de hacer pública ninguna información —
sugirió, aun sabiendo que eso no solucionaría los problemas que pudieran
surgir entre la niña y la mujer en el futuro. Por otra parte, la idea de
imaginarlo casado con otra le produjo cierta molestia que no quiso analizar
en profundidad.
—No creo que cuente con tanto tiempo. El cortejo es largo, y los
rumores de que hay una niña en mi casa no tardarán en salir.
—¿Por qué no se ha casado?
No era una pregunta que viniera mucho al caso, pero Kristen tenía
curiosidad, y la única vez que se la había hecho habían estado tan
enfrascados en una pelea que él no le había dado una respuesta concreta.
Dada su expresión, no parecía que en esa ocasión fuera a ser más
explícito.
—No lo sé —respondió.
Era una contestación ambigua, pero su tono decía que era la verdad.
—A lo mejor está buscando a la dama perfecta —lo pinchó Kristen,
creyendo que, si se tomaba el asunto del matrimonio con humor, dejaría de
causarle un sabor amargo en la boca—. Déjeme adivinar: bonita, educada,
de buena reputación, callada, seria, con habilidades para la música, la
costura y el arte; que sepa bailar, relacionarse, que nunca le replique y se
puedan pasar toda la cena sin comentar nada más que no sea el clima. Que
tenga buenas caderas para darle hijos, y, si no es mucho pedir, que pueda
convertir el plomo en oro. Eso es lo que suelen buscar en una mujer, ¿no?
Él arrugó el ceño, disgustado por su sarcasmo, y Kristen se limitó a
sonreír.
Le gustaba reírse a su costa, lo admitía.
—O, a lo mejor, busca todo lo contrario —susurró. Guiada por una voz
perversa, se levantó y se inclinó sobre el escritorio para que sus rostros
quedasen a escasa distancia—. Quizás está cansado de la perfección y desea
a una mujer que rompa las reglas, que lo haga reír y ponga su mundo de
cabeza, pero no lo admite por miedo al qué dirán.
Observó que él tragaba saliva. Escuchó una voz en su cabeza que le
advertía sobre que jugaba a un juego peligroso, pero no se amilanó.
—¿Es eso, milord?
Su respiración se aceleró, o tal vez fue la de ella. ¿Qué importaba?
Kristen no podía hacer más que mirarlo a los ojos, cautivada de una forma
en que no lo estaba desde hacía tiempo.
—No sé lo que busco —susurró él con voz ronca, diferente a la suya.
Por un momento, Kristen creyó que algo se había apoderado de él,
obligándolo a admitir verdades que en su sano juicio no admitiría.
Entonces, ella quiso besarlo. Se acercó más, y él también se inclinó
hacia ella, como si una fuerza invisible los tuviera empujando. Quiso volver
a posar sus labios en los de él y ver si era tan bueno como se lo había
imaginado, pero entonces, le sobrevino la desagradable idea de que esa
atracción era más que física y se alejó, segura de que, si lo besaba, sería su
perdición.
Porque ya no podría negarlo. No podría alejar el sentimiento.
Trastabilló hacia atrás, aterrorizada por el rumbo de sus pensamientos.
—Discúlpeme, pero le prometí a Nathalie que le enseñaría unas cosas.
¿Le importaría que continuáramos con esta conversación después?
No esperó respuesta. Se dirigió a la puerta, guiada por la necesidad de
tomar aire, así se aclararía las ideas.
—Señorita Beckett...
Kristen jamás se había considerado una cobarde, pero, desestabilizada
como estaba, no logró reunir la valentía suficiente para girarse a mirarlo,
aunque odiaba la idea de que él viera que podía volverla vulnerable.
—Nos vemos en la cena —dijo antes de salir.
Regresó al jardín y paseó por los mismos lugares por los que había
paseado con Kitty hacía un rato. Dejó que le aire fresco le calmara los
nervios, pero no pudo quitarse de la cabeza la inquietante idea de que ya no
recuperaría la calma.
No mientras él estuviera en su vida.
Capítulo 13
—¿Cuándo vamos al parque?
Ian bajó con lentitud la taza de café que estaba tomando y miró de
soslayo a la señorita Beckett, que ocultaba su cara con su propia taza y no
parecía que fuera a intervenir. Supuso que habían pasado demasiados días
sin que Nathalie sacase el tema, y él casi había deseado que, como todo
niño, olvidase el asunto. Pero era él quién había olvidado lo persistente que
se podía ser a los cinco años, o, por lo menos, lo persistente que era ella.
—Sucede que...
—Me prometiste que me llevarías —se quejó la niña, previendo su
negativa—. Hace una semana —especificó.
Y además de persistente, con buena memoria.
Volvió a mirar a la señorita Beckett y notó que el brillo de sus ojos
estaba apagado por cierta culpabilidad. Bueno, en parte sí era su culpa, pues
huyó cuando intentaron decidir el futuro de la niña y en los últimos dos días
le había dado largas para no quedarse a solas con él, y, cuando eso sucedía,
actuaba como si nada hubiera pasado.
Ian no podía culparla. Él también fingía que no había querido volver a
besarla, que no había quedado hechizado con su mirada ni cautivado con su
cercanía. Era más fácil simular que nada había pasado que preguntarse el
porqué de esa atracción incontrolable. Podría seguir diciéndose por un
tiempo la excusa de que había pasado demasiado sin una mujer, pero si
seguía así, dudaba que pudiera creerla por mucho tiempo. Era un hombre
adulto, capaz de controlar sus impulsos y de pararlos cuando sabía que algo
no debía ser. A esas alturas no debería perder el sentido común apenas ella
se acercaba demasiado, o cuando tenía a la vista sus labios carnosos...
—¡Papá! —chilló Nathaly.
Ian parpadeó.
Tampoco debería abstraerse en sus pensamientos mientras estaba
hablando con su hija.
—No podemos ir todavía al parque —le dijo.
La niña no ocultó su desilusión, y él sintió que se le formaba un nudo en
el pecho.
La señorita Beckett tenía razón. Si decidían ocultar sus orígenes, haría
falta valor para intentar explicárselo a Nathaly.
—Pero podemos ir a otro lado —comentó sin pensarlo demasiado. Ver
sus ojos aguarse era demasiado para él—. ¿Sabes montar a caballo?
Nathalie se limpió una lágrima que se había deslizado por su mejilla y lo
miró con curiosidad.
La señorita Beckett hizo lo mismo.
—No —respondió—. ¿Vas a enseñarme?
—Tengo una casa en las afueras de Londres, a tres horas de aquí. Hace
poco nació un potrillo que quizás puedas montar. Podemos ir después del
desayuno y pasar el día allí, ¿te parece?
—¡Sí! —exclamó con entusiasmo infantil—. ¿Lo has oído, tía Kris?
¡Papá me va a enseñar a montar!
—Lo he escuchado —respondió ella, observándolo de esa manera que lo
hacía sentirse vulnerable, como si viera a través de él—. Me alegro de que
vayáis a pasar el día juntos.
Nathalie detuvo el avance del tenedor a su boca y tragó con fuerza para
poder hablar.
—¿No vienes?
—Por supuesto que viene —respondió él antes de que ella pudiera abrir
la boca—. ¿Qué motivo tendría tu tía para no acompañarnos?
La mirada de ella cambió a una más hostil, pero no lo contradijo.
Aunque a él también le encantaría seguir fingiendo que mantenían una
relación cordial, nunca había sido de los que posponían las cosas. Tarde o
temprano tendrían que volver a enfrentarse, con todos los riesgos que eso
implicaba.
Mientras las damas se arreglaban, Ian mandó un sirviente a caballo para
que notificara su visita en la casa. Este parecía sorprendido por la decisión
tan apresurada, pues bien era sabido que el caballero organizaba su vida de
forma tan perfecta que nunca aparecía en un lugar sin haberlo contemplado
con, mínimo, dos días de antelación. Esa clase de planes improvisados
jamás habían formado parte de su rutina, y solía irritarse cuando
imprevistos le desorganizaban la agenda. Ian también estaba asombrado: no
tanto por la decisión, sino porque se sentía relajado en lugar de irritado.
Posponer los compromisos de ese día no le había supuesto un sacrificio
porque tenía el presentimiento de que pasarían una tarde agradable, de esas
que no se permitía desde hacía mucho tiempo. Además, Nathalie tenía la
peculiar habilidad de hacer que sus responsabilidades quedasen en segundo
plano.
Esperaba que nunca se diera cuenta de que tenía ese poder sobre él.
Llegaron a la propiedad cuando el sol estaba en su punto más alto,
alrededor de las doce del mediodía. Nathalie saltó del carruaje con la
agilidad que solo se podía tener a esa edad y miró a su alrededor,
embelesada. La casa no era tan grande, pues Ian se quedaba allí muy de vez
en cuando, pero los campos eran amplios, ya que se usaban para la cría y
doma de caballos purasangre.
El mayordomo y el ama de llaves los recibieron en la entrada e Ian les
encargó que preparasen un refrigerio para comer en la tarde. Haciendo gala
de la discreción por la que se les pagaba, nadie comentó sobre la niña que
iba de un lado a otro mirando el vestíbulo con entusiasmo, ni tampoco sobre
la dama que, erguida, actuaba como si todo aquello fuera normal.
Después de enseñarles brevemente la casa, las llevó hasta los establos.
Era una construcción grande que albergada unos veinte caballos. Roger, el
encargado de las caballerizas y su mejor criador, se acercó. Era un hombre
de unos sesenta años que trabajaba allí desde que Ian tenía memoria.
Su mayor cualidad era que nunca hacía demasiadas preguntas.
—Milord —dijo, haciendo una inclinación de cabeza—. He conseguido
una silla adecuada para montar al potrillo.
Nathalie chilló, Ian creyó que por la noticia, pero al buscarla con la
mirada, notó que intentaba alcanzar con sus manitas la cabeza de una yegua
blanca que se había acercado a olisquearla.
La yegua le facilitó la tarea y se inclinó hasta que ella pudo acariciarla.
—¿Qué esperas para traerlo? —preguntó, sin despegar la vista de la niña
—. Creo que alguien está ansiosa.
—Si, milord —respondió el hombre con una sonrisa en los labios, una
parecida a la que tenía el mismo Ian—. Ya lo traigo.
—¿Otro de tus negocios? —preguntó la señorita Beckett, apareciendo a
su lado. Miraba a su alrededor con curiosidad.
—Podría decirse que sí.
—Si le pidiera que me describiera todos los negocios que tiene...
¿terminaríamos hoy?
—A lo mejor la semana próxima.
Ella sonrió. Ian también.
Roger se acercó con un potrillo blanco de cresta rubia que atrajo de
inmediato la atención de la niña. La yegua que acariciaba resopló,
indignada por haber perdido su atención, y volvió a esconderse en el
establo.
—¿Es para mí? —preguntó Nathaly, acariciando con facilidad la cabeza
del potrillo, pues este era apenas un poco más grande que ella.
—Sí así lo quieres...
Nathalie volvió a chillar de alegría.
Roger carraspeó para llamar su atención. Ian se acercó a él, y el criador
le dijo en voz baja:
—Creo que es conveniente recordarle a milord que invertimos mucho
tiempo en ese potrillo. Sus padres no querían emparejarse, y...
—Dime una cosa, Roger —interrumpió Ian, sin quitarle la vista de
encima a Nathaly—. ¿Serías capaz de decirle que no?
Y el criador no puso más objeciones.
Nathalie llamó al caballo «Pastel», basándose en una lógica inentendible
para un adulto. Caminaron hasta el campo donde solían entrenar los
caballos e Ian le enseñó cómo subir y bajar del animal. Era una niña lista y
aguerrida, como sus parientas, pues no se amilanó ante los relinchos del
animal ni por sus movimientos bruscos. Se le daba bien mantener el
equilibrio, y estuvieron paseando de un lado a otro durante una hora. Ian
caminaba a un lado dando indicaciones, y la señorita Beckett caminaba por
el otro, observando en silencio.
Se preguntó en varias ocasiones si sabría montar, o si le gustaba. A las
damas de alta cuna se les solía enseñar a cabalgar con elegancia para poder
mostrar sus encantos en Hyde Park, pero muchas detestaban a los animales.
Otra hora después, Nathalie jadeaba de cansancio, pero cuando Ian le
sugirió parar, se negó.
—Podemos venir otro día —le dijo él.
—Quiero seguir —insistió.
—A lo mejor quieres ver a los otros caballos —sugirió Roger, acudiendo
en su auxilio—. Hay muchos, todos muy bonitos y grandes.
Nathalie no pudo evitar considerar con curiosidad la ofertas.
—¿Muchos? ¿Bonitos y grandes?
—Sí —dijo el hombre con una sonrisa amable—. Si quieres, yo te los
puedo enseñar.
—Es una buena idea —accedió Ian cuando la niña lo miró en busca de
permiso.
—Pero regresaremos y me seguirás enseñando a montar, ¿verdad?
Su tono suplicante, casi temeroso, le desveló a Ian la verdadera razón
por la que no quería parar: deseaba seguir pasando tiempo con él. De nuevo,
sintió esa sensación incómoda en el pecho, una mezcla de ternura,
culpabilidad y compromiso hacia ella.
—Sí.
—¿Me lo prometes?
Ian era consciente de que, si comprometía su palabra, no solo el honor lo
obligaría a cumplirla, sino que Nathalie insistiría hasta que él no pudiera
negarse y dejara de nuevo su trabajo abandonado solo para complacerla.
Era una locura, incluso una tontería, pero...
—Te lo prometo.
Ella asintió, conforme, e Ian la ayudó a bajar del caballo. Sin dudarlo,
tomó la mano de Roger para que la llevara con los caballos.
El gesto pareció no solo confundir al anciano, sino enternecerlo.
—Milord —dijo Roger, volviéndose durante un momento—.
Relámpago ha estado inquieto desde que llegó y sintió su olor. Quizás
querría...
Ian asintió.
—Pide que me lo ensillen. Señorita Beckett, ¿le gustaría dar un paseo?
Una señorita decente se hubiera negado. Ella no llevaba traje de montar,
y dados sus últimos encuentros, Ian ni siquiera debería haber hecho la
pregunta. En realidad, pensó que se negaría, o, al menos, lo pensaría: por
eso se sorprendió cuando se encogió de hombros con indiferencia y le
sonrió.
—¿Por qué no? —respondió—. Será divertido.
—Mandaré ensillar una yegua para la señorita —asintió Roger ante el
gesto de Ian.
—No es necesario que sea mansa —añadió Kristen, con esa sonrisa de
niña traviesa que Ian temía y adoraba a partes iguales.
—Que le ensillen a Queen.
Un mozo de cuadras regresó poco después sujetando en una mano las
riendas de un caballo árabe, negro como el pecado, que empezó a agitarse
en cuanto tuvo a Ian en su campo de visión. En la otra mano llevaba la
misma yegua que Nathalie había acariciado con anterioridad. El animal
caminaba con altivez, mirando de un lado a otro con lo que parecía
indiferencia, si es que tal sentimiento podía reflejarlo un caballo.
Ian tomó las riendas de Relámpago y el mozo de cuadras dejó a Queen
frente a la señorita Beckett. Esta no dudó el acercarle su mano para que la
olfateara. La yegua se demoró unos segundos, luego alzó una cabeza,
relinchó, y se puso de lado.
—Te da permiso para que la montes —le comunicó Ian mientras subía a
su propio caballo.
Un caballero la habría ayudado a subir, pero tal y como había supuesto,
la señorita Beckett era más que diestra en esa habilidad. Se montó en la
yegua con la misma agilidad con la que hacía todo y, al estar a horcajadas,
el vestido se subió de tal forma que dejaba a la vista más de media
pantorrilla.
Ian apartó la mirada.
—¿Echamos una carrera hasta la arboleda? —sugirió ella, señalando
con la cabeza la línea que formaban los arboles a unas doscientas yardas de
distancia. Por la forma en que manejaba las riendas y hacía andar al caballo
de un lado a otro, era una experta en equitación.
A Ian ese tipo de competencias siempre le habían parecido un poco
absurdas, por no decir una gran pérdida de tiempo, pero puesto que ya había
perdido el día y era difícil resistir a la tentación de esa sonrisa provocadora,
asintió.
Se colocaron el uno junto al otro, y a la cuenta de tres, tiraron de las
riendas.
Mientras corrían, Ian no pudo dejar de notar cómo el viento le zafaba
algunos mechones de cabello, o cómo su sonrisa iluminaba su rostro,
haciendo que pareciera un hada del bosque que volaba con alegría sobre su
territorio. Pero lo más perturbador seguían siendo sus piernas, pues,
inclinada hacia adelante, se veía aún más el contorno de las pantorrillas
apenas cubiertas con el fino tejido de las medias. La mirada de Ian se veía
atraída por ellas cada pocos segundos, como una abeja por la miel, hasta
que hizo un mal movimiento con las riendas, Relámpago se encabritó y
perdió valiosos segundos recuperando el control.
Para cuando llegó a la meta, ella ya estaba allí, y en lugar de tener una
expresión de triunfo, sus ojos brillaban acusadores.
—Me ha dejado ganar —protestó, tan ofendida que cualquiera diría que
acababan de hacerle una propuesta indecente—. No era necesario. Soy
perfectamente capaz de participar en una competencia justa.
—No lo dudo —replicó con sequedad, molesto por el rumbo que habían
tomado sus pensamientos durante la carrera—. No ha sido a propósito. Me
he distraído pensando en algo.
Como no era mentira, no había nada que delatara la afirmación como
tal, así que ella no pudo rebatirlo.
—¿Trabajo? —aventuró, bajando de la yegua de un brinco.
Ian asintió mientras la imitaba, y se cuidó de que ella le viera el rostro
para que no descubriera que mentía.
—¿Sabe? Me sorprende que haya sido capaz de hacer algo como esto.
—Últimamente me dice mucho esa frase. ¿Puedo saber qué nueva
cualidad le he revelado?
No pudo evitar hablar con cierto sarcasmo, pero si ella se dio cuenta —
que lo más probable era que sí—, lo ignoró.
—Esto. —Señaló a los caballos, y luego al establo—. Tomarse un día
libre para pasarlo con Nathaly, enseñarla a montar... Espero que no le haya
supuesto un sacrificio muy grande.
Y ahí estaba: la venganza por su sarcasmo había sido una réplica igual
de sarcástica.
La señorita Beckett no era de las que perdonaban nada.
Ian no contestó. Guio a su caballo a través de la arboleda, y notó cómo
ella lo seguía sin preguntar. Parecía absorta en sus pensamientos, intentando
encontrar la respuesta a algo.
—Nunca me respondió por qué trabaja tanto —comentó de pronto.
—Me ayuda a no pensar.
El silencio ante la declaración le indicó a Ian qué había entendido ella.
La afirmación, aunque hubiera sonado ambigua, era bastante clara cuando
se tenía el contexto adecuado, y la señorita Beckett era lo suficientemente
lista para saber que lo único en lo que quería evitar era pensar en los errores
del paso y las decisiones mal tomadas.
Atravesaron los árboles y llegaron a un pequeño claro por donde pasaba
un río. Los caballos se acercaron a beber y la señorita Beckett observó todo
a su placer.
—Quizás haya llegado el momento de delegar la responsabilidad —
sugirió en voz baja y amable. Ni siquiera parecía la de ella, sino la de una
amiga que daba buenos consejos—. De afrontar la vida... y disfrutarla.
—¿Cómo sabe que no la disfruto?
Ella se carcajeó. Él debería haberse ofendido, pero le era imposible
enfadarse a causa de un sonido tan dulce.
—¿Es necesario que responda? ¿Cuántas veces se ha tomado un día
libre? ¿En cuántas ocasiones ha venido a este lugar tan bonito solo para
pasear?
Él no respondió. Ella se acercó y le sonrió con dulzura.
—La vida pasa muy rápido, lord Wischesley. Un día se pone a pensar y
se da cuenta de que los buenos momentos son, en realidad, muy pocos.
Ella caminó hasta la yegua, que había dejado de beber y olisqueaba el
terreno en busca de buena hierba para comer, y le acarició la crin. Ian
observó su sonrisa de alegría, sus ojos libres de barreras defensivas, y se dio
cuenta de que estaba contemplando a la Kristen Beckett que había sido
durante sus mejores años: feliz, despreocupada, concentrada en disfrutar del
mundo sin darse cuenta de que el mundo disfrutaba de ella.
—¿Sabe? —le comentó cuando llevaban a los caballos de regreso al
campo—. No creí que aceptaría mi propuesta de pasear.
Ella no fingió que no había entendido la indirecta. Al contrario: lo miró
a los ojos y él pudo ver el remolino de sentimientos y confusión que
atormentaba su mente.
—Huir es de cobardes, y no me gusta considerarme así —confesó, y se
detuvo frente a él—. Lo mejor sería fingir que no pasó nada.
—Así es —concordó, aunque lo mejor no siempre era lo que se deseaba.
—Pero no sé cuánto tiempo sirva —continuó. Se acercó hasta que
estuvieron a un solo paso de distancia—. Es muy frustrante, ¿sabe? Fingir
que no pasa nada cuando mi piel cosquillea si lo tengo cerca.
Era una confesión atrevida, que provocó que la sangre de él se calentase
hasta un nivel peligroso.
—Fingir que no sucede nada cuando sus labios me llaman —concordó
él.
—Cuando mis ojos lo buscan.
—Cuando sus ojos se posan en los míos y me sumergen en un
encantamiento.
No sabía de dónde venían las palabras. Jamás había sido un hombre
expresivo, ni mucho menos romántico, pero no era él quien hablaba, sino
una voz interna cansada de ser silenciada, ansiosa de expresar en voz alta
sus deseos más profundos con la esperanza de que alguien los cumpliese.
—Supongo que podemos seguir fingiendo hasta que nos convenzamos...
O hasta que lo olvidemos.
Pero Ian ya no razonaba. Incluso su voz resultaba una tentación.
—O podemos hacer esto.
Y la besó.
Ella no se resistió. Ni siquiera hizo amago de evitarlo. Se entregó como
si hubiera estado toda una vida esperando ese beso.
Ian perdió el control. La atrajo hacia su cuerpo y liberó la pasión
reprimida, devorando su boca, aceptando todo lo que ella quería darle y
pidiendo más. Sentía que algo lo estaba consumiendo por dentro, y ella era
la única cura.
La apretó contra él. Ella se aferró a sus cabellos, atrayéndolo a su boca,
deseando una fusión imposible.
Sus manos cobraron vida propia: recorrieron la cintura femenina, el
borde de sus pechos, y bajaron a su trasero cuando el aire se volvió
irrespirable.
Aunque sus bocas se separaron, sus frentes quedaron juntas.
—Esto sigue sin estar bien —musitó ella.
No sonaba arrepentida, más bien resignada. Era el pecador que había
aceptado sus deseos más oscuros, pero no por eso los justificaba, porque
justificarlos significaría la condena eterna.
—Creía que le daban igual las normas impuestas por la sociedad.
—Me dan igual —confirmó. Tuvo el valor de dar un paso hacia atrás—.
No está bien por otros motivos.
Ian sabía que tenía razón. Sabía que, fueran cuales fuesen los motivos de
ella, él podría agregar otros a la lista si se ponía a pensar con detenimiento
en su situación. El problema era que no podía pensar, y dudaba que pudiera
hacerlo mientras ella estuviera cerca.
—¿Una carrera de vuelta? —preguntó para aligerar la tensión, para
seguir fingiendo que no había pasado nada.
Ian esperaba reunir energía suficiente para fingir él también, pero le
tomaría un tiempo, al igual que le tomaría unos minutos enfriarse para
montar al caballo con comodidad.
—Otro día. Adelántese. Yo iré enseguida.
Ella asintió. Tampoco tenía energías suficientes para actuar por mucho
tiempo.
Mientras la observaba alejarse, Ian se preguntó qué clase de hechizo
hacía que la deseara con locura, que se deleitara con su risa y fuera feliz al
verla feliz. Se cuestionó qué diablos le pasaba, y, lo más importante, si
podría volver a la normalidad algún día.
***
Cuando regresó, las encontró sentadas sobre una de las mantas que habían
traído, con una canasta llena de refrigerios preparados improvisadamente
por la cocinera. Había pan, frutas, queso, mermelada y unas galletas de
chocolate.
—Papá, ¡tienes que probar esto! —exclamó Nathalie apenas lo vio
llegar, y le extendió una de las galletas.
Ian tuvo que inclinarse para sostenerla, y como se veía ridículo parado
frente a las dos mujeres, se sentó junto a ellas. La canasta formaba una
barrera entre la señorita Beckett y él.
Mordió la galleta ante la mirada insistente de Nathaly.
—Deliciosas, ¿verdad?
—Sí.
Aunque ningún alimento podría quitarle de la boca el sabor de los labios
de la señorita Beckett.
—Me ha gustado este día —declaró la niña, zampándose otra galleta.
Ian se preguntó cuántas habría ingerido ya, y cuántas era conveniente dejar
que comiera—. Ha sido mejor que el parque.
—Me alegra escucharlo —dijo Ian, esperando que se le olvidara esa
visita pendiente.
—¿A ti te ha gustado, tía Kris?
La aludida sonrió.
—Sí, cariño.
Pero él no pudo deducir si mentía o no.
Pasaron la siguiente hora comiendo. Nathalie le pasaba todo lo que le
parecía rico, y aunque Ian no tenía hambre, se lo comía. Hubo un momento
en el que le quedó una mancha de mermelada cerca del labio y la niña se la
limpió con una risita. Eran ese tipo de gestos los que indicaban que la
inocente criatura le acababa de dar toda su confianza, algo que, para Ian,
conllevaba más responsabilidad de lo que la gente creía.
Cuando ya habían terminado, se quedaron allí, sentados, y él escuchó
cómo la niña relataba su visita a los establos mientras ellos estuvieron de
paseo. Un tema llevó a otro, y la niña se reía cada tanto por algún
comentario propio de la señorita Beckett. Él participó poco, pero lejos de
sentirse incómodo allí, sentado sin hacer nada y solo escuchando, se sentía
relajado, como no hubiese nada más importante.
Como si el sentido de su existencia fueran esos momentos.
Parecía haber una armonía perfecta entre los tres, y se preguntó si sería
igual de grato cuando la señorita Beckett se marchara. Él no había querido
pensar en ello, pero ahora que lo hacía, la respuesta estaba muy clara: no
sería lo mismo. Su ausencia se haría notar como la última pieza faltante de
un rompecabezas, condenando a la imagen a permanecer incompleta hasta
que ella regresara.
La señorita Beckett estaba, en cierta forma, loca, pero tenía algo que la
hacía especial, y él era reacio a despedirla. Seguramente Nathalie también
lo sería.
No pudo hacer menos que reírse de sí mismo, pues hacía unas semanas
habría dado lo que fuera por sacarla de su vida y, en ese momento, deseaba
que pudiera quedarse. A lo mejor porque era de mucha ayuda con Nathaly,
o, quizás, solo disfrutaba cumpliendo la penitencia de contemplarla.
Como fuera, sabía que su partida no lo dejaría indiferente.
Fue entonces cuando su cerebro empezó a funcionar, y siguiendo el
mismo mecanismo que usaba para encontrar soluciones, tuvo una idea que
podría llevar a la resolución del problema.
Capítulo 14
Llegaron a la casa alrededor de las siete de la tarde. Kristen estaba agotada,
pero era esa clase de agotamiento que hacía que el cuerpo se sintiera
satisfecho en lugar de cansado. Era la prueba de que habían pasado un buen
día, a pesar de las confesiones repentinas.
Kristen no se arrepentía de ellas. Tuvo la necesidad de decirlo y así lo
hizo, y ahora se sentía más aliviada. Ya no se mentía a sí misma, aunque
nada de eso solucionara el problema. Quizás no debió aceptar su beso, pero
no creía poder haberse negado. Había algunas cosas que era mejor aceptar,
aunque se supiese que no estaban bien, y esa era una de ellas.
Qué pasaría en el futuro era un debate que dejaría para después.
—Milord —dijo el mayordomo, bloqueándoles el paso. A Kristen le
daba la impresión de que estaba más serio que de costumbre—. Hay un
visitante que está esperando desde hace unrato .
—No es hora de visitas —respondió lord Wischesley con el ceño
fruncido.
—En realidad —continuó el mayordomo—, se ha presentado aquí
queriendo ver a la señorita Beckett.
Le dirigió una corta mirada a Kristen para reafirmar lo dicho y después
volvió a centrar su atención en el conde.
Kristen sintió que palidecía.
¿Quién podía estar buscándola? No había nadie que tuviera interés ella.
—Creí haber dejado claro que la presencia de la señorita Beckett en esa
casa debía ser manejada con discreción —gruñó el conde.
—Así es, milord. Por eso le informé al visitante que no sabía de quién
me hablaba, pero entonces insistió en hablar con usted. Yo le notifiqué que
usted no estaba y no sabía cuándo llegaría, pero ha insistido en esperarlo.
Lleva aquí casi dos horas, y ha ignorado mis sugerencias de que regrese en
otro momento. No he querido armar un escándalo sacándolo por la fuerza,
pero si es lo que milord desea...
—¿Ha dicho cómo se llama? —preguntó Kristen, incapaz de soportar la
incógnita.
—No, señorita. Se ha negado, pero es un caballero joven, bien vestido,
y... —Titubeó antes de seguir, y sus mejillas enrojecieron un poco. Era una
reacción preocupante de alguien acostumbrado a permanecer siempre
estoico—. Ha dicho que la conoce desde hace muchos años y que ha tenido
el placer de disfrutar de «momentos íntimos» en su compañía.
Kristen jadeó. No pudo evitarlo. Era una descripción que dejaba poco a
la especulación.
Pero ¿qué podía querer él de ella? Ya se lo había quitado todo. Ni
siquiera tenía un nombre que proteger.
—Tía Kris, ¿estás bien? Te has puesto pálida.
Kristen se obligó a respirar hondo. El miedo dio paso a la rabia.
Si él creía que podía regresar a arruinarle de nuevo la vida, estaba
equivocado.
—Sí, cariño. ¿Por qué no subes para que Hannah te ayude a cambiarte
para la cena?
—La señora Thompson no se encuentra aquí, ni su nieta ni su esposo.
Dijo que visitaría a una hermana y que usted les había dado el día libre.
Era cierto. Kristen lo había olvidado.
—Quizás sea mejor que usted acompañe a Nathaly, señorita Beckett. Yo
atenderé al invitado.
—No —musitó, decidida. Si lo que planeaba era amedrentarla, Kristen
le iba a demostrar lo poco que la conocía—. Nathaly, espérame arriba.
—Pero tía Kris...
—Yo iré en un momento —le aseguró.
La niña la miró con duda, pero hizo caso. Kristen intentó controlar la
rabia que le bullía en la sangre, pero le fue imposible. Los oídos le pitaban,
las viejas afrentas llegaban exigiendo venganza, y solo pudo tomar un
candelabro y caminar con paso decidido a la sala de visita.
—¡Kristen! —exclamó lord Wischesley, entre la sorpresa y el horror.
Ella no le hizo caso y caminó aún más rápido para evitar que él la
alcanzara.
La puerta del salón de visitas estaba abierta. Un hombre delgado estaba
parado con desenfado frente a la ventana, dándole la espalda.
—¿Cómo te atreves? —chilló Kristen, alzando el candelabro de forma
amenazante—. Juro que...
El hombre se giró en ese momento y su rostro le robó las palabras.
Ella conocía ese rostro, y no era el que había esperado.
—Kristen, hermana. Cinco años sin saber de ti, ¿y ese es el recibimiento
que me das?
—Kevin —musitó entre la incredulidad, el enfado y la alegría.
Alguien carraspeó a su lado y se dio cuenta de que era lord Wischesley,
que los miraba al uno y al otro alternativamente. A lo mejor buscaba la
semejanza entre ellos para verificar la afirmación de la visita, pero
considerando que Kristen era igual que su madre y Kevin tenía los cabellos
negros y los ojos azules del barón, era difícil deducirlo.
—¡Oh, Kevin! —exclamó ella, saliendo de su estupor. Arrojó el
candelabro al suelo y se lanzó a los brazos de su hermano menor—. ¡Cómo
has crecido! ¿Cuántos años tienes ya? ¿Veintiuno? La última vez que te vi
tenías dieciséis. —Se separó para verle mejor el rostro. Definitivamente era
su hermano pequeño, solo que su cara había perdido la dulzura juvenil para
adquirir la rudeza de la adultez—. Te he extrañado tanto, y...
Le pellizcó el brazo.
—¡Auch! —se quejó el benjamín de los Beckett—. Vaya forma de
demostrar cariño.
—¡Eres un desgraciado! —le espetó, enfadada—. Sabías lo que pensaría
cuando le diste esa descripción al mayordomo. Debería haberte lanzado ese
candelabro.
Él no se mostró ni un poco avergonzado.
—¡Pero si no he mentido! —se defendió con una sonrisa inocente—. Te
conozco desde hace años y hemos vivido momentos íntimos juntos. ¿No te
acuerdas de aquella vez que nos escapamos de la institutriz y nos pasamos
toda la noche en la casa abandonada del bosque? O en aquella otra ocasión,
cuando le escondimos la ropa a Hector mientras se bañaba en el lago. Yo
diría que esos son momentos íntimos.
Kristen estaba tan feliz de verlo que decidió perdonársela. Después de
todo, Kevin siempre había sido así. Le fascinaba contar verdades a medias
que cautivaran en los receptores. Su don era manejar las palabras de tal
modo que, cuando narraba una historia, a las personas les era difícil
descubrir qué era verdad y qué era ficción.
Incluso un desayuno en familia podía ser un relato fascinante si era
Kevin Beckett el que lo contaba.
—Yo soy el que tiene el derecho a molestarse —continuó—. Cinco
años, y ni una carta para informar a tu hermano de que estabas bien.
Kristen admitió que él tenía razón y se sintió culpable.
Cuando se marchó estaba tan desesperada por alejarse de esa vida que
no pensó en las consecuencias, ni en cómo su ausencia podría afectar a Kev,
que, por aquel entonces, estaba en Eton. A decir verdad, había tenido miedo
de que su hermano la rechazara cuando se enterase de la verdad, tal y como
habían hecho su padre y Hector. Kev había sido el único con el que había
formado un vínculo en esa casa, aparte de Sarah.
Kristen no hubiera podido soportar su rechazo.
—En el convento no las permitían —bromeó.
—Oh, el convento. La historia más absurda que he escuchado en mi
vida.
Kristen sonrió.
—¿Por qué? Todo mortal puede sentir de pronto el llamado de Dios.
—A menos que Dios te llamara durante las siestas que echabas en los
servicios del domingo, dudo mucho que hayas sido una de las elegidas.
Ella soltó una carcajada.
—Ni siquiera supieron decirme el nombre del convento —continuó él
—. La parte esencial de una buena historia es estructurar cada uno de los
detalles. Al final presioné tanto a Hector que tuvo que contarme toda la
verdad.
—¿Toda?
—Toda —confirmó él.
Kristen no percibió ningún rastro de reprobación en las palabras de su
hermano, así que el nudo que tenía en el pecho desde que lo había visto se
disolvió. Debió haber sabido que Kev nunca la juzgaría. No él, que había
sido su fiel compañero en la infancia, su defensor más aguerrido y la única
figura masculina que no la veía como un objeto.
Kev tenía una visión muy amplia del mundo y prefería tomarse las cosas
con humor.
Un carraspeo llamó su atención, y Kristen recordó que no estaban solos.
—Oh, perdóneme, lord Wischesley. Permítame presentarle a mi
hermano, Kevin Beckett.
El conde inclinó la cabeza en señal de reconocimiento y su hermano
hizo lo mismo. Se analizaron mutuamente, como buscando en la apariencia
las preguntas que aún no habían formulado.
—Lord Wischesley, encantado. Me causa curiosidad, Kris: ¿has estado
aquí todos estos años? ¿Cómo es que no se ha filtrado la información?
—Por supuesto que no, Kev. Es una larga historia.
—Oh, no hay problema. Tengo… —Sacó un reloj de bolsillo para
comprobar la hora— hasta que nuestros padres se den cuenta de que tienen
otro hijo aparte de Hector. Eso nos deja mucho tiempo.
Sonrió para quitarle seriedad a la declaración. Su sentido del humor
también se extendía a asuntos delicados, lo que volvía sus chistes
inoportunos en muchas ocasiones.
—Primero dime, ¿cómo nos has encontrado?
—Esa sí que es una larga historia.
Caminó hasta donde estaban los asientos y se sentó en una pequeña
butaca color vino. En la mesita del centro había un servicio de té y una
bandeja de galletas vacía.
Kristen y el conde tomaron asiento frente a él. Kev puso esa cara que
indicaba que buscaba la mejor forma de contar la historia, lo que a su vez
significaba que oirían una versión más detallada de lo necesario.
—Salí de mi casa como a eso de las nueve de la mañana, y me di cuenta
de que hacía un día precioso, como muy pocos. El cielo estaba despejado, la
brisa me golpeaba la cara, y me dije: «Kevin, ¿por qué no dar un paseo por
Covent Garden?».
—¿No hubiese sido Hyde Park una opción menos... peligrosa? —
cuestionó lord Wischesley.
Kristen estuvo de acuerdo. Ni siquiera ella sabía qué podía estar
haciendo Kevin en Covent Garden a horas tan tempranas. El mercado más
famoso de Londres también era un nido de ladronzuelos que buscaban
presas, y la ropa elegante de su hermano lo señalaba como una buena
víctima.
El joven siempre había sido un aventurero, pero solía ser prudente. Se
alejaba de los problemas si podía evitarlo.
—Por favor, lord Wischesley, no me interrumpa. Es de mala educación
—reprendió como un padre lo haría con su hijo. La cara del conde mostró
tal estupefacción que Kristen se mordió el labio para no reír—. Bien, como
decía, estaba yo caminando por Covent Garden, específicamente cerca de
un puesto de flores, preciosas, por cierto. Se consiguen buenas cosas en ese
mercado, deberíais probar a pasear un día por ahí. —Sonrió al percatarse de
la cara de impaciencia del conde—. En fin, estaba observando las flores
cuando, a mi lado, se paró una mujer, regordeta, de unos sesenta años, cuya
cara se me hacía muy familiar. Ella no me veía, así que me dediqué a
observarla, intentando ver su rostro. Entonces, ella se giró y la reconocí.
¡Era nuestra querida Hannah!
Kristen ya se imaginaba el resto de la historia, pero Kev no se
conformaría con que ella lo supusiera.
Como imaginó, continuó luego de esa pausa dramática.
—«¡Hannah!», exclamé. Ella se sobresaltó, se puso pálida y me miró
como si fuera un fantasma. Es importante aclarar que una mujer nunca
había reaccionado así al verme. Normalmente provoco reacciones más...
agradables.
—Beckett —interrumpió lord Wischesley con clara irritación—, ¿podría
ser un poco más breve?
—Por supuesto —contestó con ese tono que Kristen sabía que
significaba «ni en tus sueños». A Kevin Beckett podía pedírsele lo que
fuera, menos que simplificara una historia—. «¿No me reconoces?»,
pregunté. «Soy Kevin Beckett». Ella me contestó: «Lo reconozco, señor.
Solo estoy... sorprendida». ¡Y vaya si lo parecía! ¿Alguna vez habéis
llegado a casa y os habéis dado cuenta de que tenéis una visita inesperada y
no tan agradable? Sabéis que tenéis que ser cordiales, pero le recrimináis al
destino vuestra suerte. Bien, pues esa era la actitud que estaba mostrando.
También parecía un poco temerosa, así que naturalmente me pregunté por
qué. La gente solo se siente así cuando cree que está en peligro, pero ¿qué
motivos tendría Hannah para considerarme un peligro? —Lord Wischesley
se recostó en el asiento, al parecer frustrado y resignado a que su petición
fuera ignorada—. Naturalmente, me dispuse a averiguarlo. Le pregunté
cómo estaba, qué había estado haciendo esos años. Quería que se relajara;
sin embargo, a cada pregunta parecía cada vez más nerviosa. Eso despertó
mis sospechas, y me puse a pensar. Mis padres dijeron que Hannah, su
esposo y su nieta se fueron poco después de que Kris decidiera ir al
convento, pero si Kristen nunca fue al convento... En mi cabeza todo
encajó, así que le pregunté: «Hannah, ¿sabes dónde está Kristen?»
¡Adivinad qué pasó!
—Oh, por el amor de... —empezó a quejarse lord Wischesley, pero
Kevin lo interrumpió.
—¡Se asustó más! Empezó a tartamudear cosas sin sentido, sus manos
temblaban. Miraba a todos lados buscando cómo huir.
—Hannah no haría eso —protestó Kristen—. Sabes muy bien que no
importaba lo difícil de la situación, ella mantenía la calma.
—Bueno, quizás no sucedió exactamente así... —concedió, atrapado en
la mentira, algo que no sucedía con frecuencia—, pero sí estaba nerviosa
y...
—Kevin... —advirtió Kristen. Sabía que si lo dejaba seguir por ese
camino, narraría mil acontecimientos que no tuvieron lugar antes retomar el
hilo de lo que en verdad había sucedido.
—Oh, bien —admitió, enfurruñado—, se limitó a decirme que no sabía
de ti desde que te marchaste, me dijo que se alegraba de verme y se marchó
antes de que pudiera preguntar más. ¿Contenta?
Kristen asintió.
—¿Qué pasó después?
—No me lo creí, así que decidí seguirla. Fue un trabajo complicado.
Había muchas personas en el mercado, y más de una vez la perdí de vista.
Pero ¿crees que me di por vencido? ¡Claro que no! De pronto, sentí un
instinto, una voz invisible que me susurraba: «Mira a la derecha», y cuando
lo hice, ¡ahí estaba ella, subiéndose a un coche de alquiler! Mi propio
carruaje estaba cerca, así que le ordené que la siguiera. El camino también
estuvo lleno de conflictos. Primero...
—Kevin... —volvió a advertir Kristen, sabiendo que esa era una de las
frases que precedían a una serie de hechos que no sucedieron.
El joven suspiró, como si no comprendiese por qué no lo dejaban hacer
la historia más interesante.
—La seguí sin contratiempos —confesó a regañadientes—, y vi cómo se
detenía a unas yardas de aquí. Yo le indiqué al cochero que parara un poco
más adelante, para que ella no sospechara que la estábamos siguiendo, y fue
una gran idea, porque apenas se bajó del carruaje, miró hacia atrás. Quedé
en una ubicación ventajosa, así que no tuve que bajarme para observar
cómo se dirigía a la puerta de servicio. Esperé un poco, y después miré
cómo salía, acompañada de Kitty y Jonas. Kitty tenía una gran cesta de
comida. Era obvio que trabajaban aquí, así que me dije: ¿qué pierdo por
preguntar?
—El mayordomo le dijo que aquí no vivía ninguna señorita Beckett —
comentó el conde.
—Oh, sí, pero ¿y si había cambiado de nombre? O... ¿y si todos sabían
que se ocultaba y guardaban su secreto? Aceptar su palabra hubiese sido
propio de un investigador mediocre.
—Tú no eres investigador —recordó Kristen.
—Pero no soy mediocre. Así que, cuando me dejaron solo, me dediqué a
buscar un poco, a ver si encontraba a Kristen.
—¡¿Ha estado husmeando en mi casa?! —preguntó lord Wischesley.
Muy ofendido, cabía acotar.
No era para menos. Pasear por una casa sin permiso del dueño era de
muy mala educación.
—Tranquilo, Wischesley, no he robado nada. Solo quería hallar a Kris.
Además, sus criados se pasaban a menudo por aquí, para vigilarme,
supongo, y para buscar maneras discretas de convencerme para que me
fuera —dijo con una sonrisa—. Finalmente, como no encontré a Kristen,
decidí esperarlo con el fin de sacarle información. En el caso de que
Hannah hubiese dicho la verdad, y no estuviera aquí, me inventaría alguna
historia que despejara sospechas y listo. No habría pasado nada.
La manera relajada en que su hermano se tomaba las cosas pareció
exasperar a lord Wischesley, que tenía una expresión poco amigable desde
que Kevin había mencionado lo de revisar su casa.
—Tu turno, Kris. Cuéntame cómo has llegado hasta aquí. Y no omitas ni
un detalle.
Kristen no tuvo ni siquiera que pensar qué decir y qué no, porque en ese
momento la puerta se abrió y la cabeza de Nathalie asomó por la rendija.
—Cariño, te dije que esperaras en la habitación —la reprendió Kristen
—. Esta es una conversación entre adultos.
—Tardabas mucho —se justificó la niña—. Quería ver si estabas bien.
—Estoy bien. Ve a...
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó Kevin, sin quitarle los ojos de
encima a la niña—. Kristen, querida, no me digas que soy tío.
Kristen le dirigió una mirada al conde, pidiendo en silencio su
consentimiento para contar la verdad. Este asintió con desgana. Kristen
suponía que ya había aprendido que mentirle a Kevin solo complicaría más
las cosas.
—Así es —dijo Kristen con una sonrisa traviesa—. Ella es Nathaly, tu
sobrina.
La niña tomó eso como una invitación para entrar y acercarse. Kevin
seguía todos sus movimientos, y luego empezó a mirar a Kristen y a la niña
alternativamente, buscando semejanzas.
Ella dejó que él siguiera haciéndose ideas unos minutos más.
Se lo merecía.
—Pensé que ya no tenía más tíos —protestó la niña, creyendo, por
alguna razón, que era una tragedia tener demasiados tíos.
Con toda probabilidad le frustraba tener que acordarse de todos.
—¿Cómo...? ¿No me digas que...?
Era la primera vez que Kristen veía a Kevin sin palabras, así que se
deleitó un rato en ello antes de confesar:
—Es la hija de Sarah.
Kevin tardó un momento en unir toda la información. Soltó un
dramático suspiro de alivio.
—Kristen, traviesa, casi haces que se me pare el corazón.
—¿A ti? —se burló—. Dudo que te dé un infarto justamente a ti, que
has vivido más aventuras de las que puedes recordar. Aventuras
extraordinarias, dicen las personas a las que se las cuentas.
Y es que Kevin Beckett, por ser una persona acostumbrada a asombrar a
otros con sus relatos, difícilmente se sorprendía de algo. No había situación
extraordinaria que no hubiera pasado alguna vez por su cabeza.
—¿Cuántos tíos tengo? —volvió a preguntar Nathaly.
—Kevin es el último que conocerás —prometió Kristen, segura de que
Hector no se pasaría por allí ni por equivocación.
—Tener muchos tíos es bueno —comentó Kevin, recuperado su humor
habitual—. Habrá más regalos en Navidad para ti, y en tu cumpleaños.
Nathaly, que nunca lo había visto así, se puso a pensar en ello.
—Supongo que puedo conocer a más tíos.
Todos se rieron, incluso el conde.
—Espérame arriba, querida. Te prometo que iré en un momento.
Nathalie asintió. A medio camino, se giró hacia su padre.
—¿Se quedará el tío Kevin a cenar, papá?
—Me encantaría —respondió este antes de que la negativa que el conde
tenía en la boca se verbalizara.
Nathalie salió sin percatarse de la mirada de desdén que su padre le
dirigía al invitado.
—Así que «papá» —musitó Kevin, atando cabos—. Creo que estoy
empezando a entender.
—Eso es bueno, porque tengo que ir a atender a la niña. Nos vemos en
la cena —dijo Kristen, caminando hacia la puerta.
Ocultó la sonrisa que le causó la cara de disgusto de ambos, Kevin por
no tener la historia completa y lord Wischesley por tener que quedarse allí.
En la cena no se pudo hablar mucho del tema, dada la presencia de
Nathaly. De hecho, la niña fue la principal informante de Kevin, diciéndole
que su madre había muerto hacía tiempo y que por eso su padre la había
traído a Londres. Para cuando la cena terminó, Hannah ya había llegado, y
como probablemente habría deducido quién era la visita, fue a buscarla al
comedor para comprobarlo.
—¡Querida Hannah! —exclamó Kevin con alegría—. Qué casualidad
verte de nuevo hoy.
—Demasiada —respondió esta con una mirada desaprobatoria que
Kevin ignoró.
Una vez Hannah y la niña se marcharon, Kevin miró a Kristen,
esperando los detalles de la historia.
—No hay mucho que contar —le dijo Kristen, jugueteando con los
cubiertos sobre el plato vacío—. Busqué a Sarah cuando hui de casa. Estaba
embarazada por ese entonces, y a punto de mudarse a una casa que milord
le había ofrecido. Me fui con ella, y he vivido allí hasta hace unas semanas.
Ella murió hace siete meses.
—Entiendo —dijo Kevin, absorbiendo la historia.
No parecía muy afectado por la muerte de Sarah, pero Kristen no lo
culpaba. Apenas había convido con ella tres años antes de que lo mandaran
a Eton, y jamás había estado tan apegado como lo estuvo Kristen. En
realidad, Kevin se enteró de la verdad mucho después, cuando regresó de
Eton por vacaciones y encontró a Kristen y a Sarah hablando sobre ese
tema. Su hermano, a diferencia de Hector, lo tomó como algo normal, y
aunque jamás le dio la espalda a Sarah ni la trató como una empleada, sus
continuas ausencias debido a la escuela impidieron que desarrollara un lazo
fraternal con la joven.
—Insisto en que podrías haberme mandando una carta.
En esta ocasión, el regaño no estaba camuflado con burla, por lo que
Kristen pudo percibir el dolor en sus palabras, la sensación de haberse
sentido abandonado.
—Lo siento, Kev. De verdad. Tenía mucho miedo de tu reacción cuando
supieras lo que había sucedido.
Kevin asintió y lanzó una mirada a lord Wischesley. El recuerdo de que
no estaban solos frenó lo que fuera que pensaba decir y lo obligó a sonreír
de nuevo.
—Bien, ahora que sé dónde encontrarte, supongo que puedo venir a
visitaros, a ti y a Nathaly, ¿no? ¿Piensas quedarte aquí indefinidamente?
—Oh, no, yo...
—Puede venir cuando quiera —interrumpió el conde, sorprendiendo a
Kristen—, pero le agradecería que manejara esta información con
discreción.
—Por supuesto. Gracias, Wischesley. —Este asintió y Kevin se levantó
—. Bien, creo que es momento de irme. Ya hablaremos luego, Kris.
Se acercó a su hermana y depositó un afectuoso beso en su frente.
—Puedes escribirme —le informó mientras salía—. Nadie revisa mi
correspondencia.
Kristen solo asintió.
Después de que su hermano se hubiera marchado, permaneció un rato
más mirando la puerta, sin poder creer que se hubiese dado ese encuentro,
que su relación siguiera igual que siempre. Nunca se había puesto a pensar
en lo que dejó atrás cuando se escapó de casa para no sentirse mal, pero en
ese momento se daba cuenta de que, en cierta forma, había extrañado su
hogar, y el contacto con Kevin había llenado ese vacío que tenía, ese que se
negaba a dejar atrás aquella parte de su vida.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
La voz del conde la devolvió a la realidad. Kristen asintió, y lo siguió
cuando él se levantó de la mesa y empezó a caminar. Terminaron en su
despacho, ese sitio lúgubre y perfectamente organizado que empezaba a
formar en Kristen recuerdos tan inquietantes como apasionados, de esos que
recordaría en un futuro con una expresión entre el desagrado y el anhelo.
Él se dirigió hacia la repisa de los licores, tomó dos vasos y sirvió tres
dedos de coñac en cada uno.
Le entregó uno a Kristen.
—¿Vamos a hablar de temas incómodos? —preguntó Kristen, sonriendo
para mitigar la sensación nerviosa de su pecho. No olvidaba lo que había
sucedido la última vez que decidió tomarse unas cuantas copas para poder
hablar.
—Algo así —respondió, evasivo.
Parecía buscar la mejor forma de comenzar.
Kristen imaginó que querría hablar de su hermano. Quizás quisiera saber
qué tan fiable era, o cómo afectaría aquello a su situación actual.
Conociendo al conde, seguramente hubiera visto algún nuevo problema y
estuviese buscando la forma de solucionarlo.
—Me gustaría hablar sobre su permanencia aquí.
La información fue dada tan bruscamente que Kristen tomó un trago
para asimilarla. Dado lo reacio que se había mostrado hacía unos días a su
marcha, Kristen había pensado que todavía tenía unas cuantas semanas
antes de que la echara. Ella sabía que tenía que irse, pero no en ese
momento. Todavía era muy pronto, y su cabeza se rebeló ante la idea.
Marcharse de improviso le parecía algo terrible.
—Cuando mencioné que quizás me marcharía pronto —comentó
Kristen tomando otro sorbo de licor—, no me refería a tan pronto. Lamento
si lo ilusioné, pero no me pienso ir de aquí hasta que no tenga la certeza de
que Nathaly...
Él alzó una mano para detener el discurso, y ella calló.
—No te voy a echar, Kristen.
Era la segunda vez que usaba su nombre de pila. No era que le
importase, pero le hizo preguntarse qué habría motivado a un hombre tan
serio como él a dejar los formalismos.
—¿Entonces?
Él se sirvió otro trago antes de responder. Kristen nunca lo había visto
tomar más de uno. Ni siquiera en la cena pedía que le rellenaran la copa con
vino. Causaba sospecha que necesitase el alcohol para decir algo cuando se
le daban tan bien las palabras, o, mejor dicho, cuando nunca había tenido
reparo en decir o hacer lo que creía más conveniente.
—He estado pensando en el futuro —dijo con lentitud, como si quisiera
que ella no se perdiera ni una sola palabra—. Y, dadas las circunstancias,
creo que deberíamos tomar en cuenta la opción de casarnos.
—¿Perdón?
Seguramente había escuchado mal.
—Quiero que te cases conmigo —repitió con autoridad, ese tono que
usaba para que no quedase duda de lo dicho, para intimidar al otro y
coaccionarlo a aceptar su voluntad.
La única reacción que tuvo Kristen fue parpadear, pero aunque su
cuerpo estaba congelado, su cabeza se hacía una pregunta tras otra.
¿Matrimonio? ¿Cómo había llegado él a considerar eso? ¿Por qué
querría casarse con una mujer arruinada, cuando ya suficientes problemas
tenía? Era ilógico, y lord Wischesley era de los que no hacían nada si no les
iba a reportar un beneficio. Había algo muy raro, y su explicación había
sido poco menos que escueta. La naturaleza desconfiada de Kristen le trajo
a la mente la última vez que le habían pedido matrimonio, las razones tras
la propuesta...
La ira causada por los recuerdos le recorrió el cuerpo y refulgió en sus
ojos como llamas doradas. No pudo pensar en nada excepto que, tal vez,
estaba siendo víctima de otro engaño, y aunque intentó serenarse, pensar
con claridad, la herida pasada se abrió y el dolor le advirtió que no podía
permitir que la siguieran hiriendo.
En una acción más instintiva que racional, le lanzó lo que le quedaba de
licor sobre el traje.
Capítulo 15
Ian debería haber sospechado que ella podría reaccionar así, pero, a decir
verdad, creyó que ya habían superado la etapa en la que se enfadaba tanto
con él que decidía vengarse con sus trajes.
Había deseado que hubieran superado esa etapa.
Como ya no era una acción que lo tomase por sorpresa, logró mantener
el control.
—¿Se puede saber cuál de mis palabras la ha ofendido en esta ocasión?
—¡Cuál de sus intenciones, querrá decir! —respondió, furiosa—.
¿Acaso esto es un chiste? ¿Una burla perversa? ¿Quiere comprobar si sigo
siendo tan ingenua?
Ian no estaba entendiendo nada, y su desconcierto debió ser visible,
porque ella bajó el vaso que sostenía a modo de arma y su expresión se
suavizó un poco.
—¿Por qué me ha pedido matrimonio? —preguntó, mirándolo con
recelo.
—Ya se lo he dicho. He estado pensando en el futuro, y...
—Lord Wischeley, como usted mismo ha dejado claro en varias
ocasiones, aborrece el escándalo y no toma decisiones sin pesar. Casarse
conmigo provocaría un escándalo, y parece una decisión poco sopesada, así
que o bien se ha vuelto loco, o me está mintiendo con otras intenciones.
—¿Qué intenciones podría tener yo para men...?
La respuesta llegó antes incluso de que hubiera terminado de formular la
pregunta. Sus ojos se abrieron, y su mandíbula se tensó. Sintió cómo la
rabia, la indignación, y, quizás, cierta desilusión bullían por todo su cuerpo,
acabando con la templanza que siempre lo acompañaba.
¿Cómo se atrevía a compararlo con aquel hombre?
—No esperaba que me tuviera aprecio, pero creí que su opinión de mí
había cambiado lo suficiente para no acusarme de mentir con fines egoístas
—dijo, quizás dejando notar en su voz que había herido algo más que su
orgullo.
Se recordó que ella estaba a la defensiva, que tenía motivos para estar
así, y parte de las emociones que amenazaban con hacerle perder el control
se mitigaron, aunque la punzada de dolor siguió ahí.
Ian sabía que había cometidos muchos errores, que hubo ocasiones en
las que su proceder no fue el mejor ni el más honorable, pero él jamás
recurriría a una de esas tácticas para acostarse con una mujer, a pesar de que
la mujer en cuestión lo volvía loco, y creía que Kristen ya lo sabría.
Creía que confiaba un poco en él.
Ella se abrazó a sí misma, como si intentase protegerse de algo. No de
él, observó en su mirada perdida, sino de esos recuerdos que acababan de
obtener, de nuevo, el poder de herirla.
O quizás nunca lo habían perdido y ella acababa de darse cuenta.
Ian se serenó por completo al verla así. No podía enfadarse con ella por
estar dolida. Era como enfadarse con el perro que se tiraba a morder cuando
intentaban acariciarlo porque una vez una mano similar se acercó para
golpearlo.
—Lo lamento. Su propuesta me ha alterado un poco —dijo. Era la
primera vez que se disculpaba directamente por haberle arruinado uno de
sus trajes—, pero debe admitir que no parece una decisión que usted
tomaría.
Le estaba dando la oportunidad de explicarse, así que lo pensó con
cuidado, porque ella tenía razón: no era una decisión que él tomaría, y lo
sabía. Todavía tenía la sensación de que estaba a punto de cometer una
locura, pero ninguno de los argumentos que podrían hacerlo desistir eran lo
suficientemente fuertes, como si fuera algo que estuviera predestinado y
una fuerza poderosa le impidiera considerar otra opción.
Vaya situación más absurda.
—Aunque no lo crea, lo pensé con detalle —confesó—. Sucede lo
siguiente: sin importar cuál sea la decisión que se tome sobre Nathaly, su
reputación y la mía quedarán afectadas.
—Entonces, ¿qué importa casarse con una mujer deshonrada? Admito
que jamás creí que sería de los que deciden seguir creando escándalos
después del primero porque la reputación ya está afectada. Eso era más
propio de... ¿cómo era que se apellidaba esa familia? Los Allen, si mal no
recuerdo.
Ian decidió que no podía perder el tiempo ofendiéndose por haber sido
comparado con la familia más problemática y escandalosa de todo Londres.
—Usted no está deshonrada. —Ella arqueó una ceja y él rectificó—: No
socialmente. Creen que está en un convento, ¿recuerda?
—Conociendo a la sociedad, habrán dicho que me fui allí para expiar
mis pecados. Que nadie haya visto mi deshonra no significa que no lo
sospechen.
—Si nadie lo vio, se podrá seguir negando —insistió él—. ¿Quién va a
contradecirlo? ¿Tu familia? No lo creo. ¿El señor Telford? Hice mis
investigaciones y hace más de cinco años que no pisa un salón de baile.
—Supongamos que tiene razón. ¿Con qué excusa volvería a
introducirme en sociedad?
—Eso es algo que se pensará después —respondió.
—Me sorprende que no lo tenga todo calculado, lord Wischesley.
A Ian tampoco le hacía gracia ese hecho. Había pensado en que Emily,
junto con lady Farlam, podrían hacerle el favor de introducirla en sociedad,
y decirles a la aristocracia que ella simplemente no había encontrado su
vocación. Podría ser creíble, pero el hecho de que Kristen no contara con la
aprobación de su familia y tuviera que quedarse en casa de su cuñada podría
tirar por la borda cualquier historia.
Por más que lo pensó, no logró encontrar una manera de que todo
encajara, así que, en contra del sentido común, había decidido dejar eso
para después.
—Supuse que era menester obtener primero su consentimiento.
Ella sonrió.
—Muy amable de su parte, pero creo que todavía no me ha dicho cómo
llegó a la fascinante conclusión de que un matrimonio entre nosotros nos
resolvería la vida.
A Ian empezaba a crisparle su sarcasmo, pero la entendía. Era su arma
cuando estaba a la defensiva.
—Como decía, la reputación de ambos quedará afectada, y en lo que a
mí respecta, puede que logre conseguir una esposa, pero tú sabes tan bien
como yo que ninguna mujer aceptará a la niña.
Había lanzado su argumento más importante, lo supo en cuanto Kristen
pareció considerar la oferta. Él también lo consideraba un punto a favor de
ese matrimonio. Nathalie era muy pequeña para entender el porqué del
rechazo de otros, y aunque Ian había comprobado que la niña tenía un
carisma capaz de poner a cualquiera de su lado, no podía asegurar que
cualquier otra mujer de la sociedad pudiera superar el hecho, o la sospecha,
de que era ilegítima. La niña se sentiría rechazada, y solo esa posibilidad
hacía que Ian buscara maneras de que no sucediera.
Kristen era la mejor solución, por muchos motivos.
—Tú quieres quedarte —dijo él en tono persuasivo—, y Nathalie
querrá que te quedes. Nadie le podrá dar el cariño que tú le tienes.
«Nadie podría sustituir tu presencia en esta casa», quiso decir.
—Usted podría dárselo.
—Sabes a lo que me refiero.
—Sí —musitó ella con cierta melancolía—. Todo su razonamiento es
muy lógico, lord Wischesley. No esperaba menos de usted. Sin embargo,
creo que hay un punto que no ha tomado en cuenta: los sentimientos. Mis
sentimientos.
Ian arrugó el ceño, confundido. No lo había tomado en cuenta porque
los sentimientos eran, en su opinión, lo peor que se podía involucrar en el
momento de tomar una decisión.
—No creí que fuera...
—¿Importante? —aventuró ella al ver que él se callaba—. No me
extraña. O quizás creyó que yo ya no era una mujer romántica, ¿es eso?
Él no respondió. No supo qué decir.
—Bien, es verdad. No lo soy. No como antes. Pero esa no es la razón
por la que no me pienso casar con usted.
Él había tomado en cuenta la posibilidad de que ella lo rechazara. Lo
que no había imaginado era que lo haría sentirse tan... desolado.
—¿Cuál es tu objeción? —preguntó con tiento.
—Sarah.
Eso sí que no lo había tomado en cuenta.
—¿Sarah?
—¿Cómo podría casarme con usted, sabiendo que esto era lo que ella
tanto deseaba? —explicó, y su voz denotaba su aflicción. Empezó a dar un
corto paseo de un lado a otro mientras continuaba hablando—. ¿No sería
eso traición? Yo pienso que sí. Cuando nos besamos por la tarde, le dije que
había varias razones por la que eso no estaba bien, y esta es una de ellas.
¿Entiende?
No. Ian no comprendía qué tenía que ver Sarah en eso.
—Sarah ya está muerta —acotó con cuidado, sin saber muy bien cómo
hacerla entender que, para él, eso eliminaba cualquier inconveniente—. Yo
jamás la quise, y ella lo supo. No creo que llegara a recriminarte que te
casaras conmigo, porque sería un reproche muy injusto.
—No lo entiende —dijo ella—. Aunque esté muerta, no puedo hacer
algo que creo que le dolería.
Ian contuvo el impulso de pasarse la mano por los cabellos.
Nunca había sido de hacer gestos nerviosos, pero estaban hablando
sobre una objeción que no había considerado y no le agradaba no saber qué
responder.
—Kristen —dijo con calma—, lo mío con Sarah no se podía forzar, lo
sabes. Aunque estuviera viva, no tendrías por qué deberle lealtad cuando lo
nuestro tuvo escrito un buen final. No tienes nada que ver con nuestra
historia, ni tienes que sentir que traicionas de alguna manera su memoria.
Yo creo que le hubiera gustado saber que su hija se quedaba en buenas
manos.
Ella no parecía muy convencida, y jugueteaba nerviosamente con el
brazalete que tenía en la muñeca. Ian jamás la había visto tan poco segura
de sí misma ni de lo que hacer. La mujer que se mostraba frente a él era
prácticamente una desconocida, pero también la prueba de que todos tenían
un lado vulnerable.
—Si os queríais tanto como dices —continuó—, le habría gustado que
fueras feliz.
—¿Me está prometiendo felicidad? Es bueno saberlo. Hasta ahora
parecía un frío acuerdo de negocios.
Su sarcasmo lo alivió, porque significaba que se estaba recuperando de
su repentino ataque de culpabilidad.
—Te estoy prometiendo una unión que puede funcionar —respondió
con cautela, reacio a meter sentimientos—. Y que será lo mejor para todos
en un futuro.
Ella sonrió, como si hubiese adivinado que diría eso.
—Si me permite decirlo, suena un poco deprimente.
—¿Tenías un futuro en mente que no lo fuera?
Había dado en el blanco. Lo supo cuando ella apretó los labios para no
obligarse a decirle que tenía razón.
—No tendrás que irte a buscar trabajo en algún lugar. Vivirás en un
mundo que conoces y con gente que te aprecia. No es un final de novela
romántica, pero apostaría por que hace tiempo que dejaste de buscar uno.
—Eso usted no puede saberlo —protestó ella, aunque él deducía que era
solo por llevarle la contraria—. Lo pensaré, ¿está bien?
Él asintió.
Mejor que una negativa directa.
Ella caminó hacia la puerta. Antes de salir, lo miró de esa manera
burlesca que era muy propia de ella.
—Lord Wischesley, si esta es su definición de una propuesta de
matrimonio decente, permítame informarle que iba a haber muchos otros
motivos por los que ninguna dama lo aceptaría como marido.
Se marchó antes de que él pudiera responder, algo bueno, porque lo
había dejado sin palabras.
***
Kristen pasó por el cuarto de Nathalie para darle las buenas noches. La niña
estaba sentaba en la cama con las piernas cruzadas, mientras que Hannah
acomodaba algunas cosas en la habitación. Era una estancia grande, poco
diferente a la de un adulto, lo que le hizo pensar que había muchas cosas
que el conde no sabía sobre los niños.
—¡Tía, Kris! —exclamó, animada.
Hannah se acercó a ella antes de que llegara hacia donde estaba Nathaly.
—Niña, lamento lo de esta tarde —dijo en voz baja—. Debí suponer que
el joven Kevin haría algo así.
—No te preocupes, Hannah. Me alegró ver a Kev. Creo que lo
necesitaba. —Le sonrió a Nathaly, que las observaba con cara de querer
participar en la conversación—. ¿Te ha agradado el tío Kevin, cariño?
Ella asintió con mucha efusividad.
—Dijo que cuando regresara me contaría unas historias muy
interesantes.
Kristen sonrió.
—No dudo que serán interesantes. —Se acercó a ella y depositó un beso
en su frente—. Buenas noches, cariño.
—Tía Kris —la detuvo—, ¿vivías con él antes de vivir con mamá? ¿O
vivíais todos juntos?
—Podría decirse que vivíamos todos juntos —respondió, lanzándole una
mirada preocupada a Hannah.
—Pero... ya que mamá no está, no vas a regresar con él, ¿verdad?
Sonaba inquieta , algo poco común en Nathaly.
—No, cariño. ¿Por qué lo preguntas?
—No quiero que te vayas, tía Kris. ¿Me prometes que te quedarás
siempre conmigo?
Kristen sintió que los ojos se le humedecían y abrazó a la niña para que
esta no se diera cuenta.
—Hay promesas que no se pueden hacer, Nathaly, pero sí puedo
prometerte que, si algún día me necesitas, podrás contar conmigo.
»Vamos, acuéstate, es hora de dormir.
Instó a la niña a acostarse y la arropó. Desde la puerta, le echó un último
vistazo y respiró hondo para controlar el llanto. Kristen sentía que si la
abandonaba, aunque la dejara en buenas manos, ella se sentiría muy vacía.
Cuando salió de la habitación, Hannah la estaba esperando. Tenía esa
mirada de comprensión que solo otorgaban los años.
—¿Qué ha sucedido?
—El conde me ha propuesto matrimonio —le confesó.
¿Quién mejor para aconsejarla que Hannah, que había estado con ella
desde siempre? Había sido su niñera, luego su doncella, y se marchó con
ella cuando Kristen decidió que no podía quedarse en esa casa. Siempre que
tenía algún problema, Hannah era la figura materna que la consolaba, la
instaba calmarse y le ayudaba a buscar soluciones.
Ni siquiera pareció sorprendida ante la confesión.
—¿Qué le has dicho?
—Que voy a pesarlo, por supuesto. ¿Por qué no parece asombrarte que
un hombre tan afanado en ocultar el escándalo quiera casarse precisamente
conmigo? —indagó.
—Siempre supe que lo haría.
—¿Cómo?
Pero Hannah no tenía pensado satisfacer su curiosidad, o quizás creyera
que la explicación era demasiado compleja como para que Kristen la
entendiera, porque no respondió. En cambio, dijo:
—Deberías aceptar, niña. Te quedarías al lado de Nathaly, vigilando que
no la hagan sufrir. ¿No es eso lo que querías?
—Sí, pero...
—Y tendrías un futuro asegurado —continuó—. No sé qué planeabas
hacer cuando nos tocara marcharnos de aquí. Sin embargo, apuesto lo que
fuera a que conllevaría muchos problemas.
—Tú no tendrías que marcharte. Seguramente lord Wischesley podría
contrataros por Nathaly.
—Ese no es el punto. ¿Qué harías tú? ¿Vagar por Inglaterra? ¿Tienes
idea de a cuántos peligros se enfrenta una mujer sola? Y no me digas que
sabes cuidarte, eso lo sé. No obstante, tu determinación no hará que las
cosas sean más fáciles.
—Oh, Hannah —masculló, recostándose en la pared—. ¿Y tú crees que
será fácil casarme con él?
—¿Por qué no? Tiene un carácter complicado, pero nada que no hayas
manejado hasta ahora, ¿no es así?
Más que manejado, Kristen diría que lo había estado sacando de quicio.
Desde esa perspectiva, no entendía por qué él la querría de esposa.
—No es precisamente mi tipo de hombre soñado.
Hannah sonrió.
—Mi querida niña, los sueños son irreales por un solo motivo: aquello
que se desea no siempre es lo más conveniente.
***
Kristen decidió pasear por el jardín para despejar su mente. Hacia tanto frío
que ni el abrigo era suficiente, pero la baja temperatura la ayudaba a
mantenerse templada y pensar con claridad.
¿Debería aceptar?
Kristen no podía quitarse de la cabeza que, de alguna manera, estaba
traicionando a su hermana, a pesar de que las palabras de lord Wischesley
no dejaban de tener sentido. Sarah habría querido lo mejor para todos, y,
aunque doliera, llevaba más de seis meses muerta. Parecía injusto que la
vida le ofreciera a ella la oportunidad que se le había negado a su hermana,
pero el destino no se caracterizaba por su ecuanimidad. Además: antes de
que Sarah se marchara, Kristen le había jurado que cuidaría de Nathaly, y
las circunstancias quisieron que se volviera una promesa eterna.
Si se quedaba allí, podría cumplirla.
No obstante, si se quedaba allí... ¿qué más la esperaría?
Lord Wischesley había sido sincero en su propuesta. Brusco, pero
sincero. Kristen, en el fondo, le agradecía que no la hubiera adornado con
sentimientos que no existían o que pudieran provocar falsas ilusiones. Era
bueno saber exactamente en lo que se metería, y, tal y como él había
supuesto, hacía tiempo desde que ella había dejado de creer en los finales
felices.
Al menos, no como en las novelas de amor.
Fue feliz cuando vivió con su hermana y con Nathaly, porque, aunque
no era una vida ostentosa como la que había dejado atrás, existía ese lazo de
unión familiar del que carecían los Beckett. Nunca imaginó que volvería a
encontrarse en una situación que la obligara a decidir, otra vez, qué hacer en
el futuro.
No había querido pensar mucho en ello cuando llegó a esa casa. Cuando
los días pasaban, la relación entre padre e hija mejoraba, y ella se hacía a la
idea de que tenía que irse. Kristen siempre se decía que se las arreglaría,
quizás como institutriz o maestra en algún colegio de señoritas, pero la
sensación de vacío en su pecho no se conformaba con esas posibles
opciones. Nathaly, Hannah, Kitty y, ahora, Kevin, eran los únicos seres
queridos que le quedaban. Alejarse de ellos le producía pavor, e incluso se
atrevería a decir —aunque jamás en voz alta—, que extrañaría a lord
Wischesley, sus miradas de desdén, sus escasas sonrisas y esa actitud
arrogante del que creía poder solucionar todo en la vida con un poco de
pensamiento lógico.
La familia que había formado en el campo no se había desintegrado
cuando se trasladaron a Londres, simplemente había cambiado el escenario
e integrado nuevos miembros, y entre ellos, y contra toda lógica, se
encontraba lord Wischesley.
Lo dicho. La vida actuaba de forma inentendible.
—Si solo pudiera saber tu opinión, Sarah, me quedaría más tranquila —
musitó.
Un ruido a su izquierda la alertó. Rodeó el árbol a su lado y encontró a
Kitty y al señor Hawe besándose. Se separaron cuando la vieron, pero en
esta ocasión no hubo bofetada.
Kristen arqueó una ceja.
—Señorita Beckett —dijo Kitty, azorada.
—Creo que lord Wischesley lo debe estar buscando, señor Hawe —le
comentó con una sonrisa inocente—. Le cayó un poco de whisky a su traje.
—No entiendo qué pasa con milord en los últimos días —refunfuñó—.
Antes nunca daba tanto trabajo. Espero que esta mancha sí salga. Nos
vemos mañana, Kitty.
Se marchó, refunfuñando, y Kristen se mordió el labio para no reír
cuando Kitty lo siguió con la mirada.
—Así que... ¿ya no te cae mal?
—He decidido darle una oportunidad —reconoció la joven—. Todos
merecemos una oportunidad, ¿no cree, señorita Beckett?
—Así es —respondió, más para sí misma que para Kitty.
—Y no es tan desagradable como creí en un principio —continuó la
joven—. Es decir, sigue teniendo muchos defectos, pero es un buen hombre.
Merece una oportunidad —volvió a decir, como si fuera necesario reafirmar
ese hecho.
—Sí —musitó, abstraída.
Kitty no se dio cuenta.
—Creo que, cuando te empieza a gustar alguien que antes detestabas, es
muy difícil que deje de hacerlo —continuó—, porque ya no hay nada que te
pueda decepcionar de él, y solo encuentras las virtudes en lugar de los
defectos. Y no poder estar con alguien que te gusta es una sensación muy
frustrante, al igual que intentar convencerte a ti misma de que no te gusta.
Así pues, si nada te lo impide, es mejor aceptarlo —concluyó, muy
orgullosa de sí misma por haber hecho ese razonamiento.
—Tienes razón, Kitty —concordó con una sonrisa de burla hacia sí
misma.
—No le diga a mi abuela que me ha visto besándome con él —pidió la
joven—. No es que se lo oculte a mi abuela: ella lo sabe y dice que es un
buen joven, pero no creo que le agrade que nos veamos de noche y a solas,
¿me entiende? Aunque no hacemos nada malo, se lo prometo. Es solo que
no tenemos mucho tiempo durante el día. Además, lo no lo dejaría
sobrepasarse. Y creo que él tampoco lo haría. A decir verdad...
—No le diré nada —prometió Kristen.
—Gracias. Tengo un buen presentimiento, señorita Beckett, creo que
todo va a salir bien.
Como Kristen no respondió, murmuró unas «buenas noches» y se fue.
Kristen miró hacia el cielo. No se vislumbraban muchas estrellas esa
noche, pero había una que brillaba con particular intensidad, como si
quisiera decirle algo.
Nunca había sido creyente de señales divinas o cosas similares. Sin
embargo, parecía demasiada casualidad como para pasarlo con alto.
Decidió creer, y con base en eso, tomó una decisión.
Capítulo 16
—Acepto su propuesta, milord —informó Kristen apenas entró en la sala en
la que estaban desayunando—. Si es que durante la noche no lo ha pensado
mejor y ha decidido que cometió una locura.
Ian paró de comer para observar cómo ella se sentaba a su derecha con
la misma gracilidad que de costumbre. Era difícil leer su rostro o adivinar
los motivos por los que podría haber tomado la decisión, pero no mentiría
diciendo que no le había causado un gran alivio.
Había pasado la noche ansioso, pensando en que, quizás, debió haberse
expresado mejor.
—Me complace tu decisión.
—Pues con ese tono, nadie lo diría —respondió con una sonrisa pícara.
Estaba de buen humor, lo cual debía ser una buena señal. Al menos no veía
el casarse con él como un gran sacrificio, o quizás lo disimulaba bien—. Ya
que empezamos tratando esto como un acuerdo, tengo algunas exigencias.
Ian estuvo a punto de responder «las que quieras», pero recordó lo
peligroso que era eso cuando el otro negociante era una mujer.
—Te escucho.
—Lo primero, quedo eximida de cualquier responsabilidad si en un
futuro se arrepiente de esto. Fue su idea, así que si esto termina siendo un
desastre, será su culpa.
—Jamás me atrevería a culparte —replicó, ofendido.
—No está de más aclararlo. Segundo, si vamos a iniciar una vida social
juntos, va a tener que sacar tiempo para acompañarme a los pocos lugares a
los que todavía nos inviten después del escándalo que armaremos. —Él no
respondió, así que ella insistió—: ¿De acuerdo?
Ian asintió, y cuando lo hizo, no se sintió agobiado por ello. Cambiar su
estilo de vida no parecía una tragedia cuando el tiempo lo pasaría con
Kristen..., y cuando no había más fantasmas de los que huir.
—Estupendo. Por último..., no habrá terceros en el matrimonio, y hablo
en serio, lord Wischesley. Si me llego a enterar de que Nathalie no es la
única niña que ha dejado abandonada...
—Me ofende que lo sugieras, Kristen. ¿De verdad crees que sería capaz
de cometer de nuevo los mismos errores?
Le irritaba que la imagen que ella tenía de él no mejorara. Sus dudas
podían ser comprensibles, pero no dejaban de ser ofensivas.
—Como he dicho antes, es mejor dejarlo todo claro para evitar
malentendidos y que las cosas funcionen —respondió, aunque parecía un
poco avergonzada por su duda—. Bien, ¿estamos de acuerdo?
Extendió una mano para sellar el trato. Ian se la estrechó.
Después, en lugar de soltarla, se la llevó a los labios.
—Estamos de acuerdo —respondió con voz ronca. Notó que ella se
estremecía—. La semana que viene los marqueses de Farlam van a dar una
fiesta. Podría ser un buen momento para que regresaras y para anunciar el
compromiso. Por supuesto, deberás quedar con Emily unos días antes.
—¿Ya has pensado en cómo vas a justificar esta locura?
Lo había pensado, solo que no había conseguido ninguna excusa creíble.
Kristen sonrió, quizás imaginando la respuesta.
—Yo sí lo he pensado —dijo, para su alivio—. Dígales a los marqueses
de Farlam que inviten a Kevin. Él se encargará del resto.
Dejar un asunto tan delicado en manos de alguien tan particular como su
futuro cuñado no le hizo gracia, pero no podía replicar a menos que se le
ocurriera una idea mejor.
—Cambie la cara, lord Wischesley.
—Ian —corrigió él.
—Ian —accedió. Pronunció su nombre de forma lenta, como si
disfrutara del sonido en sus labios—. Cambia la cara, Ian. Si existe una
historia que la alta sociedad se pueda creer, Kevin la inventará.
Él prefería no seguir hablando de eso. Detestaba que algo escapara a su
control, sobre todo si ese algo le afectaría directamente.
—¿Qué te ha motivado a aceptar mi propuesta? —indagó.
—Lo mismo que te ha motivado a ti a hacerla —respondió en un tono
que a él le pareció muy seductor—. Nathaly, ¿no es así?
Ian se dijo que no era decepción la emoción que le había atenazado el
pecho.
—Nathaly, así es —confirmó, y nunca una afirmación le había sonado
tan falsa.
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó la vocecita de Nathalie desde la
puerta. Por su rostro y por su tono de voz, todavía estaba adormilada.
Ian miró a Kristen y esta le devolvió la mirada.
Ninguno de los dos había pensado en cómo decírselo a la niña.
—Queremos hablar contigo, cariño —le comentó Kristen cuando
Nathalie tomó asiento.
—¿He hecho algo malo? —preguntó, alarmada.
—No —respondió Ian, reaccionando a la patada que Kristen le dio por
debajo de la mesa. Al parecer, quería que los dos la informaran de la noticia
—. No se trata de eso.
—¿Recuerdas que ayer me dijiste que querías que me quedara contigo
para siempre?
La niña asintió.
—¿Ahora sí me lo puedes prometer?
—Eso creo. Tu papá ha encontrado la forma de que eso pase.
Kristen lo miró. Nathalie también.
Al parecer, le tocaba la parte más difícil a él.
—Eh... Sí, le he pedido a tu tía que se case conmigo. ¿Te gusta la idea?
La niña tardó en responder, y eso preocupó un poco a Ian.
No creyó que Nathalie fuera a presentar un problema. A su parecer, era
muy joven como para poner objeciones, y quería a Kristen más que a él.
—Si os casáis..., ¿la tía Kris tomará el lugar de mamá? —preguntó, con
duda.
—¡Oh, no! —se apresuró a responder Kristen—. Tu mamá siempre será
tu mamá, y yo siempre seré tu tía. Solo viviremos juntos siempre.
Seremos... una familia.
La palabra le resultó a Ian extraña y, a la vez, reconfortante, como algo
que había estado necesitando sin saberlo y de pronto lo había encontrado
sin buscarlo.
—¿Eso significa que también tendré hermanos? —preguntó, animada
ante la idea.
Ian decidió dejarle esa respuesta a Kristen.
Una contestación equivocada y, apenas Nathalie se marchase, él
terminaría con todo el desayuno encima de la ropa.
—Sí —respondió Kristen, pensativa—. Es probable.
—¡Genial! Siempre he querido hermanos.
Con esa declaración, se dio por concluida la conversación.
***
Convencer a su cuñada, Emily, de interviniera en el plan fue bastante
sencillo, aunque el coste, demasiado alto. Ian tuvo que soportar preguntas
indiscretas y miradas burlescas de David, quien, tras haber superado la
impresión de la noticia, pareció fascinado por la boda, como si la noticia de
su compromiso se tratara de un acontecimiento que no creyó que viviría
para ver.
—Debí haberlo supuesto. Vi algo entre vosotros cuando estabais juntos
—le dijo su hermano, quien se lo había llevado a un lado mientras las
damas hablaban.
—David, te estás imaginando cosas.
—Si eso quieres creer... —dijo David, dando a entender que no era así y
era Ian quien no aceptaba la verdad.
—Nos casamos porque es una unión beneficiosa y...
—Espero que no haya sido ese el argumento que utilizaste en tu
propuesta —interrumpió su hermano con horror fingido—, o deberé
preguntarme por qué aceptó.
Ian le dedicó una mirada desdeñosa y se giró para marcharse.
—¿Sabes? Te conozco más de lo que crees, Ian —le dijo, llamando su
atención—. Puede que sea una unión conveniente, pero has debido de tener
opciones mucho mejores y, aun así, te has decidido por esta. Tú nunca te
decidirías por la que no fuera la más ventajosa. Si quieres, sigue
mintiéndote a ti mismo, pero yo sí me alegraré por ti. Ella me agrada, a
pesar de que casi arruinara mi compromiso.
En ese momento, Kristen se giró hacia ellos y les sonrió.
Ian supo entonces que David tenía razón. Había otras opciones mejores
que podría haber considerado, pero ninguna tenía esa sonrisa.
Ni esa mirada.
«Y ninguna se llevaría tan bien con Nathaly», se recordó, porque
todavía necesitaba una excusa lógica.
—Lo que no entiendo —decía Emily cuando ellos se acercaron— es qué
vamos a inventar para justificar tu presencia en mi casa. Y tu regreso... ¡Y el
compromiso! Todo, en realidad.
—Oh, ya se lo había comentado a Ian. Todo estará solucionado siempre
y cuando Kevin vaya a la fiesta.
—¿Ya has hablado con él? —le preguntó.
Hacía dos días que habían tomado la decisión, e Ian seguía inquieto
dejándole un tema tan importante a su cuñado. Quería, al menos, saber cuál
era el plan para poder aprobarlo.
—No se inquiete, milord —dijo con burla—. Todo saldrá bien. Confíe
un poco en mí.
Emily sonrió; David, también, e Ian invocó a las que venían siendo sus
dos fieles amigas últimamente: la paciencia y la resignación.
***
Nathalie no se tomó bien que Kristen tuviera que vivir con su tío David
durante un tiempo. Su corta edad impedía que explicaciones como «es lo
correcto» o «los novios no pueden vivir juntos antes de la boda» tuvieran
sentido para ella.
—Me prometiste que te ibas a quedar conmigo para siempre —reprochó
con los ojos aguados cuando Kristen se estaba marchando.
El sol apenas salía, e Ian no podía imaginar peor manera de comenzar el
día que viendo a su hija triste.
—Y así será, cariño. Solo serán unas semanas. Después regresaré y me
quedaré. También vendré a visitarte. Cualquier cosa que necesites, tienes a
Hannah y a tu padre.
Lo miró significativamente. Ian ya empezaba a comprender que esa
mirada significaba «trátala bien o eres hombre muerto».
Nathalie arrugó el ceño, poco contenta, y salió corriendo escaleras
arriba.
Kristen suspiró cuando la vio.
—Se le pasará —le aseguró cuando notó que Ian miraba con
preocupación el lugar por donde había desaparecido la niña—. Dale unas
horas y luego ofrécete a jugar con ella.
—¿Jugar a qué? —preguntó, receloso.
Kristen se encogió de hombros con una sonrisa.
—Ella es la ofendida, así que ella decide.
Kristen dio un paso hacia él. Sería la última vez que la tendría cerca en
días, pues no se verían hasta la fiesta, así que Ian disfrutó de su cercanía,
del olor de su perfume, de su mirada cálida.
—Hasta pronto, Ian —le dijo. Por su rostro pasó una expresión de duda,
como si quisiera decir o hacer algo y no se decidiese. Finalmente, acortó la
distancia entre ellos, se puso de puntillas y le rozó los labios. Fue tan rápido
que Ian ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar—. Supongo —dijo ella con
una sonrisa traviesa — que ya no hay motivos para que no esté bien.
El sonido de alguien tocando la puerta lo salvó de responder. Cuando el
mayordomo abrió, Emily y su hermano aparecieron en el vestíbulo.
—¿Lista?
Kristen asintió. No parecía nerviosa o asustada. Estaba llevando su
regreso a la sociedad con el mismo carácter con el que afrontaba las
situaciones difíciles.
No era una mujer fácil de tumbar.
—No olvides notificarme sobre la historia que elabore tu hermano —le
dijo cuando ya habían llegado a la puerta.
—Por supuesto —respondió con esa sonrisa enigmática que causaba
más inquietud que tranquilidad.
Y se fue.
La casa se sintió un poco vacía desde entonces, como si ella hubiera
dejado allí su esencia y el hogar la extrañara ahora que se había ido.
Fue a visitar a Nathalie unas dos veces por la tarde. Estaba más calmada,
y Hannah se quedaba acompañándola.
No se ofreció a jugar con ella. Simplemente no se veía sentado,
hablando con muñecas de madera, pero sí la observaba durante un rato. En
la cena habló poco y se quedó hasta tarde en su despacho, pensando en lo
cerca que estaba el cambio brusco en su vida.
Extrañamente, no se sentía agobiado. Quizás hubiera desarrollado cierta
resignación, pero sentía que, aunque la lógica dijera que se avecinaba una
catástrofe, todo estaría bien.
Era medianoche cuando decidió irse a dormir. Los pasillos se
encontraban a oscuras, y el candil que llevaba en la mano apenas iluminaba
a su alrededor. De no haberle alertado el sonido de un llanto, no hubiera
advertido la figura que estaba acurrucada en una esquina de la escalera
superior.
—¿Nathaly?
Un sollozo fue su respuesta.
Preocupado, aunque sin saber muy bien cómo actuar, recorrió la
distancia que los separaba y se sentó a su lado.
—¿Qué ha sucedido?
—He tenido una pesadilla —respondió la niña entre hipidos—.
Entonces, he ido a buscar a tía Kris... y he recordado que no está. No quiero
dormir sola.
Ian estuvo a punto de sugerirle que fuera a buscar a Hannah, ya que no
tenía ni la menor idea de qué hacer en ese caso. No obstante, fue incapaz de
dar una respuesta tan fría.
Se aclaró la garganta para ver si le salía la voz.
—Ven, te llevaré y me quedaré contigo un rato. ¿Te parece?
La niña alzó los brazos como toda respuesta. Sus pálidas mejillas
estaban húmedas por las lágrimas.
Ian se levantó, la cargó y empezó a recorrer el camino hacia la
habitación de ella. Esta le rodeaba el cuello con los brazos mientras seguía
sollozando.
—¿Qué has soñado? —preguntó para distraerla—. Dicen que, si cuentas
tus sueños, ya no se harán realidad.
Ella tardó en responder. Notó cómo lo apretaba más fuerte mientras
empezaba a hablar:
—Soñé que estaba en mi habitación. Tenía hambre, así que iba a buscar
a Hannah, pero no estaba, y luego iba a buscar a tía Kris, y tampoco estaba.
Tampoco te encontré a ti, ni a nadie. Estaba sola en la casa. ¡Sola! Tenía
mucho miedo...
Ian apretó el brazo que la sostenía en un gesto reconfortante y se detuvo
frente a la puerta de la habitación. La abrió y una oscuridad tenebrosa los
recibió. La luz de las ventanas no era suficiente para iluminar la estancia, y
el fuego de la chimenea estaba casi apagado. No le extrañaba que no
hubiese querido seguir durmiendo allí.
A lo mejor debería haberle buscado una habitación más acogedora.
—¡No quiero quedarme sola! —chilló ella cuando él la dejó sobre la
cama.
—No te dejaré —la tranquilizó mientras la arropaba—. Nunca estarás
sola. Tienes mi palabra.
—¿Vas a dormir conmigo?
—Sí —accedió.
Ni siquiera tuvo que pensarlo. Se acostó en la cama, hundiendo el
colchón bajo su peso. El hueco que quedó entre su brazo y su pecho debió
parecerle tentador a Nathaly, porque se deslizó hacia este y utilizó su
antebrazo de almohada a la vez que le rodeaba el estómago con uno de sus
bracitos.
—¿Me puedes contar un cuento?
—Yo... me temo que no conozco ninguno.
Ella alzó la cabeza y lo miró como si hubiese dicho algo espantoso.
—¿Cómo es posible que no conozcas ningún cuento?
Ian sonrió.
—Es terrible, lo sé. Te lo debo.
La niña volvió a acomodar la cabeza en su brazo, e Ian, por instinto, le
acarició los cabellos. Le pareció un gesto tan natural que ni siquiera pudo
sorprenderse por hacerlo.
—Papá.
—¿Sí?
—Tía Kris va a regresar, ¿verdad?
—Claro que sí.
—Mamá también dijo que iba a regresar y no lo hizo.
Ian sintió cómo las palabras le tensaban los músculos, pero no dejó de
acariciarla para que no lo notara.
—Es diferente. Tu tía regresará, y cuando lo haga, no se volverá a ir.
Ella no respondió, como si no pudiera creerle por completo.
—Tú tampoco te volverás a ir, ¿cierto?
—No —le prometió—. Ya te lo he dicho, nunca más volverás a estar
sola.
De nuevo, un instinto desconocido lo impulsó, esta vez, a darle un beso
en la frente para sellar su promesa.
Nathalie se acurrucó más contra él y cerró los ojos.
—Te amo, papá.
Él no respondió de inmediato, pero sintió cómo distintas emociones
rompían la barrera que siempre lo mantenía impasible.
Nunca habría creído que dos palabras pudieran calarle de esa manera.
—Yo también te amo —le susurró finalmente.
Nathalie se quedó dormida con una sonrisa.
Capítulo 17
El día había llegado y Kristen no estaba nerviosa... O estaba segura de que
dejaría de estarlo en cuanto entrara al salón, tomara una copa de alguno de
esos licores prohibidos para las damas y les sonriera a todos aquellos que la
mirarían con curiosidad. Ella no era una debutante; era una mujer que había
experimentado más que otras y tenía que aprovechar esa ventaja.
El carruaje se detuvo frente a la puerta de la mansión de los marqueses.
El señor Gallagher descendió y las ayudó a bajar. No había nadie en la
entrada a excepción del lacayo que comprobaba las invitaciones, y eso era
porque habían decidido llegar tarde a propósito para no encontrarse con
invitados en la entrada.
Era una estrategia que después le pasaría factura, pues las personas les
prestarían mucha más atención cuando los anunciaran.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Emily, tomada del brazo derecho de su
marido. Kristen iba en el izquierdo.
Emily era una dama encantadora. En esos días Kristen había podido
conocerla mejor y podría decirse que se habían hecho amigas. Era de esa
clase de persona que le agradaba a todos porque los hacía sentir cómodos, y
aunque a veces era un poco imprudente, tenía más virtudes que defectos.
—En lo absoluto —respondió, confiada.
—Entonces, que comience la función —comentó el señor Gallagher.
El lacayo de la puerta reconoció a Emily y la dejó pasar. En el vestíbulo
susurraron sus nombres al encargado de anunciar a los invitados, y este, con
voz de barítono, gritó:
—El señor y la señora Gallagher. En su compañía, la honorable señorita
Kristen Beckett.
El silencio fue llegando a medida que las personas iban reconociendo su
nombre. A Kristen le dio la impresión de que incluso la orquesta había
dejado de tocar, y, entonces, los murmullos regresaron con más intensidad.
«Todo está bien», se dijo Kristen, enderezando la espalda y esbozando
su mejor sonrisa. Debía demostrar la seguridad y la energía que la habían
convertido en una de rosas más codiciadas de su primera temporada, lo que
le había asegurado siete propuestas de matrimonio y había puesto a un
duque tras sus pasos; ser la Kristen Beckett que se sabía deseada y
disfrutaba de ello.
—Todos los ojos están sobre nosotros —le susurró el señor Gallagher
mientras inclinaba la cabeza ante algunos conocidos—. Veo confusión y
reconocimiento a partes iguales. No sé cuánto podremos caminar hasta que
alguien nos bloquee el paso. ¿Cómo puede estar tan tranquila?
—Ya debe saber, señor Gallagher, que en este mundo cualquier muestra
de debilidad es como la piel putrefacta que atrae a los buitres: una vez la
agarran, no la sueltan.
Dijo todo eso sin perder la sonrisa, y apenas interceptó a un lacayo que
llevaba una bandeja con copas de vino, tomó una y la alzó en un brindis
invisible a nadie en particular.
—Cómo deseo que llegue esa boda —murmuró el señor Gallagher.
Los primeros en interceptarlos fueron los marqueses de Farlam, tal y
como se había planeado. Ian estaba con ellos, y la observaba de arriba abajo
como si la viera por primera vez. Kristen dedujo que debía de gustarle el
vestido que Emily había encargado hacía poco y le había regalado. Era una
hermosa confección dorada que solo había necesitado algunos ajustes para
que le quedara a la perfección, con un generoso escote cuadrado que se
ceñía a su cintura, resaltando las caderas.
—Señorita Beckett, qué encantadora luce esta noche —dijo el marqués
con galantería—. Todos la están mirando.
Kristen se rio, aunque admitía que el sonido delató un poco su
nerviosismo.
Ian le tomó la mano y el contacto sirvió como un túnel a través del cual
le fue traspasada parte de la calma del conde.
Ella se lo agradeció con la mirada.
—Kristen, tenemos menos de dos minutos antes de que alguien decida
acercarse. ¿Hablaste con tu hermano?
—Sí.
—¿Y cuál es la historia que vamos a contar?
—No lo sé.
Ella sonrió ante la expresión de incredulidad de todos. Incluso Ian
parecía asustado, y ella se dijo que nunca le haría olvidar ese momento, en
el que por fin perdió el control.
—Kristen...
—Tranquilo, estamos a punto de averiguarlo.
Señaló con la barbilla frente a ella, donde las personas se apartaban para
dejar paso a dos figuras que se acercaban, uno con paso decidido y sonrisa
segura, y otro con mirada cautelosa y expresión de querer que todo aquello
fuera una pesadilla.
—¡Kristen! —exclamó Kevin con suficiente fuerza para que ella y
medio salón lo oyeran—. Querida, debí suponer que harías algo así. ¿No te
dije, Hector, que ella haría algo así?
El aludido asintió, aunque pensó mucho antes de hacerlo.
Kristen lo conocía lo suficiente para saber que se estaba preguntado qué
tan sensato era dejar ese asunto en manos de Kevin. De hecho, pudo
imaginar con claridad cómo su hermano menor, apenas la vio entrar, le
había dicho al mayor: «Tranquilo, yo resolveré esto». Si se conocía
suficiente a Kevin, se sabía que aquella frase podría interpretarse de muchas
maneras, y que su resolución no siempre beneficiaba al interesado.
—¡Es que debimos haberlo supuesto! —insistió aún más alto, con tanta
credibilidad que Kristen se dijo que sería un buen actor—. Desde el
momento en que nos dijo que iba a pasar unos días con la señora Gallagher,
yo pensé: «Va a hacer su gran regreso junto a ella. Nos va a robar el placer
de anunciar a la sociedad que nuestra querida hermana no encontró su lugar
en el convento y decidió cumplir su deber con Dios de otra manera,
casándose y siendo una buena mujer».
Los murmullos aumentaron de intensidad. El rostro de Hector se volvió
sombrío. Seguramente se estaba dando cuenta de que la historia que estaba
inventando su hermano no era algo que él, o que la familia en general,
aprobaría, pero ya no podía intervenir. Kevin tenía toda la atención.
—Señora Gallagher —continuó—, sé que Kris y usted son muy amigas,
y conociéndola como la conoce desde aquella escuela de señoritas, ¿cómo
es posible que se haya dejado influenciar por ella para robarnos este
momento?
—Oh, yo no diría eso, señor Beckett —respondió Emily, siguiéndole el
juego—. A lo mejor fui yo quien la persuadí para que me otorgara a mí este
gran momento.
Kevin la miró con fingida reprobación.
—Me decepciona, señora Gallagher. ¡Y a mi madre, que pensó que estar
unos días con usted le haría bien a Kris, dado lo nerviosa que estaba por su
regreso...! No sé si permitirá que se quede con ustedes las semanas que
habían planeado.
—Kevin, querido —intervino Kristen—, estás exagerando. Al menos no
les hemos quitado el placer de anunciar la otra noticia.
Más murmullos.
Hector se puso pálido.
—Hubiese sido el colmo —respondió Kevin, y se acercó para rodear a
su hermana entre sus brazos—. ¿Qué noticia? —le susurró.
—Mi compromiso con lord Wischesley.
Kristen hubiese deseado ver su cara. Por la tensión de sus brazos, estaba
estupefacto.
—¿Es una broma? —siseó.
—¿Por qué habría de serlo?
—Pues porque resulta menos inverosímil la idea de que te hayas pasado
cinco años en un convento.
—¿Eso qué significa? —preguntó Ian, que estaba lo suficientemente
cerca para escuchar la conversación.
—No te ofendas, Wischesley —respondió, separándose lentamente de
Kristen—, pero nunca imaginé que Kristen se casaría con un hombre como
tú. Eso será muy complicado de explicar. —Sonrió y le dio la cara al
público, que seguía murmurando—. Espero, lord y lady Farlam, que en un
rato nos puedan conceder unos momentos para dar el anuncio.
—Será un placer —respondió este. Parecía que se estuviera divirtiendo,
al igual que la marquesa, porque en sus labios bailaban sonrisas pícaras.
Satisfecha ya gran parte de su curiosidad, la alta sociedad formó grupos
y empezó a murmurar. Kevin aprovechó el momento para mirar a Kristen
con gesto acusador.
—Podrías haberme advertido.
—Te mandé una nota —respondió con inocencia.
—La nota decía, y cito: «Necesito que asistas a la fiesta de los Farlam
para que me ayudes a resolver algo». No especificaste que aparecerías por
aquí.
—Oh, pero se daba a entender.
—¿No le habías dicho nada? —preguntó Ian con incredulidad.
—Las mejores historias —dijo Kristen, citando unas palabras que sabía
que su hermano reconocería— son las que se improvisan.
Y también eran las que, en el caso de Kevin, quedaban más reales. Darle
mucho tiempo a su hermano para pensar algo habría implicado que la
historia inventada fuera demasiado extraordinaria como para resultar
conveniente. En su mente había un pozo lleno de fantasías sin final, y él
aprovechaba cualquier ocasión para vaciar un poco de ese contenido.
Además, Kristen había querido ver si el joven todavía tenía ese don de
inventar historias sobre la marcha, tal y como cuando era un niño que
quería llamar la atención o salir de un problema.
Alguien carraspeó, o, más específicamente, disimuló un gruñido con un
carraspeo. La figura alta y delgada de Hector se abrió paso entre el círculo
que los acompañantes de Kristen habían formado a su alrededor. Los miró a
todos y cada uno intentando decidir qué decir, y quiénes eran cómplices o
no de ese teatro.
—Kristen —dijo al fin, con esa voz seria y amarga que ella recordaba
tan bien.
—Hector.
El heredero de la baronía la miraba de forma desagradable, aunque no
era como si alguna vez se hubiese utilizado ese adjetivo para describirlo.
Hector Beckett siempre se había tomado con seriedad su posición en la
familia, así que no solo se parecía físicamente al barón, con sus cabellos
negros y unos ojos tan oscuros como el cielo sin estrellas, sino que su
actitud era una copia de la de su padre. Lo único que no había heredado de
él era, quizás, la autoridad y la determinación que este desprendía, pues a
pesar de ser el hermano mayor, le era difícil tomar decisiones o ser
respetado.
—Necesito hablar contigo. —Le dirigió una mirada hostil a Kevin—. Y
contigo.
—Tendrá que ser más tarde, hermano —respondió Kevin con una
sonrisa traviesa—. Hace tiempo que Kris no pisa un salón de baile y
seguramente está entusiasmada por mostrarnos a todos que no ha perdido
sus habilidades en la danza. ¿Me concedes este baile, hermana?
Hector quería protestar, pero Kevin la arrastró consigo antes de que
pudiera decir palabra. Kristen se rio como cuando eran niños y hacían
alguna travesura. La orquesta tocó una cuadrilla, y ella pronto descubrió
que su hermano era un buen bailarín.
—Se te da bien —le comentó.
—Al igual que muchas cosas —replicó este con una sonrisa—. Debo
admitir que estoy gratamente sorprendido, Kris.
—¿Porque todavía recuerdo cómo bailar? —preguntó con humor.
—Y por otras razones.
Como había predicho, los nervios se le habían pasado, y Kristen sintió
que estaba de nuevo en aquellos años en los que deslumbraba a todos con
sus habilidades. Sonrió y se dejó llevar por la música.
El baile siempre se le había dado muy bien, y ella se sentía libre cada
vez que ejecutaba un paso. Sabía que la gente la miraba, susurraba sobre
ella, pero no perdió la sonrisa. La joven que había sido disfrutaba llamando
la atención, y cada movimiento que hacía era una burla a todos los que la
observaban.
Ella, Kristen Beckett, había regresado, y no estaba interesada en sus
opiniones.
—¿Por qué él? —preguntó Kevin.
Había tardado demasiado.
—Nathaly. No quiero alejarme de ella.
—Bien, eso hace la historia solo un poco más creíble.
—¿A qué te refieres? —preguntó, aunque ya se lo imaginaba.
—Kris, sé que has cambiado en estos años, pero no eres de las que hace
grandes sacrificios por otros, aunque los quieras demasiado.
—Me parece exagerado que lo describas como un «gran sacrificio».
—Exactamente —dijo él, como si ella acabara de darle el dato que le
faltaba—. No te casarías con él por ningún motivo, a menos que no lo
consideraras un sacrificio. Dime la verdad, ¿te gusta?
Kristen se sorprendió de lo rápido que había atado los cabos. Sonrió y se
encogió de hombros, aprovechando una separación obligatoria para dejar el
suspenso.
—Te gusta —musitó Kevin con incredulidad cuando volvieron a
juntarse—. No veo cómo es eso posible.
—Yo tampoco —respondió con sinceridad.
No había motivos para negar sus sentimientos. No ante su hermano.
—¿Crees que funcionará? ¿No te arrepentirás?
Kristen volvió a encogerse de hombros.
—En el peor de los casos —le susurró a su hermano en el oído cuando
la música estaba terminando—, lo mataré y me quedaré con su dinero.
Kevin apenas pudo reprimir la carcajada para que no la escuchara medio
salón.
Le tomó el brazo para devolverla con sus acompañantes, pero Ian los
interceptó antes.
—Señorita Beckett, me pregunto si me concedería el siguiente baile.
—Será un honor, lord Wischesley —respondió con una sonrisa, y le
guiñó un ojo a su hermano.
En ese momento, empezaron a sonar los compases de un vals.
—¿De qué hablabais tú y tu hermano?
—Oh, de asesinatos. Nada importante.
La confusión duró solo un segundo en el rostro de él, pero Kristen la
disfrutó mientras le enlazaba las manos al cuello y sentía el roce de sus
manos sobre la cintura. Las capas de tela no eran barrera suficiente, y, al
igual que sucedía cada vez que se acercaban, ella sintió ráfagas de deseo
recorriéndole el cuerpo.
—Pareces contenta —comentó él cuando empezaron a moverse al
compás de la música.
—Lo estoy —confesó con una sonrisa—. No sé por qué, pero me hace
feliz volver. Supongo que, en cierta forma, siempre extrañé estos bailes,
aunque deteste a la gente.
Él se permitió esbozar una pequeña sonrisa, y por varios segundos no
despegó la mirada de los labios de ella, como si le fascinara la forma en que
estos se curvaban por la alegría.
Bailaron un rato sin decir más. Kristen sentía el cuerpo liviano, y un casi
irrefrenable impulso de acercarse y recostar la cabeza en su pecho mientras
él la rodeaba con sus brazos.
—Hace dos días, Hannah me envió una carta —le dijo para distraerse—.
Me informó que cuando fue a despertar a Nathalie esa mañana, te encontró
a ti durmiendo a su lado, abrazándola.
Él hizo una mueca, posiblemente avergonzado de que ella se hubiera
enterado de aquello.
—Había tenido una pesadilla, y... Bueno, eso no importa. ¿Habéis
decidido tu hermano y tú qué excusa daréis para justificar nuestro
compromiso?
Kristen se rio, consciente de que él quería desviar el tema.
Ya se lo recordaría después.
—No. —Ante la cara de disgusto de Ian, Kristen intentó tranquilizarlo
acariciándole la nuca con los dedos—. Dale unos minutos. Le fue difícil
creerse que estábamos comprometidos.
—Me percaté de ello —respondió, aunque no de manera tan sarcástica
como parecía ser su intención. La última palabra sonó ronca.
—Ya he logrado convencerlo de que así es —continuó Kristen sin
detener sus caricias, muy consciente de lo que eso provocaba en él.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
—Le he dicho que todo era por el bien de Nathaly.
—¿Solo eso le has dicho? —preguntó. Su mirada se había vuelto oscura.
—¿Tienes alguna otra razón que debiera exponer? —indagó, en voz
baja.
—Creo que eso solo puedes saberlo tú —susurró.
El espacio que los separaba se volvió insoportablemente caliente, o eso
le pareció a Kristen.
—A lo mejor hay otra —concedió—. Dime, ¿hay otra razón, aparte de
Nathaly, por la que me propusiste matrimonio?
—Tal vez la haya —susurró él.
Kristen iba a besarlo. O él iba a besarla a ella. Era lo peor que podían
hacer en ese momento, con tantos ojos mirándolos, pero la atracción
empezaba a resultarle insoportable. Escuchó vagamente que la música
bajaba de volumen y tardó unos segundos en reaccionar.
Estaban escandalosamente cerca, y eran el centro de atención.
—Kristen —siseó una voz a sus espaldas.
Era Hector. Kevin estaba a su lado con cara de fastidio.
—Me gustaría que habláramos un momento.
La alegría de Kristen se evaporó, pero no llegó a sentirse nerviosa.
—Como quieras, Hector.
—Les acompaño —anunció Ian con ese tono que no admitía réplica.
Hector se mostró incómodo. Estaba claro que no poseía valentía
suficiente para plantarle cara al conde sin titubear.
—Discúlpeme, milord. Es un asunto familiar.
—Créame, señor Beckett. Me concierne.
—Y no tienes idea de cuánto —murmuró Kevin con el regocijo de quien
preveía una discusión.
Hector no se atrevió a seguir poniendo objeciones, aunque era evidente
que no estaba contento con la idea.
—Apuesto a que a Farlam no le importará que usemos su biblioteca—
propuso Ian, ofreciéndole el brazo a Kristen. Esta lo aceptó y encabezaron
la marcha.
La biblioteca estaba a oscuras, así que Ian tomó dos de los candelabros
del pasillo y lo colocó dentro. El murmullo desapareció en cuanto cerraron
la pesada puerta de roble y el fuego de las llamas apenas logró iluminar
parte del rostro de los presentes, haciendo que la escena se asemejara a las
descritas en las novelas de terror.
—¿Puedo saber qué está sucediendo? —preguntó Hector entre dientes.
La presencia de lord Wischesley lo estaba conteniendo. Kristen sabía
que, de haber estado solos, su voz habría sido mucho más elevada e
imperativa.
—También me alegro de verte, Hector —respondió Kristen, haciendo
uso del sarcasmo capaz de irritar a un santo—. Sobre lo que está
sucediendo, como ya habrás podido ver, he decidido que la vida religiosa no
era para mí. Demasiadas reglas, rezos sin sentido. Las monjas del
convento... Disculpa, ¿cuál era el nombre del convento en el que estaba?
Hector siseó algo que no entendió, aunque apostaría por que era una
maldición.
Kevin sonreía.
—Tú te fuiste —recordó él—. Teníamos que justificar tu partida.
—Sí, me fui —concordó Kristen—. Debes admitir que no es agradable
que te miren con desprecio en tu propia casa, y que no te dirijan la palabra.
También creo recordar que madre quería mandarme a Francia, con no sé
qué tía de mano dura.
—Eso era lo que te merecías por deshonrar nuestro nombre. Por ser...
—Beckett —interrumpió Ian con una calma helada—. Le sugiero que
muestre un poco de respeto hacia tu hermana.
El «sugeriría» no era más que un termino amable. Cada palabra que Ian
pronunciaba denotaba exigencia y amenaza.
—Wischesley, ¿puedo saber qué tiene que ver usted en este asunto?
—Se va a casar con ella —informó Kevin, sin poder resistirse a ser
quien diera la noticia que causaría disgusto a su hermano—. Interesante,
¿no crees?
—Ha perdido la razón —masculló Hector, incrédulo—. ¿No sabe que...?
—Sé todo lo que tengo que saber —le interrumpió Ian.
—Y, aun así, ¿por qué...? No importa —dijo, intentando recuperar el
control de la situación—. No puedes aparecer así. No después de cinco
años. Y tú... —Miró a Kevin—. Tú no puedes insinuarle a todo el mundo
que nosotros éramos conscientes de su regreso y planeábamos reintegrarla
en la sociedad. No era eso lo que tenía en mente cuando dijiste que «lo ibas
a arreglar».
—¿Ah, no? —preguntó con un desconcierto que pareció muy real—.
¿Qué tenías en mente? ¿Que la repudiáramos ante todos? Eso habría sido
mucho más escandaloso, hermano. La historia de la familia unida es más
interesante.
—Ya sabías que había regresado, ¿no es así?
—Así es —confirmó Kevin—. Sin embargo, si te sirve de algo, no sabía
que aparecería por aquí.
—¡Pero te pusiste de su lado! —gritó Hector.
—Siempre ha sido mi hermana favorita. No entiendo de qué te extrañas.
Hector parecía a punto de explotar. Tenía las manos apretadas en puños
y la mandíbula tensa.
Kristen sabía que estaba mal divertirse a su costa, pero no pudo evitar
sonreír.
—Padre se va a enfadar mucho, es posible que su corazón no resista. —
Miró a Kristen con una acusación escrita en los ojos—. ¿Sabías que está
muy enfermo? ¿Que puede morir si se entera de este escándalo? Hoy se
puso mal; por eso no ha venido madre hoy, porque se ha quedado pendiente
de él.
La sonrisa de Kristen se borró. Dirigió sus ojos hacia Kevin.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Es un tema un poco deprimente para un reecuentro —se justificó este.
Eso bien podía significar que no le importaba en lo absoluto lo que le
sucediera al barón. No era un secreto que Kevin le guardaba rencor a su
padre; sin embargo, siempre hubo una línea que separaba ese rencor del
odio puro. Al parecer, en los últimos años esa línea se había desdibujado
hasta el punto en que la inminente muerte del progenitor no podía
importarle menos.
—Eres una insensata —recriminó Hector—. Siempre lo has sido.
El insulto le dolió un poco más de lo que había esperado. Logró
disimularlo solo porque Ian le colocó una mano sobre el hombro y su calor
la reconfortó.
—¿A qué se debe todo esto? —indagó Hector—. ¿Por qué has decidido
regresar justo ahora?
—Mis motivos no te incumben —dijo Kristen con calma.
—Incumben a mi familia, y si planeas que salga de aquí y continúe con
toda esta farsa, vas a tener que decírmelo.
—Considerando que ya se debe haber esparcido por toda la fiesta la
versión que he dado —intervino Kevin—, no creo que sea prudente que la
desmientas. Nos dejaría en muy mal lugar. Si lo piensas con detenimiento,
Hector, apoyarla es lo más conveniente para nosotros.
Hector le dirigió a su hermana una mirada que no la amedrentó en lo
más mínimo. Al igual que hacía con todo lo relativo a su padre, Kevin se
tomaba las reacciones furiosas de Hector con satisfacción en lugar de
preocupación.
—Eso me lleva a una historia para justificar su compromiso —continuó
el joven, mirando a Kristen y a Ian alternativamente, como si así pudiera
elaborar mejor lo que diría—. Propongo que nuestro querido hermano
mayor se pare en la tarima y les informe a todos que, en una ocasión, lord
Wischesley vino a visitarnos. Kristen acababa de regresar del convento. Sus
miradas se cruzaron y él quedó tan cautivado que, después de unas visitas
discretas, le pidió la mano a nuestro padre. Así quedaron comprometidos, y
hemos decidido que era el momento de que Kris regresara al mundo al que
pertenece para que pudiera desenvolverse con su futuro marido. Es una idea
excelente, ¿no creéis?
Ni siquiera Kristen pudo darle la razón. La idea de Ian Gallagher, un
hombre que no tomaba ninguna decisión apresurada, enamorado a primera
vista de ella y pidiendo con premura su mano en matrimonio le pareció tan
absurda como seguramente le parecía a él, cuya expresión de incredulidad
decía mucho.
—Kevin, creo que puedes hacerlo mejor.
—Tonterías. ¿Crees que es fácil explicar un compromiso repentino junto
con tu aparición? El amor es la mejor forma de hacerlo. Nadie conoce cómo
funciona exactamente, así que nadie hace preguntas.
—Yo no pienso hacer tal anuncio —dijo Hector con firmeza.
—Pues lo haré yo —respondió Kevin, como si se lo hubiese esperado—.
Diré que te encontrabas indispuesto.
—No te atreverías.
—Tantos años conociéndome y todavía lo dudas...
—¡Basta! —intervino Kristen, alzando la voz para obtener su atención
—. Hector, sé que no soy tu persona favorita en estos momentos...
—Nunca lo has sido, Kristen —espetó.
La mano que tenía sobre su hombro se tensó, preparada para la pelea, y
Kristen, con el fin de evitarla, se obligó a dejar de lado cualquier
sentimiento negativo que le hubiera provocado esa afirmación.
—Y no puede importarme menos —contestó con la determinación
brillando en sus ojos—, pero ya estoy aquí, ya se ha contado una historia, y
me voy a casar con lord Wischesley con o sin tu colaboración. Así pues, si
quieres que las cosas transcurran de la forma menos escandalosa posible,
será mejor que salgas y te ciñas al guion que ha preparado Kevin para este
teatro.
Se retaron con la mirada.
Hector era de los que detestaban perder, y odiaba todavía más no tener
el valor para cambiar la situación. Él sabía perfectamente que, si se negaba
a apoyar la historia de Kevin, la sociedad empezaría a cuestionarse muchas
cosas: entre ellas, todo lo que había contado la familia sobre la desaparición
de Kristen. Si ellos no colaboraban, lord Wischesley y ella se verían en
problemas, pero los Beckett no escaparían del escarnio.
—Bien —dijo al fin con resquemor. Miró a lord Wischesley, y el miedo
inicial que había sentido hacia el conde fue opacado por el desprecio en su
mirada—. Lo creía un hombre sensato, Wischesley. Espero que no se
arrepienta. Sé que Kristen sabe cómo usar sus encantos.
Kristen no decidió quién tenía más ganas de lanzarse sobre Hector, si
Kevin, con su ceño fruncido, Ian, con su mirada helada, o ella misma, con
la rabia recorriéndole todo el cuerpo.
Quizás se habría acercado a abofetearlo si Ian no hubiese apretado su
hombro para que se controlara.
—Es una advertencia innecesaria, Beckett —respondió Ian con un tono
tan aterciopelado como engañoso—. Conozco bien las virtudes de su
hermana y me alivia saber que no son heredadas de su lado de la familia.
Hector salió cerrando la puerta tan fuerte que todos hicieron una mueca
de desagrado.
—Yo les esperaré fuera —informó Kevin luego de un minuto entero de
silencio.
El joven tuvo más cuidado de cerrar la puerta. Cuando estuvieron solos,
Kristen sintió el cuerpo cansado, como si hubiese usado toda su energía
durante la conversación y necesitara unos minutos para reponerse.
—¿Te encuentras bien? —le susurró Ian al oído.
—Lo estaré —aseguró Kristen—. Pondré mi mejor sonrisa cuando se
anuncie el compromiso para hacer más creíble la historia.
Él soltó un resoplido.
—Tu hermano podría haber inventado una historia menos inverosímil.
—¿No crees que sea verosímil la idea de sentir amor por mí?
—No creo en el amor a primera vista —dijo con cautela, como si la
pregunta fuera una trampa.
—¿Crees en el amor que se da con el tiempo? —indagó.
—Es más factible.
Ella sonrió.
—Es bueno saberlo.
Instintivamente, Kristen se recostó contra su pecho intentando obtener
un poco de su calma, de su energía. Para su sorpresa, Ian la rodeó con sus
brazos y la apretó tiernamente contra él.
Ella quería reírse de lo irónica que resultaba la situación. Estaba
buscando consuelo en un hombre que hacía apenas unas semanas le había
inspirado un odio intenso. No sabía cómo había logrado pasar de eso a
confiar en él, a verlo como un hombre que no era perfecto, pero merecía
una oportunidad; a olvidar sus errores y desearlo con locura. Era de ese tipo
de situaciones inexplicables y que a la vez resultaban satisfactorias.
Alzó la cabeza y buscó sus labios. Él se los dio sin protestar.
Kristen supo que lo quería. De alguna manera que no se podía ni
concebir, se había terminado enamorando de su forma de ser tan hosca, de
sus intentos de rectificarse, de su forma de tratar con los problemas. No era
su hombre soñado, e incluso podría decirse que era su antítesis, pero era un
hombre real que se había equivocado e intentaba enmendarse todo cuanto
su carácter cerrado se lo permitía. La relación con Nathalie podía seguir
mejorando, sí, y Kristen quería estar ahí para verlo, para participar en el
proceso y formar una unión familiar que pudiera funcionar.
Porque creía en él.
El beso se tornó más intenso. Ella le echó los brazos a cuello, y las
emociones anteriormente experimentadas, como la furia y el rencor, se
transformaron en una necesidad más agradable, una que le prometía
liberación. Las manos de él le tocaron la cintura, las caderas, y finalmente
se cerraron sobre sus pechos, masajeando por encima de la tela con fuerza
justa para que resultara exquisito.
Sus bocas se separaron y Kristen gimió cuando lo sintió besar su cuello.
—Ian —jadeó—. Deberíamos... deberíamos...
—Parar —susurró él contra su piel—. Lo sé —musitó, pero no dejó de
acariciarle los pechos.
—No. Deberíamos irnos a tu casa después del baile.
Esa frase consiguió que se detuviera. Se alejó dos pasos. Su respiración
estaba muy agitada, y la miraba con absoluta incredulidad.
Nunca había disimulado tan poco su estado de ánimo.
—No —respondió, y por el tono ronco de su voz le costó un esfuerzo
gigante.
—¿Por qué? —respondió con voz coqueta, e hizo amago de acercarse.
Él levantó una mano para detenerla.
—¿Cómo se lo voy a explicar a mi hermano?
A Kristen le divertía que incluso en momentos como ese fuera capaz de
pensar en protocolos.
—Nathalie ha pasado unos días muy ajetreados y quiere verme.
—Puede verte en el día. No se lo va a creer.
—No me importa —aseguró, dando un paso hacia él.
—A mí sí.
Kristen se rio.
—Yo puedo hablar con ellos —ofreció.
—No. Es mi última palabra —dictaminó con tono autoritario, y
comenzó a caminar hacia la puerta.
Kristen lo interceptó por la espalda y le echó los brazos al cuello.
—Dime que no llevas deseándolo desde hace semanas —le susurró
contra su oído.
—Kristen...
—¿Qué importa lo que vayan a pensar? Nuestra relación no comenzó de
manera normal y no tiene por qué desarrollarse así. Limítate a decirle con
ese tono autoritario tan característico tuyo que me voy contigo y listo.
Ella besó el lóbulo de su oreja, y eso fue todo lo que él se pudo permitir
resistir. Al segundo siguiente estaba atrapada de nuevo entre sus brazos, con
su boca devorándola.
—Eres mi perdición —le susurró entre besos.
—¿Por eso me pediste matrimonio? ¿Porque te hago perder el control?
—indagó.
—Entre muchas otras razones igual de irrazonables.
Kristen se rio. La respuesta la había dejado satisfecha. Si él solo hubiera
dicho que sí, ella se habría decepcionado, incluso se habría sentido molesta.
Una vez el corazón se involucraba sentimentalmente con alguien, solo se
podía desear lo mismo del otro. No sabía si él la quería con igual
intensidad, o si llegaría a hacerlo, pero esa leve esperanza bastaba por el
momento.
A Kristen le gustaba disfrutar del momento.
—Tú también eres mi perdición —musitó ella—, y ¿sabes lo que pasa
una vez que hemos sido arrastrados irremediablemente a la perdición?
—¿Qué? —preguntó. Sus ojos estaban casi negros por el deseo.
—Que empezamos a disfrutar de ella.
Él volvió a besarla, y Kristen supo, sin necesidad de palabras, que lo
había convencido.
Capítulo 18
Hector repitió la historia que Kevin había elaborado entre gruñidos y
palabras entrecortadas. La reacción de la sociedad fue difícil de medir.
Primero, guardaron un silencio sepulcral, como si no hubiesen captado el
mensaje. Después, empezaron los murmullos, y para cuando todos bajaron
de la tarima, se encontraron rodeados de personas curiosas ávidas de más
información.
Kevin se quedó en todo momento al lado de Hector, respondiendo las
preguntas e inventándose detalles sobre la marcha. Ian no se separó de
Kristen, aunque sus pocas ganas de hablar eran evidentes. Respondía con
cortesía, pero de forma escueta. Aun así, estaba llevando mejor de lo que
imaginó el primer escándalo que se asociaba a su nombre.
En varias ocasiones, Kristen tuvo que sonreír cuando las personas
pedían detalles sobre su vida en el convento y por qué había tardado tanto
en regresar. Algunos indiscretos preguntaban los motivos por los que se
había ido, y si había algún pecado en particular que hubiera querido expiar.
Ella casi había olvidado el veneno que contenían las lenguas
aristocráticas.
A las dos de la mañana, lograron escapar. Estaban fuera, esperando que
trajeran los dos carruajes.
—Cuando estemos a algunas manzanas de aquí —le susurró Kristen a
Emily en el oído—, me cambiaré de carruaje.
Emily jadeó. Su expresión era una divertida mezcla entre el horror y la
comprensión.
—¿Sucede algo? —preguntó el señor Gallagher.
Emily le susurró lo mismo que le había dicho Kristen.
El señor Gallagher arqueó una ceja, divertido.
—Se lo has dicho —siseó Ian, más resignado que espantado.
—Habías quedado en eso —musitó Kristen con inocencia.
—No recuerdo haber accedido.
—Oh, yo creo que sí. Además, no hay que descartar la posibilidad de
que pronto tenga que regresar a mi casa. Hay que aprovechar las
oportunidades.
Él no protestó, lo que le confirmó a Kristen que estaba implícitamente
de acuerdo.
Los carruajes llegaron e hicieron tal y como se había acordado. Ian se
subió al suyo, y Kristen, al de los Gallagher. Unas manzanas más adelante,
en una calle poco transitada, los dos coches se detuvieron y Kristen, con la
capucha de la cara sobre el rostro, se cambió de vehículo.
Ian tenía en el rostro esa expresión que quería aparentar reprobación,
pero Kristen notó que la comisura de sus labios estaba resistiendo la
tentación de curvarse.
Ella se quitó el abrigo y, de inmediato, los ojos de él fueron a parar a sus
pechos.
—Tendrás que regresar antes de que salga el sol —le advirtió.
—Aún quedan unas horas.
Durante un momento sus ojos estuvieron conectados, diciéndose en
silencio todo lo que querían hacerse. Al instante siguiente eran sus bocas las
que se habían unido.
De alguna manera, Kristen terminó a horcajadas sobre él, y dejó que sus
manos le marcaran a fuego la piel mientras ella lo besaba en los labios, la
barbilla y lo poco que quedaba al descubierto de su cuello. Cuando intentó
deshacerle el nudo del lazo, se dio cuenta de por qué no iba a ningún lado
sin su ayuda de cámara.
¡Era ridículamente difícil!
—Déjame a mí —le dijo. Tardó un tiempo vergonzoso en deshacer el
nudo—. Creo que le debo un aumento de sueldo a Hawe.
Kristen se rio. Finalmente, entre los dos pudieron deshacer el lazo. En
ese momento, el carruaje se detuvo, y en menos de un minuto estuvieron en
la habitación. Antes de entrar, Ian le hizo un gesto para que se escondiera
detrás de una columna. Kristen entendió por qué cuando el señor Hawe
salió refunfuñando algo sobre aristócratas incomprensibles. Con una risita
traviesa, se internó en la habitación y se tomó un minuto para observarla.
La recámara se parecía a él, con las paredes grises y los muebles negros.
Todo estaba ordenado de forma que daba placer a la vista y causaba temor
de entrar y arruinar la perfecta armonía.
Kristen tomó nota mental de pedir habitaciones separadas una vez se
casaran.
—¿Sucede algo? —preguntó, rodeándole la cintura desde atrás.
—Es una bonita habitación —respondió, inclinando el cuello para darle
mejor acceso a sus labios.
Kristen ya casi no recordaba lo placentero que era sentir el cuerpo arder
con una caricia o con un beso. No recordaba que fuera tan placentero.
Sintió cómo maniobraba con los lazos de su vestido hasta que este se
resbaló y formó un círculo alrededor de sus pies. Ella salió de él y se giró
para buscar su boca, sedienta del sabor de sus labios.
Él la apretó contra sí con brusquedad excitante.
Las manos de ambos volaron a las prendas de ropa que quedaban. La de
él al corsé, y las de ella, al chaleco. Parecía haberse iniciado una
competencia silenciosa por ver quién desnudaba primero al otro. Kristen se
sentía desesperada, y esta desesperación acabó con cualquier pudor que
pudiera haber sentido al quedarse solo en camisola, enaguas y medias frente
a él. Lo necesitaba como nunca antes había necesitado algo. Era diferente
de aquella primera vez, porque no había dudas ni objeciones, solo
intensidad pura.
Aquella vez, Kristen ni siquiera se había desvestido por completo.
Él la alzó en brazos y la dejó sobre la cama, sentada y con las piernas
ligeramente abiertas. Kristen había conseguido quitarle el chaleco y sacarle
la camisa de los pantalones. Eso, junto con el cabello castaño rojizo
despeinado, le daba un aspecto desaliñado que no le había visto jamás.
Incluso parecía otra persona.
Ian se terminó de sacar la camisa. Tenía un pecho amplio y bien
formado que la llamaba a tocarlo. Extendió una mano, pero él se puso en
cuclillas frente a ella y, deslizando con lentitud la mano por sus muslos, le
quitó primero una media y luego otra.
Kristen cerró los ojos y gimió. Cuando los abrió, tampoco tenía las
enaguas.
—Has sido creada para enloquecer a un hombre —le susurró mientras
sus manos acariciaban muy cerca de la unión entre sus muslos.
—Cuidado, lord Wischesley. Recuerde que mis encantos son peligrosos.
Para su sorpresa, él detuvo lo que estaba haciendo y se alejó un paso.
—No lo vuelvas a decir en ese tono.
—¿Cuál?
—Como si tu hermano tuviera razón.
Kristen no se había percatado de que así había sido hasta que él se lo
había hecho notar. Supuso que las palabras de Hector le habían golpeado
más fuerte de lo esperado, y solo en ese momento sintió el escozor de la
herida.
Él se levantó y se colocó entre sus piernas, inclinándose hasta que ella
quedó acostada y él encima.
—No vuelvas a hablar así de ti —le dijo, acariciándole la mejilla.
Kristen le devolvió el gesto.
—Me sorprende que no te importe, ¿sabes? Eres la clase de hombre al
que le habría importado.
—Te empeñas en encasillarme —reprochó. Sin embargo, se vio
obligado a reconocer—: Hace unos meses me habría importado. Ya no.
—¿Por qué?
—Tú debes saber la respuesta, eres la que lo ha causado.
—¿Causado qué?
—Que no pueda pensar en otra cosa sino en lo mucho que te necesito.
Le devoró los labios antes de que ella pudiera responder, y, con el beso,
le robó la capacidad de pensar. Kristen acomodó las piernas sobre sus
caderas y se movió contra el bulto que marcaba sus pantalones. Él le
arrancó la camisola con brusquedad. La boca fue a parar a uno de sus
pechos y succionó hasta que la punta se puso dura. Hizo lo mismo con el
otro.
Kristen sentía que el ardor en aquel punto entre sus piernas aumentaba,
deseoso de liberación.
—Ian —susurró, clavándole las uñas en la espalda.
Él se apiadó de su ruego. Bajó la mano hasta la unión de sus piernas y
acarició con lentitud los labios inferiores, tocando de vez en cuando el
punto que requería atención, pero sin llegar a causarle liberación.
—Maldito seas —siseó ella.
Él se rio.
Kristen se quejó cuando detuvo las caricias hasta que notó que se estaba
desabrochando los pantalones. El miembro se alzó, llamando su atención, y
Kristen extendió la mano y la cerró sobre este antes de que Ian pudiera
detenerla.
Esta vez fue él quien gimió.
—Suficiente —farfulló cuando ella empezó a mover el mano más
rápido, experimentando con sus reacciones.
Él la tomó por las rodillas y le alzó las piernas hasta que sus cuerpos
encajaron. Poco a poco, se fue introduciendo en ella, llenándola. Su cavidad
se expandía para recibirlo, y la humedad facilitaba la entrada. Cuando lo
tuvo por completo dentro de ella, gimió de gozo.
Eso era lo que había estado deseando.
«No», se corrigió cuando él empezó a moverse. Eso era lo que ella había
estado deseando.
Las embestidas fueron acelerando de ritmo. Sus partes se tocaban y el
pequeño montículo que exigía liberación era rozado en el proceso, hasta
que por fin sintió cómo algo dentro de ella se rompía y la sangre regresaba
en espasmos a sus venas.
Mientras su respiración volvía a la normalidad, escuchó que él soltaba
un sonido que estaba entre un jadeo y un gruñido. Se dejó caer encima de
ella, aunque sin aplastarla.
Kristen le acarició los cabellos, intentando no ceder al sueño.
—Entonces... —le susurró Kristen pasados unos minutos—, ¿todavía
crees que no es correcto?
Él resopló ante la provocación y volvió a besarla.
Todavía tenían tiempo.
***
Cuatro días después, Kristen estaba de regreso en su casa. Mejor dicho:
estaba en la casa en la que había pasado sus primeros años, porque cuando
entró la sintió tan ajena que supo que ese ya no era su hogar.
Tal vez nunca lo hubiera sido.
Su madre la recibió con una mirada hostil y una única frase:
—No te acerques a tu padre.
El desprecio que sentía hacia su comportamiento no había cambiado en
los último cinco años, y verse obligada a recibirla para guardar las
apariencias solo conseguía que el desdén aumentara. Para ella —y para
todos menos Kevin— habría sido mejor que se quedara en el inexistente
convento. Que se fuera a casar con lord Wischesley solo suponía un alivio,
porque no la tendrían demasiado tiempo allí.
La fecha de la boda había sido pautada para el mes siguiente, apenas
terminaran las amonestaciones, ya que, si el barón moría, Kristen tendría
que pasar un año de luto. La perspectiva de quedarse en esa casa un año le
agradaba a ella tan poco como a sus familiares.
Además, estaba el asunto sin resolver de Nathaly. La identidad de la
niña seguía siendo desconocida para la sociedad, y lo ideal sería que
siguiera siendo así mientras Kristen se reintegraba gradualmente. Después
de la boda podrían afrontar ese escándalo como lo creyesen más oportuno,
pero no podía esperar demasiado, porque sería tentar a la suerte.
Las invitaciones a las fiestas fueron llegando. Kristen sabía que lo que
incitaba a los anfitriones a invitarla era más la curiosidad que un acto de
buena fe, pero poco importaba. Era irrelevante cómo se entraba al selecto
grupo: lo importante era estar ahí.
Un día, a escondidas de su madre, Kristen se pasó por la habitación del
barón. El lugar olía a morfina, las cortinas estaban cerradas y la figura del
hombre dormía sobre las sábanas negras.
Desde que había llegado, no lo había visto salir del cuarto. Kevin decía
que estaba muy débil, se cansaba con una facilidad absurda y la mayoría de
las veces lo mantenían sedado para evitarle el dolor. Los doctores no sabían
exactamente lo que tenía, pero adjudicaban los síntomas a problemas del
corazón y sugerían que no recibiese emociones fuertes.
Kristen no tenía la intención de ser la causa de su muerte, así que solo lo
miró por unos segundos antes de marcharse. No se sintió triste ni
melancólica por su inminente partida, pues era poco más que un extraño;
solo sintió pena por ver al hombre de carácter fuerte sin opción de
defenderse.
Kristen se las arregló bastante bien entre la sociedad. Todavía tenía esa
chispa que atraía a los curiosos, y sabía cuándo sonreír, aunque quisiera
lanzarles algo encima. Poco a poco, llegaron más invitaciones, y su
compromiso con lord Wischesley era un tema que no pasaba de moda.
Kristen lo veía en cada velada, bailaba con él y sentía su apoyo silencioso
cuando se enfrentaban a un momento incómodo. El lazo que la unía a ese
hombre se hacía cada vez más fuerte, por lo que postergaba el momento de
decirle lo que sentía.
«¿Para qué?», se preguntaba. Estaban bien hasta ese momento, y ella no
quería sentirse vulnerable ni propiciar un momento incómodo. No sabía lo
que él sentía por ella, aunque la frase que le había dicho aquella noche
—«Que no pueda pensar en otra cosa sino en lo mucho que te necesito»—,
hacía que nacieran en ella cautelosas esperanzas. Después de todo, él no era
un hombre de palabras bonitas. Debería sentirse asustada por entregarse de
nuevo al desenfreno del amor, pero no lo estaba.
Sabía que se merecía otra oportunidad.
—¿En qué piensas? —le preguntó él, cerca de su oído.
Estaban en la velada de lady Perth. Era la cuarta fiesta a la que asistían
juntos.
—En que está un poco aburrida la velada. ¿Puedo intentar persuadirte
para escaparnos un rato?
—Ni lo sueñes.
Kristen se rio. Le hacía una broma similar en cada fiesta y él siempre
respondía lo mismo. Había levantado una barrera de hierro para protegerse
de sus insinuaciones, y era un escudo muy eficaz; tan eficaz como solo
podían serlo la terquedad y la necesidad de mantenerse lejos de los
escándalos.
—Ian...
—¿Sí?
Kristen se mordió el labio, insegura. Quería decirle muchas cosas, pero,
por primera vez, le faltaba valor.
—¿Todavía no te has arrepentido de la boda? —bromeó.
Era una forma fácil de escapar.
Él no se rio. Su semblante se volvió aún más serio.
—Kristen, yo no te voy a abandonar.
El corazón de ella brincó.
—¿Estabas pensando en eso? —indagó él—. ¿o eres tú la que se está
arrepintiendo?
—¿Te rompería el corazón si cancelara el compromiso? —preguntó a su
vez.
Él se tomó mucho tiempo para pensar la respuesta. Kristen se dijo que
eso era bueno, pues apostaba por que unas semanas antes habría dicho que
no alegando que su matrimonio sería solo por conveniencia.
—No sé si podría soportarlo —respondió, sin burla ni dramatismo.
Estaba siendo sincero.
Kristen abrió la boca. Quería decirle que eso no pasaría; que ella, en
contra del buen juicio, lo quería y estaba dispuesta a soportar su escasa
expresividad el resto de su vida. Quería decirle muchas cosas, aunque no
era el momento ni lo más sensato, pero mientras decidía cómo responder,
un nuevo invitado fue anunciado.
—El señor Telford.
Kristen quiso creer que había escuchado mal, o que se trataba de otro
hombre con un apellido similar. Observó a Ian, y aunque su semblante
seguía inexpresivo, la mandíbula tensa le dijo a Kristen que no había
alucinado.
Las personas empezaron a mirarlos. Murmuraban.
—Es él —dijo uno.
—¡Pero qué causalidad que haya regresado justo ahora! —comentó otro.
—¿Tú crees que...?
Kristen respiró hondo, pero la furia que sentía cada vez que se le venía a
la mente su recuerdo se vio potenciada por tener cerca su presencia. No se
dio cuenta de que estaba apretando con fuerza el vaso de limonada hasta
que Ian colocó una mano sobre la suya, instándola a calmarse. El contacto
aminoró un poco los latidos de su corazón, pero no sirvió para mantener sus
nervios a raya cuando sus ojos por fin dieron con él.
Seguro de sí mismo, igual de apuesto y con una sonrisa que hacía que
las damas suspiraran a su paso, el señor Telford se abría camino entre las
personas. No había cambiado nada en los últimos cinco años: ni una sola
señal de que la vida lo hubiera hecho pagar por todos sus pecados.
Eso no era justo.
Pero, pensó Kristen cuando sus miradas por fin se encontraron, si la vida
fuera justa, o solamente menos perversa, él no estaría allí, y no estarían a
punto de avecinarse muchos problemas.
Capítulo 19
—Lo voy a matar —siseó. No podía apartar la vista de él, y cada paso que
daba, cada gesto burlón que hacía, era una gota de rabia que llenaba un
contenedor a punto de derramarse.
—No, no lo harás —declaró él, y parecía enfrascado en quitarle el vaso
de limonada—. Kristen, todos nos están mirando.
Ella apenas lo escuchaba. Él se acercaba.
Iba hacia ella, estaba segura.
—¿Por qué? —susurró a nadie en particular— ¿Por qué ahora? ¿Qué
clase de broma perversa es esta?
Miró a Ian, y, por su expresión, estuvo claro que él también quería saber
la respuesta, aunque tuvo la prudencia de no apoyarla en sus lamentos. Su
carácter le exigía buscar una solución, no recriminarle a la vida que era muy
inoportuna.
—Kristen.
Kevin había parecido a su lado con semblante preocupado. Kristen no
sabía si agradecer o lamentar que fuera su único acompañante esa noche. Su
madre pocas veces asistía con ellos alegando que debía estar pendiente del
barón, y Hector había tenido que ir a resolver unos pendientes en la
propiedad familiar.
—Sácala de aquí —le ordenó a Ian.
—No —protestó Kristen—. No pienso huir como una cobarde.
—Kristen...
—Él y yo tenemos un asunto pendiente —dijo. Tenía la mandíbula tan
tensa que le dolía—. Y si es tan descarado como para acercarse, descubrirá
que no va a tratar con la misma joven de hace unos años.
Ian le dijo algo a Kevin, pero Kristen no lo escuchó. Él seguía
mirándola, y no sería ella quien apartara la vista como una joven
avergonzada.
No era ella la que había hecho promesas falsas. No era quien debía bajar
la cabeza.
A cada paso estaba más cerca, y sus acompañantes parecieron acordar
que ya no era conveniente huir, sino enfrentar la situación. Las personas se
acercaban discretamente, con la esperanza de obtener retazos de la
conversación que se daría. El señor Telford nunca perdió la sonrisa, y
cuando por fin estuvo frente a ella, hizo una reverencia tan dramática que
habría sido difícil no distinguir la burla.
—Señorita Beckett.
—Señor Telford —respondió, haciendo un esfuerzo por que su rostro
fuera una máscara de indiferencia, aunque estaba segura de que sus ojos no
podían disimular las ansias de venganza—. ¡Qué casualidad encontrarlo
después de tantos años! Su desaparición dio mucho de qué hablar.
—Igual que la suya —respondió este.
Kristen se dio cuenta de que lo que creía que era una sonrisa
encantadora en realidad era una sonrisa calculadora. El señor Telford nunca
fue carismático porque fuera parte de su personalidad, sino porque le
convenía.
—Lo que hace de nuestro regreso una casualidad interesante.
—A decir verdad —dijo con el tono de quien confesaba un secreto—, no
es casualidad. Lady Perth es mi tía. Hace unos días recibí una nota donde
me informaban de su regreso, y me pareció una buena idea encontrarme con
usted para saludarla.
—Me alegra saber, señor Telford, que todavía me encuentro en sus
pensamientos —comentó Kristen con un tono que, si él hubiera sido más
listo, habría advertido que no auguraba nada bueno—. Sobre todo después
de aquella última vez, cuando le hice saber que sus atenciones ya no me
eran gratas. Admito que temí haberle roto el corazón y que ese hubiera sido
el motivo de su partida.
Kevin no era el único que podía inventar historias, se dijo Kristen con
satisfacción, mientras escuchaba cómo los murmullos aumentaban. Notó
que lo había sorprendido, porque su sonrisa vaciló.
Cuales fueran sus intenciones acababan de toparse con un imprevisto.
—No recuerdo que fuera exactamente así —replicó con malicia.
—Por supuesto. Cada quién lo recuerda de la forma menos dolorosa.
Está bien, no toquemos más el tema. ¿Llegó a conocer a mi hermano? Se lo
presento. Él es Kevin Beckett. —Señaló a Kevin con la cabeza y dirigió su
mirada a Ian—. Y él es lord Wischesley, mi prometido. Aunque deduzco
que ya se habrá enterado.
—Algo me habían dicho —respondió con tono pausado.
No se saludaron como correspondía, y la tensión era tan evidente que
Kristen temió que todos se dieran cuenta. Kevin miraba al invitado con
rabia, un sentimiento que solo reservaba para su hermano o su padre, y lord
Wischesley, aunque imperturbable, no parecía tener el mismo dominio de sí
mismo que de costumbre.
—Una dama encantadora, la señorita Beckett. ¿No lo cree así, lord
Wischesley?
—Así es —respondió este con seriedad. Su mirada gris tenía escrita una
declaración de muerte—. Es especial de una forma que muchos no
comprenden ni podrían llegar a apreciar.
Si el señor Telford se dio por aludido, no lo demostró. Su sonrisa
perspicaz ni siquiera flaqueó, pero sus ojos lo evaluaban todo con detalle.
—Me pregunto, señorita Beckett, si me concedería el siguiente baile.
Las voces se redujeron, esperando una respuesta. Tanto como si
aceptaba como si no, sería un escándalo. Negándose estaría dejándoles ver a
todos que le guardaba una especie de rencor, y aceptando propiciaría
murmuraciones sobre su relación.
Kristen dudó. Ian le hizo un leve gesto negativo con la cabeza, pero ella
no lo tomó en cuenta; no porque quisiera llevarle la contraria, sino porque
tenía una conversación pendiente con él, palabras que decirse, y debía
descubrir el motivo de su regreso.
—¿Por qué no? —respondió, y extendió la mano para que él se la
tomara.
El tacto le resultó frío e indeseable, como si cinco años atrás hubiese
tocado una rosa y en ese momento justo hubiera descubierto que estaba
muerta.
La pieza a la que se unieron era un minué, que les otorgaba la
oportunidad de hablar sin la cercanía íntima de un vals. Los compases
iniciaron y ellos se empezaron a mover al ritmo de la danza.
Kristen lo miraba, desafiante, y él le respondía con una burla
insoportable.
—Me he enterado de que ha estado todos estos años en un convento,
señorita Beckett —comentó él con ligereza—. ¿Acaso deseaba expiar algún
pecado?
Kristen sonrió para que supiera que no le interesaba su opinión.
—No son mis cuentas pendientes con Dios las que deberían preocuparle,
señor Telford, sino las suyas.
—No tengo cuentas pendientes con el Altísimo.
—Si eso es lo que cree, le espera una larga estadía en el infierno.
Kristen aprovechó una oportunidad que se le presentó para darle un
pisotón.
Él apretó los labios, pero se cuidó de hacer una mueca.
—Una historia muy interesante, la que ha decidido contar —dijo él,
taladrándola con la mirada—, pero insisto en que la recuerdo... de otra
manera.
—Detalles más, detalles menos...
—Oh, pero son detalles interesantes, y... comprometedores. A lo mejor a
lord Wischesley le gustaría conocerlos.
—Le aseguro —respondió Kristen, intentando controlarse— que no hay
un detalle que él no sepa. Lamento haberle quitado el placer de relatarle la
historia.
—Hay otros placeres que puedo obtener —susurró, aprovechando que
estaba cerca de su oído—. El de su compañía, por ejemplo.
Intentaba provocarla, ella lo sabía.
—Temo que este baile será la última oportunidad en la que lo gozará.
—¿Está segura?
—Completamente.
Él se rio.
Hubo un tiempo en el que esa risa le fascinaba, porque creía que era
prueba de cómo disfrutaba la vida. En ese momento le sonó como el
graznido de un cuervo que esperaba su muerte.
—¿Sabe? Cuando escuché sobre tu compromiso con lord Wischesley, no
logré creerme la historia que se contó sobre cómo se dio, ni lo de tu estadía
en el convento.
—Lamento que no le satisficiera —respondió con sarcasmo.
—Los Gallagher siempre han sido una familia muy respetada, y, si mal
no recuerdo, el conde no era dado a escándalos. No creo que eso haya
cambiado.
—Por amor se cambian muchas cosas.
—Pero ¿se soportaría un escándalo? Hay cosas difíciles de tolerar, Kris.
Ella no replicó el uso de su nombre. Eso sería darle la satisfacción de
verla enojada.
—¿Qué es lo que planeas, Jacob? —preguntó, casada de indirectas y
medias verdades—. ¿Por qué has regresado?
—Hace unos años tu padre me ayudó a escapar de una situación
complicada. Estaba pensando en que, quizás, tu prometido sería igual de
generoso.
—Yo no me atrevería a importunarlo. No es un hombre al que le guste
perder el tiempo.
—Estoy segura de que mi propuesta llamará su atención. ¿No lo crees,
Kris? Te has inventado una historia, pero siempre puedo decidir contar mi
versión y ver qué sucede.
Kristen sabía lo que sucedería, y él también.
La historia más interesante siempre ganaba.
—No te tengo miedo —respondió, aunque su corazón se había
acelerado.
—Deberías.
—No eres tan importante, Jacob.
—No pensabas lo mismo hace unos años.
—Una tiene derecho a equivocarse, pero hace años que tu fantasma no
me quita el sueño y no lo va a hacer a hora.
El baile terminó. Regresaron lentamente hacia donde estaban Ian y
Kevin mirándolos atentamente.
—A lo mejor mañana decido hacerle a él una visita.
—Tal vez yo esté ahí. —Kristen tomó una copa de vino de un lacayo
que pasaba y dio un pequeño sorbo con indiferencia—. Estaré encantada de
darte la bienvenida.
Pisó a propósito el ruedo del vestido y fingió que perdía el equilibrio.
Extendió los brazos hacia el frente para tratar de recuperarlo, y la copa de
vino manchó el chaleco y la camisa blanca.
Kristen se dijo que así estaba mejor. Nadie con el alma tan negra
merecía llevar un color tan puro.
—Discúlpeme —dijo, elaborando su mejor expresión de horror—. ¡Qué
torpe he sido!
Ian y Kevin llegaron a su lado. La sonrisa del señor Telford se había
congelado en su rostro, y solo sus ojos verdes expresaron su rabia.
—No se preocupe —respondió, su voz fría como el hielo—. No es nada
que no me pueda compensar luego.
Se marchó luego de una venia forzada.
—No debiste aceptar —la reprendió Ian.
—Estoy de acuerdo —secundó Kevin—. Se nota que busca problemas.
Kristen no les hizo caso. No se arrepentía de haber aceptado, porque se
había demostrado a sí misma que él ya no tenía ningún efecto positivo sobre
ella, que no la podía manejar. Kristen no supo cuánto había necesitado
volver a encontrarlo y demostrarle su indiferencia hasta que la vida se lo
había puesto cruelmente en frente, y aunque ahora había un problema grave
que resolver, ella se sentía con las fuerzas para hacerle frente.
La pregunta que le causaba discordia era si Ian estaría dispuesto.
Lo miró. Su expresión no se había transformado desde que el señor
Telford había aparecido. Mostraba una calma serena, imperturbable, que le
servía como barrera para que los otros no vieran sus emociones. Kristen
quería verlas, saber si se mostraba arrepentido de su decisión de casarse con
ella o estaba dispuesto a afrontar el problema.
No sabía si podría soportar que le diera la espalda para hacer lo mejor
por su apellido.
—Creo que ya podemos irnos —les dijo.
Ambos se mostraron de acuerdo. Esperaron el carruaje fuera,
completamente solos. Aún era muy temprano para que los invitados se
marchasen, y demasiado tarde para que otros llegaran.
—Ian, tenemos que hablar —dijo Kristen, consciente de que no podían
posponer el tema—. Kevin y yo iremos a tu casa. Ahora.
Él asintió. De nuevo, la maldita imperturbabilidad le impedía descifrar
su humor.
—Estoy seguro de que podremos resolver esto —le comentó Kevin
dentro del carruaje—. Podemos inventar alguna historia, o...
—No es tan sencillo, y lo sabes. Existen problemas que una buena
historia no resuelve, Kev. No cuando es la palabra de una mujer contra la de
un hombre.
Kristen se preguntaba si algún día ellas dejarían de ser las culpables de
todo.
Llegaron a la mansión Wischesley casi al mismo tiempo. Ian los guio a
su despacho y Kristen le pidió a Kevin que la esperara fuera.
Este asintió, comprensivo.
Cuando ella entró, él ya tenía dos copas servidas de coñac.
Se lo agradeció. Esa sí sería una conversación incómoda.
—¿Qué quiere? —preguntó sin tapujos.
—Posiblemente sacarte una buena cantidad dinero —respondió ella sin
rodeos. No valía la pena intentar ser amable o plantear perspectivas menos
conflictivas—. Dijo que mi padre lo había sacado de un problema hace
cinco años y que esperaba que tú hicieras lo mismo.
Ian se acabó la bebida de un trago y fue a servirse otra, señal de que la
situación estaba pudiendo con él.
Kristen lo imitó.
—Tenemos que pensar en cómo solucionar esto —dijo él, más por decir
algo que porque fuera una aportación relevante.
—No pensarás en acceder a su chantaje.
—Por supuesto que no —respondió, inflexible—. Acceder a las
demandas de un chantajista es demostrar que nos tiene en sus manos.
—¿Y no es así? —preguntó con melancólica ironía.
Odiaba esa situación. Odiaba que el error la persiguiera después de
tantos años.
Kristen no quería darle poder. Incluso prefería que divulgara todo y
aceptarlo con dignidad que demostrarle que le tenía miedo, que él no podía
controlarla. No tenía idea de por qué el destino había sido tan cruel como
para traerlo nuevamente a su vida, pero sentía que, si no lo enfrentaba, no
tendría paz.
—Se encontrará una solución —aseguró él con determinación.
Ni siquiera consideraba la posibilidad de que no fuera así, lo cual
resultaba extraño en un hombre que siempre veía todas las posibles
situaciones que podían suceder. Kristen entendió que no quería ver ese
escenario en particular, porque hacerlo sería enfrentarse de nuevo a una
decisión difícil.
—¿Y si no es así?
Kristen tenía que obligarlo a considerar esa opción. No solo porque
fuera necesario, sino porque su propio egoísmo le exigía una respuesta.
Quería saber si él estaría ahí en el caso de un escándalo, si la apoyaría o lo
rehuiría, tal y como hizo con Sarah y la niña.
—La encontraremos —insistió.
—Pero ¿y si no es así? —se empecinó Kristen.
Quizás los acontecimientos de esa noche la hubieran alterado más de lo
pensado, pero no podía evitar tomar su negativa a darle una respuesta como
una mala señal.
Él pareció darse cuenta de que Kristen no lo dejaría evadir el tema,
porque tomó un gran trago de licor como para infundirse valor.
—Kristen, no nos podemos permitir un escándalo de esa magnitud.
Ella sintió cada palabra como un golpe dirigido directamente a un punto
dolorido de su corazón.
—Entiendo —dijo con sequedad.
Y lo entendía. En realidad, sabía que no podían permitirse un escándalo
así. Nathalie lo pagaría. Pero saber que algo era lógico no hacía que doliese
menos. No hacía que no deseara que él la hubiera escogido a ella por
encima del escándalo; que le dijera que, si sucedía lo peor, la apoyaría y
estaría a su lado. Eso era lo que hacía el estúpido amor, desear cosas
imposibles del otro, sobre todo cuando ya conocía su personalidad.
—Es complicado —continuó él, al parecer ajeno a que acababa de
destrozar algo dentro de ella—. Quizás... podríamos romper el compromiso
temporalmente. O hacérselo creer. Si piensa que no podrá ganar nada, tal
vez se vaya.
Kristen soltó un bufido.
—Si lo que busca es una excusa para cancelar el compromiso, milord,
no es necesario. Acaba de dejar claro que no soportaríamos ese escándalo.
Lo he entendido.
Entonces, él pareció darse cuenta de que ella no estaba tan calmada
como él, porque dejó el vaso sobre la mesa y se le acercó.
—Kristen, no voy a cancelar nuestro compromiso. Solo busco una
forma de solucionar el problema.
—Pero si el escándalo estalla, lo cancelarás, ¿no es así?
Él negó con la cabeza.
—No puedo dejarte.
La frase podría haber sido alentadora si él hubiera dicho «quiero», en
lugar de «puedo». Ese pequeño detalle formaba un abismo entre ambos
significados.
—Por supuesto. No puedes dejarme porque te has acostado conmigo,
¿me equivoco? Tienes un compromiso, y, esta vez, en la pelea entre el
honor y el apellido gana el primero, porque yo soy de noble cuna y Sarah
no lo era.
—Kristen... Estás alterada. Quizás sea mejor que continuemos esta
conversación mañana.
—¡No! —gritó. Sí, estaba alterada, pero necesitaba saber qué haría él en
el peor de los casos. Había sido un error pensar que podría sobrellevar las
cosas tal y como estaban. Ella necesitaba saber que él no la abandonaría
porque la quería y no por otra cosa, porque si no obtenía esa respuesta, y si
las cosas se solucionaban y podían casarse, no sabría si algún día podría
volver a confiar en él—. Respóndeme con sinceridad a algo. Imagina que
no tienes un compromiso conmigo, que te libero de eso porque, al fin y al
cabo, no era virgen. Supón que estalla un escándalo. ¿Te casarías conmigo
igual?
Tardó demasiado en responder.
Más de lo que ella pudo soportar.
—Lo imaginaba —respondió con toda la dignidad que pudo recoger.
Alzó los hombros y le tiró el licor encima.
Él soltó un improperio.
—Espera. —La tomó del brazo cuando ella hizo ademán de caminar
hacia la puerta—. No puedes poner sobre la mesa la peor posibilidad,
maldita sea.
—Oh, claro que puedo. Era una pregunta simple. Salvarte del escándalo
o quedarte conmigo. Ya has elegido.
—¡Es que no lo entiendes! —exclamó. Había perdido el control por
completo, y sus ojos eran un torbellino de emociones—. ¿Crees que todo
esto es fácil? Nathalie ya es un problema, y...
—Ah, entonces Nathalie ha vuelto a ser un problema.
—Siempre ha sido un problema, y lo sabes. La presente como mi hija o
no, será un escándalo. Otro nos arruinaría, Kristen. No podríamos
sobrellevarlo.
—Querrás decir que tú no lo podrías sobrellevar.
—Kristen...
—Se acabó —dijo ella con voz cansada. Sentía el peso de mil libras
sobre ella—. Después de todo, siempre fue lo mejor.
Él se quedó quieto, como paralizado, y Kristen aprovechó para zafarse
de su brazo. No recordaba haber dejado la puerta abierta, pero agradeció
que fuera así. Con lo agotada que se sentía, cualquier esfuerzo, por mínimo
que fuera, le causaba dolor en los huesos.
Encontró a su hermano en el vestíbulo de entrada y le pidió con un gesto
que se marchasen. Él no preguntó nada, entendiendo con el silencio de
Kristen que ella no quería hablar.
Kristen ni siquiera sabía si podría pronunciar en voz alta su ruptura,
porque primero tenía que hacerse ella misma a la idea.
***
Ian logró procesar toda la conversación pasados unos cinco minutos desde
su partida.
La expresión «se acabó» lo había descolocado y sumido en tal
desesperación que le fue imposible ordenar sus pensamientos para
responder. Intentó decirse que ella había sido injusta, que no podía ponerlo
en una situación así, pero no fue suficiente para calmar el dolor desgarrador
que le provocaba haberla perdido. Una parte de su mente, o de su corazón
(ya no lo sabía), le echaba la culpa por ser tan idiota y le reprochaba haberla
dejado ahí.
«¿Por qué me importa tanto?», preguntaba la parte racional. «Habrá
menos problemas si ella no está».
Pero el sentimentalismo se imponía. Le importaba, y mucho. Le
importaba porque nunca había tenido a alguien como ella; porque nadie le
había dado tanto sentido a su vida. Le importa porque se sentía vacío ante la
idea de perderla.
Le importaba porque la quería.
Fue una revelación extraña, e incluso perturbadora. Ian nunca había
querido a nadie de esa manera, ni siquiera sabía por qué estaba tan seguro
de que era amor. Sin embargo, ¿qué otra explicación podía haber? Cuando
la lógica no alcanzaba para entender algo, tenía que haber sentimientos
como esos de por medio. Y, sin duda, no podía explicar por qué la quería a
su lado en contra de toda conveniencia.
«Pero ¿y el escándalo?», preguntó una voz insidiosa, la que no podía
dejar de plantear todos los escenarios. Si aquel canalla hablaba, Kristen
quedaría arruinada, y si él se casaba con ella, sentiría el rechazo absoluto de
la sociedad. La noticia de la existencia de Nathalie sería la cereza que se
añadiría a la guinda del pastel lleno de capas y capas de desgracias. Si había
una salvación social a eso, sería un milagro.
No obstante, él no se sentía capaz de pagar el coste que exigía la buena
reputación.
Cabizbajo, subió a su habitación y despidió a su ayuda de cámara, quien
ya había empezado a refunfuñar por la camisa manchada de licor. Pensó
larga y detenidamente en la situación, en cómo había sido su vida antes de
que Nathalie y Kristen llegaran a ella, y se dio cuenta de que no había
vivido mucho, sumido en remordimientos que quería olvidar y penas no
resueltas. Ellas habían sido las patas que le faltaban a la mesa, y si Kristen
se iba, tanto Nathalie como él quedarían de nuevo tambaleantes.
No podía soportarlo, concluyó. Tenía que hablar con ella, ser sincero;
decirle que refugiarse en el deber había sido la excusa para convencerse a sí
mismo de mantenerla a mano. Confesarle que la quería, si es que las
palabras se atrevían a salir de su boca, tan poco acostumbrada a manifestar
sentimientos. Debía arreglar eso, y, una vez lo hiciera, se centrarían en el
asunto del señor Telford.
Ian confiaba en poder resolverlo, pero si no era así, ya había tomado, de
todas formas, su decisión.
Con esa determinación, se durmió.
Al día siguiente se levantó más tarde que de costumbre, y antes de ir a
desayunar, envió varias cartas a unos conocidos para solicitarles algunos
favores. Le entregó los sobres a Hawe para que los enviara y salió de la
habitación en dirección al comedor.
Después de desayunar iría a verla. Sería más difícil que se atreviera a
rechazarlo si iba a buscarla.
—¡Milord! —exclamó una voz desde la parte baja de las escaleras. Ian
vio cómo Hannah intentaba subir con prisas, pero su edad le impedía
grandes avances—. Iba a buscarlo. Es Nathaly...
—¿Le ha pasado algo? —preguntó, la voz teñida de tanto pánico que le
sonó ajena.
—Fui a despertarla y no la encontré. Le pedí a los criados que me
ayudaran a buscarla, pero ninguno ha podido hallarla. Noté que en su cuarto
faltaban algunos vestidos y cosas personales.
»Oh, milord..., creo que se ha escapado.
Entonces, el pánico se convirtió en verdadero y absoluto terror.
Capítulo 20
—¡¿Cómo es posible que nadie la haya visto salir?! —gritó Ian, no por
primera vez y a nadie en particular.
Los sirvientes que estaba cerca optaron por seguir buscando. Mientras,
la desesperación le aceleraba el corazón y le cortaba la respiración.
Dos horas. Llevaban dos horas registrando cada rincón de la casa y no
había rastro de Nathaly. Se había ido, y nadie sabía cómo ni por qué.
Algunos criados estaban en las calles vecinas, preguntando si alguien había
visto a una niña con las características de Nathaly. Ian se negaba a pensar en
que estuviera fuera, sola. ¡Tenía solo cinco años! Sería un milagro que
caminase una calle y no le pasara nada. Además, si se había ido por la
noche... Hannah le había asegurado que la acostó a la hora habitual, poco
antes de que ellos llegaran, y que la niña no parecía ni molesta ni
preocupada por nada, lo que dejaba abierta la incógnita de qué la había
motivado a huir.
Ian nunca se había sentido tan agobiado. Tenía el pelo despeinado de
tanto pasarse la mano, y, por primera vez en su vida, no se le ocurría qué
más hacer.
Nathalie no conocía la ciudad. Podría haber ido hacia cualquier lado.
Londres era un laberinto, y perderse era tan fácil como difícil era ser
encontrado.
—¡¿Cómo es posible que se haya ido?! —chilló una voz desde la puerta.
Una voz familiar, a pesar de la aguda desesperación.
Era Kristen. Él le había dicho a Hannah que la avisara, porque no había
querido perder ni un minuto de búsqueda.
—¡¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta?! —le recriminó
apenas lo ubicó con los ojos.
Kevin estaba a su lado. Más calmado, aunque con el rostro lleno de
preocupación.
—¿Cómo podía yo saber que quería marcharse? —replicó Ian. No
necesitaba que lo hicieran sentir culpable, porque él mismo ya se lo había
reprochado muchas veces en esa última hora.
A lo mejor, si hubiese pasado por su cuarto por la noche...
Kristen no le encontró fallas a su lógica, porque no le replicó.
Ian se alegraba de verla. Su presencia le hacía sentir un poco más
seguro, apoyado. No eran las circunstancias que había planeado para el
reecuentro, pero al menos ella estaba allí.
Todavía existía un lazo que les unía.
—Anoche, cuando esperaba en el vestíbulo, la vi cruzar hacia las
escaleras —les comentó Kevin con cara de estar intentando recordar mejor
la cena.
—Debería haber estado dormida a esa hora —replicó Ian.
—No siempre se acuesta cuando se lo dicen —argumentó Kristen,
pensativa. Su rostro se volvió ceniciento—. La puerta —musitó.
—¿Qué?
—Cuando salí del despacho, la puerta estaba abierta. Estoy casi segura
de que no la dejé así.
—Insinúas que...
—¡Podría haber escuchado cuando dijiste que era un problema! —
acusó, esta vez con verdaderos motivos para culparlo.
—¡Maldita sea!
Ian nunca había odiado tanto unas palabras que hubieran salido de su
boca. Nunca había odiado tanto la educación que lo hizo así, ni la frialdad
con la que trataba los conflictos.
—Yo opino que —comentó Kevin, al parecer el único que tenía
suficiente dominio de sí mismo para hablar con sensatez—, si seguís
discutiendo, la niña no va a aparecer más rápido.
—Tiene razón —lo apoyó Kristen, aunque la mirada que le dirigió a él
no fue agradable. Ian se dijo que, si quería recuperarla, lo tenía más difícil
dadas esas circunstancias—. ¿Han buscado bien por toda la casa?
—En cada rincón —respondió con pesar—. He mandado preguntar por
los alrededores.
No supo qué vio ella en su rostro, pero su expresión se ablandó.
—Podríamos salir a buscarla nosotros también —sugirió ella.
—Eso generaría murmuraciones —acotó Kevin.
—En este momento —dijo Ian, mirando a un punto frente a él—, no
importa en lo absoluto.
***
Camille Smith, de dieciséis años, tenía muy claro cómo iba a pasar su día
libre, y no era haciendo de niñera de una niña que no debía tener más de
cinco años. Pero ¿cómo iba a dejarla vagando por ahí? La había visto
caminando por la calle y la habría arrollado un coche si Camille no la
hubiese detenido. La niña había dicho llamarse Nathaly: esa era la única
información que había obtenido de ella. No quería decir quiénes eran sus
padres, ni si estaba perdida. Solo mencionó que no quería regresar a su
casa.
No podía simplemente dejarla sola por ahí.
—Tienes que preguntar si alguien ha perdido a una niña como ella —
indicó la joven a su novio, un mozo de cuadras que trabaja en la misma casa
que ella y con el que había planeado pasar el día—. Yo la cuidaré mientras
encuentras a su familia.
—¿Por qué tenemos que hacernos cargo? —protestó el joven,
claramente molesto por no poder pasar la tarde con la muchacha.
—Porque parece que es de buena familia, y si la devolvemos es
probable que nos den una recompensa.
—¿Y si no es así?
—Pues habrás hecho un buen acto. Mírala. —Señaló a la niña, que
esperaba pacientemente a unos metros de ellos, como Camille le había
ordenado que hiciera con la promesa de llevarla al parque luego de que
hablara con su novio—. ¿Cómo puedes siquiera considerar la idea de
abandonarla a su suerte?
El joven suspiró.
—Está bien, pero ¿por qué tengo que hacer yo las preguntas?
Acompáñame.
—Ella no quiere regresar. Si se da cuenta de que esa es nuestra
intención, se escapará.
—No lo entiendo —protestó el joven—. No tienes valor para dejarla en
la calle, pero sí con una familia con la que no quiere regresar.
—Pues con nosotros no se puede quedar. Además, yo no veo que haya
sido maltratada. Seguramente se ha enojado por una tontería. Anda,
pregunta, y si alguien da señales de reconocerla, dile que estaremos en
Hyde Park.
El muchacho asintió y se marchó.
Camille regresó a donde la esperaba la niña.
—¿Ya podemos ir al parque? —le preguntó.
—Claro. Déjame ayudarte con esto —propuso, y tendió una mano para
sostener la bolsa de viaje que llevaba arrastrando desde que la vio.
Huir había sido un plan premeditado.
—¿Sabes qué es un helado? —le preguntó.
—Por supuesto.
—¿Podemos ir a comer uno?
—Queda cerca del parque. Podemos ir, sí.
— Mi papá prometió que me llevaría, pero nunca lo hizo. Tampoco me
llevó al parque.
—A lo mejor está muy ocupado —aventuró la joven—. ¿Cómo se
llama?
—Eso dice él, que siempre está ocupado. Pero no es verdad, es que no
me quiere.
Camille notó que ella no había respondido la segunda pregunta.
Niña astuta.
—Tonterías. ¿Cómo podría no quererte? ¡Si eres un encanto!
—Dijo que soy un problema —lloriqueó. Los ojos se le habían llenado
de lágrimas.
—Tal vez escuchaste mal —sugirió, no muy segura.
—No —se empecinó la niña—. Yo lo oí. Lo dijo. ¡Dos veces! Le dijo a
mi tía que yo era un problema, y ella lo sabía. Creo que ella también dejó de
quererme.
—Vaya —musitó Camille, sin saber qué responder.
Después de todo, ella no había huido por una tontería.
Alguien debería decirle unas palabras a ese padre desalmado.
***
—Todo esto es mi culpa —comentó Ian mientras caminaban por las calles
de Mayfair.
No había muchos transeúntes a esas horas de la mañana, principalmente
doncellas u otros criados que iban de un lado a otro haciendo encargos. Ian,
Kristen y Kevin le habían preguntado a unos cuantos por una niña con las
características de Nathaly, pero no hubo suerte.
Era como si se hubiera desaparecido.
—Lo es —respondió Kristen. Él debería haber supuesto que no se daría
a la tarea de consolarlo, pero las palabras le dolieron igual—. Sin embargo
—añadió con más dulzura—, no fue intencional, y recriminarse por ello no
servirá de mucho para encontrarla.
Ian lo sabía mejor que nadie, pero la culpa era una de esas criaturas que,
una vez alimentadas, podían torturar por horas, meses e incluso años,
quitando la paz y haciendo pagar con intranquilidad el pecado cometido.
Eso también lo sabía mejor que nadie.
—He cometido muchos errores en mi vida —comentó, echando un
vistazo hacia atrás para asegurarse de que Kevin Beckett estuviera lo
suficientemente lejos—. No quiero cometer más.
Kristen lo miró con curiosidad, quizás intentando adivinar sus
pensamientos mientras Ian se tomaba el tiempo de organizarlos.
—Kristen —comenzó. Sentía la voz raposa—, ayer... actué como un
cobarde. La situación me superó. No es excusa, lo sé, pero es que he vivido
toda mi vida siguiendo determinadas reglas, culpándome por mis errores, y
no fui capaz de simplemente apoyar lo que quería sin pensar en las
consecuencias. Lo lamento.
—Solo quería que me dijeras que estarías conmigo —respondió ella,
con voz ausente. Parecía estar conteniendo muchos sentimientos, y miraba a
un punto frente a ella—. Quizás también fuera egoísta de mi parte exigirte
que estuvieras incondicionalmente ahí cuando esto te perjudicaría, pero...
necesitaba escucharlo. Quería saber que te importaba solo un poco, así
como tú me importas a mí.
La última afirmación le abrió un hueco en el pecho del que empezó a
brotar esperanza.
A ella le importaba él.
—Me importas —se apresuró a declarar Ian.
Kristen, sin embargo, esbozó una sonrisa melancólica.
No le creía.
—Creo que te importa el compromiso que tienes conmigo.
—¡No! —exclamó, pero bajó la voz al ver que Kevin enarcaba una ceja
—. Me importas tú —confesó—. Yo... no sé cómo decirlo, pero te quiero a
mi lado. No puedo concebir una vida sin ti, sin tu sonrisa, incluso sin ese
carácter endemoniado que tienes. Cásate conmigo. No importa lo que
suceda; estaré ahí siempre. Yo... creo que me he enamorado de ti.
Las palabras salieron desesperadas. Jamás se había sentido tan inseguro
en su vida, pero tampoco había tenido jamás una conversación tan
trascendental.
Necesitaba que ella entendiera lo que significaba para él.
Kristen recibió sus palabras con visible asombro. Los segundos que pasó
sin responder le parecieron horas a Ian, hasta que finalmente ella sonrió.
—Sus propuestas de matrimonio están mejorando, lord Wischesley. —
Le colocó una mano sobre el hombro y se acercó para que solo él pudiera
escucharla—. Yo también te amo, aunque Dios sabrá por qué me resulta
interesante tu poco sentido del humor, tu absoluta seriedad y esa obsesión
que tienes con el deber.
Ian no podía ofenderse; no cuando ella le acababa de decir que lo
amaba. Sintió algo similar a cuando Nathalie se lo dijo: satisfacción,
plenitud, como si fuera lo que necesitara para vivir.
—Antes de que se besen —comentó la voz burlona de Kevin a sus
espaldas—, es preciso recordarles, primero, que sigo aquí; segundo, que
estamos buscando a una niña perdida.
Se separaron con gesto culpable. El remordimiento por haber olvidado a
Nathalie menguó un poco la reciente alegría de haber recuperado a Kristen.
Siguieron caminando y preguntando. La incertidumbre se volvía más
grande cuando nadie parecía tener señales de la niña. Ian solo podía
preguntarse si le habría pasado algo, o si la habrían secuestrado.
Una niña tan pequeña, y sola, era un blanco demasiado fácil.
—Quizás deberíamos regresar a casa. A lo mejor alguno de los criados
se ha enterado de algo —sugirió Kristen.
—Voy a decir la verdad —dijo él, como si apenas la hubiese oído. Lo
cual era verdad, porque desde hacía rato un pensamiento constante venía
ocupando su mente.
—¿Cómo dices?
—Diré verdad. Si la encontramos, la presentaré al mundo como mi hija.
Se acabaron las mentiras para evitar la crítica. Se acabó lo de ocultar los
verdaderos deseos. Es malo ser objeto de murmuraciones, pero es peor vivir
en una farsa. Tarde o temprano, esta te acaba consumiendo... y haciendo
daño a otros.
Ian pensó en todas las veces que la niña le había pedido que la llevara al
parque y él se había negado por miedo al qué dirían. No podía imaginar
peor castigo que desear haber actuado de otra forma.
—Si deseáis mi opinión —dijo Kevin, metiéndose entre los dos. Tenía
ese tono que indicaba que, la desearan o no, de todas formas la daría—,
creo que podríamos inventar una buena historia para que las consecuencias
no fueran tan graves.
—He dicho que no más historias —gruñó Ian.
—Kevin —advirtió Kristen—, no es un buen momento.
—¡Oh, pero esta será una buena historia! —insistió—. Una mezcla de
verdad y mentira. Escuchad.
»Hace cinco años, el serio conde de Wischesley fue a la ópera, al igual
que muchos de sus pares, para presenciar el espectáculo que estaba en boca
de todos. Una cantante, cuya nacionalidad nadie conocía, tenía cautivados a
los espectadores, y cuando el conde la escuchó, quedó prendado, tanto de su
belleza como de su voz. Entonces, en contra de sus principios, se acercó a
su camarín y le propuso una relación clandestina. La mujer aceptó.
Planeaban que todo fuera temporal, pero no contaban con que el amor los
volviera locos, incapaces de mantenerse separados.
—Beckett —interrumpió Ian—, no comprendo por qué te empeñas en
dibujarme como un hombre romántico.
—Las historias más interesantes son aquellas que muestran un rasgo de
personalidad que nadie se hubiera imaginado —argumentó él—. Además,
no es una invención infundada, ¿o quieres que te repita lo que le acabas de
decir a mi hermana?
—¿Estabas escuchando? —acusó Ian.
—Por supuesto. Siempre estoy atento a las buenas historias. Además,
soy la carabina. Es mi deber asegurarme de que no estuvieras diciéndole
nada indecente. —Le guiñó un ojo a su hermana y continuó—: Como decía,
la pareja se enamoró. Entonces, decidieron casarse en secreto.
—Eso es ridículo —espetó Ian.
—Sin embargo —continuó Kevin, ignorándolo—, recién contraído el
matrimonio, el conde se dio cuenta de su gran error. ¿Cómo podía haberse
casado con una mujer que no era de su clase? Ya era demasiado tarde para
anular el matrimonio, pues la mujer en cuestión estaba embarazada, así que,
avergonzado, la recluyó en el campo. La mujer murió cinco años después, y
la niña nacida de ese matrimonio quedó huérfana, por lo que su padre se vio
en la obligación de traerla a su casa.
»¿Bien? ¿Qué os parece?
Tanto Kristen como él estaban tan estupefactos que tardaron demasiado
en responder.
—Nadie se creerá eso —concluyó Ian.
—Con un certificado de matrimonio falso y un registro de nacimiento
que datara de unos cuantos meses después del matrimonio, podría ser
posible. Conozco a varios abogados que podrían resolver ese problema.
—Me preocupa tu elección de amistades, Kev —dijo Kristen, apenas
saliendo del asombro—. Y estoy de acuerdo con Ian. Nadie se creerá eso.
—¿Y pensáis que iban a creerse lo de la niña de no sé cuál familiar que
quedó huérfana y en manos del conde? Si la criatura tiene sus mismos ojos,
y, con mucha suerte, no se parecerá más a él cuando crezca. No importa qué
historia digan sobre ella: lo importante es que no tengan la manera de
contradecirlo. Con esta historia, no tendrá que negar que es su hija, la niña
será «legítima» para la sociedad, y el conde solo será un pobre hombre que
cayó bajo el influjo de una mala mujer y cometió errores.
Kristen le dio un codazo en el hombro.
—No hables así de Sarah.
—No es mi opinión sobre ella, Kris. Será la opinión general,
independientemente de cómo se la ponga en la historia, ya sea como esposa
o amante. No hay manera de que todos salgan de esta situación con su
nombre limpio, y, dado que Sarah está muerta y hablamos del futuro de su
hija, no creo que le importe mucho cómo la recuerde gente a la que ni
siquiera conoció.
Kristen no replicó más. Parecía estar pensándolo. Ian, en contra de su
buen juicio, también lo consideró. Sería otra mentiría, pero dejando a un
lado el fraude legal de la falsificación de documentos, sería una farsa menos
peligrosa. Lo único en lo que diferiría sobre lo que en realidad pasó era en
el matrimonio y un amor que lo volvió loco. No habría que inventarse
nombres de familiares que jamás existieron ni basar su vida en una
completa mentira. Nathalie no tendría que fingir que él no era su padre.
Ciertamente, no sería una historia que todos aceptarían sin más, y la sombra
de la verdad estaría presente siempre, pero ser oficialmente «legítima» sería
mejor a que todos supieran con certeza que su nacimiento no fue bendecido
por Dios.
—Voy a pensarlo —accedió él.
Ya habría tiempo para eso. De momento, lo importante era encontrar a
Nathaly.
—¡Milord! —gritó una voz desde atrás.
Los tres se giraron. Kitty corría hacia ellos, con Hawe pisándole los
talones y con el aspecto de estar muy cansado.
—Un hombre tocó a la puerta del servicio —informó la joven sin
preámbulos—. Dijo que su novia encontró a una niña de cabellos negros y
ojos grises vagando sola en la madrugada, y que lo mandó a preguntar por
su familia.
—Dice... dice que se la llevó a Hyde Park porque la niña quería ir a allí
—dijo Hawe, jadeando.
Ian sintió el corazón tan acelerado que temió que se le parase. Miró a
sus acompañantes y todos formularon un acuerdo implícito: no había
tiempo que perder.
***
—¡Nathaly! —exclamaron Kristen y él al mismo tiempo, cuando divisaron
a la niña sentada en una de las mesas colocadas fuera de Gunter’s. Ian
nunca había sabido lo que era el verdadero alivio hasta que la vio, sana y
salva, casi atragantándose con un helado.
La pequeña, en cambio, no pareció muy feliz de verlos. Se levantó de un
brinco de la silla, y si no hubiera sido por la joven que la acompañaba,
quien le murmuró unas palabras, estaba seguro de que habría echado a
correr.
Empezaron a andar a paso rápido. Sin embargo, la muchacha, que no
debía tener más de dieciséis, se paró frente a ellos antes de que pudieran
alcanzarla. Tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido en señal de
molestia.
—Entonces, ¿es usted su padre? —preguntó.
—Sí —respondió Ian, sin quitarle la vista de encima a Nathaly, que
seguía comiendo su helado con menos ánimos.
Intentó pasar por el lado de la joven, pero esta le bloqueó el paso.
—Usted le dijo que era un problema —lo acusó—. ¿Cómo ha sido
capaz? ¡Apenas tiene cinco años, y es un encanto! Yo sabía que los
aristócratas no eran muy afectuosos con sus hijos, pero no veo razón para
hacerla sufrir de esa manera.
Ian se quedó perplejo. Aunque se había llegado a acostumbrar a los
reproches de Kristen, no estaba habituado a que extraños criticaran sus
acciones, y menos cuando dicho extraño no solo no pertenecía a su clase
social, sino que debía tener la mitad de su edad.
Y de su tamaño.
—Disculpe, señorita. Le estoy muy agradecido por haberla encontrado,
y tenga por seguro que será recompensada por ello, pero usted no tiene
ningún derecho a...
—¿Sabe cómo la encontré? —preguntó la joven, ignorando lo que él iba
a decir—. ¡Estaba a punto de arrollarla un coche!
Ian palideció.
—¿Tiene idea de lo que habría podido pasar por culpa de su
insensibilidad y de su irresponsabilidad? ¿Cómo sale una niña de casa sin
que nadie se dé cuenta?
Ian todavía estaba intentando asimilar que Nathalie podría haber muerto,
así que fue Kristen quien tomó la palabra.
—No fue nuestra intención que Nathalie nos escuchara —le dijo con
calma—. Ni siquiera pensamos que pudiera haberlo hecho hasta que se
escapó. Le ruego que nos permita hablar con ella. Estábamos muy
preocupados.
—¿Y usted quién es?
—Su tía.
—Ella dijo que usted sabía que era un problema y nunca se lo dijo.
Mencionó que no sabía si la seguía queriendo.
—Oh, Dios —musitó—. Necesitamos hablar con ella —dijo, ya con
menos amabilidad—. Hágase a un lado.
La muchacha pareció determinar si debía obedecer o no la orden de
Kristen. Al final, debió amedrentarla el brillo de sus ojos, porque se apartó.
Ellos corrieron hacia la niña, que los vio acercarse con cautela.
Ian logró escuchar cómo la joven le preguntaba a Kevin:
—¿Y usted no va?
—Oh, no. Yo solo soy la carabina.
—¡Nathaly! —exclamó Kristen, acuclillándose a su lado—. Nos has
hecho pasar un susto terrible.
Ian no se atrevió a acercarse demasiado, porque le dio la impresión de
que la niña no lo quería así: impresión que corroboró cuando ella lo miró
con unos ojos dolidos que le partieron el corazón.
—Él dijo que yo era un problema —acusó con voz llorosa—, y dijo que
tú lo sabías. ¡Lo sabías y no me dijiste nada!
—No te dije nada porque no es verdad, cariño —respondió Kristen con
voz maternal—. Yo no pienso que seas un problema, y tu padre tampoco.
Nathalie ni siquiera lo miró para buscar una confirmación. Tenía la
cabeza gacha y la vista fija en un helado que se estaba derritiendo.
—¡Pero lo dijo! —insistió—. Dos veces.
—A veces, cuando estamos enfadados, los adultos decimos cosas que no
queremos —dijo él con cautela.
—¿Cómo pueden decir algo que no piensan de verdad?
La lógica era infantil, y precisamente por eso resultaba irrebatible.
—Tú piensas que soy un problema —insistió ella, al ver que él no
respondía de inmediato—. Por eso me fui. No quiero ser un problema para
nadie.
—Cariño, pero ¿a dónde pensabas ir? —preguntó Kristen.
—A casa.
—Tu casa está aquí, en Londres —respondió Ian, acercándose un poco
más—. Nathaly, yo no quiero que te vayas.
Ella lo miró. La mirada era tan similar a la suya que Ian supo lo que
estaba expresando.
Quería creerle, lo deseaba con toda su alma, pero no se atrevía a confiar.
—Mencionaste algo de que no sabías si presentarme como tu hija. No
quieres que nadie lo sepa, ¿verdad? Por eso nunca me trajiste al parque, ni
me llevaste a comprar vestidos bonitos como me prometiste.
Ian sentía que estaba parado frente al juez del Juicio Final, el que le
recitaba todos sus pecados y decidía si mandarlo al cielo o al infierno. Tenía
que encontrar la forma de justificarse si no quería arder por toda la
eternidad, pero ¿había alguna forma de hacerlo, cuando era culpable de todo
lo que se le acusaba?
—Te voy a contar un cuento —dijo él, sentándose en la silla al lado de
la niña.
—Dijiste que no te sabías ninguno. ¡Me mentiste!
—Este lo aprendí después de aquella noche —replicó con calma.
Nathalie lo miró con escepticismo, pero no se negó. Ian se aclaró la voz,
dándose tiempo para encontrar la mejor manera de empezar.
—Había una vez un hombre que vivía solo y amargado porque nunca
había encontrado a nadie que lo quisiera.
—Eso es muy triste —musitó la niña.
—Así es —concordó Ian—. El hombre tenía tanta pena en su corazón
que, un día, un ángel se le apareció y le dijo: «Voy a mandarte a alguien que
te quiera». El caballero creyó que le mandaría a una mujer, pero en su
puerta apareció una niña muy sonriente. Él no sabía cómo tratar con niños,
así que intentaba mantenerse alejado de ella. Sin embargo, la niña era
persistente, y lo seguía a todos lados y le pedía que jugara con ella. Empezó
a sentir cariño hacia la pequeña, pero al ser un hombre que nunca había
conocido el amor, no sabía cómo hacérselo saber. Un día, la niña
desapareció y el hombre supo que, sin ella, su vida volvía a estar vacía.
Lloraba por las noches, y le rogaba al ángel que se la devolviera. Una
mañana tocaron la puerta. Ahí estaba la niña, sonriendo y tomada de la
mano del ángel, solo que en esa ocasión no tenía alas, sino que era una
hermosa mujer que también había llegado para quererlo. Cuando las dos
entraron a su vida, él supo que no necesitaba nada más para ser feliz.
Nathalie se quedó analizando el cuento un tiempo. Si había logrado
entender la analogía, no lo demostró.
—¿Comprendes por qué el hombre actuó como actuó, Nathaly?
—Supongo que sí.
—¿Entiendes por qué, hasta que la niña no desapareció, no supo cuánto
la necesitaba?
—Eso creo.
—¿Puedes comprenderme a mí? Soy un hombre que también ha
cometido muchos errores, y no ha sabido cómo expresarte cariño, pero eso
no significa que no te quiera y que no me volviera loco cuando supe que no
estabas.
—Entonces, ¿no crees de verdad que sea un problema?
—Eres una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.
—¿Y por qué nunca quisiste traerme al parque?
—Porque estaba, como el hombre del cuento, muy confundido. Pero ya
no. Podemos pasear ahora mismo, si quieres.
—¿Y los vestidos bonitos?
—Iremos a comprarlos cuando quieras, pero prométeme que jamás
volverás a hacer algo semejante a lo de hoy.
El rostro de ella se iluminó y poco a poco esbozó esa sonrisa que él
tanto adoraba.
—Te lo prometo —dijo sin dudar—. A decir verdad, tampoco sabía
cómo regresar a casa.
Ian se dijo que dejarían para después la conversación de lo peligroso que
era que estuviera sola en la calle.
—¿Papá?
—¿Sí?
—Anoche bajé porque escuché la voz de la tía Kris. Estabais peleando.
Ian miró a Kristen, quien se estaba limpiando con disimulo una lágrima
de emoción.
—Oh, eso fue una discusión tonta —respondió ella, quitándole
importancia con un gesto de mano—. No pasa nada.
—¿Todavía te vas a casar con él?
Cuando Kristen respondió, lo miró a él.
—Sí.
—¿Y seremos una familia?
Ian, a pesar que desde hacía rato era consciente de todas las miradas que
estaban puestos sobre ellos, tomó a la niña en brazos y la sentó en su regazo
para poder darle un beso en la mejilla.
—Ya somos una familia —le contestó.
***
Los siguientes días, Kristen se pasó todas las tardes por la casa para visitar a
Nathaly. Kevin siempre la acompañaba y se encerraba en la cocina con
Hannah para robarle las galletas de chocolate que preparaba para la niña. Ya
se habían esparcido algunos rumores sobre el paseo que el conde de
Wischesley y ella habían dado con una pequeña niña por el parque, y lo
sabía porque al día siguiente de aquel acontecimiento su madre los había
atrapado cuando intentaban salir a escondidas y les había pedido una
explicación.
—No te va a agradar la respuesta —le advirtió Kristen.
Eso fue suficiente para que la mujer los dejara en paz, no sin antes
mascullar cosas de hijos descarrilados y pecados que estaba pagando.
Kevin y ella se limitaron a reírse.
Ian todavía no había dado ninguna declaración sobre Nathay, aunque se
enteró de que algunos curiosos habían pasado por su hogar con la esperanza
de sacarle información. Kristen presentía que terminaría aceptando la
historia de su hermano, aunque eso significase ir en contra de la ley y
falsificar documentos.
Era la mejor opción que tenían.
Aquella tarde, Kristen llegó a la hora indicada. Fue el mismo Ian quien
les abrió la puerta, lo cual resultaba tan curioso como el silencio de la casa.
Pareciera que el servicio se hubiera tomado la tarde libre.
—¿Hannah está en la cocina? —preguntó Kevin, que, al parecer, no se
había dado cuenta del cambio notable en el ambiente.
—Supongo —respondió Ian.
—Nos vemos en dos horas, hermanita —dijo con jovialidad mientras
iniciaba el camino que lo llevaría a sus galletas de chocolate.
—¿Qué sucede? —preguntó Kristen.
—Está aquí.
No hacía falta que preguntara a quién se refería. Kristen había tenido la
absurda esperanza de que hubiese desaparecido de nuevo, pero no era tan
ilusa como para habérselo creído por demasiado tiempo.
—¿Qué te ha dicho?
—Lo he hecho esperar. No es como si fuese un invitado grato.
No lo era, en lo absoluto. Kristen se enfurecía solo de pensar en él y sus
intenciones de arruinarle la vida. Apretó inconscientemente los puños y la
vista se le nubló.
—Quizás ya va siendo hora de recibirlo —propuso. Entonces, notó qué
más había de raro en el vestíbulo—. ¿Has quitado los candelabros?
—Sí —dijo sin atisbo de culpabilidad o vergüenza—. Creí que ayudaría
a tener una conversación civilizada.
Kristen bufó, pero no le quitó la razón. Le era difícil centrarse cuando la
rabia la dominaba, y solo deseaba atacar con la misma intensidad con la que
ella era atacada.
—También le he pedido al servicio que se retirara para evitar
murmuraciones innecesarias —informó.
Kristen asintió.
Llegaron a la puerta del salón de visitas. Ian la miró, preguntándole en
silencio si estaba lista, y ella afirmó con la cabeza sin dudarlo. De hecho,
abrió la puerta antes de perder el valor —o la rabia— para asesinarlo.
—Ya era hora de que aparecieras, Wischesley. ¿No te han dicho que es
de mala educación hacer esperar a un invitado?
—No hay ninguna regla que me obligue a tratar con cortesía a quien no
es de mi agrado —respondió Ian con sequedad.
Jacob, que había estado parado frente a la ventana, se giró para
encararlo. Cuando vio a Kristen, la sonrisa burlona de su rostro se amplió.
—Kristen, cariño, qué alegría verte.
—Últimamente muestras tanto entusiasmo en verme que me voy a creer
que es verdad que te rompí el corazón.
—Eso desearías, ¿no? Apuesto por que sueñas conmigo todas las
noches.
—No acostumbro a tener pesadillas.
Él se rio. Ella lamentó no tener nada que lanzarle. Aunque alguien le
había servido el té. A lo mejor, si se acercaba lo suficiente...
Ian la tomó del brazo, previendo sus intenciones.
—Esta conversación es un poco absurda, ¿no crees, Telford?
—Así es, Wischesley. Supongo que querrás ir a lo que nos conviene.
—Espero que me ilumines al respecto, porque no comprendo en qué
podríamos ponernos de acuerdo.
—¿Ah, no? Kristen me dijo que lo sabías.
—Sé todo lo que hay que saber de Kristen. Lo que no entiendo es por
qué eso le conviene.
—Es muy listo como para no entenderlo, Wischesley.
—Y usted muy tonto como para suponer que caeré en un chantaje.
—¿Prefiere el escándalo?
—Tanto como usted lo prefiere, supongo.
El cambio en la expresión de Jacob fue tan pequeño que podría haber
sido imperceptible para alguien que no estuviera mirándolo fijamente, como
quien buscaba la debilidad de su adversario.
—A mí el escándalo me es indiferente —respondió.
—¿Por eso no le ha dicho a nadie que hace meses contrajo matrimonio
con una escocesa que trabaja en una posada cerca de Gretna Green?
Había que decir en defensa del Jacob que apenas se inmutó, aunque la
sonrisa burlona se tensó como si le acabaran de robar su esencia.
Kristen miró a Ian con curiosidad. Siempre supo que él buscaría la
forma de salir del problema, pero no imaginó que lo conseguiría en tan
poco tiempo.
—No sé de qué me está hablando.
—Oh, creo que sí. A los testigos les fue difícil olvidarse de usted.
Decían que estaba muy borracho, y que aceptó casarse con ella solo para
conquistarla. Supongo que fue un problema al día siguiente, cuando ya
habían consumado el matrimonio. Por supuesto, todas las pruebas pueden
desaparecer con dinero, incluyendo la esposa. Pero ese es el detalle, ¿no?
No tiene dinero. No puede pedírselo a su familia porque sospecharían, pues
ya han amenazado con desheredarlo si no endereza su vida.
Entender que habían descubierto su secreto bastó para que la fachada de
suficiencia de Jacob se desmoronara. El rostro se contrajo tanto por la rabia
que sus rasgos apuestos quedaron desagradables a la vista.
—Puede hacer correr el rumor sobre Kristen, pero yo me encargaré de
que esta información llegue a oídos de todos. Decida, Telford: ¿de verdad le
conviene hablar?
—Vete al infierno, Wischesley.
Ian no consideró necesario replicar. Sabía cuándo había ganado.
Telford empezó a caminar hacia la puerta.
—¡Espera! —lo detuvo Kristen.
Ante la mirada confundida de los dos hombres, se acercó a la mesa
donde estaba servido el té, sirvió una taza y se la arrojó en la camisa a Jacob
antes de que este pudiera verlo venir.
—Para que no olvides esta vista.
—¡Arpía! —exclamó, furioso—. Espero que seas infeliz el resto de tu
vida.
—Muy propio de los cobardes, desearle a otros sus penas.
—Largo, Telford, o yo mismo te echaré de aquí.
El hombre se fue dando un portazo tan fuerte que debió resonar en toda
la casa. A Kristen no le molestó. Se sentía aliviada, libre. Al no tener ya
cuentas pendientes, incluso la rabia hacia él había desaparecido.
—¿Cómo has descubierto todo eso? ¿Por qué no me lo habías dicho?
—Investigador privado. Me dio el informe hoy.
—Ha sido muy rápido.
—Interceptó algunas cartas que Telford le enviaba a la mujer
prometiéndole dinero por su silencio. Lo demás fue atar puntos e investigar
un poco.
Kristen sonrió con júbilo y le echó los brazos al cuello.
—Supongo que estás aliviado de que todo haya salido bien.
—Lo estoy —dijo sin dudar—, pero lo que te dije hace unos días no era
mentira. Me habría quedado contigo de cualquier manera.
—¿Aunque nadie nos hubiera vuelto a dirigir la palabra?
—Nos habríamos ido a otro país de haber sido necesario.
—¿Dejarías todo tu trabajo por mí?
—Por ti y por Nathalie —susurró contra sus labios— dejaría toda mi
vida.
—Nos conformamos con un poco de tu amor.
—Lo tienen todo —confesó antes de devorarle la boca con un beso.
Epílogo
La boda fue una ceremonia íntima, no solo porque Ian no era amigo de
aglomeraciones, sino porque no eran las personas favoritas de la sociedad
en ese momento. El rumor de la supuesta boda con una cantante de ópera y
una hija fruto de ese matrimonio escandaloso se había extendido como la
pólvora. Las invitaciones dejaron de llegar, pero no era algo que les
preocupara demasiado.
—La sociedad olvida rápido cuando se trata de uno de sus pares, más si
ese par es un conde —había afirmado Kevin.
Kristen le creía. Ian solo deseaba creerlo. Él no se había quejado en
ningún momento, pero ella sabía que le estaba siendo difícil. Romper
abiertamente las reglas nunca era fácil; no cuando se estaba acostumbrado a
obedecerlas. No obstante, puesto que no era un hombre precisamente social,
verse privado de invitaciones no le suponía ninguna desgracia.
Otra ventaja de no tener a tanta gente en el almuerzo de bodas era que
Nathalie podía pasear a su gusto, mostrando a todo el que quisiera verla su
hermoso vestido nuevo. Los únicos que le dedicaban miradas de asco eran
la baronesa y Hector, que se habían visto obligados a asistir por apariencia.
Ninguno de ellos preguntó quién era la niña, y Kristen no se lo dijo.
—Supongo que no te molestará que me quede más tiempo del que tú te
quedaste en mi boda, ¿verdad, Gallagher? Me gustan mucho estas
celebraciones.
Ese fue el saludo del marqués de Farlam cuando se les acercó junto con
su esposa. Kristen, Ian y Nathalie estaban cerca de la mesa de bebidas.
—Pueden quedarse cuanto quieran —respondió Ian, impasible. Kristen
le preguntaría luego el contexto de la conversación, aunque era fácil de
suponer. Apostaba por que Ian apenas se había pasado por la boda de los
marqueses alegando algo de trabajo.
—¡Me encanta tu lazo! —exclamó Nathaly, señalando el pañuelo rojo
con puntos dorados anudado al cuello del marqués.
No era lo único llamativo en el atuendo del marqués, pero Kristen ya se
había dado cuenta de que llamar la atención era su pasatiempo favorito.
—¿Te gusta? —preguntó la marquesa con una sonrisa que Kristen solo
describiría como traviesa—. Te lo regala.
—¿En serio? —preguntó la niña con emoción.
—¿En serio? —chilló el marqués, estupefacto.
—Oh, vamos, Gabriel. ¿Serías capaz de decirle que no?
El marqués miró a la niña y a su esposa alternativamente. Por su
expresión, era más que capaz de decir que no. No obstante, ni él fue inmune
a los ojitos suplicantes de Nathaly, pues terminó asintiendo.
—Está bien. Pero te lo daré antes de irme. Si me lo quito ahora, la gente
me mirará raro.
—Ya te miran raro —musitó la marquesa, lo que le ganó una mirada
fulminante de su esposo.
—¡Gracias! —dijo Nathalie con una sonrisa radiante. Echó a correr, con
toda probabilidad a contarle a alguien lo de su nueva adquisición.
—Eres una bruja —le siseó a su esposa, y en un gesto contrario a sus
palabras, le ofreció el brazo para caminar.
—Si lo fuera, hace tiempo que hubiera cambiado el color de tus trajes
—replicó mientras lo aceptaba.
—Que no te guste mi ropa no significa que puedas ir regalándola por
ahí.
—No es que haya muchos voluntarios dispuestos a aceptarla. Te lo juro,
Gabriel, como este bebé que espero sea niño, no dejaré que le des tus
recomendaciones al sastre.
—¿Y si es niña?
—¡Menos!
Se alejaron hasta que no pudieron escucharlos más.
—Todavía no entiendo cómo han terminado casados —le comentó
Kristen, recostando la cabeza sobre el hombro de Ian.
—Supongo que de la misma manera que nosotros.
—Todavía no entiendo cómo hemos terminado casados.
Ian se rio y Kristen alzó la cabeza para presenciar el extraño
comportamiento.
—Pareces demasiado contento para ser alguien al borde de la desgracia
social. Dime la verdad. ¿No te importa?
—Me importa —admitió—, pero estoy seguro de que pasará. No
cambiaría mis decisiones por nada. Vosotras sois todo lo que llevo
esperando desde hace años.
—¿Como el hombre solo y amargado del cuento? ¿Soy el ángel que
vino a salvarte?
—Yo diría que eres el demonio que vino a tentarme.
Kristen se rio y se puso de puntillas para pegar su boca a la de él.
—¿Y cómo lo conseguí? ¿Fueron mis propuestas indecentes? ¿Mis
comentarios sarcásticos o mi manía de arrojar líquidos?
—Fue tu mirada. Desde que te vi, quedé encantado. Tus ojos fueron mi
perdición.
—Habías dicho antes «salvación» —refunfuñó en tono infantil.
—Contigo no se consigue una sin caer en la otra.
—¿Y eso es lo que te gusta de mí?
Él sonrió.
—Entre muchas otras cosas.
Y la besó para demostrárselo.