Un gesto que cimbró al mundo.
Sobre la renuncia de Benedicto XVI
Por Diego I. Rosales
No hay ninguna anomalía en la renuncia de Benedicto XVI. Es verdad que el
acontecimiento sacudió al mundo y lo sumió un instante en el silencio. Es verdad que
cuando pronunció, en latín, las tremendas palabras: “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas
transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para
gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor
tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí
de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me
fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con
plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma”. En ese mismo
instante, todo hombre y toda mujer, fuera del credo que fuera, todos, nos preguntamos
qué había sucedido.
Es verdad que un papa no había renunciado desde hace demasiados siglos, y que
desde hace más de treinta años solamente hemos conocido el rostro de dos papas. Es
muy comprensible, pues, que las suspicacias de todo tipo vinieran inmediatamente a la
boca de muchos comentaristas. Y es que la Iglesia, hay que decirlo, nunca ha estado libre
de las suspicacias, sobre todo teniendo en cuenta la estatura moral que exige el
Evangelio que predica y sus frecuentes errores y traiciones. Si la Iglesia ha estado
siempre en el banquillo de los acusados es precisamente porque aquello que anuncia es
soberanamente bello. Por eso se le pide siempre y en todo momento congruencia.
Por otra parte, es comprensible también que surgieran las suspicacias teniendo en
cuenta el tipo de pontificado que ha sido el de Benedicto XVI. Apodado vulgar e
ingeniosamente “el panzer cardinal”, Ratzinger entró al cónclave en el 2005 como el
definitivamente favorito, como el conservador inmutable que jamás cambiaría de opinión
en ningún aspecto y que mantendría a la Iglesia en una sombría oscuridad y un terrible
anquilosamiento. Sin embargo, su pontificado fue sísmico. Ni nosotros ni la historia –
aunque la historia tampoco ha de tener el juicio definitivo sobre las cosas– podremos decir
que Benedicto XVI fue un papa tímido, pasivo o conservador. Emprendió una renovación
tremenda al interior de la iglesia, aunque su estilo discreto no haya echado luces a los
cuatro vientos para anunciarlo. Una de las pruebas de esta renovación que al interior
efectuó está en que durante su pontificado 81 obispos fueron obligados a renunciar. Los
motivos fueron diversos, pero esto deja claro que no fue un papa timorato: aunque la
tarea sigue inconclusa, él se decidió a poner fin a un régimen de ocultamiento de los
casos de pederastia al interior de la Iglesia, lo que implica la remoción de aguas turbias y
burocracias institucionalizadas difíciles de penetrar.
Pero el caso de la pederastia o el de Marcial Maciel no fue el único. Durante los
ocho años que duró el pontificado no paró de haber noticias escandalosas. Recordemos
el escándalo de las cartas infiltradas por el mayordomo (el caso de Vatileaks), en las que
hasta Bertone, secretario de estado del Vaticano, salía afectado. Hubo también noticias
sobre los malos manejos financieros del Banco del Vaticano y sobre casos de corrupción
en compras y obras de la Santa Sede, e incluso hasta intrigas sobre un complot para
asesinar al papa (nada nuevo).
La ingenuidad y el juicio epidérmico o superficial pueden fácilmente llevarnos a
tomar como bandera alguna de todas estas causas hollywoodescas para justificar la
dimisión del Papa. Pero esto sería demasiado ingenuo: la Iglesia ha pasado por tormentas
mucho peores. Además, el estilo de Benedicto XVI indica, incluso, que de lo que se
encargó en estos años fue de luchar precisamente contra esto. Es decir: de abrir hueco
para que lo se anuncie sea su credo, el Evangelio, precisamente lo que le exigen a la
Iglesia todos los que la critican.
En esa medida, no hay motivo alguno para dudar de las razones que Benedicto
XVI dio para su dimisión. Incluso, el asunto podría analizarse desde la perspectiva del
poder. Desde este punto de vista deberíamos considerar la renuncia como un acto
astutísimo: le preocupa no la ostentación del poder en sus propias manos, sino el destino
de la Iglesia entera. Tendríamos que decir que quiere dejar el camino abierto y la Iglesia
en las manos de lo que él considera lo mejor, cosa que muerto podría difícilmente lograr.
Sin embargo, este juicio también reduce el sentido del acontecimiento ante el que
estamos, porque éste no es un cargo político cualquiera. Además de ser, como muchos lo
llaman, el trono más viejo de Europa, en él está en juego no solamente la vida de una
institución, sino los corazones y la vida de demasiados fieles. Por la delicadeza evidente
de esta realidad, esto no puede ser tratado como un peloteo meramente político o como
un toma y daca de tiaras y anillos. Debemos considerar al papa, creyentes y no creyentes,
no solamente como el dirigente de un Estado o como el jefe de una jerarquía, sino más
bien como un testigo.
Me explico. Siempre podemos hacer una reducción y considerar únicamente la
dimensión política o moral o sociológica de la Iglesia y del pontificado. Pero un mínimo
principio empático en un contexto multicultural exige considerar a cada persona y cada
institución como esa institución lo requiere. En esa medida la Iglesia, y el papa incluido en
ella, por supuesto, intenta ser la figura visible de una comunidad de fieles que creen en
Jesucristo. El papa, antes que liderar su pequeñísimo estado o dirigir unas oficinas
burocráticas, intenta ser testigo, ser testimonio de un acontecimiento que quiere anunciar
al mundo, el acontecimiento del Evangelio de Jesús. Solo así comprenderemos el sentido
pleno de sus actos.
Fue significativo que, al día siguiente de su dimisión, en su reunión con los
sacerdotes de Roma –la diócesis que está a su cargo como obispo– haya abandonado el
tema oficial del día y haya preferido contar, como en charla de pasillo entre amigos
entrañables, uno de sus recuerdos más importantes: sus memorias del Concilio Vaticano
II, como sabiendo que en sus últimos días debe dejar en claro que el concilio tiene aún
mucho que dar a la renovación de la iglesia y que ésa es la clave por donde hay que
continuar.
Por todo esto una dimisión como la que presenciamos no tiene por qué tener algo
que ver con un apocalipsis clerical. El futuro de la Iglesia no está en crisis. O, al menos,
no está más en crisis de lo que desde hace dos mil años ha estado. La renuncia, incluso
me atrevo a afirmar, puede ser una clave tanto para paganos como para gentiles y
cristianos, que ayude a comprender mejor qué es la Iglesia. Con su incuestionable
experiencia y sabiduría, y mostrando humildad como pocas veces, Benedicto XVI supo
reconocer su falta de vigor para cumplir con lo exige el cargo. Esto quiere decir que el
papa no está para sí mismo y no es un poder que se ostente, sino un servicio que se
dona. Lo que importa no es quién sea el Papa, sino que reluzca el Evangelio.