CAPITULO I
La batalla de Gettysburg, famosa en la historia de los Estados
Unidos, desarrollábase con incierto resultado para los ejércitos del
Norte y del Sur. En la noche del 2 de julio de 1863, en el campamento
del general Roberto Eduardo Lee reinaba extraordinario júbilo.
—En dos días les hemos producido más de veinte mil bajas a los
yanquis —informaba el jefe supremo de las tropas de la
Confederación a los oficiales a su mando—. Pronto cumpliremos la
promesa hecha a los soldados. En Pennsylvania la carne es
abundante, y todo será fácil, sin privaciones. Cuando entremos en
Washington, los Gobiernos de Francia y Gran Bretaña tendrán que
reconocemos. Mañana daremos el asalto definitivo a las posiciones
enemigas. ¿Tienen algo que oponer, señores?
Los jefes y oficiales no respondieron, comenzando a retirarse. Los
últimos en hacerlo fueron el coronel Edwin Cárter, virginiano, a
quien el general en jefe profesaba gran estimación por su inteligencia
y su valor, y el teniente Bruce Logan, de veinticinco años.
Los dos hombres pasearon, hasta alejarse del campamento. El
semblante de Bruce mostraba viva preocupación.
—¿Qué te ocurre? —inquirió el coronel—. Desde hace meses te
encuentro cambiado. Has perdido el optimismo, la alegría.
El teniente miró a su superior.
—Creo que estoy luchando contra mis propias convicciones.
Edwin Cárter retrocedió un paso con visible gesto de estupor.
—¿Has pensado bien lo que dices?
—Sí —repuso Bruce Logan—. Cuando deseábamos mantener la
independencia de los Estados del Sur nada me inquietaba. Ahora…
—¿Qué?
—Me horroriza colaborar en el triunfo de los esclavistas.
—Tus padres lo fueron.
—Yo, no. Ellos han muerto. Si la memoria no te es infiel, mi
primer acto fue libertar a los negros. No quisiera herirte. Linda
comparte mis sentimientos.
—Lo sé. Tu hermana es como tú, una sentimental.
Cárter y Logan detuviéronse junto al Potomac, el río cruzado la
noche antes tras una encarnizada batalla en la que murieron
centenares de hombres. El coronel y el teniente, unidos por estrechos
vínculos familiares, se miraron con cordialidad.
—Perdona mis palabras, Bruce. No quise ofenderte. Linda es una
admirable esposa y tú mi mejor amigo. ¿Sabes que te he propuesto
para un ascenso?
El aludido, de rostro anguloso y cuerpo atlético, repuso:
—Gracias. Dame un cigarro. Agoté los míos.
Encendieron los puros, largos y delgados, de fuerte aroma. El
coronel dibujó unas rayas en la tierra con la punta de su bota de
reglamento.
Edwin Cárter era un producto típico del Sur. Más que un rico
hacendado parecía un capataz de plantación. Sus manos, anchas,
armonizaban con el rostro, de hirsutas cejas. Los ojos, pequeños y
redondos, de extraordinaria vivacidad, daban una nota alegre al
semblante, surcado de hondas y prematuras arrugas.
—Cuando termine esta batalla abandonaré el Ejército. Desde que
Abraham Lincoln firmó la libertad de los esclavos me considero
identificado con él.
Había dolor y acritud en la pregunta de Edwin Cárter.
—¿Vas a pasarte al enemigo?
—No. Marcharé al Oeste, lejos de los campos de batalla. Jamás
dispararé contra ti. Tus hijos llevan mi sangre. Tampoco lo haré
contra mis antiguos camaradas.
—¿Influye en tu decisión la hostilidad que te demuestra el
capitán George Miller?
—No pensaba en él. Carece de categoría moral. Me odia porque
me considera superior. Al terminar la guerra, yo volveré a mis fincas
y él tendrá que solicitar un empleo a tono con su brutal mentalidad.
—¿No os separa más que eso?
—Sí. Un día le vi flagelando a una joven negra. Después supe que
se negó a prostituirse con él. Le quité el látigo y le crucé el rostro.
Desde entonces lleva esa cicatriz. En el avance él tiene que ir
primero. De no ser así me hubieseis encontrado ya con una bala en la
espalda.
—¿Le consideras capaz del asesinato?
—Sí. Observa qué hombres le rodean. Son facinerosos, no
soldados. Ya sé lo que vas a decirme: es la más eficaz fuerza de
choque. Les guía no el amor a la causa que defienden, sino el odio a
los negros y a todo lo que representa ley y orden. Lee hizo mal al
ascenderle.
—¿Piensas lo mismo en lo que a mí respecta?
—No. Tienes capacidad de mando. Sé por mi hermana que en tu
hacienda se trata a los negros como a hombres y no como a perros.
No obstante, estimo que ellos deben ser libres. Por eso, apenas se
decida esta batalla no lucharé más.
—Nuestro triunfo es seguro. El general pondrá precio a tu
cabeza. ¿No vas a honrar la memoria de tus padres?
—Desde el cielo estarán avergonzados de mí. Él era, como tú, un
hombre bueno, pero apegado a las tradiciones. Ella, por el contrario,
sufría por las injusticias cometidas centra los hombres de color.
Edwin Cárter mordióse los labios para dominar la cólera que
comenzaba a invadirle. Estimaba de veras a su cuñado.
—¿Es cosa decidida?
—Absolutamente.
—¿Por qué no escapaste sin decírmelo, ayer, esta misma noche?
—No desertaré cara al enemigo, en plena batalla. Sería un acto
cobarde. Lo haré cuando la suerte se haya decidido en favor de uno
de los dos bandos. Es el plazo que me he impuesto.
El silencio fue largo, roto únicamente por el ruido de las aguas
del Potomac, en su ininterrumpida marcha hacia el Atlántico, y por
el susurro de las hojas al ser azotadas por el viento. El cerebro del
coronel trabajaba con rapidez en busca de argumentos que
disuadieran a Bruce de su propósito.
—¿Qué va a ser de tus posesiones?
—Tú cuidarás de ellas. Son también de mi hermana. No te
esfuerces, Edwin. No conseguirás hacerme variar una decisión
tomada tras meses de reflexiones. Volvamos.
Cárter, conocedor de la recia voluntad de Logan, emprendió con
el teniente el regreso al campamento. Antes de transponer la
centinela, dijo:
—Me esforzaré en impedir que cometas tal disparate.
—Será en vano. Adiós Edwin.
—Hasta mañana, teniente.
Bruce, comprendiendo la intención de Cárter, le saludó, con
militar rigidez.
—A la orden.
Estaba seguro de que Edwin iba a someterle a vigilancia para que
no pudiera huir. Despacio, se dirigió a la tienda que ocupaba con el
capitán George Miller. Le sorprendió encontrarle en pie.
—Le aguardaba, teniente. Le he elegido para una misión
peligrosa. Con tres veteranos intentará acercarse al campo enemigo e
inspeccionará sus defensas. Debe estar de vuelta al amanecer.
—Es la quinta expedición de esa índole que me manda en un
mes. Una vez tendrá usted suerte y yo desgracia, ¿no cree? ¿Qué
hacen los demás oficiales?
—¿Se niega a obedecerme?
—No. Busca un pretexto para dar un parte por escrito al general.
¿Dónde están los hombres?
—Le esperan en el ángulo sur del campamento. ¡Suerte!
Con gesto de cordialidad, tendió la mano a Bruce, quien,
ignorando el gesto de despedida, luego de colgar en la cintura un
segundo revólver que extrajo de su macuto de campaña, salió
encaminándose al lugar indicado por el capitán. Al ver a los que iban
a participar con él en la empresa, se previno. Eran tres
incondicionales de Miller, sujetos de pésima catadura.
Les examinó con fría mirada, deseando hacerles comprender que
no pensaba descuidarse.
Hank Willanson, de aspecto felino por su estatura y endeblez, era
un individuo repulsivo, de unos veinticinco años, que tenía la
costumbre de acariciar constantemente la culata del revólver. Por su
condición de cabo a las órdenes directas del capitán George Miller,
estaba autorizado para llevar arma corta.
James Boges, de unos cuarenta años, parecía un tratante de
esclavos. Bajo y grueso, denotaba brutalidad en todos sus gestos.
El tercero de los hombres con los que Bruce Logan iba a
emprender su aventura decía llamarse Brad Slover y era el tipo
clásico del «cow-boy» con mezcla de pistolero profesional.
—A la orden, mi teniente —dijo Hank Willanson, molesto por la
observación de que era objeto—. ¿Cuáles son sus instrucciones?
—Nos internaremos en el valle de Cumberland para observar los
movimientos del enemigo. Boges y Slover marcharán en cabeza. Son
buenos conocedores del terreno. Nosotros les seguiremos.
Organizada así la expedición, con grandes precauciones para no
tropezar con ninguna patrulla federal, avanzaron una milla hasta
internarse en un bosque de abetos. Bruce Logan, a quien Willanson
distraía con observaciones constantes, perdió de vista a los
rastreadores. Algo le avisó de un inminente peligro, quizá el brillo
maligno de los ojos de Hank.
Dejándose guiar por el instinto que tantas veces le salvó la vida,
el teniente arrojóse al suelo, tras unos matorrales, al tiempo que dos
detonaciones atronaban el aire. Los proyectiles silbaron en sus oídos,
y Logan comprendió que la Providencia acababa de impulsarle a
realizar un acto que le había salvado de morir.
Willanson, junto al oficial, susurró:
—Nos han disparado desde la derecha.
—Yo era el único blanco. ¿Y James y Brad?
—Ahí se les oye.
Tronaron, próximos, dos fusiles. Bruce y Hank, medio
incorporados, avanzaron unos metros hasta encontrar a los que les
precedían.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió el teniente.
—Había federales escondidos en la maleza. Les hemos puesto en
fuga.
—¿De veras?
Logan se incorporó, seguro de que sus sospechas eran ciertas.
Boges y Slover, quizá obedeciendo órdenes del capitán Miller,
intentaron asesinarle. Al darse cuenta de su fracaso volvieron a hacer
fuego para que los fusiles no les denunciaran. La pregunta del oficial
encerraba, en la duda, una amenaza.
—No le entiendo, teniente.
—Más vale así. Regresemos. Se han frustrado los planes de
George Miller. Las avanzadillas federales estarán alertas y sólo
conseguiremos hacemos matar estúpidamente.
La frase «se han frustrado los planes de George Miller» encerraba
un doble sentido, que Hank Willanson comprendió, mientras,
íntimamente, maldecía la torpeza de sus compañeros.
No hizo el oficial más que separarse de los tres soldados cuando
le abordó el coronel Edwin Cárter:
—¿Qué te ocurre?
—Ven conmigo si quieres saberlo. Es un asunto personal.
Sin embargo, los propósitos de Bruce se vieron frustrados.
Apenas los dos militares habían recorrido unos pasos una
trompeta tocó llamada con imperativos sones. De la espaciosa tienda
de campaña del general en jefe surgió un hombre. Era Roberto
Eduardo Lee.
—¿Adónde va, coronel?
—A fumar un cigarro hasta el amanecer.
—Para nosotros ha amanecido ya. Póngase al frente de sus
soldados. Quiero revistar las tropas dentro de una hora. El desayuno
debe servirse inmediatamente.
—A la orden.
Lee penetró de nuevo en su tienda para conferenciar con los
generales de su máxima confianza, Jorge Pickett y Longstreet.
Minutos después, el campamento hervía de animación.
Todos, optimistas, hablaban de tomar Washington y del botín
que les esperaba…
CAPITULO II
Rodeado de su brillante Estado Mayor, Lee transmitía órdenes,
con serena fe en el triunfo.
—Sitúen en línea la artillería, a la altura del seminario. Antes de
lanzarnos al asalto machacaremos las posiciones yanquis. ¿Qué tal
sus tropas, señores? La jornada será dura.
Coroneles y comandantes iban informando por riguroso turno de
la elevación moral de sus batallones. El general escuchábales
atentamente, pero sus ojos no se apartaban de un cementerio
separado más de una milla de las posiciones confederadas. El
terreno no era el más propicio para un avance a pecho descubierto,
por los numerosos obstáculos naturales de los primeros doscientos
metros y el campo raso, sin árboles ni vegetación, del resto de la
distancia.
La revista, celebrada dos horas antes, en especial la de los
veteranos de Jorge Pickett, inundó de gozo el corazón de Roberto
Eduardo Lee.
—Con hombres como éstos iremos al fin del mundo.
Vencido el crepúsculo, las fuerzas, en orden de combate, tensos
los nervios, esperaban el momento de «ver las espaldas a los
federales». El general Longstreet inquirió en alta voz:
—¿Y los enemigos? ¿No se muestran?
—Estarán agazapados en las trincheras, temerosos de lo que va a
caerles encima.
Jamás nadie había oído hablar a Lee con menosprecio del ejército
del Norte. ¡Tenía certeza de que aquél iba a ser un golpe mortal para
los yanquis!
—¡Qué las piezas disparen al máximo rendimiento!
Más de ciento cincuenta cañones comenzaron a tronar. Las
granadas levantaban del suelo grandes columnas de humo y tierra.
Lee volviéndose a Longstreet, le ordenó:
—Póngase al frente de sus hombres y ocupe esas alturas.
El general vaciló. Era uno de sus incondicionales. Hasta entonces
las batallas se desarrollaron en lugares propicios.
—¿Ha pensado, señor, que habremos de avanzar casi una milla a
campo descubierto, sin nada que nos proteja?
—Sí —repuso Lee secamente.
—¿Por qué no dar un rodeo para sorprenderles del flanco? La
carga directa será una terrible catástrofe.
—¿Quién manda las fuerzas? ¿Usted o yo?
El irónico reproche hirió profundamente el corazón de
Longstreet.
—No pretendo suplantarle —repuso con amargura—; sólo
hacerle ver los peligros que encierra el ataque.
—Ya los he considerado.
—¿Entonces…?
—Haga lo que le he dicho.
El orgullo vibraba en la voz de Roberto Eduardo Lee. Longstreet,
con dolor y firmeza, sostuvo la mirada de su jefe.
—No llevaré a mis hombres a la muerte.
En el grupo de jefes y oficiales se alzó un murmullo de estupor.
Resultaba inconcebible la actitud del general, su indisciplina.
—¿Ha meditado las consecuencias de su rebeldía?
—Sí.
—Más tarde nos ocuparemos de usted, Longstreet. Queda
relevado del mando. Retírese a su tienda.
—A la orden.
Bruce Logan fue el único que vio lágrimas en los ojos del
valiente, capaz de oponerse a lo que consideraba un suicidio. Lee
encargó a Jorge Pickett de dirigir el asalto. El general, convencido de
la cobardía de los yanquis y de que cualquier soldado de la
Confederación era superior a tres federales, sable en alto ordenó:
—¡Adelante!
No bien hubo recorrido unos metros, un fuego terrible de cañón
comenzó a diezmar a los atacantes, cuyas bayonetas brillaban al sol
con límpidos reflejos. La mortandad era espantosa, pero se
continuaba avanzando, con fe ciega en el triunfo.
La pregunta del general Longstreet «¿dónde están los
enemigos?» tuvo inesperada y trágica respuesta. Tras las tapias del
cementerio surgió la infantería de la Unión, para, con mortífera
eficacia, disparar sus fusiles a corta distancia de los que, erguidos,
sin lugar en el que protegerse, caían segados por el plomo.
Jorge Pickett fue el primero en morir y con él la mayor parte de
los oficiales y soldados.
Como había previsto Lee, se coronó la cumbre, pero fue
abandonada minutos después ante un enérgico contraataque. Las
fuerzas habían sufrido más del sesenta por ciento de bajas.
Durante todo el día, el general Longstreet, recluido en su tienda,
oyó los desesperados gritos de los heridos reclamando auxilio. El
general, sobreponiéndose a su pena, atravesó la explanada central
del campamento para penetrar en el despacho de Lee, al que
encontró con los codos apoyados en la mesa y los puños hundidos
en las sienes.
—¿Me considera útil, señor?
El jefe del Ejército del Sur alzó la cabeza para mirar a su
camarada y amigo. Tanta tristeza había en su rostro, que Longstreet
se conmovió.
—¡Yo he perdido esta batalla! Jamás me lo perdonaré. Tome los
hombres que precise y ocúpese de que los muertos reciban sepultura
y los heridos asistencia.
—Así lo haré.
Al abandonar Longstreet la tienda de su jefe comenzaba a
diluviar. El aspecto de los soldados era horrible. Muchos de ellos
caminaban ayudados por sus compañeros, mientras otros, heridos
de mayor gravedad, gemían tendidos en el suelo. La lluvia
comenzaba a embarrarlo todo y al mezclarse con la sangre formaba
pequeños canales rojizos. El cielo, brillante en el amanecer, habíase
cubierto en poco tiempo de negros nubarrones. La Naturaleza
parecía vestir de luto y llorar lágrimas ante el desastre.
Edwin Cárter y Bruce Logan estuvieron sin verse hasta la noche,
ocupados en sus menesteres. Después de la cena, el coronel abordó
el tema que le obsesionaba.
—Supongo que no desertarás ahora.
—¿Por qué? Te dije que fuese cual fuese el resultado de la batalla,
mi decisión sería la misma.
—Creerán que huyes por miedo.
—Tú sabes que no soy cobarde.
—Si te vas, comenzaré a dudarlo.
—Mi intención es recta. ¿No me das la mano? Cruzaré a nado el
Potomac antes de que la crecida sea mayor.
—¡Tendré que matarte! —dijo con voz ronca Edwin, al tiempo
que llevaba su diestra al revólver.
Bruce desenfundó al mismo tiempo que él. Por un instante sintió
que su dedo temblaba junto al gatillo.
—No dispararé jamás contra ti. Haz fuego, Cárter. Sólo una bala
podrá detenerme.
El coronel, pálido, guardó el arma, e inesperadamente se
abalanzó contra el joven, asestándole un directo en el rostro.
Medio aturdido, Bruce cayó sobre un charco. El agua le hizo
reaccionar y, en un alarde de facultades físicas, poniéndose en pie, se
dispuso a repeler la agresión. Cambiaron fuertes puñetazos hasta
que un «uppercut» del teniente derribó a su superior, que no hubiera
perdido el conocimiento a no golpearse en la cabeza con una roca.
Logan se inclinó sobre el caído para comprobar que respiraba y,
apoderándose de su revólver y de las municiones, los guardó entre
la guerrera y la camisa, y se alejó del campamento.
No sin dificultades, con las armas en alto para que no se
inutilizaran, cruzó el Potomac, rumbo al Oeste.
Anduvo durante toda la noche hasta que, rendido de cansancio,
se acostó en un pequeño bosque. Al despertar, el cielo continuaba
encapotado, pero no llovía. A corta distancia alzábase una granja.
Tenía hambre y se dispuso a satisfacerla. Acercóse a una valla,
formada por gruesos troncos, y varios perros comenzaron a ladrar.
Una mujer de más de sesenta años salió de la casa de labor,
limpiándose las manos en un delantal de cocina.
—¡Quieto «Tom»!
—Vengo hambriento. ¿Puede darme pan? He de continuar mi
camino.
—Entre en la casa y compartirá conmigo las pocas provisiones
que me restan. El Ejército pasó por aquí, devorándolo todo. ¿Son
ciertas las noticias de una derrota en Gettysburg?
—¿Cómo lo sabe?
—Cuatro soldados me hicieron esta mañana idéntica petición que
usted, aunque con modales amenazadores. Tuve miedo y les dejé
que se llevaran lo que quisieran.
—¿Tenía uno el rostro surcado por una cicatriz?
—Sí. Era capitán.
Ya no tuvo duda Bruce de la identidad de los desertores. Miller y
sus tres secuaces escapaban antes de que se consumara la tragedia.
Se dijo que nada, había perdido el Ejército.
—No pretendo exigirle, señora. Si no quiere darme nada, me
marcharé.
La mujer, con una sonrisa cordial, hizo una seña a Logan
mientras se alejaba por un pasillo interior. Bruce no sació por
completo su apetito, avergonzado de la pobreza de la anciana. Al
despedirse de ella puso sobre la mesa unas monedas, que fueron
rechazadas.
—Aún queda nobleza en Virginia. La guerra no afecta a la
hospitalidad. Tome este pan. No puedo ofrecerle más. ¡Qué Dios le
guíe, hijo!
Emocionado, Logan balbució frases de gratitud y anduvo
durante doce horas sin tomarse otro descanso que el necesario para
beber en los riachuelos, convertidos algunos en torrenteras por las
copiosas lluvias.
Durmió como la vez anterior, en pleno campo. A la mañana
siguiente, el cielo estaba despejado.
Caminó hasta el anochecer, recorriendo cerca de veinte millas. El
sol, al secar el barro, le había endurecido el uniforme. Notaba la piel
reseca, agrietada. Estaba a una milla escasa de Graffton, donde podía
comprar un corcel y víveres para continuar su éxodo hacia el Oeste.
Sus deseos se vieron satisfechos. Aunque las requisas militares
habían esquilmado a la población, consiguió un caballo y ropa
vaquera, así como algunas provisiones.
Cabalgó durante varias horas. Al caer la noche, se detuvo.
Covington, su pueblo natal, le atraía. Allí estaban su hermana, sus
sobrinos, su casa. ¿Por qué no abrazar a Linda antes de partir? El
confusionismo de la batalla le amparaba. ¿Quién iba a ocuparse de
un desertor teniendo delante al Ejército federal y a la espalda las
desbordadas aguas del Potomac? No era mucha la distancia que le
separaba del pueblo…
CAPITULO III
—¡Bruce! ¡Qué sorpresa! ¿Por qué no me avisaste?
Linda Logan, la esposa del coronel Edwin Cárter, abrazó a su
hermano, cubriendo de besos su rostro. Luego, separándose, reparó
por vez primera en la ausencia de uniforme.
—¿Y tú ropa de oficial?
—Ya te contaré. ¿Los pequeños?
—Duermen. ¿Quieres que los despierte?
—No es necesario.
—Estaba a punto de acostarme. ¿Y Edwin? Desde hace más de
una semana no sé de él. ¿Es cierto el desastre de Gettysburg?
—Sí.
—¿Cómo te han dejado venir?
—No me han dejado. Vine.
En el rostro de la mujer se reflejó la sorpresa y la alarma.
Contempló a su hermano como si no diera crédito a lo que oía.
—No irás a decirme que has…
Calló, sin atreverse a completar la frase. El joven, con una sonrisa
amarga, anduvo por el breve pasillo para penetrar en una habitación
mezcla de sala de estar y despacho.
—Anuncié a Edwin mi propósito de no luchar por lo que es
contrario a mis convicciones. ¿Tú también, como él, vas a llamarme
cobarde?
Linda sintió que sus manos temblaban.
—¿Qué ha pasado entre los dos?
—Nada irremediable. Escúchame sin interrumpirme.
Con palabra cálida, Logan refirió a su hermana sus escrúpulos de
conciencia. Dijo cómo su voluntariado fue movido por el afán de
aventuras, sin pleno conocimiento de lo que el Norte y el Sur
representaban.
—Al abrirse mis ojos a la luz me di cuenta de que estaba
apoyando una causa que no era la mía. Lo demás ha sido el fruto
maduro de largas meditaciones. Hablé con Edwin. Su orgullo le
impidió comprenderme.
Bruce inclinó la cabeza consciente de su responsabilidad. Linda le
puso una mano sobre los cabellos.
—No puedo censurarte. Mi corazón siente como el tuyo.
¡No debes permanecer en el pueblo! Algunas unidades han
conseguido rebasar el Potomac y vienen hacia aquí en retirada. Las
esperamos al amanecer. ¿Te vio alguien?
—No. Aguardé a que fuese de noche. Prepárame un buen caballo
y otro con abundantes provisiones. Quisiera llegar a Texas. En caso
de peligro me refugiaría en Méjico. Necesito también un rifle.
¿Tienes?
—Los soldados respetan la casa del coronel Cárter. ¿Es cierto lo
que dicen de él? Afirman que es uno de los hombres de confianza de
Lee el mejor jefe.
—Sí. De prolongarse la guerra alcanzará los entorchados de
brigadier. Prepáramelo todo.
—Tienes tiempo de cenar. ¿Cuándo volveremos a vemos?
Había angustia en la voz de Linda. Logan fue a responder, pero
unos golpes dados en la puerta les hicieron mirarse con inquietud.
—¿Esperas visita?
—No. Escóndete.
—¿Y el caballo?
—Diré que es de un hombre que vino a buscar trabajo.
Linda esperó a que su hermano penetrase en la estancia contigua
y salió a abrir. Bruce, con un revólver en la diestra, oyó pasos que se
aproximaban y una voz que hizo palpitar aceleradamente su
corazón.
—Vienes muy pálida, Betty dijo la esposa de Cárter. —¿Qué te
ocurre?
—Acabo de enterarme de algo terrible —repuso la aludida, una
joven de no cumplidos veinte años y hermoso rostro.
—¿Qué es ello?
—¡No puedo decírtelo! —repuso la muchacha, apretando una
mano contra otra—. Tu hermano es el mejor hombre del mundo y no
un cobarde.
La esposa del coronel Edwin Cárter simuló sorpresa e
indignación.
—¿Quién afirma tal disparate?
—Soldados a las órdenes de tu marido. El primer destacamento
acaba de entrar en la ciudad. Nick Ferguson, ascendido a sargento,
lo va pregonando. Nunca quiso a Bruce. Está enamorado de mí, y
yo…
Betty, sonrojándose, desvió su vista de la de Linda. Acababa de
revelar su secreto, tan celosamente guardado. Logan, desde su
escondite, sintió que la sangre se agolpaba en su corazón.
Aún recordaba la mañana que partió para el frente. Tomando
entre las suyas las manos de la muchacha le pidió que no se
comprometiera con nadie hasta que él regresara. Los azares de la
guerra, los años de ausencia, borraron casi por completo el recuerdo
de la joven, que lloró al verle partir. Ahora… A través de una rendija
de la cortina la veía convertida en una hermosa mujer.
—Mi padre y mis dos hermanos están en el Ejército y me
encuentro sola. ¡Tengo miedo de Nick! Va fanfarroneando sus
hazañas al tiempo que proclama la cobardía de Bruce. ¿Sabes si es
cierto? Yo no puedo creerlo.
—Es verdad y no lo es.
—¿Cómo lo sabes?
—Nos está escuchando.
La mano de Betty tembló al estrechar la de Bruce, cuyo rostro
sombrío no era capaz de ocultar la emoción que le dominaba.
—¿Dónde está Ferguson? Le demostraré que no soy lo que dice.
—Va de taberna en taberna. ¡No le busques! Te apresarían sus
soldados. Le rodean varios hombres.
—¿Qué tiempo piensan permanecer aquí las tropas?
—Se ignora. Quizá una semana, quizá un mes. Lo que tarde Lee
en reorganizar el Ejército, en el supuesto de que los federales no se
lancen antes a la ofensiva. El grueso de las fuerzas llegará dentro de
una hora. Con ellos viene tu marido, Linda.
—Debes marchar cuanto antes, Bruce. Voy a preparar lo que
necesitas.
Sin aguardar la conformidad del ex oficial de la Confederación,
Linda abandonó la estancia dejando solos a los dos jóvenes. Hubo
una larga pausa, que Logan rompió: —Temo que esta guerra va a
destruir lo que más vale de nosotros. ¡No debí pedirte que me
esperases!
—Lo hubiese hecho del mismo modo.
—¡Betty!
—Sí. Presiento que quizá ésta sea la última vez que nos veamos.
Jamás me perdonaría haberte dejado marchar sin decirte que te
aguardaré siempre, hasta la muerte.
Dejándose llevar por un impulso del corazón, Bruce estrecho
contra sí a la joven, besándola en los cabellos.
—Volveré a buscarte. La guerra no ha de durar siempre.
—¡Llévame contigo!
Las palabras de la muchacha se clavaron en el cerebro del
hombre.
—No. Soy un proscrito y habré de cruzar territorios hostiles,
cuajados de indios y de aventureros de la peor ley. No puedo
exponer tu vida.
—¡Nick me da miedo! Ha vuelto transformado. Ya no es él que tú
y yo conocimos, sino un ser brutal. Al decirme que desertaste cara al
enemigo sus ojos parecían taladrarme. ¡Quiero acompañarte!
Tan firmes eran las palabras de Betty que ni Bruce ni su hermana
supieron oponerse.
Media hora más tarde ambos jóvenes montaban en briosos
corceles.
—Alejémonos del pueblo hasta que a los caballos les rinda la
fatiga.
—No, Betty. Mejor será que nos ocultemos en la gruta que
descubrimos de niños y que tanto nos gustaba visitar. Salgan o no en
nuestra persecución, allí estaremos seguros.
—Buena idea.
Al paso, se desviaron para avanzar por una estrecha cornisa que
desembocaba en una meseta. Logan apartó con ambos brazos la
espesa vegetación que obstruía la entrada de una caverna. La mujer
entró la primera, llevando a los caballos de las riendas, y Bruce lo
hizo después. En el interior, la oscuridad era absoluta.
—No enciendas la luz. Quizá nos busquen.
El joven accedió, sin poder evitar que, en las tinieblas, su mano
izquierda rozara un hombro de la joven, lo que le produjo un
estremecimiento. Tendidos, utilizando las alforjas como almohadas,
guardaron silencio.
—¿Cuáles son tus planes, Bruce? En el Sur se te perseguirá por
desertor. Los del Norte tal vez te considerarán un espía a sueldo de
Lee. En el mejor de los casos te enrolarán en el Ejército. ¿No has
pensado en eso?
—Sí. Mi propósito es alcanzar el este y, refugiándome en la
montaña, vivir de la caza y de la pesca. Siempre me tentó la aventura
del oro. Llegaremos hasta Nuevo Méjico.
—¿A caballo?
—No queda otro remedio.
—Sí que lo hay. De Charleston parte una diligencia hacia San
Luis, que enlaza con la que va a Oklahoma. Si vendemos los corceles
podremos ir más cómodos y con menos riesgos.
—Ofrecerán un premio por mi captura. No debo entrar en las
grandes poblaciones.
—Detendremos el carromato en las afueras. Nadie supondrá tal
audacia en un fugitivo. Yo subiré a la diligencia en Charleston y
aparentaremos no conocemos hasta el fin del viaje. En Oklahoma
compraremos caballos, pasando a Nuevo Méjico a través de Texas.
Bruce meditó las palabras de la joven.
—De acuerdo. Apenas amanezca nos dirigiremos a Charleston.
Tienes toda la noche para meditar sí…
—Por favor, no continúes.
Hubo una larga pausa, durante la cual Bruce atascó la pipa. Al
encenderla vio a la muchacha en un juego de sombras que
hermoseaba su figura. Sintió deseos de besarla y se contuvo.
—Será peligroso nuestra convivencia —dijo con voz ronca—. Nos
casaremos en la primera oportunidad que se presente. ¿Lo deseas?
—¡Con toda el alma!
Logan buscó una mano de Betty, oprimiéndola con fuerza. Al
despertar, seguía sujetando la diestra de la muchacha…
CAPITULO IV
La diligencia corría por los llanos de Missouri, en dirección a
Pierce City. Una vez más, Bruce Logan, para luchar contra el tedio,
examinó a sus compañeros de viaje. Ante él Betty, que procuraba no
mirarle para que nadie sospechara la farsa que estaba representando;
Raymond Drucci, un joven de unos veinte años, que había intentado
en vano varias veces entablar diálogo con la muchacha, y el mejicano
Chano Isunza, de edad indefinida y rostro cobrizo. A su izquierda,
un negociante en pieles que pasaba del medio siglo y un individuo,
cuyo nombre ignoraba, con aspecto de oso a juzgar por el vello de
sus manos, sus piernas cortas y la anchura del cuerpo. Durante el
trayecto no pronunció ni una palabra, limitándose a maldecir el
continuo balanceo del coche.
El polvo y el calor hacían penoso un viaje que para los que
subieron a la diligencia en San Luis acababa de empezar. Para Bruce
y Betty no era sino la repetición del iniciado en Charleston.
—¿Quiere cambiar su sitio por el mío, señorita? —inquirió
Raymond Drucci, obsequiosamente—. Dentro de poco comenzará a
darle el sol.
—Gracias. Voy bien aquí.
—¿No le da miedo ir sola? Son muchos los hombres que por no
morir en la guerra se han lanzado al pillaje. Patrullas del Norte y del
Sur infestan los caminos. ¿Va a Oklahoma?
—Sí.
—¿Tiene familia allí?
—Mis padres —mintió la joven.
—Yo vivo allí y he de conocerles. ¿Cómo se llaman?
Molesta por el interrogatorio de que era objeto, Betty repuso:
—Como yo.
—¿Y usted? No recuerdo su apellido.
—Es el mismo que el de ellos.
Bruce sonrió levemente. El mejicano, menos correcto, lanzó una
carcajada ante la agudeza de la muchacha. Raymond Drucci quiso
disculparse:
—Perdone. No quise molestarla.
El individuo de aspecto simiesco rompió el silencio por vez
primera desde que salieron de San Luis.
—No le auguro una larga vida. En el Oeste es peligroso
preguntar tanto. Puede encontrarse una bala. Desde que subió al
carromato no ha hecho sino enterarse de lo que no le importa.
Comenzó diciéndonos su nombre y pretendiendo averiguar el de los
demás.
—No supuse que…
El joven desconcertado por la rudeza de su interlocutor, no
completó la frase. Chano Isunza continuaba riendo, aunque en tono
más bajo. Betty sintió lástima de Raymond Drucci y dijo, para
desviar el diálogo:
—Vamos muy de prisa.
—Al cochero le urge llegar —contestó el comerciante.
—¿No ha visto el hombre armado que le acompaña?
—Sí.
—Eso significa que transporta alguna mercancía de valor.
Logan que durante la guerra había aprendido a conocer a los
hombres, observó que Raymond Drucci, pasado su asombro, se
mordía los labios nerviosamente. Dedujo que estaba avergonzado.
El vehículo, al aumentar la marcha, se movía con violencia,
empujando a unos contra otros. Isunza lanzó una maldición al
chocar su cabeza contra uno de los laterales.
—¿Qué diablos pasa?
Asomóse a la ventanilla para averiguar la causa por la que los
caballos, al ser azotados, galopaban medio enloquecidos. A unos
trescientos metros, cinco jinetes perseguían a la diligencia.
—Parecen soldados —dijo.
—¿Quiénes? —inquirió Logan palideciendo.
—Los que están dándonos alcance.
El hombre con tipo de gorila miró a su vez.
—No tardarán en rebasamos. Si se les da lo que piden nos
dejarán continuar el camino. Son confederados.
Las manos de Raymond Drucci temblaron ostensiblemente,
mientras Betty interrogaba con la mirada a Logan.
—No tardaremos en saber lo que quieren.
En efecto. Minutos después cinco soldados rodearon d
carromato, ordenando al cochero que se detuviera. Iban al mando de
un sargento. El pasaje echó pie a tierra.
Los miembros del Ejército del Sur comenzaron un severo
interrogatorio al mayoral de la diligencia.
—Sabemos que transportas oro. ¿Dónde? No podemos perder
tiempo registrando el carromato.
—No sé a qué se refieren —balbució el aludido.
El suboficial, amartillando el revólver, le dijo:
—Tienes un minuto para entregamos lo que buscamos.
Con los ojos desencajados por el pánico, el cochero opuso:
—¡Son bienes particulares! Nada tienen que ver con la guerra.
—Te equivocas. Lee necesita oro y caballos —paseó su mirada
por los rostros de Raymond Drucci, Bruce Logan, el individuo que
no quiso decir su nombre y Chano Isunza—. Demasiado jóvenes.
¿Huís de la recluta?
—Soy mejicano. Mire mis documentos.
No obtuvo respuesta. El negociante en pieles se secaba un sudor
producido en parte por el miedo y en parte por el sol, que caía a
plomo sobre sus cabezas.
Logan, adelantando un paso, dijo, con las manos muy cerca de
las culatas de los revólveres:
—Llévese lo que busca y déjenos en paz.
—¿Tú quién eres?
—Se lo diré si se aparta conmigo donde no puedan oírnos.
Bruce, que no había prescindido de su credencial de teniente del
Ejército, creyó llegado el momento de utilizarla. Corría el riesgo de
que hasta aquellos hombres hubiese llegado la noticia de su
deserción.
El sargento, siempre con el revólver empuñado, consciente de su
superioridad en el improbable caso de una traición, accedió.
—Vamos.
Anduvieron unos metros, deteniéndose al otro lado del
carromato. Logan, tendiéndole unos papeles, habló:
—Oficial del Ejército en misión de servicio. Es necesario que
llegue a Oklahoma sin tropiezos.
El jefe de la reducida fuerza, cuadrándose militarmente, devolvió
los documentos a Bruce.
—A la orden.
—Nadie debe saber mi identidad.
Regresaron con los demás. El conductor de la diligencia,
amenazado de muerte, reveló el lugar donde se ocultaba el oro.
—Entre los asientos y las ruedas van dos cajas sujetas con
abrazaderas metálicas.
El hombre que viajaba en el pescante para impedir el despojo que
se estaba consumando, no intervino en defensa de los intereses a él
confiados. Era cierto que el general Lee necesitaba dinero. Él no
podía oponerse a las órdenes del Gobierno del Sur.
—¿Cómo puedo saber que actúa oficialmente, y no a título
particular? —inquirió.
—Vea la orden escrita —se la entregó al que hablaba—. Tenemos
instrucciones concretas.
Les permitiremos continuar.
Tomó de nuevo el papel que su interlocutor había leído, y sobre
el corcel presenció cómo sus hombres se alejaban llevándose las dos
cajas con el oro. Luego, distraído, saludó a Bruce.
—A la orden, mi teniente.
Comprendiendo su torpeza, sin esperar la respuesta, picó
espuelas al caballo.
Los viajeros guardaron silencio. Betty, subiendo al coche, dijo:
—Hace calor. Pese a todo, creo que hemos tenido suerte.
—Más que suerte, influencia —agregó el mejicano—. A no haber
sido por nuestro compañero de viaje nos habríamos quedado aquí
para hacer el resto del viaje a pie. Habremos de tener cuidado con
nuestros comentarios sobre la guerra. Usted, Drucci, lo hizo de
manera poco favorable.
El joven no respondió. Su semblante estaba sombrío. Con dedos
trémulos lió un cigarrillo. Logan reparó que hacía un esfuerzo por
contenerse. ¿Qué se agitaba en su alma?
Los cinco hombres permanecían en el exterior. Bruce, con el pie
apoyado en el estribo, miraba al cochero y a su acompañante, que
discutían con viveza. Al fin, dirigiéndose a él, le dijeron:
—Ese oro es un envío que el Banco de San Luis hace al
Oklahoma. El traslado de las cajas se realizó de noche. Se prescindió
de una fuerte escolta para que nadie sospechase la verdad. ¿Cómo
pudieron enterarse esos hombres?
—Por algún confidente. Yo tomé la diligencia en las afueras de la
ciudad.
—Tendrá que acompañarme a la Comandancia de Oklahoma.
Necesito que los militares se hagan responsables del despojo. Uno de
los consejeros del Banco es miembro del Gobierno.
—Desde luego —repuso Logan con una sonrisa—. Lo importante
es reanudar el viaje. ¿Qué hace en el techo, Raymond?
El interpelado, sacando de un equipaje un cinturón canana con
dos revólveres, se lo ajustó a la cintura antes de responder.
—Prevenirme para el futuro.
Bruce no respondió, y de nuevo, acomodados en la diligencia,
padecieron durante horas el polvo y el calor. Al cruzar un arroyuelo,
Betty dijo:
—Me daría un baño si ello fuera posible.
—¿Por qué no? —repuso el comerciante—. Tal vez el cochero
piense igual y no se atreva a decírnoslo. Tienen establecidas las
paradas, pero nadie se enterará de un retraso de quince minutos.
¿No les parece?
Todos asintieron, gozosos con la idea de refrescar sus abrasados
cuerpos. Logan, asomándose a la ventanilla, llamó la atención de los
que conducían, quienes, al conocer los deseos de los viajeros,
hicieron dar la vuelta al carromato, deteniéndose junto al agua.
—El riachuelo es profundo y forma grandes bolsas. No se alejen
de la orilla —previno el cochero.
Los hombres, dirigiéndose a la derecha de un rústico puente;
Betty, a la izquierda.
La muchacha se desnudó tras unos matorrales, sumergiéndose en
el rió. No le preocupaba la recomendación hecha con respecto a la
profundidad. Desde la infancia se habituó a nadar en los estanques
de la plantación.
Gozosa, buceó varías veces para que el baño fuera completo,
dejándose arrastrar junto a Logan, el cual, con una sonrisa, quiso
aproximarse más. Ella retrocedió con enérgicas brazadas, hasta que
un estampido la hizo volverse. El espectáculo la llenó de horror y
sorpresa. Raymond Drucci, con los revólveres empuñados,
disparaba contra el indefenso Logan, quien, sumergiéndose, pensó si
el muchacho se habría vuelto loco.
Nadando entre dos aguas quiso alejarse, pero la falta de oxígeno
le obligó a sacar la cabeza para respirar. Drucci, que había adivinado
la dirección de la huida, tornó a disparar, y el proyectil, rozándole la
sien, le produjo un leve mareo.
Buceó hasta situarse bajo el puente. Los maderos que sustentaban
las recias tablas le servirían de escudo. ¿Cómo llegar hasta sus
armas?
Raymond, a unos diez metros, estaba cargando los tambores de
sus revólveres para efectuar el último ataque. Logan se supo
perdido. Aunque el joven no era buen tirador, acabaría cazándole.
Preguntóse los motivos de tan repentino odio. Él no le había
molestado a lo largo del viaje. ¿No le habría confundido con el
individuo de aspecto de oso? Movió la mano, gritándole:
—Oiga, amigo. Soy Bruce. Deje de…
Un proyectil arrancó una astilla al poste tras el que se ocultaba, a
un centímetro de su cabeza, obligándole a resguardarse. Giró la vista
en tomo suyo. Sus compañeros de viaje presenciaban, a unos
cincuenta metros de distancia, desde el agua, el tan inesperado como
cobarde ataque. Vio a Betty salir del río y, cubriéndose con su
vestido, avanzar hacia el carromato sin ser observada por Drucci,
que esperaba una nueva oportunidad para hacer fuego sin errar el
blanco.
Sumergido hasta el cuello, y siempre oculto en el madero, siguió
con ansiedad los movimientos de la muchacha. Al verla coger el rifle
del pescante y, descalza, avanzar hacia Raymond, a espaldas de éste,
se movió para distraer la atención de su agresor.
Drucci agotó el tambor de uno de los revólveres. Apenas lo hubo
hecho, notó que algo duro se clavaba en sus costillas.
—¡Tire las armas o disparo! ¡Haga lo que le he dicho!
Betty apretó más el cañón en la espalda de Raymond.
—¡No me mate!
La joven, esforzándose en dominar su desprecio, repuso:
—No lo haré si permanece inmóvil.
Logan braceó hasta el lugar donde había depositado las ropas, y
poniéndose el pantalón, con el torso desnudo, avanzó hacia
Raymond. Al llegar junto a él, sin poder contenerse, le golpeó en la
mandíbula, haciéndole caer. Al chocar contra el suelo, una de las
manos de Drucci rozó la culata de un revólver, que quiso esgrimir.
Bruce se arrojó sobre él, impidiéndoselo. Irritado, le machacó el
rostro.
Al incorporarse le rodeaban los restantes compañeros de viaje.
Miró a todos con expresión de desafío. Sus ojos centelleaban y su
mandíbula denotaba agresividad. El hombre de aspecto simiesco
acercósele a él y, tendiéndole una mano, dijo:
—Me llamo John Somerville. Estaba saliendo del río cuando
intervino la muchacha.
Logan aceptó el saludo.
—¿Supone por qué quiso asesinarme?
—Él nos lo dirá.
Fue a buscar su sombrero, y llenándolo de agua lo arrojó al rostro
de Drucci. Betty alejóse para vestirse, lo que hizo con rapidez,
regresando a tiempo de ver recobrarse a Raymond, quien tardó unos
segundos en recordar lo ocurrido.
Bruce tomándole del cuello con violencia, le interrogó:
—¿Por qué intentaste matarme? ¡Habla!
Como el aludido no respondiera, le cruzó la cara con la mano
abierta. Drucci repuso:
—Mis padres murieron a manos de los confederados. Les
fusilaron por ocultar unos sacos de trigo.
—¿Por qué no te enrolaste en el Ejército federal?
El muchacho bajó los ojos.
—¡Soy un cobarde! Hijo único, mi madre, creyendo que todo
podía dañarme, me prohibió los ejercicios que endurecen a los
hombres. Mi padre apenas si se ocupaba de mi educación. Fui
creciendo con los mismos hábitos que una mujer. Vi, oculto en el
granero, cómo los mataban. ¡No tuve valor para morir con ellos! Al
salir de mi escondite, uno de los criados me escupió su desprecio en
el rostro. ¡Tenía razón! Abandoné mis tierras y vine al Oeste en busca
de una bala. Al oír su condición de oficial confederado proyecté
matarle.
Abatido, inclinó la cabeza. Betty sintió lástima de Raymond.
También Bruce, aunque se esforzó en disimularlo.
—Te dio miedo desafiarme cara a cara. ¿No es así?
El silencio fue la más elocuente contestación. Logan observó que
todas las miradas estaban fijas en él. Tomando los revólveres de
Drucci se los entregó.
—Toma, pontos en las fundas y no los esgrimas más que en
defensa propia. ¿Qué ganaría con matarle? —volvióse a Betty—.
Gracias, señorita. Le debo la vida. ¿Cómo podré pagárselo?
Ella sonrió, regocijada íntimamente por la comedia de que ambos
eran protagonistas.
—Cumplí con mi deber. Era la que estaba más cerca de
Raymond. ¿Seguimos el viaje?
—Sí —repuso el mayoral—. Vamos a terminar de vestirnos.
La muchacha quedóse sola con Drucci.
—¿También usted me desprecia? —inquirió él.
—No. Asimile la lección de generosidad que acaba de recibir,
hecho no frecuente en el Oeste, donde se aplica la ley del más fuerte
y se paga el plomo con el plomo. ¿A dónde va? ¿Lo que dijo antes de
sus padres y de Oklahoma era falso?
—Sí. Quería averiguar lo que fuera posible respecto a usted. Lo
cierto es que no sé a dónde dirigir mis pasos. Llevo el dinero
suficiente para vivir un año, quizá dos. Pasado ese plazo me veré
obligado a trabajar.
—Le convendrá hacerlo. Subamos. Hace calor.
Ya en la diligencia, donde los demás no tardaron en reunírseles,
el silencio fue largo. Betty fue la primera en romperlo.
—Raymond está arrepentido de lo que hizo, señor Logan.
—Más vale así.
Segundos más tarde, el látigo del mayoral restalló en el aire.
A cuatro millas de Ockmulge, en las inmediaciones del río
Arkansas, John Somerville, que durante el largo viaje y las obligadas
estancias en los cobertizos de la Compañía guardó obstinado
silencio, mirando con animosidad a Raymond Drucci, dijo:
—Dentro de poco nos separaremos. Será una satisfacción no ver
más a tipos como usted.
El insultado fue a contestar, pero Betty se lo impidió.
—Calle. Sus palabras no harían sino empeorarlo todo.
Una brusca sacudida del carromato lanzó a unos contra otros.
Cuando consiguieron restablecer el equilibrio, la diligencia ya estaba
parada. Los hombres apeáronse con rapidez. Logan fue el primero
en darse cuenta de la situación.
Un grueso tronco obstaculizaba el camino.
—¡Cuidado, amigos! —advirtió—. ¡Creo que lo de ahora va a ser
distinto!
Apenas hubo terminado la frase, dos disparos derribaron al
cochero y a su acompañante. Betty y los cinco hombres, protegidos
en el coche, miraron en todas direcciones sin descubrir a los
atacantes. El lugar era propicio a la emboscada. A la izquierda, el rió
Arkansas, y a la derecha, unos macizos montañosos, tras los que, sin
duda, ocultábanse sus enemigos. Logan puso el pie en el estribo
derecho, encaramándose a una de las ventanillas. Si había que huir
necesitaba llevarse su equipaje y el de Betty.
—¿Qué hace? —exclamó John Somerville.
Bruce, con admirable serenidad, derribó dos envoltorios, donde
guardaba un rifle y municiones, haciendo lo mismo con varios
paquetes más, mientras los proyectiles le buscaban.
Somerville disparaba sus revólveres a ciegas, con el afán de
obligar a mostrarse a sus emboscados agresores. Una descarga
cerrada dio con él en tierra. Raymond Drucci se inclinó con ánimo de
auxiliarle.
—Está muerto —dijo.
La noticia impresionó al negociante, quien, antes de que nadie
pudiera impedirlo, con los brazos en alto, abandonó la protección de
la diligencia.
—¿Dónde va? —le gritó el mejicano.
—A entregarme —repuso el aludido—. Mi vida vale más que lo
que llevo en las valijas. Nada ganarán esos hombres con matar…
No pudo completar la palabra. Una bala le entró por uno de los
ojos, destrozándole la cabeza.
—¡No dan cuartel! —musitó Chano Isunza—. Los caballos van a
desbocarse.
Así era. Espantados por las detonaciones, los cuatro corceles
pugnaban por romper los arreos, no consiguiendo otra cosa sino
volcar el carromato, motivo por el cual los cuatro supervivientes se
vieron en la precisión de tumbarse para no ofrecer blanco a las balas.
—Si seguimos aquí nos acribillarán —anunció Bruce—. No nos
queda otro remedio que el que voy a poner en práctica. ¡Estén
atentos a mi maniobra!
Reptando se aproximó a los animales. Chano Isunza comprendió.
—Voy a ayudarle. Haga fuego, Raymond. No le importe dar en el
blanco; lo esencial es distraerles.
Logan, con un afilado machete que llevaba en la cintura, cortó las
correas que sujetaban a dos de los caballos, llevándolos junto a Betty
y a Drucci.
—¡Montad en ellos y pasad el río! Toma uno de los fardos.
La muchacha, entre una lluvia de plomo, obedeció. Raymond,
apoderándose de su equipaje, no tardó en imitarla, mientras los
revólveres del mejicano disparaban sin interrupción. Habían
localizado a sus enemigos. El fuego graneado impidió a los
asaltantes afinar la puntería, por lo que la joven y Drucci pudieron
internarse en el Arkansas.
—Ahora nos corresponde a nosotros —dijo Chano Isunza—.
Quédese aquí. Yo libertaré a los animales. ¿Se considera capaz de
montar a uno cuando inicie la carrera?
—Sí.
Con el cuchillo rasgó uno de los fardos para sacar un rifle, que
cruzó en bandolera. De una caja extrajo proyectiles, guardándoselos
entre el pecho y la camisa. El mejicano le imitaba.
—¿Dispuesto, Logan?
—Cuando quiera.
El ex oficial del Ejército de la Confederación hizo fuego graneado
para cubrir a su camarada, hombre avezado al peligro, al que
bastaron unos segundos para librar a los corceles. Sujetóse al
primero, cabalgando de costado, al estilo indio. Logan, de un salto,
montó en el otro, protegiéndose también con el cuerpo del animal.
Segundos después entraban en el agua.
Bruce miró ante él. Raymond, en la orilla opuesta, disparaba su
rifle para proteger la retirada.
—¡Al galope! —ordenó Logan.
Los jinetes, milagrosamente a salvo, huyeron hacia el sur. A un
cuarto de milla Logan detuvo su caballo, volviéndose: cuatros
hombres rodeaban la diligencia. Les vieron apoderarse del equipaje.
—Simples bandoleros —dijo—. ¿Salvó sus efectos personales,
Drucci?
—Sí.
—Yo, no —repuso el mejicano—, pero no importa. Toda mi
fortuna estriba en mi rifle, mis revólveres y una cabalgadura. ¿Le
importa que sea sincero, Logan?
—No. ¿A qué va a referirse?
—Raymond Drucci es enemigo de la Confederación. Yo, también.
Abandoné Méjico porque me molesta el dominio francés y su apoyo
al general Lee con el afán de, dividiendo los Estados Unidos, poder
extender su influencia. La causa del Norte tampoco me interesa.
Asqueado de la falsedad humana he recorrido diversos lugares. No
me entusiasma la guerra y pienso dirigirme a Arizona o a Utah.
Posiblemente fui el único al que no consiguieron engañar con su
ceremonioso tratamiento. Las miradas son más expresivas que las
palabras. Betty y usted no se conocieron en la diligencia. Ella reservó
pasaje para un hermano, que, al no presentarse, le dejó libre una
plaza. ¿Va en comisión de servicio como militar?
Bruce meditó unos segundos antes de responder. Luego dijo:
—Celebro su sinceridad. Si no le importa, viajaremos juntos. Por
razones personales abandoné el Ejército. La patrulla lo ignoraba, y
ello nos sirvió de mucho. Betty y yo pensamos casarnos. Si le parece,
iremos juntos.
—Eso iba a proponerle.
Raymond Drucci, que había escuchado el diálogo con ansiedad,
intervino:
—¡Déjenme acompañarles!
Chano Isunza y Logan se miraron. El mejicano era un hombre
bueno, de dolorosa historia y gran experiencia. Bruce tenía la certeza
de que, de no llevarse con él al muchacho, éste moriría apenas
penetrase en cualquiera de los poblados del Oeste, donde no
imperaba otra ley que la del revólver. Betty, sintiendo lástima de
Raymond, abogó por él.
—En el cruce del río se ha portado valientemente. Permaneció a
retaguardia para cubrirme con su cuerpo, y luego, al echar pie a
tierra, comenzó a hacer fuego con su rifle. ¡Dadle una oportunidad!
No es un…
Aunque no pronunció la palabra «cobarde», todos la intuyeron,
incluso el propio Drucci.
—Por mí no tengo inconveniente —dijo Chano Isunza.
—Por mí, tampoco —repuso Logan—. Debe portarse bien, o de lo
contrario no le permitiremos cabalgar con nosotros. En todo
momentos seremos libres de separamos. ¿Hacia dónde vamos?
—A Childres. Una vez allí organizaremos nuestro futuro. ¿Ya no
la esperan sus padres en Oklahoma, Betty?
La joven lanzó una carcajada.
—No. Tratémonos con llaneza, igual que compañeros.
—A tu gusto.
Los cuatro jinetes, al paso de sus cabalgaduras, emprendieron la
marcha, cara a un porvenir incierto.
CAPITULO V
Las Vegas, en Nuevo Méjico, al este del río Pecos y en plena
montaña Rocosas, no era un pueblo más en la geografía del Oeste,
sino algo distinto por su influencia mejicana y su carácter
eminentemente ganadero. Sus casas no estaban alineadas a lo largo
de la carretera, debido a las especiales características del terreno. Los
edificios alzábanse caprichosamente en diversos lugares, formando
plazas y calles irregulares. Predominaban los edificios de piedra y
madera por la extraordinaria abundancia de estos materiales. El oro
corría pródigo por las mesas de juego, unas veces de manos de los
vecinos de Las Vegas, y otras, de las de los mineros, quienes tras
largos meses de fatigas en las montañas, luchando con los indios, las
fieras y el clima, pretendían resarcirse de unas semanas de
privaciones.
Lugar de paso para los que, por el sur, se dirigían a Utah,
Arizona, Nevada y California, a nadie extrañaba la afluencia de
viajeros que, tras reponer sus fuerzas y aprovisionarse de víveres y
municiones, marchaban rumbo a sus puntos de destino. Por ello a
nadie sorprendió que tres hombres y una mujer, con las vestiduras
cubiertas de polvo y visibles muestras de fatiga en los rostros, se
apearan de sus caballos a la puerta del más importante «saloon»
para, tras amarrar los corceles al porche, penetrar en el local y pedir
alojamiento.
El dueño del «saloon», un mestizo de turbio pasado, les examinó
antes de responder. Al fin, repuso: —Dispongo sólo de dos
habitaciones.
—Tendremos suficiente —contestó Logan—. En una dormirá la
señorita, y en la otra, nosotros tres.
—El importe de la pensión se abona por adelantado.
—¿Cuánto?
—Cuatro dólares diarios. La comida es por cuenta de ustedes.
—De acuerdo. Le pago una semana.
Bruce extrajo una cartera para sacar de ella varios billetes. El
fondista inquirió: —¿No tiene otra moneda?
—¿Qué le ocurre a ésta?
—No me gustan los dólares confederados.
Logan fue a replicar con violencia, pero Chano Isunza se lo
impidió oprimiéndole uno de los brazos.
—¿Prefiere pesos?
—Sí.
—Tome y sírvanos la cena. ¡Ah! Ocúpese también de los caballos.
Por consejo de Bruce se acomodaron en uno de los rincones,
teniendo a la espalda la pared, y frente a ellos, la puerta de entrada.
—Me resulta increíble haber alcanzado el fin de nuestro viaje —
comentó Betty—. La idea de descansar es tan grata que me parece un
sueño. Aquí permaneceremos en paz.
No bien hubo pronunciado tales palabras, se oyó en el exterior el
galope de varios caballos. Segundos después cuatro hombres
entraban en el establecimiento. Logan, al reconocerles, aferró las
culatas de sus revólveres, no dando crédito a lo que veía. El capitán
George Miller, el cabo Hank Willanson y los soldados James Boges y
Brad Slover cruzaron el «saloon» para, acomodándose en el
mostrador, pedir: —Una botella de «whisky».
Al igual que Bruce, habían prescindido de los uniformes para
vestir trajes de «cowboys». Logan pensó en la emboscada de
Gettysburg y en el frustrado desafío.
—Eran cuatro hombres los que asaltaron la diligencia —dijo el
mejicano—. ¿Pensabas en ello?
—No.
—Te has quedado suspenso. ¿Los conoces? —inquirió Drucci.
—Me recuerdan a unos viejos amigos.
Por hallarse a uno de los laterales, Bruce confiaba en no ser visto.
No quería que divulgasen su condición de desertor. Ellos también lo
eran, pero no les importaba ser considerados como tales mientras
pudieran imponerse con los revólveres. Betty, muy pálida, miraba a
George Miller, a quien conocía de Covington como asalariado de
Logan, y también por el relato que el joven le hizo de los incidentes
acaecidos durante la descubierta.
—Parece que has visto un fantasma —dijo Raymond Drucci.
—Quizá —fue la seca respuesta de la muchacha.
Hank Willanson, mientras acariciaba la culata del revólver, en un
gesto habitual, miró en tomo suyo. Sus ojos, al posarse en los de
Bruce, no denotaron emoción. Aparentando no haberle reconocido,
acodóse de nuevo en el mostrador para apurar su vaso de «whisky».
Luego, bajo la vigilancia de Logan, lió un cigarrillo, encendiéndolo.
El ex teniente advirtió a sus compañeros: —Si fuésemos atacados
tirad a matar.
Chano Isunza no hizo pregunta alguna. Desde que entraron
aquellos individuos había observado la tensión emocional de Bruce
y Betty.
—No me gustan esos individuos.
Raymond Drucci expresó en alta voz el pensamiento de muchos
de los que ocupaban el «saloon», quienes miraban a Miller y sus
secuaces con hoscos semblantes.
Logan observó que los cuatro hombres conversaban en voz baja y
apoyó ambas manos en las culatas de sus armas, pronto a la defensa.
Su asombro fue grande al ver que Willanson depositaba unas
monedas sobre el mostrador y, sin mirarle, abandonaba el local.
Miller, Boges y Slover le imitaron.
Bruce no se confió. Estaba seguro de que el capitán y sus
cómplices esperarían una oportunidad más propicia.
Una mujer prematuramente envejecida les sirvió en una fuente
huevos y tocino.
—Ahora les traeré pan.
Comieron con apetito. Después acompañados por uno de los
camareros entraron en sus habitaciones. Betty, con una sonrisa,
anunció: —Voy a dormir veinte horas seguidas.
—Nosotros te imitaremos. Cierra por dentro.
—Lo haré.
Una vez solos los tres hombres Logan dijo:
—Quiero dar una vuelta por el pueblo antes de acostarme.
El mejicano, con fingida indiferencia, repuso:
—Yo también pensaba hacerlo.
—Os acompaño terció Raymond.
—No —opuso Bruce—. Alguien tiene que quedarse por si Betty
necesitara ayuda.
—¿Corremos peligro? —inquirió el muchacho.
—Es a mí a quien buscan.
Drucci desenfundó sus armas, colocándolas sobre la cama.
—Os esperaré despierto. Id tranquilos.
Isunza y Logan, atravesando el pasillo, descendieron de nuevo al
«saloon». Comenzaba a oscurecer.
—Tomemos un «whisky» —propuso Bruce.
El mejicano aceptó, intuyendo que su amigo dudaba si hacerle o
no una confidencia sobre el pasado. Bebieron.
—Te noto preocupado.
—Sí, Chano. Fuera hablaremos. Creo que eres un hombre digno y
necesito tu consejo.
La calle estaba desierta. De vez en vez la cruzaban hombres para
penetrar en la taberna.
—Muchas veces te he oído despreciar a los que no son capaces de
cumplir con su deber. ¡Yo he desertado del Ejército de Lee!
—¿Por cobardía?
—¡No! Mi conciencia me dictó abandonar una causa que
propugnaba la desunión de la patria. Era teniente a las órdenes
directas del coronel Edwin Cárter mi cuñado. ¿Qué te sucede?
Chano Isunza habíase detenido. Su rostro reflejaba una tensión
extraordinaria.
—¡Repite lo que has dicho! ¿Pertenecías al regimiento de Cárter?
—Sí. ¿Le conoces?
—Estuve hablando con él para indagar el paradero de…
Un disparo interrumpió al mejicano. Logan le vio llevarse la
mano al hombro y caer. Tardó una fracción de segundo en darse
cuenta de que la muerte le acechaba. Al producirse la segunda
detonación corría en zig-zag para resguardarse en un porche
inmediato. Un fogonazo a su derecha descubrió el refugio de uno de
sus enemigos. Sin duda se trataba de una emboscada de George
Miller y sus secuaces. Adivinaron que Logan sería incapaz de
dominarse y que iría en su busca.
La inmovilidad de Chano Isunza le hizo temer que hubiese
muerto. ¿Qué iba a decirle? ¿Acaso su secreto estaba relacionado con
el marido de su hermana?
Varios proyectiles se clavaron en la madera de la casa en cuyo
soportal se cobijaba. Respondió al fuego sin darse cuenta de que se
abría una puerta a su espalda para dar paso a una joven vestida de
negro, que empuñaba un revólver. Sus ropas contrastaban con su
pelo rubio —una cascada de oro sobre su garganta— y su tez fina.
—Entre en la casa —le ordenó—. Los cuatro hombres que
quieren asesinarle están parapetados a ambos lados, frente a usted.
Logan no se hizo repetir la invitación y sin volver la espalda a sus
enemigos penetró en la vivienda. Al sentir cerrarse la puerta pidió:
—Guíeme a la ventana.
La oscuridad era absoluta. Bruce sintió moverse a su salvadora, y
a poco, con un ruido leve, abrióse una gran compuerta de madera,
que permitía contemplar la calle.
—La cerré al comenzar la lucha.
Era la segunda vez que Logan escuchaba la voz dulce de la
mujer, pero hasta entonces no se dio cuenta de su musicalidad.
¡Tanta era su anterior excitación! Al mirar a la muchacha no vio sino
un rostro que parecía flotar en el aire. El vestido negro confundíase
con la semipenumbra de la estancia.
—Gracias, señorita. Le debo mucho. ¿Cómo supo que yo era
víctima y no agresor?
—Estaba acodada en la ventana cuando vi ocultarse a cuatro
hombres. Presencié el ataque y me dispuse a evitar que le mataran,
igual que a su compañero.
Desde donde se hallaba, Bruce veía el cuerpo inmóvil de Isunza.
—He de recoger a mi camarada.
—¡Alguien se acerca!
Logan vio a Raymond Drucci aproximarse al mejicano.
Contuvo su tentación de advertirle del riesgo. Él era la única
víctima elegida. Quizá Miller, confundiéndole con un vecino del
pueblo, no disparara. Así fue.
El joven, inclinándose sobre el caído, le examinó unos segundos.
Después, con una naturalidad que Bruce nunca pudo sospechar, se
lo echó a la espalda. En los movimientos de Raymond no había
nerviosismo.
—¿Es compañero de usted?
—Muy valiente.
Logan contuvo una sonrisa y cerró la contraventana.
—¿Le importa encender el quinqué? Se portó bien conmigo.
—Juzgo un deber evitar daño a mis semejantes.
La luz trémula de petróleo idealizó la femenina figura.
—Me llamo Bruce Logan. ¿Y usted?
—Catherine Somerville.
Al escuchar el apellido, Logan mordióse los labios. ¿El destino
había ido a llevarle al domicilio del hombre que murió en el asalto
de la diligencia?
—¿Por quién lleva luto?
—Por mi madre murió hace una semana.
—¿No viven más familiares suyos?
—Sí; mi padre. Fue a Washington a resolver un negocio.
—¿Cerca del Gobierno federal?
La muchacha dudó antes de responder afirmativamente.
—Solicitaba un permiso de libre circulación para suministrar
carne al ejército. Mamá enfermó a los pocos días de marcharse él. Le
envié recado a las distintas ciudades por las que tenía que pasar,
Oklahoma y San Luis, a las casas de postas. Ignoro si habrá recibido
el mensaje. De todas formas, llegará tarde.
Catherine Somerville ahogó un sollozo. Sus ojos, negros y
profundos, parecieron cristalizarse. Logan respetó el dolor de la
joven. ¿Cómo decirle…? Resultaba increíble que el individuo de
aspecto de gorila fuese el padre de una criatura tan delicada. Tenía
que haber un error.
—Su apellido me es familiar. Conocí en el viaje de San Luis a
Oklahoma a un individuo que se llamaba así. Era alto, delgado, de
noble rostro. ¿Responden estas señas a las de su padre?
—Son el polo opuesto —repuso la muchacha—. Papá es un
hombre rudo, de piernas cortas y ancho cuerpo. Aquí le llaman John
el «Oso». ¿Qué le sucede?
Al tener la convicción de la verdadera identidad del que fue su
compañero en la diligencia, Logan había inclinado la cabeza con
pesadumbre. No tuvo valor de confesar la verdad a Catherine.
—Perdone. Los hombres somos egoístas. Me había olvidado de
su tragedia meditando en la posibilidad de burlar a mis enemigos.
Tengo la certeza de que esperarán a que salga.
—Pueden hacerlo por la puerta trasera.
—Ya habrán pensado en ello. Huiré por el tejado. Las casas son
aproximadamente de la misma altura.
Hubo un largo silencio. Bruce sentíase culpable en presencia de
Catherine. Tal vez, en espera de su padre, agotase sus últimos
recursos para encontrarse luego desvalida. Al mirar a la joven lo hizo
con tal gesto de simpatía que ella, no comprendiendo lo que pasaba
en el alma de Logan, sonrió.
—La guerra entorpece las comunicaciones. Patrullas del Norte y
del Sur reclutan soldados. ¿Y si capturan a su padre? ¿Dispone de
medios económicos?
—¡Eso no se producirá! ¿Intenta asustarme? Papá no es de los
que se dejan apresar.
Había temor en las palabras de la muchacha.
—Estuve a punto de ser víctima de lo que acabo de decirle. Me
propongo permanecer algún tiempo en Las Vegas en unión de dos
amigos, a los que ya conoce, uno el herido y otro su salvador. Me
acompaña mi prometida. Salvándome, quizá se haya granjeado la
enemistad de los que quisieron matarme. Disponga de nosotros para
todo. Ya debiera haberme marchado. Estoy inquieto por Chano
Isunza pero…
—¿Qué?
—Temo que esos miserables pretendan registrar la casa y le
causen daño.
—No sucederá. Acierto una moneda a veinte pasos con mi
revólver.
Señaló el arma que había depositado sobre la mesa.
—Nadie lo diría.
—¿Por qué?
—No quiero que lo interprete como un elogio. Ni aún mi
prometida es tan femenina como usted.
—Se lo hubiese explicado fácilmente de conocer a mamá. Era una
mujer delicada; tanto que su salud no fue nunca buena. Pese a las
diferencias de carácter, se casaron a los dieciocho años, y no he
conocido matrimonio más feliz. Ella perdonaba las brusquedades a
papá; él la rodeaba de toda clase de mimos cual si adivinara que no
viviría mucho. Quizá yo haya sacado lo mejor de cada uno.
—De eso estoy seguro.
Ahora comprendía Bruce el gesto hosco y el mal humor de John
Somerville, corroído por el temor y la preocupación. Se puso en pie.
—¿Se va?
—Sí. Mis amigos y yo nos hospedamos en «Las tres estrellas».
¿Por dónde podré alcanzar el techo sin riesgos?
—En el patio hay una escalera.
Segundos después, tras despedirse de Catherine Somerville.
Logan se arrastraba por la techumbre de madera esforzándose en
pasar inadvertido ante sus enemigos, a quienes imaginaba apostados
en las inmediaciones.
Pasó a una casa inmediata y luego a otra, en cuyo extremo se
detuvo. La edificación daba a una estrecha calleja. La altura no era
mucha y Bruce se dispuso a saltar. Una voz conocida y odiada le
contuvo.
—Hola, Slover. El jefe dice que no te muevas.
—No podrá escapar. Si la espera se prolonga entraremos a
buscarle.
—Descuida.
Logan percibió los pasos de un hombre al alejarse y se dispuso a
la acción. Era necesario que huyera para, reuniéndose con Raymond
Drucci, evitar que Miller asaltara el domicilio de Catherine. No le fue
difícil orientarse en la oscuridad. Brad Slover había encendido su
pipa y paseaba a lo largo de la calle.
Tensos los nervios, ardiendo en deseos de vengar a Chano
Isunza, Bruce, en cuclillas sobre el borde del tejado, aguardó el
momento oportuno para reducir a su adversario.
Al lanzarse al espacio extendió sus manos con el propósito de
aferrar a Slover por la garganta. No pudo hacerlo. Sus piernas
golpearon en la espalda al forajido derribándole. Fue el comienzo de
una lucha en la que ninguno de los contendientes podía esgrimir sus
armas.
El cómplice del capitán Miller era fuerte, y apenas repuesto de su
sorpresa, sus puños encontraron el rostro de Logan, que no contaba
con tan encarnizada resistencia.
Cambiaron varios golpes. En la lucha a distancia, Bruce llevaba
ventaja por ser conocedor de trucos pugilísticos practicados en el
regimiento. Comprendiéndolo así, Brad, desenfundando el cuchillo
que llevaba a la cintura, alzó el brazo y avanzando un paso se
dispuso a asestar una feroz puñalada a Logan, quien con
extraordinaria agilidad se arrojó a las piernas de Slover,
derribándole.
Ya en el suelo, el joven concentró todos sus esfuerzos en hacer
soltar el arma a Brad, consiguiéndolo no sin recibir un feroz
rodillazo en el vientre.
La inminencia de la muerte hizo reaccionar al joven, que, caído
en tierra, adivinó el movimiento de su enemigo. Su diestra voló a la
funda, sacando su revólver. El proyectil clavóse en el pecho de
Slover.
Ya en pie se dijo que era absurdo enfrentarse con un enemigo
superior en número, y corrió hacia el «saloon», a tiempo de detener
en la puerta a Raymond Drucci.
—¿Dónde vas?
—En tu ayuda.
—¿Y Chano?
—Sólo tiene una herida en el hombro. Afirma que la pérdida de
conocimiento le salvó la vida. De lo contrario, al intentar defenderse,
le hubieran acribillado a balazos. Cuando fui a recogerle confiaba en
que, de haber enemigos escondidos, no me identificarían debido a la
penumbra.
—Fue una acción valerosa, Raymond.
—Quizá. Tuve miedo.
—A todos nos sucede. El heroísmo consiste en saber
sobreponerse. ¿Vino el médico?
—Sí. Es un viejo simpático. Extrajo el proyectil y aseguró que
dentro de un par de semanas Isunza podrá cabalgar. ¿En qué
piensas?
Era indudable que George Miller, al convencerse de la huida de
su víctima por el hallazgo del cadáver de Slover, no intentaría hacer
ningún registro, por lo que era inútil arriesgarse en vigilar la casa de
Catherine.
—En nada. Reunámonos con nuestros compañeros.
Betty le abrazó gozosa, suspirando aliviada. Chano, desde el
lecho, con el hombro vendado, le dijo: —Escapamos de milagro,
Bruce.
—Sí, Raymond evitó que me matasen yo estaba decidido a
recogerte. No podía permitir que te desangrases.
—Era lo que ellos esperaban. Drucci se portó bien.
El aludido sonrió, satisfecho de los elogios de sus camaradas, a
quienes ofreció tabaco. Logan lió un cigarrillo a Chano y los tres
hombres fumaron en silencio. Betty inquirió: —¿Nos marchamos
mañana?
—No. Permaneceremos en Las Vegas el tiempo preciso para
orientar nuestro futuro. Ahora hay un motivo más: Chano debe
curarse. Lamento mezclaros en algo de tipo personal. Los que hoy
quisieron asesinarme volverán a intentarlo.
—¿Cómo te salvaste? —preguntó el mejicano.
—Gracias a Catherine Somerville, la hija del hombre que murió
en el ataque a la diligencia.
Con palabra precisa refirió los hechos de que acababa de ser
protagonista, terminando: —No sé si hice mal ocultándole la verdad.
¿Qué me aconsejáis?
No obtuvo respuesta. Betty fue la única que comentó:
—¡Pobre muchacha!
Transcurrieron varios segundos sin que ninguno manifestase su
opinión.
—Veo que os sucede lo mismo que a mí. Sin embargo, hay que
decírselo.
—Hagámoslo mañana —propuso Drucci—. Mi madre decía que
la almohada era el mejor amigo.
—Buena idea. ¿Volverá el médico?
—Sí. No quiso llevarse el maletín con el instrumental —repuso
Raymond—. ¡Cuidado! Alguien se acería.
Oyéronse pasos en el exterior. Logan, desenfundando sus armas,
se dispuso a la defensa.
—¡Apártate, Betty!
Abrióse la puerta para dar paso a un hombre de más de sesenta
años y aspecto bonachón. Todos respiraron al verle, y Bruce guardó
los revólveres. El recién llegado miraba la escena con asombro.
—Pase, doctor —le animó Drucci—. Ignorábamos que se tratase
de usted.
—Ya lo veo. Han requerido mis servicios para otro caso
semejante y preciso el instrumental. Pensé que no lo necesitaría.
Tomó el maletín. Y antes de marcharse puso su mano sobre la
frente de Chano Isunza.
—Le conviene dormir —aconsejó—. Vendré a primera hora.
Adiós.
Con semblante risueño abandonó la alcoba. Apenas lo hubo
hecho, Bruce dijo: —Posiblemente se trate de Slover. No me detuve a
comprobar si había muerto. Hice fuego en incómoda postura. A
todos nos conviene descansar. Adiós, Betty.
—Hasta mañana.
Salió la muchacha acompañada por Logan, quien, cuando
escuchó el ruido del cerrojo del pestillo interior, regresó junto a sus
amigos y comenzó a desnudarse.
—Estoy rendido.
—Yo también —repuso Drucci.
Bruce apagó el quinqué, y ya en el lecho evocó a Catherine
Somerville. No se consideraba con ánimos de revelarle la verdad.
Tuvo lástima de la muchacha.
Abrumado por tal preocupación tardó en quedarse dormido…
CAPITULO VI
—¡Márchense de aquí! ¡El pueblo está maldito! ¡No sé cómo he
podido vivir en él diecinueve años! Nadie trabaja. Es un refugio de
cuatreros, contrabandistas y asesinos. Soy un perfecto estúpido
curando a quienes no se merecen otra cosa que la horca…
—Gracias, doctor —le interrumpió, irónico, Chano Isunza.
—No lo digo por usted, sino por el que asistí anoche. Sus
compañeros se han empeñado en llevárselo a la montaña. De nada
han servido mis consejos y quizá de nada sirvan tampoco mis
esfuerzos para salvarle la vida.
El médico, atento a la cura del mejicano, no observó el gesto de
contrariedad de Logan.
—¿Quiénes les acompañaban? —inquirió.
—Tres hombres de mal aspecto, a quienes no parece importar la
vida de su camarada.
—Ellos hirieron al que usted atiende ahora. ¿Qué dirección
tomaron?
El facultativo alzó la vista, posándola en el que le interrogaba.
—Secreto profesional —repuso.
—¡Son cuatro asesinos! —insistió Logan.
—¡Para mí no hay diferencias! Permanezca en cama hasta que
vuelva a visitarle. Si no me avisan, tardaré unos días.
—¿Cuáles son sus honorarios?
—Deme cinco dólares. La suma total dependerá de lo que tarde
en sanar.
Raymond Drucci entregó al facultativo lo que éste pedía,
anticipándose a Bruce. El médico, tras formular sus últimos consejos,
salió de la estancia, dejando solos a los tres hombres y a la mujer.
—¿Qué hacemos? —inquirió Chano Isunza.
—No precipitamos. Raymond y yo recorreremos las sierras
inmediatas en busca de un lugar apropiado donde levantar una casa,
punto de partida para nuestras expediciones en busca de oro. Tú y
Betty os quedaréis en la ciudad. Antes he de cumplir un amargo
deber. Diré a Catherine la verdad de lo de su padre y la invitaré a
que nos acompañe.
—Yo iré contigo —terció Drucci—. A Chano no le importará
quedarse solo.
La entrevista con la hija de John que comenzó en un ambiente de
cordialidad creado por la presencia de Betty, fue derivando hacia el
tema que a Logan interesaba.
—No sé cómo decírselo, Catherine. Hice con su padre el viaje de
San Luis a Oklahoma. Nos atacaron y tuvimos que defendemos.
—¡Qué ocurrió!
—Murieron tres hombres, entre ellos…
Logan inclinó la cabeza, sin completar la frase. Catherine, como si
no diera crédito a lo que oía, apremió:
—¡Continúe!
—¿Para qué? —repuso Bruce con el desaliento en el corazón—.
Imagine lo peor y acertará. Cayó como un valiente.
Raymond habíase situado junto a la muchacha, temeroso de que
se desmayase al conocer la noticia. No fue así. Catherine se puso
rígida, mientras sus ojos brillaban con extraño fuego.
—¿Quiénes le mataron? —inquirió con voz ronca, en un jadeo
emocional que conmovió a Bruce.
—Lo ignoramos. Todos estuvimos a punto de seguirle en el
camino a la eternidad.
El silencio fue largo. Betty inició una frase de consuelo, pero
Catherine no la escuchaba. Hierática, miraba, sin ver, a través de la
ventana. Al fin de su garganta brotó un sollozo, un gemido
infrahumano, inconcebible en una mujer. Raymond Drucci la
contemplaba asombrado. Al salir con sus amigos, después de dejar a
la mujer con sus lágrimas y sus recuerdos comentó:
—Una vez oí algo parecido al quitarle los cachorros a una loba.
—Así es el Oeste —fue el seco comentario de Logan.
—Vuelvo junto a Chano. Me agradecerá un rato de compañía —
dijo Raymond.
—Yo iré con Catherine —expresó Betty.
Luego de permanecer unos momentos con su novia, Bruce
reunióse con Raymond y Chano. En el largo y peligroso viaje de
Oklahoma a Nuevo Méjico se había consolidado la amistad entre los
tres hombres. Conversaron de temas diversos, en especial de la
busca de oro que pensaban emprender en breve.
Una hora después, Drucci anunciaba su propósito de ir en busca
de Betty.
—¡Si pudiera convencer a Catherine para que nos acompañara!
—Inténtalo —contestó Bruce con una sonrisa comprensiva. Se
daba cuenta de la impresión que en el muchacho produjo la belleza
de Catherine.
Salió Raymond. Logan, tumbándose en la cama, inquirió:
—¿No te importa que continuemos la conversación interrumpida
por el disparo que te hirió? Te excitaste al saber que pertenecía al
regimiento de Cárter. ¿Cuál es tu secreto? El mío ya le conoces.
Los dos hombres, sin mirarse, tendidos en las camas de madera,
sentían palpitar aceleradamente sus corazones.
—Me duele recordar el pasado. Piedras Negras es un pueblo de
Méjico, en la frontera de Texas, junto al río Grande del Norte, que
desde Ciudad Juárez marca la línea divisoria. Mi mujer y yo nos
dedicábamos a faenas campesinas en unos terrenos de nuestra
propiedad. Al comenzar la guerra se inició un contrabando de armas
a favor de la Confederación. El Gobierno de mi patria apoyaba a los
del Sur extraoficialmente, motivo por el que Piedras Negras se
convirtió en lugar de paso para grupos militares confederados. Una
tarde, a mi regreso del trabajo, encontré a mi esposa muerta, con las
ropas desgarradas. Al pie del lecho había un individuo con una
herida en el pecho. Llevaba uniforme del Ejército. Estaba
moribundo, pero pude interrogarle. Supe que un oficial quiso
violentar a mi mujer ayudado por tres de sus hombres. Ella se
defendió, ocasionando la víctima que me hablaba. El disparo disipó
la embriaguez y la locura de aquellos miserables. Uno, antes de
partir, la asesinó.
Chano Isunza hizo una pausa antes de continuar.
—Con la promesa de curarle le arranqué el nombre de uno de los
soldados que formaba parte del grupo mandado por el oficial. No
pudo decirme el regimiento al que pertenecía. Vendí las tierras y a
partir de entonces fui recorriendo comandancias militares hasta que,
hace dos meses, en Richmond, supe que aquel hombre formó en el
escuadrón número once de caballería. Averigüe que había sido
trasladado al trece. Le maté, no sin enterarme de que el capitán se
llamaba…
Unos golpes dados en la puerta le interrumpieron.
—¿Cómo? —inquirió con avidez Logan.
Isunza no pudo responderle. Raymond, Betty y Catherine
entraban en la alcoba. Bruce se puso en pie y el muchacho habló:
—¿No os seduce la idea de abandonar este tugurio? Iremos a
vivir a casa de Catherine. Nuestra familia acaba de aumentar con
ella.
Betty insistió.
—Es para bien de todos. Así no me sentiré sola.
—Considéranos como a hermanos. Has de tuteamos.
—De acuerdo. Tenemos poco que llevar. Perdona, Catherine. Es
Chano Isunza. Ya le conoces de referencias.
—Le vi caer. Nuestra vivienda es grande. Papá hizo cuatro
habitaciones pensando en una numerosa familia.
Para evitar que la tristeza invadiera, con el recuerdo, a la hija de
John Somerville, Raymond hizo un gesto a Betty, quien,
comprendiendo, apremió:
—No perdamos tiempo. ¿Podrás ir a pie, Chano?
—Sí. Logan me ayudará.
Catherine, Betty y Drucci salieron de la habitación llevándose
rifles, municiones y un paquete con ropa. Apenas cerraron a su
espalda, Bruce, inclinándose sobre el lecho del mejicano, inquirió:
—¿Cuál era la identidad de ese capitán?
—Se llama George Miller.
Aunque lo había adivinado, al escuchar el odiado nombre, Logan
crispó sus dedos en la sábana. Las palabras de Isunza le distrajeron
momentáneamente.
—El coronel Cárter me dijo que había desertado con un cabo y
dos soldados más. Ningún sitio mejor para eludir un pelotón de
fusilamiento que el Oeste. Pensaba utilizar la diligencia hasta
Oklahoma y consagrar mi vida a la venganza.
—¿Ya no?
—Investigaré en Nuevo Méjico. Después pasaré a Arizona.
Los estados mineros son los más propicios al pillaje. ¿Conoces al
capitán?
—Sí. No tendrás que molestarte mucho para encontrarle. Le has
tenido a tiro de revólver. Los cuatro hombres que entraron en la
taberna y después te hirieron son George Miller, Hank Willanson,
James Boges y Brad Slover.
Tanta fue la emoción experimentada por Chano que se incorporó
en el lecho, como impulsado por un resorte.
—¿Qué dices?
—La verdad. Serénate. No conseguirán escapar. Seremos dos en
una misma empresa. ¿Qué haces?
—No permitiré que escapen.
—No lo harán —le tranquilizó Bruce—. Me odian demasiado
para dejarme con vida. No conviene precipitarse. Esperaré a que te
repongas y juntos les daremos alcance. La busca de oro será un
magnífico pretexto.
—¿Y Raymond?
—Se quedará custodiando a las mujeres. Te ayudaré a vestir.
¿Prometes no hacer nada sin consultármelo?
El mejicano dudó unos segundos.
—Sí. El incentivo de cazar a esos hombres me ayudará a
convalecer rápidamente.
CAPITULO VII
Con los primeros fríos del invierno llegaron al pueblo de Las
Vegas las primeras caravanas de mineros. Desde el amplio ventanal
que comunicaba el domicilio de Catherine Somerville con el exterior,
Betty, Catherine y Raymond contemplaban a diario el paso de unos
hombres, en cuyos rostros dibujábanse los más diversos
sentimientos. Algunos caminaban gozosos, tocándose de vez en vez
la cintura, de la que, en talegos de piel, colgaba una riqueza
arrancada a la tierra en meses de trabajo y privaciones. Iban armados
hasta los dientes, mirando con desconfianza en todas direcciones.
Otros, abatidos, parecían arrastrar los pies, y con las cabezas
inclinadas obstinábanse en contemplar la tierra. El fracaso había
hundido en ellos su zarpa. Cuando transcurrieran unas semanas la
esperanza renacería de nuevo en sus almas. En breve convertiríanse
en seres jactanciosos y pendencieros con sus rivales más
afortunados.
No faltaban tampoco los que, habiendo descubierto tarde un
filón, maldecían el tiempo por haberse visto precisados a abandonar
la labor cuando comenzaba a ser fructífera.
Aquella tarde, como tantas otras, hallábanse los tres jóvenes
sentados bajo el porche, entregados a sus pensamientos. Betty, que
avizoraba el horizonte con ojos de mujer enamorada, dijo:
—¡Mirad!
Al comienzo de la calle, un hombre avanzaba junto a dos mulos,
sobre los que iban otros tantos cuerpos. Al pasar ante la casa de
Catherine, Betty vio un reguero de sangre, y dejándose llevar por el
impulso corrió a examinar los rostros de los muertos.
—¿Temiste que fueran ellos? —inquirió Drucci a su espalda.
—Sí.
—No temas. Chano y Bruce saben cuidarse. ¿Qué les ha
ocurrido?
El interrogado, que llevaba un profundo rasguño cerca de la sien,
volvióse a Raymond.
—Cuatro enmascarados nos atacaron a una milla del pueblo.
Alzamos los brazos para entregamos, pero ellos hicieron fuego. Mis
dos camaradas han muerto y yo perdí el sentido. A eso debo estar
vivo. Nos arrebataron el producto de nuestro trabajo. Muchas onzas
de polvo de oro y pepitas. Al despertar continué el camino.
Al terminar el relato, el hombre estaba rodeado de numerosos
habitantes de Las Vegas y de mineros que regresaron con
anterioridad. El «sheriff» acercóse al superviviente, haciéndole repetir
la historia.
—¿Dice usted que eran cuatro individuos?
—Sí.
—Se ha recibido desde Oklahoma un comunicado interesando la
captura de esos sujetos. Al parecer cometieron en aquel estado varios
robos y asesinatos. Se cree que se han dirigido a Nuevo Méjico.
Venga conmigo. Desde mi oficina avisaremos al sepulturero.
Mientras el grupo se disolvía, Catherine, Betty y Raymond
regresaron a sus asientos del porche.
—Debieron haber vuelto ya —dijo Drucci—. Llevan treinta y dos
días ausentes. ¿Habrán encontrado algún placer y estarán
explotándolo? Pronto tendrán que abandonarlo a causa del frío.
—Quisiera creerlo.
Permanecieron en silencio hasta que con las primeras horas de la
noche penetraron en la casa para cenar. Una vez que lo hubieron
hecho, Raymond recomendó a las jóvenes:
—No abráis a nadie. Voy a dar un paseo. Quiero saber lo que se
comenta.
Sin jactancia, con naturalidad, ciñóse un cinturón canana del que
pendían dos revólveres, y abandonando la casa se dirigió al «saloon»
que les sirvió de alojamiento a su llegada a Las Vegas, y que, por ser
el más importante, rebosaba de un público heterogéneo, ansioso de
ahogar sus pesares en «whisky» o de celebrar sus éxitos. Había
aumentado el número de mujeres, y en un lateral, en tres mesas,
varios hombres jugaban a los naipes. El ambiente, enrarecido por el
humo del tabaco y el olor a perfume barato, era irrespirable.
Drucci se detuvo en la puerta, dudando si entrar o no. Sintióse de
pronto invadido por el temor. Se impuso. Era necesario que se
habituase a las situaciones que pudieran derivarse de su estancia en
el «saloon».
Esforzándose por dominar el pánico, se aproximó al mostrador, y
acodándose en él pidió un doble de «whisky».
Sintió repugnancia de aquel conglomerado de seres, sin más
ambiciones que las puramente animales. Se supo desplazado, pero
no quiso marcharse. Durante muchos años obedeció impulsos que le
convirtieron en un cobarde. No volvería a sucederle, aunque le
matasen. Tal idea le hizo sonreír con amargura. Un ayer despreciable
le abrumaba.
Algunas noches su sueño era turbado por una descarga de
fusiles, y al despertar veía a sus padres caer ante un piquete de
soldados, mientras una voz alzábase en el aire para gritarle:
—Quien no defiende a los suyos es un miserable.
Lió un cigarrillo, y por alejar de sí tales pensamientos se dijo que
nada pudo hacer por salvar a sus padres. ¿Por qué no vengarles?
Con tal idea partió hacia el Oeste. También por huir de un pasado
que continuaba acosándole. Su primer acto fue el de un cobarde y
estuvo a punto de costar la vida a un inocente, a un hombre bueno,
que, perdonándole la vida, le dio una inolvidable lección de
generosidad.
Con el vaso en la mano derecha y el cigarrillo en la izquierda
alejóse del mostrador, y atravesando el local se dirigió a las mesas
donde se jugaba fuerte, a juzgar por la expectación despertada. Se
detuvo tras un hombre en el momento que éste empujaba un fajo de
billetes al centro del tapete, decía lacónicamente:
—Todo.
Sus tres adversarios dudaron si aceptar o no el reto. Raymond,
que miraba las cartas del que hizo el envite, pensó que ganaría. Tenía
una escalera de color.
Distraído, ladeó el vaso, derramando parte del líquido sobre el
individuo, que, al sentir la mojadura en el cuello, le miró con acritud,
cual si deseara fulminarle. Sin embargo, no pronunció palabra. Sus
tres adversarios meditaban.
—No voy.
—Yo tampoco.
—Ni yo. Cuando los que te rodean están excitados ello quiere
decir que llevas buen juego.
Con una maldición y el rostro contraído por la ira, el que acababa
de perder la oportunidad de desbancar a sus rivales,
incorporándose, se encaró con Drucci.
—¿Cuánto te dan por hacerles señas?
—Le aseguro que…
El gesto de estupor de Raymond fue borrado por un formidable
«uppercut», que le arrojó contra una de las mesas, ocupada también
por jugadores. Al derribar el tablero, varios rieron a carcajadas. Ya en
el suelo, medio aturdido, una mano recia le alzó.
—Tampoco a mí me gustan los entrometidos.
Un segundo individuo, sin dar tiempo a Raymond a reponerse, le
pegó un puñetazo en la ceja izquierda, partiéndosela. Lo último que
vio Drucci al caer fueron los brutales rostros de quienes le rodeaban.
Las risas, hiriéndole el cerebro, le impidieron perder por completo el
sentido.
Sin abrir los ojos, fue recobrándose lentamente. Le convenía
prolongar su desmayo para que no siguiesen golpeándole.
Se extrañó al no sentir, como otras veces, esa especie de
hormiguillo, de frío en la sangre, que le inmovilizaba de terror. Al
incorporarse, su mente estaba despejada, como si fuese espectador y
no protagonista de la pelea.
Ya en pie, miró en torno suyo. Los dos hombres que le habían
atacado sin darle oportunidad de defensa conversaban, mezclando
en su charla fuertes carcajadas. Al ver a Raymond se separaron unos
metros, mientras sus dedos acariciaban las culatas de los «colts». Los
que llenaban el «saloon» abrieron un ancho círculo, intuyendo lo que
no iba a tardar en suceder Un viejo, con la voz cascada por los años y
el «whisky», cogió a Drucci de uno de los brazos:
—No te enfrentes a ellos, muchacho. Son pistoleros profesionales.
Raymond, desasiéndose, no hizo caso de la advertencia. La
sangre afluía a su rostro.
Segundos antes de pasar a la acción, recordó uno de los consejos
de Bruce Logan y se dispuso a ponerlo en práctica. Durante
semanas, el ex oficial le adiestró en el manejo de las armas. Chano
Isunza lo hizo con respecto a los trucos empleados por los «gun-
men».
Miró a los ojos de sus antagonistas. De ellos partiría la orden de
ataque. Era necesario hablar para que el sistema nervioso, al
relajarse, no traicionara sus movimientos.
—Sois unos cobardes.
El insulto provocó una oleada de comentarios entre los que
presenciaban el inaudito desafío a dos hombres calificados como los
más peligrosos de la región. El rumor fue acallado por una sola
palabra.
—¡Defiéndete!
Los hechos se precipitaron para Raymond como a través de un
velo de niebla. Vio a sus enemigos esgrimir sus revólveres cuando ya
apretaba los gatillos de los «colts», sin sacarlos de las fundas. Apenas
lo hubo hecho se dejó caer al suelo. Era innecesaria tal precaución.
Sus dos rivales se desplomaban con las pupilas dilatadas por la
muerte. Se dieron cuenta, tarde, de que habían menospreciado a su
adversario.
Drucci, sin dar crédito a la hazaña de que era protagonista,
poniéndose en pie, se acercó a los pistoleros. Unos agonizaba; el
otro, con un proyectil en el pecho, parecía hallarse muy mal herido.
El joven, sabiéndose dueño de la situación, volvió la espalda a
sus antagonistas en el momento que sonaba un disparo. Al girar en
redondo observó que de la frente del que creyó moribundo surgía
un hilo de sangre. De su mano derecha se desprendía un «colt», que
al caer al suelo produjo un ruido sordo. ¿Quién le había salvado de
morir?
Miró a la entrada del «saloon».
—¡Bruce…! ¡Chano!
—Hemos llegado a tiempo de presenciarlo todo —repuso Logan
—. Isunza me impidió que interviniera. Ahora me alegro de haberle
obedecido. Convídanos a una copa. De hoy en adelante nadie se
atreverá a desafiarte en Las Vegas.
Los tres hombres cruzaron el «saloon» hasta llegar al mostrador,
donde pidieron «whisky». Los que llenaban el local no tardaron en
entregarse a sus placeres como si nada hubiese sucedido.
—El discípulo aventaja a los maestros —comentó el mejicano—.
Celebro que recordaras mis advertencias. Cuando un hombre dice
«¡Defiéndete!» ya tiene empuñados los revólveres. Hay que
adelantarse.
—Así lo hice. Ellos no creyeron que iba a disparar desde las
fundas.
—Es una rara habilidad que pocos practican. Salgamos.
Bebieron y después de depositar unas monedas sobre el
mostrador abandonaron el establecimiento. En el exterior, Bruce se
encaró con Drucci.
—Ya no seguirás creyéndote un cobarde.
Raymond contestó con una pregunta.
—¿Tuviste éxito?
—No. ¿Te interesa mucho el oro?
—Quiero ganar dinero. La próxima vez os acompañaré.
—Será mejor que vayas solo. ¿No te importa que sepa la verdad,
Chano?
—Lo considero necesario.
Logan, con brevedad, sin omitir detalle, refirió a Drucci toda su
historia y la de su camarada.
—Tengo la certeza de que esos hombres son los mismos que
asaltaron la diligencia y mataron al padre de Catherine. ¿Qué
novedades hubo en el pueblo?
—Algunas de interés para vosotros.
El atraco a sus mineros y la noticia facilitada por el «sheriff» de
haber sido solicitada desde Oklahoma la captura de los cuatro
forajidos impresionaron profundamente a Isunza y a Logan.
—Nuestro fracaso no es definitivo —dijo Bruce—. Vayamos con
las mujeres. Si asaltan a más buscadores, ellos nos indicarán la
posición de Miller y de sus cómplices.
Anduvieron en silencio. Ya en el porche de entrada al domicilio
de Catherine Somerville, Raymond inquirió:
—¿Me permitiréis ir con vosotros la próxima vez?
—Desde luego, siempre que guardes el secreto de nuestras
verdaderas intenciones. Llegamos segundos después de tu partida y
salimos en tu busca. En lo sucesivo, nunca vuelvas la espalda a un
rival hasta cerciorarte de que ha muerto.
La cena estaba servida y durante ella Logan habló del fracaso de
su viaje, refiriéndose a la búsqueda del preciado mineral. Betty le
miraba con insistencia.
—Supongo que os quedaréis en Las Vegas hasta que finalice el
invierno.
—Quizá.
La pregunta encerraba una oculta intención. La respuesta era
ambigua. Bruce, deseoso de reivindicar ante Betty a Raymond
Drucci, refirió su desafío. El pecho de Catherine se alzaba a impulsos
de la agitada respiración.
Luego de una breve sobremesa, Chano Isunza manifestó su
propósito de descansar y Betty y Logan salieron al porche, dejando
solos a Raymond y a Catherine.
Por primera vez los dos jóvenes se miraron sin saber de qué
hablar, con timidez impropia de camaradas.
—¿Hubieras sentido mi muerte? —inquirió él.
—¿Lo dudas?
—Quiero oírlo de tus labios.
—¿Por qué?
Drucci aplastó en uno de los platos la lumbre de su cigarrillo.
—Estoy empezando a comprender a los que habitan en el Oeste.
Aquí se vive intensamente, en la certeza de que la muerte puede
sorprendemos en cualquier minuto. Se bebe, se juega y se ama con el
afán de apresar la felicidad antes de que sea tarde. Es imposible
mantenerse al margen de los sucesos, porque éstos nos envuelven.
¿Sabes por qué Bruce, Betty y Chano conceden importancia a lo de
esta noche?
—No.
—Pretenden convencerme de que no soy un cobarde. ¿No te
importa escuchar mi historia?
—Pensaba rogarte que me hablases de ti.
—Lamento decepcionarte. Hasta que no he conocido a los que
hoy son mis amigos me he comportado peor que una mujer.
Drucci con naturalidad no exenta de tristeza, refirió a Catherine
su pasado, sin omitir su criminal agresión a Bruce. Al terminar, sus
manos temblaban.
—¿No me desprecias tú también?
—Te admiro. Pocos hombres se atreven a afrontar con tanta
valentía las consecuencias de sus actos.
—¿Eres sincera, Catherine?
—Sí.
—Entonces voy a confesarte algo que puede cambiar el curso de
nuestras vidas. ¡Te quiero! Quizá no debí decírtelo hasta que con el
transcurso del tiempo se calmara en tu alma el dolor por la pérdida
de tus padres. El incierto futuro me obliga a ello. ¡Quién sabe lo que
puede traemos el mañana! Gocemos de la felicidad del presente.
Drucci había tomado entre las suyas las manos de Catherine que
se estremeció al contacto.
—¡Raymond!
—No me respondas todavía. ¿Lloras?
—Sí; de felicidad…
Sin saber cómo, dejándose llevar por el impulso, se encontraron
abrazados. Los labios de Drucci posáronse sobre los de Catherine,
susurrando después:
—Sólo la muerte será capaz de separarnos.
Corazón contra corazón, ajenos a lo que no fuese la dicha de que
gozaban, no sintieron abrirse la puerta. Bruce y Betty, al contemplar
a sus amigos, se retiraron. De nuevo en el porche, ella suspiró. La
luna brillaba en el firmamento, iluminando el pueblo como si fuese
de día.
—Adiviné ese cariño, Bruce. Catherine no hacía sino hablarme de
Raymond. Nosotros envejeceremos esperando el final de una guerra
de la que no tenemos noticias.
—Te equivocas. Chano y yo llegamos a Cimarrón. El ejército de
Lee apura hasta el límite la resistencia. Se espera una ofensiva en
Atlanta y Georgia.
—¿No te habrán engañado?
—No. Me inquieta la suerte del marido de mi hermana. Es de los
que no saben perder.
El pensamiento de Bruce voló hacia Linda y sus hijos. ¿Qué sería
de ellos?
—¿Cuándo volveremos a Covington?
—Pronto.
—Tiemblo ante la idea de presentarme a los míos, si es que han
sobrevivido. Tienen un recio concepto del honor y…
—No te preocupes. Regresaremos casados. Nada podrán
reprocharte. ¿Qué miras?
—Parece un resplandor lejano.
En efecto. Una claridad, rojiza unas veces, violácea otras, iba
aumentando en el horizonte.
—Llama a Catherine —dijo Bruce con un trágico presentimiento.
Betty obedeció—. ¿Quién vive en aquella dirección?
—Allí están instaladas las oficinas de la Compañía Minera de
Nuevo Méjico. ¿Qué haces?
—Tal vez necesiten ayuda. ¡Vamos, Raymond!
Los dos hombres alejáronse a caballo. El rápido galope les
impedía hablar. Tal vez se tratase de un nuevo crimen de George
Miller y de sus cómplices. En las afueras de Las Vegas, Logan detuvo
su corcel:
—¿Oyes, Drucci? ¡Disparos!
—Sí. Es preciso llegar pronto. Lástima de Chano no nos
acompañe.
—No había que perder minuto. Tuve una corazonada.
Continuaron cabalgando hasta que las detonaciones
escucháronse con claridad. Desde una pequeña altura vieron un
cuadro estremecedor. Tres grandes edificios de madera estaban
ardiendo. Ante ellos, protegidos por gruesos troncos, cinco hombres
hacían fuego con revólveres.
—Los atacantes se ocultan tras los carromatos. Rodémosles.
Con todo género de precauciones descendieron a una explanada
desde la que dispusiéronse a sorprender a los agresores por la
espalda, amparándose en un cobertizo, el único que no había sido
incendiado.
Los disparos menudeaban y gritos de muerte alzáronse en la
noche. Bruce y Raymond comprendieron la necesidad de actuar sin
demora.
En dos zancadas, los jóvenes situáronse a quince metros del lugar
donde se ocultaban los atacantes. Logan fue el primero en disparar,
orientándose por los fogonazos. Raymond le imitó y los malhechores
les respondieron con una descarga cerrada. Los proyectiles silbaban
en los oídos de Bruce y Drucci, obligándoles a tirarse a tierra.
—Reserva municiones, Raymond. Es conveniente que se
descubran. Están bien protegidos.
Como si los enemigos adivinaran sus propósitos, hubo una
tregua, en la que sólo se percibió el crepitar de las llamas al hacer
presa en los recios maderos de las edificaciones. El espectáculo era
impresionante. Las llamas bañadas por la luz de la luna, cambiaban
del morado violento al amarillo plata en una amalgama de colores,
que al reflejarse, proyectaban ráfagas de luz.
Los revólveres habían enmudecido. Logan, separando en lo
posible la mano del cuerpo, apretó el gatillo. No obtuvo réplica. Un
próximo galope le convenció de la certeza de sus sospechas. Los
asaltantes huían, no queriendo aceptar la lucha.
Bruce se puso en pie y dirigióse a los carromatos que ocultaron a
los forajidos. Apenas hubo caminado unos pasos, un leve roce le
impulsó a arrojarse de bruces al suelo en el instante que un
fogonazo, a dos metros escasos de distancia, denunciaba la posición
de su agresor. Sin dudarlo, Logan hizo fuego en increíble postura.
Oyó un ronco estertor. Hurtando el cuerpo a la claridad de la luna,
acercóse al que intentara asesinarle.
—¡Brad Slover!
—Quise matarte poniendo en práctica un viejo truco. Ellos se
marcharon y supuse que te incorporarías. Por desgracia, resbalé. De
no ser así, te hubiese liquidado.
El cómplice de George Miller sufrió un ataque de tos. Por sus
labios brotaba un hilo de sangre.
—¿Dónde puedo encontrar al capitán?
—Él te buscará por la espalda… No quiere marchar del Estado
dejándote vivo…
—¡Es un cobarde! Tú, también.
La boca de Slover se contrajo en un gesto de dolor. La
hemorragia continuaba. Sin duda, el proyectil le había atravesado un
pulmón.
—Ahora no será como la otra vez… Me muero…
—¡Habla! ¿Dónde está vuestro refugio? Necesito saberlo. No
obtuvo respuesta. La cabeza del malhechor se dobló a la izquierda.
Acababa de terminar su carrera de crímenes. Logan, muy pálido, se
puso en pie. Sólo entonces dióse cuenta de que Drucci hallábase
junto a él.
—¡Que Dios se apiade de su alma! —dijo el muchacho—.
Reunámonos con los empleados de la compañía.
Con los brazos en alto para evitar les confundiesen con los
atracadores, aproximáronse a los gruesos troncos. Tras el parapeto
vieron cuatro muertos y a un individuo que pugnaba por alzar su
revólver.
—No tema. Somos amigos. ¿Qué ocurrió?
—Asesinaron a los centinelas y robaron la caja fuerte. Después,
prendieron fuego a los edificios. Uno de los capataces dio la alarma y
todos saltamos de las camas disponiéndose a la defensa. Nos
parapetamos en los maderos y comenzó la lucha. Su posición era
mejor que la nuestra y fuimos cayendo. Nos iluminaban las llamas.
Mientras el único superviviente hablaba, Logan le examinó la
herida. Tenía un ancho boquete en un costado, por el que brotaba la
sangre.
—Continúe. Procuraré cortarle la hemorragia.
—Guardábamos veinte mil dólares en oro. Todo se lo llevaron.
Yo…
Se desmayó, agotado por el esfuerzo.
—Examina a sus compañeros. Quizá haya alguno vivo. Le
sujetaré a mi caballo para regresar al pueblo. Es posible que
consigamos salvarle.
Con trozos de la camisa de uno de los cadáveres taponó la herida
del miembro de la Compañía Minera de Nuevo Méjico,
trasladándolo a su corcel. Un galope próximo le hizo desenfundar
los revólveres.
—¡Alguien se acerca, Raymond!
—Viene del pueblo. ¡Es Chano!
El muchacho había reconocido a su compañero.
Isunza, tras un reproche por no haberle avisado, tomó entre sus
brazos el cuerpo de Brad Slover.
—Nos lo llevaremos también. Quizá le haya visto algunos de los
mineros y sepa el lugar donde se ocultan sus cómplices. Hay que
agotar las posibilidades. Catherine fue a avisar al «sheriff».
A la entrada de Las Vegas encontraron al representante de la Ley
y a sus ayudantes. Logan refirió lo ocurrido.
—Pude matar a uno de los malhechores. Conviene que se le
exponga en su oficina por si alguien puede facilitamos una pista.
—Bien. Llévenlo allí.
Uno de los auxiliares del «sheriff» acompañó a los tres hombres al
despacho oficial, donde, luego de depositar sobre la mesa a Brad
Slover, cambiaron unas frases cordiales.
—¿Dará su jefe una batida? —inquirió Logan.
—No. Al menos esta noche.
—¿Y si escapan?
El interrogado se encogió de hombros.
—El «sheriff» es quien manda. Dice que a él le eligieron los
vecinos de Las Vegas para guardar el orden en el pueblo no en el
Estado. Para eso existe un gobernador. Me temo que mientras esos
forajidos no cometan fechorías en la ciudad no emprenderá
persecución alguna. Yo por mi parte me limito a obedecer.
—Comprendo.
En silencio, emprendieron el regreso al domicilio de Catherine.
Las muchachas respiraron al saberles a salvo. El rostro del mejicano
reflejaba preocupación y disgusto.
—¿Qué te ocurre? —le interrogó Logan.
—Me desasosiega la idea de tener tan cerca a Miller. Mañana
recorreré los alrededores.
Bruce, cambiando una mirada con Raymond, repuso:
—Nosotros te acompañaremos…
CAPITULO VIII
Las dos detonaciones parecieron una sola. El «sheriff» de Las
Vegas, al que rodeaban sus ayudantes, no pudo desenfundar sus
revólveres. En su camisa, a cuadros negros y rojos, apareció una
mancha de sangre, que fue extendiéndose rápidamente.
El hombre, en el umbral de la muerte, conservábase en pie,
haciendo más trágico el cuadro. Al fin cayó en grotesca postura.
—¿Quiere alguien seguir su camino?
Los auxiliares del representante de la autoridad miraron las
armas que les encañonaban.
—La ley… —comenzó uno.
—Al diablo con la Ley, que no sirve más que para perjudicar a los
que la respetamos. Han caído muchos de nuestros compañeros.
¿Qué se ha hecho para vengarles? —un murmullo de asentimiento
coreó tales palabras—. ¿Por qué no buscan a esos bandidos en su
guarida de la montaña? Somos mineros. Salvamos la vida a uña de
caballo, abandonando en el campamento todo lo que arrancamos a la
tierra. Si no son dignos de llevar esas placas dénselas a cualquiera de
los que nos miran.
—¡Pagará el asesinato del «sheriff»! —dijo uno.
—Nadie estaba a gusto con él. No hice sino defenderme.
Todos vieron que llevaba la mano al revólver. ¡Fuera, antes de
que empecemos a disparar de nuevo!
Los ayudantes miráronse, sin abandonar el local. La actitud de
los mineros era levantisca. Necesitaban encontrar un culpable de los
despojos de que habían sido objeto y acababan de hallarlo. Si
aquellos hombres, que representaban el orden, no eran capaces de
protegerles, ¿para qué servían?
—¡Os damos un minuto para decidiros!
La conminación no partió de los que dispararon contra el
«sheriff», sino de un tercer individuo de aspecto brutal, que, acodado
en el mostrador, bebía grandes tragos de «whisky». Su aspecto era el
de un «cow-boy».
Los ayudantes, acobardados por la muerte de su jefe e incapaces
de dominar la situación, recogieron el cadáver, apresurándose a
escapar. Sólo entonces, los que habían mantenido a raya a los
alguaciles se acomodaron en torno a una mesa.
Pese a su aparente frialdad, se hallaban inquietos. El mal estado
del tiempo les impidió trasladarse a Colorado.
—Lo más difícil está conseguido, Hank. Bruce Logan vendrá
aquí. Apenas le matemos iremos al Este, donde el botín conseguido
nos permitirá vivir hasta el final de la guerra. Seguir operando en
Nuevo Méjico es suicida. ¿Quién denunció al «sheriff» nuestra
llegada? Por fortuna no le dimos tiempo para hablar. Sus ayudantes
ignoraban cuáles eran las sospechas de su jefe. ¿Oyes? El temporal
aumenta.
En efecto. Las ventanas del «saloon» retemblaban. Las mamparas
de entrada fueron sustituidas al principio del invierno por una recia
puerta.
Hank Willanson tamborileó con los dedos en el tablero de la
mesa.
—Mala noche para pasarla en la montaña.
—¿Qué hace James?
—Se aburre y sigue bebiendo. Fue buena idea la de entrar
separados.
Los dos hombres callaron. Les tentaba la idea de jugar a los
naipes, pero su inventada historia del despojo de que fueron objeto
se lo impedía. Sin embargo, acercáronse a una de las partidas. El
banquero, un tahúr, daba la carta con extraordinaria rapidez.
Transcurrió el tiempo. De pronto, James Boges, que vigilaba,
gritó:
—¡Cuidado!
Sus manos volaron a las culatas de los revólveres, que no llegó a
usar. Un proyectil le borró el gesto de alarma, transformándolo en
uno de muerte. Hank Willanson y George Miller lanzaron un
juramento al reconocer a Bruce Logan, al que acompañaban
Raymond Drucci y Chano Isunza. Sin disparar, se escudaron detrás
de la mesa de juego, oyendo la voz de su odiado enemigo.
—¡Que nadie se mueva! Esos individuos son los que…
El estampido de dos revólveres impidió escuchar el final de la
frase a los que ocupaban la taberna. Las lámparas de petróleo
saltaron hechas pedazos y el local envuelto en tinieblas.
—No escaparás, Miller. Los ayudantes del «sheriff» rodean la
casa.
—¿Les mandaste detenerme?
—No. Lo hizo la hija de uno de los que murieron en el asalto a la
diligencia, en Oklahoma. Nosotros íbamos en ella.
—¡Mientes!
—No. Hank y tú hablasteis junto a su ventana. Aludisteis a James
Boges, que acababa de morir. Tenía referencias de vosotros y fue a
visitar al «sheriff» encontrándole en plena calle. Al enterase de que le
habíais matado nos dijo la verdad. ¡No huiréis esta vez!
Un fogonazo y el silbido de un proyectil convencieron a Logan
de que la prudencia le aconsejaba emprender la caza en silencio.
Contestó agotando el tambor de uno de sus revólveres. Alzóse un
grito de agonía. ¿Proferido por George, por Hank o quizá por alguno
de los que ocupaban el «saloon»?
Drucci cubría las ventanas con sus armas, dispuesto a impedir
que los criminales escapasen. Chano Isunza, situado en uno de los
laterales de la puerta, notaba sus pulsos acelerados. ¿Era posible que
su venganza estuviese a punto de consumarse? Jamás creyó
encontrar a George Miller careciendo de otro dato que su posible
residencia en el Oeste.
Cruzáronse varios disparos. Alguien gritó:
—¡Salgamos o moriremos todos!
Un grupo de hombres se dirigió al exterior, arrollando al
mejicano, que no tuvo valor para disparar contra los que,
impulsados por el pánico, abandonaban el local. De un salto se situó
en el porche.
—¿Quién es Miller?
La respuesta la obtuvo en plomo. El forajido, que escapaba
aprovechando el tumulto, hizo fuego contra él. El proyectil fue a
alojarse en el pecho de un individuo que se interpuso en la
trayectoria de la bala.
George y Hank corrieron para librarse de una muerte que parecía
segura. Chano se dispuso a seguirles, a la par que Bruce. El viento
amenazaba derribarles y el cielo era un tapiz de negrura.
Logan vio a sus enemigos doblar la esquina de una de las
numerosas callejas y disparó su revólver con la intención de orientar
a Raymond. La violencia del aire le obligó a tirarse a tierra para no
ser arrastrado. Isunza, imitándole, dijo:
—Están a quince metros de nosotros, protegidos en aquel porche.
No pueden huir contra el viento. No les queda otro recurso que
hacernos frente.
—Acerquémonos.
Avanzaron a la usanza india, ayudándose con las puntas de los
pies y con los codos. Un proyectil salpicó tierra al rostro de Bruce. A
tal distancia y con la oscuridad reinante era difícil precisar la
puntería.
—Tendremos que atacar a pecho descubierto —dijo Isunza.
—Ten dispuestos los revólveres. Voy a poner en práctica un
truco.
Con su cinturón sujetó una de las armas a una de las columnas
de madera de los soportales y ató al gatillo la cinta que en su camisa
graduaba la abertura del pecho. Después, separándose, previno:
—¡Cuidado!
Tiró con fuerza provocando el disparo. Frente a ellos brillaron,
como luciérnagas de muerte, tres fogonazos. Chano vació los
tambores de sus «colts».
—Parece que alguien se queja.
—Con este temporal es imposible saberlo.
Logan repitió la estratagema, sin éxito. Nadie disparó.
—¿Habrán muerto? —inquirió el mejicano.
—Posiblemente esperan a que nos confiemos. La calle no tiene
salida. Adoptaremos su misma táctica. ¿Quién se acerca?
—Es Raymond.
El muchacho tendido junto a sus camaradas explicó:
—Preferí quedarme en el «saloon» para registrarlo apenas todos
lo hubiesen abandonado. Al comprobar que Hank y George
marcharon con el resto de los hombres vine a buscaros. ¿Dónde
están?
—Suponemos que enfrente. Llevan varios minutos sin responder
al fuego.
—¿Y si han escapado? ¡Yo les obligaré a aceptar la lucha!
Antes de que Bruce y Chano pudieran impedirlo, Drucci, en pie,
con los revólveres firmemente empuñados, avanzaba quién sabe si a
la muerte. Logan quiso seguirle, pero Isunza le contuvo.
—Dejémosle. Desea la completa rehabilitación. Quiere
demostramos que ha vencido su cobardía.
Encorvados, caminaron en pos de Raymond, a quien obsesionaba
la idea de vengar al padre de Catherine y a tantas otras víctimas
caídas a manos de los forajidos que capitaneaba Miller. Notaba en
las piernas un leve temblor. ¡El miedo no volvería a vencerle!
Se detuvo a diez metros del lugar donde Logan le dijo que se
ocultaban sus enemigos. ¿Por qué no le disparaban? Gritó:
—¡Salid con los brazos en alto!
Con la última sílaba se arrojó a tierra. Un revólver tronó, pero los
proyectiles se perdieron altos. Drucci, guiándose por los fogonazos,
vació el tambor de un «colt» y, enfundándolo, se incorporó de
nuevo, para, en un alarde de serenidad, aproximarse más. Aunque la
oscuridad y el polvo levantado por el viento le amparaban en parte,
su silueta debía constituir un buen blanco porque dos fogonazos le
cegaron. Raymond sintió un golpetazo en el pecho y otro en el
hombro izquierdo, lo que no le impidió el avance. Reservaba las
municiones de su otro revólver para cuando tuviese la certeza de no
errar la puntería.
Encajó las mandíbulas, oyendo cómo, a su espalda, Broce le
ordenaba:
—¡Al suelo, Drucci! ¡Te matarán!
Una leve sonrisa arqueó los labios del joven. La voz de Logan era
angustiada. Tenía que reivindicarse por completo, demostrarse a sí
mismo que no era un cobarde.
A menos de tres metros vio alzarse un hombre. Una lengua de
fuego precedió a un encontronazo brutal en un muslo. Mientras otro
proyectil se hundía en su pecho, apuntó a su enemigo, oprimiendo
con furia el gatillo hasta agotar las balas. Percibió un estertor
inmediato. ¿El suyo o el del rival?
No pudo darse la respuesta. El revólver comenzó a pesar en su
mano. Aunque quiso resistirse al desmayo fue inútil.
Al despertar tenía un velo en los ojos que le impedía ver a los
que, en tono quedo, charlaban cerca de él. Intentó moverse, pero los
músculos se negaron a obedecerle.
Entre la vigilia y el sueño, como de un mundo perdido en la
distancia, pudo oír:
—George Miller tenía cinco proyectiles en el pecho, dos de ellos
en el corazón. Hank Willanson estaba muerto también. Nos quedará
para siempre la duda de si ellos asaltaron o no la diligencia en que
murió tu padre, Catherine.
¡Catherine! El nombre de la muchacha hizo reaccionar a
Raymond. Con un formidable esfuerzo, se sobrepuso a la debilidad
que le dominaba, consiguiendo abrir los ojos. Tuvo que cerrarlos de
nuevo, cegado por el resplandor de un día luminoso. ¿Cuántas horas
llevaba sin conocimiento? Recordó el temporal.
El diálogo había cesado en torno suyo. Una voz grave dijo:
—Parece que se recobra.
Unos dedos se posaron en la muñeca de Drucci, oprimiéndosela
levemente.
—Abra los ojos sin miedo. Hemos entornado las contraventanas
para que la luz no le moleste.
Raymond obedeció. Inclinado sobre él, pulsándole, se hallaba el
mismo doctor que atendió a Isunza. A su lado Catherine, y a los pies
del lecho, Betty y Bruce. Faltaba Chano, y le buscó con la mirada.
—Aquí estoy, amigo. Te portaste como un valiente.
Se apartó el facultativo, y Kathie, arrodillándose junto al lecho,
acarició las mejillas de Raymond, reprochándole.
—¡Loco! No debiste hacerlo. ¿No pensaste en mí al desafiar la
muerte?
—Por ti lo hice. Quise convencerme de que lo del «saloon» no fue
un acto provocado por la cólera. Necesitaba tener absoluta certeza
de que soy capaz de dominar mis impulsos, de comportarme como
un hombre del Oeste. Comprendí, además, que Miller no se
entregaría sin derramar sangre y me anticipé a Isunza y Logan.
Nuestra pesadilla ha terminado. ¿Cómo me encuentra, doctor?
—Milagrosamente a salvo. ¿De qué sirven la medicina y la
cirugía? Usted estaba a un paso de la muerte cuando le extraje los
proyectiles, dos de ellos en el pecho.
El viejo doctor sonrió con afecto.
—Bastarán tres semanas de convalecencia. Ya sabe lo que le
interesaba. Ahora debe callar para no fatigarse. Adiós.
—Hasta mañana, doctor.
Salió el facultativo y en la estancia hubo unos minutos de
silencio. Bruce, mientras Catherine acariciaba las mejillas del herido,
dijo:
—Has de obedecer al médico. El nuevo «sheriff» espera que le
avisemos para felicitarte por tu comportamiento. Te has convertido
en un héroe. En las alforjas de los caballos de Miller, Willanson y
Slover se ha encontrado el producto de los últimos robos. Muchos
mineros han recobrado lo que les pertenecía. Si no lo impedimos, la
casa se llenará de gente deseosa de mostrarte su gratitud.
—Actuamos los tres.
—Sobre ti recayó lo más importante. No quiero atraer la atención
de nadie. A Isunza tampoco le interesa, por su condición de
mejicano. Betty y yo tenemos que hacerte una proposición.
—¿Cuál es?
—Casémonos el mismo día. La guerra toca a su fin, pese a que el
Ejército de la Confederación aún resiste. En Las Vegas estaremos a
salvo de riesgos hasta que, con la paz, el país recobre la normalidad.
¿Qué te parece?
—Magnífico. ¿Qué dices a eso, Catherine?
—Ya di mi conformidad —repuso la joven, ruborizándose.
—Creo que hemos olvidado algo fuera —indicó Chano Isunza,
con una sonrisa cordial.
—Esperad un momento. Hay algo que no consigo comprender.
¿Los soldados que se llevaron el oro de la diligencia cumplían
órdenes de Lee o actuaban por propia cuenta?
—Imposible saberlo. El Ejército ha recibido orden de requisar
cuanto pueda ser de utilidad. El bloqueo es completo y Francia no se
atreve a romperlo a través de Méjico. No pienses en el pasado. Sería
imperdonable teniendo a Catherine junto a ti. ¡Si pudiera volverse
atrás la vida!
En la última frase de Isunza se reflejaba la amargura del hombre
por su felicidad deshecha. Bruce, comprendiéndolo así, intervino:
—Salgamos.
Raymond y Kathie, una vez solos, miráronse con ternura…
CAPITULO IX
Para los habitantes de Las Vegas, en forzada inactividad a causa
del invierno, las bodas de Bruce y Raymond con Betty Newill y
Catherine Somerville constituyeron un acontecimiento.
Camino del «saloon» en el que los jóvenes se alojaron a su
llegada al pueblo, y donde se habían preparado las mesas para
festejar el doble enlace, fueron detenidos por un grupo de mineros
que portaban un magnífico corcel con una rica montura de la que
pendían un rifle y un cinturón canana con dos revólveres. Uno de
aquellos hombres se adelantó a Raymond.
—Los robados por Miller nos hemos reunido para hacerle este
obsequio. Así tendrá un recuerdo de Las Vegas.
Drucci fue a contestar, pero el «sheriff» se lo impidió:
—No hemos terminado todavía. Todos, y yo el primero, al
informar al gobernador, solicitamos su nombramiento de «sheriff», lo
que ayer nos confirmaron desde Santa Fe. Seré su ayudante.
Raymond se volvió a Bruce y a Chano, interrogándoles con la
mirada. Betty comentó:
—Ya tienes el empleo que deseabas. Isunza y Logan te
considerarán su socio si la fortuna les es propicia.
—¿Cuál es tu opinión Kathie?
—Creo que son mayores los riesgos en la montaña que
defendiendo la Ley. Hemos de pensar en el futuro.
Hubo un breve silencio, durante el cual Drucci acarició el caballo
que le regalaban. Después, colocándose el cinturón canana con los
revólveres, repuso:
—Acepto.
El «sheriff» interino puso la estrella de cinco puntas en el pecho
de Raymond, tomándole juramento. La ceremonia, en plena calle,
tenía la grandeza de los actos sencillos.
*
Al llegar la primavera, Chano y Bruce, como la mayor parte de
los habitantes de Las Vegas, partieron a probar fortuna. Betty
quedóse con Catherine y Raymond.
En la primera semana de trabajo hallaron oro en las arenas de
uno de los muchos arroyuelos que desembocaban en Río Grande, al
este de Santa Fe y en el corazón de las Montañas Rocosas. Isunza, al
inclinarse para llenar de agua su cantimplora, vio brillar en la arena
unas diminutas partículas que atrajeron su atención. Llamó a Logan
a grandes voces, excitado. Tras una hora de trabajo pudieron
comprobar que el lecho del arroyo contenía abundante polvo de oro
y pequeñas pepitas.
—Instalaremos el «long ton»1 —repuso, Bruce.
A partir de entonces, Chano y Logan no se concedieron más
reposo que el imprescindible para reanudar la tarea en la jomada
próxima. No pensaban denunciar el placer, sino explotarlo hasta su
total rendimiento.
A finales de abril, el galope de un caballo les hizo mirarse con
inquietud y dirigirse en busca de los revólveres. Si era algún curioso
le ordenarían continuar el camino.
—Es Raymond —dijo Chano.
—¿Cómo sabe nuestro emplazamiento?
—Le informé hace una semana, cuando fui a buscar las
provisiones. No me reproches. Le recomendé prudencia. Ni Betty ni
Catherine conocen la verdad.
—Mejor es así.
Drucci descabalgó junto a sus amigos.
—Traigo grandes noticias para ti, Bruce. El dos de abril, tras
incendiar la ciudad, destruyendo todo lo que en ella había de valor,
el general Lee abandonó Richmond, que fue ocupada por Grant,
mientras Sheridan destrozaba la retaguardia confederada. El
desastre fue completo y…
Calló para aumentar la curiosidad de Logan, que le escuchaba
ansiosamente.
—¡Sigue!
—En Virginia, en Appomatox Court House, el Domingo de
Ramos, el general Lee ha capitulado. Abraham Lincoln ha sido
muerto en el teatro Ford, por Juan Wilkes Booth.
—¡Lincoln, asesinado!
—Sí. No pudo gozar de la victoria.
Bruce, abandonando la pala, se encaminó al lugar donde, junto a
los caballos, se hallaba su ropa.
—¿Dónde vas? —inquirió Isunza.
—A Las Vegas, primero, a buscar a mi mujer. Luego partiremos
hacia Covington. Recobraré mis derechos.
—¡Es una locura!
—Quiero saber qué les ha ocurrido a mi hermana, a mi cuñado y
a sus hijos. Volveré.
—¿Por qué no te quedas aquí para siempre? Tal vez en
Covington se destroce tu vida.
Las palabras de Raymond hicieron dudar a Logan.
—No —opuso—. Es posible que ellos me necesiten. Adiós,
Chano. Que la suerte siga favoreciéndote.
Tendió su diestra a su camarada, que la estrechó con emoción.
—Llévate unos saquitos de oro. Necesitarás dinero para realizar
el viaje. Drucci y yo cuidaremos de tu parte.
En un impulso incontenible, Bruce y el mejicano se abrazaron
fuertemente. Logan, desasiéndose, montó en su caballo para
emprender con Raymond el regreso al pueblo. Isunza, desde un
picacho, les vio partir.
Entristecido por la ausencia de sus fieles amigos, sentándose
sobre una roca, lió un cigarrillo. Su existencia carecía de objeto.
Se rehízo, en un formidable esfuerzo y, tomando las
herramientas, reanudó el trabajo. Raymond y Bruce no tardarían en
llegar a Las Vegas. Eran dos diminutos puntos negros en el agreste
paisaje de las Montañas Rocosas.
*
—¿Qué dijo Betty al conocer la noticia? —inquirió Bruce, ya en
las afueras del pueblo.
—Me mandó a buscarte. Está inquieta por lo que haya podido
sucederles a su padre y a sus hermanos.
—Comprendo. ¿Mucho trabajo, Raymond?
—No. Han creado a mi alrededor una leyenda de héroe que me
favorece. Los reclamados por la Justicia no entran en el pueblo.
Mejor así. Continúo todos los días dedicando una hora a
perfeccionarme en el manejo del rifle y del revólver. He de hacer
honor a la fama que entre todos me habéis dado.
—Que tú conseguiste.
No hablaron más hasta que entraron en Las Vegas. Betty y
Catherine les aguardaban en la calle principal. Se apearon, y tras
abrazar a sus esposas, con los caballos asidos de las riendas,
dirigiéronse al domicilio de Raymond.
—¿Qué te gustaría? —preguntó Logan a Betty—. Debes decirme
claramente si prefieres volver o no a Covington. Sé sincera.
—Prepararé el equipaje —fue la respuesta—. Tengo la certeza de
que lo deseas tanto como yo. ¿Me equivoco?
—No. Saldremos dentro de una hora. Ocúpate de la comida
mientras adquiero lo necesario. ¿No pensaste en la posibilidad de
quedarte?
—No sigas —le interrumpió la mujer—. ¡Llévame contigo!
—Sí, Betty. Quise evitarte riesgos y quizá el dolor de un
Covington distinto al que siempre conocimos. Los federales, después
de la muerte de Lincoln, habrán extremado su rigor con el vencido.
Volveré pronto.
—Te acompaño —dijo Raymond.
Los dos hombres realizaron diversas compras, regresando a casa
del «sheriff», donde Betty, ayudada por Catherine, terminaba de
sujetar las alforjas con los víveres en las grupas de los caballos.
Segundos antes de que partieran sus amigos, Drucci entregó a la
muchacha un cinturón canana con dos revólveres.
—Cíñetelos. Son los que usé contra Bruce. Sabes manejarlos y
pueden serte útiles.
—Gracias, Raymond.
Tras una cariñosa y emocionada despedida, el matrimonio
abandonó Las Vegas. Los dos jóvenes iban silenciosos, abstraídos en
sus evocaciones.
—No sé si obré bien rogando a Drucci que te comunicara la
noticia. Parece entristecido.
—Tú también, Betty. Por dos veces he visto lágrimas en tus ojos.
¿Qué temes encontrar?
—No lo sé. Mi padre y mis hermanos son demasiado orgullosos
para admitir la derrota. A Cárter le creo incapaz de someterse.
—Yo, también.
Anochecido, acamparon junto a un macizo rocoso que les
protegía del viento.
—No enciendas fuego, Betty. Quizá haya indios por los
alrededores.
Sin apetito, cenaron unos trozos de jamón con galletas, bebiendo
agua de un próximo manantial. Bruce miró a su esposa con
insistencia. Ella, en pie, inquirió:
—¿Qué te pasa?
—Temo que algo se interpongan en nuestra felicidad. ¿Me
querrás siempre, Betty?
—¡Hasta más allá de la muerte!
La luna se ocultó entre las nubes para no ser testigo de un amor
forjado en el peligro.
CAPITULO X
—¡Bruce…! ¡Has vuelto…! Llegué a pensar que…
Linda se pasó una mano por la frente, vacilando. Logan pudo
tomar a su hermana en los brazos antes de que se desmayara y
seguido de Betty la condujo a una de las habitaciones. Al depositarla
en el lecho, la joven abrió los ojos, que en un instante se cubrieron de
lágrimas.
—Tranquilízate. Comprendo que la emoción ha sido demasiado
fuerte. ¿Y Edwin?
—No lo sé. El gobernador ha puesto precio a su cabeza.
—Las condiciones de Lincoln fueron dignas. Permitía a los
soldados retirarse con sus armas y banderas, comprometiéndose a
no tomar represalias. ¿No se han cumplido tales órdenes?
—Sí y no. Cárter fue ascendido a brigadier meses después de que
tú desertaras. Oficialmente se nos ha respetado. Sin embargo, la ley
es incapaz de controlar a los que, amparados en la victoria,
convierten el Sur en campo de saqueo.
Nos robaron cuanto teníamos. El Gobierno se esfuerza, sin éxito,
en impedir tales atropellos. Un grupo de plantadores ha constituido
una sociedad secreta, y las autoridades les han puesto fuera de la
ley. Edwin forma parte de ella y se ha convertido en un fugitivo. Si le
captura, le fusilarán. ¡Es horrible! Me parece estar viviendo una
pesadilla.
Betty, muy pálida, inquirió:
—¿Y mi padre y mis hermanos?
—Están con Cárter, en la montaña. El deseo de revancha les
ciega. Acabarán convirtiéndose en un grupo de malhechores.
—Yo lo evitaré —afirmó Logan—. Debes serenarte. Nada se
consigue llorando. ¿Ignoras el escondite de Edwin?
—Sí.
—Daré un paseo por el pueblo. Quizá alguien lo sepa. ¿Me
supusiste muerto? —la aludida asintió con el gesto—. Creo que he
llegado en el momento oportuno. ¡Ah! Olvidaba decirte que Betty y
yo nos casamos hace unos meses. Se quedará contigo hasta mi
regreso y te contará nuestras peripecias. Ve preparándolo todo. Si
logro convencer a Cárter nos iremos al Oeste. Urge resolver la
situación.
Cuando abandonaba el domicilio de Linda y Edwin, observó las
paredes desnudas y la ausencia de los más ricos muebles. Al abrir
uno de los armarios vio un revólver del calibre 38 y lo ocultó entre el
pecho y la camisa.
Anduvo despacio por la calle principal, sabiéndose objeto de la
curiosidad de sus vecinos. Las mujeres cuchicheaban a las puertas de
las casas y varios hombres se apartaron de su camino, rehusando
saludarle. Dolido por tal recibimiento, entró en una taberna cuyo
dueño fue siempre amigo suyo. Un hombre de unos cuarenta años
que se hallaba tras el mostrador, le miró fríamente.
—Hola, Peter —dijo Logan, tendiendo su diestra.
El propietario del establecimiento no respondió al saludo; Bruce,
al retirar su mano, sintió que la sangre afluía a sus mejillas.
—¿Qué bebida le sirvo?
—Ponme un doble de «whisky». Tu actitud es estúpida.
—La que estimo justa frente a un…
Logan, intuyendo el insulto, le interrumpió:
—¡Más vale que calles o no sabré contenerme! Has luchado por lo
que considerabas una causa justa. Los federales, también. Es de
hombres aceptar la derrota. No te supongo tan necio como para
juzgarme cobarde. Durante más de dos años estuvimos en el mismo
regimiento. ¿Imaginas que mi existencia ha sido más cómoda que la
tuya? Me he enfrentado con la muerte tantas veces que ha llegado a
serme familiar.
—No me importa lo que haya podido sucederte. A partir de lo de
Gettysburg hubo más de cincuenta mil deserciones. ¡Vosotros
hicisteis posible el desastre!
—No vengo a discutir, sino a tomar una copa y a hacerte una
pregunta.
—La copa ya la tienes puesta.
—¿Dónde puedo encontrar a mi cuñado?
Logan observó un gesto de inquietud en el rostro del tabernero.
—¿Crees que yo lo sé? ¿Por qué?
—En un «saloon» se oyen muchas cosas. Tú no eres de los que se
resignan a permanecer inactivo mientras los demás pelean. ¿Qué hay
de Edwin? ¡He de verle!
En el establecimiento había algunos soldados federales, ajenos al
diálogo que se desarrollaba entre Peter Evatt y Bruce Logan.
—Tienes mucha imaginación.
El joven notó desasosegado a su interlocutor, que por dos veces
miró a la portezuela que comunicaba con la trastienda. ¿Acaso…?
—Di a Cárter que quiero verle.
—Pero…
—¡Vamos! Sé que le tienes oculto. ¿Entras o…?
Logan hizo ademán de dirigirse a las habitaciones interiores.
Peter le contuvo.
—Espera. Iré a avisarles. No conviene despertar sospechas.
El dueño de la taberna llenó de nuevo el vaso de Bruce y alzó la
cortina que separaba el «saloon» de la trastienda, regresando poco
después.
—Espera a que se vayan los soldados.
—¿Se alegra de saberme aquí?
—Yo que tú me marcharía. El padre y los dos hermanos de Betty
querrán vengar su honra.
—Ella es mi esposa.
Los ojos de Peter se posaron en los de Logan y no halló en ellos
más que sinceridad, nobleza. ¿Estaría equivocado al juzgarle un
cobarde?
El local comenzó a llenarse de hombres. Bruce reparó que
ninguno de los que fueron sus amigos se acercaba a saludarle.
Continuaba siendo un desertor. Algunos le miraban con encono.
Al abandonar los soldados el establecimiento, Logan se dispuso a
celebrar la decisiva entrevista con Edwin Cárter. No bien hubo dado
un paso cuando un individuo corpulento, de unos treinta años, le
tocó en el hombro. Bruce reconoció a Leslie Boyce, uno de sus
compañeros de escuela.
—Hola, Leslie. ¿Quieres un trago?
—No. ¡Márchate de Covington! No queremos aquí tipos de tu
ralea. Si mañana permaneces en el pueblo te mataré.
Logan frunció las cejas mientras su mandíbula se crispaba en un
gesto de furor. Repuso: —¡Haré lo que me parezca oportuno! ¡Pobre
del que se cruce en mi camino!
—¿A qué has venido? ¿A cobrar el premio de tu traición? ¡Me
dan asco los…!
El puño derecho de Bruce se estrelló en la boca de Leslie Boyce,
partiéndole el labio superior. Aunque el insulto estaba en su mente
no quería oírlo para no verse obligado a matar. El golpeado
retrocedió un paso, llevando su diestra a la cintura, de la que pendía
un cuchillo. No llegó a esgrimirlo. Logan le encañonaba.
—¡Quieto! ¡Márchate!
Ostensiblemente alzó el gatillo de un «colt». El leve chasquido
hizo palidecer a Leslie, quien mascullando juramentos abandonó la
taberna. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. El dueño
del local advirtió en alta voz: —No quiero líos en mi establecimiento.
El que se encuentre a disgusto que se vaya.
Nadie se movió. Bruce asaetado por miradas hostiles, se dirigió a
la puerta que comunicaba con las habitaciones interiores. Peter le
dijo: —Están en el segundo reservado de la derecha.
—Gracias.
Enfundó los revólveres para penetrar en una estancia no muy
grande, amueblada con una mesa y varias sillas. Tres hombres se
pusieron en pie. Edwin Cárter continuó sentado como si no hubiera
reconocido a Bruce.
—Hola —dijo el joven—. Veo que no os agrada verme.
—Acertaste.
—Es necia vuestra hostilidad. Betty es mi esposa y nos espera
junto a Linda. Vine a proponeros algo.
Sin aguardar a que le invitaran se acomodó en una de las sillas.
Imaginó desconcertados a los hermanos y al padre de su mujer. No
supo disimular su indignación.
—¿Me imaginasteis cobarde y seductor de mujeres? Sois cuatro
estúpidos.
Su voz vibraba de indignación y tristeza. Cárter contestó: —En
Covington se desprecia a los que desertaron.
—Yo también desprecio a los que se obstinan en convertirse en
malhechores, arruinando unos hogares por los que tienen el deber
de velar.
El ex brigadier del ejército de la Confederación, poniéndose en
pie, se encaró con su cuñado: —¡Te falta autoridad para enjuiciar mis
actos!
—Ya era hora de que dejases de fingir indiferencia.
—¡Muéstrate cuál eres!
—¡Vete!
—No será sin que escuches mi historia. ¿No te interesa saber qué
fue de George Miller, Hank Willanson, James Boges y Brad Slover?
No tenemos prisa. ¿Un cigarrillo? —los cuatro hombres rehusaron—.
Fumaré yo.
La larga pausa excitó aún más los nervios de los reunidos. Logan,
despacio, sopesando cada una de sus palabras, se refirió a sus
escrúpulos de conciencia, a su deserción.
—En Las Vegas tengo dos grandes amigos, Raymond Drucci, el
«sheriff», y Chano Isunza. Allí hay sitio para todos. ¿A qué obstinarse
en vivir cara a la muerte, en prolongar algo que para la patria puede
ser una tragedia? El país no necesita hordas de malhechores, sino
brazos que trabajen para levantar lo destruido. Tienes mujer y dos
hijos, Edwin. Piensa en ellos. En Nuevo Méjico no hay ni vencedores
ni vencidos; sólo los hombres que se afanan por arrancar su riqueza
a la tierra. La vuestra es una postura negativa. Mataréis soldados y
negros, pero la Unión seguirá prosperando hasta aplastaros. Tenéis
diez minutos para pensarlo. Pasado ese plazo, partiré. Si Linda
quiere acompañarme, vendrá también.
—¡Calla!
—No. Has de oírme hasta el final. Chano y Raymond son
grandes camaradas. Unidos seríamos invencibles. El Oeste está lleno
de posibilidades. Minas, ganado, terrenos de labor… Es absurdo
morir por lo que no tiene remedio.
Las apasionadas palabras de Logan habían hecho mella en los
ánimos de los que le escuchaban. El padre y los hermanos de su
esposa conversaban en voz baja. Edwin, con la mano apoyada en la
mandíbula y el codo sobre la mesa, meditaba también. Bruce, que
esperaba con ansiedad la respuesta, se incorporó, desenfundando los
revólveres. Acababa de oír los pasos precipitados de un hombre. La
puerta se abrió para dar paso al dueño de la taberna.
—¡Huid! Los soldados están cercando la casa.
Logan fue el primero en reaccionar.
—Os cubriré. Dejadme un caballo. Nos reuniremos en la cueva de
Roca Pelada.
—Pero… —quiso oponerse Cárter.
—No hay tiempo que perder.
La ventana de la habitación comunicaba con la parte trasera del
edificio. Desde ella pudo ver Bruce cómo los cuatro hombres
montaban en sus corceles escapando al galope.
Sabiéndoles a salvo, Logan abandonó la estancia desembocando
en el «saloon». Un comandante se le acercó: —¿De dónde viene? ¿Es
éste el hombre, cabo?
—Sí. Le vi entrar en la casa de Edwin Cárter.
—¿Niega la acusación?
Bruce, sabiéndose observado por muchos de los que no quisieron
saludarle y que contemplaban la escena con inquietud, repuso: —¿Es
un delito visitar a los familiares?
—¿Qué hizo durante la guerra?
—Desertar del ejército del Sur y partir al Oeste.
—¡Demuéstremelo! ¿Qué hay, sargento?
—Cuatro hombres escaparon. Disparamos, sin conseguir herirles.
El comandante se encaró con Logan.
—¿Qué dice a esto? ¿Habló con ellos? Le juzgará un tribunal
militar por complicidad. Es necesario dar un escarmiento a los que
aún se aferran a una resistencia absurda. ¡Deme sus revólveres!
Bruce, con fingida humildad, se acercó al que mandaba las tropas
indicándole que tomara por sí mismo las armas. El comandante lo
hizo. Apenas las tuvo en su poder sintió que un brazo de hierro se
cernía en tomo a su garganta y la presión de algo duro en su
espalda.
—¡Qué nadie se mueva o disparo!
Logan, protegido por el cuerpo del jefe del ejército federal, había
sacado de entre el pecho y la camisa el revólver calibre 38 y, sin
perder de vista a los soldados, fue retrocediendo.
—¡Ven conmigo, Peter! No debes permanecer en el pueblo.
El dueño de la taberna se apoderó de los «colts» que el
comandante portaba en sus manos. Apenas hubieron abandonado la
sala, Logan golpeó al militar en la cabeza haciéndole perder el
conocimiento.
—¡Hay un caballo al pie de la ventana!
Segundos después los dos hombres huían entre un diluvio de
proyectiles. Peter, al darse cuenta de que, tras un breve rodeo, el
joven regresaba al pueblo, inquirió: —¿Dónde vamos?
—A buscar a mi esposa, a mi hermana y a mis sobrinos. No
supondrán tal audacia. No podemos dejarlos en Covington.
Tardaron unos minutos en llegar al domicilio de Edwin Cárter.
Betty y Linda, alarmadas por los disparos, les aguardaban en la
puerta.
—¡Pronto! Subid a los caballos. ¿Y los niños?
—Acaban de cenar.
—Los llevaremos con nosotros.
—¿Qué sucede? —inquirió Linda.
—No hay tiempo para explicaciones. ¡Haced lo que os digo antes
de que sea tarde!
Las dos mujeres apresuráronse a obedecer y poco más tarde el
grupo se internaba en la montaña. Bruce llevaba en la grupa de su
caballo a Betty y Linda, y Peter a los niños.
—Internémonos en la sierra. Quizá den una batida.
—¿Y Edwin?
—Nos espera en la cueva de Roca Pelada. Ayúdame a
convencerle de que nos acompañe al Oeste. Tú, Betty, debes intentar
lo mismo con tu padre y hermanos.
—¿Están con Cárter?
—Sí. La suerte me fue propicia.
Cabalgaron en silencio. La luna aún no había surgido y resultaba
peligroso avanzar por entre las rocas. A las dos de la mañana
llegaron al lugar concertado con los fugitivos, a los que Peter refirió
el comportamiento de Logan.
—Nos equivocamos al juzgarlo. Yo, por mi parte, le pido que me
perdone.
Tendió la diestra a Bruce, que la estrechó fuertemente. Los demás
le imitaron.
—Ninguno dejamos en Covington nada que merezca la pena —
dijo el joven—. En el Oeste, Raymond Drucci se hizo un hombre.
Betty y yo alcanzamos la felicidad, y Chano Isunza vengó a su
esposa. ¿Quién sabe lo que el destino puede reservaros a vosotros?
—¡Vayamos con él, Edwin! —suplicó Linda—. Hazlo por tus
hijos. Ellos no deben crecer en un ambiente de odio.
Cárter inclinó la cabeza. Luego, volviéndose al padre y a los
hermanos de Betty, dijo: —¿Qué pensáis?
—Acompañarles.
En las pupilas de Bruce brilló una luz de gozo. Dirigió su mirada
a la lejanía y poniendo su mano derecha sobre el hombro de su
esposa exclamó: —El Oeste es tierra de redención.
La luna comenzó a surgir a lo lejos, con su sonrisa pálida…
FIN
Notes
[←1]
(1) Larga caja de madera con una rejilla que sirve para lavar las arenas. La tierra es
arrastrada por la corriente, mientras que los minerales, más pesados, quedan en
pequeños depósitos.