ABRIR LAS ESCRITURAS 9
Abrir las Escrituras.
Claves para el uso pastoral de la Biblia
Ianire Angulo Ordorika
Sumario: Tras el impulso que recibió a partir Summary: After the stimulus given by the
del Concilio Vaticano II, la Biblia se ha con- Second Vatican Council, the Bible
vertido en una presencia imprescindible has become an essential feature of
en cualquier actividad evangelizadora. Con any evangelizing activity. However,
todo, la formación de los agentes de pas- the formation of pastoral agents does
toral no siempre les capacita para situarse not always enable them to situate
con comodidad ante un texto bíblico. Esta themselves comfortably in front of a
dificultad no se soluciona solo a través de biblical text. This difficulty is not resolved
conocimientos teóricos. La evangelización only through theoretical knowledge.
no es una mera transmisión de contenidos Because evangelization is not a mere
intelectuales, por eso el uso que en ella se transmission of intellectual content,
hace de la Escritura requiere una conexión using the Scriptures requires personal
con la propia experiencia personal. Desde implication and a connection with
esta perspectiva, el artículo pretende ofre- experience. From this perspective, this
cer algunas claves que ayuden a enfrentarse paper attempts to provide some clues
de forma adecuada al uso de la Escritura en that help to adequately address the use
un contexto pastoral. of the Bible in a pastoral context.
Palabras clave: Biblia, Pastoral, Evangelización, Key words: Bible, Pastoral, Evangelization,
Interpretación bíblica. Biblical Interpretation.
Fecha de recepción: 26 de abril de 2020
Fecha de aceptación y versión final: 31 de mayo de 2020
El Concilio Vaticano II no solo supuso un impulso inestimable al estudio bí-
blico, sino también al comienzo de cierta familiaridad de los creyentes con la Escritura.
En la Constitución dogmática Dei Verbum se exhortaba a conocerla, leerla y acercarla
a todos los cristianos (DV 25-26). Quizá en este momento nos llame poco la atención
tal iniciativa conciliar, pero resulta muy llamativa si la enmarcamos en el contexto de
la década de los sesenta del siglo pasado. Se trata de una decisión aún más provocadora
si, además, imaginamos cómo tuvo que resonar en España, donde la lectura de la Biblia
resultaba ser algo raro e incluso sospechoso1.
1
Para una visión panorámica de cómo se desarrolló la lectura de la Escritura en nuestra nación, J.M. Sánchez
Caro, “La Biblia en España”, en VVAA, La Biblia en su entorno (IEB 1), Verbo Divino, Estella 1992, 553-574;
Id., La aventura de leer la Biblia en España, Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca 2000; A. Rodríguez
Carmona, “La Biblia en España (1950-2000). Reflexiones de un testigo”, en F. Contreras Molina (ed.), La
Biblia en España. Homenaje a Antonio Rodríguez Carmona, Verbo Divino, Estella 2006, 19-57.
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Lejos quedó ese momento de nuestra historia reciente en el que el acceso di-
recto a la Biblia por parte de cualquier cristiano era extraño, a no ser que se tratara de
clérigos. De hecho, el estímulo conciliar y su cálida acogida entre el pueblo de Dios
han hecho que la Biblia tenga un renovado papel en las actividades evangelizadoras y
en la vida de la Iglesia. A día de hoy, lo más habitual es remitir a un pasaje bíblico en
cualquier iniciativa pastoral.
El papel renovado que ha adquirido la Biblia en las actividades evangeliza-
doras es muy de agradecer. Con todo, los agentes de pastoral no siempre se sienten
cómodos a la hora de enfrentarse a estos textos. Este proceso de democratización
de la Biblia no siempre ha ido acompañado de una necesaria formación que ofrezca
conocimientos y herramientas necesarias para manejarse con cierta soltura entre los
pasajes bíblicos. Vaya por delante nuestra más profunda valoración y admiración de
todos aquellos agentes de pastoral que, con muy buena intención y grandes deseos
de aportar lo mejor de ellos mismos, están a pie de calle en la misión evangelizadora.
La pretensión de estas páginas es colaborar con todos ellos que, sin ser especialistas,
se enfrentan a la Escritura en esta misión. Nuestro modo de agradecer la implicación
y el compromiso de tantos es ofrecer algunas pautas que puedan ayudar en ese uso
pastoral de la Biblia.
1. “Traducir” para que “se abran” las Escrituras
Si tuviéramos que elegir uno de los pasajes evangélicos más catequéticos, este
podría ser, sin lugar a dudas, el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35)2.
El evangelista ofrece una catequesis eucarística en la que resulta sencillo reconocer
los distintos momentos de las celebraciones comunitarias. El Resucitado se hace el
encontradizo en el camino de dos discípulos decepcionados, escucha y acoge sus
expectativas frustradas por la pasión y muerte del Galileo, para explicarles después
cómo todo lo que han vivido encuentra su eco en la Escritura. El encuentro culmina
en la mesa compartida, cuando caen en la cuenta de que es el Señor quien les parte
el pan. La experiencia les impulsa a regresar a la comunidad y atestiguar que ellos
también han visto al Resucitado.
Los elementos de la celebración eucarística se ubican con facilidad en el relato
lucano, pero quisiera detenerme de modo especial en cómo el evangelista presenta lo
que hoy para nosotros correspondería con la liturgia de la Palabra:
«Él les dijo: “¡Oh insensatos (ἀνόητος) y lentos de corazón (βραδεὶς τῇ
καρδίᾳ) para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que
el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?” Y, empezando por
Moisés y continuando por todos los profetas, les tradujo (διερμήνευσεν)
lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24,25-27)
2
Para un acercamiento a este pasaje, J.A. Fitzmyer, El Evangelio según Lucas IV. Traducción y comentario.
Capítulos 18,15–24,53, Ediciones Cristiandad, Madrid 2005, 570-599; F. Bovon, El Evangelio según San Lucas.
Lc 19,28–24,53 (BEB 132), Ediciones Sígueme, Salamanca 2010, 619-652.
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De entre los setenta y tres libros de la Biblia, el número de pasajes con los que
los agentes de pastoral se suelen sentir más cómodos quedan reducidos al número de
dedos de una mano, o de las dos si somos generosos. El texto del hijo pródigo, el buen
samaritano o los evangelios de la infancia son algunos de los relatos que, debido a su uso
frecuente, se convierten en terreno conocido para la mayoría de quienes llevan adelante
la acción pastoral de nuestras comunidades. Por eso creo que más de uno se puede sentir
un poco insensato y lento de corazón cuando se ve abocado a explicar otro relato bíblico
diferente a aquellos que configuran su zona de confort. Esta identificación resulta aún
más evidente si nos asomamos a los términos griegos que emplea el evangelista.
El adjetivo que se traduce como insensato (ἀνόητος) sirve para calificar a al-
guien que no tiene algo en la mente3. Así, lo que se les reprocha a los discípulos en
primer lugar es la incapacidad mental para acoger la fe. Pero la dificultad no es solo
intelectual, sino también se afirma que son lentos de corazón (βραδεὶς τῇ καρδίᾳ). En
la mentalidad bíblica el corazón es el centro de la persona, la sede de su libertad, de su
voluntad y el órgano con el que se escucha la Palabra de Dios (cf. 1Re 3,9). Esto explica
que el primer mandamiento de Israel sea escuchar y amar a YHWH con todo el corazón
(Dt 6,4‑5). Ser lento de corazón remite a los obstáculos existenciales que entorpecen la
confianza de estos dos personajes. Se trata de esa dificultad para fiarse de que lo sucedi-
do con el Nazareno en Jerusalén no contradice lo que habían experimentado cuando le
seguían por los caminos de Galilea.
Este escarceo por el griego no es un mero comentario técnico, pues nos per-
mite situarnos mucho más cerca de los discípulos que regresaban decepcionados a casa
después de sus aventuras tras el Galileo. Ante la Escritura no es difícil que también nos
sintamos sin herramientas intelectuales y, sobre todo, con una gran dificultad para co-
nectar existencialmente con Ella. De ahí que se haga un mundo cuando en la actividad
pastoral toca comentar un pasaje o elegir un texto desde el que trabajar.
Podemos caer en la falsa ilusión de que esta sensación de impotencia y torpeza
se soluciona recibiendo un curso teórico que nos permita conocer más y mejor los libros
de la Biblia. Conocerla es muy importante, sin duda, y lo habitual es carecer de una
formación solvente que habría que remediar. Pero, a pesar de todo esto, esta medida
solo sale al paso del primero de los reproches del Resucitado. Atañería a la condición de
insensatos, pero no a la de lentos de corazón.
Como biblista por formación y vocación, consideramos que toda instruc-
ción seria y sólida en torno a la Escritura resulta conveniente e ineludible. Pero,
a pesar de esta convicción, también entendemos que es aún más urgente atajar el
segundo de los reproches del Nazareno y capacitarnos para acoger existencialmen-
te la Palabra. Como sucede ante las cuestiones más importantes de nuestra vida,
las herramientas intelectuales solo serán útiles cuando permitan iluminar la propia
historia y se acompasen con otras habilidades sapienciales más cotidianas. Para que
un aprendizaje sea efectivo requiere cierta capacidad para conectar con el mundo
emocional. Además, la evangelización es mucho más que una simple transmisión de
contenidos, por eso el uso de la Biblia en la pastoral debería responder a la misma
dinámica vital que le caracteriza.
3
Sobre estos términos, F. Bovon, o.c., 639.
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Aunque capacite para “acelerar” nuestro lento corazón, utilizando los términos
de Lucas, en estas páginas vamos a dejar a un lado el necesario aprendizaje objetivo de la
Biblia que nos convierte en menos insensatos, para centrarnos en un conocer existencial
que también van a experimentar los protagonistas del relato lucano y que se arraiga en
dos verbos que el evangelista va a emplear de forma poco habitual.
1.1 Una cuestión de verbos
La disposición de aquellos discípulos que regresan a sus hogares desde Jeru-
salén va a variar en el relato lucano. Si al comienzo son calificados como insensatos y
lentos de corazón por ese misterioso desconocido que camina con ellos, algo cambia
cuando comparten mesa con él y se ven urgidos a volver al mismo sitio de dónde
venían.
«Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reu-
nidos a los Once y a los que estaban con ellos» (Lc 24,33)
La transformación que Lucas imprime en sus personajes, esa que les va a
hacer regresar con rapidez a la comunidad de Jerusalén, tiene que ver tanto con un
peculiar modo en que el Maestro les hace llegar la Escritura como con la forma en
que van a entender sus palabras y el efecto que provocarán en ellos. Para expresar
ambas acciones Lucas recurre a dos verbos griegos que llaman poderosamente la
atención: traducir (διερμενεύω) y abrir (διανοίγω).
Por una parte, se dice que Jesús, “empezando por Moisés y siguiendo por
los profetas”, lo que hace es traducirles las Escrituras (Lc 24,27: διερμενεύω). Es tan
curioso el uso de este término, que significa traducir o interpretar, que la mayoría de
las versiones castellanas prefieren indicar que lo que hizo el Resucitado fue explicarles
lo referente a Él en los textos sagrados. Con esta opción se simplifica el pasaje en
nuestra lengua, siendo, a la vez, fiel a la idea del texto original. Con todo, al menos
desde mi punto de vista, resulta mucho más expresivo hablar de traducir y mucho
más coherente con la experiencia habitual de la mayoría de los cristianos de a pie, a
los que muchos textos bíblicos les suenan un poco a chino.
Pero este traducir del Resucitado hay que entenderlo desde los parámetros
judíos del cambio de era y no desde los nuestros. Para nosotros, una buena traduc-
ción no es aquella de la aplicación de Google, que pasa las frases palabra por palabra
de una lengua a otra. Un hábil traductor es, más bien, el que muestra la capacidad
de expresar en la riqueza de otro idioma la misma idea que se encierra en el original,
lo que supone un virtuoso dominio de ambos. En cambio, la tradición semita llama
traducción a una práctica muy distinta a esta y que ya se realizaba en las sinagogas
palestinas en la época de Jesús.
En tiempos del Galileo se hablaba el arameo, por lo que el hebreo bíblico se
había quedado relegado a las personas formadas y cultas. La mayoría de los creyentes
no entendían esta lengua que, por otro lado, se seguía empleando en el culto religioso.
Este es el motivo por el que surgieron los Targumim, que eran “traducciones” al arameo
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de los textos sagrados4. Estos se leían inmediatamente después de la proclamación de la
Palabra en hebreo. En este sentido, no eran traducciones tal y como nosotros las com-
prendemos. No buscaban sustituir los pasajes originales, pues estos se seguían escuchan-
do en la liturgia sinagogal aunque el grueso de los asistentes no lo comprendieran. Los
Targumim pretendían, más bien, actualizar, explicar y adaptar su mensaje a la situación
que vivía la asamblea reunida.
Los dos de Emaús tienen muchas dificultades para descubrir el sentido de cuan-
to han vivido en Jerusalén. Jesús solo puede sortear estas trabas cuando hace una labor
de traducción. Pero lo hace en este sentido judío, es decir, actualizando, explicando y
adaptando su contenido a la situación vital de ambos discípulos. Lucas no ofrece más
detalles sobre cómo el Resucitado realiza esta tarea, pero sí se menciona el efecto que
esta produce en sus interlocutores y cómo ellos interpretan esa acción:
«Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo par-
tió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron,
pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardien-
do nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino
y nos abría (διανοίγω) las Escrituras?”» (Lc 24,30-32)
Cuando rememoran la sensación que produjo en ellos las palabras del miste-
rioso peregrino que les acompañaba afirman que su lento corazón les ardía (Lc 24,32).
Este es el efecto que provoca la acción del Resucitado y que también ahora se expresa
de un modo inusual. La traducción de Jesús es percibida por los discípulos como un
abrirse las Escrituras (διανοίγω). Es la única ocasión en la Biblia en la que se afirma
que Esta se abre. El imaginario que late tras esta expresión es que la Escritura, que
permanecía cerrada, oculta e impenetrable, se convierte en accesible gracias a que ha
sido traducida.
Según el relato lucano, traducir y abrir las Escrituras son las dos caras de un
mismo movimiento. De este modo, Jesús fuerza y vence la incapacidad existencial para
acoger la Palabra que estaba implícita al definirles como lentos de corazón. El centro per-
sonal del corazón, que andaba rezagado en aceptar lo vivido, empieza entonces a arder.
Esta es la dinámica a la que se nos invita en la liturgia y en la tarea pastoral: capacitar
nuestros lentos corazones para que empiecen a arder. Pero antes de sumergirnos en esta
transformación, necesitamos cambiar nuestra perspectiva.
1.2 Un cambio de perspectiva
Ya resulta clásico el dicho de que antes de morir hay que plantar un árbol,
escribir un libro y tener un hijo. Aunque para esto último una servidora no va por
buen camino, esta tríada refleja, en realidad, la percepción de que algo de las per-
sonas permanece inmortal en esas tres realidades que nos sobreviven. Como dignos
4
Para una mirada panorámica a cómo los Targumim interpretan el texto veterotestamentario, J. Trebolle
Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Trotta, Madrid 1993, 467-472
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hijos de Gutenberg que todos nosotros somos, compartimos la mentalidad de que la
lengua impresa permanece inalterable a lo largo del tiempo, mientras consideramos
las palabras que no se escriben como frágiles víctimas de la provisionalidad. Esta cul-
tura de lo escrito determina nuestro enfoque al acercarnos a un texto, especialmente
a uno bíblico.
Una escena de la adaptación cinematográfica de la novela de Markus Zusak,
“La ladrona de libros”, ilustra esta visión5. En un momento determinado Liesel, la niña
protagonista que vive apasionada por la lectura y las palabras, accede a la demanda de
Max, el judío que su familia adoptiva esconde en el sótano, y le describe el día que él no
puede contemplar. La maestría en el uso de los términos permite que, quien estaba re-
cluido sin poder ver el sol, termine exclamando: “¡gracias, ya lo he visto!”. También no-
sotros estamos acostumbrados a que las palabras generen experiencias y, con frecuencia,
si aquello que leemos no nos “provoca” algo, no nos resulta suficientemente atractivo.
Algo así nos sucede con la liturgia de la Palabra. Muchos de sus pasajes no nos suscitan
ninguna sensación y buscamos escarbar intelectualmente en ellos en busca de una idea,
una moraleja o una conclusión que nos pueda resultar significativa.
En cambio, si queremos asomarnos a la Escritura, tendremos que cambiar esta
perspectiva para acercarnos a una mentalidad marcada por la cultura oral. La vivencia
que se tiene del texto escrito en la Biblia se parece más a una escena de la película de
Roberto Benigni: “El tigre y la nieve”6.
El protagonista, interpretado por el mismo director, es poeta y profesor de poe-
sía en la universidad. Ante la pregunta de sus hijas por la razón que le llevó a convertirse
en poeta, él remite a una vivencia que le impresionó en su infancia. Un pájaro se posó en
su hombro durante unos minutos, pero no supo comunicar a su madre lo que había ex-
perimentado. La impotencia que le supuso desear compartir lo vivido y su incapacidad
para expresarlo determinó su vocación poética. Transmitir la emoción vivida se convier-
te en el motor de la poesía. Del mismo modo, los relatos bíblicos no buscan provocar
una experiencia por ellos mismos, sino narrar una vivencia creyente que resulta anterior
a su narración. Las palabras, primero de modo oral y luego por escrito, son solo el canal
necesario para compartir algo fundamental que requiere ser contado.
Por eso, asomarnos a la Escritura exige como paso previo cambiar nuestro
punto de partida. Se trata de aprender a mirar con los ojos de un pueblo para el que
escribir no es una acción simplemente estética. Al revés, Israel siente la urgencia de
narrar para vivir, pues percibe como exigencia vital la necesidad de poner palabra a
una vivencia que le desborda y que tiene que ser contada, porque en ella se juega su
identidad fundamental. Entre las líneas de la Biblia no se narran dogmas abstractos,
verdades de fe o teorías religiosas, sino experiencias creyentes que rezuman vida y que
permanecen muy pegadas a lo cotidiano. La dificultad estriba en que estas han de ser
descubiertas y sacadas a la luz, pues con frecuencia se esconden bajo los ropajes de
formas de expresión, cultural y cronológicamente lejanas, que no siempre resultan
sencillas ni evidentes para nosotros.
5
Si la novela se publicó en el 2005, su adaptación cinematográfica fue dirigida por Brian Percival en el 2013.
Fue estrenada en el 2005. Aunque comparte título con una novela de Fernando Butazzoni publicada en
6
1986, película y obra literaria solo comparten el título.
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Eso sí, cuando alguien nos traduce sus palabras y la Escritura se nos abre po-
dremos reconocernos descritos en Ella. Es entonces cuando alcanzamos la experiencia
humana y creyente que se agazapa en cada pasaje y descubrimos que conecta esencial-
mente con la nuestra. Así podremos darnos cuenta de que esas historias de apariencia
lejana son también la nuestra, porque Dios actúa en nuestras existencias como lo hizo
con tantos otros creyentes que nos precedieron. Será en ese momento cuando podamos
celebrar con el mismo corazón ardiente que tenían los dos de Emaús y compartir con
los demás, tal y como ellos hicieron.
Más de uno estará pensando al leer estas líneas que todo esto suena muy bonito,
pero ¿cómo facilitar este reconocernos reflejados en unos textos tan antiguos? De esto
nos ocuparemos a continuación.
2. Cuando las Escrituras “se abren”
Recapitulando lo dicho hasta ahora, el texto de Emaús nos ha sugerido que
vivir nuestra tarea pastoral con la Palabra, sea en la celebración o fuera de ella, tiene que
ver con traducir la Escritura para que Esta se abra y se convierta en significativa para
sus oyentes. El corazón que permanecía lento comienza a arder en la medida en que se
produce una conexión entre aquello que se ha saboreado por propia experiencia y las
vivencias creyentes que laten bajo las palabras del texto bíblico. Para ello, la condición
primera no es solo cambiar la perspectiva con respecto a la función que ostenta la na-
rración como vehículo para hacer llegar una vivencia, sino también ser capaz de poner
palabra, de verbalizar aquello que nos bulle por dentro.
Todos los que están comprometidos con la tarea evangelizadora asumen el
reto de propiciar que a otros también se les abran las Escrituras como a los dos de
Emaús. Lo normal es que, con lo que hemos venido diciendo hasta ahora, cualquier
agente de pastoral se sintiera desbordado ante tal tarea. No sé si es un alivio o no,
pero es importante caer en la cuenta de que esta labor supera con mucho nuestras
capacidades. Nadie va a conseguir esta meta… no, al menos, por nosotros mismos.
Como muestra el relato lucano que nos sirve de marco, solo Jesús es el que traduce y
aviva las ascuas de los corazones.
El Apocalipsis, con su lenguaje plagado de símbolos, expresa esta misma certeza:
«Vi también en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro,
escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel
poderoso que proclamaba con fuerte voz: “¿Quién es digno de abrir el
libro y soltar sus sellos?” Pero nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra
ni bajo tierra, de abrir el libro ni de leerlo. Pero uno de los Ancianos me
dice: “No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño
de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos”» (Ap 5,1‑5)
Por más que invirtamos las mejores fuerzas y todo nuestro empeño, el Resuci-
tado es el único capaz de desvelar el sentido de la Escritura, de la historia y de nuestras
propias vidas. En cristiano, nuestra labor pastoral es solo una torpe mediación que el
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Señor insiste en emplear. Sin que reste un ápice a nuestro deseo responsable de poner
en juego cuanto está en nuestra mano, no se nos puede olvidar que solo Él es “digno
de tomar el libro y abrir sus sellos” (Ap 5,9), porque solo Él puede transformar la letra
muerta en letra viva.
2.1 De letra muerta a letra viva
Si hay una característica divina que la Biblia tiene muy clara es que YHWH
habla. Esta condición de parlante se hace evidente desde las primeras páginas de la Es-
critura, cuando en el primer relato de la creación la realidad se organiza en función de
sus palabras (cf. Gn 1,1-30). La repetitiva secuencia de “dijo Dios” que jalona ese pasaje
muestra la convicción creyente de que el Señor de Israel no solo se expresa, sino que
realiza aquello que dice. Esta capacidad de comunicación es la que le diferencia de for-
ma radical con los ídolos, porque estos “tienen boca y no hablan” (Sal 115,5; 135,16).
Ese Dios empeñado en revelarse a lo largo de la historia de Israel se dice de
modo definitivo en el Hijo encarnado, por eso el cuarto evangelio comienza ha-
blando de Jesús como Logos que toma carne (Jn 1,1‑14). El cristianismo no es una
“religión de libro” como el Islam, porque la Palabra de Dios definitiva es la misma
persona de Jesucristo. De aquí se derivan algunas consecuencias. La primera es que
la Escritura adquiere sentido desde las palabras y los gestos del Resucitado. Él es la
lente que nos permite leer la Biblia y descubrir un significado que, a veces, desborda
sus líneas. Es lo que harán los primeros cristianos con los textos del Antiguo Testa-
mento al redescubrirlos como referidos al Maestro y percibiendo que en Él llegan a
su más pleno cumplimiento.
En segundo lugar, este movimiento de encarnación es tan característico de Dios
que también la Biblia lo asume. En Ella la Palabra divina adquiere corporalidad en
palabras muy humanas, con el lenguaje, los conocimientos, la perspectiva y los géneros
literarios de unas personas pertenecientes a un mundo cultural y a un tiempo muy ale-
jado del nuestro. Del mismo modo que para los coetáneos de Jesús no resultaba fácil re-
conocer al Hijo en el Galileo, también nos cuesta alcanzar la Palabra entre las palabras.
Una tercera consecuencia es que ya no podemos revertir la dinámica de encar-
nación. No resulta lícito pretender convertir en texto fosilizado e inmóvil ese decirse
divino que se recoge en la Biblia y que se hace “uno de tantos” en Jesús (Flp 2,7). El
Resucitado es quien, a su vez, “resucita” la que podría ser para nosotros letra muerta, de
modo que podemos sentir lo que afirma Hebreos:
«Pues, viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna
de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones
y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón. No hay
criatura invisible para ella; todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel
a quien hemos de dar cuenta» (Heb 4,12‑13).
Jesucristo es el que provoca que la Palabra nos siga escociendo y resultando
incómoda. Él nos rescata de la permanente tentación de domesticarla para evitar que
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nos saque de nuestra zona de confort y nos lance hacia lo incierto. Ninguno de los aquí
presentes está vacunado contra este inconfesable deseo de que la Escritura nos man-
tenga en la comodidad de lo controlado, de lo sabido y de lo que no rompe en exceso
nuestros esquemas. Pero, si no nos disponemos a quedar infectados por esta dinámica,
necrosaremos los textos bíblicos con nuestra actitud e impediremos que toquen nuestro
corazón y nos recreen por dentro.
2.2 Cuando la Palabra “nos dice” …
Hemos hablado mucho de la importancia de conectar con la experiencia
creyente que se oculta tras los textos bíblicos, pero esta vinculación no es fruto de
nuestra decisión o de nuestra voluntad. Solo el Vivo puede convertir la Palabra en
viva, de modo que solo el Resucitado puede hacer que la Escritura esquive nuestras
armaduras inconscientes, nos recree y “nos diga” por dentro. Es algo similar a lo que
sucede con la protagonista del largometraje de Woody Allen “La rosa púrpura de El
Cairo”7. Mia Farrow da vida a una camarera apasionada por una película que va a
ver incansablemente. En una de estas sesiones de cine el actor principal atraviesa la
pantalla para dirigirse a una sorprendida espectadora a la que anima a fugarse con él.
Algo parecido a esta escena es lo que nos puede suceder a nosotros si dejamos
que Jesús nos abra la Escritura. Como le pasaba a la protagonista de la película, los
textos que hemos leído mil veces adquieren vida propia, nos interpelan de forma
directa y nos lanzan una invitación a implicarnos existencialmente en su trama. Aun-
que solo el Resucitado sea Quien nos introduce en la Palabra, es nuestra disposición
la que posibilita dejar de ser espectadores para convertirnos en personajes activos que
entran en relación con los relatos bíblicos.
Insistir, como estoy haciendo, en que es la acción del Resucitado la que
permite que la Escritura “nos diga” por dentro puede llevarnos a una errónea pasi-
vidad. No hay nada más comprometido y activo que “dejar hacer” a Otro y quitar
obstáculos a su paso. La irresistible atracción que Mia Farrow sentía por la película
que visionaba una y otra vez será lo que impulse al galán a salir de la pantalla. Esa
disposición y apertura es la que somos invitados a promover en nosotros y en quienes
servimos en la misión pastoral, lo que no es una tarea fácil ni anodina.
Por experiencia personal os puedo compartir que no es nada sencillo provo-
car una fascinación ante la Biblia semejante a la que muestra la protagonista de la
película de Woody Allen. Esta atracción solo se produce por contagio, cuando no-
sotros mismos hemos sido seducidos por la Escritura. Y es que solo la pasión puede
despertar en otros esa misma pasión de forma natural.
7
Esta película, escrita y dirigida por Woody Allen, se estrenó en 1985.
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2.3 … ¡y arde el corazón!
En el tráiler de la película “La librería”, de Isabel Coixet8, la protagonista
declara con contundencia: “Cuando leemos una historia, la habitamos”. Pero esta
afirmación es, sin duda, una generalización demasiado rotunda. Implicarnos y entrar
en un relato no es algo que se produce de modo tan espontáneo. En el caso que nos
ocupa, la conexión existencial con la Palabra se produce por una confluencia entre
nuestra disposición vital y la acción del Resucitado que, convirtiendo la Escritura
en algo vivo, nos la abre. Como les sucedió a los dos de Emaús, es en este cruce de
caminos entre su acción y nuestra activa pasividad cuando el corazón, lento de por
sí, comienza a arder.
Si atendemos a nuestras celebraciones o a las actividades pastorales que prepara-
mos, estas serán significativas cuando los corazones de quienes participamos entren en
combustión. Y, si bien es cierto que el fuego lo pone Otro con mayúscula, somos no-
sotros los que disponemos del “material inflamable”. La labor de preparar esta hoguera
no se lleva adelante, ni en nuestras vidas ni en las de aquellos hacia los que dirigimos
nuestros esfuerzos evangelizadores, procurando “saber” historias de la Biblia. Las letras
de cantantes como Ismael Serrano o Joaquín Sabina están atravesadas por referencias
bíblicas sin que este conocimiento les haga creyentes y mucho menos “celebrantes”. Nos
disponemos a la lumbre en la medida en que ponemos en diálogo nuestras vivencias y
aquellas que laten en la Escritura.
A veces tenemos ciertos reparos cuando aquellos hacia los que dirigimos nues-
tros esfuerzos pastorales son niños. A la hora de abordar un texto bíblico con ellos es
recurrente que nos brote la pegas porque pensemos que “no lo van a entender”. A estas
alturas, espero que ya se pueda reconocer la trampa de este argumento, pues no se trata
de “entender” un concepto o captar un mensaje, sino de percibir una vivencia.
En contra de muchas ideas previas que a veces albergamos los adultos, los niños
almacenan en su corta vida muchas de las experiencias fundamentales de las que está
transida la Biblia. Miedo, gozo, dudas, incertidumbre, búsquedas, dolor… han sido
sentidos por los más pequeños aunque sea en germen. Pero este carácter germinal no
le quita ni hondura ni validez a tal bagaje experiencial. Quién ha vivido algo así en
diminutivo puede hacerse una idea de lo que supone hacerlo “en mayúscula”, cuando
las vivencias son mayores. No cometamos el error de proyectar sobre los más pequeños
nuestra propia dificultad para pasar del plano intelectual al existencial, de lo pensado
a lo sentido. De hecho, es fácil que ellos tengan más facilidad para esta transición que
quienes tenemos más edad.
3. A modo de conclusión: “Effatá” (Mc 7,34)
Al inicio de este artículo hemos comentado que solo en el texto de Lucas se
recurre a la expresión abrir la Escritura, pero no es lo único que Jesús abre en el Nuevo
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Se trata de una adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre de Penelope Fitzgerald. Se
estrenó en 2017.
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ABRIR LAS ESCRITURAS 19
Testamento. Entre los pocos términos arameos que siembran los evangelios topamos
con uno en Marcos que reclama nuestra atención:
«Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan
imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus
dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos
al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Ábrete!” Se
abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba
correctamente» (Mc 7,32‑35).
Únicamente en esta ocasión aparece este imperativo en la lengua del Galileo:
Effatá. Aquel que tras la resurrección será “digno de tomar el libro y abrir sus sellos”
(Ap 5,9) ya había mandado abrir los oídos sellados de un sordo en el que todos nosotros
nos podemos sentir reflejados. Y es que no es difícil que nos sintamos un poco sordos y
torpes para hablar en lo que implica el trabajo evangelizador.
Como todas las llamadas de Dios, también la invitación pastoral nos desborda y
supera con mucho nuestras capacidades personales. No es difícil prestar más atención a
esa insensatez y lentitud de corazón que se les reprochaba a los discípulos de Emaús y que
también descubrimos en nosotros, que a la acción de un Señor que se empeña en contar
con nuestra frágil realidad y convertirnos en mediadores para otros de un encuentro vi-
tal con la Palabra. Pero, del mismo modo que Jesús abre la Escritura, también nos abre el
oído para poder acogerla en nuestra vida, mientras libera nuestra lengua para hacernos
instrumentos de su Buena Noticia.
Somos, sin duda, unos pobres siervos que hacemos lo que teníamos que hacer
(Lc 17,10), pero a los que se les regala ser testigos de primera de mano de cómo el Señor
sigue haciendo arder el corazón. Como sordos sanados, se nos invita a traducir la Escri-
tura, a desentrañar de bajo sus ropajes literarios la experiencia creyente que sigue siendo
elocuente, a reconocer la vivencia que se cuece bajo las historias de quienes nos rodean y
a ponerla en diálogo existencial con el relato bíblico. De este modo nos transformamos
en cómplices de esa misma acción sanadora de Jesús en otros a los que Él también abre
los oídos para que se le abra la Palabra.
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