Derechos A La Comunicación y Teorías de La Democracia (Ecuador)
Derechos A La Comunicación y Teorías de La Democracia (Ecuador)
Sumario
I. Introducción
En sociedades complejas como son las actuales, la comunicación es sin lugar a dudas, una
dimensión central, sirviendo de plataforma para el desarrollo de las relaciones sociales en
distintos campos como son la cultura, la política y la economía, entre otros.
La información, la comunicación y el conocimiento se han convertido en bienes esen-
ciales para el desarrollo de sociedades cada vez más influidas por el factor tecnológico1. Así,
en el contexto del fenómeno denominado como sociedad de la información y el conocimiento2,
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la importancia del sector de las comunicaciones es creciente. Dos de sus industrias, la de los
medios de comunicación masiva y la de las telecomunicaciones se encuentran entre las ac-
tividades productivas más destacadas de la economía mundial. A su vez, el valor agregado
que estas industrias producen en relación al desarrollo de conocimiento y tecnología es sig-
nificativo3. Más allá de esto, el creciente desarrollo tecnológico en el campo de las comuni-
caciones ha cambiado las formas en que las personas interactúan y en condiciones adecuadas,
posee un enorme potencial para mejorar de manera significativa la calidad de vida de mi-
llones de personas, especialmente de los sectores marginados de las distintas sociedades; así
como para coadyuvar a preservar y desarrollar las distintas culturas. Las comunicaciones
son, por tanto, áreas estratégicas en el desarrollo de los países.
La importancia de la información y la comunicación se expresa también en el campo
de la democracia. Como sistema de convivencia, la democracia necesita de la dimensión de
la comunicación, traducida particularmente en una esfera pública activa donde tengan lugar
los procesos políticos a la vista y con la participación de los distintos componentes de una
sociedad.
En este sentido, nadie puede dudar del papel crucial que desempeñan los medios de
comunicación, que como operadores destacados de esa esfera o dimensión de lo público,
inciden fuertemente en los procesos democráticos. Y precisamente, por esta capacidad de
influir de parte de los medios de comunicación, es que el debate en torno a los distintos
roles que estos actores han asumido en los procesos políticos latinoamericanos se ha con-
vertido en uno de los más actuales y controvertidos de la región en los últimos años.
Otro aspecto correlacionado con lo anterior es el que atañe a la democratización de la
comunicación, mediante el acceso, por un lado, a medios denominados alternativos, ciuda-
danos, comunitarios o populares, y por otro, a las así llamadas tecnologías de la información
y la comunicación (TIC), demanda de doble cauce, que ha sido sostenida por importantes
sectores de la sociedad civil, en distintos países y en espacios transnacionales.
Esta múltiple importancia de la comunicación (algunos de cuyos aspectos hemos men-
cionado) ha venido de la mano con el establecimiento de los denominados derechos a la
comunicación4, a nivel constitucional, en las legislaciones nacionales, así como en varios ins-
trumentos jurídicos internacionales.
En torno a los derechos a la comunicación se ha generado una importante doctrina ju-
rídica así como una permanente reflexión que ha concernido a otras áreas del conocimiento
social. Desde el pensamiento jurídico, una línea de reflexión, se ha concentrado desde un
enfoque clásico, entre otros grandes temas, en la libertad de expresión y el derecho a la in-
formación, y sus conflictos con derechos personales como el derecho al honor y la intimidad.
Otras corrientes más renovadoras se han interesado en el debate acerca de la regulación de
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Con la seguridad de que definir la democracia resulta una tarea sumamente compleja, lo
que se procurará formular en esta primera parte, es una síntesis sobre las principales perspec-
tivas contemporáneas. Destacaremos en la exposición aquellos elementos que permiten una
valoración de los derechos a la comunicación; y más adelante nos valdremos de los
presupuestos presentados para establecer el rol que cada una de estas perspectivas, acerca de
la democracia, asigna a estos derechos.
La democracia es una forma organizativa y de ejercicio del poder social que, con va-
riantes, está extendida a escala mundial. En América Latina, con todas sus dificultades, la
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Una primera perspectiva, que durante muchos años dominó el discurso público y el quehacer
político latinoamericano6, es la que ve a la democracia básicamente como un sistema de de-
legación del poder, regida por un conjunto de procedimientos que permiten la competencia
entre distintas fuerzas políticas y que llega a articular un sistema de representación por vía
electoral.
De una primera versión conservadora, denominada elitismo democrático, que reducía
las formas de participación exclusivamente al voto, se ha ido pasando a formas más abiertas
pero siempre centradas en la representación como eje del modelo7. Esta ligera apertura ha
sido la respuesta a los problemas evidenciados por un modelo exclusivamente representativo
básicamente en dos aspectos. Por un lado, la participación, que quedaba prácticamente re-
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presada; y la representación que empezó a sufrir fisuras relacionadas con la pérdida de legi-
timidad de la gestión política, la ausencia de rendición de cuentas, y la presencia (o persis-
tencia) de prácticas autoritarias, prebendísticas, corruptas, etc.
En el Ecuador, esta relativa apertura puede notarse en la comparación entre el modelo
representativo más estático establecido en la Constitución de 1978 y las innovaciones par-
ticipativas que la Constitución que le sustituyó en 1998 trajo. Así, mientras la Carta de
1978 (codificada en 1993) en su Art. 1 establecía claramente: “El Ecuador es un Estado so-
berano […] Su gobierno es republicano, presidencial, electivo, representativo, responsable
y alternativo”; la Carta de 1998 inserta en el esqueleto representativo algunas nuevas insti-
tuciones políticas (Título IV “De otras formas de participación política”, Capítulo 2), como
la revocatoria del mandato (Arts. 109-113), o la misma Consulta Popular (Arts. 103-106).
Por desgracia tales innovaciones se hallaban sujetas a una serie de limitantes (en forma de
requisitos) que las hacían poco practicables.
En definitiva, estas variantes más o menos abiertas pueden agruparse en lo que se ha
llamado el modelo liberal representativo de democracia8, que incorpora al sistema de repre-
sentación ciertos procedimientos complementarios que lo vuelven pluralista. A la vez, el én-
fasis liberal se lo imprime en tanto se establecen, un sistema de contrapesos, así como en un
catálogo de derechos (con acento en las libertades) dirigido sobre todo a preservar la auto-
nomía de las voluntades individuales, al tiempo que a limitar a lo mínimo la intervención
del Estado en los distintos campos sociales (en la economía, por ejemplo)9.
Para profundizar en estas perspectivas vamos a acudir a algunas ideas expuestas por
Guillermo O’Donnell, uno de los autores que más profundamente ha analizado los proce-
sos de implementación de la democracia y sus problemas (con atención especial en América
Latina). Una de las obras de este autor, que toca específicamente al tema que nos ocupa,
es el ensayo “teoría democrática y política comparada” que recientemente se ha vuelto a
publicar10.
En ese texto, O’Donnell se ocupa justamente de las relaciones entre la democracia en
su versión representativa pluralista, como la designa él y los derechos a la comunicación,
abogando por un examen de las teorías de la democracia, no solamente desde un punto de
8 Véase al respecto Avritzer, Leonardo y Boaventura de Souza, op. cit.; Habermas, Jürgen, “tres modelos
de democracia”, en La inclusión del otro, estudios sobre teoría política, Trotta, Barcelona, 1999; y Held,
David, Modelos de democracia, FCE, México, 1991.
9 Nos referimos en este caso, a un rasgo genérico de la democracia liberal representativa, no específico
del constitucionalismo ecuatoriano. Sin embargo es pertinente insistir respecto de la Constitución de
1998 que, a nuestro criterio y a pesar de que contenía ya una cláusula del estado social, este instrumento
mantenía una estructura liberal en la cual se intentó hacer inserciones participativas, así como de
nuevos derechos de corte social y colectivo. Justamente, los problemas de esa Carta giraban en torno
de las dificultades que se derivaban de estas ambivalencias.
10 O’Donnell, Guillermo, “Teoría democrática y política comparada”, en Disonancias. Críticas democrá-
ticas a la democracia, Prometeo, Buenos Aires, 2007.
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En segundo lugar, podemos ubicar otras perspectivas acerca de la democracia que hemos
denominado maximalistas, en cuanto amplían el espectro de la democracia, en referencia
tanto a su diseño-implementación como a sus cometidos. Para efectos expositivos, aunque
guardan entre sí fuertes nexos, estas perspectivas las presentamos divididas en tres variantes:
la democracia participativa, la radical y la variante deliberativa.
16 Véase Arato, Andrew y J. Cohen, Civil society and political theory, MIT Press, Cambridge, 1992.
17 Véase el ya clásico libro de Carole Pateman, Participation and Democratic eory, Cambridge, 1970.
También MacPherson, C. B., La democracia liberal y su época, Alianza, Buenos Aires, 1991; Avritzer,
Leonardo y Boaventura de Souza Santos, op. cit.; y Avritzer, Leonardo, op. cit.
18 Barrera, Augusto, “La participación en el debate político y constitucional actual”, Ecuador Dialoga,
Quito, 2007, p. 15.
19 Avritzer, Leonardo y Boaventura de Souza Santos, op. cit.
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ido cubriendo no solamente las dimensiones de la consulta y el debate sobre diversos pro-
blemas públicos, sino que crecientemente han venido abarcando lo que es la rendición de
cuentas (accountability). Más aún, estas prácticas se dirigen cada vez más a disputar la toma
misma de decisiones20.
Estas experiencias se han reproducido en diversos ámbitos y particularmente en las es-
feras locales. En este sentido, el rol desempeñado por diversas expresiones de la sociedad
civil, como los movimientos sociales, en cuanto a la formulación pública de demandas de
reconocimiento y redistribución sobre diversos bienes sociales21, ha sido muy relevante en
cuanto a redimensionar la implementación de la democracia, en particular en sociedades
altamente desiguales22.
Queda claro que una concepción de democracia participativa, planteada con las ‘coor-
denadas’ que hemos tratado de sintetizar, está unida con la comunicación. Esta vez no so-
lamente se trata de garantizar los procesos electorales, sino de fortalecer todas las formas
arriba descritas de participación que se producen, precisamente, gracias a diversas formas
de comunicación. De allí que, desde una visión participacionista lo que se requiere es una
formulación reforzada de los derechos a la comunicación para favorecer la participación.
Pero a la vez, se trata de que la participación se extienda en la dimensión de la comunica-
ción23. Este segundo aspecto se relaciona de forma particular con la protección del espacio
institucionalizado donde circula actualmente la comunicación. Nos referimos específica-
mente al ámbito de los medios masivos de comunicación y los procesos de producción de
la información y, consecuentemente, a la importancia de un derecho a la información que
no sea visto meramente como una libertad individual sino como un derecho social. Igual-
mente esto plantea la necesidad de nuevos derechos específicos a la comunicación, como el
acceso a los medios, a las tecnologías, a formas de debate desde las diferencias, etcétera.
20 Según señala Melissa Pomeroy, “la etiqueta de la democracia participativa corre el riesgo de perder
todo su significado si se reduce a procesos de debate y consulta”, por eso hay que enfatizar en que “lo
importante reside en las decisiones”. Véase Pomeroy, Melissa, “Democracia participativa, más allá de
la etiqueta”, en Repensar la política, ICARIA/TNI, Barcelona, 2008, p. 32.
21 Sobre este tema, véase el debate que desarrollan Nancy Fraser y Axel Honneth en Redistribution or re-
cognition?, Verso, Londres, 2003.
22 Las movilizaciones y luchas sociales han impulsado un cambio en el carácter del Estado, que ha pasado
a ‘juridificar’ muchas de estas necesidades o demandas, pasando a adquirir un carácter de estado social
de derecho. El mismo tema de la comunicación es un ejemplo de cómo la acción de los movimientos
colectivos sociales y activistas de derechos han logrado levantar una demanda por el derecho a la co-
municación, que se consagra ya en el proceso constituyente del año 1997, que produjo justamente
una Constitución en la que se establecía por primera vez la cláusula del estado social de derecho.
23 Pomeroy, Melissa, op. cit.
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24 Véase Marx, Karl “Der Bürgerkrieg in Frankreich”, en Marx, Karl y Friedrich Engels, Werke, Tomo
17, Berlin DDR, 1962, pp. 313-365, Internet: http://marxists.catbull.com/deutsch/archiv/marx-en
gels/1871/05/burfrndx.htm, o http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/index.htm, Acceso: 3
abril 2010. Véase también Bohman, James, Public deliberation: pluralism, complexity and democracy,
Cambridge, MIT Press, 1996, p. 10.
25 Nos referimos a la dinámica concomitante entre investigación (o reflexión en este caso) y acción que
el pedagogo brasileño defendía. Cfr. Freire, Paulo, “Criando métodos de pesquisas e alternativas: apren-
dendo a fazer melhor através da açao”, en Brandao, Carlos (ed.), Pesquisa participante, Sao Paulo, Bra-
siliense, 1981.
26 Estos los sintetizamos a partir de los trabajos de algunos autores como James Bohman, op. cit.; Mouffe,
Chantal, El retorno de lo político, comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Barcelona,
1999; De Souza Santos, Boaventura, Reconhecer para libertar: os caminhos do cosmopolitismo cultural,
Porto 2004; del mismo autor Reinventar la democracia, transformar el estado, Quito, 2004; Renovar la
teoría crítica y reinventar la emancipación social, Buenos Aires, 2006, y “Globalización y democracia”,
en Archipiélago, núm. 73-74, 2007, pp. 111-125; Calle, Ángel, Nuevos movimientos globales. Hacia la
radicalidad democrática, Madrid, 2005; y García Mérida, Wilson, “Boaventura de Souza Santos: Bolivia,
el Laboratorio de la Demodiversidad”, Bolivia, s/f, Internet: www.constituyentesoberana.org/3/destaca
dos/122008/011208_1.pdf, Acceso: 2 abril 2010.
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27 Por este motivo, los procesos constituyentes se vuelven más complejos de manejar. Los casos recientes
de Ecuador y Bolivia se sitúan claramente en ese contexto. Así por ejemplo, sobre el punto de la com-
plejidad en el caso boliviano véase Schilling-Vacaflor, Almut, “Recht als umkämpftes Terrain. Die neue
Verfassung und indigene Völker in Bolivien”, en Boeckh, Andreas et al. (eds.), Reihe Studien zu Latei-
namerika, Baden-Baden, 2010 (en prensa).
28 Además del pensador alemán, podemos citar entre otros autores que desarrollan un trabajo sistemático
y propositivo sobre la democracia deliberativa a Leonardo Avritzer, op. cit., especialmente los capítulos
2 y 4, así como Bohman, James, op. cit., 1996; y en “La democracia deliberativa y sus críticos”, en
Metapolítica, Vol. 4 abril/junio, 2000, pp. 48-57.
29 Cfr. Habermas, Jürgen, “Political communication in media society”, en Communication eory, 16,
Blackwell, Londres, 2006, p. 412; del mismo autor en la misma obra “Tres ensayos sobre Democracia”,
p. 234.
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ticipación o potenciales ciudadanos. Estos derechos protegen la misma existencia del modelo
democrático.
Así pues, la innovación que introduce Habermas es localizar la democracia en los pro-
cesos comunicativos, más que en los mecanismos de representación y los procedimientos
del sistema político, o bien en la soberanía popular detentada por la sociedad. Estado y so-
ciedad son dos componentes de este modelo político deliberativo (deliberative Politik), que
se encuentran en una dimensión intermedia, la así llamada politische öffentlichkeit, que ha
sido traducida como esfera pública (o simplemente como la dimensión de lo público).
En esta dimensión de lo público30 es donde se produce esta permanente comunicación
(poder comunicativo) que es la que le otorga legitimidad democrática al Estado, en la medida
de que este salvaguarda “un proceso inclusivo de la formación de la voluntad común”31. Ha-
bermas en este sentido, como O’Donnell, se refiere a la necesidad de un diseño institucional
(o régimen) que garantice en el tiempo la democracia. Este diseño lo divide en tres dimen-
siones: primera, la de la autonomía privada de los ciudadanos; segunda, la de ciudadanía
democrática, es decir, la inclusión de ciudadanos libres e iguales en la comunidad política;
y, tercera, la de una esfera pública independiente, que funciona como ya señalamos, como
un sistema de intermediación entre el estado y la sociedad32.
Van a ser la segunda y tercera de estas dimensiones aquellas en las cuales los derechos
a la comunicación alcanzan un papel central y específico al proteger la generación de ese
poder comunicativo, por medio de la garantía a los distintos y mutuamente implicantes
procesos que se dan en ellas, por ejemplo, los procesos de consulta previa o rendición de
cuentas.
En ese sentido, resulta crucial además, proteger la autonomía de la esfera pública, que
es el medio ambiente donde se produce ese poder comunicativo que legitima el sistema po-
lítico. La estructura de poder (económico y político) de la esfera pública, ha insistido Ha-
30 En la realidad, hoy más que nunca, lo público se presenta como una dimensión muy compleja y diversa.
Para poder distinguir mejor la diversidad de formas, maneras y actores que puede tomar la dimensión
de lo público, la clasificación en tres grandes ámbitos que el mismo Habermas ha esbozado resulta
útil. El ámbito más general sería la esfera pública abstracta dónde operan los medios de comunicación
masiva. Aquí la comunicación es masificada, sacándola de los contextos más cercanos, a la vez que se
crea asimétricamente, un público virtual de espectadores. Un segundo ámbito es el de los espacios pú-
blicos organizados, como serían por ejemplo: los partidos políticos, los grupos de interés o los movi-
mientos sociales. Finalmente están los públicos episódicos, que aluden a los intercambios cotidianos,
cara a cara, poco organizados, relativamente efímeros, en pequeños espacios; véase “Political commu-
nication in media society”, op. cit., pp. 415-417.
31 Habermas, Jürgen, “tres modelos de democracia”, en La inclusión del otro, estudios sobre teoría política,
Trotta, Barcelona, 1999, p. 234. Véase también Lösch, Bettina, Deliberative Politik. Moderne Konzep-
tionen von Öffentlichkeit, Demokratie und politischer Partizipation, Münster, 2005, III 2.3 “Prozedurale
Democratietheorien” y IV “Deliberation und politische Partiziazion”.
32 Habermas, Jürgen, “Political communication in media society”, en Communication eory, 16, Black-
well, Londres, 2006, p. 412.
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Se han revisado, a grandes rasgos y de manera muy sintética, los postulados de distintos mo-
delos de democracia y sobre todo el papel que los derechos a la comunicación desempeñarían
en cada uno de ellos. Tanto las posturas minimalistas como las maximalistas reconocen el
importante rol de estos derechos, sin embargo, entre ellas no sólo existe una diferencia cuan-
titativa (más o menos derechos) sino cualitativa en la forma en que cada postura incorpora
y sobre todo valora estos derechos.
En cuanto a la cantidad de derechos. En el caso del modelo representativo se habla de
dos libertades, la de expresión y la de información, como grandes conceptos centrales. En
el caso de las visiones maximalistas (y vamos a tomar la versión que a nuestro criterio es la
más desarrollada teóricamente: la deliberativa) se habla de derechos a la comunicación y
participación, como conjuntos interdependientes que abarcan varios derechos específicos.
En relación con la manera de incorporar los derechos desde ambas grandes perspectivas
se marca una diferencia cualitativa. Mientras en el minimalismo se asocia con procedimien-
tos argumentativo–interpretativos34, de manera de ir adaptando el derecho a los cambios
sociales, las posturas maximalistas incorporan otras formas más amplias de argumentación
y deliberación sobre los alcances de estos derechos. Pero sobre todo, inscritas en el marco de
lo que Barrera ha denominado como “una fuerte tendencia de innovación institucional en
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Como parte de los derechos articuladores del ‘Sumak Kawsay’ o ‘Buen Vivir’, el derecho
fundamental a la Comunicación, se establece en el Art. 16 de la Constitución, numerales 1
y 4: “Todas las personas en forma individual o colectiva, tienen derecho a: 1) Una comuni-
cación libre, intercultural, incluyente, diversa y participativa… 4) “El acceso y uso de todas
35 Ibíd., p. 17.
36 Véanse los trabajos de Carlos Castro Riera “Valoración jurídico-política de la Constitución del 2008”,
111-132 y Albert Noguera F., “Participación, Función Electoral y Función de Control y Transparencia
Social”, pp. 133-157 en Ávila Santamaría, Ramiro, Agustín Grijalva y Rubén Martínez (eds.), Desafíos
constitucionales. La Constitución ecuatoriana del 2008 en perspectiva, MJDH, Tribunal Constitucional,
Quito, 2008.
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las formas de comunicación visual, auditiva, sensorial…”. Este es el presupuesto macro com-
prensivo alrededor del cual se articulan las demás disposiciones en esta materia.
Solamente para efectos analíticos hemos integrado los distintos derechos específicos en tres
grupos en función del énfasis que cada uno pone en proteger una dimensión del proceso
democrático o bien a sujetos específicos del mismo.
4.2.1. Un primer grupo de disposiciones específicas que se articula en el corpus que deno-
minamos derechos de la comunicación es el que comprende las clásicas libertades, de opi-
nión, de expresión, el derecho de rectificación y el derecho a la protección de datos personales
(Art. 66. 6, 7,19 CRE), normas que se ubican entre lo que Habermas (como mencionamos
ya) refería como dimensión de la autonomía individual y la de construcción de una ciuda-
danía en cuanto relación comunicativa.
4.2.2. Un segundo grupo de disposiciones serían aquellas relacionadas con los procesos de
la dimensión de construcción de ciudadanía, participación y deliberación política; entre
otros: El Art. 16.2., que establece el “acceso universal a las tecnologías de información y co-
municación”. El numeral 3 del mismo artículo, que garantiza la “creación de medios de co-
municación social”. El 5, que reconoce el derecho a “integrar los espacios de participación
previstos en la Constitución en el campo de la comunicación”. Los Arts. 17 y 18 se refieren,
por un lado, a las condiciones de la participación a través de la esfera pública mediática; y
por otro, al derecho a la información y más específicamente el derecho de acceso a la infor-
mación pública y de interés público, respectivamente. El Art. 23, que contempla el derecho
“de participación y acceso al espacio público”. Así mismo tenemos los derechos de partici-
pación, los que en el esquema constitucional actual se hallan estrechamente relacionados
con los de la comunicación. Así, por ejemplo, aquellos establecidos en el Art. 61 que se re-
fiere a los derechos de participación o el derecho a la resistencia, reconocido por el Art. 98
de la Carta.
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D ERECHOS A LA COMUNICACIÓN Y TEORÍAS DE LA DEMOCRACIA
Se refiere a las garantías que respaldan el efectivo ejercicio de los derechos, así como las dis-
posiciones constitucionales que permiten la estructuración de una institucionalidad propia
en materia de comunicación y mecanismos de garantía de tipo administrativo que deben
implementarse por medio de normativa secundaria y políticas públicas.
4.3.1. En cuanto a las garantías judiciales a los derechos, podemos mencionar, la Acción de
Protección (Art. 88 CRE) y más específicamente la Acción de Acceso a la Información Pú-
blica (Art. 91 CRE) y el Hábeas Data (Art. 92 CRE).
4.3.2. Con relación a la institucionalidad, se encuentra quizá la mayor novedad que la Carta
Fundamental de 2008 establece. Como parte del “Régimen del Buen Vivir”, el Art. 340,
instituye el Sistema Nacional de Inclusión y Equidad Social uno de cuyos componentes es
el Sistema de la Comunicación, previsto en cambio, en el Art. 384. Esta última disposición
crea tal ‘Sistema’ para asegurar: “el ejercicio de los derechos de la comunicación, la informa-
ción y la libertad de expresión”, y fortalecer “la participación ciudadana”. Más allá de esta
misión garantista, no queda sin embargo claro el rol institucional que este “Sistema” (más
propiamente debería llamarse, subsistema del sistema de Inclusión y Equidad del “Buen
Vivir”) tenga. El segundo inciso de este artículo (384 CRE), que debía precisar el rol insti-
tucional de este ‘Sistema’ lamentablemente es bastante confuso al respecto37.
4.3.4. Para terminar, además del “Sistema”, encontramos también un variado conjunto de
disposiciones garantistas, regadas en varias secciones del texto constitucional, entre las que
podemos mencionar: los principios de participación-deliberación, recogidos en el Art. 95;
las formas de organización colectiva del Art. 96; las instancias participativo-deliberativas
37 Dice así esta norma: “El sistema se conformará por las instituciones y actores de carácter público, las
políticas y la normativa; y los actores privados, ciudadanos y comunitarios que se integren voluntaria-
mente a él. El Estado formulará la política pública de comunicación, con respeto irrestricto de la li-
bertad de expresión y de los derechos de la comunicación consagrados en la Constitución y los
instrumentos internacionales de derechos humanos. La ley definirá su organización, funcionamiento
y las formas de participación ciudadana”. El citado texto se refiere no al Sistema solamente, sino al Es-
tado (hay dos sujetos en el inciso). Habla así de la conformación del Sistema y remite a la Ley su es-
tructuración, pero es al Estado al que le asigna la competencia de formular las políticas públicas. Se
debería entender a pesar de la farragosa redacción, que el ‘Sistema’ tiene una función coordinadora en
materia de aseguramiento de los derechos a la comunicación.
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M ARCO N AVAS A LVEAR
Con estas reflexiones hemos procurado contribuir a una comprensión más sistemática e in-
tegral del conjunto de derechos y disposiciones constitucionales en materia de comunicación.
En ese sentido, hemos buscado situar este corpus de derechos en el contexto del modelo de
democracia establecido en la actual Ley Fundamental ecuatoriana. Para concluir, ahora que-
remos destacar los siguientes puntos.
En relación al modelo de democracia, puede decirse que el derecho fundamental a la
comunicación (núcleo del corpus que hemos denominado derechos a la comunicación) fun-
ciona como un derecho eje38, en cuanto permite el ejercicio de otros derechos y constituye
una de las bases articuladoras del Régimen del Buen Vivir. Así, cada una de las dimensiones
del Buen Vivir se hallan cruzadas por los derechos a la comunicación en una suerte de trans-
versalidad respecto del sistema constitucional.
Por otro lado, los derechos a comunicar son necesarios para garantizar los derechos de
libertad, los derechos políticos, los derechos de la naturaleza, los de protección, los de los
grupos vulnerables, las distintas garantías, las responsabilidades ciudadanas y en general todo
el esquema de derechos fundamentales que establece la actual Constitución. Asimismo, la
presencia de estos derechos legitima y permite un desarrollo democrático de la administra-
ción en diversos ámbitos de competencia y aspectos, tales como la planificación, la ejecución
de las diversas políticas públicas y la rendición de cuentas.
En segundo lugar, es necesario destacar (igualmente desde una perspectiva sistémica)
que en el esquema constitucional ecuatoriano se advierte una especial imbricación entre los
derechos a la comunicación y los derechos a la participación. Ambos corpus se transforman
a la vez, en puntales y al mismo tiempo en mecanismos de implementación de un modelo
nuevo de democracia que la Constitución establece. A nuestro criterio y basados en las re-
flexiones expuestas, este modelo de democracia puede caracterizarse sobre todo como deli-
berativo, pues si bien combina mecanismos representativos con formas de participación, lo
hace justamente a partir de “un proceso permanente de construcción del poder ciudadano”
38 Navas, Marco, Derechos Fundamentales de la Comunicación, una visión ciudadana, UASB, Abya Yala,
CEN, Quito, 2002, p. 45.
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D ERECHOS A LA COMUNICACIÓN Y TEORÍAS DE LA DEMOCRACIA
(Art. 95 CRE), vale decir, en términos habermasianos, de construcción del “poder comuni-
cativo”.
Por otro lado, la realización de los derechos a la comunicación requiere que la profusa
(y por momentos reiterativa) normativa constitucional se traduzca en un desarrollo a nivel
legislativo y de políticas públicas. Esta tarea deberá responder, de acuerdo con lo señalado
antes, a criterios sistémicamente coherentes, tanto con los principios del Estado constitucional
de derechos y justicia39, como con el carácter deliberativo del régimen democrático. Ello su-
pone el desafío de compaginar dos lógicas de protección jurídica, la que preserva la autono-
mía de los sujetos y la que entra a regular las condiciones y medios para el desarrollo de los
procesos deliberativos. Sujetos de derechos y objetos protegidos deben ser incorporados en
una normativa clara y racional, que potencie los derechos y al mismo tiempo, evite conflictos
normativos y problemas regulatorios que pueden terminar deslegitimándola y convirtiéndola
en ineficaz40.
En ese mismo sentido, se necesita que la institucionalidad creada para garantizar estos
derechos tenga un diseño adecuado, de manera que haga nada más de facilitadora de los
procesos que se generan socialmente en una esfera pública autónoma tanto de los poderes
políticos, como de los grandes intereses particulares que pueden intentar controlarla. Tal
diseño supone la presencia de mecanismos específicos tendentes a evitar distorsiones de de-
sempeño de esas nuevas instituciones facilitadoras, entre otras, “nuevas formas de clientelismo,
burocratización, instrumentalización […] silenciamiento o manipulación de los espacios
participativos”, tal y como advierte Boaventura de Souza Santos41.
Como están planteados en la Constitución de la República del Ecuador, los derechos
a la comunicación expresan claramente el sentido de la democracia como un proyecto en
permanente construcción, deliberativo, compartido y aprehendido por todos.
39 Sobre este punto, véase Ávila Santamaría, Ramiro, “Ecuador, Estado constitucional de derechos y jus-
ticia” en La Constitución del 2008 en el contexto andino. Análisis desde la doctrina y el derecho comparado,
MJDH, Quito, 2008.
40 Habermas advierte sobre estos peligros de deslegitimación e ineficacia de las normas que se derivan de
una Constitución, los que si no se evitan conducirían a la deslegitimación del mismo sistema demo-
crático. En ese sentido, siguiendo la fórmula del regulatorische Trilemma (trilema regulatorio) de Teub-
ner, Habermas ubica estos (potenciales) problemas regulatorios en tres ámbitos: a) una regulación que
se vuelve irrelevante cuando no responde a la realidad; b) una regulación excesiva que produce efectos
desintegradores en el campo que pretende regular (regulación en falso); y c) una regulación ambiciosa
que sobrecargue de obligaciones que no podrá cumplir al sistema jurídico (autodestrucción). Cfr. Fac-
ticidad y Validez, Trotta, Barcelona, 1998, pp. 467-8; y Teubner, Gunther, “Reflexives Recht: Entwic-
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41 Citado por Pomeroy, Melissa, op. cit., pp. 32-33.
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