Alva J.
McClain sobre La
grandeza del Reino Parte 2
PARTE 2: EL REINO MEDIADOR EN LA PROFE-
CÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO
[NOTA DEL EDITOR: Este artículo es el segundo de la
serie del Dr. McClain, ex presidente del Seminario Teoló-
gico Grace, que constituyó la conferencia en memoria de
W. H. Griffith Thomas en el Seminario Teológico de Da-
llas, del 9 al 12 de noviembre de 1954].
Puesto que este ámbito en el que vamos a adentrarnos es
en ciertos aspectos el más importante de toda la investiga-
ción, conviene decir algo a modo de introducción sobre la
naturaleza, interpretación y alcance de la profecía del
reino.
La naturaleza de la profecía del Reino
a. Visto desde un punto de vista, la profecía del reino sur-
ge de una situación histórica definida que existe inmedia-
tamente ante los ojos del profeta. Probablemente no hay
excepción a esta regla. Incluso en la profecía puramente
predictiva, o lo que algunos han llamado predicción apo-
calíptica, aunque el profeta no diga nada sobre la situa-
ción histórica inmediata, ésta proporciona el trasfondo de
lo que tiene que decir sobre el futuro. No existe la profe-
cía predictiva totalmente desvinculada de la historia.
b. A veces las profecías del reino tienen lo que se ha lla-
mado una "doble referencia", o lo que podría llamarse
más exactamente un carácter "apotelesmático". Como ha
escrito Delitzsch, "toda profecía es compleja, es decir, ve
en conjunto lo que la historia supera como separado: y
toda profecía es apotelesmática, es decir, ve de cerca el
giro más próximo y que hace época en la historia, la cum-
bre del fin". Es decir, al igual que una imagen carece de
la dimensión de la profundidad, la profecía carece a me-
nudo de la dimensión del tiempo: en la pantalla de la pro-
fecía aparecen acontecimientos cuyo cumplimiento puede
estar muy separado en el tiempo. Así, el estudiante puede
encontrar una profecía que se refiere a algún aconteci-
miento en un futuro próximo relacionado con la fase his-
tórica del reino, y también a algún acontecimiento lejano
relacionado con el Mesías y su reino milenario. Cuando
llega el primer acontecimiento, se convierte en la previ-
sión seria y divina del acontecimiento más lejano y final.
Un ejemplo excelente se puede encontrar en Isaías 13:17-
14:4, una predicción que comienza con la derrota de Ba-
bilonia por los medos, y se mueve de ese punto inmedia-
tamente a una Babilonia del fin de los tiempos. El mismo
fenómeno puede observarse en las profecías de la venida
del Rey Mesiánico, que la historia del Nuevo Testamento
"desenrolla" en dos advenimientos muy separados en el
tiempo. Tal visión de la profecía no significa un abandono
de su literalidad, como algunos han argumentado. La do-
ble predicción es literal y debe cumplirse literalmente:
Los medos han destruido la Babilonia histórica, y Dios
también destruirá literalmente una Babilonia futura. Cris-
to ha venido una vez literalmente; y volverá a irrumpir en
la corriente de la historia con no menos literalidad.
Interpretación de la profecía del Reino
Sin prestar demasiada atención a las variaciones indivi-
duales, he reducido los métodos importantes actuales a
tres, que he denominado literal, ecléctico y crítico, siendo
profundamente consciente de lo inadecuado de los meros
nombres. Como acostumbro a decir a mis alumnos, deben
sentirse libres de mejorar mis sugerencias, pero asegúren-
se de que las suyas son mejores que las mías.
El método literal. Probablemente este método nunca ha
sido expuesto mejor que por Ellicott: "El método verda-
dero y honesto de interpretar la Palabra de Dios [es] el li-
teral, histórico y gramatical". Este método, como sus
adherentes han explicado veces sin número, deja espacio
para todos los dispositivos y matices del lenguaje, inclu-
yendo el uso de la figura, la metáfora, el símil, el símbolo
y la alegoría. en su crítica de este método literal, la mayo-
ría de sus críticos han sido culpables de un "literalismo
más craso" que nunca utilizado por cualquier adherente
reputado del método en su aplicación a la Palabra de
Dios. Ciertamente, el método literal no está exento de
problemas, pero estos problemas son sólo los que surgen
naturalmente de la naturaleza del lenguaje humano. Bási-
camente, el método es extremadamente sencillo. Por
ejemplo, el Salmo 72:6 habla del Rey Mesiánico de la si-
guiente manera: "Descenderá como la lluvia sobre la
hierba segada". Aquí tenemos una venida literal: el Se-
ñor "descenderá". También el efecto de su venida es lite-
ral, aunque en este caso se describe mediante un símil:
"como lluvia sobre la hierba segada". Si alguna vez han
visto el glorioso efecto de una lluvia de verano que cae
sobre un campo de hierba que ha sido cortada, entonces
tendrán alguna idea de lo que será el efecto literal de la
venida de nuestro Señor sobre un mundo atribulado. Por
supuesto, si desea apartarse del simple sentido común,
puede decir que en este texto "hierba" representa a la
iglesia en Pentecostés; "segado" representa el estado no
santificado de los discípulos en esa ocasión; y, la "lluvia"
representa el don del Espíritu Santo. Una vez lanzados al
mar de las conjeturas, no es de extrañar que los intérpre-
tes lleguen finalmente a puertos extraños, tan alejados de
la realidad como la "hermosa isla de algún lugar".
En un libro relativamente reciente escrito por Oswald T.
Allis bajo el título La Profecía y la Iglesia, el autor, en el
curso de su argumentación antimilenial, hace un curioso
ataque al método literal de interpretación profética. Pri-
mero critica severamente a algunos escritores premilenia-
listas por estar más preocupados por la "interpretación tí-
pica" que por la historia del Antiguo Testamento de la que
se recogen los supuestos tipos. Esta crítica bien podría to-
marse a pecho. Pero luego Allis continúa quejándose de
que, "Si Rut puede dar 'una visión anticipada de la Igle-
sia', si 'la interpretación más amplia' de los Cantares de
Salomón concierne a la Iglesia, ¿por qué la Iglesia debe
estar ausente de las gloriosas visiones de Isaías?". Ahora
bien, me resulta difícil creer que el muy capaz e inteligen-
te autor de estas palabras no sepa exactamente lo que está
haciendo, aunque un lector descuidado podría no enten-
derlo. Reducido a una simple declaración, su argumento
es que si nosotros los premilenialistas estamos dispuestos
a tomar la historia del Antiguo Testamento típicamente,
no debemos oponernos a tomar la profecía del Antiguo
Testamento típicamente. "Al tratar con la profecía," Allis
escribe, nuestro "tratamiento premilenial es marcado por
un literalismo que se niega a reconocer tipos." Esto pare-
ce a Allis "sorprendentemente inconsistente" en nuestro
pasado.
De hecho, la incoherencia está en Allis y en su falaz argu-
mento. Nuestra respuesta es la siguiente: Primero, los
premilenialistas toman tanto la historia como la profecía
literalmente. Podemos ciertamente, dentro de los límites
apropiados, encontrar en la historia ciertos tipos y som-
bras de cosas por venir, pero nadie entre nosotros en su
sano juicio cuestionó jamás la literalidad de la historia.
Pero, ¿y el autor de La profecía y la Iglesia? Bueno, Allis
acepta la historia como literal, pero niega la literalidad de
la profecía, al menos en ciertas áreas del Antiguo Testa-
mento, ¡e insiste en que la interpretación típica es la úni-
ca! Si Allis estuviera tan dispuesto a aceptar la literalidad
de la profecía del Antiguo Testamento como lo está de su
historia, no pondría ninguna objeción seria si encontrara
algunos "tipos" legítimos en ambos. Sin embargo, insisti-
ría en que, al igual que en cualquier interpretación correc-
ta de la historia del Antiguo Testamento José es siempre
José y no Cristo, en la profecía Israel es siempre Israel y
nunca la Iglesia. Esto no significa que el predicador nun-
ca deba tomar una profecía concerniente a Israel y apli-
carla a la iglesia. Pero siempre debe saber de qué está ha-
blando, y asegurarse de que sus oyentes lo sepan.
Después de todo, existe una diferencia fundamental entre
la historia bíblica y la profecía que no debe pasarse por
alto. La historia trata de un acontecimiento literal, que
puede ser o no un tipo que apunta a algún acontecimiento
futuro. Así, un tipo parece ser siempre de naturaleza pro-
fética. Como escribió en una ocasión William G. Moore-
head: "Un tipo siempre prefigura algo futuro". Un tipo es-
critural y una profecía predictiva son en sustancia lo mis-
mo, diferenciándose sólo en la forma". Por otro lado, la
profecía (predictiva) trata directamente con la realidad fu-
tura. Hablar de una "interpretación típica" de la profecía,
por tanto, ¡es algo así como decir que la profecía debe in-
terpretarse proféticamente! Quizás ayudaría a aclarar las
cosas si pudiéramos deshacernos de todos los adjetivos, y
utilizar simplemente el término interpretación solo en su
sentido primero y original, "dar el significado de". A par-
tir de ahí podríamos hablar de otras cosas, como tipos y
aplicaciones. Esto es lo que entendemos por interpreta-
ción literal.
El método ecléctico. A veces se le denomina método "es-
piritual", por ser la "espiritualización" su rasgo más dis-
tintivo. El gran padre de la Iglesia Orígenes es considera-
do generalmente como el creador de este método, aunque
en sus mejores momentos insistió en...una interpretación
gramatical exacta del texto como base de toda exégesis".
Orígenes era platonista en filosofía, lo que explica mu-
chas cosas en su teología. En sus manos, el método espi-
ritualizador de la interpretación bíblica se convirtió en
una herramienta útil para oponerse a la doctrina de un go-
bierno milenario literal de Cristo en la tierra, algo que
ningún platonista coherente podría aceptar.
El término espiritual debe rechazarse, creo firmemente,
como nombre propio del método antiliteral de interpreta-
ción, al menos por dos razones: En primer lugar, la pala-
bra espiritual es demasiado fina para cederla sin protestar
por usos erróneos; y en segundo lugar, nunca se supo de
nadie de importancia que empleara el esquema "espiritua-
lizador" de forma consistente y exclusiva. Por ejemplo, el
Dr. Shedd habla despectivamente de lo que él llama "la
época floreciente del Milenarismo", y encuentra que esta
época fue causada principalmente por la adopción de "la
interpretación literal de las profecías del Antiguo Testa-
mento" en oposición al método espiritual. Pero hay que
decir en favor de este hábil erudito que él mismo no utili-
zó exclusivamente el método "espiritualizante", ni siquie-
ra en su enfoque de las profecías del Antiguo Testamento.
Sólo recurrió a él bajo el hechizo de sus muy estrechas e
inadecuadas nociones sobre el reino. Otras veces, en sus
interpretaciones bíblicas, el Dr. Shedd llegó a ser tan lite-
ral como los "literalistas" a los que critica. Sin duda debe-
mos dar gracias a Dios de que no todos los hombres son
lógicamente consistentes al sostener sus opiniones erró-
neas. Lo que puede suceder cuando los hombres se des-
prenden de la literalidad puede verse en la exposición de
Gregorio Magno del libro de Job, donde aprendemos que
los tres amigos del partiarca denotan a los herejes; sus
siete hijos son los doce apóstoles; sus siete mil ovejas son
el pueblo fiel de Dios; y sus tres mil camellos jorobados
son los gentiles depravados.
En realidad, por tanto, el esquema antimilenarista de in-
terpretación profética es ecléctico, pues emplea tanto el
método espiritualizador como el literal.
El método crítico. Los partidarios de este método consi-
deran la Biblia en su mayor parte como una colección de
escritos humanos que exponen las experiencias religiosas
de los hombres en su búsqueda de Dios. Dado que fue es-
crita por hombres, la Biblia debe ser tratada como otros
libros escritos por hombres. Sin sentirse obligados a de-
fender ninguna doctrina de inspiración bíblica o infalibili-
dad, se mueven por la literatura bíblica arrojando cerillas
encendidas en cualquier lugar y en todas partes, sin im-
portarles lo que se pueda quemar. Lo único bueno de esta
actitud es que se permite que la Biblia hable por sí misma
literalmente. Si la Biblia dice algo que a estos hombres
les parece contradecir la historia o la ciencia, tanto peor
para la Biblia. Simplemente rechazan lo que dice. Entre
los miembros más moderados de esta escuela de interpre-
tación se encuentra el difunto A. B. Davidson, que no
deja lugar a dudas sobre su actitud hacia las profecías del
Antiguo Testamento relativas a Israel y al reino venidero.
La cuestión de la interpretación aquí, argumenta, es "do-
ble". La primera pregunta es, ¿qué quisieron decir los
profetas? "Y a esta pregunta puede darse una sola res-
puesta", escribe Davidson: "Su significado es el sentido
literal de sus palabras" (la cursiva es mía). La segunda
pregunta tiene que ver con el cumplimiento de las profe-
cías. De nuevo dejemos que Davidson responda a su pro-
pia pregunta con sus propias palabras: "No hay duda en
cuanto al significado de las profecías del Antiguo Testa-
mento; la cuestión es hasta qué punto este significado es
válido ahora" (las cursivas son mías - "Escatología", Dic-
cionario Bíblico de Hasting, I, 73). Aunque podamos la-
mentar su conclusión, al menos la franqueza de Davidson
es refrescante.
El alcance de la profecía del Reino
En un sentido muy real, toda la profecía mesiánica del
Antiguo Testamento es profecía del reino. Incluso las pre-
dicciones que tratan de la humillación y los sufrimientos
del Mesías no pueden separarse del contexto de la gloria
real. Como Archibald M'Caig ha observado acertadamen-
te en relación con el gran período profético de la historia
del Antiguo Testamento: "Todas las profecías tienen más
o menos un tinte real, y el que viene es preeminentemente
el rey que viene" (M'Caig, "King, Christ as", Internatio-
nal Standard Bible Encyclopaedia, III, 1802).
En general, podemos decir que la profecía del Antiguo
Testamento sobre el futuro reino mediador de Dios co-
mienza con unas pocas referencias dispersas en el Penta-
teuco; se abre claramente en los registros del reino histó-
rico; crece en volumen y brillo a medida que el reino his-
tórico declina; y llega a su fin en Malaquías.
Este material es tan extenso que en estas conferencias no
se puede hacer ningún intento de presentar una lista
exhaustiva de referencias; tampoco intentaré tratar las
ideas en el orden de su enunciación histórica. Sólo puedo
exponer en forma muy condensada una serie de generali-
zaciones, apoyadas por material seleccionado pero repre-
sentativo del texto inspirado, según lo permita el tiempo.
La cuestión que se nos plantea es, pues: ¿Qué dicen los
profetas del Antiguo Testamento sobre el reino futuro? Si
su concepción es idéntica o no al reino anunciado en los
Evangelios es una cuestión que trataremos en una confe-
rencia posterior.
La literalidad del Reino venidero
Este reino de la profecía del Antiguo Testamento no es
meramente un reino ideal como el "reino de los fines"
kantiano, algo hacia lo que el hombre debe esforzarse
siempre pero nunca alcanzar. Por el contrario, será tan
real y literal en el ámbito de la experiencia sensorial
como el reino histórico de Israel o el reino actual de Gran
Bretaña. Todas las profecías, desde la primera hasta la úl-
tima, afirman e implican esta literalidad: en detalles como
su gobernante (Is 33,17), su ubicación geográfica (Is
14,1-2), sus ciudadanos (Jer 23,3-6), su capital (Is 2,5),
las naciones implicadas (Is 11,11) y otros muchos detalles
que aparecerán en el curso de este estudio.
Merece especial atención el hecho de que los profetas
describen el reino venidero como un reino que destruirá y
suplantará a otros reinos literales (Dan 2, 7). En efecto, el
reino divino desciende del cielo, pero el campo de acción
está en la tierra, donde el reino celestial suplanta a los rei-
nos literales y funciona en su lugar. No queda lugar para
un vacío sin llenar en la historia humana. Además, los
profetas insisten en que el reino venidero será en realidad
un renacimiento y restauración del reino del Antiguo Tes-
tamento de la historia: "el antiguo dominio" será devuel-
to a la nación de Israel en la ciudad de Jerusalén (Miq
4:1, 7, 8); el tabernáculo de David, que está caído, será de
nuevo levantado por el poder divino, "como en los días
de antaño" (Am 9:11). En todos estos y otros mil detalles
hay un sabor inconfundible de literalidad.
Y para que no haya malentendidos sobre este punto, per-
mítanme decir que no estoy utilizando el término literal
como absolutamente opuesto al término espiritual. Inclu-
so las cosas espirituales son literales; de hecho, son las
más literales de todas en todo el ámbito de la realidad.
Por literalidad aquí quiero decir que los detalles proféti-
cos del reino venidero serán tangibles en el mundo de la
experiencia sensorial: "Tus ojos verán al Rey... verán la
tierra" (Is 33,17); y "Toda carne la verá juntamente" (Is
40,5). Con tales palabras ante nosotros, por tanto, no de-
beríamos apresurarnos a criticar la literalidad de los pri-
meros apóstoles cuando preguntaron a Cristo resucitado:
"Señor, ¿restaurarás de nuevo el reino a Israel en este
momento?". (Hch 1,6).
El futuro establecimiento del Reino
El tiempo de su establecimiento, para los profetas, a ve-
ces parece estar muy cerca: Hageo dice que vendrá en
"muy poco tiempo" (2:6-9 ); Isaías dice, "muy poco
tiempo" (29:17). Sin embargo, otras predicciones indican
que el reino está lejos en el futuro, después del lapso de
"muchos días" (Os 3:4, 5), o en los "últimos días" (Is
2:2). Sin duda, la reconciliación de estas predicciones
puede hallarse en la mente divina, para la cual nuestros
muchos días son sólo muy poco tiempo.
El establecimiento del reino siempre va precedido de jui-
cios divinos. Habrá una preparación militar mundial y
guerras devastadoras entre las naciones (Joel 3:9-16;
Isaías 3:25-4:1): grandes perturbaciones cósmicas que
afectarán a los cuerpos celestes (Joel 2:30-31); un juicio
especial sobre la nación de Israel que acompañará su rea-
grupación en la tierra del reino prometido (Ezequiel
20:35, 33):35, 33); y también un juicio especial sobre las
naciones gentiles vivas, basado principalmente en el trato
que han dado a Israel, a quien han dispersado entre las
naciones y despojado de su plata y oro (Joel 3:1-8). Algu-
nos de estos juicios divinos caerán sobre la tierra misma,
haciéndola "tambalearse como un borracho"; todo esto
precederá a aquel glorioso día "en que Jehová de los
ejércitos reinará en el monte de Sion y en Jerusalén"
(Isaías 24:17-23).
Así pues, la llegada del reino en forma establecida será un
acontecimiento que sacudirá el mundo. Aunque la obra
divina de preparación pueda parecer a veces casi intermi-
nable, su establecimiento real no será un proceso largo y
gradual, tan imperceptible a veces que los escépticos po-
drán discutir si existe tal cosa como un reino de Dios. Por
el contrario, la venida del reino será repentina, sólo com-
parable a la caída de una gran piedra del cielo; sobrenatu-
ral en su descenso como una piedra "cortada sin ma-
nos"; y catastrófica en sus efectos inmediatos, destruyen-
do los gobiernos de la tierra tan completamente que no se
podrá encontrar ni rastro de ellos (ver Dan 2, 7).
El soberano de este reino futuro
Los nombres y títulos aplicados al Rey venidero indican
que será de naturaleza tanto humana como divina. Se le
llama "hombre" (Is 32:1, 2), "hijo de hombre" (Dan
7:13, 14), "hijo" de Dios (Sal 2:7), "vástago del tronco
de Jesé" (Is 11:1), "rama justa de David" (Jer 23:5),
"Dios" y "Señor Jehová" (Is 40:9, 10), "Maravilla de
Dios" (Is 40:9, 10):5), "Dios" y "el Señor Jehová" (Is
40:9, 10), "Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre
Eterno, Príncipe de Paz" (Is 9:6, 7).
Será perfecto en carácter, sabiduría y capacidad. El Es-
píritu de Dios descansa sobre él en sabiduría, entendi-
miento, consejo, poder, conocimiento y temor del Señor;
la justicia es el cinto de sus lomos, y la fidelidad el ceñi-
dor de sus riendas (Is 11:1-5). No se abre camino hacia el
poder por los medios ordinarios de la demagogia o la
fuerza militar; su voz no se oye en la calle y no quebrará
la caña cascada; sin embargo, a diferencia de otros gober-
nantes y estadistas, "no desfallecerá ni se desalentará
hasta que ponga juicio en la tierra" (Is 42,1-4).
Pero frente a esta gloria claramente revelada, hay una
profunda nota de misterio en la carrera del Rey venidero.
En la profecía del Antiguo Testamento se le presenta
como un hombre de dolor, despreciado y rechazado por
los hombres; herido, magullado, afligido y moribundo por
las iniquidades de los hombres (Is 53). Es el gran pastor
de Israel, pero es herido por la espada de Dios y las ove-
jas se dispersan (Zac 13,7; cf. Is 40,9-11). Es el "Mesías
Príncipe" de Israel, soberano de las naciones, y sin em-
bargo es "cortado" y no tiene nada de lo que pertenece a
su gloria real (Dan 9:25, 26).
Este misterioso problema no pasó del todo desapercibido
para los rabinos judíos; algunos pensaban que podría ha-
ber dos Mesías, uno el "hijo de José" que moriría, el otro
el "hijo de David" que reinaría en la gloria. Otros erudi-
tos judíos aplicaron las profecías del sufrimiento a la na-
ción de Israel personificada, un punto de vista favorecido
por la interpretación judía moderna. Estas soluciones pro-
puestas, sin embargo, parecen ser definitivamente de ori-
gen postcristiano, y fueron motivadas probablemente por
el antagonismo judío hacia la interpretación cristiana de
la profecía del Antiguo Testamento. Es muy dudoso que
alguien, teniendo sólo las Escrituras del Antiguo Testa-
mento y sin ningún conocimiento de la historia cristiana,
pudiera o llegara alguna vez a una solución correcta del
problema: es decir, no dos Mesías, sino un Mesías con
dos venidas separadas por un vasto abismo en el tiempo.
Sabemos, sin embargo, que los propios profetas del Anti-
guo Testamento consideraron seriamente el problema en
la época precristiana. Estos hombres vieron claramente
los sufrimientos y la gloria del Mesías; también compren-
dieron la secuencia de los acontecimientos: los sufrimien-
tos serían lo primero, y la gloria "seguiría". Pero la rela-
ción temporal entre ambos era un problema sin resolver
para los profetas del Antiguo Testamento, aunque busca-
ron en sus propios escritos inspirados para descubrir "qué
tiempo o qué manera de tiempo" se significaba (1 Pe
1:9-11, ASV). Si esta relación temporal fue alguna vez re-
velada con exactitud a los profetas, las Escrituras guardan
silencio absoluto sobre tal revelación. Y este silencio se
convertirá en un hecho de gran importancia cuando lle-
guemos más tarde a los registros evangélicos y pregunte-
mos: ¿Fue el reino pospuesto en algún sentido?
La naturaleza del gobierno en el Reino
El Reino Mediador, tal como se expone en la profecía del
Antiguo Testamento, es monárquico en su forma. El go-
bernante se sentará en un "trono" y el gobierno estará
"sobre su hombro" (Is 9:6, 7). Recibe su autoridad y la
ostenta por concesión divina: es el rey de Dios, estableci-
do en su trono por Dios mismo (Sal 2:6; Dan 7:14). Su
gobierno se caracterizará por la severidad, pero una seve-
ridad basada en la justicia y la rectitud absolutas (Sal 2:7-
9; Is 11:4a). Y aunque gobernará a las naciones con vara
de hierro, tratará con infinita ternura a los mansos y nece-
sitados, recogiendo en sus brazos a los corderos y lleván-
dolos en su seno (Is 40:10, 11).
En su organización externa, los profetas imaginan el reino
con el rey mediador a la cabeza; asociados a él están los
llamados "príncipes" (Is 32:1); los "santos" poseen el
reino, sin duda los salvados de los días del Antiguo Testa-
mento (Dan 7:18, 22, 27); a la nación viva de Israel se le
da el primer lugar de favor y autoridad en la tierra, y la
nación que se rebele contra ella perecerá (Is 60:3, 10, 12).
Los súbditos de este reino incluirán a "todos los pueblos,
naciones y lenguas" (Dan 7:14), aunque ciertos pasajes
sugieren un sometimiento involuntario por parte de algu-
nos, punto que trataré más adelante.
Todas las funciones del gobierno se centran en la persona
del rey mediador. El profeta Isaías lo ve y lo nombra
"juez", "legislador" y "Rey", una notable previsión de
las divisiones convencionales del gobierno moderno: ju-
dicial, legislativo y ejecutivo (Is 33:22). Los padres fun-
dadores de nuestro propio gobierno estadounidense, abor-
dando su tarea con una profunda sospecha de la naturale-
za humana, diseñaron un sistema de controles y equili-
brios para separar estos tres departamentos y evitar que
cualquiera de ellos obtuviera demasiado poder. Aunque a
veces parezca torpe, despilfarrador e ineficaz, nuestro go-
bierno ha proporcionado un bienvenido refugio para la li-
bertad personal en un mundo como éste, y seguirá hacién-
dolo, si conseguimos conservarlo. Pero esta no es la for-
ma más ideal de gobierno. Cuando el glorioso Rey de
Dios se apodere de los reinos de la tierra, por fin será se-
guro concentrar todas las funciones del gobierno en una
sola Persona. Esto no significa que lo hará todo, sino más
bien que será la cabeza directora y la autoridad final; pro-
porcionando así un centro unificador, a la vez infinita-
mente sabio y bueno, para todas las actividades de go-
bierno, algo que ningún gobierno en la tierra ha tenido ja-
más.
Extensión y duración del Reino
"En aquel día", declara el profeta Zacarías, "el Señor
será rey sobre toda la tierra" (14,9). Y el Salmista des-
cribe el alcance de su gobierno con mayor detalle aún:
"Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confi-
nes de la tierra. Los que habitan en el desierto se incli-
narán ante él; y sus enemigos lamerán el polvo.... Y to-
dos los reyes se postrarán ante él; todas las naciones le
servirán" (72:8-11). En vez de considerar el gobierno
como un mal necesario -cuanto menos haya, mejor- el go-
bierno benéfico del reino mediador impregnará y afectará
todos los departamentos de la vida humana: "En aquel
día habrá sobre los cascabeles de los caballos, SANTI-
DAD AL SEÑOR.... Sí, toda vasija en Jerusalén y en
Judá será santidad para el Señor de los ejércitos" (Zac
14:20-21). Esa distinción artificial y popular entre lo se-
cular y lo sagrado desaparecerá en la presencia inmediata
del Rey que es el dador y sustentador de todo lo que exis-
te.
El gobierno y el poder de este reino nunca sufrirán ningu-
na disminución o retroceso, como son comunes con los
gobiernos ordinarios: "Lo dilatado de su imperio y la paz
no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su
reino, para ordenarlo y confirmarlo con juicio y con
justicia desde ahora y para siempre". Esto se debe a que
su fundamento no está en el hombre, sino en Dios: "El
celo del Señor de los ejércitos logrará esto" (Is 9,7). Y
uniendo en un solo pasaje las dos ideas de universalidad y
eternidad, Daniel describe el gobierno del Rey mediador
como un dominio que se extiende sobre todos, y también
"un dominio eterno, que no pasará" y "que no será
destruido" (7:14). El trono de este reino perdura para
siempre porque, como declara el Salmista, es "Tu trono,
oh Dios" (45:6).
El carácter extensivo del Reino
Un examen de cómo y dónde funciona el reino en la vida
humana arrojará luz sobre su vasta extensión. Su estable-
cimiento producirá cambios radicales en todos los ámbi-
tos de la actividad humana, de tal alcance que Isaías habla
de su escenario como "una tierra nueva" (65:17). Todas
las necesidades de la humanidad serán previstas y atendi-
das: "Antes de que clamen", dice Dios, "responderé" (Is
65,24). En su mayor parte, las diversas visiones actuales
del reino son demasiado estrechas; al concentrarse en al-
gún aspecto, los hombres se han perdido la riqueza y la
grandeza del reino. En ninguna parte de la Escritura se re-
vela tan claramente su gran variedad como en los profetas
del Antiguo Testamento, que vieron el reino venidero fun-
cionando en al menos seis ámbitos importantes:
El reino será de naturaleza espiritual. Traerá la salvación
personal de la mano de Dios (Is 12:1-6), el perdón divino
de los pecados (Jer 31:34), la provisión de la propia justi-
cia de Dios para los hombres (Jer 23:3-6), la limpieza
moral y espiritual, un corazón nuevo y un espíritu nuevo
(Ez 36:24-28), la armonía interior con las leyes del reino
(Jer 31:33), el reconocimiento por parte de los hombres
de todas las naciones de que Jehová es el Dios verdadero,
el Dios capaz de responder a la oración (Zac 8:20-23), el
restablecimiento de la alegría y el gozo auténticos en la
vida humana (Is 35:10) y el derramamiento del Espíritu
de Dios "sobre toda carne" (Joel 2:28).
Las bendiciones espirituales enumeradas anteriormente
son sólo algunas de las muchas que el reino trae a un
mundo pecador y necesitado. No tengo nada en contra del
dictamen de los escritores que insisten en que el reino es
"espiritual", a menos que insistan en una definición del
término que sea exclusivamente platónica, o a menos que
sean tan necios como para negar que un reino espiritual
pueda funcionar en un mundo de experiencia sensorial.
De hecho, no sería erróneo decir que el reino de la profe-
cía del Antiguo Testamento es básicamente "espiritual",
pero un reino que produce efectos tangibles en todos los
ámbitos de la vida humana.
El reino será ético en sus efectos. Por fin habrá una esti-
mación adecuada de los valores morales en la vida huma-
na; el necio ya no será llamado noble (Is 32:5); las tinie-
blas no serán llamadas luz. Un ajuste de las desigualdades
morales barrerá todos los departamentos de las relaciones
humanas (Is 40:3-5). La retribución moral se convertirá
por fin en un asunto individual: los hombres ya no dirán:
"Los padres han comido una uva agria, y los dientes de
los hijos están en punta. Pero cada uno morirá por su
propia iniquidad" (Jer 31:29-30): eliminando así uno de
los mayores escollos actuales para la creencia racional en
un universo moral.
El reino traerá grandes cambios sociales y económicos.
Todas las guerras serán eliminadas (Zac 9:10). Pero en lu-
gar de abolir las artes y las ciencias que hoy contribuyen
a los horrores y la destrucción de la guerra, estas cosas se
convertirán en usos económicos: la espada se convertirá
en reja de arado y la lanza en podadera; y, supongo, el
material de la bomba atómica generará energía e ilumina-
rá las tinieblas (Is 2:4). Las sanciones divinas inaugurarán
una era de paz mundial que no volverá a terminar jamás
(Is 9,7). La justicia social será por fin una realidad, y no
un mero discurso de políticos egoístas: Los hombres reci-
birán y disfrutarán realmente de lo que producen; uno no
construirá una casa y otro vivirá en ella (Is 65,21-22). Los
débiles, los pobres y los ignorantes ya no serán objeto de
explotación económica, sino que serán redimidos del
"engaño y la violencia" porque son "preciosos" a los
ojos del gran Rey (Sal 72:1-4, 12-14). Con una completa
justicia social y económica para todos, todo en la vida hu-
mana será fomentado con ternura. El inválido sin espe-
ranza no será relegado al trágico consuelo de la eutanasia;
ni el niño retrasado será clasificado definitiva y rígida-
mente en un nivel fijo de capacidad; "no quebrará la ca-
ña cascada, ni apagará el pábilo que arde débilmente"
(Is 42:3, ASV). Incluso ese obstinado obstáculo para el
entendimiento humano y la concordia internacional, la
barrera de las lenguas, será aparentemente derribado. "La
discordia de Babel dará lugar, por así decirlo, a la uni-
dad de lenguas". La filosofía, la ciencia y la religión
convivirán en armonía, al alcance de todos (Is 33:6).
El reino tendrá efectos políticos. Con su establecimiento
en la tierra, se creará una autoridad central para la adjudi-
cación y resolución de disputas internacionales; y esta au-
toridad no sólo tendrá la sabiduría necesaria para tomar
decisiones justas e imparciales, sino también el poder
para hacerlas cumplir: "De Sión saldrá la ley y de Jeru-
salén la palabra del Señor, que juzgará a las naciones"
(Is 2,3-4). Así, el recurso a la guerra será innecesario e
inútil. La seguridad nacional, ese espejismo político de
estadistas inquietos, estará garantizada para todos. La
ciencia militar quedará obsoleta: "No aprenderán más la
guerra" (Is 2,4). El problema internacional del judío, que
es ciertamente político en parte, será resuelto permanen-
temente por la restauración divina de este pueblo a su
propia tierra (Amós 9:14-15), y por el restablecimiento y
unificación del estado judío: "Una nación en la tierra...
y un rey será rey de todos ellos; y no serán más dos na-
ciones, ni serán más divididos en dos reinos" (Ez 37:22-
24). El actual Estado judío de Palestina indica una ten-
dencia hacia el cumplimiento de la profecía, pero nunca
podrá alcanzarse una solución permanente sin la interven-
ción divina por parte del Rey mediador (Zac 12:3-9).
El reino tendrá efectos eclesiásticos. Su gobernante com-
binará en su propia persona los oficios de Rey y Sacerdo-
te (Sal 110; cf. Zac 6:13). De este modo, la Iglesia y el
Estado se convertirán en uno en propósito y acción, lo
cual es ciertamente la combinación ideal si, como enseña
la Palabra de Dios, no hay más que una religión verdade-
ra. La política estadounidense de separación completa de
la Iglesia y el Estado, que apruebo plenamente en las con-
diciones actuales, no es sin embargo la política ideal, sino
más bien una política de seguridad en un mundo pecami-
noso donde el poder político y eclesiástico cae con dema-
siada frecuencia en las manos equivocadas. En los días
del reino venidero se establecerá en la tierra un santuario
central, al que acudirán hombres de todas las naciones
para adorar al único Dios verdadero, cuya gloria se reve-
lará visiblemente en el Rey mediador (Ez 37,26-28; 43,1-
7). Con esta revelación, lo que llamamos "libertad reli-
giosa" llegará a su fin, y el sueño del hombre de unidad
religiosa se convertirá en una realidad, asegurada por san-
ciones divinamente impuestas dondequiera que se oponga
activamente (Zac 14:16-19).
Se ha objetado (descuidadamente, creo) que un santuario
central en Jerusalén para la adoración sería un paso atrás,
invirtiendo el principio espiritual y universal establecido
por nuestro Señor cuando dijo a la mujer samaritana:
"Llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
adoraréis al Padre..... Los que le adoran deben adorarle
en espíritu y en verdad" (Juan 4:21-24). Esta objeción no
tiene nada que ver con el sentido del pasaje. Nuestro Se-
ñor no estaba aboliendo el culto en la ciudad de Jerusalén
(hoy en día hay iglesias allí), sino que estaba añadiendo la
idea de universalidad a la idea histórica del culto localiza-
do. El restablecimiento de un santuario central en Jerusa-
lén para el culto internacional no restará más valor al
principio de universalidad que el hecho de que el obispo
Oxnam vaya a la Primera Iglesia Metodista de su ciudad
el próximo domingo por la mañana. La suposición de que
la universalidad y la localidad en el culto son ideas mu-
tuamente excluyentes no está justificada ni por la razón ni
por la revelación. Objeciones como ésta surgen del pre-
juicio, no de la lógica.
El reino tendrá efectos físicos. Las dolencias corporales
serán curadas y las enfermedades controladas por preven-
ción divina (Is 35:5-6; 33:24). Se restaurará la longevidad
de la vida: de hecho, se sugiere que la crisis de la muerte
física sólo la experimentarán aquellos individualistas in-
corregibles que se rebelen contra las leyes del reino (Is
65:20, 22). Los peligros ordinarios de la vida física, tan
trágicos y desgarradores hoy en día, estarán entonces bajo
control sobrenatural (Is 65:23; Ez 34:23-31). En ese día,
algunos libros modernos de ética quedarán en gran medi-
da obsoletos: como por ejemplo, Durant Drake ha escrito:
"Cuando hemos hecho lo mejor que hemos podido, segui-
mos estando a merced de la fortuna....". Si todos los hom-
bres fueran perfectamente virtuosos, aún estaríamos a
merced de las inundaciones y los rayos, las serpientes ve-
nenosas, los icebergs y la niebla en el mar, mil formas de
accidentes y enfermedades, la vejez y la muerte. El mile-
nio no traerá la felicidad pura al hombre; es una criatura
demasiado débil en presencia de fuerzas a las que no pue-
de hacer frente" (Problemas de conducta, edición revisa-
da, 1920, p. 168).
La respuesta de los profetas a todo esto es que en el reino
venidero los hombres "no trabajarán en vano, ni darán
a luz para calamidad" (Is 65:23, ASV). Porque la tierra
en ese día estará bajo el control directo de Uno cuya voz
incluso los "vientos y las olas obedecen".
La inauguración del reino, además, estará marcada por
tremendos cambios geológicos (Zac 14:3-4; Ez 38:19-
20); y estos cambios podrían muy naturalmente provocar
las correspondientes alteraciones climáticas, haciendo
que las regiones baldías de la tierra se vuelvan fructíferas
y "florezcan como la rosa" (Is 35:1, 6, 7). Al mismo
tiempo se producirá un gran aumento de la fertilidad y
productividad del suelo, de modo que "el labrador aven-
tajará al segador" (Amós 9:13). Incluso en el mundo
animal se producirán algunos cambios notables: "Tam-
bién el lobo morará con el cordero... y un niño los pas-
toreará.... No harán daño ni destruirán en todo mi santo
monte, dice el Señor" (Is 11,6.9).
Tal es la extensa naturaleza del reino mediador tal como
lo presentan los profetas del Antiguo Testamento. Y para
terminar, me gustaría sugerir que satisface y reconcilia to-
dos los puntos de vista legítimos. El reino es espiritual;
con efectos que son éticos, sociales, económicos, políti-
cos, eclesiásticos y físicos. Destacar cualquiera de estos
importantes aspectos y negar validez a los demás es estre-
char imprudentemente la amplitud de la visión profética y
poner límites a las posibilidades de la vida humana en la
tierra bajo Dios.
Artículo adaptado de BSac 112:446 (abril de 1955), pp.
108-124.