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Hombres Piadosos (Portavoz de La Gracia #192) (Spanish Edition)

El documento explora la verdadera piedad a través de las enseñanzas de varios autores, destacando su definición, características y la importancia de vivir conforme a los principios cristianos. Se enfatiza que la piedad no es simplemente moralidad, sino una relación profunda y transformadora con Dios, que se manifiesta en la vida del creyente. Además, se abordan temas como el amor conyugal, la influencia del carácter piadoso en la familia y los desafíos que enfrentan los jóvenes en su camino hacia la piedad.
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Hombres Piadosos (Portavoz de La Gracia #192) (Spanish Edition)

El documento explora la verdadera piedad a través de las enseñanzas de varios autores, destacando su definición, características y la importancia de vivir conforme a los principios cristianos. Se enfatiza que la piedad no es simplemente moralidad, sino una relación profunda y transformadora con Dios, que se manifiesta en la vida del creyente. Además, se abordan temas como el amor conyugal, la influencia del carácter piadoso en la familia y los desafíos que enfrentan los jóvenes en su camino hacia la piedad.
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PORTAVOZ DE LA GRACIA

192s
Hombres piadosos

2
CONTENIDO
Descripción de la verdadera piedad
Benjamín Keach (1640-1704): descripción de la piedad bíblica usando un
personaje alegórico, Verdadera Piedad, al estilo de los de El progreso de
peregrino, por Bunyan.
La naturaleza del hombre íntegro
Richard Steele (1629-1692): un perfil del hombre piadoso y un examen de
su corazón: su odio por el pecado, su amor por la pureza, su devoción y su
sinceridad.
Señales y características del hombre piadoso
Thomas Watson (c. 1620-1686): un retrato detallado del conocimiento, la
fe y la adoración del hombre piadoso sumado a su amor por Cristo, la
Palabra y la oración.
Maridos, amen a sus esposas
William Gouge (1575-1653): una exhortación cuidadosa y reflexiva
explicando las numerosas maneras como el amor de Cristo por su iglesia se
aplica al amor del hombre por su esposa.
Conversión de los miembros de la familia
Samuel Lee (1627-1691): una disertación práctica sobre el impacto de la
vida del hombre sobre cada miembro de su familia: cómo su carácter
piadoso puede ser usado por el Señor para la conversión de su familia y
cómo su conducta pecaminosa puede ser un obstáculo para ella.
La ira del padre piadoso
John Gill (1697-1771): un intento concienzudo por explicar los peligros y
tristes consecuencias de la ira pecaminosa de un padre de familia.
Amenazas a la piedad del joven
John Angell James (1785-1859): la falta de límites, una autoestima
altanera, los entretenimientos pecaminosos, las malas compañías, las malas
mujeres y las fiestas inmorales están al acecho para quitarles a los jóvenes
sus esperanzas de ser piadosos cuando salen del hogar de sus padres.
Cómo restaurar la verdadera piedad del hombre
Charles Spurgeon (1834-1892): Cristo Jesús, hombre, y lo que soportó por
los impíos es la única esperanza para restaurar la piedad del hombre.
Recursos de Chapel Library
Portavoz de la Gracia es un compendio semestral de sermones y artículos
clásicos cristianos. Cada número enfoca un tema distinto. Portavoz es
provechoso para estudio personal, discipulado, culto familiar y preparación

3
de sermones.

4
DESCRIPCIÓN DE LA VERDADERA PIEDAD
Benjamín Keach (1640-1704)
TIENDOla Verdadera Piedad muy extraña para la mayoría de los hombres y
por ende conocida por pocos, en primer lugar y antes de entrar de lleno en
el tema, trataré de describirla. Muchos erran grandemente al entenderla
como Moralidad; otros la confunden con Piedad Falsa; y otros, ya sea por
ignorancia o malicia, la pregonan desvergonzadamente llamándola
Singularidad, Terquedad, Orgullo o Rebelión. Estos últimos declaran que
esta no merece existir por ser una perturbadora sediciosa de la paz y el
orden dondequiera que aparece. Sí, una compañera tan contenciosa y
querellosa que es la causa de todas esas desdichadas diferencias,
divisiones, problemas y desgracias que abundan en el mundo. Por lo tanto,
he llegado a la conclusión que no hay nada más necesario que quitar esa
máscara que sus enemigos implacables le han puesto y exonerarla de todas
1
las calumnias y los reproches de los hijos de Belial . Cuando entonces
aparece en su propia inocencia original e inmaculada, nadie necesita tenerle
miedo, ni negarse a aceptarla o estar avergonzado de hacerla suya y de
convertirla en la compañera de su corazón.
Sepamos, entonces, en primer lugar, que la piedad consiste del
conocimiento correcto de las verdades divinas o los principios
fundamentales del evangelio, los cuales todos los hombres deben conocer y
dominar. “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue
manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles,
predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1
Tim. 3:16). Vemos por este texto que las grandes verdades de la religión
cristiana son llamadas piedad.
Ahora bien, si alguno quiere saber más en detalle qué son esos principios
de la verdad divina o los fundamentos de la fe cristiana, los cuales son lo
esencial de la Verdadera Piedad, respondo:
1. Que hay un Dios eterno, infinito, santísimo, omnisapiente,
absolutamente justo, bueno y lleno de gracia, o la Deidad gloriosa que
existe en tres Personas ––el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— y estos son
uno, a saber, uno en su esencia.
2. Que este Dios, por su gran amor y bondad, nos ha dado una regla de fe
y práctica segura e infalible que son las Santas Escrituras. Por ellas,
podemos conocer, no solo que hay un Dios y Creador, sino también la
manera como fue creado el mundo, con los designios o la razón por la cual

5
hizo todas las cosas. También nos es dado saber cómo entró el pecado en el
2
mundo y cuál es la justicia que Dios requiere para nuestra justificación (o
la liberación de la culpabilidad del pecado), a saber, por un Redentor: su
propio Hijo, a quien mandó al mundo. No existe ninguna otra regla o
camino para saber estas cosas a fin de que los hombres sean salvos aparte
de la revelación o los registros de las Sagradas Escrituras, siendo el
misterio de la salvación muy por encima del razonamiento humano y por lo
tanto, imposible conocer por medio de la iluminación natural en los
hombres.
3
3. Que nuestro Redentor, el Señor Jesucristo, quien es la Garantía del
4
Nuevo Pacto y el único Mediador entre Dios y los hombres, es realmente
Dios (de la esencia del Padre) y realmente hombre (de la sustancia de la
virgen María), teniendo estas dos naturalezas en una Persona, y que la
redención, paz y reconciliación son únicamente por medio de este Señor
Jesucristo.
4. Que la justificación y el perdón del pecado son exclusivamente por esa
satisfacción plena que Cristo hizo de la justicia de Dios y se logran solo
por fe a través del Espíritu Santo.
5. Que todos los hombres que son o pueden ser salvos tienen que ser
5 6
renovados, regenerados y santificados por el Espíritu Santo.
6. Que en el Día Final habrá una resurrección de los cuerpos de todos los
hombres.
7. Que habrá un juicio eterno, a saber, todos comparecerán ante el
tribunal de Jesucristo en el gran Día y darán cuenta de todas las cosas
hechas en el cuerpo, y que habrá un estado futuro de gloria y felicidad
eterna para todos los creyentes verdaderos, y de tormento y sufrimiento
eterno para todos los no creyentes y pecadores, quienes viven y mueren en
sus pecados.
Ahora bien, en el verdadero conocimiento y creencia de estos principios
(que son el fundamento de la verdadera religión o de la fe cristiana) radica
la Verdadera Piedad en lo que respecta a su parte esencial.
En segundo lugar, Piedad en lo más profundo es una conformidad santa
con estos principios sagrados y divinos, que el hombre natural no
comprende. La Verdadera Piedad consiste de la luz de las verdades y la
vida de gracia sobrenaturales, Dios manifestándose a la luz de esos
gloriosos principios y obrando la vida de gracia sobrenatural en el alma
por medio del Espíritu Santo. Consiste del conocimiento salvador y
personal de Dios y Jesucristo y de habérsele quitado las cualidades

6
pecaminosas del alma y habérsele infundido hábitos celestiales en su lugar
o en una conformidad e inclinación hacia el corazón de Dios, aferrándose a
todas las verdades que nos han sido dadas a conocer y encontrando las
poderosas influencias del evangelio y del Espíritu de Cristo sobre nosotros,
de manera que nuestras almas son a imagen y parecido de su muerte y
resurrección. Esto es Verdadera Piedad. No es meramente atenerse a los
principios naturales de moralidad ni a un conocimiento dogmático o teórico
de los evangelios sagrados y sus preceptos; sino una conformidad fiel a los
principios del evangelio, cumpliendo nuestros deberes con la mejor
predisposición hacia Dios al igual que hacia los hombres, para que nuestra
conciencia se mantenga libre de ofensas hacia ambos (Hech. 24:16).
Consiste en abandonar el pecado y aborrecerlo como la peor maldad y
aferrarse a Dios de corazón, valorándolo a él por sobre todas las cosas,
estando dispuestos a sujetarnos al principio del amor divino, a todas sus
leyes y mandatos. La piedad lleva al hombre a decir con el salmista: “¿A
7
quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Sal. 73:25). San Agustín dice:
“Aquel que no ama a Cristo por sobre todas las cosas, no lo ama en
absoluto”. El que tiene Verdadera Piedad es celoso de la obra de la
religión al igual que de la paga de la religión. Hay algunos que sirven a
Dios para poder servirse de Dios. En cambio, el cristiano auténtico anhela
gracia, no solo que Dios lo glorifique en el cielo, sino también poder él
glorificar a Dios en la tierra. Exclama: “Señor, dame un corazón bueno en
lugar de muchos bienes”. Aunque ama muchas cosas además de amar a
Dios, no ama esas cosas más de lo que ama a Dios. Este hombre teme al
pecado más que a los sufrimientos, y por lo tanto prefiere sufrir que pecar.
En tercer lugar, para poder tener un conocimiento completo y perfecto de
ella, quizá no esté de más describir su forma (2 Tim. 1:13; 3:5) junto con
las vestimentas que usa continuamente. Las partes externas de la Verdadera
Piedad son muy hermosas. No sorprende que lo sean, ya que fueron
diseñadas por la sabiduría del único y sabio Dios, nuestro Salvador, cuyas
manos son totalmente gloriosas. Pero esto, la formación de la Piedad,
siendo uno de los más elevados y más admirables actos de su sabiduría
eterna, por supuesto excede toda gloria y belleza. Su forma y hermosura
externa son tales que no necesitan artificios humanos para adornarla o para
demostrar o destacar la beldad de su semblante; porque no hay nada
defectuoso en lo que respecta a su forma evangélica y apostólica, debido a
que surgió de las manos de su gran Creador. Como de pies a cabeza no hay
nada superfluo, igualmente sus líneas y figura, venas, nervios y tendones:
todos están en un orden tan exacto y admirable, que nada se le puede
agregar a su belleza. Por lo tanto, cualquiera que agrega o altera cualquier

7
cosa relacionada con la forma de la verdadera Piedad, la mancha y profana
en lugar de embellecerla. Además, Dios ha prohibido estrictamente que se
haga esto. “No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas
hallado mentiroso” (Prov. 30:6), adjudicando a Dios algo que no es suyo.
¿Acaso no llaman los papistas adoración a Dios a esas ceremonias
supersticiosas y vanas usadas en su iglesia? ¿Y qué es esto más que
mentirle? Además, tratar de cambiar o alterar algo a la forma de la Piedad
es cuestionar a Dios, como si Dios no supiera cuál es la mejor manera de
adorarle y tuviera que recurrir al hombre para obtener su ayuda, sabiduría e
ingenio, agregando muchas cosas que este considera decentes y necesarias.
¿Acaso no es cuestionar el cuidado y la fidelidad de Dios, suponer que no
tendría cuidado él de incluir en su bendita Palabra las cosas que son
imprescindibles para la Piedad, sin tener que depender del cuidado y
sabiduría del hombre débil para que agregue lo que él omite?
Todos, entonces, pueden percibir que la Verdadera Piedad nunca cambia
su semblante. Su aspecto no ha cambiado ni en lo más mínimo del que tenía
en la antigüedad. No, ciertamente nada le resulta más insólito que esas
vestimentas pomposas, esas vestiduras, supersticiones, imágenes, cruces,
sales, óleo, agua bendita y otras ceremonias que para muchos son
necesarias para su existencia. Por lo tanto, hay que tener cuidado de no
confundir la forma falsa de la Piedad con la verdadera. Solo falta destacar
una cosa más, a saber, tenemos que estar seguros de recibir el poder de la
Piedad junto con su forma, pues su forma sin su vida interior y su poder de
nada sirve: es como el cuerpo sin el alma, la mazorca sin el grano o el
alhajero sin las joyas. Tampoco debe nadie descuidar su forma, porque
recordemos lo que el Apóstol dice de “forma de doctrina” (Rom. 6:17) y de
“la forma de las sanas palabras” (2 Tim. 1:13); porque así como hemos de
aferrarnos a la fe auténtica, hemos también de profesarla.
De The Travels of True Godliness (Peregrinajes de la Verdadera Piedad),
Solid Ground Christian Books, www.solid-ground-books.com.
_______________________
Benjamin Keach (1640-1704): Predicador y autor bautista particular inglés
y defensor ardiente de los principios bautistas, aún contra Richard Baxter.
A menudo en prisión y en peligro por predicar el evangelio, fue el primero
en incluir el canto de himnos en el culto de las congregaciones inglesas.
Nació en Stokeham, Buckinghamshire, Inglaterra.

8
Entreguémonos a Dios, para ser gobernados por él y enseñados por él a
fin de que, satisfechos con su Palabra únicamente, no anhelemos conocer
más de lo que allí encontramos. ¡No! ¡Ni siquiera si nos fuera dado el poder
de hacerlo! Esta disposición a ser enseñados, en la cual todo hombre
piadoso mantiene todos los poderes de su mente bajo la autoridad de la
Palabra de Dios, es la verdadera y única regla de la sabiduría. —Juan
Calvino
Un gran siervo de Dios ha dicho que, mientras que la popularidad es una
trampa en la que no pocos han caído, una trampa sutil y peligrosa es tener
fama de santo. La fama de ser un hombre piadoso es una gran trampa como
la es la fama de ser estudioso o elocuente. Es posible practicar
meticulosamente aún los hábitos secretos de devoción con el fin de ser
reconocidos por nuestra santidad. —Andrew Bonar
No todos los hombres son piadosos. Los impíos constituyen la gran
mayoría de los seres humanos. Cuando un hombre empieza a ser piadoso,
esta es la primera señal de que ha ocurrido un cambio en su vida: “He aquí,
él ora”. La oración es la señal del hombre piadoso en sus inicios. Hasta
llegar al punto de rogar y pedir, no podemos estar seguros de que tenga vida
eterna. Se pueden tener deseos, pero si nunca se ofrecen como oraciones,
serán como la nubecilla tempranera y como el rocío de la mañana, que
pronto se disipan. Pero… cuando un hombre no puede descansar hasta
haber derramado su corazón ante el trono de gracia en oración, empezamos
a tener la esperanza de que entonces es verdaderamente un hombre
piadoso… la oración es como el primer llanto por el cual sabemos que el
recién nacido verdaderamente vive. Si no ora, podemos sospechar que
solamente tiene el nombre del que vive pero que le falta el verdadero
espíritu de vida. —Spurgeon

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LA NATURALEZA DEL HOMBRE ÍNTEGRO
Richard Steele (1629-1692)
“Con el íntegro te muestras íntegro” Salmo 18:25 (La Biblia de las
Américas).

1.E de corazón íntegro es de un solo sentir, no tiene divisiones. Para el


L

hipócrita hay muchos dioses y muchos señores, y tiene que dar parte de su
corazón a cada uno. Pero para el íntegro, hay un solo Dios el Padre y un
Señor Jesucristo, y con un solo corazón servirá a ambos. El hipócrita da su
corazón a la criatura, y a cada criatura tiene que darle parte de su corazón, y
dividir su corazón lo destruye (Os. 10:2). Las ganancias humanas llaman a
su puerta, y tiene que darles una parte de su corazón. Se presentan los
placeres carnales, y a ellos también tiene que darles parte de su corazón.
Aparecen deseos pecaminosos, y les tiene que dar parte de su corazón. Son
pocos los objetos necesarios, pero incontables las vanidades innecesarias.
El hombre íntegro ha escogido a Dios y eso le es suficiente.
Un solo Cristo es suficiente para un solo corazón; de allí que el rey
David oraba en el Salmo 86:11: “Afirma mi corazón para que tema tu
nombre”. Es decir: “Déjame tener un solo corazón y mente, y que sea tuyo”.
Hay miles de haces y rayos de luz, pero todos se unen y centran en el sol.
Lo mismo sucede con el hombre íntegro, aunque tiene mil pensamientos,
todos (por su buena voluntad) se unen en Dios. El hombre tiene muchos
fines subordinados —procurar su sustento, cuidar su crédito, mantener a sus
hijos— pero no tiene más que un fin: ser de Dios. Por lo tanto, tiene firmeza
en sus determinaciones, esa concentración en sus deberes santos, esa
constancia en sus acciones y esa serenidad en su corazón que los hipócritas
miserables no pueden logar.
2. El corazón íntegro es recto y sin corrupción. “Sea mi corazón
íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado” (Sal. 119:80).
Cuando hay más sinceridad, hay menos vergüenza. La integridad es la gran
autora de la confianza. Cada helada sacude al cuerpo enfermo, y cada
prueba sacude al alma inicua. El íntegro quizá no siempre tenga un color tan
atractivo como el hipócrita, pero su color es natural: es suyo; no está
pintado; su estado es firme. La hermosura del hipócrita es prestada; el fuego
de la prueba la derretirá.
El íntegro tiene sus enfermedades; pero su naturaleza nueva las remedia,
porque en su interior es recto. La lepra domina al hipócrita, pero la

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esconde. “Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos, de que su iniquidad no
será hallada y aborrecida” (Sal. 36:2). Procura esconderse de Dios,
esconderse más de los hombres, y más aún de sí mismo. Con gusto podría
seguir así para siempre creyendo que “su iniquidad no será hallada y
aborrecida”. En cambio el hombre íntegro siempre está examinándose y
probándose: “¿Soy recto? ¿Estoy en lo correcto? ¿Estoy cumpliendo bien
mis deberes? ¿Son mis debilidades según mi integridad?”
El santo íntegro es como una manzana que tiene manchitas en la cáscara,
pero el hipócrita es como la manzana con el centro podrido. El cristiano
sincero tiene aquí y allá manchitas de pasión, otras de mundanalidad y
alguna de soberbia. Pero si lo cortamos y analizamos, lo encontramos recto
de corazón. El hipócrita es como una manzana que es lisa y hermosa por
fuera, pero podrida por dentro. Sus palabras son correctas, cumple sus
deberes con devoción y su vida es intachable; pero véanlo por dentro: su
corazón es una pocilga de pecado, la guarida de Satanás.
3. El corazón íntegro es puro, sin contaminación. No es absolutamente
puro, porque esa feliz condición es reservada para el cielo; pero lo es en
comparación con la contaminación y la vil mezcla que es el hipócrita.
Aunque su mano no puede hacer todo lo que Dios manda, su corazón es
sincero en todo lo que hace. Su alma se empeña en lograr una pureza
perfecta, de manera que de eso deriva su nombre. “Bienaventurados los
limpios de corazón” (Mat. 5:8). A veces falla con sus palabras, con sus
pensamientos y acciones también. Pero al poner su corazón al descubierto,
se ve un amor, un anhelo, un plan y un esfuerzo para llegar a tener una
limpieza real y absoluta. No es legalmente limpio, o sea, libre de todo
pecado; pero es limpio según el evangelio, o sea, libre del dominio de todo
pecado, especialmente de la hipocresía, la cual es totalmente contraria al
pacto de Gracia. En este sentido, el hombre íntegro es el puritano de las
Escrituras, y por lo tanto está más lejos de la hipocresía que cualquier otro.
Está realmente contento que Dios es el que escudriña los corazones, porque
entonces sabe que encontrará su nombre y naturaleza en su propio pueblo
escogido.
No obstante, aun el más íntegro de los hombres en el mundo tiene en él
algo de hipocresía. “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón,
limpio estoy de mi pecado?” (Prov. 20:9). Detecta, resiste y aborrece esta
hipocresía de modo que no se le puede llamar hipócrita en este mundo, ni
condenarlo como tal. Sus propósitos son generalmente puros para la gloria
de Dios; el estado de su corazón y de sus pensamientos son generalmente
mejor que su exterior; más se lo estudia, mejor es. Es limpio de

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deshonestidad en sus relaciones, más limpio aún de toda apariencia de
iniquidad ante su familia, más limpio aún en su intimidad, y sobre todo,
limpio en su corazón. Aunque hay allí pecado, hay también aversión hacia
él, de modo que no se mezcla con él.
El hipócrita escoge el pecado, en cambio, si del íntegro dependiera, no
tendría ningún pecado. El viajero puede encontrarse con lodo en su camino,
pero hace todo lo que puede por quitárselo. Los cerdos lo disfrutan y no
pueden estar sin él. Sucede lo mismo con el hombre íntegro y el hipócrita.
Aun el santo más íntegro sobre la tierra a veces se ensucia de pecado, pero
no lo programó en la mañana, ni se acuesta con él en la noche. En cambio el
hipócrita lo programa y se deleita en él; nunca está tan contento como
cuando está pecando. En una palabra, el hipócrita puede evitar el pecado,
pero nadie aparte del hombre íntegro, aborrece el pecado.
4. El íntegro es perfecto y recto sin reservas. “Observa al hombre
perfecto, y mira al íntegro” (Sal. 37:37, traducido de la versión King James
para esta obra). Ver al uno es ver al otro. Su corazón está enteramente
sujeto a la voluntad y los caminos de Dios. El hipócrita siempre busca
algunas excepciones y pone las cosas en tela de juicio. “Tal pecado no
puedo abandonar, tal gracia no puedo amar, tal deber no cumpliré.” Y
muestra su hipocresía agregando: “Hasta aquí cederé, pero no más, hasta
aquí llegaré. Es consecuente con mis fines carnales, pero todo el mundo no
me persuadirá a ir más allá” A veces, el razonamiento del hipócrita lo
llevará más allá de su voluntad, su conciencia más allá de sus afectos; no es
de un solo sentir, su corazón está dividido, así que fluctúa constantemente.
El íntegro tiene solo una felicidad, y esta es disfrutar de Dios; tiene solo
una regla, y esta es su santa voluntad; tiene una sola obra, y esta es
complacer a su Hacedor. Por lo tanto, es de un solo sentir y resuelto en sus
decisiones, en sus anhelos, en sus caminos y su planes. Aunque puede haber
alguna tardanza en el cumplimiento de su misión principal, no titubea ni
vacila entre dos objetos, porque está enteramente decidido, de modo que de
él puede decirse que es “perfecto e íntegro, sin falta alguna”.
Hay en todo hipócrita algún tipo de baluarte que nunca ha sido entregado
a la soberanía y el imperio de la voluntad de Dios. Alguna lascivia se
fortifica en la voluntad; en cambio, donde entra la integridad esta lleva cada
pensamiento cautivo a la obediencia de Dios. Dice: “Jehová Dios nuestro,
otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros; pero en ti
solamente nos acordaremos de tu nombre” (Isa. 26:13). Aquí está el íntegro.
5. El corazón íntegro es cándido y no tiene malicia. “Bienaventurado el
hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay

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engaño” (Sal. 32:2). He aquí ciertamente un mensaje bendito. ¡Ay! Tenemos
grandes y muchas iniquidades; ¿no es mejor para nosotros ser como si
nunca hubiéramos pecado? Por cierto que una falta de culpa es tan buena
para nosotros como si nunca hubiera sucedido una falta; que los pecados
remitidos son como si nunca se hubieran cometido; que en el libro de
deudas pendientes estas estuvieran tachadas como si nunca hubiera existido
la deuda. Pero, ¿quién es ese hombre bendito? Aquel “en cuyo espíritu no
hay engaño”, es decir no hay engaño fundamental. Él es el hombre que sin
engaño ha pactado con Dios. No tiene ningún engaño que lo lleve a ceder a
alguna forma de iniquidad. No hace tretas con Dios ni con los hombres ni
con su propia conciencia. No esconde sus ídolos cuando Dios está
revisando su tienda (Jos. 7:21). En cambio, como sigue diciendo el Salmo
32:5, reconoce, aborrece y deja su pecado.
Cuando el hombre íntegro confiesa su pecado, le duele el corazón y está
profundamente perturbado por él; no finge para disimularlo.
Aquel que le finge a Dios, le fingirá a cualquier hombre en el mundo.
Vean la gran diferencia entre Saúl y David. Saúl es acusado de una falta en
1 Samuel 15:14. Él la niega, y vuelve a ser acusado en el versículo 17.
Sigue restándole importancia al asunto y busca hojas de higuera para tapar
todo. Pero David, de corazón honesto, es distinto: se le acusa, y cede; una
pequeña punción abre una vena de sufrimiento en su corazón. Lo cuenta
todo, lo vuelca en un salmo que concluye diciendo “He aquí, tú amas la
verdad en lo íntimo” (Sal. 51:6). El hombre sincero dice: “En cuanto a mí,
con el íntegro me mostraré íntegro”.
Tomado de The Character of the Upright Man (El carácter del hombre
íntegro), Soli Deo Gloria, una división de Reformation Heritage Books,
www.heritagebooks.org.
_______________________
Richard Steele (1629-1692): Predicador y autor puritano; nacido en
Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

13
SEÑALES Y CARACTERÍSTICAS DEL HOMBRE PIADOSO
Thomas Watson (c. 1620-1686)
“Por esto orará a ti todo santo [piadoso]” Salmo 32:6.

¿C es el hombre piadoso? Para dar una respuesta completa, describiré


ÓMO

varias señales y características específicas del hombre piadoso.


La primera señal fundamental del hombre piadoso se muestra en que es
un hombre con conocimiento sabio: “los prudentes se coronarán de
sabiduría” (Prov. 14:18). Los santos son llamados vírgenes “prudentes” en
Mateo 25:4. El hombre natural puede tener algún conocimiento superficial
de Dios, pero no sabe nada como debiera saberlo (1 Cor. 8:2). No conoce a
Dios para salvación; puede conocerlo con la razón, pero no discierne las
cosas de Dios de un modo espiritual. El agua no puede ir más arriba de su
manantial, el vapor no puede elevarse más allá del sol que lo genera. El
hombre natural no puede actuar por encima de su esfera. No puede discernir
con certidumbre lo sagrado, así como el ciego no puede discernir los
colores. 1. No ve la maldad de su corazón: por más que un rostro sea negro
o deforme, bajo un velo no se puede ver. El corazón del pecador es tan
negro, que nada excepto el infierno le puede dar su forma, no obstante, el
velo de la ignorancia lo esconde. 2. No ve las hermosuras de un Salvador:
Cristo es una perla, pero una perla escondida.
El conocimiento del hombre piadoso es vivificante. “Nunca jamás me
olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado” (Sal.
119:93). El conocimiento en la cabeza del hombre natural es como una
antorcha en la mano de un muerto, el conocimiento verdadero aviva. El
hombre piadoso es como Juan el Bautista: “Antorcha que ardía y
alumbraba” (Juan 5:35). No solo brilla por iluminación, sino que también
arde de afecto. El conocimiento de la esposa la hizo estar “enferma de
amor” (Cant. 2:5), o “Estoy herida de amor. Soy como el ciervo que ha sido
herido con un dardo; mi alma yace sangrando y nada me puede curar, sino
una visión de Él a quien mi alma ama”.
El conocimiento del hombre piadoso es aplicable. “Yo sé que mi
Redentor vive” (Job 19:25). Un medicamento da resultado cuando se
aplica; este conocimiento aplicativo es gozoso. Cristo es llamado Fiador
(Heb. 7:22). Cuando me estoy ahogando en deudas, ¡qué gozo es saber que
Cristo es mi Fiador! Cristo es llamado Abogado (1 Juan 2:1). La palabra
griega traducida abogado significa “consolador”. Cuando tengo un caso

14
difícil, ¡qué consuelo es saber que Cristo es mi Abogado, quien jamás ha
perdido un caso en una litigación!
Pregunta: ¿Cómo puedo saber si estoy aplicando correctamente lo que sé
acerca de Cristo? El hipócrita puede creer que sí lo está haciendo cuando
en realidad no es así.
Respuesta: Todo aquel que aplica el evangelio de Cristo, acepta a Jesús
y Señor como uno (Fil. 3:8). Cristo Jesús, es mi Señor: Muchos aceptan a
Cristo como Jesús, pero lo rechazan como Señor. ¿El Príncipe y el
Salvador son uno para usted? (Hech. 5:31). ¿Acepta ser gobernado por las
leyes de Cristo al igual que ser salvo por su sangre? Cristo “desde su trono
servirá como sacerdote” (Zac. 6:13, Nueva Traducción Viviente). Nunca
será un sacerdote que intercede a menos que el corazón de usted sea el
trono donde él alza su cetro. Aplicamos bien el evangelio de Cristo cuando
lo tomamos como esposo y nos entregamos a él como Señor.
El conocimiento del hombre piadoso es transformador. “Por tanto,
nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del
Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2
Cor. 3:18). Así como el pintor mira un rostro y dibuja uno similar, al mirar
a Cristo en el espejo del evangelio somos transformados a similitud de él.
Podemos mirar otros objetos que son gloriosos, pero no por mirarlos nos
hacen gloriosos; un rostro deforme puede mirar a uno hermoso pero no por
eso se convierte él mismo en uno hermoso. El herido puede mirar al doctor
y no por eso curarse. En cambio esta es la excelencia del conocimiento
divino: nos brinda tal visión de Cristo que nos hace participar de su
naturaleza. Como sucedió con Moisés, cuando su rostro resplandeció
cuando vio la espalda de Dios porque algunos de los rayos de la luz de su
gloria lo alcanzaron.
El conocimiento del hombre piadoso es creciente. “Creciendo en el
conocimiento de Dios” (Col. 1:10). El conocimiento verdadero es como la
luz del amanecer que va en aumento hasta su cenit. Tan dulce es el
conocimiento espiritual, que más sabe el creyente, más ansía saber. La
Palabra llama a esto enriquecerse en toda ciencia [conocimiento] (1 Cor.
1:5). Más riquezas tiene uno, más quiere tener. Aunque Pablo conocía a
Cristo, más lo quería conocer: “A fin de conocerle, y el poder de su
resurrección” (Fil. 3:10).
Pregunta: ¿Cómo podemos obtener este conocimiento salvador?
Respuesta: No por el poder de la naturaleza. Algunos hablan del alcance
que puede tener la razón desarrollada para bien. Ay, la plomada de la razón
es demasiado corta para ver las cosas profundas de Dios. Lo mismo pasa

15
con el poder de razonamiento del hombre, que no basta para alcanzar el
conocimiento salvador de Dios. La luz de la naturaleza no nos puede ayudar
a ver a Cristo, como tampoco puede la luz de una vela ayudarnos a
entender. “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu
de Dios…, y no las puede entender” (1 Cor. 2:14). ¿Qué haremos, entonces,
a fin de conocer a Dios para salvación? Mi respuesta es: “Imploremos la
ayuda del Espíritu de Dios”. Pablo nunca se había considerado ciego hasta
que lo cegó la luz del cielo (Hech. 9:3). Dios tiene que ungirnos los ojos
para que podamos ver. ¿Por qué les iba a pedir Cristo a los de la iglesia en
Laodicea que acudieran a él para que los ungiera con colirio si ya lo podían
ver? (Apoc. 3:18). Oh, elevemos nuestro ruego al Espíritu de revelación
(Ef. 1:17). El conocimiento salvador no es por especulación, sino por
inspiración (Job 32:8). La inspiración del Todopoderoso da comprensión.
Quizá tengamos nociones teológicas excelentes, pero es el Espíritu Santo
quien tiene que darnos la capacidad de conocerlas espiritualmente; el
hombre puede notar las figuras en un reloj, pero no puede decir qué hora es
a menos que la luz lo ilumine. Podemos leer muchas verdades en la Biblia,
pero no las podemos conocer para salvación hasta que el Espíritu de Dios
nos ilumina. “El Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1
Cor. 2:10). Las Escrituras nos revelan a Cristo, pero el Espíritu nos revela
a Cristo en nosotros (Gál. 1:16). El Espíritu da a conocer lo que nada en el
mundo puede, concretamente, la certidumbre del amor de Dios.
El hombre piadoso es un hombre que actúa por fe. Así como el oro es
el más precioso entre los metales, la fe lo es entre las gracias. La fe nos
corta del olivo silvestre que es la naturaleza y nos injerta en Cristo. La fe es
la arteria vital del alma: “Mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4). El que
no tiene fe, aunque respira, no tiene vida. La fe es la vivificante de las
gracias; ninguna gracia se mueve hasta que la fe la agita. La fe es al alma lo
que la respiración y los latidos del corazón son al cuerpo: impulsa al resto
del organismo. La fe impulsa al arrepentimiento. Cuando creo en el amor
que Dios tiene por mí, el hecho de pecar contra un Dios tan bueno me hace
derramar lágrimas. La fe es la madre de la esperanza: primero, creemos la
promesa, luego la esperamos. La fe es el aceite que alimenta la lámpara de
la esperanza. La fe y esperanza son siamesas; si se quita una y otra
languidece. Si se corta el nervio de la fe, la esperanza queda lisiada. La fe
es el fundamento de la paciencia, el que cree que Dios es su Dios y que
todo obra para su bien, se entrega con paciencia a la voluntad de Dios. Por
lo tanto, la fe es un principio vivo, y la vida del santo no es otra cosa que
una vida de fe. Su oración es la respiración de la fe (Sgt. 5:15). Su
obediencia es el resultado de la fe (Rom. 16:26). El hombre piadoso vive

16
por fe en Cristo, como el rayo de sol vive en el sol: “Ya no vivo yo, mas
vive Cristo en mí” (Gál. 2:20) El cristiano, por el poder de la fe, ve más
allá de la lógica, anda más allá de la luna (2 Cor. 4:18). Por fe finalmente
se tranquiliza su corazón (Sal. 12:7). Se pone a sí mismo y a todos sus
asuntos en las manos de Dios, como en la guerra los hombres entran a su
baluarte y allí se ponen a salvo junto con sus tesoros. Igualmente, el nombre
del Señor es torre fuerte (Prov. 18:10). Y el creyente confía plenamente en
este baluarte: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para
guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1:12). Dios confió su
evangelio a Pablo, y Pablo confió a Dios su alma. La fe es un remedio
universal para todos los problemas. Es el áncora que se echa al mar de la
misericordia de Dios y previene que uno se hunda en la desesperación.
Pregunta: ¿En qué encuentra el piadoso su santidad?
Respuesta: 1. En aborrecer la vestidura manchada por la carne (Jud.
23). El piadoso se afirma contra la maldad, tanto en sus propósitos como en
sus prácticas. Teme a lo que puede parecer pecado (1 Tes. 5:22). La
apariencia del mal puede influenciar al creyente débil; si no profana su
propia conciencia, puede ofender la conciencia de su prójimo; y pecar
contra él es pecar contra Cristo (1 Cor. 8:12). El hombre piadoso no
aprovecha ir hasta donde puede, no sea que vaya más allá de lo que debe.
2. El piadoso descubre su santidad al ser defensor de la santidad:
“Hablaré de tus testimonios delante de los reyes, y no me avergonzaré”
(Sal. 119:46). Cuando en el mundo se calumnia la piedad, el piadoso se
pone de pie para defenderla. Le quita el polvo de reproche al rostro de la
religión. La santidad defiende al piadoso, y el piadoso defiende la santidad.
Lo defiende del peligro, y él la defiende de modo que no la avergüencen.
El hombre piadoso es muy exacto e inquisitivo en cuanto a la adoración a
Dios. La palabra griega traducida piadoso significa “un adorador correcto
de Dios”. El hombre piadoso reverencia las instituciones divinas y prefiere
la pureza en la adoración en lugar del esplendor de los ritos… El Señor
quiso que Moisés construyera el tabernáculo según el diseño dado en el
monte (Éxo. 25:9). Si Moisés hubiera dejado de incluir algo o hubiera
agregado algo hubiera sido una provocación. El Señor siempre ha dado
testimonios de su desagrado por todos los que han corrompido el culto a él:
Nadab y Abiú “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les
mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante
de Jehová” (Lev. 10:1, 2). Todo aquello que no es ordenado por Dios para
el culto a él, lo considera como un fuego extraño. No nos sorprenda que le
indigne tanto, como si Dios no tuviera suficiente sabiduría para determinar

17
la manera como se le ha de servir, los hombres pretenden determinarlo, y
como si las reglas para la adoración fueran defectuosas, intentan corregirlas
y agregarles vez tras vez sus propias invenciones… El hombre piadoso no
se atreve a variar el diseño que Dios le ha mostrado en las Escrituras. Esta
puede ser una de las razones por las cuales David es llamado un hombre
según el corazón de Dios: mantuvo la pureza de la adoración a Dios y en
cuestiones sacras no agregó nada de su propia invención.
El hombre piadoso es el que compite para ganar a Cristo como su
premio. A manera de ilustración, mostraré que Cristo es precioso en sí:
“He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa”
(1 Ped. 2:6). Cristo es comparado con cosas muy preciosas.
Cristo es precioso en su Persona. Él es la representación de la gloria de
su Padre (Heb. 1:3).
Cristo es precioso en sus oficios, que son varios rayos del Sol de
Justicia (Mal. 4:2). 1. El oficio profético de Cristo es precioso: Él es el
gran oráculo del cielo: Es más precioso que todos los profetas que lo
precedieron. Enseña no solo al oído a escuchar, sino también al corazón
para que atesore sus palabras. El que tiene la llave de David en su mano
abrió el corazón de Lidia (Hech. 16:14). 2. El oficio sacerdotal de Cristo
es precioso: Esta es la base sólida de nuestro consuelo: “Se presentó una
vez para siempre por el sacrificio de sí mismo” (Heb. 9:26). En virtud de
este sacrificio, el alma puede presentarse ante Dios con confianza y decir:
“Señor, dame el cielo; Cristo me lo compró; colgó en la cruz para que yo
pudiera sentarme en el trono”. La sangre de Cristo y el incienso son las dos
bisagras sobre las cuales gira nuestra salvación. 3. El oficio legal de Cristo
es precioso “Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre:
REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apoc. 19:16). En lo que a
majestad se refiere, Cristo tiene preeminencia sobre todos los demás reyes.
Tiene el trono más elevado, la corona de más precio, los dominios más
extensos y el reinado más duradero: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del
siglo” (Heb. 1:8)… Cristo establece su cetro donde ningún otro rey lo hace.
Gobierna la voluntad y los afectos; su poder obliga la conciencia de los
hombres.
Si somos competidores para obtener a Cristo como premio, entonces lo
preferimos por encima de todo lo demás. Valoramos a Cristo más que la
honra y las riquezas; lo que más anhelamos en nuestro corazón es la perla
de gran precio (Mat. 13:46). El que quiere a Cristo como su premio, valora
las cosechas de Cristo más que las vendimias del mundo. Considera las
peores cosas de Cristo mejor que las mejores cosas del mundo: “Teniendo

18
por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios”
(Heb. 11:26). ¿Sucede así con nosotros? Algunos dicen que valoran mucho
a Cristo, pero prefieren sus tierras y propiedades antes que a él. El joven
rico en el Evangelio prefirió sus bolsas de oro antes que a Cristo (Mar.
10:17-22); Judas valoró las treinta piezas de plata más que a él (Mat.
26:15). Es de temer que cuando llega el tiempo de pruebas, muchos
prefieren renunciar a su bautismo y descartar la ropa de siervo de Cristo
antes que arriesgar por él la pérdida de sus posesiones terrenales.
Si preferimos a Cristo por encima de todas las cosas, no podemos vivir
sin él. No podemos arreglarnos sin las cosas que valoramos: uno puede
vivir sin música, pero no sin alimento. Un hijo de Dios puede carecer de
salud y amigos, pero no puede carecer de Cristo. En la ausencia de Cristo,
dice como Job: “Ando ennegrecido, y no por el sol” (Job 30:28). Tengo las
más brillantes de las comodidades terrenales, pero quiero el Sol de
Justicia. “Dame hijos, o si no, me muero” dijo Raquel (Gén 30:1). Lo
mismo dice el alma: “¡Señor, dame a Cristo o muero; una gota del agua de
vida para apagar mi sed!”… ¿Acaso prefieren a Cristo los que pueden
andar tranquilos sin él?
Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, no nos duele tener que
pasar por lo que sea para obtenerlo. Aquel que valora el oro se tomará el
trabajo de cavar en la mina para encontrarlo: “Está mi alma apegada a ti
8
(Dios)” (Sal 63:8). Plutarco reporta que los galos, pueblo antiguo de
Francia, una vez que probaron el vino dulce de las uvas italianas,
preguntaron de dónde provenía y no descansaron hasta dar con ellas. Todo
el que considera precioso a Cristo no descansa hasta obtenerlo. “Hallé
luego al que ama mi alma; lo así, y no lo dejé” (Cantares 3:1-2, 4).
Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, renunciaremos por él a
nuestras concupiscencias más queridas. Pablo dice de los gálatas, que
tanto lo estimaban, que estaban dispuestos a arrancarse sus propios ojos y
dárselos a él (Gál. 4:15). El que estima a Cristo se sacará esas
concupiscencias, como lo haría con su ojo derecho (Mat. 5:29). El hombre
sabio rechaza lo que es veneno prefiriendo un refresco sano; el que valora
grandemente a Cristo se despojará de su orgullo, sus ganancias injustas, sus
pasiones pecaminosas. Pondrá sus pies sobre el cuello de sus pecados (Jos.
10:24). Piénselo: ¿Cómo pueden valorar a Cristo por sobre todas las cosas
aquellos que no dejan sus vanidades por él? ¡Cuánto se burlan y desprecian
al Señor Jesús los que prefieren las concupiscencias antes que a Cristo
quien los salva!
Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, estaremos dispuestos a

19
ayudar a otros a tener parte con él. Anhelamos compartir con nuestro
amigo aquello que consideramos excelente. Si un hombre ha encontrado un
manantial de agua, llamará a otros para que beban y satisfagan su sed.
¿Recomendamos a Cristo a otros? ¿Los tomamos de la mano y los
conducimos a Cristo? Qué pocos hay que valoran a Cristo, porque no tienen
interés en que otros lo conozcan. Adquieren tierras y riquezas para su
posteridad, pero no se ocupan de dejarles la Perla de Gran Precio como su
legado… Oh entonces, tengamos pensamientos afectuosos de Cristo;
hagamos que sea él nuestro principal tesoro y placer. Esta es la razón por la
cual millones mueren: porque no valoran a Cristo por sobre todas las cosas.
Cristo es la Puerta por la cual los hombres entran al cielo (Juan 10:9). Si no
saben de esta Puerta, o si son tan soberbios que se niegan a inclinarse para
pasar por ella, ¿cómo, entonces, han de ser salvos?
El hombre piadoso es amante de la Palabra: “¡Oh, cuánto amo yo tu
ley” (Sal. 119:97).
9
El hombre piadoso ama la Palabra escrita. Crisóstomo compara las
Escrituras a un jardín con canteros y flores. El hombre piadoso se deleita en
caminar en este jardín y encontrar allí dulce descanso; ama cada rama y
cada parcela de la Palabra.
1. Ama la parte consejera de la Palabra, dado que es una guía y una
regla para la vida. Contiene credenda et facienda, que significa “cosas
10
para creer y practicar”. El hombre piadoso ama los aforismos de la
Palabra.
2. El hombre piadoso ama la parte intimidante de la Palabra. Las
Escrituras, como el Jardín del Edén, porque tiene el árbol de la vida, tiene
también una espada flameante en sus portales. Esta es la amenaza de la
Palabra: lanza fuego en el rostro de todo el que sigue obstinadamente en sus
maldades: “Ciertamente Dios herirá la cabeza de sus enemigos, la testa
cabelluda del que camina en sus pecados” (Sal 68:21). La Palabra no tolera
la maldad. No deja que el hombre se quede entre el pecado y Dios: la
verdadera madre no dejó que el niño fuera dividido en dos (1 Rey. 2:26), y
Dios no deja que el corazón se divida.
3. El hombre piadoso ama las amenazas de la Palabra. Sabe que hay
amor en cada amenaza; Dios no quiere que ninguno de nosotros se pierda,
por lo tanto nos amenaza misericordiosamente, para que, con temor, nos
apartemos del pecado. Las amenazas de Dios son como balizas en el mar
que indican que hay rocas debajo del agua que son una amenaza de muerte
para los que se acerquen. Las amenazas son un freno para que nos
detengamos y no sigamos galopando derecho al infierno; hay misericordia

20
en cada amenaza.
4. El hombre piadoso ama cada parte consoladora de la Palabra: las
promesas. Se alimenta constantemente de ellas, como Sansón iba por su
camino alimentándose de la miel del panal. Las promesas son puro alimento
y dulzura, son nuestro aliento cuando desfallecemos, son los cauces del
agua de vida. “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus
consolaciones alegraban mi alma” (Sal. 94:24). Las promesas eran el arpa
de David para espantar los pensamientos tristes; eran los pechos que le
daban leche de consolación divina.
El hombre piadoso demuestra su amor por la Palabra escrita.
1. Por medio de leerla con diligencia: los nobles bereanos escudriñaban
diariamente las Escrituras (Hech. 17:11). Apolo era poderoso en las
11
Escrituras. La Palabra es nuestra Carta Magna , debemos leerla
diariamente. La Palabra muestra qué es la verdad y qué es el error. Es el
campo donde está escondida la Perla de Gran Precio: ¡cuánto debiéramos
escarbar para encontrar esta Perla! El corazón del hombre piadoso es la
biblioteca para guardar la Palabra de Dios; mora en abundancia en él (Col.
3:16). La Palabra tiene una tarea doble: enseñarnos y juzgarnos. Los que
se niegan a ser enseñados por la Palabra serán juzgados por la Palabra.
¡Oh, que la Palabra nos sea familiar! ¿Qué si este fuera un tiempo como el
12
de Diocleciano que ordenó por proclamación que la Biblia fuera quemada,
13
o como los días de la Reina Mary de Inglaterra, cuando poseer una Biblia
en inglés era pena de muerte? Conversando diligentemente con las
Escrituras, podemos llevar una Biblia en la mente.
2. Por medio de meditación frecuente: “Todo el día es ella mi
meditación” (Sal 119:97). El alma piadosa medita sobre la veracidad y
santidad de la Palabra. No solo tiene pensamientos pasajeros, sino que
empapa su mente de las Escrituras: al meditar bebe de esta dulce flor y fija
la verdad santa en su mente.
3. Por medio de deleitarse en ella. Es su recreación. “Fueron halladas
tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi
corazón” (Jer. 15:16). Nunca nadie ha disfrutado tanto de una comida que le
encanta, como disfruta el profeta de la Palabra. Efectivamente, ¿cómo
podría un santo escoger otra cosa que deleitarse grandemente en la Palabra
cuando contiene todo lo que es y será siempre de más valor para él? ¿Acaso
no se deleita un hijo al leer el testamento de su padre en que le deja todos
sus bienes?
4. Por medio de guardarla. “En mi corazón he guardado tus dichos” (Sal

21
119:11), tal como uno guarda un tesoro para que nadie lo robe. La Palabra
es una joya, el corazón es el joyero donde se debe guardar bajo llave.
Muchos guardan la Palabra en su memoria, pero no en su corazón. ¿Y para
qué guardaría David la Palabra en su corazón? “Para no pecar contra ti”.
Así como uno llevaría consigo un antídoto cuando va a un lugar infectado,
el hombre piadoso lleva la Palabra en su corazón para prevenirse de la
infección del pecado. ¿Por qué tantos se han envenenado del error, otros de
vicios morales, solo por no haber escondido la Palabra como un antídoto
santo en su corazón?
5. Por medio de preferirla por sobre todas las cosas como lo más
preciado: a. por sobre el alimento: “Guardé las palabras de su boca más
que mi comida” (Job 23:12). b. por sobre las riquezas: “Mejor me es la ley
de tu boca que millares de oro y plata” (Sal. 119:72). c. por sobre toda
honra mundana. Es famosa la anécdota del rey Eduardo VI de Inglaterra,
quien, cuando en el día de su coronación le presentaron tres espadas
significando que era monarca de tres reinos, dijo: “Falta una”. Al
preguntarle cuál, respondió: “La Santa Biblia”, la cual es la espada del
Espíritu y ha de ser preferida por sobre todas las enseñas de la realeza.
6. Por medio de conformarse a ella. La Palabra es el reloj por el cual
uno pone la hora de su vida, la balanza sobre la cual pesa sus acciones. El
hombre piadoso vive la Palabra en su diario andar.
El hombre piadoso ama la Palabra predicada que en realidad es un
comentario de la Palabra escrita. Las Escrituras son el oleo y bálsamo, la
predicación de la Palabra es verterlos. Las Escrituras son las especies
preciosas, la predicación de la Palabra es el molido de estas especies que
producen una fragancia y un placer maravillosos… La predicación de la
Palabra es llamada “poder de Dios para salvación” (Rom. 1:16). Dice la
Biblia que así es como Cristo nos habla desde el cielo (Heb. 12:25). El
hombre piadoso ama la Palabra predicada en parte por el bien que ha
derivado de ella: ha sentido el rocío caer con este maná, y en parte por ser
la institución de Dios: el Señor ha designado esta ordenanza para salvarlo.
El hombre piadoso es un hombre que ora. Esto aparece en el texto: “Por
esto orará a ti todo santo” (Sal. 32:6). En cuanto la gracia es derramada en
el interior, la oración es derramada en el exterior: “Mas yo oraba” (Sal.
109:4). En el hebreo es: “Pero yo oración”. La oración y yo somos uno. La
oración es el camino del alma hacia el cielo. Dios desciende hasta nosotros
por medio de su Espíritu, y nosotros subimos a él por medio de la oración.
El hombre piadoso no puede vivir sin oración. El hombre no puede vivir
sin respirar, tampoco puede el alma si no exhala hacia Dios sus anhelos. En

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cuanto nace el infante de gracia, llora; en cuanto Pablo se convirtió:
“Porque he aquí, él ora” (Hech. 9:11). Habiendo sido un fariseo, sin duda
habría orado antes, pero lo había hecho superficial o livianamente, pero
cuando la obra de gracia se había llevado a cabo en su alma, entonces
realmente oraba. El hombre piadoso permanece todos los días en el monte
de oración, comienza su día con oración, antes de abrir su negocio, le
descubre su corazón a Dios. Antes solíamos quemar perfumes dulces en
nuestros hogares; la casa del hombre piadoso es una casa perfumada:
extiende el perfume con el incienso de la oración. No comienza ninguna
actividad sin buscar a Dios. El hombre piadoso consulta a Dios en todo.
Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil” (El
cuadro del hombre piadoso dibujado con el lápiz de las Escrituras) en The
Sermons of Thomas Watson
(Los sermones de Thomas Watson), Soli Deo Gloria, una división
de Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.
_______________________
Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista;
prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten
Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de
nacimiento desconocidos.

No hay mejor definición de un verdadero cristiano que decir que es un


hombre piadoso que anda en el temor del Señor. Esa es invariablemente la
descripción bíblica del pueblo de Dios; es, sin lugar a dudas, el punto
donde tenemos que empezar porque es el centro y el alma de toda verdad.
—David Martyn Lloyd-Jones
Por lo general, los hombres son diligentes en cumplir sus
responsabilidades, pero negligentes en lo que se refiere a sus sentimientos.
Por ello, su autoridad se degenera en tiranía. —George Swinnock
El verdadero cristiano tiene que ser un esposo como lo fue Cristo a su
iglesia. El amor de un esposo es especial. El Señor Jesús tiene por la
iglesia un afecto único que la coloca por encima del resto de la humanidad.
“Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo” (Juan 17:9). La iglesia
escogida es la favorita del cielo, el tesoro de Cristo, la corona sobre su
sien, la pulsera de su brazo, la coraza de su corazón, el centro mismo de su
amor. El esposo debe amar a su esposa con un amor constante, pues así ama

23
Jesús a su iglesia… El esposo debe amar a su esposa con un amor
imperecedero, porque nada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en
Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:39). El esposo fiel ama a su esposa
con un amor fuerte, ferviente e intenso. No es de labios solamente. ¡Ah!
Amados, ¿qué más pudo haber hecho Cristo que lo que hizo como prueba de
su amor? Jesús tiene un amor gozoso por su esposa: Valora su afecto y se
goza en ella con dulce complacencia. Creyente, te maravillas ante el amor
de Jesús, lo admiras, ¿lo estás imitando? —Charles Spurgeon
La formación de la mujer del costado del hombre muestra lo grande que
debe ser su afecto por ella, no, por sí mismo. No fue hecha de su cabeza
para ser su soberano, ni de sus pies para ser su esclava, sino de una costilla
en su costado para demostrar lo cerca de su corazón que debe estar. Tanto
urge Dios amar con fervor a la esposa que desdeña el amor del esposo por
ella cuando es poco y no lo considera mejor que odio. —George
Swinnock
¡Qué diferencia enorme tiene que haber siempre entre Dios y el mejor de
los hombres!... No obstante, la gracia nos hace semejantes a Dios en
justicia, en verdadera santidad y especialmente en amor. ¿Te ha enseñado el
Espíritu Santo… a amar aún a los que te aborrecen?... ¿Amas aún a los que
no corresponden a tu amor, como lo hizo él cuando dio su vida por sus
enemigos? ¿Escoges lo que es bueno? ¿Te deleitas en la paz? ¿Procuras lo
que es puro? ¿Te alegras siempre con lo que es amable y justo? Entonces
eres como tu Padre que está en los cielos, eres un hombre piadoso, y este es
el texto para ti: “Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí”
(Sal. 4:3). —Charles Spurgeon

24
MARIDOS, AMEN A SUS ESPOSAS
William Gouge (1575-1653)
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a
la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” Efesios 5:25.

A como la esposa tiene que saber sus obligaciones, el esposo tiene que

saber las suyas porque debe ser un guía y un buen ejemplo para su esposa.
Debe vivir con ella sabiamente (1 Ped. 3:7). Más elevado es su lugar, más
sabiduría debe tener para andar digno de él. Descuidar sus obligaciones es
sumamente deshonroso para Dios porque, en virtud de su posición, él es la
imagen y gloria de Dios (1 Cor. 11:7).
Ese poder y esa autoridad que tiene puede ser perjudicial, no solo para
su esposa, sino para toda la familia, pues puede abusar de ellos por su
maldad. En su hogar no hay un poder superior que frene su furia, mientras
que la esposa, aunque nunca tan malvada, puede por el poder de su esposo,
ser sojuzgada y refrenada de sus maldades.
Acerca de ese amor que los maridos les deben a sus esposas. Esta
cabeza de todo el resto ––el Amor— se estipula y menciona en este y
muchos otros lugares de las Escrituras, siendo evidente que todas las demás
obligaciones se desprenden de él. Sin tener en cuenta los otros lugares
donde se insiste en este deber, el Amor aquí se menciona expresamente
cuatro veces. Además, se indica usando muchos otros términos y frases (Ef.
5:25, 28, 33).
Todas las ramas que crecen de esta raíz de amor, en lo que respecta a los
deberes de los maridos, pueden categorizarse bajo dos encabezamientos: 1)
un mantenimiento sabio de su autoridad y, 2) un manejo correcto de ella.
Estas dos ramas del amor del marido se hacen evidentes por la posición
de autoridad en que Dios lo ha colocado. Porque lo mejor que cualquiera
puede hacer y los mejores frutos del amor que cualquiera puede demostrar
serán en su propia posición y en virtud de ella. Entonces, si un marido
renuncia a su autoridad, se priva de hacer ese bien y de mostrar esos frutos
del amor que de otra manera mostraría. Si abusa de su autoridad, es como
si desviara el filo y la punta de su espada erróneamente y, en lugar de
sostenerla sobre su esposa para protegerla, se la clava en el corazón para
su destrucción, manifestando así más odio que amor. Ahora bien, para tratar
estos dos temas más seria y particularmente:
1. En cuanto a que el marido mantenga sabiamente su autoridad: El

25
precepto apostólico lo implica: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con
ellas sabiamente” (1 Ped. 3:7), es decir, hacerlo lo mejor posible
manteniendo el honor de la posición que Dios le ha otorgado, no como un
tonto y necio que no entiende nada.
El honor y la autoridad de Dios y de su Hijo Jesucristo son mantenidos
por el honor y la autoridad del marido, así como la autoridad del rey es
mantenida por el concilio de sus ministros y por otros magistrados bajo su
mando, sí, la autoridad del marido en la familia es mantenida por la
autoridad de su esposa: “El varón… es la imagen y gloria de Dios; pero la
mujer es gloria del varón” (1 Cor. 11:7).
De este modo se promueve en gran manera el bienestar de la esposa, tal
como el bienestar del cuerpo es ayudado debido a que la cabeza permanece
en su lugar. Si se pusiera la cabeza debajo de cualquier parte del cuerpo, el
cuerpo y todas sus partes no harían más que ser dañados por ello. De la
misma manera, la esposa y toda la familia serían dañadas por la pérdida de
autoridad del marido.
Pregunta: ¿Cuál es la mejor manera de que un marido mantenga su
autoridad?
Respuesta: La directiva del apóstol a Timoteo de mantener su autoridad,
ha de aplicarse en primer lugar para este propósito al marido: “Sé ejemplo
de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim.
4:12)… Así es que la mejor manera como los maridos pueden mantener su
autoridad es siendo un ejemplo de amor, seriedad, piedad, honestidad, etc.
Los frutos de estas y otras gracias similares, demostradas por ellos delante
de sus esposas y sus familias, no pueden dejar de producir un respeto
reverente y consciente hacia él y en consecuencia podrán discernir con
mayor claridad la imagen de Dios brillando en sus rostros.
Acerca de la pérdida de autoridad de los maridos: Producen el efecto
contrario si por sus groserías, descontroles, borracheras, lascivias,
irresponsabilidad, despilfarros y otros comportamientos similares generan
desprecio perdiendo así su autoridad. Aunque la esposa no debe
aprovechar esto para despreciar a su marido, él bien merece ser
despreciado.
Contrario también a las directivas bíblicas es la conducta severa, áspera
y cruel del marido quien pretende mantener su autoridad con violencia y
tiranía. Esta conducta bien puede causar temor, pero un temor
contraproducente ya que genera más odio que amor, más desprecio interior
que respeto exterior.
2. En cuanto al manejo correcto de autoridad por parte del marido,

26
principalmente en relación con su esposa: Así como la autoridad debe ser
correctamente sostenida, tiene que ser bien manejada. Para esto, dos cosas
son necesarias: 1) que el esposo respete tiernamente a su esposa y 2) que la
cuide y se ocupe de su mantenimiento.
El lugar de ella es efectivamente de sujeción, pero lo más cerca posible a
la igualdad. Su lugar es uno de igualdad en muchos sentidos en que esposo y
esposa son fraternales y compañeros. De esto se desprende que el hombre
debe considerar a su esposa compañera de yugo y colaboradora (1 Pedro
3:7). En este punto corresponde honrar a la esposa, ya que la razón para
crear una esposa (Gén. 2:18) fue, según fue traducida a nuestro idioma: ser
una “ayuda idónea” para él, literalmente “como frente a él”, es decir, como
él mismo, uno en quien se puede ver reflejado.
Así como la esposa reconoce que el papel de su esposo es la base de
todo los deberes de ella, la de él es reconocer el compañerismo entre él y
su esposa que hará que se conduzca con mucha más amabilidad, confianza,
cariño y todos los demás tratos hacia ella que corresponden a un buen
esposo.
Acerca de la opinión errada de los maridos hacia sus esposas: Es
contrario a los preceptos bíblicos lo que muchos piensan: que aparte de los
lazos familiares, no hay ninguna diferencia entre una esposa y una sirvienta,
de modo que las esposas son tenidas como sirvientas de sus maridos,
porque ellos requieren sujeción, temor y obediencia. Por eso muchas veces
sucede que las esposas son tratadas apenas un poco mejor que las
sirvientas. Esto es soberbia, una conducta desmedidamente pagana y una
arrogancia tonta. ¿Acaso al crearla del costado del hombre tomó Dios a la
mujer y la puso bajo los pies de Adán? ¿O la puso a su lado, por encima de
todos los hijos, siervos y demás familiares, para atesorarla? Porque nadie
puede estar más cerca que una esposa, y nadie debe ser más querida que
ella.
Acerca del afecto absoluto de los maridos hacia sus esposas: El afecto
del esposo por su esposa será según su opinión de ella. Por lo tanto debe
deleitarse totalmente en su esposa, o sea deleitarse solamente en ella. En
este sentido la esposa del profeta es llamada “el deleite [placer] de tus
ojos” (Eze. 24:16), en quien él más se deleitaba. Un deleite así sintió Isaac
por su esposa que le quitó la gran tristeza que sentía por la partida de su
madre. La Biblia dice que la amó y que esto lo consoló después de la
muerte de su madre (Gén. 24:67).
El sabio expresó con elegancia este tipo de afecto, diciendo: “Alégrate
con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela” (Prov.

27
14
5:18, 19). Nótese aquí las metáforas al igual que la hipérbole usadas para
describir el deleite de un esposo en su esposa. En las metáforas, note tanto
las criaturas que dice se parecen a la esposa y los atributos que les da. Las
criaturas son dos: una cierva y una gacela, que son las hembras del venado
y el corso respectivamente. Aquí cabe mencionar que de todas las bestias,
el venado y el corso son los más apasionados con sus hembras.
Estas comparaciones aplicadas a la esposa muestran cómo el marido
debiera disfrutar de su esposa… Tanto que le haga olvidar las fallas de su
esposa; esas fallas que otros pueden notar o aborrecer, él no ve, ni por ellas
se deleita menos en ella. Por ejemplo, si un hombre tiene una esposa, no
muy linda ni atractiva, con alguna deformación en el cuerpo, alguna
imperfección en su hablar, en su vista, en sus gestos o en cualquier parte de
su cuerpo, pero tanto la ama que se deleita en ella como si fuera la mujer
más hermosa y en todo sentido la mujer más perfecta del mundo. Además,
tanto la estima, con tanto ardor la ama, con tanta ternura la trata al punto que
los demás piensan que es un tonto. El afecto de un marido por su esposa no
puede ser demasiado grande, siempre y cuando sea sincero, sobrio y
decente.
Acerca de la paciencia de los esposos por exigir todo lo que
corresponde: tanto la reverencia de la esposa como su obediencia deben
ser correspondidas por la cortesía del esposo. Como testimonio, el marido
tiene que estar listo para aceptar todo aquello en que su esposa está
dispuesta a obedecerle. Tiene que ser moderado y no exigirle demasiado.
En este caso, debe decidirse a tener una buena disposición hacia ella; es
preferible que la obediencia de ella sea por su propia voluntad con una
conciencia limpia ante Dios, porque Dios la ha puesto en una posición de
sujeción, y por amor matrimonial que por la fuerza porque su marido se lo
ordena.
Maridos… tienen que considerar lo que es legal, necesario, conveniente,
oportuno y apropiado para que sus esposas hagan, sí, lo que están
dispuestas a hacer y no negarse. Por ejemplo:
1. Aunque la esposa debiera ir con su esposo y quedarse donde él diga,
él no debiera [a menos que por alguna razón fuera de su control se vea
obligado a ello] llevarla de un lado para otro, y sacarla del lugar que a ella
le gusta. Jacob consultó con sus esposas y se aseguró de que estuvieran de
acuerdo antes de llevárselas de la casa de su padre (Gén. 31:4).
2. Aunque ella debiera atender de buen talante a las visitas que él trae a
la casa, él no debiera ser desconsiderado ni insistente con ella en estos
casos. La mayor parte de la responsabilidad y el trabajo para atender a las

28
visitas cae sobre la esposa, por lo tanto el marido debiera ser considerado
con ella.
Si él ve que ella es responsable y sabia, muy capacitada para administrar
y ordenar las cosas de la casa, pero que prefiere no hacer nada sin el
consentimiento de él, él debe dar su consentimiento sin reparos, y satisfacer
el deseo de ella, como Elcana, y como el esposo de esa excelente mujer que
Salomón describe (Prov. 31:10-31).
Para administrar los asuntos de la casa es necesario un consentimiento
mutuo, pero es un deber específico de las esposas (1 Tim. 5:14). Porque los
asuntos de la casa están a su cargo es lógico que se la llame ama de casa.
En vista de esto, los maridos deben dejar a su cargo la administración de la
casa y no ponerle impedimentos por querer intervenir y dar su aprobación a
cada cosa. En general, es responsabilidad de la esposa: 1. El arreglo y
decoración de la casa (Prov. 31:21, 22), 2. Administrar las provisiones
cotidianas para la familia (Prov. 31:15), 3. Supervisar al personal de
servicio (Gén. 16:6), 4. Ocuparse de la formación de los hijos mientras
todavía son chicos (1 Tim. 5:10, Tito 2:4).
Entonces, en general, todo esto debe dejarse a discreción de ella (2 Rey.
4:19) con solo dos advertencias: 1. Que ella tenga discreción, inteligencia y
sabiduría, y no sea ignorante, necia, simple, gastadora, etc.; 2. Que él
supervise todo en general, y que haga uso de su autoridad en caso de tener
que prevenir que su esposa o sus hijos, sirvientes u otros hagan algo ilegal
o impropio.
Acerca de la severidad excesiva de los maridos para con sus esposas:
Lo contrario es el rigor y la severidad de muchos maridos, que ejercen al
máximo su autoridad, y no ceden nada a sus esposas como si fueran
inferiores. Estos son:
1. Los que nunca están conformes ni satisfechos con lo que la esposa
haga, sino que son siempre más y más exigentes.
2. Los que no les importa lo detestable y oneroso que resultan para sus
esposa: detestables por traer a casa huéspedes que saben que no pueden
atender, onerosos por traer visitas con demasiada e inoportuna frecuencia
o imponiéndoles responsabilidades fuera de lugar y por sobre los asuntos
de la casa. Imponer tales cosas con demasiada frecuencia no puede más
que hartarlas, y hacerlo irrazonablemente no puede menos que alterarlas y
ofenderlas en gran manera [como en el caso de que la esposa esté débil por
causa de alguna enfermedad, que esté embarazada o recién haya dado a luz,
por estar amamantando u otras cosas similares que le impiden dar las
atenciones que de otra manera daría].

29
3. Sujetan a sus esposas como si fueran niñas o sirvientas, impidiéndoles
hacer nada sin su conocimiento y sin su expreso consentimiento.
Acerca de los maridos que ingratamente desalientan a sus esposas: Lo
contrario es la actitud desagradecida, quizá por envidia de los maridos que
no se fijan en las muchas buenas cosas que hacen sus esposas todos los días
sin recibir aprobación ni elogio ni recompensa, sino que están prontos para
criticar la menor falta o descuido en ellas. Hacen esto en términos generales
como si ellas nunca hicieran nada bien, por lo que ellas tienen derecho a
decir: “Hago muchas cosas bien, pero él lo ignora; pero si hago una cosa
mal, no cesa de criticarme”.
Acerca de la manera como el marido instruye a su esposa: En cuanto a
la instrucción, el apóstol agrega humildad. Instruid [dice él] con humildad a
“a los que se oponen” (1 Tim. 2:25). Si los pastores deben instruir a su
pueblo con humildad, cuanto más los maridos a sus esposas: en caso de
encontrar oposición, no debe hacer a un lado la humildad, no debe hacerse
a un lado en ningún caso.
Observe el marido estas reglas que demuestran humildad:
1. Tome en cuenta la capacidad de su esposa y programe sus
instrucciones en consecuencia. Si tiene poca capacidad, enseñe precepto
por precepto, línea por línea, un poquito aquí un poquito allá. Un poquito a
la vez [día tras día] llegará a ser mucho, y conforme ambos conocen lo
enseñado, el amor de la persona que enseña aumentará.
2. Instrúyala en privado, solo usted y ella, para que no se ande
pregonando su ignorancia. Las acciones privadas entre el hombre y su
esposa son muestras de cariño y confianza.
3. En la familia, instruya a los hijos y sirvientes cuando ella está
presente, pues así podrá ella aprender también. No hay manera más
humilde y gentil de instruir, que instruir a terceros.
4. Junto con los preceptos añada comentarios dulces y expresivos como
testimonios de su gran amor. Lo opuesto es instruir duramente, cuando los
maridos pretenden hacerles entrar violentamente en la cabeza a sus esposas
cosas que ellas no pueden comprender. Y aun sabiendo que ellas no pueden
comprender, se enojan con ellas, y el enojo los lleva a decir groserías y a
proclamar su ignorancia delante de los hijos, sirvientes y extraños. Esta
dureza es tan contraproducente y exaspera tanto el espíritu de la mujer, que
mejor es que el marido deje a un lado este deber si lo pretende cumplir de
esta manera.
Acerca de que el marido debe proveer maneras para que la esposa sea
edificada espiritualmente: Se deben proveer los medios para la

30
edificación espiritual del alma de ella, tanto en privado como en público.
En privado se refiere a los oficios santos y religiosos en el hogar, tales
como leer la Palabra, orar, instruir y cosas por el estilo, que son el alimento
espiritual cotidiano del alma como lo es alimento cotidiano para nuestros
cuerpos. El hombre, como cabeza de la familia, tiene el deber de proveer
estos para el bien de toda su casa; y como marido, en especial para el bien
de su esposa: porque para su esposa, al igual que para toda la familia, él es
rey, sacerdote y profeta.
Por lo tanto, él solo, para el bien de su esposa, debe realizar estas cosas
o conseguir que otro las haga. Cornelio mismo realizaba estos oficios
(Hech. 10:2, 30). Micaía empleó a un levita [aunque su idolatría era mala,
el hecho de que quisiera a un levita en su casa era encomiable] (Jue.
17:10). El esposo de la sunamita proveyó un cuarto para el profeta y lo hizo
especialmente por su esposa, porque fue ella quien se lo pidió (2 Rey.
4:11).
Medios públicos se refieren a las ordenanzas santas de Dios realizadas
por el siervo de Dios. El cuidado del marido por su esposa en este respecto
es ver que alguien más haga las cosas imprescindibles de la casa de modo
que ella pueda participar de ellas. La Biblia destaca que Elcana había
provisto todo de tal manera que sus esposas podían ir con él todos los años
a la casa de Dios (1 Sam. 1:7; 2:19): lo mismo dice de José, el esposo de la
virgen María (Luc. 2:41). En aquella época había un lugar público que era
la casa de Dios a dónde debían concurrir todos los años [sin importar la
distancia desde su casa]. Los lugares donde vivían Elcana y José eran lejos
de la casa de Dios, no obstante, ellos dispusieron todo de modo que no solo
ellos, sino que sus esposas también fueran a los cultos públicos para adorar
a Dios. En la actualidad hay muchas casas de Dios, lugares donde se adora
a Dios en público, pero por la corrupción de nuestros tiempos, el ministerio
de la Palabra [el medio principal para edificación espiritual] no prevalece
en todas partes. Por lo tanto, tal debe ser el cuidado del marido por su
esposa en este respecto, que la elección de su vivienda tiene que depender
de que sea donde pueda tener el beneficio de la Palabra predicada, o si no,
proveerle los medios para llegar semanalmente al lugar de predicación.
Acerca de descuidar la edificación de la esposa: Lo contrario es la
práctica de los que ejerciendo sus profesiones en lugares donde la Palabra
abunda, prefieren por placer, satisfacción, comodidad y economía, mudar a
sus familias a lugares remotos donde escasea la predicación o ni la hay.
Dejan allí a sus esposas a cargo de la familia, sin tener en cuenta su
necesidad de la Palabra, porque ellos mismos se van a Londres u otros

31
lugares parecidos en razón de sus profesiones, y allí disfrutan de la Palabra.
Muchos, abogados y otros ciudadanos son culpables de descuidar a sus
esposas en este sentido. También lo son aquellos que abandonan todo
ejercicio religioso en sus casas, convirtiéndolas en guaridas del diablo en
lugar de iglesias de Dios. Si por falta de medios, públicos o privados, la
esposa vive y muere ignorante, irreverente, infiel e impenitente lo cual
significa condenación eterna, sin duda su sangre le será demandada a él
porque el esposo es guardia de su esposa (Eze. 3:18).
Acerca del cuidado del marido en mantener a su esposa durante toda la
vida: la manutención cariñosa del marido por su esposa debe ser mientras
ella viva, sí, también en el caso que ella lo sobreviva. No que pueda él
hacer algo después de muerto, sino que antes de su muerte ha tomado las
medidas para su futuro sustento, de modo que después ella pueda
mantenerse independientemente y vivir en el mismo nivel que antes. [Él
debiera por lo menos] dejarle no solo lo que tenía con ella, pero algo más
también como testimonio de su amor y preocupación por ella. Los maridos
tienen el ejemplo de Cristo para imitar, porque cuando este partió de este
mundo dejando a su iglesia aquí en la tierra, dejó su Espíritu, que le
proporcionó a ella dones tan o más abundantes (Ef. 4:8), como si Cristo
estuviera todavía con ella. En el caso de muchos que mantienen a sus
esposas mientras viven con ellas, a su muerte demuestran que realmente no
la amaban. Todo había sido para aparentar.
Acerca de lo gratuito del amor de los maridos: La causa del amor de
Cristo fue su amor, como dice Moisés, demostró su amor porque los amaba
(Deut. 7:7-8). El amor surgió solo y absolutamente de él mismo y era
gratuito en todo sentido: no había nada en la iglesia, antes de que Cristo la
amara, para motivarlo a amarla, por lo que no había nada que él pudiera
esperar después, más que lo que él mismo daría. Ciertamente se deleita en
esa justicia que tiene como si vistiera un manto glorioso y con gracias
celestiales como si estuviera adornada con piedras preciosas. No obstante,
esa justicia y esas gracias son de él y otorgadas gratuitamente por él. Se
presenta a sí mismo una iglesia gloriosa (Ef. 5:27).
En imitación de esto, los maridos deben amar a sus esposas, aun cuando
no hubiere en ellas nada que los mueva a amarlas, fuera del hecho de que
son sus esposas. Sí [deben amarlas] aunque no puedan esperar nada de ellas
en el futuro. El verdadero amor respeta al objeto que ama, y considera el
bien que le puede hacer, en lugar de esperar el bien que pueden recibir del
objeto de su amor. Porque el amor no busca lo suyo (1 Cor. 13:5)… El
amor de Cristo debiera impulsar aún más a los esposos para hacer todo lo

32
que esté en su poder a fin de amarlas sin reservas. Entonces será cierto que
viven con sus esposas sabiamente (1 Ped. 3:7), y su amor se parecerá al de
Cristo: será gratuito.
Acerca de que los maridos amen a sus esposas más que a sí mismos: No
se puede expresar la magnitud del amor de Cristo, porque sobrepasa toda
medida. Se dio a sí mismo por su iglesia (Ef. 5:25), fue ese Buen Pastor que
dio su vida por sus ovejas (Juan 10:11). “Nadie tiene mayor amor que este”
(Juan 15:13). ¿Qué no hará por su esposa por quien dio su vida?
Acerca de la falta de consideración de los maridos: Lo contrario es su
falta de consideración que prefieren cualquier trivialidad propia antes que
el bien de sus esposas: sus ganancias, sus placeres, su progreso, sin ningún
sentimiento por sus esposas. Si se requiere de ellos algún esfuerzo
extraordinario en favor de sus esposas, entonces se notará el poco amor que
le tienen.
Acerca de la constancia del amor de los maridos: La duración del amor
de Cristo es sin fecha: “Como había amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Su amor era constante [no por
arranques, amando ahora, luego odiando] y sin fin (Os. 2:19) [nunca
arrepintiéndose de él, nunca cambiando de idea]. Ninguna provocación ni
ninguna transgresión pueden hacerle olvidar de amar o dejar de hacer aquel
bien que tenía la intención de hacer para su iglesia. Note que le dijo aun
cuando ella se rebeló contra él: “Tú, pues, has fornicado con muchos
amigos; mas ¡vuélvete a mí dice Jehová!” (Jer. 3:1) y también “Mi
misericordia no se apartará” (2 Sam. 7:15)… Porque su amor no depende
del desierto de su iglesia sino de lo inmutable de propia voluntad. Así
como esto demuestra que el amor de Cristo es un amor auténtico, demuestra
también que es provechoso y beneficioso para la iglesia, la cual a pesar de
sus muchas faltas, por ese amor es glorificada.
Acerca de que los maridos amen a sus esposas como a sí mismos: Al
ejemplo de Cristo, el apóstol agrega cómo los maridos deben imitarlo: “Así
también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos”
Ef. 5:28)… El ejemplo de Cristo es completo, perfecto y suficiente en todo
sentido, mucho más excelente que el del hombre. No se agrega esto para
añadirle algo más, sino solo hacer notar nuestra falta de comprensión y
destacar su punto de un modo más claro. Porque con este agregado es más
práctico y fácil de entender. Todos saben cómo aman a su propio cuerpo,
pero ninguno o pocos saben cómo Cristo ama a su iglesia. Además, ese
ejemplo de Cristo puede ser demasiado elevado y excelente como para que
alguien pueda alcanzarlo. Por lo tanto, para hacer ver que no requiere más

33
de lo que el hombre puede llevar a cabo, siempre que con cuidado y
conciencia se decida cumplir su deber, [el apóstol] usa como ejemplo a uno
mismo; lo que uno hace con su cuerpo, puede hacer con su esposa.
Ningún hombre tratará con más cuidado la mano, el brazo, la pierna o
alguna otra parte del cuerpo que él mismo, porque es muy sensible a sus
propios dolores. Las metáforas que el apóstol usa en estas palabras: “sino
que la sustenta y la cuida” muestran claramente este cuidado (Ef. 5:29). Son
tomadas del mundo de las aves quienes con [cuidado] y ternura rondan en
medio de sus crías, cubriéndolas con sus alas y plumas, pero sin cargar
sobre ellas el peso de su cuerpo… De esta manera, con suma ternura y
cuidado deben tratar a sus esposas, como ya hemos mencionado varias
veces. Me pareció bueno destacar a los esposos este ejemplo del hombre
mismo, como algo para considerar como un precedente sin excepciones, por
lo cual reciben una pauta para cumplir mejor todo lo antedicho.
Así es el afecto que los maridos deben tener para con sus esposas: deben
más voluntaria y alegremente hacer cosas por sus esposas que por sus
padres, hijos, amigos y otros. Aunque esta alegría es una actitud interior de
su corazón, el hombre la demuestra con su presteza y buena disposición por
hacerle un bien a su esposa. En cuanto su esposa desea algún favor, él debe
estar listo para hacerlo: como le dijo Boaz a Rut: “Yo haré contigo lo que tú
digas” (Rut 3:11).
Lo opuesto es el talante de esos maridos que hacen cosas por sus esposas
de tan mala gana, quejándose y mostrando su descontento que ellas
preferirían que ni las hicieran. Su manera de actuar causa más sufrimiento a
las esposas de buen corazón, que hacer las cosas difíciles que se ven
obligadas a hacer.
Acerca del ejemplo de Cristo, para motivar a los maridos a amar a sus
esposas: No puede haber una motivación más fuerte para hacer algo que
seguir el ejemplo de Cristo. Cualquier ejemplo vivo es en sí tan fuerte que
nos puede motivar a hacer cualquier cosa: con más razón si es de una gran
persona, un hombre de renombre. Pero, ¿quién más grande que Cristo? ¿Qué
ejemplo más digno de imitar? Si el ejemplo de la iglesia es poderoso para
motivar a las esposas a estar sujetas a sus maridos, el ejemplo de Cristo
tiene que ser mucho más poderoso para motivar a los maridos a amar a sus
esposas. Qué gran honor es ser como Cristo: su ejemplo es un modelo
perfecto.
Tomado de Domestical Duties (Deberes domésticos),
Puritan Reprints, www.puritanreprints.com.
_______________________

34
William Gouge (1575-1653): Durante 46 años pastor en Blackfriars,
Londres, considerado como el centro de predicación más importante de
aquella época. Muchos creen que se convirtieron miles bajo la predicación
expositiva y penetrante de Gouge. Poderoso en las Escrituras y la oración,
predicó durante 30 años sobre la epístola a los Hebreos, cuya sustancia se
volcó en un comentario famoso; nacido en Stratford-Bow, Middlesex
County, Inglaterra.

Dios sabe qué es la piedad porque él la creó, él la sostiene, está


comprometido a perfeccionarla y se deleita en ella. ¿Qué importa si usted
es comprendido o no por los demás siempre y cuando es comprendido por
Dios? Si él conoce esta oración secreta suya, no trate de que otros también
la comprendan. Si sus motivaciones son discernidas en el cielo, no le
importe si lo son o no en la tierra. Si sus designios ––los grandes principios
que lo mueven— son tales que se atreve a hacerlos su alegato en el Día del
Juicio, no necesita detenerse y defenderlos ante una generación burlona y
mordaz. Sea piadoso, y no tema. Y, si lo malinterpretan, recuerde que su
personalidad ha muerto y se encuentra sepultada entre los hombres, y habrá
“una resurrección de las reputaciones” al igual que de los cuerpos.
“Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre”
(Mat. 13:43). Por lo tanto, no tema poseer esta personalidad peculiar,
porque aunque se malentiende en la tierra, se entiende bien en el cielo.
—Charles Spurgeon

35
CONVERSIÓN DE LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA
Samuel Lee (1627-1691)
“Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración
a Dios por Israel, es para salvación” Romanos 10:1.

P : “¿Qué podemos hacer, qué medidas podemos tomar, qué método


REGUNTA

nos recomienda para cumplir este deber tan importante, y ser útiles en la
conversión y salvación de nuestros familiares que se encuentran en un
15
estado natural ?
Daré indicaciones bajo varios encabezamientos. Algunas, aunque son
obligaciones comunes y obvias, pueden cumplirse mejor de lo que se están
cumpliendo, por lo que no las pasaré por alto ya que son muy provechosas y
no menos prácticas que otras. Muchos hombres bajo el evangelio perecen
por no llevar a cabo los deberes que saben que les corresponden. Por lo
tanto les ruego, oh cristianos, que cada indicación sea debidamente
evaluada y conscientemente mejorada a fin de lograr el éxito con la ayuda
divina.
1. Preserven y respeten el honor y la preeminencia de la posición en que
Dios los ha puesto con toda sabiduría y cuidado. El profeta se queja de los
tiempos cuando “el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra
el noble” (Isa. 3:5). La diferencia de edad requiere una diferencia en la
conducta… Los adultos tienen que demostrar gran respeto hacia los jóvenes
si quieren que los jóvenes demuestren gran respeto hacia ellos. Dicho esto,
no deben ustedes mostrarse orgullosos, altaneros ni presuntuosos. Sus
rostros, aunque serios, no deben ser adustos. Así como no siempre tienen
que estar sonriendo, tampoco deben estar con el ceño fruncido. Una
severidad rígida en palabras así como en acciones producen en los hijos
una disposición servil y de desaliento.
2. Sea la instrucción familiar frecuente, de envergadura y clara. Por
naturaleza, todos somos desiertos áridos y rocosos: la instrucción es la
cultura y el mejoramiento del alma. Los naturalistas han observado que las
abejas “llevan gravilla en las patas” para fijar sus cuerpecitos cuando rugen
los vientos tormentosos. Ese mismo fin cumple la instrucción en la mente
indecisa y fluctuante de la juventud. La quilla de su poco criterio se
hundiría sin el contrapeso de la disciplina… Pero en todos sus momentos
de instrucción, cuídense de no ser tediosos por hablar interminablemente.
Compensen la brevedad de esas ocasiones aumentando su frecuencia. La

36
Palabra manda hablar de los preceptos de Dios “cuando te sientes en tu
casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes”
(Deut. 6:7; 11:19), un poco ahora y un poco después. Los largos discursos
son una carga para la poca memoria que tienen, y una imprudencia tal bien
puede resultar en que terminen teniendo una aversión por el maná espiritual,
siendo que todavía están en su estado natural. A una planta joven se la
puede matar con demasiado fertilizante y podrirla con demasiada agua. Los
ojos que recién se despiertan no aguantan el resplandor, entonces: “mandato
sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro
poquito allá” (Isa. 28:10). Deben guiar a los pequeños como lo hizo Jacob,
mansamente hacia Canaán (Gén. 33:13).
Capten su tierna atención con pláticas acerca de la grandeza infinita y la
bondad eterna de Dios, acerca de las glorias del cielo, de los tormentos del
infierno. Las cosas que afectan los sentidos tienen que ser espiritualizadas
para ellos, gánense su buena disposición con astucia santa. Usen alegorías
lo más que puedan. Si están juntos en un jardín, hagan una aplicación
espiritual de las hermosas flores. Si están a la orilla de un río, hablen del
agua de vida y los ríos de placer que hay a la diestra de Dios. Si en un
maizal, hablen de la cualidad nutritiva del pan de vida. Si ven pájaros que
vuelan en el aire, o los oyen cantar en la floresta, enséñenles acerca de la
providencia omnisapiente de Dios que les da su alimento a su tiempo. Si
alzan su mirada al sol, la luna y las estrellas díganles que son destellos de
la antesala del cielo. ¡Oh, entonces qué gloria hay interiormente! Si ven un
arcoíris adornando alguna nube acuosa, hablen del pacto de Dios. Estos y
muchos más pueden ser como eslabones de oro que van poniendo
realidades divinas en sus memorias: “Por medio de los profetas usé
parábolas”, dice Dios (Ose. 12:10). Además, procuren que los pequeños
lean y aprendan de memoria algunas porciones de los libros históricos de
las Sagradas Escrituras. Pero, sobre todo, la mejor manera de instruir,
16
especialmente a los más chicos, es por medio de catecismos ––un método
breve y conciso de preguntas y respuestas— cuyos términos, por ser claros
y explícitos, pueden ser citados directamente del texto bíblico y expresados
en breves frases según su capacidad, en un estilo directo pero fiel a la
Palabra, de modo que queden en la memoria.
3. Agreguen requisitos a sus instrucciones. Ínstelos en el nombre de Dios
a que escuchen y obedezcan las reglas y costumbres de su hogar. Tenemos
un ejemplo en Salomón, quien nos dice que era “hijo de mi padre, delicado
y único delante de mi madre. Y él me enseñaba, y me decía: Retenga tu
corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y vivirás” (Prov. 4:3-4)…
En cuanto a esto, Abraham fue designado por Dios mismo como un modelo

37
para toda posteridad. “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa
después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio,
para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”
(Gén. 18:19), por lo que le complacía a Dios revelarle secretos.
4. Permanezca atento para percibir las primeras manifestaciones de
pecado en su conducta. Deténganlas cuando recién empiezan y son todavía
débiles. “De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra”, dice David
(Sal. 101:8). Hay que empezar este trabajo desde el principio y refrenar
cada palabra mala y desagradable desde la primera vez que la oyen.
Manténganse en guardia para detectar las primeras señales de corrupción en
ellos. Se puede cortar fácilmente un brote tierno, pero si se deja crecer
hasta ser una rama, es mucho más difícil hacerlo.
¡Oh que comiencen ustedes a echarle agua a las primeras chispas de
pecado en sus pequeños! Quiten las ocasiones de pecar con prudente
intervención. ¡Es sorprendente ver las excusas y máscaras del pecado, las
palabras engañosas que los niñitos usan! Antes de poder enseñarles a
hablar su idioma, el diablo y el corazón corrupto les enseñan a decir
mentiras. Mientras que todavía titubean al querer pronunciar bien algunas
palabras, no titubean en faltar a la verdad. ¡Cuán necesario es ponerle freno
a la lengua de sus hijos al igual que la suya! (Sal. 39:1).
Combatan sus fallas examinándolos con discernimiento y preguntas
agudas. Si no hacen esto cuando son pequeños, si no los motivan pronto con
lo sobrecogedor de los juicios de Dios y el peligro del pecado, es muy
posible que con el correr del tiempo lleguen a ser demasiado astutos como
para ser descubiertos. Enséñenles que se avergüencen de corazón, de modo
que por haber interiorizado estos conocimientos eviten el mal y hagan el
bien. Si ustedes permiten que un hijo siga pecando sin prestarle atención,
sin enseñarle, sin reprenderle, creyendo que la falta es demasiado pequeña
como para darle importancia al principio, será su perdición. Dios muchas
veces reprende a un progenitor anciano por ese hijo que no corrigió al
principio.
5. Presérvenlos de una sociedad impía. David no solo aborrecía el
pecado en general, sino que detestaba especialmente tenerlo en su casa.
“No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; el que habla mentiras no
se afirmará delante de mis ojos” (Sal. 101:7), para que el ejemplo impío y
la tiniebla espiritual de personas malas en su medio no se pegara y
corrompiera a los moradores. La imitación es natural en los niños: imitan a
sus familiares y amigos. Porque, según el proverbio: “El que vive con un
cojo aprenderá a cojear” (Prov. 22:24-25). Los niños en especial corren el

38
peligro de infectarse por las compañías lascivas y corruptas. Muchos
chicos de padres consagrados se han corrompido por andar siempre con los
hijos malos de vecinos impíos.
6. Hagan que las reprensiones prudentes y en el momento preciso sean
administradas según la naturaleza y calidad de las ofensas. Empiecen
suavemente. Usen toda la persuasión posible para atraerlos a los caminos
de Dios. Cuéntenles de las recompensas de gloria, la dulce comunidad en el
cielo; esfuércense por poner en sus corazones la verdad de que Dios puede
llenar sus almas con un gozo imposible de encontrar en el mundo. “A
algunos que dudan, convencedlos” (Jud. 22). Pero si esto no da resultado,
comiencen a incluir expresiones más graves de la ira divina contra el
pecado. Así como hay un nexo entre las virtudes, lo hay también entre las
pasiones. El amor y la ira no son enteramente “sentimientos incompatibles”.
No, el amor puede ser el principio y fundamento de la ira, que lanza sus
flechas reprochadoras contra el blanco del pecado… Pueden decirle a su
hijo con algo de severidad, que si sigue en su camino pecaminoso, Dios se
indignará, y ustedes también. Luego háganle saber que “¡Horrenda cosa es
caer en manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31). Esta es la manera de aplicar el
“Airaos, pero no pequéis” como manda el apóstol (Ef. 3:26). No permitan
que sus pasiones, como torrentes incontrolables, se desborden de los
límites establecidos por las Escrituras y la razón. Hay una indignación seria
y sobria que produce respeto y conduce a una reforma. Pero la que incluye
un estrépito horrible y gritos desaforados fluye del pecho de los necios.
Sería en vano que quisieran ustedes ganar a otros cuando ustedes mismos
son abusivos y descontrolados. ¿Cómo puede alguien en tal estado razonar
con otro en su mismo estado? El que es esclavo de su irascibilidad no
puede ofrecer reprensiones nobles. El niño jamás podrá convencerse de que
tal indignación proviene del amor cuando lo obligan a aguantar los abusos
diarios de un temperamento encolerizado, cuando por parentesco está
siempre expuesto a un temperamento dominado por la ira que se tiene que
desquitar con alguien… Entonces, administren con prudencia sus
reprensiones. Recubran esas píldoras amargas con la esperanza de volver a
ganarse su favor en cuanto se corrige.
Consideren igualmente la posición y el lugar de sus distintos familiares.
A la esposa no hay que reprenderle delante de los hijos y los sirvientes,
para no menoscabar su autoridad. El desprecio mostrado hacia la esposa
terminará siendo contraproducente para el marido. También, las pequeñas
ofensas de los hijos y sirvientes, si no fueron cometidas en público, deben
ser reprendidas en privado. Pero, sobre todo, tengan cuidado de no
reprenderlos más por las ofensas contra usted que por las ofensas contra

39
Dios. Si tienen motivos para indignarse, no empeoren las cosas sino que
procuren calmarse antes de tomar alguna medida.
No den demasiada importancia a las debilidades. Si todavía no son
pecaminosas, repréndanlos con la expresión de su rostro y no con
agresiones amargas. Reserven sus reprensiones públicas y ásperas para las
ofensas abiertas y escandalosas, para transgresiones reiteradas que
demuestran mucha indiferencia, o desprecio y desdeño.
7. Mantengan una práctica constante y vigorosa de los deberes santos en
el seno familiar. “Yo y mi casa serviremos a Jehová”, dijo Josué (Jos.
24:15). Moisés mandó a los israelitas que repitieran una y otra vez en
familia y en privado con sus hijos las leyes y los preceptos que Dios les
había dado (Deut. 6:7). Las enseñanzas y exhortaciones de los siervos de
Dios en público deben ser constantemente repetidas en casa a los pequeños.
Samuel hizo una fiesta en su propia casa después del sacrificio (1 Sam.
9:12, 22). Job y otros realizaban sacrificios con sus propias familias. El
cordero pascual debía ser comido en cada casa en particular (Éxo. 12:3, 4).
Dios dice que derramará su “enojo sobre los pueblos que no te conocen”
(Jer. 10:25).
Mantener estos deberes familiares hace de cada hogar un santuario, un
Betel, una casa de Dios. Aquí quiero recomendar que los cristianos no sean
demasiado tediosos en su cumplimiento de los deberes de adoración
privada. Cuídense de no hacer que los caminos de Dios sean una carga y
una cosa desagradable. Si a veces Dios les toca el corazón de un modo
especial, no rechacen ni repriman la inspiración divina, pero en general
esfuércense por ser concisos y breves. Muchas veces el espíritu está
dispuesto cuando la carne es débil (Mat. 26:41). Y a uno le es fácil no
distraerse durante un tiempo breve, pero la plática larga da ocasión para
distraerse mucho. “Porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por
tanto, sean pocas tus palabras” (Ecl. 5:2). Igualmente es bueno variar los
deberes religiosos: a veces canten y a veces lean, a veces repitan, a veces
catequicen, a veces exhorten. Pero hagan dos cosas a menudo: ofrezcan el
sacrificio de las oraciones y hagan que los hijos lean cada día alguna
porción de las Sagradas Escrituras.
8. Procuren por todos los medios que todos participen de las ordenanzas
públicas, porque allí Dios está presente de un modo más especial. Hace que
el lugar de sus pies sea glorioso. Aunque el mandato de Dios era que solo
los varones fueran a las fiestas solemnes en Silo, Elcana llevaba a toda su
familia al sacrificio anual (1 Sam. 1:21). Quería que su esposa, hijos y
siervo estuvieran “en la casa de Jehová” para “contemplar la hermosura de

40
Jehová, y para inquirir en su templo” (Sal. 27:4). También Cornelio, cuando
Pedro llegó a Cesarea para predicar por mandato de Dios, llamó a todos
sus familiares y conocidos para escuchar el sermón (Hech. 10:24)…
Recuerden examinarlos para ver si prestaron atención, como lo hizo Jesús
cuando predicó su famoso sermón junto al mar. Les preguntó a sus
discípulos: “¿Habéis entendido todas estas cosas?” (Mat. 13:51). Cuando
ya estaban solos les explicó más en detalle las cosas que había enseñado
(Mar. 4:34).
9. Si lo antedicho no da resultado, sino que los que están a su cargo
siguen pecando, tendrán que recurrir a la corrección paternal. Ahora bien,
las reprensiones tienen que depender de la edad, el temperamento, carácter
y las diversas cualidades y tipos de ofensas de cada uno. Otorgue su perdón
por faltas leves en cuanto muestran arrepentimiento y pesar. Tienen que
considerar si las faltas de ellos proceden de su imprudencia y debilidad, en
qué circunstancias y como resultado de qué provocaciones o tentaciones.
Observen si parecen estar realmente arrepentidos y verdaderamente
humillados… En estos y otros casos similares, deben los padres tener
mucho cuidado y prudencia. El castigo merecido es una parte de la justicia
familiar, y hay que tener cuidado de que por eximirlos de castigo, ellos y
sus amigos se endurezcan en sus pecados y se pongan obstinados y rebeldes
en contra de los mandamientos de Dios. “El que detiene el castigo, a su hijo
aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige. Lo castigarás con
vara, y librarás su alma del Seol” (Prov. 13:24; 23:14). Esta es una orden y
un mandato de Dios. “Tuvimos a nuestros padres terrenales que nos
disciplinaban, y los venerábamos” (Heb. 12:9).
Algunos progenitores y maestros se conducen más como bestias
embravecidas que como seres humanos: disfrutan de corregir tiránicamente.
Pueden dejar que sus hijos digan groserías, mentiras y que roben, y cometan
cualquier otro pecado sin corregirlos para nada. Pero si no hacen lo que
ellos quieren que hagan, caen sobre ellos y los despedazan como bestias
salvajes. ¡Sepan que en el Día del Juicio, estos rendirán cuenta de sus
acciones viles! ¡Ay, mejor déjenles ver que están indignados por lo hecho
contra Dios y no contra ustedes! Tienen que sentir mucha compasión por sus
almas y un amor santo mezclado con su ira contra el pecado… Tengan
cuidado, sean imparciales y reúnase con ambas partes cuando hay quejas
mutuas. Pero si están convencidos de que ninguna otra cosa fuera de la
corrección daría resultado, sigan el mandato de Dios: “corrige a tu hijo, y te
dará descanso” (Prov. 29:17)… pero eviten toda corrección violenta y
apasionada. El que ataca cuando arde su pasión se arriesga demasiado a
sobrepasar los límites de la moderación… tengan cuidado, no sea que por

41
demasiados castigos físicos su hijo termine sintiéndose envilecido ante sus
propios ojos (Deut. 25:3).
10. Si los medios ya mencionados son eficaces por bendición divina,
entonces elogien a sus hijos y anímelos, pero no demasiado. Al igual que
los magistrados, los padres a veces tienen que elogiar a los que hacen el
bien (Rom. 13:3). Nuestro Señor a veces se acerca y dice: “Bien, buen
siervo y fiel” (Mat. 25:21). Entonces, cuando los resultados son
prometedores y los que están a su cargo demuestran ser responsables, tienen
ustedes que alentarlos demostrando su aprobación… Pero no demasiado,
porque los barquitos no pueden aguantar grandes velámenes. Muchas veces
el exceso de elogios genera orgullo y arrogancia, y a veces altanería y
exceso de confianza.
11. ¿Comienzan ellos a mejorar y prosperar en su obediencia y empiezan
a aceptar con buena actitud sus preceptos? Entonces, conquístenlos todavía
más con recompensas según sus diversas capacidades y su posición. Dios
se complace en atraernos a los caminos de santidad con la promesa de una
recompensa: “es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6). A medida
que van creciendo, deles recompensas que son las apropiadas para su edad.
En algunos casos, han probado ser muy motivadoras, al menos en lo que se
refiere a la obra externa de la religión en los pequeños… Recuerde que
cuando el hijo pródigo de la parábola volvió a su hogar para vivir una vida
nueva, el padre hizo matar el becerro gordo, le hizo poner el mejor vestido,
poner un anillo en su mano y calzado en sus pies (Luc. 15:22).
Tomado de Puritan Sermons 1659-1689, Being the Morning Exercises at
Cripplegate (Siendo los ejercicios matutinos en Cripplegate), Tomo 1,
Richard O. Roberts Publishers.
_______________________
Samuel Lee (1627-1691): Pastor puritano congregacional en St. Botolph,
Bishopsgate; nacido en Londres, Inglaterra.

42
LA IRA DEL PADRE PIADOSO
John Gill (1697-1771)
P , expresado negativamente: “Y vosotros, padres, no provoquéis a
RIMERO

ira a vuestros hijos” (Ef. 6:4) lo cual se hace: 1. Con palabras: dándoles
órdenes injustas e irrazonables, regañándoles a menudo, en público y con
dureza; con expresiones inoportunas y apasionadas, y con un lenguaje
humillante y abusivo; como el de Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30).
2. Con hechos: mostrando más cariño por uno que por otro, como en el
caso de Jacob por José, lo cual indignó tanto a sus hermanos que los llevó a
odiarlo al punto de no poder hablar pacíficamente con él (Gén. 37:4);
negándoles comida sana y en suficiente cantidad (Mat. 7:9-10; 1 Tim. 5:8);
no permitiéndoles jugar, siendo que los juegos infantiles son algo que deben
tener (Zac. 8:5); y cuando llegan a la edad de casarse, desposarlos con
alguien que no quieren, impidiéndoles sin ninguna razón el noviazgo con
alguien que prefieren; despilfarrando en una mala vida el dinero que
debiera ser para mantener en el presente a sus hijos y ahorrar para el futuro
de ellos, y especialmente cualquier conducta cruel e inhumana como la de
Saúl hacia Jonatán cuando atentó contra su vida (1 Sam. 20:33-34). Tales
provocaciones han de ser evitadas a todo costo, ya que le quitan toda
eficacia a las órdenes, los consejos y las correcciones, y les hace perder el
afecto de sus hijos. La razón que da el apóstol para evitar todo esto, es
“para que no se desalienten” (Col. 3:21). Pueden sufrir tanto dolor que
pierden totalmente el ánimo, se sienten acobardados, desanimados y
abatidos. Cuando pierden la esperanza de complacer a sus padres y de
compartir su amor pierden toda motivación para cumplir sus deberes y
superarse. Los padres de familia indudablemente tienen el derecho de
reprender a sus hijos cuando actúan mal: fue culpa de Elí que sus hijos
fueran como eran porque era demasiado indulgente con ellos y sus
reprensiones demasiado débiles cuando debió haberles impedido cometer
sus vilezas. Debió haber mostrado su desagrado con firmeza, exigido que se
cumplieran sus órdenes y debió amenazarlos, castigándolos si seguían con
su obstinación y desobediencia (1 Sam. 2:23-24; 3:13). Y pueden los papás
usar la vara de corrección, lo cual deben hacer temprano, mientras hay
esperanza, pero siempre con moderación y amor, y deben tomarse el trabajo
de darles pruebas de que los aman, y que es por el amor a ellos y para su
bien, que los castigan. Se menciona a los “padres” en particular porque
tienen la tendencia a ser más severos mientras que las mamás son más
indulgentes.

43
Tomado de A Body of Divinity (Un cuerpo de divinidad),
The Baptist Standard Bearer, www.standardbearer.org.
_______________________
John Gill (1697-1771): Teólogo bautista, nacido en Kettering, Inglaterra.

Mis hermanos, les exhorto que sean como Cristo en todo momento,
imítenlo en público. La mayoría vivimos como si fuéramos un medio de
publicidad; muchos somos llamados a trabajar en presencia de otros todos
los días. Somos observados, nuestras palabras son captadas, nuestras vidas
son examinadas a fondo. El mundo con ojos de águila, con ojos que buscan
argumentos para discutir, observa todo lo que hacemos, y los críticos
cortantes nos atacan. Vivamos la vida de Cristo en público. Seamos
cuidadosos de mostrar a nuestro Señor y no a nosotros mismos, a fin de
poder decir: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Ustedes que son
miembros de la iglesia, lleven esto también a la iglesia. Sean como Cristo
en la iglesia. Cuantos hay como Diótrefes, quien buscaba ser el más
prominente (3 Juan 9). Cuántos hay que están tratando de parecer más de lo
que son y tener poder sobre sus hermanos cristianos, en lugar de recordar
que la regla fundamental de todas nuestras iglesias es que todos los
hermanos son iguales y que deben ser recibidos como tales. Manifiesten,
pues, el espíritu de Cristo en sus iglesias y donde quiera que estén. Que sus
hermanos en la iglesia digan de ustedes: “Ha estado con Jesús”… Pero por
sobre todas las cosas sean ustedes cuidadosos en practicar su religión en
sus hogares. Un hogar religioso es la mejor prueba de verdadera piedad. No
mi capilla, sino mi hogar; no mi pastor, sino mi familia quien mejor me
puede juzgar. Es el sirviente, el hijo, la esposa, el amigo los que pueden
discernir mejor mi verdadero carácter. Un hombre bueno mejora su hogar.
Rowland Hill dijo en cierta ocasión que él no creería que un hombre fuera
un verdadero cristiano si su esposa, sus hijos, sus sirvientes y aun su perro
y su gato, no fueran mejores por ello… Si su hogar no es mejor por ser
ustedes cristianos, si los hombres no pueden decir: “Esta casa es mejor que
otras”, no se engañen, no tienen ustedes nada de la gracia de Dios…
Practiquen su piedad en familia. Que todos digan que ustedes tienen una
religión práctica. Que sea conocida y practicada en la casa, al igual que en
el mundo. Cuiden su carácter allí; porque realmente somos como allí nos
comportamos. —Charles Spurgeon
Dios otorga más bondades a un hombre piadoso que a todos los impíos
en el mundo. Júntese toda la manutención, todos los males de los que han

44
sido liberados, todas sus riquezas, todas las comodidades que la
providencia les ha dispensado: esas cosas no son más que nimiedades que
Dios otorga a hombres impíos. Pero hay bendiciones únicas que otorga a
los justos. Dios tiene reservadas cosas preciosas para sus favoritos en
comparación con las cuales los tesoros del mundo no son más que polvo y
escoria. En cuanto a los santos, Cristo murió por ellos, todos han sido
perdonados, han sido librados de un infierno de sufrimiento eterno, se les
ha dado derecho a la vida eterna, la propia imagen de Dios les ha sido
conferida, han sido bien recibidos y disfrutar disfrutarán del amor
imperecedero de Dios. —Jonathan Edwards

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AMENAZAS A LA PIEDAD DEL JOVEN
John Angell James (1785-1859)
E bueno saber cuáles son y dónde se presentan, a fin de saber cómo
S

evitarlas. La ignorancia en cuanto a estas constituye en sí uno de los


peligros principales. En muchos casos, saber los riesgos que enfrentamos es
ya una manera de evitarlos. Reflexivamente, pues, considera lo siguiente:
I. Corres peligro de caer en el mal cuando ya no estás bajo la vigilancia,
los consejos y las restricciones de tus padres. Hay que admitir que a veces
el hogar mismo es el entorno que representa una amenaza a la buena moral y
la religión. En algunos hogares, los jóvenes ven y oyen muy poco que no
tenga la intención de dañarlos; es decir, el ejemplo de los padres se inclina
hacia el pecado, y casi todo lo que se dice o hace tiene muchas
posibilidades de producir impresiones desfavorables a la piedad y aun
quizá a la moralidad. Donde este es el caso, irse de la casa es
beneficioso… Muchos jóvenes ––quienes en ese momento de dejar su casa
lloraron por las cosas que los obligaron a dejar el hogar de su niñez y la
protección de sus padres— han vivido para comprender que fue la mejor
etapa de su vida. Su decisión los sacó del ambiente de peligro moral y los
condujo a los medios de gracia y a la senda de vida eterna… Esto, no
obstante, no se aplica a todas las familias. Aunque hay padres a quienes no
les importa el carácter religioso o moral de sus hijos, no les son un buen
ejemplo, ni se ocupan de su educación ni de ponerles límites, sino que los
dejan que satisfagan sus pasiones sin freno y que cometan pecados sin
reprenderlos, hay muchos otros que actúan mejor y con más sabiduría.
En muchos casos, los padres de familia son morales y muchos son
piadosos. Mientras que los primeros ansían impedir que sus hijos caigan en
vicios y los instruyen para ser virtuosos, los últimos van más allá y se
esfuerzan por criarlos en el temor del Señor… Tú has sido criado dentro de
una moralidad rígida. Tus padres han sido cuidadosos en formar tu carácter
sobre una base correcta. Desde hace años conoces bien la voz de la
instrucción, admonición y advertencia. Has sido objeto constante de una
preocupación que no ignoras ni interpretas mal. Si te veían en compañía de
un extraño o un joven de dudosa fama, te cuestionaban y daban
advertencias. Si traías a casa un libro, lo examinaban. Si llegabas a casa de
noche más tarde que de costumbre, veías la mirada ansiosa de tu madre y
oías decir a tu padre: “Hijo mío, ¿por qué tan tarde? ¿A dónde andabas?”
En suma, te sentías siempre bajo vigilancia y bajo la presión de una

46
contención sin descanso. El teatro y otros lugares contaminados eran
estrictamente prohibidos; de hecho, no tenías ninguna inclinación por visitar
esos antros de vicio. De mañana y de noche escuchabas la lectura de las
Escrituras, y voces en oración ascendían a Dios y eran por ti. Con
semejantes ejemplos, y bajo tal instrucción y en medio de este ambiente, no
tenías oportunidad ni disposición de ser malo. Quizá pensaste a veces que
la falta de libertad era demasiada y el cuidado demasiado estricto…
Ahora todo esto ha pasado: te has ido o estás por irte del hogar paterno.
Llegó y nunca será olvidado el momento cuando esos brazos que te habían
cargado de pequeño te abrazaron y la voz vacilante de tu madre exclamó:
“Adiós, hijo mío”. Y tu padre, siempre cariñoso, pero ahora más cariñoso
que nunca, prolongó la triste despedida diciendo: “Hijo mío, ya no puedo
velar más por ti. El Dios cuya providencia te lleva de la casa de tu padre
sea tu Protector y te proteja de las maldades de este mundo pecaminoso.
Recuerda que aunque mis ojos no te vean, él si te ve ahora y siempre.
Témelo a él”. Y ahora allí estás, joven, donde tus padres te pusieron, en
medio de los engaños y peligros de este mundo impío, donde la vigilancia
de tu padre no te puede alcanzar ni los ojos llorosos de tu madre ver…
Fuera de casa, el joven con inclinaciones viciosas encontrará oportunidades
para satisfacer sus tendencias malas aun en situaciones propensas a la
virtud. Su corazón malvado, contento por la ausencia de sus padres,
aprovechará esa ausencia para pecar. De cuando en cuando en su interior
susurrará: “Papá no está aquí para ver esto ni mamá para saberlo; ahora no
estoy bajo su vigilancia, las restricciones han pasado. Puedo ir donde
quiero, juntarme con quien me plazca sin temor a cuestionamientos ni
reproches”. Oh joven amigo, piensa en lo vergonzoso de una conducta así.
¿No te parece que debieras aborrecerte si con tal dureza, al igual que
maldad, te aprovechas de la ausencia de tu padre y haces lo que sabes muy
bien le produciría un fuerte desencanto y causaría el dolor más amargo, si
estuviera presente? Una multitud de jóvenes son así de viles, malvados, y
han dejado la casa de sus padres para ir a su ruina eterna. Compórtate,
joven, compórtate como lo harías si supieras que tu padre te está viendo.
II. Tu peligro aumenta por el espíritu independiente y de autosuficiencia
(relacionado seguramente con la ignorancia y falta de experiencia) que los
jóvenes son propensos a tener cuando dejan la casa paterna y se encuentran
en el mundo. “El control paternal ha pasado, ya no tengo a mis padres para
consultar ni para obedecer; y aun si los tuviera es hora que piense y actúe
por mí mismo. Soy ahora el dueño de mi destino. Soy grande, ya no un niño.
Tengo capacidad para juzgar, discriminar y distinguir entre lo bueno y lo
malo. Tengo el derecho, y lo usaré, de dar forma a mis propias normas de

47
moralidad, de seleccionar mis propios modelos de carácter y trazar mis
propios planes de acción. ¿Quién tiene autoridad para interferir conmigo?”
Es posible que tus pensamientos se parezcan a estos, y son alentados por
muchos que te rodean, quienes sugieren que no tienes que seguir con
ataduras, sino que debes hacer valer tu libertad y comportarte como un
hombre. Sí, y cuántos han usado y abusado de esta libertad con los peores
propósitos criminales y fatales. Ha sido una libertad para destruir todas las
costumbres virtuosas formadas en el hogar, para socavar todos los
principios implantados por [el cuidado ansioso de] sus padres y para
lanzarse a todas las prácticas malsanas contra las cuales han oído la voz de
alarma desde su niñez. Muchos jóvenes en cuanto se liberan de las
restricciones paternales y se sienten dueños de su destino, se lanzan a todos
los lugares de esparcimiento, recurren a toda especie de diversión malsana,
se inician en todos los misterios de iniquidad, y con una curiosidad
enfermiza por conocer aquello que es mejor no saber, han caído en todas las
obras infructuosas de las tinieblas. Qué felices, felices habrían sido, si
hubieran pensado que una independencia que los libera de los consejos y el
control de sus padres puede significar la destrucción de la piedad,
moralidad y felicidad, y ha probado ser, donde esto ha sucedido, la ruina
para ambos mundos de multitudes de jóvenes que una vez estuvieron llenos
de esperanzas. Sabio es el joven y con seguridad bendecido será, que
habiendo dejado la casa de su padre, y habiendo llegado a su madurez,
todavía considera un privilegio y su deber considerar a sus padres como
sus consejeros, sus alentadores y en algunos sentidos, sus tutores. Lleva
consigo las restricciones dondequiera que va. En medio de las peligrosas
complejidades de la vida, acepta agradecido los oficios de un padre sabio
para guiarlo en su juventud.
III. Los numerosos incentivos para pecar que abundan en todas partes,
pero especialmente en las ciudades, y las oportunidades de hacerlo a
escondidas son un gran peligro. A la cabeza de todos estos tenemos que
colocar el teatro, que es donde se encuentran las atracciones más poderosas
y las seducciones más destructivas. No podemos decir nada que sea
demasiado fuerte ni demasiado malo en cuanto a las tendencias
perjudiciales de las bambalinas ni ninguna advertencia que sea demasiado
seria o apasionada para prevenir que los jóvenes entren por sus puertas. Es
enfática y particularmente el camino ancho y la puerta amplia que lleva a la
destrucción.
Los temas principales de las representaciones dramáticas comunes llevan
a corromper la mente juvenil apelando a las más inflamatorias, poderosas y

48
peligrosas de sus pasiones. Las tragedias, aunque con algunos pasajes
excelentes y nobles sentimientos ocasionales, por lo general tienen el
propósito de generar orgullo, ambición y venganza; mientras que las
comedias, diseñadas al gusto del público, y por ende las preferidas, son la
escuela de intrigas, amoríos ilícitos y libertinaje.
Pero no es solo el tema de la obra teatral misma que es corrupto, sino
también lo es su presentación en el escenario con todos sus
acompañamientos… Es un sentimiento malo, que se vale de todas las
ayudas posibles para empeorarlo. Es un mal disimulado con todos los
encantos de la música, pintura, arquitectura, oratoria y elocuencia con todo
lo que es fascinante en la hermosura femenina y lo deslumbrante de sus
trajes… Aunque son muchas y grandes, sería fácil enumerar las impiedades
a las cuales el teatro te expone… Despierta las pasiones más allá de lo que
es moral y por ende induce una aversión por aquellos temas importantes y
serios de la vida que no tienen más que su sencillez e importancia para
recomendarlos. Enciende apetitos carnales y crea una pasión constante por
satisfacerlos. No solo endurece el corazón en contra de la religión, sino que
el que ama el teatro nunca se acerca a la religión hasta haberse persuadido
de abandonar sus diversiones, y gradualmente endurece la conciencia hasta
hacerse insensible a la buena moralidad.
Las malas compañías son un peligro. Quizá más jóvenes hayan ido a su
ruina por las malas compañías que por cualquier otro medio que podríamos
mencionar. Muchos que han salido de su casa con un carácter sin mancha y
una mente comparativamente pura, pero en realidad ignorante de los
caminos del mal, quienes, sencillos y sin malicia no hubieran caído en la
tentación de ninguno de los otros pecados burdos, han caído por la
influencia nefasta y poderosa de amigos impíos. El hombre es un ser social,
y querer tener amigos es especialmente fuerte en la juventud, época en que
se les debe cuidar con más atención que en ninguna otra por el inmenso
poder que ejerce sobre la formación del carácter. De cuando en cuando
podemos encontrarnos con un joven tan concentrado en sus ocupaciones, tan
enfocado en cultivar su mente o tan reservado que no quiere compañía. Pero
a la mayoría le gusta estar en sociedad y anhela disfrutarla; y, si no tienen
muchísimo cuidado en elegir a sus amigos, corren peligro de elegir los que
les harán daño. Es casi imposible, joven, permanecer limpio en una
sociedad sucia… y no cesarán hasta hacerte tan malo como ellos. Cuanto
más simpáticos, amables e inteligentes son, más peligrosa y engañosa es su
influencia. El joven disoluto, de excelentes modales, alegre, buen
temperamento e inteligente es el instrumento más pulido de Satanás para
arruinar a las almas inmortales.

49
Las malas mujeres son de temer tanto como los hombres malos y aún
más… Joven lector, mantente en guardia contra este gran peligro para tu
salud, tu moralidad y tu alma. Donde quiera que vayas, encontrarás esta
trampa a tus pies. Vela y ora para no entrar en tentación. Vigila celosamente
tus sentidos, tu imaginación y tus pasiones. Una vez que cedes a la tentación
estás perdido. Pierdes tu pureza. Tu autoestima se va por el suelo y te
puedes entregar a cometer toda clase de depravaciones por pasión.
Juergas alcohólicas, aunque no tan común como una vez lo fueron ni
como lo son otras tentaciones, sigue siendo lo suficientemente común como
para destacarlas como un peligro… Sigue siendo la ambición de algunos
jóvenes insensatos poder acostumbrarse a tomar sin límites con sus
compañeros. ¡Qué meta tan baja y sensual! Joven, así como no te acostarías
en la sepultura de un ebrio, víctima de sus enfermedades y terminando sus
días en la miseria y la peor desdicha, cuídate del sucio, degradante y
destructivo hábito de tomar. Recuerda las palabras del más sabio de entre
los hombres: “¿Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las
rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para
quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino,
para los que van buscando la mistura” (Prov. 23:29, 30). Estudia este
incomparable y realista cuadro del bebedor y las consecuencias de beber, y
comienza tu vida sintiendo horror por la ebriedad…Te lo vuelvo a decir y
con el mayor énfasis posible: comienza tu vida aborreciendo la ebriedad.
IV. Concluyo esta horrible lista de peligros mencionando el predominio
de la impiedad y el afán y los métodos astutos de sus instigadores y
propagadores como otro peligro para la juventud. Nunca hubo una época
cuando la impiedad estuviera más activa que ahora… Los esfuerzos de los
incrédulos por difundir sus principios entre la gente común y la clase media
son en este momento muy fuertes… El sistema [del socialismo], si es que
sistema se le puede llamar… anuncia como su dogma principal que el
hombre es totalmente una criatura de las circunstancias, que no es en ningún
sentido el autor de sus opiniones y su voluntad, ni el originador ni apoyo de
su propio carácter… Como si fuera poco horrorizar el pensamiento de la
gente con un sistema tan monstruoso que la mentalidad pública y todos
nuestros sentimientos sociales se espantan ante las afirmaciones descaradas
17
de su autor , que son sus planes y su deseo abolir la institución del
matrimonio y reconstruir a la sociedad sobre la base de una asociación
ilegal de los sexos y la libertad sin restricciones del divorcio. A pesar de lo
absurdo y desmoralizante de este sistema, muchos lo apoyan. La razón es
evidente: su propia inmoralidad es para ellos su recomendación. Sienten
que si pueden creerlo, cometan los crímenes que cometan, ya no tienen que

50
rendir cuentas y los remordimientos desaparecen. No tienen la culpa de
ningún pecado, sino que la tienen las circunstancias que los llevaron a ese
18
punto : una manera rápida y fácil de ser villanos.
Es evidente que existe un vínculo estrecho entre la inmoralidad y la
incredulidad y una reacción constante en algunas mentes. Un joven cae en
tentación y comete un pecado, en lugar de arrepentirse como corresponde y
le conviene. En muchos casos intenta acallar su conciencia convenciéndose
que la religión es pura hipocresía y que la Biblia es falsa. Su infidelidad lo
prepara ahora para caer más hondo en el pecado. Es así que el mal le pide
ayuda al error, y el error fortalece al mal, y juntos, ambos llevan a su
víctima a la ruina y al sufrimiento. Para guardarte de peligros como estos,
estudia bien las evidencias de la revelación… [Cristo] en el corazón es lo
único en que se puede confiar como una defensa contra los ataques de los
incrédulos y la influencia de sus principios.
Qué día triste en los anales de millares de familia, cuando un hijo tras
despedirse de sus padres, ha comenzado su periodo de pruebas y luchas en
la gran empresa que es vivir la vida. En muchos casos, las lágrimas
derramadas en esa ocasión han sido un triste presagio, aunque sin saberlo
en ese momento, de muchas más que serían derramadas por las locuras,
villanías y sufrimientos del desgraciado joven. La historia de diez mil hijos
pródigos, de la muerte innecesaria de diez mil padres con el corazón
destrozado y las profundas y pesadas desgracias de diez mil familias
deshonradas son prueba de la realidad de los peligros que acechan al joven
cuando se va de su hogar. Y en más peligro está el que ignora lo que le
espera o aun sabiéndolo, no le da importancia. Sonríe ante los temores de
sus amigos y él mismo no siente ningún temor.
Joven amigo, hay esperanza si esta presentación te causa alarma, produce
inseguridad y te motiva a mantenerte en guardia y ser cauteloso. Sin
experiencia, confiando en ti mismo e impetuoso con todos tus apetitos a flor
de piel y todas tus pasiones cada vez más fuertes, ––con una viva
imaginación, una curiosidad lasciva y un corazón sensible–– ansioso de
tomar tus propias decisiones, ávido por probar tus alas, y quizá
ambicionando ser reconocido, estás en inminente peligro ante los apetitos
de la carne y de la mente. Todos menos tú se sienten ansiosos. Haz una
pausa y considera lo que puedes llegar a ser: un orgullo de la profesión que
has escogido, un miembro respetable de la sociedad, un profesante santo de
tu religión, un ciudadano útil de tu país, un benefactor en tu entorno y una
luz del mundo. Pero así como puedes llegar a una gran altura, en igual
medida te puedes hundir, porque así como se supone que la profundidad del

51
mar depende de la altura de las montañas, las tenebrosas honduras de
pecado y condenación en las que puedes caer, son comparables a las cimas
de excelencia y felicidad a las cuales puedes ascender… Examina un
momento el entorno que puedes ocupar y llenar de desgracias, desolación y
ruina. Considera las oportunidades de destrucción que tienes a la mano, y
los estragos suicidas y criminales a los que te pueden llevar el pecado si
cedes a su influencia y su poder.
Puedes arruinar tu reputación. Después de forjar con mucho cuidado
durante años un buen nombre y conseguir el respeto y la estima de los que te
conocían. “En apenas una hora, por ceder a alguna poderosa tentación,
puedes manchar tu carácter, una mancha que las lágrimas no pueden jamás
limpiar ni el arrepentimiento quitar, sino que será algo que todos sabrán y
recordarán hasta que vayas a la tumba. Puedes convertirte en objeto de
disgusto y aborrecimiento universal por parte de los buenos y ser el blanco
de las burlas de los malos, de modo que mires donde mires, nadie te dará
una sonrisa de complacencia. Cuántos en esta condición, comprendiendo
amargamente que ‘sin un amigo, el mundo no es más que un desierto’, y en
un arranque de desesperación, se han quitado la vida”.
Tu intelecto, fuerte por naturaleza y con capacidad de ser altamente
cultivado puede, como una delicada flor, embrutecerse por descuido, ser
pisoteado por concupiscencias groseras o ser quebrantado por la violencia.
Tus sentimientos, que te fueron dados para que los disfrutes por medio de
su uso virtuoso en esferas correctas, pueden pervertirse tanto que llegas a
ser como muchos demonios que poseen y atormentan tu alma porque se
obsesionan con cosas prohibidas y las practican en exceso. Tu conciencia,
que te fue dada para ser tu monitora, guía y amiga, puede ser lastimada,
entumecida y cauterizada al grado de tornarse insensible, ser muda, sorda e
inútil para advertirte contra el pecado y para impedirlo o reprenderte por
él. En suma, puedes destruir tu alma inmortal; ¿y qué peor ruina hay como la
del alma, tan inmensa, tan horrible y tan irreparable?
Puedes llegar a romperles el corazón a tus padres, hacer que tus
hermanos y hermanas se avergüencen de ti, ser un fastidio y un estorbo para
la sociedad, una ruina para tu patria, el corruptor de la moralidad juvenil, el
seductor de la virtud femenina, el consumidor de las propiedades de tus
19
amigos, y como cúspide de tus fechorías, puedes convertirte en el Apolión
del círculo de almas inmortales en que te desenvuelves, enviando algunos a
la perdición antes de llegar a ella tú mismo y causando que otros te sigan a
la fosa sin fondo donde nunca escaparás de la vista de sus tormentos ni del
sonido de sus maldiciones. ¡Cuán grande es el poder, qué maligna la

52
virulencia del pecado que puede extender tanto su influencia y usar su poder
con un efecto tan mortal, no solo destruyendo al pecador mismo sin agregar
a otros en su ruina! Nadie va solo a la perdición. Nadie muere solo en su
iniquidad, algo que todo transgresor debe tener en cuenta. Tiene el carácter
no solo de un suicida, sino también de un asesino, y el peor de los asesinos,
porque es el asesino de las almas. ¡Qué posición crítica ocupas en este
momento, con la capacidad de alcanzar tanta excelencia o hundirte en una
ruina tan profunda y un sufrimiento tan intenso! Reflexiona. ¡Oh, sé sabio,
comprende esto y considera tu final!
Tomado de Addresses to Young Men: A Friend and Guide (Pláticas a los
hombres
jóvenes: Un amigo y guía), Soli Deo Gloria, una división de Reformation
Heritage Books, www.heritagebooks.org.
_______________________
John Angell James (1785-1859): Predicador y autor congregacionalista
británico; nacido en Blandford Forum, Dorset, Inglaterra.

53
CÓMO RESTAURAR LA VERDADERA PIEDAD DEL HOMBRE
Charles Spurgeon (1831-1892)
P ayudar al que busca encontrar una fe verdadera en Jesús, hay que
ARA

recordarle la obra del Señor Jesús en relación con la condición del


pecador. “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por
los impíos” (Rom. 5:6). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su
cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24). “Jehová cargó en él el pecado de
todos nosotros” (Isa. 53:6). “Porque también Cristo padeció una sola vez
por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1Ped.
3:18).
Mantengamos la mirada en una declaración de las Escrituras, “por su
llaga fuimos nosotros curados” (Isa 53:5). En este pasaje, Dios trata al
pecado como una enfermedad, y nos señala el remedio que él ha provisto.
Reflexionemos un momento en la llaga de nuestro Señor Jesucristo. El
Señor quiso restaurarnos, y envió a su Hijo Unigénito —“verdadero Dios
20
de Dios verdadero” —, al mundo a fin de que compartiera nuestra
naturaleza para poder redimirnos. Vivió como un hombre entre los hombres.
A su debido tiempo, después de 30 o más años de obediencia, llegó su
momento de servir a la humanidad, colocándose en nuestro lugar y llevando
“el castigo de nuestra paz” (Isa. 53:5). Fue al Getsemaní y allí, al probar la
copa amarga, sudó gotas de sangre. Fue presentado ante Pilato y Herodes, y
allí experimentó el dolor y escarnio que nos tocaba a nosotros. Por último
lo llevaron a la cruz y allí lo clavaron para morir, morir en nuestro lugar.
La palabra llaga se usa para señalar el sufrimiento de su cuerpo y su
alma. Se sacrificó por nosotros. Todo lo humano en él sufrió. Su cuerpo, al
igual que su mente, sufrió de una manera que imposible de describir. Al
comienzo de su pasión, cuando sufrió intensamente el sufrimiento que era
nuestro, estaba en agonía, y de su cuerpo brotaron copiosas gotas de sangre
que cayeron al suelo.
Es muy raro que un hombre sude gotas de sangre. Se sabe que ha ocurrido
una o dos veces, y en todas las instancias ha precedido inmediatamente a la
muerte de la persona. Pero nuestro Salvador vivió, vivió después de una
agonía que ninguno de nosotros hubiera sobrevivido. Antes de poder
recuperarse de este sufrimiento, lo llevaron ante el sumo sacerdote. Lo
capturaron y lo llevaron de noche. Luego lo trajeron ante Pilato y Herodes.
Lo azotaron, y sus soldados le escupieron en la cara, lo abofetearon y lo
colocaron en la cabeza una corona de espinas.

54
La flagelación es uno de los métodos de tortura más horribles que se
puede aplicar malevamente. En el pasado, ha sido una vergüenza del
ejército británico el que un instrumento de tortura llamado “la zarpa de
gato” fuera usado para castigar a un soldado, ya que era una tortura brutal.
Pero para los romanos, la crueldad era tan natural que hacían que su castigo
habitual fuera mucho más que brutal. Se dice que el látigo romano era hecho
de cuero de bueyes al que se le ataban nudos, y en estos nudos se colocaban
astillas de hueso. Cada vez que el látigo caía sobre el cuerpo desnudo
causaba un dolor intenso. “Sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron
largos surcos” (Sal. 129:3). Nuestro Salvador soportó el terrible dolor del
látigo romano, y ni fue el final de su sufrimiento, sino el preámbulo de su
crucifixión. A esto, le añadieron las burlas y el ultraje. No se privaron de
infligirle ningún sufrimiento.
En medio de su desfallecimiento, sangrando y en ayunas, le hicieron
llevar su cruz, y luego obligaron a otro a ayudarlo para que él no muriera en
el camino. Lo desnudaron, lo tiraron al piso y lo clavaron al madero. Le
atravesaron las manos y los pies, levantaron el madero con él clavado en él
y de un golpe lo enterraron en la tierra, de modo que se dislocaron todos
sus huesos, como dice el lamento del salmista: “He sido derramado como
aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron” (Sal. 22:14a).
Permaneció colgado en la cruz bajo el sol ardiente hasta que perdió las
fuerzas, y dijo: “Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis
entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar,
y me has puesto en el polvo de la muerte” (Sal. 22:14b-15). Allí
permaneció colgado, un espectáculo ante Dios y los hombres. El peso de su
cuerpo era sostenido por sus pies, hasta que los clavos desgarraron sus
delicados nervios. Entonces la carga dolorosa pasó a sus manos y las
desgarró, siendo estas una parte tan sensible de su cuerpo. ¡Las heridas en
sus manos lo paralizaron de dolor! ¡Qué horrible habrá sido el tormento
causado por los clavos que desgarraron el delicado tejido de sus manos y
sus pies!
Ahora todo su cuerpo sufría un horrible tormento. Mientras tanto, sus
enemigos permanecían a su alrededor, señalándolo con desprecio,
burlándose de él y de sus oraciones y deleitándose de su sufrimiento. Él
dijo: “Tengo sed” (Juan. 19:28), y le dieron vinagre. Al poco tiempo dijo:
“Consumado es” (Juan. 19:30). Había soportado el máximo sufrimiento y
dado evidencia plena de la justicia divina. Recién entonces entregó su
espíritu.
En tiempos pasados, hombres santos han comentado con amor los

55
sufrimientos de nuestro Señor, y yo no vacilo en hacer lo mismo, confiando
que los pecadores tiemblen y vean la salvación en la dolorosa “llaga” del
Redentor. No es fácil describir el sufrimiento físico de nuestro Señor.
Reconozco que he fallado en mi intento.
En cuanto al sufrimiento del alma de Cristo, ¿quién de nosotros lo puede
imaginar, o mucho menos expresar? Al principio dijimos que sudó gotas de
sangre. Eran su corazón derramando a la superficie su vida a través de la
terrible tristeza que dominaba su espíritu. Dijo: “Mi alma está muy triste,
hasta la muerte” (Mat. 26:38). La traición de Judas y la deserción de los
doce discípulos entristecieron a nuestro Señor, pero el peso de nuestro
pecado fue la verdadera presión sobre su corazón. Murió por nuestro
pecado. Ningún lenguaje podrá jamás explicar la agonía de su pasión. ¡Qué
poco podemos entonces concebir el sufrimiento de su pasión!
Cuando estaba clavado en la cruz, soportó lo que ningún mártir ha
sufrido. Ante la muerte, los mártires han sido tan sustentados por Dios que
han podido regocijarse aun en medio del dolor. Pero el Padre permitió que
nuestro Redentor sufriera tanto, que exclamó: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Ese fue el clamor más amargo de
todos, la muestra más viva de su inmenso dolor.
Pero era necesario que padeciera este dolor, porque Dios no soporta el
pecado y en ese momento, a él “por nosotros lo hizo pecado” (2 Cor. 5:21).
El alma del gran Sustituto sufrió el horror de la agonía en lugar de dejar que
nosotros sufriéramos el horror del infierno al cual estábamos destinados los
pecadores si él no hubiese tomado sobre sí nuestros pecados y la maldición
que nos correspondía. Escrito está: “Maldito todo el que es colgado en un
madero” (Gál. 3:13). Pero, ¿quién sabe lo que significa esa maldición?
El remedio para nuestro pecado se encuentra en el sufrimiento sustituto
de nuestro Señor Jesucristo y en sus heridas. Nuestro Señor sufrió esta
“llaga” por nosotros. Nos preguntamos: “¿Hay algo que debamos hacer,
para quitar la culpa del pecado?” La respuesta: “No hay nada que debamos
hacer. Por las heridas de Jesús, somos sanos. Él llevó todas las heridas y no
nos dejó ninguna”.
¿Pero, debemos creer en él? Si, debemos creerle. Si decimos que cierto
bálsamo cura, no negamos que necesitamos una venda para aplicarla a la
herida. La fe es la venda que une nuestra reconciliación en Cristo con la
herida de nuestro pecado. La venda no cura; el bálsamo es lo que cura. Así
que la fe no sana; la expiación de Cristo es lo que nos cura.
“Pero debemos arrepentirnos”, dice otro. Ciertamente debemos, porque
el arrepentimiento es la primera señal de que hemos sido sanados. Pero son

56
las heridas de Jesús las que nos sanan, y no nuestro arrepentimiento.
Cuando aplicamos sus heridas a nuestro corazón, producen arrepentimiento.
Aborrecemos el pecado porque causó el sufrimiento de Jesús.
Cuando sabiamente confiamos que Jesús ha sufrido por nosotros,
descubrimos que Dios nunca nos castigará por el pecado por cual Cristo
murió. Su justicia no permitirá que la deuda sea pagada primero por el
Garante y luego por el deudor. La justicia no puede permitir doble pago. Si
nuestro sufriente Garante ha cargado con la culpa, entonces nosotros no
podemos llevarla. Al aceptar que Cristo sufrió por nosotros, aceptamos una
cancelación completa de nuestra culpa. Hemos sido condenados en Cristo,
por tanto ya no hay condenación en nosotros. Esta es la base de la seguridad
que tiene el pecador que cree en Jesús. Vivimos porque Jesús murió en
nuestro lugar. Somos aceptados en la presencia de Dios, porque Jesús es
aceptado. Quienes aceptan este acto sustitutivo de Jesús son libres de culpa.
Nadie puede acusarnos. Somos libres.
Oh amigo, ¿quieres aceptar que Jesús ocupó tu lugar? Si lo aceptas eres
libre. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido
condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”
(Juan 3:18). Porque, “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa 53:5).
Tomado de Around the Wicket Gate (Junto a la portezuela), disponible en
C L .HAPEL IBRARY

_______________________
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés, el predicador
más leído de la historia (aparte de los escritores bíblicos); nacido en
Kelvedon, Essex.

57
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58
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59
Notes
[←1]
hijos de Belial – Belial significa “malvado, despreciable, anárquico”
y se usó en la literatura hebrea como un nombre de Satanás. Entonces,
un hijo de Belial es una persona malvada y despreciable.

60
[←2]
justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, por la
cual perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justificados
ante él únicamente por la justicia de Cristo imputada a nosotros y
recibida solo por fe. (Catecismo de Spurgeon, p. 32) Vea FGB 187,
Justificación, a su disposición en C L .
HAPEL IBRARY

61
[←3]
Garantía [o garante] – Alguien que se compromete a asumir las
obligaciones o la deuda de otro.

62
[←4]
Mediador – un intercesor, alguien que interviene entre dos partes
hostiles para restaurar su relación de armonía y unión.

63
[←5]
regenerados – nacido de nuevo; llevado de la muerte espiritual a la
vida espiritual y a una unión con Jesucristo por la obra milagrosa del
Espíritu Santo.

64
[←6]
santificados – los que son hechos santos por la gracia divina del
Espíritu Santo; apartados para ser usados por Dios.

65
[←7]
San Agustín (354-430) – Obispo de Hipona, teólogo de la iglesia
primitiva considerado por muchos como el padre de la teología
ortodoxa; nacido en Tagaste, al norte de África.

66
[←8]
Plutarco (46-120?) – Biógrafo y filósofo griego, quien escribió Vidas
paralelas, una colección de biografías que Shakespeare usó en sus
obras teatrales romanas.

67
[←9]
Juan Crisóstomo (347-407) – teólogo y expositor de la iglesia griega
primitiva cuyo nombre, Crisóstomo, es un apelativo que significa
“Boca de oro”.

68
[←10]
aforismos – declaraciones breves y concisas de una verdad u opinión.

69
[←11]
Carta Magna – la constitución política y de libertades civiles
inglesas que el rey Juan aprobó en Runnymede, junio 1215; de hecho,
un documento que garantiza derechos básicos.

70
[←12]
Diocleciano (245-313) – emperador romano que persiguió a los
cristianos.

71
[←13]
Reina Mary (1553-1558) – “Sanguinaria Mary” católica; persiguió
implacablemente a los protestantes en Inglaterra.

72
[←14]
hipérbole – frase que exagera alguna cosa con el fin de causar una
impresión.

73
[←15]
estado natural – esto significa “en un estado no convertido; el que no
es nacido del Espíritu de Dios, y por lo tanto es impenitente e
incrédulo”.

74
[←16]
catecismos – un método para enseñar las doctrinas esenciales de la fe
cristiana, usado y ha probado ser efectivo durante muchos siglos. Hay
“Catecismo de Spurgeon” a su disposición en C HAPELL . Este
IBRARY

catecismo es similar al Catecismo Breve de Westminster, pero


adaptado a la Confesión Bautista de Fe de Londres de 1677/1689 por
Benjamin Keach y actualizado por Charles Spurgeon para su
congregación.

75
[←17]
Karl Marx – Ateo alemán revolucionario, fundador del socialismo.

76
[←18]
los llevaron a este punto – esto es muy evidente en nuestros tribunales
modernos.

77
[←19]
Apolión – el destructor, un nombre dado al diablo.

78
[←20]
verdadero Dios de Dios verdadero – del Credo Niceno,
originalmente la confesión teológica aprobada por el Concilio de
Nicea en el año 325. Esta confesión refleja la enseñanza de que el
Hijo es una misma sustancia con el Padre.

79
Table of Contents
Contenido
Descripción de la verdadera piedad
La naturaleza del hombre íntegro
Señales y características del hombre piadoso
Maridos, amen a sus esposas
Conversión de los miembros de la familia
La ira del padre piadoso
Amenazas a la piedad del joven
Cómo restaurar la verdadera piedad del hombre

80
Índice
Contenido 3
Descripción de la verdadera piedad 5
La naturaleza del hombre íntegro 10
Señales y características del hombre piadoso 14
Maridos, amen a sus esposas 25
Conversión de los miembros de la familia 36
La ira del padre piadoso 43
Amenazas a la piedad del joven 46
Cómo restaurar la verdadera piedad del hombre 54

81

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