CHARLES F.
LUMMIS
LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES
DEL SIGLO XVI
VINDICACIÓN DE LA ACCIÓN COLONIZADORA
ESPAÑOLA EN AMÉRICA
CRÓNICAS DE LA HISTORIA
En Arequipa (fundada en 1540) calle interior del monasterio de Santa Catalina de
Siena, fundado en 1578. En él vivieron a la vez hasta trescientas monjas criollas,
mestizas e hijas de curacas. Hoy ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad
por UNESCO.
CHARLES F. LUMMIS
LOS EXPLORADORES
ESPAÑOLES DEL SIGLO XVI
VINDICACIÓN DE LA ACCIÓN COLONIZADORA
ESPAÑOLA EN AMÉRICA
VERSIÓN CASTELLANA
CON DATOS BIOGRÁFICOS DEL AUTOR POR
ARTURO CUYÁS
PRÓLOGO POR
RAFAEL ALTAMIRA
CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LAS INSTITUCIONES DE AMÉRICA
EN LA UNIVERSIDAD DE MADRID
www.edaf.net
MADRID - MÉXICO - BUENOS AIRES - SANTIAGO
2017
ISBN de su edición en papel: 978-84-414-3744-9
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un
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sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados
puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y
siguientes del Código Penal)
© 1893. Charles F. Lumis
© 1915-2017. Prólogo. Herederas de Rafael Altamira
Diseño de la cubierta e ilustraciones: © Ricardo Sánchez
© 2017. Editorial EDAF, S.L.U., Jorge Juan 68. 28009 Madrid (España)
www.edaf.net
Primera edición en libro electrónico (epub): abril 2017
ISBN: 978-84-414-3755-5 (epub)
Conversión a libro electrónico: Midac Digital
ÍNDICE
NOTA EDITORIAL
A MANERA DE PRÓLOGO
NOTA BIOGRÁFICA ACERCA DEL AUTOR
PREFACIO
LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES DEÑ SIGLO XVI
1.- TIERRAS IGNOTAS
1.1. La nación exploradora
1.2. Geografía embrollada
1.3. Colón, el descubridor
1.4. Haciendo geografía
1.5. Capítulo de la conquista
1.6. La vuelta alrededor del mundo
1.7. España en los Estados Unidos
1.8. Dos continentes dominados
2.- LOS PRIMEROS CAMINANTES EN AMÉRICA
2.1. El primer caminante en América
2.2. El más intrépido caminante
2.3. La guerra de la roca
2.4. El asalto a la empinada ciudad
2.5. El soldado poeta
2.6. Los misioneros exploradores
2.7. Los fundadores de iglesias en Nuevo México
2.8. El Salto de Alvarado
2.9. El vellocino de oro
3.- EXPLORADORES EJEMPLARES
3.1. El porquerizo de Trujillo
3.2. El hombre impertérrito
3.3. Ganando terreno
3.4. El Perú tal como era
3.5. La conquista del Perú
3.6. El rescate de oro
3.7. Traición y muerte de Atahualpa
3.8. De cómo se fundó una nación. Sitio de Cuzco
3.9. Obra de traidores
NOTA EDITORIAL
Amamos la valentía, y la
exploración de las Américas por
los españoles fue la más grande, la
más larga y la más maravillosa
serie de valientes proezas que
registra la historia .
CHARLES F. LUMMIS
Charles F. Lummis (1859-1928), después de haber escrito A
Tramp Across The Continent [1892] y The Land of Poco
Tiempo [1893], publicó en 1893 The Spanish Pioneers
[McClurg, Chicago]. Con este título, el periodista, historiador,
fotógrafo, poeta, hispanista, bibliotecario y activista a favor de
los indios, se convirtió en una referencia firme y constante
para la reivindicación de la cultura española en América y,
muy especialmente, en EE UU.
El libro fue publicado en español en 1916 en la casa
editorial Araluce, con castiza traducción de Arturo Cuyás y un
prólogo magistral del catedrático de Historia de las
instituciones de América, Rafael Altamira. Desde entonces ha
sido reeditado con regularidad y constantemente citado en
cualquier investigación que trate de dilucidar el papel
desempeñado por los españoles en el descubrimiento de
América y su colonización durante tres siglos largos.
En su primera edición, y en alguna de las españolas, el
texto venía acompañado de algunos grabados y láminas que lo
enriquecían y ayudaban al lector a situarse en aquella diversa
geografía por la que se movieron, no sin grandes dificultades,
los primeros caminantes y aguerridos conquistadores
españoles. Siguiendo las recomendaciones que hace el
profesor Altamira en su prólogo, EDAF ha querido que el
lector actual, además de verse subyugado por la acérrima
defensa que hace Lummis de los españoles del XVI , también
pueda contextualizar y situar las geografías y los protagonistas
que las vieron por primera vez. Los cuadros, los mapas, los
grabados se incluyen con la intención de que sean verdaderas
ilustraciones de los acontecimientos y de sus actores. Nadie
que pueda imaginarse las dificultades, con las que se vieron
obligados a bregar aquejos corajudos hombre de cruz y
espada, podrá quedarse indiferente ante el relato del escritor
norteamericano que invirtió gran parte de su vida en conocer y
estudiar in situ las empresas de sus admirados exploradores
españoles.
Esta edición que ahora se presenta respeta el texto de la
traducción original y solo se ha actualizado la ortografía según
la norma vigente, se ha evitado el excesivo uso de leísmos y
hemos restituido la grafía X para los topónimos (México y
Texas) como homenaje a la pronunciación propia del siglo XVI
que ha devenido hoy en sonido más o menos fricativo velar
sordo [j].
Su inclusión en la colección Crónicas de la Historia, con su
habitual presentación en formato de cuarto, papel estucado y
prácticamente todas sus páginas en cuatricromía, es buena
muestra de la consideración con que queremos que sea
recibida por nuestros habituales lectores.
A MANERA DE PRÓLOGO
I
E l libro de Carlos F. Lummis, que ahora se publica vertido al
castellano, pertenece a una literatura ya copiosa, y por lo
general interesante en muchos respectos, que hace años comenzó en
los Estados Unidos a revelar la existencia de una cuidadosa
atención hacia nuestra historia colonial. Propiamente, esa atención
no es de hoy en los escritores y eruditos norteamericanos. Desde los
comienzos del siglo XIX tiene ya representantes tan ilustres como
Washington Irving, Ticknor y Prescott 1 ; pero el número de sus
cultivadores ha crecido luego mucho, sobre todo en el último tercio
de aquella centuria .
Como siempre ocurre cuando se producen esas corrientes de
curiosidad letrada de un pueblo respecto de otro, hay en la que
ahora examino, dos direcciones principales: una, puramente
erudita, para la que España es un motivo de estudio y no más,
aunque singularmente atractivo por una mezcla de razones
económicas, políticas, etc., que no necesito detallar y que lo
destacan entre muchos; otra, en que la impulsión científ ica o
utilitaria va unida con un movimiento sentimental de simpatía, que
en muchos casos se convierte en propósito de aplicar al estudio un
sentido recto y humano de justicia, en vez de los sobados moldes que
sentenciaban duramente la obra española repitiendo errores,
anticipaciones precientíf icas y malicias sin fundamento: en virtud
de todo lo cual, España resultaba ser como una excepción
monstruosa en la historia de la colonización y de las relaciones
internacionales .
A su tiempo llamé la atención de nuestro público hacia esa
literatura hispanóf ila tan importante para nosotros por venir de
quien viene, y no solo con relación al efecto que en la historiografía
extranjera seguramente ha de producir — y en rigor, ha producido
ya —, sino también al que no tiene más remedio que causar sobre
nuestro pesimismo y nuestra fácil disposición a la censura de lo
propio .
Si ahora hubiese de escribir nuevamente sobre el tema con los
caracteres de generalidad que entonces usé 2 , tendría que añadir
muchísimos nombres a los citados, porque la corriente continúa,
cada vez más intensa, en uno y otro sentido. Desde Bancroft en
1822, había ido aumentando poco a poco con los trabajos de
Brackenridge (1851), Simpson (1852), Shea (1855-60), Dwinelle
(1863), Davis (1869), Hall (1871), Hittell (1885), Bandelier (1890),
Blackmar (1891), Winship (1894), Moses y Mc.Farland (1898),
Engelhardt (1897), etc., hasta llegar a Gaylord Bourne (el único
autor norteamericano cuyo libro sobre la colonización española ha
trascendido a nuestro público, merced a una traducción impresa en
Cuba en 1906). Shepherd y otros que cité en el trabajo aludido; pero
luego su número ha crecido tanto, con los trabajos de Lowery,
Richman, Robertson, Fortier, Común, Hodge, Dellenbaugh, Bolton,
Cornish, Coues, Bradford, Nutall, Hill, Teggart, Priestley, Chapman
y tantos otros (sin contar con los de fechas anteriores que han
seguido escribiendo, los historiadores especiales de la ciudad de
San Francisco y los muchos que se dedicaron a estudiar la historia
de México y la de sus relaciones diplomáticas y guerreras con los
Estados Unidos), que pretender dar aquí su lista completa, sería
difícil, enojoso y muy expuesto a olvidos .
Merced a la labor de esa falange de investigadores y
compiladores, se está renovando el conocimiento de nuestras más
famosas expediciones por los territorios del O. y SO. (Oñate, Alonso
de León, Terán, Solís, Mendoza, los franciscanos, etc.) y de algunas
de nuestras instituciones de gobierno colonial (el Virrey, el
Adelantado…), traduciendo , o publicando por primera vez,
documentos importantísimos como la relación del P. Kino, el Diario
del P. Junípero Serra, el de Garcés, el de Anza, el de Portolá, el de
Font y otros muchos. El foco quizá más importante de esta
elaboración erudita está hoy en los Estados del SO. y del extremo
Oeste, y, sobre todo, en la Universidad de California (Berkeley),
donde naturalmente se explica esa preferente atención por los
antecedentes históricos de aquellos países. Pero no faltan
investigadores importantes en otros puntos de los Estados Unidos.
Una simple ojeada a las listas de tesis doctorales presentadas en las
Universidades de Norteamérica basta para dar la impresión de la
frecuencia con que atraen los asuntos españoles. En las publicadas
con fecha de diciembre 1913 y abril 1914, por ejemplo, que abrazan
la producción de los últimos meses, hay diecinueve de aquellos:
siete referentes a nuestra península (S. Isidoro, La Mesta, El
Derecho de asilo, Vida municipal judía, etc.) y doce a la historia
colonial .
Por de contado —como ya lo he advertido —, no toda esa gran
masa de producción erudita puede clasif icarse en el grupo hispanóf
ilo que antes señalé, mejor dicho en el de los autores que acometen
tales trabajos movidos por una general simpatía hacia nuestra obra
o (lo que es mejor aún) por el sincero deseo de rectif icar errores
que nos perjudican y que estiman absolutamente insostenibles
dentro del rigor de la crítica histórica. Hay, por el contrario, entre
esos escritores, algunos que todavía se dejan arrastrar, o por una
inconsciente antipatía hacia la colonización española (como si esta
hubiese sido antes, o en su consecuencia fuese hoy, el enemigo
sustancial de lo que políticamente representan los Estados Unidos,
cuya historia propia comienza cuando terminaba casi la española
en el continente americano), o por la fuerza tradicional de
equivocaciones y prejuicios que han ido pasando de unos libros en
otros. Así se da el caso de que autores cuyos estudios sobre puntos
concretos han rectif icado errores de historia colonial y restablecido
la verdad de los hechos, en cuanto salen de esos puntos en que han
sido investigadores originales y discurren acerca de las
generalidades de nuestra colonización, repiten los lugares comunes
desfavorables para aquella, aunque corregidos ya en otros libros.
Sirva de ejemplo la por otra parte excelente monografía de miss
Katharine Coman , Los orígenes económicos del extremo Oeste. 3
Véase en ello una nueva prueba de la persistencia que tienen los
prejuicios cuando se apoderan de la inteligencia humana y se
convierten en tópicos comunes .
Pero la existencia de esas excepciones (aún numerosas, sin
duda), no excluye la de un buen núcleo de aquellos otros escritores
que calif iqué antes de hispanóf ilos para darles un nombre breve
que a todos los abrace, pero que en rigor debieran llamarse
simplemente hombres respetuosos con la verdad, a quienes el
estudio les revela que se ha calumniado muchas veces a España o
no se le ha aplicado el mismo criterio de juicio que a los demás
pueblos, y francamente expresan lo que les dicen la investigación y
el espíritu de justicia. Por eso ha podido escribir muy recientemente
el profesor de la Universidad de Texas, William R. Manning, testigo
de mayor excepción por su cargo y su nacionalidad, las palabras
siguientes, con motivo de un libro americanista publicado por uno
de sus colegas en otra Universidad .
«Sigue (la persona a quien se refiere) la reciente tendencia de
ilustres investigadores de la colonización española, que acentúa
menos los errores y daños y más los buenos elementos del sistema,
mostrando que muchos de los primeros existieron a causa de la
incompetencia y venalidad de los funcionarios subalternos, antes
que por las malas leyes o las malas intenciones de parte de los
soberanos españoles o de los virreyes y de atrios altos
funcionarios». 4
A mi juicio, todavía van más lejos y se ajustan con mayor rigor a
la verdad histórica algunos de los modernos escritores
norteamericanos. Siendo exacta, en términus generales la
observación del profesor Manning (y af irmando, por de contado,
que no fueron mejores los más de los funcionarios de las
colonizaciones portuguesa, inglesa, francesa, etc.), todavía puede
añadirse que si por un lado no cabe dudar que también algunos
virreyes, gobernadores y presidentes faltaron a su deber y al
mandato expreso de la legislación en materias coloniales
(igualmente como en los países ocupados por ingleses, portugueses
y holandeses, donde existieron tales abusos) y caso aparte de la
superioridad de nuestras leyes sobre todas las que antes — y aún
después — del siglo XIX se han dado a este propósito, por otro lado,
la sentencia que parece confundir en un solo juicio de venalidad e
incompetencia a todos los funcionarios subalternos puede ser tan
equivocada e injusta como la que declarase que todos los
encomenderos y personas directamente relacionadas con los indios,
fueron con estos arbitrarios y brutales. La cuestión histórica reside
en precisar —una vez deslindados los campos de las
responsabilidades, como la tendencia caracterizada por el profesor
Manning realiza—, qué número de abusos hubo realmente y en qué
proporción se hallaron con los casos de una administración, si no
impecable, ajustada a los moldes corrientes que la humanidad
usaba entonces y hoy también. Solo cuando pueda hacerse ese
balance, procederá un juicio de conjunto respecto de la acción
española, en la esfera en que todos sabemos que hubo abusos e
injusticias .
Ahora bien, el empeño en averiguar eso es la nueva nota que
completa (a lo menos, en algunos) la característica deposición de la
referida corriente visible en los investigadores norteamericanos; y
esa es, por otra parte, la única que corresponde a un hombre de
ciencia y la que los españoles debemos acentuar sin disminuir o
esconder el resultado del estudio que así se encamine. Por muy
desfavorable que ese balance nos sea, podemos conf iar en que la
total historia de nuestra colonización arroja mayor saldo en benef
icio que en perjuicio nuestro, absolutamente consideradas las cosas
y más aún si se compara aquella con las demás colonizaciones
anteriores al siglo XIX y aun con algunas del XIX y del XX : v. gr. la
holandesa de Batavia (el famoso sistema Bosch, por ejemplo) y no
pocas de las africanas . Y eso signif ica ya una esencial rectif
icación de lo que se decía unánimemente hasta hace poco y solían
repetir cándidamente los españoles mismos. 5
II
Todavía cabe señalar, en la masa de escritores a que venimos ref
iriéndonos, un grupo particularísimo formado por los que se
muestran francamente admiradores de la colonización española, la
ensalzan en conjunto o en algunos de sus principales órdenes de
acción y encuentran excusa, y aun motivo de elogio, en los puntos
más difíciles de excusar o que más chocan con nuestras ideas
actuales. A ese grupo panegirista (que principalmente tiene por
tema nuestros viajeros y descubridores), pertenece de lleno el libro
de Lummis. Entre otros varios que se le podían aproximar,
señalemos el de Dellenbaugh 6 , que comprende la historia de la
Conquista del Extremo Oeste (Far-West) desde los viajes de Cabeza
de Vaca. No es Dellenbaugh, sin duda, tan encomiástico como
Lummis. A veces fustiga duramente la «crueldad» española
(también la inglesa, a excepción de Penn y los colonizadores de la
bahía de Hudson; ver pág. 132), y en general es de una debilidad
grande para los franceses; pero hace justicia a nuestros
conquistadores humanos (v. gr. Pedro Menéndez de Avilés) y a las
buenas cualidades de nuestro pueblo . «Los españoles, escribe,
constituyeron el pueblo más valiente de cuantos han existido. Los
tenemos ya establecidos firmemente en Texas, en Nuevo México y en
California, y sus derechos, sobre la base de una exploración inicial,
abarcaban un área extensa. En todas direcciones cerraban el paso a
la entrada de otros pueblos. Las tierras ocupadas debían pagar
tributo a España. Ningún margen se dejó al gobierno local, y este
método, la antítesis del home rule, constituiría el reverso de aquella
noble raza». 7
En la corriente central de ese grupo de admiradores y
panegiristas, el sentimiento que explica su actitud es el que
responde a la positiva importancia que en el ideal de vida
norteamericana se concede a todo lo que es fortaleza en el
sufrimiento, serenidad en el peligro, energía en la lucha, empuje en
el avance, valentía y desprecio de las dif icultades en todo momento:
las cualidades, en suma, de un pueblo formado física y
espiritualmente en los juegos corporales y el riesgo de las grandes
empresas que aguzan el valor del elemento individual; las que han
hecho posibles, siglos después de nuestra conquista, su epopeya del
Far-West y la legión de sus pioneers squatters, tramperos y demás
laya de luchadores en el secular movimiento de expansión hacia el
Pacíf ico. Esas cualidades del pueblo yanqui, en lo bueno que tienen
y en lo malo a que exponen frecuentemente, no son otras que las que
brillaron por tan alto modo en nuestros «descubridores» y
«conquistadores». La admiración hacia los nuestros es, pues,
legítima en los norteamericanos, y a cada momento es fácil advertir
esa base en los libros del tipo que ahora nos ocupa. Todos ellos
respiran la convicción de que lo hecho por los propios fundadores
de la enorme República sobre la base del primitivo hogar costero al
Atlántico, encuentra su precedente, mucho más heroico y grande
(porque las dif icultades eran mayores y menores los medios), en los
españoles del siglo XVI , el XVII y aun el XVIII . Así puede escribir de
ellos Lummis en su Prefacio: «Realizaron un record que no tiene
igual; pero nuestros libros de texto no han reconocido ese hecho,
aunque ya no pueden negarlo por más tiempo… Podemos nacer
donde quiera: ello es un puro accidente; mas para ser héroes
necesitamos crecer mediante elementos que no son accidentes ni
provincialismos, sino primogenitura y gloria de la humanidad.
Somos amantes de la humanidad; y los exploradores españoles de
ambas Américas constituyeron la más amplia, grande y maravillosa
hazaña de la humanidad en la historia» .
Entre el título del libro de Lummis y su contenido hay, no
obstante, una contradicción. Aparente, sin duda, puesto que sus dos
términos se resuelven en una unidad superior dentro de la acción
real representada por los pioneers norteamericanos, que no son
todos del tipo de Powell, ni mucho menos; mas esa apariencia es
viva y puede dar lugar a discusión. Analicémosla .
Dos clases de héroes estudia y ensalza Lummis. A una y a otra se
refieren los conceptos que antes hemos copiado; para ambas pide
igual aplauso y admiración. Es una, la de los viajeros y
exploradores que, ya por azares de la suerte, como Núñez Cabeza de
Vaca; ya con todo propósito, como Soto, fray Marcos, Coronado,
Garcés, etc., realizaron heroicas travesías por lugares desconocidos
y aportaron descubrimientos geográficos de extraordinario valor
inmediato o base para futuros aprovechamientos. La otra está
constituida por los verdaderos conquistadores, como Hernán Cortés
y Pizarro, en quienes lo primero —o lo único — era el fin militar y
político. Ahora bien, la distinción entre ambas clases de gentes
parece clara. La finalidad que a cada cual guió y, por lo general, los
medios de que se valieron, difieren notablemente. No es posible
confundir a los triunfadores de México, del Perú, de Acoma, etc.,
con Núñez de Balboa (cuyo admirable viaje tan épicamente ha
ensalzado Washington Irving), Orellana, Elcano, Quirós, Mendaña y
tantos otros cuyos nombres es ocioso acumular ahora .
Por lo menos, esa distinción la ven y la sostienen muchísimos
hombres de los que han estudiado por sí, o conocen por estudios
ajenos, la historia de nuestra colonización . Pero Lummis no la ve, y
esto pudiera traerle una gran divergencia en sus lectores, a lo
menos por parte de los que, dispuestos a reconocer todo lo grande y
humano que hay en los «descubridores», no lo están igualmente
respecto de los «conquistadores». Conviene, pues, examinar
despacio ese punto .
Ya hemos adelantado antes una indicación que pone en camino
para explicarse la posición de Lummis. Me ref iero a la
coincidencia, en los pioneers del Far-West del tipo del descubridor y
del conquistador. Pero además, ¿cuáles son las cualidades humanas
que se admiran en los grandes viajeros? ¿Son, en rigor y
sustancialmente, otras que las genuinas en los conquistadores?
¿Hay menos heroísmo en Pizarro y sus compañeros de la isla del
Gallo, que en Cabeza de Vaca y los suyos? ¿No es igual la energía
que sostiene a Diego de Ordaz en sus exploraciones del Orinoco,
que la que permite a Cortés dar cima a su empresa mexicana?
Indudablemente, hay un fondo común de cualidades que une a las
dos especies de hombres; y ese fondo, cuya nota dominante es el
valor sereno y tenaz, tal vez no haya hoy otro pueblo más en aptitud
de comprenderlo, en todo lo que signif ica para la vida, que el
pueblo norteamericano. La posición de Lummis , se comprende,
pues, y en ella se deshace la contradicción que cabría echarle en
cara .
La contradicción subsiste sin embargo para muchas gentes, que
juzgan la vida de otro modo y tienen distintos ideales de conducta
con que pretenden medir los hechos pasados de la humanidad. Entre
esas gentes se cuentan muchos españoles de hoy, para quienes la
estimación del valor no es tan grande (o, cuando menos no alcanza
a borrarlas) como otras notas bien visibles en los conquistadores y
que chocan con modernos principios de humanidad y de derecho.
Cabe, pues presumir, por tanto, que una buena parte de la opinión
española (y por distinto motivo, algo de la extranjera), aceptará de
primera intención los más de los capítulos de Lummis, y de primera
intención también, pondrá reparos a todos o la mayoría de los de la
parte tercera, o sea de la titulada La más grande conquista.
Pero conviene estudiar serenamente la dif icultad y preguntarnos
si no somos víctimas de un equívoco. Quizá más que nunca en las
presentes circunstancias del mundo, y de Europa sobre todo, puede
plantearse esta cuestión sin que nadie se atreva razonablemente a
ver en ella un subterfugio del patriotismo .
El juicio que individualmente nos merecen tales o cuales hechos
de los hombres, puede estar o no conforme con el que de los mismos
tenga la mayoría. Posible es, a veces, que nos asista la razón en
contra de los más; pero eso no disminuye en un ápice la fuerza
social que tiene la opinión de estos. La persistencia de esa opinión,
incluso su reaparición en colectividades que normalmente parecían
ganadas a nuestras propias ideas, son hechos que a todo espíritu
reflexivo han de detener antes de pronunciar una sentencia f irme,
preguntándose si no es él quien se equivoca, o cuando menos,
haciéndole variar su concepto de la signif icación que para los
demás hombres tienen hechos de que tal vez reniega por creer que el
juicio general de las gentes se los lanza en cara como una
acusación a que, en todo caso, solo pueden alegar derecho quienes
los estimen censurables sea cual fuere el sujeto que los realice,
empezando por sí mismos .
Tal ocurre con las guerras de conquista, con los hechos que estas
producen inevitablemente las más de las veces y con los personajes
que las representaron de un modo más notable. Convengamos en
que, tocante a todo esto, el criterio humanitario de un Reclus o de
un Pi y Margall 8 , que es también el de la mayoría de los liberales
españoles en punto a nuestra colonización americana y a casi toda
nuestra historia exterior 9 , no es el de la inmensa mayoría de los
hombres de los diversos países del mundo. El mundo, pues, en
general, no tiene derecho a juzgarnos en aquellos particulares sino
con el criterio que en él domina y le sirve de norma ordinaria de
conducta, no con el que solo es propio de una minoría
numéricamente insignif icante .
Si a veces emplea este fingiendo que es el suyo, comete un acto
de insinceridad que carece de todo valor, dado que, positivamente,
no lo emplea nunca para juzgar los actos propios o de los amigos.
Es un ardid de polémica, no una explosión espontánea de creencias
firmes, como en Reclus y en Pi y Margall lo eran .
El criterio del mundo respecto de los guerreros y sus actos es,
fundamentalmente todavía (quizá lo será siempre, cuando menos
con relación a ciertas guerras y dentro de un límite de derecho que
en estas también cabe naturalmente, y no solo en cuanto al motivo,
sino también en cuanto a los procedimientos), el que guía a Lummis
y este expresa singularmente en algunos pasajes de su libro 10 .
Citemos entre otros el siguiente: «En todas partes el propósito de los
conquistadores españoles fue el de levantar, cristianizar y civilizar a
los indígenas salvajes, hasta hacer de ellos útiles ciudadanos de la
nueva nación, en vez de arrojarlos de la paz de la tierra como se ha
hecho generalmente en algunas conquistas europeas. Ahora y
entonces hubo errores y crímenes individuales; pero el gran
principio de cordura y humanidad señala en conjunto el amplio
camino de España, un camino que atrae la admiración de todo
hombre varonil» 11 .
Hay, por otra parte, en la guerra y en los hombres que la
realizan, cosas varias que distinguir. No son lo mismo las cualidades
que ella despierta y en su acción principalmente sirven, que el
hecho mismo de la violencia en el pedir u obtener determinadas
ventajas o el reconocimiento de un pretendido derecho; y aún más
diferentes y contrarios son los abusos y las crueldades (innecesarias
quizá, aún para los f ines de la guerra misma, a los ojos de un
criterio ampliamente humano) en que a veces caen los guerreros. Se
puede ser enemigo de la guerra en general, pref iriendo la
resolución de las cuestiones internacionales (y nacionales) por vía
pacífica; se debe ser en todo tiempo censor durísimo de las
extralimitaciones inhumanas a que unas veces la pasión y otras el
frío examen de la conveniencia del momento arroja a los
combatientes, y pensar, no obstante, que no todo es innoble y odioso
en la conducta guerrera. Así lo creen muchas gentes. Así lo piensa
Lummis con referencia a nuestros conquistadores (y en general,
cada pueblo lo piensa así respecto de sus propios guerreros),
coincidiendo en tal sentido con aquel otro reivindicador de nuestra
historia colonial, Rafael Torres Campos, prematuramente
arrebatado a la vida, y de quien es el párrafo siguiente, muy
oportuno ahora: «En la época de las pequeñeces de nuestra
historia, bajo la triste dominación de los últimos Austrias, hay, en
las desmedidas empresas militares y en los empeños colonizadores
en lejanas tierras, destellos de grandiosidad, que vienen a iluminar
las negruras del cuadro de la vida de España; y es que la lucha con
las dif icultades, el continuo riesgo de la vida del soldado, del
misionero o del navegante, y el esfuerzo extraordinario que supone
llevar a cabo con escasez de medios grandes empresas, sirven para
mantener el culto de los ideales, dan clarividencia singular para
apreciar las cosas, agigantan los caracteres 12 » .
Lo que Torres Campos señala como efecto de toda acción
peligrosa, de toda lucha con la naturaleza y con los hombres —que
tanto puede servir para una guerra, injusta como para una de
defensa, aparte su utilización en otras necesidades de la vida —, es
lo que el mundo ha admirado siempre y admira todavía, en grado
supremo si se trata de un conciudadano que peleó por el derecho o
la «gloria» de la patria; con menos entusiasmo, pero con respeto y
admiración, si es un extranjero. Solo los ultrapacif istas, por
consecuencia lógica de sus ideas, dif ieren de ese común sentir,
considerando que los efectos causados por los hombres en quienes
se dieron esas cualidades con motivo de la guerra, han sido siempre
perjudiciales para la justicia y la solidaridad humanas, y por ello su
ejemplo es peligroso en todas ocasiones. Pero si hay ya muchos
individuos pacif istas, no hay todavía ningún pueblo que lo sea:
menos aún, que esté dispuesto a renegar de sus «glorias» pasadas
de esta clase, o a desconocer que, si se viese llevado a la guerra (no
es frecuente que nadie reconozca no haberla querido evitar o
haberla provocado porque así le convino), le servirían de mucho
héroes como los pretéritos que admira Lummis, pues, y con él todos
los que así piensan (y son legión) parte de una base humanamente
sólida en sus admiraciones, desde el momento en que ensalza los
hombres representativos de aquellas cualidades que tanto brillaron
en nuestros conquistadores; y con ello, no entiende, ni defender el
estado de guerra como el mejor y apetecible en la vida de los
pueblos, ni legitimar todas las salvajadas que el ánimo enfurecido, o
fríamente cruel, puede realizar y de hecho ha realizado en todos los
pueblos y en todos los momentos, desde las luchas prehistóricas a
las guerras modernas .
Universalis Cosmographia Secundum Ptholomei Traditionem et Americi Vespuci
Aliorumque Lustrationes . Planisferio publicado bajo la dirección del cartógrafo
Martin Waldseemüller en Saint-Dié e impreso en Estrasburgo en 1507.
Esa posición, que diríamos histórica o realista, de Lummis, le
lleva a profundizar el análisis de las hechos que estudia, para
discernir bien lo que en ellos hubo de realmente censurable y la
parte de responsabilidad que en cada uno cupo al individuo y al
país de que este era ciudadano; reaccionando así contra esas
generalizaciones precipitadas que arrojan sobre la colectividad,
como estigma natural de «raza», los extravíos de algunos hombres
que en todas partes han existido, o que son simples productos de un
ambiente social dominante a la sazón en el mundo entero …
Un caso típico de este sensato modo de razonar, lo ofrece
Lummis al hablar de la ejecución de Chalicuchima. 13 «No podemos
menos de horrorizarnos del medio empleado para la muerte, que fue
la hoguera; pero no debemos precipitarnos por ello a calif icar de
hombre cruel al responsable individualmente. Todas esas cosas
deben medirse por comparación y conforme al espíritu general de la
época. El mundo no consideraba entonces crueldad la hoguera; y
más de cien años después, cuando el mundo era mucho más
ilustrado, gentes cristianas, en Inglaterra, en Francia y en la Nueva
Inglaterra, no veían maldad en esa especie de ejecución por ciertos
delitos; y ciertamente, no oiremos por eso que nuestros antecesores
los puritanos eran hombres malvados y crueles. 14 Ellos ahorcaban y
azotaban a los herejes, no por crueldad, sino por la ciega
superstición de su época. Ahora nos parece odioso, pero no lo era
entonces; y no cabe esperar que Pizarro fuese más sabio y bueno
que los hombres que tuvieron muchos más medios de serlo que él.
Yo, ciertamente, preferiría que no hubiese condenado al fuego a
Chalicuchima; pero también preferiría que pudiesen borrarse de
nuestra historia las enojosas páginas de Salem y la esclavitud. En
ningún caso, sin embargo, calificaría a Pizarro de monstruo, ni a los
puritanos de gentes crueles» .
Fiel a ese criterio, cuando refiere los intentos de traición de
Atahualpa y la sorpresa con que se le adelantó Pizarro, el autor
observa que lo que hizo o intentó el inca es lo que todo el mundo
hace en tales casos, y lo que Pizarro realizó es lo que se le ocurre a
todo capitán digno de este nombre para resolver una situación tan
grave como aquella, que no tiene sino dos salidas: la muerte propia
o la del enemigo. Se podrá preguntar todavía por qué se buscó ese
trance Pizarro metiéndose en un reino ajeno; pero eso, que es
réplica de valor en labios de un hombre de derecho, enemigo de
toda acción que arrebate la propiedad y la independencia de otros,
ni coincide con la doctrina dominante en el mundo entonces y
ahora, ni se le puede oponer a un solo pueblo —el nuestro,
precisamente —, sino a todos los que han colonizado y conquistado
en América, en Asia, en África y en Oceanía. Mientras la opinión
general de los hombres no censure esos hechos en todos los que los
realizaron y siguen realizándolos (con pueblos «inferiores» y
también con «iguales»), carece de fuerza y derecho para zaherir a
ninguno, separadamente. En el terreno común de lo lícito y
consentido en la práctica de las relaciones internacionales, la
igualdad de juicio es lo único justo; y si nos referimos a tiempos en
que las doctrinas divergentes de ese común sentir apenas existían,
más cierto es este criterio. Aún cabe decir que si en algún caso de
colonización las teorías humanitarias y antiguerreras respecto de
los pueblos inferiores llegaron a imponerse con más o menos
amplitud, ese caso fue el de España. Lummis invoca acertadamente
la excepción que nos favorece, en todos los momentos oportunos de
su libro .
Esa reivindicación de nuestros «conquistadores» frente al sentir
moral y jurídico de su tiempo y al que todavía hoy predomina, más o
menos hipócritamente, en las más de las naciones, tiene, aunque se
limite a los hechos generales de la conquista (y excluyendo todos los
de manifiesta crueldad, aun ante los contemporáneos) un efecto
notable, que entre nosotros puede sernos de algún benef icio moral,
y es el de rehacer nuestra propia opinión acerca de nuestros
soldados en las mismas cosas de su of icio. Porque es de ver que
aún de esto se duda, o se habla, a veces, con escepticismo. Incluso
quienes políticamente son amigos de la fuerza y repiten a cada hora
alabanzas del tiempo en que «en nuestros dominios no se ponía el
sol» (aunque lo probable es que se negaran hoy al menor sacrif icio
personal para que eso se repitiera), suelen mostrarse incrédulos
tocante a la verdad histórica de muchas de «nuestras proezas», es
decir, fundamentalmente , —y aparte la licitud de su empleo ante las
ideas jurídicas de hoy —, tocante a la existencia, en nuestros
guerreros de entonces, de esas cualidades que profesionalmente son
una excelencia y un timbre de gloria .
La lectura del libro de Lummis hará desaparecer alguna de esas
incredulidades en el gran público a que va destinado. Pero haría
falta, en este respecto, completarlo con otro libro no reducido a las
campañas de América, sino comprensivo de todas las que, no
siempre con buen acuerdo, emprendieron nuestros reyes y
gobernantes en los siglos primeros de la edad moderna .
Un librito hoy olvidado, aunque no es de fecha muy lejana,
podría servir de modelo en el plan y en la intención. Me ref iero al
Bosquejo de un viaje histórico e instructivo de un español en
Flandes, por el coronel D. Martín de los Heros, del Consejo de S. M.
etc, impreso en Madrid en el año de 1835 15 .
Don Martín de los Heros, célebre en nuestra historia
constitucional, concibió la idea de ese Bosquejo cuando, emigrado
por motivos políticos en 1824, vivió algún tiempo en Flandes, donde
renovó su lectura de los cronistas e historiadores de nuestras
guerras en aquellos países, haciéndose cargo de lo ignoradas que
eran para la mayoría de los españoles muchas cosas propias que
convendría saber, y de lo llenos de recuerdos y hazañas notables de
nuestras gentes que están muchos de los lugares de la tierra en que
buscó D. Martín refugio. El Bosquejo, relación ideal de un viaje que
el autor proyectó ampliar a Italia, Alemania, Austria y Francia, se
propuso especialmente evocar, en cada sitio del itinerario, los
hechos españoles dignos de loa o admiración; y no hay para qué
decir que estos hechos son militares en su mayoría, aunque D.
Martín también sabe el valor de los de otro género, y los cita de vez
en cuando: de modo que su librito viene a ser una especie de
historia de España en el extranjero, en forma de anécdotas y
relación de sucesos memorables .
Es admirable el buen sentido que D. Martín tuvo para juzgar en
conjunto nuestra dominación en los Países Bajos, que le pareció un
desatino político de ninguna utilidad para nosotros; y aún más
admirable la serenidad con que, sobreponiéndose a esto, se eleva a
una contemplación patriótica de nuestra historia en aquellas tierras.
«Como por equivocada —dice — que fuera esta opinión (la
favorable al dominio de los Países Bajos), y por cara y muy cara
que hubiese costado a nuestra patria, es indudable que la dictó en
su tiempo el más puro amor a su honor e independencia, me parece
que, ya que no se la podía revocar y que sus consecuencias habían
sido mil acciones gloriosas, acaso convendría recordarlas en
nuestros desdichados tiempos. No a la verdad repitiendo historias de
ellas, cual las escribieron muchos nacionales y extranjeros, sino
entresacando y ofreciendo con alguna novedad a la generación
presente, aquello que mejor contribuyera a desarraigar en muchos la
aversión que muestran a nuestra historia moderna, y la tendencia en
no pocos a negarnos toda gloria en otros días y hasta la posibilidad
de haberla sabido adquirir. De lo que resulta, y es mengua decirlo,
que no estudiándose nuestra historia, o estudiándose por escritores
extraños, y dándose más crédito a los ultrajes de estos que al candor
con que los propios conf iesan más de una vez sus faltas, han
hallado los extranjeros entre nosotros tales admiradores y
panegiristas, que hasta la dirección y cuidado de nuestra libertad y
negocios quisieran algunos entregarles desde luego» 16 .
He citado este párrafo para que se vea, juntamente, el acuerdo
entre el sentido del Bosquejo y el que antes declarábamos
comentando el punto de vista de Lummis, la ascendencia que tienen
esos escépticos de nuestro pasado a que antes me referí y la utilidad
que representaría un libro o una serie de libros populares que
completasen el pensamiento de D. Martín, enseñando al propio
tiempo a viajar españolamente a los españoles, de modo que viesen
en cada sitio (y apenas si los hay libres de esta condición) lo bueno
o lo hazañoso (también bueno a juicio de los tiempos pasados, y no
pocas veces de los presentes) que hicimos, en vez de recordar solo lo
que ahora nos parece malo y nos echan en cara, en toda ocasión,
quienes suelen no ver más que la paja en el ojo ajeno .
III
Volviendo al tema de América, Lummis ve con claridad el efecto
psicológico que el descubrimiento del Nuevo Mundo produjo en
España. Fue, dice, el despertar de toda una raza. «Cuando España
halló de pronto las nuevas tierras más allá del mar, este hecho
causó un despertar de la especie humana como jamás se vio antes,
ni después se ha visto igual. Había allí, casi literalmente, un mundo
nuevo, que produjo casi un pueblo nuevo. No se aprovecharon tan
solo de este maravilloso cambio los privilegiados y los grandes; no
hubo nadie, por pobre o ignorante que fuese, que no pudiera
entonces crecer hasta alcanzar la plena estatura del hombre que
dentro de él había. Fue ello, en verdad, el más grande comienzo de
la libertad humana, la primera vez que se abría la puerta de la
igualdad, la primera semilla de naciones libres como la nuestra». Y
así, la conquista del Nuevo Mundo produjo una escuela de
democracia social, viva y hondamente revolucionaria en los cuadros
mismos de las viejas jerarquías europeas .
En esa escuela, al choque de los peligros y dif icultades, se
aguzaron y dieron todo su brillo (al lado de las miserias
inseparables de la vida) las más nobles y altas facultades humanas,
y se realizaron los más sugestivos ejemplos de autoeducación y de
dominio de sí mismo y de los demás .
En ese concepto sobre todo, como un self-made man, admira
Lummis a Pizarro. Lo grande en este caudillo era el espíritu 17 ,
como ya lo vio Prescott, de quien son estas palabras al hablar del
episodio de la isla del Gallo: «¿Qué se puede encontrar en las
leyendas de la caballería que a tal hecho sobrepuje?»
Por poco que se conozca al pueblo norteamericano y se sepa de
las cualidades psicológicas que le distinguen en la lucha de la vida
(merced a las cuales ha llegado al grandioso desarrollo que hoy
alcanza), resultará evidentísima la razón en virtud de la cual uno de
sus hombres, representativos en este concepto, encuentra a cada
paso motivos de admiración en la historia de nuestra epopeya
americana 18 . Y es que constantemente para un norteamericano,
aunque no sea imperialista ni en lo más mínimo de su espíritu, tiene
que aparecer clarísimo el valor que para otras muchas cosas
distintas de la guerra —cosas altamente apreciadas en el vivir
moderno y en la pedagogía de los Marden, los Trine, los James, los
Smiles, los Stanley Hall, etc. 19 , — tienen aquellas cualidades
morales y físicas de que hicieron gala tantas veces nuestros
descubridores, nuestros capitanes y nuestros misioneros. Y si esto es
así ¿no merecen admiración, y aun más que esto, cultivo, para que
reaparezcan, si es que se desvanecieron, o se aviven, si es que
continúan pero desmayadamente o con escasas manifestaciones, en
el fondo espiritual de nuestra raza?
Muchas veces me he preguntado, al releer los cronistas del
descubrimiento y colonización, cómo hemos podido olvidar ese
precedente admirable de nuestra historia y cómo pedimos a otros
pueblos doctrina, y ejemplaridad para la formación del carácter, en
aquello de que más fanática es nuestra época y no siempre para
menos discutibles aplicaciones que las de los siglos XV , XVI y XVII .
Sin duda, España es hoy, colectivamente, inferior en ese respecto a
Inglaterra y los Estados Unidos, v. gr.; pero no es menos indudable
que sus hombres, en la lucha económica por la vida, cuando la
realizan en un medio que se presta a tales manifestaciones —por
ejemplo, América —, no desmerecen en condiciones de los de
cualquier otra raza. El hecho ha sido observado y acusado más de
una vez, y no hay para qué insistir en mostrarlo .
Hay ciertas formas de estas cualidades, sin embargo, que apenas
se muestran hoy entre nosotros. España, que en los siglos XVI y XVII
fue tan pródiga en viajeros, en exploradores de regiones
desconocidas, en conquistadores de alma templada a prueba de
sufrimientos, desde el siglo XVIII acá apenas si ha dado algunos
nombres a la historia de los descubrimientos geográf icos, de las
empresas arriesgadas, de los viajes que indican vigor de espíritu,
resistencia a las privaciones, sacrif icio de la tranquilidad personal
a intereses o ideas más generales o más altos; y comúnmente, al
pueblo español de hoy se le tiene (no obstante el ejemplo de nuestros
emigrantes, aun no es bien conocido en lo mucho que
sociológicamente ofrece al estudio) como un pueblo flojo, pasivo,
inferiormente dotado para las luchas modernas que requieren
grandes energías .
¿Por qué esto? ¿Cómo se ha producido —si es que realmente hay
lo que se supone —, ese cambio brusco en el alma de un pueblo
cuyas individualidades ofrecen, sin embargo, tantas muestras de
heroísmo en los trances críticos, en los choques violentos de la
vida? No lo sabemos; pero su investigación merece preocupar a los
hombres de ciencia y a los directores de la masa, que no pueden
dirigir bien sin conocer profundamente, en todas sus sinuosidades y
evoluciones, la psiquis del sujeto que manejan o pretenden manejar .
Pero sea lo que fuere de esto y tenga el alcance que se supone, u
otro menor, la diferencia (a lo menos superf icial y aparente) entre
aquellos tiempos y estos, nuestra, inferioridad actual es clara,
numéricamente apreciadas las cosas y en sus aplicaciones de tipo
más moderno. El problema de la reeducación de nuestro pueblo en
ese respecto, se impone, pues, a los que consideren la importancia
de vacíos tales. Y siendo así ¿cómo no vocear a los cuatro vientos
que esos profesores de energía que se piden exclusivamente al
ejemplo de otros países, los tuvimos entre nosotros, tantos y tan
buenos y tan sugestivos como los que se pueden hallar en parte
alguna?
Y he aquí otra de las utilidades que para nosotros mismos —no
solo para nuestro concepto en el mundo — tienen libros como este
de Lummis. Mediante él aprenderán muchos españoles que entre
«los suyos» ha habido muchos de esos «profesores de energía» que
quizá creyeron fruto exclusivo de pueblos en la actualidad muy
prósperos, pero cuyo presente no puede hacer olvidar la primacía de
quien dio la pauta de tales arrestos hace pocos siglos. Ciertamente,
el libro de Lummis y los que con él tienen analogía, no son más que
una manera de preparación para el uso de aquellos medios
educativos de carácter histórico que tanta influencia han ejercido
(recuérdese a Plutarco) en la formación de muchas personalidades
salientes de todos los pueblos. Pero claro es que no podemos
detenernos en este primer escalón. Precisa ir a la lectura directa de
los diarios, memorias y relaciones de esos grandes viajeros,
descubridores y caudillos de todas las épocas de nuestra historia, y
singularmente de los que brillaron en América .
Literatura es esta que tenemos aquí completamente olvidada.
Saben de ella los eruditos; pero el gran público la desconoce. Si es
verdad que en los librillos al uso que ponemos en manos de nuestra
niñez, le referimos, seca y desmañadamente por lo común o solo con
ditirambos que valen bastante menos que los hechos reales, algo de
Numancia, Sagunto, Zaragoza, Gerona, etc., nada le decimos nunca
—o poco más que nada — de Valdivia, de Fernando Soto, de
Legazpi, de Urdaneta, de Elcano, de Mendaña, de Gómez de Quirós,
de Solís, de Loaysa, de Rodrigues Cabrilla, de País, de Alonso
Camargo, del capitán Ochagaray, de los legos franciscanos y los
PP. jesuitas que exploraron el Marañón y de tantos otros atrevidos,
sufridos, incansables navegantes y andarines que, a costa de su vida
tantas veces, echaron los cimientos de la Geografía y de la Historia
Natural del Nuevo Mundo y de parte de África y Asia. Aun en el
terreno erudito, justo es decir que más se preocupan los ingleses 20 y
los norteamericanos 21 que nosotros (con haber modernamente algo
de actividad en este punto, gracias a varios beneméritos
americanistas, los más ya fallecidos), de reimprimir las narraciones
que dejaron escritas nuestros antiguos viajeros, o de dar a luz las
que permanecen inéditas. Todavía en el siglo XVIII cultivábamos
nosotros esa literatura; pero más bien traduciendo colecciones y
libros (verbigracia, la Historia general de los viajes vertida al
castellano por D. Miguel Terracina en 1763; el Viaje del
comandante Byron alrededor del mundo, que en 1769 llegaba a su
segunda edición española, etcétera), que preocupándonos de los
nuestros, aunque ya entonces se comenzaba a volver los ojos hacia
América, como lo atestiguan los trabajos de Muñoz, la impresión de
la Historia plantarum Novae Hispaniae de Gómez Ortega y alguna
otra publicación de este orden .
Hoy seguimos la misma ruta de olvido para lo nuestra por lo que
toca su difusión en la masa del público culto. Nuestras gentes
ilustradas suelen conocer los hechos y nombres de Cook,
Bougainville, Stanley, Livingstone, Nordenskjold, Abruzzos, Scott…
pero no saben nada (algún nombre, si acaso) de los grandes viajeros
españoles que durante tres siglos casi, llenaron las páginas de la
Geografía, y de la Historia heroica .
Gómez Ortega. Botánico
¿Cómo llenar ese vacío, en que nuevamente lleva a pensar el
libro de Lummis? No me refiero ya a las publicaciones eruditas, en
que también necesitamos no desamparar el camino bravamente
abierto por Navarrete, Jiménez de la Espada, Zaragoza, Fernández
Duro y otros que murieron o aún viven. Me refiero principalmente a
la literatura de divulgación, que es la que forma cultura de la masa
y, desde luego, a la literatura escolar. La cosa es fácil, y brindo la
idea por segunda vez a nuestros editores que persiguen hoy, con
laudable competencia, el libro barato y popular. En primer término,
las obras a que aludo no pagan ya derechos de ninguna clase; son
de dominio público y todos pueden reimprimirlas, lo cual aminora
notablemente los gastos. Ilustrarlas no sería, las más de las veces,
empresa imposible, ya que el fotograbado permite reproducir, a muy
poco precio, estampas antiguas que las ediciones primeras —y
algunos manuscritos — suelen llevar; caso aparte de lo que allanan
el camino las colecciones modernas, numerosas, de paisajes de las
regiones que aquellos libros describen .
El trabajo de poner toda esa masa de materiales al alcance del
lector habitual moderno, no pide, por de contado, la reproducción
literal e íntegra de los textos antiguos. Aunque alguna vez quepa
esto sin peligro de dar una obra de difícil lectura —y esa es
condición primaria en tales empresas de divulgación —, por lo
común es imposible .
Pueden adoptarse para conseguir el fin indicado antes, dos
procedimientos distintos, ambos ya muy en uso en otras partes .
Uno es el de aligerar los textos, entresacando los pasajes de
verdadero interés, con abandono de los digresivos y pesados,
poniéndolos, si el caso lo exige, en castellano corriente y
condensando la materia dramática o descriptiva cuando el autor es
difuso y carece de arte. Tal empresa la puede acometer cualquier
escritor de mediano gusto literario y de alguna lectura de obras
modernas de ese género. Para los autores menos propicios a una
reducción literaria adecuada, podría seguirse el sistema de darlos
en resumen bien compuesto; y tal vez conviniese —tomando en
conjunto la obra —, empezar por ahí, por la historia abreviada de
un grupo determinado de viajes, o de todos los de importancia,
animada con citas literales de los pasajes más salientes: una obra
de divulgación análoga a la Historia popular de los grandes viajes y
viajeros que f igura entre las escritas por Julio Verne. Este
compendio podía ser libro de lectura en nuestras escuelas (también
quizá en las hispanoamericanas) y contribuir grandemente a realzar
el nombre español y a estrechar —en el culto común de los hombres
arriesgados que ligaron con su esfuerzo la historia de España a la
del Nuevo Mundo — la relación psicológica entre los países de
habla castellanu .
El segundo procedimiento a que aludí antes, sería el de escribir
biografías breves y animadas de los españoles notables a que se
refieren estas consideraciones, ampliando el cuadro interesante,
pero reducido, que Quintana se trazó, y dividiendo la materia para
la mejor difusión de cada volumen: algo, en fin, como esas series
inglesas de héroes nacionales, tan numerosas y bien presentadas, de
que podría ser tipo, por ejemplo, la titulada English Men of Action,
que publica la casa MacMillan, y en la que figuran lord Clive,
Cook, Drake, Raleigh, Hastings, Gordon, etc. Dígase si en nuestra
historia militar y de viajes no tenemos nombres que puedan igualar
y aun exceder a estos, y especialmente a varios de esos que los
ingleses repiten con sincero orgullo 22 .
Ambos grupos de libros serían, digámoslo una vez más —aparte
lo señalado anteriormente —, una constante lección de voluntad
para los escolares y para toda la masa culta, que hallaría, en
aquellos heroicos descubridores y caudillos (más heroicos que los
modernos, pues lucharon con menos ventaja de su parte contra el
medio natural y social encontrado) numerosos profesores de
energía, tan educadores y sugestivos como los personajes de
Rudyard Kipling o de cualquier otro autor de parecidas cualidades .
IV
Algunas consideraciones más, para dar f in a este prólogo,
acerca del libro de Lummis y de los provechos que signif ica en
orden a nuestra historia y nuestro presente .
Uno de los elementos de juicio más necesarios en obras de esta
naturaleza, es el de la relación cronológica de los hechos sobre que
se pretende llamar la atención, con los análogos producidos en la
misma época o período. Esa relación, que mentalmente hacen con
facilidad los especialistas, escapa por lo común al gran público, en
quien la precedencia o contemporaneidad de los sucesos
pertenecientes a diversas naciones, suele quedar en vaga penumbra
de indecisas líneas. La observación puede hacerse a menudo en los
mismos estudiantes universitarios, cuando no se han especializado
sobre el punto escogido para comprobarla; y es que casi ningún
libro de los que usualmente manejan, les ofrece los datos necesarios
para corregir ese vacío, ni, con el ejemplo de establecer la relación,
los acostumbra a pensar en ella .
Lummis tiene cuidado de señalarla a cada paso en cuanto a los
descubrimientos de los españoles comparadamente con los
realizados por franceses e ingleses: de modo que se ve
concretamente, respecto a cada territorio, la enorme precedencia
que corresponde a los primeros .
Otro punto también descuidado en las historias de la
colonización americana, es la comparación de las condiciones que
ofrecía el medio natural a los emigrantes españoles y a los de otros
pueblos que, más tarde, arribaron al Nuevo Mundo. No es posible
explicarse con claridad ciertos éxitos y ciertos fracasos sin tener en
cuenta, como factor decisivo a veces, importante siempre, el que
acabamos de indicar. Lummis 23 llama la atención acerca de él,
señalando las ventajas que favorecieron en este respecto la
colonización inglesa, así como en punto a las poblaciones indígenas
con que uno y otro pueblo europeo tuvieron que luchar para
establecerse y organizar su respectiva colonización. Sin duda,
convendría decir más de lo que Lummis dice sobre esta materia,
precisándola con mayores detalles, para que se viesen con toda
exactitud y pormenor las respectivas ventajas y desventajas y
quedasen perfectamente desvanecidas las apreciaciones erróneas en
contrario, que sin justificación se hallan en algunos libros
extranjeros. Pero tal como se encuentra iniciada la observación en
el libro de Lummis, basta para orientar a los lectores y sugerirles la
importancia que tienen estos hechos 24 .
En cuanto a los ejemplos que Lummis escoge para demostrar su
tesis general y caracterizar las diferentes clases de los pioneers
españoles, bien se comprende que son no más que algunos de los
numerosísimos que podrían aducirse. Muchas más heroicidades
cabe contar, v. gr. de los misioneros en diferentes partes de América,
y no pocas de ellas más emocionantes, más demostrativas de
energía, paciencia y valor, que las mismas citadas por Lummis.
Bastaría recordar aquellas admirables cartas del P. Salvatierra al P.
Ugarte, ejemplo conmovedor de serenidad ante la muerte y de
persistencia varonil en la misión emprendida, hasta el último
momento, que en nuestros días puede compararse tan solo con el
diario del célebre capitán Scott 25 .
Lo mismo podría decirse de los viajeros seglares, entre los que
hubiera sido natural citar el segundo viaje de Cabeza de Vaca, tan
épico como el primero. Pero claro es que en un libro que, para el
logro de su propia f inalidad, no puede ser muy voluminoso, no cabe
decir todas las cosas pertinentes a su tema. Más bien procedería
señalar como defecto de Lummis el que a veces se detiene en cosas
poco interesantes para su propósito, gr., las aventuras de Aguirre,
personaje que no merece f igurar en el cuadro de los pioneers a
quienes el autor ha querido poner de relieve. Sin embargo, aun aquí
al resumir su juicio sobre las numerosas expediciones que se
dirigieron en busca de El Dorado, Lummis tiene palabras de elogio
para las cualidades demostradas en aquella insensata persecución
de una quimera: «la sin par tenacidad en el propósito y el sacrif icio
de sí propio, inherentes al carácter español… más paciente y más
sufrido que el de los hombres del Norte.» 26
Con todo esto, resulta extraño que falta a la pluma de Lummis la
vibración épica. No obstante su clara visión de la grandeza que
hubo en los hechos cuya historia escribe, solo en ciertos casos (v. gr.
la conquista de Acoma) da con aquella nota. Por lo general, es el
lector quien, sobre la base del relato de Lummis, tiene que elevarse
a la imagen heroica y deducir de su propio espíritu la emoción que
el suceso pide. Responde esto, sin duda, a cualidades ingénitas en el
estilo o en la emotividad del autor; pero el ejemplo citado y algún
otro, prueban que hubiera podido llegar a ese grado de calor
expresivo, de tonalidad literaria, si se lo hubiese propuesto. Esta
presunción se convierte en af irmación absoluta, cuando se llega a
conocer personalmente al autor. Lummis tiene tanto corazón como
voluntad y cerebro, y es así capaz de sentir el más cálido entusiasmo
por todas las cosas del mundo que lo merecen, y capaz también de
expresar su sentimiento en palabras que suenan como una poesía.
Quien le ha oído hablar de España (yo he tenido esa fortuna) y
calificar de «bendición de madre» algo que de ella procedía como
reconocimiento de la gran labor hispanófila que Lummis ha
realizado, sabe bien qué profundo sentido artístico hay en el alma
viril y aventurera (sanamente aventurera) del autor de este libro.
Algún día contaré mi visita a Lummis y las horas que con él pasé en
Los Ángeles, y entonces podré decir todo lo que encierra, para
enseñanza de muchos, la compleja e interesante personalidad de
nuestro buen amigo norteamericano .
Algún error de hecho, aunque insignif icante, hay en el libro, y
por esta insignif icancia (dado que se ref ieren a cosas incidentales),
no quitan nada del mérito fundamental que la obra de Lummis tiene.
Citemos, solo como ejemplo, lo relativo a las naves de Cortés, rectif
icado por Jiménez de la Espada, 27 y la af irmación inexacta de que
los «más maravillosos» viajes realizados por los españoles han sido
fruto de una desgracia inicial. El autor se ha dejado cegar en este
punto por el ejemplo deslumbrador del viaje de Cabeza de Vaca.
Hubo otros, tan dignos de la admiración de las gentes como el que
acabamos de citar, y que tuvieron por causa un propósito deliberado
e inicial de explorar lo que se exploró .
Y en f in, para agotar este capítulo de indicaciones críticas,
digamos que el libro hubiese ganado mucho para su propósito con
dos fáciles adiciones: una, la de indicar las ediciones de los viajes
que se citan, utilísima ayuda para el lector que desee ampliar sus
conocimientos en la materia, y no serán pocos los que sientan esa
necesidad si el asunto les ha interesado realmente; la otra, es la
frecuencia de mapas que guíen en la relación de las expediciones.
No son muchos, ni siempre claros (esta es la principal cualidad que
suele faltarles), los que ilustran la mayoría de los libros de
colonización española, ni completos los que sobre lo mismo se
encuentran en los Atlas históricos. Por eso mismo convendría
darlos, en estos libros populares, con preferencia a otras láminas,
separando las diferentes indicaciones que les corresponden para no
acumular en uno solo muchos datos que producen confusión. La
citada obra de Dellenbaugh, la de Richman sobre California, la de
Hodge (Spanish Explorers in the Southern United States: 1907) y
otras entre las modernas, contienen materiales aprovechables. La de
miss Coman ofrece un ejemplo 28 de mapa muy claro y conciso, que
convenía imitar. Conf iemos en que así ha de hacerse en futuras
ediciones de este libro .
Ortelius, 1584
Ahora, para terminar, una sola reflexión acerca de nuestra
historia en América. Se ha repetido con nosotros, en cuanto al juicio
que durante siglos tuvieron las gentes respecto de aquella grandiosa
obra, lo que tantas veces ocurre en la vida individual y en la de los
pueblos, y es que se olvidan fácilmente los benef icios pasados por
un perjuicio presente. El perjuicio está representado, para nosotros,
en las quejas que fundamentaron en parte (en parte no más) el
movimiento de independencia al comenzar el siglo XIX , y en la
desdichada política ultramarina de casi toda esa centuria,
desdichada aunque se supriman todas las exageraciones y
calumnias acumuladas a su propósito. La existencia próxima de
motivos tales de repulsión, ya es suf iciente para borrar el recuerdo
de los de simpatía y aplauso; pero cuando, además, hay terceros
interesados en acentuar y propalar el perjuicio y ocultar el otro lado
de la medalla, es aquel lo único que queda vibrante, y todo lo demás
se pierde .
Felizmente, la reacción contra esas injusticias llega más o menos
tarde. La que a nosotros toca, comienza a producirse, y el libro de
Lummis, decimos una vez más, es un buen ejemplo de ello .
Pero a nosotros toca no olvidar, f iados en la obra ajena, una
cosa esencialísima en estos asuntos: y es que la manera ef icaz de
vindicar nuestra historia en todo lo que deba ser vindicado, consiste
en saber de ella más y mejor que los que puedan tener, en cualquier
momento, interés de contrahacerla, o simplemente carezcan del de
mostrarla tal como fue en todos sus aspectos. Mientras nuestro
conocimiento de lo que hicimos en cualquier orden de nuestra vida
interior o exterior dependa de los libros extraños, nos
encontraremos en una enorme inferioridad para intervenir en la
polémica. Conquistemos en esto nuestra independencia mediante
una persistente labor, y el resto se nos dará por añadidura .
RAFAEL ALTAMIRA .
Madrid, octubre de 1915.
1 Ved mi artículo «Libros de Viajes norteamericanos, referentes a España», en
la obra De Historia y Arte (Madrid), 1898.
2 Véase, por ejemplo, el capítulo titulado «España en América» en el libro de
igual nombre (Valencia, 1909) y el artículo «La Sociedad Hispánica de América»,
que publicó la revista de Madrid La Esfera , en su número 22 (30 mayo 1914).
3 Economic beginnings of the Far West , 2 vols., New York, 1912. Miss Coman
ha sido recientemente arrebataba por la muerte a los estudios históricos y a la
obra educativa de la mujer.
4 The History Teacher’s Magazine . Vol. VI, núm. 6, junio de 1915.
5 Un bosquejo general de esa rectificación, por lo que toca a las regiones del
Pacífico, puede verse en mi conferencia The Share of Spain in the History of the
Pacific Ocean leída ante el Panamá-Pacific Historical Congress (julio 1915) y cuyo
texto, en inglés y en castellano, está en prensa.
6 Breaking the Wilderness (New York, 1905), por Frederick S. Dellenbaugh.
7 Párrafo final del cap. VI. Véase todo ese capítulo dedicado a las expediciones
españolas en el territorio actual de los Estados Unidos. No será ocioso decir que
Dellenbaugh no es rigurosamente exacto cuando echa de menos «gobierno local»
en nuestro régimen. Aún está por escribir, pero no será corta cuando se escriba, la
historia de los círculos de autonomía jurídica que existieron en nuestra
colonización, hasta donde más lo permitía nuestra mentalidad política de
entonces.
8 Véase, como pieza singularmente expresiva, su diálogo Guatimozín y Hernán
Cortés . Madrid, 1899.
9 Véase acerca de esto el capítulo II de mi libro La guerra actual y la opinión
española , Araluce Editor, Barcelona, 1915 pág. 49 a 57.
10 Págs. 271 y 278 de la 5ª edición norteamericana. Chicago, 1912.
11 Pág. 276 citada.
12 España en California y en el Noroeste de América . Madrid, 1892, págs. 6 y
7.
13 Epígrafe VII de la 3ª Parte.
14 Ante su propia conciencia, no lo eran: ante la nuestra actual, la crueldad es
indudable. Pero ese juicio, aun con la injusticia histórica que supone, no tiene valor
como argumento contra un hombre o un grupo de hombres, mientras no se
emplee igualmente para todos los contemporáneos.
15 Un vol. de 19 x 12. XXIV - 170 págs. más 2 de índice.
16 Don Martín de les Heros alude aquí a la intervención realista francesa de
1823.
17 Pág. 205 y sig..
18 La palabra epopeya no es enfática. Épicos son los personajes de la llíada ,
la Odisea y la Eneida ; ¿y acaso moralmente son, en su mayoría, superiores a
nuestros conquistadores, sí se les juzga con el mismo criterio filantrópico y
pacifista con que a estos se suele juzgar?
19 Véase sobre esto mi libro Para la juventud (Barcelona, 1915), cap. X.
20 Recuérdense por ejemplo las publicaciones de la Hackluyt Society, en que
tantos cronistas y viajeros españoles de América figuran.
21. Ver antes, pag. 17.
22 La única manifestación moderna de ese tipo de libros entre nosotros, acaba
de aparecer en la biblioteca para niños que publica La Lectura , uno de cuyos
volúmenes, escrito por D.ª Emilia Pardo Bazán, está dedicado a Hernán Cortés.
23 Lo mismo hace observar MíSS Coman en punto al área explorada por los
españoles en el territorio actual de les Estados Unidos (tomo I, pág. 6).
24 Al examen de ellos he consagrado la atención debida en mi programa de
«Historia de las instituciones americanas» en el curso de 1914-1915. Tampoco
descuida Lummis el señalamiento de otros hechos de indispensable estimación
para caracterizar nuestra historia colonial, tales como el de que no fuimos los
únicos buscadores de oro en América (aunque sí los más afortunados), ni movió
todas nuestras expediciones y empresas ese único apetito que, por otra parte, la
humanidad nunca ha considerado como pecado gravísimo e imperdonable; y si no,
recuérdese California, Klondike, Australia y el Transvaal.
(V las págs. 186 y siguientes de Lummis, en punto a beneficios de civilización
producidos por los españoles).
25 Ver un extracto de ellas en el citado trabajo de Torres Campos, pág. 26.
26 Págs. 195 y sig.. Y no se olvide que los españoles no fueron los únicos
alucinados con esa atrayente ficción; de modo que si hubo candidez o ambición
desmedida en ella, la compartimos coa otros pueblos.
27 No fue tea, fue barreno . Madrid 1387. Cf. sobre lo mismo. Cesáreo
Fernández Duro, Tradiciones infundadas . Madrid, 1888. También he de hacer
reservas sobre la traición de Hernán Cortés. No me parece tan clara como al autor,
según lo que para ello aducen los documentos publicados, juntamente con otros
elementos de juicio que no es este momento propicio para discutir.
28 Tomo I, pág. 18.
NOTA BIOGRÁFICA
ACERCA DEL AUTOR
Antes de empezar la lectura de un libro,
procura saber algo tocante a la
personalidad del autor.
DAVID PRYDE.
Este libro es una gallarda reivindicación de España y de sus
métodos de colonización en el Nuevo Mundo. Avalora y encarece
esta reivindicación el ser obra espontánea, desinteresada, y por ende
imparcial, de un ilustrado escritor norteamericano, y fruto da sus
estudios, investigaciones y concienzudos juicios. Basta leer el
Prefacio de su libro, para poder apreciar el móvil que le impulsó a
escribirlo y la sinceridad y entusiasmo que puso en su labor.
Es natural que los hechos y proezas de los exploradores españoles
despertasen el interés y la admiración de un hombre como Mr.
Lummis, cuya vida ha sido una continua serie de pasmosos
esfuerzos, trabajos y penalidades, que le han obligado a luchar con
obstáculos al parecer insuperables, y que solo por el vigor de su
naturaleza y por la indómita fuerza de su voluntad ha sabido vencer
y dominar.
Una biografía detallada de este hombre extraordinario parecería
más bien una leyenda o una novela, que la historia real y verdadera
de una viviente personalidad. Algunos tendrán por increíble la
realización de todo cuanto ha emprendido y llevado a cabo Mr.
Lummis en 56 años de vida. Pero ahí están sus obras y sus éxitos y
la fortuna que ha sabido labrarse a fuerza de trabajo y perseverancia,
que lo evidencian y lo acreditan.
Nació Mr. Charles Fletcher Lummis en Lynn, población fabril del
Estado de Massachusetts, el día primero de marzo de 1859. Estudió
y se graduó, a los 22 años, en la Universidad de Harvard, cercana a
Boston, y publicó entonces un librito de poesías, impreso sobre
corteza de álamo raspada por sus manos hasta dejarla como hojas de
papel fino.
Al año siguiente trasladóse a Ohio, donde publicó The Scioto
Gazette , y movido por su espíritu aventurero, emprendió en
septiembre de 1883 una marcha a pie desde Ohio hasta California,
llegando a Los Ángeles después de recorrer 5.642 kilómetros en 147
días.
Fue admitido como redactor del Daily Times de Los Ángeles al
día siguiente de su llegada, y más tarde logró ser uno de los
propietarios del periódico.
Pero el trabajo intenso y excesivo que sostuvo durante cuatro
años, fue causa de un ataque de hemiplejía que le paralizó todo el
lado izquierdo y le privó del habla. Entonces se trasladó a Nuevo
México con la firme voluntad de reponerse, y allí estuvo cuatro años
entre los indígenas, los cuales aprovechó para estudiar sus
costumbres y tradiciones y sus cantos populares, y para aprender dos
de sus idiomas.
En un libro interesantísimo, titulado My friend Will , en que «el
amigo Will» representa su voluntad, describe Mr. Lummis los
novelescos incidentes relacionados con el proceso de su curación,
que fue completa, recobrando el habla así como el movimiento y la
agilidad de sus miembros por efecto de una vida ruda y montaraz y
de la tenacidad de su propósito. Posteriormente ha sufrido y podido
vencer otros dos ataques, que en una persona de otro temple
hubieran tenido fatal desenlace. Hace algunos años quedó ciego;
pero ha vuelto a recobrar la vista después de mucho tiempo.
No obstante estos padecimientos físicos y el dolor moral que le
causó la pérdida de su quinto hijo, Amado, la labor de Mr. Lummis
en los campos de la literatura, de la exploración y de la
investigación, ha sido intensa y fecunda.
Asociado con Mr. A. F. Bandelier, el cual ha aplicado métodos
científicos al estudio de la historia, emprendieron los dos juntos una
expedición etnológica e histórica, recorriendo Texas, Colorado,
Utah, Arizona y California en los Estados Unidos, y después
México, la América Central, Perú y Bolivia, visitando los parajes
donde se desarrollaron los principales hechos de los exploradores y
colonizadores españoles.
«He recorrido —dice él mismo en una carta— unos dos millones
de millas de Hispanoamérica, no como turista, sino como un hijo del
país; con cartas oficiales de recomendación para diversos gobiernos
y poniéndome en relaciones con ellos; pero familiarizándome al
propio tiempo con gente de todas las clases sociales; puesto que un
país se compone de todas ellas, desde los mendigos y peones hasta
los hombres de ciencia y los gobernantes. Y he tenido la suerte de
conocer y tratar a todas esas clases».
Lo cual es garantía del profundo conocimiento que ha adquirido
Mr. Lummis respecto del asunto de que trata este libro.
De regreso a Los Ángeles en 1894, funda y dirige dos periódicos,
y construye su casa de piedra con sus propias manos, ayudado de
algunos indios.
Desde entonces, ha recibido títulos de varias Universidades; ha
sido fundador y presidente de sociedades para educar a los indios,
para conservar los monumentos históricos de California; fundador y
secretario de la Sociedad de Arqueología del Sudoeste; miembro
vitalicio del Instituto Arqueológico de América, y miembro activo y
honorario de muchas otras sociedades.
En el año 1907 fundó en Los Ángeles el Southwest Museum , al
cual ha hecho donación de su copiosa biblioteca particular, la más
rica en libros referentes a la América española, y de su colección de
objetos arqueológicos hispanoamericanos, que se valúa en más de
cien mil dólares.
Además de muchos artículos para la Enciclopedia Británica, la
Americana, y diversas revistas y periódicos, ha publicado 15 obras,
entre ellas: Villagran’s New México y Benavides Memorial of 1630 y
uno referente a la república de México bajo el gobierno del general
Porfirio Díaz.
Por último, este notable americanista, explorador, arqueólogo,
historiador, novelista, periodista y fundador de sociedades y museos,
ha tenido tiempo para investigar las costumbres de los indios; ha
traducido sus canciones al inglés; las ha puesto en notación de
música, y desde hace 15 años se ocupa en compilar para un
Diccionario Enciclopédico cuantos datos biográficos, geográficos,
históricos, etnológicos y arqueológicos acerca de América se hallan
en libros y documentos publicados desde el descubrimiento del
Nuevo Mundo hasta 1850. Será una obra monumental, cuya
publicación se propone costear y dirigir, con ayuda de varios
competentes redactores.
Mucho deberá América a ese infatigable y filantrópico
historiógrafo; pero no menos le debe España por la noble defensa y
la justa y entusiástica loa que ha hecho de los héroes españoles que
descubrieron y exploraron aquel mundo. Reconociendo esta deuda,
el Gobierno español ha tenido a bien manifestar su alto aprecio de la
labor de Mr. Lummis, agraciándole con la encomienda de Isabel la
Católica.
A. C.
Los conceptos que en este libro se exponen han entrado ya a
ocupar su sitio en la literatura histórica; pero forman una base
enteramente nueva para una obra de carácter popular. Por ser nueva,
tal vez aquellos que no han seguido del todo la marcha reciente de la
investigación científica, pongan en duda su exactitud. Puedo afirmar
que las apreciaciones y los asertos que se hacen en este libro son
rigurosamente exactos y que yo estoy dispuesto a defenderlos desde
el punto de vista de la ciencia histórica.
Y digo esto no tan solo por razón del aprecio personal en que
tengo al autor, sino muy especialmente en vista del mérito de su obra
y del valor que tiene para los jóvenes de la presente y de futuras
generaciones»
AD . F. BANDELIER .
Misiones españolas en la Alta California
Misiones españoles en la Alta California. A la derecha, estatua de fray Junípero
Serra blasón del estado de California y figura a la que se le rinde honores en el
Capitolio de Washington.
PREFACIO
Porque creo que todo joven sajón-americano ama la justicia
y admira el heroísmo tanto como yo, me he decidido a escribir
este libro. La razón de que no hayamos hecho justicia a los
exploradores españoles es sencillamente porque hemos sido
mal informados. Su historia no tiene paralelo; pero nuestros
libros de texto no han reconocido esa verdad, si bien ahora ya
no se atreven a disputarla. Gracias a la nueva escuela de
historia americana, vamos ya aprendiendo esa verdad, que se
gozará en conocer todo americano de sentimientos varoniles.
En este país de hombres libres y valientes el prejuicio de raza,
la más supina de todas las ignorancias humanas, debe
desaparecer. Debemos respetar la virilidad más que el
nacionalismo, y admirarla por lo que vale dondequiera que la
hallemos; y la hallaremos en todas partes. Los hechos que
levantan a la humanidad no provienen de una sola raza.
Podemos haber nacido dondequiera —esto es un mero
accidente—, mas para llegar a ser héroes, debemos crecer por
medios que no son accidentes ni provincialismos, sino por la
propia naturaleza y para gloria de la humanidad.
Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por
los españoles fue la más grande, la más larga y la más
maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia.
En mis mocedades no le era posible a un muchacho anglosajón
aprender esa verdad; aun hoy es sumamente difícil, dado que
sea posible. Convencido de que es inútil la tarea de buscar en
uno o en todos los libros de texto ingleses, una pintura exacta
de los héroes españoles del Nuevo Mundo, me hice el
propósito de que ningún otro joven americano amante del
heroísmo y de la justicia, tuviese necesidad de andar a tientas
en la obscuridad como a mí me ha sucedido; pero no habrá de
agradecerme a mí, tanto como al amigo de ambos, A. F.
Bandelier, maestro de la nueva escuela 1 , los siguientes atisbos
de los hechos más interesantes de la historia. Sin la luz que
este aventajado discípulo del gran Humboldt ha derramado
con su erudición sobre los primeros tiempos de América, no
hubiera sido posible escribir este libro, ni hubiese podido
escribirlo yo, sin su personal y generosa ayuda.
C. F. L.
1 Mr. A. F. Bandelier, el más erudito y mejor documentado de los
historiadores de la América española, falleció en Sevilla durante el verano
de 1914, y su viuda ha continuado allí, bajo los auspicios de la Fundación
Carnegie, la labor de investigación en que se ocupaba su esposo. Nota del
T.
A la derecha , [Retrato de Cristóbal Colón] por Tobias Stimmer (1539-
1584) y Peter Perna. BNE (BDH), IH/2151/3.
LOS EXPLORADORES
ESPAÑOLES
DEL SIGLO XVI
El mapa de Vinlandia que presuntamente es del siglo XV, copiado de un original
del siglo XIII. Su importancia radicaría en que, además de mostrar África, Asia y
Europa, el mapa representa una masa de tierra en el Atlántico llamada Vinlandia y
dice que fue visitada en el siglo XI.
El mapa fue descubierto en 1957 y donado por Paul Mellon a su actual
propietario, la universidad de Yale en 1965.
1
TIERRAS IGNOTAS
1.1. LA NACIÓN EXPLORADORA
Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas
escandinavos habían descubierto y hecho algunas expediciones a la
América del Norte mucho antes que pusiera su planta en ella
Cristóbal Colón. El historiador que hoy considere aquel
descubrimiento de los escandinavos como un mito, o como algo
incierto, demuestra no haber leído nunca las Sagas. Vinieron
aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el Nuevo Mundo
antes del año 1000; pero no hicieron más que acampar; no
construyeron pueblos, y realmente nada añadieron a los
conocimientos del mundo; nada hicieren para merecer el título de
exploradores. El honor de dar América al mundo pertenece a
España; no solamente el honor del descubrimiento, sino el de una
exploración que duró varios siglos y que ninguna otra nación ha
igualado en región alguna. Es una historia que fascina, y, sin
embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta ahora sino
escasa justicia. La historia fundada sobre principios verdaderos era
una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la opinión
pública fue ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos juicios
y falsas deducciones de historiadores que solo estudian en los libros.
Algunos de estos hombres han sido no tan solo escritores íntegros,
sino también amenos; pero su misma popularidad ha servido para
difundir más sus errores. Su época ha pasado, y principia a brillar
una nueva luz. Ningún hombre estudioso se atreve ya a citar a
Prescott o a Irving, o a ninguno otro de sus secuaces, como
autoridades de la historia; hoy solo se les considera como brillantes
noveladores y nada más. Es menester que alguien haga tan populares
las verdades de la historia de América como lo han sido las fábulas,
y tal vez pase mucho tiempo antes de que salga un Prescott sin
equivocaciones; entretanto, yo quisiera ayudar a los jóvenes
americanos a penetrarse de las verdades en que se basarán de aquí en
adelante las historias. Este libro no es una historia; es sencillamente
un hito que marca el verdadero punto de vista, la idea amplia, y
tomándolo como punto de partida, los que tengan interés en ello
podrán con más seguridad llevar adelante la investigación de los
detalles, mientras que aquellos que no puedan proseguir sus estudios
poseerán siquiera un conocimiento general del capítulo más
romántico y más repleto de valientes proezas que contiene la historia
de América.
No se nos ha enseñado a apreciar lo asombroso que ha sido el que
una nación mereciese una parte tan grande del honor de descubrir
América; y, sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en
extremo sorprendente. Había un Viejo Mundo grande y civilizado:
de repente se halló un Nuevo Mundo, el más importante y pasmoso
descubrimiento que registran los anales de la Humanidad. Era lógico
suponer que la magnitud de ese acontecimiento conmovería por
igual la inteligencia de todas las naciones civilizadas, y que todas
ellas se lanzarían con el mismo empeño a sacar provecho de lo
mucho que entrañaba ese descubrimiento en beneficio del género
humano. Pero en realidad, no fue así. Hablando en general, el
espíritu de empresa de toda Europa se concentró en una nación, que
no era por cierto la más rica o la más fuerte.
A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar
la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de
acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y
medio. Y esa nación fue España.
Un genovés, es cierto, fue el descubridor de América; pero vino
en calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero
de españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de
las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España.
Imaginad qué reino tendrían entonces Fernando e Isabel, además
de su pequeño jardín de Europa: medio mundo desconocido, en el
cual viven hoy una veintena de naciones civilizadas, y en cuya
inmensa superficie, la más nueva y la más grande de las naciones no
es sino un pedazo. ¡Qué vértigo se hubiera apoderado de Colón si
hubiese podido entrever la inconcebible planta cuyas semillas, por
nadie adivinadas, tenía en sus manos aquella hermosa mañana de
octubre de 1492!
También fue España la que envió un florentino de nacimiento, a
quien un impresor alemán hizo padrino de medio mundo, que no
tenemos seguridad que él conociese; pero que estamos seguros de
que no debiera llevar su nombre. Llamar América a este continente
en honor de Américo Vespucio fue una injusticia, hija de la
ignorancia, que ahora nos parece ridícula; pero de todos modos,
también fue España la que envió el varón cuyo nombre lleva el
Nuevo Mundo.
Poco más hizo Colón que descubrir la América, lo cual es
ciertamente bastante gloria para un hombre. Pero en la valerosa
nación que hizo posible el descubrimiento, no faltaron héroes que
llevasen a cabo la labor que con él se iniciaba. Ocurrió ese hecho un
siglo antes de que los anglosajones pareciesen despertar y darse
cuenta de que realmente existía un nuevo mundo, y durante ese siglo
la flor de España realizó maravillosos hechos. Ella fue la única
nación de Europa que no dormía. Sus exploradores, vestidos de
malla, recorrieron México y Perú, se apoderaron de sus incalculables
riquezas e hicieron de aquellos reinos partes integrantes de España.
Cortés había conquistado y estaba colonizando un país salvaje doce
veces más extenso que Inglaterra, muchos años antes de que la
primera expedición de gente inglesa hubiese siquiera visto la costa
donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mundo, y Pizarro realizó
aún más importantes obras. Ponce de León había tomado posesión
en nombre de España de lo que es ahora uno de los Estados de
nuestra República, una generación antes de que los sajones pisasen
aquella comarca. Aquel primer viandante por la América del Norte,
Alvar Núñez Cabeza de Vaca, había hecho a pie un recorrido
incomparable a través del continente, desde la Florida al golfo de
California, medio siglo antes de que nuestros antepasados sentasen
la planta en nuestro país. Jamestown, la primera población inglesa
en la América del Norte, no se fundó hasta 1607, y ya por entonces
estaban los españoles permanentemente establecidos en la Florida y
Nuevo México, y eran dueños absolutos de un vasto territorio más al
Sur. Habían ya descubierto, conquistado y casi colonizado, la parte
interior de América, desde el nordeste de Kansas hasta Buenos
Aires, y desde el Atlántico al Pacífico. La mitad de los Estados
Unidos, todo México, Yucatán, la América Central, Venezuela,
Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva Granada y además
un extenso territorio, pertenecía a España cuando Inglaterra adquirió
unas cuantas hectáreas en la costa de América más próxima. No hay
palabras con qué expresar la enorme preponderancia de España
sobre todas las demás naciones en la exploración del Nuevo Mundo.
Españoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de
los golfos; españoles los que descubrieron los dos ríos más
caudalosos; españoles los que por vez primera vieron el océano
Pacífico; españoles los primeros que supieron que había dos
continentes en América; españoles los primeros que dieron la vuelta
al mundo. Eran españoles los que se abrieron camino hasta las
interiores lejanas reconditeces de nuestro propio país y de las tierras
que más al Sur se hallaban, y los que fundaron sus ciudades miles de
millas tierra adentro, mucho antes que el primer anglosajón
desembarcase en nuestro suelo. Aquel temprano anhelo español de
explorar era verdaderamente sobrehumano. ¡Pensar que un pobre
teniente español con veinte soldados atravesó un inefable desierto y
contempló la más grande maravilla natural de América o del mundo
—el gran Cañón del Colorado— nada menos que tres centurias antes
de que lo viesen ojos norteamericanos! Y lo mismo sucedía desde el
Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico, intrépido y temerario
Balboa realizó aquella terrible caminata a través del Istmo, y
descubrió el océano Pacífico y construyó en sus playas los primeros
buques que se hicieron en América, y surcó con ellos aquel mar
desconocido, y ¡había muerto más de medio siglo antes de que
Drake y Hawkin pusieran en él los ojos!
El mapamundi de Waldseemüller, de1507, incluye por primera vez el nombre de
América que ya aparece separada de Asia.
La falta de recursos de Inglaterra, la desmoralización que siguió a
las guerras de las Rosas, así como las disensiones religiosas, fueron
las causas principales de su apatía de entonces. Cuando sus hijos
llegaron por fin al borde occidental del Nuevo Mundo, dejaron de sí
buena memoria; pero nunca tuvieron que afrontar tantas y tan
inconcebibles penalidades y tan continuos peligros como los
españoles. La comarca que conquistaron era bastante salvaje, es
cierto; pero era fértil, tenía extensos bosques, mucha agua y mucha
caza; mientras que la que dominaron los españoles era el desierto
más terrible que jamás hombre alguno, ni antes ni después, ha
logrado conquistar, y estaba poblado por una hueste de tribus
salvajes, las cuales no podían compararse con los pequeños
guerreros del «rey Felipe» 1 , como no cabe comparación entre una
zorra y una pantera. Los apaches y los araucanos no hubieran sido
tal vez peores que los otros indios si se hubiesen trasladado a
Massachusetts; pero en su áspero país eran los salvajes más
furibundos con que habían tropezado los europeos. Si en la región
oriental duró un siglo la guerra con los indios, tres siglos y medio
pelearon en el sudoeste los españoles. En una colonia española
(Bolivia) perecieron a manos de los naturales, en una carnicería,
tantos como habitantes tenía la ciudad de Nueva York cuando
empezó la guerra de la independencia. Si los indios de levante
hubiesen dado muerte a veintidós mil colonos en una horrible
matanza, como hicieron con los españoles los indios de Sorata, hasta
muy entrado el siglo XIX no hubieran podido las diezmadas colonias
de Norteamérica desatar los lazos que las unían a la madre patria y
constituirse en nación independiente.
Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto inglés ni
siquiera menciona el nombre del primer navegante que dio la vuelta
al mundo (que fue un español), ni del explorador que descubrió el
Brasil (otro español), ni del que descubrió a California (español
también), ni de los españoles que descubrieron y formaron colonias
en lo que es ahora los Estados Unidos, y que se encuentran en dicho
libro omisiones tan palmarias, y cien narraciones históricas tan
falsas como inexcusables son las omisiones, comprenderá que ha
llegado ya el tiempo de que hagamos más justicia de la que hicieron
nuestros padres a un asunto que debiera ser del mayor interés para
todos los verdaderos americanos.
No solamente fueron los españoles los primeros conquistadores
del Nuevo Mundo y sus primeros colonizadores, sino también sus
primeros civilizadores. Ellos construyeron las primeras ciudades,
abrieron las primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron
las primeras imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron
los primeros diccionarios, historias y geografías, y trajeron los
primeros misioneros; y antes de que en Nueva Inglaterra hubiese un
verdadero periódico, ya ellos habían hecho un ensayo en México ¡y
en el siglo XVII !
Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles
—casi tan notable como la misma exploración— es el espíritu
humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin
caracterizó sus instituciones. Algunas historias que han perdurado
pintan a esa heroica nación como cruel para los indios; pero la
verdad es que la conducta de España en este particular debiera
avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de
todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva,
más sistemática, y más humanitaria que la de la Gran Bretaña, la de
las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas. Aquellos
primeros maestros enseñaron la lengua española y la religión
cristiana a mil indígenas por cada uno de los que nosotros
aleccionamos en idioma y religión. Ha habido en América escuelas
españolas para indios desde el año 1524. Allá por 1575 —casi un
siglo antes de que hubiese una imprenta en la América inglesa— se
habían impreso en la ciudad de México muchos libros en doce
diferentes dialectos indios, siendo así que en nuestra historia solo
podemos presentar la Biblia india de John Eliot; y tres universidades
españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó la de
Harvard. Sorprende por el número la proporción de hombres
educados en colegios que había entre los exploradores; la
inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de la
colonización del Nuevo Mundo.
En 1555 fray Alonso de Molina, lexicógrafo sevillano, publica Vocabulario en
lengua castellana y mexicana , el primer vocabulario en México que sirvió además
como base para futuros vocabularios.
1.2. GEOGRAFÍA EMBROLLADA
La menor de las dificultades que se presentaban a los descubridores
del Nuevo Mundo era el tremendo viaje que había que hacer
entonces para llegar a él. Si las tres mil millas de mar desconocido
hubiese sido el principal obstáculo, lo hubiera vencido la
civilización algunos siglos antes. Fueron la ignorancia humana, más
honda que el Atlántico, y el fanatismo, más tempestuoso que sus
olas, los que cerraron por tanto tiempo el horizonte del occidente de
Europa. A no ser por estas causas, el mismo Colón hubiera
descubierto la América diez años antes; es más, América no hubiera
tenido que esperar tantos siglos a que Colón la descubriese. Es
realmente curioso que la mitad más rica del planeta jugase al
escondite durante tanto tiempo con la civilización; y que la hallasen,
al fin, por una mera casualidad, los que buscaban otra cosa muy
distinta. Si hubiese esperado América a ser descubierta por alguien
que fuese en busca de un nuevo continente, quizá estuviese
aguardando todavía.
Mapa atribuido a Colón. Una de las notas latinas que lo acompaña indica que el
mapamundi, pese a estar dibujado sobre un plano, debe considerarse esférico.
Mediante la presentación de la tierra de esta forma, se comprueba el carácter de
transición del mapa entre el Medievo y el Renacimiento.
A pesar de que, mucho antes que Colón, varios navegantes
vagabundos de media docena de distintas razas habían ya llegado al
Nuevo Mundo, lo cierto es que no dejaron huellas en América, ni
aportaron provecho alguno a la civilización; y Europa, aún
hallándose al borde del más grande de los descubrimientos y de los
más importantes sucesos de la historia, ni siquiera lo soñó. El mismo
Colón no tenía la menor idea de la existencia de América. ¿Sabe el
lector lo que iba a buscar al occidente? Asia.
Las investigaciones hechas de algunos años a esta parte han
modificado grandemente nuestro juicio acerca de Colón. La
tendencia de la generación pasada era convertirlo en un semidiós, en
una figura histórica sin tacha, en un ser perfecto, todo nobleza. Esto
es absurdo; porque Colón no era más que un hombre, y todos los
hombres, por grandes que sean, no llegan nunca a la perfección. La
generación actual tiende a lo contrario, esto es, a quitarle toda
cualidad heroica y hacer de él un pirata impune y un despreciable
instrumento de la suerte; a tal extremo, que muy pronto no va a
quedar nada de Colón. Esto es igualmente injusto y poco científico.
En su terreno, era Colón un grande hombre, a pesar de sus defectos,
y distaba mucho de ser un ente despreciable. Para comprenderlo,
debemos antes tener un conocimiento general de la época en que
vivía. Para apreciar hasta qué punto fue inventor de la gran idea,
debemos principiar por investigar cuáles eran entonces las ideas que
predominaban en el mundo, y cuánto contribuyeron a ayudarlo o a
estorbarle.
En aquella edad remota, la geografía era una cosa curiosísima:
entonces un mapamundi era algo que muy pocos de nosotros
podríamos ahora descifrar; porque todos los sabios del orbe sabían
de la topografía del mundo menos de lo que sabe hoy un colegial de
ocho años. Se había convenido finalmente en que el mundo no era
plano, sino esférico; por más que aun ese conocimiento fundamental
era reciente; pero ningún ser viviente sabía de qué estaba compuesta
la mitad del globo. Hacia el occidente de Europa se extendía el «Mar
de las Tinieblas», y más allá de una pequeña zona, nadie sabía lo que
era o lo que contenía. No se conocía aún la desviación de la aguja.
Todo era en gran parte suposiciones y tanteos. Las inseguras
embarcaciones de entonces, no osaban aventurarse sin ver tierra,
porque no tenían nada seguro que les guiase para volver; y causa risa
saber que una de las razones por las cuales no se atrevían a
arriesgarse mar afuera, era el temor de llegar inadvertidamente más
allá del límite del Océano, y de que el buque y la tripulación cayesen
en el vacío! Aun cuando sabían que el mundo era esférico, todavía
no se soñaba en la ley de gravitación; y se suponía que, si uno
avanzaba demasiado lejos por la superficie de la esfera, corría el
peligro de lanzarse al espacio.
No obstante, era general la creencia de que había tierra en aquel
mar desconocido. Esa idea fue creciendo durante más de mil años,
puesto que, en el siglo II de la era cristiana, empezó a creerse que
había islas más allá de Europa. En tiempo de Colón, los cartógrafos
ponían generalmente en sus burdos mapas algunas islas, que
colocaban al azar en el Mar de las Tinieblas. Más allá de ese
enjambre de islas, se suponía que se hallaba la costa oriental de
Asia, y eso a no muy grande distancia, porque el verdadero tamaño
del globo se calculaba que era una tercera parte menor del que tiene
realmente. La geografía estaba entonces en mantillas; pero atraía la
atención y motivaba el estudio de muchísimos hombres afanosos de
saber, y que eran muy ilustrados para su época. Cada uno de ellos
trazaba un mapa según las suposiciones que le inspiraban sus
estudios, y así resultaban los mapas muy distintos unos de otros.
En una cosa estaban todos conformes: en que había tierra hacia
occidente . Algunos decían que unas pocas islas; otros, que millares
de islas; pero todos convenían en que había tierra. Así, Colón no
inventó la idea; esta era general antes de que él naciera. La cuestión
no estribaba en saber si había un Nuevo Mundo, sino en determinar
si era posible o practicable llegar hasta él, sin caer en el abismo, o
sin encontrar otros peligros más horrendos. La gente decía que No ;
Colón dijo que Sí; y ese es su título de gloria. Él no inventó la teoría,
pero supo llevarla a la práctica; y aun lo que realizó materialmente,
es menos notable que la fe que le sostuvo. No tuvo necesidad de
enseñarle a Europa que había un nuevo país; pero sí le hizo creer que
podía llegar hasta él; y esa fe en sí mismo y su tenaz valor en hacer
que otros tuviesen fe en él, fue el rasgo más grande de su carácter.
Requirió menos valentía el hacer la prueba final, que convencer al
público de que no era una temeridad el intentarla.
Cristóbal Colón, como se le llamaba en su tiempo, nació en
Génova (Italia), y fueron sus padres Domenico Colombo, cardador
de lana, y Susana Fontanarossa. No se conoce con certeza el año de
su nacimiento; pero vio probablemente la luz en 1446. Nada
sabemos de su infancia, y muy poco de su vida de joven, aunque es
seguro que era activo, arrojado, y muy estudioso. Dicen que su padre
le envió por algún tiempo a la Universidad de Pavía; pero sus
estudios escolásticos no pudieron durar mucho tiempo. El mismo
Colón nos dice que fue a navegar a los catorce años. En su calidad
de marino, le fue fácil continuar los estudios que más le interesaban,
como la geografía y otros análogos. Los detalles de sus primeros
viajes son muy escasos; pero parece cosa cierta que navegó, y tocó
en Inglaterra, Islandia, Guinea y Grecia; con lo cual se consideraba
entonces haber viajado más que hoy dando la vuelta al mundo; y con
ese vasto conocimiento de hombres y de tierras, iba adquiriendo
acerca de la navegación, la astronomía y la geografía, todo el saber
que era posible en aquel tiempo.
Es interesante la conjetura de cómo y cuándo concibió Colón un
proyecto de tan estupenda importancia. No debió ser sin duda, sino
siendo ya un hombre maduro y de experiencia, no tan solo como
experto navegante, sino por su conocimiento de lo que habían hecho
otros marinos. Hacía más de un siglo que se habían descubierto las
islas de Madera y las Azores. El príncipe Enrique, el Navegante
(gran patrocinador de las primeras exploraciones), enviaba
dotaciones por la costa occidental del África; pues a la sazón ni
siquiera se sabía lo que era la parte más baja de ese continente. Esas
expediciones sirvieron de gran ayuda a Colón y contribuyeron a
ensanchar los conocimientos del mundo. También es casi seguro
que, cuando estuvo en Islandia, debió de oír algo acerca de los
piratas escandinavos que habían estado en América. Dondequiera
que fuese, su mente perspicaz hallaba algún nuevo aliento, directo o
indirecto, para la gran resolución que casi inconscientemente se iba
formando en su cerebro.
Por el año de 1473 Colón anduvo errante hasta Portugal; y allí
hizo conocimientos que influyeron en su porvenir. Con el tiempo
contrajo matrimonio con Felipa Moñiz, que fue la madre de su hijo y
cronista Diego. Hay mucha incertidumbre respecto de su vida
conyugal, y no se sabe si fue modelo de esposos o todo lo contrario.
Por sus propias cartas se viene en conocimiento de que tuvo otros
hijos, además de Diego; pero no se poseen más noticias acerca de
ellos. Parece ser que su esposa era hija de un capitán de barco a
quien llamaban el «Navegante», y cuyos servicios fueron premiados
nombrándole primer gobernador de la recién descubierta isla de
Porto Santo, cerca de las de Madera. Como la cosa más natural del
mundo, fue Colón a visitar a su intrépido suegro; y tal vez fuese
durante su estancia en Porto Santo cuando empezó a dar forma a su
colosal pensamiento.
Tratándose de un hombre como aquel «genovés que buscaba un
mundo», una resolución como esa, una vez formada, sería como
flecha de púas: muy difícil de arrancar. Desde aquel día no tuvo
descanso. La idea capital de su vida fue ir «¡hacia Occidente! ¡Hacia
el Asia!», y empezó a trabajar para llevarlo a cabo. Se asegura que,
con intención patriótica, se apresuró a ir a su país natal para hacerle
la primera oferta de sus servicios. Pero Génova no iba en busca de
nuevos mundos, y rehusó el ofrecimiento. Entonces expuso sus
planes a Juan II de Portugal. Al rey Juan le encantó la idea; pero un
consejo de sus hombres más sabios le aseguró que el plan era
ridículamente temerario. Pero después envió una expedición secreta,
la que, una vez perdida la tierra de vista, se descorazonó y regresó
sin resultado. Cuando Colón tuvo conocimiento de esta traición, se
indignó de tal modo que salió inmediatamente para España e
interesó allí a varios nobles, y por último a los mismos reyes, en sus
audaces esperanzas. Pero después de tres años de profunda
deliberación, una junta de geógrafos y astrónomos decidió que su
plan era absurdo e irrealizable: no era posible llegar hasta las islas.
Descorazonado, Colón salió para Francia; pero por suerte se detuvo
en un monasterio de Andalucía, donde logró interesar al guardián,
Juan Pérez de Marchena 2 . Este monje había sido confesor de la
reina, y gracias a su urgente intercesión, los reyes al fin llamaron a
Colón, el cual regresó a la Corte. Sus planes se habían agrandado de
tal modo en su cerebro, que estaba casi desequilibrado y parecía
olvidar que sus descubrimientos eran solo una esperanza y no un
hecho positivo. Tenía, sin duda alguna, valor y perseverancia; pero
en aquella ocasión hubiéramos querido verle un poco más modesto.
Cuando el rey le preguntó con qué condiciones emprendería el viaje,
contestóle: «Que se me nombre almirante antes de partir; que se me
haga virrey de todas las tierras que descubra, y que se me dé una
décima parte de todas las ganancias». ¡Desmedidas pretensiones, a la
verdad, las que tenía el pobre hijo de un cardador de Génova para
con el excelso rey de España!
Fernando rechazó en el acto esa atrevida exigencia; y en enero de
1492, Colón se hallaba camino de Francia para probar allí fortuna,
cuando le alcanzó un mensajero que le hizo regresar a la Corte. Muy
grande es nuestra deuda para con la buena reina Isabel, pues gracias
a su gran interés personal, tuvo Colón la oportunidad de descubrir el
Nuevo Mundo. Cuando todos los hombres de ciencia fruncían el
entrecejo, y los ricos negaban su apoyo, la inquebrantable fe de una
mujer —ayudada por la Iglesia— salvó la Historia.
En pro y en contra de esa gran reina mucho se ha escrito,
igualmente falto de razón. Algunos han querido hacer de ella una
santa inmaculada — tarea sumamente difícil tratándose de un ser
humano —, y otros la pintan como una mujer codiciosa, mercenaria
y de ningún modo admirable. Ambos extremos son igualmente
ilógicos y falsos; pero el último es el más injusto. La verdad es que
todos los caracteres tienen más de una fase, y lo mismo en la
Historia que en la vida real, hay comparativamente pocas figuras que
se puedan santificar o condenar en absoluto. Isabel no era un ángel;
era una mujer, y tenía sus debilidades como todas las mujeres. Pero
era una mujer notable, una gran mujer que merece nuestro respeto al
par que nuestra gratitud. Puede afrontar la comparación de su
carácter con el de la «Buena Reina Elisabeth», y ha dejado un
nombre mucho más grande en la Historia. No fue la sórdida
ambición ni la codicia lo que le hizo prestar oídos al descubridor de
mundos. Fue la fe, la simpatía y la intuición de una mujer, que tantas
veces ha cambiado el curso de la historia y dado pie a las proezas de
tantos héroes, quienes hubieran muerto desconocidos si hubiesen
confiado en la más lenta, más fría y más interesada simpatía de los
hombres.
Isabel tuvo la iniciativa, y asumió la responsabilidad. Tenía un
reino propio, y su real esposo Fernando no creyó prudente embarcar
las fortunas de Aragón en tal descabellada empresa: bien podía ella
sufragar los gastos con cargo al reino de Castilla. Parece que
Fernando lo veía con indiferencia; pero su reina rubia y de ojos
azules, cuyo rostro gentil ocultaba un gran valor y determinación, la
acogió con entusiasmo. Se le concedieron al genovés las condiciones
que imponía, y el 17 de abril de 1492, firmaron Sus Majestades y
Colón uno de los documentos más importantes en que se ha puesto
la pluma. Si el lector pudiese ver ese precioso convenio,
probablemente no adivinaría de quién es el autógrafo que está al pie,
porque el jeroglífico de la firma de Colón, pondría hoy en grande
aprieto al interventor de una casa de banca. La substancia de este
famoso contrato era como sigue:
1.º Que Colón y sus herederos tuviesen por siempre el cargo de
almirante en todas las tierras que él llegase a descubrir.
2.º Que él sería virrey y gobernador general en dichas tierras, con
voz en el nombramiento de sus gobernadores subalternos.
3.º Que reservase para sí una décima parte de todo el oro, la plata,
las perlas y demás tesoros que adquiriese.
4.º Que él y sus lugartenientes fuesen los únicos jueces, junto con
el gran almirante de Castilla, en los asuntos comerciales del Nuevo
Mundo.
5.º Que tendría el privilegio de contribuir con una octava parte a
los gastos de cualquiera otra expedición que se enviase a las nuevas
tierras, con derecho a percibir entonces una octava parte de los
beneficios.
Es lástima que la conducta de Colón en España no estuviese libre
de una doblez que redundaba en su descrédito. Entró al servicio de
España el día 20 de enero de 1486. El 5 de mayo de 1487, los reyes
de España le dieron tres mil maravedises «por un servicio secreto
hecho a Sus Majestades»; y durante el mismo año recibió echo mil
maravedises más. Y, no obstante, después de esto ofreció
secretamente sus servicios al rey de Portugal, el cual en 1488 le
escribió a Colón una carta ofreciéndole la libertad del reino a cambio
de las exploraciones que hiciese en favor de Portugal. Pero esto no
se llevó a cabo.
Típica nao de la Península Ibérica a finales del siglo XV .
Es más fácil que el lector tenga noticias respecto al viaje, aquel
viaje que duró unos cuantos meses, pero cuya realización le costó al
valeroso genovés cerca de 20 años de desaliento y de oposición.
Fueron esos años de incesante lucha para convertir al mundo a su
insondable sapiencia, lo que mostró el carácter de Colón más
claramente que todo lo que hizo después que el mundo creyó en él.
Habiéndose vencido por fin las dificultades de obtener el
consentimiento y el permiso oficial, no quedaba otro obstáculo que
el de organizar la expedición. Esto era un asunto serio; pocos
estaban dispuestos a embarcarse en una empresa tan loca como
aquella se reputaba. Finalmente, a falta de voluntarios, hubo que
llevar una tripulación por orden de la Corona; y con su nao, la
«Santa María» y sus dos carabelas, la «Niña» y la «Pinta», tripuladas
por hombres renuentes, estuvo al fin listo para hacerse a la mar el
descubridor de un mundo.
1.3. COLÓN , EL DESCUBRIDOR
Salió Colón del puerto de Palos el viernes 3 agosto de 1492, a las 8
de la mañana, con 120 españoles a su mando. Ya sabe el lector cómo
él y su valiente camarada Pinzón alentaron el decaído espíritu de su
marinería, y cómo en la mañana del 12 de octubre vislumbraron por
fin la tierra. No era el continente de América —que Colón no llegó a
ver hasta cerca de 8 años más tarde—, sino la isla de Watling
[Guanahani, San Salvador]. Fue ese viaje el más largo que había
hecho hombre alguno hacia el occidente, e ilustraba de un modo
muy característico la suma de conocimientos a que había llegado la
humanidad. Cuando los viajeros observaron las desviaciones de la
aguja magnética, decidieron que lo que se desviaba no era la aguja,
sino la estrella polar. Tenía tal vez Colón tantos conocimientos como
cualquier otro geógrafo de su época; pero llegó a la conclusión de
que la causa de ciertos fenómenos debía de ser el estar navegando
sobre una corcova de la tierra . Esto se hizo más evidente en el viaje
que realizó después al Orinoco, cuando halló una corcova todavía
mayor y dedujo que el mundo debía tener la forma de una pera. Es
interesante notar que, a no ser por un cambio accidental de su
derrota, los viajeros hubieran encontrado la corrriente del golfo que
les habría llevado hacia el norte, en cuyo caso la parte que hoy
ocupan los Estados Unidos hubiera sido el primer campo de la
conquista de España.
El primer hombre blanco que vio la tierra del Nuevo Mundo fue
un simple marinero llamado Rodrigo de Triana, si bien el mismo
Colón había divisado una luz la noche anterior. Aun cuando es
probable —como verá el lector más adelante— que Cabot viese el
continente de América antes que Colón (en 1497), fue Colón quien
descubrió el Nuevo Mundo, tomo posesión de él como gobernador
en nombre de España, y hasta fundó en él las primeras colonias
europeas, construyendo y poblando con 43 hombres un pueblo que
bautizó con el nombre de la Navidad, en la isla de Santo Domingo (o
Española como él la llamaba), en diciembre de 1492. Además, si
Colón no hubiese antes descubierto el Nuevo Mundo, Cabot nunca
hubiera navegado.
Los exploradores fueron de isla en isla, encontrando en ellas
muchas cosas notables. En Cuba, donde llegaron el 26 de octubre,
descubrieron el tabaco, que no era conocido en los países
civilizados, así corno la desconocida batata. Estos dos productos, de
cuyo valor no supo darse cuenta ninguno de los primeros
exploradores, debían ser factores más importantes en los mercados
monetarios y en las comodidades del mundo, que todos los tesoros
de mayor brillo. También la hamaca y su nombre fueron conocidos
por personas civilizadas después de ese primer viaje.
Derrotas aproximadas de los cuatro viajes de Colón.
En marzo de 1493, después de un terrible viaje de regreso, Colón
se halló de nuevo en España, comunicando la portentosa nueva a
Fernando e Isabel, a quienes mostró sus trofeos de oro, algodón,
pájaros de vistoso plumaje, plantas y animales raros, y hombres más
extraños todavía, puesto que llevó consigo nueve indios, que fueron
los primeros americanos que se trasladaron a Europa. Agradecido su
país adoptivo, confirió a Colón toda clase de honores. Debió de ser
un hermoso espectáculo el que presentaba aquel alto, fornido,
tostado y encanecido nuevo grande de España, montando a caballo
junto al rey, y con esplendor casi regio, ante la asombrada Corte.
La grave y graciosa reina mostraba gran interés por los
descubrimientos realizados y mucho entusiasmo para disponer otros
nuevos. El Nuevo Mundo era un potente atractivo para su
inteligencia y su corazón de mujer; y en cuanto a los aborígenes,
llegó a enfrascarse en muy meditados planes para su bienandanza.
Después de que Colón probó que se podía navegar de un lado a otro
del mundo sin caer en el espacio «fuera del borde», se presentaron
muchos imitadores 3 . Había llevado a cabo la obra de un genio,
halló el camino, y había terminado su gran misión. Si se hubiese
detenido allí, hubiera dejado un nombre más excelso, pues en todo lo
que hizo después no demostró tener aptitudes.
Organizóse a toda prisa una segunda expedición, y el 25 de
septiembre de 1493 salió Colón de nuevo, llevando esta vez mil
quinientos españoles en diecisiete buques, con animales y utensilios
para colonizar su Nuevo Mundo. Y entonces, con estrictas órdenes
de la Corona de cristianizar a los indios y de darles siempre buenos
tratos, Colón llevó consigo los doce primeros misioneros que fueron
a América. El asombroso cuidado maternal de España por las almas
y los cuerpos de los salvajes que por tanto tiempo disputaron su
entrada en el Nuevo Mundo, empezó temprano y nunca disminuyó.
Ninguna otra nación trazó ni llevó a cabo un «régimen de las Indias»
tan noble como el que ha mantenido España en sus posiciones
occidentales por espacio de cuatro siglos.
El segundo viaje se realizó luchando con mil y mil dificultades.
Algunos de los buques eran inservibles y hacían agua, teniendo las
tripulaciones que achicarlos continuamente.
Colón desembarcó por segunda vez en el Nuevo Mundo el 3 de
noviembre de 1493, en la isla de la Dominica. Su colonia de La
Navidad había sido destruida, y en diciembre fundó la ciudad de
Isabela. En enero de 1494 construyó allí la primera iglesia que se
erigió en el Nuevo Mundo. Durante esa misma estancia construyó
también el primer camino.
Conforme antes hemos dicho, los primeros viajes a América no
eran tan difíciles como el obtener los medios para realizarlos; y los
riesgos del mar no eran nada comparados con los que existían
después de llegar a tierra. Entonces fue cuando Colón experimentó
los disgustos que obscurecieron el resto de su vida gloriosa. Si
grande fue su genio como explorador, como colonizador fue un
fracasado; y aun cuando fundó las primeras cuatro ciudades del
Nuevo Mundo, solo sirvieron para su mal. Sus colonos de Isabela no
tardaron en amotinarse, y San Tomás, que fundó en Haití, no le dio
mejor resultado. Las penalidades de sus continuas exploraciones en
las Antillas alteraron su salud, y estuvo enfermo en Isabela cerca de
medio año. A no ser por su audaz y diestro hermano Bartolomé, de
quien tan poco se sabe, no se hubieran tenido tantas noticias de
Colón.
En 1495, la Corona, justamente disgustada por la ineptitud del
primer virrey del Nuevo Mundo, envió a Juan Aguado con la
comisión de inspeccionar lo que allí ocurría. Esto era más de lo que
Colón podía tolerar, y dejando a Bartolomé como Adelantado (rango
que ahora no tiene equivalente y que era el de un oficial que
mandaba en jefe una expedición de descubridores), Colón se
apresuró a regresar a España y a sincerarse con sus soberanos.
Volviendo a América tan pronto como le fue posible, descubrió por
fin el continente de la América del Sur, el día primero de agosto de
1498; pero creyó en un principio que era una isla, y le puso el
nombre de Zeta. Sin embargo, muy pronto llegó a la desembocadura
del Orinoco, cuya caudalosa corriente le hizo deducir que regaba un
continente.
Sintiéndose enfermo, volvió a Isabela, y allí se encontró con que
los colonos se habían rebelado contra Bartolomé. Colón aplacó a los
amotinados, enviándolos a España con unos cuantos esclavos, acto
que no le honra y que solo puede disculpar la época en que vivía. La
buena reina Isabel se indignó de tal modo al saber esta barbaridad,
que ordenó que se pusiese ea libertad a los pobres indios, y envió a
Francisco de Bobadilla, el cual aprehendió a Colón y a sus dos
hermanos el año 1500 en la Española, y los embarcó, encadenados,
para la Península. No tardó Colón en rehabilitarse con la Corona, y
Bobadilla fue depuesto; pero con eso terminó el virreinato de Colón
en el Nuevo Mundo. En 1502 emprendió su cuarto viaje; descubrió
la Martinica y otras islas,, y en 1503 fundó su cuarta colonia, a la
que dio el nombre de Belén. Pero la desgracia se le venía encima.
Después de más de un año de penalidades y trastornos, regresó a
España, y allí murió el 20 de mayo de 1506.
En Valladolid se dio sepultura a los restos del descubridor de un
mundo; pero varias veces fueron trasladados a distintos lugares. Se
dice que están ahora sepultados en una capilla de la catedral de la
Habana, al lado de los de su hermano Diego; pero no puede tenerse
certeza de esto. Tampoco la hay para negar que tan preciosa reliquia
se conservase e inhumase en la isla de Santo Domingo, a donde
realmente fueron conducidos desde España. De todos modos, se
hallan en el Nuevo Mundo, descansando finalmente en paz en el
seno de la América que descubrió.
No era Colón ni un hombre perfecto ni un tunante; aun cuando se
le ha presentado bajo ambos aspectos. Era un hombre notable, y,
teniendo en cuenta su época y su profesión, era un hombre bueno. A
la fe del genio, reunía una maravillosa energía y tenacidad, y gracias
a su testarudez pudo llevar a cabo una idea que ahora nos parece
naturalísima, pero que entonces todo el mundo consideraba absurda.
Mientras se limitó a la profesión a que se había dedicado y en la que
probablemente no tenía entonces quien le igualase, sus hechos
fueron portentosos. Pero cuando, después de medio siglo de
navegante, de repente se convirtió en virrey, vino a ser como el
proverbial «marino en tierra»: se perdió por completo. En el
desempeño de su nuevo cargo, fue poco práctico, tozudo y hasta
perjudicial a la colonización del Nuevo Mundo. Se ha dado en la flor
de acusar a los reyes de España de baja ingratitud para con Colón;
pero esto es injusto. La culpa la tuvo él con sus propios actos, que
hicieron necesarias y justas las rigurosas medidas de la Corona. No
era buen administrador, ni tenía elevados principios morales, sin los
cuales ningún gobernante puede ganar prestigio. Sus fracasos no
eran debidos a bellaquería, sino a ciertas debilidades y a su ineptitud
en general para el desempeño de su nuevo cargo, al cual, a sus años,
le era difícil adaptarse.
Cuarto del Almirante en el alcázar real de Sevilla. Fragmento del retablo Virgen de
los Navegantes o Mareantes obra de Alejo Fernandez de 1535. Retrato de Colón.
Hay muchos retratos de Colón, pero probablemente ninguno se le
parece. En su tiempo era desconocida la fotografía, y no sabemos
que ninguno de sus retratos se tornase del natural. Todos los que se
conocen, con una sola excepción, se hicieron después de su muerte,
y todos de memoria o ajustándose a descripciones de su semblante.
Se le representa alto e imponente, de aspecto severo, ojos grises,
nariz aguileña, mejillas coloradas y pecosas y pelo cano, y gustaba
de llevar el hábito gris de los misioneros franciscanos. Han quedado
algunas de sus cartas originales, con su notable autógrafo, y un
dibujo que se le atribuye.
(Firma autógrafa de Cristóbal Colón. AHN, diversos, colecciones, 14, N 1088.
Facsímil sobre calco de la firma original)
1.4. HACIENDO GEOGRAFÍA
Mientras Colón navegaba de un lado a otro del océano, entre el viejo
y el nuevo mundo descubierto por él, y construía ciudades y daba
nombre a futuras naciones, Inglaterra parecía casi dispuesta a meter
baza. Europa entera sintióse pronto conmovida por las extrañas
noticias procedentes de España. Movióse entonces Inglaterra,
valiéndose de un veneciano conocido por el nombre de Sebastián
Cabot. El día 5 de marzo de 1496 —cuatro años después del
descubrimiento de Colón—, Enrique VII de Inglaterra expidió una
patente a «Juan Gabote, ciudadano de Venecia» y sus tres hijos,
autorizándoles para navegar hacia occidente en un viaje de
exploración. Juan y su hijo Sebastián salieron de Bristol en 1497, y,
al nacer el día 24 de junio del mismo año vieron el continente de
América —probablemente la costa de Nueva Escocia—; pero nada
más hicieron. Después de su regreso a Inglaterra, murió el viejo
Cabot. En mayo de 1498 emprendió Sebastián su segundo viaje, que
probablemente le llevó a la Bahía de Hudson, y unos cuantos
centenares de millas costa abajo. Hay pocas probabilidades en favor
de la hipótesis de que llegase a ver parte alguna de lo que es hoy los
Estados Unidos. Navegaba errante por los mares del Norte, de tal
modo, que los 300 colonos que se llevó perecieron de frío en el mes
de julio.
Inglaterra no trató muy bien a su primer explorador, y en 1512
entró Cabot al servicio más grato de España. En 1517 salió para las
posesiones españolas de las Antillas, y en ese viaje le acompañó un
inglés llamado Tomás Pert. En agosto de 1526 volvió a salir Cabot
con otra expedición española, con rumbo al Pacífico, ya descubierto
por un héroe español; pero se amotinaron sus oficiales y se vio
obligado a abandonar la empresa. Exploró el Río de la Plata en una
extensión de mil millas aproximadamente; construyó un fuerte en
una de las bocas del Paraná, y exploró, parte de dicho río y del
Paraguay, pues la América del Sur había sido posesión española
durante casi una generación. De allí regresó a España, y más tarde a
Inglaterra, donde murió por el año de 1557.
Se han perdido todos los mapas imperfectos que hizo Cabot del
Nuevo Mundo, a excepción de uno que se conserva en Francia; y no
ha quedado de ese navegante documento alguno. Cabot era un
verdadero explorador y debe incluírsele en la lista de los primeros de
América; pero como uno cuyo trabajo fue infructuoso y sin
consecuencias, y que vio el Nuevo Mundo, pero no hizo en él nada
práctico. Era hombre de gran valor y de tenaz perseverancia, y se le
recordará siempre como descubridor de Terranova y del extremo
superior del Continente norteamericano.
Después de Cabot, Inglaterra durmió una siesta de más de medio
siglo. Cuando se despabiló, se encontró con que los despiertos hijos
de España se habían esparcido por la mitad del Nuevo Mundo, y que
hasta Francia y Portugal la habían dejado rezagada. Cabot, que no
era inglés, fue el primer explorador que envió Inglaterra; y a este
siguieron Drake y Hawkins, y más tarde los capitanes Amadas y
Barlow, con lapsos de setenta y cinco y ochenta y siete años
respectivamente, durante los cuales una gran parte de los dos
continentes había sido descubierta, explorada y poblada por otras
naciones, de las que decididamente iba España a la cabeza. Colón, el
primer explorador que envió España, no era español; pero con su
primer descubrimiento se inició una corriente tan impetuosa y tan
constante de exploradores nacidos en España, que en cien años
hicieron más en América que todas las otras naciones de Europa
juntas en los primeros trescientos años. Cabot vió, pero nada hizo; y
tres cuartos de siglo después, Sir John Hawkins y Sir Francis Drake
—de quienes hacen las viejas historias grandes elogios, pero que se
enriquecieron vendiendo infelices africanos como esclavos y con sus
piraterías contra buques y ciudades indefensas de las colonias de
España con las que Inglaterra se hallaba en paz— vieron Las
Antillas y el Pacífico cuando hacía más de medio siglo que eran
posesiones españolas. Drake fue el primer inglés que pasó por el
Estrecho de Magallanes, y lo hizo sesenta años después que aquel
heroico portugués lo descubriera y bautizara con su sangre y su vida.
Drake fue probablemente el primero que vio la tierra que hoy
llamamos Oregón, único descubrimiento que hizo de alguna
importancia. Tomó posesión de Oregón para Inglaterra, con el
nombre de «Nueva Albión»; pero la vieja Albión jamás fundó allí
colonia alguna.
Sir John Hawkins, pariente de Drake, fue como este un marino
distinguido; pero no un verdadero descubridor ni explorador.
Ninguno de los dos exploró o colonizó el Nuevo Mundo, y ninguno
tampoco dejó en la historia de este más honda impresión que si
nunca hubieran nacido. Drake llevó a Inglaterra las primeras patatas;
pero no se soñó siquiera en la importancia de tal descubrimiento
hasta mucho tiempo después, y eso por otros hombres.
Los capitanes Amadas y Barlow, en 1584, vieron la costa en el
Cabo Hatteras y la isla de Roanoke, y se alejaron de ella sin
resultado permanente. Al siguiente año, Sir Richard Grenville
descubrió el Cabo Fear, y de ahí no pasó. Siguieron las famosas,
pero pequeñas expediciones de Sir Walter Raleigh a Virginia, al
Orinoco y a Nueva Guinea, y los menos importantes viajes de John
Davis al Noroeste, en 1585-87.
No debemos tampoco olvidar los infructuosos viajes del valiente
Martín Frobisher a la Groenlandia, en 1576-81. No hubo más
exploraciones de Inglaterra en América hasta el siglo XVII . En 1602,
el capitán Gosnold costeó casi todo el litoral del Atlántico,
particularmente alrededor del Cabo Cod; y hasta cinco años más
tarde no empezó la ocupación del Nuevo Mundo por Inglaterra. La
primera colonia inglesa que hizo gran papel en la historia —como no
lo hizo Jamestown— fue la de los Padres Peregrinos, en 1602; y
esos no vinieron con el objeto de inaugurar un mundo nuevo, sino
para huir de la intolerancia del viejo. En realidad, como ha hecho
notar Mr. Winsor, los sajones no tuvieron gran interés por América
sino cuando empezaron a comprender que ofrecía oportunidades al
comercio.
Pero, si volvemos los ojos a España, ¡cuánto no hizo en los cien
años que pasaron después de Colón y antes del desembarco de los
fugitivos ingleses en Plymouth Rock! En 1499 Vicente Yáñez de
Pinzón, compañero de Colón, descubrió la costa del Brasil y reclamó
dicho país en nombre de España; pero no dejó allí colonia alguna.
Hizo sus descubrimientos cerca de las bocas del Amazonas y del
Orinoco, y fue el primer europeo que vio el mayor río del mundo. Al
año siguiente, Pedro Álvarez Cabral, portugués, fue arrojado a la
costa del Brasil por una tormenta; tomó posesión en nombre de
Portugal y fundó allí una colonia.
En cuanto a Américo Vespucio, el insignificante aventurero, cuya
fama de tal modo eclipsa sus hechos, son en extremo dudosas sus
pretensiones por lo que toca a América. Vespucio nació en
Florencia, en 1451, y era un hombre instruido, pues su padre ejercía
de notario y tenía un tío dominico que le enseñó humanidades. Fue
dependiente de la gran casa de los Médicis, y hallándose a su
servicio, lo enviaron a España en 1490. Estando allí, entró al empleo
del comerciante que equipó la segunda expedición de Colón, el cual
era un florentino llamado Juanoto Berardi. Cuando este murió, en
1495, dejó sin terminar una contrata para equipar doce buques para
la Corona; y se encargó a Vespucio que llevase a cabo la contrata.
No hay razón alguna para creer que acompañase a Colón en su
primero, ni en su segundo viaje. Según su propio relato, salió de
Cádiz el día diez de mayo de 1497, en una expedición española, y
llegó al continente de América dieciocho días antes de que lo viese
Cabot. Es ridículo el supuesto de algunas enciclopedias de que
Vespucio «probablemente se remontó por el norte hasta el cabo
Hatteras». Hay pruebas innegables de que nunca vio ni una pulgada
del Nuevo Mundo al norte del Ecuador. Volviendo a España a fines
de 1498, se embarcó de nuevo el 16 de mayo de 1499 en compañía
de Ojeda, con rumbo a Santo Domingo, y en ese viaje empleó unos
dieciocho meses. Salió de Lisboa en su tercer viaje, el 10 de mayo
de 1501, con destino al Brasil. No es cierto, aun cuando lo digan las
enciclopedias, que descubriese y diese nombre a la bahía de Río
Janeiro: ambos honores pertenecen a Cabral, verdadero descubridor
y explorador del Brasil y hombre de mucha más importancia
histórica que Vespucio. El cuarto viaje de este último, le llevó de
Lisboa, el 10 de junio de 1503, a Bahía, y de allí a Cabo Frío, donde
construyó un pequeño fuerte. En 1504 regresó a Portugal, y al año
siguiente a España, donde murió en 1512.
La historia de estos viajes no tiene más fundamento que el propio
relato de Vespucio, el cual no merece entero crédito. Es probable que
no se hiciese a la mar en todo el año 1497, y es del todo cierto que
no tuvo la menor participación en los verdaderos descubrimientos
del Nuevo Mundo.
El nombre de «América» lo inventó y aplicó por primera vez en
1507 un mal informado impresor alemán, llamado Waldzeemüller, a
cuyo poder llegaron los documentos de Vespucio. La historia está
llena de injusticias; pero nunca se ha cometido otra mayor que ese
bautismo de América. Con igual razón hubiera podido llamársela
Waldzeemüllera. El primer mapa del Nuevo Mundo lo hizo el
español Juan de la Cosa, en 1500, y ese mapa le parecería hoy muy
raro a cualquier chico de la escuela. La primera geografía de
América, que data de 1517, se debe a Enciso, un español.
Es grato pasar de un hombre harto ponderado y de hechos muy
dudosos, a esos verdaderos pero casi desconocidos héroes
portugueses que se llamaron Gaspar y Miguel Corte-Real. Gaspar
salió de Lisboa el año 1500, y descubrió y dio nombre a Labrador.
En 1501 se embarcó de nuevo en Portugal para el mar Ártico, y no
se le volvió a ver. Después de esperar un año, su hermano Miguel
dirigió una expedición para rescatarlo; pero también él pereció, con
todos sus hombres, entre los témpanos del mar del Norte. Un tercer
hermano quiso salir en busca de los perdidos exploradores; pero se
lo prohibió el rey, quien envió una expedición de dos buques para
salvarlos: sin embargo, no se halló la menor huella de los valientes
Corte-Reales ni de ninguno de sus hombres.
Mapa de Juan de la Cosa, nacido en Santoña (Santander) en 1500. Es un
mapamundi, con los territorios descubiertos en el Caribe, pintado sobre
pergamino. Museo Naval de Madrid.
Martín Fernández de Enciso, Suma de Geographía , Sevilla, Juan Cromberger,
1530 (1.ª ed., Sevilla, Jacobo Cromberger, 1519).
Diogo Homem (1520 o 1521-1576) cartógrafo português que en1558 publica este
mapa con las islas del Caribe, los territorios de Tierra Firme, Brasil (Amazonas),
Argentina (Río de la Plata) y Terra Incognita.
Tales fueron las exploraciones de América hasta fines de la
primera década del siglo XVI ; una serie de viajes atrevidos y
peligrosos (de los cuales solo hemos mencionado los más notables
de la gran invasión española), que dieron como resultante el
establecimiento de unas cuantas colonias efímeras pero importantes
únicamente como un atisbo por las puertas del Nuevo Mundo. Las
verdaderas penalidades y peligros; la verdadera exploración y
conquista de las Américas, comenzaron con la década de 1510 a
1520: principio de una centuria de exploraciones y conquistas tales
como jamás vio el mundo antes, ni ha vuelto a ver después. España
lo hizo todo, salvo las heroicas pero comparativamente pequeñas
hazañas de Portugal en la América del Sur, entre los sitios
conquistados por España. El siglo XVI , en lo que afecta al Nuevo
Mundo, no tiene paralelo en la historia militar, y produjo, o mejor
dicho, desarrolló hombres tales que en sus proezas sobrepujaron en
alto grado a cuantos conquistadores vinieron después. Nuestra parte
del hemisferio jamás ha dado a la historia unos capítulos de
conquista tan sorprendentes como los que grabaron, en los
formidables y selváticos desiertos del sur, Cortés, Pizarro, Valdivia y
Quesada, los más grandes dominadores de la América salvaje.
Fragmento del mapa de Diogo Rivero, 1529. Se reconoce ya muy bien la costa
atlántica americana, incluida la del Norte.
Hubo por lo menos otros cien héroes españoles en aquella época,
desconocidos de la fama y enterrados en la oscuridad hasta que la
verdadera historia les dé su bien ganada gloria. No hay motivo para
creer que esos héroes olvidados fuesen más capaces de realizar
grandes hazañas que nuestros Israel Putnams, Ethan Allens, Francis
Marions y Daniel Boones; pero hicieron cosas mucho más grandes,
espoleados por una mayor necesidad y en el momento perentorio. He
dicho un centenar; pero realmente la lista es demasiado larga para ni
siquiera catalogarla aquí; y el ocuparnos de sus más grandes
cofrades, nos dará materia suficiente para llenar este libro. Ninguna
otra nación madre dio jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios
Césares en un siglo; pero eso es una parte de lo que hizo España
para el Nuevo Mundo. Pizarro, Cortés, Valdivia y Quesada tienen
derecho a ser llamados los Césares del Nuevo Mundo, y ninguna de
las conquistas, en la historia de América, puede compararse con las
que ellos llevaron a cabo. Es sumamente difícil decir cuál de los
cuatro fue el más grande; si bien para el historiador solo hay una
respuesta posible. La elección está, por de contado, entre Cortés y
Pizarro, y durante mucho tiempo se ha hecho con error. Cortés fue el
primero en el orden cronológico, y sus hechos se realizaron más
cerca de nuestro país. Era un hombre muy ilustrado en su época y,
como César, tenía la ventaja de saber escribir su propia biografía;
mientras que su primo lejano Pizarro, no sabía leer ni escribir y
firmaba con una cruz; notable contraste con la firma bien trazada y
elegante, en aquella época, de Hernán Cortés. Pero Pizarro, que
desde un principio tuvo la desventaja de su falta de instrucción; que
se vio obligado a luchar con penalidades y obstáculos infinitamente
mayores que Cortés, y supo conquistar un territorio tan grande como
el de este con una tercera parte de hombres, mucho más violentos y
rebeldes, fue, sin duda alguna, el más grande de los españoles que
fueron a América, y a la vez el más grande de los dominadores del
Nuevo Mundo. Por esta razón, y porque ha sido tratado con tan
supina injusticia, he escogido su maravillosa carrera, que se relatará
más adelante, como ejemplo del supremo heroísmo de los primeros
exploradores españoles.
Pero si bien Pizarro fue el más grande, los cuatro citados son
dignos de ser considerados como los Césares de América.
Lo cierto es que aquel grande hombre, pequeño y calvo, de la
antigua Roma, que llena con sus hechos las páginas de la historia
antigua, ninguna proeza llevó a cabo que superase las de cada uno de
esos cuatro héroes españoles, los cuales, con unos pocos
compatriotas harapientos en vez de las férreas legiones romanas,
conquistaron cada uno un inconcebible desierto, tan salvaje como el
que halló César, y cinco veces mayor. La opinión popular hizo
durante mucho tiempo una gran injusticia a eses y otros de los
conquistadores españoles, empequeñeciendo sus hechos militares
por causa de la gran superioridad de sus armas sobre los indígenas, y
acusándoles de crueles y despiadados en la exterminación de los
aborígenes. La luz clara y fría de la verdadera historia nos los
presenta de un modo muy distinto. En primer lugar, la ventaja de las
armas apenas era otra cosa que una superioridad moral en inspirar el
terror al principio entre los naturales, puesto que las tristemente
toscas e ineficaces armas de fuego de aquella época, apenas eran
más peligrosas que los arcos y las flechas que se les oponían. Su
eficacia no tenía mucho mayor alcance que las flechas, y eran diez
veces más lentas en sus disparos. En cuanto a las pesadas y
generalmente dilapidadas armaduras de los españoles y de sus
caballos, no protegían del todo a unos ni a otros contra las flechas de
cabeza de ágata de los indígenas, y colocaban al hombre y al bruto
en desventaja para luchar con sus ágiles enemigos en un lance
extremo, además de ser una carga muy pesada con el calor de los
trópicos. La «artillería» de aquellos tiempos era casi tan inútil como
los ridículos arcabuces. En cuanto a su comportamiento con los
indígenas, hay que reconocer que los que resistieron a los españoles
fueron tratados con muchísima menos crueldad que los que se
hallaron en el camino de otros colonizadores europeos. Los
españoles no exterminaron ninguna nación aborigen —como
exterminaron docenas de ellas nuestros antepasados 4 — y, además,
cada primera y necesaria lección sangrienta iba seguida de una
educación y de cuidados humanitarios. Lo cierto es que la población
india de las que fueron posesiones españolas en América, es hoy
mayor de lo que era en tiempo de la conquista, y este asombroso
contraste de condiciones y la lección que encierra respecto al
contraste de los métodos, es la mejor contestación a los que han
pervertido la historia.
Vasco Núñez de Balboa, el primero en atravesar el istmo de Panamá y dar nombre
al océano Pacífico. Museo Naval de Madrid.
Sin embargo, antes de hablar de los grandes conquistadores,
debemos bosquejar la vida aventurera y el fin trágico del
descubridor del Océano Pacífico, Vasco Núñez de Balboa.
En uno de los más hermosos poemas escritos en lengua inglesa,
se lee:
Como el bravo Cortés, cuando con ojos de águila
Contemplaba el Pacífico, mientras sus hombres
Mirábanse absortos en raras conjeturas,
Silenciosos todos sobre un pico de Darién.
Pero Keats se equivocó. No fue Cortés el primero que vió el
Pacífico, sino Balboa, y cinco años antes de que Cortés sentase la
planta en el continente de América.
Nació Balboa en la provincia de Extremadura, en 1475.
Embarcóse, con Bastidas, con rumbo al Nuevo Mundo en 1501, y
entonces vio Darién; pero se estableció en la isla Española. Nueve
años después se trasladó con Enciso a Darién, y allí permaneció. La
vida en el Nuevo Mundo era entonces muy turbulenta, y los
primeros años de la de Balboa fueron muy movidos; pero tenemos
que pasarlos por alto. Pronto hubo disturbios en la colonia de
Darién. Enciso fue depuesto y llevado a España como prisionero, y
Balboa tomó el mando. A su llegada a España, Enciso echó toda la
culpa a Balboa, y consiguió que el rey condenara a este por el delito
de alta traición. Al saber esto, determinó Balboa dar un golpe
maestro cuya resonancia le granjease de nuevo el favor del rey.
Había oído a los indígenas hablar de otro Océano y del Perú —los
que no habían visto todavía ojos europeos—, y se hizo el propósito
de hallarlos. En septiembre de 1513, se embarcó para Coyba con 190
hombres, y desde aquel punto, con solo 90 que le siguieron, atravesó
a pie el istmo hasta llegar al Pacífico, realizando uno de los viajes
más horribles que puede imaginarse, por su longitud. Fue el 26 de
septiembre de 1513 el día en que, desde la cima de una sierra, los
harapientos y ensangrentados héroes contemplaron la inmensidad
azul del Mar del Sur, que no se llamó Pacífico hasta mucho tiempo
después. Bajaron a la costa, y Balboa, vadeando el nuevo Océano
hasta la rodilla; blandiendo en alto su espada con la mano derecha, y
con la izquierda el invicto pendón de Castilla, tomó posesión
solemne de aquel mar en nombre del rey de España.
Los exploradores regresaron a Darién en 18 de enero de 1514, y
Balboa envió a España una relación de su gran descubrimiento.
Pero Pedro Arias de Ávila había ya salido de la madre patria para
substituirlo. Al fin la nueva de la proeza de Balboa llegó a
conocimiento del rey, el cual lo perdonó y le nombró Adelantado; y
algún tiempo después casó el descubridor con la hija de Pedro Arias.
Siempre con grandes planes, Balboa condujo el material necesario a
través del istmo con muchísimo trabajo, y en las playas del azul
Pacífico construyó dos bergantines, que fueron los primeros buques
que se hicieron en las Américas. Con estos tomó posesión de las
islas de las Perlas, y después salió en busca del Perú; pero tuvo que
retroceder por la fuerza de las tormentas, que pusieron un fin
desastroso a su empresa. Su suegro, celoso del brillante porvenir da
Balboa le llamó a Darién, engañándolo con un mensaje traicionero;
y lo prendió y lo hizo ejecutar públicamente el año 1517, acusándolo
falsamente de alta traición. Tenía Balboa todo el temple de un gran
explorador, y a no ser por la infame acción de Ávila, es probable que
hubiese alcanzado más altos honores. Su valor era pura audacia, y su
energía incansable; pero fue imprudente y descuidado en su actitud
con respecto a la Corona.
1.5. CAPÍTULO DE LA CONQUISTA
Mientras el descubridor del mayor de los océanos estaba aún
tratando de averiguar sus lejanos misterios, un guapo, atlético y
gallardo joven español, que estaba destinado a hacer mucho más
ruido en la historia, empezaba a dar que hablar desde los umbrales
de América, de cuyos reinos centrales debía ser más tarde el
conquistador.
Hernán Cortés pertenecía a una noble y empobrecida familia
española, y nació en Extremadura 10 años después de Balboa. A la
edad de 14 años le enviaron a estudiar leyes a la ciudad de
Salamanca; pero el espíritu aventurero del hombre se manifestaba
con fuerza en el endeble muchacho, y a los dos años salió de aquel
centro y se fue a su hogar con la determinación de entregarse a una
vida errabunda. No se hablaba de otra cosa que de Colón y de su
Nuevo Mundo, y ¿qué joven arriscado podía quedarse entonces en
España para bucear en enmohecidos libros de leyes? Ciertamente no
era de esos el impertérrito Hernán.
Trachtenbuch de Christoph Weiditz, Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs.
22474. Bl. 77: Ferdinand Cortez (1529).
Accidentes imprevistos impidiéronle acompañar dos
expediciones para las cuales se había preparado; pero al fin, en 1504,
se hizo a la vela con rumbo a Santo Domingo, nueva colonia de
España, en la que prestó tan buenos servicios, que el comandante
Ovando lo ascendió varias veces, alcanzando la fama de ser un
soldado modelo. En 1511 acompañó a Velázquez a Cuba, y fue
nombrado alcalde de Santiago, donde ganó nuevo prestigio por su
valor y firmeza en circunstancias muy críticas. Entretanto, Francisco
Hernández de Córdoba, descubridor de Yucatán, héroe del que
debemos limitarnos a hacer esta breve mención, había anunciado su
importante descubrimiento. Un año después, Grijalba, teniente de
Velázquez, había seguido el derrotero de Córdoba, remontándose
más al norte, hasta que por fin descubrió México. No hizo, sin
embargo, esfuerzo alguno para conquistar o colonizar la nueva
tierra, lo cual indignó tanto a Velázquez, que degradó a Grijalba y
confió la conquista a Cortés. El ambicioso joven se embarcó en
Santiago de Cuba el 18 de noviembre de 1518, con menos de 700
hombres y 12 pequeños cañones de los llamados falconetes. Apenas
se. había alejado del puerto, Velázquez se arrepintió de haberle dado
tan buena ocasión de distinguirse, y en seguida envió fuerza para
arrestarlo y conducirlo a su presencia. Pero Cortés era el ídolo de su
pequeño ejército, y, seguro de su afecto, se resistió a los emisarios de
Velázquez y se mantuvo firme en su empresa. Desembarcó en la
costa de México el 4 de marzo de 1519, cerca de lo que es hoy la
ciudad de Veracruz, que él fundó y fue la primera ciudad europea en
el continente de América al sur de México.
El desembarco de los españoles causó tanta sensación como
causaría hoy la llegada a Nueva York de un ejército procedente del
planeta Marte.
Los aterrorizados indígenas 5 no habían visto nunca un caballo
(porque fueron los españoles los primeros que llevaron al Nuevo
Mundo caballos, carneros y otros animales domésticos), y juzgaron
que aquellos extraños y pálidos recién venidos, que iban sentados en
bestias de cuatro patas y llevaban camisas de hierro y palos que
despedían truenos, sin duda debían de ser dioses.
Allí se exaltó la imaginación de los aventureros con áureas
leyendas de Montezuma, mito que no engañó a Cortés más
paladinamente de lo que ha engañado a algunos historiadores
modernos, quienes parecen no saber distinguir entre lo que oyó
Cortés y lo que halló en realidad. Le dijeron que Montezuma —cuyo
nombre propiamente es Moctezuma, o bien Motecuzoma, que
significa «Nuestro Airado Jefe»— era «Emperador» de México, y
que treinta «Reyes», llamados caciques , eran sus vasallos; que
poseía incalculables riquezas y un poder absoluto, y que su morada
resplandecía entre oro y piedras preciosas. Hasta algunos amenos
historiadores han caído en el desatino de aceptar como verdaderas
estas imposibles leyendas. Nunca ha habido en México más que dos
emperadores: Agustín de Iturbide y el infortunado Maximiliano;
ambos en el siglo XIX . Moctezuma no fue emperador, ni siquiera rey
de México. La organización social y política de los antiguos
mexicanos era exactamente igual a la ds los indios llamados
«Pueblo» de Nuevo México en la época actual: una democracia
militar, con una poderosa y complicada organización religiosa, que
ejerce su «poder detrás del trono». Moctezuma era simplemente el
Tlacatécutle, o sea el jefe guerrero de los Náhuatl (que así se
llamaban los antiguos mexicanos), y no era ni el supremo, ni el
único ejecutivo. De su ignominioso fin puede fácilmente deducirse
cuan poca era su importancia. 6
Lienzo de Tlaxcala: Encuentro de Cortés y la Malinche con Moctezuma en
Tenochtitlan, el 8 de noviembre de 1519.
Cuando hubo fundado Veracruz, Cortés se hizo elegir gobernador
y Capitán general (que era el más alto grado militar) de aquel nuevo
país; y después de quemar sus naves, como el famoso general
griego, para hacer imposible la retirada, empezó su marcha a través
del imponente desierto que se extendía ante su vista.
Entonces fue cuando Cortés empezó a dar muestras del genio
militar que le colocó a mayor altura que los demás exploradores de
América, excepción hecha de Pizarro. Con solo un puñado de
hombres, pues había dejado parte de sus fuerzas en Veracruz al
mando de su teniente Escalante, en una tierra desconocida, poblada
de enemigos poderosos e indómitos, de poco le hubiera servido el
valor y la fuerza bruta. Pero, con una diplomacia tan rara como
brillante, descubrió los puntos débiles de la organización de los
indios; fomentó la división que causaban los celos entre las tribus;
hizo aliados suyos de los que secreta o abiertamente se oponían a la
federación de tribus de Moctezuma —liga algo parecida a las Seis
Naciones de nuestra propia historia—, y de este modo redujo en
gran manera las fuerzas que tenía que combatir. Después de derrotar
a las tribus de Tlaxcala y Cholula, Cortés llegó por fin a la extraña
ciudad lacustre de México, con su escasa tropa española engrosada
con 6000 aliados indios. Moctezuma lo recibió con gran ceremonia;
pero sin duda con intención traicionera. Mientras él obsequiaba a sus
visitantes en una gran casa de adobe, —no un «palacio», como dicen
las historias, porque no había ningún palacio en México—, uno de
los subjefes de su liga atacó la pequeña guarnición de Escalante en
Veracruz, y mató a varios españoles, incluso al mismo Escalante. La
cabeza del teniente español fue enviada a la ciudad de México,
porque los indios que vivían al sur de lo que es hoy los Estados
Unidos, no se contentaban con quitar el cuero cabelludo a un
enemigo, sino que le cortaban la cabeza. Esto fue un terrible
desastre, no tanto por la pérdida de unos cuantos hombres, sino
porque demostraba a los indios (que era lo que querían probar los
mensajeros) que los españoles no eran dioses inmortales, sino que se
les podía matar como a los demás hombres.
Cuando Cortés se enteró de la triste nueva, vio en el acto el
peligro que corría, y dio un golpe audaz para salvarse. Ya había
hecho fortificar de un modo seguro el edificio de adobe en que
estaban acuartelados los españoles, y entonces, yendo de noche con
sus oficiales a la casa del jefe guerrero, se apoderó de Moctezuma y
amenazó con matarlo si no entregaba en el acto a los indios que
habían atacado Veracruz. Moctezuma los entregó y Cortés los hizo
quemar en público. Esto fue un acto cruel; pero era sin duda
necesario para causar una viva impresión a los indígenas, so pena de
ser aniquilados por ellos. No hay apología posible para esa
barbaridad; sin embargo, es justo medir a Cortés por el rasero de
aquel tiempo, y entonces reinaba la crueldad en todo el mundo.
Al llegar aquí, es divertido leer en algunos presuntuosos libros de
texto que «Cortés hizo encadenar a Moctezuma y le obligó a pagar
un rescate de seiscientos mil marcos de oro puro y una inmensa
cantidad de piedras preciosas». Esto se halla de acuerdo con las
fábulas imposibles que llevaron engañosamente a tantos
exploradores españoles a la desilusión y la muerte, y es una buena
muestra del brillo de oro con que algunos historiadores, igualmente
crédulos, rodean a la naciente América. Moctezuma no compró su
rescate; jamás volvió a gozar de libertad, y no pagó cantidad alguna
en oro; en cuanto a piedras preciosas, tal vez tuviese unos pocos
granates y turquesas verdes de escaso valor, y quizá hasta alguna
esmeralda, pero nada más.
En este momento crítico de su carrera, Cortés se vio amenazado
desde otro punto. Llególe la noticia de que Pánfilo de Narváez, de
quien nos ocuparemos más adelante, había desembarcado con 800
hombres, con el objeto de arrestar a Cortés para llevárselo prisionero
por su desobediencia a Velázquez. Pero aquí se mostró de nuevo el
genio del conquistador de México, y lo salvó. Marchando contra
Narváez con 140 hombres, lo hizo prisionero; alistó bajo su bandera
a los 800 que habían venido a arrestarlo, y apresuradamente regresó
a la ciudad de México.
Allí encontró que de día en día se ponía la situación más
amenazadora. Alvarado, a quien había confiado el mando, provocó
al parecer un conflicto atacando un baile de los indios. Por cruel que
esto parezca, y como tal se ha censurado, no fue más que una
necesidad militar, reconocida así por todos los que realmente
conocen a los aborígenes, aun en nuestros días. Los historiadores de
gabinete han descrito a los españoles como si hubiesen sorprendido
villanamente un festival del país; pero esto es simplemente por
ignorancia del asunto. Una danza india no es un festival; es
generalmente, y lo era en aquel caso, un macabro ensayo de
matanza. Un indio nunca baila por diversión, y a menudo sus bailes
tienen más grave intento que el de divertir a otros. En una palabra,
Alvarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile que
evidentemente no era otra cosa que el preludio supersticioso de una
carnicería, quiso arrestar a los hechizadores y a otros jefes del
cotarro. Si lo hubiese logrado, nada hubiera sucedido, al menos por
algún tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos para su
pequeña fuerza, y los belicosos cabecillas pudieron escaparse.
Cuando regresó Cortés con sus 800 hombres, tan raramente
reclutados, se encontró con que la ciudad había cambiado de
aspecto, y que sus hombres estaban sitiados en sus cuarteles. Los
indios dejaron tranquilamente que Cortés entrase en la trampa, y
después la cerraron de modo que no había escapatoria. Allí estaban
unos cuantos centenares de españoles encerrados en su prisión, y los
cuatro canales, que eran las únicas vías para llegar a ella (porque la
ciudad de México era entonces una Venecia americana), estaban
atestados de muchos millares de enemigos.
El indio rara vez se excusa por un fracaso; y los Náhuatl habían
ya elegido un nuevo capitán de guerra, llamado Cuitlahuátzin, para
reemplazar al inepto Moctezuma. Este continuaba prisionero, y
cuando los españoles lo hicieron salir a la azotea para que hablase en
su favor, la furiosa muchedumbre de indios lo mató a pedradas.
Entonces, al mando de su nuevo caudillo, atacaron a los españoles
con tal furia, que ni los toscos falconetes, ni los más toscos fusiles de
chispa, pudieron resistirlos, y no tuvieron los españoles más remedio
que abrirse paso a lo largo de uno de los canales, en una última y
desesperada lucha por la vida. El principio de aquella retirada de seis
días, fue una de las páginas más dolorosas de la historia de América.
Aquella fue la NOCHE TRISTE, tan celebrada en los romances y
relatos españoles. Los sucesos de tan terrible noche robaron para
siempre la dicha de muchos hogares de la madre Patria, y las
burbujas de sangre que cubrieron el lago Tezcuco, llevaron el luto y
el dolor a muchos amantes corazones. En aquellas pocas horribles
horas perecieron dos terceras partes de los conquistadores, y los
enloquecidos indios persiguieron a los heridos supervivientes por
encima de más de 800 cadáveres de españoles.
Después de una terrible retirada de seis días, ocurrió la
importante batalla en los llanos de Otumba, donde se vieron los
españoles enteramente cercados; pero se abrieron paso tras una
desesperada lucha cuerpo a cuerpo, que realmente decidió la suerte
de México. Cortés marchó a Tlascala, levantó un ejército de indios
que eran hostiles a la federación, y con su ayuda puso sitio a aquella
ciudad. Duró el asedio setenta y tres días, y fue el más notable que
registra la historia de toda la América. Ocurrían todos los días luchas
sangrientas. Los indios se defendieron con denuedo; pero al fin el
genio de Cortés triunfó, y el día 13 de agosto de 1521, entró
victorioso en la segunda de las grandes ciudades aborígenes del
Nuevo Mundo.
Estas asombrosas proezas de Cortés, aquí tan brevemente
esbozadas, despertaron en España una admiración sin límites,
haciendo que la Corona condonase su insubordinación a Velázquez.
Las quejas de este fueron desoídas, y Carlos V nombró a Cortés
Gobernador y Capitán general de México, además de hacerlo
marqués del valle de Oaxaca y otorgarle una considerable pensión.
Investido y seguro con esta alta autoridad, Cortés sofocó un
complot contra él, y mandó ejecutar al nuevo caudillo y a muchos de
los caciques, que no eran potentados, sino oficiales religioso-
militares, cuyo ascendiente sobre las supersticiones de los indios los
hacían peligrosos.
Pero Cortés, cuyo genio brillaba más cuanto más insuperables
parecían las dificultades y peligros que se le presentaban, tropezó en
lo que ha causado la caída de muchos: el éxito. Al contrario de su
analfabeto, pero más noble y más grande primo Pizarro, la
prosperidad le dañó y le hizo perder la cabeza y el corazón. A pesar
de los juicios poco estudiados de algunos historiadores, Cortés no
fue un conquistador cruel. No tan solo era un gran genio militar, sino
que trataba con mucha clemencia a los indios, y era muy querido de
ellos. La llamada carnicería de Cholula, no fue una mancha en su
carrera, como algunos han pretendido. La verdad, reivindicada al fin
por la historia exacta, es como sigue: Los indios lo habían atraído
traidoramente a una trampa, so pretexto de amistad. Era ya
demasiado tarde para una retirada, cuando averiguó que los
indígenas intentaban atacarlo. Y al ver el peligro que corría, no halló
más que una escapatoria, esto es, sorprender a los que intentaban
sorprenderle; caer sobre ellos antes de que estuviesen listos para caer
sobre él; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de Cholula es
simplemente el caso del que fue por lana y salió trasquilado.
No, Cortés no era cruel con los indios; pero, tan pronto como vio
asegurado su poder, se hizo un tirano cruel para sus propios
compatriotas, un traidor a sus amigos y hasta a su propio rey, y lo
que es peor, un desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que
hizo «desaparecer» a varias personas que cerraban el paso a su
desmedida ambición; y la infamia que colmó la medida fue el mal
trato que dio a su esposa. Tuvo Cortés mucho tiempo por amante a la
hermosa india Malinche; pero, después que conquistó México, su
legítima esposa fue a dicho país para compartir con él su fortuna.
Mas el amor que le profesaba no era tan grande como su ambición, y
ella se la estorbaba. Por fin, se la halló una mañana estrangulada en
su lecho.
Obcecado por su ambición, proyectó rebelarse abiertamente
contra España y declararse emperador de México. La Corona
husmeó este lindo plan y envió emisarios que se incautaron de sus
bienes, hicieron prisioneros a sus hombres y se dispusieron a
desbaratar sus planes secretos. Cortés se apresuró audazmente a
volver a España, donde se presentó a su soberano con gran
esplendor. Carlos le dispensó buena acogida, y lo condecoró con la
ilustre orden de Santiago, patrón de España. Pero su estrella estaba
ya declinando, y aun cuando se le permitió volver a México,
aparentemente con el mismo poder, desde entonces fue vigilado y
nada hizo ya que pudiese compararse con sus primeros y portentosos
hechos. Habíase vuelto muy poco escrupuloso, en extremo
vengativo y sobradamente peligroso para dejarlo en plena autoridad,
y al cabo de pocos años se vio obligada la Corona a nombrar un
virrey para desempeñar el gobierno civil de México, dejando a
Cortés solamente el mando militar, con el permiso de hacer nuevas
conquistas. En el año 1536, Cortés descubrió la Baja California, y
exploró parte de su golfo. Al fin, disgustado por su posición inferior,
donde antes había sido supremo, volvió a España, donde el rey lo
recibió muy fríamente. En 1541 acompañó a su soberano a Argel
como agregado, y se portó bizarramente en aquellas guerras. Sin
embargo, al regresar de nuevo a España se vio abandonado. Se
cuenta que un día en que Carlos V iba a un acto de ceremonia,
Cortés montó en el estribo de la regia carroza, resuelto a que se le
oyera.
«—¿Quién sois?» —preguntó el rey malhumorado.
«—Soy —replicó el altivo conquistador de México—, un hombre
que ha dado a V. M. más provincias que ciudades le dejaron sus
abuelos».
Sea o no verdad esta anécdota, ilustra gráficamente la arrogancia
y los servicios de Cortés. Faltábale el modesto equilibrio de la
grandeza verdaderamente grande, como le faltaba a Colón. La
presunción de uno y otro, no hubiera sido posible para aquel hombre
más grande que ambos: el discreto Pizarro.
Al fin, disgustado, Cortés se retiró de la Corte, y el día 2 de
diciembre de 1554, el hombre que había sido el primero en abrir el
interior de América al mundo, falleció cerca de Sevilla.
Algunos exploradores hubo en la América del Sur cuyas proezas
fueron tan asombrosas como las de Cortés en México. La conquista
de los dos continents fue casi contemporánea, e igualmente notable
por el más elevado genio militar, el más impertérrito valor, y por
haber salvado peligros espantosos y penalidades que eran casi
sobrehumanas.
Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible conquistador del
Perú, tenía 15 años más que su bizarro primo Cortés y nació en la
misma provincia de España. Empezóse a hablar de él en América en
el año 1510. Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos
sobrehumanos para llegar a la desconocida y aurífera tierra del Perú,
venciendo obstáculos que ni siquiera Colón los había encontrado
iguales, y arrostrando peligros y penalidades mayores que los que
sufrieron César y Napoleón. Desde 1532 hasta su muerte, acaecida
en 1541, ocupóse en conquistar y explorar aquel enorme país, y
fundar una nueva nación entre sus feroces tribus, luchando no solo
con numerosas hordas de indios, sino también con hombres
desalmados de su séquito, a manos de los cuales pereció
traidoramente. Pizarro halló y dominó el país más rico del Nuevo
Mundo, y, no obstante sus incomparables sufrimientos, vio
realizados, más que ninguno de los otros conquistadores, los sueños
dorados que todos perseguían. Probablemente ninguna otra
conquista, en la historia del mundo, produjo tan rápida y
deslumbradora riqueza, y ciertamente ninguna se compró más cara
en punto a penalidades y heroísmo. Algunos historiadores ignorantes
de los hechos reales, y obcecados por el prejuicio, han tratado muy
injustamente la conquista de Pizarro; pero esa historia maravillosa,
cuyos detalles relataremos más adelante, está depurándose y
poniéndose en su lugar, como uno de los hechos más estupendos y
atrevidos de la Historia. Es la de un héroe a quien todos los
verdaderos americanos, jóvenes o viejos, harán justicia de buen
grado. Por mucho tiempo se nos ha presentado a Pizarro como un
conquistador sanguinario y cruel, como un hombre egoísta, inmoral
y peligroso; pero, bajo la clara y verdadera luz de la historia de los
hechos, destaca ahora como uno de los más grandes hombres hijos
de su propio esfuerzo, y que, considerando las circunstancias que le
rodearon, merece el mayor respeto y admiración por la figura que de
sí mismo supo labrar. La conquista del Perú no causó ni con mucho
tanto derramamiento de sangre como la sujeción final de las tribus
indias de Virginia. Escasamente hizo tantas víctimas de peruanos
como la guerra del «rey Philip» 7 y fue mucho menos sanguinaria,
porque era más abierta y honrosa que cualquiera de las conquistas de
Inglaterra en la India Oriental. En el Perú, los más cruentos sucesos
ocurrieron después de la conquista, cuando los españoles empezaron
a pelear unos contra otros; y entonces Pizarro no fue el agresor, sino
la víctima. Todo se debió a la traición de sus propios aliados, de los
hombres a quienes había procurado fama y fortuna. Sus conquistas
se extendieron en una comal ca tan vasta como los Estados de
California, Oregón; y una gran parte del de Washington, o como
nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port Royal y 200 millas tierra
adentro, y en una tierra donde abundaban los indios mejor
organizados y más adelantados del hemisferio Occidental; y esto lo
llevó a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgarbados.
¡A tal grandeza llegó el pobre, ignorante y desvalido porquero de
Trujillo! Fue uno de los grandes capitanes que han existido, y casi
tan notable como organizador y como ejecutivo de un nuevo
imperio, que fue el primero en la costa del Pacífico de la América
del Sur.
Francisco Pizarro, Marqués de los Atabillos, Gobernador y Administrador de S. M.
del Rno., en virtud de una capitulación que se otorgó en 26 de Julio en 1529 y
entró en el Perú el año de 1530. Dibujo de Ernest Charton.
Pedro de Valdivia (1497-1553). En 1541 recibió de sus compañeros
conquistadores organizados en un cabildo, el título de Gobernador y Capitán
General del Reino de Chile.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, sometió aquel vasto
territorio de los crueles Araucanos, con un «ejército» de doscientos
hombres. Estableció la primera colonia en Chile en 1540, y en el
mes de febrero siguiente fundó la actual ciudad de Santiago de
Chile. De sus largas y encarnizadas guerras con los araucanos no
hablaremos aquí por falta de espacio. Fue muerto por los indígenas
el día 3 de diciembre de 1553, con casi todos sus hombres, después
de una desesperada e indescriptible lucha.
No tenemos aquí bastante espacio para relatar los portentosos
hechos que ocurrieron en el continente del Sur o en la parte inferior
de la América del Norte: la conquista de Nicaragua, por Gil
González Dávila, en 1523; la conquista de Guatemala, por Pedro de
Alvarado, en 1524; la de Yucatán, por Francisco de Montijo, que
empezó en 1526; la de Nueva Granada, por Gonzalo Giménez de
Quesada, en 1536; las conquistas y exploración de Bolivia, del
Amazonas y del Orinoco (hasta cuyas cataratas habían penetrado los
españoles en 1530, con casi sobrehumanos esfuerzos); las
incomparables guerras con los araucanos en Chile (por espacio de
dos siglos), con los Tarrahumares en Chihuahua, con los Tepehuanes
en Durango y los indómitos Yaquis en el noroeste de México; las
proezas del capitán Diego Martínez de Hurdaide (el Daniel Boone
de Sinaloa y Sonora), y de centenares de otros desconocidos
españoles, que hubieran alcanzado renombre universal, si hubiesen
sabido de ellos los trompeteros de la fama.
Pedro de Alvarado, 1485-1541. Intervino en la conquista de Cuba, México y toda
Centroamérica, además de estar en los inicios de la llegada al Perú.
1.6. LA VUELTA ALREDEDOR DEL MUNDO
Antes de que Cortés conquistase México, o que Pizarro y Valdivia
viesen las tierras con las que debían asociar sus nombres para
siempre, otros españoles — menos conquistadores, pero tan grandes
exploradores como ellos— cambiaban rápidamente la geografía del
Nuevo Mundo. También Francia se había despertado un poco; y en
el año 1500 su bizarro hijo, el capitán Gonneville, se había
embarcado. Pero entre él y el siguiente explorador, que fue un
florentino pagado por los franceses, hubo un lapso de veinticuatro
años; y en ese tiempo España llevó a cabo cuatro importantísimos
hechos.
Fernão Magalhães, a quien conocemos con el nombre de
Fernando Magallanes, nació en Portugal el año de 1470; y al llegar a
su viril edad adoptó la vida de marino, a la cual le inclinaba su
carácter aventurero. En el viejo Mundo no se hablaba más que del
Nuevo, y Magallanes anhelaba explorar las Américas. Por haberle
tratado muy desabridamente el rey de Portugal, se alistó bajo la
bandera de España, donde se reconoció su talento. Salió de la
Península, al mando de una expedición española, el 10 de agosto de
1519, y navegando más al sur de lo que fueran otros marinos,
descubrió el Cabo de Hornos y el estrecho que lleva su nombre. El
hado no le permitió llevar más lejos sus descubrimientos, ni recoger
el galardón de los que realizara, pues durante ese viaje (en 1521) fue
descuartizado por los indígenas de una de las islas Molucas. Su
heroico lugarteniente, Juan Sebastián de Elcano, tomó entonces el
mando y continuó el viaje hasta dar la vuelta al globo por vez
primera en la historia. Cuando regresó a España, la Corona premió
sus brillantes hechos y le dio, entre otros honores, un escudo que
tenía por blasón un globo y el lema «tu primus circumdedisti me» (tú
fuiste el primero en dar la vuelta en torno mío).
Fernando de Magallanes, nombrado por Carlos V adelantado, capitán general de
la «Armada para el descubrimiento de la especería» y caballero de la Orden de
Santiago. Descubrió el cabo de Hornos y el estrecho que lleva su nombre.
Juan Ponce de León, descubridor de la Florida, primer Estado de
nuestra Unión que vieron los europeos, fue un explorador tan
desgraciado como Magallanes; porque vino a la «Tierra de las
flores», atraído por el fantástico mito de una fuente de perenne
juventud, tan solo para ser víctima de los indios que la habitaban.
Ponce de León nació en Santervás de Campos (Valladolid, España),
en el último tercio del siglo XV . Conquistó la isla de Puerto Rico, y
embarcándose en 1512 en busca de la Florida, de la que tenía
noticias por los indios, descubrió la nueva tierra el mismo año, y
tomó posesión de ella en nombre de España. Se le dio el título de
Adelantado de la Florida, y en el año 1521 volvió con tres buques
para conquistar su nuevo país; pero fue mortalmente herido en una
lucha con los indios, muriendo al regresar a Cuba. Fue uno de los
bravos españoles que acompañaron a Colón en su segundo viaje a
América, en 1493.
Arriba, mapa trazado con la información de la época de Hernando de Soto y,
abajo, reconstrucción actual del itinerario que debió de seguir el adelantado
extremeño.
Mucho más que Ponce de León hizo Hernando de Soto en la
Florida. Este valiente conquistador nació en Extremadura, hacia el
año 1495. Pedro Arias de Ávila tomó afecto a su joven y perspicaz
pariente, lo ayudó a obtener una educación universitaria, y en el año
1519 lo llevó consigo en su expedición a Darién. Soto ganó prestigio
en el Nuevo Mundo, y llegó a ser considerado como un oficial
prudente y valeroso. En 1528 mandó una expedición para explorar la
costa de Guatemala y Yucatán; en 1523 llevó un refuerzo de 300
hombres para ayudar a Pizarro en la conquista del Perú. En aquella
aurífera tierra, Soto obtuvo grandes riquezas, y el pobre soldado que
desembarcara en América sin más que su espada y su escudo, volvió
a España con lo que entonces se consideraba una enorme fortuna.
Allí se casó con una hija de su protector Ávila, y de este modo fue
cuñado del descubridor del Pacífico, Balboa. Soto prestó una parte
de su fácilmente adquirida fortuna al Emperador Carlos, que con las
constantes guerras había agotado el erario, y Carlos lo envió como
gobernador de Cuba y Adelantado de la nueva provincia de la
Florida. En 1538 se hizo a la mar con un ejército de seiscientos
hombres muy bien equipados, grupo de aventureros atraídos a la
bandera de su famoso compatriota por el deseo de hacer
descubrimientos y hallar oro. La expedición desembarcó en la
Florida, en la bahía del Espíritu Santo, en mayo de 1539, y volvió a
tomar posesión de aquel ignoto desierto en nombre de España.
Pero el brillante éxito que alcanzó Soto en los montes del Perú,
pareció abandonarlo del todo en los pantanos de la Florida. Es digno
de notarse que casi todos los exploradores que hicieron maravillas
en la América del Sur, fracasaron cuando llevaban sus operaciones al
continente del norte. Era tan completamente distinta la geografía
física de ambos, que después de acostumbrarse a las necesidades del
uno, el explorador parecía incapaz de adaptarse a las condiciones
opuestas del otro.
Soto y sus hombres anduvieron errantes por la parte meridional
de lo que es hoy Estados Unidos, por espacio de cuatro mortales
años. Es probable que en sus viajes pasasen por los actuales Estados
de la Florida, Georgia, Arkansas, Misisipi, Alabama, Luisiana y la
parte nordeste de Texas. En 1541 llegaron al río Misisipi, y fueron
ellos los primeros europeos que vieron el padre de las aguas (en
algún punto de su corriente excepto en su boca), un siglo y cuarto
antes de que lo viesen los heroicos franceses Marquette y La Salle.
Aquel invierno lo pasaron a lo largo del Washita, y al principio del
verano de 1542, cuando regresaban Misisipí abajo, murió el valiente
Soto, depositándose su cadáver en el lecho del copioso río que él
había descubierto, doscientos años antes de que lo viese ningún
«norteamericano». Sus hombres, maltrechos y descorazonados,
pasaron allí un terrible invierno, y en 1543, al mando del teniente
Moscoso, construyeron unos toscos buques, y bajaron en ellos por el
río Misisipí hasta el golfo en diecinueve días, realizando la primera
navegación que se llevó a cabo en nuestra parte de América. Desde
la desembocadura fueron costeando hacia Occidente, y al fin
llegaron a Panuco (México), después de cinco años de penalidades y
sufrimientos tales como jamás los experimentó ningún explorador
sajón en las Américas. Cerca de un siglo y medio después que el
desgarbado ejército de hombres famélicos de Soto tomara posesión
de Luisiana en nombre de España, pasó aquel territorio a poder de
los franceses, y a Francia lo compraron los Estados Unidos al cabo
de más de un siglo.
Discovery of the Mississippi by De Soto por George William Henry Powell (1823-
1879).
De modo que cuando Verazzano, el florentino enviado por
Francia, llegó á América en 1524, costeó el Atlántico desde un punto
de La Carolina del Sur hasta Terranova, y publicó una breve
descripción de lo que había visto, ya España había dado la vuelta al
mundo; había llegado al extremo sur de América, conquistado un
vasto territorio y descubierto más de media docena de nuestros
actuales Estados, después de la última visita de un francés a
América. Por lo que toca a Inglaterra, era casi tan desconocida en
esta parte del mundo como si nunca hubiese existido.
Después de Ponce de León y antes que Soto, Francisco de Garay,
conquistador de Tampico, visitó la Florida en 1518. Fue con el
objeto de dominar aquel país; pero fracasó y murió poco después en
México, siendo probable que fuese envenenado por orden de Cortés.
Dejó aun menos recuerdo de lo que hizo en la Florida que Ponce de
León, y pertenece al número de exploradores españoles que, aun
siendo verdaderos héroes, llevaron a cabo hechos de poca
resonancia; y estos fueron demasiado numerosos para hacer ni
siquiera una lista de ellos.
En 1527 salió de España la expedición más desastrosa que se
envió al Nuevo Mundo; expedición notable únicamente por dos
cosas; fue tal vez la más desgraciada de que hay historia y condujo
al hombre que supo ser el primero en cruzar el Continente
americano, el cual hizo verdaderamente una de las más asombrosas
marchas a pie que se han realizado desde que el mundo es mundo.
Pánfilo de Narváez, que tan vergonzosamente fracasó cuando fue a
arrestar a Cortés, mandaba la expedición con autoridad para
conquistar la Florida, y su tesorero era Álvaro Núñez Cabeza de
Vaca. En 1528 desembarcó esa compañía en la Florida, y empezó
desde luego una serie de horrores que ponen los pelos de punta. Los
naufragios, los indígenas y el hambre, causaron tal destrozo en la
malhadada compañía, que cuando en 1529 los pieles rojas hicieron
esclavos a Cabeza de Vaca y tres de sus compañeros, eran estos los
únicos supervivientes de la expedición.
Vaca y sus compañeros anduvieron al azar desde la Florida hasta
el Golfo de California, sufriendo increíbles peligros y tormentos, y
llegando allí después de andar errantes durante más de 8 años. El
heroísmo de Cabeza de Vaca recibió su galardón. El rey lo hizo
gobernador del Paraguay en 1540; pero resultó tan inepto para este
cargo como lo fue Colón para el de virrey, y no tardó en volver
cargado de cadenas a España, donde murió.
Pero la relación que publicó de cuanto vio en ese pasmoso viaje
(porque Vaca era un hombre educado y dejó dos libros muy
interesantes y valiosos), hizo que sus compatriotas se determinasen a
comenzar con empeño la exploración y colonización de lo que es
hoy los Estados Unidos, a construir las primeras ciudades y a labrar
las primeras granjas en el país que ha llegado a ser la nación más
vasta del mundo.
Portada de Relación y comentarios del Governador Alvar Núñez Cabeza de Vaca .
Ejemplar de Library of Congress USA.
Los treinta años que siguieron a la conquista de México por
Cortés, vieron un cambio asombroso en el Nuevo Mundo. En esos
años ocurrieron maravillas. Brillantes descubrimientos,
exploraciones sin igual, intrépidas conquistas y colonizaciones
heroicas se siguieron unas a otras con vertiginosa rapidez; y, a
excepción de las bizarras pero escasas proezas de los portugueses en
la América del Sur, España fue la única que llevó a cabo esos
hechos. Desde Kansas hasta el cabo de Hornos, era todo una vasta
posesión española, salvo algunas partes del Brasil, donde el héroe
portugués Cabral había sentado la planta en nombre de su país. Se
construyeron centenares de poblaciones españolas, escuelas,
universidades, imprentas, libros e iglesias españolas empezaban su
obra de ilustración en los ignotos continentes de América, y los
incansables secuaces de Santiago marchaban siempre adelante. La
América, particularmente México, era rápidamente colonizada por
los españoles. El desarrollo de las colonias donde había recursos
para mantener una población creciente era muy notable en relación a
aquellos tiempos. La ciudad de Puebla, por ejemplo, en el Estado
mexicano del mismo nombre, se fundó en 1532 y empezó con treinta
y tres colonos, y en 1678 tenía 80.000 habitantes, que son veinte mil
más de los que tenía la ciudad de Nueva York ciento veintidós años
después.
Mapa trazado por Ricardo Sánchez para Banderas lejanas de Fernando Martínez
Laínez y Carlos Canales, EDAF, 2017, 12ª ed.
1.7. ESPAÑA EN LOS ESTADOS UNIDOS
Cortés era todavía capitán general cuando llegó Cabeza de Vaca a las
colonias españolas, después de su correría de ocho años, portador de
noticias de países extranjeros situados más al norte; pero Antonio de
Mendoza era Virrey de México y superior a Cortés en jerarquía, y
entre él y el conquistador traicionero había interminables
disensiones. Cortés trabajaba para sí mismo; Mendoza, para España.
A medida que en México se hacían más espesas las colonias
españolas, la atención de los inquietos exploradores de mundos
empezó a dirigirse hacia los misterios del vasto y desconocido país
situado más al norte. Las cosas raras que Vaca había visto, no podían
menos de excitar la curiosidad de los intrépidos aventureros a
quienes las contaba. Lo cierto es que antes de un año de haber
llegado a México el primer viajero trascontinental, habían
descubierto sus compatriotas dos más de nuestros actuales Estados
como resultado directo de sus narraciones. Y ahora llegamos a uno
de los hombres más calumniados de todos: fray Marcos de Nizza,
descubridor de Arizona y Nuevo México.
Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que formaba
entonces parte de Saboya, y debió llegar a América por el año 1531.
Acompañó a Pizarro al Perú, y de allí volvió finalmente a México.
Fue el primero en explorar las tierras desconocidas de que Vaca
había oído a los indios contar cosas tan estupendas, aun cuando él no
las había visto: «las siete ciudades de Cíbola, llenas de oro», y otras
innumerables maravillas. Fray Marcos salió a pie de Culiacán
(Sinaloa, borde occidental de México), en la primavera de 1539, con
el negro Estebanico, que fue uno de los compañeros de Vaca, y unos
cuantos indios. Un hermano lego, Honorato, que salió con él, pronto
cayó enfermo y no continuó el viaje. Ahora bien: esa fue una
verdadera exploración española, un buen ejemplo de centenares de
ellas: aquel denodado sacerdote, sin armas, con una veintena de
hombres que no inspiraban confianza, emprendió una marcha de un
año, a través de un desierto donde, aun en estos días de ferrocarriles
y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hombres que mueren
todos los años de sed, sin contar los millares que perecen a mano de
los indios. Pero esas pequeñeces solo servían para abrir el apetito de
los españoles, y fray Marcos siguió sufriendo el cansancio del
camino hasta que, a principios de junio da 1539, llegó por fin a las
Siete Ciudades de Cíbola. Estas se hallaban al extremo occidental de
Nuevo México, cerca del actual y extraño pueblo indio de Zuñi, que
es todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y está hoy casi lo
mismo que como la vio aquel heroico sacerdote hace trescientos
cincuenta años. Al pie del pasmoso risco de Toyallahnah, la sagrada
montaña de los truenos de Zuñi, el negro Estebanico fue muerto por
los indios, y fray Marcos se libró de igual suerte por haberse retirado
a tiempo. Obtuvo cuantos informes pudo acerca de las extrañas y
elevadas poblaciones que divisó, y regresó a México con grandes
noticias. Se le ha acusado de haber dado informes erróneos y
exagerados; pero, si sus críticos no hubiesen sido tan
desconocedores de la calidad de los indios y de sus tradiciones, no
hubieran hablado de esta suerte. Las afirmaciones de fray Marcos
eran absolutamente verídicas.
Cuando el buen padre hizo su relación, bien se puede asegurar
que todos aguzaron el oído en Nueva España, nombre que entonces
se daba a México, y en cuanto fue posible organizar una expedición
armada, salió para las Siete Ciudades de Cíbola, sirviéndole de guía
el mismo fray Marcos. De dicha expedición hablaremos en breve.
Fray Marcos la acompañó hasta llegar a Zuñi, y entonces regresó a
México, baldado por el reumatismo, del cual nunca llegó a curarse.
Murió en el convento de la ciudad de México, el 25 de marzo de
1558.
Walpi es un asentamiento de los pueblos Hopi, al este del Gran Cañón, en el norte
de Arizona. Fotografía de John Karl Hillers (1843-1925).
El hombre a quien fray Marcos condujo a las Siete Ciudades de
Cibola, fue el más grande explorador que jamás pisó el continente
del norte, si bien sus exploraciones solo le produjeron desastres y
amarguras. Nos referimos a Francisco Vázquez de Coronado, natural
de Salamanca (España). Coronado era joven, ambicioso y tenía ya
renombre. Era gobernador de la provincia mejicana de Nueva
Galicia, cuando supo la noticia referente a las Siete Ciudades.
Mendoza, contra la fuerte oposición de Cortés, decidió, efectuar una
expedición, que libraría al país de unos cuantos centenares de
audaces y jóvenes espadachines españoles que estaban reñidos con
la paz, y al mismo tiempo a fin de conquistar nuevos países para la
Corona. En consecuencia, puso a Coronado al frente de un grupo de
unos doscientos cincuenta españoles, para que fuesen a colonizar las
tierras descubiertas por fray Marcos, con estrictas órdenes de no
volver jamás.
Coronado salió de Culiacán con su pequeño ejército en los
albores de 1540. Guiados por el incansable sacerdote, llegaron a
Zuñi en julio, y tomaron el pueblo después de una lucha feroz, con
lo cual terminaron entonces las hostilidades. Desde allí envió
Coronado pequeñas expediciones a los extraños pueblos de Moqui,
construidos sobre riscos (en la parte nordeste de Arizona), al gran
cañón del Colorado y al pueblo de Gemez, situado al norte de Nuevo
México. Durante aquel invierno trasladó todas sus fuerzas a Tiguex,
donde se encuentra ahora la linda aldea Nuevo México de Bernalillo,
en el Río Grande, y allí empeñó una seria y poco digna guerra con
los indios Pueblos de Tigua.
Allí fue donde oyó hablar del áureo mito que le tentó, haciéndole
pasar tan duras penalidades y que causó después la muerte a muchos
centenares de hombres: la fábula de Quivira. Esta, según le
aseguraban los indios de las vastas llanuras, era una ciudad toda de
oro puro. En la primavera de 1541, Coronado y sus hombres salieren
en busca de Quivira y marcharon a través de aquellas tremebundas
sabanas, hasta el centro de nuestro actual territorio indio. Allí,
viendo que había sido engañado, Coronado hizo retroceder su
ejército a Tiguex, y él, con 30 hombres, siguió adelante y atravesó el
río Arkansas hasta llegar al extremo nordeste de Kansas, esto es, a
tres cuartas partes de la distancia que media entre el Golfo de
California y Nueva York, y mucho más si se tiene en cuenta los
rodeos que dieron.
Encontró allí la tribu de los Quiviras, salvajes nómadas que se
dedicaban a la caza del búfalo, pero no tenían oro, ni sabían dónde
se hallaba. Coronado regresó por fin a Bernalillo, después de un
lapso de tres meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos.
Poco después de su vuelta, una caída del caballo puso su vida en
grave peligro. Pasó la crisis; pero su salud quedó quebrantada, y
descorazonado por sus dolencias físicas y por las infructíferas
contrariedades de la inhospitalaria tierra que se propusiera colonizar,
abandonó el proyecto de poblar Nuevo México y en el verano de
1542 regresó a México con sus hombres. Su desobediencia al virrey,
por haber abandonado su empresa, le hizo caer en disfavor, y pasó el
restó de su vida en relativa oscuridad.
Triste final fue ése para el hombre notable que descubriera tantos
miles de millas del sediento sudoeste, casi tres siglos antes de que lo
viese ninguno de nuestros paisanos; para aquel soldado bien nacido,
instruído y denodado, y que fue el ídolo de su tropa. Como
explorador no tiene rival; pero como colonizador fracasó por
completo. Habíase criado en la ciudad y no era montaraz; y
acostumbrado solamente a vivir en Jalisco y las regiones de México
situadas junto al Golfo de California, no conocía los terribles
desiertos de Arizona y Nuevo México y no pudo acomodarse a aquel
medio ambiente. Hasta medio siglo después que llegó un español
nacido en la frontera de aquellas tierras áridas, no pudo colonizarse
Nuevo México con feliz éxito.
Mientras el descubridor del territorio indio y de Kansas iba en
persecución de un mito de oro a través de las solitarias llanuras, sus
compatriotas habían hallado y estaban explorando otro de nuestros
Estados: nuestro dorado jardín de California. Hernando de Alarcón,
en 1540, navegó por el río Colorado hasta una gran distancia del
Golfo, probablemente hasta Great Bend, y en 1543 Juan Rodrigues
Cabrillo exploró la costa californiana del Pacífico, hasta llegar a cien
millas al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía fundarse la
ciudad de San Francisco.
Después de los desalentadores descubrimientos de Coronado, los
españoles, durante muchos años, consagraron muy poca atención a
Nuevo México. ¡Bastante había que hacer en la Nueva España para
tener ocupada por algún tiempo la indómita energía española en la
civilización de su nuevo imperio! Fray Pedro de Gante había
fundado en México, en 1524, las primeras escuelas del Nuevo
Mundo, y desde entonces todas las iglesias y conventos, en la
América española, tenían adjunta una escuela para los indios. En
1524 no había entre los innumerables millares de indios de México
uno solo que supiese lo que eran letras; pero veinte años después
eran tantos los que habían aprendido a leer y escribir, que el obispo
Zumárraga hizo imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En
1543 había hasta escuelas industriales para aquellos indios. Ese buen
obispo Zumárraga fue también el que trajo la primera prensa al
Nuevo Mundo, en 1536. Se montó en la ciudad de México y pronto
empezó a trabajar activamente. El libro más antiguo impreso en
América que hoy existe, salió de dicha prensa en 1539. La mayoría
de los primeros libros que allí se imprimieron, tenían por objeto
hacer inteligibles los dialectos indios; medida de humanitaria
educación que no ha sabido copiar ninguna otra nación colonizadora
en el Nuevo Mundo. La primera música que se imprimió en
América, salió también de la misma prensa en 1584.
Plano de la ciudad de México en el siglo XVI . La Universidad (F) tuvo su primer
asiento en la Plaza de Armas, frente a la catedral (B).
Lo más notable de todo, y que demuestra la actitud educadora de
los españoles en los nuevos continentes, fue un resultado
enteramente singular. No solamente su actividad intelectual creó
entre ellos mismos una constelación de eminentes escritores, sino
que, al cabo de pocos años, había una escuela de importantes autores
indios. Sería una pérdida irreparable para el conocimiento de la
verdadera historia de América, la de las crónicas de escritores indios
tales como Tezozomok, Camargo y Pomar, en México; Juan de
Santa Cruz, Pachacuti Yamqui Salcamayhua, en el Perú, y muchos
otros. ¡Y qué ganancia no hubiera tenido la ciencia si nosotros nos
hubiésemos tomado la pena de educar a nuestros aborígenes para
que se prestasen tan útil ayuda a sí mismos y a los conocimientos
humanos!
En todas las demás tareas intelectuales que conocía entonces el
mundo, los hijos de España realizaban en América notables
progresos. En geografía, en historia natural, en física y química y en
otras ciencias, fueron en nuestros países los primeros, como lo
habían sido en sus descubrimientos y exploraciones. Es un hecho
pasmoso que, en época tan lejana como el año 1579, se hizo en
público una autopsia del cadáver de un indio en la Universidad de
México, para indagar la naturaleza de una epidemia que entonces
causaba estragos en Nueva España. Es dudoso que en aquella época
hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad de Londres. Y en
libros de aquel período, que existen todavía, hallamos proyectos de
armas de repetición, y hasta una inequívoca indicación del teléfono.
¡La primera prensa no llegó a las colonias inglesas de América hasta
1638! ¡Cerca de cien años a la zaga de México! En todo el mundo
tardaron en aparecer los periódicos: el primero auténtico de que hay
noticia en la historia, se publicó en Alemania en 1615. En Inglaterra
apareció el primero en 1622, y las colonias norteamericanas no
tuvieron uno hasta 1704. «El Mercurio Volante», folleto que daba
noticias, se publicaba en la ciudad de México antes del año 1693.
Cuando las malas nuevas de Coronado se habían en gran parte
olvidado, empezó otra incursión española hacia Nuevo México y
Arizona. Entretanto, habían ocurrido en la Florida importantes
acontecimientos. Los muchos fracasos padecidos en ese desgraciado
país no desalentaron a los españoles en su empeño de colonizarlo.
Por último, en 1560, se estableció allí de un modo permanente
Menéndez de Avilés, español muy cruel, el cual no obstante tuvo el
honor de fundar y dar nombre a la ciudad más antigua de los Estados
Unidos —San Agustín—, en 1560. Menéndez encontró una pequeña
colonia de hugonotes franceses que se habían desviado hasta allí el
año antes al mando de Ribault, a los que él hizo prisioneros y los
ahorcó, poniéndoles un cartel en que decía que habían sido
ejecutados «no por ser franceses, sino por herejes». Dos años
después, la expedición francesa de Dominique de Gourges se
apoderó de los tres fuertes españoles que allí se habían construido, y
ahorcó a los colonos, «no por ser españoles, sino por asesinos»; lo
cual no dejó de ser una venganza muy ingeniosa como réplica; pero
muy censurable por el hecho. En 1586 Sir Francis Drake, a cuyas
aficiones piráticas hemos aludido ya, destruyó la floreciente colonia
de San Agustín, que se volvió a construir en seguida. En 1763
España cedió la Florida a la Gran Bretaña, en cambio de la Habana,
de que Albemarle habíase apoderado un año antes.
Plano del pueblo, fuerte y caño de San Agustín de la Florida y del pueblo y caño
de San Sebastián. Probable de 1576. ES.41091. AGI/27.12//MP-
FLORIDA_LUISIANA, 3
También es interesante el hecho de que los españoles estuvieron
en Virginia cerca de 30 años antes de que Sir Walter Raleigh
intentase establecer allí una colonia, y medio siglo largo antes de la
visita de John Smith. Ya en 1556, la bahía de Chesapeake era
conocida de los españoles con el nombre de Bahía de Santa María, y
se había enviado allí, para colonizar el país, una expedición que
fracasó.
En 1531 tres misioneros españoles, fray Agustín Rodríguez, fray
Francisco López y fray Juan de Santa María, salieron de Santa
Bárbara (Chihuahua) (México), con una escolta de nueve soldados
españoles al mando de Francisco Sánchez Chamuscado. Anduvieron
trabajosamente a lo largo del Río Grande hasta donde se encuentra
ahora Bernalillo, o sea en una marcha de unas mil millas. Allí
quedaron los misioneros para enseñar la doctrina, mientras los
soldado, exploraban el país hasta Zuñi, y entonces regresaron a
Santa Bárbara. Chamuscado murió en el camino. En cuanto a los
valientes misioneros que quedaron atrás en el desierto, no tardaron
en ser mártires. Fray Santa María fue muerto por los indios cerca de
San Pedro, mientras realizaba una penosa caminata, solo y a pie,
para volver a México aquel otoño. Fray Rodríguez y fray López
fueron asesinados por su traicionero rebaño en Puaray, en diciembre
de 1581.
Al año siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo de Córdoba,
salió de Santa Bárbara (Chihuahua), con 14 hombres, para afrontar
los desiertos y los salvajes de Nuevo México. Anduvo Río Grande
arriba hasta un poco más allá de donde ahora se halla Alburquerque,
sin que le hiciesen resistencia los indios de la tribu Pueblo. Visitó
sus ciudades de Zia, Jenez, la empinada Acoma, Zuñi y la lejana
Moqui, y se internó bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo
al Río Grande, visitó el pueblo de Pecos, bajó por el río del mismo
nombre a Texas, y de allí cruzó de nuevo a Santa Bárbara. Tenía la
intención de volver a colonizar Nuevo México; pero su muerte
(ocurrida probablemente en 1585) desbarató su plan, y el único
resultado importante de su gigantesca jornada, fue una adición a los
conocimientos geográficos de su época. En 1590, Gaspar Castaño de
Sosa, teniente gobernador de Nuevo León, estaba tan ansioso de
explorar Nuevo México, que organizó una expedición sin pedir
permiso al Virrey. Subió por el río Pecos y cruzó hasta el Río
Grande; pero en el pueblo de Santo Domingo fue arrestado por el
capitán Morlette, que había ido desde México con ese solo objeto, y
conducido a su destino con cadenas.
Juan de Oñate, colonizador de Nuevo México y fundador de la
segunda ciudad situada dentro de los límites de los Estados Unidos,
como también de otra ciudad que es la segunda en antigüedad en el
mismo país, nació en Zacatecas (México). Su familia, procedente de
Vizcaya, había descubierto en 1548 y poseía a la sazón algunas de
las minas más ricas del mundo: las de Zacatecas. Pero, no obstante
haber nacido de una familia que nadaba en oro, Oñate deseaba ser
explorador. La Corona rehusó equipar nuevas expediciones para el
Norte, que tantos desengaños ofrecía, y por el año 1595 Oñate hizo
un contrato con el Virrey de Nueva España para colonizar Nuevo
México por su cuenta. Hizo todos los preparativos y equipó una
costosa expedición. Justamente entonces fue nombrado otro Virrey,
el cual le tuvo esperando en México con todos sus hombres por
espacio de dos años, antes de darle el permiso necesario para
emprender la marcha. Por fin, a principios de 1597, salió con su
expedición, la cual le costó el equivalente de un millón de dólares
antes de salir de viaje. Llevó consigo cuatrocientos colonos, incluso
doscientos soldados, con mujeres y niños, y reses vacunas y lanares.
Después de tomar posesión de Nuevo México el 30 de mayo de
1598, marchó Río Grande arriba hasta donde se halla hoy la
aldehuela de Chamita, al norte de Santa Fe y allí fundó, en
septiembre de aquel año, San Gabriel de los Españoles, segunda
ciudad establecida en los Estados Unidos.
Inscripción realizada por la expedición de Oñate en El Morro (1605): «pasó por
aquí el Adelantado Don Juan de Oñate al descubrimiento de la Mar del Sur, a 16
de abril 1605.».
Ruta aproximada que llevó Oñate hasta llegar al Golfo de California.
Oñate fue notable no tan solo por su éxito en colonizar un país
tan adusto como era aquel, sino también como explorador.
Reconoció todo el país; viajó hasta Acoma, y sofocó una rebelión de
los indios, y en el año 1600 efectuó una expedición hasta la misma
Nebraska. En 1604, con treinta hombres, marchó desde San Gabriel
y a través de aquel árido desierto hasta el golfo de California,
regresando a San Gabriel en abril de 1605. Por entonces los ingleses
no se habían internado en América más que a cuarenta o cincuenta
millas de la costa del Atlántico.
En 1605 Oñate fundó la ciudad de Santa Fe, de San Francisco,
respecto de cuya antigüedad se han escrito muchas fábulas
inverosímiles. La ciudad ha llegado a celebrar el 333.er aniversario
de su fundación, veinte años antes de cumplir los tres siglos.
En 1606 Oñate hizo otra expedición a tierras lejanas del
Nordeste; pero de ella no se sabe casi nada, y en 1608 fue
substituido por Pedro de Peralta, segundo gobernador de Nuevo
México.
Oñate era de mediana edad cuando realizó estos notables hechos.
Nacido en la frontera, avezado a los desiertos, dotado de gran
tenacidad, sangre fría y conocimiento de la guerra de frontera, era el
hombre a propósito para establecer con éxito las primeras
importantes colonias en los Estados Unidos, en los lugares más
difíciles y peligrosos.
1.8. DOS CONTINENTES DOMINADOS
Tal era, pues, la situación del Nuevo Mundo al empezar el siglo XVII
. España, después de descubrir las Américas, en poco más de cien
años de incesante exploración y conquista, había logrado arraigar y
estaba civilizando aquellos países. Había construido en el Nuevo
Mundo centenares de ciudades, cuyos extremos distaban más de
cinco mil millas, con todas las ventajas de la civilización que
entonces se conocían, y dos ciudades en lo que es ahora los Estados
Unidos, habiendo penetrado los españoles en veinte de dichos
Estados. Francia había hecho unas pocas cautelosas expediciones,
que no produjeron ningún fruto, y Portugal había fundado unas
cuantas poblaciones de poca importancia en la América del Sur.
Inglaterra había permanecido durante todo el siglo en una magistral
inacción, y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no había ni una
mala casuca inglesa, ni un solo hijo de Inglaterra.
El que en tiempos posteriores haya cambiado por completo la
situación; el que España (mayormente porque se desangró por una
conquista tan enorme que ni aun hoy día podría nación alguna dar
los hombres o el dinero necesario para poner la empresa al nivel del
progreso mundial) no haya vuelto a recobrar su antiguo poderío y
esté ahora inactiva en comparación con la joven y gigantesca nación
que ha crecido desde entonces en el imperio que ella inició, no
exime a la historia de América del deber de hacerle justicia por su
pasado. Si no hubiese existido España hace 400 años, no existirían
hoy los Estados Unidos. Para todo verdadero americano es el de su
país un relato que fascina, porque todo el que lleva ese nombre,
admira el heroísmo y es amante de la justicia, y antes que nada le
interesa conocer la verdad respecto de su patria.
Por los años de 1680, el valle del Río Grande, en Nuevo México,
estaba salpicado de caseríos españoles desde Santa Cruz hasta más
allá de Socorro, o sea en una extensión de 200 millas, y había
también colonias en el valle de Taos, hacia el extremo norte del
territorio. Desde 1600 a 1680 se habían hecho numerosas
expediciones a través del sudoeste, penetrando hasta el mortífero
Llano Estacado. El heroísmo con que se conservó por tanto tiempo
el Sudoeste, no fue menos maravilloso que la exploración que lo
descubrió. La vida de los colonos era una lucha diaria con la avara
naturaleza —porque Nuevo México nunca fue feraz— teniendo,
además, que afrontar mortales peligros. Durante tres siglos fueron
incesantemente hostilizados por los terribles Apaches, y hasta 1680
no les dejaron en paz los conatos de insurrección de los indios
Pueblos, quienes vivían entre ellos y los rodeaban. Las afirmaciones
de los historiadores de gabinete, de que los españoles esclavizaron a
los Pueblos o a otros indios de Nuevo México; de que los obligaban
a escoger entre el cristianismo y la muerte; que les forzaban a
trabajar en las minas, y otras cosas por el estilo, son enteramente
inexactas. Todo el régimen de España para con los indios del Nuevo
Mundo fue de humanidad y de justicia, de educación y de persuasión
moral, y aun cuando hubo, como es natural, algunos individuos que
violaron las estrictas leyes de su país respecto al trato de los indios,
recibieron por ello el condigno castigo.
Sin embargo, la mera presencia de extranjeros en su tierra fue
bastante para sublevar la naturaleza celosa de los indios, y en 1680
estalló sin causa alguna, entre los pieles rojas de Pueblo Rebelión,
un complot para hacer una matanza. Había entonces en el territorio
mil quinientos españoles, que vivían en Santa Fe y en granjas o
caseríos dispersos, pues hacía tiempo que Chamita había sido
abandonada.
Treinta y cuatro ciudades de la tribu Pueblo tomaron parte en la
rebelión, bajo la dirección de un peligroso indio tehua, llamado
Popé. Emisarios secretos habían ido de pueblo en pueblo, y la
matanza de españoles se efectuó simultáneamente en todo el
territorio. En ese 10 de agosto de 1680, de triste recordación, más de
cuatrocientos españoles fueron asesinados, incluso veintiuno de los
bondadosos misioneros que, desarmados y solos, se habían
esparcido por aquel desierto con el objeto de salvar las almas e
iluminar las inteligencias de los naturales.
Antonio de Otermín, que era entonces gobernador y capitán
general de Nuevo México, fue atacado en su capital de Santa Fe por
un ejército de indios muy numeroso. Los 120 soldados españoles
que estaban encerrados en su pequeña ciudad de adobe, pronto se
hallaron en la imposibilidad de resistir por más tiempo al enjambre
de sitiadores, y después de una semana de desesperada defensa,
hicieron una salida y se abrieron paso hasta ponerse a salvo,
llevándose consigo sus mujeres y sus hijos. Se retiraron después Río
Grande abajo, evitando una emboscada que les habían preparado los
indios en Sandia; llegaron al pueblo de Isleta, doce millas más abajo
de la antigua ciudad de Alburquerque, sanos y salvos; pero la aldea
estaba desierta y los españoles se vieron obligados a continuar su
huida hacia El Paso (Texas), que no era entonces más que una
misión española para los indios.
En 1681 el gobernador Otermín hizo una incursión hacia el Norte
hasta el pueblo de Cochiti, veinticinco millas al oeste de Santa Fe,
en la margen del Río Grande; pero los indios hostiles los obligaron a
retirarse de nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros Posada llevó a
cabo otra arremetida en Nuevo México y tomó el pueblo roqueño de
Santa Ana, después de un brillante y sangriento asalto. Pero también
tuvo que retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de Crúzate, el
más bizarro soldado de Nuevo México, realizó una expedición en la
que tomó por asalto el pueblo de Zia, hecho todavía más notable que
el de Posada, y a su vez se retiró a El Paso.
Por último, el conquistador definitivo de Nuevo México, Diego
de Vargas, llegó en 1692. Marchando a Santa Fe, y de allí hasta el
fin de Moqui, con solo ochenta y nueve hombres, visitó todos los
pueblos de la provincia sin encontrar oposición por parte de los
indios, los cuales habían sido completamente acobardados por
Crúzate. Volviendo a El Paso, regresó a Nuevo México en 1693, esta
vez con unos ciento cincuenta soldados y unos cuantos colonos.
Entonces estaban los indios preparados y le hicieron la más
sangrienta recepción de que hay memoria en Nuevo México. Se
levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que asaltar esa ciudad, que
logró tomar después de dos días de lucha. Luego comenzó el sitio de
Mesa Negra de San Ildefonso, el cual se prolongó durante nueve
meses. Los indios habían trasladado su aldea a la cima de aquel
Gibraltar de Nuevo México, y allí resistieron cuatro atrevidos
asaltos, hasta que por fin se vieron obligados a rendirse.
Entretanto, Vargas había asaltado la inexpugnable ciudadela de
Potrero Viejo y el saliente risco de San Diego de Gemez, dos
proezas que, con el asalto del Peñol de Mistrol ( Jalisco, México) y
el de la ingente roca de Acoma, pueden considerarse como los dos
asaltos más maravillosos en toda la historia de América. La toma de
Quebec no puede compararse con ellos.
Diego de Vargas en el óleo que luce en la Casa de los Gobernadores de Santa Fe.
Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quietos hasta 1696,
en que de nuevo se levantaron. Esta rebelión no fue tan formidable
como la primera.; pero ocasionó otro derramamiento de sangre en
Nuevo México, y solo pudo sofocarse después de una lucha de tres
meses. Ya los españoles eran dueños de la situación; y la dominación
de esa revuelta puso fin a todos los disturbios de los indios Pueblos,
los cuales subsisten hasta hoy entre nosotros casi en el mismo
número de entonces, aun cuando con menos ciudades, como una
raza quieta, pacífica, cristianizada, de labradores industriosos, que
son monumentos vivos del humanitarismo y la enseñanza moral de
sus conquistadores.
Luego vino el último siglo, una lúgubre centuria de incesante
hostilidad por parte de los Apaches Navajos y Comanches, y alguna
que otra vez por los Utes; hostilidad que apenas había cesado hace
diez años. Las guerras con los indios eran tan constantes; tan
innumerables las exploraciones (como esa asombrosa tentativa para
abrir un camino desde San Antonio de Béjar (Texas) a Monterrey de
California) que el heroísmo individual de aquellos hombres se pierde
en su pasmosa multitud.
Hace más de dos siglos, los españoles exploraron Texas, y no
tardaron en establecerse allí. Hubo algunas pequeñas expediciones;
pero la primera de alguna magnitud fue la de Alonso de León,
gobernador del Estado mexicano de Coahuila, que hizo extensas
exploraciones en Texas en 1689. Al principio del siglo pasado había
varios poblados y presidios españoles en lo que más de cien años
después debía ser el más vasto de los Estados Unidos.
La colonización española de Colorado no fue muy extensa, y no
tenían ciudades al norte del río Arkansas; pero hasta en poblar dicho
Estado nos precedieron de medio siglo, como se adelantaron varios
siglos en descubrirlo.
En California los españoles fueron muy activos. Durante largo
tiempo hicieron varias expediciones sin resultado. Entonces fueron
los franciscanos, en 1769, a la bahía de San Diego; desembarcaron
en la desierta playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha
costado un millón de dólares, y en el acto empezaron a educar a los
indios, a plantar olivares y viñedos y a construir las imponentes
iglesias tan admirablemente descritas por la autora de Ramona 8 , las
cuales perdurarán sin duda como monumentos de una fe sublime
hasta mucho después que la raza que las alzó desaparezca de la faz
de la tierra.
California tuvo una larga serie de gobernadores españoles antes
de adquirir nosotros aquel Estado-jardín de los Estados, y el último
de ellos fue el valiente, el cortés, el amable anciano Pío Pico, que
falleció hace poco. Los españoles descubrieron allí oro hace siglos, y
lo explotaron diez años antes de que un «norteamericano» soñase en
los preciosos depósitos que habían de influir tanto en la civilización,
y con otros diez años de antelación, hallaron los ricos «placeres» de
Nuevo México.
En Arizona, el padre Francisco Eusebio Kuehne (a quien otros
llaman Quino), jesuíta austríaco de nacimiento, pero bajo auspicios
españoles, fue el primero en establecer las misiones del río Gila,
desde 1689 hasta 1717, año en que murió. Hizo lo menos cuatro
terribles jornadas a pie desde Sonora al Gila, y bajó por este río
hasta su afluencia con el Colorado. Seria sumamente interesante, si
lo permitiese el espacio, seguir paso a paso las andanzas y proezas
de los misioneros españoles, esos exploradores pacíficos de América
que han dejado tan profundas huellas en todo el sudoeste. Su celo y
su heroísmo eran infinitos. No había desierto bastante terrible para
ellos; no había peligro asaz espantoso. Solos, inermes, atravesaron
las tierras más inhospitalarias e hicieron frente a los salvajes más
sanguinarios; dejando en las vidas de los indios un monumento más
soberbio que el que han dejado los exploradores armados y los
ejércitos conquistadores.
Lo que antecede es un sucinto sumario de las primeras
exploraciones de América, las únicas que se hicieron durante más de
un siglo, y las más asombrosas durante otra centuria. En cuanto a la
grande y maravillosa obra que al fin han realizado los de nuestra
sangre, no tan solo en conquistar parte de un continente, sino en
formar una poderosa nación, no necesita el lector que yo le ayude a
comprenderla, puesto que ya está debidamente consignada en la
historia. El transcribir todas las heroicidades de los exploradores,
llenaría no ya este libro, sino toda una biblioteca. He creído más
conveniente, en vista del extenso campo que ofrecen, hacer un breve
bosquejo como el que hecho queda, y luego ilustrarlo agregando,
con detalles, unos pocos ejemplos elegidos de entre un gran número
de hechos heroicos. He indicado ya cuántas conquistas y
exploraciones se llevaron a cabo, y ahora voy a exponer en breves
páginas una muestra de lo que realmente eran las conquistas y
exploraciones y la fortaleza de los españoles.
Escudo de armas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Archivo General de Indias,
MP-BUENOS_AIRES, 220
1 Apodo que se daba a un cacique de los Pieles rojas de Poka noket, cuyo
nombre indio era Pometacom, el cual en 1676 y al frente de varias tribus, hizo una
guerra feroz y sanguinaria contra las colonias ingleses de Massachusetts,
Plymouth y Connecticut, destruyendo 13 aldeas, incendiando 600 edificios y
matando a 600 colonos. (N. del T.) .
2 En realidad fueron dos frailes: Juan Pérez y Antonio de Marchena.
3 Como decía él mismo, «hasta los sastres se volvieron exploradores».
4 Los ingleses.
5 El historiador indio Tezozomoc describe gráficamente el pasmo de les
indígenas.
6 En este, como en otros juicios relativos a la Conquista de México, y de
Cortés, muy diferentes de los conocidos por nosotros, dejamos al autor toda la
responsabilidad del criterio. (N. del Ed.)
7 Véase la nota de la pág
8 Helen Hunt Jackson
2
LOS PRIMEROS CAMINANtES EN
AMÉRICA
2.1. EL PRIMER CAMINANTE EN AMÉRICA
Las proezas de un explorador son de las más importantes, como son
también de las más fascinadoras que presentan los heroísmos
humanos. Las cualidades físicas y mentales necesarias para su labor,
son raras y admirables. Ha de reunir muchas condiciones y
sobresalir en cada una de ellas: ha de ser el hombre completo que se
propuso hacer la naturaleza. No necesita su cuerpo ser tan fuerte
como el de Sansón, ni su mente como la de Napoleón, ni tener un
corazón mayor que todos los hombres. Pero necesita que su cuerpo,
su mente y su corazón sean los de un hombre fuerte. Apenas hay
otra profesión en que cada músculo, por decirlo así, de su triple
naturaleza, se ponga más constantemente o más equilibradamente en
juego.
Es un hecho curioso que algunos de los más grandes
descubrimientos son debidos al azar. Muchos de los más importantes
que registra la historia de la humanidad, se deben a hombres que no
buscaban la gran verdad que descubrieron. La ciencia es el resultado
no tan solo del estudio, sino de inapreciables accidentes; y esto
mismo puede decirse de la historia. Ofrece un estudio interesante de
por sí, la influencia que felices equivocaciones y fortuitos sucesos
tuvieron en la civilización.
En las exploraciones, como en los inventos, algunos de los éxitos
se deben a un mero accidente. Algunas de las exploraciones más
valiosas fueron realizadas por hombres que no tenían más idea de ser
exploradores que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y es un
hecho curioso que la primera exploración del interior de América y
las dos jornadas más portentosas que en ella se hicieron, no solo
fueron accidentes, sino desdichas y contrariedades que coronaron los
esfuerzos de hombres que esperaban hallar algo muy distinto.
Las exploraciones, ya sean intencionadas o involuntarias, no solo
han producido grandes resultados para la civilización, sino que
además han sido causa de los hechos más heroicos de la humanidad.
Particularmente América ha sido quizás el campo donde se han
llevado a cabo las más grandes y asombrosas jornadas; pero los dos
hombres que hicieron las más pasmosas que se han realizado en toda
la América, nos son casi desconocidos. Son héroes cuyos nombres
suenan como si fuesen griego para la gran mayoría de los
norteamericanos, no obstante ser hombres a los que precisamente los
norteamericanos debieran considerar con profundo interés y
admiración. Esos héroes fueron Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el
primero que viajó en América, y Andrés de Ocampo, el que recorrió
en este Continente la mayor” distancia.
En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de hechos
memorables como este en que vivimos, es sumamente difícil poder
decir de cualquier hombre que fue «el más grande de todos» en tal o
cual cosa, y aun tratándose de marchas a pie, ha habido tantas y tan
notables, que hasta desconocemos algunas de las más pasmosas.
Como exploradores, ni Vaca ni Do Campo rayaron a gran altura, por
más que las exploraciones del último no son de despreciar y las de
Vaca fueron muy importantes. Pero, como proezas de resistencia
física, las jornadas de estos olvidados héroes puede afirmarse con
toda seguridad que no tienen paralelo en la historia. Fueron las
marchas más estupendas que ha podido hacer hombre alguno.
Ambos las realizaron en América, y la mayor parte de sus caminatas
las hicieron en lo que es hoy los Estados Unidos.
Reconstrucción de la muy probable ruta que Cabeza de Vaca siguió durante los
ocho años que anduvo perdido por los territorios americanos de México y EE UU:
«Llegamos a México [un] domingo, un día antes de la víspera de Santiago, donde
el visorrey, y del marqués del Valle fuimos muy bien tratados, y ofrecieron todo lo
que tenían, y el día de Santiago hubo fiesta, y juego de cañas y toros.»
Cabeza de Vaca fue realmente el primer europeo que penetró en
lo que era entonces el «obscuro continente» de Norte América, como
fue el primero que lo cruzó siglos antes que otro cualquiera. Sus
nueve años de marchas a pie, sin armas, desnudo, hambriento, entre
fieras y hombres más fieros todavía, sin otra escolta que tres
camaradas tan malhadados como él, ofrecieron al mundo la primera
visión del interior de los Estados Unidos y dieron pie a algunos de
los hechos más excitantes y trascendentales que se relacionan ron su
temprana historia. Casi un siglo antes de que los Padres Peregrinos
estableciesen su noble comunidad en la costa de Massachusetts;
setenta y cinco años antes de que se instalase el primer poblado
inglés en el Nuevo Mundo, y más de una generación antes de que
hubiese un solo colono de la raza caucásica de cualquiera nación
dentro del área que hoy ocupan jos Estados Unidos, Cabeza de Vaca
y sus desarrapados acompañantes atravesaron penosamente este país
desconocido.
¡Mucho tiempo ha pasado desde aquellos días! Enrique VIII era a
la sazón rey de Inglaterra, y desde entonces han ocupado aquel trono
dieciséis monarcas. 1 Elisabeth, la reina virgen, no había nacido
cuando Cabeza de Vaca emprendió su tremenda jornada, y no
empezó a reinar hasta veinte años después que él terminara. Ocurrió
el hecho cincuenta años antes de que naciese el capitán John Smith,
fundador de Virginia; una generación antes del nacimiento de
Shakespeare, y dos y media generaciones antes de Milton Henry
Hudson, el famoso explorador que ha dado nombre a uno de
nuestros principales ríos, no había nacido todavía. El mismo Colón
hacía menos de veinticinco años que habla muerto, y al conquistador
de México solo le quedaban diecisiete años de vida. Hasta sesenta
años después no supo el mundo lo que era un periódico, y los
mejores geógrafos todavía creían posible el navegar a través de
América para llegar al Asia. No había entonces un hombre blanco en
América más al Norte de la mitad de México, ni se había internado
ninguno doscientas millas en este desierto continental, del cual se
sabía casi menos de lo que hoy sabemos de la luna.
El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nosotros muy raro por
lo que literalmente significa. Pero este curioso apellido era muy
honroso en España y representaba un noble timbre. Fue ganado en la
batalla de las Navas de Tolosa en el siglo XIII , uno de los combates
decisivos en todos aquellos siglos de guerra con los moros. El
abuelo de Alvaro fue también un hombre notable, puesto que
conquistó las islas Canarias. Nació Álvaro en Jerez de la Frontera a
fines del siglo XV . Muy poco sabemos de los primeros años de su
vida, excepto que había ganado ya algún renombre cuando en 1527,
siendo ya un hombre maduro, vino al Nuevo Mundo. En dicho año
le hallamos embarcándose en España como tesorero y alguacil
mayor de la expedición de 600 hombres con que Pánfilo de Narváez
trató de conquistar y colonizar la Florida, que descubriera Ponce de
León diez años antes.
Monumento erigido en honor de Álvar Núñez Cabeza de Vaca en su ciudad natal,
Jerez de la Frontera (Cádiz).
Recreación pictórica por Dean Quigley de la llegada de Pánfilo de Narváez a la
península de Florida, en la Bahía de Tampa.
Llegaron a Santo Domingo, y de allí salieron para Cuba. El
viernes santo de 1528, diez meses después de haber salido de
España, llegaron a la Florida, y desembarcaron en el punto que hoy
se llama bahía de Tampa. Tomando solemne posesión de aquel país
en nombre de España, salieron a explorar y conquistar aquel
desierto. En Santo Domingo ya los habían diezmado un naufragio y
varias deserciones, de modo que, de los primitivos 600 hombres,
solo quedaron trescientos cuarenta y cinco. Apenas habían llegado a
la Florida, empezaron a caer sobre ellos las más terribles desgracias,
y cada día empeoraba su situación. Estaban casi desprovistos de
subsistencias; los indios hostiles les rodeaban por todos lados, y los
innumerables ríos, lagos y pantanos hacían su marcha difícil y
peligrosa. El pequeño ejército iba disminuyendo rápidamente por la
guerra y el hambre, y entre los supervivientes producíanse motines
con frecuencia. Tan debilitados se hallaban, que no pudieron siquiera
regresar a sus buques. Luchando por fin para llegar al punto más
cercano de la costa, muy al oeste de la bahía de Tampa, decidieron
que su única salvación estaba en construir barcos para ir costeando
hasta las colonias españolas de México. Con mucho trabajo lograron
construir cinco toscos buques, y los infelices se lanzaron a navegar
hacia poniente, costeando el golfo. Fuertes tormentas separaron los
barcos, que naufragaron uno tras otro. Muchos de los infortunados
aventureros perecieron ahogados —Narváez entre ellos— y muchos
que fueron arrojados sobre una costa inhospitalaria, perecieron
igualmente por los rigores de la intemperie y del hambre. Los
supervivientes se vieron obligados a alimentarse con los cadáveres
de sus compañeros. De los cinco barcos, tres se habían ido a pique
con todos los tripulantes; de los ochenta hombres que se salvaron del
naufragio, solo quince sobrevivieron. Todas sus armas y sus ropas
estaban en el fondo del golfo.
Ruta de Pánfilo de Narváez.
Los supervivientes arribaron a la isla del Mal Hado. No sabemos
de la situación de esa isla, sino que estaba al oeste de la boca del
Misisipí. Sus barcos habían cruzado la caudalosa corriente donde
desemboca en el golfo, y ellos fueron los primeros europeos que
vieron esa parte del Padre de las Aguas. Los indios de la isla, que no
tenían otros alimentos que raíces, bayas y pescado, trataron a sus
infelices huéspedes tan generosamente como pudieron, y Cabeza de
Vaca habla de ellos con mucho agradecimiento.
En la primavera, los trece compañeros que le quedaron
determinaron escaparse. Cabeza de Vaca estaba demasiado enfermo
para andar, y lo abandonaron a su suerte. Otros dos enfermos,
Oviedo y Alaniz, también se quedaron, y no tardó en perecer el
último de ellos. Se halló, pues, Cabeza de Vaca en una lamentable
situación. Hecho un verdadero esqueleto, casi imposibilitado de
moverse, abandonado por sus amigos y a la merced de los salvajes,
no es extraño, como él nos dice, que se le cayese el alma a los pies.
Pero era uno de esos hombres que no cejan en su empresa. Un
espíritu fuerte sostenía aquel pobre cuerpo débil y demacrado; y
cuando el tiempo fue más favorable, Cabeza de Vaca recuperó
lentamente la salud.
Cerca de seis años estuvo viviendo una vida enteramente
solitaria, pasando de una tribu de indios a otra, unas veces como
esclavo y otras como un despreciable paria. Oviedo huyó a la vista
de algún peligro, y no volvió a saberse de él; Cabeza de Vaca lo
afrontó y salió con vida. No cabe la menor duda de que sus
sufrimientos eran casi insoportables. Hasta cuando no era víctima de
algún trato brutal, se le miraba como un estorbo, como un inútil
intruso, entre pobres indígenas que vivían del modo más miserable y
precario. El hecho de no haberle quitado la vida, habla en favor de
los sentimientos humanitarios de estos.
Los trece que escaparon tuvieron todavía peor suerte. Cayeron en
manos de indios crueles, y todos fueron muertos, excepto tres, a
quienes se reservó el duro hado de la esclavitud. Estos tres fueron
Andrés Dorantes, natural de Béjar; Alonso del Castillo Maldonado,
natural de Salamanca, y el negro Estebanico, que nació en Azamor
(África). Estos tres y Cabeza de Vaca fueron todo el remanente de
los valerosos cuatrocientos cincuenta hombres (entre los que no se
cuentan los que desertaron en Santo Domingo) que salieran tan
esperanzados de España en 1527, para conquistar un rincón del
Nuevo Mundo: cuatro sombras desnudas, atormentadas,
temblorosas; y aún estos vivían separados, si bien de vez en cuando
sabían el uno del otro e hicieron varias tentativas para juntarse.
Hasta septiembre de 1534 (cerca de siete años después), no lograron
reunirse Dorantes, Castillo, Estebanico y Cabeza de Vaca; y el sitio
donde tuvieron esta dicha fue por la parte oriental de Texas, al oeste
del río Sabina.
Pero los seis años de soledad y de inefables sufrimientos de
Cabeza de Vaca no fueron vanos; porque sin saberlo halló la llave de
la seguridad, y entre todos aquellos horrores, y sin soñar en su
significado, tropezó con la extraña e interesante clave que debía
salvarles a todos. Sin eso, los cuatro hubieran perecido en el desierto
y nunca hubiera tenido el mundo conocimiento de su fin.
Mientras se hallaban en la isla del Mal Hado, se les hizo una
proposición que parecía el colmo de la ridiculez. «En aquella islas»,
dice Cabeza de Vaca, «querían hacernos doctores, sin examinarnos
ni pedirnos nuestros diplomas, porque ellos mismos curan las
enfermedades soplando al enfermo. Con ese soplo y con sus manos
le libran de la enfermedad, y querían que nosotros hiciésemos lo
mismo para que les fuésemos de alguna utilidad. Al oír esto nos
reímos, diciéndoles que se burlaban, y que nosotros no sabíamos
curar; por lo cual nos privaron de todo alimento hasta que
hiciésemos lo que querían. Y viendo nuestra terquedad, me dijo un
indio que yo no les comprendía; pues no era necesario que nadie
supiese cómo se hace, porque las mismas piedras y otras cosas de la
naturaleza tienen propiedad de curar, y que nosotros, por ser
hombres, debíamos ciertamente tener mayor poder.»
Esto que dijo el indio viejo, era muy característico y daba la clave
de las notables supersticiones de su raza. Pero, por supuesto, los
españoles aún no lo entendían.
Luego, los indígenas se trasladaron al Continente. Vivían siempre
en la más abyecta pobreza, y muchos de ellos murieron de hambre y
por efecto de los rigores de su miserable existencia. Durante tres
meses del año «solo tenían mariscos y agua muy mala»; y en otras
épocas únicamente bayas y otras plantas, y se pasaban el año yendo
de aquí para allá en busca de ese escaso y poco substancioso
alimento.
Es de celebrar el que Cabeza fuese completamente inútil a los
indios. Como guerrero no les servía, porque en su estado de
debilitamiento no podía ni siquiera manejar el arco. Como cazador,
también era inservible, porque, como él mismo dice, «le era
imposible seguir el rastro de los animales». No podía ayudarles a
llevar agua o leña ni en otras faenas por el estilo, porque era hombre,
y sus amos indios no podían consentir que un hombre hiciese el
trabajo de una mujer. Así es que, entre aquellos hambrientos
nómadas, un hombre que en nada podía ayudarles y a quien tenían
que alimentar, constituía una carga pesada, y fue milagro que no le
quitasen la vida. En. estas circunstancias, Cabeza empezó a caminar
de un sitio a otro. Sus indiferentes amos no prestaban atención a sus
movimientos, y gradualmente fue haciendo más largos viajes hacia
el norte y a lo largo de la costa. Con el tiempo cogió una
oportunidad de hacer tráfico, al cual le animaron los indios,
contentos al fin de que su «elefante blanco» fuese útil para algo. De
las tribus del norte les trajo pieles y almagre (tierra roja
indispensable para embadurnarse la cara los indígenas) hojuelas de
pedernal para hacer cabezas de flecha, juncos fuertes para astiles de
las mismas y borlas de pelo de gamo teñidas de rojo. Estos objetos
los cambiaba fácilmente entre las tribus de la costa por conchas y
cuentas de madreperla y otros por el estilo, los cuales, a su vez,
tenían demanda entre sus parroquianos del norte.
Por causas de sus constantes guerras, no podían los indios
aventurarse a salir de sus propios terrenos; así es que aquel
negociante intermediario era para ellos una conveniencia, que
sostenían. Por lo que a él toca, aun cuando la vida que llevaba era de
grandes sufrimientos, iba constantemente adquiriendo
conocimientos, que habían de serle sumamente útiles para su
acariciado plan de volver a su mundo. En esas expediciones
solitarias de su comercio, recorrió a pie miles de millas por un
desierto sin caminos, de manera que la suma de sus viajes fue mucho
mayor que la de cualquiera de sus compañeros de fatigas.
En una de esas largas y terribles marchas le ocurrió a Cabeza de
Vaca un incidente sumamente interesante. Fue el primer europeo que
vio el gran bisonte norteamericano, el búfalo, cuya raza casi se ha
extinguido en los últimos diez años, pero que en otro tiempo vagaba
por las llanuras en grandes manadas. Los vio y comió su carne en la
región del río Colorado de Texas, y nos ha dejado una descripción de
esas «vacas con joroba». Ninguno de sus compañeros llegó a ver
una, porque cuando los cuatro españoles viajaron después juntos,
pasaron por el sur del país de los búfalos.
Entretanto, como he dicho ya, el desventurado y casi desnudo
traficante se vio obligado a ejercer las funciones de médico. Él no
comprendía de cuánto podía servirle esta involuntaria profesión; al
principio se vio forzado a adoptarla, y después la siguió no por
gusto, sino para librarse de desazones. «No servía para otra cosa más
que para médicos». Había aprendido el tratamiento peculiar de los
magos aborígenes; pero no sus ideas fundamentales. Los indios
todavía consideraran la enfermedad como una «posesión del
espíritu»; y la idea que tienen de la medicina no es tanto el curar la
enfermedad, como el exorcizar los malos espíritus que la causan.
«Son aquellos bueyes del tamaño, y color, que nuestros toros, pero no de tan
grandes cuernos».
Esto se hace, aun hoy día, por medio de la prestidigitación y de
un galimatías. El médico indio chupaba la parte enferma y pretendía
extraer una piedra o una espina que se suponía era la causa de la
dolencia, y así el paciente quedaba «curado». Cabeza de Vaca
empezó a «practicar medicina» a la manera de los indios, y él mismo
dice: «He probado este sistema y daba buen resultado».
Cuando los cuatro errabundos se juntaron por fin, después de su
larga separación —durante la cual habían sufrido indecibles horrores
— Cabeza tenía, aunque de un modo muy vago, un rayo de
esperanza. Su primer proyecto fue escaparse de sus amos. Diez
meses tardaron en llevarlo a cabo, y entretanto grandes fueron sus
apuros, como lo habían sido constantemente por muchos años. A
veces se alimentaban con una ración diaria de dos puñados de
guisantes silvestres y un poco de agua. Cabeza refiere que consideró
como una merced de la providencia que le permitiesen raspar pieles
para los indios, pues guardaba cuidadosamente las raspaduras, que le
servían de alimento muchos días. No tenían ni, ropa ni lugar donde
guarecerse, y la constante exposición al calor y al frío y los millares
de espinas que tenía la vegetación de aquel país, les hacían «soltar la
piel como si fuesen culebras».
Por fin, en el mes de agosto de 1535, los cuatro compañeros de
sufrimiento se escaparon a una tribu llamada de los Avavares.
Entonces empezó para ellos una nueva carrera. A fin de que sus
camaradas no fuesen tan inútiles como él había sido, Cabeza de Vaca
les instruyó en las «artes» de los médicos indios, y los cuatro
empezaron a poner en práctica su nueva profesión. A los ensalmos y
encantamientos que de ordinario empleaban los indios, aquellos
humildes cristianos añadían fervientes oraciones al verdadero Dios.
Era una especie de «curación por medio de la fe» del siglo XVI ; y
naturalmente entre aquellos enfermos supersticiosos era muy eficaz.
Aquellos aficionados pero sinceros doctores, con una humildad
edificante, atribuían sus numerosas curas enteramente a la
intervención divina; pero empezaron a darse cuenta de que esto
podía influir grandemente en hacer cambiar su suerte. De
errabundos, desnudos, hambrientos, despreciables mendigos y
esclavos de salvajes brutales que eran, se convirtieron de repente en
personajes notables, pobres y dolientes todavía como eran todos sus
enfermos; pero pobres de gran poder. No hay cuento de hadas tan
novelesco como la carrera que de allí en adelante realizaron aquellos
hombres pobres y valerosos, caminando dolorosamente a través de
un continente, como amos y bienhechores de aquella hueste de
salvajes.
Yendo con toda suerte de penalidades de tribu en tribu, lenta y
sufridamente cruzaron los exorcistas blancos el territorio de Texas,
hasta llegar cerca del actual Nuevo México. Los historiadores de
gabinete vienen repitiendo que entraron en Nuevo México y llegaron
hacia el norte, hasta donde hoy se asienta Santa Fe. Pero la moderna
investigación científica ha comprobado de un modo absoluto que,
saliendo de Texas, pasaron por Chihuahua y Sonora y jamás vieron
ni una pulgada de Nuevo México.
Busto en honor de Cabeza de Vaca en Texas.
En cada nueva tribu los españoles se detenían algún tiempo para
curar a los enfermos. En todas partes eran tratados con la mayor
consideración que podían demostrarles sus míseros huéspedes y
hasta con religiosa reverencia. Su progreso es una lección objetiva
muy valiosa, pues demuestra cómo se forman algunos mitos indios:
primero es el afortunado exorcista que, a su muerte o al marcharse,
se recuerda como un héroe; después se le venera como un semidiós
y, por último, como una divinidad.
En los Estados mexicanos hallaron primero agricultores indios
que vivían en chozas de césped y ramas y cultivaban judías y
calabazas. Estos eran los Jovas, que constituían una rama de los
Pimas. De las decenas de tribus que visitaron en nuestros actuales
Estados del Sur, ni una sola ha sido identificada. Eran miserables
criaturas errantes que hace mucho tiempo desaparecieron de la
tierra. Pero en la Sierra Madre de México encontraron indios más
inteligentes, cuya raza subsiste todavía. Allí vieron que los hombres
iban desnudos, mientras que las mujeres mostrábanse «muy honestas
en el vestir», usando túnicas de algodón que ellas mismas tejían, con
medias mangas y una falda hasta la rodilla, y por encima otra falda
de gamuza curtida que llegaba hasta el suelo y se amarraba por
delante con unas correas. Lavaban su ropa con una raíz saponífera
llamada amolé , que usan igualmente los indios y los mexicanos en
toda la región del sudoeste. Aquellas gentes dieron a Cabeza de Vaca
algunas turquesas y cinco cabezas de flecha labrada, cada una, de
una sola esmeralda.
En esta aldea del sudoeste de Sonora, permanecieron los
españoles tres días, alimentándose de corazones de gamo, por lo cual
la llamaron «Pueblo de los corazones».
A una jornada de allí tropezaron con un indio que llevaba en su
collar la hebilla de un tahalí y un clavo de herradura, y sintieron
palpitar su corazón al ver, después de ocho años de andar errantes,
estas señales de la proximidad de los europeos. El indio les dijo que
unos hombres de barbas largas como ellos habían venido del cielo y
hecho la guerra a su gente.
Los españoles entraban entonces en Sinaloa y se hallaron en una
tierra fértil regada por varios ríos. Los indios tenían un miedo cerval
porque dos bárbaros de una clase que era muy rara entre los
conquistadores españoles (y que me complazco en decir que fueron
castigados por quebrantar las estrictas leyes de España), estaban
tratando de coger esclavos. Los soldados se habían marchado; pero
Cabeza de Vaca y Estebanico, con once indios, les siguieron
rápidamente la pista y al día siguiente alcanzaron a cuatro españoles,
quienes les condujeron a su pillastre capitán, Diego de Alcaraz.
Mucho le costó a este oficial dar crédito al asombroso relato que le
hizo aquel hombre desarrapado, roto, hirsuto y estrafalario; pero
después templóse su frialdad y extendió un certificado de la fecha y
condición en que se le había presentado Cabeza de Vaca, y entonces
envió a buscar a Dorantes y Castillo. Cinco días después llegaron
estos, acompañados de varios centenares de indios.
Alcaraz y su socio en crímenes, Cebreros, querían esclavizar a
aquellos aborígenes; pero Cabeza de Vaca, sin parar mientes en el
peligro que corría, se opuso indignado a este infame proyecto, y al
fin obligó a aquellos villanos a que lo abandonasen. Los indios se
salvaron; pero, en medio de la alegría que les produjo el volver al
mundo, los caminantes españoles se separaron con verdadera pena
de aquellos buenos y sencillos amigos. Después de unos cuantos días
de pesado viaje, llegaron a Culiacán, sobre el primero de mayo de
1536, y allí fueron calurosamente recibidos por el malogrado héroe
Melchor Díaz. Este condujo al ignoto norte una de las primeras
expediciones (1539), y en 1540, durante una segunda expedición a
California, a través de una parte de Arizona, fue muerto
accidentalmente.
Firma de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Después de un corto descanso los viandantes salieron para
Compostela, que era entonces la población principal de la provincia
de Nueva Galicia, pequeña jornada de trescientas millas a través de
una tierra en que pululaban indios hostiles. Por fin llegaron a la
ciudad de México sanos y salvos, y fueron allí recibidos con grandes
honores. Pero tardaron mucho tiempo en acostumbrarse a los
alimentos y a la ropa de la gente civilizada.
El negro se quedó en México. Cabeza de Vaca, Castillo y
Dorantes se embarcaron para España el 10 de abril de 1537, y
llegaron en agosto. El héroe principal nunca volvió a la América del
Norte; pero se dice que Dorantes estuvo allí al siguiente año. Las
noticias que dieron de lo que habían visto y de los extraños países
situados más al norte, de que habían oído hablar, hicieron que se
enviasen las notables expediciones que condujeron al
descubrimiento de Arizona, Nuevo México, eí Territorio indio,
Kansas y Colorado, y la construcción de las primeras ciudades
europeas dentro de los Estados Unidos. Estebanico tomó parte con
fray Marcos en el descubrimiento de Nuevo México, y fue asesinado
por los indios.
Cabeza de Vaca, como premio por su incomparable ‘marcha de
mucho más de diez mil millas en una tierra desconocida, fue
nombrado gobernador de Paraguay en 1540. No tenía condiciones
para ese cargo, y regresó a España, bajo una acusación ignominiosa.
Que no fue culpable sin embargo, sino más bien la víctima de las
circunstancias, lo indica el hecho de que fue rehabilitado y se le
asignó una pensión de dos mil ducados. Murió en Sevilla a una edad
avanzada.
2.2 EL MÁS INTRÉPIDO CAMINANTE
El estudiante más familiarizado con la historia, se queda atónito a
cada paso ante el relato de las jornadas de los exploradores
españoles. Aun cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo
Mundo, sus largas marchas por sí solas serían suficientes para darles
fama. En ninguna otra parte se ha sabido jamás de tantos y tan largos
viajes por semejantes desiertos. Para comprender esas jornadas de
millares de millas, que hacían aquellos héroes, ya solos o en
pequeñas partidas, tiene uno que conocer el país que atravesaron y
saber algo de los tiempos en que esos hechos ¡se llevaron a cabo.
Los cronistas españoles de aquel tiempo no insisten al hablar de la
dificultad y peligros que encontraban: es lástima que, siquiera por
vanagloria, no se extendieran en el relato de aquellos obstáculos.
Pero, por lacónicas que sean las narraciones sobre tales puntos,
despréndese de ellas que encontraron grandes obstáculos y tuvieron
que vencerlos; y aun hoy día, después que tres centurias y media han
hecho más habitable aquel desierto que cubría medio mundo; que
han domeñado a sus naturales; que lo han llenado de cómodas
estaciones; que lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado
el noventa por ciento de su terrores, encontraríanse pocos hombres
lo bastante atrevidos para emprender las tremendas jornadas, que
aquellos bravos héroes consideraban como tareas diarias. El único
hecho casi comparable con las caminatas de los españoles por el
Nuevo Mundo, es la historia de los argonautas de California de
1849, los cuales atravesaron las extensas llanuras con el más notable
movimiento de población que refiere la historia; pero aun ese
incidente fue mezquino en cuanto a superficie, penalidades, peligros
y fortaleza, comparado con los viajes de los exploradores españoles.
Las jornadas de mil millas a través de los desiertos o de las más
fatales todavía selvas tropicales, fueron demasiado numerosas para
ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir una senda, y otra
penetrar en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir en larga
caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta marchar
en pequeñas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada desde
un punto conocido a otro punto conocido también —ambos dentro
del mundo civilizado— aun cuando entre los dos se extiendan tierras
desiertas, es muy distinta de una jornada que se emprende desde un
punto, a través de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la
salida, el trayecto y el término, cosas del azar y la ventura, sin guías
ni jalones que marquen el camino. Lejos de mí la idea de rebajar el
heroísmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una página
de la que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron
nunca a igualar las proezas de similares héroes tíe otra nacionalidad
y de otra época.
El recorrido de Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primer
caminante de Norte América, quedó eclipsado por la proeza del
infeliz y olvidado soldado Andrés do Campo. Cabeza de Vaca
anduvo mucho más de diez mil millas; pero Do Campo pasó de
veinte mil, y sufriendo igualmente terribles penalidades. Las
exploraciones de Cabeza fueron mucho más valiosas para el mundo;
no obstante, ninguno de los dos salió con intenciones de explorar.
Pero Do Campo hizo su terrible marcha a pie, voluntariamente y con
un fin heroico, que tuvo a la postre un enorme resultado; mientras
que la empresa de Cabeza fue simplemente el heroísmo de un
hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de
Do Campo duraron nueve años; y aun cuando no dejó libro alguno
relatando sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de
su historia que nos ha quedado es sumamente sugestivo y
característico de aquella época, y refiere otros heroísmos, además
del de aquel bravo soldado.
Cuando Coronado fue por primera vez a Nuevo México, en 1540,
llevó cuatro misioneros con su pequeño ejército. Fray Marcos pronto
volvió a México desde Zuñi por causa de sus dolencias. Fray Juan de
la Cruz emprendió con empeño su obra de misionero entre los indios
Pueblos; y cuando Coronado y su partida abandonaron el territorio,
insistió en quedarse con sus atezados catecúmenos de Tiguex
(Bernalillo). Era ya muy viejo y estaba seguro de que su vida
acabaría en cuanto se fuesen sus paisanos, y, en efecto, así aconteció.
Fue asesinado por los indios sobre el 25 de noviembre de 1542.
El hermano lego fray Luis Descalona, también muy anciano,
escogió como parroquia el pueblo de Tshiquite (Pecos), y se quedó
allí después que se fueron los españoles. Construyóse una pequeña
choza fuera de la gran ciudad fortificada de los indios, y allí
enseñaba a los que querían oírle, y cuidaba un pequeño rebaño de
carneros, resto de los que llevara Coronado y que fueron los
primeros que entraron en los actuales Estados Unidos. Los indios
llegaron a quererle sinceramente, excepto los exorcistas, que le
odiaban por su influencia: por fin estos lo asesinaron y se comieren
los carneros.
Expedición de Coronado. Cortesía de University of Texas Libraries, The University
of Texas at Austin. Durante dos años largos (1540-1542) recorrió territorios que, a
partir de México, son hoy parte de los estados de Arizona, Nuevo México, Texas,
Oklahoma y Kansas. Un miembro de la expedición, García López de Cárdenas,
descubrió el Gran Cañón del Colorado.
Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro misioneros y el
primerdo que sufrió el martirio en tierra de Kansas, era natural de
Andalucía y hombre de gran energía, tanto física como mental.
Tampoco hizo mal papel como andariego, y nuestros andarines
profesionales quedarían estupefactos si tuviesen que recorrer por el
desierto los millares de millas que recorrió aquel incansable apóstol
de los indios en el desierto sudoeste. Había desempeñado muy
importantes cargos en México, pero abandonó gustoso sus honores
para convertirse en un pobre misionero entre los salvajes del ignoto
norte. Habiendo acompañado la partida de Coronado desde México
a las Siete ciudades de Cibola, a través de los desiertos, fray Padilla
se trasladó a Moqui con Pedro de Tobar y su partida de veinte
hombres. Después, retrocediendo a Zuñi, no tardó en salir de nuevo
con Hernando de Alvarado y veinte hombres, para recorrer otras mil
millas. Fue en esta expedición, uno de los primeros europeos que
pudieron contemplar la elevada ciudad de Aroma, el Río Grande
dentro de lo que es hoy Nuevo México y el gran pueblo de Pecos.
En la primavera de 1541, cuando un puñado de hombres se había
reunido en Bernalillo, y Coronado salió en busca del fatal mito áureo
de Quivira, fray Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento
cuatro días por las áridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al
nordeste de Kansas, sufrieron los exploradores muchas torturas por
falta de agua y a veces de alimento. El traicionero guía que llevaban
les engañó, y anduvieron errabundos mucho tiempo en un círculo,
cubriendo una larga distancia, probablemente de más de mil
quinientas millas. Los expedicionarios iban a caballo, pero en
aquellos días los humildes padres iban a pie. No hallando más que
contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia Bernalillo,
aunque por un camino más corto, y fray Padilla fue con ellos. Pero
ya el héroe había determinado que su campo de acción debía estar
entre aquellos indios, Sioux y otros hostiles, errantes y que
convivían con los búfalos en las llanuras; así es que cuando los
españoles evacuaron Nuevo México, él se quedó. Con él estaban el
soldado Andrés do Campo, dos jóvenes mexicanos de Michoacán,
Lucas y Sebastián, llamados los Donados, y unos cuantos jóvenes
indios mexicanos. En el otoño de 1542, esa pequeña partida salió de
Bernalillo para emprender una marcha de mil millas. Andrés era el
único que iba montado; el misionero y los jóvenes indios marchaban
penosamente a pie por aquel desierto arenoso. Pasaron por la
población de Pecos; de allí atravesaron un rincón de lo que es hoy
Colorado y el gran Estado de Kansas en casi toda su longitud. Por
fin, después de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas de
los indios Quivira, donde hallaron albergue provisional. Coronado
había plantado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas, y allí
estableció su misión fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles
fueron deponiendo su recelo y «le amaron como a un padre». Por
último decidió trasladarse a otra tribu nómada, donde parecía que era
más necesaria su presencia. Fue un paso muy peligroso; porque no
tan solo podían aquellos desconocidos recibirle con intención
homicida, sino que corría igual riesgo al abandonar su presente
rebaño. Los indios, supersticiosos, no se avenían a perder a tan gran
exorcista como creían que era fray Juan, y menos a que sus
enemigos se aprovechasen de sus servicios, pues todas aquellas
tribus errantes se hacían la guerra unas a otras. No obstante, fray
Padilla resolvió irse, y se fue con su pequeño cortejo. A un día de
jornada de las aldeas de los Quiviras, tropezaron con una partida de
indios en son de guerra. Al verles acercarse, el buen padre pensó
ante todo en salvar a sus compañeros. Andrés tenía aún su caballo, y
los muchachos eran veloces corredores.
«¡Huid, hijos míos!» gritó fray Juan. «Salvaos, porque no podéis
ayudarme y nada ganaríamos con morir todos juntos. ¡Corred!»
Al principio rehusaron; pero el misionero insistió, y como nada
podían contra los indígenas, por fin obedecieron y apelaron a la
fuga. Esto, a primera vista no parece muy heroico; pero los disculpa
la consideración de lo que eran aquellos tiempos. No tan solo era
gente humilde acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino
que había otro y más poderoso motivo para que procediesen como lo
hicieron. En aquellos días de fervorosa fe, se consideraba el martirio
no solamente como un heroísmo, sino como una profecía: creíase
que indicaba nuevos triunfos para el cristianismo, y era un deber
llevar la noticia y propalarla por el mundo. Si ellos se hubiesen
quedado y hubiesen perecido con el padre —ya buen seguro que sus
fieles secuaces no lo temían físicamente—, la lección y la gloria de
su martirio se hubiesen perdido para la humanidad.
Fray Juan se arrodilló en la vasta llanura y encomendó su alma a
Dios; y mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas.
Cavaron luego una fosa y echaron el cadáver del primer mártir de
Kansas, colocando en aquel sitio un gran montón de tierra. Esto
ocurrió en el año 1542.
Andrés do Campo y los muchachos pudieron escapar entonces;
pero no tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron
diez meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre,
obligándoles a hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin,
después de trazar muchos planes y de varias tentativas infructuosas,
lograron escapar de sus bárbaros amos. Luego anduvieron a pie y
errantes durante ocho años, solos y sin armas, de un lado para otro,
en aquellas llanuras secas e inhospitalarias, sufriendo increíbles
privaciones y peligros. Por último, después de aquellos millares de
millas que lastimaron sus pies, todavía anduvieron hasta la ciudad
mejicana de Tampico, situada en el gran golfo. Fueron allí recibidos
como muertos resucitados. No conocemos los detalles de tan
horrenda e incomparable jornada; pero está comprobada en la
historia. Durante nueve años aquellos infelices fueron recorriendo
los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al nordeste de
Kansas, para ir a terminar al sur de México.
Martirio de fray Juan de Padilla: Murió en Kansas en 1542 y es considerado como
uno de los primeros mártires cristianos en los Estados Unidos.
Sebastián murió poco después de su llegada al Estado mexicano
de Culiacán; las penalidades del viaje habían sido demasiado
excesivas aun para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su
hermano Lucas se hizo misionero entre los indios de Zacatecas, y
continuó su trabajo entre ellos durante muchos años, muriendo al fin
a una edad muy avanzada. En cuanto al valiente soldado Do Campo,
poco después de haber vuelto al mundo civilizado, desapareció sin
que se supiese más de él. Tal vez se llegue a descubrir algunos
antiguos documentos españoles que arrojen alguna luz sobre el resto
de su vida y la suerte que le cupo.
2.3. LA GUERRA DE LA ROCA ACOMA
Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los
exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la
asombrosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los Pueblos
Queres. Todas las ciudades de los indios Pueblos estaban construidas
en sitios fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en
aquellos tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy
superiores en número, de los guerreros más terribles de que nos
habla la historia; pero Acoma era la más segura de todas. En medio
de un largo valle de cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios
casi inaccesibles, se levanta una elevada roca que remata en una
meseta de setenta acres de superficie 2 , y cuyos lados, que tienen
trescientos cincuenta y siete pies ingleses de altura, no solo son
perpendiculares, sino que en algunos puntos se inclinan hacia
adelante. En su cumbre se alzaba —y se alza hoy todavía— la
vertiginosa ciudad de Queres. Las pocas sendas que conducen a la
cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la víctima a
una muerte horrible, despeñándola desde una altura de centenares de
metros, bordean abruptas y peligrosas hendiduras, desde cuya parte
superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras, podría casi
tener a raya a todo un ejército.
La primera vez que los europeos supieron de esa curiosa ciudad
aérea fue en 1539, cuando a fray Marcos, descubridor de Nuevo
México, la gente de Cibola le habló de la gran fortaleza roqueña de
Hákuque, nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitantes
llamaban Ahko. Al año siguiente, Coronado la visitó con su pequeño
ejército y nos ha dejado un exacto relato de sus maravillas. Esos
primeros europeos fueron allí bien recibidos, y los supersticiosos
habitantes, que nunca habían visto una barba, ni la cara de un
hombre blanco, tomaron a los extranjeros por dioses. Pero hasta
medio siglo después, no trataron los españoles de establecerse allí.
Acoma es una ciudad fortificada de modo natural.
Cuando Oñate entró en Nuevo México en 1598, no encontró de
momento oposición alguna, porque su fuerza de cuatrocientos
hombres, incluso doscientos armados, era bastante para atemorizar a
los indios. Estos eran naturalmente hostiles a los invasores de su
dominio; pero, viendo que los extranjeros les trataban bien, y
temerosos de hacer guerra abierta a aquellos hombres que llevaban
trajes duros y mataban de lejos con sus bastones de trueno, los
Pueblos esperaron ver el resultado de la invasión. Las tribus de los
Queres, Tigua y Jemez se sometieron formalmente al régimen
español e hicieron juramento de alianza a la Corona por medio de
sus representantes reunidos en la población de Guipuy (que ahora se
llama Santo Domingo); lo mismo hicieron les Taños, Picuries,
Tehuas y Taos, en una conferencia parecida que celebraron en la
población de San Juan, en septiembre de 1598. Al ver su fácil
sumisión, Oñate sintió grandes alientos, y decidió visitar
personalmente todos los pueblos principales, para hacerlos más
seguros súbditos de su soberano. Había ya fundado la primera
ciudad de Nuevo México y la segunda en los Estados Unidos, San
Gabriel de los Españoles, donde hoy está Chamita. Antes de salir a
esa peligrosa jornada, despachó a Juan de Zaldívar, su edecán, con
cincuenta hombres, a explorar las vastas y desconocidas llanuras que
quedaban hacia oriente, para después seguir él por el mismo camino.
John Sherrill House es el autor de la estatua erigida en honor de Juan de Oñate en
El Paso.
Oñate, con una reducida fuerza, salió de la pequeña y solitaria
colonia española, que estaba a más de mil millas de distancia de toda
ciudad de hombres civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se
dirigió a los Pueblos de las grandes llanuras de los lagos salados, al
este de las montañas Manzano, sedienta jornada de más de
doscientas millas. Volviendo después al pueblo de Puaray (opuesto
al que hoy se llama Bernalillo), se desvió hacia el oeste. El 27 del
mismo mes acampó al pie de los altos acantilados de Acoma. Los
principales de la ciudad bajaron desde lo alto de la roca, y
solemnemente juraron alianza a la Corona de España. Se les advirtió
la gran importancia y significación del paso que acababan de dar, y
que si violaban su juramento serían considerados y tratados como
rebeldes a Su Majestad; pero ellos se comprometieron a ser fieles
vasallos. Trataron a los españoles muy amistosamente, y varias
veces invitaron al jefe y a sus hombres a visitar la empinada ciudad.
En realidad, habían tenido espías en las conferencias celebradas en
Santo Domingo y San Juan, y decidieron que el hombre más
peligroso entre los invasores era el mismo Oñate. Si podían matarle
a él, creían que los demás extranjeros blancos serían fácilmente
derrotados.
Pero Oñate nada sabía de su proyectada traición, y al día
siguiente él y su puñado de hombres, dejando solo una guardia con
los caballos, treparon por una de las peligrosas «escaleras» de
piedra, y se hallaron en Acoma. Los oficiosos indios los condujeron
acá y acullá, mostrándoles las extrañas casas de varios pisos de
altura y con varias terrazas, los grandes estanques labrados en la
roca y el vertiginoso borde del precipicio que por todas partes
rodeaba aquella ciudad, semejante a un nido de águila. Finalmente
condujeron a los españoles a un sitio en que había una larga escalera
de mano, cuyo extremo superior pasaba por una trampa situada en el
techo de una gran casa, que era la estufa o sea la sagrada cámara del
consejo. Los visitantes subieron al techo por una escalera más
pequeña, y los indios trataron de que Oñate bajase por la trampa.
Pero el gobernador español, observando que en el aposento de abajo
reinaba la obscuridad y sintiéndose de momento receloso, rehusó
bajar; y como estaba rodeado de soldados, los indios no insistieron.
Después de una corta visita a la población, los españoles bajaron de
la roca a su campamento y desde allí prosiguieron su larga y
peligrosa jornada a Moqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de
prudencia en la mente de Oñate salvó la historia de Nuevo México,
porque en aquella estufa se hallaban apostados algunos guerreros
armados. Si hubiese entrado en la cámara; lo hubieran asesinado en
el acto; y su muerte hubiera sido la señal para un ataque a los
españoles, los que hubieran perecido en aquella lucha desigual.
Asentamiento de los indios pueblo en Taos, hecho todo de adobe y con las
inmemoriales escaleras de mano para acceder a los distintos niveles
Volviendo de su viaje de exploración por aquellas desiertas y
mortíferas llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Gabriel el 18 de
noviembre para seguir a su jefe. Solo tenía treinta hombres.
Llegando al pie de la ciudad empinada el día 4 de diciembre, fue
muy bien acogido por los acomas, quienes le invitaron a subir y
visitar la ciudad. Era Juan tan bueno como valiente soldado, y
conocía las estratagemas de guerra de los indios; pero por la primera
vez en su vida, y fue la última, se dejó engañar. Dejando la mitad de
su fuerza al pie del risco para guardar el campamento y los caballos,
subió con dieciséis hombres. Había en la ciudad tantas maravillas;
era la gente tan cordial, que los visitantes pronto olvidaron toda
sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente fueron dispersándose
aquí y allá para ver las cosas más notables. No esperaban sino esto
los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros lanzó su grito de
guerra, hombres, mujeres y niños cogieron piedras y mazas, arcos y
cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los dispersos
españoles. Fue una horrenda y desigual lucha la que contempló el
sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aquí y
allá, de espalda a la pared de una de aquellas extrañas casas, veíase
un soldado de faz lívida, desarrapado, cubierto de sangre,
blandiendo su pesado mosquete como si fuese una maza, o dando
tajos desesperados con una espada ineficaz contra la tostada y
famélica canalla que le rodeaba, mientras llovían piedras sobre su
calada visera y por todas partes recibía golpes de clavas y
pedernales. No había ningún cobarde en aquella malhadada
cuadrilla: vendieron caras sus vidas; delante de cada cual había
tendidos un montón de cadáveres. Pero uno a uno, aquella ola de
rugientes bárbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y
se desviaba para ir a henchir el mortífero aluvión que envolvía a
otro. El mismo Zaldívar fue una de las primeras víctimas, y en aquel
desigual combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos
sirvientes. Los cinco que sobrevivieron —Juan Tabaro, que era
alguacil mayor y cuatro soldados—, pudieron por fin juntarse, y con
sobrehumano esfuerzo, luchando y sangrando por varias heridas, se
abrieron paso hasta el borde del precipicio. Pero sus salvajes
enemigos los perseguían, y sintiéndose demasiado débiles para
seguir matando hasta llegar a una de las escaleras del risco, en el
paroxismo de su desesperación los cinco se arrojaron desde aquella
tremenda altura.
Perspectiva muy elocuente de la dificultad que ofrecía la mesa de Acoma para ser
atacada por sus escarpadas y verticales laderas.
No hay memoria de otro salto tan terrible como el que dieron
Tabaro y sus cuatro compañeros. Aun suponiendo que hubiesen
tenido la suerte de llegar hasta el borde más bajo de aquel risco, la
altura no pudo ser de menos de ¡ciento cincuenta pies ingleses!, y sin
embargo, solo uno de los cinco se mató en tan inconcebible caída:
los cuatro restantes, atendidos por sus aterrorizados compañeros del
campamento, finalmente se repusieron. Esto parecería increíble si no
estuviese completamente comprobado por pruebas históricas. Es
probable que cayesen sobre uno de los montones de blanca arena
que el viento había arremolinado en algunos sitios al pie del risco.
Afortunadamente, los indios victoriosos no atacaron el pequeño
campamento. Los supervivientes tenían aún sus caballos, animales
desconocidos de los indígenas, a quienes infundían pavor. Durante
algunos días los catorce soldados y sus cuatro semimuertos
compañeros, acamparon bajo el saliente costado del risco, donde
estaban a salvo de toda clase de proyectiles que pudiesen arrojarles
desde arriba, paro, esperando a cada momento ser atacados por los
naturales. Tenían la seguridad de que la matanza de sus camaradas
no era más que el preludio de un levantamiento general de los
veinticinco o treinta mil indios Pueblos, y sin reparar en el peligro
que corrían, decidieron por fin dividirse en pequeños grupos y
separarse; unos para seguir a su jefe en su jornada hasta Moqui y
avisarle el peligro que le amenazaba; y otros para cruzar a toda prisa
centenares de áridas millas hasta llegar a San Gabriel y defender a
las mujeres y los niños que allí había y a los misioneros que se
habían esparcido entre los indios. Este plan de abnegación se realizó
felizmente. Los pequeños grupos de tres y de cuatro llevaron la
noticia a sus compatriotas, y a fines del año 1598 todos los españoles
supervivientes en Nuevo México se pusieron a salvo en la aldea de
San Gabriel. Estaba la población construida al modo indio, esto es,
en forma cuadrada, y en la plaza central se habían colocado los
rudos pedreros —especie de obuses que lanzaban balas de piedra—,
los cuales defendían las puertas. Sobre las azoteas de las casas de
adobe de tres pisos, las valerosas mujeres vigilaban de día, y los
hombres, con sus pesados mosquetes, montaban la guardia en las
noches de invierno, para prevenirse contra el esperado ataque. Pero
los Pueblos quedaron sobre las armas. Esperaban ver lo que Oñate
haría con Acoma, antes de tomar medida alguna contra los
extranjeros.
Oñate se encontró en un difícil dilema. No se necesita saber ni la
mitad de lo que sabía aquel español, ya encanecido y sosegado,
acerca del carácter de los indios, para comprender que debía castigar
sumariamen a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o
abandonar para siempre su colonia y Nuevo México. Si semejante
atropello quedase sin castigo, los osados Pueblos no dejarían con
vida a ningún español. Por otra parte, ¿cómo podía él llegar a
conquistar aquella inexpugnable fortaleza de roca? Tenía menos de
doscientos hombres, y solo podía destinar parte de estos para la
campaña, pues de lo contrario los otros Pueblos, en su ausencia, se
levantarían y aniquilarían a San Gabriel y sus habitantes. En Acoma
había trescientos guerreros bien contados, secundados, además, por
no menos de cien Navajos.
Pero no existía otra alternativa. Cuanto más lo pensaba y
consultaba con sus oficiales, más claro veía que la única salvación
estaba en tomar aquel Gibraltar de Queres, y resolvió llevar a cabo el
proyecto. Oñate deseaba dirigir en persona tan atrevida empresa;
pero había uno que tenía más derecho al desesperado honor que el
Capitán general, y ese era el olvidado héroe Vicente de Zaldívar,
hermano del asesinado Juan. Era sargento mayor de aquel pequeño
ejército, y cuando se presentó a Oñate y pidió que se le diese el
mando de la expedición contra Acoma, no hubo medio de rehusarle.
Bisonte dibujado por Vicente Zaldívar y, a la izquierda, su firma. AGI.
El 12 de enero de 1599, Vicente de Zaldívar salió de San Gabriel
a la cabeza de setenta hombres. Solo unos cuantos de ellos iban
armados con los toscos mosquetes de la época; la mayoría no eran
arcabuceros, sino piqueros, armados únicamente con lanzas y
espadas, y llevaban chaquetas acolchadas o mallas batidas. Un
pequeño pedrero, amarrado sobre el lomo de un caballo, era su única
«artillería».
Silenciosa y denodadamente la pequeña fuerza emprendió la
ardua jornada. Todos conocían la inexpugnable roca, y pocos
acariciaban la esperanza de volver de aquella misión desesperada;
pero a nadie se le ocurrió la idea de retroceder. La tarde del onceno
día, la fatigada tropa pasó la última meseta y llegó a la vista de
Acoma. Los indios, avisados por sus centinelas, estaban prontos a
recibirla. Toda la población, con los aliados Navajos, hallábase en
armas en las azoteas y en los riscos estratégicos. Indígenas
desnudos, pintados de negro, saltaban de grieta en grieta, aullando,
desafiando y vomitando insultos contra los españoles. Los
exorcistas, grotescamente disfrazados, estaban en pináculos
prominentes, tocando sus tambores y lanzando maldiciones y
exorcismos a los vientos, y todo el populacho se unía al coro de
rugidos y amenazas.
Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del risco,
acercándose cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable
heraldo salió de las filas, y después de un toque de trompeta,
procedió a leer a voz en cuello la formal intimación a rendirse en
nombre del rey de España. Por tres veces vociferó aquella
intimación; pero cada vez apagaron su voz los gritos y aullidos de
los enfurecidos indígenas, y una lluvia de piedras y flechas cayó en
peligrosa proximidad. Zaldívar deseaba conseguir la rendición de la
plaza, pedir que se le entregasen los cabecillas de la matanza y
llevárselos a San Gabriel, para que fueran oficialmente procesados y
castigados, sin causar daño a los demás habitantes de Acoma; pero
los indios, viéndose seguros en su natural fortaleza, se burlaban del
misericordioso llamamiento. Era evidente la necesidad de tomar
Acoma por asalto. Los españoles acamparon sobre la arena, y
haciendo lúgubres planes para el día siguiente, pasaron allí la noche,
que hizo más horrenda la barahunda de la monstruosa danza de
guerra que celebraban los habitantes de la ciudad.
2.4. EL ASALTO A LA EMPINADA CIUDAD
Al romper el alba del día veintidós de enero, Zaldívar dio la señal
para el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a
disparar sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por
el extremo norte de la gran roca, que era por allí absolutamente
inexpugnable. Los indios, apiñados en el borde de los farallones,
despedían una lluvia de proyectiles, y muchos de los españoles
fueron heridos. Entretanto, doce hombres escogidos, que durante la
noche se habían ocultado debajo de la parte saliente del risco, el cual
les protegía contra el fuego y la observación de los indios, trepaban
cautelosamente por debajo y alrededor del precipicio, arrastrando
con cuerdas el pedrero. Algunos de aquellos doce hombres eran
arcabuceros, y, además del peso del ridículo cañón, llevaban sus
pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les ayudarían
ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sería difícil hasta para un
atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin ser vistos,
tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arriba, llegaron por
fin a la cumbre de un alto farallón separado del gran risco de Acoma
por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenían ya el cañón
apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la bala
de piedra fue lanzada sobre Acoma, fue la señal para la tropa que
estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la
primera posición estratégica, a la vez que advirtió a los indios del
peligro que les amenazaba por otro lado.
Iglesia de Acoma en 1902. Library of Congress.
Aquella noche, pequeños grupos de españoles treparon por los
grandes precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por
oriente y poniente; talaron pequeños pinos, arrastrando con inmenso
trabajo los troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos al
farallón donde se habían situado los doce hombres con el pedrero.
Una docena de hombres quedaron abajo guardando los caballos al
extremo norte de la meseta, y el resto de la fuerza se juntó a los doce
arcabuceros, ocultándose en las grietas del farallón. Al otro lado del
tajo, los indios estaban tendidos en las grietas o detrás de las rocas,
esperando el ataque.
La madrugada del veintitrés, un piquete de hombres escogidos, a
una señal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada
en hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro
extremo sobre el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron
corriendo los españoles y empezaron a desfilar, guardando el
equilibrio, por aquel vertiginoso «puente», recibiendo una descarga
de piedras y saetas. Habían cruzado ya varios, cuando uno de ellos,
en su excitación, cogió la cuerda que estaba amarrada a la toza y
arrastró esta detrás de él.
Fue aquel un momento terrible. Eran menos de doce los
españoles que así quedaron al borde de Acoma, separados de sus
compañeros por un precipicio de centenares de pies de profundidad,
y rodeados por enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio,
cayeron al instante sobre ellos, rodeándolos. Mientras el soldado
español podía mantener a los indios a distancia, hasta sus toscas
armas e ineficaz armadura le daban cierta ventaja; pero, a tan corto
alcance, aquellos mismos arreos eran un impedimento fatal por su
tosquedad y su peso. Parecía entonces como si fuese a repetirse la
anterior matanza de Acoma, y los aislados españoles fuesen a ser
destrozados; pero en aquel momento crítico, un hecho de increíble
valor personal les salvó a ellos y la causa de España en Nuevo
México. Un esbelto, inteligente y joven oficial, un estudiante que era
amigo particular y favorito de Oñate, salió del grupo de los
consternados españoles que se hallaban al otro lado del tajo, y que
no se atrevían a disparar contra los enemigos para no herir a sus
compañeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un
gamo, se fue hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogió su ágil
cuerpo, saltó al aire como un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en
seguida la toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que
sus compañeros pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima
del restablecido puente pasaron los soldados españoles, salvando la
situación.
Edward Sheriff Curtis: Acceso angosto del camino que sube hasta Acoma.
Empezó entonces una de las más tremendas luchas cuerpo a
cuerpo que registra la historia de América. Peleando en proporción
de uno contra diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban
alaridos y luchaban con el frenesí de la desesperación; acuchillados
con armas melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados
por las erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre,
Zaldívar y su puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a
pulgada, paso a paso, usando sus mosquetes pesados como mazas;
hiriendo con sus chafarotes; parando mortales golpes y arrancando
las barbadas flechas de sus trémulas carnes. ¡Iban avanzando,
avanzando siempre; lanzando valerosos el grito de guerra de
Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor todavía más
tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que aquéllos no
eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas
semejantes a fortalezas, pudiendo así alentar los españoles! Otras
tres veces se leyó la intimación a rendirse ante aquellas extrañas
viviendas de cerca de mil pies de largo cada una y que parecían
tramos de una gigantesca escalinata labrada en una sola roca. Aún
entonces deseaba Zaldívar evitar más derramamiento de sangre y
pidió que solo le entregasen, para castigarlos, los asesinos de su
hermano y de sus compatriotas. Todos los demás que se rindiesen y
se hiciesen súbditos del «Rey, nuestro Señor», serían bien tratados.
Pero los tercos indios, como lobos heridos en su madriguera, se
mantuvieron parapetados en sus casas y rehusaron toda proposición
de paz.
El risco fue tomado; pero quedaba aún la ciudad. Cada pueblo de
los indios era una verdadera fortaleza, y Zaldívar tuvo que atacar a
Acoma casa por casa, habitación por habitación. El pequeño pedrero
fue colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empezó a
hacer disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de
adobe bajo el constante cañoneo de las balas de piedra, solo
formaban grandes barricadas de tierra que ni siquiera podría
atravesar nuestra moderna artillería, y cada casa tenía que tomarse
separadamente a punta de espada. Algunas de las casas derruidas se
incendiaban con la lumbre de sus fogones, y no tardó en cubrir la
ciudad un humo asfixiante, del cual salían los gritos de las mujeres y
de los niños y los provocadores alaridos de los guerreros. El
humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para salvar a las mujeres y a
los niños, con gran peligro de sí mismo; pero muchos perecieron
bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.
El terrible asalto duró hasta el mediodía del veinticuatro de enero.
De vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando
de abrirse paso por entre las filas de españoles. Muchos, en su
desesperación, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo
estrellados al pie del mismo. Solo dos indios de los que dieron tan
pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro
españoles de la primera matanza, y también como ellos lograron
salvarse.
Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salieron pidiendo
clemencia, y esta les fue concedida en el acto. En el momento en que
se rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no
hubo necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la
muerte del hermano de Zaldízar, habían muerto, como también casi
todos sus aliados Navajos. Fue aquella la lucha más sangrienta que
se ha conocido en Nuevo México. En aquellos tres días de combate
tuvieron los indios quinientos muertos y muchos heridos, y de los
españoles supervivientes no hubo uno que no quedase para toda la
vida con horrendas cicatrices como recuerdos de Acoma. Quedó la
ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de nuevo, y el
infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido a lo alto
del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y la arcilla
necesarias para construir una ciudad de casas de varios pisos, para
cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus cosechas y
todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros aposentos
de aquellas casas con terrados, habían quedado destruidas y era
necesario reponerlas. En verdad que «los de arriba» habían enviado
un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.
Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus
heridas, Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que
refiere la historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los
Españoles, llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que
envió a las monjas de México para que las educasen. ¡Qué gritería
debió de armarse en las murallas de la pequeña colonia cuando sus
ansiosos atalayas vieron por fin a su pequeño ejército de guerreros,
pálidos y cubiertos de andrajos, regresar lentamente a sus hogares,
caminando sobre la nieve y montados en flacos jamelgos!
La zona de Río Grande que descubrió y asentó Juan de Oñate.
Los demás Pueblos, que habían estado en acecho como los gatos,
escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar,
quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles
derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido
levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los
invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa
ciudad encumbrada de los Queras! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la
inexpugnable, había caído en poder de los pálidos extranjeros! Sus
bravos guerreros habían perecido; sus fuertes casas eran un montón
de humeantes ruinas; su riqueza se había perdido; su pueblo estaba
casi borrado de la faz de la tierra! ¿Cómo luchar contra «hombres
tan poderosos», contra aquellos extraños brujos a quienes debían
proteger «los de arriba», pues de otro modo no podrían hacer tan
sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos nervios, el gran
gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en coger
ratones. Ya no se pensó más en rebelarse contra los españoles, y los
indios hasta se esforzaron en aquistarse el favor de aquellos terribles
extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de Acoma
algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la
pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios
Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían
refugiado entre ellos. En adelante, los Pueblos no dieron ya que
hacer al gobernador Oñate.
Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho
como los otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados
para pensar en otra guerra con sus invencibles enemigos; no
obstante, mostraron una implacable hostilidad a los españoles por
espacio de treinta años, hasta que fue la ciudad conquistada de
nuevo mediante una heroicidad tan brillante como la de Zaldívar,
aunque de muy distinta manera.
En 1629 fray Juan Ramírez, «el apóstol de Acoma», salió solo de
Santa Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces
bárbaros. Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y
salió a pie, enteramente solo y sin más armas que su crucifijo.
Recorriendo con dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al
cabo de muchos días al pie de la gran «isla» de roca, y empezó el
ascenso. En cuanto los indios vieron a una persona extraña, y de la
gente que ellos aborrecían, corrieron hasta el borde del risco y le
lanzaron una lluvia de flechas, algunas de las cuales atravesaron sus
hábitos. En aquel momento, una niña de Acoma que estaba en el
mismo borde de la ingente roca, se asustó al ver la saña de su gente
y, perdiendo el equilibrio, se despeñó al precipicio. Pero quiso la
Providencia que solo cayese unas cuantas yardas sobre un reborde
arenoso cerca de donde estaba fray Juan, y donde no podían verlos
los indios, quienes supusieron que había caído hasta la sima. fray
Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta arriba, y al
ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados y lo
recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma
más de veinte años, amado por los naturales como un padre, y
enseñando a sus atezados conversos con tanto éxito, que con el
tiempo muchos de ellos sabían el catecismo y podían leer y escribir
en español. Además, bajo su dirección y con muchísimo trabajo,
construyeron una gran iglesia. Cuando murió, en 1664, los Acomas,
que habían sido los indios más feroces, llegaron a ser los más dóciles
de Nuevo México y los más adelantados en civilización. Pero pocos
años después de su muerte, ocurrió el levantamiento de todos los
Pueblos, y durante las largas y desastrosas guerras que se siguieron,
fue destruida la iglesia y desaparecieron en gran parte los frutos del
trabajo del valiente fray Juan. En aquella rebelión, fray Lucas
Maldonado, que era entonces misionero en Acoma, fue asesinado
por su rebaño el diez o el once de agosto de 1680. En noviembre de
1692, Acoma se rindió voluntariamente al reconquistador de Nuevo
México, Diego de Vargas. Al cabo de pocos años, sin embargo, se
rebeló de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas marchó contra la
ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los Pueblos fueron
viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a
merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La
misión fue restablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva
hoy una enorme iglesia, que es una de las más interesantes del
mundo, dados el infinito trabajo y la paciencia con que fue
construida. La última tentativa de levantamiento de los indios
Pueblos ocurrió en 1728; pero en ella no tomó parte Acoma.
La curiosa escalera de piedra por la que fray Juan Ramírez subió
la primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas,
todavía la usan hoy los habitantes de Acoma, quienes le han dado el
nombre del «camino del Padre».
2.5. EL SOLDADO POETA
Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que dio aquel soberbio
salto sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y
salvó de este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos
los españoles de Nuevo México, fue el capitán Gaspar Pérez de
Villagrán. Era muy culto, había obtenido el grado de bachiller en una
universidad española, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero
atleta. Fue un héroe entre los héroes del Nuevo Mundo, y un cronista
a quien mucho debe la historia. Los seis ejemplares existentes del
pequeño y grueso volumen en pergamino que contiene su histórico
poema de treinta y cuatro heroicos cantos, valen cada uno de ellos
muchas veces su peso en oro. ¡Lástima grande que no haya habido
un Villagrán para cada una de las campañas de los exploradores de
América!, que nos diese más detalles de aquellos sobrehumanos
peligros y sufrimientos, pues la mayoría de los cronistas de la época
tratan de esos episodios tan brevemente como describiríamos
nosotros un paseo de Nueva York a Brooklyn!
El salto del tajo no fue la única parte que tomó el capitán
Villagrán en el sangriento combate de Acoma, en el invierno de
1598-99. Estuvo a punto de ser víctima de la primera matanza en la
que Juan de Zaldívar y sus hombres perecieron, y se escapó de aquel
lance solo para sufrir penalidades tan terribles como la muerte.
En el otoño de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeño
ejército de Oñate en San Gabriel y el gobernador envió a Villagrán
con tres o cuatro soldados para arrestarlos. No sabemos lo que diría
hoy un sheriff si le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un
recorrido de mil millas por un desierto como aquel y con una fuerza
tan pequeña. Pero el capitán Villagrán siguió la pista de los
desertores, y después de perseguirlos por más de novecientas millas,
les alcanzó al sur de Chihuahua (México). Los desertores hicieron
una feroz resistencia. Dos fueron muertos por los soldados, y dos se
escaparon. Villagrán dejó allí su pequeña fuerza y desanduvo solo
las peligrosas novecientas millas. Llegado al pueblo de Puaray, en la
margen occidental del Río Grande, frente a Bernalillo, supo que su
jefe Oñate acababa de marchar hacia el oeste, en su peligroso viaje a
Moqui, el cual ya hemos descrito. Villagrán se volvió en el acto
hacia el oeste, saliendo solo para seguir y alcanzar a sus
compatriotas. La pista era fácil de seguir, porque los españoles
tenían los únicos caballos que había en lo que es hoy los Estados
Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se vio
continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista
de Acoma justamente después de la matanza de Juan de Zaldívar y
del tremendo salto de los cinco españoles. Los supervivientes ya se
habían alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a
un español que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roqueña
para rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de fuego, sino
únicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba
los terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspiró recelos la
manera como los salvajes trataban de envolverlo, y aun cuando su
caballo renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espoleó para
ponerlo al galope y luchó, abriéndose paso por entre el círculo que
iban estrechando los indios. Continuó su fuga hasta muy entrada la
noche, describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad,
y al fin descendió, exhausto, de su también exhausto caballo, y se
tendió a descansar sobre la dura tierra. Cuando despertó caía una
gran nevada, y se encontró medio sepultado bajo la fría y blanca
nieve. Montando de nuevo, avanzó en la obscuridad para alejarse
todo lo posible de Acoma antes de que lo denunciase la luz del día.
De repente, caballo y jinete cayeron en un hondo pozo que los indios
habían abierto para que sirviese de trampa, cubriéndolo con ramas y
tierra. En la caída se mató el pobre caballo, y Villagran quedó
maltrecho y aturdido. Por fin logró salir del pozo, con gran contento
de su fiel perro, que estaba sentado aullando y tiritando al borde de
aquel. El soldado poeta habla muy tiernamente de aquel mudo
compañero de su larga y peligrosa jornada, y es evidente que lo
quería con un cariño que solo un hombre valiente puede profesar y
un fiel perro merecer.
Gaspar Pérez de Villagrán dejó una crónica de la campaña de Oñate en su épica
Historia de la Nueva México (1610).
Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdió Villagran
el camino en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro
días y cuatro noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin
una gota de agua, pues ya se había derretido la nieve. Muchos
hombres han hecho más largos ayunos entre iguales sufrimientos;
pero solo los que han experimentado sed en tierras áridas, pueden
tener una remota idea de lo que significa vivir noventa y seis horas
sin agua. Dos días de aquella sed suele ser fatal a muchos hombres
fuertes, y es poco menos que milagroso que Villagran pudiese
resistirla cuatro días. Por fin, casi muriendo de sed, con la lengua
seca e hinchada, dura y áspera como una lima, saliéndole fuera de
los dientes, se vio en la triste necesidad de matar a su fiel perro, lo
cual hizo con lágrimas de varonil remordimiento. Llamando al pobre
animal hacia sí, lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la
sangre caliente. Esto le dio fuerzas para arrastrarse un poco más, y
cuando ya iba a dejarse caer sobre la arena para morir, divisó un
pequeño hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrastrándose
débilmente hasta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado
en la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor había
unos cuantos granos de maíz, que le parecieron llovidos del cielo, y
los devoró famélicamente.
Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y
decidió retroceder y andar las terribles doscientas millas que le
separaban de San Gabriel. Pero ya no podía su cuerpo obedecer por
más tiempo a su heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente
junto al pequeño tanque de la roca, a no ser por una extraña
casualidad.
Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó
súbitamente voces que se acercaban. Supuso que los indios habían
rastreado su pista, y se dio por perdido, porque se sentía demasiado
débil para luchar. Pero al fin llegaron a su oído acentos españoles, y
aun cuando eran voces ásperas y broncas de soldados, con toda
seguridad debieron de parecerle los sonidos más dulces del mundo.
Sucedió que la noche anterior, algunos de los caballos del
campamento de Oñate se habían extraviado, y un pelotón de
soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas, llegaron
cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido. Por
fortuna lo vieron, pues él no podía ni gritar ni correr tras ellos. Con
sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al
campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos,
recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el
osado atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha
por el desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto
de Acoma y realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las
heroicidades más notables en la historia del Nuevo Mundo.
Mapa de el Reino de Nuebo Mexico de Miera y Pacheco…con las provincias que
lo circumbalan enemigas y de paz (Museo Nacional del Virreinato, Tepotzotlán, en
el Estado de México).
Dos siglos más tarde se buscó una ruta de conexión entre Santa Fe y California
[Domínguez Escalante, 1777].
2.6. LOS MISIONEROS EXPLORADORES
Pretender narrar la historia de la exploración española de las
Américas sin dedicar especial atención a los misioneros
exploradores, sería hacerles poca justicia y dejar incompleta la
historia. En esto, aun más que en otras fases, la conquista fue
ejemplar. El español no tan solo descubrió y conquistó, sino que
además convirtió. Su celo religioso no le iba en zaga a su valor.
Como ha sucedido con todas las naciones que han entrado en nuevas
tierras, y como sucedió con nosotros mismos en la que ocupamos, su
primer paso tuvo que ser la sujeción de los naturales que se le
oponían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios, empezó
a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se prodiga
y que en aquella cruel época del mundo era casi desconocida. Nunca
dejó sin hogar a los atezados indígenas de América ni los fue
arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por el contrario,
les protegió y aseguró por medio de leyes especiales la tranquila
posesión de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes
leyes dictadas por España hace tres siglos, nuestros indios más
interesantes e interesados, los Pueblos, gozan hoy completa
seguridad en sus posesiones, mientras que casi todos los demás (que
nunca estuvieron enteramente bajo el dominio de España) han sido
de vez en cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno
solemnemente les había concedido.
Esa era la ventaja de un régimen de Indias que no obedecía a la
política, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se
exigía al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le
podía enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez; pero debía
al menos abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como
aprendía esta lección, se le protegía en sus derechos sobre su hogar,
su familia y sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían
hacer esa vasta labor el ejército de misioneros que dedicaban su vida
a esa peligrosa tarea, se le educaba en los deberes de ciudadanía y de
la religión cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos
pacíficos tiempos, comprender lo que significaba convertir entonces
medio mundo de indios. En nuestra parte de Norte América nunca
ha habido tribus tan terribles como encontraron los españoles en
México y en otras tierras más al sur. Nunca pueblo alguno llevó a
cabo en ninguna parte tan estupenda labor como la que realizaron en
América los misioneros españoles. Para empezar a comprender las
dificultades de aquella conversión, debemos primero leer una
horripilante página da la historia.
Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas
de la nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay
que sueñen con un Ser Supremo. La mayoría de ellos adora muchos
dioses; dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo
adorador; dioses tan ignorantes y crueles y traidores como él. Es una
cosa horrenda estudiar esas religiones, y ver qué cualidades tan
tenebrosas y repulsivas puede deificar la ignorancia. Los
despiadados dioses de la India que se supone que se deleitan
aplastando a miles de sus fieles bajo las ruedas del carro Juggernaut,
y con el sacrificio de niños al Ganges y de jóvenes viudas a la
hoguera, son buena muestra de lo que puede creer una mente
descarriada. Pues bien; los horrores de la India tenían su paralelo en
América. Las religiones de nuestros indios del norte tenían muchos
ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes y civilizados si se
comparan con los monstruosos que se observaban en México y la
América del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que
combatir los misioneros españoles en América, aparte del peligro
común a todos, echemos una ojeada al estado de cosas en México
cuando ellos llegaron.
Los Nahuatles, o Aztecas, y otras tribus indias parecidas del
antiguo México, observaban el credo pagano general a todos los
indios de América, con algunos horrores que ellos le añadían.
Estaban en un constante y ciego terror de sus innumerables dioses
salvajes, pues para ellos todo lo que no podían ver y entender, y casi
todo lo que veían y entendían, era una deidad. Lo que no podían
concebir era un dios que les inspirase amor; debía ser siempre algo
que les inspirase miedo; pero un miedo mortal. Todo su objeto en la
vida era esquivar los crueles golpes de una mano invisible; era
aplacar algún dios terrible que no podía amar, pero a quien se podía
sobornar para que no causase daño. No podían imaginar una
verdadera creación, ni que pudiese haber algo sin tener padre ni
madre: las estrellas y las piedras y los vientos y los dioses tenían que
nacer lo mismo que los hombres. Su «cielo», si ellos hubiesen
podido entender lo que significa esta palabra, estaba atestado de
dioses, cada uno tan individual y personal como nosotros; con más
poder que nosotros, pero con las mismas debilidades y pasiones y
pecados. En realidad, habían inventado y arreglado los dioses según
su propia forma salvaje, dándoles los poderes que deseaban para si
mismos; pero eran incapaces de atribuirles virtudes que no podían
comprender. Así también, para juzgar lo que podría agradar a sus
dioses, se guiaban por lo que a ellos les placía. Tomar cruenta
venganza de sus enemigos; robar y matar, o recibir tributo para dejar
de robar y de matar; vestirse ricamente y comer bien: estas y otras
cosas parecidas, que ellos consideraban como las más altas
ambiciones personales, creían que de igual modo agradarían a «los
de arriba». Y así consagraban la mayor parte de su tiempo y de su
afán a sobornar a esos extraños dioses, que les causaban más terror
que los indígenas vecinos.
Huitzilopochtli fue la principal deidad de los mexicas, asociado con el sol [Códice
Telleriano-Remensis].
Su idea de un dios la expresaban gráficamente en los grandes
ídolos de piedra que antes abundaban en México, y algunos de los
cuales se conservan todavía en los museos. Son por lo general de
tamaño heroico, y están labrados con mucho esmero en piedra
sumamente dura, pero sus cuerpos y sus caras son indeciblemente
horribles. Un ídolo como el del grotesco Huitzilopochtli era una cosa
tan espantosa como no pudo jamás inventarla el ingenio humano; y
la misma repulsiva fealdad se ve en todos los ídolos mexicanos.
Se atendía a estos ídolos con un cuidado sumamente servil, y se
les vestía con los ornamentos más costosos que podía procurarse la
riqueza de los indios. Sobre esas grandes pesadillas de piedra se
colgaban con profusión largos collares de turquesas, que era la joya
más preciada de los aborígenes americanos, y preciosos mantos de
brillantes plumas de pájaros tropicales y conchas de iridiscentes
colores. Millares de hombres dedicaban su vida a cuidar de esas
mudas deidades, y se humillaban y atormentaban de un modo
indecible para agradarles.
Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. De un dios
como esos había que temer también que traicionase a los amigos.
Había que llevar más lejos el soborno. Todo lo que al indio le
parecía valioso lo ofrecía a su dios para tenerlo propicio, y como la
vida humana era la cosa de más valor a los ojos del indios, esa era su
ofrenda más importante, y llegó a ser la más frecuente. Un indio no
consideraba un crimen el sacrificar una vida para agradar a uno de
sus dioses. No tenía idea de recompensa o castigo después de la
muerte, y llegó a considerar el sacrificio humano como una
institución legítima, moral y hasta divina. Con el tiempo llegaron a
consumarse casi a diario esos sacrificios en cada uno de los
numerosos templos. Era la forma más estimada del culto: era tan
grande su importancia, que los oficiales o sacerdotes tenían que
pasar por un aprendizaje más oneroso que cualquier ministro de la
religión cristiana. Solo podían llegar a ocupar ese puesto
prometiendo y manteniendo una incesante y terrible práctica de
privaciones y mutilaciones de su cuerpo.
Se ofrecían vidas humanas no tan solo a uno o dos de los ídolos
principales de cada comunidad, sino que cada población tenía
además fetiches menores, a los que se hacía esta clase de sacrificios
en determinadas ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del
sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando Cortés llegó a
Cempohual, los indígenas no concibieron otro modo de recibirlo con
bastantes honores, y muy cordialmente propusieron ofrendarle
sacrificios humanos. Excusado es decir que Cortés rehusó con
energía esa muestra de hospitalidad.
Estos ritos se verificaban casi siempre en los teocalis, o
montículos para sacrificios, de los cuales había uno o más en cada
población india. Eran grandes montones artificiales de tierra en
forma de pirámides truncadas y recubiertos de piedra. Tenían de
cincuenta a doscientos pies de altura, y algunas veces varios
centenares de pies cuadrados en su base. En la parte superior de la
pirámide había una pequeña torre, que era la obscura capilla donde
se encerraba el ídolo. La grotesca faz de la pétrea deidad miraba una
piedra cilíndrica que tenía una cavidad en forma de tazón en la parte
superior, y era el altar o piedra del sacrificio. Esa piedra era
usualmente labrada, algunas veces con muchos detalles y esmerada
mano de obra. El famoso «calendario azteca de piedra» que se halla
en el museo nacional de México y que en un tiempo dio pie a tan
extrañas conjeturas, es meramente uno de esos altares para
sacrificios, de época anterior a Cristóbal Colón. Es un ejemplar
notabilísimo de piedra labrada por los indios.
«Y con unos navajones de pedernal les aserraban los pechos y les sacaban los
corazones buyendo, y los cuerpos dábanles con los pies por las gradas abajo, y se
comian las carnes con chimole». Bernal Díaz del Castillo: La Verdadera Historia de
la Conquista de Nueva España
Imagen del Códice Magliabechiano .
El ídolo, las paredes interiores del templo, el piso y el altar
estaban siempre humedecidos con el fluido más precioso de la tierra.
En el tazón ardían en rescoldo corazones humanos. Magos vestidos
de negro, con sus rostros también ennegrecidos y con círculos
blancos pintados alrededor de los ojos y de la boca, con los cabellos
empapados en sangre, con las caras cortadas por incesantes
mortificaciones, iban continuamente de un lado para otro, vigilando
de día y de noche, siempre listos para las víctimas que aquella
horrenda superstición llevaba al altar. Solían elegirse las víctimas de
entre los prisioneros de guerra y los esclavos que, como tributo,
cedían las tribus conquistadas; y el contingente era enorme. A veces
en un día señalado se sacrificaban quinientas víctimas en un solo
altar. Se les extendía desnudos sobre la piedra de sacrificios y se les
descuartizaba de una manera demasiado horrible para describirla
aquí. Sus corazones palpitantes se ofrendaban al ídolo, y después se
arrojaban al gran tazón de piedra, mientras que los cuerpos eran
lanzados a puntapiés, escaleras abajo, hasta que iban a parar al pie
de la pirámide, donde eran arrebatados por una ávida muchedumbre.
Los mexicanos no eran ordinariamente tan caníbales, ni gustaban de
serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como parte de su repulsiva
religión.
Repugna entrar en más detalles acerca de esos ritos: bastante
queda dicho para dar una idea de la barrera moral que encontraron
los misioneros españoles cuando fueron a enseñar a tan sanguinarios
indígenas un evangelio que predica el amor y la universal
fraternidad de los nombres. Semejante credo era tan incomprensible
para los indios, como lo sería para nosotros el decirnos que lo negro
es blanco: la lucha para hacérselo comprender fue una de las más
enormes y, al parecer, imposibles que ha emprendido maestro
alguno. Antes de que los misioneros pudiesen lograr que los indios
escuchasen siquiera, el catecismo, y mucho menos entenderlo, tenía
que dedicarse a la peligrosa tarea de probar lo falso que era su
paganismo. El indio creía absolutamente en el poder de su
sangriento dios de piedra. Estaba seguro de que si abandonaba su
ídolo, le castigaría y destruiría, y por consiguiente no quería creer
nada contrario a su religión. El misionero no solamente tenía que
decirle: «Tu ídolo es impotente; no puede hacer daño a nadie; no es
más que una piedra, y si lo pateas no puede castigarte», sino que
además había de probarlo. Ningún indio era tan temerario que
quisiese hacer el experimento, y el nuevo maestro tenía que
demostrarlo él mismo. Por supuesto que ni siquiera podía hacer esto
al principio, porque si hubiese empezado su labor catequista
maltratando a uno de aquellos grotescos dioses de pórfido, los
«sacerdotes» de este lo hubieran asesinado en el acto. Pero, cuando
los indios vieron al fin que ningún poder sobrenatural aplastaba al
misionero por hablar mal de sus dioses, ya se había dado el primer
paso. Gradualmente pudo después tocar el ídolo, y vieron que
también quedaba ileso. Por último derrumbó y rompió las crueles
imágenes, y los atónitos y aterrorizados devotos empezaron a dudar
y a despreciar las cobardes deidades a quienes habían servido de
esclavos, y a las que un extraño podía insultar y maltratar
impunemente. Solo empleando esta ruda lógica, que era la que los
envilecidos indios podían entender, los misioneros españoles
lograron probarles que el sacrificio humano era un error de los
hombres y no la voluntad de «los de arriba». Fue un maravilloso
adelanto el extirpar esta, que era la peor práctica de la religión de los
indios, la cual había arraigado a través de varios siglos de constante
observancia. Pero los apóstoles españoles estaban a la altura de su
misión, y la infinita fe y el celo y paciencia con que finalmente
abolieron el sacrificio humano en México, llevó gradualmente, paso
a paso, a la conversión de los indígenas de un continente y medio al
Cristianismo.
Evangelario de Bernardino de Sahagún en lengua mexicana. Publicó textos en
náhuatl, latín y castellano. Entre todas descuella la Historia general de las cosas
de la Nueva España , verdadero monumento etnográfico, compuesto de doce
libros, que apenas tiene precedentes comparables en ninguna lengua, como ha
estudiado Miguel León-Portilla.
2.7. LOS F UNDADORES DE IGLESIAS EN NUEVO MÉXICO
Para dar siquiera un bosquejo de la obra realizada por los misioneros
españoles en ambas Américas, se necesitaría llenar varios
volúmenes. Lo más que podemos hacer aquí es tomar como muestra
una hoja de tan fascinador como formidable relato, y para ello
describiré brevemente lo que se hizo en una región que nos es
particularmente interesante: la provincia de Nuevo México. Hubo
muchas otras comarcas en que fue preciso vencer todavía mayores
obstáculos, en que perdieron la vida, sin quejarse, muchos más
mártires y en que lucharon desesperadamente más generaciones;
pero lo mejor será tomar un modesto ejemplo, especialmente uno
que tanta relación tiene con nuestra historia nacional.
Nuevo México y Arizona, verdaderos países de maravillas de los
Estados Unidos, fueron descubiertos, como es sabido, en 1539, por
aquel misionero español a quien todos los jóvenes americanos
debieran recordar con veneración: fray Marcos de Niza. Hemos
bosquejado también las proezas de fray Ramírez, fray Padilla y otros
misioneros en aquella inhospitalaria tierra, y se habrá podido formar
idea de las penalidades que eran comunes a todos sus cofrades;
porque las tremendas jornadas, la abnegación en la soledad, el
amoroso celo y muy a menudo la muerte cruel de esos hombres, no
eran excepciones, sino ejemplos corrientes de lo que tenía que
esperar un apóstol en el Sudoeste.
En todas partes ha habido misioneros cuyos rebaños fueron tan
desagradecidos y crueles; pero pocos o ninguno que se hallasen en
regiones tan apartadas e inaccesibles. Nuevo México fue por espacio
de trescientos cincuenta años, y lo es aún hoy día, en su mayor parte
un páramo, salpicado de unos pocos pequeños oasis. A la gente de
los Estados del Este, un desierto les parece que ha de estar
sumamente lejos; pero en nuestra región del Sudoeste hay en la
actualidad cientos de miles de millas cuadradas donde el viajero
fácilmente muere de sed y donde todos los años hay infelices
víctimas de ese horrendo martirio. Aun ahora pueden hallarse
penalidades y peligros en Nuevo México; pero hubo un tiempo en
que fue uno de los más crueles desiertos imaginables. Apenas han
transcurrido diez años desde que se puso fin a las guerras y las
hostilidades de los indios, que duraron sin cesar por más de tres
siglos. Cuando el colono o el misionero español salía de Nueva
España para atravesar un desierto de mil millas y sin caminos, con
rumbo a Nuevo México, su vida se hallaba en constante riesgo, y no
pasaba un día en que no se hallase en peligro en aquella provincia
salvaje. Si conseguía no morir de sed o de hambre durante el
camino; si no perecía a manos de los despiadados Apaches, se
instalaba en el vasto erial, tan lejos de cualquier otro hogar de gente
blanca como Chicago lo está de Boston. Si era misionero, se
quedaba por regla general solo con un rebaño de centenares de
crueles indios; si era soldado o labrador, tenía de doscientos a mil
quinientos amigos en una superficie tan extensa como Nueva
Inglaterra, Nueva York, Pensilvania y Ohío juntos, en medio de cien
mil cobrizos enemigos, cuyos gritos de guerra era probable que
oyese a cada momento, sin llegar nunca a olvidarlos. Vino pobre y
pudo hacerse rico en aquel árido suelo. Aun al principio de este siglo
XIX , cuando alguien empezó a tener grandes rebaños de carneros,
con frecuencia quedaban sin una res por una incursión nocturna de
Apaches o de Navajos.
Itinerario probable de Marcos de Niza.
Esa era la situación de Nuevo México cuando llegaron los
misioneros, y así poco más o menos se mantuvo por más de
trescientos años. Si el hombre más ilustrado y optimista del Viejo
Mundo hubiese podido ver con los ojos de la inteligencia aquella
tierra infecunda, nunca hubiera podido soñar que no tardaría aquel
desierto en verse poblado de iglesias, pero no de pequeñas capillas
de troncos o de adobe, sino de edificios de piedra de sillería, cuyas
ruinas se ven hoy y son las más imponentes de Norte América. Pero
así fue; ni el desierto ni los indios pudieron frustrar aquel fervoroso
celo.
La primera iglesia alzada en lo que hoy se llama Estados Unidos,
la fundó en San Agustín (Florida) fray Francisco de Pareja, en 1560;
pero medio siglo antes había ya muchas otras iglesias españolas en
América. Los varios sacerdotes que Coronado llevó consigo a
Nuevo México, en 1540, hicieron muy buena labor catequista; pero
pronto fueron muertos por los indios. La primera iglesia de Nuevo
México, segunda en los Estados Unidos, la fundaron en septiembre
de 1598 los diez misioneros que acompañaron al colonizador Juan
de Oñate. Fue una pequeña capilla, edificada en San Gabriel de los
Españoles (que ahora se llama Chamita). San Gabriel quedó desierto
en 1605, y entonces Oñate fundó Santa Fe, aun cuando es probable
que todavía se utilizase la capilla de vez en cuando. Con el tiempo,
sin embargo, se desmoronó. Todavía eran visibles en 1680 las ruinas
de aquella venerables y antigua iglesia; pero ahora apenas puede
distinguirse. Una de las primeras cosas que se hicieron después de
establecer la nueva ciudad de Santa Fe, fue, naturalmente, construir
una iglesia, y allí, en 1606, se erigió la tercera de los Estados
Unidos. No llenó por mucho tiempo las necesidades de la colonia, y
en 1622, fray Alonso de Benavides, el historiador, puso los
cimientos de la iglesia parroquial de Santa Fe, que se terminó en
1627. El templo de San Miguel en la misma antigua ciudad, se
construyó después de 1636. Sus primitivos muros se conservan
todavía y forman parte de una iglesia que sirve hoy día para el culto.
Fue parcialmente destruida durante la rebelión de los Pueblos en
1680, y restaurada en 1710. La nueva catedral de Santa Fe está
construida sobre los restos de la más antigua parroquia.
En 1617, tres años antes de que desembarcasen los peregrinos en
Plymouth Rock, había ya once iglesias dedicadas al culto en Nuevo
México. Santa Fe era la única población española; pero había
también iglesias en los peligrosos pueblos indios de Galispeo y
Pecos, dos en Jemez (cerca de cien millas al oeste de Santa Fe y en
un terrible desierto), Taos (casi a igual distancia al Norte), San
Ildefonso, Santa Clara, Sandia, San Felipe y Santo Domingo. Era
una asombrosa proeza para cada misionero solitario, porque no
tenían apoyo civil ni militar en sus parroquias, el inducir tan pronto a
su bárbaro rebaño a construir una iglesia de piedra para adorar allí al
nuevo Dios blanco. Las iglesias hubieron de abandonarse en los dos
pueblos de Jemez en 1622, por la incesante hostilidad de los
Navajos, los cuales desde tiempo inmemorial habían desolado
aquella región; pero fueron ocupadas de nuevo en 1626. Los
españoles, por lo que toca a la construcción de hogares, se vieron
limitados, por las imposiciones del desierto, al valle del Río Grande,
que corre de Norte a Sur por el centro de Nuevo México. Pero sus
misioneros no reconocieron ese límite. Donde las colonias no podían
vivir, ellos podían orar y enseñar, y muy pronto empezaron a
penetrar en los desiertos que se extienden a gran distancia a ambos
lados de aquella estrecha faja de tierra colonizable. En Zuñí, muy al
oeste del río, y a trescientas millas de Santa Fe, los misioneros se
habían establecido ya por el año 1629. Pronto tuvieron seis iglesias
en seis de las «Siete Ciudades de Cibola» (poblaciones Zuñi), de las
cuales la situada en Chyánahue todavía está admirablemente
conservada, y en el mismo período se habían establecido doscientas
millas más adentro del desierto, y construido allí tres iglesias entre
las pasmosas ciudades situadas en los riscos de Moqui.
Iglesia de San Miguel de Santa Fe. A pesar de que la iglesia ha sido reparada y
reconstruida numerosas veces, sus paredes originales de adobe están todavía en
gran parte intactas gracias a haber estado ocultas por adiciones posteriores .
En la parte baja del Río Grande notábase igual actividad. En el
antiguo pueblo de San Antonio de Senecú, que casi ha desaparecido
ya, fundó en 1629 una iglesia fray Antonio de Arqueaga, y este
hombre valiente fundó otra en el mismo año en el pueblo de Nuestra
Señora del Socorro, hoy ciudad americana que lleva el nombre de
esa virgen. La iglesia del pueblo de Picuries, que estaba en las
lejanías de las montañas del Norte, debió de ser construida antes del
año 1632, puesto que en esa fecha fue enterrado en ella fray
Ascensión de Zárate. La iglesia de Isleta, que está hacia el centro de
Nuevo México, fue construida antes de 1635. Unas cuantas millas
más arriba de Glorieta, pueden verse, desde las ventanas de
cualquier tren de la línea de Santa Fe, unas grandes e imponentes
ruinas de adobe, cuyos hermosos paredones sueñan en aquella
encantadora solana. Es la vieja iglesia del pueblo de Pecos, y
aquellas paredes se erigieron hace doscientos setenta y cinco años.
El pueblo, que fue en su tiempo el mayor de Nuevo México, quedó
desierto en 1840, y su gran plaza cuadrangular, rodeada de casas
indias de muchos pisos, está en completa ruina; pero por encima de
sus montones grises descuellan todavía los muros de la vieja iglesia,
que se construyó antes de que hubiese un sajón en Nueva Inglaterra.
Conforme se ve, el «ladrillo de barro», como algunos llaman
despectivamente al adobe, no es una cosa tan despreciable, ni
siquiera para arrostrar la intemperie de los siglos. Había una iglesia
en el pueblo de Nambé, por el año 1642. En 1662 fray García de San
Francisco fundó una iglesia en El Paso del Norte, en la actual
frontera entre México y los Estados Unidos, y esa era una misión
peligrosa, por hallarse a centenares de millas de las colonias
españolas, tanto del Viejo como del Muevo México.
Restos de la iglesia de la misión Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula de
Pecos.
Los misioneros también cruzaron las montañas del este del Río
Grande, y establecieron misiones entre los Pueblos que vivían al
borde de las grandes llanuras. Fray Gerónimo de la Llana fundó la
hermosa iglesia de Cuaray, en 1642, y poco después se erigieron las
de Abó, Tenabo y Tabirá, más conocida ahora, aunque
incorrectamente, con el nombre de La Gran Quivira. Las iglesias de
Cuaray, Abó y Cabirá son las ruinas más grandiosas que hay en los
Estados Unidos, y mucho más hermosas que muchas que los
americanos van a admirar al extranjero. La segunda y mayor iglesia
de Tabirá, fue construida entre los años 1660 y 1670, y casi al
mismo tiempo y en la misma región, si bien a muchas millas de
distancia en el árido desierto, las iglesias de Tajique y Chililí.
Acoma, como es sabido, tenía una misión permanente en 1629, y el
misionero construyó una iglesia. Además de todas las citadas, los
pueblos de Zia, Santa Ana, Tesuque, Pojoaque, San Juan, San
Marcos, San Lázaro, San Cristóbal, Alameda, Santa Cruz y Cochiti
tenían una iglesia cada uno por el año 1680. Esto da una idea de la
eficacia del trabajo de los misioneros españoles. Un siglo antes del
nacimiento de nuestra nación, habían construido los españoles, en
uno de nuestros territorios, medio centenar de iglesias permanentes,
casi todas de piedra, y casi todas expresamente para beneficio de los
indios. Esa labor de los misioneros no ha tenido igual en ningún otro
punto de los Estados Unidos, hasta el presente; y en todo el país no
habíamos construído en aquel tiempo tantas iglesias para nosotros
mismos.
Restos de la iglesia de Quaray. Esta próspera ciudad la encontró don Juan de
Oñate cuando llegó en 1598.
En el centro de la parte superior: El Paso del Norte, Senecú, Ysleta, Socorro y San
Lorenzo (todos en Nuevo México) [Archivo General de Indias, MP-México, 121 .
Una ojeada a la vida de los misioneros que iban a Nuevo México
por entonces, antes de que hubiese quien predicase en inglés en todo
el hemisferio de occidente, presenta rasgos que fascinan a cuantos
admiran el heroísmo solitario, que no necesita ni aplauso ni
espectadores para mantenerse vivo. Ser valiente en campo de batalla
o en casos de excitación parecida es muy fácil; pero es cosa muy
distinta hacer una heroicidad cuando nadie la presencia y en medio,
no tan solo de peligros, sino de toda clase de penalidades y
obstáculos.
Los misioneros que iban a Nuevo México tenían que salir,
naturalmente, del Viejo México, y antes que eso, de España.
Algunos de esos hombres tranquilos que vestían el hábito gris,
habían hecho ya tan largas jornadas y afrontado peligros tales, como
no los han conocido nunca los Stanleys de nuestra época. Tenían que
procurarse sus vestiduras y los ornamentos de la iglesia, y pagarse el
viaje desde México a Nuevo México, pues desde un principio se
había organizado un servicio semianual de expediciones armadas a
través del peligroso desierto que los separaba. La tarifa era de
doscientos sesenta y seis pesos, desembolso muy duro para un
hombre cuyo salario era de ciento cincuenta pesos al año (no
pasaron los salarios de esta cifra hasta 1665, en que se aumentaron
hasta trescientos treinta pesos, pagaderos cada tres años). No puede
compararse ese estipendio con el que se da hoy en nuestras iglesias
de moda. Con esa mezquina paga, que era todo lo que podía darle el
sínodo, tenía que sufragar los gastos de su persona y de la iglesia.
Llegado al Nuevo México después de una peligrosa jornada (y
tanto la jornada como el territorio ofrecían todavía peligros en la
presente generación), el misionero se dirigía primero a Santa Fe. Allí
su superior no tardaba en designarle una parroquia, y volviendo la
espalda a la pequeña colonia de sus compatriotas, el buen fraile
recorría a pie cincuenta, cien o trescientas millas, según el caso,
hasta llegar a su nuevo y desconocido puesto. Algunas veces le
acompañaban una escolta de tres o cuatro soldados españoles; pero a
menudo tenía que hacer aquel peligroso recorrido enteramente solo.
Sus nuevos feligreses lo recibían unas veces con una lluvia de
flechas y otras con un hosco silencio. Él no podía hablarles, y
tampoco ellos a él, y lo primero que tenía que hacer era aprender de
aquellos reacios maestros su extraña lengua; lengua mucho más
difícil de adquirir que el latín, el griego, el francés o el alemán.
Enteramente solo entre ellos, tenía que depender de sí mismo y de
los favores que de mal grado le hacía su rebaño para las necesidades
de la vida. Si decidían matarle, le era imposible hacer resistencia. Si
rehusaban darle alimento, tenía que morirse de hambre. Si
enfermaba o se imposibilitaba, no tenía más enfermeros ni doctores
que aquellos traicioneros indios. No creo que la historia presente
otro cuadro de tan absoluta soledad, desamparo y desconsuelo como
era la vida de aquellos mártires desconocidos, y por lo que toca a
peligros, no ha habido hombre alguno que los haya arrostrado
mayores.
Exploradores en el siglo XVI y sus relaciones con los pueblos indígenas del norte.
Mapa geográfico de… Provincias de la antigua y nueva California, las de Sonora,
Nueva Vizcaya, Nuevo México, Coahuila y Texas .
Archivo del Museo Naval, Madrid, por cortesía de la BNE.
En la actualidad, buena parte es territorio de EE UU: California, Nevada, Utah,
Arizona, Colorado, New Mexico, Kansas, Texas, Oklahoma, Arkansas, Misouri,
Louisiana y Mississippi.
La manera de atender al mantenimiento de los misioneros era
muy sencilla. Además del pequeño salario que le pagaba el sínodo,
el pastor debía recibir algún auxilio de su parroquia. Esa era una
necesidad así moral como material. Es un principio, reconocido en
todas las iglesias, que el interés que en ellas se toma depende en
parte de las dádivas personales. Así, pues, las leyes españolas
exigían de los Pueblos la misma contribución a la iglesia que la
establecida por Moisés. Cada familia india tenía que dar el diezmo y
las primicias de los frutos a la iglesia, como los habían siempre dado
a sus caciques paganos. Esto no era una carga para los indios y
mantenía al misionero con un modesto pasar. Por supuesto que los
indios no daban un diezmo; al principio daban lo menos que podían.
El alimento que llevaban al padre consistía en maíz, judías y
calabazas, con solo un poquito de carne, que rara vez conseguían en
la caza, porque pasó mucho tiempo antes de que hubiese manadas de
vacas o rebaños de carneros que se la proporcionasen. También
dependía de su insegura congregación para que le ayudase a cultivar
su pequeña huerta; para que le suministrase leña con que calentarse
en aquellas frías alturas, y hasta para que le diese agua, pues no
había allí acueductos ni pozos y era preciso ir a buscar el agua a
largas distancias y traerla en grandes jarras. Teniendo que depender
por completo, para su subsistencia, de gente tan sospechosa, recelosa
y traicionera, el buen hombre con frecuencia debía padecer hambre y
frío. Excusado es decir que no había tiendas, y si no podía obtener
comestibles de los indios, no tenía más remedio que morirse de
hambre. La leña se hallaba en algunos casos a veinte millas de
distancia, como lo está hoy de Isleta. Y no eran pocas sus tareas. No
tan solo tenía que convertir aquellos paganos al cristianismo, sino
además enseñarles a leer y escribir, a cultivar mejor sus tierras y, en
general, a trocar su barbarie por la civilización.
Cuán difícil era esa labor, apenas puede apreciarlo el estadista
moderno; pero lo que costaba en sangre sí lo comprenderá
cualquiera. No se reducía todo a que de vez en cuando una ingrata
congregación matase a uno de esos hombres abnegados: eso era casi
una costumbre; ni tampoco que pecasen de ese modo una o dos
poblaciones. Los pueblos de Taos, Picuries, San Ildefonso, Nambé,
Pojoaque, Tesuque, Pecos. Galisteo, San Marcos, Santo Domingo,
Cochití, San Felipe, Puaray, Jemes, Acoma, Halona, Tauicu,
Ahuatui, Mishongenivi y Oraibe —veinte diferentes poblaciones—,
tarde o temprano asesinaron a sus respectivos misioneros. Algunos
de ellos reincidieron en el crimen varias veces. Hasta el año 1700,
cuarenta de esos pacíficos héroes grises habían sido inmolados por
los indios de Nuevo México; dos de ellos por los Apaches, y los
demás por sus respectivas congregaciones. De los últimos, uno fue
envenenado; los otros sufrieron una muerte horrible y cruenta.
Todavía en el siglo pasado algunos misioneros fueron
misteriosamente envenenados con tósigos secretos, arte diabólico en
que los indios eran y son aún muy duchos; y cuando había muerto el
misionero, los indios incendiaban la iglesia.
Iglesia de la misión de San Gerónimo de Taos, Patrimonio de la Humanidad de
UNESCO y Monumento Histórico Nacional de EE UU.
Conviene no perder de vista un hecho muy importante. No tan
solo llevaron a cabo esos maestros españoles una obra de catequesis
como no se ha realizado en parte alguna, sino que, además,
contribuyeron grandemente a aumentar los conocimientos humanos.
Había entre ellos algunos de los más notables historiadores que
América ha tenido, y eran contados entre los hombres más doctos en
todos los ramos del saber, especialmente en el estudio de las lenguas.
No eran meros cronistas, sino versados en las antigüedades del país,
en sus artes y en sus costumbres: realmente historiadores que solo
pueden parangonarse con los grandes clásicos, Herodoto y Estrabón.
La larga y notable lista de autores misioneros españoles incluye
nombres como Torquemada, Sahagún, Motolinia, Mendieta y
muchos otros; y sus voluminosas obras nos sirven de grande e
indispensable ayuda para el estudio de la verdadera historia de
América.
Bernardino de Sahagún: Historia general de las cosas de Nueva España . El
franciscano es hoy considerado un maestro de la antropología por recoger la
tradición oral que le trasmitían sus alumnos. La obra, escrita al principio en náhuatl
y luego traducida por el propio autor al español, y desde el punto de vista indígena,
es un tesoro de conocimientos etnográficos, arqueológicos e históricos, aunque no
se publicara hasta 1829.
2.8. EL SALTO DE ALVARADO
Si alguna vez fuese el lector a México — y espero que pueda ir, pues
esa antigua ciudad, que era ya vieja y populosa cuando nació Colón,
está llena de romántico interés—, le mostrarán, en la Rivera de San
Cosme, el sitio histórico que se designa todavía con el nombre de
«El Salto de Alvarado». Es ahora una calle ancha y urbanizada, con
su tranvía, sus hermosos edificios, animada con el vaivén de gente
extraña y contenta, sin que pueda observarse en aquel sitio nada que
recuerde los terrores de la noche más cruel que relata la historia de
América: la llamada «Noche triste».
El salto de Alvarado se cuenta entre las proezas más famosas de
la historia, y el que lo dio fue una de las figuras más notables entre
los exploradores del Nuevo Mundo. En la primera gran conquista se
condujo gallardamente, y con el relato de las hazañas que realizó
entonces y después, podría componerse una novela fascinadora.
Alto, guapo, de rubios cabellos y encendida tez, joven, vehemente y
generoso, valiente soldado y agradable compañero, era Alvarado el
amigo predilecto así de los españoles como de los indios. Aun
cuando por algún motivo no era bienquisto de Hernán Cortés,
constituía su brazo derecho, y durante la conquista de México estuvo
generalmente en los puestos de mayor peligro. Habíase educado en
un colegio: escribía con letra grande y clara, lo cual no era muy
común en aquella época, y su firma era muy legible. No era un gran
caudillo como Cortés, pues su valor daba a veces al traste con su
prudencia; pero, como oficial, en el campo de batalla mostrábase tan
intrépido y denodado como el que más.
Pedro Alvarado representado como Sol en el Proceso de residencia contra Pedro
de Alvarado , ilustrado con estampas sacadas de los antiguos códices mexicanos
y notas y noticias biográficas, críticas y arqueológicas por D. José Fernando
Ramírez.
Era el capitán don Pedro de Alvarado natural de Sevilla, y fue al
Nuevo Mundo en el vigor de la edad, no tardando en señalarse en
Cuba por su bizarría. En 1518 acompañó a Grijalba en el viaje en
que descubrió México, y a su regreso a Cuba fue portador de los
pocos tesoros que ambos habían recogido. Al año siguiente, cuando
Cortés embarcó para ir a conquistar aquella nueva y maravillosa
tierra, Alvarado le acompañó como teniente. Tomó una parte
importantísima en todos los brillantes hechos de aquella romántica
aventura. En el momento crítico en que fue necesario apoderarse del
traidor Moctezuma, fueron eficaces la actividad y cooperación de
Alvarado. Mientras el cacique estuvo en rehenes, Alvarado tuvo
ocasión de tratarle y su franqueza le captó las simpatías del guerrero
indio. Quedó al mando de la pequeña guarnición de México cuando
Cortés marchó en su audaz pero feliz expedición contra Narváez, y
desempeñó muy bien aquel delicado cargo. Antes del regreso de
Cortés, notáronse los síntomas de un levantamiento de los indios con
la famosa danza de guerra. Alvarado se hallaba solo, y tuvo que
hacer frente a la crisis bajo su propia responsabilidad. Pero estuvo a
la altura de las circunstancias. Comprendía muy bien el sangriento
designio de la ominosa danza, como lo conocen cuantos han peleado
con los indios, y cuál era el mejor modo de atajarlo. En su
infortunada tentativa de apoderarse de los exorcistas que excitaban
al populacho a asesinar a los extranjeros, Alvarado quedó mal
herido. No obstante, tomó parte en la desesperada resistencia a los
asaltos de los indios, en que fueron heridos casi todos los españoles.
En aquella terrible lucha para defender su fortaleza de adobe, así
como en las audaces salidas para rechazar las sitiadoras hordas
salvajes, se destacaba siempre la figura del rubio teniente. Cuando
Cortés, que había ya regresado con sus refuerzos, vio que la
situación en la capital era insostenible y que su única salvación era
intentar la retirada de la ciudad lacustre a tierra firme, el puesto de
honor le tocó a Alvarado. Había mil doscientos españoles y dos mil
aliados tlaxcaltecas, y esta fuerza se dividió en tres mandos. Dirigía
la vanguardia Juan Velázquez; la segunda división iba a las órdenes
de Cortés y la tercera, que debía sostener toda la furia de la
persecución, la mandaba Alvarado.
Reinaba la mayor quietud cuando salieron, gateando, los
españoles de su refugio para escapar por el malecón.
Era una noche lluviosa e intensamente oscura, y con los cascos de
los caballos y las ruedas de su pequeño cañón cubiertos de trapos
para no hacer ruido, los españoles avanzaban lo más cautelosamente
posible por la angosta lengua de tierra que unía la ciudad del lago
con el continente.
Este terraplenado viaducto estaba cortado por tres anchos canales,
y para cruzarlos llevaban los soldados un puente portátil. Mas, a
pesar de su cautela, no tardaron los indios en darse cuenta de su
salida. Apenas habían abandonado el cuartel y emprendido la
marcha por el viaducto, cuando los toques del monstruoso tambor de
guerra, el «tlapan huehuetl», desde la cumbre de la pirámide de los
sacrificios, rompieron el silencio de la noche sonando a sus oídos
como el toque de agonía de sus esperanzas. Todavía infunde terror
ese feroz rugido del gigantesco timbal colocado sobre un trípode,
que se usa aún y puede oírse a quince millas de distancia; pero para
los españoles anunciaba su perdición. Vieron encenderse varias
hogueras en el teocali, y correr en su persecución numerosos
enjambres de indígenas.
Retrato de Pedro de Alvarado en Proceso de residencia … BNE. Mss/3438
Corriendo tan aprisa como se lo permitían sus heridas y su
impedimenta, llegaron los españoles salvos al primer canal. Echaron
sobre él su puente y empezaron a desfilar por este. Entonces los
indios se agruparon en sus canoas a cada lado del viaducto, y los
atacaron con su característica ferocidad. Los soldados, rodeados por
las turbas, luchaban mientras seguían avanzando. Pero, al cruzar la
artillería el puente, este se vino abajo, precipitando al agua cañón,
hombres y caballos, que no se levantaron más. Entonces empezaron
los inenarrables horrores de la Noche Triste. No había retirada
posible para los españoles, quienes se veían atacados por todos
lados. Los que venían detrás, empujaban a los de delante, que no
podían detenerse ni siquiera ante el canal de agua negruzca. En el
borde estaban apiñados hombres y caballos en la más densa
oscuridad, y todavía venían empujando los de detrás, hasta que, por
último, el canal quedó atestado de cadáveres, y los supervivientes
tenían que pasar por encima de aquel hacinamiento de sus muertos.
Velázquez, que mandaba la vanguardia, fue herido, y españoles y
tlaxcaltecos caían como mieses segadas por la hoz. El segundo
canal, lo mismo que ambos lados del viaducto, estaba bloqueado por
canoas, llenas de guerreros salvajes, y allí se produjo otra sangrienta
pelea, que duró hasta que aquel boquete quedó también atascado con
los heridos, teniendo los fugitivos que pasar por un puente de
cadáveres para llegar al otro borde del viaducto. Alvarado, luchando
a retaguardia para contener a los indios que les atacaban por el
terraplén, fue el último en cruzar, y antes de que pudiera seguir a sus
camaradas, la corriente, barriendo súbitamente la macabra
obstrucción, dejó otra vez despejado el canal. Debajo de Alvarado
cayó muerto su fiel caballo; él también estaba mal herido; sus
compañeros se habían alejado y el despiadado enemigo lo rodeaba
por todas partes. No podemos menos de recordar al héroe romano…
Matanza del Templo Mayor.
aquel héroe tan valiente
que defendió audaz el puente,
y a quien dedica la historia
una página de gloria.
La situación de Alvarado era tan desesperada como la de Horacio
Cocles, y con el mismo varonil denuedo supo colocarse a su altura.
Con una rápida ojeada, comprendió que lanzarse al agua sería una
muerte segura. Entonces, mediante un supremo esfuerzo de su
vigorosa musculatura, apoyóse en la lanza y saltó. La distancia era
de dieciocho pies. 3 Hay memoria de otros saltos bastante más
largos. Nuestro propio Washington, cuando en su juventud se
dedicaba a juegos atléticos, saltó una vez más de veinte pies
tomando carrera. Pero considerando las circunstancias, la
obscuridad, sus heridas y el peso de su armadura, el prodigioso salto
de Alvarado no ha sido sobrepujado quizá por otro alguno.
Pero Alvarado saltó, y el héroe de esa proeza subió
tambaleándose por la margen opuesta, hasta ir a reunirse con sus
compatriotas.
A partir de aquel momento, los que quedaban siguieron luchando
por el viaducto hasta llegar a tierra firme. Los indios abandonaron
por fin la persecución, y los españoles, exhaustos, pudieron respirar
y contar los que se habían salvado. Muy pocos habían quedado con
vida. Nada tiene de extraño, según dice la leyenda, que su valiente
general, acostumbrado como estaba a reprimir estoicamente sus
sentimientos, se sentase bajo el ciprés que se enseña todavía con el
nombre de «el árbol de la noche triste», y derramase lágrimas viriles
al contemplar los lastimosos restos de su valeroso ejército. De los
mil doscientos españoles que antes tenía, ochocientos sesenta
perecieron, y de los supervivientes no había uno solo que no
estuviese herido. También habían muerto dos mil indios tlaxcaltecas
aliados suyos. A no ser porque los indígenas trataban menos de
matar que de aprisionar a los españoles para darles una muerte más
horrible con la cuchilla de sacrificar, ni uno solo se hubiera salvado.
Aun así, los supervivientes vieron más tarde a unos sesenta de sus
camaradas descuartizados sobre el altar del gran Teocali.
Ahuehuete de la Noche Triste , pintado por José Maria Velasco, 1885.
Perdióse toda la artillería, como también todo el tesoro. Ni un
grano de pólvora quedó en condición de poder utilizarse, y sus
armaduras quedaron tan abolladas y rotas, que no parecían las
mismas. Si los indios les hubiesen perseguido entonces, los
hombres, exhaustos, hubieran sido fáciles víctimas. Pero después de
aquella terrible pelea, también descansaban los indígenas, lo cual
permitió que pudiesen escapar los españoles. Dirigiéronse al pueblo
amigo de Tlaxcala, dando un rodeo para escapar de sus enemigos;
pero fueron atacados por todos los pueblos intermedios. La lucha
más desesperada tuvo efecto en las llanuras de Otumba. Rodeados y
acosados por los naturales, los españoles se consideraban ya
perdidos. Afortunadamente Cortés reconoció a uno de los exorcistas
por su rico ropaje, y en una última y desesperada carga, ayudado por
Alvarado y otros pocos oficiales, derribó al sujeto de quien los
supersticiosos indios hacen depender el éxito de la guerra. Muerto el
mago, sus aterrorizados secuaces cejaron, y de nuevo los españoles
se vieron libres de las garras de la muerte.
En el sitio de México, que fue el más sangriento asedio que
registra la historia de América, Alvarado fue quizá la figura más
prominente después de Cortés. Este gran general era el cerebro de
aquella notable campaña, y un cerebro de gran valía. No hay nada en
la historia que pueda compararse con su empresa de hacer construir
trece bergantines en Tlaxcala y transportarlos a hombros de sus
soldados a más de cincuenta millas tierra adentro y botarlos en el
lago de México a fin de que ayudasen a poner el sitio. Lo que más se
le parece es el gran hecho de Balboa transportando dos bergantines a
través del istmo. Las hazañas del gran cartaginés Aníbal en el sitio
de Tarento, y las del «gran capitán» español, Gonzalo de Córdoba,
en la misma plaza, no son comparables en modo alguno con
aquellas.
En los setenta y tres días que duró el sitio, era Cortés la cabeza y
Alvarado su brazo derecho. El bizarro teniente mandaba la fuerza
que atacó por el mismo viaducto por donde se retiraron en la Noche
Triste . En una de las batallas le mataron a Cortés el caballo que
montaba, y los indios se llevaban arrastrando al conquistador,
cuando uno de sus pajes se abalanzó sobre ellos y le salvó la vida.
En el asalto final y en la desesperada lucha dentro de la ciudad,
Cortés iba al frente de una mitad de los soldados españoles y
Alvarado mandaba la otra mitad, y este fue el que dirigió la toma por
asalto del gran Teocali.
Después de la conquista de México, en que ganó tantos laureles,
Alvarado fue enviado por Cortés con una pequeña fuerza a
conquistar Guatemala. Marchó allá por Oaxaca y Tehuantepec,
encontrando la resistencia característica de los indios. Había en
Guatemala tres tribus principales: los Quiche, los Zutuhil y los
Cachiquel. Los Quiche le hicieron frente en campo abierto, y los
derrotó. Entonces se rindieron formalmente, hicieron la paz y le
invitaron a visitarlos como amigo en su pueblo de Utatlán. Cuando
los españoles estaban seguros en la ciudad y rodeados por los indios,
estos pegaron fuego a las casas y atacaron ferozmente a sus medio
asfixiados huéspedes. Después de un empeñado encuentro, Alvarado
los derrotó y dio muerte a los cabecillas. Las otras dos tribus se
sometieron, y en cosa de un año Alvarado y su pequeña fuerza
habían llevado a cabo la conquista de Guatemala. Los servicios de
aquel fueron recompensados con su nombramiento de Gobernador y
Adelantado de la provincia, y fundó la ciudad de Guatemala, que en
su tiempo probablemente llegó a ser lo que México era entonces:
una ciudad de quince mil a veinte mil habitantes indios y mil
españoles.
Cortés envió a Pedro de Alvarado a Guatemala en diciembre de 1523.
Acompañando a Alvarado había muchos soldados españoles (parte superior de
esta imagen), pero el grueso del ejército se componía de guerreros indígenas de
Centro y Sur de México. Lienzo del Quauhquechollan («Casa de Alfeñique»),
Universidad Francisco Marroquín.
El gobernador Alvarado se ausentaba con frecuencia de la capital.
Había que efectuar muchas expediciones por aquel desierto nuevo
mundo. Su más importante jornada la realizó en 1534, cuando,
construyendo sus buques como de costumbre, salió para el Ecuador
y llevó a cabo una marcha dificultosa por el interior, hasta llegar a
Quito, donde se encontró en territorio de Pizarro. Entonces regresó a
Guatemala sin provecho alguno.
Durante una de sus ausencias prodújóse el terrible terremoto que
destruyó la ciudad de Guatemala y causó a Alvarado una irreparable
pérdida, a la cual nunca se resignó. Más arriba de la ciudad se
elevaban dos grandes volcanes: el Volcán de Agua y el Volcán de
Fuego. El volcán de agua estaba extinto y su cráter inundado por un
lago. El volcán de fuego estaba, y está todavía, en erupción. En
aquel memorable temblor de tierra, el borde de lava del volcán de
agua quedó hendido por la convulsión, y aquel volumen de agua se
precipitó como un torrente sobre la malhadada ciudad. Miles de
personas perecieron bajo las paredes que se derrumbaban y en la
impetuosa corriente, y entre los que así se perdieron, hallábase la
esposa de Alvarado, doña Beatriz de la Cueva. Su muerte causó al
valiente soldado un gran desaliento, porque la amaba tiernamente.
En los tiempos borrascosos que atravesó México, después que
Cortés hubo terminado su conquista y empezó a malearse en la
prosperidad y a ponerse en evidencia de un modo indigno, el apoyo
de Alvarado fue solicitado y obtenido por el grande y buen virrey
Antonio de Mendoza, uno de los hombres de gobierno más notables
de todas las épocas. No fue eso una traición por parte de Alvarado
hacia su antiguo jefe, pues Cortés había traicionado no solamente a
la Corona, sino también a sus amigos. La causa de Mendoza era la
causa del buen gobierno y de la lealtad.
Se había hecho necesario domeñar a los indios hostiles Nayares,
quienes habían causado a los españoles muchos trastornos en la
provincia de Jalisco, y en esa campaña Alvarado se unió a Mendoza.
Los indios se retiraron a la cima del ingente y, al parecer,
inexpugnable risco de Mixtón, y había que desalojarlos a toda costa.
El asalto de aquella roca puede compararse con el de Acoma y es
uno de los más desesperados y brillantes de que hay recuerdo. El
virrey mandaba en persona; pero la verdadera proeza la realizaron
Alvarado y un oficial compañero suyo. Al ir a escalar el risco,
Alvarado fue herido en la cabeza por una roca que dejaron rodar los
salvajes, y murió a consecuencia de la herida; pero no sin ver que
sus compañeros alcanzaban una brillante victoria.
El oficial que, después de Alvarado, merece citarse como héroe
del Mixtón, fue Cristóbal de Oñate, hombre distinguido por muchos
conceptos. Era un oficial de valía, de espíritu activo y diligente, y
uno de los primeros millonarios de Norte América, siendo, además,
el padre del colonizador de Nuevo México, Juan de Oñate. El 11 de
junio de 1548, algunos años después de la batalla de Mixtón,
descubrió Oñate las más ricas minas de plata del continente, las de
Zacatecas, en la pelada y desolada meseta donde se halla ahora la
ciudad mejicana de aquel nombre. Esas grandes venas de arseniato
rubí y negro y de plata virgen, formaron los primeros millonarios de
Norte América, así como la conquista del Perú, hizo los primeros del
continente del Sur. Las minas de Zacatecas no eran tan vastas como
las que se explotaron en Potosí, de Bolivia, las cuales produjeron, de
1541 a 1664, la inconcebible suma de 641.250.000 pesos en plata;
pero las minas de Zacatecas también fueron enormemente
productivas. Su corriente de plata fue la primera realización de los
ensueños de vasta riqueza en el continente del norte, y causó un
prodigioso cambio comercial en esa parte del Nuevo Mundo. En la
localidad, el descubrimiento redujo el precio de las subsistencias
cerca de un noventa por ciento. Nunca fue México un país de mucho
oro; pero durante más de tres siglos ha sido uno de los principales
productores de plata. Lo es aún hoy día, si bien su producción no es
tan crecida como la de los Estados Unidos.
Fundadores de Guadalajara, Cristobal de Oñate y el árbol donde clavó su cuchillo
para fundar la ciudad por cuarta y definitiva vez
Cristóbal de Oñate fue, por lo tanto, un hombre muy importante
en la obra del destino. Su «bonanza» hizo de México un nuevo país
comercialmente, y supo hacer de sus millones mejor uso que el que
se hace en nuestros días, pues se les empleó en la construcción de
dos de las primeras ciudades de los Estados Unidos.
2.9. EL VELLOCINO DE ORO
Todos sabemos de aquel extraño vellocino amarillo que, guardado
por un dragón, estaba colgado en el sombreado bosquecillo de
Coicos, y de cómo Jasón y sus argonautas ganaron el precio, después
de muchos peligros y peripecias. Ahora bien; en nuestro propio
Nuevo Mundo hemos tenido un vellocino de oro más deslumbrador
que aquel que trató de ganar el mitológico pupilo del viejo Quirón,
pero que nadie llegó a capturar, no obstante haberlo probado
hombres más valientes que Jasón. Realmente hubo centenares de
Jasones que lucharon más bravamente y sufrieron mucho mayores
contrariedades, y que, sin embargo, nunca llegaron a conseguir el
premio. Porque el dragón que guardaba el vellocino de oro
americano no era un quimérico perro faldero como el de Jasón, que
se tragase una pócima y se echase a dormir; era un monstruo mayor
que toda la tierra en que vivían los argonautas y que todos los países
en que viajaron; un monstruo que todavía no ha logrado ningún
hombre, ni toda la humanidad, hacer desaparecer: el mortífero
monstruo de los trópicos.
El mito de Jasón es uno de los más hermosos de la antigüedad, y
hasta es más que bello. Empezamos ahora a comprender la
importante influencia que puede tener un cuento de hadas sobre
conocimientos más serios. Un mito tiene siempre, en cierta parte,
algún fundamento de verdad, y esa oculta verdad puede ser de un
valor perdurable. Estudiar la historia sin fijar la atención en los
mitos que relata, es prescindir de una preciosa luz auxiliar que puede
iluminar determinados hechos. El progreso humano, en casi todas
sus fases, ha sentido la influencia de este raro pero poderoso factor.
¿Dónde imagina el lector que estaría hoy la química, si la piedra
filosofal y otros mitos no hubiesen inducido a los viejos alquimistas
a escudriñar los misterios, donde nunca hallaron lo que buscaban,
pero encontraron verdades de la mayor valía para la humanidad? La
geografía en particular, ha debido más bien a los mitos que a la
invención escolástica el llegar a ser una ciencia, y el mito de oro ha
sido en todo el mundo el profeta y la inspiración de los
descubrimientos y el moldeador de la historia.
Nos hemos acostumbrado a considerar a los españoles como los
únicos que iban en busca de oro, dando a entender que la caza del
oro es una especie de pecado y que ellos eran excesivamente
propensos a cometerlo. Pero no es ese un defecto propio
exclusivamente de los españoles; esa afición es común a toda la
humanidad. La única diferencia está en que los españoles hallaron
oro, lo que es un pecado bastante grande para ciertos
«historiadores», incapaces de considerar lo que hubieran hecho los
ingleses si hubiesen hallado oro en América desde un principio.
Nuestra Señora de la Concepcion de Sierra de Pinos (Zacatecas). Al norte, las
salinas del Peñol Blanco y minas de Nuestra Señora de los Ángeles, las minas de
Sierra de Pinos; al este, San Luis y las serranías de las Gallinas y Bernalejo; al
oeste, el cerro de Tepezalá y las minas de magistral. Al sur, vista de perfil del
camino de México a Zacatecas. En el centro, traza urbana en damero con calles
paralelas que se entrecruzan formando 35 manzanas cuadradas idénticas,
ocupando la plaza central el espacio de una cuadrícula sin edificar. En el centro se
ubica la fuente y a su alrededor, se sitúan los edificios más representativos del
poder civil (Audiencia, casas reales y cárcel), al oriente, y eclesiástico (la iglesia
mayor), al poniente. En los lados norte y sur de la plaza se dibujan fachadas con
soportales. Las construcciones se representan en perspectiva abatida y de forma
bastante detallada.
No creo que nadie niegue que, cuando se descubrió oro en las
partes más distantes de su tierra, el sajón tuvo piernas para llegar
hasta ese metal, y hasta adoptó medidas que no eran del todo
decorosas para apoderarse de él; pero nadie es tan imbécil que hable
de «los días del 49» como de algo que nos deshonre. Hubo
ciertamente algunos lamentables episodios; pero, cuando California
conmovió de pronto el continente, haciendo llegar hasta ella la
fuerza de los Estados del Este, abrió uno de los más valientes, más
importantes y más señalados capítulos de nuestra historia nacional.
Porque el oro no es un pecado: es un artículo muy necesario, y muy
digno siempre que recordemos que es un medio y no un fin, un
instrumento y no un motivo de lucro; punto de sentido común
económico que solemos olvidar tan fácilmente en el centro bursátil
de Nueva York como en las minas del Oeste.
A esta universal y perfectamente legítima afición al oro, debemos
principalmente el que se descubriese la América, como en realidad
el haber civilizado muchos otros países.
La historia científica moderna ha demostrado plenamente cuán
disparatada y errónea es la idea de que los españoles tan solo
buscaban oro, y nos enseña de qué manera tan varonil satisfacían las
necesidades del cuerpo y del espíritu. Pero el oro era para ellos,
como sería hoy mismo para otros hombres, el principal motivo. La
gran diferencia está únicamente en que el oro no les hacía olvidar su
religión. Fue un dedo de oro el que guió a Colón hacia América; a
Cortés hacia México; a Pizarro hacia el Perú; de igual modo que nos
guió a nosotros a California, sin lo cual no hubiera sido hoy uno de
nuestros Estados. El oro que se encontró al principio en el Nuevo
Mundo era desgraciadamente poco: antes de la conquista de México
solo ascendió a 500 000 pesos; Cortés aumentó la cantidad, y
Pizarro la hizo subir a una cifra fabulosa y deslumbradora. Pero lo
más curioso es que el oro que se encontró, no representó, en la
exploración y civilización del Nuevo Mundo, un papel tan
importante como el que sé buscaba en vano. El maravilloso mito que
representa el vellocino de oro americano, influyó de un modo más
eficaz, en la geografía y la historia, que las verdaderas e
incalculables riquezas del Perú.
De este mito fascinador tiene la gente escaso conocimiento, aun
cuando una corruptela de su nombre anda en boca de todo el mundo.
Hablando de una región muy rica solemos decir que es otro
«Eldorado» o bien «un Eldorado», error indigno de personas cultas.
El verdadero nombre es «Dorado», y «El Dorado» es una
contracción en español de «el hombre dorado», mito que ha dado
origen a una serie de proezas, al lado de las cuales son
insignificantes las de Jasón y sus compañeros semidioses.
Como todos esos mitos, este tuvo en realidad su fundamento. El
«vellocino de Coicos» era una imagen poética de las minas de oro
del Cáucaso; pero realmente existió un «hombre dorado». Su
historia y los sucesos a que dio pie es un cuento de hadas que tiene
la ventaja de ser verdad. Es un tema sumamente complicado; pero,
gracias a que Bandelier ha descorrido por fin el velo que lo cubría,
se puede ahora relatar esa historia de un modo inteligible, como no
se ha vulgarizado antes de ahora.
Hace algunos años se halló en una laguna de Siecha, en Nueva
Granada, un curioso y pequeño grupo de estatuas: era un trabajo
tosco y antiguo de los indios, y aun más precioso por su interés
etnológico que por el metal de que estaba hecho, que era de oro
puro. Este raro ejemplar, que puede verse ahora en un museo de
Berlín, es una balsa de oro, sobre la cual están agrupadas diez
figuritas de hombres del mismo metal. Representa una extraña
costumbre que en tiempos prehistóricos era peculiar de los indios de
la aldea de Guatavitá, en las montañas de Nueva Granada. Esa
costumbre era como sigue: En cierto día uno de los jefes de la aldea
untaba su cuerpo desnudo con una goma, y después se espolvoreaba
de la cabeza a los pies con oro fino molido. Ese era el «hombre
dorado». Entonces lo llevaban sus compañeros en una balsa hasta el
centro del lago que estaba cerca de la aldea, y saltando de la balsa el
nombre dorado, se lavaba su preciosa y extraña envoltura y la dejaba
hundirse hasta el fondo del lago. Esa práctica era un sacrificio en
provecho de la aldea. La tal costumbre ha quedado históricamente
comprobada; pero se había abandonado más de treinta años antes de
que se enterasen de ella los europeos, esto es, los españoles de
Venezuela en 1527. Esa costumbre no había sido abandonada
voluntariamente por la gente de Guatavitá, sino que los belicosos
indios Muysca de Bogotá pusieron fin a ella, bajando a dicha aldea y
exterminando a casi todos sus habitantes. Pero el sacrificio fue un
hecho, y a tan enorme distancia y en aquellos días precarios, los
españoles supieron de esa costumbre como si todavía se practicase.
La historia del «hombre dorado», que por contracción se decía
«eldorado», era demasiado sorprendente para no causar impresión.
Llegó a ser una palabra familiar, y desde entonces un señuelo para
cuantos se acercaban a la costa del norte de la América del Sur. Nos
extrañará que la tal conseja (que ya se había convertido en un mito
en 1527, desde que cesara la costumbre que le dio pie), pudiese
subsistir durante 250 años sin que se refutase por completo; pero no
nos sorprenderá tanto si tenemos en cuenta que la América del Sur
era entonces un dificultoso y vasto desierto y que aun hoy contiene
muchos misterios que no han sido explorados.
La balsa muisca hace alusión a la ceremonia de la leyenda de El Dorado.
Representa el acto de investidura de poder de los jefes muiscas que se celebraba
en la laguna de Guatavita, en el cual el heredero del cacicazgo cubría su cuerpo
con oro en polvo y acompañado del pueblo arrojaba oro y esmeraldas como
ofrenda a los dioses. (Museo del oro, Bogotá).
Las primeras tentativas para llegar hasta el hombre dorado, se
hicieron desde la costa de Venezuela. Carlos I de España y V de
Alemania, había empeñado la costa de aquella posesión española a
la opulenta familia bávara de los Welsers, concediéndoles el derecho
de colonizar y «descubrir el interior». En 1529, Ambrosio Dalfinger
y Bartolomé Seyler, desembarcaron en Coro (Venezuela) con 400
hombres. La historia del hombre dorado era ya cosa corriente entre
los españoles, y atraído por ella, Dalfinger se fue tierra adentro para
encontrarlo. Era atrozmente cruel, y su expedición fue nada menos
que una absoluta piratería. Penetró hasta el río Magdalena, en Nueva
Granada, esparciendo la muerte y la devastación por donde quiera
que pasaba. Encontró algún oro; pero su brutalidad hacia los indios
fue tan grande y contrastaba de tal modo con el trato que estaban
acostumbrados a recibir de los españoles, que los indígenas,
exasperados, se rebelaron, y la marcha de aquel hombre no fue otra
cosa que una continua lucha, que duró más de un año. El mal estaba
en que los Welsers no tenían más empeño que encontrar tesoros para
reintegrarse del dinero que habían desembolsado, y no sentían el
verdadero espíritu colonizador y cristianizador de los españoles.
Dalfinger no pudo hallar el Hombre Dorado, y murió en 1530 de
resultas de una herida que recibió durante su nefanda expedición.
Escudo de armas de la familia Wesler. De explotar minas de plata pasaron a ser
unos de los financiadores del futuro emperador Carlos I. Fueron los primeros
extranjeros que consiguieron permiso para explotar Venezuela.
Su sucesor en el mando de los intereses de los Welsers, Nicolás
Federmann, no fue mucho mejor como hombre, ni tuvo mejor
fortuna como explorador. En 1530 marchó tierra adentro para
descubrir el Dorado; pero desde Coro se dirigió en derechura hacia
el Sur, así que no pasó por Nueva Granada. Después de una terrible
marcha por las selvas tropicales, tuvo que volverse con las manos
vacías, en el año 1531.
Desde este punto empieza a derivar, cronológicamente, una de las
curiosas ramificaciones y variaciones de este fecundo mito. Fue al
principio un hecho, durante treinta años una fábula, y ahora, después
de tres años, comenzó a ser un errante fuego fatuo, que saltaba de un
punto a otro y poco a poco se iba enredando con otros mitos. La
primera variación data de la tentativa para descubrir el origen del
Orinoco, ese gran río que se suponía que solo podía emanar de algún
gran lago. En 1530, Antonio Sedeño salió de España con una
expedición para explorar el Orinoco. Llegó al Golfo de Paria y
construyó un fuerte, con intención de continuar desde allí sus
exploraciones. Mientras ponía su proyecto en obra, Diego de Ordaz,
antiguo camarada de Cortés, había obtenido en España una
concesión para colonizar el distrito que se llamaba entonces
Marañón, y era un territorio vagamente definido, que comprendía
Venezuela, Guayana y el norte del Brasil. Salió de España en 1531,
llegó al Orinoco y se remontó por el río hasta las cataratas. Entonces
tuvo que volverse, después de dos años de tratar en vano de vencer
todos los obstáculos que se le presentaron. Pero en esta expedición
oyó decir que el Orinoco tenía su origen en un gran lago, y que el
camino que a ese lago conducía, pasaba por una provincia llamada
Meta que, según se decía, era fabulosamente rica en oro. Según el
historiador Bandelier, que es autoridad en la materia, no cabe duda
que la riqueza que se atribuía a Meta era solo un eco del cuento del
Dorado, que había llegado hasta las tribus del bajo Orinoco.
A Ordaz le siguió en 1534 Gerónimo Dortal, el cual intentó llegar
a Meta, pero fracasó por completo. Estas tentativas realizadas desde
Venezuela, según demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio
del Dorado, limitándolo a la parte noroeste del continente. Se le
había buscado en otros puntos sin encontrarlo, y de ahí se dedujo
que debía de estar en el único sitio no explorado: la elevada meseta
de Nueva Granada.
Después de muchas infortunadas tentativas, que no es del caso
relatar aquí, Gonzalo Jiménez de Quesada conquistó por fin la
meseta de Nueva Granada, en 1536-38. Este bravo soldado subió por
el río Magdalena con una fuerza de seiscientos veinte infantes y
ochenta y cinco jinetes. De estos, solo llegaron vivos a la meseta
ciento ochenta, al principio del año 1537. Se encontró con los indios
Muysca, que vivían en aldeas permanentes y poseían oro y
esmeraldas. Le resistieron con su característica tenacidad; pero las
tribus fueron vencidas una tras otra y Quesada fue el conquistador de
Nueva Granada.
El botín que se repartieron los conquistadores ascendió a 246 976
pesos de oro —que valdrían ahora 1 250 000 duros— y 1815
esmeraldas, algunas de gran tamaño y de mucho valor. Hallaron el
verdadero sitio del Hombre Dorado, y hasta visitaron Guatavitá,
cuyos habitantes opusieron una feroz resistencia; pero, claro está que
no hallaron al Hombre, porque ya había desaparecido la famosa
costumbre.
Apenas había Quesada completado su gran conquista, cuando le
sorprendió la llegada de otras dos expediciones españolas, que
fueron atraídas al mismo sitio por el mito del Dorado. Dirigía una de
ellas Federmann, el cual había penetrado en Bogotá desde la costa
de Venezuela en aquella su segunda expedición, que fue una marcha
terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del otro, Sebastián de
Belalcázar había salido de Quito en busca del Hombre Dorado. El
cuento del cacique cubierto de oro había llegado hasta el corazón del
Ecuador, y los relatos de los indios indujeron a Belalcázar a ir en
busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes hicieron un convenio
en virtud del cual Quesada quedó único dueño del país que había
conquistado, y Federmann y Belalcázar regresaron a sus puestos
respectivos.
Mapa de Tierra Firme con el río Orinoco como gran protagonista.
Mientras Federmann andaba a la caza del mito, un sucesor suyo
había ya llegado a Coro. Era el intrépido alemán conocido por
«George de Speyer», pero cuyo verdadero nombre, descubierto por
Bandelier, era George Hormouth. Al llegar a Coro, en 1535, no
solamente oyó hablar del Dorado, sino también de que había
carneros domesticados hacia el sudoeste, esto es, en dirección del
Perú. Siguiendo estas vagas indicaciones, salió con aquel rumbo;
pero tropezó con tan enormes dificultades para llegar al paso de la
montaña que le dijeron los indios que conducía a la tierra del
Dorado, que se desvió hacia las vastas y terribles selvas tropicales
del alto Orinoco. Allí oyó hablar de Meta, y siguiendo aquel mito,
penetró hasta un grado del Ecuador. Durante veintisiete meses él y
sus acompañantes españoles anduvieron errabundos por la
enmarañada y pantanosa manigua que hay entre el Orinoco y el río
Amazonas. Tropezaron con muy numerosas y belicosas tribus, de las
cuales la más notable era la de los Uaupes. No hallaron oro; pero en
todas partes oyeron contar la fábula de un gran lago relacionado con
el oro. De los ciento noventa hombres que salieron en esta
expedición, solo regresaron ciento treinta, y de estos, solo unos
cincuenta tenían fuerzas para llevar armas. Tan indescriptible y
penoso viaje duró tres años. El resultado de sus horrores, fue desviar
la atención de los exploradores del verdadero sitio del Dorado, y
encaminarles hacia las selvas del río Amazonas, en la empresa
quimérica de buscar un mito que tenía mucho de geográfico. En
otras palabras, preparó la exploración de la parte norte del Brasil.
Poco después de George de Speyer, y sin tener la menor relación
con él, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, había dado impulso
a la exploración del Amazonas desde el lado Pacífico del continente.
En 1538, desconfiando de Belalcázar, envió a su hermano Gonzalo
Pizarro a Quito, para reemplazar a su sospechoso teniente. Al
siguiente año, Gonzalo supo que el árbol de la canela abundaba en
los bosques de la vertiente oriental de los Andes, y que todavía más
lejos moraban poderosas tribus indias ricas en oro. Quiere decir que,
mientras el mito original y verdadero del Dorado había llegado a
Quito desde el Norte, el mito de Meta, que era un eco de aquel,
había llegado también allí desde el Este. Puesto que Belalcázar había
ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado, y no había encontrado a
ese individuo, se suponía que su domicilio debía hallarse en algún
otro punto, es decir, al Este, en vez del Norte, de Quito. Gonzalo
emprendió su desastrosa expedición a las selvas orientales con
doscientos veinte hombres. En los dos años que duró la tremebunda
jornada, perecieron todos los caballos, como también sus
compañeros indios, y los pocos españoles que llegaron vivos al Perú,
en 1541, tenían la salud completamente quebrantada. Se encontró el
árbol de la canela; pero no el Hombre Dorado. Uno de los tenientes
de Gonzalo, Francisco de Orellana, habíase adelantado por la parte
superior del Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote
desvencijado. No pudieron los dos grupos volver a juntarse, y
Orellana finalmente se dejó arrastrar por la corriente hasta la
desembocadura del Amazonas, en medio de indecibles sufrimientos.
Flotando mar adentro en el Atlántico, llegaron por último a la isla de
Cubagua, el 11 de septiembre de 1541. Esta expedición fue la
primera que trajo al mundo informes fidedignos respecto del tamaño
y la naturaleza del mayor río de la tierra, y también dio a dicho río el
nombre que hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas mujeres
luchaban al lado de los hombres, y por esta razón le llamaron «río de
las Amazonas».
En 1543, Hernán Pérez Quesada, hermano del conquistador,
penetró en las regiones que había visitado George de Speyer. Fue allí
desde Bogotá, por haber oído tergiversado el mito de Meta; pero
solo encontró miseria, hambre, enfermedades e indígenas hostiles en
los dieciséis terribles meses que anduvo errante por el desierto.
Entretanto, se habían convencido en España de que la concesión
de Venezuela a los prestamistas alemanes era un fracaso. El régimen
de los Welser solo daño causaba. No obstante, se resolvió hacer el
último esfuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caballero
alemán, salió de Coro, en agosto de 1541, a la caza del mito de oro,
el cual por aquel tiempo había llegado ya hasta el sur de las
Amazonas. Durante dieciocho meses anduvo vagando en un círculo,
y entonces, oyendo decir que había una tribu poderosa y rica en oro,
llamada de los Omaguas, se lanzó hacia el sur, cruzando el Ecuador
con su fuerza de cuarenta hombres. Encontró a los Omaguas; fue
derrotado por ellos y herido, y al fin pudo llegar a Venezuela
después de pasar por muchos sufrimientos durante más de tres años
en las más impenetrables selvas y los dilatados pantanos de los
trópicos. A su regreso fue asesinado, y así terminó la dominación
alemana en Venezuela.
«Así tratan las amazonas a los que hacen prisioneros en batalla», 1557, por André
Thevet.
El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar a una compañía
española en batalla a campo abierto, dio a aquella tribu una gran
reputación. Siendo tan fuertes en número y en valentía, era natural
suponer que también fuesen ricos en metales, aun cuando no se
había visto de ello muestra alguna.
Arrojado de su cuna, el mito del Hombre Dorado se había
convertido en un fantasma errante. Habíase perdido de vista su
primitiva forma, y de un Hombre Dorado se había transformado,
poco a poco, en una tribu de oro. Se confundieron y combinaron el
Dorado y Meta, siguiendo el curioso pero característico curso de los
mitos. Primero, un hecho notable; después, el relato de un hecho que
ha dejado de existir; luego, el eco lejano de ese cuento enteramente
despojado de los hechos fundamentales, y, por último, un enredo y
maraña general del hecho; la leyenda y el eco formando un nuevo
mito, difícil de reconocer.
Este mito vagabundo y variable atrajo poderosamente la atención,
en 1550, en la provincia del Perú. En aquel año varios centenares de
indios de la región central del Amazonas, esto es, del corazón del
norte del Brasil, se refugiaron en las colonias españolas de la parte
oriental del Perú. Habían sido arrojados de sus habitaciones por la
hostilidad de las tribus vecinas, y no llegaron al Perú, sino después
de muchos años de penosas y azarosas marchas.
Dieron noticias exageradas de la riqueza e importancia de los
Omaguas, y esos cuentos fueron creídos con avidez. Sin embargo,
no estaba entonces el Perú en condiciones de emprender una nueva
conquista, y solo diez años después de la llegada de aquellos indios
refugiados, se dieron algunos pasos acerca de este asunto. El primer
virrey del Perú, el bueno y gran Antonio de Mendoza, que del
virreinato de México había sido ascendido a esta más alta dignidad,
vio en aquellas noticias la oportunidad de tomar una sabia medida.
Había librado a México de unos cuantos centenares de hombres
levantiscos que eran una amenaza para el buen gobierno,
enviándolos a la caza del áureo fantasma de Quivira, aquella notable
expedición de Coronado que fue tan importante para la historia de
los Estados Unidos. Entonces halló en su nueva provincia un peligro
análogo pero mucho peor, y para librar al Perú de gente maleante y
peligrosa, Mendoza organizó la famosa expedición de Pedro de
Ursua. Fue el cuerpo más numeroso que se reunió en la América del
Sur para una empresa de esta clase en el siglo XVI ; pero se
componía de los peores y más feroces elementos que jamás hubo en
las colonias españolas. Las fuerzas de Ursúa se concentraron en las
márgenes del alto Amazonas, y el día de 19 de julio, el primer
bergantín zarpó y tomó río abajo. El cuerpo principal de la
expedición siguió en otros bergantines el 26 de septiembre.
Era aquella región una inmensa selva tropical, enteramente
desierta. Pronto se hizo evidente que sus esperanzas de oro nunca
llegarían a realizarse, y empezó el descontento a manifestarse de un
modo sangriento. En aquella turba de malhechores que virtualmente
había desterrado el sabio virrey para purificar el Perú, no era de
esperar que reinase la armonía. No hallándose ya diseminados entre
buenos ciudadanos que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos
en descarada pillería, no tardaron, con su conducta, en reproducir la
fábula de los gatos de Kilkenny 4 . Su viaje fue una orgía imposible
de describir.
Entre aquellos pillastres había uno de condición peculiar; un
sujeto deforme, pero muy ambicioso, el cual tenía motivos para no
desear volver al Perú. Llamábase Lope de Aguirre. Viendo que el
objeto de la expedición no podía menos de fracasar, empezó a
formar un plan diabólico. Si no podían hallar oro de la manera que
esperaban, ¿por qué no buscarlo de otro modo? En una palabra,
concibió el plan audaz de hacer traición a España y a todos y fundar
un nuevo imperio. Para llevarlo a cabo comprendió que era
necesario deshacerse de los jefes de la expedición, los cuales podrían
tener escrúpulos de ser traidores a su patria. Así, mientras los
bergantines flotaban río abajo, fueron teatro de una serie de atroces
tragedias. Primero fue asesinado el comandante Ursúa, y en su lugar
pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado Fernando de
Guzmán. En el acto fue elevado a la dignidad de príncipe, y ese fue
el primer paso de su manifiesta traición.
Luego fue asesinado Guzmán, como también la infame Inés de
Atienza, mujer que tomó parte vergonzosa en aquella trama, y el
jorobado Aguirre se hizo jefe y «tirano». Patentizóse su traición, y
desde aquel momento mandó la expedición, no como oficial español,
sino como rebelde y pirata. Mientras hacía rumbo al Atlántico, trazó
planes de espantosa magnitud y audacia. Proyectó navegar hasta el
Golfo de México, desembarcar en el istmo, apoderarse de Panamá y
de allí navegar hasta el Perú, en donde daría muerte a todos los que
se le opusiesen y establecería un imperio bajo su dominio.
Pero un curioso accidente desbarató todos sus planes. En vez de
llegar a la desembocadura del Amazonas, la flotilla derivó hacia la
izquierda, internándose en sus laberínticas revueltas, y fueron a parar
al río Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir su error,
y siguieron adelante hasta el Casiquiare, y desde allí penetraron en el
Orinoco. El día 1 de julio de 1561 (un año justo estuvieron
navegando por el laberinto, y todos los días se señalaron con
asesinatos a diestro y siniestro), los malvados llegaron al Océano
Atlántico, pero por la desembocadura del Orinoco, y no, como ellos
esperaban, por la del Amazonas. Diecisiete días después avistaron la
isla de Margarita, donde había un puesto español. A traición se
apoderaron de la isla y proclamaron su independencia de España.
Con este acto se proveyó Aguirre de dinero y de algunas
municiones; pero le faltaban buques para hacer un viaje por mar.
Trató de apoderarse de un gran bajel que conducía a Venezuela al
provincial Montesinos, misionero dominico; pero su traición se vio
frustrada, y se dio la alarma al continente. Furioso por su fracaso,
aquel monstruo descuartizó a los oficiales reales de Margarita. Se
desconcertó así su plan de llegar a Panamá; pero al fin logró apresar
un buque más pequeño, con el cual pudo desembarcar en la costa de
Venezuela, en el mes de agosto de 1561. Su correría por el
continente dejó una estela de crímenes y de rapiña. La gente, atacada
por sorpresa y no pudiendo oponer una resistencia inmediata a aquel
malvado, huía cuando él se acercaba. Las autoridades enviaron a
pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la parte norte de la
América del Sur estaba aterrorizada.
Aguirre continuó sin oposición hasta llegar a Barquisimeto. Halló
aquel pueblo desierto; pero pronto llegó el edecán Diego de Paredes,
con una fuerza leal que había reunido precipitadamente. Al mismo
tiempo Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apresuraba a
marchar contra el traidor con cuantas fuerzas podía allegar. Aguirre
se halló sitiado en Barquisimeto, y sus parciales empezaron a
desertar. Finalmente, viéndose casi solo, Aguirre mató a su hija (que
había participado en todas aquellas terribles correrías) y se rindió. El
comandante español no quería ejecutar al architraidor; pero los
mismos secuaces de Aguirre insistieron en que se le diese muerte, y
lo lograron.
La leyenda del hombre dorado en un grabado de Théodore de Bry.
Hiciéronse posteriormente otras muchas tentativas para descubrir
el Hombre Dorado; pero fueron de poca importancia, excepto la que
realizó Sir Walter Raleigh en 1595. Solamente llegó hasta el Salto
Coroni, es decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan grande
siquiera como la de Ordaz; pero volvió a Inglaterra con estupendos
relatos de un gran lago interior y de ricas naciones. Había
confundido la leyenda del Dorado con noticias de los Incas del Perú,
lo cual prueba que los españoles no eran los únicos que comulgaban
con ruedas de molino. A la verdad, tanto los exploradores ingleses
como los de otras naciones, fueron igualmente crédulos y sintieron
la propia ansia de llegar hasta el oro fabuloso. El mito del gran lago,
el lago de Parime, fue absorbiendo gradualmente el mito del Hombre
Dorado. La tradición histórica se fundió y perdió en la fábula
geográfica. Únicamente en las selvas orientales del Perú reapareció
el Dorado al principio del siglo XVIII ; pero como una ficción
tergiversada y sin fundamento. Mas el lago Parime permaneció en
los mapas y en las descripciones geográficas. Es una curiosa
coincidencia que donde se creía que existían las tribus de oro de
Meta, se haya descubierto recientemente las minas de oro de
Guyana, que han sido motivo de disputa entre Inglaterra y
Venezuela. Es cierto que Meta era tan solo un mito; pero hasta ese
mito fue de utilidad.
La fábula del lago de Parime, el cual por mucho tiempo se creyó
que era un gran lago que tenía detrás grandes cordilleras de
montañas de plata, la desbarató por completo Humboldt a principios
del siglo XIX . Demostró que no había tal gran lago, ni tales
montañas de plata. Las anchas sabanas del Orinoco, cuando se
inundaban en la estación de las lluvias, se creyó que eran un lago, y
el fondo de plata era sencillamente el refiejo de los rayos solares en
los picos de roca micácea.
Con las investigaciones de Humboldt desapareció la más curiosa
y fantástica leyenda de la Historia. Ningún otro mito o tradición de
la América del Norte o de la del Sur, llegó a ejercer tan poderosa
influencia en el curso de los descubrimientos geográficos; ningún
otro puso a prueba el esfuerzo humano de un modo tan pasmoso, y
ninguno ilustró con tanta brillantez la incomparable tenacidad y la
abnegación inherentes al carácter español. Para la mayoría de
nosotros es una nueva pero una verdadera y comprobada lección,
que esa nación meridional, más impulsiva e impetuosa que las del
Norte, era también más paciente y más sufrida. Murió el mito; pero
no había existido en vano. Antes de que fuese desmentido, había
dado pie a la exploración del Amazonas, del Orinoco, de toda la
parte del Brasil situada al norte del Amazonas, de toda Venezuela, de
toda Nueva Granada y del este del Ecuador. Una mirada al mapa nos
revelará lo que esto significa; y es que el Hombre Dorado hizo que
conociese el mundo la geografía de la América del Sur que se
extiende al norte de la línea ecuatorial.
El fabuloso lago de Parime de Hessel Gerritsz (1625). En su esquina superior
izquierda se puede leer: «Manoa, o el Dorado».
México en Civitates orbis terrarum , vol. 1, 1572, grabado de Braun and
Hogenberg.
Cusco en Civitates orbis terrarum , vol. 1, 1572, grabado de Braun and Hogenberg.
Francisco Pizarro por el pintor francés Amable-Paul Coutan (1792–1837).
1 Otros tres han empuñado el cetro desde que se escribió este libro.- (N. del
traductor) .
2 El acre es una medida agraria que equivale a 40, 47 áreas. N. del T .
3 Cinco metros y medio. N. del T.) .
4 Según la fábula, dos gatos cayeron en un pozo de Kilkenny, y se atacaron
uno a otro con tanta ferocidad que solo quedaron los rabos. (N. del T.)
3
EXPLORADORES EJEMPLARES
3.1. EL PORQUERIZO DE TRUJILLO
Allá por los años de 1471 a 1478 (no estamos seguros de la fecha
exacta), nació un infortunado chico en la ciudad de Trujillo,
provincia de Extremadura (España). Era hijo ilegítimo del coronel
Gonzalo Pizarro, el cual se había distinguido en las guerras de Italia
y de Navarra. Pero su parentesco no le fue de provecho alguno. El
niño bastardo nunca tuvo hogar; hasta se dice que fue abandonado
como expósito en el atrio de una iglesia. Creció y se hizo hombre en
la ignorancia y la pobreza más abyecta, sin escuela y sin que nadie
cuidase de él, y teniendo que procurarse por sí solo la subsistencia.
Únicamente podía dedicarse a las más bajas faenas; pero parece que
en ellas ponía sus cinco sentidos. ¡Cómo los muchachos de la
vecindad se hubieran reído y mofado si alguien les hubiese dicho:
«Ese rapaz sucio y harapiento que guarda puercos en los encinares
de Extremadura, será un día un grande hombre, en un nuevo mundo
que nadie ha visto todavía; será un soldado más famoso que nuestro
Gran Capitán, y repartirá más oro que el Rey, nuestro Señor!» Y no
hubiese podido reprochárseles sus burlas. El hombre más sabio de
Europa en aquella época tampoco habría dado crédito a tal profecía;
porque, a la verdad, era la cosa más improbable del mundo.
Pero el mozuelo que sabía guardar fielmente los puercos cuando
no había cosa mejor que hacer, podía dedicarse a cosas más grandes
cuando estas se le ofrecían, y salir igualmente airoso de ellas.
Afortunadamente para él, surgió muy a tiempo el Nuevo Mundo. A
no ser por Colón, hubiera sido hasta su muerte un porquerizo, y
hubiese perdido la Historia una de sus más gallardas figuras, así
como otras muchas a quienes el aventurero genovés abrió las puertas
de la inmortalidad. Para miles de hombres tan incomprendidos por sí
mismos como por los demás, no había entonces en la vida sino una
abyecta obscuridad en la atestada, ignorante y empobrecida Europa.
Cuando España halló de repente nuevas tierras allende los mares,
causó el hecho un despertar de la humanidad como no se había visto
ni volverá a verse nunca. Se halló, literalmente hablando, un nuevo
mundo, y con ello se creó casi una nueva gente. No solo se
aprovecharon de tan maravillosa novedad los grandes hombres y los
de preclaro ingenio; el más pobre e ignorante podía entonces
elevarse y crecer hasta desarrollar toda la estatura del hombre que
dentro de él había. Fue, en realidad, el gran principio de la libertad
del hombre; la primera apertura de la puerta de la igualdad; la
primera semilla de las naciones libres como la nuestra. El Viejo
Mundo era el campo de los ricos y los favorecidos; pero América era
ya lo que tiene el orgullo de ser hoy: la gran oportunidad para el
pobre. Y es un hecho muy notable que casi todos los que se hicieron
una gran hombrada en América, fueron no los grandes que a ella
vinieron, sino los hombres obscuros que aquí se aquistaron la
admiración de un mundo que antes ni siquiera conocía su nombre.
De todos estos y de todos los otros, fue Pizarro el más grande
explorador. El engrandecimiento del mismo Napoleón no fue un
triunfo tan sorprendente de la fuerza de voluntad y del genio sobre
todos los obstáculos, ni moralmente más digno de alabanza.
Estatua erigida en la plaza mayor de Trujillo en honor a su hijo más famoso,
fundida por el escultor estadounidense Charles Cary Rumsey (1879-1922).
No sabemos en qué año Francisco Pizarro, el porquerizo de
Trujillo, llegó a América; pero sí que empezó a ser hombre de
importancia en 1510. En dicho año se hallaba ya en la isla Española
y acompañó a Ojeda en su desastrosa expedición a Urabá en el
continente. Allí se mostró tan valeroso y prudente, que Ojeda le dejó
encargado de la malhadada colonia de San Sebastián, mientras él
regresaba a la Española en busca de auxilios. Esta primera
responsabilidad que recayó sobre Pizarro, estaba preñada de peligros
y sufrimientos; pero nuestro ex porquerizo se mantuvo a la altura de
la situación, y comenzó a desarrollarse en él aquel raro y paciente
heroísmo que más tarde debía sostenerlo durante los años más
terribles que haya vivido conquistador alguno. Dos meses estuvo
esperando en aquel sitio mortífero, hasta que perecieron tantos, que
los sobrevivientes pudieron al fin salvarse apretujándose en el único
bote que tenían.
Entonces Pizarro se unió con Balboa y participó de aquella
penosa marcha a través del istmo y del brillante honor del
descubrimiento del Pacífico. Cuando la intrépida carrera de Balboa
tuvo un fin repentino y sangriento, Pizarro pasó al mando de Pedro
Arias Dávila, el cual lo envió a varias expediciones de poca
importancia. En 1515 cruzó de nuevo el istmo, y probablemente oyó
hablar de un modo vago del Perú. Pero no tenía dinero ni influencia
para lanzarse por sí solo a una aventura. Acompañó al gobernador
Dávila cuando este se trasladó a Panamá y se acreditó en varias
pequeñas expediciones. Pero a la edad de cincuenta años era todavía
pobre y desconocido; no era más que un humilde «ranchero» que
vivía cerca de Panamá. En aquel pestilente y despoblado istmo,
pocas oportunidades se le ofrecían para resarcirse de la pérdida de su
juventud. No había aprendido a leer ni a escribir, y, la verdad sea
dicha, eso nunca llegó a aprenderlo; pero es evidente que había
aprendido cosas más importantes, y había desarrollado una virilidad
que podía servirle para hacer frente a cualquier contingencia.
Pizarro fue uno de los españoles que acompañó a Balboa en el descubrimiento del
Pacífico. Dibujo de Vicente Urrabieta (1813-1879), litografía de J. J. Martínez
(Madrid). BNE, INVENT/28627.
Pedro Arias Dávila, Pedrarias .
Zona de las andanzas de Pascual de Andagoya: Panamá, Colombia y Ecuador,
por entonces territorio conocido como Castilla del Oro.
En 1522, Pascual de Andagoya hizo un pequeño viaje desde
Panamá por la costa del Pacífico; pero no fue más allá de donde
había llegado Balboa algunos años antes. Su fracaso, sin embargo,
llamó de nuevo la atención hacia los países desconocidos situados
más al Sur, y Pizarro ardía en deseos de explorarlos. La mente del
hombre que había sido porquerizo fue la única que supo comprender
la importancia de aquellas regiones que esperaban ser descubiertas;
su valor, el único que podía afrontar los obstáculos que para lograrlo
existían. Al fin halló dos hombres prestos a escuchar sus planes y
ayudarle a realizarlos. Esos fueron Diego de Almagro y Hernando de
Luque. Almagro era un soldado de fortuna, un expósito como
Pizarro, pero mejor educado y de alguna más edad. Físicamente era
un hombre valeroso, aunque no tenía el elevado valor moral ni la
influencia moral de Pizarro. Era por todos conceptos un hombre de
más baja estofa; más bien lo que podía esperarse de ambos por su
nacimiento, que no ese carácter fenomenal del hombre que demostró
hallarse tan en su centro en las cortes y las conquistas, como
guardando cerdos en su tierra. No solo podía Pizarro acomodarse
fácilmente a cualquier rango de fortuna, sino que en él no hacían
mella ni el poder ni la pobreza. Era hombre de rectos principios,
esclavo de su palabra, inflexible, heroico, y no obstante prudente y
humanitario, generoso, justo y siempre leal; cualidades todas en que
muy por debajo de él estaba Almagro.
Luque era un sacerdote, vicario en Panamá. Era un hombre sabio
y bueno, a quien mucho debieron los dos soldados. Solo tenían estos
gran valor y fuertes brazos para la expedición, y él tuvo que aprontar
los medios. Hízolo con dinero que obtuvo del licenciado Espinosa,
jurisconsulto. Era necesario, como en todas las provincias españolas,
el consentimiento del Gobernador, y aunque Dávila no parecía
aprobar la expedición, se obtuvo su permiso con la promesa de darle
una participación en los beneficios, aun cuando no tenía que
contribuir a los gastos. Se le dio el mando a Pizarro, y salieron en
noviembre de 1524, con un centenar de hombres. Almagro se quedó
para seguirles tan pronto como pudiera, con la esperanza de reclutar
más gente en la pequeña colonia.
Después de costear alguna distancia hacia el Sur, Pizarro hizo un
desembarco. Era aquel un sitio inhospitalario. Los exploradores se
hallaron en un inmenso pantano tropical, donde era imposible
avanzar a causa de las ciénagas y de la espesa manigua. Los
miasmas que emanaban de aquel cenagal, eran un enemigo cruel e
intangible. Nubes de venenosos insectos se cernían sobre ellos.
Pensar que las moscas sean un peligro para la vida parecerá extraño
a los que solo conocen las zonas templadas; pero en algunas partes
de los trópicos hay insectos más terribles que los lobos. Desde la
marisma, los españoles, exhaustos, lograron difícilmente abrirse
paso hasta unos montes, cuyas aguzadas rocas (que probablemente
eran de lava) les cortaban los pies hasta los huesos. Y nada
encontraron para consolarles y alentarles; todo era un desierto sin
aliciente alguno. Con trabajo retrocedieron hasta su tosco bergantín,
aplanados bajo un sol tropical, y se embarcaron de nuevo.
Aprovisionándose de agua y de madera, continuaron su rumbo hacia
el Sur. Entonces sobrevinieron fuertes tormentas que duraron diez
días. Lanzado de una a otra parte por las olas, su desvencijado barco
estuvo a punto de hacerse pedazos. Escaseó el agua, y en cuanto a
alimento, tuvieron que contentarse con dos mazorcas de maíz díarías
cada uno. Tan pronto como el tiempo se lo permitió, procuraron
desembarcar; pero se hallaron de nuevo en una selva tupida e
impenetrable. Aquellas extrañas, inmensas selvas de los trópicos
(selvas tan grandes como toda Europa), son la parte más ingrata de
la Naturaleza: el inmenso mar y las desiertas llanuras no son tan
solitarios ni tan mortíferos como ellas. Árboles gigantescos, algunos
de ellos de mucho más de cien pies de circunferencia, crecen
apiñados y altísimos, sumidos en eterna lobreguez, enlazados sus
enormes troncos con espesas enredaderas, de tal modo que forman,
no ya un bosque, sino una impenetrable muralla. Para dar un paso
hay que abrirse camino con el hacha. Grandes y repugnantes
serpientes y enormes saurios viven allí, y en aquel aire caliente y
húmedo se esconde un enemigo más mortal que la boa, el caimán o
la víbora: la pestilencia tropical.
No eran canijos aquellos hombres; pero en tan terribles desiertos
pronto perdieron toda esperanza. Empezaron a maldecir a Pizarro
por haberlos llevado a tan miserable muerte, y clamoreaban porque
les volviese a Panamá. Pero eso solo servía para contrastar la
diferencia que había entre hombres que eran valerosos físicamente y
un hombre de valor moral como Pizarro. No tuvo este la menor idea
de abandonar la empresa; sin embargo, como sus hombres estaban
dispuestos a amotinarse, era preciso hacer algo, y tuvo una idea
brillante; uno de los primeros chispazos de aquel genio que se
desarrolló de modo tan notable ante el peligro y la necesidad.
Alentaba a sus subordinados mientras trataba de desbaratar su motín.
Encargó a Montenegro, uno de sus oficiales, que se fuese en el
bergantín con la mitad del pequeño ejército a la Isla de las Perlas en
busca de provisiones. Esto fue parte a que no se abandonase la
expedición. Pizarro y sus cincuenta hombres no podían volverse a
Panamá, porque no tenían buque; y Montenegro y sus compañeros
no podían dejar de volver con algunos auxilios. Pero fue muy
doloroso aquel compás de espera. Durante seis semanas, aquellos
famélicos españoles anduvieron perdidos por la ciénaga, cuya salida
no podían hallar. No encontraban allí alimento alguno, excepto los
mariscos que recogían y algunas bayas, entre las cuales las había
venenosas y que causaban muchos dolores a los que las comían.
Pizarro participaba de las penalidades de sus hombres con
bondadosa abnegación, compartiendo alimentos con el más pobre
soldado y trabajando como los demás, siempre animándoles con el
ejemplo y con sus buenas palabras. Más de veinte hombres, casi la
mitad de aquel grupo, murieron a consecuencia de sus privaciones, y
los que sobrevivieron perdieron toda esperanza, excepto el esforzado
jefe. Cuando estaban ya a punto de desfallecer, una luz lejana que
vieron brillar a través de la selva les dio valor, y abriéndose camino
hacia ella, llegaron por fin a un campo abierto donde había una aldea
india, cuyas provisiones de maíz y de cocos salvaron a los
extenuados españoles. Tenían aquellos indios unos cuantos toscos
adornos de oro, y dijeron que hacia el sur había un país muy rico en
este metal.
Por fin, Montenegro regresó con su buque y algunas provisiones
al puerto del Hambre, como lo llamaron los españoles. También él
había sufrido mucho a causa de las tormentas, que le retrasaron en su
viaje. Unidos los dos grupos, navegaron hacia el sur y pronto
llegaron a una costa más abierta, donde encontraron otra aldea de
indios. Los habitantes habían huido; pero los exploradores hallaron
alimentos y algunos ornamentos de oro. Quedaron horrorizados, sin
embargo, al descubrir que se hallaban entre caníbales, puesto que
vieron piernas y brazos humanos que se estaban asando en las
hogueras. Determinaron hacerse a la mar en medio de una tormenta,
antes que quedarse en un lugar tan repulsivo. Al llegar a un
promontorio, que bautizaron con el nombre de Punta Quemada,
tuvieron que desembarcar de nuevo, porque su pobre barco estaba
tan quebrantado que había peligro de que se fuese a pique. Mientras
Pizarro acampaba en una ranchería abandonada, envió a Montenegro
con una pequeña fuerza a hacer exploraciones tierra adentro. Había
penetrado el teniente unas cuantas millas, cuando cayó en una
emboscada que le tendieron los indígenas, y tres de sus hombres
fueron muertos. Los españoles no tenían ni siquiera mosquetes; pero
con espada y ballesta lucharon desesperadamente y por fin
rechazaron a sus atezados enemigos. Los indios, viendo allí
frustrado su propósito, regresaron a marchas forzadas a su aldea, y
por serles familiares las veredas, llegaron antes que Montenegro y lo
atacaron súbitamente. Pizarro, con su pequeña fuerza, salió a su
encuentro, y empezó una lucha feroz, pero desigual. Estaban los
españoles en gran minoría, y su situación era desesperada. En la
primera descarga de flechas del enemigo, Pizarro recibió siete
heridas , hecho que por sí solo basta para demostrar la escasa
ventaja que la armadura de los españoles les daba sobre los indios,
mientras que era una carga muy pesada bajo el calor de los trópicos
y entre enemigos tan ágiles. Los españoles tuvieron que cejar, y al
retroceder, Pizarro resbaló y cayó. Los indios, reconociendo
fácilmente que era el jefe, dirigieron todos sus esfuerzos contra él, y
varios de ellos se lanzaron sobre el guerrero caído y ensangrentado,
pero Pizarro se levantó, y haciendo un supremo esfuerzo, tumbó a
dos de ellos y mantuvo a los otros a distancia, hasta que vinieron sus
hombres en su ayuda. Entonces acudió Montenegro y atacó por
detrás a los indios, viéndose pronto los españoles dueños del campo.
Pero les había costado muy caro, y el jefe comprendió claramente
que no podía permanecer en aquella tierra salvaje con tan pequeña
fuerza. Pensó, por lo tanto, en ir a buscar refuerzos.
Embarcóse de nuevo para volver a Chicamá, y permaneciendo
allí con la mayoría de sus hombres, cuidando de que no tuviesen
ocasión de desertar, envió a Nicolás de Ribera, con el oro que habían
recogido y un informe detallado de sus hechos, al Gobernador
Dávila, de Panamá.
Entretanto Almagro, después de muchas demoras, había salido de
Panamá en otro buque y con sesenta hombres para seguir a Pizarro.
Encontró la pista por los árboles que Pizarro había marcado en
varios puntos, según lo convenido. Desembarcó en Punta Quemada,
y allí lo recibieron los indios de un modo hostil. Llegaba Almagro
con la sangre ardiente y cargó contra ellos con denuedo. En esa
acción, una jabalina de los indios le produjo tan grave herida en la
cabeza que, después de unos días de intenso sufrimiento, perdió uno
de sus ojos. Pero, no obstante esta gran desgracia, continuó
impertérrito su viaje. La gran resistencia física de aquel hombre era
su cualidad más admirable. Podía arrostrar el peligro y el dolor
bravamente; pero pocos días después demostró que carecía de valor
moral. En el Río San Juan, la soledad y la incertidumbre fueron
demasiado para Almagro, y se volvió hacia Panamá.
Afortunadamente supo que su capitán estaba en Chicamá, y allí se
juntó con él. Pizarro no pensaba en abandonar la empresa, y de tal
modo influyó en Almagro, el cual solo necesitaba ser dirigido para
estar pronto a cualquier hazaña, que los dos se juraron
solemnemente llegar hasta el fin de su viaje o morir como hombres
en la empresa. Pizarro le envió a Panamá en busca de auxilios, y él
se quedó alentando a sus hombres en el pestífero Chicamá.
El gobernador Dávila, hombre nada emprendedor y poco dado a
la administración, estaba a la sazón de muy mal humor para que le
pidiesen ayuda. Uno de sus subordinados en Nicaragua merecía ser
castigado, según él creía, y su fuerza no era suficiente para el caso.
Se arrepentía amargamente de haber permitido a Pizarro irse con
cien hombres, que ahora le serían muy útiles, y rehusó ayudar a la
expedición y hasta permitir que continuase. Luque, cuyo cargo y
carácter le daban influencia en la pequeña colonia, finalmente
persuadió al pusilánime gobernador a que no estorbase la
expedición. Hasta en eso mostró Dávila su codicia. Como precio de
su consentimiento oficial, sin el cual no podía hacerse el viaje,
exigió el pago de mil pesos de oro, renunciando todo su derecho a
los beneficios de la expedición, que estaba seguro que serían casi
nulos. Un peso de oro valía entonces mucho más de lo que vale
ahora. En aquellos días era dicho metal mucho más escaso que en la
actualidad, y, por consiguiente, era mayor su valía. Con un peso de
oro podía entonces comprarse una cantidad de cosas cinco veces
mayor que ahora, de modo que lo que se llamaba un duro, y pesaba
un duro, tenía realmente el valor de cinco duros. Por consiguiente, el
dinero que exigió Dávila como soborno, equivalía a cinco mil duros.
Afortunadamente, por aquel tiempo Dávila fue substituido por
otro gobernador de Panamá, don Pedro de los Ríos, el cual no puso
obstáculos al gran proyecto. Con fecha 10 de marzo de 1526,
hicieron un nuevo contrato Pizarro, Almagro y Luque. El buen
vicario había hecho un anticipo de cien mil pesos en barras de oro
para la expedición, y tenía que percibir una tercera parte de todos los
beneficios. Pero en realidad la mayor parte de ese dinero procedía
del licenciado Espinosa, y por medio de un contrato privado se
estipuló que la participación que correspondía a Luque se entregaría
al licenciado. Se compraron y abastecieron con provisiones dos
nuevos buques, mayores y mejores que el estropeado bergantín que
había construido Núñez de Balboa. El pequeño ejército se engrosó
con reclutas hasta reunir 160 hombres, y también se adquirieron
unos cuantos caballos, quedando equipada y lista la segunda
expedición.
Contrato de Panamá: Acuerdo entre Francisco Pizarro, Diego de Almagro y
Hernando de Luque para explorar Perú, según la malévola ilustración de Theodore
de Bry.
3.2. EL HOMBRE IMPERTÉRRITO
Con una fuerza tan insuficiente, aunque mucho más numerosa que
antes, Pizarro y Almagro se embarcaron de nuevo para llevar a cabo
su peligrosa empresa. El piloto era Bartolomé Ruiz, valiente y leal
andaluz y buen marino. El tiempo se presentaba mejor, y los
aventureros iban muy esperanzados. Después de navegar unos
cuantos días, llegaron al río San Juan, que era el punto más lejano de
aquella costa a que había llegado europeo alguno: se recordará que
fue el punto donde Almagro se descorazonó y volvió hacia atrás.
Allí hallaron más poblados indios y un poco de oro; pero también
allí la inmensidad y aspereza del desierto se hizo más evidente. Nos
es muy difícil concebir, en esta época de comodidades, cuan
perdidos se hallaban aquellos exploradores. No había entonces en
todo el mundo un hombre de raza blanca que supiese lo que había
más allá del sitio adonde habían llegado los aventureros españoles; y
para sentir aliento y valor es necesario saber con certeza que existe
algún objetivo en el punto a que nos encaminamos. Podemos
comprender lo que por ellos pasaría, si nos imaginamos un grupo de
muchachos, valerosos pero indoctos, conducidos con los ojos
vendados a una distancia de mil millas, y abandonados en un
desierto selvático y enteramente desconocido.
Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envió a
Almagro a Panamá con uno de los buques en busca de reclutas, y al
piloto Ruiz con el otro buque a explorar la costa más al Sur. Ruiz
costeó hasta llegar a la Punta de Pasado, y fue el primer hombre
blanco que cruzó la línea ecuatorial en el Pacífico, lo cual no es
menguado honor. Encontró un país de más promisión, y vio pasar
una balsa grande con velas de tela de algodón, en la cual iban varios
indios. Tenían espejos (probablemente vidrio volcánico, como era
común entre los aborígenes del sur) con marcos de plata, y adornos
de plata y de oro, además de géneros notables en que había
entretejidas figuras de animales, pájaros y peces. El recorrido duró
varias semanas, y Ruiz llegó a San Juan muy oportunamente. Pizarro
y su gente sufrieron horribles penalidades. Habían hecho un gallardo
esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no les fue posible salir de
la horrenda selva tropical, «cuyos árboles llegaban hasta el cielo».
La espesa manigua no era tan solitaria como la de las otras selvas en
que habían estado. Había multitud de charloteros loros y brillantes
monos, alrededor de los árboles se enroscaban perezosas boas, y
dormitaban los caimanes cabe empantanadas lagunas. Muchos de los
españoles perecieron, víctimas de aquellos horripilantes y raros
reptiles; algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las potentes
roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las
mandíbulas de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos
por los indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce
de aquella menguante partida fueron asesinados por los naturales
que rodeaban su embarrancada canoa. Agotáronse también sus
provisiones, y los que quedaron con vida se estaban muriendo de
hambre cuando llegó Ruiz con escasos auxilios, pero con noticias
alentadoras. Pronto llegó también Almagro, con provisiones y un
refuerzo de ochenta hombres.
Los dos primeros viajes de Pizarro por las costas de Panamá, Colombia, Ecuador
y Perú.
Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur.
Pero en seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Después
de indecibles sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia
la isla del Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus
desmantelados buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados.
Después se embarcaron otra vez dirigiéndose a mares ignotos. El
paisaje iba presentando gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos
bosques tropicales ya no se extendían hasta la orilla del mar. Entre
los boscajes de ébanos y caobos, había de vez en cuando algunos
claros, con campos rústicamente cultivados, y también poblados
indios de bastante extensión. En aquella región había placeres
auríferos y criaderos de esmeraldas, y los indígenas tenían valiosos
ornamentos. Los españoles desembarcaron, pero fueron acometidos
por un número muy superior de indios, y solo pudieron librarse de
ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los
españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cayó de su
caballo, y ese pequeño incidente puso en fuga el enjambre de
indígenas. Algunos historiadores han ridiculizado la idea de que
semejante minucia pudiese producir aquel efecto; pero esto es
debido a la ignorancia de los hechos. Hay que tener presente que
aquellos indios nunca habían visto un caballo. Tomaron al jinete
español y su cabalgadura por un animal grande, raro y asaz terrible
por sí solo: trasunto del antiguo mito griego de los centauros, este
incidente muestra el modo como nació aquel mito. Pero luego, la
gran bestia desconocida se dividió en dos partes, que podían obrar
con entera independencia la una de la otra, y esto era demasiado para
aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron
despavoridos. Los españoles salieron escapados hacia sus buques y
dieron gracias al cielo por su extraña liberación.
Pero esta escapada milagrosa les demostró más claramente la
insuficiencia de aquel puñado de hombres para luchar contra las
hordas de indios. Necesitaban más refuerzos, y otra vez se
embarcaron hacia la isla del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras
Almagro iba a Panamá en solicitud de auxilios. Obsérvese cómo
Pizarro siempre tomaba para sí la carga más pesada y más penosa y
daba la más fácil a su consocio. Siempre era Almagro el que se
enviaba a las comodidades que ofrecía la civilización, mientras que
el esforzado jefe soportaba la espera, el peligro y el sufrimiento. El
mayor obstáculo que se presentaba entonces consistía en los mismos
soldados, aun teniendo en cuenta los mortales peligros y enormes
privaciones que debían sufrir. Pero los peligros y las privaciones de
por fuera son más llevaderos que la traición y el descontento por
dentro. A cada paso Pizarro tenía que sostener moralmente a sus
hombres. Sentíanse constantemente descorazonados (y ciertamente
tenían motivo para estarlo); y en tal estado de ánimo se hallaban
dispuesto a cualquier acto de violencia, y de ningún modo a seguir
adelante. Así es que Pizarro tenía constantemente que esforzar su
voluntad y su valor no solamente para él mismo, que sufría tan
cruelmente como el último, sino para todos. Era como uno de esos
espíritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo
medio muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de
un espíritu menos intrépido.
Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a pesar del
animoso ejemplo y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto
de hacer fracasar toda la empresa. Por conducto de Almagro
enviaron a la esposa del gobernador un ovillo de algodón como
muestra de los productos del país; pero en este, al parecer, simple
regalo los cobardes habían escondido una carta en la cual declaraban
que Pizarro los conducía a la muerte, y amonestaban a otros que no
le siguiesen. Un verso ramplón, colocado al final, decía que Pizarro
era un carnicero que esperaba más carne, y que Almagro había ido a
Panamá a recoger ovejas para llevarlas al matadero.
La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos, el cual se
indignó mucho al leerla. Envió al cordobés Tafur con dos buques a
la isla del Gallo a recoger a todos los españoles que allí estaban, y
estorbar así una expedición cuya importancia no era su mente capaz
de comprender. Pizarro y sus hombres sufrían terriblemente, siempre
calados por las tormentas y casi muertos de hambre. Cuando llegó
Tafur, todos menos Pizarro lo acogieron como un salvador y querían
volverse con él en el acto. Pero el capitán no cejó. Con su daga trazó
una raya sobre la arena y mirando a sus hombres de hito en hito les
dijo: «Camaradas y amigos, de aquel lado está la muerte, las
privaciones, el hambre, la desnudez, las tempestades; de este lado
está la comodidad y la molicie. Desde este lado vais a Panamá a ser
pobres; del otro lado vais al Perú a ser ricos. El que sea valiente
castellano, que escoja lo preferible».
Al decir esto cruzó la raya, pasándose al Sur. Ruiz, el bravo piloto
andaluz, cruzó también detrás de él; lo mismo hizo Pedro de Candía,
el griego, y uno tras otro once héroes más, cuyos nombres merecen
ser recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristóbal
de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera, Francisco de
Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de
Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.
El ruin Tafur solo vio en este acto de heroísmo una desobediencia
al gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad
se le pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera
para impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvió
a Panamá, dejando a los catorce solos en su pequeña isla del
desconocido Mar Pacífico.
Los 13 de la Isla del Gallo . Óleo de Juan B. Lepiani, que representa a Francisco
Pizarro en la isla del Gallo, invitando a sus soldados a cruzar la línea trazada en el
suelo.
¿Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroísmo más grande?
¡Solos, aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin
buques, sin ropa, casi sin armas, había allí catorce hombres,
empeñados todavía en conquistar un país salvaje tan grande como
toda Europa! Hasta el parcial historiador Prescott admite que en
todos los anales de la caballería no se encuentra nada que lo
aventaje.
La isla de Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres
construyeron una frágil balsa y en ella navegaron setenta y cinco
millas hacia el Norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra
más alta y en ella había madera, y los exploradores construyeron
chozas para resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente
por el hambre, por la intemperie y por causa de los bichos
venenosos, que les martirizaban cruelmente. Pizarro reunía a su
gente a diario para hacer sus devociones, y todos los días daba
gracias a Dios por conservarles la vida y le pedían que no los
desamparase. Pizarro fue siempre un hombre devoto, y nunca hacía
acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se olvidaba nunca de dar
gracias a Dios por los éxitos que alcanzaba. Así lo hizo hasta el fin,
y aun en sus postrimerías trazó con los dedos la cruz, que tanto
reverenciaba.
Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres
abandonados esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur
llegó salvo a Panamá, y dio cuenta de haberse negado aquellos
hombres a volver con él. El gobernador Los Ríos se irritó más
todavía y rehusó prestar auxilio a los obstinados náufragos. Pero
Luque, recordándole que las órdenes que había recibido de la
Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al tacaño
gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los
suficientes marineros para tripularlo y un pequeño acopio de
provisiones. Pero con el buque se enviaron órdenes terminantes a
Pizarro de volver y presentarse en el término de seis meses,
ocurriera lo que ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a
los catorce valientes en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin
continuar su viaje con unos cuantos marineros y un ejército de once.
Dos de los catorce estaban tan enfermos que tuvieron que quedar en
la isla al cuidado de indios amigos, y con el corazón apenado sus
camaradas se despidieron de ellos.
Pizarro hizo rumbo al Sur. Pronto traspusieron el punto más
lejano a que había llegado europeo alguno —Punta de Pasado, que
era el límite de las exploraciones de Ruiz—, y se hallaron de nuevo
en mares desconocidos. Después de navegar veinte días, entraron en
el Golfo de Guayaquil (Ecuador), y anclaron en la bahía de Túmbez.
Delante de ellos vieron una gran ciudad india con casas
permanentes. La bahía azul estaba salpicada de balsas con velas
indias, y en las lejanías del fondo veían elevarse los gigantescos
picos de los Andes. Podemos imaginarnos la impresión que debió
causar a los españoles la primera vista de aquellas montañas, que
tenían más de veinte mil pies ingleses de altura.
Los indios salieron en sus balsas a contemplar a los maravillosos
extranjeros, y viéndose tratados con la mayor bondad y
consideración, pronto perdieron el miedo. Los españoles recibieron
regalos de pollos, cerdos y baratijas; les trajeron plátanos, maíz,
boniatos, piñas, cocos, caza y pescado. Puede asegurarse que estos
obsequios fueron sumamente apreciados por los rudos exploradores,
después de tantos meses de pasar hambre. Los indios llevaron
también a bordo varias llamas, que son los cuadrúpedos
característicos y más valiosos de América del Sur. El ameno, aunque
mal informado historiador que ha contribuido a propagar una
interesante, pero absolutamente falsa idea del Perú, dice que la llama
es el carnero peruano; pero es tan carnero como la jirafa. La llama es
el camello sudamericano, un verdadero camello, aunque pequeño. Es
el animal de carga cuyo andar lento y seguro y cuyo paciente lomo
han permitido al hombre transitar por un país tan montañoso que en
algunos sitios son inservibles los caballos. Además de hacer las
veces de acémila, es productor de materia textil: de él se saca el pelo
que sirve para tejer las prendas de ropa que usa el pueblo. Había tres
clases más de camellos: la vicuña, el guanaco y la alpaca, todos
pequeños y todos apreciados por su pelo, el cual para géneros finos
es superior a la lana de los mejores carneros. Los peruanos
domesticaron la llama en grandes rebaños e hicieron de ese
cuadrúpedo su auxiliar más importante. Eran los únicos aborígenes
en las dos Américas, que tenían un animal de carga antes de llegar
los europeos, excepto los apaches de las llanuras y los esquimales,
los cuales utilizaban los perros y los trineos.
En Túmbez, Alonso de Molina fue enviado a tierra para ver la
ciudad. Volvió con tan sorprendentes informes de templos dorados y
grandes fortalezas, que Pizarro no le dio crédito y envió a Pedro de
Candía. Este griego, natural de la isla de Candía, era hombre
importante en el pequeño grupo de españoles. En todas partes eran
entonces los griegos considerados como un pueblo versado en las
todavía misteriosas armas, y toda Europa respetaba a los que habían
inventado el «fuego griego», ese maravilloso agente que ardía por
debajo del agua y que nadie sabe fabricar hoy día. Los griegos eran
generalmente conocidos como «pirotécnicos», y eran muy
solicitados como maestros de artillería.
Pedro de Candía bajó a tierra con su armadura y su arcabuz,
causando con ambas cosas el pasmo de los habitantes; y cuando
puso una tabla como blanco y de un balazo la hizo astillas, quedaron
sobrecogidos por aquel extraño ruido y por el resultado. Candía dio
informes tan encomiásticos como los de Molina, y los harapientos
españoles empezaron a creer que al fin iban a realizarse sus dorados
ensueños, y con esto cobraron nuevo aliento. Pizarro rehusó
delicadamente aceptar los regalos de oro, plata y perlas que le
ofrecieron los aterrorizados indígenas, y de nuevo volvió la proa
hacia el Sur, navegando hasta cerca del 99 de latitud. Entonces,
considerando que ya había visto bastante para justificar su vuelta en
busca de refuerzos, se dirigió a Panamá. Alonso de Molina y un
compañero se quedaron en Túmbez a petición suya, por gustarles
mucho aquella tierra. En su lugar llevóse Pizarro dos jóvenes indios
para que aprendiesen la lengua española. Uno de ellos, a quien
dieron el nombre de Felipillo, jugó más tarde un papel importante
pero ignominioso. Los navegantes se detuvieron en la isla de
Gorgona para recoger a sus dos camaradas que quedaron enfermos.
El uno había muerto, pero el otro se unió de buen grado a sus
compañeros. Y así, con sus doce hombres, Pizarro volvió a Panamá,
después de dieciocho meses de ausencia, habiendo amontonado en
ese lapso todos los sufrimientos y todos los horrores de una vida
entera.
Felipillo es el intérprete que está a la derecha de la imagen con sombrero: lleva el
nombre escrito en la manga de su chaquetilla [Felipe Guamán Poma de Ayala: El
Primer nueva coronica y buen gobierno ].
3.3. GANANDO TERRENO
Al gobernador Los Ríos no le impresionó el heroísmo de aquel
pequeño grupo, y rehusó prestarle auxilio. Su situación parecía
desesperada; pero el jefe no se amilanó. Determinó ir él mismo a
España y dirigirse personalmente al Rey. Esta me parece a mí que
fue una de sus más notables empresas. Aquel hombre, cuya niñez se
deslizó entre cerdos, y que en su edad viril guardó rebaños de
hombres rudos y mucho más peligrosos: que nada sabía de libros ni
de etiquetas cortesanas, presentándose confiada pero modestamente
en la deslumbradora y rígida corte de España, mostraba otra faceta
de su alto valor. Era lo mismo que si un deshollinador de Londres
fuese mañana a pedir audiencia y mercedes a la Reina Victoria. 1
Pero Pizarro supo salir de aquella, como de todas las otras crisis
de su vida, de una manera honrosa. Estaba todavía sin ropa y sin un
maravedí; pero Luque hizo una colecta para él de mil quinientos
ducados, y en la primavera del año 1528 embarcó Pizarro para
España. Llevó consigo a Pedro de Candía y algunos peruanos, con
varias llamas, telas primorosamente tejidas por los indios y algunas
joyas y vasijas de oro y plata para corroborar su relato. Llegó a
Sevilla durante el verano, y fue en el acto encerrado en un calabozo
por Enciso, en virtud de una cruel y antigua ley que por mucho
tiempo prevaleció en todos los países civilizados, que permitía
encarcelar por deudas. La historia de sus hechos no tardó en
divulgarse, y por orden de la Corona fue puesto en libertad y
llamado a la Corte. De pie ante el arrogante Carlos V, el analfabeto
soldado contó su historia con tanta modestia, de un modo tan varonil
y con tal claridad, que el emperador derramó lágrimas al oír el relato
de tan horribles sufrimientos y se entusiasmó ante tan heroica
entereza.
El rey estaba a punto de embarcarse para Italia en una misión
importante; pero, ganado ya su corazón, dejó a Pizarro muy
recomendado al Consejo de las Indias para que este le ayudase en su
empresa. Aquella docta pero grave corporación se movía
lentamente, como suelen moverse los hombres que solo han
aprendido en libros y con teorías, y la dilación era peligrosa. Por fin
la reina intervino en el asunto, y el veintiséis de julio de 1529 firmó
de su propia y regia mano el precioso documento que hizo posible
una de las más grandes y más brillantes conquistas que registra la
historia de la humanidad. América debe mucho a las animosas reinas
de España, lo mismo que a sus reyes. Recordamos lo que hizo Isabel
para el descubrimiento del Nuevo Mundo, y ahora la esposa de
Carlos V contribuyó de una manera igualmente honrosa al más
interesante pasaje de la historia de América.
La capitulación o contrato en que dos personalidades tan
diferentes y distantes figuraran al lado una de la otra: la primera
firmando con letra clara: Yo la Reina , y el otro poniendo debajo:
Francisco (X) Pizarro , fue la base de la fortuna de este último. El
hombre que fuera víctima de la mofa y del abandono de espíritus
mezquinos, que constantemente frustraran su más acariciada
esperanza, se había ahora aquistado el interés y el apoyo de sus
soberanos, y obtenido de ellos la promesa de un magnífico galardón;
y seguros estamos de que un hombre de su calibre, tenía más lejos
de su pensamiento ese galardón que la posibilidad de realizar su
soñado descubrimiento. Había tenido que atraerse auxiliares con el
cebo de doradas esperanzas; y era natural y justo que, al cabo de
cincuenta años de pobreza y privaciones, pensase también un poco
en procurar para sí un tanto de comodidad y de riqueza. Pero no ha
habido ni podrá haber hombre alguno que, por mera avaricia, lleve a
cabo las proezas que realizó Pizarro. Semejantes éxitos solo pueden
alcanzarlos los grandes espíritus que persiguen los más altos ideales,
y ciertamente la principal ambición de Pizarro era conseguir algo
más noble y perdurable que el oro.
Capitulación con Francisco Pizarro y Diego de Almagro firmada por la Reina. AGI,
INDIFERENTE, 415, L.1, F.1 81R-187V.
El contrato con la Corona concedió a Francisco Pizarro el
derecho de fundar y establecer un imperio español en el país de
Nueva Castilla, que tal fue el nombre que se dio al Perú. Se le
otorgaba permiso «para explorar, conquistar, pacificar y colonizar»
las tierras desde Santiago hasta un punto distante doscientas leguas
al sur, y de esa vasta y desconocida nueva provincia sería
gobernador y capitán general, que era el más elevado cargo militar.
Se le daba además los títulos de adelantado y alguacil mayor de por
vida, con un sueldo anual de 725 000 maravedises. A Almagro se le
nombraba comandante de Túmbez, con una renta anual de 300.000
maravedises y el rango de hidalgo. El buen padre Luque fue
nombrado obispo de Túmbez y protector de los indios con mil
ducados anuales. A Ruiz se le dio el título de gran piloto de los
mares del sur; Candía fue nombrado comandante de artillería, y a los
otros que tan bizarramente permanecieron al lado de Pizarro en la
isla solitaria, se les concedió el título de hidalgos.
A cambio de estas mercedes se le exigió a Pizarro la promesa de
observar las generosas leyes españolas para el gobierno, protección
y educación de los indios, y que llevara con él sacerdotes
expresamente para convertir los naturales al cristianismo. Tenía
además que reunir una fuerza de doscientos cincuenta hombres en
seis meses, y equiparlos bien, contando con un pequeño auxilio de la
Corona; y dentro de los seis meses de su llegada a Panamá, debía
salir con la expedición para el Perú. También se le hizo caballero de
la orden de Santiago, y elevado así de repente a la altiva nobleza de
España, se le permitió añadir las armas reales a las de los Pizarros,
con otros timbres conmemorativos de sus proezas: una ciudad india,
con un buque en la bahía, y el pequeño camello del Perú. Esto era un
sorprendente y significativo cúmulo de honores, muy difíciles de
comprender para los que solo estamos habituados a las instituciones
republicanas. Borró para siempre la mancilla del nacimiento de
Pizarro y le dio un sitio esclarecido. Fue eso tanto más importante,
por cuanto demostraba que la Corona reconocía de este modo el
rango de Pizarro en la conquista de América. Cortés nunca ganó y
nunca recibió tal distinción.
Esta división de honores dio pie a muy serios disgustos. Almagro
jamás perdonó a Pizarro su mayor exaltamiento, y le acusó de haber
procurado lo mejor para sí, egoísta y traicioneramente. Algunos
historiadores se han puesto de parte de Almagro; pero tenemos
fundados motivos para creer que Pizarro obró con rectitud e
integridad. Como él mismo expuso, hizo cuantos esfuerzos pudo
para inducir a la Corona a conceder los mismos honores a Almagro;
pero la Corona se negó a ello. Pero, aun sin tener en cuenta la
palabra de Pizarro, era una medida política muy prudente que la
Corona rehusase esa petición. En cualquier parte, la coexistencia de
dos jefes constituye siempre un peligro, y España había ya tenido en
tal sentido una experiencia demasiado amarga en América, para dar
lugar a una repetición. Dispuesta estaba a conceder todos los
honores y dar estímulos a los brazos; pero debía haber solamente
una cabeza, y ciertamente cualquiera que se fije en la diferencia
mental y moral que había entre los dos hombres y en lo que fueron
sus acciones y los resultados, antes y después de la regia concesión,
admitirá que la Corona de España hizo favor a Almagro en su
estimación y le dio ciertamente cuanto él valía. En todo el contrato
se transparentan los esfuerzos de Pizarro en favor de su socio, el
ingrato y después traidor Almagro, y eso lo corrobora plenamente la
prolongada paciencia y la clemencia de Pizarro para con su vulgar,
innoble y cada vez más empecatado camarada. No era Pizarro de
esos hombres a quienes la fortuna les trastorna la cabeza. Ni lo
aplastaba la adversidad, ni, lo que es más raro todavía, le
embriagaba el éxito más brillante, en lo cual se elevaba a mayor
altura que Napoleón, que era más grande como genio, pero menos
noble como hombre. Elevado de una abyecta y prolongada pobreza
al más alto pináculo de la riqueza y de la fama, Pizarro fue siempre
el mismo hombre tranquilo, modesto, prudente, heroico, temeroso de
Dios y agradecido a sus beneficios. El éxito solo contribuyó a hacer
más vil la naturaleza de Almagro, y su fin fue ignominioso.
Después de firmar su contrato con la Corona, Pizarro sintió el
anhelo de visitar los lugares en que transcurriera su niñez. Aun
cuando esta fuera infelicísima, sentía una varonil satisfacción en
volver a contemplar aquellos lugares. Y el harapiento rapaz que
dejara sus cerdos en Trujillo, volvió allí siendo un héroe
ennoblecido, de cabello cano y de fama imperecedera. No creo que
fuese allá por un alarde de vanagloria ante los que pudieron
recordarle. Esto no era propio del carácter de Pizarro, el cual nunca
dio muestras de vanidad ni de orgullo. Era liberal, modesto,
generoso, como el valiente Crook, el más grande y el mejor de
nuestros conquistadores de los indios, el cual nunca estaba más a
gusto que cuando andaba entre sus tropas sin que en su uniforme ni
en sus maneras se pudiese ver que era un mayor general del ejército
de los Estados Unidos y no un pobre scout o cazador. No; lo que
llevó a Pizarro a Trujillo fue lo que había en él de hombre, o tal vez
un rasgo del niño que siempre queda en esos grandes corazones. Por
supuesto, el pueblo se regocijó honrando al héroe de ese cuento
fantástico, que tal parece la historia de sus hechos. Pero con
seguridad que el bizarro general se alegraba de evadirse algunas
veces de sus visitas, para ir a recorrer las lomas donde había
guardado cerdos muchos años antes, y a contemplar los mismos
árboles y riachuelos, y tal vez a otro harapiento e ignorante
muchacho pastoreando bulliciosos puercos. Bien pudo haberse
pellizcado para cerciorarse de que realmente estaba despierto; de que
aquel rapaz que veía allá a lo lejos no era él, Francisco Pizarro,
vestido de harapos en medio de sus cerdos, y de que aquel caballero
canoso, afamado, que tanto había viajado y tantos honores recibido,
no era un sueño, como tampoco los años que habían transcurrido. Y
era él hombre capaz, sintiéndose despierto, de ir a sentarse sobre el
césped junto al desarrapado porquerizo y decirle bondadosamente:
«¿Cómo vamos, amigo?» Y cuando el asombrado y asustado
mozuelo balbucease o tratase de huir del primer gran personaje que
le había dirigido la palabra, Pizarro le hablaría con tanto cariño y le
contaría cosas tan maravillosas, que el pobre rapaz le miraría con esa
adoración al héroe que es uno de los más puros y más alentadores
impulsos de nuestra naturaleza, pensando si podría él llegar a ser
algún día un personaje como aquel arrogante caballero que
tranquilamente le había dicho: «Sí, hijo mío; yo también guardé
puercos en este sitio.» Cuanto más pienso en ello, por lo que
sabemos de Pizarro, más seguro estoy de que realmente fue a visitar
los antiguos pastos y los cerdos y los ignorantes porqueros, y de que
habló con ellos sencilla y afablemente, y que les impresionaría de tal
modo, que resolvieron hacer algo mejor de lo que haciendo estaban.
Diego de Almagro en Historia General de los hechos de los castellanos en las islas
y Tierra Firme del Mar Oceáno .
Pero el interés que en todas partes se atraía Pizarro no trajo
reclutas a su bandera tan aprisa como él deseaba. Muchos preferían
admirar al héroe, que llegar a ser héroes a costa de semejantes
padecimientos. Entre los que le siguieron estaban sus hermanos
Hernando, Gonzalo y Juan, que debían figurar de un modo
prominente en el Nuevo Mundo, si bien hasta entonces nunca se
había oído mentar sus nombres. Hernando, el mayor de los cuatro,
era el único hijo legítimo y recibió mucho mejor educación. Pero era
también el peor, y como no profesaba los principios estrictos de
Francisco, terminó de un modo lastimoso. Juan era una figura
simpática, y se distinguió por su carácter varonil y su valor; murió
prematuramente. Gonzalo era un verdadero caballero andante,
intrépido, liberal y caballeroso, y llegó a ser tan querido en el Nuevo
Mundo por los soldados que le seguían como por los indios que
conquistaba. Hizo una de las marchas más increíbles de que hay
memoria, y probablemente hubiera adquirido gran fama, si la muerte
de su hermano y guía Francisco no le hubiese hecho caer en manos
de malos consejeros como el pícaro Carvajal, quienes llevándole por
mal camino lo empujaron hacia su ruina. Pero, si bien los hermanos
no eran malvados, ni cobardes, ni tontos, ninguno podía compararse
con Francisco. Era este uno de los raros ejemplares que se ha hallado
esparcidos y muy distanciados por el camino del mundo. Poseía no
tan solo las cualidades de los héroes y que, por fortuna, son muy
comunes, sino también la intuición y la certera finalidad del genio.
Con menos perspicacia que Napoleón, porque era menos instruido,
pero tan grande como él en su decisión, y más grande que él por sus
principios, fue uno de los hombres más insignes de todas las edades.
Pero, volviendo a nuestro relato, pasaron los seis meses, y todavía
le faltaba completar los doscientos cincuenta voluntarios que
necesitaba. El Consejo estaba a punto de revistar el contingente;
pero Pizarro, por temor de que, ateniéndose estrictamente a la letra
de la ley, pudiese aquel impedirle la consumación de sus grandes
planes simplemente por la falta de unos cuantos hombres, y
desesperado al pensar en una nueva demora, no quiso aguardar el
permiso oficial para salir, sino que soltó amarras y se hizo a la mar
secretamente en enero de 1530. No fue realmente correcta semejante
determinación; pero estaba convencido de que mucho se arriesgaba
por un mero tecnicismo y de que él cumplía con el espíritu ya que no
con la letra de la ley. Es evidente que la Corona lo comprendió
también así, puesto que ni se le mandó a buscar ni se le impuso un
castigo. Después de un viaje pesado llegó salvo a Santa Marta. Allí
sus nuevos soldados se asustaron al saber que iban a encontrar
grandes serpientes y caimanes, y un gran número de los más
pusilánimes desertó. También Almagro levantó un clamoreo,
diciendo que Pizarro le había robado los honores que le
correspondían; pero Luque y Espinosa pacificaron a los revoltosos,
ayudados por el espíritu generoso de Pizarro. Este convino en
nombrar a Almagro adelantado y en pedir a la Corona que
confirmase el nombramiento. También prometió mirar por él antes
que por sus propios hermanos.
Al comenzar enero de 1531, Francisco Pizarro salió de Panamá
en su tercero y último viaje hasta el Sur. Tenía en sus tres buques
ciento ochenta hombres y veintisiete caballos. No era, en verdad, un
ejército imponente para explorar y conquistar un gran país; pero fue
todo lo que pudo reunir, y Pizarro estaba empeñado en hacer la
prueba. Llevó a cabo la verdadera conquista del Perú con un puñado
de rudos héroes; pero de todos modos lo hubiera intentado, y es muy
posible que hubiese salido airoso de la ardua empresa aun cuando no
hubiese tenido más que cincuenta soldados; porque, después de todo,
él fue quien conquistó el Perú, más que sus ciento ochenta hombres.
Almagro quedó otra vez en Panamá tratando de reclutar voluntarios.
Pizarro intentaba navegar en derechura a Túmbez y allí efectuar
el desembarco; pero las tormentas hicieron retroceder los frágiles
buques, y se vio obligado a cambiar de plan. Después de navegar
trece días, desembarcó en la bahía de San Mateo, y condujo a sus
hombres por tierra mientras los buques iban costeando hacia el Sur.
Fue aquella una marcha sumamente difícil en tan inhospitalaria
costa, y apenas podían los hombres avanzar dando tumbos. Pero
Pizarro les servía de guía y los animaba con palabras y con su
ejemplo. Como en otras ocasiones y en todas partes, tenía esta vez
que llevar a su gente. Sin duda tenían tan buenas piernas como él,
aun cuando debió ser Pizarro de constitución muy robusta; pero hay
un músculo mental que es más duro y más resistente y que ha
sostenido a muchos cuerpos vacilantes; el músculo del arrojo. Y el
arrojo de Pizarro no ha sido sobrepujado en el mundo. Casi puede
decirse que tenía que llevar a su ejército sobre los hombros.
Aun cuando la región era selvática, tenía riqueza mineral. Según
dice Pedro Pizarro, historiador del siglo XVI y pariente de Francisco,
este recogió doscientos mil «castellanos» 2 de oro, que envió a
Panamá en sus buques para que hablasen por él. Era la clase de
argumento que los rudos aventureros del istmo podían entender, y él
confiaba que su lógica amarilla le atrajese voluntarios. Pero,
mientras los buques realizaban esa importante misión, el pequeño
ejército sufría lo indecible caminando penosamente por la costa. Las
movedizas arenas, el calor tropical, el peso de sus armas y de la
armadura, eran casi insoportables. Estalló una extraña y horrible
peste, y muchos perecieron. El país se hizo más y más inhabitable, y
de nuevo perdieron toda esperanza aquellos pacientes soldados. En
Puerto Viejo se les juntaron treinta hombres al mando de Sebastián
de Belalcázar, el cual después se distinguió yendo a caza de aquella
áurea mariposa que tanto persiguieron hasta morir y nadie llegó a
alcanzar: el mito de El Dorado. Avanzando siempre, Pizarro cruzó
por fin la isla de Puna, para dar descanso a sus desgarbados hombres
y prepararlos para la conquista. Los indios de la isla intentaron
traicionarlos, y cuando sus cabecillas fueron presos y castigados,
todo el enjambre de naturales cayó ferozmente sobre el campamento
de los españoles. Fue una lucha muy desigual; pero al fin el valor y
la disciplina pudieron más que la fuerza bruta, y los indios fueron
derrotados. Muchos españoles quedaron heridos, entre ellos
Hernando Pizarro, el cual recibió una herida de venablo de mal cariz
en una pierna. Pero los indios no les dieron punto de reposo y les
hostilizaban constantemente, apoderándose de los que se desviaban
y teniendo al campamento en continua alarma. Entonces llegó
oportunamente un refuerzo de cien hombres, con unos cuantos
caballos al mando de Hernando de Soto, el heroico pero infortunado
jefe que más tarde exploró el Misisipí.
Con este refuerzo, Pizarro cruzó de nuevo al continente sobre
unas balsas. Los indios le disputaron el paso, mataron a tres hombres
en una de las balsas y desprendieron otra balsa, aprisionando a los
soldados que en ella iban. Hernando Pizarro había ya desembarcado,
y aun cuando se interponía un peligroso lodazal, espoleó su caballo,
que lo atravesó hundiéndose hasta los ijares, y seguido de unos
cuantos compañeros, rescató a los prisioneros que estaban en
peligro.
Entrando en Túmbez, los españoles hallaron aquella linda
población desguarnecida y desierta. Alonso de Medina y su
compañero habían desaparecido, y nunca se supo la suerte que
corrieron. Pizarro dejó allí una pequeña fuerza, y en mayo de 1532
marchó tierra adentro, enviando a Soto con un pequeño
destacamento a explorar la base de los gigantescos Andes. Desde su
primer desembarco, Pizarro impuso la más estricta disciplina. Sus
soldados debían dar a los indios buen trato, so pena de los más
severos castigos. No debían ni siquiera entrar en un hogar indio, y si
se atrevían a desobedecer este mandato eran rígidamente castigados.
Este régimen liberal y bondadoso para con los indios lo adoptó
Pizarro desde un principio, y lo mantuvo con firmeza.
Después de emplear tres o cuatro semanas en exploraciones,
Pizarro escogió un sitio en el valle de Tangara y fundó allí la ciudad
de San Miguel. Construyó una iglesia, un almacén, una sala de
justicia, un fuerte y varias viviendas, y organizó un gobierno. El oro
que habían recogido lo envió a Panamá, y esperó varias semanas a
que llegasen voluntarios. Pero no llegó ninguno, y era evidente que
tenía que abandonar la conquista del Perú o emprenderla con el
puñado de hombres que le seguían. No le tomó a Pizarro mucho
tiempo el decidirse por una de las dos alternativas. Dejando
cincuenta soldados al mando de Antonio Navarro para guarnecer
San Miguel, y dictando rigurosas leyes para la protección de los
indios, marchó Pizarro el 24 de septiembre de 1532 al interior de
aquel vasto y desconocido país.
3.4. EL PERÚ TAL COMO ERA
Ahora que hemos seguido a Pizarro hasta el Perú ahora que va a
conquistar la tierra maravillosa que tan incomparables
contrariedades y sufrimientos le costó encontrar, debemos
detenernos un momento para decir cómo era aquel país. Esto es
tanto más necesario cuanto que se han propalado por el mundo tan
falsos y tan disparatados relatos acerca del «Imperio del Perú» y del
«Reino de los Incas» y otras sandeces por el estilo. Para comprender
lo que fue la conquista tenemos que saber antes lo que había que
conquistar, y para ello es necesario esbozar en pocas palabras la
pintura del Perú, tal como nos la han dado con su autoridad algunos
historiadores grotescamente equivocados, y decir después cómo era
realmente el Perú, según se ha demostrado gracias a modernas
investigaciones.
Nos han contado que el Perú era un gran imperio, rico, populoso
y civilizado, gobernado por una larga serie de reyes, que se llamaban
Incas; que tenía dinastías y nobleza, trono y corona y corte; que sus
reyes conquistaban vastos territorios y civilizaban a los vecinos
salvajes que conquistaban, por medio de sabias leyes y de escuelas y
de otros instrumentos de economía política; que tenían caminos
militares mucho mejores que los que construyeron los romanos, de
mil millas de longitud y con prodigioso pavimento y varios puentes;
que aquella portentosa raza creía en un Ser Supremo; que el rey y
todos los que tenían sangre real en sus venas eran
inconmensurablemente superiores al común del pueblo, pero que
eran bondadosos, justos, paternales e ilustrados; que había regios
palacios en todas partes; que tenían canales de cuatrocientas o
quinientas millas de largo, y ferias regionales y representaciones
teatrales de tragedias y comedias; que tallaban esmeraldas con
herramientas de bronce, arte que es hoy desconocido; que el
gobierno verificaba censos y educaba a las masas; y que, así como la
política de los aborígenes de México era la política del odio, la de
los reyes Incas era una política de amor y de suavidad. Sobre todo,
se nos ha hablado mucho del largo linaje de monarcas incas, la
familia real cuyo último gran rey, Huayna Capac, murió poco antes
de la llegada de los españoles. Se le representaba repartiendo el
trono entre sus hijos Atahualpa y Huáscar, quienes pronto pelearon y
empezaron una guerra cruel y fratricida con ejércitos y otros
procedimientos de pueblos civilizados. Entonces, se nos dice, llegó
Pizarro y se aprovechó de esa guerra intestina; azuzó a un hermano
contra el otro, y así pudo al fin conquistar el imperio.
Todo esto, con otras mil cosas igualmente ridículas, inexactas e
imposibles, es parte de uno de los romances históricos más
fascinadores pero más erróneos que se han escrito. Nunca hubiera
salido de pluma alguna si entonces se hubiese conocido la hermosa y
exacta ciencia de la etnología. Esa idea del Perú que por tanto
tiempo ha prevalecido, se basaba en la más supina ignorancia de
aquel país, y, sobre todo, de los indios de todas partes. Porque hay
que recordar que aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado
gobierno deja tamañita a cualquiera nación civilizada y moderna, no
eran más que indios. No quiero decir con esto que los indios no sean
hombres, con todas las emociones y sentimientos y derechos de los
hombres, derechos que ojalá hubiésemos protegido nosotros con tan
honroso cuidado como lo hizo España. Pero los indios del Norte y
los del Sur de América se parecen mucho en su organización social,
religiosa y política, y son muy distintos de nosotros. Los peruanos
ciertamente estaban algo más adelantados que cualesquiera otros
indios de América; pero de todos modos eran indios. No tenían una
idea correcta de un Ser Supremo, sino que adoraban una
deslumbradora multitud de dioses y de ídolos. No tenían rey, ni
trono, ni dinastía, ni sangre real, ni nada que fuese regio. Todas estas
cosas eran aún más imposibles entre los indios de lo que serían
ahora en nuestra propia república. Ni había, ni podía haber, siquiera
una nación. La vida de los indios es esencialmente de tribus. No
solamente no puede haber un rey entre ellos, ni nada que se parezca
a un rey, sino que ni conocen lo que es herencia, a no ser como algo
de que conviene precaverse. El jefe (y ni siquiera reconocen un jefe
supremo) no puede trasmitir su autoridad a su hijo ni a otro
individuo alguno. El sucesor lo elige el consejo de oficiales
encargados de ello. Donde no hay reyes no puede haber palacios, y
no los había en el Perú. En cuanto a ferias y escuelas y otras cosas
por el estilo, son tan inexactas como imposibles. No había Corte, ni
Corona, ni nobleza, ni censos, ni teatros, ni nada que remotamente
indicase que había habido algo de todo eso; y por lo que hace a los
Incas, no eran reyes, ni siquiera gobernantes, sino simplemente una
tribu de indios. Eran los únicos de esta raza en ambas Américas que
sabían fundir, y esto les permitía hacer toscos ornamentos e
imágenes de oro y plata; así es que su país era el más rico del Nuevo
Mundo, y realmente hacían alarde de un notable aunque barbárico
esplendor. Los templos de sus ciegos dioses brillaban con
ornamentos de oro, y los indios se adornaban con profusión de
metales preciosos, así como nuestros Navajos y Pueblos en Nuevo
México y Arizona aun hoy llevan libras y más libras de adornos de
plata. También hacían herramientas de bronce, algunas de las cuales
eran de muy buen temple; pero eso no era un arte, sino tan solo un
accidente. Nunca se hallaban dos de sus utensilios que tuviesen la
misma aleación; el artífice indio lo hacía al buen tuntún, y por cada
herramienta que le salía bien por casualidad, tenía que desechar
muchas por malas.
Viñetas que ilustran el libro de Pedro Cieza de León: Parte primera de la chronica
del Perú: que tracta la demarcacion de sus prouincias, la descripcion dellas, las
fundaciones de las nueuas ciudades, los ritos y costumbres de los indios …
Eran los Incas una de las tribus peruanas, débiles al principio y
muy asendereados por sus vecinos. Al fin, arrojados de sus antiguos
lares, dieron con un valle que era una fortaleza natural. Allí
construyeron la ciudad de Cuzco (pues construían ciudades lo
mismo que nuestros indios Pueblos, solo que las suyas eran
mejores). Entonces, cuando hubieron fortificado los dos o tres pasos
por donde únicamente podía llegarse a aquella hondonada de los
Andes, se consideraron seguros. Sus vecinos ya no podían penetrar
allí para matarles y robarles. Con el tiempo llegaron a ser numerosos
y confiados, y como todos los demás indios (y algunos blancos),
entonces empezaron a salir a matar y robar a sus vecinos. En esto se
daban muy buena maña, porque tenían un lugar seguro adonde
retirarse, y, sobre todo, porque sus pequeños camellos podían
transportarles subsistencias para permanecer algún tiempo fuera de
su escondrijo. Habían domesticado la llama, lo cual no había hecho
ninguna de las tribus vecinas, excepto los Aymaros, y esto dio a los
incas una enorme ventaja. Podían salir de su seguro valle en gran
número, con provisiones para un mes o más, y sorprender alguna
aldea. Si eran batidos, se escondían por las montañas, viviendo con
las municiones de su recua y hostilizando y atacando constantemente
a los aldeanos hasta aburrirlos. Vemos, pues, el gran servicio que el
pequeño camello prestó a los Incas. Les permitió hacer la guerra de
un modo que hasta entonces no lo hicieran los otros indios de
América. Con esta ventaja y de este modo, esta tribu guerrera había
llevado a cabo lo que pudiéramos llamar una «conquista» sobre una
extensa comarca. Las otras tribus vieron que les tenía más cuenta
cejar al fin y pagar a los Incas para que las dejasen tranquilas.
Estos construyeron almacenes en cada uno de tales sitios, y
pusieron un oficial en todos ellos, para la cobranza del tributo
impuesto a la tribu conquistada. Esas tribus nunca se mezclaron. No
podían entrar en Cuzco, y los Incas no iban a vivir entre ellos. No
constituían, pues, una nación, sino un conglomerado de tribus indias
sujetas por el miedo a una tribu más fuerte.
La organización de los Incas era, hablando en general, igual a la
de cualquiera otra tribu india. El oficial más prominente en
semejante tribu era naturalmente el que tenía a su cargo la dirección
de los combates, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que mandaba
en la guerra; pero en los otros ramos del gobierno distaba de ser el
único o el hombre de más alto rango. Y eso es sencillamente lo que
fueron Huayna Capac y todos esos fabulosos reyes Incas; capitanes
guerreros con la misma influencia que tienen varios capitanes de
guerra indios que conozco personalmente en Nuevo México.
Los hijos de Huayna Capac eran también capitanes guerreros
indios, y nada más; con la particularidad de que eran jefes guerreros
de distintas tribus, rivales y enemigas. Atahualpa bajó desde Quito
con sus guerreros indios y tuvo varios combates, haciendo
finalmente prisionero a Huáscar, a quien encerró en el fuerte indio
de Jauja.
Así se hallaban las cosas cuando Pizarro se dirigió al interior. Y
para que no se confunda el lector con la aserción de que los
historiadores españoles explicaban de distintos modos la situación
del Perú, conviene hacer otra aclaración. Los cronistas españoles ni
decían más mentiras ni cometían más equivocaciones que nuestros
propios exploradores que vinieron más tarde y escribieron con
seriedad acerca del rey indio Philip, del rey indio Powhatan y de la
princesa india Pocahontas. La etnología era entonces una ciencia
desconocida. Ninguno de aquellos antiguos escritores comprendía la
organización característica de los indios. Veían un hombre ignorante,
desnudo, supersticioso, que mandaba a sus ignorantes secuaces y era
persona de autoridad, y le llamaron «rey» porque no sabían qué otro
nombre darle. Lo mismo hicieron los españoles. En aquella época no
tenía el mundo más que una pequeña regla para medir los gobiernos
y las organizaciones; y por muy ridículas que nos parezcan sus
medidas, no era posible entonces medir mejor. No; las
equivocaciones de los cronistas españoles eran tan sinceras y tan
ignorantes como aquellas en que incurriera Prescott tres siglos
después, y a la verdad, no eran tan absurdas.
El Perú, sin embargo, era un país muy prodigioso para haber sido
formado por simples indios desprovistos hasta de una organización o
un espíritu nacional, que es el primer requisito para formar nación.
Sus «ciudades» eran importantes, y en su construcción notábase
bastante pericia; las granjas eran mejores que las de nuestros
Pueblos, porque eran allí indígenas la patata y otras plantas
alimenticias entonces desconocidas en nuestra región del sudoeste, y
estaban regadas por el mismo sistema de irrigación que era común a
todas las tribus sedentarias. Eran los únicos indios que se dedicaban
al pastoreo, y sus grandes rebaños de llamas eran un importante
venero de riqueza; mientras que los géneros de lana de camello que
ellos mismos tejían, no desdeñaban usarlos las empingorotadas
damas españolas. Y sobre todo, sus toscos hornos de fundición les
permitían presentar cierta pompa deslumbradora, que no era de
esperar entre indios americanos; la verdad, nos causaría sorpresa
entrar en las iglesias de cualquier ciudad del mundo y hallarlas tan
esplendentes con placas, imágenes y netos de oro, como eran
algunos de sus barbáricos templos. No podemos afirmar que nunca
hiciesen sacrificios humanos; pero esos horrendos ritos eran raros y
no podían compararse con los horrores que a diario llevábanse a
cabo en México. En los sacrificios ordinarios la llama era la víctima.
Hacia la fortaleza de esa extraordinaria tribu india, se dirigía
Pizarro al frente de su escasa tropa.
3.5. LA CONQUISTA DEL PERÚ
Positivamente ningún ejército salió jamás a luchar con tan
desproporcionadas desventajas. Contra innumerables miles de
peruanos, tenía Pizarro ciento setenta y siete hombres. De estos, solo
sesenta y siete iban montados. En toda la fuerza no había más que
tres cañones; y solo veinte hombres tenían siquiera ballestas: todos
los demás iban armados de espadas, dagas y lanzas. ¡Linda hueste,
en verdad, para conquistar lo que era un imperio en vastedad, ya que
no en organización!
A los cinco días de marcha desde San Miguel, Pizarro hizo alto
para descansar. Allí notó señales de descontento entre su gente, y
adoptó un remedio característico de su genio. Haciendo formar a sus
hombres, les habló en términos amistosos. Díjoles que deseaba que
San Miguel estuviese mejor defendido, pues era muy pequeña la
guarnición que allí había quedado. Si algunos de los presentes
preferían no seguir adelante, ni afrontar los peligros desconocidos
que hallarían tierra adentro, quedaban en libertad de retroceder para
reforzar la guarnición de San Miguel, donde tendrían derecho a las
mismas mercedes de terreno que los otros, además de participar en
los beneficios de la conquista.
Fue una medida audaz y, sin embargo, prudente. Cuatro infantes y
cinco jinetes dijeron que se volverían a San Miguel; y, en efecto, se
volvieron, mientras que ciento sesenta y ocho leales siguieron
adelante, prometiendo de nuevo seguir a su intrépido jefe hasta el
fin.
Soto, que había estado explorando por espacio de ocho días,
volvió entonces acompañado de un mensajero que enviaba el capitán
guerrero de los Incas, Atahualpa. Traía el indio presentes, e invitó a
los españoles a visitar a Atahualpa, que estaba acampado con sus
bravos en Caxamarca. Felipillo, el joven indio de Túmbez que fue a
España con Pizarro para aprender el español, prestó ahora útil
servicio como intérprete, y por su mediación pudieron los españoles
conversar con los Incas. Pizarro trató al mensajero con su
acostumbrada afabilidad, y lo despidió con regalos, marchando
después peñas arriba en dirección de Caxamarca. Uno de los indios
declaró que Atahualpa trataba simplemente de atraer a los españoles
a su fortaleza para destruirlos sin tomarse el trabajo de salir a su
encuentro, lo cual era verdad; y otro indio declaró que el jefe Inca
tenía a su mando una fuerza que no bajaba de cincuenta mil
hombres. Pero sin arredrarse, Pizarro envió un indio adelante para
hacer un reconocimiento, y siguió marchando por los temibles pasos
de la cordillera, alentando a sus hombres con una de sus
características arengas. Díjoles:
Escudo de armas que otorgó el Emperador Carlos V a la ciudad San Miguel,
fundada por Francisco Pizarro en 1532.
Tened todos ánimo y valor para hacer lo que espero de
vosotros y lo que deben hacer todos los buenos españoles, y
no os alarméis por la multitud que dicen tiene el enemigo ni
por el número reducido en que estamos los cristianos. Que
aunque fuésemos menos y el ejército contrario fuese más
numeroso, la ayuda de Dios es mayor todavía; y en la hora de
la necesidad Él ayuda y favorece a los suyos, para
desconcertar y humillar el orgullo de los infieles, y atraerles
al conocimiento de nuestra Santa Fe.
Al oír este animoso discurso, los hombres gritaron que le
seguirían adondequiera que les llevase. Pizarro se puso al frente con
cuarenta jinetes y sesenta infantes, dejando a su hermano Hernando
que hiciese alto con los hombres restantes hasta nueva orden. No era
juego de niños el trepar por aquellos terribles pasos. Los jinetes
tuvieron que desmontar, y aun así, con dificultad podían llevar sus
caballos por aquellas alturas. Los angostos senderos serpeaban por
debajo de salientes riscos y bordeaban sombrías quebradas, estrechas
hendiduras de millares de pies de profundidad, en las que el resalto
que formaba la roca tenía apenas el ancho suficiente para arrastrarse
por él. Dominaban el paso dos imponentes fuertes de piedra; pero
afortunadamente estaban abandonados. Si los hubiese ocupado el
enemigo, estaban perdidos los españoles; pero Atahualpa quiso
dejarles penetrar en su trampa, en la confianza de que una vez dentro
los aplastaría fácilmente. Cuando llegaron los españoles a lo alto del
paso, mandaron a buscar a Hernando, el cual subió con su gente.
Llegó entonces un mensajero de Atahualpa con regalo de llamas, y
casi al mismo tiempo volvió el espía indio que envió Pizarro y
reiteró que Atahualpa intentaba traicionarles. El mensajero peruano
explicó de un modo plausible los movimientos sospechosos que
había relatado el espía. Su explicación distaba de ser satisfactoria;
pero Pizarro era demasiado listo para mostrar su desconfianza. Solo
podían salvarse aparentando tranquilidad.
Los españoles sufrieron mucho frío al doblar aquella empinada
sierra, y hasta la misma bajada por la vertiente oriental de la
cordillera se les hizo sumamente dificultosa. Al séptimo día llegaron
a la vista de Caxamarca situada en su lindo valle ovalado, que era
una hondonada de gran extensión. A lo lejos y a un lado estaba al
campamento del jefe guerrero Inca y de su ejército, que cubría una
vasta superficie. El día 15 de noviembre de 1532, los españoles
entraron en la ciudad. Hallábase enteramente desierta, lo cual era de
muy ominoso agüero. Pizarro hizo alto en la gran plaza cuadrada o
comunal, y envió a Soto y Hernando Pizarro con treinta y cinco
jinetes al campo de Atahualpa para pedirle una entrevista. Hallaron al
jefe Inca rodeado de una pompa que les pasmó; y no menos les
impresionó el número abrumador de guerreros que vieron en el
campamento. A su solicitud, contestó Atahualpa que aquel día estaba
guardando ayuno por ser día sagrado (lo cual ya era una
circunstancia sospechosa); pero que al día siguiente visitaría a los
españoles en la ciudad. «Ocupad las casas de la plaza», les dijo; «y
no entréis en ninguna otra. Aquella son para el uso de todos. Cuando
yo vaya, daré órdenes acerca de lo que hay que hacer».
Reconstrucción de la Cajamarca que ganó Pizarro y grabado de Guaman Poma.
Los peruanos, que nunca habían visto un caballo, quedaron
atónitos al contemplar aquellos extranjeros montados, y aun más se
encantaron cuando Soto, que era un gran jinete, mostró su habilidad
con algunas proezas, no por vano alarde, sino porque era de mucha
importancia el causar impresión a aquellos innumerables bárbaros
con las peligrosas habilidades de los extranjeros.
Los acontecimientos del día siguiente merecen especial mención,
puesto que ellos y sus consecuencias directas han dado pie a la
injusta imputación que se ha hecho a Pizarro de ser un hombre cruel.
Los verdaderos hechos lo justifican plenamente.
En la mañana del 16 de noviembre, después de una noche de gran
ansiedad, los españoles se levantaron al despuntar el alba. Entonces
vieron claramente que se habían metido en la trampa, y que había
una probabilidad contra ciento de que pudiesen salir de allí. Su espía
indio había sido veraz en sus avisos. Allí estaban, acorralados en la
ciudad ciento setenta y ocho hombres, y a poca distancia había
innumerables millares de indios. Pero, y esto era peor todavía, vieron
que les habían cortado la retirada; porque durante la noche Atahualpa
había situado una gran fuerza entre ellos y el paso por donde habían
entrado. Estaban, pues, en una situación enteramente desesperada: no
podía salvarles más que un milagro. Pero el milagro estaba a mano:
era Pizarro.
Por una de las sabias disposiciones de la naturaleza, las mentes
mejor equiparadas piensan mejor y más rápidamente cuando más
necesitan pensar aprisa y bien. En el momento supremo todos los
pensamientos que se amontonan y confunden en el excitado cerebro,
parece como si se apartasen de repente para dejar un claro por donde
un gran pensamiento pueda saltar, como el corredor que llega a la
meta, o bien como el rayo que hiende el aire manso, mientras su
fuego se precipita abriéndose paso. Las personas más inteligentes
tienen a veces ese relampagueo mental, y cuando se puede confiar en
que ha de aparecer e iluminar al instante las crisis más obscuras, es la
intuición del genio. Eso es precisamente lo que hizo de Napoleón
todo un Napoleón, y de Pizarro todo un Pizarro.
Había necesidad de formular con maravillosa rapidez un
pensamiento que fuese casi sobrehumano. ¿Cómo podían vencerse
aquellas terribles desventajas? ¡Ah! Pizarro dio con ello. Él no sabía,
como sabemos ahora, las razones supersticiosas que hacían que los
indios reverenciasen tanto a Atahualpa; pero sí sabía que existía esa
influencia. Algo de lo que Pizarro era para los españoles, era para los
peruanos su capitán guerrero: no tan solo era su jefe militar, sino que
literalmente era «en sí toda una hueste». Pues bien; si él podía hacer
prisionero a aquel cacique traidor, esto haría disminuir muchas de las
desventajas; en realidad equivaldría de un modo incruento a quitar a
los enemigos algunos millares de hombres. Además, Atahualpa
quedaría en rehén para responder de la paz de su tribu. Y como único
medio de salvación, Pizarro resolvió aprisionar al cacique.
Empezó en el acto a hacer preparativos para este brillante golpe
estratégico. La caballería, dividida en dos grupos, mandados por
Hernando de Soto y Hernando Pizarro, se ocultó en dos espaciosos
zaguanes que daban a la plaza. En un tercer zaguán se colocó la
infantería, y Pizarro, con veinte hombres, ocupó una posición en otro
punto ventajoso. Pedro de Candía, con la artillería —dos pequeños
falconetes—, se había situado en lo alto de un fuerte edificio. Pizarro
dirigió entonces a sus soldados una fervorosa arenga, y después de
una rogativa a Dios para que les amparase y librase de todo mal, la
pequeña fuerza esperó al enemigo.
Pizarro, Valverde y Felipillo delante de la majestad de Atahualpa.
Casi había transcurrido el día cuando Atahualpa entró en la ciudad
sentado en una silla de oro que llevaban en hombros sus servidores.
Había prometido hacerles una visita amistosa e ir desarmado; pero
era de notar que aquella visita amistosa la hizo acompañado de un
séquito de varios miles de atléticos guerreros. Ostensiblemente iban
desarmados; pero debajo de sus mantos llevaban ocultos arcos,
machetes y mazas. Atahualpa no pudo resistir a la curiosidad, aun
cuando habíase mostrado indiferente. Aquella nueva clase de
hombres era demasiado interesante para exterminarlos en el acto.
Quería verlos más, y así fue a ellos; pero sumamente confiado, como
pudiera estarlo un niño cruel con una mosca. Observaría por un rato
sus aleteos y zumbidos, y cuando se cansase de ellos no tenía más
que extender el pulgar y aplastar la mosca sobre el vidrio de la
ventana. Pero no contaba Atahualpa con la huéspeda. Ciento setenta
cuerpos españoles podían ser fácilmente aplastados; pero no cuando
los animaba un espíritu como el de su jefe.
Aun en aquel instante estaba Pizarro dispuesto a adoptar
procedimientos pacíficos. El bueno de fray Vicente de Valverde,
capellán del pequeño ejército, se adelantó a recibir a Atahualpa.
Hacían un raro contraste el modesto misionero con su hábito gris y
su manoseada Biblia en la mano, frente al astuto indio sentado en su
trono de oro, cubierto de adornos del mismo metal y con un collar de
esmeraldas. El padre Valverde le dirigió la palabra. Le dijo que
venían como servidores de un poderoso rey y del verdadero Dios.
Venían como amigos, y todo lo que pedían era que el cacique
abandonase sus ídolos y adorase a Dios, y aceptase al rey de España
como aliado suyo y no como soberano.
Atahualpa, después de examinar curiosamente la Biblia (pues por
de contado no había visto antes libro alguno), la dejó caer y contestó
al misionero con brevedad y casi con insolencia. Las exhortaciones
del padre Valverde solo contribuyeron a irritar al indio, y sus
palabras y su gesto se volvieron más amenazadores. Atahualpa
mostró el deseo de ver la espada de uno de los españoles, y este se la
enseñó. Entonces quiso él desenvainarla; pero el soldado, con mucha
prudencia, se lo impidió. El padre Valverde no recomendó entonces
una matanza, como se le ha imputado; solamente informó a Pizarro
del fracaso de sus esfuerzos conciliatorios. Había llegado la hora.
Atahualpa podía dar el golpe en cualquier momento, y si él era el
primero en darlo, no había esperanza alguna para los españoles. Su
única salvación estaba en adelantársele y coger por sorpresa a los que
sorprenderles querían. Pizarro hizo una señal con su trena a Candía, y
el ridículo cañoncito de la azotea retumbó de uno a otro extremo de
la plaza. No hirió a nadie, ni fue esa la intención al dispararlo, sino
únicamente aterrorizar a los indios, que nunca habían oído un
cañonazo, y dar la señal a los españoles. La exactitud del relato que
han hecho algunos historiadores de cómo «el humo de la artillería
llenó la plaza de nubes sulfurosas, que cegaron a los peruanos y
esparcieron una densa lobreguez», puede juzgarse teniendo presente
que toda esa mortífera nube debía salir de los cañoncetes que se
transportaban a lomo de caballo por aquellas montañas, y de tres
viejos fusiles de chispa. Sin embargo, de este ridículo modo se han
descrito muchos de los incidentes de la conquista.
No menos falsas y disparatadas son las descripciones corrientes de
la «matanza» que siguió. Los españoles salieron todos al oír la señal,
cayeron sobre los indios y finalmente los desalojaron de la plaza.
Nos resistimos a creer que murieron dos mil, pues calculando
cuántos indios puede matar un hombre con una espada o un
mosquete o una ballesta en media hora de lucha a todo correr, y
multiplicando ese factor por ciento sesenta y ocho, veremos que no
es de dos mil, sino de doscientos, el número más probable de los
muertos en Caxamarca.
El principal empeño de los españoles no era precisamente matar,
sino rechazar a los otros indios y hacer prisionero a Atahualpa.
Pizarro había dado severas órdenes de no causar daño al cacique. No
quería matarle, sino únicamente retenerlo vivo en rehenes, para que
respondiera de la conducta pacífica de su tribu. La guardia de corps
del jefe indio hizo una fuerte resistencia, y un español, en su
excitación, lanzó a Atahualpa un arma arrojadiza. De un salto Pizarro
se puso delante y recibió la herida en un brazo, salvando así la vida al
cacique. Por fin se apoderaron de Atahualpa, ileso, y lo encerraron en
uno de los edificios bajo la vigilancia de una fuerte guardia. Él
confesó —con una de esas bravatas características de los indios, cuya
costumbre tradicional es demostrar su valor ofendiendo al que los
hace prisioneros—, que les había dejado entrar en la ciudad,
sintiéndose seguro por sus más numerosas fuerzas, con el fin de
hacer esclavos a los que mejor le cuadrase y dar muerte a los otros.
Pudo haber añadido que si el astuto de su padre estuviese vivo, esto
no hubiera ocurrido. El experto Huayna Capac no habría dejado que
los españoles entrasen en la ciudad, sino que los hubiera enredado y
aniquilado en los ásperos vericuetos de la montaña. Pero Atahualpa,
más presuntuoso y menos prudente, asumió un riesgo innecesario, y
ahora se hallaba prisionero, con su ejército derrotado. Como
vulgarmente se dice, fue por lana y salió trasquilado.
La captura de Atahualpa . Óleo de Juan B. Lepiani, pintor peruano (1864-1932).
El distinguido cautivo fue tratado con la mayor consideración y
cuidado. Solo era prisionero por cuanto no podía salir; pero en las
espaciosas y alegres habitaciones que se le asignaron tenía todas las
comodidades que apetecer podía. Su familia vivía con él; comía en
su propia vajilla los mejores alimentos que podían obtenerse, y se le
complacía en todos sus deseos, excepto el de salir para llamar a los
indios a las armas. El padre Valverde y el mismo Pizarro trabajaron
con empeño para convertir a Atahualpa al cristianismo, explicándole
la impotencia y la maldad de sus ídolos y el amor y bondad del
verdadero Dios, en cuanto les era posible hacérselo entender a un
indio, para quien naturalmente un Dios cristiano era incomprensible.
No tardó Atahualpa en reconocer la inutilidad de sus dioses, y
declaró francamente que no eran más que unos embusteros. Huayna
Capac les había consultado, y le dijeron que todavía viviría mucho
tiempo; no obstante, Huayna Capac murió en breve. El mismo
Atahualpa había ido a preguntar al oráculo si debía atacar a los
españoles: el oráculo contestó que sí, y que fácilmente les
subyugaría. No es de extrañar que el cacique hubiese perdido la fe en
los que hacían semejantes predicciones.
Atahualpa custodiado por guardas en su casa.
Los españoles recogieron muchas llamas, una considerable
cantidad de oro, y un gran acopio de preciosos vestidos de algodón y
de pelo de camello. No se les hostigó más, pues los indios sin su
reconocido caudillo se hallaban más perdidos de lo que estaría un
ejército civilizado sin sus jefes, puesto que el cacique indio está
investido de un carácter sacerdotal lo mismo que militar, y su cacique
estaba prisionero.
Por fin Atahualpa, ansioso de volver a capitanear sus fuerzas a
toda costa, hizo una proposición tan estupenda que los españoles a
duras penas podían dar crédito a sus oídos. Si le dejaban en libertad,
ofrecióles llenar de oro la habitación en que se hallaba prisionero,
hasta la altura a que alcanzase con la mano, y otro aposento menor lo
llenaría igualmente de plata. La pieza que debía llenarse con vasijas
y objetos de oro (no había nada macizo como lingotes), dícese que
tenía veintidós pies de largo por diecisiete de ancho; y la altura que
marcó el cacique con la mano en la pared era de nueve pies sobre el
nivel del suelo.
3.6. EL RESCATE DE ORO
No cabe dudar que Pizarro aceptó esta proposición de buena fe. El
carácter del hombre, su religión, las leyes de España y los indicios
justificados que nos ofrece su habitual conducta, nos inducen a creer
que tenía efectivamente la intención de poner en libertad a Atahualpa
en cuanto se pagase su rescate. Pero circunstancias posteriores, que
él no pudo evitar y por las que no debe culpársele, le obligaron a
proceder de otra manera.
Los mensajeros de Atahualpa se diseminaron por el Perú a fin de
reunir el oro y la plata necesarios para el rescate. Entretanto Huáscar,
el cual se recordará que estaba prisionero en manos de la gente de
Atahualpa, al enterarse del arreglo propuesto, envió un mensaje a los
españoles exponiendo su cuita y reclamando sus derechos. Pizarro
dio órdenes de que fuese conducido a Caxamarca para que expusiese
allí su pretensión. El único modo de averiguar cuál de los dos jefes
rivales tenía razón, era carearlos y pesar sus respectivas pretensiones.
Pero esto no le convenía a Atahualpa. Antes de que Huáscar pudiese
ser llevado a Caxamarca, fue asesinado por sus guardianes indios,
que eran hechura de Atahualpa, y, según opinión general, por orden
del mismo Atahualpa.
El oro y la plata para el rescate fue llegando poco a poco.
Históricamente no cabe dudar cuál era el plan de Atahualpa en aquel
arreglo: lo que hacía era simplemente ganar tiempo, hacer que los
españoles esperasen y esperasen, hasta que él tuviese reunidas sus
fuerzas para rescatarlo, y entonces acabar con los invasores. De esto
empezaron a darse cuenta los españoles. Por tentador que fuese el
cebo de oro, sospecharon que detrás de él había una trampa. No
tardaron en confirmarse sus sospechas. Empezaron a enterarse de qué
se reunían secretamente las fuerzas indias. Las noticias eran cada vez
más ominosas, y ni siquiera el oro que llegaba todos los días y que a
veces representaba un valor de 50 000 pesos, les cegaba hasta el
punto de no ver el creciente peligro que corrían.
Era preciso conocer la situación mejor de lo que podían, estando
encerrados en Caxamarca, y al efecto se encargó a Hernando Pizarro
que fuese con un pequeño destacamento a explorar por
Guamachucho, y después por Pachacamac, distante trescientas
millas. Fue aquel un reconocimiento difícil y peligroso, pero en
extremo interesante. Su marcha por la meseta de la cordillera fue
sumamente penosa. El relato de grandes vías militares no pasaba de
ser un mito, aun cuando mucho se había hecho para mejorar las
trochas; algo muy parecido al modo primitivo de los Pueblos de
Nuevo México, solo que en mayor escala. Las mejoras, sin embargo,
solo tuvieron por objeto arreglar las veredas para las pisadas firmes
de las llamas; pero con gran dificultad se podía arrastrar y empujar
los caballos españoles por los trechos más escabrosos. Lo que muy
especialmente llamó la atención de los españoles, fueron los toscos
pero seguros puentes colgantes de vástagos con que los indios
salvaban angostas pero terribles quebradas; pero aun esos oscilantes
pasos eran difíciles de cruzar para los caballos.
Cuarto del oro ofrecido como rescate por Atahualpa a Pizarro. Las dimensiones del
edificio son 11, 80 m de largo, 7, 30 m de ancho y 3, 1 m de alto.
Después de algunas semanas de penoso viaje, el destacamento
llegó a Pachacamac sin encontrar oposición alguna. Su famoso
templo había sido despojado de sus tesoros; pero su renombrado dios
—un grotesco ídolo de madera—, allí quedaba. Los españoles
derrocaron y destruyeron aquel fetiche pagano, y después purificaron
el templo y erigieron en él un gran crucifijo, para dedicarlo al
verdadero Dios. Explicaron a los indígenas, lo mejor que pudieron,
lo que era el cristianismo, y procuraron inducirles a convertirse.
Allí supieron que Chalicuchima, uno de los jefes de guerra
subalternos de Atahualpa, estaba en Jauja con una gran fuerza, y
Hernando decidió ir a visitarlo. Los caballos se hallaban en mal
estado para tan dura jornada, pues se habían desgastado sus
herraduras en la reciente marcha, y el herrarlos allí era un problema,
porque no había hierro en el Perú. Pero Hernando salió del apuro con
un peregrino recurso. Si no había hierro, había en cambio plata en
abundancia, y al cabo de poco tiempo los caballos españoles llevaban
herraduras de ese precioso metal y estaban en disposición de marchar
a Jauja. Era una jornada difícil; pero valía la pena de hacerla.
Chalicuchima decidió espontáneamente ir con los españoles a
Caxamarca para consultar con su jefe Atahualpa. En realidad, era
justamente lo que él deseaba. Una entrevista personal les permitiría
determinar el mejor medio de librarse de aquellos misteriosos
extranjeros. Por consiguiente, los aventureros españoles y el astuto
subjefe llegaron por fin juntos a Caxamarca.
Chalicuchima, uno de los tres generales principales de Atahualpa en el Imperio de
los incas.
Mientras tanto, Atahualpa lo había pasado muy ricamente en
manos de sus aprehensores. Aun cuando estos tenían motivos para
desconfiar —y en efecto principales de Atahualpa en el Imperio de
los incas. desconfiaban— del indio traicionero, no solamente lo
trataron humanitariamente, sino con la mayor benevolencia. Vivía
lujosamente con su familia y servidumbre, y tenía mucho trato con
los españoles. Parece que hicieron cuanto pudieron para ganar su
amistad, principio que inspiró siempre la conducta de Pizarro. Los
historiadores parciales no pueden contradecir un hecho significativo.
Los indios llegaron a considerar a Pizarro y a sus dos hermanos
Gonzalo y Juan como amigos, y un indio, que es mucho más
suspicaz y observador que nosotros, es una de las últimas personas a
quien se puede engañar sobre este punto. Si los Pizarro hubiesen sido
los hombres crueles y despiadados que nos han pintado algunos
escritores predispuestos y mal informados, los aborígenes hubiesen
sido los primeros en notarlo y les hubieran odiado. El hecho de que
los pueblos que conquistaron llegaran a ser sus amigos y
admiradores, es el mejor testimonio de su humanitarismo y su
justicia.
Atahualpa hasta aprendió a jugar al ajedrez y a otros juegos
europeos, y aparte de procurarle esos entretenimientos, se puso
empeño en hacerle comprender cada día más y mejor los principios
del cristianismo. A pesar de todo esto, iba continuamente trabajando
en sus hostiles planes.
Hacia últimos de mayo, los tres emisarios que se envió a Cuzco a
buscar una parte del rescate, volvieron a Caxamarca con un gran
tesoro. Solamente del famoso templo del Sol les habían dado los
indios setecientas placas de oro, y eso no era sino una parte del
tributo de Cuzco. Los mensajeros trajeron de allí doscientas cargas
de oro y veinticinco de plata, llevando cada carga cuatro indios en
una especie de carretilla de mano. Esta enorme contribución hizo
aumentar considerablemente el tesoro destinado al rescate, si bien no
se consiguió con ella llenar el aposento hasta la señal indicada y
convenida. Sin embargo, Pizarro no era un Shylock. El precio del
rescate no estaba completo, pero era bastante, y el héroe hizo que un
notario redactase un documento eximiendo formalmente a Atahualpa
de todo pago ulterior, esto es, dándole recibo y finiquito de la
cantidad estipulada. Pero se vio obligado a aplazar la liberación del
cacique. El asesinato de Huáscar y otros síntomas por el estilo,
indicaban que sería una medida suicida el soltar por entonces a
Atahualpa. Aun cuando disfrazaba sus intenciones, eran estas muy
sospechosas, y Pizarro le dijo que era necesario retenerlo algún
tiempo más en rehenes. Sabía muy bien que no estaría seguro
dejando libre a Atahualpa, antes de tener una fuerza mayor para
resistir el ataque que sin duda este cacique organizaría en el acto.
Conocía el carácter vengativo de los indios algo mejor que algunos
historiadores de biblioteca.
Almagro, entretanto, había por fin conseguido salir de Panamá
con ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos, en tres buques, y
desembarcando en la costa del Perú llegó a San Miguel en diciembre
de 1532. Allí se enteró con asombro del mágico éxito de Pizarro y
del botín de oro, y al punto se puso en comunicación con él. Al
mismo tiempo su secretario envió a Pizarro una carta traicionera,
tratando de crear enemistad y vender a Almagro. Pero el secretario
no conocía al hombre a quien se dirigía, pues Pizarro rechazó la
despreciable oferta. Verdaderamente, su conducta para con su poco
admirable socio, desde el principio hasta el fin, fue más que justa:
fue condescendiente, amistosa y magnánima hasta el extremo.
Entonces envió a Almagro la reiteración de su amistad, y
generosamente le brindó una participación en el campo de oro que
había sido conquistado con escasa ayuda de su parte. Almagro llegó
a Caxamarca en el mes de febrero de 1533, y fue cordialmente
acogido por su antiguo compañero de armas.
Retrato y firma de Diego de Almagro.
Entonces se repartió el cuantioso rescate, tesoro de que no se
registra igual en la historia. Fue aquel reparto una labor que requería
no poca prudencia y pericia. El tributo no consistía en moneda ni
lingotes, sino en placas, vasijas, imágenes y otros objetos que
variaban grandemente en peso y en ley. Tuvo que reducirse y
calcularse todo de conformidad con un tipo regulador. Separáronse
algunos de los objetos más notables para enviarlos a España, y se
hizo fundir los otros en forma de lingotes, por los artífices indios,
quienes emplearon un mes en esa tarea. El producto fue casi
fabuloso. Se valuó en 1 326 539 pesos de oro, que en aquella época
valían comercialmente cinco veces lo que pesaban, o sea en junto
unos 6 632 695 pesos. Además de tan importante cantidad de oro,
había 51 610 marcas de plata, que al mismo tipo equivalían a 1 135
420 pesos de nuestra moneda.
Los españoles se habían reunido en la plaza pública de
Caxamarca. Pizarro rogó a Dios que le iluminase para repartir aquel
tesoro equitativamente, y empezó la distribución. Ante todo se
separó una quinta parte del peso total con destino al rey de España,
de acuerdo con lo ofrecido por Pizarro en el «contrato». Después de
esto, los conquistadores recibieron sus partes por el orden de su
categoría. Pizarro recibió 57 222 pesos de oro y 2350 marcos de
plata, además de la silla de oro de Atahualpa, que por su peso valía
25 000 pesos. A su hermano Hernando le tocó 31 080 pesos de oro y
2350 marcos de plata. A Soto le correspondió 17 749 pesos de oro y
724 marcos de plata. Había en la tropa sesenta jinetes y muchos de
ellos recibieron 8880 pesos de oro y 362 marcos de plata. De los
ciento cinco soldados de infantería, varios recibieron la misma
cantidad que los de caballería, y los demás una cuarta parte menos.
Separóse cerca de 100 000 pesos oro para dotar la primera iglesia del
Perú, que fue la de San Francisco. También se dio participación a
Almagro y a su gente, así como a los que habían quedado de
guarnición en San Miguel. Que Pizarro logró hacer un reparto
equitativo lo demuestra el hecho de no haber habido la menor queja,
y no eran sus asociados hombres que se quedasen tranquilos si se
creyesen lesionados o siquiera lo imaginasen. Ni aun sus
difamadores han podido culpar de falta de integridad al valiente
conquistador del Perú.
Para dar una forma más gráfica al resultado de tan inesperada y
portentosa ganancia, haremos una lista poniendo a cada participación
el valor equivalente en dólares americanos:
A la Corona de España 1 553 623 dólares
» Francisco Pizarro 462 810»
» Hernando Pizarro 209 100»
» Soto 104 628»
» cada jinete 52 364»
» cada infante 26 182»
Todo esto sin contar las fortunas que se repartieron a Almagro y a
los suyos y para la iglesia.
Este es el cálculo más aproximado que puede hacerse del valor de
aquel tesoro. El estudio del muy complicado y variable sistema de
monedas de aquellos tiempos y de sus valores relativos, sería trabajo
de toda una vida; pero las cifras que acabamos de dar son
virtualmente exactas. El cálculo de Prescott, que da al peso de oro de
aquel tiempo un valor equivalente a once dólares de hoy, carece
enteramente de fundamento: valía muy cerca de cinco dólares. El
marco de plata es mucho más difícil de apreciar, y Prescott ni
siquiera lo intenta. El marco no era una moneda, sino un peso, y su
valor comercial era entonces de unos veintidós dólares.
3.7. TRAICIÓN Y MUERTE DE ATAHUALPA
Pero en medio de su gozo al ver realizados sus dorados ensueños —y
casi podemos imaginar lo grandes que se sentirían al verse ya ricos,
después de una vida de pobreza y de sufrimientos—, los españoles se
vieron bruscamente sorprendidos por menos placenteras realidades.
Las maquinaciones de los indios, de que ya se había sospechado,
ahora no daban lugar a dudas. De todas partes llegaban noticias de un
levantamiento. Se anunciaba que doscientos mil guerreros de Quito y
treinta mil de los caníbales Caribes se habían puesto en camino para
caer sobre la pequeña fuerza de los españoles. Rumores de esta clase
siempre suelen ser exagerados; pero entonces tenían probablemente
fundamento. No otra cosa podía esperar quien estuviese tan
familiarizado con el carácter de los indios como lo estaban los
españoles. De todos modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe
guiarse no solamente por lo que era cierto, sino más bien por lo que
los españoles creían que lo era. Ellos tenían motivos para suponer, y
no cabe dudar que así lo suponían, que las maquinaciones de
Atahualpa atraían una fuerza muy superior contra ellos, y que su vida
estaba en inminente peligro. La inmensa riqueza que acababan de
adquirir les ponía aun más intranquilos. Es una fase curiosa pero
común de la naturaleza humana, que no nos damos cuenta de la
mitad de los muchos peligros ocultos que amenazan nuestra vida,
hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida más agradable.
A menudo vemos cómo un hombre valiente se vuelve de pronto
cauteloso, y hasta ridículamente medroso, cuando tiene una esposa
querida o algún hijo que cuidar y proteger; y dudo que ningún
muchacho travieso haya llegado a los veinte años sin que la posesión
de algún pequeño tesoro le haya hecho pensar de momento en las
muchas cosas que podrían quitarle el gusto de disfrutarlo. Entonces
ve y presiente peligros que antes nunca se le había ocurrido suponer.
Los españoles tenían ciertamente suficientes motivos para temer
por su vida, sin pensar en otra cosa; pero la repentina riqueza, que les
prometía un brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba
más sus aprensiones y les acuciaba a hacer más desesperados
esfuerzos por salvarse.
No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro pensase jamás
en hacer traición a Atahualpa, y hay evidentes señales de todo lo
contrario. Pero ya sus soldados empezaban a exigir lo que parecía
necesario para su protección. Creían que Atahualpa les había
traicionado. Había causado la muerte de su hermano Huáscar, el cual
estaba dispuesto a ser amigo de ellos, con el fin de que aquella
alianza le colocase por encima del poder de su temido rival. Les
había ofrecido como cebo un áureo rescate, y con sus dilaciones
había ganado tiempo para organizar sus fuerzas con que aplastar a los
españoles, y ahora ellos pedían no solo que se le castigase, sino que
se le imposibilitase de seguir conspirando. Nadie que se hallase en
iguales circunstancias podía rebatir esa lógica; ni aun ahora me
parece a mí fuera de razón. No tan solo creyeron que su acusación
era justa, sino que probablemente lo era; de todos modos ellos
obraron justamente, según los informes que tenían. Tal era su alarma,
que se doblaron las guardias, los caballos estaban constantemente
enjaezados y los hombres dormían sobre las armas, mientras Pizarro
hacía la ronda todas las noches para cerciorarse de que todo estaba en
disposición de resistir el ataque que se esperaba de un momento a
otro.
Y, sin embargo, en esta crisis el jefe español mostró una varonil
renuncia aun a parecer traicionero. Era hombre de palabra, a más de
ser humanitario, y le repugnaba faltar a su promesa de poner en
libertad a Atahualpa, aun cuando le eximía la conducta del mismo
Atahualpa, en completa violación del espíritu del contrato. Pero era
imposible substraerse a la exigencia de su gente: debía mirar por sus
vidas como por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y
Atahualpa, no era dudosa la elección. Pizarro se resistía; pero su
tropa insistió, y no tuvo más remedio que ceder. Pero, aun entonces,
cuando el enemigo podía presentarse de un momento a otro, exigió
que el prisionero fuese formalmente juzgado y cuidó de que se
cumpliese este requisito. El tribunal declaró a Atahualpa convicto de
haber instigado el asesinato de su hermano y de conspirar contra los
españoles, y le condenó a ser ejecutado aquella misma noche. Si se
demoraba el cumplimiento de la sentencia, podía llegar la hueste
india a tiempo para rescatar a su cacique, y eso aumentaría
grandemente la desventaja en que se hallaban los españoles. Por lo
tanto aquella noche se le dio garrote a Atahualpa en la plaza de
Caxamarca, y al día siguiente recibió sepultura en la iglesia de San
Francisco, tributándole las honras debidas a su alto rango.
De nuevo se vieron sorprendidos los peruanos, esta vez por la
muerte de Atahualpa. Sin la dirección de su jefe guerrero y perdida la
esperanza de rescatarlo, vacilaron antes de atacar directamente a los
españoles. Se mantuvieron a una distancia segura incendiando aldeas
y escondiendo oro y otros artículos que pudieran ser útiles al
enemigo; así que, después de todo, aun cuando se había conjurado el
peligro inmediato con la ejecución del cacique, la situación
presentaba todavía un mal cariz. Pizarro, que no tenía de los títulos
peruanos una idea más exacta que algunos de nuestros historiadores,
con la esperanza de crear un ambiente de paz, nombró capitán de
guerra a Toparca, otro de los hijos de Huayna Capac; pero este
nombramiento no produjo el efecto que perseguía.
Guaman Poma: muerte de Atahualpa que aparece ajusticiado por decapitación
cuando, en realidad, lo fue por garrote.
Decidióse entonces emprender la larga y ardua expedición a
Cuzco, residencia y principal ciudad de la tribu Inca, de la cual
habían oído referir áureos portentos. A principios de septiembre de
1533, Pizarro y su ejército, engrosado ya con el refuerzo de Almagro
hasta unos cuatrocientos hombres, salieron de Caxamarca. Fue
aquella una jornada preñada de dificultades y peligros. Los angostos
y empinados senderos conducían por vertiginosos vericuetos y por
puentes colgantes tan difíciles de atravesar como lo fuera una
hamaca, y subían por elevadas peñas, donde solo las ágiles llamas
podían hallar huecos en que sentar las patas. En Jauja les hizo
resistencia gran golpe de indios, atrincherados en la margen opuesta
de un torrente recién henchido por las lluvias. Pero los españoles
atravesaron la corriente y se lanzaron con tal furia sobre los
naturales, que estos no tardaron en ceder.
En aquel lindo valle tuvo Pizarro la idea de fundar una colonia:
hizo allí una breve parada y envió a Soto con un destacamento de
sesenta hombres a practicar un reconocimiento. En el acto empezó
Soto a notar señales ominosas. Halló aldeas incendiadas y puentes
destruidos, de modo que se hizo sumamente difícil cruzar aquellas
terribles quebradas. Además, donde había sido posible, se
amontonaron en el camino troncos de árboles y rocas, impidiendo de
ese modo el paso de la caballería. Cerca de Bilcas tuvo una dura
refriega con los indios, y aun cuando salieron victoriosos los
españoles, perdieron varios hombres. Soto, sin embargo, siguió
resueltamente adelante. Mientras la cansada tropa iba trabajosamente
subiendo por el empinado y sinuoso desfiladero de Vilcaconga,
oyóse el aullido de guerra de los indios, y una hueste de guerreros
salió de sus escondrijos por detrás de árboles y peñascos, y arremetió
furiosamente contra los españoles. La senda era empinada y angosta;
a duras penas los caballos podían tenerse en pie, y bajo el empuje de
aquel alud de indios, jinetes y caballos fueron rodando cuesta abajo.
Los aborígenes les rodearon como un enjambre de abejas, tratando de
desarzonar a los soldados y hasta agarrándose desesperadamente a
las patas de los caballos, y repartiendo fuertes porrazos con la mayor
agilidad. Un poco más arriba de la escabrosa senda había una meseta,
y Soto vio claramente que, a menos de ganar aquella posición,
estaban perdidos. Con un esfuerzo supremo de músculo y de
voluntad logró reunir en aquella altura a su pequeño grupo que
luchaba con tan tremenda desventaja, y después de un breve
descanso dio una carga contra los indios; pero no pudo quebrantar
aquella horrenda, obscura masa. Sobrevino la noche, y los españoles,
exhaustos y cubiertos de sangre —pues pocos hombres y caballos
habían salido sin heridas de aquel espantoso encuentro—,
descansaron como pudieron, sin abandonar las armas. Los indios
tenían la seguridad de acabar con ellos al día siguiente, y los mismos
españoles abrigaban pocas esperanzas de salvarse. Pero ya muy
avanzada la noche oyeron toques de cornetas españolas en el paso de
abajo, y poco después abrazaban a sus inesperados compatriotas y
daban gracias a Dios por haberles salvado. Y era que Pizarro,
conocedor de los primeros peligros que encontraron en su jornada,
había despachado apresuradamente a Almagro con un refuerzo
considerable de caballería para auxiliar a Soto, refuerzo que,
haciendo marchas forzadas, llegó muy oportunamente. Los peruanos,
viendo a la mañana siguiente que el enemigo estaba reforzado, no
renovaron el combate y se retiraron a las montañas. Los españoles se
trasladaron a un sitio más seguro, y allí acamparon para aguardar a
Pizarro.
Este no tardó en llegar, después de haber dejado en Jauja el tesoro,
bajo la vigilancia de cuarenta hombres. Pero mucho le preocupó el
aspecto de la situación. Aquellos organizados y audaces ataques del
enemigo, y la súbita muerte de Toparca, de un modo sospechoso, le
indujeron a creer que Chalicuchima, segundo capitán de guerra, los
traicionaba; y probablemente esto era cierto. Cuando Pizarro se hubo
reunido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima; y habiéndosele
hallado convicto del delito de traición, fue ejecutado sin demora. No
podemos menos de horrorizarnos ante el procedimiento empleado
para su ejecución, que fue la hoguera; pero no debemos por eso
precipitarnos en juzgar como cruel al individuo responsable de tal
pena. Todos aquellos actos deben medirse por comparación y por el
espíritu que reinaba en aquella época. Entonces no consideraba el
mundo como una crueldad el suplicio de la hoguera, y más de un
siglo después, cuando estaba la gente mucho más ilustrada, los
cristianos de la Gran Bretaña, de Francia y de la Nueva Inglaterra no
pusieron reparo en que se castigase algunos delitos con ese suplicio,
y seguramente no diremos que nuestros puritanos antepasados fuesen
hombres malvados o crueles. Ahorcaron brujas y azotaron herejes,
no por crueldad, sino por la ciega superstición de su tiempo. Ahora
nos parece una cosa horrenda; pero entonces no lo parecía, y no
debemos esperar que Pizarro fuese mejor y más sabio que los
hombres que tenían ventajas que él nunca había tenido. Yo
ciertamente preferiría que no hubiese permitido que Chalicuchima
pereciese en la hoguera; pero también quisiera que las repugnantes
páginas de Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra
historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, tildaría yo a Pizarro
de monstruo, ni a los puritanos de hombres crueles.
Hallándose en semejante trance, presentóse a Pizarro el Inca
Manco, ricamente ataviado, y le propuso una alianza. Pretendía ser el
legítimo jefe de guerra, y deseaba que los españoles como tal le
reconociesen. Su proposición fue aceptada de buen grado.
Siguiendo adelante, los españoles cayeron en una emboscada en
un desfiladero; pero rechazaron a sus agresores, y por fin entraron en
Cuzco el 15 de noviembre de 1533. Como «ciudad» india era la
mayor del nuevo hemisferio, aunque no mucho mayor que el
«pueblo» en México, y sus soberbios edificios y ajuares llenaron de
asombro a los españoles. Se encontró gran cantidad de oro en cuevas
y otros escondrijos. En un sitio había varios grandes jarrones de oro,
figuras de oro y plata que representaban llamas y personas, y ropajes
recamados con abalorios de oro y plata. Entre otros tesoros, refiere
Pedro Pizarro, testigo presencial y cronista de aquellos hechos, que
se halló diez toscas «tablas» de plata de veinte pies de largo, un pie
de ancho y dos pulgadas de grueso. La totalidad del botín recogido se
evaluó en 580 000 pesos de oro y 215 000 marcos de plata, o sea un
equivalente de 7 600 000 pesos de nuestra moneda.
Pizarro entonces coronó a Manco como gobernante del Perú, y
esto fue muy del agrado de los indígenas. El buen padre Valverde fue
nombrado obispo de Cuzco; se estableció una catedral, y los devotos
misioneros españoles se dedicaron activamente a educar y convertir a
los herejes, tarea que prosiguieron con su acostumbrada eficacia.
Quizquiz, uno de los capitanes de guerra subalterno de Atahualpa
y caudillo de alguna valentía, se mantuvo en abierta rebelión.
Almagro, con unos cuantos jinetes, y Manco con sus secuaces
indígenas, salieron en su persecución y derrotaron a los rebeldes;
pero Quizquiz no se rindió y fue muerto por su misma gente.
«Manco Inca pegó fuego al cuius mango, a la santa crus. Hizo milag[r]o dios y no
se quemó en el Cuzco.» Así lo describió Guaman Poma.
En marzo de 1534, Pedro de Alvarado, el valeroso teniente de
Cortés, a quien se había recompensado por sus servicios en México
nombrándole gobernador de Guatemala, desembarcó y se dirigió a
Quito, averiguando después que pertenecía al territorio de Pizarro.
Hízose un convenio entre los dos: se le dio a Alvarado una
compensación por su infructuosa jornada, y se volvió de nuevo a
Guatemala.
Dedicóse con ahinco Pizarro al desenvolvimiento del país que
había conquistado y a poner los cimientos de una nación. El día 6 de
enero de 1535 fundó la Ciudad de los Reyes en el hermoso valle de
Rímac. Ese nombre se cambió poco después por el de Lima, y Lima,
capital del Perú, ha seguido siendo desde entonces. El insigne
conquistador empezaba a mostrar otra faceta de su carácter: su genio
como organizador y administrador. Emprendió con mucha energía la
tarea de urbanizar a Lima, y en la dirección de todos los asuntos de
su incipiente gobierno mostró tener mucha previsión y prudencia.
Trama urbana de la fundación de la Ciudad de los Reyes por Francisco Pizarro.
En el ínterin, su hermano Hernando había sido comisionado para
ir a llevar el tesoro a la Corona de España, adonde llegó en enero de
1534. Además de la quinta parte que a la Corona correspondía, llevó
medio millón de pesos de oro, pertenecientes a los aventureros que
habían preferido gozar su dinero en casa. Hernando causó en España
muy favorable impresión. La Corona confirmó todas las mercedes
que había concedido a Pizarro y extendió su territorio setenta leguas
más al sur; mientras que a Almagro se le autorizó a conquistar a
Chile (que se llamaba entonces Nueva Toledo), empezando al
extremo sur del dominio de Pizarro y hasta doscientas leguas más
allá. Hernando fue armado caballero y se le encomendó una
expedición: una de las más numerosas y mejor equipadas que habían
salido de España. Tuvieron un tiempo horrible en la travesía hasta el
Perú, y muchos perecieron durante el viaje.
3.8. DE CÓMO SE FUNDÓ UNA NACIÓN . SITIO DE CUZCO
Pero, antes de que Hernando llegase al Perú, uno de su séquito llevó
allá a Almagro la noticia de su adelantamiento, y esta prosperidad le
hizo perder la cabeza a aquel grosero y poco escrupuloso soldado.
Olvidándose de todos los favores de Pizarro y de que a este debíale
cuanto era, el falso amigo en el acto se impuso como amo y señor de
Cuzco.
Fue esta una vergonzosa ingratitud y bellaquería, y estuvo a punto
de producir una guerra civil entre los españoles. Pero la lenidad de
Pizarro orilló al fin la dificultad, y el día 12 de junio de 1535 los dos
caudillos renovaron su amistoso convenio. Marchó poco después
Almagro para emprender la conquista de Chile, en lo cual fracasó, y
Pizarro dedicó de nuevo su atención al desenvolvimiento de su
conquistada provincia.
En los pocos años de su carrera administrativa obtuvo Pizarro
notables resultados. Fundó varias ciudades en la costa, y a una de
ellas le dio el nombre de Trujillo, en memoria de su pueblo natal.
Sobre todo deleitóse en urbanizar y hermosear su predilecta ciudad
de Lima, y en fomentar el comercio y otros factores necesarios para
el desenvolvimiento de la nueva nación. Un contraste muy notable
pone en evidencia lo acertadas que eran sus disposiciones. Cuando
los españoles llegaron por vez primera a Caxamarca, un par de
espuelas costaba 250 pesos oro. Unos cuantos años antes de la
muerte de Pizarro, la primera vaca que se llevó al Perú se vendió en
10 000 pesos; y dos años después podía comprarse allí la mejor vaca
en menos de 200. La primera barrica de vino se vendió en 1600
pesos; pero tres años después se consumía vino del país en vez del
importado, y podía obtenerse en Lima a un precio módico. Lo mismo
puede decirse de todo lo demás. Se había vendido una espada en 250
pesos; una capa en 500; un par de zapatos, en 200; un caballo, en
10.000; pero bastaron dos o tres años de la sorprendente aptitud
administrativa de Pizarro para poner los artículos de primera
necesidad al alcance de todo el mundo. No tan solo fomentó el
comercio, sino también la industria del país, y desarrolló la
agricultura, la minería y las artes mecánicas. En suma, estaba
poniendo en práctica con gran éxito el principio general de los
españoles de que la principal riqueza de un país no consiste en su
oro, o en sus bosques, o en sus tierras, sino en su pueblo. El empeño
de los exploradores españoles en todas partes, fue educar, cristianizar
y civilizar a los indígenas, a fin de hacerlos dignos ciudadanos de la
nueva nación, en vez de eliminarlos de la faz de la tierra para poner
en su lugar a los recién llegados, como por regla general ha sucedido
con otras conquistas realizadas por algunas naciones europeas. De
vez en cuando hubo individuos que cometieron errores y hasta
crímenes, pero un gran fondo de sabiduría y humanidad caracteriza
todo el generoso régimen de España, régimen que impone
admiración a todos los hombres varoniles.
Plano de Cuzco sacado de un grabado xilográfico del siglo XVI , poco después de
la conquista.
Mientras Pizarro estaba enfrascado en su tarea, Manco se
desenmascaró. No es del todo improbable que desde un principio
hubiese meditado la traición y que se aliase con los españoles
simplemente para tenerlos en su poder. De todos modos, entonces se
escabulló, sin provocación alguna, para ir a levantar gente con que
atacar a los españoles, creyendo que podía someterlos mientras se
hallaban dispersos trabajando en sus diversas colonias. Los indios
leales avisaron a Juan Pizarro, el cual capturó y aprisionó a Manco.
A la sazón llegó de España Hernando Pizarro, y Francisco le dio el
mando de Cuzco. El pérfido Manco engañó a Hernando para que le
pusiese en libertad, y en el acto comenzó a reunir sus fuerzas. Contra
él se envió a Juan con sesenta jinetes, quienes por fin hallaron en
Yucay varios miles de indios mandados por Manco. En un terrible
combate que duró dos días, lograron los españoles mantenerse
firmes, si bien con muchas pérdidas, y entonces se alarmaron con la
noticia que les trajo un mensajero de que los indios habían sitiado a
Cuzco. A marchas forzadas llegaron aquella noche a la ciudad, que
hallaron rodeada por numerosa hueste. Los indios les dejaron entrar,
sin duda en su deseo de tenerlos a todos en la ratonera, y en seguida
atacaron a la malhadada urbe.
Hernando y Juan estaban, pues, encerrados en Cuzco. Tenían
menos de doscientos hombres, mientras que afuera, en las lomas de
cerca y de lejos, lucían las fogatas del enemigo, tan innumerables que
parecían «un cielo estrellado». Por la mañana temprano, en febrero
de 1536, comenzó el ataque. Los indios arrojaron dentro de la ciudad
bolas de fuego y flechas ardiendo,, con las cuales lograron pegar
fuego a las bardas de los techos. Los españoles no podían apagar
aquel fuego, que duró varios días. Del único modo que pudieron
salvarse de perecer quemados o asfixiados, fue apiñándose todos en
la plaza pública. Hicieron varias salidas; pero los indios habían
clavado estacas y puesto otros obstáculos que entorpecían la marcha
de los caballos.
No obstante, los españoles desembarazaron el camino bajo un
terrible fuego y dieron una valiente carga, que fue rechazada con
igual valentía.
Eran expertos los indios no tan solo en el manejo del arco, sino
también de la reata; así es que con el lazo lograron cazar a muchos
españoles, a quienes dieron muerte. La carga hizo retroceder un
trecho a los indígenas, pero costándoles esto muy caro a los
españoles, quienes tuvieron que internarse de nuevo en la ciudad.
Mas no se les dio punto de reposo; los indios los acosaron con
repetidos ataques, y la situación tomó muy mal cariz. Francisco
Pizarro estaba sitiado en Lima; Jauja también se hallaba bloqueada, y
los españoles, en las pequeñas colonias, habían sido sometidos y
asesinados. Sus ensangrentadas cabezas fueron arrojadas al interior
de Cuzco y rodaron a los pies de sus horrorizados compatriotas. Tan
desesperado les parecía el trance en que se hallaban, que muchos
proponían que saliesen en masa para abrirse paso a través de los
indios y ganar la costa; pero Hernando y Juan no quisieron
escucharles.
Cuzco dibujado por Guaman Poma. Pese a su estilo ingenuo se reconoce muy la
distribución de los espacios y la ubicación de edificios emblemáticos.
Sacsayhuamán, la fortaleza asentada en el cerro que domina Cuzco, en la que se
hicieron fuertes los incas frente a las tropas de Pizarro.
Sobre el cerro que domina la ciudad de Cuzco estaba la notable
fortaleza Inca de Sacsayhuaman, que todavía existe. Es una obra
ciclópea. Por el lado que mira a la ciudad el casi inexpugnable cerro
se hizo inexpugnable del todo construyendo en él una inmensa
muralla de mil doscientos pies de largo y de mucho espesor. Al otro
lado del cerro el suave declive estaba protegido por dos murallas,
levantadas una más arriba de la otra, de mil doscientos pies de largo
cada una. Las piedras de esas murallas estaban trabadas con notable
pericia, y algunas de ellas medían treinta y ocho pies de largo,
dieciocho de ancho y seis de grueso. Y lo más sorprendente era que
se habían sacado de una cantera que se hallaba a doce millas de
distancia, y las habían transportado los indios al sitio en que estaban
colocadas. Finalmente, la cima del cerro estaba defendida por dos
grandes torres de piedra.
Esta imponente fortaleza de los aborígenes se hallaba en poder de
los indios y les permitía hostigar a los españoles sitiados de un modo
más eficaz. Era necesario desalojarlos de aquella posición. Como
medida preliminar para ver realizada esa última esperanza, salieron
tres destacamentos al mando de Gonzalo Pizarro, Gabriel de Rojas y
Hernando Ponce de León, para echar de allí a los indios. La lucha fue
desesperada. Los indios trataron de aplastar a sus enemigos con la
furiosa acometida de su mayor número; pero al fin los españoles
obligaron a la tenaz hueste a ceder el terreno, y se retiraron a la
ciudad.
Para el asalto de la fortaleza de Sacsayhuaman se eligió a Juan
Pizarro, y no podía confiarse tan aventurada empresa a más valiente
caballero. Saliendo de Cuzco a la puesta del sol con su pequeña
fuerza, Juan dio un rodeo como si fuese a forrajear; pero en cuanto
oscureció, dio la vuelta y se dirigió apresuradamente a Sacsahuaman.
La gran fortaleza estaba sumida en la oscuridad y en el silencio. Se
había cerrado su poterna con grandes piedras, trabadas como las
macizas murallas, y el separarlas sin hacer ruido fue tarea difícil para
los españoles. Cuando al fin pudieron pasar y se hallaron entre las
dos gigantescas murallas, cayó sobre ellos una horda de indios. Juan
dejó la mitad de su fuerza peleando con ellos y con la otra mitad
abrió la poterna de la segunda muralla que había sido cerrada de
igual manera. Cuando los españoles lograron apoderarse de la
segunda muralla, los indios se refugiaron en las torres, y se hizo
necesario asaltar estas últimas y peligrosísimas defensas. Los
españoles acometieron con aquel característico valor que no se rendía
ante ningún obstáculo de la naturaleza o de los hombres; pero en la
primera arremetida sufrieron una pérdida irreparable. El denodado
Juan Pizarro había sido herido en la quijada, y su yelmo le molestaba
tanto la herida que se lo quitó y dirigió el asalto con la cabeza
descubierta; en la lluvia de proyectiles que arrojaban los indios, una
roca le dio con fuerza en la cabeza y lo derribó al suelo. Pero aun
tendido agonizante en un charco de sangre, daba alientos a sus
hombres y les acuciaba a seguir adelante, mostrando hasta el fin su
intrepidez española. Fue cuidadosamente conducido a Cuzco, donde
se le prodigó toda clase de atenciones: pero la fractura de su cráneo
no tenía remedio, y después de unos pocos días de agonía se apagó
para siempre aquella fluctuante vida.
Los indios continuaron dueños de su fortaleza; y, dejando a su
hermano Gonzalo encargado de la defensa de la sitiada Cuzco,
Hernando Pizarro salió con una nueva fuerza a dar un nuevo ataque a
las torres de Sacsayhuaman. Fue aquel un asalto furibundo; pero al
fin afortunado. Pronto se apoderaron de una torre; pero en la otra,
que era la más fuerte, el resultado fue por algún tiempo dudoso.
Entre sus defensores llamaba la atención un corpulento e impertérrito
indio, que arrojaba a los españoles por encima de las escalas a
medida que trepaban por ellas para tomar la torre. Su valor llenó de
admiración a los soldados. Siendo ellos mismos unos héroes, sabían
ver y respetar el heroísmo hasta en sus enemigos. Hernando dio
órdenes estrictas de que no se lastimase a aquel indio; había que
sujetarlo, pero no herirlo. Colocáronse varias escalas en diferentes
lados de la torre, y los españoles acometieron simultáneamente,
mientras Hernando a voces intimaba al indio a que se rindiese,
prometiéndole que no se le haría daño. Pero aquel Hércules de color
bazo, viéndolo todo perdido, se cubrió la cara y la cabeza con el
manto, y se arrojó desde lo alto de la torre, quedando muerto en el
acto.
Ollantaytambo (quechua: Ollantay Tampu ) es un poblado y sitio arqueológico
incaico, capital del distrito de Ollantaytambo (provincia de Urubamba), situado a
unos 90 km al noroeste de la ciudad del Cuzco. En la época de la conquista sirvió
como fuerte de Manco Inca Yupanqui.
Sacsayhuaman cayó en poder de los españoles, aunque con
grandes pérdidas, y con ello disminuyó materialmente el poder
ofensivo de los indígenas. Hernando dejó en la fortaleza una pequeña
guarnición y regresó a la ciudad asediada, para sufrir allí con sus
compañeros las duras peripecias del sitio. Este duró cinco meses, que
fueron cinco meses de terribles sufrimientos y peligros. Manco y su
hueste rodeaban la ciudad, cuyos habitantes perecían de hambre;
caían con mortal furia sobre los grupos que, impulsados por el
hambre, salían en busca de alimento, y hostilizaban sin cesar a los
supervivientes. Todos los colonos españoles que vivían fuera de la
ciudad fueron asesinados, y la situación iba de mal en peor.
Francisco Pizarro, sitiado en Lima, había rechazado a los indios
gracias a las favorables condiciones del país; pero los naturales
andaban constantemente por los alrededores. Causábanle mucha
ansiedad sus compatriotas de Cuzco, y envió cuatro expediciones
sucesivas, que en junto sumaban cuatrocientos hombres, para
prestarles auxilio. Pero estos fueron sucesivamente sorprendidos en
emboscadas en los pasos de las montañas, y casi todos perecieron.
Dícese que en aquella guerra desigual murieron setecientos
españoles. Algunos de los sitiados pedían que se les permitiese ir
hasta la costa, embarcarse y huir de aquella mortífera tierra; pero
Pizarro no consentía que se le hablase de abandonar a sus valientes
compatriotas de Cuzco, y decidió apoyarlos y salvarlos, o sufrir la
misma suerte. Para quitar a los egoístas toda tentación de fugarse,
despachó todos los buques con cartas a los gobernadores de Panamá,
Guatemala, México y Nicaragua, explicando la desesperada situación
en que se hallaban y pidiendo auxilio.
Plaza de armas de Cuzco en la actualidad. De frente, la iglesia de los jesuitas; a la
izquierda, las torres de la catedral y el patio del colegio Francisco de Borja.
Por fin, en agosto, Manco levantó el sitio de Cuzco. Su numerosa
hueste consumía los recursos del país, y a menos que los habitantes
volviesen a sus plantaciones no tardaría en dejarse sentir el hambre.
En consecuencia, envió muchos de los indios a trabajar en sus
campos; dejó una considerable fuerza para vigilar y hostilizar a los
españoles y se retiró a uno de sus fuertes con una buena guarnición.
Entonces tuvieron los españoles mejor fortuna en sus salidas para
forrajear, y pudieron librarse del hambre; pero los indios que estaban
en acecho los atacaban constantemente, copando hombres y
pequeños grupos sin darles respiro. La hostilidad era tan continua y
desastrosa que, para ponerle coto, concibió Hernando el atrevido plan
de apoderarse de Manco en su propia fortaleza. Saliendo con ochenta
de sus mejores jinetes y alguna infantería, realizó una marcha larga y
tortuosa con la mayor cautela y sin dar la alarma. Atacando la
fortaleza al romper el día, pensó tomarla por sorpresa; pero detrás de
aquellas tremendas murallas los indios lo estaban acechando, y
levantándose súbitamente lanzaron sobre los españoles una espesa
lluvia de proyectiles. Con el valor de la desesperación aquel puñado
de soldados se lanzó por tres veces al asalto; pero tres veces también
el excesivo número de salvajes les obligó a retroceder. Entonces los
indios abrieron las compuertas de las presas más altas e inundaron el
campo; y los españoles, diezmados y ensangrentados, se batieron en
retirada, perseguidos de cerca por los regocijados enemigos. En
aquella hora terrible, Pizarro fue traicionado por el hombre que, más
que ningún otro, debió serle leal; por el vulgar traidor Almagro.
Manco, protagonista del levantamiento y resistencia de Cuzco.
3.9. OBRA DE TRAIDORES
Almagro había penetrado en Chile, sufriendo grandes penalidades al
cruzar las montañas. De nuevo dio muestra de cobardía, pues,
descorazonado desde el principio, retrocedió, regresando al Perú.
Parece como si hubiese decidido que le sería más cómodo robar a su
camarada y bienhechor que llevar a cabo por sí mismo una conquista,
especialmente sabiendo la situación en que a la sazón se hallaba
Pizarro. Este, enterado de su regreso, salió a recibirlo. Manco atacó a
los españoles en el camino; pero fue rechazado después de una
encarnizada lucha.
A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Almagro no quiso
abandonar su plan. Insistió en que se le cediese Cuzco, la ciudad
principal, bajo pretexto de que estaba al sur del territorio concedido a
Pizarro; en realidad se hallaba situada dentro de los límites que a
Pizarro concedió la Corona; pero esto no era óbice para un hombre
como él. Por fin se convino en una tregua hasta que una comisión
pudiese medir y demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En
el ínterin se comprometió Almagro, con un solemne juramento, a
tener los cepos quedos. Pero no era hombre capaz de mantener su
juramento ni su palabra de honor; así fue que, en la oscura y
tempestuosa noche del 8 de abril de 1537, se apoderó de Cuzco, mató
a los centinelas e hizo prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Iba
entonces Alonso de Alvarado en auxilio de Cuzco con bastante
fuerza; pero, traicionado por uno de sus oficiales, fue hecho
prisionero con todos sus hombres por Almagro.
En tan crítica situación, Pizarro reanimóse con la llegada de su
antiguo valedor, el licenciado Espinosa, con doscientos cincuenta
hombres y un cargamento de armas y provisiones que le enviaba su
primo Hernán Cortés. Salió con dirección a Cuzco; pero al saber la
pasmosa noticia de la descarada traición de Almagro, regresó a Lima
y fortificó su pequeña capítal. Tenía verdaderos deseos de evitar un
derramamiento de sangre, y en vez de marchar con un ejército a
castigar al traidor, envió una embajada, en la que iba Espinosa, para
tratar de traer a Almagro a la razón y la decencia. Pero aquel vulgar
soldado era refractario a todos los argumentos. No tan solo rehusó
entregar Cuzco, sino que con mucha frescura anunció su
determinación de apoderarse también de Lima. Espinosa murió
repentina y oportunamente en el campamento de Almagro, y
Hernando y Gonzalo Pizarro hubieran sido ejecutados, a no ser por
los esfuerzos de Diego de Alvarado (hermano del héroe de la «Noche
Triste»»), el cual evitó que Al-magro añadiese esta crueldad a sus
vergonzosos actos. Hacia la costa marchó después Almagro para
fundar un puerto, dejando a Gonzalo bajo una fuerte guardia en
Cuzco y llevándose a Hernando como prisionero. Mientras construía
la ciudad, a la que dio su nombre, Gonzalo Pizarro y Alonso de
Alvarado se escaparon y llegaron sanos y salvos a Lima.
Diego de Almagro tomó por fuerza el Cuzco.
Todavía Francisco Pizarro trató de evitar el llegar a las manos con
el hombre que, aun cuando ahora había sido traidor, fue en otro
tiempo su camarada. Al fin se concertó una entrevista, y los dos jefes
se apersonaron en Mala. Almagro agasajó hipócritamente al hombre
a quien había traicionado; pero Pizarro era hombre de otra fibra. No
deseaba tener enemistad con su antiguo amigo; pero tampoco podía
profesar amistad a semejante persona. Recibió con digna frialdad la
falsa acogida de Almagro. Acordóse someter la cuestión al fallo
arbitral de fray Francisco de Bobadilla, y que ambos contendientes
respetasen su decisión. El arbitro falló por fin que se enviase un
buque a Santiago, y desde allí midiese con dirección al sur para
determinar el límite exacto de la concesión de Pizarro por aquel lado.
Entretando, Almagro debía entregar a Cuzco y poner en libertad a
Hernando Pizarro. El usurpador rehusó acatar tan equitativo fallo,
violando nuevamente todo principio de honor. Hernando Pizarro
estaba en inminente peligro de morir asesinado, y Francisco,
queriendo salvar a su hermano a toda costa, compró su libertad a
cambio de la cesión de Cuzco.
Almagro mata a Pizarro el Mozo.
Al fin, agotada ya la paciencia de Pizarro por los repetidos actos
de traición de Almagro, le dio aviso de que había terminado la
tregua, y emprendió la marcha sobre Cuzco. Almagro hizo cuantos
esfuerzos pudo para defender su robada presa; pero a cada paso le
venció la táctica militar de Pizarro. Además estaba minado por una
vergonzosa enfermedad, castigo de su licenciosa vida, y tuvo que
confiar la campaña a su teniente Orgóñez. El día 26 de abril de 1538,
los españoles leales al mando de Hernando y Gonzalo Pizarro,
Alonso de Alvarado y Pedro de Valdivia, tuvieron un contacto con
las fuerzas de Almagro en Las Salinas. Hernando hizo decir misa,
excitó a sus hombres exponiéndoles la conducta de Almagro y
dirigió una carga contra los rebeldes. Siguió una terrible lucha; pero
finalmente Orgóñez fue muerto, y sus secuaces no tardaron en ser
derrotados. Los españoles victoriosos se apoderaron de Cuzco e
hicieron prisionero al architraidor. Fue juzgado y convicto de
traición, pues traicionando a Pizarro había sido también traidor a
España, y se le sentenció a muerte. El hombre que en alguna
circunstancia mostró tener algún valor físico, fue un cobarde en el
postrer momento. Con la mayor pusilanimidad pidió que le
perdonasen la vida; pero la pena era justa, y Hernando Pizarro rehusó
revocar la sentencia. Francisco Pizarro había salido para Cuzco; pero
antes de llegar, ya Almagro había sido ejecutado, quedando vengada
una de las más viles traiciones que registra la historia. A Pizarro le
impresionó profundamente la noticia de la ejecución, pero no pudo
menos de comprender que se había hecho justicia. Movido de sus
naturales impulsos, Pizarro se hizo llevar a su casa a Diego de
Almagro, hijo ilegítimo del traidor, y le atendió como si fuese su
propio hijo.
Arresto y muerte de Almagro.
Hernando Pizarro volvió a España. Allí se le acusó de haber
cometido crueldades, y el Gobierno de España, más pronto que
ningún otro a castigar delito de esta clase, le condenó a presidio.
Durante veinte años el encanecido prisionero vivió entre rejas en
Medina del Campo; y cuando salió de allí, su período de actividad se
había agotado, aun cuando llegó a vivir cien años.
La situación en el Perú, si bien mejoró con la muerte de Almagro
y la sofocación de su malvada rebelión, distaba mucho de ofrecer
seguridad. Manco estaba revelando lo que desde entonces se ha
considerado como táctica característica de los indios. Había visto que
el sistema primitivo de acometer al enemigo en masa para aplastarle
bajo el peso del mayor número, se estrellaba contra la disciplina. Por
lo tanto adoptó la táctica del hostigamiento y la emboscada; la
práctica de matar por detrás, que nuestros Apaches aprendieron del
mismo modo. Andaba siempre atisbando a los españoles, como un
lobo a un rebaño, esperando ocasión para lanzarse sobre ellos cuando
estuviesen descuidados, o cuando unos pocos se hallasen separados
del cuerpo principal. Es ese un medio eficaz de hacer la guerra y el
más difícil de combatir. Muchos de los españoles fueron víctimas de
él: de una simple redada cogió y mató a treinta de ellos. Era inútil
perseguirlo: las montañas le ofrecían un retiro inexpugnable. Como
único medio de librarse de su persecución, Pizarro adoptó un nuevo
procedimiento. En los distritos más peligrosos estableció puestos
militares; alrededor de estos sitios seguros crecieron rápidamente
algunas ciudades, y así la gente pudo vivir tranquila. Llegaban
emigrantes al país, y el Perú iba formando con ellos y con los
indígenas educados una nación civilizada. Pizarro importó toda clase
de semillas de Europa, y la agricultura fue allí una nueva y
adelantada industria.
Además de este desarrollo de aquella nueva y pequeña nación,
Pizarro iba ensanchando los límites de las exploraciones y
conquistas. A ellas envió al valiente Pedro de Valdivia, aquel hombre
notable que conquistó Chile e hizo allí historia, que se hallaría llena
de espeluznante interés si tuviésemos aquí espacio para narrarla.
También envió a su hermano Gonzalo como gobernador de Quito, en
1540. Esta expedición fue uno de los hechos más asombrosos y
característicos de la exploración de los españoles en América, y
quisiera disponer de espacio suficiente para relatar aquí toda su
historia. Durante dos años, el caballeroso jefe y su puñado de
hombres sufrieron penalidades sobrehumanas . Algunos murieron
helados en las nieves de los Andes; otros de calor en las desiertas
llanuras, y los demás se internaron en las pantanosas selvas de la
parte superior del río Amazonas. Un terremoto engulló una ciudad
india de centenares de casas ante sus propios ojos. Paso a paso
tuvieron que abrirse camino con sus machetes por las exuberantes
selvas tropicales. Construyeron un pequeño bergantín con indecible
trabajo, prestando Gonzalo su ayuda lo mismo que los demás, y
bajaron por el Napo hasta el Amazonas. Francisco de Orellana y
cincuenta hombres no pudieron reunirse con sus compañeros, y
bajaron flotando por el Amazonas hasta el mar, volviendo a España
los supervivientes. Gonzalo tuvo por último que volver
trabajosamente a Quito, jornada que llevó a cabo en medio de
incomparables horrores. De los trescientos valientes que tan
alegremente habían salido en 1540 (sin contar los cincuenta de
Orellana), entraron tambaleándose en Quito, en junio de 1542,
solamente ochenta esqueletos desarrapados. Esto dará una ligera idea
de lo que habían sufrido aquellos infelices.
Pedro Valdivia por Federico Madrazo, Biblioteca Nacional de Chile.
Entretanto, una calamidad irreparable cayó sobre aquella joven
nación, y de un golpe villano le arrebató una de sus más heroicas
figuras. Los viles secuaces que participaron en la traición de
Almagro, habían sido perdonados y se les trató bien; pero no cambio
su carácter y continuaban conspirando contra el hombre sabio y
generoso que les había dado cuanto tenían. Hasta Diego de Almagro,
a quien Pizarro atendiera tiernamente como a un hijo, se unió a los
conspiradores. El cabecilla se llamaba Juan de Herrada. El domingo
26 de junio de 1541, aquella partida de asesinos se abrió paso
súbitamente y penetró en la casa de Pizarro. Las personas
desarmadas que en ella se hallaban huyeron en busca de auxilio, y
los fieles servidores que opusieron resistencia fueron asesinados.
Pizarro, su hermanastro Martínez de Alcántara y un probado oficial
que se llamaba Francisco de Chaves, tuvieron que afrontar solos el
combate. Como fueron cogidos por sorpresa, Pizarro y Alcántara
trataron de vestirse apresuradamente la armadura, mientras
ordenaban a Chaves que cerrase la puerta. Pero, sin darse cuenta, el
soldado la entreabrió para parlamentar con los villanos, y estos le
atravesaron con la espada y a puntapiés arrojaron su cadáver por la
escalera. Alcántara se lanzó a la puerta y luchó heroicamente, sin
arredrarse por las numerosas heridas que recibía. Pizarro, echando a
un lado la armadura, que no tuvo tiempo de vestirse, se lio una manta
al brazo izquierdo para escudarse, y cogiendo con la otra la buena
espada que había blandido en tantas luchas desesperadas, saltó como
un león sobre aquella manada de lobos. Era ya viejo, y tantos años de
sufrimientos y penalidades le habían quebrantado. Pero su gran
corazón no había envejecido, y peleó con un valor sobrehumano y
con sobrehumana fuerza. Su rápida espada atravesó a los dos que
iban delante, y por un momento vacilaron los traidores. Pero
Alcántara había caído, y turnándose para cansar al anciano héroe, los
cobardes le acosaban sin cesar. Durante algunos minutos prosiguió
aquella lucha desigual en el angosto pasillo, cuyo suelo hacía
resbaladizo la sangre derramada: un anciano lleno de canas y de
brillantes ojos, contra una veintena de bandidos. Al fin Herrada cogió
en sus brazos a su camarada Narváez y, protegido por aquel escudo
viviente, arremetió contra Pizarro. Este atravesó a Narváez con varias
estocadas; pero en el mismo instante uno de aquellos asesinos le
hirió en la garganta. El conquistador del Perú vaciló y cayó, y los
conspiradores hundieron en su cuerpo sus espadas. Pero aun entonces
aquella voluntad de hierro hizo que el cuerpo obedeciese el último
sentimiento de un gran corazón, e invocando a su Redentor, Pizarro
mojó un dedo en su propia sangre, trazó en el suelo una cruz,
doblegóse y besando el sagrado símbolo, expiró.
Estocada mortal que acabó con la vida de Pizarro. Abajo, gráfico con todas la
heridas recibidas antes de fallecer.
Los restos mortales de Pizarro están recogidos en la primera capilla de la derecha
de la catedral de Lima.
Capilla dedicada a Francisco Pizarro en la catedral de Lima.
Así vivió y así murió el hombre que empezó la vida como
porquerizo en Trujillo y la acabó como conquistador del Perú. Fue el
más grande de los exploradores; un hombre que de modestos
principios se elevó más alto que nadie; un hombre en quien se ha
cebado la maledicencia y la calumnia de los historiadores
apasionados; pero un hombre a quien la historia, sin embargo,
colocará en una de sus más altas hornacinas; un héroe a quien se
gozarán algún día en venerar cuantos admiren el heroísmo.
Tal fue la conquista del Perú. De la historia romántica que allí
siguió, nada puedo decir aquí; no puedo, pues, hablar de la
lamentable caída del valiente Gonzalo Pizarro; del notable Pedro de
la Gasea; del ascenso del gran Mendoza al virreinato, ni de cien otros
capítulos de una historia que fascina. Solo he querido dar al lector
una idea de lo que era realmente una conquista española en punto a
superlativo heroísmo y sufrimientos. Fue la de Pizarro la conquista
más grande; pero no son muchas otras inferiores en heroísmo y
penalidades, sino únicamente en genio; y la historia del Perú es muy
parecida a la historia de las dos terceras partes del Nuevo Mundo.
En la actualidad, Cuzco es una buena muestra del mestizaje de culturas: Quri
Kancha, ‘templo dorado’, originalmente Inti Kancha (Templo del sol) es el templo
inca sobre el que fue construido el Convento de Santo Domingo.
1 El autor escribió este libro antes del fallecimiento de esa reina.- (N. del T.)
2 Moneda del valor de un peso duro.