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Peregrinación A La Verdad Del Hombre 2025

El documento explora la búsqueda de la verdad del hombre a través de la perspectiva de Blaise Pascal, destacando su dualidad como ser exiliado y contradictorio. Pascal enfatiza la necesidad de una peregrinación interna hacia el autoconocimiento y la trascendencia, enfrentando la miseria humana y el deseo de verdad y felicidad. La obra se propone integrar la experiencia religiosa, la sabiduría existencial y la mística en un camino hacia la comprensión del ser humano y su relación con Dios.

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Peregrinación A La Verdad Del Hombre 2025

El documento explora la búsqueda de la verdad del hombre a través de la perspectiva de Blaise Pascal, destacando su dualidad como ser exiliado y contradictorio. Pascal enfatiza la necesidad de una peregrinación interna hacia el autoconocimiento y la trascendencia, enfrentando la miseria humana y el deseo de verdad y felicidad. La obra se propone integrar la experiencia religiosa, la sabiduría existencial y la mística en un camino hacia la comprensión del ser humano y su relación con Dios.

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PEREGRINACIÓN A LA VERDAD DEL HOMBRE

SEGÚN PASCAL

Fr. Marcos A. Foschiatti O.P.

INTRODUCCIÓN

Nos proponemos en compañía de Blaise Pascal (1) -un gran pensador y filósofo del siglo XVIII-
recorrer un itinerario, una peregrinación hacia la verdad del hombre. El término peregrinación nos
sugiere un camino religioso. Queremos acercarnos desde la mirada religiosa de Pascal al misterio
de todo hombre y mujer.

Al decir peregrinación religiosa no decimos “peregrinación teológica”, aunque tendremos que


connotar los elementos teológicos que entran en la visión pascalina. Tampoco se contrapone lo
religioso con la filosofía. Podemos decir, que la capacidad de maravillarnos ante la realidad, la sed
de trascendernos, de buscar la verdad, es algo religioso en el hombre. Nos hablan de la necesidad
de trascendencia que marca lo íntimo del corazón humano.

Queremos partir, en nuestro filosofar -en la búsqueda de la sabiduría integral del hombre- desde
la experiencia religiosa del hombre. Desde su padecer una ausencia y un vacío misterioso, y desde
su ímpetu, sed y nostalgia que experimenta. Ímpetu y sed que lo empujan a buscar la verdad, el
bien y la belleza. Impetu y sed que pueden detenerse y aquietarse, pero sólo por un momento,
sólo en pequeños destellos de ese Bien luminoso e iluminante que tanto ansía. Desde estas
experiencias queremos caminar y desear encontrar el “humus vital” que anima y fundamenta esta
necesidad religiosa y peregrinante del hombre. Itinerario filosófico en busca de la verdad que
mora en nuestro interior ... Camino para hacernos mejores, “meditatio mortis”.

Este trabajo pretende ser una humilde búsqueda de esta sabiduría integral del hombre,
una sabiduría existencial, de la verdad vivida y sufrida por el hombre concreto; una sabiduría
religiosa, en donde la luz y el don de Dios esclarece nuestro misterio; y una sabiduría mística que
es la aprehensión con el corazón, de la verdad, y es la transformación del corazón en la Verdad,
mediante el fuego y la serena certeza. La sabiduría mística será la unión de la verdad, padecida y
vivida, y la luz de la verdad regalada. Encontraremos estos tres ámbitos de la sabiduría a lo largo
de este trabajo, no tuve la pretensión de diferenciarlos y esquematizarlos, sino de tratar de
integrarlos en la única verdad del hombre.

Blaise Pascal nos iluminará en esta peregrinación con sus Pensamientos que he tomado y
expuesto -sin orden cronológico alguno- buscando que nos aclaren y nos hagan de guía. Pascal nos
da de sus intuiciones fabulosas para poder esclarecer nuestro camino personal hacia la Verdad.

EL HOMBRE EXILIADO
“¡Qué quimera es, por tanto, el hombre! ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de
contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra, depositario de la
verdad, cloaca de incertidumbre y de error; gloria y desecho del mundo.” (2)

¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? ... Pascal hace suya y encarna la gran incertidumbre de su
siglo, de la Edad Moderna; en donde tenemos la exaltación del hombre, de su razón omnipotente,
de su capacidad de dominar a la naturaleza, de dominar a sus semejantes mediante el arte y la
habilidad política. Supremacía del hombre. Es necesario dejar atrás los
obscuros “mitos” medievales. Alejar el temor y la frustración del ser humano “recortado”,
atemorizado por el Juicio, el pecado o un Dios que era centro de todo.

En la Edad Moderna vemos un giro de esta visión teocéntrica -propia de la filosofía y teología
medieval y cristiana-. En esta visión teocéntrica contemplamos un orden en el universo, una
finalidad en el Bien verdadero y causa de todo -el Amor increado-.

Ahora el hombre quiere ser el centro, el origen y el fin de todo el universo; tal vez, no
prescindiendo de Dios -no nos apresuremos a afirmar, de modo simplista, que el hombre moderno
es ateo-; pero quiere intensificar su concentración en sí mismo, en su humanidad, en su capacidad
creadora y en su razón dominadora.

Por un lado, está la aparente elevación del hombre, de buscar en sí mismo el centro. Pero, por
otro lado, se descubre perdido, exiliado de sí mismo y de su hogar, errante, sin saber de dónde
viene. No comprende el sentido de su pasión inútil.

El desenvolvimiento de la imagen del mundo -la revolución copernicana- le afecta, le destierra, lo


vuelve incomprensible a sí mismo y a los “espacios infinitos que ignoro y me ignoran”. Ya no
es epicentro de un mundo ordenado, claro, jerarquizado, en el que todo concurre para su bien y
plenitud -no obstante el misterio del mal-.

Ahora es un átomo más, arrojado al abismo. Ya no gira el universo alrededor de él, sino que es
arrojado al vacío, a una aparente noche sin fin, ni sentido. Pierde su orientación y seguridad; ya no
tiene su puesto en el cosmos.

“He aquí un extraño monstruo y un extravío muy evidente. Helo ahí, caído de su puesto, que busca
con inquietud. Es lo que hacen todos los hombres. Veamos quién lo ha encontrado” (Pensées,
477).

En el Medioevo cristiano se concebía al hombre -siguiendo una afirmación acuñada por el cardenal
Nicolás de Cusa- como un “Micro - Kosmos” y un “Micro - theos”. Un universo en pequeño, en
perfecto equilibrio y orden. Podía contemplar la verdad y la armonía en el mundo, en la naturaleza
y en sí mismo. Podía sentirse como un micro-theos en cuanto podía conocer esta verdad objetiva,
en cuanto podía nombrar a los diferentes seres. Y así, ser también co-creador, llamando a la luz, a
la vida, a la hermosura: con su palabra, pensamiento, su trabajo, el arte y el canto.

Por el hombre el mundo era como una ofrenda, una eucaristía, un canto que se elevaba.
Volviéndose a sí, en su inmanencia encontraba “latiendo” la trascendencia. Contemplaba en su
más íntimo centro a Alguien que lo quería, que le daba y conservaba la riqueza del ser. De ese
modo en su propio seno vive en relación, no hay soledad aterradora, sino que hay soledad
cargada de Presencia, hay silencio grávido de Palabra, de Verdad... Pensemos solamente en los
grandes representantes de la espiritualidad monástica, en la filosofía de un Tomás de Aquino, en el
gran iluminador del Medioevo: San Agustín de Hipona. La vida de estos grandes maestros de la
Sabiduría fue esta búsqueda humilde y ardiente de la verdad del hombre que se ilumina en la
Verdad en Persona. Su vida fue irradiación de esta verdad, aunque la hayan aprehendido
y “gustado” con “esprits” -usando una expresión pascaliana- diferentes y personales.

En cambio, el hombre moderno, a pesar de la afirmación del humanismo, de la vuelta de lo


sobrenatural a la naturaleza, experimenta no una soledad cargada de Presencia, no el “placer de la
soledad”, sino el “horror vacui”. Tiembla ante el terror del vacío, su nada, su exilio de sí y del
mundo; tiembla ante su dolorosa y misteriosa incertidumbre.

El giro cosmológico, la pérdida de la unidad de la fe, la aparente autoafirmación, cortando todo


vínculo con su hilo primordial, lo arrojan de la verdad de un universo ordenado y de la verdad de la
que era depositario en sí mismo. El mundo y su propia posición le resultaron problemáticos.

“Que el hombre, después de haber vuelto a sí mismo, considere lo que es, en comparación con lo
que existe y que se mire como perdido, y que desde esa pequeña mazmorra en que se encuentra
alojado, me refiero al universo, aprenda a estimar los reinos, las ciudades, las casas y a él mismo
en su justo valor.

¿Qué es el hombre en el infinito?...”

¿Qué es el hombre en la naturaleza? Una nada, respecto al infinito; un todo respecto a la nada; un
punto medio entre la nada y el todo. Infinitamente alejado de comprender los extremos, el fin de
las cosas y sus principios están para él irrevocablemente ocultos en un secreto impenetrable
igualmente incapaz de ver la nada de que ha salido y el infinito en el que está inmerso.” (Pensées,
199).

Vemos aquí, muy brevemente, las condiciones y el contexto en donde se da la pregunta por el
hombre en Pascal. Su camino de búsqueda es, ante todo, personal. Padece la verdad conocida y
amada. No vive de abstracciones (a pesar de su genio matemático y su temperamento nada
soñador). Desea captar con esprit de finesse -en claridad y sentimiento inteligente y delicado- la
verdad íntegra del hombre; sufriendo la incertidumbre. La búsqueda ardiente de Pascal es volver a
encontrarse con el punto, el centro, la unidad de este caos que se agita en él, en mí, en todos. Es
ése el centro a dónde queremos peregrinar, retornar de nuestro exilio; allí donde el hombre
es depositario de la Verdad.

NUESTRAS NATURALEZAS CONTRADICTORIAS

Esta cloaca de incertidumbre y de error, esta quimera y monstruo, este sujeto de contradicción
quiere caminar y peregrinar. Peregrinar -en su padecer, en el saborear su propia muerte- hacia ese
centro suyo. Allí se reconoce -a pesar de sus propias miserias- como “prodigio”, “novedad”, “juez
de toda las cosas”, “gloria del mundo” y sobre todo, morada de la verdad. La búsqueda del centro
tiene, en Pascal, un fuerte tono agustiniano.
Agustín, que con tanto dolor y riqueza vivió ese camino hacia la verdad del hombre, nos dice en su
tan célebre afirmación: “No quieras ir afuera, entra en ti mismo, en el hombre interior mora la
verdad; y cuando vieres que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo.”

Pascal sigue este itinerario agustiniano. Ante todo tenemos un reditus (el volverse a sí, la
conversión), en oposición a la di-versión (que es ir afuera, salirse de sí), dispersarse, diversificarse,
desparramarse. Luego viene el descubrir la verdad de mi condición humana, tener el coraje de
sufrirla y de gozarla. Enfrentarme con las tinieblas de mi miseria para aprehender esta centella de
luz, esa íntima riqueza que poseo.

Esa pequeña centella de luz es “ese instinto irreprimible que me permite elevarme” (Pensées, 633),
trascenderme, salir de mí y donarme. Y así, por este exitus verdadero, encontrar mi verdad y mi
centro en el Otro.

Comencemos este peregrinar a nuestro centro unificador. Pero antes contemplemos la


incertidumbre y el ansia de encontrar ese centro que se nos escapa. Suframos nuestros pies
sangrantes, los pies de este hombre peregrino, que busca su hogar.

“He aquí nuestro estado verdadero: que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar
absolutamente. Bogamos en un medio amplio, siempre inseguros y flotantes, llevados de un lado a
otro.

Tan pronto como pensamos mantenernos en un lugar y consolidarnos en él, vemos cómo vacila y
nos abandona, y si vamos en pos de él, escapa a nuestros intentos y huye, en una huída
eterna” (Pensées, 199).

Este pensée revela el ansia de la búsqueda, el deseo del centro donde permanecer. El hombre es
como un náufrago, llevado sin piedad hacia un lado y otro indistintamente. Percibimos la
contingencia de las cosas, en cuanto el apetito de la verdad y del bien quiere descansar en algo;
ese algo se nos vuelve insatisfactorio. Se nos escapa de las manos. Y así quedamos. Aún más
vacíos, sin sentido e insatisfechos.

“Es el estado que nos es natural y, no obstante, el que más contraría nuestra inclinación; nos
domina el deseo de hallar un lugar seguro y la última base duradera (...); pero todo nuestro
fundamento cruje, y la tierra se abre hasta los abismos.” (Pensées, 198).

Este estado de vacilación, de abandono, de no encontrar su lugar en relación con el mundo,


consigo mismo y sus semejantes, es un estado de hecho y no de derecho.

Contraria a nuestra inclinación más profunda que no ha podido ser silenciada y ahogada. Es el
deseo del Bien Verdadero y de la Belleza inmarcesible.

Nuestro fundamento cruje, nuestra naturaleza está herida de muerte. Somos amenazados a caer
en el abismo de la nada, al abismo del sin sentido de nuestra miseria.

El hombre pascaliano es esta miseria que sufre, porque se ve capaz del Bien, se siente impelido
por este impulso irresistible, por su pondus vital -en el lenguaje agustiniano-. Pero está apresado
en la esclavitud. Cuando quiere dar un salto no halla un apoyo, un lugar seguro. Sino, todo lo
contrario, su pobre fundamento amenaza derrumbarse y caer. Es como si su deseo de ascender lo
arrojara más adentro del infierno de su incomprensible caos.

Queremos elevarnos, el hombre desea superar... sobrepasar infinitamente al hombre (Pensées,


131). Nos falta un punto de apoyo, ese principio y centro en el cual hacer palanca para ascender;
nos falta la base duradera.

“A pesar de la visión de todas nuestras miserias que nos hieren, que nos angustian, tenemos un
instinto que no podemos reprimir, que nos exalta” (Pensées, 634).

Este instinto es la centella de la luz y amor, lo que queda de nuestra primigenia verdad, antes de
esta triste caída.

“Deseamos la verdad y no encontramos en nosotros más que la incertidumbre. Buscamos la


felicidad y sólo encontramos miseria y muerte. Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha,
y no somos capaces ni de certidumbre, ni de felicidad. Este deseo nos ha sido dejado, tanto para
castigarnos como para hacer que nos demos cuenta desde qué altura hemos caído” (Pensées,
401).

¿A qué se refiere cuando dice que el hombre es un ser caído? ¿tiene una doble naturaleza? ¿este
instinto que eleva es lo que queda de la primitiva naturaleza?

“¿Qué es pues lo que nos dicen esta aridez y esta impotencia, sino que hubo antaño en el hombre
una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora mas que la señal y la impronta vacía y que
trata inútilmente de llenar con todo lo que le rodea, buscando cosas ausentes y las ayudas que no
obtiene de las presentes, pero de lo que son todas incapaces, porque ese abismo infinito sólo
puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios?” (Pensées, 148).

“He aquí el estado en que se encuentran hoy los hombres. Les queda algún instinto impotente de
felicidad de su primera naturaleza y están sumidos en las miserias de su ceguera y de su
concupiscencia, que se ha convertido en su segunda naturaleza” (Pensées, 149).

“Estos dos estados, como están descubiertos, es imposible que no los reconozcáis. Seguid vuestros
impulsos. Observaos a vosotros mismos y ved si no encontráis en vosotros los caracteres vivos de
esas dos naturalezas.

¿Se encontrarían tantas contradicciones en un individuo simple?

Incomprensible” (Pensées, 149).

Pascal, como filósofo cristiano, ve esta caída desde una mirada religiosa.

La caída del hombre es su cerrazón al Otro, al Tú divino; a Dios que lo llamó a la vida, lo hizo capaz
de EL. Sólo EL es ese Bien verdadero que el hombre, a pesar de sus obscuras cadenas, tanto desea.

La caída fue no querer ser relacional a Dios; no depender de su acto creador, sino encerrarse
egoístamente. Ese encierro en sí, prescindiendo de Dios, causa ese triste desconcierto frente a lo
inexplicable. Lleva también al frustrado e hiriente caminar hacia una felicidad que con cuanto más
ardor se desea, tanto más se aleja...
Es por eso que el hombre peregrino tiene los pies sangrantes... busca su plenitud y sólo encuentra
espinas y nada más que espinas.

“Nuestra naturaleza está en el movimiento, el reposo total es la muerte” (Pensées, 641).

En este estado de miseria y en esta naturaleza caída somos esencialmente peregrinos. Lo que nos
moviliza es el instinto hacia el Bien, la búsqueda de nuestro centro. El descansar en nuestra
miseria sería la muerte. La búsqueda, aunque los pies sangren, siempre continúa ante la esperanza
de hallar nuestro descanso (el centro).

Porque siguiendo la conocida expresión de San Agustín: “Nos has creado para Ti, e inquieto estará
nuestro corazón hasta que no descanse en Ti” (3).

“El hombre no sabe en qué lugar colocarse. Está visiblemente perdido y caído de su verdadero
lugar, sin ser capaz de encontrarlo. Lo busca por todas partes con inquietud y sin éxito en unas
tinieblas impenetrables” (Pensées, 400).

“El Dios de los cristianos es un Dios que hace sentir al alma que EL es su único Bien; que todo su
descanso está en EL, que sólo tendrá alegría amándole, y que le hace, al mismo tiempo aborrecer
los obstáculos que la retienen y le impiden amar a Dios con todas sus fuerzas. El egoísmo y la
concupiscencia, que la detienen, le son insoportables. Ese Dios le hace sentir que tiene ese fondo de
egoísmo que la pierde y que sólo EL la puede curar” (Pensées, 460).

Pascal describe la caída y la cerrazón del hombre en el precioso y extenso Pensamiento 149,
poniendo en la boca de Dios las palabras que ahora transcribimos:

“Ahora ya no estáis en el estado en que os he creado.

He hecho al hombre santo, inocente, perfecto y le he llenado de luz e inteligencia, le he descubierto


mi gloria y mis maravillas. El ojo del hombre veía entonces la majestad de Dios. No estaba
entonces en las tinieblas que le ciegan, ni en la mortalidad y en las miserias que lo afligen.

Pero no ha podido sostener tanta gloria sin caer en la vanidad. Ha querido hacerse el centro de sí
mismo e independiente de mi ayuda. Se ha sustraído a mi dominio y, al igualarse a mi por el deseo
de encontrar su felicidad, le he abandonado a él mismo y, sublevando a las criaturas que le
estaban sometidas, las he convertido en sus enemigas, de suerte que hoy el hombre se ha hecho
igual a los animales y tan alejado de mí que apenas le queda una idea confusa de su autor, (...).

He aquí el estado en que se encuentran hoy los hombres. Les queda algún instinto impotente de
felicidad de su primera naturaleza y están sumidos en las miserias de su ceguera y de su
concupiscencia, que se ha convertido en su segunda naturaleza” (Pensées, 149).

Nos vemos tironeados (seducidos) nada menos que por dos naturalezas completamente distintas.
Pero no es una dualidad platónica o maniquea, dualidad entre el cuerpo y el alma. Sino que es
dualidad entre el hombre capaz de Dios, el hombre querido y nombrado por Dios, y la naturaleza
caída del hombre que lucha en su ceguera por hallar su quietud y felicidad.

Del hombre querido por Dios sólo queda ese deseo de felicidad, plenitud, que ciertamente no
encuentra en sí mismo:
“Todas vuestras luces sólo pueden llegar a conocer que no es en vosotros mismos en dónde
encontraréis la verdad y el bien” (Pensées, 149).

LA DIVERSIÓN COMO OPUESTA AL “REDDIRE AD COR”

El hombre experimentando el dolor de sus pies sangrantes y cansados de buscar, en vez de


volverse (con-vertirse) al Bien verdadero y tener el coraje para enfrentarse con su miseria, prefiere
evadirse. No quiere volverse a lo profundo de sí mismo para conocerse.

Le teme terriblemente, más que a cualquier dolor de tipo físico, al enfrentamiento con su dolorosa
verdad. Lástima que ignore que el sufrir la propia miseria, el padecerla y saborearla, lleva tarde o
temprano, al consuelo de este Bien verdadero que tanto desea. Este Dios que quiere llorar
nuestras lágrimas, sufrir nuestro dolor, para darnos la tan ansiada dicha, en EL.

Para llegar nuevamente al perdido Huerto del Paraíso, a la primigenia condición del hombre, hay
que pasar por el Huerto de las Lágrimas, el huerto del temor y del estremecimiento ante mi
muerte y todas las muertes de los hombres (Pensées, 919).

“La muerte es más fácil de soportar sin pensar en ella, que la idea de la muerte sin
peligro” (Pensées, 138).

Pero huimos de las lágrimas, del temor y del miedo que nos produce la incertidumbre de nuestras
muertes, buscamos sedantes que nos hagan olvidar, salir de nuestro vacío. No comprendemos
entonces, que nuestra destrucción es aún más grande y profunda:

“Corremos despreocupados hacia el precipicio después de haber puesto algo ante nosotros para
que no nos deje verlo” (Pensées, 166).

No obstante, es “divertido” hacerlo, porque insensiblemente, sin darnos cuenta, caminamos hacia
la muerte:

“La única cosa que nos consuela de nuestras miserias es la diversión, y sin embargo, es la mayor de
nuestras miserias. Porque eso es lo que nos impide principalmente pensar en nosotros y lo que
nos hace perdernos insensiblemente. Sin esto nos aburriríamos y ese aburrimiento nos empujaría
a buscar un medio más efectivo de salir de él, pero la diversión nos distrae y nos hace
llegar insensiblemente a la muerte” (Pensées, 414).

“[Los hombres] tienen un instinto secreto que los inclina hacia la diversión y la ocupación en el
exterior, que procede de la percepción de sus miserias continuas. Y tienen otro instinto secreto,
resto de la grandeza de nuestra primera naturaleza, que les hace saber que la felicidad sólo
reside, en realidad, en el reposo y no en el tumulto” (Pensées, 136).

Buscamos adormecer ese instinto divino que nos lleva hacia el reposo, la quietud en nuestra
felicidad en el Ser infinitamente bueno, verdadero y bello. Y nos “mareamos” para no pensar, para
no querer asomar nuestros ojos hacia nuestra triste ruina y destrucción. ¡Cuántas “muertes” y
ruinas hay detrás de la aparente alegría de las diversiones! ¡Cuánta frustración de un hombre
desesperado, enceguecido, que prefiere no aprehenderse a sí mismo, sino desparramarse, perder
su conciencia! Si perdemos la unidad, perdemos nuestro ser.

“De ahí, viene que a los hombres les gusten tanto el bullicio y el movimiento. De ahí viene que la
(celda) sea un suplicio tan horrible; de ahí viene que el placer de la soledad sea una cosa tan
incomprensible. Y es, en fin, gran causa de la felicidad en la condición de los reyes el que siempre
se intente distraerles y procurarles toda clase de placeres. El rey está rodeado de gentes que sólo
piensan en divertir al rey y en impedirle que piense en sí mismo. Porque, por rey que sea, será
desgraciado si lo hace” (Pensées, 136).

La diversión, no entendida como un “hobby” o un pasatiempo reparador, sino como dispersión y


diversificación, es un exitus falso, erróneo y destructor. Es un exitus evasor, adormecedor, que
dispersa al hombre, para que no se enfrente con su “capacidad vacía de felicidad” (Pensées, 148).

Se opone al exitus clarificante, al que ya hemos hecho alusión, que es la donación y relación hacia
Dios. El cual extrae, desde lo hondo de nuestra miseria, la luz y el conocimiento de nosotros
mismos en Dios y de Dios en nosotros.

Por eso este exitus falso debe ser evitado; hay que volver a la simplicidad original. Ciertamente
que sufriremos los golpes de las naturalezas dispares que están en nosotros.

“Y de esos dos instintos contrapuestos se forma en ellos un proyecto confuso que se oculta a su
vista en el fondo de su alma y les induce a tender al reposo y a la agitación, y a figurarse siempre
que la satisfacción que no tienen les llegará, si al vencer algunas dificultades que perciben, pueden
abrir de ese modo las puertas al reposo. Así transcurre toda vida: buscamos el reposo atacando
algunos obstáculos y cuando los hemos superados, el reposo se nos hace insoportable por el tedio
que engendra. Hay que salir de él ... el tumulto” (Pensées, 136).

Lloraremos nuestra incomprensibilidad. Lloraremos el ser desecho del universo ... pero tan solo a
un paso, muy cerca, en silenciosa aurora, nos esperan las lágrimas de alegría. Alegría, ¡lágrimas de
alegría! (4), ante la certeza y el fuego, cuando se nos regale la visión de la grandeza del alma
humana.

El secreto está en saber esperar esta aurora, saber esperar en medio de la soledad de la noche, en
medio de la soledad de nuestra pena...

MI ABISMO INFINITO CLAMA POR EL ABISMO

“Que el hombre ahora se estime en su valor. Que se ame, porque hay en él una naturaleza capaz
de bien, pero que no ame por ello las bajezas que hay en ella. Que se desprecie porque esa
capacidad está vacía, pero que no desprecie por eso esa capacidad natural. Que se odie, que se
ame: hay en él la capacidad de conocer la verdad y de ser dichoso, pero no tiene verdad, o
constante o satisfaciente.

Quisiera por lo tanto, inclinar al hombre a desear encontrarla, a estar dispuesto y libre de pasiones
para seguirla allí donde la encuentre” (Pensées, 119).
Así, como veíamos en el hombre un doble movimiento de exitus: uno para diversificarse y el otro
para plenificarse; diversión opuesta a donación; así, también descubrimos dos momentos
de reditus.

Tenemos una vuelta sobre sí mismo egoísta, que desea cortar toda relación, la autosuficiencia.
Esta vuelta orgullosa sobre sí mismo es la que nos ha hecho caer de nuestra grandeza. Es la que,
para Pascal, ha creado nuestra segunda naturaleza, que nos ha herido profundamente y nos ha
vaciado la capacidad infinita que teníamos de verdad y de dicha.

“... ese abismo infinito (el interior del hombre) sólo puede ser llenado por un objeto infinito e
inmutable” (Pensées, 148).

Pero tenemos el verdadero reditus, cuyo precursor fue nada menos que Sócrates; es el volverme a
mí mismo para aprehender la verdad, es el conocimiento para hacernos mejores.

El verdadero reditus al interior del hombre, donde mora la verdad, debería tener tres pasos:

· “Nosce te ipsum” (5)

· “Rege te ipsum”

· “Dona te ipsum”

· Conocerme a mí mismo (Nosce te ipsum): para descubrir mis luces y sombras, mis miserias y
mi primitiva grandeza. Es poder reconocer esa naturaleza que clama por el Bien Eterno; y es
padecer la verdad de la segunda naturaleza, de la miseria que nos desgarra, tironea y dispersa.
Que nos lleva a la multiplicidad, al caos y a la nada.

· Regirme a mí mismo (rege te ipsum) es saber amarme y odiarme (Pensées, 119). Combatir y
cortar con el oscuro egoísmo y la sed de autosuficiencia: los cuales me impiden ver el bien y la
hermosura del Otro y de los otros.

Odiar esta cerrazón de mi ser -cuando que esencialmente es relacional-; odiar este impulso
misterioso de rechazar la luz, de no querer depender, de no desear dar.

Combatir esa segunda naturaleza, que a pesar de estar tan dolorosamente incrustada en nuestro
interior, no nos pertenece. Fuimos queridos y nombrados no para esta naturaleza vacía de verdad
y de dicha.

Humillar también la soberbia de la razón, que a pesar de su ceguera, pretende conocer y


dominarlo todo. La humildad es la condición para hallar la verdad sobre el hombre.

“¡Reconoced pues, oh orgullosos, qué paradoja sois para vosotros mismos! ¡Humíllate razón
impotente! ¡Cállate naturaleza débil, entérate que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre,
y entérate por tu amo de tu condición verdadera que ignoras! Escuchad a Dios (...)” (Pensées,
131).

Debemos avivar el deseo y seguir ese instinto de nuestra primera naturaleza, hacer que éste
prevalezca sobre el otro, oscuro y ciego. Avivar el deseo, aunque éste sea hiriente.
· Dona te ipsum: abandonar y entregar nuestras contrariedades, nuestras luchas interiores,
nuestra capacidad deseosa del Bien Verdadero; nuestra capacidad tan tristemente vacía.

Abandonarnos en manos de Alguien que pueda sanarnos e iluminarnos.

“Ese Dios le hace sentir que tiene ese fondo de egoísmo que lo pierde, que EL sólo lo puede
curar” (Pensées, 460).

Pero no nos tomará en sus brazos si no hemos tenido el coraje de volver a nosotros mismos, de
con-vertirnos, de sufrir nuestra pobreza. Sólo así, vendrá el Libertador:

“Es bueno estar cansado y fatigado por la inútil búsqueda del verdadero bien, a fin de tender los
brazos al Libertador” (Pensées, 631).

Es necesario recalcar que en esta conversión, para conocerme y aprehenderme, voy a encontrar
más tinieblas que luz. Más contrariedades que certezas. Más dolor que gozo. Sin embargo,
encontraré esa capacidad de Dios vacía. Me encontraré con mi abismo infinito que clama ser
repleto de Presencia.

“¿No está claro como la luz que la condición del hombre es doble? Porque, en fin, si el hombre no
hubiese sido corrompido, jamás gozaría en su inocencia de la verdad y de la felicidad con
confianza. Y si el hombre hubiese estado siempre corrompido, no hubiese tenido nunca ninguna
idea de la verdad, ni de la felicidad. Pero, como somos desgraciados, y más que si no hubiese
ninguna grandeza en nuestra condición, tenemos una idea de la felicidad y no podemos
alcanzarla. Sentimos una imagen de la verdad y sólo poseemos la mentira. Incapaces de ignorar
absolutamente y de saber completamente, a tal punto es evidente que hemos estado en un grado
de perfección del que desgraciadamente hemos sido desposeídos” (Pensées, 131).

Sólo por la donación y la entrega de mi ser herido y obscuro podré encontrar la claridad tan
ansiada.

“¿Qué es pues lo que nos dicen esta aridez y esta impotencia, sino que hubo antaño en el hombre
una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora más que la señal y la impronta vacía, y que
trata inútilmente de llenar con todo lo que lo rodea, buscando cosas ausentes y las ayudas que no
obtiene de las presentes, pero de lo que son todas incapaces, porque ese abismo infinito sólo
puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios? EL sólo es su
verdadera felicidad. Y desde que lo ha abandonado no es extraño que no haya nada en la
naturaleza que haya sido capaz de ocupar su puesto” (Pensées, 148).

Somos un abismo infinito, según Pascal. Estamos como suspendidos entre dos abismos: el del
infinito y el de la nada. El hombre es una nada capaz de infinito. Una nada capaz de Dios (como
aseguraba Berulle, contemporáneo de Pascal). Recordemos el ya citado “pensée” sobre la
búsqueda del centro y del fundamento del hombre.

“Es el estado que nos es natural y, no obstante, el más contrario a nuestra inclinación; nos domina
el deseo de hallar un lugar seguro y la última base duradera (para elevarnos al infinito); pero todo
nuestro fundamento cruje, y la tierra se abre hasta los abismos”.
La nada amenaza tragarnos, nuestro pobre fundamento -nuestro interior- parece
resquebrajarse. No tenemos nada sólido que nos impulse al abismo del infinito, hacia el cual
tendemos. El abismo del sin sentido y de la terrible incertidumbre se cierra bajo nuestros
temerosos ojos. Alzamos el corazón hacia arriba. Pero si tratamos de saltar, dar caza al infinito,
parece que irremediablemente nuestro pobre fundamento se viene abajo.

Nos hace falta una base duradera. Necesitamos que Dios no sea sólo un fin externo; sino que sea
un principio. Un fundamento que nos empuje desde dentro. Que nos sostenga desde el interior.
Que nos plenifique desde dentro.

Es impensable que Dios sea el fin si no es el principio. Dirigimos la vista hacia arriba pero nos
apoyamos en la arena (en nuestra pobre naturaleza que amenaza desmoronarse) y la tierra se
hundirá y caeremos mirando al cielo (nos hundimos deseando el infinito)” (Pensées, 988).

El silencio de los abismos siderales, me aterra, decía Pascal; tal vez, vivenciaba ese abismo sideral
en su propio interior. Su propio abismo... amenazado entre la nada y la Plenitud. Era su abismo lo
que le aterraba o le movía a rezar.

Un abismo llama a otro abismo (Salmo 41). Podemos desde nuestro abismo elevarnos al infinito.
Nuestro sostén, punto de apoyo, para elevamos es no tener sostén ninguno en lo contingente, sino
sólo reconocer el vacío que clama por la Plenitud.

Buscar algún sostén en lo contingente y finito, es abismarnos en esa nada que está bajo nuestros
pies. Por el contrario, reconocer mi abismo incomprensible, mi finitud sedienta de Dios, es abrirme
y clamar por el Abismo de la Luz.

Un abismo clama a otro abismo. Me abismo en mi miseria, mi nada. Y de allí resurgir, por el
instinto de grandeza, en el abrazo de otro Abismo.

Por eso, la grandeza de nuestra primera condición humana puede resurgir, renacer de nuestra
miseria

“La miseria deriva de la grandeza... la grandeza de la miseria” (Pensées, 416).

Este instinto más profundo y noble del ser humano, no puede elevarse de su miseria si no es
gracias al Abismo que se inclina sobre nosotros. El Abismo del Bien eterno, la Verdad y
Hermosura asume nuestras falsedades, egoísmos y crímenes.

El Abismo de Dios se confunde con el fango de nuestra miseria. El Abismo ilumina la oscuridad de
nuestro abismo. La Luz misma ilumina nuestra primera belleza; entonces, descubrimos la belleza
de nuestro rostro... recibimos un nuevo aliento de vida.

El Abismo de Dios, hecho nuestra miseria, hace resplandecer su claridad y su fuego sobre ella,
desde ella y por ella. De allí que la miseria, como dice Pascal, nos revela la grandeza. ¡La miseria,
nuestra dolorosa miseria, nuestra aterradora miseria!... resplandece y nos hace ver el Abismo del
amor del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob... Dios de Jesucristo (Memorial).

Este Dios de Jesucristo “nos hace contemplar en la hondura de su Misterio nuestro propio abismo
de grandeza, florecido, renovado e iluminado”. “Grandeza del alma humana.” Hacía falta que el
Abismo del Amor bebiera nuestras lágrimas para transfigurarlas en “lágrimas de alegría”. Y así, la
Salud está en el fondo de nuestra miseria; la salud está brotando de nuestra herida.

El hombre nuevo se está iluminando en la aparente obscuridad de Dios anonadado en el abismo


de nuestra miseria.

“Jesucristo... Jesucristo... ¡Qué jamás sea separado de él!” (Memorial).

EL MISTERIO DEL HOMBRE SÓLO SE ESCLARECE EN EL MISTERIO DE DIOS

La miseria del hombre, oscura y ciega, por este abrazo íntimo de Dios y por la epifanía de su
belleza, da a luz la tan anhelada verdad. Pascal pondrá en boca de la Sabiduría de Dios las
siguientes palabras: “No esperéis, dice, oh hombres, ni verdad, ni consuelo de los hombres. Yo soy
la que os ha creado y la única que puede deciros quiénes sois” (Pensées, 149). Sólo mi misterio se
puede esclarecer, se me puede revelar en epifánica belleza, por el Don de Otro y mi don al Otro y a
los otros. Por eso también nos dirá Romano Guardini: “El hombre es un ser que se ve atraído hacia
arriba, que sólo logra cumplir con su fin auténtico si entra en contacto con Aquel que viene a su
encuentro (o sea, con Dios) y si mantiene relaciones vivientes con EL. El ser humano sólo puede
convertirse en hombre por medio de Dios. Es, sólo, de lo que está por encima de él, en sentido
absoluto (...), es del Dios viviente, que el hombre toma su verdad esencial sobre su naturaleza, o
mejor dicho, ella le es regalada” (6).

De esta manera, mi yo florece en el Tú divino... Mi yo se ilumina en el Abismo de la Presencia.


Presencia del Bien Eterno que me impele a salir de mí, a dejar de dar vueltas sin fin, ni sentido, en
mi angosto y resquebrajado centro. Sólo elevando los ojos puedo descubrir mi profunda verdad.

Este descubrimiento de mi profundo yo en el Tú divino, hace de mi pobre yo creatural, finito y


limitado, un espejo y cristalina fuente. Allí, en lo profundo de mi pobreza, puedo contemplar la
mirada y la felicidad del mismo Dios que se complace en mí.

Por eso mi felicidad la encuentro saliendo de mí, donándome. Pero también la encuentro
volviendo a mí. Allí descubro que esa capacidad infinita de mi ser, se encuentra rebozante de
Presencia, de comunión y de gozo.

Sólo puedo colmar esa sed de felicidad infinita si me entrego. Cuanto más me doy, más me
aprehendo y enriquezco. Pero no es salida para la dispersión, sino para la donación y entrega. Y es
esto lo que me auna en mi y me une al Otro y a los otros.

Por eso dirá Pascal:

“La felicidad no está, ni fuera de nosotros, ni en nosotros; está en Dios y fuera y dentro de
nosotros” (Pensées, 407).

El donarse por amor al Otro abre mis ojos ante el misterio que soy; realiza y lleva a plenitud este
misterio.
Pero volviéndome a mí, con el corazón espejado por el amor, me sorprendo al contemplar en mí,
no ya mi pobre y contradictoria miseria, sino al Misterio del Dios vivo. Mis ojos se topan con la
verdad de Dios, que no es otra que el Amor.

De allí, la gran verdad, de que “sólo el corazón siente a Dios” (Pensées, 424). El corazón humano
saliendo, derramándose en Dios, despierta su más profunda realización y verdad que es amar. Mi
pobre acto de amor ilumina y esclarece la imagen de Dios en mí. Hace resplandecer el infinito Acto
de amor que desde nuestro abismo nos está sosteniendo en el ser.

“¿Dónde está Dios? En donde vosotros no estáis y el Reino de Dios está en vosotros” (Pensées,
616).

“El Reino de Dios está en nosotros. El bien universal está en nosotros, es nosotros mismos y no es
nosotros” (Pensées, 564).

Pascal, nos dirá también: “todo lleva la huella de la Presencia de un Dios que se oculta” (Pensées,
449). El ojo que revela esa Presencia oculta no es otro que el amor, o mejor expresado, la caridad.
Hay un Dios cuya alegría está en unirse con nosotros, manifestarse a nosotros:

“La Escritura nos lo declara abiertamente cuando dice en algunos de sus pasajes: deliciae meae
esse cum hominum, effundam spiritum meum super omnen carnem,... dii estis (‘mis delicias son
estar con los hombres’... ‘derramaré mi espíritu sobre toda carne’... ‘dioses sois’)” (Pensées, 131).

Y en esa manifestación suya nos revela quiénes somos y cuánto valemos ante sus ojos. Por eso el
camino pascaliano para descubrir la verdad del hombre culmina en la unión mística. Sólo en esa
suprema meta de nuestro camino y búsqueda de la Sabiduría (philo sophia) en esa suprema
Sabiduría puedo contemplar con quietud y con lágrimas de alegría: el claroscuro de mi presencia
en Dios y el claroscuro de Su Presencia en mí.

Porque el corazón es ícono, es huella viviente de un Dios que se oculta. Esta unión mística, esta luz
en la oscuridad de la noche -esa noche que es clara como el día- es lo que vivió Pascal, aquel 23 de
noviembre... en los resplandores del Fuego del Dios de Abraham, del Dios de Isaac y del Dios de
Jacob.

“...es un Dios de amor y de consuelo; es un Dios que llena el alma y el corazón de aquellos a
quienes posee; es un Dios que les hace sentir interiormente su miseria (de los hombres) y su
misericordia infinita; que se une al fondo de su alma; que lo llena de humildad, de alegría, de
confianza, de amor; que los hace incapaces de otro fin que EL mismo” (Pensées, 449).

Nos dirá Romano Guardini: “El Amor Substancial y Santo entra en contacto con el fondo del
corazón, porque el fondo del corazón se entrega a EL, y de esta manera se despierta el nuevo amor
de caridad. Lo que allí ocurre se pierde en sus dos extremos en el misterio: misterio de aquella
iniciativa divina por la cual Dios se revela claramente, por la que EL da la luz, agita tan
profundamente el fondo del corazón, hace que se suelte, se abra, vea y sea libre. Misterio del
corazón humano, de su iniciativa finita, donde se asienta el poder de la (miseria) y por la cual se
abre y se abandona para participar de la esencia divina” (Guardini, R.: op. cit., pág. 168).
EL VERDADERO CENTRO DEL HOMBRE

Comenzamos nuestro trabajo preguntándonos cuál es el centro del hombre; cuál es su puesto y su
lugar en el Cosmos, y así, iniciamos un itinerario, una peregrinación hacia la verdad profunda de la
persona humana.

Pero este peregrinar no tenía como objetivo un mero conocimiento abstracto de mi realidad, sino,
que este camino para aprehenderme, este “reditus” (redire ad cor) implicaba la conversión, la
vuelta a nuestra condición ontológica de íconos de Dios.

Para esta conversión, esta vuelta a la belleza de nuestro ser, hacía falta la entrega del amor a
Otro. “Esa gran alma capaz de amor infinito” (7), cuyo amor propio se había desbordado y
extendido en el vacío infinito que había dejado el abandono de la relación con Dios, se vuelve a
Aquel de quien recibe su verdad, su ser y su dicha. Se vuelve herida y pobre, sumergida en el
abismo de su incomprensible noche. Pero, ya veíamos cómo el infinito Abismo del Amor divino
colmaba y daba plenitud a este pobre y vacío abismo. Entonces, comprendemos que el centro que
mueve al hombre a la búsqueda, el centro que da sentido a su existencia sólo puede hallarse en
Dios. No el “Dios de los filósofos”, no el Dios sin color de los metafísicos -como dice Guardini- sino
el Dios que se hizo nuestra miseria; que lloró todas nuestras lágrimas para darnos “lágrimas de
alegría” ...Un Dios que se metió en “nuestras muertes”, que vivió el temor de nuestros vacíos y de
nuestra infinita soledad.

Este Dios Crucificado es Aquel del que Pascal tuvo profunda experiencia y que trató de traducir en
bellísimas palabras de su “Misterio de Jesús”:

“...Jesús busca algún consuelo al menos en sus tres amigos más queridos, pero duermen; les pide
que resistan un poco con él y ellos le dejan con total negligencia y con tan poca compasión que ni
siquiera podía impedirles que durmieran un rato. Y así Jesús quedaba abandonado sólo a la cólera
de Dios.

Jesús está solo en la tierra, (sin nadie) que no sólo sienta y comparta su pena, sino que lo sepa. El
cielo y él son los únicos que la conocen.

Jesús está en un jardín, no de delicias como el primer Adán en el que se perdió todo el género
humano, sino en uno de suplicios en el que él se ha salvado, y todo el género humano.

Sufre esta pena y este abandono en el horror de la noche.

Jesús busca compañía y consuelo en los hombres... pero no los recibe porque sus discípulos
duermen (...) Jesús ha suplicado a los hombres y no ha sido escuchado.

Jesús, mientras dormían sus discípulos, operó su salvación. Lo hizo para cada uno de los justos
mientras dormían y en la nada anterior a su nacimiento y en los pecados después de ese
nacimiento (...). Jesús en el sufrimiento” (Pensées, 919).

Ese Dios en el sufrimiento, en el horror de la noche, se le presentó también en el fuego y la


hermosura de su amor:
“Jesucristo... Jesucristo... Que no me separe de EL” (Memorial).

Pascal reconoce a este hombre como Dios Inaccesible pero que se ha volcado a los abismos de
nuestras noches y agonías. Reconoce en El su centro y el camino de retorno. Es el Rey de la Gloria
y a la vez “el más miserable de los hombres” (Pensées, 946), cargó con todas nuestras llagas. Es el
Dios de Dios, Luz de Luz, cuyo rostro está lleno de golpes, escupidas y humillaciones. Su miseria da
luz a nuestra grandeza (Pensées, 416).

Decíamos que al hombre le faltaba un principio que lo empujara desde dentro. Este fundamento y
centro, hacia el que tenemos que convertirnos, es Jesucristo. El nos revela a Dios y nos revela la
verdad sobre nosotros mismos. Nos muestra nuestra vocación, nuestro primitivo ser “querido por
Dios”. Cristo es el hombre que como ícono viviente refleja la gloria divina. Cristo resplandor de la
gloria de Dios, conserva sus llagas, guarda en su costado la herida abierta de la lanza, su cabeza
glorificada tiene huellas de espinas... Cristo nos muestra también nuestra miseria, para que
nuestra razón sea crucificada, humilde. Es necesario comprender que somos fruto de un Amor
anonadado y crucificado. Y que este es nuestro camino. El Verbo de Dios compadecido de nuestra
sed ardiente de Verdad y Vida, tomando y consagrando nuestras miserias y muertes, se nos hace
camino para llegar a nosotros mismos y para llegar a Dios.

“No solamente no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a
nosotros mismos más que por Jesucristo; no conocemos la vida, la muerte más que por Jesucristo.
Fuera de Jesucristo no sabemos lo que es ni nuestra vida, ni nuestra muerte, ni Dios, ni nosotros
mismos” (Pensées, 417).

“(...) Jesucristo es el objetivo de todo y el centro hacia el cual todo tiende. El que le conoce, conoce
la razón de todas las cosas. (...) No se puede conocer a Jesucristo sin conocer al mismo tiempo a
Dios y a nuestra miseria” (Pensées, 446).

Aquí culminamos nuestro peregrinar hacia la verdad del hombre, siguiendo “el pathos pascaliano”.
Comenzamos desde una sabiduría existencial, centrada en el drama humano, para abrirnos a una
sabiduría mística, en donde nos vemos clarificados. Por eso sabiduría filosófica y sabiduría mística
no se oponen; ambas están llamadas a ofrecer la epifanía de la verdad a los hombres. Ambas son
camino, amor, búsqueda de la suprema Sabiduría.

Para finalizar digamos, que desde la visión pascaliana el hombre no es centro para sí mismo. Su
centro es Jesucristo, Fuerza y Sabiduría de Dios. Pero no es un centro extrínseco, alejado de su
hondura.

Es un centro que está en mí, en todo hombre, pero que no soy yo. Es un centro interior a mi vida,
interior a mi agonía. Cristo está “viviendo” en mi propia vida.

“Hacer las cosas pequeñas como grandes a causa de la majestad de Jesucristo que las opera en
nosotros y que vive nuestra vida; y las grandes como pequeñas y fáciles a causa de su
omnipotencia” (Pensées, 919).
(1) Blaise Pascal nace en Clermont-Ferrand en 1623. Tenía dos hermanos: Gilbert y Jacqueline. Su
madre muere en 1626 y es educado por su padre. Niño sumamente precoz por su inteligencia y
capacidad matemática. Empieza de muy joven sus tratados científicos, entre ellos Tratado del
equilibrio de los líquidos. Crea una máquina aritmética y sin abandonar la investigación científica
su pensamiento deriva hacia la Teología y la moral. En 1652, después de unos años de
experiencia del mundo, se confía a la dirección espiritual de los jansenistas de Port Royal. La noche
del 23 de noviembre de 1654 recibe la iluminación de Dios que con tanta emoción descubrirá en
su Memorial. En 1656-1657 interviene en las luchas doctrinales sobre la libertad y la gracia.
También hace frente a la moral probabilística mediante sus cartas provinciales. En los
Pensamientos de Pascal encontramos una metafísica del hombre que prefigura el existencialismo
contemporáneo. Blaise Pascal muere el 19 de agosto de 1662, abandonado
por sus amigos jansenistas. En sus últimos días Pascal, a pesar de seguir viviendo como uno de los
solitarios de Port-Royal, se aleja del espíritu rigorista y crítico del jansenismo. Los últimos meses de
su vida lo encontraron sumido en el silencio, deseando vivamente la Eucaristía. Los jansenistas
llegaron a negarle el viático, y el caballero solitario de Port-Royal murió con este gran deseo de la
Comunión Eucarística. Tal vez su último suspiro fuesen aquellas palabras de su Memorial, que
llevaba escrito junto a su corazón: “Jesucristo, Jesucristo... que nunca me separe de El”.

(2) PASCAL, BLAISE, Obras (Pensamientos), Ediciones Gualfarra, Madrid, 1988.

(3) AGUSTÍN DE HIPONA, san: Confesiones, Libro I.1 (pág. 23). BAC Minor, Madrid, 1997.

(4) Memorial.

(5) DÍAZ, ARMANDO, O.P., El hombre visión integral, en Cuadernos de Espiritualidad y Teología.
Nº 11, 1995. Págs. 143 ss.

(6) GUARDINI, ROMANO; Pascal o el drama de la conciencia cristiana. Emecé Editores, Bs. As.
1955. Pág. 144.

(7) PASCAL, B., Carta a Monsieur et Madame Penier, con motivo de la muerte de su padre.

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