Espiritualidad Bíblica
Mons. Dr. Juan Straubinger
Mons. Dr. Juan Straubinger es ampliamente conocido entre los
exégetas y los amantes de las Divinas Letras, en general, por la difusión
de sus obras bíblicas populares, libros, folletos, artículos.
Espiritualidad Bíblica -como dice el autor en el Prólogo- es una
colección “en volumen” de “una serie de trabajos y estudios, en parte
nuevos, en parte extraídos del acervo doctrinal que durante muchos
años hemos venido publicando en las páginas de la Revista Bíblica y en
otros periódicos, ora bajo seudónimos, ora con nuestra propia firma”.
Los temas de ésta obra son muy diversos, pero todos bíblicos y
todos espirituales. De ahí el título de “Espiritualidad Bíblica”, dado por
el autor.
Se divide en cuatro partes: Espíritu y Vida. Hacia el Padre. El Misterio
del Hijo. Escatología. Y luego, para terminar, un pequeño apéndice.
Cada una de estas cuatro partes se subdivide en pequeños capítulos
de tres y a veces más puntos de meditación.
En verdad, nos encontramos ante un libro espiritual, de meditación,
nada vulgar, que hace gustar las dulzuras y melosidades bíblicas y
denota, al mismo tiempo, la profunda espiritualidad bíblica de su
autor, lo mismo que su anhelo de desentrañarnos el contenido de la
Palabra de Dios y presentárnosla popular, sencilla, sabrosa.
En más de una página de éste libro, escrito en la madurez de edad
de su autor, nos ha recordado pensamientos y modos de expresión de
los últimos libros publicados por el poeta uruguayo, Juan Zorilla de
San Martín. Y quizás sea mucha la semejanza que existe entre ambas
almas espirituales, acostumbradas a la meditación de la Palabra Divina,
y a la oración constante.
Por otra parte, es de elogiar la excelente presentación del libro en
cuanto a papel y tipografía
Ojalá esta obra del ilustre popularizador de la Biblia sea meditada y
leída, sobre todo, en tiempos de ejercicios espirituales, por las almas
deseosas de penetrar en los sublimes misterios bíblicos.
P. Elías Clemente DelI’Oca, C. Ss. R.
(De una ‘Recensión’ publicada en Revista Bíblica, al ser publicado éste
libro por primera vez, en 1949)
INDICE
AL LECTOR
1. ESPÍRITU Y VIDA
1) En qué consiste la Espiritualidad Bíblica
2) Recibir
3) Infancia Espiritual
4) Examinad los espíritus
5) El espíritu es el que vivifica
6) La Biblia, Maestra de la vida
7) Biblia y Psicoanálisis
8) De Grecia a Cristo
9) El caso de Pedro
10) La sabiduría considerada como serenidad
11) Bienaventurado el rico
12) Aspirad al amor
13) Compasión
2. HACIA EL PADRE
1) El Padre Celestial en el Evangelio
2) Dios justo y misericordioso
3) Misericordioso y benigno es el Señor
4) Hacia el Padre por el Hijo
5) Da gloria a Dios
3. EL MISTERIO DEL HIJO
1) Jesús, centro de la Biblia
2) Primogenitura
3) Hermana y Esposa
4) La gratitud de Jesús
5) Crecer en el conocimiento de Cristo
6) Lo que Jesús da y promete
7) Orar con Cristo
4. ESCATOLOGÍA
1) Los cinco misterios de San Pablo
2) ¿Qué dice la Sagrada Escritura del Anticristo?
3) El olvido del Apocalipsis
4) La Bienaventurada Esperanza
5) el problema Judío a la luz de la Sagrada Escritura
6) Anticreación
APENDICE
1) Evangelio y Catequesis
2) Un documento bíblico trascendental
AL LECTOR
Hemos recogido la sugestión de varios amigos de la Sagrada
Escritura que deseaban ver conservados en volumen una serie de
trabajos y estudios, en parte nuevos, en parte extraídos del acervo
doctrinal que durante muchos años hemos venido publicando en las
páginas de la Revista Bíblica y en otros periódicos, ora bajo
seudónimos ora con nuestra propia firma. La razón que nos ha
parecido más convincente es que las revistas no suelen quedar como
elementos de consulta, en tanto que los estudios de orden bíblico,
siendo por su asunto de interés permanente, no deben desaparecer
como sucede con los artículos de simple actualidad o pasatiempo y
conviene sacarlos del estrecho marco de los suscriptores periódicos
para entregarlos al público en general.
Hemos incorporado a este libro también algunas “Respuestas” de la
Revista Bíblica, ampliándolas y enfocando mediante ellas los
problemas espirituales que aquí se tratan. La sección "Respuestas" ha
sido una de las más activas de la Revista, y muchos nos han expresado
el interés con que leían, y a veces recortaban, para aprovecharlos, esos
breves repertorios donde repartíamos los raudales de luz y de
consuelo que la divina Escritura prodiga siempre, tanto al alma afligida
por las pruebas, cuanto a la que se debate en la duda y a la que, aún
sólo a título de curiosidad, busca saciarse con los tesoros de la
sabiduría ocultos en las páginas, tan ignoradas, de la Revelación.
No obstante la amplia diversidad de los temas, es indudable, como
nos observaba uno de los benévolos lectores, que todos guardan,
como la Biblia misma, la unidad que les viene de su común principio
que es el divino Espíritu, y de su único fin que es la gloria del Padre por
Jesucristo; y también la armonía que les viene de haber nacido todos
en un solo ideal nunca abandonado hasta ahora por el favor de Dios:
difundir el amor y el goce de las Sagradas Escrituras, multiplicando los
frutos que ellas producen a través de su progresivo y nunca exhausto
entendimiento, que es como decir de su siempre creciente admiración.
El Autor (1949)
ESPÍRITU Y VIDA
¿EN QUE CONSISTE LA ESPIRITUALIDAD BIBLICA?
El corazón del hombre -el mío también- es una tecla desafinada. ¡Ay
del que está confiado creyendo que a su tiempo sonará la nota justa,
verdadera, necesaria! Le esperan las caídas más terribles, tanto más
dolorosas cuanto más sorpresivas.
Sólo en estado de contrición permanente puede vivir el hombre que
heredó la condición de Adán. "Si no os arrepentís pereceréis todos",
dijo Jesús (Luc. XM, 3). La vida espiritual es siempre, necesariamente,
un renacer en que el hombre viejo muere para revestirse del otro, del
creado según Dios en Cristo, en la justicia y santidad de la verdad (Ef.
IV, 24), es decir, para adquirir conciencia de la Redención, o sea para
aplicarse, mediante la gracia, esa justicia y esa santidad que procede
solamente de Cristo, de su verdad y de sus méritos, sin los cuales nada
nuestro puede existir (Juan I, 16), y que no se nos aplican de un modo
automático, maquinal, como a una cosa muerta, sino cuando
adquirimos conciencia de ello, renovándonos en el espíritu de nuestra
mente (Ef. IV, 23). Este es el verdadero sentido de la observación de S.
Agustín: "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti".
El salvarse es, pues, siempre vida nueva, "novedad de vida" (Rom. VI,
4) que se produce sobre la muerte del yo anterior. El que no nace de lo
alto no puede ver el Reino de Dios" (Juan III, 3). Sólo puede salvarse el
mortal después de despojarse del hombre viejo y convertirse a nueva
vida. ¿No es esto lo que dice Jesús cuando enseña a renunciarse a sí
mismo para poder ser discípulo de Él?
Ahora bien, todo el problema teórico y práctico está en esto: nadie
renuncia a una cosa mientras cree que ella vale algo; y en cambio está
muy contento de librarse de ella en cuanto se convence de que no vale
la pena. Todo es, pues, cuestión de convicción. Nadie quiere
convertirse si se cree santo.
Con frecuencia se oye repetir que el hombre está creado a la
imagen y semejanza de Dios... Pero, ¿acaso nuestra madre Eva y
nuestro padre Adán fueron fieles y nos transmitieron aquella noble
herencia y no fuimos al contrario propiedad del príncipe de las
tinieblas (Col. 1,13) como botín de la batalla que él ganó en el
paraíso? Se dirá, con toda razón, que Cristo lo venció en la Cruz (Col.
II, 15; I Juan III, 8) y nos compró por un precio (I Cor. VI, 20) y que
hemos sido bautizados en su sangre.
Ojalá lo creyéramos de veras. ¡Ahí está el punto! También dice S.
Pablo que los bautizados en Cristo lo hemos sido en su muerte y en
El hemos muerto al pecado (Rom. VI, 2 ss.) y San Juan dice que el
que permanece en Dios no peca (I Juan III, 6). Inmensas, estupendas
verdades para el que vive esa Redención de Cristo, es decir, para el
que no busca su propia justicia sino la que nos viene de El (Rom. III,
26-27; IX, 30; X, 3-4; Filip. III, 9).
Pero ¿acaso el Bautismo es un mecanismo que transforma nuestra
carne? ¿Acaso no seguirá flaca y débil hasta la muerte? El hombre
nuevo la vence maravillosamente, como enseña San Pablo en los
dos últimos capítulos de la Epístola a los Gálatas: la vence por el
espíritu, es decir, viviendo estas verdades sobrenaturales de la fe.
Pero esta fe no se nos incrusta de un modo material y pasivo. El que
creyere y fuere bautizado se salvará, dice Jesús, y el que no creyere
se condenará (Marc. XVI, 16), esto es, se condenará aunque hubiese
sido bautizado.
Con esto volvemos al pensamiento inicial: esta vida de fe sólo la
vive el hombre nuevo. Y el hombre nuevo no existe mientras no
muere el viejo. Y el hombre viejo no quiere morir y no muere
mientras no le deseamos la muerte, convencidos de que es nuestro
peor enemigo.
Por ello y para gozar de inmediato la gratuita Redención de Cristo,
viviendo la vida nueva del espíritu según la “ley del espíritu de vida"
(Rom. VIII, 2), no basta -pero es indispensable-, admitir la caída del
hombre, el cual, lejos de conservar esa imagen y semejanza de Dios
con que fue creado Adán, tiene que reconquistarla en estado de
contrición, aplicándose permanentemente los méritos de Cristo y
"salvándose" de un mundo en que Satanás reina, como lo dice no
solamente San Pablo en II Cor. IV, 4, sino el mismo Cristo, en Juan
XIV, 30.
EI día en que nos persuadimos de esta verdad, tan trágica como
elemental, adquirimos el verdadero concepto de nosotros mismos, y
del mundo, y de todo lo humano, y entonces sí proclamamos con
inmenso gozo esas verdades espirituales infinitamente dichosas, que
antes nos parecían raras o duras, como éstas: “Muertos estáis y vuestra
vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es nuestra
vida, aparezca, entonces vosotros también apareceréis con el en la
gloria" (CoI. III, 3-4).
RECIBIR
El alma cristiana ha sido definida como “la que está ansiosa de recibir
y de darse'. Es decir, ante todo alma receptiva, femenina por excelencia,
como la que el varón desea encontrar por esposa. Tal es también la
que busca -con más razón que nadie- el divino Amante, para saciar su
ansia de dar. Por eso el tipo de esta perfección está en María: en la de
Betania, que estaba sentada, pasiva, escuchando, es decir recibiendo; y
está sobre todo en María la Inmaculada, igualmente receptiva y pasiva,
que dice Fiat, hágase en mí; que alaba a Dios porque se fijó en Ella, que
se siente dichosa porque Otro hizo en Ella grandes cosas, y que, en su
Cántico, proclama esa misma dicha para todos los que están vacíos,
porque se llenarán de bienes ("esuríentes implevit boni?), en tanto que
los llenos quedarán vacíos.
María Virgen es la receptiva por excelencia, la que recogía todas las
palabras divinas repasándolas en su corazón (Luc. II, 19 y 51). Y su Hijo
la proclama dichosa por eso, más aún que por haberlo llevado en su
seno y amamantado: porque escuchó la Palabra de Dios y la guardó en
su Corazón (Luc. XI, 28). Este arquetipo de alma cristiana, que vemos
encarnado en María Santísima y en María de Betania, no es otro que el
tipo de la Esposa, la Sulamita del Cantar. "Yo soy toda de mi amado y
él está vuelto hacia mí". (Cant. VII, 10). Es decir, él da y yo recibo; él
habla y ya escucho; él me da y yo me le doy.
Recibir y darse. Este tipo receptivo es el que Dios busca siempre en la
Sagrada Escritura: primero en Israel, a quien Yahvé (el Padre) llama
tantas veces su esposa; luego, en la Iglesia, a quien el Hijo amó y
conquistó para esposa (Juan III, 29; Ef. V, 25 y 27; Apoc. XIX, 6-9; XXII,
17); y también, exactamente lo mismo, en cada alma; no sólo en los
arquetipos que hemos visto en las dos Marías, sino en cada uno de los
cristianos: porque a todos y a cada uno dice San Pablo: "Os he
desposado a un solo Varón para presentaros como una casta virgen a
Cristo" (II Cor. XI, 2).
II
Pero hay más. En la doctrina paulina del Cuerpo Místico, solamente
suele pensarse en Jesús como Cabeza de la Iglesia toda, y no se
recuerda un pasaje fundamental donde San Pablo revela y enseña que
Cristo es igualmente cabeza de cada uno de nosotros, y lo dice como
cosa que no debe ignorarse. "Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza
de todo varón, como el varón es cabeza de la mujer" (I Cor. XI, 3). Y en
otra parte expresa el mismo concepto: “Todas las cosas son vuestras,
pero vosotros sois de Cristo" (I Cor. V, 22 s.); como diciendo: Todo te lo
da el Esposo, como a una reina, y sólo piensa que tú seas toda suya, es
decir, que no le des tus bienes (que nada valen), sino tu corazón, que
tampoco valdría nada en sí mismo, pero que para El vale mucho, tan
sólo porque El te ama.
En esta última frase de San Pablo, después de decir: "Vosotros sois
de Cristo", agrega algo asombroso: "Cristo es de Dios"; con lo cual se
nos da la suma prueba de cuanto venirnos diciendo sobre esa
exigencia de Dios que no pide sino que nos vaciemos para que El nos
llene. Tal es el sentido de la condición que Jesús puso a sus discípulos:
negarse a sí mismos, o sea no venirle con suficiencias propias. Y esto lo
practicó El mismo con el Padre, pues nos dice San Pablo que no
obstante su condición de ser igual a Dios, se despojó a Sí mismo
tomando la forma de siervo (Fil. II, 6 s.).
Y de aquí que Jesús nos resulta, frente al Padre, el modelo sumo de
esta espiritualidad de niño o infancia espiritual, cuya actitud es
exactamente la de recibir y de darse. El que no tiene nada, recibe; y no
da, sino que se da a sí mismo, a falta de otra cosa que dar. De aquí
viene el encanto con que recibimos a un niñito que nos tiende los
brazos para que lo tomemos en los nuestros. ¡Feliz el alma que delante
del Padre puede estar siempre en esta actitud, a ejemplo de Cristo!
Para eso, para enseñarnos este secreto, El, a quien el Padre dio el tener
la vida en Sí mismo (Juan V, 26), desapareció hasta anonadarse delante
del Padre:
"Nada puede hacer el Hijo sino lo que ve hacer al Padre (Juan 5, 19).
“El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace' (íbid. 20).
" Yo por Mí mismo no puedo hacer nada” (ibid. 50).
"El que cree en Mí no cree en Mí sino en Aquel que me envió' (Juan XII,
44).
"Porque yo bajé del cielo no para hacer mi voluntad sino la
voluntad de Aquel que me mandó' (Juan VI, 38).
"El Padre, que está en Mí, El hace las obras (Juan, XIV, 10).
“Yo no busco mi gloria. Hay quien la busca (el Padre)" (Juan VIII, 50).
Recordemos, en fin, que se pasaba las noches adorando a su
Padre (Luc. VI, 12). Y que al final de todos los tiempos, cuando el
Padre le haya sometido todas las cosas, el mismo Hijo se sujetará al
Padre para que El sea todo en todo (I Cor. XV, 28). Eso es, pues,
Dios: el Padre, el Creador, el Señor, porque su Nombre es Yahvé, es
decir "El que es (Ex. III, 14).
III
Y nosotros, los que "somos nada" (Gal. VI, 3), tenemos esa otra
vocación propia de nuestra insuficiencia: la de ser niño. ¡Dichosa
insuficiencia, que nos hace recibir del Padre los mimos de un hijito!
¿Pensará alguien que puede haber en esto falta de virilidad? Todo
lo contrario. Juan, el contemplativo, fue el único que estuvo al pie de
la cruz, "con María, su Madre". Fue llamado "hijo del trueno”, y tuvo
que ser contenido porque quería mandar fuego del cielo sobre los
enemigos de Cristo. ¿O pensará alguien que puede haber en esto
falta de actividad o de fruto? Nada más lejos de la realidad. María, la
contemplativa, fue la única que ungió al Señor estando aún en vida,
y la que estuvo también con Juan al pie de la Cruz, y la primera que
fue al santo Sepulcro, y la que evangelizó la Resurrección a los
Apóstoles, fugitivos e incrédulos.
Es que las obras vienen del amor, y éste de la fe, o confianza. Y sin
ese amor "en vano dará uno a los pobres todos sus bienes o arrojará
su cuerpo a las llamas” (I Cor. XIII, 3).
Porque Dios quiere ser servido como a Él le agrada y no como a
nosotros nos parece. Y lo que a Él le agrada es dar, por lo cual nos
quiere siempre dispuestos a recibir de El cómo pobres, y no a
alardear como ricos. ¿No es ésta la primera de las Bienaventuranzas?
Y si Jesús declara que es más dichoso dar que recibir (Hech. XX, 35),
¿no ha de ser el Padre el primero que quiere gozar de esa
perfección? De ahí que nada le ofenda tanto como el dudar de su
amor por nosotros. De ahí que Jesús declare la
fe como medida de sus dones: "Según vuestra fe, así os sea hecho"
(Mat. IX, 29). De ahí que en esta actitud de recibir y darse, como una
esposa, está el más alto grado de la espiritualidad cristiana: lo que se
llama, en mística, "matrimonio espiritual".
INFANCIA ESPIRITUAL
En San Mateo XVIII, 1-4 y en San Marcos X, 14-15, etc., Jesús declara
que los mayores de su Reino serán los niños y que no entrarán en ese
Reino los que no lo reciban como un niño. Como un niño. He aquí uno
de los alardes más exquisitos de la bondad de Dios hacia nosotros, y a
la vez uno de los más grandes misterios del amor, y uno de los puntos
menos comprendidos del Evangelio; porque claro está que si uno no
siente que Dios tiene corazón de Padre, no podrá entender que el ideal
no esté en ser para El un héroe, de esfuerzos de gigante, sino como un
niñito que apenas empieza a hablar.
¿Qué virtudes tienen esos niños? Ninguna, en el sentido que suelen
entender los hombres. Son llorones, miedosos, débiles, inhábiles para
todo trabajo, impacientes, faltos de generosidad, y de reflexión y de
prudencia; desordenados, sucios, ignorantes, y apasionados por los
dulces y los juguetes.
¿Qué méritos puede hallarse en semejante personaje? Precisamente
el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios
como hacían los fariseos (cfr. San Lucas XVI, 15; XVIII, 9 ss.). Una sola
cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene. Eso es lo que
arrebata el corazón de Dios, exactamente como atrae el de sus padres;
es lo que Jesús alaba en Natanael (San Juan I, 47): la simplicidad el no
tener doblez. Simple quiere decir "sin plegar” es decir sin repliegues
ocultos, sin disimulo, o sea sin afectar virtudes, ni ocultar las faltas para
quedar bien, sino al contrario, mostrándose a su madre con sus
pañales como están, sabiendo que sólo ella puede lavarlo, y
entregándose totalmente a que su padre lo lleve de la mano, porque
cree en el amor de su padre; y por eso, no dudando de cuanto él le
dice, no pretende tener para sí la ciencia del bien y del mal".
II
En el momento en que la malicia entra en el corazón del niño, pierde
automáticamente la docilidad, porque la serpiente sembró en él, como
en Eva, la duda contra su padre. Así empezamos todos a desconfiar de
la bondad, del amor y de la sabiduría de nuestro Padre celestial, y
entonces su Reino ya no puede ser nuestro.
Entonces empezamos a ambicionar sabiduría y virtudes propias,
como los fariseos. Cuando el niño comienza a valerse por sí mismo,
deja de necesitar a sus padres y naturalmente se aleja de ellos, es
decir, pierde ese contacto permanente que con ellos tenía mientras
necesitaba que lo lavasen, lo vistiesen, le diesen de comer y lo
llevasen de la mano. Ese contacto que era, al mismo tiempo que el
sumo bien para el niño, la suma alegría para sus padres.
Con respecto a Dios, esa autonomía o suficiencia no nos llega a
ninguna edad, porque sin Cristo no podemos nada, ni saber, ni
pensar, ni obrar, ni menos gloriamos de nuestros méritos o virtudes.
De ahí que Santa Teresita quería no crecer nunca, quería seguir
siendo siempre niña delante de Dios.
El niño se deja formar, como María, que primero dice: Hágase en
mí según tu palabra (Luc. I, 38) y después de haberse entregado,
"bienaventurada por haber creído (Luc. I, 45), proclama que todos la
felicitarán "porque el Poderoso, el Santo, el Misericordioso hizo en
ella grandezas (Luc. I, 48 y ss.). No hizo Ella grandezas, sino que se
las hicieron.
El día en que el hombre deja de ser niño y se siente capaz de
hacer por sí mismo algo sobrenaturalmente bueno, se coloca
automáticamente fuera del Reino de Dios, según lo vemos en las
palabras de Jesús. Porque El nos dijo que nadie es bueno, sino Dios
solo (Luc. XVIII, 19). Y Dios no quiere rivales que le disputen su
santidad. Quiere hijos pequeños, hermanos del Hijo grande
Jesucristo (Rom. VIII, 29) que en todo vivan de lo que les dé su
Corazón paterno, como lo practicó Jesús, que no daba un paso sin
repetir que todo lo recibía del Padre.
El que quiere rivalizar con Dios en virtudes, es porque quiere
rivalizar con El en méritos y en gloria, como nos lo enseñó Jesús en
la parábola del fariseo y el publicano. Y en esta materia, la
“negación de sí mismo" tiene que ser total y absoluta. Por eso la
humildad cristiana consiste en ser así, como los niños... y en no ser
como esclavos.
EXAMINAD LOS ESPIRITUS
I
Si bien reflexionamos, veremos que todos tenemos esa natural
tendencia a creer que estamos en la verdad, simplemente porque
nos la enseñó así nuestra madre inolvidable o nuestro querido
padre o nuestro sabio párroco, etc. Pero Dios nos enseña, por boca
de San Pedro, que hemos de estar dispuestos para dar en todo
momento razón de la esperanza que hay en nosotros (I Pedro III, 15),
es decir de la fe que profesamos; pues la esperanza se funda en la
fe, en las cosas que no se ven (Rom. VIII, 24). Es, pues, como si
dijera: Examinad el espíritu que tenéis, si es bueno o malo, si merece
fe o desconfianza.
Con lo cual vemos que no es recta delante de Dios esa posición
antes recordada que tiene un móvil puramente sentimental o
humano, y que no significa certeza en el orden sobrenatural. Pues
nuestra madre, por ejemplo, puede haber sido muy querida pero
muy ignorante, y por lo demás, los hijos de una mahometana o de
una japonesa shintoísta, etc., piensan sin duda con igual honradez
que sus padres y sus maestros no pudieron engañarlos. Y como la fe
no es tampoco una argumentación filosófica, sino el asentimiento
prestado a la Palabra de Dios revelante, ¿qué haremos para
examinar los espíritus, sino buscar todo el tiempo la confirmación
de lo que creemos o esperamos o su rectificación en caso necesario
para sanear verdaderamente nuestra fe de cualquier deformación
proveniente de creencia popular o supersticiosa?
II
Más de una persona que quiere ser piadosa, se dedica a una
piedad sentimental, y está convencida de que no será oída por Dios,
sino recitando tal fórmula determinada, y esto delante de tal imagen
determinada y no de otra, y en tal día y no en otro, y cree esto con
tanta firmeza como si lo hubiese leído en el Evangelio, mientras
ignora casi por completo las Palabras de vida que allí nos dejó
nuestro divino Salvador.
A tal persona no le falta lo que se llama devoción es tal vez la más
piadosa de la parroquia, pero sí, la recta espiritualidad. No sabe
distinguir entre lo esencial y lo secundario, y así se trastorna en ella
el orden de los valores, de modo que los de poco valor le parecen
más importantes que los de primera categoría. Es porque esa alma
se deja llevar, sin darse cuenta, de un espíritu pseudo-religioso, que
es precisamente la mejor arma del diablo para corromper las almas
piadosas.
Peor es el caso de los que tienen una religiosidad enfermiza, como
aquella que San Pablo estigmatiza en II Tim. IV, 5-4, diciendo que
habrá hombres, que "no soportarán más la sana doctrina, antes bien
con prurito de oír se amontonarán maestros con arreglo a sus
concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído y se volverán a las
fábulas". El Papa Benedicto XV cita este pasaje en la Encíclica “Humani
Generis", donde exhorta a los predicadores a no ambicionar el aplauso
de los oyentes, y agrega: "A éstos les llama San Pablo halagadores de
oídos. De ahí esos gestos nada reposados y descensos de la voz unas
veces, y otras esos trágicos esfuerzos; de ahí esa terminología propia
únicamente de los periódicos; de ahí esa multitud de sentencias
sacadas de los escritos de los impíos, y no de la Sagrada Escritura, ni
de los Santos Padres". Agradecemos al Sumo Pontífice la franqueza
con que azota aquí las faltas que algunos hacen en la predicación, con
lo cual da a entender que las aberraciones espirituales de los fieles
tienen su paralelo en las desviaciones de los predicadores.
La religiosidad de esta clase de cristianos es un problema. "Tendrán,
como dice San Pablo, ciertamente apariencia de piedad, mas niegan su
fuerza" (II Tim. III, 5), o sea, su espíritu. A la gran masa le gusta tal
deformación de la religión, porque exige poco: solamente algunas
"apariencias" piadosas, las más baratas posibles: en lo demás, libertad
para vivir la vida, pues esos hombres son "amadores de los placeres
más que de Dios" (II Tim. III, 4). ¡Con qué claridad San Pablo ha visto
nuestro tiempo! Y le dio también el nombre que le corresponde:
tiempo de apostasía, apostasía práctica, por supuesto, ya que las
"apariencias" de piedad impiden la apostasía formal. La apostasía
disfrazada es para el Apóstol de los Gentiles "el misterio de la
iniquidad", del cual habla en II Tes. II, 7 ss., para abrirnos los ojos sobre
los espíritus que nos engañan bajo forma de piedad y aparatosa
religiosidad, incluso apariciones.
III
¿Cómo podemos reconocer los falsos espíritus? ¿Cómo descubrir "los
poderes de engaño" (II Tes. II, 11), que "con toda seducción de
iniquidad" (íbid. v. 10) y vestidos de "ángel de luz" (II Cor. XI, 14)
corrompen la grey de Cristo, no exteriormente, sino interiormente,
como lo describe el Apóstol en el segundo capítulo de la II Carta a Los
Tesalonicenses, y Jesucristo en la parábola de la cizaña (Mat. XIII, 24
ss.)?
EI mismo Dios nos brinda en la Sagrada Escritura las armas
defensivas contra los espíritus que falsifican la piedad, diciéndonos
que hay que examinarlo todo para ver si es de Dios o de los espíritus
malos. “Examinadla todo y quedaos con lo bueno" (I Tes. V, 21). “No
queráis creer a todo espíritu, sino examinad si los espíritus son de Dios”
(I Juan IV,
1).
Lejos de tener esa llamada fe del carbonero, que acepta ciegamente
cuanto escucha (cómodo pretexto para no estudiar las cosas de Dios),
debemos imitar a los primeros cristianos, que escuchaban a San Pablo
en Berea, y siendo "de mejor índole que los de Tesalónica, recibieron
la palabra con gran ansia y ardor, examinando atentamente todo el día
las Escrituras, para ver si era cierto lo que se les decía" (Hech. XVII, 11).
A los judíos que no le reconocían como Mesías, dice Jesús:
"Escudriñad las Escrituras. . . ellas son las que dan testimonio de Mí
(Juan V, 39). Lo mismo diría el hoy a los que no conocen su fisonomía
auténtica de Dios- Hombre o le destronan de su única posición de
Mediador entre Dios y los hombres (I Tim. II, 5).
Escudriñad las Escrituras, leen Los Evangelios, las Cartas de San
Pablo, estudiad rasgo por rasgo la personalidad de Cristo, rumiad cada
una de sus palabras, que son luz y vida, imbuíos de su espíritu, y os
inmunizaréis contra todo intento de desfigurarlo o sustituirlo por
apariencias. el atento lector del Evangelio está prevenido contra los
falsos apóstoles y las apariencias de piedad y sabe que Cristo es el
centro de toda la religión cristiana, y cuanto más una devoción se
acerca al centro tanto más es cristiana. Enfocando todas las cosas con
la luz del Evangelio descubre él lo que es verdad y lo que es
apariencia. Demos gracias a Dios que nos ha dado la antorcha de su
palabra para orientarnos.
San Juan nos da un método muy sencillo para conocer y discernir los
espíritus. Dice el Apóstol predilecto: " Todo espíritu que confiesa que
Cristo ha venido en carne, es de Dios, y todo espíritu que no confiesa a
Jesús, no es de Dios, sino que es el espíritu del Anticristo" (1 Juan IV, 2-
3). Es decir, todo lo que redunda en honor de Jesucristo y contribuye a
la glorificación de su obra redentora, viene del buen espíritu: y todo lo
que disminuye la eficacia de la obra de Cristo o lo desplaza de su lugar
céntrico, procede del espíritu maligno, aunque se presente disfrazado
como ángel de luz y obre señales y prodigios, (Mat. XXIV, 24; II Tes. II,
9). Pues todo falso profeta tiene dos cuernos como el Cordero (Apoc.
XIII, 11), es decir, la apariencia exterior de Cristo, y sólo pueden
descubrirlo los que son capaces de apreciar espiritualmente lo que es
o no es palabra de Cristo.
El ESPIRITU ES EL QUE VIVIFICA
(Juan, VI, 64)
Guardémonos de seguir un camino legalista, por el cual podríamos
incurrir en las tremendas condenaciones del Señor contra los que
imponen cargas pesadas sobre los demás (Mat. XXIII, 4) y cierran con
llave ante los hombres el Reino de los cielos (íbid. 13). Son
conductores ciegos, que cuelan un mosquito y se tragan un camello
(íbid. 24); pagan el diezmo del comino y descuidan lo más importante
de la Ley, la justicia, la misericordia y la fe (íbid. 23). No es con la carne
como se vence a la carne, sino con el espíritu, según lo dice claramente
el Apóstol: "Caminad según el espíritu, y no realizaréis los deseos de la
carne (Gál. V, 16). Y así será hasta el último día, de modo que en vano
pretendería la carne ser eficaz contra la carne.
Esto vuelve a confirmarse en II Cor. X, 3-4: "Pues aunque estamos en
carne no militamos según la carne, ya que las armas de nuestra milicia
no son carnales; mas son poderosas en Dios para demoler fortalezas”. Y
es porque, como dice el Señor, lo que da vida es el espíritu, "la carne
para nada aprovecha; las palabras que Yo os he dicho son espíritu y
vida" (Juan VI, 64).
La carne es necesariamente opuesta al espíritu y no hay transacción
entre éste y aquélla, pues, como dice Jesús a Nicodemo: "Lo nacido de
la carne es carne, lo nacido del espíritu es espíritu" (Juan III ,6). La carne
es siempre flaca. Bien lo sabemos por la experiencia en carne propia, y
más aún por lo que dijo Cristo en la hora trágica de Getsemaní: "El
espíritu dispuesto está, mas la carne es, débil" (Mat. XXVI, 41).
II
Lo que vale ante Dios es el espíritu, "la carne para nada aprovecha"
(Juan VI, 63; Vulg. VI, 64). Hay, pues, que vencer la carne, dicen de
consuno los ascetas y no faltan “sistemas y “métodos para realizarlo.
Sin embargo, donde falta el espíritu no hay victoria sobre la carne; la
mejor técnica falla sin las armas del espíritu, y en vez de convertirse en
hombre espiritual, ese que confía en la técnica corre el peligro de
ensoberbecerse y creerse mejor que los demás, como el fariseo del
Templo, que a pesar de sus muchos ayunos y diezmos perdió la
humildad y juzgó de otros.
San Pablo, quien más que nadie conocía la lucha entre el espíritu y la
carne y confiesa que en su carne no había cosa buena (Rom. VII, 18),
nos indica también dónde y cómo podemos alcanzar la victoria:
“‘gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor” (Rom. VII, 25), injertados
en el cual formarnos un nuevo ser espiritual y nos despojamos del
hombre viejo (Rom. caps. VI-VIII).
Para llegar a tan feliz estado el Apóstol de los gentiles nos exhorta a
recurrir a la Palabra de Dios, la cual para él es “la espada del espíritu"
(Ef. VI, 17). El mismo Jesús nos señala esa palabra como formadora del
espíritu que vence a la carne, pues “el que escucha mi palabra y cree en
Aquel que me envió, tiene vida eterna” (Juan V, 24), o sea, está bajo la
ley del espíritu y deja de ser esclavo de los apetitos carnales; “porque
la Palabra de Dios es viva y eficaz y más tajante que cualquiera espada
de dos filos, y penetra hasta dividir alma de espíritu, coyuntura de
tuétanos y discierne entre los afectos del corazón y los pensamientos”
(Hebr. IV, 12).
De ahí que lo que debe enseñarse para transformar esencialmente
los espíritus es la palabra divina, la cual nos capacita para conocer a
Dios y tener vida eterna, pues en esto consiste la vida eterna, en
conocer a Dios y a su Hijo y Enviado Jesucristo (Juan XVII, 3).
Esta palabra de Jesús irradia nueva luz sobre nuestro tema. La vida
eterna consiste en conocer a Dios, y el conocimiento viene "del oír"
(Rom. X, 17), o sea de la palabra. Así por medio de la Palabra de Dios
subimos por los peldaños de la espiritualidad.
Cada nueva noción sobre Dios que descubrimos en la Sagrada
Escritura, nos perfecciona en la espiritualidad, acrecienta nuestro
conocimiento de Dios y aumenta nuestra devoción al Padre. Esta
devoción al Padre "fue la de Jesús" (Mons. Guerry), y debe volverse
nuestra si queremos ser sus discípulos. No seamos temerosos de
hablar con El y mostrarle nuestra desnudez. ¿Con quién podríamos
tener mayor intimidad? Jesús, nuestro Mediador (Juan XIV, 6: Hech. IV,
12; I Tim. II, 5) nos confirma mil veces este carácter paternal de Dios
que nos anima a tener confianza incondicional en Su Palabra.
III
Puesto que el recto espíritu viene del conocimiento y éste de la
palabra, se sigue que la tarea primordial del predicador y catequista
es difundir la divina palabra. No hemos de limitarnos a presentar a
Cristo como a un personaje importante que hubiese venido a traer a
la humanidad progresos en el orden temporal, con respecto al
paganismo antiguo, en la condición de las mujeres y los niños, etc.
Cristo es ante todo el Enviado de su Padre, a quien El mismo adora,
y de quien no puede ser separado porque habla de El
continuamente.
Tampoco podemos renunciar a la espiritualidad del Antiguo
Testamento. pues Cristo es el Mesías prometido por los antiguos
profetas de Israel, y por lo tanto, si de veras querernos
comprenderlo, hemos de conocer las profecías y figuras de Cristo en
el Antiguo Testamento, ya que el cristianismo no ha sido preparado
por lo que se llama cultura clásica grecorromana, que no es sino
paganismo humanista. Cristo ha venido a mostrar y a dar la vida
eterna, y no a arraigarnos en este mundo pasajero con un ideal de
felicidad temporal. El es quien enseña que ésta no existirá nunca en
el mundo, pues la cizaña estará siempre mezclada con el trigo hasta
que El venga, y los últimos tiempos serán los peores. Hemos, pues,
de guardarnos de tomar a Jesús como un simple pensador o
sociólogo que hubiese querido, como los demás, mejorar la
condición de este mundo.
Claro está que el mundo no aguanta la espiritualidad auténtica
que viene de la Palabra de Dios. En nuestra traducción del Nuevo
Testamento según el texto original, vertimos el pasaje de Juan XXI,
25 de la siguiente manera: "Jesús hizo también muchas otras cosas.
Si se quisiera ponerlas por escrito, una por una, creo que el mundo no
bastaría para contener los libros que se podían escribir".
En vez de "contener" nos parece ahora mejor decir "soportar".
Pues el vocablo griego es usado también en el sentido de
comprender (Mat. XIX,
11) , entender (íbid. 12), admitir o recibir (II Cor. VII, 2) y caber o
dar cabida. En el texto citado el sujeto no es la palabra que no cabe
sino el mundo que no le daría cabida, es decir, en sentido espiritual,
no comprendería, o no aceptaría esas muchas otras cosas de Jesús,
las cuales, según añaden algunas variantes coincidentes con Juan
XX, 30, fueron hechas "ante los discípulos de El".
Esta interpretación, que concuerda con lo dicho por el mismo
Señor en Juan XVI, 12, es tanto más plausible cuanto más difícil
resultaría atribuir al
lenguaje tan extremadamente sobrio del Evangelio una hipérbole tan
desmesurada, como sería decir que en el mundo entero no cabría
materialmente el relato de lo que una persona hizo en sólo tres años.
Además, en tal caso el texto diría "en todo el mundo". Pero no dice
“todo", por lo cual se ve que alude probablemente al mundo en
sentido espiritual, al mundo cuyo príncipe es Satanás, al mundo que es
precisamente un tema especial del Evangelio de S. Juan (cf. VII, 7; XV,
18 ss, etc.).
Si el mundo aguantara la Palabra de Dios y el crecimiento espiritual
que de ella viene, se vería obligado a dejar de ser mundo, lo que es
contra su naturaleza. Es como decir que el diablo deje de ser diablo.
Por eso San Pablo no se cansa de estimular a los fieles a crecer en el
conocimiento. Pues en ese conocimiento consiste toda espiritualidad, y
de él se forma el varón perfecto (Ef. IV, 13), "para que ya no seamos
niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo el viento de doctrina,
al antojo de la humana malicia y de la astucia que conduce
engañosamente al error” (Ef. IV, 14). Cf. Rom. XI, 33; XV, 14; I Cor. I, 5;
XV. 34; II Cor. II, 14; IV, 6; X, 5; Ef. I, 8; Filip. I, 9; III, 8; Col. I, 9; II, 3; III, 10;
II Tim. III, 7; Tit. I, 1; Hebr. X, 26; II Pedro I, 2ss; II, 20; III, 18, etc.
Los Apóstoles sabían por qué motivo atribuían tanta importancia a la
"espada del espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef. VI, 17). La esgrimían
sin cesar, y confiados en ella consiguieron la victoria sobre un mundo
falto de Espíritu; pues “toda la Escritura es divinamente inspirada y
eficaz para enseñar, para convencer, para corregir y para instruir en la
justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y bien provisto
para toda obra buena” (II Tim. III, 16-17).
LA BIBLIA, MAESTRA DE LA VIDA
En la parábola de los dos hermanos (Mat. XXI, 28 ss) vemos que el
primero promete y no cumple; y el otro, que se niega, se arrepiente
luego y cumple. Jesús muestra aquí que lo que vale no es el acto
primero, la reacción del momento; pues ésta puede ser un impulso
irreflexivo de nuestro temperamento. Lo que vale es lo que hace
uno después, cuando está solo, frente a su conciencia. Y ¡oh
misterio! el que dijo que no obedecería, obedeció, y el que dijo que
sí, desobedeció, como Pedro cuando prometió dar la vida por Jesús,
y a las pocas horas negó conocerlo.
Todos tenemos en nuestro interior dos hombres distintos y
contradictorios: carne y espíritu. Lo importante no es el extravío del
momento, del que luego nos compungimos en nuestro aposento
(Sal. IV, 5). Lo grave es tomar en aquellos momentos de extravío,
resoluciones definitivas que coarten nuestra libertad ulterior,
forzándonos a permanecer en el error. Lo grave es "el estado de
pecado", que nos aleja de Dios de un modo permanente. De ahí que
en estos momentos de meditación serena y lúcida, no turbada por
"la fascinación de la bagatela” (Sab. IV, 12) es cuando hemos de
resolver lo que afecta a nuestra conducta futura, y, si es necesario,
"quemar las naves", como hizo Hernán Cortés, para que no fuesen
ellas una ocasión de volver atrás.
En esto se conoce la recta intención del corazón, y sobre ello
estriba el ejercicio de meditación que San Ignacio de Loyola llama
de los "tres binarios". Es lo que en la Biblia se llama "preparar el
corazón para poder obedecer al Señor" (véase I Rey, VII, 3; Esdr. VII,
10).
Por eso la primera palabra que Jesús decía siempre a todos, sin
distinguir entre buenos y malos, era para prepararles el corazón,
diciendo: "La paz sea con vosotros"; "no se turbe vuestro corazón".
Porque sabía que ésta es la condición previa para todo lo demás, ya
que la gran arma del Maligno es llevarnos o a la soberbia, o a la
desesperación, a fin de apartarnos para siempre de nuestro Padre.
El primero que cayó en la trampa de la desesperación fué Caín, quien
"se apartó del Señor", aunque El le dijo que nadie le haría daño.
Nosotros debemos saber mucho más que Caín: que nuestro Padre
divino "es bueno con los desagradecidos y malos" (Luc. VI, 53).
Medítese la parábola del Hijo Pródigo (Luc. cap. XV) y se verá con
asombro cómo el Padre perdona generosamente al pecador, le da un
traje nuevo y le ofrece un banquete. Y aún hace que el más perdonado
sea el que más le ame (Luc. VII, 47). Recordemos ante todo que es la
muerte redentora de Cristo y los méritos de El, y no los nuestros, lo
que borra nuestras culpas. "La Sangre de Jesús nos limpia de todo
pecado" (I Juan I, 7; Efes. I, 7, etc.). Sólo necesitamos apartar nuestro
pensamiento de la desesperación, sabiendo que es Dios quien nos da
este suavísimo consejo: "No agites tu espíritu en tiempo de la
oscuridad"(Ecli. II, 2).
II
La otra trampa del diablo es la soberbia, que quita al hombre la
humildad ante Dios y la confianza en su ayuda. Un famoso poeta
inglés dice que el hombre digno de ese nombre, es el que tiene una
sonrisa en los labios cuando todo anda muy mal. Pero esa doctrina
estoica no repara en que tal sonrisa puede ser también de orgullo, en
cuyo caso sería como un desafío que dijese a Dios: "No has de
doblegarme". ¿Dónde quedaría entonces toda la doctrina bíblica sobre
las pruebas que Dios manda para humillarnos saludablemente, sea
corrigiéndonos, como a Israel, o santificándonos, como a Job?
En el Rostro de Cristo nunca se nos muestra esa sonrisa, sino las
lágrimas por la ciudad culpable (Luc. XIX, 41), y aun por el amigo
muerto (Juan XI, 35 y 38), o bien el silencio humilde ante los jueces. Es
que El no nos quiere héroes imperturbables, que luego fallan (cf. Juan
XIII, 37 s), sino pequeños como niños (Mat. XVIII, 1 ss). El mismo nos da
ejemplo de esa infancia espiritual delante de su Padre. Por eso, lejos
de ver a Job alardear de fuerte, lo vemos lamentarse como un débil, y
Dios no se lo reprocha. De ahí que David anuncie mil años antes, las
quejas de Cristo en su Pasión, y le haga decir - ¡a El!-: “El oprobio ha
quebrantado mi corazón y desfallezco" (Sal. LXVIII, 21).
Creemos, pues, que en el dolor nadie puede reír sinceramente si no
se lo da Dios en forma extraordinaria, como a ciertos mártires. Aquella
otra sonrisa que no es de El, quita al hombre el fruto de la prueba y le
da la triste compensación del amor propio satisfecho.
"En la quietud y en la confianza estriba vuestra fuerza ” (Is. XXX,
15), no en la actitud del hombre que se retira a la caverna del
misántropo o al tonel de Diógenes, ni en la del estoico, que con
Séneca repite "¡Sé hombre!", apelando con ello a la fanática
voluntad de vencer. No hay duda que tal actitud ha producido
muchos frutos, pero también muchos fracasos irreparables. Sólida,
sólida sin excepción, es solamente la confianza en Dios, porque,
como dice el Salmista: "Los que confían en el Señor, son como el
monte Sión, que no será conmovido" (Sal. CXXIV, 1). No olvidemos
que el suicidio tiene por padre al estoicismo, y por madre la
desesperación.
III
¿Dónde hallamos tan saludables orientaciones para nuestra
actitud frente a la vida? En el libro de Dios, que se llama Biblia o
Sagrada Escritura. También los mahometanos creen tener un libro
divino, el Corán, que ellos toman como base de todas las ciencias,
no solamente de la religión, de modo que en los países
mahometanos el Corán es el centro de los estudios universitarios. Se
narra que el Califa Amr, después de la conquista de Alejandría,
quemó la célebre biblioteca que allí había, diciendo: "Si los libros de
esta biblioteca concuerdan con el Corán, no son necesarios, y si no
concuerdan son malos. En todo caso conviene quemarlos”. Si los
cristianos tuvieran este mismo criterio, por lo menos en cuanto a los
libros malos, se reducirían algunas bibliotecas a un mínimum de su
existencia, y habría menos gastos y menos peligros para las almas.
Pero, los cristianos somos muy tolerantes, tal vez demasiado
tolerantes.
Aun para nosotros la Sagrada Escritura debería ser el libro de la
vida, porque el que habla en él es el mismo Dios. Dios pudo
habernos hablado por medio de la pintura o de la música. Si así
fuese, nuestro interés debería estar en todo lo que se refiere a esas
artes y las leyes que las gobiernan, debido a que de ellas se habría
valido Dios para expresar sus pensamientos. Puesto que Dios ha
visto como medio apropiado las palabras, debemos interesarnos
por esas palabras depositadas en la Sagrada Escritura y estudiarlas
aún en sus matices para descubrir en ellas todo cuanto rinda
plenamente y destaque al máximum la fuerza de cada expresión.
Esto significa adaptarse el hombre a Dios y no querer adaptarlo a el
a nosotros, cosa en que incurrimos quizás más a menudo de lo que
suponemos. De ahí que S. S. Pío XII, el "Papa Bíblico", en la Encíclica
"Divino AffIante Spiritu" insista tanto sobre el estudio de la Biblia.
Hay para esto, según Pío XII, dos motivos fundamentales. El primero
es que el creciente dominio de los idiomas y ciencias auxiliares ha
permitido conocer mejor el texto, y en consecuencia el sentido de
las Sagradas Escrituras. El segundo es que Dios va dando sus luces
en la medida en que El quiere ('prout vulf) por lo cual, dice el Papa,
lo que no entendemos nosotros, pueden verlo nuestros sucesores. Y
aún sabemos que hay cosas que sólo "se entenderán en los últimos
tiempos", como dice el profeta Jeremías (XXX, 24).
Pensemos lo que significa la nueva versión de los Salmos hecha
felizmente por nuestro Pontífice, según los textos originales, con lo
cual tantos textos de la Vulgata comienzan a entenderse rectamente. E
imaginémonos lo que será cuando este progreso, que empieza por el
Salterio del Breviario, penetre también en el Misal, donde hay tantos
textos de los Salmos: y cuando la nueva versión se extienda a toda la
Sagrada Escritura, y especialmente al Nuevo Testamento. Serán
inmensas las luces que esos divinos textos han de traer para un más
perfecto conocimiento de Dios, de sus misterios y de su Espíritu, en
todos los órdenes de la vida cristiana.
IV
En primer lugar han de dedicarse al estudio de la Biblia los que
tienen la obligación de predicar la Palabra de Dios. Para mostrar la
obligación de los ministros de Dios de estudiar la Sagrada Escritura,
además de los innumerables textos bíblicos, patrísticos y pontificios (cf.
nuestro libro “La Iglesia y la Biblia”, Guadalupe, Buenos Aires),
podemos invocar el Catecismo de los Párrocos, según el cual se
requiere de cada uno de ellos que sepa no sólo aquello que pertenece
al uso y administración de los sacramentos, sino también que esté tan
instruido en la ciencia de las Escrituras Sagradas que pueda enseñar al
pueblo” (II, 7, 32).
Al pie de este pasaje se hallan las tres notas siguientes: la primera es
de San Pedro Damián contra los que, insistiendo temerariamente en el
culto de los sacrificios, ignoran el modo cómo debe venerarse
debidamente a Dios"; la segunda, de San Jerónimo, dice: “Si ignora la
Ley, él mismo demuestra que no es sacerdote del Señor. Pues es
propio del sacerdote saber la Ley, y cuando es preguntado, responder
sobre la Ley"; la tercera, de Tomás de Kempis, afirma que el que no
conoce las Escrituras es “muchas veces causa de error para sí y para los
otros. Pues el clérigo sin libros sagrados es como soldado sin armas,
caballo sin freno, nave sin remos, escritor sin pluma, ave sin alas,
subida sin escalera, artesano sin instrumentos, rector sin reglas, herrero
sin martillo, sastre sin hilo, saetero sin saetas, peregrino sin báculo,
ciego sin guía, mesa sin manjares, pozo sin agua, río sin peces, huerto
sin flores, bolsa sin dinero, viña sin racimos”.
También el laico, especialmente el culto, si sigue las normas del
Magisterio de la Iglesia, leyendo ediciones provistas de notas
explicativas, encontrará en la Biblia lo que se llama “la alegría
intelectual del estudió”. Esto es precisamente lo que en la Biblia se
satisface hasta un grado de plenitud inimaginable en ciencia alguna.
Porque en toda otra materia se necesita siempre completar la
investigación de tal autor con el testimonio de tal otro y con las
opiniones de un tercero o las constancias de aquella otra fuente, etc.
En la Biblia, fuera de les textos discutidos en su versión o
interpretación, que son, prácticamente hablando, unos pocos, uno
puede nadar en el océano de la armonía intelectual y del goce de la
verdad plena, que jamás se halla entre los hombres. Y cuando quiere
efectuar una comprobación, ni siquiera necesita salir del mismo Libro,
pues basta con pasar al Antiguo Testamento y ver, por ejemplo, dicha
por Isaías, o por David, o por Moisés, tal o cual cosa que Jesús, o San
Pablo, citaron o interpretaron al cabo de ocho o diez o quince siglos.
¡Oh! ¿Quién podría describir la alegría intelectual de la Biblia para el
que de veras busca en ella la verdad? Puestos en contacto dos o más
textos de la Escritura, se iluminan recíprocamente produciéndose entre
ellos una divina armonía, simbolizada quizá -"per ea quae facta sunt-
por la combinación de las notas musicales o la de los colores, que nos
hace descubrir un esplendor nuevo, por el cual ella penetra más
hondamente en el espíritu (véase Ecli. XXIII, 32 ss).
Este incomparable placer de la Biblia, está expresado por el mismo
David, que llama muchas veces a las palabras de Dios "más dulces que
la miel y añade que en ellas mismas encuentra su galardón (Sal. XVIII,
12), es decir, no solamente el premio futuro, sino también el que
resulta del trato con ellas y de su observancia. Esto tiene que ser así,
pues de lo contrario Dios no sería una cosa maravillosa, estupenda, "el
Dios de nuestra alegría" (Sal. XLII, 4). Sería un legislador como los
demás.
BIBLIA Y PSICOANALISIS
El grande, el sumo psicoanálisis está en la Biblia, pues ella y sólo ella
nos enseña a desnudar enteramente el corazón, y sólo con sus luces de
espíritu aprendemos a ser del todo sinceros con nosotros mismos.
Frente a la sabiduría de la Biblia no hay complejos, porque en ella
habla Dios que conoce “lo íntimo del corazón" (Salmo XLV, 22). Ella
descubre nuestros complejos y los resuelve de un modo definitivo. Ella
escudriña el corazón para indicar a cada cual su camino (Jer. XVII, 10).
Ella sabe nuestros íntimos pensamientos (Jer. XX, 12); pone a prueba
los corazones (I Par. XXIX, 17; Jer. XII, 3); los pesa (Prov. XXI, 2) y luego
los inclina a la solución que les conviene (ibid.1): los ilumina como luz
que resplandece entre tinieblas (II Cor. IV, 6); los alimenta (Salmo XXVI,
14) y termina su obra renovándola por completo (Salmo L, 12) y
dándoles firmeza definitiva (I Tes. III, 13).
Una sola cosa exige este gran maestro, lo mismo que exige todo
psicoanalista: sinceridad. Esto le basta. Y hay más aún: así como, según
el refrán, el que se excusa se acusa, así también -lo que es mejor—,
frente a la Biblia el que se acusa se excusa.
Si alguna vez no encontramos soluciones y consuelo en la Escritura,
es porque buscamos estar satisfechos de nosotros mismos y "quedar
bien" con nuestro amor propio. En este caso nunca quedamos
satisfechos, pues siempre vemos asomar nuestras miserias y errores. En
cuanto confesamos eso, en cuanto nos resignamos a saber que no
somos buenos, nos vuelve a la alegría, como se ve en el Salmo XXXI, 4
ss.
La Biblia nos dice entonces: ¿Qué importa si no fuiste bueno hasta
hoy? ¿No ves que yo tengo la parábola de los obreros de la última
hora (Mat. XX, 8) que lo pasan aún mejor que los primeros? ¿No
recuerdas el caso de Magdalena (Luc. VII, 43-47), donde yo muestro
que el que más ama es aquel a quien más hubo que perdonarle? Si hay
quien limpia tus ropas y las deja como la nieve (Salmo L, 9) ¿qué
importa que su suciedad fuese mucha o poca?
II
Para arreglar nuestra posición no podemos, pues, hacerlo "quedando
bien", sino quedando mal, es decir, previa aclaración de que somos
culpables sin disculpa y que nos arrepentimos, como lo enseña el
salmo L. Entonces Dios lo arregla todo a base de perdón gratuito y
generoso. El queda bien, y nosotros quedamos mal. Pero ¡qué dicha si
ese quedar mal ante El es lo que nos hará ser desde entonces amigos
verdaderos! Así se entiende el que Jesús viniese para pecadores y no
para justos (Luc. V, 51).
Entonces nos transformamos y empezamos a ser justas delante de
Dios, siendo en realidad El el autor de nuestra justicia (Rom. III, 20-28;
X, 3; Filip. III, 9), de modo que no corremos riesgo de soberbia como el
fariseo del templo (Luc. XVIII, 10 ss) porque ya no podremos buscar
nunca más la satisfacción de nosotros mismos, sabiendo que sólo
podremos tener justicia gracias a El.
Esto es lo que se llama renovarnos en el espíritu de nuestra mente"
(Ef. IV, 23) y matar al hombre viejo (Rom. VI, 6; Ef. IV, 22; Col. III, 9); es
decir, nacer de nuevo por el espíritu (Juan III, 3 ss), confirmarnos en el
hombre interior para tener la plenitud de Dios (Ef. III, 19), o sea vivir
plenamente de la vida divina prestada por Cristo, como vive el
sarmiento de la vid (Juan XV, 1-5), pudiendo entonces decir que no
vivo yo sino que El vive en mi (Gál. II, 20), porque yo he renunciado a
mí mismo (Mat. XVI, 24) para no perder mi alma pretendiendo salvarla
(ibid. 25), sino vivir de Él como El vive del Padre (Juan VI, 57).
Toda esta vida sobrenatural verdadera y sencilla, fundada
simplemente en la fe a la Palabra de Dios, sería para nosotros un
misterio impenetrable si volviendo a lo antiguo, al puro esfuerzo
propio de los paganos, quisiéramos capitalizar virtudes morales para
quedar bien delante de Dios, pues "ningún viviente puede aparecer
justo en su presencia" (Salmo CXLII,
2) sino a trueque de aceptar que no es capaz de serlo, "a fin de que
nadie se gloríe" (I Cor. III, 21), y para que sea para El toda la gloria de
nuestra justificación, sin lo cual el misterio de la Redención no tendría
sentido. En el fondo no hay aquí sino el problema de la humildad
verdadera, que es la excavación necesaria para que pueda asentarse el
cimiento, que es la fe.
Ya que en vano pretenderíamos no estar en deuda, resignémonos,
pues, a ese constante papel de perdonados, sin pretender nunca
"quedar bien" con El, como se hace con el mundo, pues tal era el papel
del fariseo que Jesús reprobó (Luc. XVIII, 9 ss; cfr. Luc. X, 29). “Somos,
Señor, reos que confiesan. Sabemos que si no perdonases, condenarías
con razón (cf. Salmo L, 6). Perdónanos, pues, sin mérito, te lo rogamos,
ya que de la nada nos sacaste para que te rogásemos” (San Agustín).
III
Vemos así que el que se gloría no está en la verdad. el hombre
bíblico tiene este principio absoluto, una norma simplísima e
inapreciable para formarse criterio, ya se trate de individuos o de
instituciones: todo lo que se elogia a sí mismo muestra por ese solo
hecho que se engaña (Gál. VI, 3) o que nos engaña (Luc. XVIII, 19: Juan
II, 24). Todo lo humano está siempre muy por debajo de lo que debiera
ser, por lo cual la actitud lógica delante de Dios es siempre la
contrición (Luc. XIII, 1 ss: XVIII, 9-14), tanto individual cuanto colectiva
(Lam. III, 42), la cual no obsta, por cierto, a la más filial confianza, por lo
mismo que no se funda en derecho propio, sino en la dignación del
divino Padre (Salmo XCIII, 18), para quien debe ser toda la gloria
(Salmo CXIII b, 1; CXLVIII, 13).
Gloria en Cristo tendremos cuanta queramos, recibiéndola de su
plenitud (Juan I, 16). Pero ¡cuidado con la gloria de virtudes propias!
Pues en cuanto pretendemos que vamos a ser buenos y se lo
prometemos como Pedro, le negamos como él, al poco rato (Juan XIII,
38).
Resignarse a saberse malo, para poder ser bueno: paradoja inmensa,
básica, que es la llave de todo el Evangelio, y sin la cual no
entenderemos nada. Lo que nos impide vivir así delante del
Omnipotente como el niño delante de su madre, es la falsa
espiritualidad sin Evangelio, es el móvil egoísta que no raras veces se
disfraza de piedad (II Tim. III, 5), queriendo evitar el infierno y ganar el
cielo a toda costa, como si la salvación fuese exclusivamente obra
nuestra y no la obra del amor del Padre y del Hijo, y como si el premio
de las buenas obras no se diese por el amor con que están hechas (I
Cor. XIII, 1 ss). Cuando no busquemos nuestro negocio sino que
estudiemos a Cristo para conocerlo, admirarlo, y amarlo, entonces el
nos hará llenarnos de obras, de esas que no se quemarán cuando el
venga (I Cor. III, 14).
EI que de veras quiere ser bueno según la enseñanza de Jesús, ha de
renunciar al mérito y a la satisfacción de serlo, y reconocerse siervo
inútil (Luc. XVII, 10), porque nadie es bueno, sino sólo Dios (Mat. XIX,
17). Por eso Santa Teresa de Lisieux quería dilapidar cada día toda
ganancia espiritual para estar siempre vacía, como un mendigo delante
de Aquel que se complace en llevarnos gratis (Salmo LXXX, 11) y que
como enseña María, hace grandeza en lo que somos nada (Luc. I, 48 s.).
Pero ¿cómo podremos creer esto si no nos familiarizamos con el
Evangelio?
Son cosas demasiado contrarias al criterio humano y comercial del
mundo para que podamos descubrirlas en nosotros mismos. el que
sólo piensa en los numerosos preceptos de la Ley de Moisés (Ex. XX, 1-
7) no puede entender el mensaje nuevo de Jesús, pues toda la doctrina
de S. Pablo enseña terminantemente que en Cristo ya no estamos bajo
esa Ley (Rom. VI, 14) y que es insensato querer volver a tal Ley como lo
fueron todos los que pretendieron salvarse por ella, pues ella no es
capaz de salvar a nadie (Gál. III, 11). Y no sólo caeríamos entonces en
las faltas que pretendemos evitar, sino que al pretender cultivar
virtudes por propia cuenta, cultivaríamos el fariseísmo, mucho más
odioso a Cristo que todos los pecados.
La educación farisaica es la doctrina de la suficiencia humana, que
olvida la necesidad de la gracia; no sólo es funesta para el soberbio
que se cree bueno, sino también para el tímido y aún para todo
humilde que se sabe malo, pues éste sentirá que para arrepentirse
tiene que mover una montaña, y no comprenderá que si al enemigo
que huye se le da puente de plata, al enemigo que vuelve se le da
puente de oro. Si un padre ve que su hijo ausente empieza a pensar en
volver, ¿querrá acaso presentarle la empresa como difícil o, al
contrario, temblará de miedo de que se desanime y no regrese al
hogar? ¿No es esto último lo que enseña Dios al mostrarse como el
Padre que se anticipa al encuentro del hijo pródigo? (Luc. XV, 20).
IV
La Bondad de Dios, siendo perfecta, no puede ser condescendencia,
sino perdón. La bondad de los hombres sí está a menudo en
condescender, renunciando a la voluntad propia por ceder a la ajena
(Mat. V, 41). Pero si Dios renunciara a su voluntad, —que quiere
siempre nuestro verdadero bien con una sabiduría tan infinita, como es
su amor- por condescender con los caídos hijos de Adán, sería como
reconocer que el había estado equivocado. ¡Y luego lloraríamos con
lágrimas de sangre nuestro horrible triunfo sobre EI!
Por dicha nuestra la voluntad amorosa del Padre se realiza en
nosotros tan implacablemente como cuando un padre arranca a su
hijo un arma con que iba a lastimarse, y su condescendencia consiste
en perdonamos tantos errores y culpas y sobre todo en darnos su
Espíritu (Salmo L, 13) que nos hace comprender, amar y agradecer,
humillados, la suavísima firmeza de esa voluntad divinamente
generosa, contra la cual se alza siempre al principio la mezquina
insensatez de nuestra carne. ¿Qué mayor luz y fuerza psicoanalítica
para traer al campo de la conciencia lo que nos desconcertaba,
ocultándose en lo subconsciente?
La Biblia al descubrirnos así los repliegues y las fallas tanto en
nuestro hombre corporal o físico (Gál. V, 16-23) cuanto en nuestro
hombre psíquico, según lo llama literalmente San Pablo en I Cor. II, 24,
nos hace alcanzar al hombre espiritual o “pneumático” (I Cor. II, 10),
que sirve a Dios sin la ley (Gál. V, 18) porque su móvil es el amor (ibid.
22). ¿Puede darse un ideal y un fruto más elevado y positivo de
psicoanálisis?
DE GRECIA A CRISTO
“Nadie es malo, mientras no se demuestre.
Derecho Romano (Orden natural).
“Nadie es bueno, sino sólo Diof.
Jesús (Orden sobrenatural).
“Gnothi sautórí” (conócete a ti mismo); Aforismo griego y pagano,
de muchos admirado. No es esto lo que enseña la Escritura de la
divina Revelación. Poco me importa, dice S. Pablo, ser juzgado por
vosotros o por cualquier juicio humano. Ni yo mismo me juzgo. . . El
Señor es quien me juzga (I Cor. IV, 3-4). “De tu rostro (oh Señor) salga
mi sentencia”, dice David (Salmo XVI, 2), anhelando poder entregar por
entero la suerte de su causa a Aquel que es la fidelidad, la luz y la
sabiduría, la omnipotencia y sobre todo la bondad y la misericordia
que perdona.
Para nosotros hay más aún que para David: la Redención, que
justifica por los méritos de Cristo. Aún hallándome yo deudor
insolvente, el divino Padre me perdona y para eso sé que mi seguridad
es absoluta; pues Jesús “es la víctima de propiciación por nuestros
pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el
mundo (I Juan II, 2).
"Conózcate yo, Señor, y conózcame yo a mí mismo", dice San Agustín;
pero este conocimiento propio, presentado así en parangón con el
conocimiento de Dios, no tiene nada de esa "ciencia del bien y del
mal", cuya ambición fué lo que corrompió a Adán. Esta oración, pues,
del gran Doctor de la gracia, equivale a decir: sepa yo, Señor, vivir este
gran dogma de que Tú lo eres todo y yo soy la nada.
Es que Jesús no dice, como el oráculo griego: "conócete a ti mismo",
sino: "niégate a ti mismo". La explicación es muy clara. El pagano
ignoraba el dogma de la caída original. Entonces decía lógicamente:
analízate a ver qué hay en ti de bueno y qué hay de malo. Jesús nos
enseña simplemente a descalificarnos a priori, por lo cual ese juicio
previo del autoanálisis resulta harto inútil, dada la amplitud inmensa
que tuvo y que conserva nuestra caída original. Ella nos corrompió y
depravó nuestros instintos de tal manera, que San Pablo nos pudo
decir con el Salmista: " Todo hombre
es mentiroso' (Rom. III, 4; Salmo CXV, 2). Por lo cual el Profeta
Jeremías nos previene: "Perverso es el corazón de todos, e
impenetrable: ¿Quién podrá conocerlo? (Jer. XVII, 9). Ese mismo
profeta dice también: “Maldito el hombre que confía en el hombre"
(Ibid. 5), y de Jesús sabemos que no se fiaba de los hombres,
"porque los conocía a todos" (Juan II, 24).
II
La Iglesia católica ha sacado de esta doctrina revelada un conjunto
acabadísimo de definiciones dogmáticas sobre la necesidad de la
divina gracia, entre las cuales descuella el canon 22 del segundo
Concilio Arausicano, confirmado por Bonifacio II, que hablando de
la justificación por Cristo dice terminantemente: "El hombre no tiene
de propio más que la mentira y el pecado' (Denz. 195). Es la misma
doctrina que vemos expresada en la Secuencia de la Misa de
Pentecostés, en la cual decirnos al Espíritu Santo:
Sine tuo numine
nihil est in homine
nihil est innoxium.
Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno
O sea, todo lo bueno y santo de que nos gloriamos, es vano, sino
es lo que el nos dé. No otra cosa enseñó Jesús cuando dijo que "el
espíritu está pronto, pero la carne es flaca" (Mat. XXVI, 41), por lo
cual, para no caer, debernos velar y orar constantemente a fin de
recibir ese buen espíritu que no es nuestro sino que nos viene de
aquel Padre celestial que “dará el buen espíritu a quienes se lo
pidan" (Luc. XI, 13).
A la luz de esta doctrina revelada y definida, se comprende ahora
bien la suavidad de esa palabra de Jesús, que al principio parecía
tan dura: "Niégate a ti mismo". Bien vemos que ella significa
decirnos, para nuestro bien: líbrate de ese enemigo, pues ahora
sabes que es malo, corrompido, perverso. Si tú renuncias a ese mal
amigo y consejero que llevas adentro, yo lo sustituiré con mi
Espíritu, sin el cual nada puedes hacer (Juan XIII, 5).
¿Y cómo será de total ese apartamiento que necesitamos hacer del
auto- enemigo, puesto que Jesús nos enseña que es indispensable
nacer de nuevo, para poder entrar en el Reino de Dios? (Juan III, 3).
Renacer del Espíritu, echar fuera aquel yo que nos aconsejaba y nos
prometía quizá tantas grandezas. Echarlo fuera, destituido de su cargo
de consejero, por mentiroso, malo e ignorante.
III
He aquí lo que tanto cuesta a nuestro amor propio: reconocer que
nuestro fulano de tal es "mentiroso" (Rom. III, 4), y de suyo digno de la
ira de Dios. Oh, el diablo se opondrá terriblemente a dejamos
entender esto, porque él -“padre de la mentira" (Juan 8, 44)-, sabe muy
bien que aquí está toda la sabiduría y toda nuestra felicidad: en saber
vivir de prestado; del valor que se nos da, a falta del propio.
Porque si bien miramos, todo el fruto de la Pasión de Cristo consiste
en habernos conseguido esa maravilla de que el Espíritu de Dios, que
es todo luz, y amor, y gozo, entre en nosotros, confortándonos,
consolándonos, inspirándonos en todo momento. Pero va sin decirlo
que para entrar ese nuevo rector es necesario que el anterior le ceda el
puesto. Eso quiere decir simplemente el negarse a si mismo.
De ahí que, quien no lo hace, está impidiendo su salvación, rechaza
la gracia, está diciéndole de hecho a Dios: yo no te necesito como
rector, porque me basto y me sobro. Ese tal ya está juzgado: la palabra
que él no quiso escuchar, esa es la que lo juzgará en el último día. (Juan
XII, 48).
Dígnese nuestro Padre divino hacernos comprender estas luces a un
tiempo simples y profundísimas, sencillas y sublimes, para inspirarnos
esa fácil humildad que nos lleva sin esfuerzo al desprecio de nuestra
opinión, una vez que hemos descubierto su falacia, pues que es Jesús
quien lo enseña, y a El hay que creerle, creerle todo cuanto dice. "En
esto consiste LA OBRA de Dios: en que creáis en Aquel que El envió”
(Juan VI, 29). "A El habéis de escuchar (Mat. XVII, 5).
El que abra su alma a esta inmensa luz, sentirá la necesidad de una
humillación total, absoluta, delante del divino Padre, que nos dio a
Jesús y con El la sabiduría y la gracia. Y se entregará apasionadamente
al conocimiento del Evangelio para descubrir en esas palabras de
Jesús, lo que el nos promete de ellas, esto es: el espíritu y la vida (Juan
VI, 64), la verdad y la libertad (Juan VIII, 31-32); la plenitud del gozo
(Juan XVII, 13).
Entonces verá cuán pobre y cuán falaz era aquella sabiduría sin Dios,
que tanto se respeta todavía, entre los hombres más prestigiosos, en
nuestra civilización que, aunque se llame cristiana, se inspira en gran
parte en "el mundo", enemigo de Cristo.
Decir a un cristiano: "conócete a ti mismo -bien se ve que hablo en el
terreno religioso y sobrenatural, único que aquí interesa—, es incurrir
en la misma inconsecuencia que Kant (esta vez descendemos al
terreno filosófico) al emprender la crítica de la razón pura con el
propio instrumento de esa razón que, según él, era incapaz.
Los griegos no podían comprender esa incapacidad del hombre para
juzgarse a sí mismo: Era esta una luz reservada a los discípulos del
verdadero Dios.
EL CASO DE PEDRO
Para un hombre, el ser basura de Dios, el ser su esclavo, el ser su
estropajo, es ya sobrado honor y sobrada felicidad. Pero si a Dios se le
ocurre otra cosa, si la generosidad de su Corazón sobrepasa a cuanto
podemos imaginar de El, y si Jesús quiere sorprendernos llamándonos
amigos (Juan XV, 15), y si el Padre quiere hacemos sus hijos (I Juan III,
1) y hermanos de su Hijo (Rom. VIII, 29), ¡cuidado con que una falsa
humildad nos haga rechazar el Don de Dios e insistir en nuestra
opinión de que hemos de seguir siendo esclavos! (Rom. VIII, 15).
El tener en principio esta opinión es ciertamente bueno, porque ella
es exacta desde nuestro punto de vista. ¿Qué otra cosa, sino basura y
nada, podremos sentirnos nosotros, frente a nuestro Creador, infinito
en la sabiduría, en el poder y en la santidad? Es este un punto de
partida indispensable para que el hombre se niegue a sí mismo, es
decir, deje de confiar en la virtud propia como si ésta fuese suficiente
para salvarnos. Es este el punto de partida, pero no es todo, según lo
veremos más adelante.
San Pedro —o mejor Pedro, antes de ser el santo-, reaccionó muchas
veces según esa opinión primaria y puramente humana de la
humildad. De ahí que Cristo lo tomase como campo de
experimentación, para darnos, a costa de su apóstol, rectificaciones
fundamentales. Decimos a costa de él, por las muchas veces que tuvo
que avergonzarse de sus errores aunque de ellos había de sacar su
gran provecho.
II
Cuando Pedro descubre que Jesús ha hecho el portento de la
primera pesca milagrosa, una reacción honrada de su sinceridad le
hace exclamar: “Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador” (Luc.
V, 8). Porque estaban, dice el Evangelista, llenos de estupor. Pero Jesús
lo tranquilizó como a los demás, con aquella palabra tan suya: “No
temáis"; y aún le agregó que desde ese momento se elevaría de
pescador de barca a pescador de hombres. Y entonces Pedro ya no
insistió en aquel temor inicial, que lógicamente lo habría llevado al
mayor de los males, esto es, a apartarse de Jesucristo, como sucedió a
los gerasenos, cuando le rogaron a EI... que se retirase de entre ellos (!)
“porque estaban poseídos de un gran temor” (Luc. VIII, 37).
Otra vez, y otras muchas, se repite en Pedro esa reacción nacida de
un sentimiento que podía parecer plausible desde un punto de vista
puramente humano, y siempre recibe de Jesús la lección
correspondiente: cuando quiere oponerse a que el Maestro sufra su
Pasión, merece que el le llama nada menos que Satanás y que
entonces sea el quien le diga “Apártate de Mí, que me eres un tropiezo
porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (Mat. XVI,
21-23); y eso que Pedro acababa de confesar expresamente que Jesús
era el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mat. XVI, 16). Es que en aquel
maravilloso reproche Jesús quiere enseñarnos, con un vigor
insuperable, que no le interesa nuestra compasión hacia su Persona,
sino nuestra adhesión a su causa, es decir, a los designios de su Padre,
cuya empresa, misericordiosa de redención se habría malogrado si
triunfaba la compasión de Pedro. Por donde vemos cómo Satanás
disfraza siempre de piedad sus intentos malditos. el que no medita el
Evangelio nunca entenderá estas cosas, ni podrá comprender por qué
el espíritu de los fariseos, honorables y ritualistas, es más odioso y
repulsivo para Cristo que los más grandes pecados, como el de la
adúltera.
Lo mismo sucede cuando Pedro pretende defender al Señor
cortando la oreja a Malco (Juan XVIII, 10-11). Y más que nunca se ve
confundido ese pobre amor humano del Apóstol cuando pretende que
ha de dar su vida por Cristo... ¡y recibe la profecía de sus tres
negaciones!
Pero hay una escena especialmente aleccionadora para el tema que
estamos estudiando, y es la del Lavatorio de los pies de los Apóstoles,
hecho por el Señor antes de entregarse a la muerte. La reacción de
Pedro es siempre la misma: “¿Tú lavarme a mí los pies? ¡No será
jamás!”. Y aquí es cuando Jesús le da la lección definitiva: “Si Yo no te
lavo, no tendrás nada de común conmigo". Pedro se entrega entonces,
aceptando que el Señor lo lavase, aun todo entero (Juan XIII, 8 ss.).
Sin embargo, él no había de comprender esta lección hasta después
de recibir el Espíritu Santo (en Pentecostés), y la prueba es que
después de esto vinieron el abandono de Getsemaní (Mat. XXVI, 56), y
las negaciones y la ausencia del Calvario. Por eso el Señor le dijo: "Lo
que Yo hago, (al descender hasta lavarte los pies), no lo entiendes
ahora. Pero lo sabrás después" (Juan XIII, 7). Pedro llegó a saberlo
solamente cuando la efusión del divino Espíritu, derramando en él la
caridad sobrenatural (Rom. III, 5), le hizo comprender que esa caridad
de Dios para con nosotros llega infinitamente más lejos de cuanto
somos capaces de interés con ese nuestro corazón carnal que tan
falazmente le había hecho alardear de generoso. Sólo entonces se
operó en Pedro esa "conversión" que Jesús le había anunciado como
condición previa para conferirle el Magisterio, cuando le dijo: "Tú, una
vez convertido, confirma a tus hermanos (Luc. XXII, 32).
III
Esto nos muestra cuán difícil es al hombre aceptar ese "escándalo"
del excesivo amor con que Dios nos amó. Creer en un Dios justo es
cosa razonable. Pero creer en un Padre capaz de empeñarse en darnos
su Hijo, tan sólo porque nos amó; creer en un Hijo capaz de entregarse
con gozo a la muerte más espantosa y vil, tan sólo porque nos amaba:
creer en un Espíritu Santo capaz de regalarnos la santidad, tan sólo
porque nos ama, eso es la cosa más difícil para el hombre. Y, como
vemos, no es que sea difícil a la humanidad, sino a la falsa humildad,
es decir a la soberbia, a la suficiencia del hombre, que no quiere ser
niño aunque así lo manda Cristo como condición indispensable para
entrar en su Reino (Mat. XVIII, 3-4).
Por eso anunció El mismo que su Cruz sería un gran escándalo y que
todos serían escandalizados por El. Y sin embargo, no tenemos más
remedio que aceptar ese exceso de felicidad nuestra, y creer en este
exceso de misericordia de Dios, so pena de vernos apartados de El
para siempre.
Digamos, en abono del buen Pedro, que él tuvo, en medio de tantas
fallas de orden sobrenatural, un deseo grande de estar con Cristo
glorioso, como lo demostró en el Tabor; y un instinto de que sin Cristo
todo estaba perdido, como lo demostró ante otro escándalo análogo
al de la Cruz: cuando otros querían abandonar al Maestro a causa del
excesivo amor con que El quiso hacerse comida en la Eucaristía. Pedro
fué entonces el que le dijo, como un niño: "¿A quién iríamos, Señor? Tú
tienes palabras de vida eterna" (Juan VI, 69).
No hay nada tan edificante como las fallas de los santos, porque esto
nos muestra que nosotros podemos igualarlos y aún superarlos con
ser, no más fuertes, sino al contrario, más niños que ellos.
Agradezcamos al gran San Pedro las lecciones eternas que Dios nos
dio por medio de él, y honrémosle admirando y aprovechando en sus
dos cartas y en sus discursos del Libro de los Hechos la sublimidad del
lenguaje con que, inspirado por el Espíritu Santo, nos habla -ya sin
sorpresa-, del amor de Aquel que según su gran misericordia "nos
regeneró en la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de
entre los muertos" (I Pedro I, 3), y nos anuncia "un júbilo inenarrable y
colmado de gloria para el día de la venida manifiesta de Jesucristo" (I
Pedro I, 7-8).
LA SABIDURIA CONSIDERADA COMO SERENIDAD
La sabiduría que imploró Salomón se sintetiza en el "saber que ella
trabaja con nosotros a fin de que sepamos lo que a Dios agrada" (Sab.
IX, 10). Al iniciar nuestro empeño por buscarla, nos consuela el saber
de antemano que la conseguiremos, porque "el que la necesita no
tiene más que pedirla a Aquel que da copiosamente, sin zaherir a
nadie” (Sant. I, 5). Porque “todo el que pide, recibe; y el que busca,
encuentra; y al que llama se le abrirá” (Luc. XI, 10).
Más aún, la sabiduría “se anticipa a aquellos que la codician,
poniéndoseles ella misma delante”. Por tanto, quien la buscare “no
tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta” (Sab.
VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, "dará el
buen espíritu a quien se lo pida", así como nosotros, “que somos malos,
sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, y no les damos una piedra
cuando nos piden un pan” (Luc. XI, 11-13).
Por donde se ve que el desear la sabiduría es ya la seguridad de
alcanzarla, y esto lo expone la Biblia en forma de sorites, en un pasaje
maravilloso que es quizá la única argumentación silogística en el
Antiguo Testamento (más marcadamente que en Rom. V, 2-5 y I Ped. I,
5-7) y que denuncia la procedencia alejandrina del autor del Libro de
la Sabiduría.
Dice éste, en efecto: "El principio de la sabiduría es el muy sincero
deseo de instrucción; la premura de instrucción, es amor; el amor es ya
guardar sus leyes; la atención prestada a esas leyes, es signo de
incorrupción; la incorrupción (inmortalidad) da un lugar junto a Dios.
Luego, el deseo de la sabiduría conduce al Reino eterno ” (Sab. VI, 17-
20).
II
Vemos, pues, que el desear la sabiduría es ya el comienzo de la
misma. Y hay más: "No pudiendo obtenérsela sino como un don, es ya
señal de sabiduría el saber de quién viene tal gracia" (Sab. VIII, 21). Y
aquí hemos de señalar una característica que hemos expuesto en la
Introducción al Libro de los Proverbios, donde decíamos: "Casi todos
los pueblos antiguos han tenido su sabiduría, distinta de la ciencia, y
síntesis de la experiencia que enseña a vivir con provecho para ser
feliz. Aún hoy se escriben tratados sobre el secreto de triunfar en la
vida, del éxito en los negocios, etc. Son sabidurías psicológicas,
humanistas, y como tales, harto falibles. La sabiduría de Israel es toda
divina, es decir revelada, por Dios, lo cual implica no sólo la
infalibilidad, sino mucho más. Porque no es ya sólo dar fórmulas
verdaderas en sí mismas, que pueden hacer del hombre el autor de su
propia felicidad, a la manera estoica; sino que es como decir: Si tú me
crees y te atienes a mis palabras, Yo tu Dios, que soy también tu
amantísimo Padre, me obligo a hacerte feliz, comprometiendo en ello
toda mi omnipotencia".
Esto decíamos para señalar el carácter y el valor eminentemente
religioso de los Proverbios, aún cuando ellos no tratan de la vida
futura sino de la presente, ni hablan de premios o sanciones eternos
sino temporales. Cuánto más no ha de aplicarse tal visión cuando se
estudia la sapiencia según el Libro de la Sabiduría, donde se la
presenta, no ya como virtud de orden práctico que desciende al
detalle de los problemas temporales, ni tampoco —según hace el
Eclesiastés—, como un concepto general y antihumanista de la vida
en sí misma, sino como una sabiduría toda espiritual y sobrenatural,
verdadero secreto revelado por Dios.
Esa sabiduría es tal que “juntamente con ella nos vienen todos los
bienes, y recibimos por su medio innumerables riquezas (Sab. VII, 11).
Y por ella nos vienen también "las grandes virtudes, por ser ella la
que enseña la templanza, la prudencia, la justicia y la fortaleza, que
son las cosas más útiles a los hombres en esta vida (Sab. VIII, 7).
Resulta, pues, evidente que conocer el modo de llegar a la
sabiduría, es tener la receta infalible para librarnos de toda
imperfección que pueda hacernos olvidar lo que agrada al Padre y
alejarnos de la perfecta unión con El, la cual se mantiene
conservando la paz. Esa es la paz que Jesús deseaba y comunicaba,
al saludar a todos invariablemente con la fórmula hebrea: "La paz
sea con vosotros", o "La paz sea en esta casa"; o al empezar el mayor
de sus discursos (Juan 14, 1 s.) diciendo a los suyos: "No se turbe
vuestro corazón".
Esa paz prometió Cristo como un don genuinamente suyo y
procedente de El, pues que El se presentó como la Sabiduría
encarnada: "La paz os dejo, mi paz os doy... Que vuestro corazón no
se turbe ni tema" (Juan XIV, 27).
Así se manifiesta que Jesús consideraba la paz como de una
importancia espiritual absolutamente básica, condición previa para
todo lo demás. El,
que no vino a destruir el Antiguo Testamento sino a confirmarlo y
perfeccionarlo, acentuaba así la norma que los Proverbios nos dejaron
como suma enseñanza: "sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón,
porque de él manan las fuentes de la vida "(Prov. IV, 23).
III
Para mejor apreciar el valor de la sabiduría, conviene presentarla en
claroscuro o contraste con la ordinaria condición de los mortales, que
el hijo de Sirac en el divino libro del "Eclesiástico" nos señala con estas
palabras: “Una molestia grande es innata a todos los hombres y un
pesado yugo abruma a los hijos de Adán, desde el día en que salen del
vientre materno, hasta el día de su entierro en el seno común de la
madre’” (Ecli. XL, 1).
El miedo es la característica de ese estado de naturaleza caída en que
nos encontramos normalmente. No se trata del miedo excepcional,
característico de la mala conciencia que, como dice Moisés, huye sin
que nadie persiga (Lev. XXVI, 17), y, como dice David, tiembla de terror
donde no hay motivo (Salmo LII, 6). Se trata del miedo en su acepción
más lata, y de él poseemos una definición admirable que nos da el
Sabio del Antiguo Testamento.
El Libro de la Sabiduría, según la Vulgata, nos, dice que “no es otra
cosa el miedo sino el pensar que está uno destituido de todo auxilio”
(Sab. XVII, 17). El texto griego (v. 12) define el miedo como "el
abandono de los recursos que nos daría la reflexión”, cosa que, según
sabemos, puede llegar hasta el terror pánico que casi enloquece.
En contraste con tal situación de ánimo, el Salmista nos muestra,
como propia del sabio, esta característica: "No temblará las malas
noticias". Y agrega que su corazón es inconmovible y no temerá ante
sus enemigos, antes bien los despreciará hasta que los vea abatidos
(Salmo CXI, 7-8).
¿Es esto el valor estoico? No, pues no se funda en la propia
suficiencia, siempre harto falible, sino en la seguridad de una
indefectible protección. El miedo es, pues, contra la fe, esa fe de la cual
sabemos que es la vida del justo, como expresa el Apóstol de los
gentiles en la Epístola a los Romanos (I, 17).
IV
Otro aspecto de la sabiduría considerada como serenidad, estriba en
su carácter universalista (podría decirse totalista), que no se altera, de
alegría ni de tristeza, por acontecimientos cuyo interés sólo es parcial.
Su aspiración no tiene límites, busca lo supremo porque vive en lo
absoluto.
Así, pues, cuando las propias obras parecen prosperar, ella no se
entrega a la complacencia, según suele hacerlo el hombre natural, en
tanto sufre la humanidad entera. Ni tampoco se aflige demasiado al
ver que desborda lo que San Pablo llamó "el misterio de iniquidad” (II
Tes. II, 7), por lo mismo que lo tiene ya previsto según las profecías.
A este respecto, el Salmo XXXVI de David ofrece una gran luz, que se
aclara aún más si consultamos el original hebreo. En efecto se nos
exhorta a no envidiar a los que obran la iniquidad, aunque nos parezca
que los vemos triunfar, porque pronto se marchitarán y secarán como
el heno. El texto hebreo precisa más el concepto, diciendo: “No te
acalores a causa de los malos”. Y lo mismo más adelante (v. 8), en lugar
de: “No quieras ser émulo en hacer el mal”, el hebreo dice: “No te
irrites, pues sería para mal”. De ahí que S. Isidro de Sevilla recomiende
la lectura y meditación de este Salmo como medicina contra las
murmuraciones y contra las inquietudes del alma.
Vemos, pues, que aún la santa indignación que nos lleva a
alarmamos ante la maldad triunfante, es atemperada por la sabiduría.
Muchos otros Salmos, p. ej. el XLVIII , y especialmente el LXXII
explican igualmente el problema del mal que se impone y de la
prosperidad que suele gozar el malvado, para enseñarnos a no
turbamos y a no temer. Por lo que hace a esta actitud valiente del
sabio frente al mal, y aún a la persecución propia, pueden verse
muchas otras sentencias —cuya exposición aquí nos llevaría muy
lejos,— en los Salmos III, 7; XXII, 4; XXVI, 1; LV, 5; CXVII, 6; Mat. X, 28;
Rom. VIII, 31, etc.
Pero hay todavía otra enseñanza muy profunda de la Sabiduría, para
utilidad de todo hombre deseoso de cumplir esa misión que a todos
nos alcanza, de difundir la verdad y el bien entre sus semejantes.
Hallamos esa lección en la fórmula lapidaria de San Lucas: "Semen est
verbum Dei': la Palabra de Dios es semilla.
Quiere decir que el sembrador ha de contentarse con dejar caer la
semilla. ¿Quién pensaría en golpear la tierra para apresurar la
germinación? La vida en germen, la planta, no está en la tierra, sino en
el grano, y de ahí el valor inmenso de la palabra, valor que depende de
su calidad. Pero la tierra no puede ser forzada, y si ella no es propicia,
en vano pretenderíamos cosechar.
Se revela aquí otro aspecto interesante y eminentemente práctico de
la sabiduría considerada como serenidad, porque aquí ella nos dice
que, aún en la materia más importante, como es el celo por la verdad,
no hemos de querer hacer violencia. Cuando los fariseos se
escandalizan de su desnuda sinceridad, Jesús, lejos de discutir con
ellos, dice a los suyos: “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos" (Mat.
XV, 14). Y cuando El envía sus discípulos a evangelizar “como corderos
entre lobos", y, les anuncia la persecución como un sello de
autenticidad, no les manda imponerse, ni discutir, sino al contrario: "Si
no os reciben y no escuchan vuestras palabras, salíos de aquella casa y
de aquella ciudad, sacudiendo el polvo de vuestros pies” (Mateo X,
14).
VI
Agreguemos, para terminar, un capítulo más íntimo. El que se refiere
a la felicidad interna, cuya perennidad nos garantiza la Sabiduría.
Empieza por la paz inconmovible de la conciencia, y nos dice: “Si ves
que has sido fiel, don de Dios es esa fidelidad que te llena de gozo. No
te gloríes”. "Después que hubiereis hecho todas las cosas que se os han
mandado (por Dios), habéis de decir: “siervos inútiles somos" (Luc. XVII,
10).
Si ves que has sido infiel, y estás de ello pesaroso, también es don de
Dios esa contrición que te pone tan cerca de El como cuando eras fiel,
porque el corazón contrito es el sacrificio grato a Dios (Salmo L). Lo es
por razón de amor paternal, pues el sabe esa gran paradoja de que
ama menos aquél a quien menos se le perdona" (Luc. VII, 47).
Sapientia sapida scientia, dice S. Bernardo, esto es: la sabiduría es
ciencia sabrosa, que entraña a un tiempo el saber y el sabor. Es decir
que probarla es adoptarla pero también que nadie la querrá mientras
no la guste; porque ni puede amarse lo que no se conoce, ni tampoco
se puede dejar de amar aquello que se conoce como soberanamente
amable.
Hay, pues, que buscarla, porque, “si alguno de vosotros tiene falta de
sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente sin zaherir a
nadie" (Sant. I, 5). Más aún, la sabiduría, "se anticipa a aquellos que la
codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por lo tanto, quien la
buscare, "no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma
puerta" (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es
bueno, dará el buen espíritu a quien se lo pida (Luc. XI, 15).
BIENAVENTURADO EL RICO...
(Ecli. XXXI, 8)
"Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda
tras el oro, ni pone su esperanza en el dinero ni en los tesoros" (Ecli.
XXXI, 8). Es éste el único caso en que la Sagrada Escritura elogia al
rico. Y lo explica en seguida: “porque fué probado por medio del oro
y hallado perfecto por lo que reportará gloria eterna; podía pecar y
no pecó, hacer mal y no lo hizo" (Ecli. XXXI, 10). Un caso raro, pero
no imposible. Una excepción entre los ricos; pues casi todos
sucumben a los halagos del oro.
La Epístola del Común de Confesores que cita este texto dice:
Bienaventurado el hombre, en lugar de: bienaventurado el rico. Sin
embargo, solamente en su forma original se comprende el
verdadero sentido del "podía pecar y no pecó", y las alabanzas del
Eclesiástico.
De la misma manera es elogiado en la Escritura el patrón, el
patrón justo y misericordioso de las parábolas del Evangelio, y una
vez un patrón humilde, que se ciñe y sirve a sus siervos (Luc. XII, 37).
Ese patrón es figura de Cristo, que de esta manera nos revela uno
de los abismales secretos de su humildad redentora. Se refiere que
en una casa de insanos se quería saber quién fuese el más demente
de todos, y le dieron la palma a uno que declaró estar esperando al
rey para que le limpiase los zapatos. Pero mucho más lejos llega,
según vemos, la humildad divina en la parábola que acabamos de
citar. Y cuidado con querer rechazarla, porque ello sería falsa
humildad, como la de Pedro en el lavatorio de los pies (Juan XIII, 8
ss). Jesús tiene derecho a que le creamos esta verdad inaudita que
anuncia en la parábola, porque ya nos dijo que El es nuestro
sirviente (Luc. XXII, 27), y que no vino para ser servido, sino para
servir (Mat. XX, 28).
En el contexto de estos pasajes, Jesús revela ampliamente la
superioridad del que sirve sobre el que es servido. ¡Qué luz para el
problema social moderno! ¡Jesús obrero, pero no ya sólo como
trabajador del músculo, ni como miembro de un gremio, sino como
servidor de todos. Y por eso nos dice que entre nosotros el primero
servirá a los demás (Mat. XX, 26 s; Luc. XXII, 26). En esto estriba sin
duda el gran misterio escondido en la Escritura que dice: "el mayor
servirá al menor" (Gén. XXV, 23; Rom. IX, 12).
II
Por otra parte, la Sagrada Escritura nos recuerda muchos ejemplos
de apego pecaminoso a los bienes materiales y nos hace ver sus
horrorosas consecuencias. El primer ejemplo es el de la mujer de Lot, la
cual Jesucristo alude con las palabras: "Acordaos de la mujer de Lot"
(Luc. XVII, 32). Si ella, como dice la Biblia (Gén. XIX, 26), se convirtió en
estatua (el hebreo dice columna) de sal, no fué por causa de
curiosidad, sino por su apego a la ciudad maldita. En vez de mirar
contenta hacia el nuevo destino que la bondad de Dios le deparaba y
agradecer gozosa el privilegio de huir de Sodoma castigada por sus
iniquidades, volvió a ella los ojos con añoranza, mostrando la verdad
de la palabra de Jesús: "Donde está tu tesoro, allí está tu corazón"
(Mat. VI, 21). La mujer deseaba a Sodoma, y Dios le dio lo que deseaba,
convirtiéndola en un pedazo de la misma ciudad que se había vuelto
un mar de sal, el Mar Muerto.
Con el mismo criterio dice Jesús de los que buscan el aplauso del
mundo: "Ya tuvieron su paga" (Mat. VI, 2, 5 y 16). Y al rico Epulón: "Ya
tuviste tus bienes" (Luc. XVI, 25). Es decir, tuvieron lo que deseaban y
no desearon otra cosa; luego no tienen otra cosa que esperar, pues
Dios da a los que desean, a los hambrientos, según dice la Virgen, en
tanto que a los hartos deja vacíos (Luc. I, 53; cfr. S. LXXX, 11).
De igual modo prefiere El a los humildes. Por eso nos advierte que le
esperemos ceñidos (Luc. XII, 35 ss), es decir, listos para emprender el
viaje, sin lamentar esta Sodoma del mundo (que dejaremos en ruinas
cuando El venga), ni pensar en recoger lo que hayamos dejado en casa
(Luc. XVII, 31), pues eso demostraría que queremos mezclar los míseros
afectos terrenales con el bien infinito con que El nos colmará de
felicidad para siempre. Ambas cosas no pueden mezclarse en nuestro
corazón.
Por eso añade Jesús que el que entonces quiera conservar esta vida
la perderá (Luc. XVII, 33), y nos previene que nos defendamos "a
nosotros mismos" contra lo que puede cargar nuestros corazones con
los cuidados de esta vida (Luc. XXI, 34), ya que ese día nos sorprenderá
“como una red” (Luc. XXI, 35: I Tes. V, 2-11), hallándonos, como a las
vírgenes necias, sin el aceite siempre renovado de la esperanza
cristiana (Mat. XXV, 1 ss).
Bien hacemos, pues, en amar la pobreza y dejar las riquezas, el lujo,
las necesidades ficticias, y todo lo que sea inútil o innecesario. Todas
esas cosas se transforman poco a poco en ídolos (cf. Ef. V, 5), es decir,
en rivales de Dios, por cuanto tienden a atraer hacia ellos nuestro
corazón.
III
La pobreza es la virtud predilecta de Jesús y la primera de las
bienaventuranzas del Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los
pobres en espíritu”. (Mat. V, 5), es decir, aquellos que se desprenden
interiormente de los bienes materiales y los usan como si fuesen
solamente administradores de Dios, el que es dueño de todo. Es lo que
dice el Eclesiástico: pueden pecar y no pecan, hacer mal por medio del
dinero, y no lo hacen; son probados por el oro.
La pobreza es el distintivo de Jesús y de sus discípulos. Solamente de
uno de ellos sabemos que no despreciaba el dinero, y éste fue el
traidor. Vivían de la providencia, como los pajarillos y con todo no
perdían la alegría del corazón. Pablo, el pobre, que trabajaba de día
como tejedor y predicaba de noche, ganó para el Evangelio un mundo
entero; Pablo, rico y soberbio doctor de la ley, no hubiera convertido
siquiera a su mucamo. Francisco, el rico hijo del importador
Bernardone, fué una carga para su propio padre; Francisco, el
“poverello”, alejó de la Iglesia los más graves peligros.
Por eso el cielo pertenece a los pobres en espíritu, a los cuales Jesús
promete el Reino. De ahí que El mismo predicara a los pobres (Mat. XI,
5; Luc. VII, 22) el año favorable o de la reconciliación, que señala en
Luc. IV, 18 s, citando a Is. LXI, 1. A continuación (Is. LXI, 2) el profeta
vaticinó el día de la venganza, en que los pobres verán el triunfo. No es
otro el cuadro que la Virgen describe en el Magnificat (Luc. I, 51 ss).
Según Santiago “Dios ha escogido a los que son pobres para el mundo
(a fin de hacerlos) ricos en la fe y herederos del reino que tiene
prometido a los que le aman” (Sant. II, 5).
No es otra la enseñanza de los Padres. Todos ellos alaban la pobreza
y la practican, y la toman como característica del cristianismo
auténtico, en tanto que para los paganos la pobreza era una cosa
odiosa.
“Ser pobre, dice Minucio Félix, no es una infamia, sino una gloria. El
que nada codicia, no es pobre: es rico en Dios”. San Juan Crisóstomo
predica a los ricos: "¡Qué locura, colocar vuestras riquezas en donde no
habéis de vivir, y no colocarlas en donde habéis de ir para siempre!
Colocad vuestros tesoros en vuestra patria, que es el Cielo”. “EI que no
tiene nada en la tierra, dice San Cipriano, es rico en el cielo; es un ser
celestial, angélico y divino. De lo alto del cielo, los bienaventurados
ángeles miran con desdén este pequeño punto que se llama tierra, sus
bienes y sus riquezas, y les causa risa; porque es propio de un alma
grande y generosa no admirar más que a Dios”.
Entonces, ¿cuál es la suerte de los ricos? ¿Son ellos los marcados
para el fuego eterno? No, por cierto. Se salvará el rico que pudiendo
pecar no peca y pudiendo hacer mal no lo hace (Ecli. XXXI, 10) o sea, el
rico que es pobre en espíritu (Mat. V, 3) y no apega su corazón a los
bienes de este mundo. A la inversa, no todos los que hacen alarde de
su pobreza, son pobres en espíritu. Hay una pobreza ficticia que es tal
vez peor que el amor a las riquezas. Vivir cómodamente y llamarse
pobre es una contradicción en sí mismo.
Para ser pobre en espíritu ayuda mucho la reflexión de que no
somos dueños de nuestros bienes, sino administradores de lo ajeno,
que felizmente podemos aprovechar para ganar ventajas por medio de
la limosna, conforme a lo que dice Jesús en Luc. XVI, 9: “Granjeaos
amigos (en el cielo) por medio de la inicua riqueza, para que, cuando
ella falte, os reciban en las moradas eternas”.
ASPIRAD AL AMOR (I Cor. XIV, 1)
Una parábola oriental refiere que un padre de familia que tenía
dos hijos gravemente enfermos, trajo de lejos un bálsamo que
devolvió a los dos la salud perdida. Uno de ellos no cesaba de
elogiar la eficacia del remedio, en tanto que el otro pensaba en la
bondad de su padre que lo había traído. El padre conoció que esa
diferencia entre ambos espíritus era Cuestión de amor (en el
segundo) y desamor (en el primero). Entonces les descubrió que el
bálsamo no era nada en sí mismo, sino agua pura, en la cual él
había dejado caer una lágrima de su amor paterno dolorido por el
mal de los hijos. La eficacia, que parecía propia del bálsamo, no era
sino la fuerza de ese amor.
Precioso ejemplo, lleno de sentido sobrenatural, que nos enseña a
no admirar ni amar creatura alguna, sino a glorificar en ellas la
bondad del Padre, "en alabanza de la gloria de su gracia, por la cual
nos hizo agradables a sus ojos en su amado Hijo" (Ef. I, 6). Dios nos
da algo más que objetos perecederos. El ama con todo su Ser, que
es el amor mismo. De ahí que "mandó” su propia Palabra (Verbo)
para sanarnos (Sal. CIV, 20). De ahí que nos da, para santificarnos y
movernos, su propio Espíritu (Rom. V, 5; VIII, 12). Véase Amós VIII,
11 s.; Sal. CIII, 29 s.
Para comprender esto, hay que conocer el corazón de aquel Padre
admirable “de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y
en la tierra” (Ef. III, 15). Santo Tomás piensa que El se llamaría Padre
aun cuando no tuviera Hijo, pues la paternidad es tan propia de El
como el amor. Por eso Jesús reserva para El el título de Padre, y nos
pide que no llamemos padre a ninguno sobre la tierra, “porque uno
solo es vuestro Padre” (Mat. XXIII, 9).
La única oración que Cristo enseñó a sus discípulos empieza con
el dulce nombre de Padre y es desde la primera hasta la última
petición el más sublime canto de alabanza al “Padre nuestro” en los
cielos que nos ama y conoce nuestras necesidades.
San Pablo continúa este canto en las “salutaciones” y “doxologías”,
que resuenan como eco de coros angélicos. Oigamos cómo
comienza su segunda Epístola a los Corintios: “Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y
Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras
tribulaciones, para que nosotros podamos consolar a los que están
en cualquier tribulación, con el consuelo con que nosotros mismos
somos consolados por Dios” (II Cor. I, 3-4).
Y no solamente el consuelo en las tribulaciones viene de este
Padre amabilísimo, sino también esa misericordia que le conmueve
a compadecerse de nuestras culpas y caídas, pues el sabe de qué
estamos formados; recuerda que somos polvo (Sal. CII, 14). el que
cree de veras en la paternidad misericordiosa de Dios, vivirá en una
amistad íntima y amorosa con ÉI, la cual no puede ser interrumpida
por nuestras miserias. al contrario, cuanto más débil es nuestra
naturaleza, tanto mayor es su ternura y bondad. Por eso Cristo no
vino a buscar justos sino pecadores (Luc. V, 52).
Ya en el Antiguo Testamento encontramos retratado el corazón
paternal de Dios en las palabras del Salmista. “Como un Padre que
se apiada de sus hijos, así, el Señor se compadece de los que le
temen" (Sal. CII, 13). Pero tan sólo en el Nuevo Testamento este
retrato de Dios asume toda su plenitud en la revelación de
Jesucristo, quien nos da la total explicación del misterio de la
paternidad divina, que no procede de la simple creación, como en
todos los demás seres, sino de la regeneración que el Espíritu realiza
en nosotros por la gracia en virtud de los méritos de Jesucristo (Juan
I, 12; Gál. IV, 4-7; Ef. I, 5; Col. II, 12; Juan III, 9).
II
AI amor paternal de Dios ha de corresponder el amor filial
nuestro. Tener amor filial a Dios es empezar a creer en esas
excelencias de su corazón amoroso, para no seguir mirándolo como
a un implacable señor a quien se obedece sólo por miedo. Debemos
considerarle como el sumo bien deseable, lo cual nos hace correr
hacia el “como el ciervo a la fuente” (Sal. XLI, 2), como el hijo
pródigo de la parábola a la casa paterna (Luc. XV, 11 ss).
Jesús enseñó esto con claridad definitiva cuando dijo aquellas
palabras (que suelen mirarse, confesémoslo, como cosa de
perogrullo, según se hace con tantas otras de su adorable
sabiduría): "Donde está tu tesoro, está tu corazón" (Mat. VI, 21), o
sea, que en vano pretenderás seguir a algo o a alguien si antes no lo
amas y lo deseas por estar convencido de que en ello está tu
felicidad.
El Señor vuelve a confirmarlo cuando dice a San Judas Tadeo que
quien lo ama guardará sus palabras, y quien no lo ama no las guardará
(Juan XIV, 25 s). Y ya sabemos que guardarlas, o conservarlas, es el
camino para cumplirlas, según lo enseña el Espíritu Santo por boca de
David, diciendo: "Guardé tus palabras en mi corazón para no pecar
contra Tí" (Sal. CXVIII, 11).
Sin amor a Dios se congela la vida sobrenatural y se marchita el
amor filial, como una flor sin agua. El hombre sin amor es una máquina
sin aceite, un reloj sin resorte, un cadáver viviente. El que no ama a
Dios, ni siquiera lo conoce, puesto que Dios es amor (I Juan IV, 8), y
negándole el amor muestra que tiene un falso concepto de Dios, pues
no lo reconoce como Padre; lo considera como tirano, a quien se debe
servir porque no hay más remedio; y así se le apagan los afectos de
hijo, sin los cuales no hay vida cristiana.
El que no ama, no es capaz de cumplir la Ley de Dios, en tanto que
"del amor a Dios brota de por sí la obediencia a su divina voluntad
(Mat. VII, 21; XII, 50; Marc. III, 35; Luc. VIII, 21), la confianza en su
providencia (Mat. VI, 25-34; X, 29-53; Luc. XII, 4-12 y 22-34; XVIII, 1-8),
la oración devota (Mat. VI, 7-8; VII, 7-12; Marc. XI, 24; Luc. XI, 1-15;
Juan XVI, 2324) y el respeto a la casa de Dios (Mat. XXI, 12-17; Juan II,
16)" (Lesétre).
III
¿Cómo se manifiesta el amor a Dios? Para ello Jesús nos ha dado
algunas señales, que son a la vez pruebas de su pedagogía divina. Al
anunciar a sus discípulos el mandamiento del amor fraternal les dice:
“En esta reconocerán todos que sois discípulos míos, si tenéis amor unos
para otros' (Juan XIII, 53). Y para que nadie se atreva a ver en el amor al
prójimo un simple precepto, le da carácter excepcional, llamándolo
"nuevo" (Juan XIII, 34), diríamos inaudito, y combinándolo, en el "gran
mandamiento", con el amor a Dios: "Amarás al Señor Dios tuyo de
todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el
mayor y primer mandamiento. El segundo le es igual: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la
Ley y los Profetas". (Mat. XXII, 57-40).
Este doble Mandamiento, de la caridad, en el cual están resumidos
todos los demás, debería estar grabado en todas las paredes y
escrito al comienzo y final de todos los libros. La fusión de los dos
grandes amores en uno es tan audaz, tan divino, que ninguno de los
sabios paganos pudo imaginarla y mucho menos enseñarla. Pero lo
más divino es la vinculación de los dos amores a un amor tercero,
que es el más natural, el amor propio. Amarás a tu prójimo como a tí
mismo, y amando al prójimo como a ti mismo mostrarás tu amor a
Dios. En esta unión vital de los tres glandes amores, tomando el
amor de sí mismo como medida del amor al prójimo, y éste como
prueba del amor al Padre, Jesús nos trazó no solamente una nueva
doctrina, sino un nuevo mundo.
Lástima que el gran Mandamiento de la caridad haya encontrado
tan pocos cumplidores. Y es cada vez más difícil plantarlo en los
corazones. Explicarlo al mundo moderno, desgarrado por egoísmos
particulares y colectivos, es como predicar ante los mentecatos de
un manicomio. La humanidad de hoy parece continuar por su
conducta el dicho de aquel escritor que narra haber visto cómo se
enterraba la caridad y nadie lloraba.
Felizmente resulta que no es imposible reprimir nuestra natural
maldad y egoísmo, pero esto no es obra de nuestro esfuerzo, sino,
como todo lo bueno, fruto de la gracia que Dios nos dispensa
gratuitamente. Apenas dejamos nacer en nuestro corazón la más
pequeña flor de un buen deseo, entonces es el mismo Dios quien se
pone a obrar, enviando a nuestra alma su Espíritu Santo y haciendo
en nosotros grandes cosas, como dice la Virgen en el Magnificat. Y
es EI, entonces, quien nos da “el querer y el hacer” (Filip. II, 13); es ÉI
quien nos prepara las obras para que las hagamos (Ef. II, 10); es ÉI
quien nos consuela para que podamos consolar a los demás (II Cor.
I, 4); es también el quien nos da con abundancia para que puedan
abundar nuestras buenas obras (II Cor. IX, 10), y quien, además,
completa nuestras obras (Sab. X, 10) para que sean perfectas a sus
ojos.
Lo malo consiste no solamente en esto que nosotros nos creamos
incapaces de cumplir la Ley de caridad, sino que el mal más grande
es la propia suficiencia, que se atribuye a sí mismo lo que es obra de
Dios. el más austero ascetismo no alcanza a suplir la caridad, la cual
es "el vínculo de la perfección" (Col. III, 14).
COMPASION
Cuando vemos en el teatro un drama triste, lloramos con el
personaje que aparece sufriendo, y sin embargo sabemos muy bien
que todo no es más que ficción. Esto nos muestra que esa compasión
no es una espiritualidad, sino que reside en el sentido externo de la
imaginación. La contraprueba sobre el valor de tales sentimientos está
en que al poco rato ya no nos acordamos de esas lágrimas.
San Pedro es un ejemplo elocuente a costa de cuyos fracasos
podemos aprender mucho, como se ha mostrado en el artículo
titulado "El caso de Pedro". La compasión sentimental del apóstol es la
que lo lleva a querer oponerse a la Pasión redentora de Cristo. Y este
sentimiento, que los hombres hallarían nobilísimo, es lo que despierta
en Jesús la más ruda de sus repulsas: "Apártate de mí, Satanás. Me
sirves de tropiezo, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los
hombres" (Mat. XVI, 25). Y esa misma compasión, que tan hermosa
parece, es la que lleva al mismo Pedro a jurar que morirá por su
Maestro, y... a negado pocas horas después, delante de una sirvienta
inofensiva, es, decir, cuando ni siquiera corría peligro su vida con decir
la verdad.
Aquella tremenda sentencia de Cristo, tan humillante para nosotros,
según la cual lo que es sublime para los hombres, es despreciable para
Dios (Luc. XVI, 15), se ve cumplida en la repugnancia que nos cuesta
admitir esta tesis cristiana sobre la falacia de nuestra compasión.
Porque nos gustaría soberanamente decir que compadecemos mucho
a Cristo en sus dolores, y de ello resultaría una agradable conclusión
sobre la nobleza de que es capaz el corazón humano. Pero Dios nos
enseña que no tenemos motivo para gloriarnos de tal nobleza, porque
“no somos suficientes por nosotros mismos para concebir algún
pensamiento, como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia
viene de Dios” (II Cor. III, 5).
II
La prueba de los ejemplos evangélicos es definitiva. Junto a la Cruz
de Jesús brillaban por su ausencia los Apóstoles, discípulos y amigos
que tanto lo habían seguido. Y María “stabat”, es decir, estaba de pie
allí y no desfallecía, ni se dice que antes ni después haya vertido una
sola lágrima.
¿Qué había de verterla, si ella, en su corazón, era el altar donde se
consumaba la inmolación de su Hijo como acto supremo de la caridad
de un Dios Padre y de un Dios Hijo hecho hombre? Y así como el
Padre no tuvo esa clase de compasión, y “no perdonó a su Unigénito;
sino que lo entregó a nosotros” (Rom. VIII, 32), así también María lo
habría matado con su mano, como una sacerdotisa sacrificadora del
Cordero divino, si tal hubiera sido la voluntad del Padre. Porque eso es
la que la hizo Madre del Verbo Encarnado: “Quien hace la voluntad de
mi Padre, he aquí mi madre y mis hermanos...” (Mat. XII, 50).
Si Jesús hubiese querido lágrimas, bien se las habría dado su Madre.
No es tal, pues, lo que el quiere, y así lo dijo a las mujeres que lo
lloraban: “No lloréis por mí sino por vosotros y vuestros hijos", es decir,
por el misterio de iniquidad que gobierna al mundo y hace que no
aproveche mi Redención. Por donde se ve que derramar una sola
lágrima ante Cristo crucificado, y conceder luego un sólo afecto de
nuestra vida al mundo, “que está todo entero en manos del Maligno” (I
Juan, V, 19), es una aberración grotesca. Y como es verdad que todos
hemos incurrido en ella, he aquí una razón suficiente para huir de
lágrimas inútiles, y ocupar ese tiempo en conocer lo que de veras
quiere Cristo. Lo que ÉI ansía hasta el punto de poner por ello su vida
es: que escuchemos las palabras de amor que el nos dice en el
Evangelio, porque esas palabras “son espíritu y son vida” (Juan VI, 64),
o sea, son capaces de sacarnos de nuestra propia maldad hasta
hacernos “renacer del Espíritu” (cfr. Juan III, 5). Y si no recurrimos a ese
remedio, sabiendo que es verdaderamente eficaz para hacernos
capaces de complacer al Padre, en lo cual está el ansia toda de Cristo,
es porque no tenemos la firme voluntad de amarlo sobre todas las
cosas. Y entonces las lágrimas, francamente, no están lejos del beso de
Judas.
Con esto vemos que la queja profética del Salmo: “Busqué quien me
consolara y no lo hallé” (Sal. LXVIII, 21), no significa pedir lágrimas de
compasión; que Jesús no necesita, pues el es siempre el Hijo amado
que hace sin cesar lo que agrada al Padre (Juan VIII, 29), y lo hizo más
que nunca en su inmolación (Juan VI, 38-40), al punto de que el Padre
lo ama de un modo especial porque el se inmola por nosotros (Juan X,
17).
Si el corazón del hombre fuera bueno de suyo, el camino de la
compasión sería excelente, y no existiría el peligro del sentimentalismo,
ni podría haber presunción y escondida soberbia farisaica, en cierta
falsa espiritualidad, o mejor dicho cierta falsa mística, que sólo puede
despertarse periódicamente, y que no es sino un desahogo propio,
aunque tiene harta boga durante unos días. Cristo resucitó y ya no
muere, dice San Pablo; ya no sufre, ni puede sufrir. Su Pasión, si le
estamos realmente agradecidos, ha de ser el gran motivo de nuestro
gozo, como dice la oración “Obsecro te” después de la Misa. Porque
así le mostraremos que apreciamos el regalo infinito de su Cruz, que
es el cheque con el que El pagó por nosotros.
III
Miremos, como lección, la sobriedad insuperable de los Evangelistas
en sus relatos de la Pasión. Ni un adjetivo, ni una palabra de
compasión les inspiró el Espíritu Santo. Y no creeremos que esos
autores amaban a Jesús menos que nosotros, porque entonces sí que
sería evidente nuestra presunción.
Cuéntase a este respecto de San Felipe Neri, que sabía bien lo que
era amor, la anécdota picante y sabia de una señora muy lacrimosa
que le había dicho: "Padre, yo quisiera sufrir tanto como Jesús. Yo
quisiera sufrir más que Jesús, para consolarlo en su Pasión”. El gran
Santo la despidió diciéndole que era mejor un poco menos. Y mientras
ella salía, llamó él a unos pilluelos y les dijo que la emprendieran con
esa señora tirándole del rodete, etc. Pocos minutos más, y San Felipe
tuvo que acudir porque la “mártir” estaba estrangulando a los
chiquillos. Es de suponer que el Santo le recordase entonces aquellos
anhelos de heroísmo. Más no creamos que ella estuvo de acuerdo,
pues encontraba “muy justo” el castigo de sus agresores.
Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro. No se trata, pues, de
suprimir las lágrimas en nuestra vida de relación. Estamos hablando de
espiritualidad sobrenatural. Jesús lloró la iniquidad de Jerusalén. Ahí
tenemos el gran motivo para llorar. “¡Bienaventurados los que lloran!".
Recordemos una vez más lo de Jesús a las mujeres. Lloremos por
nosotros y sobre nuestros hijos. Lloremos nuestra iniquidad propia,
rezando el Salmo Miserere, y no sólo en Cuaresma, sino todos los días.
Y tengamos compasión, no del feliz Jesús, que cumplía una epopeya
gloriosa, sino do los infelices por quienes Él la sostuvo hasta inmolarse:
compasión de los pecadores, rogando por ellos. Compasión de los que
sufren, dándoles un consuelo que Jesús recibe como dado a El mismo.
Compasión, sobre todo, de los que ignoran la luz, pues de ésos se
compadeció especialmente el mismo Jesús cuando dijo que andaban
“abatidos y esquilmados como ovejas sin pastor” (Mat. IX, 56).
Jesús es un gran Rey, “todo deseable”, como dice el Cantar. Para
poder desearlo, con nuestro corazón mezquino, necesitamos admirarlo
y codiciar sus promesas. Porque ya lo hemos dicho: la compasión no
dura, y la lástima no está muy lejos del menosprecio. “Hombre pobre
hiede a muerto”, dice el refrán. El que pretendiera tener corazón de
gigante, no sólo se equivocaría lamentablemente, como enseña San
Pablo, sino que se estaría inventando un camino propio de
santificación, muy lejano de agradar a Cristo. Porque lo que Él quiere,
aunque parezca muy raro a la soberbia estoica, es que tengamos
corazón de niño.
El que lo tiene será el primero en el Reino, dice Jesús. Y también dice
que no hay otro camino y que el que no lo tiene no entrará de ningún
modo (Lc. XVIII, 17).
HACIA EL PADRE
EL PADRE CELESTIAL EN EL EVANGELIO
Si preguntamos quién es el Padre Celestial, cualquiera nos dirá
que es Dios, porque Dios es nuestro Padre.
Si volvemos a preguntar quién es ese Dios, no faltarán quienes nos
digan que es Jesucristo, pero algunos dirán sin duda que es la
Santísima Trinidad.
¿La Santísima Trinidad sería entonces nuestro Padre? ¿Ese Padre a
quien Jesús nos enseñó a adorar "en espíritu y en verdad"? ¿Ese
Padre a quien nos enseñó a dirigir el Padrenuestro? Ese Padre a
quien El llamó "mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios",
¿sería la Santísima Trinidad? ¿Entonces Jesús sería el Hijo de la
Santísima Trinidad?
Entonces, ¿la Misa y las oraciones de la Iglesia se equivocan
cuando se dirigen al Padre, primera Persona de la Trinidad. Pues
casi todas terminan pidiéndole "por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo".
¿Podría haber una ignorancia más grande que la de decir que
Jesús es Hijo de la Trinidad? Tal fué exactamente la herejía del P.
Harduin y su discípulo el P. Berruyer, que refutó tan claramente San
Alfonso de Ligorio.
El mal viene de ignorar el Evangelio, pues cualquiera que lo ha
leído, aunque sea una sola vez, no puede dejar de admirar la
insistencia de Jesús en hablar de su Padre, del Padre que lo envió, es
decir de esa Primera Persona, cuya gloria es para Cristo una
obsesión constante. De ahí que defina los tiempos mesiánicos como
aquéllos en que se va a "adorar al Padre en espíritu y en verdad,
porque tales son los adoradores que el Padre quiere" (Juan IV, 23 s.).
"Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre (Juan IV, 34);
"vuestro Padre Celestial es misericordioso" (Luc. VI, 56); "el Padre
hace salir el sol sobre buenos y malos" (Mat. V, 45); "tanto amó Dios
(Padre) al mundo, que le dio su Hijo" (Juan III, 16); "mi Padre es
quien os da el verdadero Pan del Cielo" (Juan VI, 32); "si vosotros
siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más
vuestro Padre Celestial dará cosas buenas a quienes se las pidan?"
(Mat. VII, 11); "todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, Yo lo
haré" (Juan XIV, 15). "Yo me voy al Padre (Juan XVI, 11); como mi
Padre me amó a Mí, así Yo os he amado a vosotros" (Juan XV, 9);
"Yo vivo por el Padre, y (así) el que me come vive por Mí" (Juan VI,
58); “el mismo Padre os ama" (Juan VI, 27); "Yo te alabo, Padre y
Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los
sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños"... (Luc. X, 21).
II
EI que hubiera reflexionado una sola vez sobre estas y otras mil
palabras de Jesús, ¿podría decir que ese Padre, ese Dios a quien
Jesús llama su Padre, es la Trinidad y no la Primera Persona? A esta
divina Persona, cuyo gloria es la preocupación de Jesús, se dirige el
en su Oración Sacerdotal para darle cuenta de que ha cumplido su
voluntad manifestando a los hombres su Nombre de Padre. Y
concluye insistiendo en que nos hará conocer más y más a ese
Padre, que nos ama a nosotros como a ÉI lo amó.
A ÉI se dirige Jesús en la Cruz al decirle: "Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?" A ÉI la última palabra: “Padre., en tus manos
encomiendo mi espíritu". A ÉI se refiere la sentencia que oiremos de
Jesús como Juez de las naciones: "Venid, benditos de mi Padre". A ÉI
reverencia el mismo Verbo Encarnado cuando dice “mi Padre es
mayor que Yo" (Juan XIV, 28), lo cual se explica perfectamente, pues si
la Segunda Persona tiene la plenitud de la Divinidad, lo mismo que la
Primera, siempre será cierto que la recibe de Ésta, es decir del Padre
(así como el Espíritu Santo la recibe del Padre y del Hijo), en tanto que
el Padre que la comunica, no la recibe de nadie. De ahí que Jesús,
aunque "Dios le puso todas las cosas en su mano" y "no (le) comunicó
su Espíritu con escasa medida" (Juan V, 54-55) y "le dio el tener la vida
en Sí mismo" (Juan V, 26), mantiene siempre esa devoción por la
Persona del Padre (como lo hace todo buen hijo aunque sea adulto y
tan rico y poderoso como su padre); y esa devoción, y amor, y celo por
la gloria de su Padre, es lo que llena su vida entera, desde que a los 12
años se queda en el Templo, aún a trueque de dejar a su Madre en la
angustia, para “estar en las cosas de su Padre (Luc. II, 49).
Desde entonces y sin perjuicio de dejar perfectamente definida la
propia divinidad del Hijo ("mi Padre y Yo somos uno”, Juan X, 50) y
el misterio de la circuminsesión (“mi Padre es en Mí y Yo soy en mi
Padre, Juan XIV, 10), Jesús va ahondando ese concepto del Padre, y
lo llama siempre Dios por antonomasia, como veremos también que
se hace en todo el Nuevo Testamento.
En cuanto al Antiguo Testamento, en el cual el misterio de las Tres
divinas Personas está latente, Jesús lo dice de una manera
terminante: “es mi Padre el que me glorifica: Aquel que decís
vosotros que es vuestro Dios' (Juan VIII, 54). Lo mismo hace S. Pedro
al hablar del “Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob y Dios de
nuestros padres”, para referirse a la Persona del Padre, que “glorificó
a su Hijo Jesús” (Heb. III, 13). Por donde se ve claramente que en el
Antiguo Testamento Dios es también el Padre, Yahvé, el que se
reveló a Moisés en la zarza, Aquel de quien dice David las palabras
que el mismo Jesús citó a los judíos como prueba definitiva de su
propia divinidad: "Dijo Yahvé a mi Señor, siéntate a mi diestra” (Mat.
XXII, 44; Salmo, CIX, 1).
En esta misma frase se ve cómo el Padre, que da al Hijo la vida, es
también quien le da toda gloria, así como fué el quien lo envió al
mundo para que hiciera la voluntad paterna: “He aquí que vengo .. .
debo hacer tu voluntad” (Salmo XXXIX, 8-9).
III
Por su parte, San Pablo acentúa este mismo concepto. Empieza
por decirnos que, así como nosotros somos de Cristo, Cristo es de
Dios su Padre (I Cor. III, 23). Más adelante dice: “Sin embargo, para
nosotros no hay más que un solo Dios, que es el Padre, del cual
tienen el ser todas las cosas y que nos ha hecho para EI; y un solo
Señor, Jesucristo, por medio de quien han sido hechas todas las
cosas, y por el somos nosotros” (I Cor. VIII, 6). Después en la misma
epístola nos dice que el fin último de todas las cosas será “cuando el
Hijo entregue el Reino a su Dios y Padre, habiendo destruido todo
imperio y toda potestad y toda dominación” (I Cor. XV, 24).
Entretanto “debe reinar hasta ponerle (el Padre) todos los enemigos
bajo sus pies” (I Cor. XV, 25) “porque todas las cosas las sujetó bajo sus
pies” (I Cor. XV, 26).
Mas cuando dice: “todas las cosas están sujetas a ÉI, sin duda queda
exceptuado Aquel que se las sujetó todas. Y cuando ya todas las cosas
estuvieren sujetas a ÉI, entonces el Hijo mismo quedará sujeto al
(Padre) que se las sujetó todas, a fin de que Dios sea todo en todas las
cosas' (I Cor. XV, 27-28).
Esto es tan terminante, que nos asombraría quizá si no fuera el
Espíritu Santo quien lo dice. A tal punto, que la herejía de los arrianos,
viendo que el Verbo se muestra tan sometido al Padre, se atrevió a
sostener que la Persona de Cristo era simple creatura como nosotros,
sin comprender que, si Cristo tiene naturaleza humana, no tiene dos
personas, sino una única Persona que es la divina del Verbo, la cual,
como dice el Credo, no ha sido hecha a la manera de las creaturas,
sino engendrada, y es por lo tanto consustancial a Dios Padre de quien
procede, siendo esta procesión (generación) desde la eternidad, por lo
cual el Hijo o Verbo no es menos eterno que el Padre: “ Tú eres mi hijo,
Yo te he engendrado hoy (Salmo II, 7).
Nada más expresivo que esta asociación del pretérito: "Yo te he
engendrado", y del presente "hoy. el pretérito significa que la
generación de que se trata está ya consumada; el presente denota que
es permanente, acto eterno, que no tiene pasado ni presente, ni hoy ni
mañana (cf. Sal. CIX, 5).
Bien vemos entonces por qué Jesús dice "mi Padre es mayor que Yo"
(Juan XIV, 28), sin perjuicio de decir también que ÉI es Uno con el
Padre (Juan X, 30). Y vemos también que no conviene decir que en
aquella frase habló Jesús como persona humana, puesto que, como
hemos visto, no hay en Jesús dos Personas, sino una sola, y Esta es
divina.
IV
Jesús vino, pues, a revelarnos el Nombre de Padre que tiene la
Primera Persona, cuyo conocimiento es, por consiguiente,
fundamental en la doctrina cristiana. Y de tal manera nos quiere llevar
a ese conocimiento y amor de la Primera Persona, que dice
claramente: "Si me conocierais a Mí, conoceríais también a mi Padre”
(Juan XIV, 7). Esto lo dice porque El, Jesús, "resplandor de la gloria del
Padre y figura de su sustancia" (Hebr. I, 3) es el espejo purísimo en
cuya faz vemos reflejarse las mismas perfecciones del Padre, y también
porque el divino Hijo habló tanto de su Padre, tanto lo alabó, tanto se
humilló (Fil. II, 8) para darle al Padre toda la gloria; tanto insistió en
que El era Enviado que nada hacía sin el Padre... que realmente es
imposible conocer, por poco que fuera, a semejante fiel
Enviado, sin conocer a aquella Primera Persona que lo envió y a
quien El tanto se empeñó por dar a conocer a los hombres.
No conocer al Padre de Jesús, es, pues, el mayor desaire que
podría hacerse a Jesús, la mayor prueba de no haber prestado
atención a sus palabras, sobre todo al Evangelio de San Juan, que es
el menos conocido.
EI mismo Jesús explica que “la vida eterna consiste en conocer al
Padre y a Jesucristo como enviado por el Padre” (Juan XVII, 5), es
decir, en saber que ese Padre Dios fué capaz de amarnos hasta
darnos su Hijo como Víctima, además de dárnoslo como Mediador,
Maestro, Amigo, Hermano, Alimento...
Ahora bien, si la vida eterna estriba en ese conocimiento del
Padre, parece que la falta de ese conocimiento debe ser muy grave.
Veamos lo que enseña sobre ello Jesús. Al anunciar a sus
verdaderos discípulos la persecución, no sólo por parte de los
incrédulos sino también por parte de los que pretenden agradar a
Dios, les dice: "Tiempo llegará en que cualquiera que os quite la
vida, creerá ofrecer con ello un homenaje a Dios". E inmediatamente
nos da la explicación de esta aberración tan monstruosa: " Y esto
harán porque no conocen al Padre, ni a Mí. Y añade todavía, como
para prevenir a los que vivieren en esos malos tiempos: "Os lo he
dicho para que, cuando llegue ese tiempo, os acordéis de que Yo os
lo he dicho" (Juan XVI, 1-5).
Apresurémonos, pues, a sacar la saludable consecuencia de estas
lecciones de Jesús: la necesidad urgente de conocer al Padre, y esto,
mediante el Único que puede revelárnoslo porque es el Único que
lo conoce: "A Dios nadie lo ha visto nunca. Su Hijo Unigénito que
está en el Seno del Padre, Ese es quien le dio a conocer. Así dijo el
Evangelista Juan (Juan I, 18), y Cristo mismo confirma: "Nadie
conoce... al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiere
revelarlo” (Luc. X, 22). "Nadie viene al Padre sino por Mí (Juan XIV, 6).
Esta doctrina básica de toda espiritualidad auténticamente
cristiana, está sintetizada por San Juan, el discípulo amado, quien en
su gran Epístola nos dice que nos ha dado a conocer (en su
Evangelio) la Vida que estaba en el Padre y vino a nosotros', para que
vuestra unión (ut societas vestrsa sea con el Padre y con su Hijo
Jesucristo (I Juan I, 2 y 5).
¿Y el Espíritu Santo? dirá alguno. el Espíritu Santo es precisamente
quien nos está llevando al conocimiento y amor del Padre y del Hijo,
pues ÉI es el Amor que une a Ambos en la misma Esencia. Pero no
es la Esencia distinta de las tres Personas lo que se adora, sino las
Personas. Así lo define una importantísima decisión del IV Concilio
de Letrán para prevenirnos de que la Divinidad no existe sino en las
Personas y en cada una de Ellas, y que por lo tanto hemos de adorar
y glorificar al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo (la Iglesia oriental
dice: "al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo').
Pretender adorar a un Dios que no fuese el Padre, ni el Hijo, ni el
Espíritu Santo, sería, declara el Concilio, introducir una como
"cuaternidad', atribuyendo personalidad a la esencia divina
(Denzinger 432). ¿No es acaso éste el vago concepto deísta que
muchos tienen cuando dicen Dios, o "el Señor, o Nuestro Señor, o
Dios nuestro Señor, sin saber si hablan de Cristo o del Padre; o
cuando oran sin pensar a qué Persona se están dirigiendo?
Concluyamos recordando la gravedad que atribuía a esto San
Cirilo de Jerusalén al decir que el Anticristo es la apostasía, y que
ésta consiste en abandonar la verdadera fe confundiendo el Padre
con el Hijo (Cyrillus Hieros. Catech. 15).
DIOS JUSTO Y MISERICORDIOSO
No nos conviene, ciertamente, que Dios sea justo, en el sentido
humano de la palabra. El litigante desea un justo juez cuando su causa
es buena. Pero cuando la causa es mala, cuando no tiene razón, ¿acaso
le conviene un juez justo?
Ahora bien, ¿qué tal es la causa nuestra delante de Dios? El mismo
nos lo enseña por si acaso nuestra ceguera no lo viese: “Ningún
viviente puede aparecer justo en tu presencia”, dice el Profeta David
(Sal. CXLII, 2); y en otra parte: “Si examinaras, Señor, nuestras
iniquidades, ¿quién podría subsistir? (Sal. CXXIX, 5). “Si dijéramos que
no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay
verdad en nosotros” (I Juan I, 8).
¿Qué haríamos, pues, con un juez justo?
Jesús, que es y será nuestro Juez porque el Padre así lo quiso, ha
definido su justicia en estos términos: “El Hijo del hombre ha venido a
buscar y a salvar lo que había perecido” (Luc. XIX, 10). “Que no envió
Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que por su
medio el mundo se salve” (Juan III, 17).
¿En qué consiste, pues, la justicia de Dios? ¿Acaso será que el Padre
sea más severo que su Hijo en materia de justicia? Parece que
debiéramos dudarlo cuando vemos que San Pablo lo llama "Padre de
las misericordias y Dios de toda consolación" (II Cor. I, 3) y que desde
el Antiguo Testamento nos dice el mismo Padre: "¿Acaso quiero Yo la
muerte del impío, y no antes bien que se convierta de su mal proceder
y viva?” (Ez. XVIII, 22).
Pero donde se ve hasta qué punto llega la justicia de Dios, es en las
palabras de su Hijo que nos hace aquella inaudita revelación: "Tanto
amó Dios al mundo que no reparó en dar a su Hijo Unigénito..." (Juan
III, 16). ¿Es esto justicia, condenar al inocente para salvar al culpable?
II
Se dirá: Bueno, eso lo hizo Dios una vez. Pero ahora será sin duda
más severo. Veamos lo que dice San Pablo: "Lo que hace brillar más la
caridad de Dios hacia nosotros es que cuando éramos aún pecadores,
Jesucristo, al tiempo señalado, murió por nosotros; con mayor razón,
pues, ahora que estamos justificados por su Sangre, nos salvaremos
por El de la ira" (Rom. V, 8). "El que ni a su propio Hijo perdonó, sino
que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habernos dado
a El, dejará de darnos cualquier otra cosa?" (Rom. VIII, 32).
Quiere decir, pues, que ahora el Padre es aún “menos justo" que
antes. Entonces ya nos llamaba a su mercado diciendo: “Venid y
comprad sin dinero” (Is. LV, 1). ¿Qué “justicia” puede haber donde se
vende sin dinero?
Ahora El mismo se ha obligado más aún a no negarnos nada, pues que
nos ha provisto de una moneda de valor infinito: la Sangre del Hijo
amado en quien tiene todas sus complacencias. Con esa moneda no
hay cosa que se nos pueda negar, y Jesús lo ha dicho
terminantemente: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi Nombre os lo
dará" (Juan XVI, 24).
¿De dónde puede sacarse entonces la prueba de que Dios es justo?
Así lo supone sin duda la metafísica, pero la Revelación nos dice que
los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, sino que
distan tanto de ellos como el cielo de la tierra (Is. LV, 9). "Si vosotros,
siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más
vuestro Padre del Cielo dará el buen espíritu a los que se lo pidan?”
(Luc. XI, 15). ¿Acaso no es El “bueno con los desagradecidos y malos"?
(Luc. VI, 35).
Dios no juzga a nadie (Juan V, 22) en esta vida, ni odia a sus
creaturas, porque es Padre y ama con un amor de infinita misericordia.
No podemos poner en duda su justicia o santidad, pero ésta ya está
satisfecha de un modo superabundante con los méritos de Jesucristo.
Por lo tanto, Dios no necesita tratarnos según nuestro humano
concepto de justicia, antes bien, puede dar rienda suelta a su
misericordia incontenible que rebosa de su corazón de Padre. Lo
vemos obrar así en todas las relaciones con nosotros. Cuando uno
peca, dice San Ambrosio, Dios lo mira como una flaqueza propia de lo
que somos; mas cuando se arrepiente, Dios se lo cuenta además como
una buena obra.
III
Pero entonces, si Dios es así. ¿Para quién es el Infierno? Simplemente
para el que quiere ir a él. Para el que no quiere aceptar que Dios le dé
ese buen espíritu que ofrece a todos gratis y que no es sino el Espíritu
Santo (Rom. V, 5), el Espíritu de Jesús (Gál. IV, 6). ¿Y quién puede haber
tan insensato que se resista a admitir el don gratuito de la misericordia
que viene del amor? Precisamente el que no cree en verdad de ese
amor. ¿Cómo puede aceptarlo si cree en él?
Ese es el que piensa que Dios es exclusivamente justo y que no
puede pedírsele nada más que justicia, y que sería incorrecto acogerse
a su misericordia. (Véase la condenación de esta doctrina en Denzinger
1256.) Es, en una palabra, el soberbio, que no quiere dejarse amar,
porque le parece que no lo necesita. Y a ese soberbio, Dios lo castiga
entonces, no ya por sus pecados, pues que está siempre dispuesto a
perdonar, sino por su dureza que no ha querido creer en el amor y
aceptar el perdón. Tal es el caso de Paulo, el personase de Tirso de
Molina en su célebre drama “El condenado por desconfiado”.
Entonces sí que aparece el Dios justo, terrible y lleno de ira. ¿Por
qué? Por venganza espantosa del amor despreciado. Desde Moisés
sabemos que Dios es un fuego devorador y celoso (Deut. IV, 24). El
Cantar de los Cantares nos da luego todo su retrato: “El amor es fuerte
como la muerte, y los celos son duros como el infierno” (Can. VIII, 6).
El amor del Padre y del Hijo no se detuvo ni ante la perspectiva del
Calvario, porque es fuerte como la muerte. Y esto fué para comprarnos
el Espíritu Santo, ese “buen espíritu” que hemos visto que Dios da
gratis, ese espíritu de hijo, que el Padre nos regala para que nos
santifique con sus dones, por los méritos de Cristo.
Pero ¡ay del que rechaza ese Espíritu de amor, porque entonces los
celos son duros como el infierno! ¡Ay del que rechaza el espíritu de
príncipe (Sal. L, 14) que el Rey divino ofrece en un alarde de amor y
generosidad infinita! No será entonces la Justicia de Dios la que
juzgará sus obras. Será el amor ofendido quien juzgará su desamor.
¿Acaso no es el primero de los diez mandamientos el que nos manda
devolver a Dios amor por amor? Por eso se pedirá mucha cuenta al
que mucho se le dio. Pero no por pura justicia, pues el Apóstol
Santiago nos enseña que Dios no está sometido a más ley que a su
beneplácito (Sant. IV, 12). Será por “celos”, según dice el mismo
Apóstol: “¿Pensáis acaso que sin motivo dice la Escritura: El Espíritu de
Dios que habita en vosotros os ama y codicia con celos?” (Sant. IV, 5).
Esto lo hayamos muchas veces en Jeremías y en Ezequiel.
IV
No es, pues, Dios un juez que condena, sino un Padre que está
siempre deseando perdonar. El soberbio que rechaza el perdón, es
quien se abre él mismo las puertas del Infierno. Si hasta Judas Iscariote
habría quedado en un instante, con sólo quererlo, perdonado
gratuitamente, y esto por los méritos del mismo Cristo a quien
entregó, ¿cómo puede hablarse de justicia? ¡Infeliz!, dice San Martín de
Tours hablando a Satanás: Si tú fueras capaz de pedir misericordia,
también la tendrías.
Por lo demás, ¿es posible que Dios no use El mismo la conducta que
nos mandó tener a nosotros? Si nos mandó no resistir al mal, y
entregar también la túnica al que nos toma el manto, y perdonar
siempre hasta cuatrocientas noventa veces por día, y amar al enemigo
y devolverle el bien por el mal, ¿cómo es posible que Dios nos mire
con aquella justicia que solemos atribuir a los hombres?
Cuando Jesús nos dio esa regla de caridad total y misericordia sin
límites, ¿a quién puso por modelo de ella, sino a su Padre Celestial?
Sed perfectos —misericordiosos— como vuestro Padre Celestial es
perfecto — misericordioso— que hace salir el sol sobre buenos y
malos y llover sobre justos y pecadores (Luc. VI, 36; Mat. V, 44 s.).
Si el Padre da este ejemplo; si el Hijo, que es su imagen perfecta,
muere implorando perdón por sus verdugos y dejándoles su Madre
por herencia, ¿cómo puede un cristiano calumniar a Dios creyéndolo
justo a la mezquina manera humana? ¿Fué en vano, entonces, que
Cristo enseñó las parábolas del Hijo Pródigo y de la Oveja Perdida? ¿A
quién se refieren esas parábolas? ¿No es acaso a la misericordia sin
límites con que siempre nos mira el amor de Dios?
Las revelaciones estupendas que nos brinda así cada página de la
Sagrada Escritura destruyen, como se ve, ese falso concepto de un
Dios justo a lo humano que el hombre se ha formado según su lógica
jurídica, como si no existiera el misterio de la Redención.
Después de esto, ¿habrá aún quien se preocupe de defender la
justicia de Dios en el sentido de que El nunca da menos de lo que
debe? ¡Inútil defensa!
Santo Tomás explica que Dios no obra nunca contra la justicia, pero
si praeter justitiam, más allá de la justicia, en cuanto da mucho más de
lo merecido. Y el mismo dice que Dios es misericordioso porque es
justo. En efecto, la Iglesia ha condenado contra Bayo la proposición de
que Dios no premia sino según nuestros méritos (Denz. 1014). Cfr.
Marc. IV, 24.
¿Cómo explicar entonces ese empeño nuestro en tenerle miedo en
vez de confianza? ¿Cómo no repetimos todos con David: “De vultu tuo
judicium meum prodeat: quiero que sea tu rostro el que me juzgue"?
La explicación es clara, aunque asombrosa: Nuestra soberbia prefiere
contar consigo misma y no con la limosna de Dios. Nuestra falta de fe,
nuestra fe deformada, empequeñece a Dios y lo juzga con criterio
humano, atribuyéndole sentimientos como los nuestros, en vez de
"sentir bien del Señor", según enseña desde su primer verso el Libro de
la Sabiduría.
La verdad es que no queremos confiar a Dios un negocio tan
importante como el de la salvación. ¡No sea que El nos juegue una
mala partida! No nos bastan las pruebas que Dios ha dado de su amor
lleno de misericordia. Y es para esos tales, que quieren salvarse por
propia suficiencia y no por los méritos de Cristo, para quienes dijo El su
terrible palabra: “El que quiere salvar su alma, la perderá”. Para esos
duros y tardos de corazón, que tratan de mentiroso a Dios, porque no
creen en la declaración de amor que El nos formula y sella con la
Sangre de su Hijo, para esos sí será el infierno, no por ser Dios justo, —
pues estaba deseando perdonarles todas sus culpas— sino por los
celos de su amor desdeñado.
Por eso dijo muy bien el Dante que el Infierno es obra del divino
Amor (Inferno V, 6).
MISERICORDIOSO Y BENIGNO ES El SEÑOR
(Sal. 102, 8).
Alguien que, por una rápida infección en la cara se halló a un paso de
la muerte sin perder el conocimiento, ha narrado las angustias de ese
momento para el que quiere prepararse al juicio de Dios. Sentía
necesidad de dormir, pero luchaba por no abandonarse al sueño,
porque tenía la sensación de que éste era ya la muerte y que en
cuanto se durmiese despertaría en el fuego del purgatorio si no ya en
el infierno. Aunque había hecho confesión general y recibido los
sacramentos le faltaba todo consuelo, y la certeza de la futura pena se
le imponía como una necesidad de justicia, pues tenía, claro está,
conciencia de haber pecado muchas veces, pero no la tenía de haberse
justificado suficientemente ante Dios.
Una religiosa enfermera, a quien le confió esa tremenda angustia
espiritual, no hizo sino confirmarle esos temores, como si debiera estar
aún muy satisfecho si ese fuego no fuese el del infierno.
Salvado casi milagrosamente de aquel trance —agrega—, consulté
con un sacerdote, que me aconsejó leer y estudiar el Evangelio de
Nuestro Señor Jesucristo, y allí encontré lo que asegura la paz del
alma, pues al comprender que "nadie es bueno sino uno, Dios" (Luc.
XVIII, 19), comprendí que sólo por la misericordia podemos salvarnos y
que en eso precisamente consiste nuestro consuelo, en que podemos
salvarnos por los méritos de Jesucristo, pues para eso se entregó El en
manos de los pecadores.
Maravillosa e insuperable verdad, que nos llena más que ninguna
otra de admiración, gratitud y amor hacia Jesús y hacia el Padre que
nos lo dio. Ella quedará grabada para siempre en el alma que haya
meditado este misterio de la misericordia divina.
II
Es notable la consecuencia que de esta verdad saca el salmista, que
conoce tan admirablemente los pliegues del corazón del Padre eterno.
Siendo Dios infinitamente misericordioso y nosotros tan necesitados
de su continua ayuda, ¿cómo podría ser posible que El nos juzgue
fríamente como un juez cualquiera? De allí que le pida: "Hazme sentir
al punto tu misericordia" (Sal. CXLII, 8); "escúchame pronto" (ibid. v. 7);
"Dios mío, no tardes (Sal. XXXIX, 18). Y ante todo: “No entres en juicio
con tu siervo, porque ningún viviente es justo delante de Ti (Sal. CXLII, 2).
He aquí, mil años antes de Cristo, la enseñanza fundamental del
cristianismo, de que nadie puede salvarse por sus propios recursos, o
sea, que todos hemos de aceptar la limosna que sin merecerla, nos
ofrece Cristo de los méritos suyos, únicos que pueden limpiarnos y
abrirnos la casa del Padre. "Si Tu, Señor, recordaras las iniquidades,
¿quién, oh Señor, quedaría en pie?" (Sal. CXXIX, 3). Pero Tú borras las
iniquidades según la grandeza de tus bondades, en la medida de tu
misericordia (Sal. L, 3). ¿No es excesiva tanta audacia en boca de
David? De ninguna manera. En el mercado de Dios se compra "sin
dinero" y sin ninguna otra permuta (Is. LV, 1); pues el Padre no vende
sus compasiones, sino que perdona por pura bondad al arrepentido.
Por eso el salmista no se empeña en encubrir sus pecados, como si
fuese un hombre justo y bueno. Expone, al contrario, la humana
miseria, que Dios conoce desde los días de Adán, pues esto es lo que
le mueve a la misericordia. el elogio más repetido en toda la Biblia es
el de la misericordia divina: "porque su misericordia es eterna" (cf. Sal.
CXXXV y notas), por donde vemos que ninguna otra alabanza es más
grata a Dios que ésta que se refiere a su corazón de Padre.
EI himno a la bondad del Padre misericordioso que entonó David,
inspirado por el Espíritu Santo, se convirtió en maravillosa realidad
"cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a
los hombres” (Tito III, 4), es decir, cuando Dios movido por su infinita
misericordia nos hizo el regalo de su Hijo.
III
Todo esto es cuestión de creer, y más aún, cuestión de confianza. el
proceso milagroso que Dios obra en la salvación de cada uno de
nosotros a costa de la sangre preciosísima de su Hijo, sólo exige de
nuestra parte esa disposición inicial que después se deja llevar por los
caminos de la divina gracia.
Y aun resulta que ese buen espíritu nos lo da El mismo y lo promete
a todo el que se lo pida. "Si vosotros, aunque malos, sabéis dar buenas
cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre dará desde el cielo el
Espíritu Santo (Vulgata: espíritu bueno) a quienes se lo pidan” (Luc. XI,
13; cf. Sant. I, 5). Por lo cual sólo carece de ese buen espíritu el que no
quiere aceptar ese don de Dios, o el que le opone el único obstáculo
que lo impide: la desconfianza, la duda sobre esa suavidad del Padre,
que viene de su bondad y del amor infinito con que nos ama. Faltar a
esa confianza es fallar en la fe, pues entonces, ya no creemos en el
misterio de la Redención, según el cual Dios, el Padre, por puro amor,
nos dio su Hijo único (Juan III, 16).
Dudar de la Misericordia de Dios es el pecado de Caín y de Judas. "Mi
pecado es demasiado grande para que consiga perdón”, gritó el
primero hacia las peñas del desierto (Gén. IV, 13), y siguió errando
como vagabundo por el orbe desconocido, temiendo que alguien le
diera muerte. El segundo devolvió las treinta monedas a los Sumos
Sacerdotes y se ahorcó (Mat. XXVII, 3-4), porque su pecado le parecía
imperdonable. Los dos desgraciados no sabían o no querían saber que
dudar de la misericordia es impedirla, pues el Padre celestial la
concede en la medida en que confiamos en ella.
Cristo confirma la extrema bondad del Padre misericordioso en la
parábola del hijo pródigo. Estando el hijo todavía lejos, lo vio el padre,
y se le enternecieron las entrañas de tal manera, que corriendo a su
encuentro, le cayó sobre el cuello y lo cubrió de besos (Luc. XV, 20).
Jesús revela en esta parábola, más real que cualquier historia, los más
íntimos sentimientos de su divino Padre, que lejos de entregarnos al
verdugo, sólo piensa en salvarnos.
Perder la fe y la confianza en la misericordia de Dios es propio de los
que no quieren salvarse. Su postrer estado será peor que el primero (II
Pedro II, 20), porque rechazan la mano del que los ayuda y salva.
No menos peligroso es el estado de quienes miran la misericordia
del Padre como una pequeñez. "El alma fiel sabe bien que el Señor
perdona; mas lejos de hallar en esa misericordia divina un motivo para
dejarse llevar más libremente al pecado, comprende que si el Señor la
da a conocer es para estimular o despertar la piedad sincera”
(Desnoyers). ¡Ay de aquel que desprecia la bondad de Dios o abusa de
ella! ¡Dichosos todos los que confían en ella con corazón sincero y
recto! Porque "misericordioso y benigno es el Señor, tardo en airarse y
lleno de clemencia” (Sal. CII, 8).
HACIA EL PADRE POR EL HIJO
Uno, el soberano Señor, que tiene derecho a toda nuestra adoración,
esa adoración que nunca le damos dignamente, por lo cual no
podríamos llegar directamente a El.
Otro, el aliado nuestro, el confidente a quien confiamos las
barrabasadas que hacemos contra el primero.
Al uno lo vernos como Señor y Juez inapelable.
El otro es el abogado, el Salvador, ante el cual recurrimos por
miedo al Juez... y a nosotros mismos.
Uno, el que siempre tiene razón contra nosotros.
Otro, el que puede y quiere interponer su influencia para hacernos
salir del paso y justificarnos ante el primero.
El uno es el Padre, el gran Rey. El otro es su Hijo Jesús, Príncipe
influyente para protegernos y recomendarnos al Rey, y que, siendo
hombre como nosotros, conoce nuestras debilidades y nos parece
estar más dispuesto a disimularlas. Nuestra actitud es como si
dijésemos a Jesús lo mismo que los Israelitas a Moisés: “Hábianos
tú, y no nos hable Dios, no sea que muramos".
Hemos, pues, de empezar la vida espiritual por entender y vivir el
misterio de la Redención y aprovechar en su infinita utilidad la
mediación de Jesucristo.
II
Después viene otra “etapa”: ¡Hacia el Padre! Porque ocurre que
Jesús, el aliado íntimo a quien le habremos perdido la vergüenza,
nos habla al fin “abiertamente del Padre” (Juan XVI, 25), y nos revela
al oído el gran secreto, por el cual nos enteramos de que el
Soberano Señor y Rey nos ama tan paternalmente (Juan XVI, 27);
que todas esas blanduras de Jesús, esas tolerancias y perdones
suyos, que vencieron nuestras timideces y nos hicieron tornarlo por
"cuña" ante el Rey... no eran sino características de ese mismo Rey,
cuyo Nombre es no sólo Dios y padre de Jesús, sino también Padre
nuestro (Juan XX, 17), “Padre de las misericordias y Dios de toda
consolación” (II Cor. I, 3).
Descubrimos entonces que Jesús no es sino el espejo que nos
refleja el amor y la misericordia del Padre, que son sus perfecciones
supremas; es el espejo-Hombre, hecho para traducirnos a lo
humano y hacer inteligibles las maravillas del misterio de Dios (Heb.
I, 5), que son maravillas de amor y de misericordia (Ef. II, 4 s.).
Entonces comprendernos que el Padre está en Jesús (o mejor dicho:
es en Jesús) y Jesús en el Padre (Juan XIV, 10 s.), y que, siendo dos
Personas, son un solo y mismo Dios en la Unidad amorosa del
Espíritu Santo, que es la Persona del Amor que los une (Juan XVII,
21).
Entonces caemos en la cuenta de que toda la vida humana de
Jesús no fué sino un acto prodigioso y sublime de amor hacia su
Padre, y que lo único que Jesús quiere es llevarnos a ese amor (Juan
XIV, 31). Entonces apreciamos, en cuanto nos es posible, con las
luces del Espíritu Santo, o sea con el mismo Espíritu de Jesús (Gál.
IV, 6), la suprema revelación que El nos hace: que el Padre nos ama
la mismo que Jesús (Juan XIX, 25), y que ese amor del Padre por
nosotros es tal, y tan sin medida, que fué El mismo quien nos
mandó a ese Hijo-Hombre para que nos sirviera de aliado, de
mediador, de escala para llegar al Padre (Juan V, 16). Y si
consideramos que este Padre nos reveló que en ese Hijo tiene
puesto todo su Corazón (Mat. XVII, 5), entenderemos algo mejor
que la inmensidad, la generosidad de este Don, es decir, de esta
prueba de amor del Padre, en la cual se contiene todo el misterio
infinito de la infinita caridad di-vina: “Mirad qué amor nos ha tenido
el Padre, que quiso fuésemos sus hijos... Y nos ha dado al Hijo para
que fuese nuestra vida” (I Juan III, 1; IV, 9), es decir, el mediador, el
perdonador, el pagador... ¡porque esa vida que El nos da
llevándonos al Padre le costó a El la vida! (Rom. V, 10).
¿Y cómo fué Jesús capaz de dar la vida por nosotros?
Simplemente por imitar al Padre que fué capaz de darnos ese Hijo
que era toda su vida. Jesús hizo exactamente lo que su Padre le dijo
(Juan IV, 34; VI, 38; VIII, 29; IX, 4; XII, 49; XVII, 4), o sea lo que el
Padre habría hecho en su lugar: de tal palo, tal astilla, diríamos en
lenguaje humano, con el agregado de que la divina Persona del
Verbo no era sólo una astilla, pues recibe del Padre toda la plenitud
de la Divinidad (Juan III, 34; V, 18 y 26; VI, 58).
Entonces, pues, sin que dejáramos de contar siempre con la
mediación de Jesús, empezamos a vivir la vida de unión con el Padre,
por Jesús, en Jesús y con Jesús. La vida de ofrenda, en que
constantemente presentamos al Padre los méritos y los encantos de
ese Hijo que el nos dio, pues sabemos ya para siempre que no hay, ni
puede haber obsequio que le dé tanta gloria como éste: una Gloria
infinita.
III
Apenas necesitamos agregar que, amando así al Padre, nuestra vida
se hará semejante a la de Jesús, pues que todas las virtudes de el
procedían de su amor al Padre. Por el amó a los hombres y
especialmente a los pecadores: porque sabía que el Padre los amaba
(Juan X, 17).
Por eso nos dice San Pablo que Cristo es el autor y consumador de
nuestra fe (Hebr. XII, 2), porque ÉI es quien nos lleva al Padre (Juan XIV,
6). De ahí que si miramos solamente a Cristo como Dios y como único
fin, suprimiendo al Padre, olvidamos el Misterio de la Trinidad, como si
hubiera una sola Persona divina y como si Cristo hubiera venido en su
propio Nombre, cuando el no se cansó de repetir lo contrario (Juan V,
30, 36, 43; VII, 29; VIII, 28). Y olvidamos también el misterio de la
Redención atribuyendo a Cristo el papel del Padre y suprimiendo su
Humanidad santísima, su Mediación y los méritos de su Oblación ante
el Padre en favor nuestro.
Incurriríamos así en el mismo error de los quietistas, que predicaban
la pura contemplación del Padre con prescindencia del Verbo
encarnado, que es quien nos ganó el Espíritu Santificador, y sin el cual
no podemos llegar al Padre
La perfecta Gloria de Dios en sus Tres divinas Personas consiste
especialmente en atribuir a cada una de Ellas el papel que tienen y que
nos ha sido revelado, en forma de plegaria, por S. Pablo: “La gracia del
Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu
Santo” sean con todos vosotros. Amén" (I Cor. XIII, 13).
“DA GLORIA A DIOS”
(Juan IX, 24)
He aquí un ejemplo de claro pecado contra el Espíritu Santo, un
detalle asombroso de la apostasía de los directores espirituales de
todo un pueblo. El Evangelio nos lo presenta con la elocuencia divina
de su sobriedad única sin parangón en escrito alguno de los hombres.
Lo leemos en el capítulo IX de S. Juan, que está dedicado todo
entero a la curación del ciego de nacimiento. Tiene más juego de
pasiones, más psicología intima, que mil dramas, pero es psicología
espiritual, que hay que desentrañar con amor. El que no tiene su
corazón puesto en los sucesos de una narración, la escucha fríamente
aunque ella se refiera a una acción de guerra con millares de muertos.
En esto, el Evangelio está hecho para poner a prueba la profundidad
del amor, que se mide por la profundidad de la atención prestada al
relato: porque no hay en él una sola gota de sentimentalismo que
ayude a nuestra emoción con elementos de elocuencia no espiritual.
Por ejemplo, cuando llegan los Evangelistas a la escena de la
Crucifixión de Jesús, no solamente no la describen, ni ponderan
aquellos detalles inenarrables, que María presenció uno por uno; ni
siquiera la presentan, sino que saltan por encima, dejando la referencia
marginal indispensable para la afirmación del hecho. Dos de ellas
dicen simplemente: Y llegaron al Calvario donde lo crucificaron (Luc.
XXIII, 55; Juan XIX, 18). Los otros dicen menos aún: Y habiéndolo
crucificado, dividieron sus vestidos (Mat. XXVII, 35; Marc. XV, 24). ¡Y
cuidado con pensar que hubo indiferencia en el narrador! Porque no
sólo eran apóstoles o discípulos que dieron todos la vida por Cristo,
sino que es el mismo Espíritu Santo quien por ellos habla.
Pues bien, en la curación de este ciego los fariseos han puesto en
juego primero, “honradamente”, todo cuanto era posible para
persuadirse de que no hay tal milagro. Cuidadosa indagación ante el
público, interrogatorio especial a los padres del ciego, y por fin a éste
mismo, el cual afirma el hecho con una insistencia tan terminante, que
desconcierta la insistencia con que ellos, los fariseos, deseaban poder
negarlo. Queda así establecida la clase de rectitud de los fariseos: Ellos
no deseaban pecar, ni querían mentir gratuitamente: tenían un solo
inocente deseo: que Jesús no fuera el Mesías. Si se les hubiera
concedido esto, no se habrían empeñado en hacer daño a Jesús ni al
pobre ciego. Pero admitir la posibilidad de que aquel advenedizo
carpintero viniese a despojarlos de su situación y a burlarse de su
teología formulista: ¡eso, jamás! esto era para ellos su propia gloria, es
decir, su interés supremo, el único dogma que no podía admitir ni
sombra de prueba en contrario.
II
Vemos aquí el estrago que produce en un alma la pasión que
domina. Ellos empezaron por admitirla, y luego concluyeron por
justificarla. Entonces esa pasión del odio contra Cristo se convirtió para
ellos en una virtud, compatible con sus demás creencias y vida de
piedad. Porque no hemos de olvidar que los fariseos eran
considerados como “justos” y “santos”. No sólo ayunaban y pagaban el
diezmo, como el Fariseo del Templo (Luc. XVIII, 12), sino que
conservaban con mucho celo sus “prácticas religiosas”, como hoy se
suele decir, y una gran dignidad exterior. Recuérdese, por ejemplo,
cuando rechazaron la devolución de las monedas que habían dado a
Judas: sinceramente no habrían querido, por ningún interés mezquino,
manchar el Templo con aquel precio de Sangre. Que esa Sangre
hubiese sido comprada por ellos mismos, eso era otra cuestión: era
cuestión de aquella pasión dominadora, ante la cual todo se acalla.
Igual dignidad mostraron en no querer mancharse entrando al
Pretorio del pagano Piloto, a fin de poder comer la Pascua
limpiamente. No importaba que estuvieran conspirando contra el Hijo
de Dios, pues ese rechazo de Jesús era de necesidad imprescindible,
vital.
La suma prueba de esta piedad hipócrita aparece en el momento
culminante del proceso de Jesús, cuando Caifás, Sumo Sacerdote, para
poder decir que el enemigo ha blasfemado, lo conjura solemnemente
por el Dios vivo, a que diga si es el Cristo, el Hijo de Dios (Mat. XXVI,
33).
¿No tiene esto acaso todos los caracteres de una gran nobleza? Es el
ejercicio solemne del Pontificado, y una invocación del Sagrado
Nombre de Dios, y es también una abierta, generosa oportunidad para
que el Reo, con una simple palabra, pueda salvarse de todo cargo.
Bastaba con que Jesús hubiese dicho esta pequeña frase: "No soy el
Mesías Rey, ni soy el Hijo de Dios"... Inmediatamente aquellos
dignatarios, que en manera alguna se complacían en hacer el mal, lo
habrían llenado de atenciones y favores, y aún tal vez le habrían
ofrecido, como compensación de la mesianidad perdida, algún cargo
entre ellos, con tal de que moderase su lengua y quedase sometido a
la debida obediencia.
Como vemos, en todo habría sido fácil entenderse con estos
hombres. Había tan sólo un punto, una verdad que ellos no estaban
dispuestos a admitir. Desgraciadamente para ellos, esa verdad era
LA VERDAD, a pesar de que iba contra todas las honorables
tradiciones en que ellos creían sinceramente y con las cuales habían
ido sustituyendo hasta hacerlos írritos, los preceptos de Dios. Véase
lo que Jesús les dice sobre esto en Mat. XV, 3.9; Marc. VII, 6-13; y
sobre su hipocresía en Mat. XXIII, 1 ss.; Luc. XI, 37 ss. y XII, 1.
Compárese también con las apariencias de piedad que, según está
anunciado, tendrán los falsos profetas posteriores (II Tim. III, 5; II
Cor. XI, 13; Apoc. XIII, 11, etc.).
III
En el episodio del ciego, los fariseos llegan, pues, como íbamos
viendo, a hallarse imposibilitados para negar "de buena fe", como
tanto lo habrían deseado, la detestable realidad del nuevo milagro,
que significaba un nuevo prestigio ganado ante las turbas, ya harto
favorables a Él, por aquel revolucionario escandaloso, e impío
violador del Sábado. Había, pues, llegado, como a Caifás en la
ocasión que antes recordamos, el momento de recurrir a la
solemnidad del argumento religioso, en uso de la Sagrada
investidura. Con o sin milagro, lo mismo daba: era necesario que
Jesús quedase desacreditado, y para esto interponen ellos el peso
de su omnímoda autoridad; y al mismo ciego, objeto del milagro, le
dicen piadosamente: 'Da Gloria a Dios: nosotros sabemos que ese
hombre es pecador" (Juan IX, 24).
Es la suma audacia en el argumento. Cuando no se puede dar
razones, se dice: Lo digo yo y basta. Lo mismo dijeron a Pilato
cuando les preguntó qué acusación llevaban contra Jesucristo: "Si
no fuera un malhechor no te lo habríamos traído" (Juan XVIII, 30),
como diciendo: ¿Se atrevería alguien a dudar de la altísima santidad
e infalible acierto de todos nuestros actos? ¿Cómo pretendes
exigirnos pruebas a nosotros los doctores, pontífices y escribas, que
somos la flor y nata del pueblo santo?
"Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre (Jesús) es un
pecador". He aquí el sumo pecado contra el Espíritu Santo, más
terrible aún quizá que aquel otro que señaló Jesús: pues allí se
imputaba a virtud diabólica los milagros del divino Taumaturgo
(Marc. III, 29 s.): y aquí, no solamente se dice que el es un pecador;
no sólo se compromete la sagrada autoridad sacerdotal para
afirmarlo —"nosotros sabemos que es un pecador"—, se quiere
imponer, se quiere contagiar a otra alma, a un alma que rebosaba
de gratitud hacia el Señor Misericordioso que lo había favorecido;
sino que todo eso, toda esa horrenda mentira y blasfemia y
corrupción y sacrilegio, todo eso era para dar gloria a Dios.
IV
La Gloria del Padre consistiendo en el insulto al Hijo, en el rechazo
de Su Enviado, he aquí algo que agota todas las posibilidades del
ingenio de Satanás.
Sólo de paso observaremos que cuando el ciego curado rechaza
valientemente esta imposición, confundiéndolos al fin con aquella
ironía exquisita que puede saborearse en el Sagrado Texto, ya no les
queda más arma que el insulto, y entonces la soberbia se manifiesta
en una de sus explosiones más características: a los argumentos del
ciego, contundentes como martillazos, responden ellos con acento
de noble altivez y santo horror por el pecado: "Naciste todo entero
en el pecado, y nos das lecciones. A lo cual se añadió la violencia: “ Y
le echaron fuera" (Juan IX, 34).
Nótese, entre paréntesis, la nueva y doble mentira; porque el
nacer en pecado no era propio del ciego sino de todos, como bien
lo había dicho David en el Miserere; y en cuanto a la ceguera de
aquel hombre, Jesús acababa de decir que no era por pecado suyo
ni de sus padres, sino para gloria de Dios.
Vemos así la gloria de Dios opuesta a la gloria de Dios. Según Jesús,
esa gloria estaba en que ÉI hiciese el milagro para demostrar que su
Padre era misericordioso. Según aquellos hombres de la Sinagoga y
del Templo, la gloria de Dios estaba en declarar que Jesús era pecador.
La tremenda lección que esto encierra no es cosa relegada a aquel
pasado. Recordemos que el Anticristo se instalará, según San Pablo,
en el Templo de Dios (II Tes. II, 4). Y que, según la profecía de Jesús
(Juan XVI, 2) llegará un día en que, al quitársenos la vida, por ser sus
verdaderos discípulos, se estará en la persuasión de hacer con ello
obsequio a Dios, o sea de darle gloria, como los fariseos del
capítulo IX de San Juan.
EL MISTERIO DEL HIJO
JESUS, CENTRO DE LA BIBLIA
" Todo lo atraeré a Mí (Juan XII, 52). Cuando Jesús dice esta Palabra no
parece significar que después de su muerte todos se convertirán a El.
Bien tristemente vemos que no fué así, ni lo es hoy, ni lo será cuando El
venga (Mat. XIII, 30 y 41; XXIV, 24; Luc. XVIII, 8).
Al decir, pues, Jesús: “Cuando Yo haya sido levantado en alto, todo
(no todos) lo atraeré a Mí”, quiere significar que, consumado el
misterio oculto desde todos los siglos" (Ef. III, 9), con su Pasión, Muerte
y Resurrección, El será “el centro hacia el cual convergen todos los
misterios de ambos Testamentos”.
Desde entonces, toda posible fe es necesariamente fe en Jesús (I
Juan V, 10), y por eso los judíos, al no creer en El, que, según Hech. III,
26, había resucitado ante todo para ellos, quedaron desde entonces
con un velo que les impide entender aún el Antiguo Testamento (II
Cor. III, 14 s.) y que sólo se levantará cuando se conviertan a El (ibid. v.
16; Mat. XXIII, 39).
¿Cómo podría en efecto entenderse el Antiguo Testamento sin Jesús,
siendo el Mesías el fin hacia el cual se encamina toda la Ley (Toralh,
todos los Profetas (Nebíyím) y todos los Hagiógrafos (Ketubím)?
Oigamos cómo les habla Jesús: "Si creyeseis a Moisés me creeríais
también a Mí, pues de Mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos
¿cómo creeréis a mis palabras?" (Juan V, 45 s.). "Abraham vuestro
padre se alborozó por ver mi día; y lo vio y se llenó de gozo”. (Juan VIII,
56). Y San Juan por su parte añade: "Isaías dijo esto cuando vio Su
gloria, y de El habló” (Juan XII, 41).
Jesús confirma todo esto de muchas maneras y especialmente cuando
a los discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y por todos los
profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había
acerca de EI" (Luc. XXIV, 27). Y también cuando dijo a los Once, aún
después de su Resurrección: “Es necesario que todo lo que está escrito
acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos se
cumpla" (Luc. XXIV, 44). Y fijé entonces cuando "les abrió la inteligencia
para que comprendieran las Escrituras (ibid. v. 45).
Esto, que les dijo antes de su Ascensión, lo había prevenido desde
los primeros días, casi al comenzar el Sermón de la Montaña: “No
vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he
venido para abolir sino para dar cumplimiento. En verdad os digo,
hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni un ápice de la Ley
pasará sin que todo se haya cumplido” (Mat. V, 17 s.). Es decir que el
no aboliría nada, sino que en El se cumpliría todo, como antes vimos en
Luc. XXIV, 44: los misterios dolorosos, que ya pasaron, y los gloriosos
que aún esperamos para su Parusía. Todo, esto es: “nova et vetera”
(Mat. XIII, 52), o sea, todo lo que los Profetas narraron sobre ÉI y que
San Pedro llama “Sus padecimientos y posteriores glorias” (I Ped. I, 11).
EI comprender bien estas cosas puede servirnos aún para un posible
apostolado entre los judíos, cuya oportunidad quizá se acerca, pues
éste es, lo sabemos por experiencia, el argumento que más satisface a
los que de entre ello conservan espíritu bíblico y religioso, a saber: de
cómo la esperanza cristiana se confunde con la de Israel, pues Aquel
que ellos esperan en primer Advenimiento es el mismo que nosotros
esperamos en su Retorno.
II
Pero hay más. Las palabras citadas, con que Jesús ha confirmado
todo el Antiguo Testamento como endosándolo con su firma, tienen la
virtud de convertirlo todo en Evangelio a los ojos del cristiano, el cual
descubre así una importancia antes insospechada en esos viejos y
misteriosos libros que sólo parecerían interesar a la remota historia de
un pueblo que fué.
Y de este modo se resuelven para nosotros, con una eficacia
definitiva, todos los problemas que plantea la crítica racionalista y que
serían graves si los tomásemos en el terreno puramente racional.
Porque ¿quién podría garantizarnos que los escribas de la Sinagoga
conservaron fielmente las Escrituras durante quince siglos? Y aún así,
¿cómo explicamos que Moisés supiese y narrase con tanto detalle, no
ya sólo las cosas de Abraham y los patriarcas, ocurridas cinco siglos
antes, sino aún las de Adán y la Creación, sucedidas millares de años
atrás?
Los problemas que nunca podrían tener solución plenamente
satisfactoria para el ánimo, mientras tuviésemos que atenernos a
testimonios de hombres, Jesús nos los resuelve con infinita suavidad
para nuestro espíritu, como diciéndonos con su autoridad divina —
única, absolutamente definitiva- todo eso es verdad; más aún, es una
verdad que tiene que ver conmigo, por lo cual Yo mismo doy
testimonio de ello. Y os lo doy para vuestra entera satisfacción, pues
claro está que el testimonio mío es mucho más fácil de creer que el de
Moisés.
En efecto, Jesús ha dejado constancia de que El no pretendió ser
creído gratuitamente, sino que vino y habló como nadie (Juan XV, 22;
VII, 46), e hizo obras que nadie hizo (Juan XV, 24; X, 57 s.), y desafió a
que alguien lo descubriese en falta (Juan VIII, 46), y habló con
autoridad propia, y no aprendida como los demás (Mat. VII, 28 s.).
Se explica así que para creerle a El baste la rectitud, pues El no sólo
se presentó como el Mesías y el Hijo de Dios, -con una audacia divina
que nadie más ha tenido en la historia— sino también como la Luz
venida al mundo con tal certeza que nadie pudiese rechazarla sino por
ciego amor a las propias obras malas (Juan III, 19, s.). Y, consecuente
con esto, nos ofreció, más allá de todo testimonio extrínseco, un
testimonio interior nuestro que es un desafío a cualquier racionalismo
y que encierra toda la apologética del Evangelio, al formular la
asombrosa promesa de que todo el que virtualmente esté dispuesto a
someterse con sinceridad a Dios, reconocerá por las solas palabras de
Jesús, que ellas vienen del Dios verdadero: "Si alguno quiere cumplir la
voluntad de Dios, conocerá si esta doctrina viene de Dios, o si Yo hablo
por mi propia cuenta" (Juan VII, 17).
III
Esta experiencia, —que vemos realizada en el mismo Evangelio por
los samaritanos de Sicar, que no necesitaron más testimonio que las
palabras de Jesús (Juan IV, 42),- podemos realizarla todos si vivimos en
contacto con las divinas palabras del Evangelio. Y a través de él
veremos que crece nuestra admiración y nuestra fe, no sólo en lo que
solíamos mirar como contenido del mensaje neotestamentario, sino
también, con igual intensidad, en todos los Libros del Antiguo
Testamento, puesto que Jesús, centro de todos ellos, se hizo garante
de su autenticidad e inspiración, enseñándonos a mirarlos como, si el
mismo los hubiera escrito.
Sólo en este limitado sentido nos propusimos tratar el tema que
anuncia nuestro título: "Jesús, centro de la Biblia". Pues el señalar en
detalle las figuras y profecías que anuncian al Mesías en todo el
Antiguo Testamento, es asunto para llenar gruesos volúmenes, que por
cierto existen, por lo menos en algunas lenguas.
Concluimos, pues, repitiendo que Jesús es la solución de todos los
problemas. Porque si alguien dice que es difícil creer en el Génesis, que
lo encuentra ingenuo o duda de la información de Moisés, no podrá,
después de lo que hemos visto, decir que es difícil creerle a Cristo. Y es
el Señor Jesús quien nos certifica la verdad de todo el Antiguo
Testamento, no sólo citándolo a cada paso, sino también diciéndonos
expresamente: "Escudriñad las Escrituras" (Juan V, 39) "Ellas dan
testimonio de Mí" (ibid.). "La Escritura no puede ser anulada" (Juan X,
35). Con lo cual el divino Profeta hizo también suyo lo que decían los
Proverbios: “Toda Palabra de Dios está como acrisolada al fuego; es un
escudo para los que en el confían. No añadas una tilde a sus palabras;
de lo contrario serás redargüido y convencido de falsario” (Prov. XXX,
50).
PRIMOGENITURA
Vale la pena meditar, a la luz de la Revelación bíblica, sobre el
misterio de la condición del Primogénito. Es algo muy grande y muy
profundo, muy dulce y muy terrible...
I
El misterio, que tiene su plenitud en Cristo, “primogénito entre
muchos hermanos” (Rom. VIII, 29), se anuncia desde el principio de la
Biblia. Es un misterio de santidad y amor. Es Dios que pone sus ojos en
el primogénito porque es el fruto más deseado de los amores (de esos
que El se aplica a sí mismo en el Cantar): “Mío es todo primogénito"
(Núm. III, 13). El es Dueño de todos, pero se digna tener una
preferencia: quiere para El solo a todo primogénito. ¡Qué dulce honor!
“Al primogénito de tus hijos me lo darás" (Ex. XXII; 29).
¡Qué honroso!... y ¡qué apremiante! El misterio está ahí. Nobleza
obliga. Abraham, bien sabemos cómo corrió a ofrecer al primogénito...
¡y cómo le respondió la bondad de Dios!
Esaú, terrible nombre. Como Satanás es el padre de los mentirosos,
así éste es el padre y caudillo de los que renuncian, de los que venden
primogenitura por lentejas. "Me estoy muriendo (de cansado), ¿de qué
me servirá ser primogénito?... Comió y bebió, y marchóse, dándosele
muy poco de haber vendido sus derechos de primogénito" (Gén. XXV,
32 ss.).
Jacob, en cambio, el ambicioso, desde el seno materno se peleaba
con el otro, y nació agarrándole el talón. Si hay una primogenitura, si
hay un privilegio, si hay un tesoro que poseer, ¿por qué no para mí?... Y
Dios aprobó y alabó esta ambición, -como Jesús hizo alabar al
tramposo que se hizo amigo con los tesoros de iniquidad-, y aprobó
luego el ardid de Jacob y su madre, que arrebataron la bendición
destinada para Esaú (Gén. XXVII). Destinada para el primogénito, el
privilegiado, el preferido gratuitamente, el afortunado... que despreció
el don y dijo: ¡a mí qué me importa!
"Los celos son duros como el infierno" (Cant. VIII, 6), los celos del
amor despreciado. Y Dios dijo: "Amé a Jacob y aborrecí a Esaú” (Rom.
IX, 13; Mal. 1, 2), "para que nadie sea fornicario (que inspira celos al
amante) o profano (que desprecia los tesoros ofrecidos) como Esaú,
que por comida vendió su primogenitura (Hebr. XII, 16).
"Que muera todo primogénito" (Ex. XI, 5), dijo Dios en el Egipto del
Faraón, como castigo supremo, porque sabía que nada duele tanto,
"como suele llorarse un primogénito” (Zac. XII, 10). ¡Terrible papel de
los amados! Pero de los amados que no son para Dios: "AI
primogénito de tus hijos lo redimirás (Ex. XXIV, 20), es decir, tendrás
que rescatarlo si no se lo das al Señor, puesto que el ya ha dicho que
los quiere y que son suyos.
II
Jesús, primogénito, según ley judía, de la Sagrada Familia, había de
cumplir hasta este punto de la Ley, a fin de que en el "se cumpliese
toda justicia", como en el Bautismo. Fué rescatado por "dos
palominos", lo más barato, ¡pues ÉI nunca valió más de 30 dineros!
¿Para qué rescatarlo? ¿Acaso el iba a ser como los que no se
consagraban al Señor? ¿No dijo, al entrar en la vida terrenal: Ecce venio,
ut facerem voluntatem tuam? (Sal. XXXIX, 8-9). Precisamente por eso lo
hizo, para extremar la paradoja de la Redención: EI, que "restituía lo
que no había robado" (Sal. LXVIII, 5); el único sin pecado, que "se hizo
pecado"; el único bendito, que se hizo maldición para que pudiera
decirse de ÉI: "maldito el que pende del madero" (Gál. V, 13; Deut. XXI,
23); Ese, el Primogénito por excelencia (Rom. VIII, 29), de quien estaba
escrito que sería llamado Nazareno (Mat. II, 23), es decir, consagrado
todo a Dios (Juec. XVI, 17), ¡fué rescatado! ¿Cómo habría, entonces, de
quedar sin rescate otro primogénito, otro elegido, que huyese del
amor del Padre que lo persigue como "el Lebrel del Cielo"?
Gozarse amando, o temblar huyendo: es la elección del primogénito
que camina entre dos abismos. Israel, el pueblo elegido del Antiguo
Testamento, tuvo la suerte de ser llamado primogénito por el mismo
Dios (Ex. IV, 22). La historia de su gran caída, que aún perdura, es otro
ejemplo terrible como el de Esaú. “EI mayor servirá al menor", se dijo
de éste (Rom. IX, 12; Gén. XXV, 23), y así también el pueblo hebreo de
hoy es perseguido y oprimido, despreciado y odiado por parte de esos
gentiles que antes eran "un pueblo necio” (Deut. XXXII, 21; Rom. X, 19),
un pueblo que no era su pueblo (Os. II, 24; Rom. IX, 25; I Pedr. II, 10), y
a quienes el eligió, sin embargo para dar celos a aquel primogénito
que despreció su amor como Esaú. Y los gentiles tienen así, y para
siempre, con aquellos pocos judíos que aceptaron a Cristo (Rom. IX,
24), una parte mejor, el Cuerpo Místico, en tanto que de aquel Israel
primogénito, ya el mundo no recuerda ni cree que fué el pueblo más
ilustre de la tierra, y hasta él mismo parece olvidar hoy, en el
descreimiento, la misericordia que al final le espera.
Recordemos que el primogénito Esaú “no consiguió que mudase la
resolución (de su padre) por más que lo implorase con lágrimas" (Hebr.
XII, 17; Gén. XXVII, 38). Porque su pecado fué contra el amor; y ya
vimos que los celos del amor despreciado son duros como el infierno
(Cant. VIII, 6).
HERMANA Y ESPOSA
Para entender por qué el esposo del Cantar de los Cantares usa estos
dos términos (cf. Cant. IV, 9 s.; V, 1), es necesario considerar que Cristo
ha empezado por elevarnos hasta El, haciéndonos sus hermanos,, es
decir verdaderos hijos de Dios como El lo es (véase Ef. I, 5).
Ahora, pues, al considerar Cristo su amor hacia nosotros bajo este
otro aspecto más apasionado de Esposo a esposa, tiene el divino
Príncipe un gesto de infinita delicadeza, como todos los suyos, y nos
recuerda que ya antes éramos sus hermanos, como para que nuestro
impuro origen y nuestra sangre plebeya no nos avergüencen ni
puedan apartarnos de las bodas con El, puesto que el Rey que todo lo
puede nos ha llevado al mismo rango de nobleza que tiene el Príncipe
heredero. El sentido es, pues, análogo al de Cant. IV, 7, donde el
esposo llama a la esposa toda hermosa y sin mancha.
Si es esto verdad, no significa que la esposa no haya tenido nunca
mancha, puesto que “fui dado a luz en iniquidad, y en pecado me
concibió mi madre (Sal. L, 7), sino que El le ha comunicado su propia
limpieza, que es lo que ella reconoce alborozada cuando dice: "La
fuente del jardín (de este jardín que soy yo) es un pozo de aguas vivas,
y los arroyos (que me riegan y embellecen y fertilizan) fluyen del
Líbano", es decir, de Ti (Cant. IV, 15). Quizás en esto reside también la
explicación del ansia que la esposa siente de que el Esposo fuese
hermano suyo e hijo de su misma madre (Cant. VIII, 1).
De todos modos, jamás podría pensarse que hubiese aquí en la
esposa un deseo de que la madre Eva nunca hubiese caído, y fuese tan
pura como la Madre Inmaculada; porque tal deseo, lejos de serle grato
al Esposo, implicaría ignorar que Dios supo sacar de aquel mal un bien
mayor ("mirabilius reformasti") y que, precisamente gracias a esa "felix
culpa", es que la esposa podrá llamarse ahora hermana del Esposo, y
serlo de verdad (I Juan V, 1), en tanto que Eva, antes de la caída, no
había sido elevada a esa filiación divina por la cual el Espíritu Santo nos
hace, como hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo,
mediante la fe en Jesucristo (Juan I, 12 s.).
Eva, pues, siempre estuvo muy por debajo de nuestra condición
actual - nos referimos a los que tienen fe viva-, pues nunca disfrutó
de esa adopción divina que sólo se nos da por la "gratia Christi", por
lo cual nuestra vieja madre sólo podía, more franciscano, decirse
hermana de las creaturas, más no del Hijo unigénito de Dios.
II
¿No es cosa admirable que la envidiosa serpiente del paraíso
contemple hoy, como castigo suyo, que se ha cumplido en verdad,
por obra del Redentor divino, esa divinización del hombre, que fué
precisamente lo que ella propuso a Eva, creyendo que mentía, para
llevarla a la soberbia emulación del Creador?
He aquí que -¡oh abismo!,-- la bondad sin límites del divino Padre,
halló el modo de hacer que aquel deseo insensato llegase a ser la
realidad. Y no ya sólo como castigo a la mentira de la serpiente, ni
sólo como respuesta a aquella ambición de divinidad, que, ¡ojalá
fuese más frecuente ahora que es posible, y lícita, y santa! ¡No!
Satanás quedó ciertamente confundido, y la ambición de Eva
también es cierto que se realizará en los que formamos la Iglesia;
pero la gloria de esa iniciativa no será de ellos, sino de aquel Padre
inmenso, porque el ya lo tenía así pensado desde toda la Eternidad.
"Pues desde antes de la fundación del mundo nos ha escogido en
Cristo, para que delante de Él seamos santos e irreprensibles, y en su
amor nos predestinó como hijos suyos por Jesucristo en Él mismo
(Cristo), conforme a la benevolencia de su voluntad, para celebrar la
gloria de su gracia, con la cual nos favoreció en el Amado" (Ef. I, 4-6).
LA GRATITUD DE JESUS
Para entrar a fondo en el misterio de Jesús conviene mirarlo tal como
El se presentó al principio: simplemente como un hombre -el Hijo del
hombre—, enviado para buscar la gloria del que lo envió, dando a los
hombres noticia de que Dios tiene corazón de Padre, es decir de amor
y misericordia. Ya nos revelará El, al final, el complemento de ese
mismo misterio, haciéndonos saber, por los Apóstoles del N. T., que El
mismo con su Redención nos convirtió, de simples creaturas que
éramos, en hijos verdaderos de ese Padre, exactamente lo mismo que
El. Y esto bastará para que nuestra gratitud le entregue a ese
Bienhechor cada latido de nuestro corazón. Pero al principio, antes que
la gratitud hemos de buscar la admiración y simpatía, pues el hombre
es más capaz de ser ingrato cuando no admira ni ama.
Jesús rebosaba de agradecimiento hacia su Padre, que eternamente
le da el Ser de Hijo divino. Quería que nosotros también supiésemos
las maravillas de ese Padre, para hacerlo amar por nosotros como El lo
ama. Desde luego nos hace saber su característica en tal empresa: “Yo
no busco mi gloria” (Juan VIII, 50). Es decir, sólo me interesa que
vosotros conozcáis, para admirarlo y amarlo, a Ese que me envió. Por
eso no le importa a Jesús cuando lo insultan o desprecian a El. Lo
único que quiere es que presten atención a sus palabras para que
puedan comprender esas revelaciones que viene a hacer sobre su
Padre, para que podamos creerlas, pues son demasiado admirables y
asombrosas para creer que son ciertas si no las escuchamos como
niños que todo lo creen a su padre, sin ponerlo en duda ni pretender
juzgarlo.
De ahí que, para mostrar de antemano su veracidad y su derecho a
ser creído así, por su sola palabra, Jesús hace toda clase de milagros,
muestra el cumplimiento de las profecías en El y en su precursor que
lo anuncia, e invoca el testimonio visible del Padre en el Bautismo, en
el Tabor y en su propia Resurrección que de antemano anuncia, y el
testimonio invisible pero interior del Espíritu Santo, el “lumen
cordium”, que nos hará comprender que su doctrina es de Dios si la
escuchamos dispuestos a aceptarla sin doblez (Juan VII, 17). Si le
creemos, nos hará beber de la fuente de aguas vivas (Juan IV, 10), y
nos inundará con los ríos de esa agua que brota del corazón de aquel
Hombre maravilloso (Juan VII, 58 s.), que habló como nadie habló
jamás según confesaron sus propios perseguidores (Juan VII, 46).
Por eso, habiendo dado así previamente esas pruebas de que Dios
estaba con ÉI, Jesús no se preocupaba ya de buscar “testimonios de
hombres” para apoyar sus palabras (Juan V, 34), como hacían los
escribas y fariseos, sino que hablaba como quien tiene autoridad (Mat.
VII, 29). Es decir que enseñaba como Maestro por excelencia, esto es,
como uno que sabe más que el discípulo y tiene derecho a ser creído
por su sola palabra. Poco a poco va mostrando que el es el Maestro
único, la Sabiduría encarnada, hasta que dice claramente que después
de el no hay que llamar maestro a nadie más, sino que todos somos
hermanos y que sus discípulos han de enseñar a todas las naciones,
pero no verdades propias, que son tan mezquinas, sino las mismas
cosas que el enseñó (Mat. XXVIII, 20).
Pero esas cosas que el enseñó no eran de el sino de su Padre (Juan
XII, 49 s.). Jesús quiere anunciar a su Padre como el Bautista lo anunció
a ÉI, es decir, en forma que el heraldo disminuya para que crezca el
anunciado (Juan III, 30). Yo no quiero mi gloria... no busco gloria de
hombres... Yo glorifico a mi Padre y vosotros me insultáis (Juan VIII, 49).
II
Con este motivo nos enseña Jesús una verdad inapreciable en el
orden psicológico y moral, que nos servirá siempre de piedra de toque
para descubrir, en nosotros y en los demás, el apostolado verdadero y
el falso. Esa verdad profundísima y sencilla a un tiempo, como todas
las de Jesús a quien los niños entienden más que los sabios (Luc. X,
21), esa verdad es la que el aplica ante todo a Sí mismo, diciendo que
el hombre veraz y sin injusticia se conoce en que no busca gloria para
él, sino para su mandante (Juan VII, 18). Tal fué el sello con que se
presentó también como el pastor bueno, señalando como ladrones y
salteadores a los pastores de antes, es decir, a los falsos profetas, cuya
característica a través de toda la Biblia es la de robarse para sí esa
gloria a que sólo el Padre tiene derecho, y profanar su tremenda
misión cosechando simpatía personal o ventajas y diciendo, como de
parte de Dios, cosas que el no ha dicho (Deut. XVIII, 20).
En todo esto vamos viendo a Jesús como hombre: en su actitud de
apóstol, de enviado, de predicador humildísimo. Era el “Servidor de
Yahvé' (Is. XLII, 1 ss.; Mat. XII, 18), que había tomado forma de siervo
(Filip. II, 7) y que estaba entre los hombres “como el sirviente" (Luc.
XXII, 27). Y así también enseñó a los suyos a que el primero fuese
como el más bajo servidor de los demás (Luc. XXII, 24 ss.), hasta el
extremo de lavarles los pies como El lo había hecho (Juan XIII, 13 ss.).
¿Por qué toda esta humildad. Porque era la condición indispensable
para que su predicación tuviese el sello de la sinceridad, sin que su
propia gloria o provecho o triunfo del amor propio pudiese mezclarse
con la pura glorificación del Padre, que El buscaba con tal ardor que le
llama “mi alimento" (Juan IV, 31-34).
Notemos que la gloria, exteriormente, consiste en el elogio, el honor,
la admiración. Eso es lo que Jesús busca todo entero para el Padre; eso
quiere que busquemos todos siguiéndolo a El. La gloria es el extremo
opuesto de la humildad. Y ambas cosas son correlativas. Para poder
glorificar al Padre, Jesús recogía para Sí mismo humillaciones y
desprecio, y así hemos de hacer nosotros inevitablemente; pues, como
tanto lo previno El a sus discípulos, es imposible que el mundo nos
acepte y comprenda (Juan XV ,18 s.), porque el mundo busca su propia
gloria y no podrá soportar que se le diga que no tiene derecho a ser
glorificado, y que tal derecho es exclusivo de Aquel a quien Jesús
predicó.
En cuanto nosotros seamos fieles en buscar gloria sólo para el Padre,
recibiremos para nosotros descrédito, burla y persecución como la que
sufrió Jesús. El que en vez de esto tuviera triunfos debería temblar,
porque Jesús dijo rotundamente: "¡Ay de vosotros cuando os
aplaudan!” (Luc. VI, 26). ¡Dichosos cuando os persigan y desprecien por
Mí! ¡Saltad de gozo! (Luc. VI, 22). Vemos así, al pasar, que el seguir a
Cristo no es algo que nos recomiende, como tal vez suele creerse, al
respeto, confianza, elogio y simpatía, como un testimonio de buena
conciencia. Es todo lo contrario, porque “no es el servidor más que su
Señor" (Juan XV, 20), por lo cual está escrito de los discípulos lo mismo
que de El: "Fué contado entre los criminales" (Is. LIII, 12; Marc. XV, 28).
III
Pero volvamos a la idea que queríamos recalcar como noción de
inmenso valor para nuestra vida espiritual: Jesús es ante todo, y así se
muestra en el Evangelio, poseído de un agradecimiento sin límites
hacia la Persona de su Padre, primera Persona de la Santísima Trinidad.
De una gratitud tan infinita como explicable, porque a esa Persona le
deben el Ser desde toda la eternidad tanto el Hijo como el Espíritu
Santo, en tanto que ese Padre, de quien todo procede, no debe nada a
nadie: el es el dador que a todos da, y más que a nadie al Verbo eterno
y a Jesús Hombre, a quien dice igualmente: “Tú eres mi Hijo" (Sal. II, 7).
Ahora bien, ese Dador, que todo lo da y nada recibe, ¿no merecerá
recibir siquiera nuestro reconocimiento, nuestra proclamación de sus
dones, nuestra admirada alabanza de su generosidad, nuestra amorosa
gratitud por su amor y por la misericordia que viene de ese amor?
Pues eso es lo que se llama la gloria del Padre, eso es glorificarlo a ÉI,
eso es no solamente el deber y el destino de todas las creaturas, sino
también el sumo anhelo de Cristo, que no es creatura pero es
engendrado como Hijo único, es decir, que ÉI tiene al Eterno Padre una
gratitud infinitamente mayor aún que la nuestra.
Esta gratitud, y amor, y deseo de alabanza para el Padre, constituye
el fondo mismo del Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo, o sea la
unión de Ambos en la Trinidad. No sólo buscó Jesús esa gloria del
Padre durante los años que como Hombre vivió en la tierra, sino que
desde toda la eternidad el Verbo del Padre no tuvo ni tiene otro
anhelo que amar, agradecer o glorificar a ese Padre inmenso. "Cristo es
de Dios", nos dice San Pablo, es decir, del Padre. Ahora, sentado a su
diestra como Sacerdote, le ruega sin cesar por nosotros, como lo hacía
en las noches de su vida mortal (Hebr. VII, 24 s.). Y "cuando haya
entregado su reino a su Dios y Padre" (I Cor. XV, 24), ese Verbo Divino,
como si hubiese olvidado que el también es Dios, cifrará su felicidad
eterna e infinita en estar "sujeto", como dice S. Pablo, a ese Padre que
antes le habrá sujetado a el todas las cosas, "para que el Padre sea
todo en todo” (I Cor. XV, 28).
IV
Pero si el Padre le había dado a el ser Dios y a nosotros el ser
hombres; si el era Hijo y nosotros sólo creaturas, esa diferencia
desapareció gracias al mismo Cristo y al Padre que nos lo envió,
porque ahora el Espíritu Santo, a quien también debemos gracias
infinitas como Enviado del Padre y del Hijo, nos ofrece el ser tan hijos
del Padre como lo es Jesús, es decir, no adoptivos sino verdaderos" (I
Juan III, 1; Ef. I, 5). De Cristo recibimos "la misma gloria que el Padre le
dio a EI" (Juan XVII, 22-24), de modo que el ya no es Hijo único, sino
"primogénito entre muchos hermanos" (Rom. VIII, 29), y nosotros
somos "semejantes a El” (I Juan III, 2), no sólo en el espíritu, sino
también en nuestros cuerpos que, si con El los humillamos (Filip. III, 10
s.), El hará iguales a su cuerpo glorioso (Filip. III, 20-21).
Hemos dicho que el Espíritu Santo nos ofrece esta maravilla de la
filiación divina (cf. II Pedro I, 4). Habríamos podido decir "nos da", en
vez de "nos ofrece". Pero la distinción es conveniente. Porque esto no
se produce sólo de una manera externa como quien trata a un ser
inanimado o dormido o muerto. Para recibirlo todo, se nos impone
como condición el creer que es verdad.
He aquí, pues, la suprema enseñanza y el supremo ejemplo de Jesús:
la gratitud sin límites de un hijo a su Padre, a quien debe todo, gratitud
que se empeña eternamente en darle honor y alabanza y gloria, y no
puede soportar que nadie se la dispute. Y por eso quiere que todos
seamos párvulos, como esos niños muy pequeños que aún no han
aprendido lo que es desear la gloria propia.
CRECER EN EL CONOCIMIENTO DE CRISTO
Es en Cristo en quien están escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y del conocimiento. Así nos enseña San Pablo en Col. II, 3.
¡Están escondidos! Pues, como dice el mismo Apóstol en otro lugar,
la sabiduría de Dios se predica “en el misterio" (I Cor. II, 7). ¡Y pensar
que hay hombres que miran a Cristo como un tema cualquiera de
investigación! Como si El necesitase someterse de nuevo al
interrogatorio de Caifás y Pilato, o fuese un enfermo y nosotros sus
médicos. Poco ha, vimos un libro cuyo autor toma a Cristo por un
loco, el que sólo gracias a la falta de manicomios en Galilea pudo
predicar la "loca idea de un reino de Dios" ¡Y se permite que se
impriman tan groseras blasfemias! ¿No se levantarán algún día las
mismas máquinas y tipos de la imprenta para matar a tales
blasfemos?
Es que no conocen que en Cristo están escondidos todos los
tesoros de la sabiduría, y que el hombre es incapaz de
reemplazarlos con las lucubraciones de su falaz inteligencia.
Uno puede llegar a ser un erudito en todo lo que es relativo a la
Biblia, en todo lo que es extrínseco., pero eso no sacia la sed de
aguas vivas. Alguien decía que era como si tuviéramos, cerrado
herméticamente, un frasco de exquisitos caramelos y nos
preocupásemos, todo el tiempo, del frasco, y de su historia, y de los
intentos de los que no supieron abrirlo... pero no llegáramos nunca
a comer los caramelos.
Algo semejante ocurre en el estudio demasiado teórico de los
idiomas, que son cosa viva. Como hace observar un notable
vulgarizador del griego y del latín, las lenguas, aún las llamadas
muertas, se aprenden más por la práctica que por la teoría. Y añade
que la práctica siempre es posible desde el primer día, con citas de
versos y textos que fácil y agradablemente aprendemos de memoria
y que en dos o tres líneas resumen mayor contenido gramatical
aplicado que cuanto pudiera estudiarse en varios fríos capítulos
preceptivos. Y así proclama el fracaso de esos sistemas, en que el
alumno, sin saber aún la menor palabra del griego, debe aprender,
como introducción a la gramática, todo un tratado filológico sobre
la formación de las palabras, etc.
No olvidemos que en la Sagrada Escritura, cuya inteligencia está
prometida a los pequeños más que a los sabios y prudentes (Luc. X,
21), los caramelos interesan mucho más que el frasco. Nada mejor
sobre esto que la explicación de San Agustín respecto de la sexta
Bienaventuranza: "Los limpios de corazón son los que ven a Dios,
conocen su voluntad, oyen su voz, interpretan su palabra. Tengamos
por cierto que para leer la santa Biblia, sondear sus abismos y aclarar la
oscuridad de sus misterios poco valen las letras y ciencias profanas, y
mucho la caridad y el amor de Dios y del prójimo".
II
Ahora bien, el misterio fundamental de la Biblia es el misterio de
Cristo, por lo cual la vida espiritual depende necesariamente de su
compenetración, como lo exige San Pablo en I Tim. V, 16 ("Misterio de
la piedad"). En otras palabras, depende del crecimiento “en Cristo", sin
el cual nada podemos (Juan XV, 1-5); crecimiento que consiste
principalmente en tomar conciencia de la posición en que Dios nos ha
colocado por amor a su Hijo. Es evidente que, si un hombre que se
creía siervo, se entera de que es hijo del Amo, cambiará su posición
con la nueva conciencia de su estado, y su conducta ya no será la de
un siervo, sino la de un hijo.
Así, pues, dice San Pedro que hemos de desear ardientemente,
"como niños recién nacidos", la leche espiritual del conocimiento que
es lo que hace crecer nuestra salud (I Pedro II, 2-3). Y la postrera
palabra, con que se despide al final de su última carta, es para insistir
en ello: "Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo" (II Pedro III, 18).
También San Pablo habla de este crecimiento y nos enseña que,
siguiendo la verdad en el amor, crezcamos en todo en Aquel que es la
Cabeza, Cristo, (Ef. IV, 15). El sumo bien que el Apóstol nos desea, es
que "el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé
el espíritu de sabiduría y de revelación por su conocimiento,
iluminando los ojos de nuestro espíritu para que conozcamos cuál es
la esperanza a que nos llama" (Ef. I, 17-18). El mismo Apóstol, al
disponerse a hablarnos del "Misterio escondido desde antes de todos
los siglos" (Col. I, 26), ruega que para ello seamos "llenados del
conocimiento de su voluntad con toda la sabiduría y la inteligencia
espiritual, para caminar así de una manera digna del Señor, para
agradarle en todas las cosas, fructificando en toda obra buena y
creciendo en el conocimiento de Dios" (Col. I, 9-10).
EI corazón apostólico de San Pablo expresa los mismos anhelos en
otras muchas ocasiones, por ejemplo cuando confiesa: "No ceso de dar
gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, para que el Dios
de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu
de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo" (Ef. I, 16-17).
Estos textos sirvan de estímulo para aquellos que beben en los
pobres arroyuelos de la sabiduría humana y no en los raudales de la
Sagrada Escritura, que, rebosando de sabiduría divina, nos invita a
buscar en ella los tesoros del conocimiento que están escondidos en
Cristo (Col. II, 3). Esta sabiduría supera inmensamente a todos los
conceptos de nuestra inteligencia, pues lleva en sí el germen de la vida
eterna: "La vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero,
y a Jesucristo, Enviado tuyo" (Juan XVII, 3). ¿Quién no quiere alcanzar la
vida eterna? Pues bien, aprenda a conocer a Cristo y crecer en su
conocimiento.
III
Desde el Antiguo Testamento sabemos que no es difícil llegar al
conocimiento de los misterios de Dios que los Libros sapienciales
resumen bajo el nombre de sabiduría. Desear la sabiduría es ya
tenerla, porque “se deja ver fácilmente de los que la aman y hallar de
los que la buscan" (Sab. VI, 13). Esta maravillosa revelación divina se
confirma a través de toda la Biblia. el que desea la sabiduría ya la tiene,
pues si la desea es porque el Espíritu Santo ha obrado en él para
quitarle el miedo a la sabiduría, ese sentimiento monstruoso de
desconfianza que nos hace temer la santidad y aún huir de ella, como
si el conocimiento de un misterio divino no fuese nuestra felicidad,
sino nuestra desdicha. Vémoslo, pues, claramente: Si yo no creo que
esto es un bien ¿cómo voy a desearlo? Por consiguiente, si lo deseo, ya
he descubierto que ello es un bien deseable, y ya me he librado de
aquel miedo que es la obra maestra del diablo y del cual nadie puede
librarme sino el Espíritu Santo, que es el Espíritu de mi Salvador Jesús;
y entonces ya soy sabio y crezco "hacia adentro de Aquel que es la
cabeza, Cristo" (Ef. IV, 15).
Tengamos, pues, cuidado de no disfrazar, como si fuera obediencia a
la jerarquía, nuestra indiferencia por conocer a Cristo, nuestra falta de
interés por los misterios y promesas del Evangelio y de San Pablo.
¿Pretenderemos acaso que el Sumo Pontífice nos mande un telegrama
cada vez para definirnos el sentido de tal o cual versículo dudoso, o
que el Obispo o el Párroco esté junto a nosotros todo el día para
decirnos qué pasaje podemos leer en cada instante? ¿Tenemos ese
mismo escrúpulo para leer el diario o las novelas? ¿No conocemos
acaso los reiterados llamados de los Sumos Pontífices a leer
diariamente la Biblia? ¿No hay ediciones de la Biblia con comentarios
que guían al lector? ¿Es que acaso se trata de dogmas que hayamos de
inventar, y no se trata más bien de creer en la intimidad y el amor de
nuestro Redentor, a quien siempre podemos acercarnos? Así como no
hay peor sordo que el que no quiere oír, así también no hay peor
miedo que el miedo a la luz, el cual, como dice Jesús es propio de los
que obran el mal (Juan III, 20).
Dice un proverbio: "Allí donde hay una voluntad hay un camino".
Esto, que tomado en el sentido puramente estoico no valdría nada, es
aquí verdad sólo en virtud de esa asombrosa benevolencia de Dios que
está deseando prodigar los tesoros de su sabiduría y solamente espera
que nos dignemos aceptarlos, como si el beneficio fuese para El y no
para nosotros. No de otro modo suplica la madre al niño que tome su
alimento, y se siente feliz cuando ve que lo acepta, como si fuera ella
quien recibe el beneficio.
Sin embargo, aunque Dios ofrece sus tesoros todos muy
liberalmente (Sant. I, 5), quiere que se los pidamos. Así también el don
más grande, el conocimiento de Cristo, es solamente para los que lo
buscan y anhelan, los humildes y pequeños, no para los soberbios que
por su conducta demuestran que nada les importa de Cristo, ni de su
palabra y obra.
Quien se libra de esta suficiencia y se interesa por crecer en el
conocimiento de Cristo, no tardará en experimentar la suavísima
verdad de que Dios revela a los pequeños lo que oculta a los sabios
(Luc. X, 21). Quien, en cambio, desprecia la palabra divina no crece
espiritualmente y pertenece siempre a la categoría de los que son
"niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, al
antojo de la humana malicia y de la astucia que conduce
engañosamente al error" (Ef. IV, 14). Nunca alcanzan "el estado de
varón perfecto, la estatura propia del Cristo total" (Ef. IV, 15); mueren
tan necios como nacieron, porque prefirieron la luz de la linterna a los
rayos del sol.
LO QUE JESUS DA Y PROMETE
Lo que Jesús da y promete no son tales o cuales cosas, sino sus
propias cosas, todo lo que El es y lo que El tiene, lo que El mismo
recibió por la amable voluntad de su Padre. Y nótese que el Padre se lo
da todo absolutamente y desde toda la eternidad, junto con el Ser
divino: "todas las cosas me han sido dadas por mi Padre" (Luc. X, 22).
De ahí que San Pablo diga que todas las cosas son nuestras, y nosotros
de Cristo, y Cristo de Dios (I Cor. III, 22-25), es decir, del Padre que se
las sometió todas (I Cor. XV, 28) y que también lo hace vivir de su
propia vida (Juan VI, 57); que le da el tener vida en Sí mismo (Juan V,
26), y su Espíritu sin medida; que lo ama y pone todo en su mano (Juan
V, 54-55) y le muestra todo lo que hace (Juan V, 20); que le da toda
potestad en el cielo y en la tierra (Mat. XXVIII, 18), el poder de resucitar
(Juan V, 21), y el poder de juzgar (Juan V, 27), y le ofrece en herencia
las naciones (Sal. II, 8), y sobre ellas una dominación eterna y un reino
que no tendrá fin (Dan. VII, 14), y el trono de David su padre (Luc. I,
32).
Pues bien, apenas Jesús ha recibido todo eso de su Padre, nos lo da
todo, si así le creemos. Le dice al Padre que la gloria recibida de El nos
la ha dado a nosotros (Juan XVII, 22) y que quiere para nosotros
eternamente la misma gloria que El recibió antes de todos los siglos
(Juan XVII, 24); nos promete la realeza como su Padre se la dio a El
(Luc. XXII, 29) y sentarnos a su mesa en su reino (Luc. XXII, 30), después
de transformar nuestro vil cuerpo, haciéndolo como el Suyo glorioso
(Filip. III, 20-21). A los Apóstoles les promete doce tronos para juzgar a
las doce tribus de Israel (Mat. XIX, 28); a los demás el compartir su
trono y dominar a las naciones (Apoc. III, 21; Apoc. II, 26) y ciudades
(Luc. XIX, 15-19), y aún que juzgarán a los ángeles, según lo revela San
Pablo (I Cor. VI, 3).
II
Entretanto, y mientras El se va a prepararnos la morada en casa de su
Padre para volver y tomarnos (Juan XIV, 2-5), nos deja la paz, pero no
cualquiera, sino la suya propia: "os dejo la paz, os doy la paz mía"
(Juan XIV, 27). Antes nos ha dado todas las Palabras que oyó del Padre
(Juan XVII, 8), para que dejemos de ser siervos y seamos sus amigos
(Juan XV, 15), y le dice al Padre que nos ha dado esas palabras para
que nosotros tengamos el gozo cumplido que El tiene (Juan XVII, 13).
Ese gozo que es fruto del Espíritu (Gál. V, 22), de la Palabra (I Juan I, 4)
que es Espíritu y es Vida (Juan VI, 63; Vulgata VI, 64).
Ese gozo cumplido es lo que Jesús nos enseña a pedir con la
seguridad de obtenerlo. Bien se comprende esa seguridad, pues
vimos que el gozo es fruto del Espíritu, y ese Espíritu no se niega a
nadie que lo pide al Padre, así como nosotros no negamos el pan a
nuestro hijo que nos lo pide, ni le damos en cambio una piedra (Luc.
XI, 13). De ahí que en el pasaje "pedid y recibiréis, para que vuestro
gozo sea cumplido" (Juan XVI, 24) algunos prefieren la versión:
"pedid y recibiréis que vuestro gozo sea cumplido" esto es: "pedid
que vuestro gozo sea cumplido y lo recibiréis". Con lo cual queda
dicho que el gozo pleno, o sea la felicidad, está en nuestras manos
si lo pedimos y no desconfiamos. Y no puede sorprender esto
aunque sea cosa tan admirable, pues la misma Escritura nos dice,
según la Vulgata, que el gozo, así como prolonga la vida del
hombre, es también un tesoro inagotable de santidad (Ecli. XXX, 23),
por lo cual San Pablo nos dice y repite: "Gozaos constantemente en
el Señor" (Filip. IV, 4).
III
Mas no hemos terminado de ver las cosas suyas que nos da Jesús:
antes de padecer nos da como “verdadera comida y bebida" (Juan
VI, 55; Vulgata VI, 56) su Cuerpo que será partido para nosotros
(Luc. XXII, 19) y su Sangre que será derramada para nosotros como
Nueva Alianza (Luc. XXII, 20), a fin de que vivamos de su propia vida
y recordemos sin cesar su Sacrificio redentor (I Cor. XI, 26).
Antes de morir le entrega a San Juan su propia Madre (Juan XIX,
27), y después de su Resurrección, habiéndonos ganado ya el bien
supremo de la filiación divina que se da a los que creen en El (Juan I,
22), nos da eso, es decir, lo más grande de todo, que es su propio
Padre divino, de quien El todo lo recibe eternamente y a quien El
todo lo debe. Y entonces ya nos llama hermanos, porque tenemos
el mismo Padre (y aún la misma Madre) que El: "Ve -le encarga a
Magdalena- y di a mis hermanos que subo a mi Padre y vuestro
Padre, mi Dios y vuestro Dios" (Juan XX, 17). Y no nos da ese Padre
de cualquier manera, sino para que nos ame con el mismo amor
que a El (Juan XVII, 26), de modo que seamos "consumados en la
unidad" con el Padre y con el Hijo (Juan XVII, 23).
A la luz de tan asombrosos dones como los que aquí vemos
¿tendría disculpa quien siguiera pensando que el Evangelio es
solamente una colección de mandamientos?
ORAR CON CRISTO
Al considerar las características de la piedad cristiana hemos de
recordar en primer término que no oramos solos, ni como
individuos aislados, ni sólo como representantes de una comunidad
o de un pueblo, sino como miembros de un Cuerpo Místico, cuya
cabeza es Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. "Per Christum
Dominum nostrum" -por Jesucristo, nuestro Señor- elevamos
nuestras oraciones a Dios, y en esto se distingue fundamentalmente
la oración cristiana de las preces formuladas por los adeptos de
otras religiones.
No es nuestro "yo" el que da valor a la oración, sino la unión del
"yo" humano con el divino Mediador, que se hizo sustituto nuestro
ante el Padre. Por eso dice El mismo, según San Juan XV, 5: "Sin Mí
nada podéis hacer" y San Pablo agrega que el que nos anima y
capacita para pronunciar el nombre del divino Sustituto es el
Espíritu Santo, quien es a la vez el glorificador de Jesús (cf. Juan XVI,
14): "Nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu
Santo" (I Cor. XII, 5). Es pues, por Jesucristo y su Santo Espíritu, que
dirigimos nuestras oraciones al Padre, como el mismo Apóstol lo
expresa en la Carta a los Romanos: "No sabemos qué hemos de
pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene hacerlo; el mismo
Espíritu hace nuestras peticiones con gemidos que son
inexplicables" (Rom. VIII, 26).
Es ésta una gran luz para los flacos en la fe y en la confianza, que
no creen en la eficacia de la oración o se creen incapaces de orar sin
distracción. ¡Cristo y el Espíritu Santo nos ayudan! Y sus acentos dan
gracia a nuestro balbuceo ante el Padre. Todo al revés del mezquino
concepto que tal vez nos hemos formado de la parte divina en
nuestros actos de piedad, como si Dios, después de la creación del
mundo, se hubiese entregado a la pasividad, para que la actividad
humana se manifieste sin trabas. En realidad es la oración tanto más
perfecta cuanto más parte tiene en ella Dios y menos el hombre.
Orar con Cristo es, por consiguiente, como dijimos en la nota al
versículo citado ("Las Cartas de San Pablo", edic. Plantín, pág. 38),
"una actividad más bien receptiva, pero incompatible con la
distracción, pues, está hecha precisamente de atención a lo que
Dios obra en nosotros con su actividad divina fecundante. Esa
atención no acusa modificaciones sensibles, sino que es nuestro
acto de fe vuelto hacia las realidades inefables de misericordia, de
amor, de perdón, de redención y de gracia que el Esposo obra en
nosotros apenas se lo permitimos, pues sabemos que El siempre
está dispuesto, ya sea que lo busquemos -en cuyo caso no rechaza
a nadie (Juan VI, 57),--, o que simplemente le dejemos entrar,
porque El siempre está llamando a la puerta (Apoc. III, 20); y aun
cuando no le abramos, atisba El por las celosías (Cant. II, 9), y aun
nos persigue como un "lebrel del cielo". Cuanto más sabemos esto
más aumenta nuestra confianza y más se despierta nuestra atención
a la realidad espiritual de la oración".
II
Orar con Cristo no sólo significa estar unido con El místicamente,
sino también seguir, por decirlo así, su método. Si Jesús es nuestro
Maestro, ¿nos habrá acaso dejado sin instrucciones sobre el
elemento más vital de la piedad? ¿Cómo practicaba El la oración?
¿Tenemos ejemplos de su oración? Sí, los tenemos. Y lo más
interesante es que la primera oración de Jesús no está en el
Evangelio, sino en el Salterio, lo cual nos muestra una vez más la
unión de los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, que se
completan mutuamente y se arrojan luz el uno sobre el otro.
Esa primera oración de Cristo se halla en el Salmo LIX, vers. 7 y 8, y
para que no dudemos de su autenticidad, el Espíritu Santo la hizo
citar por San Pablo en la Carta a los Hebreos, donde leemos: "Por lo
cual dice Jesús al entrar en el mundo: Sacrificio y oblación Tú (oh
Dios), no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado. Holocaustos
y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que
vengo; así está escrito de Mi en el rollo del Libro, para que haga,,, oh
Dios, Tu Voluntad" (Hebr. X, 5-7).
El Apóstol ve en esta oración la de Cristo con motivo de su
entrada en el mundo, o sea en aquel momento en que se
materializó su existencia humana en el seno purísimo de la Virgen, y
en que su alma, bajo los irresistibles impulsos del Espíritu Santo,
ofreció al Padre ese santísimo cuerpo que había recibido para el
cumplimiento de su misión redentora.
III
¿No es notable y digno de la mayor atención que la primera oración
de Jesús sea una palabra del Salterio? Si el Hijo de Dios, el "hombre"
más inspirado que jamás viviera en la tierra, al elevar su corazón al
Padre, ha recurrido a la Escritura como fuente de las palabras más
dignas del Altísimo, ¿cuán mal parados quedamos entonces nosotros
al pretender crear fórmulas mejores y más acertadas? Del ejemplo que
nos ha sido dado por Cristo, hemos de sacar la enseñanza de que
hemos de obrar como El, y no confiar en nuestra propia inspiración,
sino dejarnos conducir por las Sagradas Escrituras, por la Palabra de
Dios y las fuentes sobrenaturales, como lo hace la Iglesia al formular
las oraciones del Misal y Ritual. Imitemos a Cristo y a la Iglesia,
bebamos en el manantial inagotable de la Biblia, donde encontramos
siempre la mejor inspiración y la expresión más sublime y más
adecuada para lo que deseamos decir, pues ese mismo Espíritu que
inspiró el Libro Sagrado, inspira también al que ora rectamente, como
vemos en Rom. VIII, 26.
No fué solamente la primera oración la que el Hijo del hombre sacó
del Salterio; también sus últimas palabras proceden de ese mismo
libro divino. Cuando su cuerpo se desangraba bajo horribles tormentos
físicos y su alma cargada con los pecados de la humanidad (II Cor. V,
21) apuraba la última gota del cáliz de la amargura, no encontraba
palabras más apropiadas para expresar su dolor que las del salmista:
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Sal. XXI, 2; cf.
Mat. XXVII, 46; Marc. XV, 34). Y en su último aliento escuchamos
igualmente palabras de la Sagrada Escritura, pues de los Salmos fueron
las que pronunciara al expirar, diciendo con esa amorosa y confiada
entrega que hemos de aprender de El: "Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu" (Sal. L, 6; cf. Luc. XXIII, 46).
IV
Como Jesucristo, así también su santísima Madre usaba como
"devocionario" la Escritura, especialmente los Salmos. El Magnificat de
la Virgen (Luc. I, 46 ss.) es un tejido de textos bíblicos, lo mismo que el
Cántico de Zacarías (Luc. I, 68 ss.). Esto prueba hasta qué punto
aquellos santos se habían compenetrado de la Palabra de Dios, y cómo
sabían aprovecharla para sus oraciones e himnos eucarísticos. También
San Esteban concluye su glorioso martirio con una palabra de la
Escritura (Hech. VII, 59).
¿Es extraño que los apóstoles, que tantas veces presenciaron la
oración de Jesús, le pidieran que les enseñase a orar? (Luc. XI, 1). Y el
les enseñó el Padrenuestro, la oración que en su sola estructura
contiene ya toda la substancia de ambos Testamentos.
Por todo esto vemos la inmensa importancia que en la oración de
Jesús y de sus discípulos tiene la Biblia, sin la cual no entenderíamos
sus oraciones, como tampoco las de la Iglesia, las cuales rebosan de
reminiscencias, ideas y citas literales del Libro sagrado, que no revelan
su verdadero sentido sino a los que conocen los textos aludidos, al
igual que las vidrieras góticas con sus figuras y escenas sólo son
comprendidas por los que conocen los originales bíblicos que ellas
representan.
Usando la Sagrada Escritura como texto de su oración Jesús nos ha
mostrado también de una manera práctica las íntimas relaciones entre
la Antigua y la Nueva Alianza, que hoy todavía son tan estrechas, que
un libro del Antiguo Testamento, el Salterio, es la oración oficial de la
Iglesia y de todos los sacerdotes del orbe católico.
Orar con Jesús es, pues, no solamente orar en unión con el y con la
Iglesia, su cuerpo, sino también en cuanto es posible, con las mismas
palabras que el consagró en los días de su vida terrena cuando de sus
labios brotaron las oraciones del Libro eterno.
ESCATOLOGÍA
LOS CINCO MISTERIOS DE SAN PABLO
El P. Sales hace notar que el Apóstol usa la palabra "misterio" a
menudo acompañada de la expresión "no quiero que ignoréis",
cuando quiere dar una enseñanza de gran importancia. Se destacan
así, en la enseñanza e San Pablo, cinco misterios principales, que
podemos llamar: 1) Mysterium sapientiae 2) Mysterium iniquitatis, 3)
Mysterium Ecclesiae, 4) Mysterium resurrectionis et vitae, 5) Mysterium
salvationis Israel.
El primero es el que se llama de la Sabiduría de Dios, que se predica
"en misterio" (I Cor. II, 7), presentando las cosas espirituales para los
hombres espirituales (ibid. 13), de modo que no pueda percibirlas el
hombre simplemente razonable o "psíquico" (ibid. 14) en tanto que, a
los espirituales, el Espíritu Santo les hace penetrar "aún las
profundidades de Dios" (ibid. 10). Por eso no entienden la Sabiduría
los sabios según la razón, sino los pequeños. Es el mismo misterio que
revela Jesús al decir gozoso a su Padre que lo alaba porque ocultó a
aquéllos estas cosas que reveló a los pequeños (Luc. 10, 21).
II
EI misterio de iniquidad (II Tes. II, 7), que culminará en el Anticristo y
su triunfo sobre todos los que no aceptan aquel misterio de la
sabiduría, y "ya está operando" desde el principio, en forma de cizaña
mezclada con el trigo, a causa del dominio adquirido por Satanás
sobre Adán, y mantenido sobre todos sus descendientes que no
aprovechan plenamente la redención de Cristo. Es, no sólo el gran
misterio de la existencia del pecado y del mal en el mundo, no
obstante la omnipotente bondad de Dios, sino principalmente, y en
particular, el misterio de la apostasía (II Tes. II, 3) con el triunfo del
Anticristo sobre los santos (Apoc. XIII, 7), con la mengua de la fe en la
tierra (Luc. XVIII, 8) y, en una palabra, con la aparente victoria del
Diablo y aparente derrota del Redentor por la apostasía que nos rodea
hasta que el venga a juzgar el mundo y triunfar gloriosamente en los
misterios más adelante señalados para el fin.
III
EI misterio de la iglesia, que el Apóstol llama también misterio del
Evangelio, y "misterio grande" (Ef. V, 32) en cuanto contiene la unión
íntima de Cristo con su cuerpo místico y las Bodas del Cordero con su
Esposa la Iglesia, anunciadas en el Apocalipsis (Apoc. 19, 6 ss.). Es el
misterio por el cual Dios resuelve formarse de entre los gentiles un
pueblo para su nombre (Hech. XV, 14) derribando, por la Sangre de
Cristo, el muro que los separaba de Israel (Ef. II, 14), en su propósito de
reunir en uno a todos los hijos de Dios (Juan XI, 52) a fin de que,
finalmente hubiese, incluso las doce tribus de Israel, un solo rebaño
bajo un solo Pastor (Juan X, 16).
Se llama misterio, porque en vano se habría pretendido descubrirlo
en el Antiguo Testamento, ya que sólo a Pablo, "el último de todos los
santos", le fué dado "revelar a todos cuál sea la dispensación del
misterio escondido en Dios desde todos los siglos" (Ef. III, 9) y desde
todas las generaciones (Col. I, 26) y aún para los ángeles (Ef. III, 10)
desde los tiempos eternos (Rom. XVI, 25). Esto, no obstante haber
existido "antes de la creación el mundo", en la mente del Padre
Celestial que, según el deseo de su benevolencia hacia nosotros, nos
había predestinado a ser hijos por obra de Jesucristo (Ef. I, 4-5), e
iguales a el (Rom. VIII, 29) en nuestro cuerpo glorificado (Filip. III, 20-
21).
IV
EI misterio de la resurrección y de la vida, según el cual no sólo
resucitaremos y seremos transformados, sino que habrá hombres que
serán transformados vivos (I Cor. XV, 51 ss. texto griego), y que los que
vivamos en la segunda venida del Señor "seremos arrebatados al
encuentro de Cristo en los aires" (I Tes. IV, 16 ss.) junto con los
hermanos resucitados. Llama a esto “misterio", porque es la derrota
definitiva de la muerte, que entró en el mundo por aquel misterio de
iniquidad, y a la cual se le quitará:
1) su victoria ya obtenida, pues los muertos resucitarán;
2) su aguijón, o espada, pues ésta ya no podrá matar a los que
serán transformados (I Cor. XV, 54 ss.). Es lo que Jesús dice Marta: el
que cree en Mí, si hubiere muerto vivirá, y todo viviente y creyente en
mí, no morirá nunca (Juan XI, 25).
Sobre este gran misterio véase el artículo del P. Latte, S. J., publicado
en el núm. 41 de la Revista Bíblica, bajo el título: “La versión Vulgata de
I Corintios XV, 51”.
EI misterio de la salvación de Israel (Rom. XI, 25 ss.), que es misterio:
a) porque será obra gratuita de la misericordia, sin mérito alguno
de los hombres, y esa misericordia para con los unos hallará motivo en
la incredulidad de los otros (Rom. XI, 21 s.), así como la incredulidad de
Israel fué motivo para que los gentiles fuesen admitidos (Rom. XI, 30);
b) es misterio porque con esto terminarán los actuales "tiempos de
las naciones" (Luc XXI, 24); c) porque se cumplirán las maravillosas
promesas de los Profetas acerca de la santidad del reino mesiánico y la
sublime glorificación de Jesús (Sal. II, IV, XLIV, LXXI, CIX, etc).
Quien medita en estos Misterios, está cerca de Cristo, porque ÉI
es quien los reveló a su discípulo Pablo.
¿QUE DICE LA SAGRADA ESCRITURA DEL ANTICRISTO?
I
El vocablo Anticristo pertenece exclusivamente a San Juan, quien lo
usa tan sólo en sus Epístolas (I Juan II, 18, 19, 22; IV, 3, y II Juan 7),
tomándolo a veces en plural y haciéndolo proceder "de entre
nosotros", en lo cual coincide con lo que San Pablo llama apostasía
(II Tes. II, 5) y "misterio de iniquidad (ibid. II, 7). También lo llama San
Pablo "hombre de pecado' (ibid. II, 5) y "aquel inicuo" (ibid. II, 8). De
ahí que se discuta si será una persona singular o un fenómeno
colectivo. Aun en este menos probable caso parecería une siempre
habrá alguien que obre como cabeza de ese movimiento.
Algunos identifican al Anticristo con la Bestia del Apocalipsis, o sea,
"la bestia del mar, que tenía siete cabezas, y diez cuernos y sobre los
cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombres de blasfemia"
(Apoc. XIII, 1 ss.). Pero será más bien "la bestia de la tierra" o el "falso
profeta (Apoc. XIII, 11-18). La unión de elementos tan contrarios en las
dos bestias significa que las tendencias más opuestas se reunirán para
destruir el Reino de Dios. Compárese este capítulo 13 del Apocalipsis
con la Profecía de Daniel sobre las cuatro bestias (Daniel cap. VII). En
Daniel salen todas las bestias del mar, y entre todas tienen también
siete cabezas, igual a la bestia del Apocalipsis. Además le sale a la
cuarta bestia daniélica un pequeño cuerno que se hace grande. En este
pequeño cuerno ven los Padres una figura del Anticristo o a ése
mismo.
II
Para estudiar el fenómeno del Anticristo no debe prescindirse
tampoco del Misterio de la gran Babilonia, o sea, la ramera sentada
sobre el Dragón (Satanás), cuya caída describe el Apocalipsis en los
capítulos XVII, XVIII y principio del XIX.
Estos tremendos anuncios escatológicos para los tiempos que
precederán a la Parusía o Retorno de Cristo, coinciden con lo que el
mismo nos dijo muchas veces, al revelarnos que a su vuelta no hallará
fe en la tierra (Luc. XVIII, 8); que su regreso sorpresivo será como en
los días de Noé y los días de Lot en que nadie temía ni creía en la
catástrofe (Mat. XXIV, 37; Luc. XVII, 26-30); que en esos últimos
tiempos se enfriará la caridad de la mayoría (Mat. XXIV, 12, texto
griego) y será tal la iniquidad que aún los escogidos, si posible fuera,
se perderían (XXIV, 24), si bien los tiempos serán abreviados por amor
de los elegidos (XXIV, 22).
Estos tiempos calamitosos del fin son también anunciados por San
Pedro (II Pedr. III, 3 s.), por San Judas (18), y por los Profetas Isaías,
Ezequiel y Daniel, aunque en la visión escatológica de Isaías aparece
Edom como representante de los enemigos de Dios. Bien clara y muy
citada es la profecía de Daniel sobre el Anticristo: "Y hablará palabras
contra el Excelso, y atropellará los santos del Altísimo y pensará poder
mudar los tiempos y las leyes; y (los hombres) serán puestos en su mano
hasta un tiempo, y dos tiempos, y mitad de un tiempo ” (Dan. VII, 25).
III
La dominación del Anticristo sobre el mundo, será, pues, de un
tiempo, y dos tiempos, y mitad de un tiempo, o sea, en total de tres
tiempos y medio. Numerosos intérpretes antiguos, entre ellos San
Jerónimo, San Efrén, Teodoreto, y muchos modernos sostienen que
"tiempo" corresponde aquí al espacio de un año. Con esto parece
coincidir el Apocalipsis de San Juan que dice: Diósele asimismo una
boca que hablase cosas altaneras y blasfemias, y se le dio facultad de
obrar, por espacio de cuarenta y dos meses (XIII, 5), tiempo durante el
cual predicarán los dos testigos: "Entretanto Yo daré (orden) a los dos
testigos míos y harán oficio de profetas, cubiertos de cilicio, por espacio
de 1260 días (XI, 5). En aquel tiempo la mujer misteriosa será llevada y
guardada en el desierto: "A la mujer, empero, se le dieron dos alas de
águila grande, para volar al desierto a su sitio, en donde es alimentada
por un tiempo y dos tiempos, y la mitad de un tiempo lejos de la
Serpiente" (XII, 14).
Tres tiempos y medios -42 meses-, 1260 días, significan
aparentemente el mismo lapso de tiempo. Sin embargo, aunque esta
opinión es muy plausible hay que observar que en esta materia nada
sabemos de seguro (Fillion).
Sobre la obra destructora que realizará el Anticristo, léanse los
pasajes citados, en primer lugar el capítulo XIII del Apocalipsis. Se le
dará: "potestad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación"; y lo
adorarán “ todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres
no están escritos en el libro de la vida del Cordero" (Apoc. XIII, 7 y 8).
Será un dictador como el mundo no lo ha visto nunca, un señor
absoluto que reúne en sus manos todos los poderes del mundo,
aprovecha todos los progresos e invenciones de la técnica, y
avasalla irresistiblemente las masas con el resplandor de sus éxitos.
IV
¿Y cuál será su fin? Dice S. Pablo que Jesús matará al Anticristo
"con el aliento de su boca' y "con el resplandor de su venida" (II Tes.
II, 8), o como dice el texto griego: con la "epifanía de su parusía". Cf.
Apoc. XIX, 15, y también Is. XI, 4: "Con el aliento de sus labios dará
muerte al Impío'.
En la gran Biblia con comentario de Dom Calmet y de Vence, se
dice a este respecto: "En efecto, ya hemos observado que, según
toda la Tradición, el Apóstol habla de la última venida de Jesucristo,
cuando, después de haber anunciado la venida del Anticristo,
agrega que el Señor Jesús destruirá a ese impío por el aliento de su
boca y lo perderá por el resplandor de su presencia, o mejor de su
advenimiento; porque el griego "parusía" significa una y otra cosa, y
la Vulgata prefiere la última: ille iniquus quem Dominus Jesus
interficiet spiritu oris sui et destruet iilustratióné adventus sui'
(Disertación sobre el Anticristo, Tomo 16, p. 85).
Y en la Disertación sobre la sexta edad de la Iglesia, la misma
erudita obra expresa: "Por consiguiente el tercero y último “ay" (del
Apocalipsis) es del advenimiento del soberano Juez, como los
santos Doctores lo reconocen. Por tanto, la persecución que
precede inmediatamente, y en la cual los dos testigos, son matados
por la bestia que sube del abismo, es la delAnticristo., como toda la
Tradición lo ha reconocido. Hay, pues, bien realmente una trabazón
íntima entre estos cuatro grandes acontecimientos: la misión de los
dos testigos, la venida de Elías que será uno de ellos, la persecución
del Anticristo por quien los dos testigos deben ser condenados a
muerte, y la última venida de Jesucristo que debe exterminar al
Anticristo por el resplandor de su gloria: Eliam Thesbiten, fidem
Judaeorum, Antichristum persecuturum, Christum venturum" (Tomo
16, 11 722).
Más adelante (p. 781) repite este concepto y lo atribuye a San
Agustín, diciendo: "Es, pues, verdad que habrá una unión íntima entre
estos cuatro grandes acontecimientos, la misión de Elías, la conversión
de los judíos, la persecución del Anticristo y la última venida de
Jesucristo, como San Agustín lo había aprendido de aquellos que
aparecieron antes que él, y como nosotros mismos lo hemos
aprendido de todos los que han venido después de él (San Agustín, de
Civitate Dei20, cap. último)".
EL OLVIDO DEL APOCALIPSIS
“Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este
libró” dice el Ángel a San Juan Evangelista después de haberle revelado los
arcanos del Apocalipsis (Apoc. XXII, 7). De modo que es una
bienaventuranza guardar esas palabras. Obsérvese que guardar no quiere
decir cumplir, pues no se trata aquí de mandamientos; guardar - o
“custodiar" como dice el latín—, quiere decir conservar las palabras en el
corazón, como hacía María Santísima con las del Evangelio (Luc. II, 19 y 51).
No es otro el sentido de la expresión de San Pablo cuando nos dice: "La
Palabra de Dios habite en vosotros abundantemente" (Col. V, 16). Por lo
demás, el secreto de toda Palabra de Dios consiste precisamente en eso: en
que el guardarla o conservarla es lo que hace cumplirla, como lo dice
claramente el salmista: "Escondí tus palabras en mi corazón para no pecar
contra Ti" (Sal. CXVIII, 11).
Esta bienaventuranza que dan las palabras misteriosas de la
Profecía del Apocalipsis, se extiende a todos, como se ve desde el
principio (Apoc. I, 3): “Bienaventurado el que lee y oye las palabras
de esta profecía y conserva lo que en día está escrito; porque el
tiempo está cerca".
Tal afirmación de que "el tiempo está cerca", está repetida varias
veces en la profecía, y es dada como la razón de ser de la misma:
"No selles (es decir, no ocultes) las palabras de la profecía de este
libro, porque el tiempo está cerca" (XXII, 10). Compárese esto con lo
que Dios dice a Daniel en sentido contrario, hablando de estos
mismos tiempos de la vuelta de Cristo: "Pero tú, oh Daniel, ten
guardadas cestas palabras, y sella el libro hasta el tiempo
determinado: muchos le recorrerán, sacarán de él mucha doctrina”
(Dan. XII, 4).
Este cotejo de ambos textos impone la conclusión de que si
entonces, en tiempo de Daniel, algunas profecías habían de estar
selladas, hoy es necesario, al revés, que las conozcamos. Si esto
fuera así, si el esplendor de las maravillas de bondad y grandeza que
Dios ha revelado al hombre, fuese conocido por todos los cristianos;
si ellos se enterasen de que San Pablo nos revela misterios
escondidos de Dios que ignoraban los mismos ángeles (Efes. III, 9 y
10), ¡cómo aumentaría su interés y su amor por la religión!
Entretanto, hoy se lamentan obispos europeos (Monseñor
Landrieux, de Dijón, Monseñor Girbeau, de Nimes etc.) de la
insuficiencia de la enseñanza catequística, por haberse convertido
en “una suma de mandamientos y en un catálogo de pecados, vacío
del contacto con la persona de Cristo”, que es el Maestro y como tal
se muestra en la Escritura.
EI Ángel del Apocalipsis compara con los profetas a los que guardan
las palabras de esa profecía (Apoc. XXII, 9), y tan insuperable
importancia atribuye Dios al conocimiento de esa Revelación, que,
además de las bienaventuranzas ya citadas, cierra ese Libro, que es el
coronamiento de toda la Revelación divina, con estas terribles
amenazas: "Ahora bien, yo advierto a todos los que oyen las palabras
de la profecía de este libro: Que si alguno añadiere a ellas cualquier
cosa, Dios descargará sobre él las plagas escritas en este libro. Y si
alguno quitare cualquiera cosa de las palabras del libro de esta
profecía, Dios le quitará a él su parte del árbol de la vida, y de la ciudad
santa, que están descritos en este libro” (Apoc. XXII, 18 y 19, texto
griego).
II
Ante estas palabras de Dios, confirmamos claramente lo que ya
sabíamos por el Evangelio, esto es: que en el cristianismo no hay nada
que sea misterio reservado a algunos pocos. "Lo que os digo al oído
predicadlo sobre los techos", dijo Cristo en las instrucciones que dio a
los doce apóstoles (Mat. X, 27), y al pontífice que lo interroga sobre su
doctrina, le dice: "Yo he hablado al mundo abiertamente... y nada he
hablado en secreto... interroga tú a los que me han oído" (Juan XVIII,
20 s.). Por eso al nacer la Iglesia en el instante de la muerte del
Redentor, el velo que ocultaba los misterios del Templo quedó roto de
alto a bajo (Mc. XV, 58).
Tiempo es, pues, de que caiga de los ojos de nuestros hermanos ese
velo que los aparta de conocerlo a EL, que es la Luz; y que desaparezca
ese equívoco que aleja a las almas de la fuente de Agua Viva, como si
fuese veneno.
Aun hoy, a pesar de tantas y tan insistentes palabras de los Sumos
Pontífices que recomiendan la lectura diaria de la Biblia hay quien se
atreve a decir con audacia que estas cosas son peligrosas, como si la
Palabra de Dios, que es “siete veces depurada” (Sal. XI, 7) pudiera
contener veneno corruptor cuando el Espíritu Santo ha dicho que ella
“transforma las almas... y presta sabiduría a los niños” (Sal. XVIII, 8), y
Cristo enseña que éstos la entienden mejor que los sabios (Mt. XI, 25).
¡Ay de los que apartan a las almas de la Palabra de Dios! A ellos, a los
falsos profetas, aplica San Juan Crisóstomo aquella maldición terrible
de Cristo contra los sacerdotes de Israel, que ocultaban la Sagrada
Escritura, que es la llave del cielo. “¡Ay de vosotros, hombres de la Ley,
que os habéis guardado la llave de la ciencia! Vosotros mismos no
entrasteis, y a los que iban a entrar se lo habéis impedido” (Luc. XI, 52).
III
Si para muchos la Biblia en general ha dejado de ser el libro de
espiritualidad, ¿cuánto más el Apocalipsis? Ya en el siglo séptimo el IV
Concilio de Toledo se vio obligado a excomulgar a los sacerdotes que
no lo explicasen todos los años en las misas desde Pascua a
Pentecostés (Enchiridión. Biblicum Nr. 24). ¿Qué dirían los Padres del
Concilio si vieran cómo el Apocalipsis ha llegado a ser hoy el libro
menos leído y más olvidado de la Biblia?
“Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía" (Apoc. I,
3). Leamos, pues, sin miedo la tremenda y dulcísima profecía del
Apocalipsis. Tremenda para los traidores de Cristo; dulcísima para “los
que aman su advenimiento” (II Tim. IV, 8) y aspiran a los misterios de la
felicidad prometida para las Bodas del Cordero. Sobre ellos dice San
Jerónimo: “El Apocalipsis de San Juan contiene tantos misterios como
palabras; y digo poco con esto, pues, ningún elogio puede alcanzar el
valor de este libro”.
Notemos que el no leerlo y el no creer en él es precisamente el
síntoma de que esas profecías están por cumplirse, como lo dijo Cristo:
“Lo que acaeció en tiempos de Noé, igualmente acaecerá en el tiempo
del Hijo del hombre: comían y bebían, casábanse y celebraban bodas,
hasta el día en que Noé entró en el Arca; y sobrevino entonces el
diluvio que acabó con todos. Como también sucedió en los días de Lot:
comían y bebían; compraban y vendían; hacían plantíos y edificaban
casas; mas el día que Lot salió de Sodoma llovió del cielo fuego y
azufre, que los abrasó a todos”. (Luc. XVII, 26-29).
Leamos el Apocalipsis. Y lo que no entendamos volvámoslo a leer
una y mil veces, y estudiémoslo, y busquemos sacerdotes piadosos y
libros buenos que nos lo expliquen, no según las ideas de los hombres,
sino según las luces de la misma Sagrada Escritura. Esta ocupación de
descifrar los misterios de Dios es la única digna del sabio, dice el
Eclesiástico (XXXIX, 1 ss.). No por la curiosidad malsana de los que
pretenden hacer adivinanzas sobre los acontecimientos políticos de tal
o cual país, sino por el ansia de conocer y admirar más y más los
sublimes designios de Dios sobre el hombre, y poder sacar de ellos un
fruto creciente de caridad.
Leamos especialmente el Apocalipsis en el tiempo de Adviento, en el
cual la Santa Iglesia quiere prepararnos, como se ve en toda la liturgia,
a ese segundo advenimiento de Cristo triunfante. Desde la primera
antífona de Maitines clama la Madre Iglesia, como con trompeta de
triunfo: “AI Rey y Señor que va a venir, venid, adorémosle”.
IV
La primera Encíclica de S .S. Pío XII, nos confirma en los conceptos
que dejamos expuestos. Empieza el Papa recordando el 40° aniversario
de la consagración del género humano al Corazón de Cristo por S. S.
León XIII, y declara que quiere "hacer del culto al Rey de los Reyes y
Señor de los señores (Apoc. XIX, 6), como la plegaria del introito de
este Nuestro Pontificado". Hace luego una manifestación,
verdaderamente trascendental con las palabras siguientes: "¿No se le
puede quizás aplicar (a nuestra época) la palabra reveladora del
Apocalipsis: Dices rico soy y opulento y de nada necesito; y no sabes
que eres mísero y miserable y pobre y ciego y desnudo"? (Apoc. III, 17).
Además de estas referencias al Apocalipsis, el Sumo Pontífice
expresa su creencia de que estamos “al comienzo de los dolores
anunciados por Jesús en el discurso escatológico (Mt. XXIV, 8). Tan
vehemente llamado del Papa ha de despertar las conciencias cristianas
"para comprender que la Parusía, o segunda venida de Cristo, es
verdaderamente el alfa y omega, el comienzo y el fin, la primera y la
última palabra de la predicación de Jesús, que es su llave, su
desenvolvimiento, su explicación, su razón de ser, su sanción; que es,
en fin, el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin
el cual todo lo se derrumba y desaparece” (Cardenal Billot, La Parousie,
9).
EI Cardenal Primado de nuestra patria nos ha dado el ejemplo de ese
interés por Parusía de Cristo y por el libro escatológico que la explica,
al adopta como lema en su Escudo la palabra que cierra y resume todo
el Apocalipsis: “¡Ven, Señor Jesús!".
LA BIENAVENTURADA ESPERANZA
(Tito II, 13)
I
En el mundo moderno hay muchos seudo profetas, ocultistas,
astrólogos y espiritistas, que hacen de la profecía un arte como
Simón Mago y engañan a la gente crédula e incauta. En sus
‘profecías’ se ocupan con preferencia de la suerte del mundo, su
próximo porvenir y su fin, y no les falta auditorio; con lo cual se
cumple lo que Jesucristo y los Apóstoles señalaron como
característica de la falsa profecía, mientras los verdaderos profetas
siempre serán una voz en el desierto, es decir, desoídos,
despreciados y perseguidos, y ninguno de ellos se hará
multimillonario como aquel astrólogo de París, del cual dijeron los
diarios que supo explotar con la misma habilidad la superstición y
los bolsillos de sus clientes.
El mejor medio para librarse de estos seudoprofetas consiste en leer
la Sagrada Escritura, especialmente el Nuevo Testamento y las
profecías del Antiguo, donde hay muchísimos vaticinios auténticos,
escritos bajo la inspiración divina y destinados a mantener la fe hasta
los últimos tiempos; vaticinios tan olvidados, que los mismos judíos
que actualmente vuelven al país de sus padres, no saben que con
ello dan cumplimiento a las profecías del Antiguo Testamento.
Por eso dice el Eclesiástico: “El sabio se dedica al estudio de los
Profetas” (Ecli XXXIX, 1), lo cual equivale a decir que los que no se
dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios
que caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos y demás
explotadores de la credulidad humana.
II
Entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es
la que San Pablo llama “la bienaventurada esperanza” (Tito II, 13).
Todos sabemos que hay una felicidad eterna que anhelamos en
nuestras oraciones. Pero aquí se trata de una cosa en que muy pocos
piensan y que en general no es objeto de nuestras plegarias.
¿Qué es, pues, la “bienaventurada esperanza” con lo que San Pablo
consuela a su discípulo Tito? El padre Bover, S.J., lo explica bien,
diciendo que éste término equivale a la “manifestación de la Gloria
de Jesucristo en su segundo advenimiento”.
Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la
suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo
de Su Hijo, nuestro divino Caudillo. Tal es el deseo, el suspiro de la
Iglesia, con que termina toda la Biblia y que puede cumplirse
cuando menos pensamos (Apoc. XXII, 20).
La Segunda Venida de Cristo tiene en el Nuevo Testamento el
nombre de “Parusía”, palabra griega que originariamente significa
“presencia”. el término se usaba en la época helenística para
anunciar la visita del Emperador a una ciudad. De ahí que los
hagiógrafos lo emplearan para denominar la venida del gran Rey
Jesucristo.
No hay duda de que los primeros cristianos esperaban ese gran
acontecimiento para un tiempo muy temprano; tan temprano que
en Tesalónica algunos ya no se dedicaban a trabajar y otros estaban
muy preocupados por la suerte de los muertos, que tal vez no
pudiesen ver la vuelta de Cristo. San Pablo se ve obligado a
consolarlos, diciendo que “los vivientes que quedamos hasta la
Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que murieron...,
porque los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tes. IV, 15-16).
También San Pedro consuela a los que se cansaban de esperar y
decían: “¿Dónde está la promesa de su Parusía?” (2 Ped. III, 4). Les
explica que “para el Señor un día es como mil años y mil años son
como un día” (2 Ped. III, 8) y que por lo tanto la palabra “pronto”
que Jesús usó en el anuncio de Su Segundo Advenimiento (Jn. XVI,
16), ha de tomarse en sentido lato. En lo cual se ve cómo también
San Pedro insiste sobre la “bienaventurada esperanza” de la
Parusías, lo mismo que San Pablo. A éste le da el Príncipe de los
Apóstoles el título de “nuestro amado hermano Pablo” y confirma
que escribió sobre nuestro tema en todas sus cartas.
De veras, la espera es larga. Han pasado ya en verdad dos mil años y
la profecía no se ha cumplido aún. Entretanto hemos tomado gusto
en las cosas del mundo, de tal manera que para muchos la “dichosa
esperanza” ha perdido su primitivo fervor. Hasta las antiguas
“anáforas” (oración que se reza en el Canon de la Misa
inmediatamente después de la
Consagración) mencionaban la Parusía; costumbre que se ha
mantenido en las Iglesias Orientales.
También en los escritos de los Padres Apostólicos brilla la fe en la
Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad, y los Padres
posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual,
como dice Le Maistre, fue la inagotable fuente de energía de los
primeros cristianos en medio de las persecuciones. Los devocionario
modernos, en cambio, explotan muy poco tan fecunda idea.
“Si presentáramos el misterio de la Iglesia en esta trabazón, llenándolo
con el espíritu de espera del fin, desterraríamos el peligro en el que, a
menudo, va a parar nuestro pensamiento sobre la Iglesia, y acerca del
cual San Pedro advertía a los fieles en su segunda Epístola, al hablar de
aquellos que tienen “por retardo” (2 Ped. III, 9) la indecible paciencia
de Dios, y cuando habla de los que comienzan a burlarse de la espera
cristiana, “porque todo vuelve a ser como era desde el principio de la
Creación ” (2 Ped. III, 4). Jamás ha sido la Iglesia un cómodo instalarse
sobre la tierra. Jamás, tampoco, una de las tantas formas de religión, la
cual nos ayuda a explicar el fin de la vida terrena y cotidiana,
corresponde a nuestras “necesidades” y nos provee de los consuelos
de la Santa Religión al fin de nuestra existencia...”
“Debemos hacer más viva la renuncia a Satanás y a sus pompas, que
tan importante sitio tenían en la predicación cristiana” (Rahner,
Teología Kerigmática).
III
¿Cuándo aparecerá Cristo de nuevo? No sabemos el día ni la hora (Mt.
XXIV, 36 y 42; XXV, 13; Mc. XIII, 32). Nadie puede calcular el día de Su
Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque El mismo dice:
“A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre” (Mt. XXIV, 44). En
muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo
vendrá tan sorprendentemente como un ladrón (1 Tes. V, 2; 2 Ped. III,
10; Apoc. III, 3; XVI, 15, etc.). San Pablo inculca aún más este punto,
diciendo: “Cuando todos digan que hay paz y seguridad” (1 Tes. V, 3); y
en el mismo capítulo nos advierte gravemente: “No despreciéis las
profecías” (1 Tes. V, 20).
Se ha tentado de referir la muerte de cada uno lo que el Nuevo
Testamento dice de la Parusía, especialmente lo que predice Jesús
en San Lucas: “En aquella noche (de Su Venida) dos hombres estarán
reclinados a un misma mesa; el uno será tomado, el otro dejado. Dos
mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, la otra dejada.
Estarán dos en el campo; el uno será tomado, el otro dejado” (XVII,
34ss.). Tal identificación de la muerte con la Venida de Cristo no es
propia ni del Evangelio ni de las Cartas de los Apóstoles. No
quitemos a los Misterios su contenido, y no confundamos a Cristo
con un verdugo o sepulturero.
Los que no creen en la posibilidad de una pronta Venida de Cristo,
se excusan diciendo que no se han cumplido todavía todas las
profecías que han de cumplirse antes de Su Advenimiento: la
predicación del Evangelio en todo el mundo, la Apostasía de las
masas, la aparición del Anticristo, la conversión de los Judíos, las
guerras y terremotos, etc. Es interesante que las primeras
generaciones cristianas, que conocían muy bien esas profecías, las
consideraban como cumplidas ya en aquel tiempo y esperaban
ansiosamente la Parusía del Señor. ¿No dice el mismo San Pablo
que ya en su época el Evangelio fue predicado a toda la creación
debajo del Cielo? (Col. I, 23). el Apóstol San Juan nos revela que los
Anticristos siempre están entre nosotros (1 Jn. II, 18), y la Apostasía
de las masas es tan conocida que no necesitamos describirla.
No tan visible es la conversión de Israel, pero también para ella la
Providencia ha preparado los caminos, y es muy posible que se
realice de un modo inopinado. ¿Quién sabe si no hay profecías que
tan sólo se cumplirán en el día de la Parusía? Y si ese día no es un
día de 24 horas, sino uno de aquellos de que habla San Pedro (2
Ped. III, 8), caben en él todas las profecías que no se han cumplido
anteriormente. Esto quiere decir que todas las opiniones privadas
sobre el orden de las postrimerías son muy arriesgadas.
IV
Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser la que recomienda el
mismo Señor en Mt. XXIV, 44; XXV, 13; Mc. XIII, 33-36: “Velad”, para
que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón. Y más aún,
debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en
la segunda Carta a Timoteo (IV, 8).
¿Nos parece acaso extraño amar y anhelar la llegada de nuestro Rey y
Señor? He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo. No desear
Su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no
aprecian lo que significa Su Parusía para nuestra alma y nuestro
cuerpo. Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino
también la nuestra. Unidos a Él (Jn XIV, 3; Apo. XIX, 6ss.), asemejados a
Él (Rom. VIII, 29; Filip. III, 20; 1 Jn. III, 2) entraremos con Él en la
Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera (Apoc. XXI y XXII).
Y para que no olvidemos tan consoladora Profecía, nos la recuerda
Cristo en Mateo: “Mirad que os lo he predicho” (XXIV, 25).
EL PROBLEMA JUDÍO A LA LUZ DE LA SAGRADA ESCRITURA
En general la Historia mide al Pueblo Judío con la misma medida que a
las otras pequeñas naciones y razas; y como para dejar constancia de
su insignificancia, le dedica en sus copiosos volúmenes apenas unas
pocas páginas. Nada más comprensible que esto, pues comparado con
las demás pueblos de la Antigüedad, el de Israel se mostró tan inactivo
y falto de poderío, que muchos escritores no tuvieron conocimiento de
su existencia, o por lo menos no lo mencionan en sus libros. Los
modernos sí lo conocen, pero debido a su modo de juzgar a todos los
pueblos con el mismo criterio, les escapa la posición singular de aquel
pueblo, cuya fuerza vital está por encima de todo criterio humano y
cuyo destino es como "el reloj de Dios a través de la historia".
Es muy fácil considerar el problema judío exclusivamente desde el
punto de vista económico, nacional o político, y señalar los peligros
que la actividad comercial y financiera de los Judíos implica para los
pueblos cristianos; mas fácil aun es instigar los sentimientos nacionales
contra un pueblo que goza de las ventajas del internacionalismo y vive
entre todas las naciones sin asimilarse a ninguna; pero con tal método
no se resuelve la Cuestión Judía, ni siquiera se da comienzo a su
solución.
La solución está en otro plano. Los judíos del Antiguo Testamento
fueron el "Pueblo elegido", la "porción escogida", "La Nación santa" (Ex
19, 5-6), "el hijo primogénito" (Ex 4, 22), portadores y transmisores de
la Revelación (Rom. 3, 2), no a causa de sus meritos, sino en virtud del
libre beneplácito de Dios que elige a quien quiere (Rom. 9, 11 y 18);
pero una vez escogidos, no están ya sometidos a las leyes ordinarias
de la historia, sino que andan por los caminos extraordinarios de la
divina Providencia, que los ha mantenido hasta hoy en evidente
contraste con lo que pasa con otros pueblos.
II
Todos sabemos que el Pueblo Elegido se convirtió en El Reprobado,
primero a consecuencia de sus continuas apostasías, y después por su
formulismo religioso que le ofusco los ojos de tal manera que no
reconoció al Mesías, a quien esperaba.
EI hecho de la apostasía es tan manifiesta, que todos los Profetas,
desde el primero hasta el último, la denuncian y el mismo Jesucristo la
llora (Mat. 13, 37-39). También San Pablo, citando a Isaías (6, 9-10),
atestigua la incredulidad judía en los Hechos de los Apóstoles (28, 28):
"Os sea notorio que esta salud de Dios ha sido transmitida a los
gentiles, los cuales prestaran oídos". En vista de tan tremendos juicios,
es una provocación si el judío Max Kahn nos dice: "La judeidad es el
Pueblo que en los albores de la evolución ética de los hombres
descubrió los valores imperecederos de la vida. Y que fue
desangrándose por ellos durante más de dos mil años" (Rev. de la
Universidad Nacional de Colombia, Abril 1948, página 9). Los judíos no
"descubrieron" esos valores sino que Dios se los enseñó, y no fueron
desangrándose por su fidelidad; al contrario, porque no cumplieron la
Ley vinieron sobre ellos todas las calamidades hasta el destierro y la
destrucción (cfr. Lv. cap. 26; Dt. cap. 28 y la profecía de Cristo sobre la
ruina de Jerusalén en Mat. cap. 24, etc.). Kahn olvida que los judíos
tenían que ser la luz, es decir, misioneros de los paganos, deber
sagrado que cumplieron muy insatisfactoriamente. Tampoco
corresponde a la verdad la observación del mismo autor sobre los
judíos como joyeros religiosos de humanidad. "A los judíos, afirma
Kahn, les gusta ser orfebres y joyeros, porque les gusta ser eso mismo
en la vida religioso-espiritual". ¡Ojala hubieran sido joyeros religiosos
en la antigua Grecia y Roma! En los Apóstoles no encontramos nada
de esa afición a la orfebrería, y sin embargo influyeron inmensamente
más en la vida religioso-espiritual del mundo, en tanto que, como dice
San Pablo, porcausa de los judíos fue blasfemado el nombre de Dios
entre los gentiles (Rom. 2; 24; cfr. Ez. 36, 20).
III
La apostasía de Israel tuvo por consecuencia la transmisión de la
salvación a los gentiles, proclamada definitivamente por San Pablo
(Hech. 28, 28) y muchos siglos antes anunciada por los profetas.
Citamos por testigos solamente a los más grandes, Moisés e Isaías. En
Deuteronomio (32, 21-22) leemos: "Yo (Dios) esconderé mi Rostro y
ahora veré el fin cierto de ellos (es decir, de los judíos), pues son hijos
desleales, una generación perversa. Me provocaron con no-dioses, me
irritaron con vanos simulacros. Por eso Yo también los provocaré con un
no-pueblo y los irritaré con gente insensata". Bover-Cantera añade aquí
la siguiente nota: "Por medio de
estos barbaros, que no merecen el nombre de pueblo, Dios dará a
Israel pena adecuada a su culpa de adorar a quien no merecía el
nombre de Dios". La interpretación autentica nos la da San Pablo en
Rom. 10, 19-11, 12. El "no-pueblo", la "gente insensata", somas
nosotros, los cristianos, hijos de pueblos gentiles, que para Israel no
eran más que una masa insensata.
En Isaías dice el Todopoderoso: "Déjeme buscar por los que antes no
me preguntaban; déjeme hallar por aquellos que no me buscaban. Dije:
Heme aquí heme aquí, a una nación que no invocaba mi nombre.
Mantuve mis manos siempre extendidas hacia un pueblo rebelde, hacia
aquellos que no caminaban por el buen camino" (Is. 65, 1-2). San Pablo
explica este pasaje en el sentido de que la salud ha sido transmitida a
los gentiles que antes no conocían a Dios (Rom. 10, 20-21), de modo
que "por la caída de los judíos vino la salud a los gentiles" (Rom. 11,
11).
Pero no nos engriamos por ser sustitutos del pueblo escogido, pues
también a nosotros nos eligió El "conforme a la benevolencia de su
voluntad, para celebrar la gloria de su gracia" (Ef. 1; 5-6), no en
atención a nuestros meritos. "Si algunas de las ramas (del pueblo
judío), dice San Pablo, fueron desgajadas, y tu (¡oh gentil!), siendo
acebuche, has sido injertado en ellas y hecho participe con ellas de la
raíz y de la grosura del olivo, no te engrías contra las ramas; que si tú
te engríes, (sábete que) no eres tú quien sostienes la raíz; sino la raíz a
tí" (Rom. 11, 17-18). Si no seguimos esta regla de humildad; nos
acarreamos el mismo castigo que los judíos.
IV
Lo extraordinario en el pueblo hebreo no es su reprobación sino la
solemne promesa de la futura anulación de la misma. Es esta una de
las más estupendas verdades, que San Pablo nos revela con toda su
autoridad apostólica en la segunda carta a los Corintios (3, 16), donde
habla de la vuelta de los judíos al Señor, y especialmente en el cap. 11
de la Carta a los Romanos, donde dice que los judíos serán injertados
de nuevo en el propio olivo (Rom. 11, 24) y agrega: "No quiero que
ignoréis, hermanos, este misterio, para que no seáis sabios a vuestros
ojos, el endurecimiento ha venido sobre una parte de Israel hasta que la
plenitud de los gentiles haya entrada en la Iglesia y de esta manera
todo Israel será salvo” (Rom. 11, 25 ss.).
El Apóstol de los Gentiles anuncia en éste capítulo un “misterio”, la
conversión de Israel, y para aumentar nuestro asombro, nos hace
vislumbrar que tal acontecimiento será de gran provecho para el
mundo, pues “si el repudio de ellos es reconciliación del mundo, ¿qué
será su readmisión sino la vida de entre muertos?” (Rom. 11, 15); y “si
la caída de ellos ha venido a ser la riqueza del mundo, y su disminución
la riqueza de los gentiles, cuánto más su plenitud” (Rom. 11, 12).
Palpamos aquí el misterio de la infinita Misericordia que un día
perdonará a Su Pueblo, “porque los dones y la vocación de Dios son
irrevocables” (Rom. 11, 29) y los judíos, respecto a su elección, siguen
siendo “muy amados a causa de los padres”, los Patriarcas.
De desobedientes e incrédulos, serán fieles y obedientes a la fe.
Entonces será quitado de sus ojos el velo que produjo su ceguera (2
Cor. 3, 13ss.), y el endurecimiento de su corazón, será ablandado por
los golpes de la divina Misericordia. Sobre éste punto no hay
divergencias entre los exégetas, tampoco sobre la fecha en que la
Cristiandad tendrá el gozo de presenciar tan fausto acontecimiento. Se
cumplirá cuando “la plenitud de los gentiles haya entrado” (Rom. 11,
15), es decir, terminado el tiempo destinado a la conversión de los
gentiles (cfr. Luc. 21, 24)
Mucho más difícil es la explicación de los vaticinios referentes a Israel
como Pueblo. el primero de los Profetas que en nombre de Dios se
pronunció sobre el futuro destino de Israel, fue Moisés. En los capítulos
26 del Levítico y el 28 del Deuteronomio promete el gran Profeta al
Pueblo fiel las más maravillosas bendiciones: “Yahve te abrirá su rico
tesoro, el Cielo, concediendo a su tiempo la lluvia necesaria a tu tierra y
bendiciendo toda obra de tus manos; de suerte que prestarás a muchas
naciones, y tú mismo no tomarás prestado. Yahve te constituirá cabeza y no
cola, y estarás siempre encima y nunca debajo, si obedeces al mandato de
Yahve, tu Dios, que hoy te intimo para que cuides de practicar; y no te
apartarás ni a la derecha ni a la izquierda de ninguno de los mandatos que
hoy te ordeno” (Deut. 28, 12-14; cfr. Deut. 30, 3).
No faltan quienes buscan en éstas palabras una predicción del domino
mundial de la raza hebrea, y la ven cumplida en la posición actual de
los judíos como banqueros del mundo, lo que les da enorme influencia
y - prácticamente- la superioridad sobre otras naciones, pues con el
dinero se puede estar “siempre encima y nunca abajo”. Y hasta se
ganan las guerras. Sin embargo no hay fundamento exegético para tal
interpretación. Su realización depende, según Moisés, del fiel
cumplimiento de la Ley antigua, de la cual, todos sabemos, los
judíos de hoy cumplen solamente una parte. Si es que la cumplen;
pues les falta el centro del culto mosaico, el Templo y los
Sacrificios.
Moisés no olvida la otra eventualidad, a saber, la apostasía de Israel,
y le predice como castigo la dispersión entre otros pueblos: “Yahve
te desparramará por todas las naciones, de un extremo a otro de la
tierra, y allí servirás a dioses extraños que no conoces tú, ni tus
padres, a leño y a piedra. En aquellas naciones no lograrás descanso
ni tendrá punto de reposo la planta de tu pie. Yahve te dará ahí un
corazón trémulo, desfallecimiento añorante de ojos y congoja de
espíritu. Tu vida te parecerá a lo lejos como pendiente de un hilo, y de
noche y de día temerás, sin estar seguro de tu vida. Por la mañana
dirás: ¡Quién me diera fuerza en la tarde! Y a la tarde exclamarás:
¡Quién me diera fuerzas en la mañana!” (Deut. 28, 64ss.).
El Profeta Isaías se refiere más de una vez al porvenir de Israel, por
ejemplo en Isaías (10, 21 ss), donde dice: “Un resto volverá, un resto de
Jacob, el Dios fuerte, pues aunque fuera tu pueblo Israel como la arena del
mar, (sólo) un resto volverá”. La interpretación de ésta profecía está
asegurada por San Pablo, que la cita en Rom. 9, 27, en conexión con
la conversión de Israel. En Is. 59, 20-21 habla el profeta de un futuro
Redentor y sigue: "He aquí mi alianza con ellos, dice Yahve: Mi
espíritu que esta sobre ti, y las palabras que Yo he puesto en tu boca,
no se apartaran de ella...". Felizmente poseemos la interpretación
autentica de este lugar en Rom. ll, 26; donde el Apóstol de los
gentiles lo relaciona con la futura salvación de Israel. Encontramos
aquí la idea de un nuevo pacto, distinto de los pactos anteriores
hechos con Abraham y Moisés. Será un pacto espiritual, idéntico
con la Nueva Alianza, a la cual los judíos convertidos se asociaran y
con ello recobraran sus prerrogativas antiguas (Rom. 11, 29).
También por boca de Jeremías (cap. 31) y Ezequiel (cap. 37) promete
Dios hacer una nueva alianza con su pueblo. Dice el profeta
Jeremías: "He aquí que vienen días, afirma Yahve, en que pactare con la
casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva... Este será el pacto que
Yo concertaré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Yahve:
Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón y seré su Dios y ellos
serán mi Pueblo. Y no necesitarán instruirse los unos a los otros, ni el
hermano a su hermano, diciendo: ‘conoced a Yahve; pues todos ellos me
conocerán, desde el más pequeño hasta el mayor, dice Yahve; porque
perdonaré su culpa y no recordaré más sus pecados" (Jer. 31, 31-34).
Nótese ante todo que este vaticinio se dirige a ambos reinos judíos,
el de Israel y el de Judá, no obstante la ruina total de aquel y la
situación desesperada de este, y que su fin es consolar a todas las
tribus de Israel, no solamente a las dos que formaban el reino de
Judá. Los que entienden por Israel a la Iglesia, han de reconocer que
no se ha cumplido aún, o solo muy imperfectamente, pues se
necesitan todavía instrucción, catequesis, predicación y estamos
muy lejos de aquel estado feliz en que no habrá más necesidad
de enseñanza religiosa. Tomarlo en sentido hiperbólico es
igualmente peligroso, pues es Dios quien habla en el pasaje citado,
y El no exagera como lo hacen los hombres. Además, aplicar
exclusivamente a la Iglesia todos los vaticinios que hablan de un
glorioso porvenir de Israel significaría acusar a la Iglesia de las
iniquidades a que ellos aluden, como por ejemplo en el vaticinio
citado, que no solamente habla de la nueva alianza con Israel, sino
también de su "culpa" y sus "pecados" (Jer. 31, 34).
Más peligroso aun es el método de reservar, para los judíos todas
las profecías desagradables, y para nosotros todas las agradables,
aunque el profeta las dirige expresamente a las tribus de Jacob, a
Israel, Jerusalén, Sion, etc. En el ultimo numero de "Estudios
Bíblicos", enero-marzo de 1949, pag. 99, el P. José Ramos García
C.M.F., critica este sistema con las siguientes palabras: "Si en lugar
de conceder a cada uno lo que es suyo como piden de consuno la
justicia y la Hermenéutica, se emplea el arcaduz de la espiritual
alegoría para escanciar de buenas a primeras el contenido de los
magníficos vaticinios en la Iglesia de la primera etapa, mientras
Israel no está con ella, es obvio que al Israel converso no le han de
quedar más que las esculladuras de las divinas promesas, no
obstante mirar a él primera y principalmente. Y de pasar la cosa así
como esa interpretación pretende, habría razón para aplicar a las
grandiosas promesas, tan repetidas, ponderadas y precisas, hechas
por Dios a ese pueblo, el dicho del poeta Venusino: "Parturient
montes, nascetur ridiculus mus", lo que haría de la mayor parte de
ellas algo así como una broma pesada."
VI
Como se ve, las profecías del Antigua testamento respecto del
porvenir de Israel son muy complicadas. Parecen referirse no
solamente a su conversión, sino también a su restauración como
nación. Claro está que, como dice San Pablo, las promesas de Dios
en favor de su pueblo son irrevocables (Rom. 11, 29), es decir, se
cumplirán indefectiblemente. Pero, ¿tenían ellas realmente carácter
incondicional o solo condicional?, Si eran incondicionales, no faltará
su cumplimiento; si en cambio eran condicionales, su cumplimiento
debe estar vinculado a la conversión de Israel. Realizándose esta,
han de realizarse también las promesas. Ahora bien, San Pablo nos
dice que la futura conversión de los judíos es cosa segura; no hay,
pues, ningún obstáculo que se oponga al cumplimiento de las
demás promesas y vaticinios acerca de Israel.
Mas luz arrojan sobre nuestro problema las profecías que citamos a:
continuación. Leemos en Jeremías (30, 3): "He aquí que vienen días,
dice Yahve, en que haré volver a los desterrados de mi pueblo de Israel y
Judá, y lo hare tornar a la tierra que di a sus padres, y la poseerán". el
lector piensa tal vez en la vuelta de los judíos del cautiverio, mas el
hecho es que del cautiverio volvieron solamente las dos tribus de Judá
y Benjamín, mientras que el profeta se refiere también a las diez tribus
de Israel, que nunca volvieron. Debe, pues, tratarse de un
acontecimiento futuro relacionado con la salvación de los judíos. Así lo
explican entre los modernos el P. Paramo S.J., y el P. Reboli S. J. en sus
ediciones de la Biblia de Torres Amat. Cf. Jer. 23, 3 y 8s. 11, 11ss.
Ezequiel completa la profecía de Jeremías, anunciando a su pueblo no
solo la vuelta, sino también la posesión perpetua de Palestina. Dice
Dios por boca del profeta: "He aquí que yo tomaré a los hijos de Israel
de entre las naciones adonde emigraron, y los congregaré de todo
alrededor, y los introduciré en su territorio. Los salvaré de todos los
lugares donde pecaron, y los purificaré, y serán mi pueblo, y Yo seré su
Dios. Y habitarán sobre la tierra que Yo di a mi siervo Jacob, donde
moraron sus padres; y habitaran sobre ella ellos, sus hijos y los hijos de
sus hijos por siempre" (Ez. 37, 21-25).
Lo mismo promete Dios por Amós. "Los plantaré en su tierra; y ya no
serán arrancados de su territorio, dice Yahve, tu Dios" (Am. 9, 15); y por
Miqueas. "En aquel tiempo, dice Yahve, reuniré a la (nación) que cojea y
congregare a la extraviada, a la que Yo había dañado. Y convertiré los
restos de la que cojea y formaré de la alejada un pueblo fuerte, y
reinará Yahve sobre ellos en el monte Son desde ahora y para siempre"
(Mi 4, 67), Zacarías añade a este cuadro Consolador algunos rasgos
nuevos: “Vendrán a Jerusalén muchos pueblos y naciones poderosas
para buscar al Señor de los Ejércitos y orar en su presencia y sucederá
que diez hombres de cada lengua y de cada nación tomaran a un judío,
asiéndole de la franja de su vestido y diciéndole: Iremos contigo, porque
hemos conocido que con vosotros esta Dios,"(Zac. 8, 22-23).
¿Cómo explicar tan estupendas profecías? ¿Hay que decir simplemente
que todo se cumplió en los primeros cristianos que en parte eran
judíos y maestros de los gentiles? Santiago no lo explica así, sino que
ve en ellas un acontecimiento futuro, cuando cita a Amós en el
Concilio de los Apóstoles: “Después de esto volveré y reedificaré el
Tabernáculo de David que está caído; reedificare sus ruinas y lo
levantaré de nuevo, para que busque al Señor el resto de los hombres y
todas las naciones, sobre las cuales ha sido invocado mi nombre, dice el
Señor que hace estas cosas” (Hech. 15, 16-17). El exegeta francés
Boudou observa sobre este pasaje: "Según la profecía de Amos, Dios
realzará el Tabernáculo de David; reconstruirá el reino davídico en su
integridad y le devolverá su antiguo esplendor. Entonces Judá e Israel
conquistarán y poseerán el resto de Edom, tipo de los enemigos de
Dios, y todo el resto de las Naciones extranjeras, sobre quienes el
nombre de Dios ha sido pronunciado".
Plena seguridad exegética nos proporciona el discurso escatológico
del Evangelio de San Lucas, donde Jesucristo revela que los judíos
"serán deportados a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada hasta
que el tiempo de los gentiles sea cumplido” (Luc. 21, 24). Este último
término es a la vez el tiempo de la conversión de Israel, según nos dice
San Pablo en Rom. 11, 25, de modo que la conversión de los judíos
está conectada con el fin de su dispersión, o sea, con su restauración
como pueblo.
Con esto quedan definitivamente descartadas las soluciones de
aquellos que creen que los vaticinios referentes al porvenir de Israel se
han cumplido ya, sea en la mezquina restauración después del
cautiverio de Babilonia, sea en forma alegórica en la Iglesia (numeral
V).
VII
¿Sera restaurada también Jerusalén y el Templo? Es esta una pregunta
ociosa. Los profetas predicen tanto la restauración de Israel como la
de Jerusalén. Oigamos solamente al profeta Isaías: 'La luna se
pondrá roja y se oscurecerá el sol cuando Yahve, Dios de los ejércitos reinare
en el monte Son y en Jerusalén y fuere glorificado en presencia de sus
ancianos" (Is. 24, 23). "Sera Jerusalén mi alegría, y su pueblo mi gozo, y en
adelante no se oirán mas en ella llantos ni clamores, y los días de mi pueblo
serán como los días del árbol, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus
manos largo tiempo” (Is. 65, 19-22). "Congratulaos con Jerusalén y
regocijaos con ella todos los que la amáis; rebosad con ella de gozo cuantos
por ella estáis llorando, a fin de que chupéis la leche de sus consolaciones y
quedéis saciados, y saquéis delicias de la plenitud de su gloria" (Is. 66, 10-
11). Cambiando el estilo nos dicen lo mismo los demás profetas.
Ezequiel nos trazó el plano de un nuevo Templo que no se ha
realizado hasta ahora. (Ez. 40-46). En caso de realizarse se
convertirá en un centro principal de la Cristiandad, previa la
conversión del pueblo judío a Cristo.
Recién después de la restauración de Israel en el país de sus padres y
su incorporación al Cuerpo místico de Cristo tendrán su pleno
cumplimiento las magnificas profecías sobre la gloria de Jerusalén.
Léase al respecto el misterioso Salmo 86, donde se dicen de ella casas
tan gloriosas que necesariamente ha de considerarse como "la
metrópoli espiritual de todos los pueblos" (Prado, Nuevo Salterio, p.
502). (cfr. Is. 2, 2-4; 54, 1-3; 60, 3-9; Ez. 37, 28; Am. 9, 11-14; Miq. 4, 1-3;
S. 47, 2-5; 67, 29; 86, 4ss.; 101, 5ss.; Tob. 13, 11). En todos estos y
muchos otros pasajes contemplamos a Sión bañada en la luz lejana de
las esperanzas Mesiánicas e inundada de gentes de todas las naciones
y razas, rebosantes de Jubilo y trayendo regales. "La misma gloria
divina, dice Calés, está interesada en la restauración de Israel.
Naciones y reyes temerán y honrarán a Yahve cuando comprueben
que El ha reedificado a Sion y ha desplegado su magnificencia; que ha
escuchado las plegarias de aquellos a quienes los enemigos hablan
despojado y que parecían perdidos sin esperanza".
Los que toman en sentido escatológico la última de las setenta
semanas de Daniel (cap. 9), tienen en la Jerusalén cristiana y su templo
también un escenario para las fechorías del Anticristo y la victoria final
de Cristo (II Tes. 2, 4 y 8; Is. 11, 4).
VIII
Se oye frecuentemente la pregunta: ¿Qué dicen los profetas a cerca de la
vuelta de los judíos a Palestina? Nada impide ver en este hecho el
cumplimiento de los vaticinios citados, aunque su plena cumplimiento esta
en conexión con la conversión de Israel. Cfr. las notas que pusimos en la
nueva versión del Salterio (Edit. Desclée), especialmente las notas a los
Salmos 105, 47; 106, 3; 124, 3; 125, 1 y 2; 147, 1.
Es verdad que según el derecho internacional ningún pueblo puede
reclamar la posesión del país donde sus antepasados habitaron hace
dos o tres mil años. ¿Qué sería del mapa de Europa si quisiéramos
restablecer el arden demográfico de los tiempos de Jesucristo? ¿Y qué
dirían, por ejemplo, los norteamericanos si los pieles rojas les
reclamasen los territorios que hoy ocupan los blancos y negros? Los
judíos son el único pueblo que no está sometido a la regla general,
porque Palestina les corresponde por ley divina, mejor dicho, por
misericordia divina, lo cual testifica el mismo Dios (Dt. 9, 4-6).
Es interesante que el Sionismo, que no se inspira en ideas religiosas,
sino nacionalistas y racistas, parece ser el instrumento mediante el cual
Dios empieza a dar cuerpo a los planes que tiene reservados para
Israel. Y no menos interesante es el hecho de que los pueblos
cristianos, por medio de las dos Guerras Mundiales, han contribuido a
llevar a cabo los proyectos del Sionismo. En reconocimiento de los
servicios que los judíos prestaron a Inglaterra en la Primera Guerra
Mundial, Lord Balfour dirigió a Rothschild el siguiente mensaje: "El
gobierno de S. Majestad ve con agrado el establecimiento en Palestina
de un hogar nacional para el pueblo judío y empleará sus mejores
esfuerzos para el logro de este objeto...". Y después de la Segunda
Guerra Mundial les pagó Norteamérica su deuda, ayudándolos con su
enorme influencia en la ocupación de la mayor parte de Palestina,
incluso el Négueb (Edom) de modo que el nuevo Reino de los judíos
se extiende de mar a mar, del Mar Mediterráneo hasta el golfo de
Akaba, como en los tiempos de Salomón. Triunfaron sobre siete reinos
árabes y su próximo objetivo es ocupar también el resto del país,
incluso su capital, Jerusalén. Antes de la Primera Guerra Mundial había
en Palestina 35.000 judíos; hoy su número es veinte veces mayor y en
breve pasara de un millón.
En todo esto vemos el dedo de Dios. Pero no es todavía el fin. Los
judíos que bajo la bandera del Sionismo inmigraron al país de
Abrahán, Isaac y Jacob, no piensan en adherirse a la Iglesia. Su
conversión a Cristo es un misterio y es muy posible que no se realice
así como soñamos nosotros. Será una de las grandes obras que solo
Dios puede hacer, y si lo hace con la pedagogía que hasta ahora ha
aplicado, los judíos, y especialmente su nuevo reino palestinense, han
de pasar por una catástrofe decisiva que les abrirá los ojos.
Entonces se verificará lo que dice San Pablo: "Si la caída de ellos ha
sido la riqueza del mundo, y su disminución la riqueza de los gentiles,
¿cuánto más su plenitud?" (Rom. 11, 12). El Apóstol quiere decir que
los judíos, una vez participes del Reino de Jesucristo, serán la riqueza
espiritual del mundo, quizás sus nuevos misioneros, en aquellos
tiempos de apostasía que San Pablo predice en II Tes. 2, 5, y el mismo
Cristo en Mat. 18, 8. No nos atrevemos a ahondar en este tema, que
contemplado en toda su profundidad, es tan difícil como la explicación
del Apocalipsis. Con todo queremos hacer notar, con Bover-Cantera
(Sagrada Biblia pag. 996), que es "tradición fundada", que "La
restauración de Israel tendrá por coronamiento la conversión de los
pueblos gentiles a la Verdadera religión".
Temas muy poco tratados son también: la santidad prometida a Israel,
la restauración del trono de David, la reunión de Israel y Judá.
A estos hechos se refiere tal vez la misteriosa pregunta de los
Apóstoles el día de la Ascensión: "Señor, ¿es este el tiempo en que
restableces el Reino para Israel?" (Hech. 1, 6). Para muchos esta
pregunta es tan incomprensible, que la toman como prueba de la poca
inteligencia de los Apóstoles y de su falta de espíritu. Sin embargo,
dice la Escritura que Jesús fue visto por ellos después de la
Resurrección por espacio de cuarenta días y habló con ellos del Reino
de Dios (Hech. 1, 3). ¿Eran los Apóstoles realmente faltos de espíritu?
¿No lo son más bien sus críticos, que quieren negar a los judíos la
futura gloria después de su sumisión a Cristo? Cfr. Jer. 31, 33-34; Zac.
8, 22-23; 12, 10; 14, 8-11; Hech. 3, 21; Apoc. 10, 7.
EI presente trabajo no pretende resolver el problema judío; su único fin
es mostrar que, según las Escrituras, los judíos son un pueblo
extraordinario, al que Dios mantiene para cumplir su Promesas. Si hoy
reclaman el país de sus Antepasados y lo ocupan poco a poco,
obedecen, sin darse cuenta, a la voz de Dios, que los congrega de
nuevo en aquel pequeño territorio, para obrar en ellos el misterio
predicho por San Pablo y los Profetas del Antiguo Testamento. Nada
sabemos sobre el modo de su realización, pero estamos seguros de
que será la obra más estupenda entre la Primera y la Segunda Venida
de Cristo, y probablemente el acto preliminar de ésta última.
ANTICREACIÓN
La bomba atómica parece ser un fenómeno del Apocalipsis opuesto
al primer capítulo del Génesis.
No solamente es, como las otras y más que ellas, arma de
destrucción, y en tal sentido resulta un instrumento del mal y del
rencor contrario a la caridad entre los hombres, sino que constituye
también, en sí misma, un producto de la disgregación y
desintegración, o sea de Anticreación.
Dios, al crear ex nihiio (de la nada), con la Omnipotencia de Su
Palabra, encerró la fuerza en la materia, según lo descubrieron los
físicos. Ahora esa energía cambia el signo, y, en vez de congregar,
disgrega. Y al disgregar, produce la más increíble fuerza de
destrucción. Cristo, el Verbo, “por quien fueron hechas todas las
cosas” (Rom. I, 3) podría aplicarle Su Palabra: “El que no recoge
conmigo, dispersa ” (Lc. XI, 23).
En la naturaleza, aunque caída mal de su grado junto con el hombre
(Rom. VIII, 20ss.), y en la tierra, aún maldita a causa del pecado,
subsiste en la esencia misma de las cosas ese principio de atracción
que es la cohesión de los átomos, sin la cual nada podría existir. Las
cosas, parece, que se aman en cierta manera, decía San Agustín. Y
he aquí que ahora hemos llegado a destruir ese principio, que
llamaríamos vital de la materia. Antes se descubrió la destrucción de
la vida, y no ya sólo en los actos de guerra, imitación perfeccionada
de Caín y fruto de rivalidad como los de éste, sino la supresión de la
vida humana en su mismo germen, gracias al anticoncepcionalismo
neomaltusiano, que hoy ya parece una virtud social a fuerza de
difundido y confesado sin rubor, y que permite deshacerse de los
hijos que Dios manda, sin necesidad de arrojarlos al fuego de Moloc
(cfr. Lev. XX, 1 ss.). Pero recordemos, en honor de aquellos idólatras,
que esto lo hacían con la idea de purificarlos, no de suprimirlos (cfr.
Deut. XVIII, 10).
II
Volviendo a la bomba atómica, observamos que más bien podría
llamarse antiatómica, porque la voz griega a-tomos quiere decir
precisamente lo que no se puede dividir, y he aquí que ahora no
sólo se lo divide, sino que se lo desintegra, para que, a su vez, sea la
mayor fuerza de destrucción y devastación. Se la ha definido
solemnemente como “la dominación del poder básico del universo,
la fuerza de la cual el sol extrae su poder”.
Según esto, el descubrimiento no sería menor que la realización del
mito de Prometeo, quien intentó robar el fuego del Cielo. Pero
subsiste la diferencia fundamental en el terreno del espíritu, y es que la
bomba, manejada por el hombre, trae la muerte, en tanto que el sol,
manejado por el Creador, trae la vida. La Biblia lo llama “ese admirable
instrumento, obra del Excelso.., una fragua que se mantiene encendida
para las labores que piden fuego muy ardiente” (Ecclo. XLM, 2s.). Y dice
también que “no hay quien se esconda de su calor” (Sal. XVIII, 7).
No dudamos que, en cuanto al progreso industrial, el asombroso
invento podrá brindar en el tamaño de un dedal, energía suficiente
para que una locomotora de varias veces la vuelta al mundo. Pero no
podemos menos de recordar las palabras de León Bloy, que ante otra
gran conquista de la ciencia, el avión (que es quien hoy arroja las
bombas), trató de ‘imbécil’ a un escritor que veía en ello el triunfo de
la fraternidad que suprimiría las fronteras entre las naciones, y previó
claramente, aunque no en todo su horror, que los hombres harían
todo lo contrario y convertirían el avión en el más mortífero auxiliar de
la guerra. Los acontecimientos han justificado el pesimismo de Bloy,
como lo muestran las ciudades destruidas en el corazón de la cultura
europea.
III
Aunque hoy pudiéramos prescindir del momento histórico candente
de pasiones, en que aparece el nuevo invento, sirva tal antecedente
para no soñar que el poder de la bomba, por ser tan grande, hará
imposible las guerras. El Apocalipsis que es muy poco “humanista”
porque es totalmente “divinista”, nos muestra varias veces que los
hombres sufrirán las plagas más atroces, pero no cambiarán, porque
“el resto de los hombres, los que no fueron muerto con esas plagas, ni
aún así se arrepintieron de las obras de sus manos.., ni de sus
homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus
latrocinios”* (Apoc. IX, 20); “y se mordían de dolor las lenguas y
blasfemaron del Dios del Cielo a causa de sus dolores y de sus heridas,
mas no se arrepintieron de sus obras” (Apoc. XVI, 10-11)
La filosofía materialista no podrá menos de batir palmas ante este
tiempo de la materia vivificada en energía. Pero es energía de muerte.
También Satanás es un gran poder, y su agente, el Anticristo, hará toda
clase de milagros y falsos prodigios para engañar “a los que se pierden
por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos"" (2 Tesal.
II, 9s.).
Aparentemente podría significar un progreso de la material inerte, esta
monstruosa transformación en energía, que es más que un supervolátil
pero no es, en manera alguna, una espiritualización de la materia, un
triunfo del espíritu sobre la carne según lo que enseña la Escritura. Es
un fenómeno que, no sólo se mantiene en el puro orden físico, sino
que, aun como tal, tiene ese sello terrible de anticreación, como si
fuera, a manera de la rebelión de los Ángeles, un supremo esfuerzo
nihilista del Anti-Dios para que el mundo dejase de ser como Dios lo
hizo.
APENDICE
EVANGELIO Y CATEQUESIS
Reimplantada la enseñanza religiosa en nuestro país, los catequistas
prestarán singular actualidad al nutrido estudio bíblico doctrinal que
nos complacemos en ofrecer a continuación:
El conocimiento del Evangelio es indispensable en toda verdadera
catequesis católica, simplemente porque no puede haber crecimiento
en las virtudes sin crecimiento en la gracia y en la fe; y la fe consiste en
conocer a Dios tal como El se ha revelado en los dos Testamentos,
especialmente en el Evangelio de Jesucristo.
Muchos católicos, y tal vez no pocos catequistas, descuidan el uso
del Evangelio, porque desestiman la importancia del Libro de la
Revelación divina como base de la catequesis y de toda vida cristiana.
¿Acaso podría ser dura la sublime doctrina del Crucificado que por el
precio de su Sangre nos hizo capaces de la santidad?
Este miedo se explica por la propaganda protestante de los Libros
Santos, a cuyo contacto se suele atribuir las herejías, siendo
precisamente que ellas sólo pueden mantenerse por la ignorancia de
las Escrituras. El día en que todos los católicos, obedeciendo a las
reiteradas enseñanzas de los Sumos Pontífices, usen el Evangelio,
"fuerza divina para la salvación de todos los creyentes" (Rom. I, 16), y
empuñen la espada de la Palabra de Dios, eficaz y más penetrante que
toda espada de dos filos (Hebr. IV, 12), la Verdad traída por Jesucristo
al mundo triunfará sobre todos los errores.
Sería insensato dejar un remedio y más aún si es de vida eterna -
porque alguno lo haya adulterado culpablemente, ya que el mal nunca
puede atribuirse al remedio, sino que el mal está en la perversa
adulteración.
II
Para mayor claridad de lo dicho añadimos aquí algunas palabras
de los Sumos Pontífices, las cuales nos ayudan a entender qué valor
trascendental tienen las Sagradas Escrituras en la formación del
cristiano:
"Que el ejemplo de Cristo Nuestro Señor y de los Apóstoles haga
entender a todos, principalmente a los soldados nuevos de la milicia
sagrada, cuánto han de estimar las Divinas Letras, con qué afición,
con qué culto se han de acercar a este, llamémosle así, arsenal de
armas. En efecto, los que deben defender la verdad católica, sea
entre los doctos, o entre los ignorantes, no encontrarán en ninguna
parte enseñanzas tan amplias y tan copiosas acerca de Dios, sumo y
perfectísimo bien, y acerca de sus obras que manifiestan su gloria y
su amor. Y en cuanto al Salvador del género humano, nada existe
sobre el tan fecundo y tan expresivo como los textos que uno
encuentra en toda la Biblia, y S. Jerónimo tuvo razón en afirmar "que
ignorar las Escrituras, es ignorar a Cristo" (Enc. "Providentissimus
Deus de León XIII).
"Jamás cesaremos de exhortar a todos los cristianos a que hagan
su lectura cotidiana de la Biblia, principalmente en los Santísimos
Evangelios de Nuestro Señor, así como en los Hechos de los
Apóstoles y las Epístolas, esforzándose en hacerlos savia de su
espíritu y sangre de sus venas". (Enc. "Spiritus Paraclitus de
Benedicto XV).
"Fuera del santo Evangelio no hay otro libro que pueda hablar al
alma con tanta luz de verdad, con tanta fuerza de ejemplos y con
tanta cordialidad" (Pío XI).
"EI Evangelio es principio, fuerza y fin de todo Apostolado". (Pío
XII — siendo aun Cardenal, al Card. Gomá).
La consecuencia es clara y fácil: buscar apasionadamente la
Palabra de Dios, buscarla apasionadamente en el Evangelio (y el
Concilio de Trento llamó Evangelio a toda la Sagrada Biblia).
Escuchando la Palabra de Dios, encontramos la fe (Rom. X, 17), esa
fe viva que nos lleva a obrar por la caridad (Gál. V, 6); pero esa
caridad no es una beneficencia sentimental, sino una vida de amor
sobrenatural a Dios y al prójimo, vida que nace de la fe, o sea, del
conocimiento sobrenatural de Dios, como lo reveló Jesús en su
Oración Sacerdotal: "En esto consiste la vida eterna: en conocerte a
Ti sólo Dios verdadero y a tu Enviado Jesucristo" (Juan XVII, 3).
Esa obsesión de la caridad nos llevará ante todo a conocer a Cristo en
la Eucaristía para unirnos a El, para nutrirnos con El, para vivir de El, y
entonces sí que el divino Sacramento, haciéndonos vivir de Jesús como
El vive del Padre (Juan VI, 58), nos hará cumplir plenamente el
"Mandamiento Nuevo": amarnos entre nosotros del modo como El nos
amó (Juan XIII, 34; XV, 12); amarnos entre nosotros porque El nos amó
(I Juan IV, 11). "Yo en ellos y Tú en Mí" dijo Jesús al Padre, "para que
sean consumados en la unidad..."; esto es para que sean todos los
cristianos un solo corazón y una sola alma, como Cristo y el Padre son
uno solo. De aquí saca el Señor el fruto supremo del apostolado, la
conversión del mundo, que solamente podrá obrarse por el
espectáculo de nuestra caridad, que es la apologética por excelencia.
Así "sean consumados en la unidad, a fin de que el mundo crea que Tú
me has enviado y que los has amado como me amaste a Mí" (Juan
XVII, 23).
III
El que no haya adquirido estas luces, buscándolas en el Libro de
Dios, no puede aspirar a la dignidad de catequista, que lo hace
partícipe del sacerdocio de la Iglesia docente. ¿Cómo va a ser un buen
mayordomo de Jesucristo el que no lee sus instrucciones para poder
obedecerle? ¿Cómo va a poner a Jesucristo en las almas el que no lo
conoce?
Descuidando el Evangelio, incurriríamos inevitablemente en
deformaciones de la doctrina, asimilando la divina doctrina de Jesús a
la simple lógica humana, por falta de luces sobrenaturales, es decir,
convirtiendo, como dice San Jerónimo, el Evangelio de Dios en el
evangelio del hombre.
Así se cumpliría tremendamente en nosotros la sentencia del Salmo:
"Disminuidas han sido las verdades por los hijos de los hombres" (Sal.
XI, 2) . Y entonces la catequesis perdería su eficacia sobrenatural, y aún
llegaría a grabar en el alma de los niños la imagen de un falso Dios: de
una especie de funcionario que premia y castiga como cualquier otro
(en vez de ser el que "no perdonó a su propio Hijo" por perdonamos a
nosotros); que nos deja abandonados a nuestro propio esfuerzo en la
lucha por cumplir una ley superior a las fuerzas de la naturaleza caída
(en vez de habernos dado el Espíritu Consolador que nos santifica
mediante la fe por los méritos de la Sangre de Cristo); que nos deja
abandonados, a las vicisitudes de la vida (en vez de obligarse El a
dárnoslo todo por añadidura con tal de que busquemos su reino), que
en fin, siempre parece tener un látigo levantado sobre nosotros como
esclavos (en vez de habernos dado el espíritu de adopción de los hijos
por el cual le llamamos Abba, esto es Padre (Gál. IV, 6).
Sin el Evangelio, el Catecismo es, pues, instrumento insuficiente en la
instrucción religiosa. Sobre este tema tan delicado publicó una pastoral
Mons. Landrieux, Obispo de Dijón, quien, entre otras cosas, dice:
"Nuestros catecismos son casi mudos acerca de la Historia Sagrada y
del Evangelio que otrora los niños aprendían en el Colegio; de ahí
viene una gran laguna. Tres o cuatro páginas lacónicas sobres la Vida
de Nuestro Señor; dos o tres fechas vagas, imprecisas; algunos
episodios apenas indicados, una corta y seca enumeración de milagros,
una palabra sobre la Pasión, dos líneas sobre la Resurrección, y se
acabó. Si, pues, se pone en manos de los niños desde el primer día el
catecismo, y si durante tres, cuatro o cinco años se retorna el mismo
texto en el curso primario, en el mediano y en el superior, se quedan
los niños sin conocer ni el Evangelio ni a Nuestro Señor. En las
Parroquias urbanas, en los pensionados y los patronatos, se trata de
suplir esto por las instrucciones de perseverancia. Pero en la mayoría
de las poblaciones de campaña, por falta de tiempo, y porque el libro
apenas lo menciona, el Evangelio pasa desapercibido, y esto es para
toda la vida. ¿Puede concebirse un católico práctico que no haya leído
nunca el Evangelio? Pues tal es el caso de la enorme mayoría. Se
podría ser perfectamente instruido en religión con sólo conocer el
Evangelio, porque en él está toda la substancia del catecismo; pero la
recíproca no es verdadera, porque en el catecismo no está todo el
Evangelio".
IV
Concluyamos exponiendo un caso ocurrido -entre mil—, como
enseñanza de experiencia: Un joven de 28 años, israelita, quiere
convertirse, y a juicio del catequista está preparado para el bautismo y
la comunión. El candidato a padrino, lo interroga:
- ¿Quién es Jesús?
- Es" Dios.
- Sí, pero ¿de quién era Hijo?
- De “Santa María Virgen".
- ¿Y de quién más?
- De nadie más.
- ¿Cómo es eso? Jesús tenía Padre. Este no era ningún hombre,
pero era su Padre.
EI catecúmeno se queda absorto, y entonces el presunto padrino le
dice:
- A ver, dime el Credo.
- Creo en Dios Padre... y en Jesucristo su único Hijo.
- ¿Ves? ¿Hijo único de quién?
Y el pobre muchacho repite:
- ¡De santa María Virgen!
Entonces se le habla de la Santísima Trinidad para enseñarle a
distinguir las tres Divinas Personas, eso que en el Evangelio se aprende
sin darse cuenta:
- ¿Qué hizo Cristo por nosotros?
- Tomó el pan y el vino y dijo: este es mi cuerpo y esta es mi
sangre.
- Muy bien, pero ¿qué se hizo Cristo por nosotros? Era Hijo de
Dios y sin dejar de serio se hizo hombre, ¿no es cierto?
- Sí, señor.
- Y el Espíritu Santo, ¿se hizo hombre?
- Sí señor...
Aquí el candidato a padrino renunció naturalmente a ese honor y a
esa responsabilidad mientras el catecúmeno no conociese a Dios. Le
dio un Evangelio y le habló largamente de lo que en él aparece: Jesús
como don del Eterno Padre; Jesús encarnado y Hermano nuestro; Jesús
Maestro y legislador; Jesús Redentor; Jesús que nos revela los secretos
del Padre; Jesús, que con el Padre nos envía su Espíritu Santo, el que
nos aplica los méritos de la Redención y nos da la gracia y los dones
para salvarnos gratis...
EI muchacho se entregó con fervor a descubrir en el Evangelio esas
noticias sublimes que habían dilatado su corazón, y no tardó en ser
bautizado; pero entonces ya tenía fe y amor. Porque no se limitaba a
saber de memoria cuántos son los sacramentos y cuáles son los
pecados y los diez mandamientos: había adquirido mediante la
Revelación divina, ese conocimiento de Dios y de su Hijo Jesucristo en
el cual consiste la salvación (Juan XVII, 3).
Es que a Dios nadie lo vio nunca, dice San Juan. Y agrega: su Hijo
Unigénito que está en el seno del Padre, Ese nos lo dio a conocer
(Juan I, 18).
Nada podrá, pues, darnos el conocimiento de Dios sino son las
palabras del Hijo que vino expresamente para eso (Mat. XI, 27; Juan
VI ,46; VIII, 19; XVII, 26, etc.) y que nos trajo como Enviado las
palabras mismas de su Padre (Juan XII, 49; XV, 15).
Por eso El mismo se sacrificó "para que fuésemos santificados por
la Verdad (Juan XVII, 19). Y para que tuviésemos en nosotros todo el
gozo cumplido que El tubo, dijo a su Padre estas palabras, que por
siempre bastarían para acudir apasionadamente al Evangelio como
instrumento de santidad: "Santifícalos en la Verdad: la Verdad es Tu
Palabra" (Juan XVII, 17).
Tomado así, el ministerio altísimo del catequista, que cautiva los
corazones de los niños, es una verdadera bienaventuranza, según lo
promete la misma Sabiduría, diciendo: "Dichoso aquel que explica la
justicia a oídos que escuchan" (Ecli. 25, 12).
UN DOCUMENTO BIBLICO TRASCENTAL
La Encíclica "Divino Afilante Spiritu" del 30 de septiembre de 1943.
La Radio Vaticana, al anunciar la aparición de esta Carta Encíclica de
Pío XII sobre la Biblia, anticipaba que habría de producir una honda
impresión en los ambientes culturales del mundo entero.
La Biblia, en efecto, sigue siendo, aún para las inteligencias ajenas al
movimiento religioso, el acervo más rico y el monumento más alto de
la sabiduría universal, según lo proclamaba no ha mucho un ilustre
delegado argentino en una de las últimas conferencias internacionales.
La reciente Encíclica que, más que las anteriores, hará época en los
anales escriturísticos de la cristiandad, destaca de un modo decisivo el
valor de la Sagrada Escritura como libro de espiritualidad por
excelencia; valor que hemos de apreciar más que nadie los que,
teniendo el privilegio de haber sido llamados al estudio y enseñanza
del divino Libro, podemos descubrir y admirar cada día nuevos tesoros
de su sabiduría, insondable como un mar sin orillas.
Lo que desea el Sumo Pontífice es “que la Palabra de Dios, dirigida a
los hombres por medio de las Sagradas Escrituras, sea cada día más
total y perfectamente conocida y con más vehemencia amada"; y "que
los fieles, especialmente los sacerdotes, tienen la grave obligación de
usar copiosa y santamente de ese tesoro reunido a lo largo de tantos
siglos por los más altos ingenios".
Más aún, Pío XII exhorta con todo ardor apostólico, como sus
predecesores Pío XI y Benedicto XV, a la lectura diaria de la Sagrada
Escritura en las familias cristianas-, "favorezcan pues, dice el Papa a los
Obispos, y presten ayuda a aquellas piadosas asociaciones que se
proponen difundir entre los fieles las ediciones de la Biblia y en
especial de los Evangelios, y procurar con todo empeño que su lectura
diaria se haga en las familias cristianas recta y santamente"; lo que sin
duda, y cien veces más, ha de servir de directiva a las familias de
religiosos y religiosas, a los conventos, colegios, seminarios, todos los
cuales, sin excepción alguna, harán de la Escritura su lectura diaria.
II
Ante tan alentadora voz, los amantes de la Sagrada Escritura se
sentirán movidos a continuar la obra del renacimiento bíblico que
los Sumos Pontífices han iniciado en las Encíclicas "Providentissimus
Deus", "Spiritus Paracitus" y "Divino AffIante Spiritu", las cuales
fueron ensanchando progresivamente los horizontes hasta romper,
de una manera categórica, con la reserva otrora impuesta por
motivos circunstanciales y extraordinarios a raíz de la Reforma.
Desde entonces los Sumos Pontífices no se cansan de fomentar de
todas maneras el estudio de la Palabra de Dios, erigiendo un
Instituto Bíblico en las dos Capitales de la Cristiandad: Roma y
Jerusalén; instituyendo la Pontificia Comisión Bíblica, compuesta de
los más célebres escrituristas del orbe católico; inculcando sin cesar
al clero el grave deber de predicar todos los domingos el Evangelio;
aprobando asociaciones para la difusión del Evangelio y de la Biblia
en general; concediendo indulgencias a los que lean el Evangelio,
insistiendo sobre su lección diaria en los hogares cristianos;
promoviendo Congresos del Evangelio y Semanas Bíblicas;
alentando la publicación de Revistas Bíblicas, etc., etc.
Y después de todo eso, ¿puede haber todavía católicos que crean
que la Biblia es un libro protestante que no le es permitido leer a un
hijo de la Iglesia católica? ¡Qué daño tan inmenso para la
espiritualidad resultó de ese infundado temor!
Además de esta preciosa norma espiritual que acabamos de
ponderar, la nueva Encíclica brinda al mundo aclaraciones sobre
importantes temas discutidos en el ambiente exegético. Así, por
ejemplo, estimula de un modo singular a emprender nuevas
traducciones conforme a los originales hebreo y griego, según el
caso.
Señala también el Papa cómo los teólogos escolásticos no
poseyeron suficientemente el griego ni el hebreo para aprovechar el
texto original, y afirma que éste tiene sin embargo "mayor autoridad
y peso que cualquier traducción antigua o moderna por buena que
sea"; por lo cual merece llamarse ligero y descuidado" el que hoy se
cierra el acceso a los textos originales. Confirma el Papa que la
declaración de la Vulgata como “autentica” en modo alguno
disminuye la autoridad y fuerza de esos textos originales; pues esa
elección de la Vulgata fue hecha "entre las versiones latinas que en
aquella época circulaban", no con respecto a los originales. Aclara,
en fin, que esa 'autenticidad de la Vulgata “más bien merece el
nombre de jurídica que el de crítica".
"Por eso —así dice la Encíclica— esta autoridad de la Vulgata en
cosas de doctrina no impide —más aún, casi exige en el día de
hoy—, que esta misma doctrina se compruebe y confirme por los
mismos textos originales y que se invoque continuamente el auxilio
de los mismos textos, con los cuales se aclare y patentice cada día
más la recta significación de las Sagradas Letras".
Concluye este capítulo expresando el anhelo de que se realicen, al
alcance de todos, "versiones a las lenguas vivas" y "directamente de
los textos originales, como sabemos que se han hecho ya
laudablemente en muchas regiones, con la aprobación de la
autoridad eclesiástica".
III
Aquellos que tienen el grave cargo de intérpretes y la vocación de
estudiosos de la Biblia agradecerán asimismo las directivas que el
Papa establece sobre la investigación del sentido literal, el primero
de todos, y únicamente en base al cual se puede, según Santo
Tomás, extraer argumentos dogmáticos: "Omnes sensus (Scripturae)
fundantur super unum, scilicet litteralem, ex quo solo potest trahi
argumentum". La Pontificia Comisión Bíblica, en una carta fechada el
30 de agosto de 1941 y dirigida a todos los Obispos de Italia,
recalca ese mismo principio contra un autor anónimo que intentaba
desacreditarlo (véase Rey. Bibl. n° 20, p. 293-296).
Claro está que no se prohíbe investigar, como alimento de la
piedad, otros sentidos que pueda ofrecer la Palabra de Dios, pero
siempre y ante todo hay que averiguar cuál fue el sentido que quiso
expresar el hagiógrafo. La nueva Encíclica dice al respecto: "Así,
pues, deduzcan (los exégetas) con toda diligencia la significación
literal de las palabras con su conocimiento de las lenguas,
acudiendo al contexto y comparando con otros pasajes semejantes:
subsidios todos de que suele echarse también mano en la
interpretación de los escritores profanos, con el fin de que se aclare
hasta la evidencia el pensamiento del autor. Pero los exégetas de las
Letras Sagradas, recordando que en este caso se trata de la palabra
inspirada por Dios, cuya custodia e interpretación fue encomendada
por ese mismo Dios a la Iglesia, han de tener en cuenta con no
menor diligencia las explanaciones y declaraciones del Magisterio
de la Iglesia e igualmente las explicaciones dadas por los Santos
Padres y también la "analogía de la fe", como advirtió sabiamente
León XI I I en la Encíclica "Providentissimus Deus".
Del inmenso trabajo que aguarda a los expositores católicos, nos da
una idea el mismo Pío XII hablando de lo que queda por hacer y
añadiendo que puede "tener la exégesis, como los tienen otras
disciplinas, sus secretos propios, insuperables por nuestras mentes e
incapaces de abrirse por esfuerzo alguno".
Y con qué cariño tan paternal anima el Papa a los exégetas, "estos
valientes obreros en la Viña del Señor", a que continúen su difícil tarea,
porque "sólo muy pocas cosas hay cuyo sentido haya sido declarado
por la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquéllas en las que
sea unánime la sentencia de los Santos Padres. ¡Quedan, pues, muchas
otras y gravísimas, en cuya discusión y explicación se puede y debe
ejercer libremente la agudeza e ingenio de los intérpretes católicos!" ¡Y
cómo los defiende y pide para ellos no solamente "imparcialidad y
justicia", sino también "suma caridad" de parte de quienes creen que
todo lo que es nuevo es por ello mismo sospechoso! "Van, pues, fuera
de la realidad algunos, que no penetrando bien las condiciones de la
ciencia bíblica, dicen sin más que al exégeta católico de nuestros días
no le queda nada que añadir a lo que ya produjo la antigüedad
cristiana; cuando por el contrario estos nuestros tiempos han
planteado tantos problemas, que exigen nueva investigación y, nuevo
examen, y estimulan no poco el estudio activo del intérprete
moderno".
IV
No nos extrañe que el Sumo Pontífice toque también el problema del
estudio de la Sagrada Escritura en los Seminarios, en los cuales muchas
veces la Introducción ocupa más clases que la exégesis y la lectura del
sagrado texto. Los sacerdotes no pueden cumplir con el deber de
repartir al pueblo cristiano el pan de la Palabra de Dios "si ellos
mismos mientras moraron en los Seminarios no se empaparon de
activo y perenne amor hacia las Sagradas Escrituras".
"Conviértanse así las Letras divinas para los futuros sacerdotes de la
Iglesia en fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno y en
alimento y fortaleza del oficio sagrado de la predicación que van a
recibir. Si llegaran a conseguir esto los profesores de esta
importantísima asignatura en los Seminarios, persuádanse con alegría
de que han contribuido notablemente a la salvación de las almas, al
progreso de la causa católica, al honor y la gloria de Dios y que han
llevado a cabo una obra en estrechísima relación con su oficio
apostólico".
Otro punto no menos fundamental que enseña Pío XI I , confirmando
elocuentes palabras de Benedicto XV en su Encíclica "Humani Generis",
se refiere al uso de la Biblia como fuente de la predicación. Aquella
"Palabra de Dios, dice el Papa, viva y eficaz y más penetrante que
espada de dos filos, y que llega hasta la división del alma y del espíritu,
y de las coyunturas, no necesita de afeites o de acomodación humana,
para mover y sacudir los ánimos; porque las mismas Sagradas Páginas,
redactadas bajo la inspiración divina, tienen por sí mismas abundante
sentido genuino; enriquecidas por divina virtud, tienen fuerza propia;
adornadas con soberana hermosura, brillan por sí mismas y
resplandecen, con tal que sean por el intérprete tan íntegra y
cuidadosamente explicadas, que se saquen a luz todos los tesoros de
sabiduría y prudencia en ellas ocultos".
Gracias a la Encíclica que estudiamos se despeja también
definitivamente el horizonte en la cuestión de intercalar notas dentro
del Sagrado Texto. Resulta así igualmente confirmada por la Autoridad
Eclesiástica la depuración que en nuestra edición de la Sagrada
Escritura hemos hecho del texto de Torres Amat, y principalmente la
eliminación de los agregados en bastardilla, que a veces han pasado,
sin bastardilla, a los Misales para los fieles y a otros libros litúrgicos,
dando así ocasión a falsas interpretaciones. El Papa señala respecto a
los Códices la necesidad de “restablecer lo más perfectamente que se
pueda el texto sagrado... librándolo en lo posible de glosas, lagunas,
inversiones de palabras, etc."; regla que sin duda alguna hemos de
aplicar también a las ediciones modernas.
No puede ser, pues, si no muy grande nuestra esperanza en los frutos
que producirá la grandiosa Encíclica de Pío XI I ; esperanza que será
compartida, lo sabemos, por cuantos cultivan en el Cuerpo Místico de
Cristo esa fraternidad especialmente íntima y espiritual que nace del
común amor a la Palabra, según enseña el Salmista cuando invita a
reunirse con él a cuantos conocen los testimonios de Dios (Salmo
C XV I I I , 79).