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Fragmentos de Obras de Elena Garro

El fragmento de 'Felipe Ángeles' de Elena Garro presenta un diálogo entre el General Diéguez y el Coronel Bautista en Chihuahua, donde discuten la inminente llegada del prisionero Felipe Ángeles y las tensiones que esto genera en la ciudad. A través de sus conversaciones, se revela la complejidad de la situación política y el descontento popular hacia el gobierno. En 'El Encanto', otro fragmento de Garro, se explora el encuentro entre Juventino Juárez, Ramiro Rosas y Anselmo Duque, donde se discuten temas de tiempo, percepción y la búsqueda de significado en la vida.

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Fragmentos de Obras de Elena Garro

El fragmento de 'Felipe Ángeles' de Elena Garro presenta un diálogo entre el General Diéguez y el Coronel Bautista en Chihuahua, donde discuten la inminente llegada del prisionero Felipe Ángeles y las tensiones que esto genera en la ciudad. A través de sus conversaciones, se revela la complejidad de la situación política y el descontento popular hacia el gobierno. En 'El Encanto', otro fragmento de Garro, se explora el encuentro entre Juventino Juárez, Ramiro Rosas y Anselmo Duque, donde se discuten temas de tiempo, percepción y la búsqueda de significado en la vida.

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Felipe Ángeles, de Elena Garro

(fragmento)

Personajes
GENERAL DIÉGUEZ
CORONEL BAUTISTA
SOLDADO SANDOVAL

ACTO I
La acción pasa en la ciudad de Chihuahua el día 26 de noviembre de 1919. Fachada del Teatro de
los Héroes. La escalinata que va de la plaza al Teatro de los Héroes debe ocupar el proscenio. Las
grandes puertas del teatro están cerradas. Solo la puerta central ha quedado entreabierta y es
guardada por varios centinelas. A través de las puertas de cristales, se ve el vestíbulo del teatro con
candiles de cristal, muros tapizados de seda roja, espejos de marcos dorados y bancos laterales de
terciopelo rojo. Al fondo del vestíbulo los cortinajes rojos ocultan la entrada a la sala de espectáculos.
Entran el General Diéguez y el coronel Bautista. Vienen cubiertos de gruesos capotes militares de
invierno. Diéguez se detiene en la escalinata y distraído empuja con el pie algunos restos de la nieve
que ha caído la noche anterior. Son las siete de la mañana.

GENERAL DIÉGUEZ: Coronel, no me parece que el teatro ofrezca mucha seguridad.

[El General muy preocupado, mira hacia las puertas de vidrio que dan acceso al teatro]

BAUTISTA: He hecho todo lo posible, y más, mi general.


GENERAL DIÉGUEZ: La llegada del prisionero va a provocar un motín…
BAUTISTA: Desde anoche las tropas de refuerzo están acuarteladas. Hoy al amanecer, los soldados
barrieron a culatazos a la gente que quiso tomar el teatro por asalto, cuando ya en la sala no cabía
ni un alma. Después limpiamos de revoltosos los alrededores y la tropa cerró las bocacalles.
GENERAL DIÉGUEZ: El hombre es contradictorio. Anoche al llegar a Chihuahua, me sorprendió la
multitud hostil que se cerró a mí paso. Hasta pensé que no saldría con vida.
BAUTISTA: Esta es la ciudad de Francisco Villa y de aquí salió el General Felipe Ángeles a tomar
Zacatecas. Eso no lo olvidan. Anoche lo esperaban a él, y verlo a usted los enojó, mi general.
GENERAL DIÉGUEZ: Es cierto, esperaban al tren del prisionero. El pueblo ya no se ve en nosotros,
es como si hubiéramos caído detrás del espejo.
BAUTISTA: Después de tres años de destierro, Felipe Ángeles les ha vuelto a la memoria.
GENERAL DIÉGUEZ: Sí, y ahora vuelve seguido del rumor de sus batallas, escoltado por sus
guerreros muertos y resucitados hoy, para entrar con él a Chihuahua. No se resignan a ver en el
prisionero de hoy al héroe de ayer. ¡Y en México se empeñan en ignorar que este juego es peligroso!
BAUTISTA: ¿En México?… Allá se limitan a girar órdenes y a darse buena vida.
GENERAL DIÉGUEZ: Ven al mundo desde la lejanía del poder. Deberían estar aquí y ver mi mesa
inundada de telegramas de Francia, de Estados Unidos, de Inglaterra. El mundo entero pide
clemencia para Felipe Ángeles, el gran matemático, el gran estratega, el maestro; deberían ver
también la ola de descontentos que avanza por la ciudad y que amenaza con tragarnos a todos.
BAUTISTA: Todo eso, mi general, me asegura que su sentencia de muerte es irrevocable, aunque
parezca difícil matarlo, no queda otra.
GENERAL DIÉGUEZ: He pedido que el juicio sea rápido. ¡Al mal paso darle prisa! Usted, Bautista,
¿se da cuenta de que éste no será un fusilado cualquiera?
BAUTISTA: Sí… Pero, si usted se da cuenta de esos peligros, mi general, ¿por qué no acepta la
suspensión del juicio concedida por la Justicia del Congreso de la Unión?
GENERAL DIÉGUEZ: ¿Está usted loco Bautista? ¿Cómo se atreve a aconsejarme que contravenga
las órdenes expresas del Primer Jefe?

[Entra Sandoval y al ver al general, se queda a una distancia respetuosa].

BAUTISTA: Entonces lo mejor es acabar cuanto antes.


GENERAL DIÉGUEZ: Muerto el perro se acabó la rabia. [Diéguez se vuelve a Sandoval].
GENERAL DIÉGUEZ: ¡A ver tú, Sandoval! ¿Cómo te sientes en tu uniforme nuevo?
SANDOVAL: [Avanzando]. Ya ve, mi general, la suerte…
GENERAL DIÉGUEZ: ¡Qué suerte ni qué niño muerto! A mí no me vas a hacer creer la historia que
contaste a los periódicos. Todos sabemos que si no fuera por el chaquetero de Félix Salas, no
andarías tú vestido de oficial.
SANDOVAL: ¡Que ni qué, que está usted diciendo la verdad, mi general!
GENERAL DIÉGUEZ: Salas desertó de su General Ángeles, para entregarlo y ganar el dinero que
ofreció el Primer Jefe por su captura.
SANDOVAL: ¡Así fue, mi general! Y muy honradamente, así me lo confesó cuando vino en busca de
tropa para ir a aprehenderlo. Como yo estaba de Defensa Social del punto, a mí me tocó salir en su
busca… Por eso le dije, mi general, que había yo tenido suerte.
BAUTISTA: ¿Y qué vas a hacer con los diez mil del águila que te van a pagar por tu buena suerte?
SANDOVAL: ¡Ah, qué mi coronel, el dinero es algo que nunca le sobra a un pobre!
GENERAL DIÉGUEZ: Si quieres cobrar tu dinero, tus declaraciones deben de ser útiles al Primer
Jefe.
SANDOVAL: Mire, mi general, la verdad es que yo salí de noche en busca de los alzados, para que
no se echara de ver mi paso. Así me acerqué al valle de los olivos donde Félix Salas me dijo que
estaban acampados…
BAUTISTA: [Interrumpiendo]. ¿Y Salas se rajó? ¿No fue contigo?
SANDOVAL: Yo diría que sí… tal vez sentiría feo de ver que agarraban a su Jefe…
GENERAL DIÉGUEZ: O a lo mejor le dio miedo.
SANDOVAL: ¡A lo mejor! Contaba yo con llegar antes de rayar el día para agarrarlos dormidos. Usted
sabe, mi general, que aunque no más eran cinco, era gente de peligro.
GENERAL DIÉGUEZ: ¡Caray! Eres muy prudente.
SANDOVAL: Pero no di con ellos hasta las once. Iba yo venteando, ya con cuidado a causa de la
luz del sol, ¡cuando voy viendo un humito! Nos quedamos silencios. Desmonté a diez de mis hombres
para que se acercaran a rastras y esperé en el chaparral, aguantando los latidos de mi corazón.
GENERAL DIÉGUEZ: ¿Y no había nadie más?
SANDOVAL: Nadie, más que los cerros y nosotros. Dice mi gente que alcanzó a ver a la mujer de
Salas curando al difunto Muñoz, cuando éste gritó: ¡Ahí están ya!
GENERAL DIÉGUEZ: ¿Hicieron fuego sobre ustedes?
SANDOVAL: ¡Qué va, mi general! Al contrario, nosotros hicimos fuego sobre ellos y cayeron dos que
no tenían las señas del General Ángeles, porque yo quería agarrarlo vivo.
GENERAL DIÉGUEZ: [Disgustado]. ¿Y a ti quién te ordenó que lo agarraras vivo?
SANDOVAL: Nadie, pero me gustaba más traerlo vivo que muerto, mi general.
GENERAL DIÉGUEZ: A ver si no te cuestan caros tus gustos. ¿Qué pertrecho encontraron?
SANDOVAL: Casi nada, mi general. Unos 30-30 y unas chaparreras. Luego tuvimos la mala suerte
de entrar a Parral con el prisionero en 20 de noviembre…
GENERAL DIÉGUEZ: [Molesto]. Las fechas son supersticiones.
SANDOVAL: No se crea, mi general, la gente se desencaminó mucho. Hubiera usted oído cuando
gritaban… bueno, igualito que acá en Chihuahua.
GENERAL DIÉGUEZ: No te preocupes por lo que griten. Tú lo único que tienes que hacer es declarar
que Ángeles y sus hombres hicieron fuego sobre ustedes. ¡No lo olvides, son órdenes superiores!
BAUTISTA: A ver si tienes cara en el juicio, cuando el mismo General Ángeles te desmienta.
GENERAL DIÉGUEZ: Después haremos las gestiones para que te paguen: ahora sube al teatro, ahí
te dirán a donde deberás esperar.
SANDOVAL: [Cuadrándose]. ¡A sus órdenes, mi general!

[Sandoval sube las escaleras, atraviesa la puerta central, cruza el vestíbulo y desaparece por las
cortinas del fondo. Sale].
El Encanto, tendajón Mixto, de Elena Garro

(fragmento).

Personajes

JUVENTINO JUÁREZ.
RAMIRO ROSAS.
ANSELMO DUQUE.
LA MUJER DEL HERMOSO PELO NEGRO.

(Se oscurece la escena. Luego la luz se transforma en luz de crepúsculo. Entran Juventino Juárez y
Ramiro Rosas.)… (Los dos miran hacia el lugar donde vieron la tienda.)

RAMIRO.- ¿Qué quisieras ver ahora?

JUVENTINO.- Una laguna, ¿y tú?

RAMIRO.-¡Una amable compañía!

(El telón se levanta y aparece otra vez “El Encanto”, resplandeciente. Detrás del mostrador está
sonriendo la Mujer del Hermoso Pelo Negro. Anselmo Duque acaba de beber la copa. La deja sobre
el mostrador y se queda mirando a la mujer. Anselmo lleva la misma ropa y la barba crecida.)

JUVENTINO.- ¡Anselmo!, ¿un año entero te duró la misma copa?

RAMIRO.- ¡Uy!, ¡un año redondo para beber una copa!

JUVENTINO.- ¡Újule!, ¡en cualquier cantina hubiera bebido cientos!

RAMIRO.- ¡Vente; esto ni para cantina sirve!

MUJER.- ¡Una copa y un año son lo mismo! Aquí medimos con medidas que ustedes desconocen. No
contamos los días porque esa copa los contiene a todos.

JUVENTINO.- ¡Tú dices muchas palabras! Ya va siendo necesario que te calles, porque te gusta decir
y hacer lo que no es. ¡Suelta ya a ese pobre muchacho! ¡Déjalo vivir sus días, beber sus copas…!

MUJER.- ¡Viejo que nada sabe y que cree saberlo todo! Sus días no son los tuyos, ni sus copas tuis
copas. Sigue tú, sabelotodo, viviendo tus semanas cargadas de piedras y congojas y deja que
Anselmo Duque no cuente las horas de sudar y maldecir. Él vive en otro tiempo…

RAMIRO.- ¿Qué tiempo?

MUJER.- El tiempo de los pájaros, las fuentes y la luz.


JUVENTINO.- ¡Mañosa! ¡Contigo es inútil hablar! ¡Anselmo ven! Ya viste lo que habías de ver. Ya
bebiste lo que habías de beber.

RAMIRO.- ¡Un año son muchos días, y una copa es una copa! ¿Todavía no ves el engaño?

MUJER.- ¡Ustedes no saben medir sus palabras, ni lo que no ven!

ANSELMO.- (A ella) ¡Déjalos!

RAMIRO.- ¿Lo que no vemos? ¿Pues qué has visto, Anselmo Duque? ¡Por tu madre te pido que me
digas lo que tus ojos han visto!

JUVENTINO.- ¡No tienes nada que ver! Míranos a nosotros, tus amigos. Hemos venido en esta fecha
justa para llevarte con nosotros.

RAMIRO.- Por favor te lo pido; ¿qué has visto, Anselmo?

ANSELMO.- (Sin verlos) ¿Qué he visto?... Si pudiera decirlo… apenas estoy empezando a ver…
todavía me falta mucho…

RAMIRO.- Pero de lo que has entrevisto cuéntanos algo…

ANSELMO.- He visto… otra luz… otros colores… otras lagunas…

JUVENTINO.- No te entiendo.

ANSELMO.- Ni me vas a entender, porque yo tampoco te entendería…

JUVENTINO.- ¡Oye la voz de este viejo! Deja a esa mujer, olvídate de sus placeres. Es más seguro un
camino real que la vereda que ella te puede ofrecer.

MUJER.- Un viejo como tú, es un hombre muerto. Así naciste. Nunca supiste encontrar el filo del agua,
ni caminar los sueños; ni visitar a las aguas debajo de las aguas, ni entrar en el canto de los pájaros,
ni dormir en la frescura de la plata, ni vivir en el calor del oro. No sembraste las corrientes de los ríos
con las banderas de las fiestas, no bebiste en la copa del rey de copas. Tú no naciste. Tú moriste
desde niño, y sólo acarreas piedras por los caminos llenos de piedras y te niegas a la hermosura.
¡Tu cielo será de piedra por desconocer a la mujer y no habrá ojos que de allí te saquen!

JUVENTINO.- ¡No me maldigas, mujer, corazón de piedra!

MUJER.- ¿Qué sabe tú de mi corazón? ¿Y si lo tengo o no lo tuve nunca? Adentro de mi pecho no


hallarás nada que pese. Sólo la música que escucha Anselmo habita mi cuerpo. ¡La piedra la llevas
tú!

RAMIRO.- ¡No te enojes con nosotros, amable compañía!

MUJER.- Piedra de camino real, ¿quién te dirige la palabra?


JUVENTINO.- ¡Anselmo Duque! ¡Por última vez, y a riesgo de enojar a la hermosura, te pido que
regreses con tu madre! ¿Quién te puede ofrecer mejor consuelo?

RAMIRO.- ¿Qué te dan en “El Encanto” que ella no te pueda dar?

ANSELMO.- No es hora de nombrarla, porque ella me dio los ojos para que mirara lo que ahora miro…
y los sentidos para que entrara en los placeres que ahora encuentro…

RAMIRO.- ¿Cuáles son, Anselmo Duque?

ANSELMO.- Si supiera decirlo… si pudiera… pero no me dio la lengua para nombrarlo… díganle que
aquí me quedo… y que de aquí ni ella ni nadie me ha de sacar.

(La Mujer del Hermoso Pelo Negro le echa los brazos al cuello. La escena queda a oscuras.)

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