«Pobres pero no cochinos».
Higiene corporal y orden social en Bogotá a finales de siglo XIX
Tesis para optar al título de Magister en Historia
de la Universidad de los Andes
Edwin Santos Reyes
Directora: Zandra Pedraza Gómez
2012
1
Para Jacobo...
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Tabla de Contenido
1. Agradecimientos
2. Introducción
3. La higiene como problema: una aproximación al campo de la historia
4. La higiene corporal en el ordenamiento social
4.1. La ciudad y la sociedad santafereña de finales del siglo XIX.
4.2. Higiene, discriminación y conformación de identidades
5. Voces y actores del higienismo
5.1. Prácticas de higiene
5.2. Los Actores del higienismo
6. Conclusiones
7. Fuentes Primarias
8. Bibliografía
3
1. Agradecimientos
En primer lugar, quiero agradecer a mi madre, Anita, quien con la sencillez
y bondad que la caracterizan y de forma natural e irrestricta, apoyó mi
intención de hacer la particular mezcla de odontología e historia. En
segundo lugar, debo dar las gracias a la profesora Margarita Garrido Otoya,
quien fuera directora de la Maestría en Historia de la Universidad de los
Andes al momento de mi ingreso, por su confianza, su entusiasmo y su
gusto por rescatar del tiempo temáticas inusuales, recalcando siempre la
importancia de realizar una historia comprometida con la sociedad, que
permita comprender los problemas del país. Le agradezco también porque,
en su calidad de directora de la Biblioteca Luis Ángel Arango, promovió un
gran proyecto de digitalización de documentos de importancia histórica, que
reposan en la sala de Raros y Manuscritos, y hoy se pueden consultar a
través de la biblioteca virtual de dicha institución, facilitando el acceso a
todos los investigadores y de los cuales se nutrió sustancialmente esta tesis.
En tercer lugar, le agradezco a la maestría en historia de la Universidad de
los Andes por otorgarme la beca Germán Colmenares, un apoyo
determinante para poder iniciar mis estudios de posgrado.
Quisiera reconocer también el papel de mi directora, la profesora Zandra
Pedraza, quien además de ser una autoridad en la materia, con la mayor
disposición, interés y amabilidad, supo brindarme una dirección muy
precisa y apasionada por el tema. Además, quiero resaltar la importancia
del Coloquio de Tesis en que convergimos estudiantes de diferentes
maestrías, un espacio de socialización de los más diversos temas y donde
Zandra compartió con nosotros sus amplios conocimientos, acertados
comentarios y pertinentes recomendaciones bibliográficas.
4
Agradezco igualmente a mi compañera de trabajo en el Departamento de
Humanidades de la Universidad el Bosque, Natalia Botero Jaramillo,
antropóloga e historiadora, quien con sus lecturas atentas, comentarios
puntuales cargados del carácter pedagógico que la caracteriza y sus
constantes llamados a la tranquilidad en momentos en que la tarea de
escribir se tornaba difícil, se convirtió en un apoyo invalorable para este
trabajo.
Finalmente, agradezco a Diego Varila Cajamarca y Leidy Torres Cendales,
historiadores con quienes compartimos el gusto por la disciplina en ámbitos
como la medicina y el cuerpo. Sus atentas lecturas y las discusiones que
tuvimos enriquecieron las ideas contenidas en esta tesis.
5
2. Introducción
El presente escrito tiene como propósito estudiar la historicidad de un
refrán, un aforismo de uso popular entre la sociedad bogotana, cuyo
mensaje ha tenido una gran influencia psicológica sobre el comportamiento
cotidiano del ciudadano: «Se puede ser pobre pero no cochino». Como todo
adagio, condensa en pocas palabras una regla de enseñanza o principio
moral generalmente admitido1, en el que observamos la importancia social
otorgada a la higiene corporal, donde la limpieza es una máxima que
ninguna persona, independientemente de su posición social, debería
infringir.2 Por el contrario, quien contraviene esas normas debe estar
dispuesto a sufrir los señalamientos y las sanciones sociales, a veces sutiles,
a veces violentas, que produce el oprobio por la suciedad, transgresión
inadmisible en cualquier sociedad moderna.
Para rastrear el origen de esta frase, nos remitimos a los manuales de
urbanidad y etiqueta, y a los cuadros de costumbres escritos en el país
desde mediados del siglo XIX, en los cuales se hallaron vestigios del
fundamento ideológico en que se soporta el refrán, y que con el pasar del
tiempo, se fueron reduciendo hasta lograr la forma sintética y sugestiva que
hoy conocemos. En 1866 Rufino Cuervo y Barreto escribió:
1 Real Academia Española, Diccionario de la lengua española,
http://lema.rae.es/drae/?val=adagio (Noviembre 2 de 2012)
2
La idea de este trabajo surgió en un curso que causó gran expectativa entre los estudiantes de la
Maestría en historia de la Universidad de los Andes, dictado por el profesor Camilo Quintero y centrado
en el tema de la historia del consumo y la circulación de los objetos en el mundo. Este curso abrió un
mundo nuevo de posibilidades investigativas para los estudiantes que, como en mi caso, apenas teníamos
seguridad sobre el lugar y el periodo histórico de interés, pero que no lográbamos concretar con claridad
un proyecto de tesis. El profesor nos invitó a hacer una historia siguiendo la vida de un objeto físico
particular, de allí nació la iniciativa de rastrear la aparición del baño en Bogotá como un espacio
específico para, posteriormente, centrarme en la investigación de la higiene a finales del siglo XIX y
comienzos del XX.
6
El inexcusable desaseo molesta a la vista y el olfato de nuestros
semejantes, es indicio de suma desidia i falsedad, manifiesta la falta de
consideración por las personas a quienes nos presentamos, i demuestra
en fin, el poco aprecio que tenemos de nosotros mismos, i aun de nuestra
propia existencia.3
Un contemporáneo y paisano suyo, Miguel Samper, representante a la
Cámara y Consejero de Gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera,
recomendaba a la autoridad eclesiástica lo siguiente:
Que los curas enseñen al labriego ignorante, al obrero informal, al pobre
desaseado, al gamonal egoísta, que no se llega a la perfección moral i
física, si se descuidan la limpieza i el orden en las habitaciones i en las
personas.4
Tres décadas más tarde, en su manual sobre “Moral, Higiene, Urbanidad y
Economía doméstica”, comentado por el entonces presidente de la República
José Manuel Marroquín, y por Soledad Acosta de Samper, reconocida
escritora y periodista dedicada al tema de la mujer, Melciades Chaves, con
una retórica muy cercana a la del adagio que nos ocupa, escribió:
Respecto de las niñas pobres que no tienen muchos vestidos, diremos que
les obliga doblemente el aseo y el cuidado para conservar bien los pocos
que posean, á fin de presentarse siempre con decencia ante la gente.5
Modificar los hábitos y las costumbres, considerarse más limpio, fueron en
las últimas décadas del siglo XIX una cuestión de honra y dignidad, signos
3Rufino Cuervo, Breves nociones de urbanidad extractadas de varios autores i dispuestas
en formato de catecismo para la enseñanza de las señoritas de la Nueva Granada (Bogotá:
Imprenta de Nicolás Gómez, 1886), 9.
4Miguel Samper, La miseria en Bogotá (Bogotá: Imprenta de Gaitán, 1867), 74.
5Milciades Chaves, Elementos de educación ó sea Moral, higiene, urbanidad y Economía
doméstica para uso de las escuelas y familias (Bogotá: Imprenta del Heraldo, 1899), 120.
7
de una mayor civilización. Este proceso de transformación de hábitos y
actitudes corporales estuvo enmarcado por el carácter propio de una
sociedad rígida, mayoritariamente católica y con unas férreas categorías de
pensamiento regidas por la disciplina, la prohibición y el castigo.
Las exigencias y la atención sobre la higiene corporal fueron adquiriendo
para la sociedad santafereña un curso incremental que ha sabido
mantenerse en las sociedades contemporáneas. Para esto, los sentidos de la
vista y el olfato han sido entrenados y agudizados, con el fin de detectar y
sancionar sutilezas que se aparten del canon, creando estereotipos sobre lo
higiénico, estándares que de forma mutua y casi de manera inconsciente,
guían una vigilancia minuciosa sobre detalles en las uñas, las comisuras, la
dentadura, las transpiraciones, la vestimenta, o cualquier anomalía que
pueda hacer al individuo objeto de censura. En este sentido, el cuerpo ha
sido sometido a un control individual creciente como resultado de la
interiorización de las exigencias sociales.
Dar esta dimensión al problema, requiere reconocer los elementos
contextuales y la naturaleza compleja en que está inscrito el «fenómeno
social de la higiene». De esta forma, las preguntas fundamentales que guían
el desarrollo de la presente investigación son: ¿Ha sido la higiene corporal
una preocupación de la historiografía colombiana? ¿Cuáles fueron las
características de la ciudad de Bogotá a finales del siglo XIX y de sus
habitantes y qué llevó a estos últimos a modificar algo tan profundo e
íntimo como sus conductas y sus formas tradicionales de entender y
representar su corporalidad? ¿Cuáles fueron las prácticas higiénicas
impuestas como modelo en la ciudad? y ¿Qué actores intervinieron en la
estructuración de ese discurso higienista?
Para conseguir este propósito, este artículo se divide en tres capítulos. El
primero abordará los estudios desarrollados desde la historia y otras
8
disciplinas sobre el problema de la higiene. El segundo se divide en dos
partes: en principio, trataremos de dilucidar algunos aspectos de la
composición social bogotana y las características de su contexto y espacio a
finales del siglo XIX. Posteriormente, estudiaremos la forma en que los
preceptos de higiene empiezan a ser importantes en la ciudad y de qué
forma son convertidos en factores de identidad y discriminación de unas
clases sobre otras. Finalmente, trataremos las prácticas de higiene en la
vida cotidiana de finales del siglo XIX y los diversos actores que
estructuraron y difundieron su discurso.
Todo esto con el fin de mostrar la importancia que tuvo la higiene
decimonónica en la ciudad de Bogotá, sus diferencias con los conceptos
sobre higiene y limpieza del siglo XX, objeto preferente de la historiografía
hasta ahora y las distintas voces que ayudaron a convertir la suciedad en
un factor peligroso para el orden social que debían ser combatido, tanto por
el Estado como por el propio individuo.
9
3. La higiene como problema: una aproximación al campo de la historia
Es importante aclarar que el fenómeno y la transformación de las prácticas
de higiene personal en la Bogotá de finales del siglo XIX, no fueron
acontecimientos propios o exclusivos de la capital. Por el contrario,
situaciones similares se vivieron en Medellín, Cali y la mayoría de urbes
latinoamericanas como parte de un proceso regional de modernización.6 No
obstante, antes de detenernos en el análisis de las particularidades del
fenómeno de la higiene en el contexto bogotano, es importante rescatar las
investigaciones que han abordado el tema desde una perspectiva social.
Partimos de la idea que un estudio histórico sobre las prácticas de aseo
personal, más allá de ser una descripción de rutinas, regularidades,
métodos y utensilios, hace parte de un campo más amplio: las costumbres y
los hábitos de la vida cotidiana, entendiendo estos aspectos como un rasgo
constitutivo de los comportamientos humanos en la sociedad moderna. Así,
un marco interpretativo que esté a la altura del problema y que permita la
comprensión de las prácticas de higiene corporal en las culturas
occidentales, necesariamente debe contar con el apoyo de las ciencias
sociales en conjunto, pues los hábitos de limpieza, que a nivel individual y
colectivo adopta un determinado grupo, resultan de un entramado de
fenómenos sicológicos, antropológicos y sociológicos.
En este sentido, los planteamientos expuestos en El proceso de la
civilización por el sociólogo alemán Norbert Elias, resultan útiles para
entender la necesidad de una integración de los saberes humanistas en la
6 Un balance sobre los estudios ocupados del tema de la higiene y el cuerpo en el contexto
latinoamericano fue el realizado por la antropóloga Zandra Pedraza Gómez [Coord.],
Políticas y estéticas del cuerpo: la modernidad en América latina (Bogotá: Universidad de
los Andes, Facultad de Ciencias Sociales – CESO, Departamento de Antropología, 2007). El
caso de Medellín ha sido estudiado por Alicia Londoño Blair, El cuerpo limpio. Higiene
corporal en Medellín, 1880-1950 (Medellín: Universidad de Medellín, 2008).
10
comprensión del cómo y porqué se dan los procesos de transformación en las
estructuras de comportamiento y de personalidad,7 que llevaron a una
progresiva contención de los instintos, y al desarrollo de los sentimientos de
vergüenza y desagrado, como facetas diversas de la restructuración del
aparato síquico.8
Este fenómeno fue denominado por Elias como la “privatización de las
costumbres”9 y estaba anclado a un proceso civilizatorio que, a partir del
Renacimiento, aumentó el autocontrol individual como una respuesta al
control externo, donde el individuo debía interiorizar patrones de conducta
socialmente aceptados.10 Elias subrayó que una «sociedad civilizada» llega a
serlo -no es un factor innato- y la adopción de prácticas particulares de
civilización es el resultado de una función del proceso a nivel general.11 De
esta forma, el devenir de las estructuras sociales y de personalidad, se
realiza en una relación inseparable de interdependencia, pues la
intervención moldeadora se forma desde la infancia por los adultos “más”
civilizados.12
Retomando los conceptos de Norbert Elias, Zandra Pedraza abrió desde la
antropología histórica la discusión sobre el papel de los discursos y las
prácticas corporales en la cimentación de la modernidad colombiana. En su
texto En cuerpo y alma, visiones del progreso y de la felicidad, plantea una
serie de transformaciones, por etapas, a las que se vio sometida la
experiencia corporal a partir de las últimas décadas del siglo XIX, marcadas
por la cultura señorial heredada del periodo colonial, y posteriormente por
7Norbert Elias, El proceso de la Civilización, Investigaciones sociogenéticas y
psicogenéticas (México: Fondo de Cultura Económica, 2009), 141-144.
8 Vera Weiler, “Norbert Elias - Una Introducción”, Anuario Colombiano de Historia Social y
de la Cultura Vol: 23 (1996): 259.
9 Citado en: George Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX, las tendencias actuales, una
visión panorámica del debate internacional (Barcelona: Idea Books, S.A, 1998), 88.
10 Norbert Elias, El proceso de la civilización, 34.
11Norbert Elias, El proceso de la civilización, 45.
12Norbert Elias, El proceso de la civilización, 47.
11
la civilidad, la urbanidad y la higiene, siendo esta última una cuarta fase
discursiva en el proceso de disciplinamiento somático. Esas
transformaciones crearon unos nuevos códigos de comportamiento y una
renovación en la gramática corporal, con el ánimo de hacer del cuerpo una
entidad moldeable, productiva y al servicio de la sociedad para la gestación
del progreso.
Según la autora, la cultura cortesana intrínseca en los manuales de
urbanidad difundió una serie de modelos de conducta “civilizada”, que
permitieron la escenificación del estatus social y cultural. Estos discursos se
complementaron con la higiene, cooptada por la ciencia galénica y por la
lógica sanitaria a partir del siglo XX, en cabeza de los médicos especialistas
en este campo. Sin embargo, la autora muestra cómo las fronteras entre la
urbanidad, la civilidad e higiene fueron difusas, pues antes que esta “fuese
una práctica y un saber especializado de la medicina, el conjunto de sus
normas y sanciones aplicadas a sus infractores, eran jurisdicción de la
civilidad” y “los primeros tratados de higiene, son difíciles de distinguir con
los de su pariente cortesana”13. Pedraza estudió los tratados de Pedro Felipe
Monlau (1885) y Juan B. Londoño Isaza (1894) y la presente investigación
concuerda con ella en que el significado de la higiene a finales del siglo XIX
difería de lo que se entendía por esta en las primeras décadas del siglo XX,
hecho corroborado con la indagación de otros manuales de urbanidad e
higiene publicados en el país en este periodo y que alimentan la presente
investigación.
La higiene decimonónica trató una amplia serie de cuestiones sobre la
experiencia vital humana: descanso, tiempo libre, ejercicio, nutrición,
relaciones personales, desarrollo intelectual, temperamento e incluso la
felicidad del individuo, y aunque tenía un claro énfasis en el aseo y la
13Zandra Pedraza Gómez, En cuerpo y alma: Visiones del progreso y de la felicidad (Bogotá:
Universidad de los Andes, 1999), 109.
12
limpieza de las personas, habitaciones y espacios públicos como medios
para conservar la salud, no predominaba en ella el enfoque sanitario y el
discurso médico característico de los tiempos posteriores.
En este sentido, el estudio de Carlos Ernesto Noguera14 que aborda el tema
de la higiene para las ciudades de Bogotá y Medellín en las primeras
décadas del siglo XX, muestra cómo este ámbito fue primordialmente un
asunto médico-político manejado por expertos para el control y el dominio
de la población, especialmente para la administración de las gentes pobres
que habitaban en las inmediaciones de la ciudad. El autor señala que a
partir de la década de 1920, serían los médicos especializados en higiene y
los ingenieros sanitarios los protagonistas del movimiento higienista, al
convertirse en las personas idóneas para interpretar y buscar soluciones a
las problemáticas con respecto al mejoramiento y modernización de la urbe.
Este privilegio se debió al prestigio de las opiniones y dictámenes, que bajo
el aura de un saber científico, emitían como fórmulas para garantizar la
salubridad de los habitantes.15
Los veredictos de estos especialistas, fueron asumidos por la élite local y por
el Estado como algo incontrovertible, resultado de leyes universales, cuyo
éxito había sido ya comprobado en países desarrollados. Predominaba la
idea de la higiene como una ciencia neutral para el mejoramiento y la
administración de los comportamientos humanos; los conocimientos que de
ella provenían estaban alejados de cualquier componente subjetivo, de
vicios provincianos o de intereses políticos. A intelectuales, gobernadores,
empresarios y demás grupos influyentes, los unía la férrea creencia en que
al lograr una aplicación cabal de las sentencias de los higienistas, las
14Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política, Barrios obreros y dispositivo
higiénico: Bogotá y Medellín a comienzos del siglo XX” . Anuario Colombiano de Historia
Social y de la Cultura Vol: 25 (1998).
15Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política”, 214.
13
ciudades del país encontrarían un camino amplio y despejado para el
desarrollo social, material e industrial. El peso de tales argumentos hizo
que la élite en su conjunto le profesara una fe absoluta a la higiene, y le
concediera a su discurso un amplio margen de intervención en las
decisiones gubernamentales, para lograr las transformaciones económicas
que requería la ciudad en su intento por acceder a la modernidad.
María del Pilar López y Santiago Castro-Gómez, en esta misma línea
argumentativa, han señalado la importancia y el uso político de la higiene
en el movimiento modernizador de inicios del siglo XX. Los autores
concuerdan en su manejo instrumental para el control y el gobierno del
“pueblo”, al mencionar cómo durante la primera mitad del siglo XX las
ideas en torno al desarrollo de la ciudad, estuvieron marcadas por la
necesidad de realizar cambios, tanto en el aspecto físico y urbanístico, como
también en las costumbres de alimentación, hábitos de vestido,
manifestaciones festivas y populares y, en general, en las formas de vida de
la población. Para López, el objetivo de dichas transformaciones era
“romper con los hábitos coloniales y generar [en el pueblo] una
identificación con los planteamientos de la modernidad y el capitalismo”.16
Por su parte, Noguera destaca que el desiderátum higienista de esas
primeras décadas, se enfocó, en primera instancia, en racionalizar el
espacio público y mejorar sus condiciones de limpieza. Así mismo, promovió
el “saneamiento de los sectores pobres de la ciudad”, pues se consideraba
como peligrosa “la permanente promiscuidad y el desaseo17” en el que
vivían los habitantes de los sectores de menores ingresos. Al respecto,
menciona que las “medidas higiénicas que para la época constituyeron una
red de discursos y prácticas que se fueron tejiendo sobre la población,
16María del Pilar López Uribe, Salarios, vida cotidiana y condiciones de vida en Bogotá
durante la primera mitad del siglo XX (Bogotá: Universidad de los Andes, Facultad de
Ciencias Sociales - Departamento de Historia, CESO; Ediciones Uniandes, 2011), 8.
17Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política”, 214.
14
principalmente pobre, tuvieron como propósito, antes que el mejoramiento
de sus condiciones de vida, su control y gobierno”.18
La primacía de la cuestión sanitaria, llevó a los higienistas a plantear la
urgencia del “saneamiento de los sectores pobres de la ciudad”.19 Las
medidas que promovieron, buscaban el mejoramiento de sus condiciones
higiénicas, tanto de a nivel personal como en sus habitaciones, promoviendo
el baño regular, desincentivando el uso de las tradicionales ruanas,
criminalizando el consumo de chicha y liderando el reacomodamiento de las
familias pobres que vivían en el centro de la ciudad, con la intención de
generar mejores condiciones de vida para las clases bajas y los grupos
marginados. Sin embargo, lo que realmente se lograría -aunque de forma
parcial por el elevado porcentaje de esta población- fue segregarlos
físicamente; es decir, sacarlos de la zona céntrica y colocarlos en barrios
obreros y lugares periféricos.20
Las acciones gubernamentales tomadas bajo este tipo de orientación
segregacionista, no chocaron con un antiguo sentir de la élite21, pues la
sectorización y la distribución poblacional que existía en el centro de la
capital, al no ser completamente homogénea ni marcadamente jerárquica,
conllevó a una estrecha y obligatoria convivencia entre ricos y pobres. El
manejo de esta situación, al quedar bajo el amparo del discurso higienista,
contó con criterios “científicos” para sustentar las medidas que buscaban
18Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política”, 189.
19Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política”, 210.
20Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política”, 211.
21 Varios autores han afirmado que la elite despreciaba o temía desde la época colonial a
“los pobres”, situación que no era exclusiva del país, sino que era compartida en toda
América Latina. Alberto Romero, ¿Qué hacer con los pobres? Élite y sectores populares en
Santiago de Chile, 1840-1895, (Buenos Aires: Sudamericana, 1997) y Mario Barbosa, “El
ocio prohibido, Control moral y resistencia cultural en la ciudad de México a finales del
porfiriato”, en Culturas de pobreza y resistencia. Escritos de marginados, proscritos y
descontentos, México 1804-1910, Comp. Romana Falcón (México: El Colegio de México,
2005). Mauricio Archila, “Intimidad y sociabilidad en los sectores obreros en la primera
mitad del siglo XX”, en Historia de la vida privada en Colombia, eds. Jaime Borja y Pablo
Rodríguez (Bogotá: Taurus, 2011), 154.
15
trasladar de lugar a esa incomoda vecindad. Los argumentos esgrimidos,
giraron en torno al temor higiénico y a la obligación de proteger la salud
pública. Reducir la exposición de la población a factores de riesgo,
previsibles y controlables, fue el pensamiento que guió esta medida.
Según Noguera, la materialización de los planteamientos propuestos por los
higienistas sobre la reubicación de la población pobre y el mejoramiento de
las condiciones de las habitaciones y la situación de hacinamiento en la que
vivían, se llevó a cabo por el Estado -en colaboración con la iglesia católica y
algunos sectores privados- implementando una serie de programas de
construcción de viviendas populares y obreras que contaron con
habitaciones higiénicas. Estas se edificaron a las afueras de la ciudad.
Algunos ejemplos de este tipo de construcciones fueron las realizadas en el
barrio Paseo Bolívar y las lideradas por el padre Campoamor en el barrio
San Francisco Javier desde el año de 1913.22 Lo anterior demuestra de
forma certera el uso político del discurso científico-sanitarista de la higiene,
pues no era de ninguna forma neutral, como se lo ha pretendido presentar.
Debido a que los conocimientos que de ella se derivaban fueron utilizados
para justificar técnicamente la realización de un antiguo deseo de la élite: el
forzado desplazamiento de las personas pobres hacia los márgenes de la
ciudad.
Los textos de Carlos Noguera y María del Pilar López demuestran que el
esfuerzo de los higienistas, los temas que les ocuparon y las prácticas que
promovieron en las primeras décadas del siglo XX, tuvieron un enfoque
salubrista, dominado por los médicos. Destacan además el carácter
científico al que estuvo circunscrita la higiene y el predominio de esta como
una cuestión de carácter médico-sanitario. Es posible observar también
como la filosofía higienista fue percibida como algo útil para el
22Carlos Ernesto Noguera. “La higiene como política”, 201.
16
ordenamiento territorial de la ciudad y su instrumentalización para el
control y el manejo de sectores poblacionales considerados como riesgosos o
problemáticos (los pobres).
En tal sentido, existe una marcada diferencia tanto de foco como de
protagonistas con respecto a lo ocurrido en torno al discurso higienista de
finales del siglo XIX. Como se verá en el presente texto, en esas últimas
décadas, el tema de la higiene en Bogotá giró alrededor de una serie de
asuntos de variada naturaleza, asociados al problema del “atraso social”, “la
barbarie” y la “falta de civilización” de los ciudadanos. Predominó el
carácter moral sobre el sanitario, el privado sobre el público y los médicos
eran un actor más dentro de un grupo amplio de abanderados. Esto no
quiere decir que en el siglo XX el discurso higienista estuviera exento de
una marcada carga moral, sólo que para el desarrollo de la investigación
consideramos importante aclarar la historicidad de las valoraciones de las
conductas relacionadas con la higiene.
En nuestro periodo de estudio, la higiene se relacionó principalmente con el
tema de la educación y el decoro, centrados en la persona y el hogar, en el
que se ponían en juego valores como la honra y dignidad del individuo y de
todo su círculo familiar. Por esta razón, fue de vital importancia para la
élite social de finales del XIX adaptarse a las “leyes modernas de la
higiene”, y a toda una renovación discursiva sobre el cuerpo consistente en
una serie de transfiguraciones ligadas al imaginario burgués europeo.
Todo aquel que acatara e incorporara en su vida íntima y cotidiana los
preceptos higienistas y sus normas de limpieza, es decir, que hiciera uso de
este capital simbólico, como lo denomina Pierre Bourdieu, podría ser
considerado como una persona de amplio valor social, y por ende ser
acreedor de mayor respetabilidad. Un manejo adecuado de los códigos de la
higiene le permitió a la élite reforzar su noción de superioridad sobre el
17
pueblo raso, más allá de su claro dominio en los terrenos de lo político y lo
económico. De hecho, como ha señalado Mary Douglas, el capital simbólico
“se define por contraste con el capital económico, en términos prácticos […]
está formado por la inversión hecha en entrenar los juicios, en cuestiones
educacionales, estéticas, religiosas, ideológicas, metafísicas, etc.
Básicamente, el capital simbólico puede representarse como una inversión
en educación que con el tiempo devengará beneficios”.23
Otro aspecto contrastable de las visiones sobre la higiene de finales del siglo
XIX y las primeras décadas del siglo XX, es que los pobres no fueron el
objeto principal del grueso del discurso higienista, a pesar que se les inculpó
y asoció a un nutrido abanico de problemas sociales, entre ellos, el atraso
económico e industrial del país, la conformidad y la pereza para mejorar su
“infeliz existencia24”, el alcoholismo, el chichismo25, y hasta la degeneración
de la raza.26 La supuesta “coexistencia con la mugre” fue igualmente
importante para relacionar a las clases menos favorecidas con la rusticidad
y la barbarie y verlas como un riesgo para la salud pública, por lo cual
requerían atención:
23Mary Douglas, Estilos de pensar, ensayos críticos sobre el buen gusto (Barcelona:
Editorial Gedisa, 1996), 45.
24Mauricio Tamayo, “Mendigos y su colocación en lugares apropiados” (Bogotá 1886),
Biblioteca Luis Ángel Arango, Sección de libros raros y manuscritos, Miscelánea, N° 870.
25 A finales del siglo XIX, el chichismo fue considerado como una entidad patológica
diferente al alcoholismo, relacionada generalmente con las clases bajas andinas en
contraposición al alcoholismo, visto como un problema menos grave propio de la élite. Luis
E. García, “Diagnostico diferencial entre el alcoholismo crónico y la chicha”, Anales de
Instrucción Pública en los Estados Unidos de Colombia XIV: 83 (1889) 490-595. Josue
Gómez, “Chichismo: Estudio General, clínico y anatomo- patológico de los efectos del uso y
el abuso de la chicha en la clase obrera de la ciudad de Bogotá”, Anales de Instrucción
Pública en los Estados Unidos de Colombia XIV: 78 (1889) 36-148.
26La asociación de las clases pobres con la degeneración de la raza se hizo evidente en las
conferencias de 1920 y los debates entre los intelectuales Luis López de Mesa, Miguel
Jiménez y Jorge Bejarano, compilados y publicados posteriormente. Catalina Muñoz Rojas
[Comp.], Los problemas de la raza en Colombia, (Bogotá: Universidad Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario, 2011).
18
Estos mismos en completa ociosidad, viendo de continuo el mal ejemplo
de sus compañeros; sin que nada estorbe su amplia libertad y abandono,
careciendo de toda noción de dignidad y decoro, llegaran á cumplir el más
cumplido y mas lastimoso cuadro de miseria y degradación moral;
repugnan por su desaseo y sus harapos ú ofenden el pudor con su
desnudez y como las más de las veces su indigencia es única consecuencia
de la pereza y de todos los otros vicios que necesariamente la acompañan,
los mendigos al exhibir su miseria por las calles y plazas ofenden la
moral pública, y sus penalidades y humillaciones mortifican a la sociedad
con su importunidad […] La sociedad debe moralizarlos, pues allí pasan
echados en el suelo durmiendo medio desnudos, en estado continuo de
embriaguez y en chocante mezcolanza, hombres, mujeres, muchachos y
muchachas, presentando el más escandaloso y repugnante espectáculo27
Teniendo en cuenta que la gran mayoría de la población que habitaba la
ciudad era gente de escasos recursos, se podría pensar que ellos eran el
objeto principal del discurso higienista. Sin embargo, la particularidad fue
que el rezago considerado como el más acuciante era el vivido por las clases
dirigentes y por “el segmento educado de la población”. Esto dirigió los
discursos de los peritos en urbanidad, los tratadistas sobre etiqueta,
maestros de escuela y demás versados en temas de “decencia, decoro y buen
gusto” a la renovación de los hábitos higiénicos dentro de la élite de la
capital. Estos cambios ocurrieron de forma paulatina, y fueron reformando
los hábitos tradicionales de limpieza, la manera de vestir, los modales y las
formas de comportamiento en sociedad de la clase alta bogotana.
En la medida en que los hábitos de limpieza y la escenificación corporal de
la élite fue mutando, aumentaban las distancias simbólicas con respecto a
27Mauricio Tamayo, “Mendigos y su colocación”, 7.
19
la estética tradicional de las mayorías campesinas, obreras y artesanas de
la ciudad, en cuya apariencia se mantenían las acostumbradas sayas,
ruanas, sombreros de paja y los alpargates de fique en los pies o al cinto
para no gastarles.
El cambio de actores, tanto de promotores como de depositarios, marca otra
diferencia con lo acontecido unas décadas después, cuando el gremio médico
era el portavoz oficial del higienismo, monopolio que conseguiría gracias al
control del discurso científico y al impacto que sobre el imaginario colectivo
tendrían las novedosas teorías bacteriológicas llegadas de Europa acerca del
papel de los microorganismos en el desarrollo de diferentes enfermedades.
Esto solo ocurriría ya entrado el siglo XX, momento en el que la difusión de
las teorías etipatológicas surgidas de los planteamientos de Pasteur y
Robert Koch salían de los círculos especialistas y se hacían más populares;
sellando de esta manera la relación higiene-salud-enfermedad. No obstante,
este tema será desarrollado ampliamente en el tercer acápite de esta
investigación.
Ver en la higiene corporal un dispositivo de ordenamiento y control social,
nos permite superar la mirada reduccionista que considera el advenimiento
de dichas prácticas en las culturas occidentales, como una simple y natural
contemporización de las costumbres, para estar acorde con la modernidad y
con las exigencias de la sociedad capitalista; modificaciones que consisten
en un aumento en la regularidad semanal del baño y en un cuidado
puntilloso y esmerado de la presentación de las personas ante la sociedad,
cambios inducidos por los conocimientos médicos y por el ambiente
mediático y de consumo. Estos planteamientos, no reflejan la complejidad
de un problema que a pesar del paso del tiempo, no ha perdido su vigencia,
pues pasan por alto, el valor cultural y el rol desempeñado por la higiene en
el ordenamiento y administración social. Que la clase alta fuese la
depositaria principal de los esfuerzos transformadores del discurso y de las
20
estrategias de urbanidad e higiene en el siglo XIX, es el resultado de una
suma de factores, sociales, económicos y culturales que serán objeto del
siguiente capítulo.
21
4. La higiene corporal en el ordenamiento social
4.1. La ciudad y la sociedad santafereña de finales del siglo XIX
Estudiar los mecanismos, prácticas y representaciones sociales que
determinaron el proceso de transformación de las costumbres corporales de
la población bogotana, es crear un laboratorio para investigar las
peculiaridades de un fenómeno que si bien fue generalizado, no se dio de
forma homogénea en todo el país, y tuvo ciertas particularidades en el
ámbito local. Por esto, la necesidad de comprender la relación que con dicho
proceso tuvieron las contingencias vividas en la ciudad a finales del siglo
XIX, las cuales hicieron que la higiene del cuerpo y la presentación personal
adquirieran, de forma progresiva, unas marcadas connotaciones de
moralidad, civilidad, honradez y clase, siendo para los grupos dominantes
un indicativo de decencia e integridad social.
Esto fue producto del valor moral y simbólico que se le asignó a la limpieza
y la presentación personal a finales del siglo XIX, pues se convirtieron en
ritos seculares, en signos inequívocos de distinción que sirvieron como
herramienta para discriminar y estigmatizar a quienes no cumplían con los
parámetros de lo que en su tiempo la hegemonía local estableció y consideró
como higiénico. De esta forma, se generaron procesos de segregación y
diferentes formas de sanción social sobre los individuos y subgrupos, que
por pertenecer a universos culturales diferentes, o simplemente por su
condición de marginalidad, no cumplían con la exigencia social, y por tal
motivo, fueron representados como gentes sucias, personas ofensivas y
contaminantes que atentaban contra la dignidad y las aspiraciones
modernizadoras de la élite.
22
Para sustentar este planteamiento, es necesario hacer una mención
preliminar de las causas de mayor incidencia en el desarrollo de este
fenómeno, destacando que las últimas décadas del siglo XIX fueron a su vez
escenario y antesala de un amplio proceso de cambio social, económico y
urbanístico, al cual no sería indiferente la cuestión corporal.
La transición experimentada en el país, se debió en buena medida a su
incipiente inserción en la dinámica del mundo capitalista, en el esfuerzo de
la nación por progresar y adoptar el ritmo impuesto por los países
desarrollados y por la segunda fase de la revolución industrial. Los
resultados evidentes de la entrada del país a la economía internacional solo
se materializarían hasta las primeras décadas del siglo XX, debido a la
consolidación y aumento de la exportación cafetera. Sin embargo, el final
del siglo XIX sirvió como preámbulo para preparar el terreno y crear las
condiciones ideológicas necesarias para incursionar en un modelo de
desarrollo de corte liberal-capitalista.
La situación de atraso económico del país, junto a factores como la lejanía
del mar y los puertos comerciales, la precariedad de medios de transporte y
la falta de vías fluviales y terrestres, dificultaron el acceso al corazón de la
Cordillera Oriental de los Andes y determinaron el relativo aislamiento
geográfico, cultural y comercial que se vivió en Bogotá. Estas condiciones
“hacían de la capital colombiana una modesta ciudad andina, alejada de los
mares, apacible y con todo y su sabana, enclavada en los «trópicos»”28 y
marcarían la particularidad del escenario social capitalino. De manera
ambivalente y estrecha, en Bogotá convivieron todas las capas de la
población: campesinos rudimentarios -gentes pobres e iletradas en su
mayoría-, una clase media escasa pero creciente -comerciantes y artesanos
no cualificados- y una élite dominante tradicional, que a pesar de ser
28 Marco Palacios, Estado y clases sociales en Colombia (Bogotá: Procultura, 1986) 12.
23
igualmente provinciana, mantenía su preponderancia en la escala social por
su ambigua combinación de auto reconocimiento como agentes
vanguardistas y apego a los dogmatismos diferenciadores propios de la
sociedad de castas.
La eclosión de grupos poderosos en Bogotá, que venían gestándose desde
1850, se vio claramente entre 1890 y 1910, cuando el crecimiento de la
economía de exportación les permitió participar, aunque de forma marginal
y restringida, en las dinámicas del mundo exterior.29 La inercia del
ordenamiento colonial mantuvo vigente la estructura estamental y de raza
por mucho tiempo -advirtiendo que nunca había desaparecido del todo- pero
la composición poblacional de la élite santafereña fue algo más fluida y
variada a finales del siglo XIX. Comerciantes de gran fortuna, banqueros,
empresarios con capital, profesionales, empleados, oficiales de alto rango,
ricos propietarios y negociantes bogotanos o de la provincia llegados a la
capital con sus familias, constituían la cúspide de la pirámide social.30
Junto con la naciente burguesía, surgieron otros grupos sociales como las
clases medias, de aparición rápida y masiva, ligadas a la urbanización e
industrialización, y la clase asalariada. De acuerdo con Malcom Deas, “en
muchos aspectos la sociedad colombiana ofrecía más movilidad, era más
libre, menos estratificada en castas y más democrática que sus vecinos”. 31
El oficio, por ejemplo, constituyó un factor para ubicar socialmente ciertos
grupos emergentes, incluso por encima del factor racial. Muchos artesanos
mestizos lograron acumular capital y con ello formar parte de la clase
burguesa de fin de siglo, o al menos, convertir a sus hijos en profesionales o
empleados de alto rango en el gobierno.32 Esta situación de movilidad social
29 Jaime Jaramillo Uribe, “Perfil Histórico de Bogotá”, Historia Crítica No 1 (1982): 14.
30Germán Mejía Pavony, Los Años del Cambio, historia urbana de Bogotá 1820-1910
(Santa Fe de Bogotá: CEJA, 1998), 270.
31 Malcolm Deas, Intercambios violentos, 40.
32Germán Mejía Pavony, Los Años del Cambio, 263.
24
se relacionó con el afianzamiento de los mestizos sobre los extremos del
espectro racial.33 De hecho, Carl Glosselman, un enviado oficial sueco,
señaló en la década de 1820 la amplia difusión de la discusión sobre política
en Colombia y definió a los mestizos como su clase por excelencia.34
Si bien en el país “el capital económico no tuvo durante mucho tiempo la
suficiente fuerza como garante de distinción”35, al estar fundada en el orden
simbólico colonial y en la escasa diferencia entre los blancos, criollos y
mestizos, pues la pobreza material caracterizaba a todos los sectores de la
sociedad,36 en la Bogotá de finales del siglo XIX el escenario fue renovado y
aunque no rompió con la dinámica preestablecida desde la Colonia,
caracterizada por el dominio de una élite de preponderante origen
hispánico, requirió del establecimiento de nuevos esquemas de
jerarquización acordes con la modernidad y el ideario burgués.
En el último tercio del siglo XIX, los bogotanos de las clases altas, con gran
esfuerzo, viajaron a Europa y los Estados Unidos con fines comerciales y
educativos. Así mismo, fue recurrente la visita de diplomáticos, agentes
mercantiles y aventureros en busca de oportunidades lucrativas.37 En el
ambiente de la élite se fue dando un aburguesamiento de los modos y las
costumbres, como parte de su empeño por igualarse a las naciones más
“civilizadas”, lo que motivó un replanteamiento de la estructura urbana de
Bogotá y las costumbres de sus habitantes.
33 Marco Palacios, Estado y clases sociales, 32.
34Malcolm Deas, Intercambios violentos, reflexiones sobre la violencia política en Colombia
(Santafé de Bogotá: Taurus, 1999), 41.
35 Julio Arias Vanegas, “Nación y diferencia”, en Genealogías de la Colombianidad.
Formaciones Discursivas y tecnologías de gobierno en los siglos XIX y XX, eds. Santiago
Castro-Gómez y Eduardo Restrepo (Bogotá D.C.: Pontificia universidad Javeriana, 2008),
22.
36 Gaspard-Théodore Mollien, El viaje de Gaspard-Théodore Mollien por la República de
Colombia en 1823 (Bogotá: Biblioteca Popular de cultura colombiana, 1944), 256,
http://www.banrepcultural.org/sites/default/files/87702/brblaa1050351.pdf (Noviembre 15
de 2012).
37Jaime Jaramillo Uribe, “Perfil Histórico”, 10.
25
La capital no experimentó un gran desarrollo urbanístico durante el siglo
XIX y mantenía en muchos rasgos su aspecto colonial. A pesar que era el
principal centro educativo, poblacional y administrativo de la nación,
Bogotá carecía de espectáculos, comodidades, servicios y diversión
característicos de las grandes ciudades del mundo. La iglesia y la plaza
mantenían su importancia, aunque empezaban a ceder espacio a otros
lugares de encuentro. La ciudad contaba con una precaria disposición
sanitaria, cuya infraestructura se limitaba a canales destapadas, que
surcando las calles por la mitad de su embaldosado, a manera de cloaca,
servían como red de alcantarillado público. En estas zanjas se tiraban “las
materias fecales y demás inmundicias”38, y allí debían esperar hasta la
temporada invernal o alguna lluvia para que fluyeran hacia las quebradas
depositarias.
El servicio de acueducto era otra calamidad, pues carecía de tuberías y de
cualquier tipo de sistema hidráulico. El agua era transportada por medio de
chorotes y demás recipientes de barro cocido, desde las “pilas” o fuentes
ubicadas en plazas y parques, hacia las habitaciones y casas de los
pobladores. Los encargados de este trabajo fueron conocidos como
Aguadores, en su mayoría niños y mujeres que a hombro propio o a lomo de
burro, llevaron las pesadas vasijas para vender el líquido a las familias
pudientes que no contaban con una “merced de aguas”, es decir, una
desviación de arroyuelos o pequeñas fuentes hídricas como caños y
quebradas; privilegio otorgado a unos pocos desde la época colonial.
En consecuencia, París, Nueva York y Londres fueron contemplados como
modelos idealizados de ciudad, y el progreso experimentado por aquellas
urbes extranjeras se convirtió en el objetivo de la élite bogotana, que se
38NicolásOsorio, “Informe sobre la limpieza de la vía pública”, Higiene de la ciudad de
Bogotá (Bogotá, 1886) en Biblioteca Luis Ángel Arango, Miscelánea 870, Sección de libros
Raros y Manuscritos.
26
esforzó por emular su cultura, su forma de organización social y su modelo
de desarrollo. Esta situación fue percibida por el geógrafo y cartógrafo
alemán Alfred Hettner, quien en su paso por la ciudad entre los años 1882
y1884 anotó: “De gran importancia en la vida de los Bogotanos acaudalados
es un viaje a Europa o a los Estados Unidos […] París es el sueño de todos
los Criollos”.39
Modernizarse fue para el imaginario periférico parecerse cabalmente a
dichas culturas y como parte integral de ese anhelo colectivo, la élite local
asumió como naturales y propios los criterios estéticos de aquellos espejos.
La iluminación eléctrica de las calles, el surgimiento de almacenes,
talleres, boticas, consultorios médicos y oficinas dentales transformaron la
sensación de atraso y ruralidad que predominaba en las clases altas40,
hallando asidero también en lo corporal y el comportamiento de los
individuos. Esto último se puede observar de manera excepcional en una
escenificación original y distintiva que caracterizó por varias décadas a los
habitantes de Bogotá: el cachaco, que influenció no solo a las clases altas,
sino también a sectores medios y bajos de la ciudad. Era descrito como un
“tipo dedicado a la vida social, las tertulias y la actividad literaria. Galante
con las mujeres, pulcro y elegante en su apariencia, refinado en sus
maneras e ilustrado” en temas de ciencia, economía y política, y “se paseaba
por la ciudad sin hacer nada práctico y útil”.41
Seguir este prototipo, conllevó a una renovación de los modales, atavíos y de
toda la cultura material bogotana para ajustarla al gusto europeo. En los
39Alfred Hettner, Viajes por los Andes colombianos: (1882-1884) (Bogotá; Talleres Gráficos
del Banco de la República, 1976),
http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/viaand/viaand27.htm (Noviembre 15 de 2012).
40Germán Mejía Pavony, Los Años del Cambio, 274.
41Emiro Kastos (Juan de Dios Restrepo), “Los Pepitos” en Artículos escogidos (Bogotá:
Biblioteca Banco Popular, 1972) 288-295, citado en: Julio Arias Vanegas, Nación y
diferencia en el siglo XIX colombiano. Orden nacional, racialismo y taxonomías
poblacionales (Bogotá: Universidad de los Andes, Departamento de antropología, CESO,
2005), 105.
27
hombres el traje oscuro caracterizó el atuendo de los cachacos, se
aumentaron las importaciones de paños, perfumes, sombreros de copa y
accesorios como monóculos, corbatines, bastones y relojes de bolsillo. Todo
esto para parecer un verdadero Gentleman inglés o un “dandy”, como se
denominaba en Bogotá a los jóvenes elegantes de Inglaterra. 42
En el caso de las mujeres, la renovación de patrones de consumo estuvo
marcada por vestidos a la moda francesa, acompañados de sombrillas,
velos, tocados, collares y demás bisutería importada; lujos muy apetecidos y
altamente valorados aunque de acceso restringido debido a sus altos costos
y al bajo nivel adquisitivo de la mayoría de la población capitalina. Incluso,
para las clases altas de la ciudad, estos bienes tenían un alcance limitado,
pues en comparación con otros países de América Latina, la élite
colombiana tenía una riqueza marcadamente inferior. 43
Los cachacos consiguieron el control de las normas del buen hablar, el goce
de la lectura, una vernácula obsesión por la ortografía y la gramática, 44 así
como una particular fascinación por la declamación poética y por las modas
francesas y anglosajonas. La adopción de estos refinamientos y deferencias
fueron de obligatorio cumplimiento para todo aquel que aspirara a hacer
parte del desarrollo y la modernización de la ciudad y la nación. Esta
condición, recalcada de manera enfática por sectores hegemónicos de la
sociedad santafereña desde las últimas décadas del siglo XIX hasta las
42El tema de las tendencias del consumo y de la identidad de clase construidas alrededor de
este por parte de la elite local es ampliamente analizado por Ana María Otero-Cleves,
“«Jeneros de gusto y sobre todos ingleses»: el impacto de la cultura del consumo de bienes
ingleses por la clase alta bogotana del siglo XIX”, Historia Crítica No 38 (2009): 20-45.
43 Panel del Bicentenario: una mirada de larga duración a Colombia (Bogotá: Universidad
de los Andes, 5 de junio de 2010), http://www.youtube.com/watch?v=3sIwGTM2MwI
(Noviembre 5 de 2012).
44Sobre la atracción de las élites políticas por las normas de la escritura literaria ver:
Malcom Deas, “Miguel Antonio Caro y amigos: Gramática y poder en Colombia”, en Del
Poder y la gramática y otros ensayos sobre historia, política y literatura colombianas
(Bogotá: Taurus, 2006).
28
primeras del siglo XX, sirvió para que se identificaran, por lo menos
simbólicamente, con el estilo de vida de la sociedad capitalista europea.45
De ahí que se autoproclamaran como promotores de cambios urgentes que
sacarían al país del penoso atraso y lo guiarían por la senda correcta,
apartándolo de la oscuridad en la que había sido subsumido por la
experiencia colonial, la devastación de las guerras civiles y los estériles
enfrentamientos partidistas del siglo XIX, así como por la naturaleza
inferior de la mayoría de sus pobladores a quienes se les adjudicaban los
aspectos que distanciaban al país del éxito económico y la prosperidad. El
desprecio por la cultura local, la gente humilde y campesina y sus
tradiciones, unidas a consideraciones de carácter étnico y racial, llevaron a
considerar las costumbres populares como responsables del rezago. Sus
formas de vestir, hablar, festejar y en general su estilo de vida fue visto
como irracional, bárbaro, incivilizado y anticuado.46
De igual forma, las élites burguesas tacharon los grupos tradicionalmente
hegemónicos -que no acogieron la nueva lógica económica y simbólica- como
perezosos y retrógrados, de forma que un nuevo estamento de letrados,
comerciantes y hacendados locales, como “los hermanos Samper, los
hermanos Pérez, la familia Ospina, Medardo Rivas y Salvador Camacho
Roldán” serían los verdaderos llamados a promover la prosperidad
material.47 Adaptarse a las modificaciones del sistema, ser moderno (“vivir
lo de hoy”), fue visto como un rechazo al pasado y dicho reacomodamiento
del orden social envolvió necesariamente a la experiencia corporal.
45 Santiago Castro-Gómez, “Señales en el cielo, espejos en la tierra: la Exhibición del
Centenario y los laberintos de la interpretación”, en Genealogías de la colombianidad, 225.
46 A diferencia del caso bogotano, “las clases dominantes de Antioquia por ejemplo, no se
espantan […] ante el salvajismo de los bailes y expresiones culturales del pueblo. Por el
contrario, crean a partir de elementos folclóricos campesinos toda una visión de mundo
regional”. Marco Palacios, Estado y clases sociales, 121.
47Julio Arias Vanegas, Nación y diferencia, 105.
29
Por tal razón, resultaba tan conveniente para los capitalinos notables e
ilustrados de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, apropiarse de las
renovadas disciplinas corporales como la higiene, las prácticas lúdicas, las
actividades deportivas y de gimnasia, y un manejo prudente y adecuado de
una serie de normas de conducta y etiqueta; transformaciones en la
sensibilidad y en la forma de comportamiento en sociedad que fueron
promocionadas y entendidas como necesarias para acceder al desarrollo.
Hábitos y prácticas fundamentales que permitirían los cambios anhelados:
la transición de una sociedad señorial de arraigado carácter colonial y rural,
por el de una urbana y cosmopolita, estéticamente alineada con el gusto
europeo y burgués.
En este nuevo contexto, al cuerpo se le exigió armonizar con los cambios
para convertirse en una columna de distinción social, “lo moderno adquiere
en el cuerpo un tinte particular porque su escenificación presupone la
representación estética adecuada”.48 Así, la pulcritud, el buen gusto y la
elegancia, fueron valores que jugarían un papel clave para establecer una
graduación en la sociedad. El surgimiento de estilos de vida asociados al
lujo y confort dentro de las clases altas se abrieron paso en medio de
condiciones económicas desfavorables, pues aún no se gozaba en plenitud de
los beneficios de la economía agroexportadora o la inyección de capitales
extranjeros.49 A pesar de estas adversidades, que limitaron el acceso de las
clases superiores a comodidades y ostentaciones como joyas, arte y
arquitectura, estas suntuosidades fueron de cierta manera niveladas por
lucimientos más accesibles, entre ellos, la apariencia y los modales.
Aparecieron entonces espacios de encuentro novedosos para la ciudad,
modificando la vida cotidiana de los habitantes y las formas tradicionales
48Zandra Pedraza Gómez, En cuerpo y alma, 17.
49RosarioSevilla Soler, “Capital y Mercado Interno en Colombia 1880-1930”, Anuario de
Estudios Americanos Vol: XLIX (1992): 615.
30
de sociabilidad. Tales eran clubes, hoteles, cafés, restaurantes y teatros.50
Lugares que dinamizaron la vida social y brindaron escenarios inéditos
para el establecimiento de modas y nuevas tendencias relacionadas con el
aspecto corporal. Como parte de este mismo proceso, dentro de las familias
adineradas se gestó una redefinición de las esferas de lo público y lo
doméstico, donde conceptos como intimidad y vida privada fueron objeto de
una revalorización acorde al imaginario burgués.51 Por ejemplo, para 1870
se inició la construcción de varias casas de dos pisos, donde se separaron los
espacios de residencia y trabajo. Así, la primera planta fue destinada a
depósitos, oficinas o almacenes y la segunda a la vivienda propiamente
dicha. En la misma vía, la privacidad se asoció con el tema de la
civilización:
Allanar e invadir un domicilio, fuera á la verdad cosa irreprochable en
estos tiempos de civilización á que felizmente hemos llegado; profundizar
las interioridades de una vida privada y sacar sus secretos á la luz
pública, sería delito de lesa humanidad.52
En este sentido, el cuerpo no abandonó su carácter preeminente en la
estratificación social, pero más que su materialidad biológica, este debía ser
cultivado y sometido a las normas impuestas por la modernidad. En
aquellos momentos, el cuerpo fue percibido como una fuente de salud,
conocimiento y moral, e invirtió el orden ontológico: sin un cuerpo limpio y
50Camilo Monje, “Cafés y clubes: espacios de transitoria intimidad” en Historia de la vida
privada en Colombia, eds. Jaime Humberto Borja y Pablo Rodríguez (Bogotá: Taurus,
2011), 67-88.
51Para Michelle Perrot, la revalorización de lo privado hasta convertirse en “sinónimo de
felicidad” es algo característico de sociedades en transición hacia un modelo liberal-
burgués, cuya fuente inicial seria la “ Privacy” victoriana. Michelle Perrot, “Antes y en otros
sitios”, en Historia de la vida Privada, eds. Philippe Ariés y Georges Duby (Madrid: Grupo
de ediciones Santillana, Taurus, 2001), 19-22. Tomo 4. De la Revolución Francesa a la
Primera guerra mundial.
52Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, 15 de noviembre, 1881, 78.
31
sano, sin sentidos despiertos y educados, se haría imposible el verdadero
avance intelectual y el desarrollo moral requerido por el país.53
Si admitimos que en aquella sociedad existió algún grado de movilidad,
cabe preguntarse cuáles fueron los mecanismos corporales que sirvieron a
la naciente clase burguesa para auto reconocerse y alejarse de lo que
dejaban atrás, y de esta manera ejercer su hegemonía. Para Gramsci, este
concepto muestra los procesos por los cuales una clase puede ejercer
dominación sobre las otras, estableciendo su superioridad no solamente por
coerción, sino mediante el consenso, transformando su ideología de grupo en
un conjunto de verdades que suponen válidas para todo el mundo y
aceptadas por las clases subalternas.54 Es necesario tener en cuenta que si
el régimen de castas imponía criterios racializados de jerarquización, en
esta nueva sociedad los modales, la higiene y las virtudes se constituyeron
en rasgos distintivos. En este caso, fueron los delicados gustos y los
refinados comportamientos las claves de estratificación social y símbolos de
estatus.
4.2. Higiene, discriminación y conformación de identidades
La higiene tuvo dos “usos” importantes. Por un lado, sirvió como
herramienta para discriminar y estigmatizar a gentes pobres, campesinos e
inclusive a hacendados y “gamonales” no ilustrados, haciendo hincapié en la
relación suciedad-pobreza-degradación moral, y al contrario, la limpieza se
asoció con la civilización, la honorabilidad y la integridad moral. Por otro, la
limpieza y la presentación personal se instituyeron como factores de
identidad al interior de las clases altas, quienes manejaban códigos de
educación, lenguaje, vestido, modales y aseo corporal. De esta forma, se
53 Zandra Pedraza Gómez, En cuerpo y alma, 18.
54 Josep Fontana, La historia de los Hombres: el siglo XX, (Madrid: Crítica, 2002) 54-71.
32
convirtió en una poderosa herramienta de distanciamiento y operó como un
mecanismo de afirmación por parte de los grupos dominantes.
El cambio paulatino de las prácticas y las representaciones corporales tomó
en la alta sociedad santafereña unos matices morales que hicieron difícil
separar los hábitos y las costumbres, así como la realidad material de los
cuerpos, de certeros juicios de valor. En este sentido, la higiene fue
utilizada por los grupos privilegiados como mecanismo de control y gestión
social.55 Un buen ejemplo de este ejercicio de estigmatización y menoscabo
de los sectores pobres de la ciudad se evidencia en el Bosquejo de la
fisonomía social, moral e industrial de Bogotá, en el cual Miguel Samper
afirmaba que en los sectores pobres de la ciudad “la podredumbre material
corre pareja con la moral”.56
Pobreza material y suciedad, tanto física como moral estaban
interconectadas para los miembros de la élite decimonónica, que se
proclamaban como “gente mejor”. Son escasas las referencias escritas en
este periodo que superen la censura y los motivos morales para explicar la
falta de limpieza y que hubieran puesto en consideración otros posibles
orígenes del incumplimiento de las normas de higiene, como el acceso a
información, educación y a las herramientas materiales necesarias para
implementarlas.
La animadversión y el aborrecimiento por las gentes pobres de la ciudad no
permitió dentro de los grupos de élite otras explicaciones sobre la suciedad
y en consecuencia, los pobres fueron vistos como socialmente
contaminantes57 y peligrosos para el resto de la sociedad. Así lo enunciaba
55 Carlos Ernesto Noguera, La higiene como política, 188.
56 Miguel Samper, La miseria en Bogotá, 11.
57 En este sentido, se puede establecer un paralelo al caso estudiado por Norbert Elias en el
que observa la dinámica social entre los obreros del pueblo de Winston Parva, Inglaterra,
grupos cuya labor era vista como sucia y sus miembros se convertían en factores de
contaminación. Norbert Elias. “Ensayo teórico sobre las relaciones entre establecidos y
33
Samper, que señaló como “las calles y plazas de la ciudad están infestadas
por rateros, ebrios, lazarinos, holgazanes y aun locos […] mendigos de
ambos sexos, que la infectaban con su desaseo”.58
La higiene y la presentación corporal fueron, entonces, elementos
primordiales en la construcción de símbolos modernos de segregación, pues
permitieron alejar los sectores sociales que los desconocían o les era
imposible acceder a ellos, y por supuesto, el pueblo en general. Quien fuera
víctima de los comentarios y descalificaciones por ser una persona
desaseada, automáticamente era estigmatizado como burdo, ignorante, y
perteneciente a “la gente rustica”59, “carente de mundo y de consideración
con sus semejantes”60, alguien sin “civilización” y sin clase.
Un ambiente de coacción caracterizó aquella época, pero basado en formas
más efectivas y sutiles a la hora de condicionar los comportamientos del
individuo. La higiene y la urbanidad fueron fundamentales en la
sociabilidad, pues se gestaron graves sanciones sociales contra los sujetos
calificados como “sucios”, haciéndolos objeto de burla y de exclusión. En
especial, por aquellos a quienes se consideraba como iguales, gente de su
misma extracción, o peor aún, si dicho señalamiento provenía de miembros
de la sociedad a los cuales se les asignaba mayor jerarquía, es decir, quienes
representaban lo que se quería llegar a ser.
La “gente verdaderamente culta” se instituyó como un ideal difundido entre
las distintas capas de la sociedad, convencidos de la importancia de la
instrucción pública en higiene como vía para construir una nación
marginados”, en: La civilización de los padres y otros ensayos. Vera Weiler [Comp.]
(Santafé de Bogotá: Grupo editorial Norma, 1997), 79-138.
58 Miguel Samper, La miseria en Bogotá, 136.
59 Milciades Chaves, Elementos de educación, 69.
60 Manuel Antonio Carreño, Manual de Urbanidad y buenas maneras. De consulta
indispensable para niños, jóvenes y adultos, (Bogotá: Panamericana, 2008), 58-59.
34
“civilizada”.61 De acuerdo con lo anterior, podemos observar el uso
instrumental de la higiene para la creación de un ordenamiento social
excluyente, en el que además de establecer escisiones entre gente decente y
gente plebeya, se contribuía a la construcción discursiva de un ideal que
exaltaba lo limpio, obediente y trabajador. Este tipo de planteamientos,
eran respaldados y recibidos con beneplácito por la élite. Al fin y al cabo,
como lo veremos con mayor profundidad en el tercer capítulo en el que se
exploran las instituciones involucradas en el proyecto higienista, los
eruditos en urbanidad e higiene no eran seres aislados e indiferentes a su
sentir. De hecho, la mayoría de expertos en estas ramas del saber,
provenían de familias notables y de sectores de la oligarquía nacional,
siendo los mejores intérpretes y más entusiastas abanderados de la
ideología de estos círculos.
Si bien hemos explorado las formas como la higiene fue utilizada como un
elemento de segregación, sobre todo para aquel que se separaba o incumplía
el canon y los fetiches de los grupos dominantes, es importante también ver
cómo fue utilizada por las clases medias y los grupos sociales en ascenso
para mimetizarse y ponerse al nivel de la élite, y de paso, distanciarse del
pueblo raso. Esto tiene sentido si se tiene en cuenta que para ellos adquirir
los hábitos y las conductas de los estamentos superiores, resultaba
accesible, a diferencia de los lujos que definitivamente eran inalcanzables.
En todas las clases, quienes no tenían con qué usar piedras preciosas, como
era la costumbre, las usaban falsas y de imitación; el oro era reemplazado
con plata dorada, y la perla fina con falsa. En las clases bajas, el esmerado
aseo en el vestido suplía el lujo de las más altas.62
61Diana Obregón Torres, “Julio Garavito Armero: a propósito de una biografía”, Boletín
cultural y bibliográfico Vol: 38 Nº 58 (2001): 29-47.
62 Joaquín Gutiérrez Posada, Fiestas de la candelaria en la Popa, Museo de cuadros de
costumbres, (Publicación virtual de la Biblioteca Luis Ángel Arango, 1866)
http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/cosi/cost12.htm (Noviembre 19 de 2012).
35
De esta forma, las identidades alrededor de la higiene se construyeron a
través de la diferencia, es decir, “en contraste con otra cosa”.63 La identidad
de la élite se edificó con respecto a su opuesto, el pueblo, cuya figura más
que revelar una idea de unidad, se constituyó en una forma de generar
contrastes.64 En un país donde el orden aristocrático y cortesano entró en
tensión con el ideal democrático de igualdad y con el lento ascenso de lo
burgués, dar forma a un capital simbólico le permitió a las clases altas
posicionarse.
Así, las distinciones antes evidentes e incuestionables debieron ser
reforzadas y recreadas en el escenario corporal. El pensamiento
decimonónico de las élites letradas colombianas da cuenta del poderoso
ejercicio político, marginalizador, jerarquizador y subordinador que marcó
la definición de la nación y creó diferencias en medio de un deseo civilizador
sobre la población.65
63Julio Arias Vanegas, “Nación y diferencia”, 25.
64 Julio Arias Vanegas, Nación y diferencia, 19.
65 Julio Arias Vanegas, Nación y diferencia, 18.
36
5. Voces y actores del higienismo
Si bien hemos mencionado la forma en que la higiene se instituyó a finales
del siglo XIX como herramienta de exclusión e identidad para la sociedad
bogotana, asociada a valores como la civilización, honorabilidad e
integridad moral, para finalizar este ensayo enunciaremos las
particularidades históricas de esas prácticas de higiene que la élite
promocionó e instituyó como los códigos de comportamiento adecuados y los
actores y espacios donde estas prácticas circularon y se reprodujeron.
5.1. Prácticas de higiene
En la década de 1870, Juan N. Villa y Villa consignaba a manera de reglas
en su Tratado de higiene, algunas pautas sobre la frecuencia y la forma
correcta en que los individuos debían asear su cuerpo, vestido y
habitaciones. El objetivo de su tratado era eminentemente pedagógico;
buscaba generar un cambio en las costumbres de limpieza de sus lectores y
resaltar la importancia de un cuerpo sano y limpio, que representara de
forma adecuada los valores de la modernidad
Villa y Villa es una muestra clara de lo que denominamos como peritos en
urbanidad, es decir, no fue un cronista de su época sino un reformador de
costumbres. De esta forma, las normas de comportamiento y rutinas
corporales por él promovidas, no correspondían a una descripción de los
hábitos tradicionales de sus conciudadanos, por el contrario, eran una
apuesta, una puja por señalar el lugar al que se debía llegar. Sus reglas
eran en ese sentido, una muestra de las conductas deseables para el pueblo
y servían para distanciarlo del resto de las capas sociales. Esta visión era
compartida por otros peritos como Milciades Chaves, quien afirmaba que la
urbanidad trataba “en primer lugar, del aseo, porque éste es el principio de
37
la buena educación. La gente que no practica la Urbanidad se llama gente
vulgar o plebe”.66
El aseo y la urbanidad estaban estrechamente ligados, por lo cual los
hábitos de higiene a finales del siglo XIX traspasaron los objetivos estéticos
y sanitarios, y actividades como el baño diario fueron concebidas de manera
amplia, tanto como algo lúdico y recreativo realizado de forma esporádica,
como una forma de tratamiento terapéutico para el manejo de algunas
enfermedades. De allí que el citado Villa estableciera como regla “bañarse
todo el cuerpo dos veces por semana o limpiarse con un lienzo o esponja”,
pues así se prevenía el deterioro de la salud al permitir:
…activar la acción de la piel i limpiarla de los productos de la
transpiración insensible; los cuales obstruyendo sus poros o intersticios,
se oponen a la respiración, resultando de aquí, que privando el cuerpo de
tal emuntorio, esos humores de suyo acres i refractarios, obran contra la
acción orgánica i pueden dar nacimiento a multitud de enfermedades,
entre otras a la gastritis, diarrea, disentería, hidropesia.67
Al contrario, el baño podía tener un significado negativo, viéndolo como
nocivo y riesgoso para la salud:
Los baños fríos son útiles en muchas infecciones nerviosas e
inflamatorias; en la enajenación mental, en ciertas hemorragias
persistentes, en la córnea, la clorosis, las escrofulas, etc; pero son nocivos
para las personas que tosen o sufren de diarrea, para los que tienen
aneurismas y para los asmáticos de barral; y en fin para las mujeres en
cinta y los ancianos […]obran como tónicos por la reacción que resulta de
66Milciades Chaves, Elementos de educación, 40.
67Juan N. Villa Y Villa Tratado de higiene (Medellín: Imprenta Silvestre Balcázar, 1874),
10.
38
ellos; pero si se prolongan, se hacen calmantes y tomados con exceso
debilitan.68
No obstante, hay que resaltar que el baño diario no era una costumbre
generalizada. Bastaba con el lavado de la cara y los brazos para
considerarse limpio. En lo que sí enfatizaba Villa era en la importancia de
“peinarse con frecuencia”, dado que permitía “afirmar el cabello, quitando
de la cabeza los humores que hayan adherido a ella, producidos por la
transpiración insensible”. Adicionalmente, seguir estos hábitos refrescaba
“simpáticamente el cerebro” y preservaba la cabeza de “insectos, fina, plica
y otras enfermedades que le son propias”.69 Las condiciones del baño
también eran claves, pues el frio del agua “sostiene la rosagancia de las
mejillas i conserva la vista”.
Bañarse era una exigencia para los hombres, pero sobre todo para las
mujeres. Rufino Cuervo disponía en su manual que para “mantenerse
aseada”, una señorita debía lavarse “diariamente la cara y las manos, i todo
el cuerpo con tanta frecuencia como le sea posible, peinándose todos los días
[…] sí es frío el temperamento i si es cálidos con más frecuencia.70
La asociación del baño con la prevención de ciertas enfermedades no le
restaba importancia como actividad de esparcimiento y sociabilidad. De
hecho, este término refería obligatoriamente en la época a viajes de recreo.
José Manuel Marroquín rescataba el carácter complementario del lavado
del cuerpo con el placer de ir a “tierra caliente”:
68Almanaque Universal para 1894, útil, instructivo, ameno (Barcelona: Administración
Calle de Cortés, 1894) s. p.
69Juan N. Villa Y Villa, Tratado de higiene, 9.
70Rufino Cuervo, Breves nociones de urbanidad extractadas de varios autores i dispuestas
en formato de catecismo para la enseñanza de las señoritas de la Nueva Granada ( Bogotá:
Imprenta de Nicolás Gómez, 1866), 9.
39
A las orillas de los pozos es donde nacen las amistades de
tierra caliente, esto es, las relaciones, casi siempre efímeras,
que contraen unas con otras las familias bogotanas á quienes
reúne el ocaso en una población de las de aquella tierra. Y
entre los modos de cultivarlas, el más común es el que consiste
en convidarse recíprocamente las familias á tomar el baño
juntas71
Debido al carácter ocasional del baño corporal, el lugar donde este se
realizaba estaba cargado de significaciones sociales. Si era en la “mansión”
de tierra caliente, como enunciaba Marroquín, implicaba poner en escena la
higiene como rasgo distintivo de exclusivas familias y más que un hábito,
era parte del paseo semanal. Sin embargo, en el ámbito privado, el baño fue
adquiriendo fuerza y aprovechando un día soleado y un platón en el patio,
las personas podían tomarlo en “chingue” sin presencia de la servidumbre,
lo cual abriría el camino para la creación de un espacio arquitectónico
especializado para esta función.72 El mismo manual de Cuervo se afirmaba
la necesidad del baño en la casa, tan indispensable como un espejo para las
señoritas. 73
Las exigencias de la higiene también tuvieron incidencia sobre la
presentación personal. Milciades Chaves, por ejemplo, afirmaba que “el
vestido sucio revela poca dignidad personal; el vestido descosido, abandono;
el destrozado, locura y altanería; y uno muy adornado, ostentación y pocas
ocupaciones serias”. De igual manera, los peritos recomendaban “cambiar el
vestido dos veces por semana y mudar la ropa de la cama igual número de
71José Manuel Marroquín, Entre primos (Bogotá: E. Espinosa Guzmán, 1897), cap. 12
http://www.www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/entreprimos/entreprimos11.htm
(septiembre 12 de 2012).
72Susy Bermúdez, “Los espacios en los hogares de la elite santafereña en el siglo XIX desde
una perspectiva de género” Historia Crítica Nº 19 (1999): 119.
73Rufino Cuervo, Breves nociones de urbanidad , 9.
40
veces”, pues “las telas que se aplican al cuerpo se impregnan de las
partículas que se escapan de él i si no se separan prontamente vuelve el
cutis a absorberlas con notable prejuicio para la salud”.74
La incorporación de nuevos conceptos de limpieza y suciedad se soportaron
sobre la teoría miasmática unida a preceptos morales, y aún no se
alimentaban de los postulados bacterianos de la enfermedad emergidos de
los descubrimientos de Pasteur y Robert Koch, y el desarrollo de la asepsia
y antisepsia en la cirugía, formuladas por Joseph Lister y Sir William
MacEwen. La higiene sólo se nutriría de esos conocimientos hasta
principios del siglo XX, cuando circularon de forma amplia en el país
gracias a la consolidación de cuerpos médicos nacionales interesados en
reproducir los modelos europeos. De acuerdo con Emilio Quevedo, los
discursos de higiene se “pasteurizaron” para insertarse en la estructura
estatal solamente hasta este periodo.75
Sin embargo, sería caer en un error pensar que fueron los discursos médicos
y el temor a la enfermedad, los principales responsables de la
interiorización de las normas modernas de higiene personal. Vigarello, para
el caso europeo resalta lo siguiente:
En cualquier caso, también hay que trastocar la jerarquía de las
categorías de referencia: no son los higienistas, por ejemplo,
quienes dictan los criterios de limpieza en el siglo XVII sino los
autores de los libros que tratan de decoro; los peritos en conductas,
y no los sabios.76
74Juan N. Villa Y Villa, Tratado de higiene, 9.
75Emilio Quevedo et al., Café y gusanos, mosquitos y petróleo. El tránsito desde la hacia la
medicina tropical y la salud pública en Colombia 1873-1953 (Bogotá: Universidad Nacional
de Colombia- Facultad de Medicina- Instituto de Salud Pública, 2004),
76Georges Vigarello, Lo limpio y lo sucio, la higiene del cuerpo desde la edad media
(Madrid: Alianza Editorial, 1985), 15.
41
Como hemos podido observar, este planteamiento de Vigarello, si bien se
distancia en términos geográficos y temporales, puede aplicarse al caso
colombiano, pues los abanderados de la higiene fueron una serie de autores
pertenecientes a las élites locales dedicados a escribir manuales y
catecismos de comportamiento y urbanidad que contenían consejos y
normas prácticas sobre buenas maneras, para niños, caballeros y señoritas
distinguidas, como parte de su estrategia para compensar una posible
ausencia de linaje y muestra de pertenencia a la estirpe civilizada de la
sociedad.
Las rutinas corporales enunciadas anteriormente debían adquirirse por las
gentes notables y educadas en Bogotá, para obtener el carácter de ejemplo
cívico y moral, y así provocar la emulación del pueblo. Por esta razón, al
escudriñar los manuales de urbanidad y comportamiento de la época,
encontramos que los autores, traductores y compiladores de dichos textos,
eran las personalidades más influyentes y destacadas de la escena política,
cultural y económica. Figuras como el parlamentario Rufino Cuervo y
Barreto, literatos como Rafael Pombo y la distinguida Soledad Acosta de
Samper, el diplomático venezolano Manuel Carreño e inclusive, el ex
presidente José Manuel Marroquín. Para la época, tan importantes
personalidades fueron la vanguardia del higienismo y los más fuertes
críticos de las condiciones de limpieza tanto de las personas como de las
viviendas de la ciudad. Junto a ellos, políticos, médicos, ingenieros y
abogados se encargaron, por todos los medios a su alcance, de promover un
cambio en las conductas de los individuos y en las “sucias costumbres de
nuestro pueblo77”, reflejando la pluralidad de actores que serán el objeto del
siguiente acápite.
5.2. Los Actores del higienismo
77Nicolás Osorio, Informe sobre la limpieza, 15
42
Según el médico Cenón Solano, las primeras reformas encaminadas a la
introducción del moderno higienismo europeo en el país datan de 1872,
inmersas en el planteamientos y reformas de esa década, basadas en las
consignas de paz, caminos y escuelas e impulsadas por los gobiernos del
Olimpo Radical. Para ellos, “la higiene era la base del progreso, de la
nación, la prosperidad de la raza, la salud y la alegría del pueblo” y por
tanto, se centraron en el fomento de la higiene en el marco de la instrucción
pública, introducida a través de la misión pedagógica alemana.78
La propagación del discurso higienista implicó la participación de actores
muy diversos, que no se limitaban a los médicos influyentes de la sociedad,
aunque estos hicieron parte activa en el proceso. De esta forma, políticos,
empresarios, publicistas, editores, pedagogos y peritos en urbanidad se
incorporaron al proyecto civilizador de la higiene de finales del siglo XIX.
Según Soledad Acosta de Samper, quien hacía parte del grupo, todos ellos
pertenecieron al “segmento educado de la población”79, habían tenido
contacto con la cultura europea y norteamericana y asumían
fehacientemente su “misión civilizadora”, un concepto central en el discurso
general del siglo XIX colombiano.80 Tanto la higiene pública como la
privada, fueron consideradas por estos grupos privilegiados como “ley y
deber de la humanidad”81 y la ruta hacia el progreso, pues sin ella, el orden
soñado era una mera ilusión, y resultaría imposible crear una “nueva
sociedad”, basada en el trabajo, la disciplina y siguiendo las “sendas del
honor y del decoro82”.
78Emilio Quevedo et al., Café y gusanos, mosquitos, 60- 61.
79Soledad Acosta de Samper, “Consejos a las señoritas” 1880La Mujer (Lecturas para las
familias) 4: 37-48 citado en: Zandra Pedraza, En cuerpo y alma, 32.
80Diana Obregón Torres, Batallas contra la lepra: estado, medicina y ciencia en Colombia
(Medellín: Banco de la República- Fondo Editorial Universitario EAFIT, 2002), 163.
81Diana Obregón Torres, Batallas contra la lepra, 16.
82Mauricio Tamayo, Mendigos y su colocación.
43
Para alcanzar este objetivo, junto a la higiene se fomentaron cuestiones
como la moralización, la cultura física, el ahorro, el manejo del tiempo y la
educación, nuevos campos claves en la configuración de “lo social”83,
impuestos desde diversas instituciones como la familia, el gremio médico, la
escuela y la policía, que permitieron realizar el proyecto de «ortopedia
social», en palabras de Michel Foucault.84
La educación en el seno familiar fue el aspecto más básico y elemental para
difundir y anclar los valores de la higiene. Allí, la madre jugó un rol
fundamental, pues ella tenía la responsabilidad de preservar el correcto
funcionamiento de la institución familiar y cuidar “la educación cívica y el
cultivo moral de los hijos”.85 La higiene y la presentación personal
estuvieron inmersas en el sistema de valores que debían recibirse en casa,
pues la carencia de estos principios demostraba falta de “integridad moral”,
mala crianza y representaban una “deshonra al honor y al decoro
familiar”.86
Por esto, se consideraba primordial que toda mujer, sin importar su
posición o extracción social, recibiera una estricta formación en “artes y
economía doméstica”, que tenían prioridad sobre otros saberes como
matemáticas, botánica o geografía, de mayor conveniencia para el género
masculino. La higiene y la urbanidad fueron consideradas como “saberes
indispensables á todos, pero más aún á la mujer, que es quien, con su buen
corazón y su ejemplo, cría y fomenta las virtudes de la familia”. La mujer
83 Estas consideraciones son características y de particular importancia en la
configuración de lo que se consideró como las nuevas enfermedades sociales del siglo XIX
según Jacques Donzelot, citado en: Juan Carlos Jurado, Vagos, Pobres y Mendigos,
contribución a la historia social colombiana, 1750-1850, Medellín: La carreta Editores,
2004), 17.
84 Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (Buenos Aires: Siglo XXI
editores, 2002), 135.
85Rufino Cuervo, Breves nociones de urbanidad ,
86Rufino Cuervo, Breves nociones de urbanidad ,
44
educada “labra la felicidad del hogar, hace la moralidad de la sociedad y el
progreso de un pueblo”.87
La segunda esfera en el proceso de promoción e inserción de hábitos
higiénicos entre los bogotanos provendría del gremio médico, apoyado y
legitimado socialmente por la autoridad que el discurso científico le
otorgaba. La preocupación sanitaria del gremio tuvo marcados intereses
económicos y comerciales, pues enfilaron gran parte de sus esfuerzos a la
sanidad en los puertos. Por esta razón, “el cuerpo conceptual, metodológico
y práctico que sobre la higiene manejaron los médicos estuvo más orientado
hacia la higiene pública, para el control de las fiebres del Magdalena y de
las enfermedades de tierra caliente”.88
Los médicos tuvieron un papel preponderante en la lucha por transformar
la mentalidad y las costumbres de los ciudadanos, y en este esfuerzo,
difundieron información sobre la necesidad de adoptar rutinas de limpieza
corporal. La propaganda y su argumentación se basó en la relación de las
alteraciones de la salud con la falta de aseo, utilizando el miedo como
mecanismo de persuasión. Así, vincularon el desaseo con patologías
estigmatizadas como la lepra y la tuberculosis y epidemias como las de
gripa y viruela, con el fin de canalizar la angustia y el terror a la
enfermedad en un cambio en los hábitos cotidianos.
El eco causado por este recurso intimidatorio generó un impacto
significativo sobre las costumbres de limpieza de quienes las recibieron,
pues como es natural, la posibilidad de debilitar su salud, e inclusive de
llegar a contraer una enfermedad mortal causaron amplio temor. En esa
medida, la incidencia del discurso médico sobre los cambios en las prácticas
de higiene personal, no puede ser excluido ni desestimado en nuestro
87Milciades Chaves, Elementos de educación, 113.
88 Emilio Quevedo et al., Café y gusanos, mosquitos, 63.
45
intento por comprender las razones y las motivaciones que a nivel
individual, llevaron a determinados agentes sociales a mutar sus
comportamientos y la percepción de su propia corporalidad. Este aspecto es
de gran importancia si tenemos en cuenta la efectividad que tuvo, a nivel
subjetivo, una táctica discursiva que gozando de indiscutida autoridad,
utilizó el miedo en una sociedad carente de certidumbres sobre el origen y
tratamiento de los males que los aquejaban. Situación aún más crítica por
la inexistencia de servicios médicos adecuados, arcaicas e insuficientes
instalaciones hospitalarias y una esperanza de vida al nacer de 35 años en
mujeres y hombres.89
Adicional a la sensación de vulnerabilidad que causó entre los habitantes de
la ciudad el poderoso discurso médico, se divulgaron, en aras de la
salubridad, nociones como las de contagio e infección, recalcando la
urgencia de que el pueblo adoptara formas higiénicas de vida. La conexión
suciedad- enfermedad no tenía sombra de duda, a pesar de la poca claridad
sobre el origen etiopatológico de estas últimas y de la controversia sobre los
agentes causales. En las últimas décadas del siglo XIX, las teorías sobre
emanaciones deletéreas, como la miasmática, y la teoría bacteriana,
convivieron de forma simultánea para la explicación del origen de las
enfermedades, pues gran parte de los médicos estuvieron afiliados a la
primera, manejada y heredada de la higiene ilustrada francesa90 y la
discusión y debate de la segunda se dio únicamente en círculos cerrados de
especialistas en medicina.
Sin embargo, el discurso trascendió el ámbito de la persuasión, pues el
gremio médico también optó por vías de hecho, promoviendo ante el
gobierno municipal multas, decretos y sanciones con respecto a la sanidad,
89Salomón Kalmanovitz y Edwin López Rivera, Las cuentas nacionales de Colombia en el
siglo XIX (Bogotá: Fundación Universidad de Bogotá, Jorge Tadeo Lozano, 2009), 29.
90 Emilio Quevedo et al., Café y gusanos, mosquitos, 61.
46
para castigar a quienes no cumpliesen con las disposiciones y las leyes de la
higiene. Dichas amonestaciones se respaldaban en el poder y la credibilidad
social de los galenos, producto de su incremento con respecto a otros
profesionales y el origen de sus estudios, en muchos casos realizados en el
extranjero. En su mayoría, los médicos se educaron en Norteamérica y
Francia, y a su regreso al país establecieron boticas y consultorios
particulares en inmediaciones del centro de la capital. Muchos ocuparon
importantes cargos gubernamentales y crearon asociaciones y revistas
especializadas, constituyéndose así como uno de los gremios profesionales
más influyentes del país.
La escuela y sus docentes se constituyeron en el tercer frente de avanzada
para la empresa higienista. La pedagogía y el aleccionamiento fueron
armas naturales para instruir en hábitos de limpieza, comportamiento y
etiqueta, a través de los manuales de urbanidad y buen gusto. Cartillas y
catecismos que se constituían como uno de los principales discursos
corporales de la época y que circularon ampliamente en los colegios y demás
sectores letrados de la ciudad en forma de cuadernillos.
El contenido de estos manuales se caracterizó por su tono sancionatorio y
coercitivo. Su discurso buscaba un absoluto control del comportamiento
individual y una reglamentación total de las actividades cotidianas; normas
que indicaban la manera correcta de sentarse, sonarse, saludar a la gente
pobre o a los superiores, comportarse en la plaza, la iglesia y la cocina,
cuándo escupir, a qué hora recibir visitas, cómo lavar la ropa, cómo
distinguir a un niño educado de uno peleador y vagabundo, etc.
Estos textos se divulgaron como libros de bolsillo y eran de fácil consecución
en las pequeñas tiendas, misceláneas de la Calle Real (hoy carrera
séptima), o en las tiendillas de libreros y en las bibliotecas de la ciudad. Los
manuales hicieron parte formal de los libros escolares de la educación
47
básica, perteneciendo por más de ocho décadas a los planes de estudio
institucionales de la mayoría de los colegios de la ciudad.
Gozaron de tal popularidad, que textos de aquel entonces como el del
venezolano Manuel Carreño, Manual de Urbanidad y buenas maneras, de
consulta indispensable para niños, jóvenes y adultos, se convirtió en todo un
éxito editorial de lectura obligatoria por varias generaciones. Este manual
cuenta con importantes y numerosas reediciones y como muestra de su alta
valoración y del gran enraizamiento que posee en el ámbito cultural
capitalino, hoy en día, pasados más de 100 años de su primera publicación,
bajo el grito “la Urbanidad de Carreño” como si fuera una noticia de última
hora, aun se puede adquirir el libro de mano de voceadores de esquina en el
centro de la Bogotá.
Instruir a los estudiantes por medio de la lectura de estos manuales y la
exhortación directa en clase, fueron las estrategias pedagógicas más
comunes y utilizadas por los colegios en el periodo, pero no fueron las
únicas. El escarnio público, la sanción moral, e inclusive el castigo corporal
y el aislamiento físico fueron medios represivos válidos y tradicionales para
la enseñanza de hábitos y conductas de limpieza, que debían ser aceptados
con “obediencia y sumisión” pues “si los maestros nos castigan ó corrigen,
debemos considerar que corregir nuestros defectos es un deber, y que esto lo
hacen ellos para nuestro bien”.91
Una muestra de estas formas de adoctrinamiento se puede encontrar en la
narración de Cordovez Moure, quien en sus cuadros costumbristas relata lo
ocurrido a mediados de siglo a un compañero de secundaria del escritor
Jorge Isaacs, en el prestigioso Colegio de San Buenaventura. Según el
91Milciades Chaves, Elementos de educación, 15.
48
autor, por el desarreglo en su uniforme “tipo Oxford” y su “desmedro y
suciedad”, se le apartó de clases y aisló en algún lugar de la institución:
El régimen interior del Colegio estribaba en estimular a los jóvenes por el
sendero del honor y de las nobles acciones. Los buenos resultados que dio
ese sistema se comprobaron con la particularidad de que, durante un
semestre sólo hubo necesidad de penar con encierro de pocas horas a un
estudiante por falta de aseo y pulcritud en el vestido.92
Inculcar en los individuos actitudes y formas condicionadas de
comportamiento acordes a los preceptos higienistas, haciendo uso de la
coerción y el castigo, no fue una forma de imposición exclusiva del ámbito
escolar. En las calles, plazas, iglesias y demás espacios públicos, medidas de
naturaleza semejante fueron aplicadas por medio de la Policía, la última
institución encargada de propagar la higiene y conservar la moralidad de
los habitantes de Bogotá.
Fundada en 1872 con el objetivo ejercer control público, preservar la moral
y penalizar a quienes infringieran las formas de vida en comunidad 93, la
policía representó un actor novedoso por el reglamento o Código de Policía
que institucionalizó las normas higiénicas para la ciudad, razón por la cual
su prefecto general era el responsable de “la junta de sanidad”, encargada
“de la moralización y la salubridad públicas, para la ayuda del
adelantamiento moral y material de nuestro primer centro de población”.94
De esta forma, la familia, el gremio médico, la escuela y la recientemente
fundada policía, se convirtieron en difusores de los preceptos higiénicos, con
92José María Cordovez Moure, Reminiscencias de Santafé y Bogotá (Bogotá: Librería
Americana, 1899), cap. Los colegios y los estudiantes.
93 Germán Mejía Pavony , “En Búsqueda de la intimidad ( Bogotá, 1880-1910)” en Historia
de la vida privada en Colombia, Tomo II, los signos de la intimidad, El largo siglo XX,
Jaime Borja Gómez y Pablo Rodríguez Jiménez, (Bogotá: Taurus, 2011), 28.
94 Nicolás Osorio, Higiene de la ciudad, 6.
49
el fin de fortalecer su identidad en la cúspide de la escala social y
diferenciarse e incluso segregar al pueblo. No obstante, los manuales y
códigos intentaron ser de conocimiento común, pues en las clases más bajas
se debían imitar los comportamientos de la gente decente e implementar
mínimos elementos de sanidad si se quería encaminar la ciudad a los
modelos de progreso y modernización venidos de Europa.
50
6. Conclusiones
La higiene y el aseo corporal establecieron costumbres y hábitos que
atravesaron la vida cotidiana en la sociedad bogotana de finales del siglo
XIX. Motivados por el ideal de modernidad, los discursos higienistas
relacionaron valores sociales como el decoro, la honra y la dignidad, al aseo,
la limpieza y la pulcritud, tejiendo en torno a ellos la única posibilidad de
desarrollo social, material y moral del país.
Las élites se auto proclamaron como gestoras por excelencia de este
movimiento hacia el progreso, razón por la cual adoptaron costumbres y
prácticas provenientes de Europa, para erigirse ante los pobres como
ejemplos de conducta. Las clases bajas no fueron las receptoras directas de
los discursos e intervenciones higienistas, situación que se modificaría de
forma sustancial en el siglo XX. Conllevando a un intento de segregación
espacial del que fueron víctimas. Resultado de los empeños de las élites
por replantearse la organización de la ciudad y reformar los hábitos de sus
pobladores. Es decir, los pobres fueron llevados a las márgenes de las
ciudades como una estrategia para separarlos y diferenciarlos de los
espacios de la élite y a su vez, mediante los códigos de higiene, esta reforzó
su superioridad.
La “privatización de las costumbres”, concepto elaborado por Norbert Elias,
puede resumir este proceso, donde las sociedades modernas o en camino de
serlo como en el caso bogotano, aumentaron el autocontrol individual
interiorizando patrones de conducta. A su vez, el capital simbólico
apropiado por las nacientes clases burguesas generó una diferenciación de
esta sobre los demás sectores sociales. Esto permite entender los usos
51
políticos del discurso higienista como mecanismo y estrategias de poder y
control social.
En la historiografía, el higienismo usualmente ha sido situado en la
primera mitad del siglo XX, cuando los médicos e ingenieros sanitarios
fueron los protagonistas de dicho movimiento. Sin embargo, a lo largo de
este trabajo se ha podido observar la importancia del carácter moral de la
higiene, su relación con otros discursos como la urbanidad y la pluralidad
de actores, donde los médicos solo fueron un actor más dentro del campo.
El papel difusor jugado por las elites abarcó campos más amplios que la
promoción de la limpieza, por ello, los autores y traductores de manuales y
cartillas se inscribieron en un grupo diverso. Múltiples instituciones
participaron en la imposición del higienismo. La familia, y en especial la
madre tuvieron la responsabilidad de preservar el correcto funcionamiento
de estas normas y promover su uso en el seno del hogar. El gremio médico,
apoyado en su autoridad científica, difundió el terror a la enfermedad y la
limpieza como su única solución. Los maestros y las escuelas circularon
principios higiénicos a través de las cartillas, que aún hoy se pueden
adquirir en la ciudad. Así mismo, la creación de leyes y la policía como
órgano preeminente para controlar las costumbres, determinaron una
polifonía de discursos que, mediados por las nuevas teorías científicas,
modificaron los valores principales de la sociedad capitalina en las últimas
décadas decimonónicas.
De esta manera, las características, condiciones y rutinas del aseo corporal,
rebasaron el interés estético, jugando un papel como tratamiento
terapéutico y elemento inherente para fortalecer la sociabilidad. Al
contrario, las sanciones morales y pedagógicas fueron herramientas
utilizadas para imponer estos parámetros, construir identidades y renovar
52
las formas de segregación, procesos que no pueden ser concebidos como
planeados por individuo alguno, sino que hacen parte de lo que Norbert
Elias llamó transformaciones paulatinas.
53
7. Fuentes Primarias
Almanaque Universal para 1894, útil, instructivo, ameno. Barcelona:
Administración Calle de Cortés, 1894.
Carreño, Manuel Antonio. Manual de Urbanidad y buenas maneras. De
consulta indispensable para niños, jóvenes y adultos. Bogotá:
Panamericana, 2008.
Chaves, Milciades. Elementos de educación ó sea Moral, higiene, urbanidad
y Economía doméstica para uso de las escuelas y familias. Bogotá: Imprenta
del Heraldo, 1899.
Cordovez Moure, José María. Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Bogotá:
Librería Americana, 1899.
Cuervo, Rufino. Breves nociones de urbanidad extractadas de varios
autores i dispuestas en formato de catecismo para la enseñanza de las
señoritas de la Nueva Granada. Bogotá: Imprenta de Nicolás Gómez, 1886.
García, Luis E. “Diagnostico diferencial entre el alcoholismo crónico y la
chicha”. Anales de Instrucción Pública en los Estados Unidos de Colombia
XIV: 83 (1889) 490-595.
Gómez, Josue, “Chichismo: Estudio General, clínico y anatomo- patológico
de los efectos del uso y el abuso de la chicha en la clase obrera de la ciudad
de Bogotá”. Anales de Instrucción Pública en los Estados Unidos de
Colombia XIV: 78 (1889) 36-148.
54
Gutiérrez Posada, Joaquín. Fiestas de la candelaria en la Popa, Museo de
cuadros de costumbres. Publicación virtual de la Biblioteca Luis Ángel
Arango, 1866. http://www.lablaa.org/blaavirtual/literatura/cosi/cost12.htm.
Hettner, Alfred.Viajes por los Andes colombianos: (1882-1884). Bogotá;
Talleres Gráficos del Banco de la República, 1976.
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