DE LO VIVO
A LO
PINTADO
PEDRO MUÑOZ SECA
PEDRO PÉREZ FERNÁNDEZ
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
Doña Digna Sra. Alba.
Arnulfa Ladrón de Guevara.
Oportuna Villa.
Ramona Lozano.
Faustina Srta. Pujó (M.).
Marcela Valls.
Harri Sr. Bonafé.
Beltrán Rivelles.
Perezcello Perales.
Orihuela. Hidalgo.
Diegaito Tayas.
Brown Zaragozano.
.
ACTO PRIMERO
Estudio del pintor Beltrán Aguilares; un estudio modesto, que tiene algo de invernadero
y mucho de cabaña de fotó¬grafo. Debe dar la sensación de un estudio improvisado en
la azotea de una de esas casas modernas que están corona¬das por un Ángelus. La pared
de la izquierda (actor) será de mampostería; la del fondo y la de la derecha, de maderas,
y el techo, de cristales, con la inclinación propia del caso. La puerta de entrada estará en
el foro, y a la izquierda ha¬brá otra puerta que dará acceso a las habitaciones del Ánge-
lus. Habrá en escena los muebles y los chirimbolos propios de un estudio de quinta
clase: únicamente el desorden será de pri¬mera. La acción, en Madrid, en el mes de
abril. Época actual.
(Al levantarse el telón, BELTRAN AGUILARES, que es un muchacho muy simpático
y más vivo que el apetito, está ¡untando junto al lateral derecha, y de cuando en cuando
mira por un- agujerito que hay en la pared, como si el modelo que cofia estuviese en la
habitación de al lado.)
BELTRAN. — (Mirando.) La curva de la cadera es algo más pronunciada... (Pinta.)
Así. ¿Eh?... (Mira.) Sí; un poco más de sombra... (Pinta.) Es una señora que da el opio...
(Mira.) Lo que se dice opiácea... (Pinta.) Y este desnudo puede pro¬porcionarme un
gran éxito, amén de unas pesetas, que me hacen muchísima falta...
ORIHUELA. — (Anciano, bastante derrotado, con DIEGUITO. joven chófer sin
colocación, a juzgar por. la cara de hambre que trae.) Buenos días, don Bertrán.
DIEGUITO. — Buenas
BELTRAN. — (Muy apurado y obligándoles a callar.)!Chist!...
ORIHUELA. — ¿Eh?
BELTRÁN. — (En voz baja.) ¡Que estoy, copiando!
ORIHUELA. — ¡Ah! (A Dieguito.) Chitón. Siéntate. (Se sientan en el foro. Beltrán
sigue mirando y pintando.)
DIEGUITO. — (A media voz, a Orihuela.) ¿Qué significa esto, padre? (Tanto
Orihuela como Dieguito son andaluces.)
ORIHUELA. —Que tiene modelo.
DIEGUITO. — ¿A donde?
ORIHUELA. —Ahí ar, lao
DIEGUITO. — Pero ¿ese desnudo es copia de lo vivo?
ORIHUELA.—Sí, hombre; es que en la asotea de junto tiene una istalasión pa toma
baños de sol el doctor Perezcello; don Beltrán se ha puesto de acuerdo con él y no hay
señora ni caballero que se desnude ahí ar lao que no le sirva de modelo a don Beltrán.
DIEGUITO. — ¡Arrea!
ORIHUELA. — Excuso desirte qué ahorro.
DIEGUITO. — Pero ¿es posible que ese médico sea tan desahogao?
ORIHUELA. — ¡Anda! Con desirte que obliga a los clientes a adortá la postura que le
conviene a don Beltrán...
DIEGUITO. —Chavó y qué tío.
ORIHUELA. —Pá pinta ese cuadro, que representa una plasa griega y en medio una
bacante, bailando... Ese cuadro que él llama «La bacante de la plaza».
DIEGUITO. —Sí, ya me acuerdo.
ORIHUELA. —Bueno; pues Obligó Perezcello a una señora gorda a toma los baños
de sol, en un pie y con las manos asín, que a mí me daba lástima. (Adopta una postura
cómica.) Y no te digo, na de aquel otro cuadro que él llamaba «El ba¬ñista». ¿Sabes tu
quién era el bañista? El coronel Pozo. ¡Buena la hicieron con él! Figúrate que para que
don Beltrán pudiera copiar a su gusto el brillo del agua al sol, en el cuerpo humano,
tuvieron al coronel ahí en la asotea, tal y cómo nació, dos horas diarias durante un mes,
sujeto a un plan de cinco duchas seguidas al aire libre.
DIEGUITO. — ¡Qué atrosidá! ¿Y ha parmáo?
ORIHUELA. —Hombre, no ha parmao; pero ha cogido un estornudo crónico, que,
chiquillo, lo oyes, y párese los plati¬llos de la Banda Munisipá.
DIEGUITO. —Total, que ese Perezcello es un sinvergüensa.
ORIHUELA. —Una nevera con bigote y barba. Te advierto que ni es médico ni na de
eso. Es un malagueño con más sombra que un pina y más largo... que el correo de
Asturias. En Málaga lo conocí yo, que no comía más que los jue¬ves y los domingos, y
eso porque lo convidaban. Pero pegó un voletio, se dejó cae en Madrí disiendo que era
naturista, y aquí s'ha echao, a los vegetales y s'ha déjao la melena y to lo que le crece; y
como la multitud es idiota y to lo raro llama la atensión, pues está prinsipiando a tené
una de clien¬tes, que er día menos pensao lo ves en artomovi.
BELTRAN. — (Mirando.) ¿Eh? ¿Que ya se va?... ¡Pero si no lleva ni veinte
minutos!... Así, no hay manera de hacer nada. (Mirando.) Se fué. Mal haya sea!
¡Cuando estaba yo más entusiasmado!... (Deja, la paleta y los pinceles.) Tendré que
llamar al orden a Perezcello. Podemos hablar, Orihuelilla. ¿Qué hay?
ORIHUELA. —Ganas de cobra, don Beltrán. Aquí vengo con mi hijo a ve si tiene usté
arguna cosa que pulí, porque de dinero me figuro que andará usté en paños menores.
BELTRAN.—Sin paños de ninguna clase,. Orihuela: como
Adán en el Paraíso, como los mártires en el Anfiteatro, como
algunas señoras en las butacas. ¡Ah!, ¡Cuando no te pago a
ti, que eres mi modelo predilecto! Y a propósito: ¿cuánto
te debo ya?
ORIHUELA. —Si trabajamos hoy...
BELTRAN. — ¿Cómo no? Ya te estás vistiendo de gene¬ral. Quiero terminar ese
cuadro esta semana.
ORIHUELA. —Pues con la sesión de hoy montan cincuenta y siete duros. Son ya dos
meses sin cobra, don Beltrán de mi arma.
BELTRAN. —Es verdad. ¡Y me lo dices así...! Qué bueno eres, Orihuela. Eres una
mosca blanca
ORIHUELA. — ¿Motes ensima, don Beltrán?
BELTRAN. —Cincuenta y siete duros y se presenta sumiso, respetuoso, cordial. ¡Ah!
Yo necesito compensar tan bonda¬dosa conducta. ¡Sí! ¡Orihuela!... (Queda
dudando.)
DIEGUITO. —(A Orihuela, en voz baja.) Te va a dar algo.
ORIHUELA. — ¡Quia!
BELTRAN. — (Obedeciendo a su pensamiento.) Sí; es lo me¬jor: cuenta redonda.
Orihuela, no te debo cincuenta y siete duros; dame tres y te debo ochenta. Te regalo
veinte duros.
ORIHUELA. — ¿Que le de a usted tres duros?
BELTRAN. —Haces el gran negocio.
ORIHUELA. —Le propongo a usté uno muchísimo mejó. Le vendo a usté los
cincuenta y siete duros que me debe en vein¬tiocho reales. ¿Hace?
BELTRAN. —Me crees un usurero, Orihuela.
ORIHUELA. —Hombre, no; es que yo...
BELTRAN. — ¡Basta! Cobrarás por entero y en tu día. .
ORIHUELA. —Mi día es pasado mañana. San Eleuterío
BELTRAN. —Ya me entiendes.
ORIHUELA. —Demasiado. Güeno: pos a vé si tiene usté argo que vendé, porque
camaleones no semos... Aquí mi hijo irá con lo que sea aonde sea.
BELTRAN. —Qué, ¿no se coloca usted? (Dieguito hace un gesto.)
ORIHUELA. —Ahí anda ahora en tratos con un ingle que se hospeda en el Palace y
que ha comprao un Hispano. Como no lo armita de chófer un extranjero, lo que es la
gente de aquí…
BELTRAN. —(A Dieguito.) Pero, ¿qué le pasa a usted que
atropella a tanta gente?
DIEGUITO. —Desgrasias, don Beltrán; que va uno pensan¬do en sus cosas y que...
ORIHUELA. —Y que... ¡joroba!, que le pasa lo que a aqué que después de tropesá se
pone a mira la piedra. Este, después de espansurrá a uno, es cuando se pone a toca la
bosina que se güerve loco. ¡Un visio que ha cogió! ¡Miste qué grasia!
DIEGUITO. —Además, que yo soy un chófer mu mirao. Yo no soy como otros, que
por no atropellá a una persona hasen porvo er coche contra una esquina o contra un
carro. Yo, antes que estropea er coche, arrugo a San Juan Bautista que se me ponga por
delante. ¡Honradé! Ahora que también ten¬go desgrasia, porque hay que ve: onse
atropellos en tres me¬ses, son muchos atropellos.
BELTRAN. —Ya lo creo.
DIEGUITO. —Y el último atropellao, al verse con la pier¬na lesiona comensó a
protesta. ¿Le párese a usté? Que es lo que yo le dije: «Hombre, se queja usted y es el
primé atro-pello que sufre; ¿me quejo yo, que llevo ya onse?»
ORIHUELA. —Bueno; menos conversación y, a lo que in¬teresa. ¿Quiere usted que
lleve Dieguito esa gumía, a ver si la vende?
DIEGUITO. —Ah, ¿pero es gumía?
BELTRAN. —Sí, es gumía, pero no es mía. (Por una ta¬bla.) ¿Por qué no se lleva
esta tablita?
DIEGUITO. — ¿Qué es esto?
BELTRAN. —Un apunte que yo título «El pobre náufrago». Está muy bien. Se ve al
infeliz luchando con las olas... Por, esto se pueden sacar diez duros como mínimum.
ORIHUELA. —Si fuera un lienzo... Pero por las tablas no dan nada.
(Examinándola.) Y es bonito. ¿Cómo se le ocu¬rrió a usté pintar esto en una tabla?
BELTRAN. —Hombre, como se trataba de un náufrago, pensé: lo que mejor le va es
una tabla.
ORIHUELA. —(A Diego.) Pues hala con ella: como no tie¬ne firma, di que es de un
pintor antiguo.
DIEGUITO. —Diré qué es de «Zumbarán»."
BELTRAN. —Sí, hombre. (¡Qué bárbaro!)
DIEGUITO. — ¿No hay na más?
BELTRAN. —Llévate esa pandereta con el retrato de «Pepe-Hillo». Esa sí que es
antigua y esa sí que es de «Zumbarán».
DIEGUITO. —Ea; pues hasta luego. Y a vé cómo vuervo. (Se va por el foro.)
ORIHUELA. —Ocho o diez duros va a trae, porque pa ven¬dé tiene sombra mi hijo.
A vé si quiere Dios que hoy me¬neemos er bigote, porque llevamos una semana...
BELTRAN. — ¿Una semana? ¿Pues de qué te alimentas, Orihuela?
ORIHUELA. —Como no sea de traga paquete...
PEREZCELLO. — (Entrando. Es un hombre de cuarenta años, muy despejado, muy
simpático. Gasta gran melena, gran barba, calza sandalias y una gabardina acinturada
que parece un hábito.) No le hagas caso, Beltrán. Es malagueño y se cuela.
ORIHUELA. — ¿Eh?
BELTRAN. — ¡Hola, hombre!
PEREZCELLO. —Nada, si no come, él tiene la culpa. Ahí donde lo ves, se gana un
duro diario en el estudió de Balmana y dos pesetas en el de Tovar, pero no lleva un
cénti¬mo a casa, porque se lo gasta todo en vino.
ORIHUELA. — ¿En vino? ¿Que yo me gasto todo lo que ruin en vino?
PEREZCELLO. —En vino, sí, señor; en vino. ¡Todo lo que ganas te lo gastas en vino!
¿Qué hay?
ORIHUELA. —Pero, ¡mardita sea mi sombra!... ¿Es que el aguardiente me lo regalan?
(Ríen los tres.)
PEREZCELLO. —Bueno, Orihuelilla, si no existiéramos éste y yo, serías el primer
fresco de Madrid; pero existimos y te podemos.
ORIHUELA. — ¡Ya lo creo!
BELTRAN. —(A Orihuela.) Anda, vete a vestirte de gene¬ral y empezaremos la
faena.
ORIHUELA. —Sargo en seguía. (Mutis por la izquierda.)
PEREZCELLO. — ¿No has pintado ya bastante?
BELTRAN. — ¡Qué disparate, hombre! Si hoy parece que te has propuesto
desesperarme. A la generala la has tenido al sol doce minutos a lo sumo; y la condesa
no ha llegado a la media hora.
PEREZCELLO. — ¿Tú sabes cómo pica hoy Febo? Hay que tener un poco de
consideración. Reflexiona que la condesa lleva, ya quince días recibiendo el sol en
los riñones y se los vamos a saltear.
BELTRAN. —A mí me da lo mismo.
PEREZCELLO. —Pero a mí no. Yo no puedo consentir que se diga por nadie que en
mi sanatorio naturista se trata a los enfermos con demasiado rigor.
BELTRAN. —Es que yo necesito acabar estos cuadros, a ver
si los vendo por lo que sea, Perezcello; porque, caramba, es¬
toy pasando las ducas. Tú, como gracias a la melena y a la
barba y a las sandalias, has resuelto el problema... ¡Eres un
sabio!
PEREZCELLO. —Pues tú no sales de apuros porque no quieres.
BELTRAN. — ¿Eh?
PEREZCELLO. — ¿Por qué no te casas? ¿No es rica tu novia?
BELTRAN. —Mucho, muchísimo. Yo sé que me caso y a la vuelta del viaje de novios
me encuentro instalado a lo prin¬cipe y con un estudio soberbio, y sé que en cuanto no
lo necesite, venderé mis cuadros a precios fabulosos. Pero, ¿y mi hermana? ¿Cómo me
caso y abandono a Arnulfa?
PEREZCELLO. —Llévatela contigo.
BELTRAN. —Imposible. Entre mi novia y mi hermana hay una trágica rivalidad. Tú
lo sabes. Se odian. Se desean la muerte. El conflicto es serio, créeme.
PEREZCELLO. — ¡Bah! Exageras. Nunca es tan fiero el león...
BELTRAN. — ¡Ay, Pérez! Las conoces muy superficialmen¬te. Por desgracia cuanto
te digo es pálido comparado con la realidad. Y es una lástima, porque mi novia puede
hacerme feliz. No tiene más que un defecto: el de ser celosa hasta lo inconcebible. Pero
¿qué mujer que quiere a un hombre no lo es?
PEREZCELLO. —Sí, ya veo que suele presentarse aquí cuan¬do menos la esperas
para sorprenderte...
BELTRAN. —Claro: como que está escamadísima. Aunque yo le digo que estos
desnudos los pinto de memoria, ella no lo cree y viene siempre con la esperanza de
encontrar aquí a la modelo y darme el escándalo.
PEREZCELLO. — ¿Sabes lo que te digo? Que eso de los ce¬los es' peor que lo del
odió a tu hermana.
BELTRAN. —Ahora si; luego, ya casados, sería otra cosa. Cuando ella viera de
cerca... El roce suaviza mucho... Pero mi hermana, ¡mi hermana!
PEREZCELLO.:—Hombre, que se case- tu hermana antes.
De fijo que le sobran pretendientes. Es tan mona...
BELTRAN. — ¿Pretendientes? ¡A millones! La ha seguido medio Madrid. No hay día
sin carta de declaración. Y es que es monísima, un tipo precioso y guapa. ¿Verdad que
es guapa? Pues no se casa. Por lo visto no encuentra a nadie digno de ella, o qué sé yo,
porque cuando se la habla de noviazgos o de casorio, se estremece, grita, se pone
frenética, le entra un temblor... Ella me ha dicho, Pérez de mi alma, que le tiene más
miedo a un hombre que a un ratón. Y yo tengo una lige¬ra sospecha: ¿es tonta mi
hermana?
PEREZCELLO. —Hombre, puesto que tú ya sospechas y mi amistad me da derecho a
hablarte claro, te diré que por ahí va el agua al molino.
BELTRAN. — ¿Tonta?
PEREZCELLO. —De la cabeza.
BELTRAN. —Pero tonta.... ¡tonta! ¿No será histerismo?
PEREZCELLO. —Llámale hache.
BELTRAN. — ¿Y no tiene cura?
PEREZCELLO. —Si fueras un extraño te diría que con cuarenta y cinco sesiones de
baños de sol, ¡lista!; pero eres un amigo y me salto la medicina a la torera, para decirte
que si te casara, tal vez la curaría el marido.
BELTRAN. —Volvemos a lo mismo. ¡Ahí es nada! ¡Ca¬sarla!
PERECELLO. —No Jo creo difícil. Ahora que la has re¬tratado y han enviado el
retrato a. la Exposición, quién sabe si algún idiota se enamora de ella... (Rumor de
voces dentro.)
BELTRAN. — ¡Atiza, mí novia! Ya hablaremos de eso. Do¬blemos la hoja. (Oculta el
cuadro que pintaba. Por la puerta del foro entran en escena OPORTUNA CASIGOMEZ
y su carabina, DOÑA DIGNA. Esta, bastante, ridícula, y aquélla, elegantísima y,
como se verá, histérica perdida.)
OPORTUNA. — (Secamente.) Buenas tardes. (Sin pasar de la puerta.)
PEREZCELLO. — (Rendido.) Oh, cuánto bueno.
BELTRAN. — (Poniéndose versallesco.) Dios ilumina el ca¬mino que te conduce a
mi casa, porque el placer de...
OPORTUNA. — (Interrumpiéndole muy. secamente.) ¡Chits! ¡Prólogo! ¿Está la
imbécil de tu hermana?
BELTRAN. —No.
OPORTUNA. —Entonces paso. Entre usted, doña Digna.
BELTRAN. —Reanudo. (Como antes.) Dios ilumina el ca¬mino...
OPORTUNA. —No reanudes. Doña Digna, siéntese usted, porque tenemos para
rato.
D.a DIGNA. — (Muy digna.) Oh, no puedo sentarme, señori¬ta. Mi dignidad no me
permite instalarme en la sillería de una casa cuyo dueño me desconoce. Pobre, pero
digna.
OPORTUNA. — ¡Vaya!
D.a DIGNA. —Ni vaya ni venga. No me acomodo sin que medie aunque no sea más
que una efímera presentación.
OPORTUNA. —Bueno. (Por Beltrán.) Mi novio: el doctor Perezcello. (Saludos.)
D.a DIGNA. — ¡Oh!
OPORTUNA. — (Presentando, a doña Digna.) Mi nueva ca¬rabina.
D.a DIGNA. — (Estrechando la mano de Beltrán después de dirigir una centelleante
mirada a Oportuna.) ¡Resignadísima!
BELTRÁN. — ¡Señora!
D.a DIGNA. —Y ex viuda de López, contable mercantil.
BELTRAN. — ¿Cómo" ex viuda?
D.a DIGNA. —Sí, señor; viuda de López, tuve la funesta inoportunidad de uncirme
católicamente con otro gallardo es¬poso que es un golfante y ¡ay!, me tiene reducida a
esta digna, eso sí, pero precaria situación. Por eso renuncio al apellido de mi segundo y
prefiero llamarme ex viuda de mi pri¬mero. Con esto no engaño a nadie: el que quiera
picar que pique. Es un decir. Soy... eso, la carabina de la señorita, pero permita usted,
caballero, que deplore mi nacionalidad española. Si fuera irlandesa, que no lo soy,
francesa, que no lo soy, teutona, que ya lo ve usted, no lo soy, o nada más que
vascongada, me llamarían con nombres «ad-hoque»; pero como soy de Torrejón de
Ardoz, me llaman carabina. Y más que nada me duele, porque cada vez que la señorita
me aplica este mote, acude a mi mente el nombre de mi santo y primer marido.
BELTRAN. —No diga usted más. Se llamaba Ambrosio.
D.a DIGNA. —Clarividente.
BELTRAN. —Pues ésta es su casa.
D.a DIGNA. —Oh, caballero, usted me confunde y me ani¬ma a continuar
relatándole...
OPORTUNA. — ¡Mire usted, doña Digna! Aquí he venido a hablar yo, y usted se
calla.
D.a DIGNA. — (Sentándose.) ¡Sumida en la mudez!
OPORTUNA. — (Dándole la mano a Pérez.) ¿Cómo va, doc¬tor?
PEREZCELLO. —Muy bien, señorita. Usted, en cambio..., no sé, la encuentro
demasiado carifruncida, como encuitada…
OPORTUNA. —Encuitada, ¿eh? ¡¡Endemoniada!!
BELTRAN. — (¡Válgame Dios!)
OPORTUNA. — ¿No te imaginas de dónde vengo? Pues vengo de la Exposición de
pinturas. ¿Qué te creías tú, que yo no iba a visitarla? Pues sí; de la Exposición vengo. Y
be visto que tienes cinco cuadros expuestos.
BELTRAN. —Sí; no te había dicho nada, porque...
OPORTUNA. —Cuando una señorita habla, los caballeros tienen la galantería de
callarse la boca.
BELTRAN. —Perdona...
OPORTUNA. —Cinco cuadros expuestos a que yo les haga así con la sombrilla y no
queden más que los marcos.
BELTRAN. — ¡¡Oportuna!!
OPORTUNA. — ¡¡Canalla!!
BELTRAN. — ¿Eh?
OPORTUNA. —Porque menos el retrato de tu hermana, que i» una porquería vestida,
los otros cuatro son cuatro porque¬rías desnudas, que no hay derecho. ¿Quiénes son
esas mujeres? ¿Quieres decirme dónde has copiado a esas mujeres? ¡Pronto! ¿Dónde?
¡Dime!
BELTRAN. —Mujer, por Dios; si están pintadas de me¬moria. Son copias de
frescos...
OPORTUNA. — ¡De frescas! ¡Aquella Venus!... ¡Aquella
Venus!...
BELTRAN. — (A Pérez.) Figúrate: aquella Venus, que es copia del célebre cuadro...
PEREZCELLO. —Sí, hombre, del cuadro...
OPORTUNA. — (A Pérez.) Aquella Venus es copia del natu¬ral, caballero. (A
Beltrán.) ¿Qué me vas tú a decir a mí? ¿Es que soy yo tonta? ¡Aquella carne es carne!
Aquello si no se vé, si no se palpa, no se puede pintar. ¡Si se la ven las ve¬nas! ¡Si se
sale del marco!
BELTRÁN. — (Completamente en la higuera.) No sabes la alegría que me das,
chiquilla. ¿Es cierto que da esa sensa¬ción?
OPORTUNA — ¡¡¡Beltrán!!!
BELTRAN. — (Cayendo de su burro.) Pero muñeca...
OPORTUNA. — (Llorando.) Y aquella otra señora gruesa, que parece que está
tomando un baño de sol por la espalda, es también co... copia de otro cu... cuadro...
BELTRAN. —Vamos, Oportuna, por Dios...
OPORTUNA. — ¡Ay qué desgraciada soy!... ¡Qué desgra¬ciada!.... (Sentándose
abatida.)
BELTRAN. —Yo te juro, Oportuna...
OPORTUNA. — ¡Déjame!... ¡Te vas a casar con doña Dig¬na!... ¡con doña Digna te
casas tú!
D.a DIGNA. — ¡Señorita, que yo no me he metido en nada, ni apetezco al señor!
BELTRAN. —Pero vamos a ver, chiquilla, razonemos. El artista cuando copia un
desnudo de mujer, no se fija.
OPORTUNA. — ¿Pues si no se fija, cómo va a pintar?...
BELTRAN. —Quiero decir...
OPORTUNA. —Mira, déjame. Tengo una crisis nerviosa muy grande. Haz el favor de
dejarme tranquila. (A Pérez.) Y usted que es médico, (Gritando.) ¿Qué hace usted ahí
que no me toma el pulso?
PEREZCELLO. —No, faltaría más...
OPORTUNA. — ¿No ve usted que estoy muy mala? ¿No ve usted que me muero?...
(Llorando.) ¡Ay, Dios mío!...
PEREZCELLO. — (Pulsándola.) ¡Vamos, vamos!
D.a DIGNA. — (Acudiendo a ella.) ¡Señorita, por Dios! ¡Por el santo Cirineo, patrono
de las carabinas, cálmese!
BELTRAN. — (¡Mal haya sea mi suerte!)
PEREZGELLO. — ¡Los malditos celos!
OPORTUNA. — ¡Si no son celos!... Pero hombre: ¿tiene us¬ted tan mal gusto, que se
figura que no valgo yo más que to¬das esas pelanduscas que ha copiado? ¡Hasta ahí
podíamos llegar!... ¡¡Es que a mí no me pone éste en ridículo, por¬que... vaya, porque
no!!
BELTRAN. — ¿Pero cómo en ridículo, mujer?
OPORTUNA. — (Levantándose.) ¡Claro! ¿Para qué querían más mis amigas? En
cuanto han abierto la Exposición, ¡plaf!, todas allí. Y todas diciendo: «Mira, mira el
novio de Opor¬tuna lo que se ha entretenido en pintar... Esta, ésta sobre todo, para no
llevar corsé, no está mal.» (Dando saltos ner¬viosos.) ¡Ay, ay, ay! ¡No, no y no! ¡Te
casas con el señor! (Por Pérez.) ¡Con el señor te casas tú! (Se sienta aguadísima.)
BELTRAN. — (Ya cansado, molestísimo y frenético.) ¡Me caso... con quien me dé la
gana!... (Gritando más que nadie.) ¡Ea, se acabó! Ni Cristo pasó de la Cruz, ni yo paso
de aquí. ¡Si hay que acabar esto, se acaba!... Y si te parece bien... (Sentándose furioso
después de haber dado en el suelo un golpe con la silla.) ¡Hemos terminado!
OPORTUNA. — (Levantándose rápidamente, asustadísima, por la feroz actitud de
Beltrán.) ¡Ay!... ¡Tú! ¡Bertrán!... ¡Chiquillo!... ¡No!... ¡Doctor, doctor, que se me pone
malo! llame usted a un médico... (Mimosa.) Oye, mira, escucha; tú te casas conmigo
aunque yo no quiera. Ya me haré yo la dis¬traída. Tú no te preocupes. ¿Me oyes? (A
Pérez.) ¿Pero ve usted cómo se pone este hombre sin motivos? ¿Tiene usted ahí las
sales, doña Digna? (Se vuelve de espaldas a Beltrán para coger el frasco de sales y
mientras Beltrán hace un gui¬ño significativo a Perezcello.) Está mejor, ¿verdad?
PEREZCELLO. —Sí; ya le ha pasado el acceso. (Los deja solos y enmelados.)
ORIHUELA. — (Entrando vestido de general.) (¡Atiza, está aquí doña Torbellino.)
D.a DIGNA. — (Al verlo.) ¡Oh! (Le hace una reverencia de
Corte.)
BELTRAN. — (A Oportuna.) ¡Basta, basta de sales! Ya es¬toy bien. (Cogiéndola una
mano.) Tus palabras son mágica medicina para mis dolores, Oportuna mía.
OPORTUNA. — ¡Beltrancito! (Siguen su idilio.)
ORIHUELA. — (Al, ver que doña Digna se deshace en reve¬rencias hacia él.)
¿Quién será esta señora?
D.a DIGNA. — (A Pérez.) Presénteme usted.
PEREZCÉLLO. — (A Orihuela, por doña Digna.) La nueva mis de la señorita.
D.a DIGNA. — (Engallándose al oírse llamar miss.) ¡Gene¬ral!...
PEREZCÉLLO. — (Presentando a Orihuela.) Orihuela, mo¬delo de Beltrán...
D.a DIGNA. — (Al ver que se ha colado, se vuelve rápida¬mente a Pérez.) ¡Oh! ¿Qué
hora será, doctor? (¡Pobre, pero digna!)
PEREZCÉLLO. —No sé... Orihuela, tú...
ORIHUELA. — (Remedando a doña Digna.) ¡Oh! (Saca el reloj, lo consulta, se lo
guarda y dice volviéndole la espalda a doña Digna.) El que quiera saber que vaya a
Salamanca. (Coge un banco para transportarlo a otro sitio, donde se sen¬tará.)
D.a DIGNA. — (Aparte a Pérez.) (¡Grosero!)
PEREZCÉLLO. — (A Orihuela.) Vamos, di.
ORIHUELA. —La una, hombre, la una.
D.a DIGNA. — ¿Va usted bien?
ORIHUELA. — ¡Voy con el Banco!
BELTRAN. — (Derretido.) ¡Oportuna mía!
OPORTUNA. — (Enredándole el pelo, muy melosa.) ¡Beltran¬cito mío!... Si nos viera
ahora la idiota de tu hermana... (Apa¬rece en la puerta del foro ARNULFA, guapísima,
arrogantísi¬ma, elegantísima.)
ARNULFA. — (Con un malicioso acento irónico y una son-
risita de revisor que coge a un maleta sin billete.) ¡Buenas
tardes!... (Nadie contesta.)
BELTRAN. — (Aterrado.) ¡Mi hermana!
ARNULFA. — (Lo mismo que antes.) He dicho buenas tar¬des, y las personas que
tienen educación contestan.
BELTRAN. — (Suplicante.) ¡Arnulfa...!
ARNULFA. —-(Con una energía inesperada.) ¿Pero vamos a contestar a las buenas
tardes o lo dejamos para mañana?
TODOS. — (Menos Oportuna y al mismo tiempo.) Buenas
tardes.
ARNULFA. — (Enérgicamente y secamente.) ¿Cómo están
ustedes?
TODOS. — (Menos Oportuna y al mismo tiempo.) Bien, ¿y usted?
ARNULFA. — (Como antes.) Bien, muchas gracias. ¿Y la fa¬milia?
TODOS. — (Como antes.) Bien, ¿y la de usted?
ARNULFA. — (Como antes.) Bien, muchas gracias.
TODOS. — (Como antes.) No hay de qué.
ARNULFA. — Esto es otra cosa; con las personas finas da gusto tratar.
OPORTUNA. —Si lo dices porque yo no me he dignado con¬testar a esos ridículos
saludos...
BELTRAN. —Oportuna, ¡por Dios!
ARNULFA. —Lo digo porque...
BELTRAN. — ¡Por Dios, Arnulfa!
ARNULFA. —Porque hay quien no ha visto la educación ni por el forro.
OPORTUNA. — «Alfalfa», mide las palabras.
ARNULFA. — ¿Alfalfa?... Vas a medir tú la bofetada que te voy a dar.
BELTRAN. — ¡Qué horror! Señores: no hemos oído nada. Esa frase no ha podido
pronunciarla una señorita, y menos una señorita...
ARNULFA. —Una señorita que se va a saltar a otra seño¬rita. ¿Qué pasa?
OPORTUNA. — ¡Grosera!
ARNULFA. — ¡Sidecarista!
D.a DIGNA. — (A Arnulfa.) Vamos, joven, vamos. Yo le su¬plico...
ARNULFA. —(A doña Digna.) ¡Silencio! Cuando hablan las personas se callan los
loros.
D.a DIGNA. — ¡Qué ordinariez!
BELTRAN. — ¡¡Arnulfa!!
OPORTUNA. — (A Beltrán.) No, si lo que quiere es que yo me canse de oír
plebeyadas y que por no aguantarla desista de quererte; pero no se sale con la suya; Te
he descubierto el juego y... ¡al instante! Vámonos, doña Digna. (A Beltrán, muy
mimosa.) ¡Acompáñame hasta la puerta, vida mía!... (A Arnulfa.) ¡Traga quina!
ARNULFA. — (Insultándola.) ¡Estúpida!... ¡Imbécil!...
OPORTUNA. — (A Beltrán, mimosísima, iniciando el mutis.) ¡¡Te adoro!! (A
Arnulfa.) ¡¡Idiota!!
ARNULFA. — ¡¡Necia!!... ¡¡Tosca!! ¡¡Asna!!
OPORTUNA. — (Como antes.) ¡Luz de mis ojos! (A Arnulfa.) ¡¡Lechuza!!
ARNULFA. — ¡Tobillona!... ¡Cursi!... ¡¡Abutarda!!
OPORTUNA. — (Ya en la puerta, a Beltrán.) ¡Y a ver si nos casamos muy prontito!...
¡Tonto,… tonto... tonto! (A Arnulfa:) ¡Tonta! (Mutis.)
D.a DIGNA. — (Saludando a todos con una inclinación de cabeza.) ¡Resignadísima!
(Mutis detrás de Oportuna.)
BELTRAN. — (Desde la puerta del foro.) Comprenderás, Ar¬nulfa, que esto no puede
continuar así ni un día más, y que ha llegado el momento en que tenga que escoger entre
ella y tú.
ARNULFA. —Te quedas con ella para toda la vida. Por mí
no te preocupes. :.
BELTRAN. — ¿Pero tú ves esto, Pérez? ¿Lo oyes tú, Orihuela? ¡Que no me
preocupe!
ARNULFA. —Sí; que no te preocupes. Ya me ganaré yo la vida haciendo... cualquiera
de las cosas que sé hacer.
BELTRAN. —Pero fuera aparte de comer, ¿qué sabes tú
hacer, desgraciada? Vamos, no seas infeliz, Arnulfa: es nece¬sario que nos casemos.
ARNULFA. — Vosotros.
BELTRAN. —Y tú.
ARNULFA. — (Chillando como una rata pisada.) ¡Hííííí!... No me hables de
casorio, si quieres tener la fiesta en paz. Pen¬sar solamente que un hombre pueda
agarrarme del brazo... ¡ay!... ceñirme a la cintura... (Estremeciéndose.) ¡Ah!...
tocarme la cara... ¡¡Ah!!... ¡¡Besarme!!... ¡¡¡Híííí!!!
PEREZCELLO. —Pero vamos a ver, Arnulfa.
ARNULFA. — ¡No se acerque usted, que chillo!
ORIHUELA. —Pero venga usted acá...
ARNULFA. — ¡¡Hííííí!!... ¡No me toque usted!
ORIHUELA. —No se asuste usté, que yo no toco ya, por¬que sé que desafino. Lo que
yo quiero saber es por qué le tiene usté ese miedo a los hombres.
BELTRAN. —Claro: explícate, mujer.
PEREZCELLO. —Sí, explíquese usted, Arnulfa; se lo suplica un médico.
ARNULFA. —Pues... no sé. Es una cosa superior a mi vo¬luntad. Desde luego no es
miedo, porque yo no soy cobarde. Es que... ¡qué sé yo! Será que tengo los nervios a flor
de piel; porque yo no puedo resistir, sin estremecerme, que se me pose una
mosca aquí, por ejemplo. (Señalando el brazo desnu¬do.) Se me posa y...
{Estremeciéndose sólo de pensarlo.) ¡Aaah!... Y si me tocara un hombre... así... (Se toca
ella y salta en seco seis veces. ¡Ay! ¡¡No!! ¡¡Ahí! ¡Brr! ¡Qué escalofríos!
PEREZCELLO. —Confieso, señores, que no comprendo lo que pueda ser esto.
ORIHUELA. —A lo mejón es la «lertricidá».
ARNULFA. — ¡Ay! Si fuera usted mujer, quizá lo comprendería. A mí me parece que
somos de otra condición que los hombres. No sé qué decirle... Como si fuéramos de un
barro más fino, finísimo, impalpable, leve, sutil, porque andamos casi sin pisar, como
volando a ras del suelo, y somos débiles, suaves de piel, delicadísimas... (Variando el
tono de
la voz.) Y esos hombres, con esas barbas, los que tienen barba como usted, y los que se
las afeitan, con esos pinchos que les salen en seguida; esos gestos agrios, esos ademanes
enér¬gicos; esa manera de sonarse las narices; esas voces roncas; esas manos con pelos,
esas orejas con pelos, esas narices con pelos... Y luego son ásperos, pisan fuerte, tosen
mucho, ¡¡echan humo!! ¡Ay!... Que no se me acerquen, que no me rocen… Me
escocerían mucho, me rasparían... (Estremeciéndose.) ¡Aaah!.. A mí se me figura que
son todos de papel de lija.
PEREZCELLO — ¡Por Dios!
BELTRAN. — ¡Mujer!... ¿Has terminado ya?
ARNULFA. — ¡Quiá, hijo! ¿Y las miradas? Porque los hay que miran y... anatomizan.
Pues ¿y los piropos?... ¡Valien¬te bruta!... ¡Ay, qué carnes!... ¡Juy, qué bocao!... ¡Vaya
un postre!... (Estremeciéndose.) ¡Aaah!... ¡Salvajes! Y repi¬to que no es miedo. Me
pasa lo que con los ratones; sé que, no me van a comer, pero me subo a una silla
porque... ¡¡¡Hlíííííí!! ... (Recogiéndose la falda graciosamente, como si hubiese un
ratón.)
ORIHUELA. —Hija de mi arma, pues por las calles se ten¬drá, usté que subí a las
farolas, porqué serán muy pocos los nilones que la guipen y no la sigan a usté
enderezándose los bigotillos.
ARNULFA. —Sí, señor; tengo esa desgracia. Hoy pensaba haber ido a la Exposición a
ver dónde han colgado el retra¬to (pie me ha hecho éste, pero no he podido ir. Un tío
bigotón me ha seguido diciéndome unas cosas que he tenido que tomar un coche y
volverme a casa. Ayer, un inglés... no quie¬ro acordarme.
BELTRAN. —Cuéntaselo a Pérez (A Pérez.) El inglés que te dije...
PEREZCELLO. — ¿Qué fué eso, Arnulfa? Porque como éste exagera tanto las
cosas....
ARNULFA. —Pues nada, que cansada de que me siguiera y de oirle decir tonterías,
llamé a un guardia y le dije: «Este caballero viene piropeándome.» —Oiga usté, míster,
«le dijo el guardia, que por cierto era andaluz, como le eche usté un requiebro a esta
masesita de nardo, carne de mis carnes, ben¬dita sea la madre que la alumbró, le pongo
a usté cincuenta pesetas de murta. Y va el inglés, .saca la cartera y me dice: ¡Vaya y ole
una mojer bonita!... Y le da al guardia un bi¬llete, ¡¡Vaya un cuerpo!!... Y otro billete.
¡Aquí sí que hay dónde agarrarse! Y otro billete. ¡Yo me caso con usted y me casó en eh
guardia! Otro billete... (Accionando como si largara un «pápiro» al final de cada
piropo.) ¡Ole los ocos, pié las cecas, ole las orecas, ole la barbilla, ole la tarnilla de la
nariz!... Y como se había quedado sin dinero, va y dice como final: ¡¡Viva España y
vivan tus pestañas!! y le dio el reloj. (Risas.)
ORIHUELA. — ¡Mi madre, qué tío más salao!
ARNULFA. —Total, que tuvimos que ir a la Comisaría y allí el muy sinvergüenza
extendió un cheque de cuatro mil pesetas y se lió a decirme cosas en inglés hasta que sé
cansó; y entonces fué y le dijo al comisario: «Señor, quefe de la Po¬licía: si cada vez.
que yo le he dicho a esta mujer bonita y bendita sea su madre, usted me ha quitado
cincuenta pesetas, es justo que cada vez que yo le diga a usted feo y maldita sea su
familia de usted, me dé usted otras cincuenta...» Y empezó una letanía, que... bueno;
tuvieron que taparle la boca con un secafirmas.
PEREZCELLO. —Señores, qué hombre. De novela.
ARNULFA. — ¿Verdad? Por aquí dejé su tarjeta. (Buscan¬do en la mesa.) Aquí está.
(Se la da a Pérez.) Tome usted.
PEREZCELLO. — (Leyendo.) Harri-Kroke...
ORIHUELA. —Harri-Kroke? Ese es el inglés que va a co¬loca a mi niño. Er que ha
comprao el Hispano. También es casualidá, hombre.
BELTRAN. — ¡Ah! Es el mismo...
ORIHUELA. —Sí, señó. Y vaya un nombrecito que se gasta er gachó: Harri-Kroke;
parece que está uno mascando un plato.
PEREZCELLO. — (Leyendo la tarjeta.) Calla, porque esto es muy original.
BELTRAN. — ¿Qué?
PEREZCELLO. —Fíjate en lo que dice aquí. (Lee.) Harri-Kroke. —No hay no. —
London. (Perplejo.) ¿Qué será esto de «No hay no»?
BELTRAN. —Por lo pronto es un capicúa como una cate¬dral.
MARCELA. — (Portera de la casa, por el foro.) ¿Se puede?
BELTRAN. —Adelante, portera.
ARNULFA. — ¿Qué ocurre, Marcela?
MARCELA. —Nada, señorita: que hay abajo dos caballeros preguntando por don
Beltrán.
BELTRAN. —Dos ingleses, como si lo viera.
MARCELA. —Sí, señor.
BELTRAN. —Pues yo no pago más que el día primero de cada mes.
ORIHUELA. — ¡Si fuera verdad! (Ríe Marcela.)
BELTRAN. — ¿De qué se ríe usted?
MARCELA. —De que estamos en un «proscos quós».
BELTRAN. — ¿Eh?
MARCELA. —Quiero decir, que esos ingleses que esperan abajo son ingleses de
nación, vamos de Inglaterra. M'han dao esta tarjeta.
BELTRAN. —Por ahí podía usted haber empezado, mujer. Orine. (Toma la tarjeta y
lee.) «Acabo de ver en la Exposición de pinturas el retrato de una hermosa joven
pintado por usted.» (Contentísimo, dejando de leer.) ¡Ole! ¡Negocio! ¡Ya esta! un
comprador o uno que quiere que le haga su re¬trato. ¿No te decía yo?...
ARNULFA. —Pero acaba de leer, hombre.
BELTRAN. —Es verdad. (Leyendo de nuevo.) «Pintado por asted, y deseo saber
quién es y dónde está esa mujer que asted ha retratado. »
ARNULFA. — (Gritando.) ¡¡Ay!! ¿Yo?
BELTRAN. — (Leyendo.) «Esa mujer positiva y verdadera: de carne... (¿Eh?), porque
me gusta y me da la gana y quiero llevármela en mi yate y me la llevaré…
ARNULFA. — ¡Socorro!!
ORIHUELA. — ¡¡Zambomba!!
BELTRAN. — ¡Silencio! (Leyendo.) «Y me la llevaré para que sea mi mujer desde
Barcelona a Singapoore, con la for¬mal promesa de abandonarla allí, pero ya la dejaré
aviada, .porque tengo muchos millones de libras esterlinas. Harri-Kroke. —No hay no.
—Londón.»— ¿Eh? ¿Qué?..., ¿Pero estoy yo loco?... ¡Y la joven eres tú!... Y ese tío...
ARNULFA. — (Nerviosísima.) ,¡ Ay, Bertrán!-... ¡Que es el-del otro día! ¡Sálvame!
¡Que ese hombre no entre!
BELTRAN. — ¡Claro, mujer! (Furioso.) ¿Pero es posible que haya quien se, atreva?...
(Cogiendo un arma de la pano¬plia.) ¡Verás ahora!
MARCELA. — (Gritando.) ¡Ay!...
PEREZCELLO. — (Sujetándole.) ¡¡Beltrán!!…
ORIHUELA. — (ídem.) ¡¡Don Beltrán!!...
ARNULFA. — (Chillando.) ¡Ay!... ¡¡Ah!!...
BELTRAN. — (Dejando el arma.) Está bien: no le haré daño, pero quiero darle una
lección. (A Marcela.) Que suba ese caballero.
ARNULFA. — ¡¡No!!
BELTRAN. — ¡¡Sí!!
MARCELA. — (Indecisa.) Por Dios, señorito, no. vaya us¬ted a…
PEREZCELLO. — (A Marcela.) Obedezca., portera: estamos aquí nosotros.
MARCELA. —Bien está. (Vase por el fondo.)
ARNULFA. — (Nerviosísima.) ¡Ay! ¿Qué vas a hacer, Bel¬trán?
BELTRAN. —Ya lo verás,
ARNULFA. — ¿Yo? ¡Quia! Yo me encierro en el último cuarto de la casa y atranco la
puerta. (Inicia el mutis.)
ORIHUELA. — (A Arnulfa.) Hace usted bien, señorita; por¬que a lo mejor ese tío
viene decidido a echarle a usté mano...
ARNULFA. — (Gritando y haciendo mutis por la izquierda.) ¡Hííííí!... ¡Ay!...
(Vase.)
ORIHUELA. —Lo que yo digo: elertricidá.
BELTRAN. — (Cogiendo un pato.) Se ha caído Harri-Kroker o como se llame.
PEREZCELLO. —Calma, Beltrán, que aquí veo yo un ne¬gocio.
BELTRAN. — (Amenazador.) ¿Eh?... ¿Pero?...
PEREZCELLO. — ¡Para mí!... No te dispares: un negocio para mí. Por las señas, ese
tío está chiflado; ese tío necesita baños de sol; ese tío tiene muchos millones de libras
y a ese
tío le hago yo sudar el quilo.
BELTRAN. — ¡Y yo! ¿Qué es eso de llevarse a, Arnulfa?...
PEREZCELLO. — ¿Qué sabe él quién es la del retrato? ¡En cuanto le digas que es tu
hermana!... Por más que... Sí; mejor que tu hermana dile que es tu prometida. Los ingle-
ses son muy dignos, y en el acto desistirá de su propósito de no mancillar la honra de un
caballero español. ¡Son muy ca¬balleros!
BELTRAN. — ¡Tú no te acuerdas ya de Gibraltar!
PEREZCELLO. —Yo lo que quiero para mis planes es que esta visita acabe
amistosamente.
BELTRAN. — ¡Eso!...
PEREZCELLO. — (Bajo a Beltrán.) Te doy la mitad de lo que le saque.
BELTRAN. — ¡Eso... es otra cosa!
ORIHUELA. — (Que se ha asomado a la puerta del joro.) Ahí están ya. Son dos.
PEREZCELLO. —Nosotros somos tres. Y cuidado; dejar a mi cargo el asunto. ¡Que
no hable nadie más que yo!
BELTRAN. —Sí, pero ya comprenderás...
PEREZCELLO. — ¡Aquí no habla nadie más que yo! (Apa¬recen en la puerta del
fondo míster HARRI-KROKE y míster BROWN. El primero Correctísimamente
vestido de cha-quet, y el segundo, de americana. Harri usa monóculo, y Brown, unas
grandes gafas y trae un gran libro bajo el brazo.)
HARRI. —Good afternoon, gentlemen. (A Brown.) Take a seat, Mr. Brown, and begin
your task, asthis matter is of the utmost importance.
BROWN. —Mag. Y shorthand the notes?
HARRI.—You may take them down, as you please, as long you do not omit a single of
the speech.
BROWN. — (Tomando asiento a una mesita, abriendo el Vibro y disponiéndose a
escribir.) Very well. Wit your permission.
HARRI. — You have it.
BROWN. — Many thanks.
HARRI. — Your welcomed. (Con energía.) Remenber do not consent the omission of
a single word. I order ir. It is my order.
(Bueno: busque el actor un inglés, ¡cosa facilísima!, y que se enseñe a pronunciar esto,
que significa:
—Buenas tardes, caballeros. (A Brown.) Tome usted asien¬to, míster Brown, y empiece
su labor, porque éste es un asun¬to de mucha importancia.
— ¿Puedo tomar las notas taquigráficamente?
—Puede usted tomarlas como quiera, con tal de que no su¬prima ni una sola palabra de
las que aquí se hablen.
—Muy bien. (Sentándose.) Con su permiso.
—Usted lo tiene.
—Muchas gracias.
—De nada. Acuérdese de que no consiento la omisión de tina sola palabra. ¡Yo lo
ordeno! ¡Yo lo mando!)
ORIHUELA. —Güeno: pues aquí no habla más que este tío...
HARRI. — (Con marcadísimo acento inglés.) ¿Sabe alguno de ustedes inglés?
TODOS. — (Vi una.) ¡No, hombre, no!
HARRI. —Es una desgracia como otra cualquiera. Deseo sa¬ber quiés es míster
Aguilares.
BELTRAN. —Soy su servidor, y a quien le parece un poco improcedente que este
caballero haya tomado asiento y esté escribiendo no sé qué, por lo visto porque usted se
lo ha or¬denado, pero sin mi permiso.
HARRI. —Eso me parece que le va a usted a importar muy
poco.
PEREZCELLO. —Oiga usted, caballero:..
HARRI. —Y a usted seguramente ¡nada! Este caballero escribe en su papel y con su
pluma y escribe nada más que Lo que yo habla. El papel es mío, la pluma es mía, este
caba¬llero es mío y lo que- yo habla es mío.
BELTRAN. —Pero esta casa es mía...
HARRI. —Y lo he pedido permiso para entrar y usted me lo ha dado. Estamos en pata.
ORIHUELA. —Pues mire usted...
HARRI. —Usted se calla, mi general. Si yo quisiera hablar de las guerras yo dejo
hablar a los generales; si yo no qui¬siera hablar de las guerras yo no, tengo por qué
escuchar a los generales, porque no son generales más que para las guerras.
PEREZCELLO. — ¡Eso es una grosería!
HARRI. — ¡Oh! Las cosas de la verdad son siempre un poco fuertes; pero las
groserías son menos fuertes que las casas de la verdad, porque para ser grosería es
preciso que sea mentira; y es menos fuerte entonces porque no llevan la fuerza de la
verdad.
PEREZCELLO. —Eso es un sofisma.
HARRI. —Llámele usted equis.
ORIHUELA. — ¡Hache!
MARRI. — ¡¡Equis!!
ORIHUELA. — ¡¡Hache!!
HARRI. — ¡¡Doy doscientas libras por que sea equis!!
ORIHUELA. — (Asombrado.) ¿Eh? ¡Cá!...
PEREZCELLO. (Poniendo la mano.) Dé.
HARRI. — (A Orihuela.) ¡Oh! ¿Vé?
ORIHUELA. — (Por Pérez.) ¡Ah! ¡Ese!
HARRI. — (A Pérez.) ¡Je! (Mostrando un billete.) ¿Hache?
PEREZCELLO. — (En un grito.) ¡Equis!
HARRI. — (Dándoselo.) ¡Ele!
ORIHUELA. — (¿El billete para él?)
BELTRAN. — (Aparte a Pérez.) Que llevo la mitad, ¿eh?
ORIHUELA. — (Yo le vi a lleva la contraria en tó, a vé si saco argo.)
HARRI. — (Por Brown.) Voy a presentar a este caballero. Mister Brown, notario
taquígrafo ele mi uso exclusivo. Escri¬bo todo lo que yo habla y da fe de todo lo que
yo prometo, porque yo lo cumplo todo. Brown: presénteme.
BROWN. —Lord Harri Kroke, superrequetemultimillonario.
ORIHUELA. —Ya será algo menos.
HARRI. —Hace catorce años hay tres profesores mercanti¬les contando el dinero
que yo tenga, y según cálculo aproximado terminarán de contarlo dentro de otros
catorce años.
ORIHUELA. — (Incrédulo.) ¡Pa el gato!
HARRI. — (Enérgico.) ¡Para mí!
ORIHUELA. —Si es que digo que eso no puede sé.
HARRI. — (Amenazador.) Yo digo que es verdad y basta. (A un gesto de Orihuela)
¡¡¡Basta!!!
ORIHUELA. — (defecado.) Está bien.
HARRI. —Mi lema, señores, es «rio hay no», que quiere, decir todo se
compra, todo tiene un precio. (A Beltrán.) Us¬ted vale algo. (A Pérez.) Usted, con
esas barbas, vale bien poco…
PEREZCELLO. — ¡Caramba!
HARRI. — (A Orihuela.) Y usted vale... rio sé lo que vale. Puede usted ser un general
de esos de «valor se le supone», y entonces usted no vale nada todavía.
ORIHUELA. —Bueno, pero...
HARRI. — (Enérgico y amenazador.) ¡¡No vale nada!!
ORIHUELA. — (La ha tomao conmigo.)
HARRI. —Escriba, Brown. (Brown obedece.) Para mí no hay no. Todo el que tiene
para pagar tiene todo lo que quie¬ra. Voy a demostrarlo; Yo quisiera comprar, ¡en
firme!, esa señorita retratada, que me ha gustado y quiero que me diga dónde se vende,
por lo que sea.
BELTRAN. —Bueno, pero usted, ¿qué es lo que desea ad¬quirir? Que nos
entendíamos, porque como no domina usted el léxico... Lo que usted quiere comprar
¿es el cuadro?
HARRI. —No, señor. Escriba, Brown. El cuadro no vale nada. Yo quiero comprarla a
ella.
BELTRAN. — ¡Señor mío, o está usted loco, o es usted un idiota!... Escriba, Brown.
HARRI. — ¿Eh?
BELTRAN. —Su dinero no le da derecho a pretender lo que pretende. No hay oro con
que pagar ciertas cosas que no sé pueden vender. Esa señorita es... mi prometida.
HARRI. — ¡Oh! Es un caso de compra dobla. (A Brown.) Escriba, Brown: hay que
comprar al prometido y a la prometida.
BELTRAN. — ¿Pero qué dice usted?
HARRI. — (Tranquilo.) ¿Cuánto pide por dejarme la novia?
BELTRAN. — (En el colmo de la, indignación-.) ¡Caballero,
repito que, por lo menos en España, hay cosas que no se
compran! Calderón lo dijo:
Al Rey, la hacienda y la vida
se han de dar; pero el honor
es patrimonio del alma, y el alma es sólo de Dios.
HARRI. — ¡Hurra! Me ha gustado Calderón. ¡Lo compra!
BELTRAN. — (Furioso.) ¡Basta! ¡Ya me he cansado! ¡¡A la calle!!
HARRI. —Un momento. (Arranca un. cheque de un talo¬nario.) Quinientas libras por
permanecer un poco más en esta casa.
BELTRAN. — (Arrebatándole el cheque violentamente y co¬mo si le dijera: «Vaya
usted a la porra.» ¡¡Tome usted asiento!!
HARRI. — (Sentándose.) Gracias. ¿Cuánto pide por dejarme la novia?... Si es verdad
que es su novia, porque si yo le doy el dinero por ella y luego resulta que no es su novia,
le mato a usted.
BELTRAN. — ¿Eh?
HARRI. —Ya Brown lo ha escrito, y yo cumplo siempre lo que Brown
escribe; le mato a usted.
BELTRAN. — (¡Caracoles!)
PEREZCELLO. — (Aparte a Beltrán.) Ten cuidado.
HARRI. — ¿Cuánto pide por dejarme la novia?
BELTRAN. —Señor Kroke; quiero que vea usted cómo so¬mos los hijos de la noble
España. Yo soy pobre: ella es po¬bre también. ¡Ay!... A mi lado arrastraría una
existencia miserable; al lado de usted sería opulenta, pingüe, opípara... ¡Sí, sí!... ¡Calla
corazón mío: no saltes del pecho; sufre, retuércete!... El cariño es sacrificio; sí, ¡ah!...
Pues bien: dolo a esa mujer en la cantidad que estime oportuna, júre¬me quo ha de
casarse con ella en seguida y yo mismo, ¡¡yo!! ¡Ay, corazón!...
HARRI. —Dotarla, no. Casarme, no. Yo no he de casar¬me jamás. ¿Para qué? Soy un
hombre muy serio. Si yo me casara, seria fiel a mi mujer, y yo no quiero ser de una sola
mujer habiendo (antas bonitas mujeres en el mundo. No me raso. Escriba, Brown.
¡No me casaré nunca de jamás!
BELTRAN. —Pues en este caso, caballero, como no se case usted...
HARRI. —Compraré.
BELTRAN. — ¡Quiá!
HARRI. —Emplearé la violencia: el dinero lo puede todo raptaré.
BELTRAN. — ¡¡Caballero!!
HARRI. —Pero eso en último lugar. Yo prefiero siempre la componenda amistosa.
¿Cuánto pide por dejarme la novia?
ORIHUELA. — ¡Y, dale!
BELTRAN. —Le he dicho a usted que no tiene precio.
HARRI. —Entonces es baratísima.
PEREZCELLO. —Quiere decir el señor, que aunque diera usted...
HARRI. —Que diga lo que quiera, que lo doy. ¿Diez mil libras?
BELTRAN. — ¡Qué ganas de perder el tiempo!
HARRI. — ¡Veinte mil!
BELTRAN. —No se canse.
HARRI. —Cincuenta mil...
BELTRAN. —Pero cómo voy a decirle...
HARRI. —Cien mil libras.
PEREZCELLO. — (Aparte a Beltrán.) Chico, cien mil li¬bras... ¡Si esto pudiera
arreglarse!...
BELTRAN. — (Indignado.) ¡¡¡Perezcello!!!
ORIHUELA. — ¡¡Don Beltrán, que son quinientos mil du¬ros!!
BELTRAN. — ¡¡Miserable!! ¡Es la honra!... ¡La honra!... ¡¡No!!
HARRI y BROWN. —(A un tiempo, sentenciosamente.) ¡No hay no!
BELTRAN. — (Furioso.) ¡¡Basta!!
HARRI. — ¡Un millón de libras!
BELTRAN. — ¡¡¡Señor mío!!!...
HARRI. — ¡Dos millones!
BELTRAN. — ¡¡¡Caballero!!!
HARRI. — ¡Tres millones!
ORIHUELA. — (Arrodillándose ante Beltrán.) ¡¡Don Bel¬trán!!
PEREZCELLO. — (Apante a Beltrán.) ¿Pero qué piensas, desgraciado?
BELTRAN. — (Aparte a Pérez.) Que yo caso a este tío con mi hermana.
HARRI. — ¡Cuatro millones!
BELTRAN. — ¡ ¡ Fuera de aquí ! !
HARRI. — (Arrancando otro cheque de su talonario) Otras cien, libras por seguir la
puja.
BELTRAN. — (Tomando el cheque como antes.) Puje cuanto guste no he de hacerle
caso.
HARRI. — (Tranquilamente, mientras Broten escribe.) Cinco millones de libras
esterlinas... Seis millones... Siete millones... Ocho millones... (Telón.)
FIN DEL ACTO PRIMERO
ACTO SEGUNDO
Hall de una casa de campo situada en los alrededores de Ma¬drid. A la derecha {actor),
puerta que sirve de entrada. En el lateral izquierda, dos puertas. En el foro, una ventana,
por la que se ven las copas de los árboles que rodean el edificio. Muebles bonitos. Entre
las dos puertas de la izquierda^ un aparato de teléfono. En el fondo, una chausse-longue.
Es de día.
(Al levantarse el telón están en escena RAMONA y FAUSTINA, ambas en trajes de
faena. Ramona es vieja y andalu¬za. Faustina es joven y muy madrileña.)
FAUSTINA. — (Recogiendo los utensilios de la limpieza.) La casa está ya lista.
¿Ahora, qué hacemos?
RAMONA. —Espera: esa es la consirnia.
FAUSTINA. — ¿Esperar a quién? ¿Sabe usted algo?
RAMONA. —Ni pío. ¿A ti, Diego no te ha dicho na?
FAUSTINA. —Nada. Desde que entró al servicio de ese don Kroke, que vive en el
Palace, apenas si le echo la vista.
RAMONA. — ¡Pobrecito mío! A vé si quiere San Cristóba bendito que no atropelle
más a naide y le cuaja esta colocasion.
FAUSTINA. ¬¬¬¬— Bueno: pero a usted su marido, ¿qué fue lo que le dijo?
RAMO NA. — A mi me dijo ayé: «Escucha, Ramonona — él se llama así desde
que hisimos como que nos casábamos.
FAUSTINA. —Sí, Sí...
RAMONA. — Me dijo dise: «Escucha, Ramonona; mañana tú y tu nuera vais a
tené que di a Las Rozas a limpia un «charlé» que han arquilao unos amigos míos. » Y
esta ma¬ñana va y me dise, tirándome de la cama: «Ya estás co¬giendo er camino. Er
charlé se llama Villa Mingorria, y está a orillas de la carretera. Ya iré yo por allí.» Y eso
es tó. Creo que se trata de un buen negosio y que Dieguito está complicao en el asunto.
FAUSTINA. — ¡Virgen de la Paloma! Se me abren las car¬nes de pensar que pueda
ser algo malo, Ramona.
RAMONA. — ¡Mujer!
FAUSTINA. —No me fío de mi marido ni tanto así.
RAMONA. —Que tu marido es mi hijo, Faustina.
FAUSTINA. —No, si yo no... Porque Diego, salvando lo-
de los atropellos, es pan de flor, pero como tiene ese padre...
RAMONA. — (Muy digna.) Que su padre es mi hombre, Faustina.
FAUSTINA. —Sí, señora, sí. Lo que yo quiero decir es que... vamos, que su
marido de usted suele meterse en ne¬gocios algo turbios.
RAMONA. —Mi marido es un modelo; a ti te consta.
FAUSTINA. —Sí, señora; un modelo... de pintores, y corrió ese oficio produce muy
poco, él, para buscarse el piri, hace unos equilibrios, que unas veces parece que
engaña, otras ve¬ces dicen que tima y otras veces a mí se me antoja que roba.
RAMONA. —Para el carro, Faustina Eléuterio no roba; pimpeá, que no es lo
mismo.
FAUSTINA. —Yo lo que sé es que el día menos pensado nos van a zampar a todos en
la cárcel.
RAMONA. — ¡Estás tú fresca! ¡Con lo listo que es él! ¡Y con la suerte que tiene!
Cuando no nos metieron en la, cárcel el año pasado, cuando lo del anuncio...
FAUSTINA. — ¿Qué fué lo del anuncio?
RAMONA. —Que mandó pone en tos los periódicos un anun¬cio que decía:
«Agricurtores, ¿escasean los pastos? ¿Adergasan vuestros rebaños? Pues no sus apuréis.
La farta de ali¬mento no es ya un poblema. Remitiendo sinco pesetas en se¬llos de
Correo a don Eléuterio Orihuela, Pez, número dos, os dará la reseta para que veáis
siempre a vuestro ganado gor¬do y lurtrosísímo.»
FAUSTINA. — ¿Y le enviaron sellos?...
RAMONA. —Como pa mandarme a mí a Pekín sertificada.
FAUSTINA. — ¿Pero que reseta era la suya?...
RAMONA. —Les contestaba diciéndoles: «Le aconsejo a us¬ted que se vacíe un ojo
y lo mezcle al pienso de las bestias, porque el ojo del amo engorda al rebaño.»
FAUSTINA. — ¡Dios, mío! ¿Y no le mataron?
RAMONA. —Tanto como matarle, no; pero, hija, un ove¬jero de Carrión de los
Céspedes tomó el tren se plantó en casa y ¡qué manera de arrear estacasos, Faustina! El
pobre Eleuterio tenía puesto un sombrero hongo y cuando acabó el «atisen» tenía el
hongo tan señidito a la cabeza que pare¬cía una boina.
FAUSTINA. —Se há llevao muchos golpes en esta vida, ¿verdad?
RAMONA. —El dise que más golpes se llevan los picado¬res de toros por treinta
duros.
FAUSTINA. — (Mirando hacia la derecha.) Aquí lo tiene us¬ted.
RAMONA. —Mujé, a vé que nos cuenta.
ORIHUELA. — (Entrando en escena muy contento y un poco ajetreado.) ¡Familia!...
RAMONA. — ¿Eh?
ORIHUELA. — ¡Dame un abrazo! Y tú también, hija po¬lítica. (Las abraza.) ¡Se
acabaron los potajes!
RAMONA. — ¿Qué dices, Eleuterio?
ORIHUELA. —Que se acabaron los potajes. ¡Desde maña¬na, en nuestra casa, tres
platos!
RAMONA. —Toma, los que nos quedan. Y los tres rajaos,
mía éste.
ORIHUELA. —Quiero desí, costilla mía de mis entretelas, que pa come vamos a tené
tres cosas.
RAMONA. —Sí, hombre: apetito, hambre y debilidá.
ORIHUELA. —Tres comestibles, chatilla. Sopa, cocido y una entrada.
RAMONA. —Pa el cine. (Riendo forzadamente.) ¡Jajay!
ORIHUELA. —Tú, ríete; pero de éste empujón de hoy sar¬go yo a flote. Ea, y no hay
tiempo que perdé. En cuatro pa¬labras sus vais a entera de to, pa que estéis ar tanto.
RAMONA. —Sí, hombre, a vé...
ORIHUELA. —Vengo de casa de don Beltrán. (A un ges¬to de Ramona.) De casa de
Aguilares, mujé... der pintó, ya está dicho. A las dos ha tomao er narcótico la interfecta.
FAUSTINA. — (Chillando como una rata pisada.) ¡Ay!
RAMONA. — ¿Qué interfecta?
ORIHUELA. —Dejarme habla, muje. Disen que se ha que dao como un leño. Ahora la
ratará el ingle, de seguía harán aquí la pantomima pa obligarle a que sé case, y er día dé
¬la boda me van a llové a mí una de peseras, que me río yo del «Cititi banque» y der
«London Concuti».
FAUSTINA. — ¿Pero se trata de un rapto»?
ORIHUELA. —Se trata de una combinasión idea por don Beltrán, que hasta ahí; ¡un
tío planeando! Claro que l'ha ayudao er doctor Perezcello, ese de las melenas, que tiene
un in¬genio... ¡Señores, qué tío!
RAMONA. — ¿Y a lo del rapto has ayudao tú?
ORIHUELA. —Naturalmente. Y ahora nuestro hijo va a ser el alma de la combina.
Porque al pasa por aquí el automóvi donde se lleva el ingle a la señorita desmaya, se le
va a rom¬pe una piesa… ¿eh? Y como no es posible tené en automó¬vi descubierto y
en mita de la carretera a una señorita narcotisada, el ingle, aconsejao por Dieguito,
pedirá hospitalidá en esta casa.
RAMONA. — (Comprendiendo.) Ya...
ORIHUELA. —Y en cuanti entren aquí con ella, se presenta don Beltrán: «¡Ah! ¡Tú!
¡Sí! ¡Mi honra! ¡Miserables! ¡O te casas o me pierdo!» Y la película.
FAUSTINA. —Total, una encerrona.
ORIHUELA. —Claro, mujé. Como que el ingle, que se ena¬moró de la muchacha por
un retrato, quería llevársela, pero sin casarse ni ná.
RAMONA. — ¡Ay, qué tío!
ORIHUELA. —Como lo oyes. Que llegó a casa der pintó pa
sabe dónde vivía ella, y aunque don Beltrán le dijo que era
su novia, él erre que te erre, que me la llevo y que me la
llevo. Por eso don Beltrán, que es un caballero, ha jurao que
se tiene que casa con ella, y se le ha dao un narcótico y don
Beltrán s'ha quitao de enmedio pa que el ingle pueda ratarla a gusto.
FAUSTINA. —Pero ese don Beltrán es un sinvergüensa.
ORIHUELA. —En eso no hay que meterse. Ustedes a lo de ustedes y nada más. En
cuanto entre el ingle pidiendo hospi¬talidá, procuran ustedes entretenerlo, y mientras tú
le das conversación (A Ramona)-, tú te sales por la puerta del corralíllo y nos avisas a
nosotros, que estaremos ahí detrás, en casa de Tagarnina, en ese ventorrillo que le disen
«Las Cana¬rias». ¡Ah!, y tené hecha bastante tila, por si acaso.
RAMONA. —Pero escucha, Eleuterio...
ORIHUELA. —Aguarda. Voy a vé si los complicaos están todavía en casa del doctor
o han salió ya pa el ventorro. (Llama al teléfono.) ¿Central?.... Dos, dos, dos, dos..;
¿Có¬mo? Veintidós, veintidós... ¿En? ¡Y dale; Dos, veintidós, dos, o dos, dos veintidós
o doscientos ventidós, dos, o dos mil doscientos veintidós, señora... Como usted guste.
El asun¬to es que son cuatro dos... ¿Qué? No, señora; cuatro «do¬ces» no, cuatro dos...
(Dejando el aparato.) Chavó con la... carpetovetónica de telefonista que me ha tocao.
Ná, que jura que aquí en Madrí cuatro dos son cuatro «doces». Y luego disen que los
andaluces ersageramos. (Suena el timbre del te¬léfono.) ¿Doctor Perecello?... Hola, don
Beltrán... Sí, señó... Tanto mi mujer como mi nuera están ar cabo de la calle... Sí, señó...
¿Eh? ¿Ahora la están rartando? ¡Superior!... No, no, señó; es un narcótico inofensivo; en
cuanto que güela argo fuerte se le quita... ¿Eh,... Bueno... Al ventorro de «Las Canarias»
me voy... Sí, señó. Está muy bien. Hasta ahora. (Cuelga el aparato.) Ea: muchísimo ojo.
Avisarme de-seguía que lleguen, ¿eh? Me voy por el corralillo.
FAUSTINA. — ¿Pero nosotras?
ORÍHUELA. —Vosotras, pupila y párpado. A la que meta el tobillo le doy un gorpe.
¡Se acabaron los potajes! (Se va por la puerta de la izquierda, primer término.)
RAMONA. —Vamos a vé cómo salimos de ésta, porque yo con los ingleses me he
entendido siempre mu malamente. Ade¬ma que, si te digo mi verdá, casi no me enterao.
FAUSTINA. —Ramona, pues bien claro lo ha dicho. Un novio que procura que le
rapten la novia.
RAMONA. —Calla, mujé, me dejas con la boca abierta! Porque si estuviera casao y
cansao de la mujé, comprendo que asusara á arguien pa que cargara con ella y se la
quitara de enmedio, pero de novios...
FAUSTINA. —Pues como, yo pudiera…
RAMONA. —Nosotras a lo nuestro y punto en boca. Lo principa es que se
acaban los potajes. Vamos a prepara la tila.
FAUSTINA. —Sí, señora. (Se van por la segunda puerta de la izquierda. Tras una
pequeña pausa entran en escena por la puerta de la-derecha OPORTUNA y DOÑA
DIGNA.)
D.a DIGNA. —Por Dios, señorita...
OPORTUNA. —Aguardaremos aquí mientras el chófer se llega a ese garaje y
adquiere esas cosas que dice que necesita.
D.a DIGNA. —Pero entrar aquí...
OPORTUNA. —Aquí, aquí es donde yo quiero entrar. Para eso hemos salido, para
venir aquí, y no me cortapise, doña Digna. Yo entro en esta casa aunque supiera que
había de encontrarme de manos a boca con seis panteras, dos leones, cuatro tigres y con
Cambó.
D.a DIGNA. — (Estremeciéndose.) ¡Ah!
OPORTUNA. — ¿Qué le pasa?
D.a DIGNA. —Que ha nombrado usted unos bichos...
OPORTUNA. —Los celos me arrastran. Sé que Beltrán ha alquilado este hotel, sé que
lleva varias tardes viniendo aquí, me da el corazón que es aquí donde se reúne con esas
muje¬res que sé dejan retratar completamente en «balones»... por¬que eso de que pinta
de memoria es un cuento eúskaro. Todo el mundo me dice que no puede ser.
D.a DIGNA. — ¿Quién sabe si?...
OPORTUNA. — ¡Cállese usted! ¡Sinvergüenza!
D.a DIGNA. — (Amenazadora y digna.) ¿Quién?
OPORTUNA. —El.
D.a DIGNA. — (Tranquila.) ¡Ah!
OPORTUNA. — ¡Ocho días sin verle! Por lo visto ha deci¬dido seguir al pie de la
letra los consejos de mi padre.
D.a DIGNA. — ¿Cómo? Su señor padre...
OPORTUNA. — ¿Pero no sabía usted nada?
D.a DIGNA. —No.
OPORTUNA. — ¡¡Idiota!!
D.a DIGNA. — (Como antes.) ¿Quién?
OPORTUNA. —Mi padre.
D.a DIGNA. — ¡Ah!
OPORTUNA. —Yo aconsejé a Beltrán que fuese a verlo, que se arrodillara a sus
plantas, que le pidiese mi mano pin¬tándole nuestro cariño con el colorido que él sabe
emplear en sus más bellas impresiones. Pero, ¡ah!, mi padre la empren¬dió con él a
golpes.
D.a DIGNA. — ¡Jesús!
OPORTUNA. — ¡Qué escena!... Entre patada y patada le suplicaba que no insistiera
en sus pretensiones, porque que¬ría casarme con no sé qué americano que anda por ahí,
un tal Kroke, inmensamente rico. ¡Con un americano a mi! ¡¡A mí!! No lo
verán sus ojos. ¡Yo sin él!... ¡Oh! Su hermana triunfante... ¡Nunca! Mi padre
vencedor... ¡jamás!
El con las modelos... ¡Ah! ¿Dónde están? Porque están aquí... (Con rabia.) ¡Aaah!
(Gritando.) ¡Ah!... ¡Ah de la casa!
D.a DIGNA. —Yo le suplico, señorita...
OPORTUNA. — ¡No faltaría más! ¡Estúpida!
D.a DIGNA. — (Como antes.) ¿Quién?
OPORTUNA. — (Nerviosa, gritándole.) ¡Usted! ¡Usted! ¡Usted!
D.a DIGNA. — (Tranquilizándose.) ¡Ah!
OPORTUNA. — (Mirando hacia la izquierda, segunda puer¬ta.) ¡Silencio!
D.a DIGNA. —Vuelvo a suplicarle, señorita, que me ceda usted el derecho á
sondear de cierta manera a la persona que nos reciba; sólo así podrá usted enterarse de
lo que desea.
OPORTUNA. —Tiene usted razón. Estoy tan... ¡tan! ¡huy!, que lo echaría todo a
rodar. Sea. Ya están aquí.
RAMONA. — (Entrando, seguida de FAUSTINA.) ¿Eh?
D.a DIGNA. —Buenas tardes. .
RAMONA. —Muy buenas.
D.a DIGNA. — ¿No ha venido aún don Bertrán?
RAMONA. — ¿Qué don Beltrán?
D.a DIGNA. — (Muy amable.) Caracoles, ¿qué don Beltrán ha de ser? El pintor. El
que tiene alquilada esta casa para... (Picarescamente.) Ya ustedes me entienden.
RAMONA. —Ah, vamos: usté está en el ajo.
D.a DIGNA. —Claro, mujer; si no estuviera en el ajo, no estaría aquí. Qué, ¿tardará
mucho?
RAMONA. —Según. Vendrá en cuanto nosotras le avisemos.
D.a DIGNA. — ¡Mira qué rico! ¡Que venga! ¡Avísele us¬ted! Y si ha venido ya
alguna «posseur», que tenga la bon¬dad de exhibirse.
RAMONA. — ¿Cómo dise usté?
D.a DIGNA. —Alguna de esas señoritas que se dejan retra¬tar completamente en...
Que para que las pinte don Beltrán se ponen en... (Por Oportuna.) (Como está aquí la
niña, no sé cómo expresar el...) Vamos, de las que se desnudan y si' quedan en...
«pelotaris». (Guiñándole un ojo.) ¿Ha caído us¬ted? ¡Lo sé todo!
FAUSTINA. — (Aparte a Ramona.) Ramona, ¿qué será esto? Estas no están en el
ajo.
RAMONA. — ¿Crees tú?
FAUSTINA. —Apuesto una mano.
RAMONA. —Vamos a verlo ahora mismito.
OPORTUNA. — (Aparte a doña Digna.) Están escamadas.
D.a DIGNA. —Ya lo columbro. (A Ramona y Faustina.) ¿Decían ustedes ?...
RAMONA. —No, nada, una discusión que traíamos ahí den¬tro, y ésta que es mas
testaruda... pero en fin: usté que lo sabe todo: ¿me quiere usté decir dónde está
Orihuela?
D.a DIGNA. — ¿Orihuela? En Alicante, hija.
RAMONA. —Pues no, señora; está aní en «Las Canarias. Se ha cogió usté los
déos.
D.a DIGNA. — ¡Por Dios, Orihuela en las Canarias!.... (A Oportuna.) ¿No ves?...
Ahí confunden Orihuela con la Orotava.
RAMONA. —Pues sí, señora; en «Las Canarias», ahí ar lao. Usté no está en el ajo.
FAUSTINA. —A la legua se ve.
OPORTUNA. —Es verdad, lo confieso; pero tengan compa¬sión de una mujer
celosa; tengan piedad de un corazón he¬rido, tengan... veinte duros para alfileres.
(Les da un billete.), ¿Dónde están las modelos?
FAUSTINA. — ¡Veinte duros!
OPORTUNA. —Para cada. (Les da otro billete.) Soy la novia de Bertrán.
RAMONA. — ¿La que van a raptar?
OPORTUNA. — ¿A mí? ¿Quién? (Muy alegre.) ¡Ay! ¿El?
RAMONA. —No, señora; el inglés.
D.a DIGNA. — ¡Cascaras!
OPORTUNA. — ¿Un inglés? ¿A mí un inglés?
FAUSTINA. — Debe haber en esto alguna confusión.
D.a DIGNA. — ¡Quién lo duda! ¿Y cómo van a lograr lo del rapto?
OPORTUNA. —Eso pregunto yo. ¿Cómo van a lograrlo?
RAMONA. —Pues cuentan con el chófer, porque van a simulá que se le rompe
una pieza al auto...
OPORTUNA. — ¡Ah, cuentan con el chófer!... (Aparte a doña Digna.) Mire
usted si ha vuelto el automóvil.
D.a DIGNA. — (Desde la ventana.) No, señorita.
OPORTUNA. — (Estoy, perdida.) Y el del rapto es un inglés, ¿no?
FAUSTINA. —Sí, señora.
OPORTUNA. — ¿Pero es inglés o norteamericano?
FAUSTINA. —No sé qué contestarle a usted, señorita. por mi Diego que se
hospeda en el Palace y que se llama... don Harri Króke
OPORTUNA. — (Dejándose caer en una silla, casi sin alien¬tos.) ¡Ay de mí!
D.a DIGNA. — (Acudiendo a ella.) ¡Señorita!...
RAMONA. — (ídem.) ¡Señorita!
FAUSTÍNA. — (ídem.) ¡Pero, señorita!...
OPORTUNA. — (Reaccionando y levantándose de un salto.) Nada; no es nada.
Ya pasó.
RAMONA. — ¿Pero?
OPORTUNA. —Respondedme. ¿Hay algún garaje por aquí?
RAMONA. —Si, señorita; dos. Uno ahí abajo, qué es de Lachambre, un
francés, y otro ahí, detrás, que es de dos se¬ñoras húngaras.
OPORTUNA. — ¿Dos húngaras?
RAMONA. —Sí, señorita; dos húngaras que han puesto un «garas».
OPORTUNA. —Bien, pues vaya usted a un garaje y usted al otro. Necesito saber
ahora mismo dónde está mi coche: es el 7.025; la que lo encuentre, que le diga al chófer
que ven¬ga en el auto con el acto, digo, al revés, con el acto en el auto, digo...
RAMONA. —Sí, señorita; en el auto con el acto.
FAUSTINA. — Con el acto en el auto.
OPORTUNA. —Hay otros veinte duros para cada una.
FAUSTINA. — ¡Atiza! Ya estoy allí. (Mutis por la derecha.)
RAMONA. —Por aquí acorto terreno. (Mutis por la prime¬ra izquierda)
D.a DIGNA. — ¿Qué será esto, señorita?
OPORTUNA. —Una infamia, doña Digna. Lo veo con clari¬dad meridiana. Beltrán se
ha vendido; no sé si a mi padre o al americano, pero se ha vendido. Sabe que yo le
vigilo, que le tengo puesto un policía que me da cuenta de sus pasos y me ha preparado
ésta encerrona. Alquiló este hotel, vino a él varias veces comprendiendo que yo al
saberlo vendría tras él impulsada por los celos. Se vendió al americano, compró a
«Pier» el chófer para que nos dejara aquí abandonadas y tal vez venga ahora, de
improviso el americano para lograr sus planes siniestros. ¡Ah!
D.a DIGNA. — (Algo asustada:) 'Señorita, me parece que el cine la tiene a usted
algo intoxicada.
OPORTUNA. — ¡Ay, doña Digna, es que veo la verdad! El inglés, el c chófer, la
novia yo. ¡Me raptan, si!
37
D.a DIGNA. —No, aún no. ¿Es que no estoy yo a su lado? ¡Pasarán por encima de
mis escombros! ¡Sí!
OPORTUNA. — ¡Ay! A una pobre mujer como usted se le quita de en medio con
gran facilidad.
D.a DIGNA. — (Temblando.) ¡Seeeñorita!
OPORTUNA. —Un narcótico... un veneno...
D.a DIGNA. — (Asustadísima.) ¡Ay!
OPORTUNA. —Una puñalada en el corazón...
D.a DIGNA. — (Saltando.) ¡Ay! (Suena el timbre del telé¬fono y las dos-pegan un
grito estridente.) ¡¡¡Ah!!!...
OPORTUNA. — ¡¡Ah!!
D.a DIGNA. — (Que no puede hablar del sobresalto.) No se asuste... usté…
señorita... que es el tequelé... tequilé...
OPORTUNA. — (ídem de ídem.) No, si no me asusto, ya sé que es el... tequelé...
tequelé... tequeléfono.
D.a DIGNA. —Un santo del cielo nos lo indica para que pi¬damos auxilio. (Al
aparato.) ¿Quién?... De nada. (A Oportu¬na). Es una equivocación. (Al aparato.) Oiga,
Central. Con el treinta ese, haga el favor... Sí, señora: ese.
OPORTUNA. —A esta hora no va a estar papá en casa.
D.a DIGNA. —Pues que le busquen. (Suena el timbre) ¿Treinta ese? ¿Quién está al
aparato?... Aquí es Digna... Oiga, Liliola; ¿no está el señor? Pues que salgan ahora
mis¬mo a buscarle y le digan que la señorita Oportuna está aquí, en Las Rozas, en un
hotelito que se llama «Villa-Mingorria», y que va a ser raptada de un momento a otro...
(¡Qué gri¬to ha pegado!) Que avisen a la Policía y a la Dirección de Seguridad y a la
Guardia civil y al Parque de Artillería, que vengan a recogernos en seguida. ¡Corra
usted! (Cuelga el apa-rato.) ¡No han de salirse con la suya! Estoy aquí yo, y cuan¬do
llega la hora valgo por diez tititi... ¡por diez tititi!... ¡Por diez tíos!
OPORTUNA. — (Escuchando.) Sí: un auto... ¿Será el nues¬tro? (Se acercan las dos a
las cristaleras del foro.) No....
D.a DIGNA. —No...
OPORTUNA. — (En un gritó.) ¡¡Un inglés!!...
D.a DIGNA. — (Muerta:) ¡Señorita!
OPORTUNA. — ¡Y mira hacia aquí!...
D.a DIGNA. — ¡Ay!
OPORTUNA. — ¡Doña Digna!
D.a DIGNA. —Señorita...
OPORTUNA. — (Por la segunda puerta de la izquierda.) ¿Adonde da ese cuarto?
D.a DIGNA. — (Asomándose.) A... otro cuarto.
OPORTUNA. — ¿Tienen llave las puertas?
D.a DIGNA. —Y un can...
OPORTUNA. — ¿Un perro?
D.a DIGNA. —Un can... dado.
OPORTUNA. —Pues encerrémonos y sea lo que Dios quiera.
D.a DIGNA. —Sí, señorita; (Temblorosísima.) pero no se asuste usté, que estoy aquí
yo. (Se van por la izquierda se¬gundo término y cierran la puerta con llave y cerrojo.)
FAUSTINA. — (Por la derecha.) En el garaje del francés no está el siete mil
veinticinco... ¿Dónde se habrán metido las dos señoras?... Dios quiera que no metan la
pata, porque Diego está ya ahí con el coche haciéndole ver al inglés que se le ha
descompuesto. ¿Traerán a la narcotizada?... (Se acer¬ca a las cristaleras del foro.) ¡Ya
lo creo! La están bajando del auto... ¡Jesús, hijo., con mi marido, y cómo se
aprove¬cha!... Bueno, yo no quiero líos; conmigo que no hablen. Veré si ha vuelto
Ramona. Allá ellos con ella. (Se va por la izquierda, primera, puerta.) (Por la derecha
entran en escena DIEGO, HARRI y BROWN, transportando a ARNULFA. Diego viste
de chófer; Harri y Brown, con guardapolvos y go¬rras; Arnulfa, también con
guardapolvo, sombrero y una es¬pesa gasa que le cubre totalmente la cara.)
HARRI. —Mucho cuidado, Brown,.. y tú, Dieguito, tienta, tienta... tienta...
DIEGUITO. —Ya, ya. ¿I-a echamos en ese sofá?
HARRI. —No es sofá, es chaisse-longue.
DIEGUITO. — ¿Qué más tiene?
HARRI. —Que tiene menos. El sofá es todo con espaldas
para espaldas de uno, y la chaisse-longue tiene espaldas sí,
espaldas no.
DIEGUITO. —Como sea, pero vamos a echarla.
HARRI. —All right (Colocan a Arnulfa en la chaisse-lon¬gue.) Levante acta de la
hora, Brown. (Brown abre su libro y escribe.) ¿Y dice, usted que en esta casa?...
DIEGUITO. —Vive buena gente, sí, señó. Si usté les pide que le dejen aquí mientras
yo arreglo er coche, no creo que se nieguen.
HARRI. —No sé negarán.
DIEGUITO. —Untando... (Acción de. dar dinero.)
HARRI. —Se untará. Yo unto bien siempre; siempre unto. Cori la untura no hay no.
Yo quise a esta mujer sin querer casarme y ya la tengo y será para mí sin
casamiento. No hay no. Para robarla hubo que untar y unté a la portera y a la cocinera
y he pringado a éste (Por Diego.) y a este sim¬pático canalla de Orihuela amigo
de la familia, que me lo ha preparado todo. Ahora, para seguir aquí, untaré ¡Si
hay que comprar la casa, la compraré! DIEGUITO. —
¿Pero?...
HARRI. —La compraré. Escriba, Brown.
BROWN. — ¡All right!
HARRI. — ¿Dónde están los dueños?
DIEGUITO. —En la cocina o en el corralillo...
HARRI. — Bien.
DIEGUITO. —Yo, con el permiso de usté, voy a enredarme con el coche a vé si lo
arreglo.
HARRI. — ¿Tardará usted mucho?
DIEGUITO. —Unas cuatro horas.
HARRI. — No. En una hora es bastante.
DIEGUITO. — ¡Quiá!
HARRI. —Doy diez libras, que son cincuenta duros.
DIEGUITO. —Pero hombre, ¿no ve usté que hay que sor¬da esa piesa y ajusta luego
los dos tornillos?
HARRI. —Doy veinte libras, que son cien duros.
DIEGUITO. —Por mi salú, le juro a usté, míster Kroke...
HARRI. — (Sacando unos billetes.) Pago adelantado. (Le da los billetes.) Son las tres:
a las cuatro el coche estará listo.
DIEGUITO. — (Guardándose los billetes y con aire de resignación.) Estará. (Se va
por la derecha.)
HARRI. — (Cerrando con llave la puerta de la derecha y
guardándose la llave.) ¡No hay no! (Contemplando a la nar¬cotizada.) ¡Oh, qué bonita
es! ¡Es muy bonita! (Exaltado.) ¡Amigo Brown! ¡ponga usted bien escrito que esta
divina mujer me gusta casi tanto como el whisky! ¡Casi más! No ponga casi más por si
acaso no es casi más. El whisky ya lo he probado y sé a lo que sabe, y esta señorita ya lo
sabremos.
BROWN. — Lo sabrá usted
HARRI. — Pero yo se lo diré a usted y lo sabremos los dos.
BROWN. —All right.
HARRI. — ¡Oh! (Limpiándose una lágrima.) Estoy bastante tierno. Esto es una
cosa fea la que hago yo y me muerdo aquí, como si tengo un perro en la conciencia.
¡Ponga usted esto del perro! Pero esa mujer será mía. Esta casa si yo quie¬ro será mía;
todo lo que yo quiera será mío. Brown, busque¬mos a los dueños de esta casa. No hay
no. (Se van por la iz¬quierda primera puerta.)
OPORTUNA. — (Entrando en escena sigilosamente, seguida de DOÑA DIGNA.)
¡Dios mío! ¿Ha oído usted, doña Digna?
D.a DIGNA. —Sí, señorita: ¡Peliculesco!
OPORTUNA. — ¡Pobre muchacha!
D.a DIGNA. — ¿De modo que no era a usted a quien que¬rían raptar?
OPORTUNA. —Por lo visto. ¡Qué lástima!
D.a DIGNA. — ¿Lo siente usted?
OPORTUNA. —Mujer: siempre es agradable actuar de pro¬tagonista en estos dramas
del corazón.
D.a DIGNA. — ¡Ay! ¡Es verdad!
OPORTUNA. — ¡Pero ese canalla!... ¡Ah! Nada, que cree el muy estúpido que con
dinero se consigue todo. Y ha rap¬tado a esta pobre mujer para hacerla suya sin
necesidad de casarse. ¿Será criminal?
D.a DIGNA. —Parece que está enamoradísimo de ella.
OPORTUNA. —Sí...
D.a DIGNA. — ¿Quién será? .
OPORTUNA. —Vamos a verlo.
D.a DIGNA. — (Junto a Arnulfa.) Está casi rígida.
OPORTUNA. — Quítele la gasa; le aplicaré mi frasquito de sales.
D.a DIGNA. — (Quitándole la gasa y sofocando un grito.) ¡¡Ahí!!
OPORTUNA. — ¿Eh?
D.a DIGNA. — ¡La señorita Arnulfa!
OPORTUNA. — (Acercándose con el frasco de sales ya abier¬to.) ¡La bestia! ¡La
tonta!... ¡La idiota!...
D.a DIGNA. —Deme las sales.
OPORTUNA. — ¡Ella inspirando una pasión volcánica! ¡Ella raptada como en los
divinos tiempos del Romancero! ¡Esta birria, esta foca, porque es una foca!
D.a DIGNA. — (Aplicando las sales a Arnulfa.) Ya parece que vuelve.
OPORTUNA. —Lo veo y no lo creo, doña Digna. ¿Enamo¬rar a nadie este sapo
vegetariano?
D.a. DIGNA. — ¡Pobrecilla!
OPORTUNA. — ¿Pero es que encima la va usted a compa¬decer?
D.a DIGNA. —Ya pestañea.
OPORTUNA. — ¡Imbécil!
D.a DIGNA. — (Gravemente.) ¿Quién?
OPORTUNA. —Ella.
D.a DIGNA. — ¡Ah!
OPORTUNA. —Ahora preguntará con voz débil: ¿dónde es¬toy? Pero como lo
pregunte no le contesto.
ARNULFA. — (Sentándose en la chaisse-longue con la ma¬yor naturalidad.) Yo no
pregunto estupideces. Eso se queda
para ti.
D.a DIGNA y OPORTUNA. — (extrañadísimas.) ¿Eh?
ARNULFA. — (Levantándose.) Y la bestia, la tonta, la estupida, la birria, la foca y el
sapo vegetariano eres tú.
OPORTUNA. — ¿Y tú estabas desmayada?
ARNULFA. —Narcotizada, que es peor. ¡Qué espanto! No quiero acordarme: un
narcótico que me paralizó los movi¬mientos, me embotó la sensibilidad.
OPORTUNA. — ¡La imbecilidad!
ARNULFA. — ¡La sensibilidad!
OPORTUNA. —Bueno; sigue.
ARNULFA. —Y sin embargo, no me privó del conocimiento. Oía cuanto se decía
junto a mí.
D.a DIGNA. — ¡Jesús!
ARNULFA. — ¡Qué angustia!... Oirlo todo y no poder gri¬tar; no poder ni mover un
dedo...
D.a DIGNA. —Se habrá usted dado cuenta de todo.
ARNULFA. —Naturalmente. Como me creían anestesiada... El narcótico me lo hizo
beber, engañosamente, Mercedes, mi doncella, y se lo proporcionó el sinvergüenza de
Orihuela, el modelo de mi hermano.
OPORTUNA. —Cumpliendo órdenes del inglés, ¿no?
ARNULFA. —Naturalmente.
OPORTUNA. —Y tu hermano, en la higuera.
ARNULFA. — No me hables de mi hermano, que es el ca¬nalla más canalla que ha
nacido.
OPORTUNA. — ¿Eh?
ARNULFA. —Todo lo ha tramado él. El ha excitado el
amor, propio de míster Harri, él obligó a Orihuela a que se
pusiera al habla con el, inglés, él suplicó a mi doncella que
me traicionase... ¡Ah, Caín! ¡Caín!
D.a DIGNA. — ¡Qué drama! ¿Pero qué fin persigue?
ARNULFA. — Casarme, señora; verse libre de mí.
OPORTUNA. — (¡Me quiere!...)
ARNULFA. —Colocarme para poder él campar a sus anchas.
OPORTUNA. — (¡Me quiere!... ¡Me quiere!)
ARNULFA. —Ahora vendrá con testigos, me sorprenderá aquí con míster Harri, y
como el inglés no querrá ir a la cárcel por haberme robado de esta manera, optará por lo
peor, por casarse conmigo. ¡¡Qué horror!!... ¡No! ¡Eso ja¬más!...
D.a DIGNA. — ¿No quiere usted casarse con él?
ARNULFA. — ¡No, señora! ¡Primero la muerte!
D.a DIGNA. —-¿Tiene usted otro tipo masculino?
ARNULFA. — ¡Señora, yo no tengo tipo de hombre!
D.a DIGNA. —Quiero decir que si no le gustan los rubios.
ARNULFA. —Ni los morenos. A mí los hombres me dan horror.
D.a DIGNA. —- (Suspirando.) ¡Ay! Es usted muy joven.
ARNULFA. —Deben ser brutísimos.
D.a DIGNA. —Hay de todo. El mundo es una botica.
ARNULFA. — (Estremeciéndose;) ¡Ay!... ¡Que ninguno me toque! ¡Que no me
toquen!... (Chillando.) ¡Híííí!...
OPORTUNA. —Estúpida, no chilles, que van a volver.
D.a DIGNA. — (¡Pobre muchacha!... Es más infeliz que Unamuno!)
ARNULFA. — (Oportuna, muy en trágico.) Oportuna, me eres muy antipática, pero te
suplico que me salves. Sálvame y te juro que no seré un obstáculo para ti. Cásate con mi
hermano si quieres, no me opongo; para dejaros libres me en¬cerraré en un convento si
es necesario. Así tendré el gusto de no volverte a ver, so imbécil, pero sálvame. De
rodillas te lo pido. (Se arrodilla ante ella.)
OPORTUNA. —- (Conmovida.) Eres estupidísima y me cargas un disparate, pero
tienes razón, debo hacer por ti cuanto pue¬da. Ese necio londinés no debe salirse con la
suya. ¡Enamo¬rarse de ti!... ¿Qué significa eso? Levanta... Te salvaré.
D.a DIGNA. — ¿Cómo? Esa puerta está cerrada y por ese
lado están ellos.
OPORTUNA. — ¿Y el ingenio, doña Digna? ¿Cree usted que yo soy tan huera como
usted y ,tan imbécil como ésta?
D.a DIGNA. —Educadísima.
OPORTUNA. —Dame tu gasa y tu guardapolvo: yo seré la raptada.
ARNULFA. — ¿Eh?...
D.a DIGNA. — ¿Qué?...
OPORTUNA. — ¡Vamos!
D.a DIGNA. — ¿Pero?...
OPORTUNA. —Yo me tumbaré en la chaisse-longue; cuan¬do él vuelva y me quite la
gasa para recrearse en mí, verá con espanto que yo no soy tú; que sus cómplices se han
equi¬vocado y han raptado a otra mujer; yo entonces simularé volver a la vida, y como
dices que está enamorado de ti, me dará todo género de explicaciones, y asunto
terminado.
D.a DIGNA. — ¿Pero y si intentara?...
OPORTUNA. — ¿Acaso no están ustedes ahí para proteger¬me? Además, que yo sé
dar bofetadas como la primera.
ARNULFA. —Gracias, Oportuna gracias. Sólo de pensar que podría acercarse a mí y
tocarme la cara... (Estremeciéndose.) ¡Aaaah!...
OPORTUNA. —Pues hija, hasta aquí te han traído en bra¬zos los dos ingleses y el
chófer...
ARNULFA. — (Pegando un chillido de rata.) ¡Híííííí!...
D.a DIGNA. — ¡No chille, por Dios! (Se acercaba la primera puerta de la izquierda.)
ARNULFA. —Es que no puedo remediarlo...
OPORTUNA. — (Que ya se ha puesto el guardapolvo y la gasa de Arnulfa.) Yo lo que
quiero es que me cumplas tu pa¬labra. ¡¡Dos años siquiera sin verte!!
ARNULFA. —Dos años, no: toda la vida. No te puedo re¬sistir, Oportuna.
OPORTUNA. —Ni yo a ti, Arnulfa. ¿Dejaremos de vernos?
ARNULFA. —Sí; te lo juro.
OPORTUNA. — (Dándole un apretón de manos.) Gracias.
ARNULFA. —Muchas gracias.
D.a DIGNA. — ¡Cuidado, que vienen!...
OPORTUNA. —A la chaisse-longue. (Se tumba.)
D.a DIGNA. —Vamos nosotras.
ARNULFA. — Vamos. (Mutis por la segunda puerta de la izquierda, cerrando la
puerta.) (Por la primera puerta de la iz¬quierda entran en escena RAMONA, HARRI y
BROWN.)
RAMONA. — ¿Y este papelito vale dos mil pesetas?
HARRI. —Yes.
RAMONA. —Pero dos mil pesetas de las nuestras, ¿ver-
dad? No de esas otras que están en marcos y que disen que no valen nada.
HARRI. — (Riendo.) ¡Oh! ¡Qué gran estúpida bestia es esta mujer tonta!
RAMONA. — ¡Oiga usté, don Lor, que no hay que fartá!
HARRI. —Ocúpese de ayudar al chófer, para que termine pronto el soldado.
RAMONA. — ¿Qué soldado?
HARRI. —El soldado de una pieza.
RAMONA. —Creí que se trataba de un militar.
HARRI. — ¡Usted cree siempre paparruchas! Vayase.
RAMONA. —Sí, señó. Aquí se pué usté queda hasta el día del juisio por la tarde.
HARRI. — ¿El día del juicio? ¿Qué día es ese?
RAMONA. —Señó, ¿no sabe usté lo que es el día del jui¬sio?
HARRI. — ¿Qué día es ese, Brown?
BROWN. —El día del juicio; el día de tocar los angelitos las trompetas y movilizar los
cadáveres que saldrán andando anda que te anda, todos con treinta y tres años hasta los
niñitos, que no los van a conocer sus padres...
HARRI. — ¡Ah! El juicio final.
BROWN. —Yes.
HARRI. — ¿Y qué tiene que ver el juicio final con estar-yo
aquí?... Ésta mujer bruta dice tonterías bastante gruesas. Re¬
tírese.
RAMONA. —Sí, señó. Si algo necesitan...
HARRI. —No necesitó nada.
RAMONA. —Está, muy bien. (Haciendo mutis por la prime¬ra puerta de la
izquierda.) (¡Josú, qué tío más seco! Y se conose que las otras señoras cogieron la
puerta. Menos mal.) (Se va.)
HARRI. —Brown... Tome nota. Por cada un beso que yo le dé a esta mujer, habrá que
sentarle en, su cuenta corriente diez libras. Contó con que usted cuente bien. ¡Atención!
¡La voy a hacer millonada!
BROWN. — ¡All right!
OPORTUNA. — ¡Dios mío, me va a besar!,
HARRI. — (Cogiendo una mano de Oportuna.) ¡Hurra, ma¬no bonita de esta mujer,
que no sé todavía cómo te llamas ni me importa! (La besa.)
ARNULFA. — (Gritando dentro.). ¡Híí!...
BROWN. —Diez, y llevo uno.
HARRI. — ¿No has oído algo, Brown?
BROWN. —Yes, y ya está apuntado.
HARRI. —Si digo un grito... ¿Cómo se dice?... Estrudiente...
BROWN. —Estrudonte.
HARRI. —Estriadante
OPORTUNA. —No dicen estridente en un año. (Rumor de voces dentro.)
HARRI. — ¿En?
BELTRAN. — (Gritando, dentro.) ¡Soltadme!... ¡Paso!... Es a mí a quien toca lavar la
afrenta.
OPORTUNA. — ¡Beltrán! ¡Y me coge a mí aquí!
HARRI. — ¡Oh!... ¡El caballero pintor que viene a lavar! (Sacando un revólver.) Voy
a darle un jabón. (Examinando su revólver.) ¡¡Relloyd Geofge!! ¿Quién le ha quitado
todas las balas? ¡Pronto! ¡Brown! ¡Déme un revólver!
BROWN. —No traigo, míster.
HARRI. — ¡Relondón! (Tira el revólver.) ¡No! No tiebla. Harri-Kroke no
tiembla. Yo he cazado tigras en aguadero y pescado tiburones con palangre y no ha
temblado.
BROWN. — ¡Sin embargo, es preciso un arma defensiva!
HARRI. —Oh, tengo otra arma.
BROWN. — ¿Cómo?
HARRI. —Yes. El libro de cheques. ¡No hay no! (Se cruza de brazos y adopta una
postura heroica. Por la primera puerta de la izquierda entran en escena BELTRAN,
seguido de PEREZCELLO, ORIHUELA, RAMONA y FAUSTINA.)
BELTRAN. —Atrás.
PEREZCELLO. — (Suplicante.) ¡Bertrán, amigo mío!...
BELTRAN. — ¡Basta! (Al ver a Harri.) ¡Ah!... ¡Ellos!... ¡Por fin!... ¡He llegado a
tiempo! ¡Gracias, Sumo Hacedor!.
ORIHUELA. — ¡No los mate usted!
HARRI. — (Doblándosele las piernas.) ¡No tiembla!
ORIHUELA. —Perdón, míster; he tenido que canta de pla¬no. Me cogieron y ese
hombre me sometió al tormento de la ducha y el baño de sol...
HARRI. —Usted se muere.
BELTRAN. — (A Harri.) Caballero: toda una raza de hé¬roes, desde los Indibeles y
Mandonios, hasta los Daoizes, Velardes y tenientes Ruizes, me han empujado hacia
aquí para ejecutar en usted la más terrible, la más espantosa, la más sangrienta de las
venganzas.
OPORTUNA. — (¡Vaya un cómico!)
HARRI. — ¿Quiere usted matarme?
BELTRAN. — (Terriblemente.) ¡Sí! ¡¡Sí!! (Gestos de ho¬rror en todos.)
HARRI. — (Asustado.) Yo no escapa. Yo no he tiemblado nunca, pero permita que
antes de morrir dicte mis últimas disposiciones.
BELTRAN. —Concedido.
HARRI. — ¡Brown!...
BROWN. — ¡Señor!
HARRI. —Siéntese y escriba: le voy a dictar mi testamento. BELTRAN. —
¿Será eso muy largo?...
BROWN. —Si enumera los nombres de las fincas que po¬see tardará unos diez y ocho
días.
BELTRAN. —Ah, no, imposible; tengo mucha prisa.
PEREZCELLO. — ¡¡Beltrán!!
BELTRAN. — (Por Oportuna.) ¡Ella! ¡Mírala! ¡Allí está! ¡Dormida! ¡Raptada, robada,
deshonrada, deshonrada, des¬virtuada!...
HARRI. —No. ¡Lo juro! ¡Por San Jorge, yo no he hecho más todavía que besarla una
mano!
BELTRÁN. — (Como si hubiese escuchado lo más monstruo¬so.) ¡Besarla!...
¡Miserable!... ¡Que diga el Credo!...
PEREZCELLO. —Beltrán, un instante. ¿Y si este caballe¬ro, rectificando su criterio,
optara por reparar la falta casán¬dose con esa mujer?
BELTRAN. —Se me parte el alma, pero si él se casara...
HARRI. —No tengo inconveniente.
TODOS. — ¿Eh?
HARRI. —Escriba, Brown: me casaré contra esta mujer, y si no me casara, le cedo
toda mi fortuna yo.
BROWN. — (Repitiendo lo escrito.) Yo.
HARRI. —Yes. ¡Yo!
BROWN. — (Rectificando.) Yo, yes.
HARRI. —Y el yate.
BROWN. — ¡All right!
HARRI. — (A Beltrán.) ¿Está usted contento?
BELTRAN. —No, señor. Tiene usted que dar su palabra de honor de que ha de casarse
con ella.
HARRI. —Mi palabra de honor la doy. ¿Está usted con¬tento?
BELTRAN. — ¡A la fuerza, ahorcan!
HARRI. — ¿Será usted mi amigo?
BELTRAN. —Más que amigo, un hermano. Es usted un ca¬ballero. ¡Esta es mi
diestra!
HARRI. —Esta es la mía. (Cambian un apretón de manos y se separan
ceremoniosamente.)
BELTRAN. — (¡Soy grande!)
HARRI. —He salvado la vida, pero he sucumbido de solte¬ro. Me da vergüenza de mí
mismo. (Se sienta y oculta la cara entre las manos.)
PEREZCELLO. — (A Beltrán.) Enhorabuena.
BELTRAN. — ¡Como que se me iba a mí a escapar!... ¡A mí!... ¡Sí, sí!...
OPORTUNA. — (Cambiando de postura.) Verás ahora.
FAUSTINA. — (Acudiendo a ella.) ¿Eh? ¿Ha cambiado?...
ORIHUELA. —- (ídem.) Ha cambiado y ha dado la vuelta,
RAMONA. —Pos si ha dao la vuelta es que ya a volver.
PEREZCELLO. —Quitarla esa gasa: el aire la desnarcotizará.
FAUSTINA. —Sí, señor. (Le quita la gasa.) ¿Eh? (Al ver a Oportuna.)
RAMONA. — (ídem.) ¿Cómo?
ORIHUELA. — (ídem.) ¡¡Azúcar!!
PEREZCELLO. — (ídem.) ¡Mi abuela!
BROWN. — (ídem, escribiendo.) Ella es otra.
OPORTUNA. — ¿Dónde estoy? (Sentándose.)
BELTRAN. — ¿ Eh ? ¡¡Ay!!... ¡Dios mío!... ¡Ella!... ¡Tú!... ¡¡Mi madre! !
BROWN. — (Escribiendo.) Ella es su madre.
OPORTUNA. — ¿Dónde estoy?... (Se levanta.)
BELTRAN. — ¿Pero qué es esto? ¡¡Pérez!! ¡Orihuela!... ¡Ay, que yo me vuelvo
loco!...
ORIHUELA. —Señorito, que yo...
BELTRAN. — ¡Quita!... (A Harri, que permanece abstraído y con la cara entre las
manos.) Caballero, esa mujer es mi pro¬metida. ,
HARRI. — (Sin volver la cara.) Lo sé.
BELTRAN. — ¿Que lo sabe usted?
HARRI. —Me lo ha dicho usted mil veces.
BELTRAN. — ¡Ah! Bueno; sí: pero esa era distinto. Aho¬ra, le digo en serio que esa
mujer es mi prometida.
HARRI. —Y yo me casaré con ella.
BELTRAN. — ¡Quiá!
HARRI. — ¿Eh? (Se vuelve y ve a Oportuna.) ¡Oh!... ¡Es otra! ¡Otra!... Aquí hay
diversión conmigo, Brown.
BROWN. —Sí, míster. (Por Oportuna.) Esta es su madre.
HARRI. —Es bastante joven. (A todos.) Un momento. (Se acerca a Oportuna y
examinándola detenidamente, dice.) No me gusta nada, pero diré que me gusta. (Vuelve
al centro de la escena y se, encara con todos.) Siñores: ¡me gusta!
BELTRAN. — ¿Eh? ¿Qué dice usted?
HARRI. —Que me gusta.
OPORTUNA. —Muy amable.
HARRI. —He dado mi palabra y me casaré con ella.
BELTRAN. —Y un jamón.
HARRI. —Gracias.
BELTRAN. —Digo que se limpie usted.
HARRI. — ¿En dónde?
BELTRAN. —Con ésta no se casa usted.
HARRI. —La he raptado, la he besado la mano... Me ca¬saré.,
RAMONA. — ¿Pero cómo va usted a raptar a ésta, si ésta ha venido por sus pies?
ORIHUELA. —Claro, hombre: usté a quien ha rartao, por mi mediación, ha sido a la
otra: a la hermana.
HARRI. — ¿A la hermana de ésta?
ORIHUELA. —A la hermana de don Beltrán.
HARRI. —A mí no me bromea nadie. Yo he dado mi pala¬bra y yo me caso con esta
mujer espléndida.
BELTRAN. —Caballero, esta señorita se llama Oportuna Casi-Gómez, y es mi futura.
HARRI. — ¡Oh! ¡¡Casi-Gómez!!... ¡Con la que quería ca¬sarme mi mamá!
ORIHUELA. — ¡Caray!
HARRI. — ¡Mamá!... Me casaré con ella. He dado mi pa¬labra.
BELTRAN. —Se la devuelvo. Queda usted en libertad.
HARRI. —Tome nota, Brown.
BELTRAN. —Sí, tome nota. Yo preparé esta encerrona para casar a usted con mi
hermana Arnulfa; pero en vista de que
las cañas se han vuelto lanzas, le relevo de su palabra. Queda, usted en completa
libertad.
HARRI. — (Cogiendo su sombrero.) Está bien. Buenas tar¬des. Brown, ¡de pira! ¡all
right! (Medio mutis con Brown.)
PERECELLO. —Está de Dios que tu hermana no se case nunca.
ARNULFA. — (Entrando en escena seguida de DOÑA DIG¬NA.) Está de Dios, sí y
El se ha valido de esta estúpida (Por Oportuna.) para salvarme. Y oiga usted, míster.
HARRI. — (Volviéndose.) ¡La bonita!
ARNULFA. —Sepa usted que eso de que no hay no es
una paparrucha. El dinero sirve para todo, menos para con¬
seguir a una mujer si ella no quiere dejarse conseguir. Y sepa
usted más: sepa usted que precisamente yo soy un caso es¬pecial de nerviosismo, de
histerismo, de lo que usted quiera, pero yo no puedo resistir que me toque un hombre...
¡Oh qué horror! ¡Ay! ¡Ay! ¡Nunca! ¡Pinchan! ¡Oh! Me hu¬biera muerto de escalofrío.
(Abrazando a Oportuna.) ¡Gra¬cias, imbécil!
HARRI. — ¿Por qué le da las gracias la bonita mujer que ¬me enamora?
PEREZCELLO. —Porque no se casa con usted.
HARRI. — ¡Oh!... Eso pincha mi amor propio. ¡A mí me gusta más que ninguna
mujer me gusta!
PEREZCELLO. — ¡Qué quiere usted!
HARRI. —- (Acercándose a Arnulfa, que está hablando con Beltrán.) Usted sabe...
ARNULFA. — (Dando un grito.) ¡Ah! ¡Ay! ¡No se acer¬que usted!
HARRI. — ¿Usted sabe que yo soy el hombre más rico del
mundo?
ARNULFA—Sí, señor; sí señor... no se acerque. ¡Híííí!...
HARRI. —Yo, para casarme con usted, la doto con la mi¬tad de mi fortuna.
ARNULFA. —No, señor, no; yo, no..... ¡que se vaya!
BELTRAN. — ¡Arnulfa!
ORIHUELA. — ¡Señorita!...
D.a DIGNA. —Vamos, joven, que una proporción así...
ARNULFA. — ¡No, no!... ¡¡¡No!!!...
HARRI. —La doto con toda mi fortuna.
ARNULFA. — ¡¡No!!...
HARRI. — ¡La he raptado! La he tenido en mis brazos.
ARNULFA. — (Estremeciéndose.) !Aaaay!... ¡No!...
HARRI. —Si usted no se casa conmigo, yo me pegó un tiro.
ARNULFA. — ¡Pégueselo!... ¡Que se lo pegue!... Pero a
mí no... ¡No!...
HARRI. — (Abrazándola furioso.)¡No hay no!
TODOS. — (Ahogando un grito.)¡Ah!
ARNULFA. — (Sobrecogida.) ¡Ay!... (Poniendo cara de gran complacencia,)
¡Aaay!...
TODOS. — ¿Eh?
ARNULFA. — (Contentísima.)¡Aaay!
D.a DIGNA. —Anda, que le gusta.
HARRI. —Sí: la abrazo y la beso. (La besa.)
ARNULFA. — (Como antes.)¡Ay!... ¡Pues no raspa, no!
OPORTUNA. —Mira la tonta.
ARNULFA. —Pues no es esto lo que yo creía; porque... Suélteme, Harri;
y... no se tirotee.
PEREZELLO. — ¡Bravo!
ORIHUELA. — ¡Ole!
DIEGUITO. — (Entrando.) Señor, el coche.
HARRI. — (Ofreciendo el brazo a Arnulfa.) ¿Vamos?
ARNULFA. —Según donde me lleve.
HARRI. —A su casa hasta el día de la boda.
ARNULFA. — ¿Mañana ?
HARRI. —Tan pronto no va a ser posible.
ARNULFA. — (Muy melosa.) ¡No hay no!
D.a DIGNA. — (A Orihuela, poniéndole los ojos en blanco.) ¡Ay, caballero; sólo
existe la felicidad en el amor!
RAMONA. —Oiga, señora, que es mi marido.
D.a DIGNA. — ¡Jesús, hija! (Se va hacia el balcón.) HARRI. — (A Arnulfa.)
¿Vamos: al auto?
BELTRAN. — Orihuela, acompáñales.
ORIHUELA. — ¿Yo? ¿Guiando mi niño? ¡Al instante!
D.a DIGNA. — (En el balcón.) ¡Caracoles!
TODOS. — ¿Eh?
D.a DIGNA. —La Policía que acude a mi llamada. Veo al señor de Casi-Gómez con
don Millán. Estamos perdidos.
OPORTUNA. —Al contrario. Si nos ven juntos, nos casará. Abrázame, Bertrán.
ORIHUELA. — Dos bodas el mismo día! ¡Se arremataron los potajes!
D.a DIGNA. — ¡Jesús! La casa está cercada por guardias de Orden público en
bicicleta. En la carretera hay un automó¬vil con diez y seis guardias, dos motos con dos
parejas y vienen tres autos más seguidos de una cocina de campaña.
ARNULFA. — (Asustada, abrazándose a Harri.) ¡Harri! ¡Harri!...
HARRI.—No temas, no, y en vez de Harri, grítame: ¡Hurra!.
(Telón.)
FIN DEL JUGUETE