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Hora Santa 3, Y El Hijo de Dios Se Hizo Hombre

El documento reflexiona sobre la Encarnación del Hijo de Dios, enfatizando que Jesús, al hacerse hombre, comparte nuestra naturaleza y experiencias humanas. Se destaca la importancia de la Eucaristía como un medio para unirse a Cristo y recibir la vida divina. Además, se invita a la autoevaluación sobre cómo respondemos a nuestra vocación cristiana y a vivir en santidad.
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Hora Santa 3, Y El Hijo de Dios Se Hizo Hombre

El documento reflexiona sobre la Encarnación del Hijo de Dios, enfatizando que Jesús, al hacerse hombre, comparte nuestra naturaleza y experiencias humanas. Se destaca la importancia de la Eucaristía como un medio para unirse a Cristo y recibir la vida divina. Además, se invita a la autoevaluación sobre cómo respondemos a nuestra vocación cristiana y a vivir en santidad.
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7.

“Y EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE”


Reflexión bíblica
Del Evangelio según San Juan 1, 1-14.
En el principio existía el Verbo... y el Verbo era Dios... En el mundo estaba, el
mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció... Vino a los suyos, y los suyos
no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos
de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de
deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y el Verbo se
hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria,
gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Palabra
del Señor.

¡Y el Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios, se hizo hombre!... Es la afirmación


más ponderativa y pasmosa de la Biblia.
Los patriarcas, los reyes, los profetas y todo el pueblo de Israel esperaban la
epifanía o manifestación del enviado de Dios, y se decían: ¿Cómo será el Mesías,
el Cristo que tiene que venir?...
Se lo pudieron imaginar de mil maneras. Pero a nadie se le ocurrió jamás
que sería el mismo Dios, el Hijo de Dios, quien iba a venir al mundo, y no como
rey esplendoroso y lleno de majestad aplastante, sino hecho un hombre como
cualquiera de nosotros, escondida su Divinidad en el cuerpecito de un infante
encantador, de un niño adorado, de un joven simpático, de un varón irresistible
por su bondad, humildad, pobreza y amor.
No venía a desplegar un gran poder para sojuzgar al mundo, sino que “echó
su tienda de campaña entre nosotros” para vivir con nosotros, para compartir
nuestra suerte, para hacernos conocer al Padre y hacernos hijos suyos, para
llenarnos con su Espíritu y enriquecernos con todos los bienes de Dios.
Al haberse hecho hombre el Hijo de Dios y ser como uno de nosotros, Jesús
respeta, realiza y redime todo nuestro ser humano. Al compartir todo lo nuestro,
nos comprende, nos valoriza, hace suyas todas nuestras ilusiones, nuestros
trabajos, nuestros dolores, nuestras debilidades. Goza con todo lo nuestro, sufre
con todo lo nuestro, porque participa en toda nuestra naturaleza humana.
Nuestra naturaleza no le comunica a Dios ningún mal, mientras que Dios
comunica a nuestra naturaleza todo bien. Si metemos el hierro frío y negro en el
fuego, el hierro no comunica al fuego ni su frialdad ni su negrura; mientras que el
fuego ha comunicado al hierro todo su calor y brillantez.
Esto que se realizó con la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María,
lo vivimos especialmente nosotros cuando nos unimos a Cristo en la Eucaristía.
Porque entonces, más que nunca, nos asume Cristo, nos hace “uno” con Él,
y nos pasa a nosotros la vida divina que a Él lo colma en plenitud. “Igual que yo
vivo del Padre, así el que me come vivirá por mí” (Juan 6,57). Dios todo en Cristo,
y Cristo por la Comunión todo en mí...

(Canto)

Hablo al Señor
Dios eterno, que te has hecho hombre como yo. Ahora puedo tratarte de tú
a tú, pues eres como yo en todo. Yo podía tener miedo ante Dios; ante un
hermano mío, no. Antes estabas lejanísimo; ahora te miro muy de cerca. ¡Jesús!
De tal modo nos has acercado Tú a Dios, que puedes decirme: no temas al ver en
mí a tu Dios, ama al Dios que por ti se ha hecho y es un hombre. En ti veo, Jesús,
al Dios que se hace un servidor mío. Tú y yo vamos a vivir, amar, sufrir y gozar
siempre juntos. ¡Te haces tan pequeño Tú para hacerme tan grande a mí!...

Contemplación afectiva
Hijo de Dios, engendrado por el Padre Eterno.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que te hiciste hombre como nosotros.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que te hiciste hijo de María.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que te hiciste hermano nuestro.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que te has hecho en todo como nosotros.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que eres el modelo de mi ideal ante Dios.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que amas como amamos nosotros.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que sufriste como sufrimos nosotros.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que gozaste como nosotros tus hermanos.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que estás en el cielo como hombre glorificado.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que en el Cielo intercedes por nosotros.
- Jesús, te amo con todo el corazón.
Hijo de Dios, que en el Cielo nos esperas a tus hermanos.
- Jesús, te amo con todo el corazón.

Jesús, ¡con qué confianza acudo a ti sabiendo que me entiendes


perfectamente cuando amo y sufro y gozo y me ilusiono y fracaso, porque Tú
mismo amaste, sufriste, gozaste, te ilusionaste y fracasaste como cualquiera de
nosotros! Haz que te ame y que confíe siempre en ti.
Madre María, que nos diste hecho hombre al Hijo de Dios, encarnado
felizmente en tu seno virginal. Nadie como Tú conoció y entendió a Jesús, y nadie
me puede llevar a Él como lo puedes ha- cer Tú. Alcánzame de Dios la gracia de
seguir a Jesús hasta el fin, aunque me cueste, como a ti, clavarme firme en el
Calvario.

En mi vida. Autoexamen

San Pablo nos dice que Dios nos ha elegido en Cristo para ser “santos,
inmaculados, amantes” (Efesios 1,4), copias sin defecto de lo que es Jesucristo
ante el Padre. Para esto Dios se hizo hombre, para que nosotros seamos como
Dios. ¿Respondo yo así a mi vocación cristiana? ¿Me doy cuenta de que en tanto
soy un hombre o una mujer cabal en cuanto soy una persona cristiana perfecta?
¿Aprecio la Gracia, la conservo, la acreciento sin cesar?... ¿Me esmero, sobre
todo, en la recepción de la Eucaristía, que acrece en mí sobremanera la vida de
Dios, la santidad a que Dios me llama?...

(Canto)

Preces
Alabamos a Jesús, Cristo el Señor, el Hijo de Dios hecho hombre como nosotros, y
le pedimos:
Acuérdate, Señor, de tu Pueblo santo.
En esta hora plácida del atardecer, cuando venimos ante tu presencia en el
Sagrario,
- Acepta nuestro trabajo de hoy, nuestro descanso, nuestro amor.
Eres el sol de justicia, que brilla con luz indeficiente en medio de un mundo en
tinieblas,
- Haz que los hombres tus hermanos sean constructores de paz y eliminen de la
sociedad toda clase de esclavitud.
Tú que eres el modelo y la imagen del hombre nuevo,
- Convierte a todos los hijos e hijas de la Iglesia en modelos acabados de la
santidad a la que Dios los llama desde su Bautismo.
A todos nuestros hermanos que están fuera de su casa por trabajo o por
merecido descanso,
- Devuélvelos felizmente al seno de sus hogares.
Y a los hermanos que nos dejaron para ir a la Casa del Padre,
- Dales el descanso eterno y la luz perpetua.

(Canto)

Padre nuestro.

Señor Sacramentado, aquí tienes oculta tu Humanidad igual que tu


Divinidad. Pero creemos en ti, y te pedimos que cuando ven- gas a nosotros o al
vernos contigo ante el Sagrario, nos llenes de la vida divina que habita
plenamente en ti, para que consigas en nosotros el fin por el que te hiciste
hombre: ¡que nos llenemos de la vida de Dios!... Tú que vives y reinas por los
siglos de los siglos. Amén.

Recuerdo y testimonio
1. En Jesucristo Hombre, tan valiente en su vida, han aprendido valen- tía los
hombres más amantes de la Eucaristía. Por ejemplo, muchos militares católicos. El
General Gastón de Sonis, que decía: “Cuando una Comunión buena ha puesto a
Jesucristo en la plaza, no se capitula”.
El Condestable Núñez Alvarez Pereira comulgaba todos los días en el campo de
batalla, y decía: “Si quieren verme vencido, no tienen más que privarme de la
Eucaristía”.
Se parecían al Rey San Fernando de Castilla, que comulgaba a la vis- ta de su
ejército y de todo el pueblo antes de entrar en batalla con los moros.

2. Y una mujer entre soldados y revolucionarios de París, en 1848. La Señorita


Desmaisieres, Vizcondesa de Jorbalán, hoy Santa María Micaela, va diariamente a
comulgar atravesando las barricadas en aquellos días aciagos. Algunos
revolucionarios le salen al paso prohibiéndoselo. Pero otros, viéndola saltar por
encima de los escombros, la felicitan orgullosos:
- ¡Dejen pasar a la ciudadana!
Nosotros diríamos: a la cristiana más valiente...

(Canto)

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