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Albert N. Martim. Disciplina Correctiva en La Iglesia

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Disciplina correctiva

en la iglesia
cd
El medio de gracia
olvidado y descuidado

Albert N. Martin
DISCIPLINA CORRECTIVA
EN LA IGLESIA
El medio de gracia olvidado y descuidado

Contenido

1. Introducción ....................................................................... 3
2. La necesidad de la disciplina correctiva en la iglesia ....... 5
3. Los propósitos de la disciplina correctiva ...................... 12
4. Las formas principales de la disciplina correctiva ......... 16
5. Algunas advertencias necesarias ..................................... 18
6. Sumario y Conclusión ..................................................... 24

1
Traducido de la edición en inglés de Chapel Library, Corrective Church Dis-
cipline: The Forgotten and Neglected Means of Grace por Albert N. Martin.

Copyright © 2025 Chapel Library.

Traducido y editado por Jorge E. Castañeda.

A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas fueron tomadas de
la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
En todo el mundo, descargue nuestro material desde cualquier parte del
mundo sin cargo alguno, desde nuestro sitio web en Internet o comuníquese
con el distribuidor internacional que se indica allí para su país.

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teriales centrados en Cristo, por favor póngase en contacto con:

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Teléfono: (850) 438-6666
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2
DISCIPLINA CORRECTIVA
EN LA IGLESIA
El medio de gracia olvidado y descuidado1

1. Introducción
Efesios 4:7-17 contiene una de las declaraciones más claras que se en-
cuentran en toda la Escritura con respecto al hecho de que el crecimiento
espiritual del creyente individual ocurre en el contexto de la vida corpora-
tiva de la iglesia. En otras palabras, el diseño de Dios para Su pueblo no es
que sean “lobos solitarios”.
Dentro del marco de una iglesia que funciona como un cuerpo coor-
dinado y bien nutrido, Dios ha colocado una actividad que ha llegado a ser
designada como “disciplina eclesiástica”. Cualquier lector de estas páginas
que pertenezca a una iglesia bíblicamente ordenada, lo más probable es
que haya oído que, como uno de los resultados de la Reforma Protestante,
se llegó a un acuerdo general en cuanto a que existen tres marcas innega-
bles de una verdadera iglesia de Cristo. Esas marcas son: la predicación
fiel de la Palabra de Dios, una visión y práctica correcta de los sacramentos
(el bautismo y la Cena del Señor), y el ejercicio fiel de la disciplina ecle-
siástica2.
Sin embargo, debido a los abusos que han marcado periódicamente la
práctica de la disciplina eclesiástica, el mismo término suele atraer sobre
sí una nube oscura y amenazante de pensamientos negativos. Para mu-

1
Medios de gracia – instrumentos que Dios se complace en usar para llevar a
cabo la salvación y la santificación en los corazones de los hombres: la predica-
ción de la Palabra, la lectura y el estudio de la Biblia, la oración, el bautismo, la
Cena del Señor, la comunión piadosa y la disciplina eclesiástica.
2
Las marcas por las cuales se conoce la verdadera iglesia son estas: si en ella se
predica la pura doctrina del evangelio; si mantiene la administración pura de
los sacramentos tal como fueron instituidos por Cristo; si se ejerce la disciplina
eclesiástica para la corrección del pecado; en resumen, si todas las cosas se con-
ducen conforme a la pura Palabra de Dios, se rechaza todo lo contrario a ella y
se reconoce a Jesucristo como el único Cabeza de la iglesia. Por estos medios se
puede conocer con certeza la verdadera iglesia, de la cual ningún hombre tiene
derecho a separarse. (Confesión Belga, Artículo 29: De las marcas de la verda-
dera iglesia…, 1561).

3
chos, el término evoca imágenes de inquisiciones, encarcelamientos, ho-
gueras y otras actividades crueles y deshumanizantes. Para disipar esta
nube de negatividad, puede ser útil ofrecer una definición amplia de lo que
entendemos por “disciplina” en general, y luego abordar el tema bajo dos
categorías principales: Disciplina Formativa y Disciplina Correctiva.

A. Una definición
En su sentido más amplio, la palabra disciplina simplemente significa
entrenamiento. Como alguien ha observado acertadamente: “La disciplina
implica instrucción y corrección; es el entrenamiento que mejora, mol-
dea, fortalece y perfecciona el carácter.”3 Las Escrituras asumen, y afirman
explícitamente, que todo hijo de Dios anhela ser conformado a la seme-
janza moral del Señor Jesucristo (Mateo 5:6; Romanos 7:15-25; 1 Juan
2:15-17). Con este propósito, el verdadero creyente desea beneficiarse de
todos los medios ordenados por Dios que contribuyan a la perfección de
su carácter, conforme al modelo de su Señor (1 Juan 2:6; Romanos 8:29).

B. Disciplina formativa
Existen otros libros y folletos que identifican e instruyen acerca de
algunos de los medios que Dios ha ordenado para nuestra maduración, los
cuales constituyen lo que se conoce como disciplina formativa. Me refiero
a cosas como un compromiso pactado con la membresía en una iglesia
confesional y ordenada bíblicamente, junto con una determinación de
participar plenamente en la vida y el ministerio de esa iglesia (Hechos
2:42). También me refiero a la lectura seria de la Biblia, la oración privada,
y a otras disciplinas esenciales para el crecimiento espiritual personal en
la gracia.
Estas cosas, entre muchas otras, constituyen los “dedos” de Dios me-
diante los cuales Él nos moldea y conforma a la imagen de Su Hijo. Por
esta razón, es útil considerar estas actividades como la disciplina forma-
tiva (entrenamiento) de Dios para con Sus hijos. Ignorar o descuidar el
compromiso con cualquiera de ellas impedirá, en cierta medida, la obra
moldeadora de Dios en nuestras vidas. Cuanto más participemos y nos be-
neficiemos de las disciplinas formativas —por el poder habilitador del Es-
píritu Santo—, menor será la necesidad de aquellas actividades que están
relacionadas con lo que aquí denominamos disciplina correctiva.

3
Everett F. Harrison (Editor-in-Chief), Baker's Dictionary of Theology (Grand Rap-
ids, Michigan: Baker Book House, 1969), 167.

4
C. Disciplina correctiva
Es un hecho generalmente reconocido que uno de los pecados más
grandes de las iglesias en nuestros días es su fracaso en ejercer la necesaria
y bíblicamente estructurada disciplina correctiva. He escrito este folleto
con el propósito de cambiar esa dolorosa realidad. Al tratar de captar las
principales líneas de verdad bíblica sobre este tema crucial, considerare-
mos cuatro categorías en la enseñanza bíblica respecto a la disciplina co-
rrectiva en la iglesia:
● La necesidad de la disciplina correctiva en la iglesia
● Los propósitos de la disciplina correctiva
● Las formas principales de la disciplina correctiva
● Algunas advertencias necesarias sobre la disciplina correctiva

2. La necesidad de la disciplina correctiva en la


iglesia
Quizá ya te estés haciendo la siguiente pregunta: “Si la iglesia está
compuesta por personas que confían en el Señor Jesucristo, lo aman,
desean agradarle, y además aman y sirven a sus hermanos en la fe, ¿por
qué sería necesaria la disciplina correctiva?”.
La respuesta a esa pregunta descansa sobre dos pilares gigantes de
enseñanza bíblica clara.

A. Pilar 1: La enseñanza de Cristo


El primero de esos pilares es la enseñanza clara de nuestro Señor Je-
sucristo. En los evangelios, hay solo dos ocasiones en las que Jesús utiliza
la palabra iglesia. La primera se encuentra en Mateo 16:18, donde nuestro
Señor afirma con valentía que Él edificará Su iglesia, una iglesia que será
invencible frente a las puertas del Hades. La segunda aparece en Mateo
18:15-18. En este pasaje, Jesús contempla un segmento específico de la
iglesia que Él edificará, un segmento que hoy designamos como iglesia
local.
Nuestro Señor no anticipa que esta asamblea esté compuesta por per-
sonas perfectamente santificadas. Más bien, Él considera la iglesia de
forma realista, como una comunidad integrada por personas que todavía
pecan, y cuyo pecado en ocasiones provocará rupturas en las relaciones
fraternales entre los miembros de esa congregación.

5
Además, Él prevé una situación en la que un hermano o hermana en
pecado sea confrontado por la persona contra quien ha pecado. Sin em-
bargo, en lugar de reconocer su falta, arrepentirse y buscar el perdón para
restaurar la relación, el discípulo profesante se niega a reconocer su pe-
cado, incluso después de haber sido confrontado nuevamente en presencia
de dos o tres testigos. Rehusando aceptar su culpa y arrepentirse, los he-
chos del caso se presentan ante la iglesia, cuyos miembros, con urgencia
y amor, le llaman al arrepentimiento4. Una vez más, él se niega resuelta-
mente a admitir su pecado y a tratarlo con un arrepentimiento conforme
al evangelio.
¿Qué debe hacer entonces la iglesia con esa persona? Jesús lo deja muy
claro: la iglesia debe desecharlo y dejar de considerarlo como un hermano.
En cambio, ha de ser tenido por “un gentil y publicano”. Ya no se le deben
conceder los privilegios especiales propios de los hijos de Dios unidos en
comunión de iglesia. Es más, la persona excomulgada debe ser evitada in-
cluso en las interacciones sociales ordinarias, para que tenga un anticipo
de lo que sería estar eternamente separado del pueblo de Dios (1 Corintios
5:11-13; Tito 3:10; 2 Tesalonicenses 3:14). Se debe orar por él y tratarlo
con el mismo amor con que buscaríamos ganar a un gentil o publicano
para la fe del evangelio, pero sin olvidar que no debe ser tratado como un
incrédulo cualquiera que pudiera estar presente en nuestras reuniones.
Debe sentir la realidad de lo que Pablo describe como “este castigo, infli-
gido por muchos” (2 Corintios 2:6).
Durante mis años de ministerio pastoral, una de las formas en que
procuramos aplicar estas directrices bíblicas respecto al trato con perso-
nas excomulgadas, fue exigirles que, si deseaban asistir a la iglesia, ocupa-
ran el último asiento una vez comenzado el culto y salieran del templo
durante la oración final.
Es crucial notar que, en este pasaje, nuestro Señor no ordena la dis-
ciplina correctiva principalmente por la gravedad del pecado cometido. El
asunto comenzó como una ofensa privada entre dos hermanos. No obs-
tante, fue la obstinada negativa del ofensor a reconocer su pecado, arre-
pentirse y buscar la restauración con su hermano, lo que finalmente re-
sultó en su exclusión de la comunión de la iglesia. Diciéndolo de manera
sucinta, es correcto afirmar que en última instancia, solo hay un pecado
por el cual una persona es excomulgada: la falta de arrepentimiento.

4
Hombres buenos y piadosos, igualmente comprometidos con ejercer la disciplina
eclesiástica bíblica, difieren en su comprensión de algunos detalles específicos
sobre cómo deben implementarse las instrucciones de nuestro Señor en Mateo
18:15-20.

6
La iglesia visible de Cristo debe estar compuesta por discípulos com-
prometidos a “seguir la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá
al Señor” (Hebreos 12:14). Cuando una persona persiste voluntariamente
en negarse a arrepentirse de un pecado, incluso tras múltiples amonesta-
ciones, demuestra que ha perdido el derecho a ser considerada como un
verdadero hijo de Dios (1 Juan 3:4-10).
Debemos comprender que, cuando la iglesia excomulga a uno de sus
miembros conforme a los mandamientos claros de la Escritura, ese acto
es nada menos que una sentencia pública pronunciada por Jesucristo a
través de Su iglesia. Esta realidad es destacada por nuestro Señor en Mateo
18:18.
Los verbos “ve y repréndele”, “toma contigo a uno o dos más” y “dilo
a la iglesia” están todos en modo imperativo. Cuando Jesús comisionó a
sus apóstoles, les dijo que debían hacer discípulos, bautizarlos, y enseñar-
les “que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:20). A la
luz de este hecho, la necesidad de ejercer la disciplina correctiva en la
iglesia está arraigada en la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, el ar-
quitecto, edificador y soberano de Su iglesia. Su mandato claro de ejercer
la disciplina correctiva forma parte de “todas las cosas” que Él ha orde-
nado. Si nos rehusamos a obedecer a Aquel que es la cabeza de la iglesia,
¿no nos diría Él lo mismo que dijo a otros en los días de Su carne?: “¿Por
qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46).
En Apocalipsis capítulos 2 y 3, el Señor ascendido se dirige a siete
iglesias en Asia Menor, hacia finales del primer siglo. En esas cartas, nues-
tro Señor elogia a la iglesia que ejercía disciplina correctiva (Apocalipsis
2:2) y reprende a las que no la aplicaban (Apocalipsis 2:14-15, 20). En la
última de las siete cartas declara: “Yo reprendo y castigo a todos los que
amo” (Apocalipsis 3:19). A la luz de estas realidades, debes hacerte la si-
guiente pregunta: ¿Recibiría la iglesia de la que soy miembro el elogio o
la reprensión del Señor soberano y cabeza de Su iglesia?

B. Pilar 2: La enseñanza de los apóstoles


El segundo de los pilares fundamentales de la verdad bíblica que exige
la práctica de la disciplina correctiva en la iglesia está compuesto por las
múltiples directrices y ejemplos de esta disciplina que se encuentran en
los escritos apostólicos.
Las epístolas del Nuevo Testamento son documentos inspirados por
el Espíritu, y contienen lo que las iglesias deben creer y practicar como
“columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Estas cartas fueron
escritas a iglesias específicas o a hombres encargados de dar directrices

7
apostólicas y orientación a tales iglesias. En un sentido muy real, estas
epístolas constituyen un registro del pastoreo apostólico hacia iglesias
reales que vivían su fe en el mundo real, con necesidades y problemas
reales. Hay numerosas referencias en estas cartas a la disciplina correctiva
en la iglesia. El formato limitado de este folleto hace imposible proporcio-
nar una lista exhaustiva o una exposición completa de todos los textos que
describen algún aspecto de la disciplina correctiva. Sin embargo, si algún
lector se viera confrontado por alguien que cuestione por qué pertenece a
una iglesia que practica la disciplina correctiva, el conocimiento de los
siguientes pasajes será una ayuda valiosa para dar respuesta a tal inquie-
tud.
1. Romanos 16:17-18
En la iglesia de Roma había algunos que causaban divisiones y escán-
dalos —es decir, enseñanzas contrarias a la doctrina apostólica que con-
ducían al pecado. Al dirigirse a toda la iglesia en Roma (el versículo 17
muestra que estas palabras están dirigidas a los “hermanos”, no solo a los
líderes), el apóstol Pablo ordena que estos falsos maestros sean claramente
señalados y decididamente evitados. Si no se hace así, su influencia insi-
diosa continuará afectando negativamente a otros con palabras suaves y
halagos.
2. 1 Corintios 5:1-13
De todos los pasajes apostólicos que tratan sobre disciplina correctiva,
ninguno ofrece más directrices útiles que este.
A continuación, se presenta un breve resumen de este capítulo. Pablo
ha sido informado de que un miembro de la iglesia de Corinto está invo-
lucrado en una forma grotesca de inmoralidad sexual. A pesar de que toda
la iglesia está al tanto de esta situación, no han hecho nada para corregirla.
Pablo escribe reprendiendo a la iglesia por su indiferencia y laxitud, y les
ordena tomar medidas inmediatas cuando se reúnan como iglesia. Bajo la
dirección de sus obispos5, deben expulsar a este hombre mediante un acto

5
Fue el patrón apostólico regresar a las ciudades donde se había predicado el evan-
gelio y guiar a las iglesias nacientes en la ordenación de ancianos (Hechos 14:21-
23). Dado que Pablo y sus compañeros habrían visitado Corinto en su segundo
viaje misionero, y dado que el texto dice que nombraron ancianos en cada igle-
sia, tenemos toda razón para creer que había ancianos establecidos en la iglesia
de Corinto. Este patrón apostólico de establecer un cuerpo de ancianos en las
iglesias incipientes fue evidentemente continuado cuando Pablo escribió a Tito
con estas palabras: “Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo defi-
ciente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé” (Tito 1:5).

8
de excomunión colectiva, entregándolo a Satanás para la salvación de su
espíritu. La última parte del versículo 13 resume la acción mandada por
el apóstol con estas palabras: “Quitad, pues, a ese perverso de entre voso-
tros.”
Este pasaje nos enseña, entre muchas otras cosas importantes, que el
proceso delineado por nuestro Señor en Mateo 18:15-18 para tratar con
pecados privados no está diseñado para todos los casos que requieren dis-
ciplina correctiva. El pecado de este hombre no fue una ofensa personal
ni privada. Era de conocimiento público. Escandalosamente notorio. Se-
gún el apóstol, la iglesia debía actuar de inmediato para excomulgarlo, ya
que los hechos y la naturaleza del pecado eran tan evidentes que Pablo
pudo decir: “Se oye decir que hay entre vosotros fornicación, y tal forni-
cación cual ni aun se nombra entre los gentiles…” (v. 1).
3. 2 Corintios 2:5-11
Este es un pasaje clave para construir una teología completa de la dis-
ciplina correctiva. Nos instruye sobre lo que debe hacerse cuando Dios usa
la disciplina para llevar al arrepentimiento al miembro disciplinado. El
enfoque central del pasaje está en los versículos 7-8, donde el apóstol ex-
horta a los corintios con estas palabras: “Así que, al contrario, vosotros
más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de
demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con
él.”
Es importante notar que Pablo no apela a la iglesia a manifestar “amor
incondicional” hacia este hombre evitando la disciplina cuando aún estaba
impenitente. Más bien, el mismo amor con principios que llevó a la iglesia
a realizar el doloroso acto de expulsar a este hombre, debía manifestarse
ahora en forma de amor evidente y cálido al restaurarlo a la plena comu-
nión.
4. 2 Tesalonicenses 3:6-15
Informes confiables habían llegado al apóstol Pablo indicando que al-
gunos miembros de la iglesia en Tesalónica estaban violando, de forma

A la luz de su responsabilidad de gobernar (Hebreos 13:17), de presidir (1 Tesalo-


nicenses 5:12), de pastorear (Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2), y de “cuidar de la igle-
sia de Dios” (1 Timoteo 3:5), los detalles prácticos de obedecer cualquier direc-
tiva apostólica dirigida a la iglesia local serían llevados a cabo bajo el sabio lide-
razgo de los supervisores designados. A la luz de estos hechos bíblicos, creo que
el liderazgo de los ancianos en la disciplina correctiva de la iglesia es, en el len-
guaje de la Confesión, una verdad “contenida necesariamente en la Sagrada Es-
critura” (Confesión Bautista de Londres de 1689, 1.6, disponible en CHAPEL
LIBRARY).

9
habitual, las claras directrices del cuarto mandamiento en su segunda
parte: el mandato divino de trabajar seis días. Pablo describe ese compor-
tamiento como desordenado o indisciplinado. En su primera carta a los
tesalonicenses, exhortó a los miembros de la iglesia a amonestar a tales
personas (1 Tesalonicenses 5:14).
Para cuando escribió la segunda carta, Pablo ya había recibido noticias
de que estos hermanos desordenados no habían cambiado su conducta.
Ante esto, en 3:6 el apóstol da una orden apostólica clara a toda la iglesia:
deben apartarse de estos hermanos desordenados. Muchos expositores res-
ponsables creen que esta orden presupone que el hermano desordenado
ya ha sido formalmente excomulgado. Luego, Pablo refuerza esta directriz
en el versículo 14 con estas palabras: “Si alguno no obedece lo que deci-
mos por medio de esta carta, a ese señaladlo y no os juntéis con él, para
que se avergüence.”
Sin embargo, hay otros intérpretes igualmente responsables que ven
en este pasaje una contribución distinta y matizada a la doctrina de la dis-
ciplina eclesiástica. Consideran que aquí se sugiere una forma de disci-
plina que, siendo pública y congregacional, no llega al punto de excomul-
gar o excluir de la iglesia a la persona6. Las iglesias que sostienen esta
interpretación suelen referirse a esta acción como una suspensión con
censura pública y restricciones sociales. Estas restricciones incluirían co-
sas como:
● Prohibición de ejercer un cargo u oficio en la iglesia
● No participar en la Cena del Señor
● No dirigir oraciones públicas en reuniones
● No participar en debates o conversaciones grupales
● No ofrecer hospitalidad a otros miembros
5. Otros textos
Hay otros pasajes que, aunque de menor peso, también enseñan for-
mas de disciplina correctiva. Estos textos indican algún tipo de reprensión
o amonestación que puede considerarse como expresiones legítimas de
disciplina dentro de la iglesia: 1 Tesalonicenses 5:14; Tito 1:10-13; 3:10-
11; 1 Timoteo 1:19-20; 5:20; Gálatas 6:1.

Resumen y aplicación
Después de haber considerado estos dos grandes pilares bíblicos que
sostienen la práctica de la disciplina correctiva, deberíamos poder decir

6
John R. W. Stott, The Message of 1 and 2 Thessalonians (Downers Grove: Inter-
Varsity Press, 1991), 193-194.

10
un fuerte “¡Amén!” a las palabras de dos grandes hombres de Dios del pa-
sado. El primero es Jonathan Edwards, quien concluyó un sermón sobre
este tema con estas palabras:
Pero la autoridad absoluta de Cristo debería ser suficiente en este
caso, aunque no hubiese otro motivo. Nuestro texto es solo uno de
muchos pasajes de la Escritura donde la disciplina estricta es expre-
samente ordenada y perentoriamente7 exigida. Ahora bien, ¿cómo po-
déis ser verdaderos discípulos de Cristo si vivís en el descuido de estos
mandamientos claros y positivos? “Si me amáis,” dice Cristo, “guar-
dad mis mandamientos” (Juan 14:15); y, “Vosotros sois mis amigos, si
hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14)… Si seguís fielmente las re-
glas de disciplina instituidas por Cristo, tenéis razones para esperar
Su bendición; porque Él suele8 bendecir Sus propias instituciones y
sonreír sobre los medios de gracia que ha establecido9.
El segundo es Robert Murray McCheyne. Siendo aún muy joven, este
siervo piadoso y útil de Cristo expresó cómo llegaron a formarse sus con-
vicciones respecto a la disciplina eclesiástica. Estas son sus palabras:
Cuando comencé mi ministerio entre vosotros, era sumamente igno-
rante de la gran importancia de la disciplina eclesiástica. Pensaba que
mi gran y casi única labor era orar y predicar. Veía vuestras almas
como tan preciosas, y el tiempo tan corto, que dedicaba todo mi es-
fuerzo a predicar la Palabra y la doctrina. Cuando se presentaban casos
de disciplina ante mí y los ancianos, los veía con algo semejante a re-
pulsión. Era un deber que rehuía; y puedo decir sinceramente que casi
me llevó a abandonar el ministerio entre vosotros. Pero agradó a Dios,
quien enseña a Sus siervos de una manera distinta a como lo hace el
hombre, bendecir algunos de esos casos de disciplina para la conver-
sión manifiesta e innegable de las almas bajo nuestro cuidado; y desde
ese momento, una nueva luz iluminó mi entendimiento, y vi que, si
la predicación es una ordenanza de Cristo, también lo es la disciplina
eclesiástica. Ahora me siento profundamente convencido de que am-
bas cosas son de Dios: que a nosotros se nos han confiado dos llaves
por Cristo: una, la llave de la doctrina, por medio de la cual abrimos
los tesoros de la Biblia; y la otra, la llave de la disciplina, mediante la

7
Perentoriamente – sin demora.
8
Suele – acostumbra.
9
Jonathan Edwards, The Works of Jonathan Edwards, Vol. II (Londres: Ball, Ar-
nold and Co., 1840), 121. Reedición disponible en The Banner of Truth Trust,
www.banneroftruth.org.

11
cual abrimos o cerramos el acceso a las ordenanzas del evangelio. Am-
bas son un don de Cristo, y renunciar a cualquiera de ellas es pecado10.
En la providencia de Dios, si llega el momento en que debes dejar tu
actual iglesia y estás considerando transferir tu membresía a otra congre-
gación, lo mejor para el bienestar de tu alma es indagar si la iglesia que
estás considerando no solo profesa creer, sino que realmente practica la
disciplina eclesiástica de forma bíblica, compasiva y acompañada de ora-
ción. Además, debes preguntarte a ti mismo si estás dispuesto a aceptar la
supervisión y las acciones de una iglesia así, en caso de que tu salud espi-
ritual requiera disciplina correctiva. Algunas iglesias incluso requieren
que los nuevos miembros hagan un voto solemne de que aceptarán y se
someterán a la disciplina de la iglesia.

3. Los propósitos de la disciplina correctiva


Al continuar con nuestra reflexión sobre la disciplina correctiva en la
iglesia, es crucial entender los propósitos por los cuales Dios ha instituido
este medio de gracia. Aunque los expondremos en forma secuencial, no
estamos sugiriendo que exista un orden inspirado de importancia.
Al considerar los diferentes pasajes bíblicos sobre este tema, emergen
varios propósitos. Por lo tanto, debemos entender que el propósito de la
disciplina correctiva no es simple, sino complejo; no es unilateral, sino
multifacético. Al considerar estos propósitos, no debemos verlos como
bloques apilados unos sobre otros, sino como porciones de un mismo pas-
tel de propósito divino —siendo la porción más grande la que se menciona
primero.
Al presentar estas perspectivas bíblicas, reconozco mi gran deuda con
el excelente sermón de Jonathan Edwards sobre este tema (en el volumen
dos de sus Obras Completas), y con un folleto muy útil de Daniel D. Wray
titulado Biblical Church Discipline (Disciplina Bíblica en la Iglesia).
Según las Escrituras, hay al menos seis propósitos distintos en la ad-
ministración de la disciplina correctiva. Aunque algunos de ellos se super-
ponen, cada uno tiene suficiente particularidad como para tratarse por
separado. Estos seis propósitos son:

10
Andrew A. Bonar, Memoir and Remains of R. M. McCheyne (Edimburgo: The
Banner of Truth Trust, 1966), 73.

12
A. Mantener el honor de Dios en Su iglesia
Nada es más precioso para Dios que la manifestación y protección de
Su honor y gloria. Así como cada cristiano individual debe reflejar el ca-
rácter de Dios y ser santo como Él es santo, así también la iglesia, en su
vida e identidad colectiva, debe hacer lo mismo (1 Pedro 2:9-12). Cuando
se tolera el pecado entre el pueblo de Dios, se produce el resultado descrito
en Romanos 2:22-24.
Nuestro Señor describe a la comunidad del Nuevo Pacto que Él vino
a formar como “la luz del mundo” y “la sal de la tierra” (Mateo 5:13-14).
Sin embargo, negarse a tratar bíblicamente con pecados que ameritan dis-
ciplina oscurece esa luz y anula la eficacia de esa sal. Escuchemos una vez
más las incisivas palabras de Jonathan Edwards:
Si toleráis la maldad visible en vuestros miembros, deshonraréis gran-
demente a Dios, a nuestro Señor Jesucristo, a la religión que profesáis,
a la iglesia en general y a vosotros mismos en particular. Así como los
miembros de la iglesia que practican la iniquidad traen deshonra so-
bre todo el cuerpo, también lo hacen aquellos que la toleran. El men-
saje que esto transmite es que Dios no exige santidad de Sus siervos,
que Cristo no la requiere de Sus discípulos, que la religión del evan-
gelio no es una religión santa, que la iglesia no es un cuerpo de siervos
santos de Dios, y que esta iglesia, en particular, no tiene ningún apre-
cio por la santidad ni la verdadera virtud11.

B. Restaurar y salvar a los miembros de la iglesia


Las Escrituras enseñan claramente que todos los verdaderos hijos de
Dios serán preservados en la fe hasta el fin (Filipenses 1:6). Pero con igual
claridad enseñan que los verdaderos creyentes deben perseverar hasta el
fin en el camino de la fe, la santidad y la obediencia, si quieren ser recibi-
dos favorablemente en el día final (Mateo 7:21; Mateo 22:14; Hebreos
10:38-39).
Por lo tanto, como medio de gracia, la disciplina correctiva tiene
como objetivo mantener a los hombres y mujeres en el camino de la fe y
la obediencia hasta el fin (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:5; Gálatas 6:1; 2
Tesalonicenses 3:14-15).
Vista bajo esta luz, la disciplina bíblica es un acto de amor —un amor
que se expresa con firmeza y gracia. No es otra cosa que un acto semejante
a Cristo, quien dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues,

11
Edwards, Works, Vol. II, 121.

13
celoso y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). También es un acto semejante a
Dios, quien dice: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni
desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama dis-
ciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:5-6).
Los resultados de la disciplina ordenada por el apóstol Pablo en 1 Co-
rintios 5 se describen vívidamente en 2 Corintios 7:8-12. En ese pasaje se
encuentran estas preciosas palabras: “Porque la tristeza que es según Dios
produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse”
(v. 10a).

C. Promover la pureza y la salud de la iglesia


La conducta falsa y la doctrina errónea, cuando se toleran dentro de
la iglesia, tienen un efecto contagioso y contaminante sobre los demás.
Por eso, Pablo exhortó a los creyentes en Roma a evitar a quienes intro-
ducían enseñanzas falsas en la congregación, pues su influencia estaba
engañando los corazones de los ingenuos (Romanos 16:18). En 1 Corin-
tios 5:6-8, Pablo compara la influencia del pecado tolerado con la levadura
en la masa: “un poco de levadura leuda toda la masa”.
Nuevamente, Jonathan Edwards lo expresa de forma contundente:
Para que los demás miembros no sean contaminados, es necesario que
testifiquen contra el pecado mediante su censura siempre que este se
manifieste entre ellos, especialmente en los actos más graves de im-
piedad. Si no lo hacen, contraen culpa por esa misma negligencia; y
no solo eso, sino que se exponen a aprender los mismos vicios que
toleran en otros, porque “un poco de levadura leuda toda la masa”. De
ahí surge la severa advertencia del apóstol: “Mirad bien, no sea que
alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de
amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos
12:15)12.

D. Disuadir a otros del pecado


Este principio está claramente subrayado por Pablo en 1 Timoteo
5:20: “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que
los demás también teman.” Ya sea que Pablo se refiera a los pecados de los
creyentes en general, o específicamente a los de los ancianos, el principio
es el mismo: la reprensión pública severa de un miembro puede ser usada
por Dios para provocar un temor saludable del pecado en los demás.

12
Edwards, Works, Vol. II, 121; énfasis mío.

14
En Hechos 5:11 leemos cómo la disciplina directa de Dios sobre Ana-
nías y Safira tuvo este efecto tanto dentro como fuera de la iglesia: “Y vino
gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.”
La disciplina eclesiástica es verdaderamente un medio de gracia poderoso
para disuadir a otros de pecar deliberadamente.
Este principio también estuvo en vigor bajo el antiguo pacto mosaico,
como se puede ver en Deuteronomio 17:12-13 y 13:11.
Dios no desprecia ni ignora nuestra conciencia social ni el temor na-
tural que surge de ella. Una vez más, se confirma el gran principio de que
no hay antagonismo entre la naturaleza13 y la gracia —solo entre la gracia
y el pecado.

E. Prevenir el juicio judicial de Cristo sobre la congregación


Después de señalar el pecado específico de la iglesia en Éfeso, el Señor
resucitado la llama al arrepentimiento, reforzando esa exhortación con
una advertencia alarmante: “Si no te arrepientes, vendré a ti pronto, y
quitaré tu candelero de su lugar” (Apocalipsis 2:5). Una amenaza similar
se emite a la iglesia de Pérgamo: “Arrepiéntete, pues; si no, vendré a ti
pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca” (Apocalipsis 2:16).
Nunca debemos olvidar el principio revelado en el capítulo 7 de Josué, en
el Antiguo Testamento, acerca del pecado de Acán: el pecado de un solo
hombre paralizó a toda la nación.
Según 1 Corintios 11:30, hay ocasiones en que Dios castiga a indivi-
duos dentro de la iglesia por sus pecados no confesados —un castigo que
puede incluir debilidad física, enfermedades específicas e incluso la
muerte prematura. ¿Cómo puede considerarse un acto de amor dejar a
nuestros hermanos solos en su pecado y en su impenitencia, cuando po-
drían estar acercándose rápidamente a una severa disciplina de parte del
Señor mismo, si no se arrepienten?

F. Promover la efectividad de nuestro testimonio al mundo


En Juan 13:35, nuestro Señor dijo: “En esto conocerán todos que sois
mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.” A la luz de esta afir-
mación, ¿qué sucede con la credibilidad del testimonio de la iglesia ante
el mundo observador, cuando se conocen y toleran pecados como falta de

13
Naturaleza – lo que pertenece a la creación, la cual Dios declaró “buena en gran
manera” (Génesis 1:31); no se refiere a lo que el pecado ha corrompido en el
mundo de Dios desde la creación (Efesios 2:3).

15
amor, disputas internas, chismes entre miembros, indiferencia hacia her-
manos con necesidades materiales, y no se tratan mediante una disciplina
correctiva adecuada?
Según Filipenses 2:14-15, es mediante una piedad corporativa evi-
dente que la iglesia “resplandece como luminares en el mundo”. Pablo
continúa diciendo que una iglesia así puede entonces “mantener firme la
palabra de vida” con credibilidad y autoridad. Solo cuando la iglesia, en su
vida común, manifiesta las virtudes destacadas en las Bienaventuranzas,
cumple verdaderamente su función como “la luz del mundo” y “la sal de
la tierra”.
Las penetrantes palabras de Edwards vuelven a ser oportunas. Él es-
cribió: “El bien de los que están fuera debería ser otro motivo... Si se man-
tuviera una disciplina estricta —y, por tanto, una moral estricta— en la
iglesia, probablemente sería uno de los medios más poderosos de convic-
ción y conversión para los que están fuera.”14
Habiendo considerado estos seis propósitos de la disciplina correctiva
de la iglesia como un medio de gracia instituido divinamente, pasaremos
ahora a examinar lo que he decidido llamar…

4. Las formas principales de la disciplina


correctiva
Al intentar organizar el material bíblico en categorías distintas, reco-
nozco que existe el peligro de hacer distinciones artificiales o arbitrarias.
Sin embargo, creo que una consideración cuidadosa de los pasajes clave
que tratan sobre la disciplina correctiva refleja el hecho de que existen dos
categorías o niveles básicos de dicha disciplina: La disciplina verbal y la
disciplina verbal que se extiende a dimensiones sociales. A continuación,
explicaré a qué me refiero con estos términos y presentaré los textos que
apoyan claramente esta distinción.

A. Los aspectos verbales de la disciplina correctiva


Con este término me refiero a aquella disciplina que no va más allá
del uso de palabras, con el fin de llevar al ofensor a reconocer su pecado,
arrepentirse y reformar su vida produciendo “frutos dignos15 de arrepen-
timiento” (Mateo 3:8).

14
Edwards, Works, Vol. II, 121.
15
Frutos dignos – corresponde a (Mt.3:8).

16
Dentro de esta categoría hay un espectro de interacciones verbales:
Desde el encuentro privado uno a uno, hasta un encuentro semi-privado,
y luego, una presentación verbal (por parte de los ancianos) ante toda la
membresía de la iglesia con reprensión, acompañada de un llamado verbal
al arrepentimiento. En cualquier caso donde el enfrentamiento privado o
semi-privado no resuelva el asunto, los ancianos obviamente deben ejer-
cer liderazgo recomendando la participación y acción congregacional,
cuando así lo requieran las Escrituras y el orden eclesiástico de su iglesia
local. Los siguientes textos claramente se ajustan a esta categoría: Mateo
18:15-17a; Tito 1:9-13; 3:10; 1 Timoteo 5:20.
Las diferencias en eclesiología (la doctrina de la iglesia) producirán
diferencias en las convicciones y prácticas con respecto a cuánta informa-
ción debe compartir la congregación, y cuánto derecho de decisión tiene.
Si bien debemos respetar la conciencia de cada iglesia en cuanto a estas
diferencias, todos deberíamos estar de acuerdo en que toda la iglesia debe
comprometerse a obedecer los aspectos verbales de la disciplina, tal como
se enseñan claramente en: Mateo 18:15; 1 Tesalonicenses 5:14; Lucas 17:3.

B. Los aspectos sociales de la disciplina correctiva


En este nivel, se requiere una acción social corporativa por parte de
la iglesia hacia la persona disciplinada. Este aspecto social debe estar pre-
cedido por una declaración verbal hecha por los pastores o ancianos, en la
cual se define clara y bíblicamente la base y la naturaleza de la disciplina,
y se instruye a la congregación sobre la manera en que debe tratar al dis-
ciplinado. Sin embargo, las palabras por sí solas no completan las direc-
trices bíblicas para esta fase de la disciplina correctiva.
Un examen de textos significativos conduce a la conclusión de que
este aspecto de la disciplina abarca desde evitar al hombre o la mujer dis-
ciplinados hasta dejar de considerarlos como hermano o hermana, y no
concederles ninguno de los privilegios relacionados con la interacción so-
cial distintivamente cristiana. Los siguientes textos demuestran varios as-
pectos de las dimensiones sociales implicadas en la doctrina bíblica de la
disciplina correctiva: 2 Tesalonicenses 3:6, 14-15; Romanos 16:17; 1 Co-
rintios 5:9-13; Mateo 18:17; y posiblemente Tito 3:10 (la palabra que se
traduce como rechaza puede también significar expulsar o evitar).
Esta distinción entre los aspectos puramente verbales y los que toman
una dimensión social definida, ha llevado a algunos a proponer la existen-
cia de una categoría intermedia llamada “suspensión” —una especie de
punto medio entre la amonestación pública verbal y el acto más radical de
excomunión o exclusión formal de la iglesia. Hombres piadosos e incluso

17
denominaciones enteras han afirmado esta comprensión en distintos ma-
nuales de orden eclesiástico o constituciones de iglesia.
Un ejemplo clásico de esta comprensión se encuentra en las palabras
de Benjamin Griffiths, quien escribió:
La suspensión debe ser considerada como el acto en que una iglesia
priva a un miembro de la comunión por alguna irregularidad en su
conducta que, aunque no alcanza la gravedad que amerita la excomu-
nión, sí justifica que la persona sea apartada del privilegio de la comu-
nión especial y del ejercicio de cualquier cargo. Esto se hace con el
propósito de llevarlo a la humillación (2 Tesalonicenses 3:6-7, 10-11,
14-15). Tal persona no debe ser considerada como enemigo, sino ex-
hortada como a un hermano en unión, aunque no en comunión. Pero
si tal persona permanece impenitente e incorregible, la iglesia, des-
pués de esperar prudentemente su restauración, debe proceder a la
excomunión (Mateo 18:17), pues esto significaría que ha “no oído a la
iglesia” en el más alto grado16.

5. Algunas advertencias necesarias


Hasta este punto del folleto hemos examinado la enseñanza de las Es-
crituras en cuanto a la necesidad, los propósitos y las formas de la disci-
plina correctiva en la iglesia. Ahora nos corresponde considerar algunas
advertencias esenciales que nos ayuden a entender correctamente y admi-
nistrar sabiamente esta disciplina. Presentaré cinco advertencias.

A. El deseo de tener un manual detallado de disciplina


Debemos cuidarnos del impulso natural de querer contar con un ma-
nual detallado sobre cómo ejercer la disciplina. Todos nosotros, por natu-
raleza, tendemos a jugar a ser Dios, al tiempo que caemos en la pereza
mental y espiritual. Estas tendencias surgen fácilmente cuando tratamos
con asuntos relacionados a la disciplina correctiva. A veces se manifiestan
en la forma de extralimitaciones —haciendo que la iglesia haga más de lo
que le corresponde en nombre de Cristo. Otras veces se manifiestan en el
deseo de encontrar un índice alfabético que nos dé una respuesta rápida y
específica para cada situación disciplinaria.

16
Benjamin Griffiths, A Short Treatise Concerning a True and Orderly Gospel Church
(Philadelphia: Philadelphia Baptist Association, 1743).

18
Sin embargo, en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, Dios
nos ha dado una revelación suficiente de Su mente y voluntad —una re-
velación que puede aplicarse a iglesias de todas las épocas, lugares y con-
textos sociales, étnicos y eclesiásticos. Con esta Palabra en nuestras ma-
nos, el Espíritu Santo morando en nuestros corazones, y con documentos
históricos de orden eclesiástico actuando como “control de calidad” sobre
nuestras conclusiones, debemos orar y buscar el camino de la sabiduría
piadosa al enfrentar casos específicos de disciplina correctiva.
Una de las razones por las que he citado libremente a escritores de
generaciones pasadas en este folleto, es para dar al lector una apreciación
por ese rico cuerpo de literatura, el cual actúa como un control de calidad
para nuestra comprensión de las Escrituras. No somos los primeros en
enfrentar situaciones complejas en relación con la disciplina correctiva.
No somos los primeros en tomar nuestras Biblias convencidos de que en
ellas hay respuestas a estas preguntas. No obstante, la tentación de buscar
caminos fáciles y respuestas simples sigue presente. No debemos ceder a
esa tentación redactando documentos que pretendan anticipar y resolver
cada forma imaginable de pecado que pueda requerir disciplina. Nunca
debemos olvidar la verdad fundamental ya mencionada: en última instan-
cia, el único pecado por el cual se ejerce disciplina es la impenitencia.

B. Extremismos antibíblicos en su administración


Debemos cuidarnos de la tendencia carnal a caer en extremos antibí-
blicos al aplicar la disciplina correctiva. Una analogía atribuida a Martín
Lutero lo ilustra bien: se cuenta que hablaba de un hombre borracho que,
tras caerse de un lado de su burro, lo volvía a montar —solo para caerse
del otro lado poco después. El pecado ha perturbado nuestro equilibrio
espiritual. A menudo nos comportamos como ese jinete. Según nuestra
personalidad, crianza o influencia externa, todos tenemos tendencia a in-
clinarnos hacia un extremo u otro en nuestra aplicación de las verdades
de Dios. La disciplina no es la excepción. Si se nos deja solos, caeremos ya
sea en la laxitud carnal, o en la severidad carnal.
1. Laxitud carnal
En una época sentimental y blanda, con bajos estándares de piedad y
una eclesiología deficiente, o como reacción contra experiencias pasadas
de disciplina severa, muchas iglesias hoy practican una laxitud carnal en
cuanto a la disciplina. Actúan como un padre que fue maltratado en su
infancia y, por esa razón, rehúsa ejercer una corrección necesaria y sabia
sobre sus propios hijos —ignorando textos como Proverbios 13:24; 22:15;
y 29:15.

19
Muchos hoy necesitan adoptar la perspectiva expresada por A. B.
Bruce, quien escribió:
Si un hermano en Cristo, por su condición eclesiástica, puede de-
cirme: “Debes amarme con todo tu corazón”, yo estoy en posición de
responder: “Reconozco esa obligación en abstracto, pero también te
exijo que seas tal que pueda amarte como cristiano, aunque seas débil
e imperfecto. Y considero que es tanto mi derecho como mi deber
ayudarte a ser digno de ese amor fraternal, mediante un trato sincero
respecto a tus faltas. Estoy dispuesto a amarte, pero no puedo, ni debo,
estar en buenos términos con tus pecados; y si te niegas a abandonar-
los, y virtualmente me pides que consienta de ellos por medio de mi
silencio, entonces nuestra hermandad ha terminado, y yo quedo libre
de mis obligaciones.”17
Fue esta actitud de laxitud carnal por parte de la congregación de Co-
rinto lo que llevó al apóstol Pablo a escribir de manera tan enérgica en 1
Corintios 5. Él reprendió a los corintios por su fracaso en tratar fielmente
con aquel hombre pecador mediante la disciplina correctiva de la iglesia.
No solo fallaron en disciplinarlo, sino que parecían estar orgullosos de po-
der seguir tolerándolo como miembro en plena comunión dentro de su
asamblea (vv. 2 y 6). Esto era, sin duda, laxitud carnal llevada al extremo.
2. Severidad carnal
En el otro extremo, siempre existe el peligro de caer en la severidad
carnal. Esto suele manifestarse después de un periodo prolongado de ne-
gligencia disciplinaria, cuando una iglesia redescubre la importancia de
ejercer una disciplina fiel. Entonces, los líderes pueden adoptar la actitud
de un paciente que duplica la dosis del medicamento recetado por su mé-
dico, asumiendo que si una pastilla es buena, dos deben ser mejores. Es
interesante notar que la misma iglesia de Corinto, que fue reprendida por
su laxitud en 1 Corintios 5, tuvo que ser exhortada en 2 Corintios 2 a no
ser excesivamente severa con el hermano arrepentido.
La historia de la iglesia está plagada de ejemplos tristes de daño cau-
sado por una disciplina excesiva. Esta severidad ha desprestigiado la prác-
tica de la disciplina y ha vacunado a muchas iglesias contra el uso correcto
de este medio de gracia.
Debemos procurar un equilibrio piadoso que refleje el carácter del
Dios que trata con los hombres con bondad y severidad. Este equilibrio se
exige en un texto como Judas 22-23.

17
A. B. Bruce, The Training of the Twelve (Edimburgo: T. and T. Clark, 1894), 204.

20
Esta advertencia contra la laxitud carnal y la severidad carnal está be-
llamente expresada en una sección de un documento puritano de Nueva
Inglaterra, recopilado por Cotton Mather y publicado en 1680. En una sec-
ción que trata sobre la disciplina correctiva, escribe lo siguiente:
Al tratar con un ofensor, se debe tener gran cuidado de no ser ni de-
masiado riguroso ni demasiado indulgente: Nuestro proceder debe ser
con espíritu de mansedumbre, considerándonos a nosotros mismos,
no sea que también seamos tentados (Gálatas 6:1), y recordando que
los mejores entre nosotros necesitamos mucho perdón del Señor (Ma-
teo 18:34-35). Pero como el objetivo es ganar y sanar el alma del ofen-
sor, no debemos enyesar con cal no templada (Ezequiel 13:10), ni sa-
nar las heridas de nuestros hermanos a la ligera. A algunos hay que
compadecer; a otros, salvar con temor18.

C. Crear categorías artificiales de pecado


Debemos cuidarnos de la tendencia a clasificar los pecados en catego-
rías artificiales o arbitrarias al momento de determinar si se debe aplicar
disciplina. Por naturaleza, todos tenemos una inclinación farisaica o in-
cluso romanista en este asunto. Pero cuando examinamos la lista de peca-
dos en 1 Corintios 5:11, vemos que, junto a pecados escandalosos como la
fornicación y la embriaguez, se incluyen también pecados como la codicia
y la maledicencia (el hablar injurioso). Pablo afirma que una vida marcada
por la práctica habitual de cualquiera de estos pecados es incompatible
con ser parte del Reino de Dios (cf. 1 Corintios 6:9-11). Por lo tanto, una
conducta pecaminosa persistente e impenitente, incluso después de múl-
tiples amonestaciones, amerita disciplina correctiva. Lo mismo enseña
Gálatas 5:19-21. Se cuenta que en una ocasión, Martín Lutero reprendió
públicamente a un hombre que intentaba obtener una ganancia injusta
por la venta de una casa, llamando a su acción “extorsión”.
Además, está claro que el pasaje de Mateo 18:15-17 no distingue entre
tipos de pecado al iniciar el proceso disciplinario. No es la naturaleza del
pecado lo que finalmente precipita la excomunión, sino la negativa persis-
tente a arrepentirse, a pesar de la evidencia del pecado y las repetidas ex-
hortaciones. Un verdadero cristiano no continúa voluntariamente en nin-
gún pecado como estilo de vida.
R. B. Kuiper expresó esta advertencia de manera muy clara:

18
Cotton Mather, The Great Works of Christ in America, Vol. 2 (Edinburgh: The
Banner of Truth Trust, 1979), 230.

21
La Iglesia Católica Romana hace una distinción marcada entre peca-
dos veniales y mortales. Muchos protestantes también presumen te-
ner la capacidad de decir cuáles pecados son grandes y cuáles peque-
ños. Así ha llegado a prevalecer la noción de que la iglesia debe ejercer
disciplina si uno de sus miembros comete un asesinato premeditado
o asalta un banco, pero no si miente ocasionalmente —o incluso fre-
cuentemente. Los que hacen tales distinciones están pisando terreno
peligroso. Todo pecado es grave, aunque hay unos más escandalosos
que otros. Pero el juicio de Dios al respecto puede diferir grandemente
del nuestro. Dios no se deja influenciar, como nosotros, por tradicio-
nes ni prejuicios populares. El octavo mandamiento prohíbe robar, y
el noveno prohíbe dar falso testimonio. ¿Qué derecho tiene alguien a
tomar menos en serio el noveno que el octavo? Por tanto, al ejercer
disciplina, la iglesia debe considerar no solo la gravedad del pecado
cometido, sino especialmente la actitud del ofensor hacia su pecado.
Si un asesino muestra señales genuinas de arrepentimiento, puede ser
tratado con ternura. Pero si un calumniador no da ninguna evidencia
de pesar, y se endurece, puede ser necesario excomulgarlo19.

D. Aislar el tema de su contexto congregacional


Debemos evitar cualquier tendencia a aislar los temas de disciplina
correctiva de su contexto corporativo. Es claro, al observar los pasajes
clave del Nuevo Testamento sobre disciplina (muchos de los cuales ya he-
mos examinado), que en casi todos los casos, las responsabilidades disci-
plinarias son expresadas como deberes de la congregación, bajo la direc-
ción de los ancianos que han sido puestos para “cuidar de la iglesia de
Dios” (1 Timoteo 3:5). Aunque hay situaciones en las que los ancianos o
miembros individuales deben aplicar formas privadas de disciplina verbal,
la mayoría de las directrices apostólicas al respecto están dirigidas a los
hermanos —es decir, a la membresía en general de la iglesia.
Por supuesto, las acciones de la congregación deben hacerse en obe-
diencia a las Escrituras, conforme a la aplicación sabia y pastoral de sus
líderes espirituales. En mi experiencia pastoral, solía recordarles a los cre-
yentes que venían buscando la intervención de los ancianos en una ofensa
personal, que primero debían obedecer Mateo 18:15 e ir a hablar en pri-
vado con la persona ofendida.

19
R. B. Kuiper, The Glorious Body of Christ (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans
Publishing Co., 1967), 311-312.

22
Una vez más, no hay reglas que se apliquen por igual a todos los casos.
Tanto los líderes como el pueblo de Dios deben rogar por sabiduría bíblica
y guiada por el Espíritu para tratar fielmente con el alma de su hermano.

E. Administrar disciplina sin las actitudes bíblicas requeridas


Debemos evitar administrar la disciplina correctiva sin las actitudes y
acciones complementarias requeridas por la Biblia. Es precisamente en el
contexto de la iglesia reunida para ejercer disciplina que nuestro Señor da
una maravillosa promesa sobre la disposición de Dios para responder las
oraciones de quienes se ponen de acuerdo (Mateo 18:15-20).
En este aspecto, John Owen es de gran ayuda. En el volumen 16 de
sus Obras Completas (págs. 169-170), él identifica actitudes y prácticas
que deben acompañar toda disciplina correctamente administrada: Ora-
ción ferviente, Lamento o tristeza por el pecado, Un profundo sentido del
juicio venidero de Cristo, Comprensión del propósito y la naturaleza de la
disciplina eclesiástica (que es correctiva, no vengativa; restauradora, no
destructiva). La evidencia de estas actitudes y actividades concomitantes
disuadirá cualquier acusación justa de que la disciplina eclesiástica es una
acción carente de amor.
El apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, les recuerda que
al ejercer su autoridad apostólica y corregirlos, lo hizo con pesar y pro-
fundo dolor personal (2 Corintios 2:4; 7:8, 12).
Desde mi experiencia pastoral, encontramos útil terminar cualquier
reunión congregacional que involucrara disciplina con una temporada de
oración ferviente y amorosa, pidiendo que Dios usara la disciplina para la
salvación y restauración del miembro disciplinado, y también para disua-
dir a otros del pecado.
Además, los ancianos solían seguir la reunión con una carta personal
dirigida al disciplinado, asegurándole nuestro amor por su alma y nuestra
disposición continua a acompañarle espiritualmente si llegaba a tomar
con seriedad su pecado.
Aunque los límites de este folleto no me permiten abordar el tema de
cómo la iglesia debe restaurar a un miembro disciplinado que se ha arre-
pentido, basta con decir que la exposición más rica del material bíblico
relacionado con este aspecto del tema se encuentra en 2 Corintios 2:3-11
y 7:8-12.

23
6. Sumario y Conclusión
Si tú, estimado lector, perteneces a una iglesia que fielmente te rodea
con todos los medios de gracia establecidos por Dios para la disciplina for-
mativa, eres una persona bienaventurada. Y si esa iglesia también practica
con fidelidad la disciplina correctiva, eres doblemente bendecido al estar
rodeado de otro medio ordenado por Dios para guardarte en ese camino
angosto que conduce a la vida.
Confío en que la lectura de este folleto ha fortalecido tu convicción y
ampliado tu comprensión respecto a la necesidad de la disciplina correc-
tiva, los propósitos que persigue y las formas que debe adoptar. Y también
espero que hayas tomado en serio las advertencias pastorales prácticas
acerca de los abusos que continuamente socavan este maravilloso medio
de gracia.
Si en algún momento tus pastores te exhortan a unirte a la congrega-
ción para implementar las directrices bíblicas relacionadas con asuntos de
disciplina correctiva, que puedas demostrar la realidad de tu discipulado
obedeciendo su administración del gobierno de Cristo en Su iglesia. Pocas
cosas traen mayor gozo a los pastores de una grey de Cristo que ver a los
miembros apoyándolos en oración, al buscar recuperar a una oveja desca-
rriada mediante la disciplina correctiva administrada conforme a la Escri-
tura. El testimonio de Pablo sobre esta realidad, en referencia a la iglesia
de Corinto —tal como se registra en 2 Corintios 7:2-16— es una afirma-
ción conmovedora y contundente de este hecho.

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