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3 Todorov - El Espiritu de La Ilustracion - Ficha

FICHA DE CATEDRA FILOSOFIA 1

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Ficha de cátedra sobre Todorov, T El espíritu de la Ilustración, Galaxia Gutemberg, 2008,

pp. 7-39.

En “El espíritu de la Ilustración”, Todorov se propone entender el cambio radical que


tuvo lugar durante el siglo XVIII, previo a la revolución de 1789, a fin de iluminar nuestra
actualidad, la cual se encuentra signada por la pérdida de los fundamentos intelectuales y
morales para construir nuestra vida en común.

El autor cree encontrar un marco conceptual que permita fundamentar nuestros discursos
y, por ende nuestros actos, en la vertiente humanista de la Ilustración. Por ello, se propone
trazar a grandes rasgos el pensamiento de la ilustración (capítulo 1) para luego atender a
las críticas que se le han hecho (capítulo 2) para combatirlos.

Según el autor, decir en qué consiste el proyecto de la Ilustración es difícil por dos
cuestiones. En primer lugar, porque se trata de una época de desenlace, que absorbe y
articula opiniones que en el pasado estaban en conflicto. En ese sentido, no se trata de
una época de innovación radical, pues encontramos en sus ideas rastros de la antigüedad,
de la edad media, del renacimiento, o incluso de la época clásica, sino que lo novedoso
es la mezcla y, asimismo, que intenten plasmarlas en el mundo real y concreto. En
segundo lugar, porque se trata de una época de debate, de disputas, que da lugar a escuelas
de pensamiento diferentes.

Sin embargo, frente a esta multiplicidad, podríamos aceptar, dice el autor, la existencia
de algo que podríamos llamar “el proyecto de la ilustración”, cuyas ideas fundamentales
son las siguientes: la autonomía, el humanismo y la universalidad.

La autonomía consiste en el rechazo de toda imposición por una autoridad ajena a


nosotros y el privilegio de las elecciones y las decisiones personales. Este proceso
comprende una fase crítica o emancipadora, en la que se desliga de toda tutela impuesta
desde afuera y por ello se analizan, cuestionan, critican y se ponen en duda los dogmas y
las instituciones sagradas y otra fase constructiva, en la que solo se dejan guiar por las
leyes, las normas y las reglas que se dan a sí mismos los que deben cumplirlas.
Esto resulta en una restricción de una autoridad basada en lo sobrenatural y en la tradición,
en vistas a aceptar aquella natural (homogénea a los hombres) que guíe la vida de los
hombres en vistas a un proyecto futuro. Liberado de antiguas tutelas, la Ilustración da
lugar a una visión del mundo “desencantado” que se rige por leyes físicas y a sociedades
humanas explicadas en términos de una mecánica del comportamiento humano. Ahora
bien, la mayoría de las críticas a la religión no se dirigen a cuestionar la experiencia,
creencia o moral, sino como función estructurante de la sociedad. Por ello, no implica que
el individuo abandone la religión sino antes bien queda fuera del Estado y se convierta en
un asunto privado. Aún más, las principales corrientes reivindican la religión natural, el
deísmo o una de sus muchas variantes y al mismo tiempo, se dedican a investigar otras
creencias como guía en el camino de la tolerancia y la libertad de conciencia. Libres del
antiguo yugo y sin lugar para la magia y la revelación, los hombres determinan, por medio
exclusivamente humano, sus nuevas leyes y normas.

La primera autonomía que se conquista, dice Todorov, es la del conocimiento, cuyas


fuentes (la razón y la experiencia) son accesibles a todo el mundo. La razón, opuesta a la
fe, adquiere importancia como herramienta de conocimiento y las pasiones se emancipan
de las obligaciones impuestas desde afuera. De este modo, a través de la liberación del
conocimiento, se abre el camino para el desarrollo de la ciencia. La física, con Newton a
la cabeza, avanza de forma espectacular, y les sigue la química, la biología e incluso la
sociología y la psicología. Los hombres de la ilustración creen que la liberación del
conocimiento servirá al bien común y quieren plasmarlo en todo el mundo. Por ello,
promueven la educación en todas sus formas y la difusión del saber por medio de las
publicaciones de enciclopedias y obras destinadas al gran público

El principio de autonomía cambia la vida del individuo pero también el de las sociedades,
por medio de la lucha por alcanzar la libertad de opinión, de expresión y de prensa pero
también aceptando la diversidad del ser humano individual y culturalmente. De todo esto,
dan cuenta la novela y la autobiografía que atienden a los hombres singulares y concretos
y también la pintura que presentan a los seres humanos en sus actividades diarias y
cotidianas. Se le otorga una nueva dignidad al mundo sensible que se pone de manifiesto
en la valoración del medio natural ajeno a la mano del hombre y en la valoración de la
actividad artística y en el arista que crea obras de manera autónoma y destinada al goce
estético.
La exigencia de autonomía transforma, bajo dos principios, de manera profunda las
sociedades políticas. El primer principio es la soberanía que comprende que el poder
reside en el pueblo y, por ende, nada es superior a la voluntad general. El segundo, es la
libertad del individuo respecto de todo poder estatal, por lo cual para garantizar estas
libertades concernientes al ámbito de lo privado se vela por el pluralismo y por el
equilibrio de los diferentes poderes. Se consuma de esta manera, la separación de lo
espiritual con lo temporal, organizados en función de sus propios criterios.

Aun cuando los individuos sigan siendo creyentes, los diferentes sectores de la sociedad
tienden a convertirse en laicos. Además del poder político, se seculariza la justicia (en
tanto se reprime lo que constituye una falta contra la sociedad, esto es un delito y no el
pecado), la escuela, (como espacio donde se transmite el conocimiento gratuito y
obligatorio), la libertad de prensa (como espacio de debate público) y la libre circulación
de los bienes (fundado en el valor del trabajo y del esfuerzo individual y no en jerarquías
arbitrarias del pasado). La gran ciudad aparece como el lugar privilegiado de todos estos
cambios porque favorece la libertad de los individuos, su reunión y el debate.

Ahora bien, aun cuando la voluntad de los individuos y de las comunidades se ha


emancipado de antiguas tutelas, la ilustración coloca otros medios de regulación: el
humanismo y la universalidad.

Con respecto al humanismo o antropocentrismo, dice Todorov, que durante el siglo


XVIII, la finalidad de nuestros actos dejar de apuntar a Dios para dirigirse a los hombres.
En ese sentido, el objetivo del Estado es el bienestar de los ciudadanos en el ámbito
público, y el objetivo de los ciudadanos es la búsqueda de la felicidad en el ámbito
privado.

La universalidad, dice el autor, consiste en afirmar que todos los seres humanos poseen
en tanto seres humanos derechos inalienables, recogiendo así la herencia de las ideas del
derecho natural. Se trata pues de los “derechos del hombre”. Asimismo, en tanto los seres
humanos tienen derechos idénticos, el derecho es el mismo para todos, de la cual se deriva
la exigencia de igualdad. Esto da lugar a luchas por derechos que siguen hasta nuestros
días.

Por otro lado, la afirmación sobre la universalidad humana genera el interés por
sociedades diferentes de las propias. Respecto a éstas, si bien por un lado las juzgan desde
sus propios parámetros culturales, por otro lado, hay un reconocimiento de la
multiplicidad de formas que puede adquirir la civilización, lo que, según nuestro autor,
con el tiempo, transformara la idea de humanidad. El pasado se convierte, a su vez, en
una sucesión de épocas históricas con coherencia y valores propios, que permite evitar la
mirada ingenua de confundir la tradición con el orden natural del mundo.

A partir de estos grandes rasgos del programa de la Ilustración, señalados por Todorov,
el autor se pregunta por su valor en la actualidad. En primer lugar, considera que en
Europa y en otras zonas que recibieron su influencia seguimos aceptamos el ideal de la
ilustración aun cuando no se hayan logrado todos sus objetivos. En este sentido, considera
por ejemplo que el conocimiento avanza libremente sin demasiadas prohibiciones
ideológicas, que los individuos gestionan por sí mismos su espacio privado, que se goza
en buena medida de libertad de expresión, que la democracia se mantiene como modelo
político, que los derechos universales y la libertad ante la ley son un ideario común, y que
la preocupación por el bienestar personal o el común son aún opciones de vida.

En segundo lugar considera que no se han conseguido todas las ventajas ni cumplido
todas las promesas de la Ilustración. Aún más, los terribles acontecimientos del siglo XX
– guerras mundiales, el holocausto, los totalitarismos- condujeron al descredito de
algunas de las ideas de la ilustración tales como el humanismo, la emancipación, el
progreso, la razón y la libre voluntad. Sin embargo, esta distancia entre sus promesas y
las realidades actuales, obligan a pensar, en primer lugar, acerca de la historia.

Dice el autor que se equivocan aquellos que consideran que la creencia en el progreso
lineal e ilimitado del género humano es propio del espíritu iluminista, pues si bien algunos
como Turgot, Voltaire, D’Alembert, Lessing o Condorcet defendieron esta posición,
muchos otros, como Hume y Mendelssohn, no. Por ejemplo, uno de los pensadores más
profundos de la ilustración francesa, Rousseau, se opone a esta concepción. Por un lado,
señala que el rasgo distintivo de la especie humana no es el progreso sino la
perfectibilidad, esto es, la capacidad de mejorarse a sí mismo y al mundo, aunque su éxito
no esté asegurado. Por otro, señala que todo progreso supone inevitablemente la regresión
en otro ámbito, es decir, se da una solidaridad de los efectos positivos y negativos propios
de la condición humana. Gozar de cierta libertad le permite al hombre transformarse y
cambiar el mundo, que lo lleva a hacer tanto el bien como el mal. Todorov cree que en la
actualidad podemos constatar que Rousseau tenía razón, por ejemplo, si consideramos
que los avances tecnológicos y científicos pueden no implicar una mejora moral y política
sino además ser nocivos en muchos casos. También, si atendemos a los problemas
sociales cuyas dificultades no se podrían resolver definitivamente. En este sentido, si bien
el espíritu de la Ilustración hace un elogio del conocimiento, eso no significa, dice
Todorov, que se crea que los seres humanos aprendan a controlar íntegramente al mundo
ni que lo moldeen según sus deseos y aún más que nuestras voluntades tanto individuales
como sociales sean trasparentes.

Por ello, si queremos apoyarnos en la actualidad en el pensamiento de la ilustración, dice


Todorov que hay que someterla a una revisión crítica y confrontarla lúcidamente con sus
consecuencias, deseadas y no deseadas. Pues, además, al criticarla, nos mantenemos fíeles
a la ilustración y ponemos en práctica sus enseñanzas.

De esta manera, en el capítulo 2, el autor analizar las críticas al pensamiento de la


ilustración distinguiéndolas entre las que implican un rechazo o un desvío.

Entiende como “rechazo” aquellas críticas en el que se da un desacuerdo fundamental,


frontal, sobre los principios y los ideales de la sociedad para la Ilustración, i.e. el valor
del hombre, de la libertad y de la igualdad. Tal es el caso de las previsibles condenas de
las autoridades eclesiásticas, en tanto son parte de quienes la ilustración combate, y que
se dan desde un inicio de su formulación pero que se multiplican a finales del siglo XVII
con la revolución, en la que se instaura una equivalencia entre ilustración y terror. Por
ejemplo, uno de los enemigos acérrimos de la Ilustración, Louis de Bonald, dice que el
error de la Ilustración fue colocar “al hombre en el lugar de Dios en cuanto principio de
sus ideales, (a) la razón (…) (de) cada individuo en el lugar de las tradiciones colectivas,
la igualdad en el lugar de la jerarquía y el culto a la diversidad en el lugar del culto a la
unidad”. Por ello, en tanto la imagen que Bonald da de la Ilustración (así como también
otros conservadores de la época de la restauración) es, a grandes rasgos, exacta se trata
de un rechazo a la Ilustración.

Sin embargo, en otras ocasiones, lo que se critica son más bien alguna de las caricaturas,
corrupciones o desvíos del ideario de la ilustración. Dice el autor, que por ejemplo
Montesquieu era plenamente consciente de los peligros que conllevaba los principios que
defendían i.e. el exceso de razón y los incordios de la libertad. En el caso de Rousseau
algunos rechazan la idea de la perfectibilidad de los hombres y de las sociedades en tanto
piensan que el ser humano quedó definitivamente corrupto por el pecado original, pero si
el sentido de aquella idea –el de perfectibilidad- se desvía afirmando el progreso de la
historia humana, entonces quienes rechazan esta idea creen rechazar la propia ilustración,
cuando en realidad la han simplificado, rigidizando y llevando al extremo.

Según Todorov, es un error o un desvío, acusar a la ilustración de proveer las bases


ideológicas del colonialismo europeo del siglo xix y de la primera mitad del xx. Sus
críticos dicen que “la Ilustración afirma la unidad del género humano, es decir, la
universalidad de los valores. Los Estados europeos, convencidos de ser portadores de
valores superiores, se creyeron autorizados a llevar su civilización a los menos
favorecidos. Para asegurarse del éxito de su empresa tuvieron que ocupar los territorios
en los que vivían esas poblaciones” Ahora bien, Todorov considera que creer que el
pensamiento de la Ilustración preparó las futuras invasiones, es tener una mirada
superficial de la historia de las ideas, pues en verdad lo que ocurrió es que los ideales de
la ilustración fueron utilizados para justificar la empresa colonial por parte de sus
ideólogos. Por ello, el autor cita al economista y teórico colonial Paul Leroy-Beaulieu
quien compara la colonización para el ámbito social con la reproducción y la educación
para el ámbito familiar. Y menciona Jules Ferry, defensor de la educación gratuita y
obligatoria en Francia y a su vez promotor de las conquistas coloniales en Indochina y en
el norte de África, sobre la base de del deber de civilizar a “las razas inferiores”. “Las
razas superiores, como los franceses y los ingleses, tienen el deber de injerencia ante las
demás”

En este sentido, así como el colonialismo utilizo el ideario ilustrado para su empresa
colonial, lo hicieron los españoles y portugueses en el XVI, con el cristianismo o lo que
hacen hoy los países del primer mundo con la democracia. Por ello, dice que la política
de colonización se oculta tras los ideales de la Ilustración pero en realidad avanza en
nombre del simple interés nacional. Sin embargo el nacionalismo no es producto de la
Ilustración, sino, en todo caso, un “desvío” de la misma: “el de no admitir que pueda
imponerse límite alguno a la soberanía popular.” De hecho, para Todorov, los
movimientos anticolonialistas se inspiran en los principios de la Ilustración, en concreto
cuando reivindican la universalidad humana, la igualdad entre los pueblos y la libertad de
los individuos.

La cuestión es más complicada, dice el autor, cuando se mezclan rechazos y desvíos. Por
ejemplo, el reproche especialmente grave que suele hacérsele a la Ilustración “de haber
generado, aunque involuntariamente, los totalitarismos del siglo XX.” El argumento que
se formula es que el hombre al haber rechazado a Dios y elegir por sí mismos los criterios
de bien y de mal, pretenden remodelar el mundo, aun siendo incapaces de comprenderlo,
adecuándolo a su ideal, eliminando o reduciendo partes importantes de la población
mundial a la esclavitud. Todorov comprende que las mayores críticas fueron sostenidas
por autores cristianos, aunque de diferentes iglesias: el poeta anglicano T.S. Eliot, el
ortodoxo ruso Alexandr Solzhenitsyn y del papa Juan Pablo II.

En La idea de una sociedad cristiana que Eliot publica en 1939 dirá que si se rechaza a
Dios (obra de la ilustración) habrá que someterse a Hitler o a Stalin. La única oposición
al totalitarismo es una sociedad auténticamente cristiana. Por su parte, Solzhenitsyn en su
discurso de Harvard de 1978 afirmará que el totalitarismo nace del “humanismo
racionalista”, que proclama y lleva a cabo la autonomía humana frente a toda fuerza
superior y al hombre como centro de lo existente. Finalmente, en Memoria e identidad,
Juan Pablo II señala que es en la historia del pensamiento europeo, (desde el renacimiento
hasta la ilustración) donde podemos encontrar el origen de los totalitarismos, pues
rechazando a Cristo, el hombre busca la felicidad y no la redención. De esta manera, el
hombre queda solo como creador de su propia historia y de su propia civilización y decide
por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo.

Bajo esta comprensión, se esfuma la diferencia entre Estados totalitarios y Estados


democráticos, aun cuando ambos tendrían su origen en el pensamiento de la Ilustración.
Para Eliot esta diferencia es secundaria pues comparten el ateísmo, el individuo y el valor
en los bienes materiales. Para Solzhenitsyn no son diferentes sino variantes de un mismo
modelo que sofoca toda vida interior del ser humano. Juan Pablo II continúa esta idea
subrayando que ambos comparten una misma aspiración al éxito material y la
permisibilidad moral.

Por ello, dice Todorov, debemos distinguir entre las diferentes críticas, por un lado,
aquellas que rechazan la apuesta ilustrada por la autonomía, por otro, los que critican más
bien su usos con una intención decorativa o de camuflaje por parte de los totalitarismos.
Por ejemplo, si bien el comunismo se reclama heredero de la ilustración, es difícil
encontrar sus huellas. Esta, dice el autor, consiste más bien en una religión política a la
que le cuesta crear una sociedad de la abundancia, pero no comprende el espíritu de la
Ilustración y la democracia que se basa en la autonomía, la igualdad, la búsqueda libre de
conocimiento, el humanismo y la búsqueda de la felicidad personal.

Además de este uso decorativo de la Ilustración, uno de sus desvíos es el cientificismo


(en el que el conocimiento pretende dictar los valores de la sociedad) que podemos
encontrar tanto en los regímenes totalitarios como, aun de modo diferente en los estados
democráticos. Sin embargo Todorov considera que es un desvío en tanto la ilustración se
niega a creer en la transparencia total del mundo para el sabio ni inferir el ideal de la
observación del mundo.

Entonces, algunas características que tanto Eliot, como Solzhenitsyn y Juan Pablo II
señalan son propias del espíritu de la ilustración tales como la autonomía, el
antropocentrismo, el fundamento exclusivamente humano de la política y de la moral, y
preferencia por los argumentos de razón en detrimento de los de autoridad. Sin embargo
la acusación que la moral de la ilustración es exclusivamente subjetiva es errónea, por
cuanto es intersubjetiva en tanto “los principios del bien y del mal son objeto de consenso,
que puede llegar a ser el de toda la humanidad y que establecemos intercambiando
argumentos racionales, es decir, fundamentados todos ellos en características humanas
universales”. En ese sentido, “la moral de la Ilustración deriva no del amor egoísta a uno
mismo, sino del respeto a la humanidad.” Por otro lado, la concepción de la justicia propia
de la Ilustración es menos revolucionaria de lo que sus críticos sugieren. Si bien es cierto
que la ley es expresión de la voluntad autónoma del pueblo, tiene sus límites, no es
arbitraria. Por ejemplo, para Montesquieu, la justicia es anterior y superior a las leyes.
Además, los principios de la justicia no sólo son objeto de un amplio consenso sino que
además en la mayoría de los países democráticos están contemplados en la Constitución
o en sus preámbulos.

A partir de aquí Todorov concluye que, los herederos del espíritu de la ilustración deben
resguardarse en dos frentes, el de los rechazos y los desvíos, y combatirlos con diferentes
argumentos. La estrategia es doble. No es cierto que rechazar una vía implique aceptar
otra, sino que también “está abierto el camino de la autonomía, del humanismo y de la
universalidad”

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