¿Por qué la cruz?
Card. Christoph Schönborn
Arzobispo de Viena
La cruz es la expresión más densa de la confesión de la fe. La señal de la cruz
es la señal de la identidad cristiana, símbolo de los cristianos. Es un símbolo
exactamente por su realidad. La fuerza simbólica de la cruz se pierde cuando se
separa de la realidad única, concreta e histórica, y se torna un símbolo universal,
“sublimado”. Por otro lado la contingencia histórica del acontecimiento no puede ser
separada del significado simbólico. La cruz es el ápice de la vida de Jesús, la “Hora”
a la cual toda su vida tiende y que significa la plenitud de su misión. La cruz se eleva
en el centro del plan salvífico de Dios; no es un acontecimiento histórico cualquiera y
“por acaso”, sino un designio de Dios. A pesar de esto, también es un acontecimiento
que surgió como consecuencia de actos y omisiones humanos, en sí no necesarios; la
cruz es intencional por la culpable voluntad de los hombres. Así, la cruz se encuentra
en el punto de intersección de la acción histórica del hombre y del plano salvífico
divino.
La cruz es un instrumento horrendo de tortura, y, como tal, producto de la
perversidad humana. Sin embargo, es la señal celebrada en el himno: Ave Crux, Spes
unica.
Los brazos extendidos en la cruz ofrecen una imagen terrible, pero son estos
brazos extendidos los que simbolizan realmente aquello que Jesús prometió: «Y yo
cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).
Así, la cruz es columna de castigo y trono, leño de maldición y árbol de la
salvación. La “elevación” de Jesús en la cruz es su elevación al Padre: «Padre...
glorifica a tu Hijo» (Jn 17,1).
Nuestra contemplación del Symbolon tiene en Cristo, que es «el Símbolo en sí
mismo», su forma normativa y su contenido esencial. En la cruz se unen, al menos
una vez, el contenido y la forma del Symbolon. De ahí el Apóstol Pablo puede afirmar
que todo el anuncio del evangelio es «Cristo, Cristo crucificado» (1Cor 1,23).
Así, preguntamos
1. ¿Cómo, en el desarrollo de los acontecimientos históricos, resultó la muerte
de Jesús?
2. ¿Cómo se realizó el Plan de Dios en estos acontecimientos y a través de
ellos?
3. ¿Cómo es que la cruz de Jesús finalmente se tornó la piedra angular de la
redención? (¿Qué significan redención y salvación?)
1. ¿Cuál fue la causa de la muerte de Jesús?
El testimonio de los Evangelios muestra claramente que la verdadera razón de
la condenación de Jesús era de naturaleza estrictamente religiosa. El comportamiento
de Jesús fue considerado blasfemo, pues demostró que Él actuaba con la propia
autoridad de Dios: «Siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn 10,33; ver Jn
1
5,18). Los conflictos de Jesús con las autoridades religiosas, en Jerusalén,
comprueban que la cuestión más profunda era aquella respecto a su autoridad y, al
final, su identidad (ver especialmente Mc 12).
¿Cómo puede un hombre afirmar: «El que ama a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es
digno de mí» (Mt 10,37)? ¿No es el cuarto mandamiento el primero del amor al
prójimo? Esta exigencia de Jesús, sin embargo, pertenece al amor a Dios, a los tres
primeros mandamientos.
¿Cómo podría, jamás, un hombre osar decir: «Por todo el que se declare por mí
ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de
Dios» (Lc 12,8)? ¿Entendemos aquí que la salvación eterna del hombre está en
dependencia de su posición con relación a Jesús?
Podemos aquí adivinar cuán terribles eran éstas y muchas otras palabras, gestos
y obras de Jesús para los líderes religiosos. Se aproximaba inexorablemente una
situación en que cada uno precisaba tomar una decisión: quien estaba a favor de
Jesús, aceptaba también sus palabras, reconociendo que Él es enviado por Dios. Los
fariseos y los doctores de la ley creían que debían rechazar a Jesús en nombre del
mismo Dios. El no reconocimiento de Jesús por su parte quería significar fidelidad a
Dios. Pero rechazando a Jesús, ¿cómo podrían explicar sus buenas obras, las
curaciones y sus inexplicables e inauditos poderes?: «Jamás un hombre ha hablado
como habla ese hombre» (Jn 7,46).
En este conflicto dramático, ellos creían “estar sirviendo a Dios”, al mandar
matar a Jesús. ¿Era su muerte inevitable? ¿Era como en una tragedia griega en que
todo converge para la catástrofe fatal? ¿Podría haber sido diferente?
¿No quería Jesús conquistar a Israel con todo el amor y la pasión de su
corazón? ¿No hizo todo para que su pueblo se convirtiese? La seriedad de esta lucha
se refleja en sus lágrimas conmovidas, en el lamento sobre Jerusalén. Al aproximarse
a la ciudad, en aquel lugar donde los peregrinos, al ver la ciudad y el templo, gritaban
de júbilo (ver Sal 121), Jesús lloró y dijo: «¡Si también tú conocieras en este día el
mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos» (Lc 19,42). Y ese otro
lamento de Jesús, el gran lamento de Dios sobre “su primer amor”: «¡Jerusalén,
Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas
veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no
habéis querido!» (Lc 13,34).
Aún así, ¿la incredulidad de los judíos es responsable por la muerte de Jesús?
Ellos no reconocieron «el tiempo de tu visita» (Lc 19,44). «Tú no quisiste». Jesús
definió esta situación con una parábola: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres
de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están
sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: “Os hemos tocado la flauta, y
no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado”» (Lc 7,31-32).
¿Pero de dónde proviene esta indiferencia, esta negación? Jesús, crucificado,
rezaba: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). ¿Estas
palabras se refieren directamente sólo a aquellos que lo crucificaban? El mismo
Pedro dice después de Pentecostés: «Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por
2
ignorancia, lo mismo que vuestros jefes» (Hch 3,17). «De haberlo conocido no
hubieran crucificado al Señor de la Gloria» (1Cor 2,8).
¿Ignorantes, esto es, inocentes? Sin duda, existe una historia concreta de culpa
en la crucifixión de Jesús: comienza con el endurecimiento de los corazones de
aquellos que se escandalizan con las curaciones de Jesús (Mc 3,1-6); ellos no quieren
ver ni oír. Pero también existe la fuga y la traición de los discípulos, las maniobras
políticas de la aristocracia del templo, la cobardía del gobernador romano, la falta de
coraje de los miembros del Consejo Consejo de Ancianos? El Sanedrín estaba
compuesto por los sumos sacerdotes, el Consejo de ancianos, y los escribas o
doctores de la ley. El Sanedrín incluye al consejo. [¿Sanedrín?]. Pero, por detrás de
este círculo inmediato de fracasos, de omisiones y traiciones individuales, cuya
sumatoria llevó a la condenación y muerte de Jesús, otros círculos de culpabilidad se
hacen manifiestos: toda la culpa del pasado de Israel. Generación tras generación
(«¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos!»), Israel dice “no” a su Dios: «no
habéis querido».
¿Pero será que la condenación de este único inocente se debe solamente a la
larga historia de culpas de Israel? Muchos otros círculos de culpa y de pecado surgen,
círculo tras círculo, comenzando por el primero: el “no” del pecado original, de
consecuencias inmensurables. Todas las negaciones jamás???? hechas a Dios, se
concentran en esta hora del rechazo de Jesús. Pues, en esta hora está en juego el “sí”
decisivo de Dios. ¿Puede existir un pecado mayor que el rechazo a Jesús, en el cual,
Dios nos ha dado todo (ver Rom 8,32)? Mas aún: el pecado, cada pecado, es, en su
esencia, rechazo a Jesús, al Hijo de Dios, a la Palabra eterna, por la cual todo fue
creado y a la cual todo pertenece: «vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron».
La crucifixión de Jesús es obra de algunos hombres, en el tiempo de Poncio
Pilato, gobernador en Judea. Sin embargo, la crucifixión no es un acto aislado,
practicado solamente por aquellos pocos individuos. Bajo este acto están todos los
pecados de todos los tiempos, pues cada pecado es un no al “derecho” de Dios. Así
como el pecado original, todo pecado significa no creer en Él. Así como aquellos que
lo condenaron, no creían en Él, lo crucificaron.
El Catecismo Romano responde a la pregunta sobre la causa de la Pasión de
Jesús: todos los pecados y vicios cometidos por los hombres, desde la creación del
mundo hasta su consumación, juntamente con el pecado original, constituyen tal
motivo1.
Esta dimensión de la cruz, extraña a la evaluación puramente histórica de los
acontecimientos, puede ser revelada solamente por el Espíritu Santo, de quien Jesús
dice que Él mostrará al mundo el pecado y este pecado es que «no creen en mí» (Jn
16,8-9).
Nosotros lo crucificamos. Éste reconocimiento aterrador fue concedido a Pablo
solamente después de su encuentro con el Resucitado: Jesús fue crucificado por mis
pecados, verdad que se reveló a Pablo en el momento en que él llegó al
reconocimiento avasallador de que «Jesús murió por mis pecados». Esta terrible
verdad, la de que Pablo era cómplice de la crucifixión de Jesús, sólo le resultó
1
Catecismo Romano, I, 5, 11; ver C.I.C., 598.
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evidente a la luz de la verdad expresada en su Carta a los Gálatas como la esencia de
su conversión: «El Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál
2,20).
2. Murió por nuestros pecados, según las Escrituras
Vemos así que la verdadera dimensión de la culpa por la muerte de Jesús sólo
se hace manifiesta cuando reconocemos, con los ojos de la fe, quién es aquel que fue
condenado. ¿Cómo podría acontecer que el Hijo de Dios fuese muerto por su propia
criatura? «Él vino a los suyos y los suyos no lo recibieron». Llegamos entonces a
percibir que esta condenación no es un simple incidente desagradable en la historia
del mundo, tan repleto de injusticias. La condenación de Jesús es la cristalización de
todo aquello que era, es y será pecado. Solamente en la cruz y delante de ella se
evidencia la propia esencia y el inaudito peso del pecado, y del terrible precio que
fue pagado para redimirlo.
En su famoso diálogo Cur Deus homo?, San Anselmo de Canterburry dice a su
discípulo Boso: «Nondum considerasti quanti ponderis sit peccatum» (I,21).
Sentimos dificultad para evaluar este peso. Solamente por la cruz, donde el “pecado
del mundo” clavó al propio Hijo de Dios, se torna evidente el significado del pecado.
Éste es en su esencia la negación del derecho de Dios (“todo le pertenece”) y, por
eso, es la negación de la verdad sobre nosotros mismos.
Y es justamente esta cruz la que el propio Dios transforma en instrumento de
salvación.
En la parábola de los malos viñadores, la lógica de la narración exige que el
asesinato infame del Hijo y Heredero sea vengado por un castigo draconiano: «¿Qué
hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a
otros» (Mc 12,9). Ésta sería la solución para la culpa de los viñadores. Nosotros
merecemos esta expiación.
Al contrario de lo que se espera, acontece lo increíble: la condenación de su
Hijo por los pecadores es transformada por el propio Dios en el perdón de sus
pecados. No hay expiación de la culpa a través de castigo merecido, sino redención
de la propia culpa. En lugar de rechazar a los viñadores por su crimen, en lugar de
aniquilarlos, el dueño de la viña hace lo más inaudito: Él mismo entrega a su Hijo en
sus manos. (es una perspectiva que no nos gusta mucho, eso de que el Padre entrega
al Hijo a la muerte, más que una voluntad positiva, es que permite el mal de la muerte
del Hijo… pero en fin). Su crimen realiza la misericordiosa benevolencia de Dios. El
Hijo muere por las manos de sus asesinos, pues fue el propio Padre el que lo entregó
en sus manos, a fin de que Él muriese por ellos.
Pedro dice en su prédica de Pentecostés, en Jerusalén: «A éste, que fue
entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le
matasteis... a éste, pues, Dios le resucitó» (Hch 2,23-24).
En esto se realiza del modo mas sublime la Providencia: por la inexplicable
sabiduría de Dios, justamente aquello que es maldad humana se tornó en un acto de
Su bondad para con nosotros. La “analogía de la fe” nos ayuda a comprender este
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misterio. En el último capítulo de la historia de José y de sus hermanos, después de
haber reconocido su culpa, delante de él, José les dice: «El mal que tenían intención
de hacerme, el designio de Dios lo convirtió en bien, a fin de cumplir lo que se realiza
hoy, salvar la vida a un pueblo numeroso» (Gén 50,20).
El Catecismo añade: «Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el
rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres,
Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la
glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se
convierte en un bien»2.
3. Redimidos por la cruz de Jesús
En la cruz, Jesús venció el “no” dado a Dios por toda la humanidad, con el
grito inmenso del “sí”. «Todo está consumado». Todo el “no” dado a Dios, el pecado
del mundo, lo llevó a la cruz. En la cruz, Jesús venció el “no”.
En Getsemaní, Jesús aceptó sin restricciones la voluntad del Padre, se entregó
por nosotros, sometiendo su voluntad humana, al decir “sí”: «No se haga mi
voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Él pronunció, por todos nosotros, el “sí” liberador
a la voluntad del Padre. «En Él tenemos la redención» (Col 1,14). Él es al mismo
tiempo el “sí” de Dios a la humanidad y el “sí” de la humanidad a Dios.
Redención significa, pues, Él por mí, Él en mi lugar. «Él me amó y se entregó
por mí». Una vez más la parábola de Mc 12: los malos viñadores mataron al último
enviado, el hijo. Somos nosotros los que crucificamos «al Señor de la Gloria». Este
crimen no nos llevó a la condenación. Porque Él se dejó herir, por nosotros y en
nuestro favor, y se entregó por nosotros. Este “por nosotros” es anterior a todo lo que
nosotros podemos hacer, este “por nosotros” abarca más que todo aquello en que
podamos errar.
Inefable y misteriosa permanece, sin embargo, la pregunta de si, con este acto
extremo de la redención “por nosotros” de parte de Cristo, puede aún existir algo o
alguien “contra nosotros”: la muerte, el demonio o hasta nosotros mismos. «¿Quién
nos separará del amor de Cristo?» (Rom 8,35). Pablo afirma tener certeza absoluta de
que nada podría separarlo de Cristo. ¿Nada? ¿Ni siquiera mi propio “no”? ¿Mi “no
quiero”? ¿No existe peligro alguno de encerrarme en un “no” definitivo?
¿Por qué rezamos en el canon romano «Líbranos de la condenación eterna»?
¿Por qué rezamos en silencio, antes de recibir la Santa Comunión: «Por tu Cuerpo y
tu Sangre, líbrame de mis pecados y de todo mal; dame cumplir siempre tu voluntad
y jamás separarme de Ti»? Consta que el Santo Cura de Ars siempre lloraba al
proferir estas palabras.
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C.I.C., 312.
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