habitantes del escondite,
como en un numero per-
fecto de magia, y el mun
do de afuera sigue su
rumbo sin ellos. Es una
idea terrible aquello de
estar excluidos del mun
do. Hitler y sus nazis no
solo ocuparon Países Ba
jos, sino que invadieron
de miedo sus corazones.
Los obligaron a esconderse como ratones.
-¡Ana, es tu turno! -le dice Margot asomán
dose a la puerta. Desde que llegó Pfeffer, su her
mana duerme con mamá y papá.
Ana se aleja de la ventana. ¿Será que Margot se
dio' cuenta de sus pensamientos? ¿También ella se
sentirá prisionera del miedo?
Sin mirarla a los ojos, coge el rizador del nece
ser y se va al cuartico del lavamanos. Hoy quiere
probar un peinado con bucles a lo Shirley Tem
ple, la niña actriz que enloquece a Hollywood.
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De cierta manera, la vida en el escondite es casi
como actuar en una película. Cuando todos están
totalmente arreglados, y las habitaciones ordena
das y limpias para la jornada, todo el mundo hace
"¡Chissst!", como en las grabaciones de películas.
"¡Quítate los zapatos! ¡Ponte pantuflas! ¡No pue
des usar el baño, ya deberías saberlo! ¡Solo el bal
de! Callados. Bajen la voz. Sube las escaleras en
puntas de pies. ¿Qué fue ese crujido?".
Es una película muda.
Después del desayuno, Ana va a la habitación
de sus padres y se pone a estudiar. Su general ha
decidido que lleven una rutina diaria de tareas "pa
ra matar el día'', o si no, las tropas podrían empe
rezarse. Sin embargo no es fácil concentrarse, y la
mente de Ana divaga todo el tiempo. En el ter
cer piso, la señora Van Pels ya está cocinando
y se siente el olor a repollo en vinagre.
Cuando esta gran dama llegó al refu
gio, Ana no podía dar crédito a sus
ojos: ¡tenía una bacinilla
en la sombrerera!
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-Nunca viajo sin ella -dijo. Y a la bacinilla
le dieron un puesto de honor bajo el sofá.
Ana sonrió con ese recuerdo. De vez en cuan
do se ríen. No es estando tristes todo el tiempo y
suspirando que las cosas mejoran, ¿no?
El momento más divertido fue cuando Pfeffer
inauguró el gabinete dental y su primera víctima
fue justamente ella, Auguste van Pels. ¡Cuánto
pataleó cuando le rozaron un molar! Se agitó y
gritó hasta que la espátula del doctor se le trabó
entre los dientes. ¡Ahora sí que armó un escánda
lo tremendo! Todos soltaron grandes carcajadas.
A Ana se le escapa una risita. Debe escribir es
ta anécdota lo más rápido posible. La página en
blanco es su único espacio de libertad, el prado
donde puede correr y saltar.
-¡Chissst! -ordena la madre, levantando la
mirada de su tejido.
El papá le lanza una mirada de desaprobación
por encima del libro de Dickens. Y Margot, que
está estudiando latín acostada en la cama, tam
bién la mira mal. Cada que Ana musita medio
ruido, sucede lo mismo.
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Ana se esfuerza por concentrarse en los ejerci
cios de álgebra, pero tiene la impresión de que el
tiempo no pasa nunca. Es más divertido pelar pa
pas. Casi todo lo que comen se lo proporciona
Miep. Va todas las mañanas adonde ellos para re
coger la lista de la compra y luego, como si fuera
un animal de carga, trae pan, leche, carne y ver
dura. También trae ropa nueva: Ana y Margot si
guen creciendo y sus blusas ahora son tan cortas
que les queda la panza al aire.
La campana de Westertoren suena a las doce y
media del día, y Ana cierra el libro de álgebra. A
la hora del almuerzo, la tropa que comanda el pa
pá viene a su encuentro. Todos lo esperan ansio
sos como niños: tienen sed de noticias y de ver
una cara nueva.
Sirven la sopa en la cocina y tratan de no ha
blar todos al tiempo, pero no logran contenerse:
-¿Qué pasa allá fuera? ¿Nuestros vecinos sí
creyeron que nos habíamos escapado a Suiza? ¿Ya
desembarcaron los aliados?
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-¿Es verdad que en el campo en Polonia ma
tan a los judíos? -pregunta la señora Van Pels.
Esta señora, que siempre habla con despropó
sito, por primera vez preguntó aquello que todos
quieren saber: ¿qué está sucediendo de verdad?
Las miradas se dirigen ajan, el marido de Miep,
que hace parte de la resistencia neerlandesa.
-Las condiciones de vida de los judíos en Ale
mania y en Polonia son terribles -responde él.
Cae el silencio en el pequeño recinto. No se
atreven a hablar de las cámaras de gas. No es algo
que se sepa todavía con certeza, y na
die quiere creer en eso.
-En el barrio judío ya no queda absoluta
mente nadie -continúa Jan-. La Policía alema
na tiene sus informantes y paga recompensas a los
valientes ciudadanos que denuncian a quienes
estén escondidos.
-Pero ... -empieza a hablar Ana- ¿hay al
guien así de inhumano como para traicionar a los
demás? -Siente que le falta el aire, quisiera salir
corriendo a la ventana y respirar, respirar, respirar.
El papá le pone dulcemente una mano en el
brazo.
-¿Y cómo va tu pierna, Jan? -le pregunta
con calma.
Jan resultó herido en una acción nocturna de
sabotaje. La conversación se desvió al tema de la
actividad de la resistencia y Ana, poco a poco,
vuelve a respirar normalmente.
Después del almuerzo, de nuevo hay cuatro horas
de silencio y aburrimiento absolutos, hasta que
Miep viene a dar la señal de libertad para hacer
ruido a las cinco y media. En ese momento, to
dos se miran y sonríen.
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