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Ana Frank La Voz de La Memoria (Panameiricana) Nolberto

El documento describe la vida de Ana y su familia en un escondite durante la ocupación nazi, donde enfrentan el miedo y la incertidumbre. A pesar de las difíciles circunstancias, Ana encuentra momentos de alegría y libertad a través de la escritura y la risa. La situación se complica con la llegada de noticias sobre la persecución de judíos, lo que genera preocupación y tensión entre los ocultos.

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Ana Frank La Voz de La Memoria (Panameiricana) Nolberto

El documento describe la vida de Ana y su familia en un escondite durante la ocupación nazi, donde enfrentan el miedo y la incertidumbre. A pesar de las difíciles circunstancias, Ana encuentra momentos de alegría y libertad a través de la escritura y la risa. La situación se complica con la llegada de noticias sobre la persecución de judíos, lo que genera preocupación y tensión entre los ocultos.

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habitantes del escondite,

como en un numero per-


fecto de magia, y el mun­
do de afuera sigue su
rumbo sin ellos. Es una
idea terrible aquello de
estar excluidos del mun­
do. Hitler y sus nazis no
solo ocuparon Países Ba­
jos, sino que invadieron
de miedo sus corazones.
Los obligaron a esconderse como ratones.
-¡Ana, es tu turno! -le dice Margot asomán­
dose a la puerta. Desde que llegó Pfeffer, su her­
mana duerme con mamá y papá.
Ana se aleja de la ventana. ¿Será que Margot se
dio' cuenta de sus pensamientos? ¿También ella se
sentirá prisionera del miedo?
Sin mirarla a los ojos, coge el rizador del nece­
ser y se va al cuartico del lavamanos. Hoy quiere
probar un peinado con bucles a lo Shirley Tem­
ple, la niña actriz que enloquece a Hollywood.

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De cierta manera, la vida en el escondite es casi
como actuar en una película. Cuando todos están
totalmente arreglados, y las habitaciones ordena­
das y limpias para la jornada, todo el mundo hace
"¡Chissst!", como en las grabaciones de películas.
"¡Quítate los zapatos! ¡Ponte pantuflas! ¡No pue­
des usar el baño, ya deberías saberlo! ¡Solo el bal­
de! Callados. Bajen la voz. Sube las escaleras en
puntas de pies. ¿Qué fue ese crujido?".
Es una película muda.
Después del desayuno, Ana va a la habitación
de sus padres y se pone a estudiar. Su general ha
decidido que lleven una rutina diaria de tareas "pa­
ra matar el día'', o si no, las tropas podrían empe­
rezarse. Sin embargo no es fácil concentrarse, y la
mente de Ana divaga todo el tiempo. En el ter­
cer piso, la señora Van Pels ya está cocinando
y se siente el olor a repollo en vinagre.
Cuando esta gran dama llegó al refu­
gio, Ana no podía dar crédito a sus
ojos: ¡tenía una bacinilla
en la sombrerera!

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-Nunca viajo sin ella -dijo. Y a la bacinilla
le dieron un puesto de honor bajo el sofá.
Ana sonrió con ese recuerdo. De vez en cuan­
do se ríen. No es estando tristes todo el tiempo y
suspirando que las cosas mejoran, ¿no?
El momento más divertido fue cuando Pfeffer
inauguró el gabinete dental y su primera víctima
fue justamente ella, Auguste van Pels. ¡Cuánto
pataleó cuando le rozaron un molar! Se agitó y
gritó hasta que la espátula del doctor se le trabó
entre los dientes. ¡Ahora sí que armó un escánda­
lo tremendo! Todos soltaron grandes carcajadas.
A Ana se le escapa una risita. Debe escribir es­
ta anécdota lo más rápido posible. La página en
blanco es su único espacio de libertad, el prado
donde puede correr y saltar.
-¡Chissst! -ordena la madre, levantando la
mirada de su tejido.
El papá le lanza una mirada de desaprobación
por encima del libro de Dickens. Y Margot, que
está estudiando latín acostada en la cama, tam­
bién la mira mal. Cada que Ana musita medio
ruido, sucede lo mismo.

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Ana se esfuerza por concentrarse en los ejerci­
cios de álgebra, pero tiene la impresión de que el
tiempo no pasa nunca. Es más divertido pelar pa­
pas. Casi todo lo que comen se lo proporciona
Miep. Va todas las mañanas adonde ellos para re­
coger la lista de la compra y luego, como si fuera
un animal de carga, trae pan, leche, carne y ver­
dura. También trae ropa nueva: Ana y Margot si­
guen creciendo y sus blusas ahora son tan cortas
que les queda la panza al aire.

La campana de Westertoren suena a las doce y


media del día, y Ana cierra el libro de álgebra. A
la hora del almuerzo, la tropa que comanda el pa­
pá viene a su encuentro. Todos lo esperan ansio­
sos como niños: tienen sed de noticias y de ver
una cara nueva.
Sirven la sopa en la cocina y tratan de no ha­
blar todos al tiempo, pero no logran contenerse:
-¿Qué pasa allá fuera? ¿Nuestros vecinos sí
creyeron que nos habíamos escapado a Suiza? ¿Ya
desembarcaron los aliados?

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-¿Es verdad que en el campo en Polonia ma­
tan a los judíos? -pregunta la señora Van Pels.
Esta señora, que siempre habla con despropó­
sito, por primera vez preguntó aquello que todos
quieren saber: ¿qué está sucediendo de verdad?
Las miradas se dirigen ajan, el marido de Miep,
que hace parte de la resistencia neerlandesa.
-Las condiciones de vida de los judíos en Ale­
mania y en Polonia son terribles -responde él.
Cae el silencio en el pequeño recinto. No se
atreven a hablar de las cámaras de gas. No es algo
que se sepa todavía con certeza, y na­
die quiere creer en eso.
-En el barrio judío ya no queda absoluta­
mente nadie -continúa Jan-. La Policía alema­
na tiene sus informantes y paga recompensas a los
valientes ciudadanos que denuncian a quienes
estén escondidos.
-Pero ... -empieza a hablar Ana- ¿hay al­
guien así de inhumano como para traicionar a los
demás? -Siente que le falta el aire, quisiera salir
corriendo a la ventana y respirar, respirar, respirar.
El papá le pone dulcemente una mano en el
brazo.
-¿Y cómo va tu pierna, Jan? -le pregunta
con calma.
Jan resultó herido en una acción nocturna de
sabotaje. La conversación se desvió al tema de la
actividad de la resistencia y Ana, poco a poco,
vuelve a respirar normalmente.

Después del almuerzo, de nuevo hay cuatro horas


de silencio y aburrimiento absolutos, hasta que
Miep viene a dar la señal de libertad para hacer
ruido a las cinco y media. En ese momento, to­
dos se miran y sonríen.

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