Ciudadanos armados de ley
Marta Irurozqui
Ciudadanos armados de ley
A propósito de la violencia
en Bolivia, 1839-1875
Tapa: Anónimo, caída de Melgarejo. © Museo Nacional de Arte, Bolivia.
Instituto Francés de Estudios Andinos, umifre 17, MEAE/CNRS-USR 3337
América Latina
Jirón Batalla de Junín 314, Lima 04, Perú Teléf.: (51 1) 447 60 70
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Este volumen corresponde al tomo 348 de la Colección
«Travaux de l’Institut Français d’Études Andines» (issn 0768-424x)
© Marta Irurozqui, 2018
© ifea, Plural editores, 2018
Primera edición: enero 2018
dl: 4-1-3012-17
isbn: 978-99954-1-808-3
Producción:
Plural editores
Av. Ecuador 2337 esq. Calle Rosendo Gutiérrez
Teléfono 2411018 / Casilla 5097 / La Paz, Bolivia
Email: [email protected] / www.plural.bo
Impreso en Bolivia
Siempre a Víctor,
y esta vez en compañía
de Mario, Jacobo y Jimena.
Índice
Introducción................................................................................................ 9
1. Presentación...................................................................................... 9
2. Sobre la violencia: Concepciones, debate historiográfico
y propuesta analítica.......................................................................... 19
3. La ciudadanía armada. Conceptos y tipologías para
su desarrollo empírico....................................................................... 29
3.1. Sobre la ciudadanía..................................................................... 30
3.2. Sobre la ciudadanía armada........................................................ 33
capítulo i
“A resistir la conquista”. De la revolución restauradora al triunfo
de Ingavi (1839-1842).................................................................................. 41
1. La Restauración o revolución restauradora de 1839......................... 44
1.1. Los actores de la revolución...................................................... 47
1.2. El proceso revolucionario o la movilización del pueblo
en armas..................................................................................... 51
2. Pacificación o reconducción institucional de la revolución
restauradora....................................................................................... 53
2.1. Medidas legal-normativas.......................................................... 54
2.2. Medidas represivo-discursivas................................................... 63
2.3. Medidas armadas....................................................................... 68
3. El Congreso frente a la anarquía revolucionaria.............................. 71
3.1. La fallida sublevación del general José Ballivián....................... 72
3.2. La ilegitimidad revolucionaria del general Ballivián................. 79
3.3. Nuevas sublevaciones ballivianistas ........................................... 83
3.4. Asonadas crucistas...................................................................... 88
[5]
6 ciudadanos armados de ley
4. La batalla de Ingavi y la segunda independencia de Bolivia............. 90
4.1. La guerra con Perú.................................................................... 90
4.2. El liderazgo del general Ballivián durante la invasión peruana .... 93
4.3. Ingavi y el presidencialismo...................................................... 95
capítulo ii
Las Matanzas de Yáñez o el triunfo de la ciudadanía armada popular....... 99
1. Primera etapa de la política de fusión: Las Matanzas de Yáñez.......... 101
2. Segunda etapa de la política de fusión: Muerte de Plácido Yáñez....... 112
2.1. La respuesta popular a la sublevación del coronel
Narciso Balza............................................................................. 113
2.2. La respuesta judicial a las Matanzas de Yáñez.......................... 119
2.3. Sobre la espontaneidad de la respuesta popular contra Yáñez:
Política y trabajo........................................................................ 120
3. Tercera etapa de la política de fusión: Consecuencias
institucionales de las Matanzas de Yáñez.......................................... 125
3.1. Los comicios de 1862................................................................ 126
3.2. Artesanos agremiados: Promesas y exigencias electorales........ 131
3.3. El derecho de petición y el Club Constitucional de Potosí...... 138
3.4. El Decreto Supremo y La apelación al pueblo: Sobre el valor
de lo comunitario en el ideario liberal...................................... 142
capítulo iii
De la usurpación de Melgarejo a la Santa Revolución de 1870.
El pueblo armado de los indígenas patriotas.............................................. 151
1. Seis años de revoluciones .................................................................. 154
1.1. Primera etapa revolucionaria.................................................... 159
1.2. Segunda etapa revolucionaria.................................................... 163
1.3. Tercera etapa revolucionaria..................................................... 164
1.4. Frutos de la revolución.............................................................. 169
2. Los indios actores revolucionarios en la campaña de La Paz........... 173
3. Lo que llevó a los indios a la guerra.................................................. 185
4. Invitación y oferta de la revolución a los indios: En tiempos
de guerra y de paz.............................................................................. 196
4.1. La etapa de la guerra................................................................. 196
4.2. La etapa de la paz....................................................................... 202
4.2.1. Objetivo restitutivo.......................................................... 204
4.2.2. Objetivo civilizatorio....................................................... 211
5. Colofón: Los indios en la Guerra Federal de 1899........................... 214
índice 7
capítulo iv
La Semana Magna de Cochabamba. La represión penal
del ciudadano armado, 1872-1875.............................................................. 221
1. El contexto político de las sublevaciones........................................... 223
1.1. Tomás Frías y el artículo 70: Las elecciones de 1873............... 224
1.2. La inconstitucionalidad del Ejecutivo: El Legislativo
y la autonomía municipal.......................................................... 232
1.3. La amenaza pretoriana del general Hilarión Daza
y la alianza entre partidos rivales .............................................. 237
2. La acción revolucionaria................................................................... 240
2.1. La capitalización civil del descontento militar........................... 240
2.2. La alianza entre corralistas y quevedistas................................... 249
3. Revolución y represión: ¿La ley como venganza política
o como principio de orden?............................................................... 254
3.1. Las razones de los revolucionarios: Estrategias y actores.......... 255
3.2. Las razones del gobierno: Las respuestas militar, judicial
y discursiva................................................................................. 260
Conclusiones ............................................................................................... 275
Cuerpo documental y bibliográfico utilizado............................................. 281
Archivos y bibliotecas............................................................................. 281
Prensa...................................................................................................... 281
Fuentes bibliográficas y documentales................................................... 282
Bibliografía citada................................................................................... 294
Introducción1
1. Presentación
Alejandro Jodorowsky afirma que “un pasado enfermo puede curarse cambiando
el punto de vista”. Al tener el pasado la misma consistencia que un sueño permite
ser interpretado de maneras distintas según nuestro nivel de conciencia, de manera
que cuando este se modifica, el significado del pasado también lo hace.2 Aunque
la reflexión de Jodorowsky atañe al pasado familiar de un individuo y no a una
historia nacional, en esta monografía se extrapola su reflexión con la intención de
subrayar que, como solo el presente tiene una forma inmutable e inflexible, es este
el que moldea la historia y cambia el pasado convirtiéndolo en lo que elegimos
hacer de él, no al revés.3
Si la acepción de “pueblo enfermo” acuñada por Alcides Arguedas4 ha servido
desde múltiples intencionalidades y variadas coyunturas históricas para catalogar
historiográficamente el pasado de Bolivia como defectuoso, la opción elegida en este
libro es mudar el diagnóstico en lo relativo a la naturaleza de muchas de las expe-
riencias y e xperimentaciones públicas bolivianas del siglo xix. En vez de abordarlas
1 Esta investigación se ha desarrollado en el marco del proyecto I+D HAR2016-77609-P, fi-
nanciado por la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Economía, Industria y Com-
petitividad) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).
2 Patrice Van Eersel y Catherine Maillard, Mis antepasados me duelen. Psicogenealogía y constela-
ciones familiares, Barcelona, Ediciones Obelisco, 2004.
3 Craig Russel, Muerte en Hamburgo, Madrid, Roca Editorial, 2010, p. 138. Citado en Marta
Irurozqui (coord.), Dossier “Violencia y justicia en la institucionalización del Estado. América
Latina, siglo xix”, Revista Complutense de Historia de América, vol. 37, 2011, p. 15.
4 Alcides Arguedas, Pueblo enfermo, La Paz, Ed. Juventud, 1988 (1909). Un análisis en: Edmundo
Paz Soldán, Alcides Arguedas y la narrativa de la nación enferma, La Paz, Plural editores, 2003.
[9]
10 ciudadanos armados de ley
como un ejemplo fallido en el proceso universal de construcción democrática, se las
puede contemplar como una sólida experiencia de desarrollo representativo moder-
no, con todos los problemas y dificultades que ello comporta. Este posicionamiento
historiográfico no significa optar por una historia edulcorada a partir de frutos
políticos impecables,5 sino por una historia rescatada: primero, aquella que puede
germinar tras el desbroce de algunos de los muchos tópicos que han contribuido
a caracterizar el pasado boliviano como presa de las deficiencias y de los defectos
que impiden un presente deseado; y, segundo, aquella que puede retoñar tras la
remoción de criterios anacrónicos poco sensibles a la historicidad de su sociedad
y que la han obligado a posteriori a cumplir en el siglo xix con los programas más
avanzados de las democracias occidentales de la segunda mitad del xx.6
Para concretar el cambio de diagnóstico se ha optado por el abordaje de
un fenómeno de comprensión ambigua y fama dudosa: la violencia política. La
razón reside en el hecho de que forma parte de la argumentación tradicional
para catalogar, incluso naturalizar, a los regímenes políticos latinoamericanos
decimonónicos como espacios postcoloniales autoritarios y excluyentes en los
que las ideologías de la “modernidad” fueron quimeras impostadas. Precisa-
mente por ser tópicamente considerada causa y resultado recurrentes de mucho
de lo malo en la historia de América Latina, la violencia se ha escogido como
instrumento para repensar el pasado público boliviano. Esta elección presupone
interpretar la violencia como un fenómeno presente en toda sociedad, que en
tanto que modo de acción social actúa también como instrumento de la polí-
tica. Eso explica que en este texto, en vez de asociar la violencia con el caos,
el desorden, la irracionalidad y la ausencia de normas o de formas sociales, se
haya optado por resaltar su carácter fundador de órdenes sociales y de nuevas
identidades públicas, acelerador o modificador de la dinámica social y de los
desarrollos sociales y favorecedor de la cohesión social. Se defiende que todo ello
sucede debido a que genera acciones relacionales que, al forzar la enmienda de
un comportamiento público, provocan una constante interacción social ligada
inexorablemente al problema del poder. Asimismo, a través del desarrollo del
caso empírico boliviano se aspira a generar un amplio debate conceptual sobre
la equívoca versatilidad de la violencia en el espacio americano.
5 Parafraseando a Guillermo Palacios: no se defiende un regreso a las veleidades de la historia
política decimonónica basada en las gestas heroicas de los fundadores de la nacionalidad que,
aunque produjo obras clásicas y seminales para el avance posterior del conocimiento históri-
co, fue la que también generó un profundo escepticismo respecto al desarrollo de los “ismos”
políticos (Guillermo Palacios, “Introducción”, Ensayos sobre la Nueva Historia Política de Amé-
rica Latina, siglo xix, Guillermo Palacios (coord.), México, El Colegio de México, 2007, pp.
11-12).
6 Javier Fernández Sebastián, “Introducción. En busca de los primeros liberalismos iberoame-
ricanos”, La aurora de la libertad. Los primeros liberalismos en el mundo Iberoamericano, Javier
Fernández Sebastián (coord.), Madrid, Marcial Pons Historia, 2012, pp. 8-35.
introducción 11
Dada la variedad tipológica de la violencia, en este texto solo se va a reflexio-
nar sobre aquella que tuvo una naturaleza institucional y generó institucionalidad
gracias a poseer una legitimidad popular sancionada constitucionalmente. Los
conceptos clave en este tipo de violencia son: de un lado, el derecho/deber del
pueblo a la revolución o intervención armada en los asuntos públicos; y, de otro,
el pueblo en armas o poder constituyente de la sociedad a través del uso de la
fuerza. Ambos se sintetizan en la noción de ciudadanía armada: el ejercicio legal/
legítimo de la violencia por parte de la población para participar, gestionar y
transformar el ámbito público. En un complejo escenario bélico internacional
y civil, a partir de esa categoría se analizará la relación entre ley y violencia, y
entre legalidad y legitimidad políticas. El objetivo es cuestionar la visión dico-
tómica que contrapone los sistemas políticos institucionales a la actuación de
la sociedad y que tiende a ver los movimientos sociales como formas de acción
no-institucionalizada y disruptiva.
La elección de un punto de vista epistemológico centrado en el controvertido
espíritu constructor, legitimador y transformador de la violencia política en lo
relativo al desarrollo de la institucionalidad estatal por parte de una sociedad
instituyente requiere dos precisiones metodológicas: primera, la violencia política,
en tanto ingrediente de la realidad social, solo se convierte en un hecho discer-
nible y empíricamente observable en un contexto sociohistórico determinado;7
y, segunda, para no caer en la “antropomorfización” de las instituciones resulta
fundamental preocuparse por las dimensiones sociales y culturales, individuales y
relacionales de los actores concretos de los procesos políticos.8 Por ello, el estudio
de la ciudadanía armada en Bolivia afrontará cuatro secuencias revolucionarias
acaecidas entre 1839 y 1878: la Restauración de 1839 y el triunfo de Ingavi de
1842; las Matanzas de Yáñez de 1862; la Revolución de 1870; y la Semana Magna
de Cochabamba en 1875.9 La elección de estos cuatro episodios de entre otros
7 Eduardo González-Calleja, Asalto al poder. La violencia política organizada y las ciencias sociales,
Madrid, Siglo xxi, 2017, pp. 55, 63 y 82.
8 Annick Lempérière, “La historiografía del Estado en Hispanoamérica. Algunas reflexio-
nes”, Ensayos sobre la Nueva Historia Política de América Latina, siglo xix, Guillermo Palacios
(coord.), México, El Colegio de México, 2007, p. 55.
9 Primeras aproximaciones de la autora a estos temas en: “El bautismo de la violencia. Indíge-
nas patriotas en la revolución de 1870 en Bolivia”, Identidad, ciudadanía y participación popular
desde la colonia al siglo xx, Josefa Salmón y Guillermo Delgado (eds.), La Paz, Plural edito-
res, 2003b, pp. 115-152; “Muerte en el Loreto. Violencia política y ciudadanía armada en Boli-
via (1861-1862)”, Dossier “Violencia política en América Latina, siglo xix”, Marta Irurozqui
(coord.), Revista de Indias, vol. lxix, núm. 246, 2009a, pp. 137-158; “Procesión revolucionaria
en Semana Santa. Ciudadanía armada y represión penal en Bolivia, 1872-1875”, La razón de
la fuerza y el fomento del derecho. Conflictos jurisdiccionales, ciudadanía armada y mediación estatal.
(Tlaxcala, Bolivia, Norpatagonia, Siglo xix), Mirian Galante; Marta Irurozqui; María Argeri,
Madrid, csic, 2011b, pp. 89-148; “A resistir la conquista. Ciudadanos armados en la disputa
por la revolución. Bolivia, 1839-1842”, Dossier “Milicias, levantamientos armados y cons-
trucción republicana en Hispanoamérica. Estudios y propuestas para el siglo xix”, Flavia
12 ciudadanos armados de ley
de idéntica naturaleza, es subjetiva pero no arbitraria, residiendo el criterio de
tal selección en el hecho de que ejemplifican de un modo secuencial una lógica
constitucional de arme y desarme de la población, a través de la que se incide
en una lectura social del ejercicio político.
La historiografía bolivianista de los siglos xx y xxi ha dedicado poco espa-
cio a los acontecimientos de sedición objeto de este libro.10 No solo ha pesado
la propensión a establecer paralelismos entre el militarismo decimonónico y los
regímenes militares golpistas del siglo xx, también ha existido la predisposición
a naturalizar la violencia en la vida política boliviana. Esto último ha sucedido a
partir de la reiteración simplificada (o sin crítica contextual) de las opiniones que los
publicistas del siglo xix ofrecieron sobre los hechos a examen, siendo presentados
como otros más de los muchos episodios sediciosos que poblaron dicho siglo11 y
como producto de las luchas personalistas entre facciones de caudillos.12 Conse-
cuencia de una lectura que hace a Bolivia presa del caudillismo ha sido la reducción
política de este país a un espacio dominado por militares belicosos y codiciosos, en
Macías (coord.), Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani,
núm. 42, 2015b, pp. 61-90.
10 Ha recibido un poco más de atención lo relativo a Isidoro Belzu (Fausto Reinaga, Belzu, el
precursor de la revolución nacional, La Paz, Editorial Cementerio, 1953; Frédéric Richard, “Po-
lítica, religión y modernidad en Bolivia en la época de Belzu”, El Siglo xix. Bolivia y América
Latina, Rossana Barragán; Dora Cajías; Seemin Qayum (comps.), La Paz, ifea-Embajada de
Francia-Coordinadora de Historia, 1997, pp. 619-634; Andrey Schelchkov, La utopía social
conservadora en Bolivia: el gobierno de Manuel Isidoro Belzu, 1848-1855, Moscú, Academia de
Ciencias de Rusia, 2007, pp. 160-196; Ramiro Duchen Condarco, “Breves apuntes sobre
la figura de Manuel Isidoro Belzu y su gobierno”, Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo
Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, vol. 8, núm. 34, 2014, pp. 6-29) o Andrés
Ibáñez (Salvador Romero Pittari, “Copetudos y sin chaqueta: la revolución federal de Andrés
Ibáñez”. Historia y Cultura, vol. 5, 1984, pp. 163-180; Emilio Durán Ribera y Guillermo
Pinckert J., La revolución igualitaria de Andrés Ibáñez, Santa Cruz, Editorial Universitaria,
1988; Andrey Schelchkov, Andrés Ibáñez. La revolución de la igualdad en Santa Cruz, La Paz,
Archipiélago ediciones, 2008; Andrey Schelchkov, Andrés Ibáñez y la revolución de la igualdad
en Santa Cruz. Primer ensayo de federalismo en Bolivia, 1876-1877, Santiago de Chile, Univer-
sidad de Santiago de Chile, 2011). Un reciente estado de la cuestión en: Rossana Barragán,
Ana María Lema, Pilar Mendieta y José Peres-Cajias, “El Siglo xx mira al Siglo xix. La
experiencia boliviana”, Anuario del Instituto de Historia Argentina, vol. 15, 2015, pp. 2-19; Ros-
sana Barragán, Pilar Mendieta y Roger Mamani, “Otras prácticas: soberanía de los pueblos
y participación política”, Bolivia. Su Historia. Los primeros cien años de la República, 1825-1925,
Rossana Barragán; Ana María Lema; Pilar Mendieta (coords.), vol. iv, La Paz, Coordinadora
de Historia-La Razón, 2015, pp. 99-110.
11 Nicanor Aranzaes, Las revoluciones en Bolivia, La Paz, Ed. Juventud, 1992, pp. 245-267; Moi-
sés Alcázar, Páginas de sangre, La Paz, Ed. Juventud, 1988, pp. 119-149; Alberto Gutiérrez,
El melgarejismo antes y después de Melgarejo, La Paz, Ediciones Camarlinghi, 1975. Las síntesis
históricas de Herbert Klein o Carlos Mesa han redundado en lo mismo.
12 Recuérdese la conocida tipología de Alcides Arguedas sobre caudillos letrados y bárbaros
(Alcides Arguedas, Historia de Bolivia. La dictadura y la anarquía, Libro II, Madrid, Aguilar,
1959, pp. 84-136 y 251-329).
introducción 13
el que los pocos gobiernos civiles que existieron –como el de José María Linares
o Tomás Frías–, fueron débiles frente a las maniobras castrenses porque las elites
mineras no se implicaron con el gobierno a pesar de haber promovidoa su favor
“ideas librecambistas y una moneda fuerte”. Solo después de la Guerra del Pacífico
(1879-1883) tuvo lugar, según esta interpretación, “el fin de la era de los caudillos
y el comienzo de una estructura parlamentaria moderna, con una participación
política limitada y dominada por civiles”.13
Cierto es que otros estudios han desmentido esa imagen tópica. Por un lado,
han argumentado que una de las principales funciones de los militares fue la de
“mediar en las relaciones internas del bloque civil dominante”, viniendo el desafío
al poder, no tanto del ejército, como de un populismo belcista reformulado por
personajes como Casimiro Corral, Belisario Antezana o Julio Méndez.14 Por
otro, no solo han reconstruido el consistente armazón ideológico y administra-
tivo del programa institucional de los primeros gobiernos bolivianos,15 sino que
para las dos últimas décadas del xix muestran el mantenimiento de las alianzas
civiles-militares en clave constitucional. Para estos estudios, la diferencia entre
los periodos pre-1880 y post-1880 no residiría tanto en un cambio radical de las
dinámicas de gobierno y de la naturaleza de sus actores, como en el asentamiento
durante esta última etapa de un discurso antimilitarista y anticaudillista desti-
nado a crear nuevas prácticas y legitimidades políticas y cuya gestación habría
comenzado a tomar forma en la década de 1860.16 A todo ello hay que añadir un
nuevo cuestionamiento, basado en textos literarios e historiográficos, del mito
del caudillismo a partir de un enfoque genealógico sobre la construcción del
hombre representativo frente a caudillo.17 Existen además recientes esfuerzos
conceptuales por matizar la “cultura de las conspiraciones” y caracterizar su ser
mediante un análisis de sus causas y de sus circunstancias contextuales, de sus
escenarios y tramas, de sus actores y argumentos de acción.18
Posiblemente porque todavía se requieren muchas más investigaciones em-
píricas que desmonten supuestos consensuados y acríticamente repetidos y que
favorezcan un cambio de canon, el peso del discurso del caudillismo –como un
principio de desgobierno contrario a una plataforma política institucionalizada
y asociado a una naturalizada tradición militarista– se mantiene en el relato
13 Herbert Klein, Historia general de Bolivia, La Paz, Ed. Juventud, 1988, pp. 182-188.
14 James Dunkerley, Orígenes del poder militar en Bolivia. Historia del ejército 1879-1935, La Paz,
Ed. Quipus, 1987, pp. 23-26.
15 Víctor Peralta y Marta Irurozqui, Por la Concordia, la Fusión y el Unitarismo. Estado y caudillismo
en Bolivia, 1825-1880, Madrid, csic, 2000.
16 Marta Irurozqui, La armonía de las desigualdades. Elites y conflictos de poder en Bolivia, Cuzco,
cbc-csic, 1994; Dunkerley, op. cit., 1987, pp. 46-77.
17 Roberto Pareja, Entre caudillos y multitudes. Modernidad estética y esfera pública en Bolivia, siglos
xix y xx, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2004.
18 Ximena Medinaceli y María Luisa Soux, Tras las huellas del poder. Una mirada histórica al problema
de las conspiraciones en Bolivia, La Paz, Plural editores-pnud, 2008, pp. 11-19.
14 ciudadanos armados de ley
históricoy, sobre todo, en la percepción popular y cotidiana del devenir nacional.
Uno de los propósitos fundamentales de este texto es contribuir a dicha mudanza
historiográfica a través del análisis de la conversión de la población en pueblo en
armas, por entender dicho proceso como una expresión política y social del dis-
currir legal constitucional, de la legitimidad pública y del arraigo institucional del
acto violento. Dado que en términos políticos la categoría de ciudadanía armada
hace perder nitidez a la estereotipada separación entre el espacio militar y el civil,
el abordaje de su naturaleza, desarrollo y actores contribuye a problematizar dos
temas básicos: el sentido y alcance de la militarización de la sociedad y de la vida
política; y el prejuicioso uso académico del término caudillismo como categoría
analítica en temas del liderazgo en un sistema representativo.
La primera temática cuestiona la equiparación entre violencia política y poder
militar, entre el triunfo del poder marcial y el hecho de los militares actuando en la
vida pública, y entre el ejercicio de la violencia y el quiebre institucional por la ac-
ción de la misma. Para desmontar tales binomios asociativos se tratará de demostrar
que el empleo de las armas no estuvo legal y sumariamente monopolizado por el
ejército. El uso de la fuerza fue también la potestad constitucional de un conjunto
variopinto de actores –individuales y colectivos– cuya inserción en los espacios de
poder dependió en muchas ocasiones de un ejercicio de la violencia que les lleva-
ría a promover, organizar y liderar pronunciamientos revolucionarios, a hacerse
cargo de motines cuartelarios o a desarmar al ejército de línea. Además, el hecho
de que una trayectoria profesional armada favoreciese a inicios de la República el
desempeño de cargos de autoridad o que hubiera militares ocupando cargos de
gobierno no equivalía ni a dominación militar ni a gobierno militar; sobre todo
porque no gobernaban a través de juntas militares, sino siguiendo el protocolo
del sistema representativo recogido en la constitución. Y, aunque el acto de sedi-
ción fue objeto de crítica desde el poder, no por ello dejó de tener una naturaleza
institucional: al contrario, gozó de legitimidad por construirse mediante consulta
popular y ninguna facción rehusó a él en la contienda política.
Teniendo todo lo anterior en cuenta, para el caso de Bolivia se sostiene
que su origen como República en un hecho violento como fue una guerra de
independencia –primero de los virreinatos del Perú y del Río de La Plata, y más
tarde de España–19 entrañó un entronizamiento de las armas como solución
política. Pero esa aseveración sobre la interacción entre política y violencia no
19 José Luis Roca, Fisonomía del regionalismo boliviano, La Paz, Los Amigos del Libro, 1980, pp.
129-131; José Luis Roca, 1809. La revolución de la Audiencia de Charcas en Chuquisaca y en La
Paz, La Paz, Plural editores, 1998; Marta Irurozqui, “Del ‘Acta de los Doctores’ al ‘Plan de Go-
bierno’. Las Juntas en la Audiencia de Charcas (1808-1810)”, 1808: la eclosión juntera en el mundo
hispano, Manuel Chust (ed.), México, fce, 2007, pp. 192-226; María Luisa Soux, “El proceso
de independencia en El Alto Perú y la crisis institucional: el caso de Oruro”, Las revoluciones
en el mundo atlántico, Calderón, Mª Teresa y Clement Thibaud (coords.), Madrid, Taurus,
2007, pp. 189-212.
introducción 15
debe confundirse con el monopolio militar del espacio público o con un uso
constitucionalmente arbitrario de la fuerza.
De un lado, desde la represión de las Juntas de La Plata y La Paz en 1809-
1810 por el ejército de Goyeneche y a causa del enfrentamiento entre las fuerzas
del virreinato del Perú y de la Junta de Buenos Aires, en la Audiencia de Char-
cas se había impuesto un régimen marcial con la consiguiente militarización
de los puestos administrativos, la reducción de las potestades gobernadoras de
los oidores20 y la proliferación de las desavenencias entre los alcaldes de los
ayuntamientos constitucionales y las autoridades políticas designadas por los
responsables tanto de los ejércitos argentinos, como de las fuerzas peruanas.21
Terminada la contienda con el triunfo del general Antonio José de Sucre, los
militares responsables de los ejércitos regulares y de las montoneras ocuparon
legítimamente puestos de gobierno. No solo lo hicieron porque habían ejerci-
do cargos semejantes durante la fase bélica, sino también porque su “heroica”
actuación en la misma les autorizaba a continuar al frente de la nueva nación.
Pero que su trayectoria armada favoreciese el desempeño de cargos de autoridad
no significaba que lo cumplieran en calidad de militares. Al igual que el resto
de la población, estaban sometidos a las reglas de un sistema representativo,22 y
obligados a la defensa del mismo, por lo que la ostentación de un cargo público
no implicaba un gobierno militar.23 Tampoco debe olvidarse que las dificultades
20 Posiblemente la merma de tales potestades explica la actividad política desplegada por los oi-
dores con las fuerzas realistas del general Pedro Antonio de Olañeta, las guerrillas o las fuerzas
bolivarianas (Marta Irurozqui, “La telaraña de los Doctores. Charcas en el Congreso de Tu-
cumán de 1816”, Dossier “La Independencia del Río de La plata vista desde fuera”, Gabriel
Entín; Elías Paltí (coords.), Prismas. Revista de Historia Intelectual, núm. 20, 2016b, pp. 153-160).
21 José Luis Roca, Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación del estado nacional en Charcas, Lima,
ifea-Plural editores, 2007; Marie-Danielle Demélas, Nacimiento de la guerra de guerrilla. El dia-
rio de José Santos Vargas (1814-1825), La Paz, ifea-Plural editores, 2007; María Luisa Soux, El
complejo proceso hacia la independencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía, conflictos locales
y participación indígena en Oruro, La Paz, ifea-asdi-ieb-Plural editores, 2010; Víctor Peralta y
Marta Irurozqui, “Locos adoradores de Fernando. Pedro Antonio de Olañeta frente al liberalis-
mo hispánico en Charcas (1821-1825)”, Anuario del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, vol.
2014, 2014, pp. 44-88; Irurozqui, op. cit., 2016b, pp. 153-160.
22 Desde 1839 los soldados y militares de baja graduación no podían sufragar, aunque sí podían
hacerlo y también presentarse como representantes los de alta graduación (Ley de Reforma
Electoral 1840, Sucre, Imp. del Congreso, 1839, arts. 1-10 y 20-22), algo que tampoco fue
prohibido por la Ley Electoral de 1883. Desarrollado en Marta Irurozqui, “A bala, piedra y
palo”. La construcción de la ciudadanía política en Bolivia, 1826-1952, Sevilla, Diputación de Sevilla,
2000, pp. 202-204.
23 Cuando Sucre expuso a la asamblea su plan provisional de gobierno, dijo que mientras esta
no acordara lo pertinente continuaría el gobierno militar ejercido por la “primera autoridad
del ejército Libertador”, el cual “respetará la resolución de esta asamblea con tal de que ella
conserve el orden, la unión y la concentración de poder”, declarándose, por otra parte, nulos
los actos en que se mezclase el poder militar (Ciro Félix Trigo, Las Constituciones de Bolivia,
Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1958, p. xx).
16 ciudadanos armados de ley
para establecer un ejército profesional y los frecuentes conflictos internacio-
nales, regionales y locales de las primeras décadas republicanas, tornaron en
oficiales a muchos vecinos notables, con lo que en la biografía de la mayoría de
diputados o altos cargos públicos constaba algún grado y actuación militares.24
De ese dato no debe inferirse que su gestión política fuese una gestión militar.
El hecho de que tales personajes recurriesen al capital armado del que dispo-
nían –compañeros de armas, batallones militares, fuerzas auxiliares, etc.– para
alcanzar preeminencia política o para favorecer a miembros de su red política,
tampoco supuso un gobierno militar.
De otro lado, como la emancipación había sido resultado de la acción
colectiva del pueblo americano contra el opresor español, eran esos patriotas
americanos, con independencia de que formaran o no parte del ejército nacional,
quienes estaban obligados a mantener sus logros. De ahí que el artículo 12 y la
adenda final de la Constitución de 1826 relativas a que “las autoridades civiles y
militares de la República, los tribunales, las corporaciones y todos los bolivianos
de cualquier clase y dignidad guardarán y harán guardar, observar y cumplir en
todas sus partes la Constitución inserta como ley fundamental de la República
de Bolivia”,25 pudieran leerse en la época como una llamada a las armas. Bajo el
derecho a la resistencia del pueblo frente al despotismo, este podía reimplantar
por la fuerza el orden originario que había sido pervertido por los gobernantes.
Ello suponía que el empleo público de la fuerza armada, además de recaer en
un ejército permanente, también lo hacía en la población, de ahí que se previera
constitucionalmente su organización en milicias civiles, sujetas a autoridades
políticas.26 Aunque las guardias nacionales27 fuesen un referente organizativo
24 Revísese la trayectoria de los implicados en las rebeliones en el Diccionario Histórico de Bolivia
(coordinado por Josep Barnadas), Sucre, Los Amigos del Libro, 2002, 2 vols.
25 Trigo, op. cit., 1958, Constitución de 1826, p. 199.
26 La autoridad civil o política queda claramente, y por primera vez, consignada en al art. 140
de la Constitución de 1839, reapareciendo en los mismos términos en el art. 324 de la Cons-
titución de 1861 y en el art. 89 de la Constitución de 1868 (Trigo, op. cit., 1958, pp. 270, 324
y 340).
27 Este sistema había funcionado durante la etapa española, contribuyendo a un compromiso
con el espacio local que más tarde se tradujo en nacional. Antes de 1831, junto al ejército
de línea solo se preveía un resguardo militar cuya principal función debía ser impedir el
comercio clandestino y cuya organización y constitución debía detallarse en un reglamento
especial (Trigo, op. cit., 1958, arts. 141-144, pp. 196-197; Constitución de 1831, art. 142,
p. 221; Constitución de 1834, art. 144, p. 245). Sin embargo, a partir de la Constitución
de 1831 se estableció la formación de guardias nacionales, cuyas especificidades organiza-
tivas debían desarrollarse en reglamentos independientes. Estaban formadas por artesanos,
comerciantes y empleados de la Administración. Su misión residía en conservar el orden
público local y, aunque en casos extremos actuaban como una reserva de contendientes para
el ejército de línea, eran un cuerpo “vinculado al funcionamiento burocrático del Estado
y de los municipios, así como a las actividades productivas y comerciales de las ciudades
y pueblos de la provincia” (Rossana Barragán, “Españoles patricios y españoles europeos.
introducción 17
para la población civil, su existencia no le impedía armarse al margen de ellas.
La precautelación de la libertad de la nación por parte de todos los bolivianos
aparecía en artículos constitucionales como el 11 de la Constitución de 1831,
en el que se establecía la obligación de todo boliviano de “sacrificar sus bienes
y su vida misma cuando lo exija la salud de la República”,28 siendo en las cons-
tituciones de 1861 y 1871 donde más claramente figuraba la obligación armada
de la población: si el artículo 17 de la Constitución de 1861 señalaba que “todo
boliviano está obligado a armarse en defensa de la patria y la Constitución”, en
el artículo 29 de la de 1871 se afirmaba que “todo ciudadano tiene el derecho
de tener un arma para defender el orden público y las instituciones”.29 Pese a
que el recurso a la fuerza por parte de la sociedad era un deber y un derecho
constitucionales, no todo acto de fuerza gozaba del refrendo legal. Mientras el
artículo 167 de la Constitución de 1834 indicaba que “cualquiera que atentare
por vías de hecho contra la Constitución o contra el Jefe de la Administración
de la República” era “traidor, infame y muerto civilmente”,30 el artículo 20 de la
Constitución de 1861 mantenía que “el pueblo no delibera ni gobierna, sino por
medio de sus representantes y de las autoridades creadas por la Constitución”,
cometiendo delito de sedición toda fuerza armada o reunión de personas que se
atribuyera los derechos del pueblo.31
El complejo, y a veces ambiguo, devenir legislativo en torno a la ciudadanía
armada, además de informar de la relación entre política y violencia, también
exponía el difícil equilibrio entre libertad y orden público en el tema de la defensa
de la patria. Este texto abordará ambas cuestiones tratando de dar respuesta a
Conflictos intraelitese identidadesen la ciudad de La Paz en vísperas de la independencia
1770-1809”, Entre la retórica y la insurgencia: las ideas y los movimientos en los Andes, Siglo xviii,
Charles Walter (comp.), Cusco, cbc, 1996, pp. 113-172; Roberto Choque, Situación social y
económica de los revolucionarios del 16 de julio de 1809, Tesis de Licenciatura, Universidad Mayor
de San Andrés, 1979; Juan R. Quintana Taborga, Soldados y ciudadanos. Un estudio crítico sobre
el servicio militar obligatorio en Bolivia, La Paz, pieb, 1998; Marta Irurozqui, “Los hombres cha-
cales en armas. Militarización y criminalización indígenas en la Revolución Federal de 1899”, La
mirada esquiva. Reflexiones sobre la interacción entre el Estado y la ciudadanía en América Latina, siglo
xix, Marta Irurozqui (ed.), Madrid, csic, 2005b, pp. 285-320). Sobre otros contextos nacio-
nales se remite como ejemplos a Juan José Benavides, De milicianos del rey a soldados mexicanos.
Milicias y sociedad en San Luís Potosí (1767-1824), Sevilla, Universidad de Sevilla-Diputación de
Sevilla-csic, 2014; o a los artículos contenidos en el libro Manuel Chust y Juan Marche-
na (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850),
Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, o en el dossier coordinado por Flavia Macías,
“Milicias, levantamientos armados y construcción republicana en Hispanoamérica. Estudios
y propuestas para el siglo xix”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio
Ravignani, vol. 42, 2015.
28 Trigo, op. cit., 1958, p. 203.
29 Ibidem, p. 347.
30 Ibidem, p. 247.
31 Ibidem, p. 312. El artículo citado se convierte en el 27 en la Constitución de 1868, p. 330; en
el 35 en la Constitución de 1871, p. 348; y en el 38 en la Constitución de 1880, p. 397.
18 ciudadanos armados de ley
dos preguntas básicas: ¿de qué manera podían conciliarse la gobernabilidad de la
República con el derecho y el deber populares a la subversión si la nación se veía
amenazada por la tiranía? y ¿cómo obtener un nuevo orden social basado en la
soberanía inalienable del pueblo sin que los movimientos sociales deslegitimaran
continuamente a las autoridades y sin que estas desentendieran sus promesas
una vez conseguido el consentimiento popular?
La segunda temática propone dejar de lado el prejuicioso uso académico
del vocablo caudillismo para designar el liderazgo en un sistema representativo.
Se sostendrá que los argumentos de desgobierno y tradición militarista que han
servido para caracterizarlo como “una específica práctica política asociada al uso
militar, autoritario y antiestatal de la violencia política, protagonizada por gobier-
nos personalistas basados en el liderazgo local, resultantes de la fragmentación
del poder y responsables de la inestabilidad crónica del país”32 enmascaraban
un repertorio de respuestas sancionado por la constitucionalidad de la época y
la cultura política republicana que la sustentaba.33 En contrapartida, se entien-
de el caudillismo como un fenómeno potenciador de lo estatal y una forma de
lucha democrática entre facciones o partidos políticos en un contexto en el que
el uso de las armas no solo no era privilegio del ejército, sino que constituía
una obligación civil. Bajo la noción de caudillismo se escondieron procesos,
unas veces paralelos y otras yuxtapuestos, de militarización y de pacificación
de la población y de la vida pública, dando cuenta de una realidad en la que la
violencia política ayudaba a la vertebración del Estado, aunque conllevara dosis
de desgobierno e incertidumbre política.34 Esta interpretación, referida al caso
32 El entrecomillado sintetiza la comprensión tópica del caudillismo. Un recuento historio-
gráfico más pormenorizado sobre dicha construcción tópica en Irurozqui, op. cit., 2016a, pp.
101-109.
33 Con la expresión de cultura política se alude a un marco de referencia colectivo, compartido y
temporal, formado por instituciones, normas, prácticas, valores, identidades, rutinas, rituales,
discursos o ideologías, que permite entender cómo los hechos y el comportamiento públicos
son condicionados contextualmente en el proceso de relación entre los actores y el sistema
del cual forman parte. Da razón de un ordenamiento distributivo, contingente y homogenei-
zador de los saberes públicos de la sociedad que, aunque fija sus respuestas colectivas a través
del acto institucionalizador y las torna instituidas, no las fosiliza por estar sujeto a una renova-
ción y movimiento constantes provenientes de la acción instituyente de esa misma sociedad.
La cultura política es, así, una noción contraria a “considerar que existen rasgos culturales
innatos y esenciales, ligados inextricablemente a la definición misma de los grupos étnicos,
nacionales o religiosos, porque ello elimina el papel de la acción/voluntad humana y no tiene
en cuenta los múltiples eventos, procesos e instituciones contextuales sociales, económicos,
políticos y culturales que intervienen en la formulación del comportamiento y las prácticas”
(Nils Jacobsen y Cristobal Aljovin de Losada, “How Interest and Values Seldom Come Alo-
ne, or: The Utility of Pragmatic Perspectiva on Political Cultura”, Political Cultures in the
Andes 1750-1950, Nils Jacobsen y Cristóbal Aljovín de Losada (eds.), Durham y Londres,
Duke University Press, 2005, p. 62).
34 Peralta y Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 174-189.
introducción 19
de los gobiernos bolivianos anteriores a la Guerra del Pacífico que desarrollaron
experimental,mente el sistema representativo, impone la pregunta de si resulta
apropiado seguir usando la categoría de c audillo.35 Como este texto aboga por
ver política y gobierno allí donde antes solo se veía desorden, no se va a usar
tal noción ni a tratar prejuiciosamente las primeras décadas de la historia boli-
viana como una excepcionalidad política.36 Con dicha decisión historiográfica
se persiguen dos objetivos. De una parte, se busca mostrar la importancia de la
movilización social armada en la resignificación de lo público y en la construc-
ción de la legalidad, e incidir en que la misma se llevó a cabo en conjunción con
actividades asamblearias y asociativas. De otra, se aspira a revelar la impronta de
la violencia política en el desarrollo y caracterización del principio sustentador
del Estado nación –la soberanía popular– y de los elementos constitutivos del
mismo –el sistema de representación de dicha soberanía y el sujeto de la misma.
Para un certero abordaje de los acontecimientos de sedición objeto de este
libro en relación al discurrir y accionar contextual y temporal de la ciudadanía
armada, a continuación se expondrán en detalle una serie de instrumentos teó-
ricos y metodológicos sustentadores del modo en que se pretende contribuir a
cambiar el punto de vista historiográfico.
2. Sobre la violencia: Concepciones, debate historiográfico
y propuesta analítica
¿Qué se quiere decir al hablar de violencia y al adoptar sobre la misma una de-
terminada posición epistemológica? Aunque la violencia constituye una categoría
35 Iniciativas para desterrar su uso en: Graciela Soriano García de Pelayo, El personalismo político
hispanoamericano del siglo xix. Criterios y proposiciones metodológicas para su estudio, Caracas,
Monte Ávila Editores, 1993; Jaime E. Rodríguez O., “Los caudillos y los historiadores: Rie-
go, Iturbide y Santa Anna”, La construcción del héroe en España y México (1789-1847), Manuel
Chust; Víctor Mínguez (eds.), Valencia, Universidad de Valencia, 2003, pp. 325-326; Jai-
me E. Rodríguez O., “Democracy from Independence to Revolution”, Oxford Handbook of
Mexican Politics, Roderic A. Camp (ed.), Oxford, Oxford University Press, 2001, pp. 45-52;
Flavia Macías, “Rebeliones y guardia nacional en Tucumán, siglo xix”, conferencia csic,
Madrid; Marta Irurozqui, “Ciudadanía armada versus caudillismo. Tres historias bolivianas
sobre violencia y ley constitucional 1841-1875”, Historia de las culturas políticas en América La-
tina, Marta Bonaudo y Nuria Tabanera (eds.), Madrid, Marcial Pons-uam, 2016, pp. 99-132.
En la versión en español de su Tesis Doctoral (La República plebeya. Huanta y la formación del
Estado peruano, 1820-1850, Lima, iep, 2014), Cecilia Méndez ha eliminado el uso del vocablo
caudillismo allí donde antes lo había utilizado.
36 Sobre construcciones prejuiciosas y nueva historiografía véase los textos de Cecilia Méndez,
“El inglés y los subalternos. Comentarios a los artículos de Florencia Mallon y Klor de Alva”,
Repensando la subalternidad. Miradas críticas sobre/desde América Latina, Pablo Sandoval, Lima,
iep, 2009, pp. 207-257; Federica Morelli, “Un xix siècle politique”, Annales HSS, vol. 59,
núm. 4, 2004, pp. 759-781 y Tomás Pérez Vejo, Elegía criolla. Una reinterpretación de las gue-
rras de independencia hispanoamericanas, Barcelona, Tusquets, 2010.
20 ciudadanos armados de ley
polisémica, multidimensional y pluricausal, 37 en su estudio domina una
construcciónformal de significados mistificados por el juicio moral.38 En relación
con el tema de la construcción social del Estado que nos ocupa, ello se traduce en
una lectura convencional que, tal como señala Francesco Benigno,39 contrapone
una narrativa emotivo-irracional asentada en la relación verdugo-víctima a otra
histórico-racionalista de inspiración hegeliana y exteriorizada en la tríada revolu-
ción-progreso-cambio social. La primera resume un comportamiento ancestral,
atávico y primitivo, fruto de irrefrenables e imprevistos arrebatos emocionales
y contrario al ordenamiento racional de la autoridad constituida. La segunda
se refiere a un efecto desagradable pero inevitable del avance civilizatorio de la
sociedad.40 En un caso el pueblo sufre y despliega violencia porque posee una
naturaleza conservadora resistente a la modernización, mientras que en el otro
lo hace por ser el motor providencial de la misma. Si bien esta última posición
rescata el valor político de la violencia y reconoce que los grupos se enlazan
mediante c onexiones sociales verticales, al inscribirla en una visión progresista
y progresiva de la historia expresada en las grandes macrocategorías adscriptivas
–nación, clase, etc.– reduce el conflicto a una dimensión socioeconómica ajena
a su complejidad cultural, simbólica y comunicativa.
En este texto se busca desarrollar dicha complejidad mostrando que la
violencia además de un acto es también un argumento y un juicio. Para ello se
ha escogido como problema vertebrador el tema de la legitimidad de la acción
violenta. A través del mismo se pretenden discutir dos procesos: primero, el
relativo a la validación o normalización institucional y social de una actividad
37 Reflexiones a nivel general sobre el tema ajenas a la experiencia iberoamericana: Phillip
Braud, Violencias políticas, Madrid, Alianza Editorial, 2004; Francisco Herrero Vásquez
(coord.), Dossier “El estudio de la violencia política”, Zona Abierta, vols. 112/113, 2005;
Slavoj Zizek, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Barcelona, Paidós, 2009; Juan Avilés
(coord.), Dossier “Violencia política en España, 1875-1936”, Espacio, tiempo y forma. Revista
de la Facultad de Geografía e Historia (uned), s.n., 2008, pp. 15-185; Arno J. Mayer, Las furias.
Violencia y terror en las revoluciones francesa y rusa, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 2014,
pp. 91-114; Javier Rodrigo (ed.), Políticas de la violencia. Europa, siglo xx, Zaragoza, Universi-
dad de Zaragoza, 2014.
38 Como señala Eduardo González-Calleja en un exhaustivo estudio sobre el tratamiento del
tema de la violencia política en las ciencias sociales, la mayor parte de los trabajos lo muestran
como un fenómeno multiforme, impreciso y preñado de valoraciones positivas o negativas.
Su catalogación de acontecimiento anómico, excepcional o patológico de la vida social resalta
su carácter contradictorio, siendo precisamente tal naturaleza la que dificulta aproximaciones
objetivas (Eduardo González-Calleja, La violencia en la política. Perspectivas teóricas sobre el
empleo deliberado de la fuerza en los conflictos de poder, Madrid, CSIC, 2002).
39 Francesco Benigno, Las palabras del tiempo. Un ideario para pensar históricamente, Madrid, Cá-
tedra, 2013, pp. 147-173; también véase Eduardo González-Calleja, Las guerras civiles. Pers-
pectiva de análisis desde las Ciencias Sociales, Madrid, Catarata, 2013, pp. 13-33; Stathis Kalyvas,
The Logic of Violence in Civil War, Cambridge, Cambridge University Press, 2006.
40 “Crítica al paradigma del progreso e interpretación de la violencia como ruptura del mismo
en Hannah Arendt”, Sobre la violencia, Madrid, Alianza Editorial, 2010, p. 47.
introducción 21
violenta, responsable de hacerla transitar de nociva e insubordinada a innovadora
y ordenadora, o viceversa; y, segundo, el relativo a la cristalización del ejercicio
de dicha actividad violenta en determinados actores colectivos e individuales,
responsable de percibirlos como atávicos y transgresores o como cívicos y repara-
dores del orden. Ambos procesos sobre el qué y quiénes de la violencia muestran
una asociación entre la violencia y la justicia en la medida en que la caracteri-
zación y la comprensión de la violencia dependen de la concepción contextual
y temporal de la justicia, ya que de ella resulta qué es legítimo y qué no. Pero
en la calificación de un acto violento como un ultraje que crea desorden o una
reparación que restituye un orden violado es imprescindible no absolutizar la
violencia y reparar en su contexto temporal, ya que muchos gestos considerados
hoy violentos no lo fueron en el pasado o no lo fueron con las dimensiones cua-
litativas que hoy les adjudicamos. Atendiendo a todo ello, este texto se interroga
sobre la impronta de la violencia en la construcción de lo político y lo público,
y lo hace tanto rescatando las modalidades en que era vivida y practicada, como
valorando los elementos contingentes anexos a su discurrir.
Si bien la violencia política ha sido un tema recurrente en los debates y publi-
caciones académicos sobre América Latina en el contexto de la “guerra fría”, en
lo relativo al siglo xix ha primado una lectura negativa asociada historiográfica-
mente al devenir ambivalente del liberalismo. En unos casos, la implantación del
liberalismo resultaba responsable del subdesarrollo latinoamericano, por dar lugar
a Estados represivos que favorecieron la acumulación del capital en pocas manos
y atentaron contra el bienestar de las clases populares. En otros, el liberalismo no
pudo establecerse porque la pervivencia de la heterogeneidad del cuerpo social y
político coloniales impidió el desarrollo de una revolución burguesa. En ambos
casos el desgobierno republicano era sinónimo de guerras intestinas y caudillos
militares, retardando (e incluso imposibilitando) la consolidación de los Estados.
Sin embargo, esa percepción ha variado en las últimas décadas del siglo
xx y primeras del xxi. En el contexto de renovación historiográfica general
experimentada por las historias política y cultural en América Latina –sobre
todo en vinculación a los temas de la independencia de España y del desarrollo
de la ciudadanía41–, se ha producido un esfuerzo por remozar la cuestión del
41 Ejemplo de ello son los volúmenes colectivos: Antonio Annino, Luis Castro Leiva y François-
Xavier Guerra (comps.), De los imperios a las naciones: Iberoamérica, Zaragoza, Ibercaja, 1994;
Antonio Annino (coord.), Historia de las elecciones en Iberoamérica. Siglo xix, Buenos Aires,
fce, 1995; Carlos Malamud, Marisa González y Marta Irurozqui (eds.), Partidos políticos y
elecciones en América Latina y la Península Ibérica, 1830-1930, Madrid, iuoyg, 1995, 2 vols.;
Hilda Sábato (ed.), Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas históricas en Amé-
rica Latina, México, fce, 1998; Eduardo Posada-Carbó (ed.), Elections before Democracy. The
History of Elections in Europe and Latin America, Londres, ilas, 1996; Carlos Malamud (ed.),
Legitimidad, representación y alternancia en España y América Latina. Reformas electorales 1880-
1930, México, cm-fce, 2000; Francisco Colom (ed.), Relatos de nación. La construcción de las
identidades nacionales en el mundo hispánico, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2005;
22 ciudadanos armados de ley
empleo de la fuerza en la vida pública decimonónica. Como resultado han
surgido investigaciones centradas fundamentalmente en tres etapas: la primera
corresponde al proceso que desde mediados del siglo xviii favoreció que los
americanos se armaran y se convirtieran en defensores de sus propios intereses
para resguardar la integridad de sus territorios ante la injerencia de potencias
extranjeras; la segunda atañe al proceso de militarización del espacio y de la
sociedad anexo y resultante de la emancipación de España; y la tercera concierne
al proceso que bajo una lógica nacional republicana integró o distribuyó el
uso de la fuerza entre distintas corporaciones/agentes bajo liderazgos diversos.
En torno a esos tres momentos se han discutido un conjunto de temas sobre
el uso de la fuerza en la vida política referidos a: Estado y guerra; ciudadanía
armada y militarización constitucional y cívica de la sociedad; instituciones
armadas, formas de organización militar y liderazgos territoriales; papel de la
revolución (o el levantamiento) en los lenguajes y en las prácticas políticas; o
transformaciones identitarias a partir de experiencias y escenarios bélicos.42 De
resultas de esa polémica, guerras civiles, revoluciones, rebeliones, revueltas o
golpes de Estado, en lugar de interpretarse solo como fenómenos reaccionarios
y desestabilizadores de la construcción nacional, expresión de la idiosincrasia
ibérica e impedimento de la democracia, pueden ser leídas como aconteci-
mientos productores de modernidad a través de los que fue posible generar
Marta Irurozqui (ed.), La mirada esquiva. Reflexiones sobre las interacciones entre el Estado y la
ciudadanía en los Andes, siglo xix, Madrid, csic, 2005.
42 Ejemplos de trabajos colectivos: Susan Eckstein (ed.), Power and Popular Protest. Latin Ameri-
can Social Movements, Berkeley, University of California Press, 1989; Eduardo Posada-Carbó
(ed.), Wars, Parties and Nationalism. Essays on the Politics and Society of Nineteenth-Century Latin
America, London, ilas, 1995; James Dunkerley (ed.), Studies in the Formation of the Nation
State in Latin America, London, ilas, 1999; Rebecca Earle (ed.), Rumors of Wars. Civil Con-
flicts in nineteenth-Century Latin America, London, ilas, 2000; Antonio Escobar y Romana
Falcón (coords.), Los ejes de la disputa. Movimientos sociales y actores colectivos en América Latina,
siglo xix, Frankfurt, Cuadernos de ahila, 2002; Carlos Malamud y Carlos Dardé (eds.),
Violencia y legitimidad política y revoluciones en España y América Latina, 1840-1910, Santander,
Universidad de Cantabria, 2003; Hilda Sábato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en
la Argentina del siglo xix. Armas, votos y voces, Buenos Aires, fce, 2003; Gonzalo Sánchez y
Eric Lair (eds.), Dossier “De la necesidad de pensar la violencia colectiva: el caso de los países
andinos”, Bulletin ifea, vol. 29, núm. 3, 2003; Juan Ortiz Escamilla (coord.), Fuerzas militares
en Iberoamérica. Siglos xviii y xix, México, cm-El Colegio de Michoacán-Universidad Veracru-
zana, 2005; Cecilia Méndez, Dossier “Populismo militar y etnicidad en los Andes”, Iconos. Revis-
ta de Ciencias Sociales, vol. 26, Quito, 2006; Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de
la Nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Madrid/Frankfurt, Ibe-
roamericana-Vervuert, 2007; Oscar Moreno (coord.), La construcción de la Nación Argentina.
El rol de las fuerzas armadas. Debates históricos en el marco del Bicentenario (1810-2010), Buenos
Aires, Ministerio de Defensa, 2010; Iván Jaksic y Eduardo Posada-Carbó (eds.), Liberalismo
y poder. Latinoamérica en el siglo xix, Santiago de Chile, fce, 2011; Hilda Sábato (coord.),
Dossier “Historias de la República. Variaciones sobre el orden político en la Argentina del siglo
xix”, PolHis, vol. 11 (primer semestre 2013).
introducción 23
un tejido nacional. En consecuencia, la guerra entendida a través de múltiples
binomios –guerra-militares, guerra-milicias, guerra-partidos políticos, guerra-
lenguajes políticos, guerra-regiones, guerra-grupos de poder, guerra-sectores
populares o guerra-grupos étnicos43– se transforma en un acontecimiento
central que ayuda a la nacionalización del territorio no solo en el relato sino
también en el mismo desarrollo de los hechos. Se puede afirmar, por ejemplo,
que el ciudadano en armas creó una autoconciencia racional y normativa de la
guerra, y que los sucesos bélicos sirvieron para estructurar la nación a través
de instituciones legales.44
43 Ejemplos de ello: Margarita Giesecke, Masas urbanas y rebelión en la Historia. Golpe de Estado,
Lima 1872, Lima, cedhp, 1978; Patricia Pinzón de Lewin, El ejército y las elecciones, Bogotá,
Cerec, 1994; Florencia Mallon, “De ciudadano a otro. Resistencia nacional, formación del Es-
tado y visiones campesinas sobre la nación en Junín”, Revista Andina, vol. 23, 1994, pp. 7-78;
Sonia Alda, “El derecho de elección y de insurrección en Centroamérica. Las revoluciones
como medio de garantizar elecciones libres, 1838-1872”, Violencia y legitimidad. Política y revo-
luciones en España y América Latina, 1840-1910, Carlos Malamud y Carlos Dardé (eds.), Santan-
der, Universidad de Cantabria, 2004, pp. 115-142; Liliana López Lopera, “El republicanismo y
la Nación. Un mapa retórico de las guerras civiles del siglo xix colombiano”, Estudios Políticos,
vol. 21, 2002, pp. 31-52; Milton Godoy de Orellana, “Entre las guerras civiles y las demandas
indígenas. Juan Bustamante en el levantamiento de Huancané (Perú), 1866-1868”, Revista de
Historia Indígena, vol. 7, 2003, pp. 159-183; Clément Thibaud, Repúblicas en armas. Los ejércitos
bolivarianos en Colombia y Venezuela, Bogotá, Planeta-ifea, 2003; Fernán E. González, “A pro-
pósito de ‘Las palabras de la guerra’: los comienzos conflictivos de la construcción del Estado
nación y las guerras civiles de la primera mitad del siglo xix”, Estudios Políticos, vol. 25, 2004,
pp. 37-70; Mª Teresa Uribe de Hincapié, “Las palabras de la guerra”, Estudios Políticos, vol. 25,
2004, pp. 11-34; Astrid Cubano, Rituals of Violence in Nineteenth-Century Puerto Rico: Individual
Conflict, Gender and the Law, Gainesville, University Press of Florida, 2006; Geneviéve Verdó,
“La guerre constituante: Río de La Plata, 1810-1821”, Dossier “Violencia política en América
Latina, siglo xix”, Marta Irurozqui (coord.), Revista de Indias, vol. lxix, núm. 246, 2009, pp.
25-50; Ariel Yablon, “Disciplined Rebels: The Revolution of 1880 in Buenos Aires”, jlas, vol.
40, 2008, pp. 483-511; Charles Walker, Smoldering Ashes. Cuzco and the Creation of Republican
Peru, 1780-1840, Durham, Duke University Press, 1999; Antonio Escobar, “Violencia social
en la primera mitad del siglo xix mexicano: el caso de las Huastecas”, Dossier “Violencia
política en América Latina, siglo xix”, Marta Irurozqui (coord.), Revista de Indias, vol. lxix,
núm. 246, 2009, pp. 82-108; Marcela Ternavasio, Gobernar la revolución. Poderes en disputa en
el Río de La Plata, 1810-1816, Buenos Aires, Siglo xxi, 2007; Hilda Sábato, “Resistir la impo-
sición: revolución, ciudadanía y República en Argentina de 1880”, Dossier “Violencia política
en América Latina, siglo xix”, Marta Irurozqui (coord.), Revista de Indias, vol. lxix, núm. 246,
2009, pp. 159-182; Pérez Vejo, op. cit., 2010; Carmen Mc Evoy, Guerreros civilizadores. Política,
sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico, Lima, pucp, 2016.
44 En esta línea véanse los trabajos recogidos en: Marta Irurozqui y Mirian Galante (eds.), San-
gre de ley. Justicia y violencia política en la institucionalización del Estado en América Latina, siglo
xix, Madrid, Polifemo, 2011; Marta Irurozqui (coord.), Dossier “Violencia política en Amé-
rica Latina, siglo xix”, Revista de Indias, vol. lxix, núm. 246, 2009; Marta Irurozqui (coord.),
Dossier “Violencia y justicia en la institucionalización del Estado. América Latina, siglo xix”,
Revista Complutense de Historia de América, núm. 37, 2011; Macías (coord.), op. cit., 2016; Marta
Irurozqui y Flavia Macías (coords.), Monográfico “Otra vuelta de tuerca. Justicia y violencia
en Iberoamérica, siglo xix”, Revista de Indias, vol. lxxvi, núm. 266, Madrid, 2016.
24 ciudadanos armados de ley
Pero ese esfuerzo revisionista no ha sido uniforme en sus resultados rupturistas
ni impedido una reformulación de los tópicos arriba reseñados, en parte debido
a la pervivencia de dos visiones teóricas hegemónicas sobre el Estado moderno
elaboradas en el ámbito germano en la década de 1920.45 De un lado, el modelo
weberiano que designa como Estado a aquel que ostenta el monopolio de la vio-
lencia legítima; de otro, el modelo kelseniano que señala como Estado a aquel que
centraliza la producción del derecho.46 Ambas visiones del Estado reproducen y
validan una tradición Estado-céntrica del pensamiento político moderno, cons-
tituida a partir de un modelo único y posible de realización. Como resultado de
esa hegemonía, ha dominado un modo de ver la construcción del Estado en la
América Latina decimonónica que sitúa a la región en un lugar de excepcionalidad
negativa, consecuencia de una supuesta inhabilidad en el ejercicio de pre-asignadas
funciones estatales como el control del territorio, el monopolio de la fuerza o
la garantía de los derechos básicos del ciudadano. Desde los estudios sobre la
violencia, la propuesta teórica de Charles Tilly,47 referente a que la guerra hizo
posibleal Estado y, con ello, a la modernidad misma por ser el formato con mayor
capacidad para gestionarla, parecía destinada a subvertir parcialmente esa visión.
Pero, si bien de su aplicación en el espacio latinoamericano resultaron estudios
45 Max Weber, Estado y sociedad. Esbozo de la sociología comprensiva, México, fce, 1984 (una re-
novación de ese planteamiento a partir de la yuxtaposición de la propuesta weberiana con
proposiciones neomarxistas en: Peter B. Evans, Dietrich Rueschemeyer & Theda Skopol,
Bringing the State Back In, Cambridge, Cambridge University Press, 1985, pp. 4-43, 347-366)
y Hans Kensel, Teoría general del Derecho y del Estado, México, unam, 1988.
46 Lempérière, op. cit., 2007, p. 54.
47 Charles Tilly, Coercion, Capital and European States, Ad. 990-1992, Cambridge, Bleckwell, 1992.
Quienes han recurrido a la aplicación de este recurso teórico han concluido para los Esta-
dos latinoamericanos una correlación negativa entre la belicosidad internacional y la debilidad
doméstica. Han afirmado que estos fueron incapaces de embarcarse en guerras externas que
produjeran los efectos positivos de fortalecimiento institucional y de neutralización del poder
militar. En su lugar, los Estados latinoamericanos vivieron una “larga paz latinoamericana”
consistente en una continua violencia colectiva fruto de la guerra civil, los golpes militares o
el bandolerismo. Pero la razón de ese fracaso no residía en que la ausencia de guerras interna-
cionales desembocara en la debilidad del Estado o que ello impidiera las primeras, porque la
guerra en sí solo podía reconocerse como la razón de un desarrollo estatal de éxito mientras
fuera asociada al proceso de concentración del poder por un grupo que universalizase los fun-
damentos de su dominación dentro de un territorio. Sin embargo, en su opinión, en América
Latina no surgió una clase dirigente dispuesta a aceptar ese reto. En esa línea argumentati-
va véanse los trabajos de: Miguel Centeno, Blood and Debt. War and the Nation-State in Latin
America, Pennsylvania, The Pennsylvania State University Press, 2002; Carlos A. Patiño (ed.),
Estado, guerras internacionales e idearios políticos en Iberoamérica, Bogotá, Universidad Nacional
de Colombia, 2012; o Juan Carlos Garavaglia, Juan Pro y Eduardo Zimmermann (eds.), Las
fuerzas de la guerra en la construcción del Estado: América Latina, siglo xix, Rosario, Protohistoria
Ediciones, 2012. En contrapartida, los textos de Tilly relativos a los repertorios del conflicto
han propiciado soluciones historiográficas más creativas, una discusión en: Marta Irurozqui
(coord.), Dossier “Entre Lima y Buenos Aires. Acción colectiva y procesos de democratización
en Argentina, Bolivia y Perú, siglo xix”, Anuario de Estudios Americanos, vol. 69, núm. 2, 2012.
introducción 25
centrados en responder cuestiones acerca de la construcción de la naciónen el
contexto de las guerras o sobre la relación existente entre estas y la configuración
nacional y regional del Estado, dichos trabajos no rompieron el cliché. Siguie-
ron dando por sentado que únicamente podría hablarse del mismo cuando este
fuese una estructura institucional acabada y estable separada de la sociedad civil
y hubiera logrado concentrar de modo gradual y centralizado el control efectivo
del uso de la fuerza en un ejército nacional. Como, de acuerdo con este patrón
progresivo, la mayor parte de las naciones latinoamericanas no habían cumplido
con los requisitos propios de los estados modernos, la persistencia de la violencia
en la vida política ha vuelto a ser interpretada como un rasgo arcaico y residual: las
revoluciones, rebeliones y pronunciamientos así como la proliferación de fuerzas
“irregulares” (montoneras, guerrillas, etc.) o diferentes de las fuerzas profesiona-
les (milicias) entorpecieron, desde esas ópticas, el desarrollo de la organización
estatal. Asimismo, el peso historiográfico de ambos supuestos Estado-céntricos,
con su redundancia en una percepción de América Latina como un área fallida,
imperfecta o inacabada en lo que respecta a su configuración política moderna,
también ha contribuido a obviar el hecho de que, al contrario de lo sucedido en
Europa, donde la democracia como único principio de gobierno quedó fuera de un
desarrollo técnico definitivo hasta después de la ii Guerra Mundial,48 en la América
hispana sí apareció consagrada como tal en los primeros textos constitucionales49
y su caracterización y desarrollo fueron constante objeto de debate público.
Sin minimizar la importancia de los anteriores sustentos teóricos en que se
basa, este texto no comparte esa lectura tópica sobre el devenir latinoamericano
y el unilineal papel de la violencia en el mismo. En contrapartida, se asume la
reflexión de Norbert Elias referente a los peligros de una abstracción que presenta
como ley inmutable aspectos seleccionados de las sociedades contemporáneas
“más avanzadas” con la pretensión de hacerlos aplicables a las sociedades en to-
dos los tiempos y lugares, dejando fuera de la misma todo lo que acontece en la
48 Reflexiones análogas en: Eduardo García de Enterría, La lengua de los derechos. La formación
del Derecho Público europeo tras la Revolución Francesa, Madrid, Alianza Universidad, 1995, p.
135; Javier Fernández Sebastián, “Revolucionarios y liberales. Conceptos e identidades po-
líticas en el mundo Atlántico”, Las revoluciones en el Mundo Atlántico, María Teresa Calderón;
Clement Thibaud (eds.), Madrid, Ed. Taurus, 2006, pp. 215-250; Manuel Chust, “Sobre las
revoluciones en América Latina… si las hubo”, Las revoluciones en el largo siglo xix latinoame-
ricano, Madrid-Frankfurt Iberoamericana-Vervuert, 2015, p. 24.
49 En el caso boliviano desde la primera constitución se suceden las denominaciones de gobier-
no: “popular representativo” (1826, 1831, 1839, 1843, 1851), “republicano popular repre-
sentativo” (1834), “forma representativa” (1861), “popular, representativo y democrático”
(1868), “república democrático representativa” (1871, 1878, 1880, 1938, 1945, 1947) (Trigo,
op. cit., 1958). Una excelente y novedosa exposición sobre el sustrato constitucionalista y
democrático presente en el pensamiento español en Mónica Quijada: “Las dos tradiciones.
Soberanía popular e imaginarios compartidos en el mundo hispánico en la época de las grandes
revoluciones atlánticas”, Revolución, Independencia y las nuevas naciones de América, Jaime E. Rodrí-
guez O. (ed.), Madrid, Fundación Mapfre-Tavera, 2005, pp. 61-86.
26 ciudadanos armados de ley
secuencia temporal.50 Con la intención de no reducir en la reflexión conceptual a
segmentos estáticos lo que se observa como un continuo movimiento, se ha optado
por desentrañar aquello que el ejercicio de la violencia permitió –en lo relativo a
los procesos de institucionalización del Estado, de materialización de la soberanía
popular, de democratización de las instituciones y de nacionalización del espacio
americano–, en vez de lo que impidió. Esa elección historiográfica no solo incorpora
a la sociedad en el legítimo ejercicio de la violencia frente al principio restrictivo de
monopolio estatal, sino que lo hace señalando al ejercicio social de la fuerza como
parte del repertorio político de la cultura constitucional de la época. La acometida
empírica de esta propuesta gravita en torno a tres supuestos complementarios de
carácter epistemológico relativos al Estado51 y a su poder de coerción.
El primer supuesto incide en la siempre problemática e inconclusa constitución
del Estado a partir de, y en relación con, la acción de la sociedad. Para dar cuenta de
esa permanente interacción se ha recurrido a precisar brevemente qué se entiende
por institución y qué significado tiene la acción de institucionalizar el Estado.52
Institución, como acción de fundar y crear un orden nuevo sobre uno an-
tiguo, posee dos dimensiones: lo instituido y lo instituyente. Lo primero hace
mención al orden establecido y a las normas vigentes, mientras lo segundo alu-
de a aquello por cuyo intermedio algo acontece, tiene lugar y origina sentido.
Como combinación de lo instituido y lo instituyente, institución implica a la
vez permanencia y acto/intervención: hace referencia a una norma, una forma
social o una representación, pero también alude a la actividad desplegada por los
miembros de la sociedad en tanto que usuarios de tales normas, formas sociales o
representaciones. Esa comprensión dual de la categoría institución –que hace que
no sea anterior y trascendente a los grupos humanos ni tampoco sea inmanente a
la vida social– torna al Estado en una construcción producto de procesos políticos
y sociales que una vez instituidos por la sociedad instituyente conforman sus
límites estructurales, pudiendo volver estos a transformarse gracias a su accionar
público. El Estado no estaría antes o después de la sociedad, pues actúa como
un elemento fundador de la misma que al mismo tiempo es fundado por ella,
50 Norbert Elias, “Los procesos de formación del Estado y la construcción de la nación”, Histo-
ria y Sociedad, núm. 5, 2000, pp. 103, 105, 107. También en el mismo texto véase su teoriza-
ción sobre la noción sociológica de “desarrollo en proceso” (pp. 101-117).
51 Véase estados de la cuestión en: Marta Irurozqui, “Introducción. Sobre la condición ciudada-
na en los Andes: Propuesta y debate historiográfico”, I rurozqui (ed.), op. cit., 2005, pp. 13-40;
Rossana Barragán y Fernanda Wanderley, “Etnografías del Estado en América Latina”, Dos-
sier “Etnografías del Estado en América Latina”, Rossana Barragán y Fernanda Wanderley
(coords.), Iconos, revista de Ciencias Sociales, vol. 34, 2009, pp. 21-25.
52 Se siguen los planteamientos de Georges Guryitch, “Le concept de Structure sociale”,
Cahiers Internatioanaux de Sociologie, vol. 19, 1955, pp. 9-11; Félix Guattari, Psicoanálisis y
transversalidad. Crítica psicoanalítica de las instituciones, Buenos Aires, Siglo xxi, 1976; y René
Lourau, El análisis institucional, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1994, pp. 140-144, 159,
169, 188.
introducción 27
garantizando su propia existencia institucional la vida de otras instituciones a
través de múltiples pactos. En este sentido, se defiende que la violencia interna
no habría sido la prueba de insuficiencia o debilidad estatales, sino una actividad
más de la sociedad instituyente en el proceso de institucionalización del Estado.53
El segundo supuesto epistemológico consiste en interpretar al Estado como
una institución procesual e interactiva, en vez de entenderlo como un todo
consolidado, monolítico y uniforme. Con ello se pone en duda que solo pueda
hablarse de Estado a partir de la teoría monista o modelo estatalista de raciona-
lidad formal, según la cual el Estado es la única instancia soberana de decisión y
suprema de poder, y como tal unidad es un sujeto independiente frente a las demás
comunidades que proyecta su voluntad sobre ellas con exclusión de cualquier otra
voluntad interna o externa. En su lugar se sugiere pensar el Estado desde la teoría
pluralista,54 según la cual el Estado podía actuar como una asociación limitada en
sus funciones y coexistente con otras estructuras asociativas (gremios, comunida-
des, sociedades, etc.), la coordinación de las cuales habría sido su tarea primordial.
La propuesta de reinterpretación teórica del Estado en América Latina a
partir de la concepción pluralista responde a que se la considera más sensible a la
tradición política y a las c aracterísticas formativas de sus repúblicas. Tras la crisis
de la Monarquía hispánica en 1808 el principio de retroversión de la soberanía
marcó el proceso de reconfiguración política y territorial de la América española al
generar y legitimar en términos fundacionales una pluralidad de soberanías en un
mismo espacio nacional. De resultas de ello, el Estado en América Latina poseyó
en origen una naturaleza pluralista, que más tarde fue socavaba ideológicamente
por los procesos internacionales de homogeneización, uniformización y centra-
lización desarrollados a partir de la segunda mitad del siglo xix, y, en especial,
desde la década de 1880. Como la soberanía no era un único atributo del Estado,
sino una cualidad presente en distintos grupos, el ámbito de lo político no quedó
limitado a lo estatal, sino que se expandió hacia otras instancias de la sociedad. El
hecho de que en las primeras décadas republicanas el Estado pudiese compartir
la soberanía con distintas instancias sociales o que la soberanía residiera en múl-
tiples instancias de autoridad, también implicaba que el ejercicio de la fuerza se
entendiese compartido en vez de monopolizado por un único ente de soberanía.
Atendiendo a lo anterior, a nivel general la perspectiva pluralista permite
sostener que la organización local de las poblaciones en el ejercicio público de la
53 Véase este argumento desarrollado en extenso en: Marta Irurozqui y Mirian Galante, “Intro-
ducción”, en Irurozqui y Galante (coords.), op. cit., 2011, pp. 7-24.
54 Se siguen fundamentalmente las reflexiones de Harold Laski, El problema de la soberanía, Bue-
nos Aires, Dédalo, 1960, y Georges Gurvich, Elementos de sociología jurídica, Granada, Ed. Co-
mares, 2001. Esta propuesta fue inicialmente desarrollada en Marta Irurozqui, “El corazón
constitucional del guerrero. Ciudadanía armada y movilización popular en Bolivia 1839-1875”,
Uma História social e cultural do Direito, da Justiça e da Política: Do antigo Regime Ibero-americano
à Contemporaneidade Latino-americana, Andrea Reguera; Eliane Cristina Deckmann Fleck
(orgs.), Sao Leopoldo, ehila-oikos Editora-Unisimos, 2015a, pp. 195-233.
28 ciudadanos armados de ley
violencia no fue necesariamente prueba de precariedad estatal, sino un ejercicio
legal y legítimo de la autoridad en manos de múltiples actores y espacios de
gobierno. A nivel local, dicha perspectiva posibilita replantearse el significado
negativo de la tópica “fragilidad estatal” boliviana: de un lado, aquello que suele
señalarse como resistencia al control del Estado habría podido ser oposición
al modelo de Estado monista y a su presentación como única alternativa de
modernidad estatal: de otro, el resultante proceso de disputas entre un centro
y grupos y sectores económicos habría tanto construido e incluso fortalecido a
las regiones, como permitido la existencia de diferentes ejes de poder en vez de
la hegemonía aplastante de una única región.55
Por último, el tercer supuesto epistemológico en que se apoya este trabajo
gira en torno a las diferentes maneras de pensar la defensa nacional/regional/
local que convivieron en un mismo proceso de configuración política e institu-
cionalización estatal, y al lugar ocupado por los ciudadanos en armas.
Como han insistido los estudios centrados fundamentalmente en el caso
argentino, los conflictos decimonónicos muestran un complejo escenario de
fragmentación militar que difícilmente puede reducirse al esquema de un ejército
de línea, central y nacional, enfrentado a fuerzas locales y ajeno a rivalidades y
lealtades partidarias o a alineamientos provinciales y regionales. Por ello debe
descartarse la centralidad axiomática concedida al Ejército como legítima insti-
tución para el ejercicio de la violencia, al asociar su expansión con la concentra-
ción estatal del poder y asumirlo como único agente armado movilizador de los
cambios y de las transformaciones de la sociedad decimonónica. En ningún caso
se discute la pertinencia y necesidad de su estudio, sino la escasa atención dada
a otras formas de organización armada por considerarse que conspiraban contra
el proceso de consolidación estatal y de modernización. Resulta fundamental
atender a las concepciones vigentes en la época sobre el uso legal y legítimo de la
violencia, ya que aludían a diversos proyectos complementarios o en pugna sobre
el Estado y la naturaleza de su poder. Las disputas partidarias generadas en torno
a esa cuestión informaban de las transformaciones ocurridas en materia militar
a partir de una combinación de sistemas –cuerpos regulares militares y civiles e
informales– en la que el ejercicio de la fuerza no fue entendido en términos de
concentración, sino que fue compartido por diversas instancias de gobierno. El
posible monopolio de la fuerza por el Estado simplemente habría dado cuenta
del triunfo del modelo Estado-céntrico sobre otros posibles.56
55 El argumento sobre las regiones está desarrollado en Rossana Barragán, “Hegemonías y
‘ejemonías’: las relaciones entre el Estado central y las regiones. Bolivia, 1825-1952”, Dos-
sier “Etnografías del Estado en América Latina”, Rossana Barragán y Fernanda Wanderley
(coords.), Iconos, revista de Ciencias Sociales, vol. 34, 2009, pp. 41-43.
56 Véanse en amplitud el debate en: Hilda Sábato, “¿Quién controla el poder militar? Disputas
en torno a la formación del Estado en el siglo xix”, La construcción de la Nación Argentina.
El rol de las fuerzas armadas. Debates históricos en el marco del Bicentenario (1810-2010), Oscar
introducción 29
3. La ciudadanía armada. Conceptos y tipologías
para su desarrollo empírico
Para explicar que allí donde se ha visto tradicionalmente caos, ausencia de re-
presentación, poblaciones oprimidas o vulneración de las leyes existía una poli-
tizada sociedad civil que ejercía de pueblo soberano mediante un legal y legítimo
recurso a la violencia, se va a recurrir a la noción de ciudadanía armada.57 Se
trata de un concepto que asocia el tema de la violencia política con cuestiones
como la fuente de legitimidad de los gobiernos o la naturaleza de la obligación
vinculada a la voluntad popular. El desarrollo de esta noción referida a la milita-
rización constitucional de la sociedad y de la vida política precisa la presentación
Moreno (coord.), Buenos Aires, Ministerio de Defensa, 2010, pp. 125-126; Flavia Macías e
Hilda Sábato, “La guardia nacional: Estado, política y uso de la fuerza en la Argentina de la
segunda mitad del siglo xix”, PolHis, vol. 6, núm. 11, 2013, pp. 70-81; Flavia Macías, Armas y
política en la Argentina. Tucumán, siglo xix, Madrid, csic, 2014; Macías (coord.), op. cit., 2015.
57 Trabajos sobre el ciudadano armado: Guy Thomson, “Bulwarks of Patriotic Liberalism: The
National Guard, Philharmonic Corps and Patriotic Juntas in Mexico, 1847-88”, Journal of
Latin American Studies, vol. 22, núms. 1-2, 1990, pp. 31-68; Alicia Hernández, La tradición re-
publicana del buen gobierno, México, fce, 1993; Víctor Peralta, “El mito del ciudadano arma-
do. La “semana magna” y las elecciones de 1844 en Lima”, Ciudadanía política y formación de
las naciones. Perspectivas históricas en América Latina, Hilda Sábato (coord.), México, fce, 1999,
pp. 231-252; Veronique Hébrard, “¿Patricio o soldado: qué uniforme para el ciudadano? El
hombre en armas en la construcción de la nación (Venezuela, primera mitad del siglo xix)”,
Monográfico “La independencia de la América hispana”, François-Javier Guerra, (coord.),
Revista de Indias, vol. lxii, núm. 225, 2002, pp. 429-462; María Celia Bravo, “La política
armada en el norte argentino. El proceso de renovación de la elite política tucumana (1852-
1862)”, Sábato y Lettieri (comps.), op. cit., 2003, pp. 243-259; Thibaud, op. cit., 2003, pp.
185-224; Manuel Chust, “Armed Citizens. The Civic Militia in the Origins of the Mexican
National State”, The Divine Charter. Constitucionalism and Liberalism in Nineteenth-Century,
México, Jaime E. Rodríguez O. (ed.), Oxford, Rowman and Littlefield Publishers, 2005, pp.
235-252; Flavia Macías, “De ‘cívicos’ a ‘guardias nacionales’. Un análisis del componente mi-
litar en el proceso de construcción de la ciudadanía. Tucumán-Argentina, 1840-1860”, Chust
y Marchena (eds.), op. cit., 2007, pp. 263-289; Natalia Sobrevilla, “Ciudadanos armados. Las
Guardias Nacionales en la construcción de la nación en el Perú de mediados del siglo xix”,
Chust y Marchena (eds.), op. cit., 2007, pp. 159-183; José Antonio Serrano, “Liberalismo
gaditano y milicias cívicas en Guanajuato, 1820-1836”, Construcción de la legitimidad política
en México en el siglo xix, Brian Connaughton; Carlos Illades; Sonia Pérez (coords.), México,
Colegio de Michoacán-uam-unam-cm, 1999, pp. 169-193; James Sanders, Contentious Re-
publicans. Popular Politics, Race and Class in Nineteenth-Century Colombia, Durham-London,
Duke University press, 2004; Gabriel di Meglio, “Milicia y política en la ciudad de Buenos
Aires durante la guerra de independencia”, Chust y Marchena (eds.), op. cit., 2007, pp. 137-
158; Hilda Sábato, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”,
Entrepasados, vol. 23, 2003, pp. 149-169; Hilda Sábato, Buenos Aires en armas. La revolución de
1880, B uenos Aires, Siglo xxi, 2008, pp. 94-114; Marta Irurozqui, “La justicia del pueblo.
Ciudadanía armada y acción social”, Irurozqui y Galante (eds.), op. cit., 2011a, pp. 235-276;
Marcela Echeverri, Indian and Slave Royalists. Reform, Revolution and Royalism in the Northerm
Andes, 1780-1825, Cambridge, Cambridge University Press, 2016.
30 ciudadanos armados de ley
del conjunto de conceptos y de tipologías utilizados en el abordaje de la trama
narrada: ciudadanía; ciudadanía cívica y ciudadanía civil; democracia pacífica y
democracia armada; política de unanimidad y política de fusión; patriota y revo-
lución; ciudadanía armada pretoriana o militarista y ciudadanía armada popular.
3.1. Sobre la ciudadanía
Este sub-apartado contiene una serie de precisiones básicas sobre la noción de
ciudadanía que ya han sido desarrolladas en otros trabajos58 y que relativizan su
entendimiento formal como una categoría universalista, igualitaria y definida
por el ejercicio del sufragio.
Aunque en general la ciudadanía posee una naturaleza multidimensional59
–un concepto legal, una referencia normativa para lealtades colectivas, un es-
tatuto de pertenencia o un ideal político–, puede comprenderse básicamente
como una práctica y como un estatus. Es decir, por un lado, denota una forma
de participación activa en los asuntos públicos; por otro, implica una relación
de pertenencia individual con una comunidad política, convirtiéndose, así, en
un principio constitutivo propio de la misma que determina quién constituye
dicha comunidad y quién no. La ciudadanía es, por tanto, mucho más que un
estatus formal jurídicamente establecido: es la cualidad de un miembro de la
comunidad política, pero también es un vínculo de identidad y sobre todo, un
título de poder que genera existencia social. De lo anterior se desprende que la
58 Marta Irurozqui, La ciudadanía en América Latina. Discusiones historiográficas y una propuesta
teórica sobre el valor público de la infracción electoral, Lima, iep, 2005a; Marta Irurozqui, “De
cómo el vecino hizo al ciudadano en Charcas y de cómo el ciudadano conservó al vecino en Bo-
livia, 1808-1830”, Revoluciones, Independencia y las nuevas naciones de América, Jaime E. Rodríguez
O. (ed.), Madrid, Fundación Maphre-Tavera, 2005c, pp. 451-484; Marta Irurozqui, “El espejis-
mo de la exclusión. Reflexiones conceptuales acerca de la ciudadanía y el sufragio censitario
a partir del caso boliviano”, Ayer, vol. 70, núm. 2, 2008, pp. 57-92.
59 Sirvan de ejemplos: Reinard Bendix, Estado nacional y ciudadanía, Buenos Aires, Amorror-
tu Editores, 1974; David Heater, Ciudadanía. Una breve historia, Madrid, Alianza Editorial,
2007, p. 13; BryanS. Turner y P. Hamilton, Citizenship. Critical Concetps, London, Routledge,
1994, vols. i y ii; B. van Steenbergen (ed.), The Condition of Citizenship, London, Sage, 1994;
Ronald Beiner (ed.), Theorising Citizenship, New York, State University of New York, 1995;
Petro Costa, Civitas. Storia della citadinanza in Europa, vol. ii, Roma-Bari, Laterza, 2000;
Manuel Pérez Ledesma (comp.), Ciudadanía y democracia, Madrid, Ed. Pablo Iglesias, 2000,
pp. 1-35; Manuel Pérez Ledesma (dir.), De súbditos a ciudadanos. Una historia de la ciudadanía
en España, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007; F. Quesada (dir.),
Naturaleza y sentido de la ciudadanía hoy, Madrid, uned, 2002, pp. 39-75; Javier Peña, La ciu-
dadanía hoy: problemas y propuestas, Valladolid, Publicaciones de la Universidad de Valladolid,
2000; Jean Leca, “Individualism and Citizenship”, Individualism Theories and Methods, Pierre
Birnbaum y Jean Leca (eds.), Oxford, Universidad de Oxford, 1990, pp. 141-189; Juan Carlos
Velasco, “La noción republicana de ciudadanía y la diversidad cultural”, Isegoría. Revista de
Filosofía moral y política, vol. 33, 2005, pp. 193-205; Aurelio Arteta (ed.), El saber del ciudadano.
Las nociones capitales de la democracia, Madrid, Alianza Editorial, 2008, pp. 23-28.
introducción 31
ciudadanía no es un principio universalista, sino diferenciador. Funciona como
un factor discriminatorio de inclusión/exclusión y, a su vez, como un dispositivo
corporativista, combinación de los privilegios que un individuo posee y de su
dependencia comunitaria. Y esto no significa que la ciudadanía se forjase para
sostener, desde lo jurídico, formas variadas de desigualdad de clase y de etnia,
sino que su carácter integrador es cuestionable dada su naturaleza comunitaria.
Recoge principios y exigencias universales que, sin embargo, se aplican en un
ámbito y en condiciones particulares.
A esa dimensión excluyente de la ciudadanía se suma el hecho de que la
igualdad a la que alude no se refería en origen a un valor social igual entre los
individuos de una misma comunidad –equidad social–, sino a que estos detentaban
derechos naturales iguales, cuyo disfrute resultaba de la eliminación de cuerpos y
privilegios. Y esa igualdad racional y legal entendida como un conjunto unifor-
me de derechos y obligaciones para todos no era contraria a que su u tilización
judicial fuese limitada por los prejuicios de clase, las costumbres sociales o la
falta de oportunidades económicas. Ello obliga a puntualizar que la ciudadanía,
por sí misma, no eliminó del sistema social el peso del estatus. Proporcionó una
base de igualdad formal, refrendada por el principio de imparcialidad de la ley,
a partir de la que combatir una estructura de desigualdad y reducir la barrera
del prejuicio de clase para el pleno disfrute de los derechos.60
Esa comprensión crítica de la ciudadanía revela una triple dinámica interna
de exclusión-acción-inclusión. La exclusión no podía eliminarse como tendencia
porque estaba implícita en el principio de comunidad, pero podía combatirse,
corregirse y transformarse mediante la acción individual y colectiva dando lugar
a un proceso inclusivo nunca concluido que provocaba una revisión constante
de la naturaleza de la igualdad entre más de dos sujetos. Como consecuencia
de ese triple movimiento no solo queda subrayado el carácter contingente de
la ciudadanía, sino que se la interpreta como un producto histórico de luchas
políticas y públicas, en vez de asumirla como algo graciosamente otorgado y re-
sultado de un progreso lineal y teleológico. Y tales actos particulares y colectivos
de intervención, participación y gestión de lo público se ejercitaban tanto bajo
el amparo de las leyes, como mediante la vulneración de las mismas, ya que el
quiebre de la exclusión mediante la acción se materializaba en una combinación
de las medidas institucionales con las iniciativas sociales de carácter subversivo
e incluso ilegal.
La doble condición de estatus y de práctica política de la ciudadanía incidió
en el modo en que históricamente interactuaron los dos componentes jurídico-
formales de esta institución: los deberes y los derechos legalmente reconocidos
60 Sobre el tema de la igualdad: Françoise Furet, Pensar la Revolución francesa, Barcelona, Edi-
ciones Petrel, 2000, pp. 30-42; María Sierra, María Antonia Peña y Rafael Zurita, Elegidos
y elegibles. La representación parlamentaria en la cultura del liberalismo, Madrid, Marcial Pons,
2010, pp. 81-104.
32 ciudadanos armados de ley
de la población de un Estado nacional. La primacía de uno u otro elemento a la
hora de definir la consistencia de la figura del ciudadano remite a una tipología
artificiosa: ciudadanía cívica y ciudadanía civil.61 Esta tipología explica no solo los
cambios contextuales en las lógicas de inclusión-exclusión, sino también las fun-
ciones públicas que, más allá del voto, hacían visible al ciudadano. El dominio de
los deberes dio lugar a la ciudadanía cívica, ligada al principio republicano. Estaba
constituida por sujetos colectivamente comprometidos con su medio, cuyos
derechos procedían del ejercicio libre e individual de las obligaciones comunes.
Las figuras del trabajador productivo, el contribuyente (o tributario) y el vecino
armado sintetizaban el servicio de los pobladores a la comunidad de una manera
reconocida por esta. En contrapartida, la primacía de derechos individuales –en
concreto de los derechos civiles– conformó la ciudadanía civil, mucho más cercana
al pensamiento liberal conservador. Integraba a consumidores o detentadores
exclusivos de derechos, quienes para su disfrute no e staban obligados al cumpli-
miento de “cargas” colectivas o a la demostración de méritos comunitarios, sino
solo al respeto de la ley. En torno a la década de 1870 y de 1880, en un contexto
internacional de jerarquización racial legitimada por la ciencia positivista y de re-
articulación clasista merced al auge del capitalismo, comenzó a darse la sustitución
de la primacía del reconocimiento local y del refrendo comunitario característica
de la ciudadanía cívica por la supremacía de derechos de la ciudadanía civil. Ahora,
el control en la determinación de si un sujeto era o no ciudadano ya no se centraba
61 Aunque esa diferenciación obedece a una conceptualización actual y se utiliza con el fin de
hacer más aprehensible una división no nominalizada por los contemporáneos, el uso de los
términos cívico y civil no es arbitrario, sino que proporciona información sobre el sentido
y desarrollo de esta tipología. Si en el diccionario de la Real Academia Española de 1729 el
adjetivo ‘cívico’ (lat. civicus, a, um; civicus, is) se señalaba como “cosa perteneciente a la ciudad”,
mientras el de ‘civil’ (lat. civilis, o) lo describía como “lo que toca y pertenece al derecho de
la ciudad y de sus moradores y ciudadanos”, en los textos de 1791, 1803 y 1817 ‘cívico’ se
identificaba como “doméstico” y ‘civil’ se mantenía vinculado “a la ciudad y sus moradores”,
siendo sinónimo de “sociable y urbano”. Este cambio permaneció hasta 1852, fecha en la que
en el diccionario ‘cívico’ se igualó a ‘civil’, adquiriendo en 1869 el significado de “patriótico”.
A su vez, los adjetivos ‘cívico’ y ‘civil’ iban acompañados de sustantivos con igual raíz latina.
Respecto a ‘civil’, desde 1791 funcionaba ‘civilidad’ como equivalente a “sociabilidad y urba-
nidad”, siendo en 1832 cuando surgen los vocablos ‘civilización’, ‘civilizado’ y ‘civilizarse’.
Respecto a ‘cívico’, en 1869 aparece por primera vez el término ‘civismo’ o “celo por las
instituciones e interés del país”. De las definiciones anteriores, que son las que se mantienen
en la edición del diccionario de 1999, se desprende que hasta la década de 1850 ‘cívico’ y ‘ci-
vil’ no se asumían en la época como dos términos contrapuestos en lo relativo a caracterizar
la ciudadanía, sino como adjetivos ajenos, siendo el de ‘civil’ el que podía vincularse a ella y
caracterizarla. Por tanto, la aparición en los diccionarios del adjetivo ‘cívico’ como sinónimo
de patriótico y el reconocimiento de su accionar como civismo subrayaba la necesidad política
de rescatar y verbalizar una tendencia de interpretación ciudadana, basada en la primacía de
la defensa de la cosa pública y el bien común, que había entrado en competencia con otra,
centrada en el interés propio y la libertad individual. La primera es la que ha sido denominada
cívica y la segunda civil (Irurozqui, op. cit., 2005c, pp. 482-483).
introducción 33
en la demostración por parte del aspirante de utilidad, cooperación y compromiso
patrióticos, sino que dependía de su grado de civilización en términos de homo-
geneidad cultural, y eran individuos ajenos a aquellos que se querían ciudadanizar
quienes debían e stimarlo.
3.2. Sobre la ciudadanía armada
Aunque la noción de ciudadanía armada o “pueblo en armas” está presente en
las dos tipologías –cívica y civil–, responde mejor al espíritu activo e interventor
de la primera. Alude al ejercicio constitucional –al tiempo deber y derecho– de
la violencia por parte de la población para participar, gestionar y transformar
el ámbito público. A partir del uso conceptual y práctico de esta categoría se
pretenden mostrar algunas claves del proceso de construcción republicano
relacionadas con la tensión entre los principios de soberanía popular y el de
autoridad. Se sostendrá que las distintas soluciones armadas empleadas desde
diversas instancias para resolver los problemas de inestabilidad política producto
de esa dicotomía, en vez de interrumpir el camino hacia la modernización de
la vida política por atentar contra la civilización y el progreso, favorecieron el
proceso de democratización del Estado y de la sociedad. La violencia cívica no
habría sido, entonces, un resabio arcaico ni la antítesis del progreso, sino una
condición más para su materialización.
Para entender mejor la legalidad constitucional y la legitimidad social de
la ciudadanía armada es preciso atender al significado que en la época tenía el
concepto de democracia o “gobierno del pueblo”.62 Se comprendía a este como
62 Si bien la catalogación de un régimen democrático como tal está sujeta al tiempo y a las
exigencias contextuales, se pueden distinguir dos sistemas que respetando el principio del
“gobierno del pueblo” implican maneras diferentes de materializar su soberanía: la demo-
cracia clásica y la democracia representativa. El primero hace referencia a una forma de vida
en la que los ciudadanos participan en el autogobierno y la autorregulación del mismo y no
renuncian a la totalidad del poder, sino solo a aquella porción necesaria para mantener el
buen orden. El segundo es una forma de gobierno en la que el pueblo deja de ejercer el po-
der, aunque sea su fundamento, siendo funcionarios electos a través de comicios periódicos
los que asumen la representación de sus intereses y/u opiniones en el marco del imperio de
la ley (Bernard Manin, Los principios del gobierno representativo, Madrid, Alianza Editorial, 1997,
pp. 15-16, 118, 201, 214-215, 236 y 242; Antonio Pizzorno, “I sistemi rappresentativi: crisi y
corruzioni”, Parolechiave, vol. 5, 1994, p. 69; Ramón Vargas-Machuca, “Representación”, op.
cit., 2008, Aurelio Arteta (ed.), pp. 145-177; Juan Peña, “La democracia en su historia”, op.
cit., 2008, Aurelio Arteta (ed.), pp. 72-75; Hanna Pitkin, El concepto de representación, Ma-
drid, cepc, 1985; J. Rubio Carracedo, Teoría crítica de la ciudadanía democrática, Madrid, Ed.
Trotta, 2007, pp. 56-59 y 134; Andrés de Francisco, Ciudadanía y democracia. Un enfoque repu-
blicano, Madrid, Ed. Catarata, 2007; R. Zapata-Barbero, Ciudadanía, democracia y pluralismo cul-
tural: hacia un nuevo contrato social, Barcelona, Anthropos, 2001, pp. 6-34; José Rubio Carracedo,
Ana María Salmerón y Manuel Toscano Méndez (eds.), Ética, ciudadanía y democracia. Contrastes,
vol. 12, Málaga, colección monografía, 2007; Mirian Galante, “Debates en torno al liberalismo:
34 ciudadanos armados de ley
un sistema representativo en el que la titularidad del poder y el ejercicio del
mismo no se percibían divididos como hoy en día, aunque se admitiese que
funcionarios electos a través de comicios periódicos asumieran la representa-
ción de los intereses y/u opiniones del pueblo en el marco del imperio de la
ley. Es decir, el pueblo se sentía titular originario de la soberanía y por lo tanto
autorizado en todo momento a ejercerla reapropiándosela.63 En las primeras
décadas republicanas primó, así, una modalidad democrática que: primero, no
se limitaba al voto; segundo, no cedía a los cargos electos/facciones/partidos una
intermediación y una representación plenas debido al ejercicio de los principios
de deliberación y vigilancia permanentes de los asuntos públicos y del derecho de
petición ejecutado colectiva e individualmente; y, tercero, reconocía el recurso
del pueblo a la revolución en caso de abuso de autoridad, violación o perversión
del orden legal y/o del texto constitucional que lo sostenía, estando dicho recurso
personificado en la acción del ciudadano armado.
Esa concepción explica que en la época la democracia se tipificase de dos
modos: democracia pacífica y democracia armada. La primera estaba referida a las
transformaciones del orden político por parte de la sociedad a través de los comi-
cios populares, las asociaciones, la prensa o los escritos de petición. La segunda
hacía mención al poder marcial desplegado por el pueblo cuando la ley en tanto
expresión de su voluntad soberana era vulnerada. El recurso a la fuerza por parte
de la población era un derecho y un deber constitucionales, a ejercerse únicamente
como remedio extremo cuando los mecanismos asociados a la democracia pacífica no
impedían los abusos de poder y no aseguraban la responsabilidad de los gobernantes
respecto a sus representados. Esa doble concepción explicaba la connivencia de
civiles y militares en las revoluciones, rebeliones, asonadas o golpes de Estado.
Ahora bien, el riesgo de la dispersión territorial del poder –implícito en el
entendimiento de la nación como un conjunto de cuerpos políticos naturales
que libremente se vinculaban a una forma de gobierno mediante un pacto no
irrevocable– generó paralelamente la urgencia por asegurar la unidad de la
comunidad política creada con el proceso emancipador. Durante las décadas de
1830 y 1850 el logro de esa paz interior –o unión del Estado y la sociedad– y la
consiguiente gestión del desacuerdo político se estructuró en torno al principio
de “unanimidad, armonía o unidad civil”.64 Este principio no contemplaba la
conciliación o negociación entre contrarios, sino la absorción de todos en una
representacióne instituciones en el Congreso Constituyente mexicano”, Revista de Indias, vol.
lxviii, núm. 242, 2008, pp. 70-95; Sierra, Peña y Zurita, op. cit., 2010).
63 Antonio Annino, “La revolución de lo político”, La revolución novohispana, 1808-1821, Anto-
nio Annino (coord.), México, fce, 2010, pp. 397-400; Marta Irurozqui, La alquimia democrá-
tica en Bolivia, 1825-1879. Ciudadanos y procedimientos representativos. Una reflexión conceptual sobre
la democracia, Frankfurt, Editora Académica Española, 2011c.
64 Reflexiones prácticas sobre ese principio en: Víctor Peralta, El poder burocrático en la formación
del Estado moderno: Bolivia 1825-1880, Tesis de Maestría, Quito, flacso; Peralta e Irurozqui,
op. cit., 2000, pp. 33-137.
introducción 35
síntesis superior que encarnaría lo exigido por el bien nacional. Bajo una con-
cepción simbiótica entre el unanimismo corporativo del Antiguo Régimen y los
principios republicanos de “bien común” y la “voluntad general”, ello remitía a
una concepción indivisa y unicista de la opinión pública en la que la sociedad se
concebía idealmente homogénea, ya fuese como “pueblo nacional o nación”, o ya
fuera como pueblos. Esto es, hubiera una o varias soberanías en un mismo Estado,
el disenso interno se consideraba creado por y fomentado por viles ambiciosos o
ingratos demagogos, mientras que la paz interior únicamente se concebía posible
si la opinión era solo una. Al margen del nuevo concepto de libertad, resultaba
impensable que existieran opiniones contrarias a que el objetivo supremo de todo
nacional fuese el bienestar de la República. Para tornar la voz del pueblo en una
voz única y carente de disenso, las soluciones representativas propiciadas por
ese principio se expresaron en la convergencia electoral de todas las facciones
políticas en lucha en una sola representación gobernante o partido único; lo que
implicaba la expectativa de que el voto ofreciera una sociedad sin conflictos, en
vez de expresar diversidad de intereses sociales.
El partido único como fin de la contienda electoral y sustancia misma del pue-
blo se concibió materializado en dos fórmulas: el presidencialismo preconizado en
la figura de los próceres de la independencia y el mando provisional de un órgano
colegiado como el Congreso. Ambas soluciones coincidían en que dicha instancia
de poder poseyese de algún modo la capacidad unitaria del orden mayestático. Y
en lo relativo al Ejecutivo ello no debe confundirse con un Ejecutivo personalista
y anti-institucional que coartase la acción del Legislativo o convirtiera a los dipu-
tados y senadores en sus servidores. El esfuerzo por asentar una soberanía nacional
indivisa que concentrara la autoridad y el poder concitó un amplio debate: no
solo en torno a las consecuencias de las facultades extraordinarias con las que una
constitución podía investir al Presidente, sino también acerca de si la diversidad de
opiniones o la lucha entre facciones ponían en peligro el legado independentista
o si, por el contrario, la unanimidad representativa amenazaba el principio de la
deliberación en el proceso electoral. Además, la lectura que alertaba de la tentación
de los partidos de aprisionar la opinión no limitó los enfrentamientos partidarios,
quedando en evidencia que esa fórmula no satisfacía la función de la representación.
Como resultado de toda esa polémica, durante las décadas de 1850 a 1870,
la pluralidad de intereses que albergaba toda sociedad hizo estallar las visiones
unanimistas de la nación y cobró vigencia la heterogeneidad política.65 De acuer-
do con que el espíritu faccioso era un elemento imprescindible e inevitable en el
sistema representativo democrático y conforme al ideal republicano que cifraba la
defensa del orden constitucional en la acción política de sus ciudadanos, adquirió
importancia el principio de la fusión o de “fraternidad y tolerancia recíproca de
65 Schelchkov, op. cit., 2007, pp. 92-108; Ternavasio, op. cit., 2007, pp. 57-59; Irurozqui, op. cit.,
2008, pp. 69-83.
36 ciudadanos armados de ley
partidos”. Este principio abogaba por la gestión de las disidencias políticas a partir
del reconocimiento por parte de las autoridades gubernamentales del derecho de
los opositores a expresar públicamente puntos de vista divergentes e incluso un
desacuerdo total, siempre y cuando no recurrieran a la fuerza o a alianzas con países
extranjeros para imponer su punto de vista político. El resultado fueron gobiernos
sostenidos por gabinetes multipartidistas,66 que en las décadas posteriores a 1880
no se repitieron por dominar un sistema partidario de alternancia.67
La controversia sobre cómo gestionar el desacuerdo político dio lugar a una
larga trayectoria de tensiones entre el Ejecutivo y el Legislativo que revelaba
distintas concepciones sobre el modelo de Estado, la organización territorial
de la nación y la redistribución social del poder. En este proceso, la ciudadanía
armada y el debate anexo sobre cómo se articulaba la conducta violenta con la
construcción nacional y quiénes controlaban, regulaban o materializaban su
ejercicio, fueron canales de expresión tanto de la tensión entre el principio de
soberanía popular y el principio de autoridad, como de la construcción de un
equilibrio entre ellos.
¿Quiénes constituían la ciudadanía armada? La ausencia de ejércitos pro-
fesionales permanentes hizo que la defensa del territorio español en América
correspondiera a la población a través de milicias reguladas por las autoridades
virreinales. En 1808 la retroversión de la soberanía a los pueblos –a las comuni-
dades locales– permitió organizar la defensa de la patria española –peninsular y
americana– a partir de un conjunto de juntas locales y provinciales que se apro-
piaron redistributivamente las funciones y capacidades gubernamentales reales
necesarias para la dirección de la guerra. La potestad local de la autodefensa de
la patria española se trasmutó a lo largo del conflicto en la defensa, autonomista
primero e independentista después, de las patrias americanas, siendo la guerra
central en el diseño nacional. Dicha potestad local de autodefensa no solo favo-
reció el afianzamiento del principio republicano de que una ciudadanía alerta y
militarizada hacía más fácil la materialización de un nuevo orden legal. También
amplió la identidad de los defensores de los derechos fundamentales del pueblo,
en la medida en que quedaron reconocidos como tales tanto las fuerzas armadas,
como el mismo pueblo en armas. Esta dinámica de tuvo dos consecuencias.
De un lado, el principio de la seguridad consagrado por la Constitución68
referente al recurso de la población a las armas para la defensa de su derecho
66 Peralta e Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 33-137.
67 Dunkerley, op. cit., 1987, pp. 46-77; Irurozqui, op. cit., 1994. Como vicepresidente de Mariano
Baptista (1892-1896) y como presidente, el conservador Severo Fernández Alonso (1896-
1899) desarrolló una política de naturaleza fusionista que después de la Guerra Federal de
1899 se tradujo en la hegemonía del Partido Liberal (Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 259-262).
68 María Teresa Calderón y Clément Thibaud, La majestad de los pueblos en la Nueva Granada y
Venezuela, 1780-1832, Bogotá, Universidad Externado de Colombia-ifea-Taurus, 2010, pp.
153-159.
introducción 37
imprescriptiblea la conservación de vida, se interpretaba como una autoconciencia
racional y normativa de la guerra asociada al amor a la patria y, por tanto, a la
salvaguarda de la nación y de la soberanía mediante el uso de la fuerza. Esa lec-
tura muestra que el ejercicio de la violencia no era un monopolio del Estado, en
la medida en que era una actividad de la sociedad instituyente en el proceso de
institucionalización del mismo,69 actividad que se validaba a través del término
patriota. Este vocablo aludía al ciudadano-soldado de la tradición republicana
clásica: referente a aquel sujeto capaz de sacrificar su interés particular en aras
del bien común. Este ideal de patriota se expresaba en una vigilancia permanente
de los asuntos públicos, ya que la mejor manera de proteger las libertades de la
comunidad consistía en la defensa de la patria y de la constitución. Era deseable
que esa tarea fuera ejercida por todos, ya que una ciudadanía alerta y armada
–“buenas armas”– hacía más fácil la materialización de un orden legal –“buenas
leyes”. Como la emancipación había sido resultado de la acción colectiva de los
pueblos americanos contra el opresor español, ante una acción que amenazara
lo logrado, eran esos patriotas quienes, con independencia de que formaran o no
parte del ejército, tenían el derecho y la obligación constitucionales de conservar
las ganancias emancipadoras y de hacer uso de la fuerza para restaurar el orden
originario presumiblemente violado por un déspota.
De otro lado, la toma legal y legítima de las armas por parte de la población
se asoció a la defensa del orden constitucional y quedó sintetizada en el término
revolución.70 Este vocablo no informaba únicamente de un cambio de régimen
a partir de un hecho violento y, por tanto, no se entendía solo como el triunfo
de un orden político novedoso creado sobre fundamentos enteramente nuevos
a través de una voluntad política resuelta o como un “fenómeno imparable e
inevitable, determinado por las leyes de la naturaleza y de la historia y por el
constante avance de la humanidad hacia la perfección”. Revolución significaba
ante todo el regreso al orden instaurado con el proceso independentista, cons-
tituyendo un acto político que no implicaba un cambio social, aunque pudiera
producirse a consecuencia de este.71 Ante el abuso del poder que amenazara lo
69 Irurozqui y Galante, op. cit., 2011, pp. 7-24.
70 Sobre el término revolución véanse las discusiones contenidas en: Mayer, op. cit., pp. 39-40;
Rogelio Altez y Manuel Chust (eds.), Las revoluciones en el largo siglo xix latinoamericano,
Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2015; Guillermo Zermeño Padilla, “Revolu-
ción en Iberoamérica (1780-1870): análisis y síntesis de un concepto”, Diccionario político y
social del mundo iberoamericano. Iberconceptos ii. vol. 9: Revolución, Javier Fernández Sebastián
(dir.), Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, pp. 15-47; Stefan Rinke, Las
revoluciones en América Latina: las vías a la independencia, 1760-1830, México, El Colegio de
México-Colegio Internacional de Graduados, 2011.
71 Carmen Mc Evoy, “Forjando la nación: usos y abusos del paradigma republicano”, Forjando
la nación. Ensayos de Historia republicana, Lima, pucp-The University of the South, 1999, pp.
189-247; Thibaud, op. cit., 2003; Alda, op. cit., 2004, pp. 115-142; Hilda Sábato, “Resistir la
imposición: revolución, ciudadanía y República en la Argentina de 1880”, Dossier “Violencia
38 ciudadanos armados de ley
logrado, el pueblo tenía el derecho y la obligación cívicos de hacer uso de la
fuerza: solo así podría restaurar las libertades perdidas y el orden impuesto con
la emancipación, que presumiblemente habían sido violentados por un tirano.
Como la ruptura absoluta de una situación dada ya se había producido a través
de las armas con la independencia de España, la vuelta a un orden primigenio
y fundacional se concebía de dos maneras no siempre compatibles: como una
restauración y como una regeneración. Aunque las dos aludían al restablecimiento
del espíritu independentista, en la primera primaba el principio de conservación
y en la segunda el de corrección. Este último implicaba la introducción o la eli-
minación de elementos y medidas que, aunque no se consideraban contrarios al
orden independiente, sí podían obrar en su contra tanto por contener un exceso
de modernidad política como por su defecto.
La restitución por los patriotas (tanto civiles como militares) de los logros
independentistas mediante la revolución, además de asentar la correspondencia
entre pueblo, patria y ejército, revela una dicotomía entre ejército y pueblo en
torno a la representación de este último que quedó materializada en la práctica
en dos tipos básicos de ciudadanía armada: la pretoriana y la popular.
La ciudadanía armada pretoriana estaba unida a la acción profesional del ejér-
cito de línea. Según esta concepción solo podían ser considerados ciudadanos
armados los militares sublevados que gracias a defender un orden originario
vulnerado se convertían en los depositarios de las garantías del pueblo. Ejercían
la violencia como sus legítimos representantes, haciendo figurar la potencia
del nuevo soberano popular como una unidad orgánica y visible frente a las
amenazas interiores y exteriores. Durante las guerras de independencia se
reconocería como tales a: primero, aquellos combatientes que formaban parte
del ejército formal o profesional, aunque los pertenecientes a las fuerzas del rey
terminarían por no verse como portavoces populares, sino como la expresión
de una autoridad no consentida; y, segundo, aquellos combatientes que com-
ponían las fuerzas irregulares o las guerrillas, dirigidas no necesariamente por
militares de carrera, sino por una variada tipología de líderes que, merced al
devenir de la guerra, se tornarían más tarde en una nueva elite militar, ajena a
las jerarquías sociales y armadas vigentes y con un conocimiento profundo de
las sociedades locales.72 Si todos los individuos debían convertirse en soldados/
pueblo en armas bajo la concepción general de que salvar la patria era una
política en América Latina, siglo xix”, Marta Irurozqui (coord.), Revista de Indias, vol. lxix,
núm. 246, 2009, p. 160; Antonio Annino, Conferencia Reflexiones sobre la caída del imperio
español, Madrid, csic, 2011; García de Enterría, op. cit., 1995, pp. 18-24; Florencia Peyrou,
“¿Voto o barricada? Ciudadanía y revolución en el movimiento demo-republicano del perio-
do de Isabel ii”, Ayer, vol. 70, núm. 2, 2008, pp. 186 y 194.
72 Calderón y Thibaud, op. cit., 2010, pp. 155-157 y 172; Gabriel Di Meglio, “Milicia y política
en la ciudad de Buenos Aires durante la guerra de independencia”, Chust y Marchena (eds.),
op. cit., 2007, pp. 137-158.
introducción 39
responsabilidad colectiva, una vez instauradas las repúblicas el principio de
pacificación nacional favoreció que los militares asumieran la representación
armada del pueblo y se responsabilizaran legítimamente de las asonadas. De
acuerdo con el principio de libertad, dicha representación únicamente les fue
reconocida a los jefes y oficiales y no a los soldados reclutados mediante levas
entre “vagos y malentretenidos”. La conscripción no solo rompía la relación
entre soldado y pueblo, sino que los levados, por el hecho de serlo, perdían
temporalmente su condición ciudadana. Esa hegemonía de la oficialidad militar
–protagonistas heroicos de pasadas acciones bélicas– como pueblo en armas,
se mantuvo dominante mientras se produjeron las guerras de definición de
fronteras nacionales entre países limítrofes.
La ciudadanía armada popular estaba asociada a la acción de los civiles encua-
drada en dos variantes: primera, la acción dentro de unas instituciones firmemente
jerarquizadas –las guardias nacionales, las guardias cívicas, las milicias, los ejérci-
tos auxiliares indígenas o las sociedades secretas– que dirigían sus movimientos
y contenían el desorden y los excesos violentos; y, segunda, la acción ejercida
de modo autónomo y liderada por un variado y flexible grupo de personas con
prestigio dentro de la comunidad. En ambos casos, los sublevados se asumían
como la mayoría del país y como tal apelaban al derecho de resistencia del pue-
blo frente al despotismo para restaurar por la fuerza un orden legal pervertido
por el abuso de autoridad. Como la soberanía residía en la nación inalienable e
imprescriptible y su ejercicio era delegado en los poderes públicos, la nación, en
tanto pueblo, podía volverlos a asumir extraordinariamente y constituirlos de
nuevo a través del derecho de revolución y de la apertura inmediata de un nuevo
proceso constituyente y e lectivo.
Atendiendo a los conceptos desarrollados y a partir del entrecruzamiento de
las tipologías ciudadanía cívica y ciudadanía civil, y ciudadanía armada pretoriana y
ciudadanía armada popular, este trabajo afronta, en cuatro capítulos, cuatro coyun-
turas revolucionarias acaecidas entre 1839 y 1875. Como ya se ha indicado en el
acápite inicial, el principal propósito de este libro es mostrar la compatibilidad
entre la violencia política y la legalidad constitucional implícitas en la figura del
ciudadano armado.
El primer capítulo se centra en el proceso de reafirmación nacional bo-
liviano concretado en: la revolución restauradora o Restauración, variopintas
sublevaciones partidistas y una guerra internacional concluida de facto con la
batalla de Ingavi el 18 de noviembre de 1841. Su estudio permite vincular la
modalidad pretoriana a un contexto de guerras internacionales, explicándose su
sustitución por la modalidad popular –en su versión organizada en las guardias
nacionales– debido a que la estabilidad nacional requería que el ejército dejase
de ser portavoz de la soberanía popular e instrumento de opinión partidaria. El
segundo capítulo trata las Matanzas de Yáñez de 1861 y los posteriores sucesos
40 ciudadanos armados de ley
armados vinculados a ella. Con ese episodio se ejemplifica la deslegitimación de
la ciudadanía armada pretoriana por la conversión del pueblo paceño en defen-
sor de la ley constitucional mediante una combinación del uso de las armas, el
juntismo y el asociacionismo.
El tercer capítulo concierne a la secuencia revolucionaria que va desde el
derrocamiento el 28 de diciembre de 1864 del presidente José María de Achá
por el coronel Mariano Melgarejo hasta la Revolución de 1870. Además de
ahondar en la consolidación de la ciudadanía armada popular a través del estudio
de la organización revolucionaria, las estrategias movilizadoras, los liderazgos,
los actores y las rivalidades partidarias, se aspira a incidir en otros dos aspectos:
de una parte, en el proceso de nacionalización del territorio patrio a través de la
guerra, entendido no como objetivo sino como una consecuencia sobrevenida;
de otra, en la puesta en valor de las instituciones republicanas mediante la de-
fensa armada de la constitución. Asimismo, su abordaje ilustra el modo en que
la conversión de los indígenas en pueblo en armas actuaba de mecanismo de
regeneración patriótica y consolidación pública, quedando expresada también
la interiorización social de los condicionantes de utilidad, solidaridad y servicio
a la sociedad contenidos en la ciudadanía cívica. Por último, el cuarto capítulo
afronta el conjunto de sucesos sediciosos contra la presidencia de Tomás Frías,
acaecidos entre septiembre de 1874 y marzo de 1875, que culminaron en la
Semana Magna de Cochabamba. Además de recoger el complejo proceso orga-
nizativo del los mismos, ilustra la dinámica gubernamental, material y discursiva,
de restricción a la población del ejercicio de la ciudadanía armada popular y del
derecho a la revolución. Si bien el castigo judicial había acompañado a las sedi-
ciones fallidas en forma de muerte, cárcel o exilio, la novedad introducida por el
gobierno de Frías fue la criminalización legal de quienes se sublevasen a través
de la aplicación del derecho penal (y no del derecho de gentes). Esa medida fue
acompañada de una devaluación de la categoría pueblo y de la deslegitimación
del acto revolucionario como re-hacedor de la gesta independentista.
capítulo i
“A resistir la conquista”.73 De la revolución
restauradora al triunfo de Ingavi (1839-1842)
Nacionalmente se entenderán Bolivia y el Perú i forma-
remos del todo la nación peruana, no la boliviana (…) El
Perú nunca ha sido de Bolivia. Bolivia siempre ha sido
del Perú.74
Las palabras del presidente peruano Agustín Gamarra en 1829 sobre sus deseos
de fusión de dos naciones a partir de una fueron contestadas años más tarde
por un proceso de reafirmación nacional boliviano. Para su realización contó
con una revolución restauradora o Restauración, con variopintas sublevaciones
partidistas y con una guerra internacional concluida de facto con la batalla de
Ingavi el 18 de noviembre de 1841. Este capítulo aprovecha tal contexto bélico
para estudiar dos pugnas políticas asociadas al acto de gobernar y de hacer go-
bernable la República: la pugna por el liderazgo institucional de la revolución y
la pugna por la definición del pueblo en armas. En ambas el objetivo prioritario
de la violencia fue la soberanía, entendida en este caso en el sentido de toma,
mantenimiento y transformación del poder nacional.
Sobre la primera pugna, las narrativas partidarias y las reyertas constitucio-
nales en torno a capitanear las voces del pueblo y el ejército se interpretan como
expresión de la competencia entre el Ejecutivo y Legislativo por determinar:
un modelo de Estado, el reparto de las funciones de autoridad y la distribución
territorial del poder. Sobre la segunda pugna, los cambios en la naturaleza del
legítimo sujeto del ejercicio de la fuerza revolucionaria –el ciudadano armado– y
las diferentes medidas gubernamentales para establecer cuándo un acto violen-
to por parte de la sociedad gozaba del refrendo legal se asumen no solo como
testimonio de la competencia entre el pueblo y el ejército por su ejercicio, sino
también como expresión del proceso multivocal de definición de las potesta-
des del pueblo soberano. Las dos pugnas inciden, de un lado, en la naturaleza
73 Frase atribuida a José Ballivián.
74 Carta de Agustín Gamarra al coronel Macedo, Lima 27 de agosto de 1829, Dante F. Herrera
Alarcón, Rebeliones que intentaron desmembrar el sur de Perú, Lima, 1981, p. 32.
[41]
42 ciudadanos armados de ley
institucionaldel acto público violento en la medida en que gozaba de una le-
gitimidad popular sancionada constitucionalmente; de otro, en la no necesaria
correlación entre el acto de institucionalizar un espacio nacional por parte de
una sociedad instituyente –colegiada en el Congreso y el Ejército o movilizada
por la Ley– y el acto de hacer gobernable dicho espacio.
La disputa política por la revolución y por el legítimo sujeto del ejercicio de
la violencia en tal disputa lidiaba con el tema de cómo gestionar el desacuerdo
político. Tal como se ha indicado en la introducción, durante las décadas de 1830
y 1840 los distintos partidos compartían un principio de unidad corporativa o
lectura unanimista –“unanimidad, armonía o unidad civil”– de la sociedad que
hacía de las pasiones partidistas uno de sus mayores males porque conllevaba
el “monstruo de la anarquía” .75 Dicho principio presuponía que las rivalidades
entre facciones no debían contradecir el aforismo de que el logro de la paz
interior requería unidad de opinión; lo que se traducía en tornar la voz del
pueblo en una voz única y carente de disenso. Las soluciones representativas
para obtenerlo eran dos: homogeneizarla a través de la fórmula presidencialismo
preconizada en la figura de los próceres independentistas y el partido único,
o a través de un órgano colegiado como el Congreso. Esta segunda opción
se concretó en la decisión de la Cámara de dirigir la revolución y de rentarla
políticamente a su favor, lo que delataba que el juego político del momento
primaba el diferendo entre las soluciones presidencial y parlamentaria. Con
esta afirmación no se quiere opacar o desdeñar el asunto del poder concejil
en la encarnación de la soberanía del pueblo, sobre todo porque la revolución
emanaba de los pronunciamientos decididos en los ayuntamientos en tanto
representantes de los derechos del público. Simplemente se subraya que la
revolución Restauradora, a través de una resignificación de la ciudadanía ar-
mada, buscó ante todo romper con un legado surgido en el cierre del proceso
independentista: la centralización del poder en el ejército o el cese de toda
autoridad que no fuera nombrada por ese poder.76
Aunque los artífices de la Restauración pudieron gustar de un poder cen-
tralizado tanto como los anteriores gobernantes, trataron que con la misma se
quebrase definitivamente la lógica que hacía al Ejecutivo heredero del poder
militar fundante de la independencia. En los primeros años de vida republicana
y a fin de fortalecer tal proceso formativo mediante una política de defensa
75 Véase nota 64 de la introducción y El Restaurador, Chuquisaca, 10 de julio de 1839; 13 de
septiembre de 1839; El Cóndor Restaurado, Sucre, 16 de junio de 1839; 4 de agosto de 1839;
El Constitucional, La Paz, 29 de abril de 1840; El Cóndor Restaurado, Sucre, 21 de julio de 1839
y Redactor del Congreso Nacional de Bolivia del año 1839, vol. I, La Paz, Imp. y Lit. Boliviana,
1920, pp. 289-329.
76 Remito a la reflexión de María Luisa Soux al respecto en El complejo proceso hacia la indepen-
dencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía y participación indígena en Oruro, La Paz,
ifea-Plural editores-asdi-ieb, 2010, pp. 204-208, 210-211, 213-214.
“a resistir la conquista” 43
cerrada del orden público, se había experimentado con un nuevo modelo ad-
ministrativo que privilegiaba un gobierno fuerte77 para contrarrestar el riesgo
de la pluralidad de soberanías asociado al poder municipal –juntista y constitu-
cionalista. El hecho de que esa predisposición se tradujera en el sometimiento
del Legislativo a un Ejecutivo con preponderancia del ejército fue combatido
a través de la revolución de 1839. A través de ella se quiso asentar un modelo
de división de poderes en el que la primacía de la ley, como expresión de la
voluntad general, llevaba a la preponderancia política del órgano legislativo, el
Congreso. En consecuencia, el Ejecutivo y el Judicial, y fundamentalmente el
primero, eran considerados como poderes subordinados o como autoridades
delegadas del Legislativo, de acuerdo a la máxima de “quien formaba la ley
mandaba y quien la ejecutaba, obedecía”.78 Desde la lógica de un gobierno de
asamblea más que de un régimen parlamentario, la movilización partidaria
de la población implícita en sacar al ejército de la ecuación política ayudó
al Congreso a reivindicarse como el motor único y centralizado del cambio
revolucionario nacido para corregir una política autoritaria.
El estudio de la pugna institucional y política entre partidos por la revolu-
ción y sus actores se ha organizado en cuatro acápites. El primero ofrece una
relectura de la revolución restauradora de 1839 en la que se rechaza su reducción
a una gesta militar, ya que se identifica a los miembros del Congreso como los
artífices, inductores y organizadores de la misma. A través de la dirección de la
empresa revolucionaria y de la determinación de sus actores, el Legislativo buscó
ser reconocido como el legítimo depositario de la soberanía del pueblo y de los
pueblos para atribuirse una posición preeminente en el diseño y ejercicio del po-
der nacional. En el segundo apartado se afrontan las tres acciones –de naturaleza
legal-normativa, represiva-discursiva y armada– desarrolladas por el Congreso para
reconducir institucionalmente la revolución restauradora hacia una solución que
impidiera un Ejecutivo autocrático. En el tercero se contemplan los efectos de las
sublevaciones partidistas (ballivianistas y crucistas) contra la Restauración en lo
relativo a la actuación del Congreso y a la movilización armada de la población. Y,
por último, el cuarto apartado aborda cómo la conversión de la victoria de Ingavi
en la hazaña estrella de la Restauración reasentó la supremacía del Ejecutivo frente
al Legislativo. Ese resultado coyuntural no invalidó la despolitización del ejército
perseguida por los restauradores ni tampoco la supremacía de la ciudadanía armada
popular frente a la pretoriana, sobre todo una vez decrecido el riesgo de guerras
entre naciones basadas en la antigua estructura territorial española.
77 El desarrollo de ese modelo en el caso peruano: Víctor Peralta, “De prefectos mandatarios
de la Nación. La violencia en la política peruana (1829-1836)”, Monográfico “Otra vuelta
de tuerca. Justicia y violencia en Iberoamérica, siglo xix”, Marta Irurozqui y Flavia Macías
(coords.), lxxvi/266, 2016, pp. 173-201.
78 Juan Ignacio Marcuello y Manuel Pérez Ledesma, “Parlamento y poder ejecutivo en la Espa-
ña contemporánea (1810-1936)”, Revista de Estudios Políticos, núm. 93, pp. 17-38.
44 ciudadanos armados de ley
1. La Restauración o revolución restauradora de 1839
Las reivindicaciones residuales de las antiguas cabeceras virreinales del Perú y el
Río de La Plata y los sueños bolivarianos de asociación regional se trasmutaron
en la década de 1830 en dos proyectos sobre la unión entre Perú y Bolivia: uno
a favor de la federación de estados, defendido por Andrés de Santa Cruz; y otro
en pro de la fusión de los dos países en uno solo centralizado, defendido por
los peruanos ligados a Agustín Gamarra. Solo se materializó el primero bajo el
nombre de la Confederación Perú-Boliviana, siendo sus apoyos mayores en el
sur de Perú y norte de Bolivia que en el norte de Perú y sur de Bolivia. Su fin
estuvo marcado por el descalabro confederado en la batalla de Yungay el 20 de
enero de 1839 y por la Restauración o revolución restauradora del 9 de febrero
de 1839 que derrocó a Santa Cruz como presidente de Bolivia.
La Confederación Perú-boliviana se había ido construyendo en el tiempo al
calor de un complicado proceso de transformación y reorganización nacionales
de dos países en uno, en el que se entremezclaron proyectos de reformulación
estatal e institucional de diversa índole, los heterogéneos intereses regionales,
corporativos y personales de Perú y Bolivia, y las rivalidades, celos internacio-
nales y necesidades nacionales de países limítrofes como Argentina y Chile.
En consonancia, la revolución restauradora albergó un variopinto y confuso
conjunto de actores, de posturas partidistas y de concepciones del Estado en
cuanto a la distribución territorial, jurisdiccional e institucional del poder. Sus
incompatibilidades se fueron haciendo evidentes en las sucesivas conflagraciones
sucedidas entre 1839-1841, que terminarían, finalmente, por permitir a José
Ballivián liderar las fuerzas bolivianas contra el ejército peruano de Gamarra.
Esa compleja multiplicidad hacía que el argumento de “recobrar la nacionali-
dad” que enarbolaron los restauradores expresase ante todo la repulsa boliviana
a las complicaciones institucionales, regionales e internacionales surgidas del
experimento confederador. Respaldados en el argumento del cesarismo, los
revolucionarios articularon el rechazo a Santa Cruz y a la Confederación a
partir de la condena de los gestos, medidas y decisiones gubernamentales que,
por autocráticos, habían conducido al país a una situación pre-independiente.
Y dieron por buena su defenestración por la acción democrática del pueblo en
armas encarnado en el Ejército Restaurador.
En los pocos trabajos que hasta ahora han hecho mención a la Restauración,79
la misma ha sido reducida a una gesta militar que dio lugar a un gobierno de
79 Fernando Kieffer, Ingavi: batalla triunfal por la soberanía boliviana, La Paz, Edvill, 1996; José
Manuel Aponte, La batalla de Ingavi, recuerdos históricos, La Paz, 1911; Carlos Donoso Rojas
y Jaime Rossenblitt B. (eds.), Guerra, región y nación: La Confederación Perú-Boliviana 1836-
1839, Santiago, Universidad Andrés Bello y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana,
2009; Gabriel Cid Rodríguez, “Memorias, mitos y ritos de guerra: el imaginario de la Batalla
de Yungay durante la Guerra del Pacífico”, Universum, núm. 26, vol. 2, 2011, pp. 101-120;
“a resistir la conquista” 45
igual índole, siendo subrayado el protagonismo de los generales José Miguel de
Velasco y José Ballivián. Este capítulo ofrece otra interpretación. Los miembros
del Congreso fueron los artífices, inductores y organizadores de la revolución
de 1839, actuando los diversos cuerpos del ejército de manera subordinada al
Legislativo. Esa responsabilidad revolucionaria de la Representación Nacional
mostraba que la naturaleza instituyente de la revolución, de un lado, dirimía el
contencioso de autoridad entre el Ejecutivo y el Legislativo a favor del segundo;
y, de otro, abogaba por reinstituir el equilibrio entre los tres poderes a partir
de los principios de independencia y seguridad nacionales. Con esta afirmación
propositiva se subraya también que los diputados no estuvieron de manera co-
yuntural detrás de muchos de los motines militares desafectos a Santa Cruz que
contribuyeron directa o indirectamente a su derrota. Su comportamiento o acción
institucionales entroncaba con los de la antigua Audiencia de Charcas y las asam-
bleas que se sucedieron en Bolivia desde su declaración de independencia. Pero
no se considera a los diputados de 1839 un trasunto de los doctores de la Acade-
mia Carolina de Leyes, de los oidores y de los primeros asamblearios (Asamblea
Deliberante o Asamblea General de Diputados del Alto Perú del 10 de julio de
1825 y Asamblea Constituyente del 12 de julio de 1826), aunque algunos de ellos
hubieran ejercido como tales.80 Se subraya una suerte de tradición y continuidad
institucionales procedentes de compartir todos ellos una experiencia de defensa
corporativa en contextos de guerra. La razón para la misma, ya fuesela crisis de
la Monarquía hispánica o la amenaza de Chile, radicaba en una merma de sus
potestades representativas y una subordinación de sus capacidades legislativas
ante las que la única respuesta posible era defender el ejercicio autónomo (no
tutelado) de sus funciones. Con la relevancia dada a la Representación Nacional
en el desarrollo de la Restauración se rebate también el tópico de los “doctores
de dos caras” como culpables del fracaso de los gobiernos liberales por convertir
las Cámaras en un escenario donde se representaban intereses particulares de
grupos y regiones en su pugna por el poder.81 Al contrario, la institucionaliza-
ción de la gesta restauradora hizo del Congreso un espacio de desarrollo de una
Gabriel Cid Rodríguez, La guerra contra la Confederación. Imaginario nacionalista y memoria
colectiva en el siglo xix chileno, Santiago, Universidad Diego Portales, 2011. La excepción es
el trabajo de Valentín Abecia Baldivieso, Historia del Parlamento, La Paz, Congreso Nacional,
1996.
80 Guzmán Callejo, Andrés María Torrico, José Cabero, Mariano Enrique Calvo, Casimiro Ola-
ñeta, Mariano Serrano, Manuel José de Antequera, José María de Llosa, Manuel María Urcullu,
Mariano Guzmán, Manuel Sánchez de Velasco, Ángel Mariano Moscoso o Baltasar Alquiza.
81 Agradezco muchísimo a la lectura del texto de Roberto Pareja (op. cit., 2014, pp. 34-43) el
haberme hecho consciente de la permanencia del tópico de “los doctores dos caras”, o el
antimodelo del revolucionario patriota, en la política boliviana y permitirme complejizar la
contraposición entre presidencialismo y equilibro entre los tres poderes y entenderla dentro
de una tradición historiográfica que eleva al “hombre fuerte” y denosta al parlamentario a
través de la herencia colonial.
46 ciudadanos armados de ley
discusión racional de los problemas nacionales, ajeno a la verborrea leguleya y
superflua con que la historiografía los ha descalificado.82
Se sostendrá, así, que aunque la Restauración pudo tener ingredientes de
revuelta de cuarteles por estar sus líderes resentidos por no haber obtenido los
honores militares que creían merecer y hasta contar con apoyo de Chile,83 no
hubiera trascendido a nivel nacional si el Congreso boliviano no hubiese ejercido
una directa intervención en la misma. A través de la gesta revolucionaria, los
diputados buscaron atribuirse una posición preeminente en el ejercicio del poder
nacional en tanto legítimos depositarios de la soberanía del pueblo –conjunto
nacional– y de los pueblos –conjunto de territorios con soberanías jurisdiccio-
nales. La revolución de 1839 no fue la a sonada de Velasco o el motín militar de
Velasco que provocó un cambio de titularidad en el gobierno. Fue una revolución
institucional debido a que: primero, reclamaba el restablecimiento del equilibrio
entre poderes consignado en las Cartas de 1831 y 1834, e incluso una suerte de
parlamentarismo asambleario que compensara el anterior uso del Legislativo
como un mero cuerpo para consolidar las decisiones del Ejecutivo; y, segundo,
buscaba un cambio en la distribución de la autoridad en el Estado (de cesarista
a colegiada) y en el ejercicio del gobierno (de autocrático a constitucional). Ade-
más, con la dirección de la revolución y pacificación de la misma, los diputados
se mostraron ante la nación “en posición de gobernar a los otros” o capacitados
para representar la soberanía popular en la medida en que su lucha contra la
tiranía crucista les había purgado del Antiguo Régimen y les había permitido
trascender los resabios coloniales. Podían, así, ser y actuar como sujetos que
corporeizaban la ley –por funcionar en ellos esta internamente y sin coerción–,
y que encarnaban las virtudes adecuadas a la nueva modalidad de gobierno. Y si
bien es cierto que la aparición de los apelativos de “santa” o “sagrada” junto al
término revolución o de otras alocuciones religiosas asignadas a sus dirigentes
podrían connotar un sentido providencialista, el mismo debe entenderse en un
contexto en el que constitucionalmente la religión católica era reconocida como
“el vínculo más fuerte y el apoyo más firme de nuestras instituciones”,84 sin que
ello fuera incompatible con la libertad de conciencia.85 En consecuencia, los
82 Recuérdese la expresión acuñada por Charles Arnade: “la asamblea de tránsfugas” (La dra-
mática insurgencia de Bolivia, La Paz, Ed. Juventud, 1972, p. 207). Un ejemplo de la descalifi-
cación de los diputados por ejercer sus funciones representativas se encuentra en el segundo
acápite de este capítulo, en los argumentos del general José Ballivián para sublevarse.
83 Phillip T. Parkerson, Andrés de Santa Cruz y la Confederación Perú-Boliviana, 1835-1839, La
Paz, Ed. Juventud, 1984, p. 298.
84 Redactor de honorable Congreso constitucional. Legislatura del año 1840 (4 de agosto de 1840-4 de
noviembre de 1840), La Paz, Imp. y Lit. Boliviana, 1821, pp. 8-9, 17-142.
85 Sobre la relación Iglesia-Estado y el mantenimiento del ritual católico como acompañante de
los actos del gobierno véanse: Víctor Peralta, “La secularización congelada: Iglesia y caudi-
llismo en Bolivia, 1826-1880”, La venida del reino. Religión, evangelización y cultura en América.
Siglos xvi-xx, Gabriela Ramos (comp.), Cusco, cbc, 1994, pp. 363-376.
“a resistir la conquista” 47
diputados o “h.h. Padres Conscriptos” no ejercían “la ventura y la felicidad de
la Patria” gracias al poder delegado por Dios, sino que Él sancionaba espiritual-
mente la delegación que Ella hacía de sí misma a los sacerdotes del “Santuario
de las Leyes”. Esa sacralización y mitificación laicas de los actos patriotas y
representativos formalizaba una popularización pública del Congreso.86
1.1. Los actores de la revolución
El 9 de febrero de 1839 el general Velasco a la cabeza del batallón 5º y del es-
cuadrón Guias encabezó un pronunciamiento en Tupiza contra el crucismo o el
proyecto político del mariscal Santa Cruz de la Confederación Perú-Boliviana, al
que se sumaron similares acciones en diferentes puntos del país bajo los liderazgos
del coronel Manuel Rodríguez y el general José Ballivián. A juzgar por el nivel
de organización y coordinación del levantamiento, por las razones para llevarse
a cabo y por las medidas institucionales que lo precedieron, no fue consecuencia
inmediata de la derrota de Santa Cruz en la batalla de Yungay contra las fuerzas
chilenas. Se trató de una empresa a favor de la “restauración política de Bolivia”
larvada durante meses87 y en la que los militares pronunciados actuaron coaligados
con los miembros del congreso.88
En consonancia con el artículo 80 de la Constitución de 1834 que preveía el
derrocamiento de un presidente “por una revolución o por un motín militar”,89
el argumento esgrimido por los sublevados o restauradores para arrogarse el
derecho y el deber de hacerlo se basó en que el pacto entre el gobierno y el
pueblo estaba roto porque el primero se había tornado en una tiranía, con lo que
el segundo quedaba librado de su consentimiento. Calladas las leyes, impedida
la deliberación del Legislativo mediante decretos presidenciales y perseguida la
libertad de opinión, la patria solo podía “recuperar su libertad, su honor y sus
86 Al respecto véase la lectura que hace Rossana Barragán del concepto de ruptura en relación
a la ceremonia de los Códigos de Santa Cruz (Indios, mujeres y ciudadanos. Legislación y ejercicio
de la ciudadanía en Bolivia [siglo xix], La Paz, Fundación Diálogo-Embajada del Reino de
Dinamarca en Bolivia, 1999, pp. 7-9).
87 En su mensaje del 13 de junio al Congreso, el presidente Velasco dijo que se habían emplea-
do “ocho meses en combinar a través del espionaje y las delaciones, un levantamiento ge-
neral y simultáneo” (Alberto Crespo, “Ballivián y Velasco en la Restauración. Un manuscrito
inédito de Gabriel René-Moreno”, Historia y cultura, vol. 10, 1986, p. 129). El reproducido
texto de René-Moreno incide también en la idea de que, pese a la derrota de Yungay, Santa
Cruz estaba en situación de vencer a los chilenos de no haber ocurrido la “traición” de sus
generales.
88 No se olvide que Velasco fue diputado por Chuquisaca en 1828, siendo elegido vicepresiden-
te de la República por el Legislativo y encargado del gobierno hasta la asunción del cargo por
Santa Cruz. Volvió a ocupar la vicepresidencia en 1831, también por decisión del Congreso
(Nicanor Aranzaes, Las revoluciones en Bolivia, La Paz, Ed. Juventud, 1992, pp. 27-28).
89 Constitución de 1834, en Ciro Félix Trigo, op. cit., 1958, p. 237.
48 ciudadanos armados de ley
garantías” mediante el recurso a la fuerza.90 Esa explicación redundaba en la
compresión del vocablo revolución como la restauración del orden constitucional
nacido de la independencia nacional y no era sinónimo de guerra civil porque,
aunque podía dar lugar a una, su razón de ser era actuar contra la tiranía sin
generar anarquía. Como el peligro de las revoluciones no radicaba en ponerse
de acuerdo para destruir un gobierno, sino en no coincidir en el modo de reem-
plazarlo, era imprescindible mantener tras el pronunciamiento un protocolo
institucional que combinaba el proceso electoral con la actividad de las Cámaras.91
La revolución así entendida y en tanto expresión del poder constituyente de la
sociedad invocado como derecho92 en los pronunciamientos mostraba, de un lado,
la imposición temporal de la democracia armada sobre la democracia pacífica y, de
otro, la centralidad del ciudadano armado como el legítimo sujeto del ejercicio
de la violencia en la disputa política.
¿Quiénes componían el pueblo desafecto al pacto que se armaba para
deponer al tirano? Dado que la resistencia de los países vecinos a la Confe-
deración había obligado a la organización de ejércitos de línea que combatían
en batallas internacionales, la oposición boliviana a la misma y a favor de la
causa de la libertad nacional estuvo materializada por los mandos militares del
Ejército Restaurador (anteriormente fuerzas del Ejército del Centro y Ejército
del Sur de la Confederación). Se asumieron como portavoces y detentadores
de la soberanía popular gracias a que su capacidad de organización de las fuer-
zas de combate les hacía responsables de la reconquista de la independencia
de Bolivia, vulnerada tanto por el proyecto confederado de Santa Cruz como
por los extranjeros chilenos, argentinos y peruanos “invasores de su territorio
y de sus derechos”.93 Pero la revolución por la causa nacional liderada por el
ejército no solo suponía la restauración del orden logrado contra España, sino
también la del sistema representativo, nacido de la fundación republicana y
posteriormente amordazado por el irrespeto constitucional de Santa Cruz a la
Representación Nacional. La prueba de tal acusación residía en que este había
gobernado mediante decretos que disminuían las funciones del Legislativo;94 lo
que sumado a las facultades extraordinarias adquiridas para enfrentar la guerra
90 El Restaurador. La Paz, 27 de marzo de 1839.
91 El Restaurador. Chuquisaca, 25 de abril de 1839.
92 Se remite al artículo 12 y a la adenda final de la Constitución de 1826 relativa a que “las
autoridades civiles y militares de la República, los tribunales, las corporaciones y todos los
bolivianos de cualquier clase y dignidad guardarán y harán guardar, observar y cumplir en
todas sus partes la Constitución inserta como ley fundamental de la República de Bolivia”
(Trigo, op. cit., 1958; Constitución de 1826, p. 199).
93 El Restaurador. La Paz, 27 de marzo de 1839.
94 Aunque la Constitución de 1834 fijaba que el Congreso debía reunirse al año de 60 a 90 días,
durante el mandato de Santa Cruz como Protector de la Confederación el Congreso extraor-
dinario de 1835 se reunió 10 días, el de 1836, 8 días, el de 1837, 45 días y el de 1838, 13 días
(Abecia, op. cit., 1996, p. 121).
“a resistir la conquista” 49
había terminado por convertirle en usurpador de poderes constitucionales.95 Esa
imputación mostraba que la Restauración, aunque ejecutada formalmente por
los cuerpos militares pronunciados, había sido orquestada en comunidad con
una mayoría de la representación boliviana desafecta a la Carta Provisional de
la Confederación o Pacto de Tacna. Dicho documento había sido resultado del
congreso general realizado en dicha localidad en mayo de 1837.96 La oposición
a la Carta se había concentrado en Chuquisaca con apoyos en Oruro y La Paz
y mostraba al Congreso como el principal contendiente de Santa Cruz. Esto no
significaba que todos sus miembros se opusieran inicialmente a su presidencia,
sino a la forma autocrática que esta había adquirido y a sus consecuencias en el
reparto del ejercicio de la autoridad entre los tres poderes.97
De las cartas del vicepresidente Mariano Calvo a Santa Cruz en septiembre
y octubre de 1837 relativas a explicarle ¿qué quería el pueblo de Chuquisaca? se
infiere que la Representación Nacional estaba dividida en dos sectores. De un
lado, un grupo al que Calvo tildaba de “minoritario” y “bochinchero”, del que
eran representantes los diputados Fernando Valverde, Pedro Buitrago, Manuel
Molina, José Manuel Loza, Rafael Valentín Baldivieso, Quiroga y Calle. Acu-
saba a este “club revolucionario, ramificado con otros de fuera de la Capital”,
de organizar desde el Congreso una revolución de carácter institucional consis-
tente en recuperar para el Estado el equilibrio entre poderes, y de ser proclives
a movilizar en un pronunciamiento revolucionario a líderes militares y a “los
pueblos” si el Ejecutivo persistía en sus formas tiránicas. De otro (y también en
opinión de Calvo), estaba una mayoría adepta al “gobierno, al orden público y
a la conservación de la administración”, encabezada por los diputados Francisco
María Sempértegui, Andrés María Torrico, Miguel María Aguirre,98 José Mariano
Serrano, José Ignacio de Sanjinés e Hilarión Fernández. Apostaban por la recon-
ducción de las prácticas presidencialistas siempre que Santa Cruz escuchara sus
consejos relativos a primar el gobierno de Bolivia antes que la Confederación.
Ello no evitaba que temieran la capacidad del Ejecutivo de disolver el Congreso
ante una amenaza al orden interno, algo que terminó sucediendo a raíz de la
95 Constitución de 1834, art. 73, Trigo, op. cit., 1958, p. 235; Abecia, op. cit., 1996, p. 118.
96 El congreso estuvo formado por tres ministros representantes de cada estado miembro que
en el caso boliviano fueron el arzobispo de La Plata, José María Mendizábal, Pedro Buitrago
de la Corte Suprema de Justicia, y el coronel Miguel María de Aguirre, responsables de nom-
brar a Santa Cruz Protector de la misma hasta el primer congreso general que debía reunirse
pasados seis meses.
97 La lectura ofrecida por René-Moreno reduce el descontento de los revolucionarios a su am-
bición de sueldos o a la empleomanía (Crespo, op. cit., 1986, p. 135).
98 Miguel María Aguirre, junto a José Joaquín y Francisco León, era primo hermano del general
José Miguel de Velasco, en cuyo gobierno participó como ministro de Hacienda, así como
diputado por Cochabamba (Humberto Vázquez-Machicado, Glosas sobre la historia económica
de Bolivia. El hacendista don Miguel María de Aguirre (1798-1873), La Paz, Ed. Don Bosco,
1991, pp. 177-179).
50 ciudadanos armados de ley
sublevación del 25 de septiembre de 1837 de una guarnición en Oruro99 y que
permitió a Santa Cruz declarar la ley marcial.
Precisamente por lo tocante a las potestades e independencia del Con-
greso ambos grupos de diputados coincidían en ser contrarios al Pacto. Entre
los argumentos esgrimidos figuraron: el r iesgo de subordinación al Perú por
representar este dos estados y Bolivia uno; la guerra con Chile y los problemas
internos derivados de ella; y los poderes ilimitados del Protector, cuyo derecho
a nombrar a los presidentes de los estados y funcionarios principales constituía
una prueba de despotismo y tiranía porque allanaba el paso a una monarquía.
Santa Cruz, pese a sus esfuerzos por demostrar que la división del Perú, antes
fuerte y unido, evitaba la amenaza a Bolivia y que los poderes amplios como Pro-
tector solo permanecerían hasta la consolidación de la Confederación, no pudo
impedir que los diputados deliberasen sobre el Pacto antes de la convocatoria
de un congreso especial para reformarlo. Estos nombraron el 26 de agosto en
Chuquisaca una comisión especial del Congreso y a partir de ella se decidió que
el Pacto no fuera discutido. En la práctica ello equivalía a desaprobarlo aunque
no así a la Confederación.
El descontento general de los diputados por “el liberticidio y la guerra” no
impidió que Santa Cruz recibiera facultades extraordinarias para hacer frente
a las amenazas a la seguridad nacional por parte de Chile, siguiendo también
vigentes las capacidades otorgadas por el Congreso de Tapacarí de 1836 para
continuar la negociación de la unión con el Perú. El acuerdo de los diputados a
favor de esas medidas no expresaba la sumisión de Legislativo al Ejecutivo, sino
simplemente una tregua que el primero daba al segundo para que este solucio-
nase la disputa bélica con Chile antes de una nueva reunión del Congreso. Sin
embargo, los acontecimientos posteriores hicieron inviables los esfuerzos de
Santa Cruz de reconducir la situación a través del Congreso Extraordinario el
21 de mayo de 1838 en Cochabamba. Su principal cometido habría consistido
en dictar las bases de un nuevo Pacto que limitase la naturaleza autocrática a
través de: impedir al Protector el nombramiento de senadores federales vita-
licios o de los presidentes de los estados soberanos y obligar a que el tratado
fuera ratificado cada seis años por los congresos estatales. Las disidencias en
los dos estados peruanos y la no ratificación del Tratado de Paucarpata del 17
de noviembre de 1837 con Chile reavivaron en Bolivia los problemas, gastos e
99 Estuvo encabezada por el sargento mayor Narciso Núñez y el capitán Francisco de Paula
Carretero, posiblemente en connivencia con los chilenos. Fue desarmada por la Guardia
nacional de Oruro el 1 de octubre (Parkerson, op. cit., 1984, p. 235). Parece que como con-
secuencia de la misma fueron encarcelados “los señores (diputados) López, Urcullo, Fernán-
dez, Cabero, Tardio, Ruiz y Molina”. El presidente Velasco, en 1839, reconoció su acción
como precursora de la Restauración al conceder a las viudas el goce del montepío militar
(Aranzaes, op. cit., 1992, p. 26).
“a resistir la conquista” 51
inseguridades asociados con la guerra.Tomaron cuerpo, así, distintas propues-
tas contrarias a la Confederación y que implicaban 1) incorporar a Bolivia los
departamentos sureños del Perú, 2) la parte de Perú que iba desde el sur del
Cuzco hasta el Desaguadero o 3) las ciudades de Arica y Tacna como compen-
sación por los gastos bolivianos en la campaña de pacificación peruana de 1834.
Santa Cruz, bajo el influjo de Casimiro Olañeta, prefirió ignorarlas y optar por
la Confederación seguro de acallar los disensos tras el triunfo bélico. Este no
tuvo lugar y sus fuerzas fueron derrotadas por los chilenos en Yungay, en parte
debido a la desafección de sus propios generales. Antes de que su fracaso fuera
conocido en Bolivia, se había gestado con éxito la conspiración que posibilitó la
revolución restauradora, estando involucrados en la misma dos de sus principales
colaboradores: los generales Velasco y José Ballivián, a cargo de los Ejércitos
del Sur y del Centro.100
1.2. El proceso revolucionario o la movilización del pueblo en armas
Como ese inicial pronunciamiento del ejército a favor de la Restauración se vin-
culaba a la voluntad popular y se hacía para devolverle su voz al pueblo tiranizado,
la acción militar carecía de legitimidad si no iba acompañada de un formalizado y
activo refrendo civil. Su consumación se manifestó en dos actuaciones: primero,
las fuerzas pronunciadas justificaban su proceder en estar compuestas “de ciuda-
danos armados y no de meros instrumentos del poder”;101 esto es, los soldados
del Ejército Restaurador no eran soldados de línea sino sujetos deliberantes que
podían expresar la opinión del pueblo; y, segunda, la legitimidad de los pronun-
ciamientos militares solo era posible si simultáneamente eran confirmados por
pronunciamientos civiles102 en los distintos departamentos del país a cargo de los
prefectos, gobernadores y jefes de policía.
100 Todos los datos relativos a la Confederación han sido tomados de: Parkerson, op. cit., 1984,
pp. 122-138, 144-148, 261-263, 267 y 297-311. En lo concerniente a la reacción sobre el
Pacto de Tacna véase: Roberto Querejazu Calvo (comp.), Oposición en Bolivia a la Confede-
ración Perú-Boliviana. Cartas del vicepresidente Mariano Enrique Calvo y el presidente Andrés
Santa Cruz, Sucre, Ed. Judicial, 1996, pp. 288 y 318-330. Véanse también Susana Aldana,
“La confederación peruano-boliviana. Los últimos sueños bolivarianos y los primeros de
integración”, Guillermo Lohman Villena (ed.), Homenaje a Félix Denegri Luna, Lima, pucp,
2000, pp. 123-147; Natalia Sobrevilla, The Caudillo of the Andes Andrés de Santa Cruz, Cam-
bridge, University Press, 2011.
101 El Restaurador. La Paz, 4 de abril de 1839.
102 Sobre este proceso en otros espacios véase: Rodríguez O., op. cit., 2003, pp. 325-326; Hilda
Sábato, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, Entrepa-
sados, vol. 23, 2003, pp. 149-169; Will Fowler, “El pronunciamiento mexicano del siglo xix.
Hacia una nueva tipología”, Estudios de historia Moderna y contemporánea de México, núm. 38,
2009, pp. 1-34; Víctor Peralta, “La violencia en la vida política peruana. El asesinato del
presidente José Balta y el linchamiento del golpista Tomás Gutiérrez y sus hermanos (Perú,
julio de 1872)”, Irurozqui y Galante (eds.), op. cit., 2011, pp. 301-332.
52 ciudadanos armados de ley
Como prueba del “decidido pronunciamiento de la opinión en todas partes
a favor de la independencia del país”,103 los periódicos El Restaurador, El Cóndor
de Bolivia, El Cóndor Restaurado y El Constitucional104 recogieron y divulgaron los
bandos hechos a lo largo de mes de febrero de 1839 a “los ciudadanos de todas
las clases”. En ellos se les pedía que concurriesen en el salón del Congreso,
de la prefectura o del municipio “a discutir y resolver sobre el actual estado
político de la República” y que emitieran actas de pronunciamiento en los de-
partamentos de Potosí, Oruro, Chuquisaca, Cochabamba y La Paz, la provincia
de Tarija e incluso en los departamentos de Cuzco y Arequipa. Los contenidos
de dicha prensa, alusivos a la actividad organizadora de la autoridades y a las
reacciones de la población a la misma, redundaban en que “con el santo objeto
de recobrar la calidad de ciudadanos libres” el voto nacional emitido en las
capitales era secundado por “los empleados, patricios notables y vecinos” de
las cabeceras de provincia. Las actas de pronunciamiento circulaban por las
localidades para que fuesen ratificadas entre el resto de la población a través
de los corregidores, párrocos y jueces de paz. Y, en cada departamento, “el
prefecto, las corporaciones, los empleados de la ciudad y padres de familia” se
reunían para elegir a las personas responsables de las funciones ejecutivas de
un modo provisional. Finalmente, todas las declaraciones militares y civiles en
contra de que “la gran Bolivia sea una provincia del Perú”, a favor de derrocar
la Confederación y de deponer a Santa Cruz por tirano fueron remitidas al
Congreso.
Esa operación que colocaba al Legislativo en el centro del proceso de
legitimación de la Restauración fue validada recurrentemente en el recuerdo
histórico. Un ejemplo de ello lo proporcionaba la ceremonia de inauguración de
las Cámaras de Representantes en la legislatura de 1840. En ella el presidente
provisorio Velasco destacaba el compromiso revolucionario de los diputados
que habían preferido antes “la guerra” que “la deturpación del nombre y el
honor nacional” ante los sucesivos desmanes protagonizados por los crucistas
y ballivianistas para acabar con la Restauración; agradeciendo también el cons-
tante apoyo recibido “de todas las corporaciones y funcionarios públicos (…)
la juventud, y (…) la guardia nacional”. En opinión de Velasco la fidelidad de
ambos apoyos se debía fundamentalmente al estricto cumplimiento del Eje-
cutivo de su compromiso de no incurrir en las faltas de Santa Cruz y de, por
tanto, no utilizar las crisis para hacer uso de las facultades extraordinarios que
le habían sido conferidas por el Congreso Constituyente de 1839 con arreglo
a la Constitución del mismo año.105
103 El Restaurador. Chuquisaca, 27 de marzo de 1839.
104 Sobre este periódico, el 21 de febrero de 1839 se escribió la copla “Verdades”: “En Bolivia
sucedió / un desplome colosal / que el viejo Iris ha sumido / en el tumba funeral / es cosa
muy natural / pues diez años ha vivido / y que sea sustituido / por El Constitucional”.
105 Redactor Congreso 1840, pp. 10-11.
“a resistir la conquista” 53
La acción de la población civil narrada en la prensa de, por un lado, pronunciar-
se en unión con sus “conciudadanos armados” y aceptar también tomar las armas,
y, de otro, dotarse de nuevas autoridades elegidas mediante juntas populares, poseía
una doble implicación. Aunque la iniciativa bélica contra la Confederación era
gestionada por los mandos del Ejército Restaurador, la delegación provisional de
soberanía que se le había hecho en tanto brazo armado del pueblo debía retrotraerse
a los representantes de este en “el acto solemne en el que los pueblos recobraban
sus derechos”.106 La legitimidad de la revolución restauradora radicaba, así, en
devolver al Congreso su poder mediante la acción armada del pueblo encarnado
en el ejército, cuya conducta debía estar siempre pautada por la constitución. La
recobrada autonomía del cuerpo legislativo gracias al simultáneo esfuerzo armado
militar y popular confirmaba el triunfo de la Restauración y aseguraba la conser-
vación de la independencia nacional, residiendo su mantenimiento en el control
de las pasiones personales o grupales. En este sentido, el proceso revolucionario
terminaba cuando sus componentes se debelaban públicamente como los verdade-
ros gobernantes; es decir, como aquellos capaces de romper con los particularismos
y privilegios (propios del Antiguo Régimen) y cumplir, así, con la máxima liberal
relativa a que solo los que podían gobernarse a sí mismos por saber gobernar sus
pasiones eran capaces del gobierno de los otros.
2. Pacificación o reconducción institucional de la revolución
restauradora
Una vez reunidas las distintas actas populares de expresión de la soberana vo-
luntad nacional, Velasco aceptó la autorización de los pueblos para asumir la
reorganización de la República, siendo nombrado “presidente provisorio” el
10 de marzo.107 Bajo el principio de que “destruir tiranos” no era acabar con la
tiranía, porque “las revoluciones pueden ejecutarse con dicha pero rara vez con-
ducirse y terminarse con acierto”,108 Velasco sujetó su actuación gubernamental
al procedimiento constitucional de 1831 que reconducía la excepcionalidad bélica
por la vía representativa. Acorde con ello fijó la reunión de un congreso general
constituyente con miembros elegidos tras la celebración de juntas parroquiales,
106 El Restaurador. Chuquisaca, 27 de marzo de 1839; 31 de marzo de 1839; 4 y 14 de abril de
1839; El Cóndor Restaurado de Bolivia. Chuquisaca, 21 de febrero de 1839; 17 y 31 de marzo
de 1839; El Cóndor de Bolivia. Chuquisaca, 21 de febrero de 1839 y 17 de marzo de 1839; El
Constitucional. La Paz, 19, 21 y 26 de febrero de 1839; 1, 5 y 9 de marzo de 1839; 5 de abril
de 1839; 4 de junio de 1839.
107 Por la Ley del 18 de junio de 1839 quedaron posteriormente establecidas sus atribuciones y
límites hasta las elecciones presidenciales de 1840.
108 José Agustín Morales, Los primeros cien años de la República de Bolivia. Obra altamente patriótica
y de propaganda nacional, vol. i (1825-1860), La Paz, Tip. Veglia & Adelman, 1925, p. 261.
54 ciudadanos armados de ley
provinciales y departamentales. Las actas de sus sesiones atestiguan que dicho
congreso debía no solo redactar una nueva constitución109 y asentar a través de
ella la Restauración, sino también solventar los problemas y riesgos resultantes
del crucismo. Tales obligaciones redundaban en la consolidación del Legislativo
como el principal actor de la revolución y de su materialización institucional,
siendo equivalente la independencia de la República con el restablecimiento de
la independencia de los tres poderes. El liderazgo del Congreso en el desarrollo
de la Restauración se concretó en tres acciones: de naturaleza legal-normativa,
represiva-discursiva y armada.
2.1. Medidas legal-normativas
Los artífices de la Restauración consideraban que para asentarla era prioritario
legalizar los diversos pronunciamientos del febrero. El hecho de que los res-
tauradores hubieran seguido “la senda constante de sus instituciones” al hacer
una insurrección contra el despotismo y que esta hubiera sido resultado de la
voluntad general y efecto del ejercicio de la soberanía nacional no les eximía de
requerir la aprobación del cuerpo legislativo. Entendido como el consentimiento
de la Nación, no se trataba de un mero trámite sino de la admisión constitucio-
nal de que la revolución había sido hecha conforme a derecho. En el año 1831
los coroneles José Ballivián y Mariano Armaza habían solicitado a la asamblea
constituyente la aprobación de todos los actos de 1828,110 siéndoles negada por
interpretarse estos como un motín militar. Para evitar ese resultado había que
demostrar ante el órgano de los representantes que desde 1837 la revolución
restauradora había sido premeditada en su búsqueda de “la paz y la libertad”,
que su organización “para perfeccionar el cambio” había implicado múltiples
y complejas acciones de coordinación entre diversos actores, y que había sido
ejecutada con el apoyo de toda la Nación, en vez de ser obra de “anarquistas o
revoltosos”.111 En las sesiones del Congreso celebradas en Sucre en agosto de
1839 se estableció sancionar tal esfuerzo colectivo a través de un reconocimiento
público de los implicados, debiendo ser este refrendado con agradecimientos
y premios. Ello originó una discusión entre los diputados referente, primero,
a decidir si se debía distinguir de un modo especial a los líderes de esa gesta
colectiva; y, segundo, a establecer la finalidad de la premiación. Como se verá a
continuación, el debate no solo redundó en la identificación de una gran parte
de los miembros del Legislativo como responsables de orquestar la revolución
109 “Discurso del presidente del Congreso José María Serrano del 16 de junio de 1839”, Mora-
les, op. cit., 1925, p. 261.
110 Sobre ese acontecimiento véase Agustín Iturricha, Historia general bajo la administración del
general Santa Cruz, Sucre, s.e., 1920.
111 Redactor del Congreso Nacional del año 1839, vol. ii, La Paz, Imp. y Lit. Boliviana, 1921, pp.
22-23 y 33.
“a resistir la conquista” 55
restauradora, sino que también conllevó sancionar la potestad de este cuerpo a
refrendarse legalmente a sí mismo.
El argumento de los diputados favorables a reconocer los pronunciamientos
de febrero como un movimiento unísono de toda la Nación, sin destacar a “los
ilustres caudillos”, respondía a no despopularizar la Restauración. Opinaban que
se fomentaría el patriotismo y se estimularía el compromiso popular, a la vez
que la no limitación de la gloria “a unos pocos” evitaría que la Representación
Nacional cometiera el acto poco decoroso de congratular únicamente a sus
miembros. En el Congreso se hallaban “muchos de los colaboradores y tal vez
los principales agentes de cambio”, cuyas buenas acciones y hechos heroicos
tenían su origen en el deber y no para ser acreedores de consideraciones y
distinciones públicas especiales. Ante todo debía reconocerse “el mérito de las
masas y perpetuar de este modo el mérito de su patriotismo”, siendo la desig-
nación de los autores o agentes principales innecesaria ante la opinión pública,
ya que “sus nombres estaban inscritos en las actas de los pronunciamientos
de todos los departamentos”. En contrapartida, otros diputados cuestionaban
lo vago de dar las gracias a la nación en masa por reconquistar su libertad e
independencia. Preferían vindicar a los revolucionarios que “habían obrado
con más eficacia” y no creían que ello despopularizara el pronunciamiento de
febrero. No negaban que el mérito de la Restauración les correspondiese a
todos sus participantes, pero “unos habían trabajado más que otros”, de ma-
nera que la recompensa debía de estar en relación con ese esfuerzo. En este
sentido, abogaban por reconocer la tarea de dirigencia de “los individuos que
obraron como motores del cambio”. Y si bien era cierto que en el seno de la
Representación nacional estaban algunos de los principales colaboradores de
la Restauración, las obligaciones de su cargo no les restaban mérito; sobre todo
porque en el éxito de la revolución había sido fundamental su trabajo de con-
certación de fuerzas para lograr “la simultaneidad de los pronunciamientos”.
Por ello distinguían entre los “autores de la Restauración” y la Nación en masa:
a los primeros no solo se les debía el pronunciamiento y puesta en acción de
la segunda, sino también r esolver el problema de “hacerse una revolución sin
derramar sangre u otras desgracias que se tienen por inevitables”. 112
Finalmente, el Congreso decidió dar las gracias a todos los que habían con-
currido “eficazmente” en el pronunciamiento,113 sin consignar ningún nombre,
112 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 24-36.
113 No prosperaron las sugerencias relativas a 1) conceder cintas tricolores o medallas de oro a
los estudiantes del colegio Junín y Sucre, para evitar que en el futuro creyeran que podían
intervenir en los negocios públicos; 2) que la Representación Nacional diese las gracias al
Ejército del Sur por considerarse que los soldados de la República eran ciudadanos y no
genízaros y, por tanto, ya estaban incluidos en el agradecimiento general; y 3) que se inscri-
biese a los participantes en el registro nacional para evitar que la práctica revolucionaria se
entendiese más como un modo de obtener puestos de trabajo que de ejercer patriotismo.
56 ciudadanos armados de ley
y se declaró día de fiesta nacional el 9 de febrero.114 Sin embargo, aunque no
prosperaranlas distinciones específicas, la discusión entre los diputados dejaba
en evidencia dos temas relativos a la capitalización de las ganancias revolucio-
narias. El primero era de índole económico-social y hacía alusión a la provisión
de empleos por parte del Ejecutivo en virtud de los méritos contraídos en los
pronunciamientos. El segundo era de naturaleza política y afectaba al Legislati-
vo. El reconocimiento de la labor de los diputados en el renacimiento de Bolivia
equivalía a reconocer también que para perfeccionar el cambio colectivo de la
Restauración se necesitaban conductores y agentes principales que dirigiesen la
empresa y distribuyesen los trabajos entre “la masa”. La no consignación de nom-
bre alguno estuvo destinada, entonces, a la aceptación del liderazgo institucional
del Congreso frente al de individuos concretos. La representación nacional como
conjunto sería la responsable tanto de premiar los esfuerzos patrióticos,115 como
de liderar la causa de la Restauración. Con ello no solo se subrayaba el principio
colectivo frente al de los personalismos políticos. También se reafirmaba la volun-
tad de que en el nuevo orden el Legislativo no quedara supeditado al Ejecutivo,
gracias precisamente a la unísona actuación revolucionaria de sus miembros.
Al acto de legalizar la revolución le sucedieron otras decisiones que volvían
a recalcar la independencia del Legislativo. Una de ellas fue la declaración, en la
sesión 18 del Congreso Ordinario celebrado el 12 de julio de 1839, de la ciudad
de Chuquisaca como capital propietaria (no provisional) de la República, siendo
su nombre sustituido por el de Sucre.116 Aunque la elección de esa ciudad contó
con un apoyo unánime de los diputados, no ocurrió así con su cambio de desig-
nación por considerarse que la palabra de Chuquisaca significaba “patriotismo”,
era contrariaa la “esclavitud” y expresaba el sufrimiento de todos aquellos que
desde 1809 habían perdido “caudales y sangre”. Sin embargo, prevaleció el re-
conocimiento de Sucre como “fundador y Padre de Bolivia” y la resolución de
la Asamblea deliberante de 1825 de denominar así a la capital del país.117 Con
114 Françoise Martinez señala que la declaración de esta fiesta siguió la lógica festiva de tábula
rasa por la que no se celebraba la nación en una continuidad histórica, sino más bien en su
refundación: “no solo se tenía otra visión del pasado, sino sobre todo del presente”, ya que
se celebraba, “junto al nuevo poder, una nación definitivamente única e independiente de su
vecino peruano y de cualquier afán de confederación” (“Usos y desusos de las fiestas cívicas
en el proceso boliviano de construcción nacional, siglo xix”, La mirada esquiva. Reflexiones
históricas sobre la interacción del Estado y la ciudadanía en los Andes (Bolivia, Ecuador y Perú). Siglo
xix, Marta Irurozqui (ed.), Madrid, csic, 2005, pp. 191-193). Sobre este tema véase tam-
bién Eugenia Bridikhina, “La propaganda política y la creación del nuevo lenguaje festivo
en los primeros años de la República de Bolivia: rupturas y continuidades”, Espacio, Tiempo
y Forma, Serie v. Historia Contemporánea, núm. 22, 2010, pp. 235-255.
115 A lo largo de las sesiones realizadas por el congreso de 1839 son numerosos los casos discu-
tidos al respecto.
116 Morales, op. cit., 1925, p. 181.
117 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 175-180.
“a resistir la conquista” 57
independencia de esa discrepancia, la disposición del Congreso a favor de una
capitalidad propietaria iba más allá de dar estabilidad “a las instituciones patrias”
y terminar con la precariedad que conllevaba la provisionalidad. Constituyó ante
todo un gesto de reafirmación institucional a favor del principio de que “solo la
Nación o sus Representantes podían disponer de las cosas públicas”,118 ya que
la consolidación capitalina de Chuquisaca equivalía a legitimar la centralidad
nacional del Congreso. La narrativa que tornaba a la ciudad en un trasunto
del mismo para certificar su posición de autoridad estuvo articulada a través de
cuatro argumentos que fueron defendidos fundamentalmente por los diputados
José Mariano Serrano, Mariano Reyes Cardona, Juan de la Cruz Cisneros, José
María Linares, Evaristo Valle, Miguel María Aguirre, Ángel María Moscoso,
Santos Porcel, Manuel E scobar y Manuel José Castro: su pasado institucional e
intelectual ilustre; constituir el espacio donde se gestó la independencia frente
a España; encarnar el liderazgo de la segunda independencia de Bolivia con el
rechazo al Pacto de Tacna; y asegurar un equilibrio de poder entre ciudades.119
Respecto a la primera premisa, Chuquisaca, fundada en 1539, era la ciudad
más antigua de Bolivia, asiento de la Real Audiencia de Charcas, sede del Ar-
zobispo Metropolitano y, “en lo espiritual”, la capital de todo el virreinato de
Buenos Aires porque había contenido la Universidad de San Francisco Javier,
la Academia Carolina y dos colegios, en donde se habían formado los primeros
“agentes de la causa sagrada de la independencia” y también “las ilustres víctimas
arrastradas a los calabozos de Oruro” en 1837. El segundo argumento insistía
en que por los recursos anteriores Chuquisaca había podido hacer “desaparecer
la tinieblas” coloniales y convertirse en una tierra apta para “la fructificación de
los cimientos de la libertad e independencia” que luego se habían expandido a
otras partes para su cabal desarrollo. Además de dar a luz a héroes como Padilla
y Camargo, había sido el lugar donde se habían reunido los representantes del
pueblo boliviano para sancionar su independencia y consagrar su soberanía en
la primera constitución. El tercer considerando mostraba a Chuquisaca como
un espacio en el que no era consentido el abuso de poderes. Esa había sido la
razón por la que Santa Cruz había evitado que “los gobiernos se reuniesen” en
dicha ciudad y preferido otras localidades que no contaban con “el entusiasmo
patriótico del pueblo” que alentase “la fidelidad de algunos diputados honra-
dos” o con “una barra ilustrada y numerosa [que] pudiese contener los desvíos
de otros”. Sin embargo, la “despótica administración” crucista había acabado
cuando “por inspiración del Dios de la Libertad” se celebró en Chuquisaca el
Congreso de 1837. Su energía republicana había derramado la chispa eléctrica que
había “inquietado a toda la República hasta conducirla a su restauración” y a dar
a los bolivianos “nuevas instituciones liberales” que afianzaran para el porvenir
118 Ibidem, p. 180.
119 Ibidem, ii, pp. 163-164, 166-167, 172-177.
58 ciudadanos armados de ley
todo lo conquistado en 1825. Esta última razón daba paso al cuarto argumento
referente a que Chuquisaca no amenazaba desde su condición de capital la li-
bertad y prosperidad de otros departamentos. Al tener poca población y no ser
opulenta como La Paz, Potosí o Cochabamba nunca podría convertirse en un
“Pueblo Rey” que absorbiese como una “nueva Roma” al resto de ciudades. Era,
por tanto, muy apta para generar la armonía regional propia de un país repu-
blicano: “no acrecentar el poder del fuerte y sí sostener y vigorizar al débil para
constituir un equilibrio entre todos y levantar diques al abuso de la prepotencia”.
El cumplimiento de esa máxima política suponía también acabar con los celos
entre departamentos, de los que los tiranos se habían valido diestramente para
gobernar. La causa de la independencia de Bolivia frente a España y Santa Cruz
había sido una empresa regional colectiva en la que todos los departamentos y
ciudades habían hecho “cuanto han podido”, siendo su recompensa “una nación
independiente y soberana”.
Consecuencia de los cuatro fundamentos fue basar la elección de Chuquisaca
como capital en su reconocimiento como una tierra inductora de independencias.
La conservación e irradiación de esa potencialidad tornaba al Legislativo en el
centinela de las libertades ganadas, encargado tanto de generar las barreras contra
los avances tiránicos del Ejecutivo, como de despertar a los pueblos cuando el
respeto a las leyes de la República fuera vulnerado.
La centralidad de la Representación Nacional volvió a quedar materializada
con la sanción de la Constitución de 26 de octubre de 1839.120 Aunque en las
escasas ocasiones en que se la nombra suele tildarse de liberal,121 son muy pocas
las reflexiones historiográficas acerca de lo que este término significaba en la
época. Como se puede extraer de lo expuesto hasta ahora, ese epíteto poliédrico
aludía a un conjunto de ideas sobre el ejercicio de los derechos del pueblo a partir
de la limitación del poder y el autogobierno. Su contraposición al absolutismo o
al autoritarismo presidencialista de los “hombres fuertes” equivalía a la defensa
permanente del principio de independencia nacional expresado en la dirección
y el control de las revoluciones por parte del Legislativo. A continuación se va a
ahondar en esa lectura mostrando las decisiones constitucionales de los diputados
para frenar el avance del despotismo en lo relativo a dos temas: la consagración
del principio de seguridad o de asociación para la seguridad, y la división e in-
dependencia de poderes.122
Aunque la forma de gobierno consignada en el texto se definió “popular
representativa”, hubo una intensa discusión relativa a agregar el adjetivo demo-
crático por considerarse que subrayaba la autoridad del pueblo. Si bien no se
120 Sobre el debate de la constitución véase Ibidem, ii, pp. 64-633.
121 Sus autores la definieron así, recalcando que justamente “por su liberalismo” no podía com-
pararse con la Constitución de 1834 (Redactor del Congreso 1839, ii, p. 571); Trigo, op. cit.,
1958, pp. 86-87.
122 Ibidem ii, p. 71.
“a resistir la conquista” 59
aprobó por considerarse redundante,123 el peso de la intencionalidad implícita
en la propuesta se mantuvo en el resto de artículos. Una muestra de ello fue el
pp. debate en torno a los deberes de los bolivianos (art. 7), en concreto, a los
puntos 3 y 4: “velar por la conservación de las libertades públicas” y “servir y
defender a la patria, haciéndole el sacrificio de la vida misma, si fuere necesario”.
En ambos casos estaba en discusión el alcance y naturaleza de la acción popular
para prevenir y contener los avances del poder en un contexto en el que se daba
por “absolutamentecierto que la Nación no ha delegado a sus representantes la
soberanía ilimitada o de modo absoluto”.124 La comisión de diputados encargada
de la redacción del artículo buscaba establecer a través del mismo un equilibrio
entre gobernado y gobernante. Y para ello consideraba conveniente que el prime-
ro pudiera refrenar mediante la ley las infracciones y arbitrariedades del segundo,
entendiendo que la mejor forma de lograrlo era mediante el “deber de vigilar
sobre la conservación de las libertades públicas”. Sin esa garantía nacida “del pacto
de asociación” para sostener “el edificio social” el cuerpo político sería un cadáver
y la Nación carecería de libertad. El encargo constitucional de la vigilancia de
las libertades públicas a todos y a cada uno de los ciudadanos contenido en la
frase “era necesario poner tantos vigilantes cuantos ciudadanos comp[usiesen] la
República” estaría entonces destinada a: contener a los funcionarios públicos en
el círculo de sus atribuciones, a evitar que las autoridades abusaran de su puesto,
y a lograr que los magistrados se circunscribiesen a sus atribuciones, pudiendo
unos y otros ser acusados cuando atacasen “aquellas libertades”.
La respuesta del resto de diputados a lo ejecutado por la comisión fue po-
sitiva quedando registradas cuatro inquietudes: distinguir ese deber tanto del
derecho de petición, como del de libertad de imprenta a través de los que todo
ciudadano podía quejarse y acusar a los funcionarios públicos por la infracción de
sus libertades públicas; trasmutar la “conservación de las libertades públicas” de
deber a derecho; evitar hacer un juez de cada ciudadano; y alertar del peligro de
generar revoluciones. De las cuatro, las tres últimas necesitaron un mayor nivel
de aclaración. Se señaló que el encargo de la vigilancia de las libertades públicas a
todos los ciudadanos no los convertía en jueces, sobre todo porque facultar a los
bolivianos para contener un desorden o prender un malhechor estaba presente
en los Códigos. Lo relevante era “hacer más expedito el derecho de acusación”
cuanto que por él se limitaban los avances del poder y se hacía “efectiva la resis-
tencia legal” en aquellos casos en los que el Ejecutivo u otras autoridades hubiesen
conculcado las libertades. La importancia de esa acción reafirmaba su concepción
como deber y no como derecho, ya que este podía ser renunciado, pero el otro
era obligatorio. Y ante el peligro de que obligar a “velar por la conservación de
las libertades públicas” hiciese que la acción popular derivara en guerra civil o
123 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 65-67.
124 Ibidem, ii, p. 83
60 ciudadanos armados de ley
entorpeciera los actos jurisdiccionales se dijo que los bolivianos estaban sometidos
a las leyes y por ellas obligados a respetar y obedecer a las autoridades. Delinqui-
rían si hiciesen un mal uso del deber que les imponía el caso en cuestión, ya que
no sancionaba “un principio anárquico sino un principio protector de garantías
y que (era) el mejor baluarte de las instituciones sociales”.125
Si la vigilancia de las libertades públicas ponía en ejercicio la autoridad
popular, la siguiente discusión sobre las calidades del ciudadano incidía en la
voluntad de los representes de evitar la hegemonía del Ejecutivo mediante la vía
electoral. Además de implantarse las elecciones directas y la prohibición de que
los empleados pudieran ser representantes, se ratificó el sufragio censitario o
capacitado (renta, independencia y capacidad). Dado que en trabajos anteriores
se ha insistido sobre el tema,126 en este solo se va a reiterar que la sanción del
sufragio censitario únicamente impedía el derecho al voto a los individuos que
no cumplieran con sus requisitos, no que no pudiesen ejercer de ciudadanos de
otros modos.127 La razón estribaba en que al ser los comicios el medio de selec-
ción del gobierno solo aquellos individuos que hubiesen logrado autogobernarse
podrían decidir sobre el gobierno de los otros. Y el autogobierno no tenía que
ver con lo económico, aunque ello sirviera de expresión, sino con una relación
del yo consigo mismo en lo referente a la ausencia de venalidad en las decisiones
públicas o en el debate racional sobre los negocios del Estado; algo que difícil-
mente podía suceder si mediaba una situación de dependencia del orden que
125 Ibidem, ii, pp. 94-103.
126 Aunque el sufragio censitario, capacitado o restringido se consignó desde la Constitución de
1826, su exigencia quedó pospuesta a través de otras leyes anexas y mientras estuvo vigente
el sistema de votación indirecto. Véase en extenso Irurozqui, op. cit., 2000; Irurozqui, op. cit.,
2005a; Irurozqui, op. cit., 2008, 57-92; Irurozqui, op. cit., 2011c.
127 La mayor parte de la discusión se centró en los efectos que la sanción del sufragio res-
tringido tendría en la disminución del número de votantes. Unos diputados se mostraron
preocupados porque su reducción era contraria “al precepto de la más rigurosa justicia” que
exigía que los goces de los derechos sociales fuesen en proporción a las cargas sobrellevadas.
Partiendo de ese principio señalaban que entre quienes mayores sacrificios hacían a favor de
la sociedad estaban los indígenas contribuyentes: pagaban tributos, “desempeñan las tandas
más gravosas”, prestaban servicios personales “y de entre ellos salían también los soldados”.
Justamente esas cargas eran las que habían permitido al gobierno anterior, a través de la
Constitución de 1834, denominarles como “la clase más importante del Estado” y les había
puesto en posesión del derecho de sufragio “que lo conservan en todo su vigor y despojarles
de él es una injusticia”. Pero no solo estaba la exclusión de los indios por pensarse en su
mayoría analfabetos, también de los hijos de familia de más de 21 años y de los menestrales
con la renta inferior a 200 pesos, con la consecuente contracción del cuerpo de votantes. Sin
embargo, otros diputados defendieron que debían primar los principios de tener y saber,
siendo preferible frente a una muchedumbre de ignorantes un corto número de habitantes
que supiese elegir con algún acierto, que tuviera algo que perder si no lo hacía y que gozase
de libertad para obrar. A eso añadían que nadie prohibía votar a los indios siempre que
reuniesen cualidades y requisitos por “los inconvenientes de conceder ese derecho a una
multitud ciega e ignorante” (Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 105-140).
“a resistir la conquista” 61
fuera. Sin embargo, la limitación al voto no imposibilitaba a los individuos ser
capaces de representar de otros modos la soberanía de la comunidad política y,
por lo tanto, ser capaces de actuar como sujetos políticos. Al tenor de lo debatido
en el ya comentado artículo 7 ello lo constaban otras actividades, como era el
caso del deber de velar por la conservación de las instituciones protectoras de la
sociedad. De esto se infiere que en la época, el pueblo no se asumía compuesto
solo por los sufragantes ni la ciudadanía se reducía al voto, pudiendo aquellos que
no votaban ejercer como ciudadanos a través del cumplimiento de sus deberes
de vigilancia de la seguridad nacional.128 Esa tendencia venía corroborada por
los artículos destinados a las guardias nacionales, ya que esta era una de las ins-
tituciones a través de la que se preveía que los civiles se comprometiesen en la
defensa del país. Los diputados demostraron un extremo interés en que se redac-
tase con premura su reglamento. No solo consideraban que daba consistencia y
efectividad a las instituciones, sino también que siendo la guardia nacional una
institución “más bien civil que militar” su formalización reglamentada reforzaba
la capacidad del pueblo en la defensa de las libertades públicas. Algo primordial
si se tenía en cuenta que el objeto de la guardia nacional frente al de las tropas
de línea era mirar el orden interior en vez del exterior, y por tanto “sofocar las
revoluciones” de los cuarteles e impedir la formación de un partido militar. Esa
diferencia entre las dos instituciones armadas no excluía su colaboración, sino
todo lo contrario. Al estar formada la guardia nacional por “hombres que salen
de sus talleres y sus hogares poco o nada acostumbrados al estrépito de las ar-
mas” era “buena para hacer montoneras” que ayudasen a la acción del ejército,
pudiendo “en tiempos de guerra están sujetas al fuero militar”.129
Por último, la voluntad de los diputados de frenar los avances del despotismo
se manifestó plenamente en la discusión sobre la división e independencia de
poderes.130 Se reglamentó con especial cuidado la relación entre el Ejecutivo y
el Legislativo, abogándose por una constitución en la que ambas instancias se
velaran recíprocamente y no generasen hegemonías. Para lograrlo se optó por
aclarar, fortalecer y aumentar las funciones del Legislativo por considerarse este
el único camino que evitaría volver a recaer en las “tres centurias” de servidum-
bre.131 Ello se tradujo en dos series de medidas fundamentales.
De un lado, se estableció que el Ejecutivo no pudiera disolver las Cámaras ni
suspender sus sesiones, que la elección de los miembros del Consejo de Estado
recayera en el Congreso de una lista presentada por cada departamento y que el
fiscal fuese nombrado por el Senado a propuesta de la cámara de representantes
contra su anterior elección por el Ejecutivo. A lo que se añadió una remodela-
ción de las facultades extraordinarias de este último. Parte de los representantes
128 Redactor del Congreso año 1839, ii, p. 105.
129 Ibidem, ii, pp. 199, 490-491, 494, 501-502.
130 Abecia, op. cit., 1996, pp. 125-128, 130-133.
131 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 508-509.
62 ciudadanos armados de ley
fueron partidarios de eliminarlas por considerar que el Ejecutivo había sido ya
recubierto “del poder necesario para resistir intrigas, prevenir conspiraciones
secretas [y] acabar con ese funesto sistema de las sordas maquinacionesque ha
progresado tanto entre nosotros”. Declararon que gracias a la revolución res-
tauradora el gobierno reunía “fuerzas, caudales y todo el poder de la Nación”
y, en consecuencia, carecía de debilidad para tener que recurrir a medidas ex-
traordinarias, pudiéndose juzgar los alzamientos militares por sus ordenanzas
y los golpes populares contenidos o castigados por las leyes. A ello añadían que
las capacidades extraordinarias en vez de evitar revoluciones las creaban porque
el pueblo se conjuraba “más fácilmente contra el poder que lo amenaza[ba] que
contra el poder que lo proteg[ía]”, de manera que cuando veían al Ejecutivo in-
vestido con ellas “o le hu[ían] como a una fiera armada de garras o le asesta[ban]
unidos para destruirlo”. Concluían, así, que las facultades extraordinarias eran
“el azote de las garantías sociales, el poder más tremendo y el origen de nuestros
males”. No solo no tenía sentido consignarlas en una constitución liberal, sino
que hacerlo sería contrario a la Restauración y podría interpretarse como una
contra-revolución.132 Aunque el resto de diputados tampoco simpatizaba con las
capacidades extraordinarias porque recordaban “a la monarquía”, se llegó final-
mente a una postura más moderada en la que primó el principio de que si era ”un
bien muy grande mantener a un hombre en seguridad”, mayor lo era la seguridad
general y debía sacrificarse el bien particular por el general. En consecuencia se
legisló que solo en los casos de grave peligro por causa de conmoción interior
o invasión exterior que amenazase la seguridad de la República, el Ejecutivo
pediría al Congreso que le concediese bajo su responsabilidad la potestad de
aumentar el ejército permanente, de llamar al servicio a la guardia nacional y de
negociar la anticipación de un monto monetario suficiente para afrontar tales
esfuerzos. Según el artículo 79, estas competencias se limitarían únicamente al
tiempo indispensablemente necesario para restablecer la tranquilidad y seguridad
de la República “y del uso que se hubiera hecho de ellas habría que dar cuenta
al Congreso”.133
De otro lado, se afianzó el carácter colegiado e independiente de los repre-
sentantes frente a otras instancias de poder eliminándose el mandato imperativo.
Quedó determinado que estos tenían el carácter de tales por la Nación y no por
las provincias, departamentos o cualquier otra institución que representaran.
Por el artículo 44 no podían recibir órdenes ni instrucciones de las asambleas
electorales ni de ninguna corporación, no siendo en consecuencia responsables,
ante ninguna autoridad, por las opiniones que vertieran mientras ejerciesen sus
funciones. Asimismo, para que la independencia de poderes quedasegaranti-
zada los representantes tampoco debían ocupar empleos públicos(a sueldo fijo
132 Ibidem, ii, pp. 510-527.
133 Ibidem, ii, pp. 128, 376-386, 510, 527, 531, 543-547, 555, 577, 595.
“a resistir la conquista” 63
o eventual). También se estableció que quienes ejercieran cargos en el poder
judicial no participasen de otros poderes y los ministros de la Corte Suprema de
Justicia no admitieran pensión ni gracia alguna del Ejecutivo. La finalidad era
que los miembros de ambos cuerpos pudieran ser juzgados y que el equilibrio
entre los tres poderes no se viese alterado con el desempeño por parte de un
individuo de más de una función.134
Como resultado de lo anterior ambos cuerpos quedaron definidos por su
vocación de servicio a la nación boliviana. El Legislativo fue confirmado como
la representación de la misma y el Ejecutivo como el “vigilante custodio” de la
Constitución. Mediante ella el Legislativo le exigía al Ejecutivo velar por “la esta-
bilidad de nuestras instituciones, por la paz exterior e interior y por la conveniencia
común” y hacerlo conforme a la opinión pública como la regla del gobierno.135
2.2. Medidas represivo-discursivas
El afianzamiento de la revolución restauradora requería la deslegitimación del
bando crucista. Ello se orquestó a través de dos movimientos: la anulación del su
trabajo gubernativo y legislativo bajo el supuesto de que el Ejecutivo había usur-
pado los poderes legislativo y judicial, siendo castigados judicialmente Santa Cruz
y sus principales seguidores; y la elaboración de una narrativa de defenestración
general del crucismo como fenómeno contrario a la independencia b oliviana.
Consecuencia de lo primero fue la derogación de los decretos, órdenes y
providencias dictadas desde el 14 de junio del año 1835 hasta el 14 de febrero de
1839, fecha en la que con la Restauración se habían recobrado “los derechos”.
También se revocaron las resoluciones y providencias tomadas por la pasada ad-
ministración en asuntos cuyo conocimiento “tocaba por leyes preexistentes a los
tribunales de justicia”, siendo asimismo desautorizadas las disposiciones públicas
procedentes de la ley Marcial del 29 de septiembre de 1837 y las dadas en los
Congresos extraordinarios de La Paz, Tapacarí y Cochabamba.136 Estas decisio-
nes fueron acompañadas por la persecución de los partidarios crucistas mediante
decretos, como los del 22 de febrero y el 5 de marzo que ordenaban la separación
de sus empleos y destinos de aquellos que simpatizaran con el gobierno vencido
a fin de evitar que promovieran la guerra civil o entorpeciesen la regeneración
de la patria. A Santa Cruz, además de quitarle la medalla del Libertador Simón
Bolívar y cambiarse el nombre de los Códigos por él emitidos por el de Códigos
bolivianos (Civil, Penal y de Procederes, Minería y Comercio), se le organizó un
juicio nacional bajo la premisa de que “sin juicio no hay pena”.137 Junto a los altos
134 Ibidem, ii, pp. 159-190, 423, 427-489, 596.
135 Redactor del Congreso año 1840, pp. 142-144.
136 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 14-16, 18-22.
137 Ibidem, ii, pp. 440-470, 499.
64 ciudadanos armados de ley
funcionarios comprometidos en su gobierno, fue acusado de sumir a Bolivia “en
vergonzoso vasallaje” rodeado de “serviles y bajos representantes”. Decretada sus
proscripción, el primero fue declarado fuera de la ley e “indignos de la confianza
nacional los ciudadanos Mariano Enrique Calvo,138 Andrés María Torrico, Joaquín
Lemoine, José Ignacio Sanjinés, Manuel de la Cruz Méndez y Otto Felipe Braun”.139
Esa medida fue posteriormente modificada por una amnistía general de la que se
exceptuó al expresidente.140
El desarrollo de esas disposiciones llevaba aparejados dos problemas de
gobierno conexos que quedaron de manifiesto en las discusiones de los repre-
sentantes, siendo subrayada de nuevo la responsabilidad de los mismos en la
gesta revolucionaria de febrero. Uno estaba referido a la constitucionalidad
de las medidas dictadas y a los prejuicios que podía causar su aplicación entre
los restauradores; y otro a la imagen de fortaleza o de debilidad dada por el
Congreso. Se defendió que los destinos que ocupaban “los protectorales y
los no protectorales”141 conferidos en uso de las facultades extraordinarias del
Ejecutivo no eran constitucionales y que quedaban anuladas las leyes de los
congresos porque habían tenido un origen vicioso y habían sido dadas contra
la constitución que entonces regía.142 Sin embargo, ese aserto llevó aparejadas
dos preguntas: ¿debían declararse nulas también las asignaciones concedidas a
partir de dichas facultades extraordinarias? y ¿si estas eran inconstitucionales
también podían serlo los empleos, premios, montepíos, sueldos, asignaciones o
pensiones decretados?
138 Sobre las acusaciones al vicepresidente Calvo véase Carta escrita por un vecino de Potosí con
motivo de la defensa publicada por el Dr. Mariano Enrique Calvo, Sucre, Imp. La Libertad, 1840,
pp. 1-10.
139 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 2-22, 102, 406-407, 621-633. Aunque Casimiro Ola-
ñeta fue acusado de haber servido en la Secretaría General y, en el Ministerio de Gobierno y
Relaciones Exteriores de la Confederación, de haber sido el último ministro de Santa Cruz
y acompañarlo hasta la derrota de Yungay y de haber redactado El eco del Protectorado, fue
exculpado en 1840 por la intercesión de Ballivián, siendo llamado por el presidente Velasco
para que sirviese a su lado en la clase de auditor general del Ejército (Gabriel René-Moreno,
Papeles inéditos. Casimiro Olañeta (esbozo de biografía), La Paz, Banco Central de Bolivia-Aca-
demia Boliviana de la Historia, 1975, pp. 85, 87 y 101).
140 Sus colaboradores más leales, los generales Otto Felipe Braun y Francisco Burdett O’Connor
que habían servido en la guerra de independencia y en la defensa de Bolivia, fueron borrados
de la lista militar. Al primero se le ordenó dejar el país y el segundo estuvo sujeto a vigilancia.
Similar tratamiento se dio a los funcionarios del gobierno y miembros de las fuerzas arma-
das que abiertamente habían cooperado con la Confederación (Parkerson, op. cit., 1984, p.
311).
141 El término protectoral aludía a los servidores y beneficiarios del y por el crucismo cuya
conducta denotaba hábitos de despotismo y servilismo propios del Antiguo Régimen, pro-
bados en la defensa para Bolivia de una soberanía parcial o incompleta en tanto estado de la
Confederación Perú-Boliviana.
142 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 60-62.
“a resistir la conquista” 65
Unos diputados aconsejaban su erradicación porque solo se habían benefi-
ciado de ellas los “paniaguados de Santa Cruz y de quienes lo auxiliaron en sus
maquinaciones”. Añadían que con el reparto de prebendas, “medallas y otras
decoraciones” no se había premiado las virtudes cívicas. Se había generado
una suerte de aristocracia que las exhibía como muestra de haber “servido al
déspota”, siendo imperativo para defender el republicanismo “desterrar la idea
de clases exclusivas”. Solo manteniendo a los enemigos de la Restauración sin
distintivos de estatus y fuera de la administración, podría defenderse la libertad.
Admitían que si se optaba por disolver esos beneficios saldrían perjudicados
“muchos patriotas eminentes, muchos caudillos de la Restauración”, pero lo
primordial era demostrar a los bolivianos que “la Nación es la única propietaria
de sus fondos y empleos”, pudiendo sus representantes quitárselos a aquellos
que los hubieran desempeñado en detrimento de la causa pública, tal como
habían hecho los protectorales desde “la época del gobierno español”.143 Otros
diputados estimaban que debían mantenerse porque “el particular no debía ser
dañado” y máxime cuando al pueblo no le tocaba opinar sobre la legitimidad
de los congresos y los tribunales, sino “obedecer de buena fe y con sumisión”.
Agregaban, además, que, por ejemplo, muchos de los beneficiados por los
montepíos y pensiones aprobados por el congreso de Tapacarí pertenecían al
estamento militar. No solo era injusto privar de sustento a las familias de los
que “murieron en la firme persuasión de que defendían la independencia de
su patria, bajo las órdenes de jefes bolivianos y entorno al pabellón tricolor”.
También se alarmaría a todos los militares que servían en el país y desalentaría
su espíritu marcial al hacerles creer que podrían correr igual suerte. No tenía
sentido castigarles si su deber consistía en obedecer y menos aún cuando hasta
los diputados “se alucinaron y engañaron con las intenciones pérfidas y solapadas
de Santa Cruz”. A ese razonamiento se unía que muchos representantes consi-
deraban un riesgo en sí mismo increpar los actos emanados de los Congresos,
ya que en lo sucesivo cualquier nueva asamblea podría llamar a las anteriores
“vendid[a] al poder”.144
La tensión entre la declaración de inconstitucionalidad de las resoluciones
crucistas y la jurisprudencia que se había desligado de las mismas revelaba que
los diputados no buscaban establecer la ilegalidad absoluta de las medidas de
Santa Cruz. Ante todo pretendían subrayar el riesgo que representaba el Ejecu-
tivo en un régimen republicano si no recibía la fiscalización adecuada por parte
del Congreso. Debía en todo momento dar cuenta ante el mismo de sus actos,
porque las reconvenciones y pedidas de cuentas aseguraban “su patriotismo”. Sin
embargo, ese esfuerzo de equilibrio entre castigar al exgobierno y pacificar el
país planteaba otras preguntas: ¿cómo llegar a una conciliación con el enemigo
143 Ibidem, ii, pp. 37-51, 119, 122, 166.
144 Ibidem, ii, p. 15.
66 ciudadanos armados de ley
que no amenazase el orden conseguido?, ¿cómo hacerlo sin que el temor a la
anarquía del gobierno se interpretase como debilidad por parte de los crucis-
tas? y ¿podía generarse un nuevo orden sin cambiar o castigar a los opresores
de ayer? La opinión general fue que resultaba imprudente y peligroso que el
“soberano Congreso” faltase “a su deber sagrado de consumar la santa causa de
la restauración y de constituir al país”, siendo todo proyecto hecho a medias “una
revolución peligrosa”. Ello significaba para los diputados ser consecuentes con las
leyes votadas y optar por no dejar espacios a los “sostenedores descarados de la
tiranía” ni conservar “más tiempo los restos del absolutismo”. La representación
nacional debía secundar a la Restauración y no exponerla a riesgos y a peligros
como eran los protectorales, porque se podían “plegar a toda facción y partido
que en la República se levantase con el objeto de destruir la Restauración”.145 De
hecho, como se verá en el siguiente acápite ello ocurrió: el 7 de julio de 1839,
mientras estaba reunido el Congreso, José Ballivián inició una rebelión a la que
se sospechaba se habían sumado muchos de los protectorales.146 En consecuencia,
el Congreso se reafirmó en sus disposiciones. Fueron declarados nulos los cargos
de los protectorales y provisorios todos los empleos hasta la nueva constitución,147
siendo reconfirmada en noviembre de 1839 “justa y legítima la destitución que
los pueblos” habían hecho en febrero. Esa decisión no fue contraria a considerar
también que no había razón para anular aquellas leyes conformes a la constitución
anterior, sino solo las que habían sido dadas contraviniéndola; algo que podía
ejecutarse porque “la ley sancionaba una disposición general y el Ejecutivo la
concretaba a casos particulares”.148
Pero las disposiciones legislativas no bastaban para el asentamiento de la
“más santa, justa y nacional” revolución en la que “Bolivia en masa se armó para
reconquistar la independencia perdida y sus sacrosantos derechos hollados por
un déspota obscuro y unos cuantos desnaturalizados bolivianos”. El éxito de la
revolución requería la construcción por parte del Congreso de una narrativa de
legitimidad que asentara su legalidad constitucional. La misma fue construida a
través del desplome judicial de Santa Cruz y, con él, del crucismo. Considerado
culpable de los delitos de traición y de usurpación y establecida su responsabili-
dad pecuniaria por haber disipado los fondos del Tesoro, fue declarado insigne
traidor a la patria, indigno del nombre de boliviano, borrado de las listas civil
y militar de la República y puesto fuera de la ley en el momento que pisase
el territorio. Aunque las razones aducidas por los diputados fueron doce, la
acusación básica consistió en haber eliminado la existencia nacional de Bolivia
por medio de la Confederación. Tal decisión no solo había conducido al país a
145 Ibidem, ii, p. 126.
146 Ibidem, ii, p. 272.
147 Ibidem, ii, pp. 3, 5, 7, 9 y 11, 122, 128.
148 Morales, op. cit., 1925, p. 270.
“a resistir la conquista” 67
guerras contra Chile y la Confederación argentina, sino que la amenaza bélica
le había procurado tanto investirse de facultades extraordinarias ilimitadas que
comprometían la libertad y progreso del país, como hacerlo sin permiso del
Congreso ni del Consejo de Estado.149 El mayor delito de Santa Cruz había
sido, entonces, su transformación en un tirano que como tal delinquía contra el
orden constitucional. Pero ¿qué tipo de tirano era?
La defenestración de Santa Cruz se asentó en tres imágenes que en opinión
de los legisladores implicaban un retroceso “civilizatorio” (hacia el Antiguo
Régimen): Santa Cruz monarca, Santa Cruz cacique indio y Santa Cruz virrey
peruano. Respecto a la primera se argumentaba que su aspiración a tornarse
en rey le había llevado a ejercer de legislador,150 y como tal a usurpar las fa-
cultades del Legislativo y a otorgar a los tradicionales cuerpos intermedios
–los cabildos– facultades políticas que suponían el renacimiento de prácticas
coloniales151 a las que ya se había opuesto el mariscal Antonio José de Sucre.152
Respecto a la segunda imagen se dijo que el proceder autocrático de Santa
Cruz provenía de su linaje de cacique de Guarina,153 significando su gobierno
no solo una pérdida de los derechos que la gesta criolla contra España había
conquistado para la población nativa, sino también la conversión en indios
de todos los habitantes de la nación. La contraposición de las dos tradiciones
autoritarias –la española y la prehispánica– a la tradición republicana repre-
sentada por la hazaña emancipadora revelaba a Santa Cruz como traidor a la
misma. Al hacerse heredero de monarcas y caciques había despertado hábitos
públicos contrarios a la virtud ciudadana como “la embriaguez y la pereza” de
la colonia y, con esa vuelta al pasado, impedido que en Bolivia pudiesen desa-
rrollarse instituciones apropiadas para alcanzar las promesas de prosperidad
y civilización. Por último, respecto a la imagen de Santa Cruz como virrey, la
Confederación se veía como un trasunto del virreinato del Perú que con Abascal,
Pezuela y La Serna había sofocado las legales y legítimas ansias autonomistas
149 Resoluciones del Congreso reunido el 2 de noviembre de 1839, en Morales, op. cit., 1925, p. 270.
150 Recuérdese que en el Antiguo Régimen el máximo atributo real era la impartición de justi-
cia, siendo el acto de gobernar sinónimo de la misma.
151 William F. Loftrom, El mariscal Sucre en Bolivia, La Paz, Editorial e Imprenta Alenkar Lda.
1983; Marta Irurozqui, “Sobre el tributo y otros atributos ciudadanos. Sufragio censitario,
fiscalidad y comunidades indígenas en Bolivia, 1825-1839”, Bicentenario. Revista de Historia
y de Ciencias Sociales, vol. 6, 2006b, pp. 35-66.
152 El 15 de abril de 1839 se suprimieron los concejos municipales de departamentos y de
provincias y sus fondos útiles pasaron a las tesorerías prefecturales.Como posible futuro
estudio, habría que contrastar esa decisión con el reconocimiento que hace la Constitución
de 1839 de los municipios.
153 La madre de Santa Cruz fue Juana Bacilicia Calahumana y Salazar, hija del curaca aymara
de Huarina (Omasuyos, La Paz) y descendiente por línea materna de la realeza inca. Este
hecho ha llevado a afirmaciones que equiparan el proyecto confederador con la restauración
del Tawantinsuyu.
68 ciudadanos armados de ley
de la Audiencia de Charcas.154 La Ley marcial de 1837 había sido un nuevo
instrumento para el mismo fin: despojar a los bolivianos de su nacionalidad y,
por tanto, de su capacidad de darse leyes para gobernarse, retrotrayéndolos al
periodo prenacional de sumisión al Perú.155
Las manifestaciones de Santa Cruz como monarca, cacique y virrey tenían
asociada una parafernalia de tratamientos, honores, medallas, ropajes y bastones
propia del Antiguo Régimen. En opinión de los diputados, a través de ella no
solo alagaba y adornaba a una suerte de aristocracia que constituía su corte, sino
que también expresaba su deseo de tutelar al pueblo mediante el boato y tornarlo
en un conjunto de vasallos. Su sed de poder a través de la ostentación de signos
cortesanos o atributos absolutistas lo mostraba como un individuo que no había
podido purgarse de las herencias española e indígena, basadas en la coerción y
el impacto inmediato de los sentidos. Esa fantasía visual propia de la Colonia,
en la que se hacía gala de costumbres y prácticas de una sociedad caduca en una
ya trascendida por el acto independentista, mostraba a Santa Cruz doblemente
incapaz de gobernar. Primero, la ausencia en el mariscal de la austeridad propia
del sujeto republicano era contraria al autogobierno (o represión de pasiones
y apetitos), y sin esa a cualidad, gobernar solo podía reducirse a despotismo.
Y, segundo, el gusto del mariscal por insignias, vestimenta, peinados, gestos y
retórica realistas impedía a Bolivia cumplir con su razón de nacimiento: era “la
hija del libertador” Bolívar, y como tal debía gozar libremente de su nombre y
nacionalidad.156
2.3. Medidas armadas
Finalmente, la tercera acción para que la revolución restauradora se asentase y
canalizara por la vía representativa estuvo referida a la conversión del ejército
en una entidad ajena a la lucha política. Si Santa Cruz monarca, cacique y virrey
representaba la muerte de la patria boliviana, el Ejército Restaurador la había
hecho renacer. Pero ello solo podía mantenerse mientras la potestad soberana
temporal que este había aceptado fuera depositada en las instituciones represen-
tativas. Dadas las guerras abiertas con Chile y Argentina, las exigencias de paz
peruanas y la conspiración de los crucistas, existía el riesgo de que el ejército se
asumiera permanentemente como pueblo y no dejase a este recobrar su soberanía.
154 El Restaurador. Chuquisaca, 11 de abril de 1839; 18 de abril de 1839; 25 de abril de 1839;
2 de mayo de 1839 y 14 de noviembre de 1839; El Constitucional. La Paz, 26 de febrero de
1826; 5 de marzo de 1839; 4 de junio de 1839; 20 de noviembre de 1839; Redactor Congreso
Nacional 1839, vol. I. Sesión 17, pp. 160-174.
155 Sobre la discusión implícita en ese tema véase Marta Irurozqui, “Soberanía y castigo en
Charcas. La represión militar y judicial de las Juntas de La Plata y La Paz, 1808-1810”,
Revista Complutense de América, vol. 37, 2011, pp. 49-72.
156 Redactor del Congreso 1840, pp. 19, 140 y 145.
“a resistir la conquista” 69
Para evitarlo, el Legislativo en conformidad con el Ejecutivo inició dos acciones
que pueden interpretarse como el desmantelamiento de la ciudadanía armada
pretoriana para sustituirla por la ciudadanía armada popular: la despolitización
del ejército y el fortalecimiento de las guardias nacionales. Ello no debe leerse
como una confrontación entre una noción del Estado basada en la autoridad
del ejército y otra sustentada en las milicias,157 sino como un esfuerzo por evitar
la transformación del primero en una suerte de partido militar que resolviera
la lucha política.
Aunque el Ejército Restaurador había actuado como un cuerpo protector
de la ley al reconquistar la libertad independentista, de cara a una pacificación
duradera de la República de Bolivia ello no bastaba. Las sublevaciones en la
primera década de vida independiente y las guerras de la Confederación habían
mostrado los riesgos de la institución marcial si esta era gestionada por una
administración corrompida, hacía el juego a las ambiciones de los partidos o
se plegaba a los deseos personales de un presidente con facultades extraordina-
rias. Ello llevó a los diputados a discutir si “la clase militar” era una institución
básicamente obediente que garantizase su actuación como “el ejército de la
ley”. Al respecto, unos diputados opinaban no solo que no era “esencialmente
obediente”, sino que había entre ellos “una clase deliberante” formada desde los
coroneles para abajo. Además, consideraban que en tiempos de guerra militares
y no militares tenían los mismos “deberes con la patria, todos [eran] sus hijos
y todos la ha[bían] de defender y sacrificarse por ella. Y justo porque “la clase
militar” la componía toda Bolivia cuando lo demandaran los intereses generales,
sus miembros no eran “unos ciegos obedientes de las órdenes superiores”. De-
bían, en consecuencia, responder de su conducta: “la clase de soldados disuelta
y la de oficiales juzgada”. Otros diputados también estaban de acuerdo con que
los militares tenían que asumir las consecuencias de sus deliberaciones políti-
cas, de manera que su apoyo a un partido rebelde no quedara disculpado en el
recurso de la obediencia a los superiores. Sin embargo, insistían en que si los
militares como individuos poseían una opinión, como parte de un estamento
no debían tenerla y solo les correspondía obedecer a las autoridades legítimas.
El hecho de que creyeran que podían deliberar era justamente lo que les había
conducido a verse complicados en actos de traición, que debían juzgarse según
el fuero militar y por los Consejos de guerra y no por tribunales civiles. Ambos
razonamientos conducían al tema de la autoridad legítima y qué hacer cuando
esta no lo fuera: ¿debían quebrantar su obediencia o al hacerlo seguían siendo
culpables de alzarse contra la Patria?158
157 Raúl O. Fradkin, “Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rio-
platense en la primera mitad del siglo xix”, La construcción de la Nación Argentina. El rol de
las fuerzas armadas. Debates históricos en el marco del Bicentenario (1810-2010), Oscar Moreno
(coord.), Buenos Aires, Ministerio de Defensa, 2010, pp. 63-79.
158 Redactor del Congreso año 1839, ii, pp. 68, 270-272, 435-438.
70 ciudadanos armados de ley
Al ser complicada la decisión al respecto se optó por neutralizar el posible uso
unilateral o la autogestión estamental del conflicto, siendo preciso para ello que el
ejército de línea dejase de ser un cuerpo deliberante capaz de representar la opinión
pública. Para asegurar su sujeción a la ley constitucional en calidad de defensor
de “la tranquilidad interior y la paz exterior” la solución residía en despolitizarlo
y en profesionalizarlo.159 Lo primero suponía que sus miembros renunciaran a
comportarse como ciudadanos, mientras lo segundo implicaba que estuviesen
mejor formados y pagados, y por tanto menos tentados a seducciones ajenas.160 No
se trataba de negar la importancia del estamento militar en la creación nacional
de Bolivia, sino de anclarlo temporalmente en un único acto fundacional con
el fin de desmantelar lo imprevisible de su movilización grupal. El discurso del
presidente Velasco en el congreso constitucional de 1840, tras sofocar levanta-
mientos ballivianistas y crucistas, resumía esa concepción:
Debo, señores [diputados] recomendaros el esclarecido mérito del ejército nacional:
Obediente a las reglas de su instituto; respetador constante de las leyes patrias,
entusiasta para la dignidad nacional, custodio del reposo público: moral y virtuoso,
es el baluarte de nuestra independencia, la columna del orden interior, y a quien
se debe en gran parte la bienhechora paz a cuya sombra se congratula hoy día el
pueblo boliviano, prometiéndose un porvenir de ventura y prosperidad.161
Con la supeditación de la espada al establecimiento de los poderes constitu-
cionales como razón de ser de la Restauración quedaba replanteado el principio
de seguridad consagrado en la Carta,162 referente al recurso de la población a
las armas para la defensa de su derecho imprescriptible a la conservación de sus
vidas. La premisa republicana de una ciudadanía siempre alerta recaía, ahora,
únicamente en la población civil. Pero su deber/derecho a recurrir a la fuerza y
tornarse en el pueblo en armas se concebía orquestado a través de otra institución:
la guardia nacional. Concebida en términos de cooperación y defensa vecinales,
pertenecer a ella daba prestigio y peso locales a sus miembros, en su mayoría
artesanos, comerciantes y empleados públicos. Con capacidad de definir su je-
rarquía y jefaturas, estos en ningún caso estarían sujetos al mando militar, sino
al de autoridades civiles o políticas, aunque colaborasen con el primero.163 Su
159 El Restaurador. Chuquisaca, 4 de julio de 1839. A ello hay que añadir medidas de reducción
del ejército, sobre todo “de los sueltos del ejército” mediante gratificaciones o erogaciones.
160 El art. 140 de la Constitución del 1839 dice que “la fuerza armada es esencialmente obe-
diente, en ningún caso podrá deliberar” (Trigo, op. cit., 1958, p. 270; El Constitucional. La
Paz, 1 de marzo de 1839; 25 de julio de 1839).
161 Redactor año 1840, p. 13.
162 Calderón y Thibaud, op. cit., 2010, pp. 153-159.
163 Aunque en las Constituciones de 1831 y 1834 se distingue entre guardia nacional y res-
guardo militar, la autoridad civil o política quedó por primera vez consignada a cargo de la
primera en el art. 141 de la Constitución de 1839, reapareciendo en los mismos términos
“a resistir la conquista” 71
actuación oficial y oficiosa sería considerada expresión de la opinión pública, de
manera que cuando sostenían a las autoridades correspondientes estas tenían de
su lado a la ley.164
Esta medida de reorganización del ejercicio de la fuerza no fue contraria a
que el pueblo en armas pudiese manifestase libremente de modo coyuntural; de
hecho la normativa referente a que el derecho de petición era individual y no
se podía hacer en nombre del pueblo más que una desmovilización armada de
la sociedad buscaba control sobre la misma en lo relativo a la organización de
pronunciamientos. Asimismo, la formalización de la presencia civil armada en
un cuerpo público apuntaba tanto a promover su eficacia bélica de defensa co-
munitaria, como también a dejar fuera de la misma a sectores cuya contribución
al bien común se concebía en términos económicos y fiscales. Ello explicaría,
por ejemplo, la aparición de modo paralelo de disposiciones que eximían del
servicio de enrolamiento en el ejército y en la guardia nacional a los individuos
dedicados al laboreo en minas.165
3. El Congreso frente a la anarquía revolucionaria
Los temores del gobierno en torno a la intervención partidista del ejército se
materializaron en breve y desde varios frentes partidistas: ballivianistas y cru-
cistas. Las asonadas de los primeros ocurrieron entre el 7 de julio de 1839 y el
22 de julio de 1841, mientras que las de los segundos acaecieron el 6 de febrero,
el 10, 12 y 15 de junio y el 3 de julio de 1841. A continuación se verán cómo
fueron resueltas institucionalmente las sublevaciones contra la Restauración, qué
papel desempeñó el Congreso, a qué pactos condujo la movilización armada de
la población y cómo se rediseñaba la legitimidad de una revolución.
en el art. 79 de la Constitución de 1861 y en el art. 89 de la Constitución de 1868. Sin em-
bargo, en ninguna de las Cartas se establece la identidad de tales autoridades, ya que ello
correspondía a reglamentos específicos que señalaron la responsabilidad de los prefectos
departamentales y gobernadores de provincias (Ibidem, pp. 270, 324 y 340).
164 Sobre los sentidos y argumentos en torno a la organización y funcionamiento de la guardia
nacional en el sistema republicano consúltense: Ortiz Escamilla (coord.), op. cit., 2005; Mo-
reno (coord.), op. cit., 2010; Marisa Davio, “Sectores populares militarizados en la cultura
política tucumana 1812-1854”, Tesis Doctoral, Buenos Aires, Universidad Nacional de Ge-
neral Sarmiento-ides, 2010; Macías y Sábato, op. cit., 2013, pp. 70-81; Macías, op. cit., 2014;
Víctor Peralta, “La milicia cívica en Lima independiente, 1821-1829. La reglamentación de
Monteagudo a La Mar”, Dossier “Milicias, levantamientos armados y construcción republi-
cana en Hispanoaméruica. Estudios y propuestas para el siglo xix”, Flavia Macías (coord.),
Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, vol. 42, 2015, pp.
31-59.
165 Morales, op. cit., 1925, pp. 265-69; El Constitucional. La Paz, 6 de noviembre de 1839.
72 ciudadanos armados de ley
3.1. La fallida sublevación del general José Ballivián
El 7 de julio de 1839, mientras el Congreso gestionaba su liderazgo en el
asentamiento del proyecto restaurador mediante las tres medidas mencionadas
(legal-normativa, represiva-discursiva y armada), el general Ballivián,166 uno de
los principales líderes y artífices de la revolución de febrero, se rebeló contra el
gobierno. Con el apoyo de diferentes unidades del ejército acantonadas en La
Paz, Oruro y Cochabamba, se declaró presidente de la República. Presentó su
sublevación como la única salida para acabar con la facción que a nombre de Ve-
lasco se había apoderado del gobierno. En opinión de Ballivián, la misma estaba
conformada por un grupo de diputados a los que tildaba de “cuatro intrigantes”,
“cuatro favoritos del autómata”, “charlatanes inicuos” o “un despreciable club
de modernos jacobinos”.Les acusaba de: “vender a la patria” a los extranjeros,
como lo probaban las negociaciones políticas con Perú y las felicitaciones hechas
al ejército chileno vencedor en Yungay; de impedir que se expresase la “voluntad
general de los Pueblos” por coartar las libertades públicas en las elecciones; y
de amenazar, desterrar y perseguir a los ciudadanos que se opusieran. También
decía que esa “facción de los descamisados” con “hablacerías de los Doctores”167
coartaba la voluntad de gran parte de los miembros del Congreso. Ante esa su-
matoria de despropósitos, Ballivián asumía el deber de intervenir militarmente
para salvar al Ejecutivo del Congreso y al Congreso de sí mismo: el primero
carecía de protección para su independencia, ya que era provisorio y producto
de una asamblea en la que el voto de los representantes era venal, mientras
los miembros del segundo tampoco obraban de modo autónomo porque eran
objeto de coerción interna. La solución radicaba, entonces, en la anulación del
Legislativo y en la colocación al frente del gobierno de un líder providencial
que, como “hombre necesario”, ejerciera una autoridad tutelar.168
Los diputados lideraron la respuesta a la sublevación ballivianista haciendo
que la misma apareciera como un esfuerzo simultáneo y enérgico del Congreso,
los pueblos y el gobierno. Para conseguirlo, en las sesiones desarrolladas desde
el 12 hasta el 24 de julio los representantes debatieron el modo de resolver la
crisis generada, dando lugar a una serie de disposiciones legales que deslegiti-
maban, condenaban y castigaban la acción del general Ballivián. Estas medidas
166 Tras ser envestido como presidente provisorio, posiblemente con la intención de evitar lide-
razgos militares partidarizados, Velasco encomendó al general Ballivián el cargo de encar-
gado de Negocios en Europa cuando había esperado la vicepresidencia.
167 Con estas denominaciones alimentaba el discurso negativo de “los doctores dos caras” de-
sarrollado más tarde por Rigoberto Paredes o Gabriel René-Moreno. Este último definía al
Congreso de 1839 como “el cenáculo de Chuquisaca” o “cenáculo restaurador dueño de las
influencias electorales”, “plumarios” o “clases superiores amedrentadas” (René-Moreno, op.
cit., 1975, pp. 108, 118, 122-123).
168 “Proclama del 6 de julio de 1839 del general en Jefe José Ballivián al Ejército boliviano”,
Redactor del Congreso Nacional 1839, vol. i, pp. 205-206, 236-237.
“a resistir la conquista” 73
en su contra se hicieron bajo la acusación de que este había puesto en peligro
la revolución restauradora de la que había formado parte al querer provocar la
anarquía o discordia civil nacida de la lucha de partidos. Tuvieron una triple
naturaleza: institucional, punitiva y movilizadora.
La primera medida estaba orientada a que la resolución del conflicto por parte
del Congreso refrendara la centralidad institucional del mismo en el organigrama
de poderes nacido de la gesta revolucionaria del 9 de febrero. Aunque ejecutada
por cuerpos militares, la Restauración había sido orquestada en comunidad con
una mayoría de la representación boliviana desafecta a la fórmula presidencialista
de la Carta provisional de la Confederación o Pacto de Tacna. Tal actuación le
había permitido al Congreso atribuirse una posición preeminente en el ejercicio
del poder nacional, de manera que la rebeliónde Ballivián no solo amenazaba con
una sustitución presidencial, sino también con un cambio en la relación de fuer-
zas entre el Ejecutivo y el Legislativo. Para los diputados la empresa de Ballivián
era ante todo una revolución contra el Congreso que desafiaba y desestimaba la
autoridad de la representación nacional a través de un acto parricida que abría las
puertas a la anarquía. Bajo el lema de “que no habrá un solo diputado que no pre-
fiera la muerte a la ignominia de capitular con el monstruo que […] quiere arrojar
en la tumba nuestra desgraciada patria”,169 estos decidieron defender la posición
de fortaleza adquirida en el diagrama del poder nacional merced a su capacidad de
producción normativa asentada en la opinión pública. Interpretaron lo sucedido
como una ocasión de autoafirmación institucional en su función de “representan-
tes del pueblo” y, en consecuencia, buscaron el modo de subrayarse públicamente
como los legítimos depositarios de la soberanía del pueblo y de los pueblos. Como
ello pasaba por asumir el liderazgo de la resolución del conflicto, era obligación del
Congreso establecer la estrategia de actuación y repartir las funciones a ejecutar
por cada instancia política constitucional. En consonancia con esto, invistieron al
Ejecutivo de poderes extraordinarios.170 Pero no se trataba de darle mayor autoridad.
Se pretendía reafirmarle como el brazo ejecutor del Legislativo, de manera que la
actividad presidencial se preveía supervisada y dirigida por este en todo momento.
El presidente Velasco fue autorizado por el Congreso para que, a la cabeza
del ejército restaurador, pudiese actuar con contundencia contra los sublevados
y hacer efectivas las decisiones dictaminadas por este contra ellos. Sin embargo,
ese ajuste entre el Ejecutivo y el Legislativo no fue tan fácil de resolverse. A
juzgar por la discusión que se desarrolló entre los diputados en las sesiones 21 y 26
sobre el alcance y límite de los poderes de ambos cuerpos y sobre sus áreas y com-
petencias de actuación, la conducta del presidente denotaba incertidumbre sobre
sus propias potestades. Como estaba en elaboración un nuevo texto constitucional,
169 Frase del diputado Valverde (Redactor del Congreso Nacional del año 1839, vol. i, p. 183).
170 El presidente del Congreso fue nombrado presidente accidental de la República en ausencia
de Velasco según el art. 18 de la Ley del 18 de junio y el diputado suplente Rudecindo Mo-
reno sustituyó a Mariano Serrano.
74 ciudadanos armados de ley
ello podía haber obedecido tanto a la hegemonía demostrada en todo momento
por el Congreso, como a la necesidad del Ejecutivo de fortalecerse gubernativa-
mente a través del Legislativo. El asunto sobre cómo recabar fondos para ganar
una posible guerra ilustra este estado de duda presidencial. Aunque Velasco sabía
que sus facultades extraordinarias le permitían tomar medidas contributivas, pidió
al Congreso su consejo para resolver los problemas del Erario. Unos diputados
vieron en esa consulta un acto de respeto institucional y el refrendo de que la
lucha contra Ballivián debía ser una actividad colegiada entre los dos poderes. Sin
embargo, otros consideraron que ello mostraba al presidente provisorio incapaz
de saber cumplir con las obligaciones sancionadas para salvar a la patria. Ante esta
disyuntiva, la respuesta final del Congreso fue que Velasco en tanto gobernante
debía asumir su poder y tomar las medidas precisas sin necesidad de consultar en
todo al Legislativo. De lo contrario, su deferencia podía tornarse en inoperancia y,
aún más grave, sería leída por los enemigos como debilidad; y no solo del presidente,
sino también del Congreso. Si la sospecha de debilidad institucional no convenía
a ninguno de los dos poderes porque deslegitimaba su causa conjunta, aún menos
lo hacía para el Legislativo: cuestionaba las bondades de su liderazgo y abría el
camino a fórmulas presidencialistas. Pero con independencia de dichos problemas,
lo narrado mostraba una experiencia práctica de negociación entre el Ejecutivo y el
Legislativo, que daba cuenta del proceso de construcción de un equilibrio de poder
entre ambos cuerpos que en agosto quedaría asentado en la Constitución de 1839.171
La segunda medida fue de carácter punitivo. Los diputados señalaron a la ley
como el remedio a los males que amenazaban a la nación, viéndose a sí mismos
como la espada de la misma y por tanto portadores de una fortaleza superior a
la de “todos los ejércitos”. Esa autopercepción les permitía desplegar con toda la
firmeza su capacidad legislativa en la defensa de “la causa de los pueblos contra
la ambición y la tiranía de un soldado insolente”. En virtud de sus potestades
consideraron que Ballivián no solo había cometido el crimen de “sumir de
nuevo al Estado en la esclavitud” al ignorar sus leyes. Al hacerlo también había
vulnerado la dignidad de los r epresentantes del pueblo por pensar que alguno
de ellos podría prestarse a secundar sus planes liberticidas. En consecuencia, en
nombre del orden, los diputados decretaron que el Congreso, como “augusta
voz de la Nación”, permanecería en sesión permanente hasta que se solucionase
el conflicto, y crearon una comisión172 encargada de redactar el proyecto de ley
por el que Ballivián sería puesto fuera de la misma y declarado traidor a la patria.173
Todo ello quedó sancionado en Chuquisaca el 12 de julio de 1839. Asimismo,
171 Redactor del Congreso año 1839, i, pp. 253-258 .
172 La comisión que redactó el proyecto de ley estuvo formada por los diputados Escobar, Li-
nares, Galdós, Joaquín Aguirre, Camacho, Gil Toledo y Buitrago.
173 No prosperó la propuesta del diputado Reyes referente a que se declarara también traidor a
cualquier diputado que abandonase la capital o no asistiese al Congreso (Redactor del Congre-
so año 1839, i, p. 183).
“a resistir la conquista” 75
convencidos los legisladores de que “el insigne criminal José Ballivián” se había
levantado con algunos cómplices a quienes habría “logrado alucinar con mil
arterías como a incautos”, decidieron que esa medida sería aplicada a aquellos
de sus seguidores que en el plazo de ocho días no renunciasen a su proceder y
abandonaran “el pabellón de la discordia”.174
Sin embargo, la sanción de castigos no se consideró contraria a que se deba-
tiera la posibilidad de evitar un enfrentamiento armado. A partir de la iniciativa de
un diputado por La Paz, tío de Ballivián, de ir a hablar con él para que desistiera
de sus planes, varios representantes estuvieron de acuerdo en la necesidad de no
“derramar sangre de hermanos” y de soslayar “la ruina de Bolivia y los desastres de
la guerra civil”. Argumentaron que la entrevista también permitiría al Congreso
ganar tiempo para averiguar si había realmente partidarios a la causa de Ballivián
y si estos pertenecían a una “parte influyente del pueblo paceño”. Pese a que la
mediación se consideró sensata, la mayoría de los diputados terminó por ser con-
trario a cualquier gesto negociador. Dijeron estar de acuerdo en las ventajas de una
solución conciliatoria. Muchos de ellos habían sido víctimas “del atropellamiento
del poder militar” y conocían la importancia de que se guardasen las fórmulas de
defensa de las garantías individuales de los rebeldes para no dar lugar a los abusos
de la autoridad. Sin embargo, no les parecía que el de Ballivián fuera ese caso. A
juicio de los diputados, a través de un pacto social, los deberes y los derechos eran
recíprocos, de manera que la representación nacional estaba obligada a prestar
garantías a sus miembros mientras ellos obedeciesen la ley y sostuvieran el orden.
Cuando algunos, “animados de un espíritu perverso”, relajaban los vínculos de la
asociación y rompían “sus más sagradas obligaciones de hecho” y, en consecuen-
cia, provocaban la anarquía por capricho y por pasiones, la sociedad entera estaba
“en el deber de armarse para castigar los malvados y hacerlos desaparecer con el
más fuerte golpe de justicia”. Como, en opinión de los representantes, la acción
de Ballivián obedecía “al capricho” y él era un “faccioso pérfido, acostumbrado a
disolver congresos y manchar su espada con la sangre del primer magistrado de la
República”, era el momento adecuado para que el Congreso organizase al pueblo
en el ejercicio de la violencia por la causa de la ley. La ciudadanía armada solo podía
actuar como cuerpo legal contra aquellos “súbditos rebeldes” que desoyendo la voz
de la patria amenazaban con “atacar todos los derechos, todas las garantías”. Era
entonces cuando se necesitaba firmeza y rigor contra el delito y no temer regar
“el árbol de la libertad” con la sangre de los “traidores”.
Además, los diputados coincidían en que capitular solo traería inconve-
nientes. En primer lugar, sería un mal precedente de cara a asentar una idea de
unidad legislativa en el Congreso. Votar una ley y negociar lo contrario a partir
de una apelación a vínculos de sangre o de amistad mostraría una idea de división
institucionalque redundaría gravemente en el reconocimiento público de su
174 Ibidem, i, pp. 183-201.
76 ciudadanos armados de ley
autoridad colegiada. En segundo lugar, Ballivián recibiría el mensaje de que el
Congreso era débil, quedando en ridículo la representación nacional. En el pasado,
la abyección de los legisladores ya había posibilitado “el despotismo de diez años”
de la administración del “tirano Santa Cruz”; y, para colmo, tras la revolución del
9 de febrero, la “moderación mal entendida del Gobierno Supremo” había evitado
que se tomaran las medidas de lenidad contra los protectorales. Dado que de for-
ma indirecta ello había favorecido la sublevación de un soldado “desorganizador
que presentaba peor carácter que el maestro” y al que la voz de “la opinión” no
le había hecho renunciar a su empresa, era el momento de que los legisladores
se mostrasen firmes. Si transigían una vez con el crimen “mañana otro soldado
audaz” volvería “a tremolar el estandarte de la rebelión con la esperanzade que
si su empresa no tenía éxito, al menos podría salvarse con una transacción”. En
tercer lugar, además de que no había mayor fomento para los crímenes “que la
impunidad de los delitos”, avenirse a un acuerdo con Ballivián les haría darle un
papel de preeminencia que los diputados le habían negado con las leyes del 12 de
julio. Ya no era una autoridad con la que tratar, sino un delincuente que debía ser
objeto de un proceso legal “por haber ido contra el imperio de la ley”. El derecho
de protección a los súbditos, base de la asociación nacional, exigía que el cuerpo
soberano no renunciase al carácter de firmeza de sus deliberaciones y mudase de
opinión obligando a “la parte sana de la Nación a estrecharse con sus enemigos”.
En suma, el Congreso optó por la no negociación y la guerra cívica. Decidió
que no habría ninguna transacción entre “liberales y protectorales”, siendo la
única medida conciliatoria pactada los ocho días de gracia marcados por la ley
para la deserción de los seguidores ballivianistas: con “los parricidas levantados
contra las leyes, las libertades públicas y las autoridades constituidas” no podía
haber clemencia. El Congreso declaró también que ante la amenaza de anarquía
era preferible una guerra “en nombre de la santa causa de la Ley” y en defensa
de “la causa de los pueblos y de su soberanía”, aunque en ella “pereciese el úl-
timo boliviano defendiendo con dignidad el libro santo de las leyes y nuestros
derechos”.175 Posteriormente y a medida que el conflicto se decantó del lado
gubernamental, los representantes fueron relajando su belicosidad respecto a
los inductores de la rebelión. Pasado el peligro, con el argumento oficial de que
con el mero hecho de sancionar la ley de proscripción “contra Ballivián y sus
secuaces” el Congreso ya había manifestado su energía y su odio al delito, deci-
dieron mostrarse indulgentes y compasivos con los culpables. Ya fuese porque
la rebelión de Ballivián hubiera mostrado a los diputados ciertas fracturas de
afinidad y de filiación que era necesario sellar, o ya fuera porque la búsqueda de
concordia apuntalaba su hegemonía institucional, el Congreso revocó la ley del
12 de julio en lo referente a penas corporales y presentó un proyecto de amnistía
para “el ex general Ballivián y demás cómplices auxiliadores”.176
175 Ibidem, i, pp. 216-230.
176 Ibidem, i, pp. 289, 290 y 295.
“a resistir la conquista” 77
Por último, la tercera medida tomada por los diputados fue consecuencia de
optar por una solución de fuerza frente a la sublevación de Ballivián. Lo primero
para comprometer y movilizar en armas a la población era hacer propaganda de
lo sucedido. El Congreso acordó que su presidente, Mariano Serrano, redactase
dos proclamas: una dirigida al pueblo boliviano y otra al Ejército. Sancionadas el
12 de julio, su objetivo era la movilización de la población para que se levantasen
“en masa a destruir al ingrato y desnaturalizado que levanta el puñal parricida para
hundirlo en el seno de la patria”. Para garantizar este propósito de adhesión popular
y evitar que tal fuerza fuese favorable a los sublevados, las proclamas no solo debían
ser voceadas por la prensa. Sobre todo debían llevar estampados los nombres de
todos los diputados.177 Su firma garantizaba que cuando fuesen vistas y leídas en
los distintos departamentos, sus habitantes conociesen cuáles eran las posiciones
de sus representantes y los secundaran en su actuación. Ello informaba de que la
lógica del mandato imperativo se estaba invirtiendo y con ello modificándose la
naturaleza dual de la representación. De un lado, estaba la representación territorial
encarnada en “los pueblos” y, de otro, la representación no corporativa o nacional
sintetizada en “el pueblo”, siendo imprescindible hacer un llamado a ambas formas
que no se concebían contradictorias sino colaboradoras. Sin e mbargo a través de
esa doble apelación popular ya no se supeditaba necesariamente la opinión de los
diputados a la de sus representados, sino que se buscaba unificar los liderazgos
departamentales en la figura del Congreso. Este, en tanto institución en la que
convergían las representaciones territorial y nacional, podía actuar temporalmente
como una unidad soberana indivisa y aglutinadora de las soberanías regionales y
locales y, por tanto, comportarse y ser la nación y los pueblos que la constituían.178
Además de informar sobre los cambios en la naturaleza dual de la represen-
tación, las proclamas expresaban el lugar que el Congreso se daba en la gestión
política de nación. Aunque tanto el presidente como los diputados habían sido
escogidos mediante comicios populares, los segundos ratificaban al primero, proce-
diendo su autoridad tanto de una elección pública como de la capacidad de hacer al
177 De los 51 diputados (titulares y vocales) figuraron las firmas de: José Mariano Serrano
(Pte.), José María Linares (D. Potosí), Pedro Laureano Quesada, Mariano del Callejo, Ma-
nuel María Arce, Ángel Mariano Moscoso, Miguel María Aguirre, Juan José Baca, Manuel
Hermenegildo Guerra, Manuel María Visenio, José Manuel Molina, Domingo Delgadillo,
Agustín Foronda, José Claudio Llano, José Manuel del Castillo, Evaristo Valle, Manuel Ro-
dríguez, José María Galdós, Buenaventura Ponce, Ildefonso Huisi, Miguel Monroy Portu-
gal, José Pareja, Melchor Camacho, Pedro Antonio Oblitas, Santos Porcel, Basilio Cuellar,
Manuel José Castro, José Manuel Osio, Crispín Diez de Medina, José Joaquín de Aguirre,
José de la Cruz Renjel, Francisco Paula de Velasco, Bernardo Trigo, Rafael de la Borda,
Ángel del Prado, Francisco María Sempértegui, Fermín Méndez, Manuel Escobar, Juan
de la Cruz Cisneros, Mariano Silveti, Mariano Reyes Cardona, Manuel Buitrago, Manuel
José Cortez, Francisco Ibáñez, Manuel Martín, José Ventura Antezana, Gregorio Reynols
(secretario) y Fernando Valverde (diputado secretario). Ibidem, i, p. 196.
178 Ibidem, i, pp. 191, 201-204.
78 ciudadanos armados de ley
Ejecutivo resultado de su voto. De ahí su empeño en mostrarse como la “verdadera
nación” a través de la Representación nacional y hacer valer esa condición para
gobernar mediante el acto de legislar. En ese contexto, Ballivián era tildado por
los diputados de “soldado insolente, devorado por la ambición de esclavizarnos
otra vez”. Al enarbolar el estandarte de la rebelión se había arrogado la suprema
autoridad del Estado; desconociendo y conculcando con ello los derechos sobre la
misma que tenía el Congreso. El mayor pecado de Ballivián era el parricidio de la
nación implícito en “disolver y anular[lo]” mediante una sublevación que, además,
contenía el “mortífero veneno de la discordia”: avivaba las “discusiones domésticas”
de los pueblos y del pueblo llevándoles a olvidarse de la Patria como conjunto y
a dejarla, así, vendida a “cualquier Ejército extranjero” que pretendiera invadirla.
Ante ello el Congreso debía mostrar su autoridad representativa procediendo
a organizar la participación política de la población. Se sintetizaba en un llamado
a las armas a todos los bolivianos para la defensa de “los Santos derechos de la
Patria” y para evitar “la profanación de la Soberanía Nacional”. Bajo los lemas
de “al campo compatriotas” o “a las armas bolivianos” se apelaba al recurso de la
fuerza popular con el objetivo de “que la muerte de ese rebelde impío y sus pocos
satélites” sirviese de “holocausto a la justicia Nacional y de pedestal al solio del
orden, de las leyes y de la Patria”. Esto es, el Congreso había puesto fuera de la
ley a los sublevados, pero eran los bolivianos en armas quienes realmente cons-
tituían “el terrible muro del orden, de la obediencia a las leyes y de respeto a las
autoridades” y quienes tenían que eliminar “el cáncer”. Ese combate contra “el
monstruo” debía hacerse en unión con “los bravos del Ejército.179 A los “Soldados
del Ejército Nacional” se les recordaba que no ceñían la espada para sostener “la
inmunda y ponzoñosa raza de tiranos” o a aquellos cuya legitimidad no procedía
de las urnas. Si en el pasado habían sido los responsables de conformar el ejército
de la Restauración y arrojar “al malvado Santa Cruz” por atentar contra “la libertad
sagrada de la Patria”, ahora debían obedecer a los “Representantes de la Nación”
para mantener un legado “de leyes saludables y una carta fundamental”. Y la
preservación de Bolivia como “pueblos libres” consistía en detener “la carrera del
crimen” de Ballivián. Este era heredero de la “infernal escuela” de Santa Cruz y
en calidad de tal hollaba la ley mediante una rebelión que exponía a Bolivia a “ser
devorada por sus mismos hijos, entre las fauces de la anarquía, o verse presa de
los extranjeros”. Como eso sería el fin de Bolivia como territorio nacionalmente
independiente, los soldados, “hijos del orden, sus bravos atletas” solo podrían
despedazar esa hidra devoradora yendo al campo de batalla bajo el dictado del
Congreso –“o voz unísona de toda la Nación”– y “a las órdenes del Jefe Nacional
y los dignos Generales que sostienen la causa de la ley”.
La guerra contra el parricida de Bolivia se tornaba así no solo en un acto
de reconquista de la independencia nacional. Era también un acto a favor de la
179 “Proclama del Congreso General Constituyente a la Nación”. Chuquisaca, 12 de julio de
1839. Ibidem, i, pp. 197-199.
“a resistir la conquista” 79
hegemonía institucional del Congreso en la gestión política de nación. El uso
de la violencia por parte de la población y el ejército contra Ballivián restauraba
el orden instaurado en 1825, haciendo posible nuevamente el imperio de la ley.180
3.2. La ilegitimidad revolucionaria del general Ballivián
En un contexto de legalidad de la violencia revolucionaria, las acciones punitivas
sancionadas por el Congreso y gestionadas mediante proclamas destinadas a la
movilización armada de la población –acción conjunta de pueblo y ejército– eran
posibles en la medida en que la revolución de Ballivián se mostrase constitucio-
nalmente ilegítima. Los diputados esgrimieron tres argumentos para probarlo
que gravitaban sobre el hecho de que la rebelión de Ballivián desafiaba a la Repre-
sentación Nacional y, por tanto, atentaba, contra la voluntad popular. El primero
buscaba distanciar su rebelión de otros actos rebeldes contra el crucismo como
el ocurrido en Oruro en 1837. Lo tramado por Ballivián no podía igualársele,
porque aquella gesta había sido muy diferente –“muy santa”– debido a que los
“buenos patriotas de Oruro” no hicieron más que sustraerse de la dominación
del que había vendido su patria. Y lo hicieron reconociendo en el Congreso a
la Representación Nacional, tal como mostraba el hecho de que imploraron su
protección. Sin embargo, Ballivián había perpetrado todo lo contrario. Se había
alzado contra el Legislativo y contra el presidente electo por los pueblos.
El segundo argumento asociaba el acto de Ballivián con el regreso a la es-
clavitud: actuaba como discípulo del virrey Laserna y cómplice de Santa Cruz.
La asonada militar se creía “obra de los protectorales que lo rodea[ba]n” y que
reconocían en él al heredero de las usurpaciones, traiciones y discordias crucistas.181
Ballivián se agregaba con ello a la constelación de los opresores coloniales sin que
su cesarismo tuviera las virtudes del César histórico. Aunque tampoco las había
tenido Santa Cruz, el delito de Ballivián era mayor que el suyo porque, además
de buscar la tiranía como fin, con su acción rebelde de desprecio de la opinión
y las leyes había previamente engendrado la anarquía mediante dos acciones
de difamación: una contra la Representación Nacional, al decir que en ella una
minoría sofocaba los votos de la mayoría; y otra contra el departamento de La
Paz, al señalar que sus habitantes preferían sus filiaciones locales a su compromiso
republicano. Todas estas consideraciones hacían que las fuerzas lideradas por
Velasco bajo la dirección del Congreso no solo se asumiesen animadas por “el
fuego sagrado” del 25 de mayo del 1809182 y reencarnación de las que se opusieron
al despotismo español. También esa declaración de libertad y de resistencia a
la fuerza militar de Ballivián, hacía equiparable la acción del Congreso con la
180 “Proclama del Congreso General Constituyente de Bolivia al Ejército Nacional”. Chuqui-
saca, 12 de julio de 1839. Ibidem, i, pp. 195-197.
181 Ibidem, i, p. 240.
182 Ibidem, i, pp. 184, 231-234.
80 ciudadanos armados de ley
de las Cortes españolas y su “heroica resistencia al formidable poder de Fran-
cia”. La conducta resistente de los diputados era descrita como la de “la santa
libertad contra el más vil despotismo”, “el desprendimiento republicano contra
las más desenfrenada ambición, la virtud contra el crimen, en fin, el espíritu
filosófico del siglo xix contra el maligno espíritu de los siglos de ignominia y
barbarie”.183 La narrativa de vilipendio conjunto de Santa Cruz y Ballivián no
se limitaba a reafirmar la independencia nacional de Bolivia frente al virreinato
del Perú, a España y a Perú. También convertía al Congreso en el heredero de
la tradición constitucionalista y liberal española. El Legislativo entroncaba, así,
con la vanguardia política europea que había terminado con el absolutismo y,
en consecuencia, se concedía a sí mismo un lugar principal en dicho proceso.
El tercer argumento fue que Ballivián había atacado la dignidad de los di-
putados por reducir, a unos, a una facción y, a otros, a títeres de la misma. A ese
despropósito se sumaba el de pensar que podía comprarlos, a ellos y a los miembros
del Ejército, mediante ofertas pecuniarias, de ascenso o de honores. La comisión
de ese crimen de corrupción hacía constitucionalmente ilegítima la revolución
y legitimaba al Congreso para sofocarla. Las pruebas presentadas por esta insti-
tución consistían en una serie de cartas firmadas por Ballivián o sus seguidores.
Contenían no solo las razones de la rebelión, sino que también daban cuenta de
redes de adeptos, actos de propaganda y estrategias de movilización popular y
militar. Ballivián las había enviado por diversos medios a los diputados por La Paz
para conseguir su desafección regional y “anarquizar la representaciónnacional
por medio de la protesta”. Si bien las misivas habían ya circulado informalmente,
comenzaron a discutirse en la sesión del 13 de julio de 1839, cuando el presidente
sometió a lectura y dictado del Congreso once documentos relativos a la rebelión
y dirigidos al Ejecutivo por el coronel Timoteo Raña.184 A ellos se sumaron otros
nueve concernientes a la traición de Ballivián. Consistían en órdenes y cartas dis-
puestas por este al general Carlos Medinaceli185 y a otros jefes del ejército por las
que trataba de adherirlos a su causa. Estos papeles iban acompañados de la copia
de una carta del general Román al diputado Miguel María Aguirre con la que los
ballivianistas trataban de desacreditar y presentarlo como traidor al Congreso.186
183 Ibidem, i, pp. 235 y 242.
184 “Decreto del general José Ballivián, Palacio de Gobierno en La Paz, 6 de julio de 1839”;
“Carta de Ballivián al teniente coronel Valentín Matos, La Paz, 4 de julio de 1839”; “Carta de
Francisco Aliredo al Sr. Coronel don Timoteo Raña, La Paz, 6 de julio de 1839”; “El general
en Jefe José Ballivián al ejército boliviano, 6 de julio de 1839”; “El Jefe Supremo de la Nación
a los bolivianos, 6 de julio de 1839”, ibidem, i, pp. 186, 192-198, 203, 213-216, 234.
185 Partidario de Velasco y ensalzado por este ante el Congreso por su conducta revolucionaria
en la provincia de Chichas, se trata del mismo Carlos Medinacelli que sirvió a las órdenes
del general Pedro Antonio de Olañeta hasta que lo abandonó en abril de 1825 (Crespo, op.
cit., 1986, p. 133).
186 Véase Redactor del Congreso año 1839, I, Sesión 24, 19 de julio de 1839; Vázquez-Machicado,
op. cit., 1991, pp. 186-189.
“a resistir la conquista” 81
La documentación mencionada incidía en que Ballivián, “como militar y
como ciudadano”, se había visto obligado a escuchar tanto “el clamor general
de todos los pueblos” que invocaban su auxilio, como las repetidas peticiones de
socorro y protección de un gran número de diputados frente a las acciones de
una minoría del mismo o “club de malvados”. Solo después de que su rebelión
acabase con ese grupo, nacería un Congreso verdaderamente libre “que entre-
gará las riendas del gobierno a un ciudadano” no militar. Para garantizarlo era
imprescindible su investidura como Jefe Supremo Provisorio y general Jefe del
Ejército. Ungido como tal, Ballivián ordenaba mediante decreto que se descono-
ciese la autoridad de la facción que bajo el nombre del general Velasco oprimía
la República y se disolviera el Congreso. Una vez sometidos los bolivianos a su
autoridad y “evacuados de todos los departamentos los partidarios de la facción
traidora”, prometía la convocatoria de juntas departamentales para el gobierno
local hasta que se iniciase a través de los colegios departamentales la formación
de una Convención. Su primera actividad sería el nombramiento de un presidente
provisorio “entre la clase de los simples ciudadanos” y que no tuviese parte en
las elecciones “ninguna autoridad civil ni militar”.
La retórica sobre la liberación del poder civil mediante el militar señalaba al
ejército como el medio de salvación del país de las garras de los “sansculotes de
nueva moda” que pervertían el Congreso. La paz sería, entonces, resultado del
orden logrado en la sociedad por el ejército. Para conseguir el apoyo del esta-
mento marcial, Ballivián apelaba en sus proclamas a los sentimientos c astrenses
y tejía redes de solidaridad y cercanía a través de promesas de honores y ascen-
sos. Mediante términos como el de “compañeros”, alertaba a las militares de las
insidiosas maquinaciones de “un coronel a la moda” en referencia a las reformas
previstas por el Legislativo en materia militar (procedimientos, licencias, destino
o ascensos). Utilizaba la incertidumbre y el temor a posibles cambios de estatus
entre los soldados para abrir una brecha entre estos y los civiles que resquebrajara
la confianza de los primeros en los actos gubernativos de los segundos; a quienes
acusaba de incapaces para reconocer las virtudes y servicios marciales mediante
argumentos de envidia y encono.187
Aunque Ballivián centraba su fuerza en el apoyo militar, reconocía también
que una revolución “para librar al país de los traidores responsables de vender
Bolivia al extranjero y de silenciar la opinión popular”, solo sería legítima si poseía
el refrendo del pueblo y de los pueblos. Para ello, además de los pronunciamientos
cuartelarios, requería movilizar la opinión pública de “paceños, chuquisaqueños,
cochabambinos, potosinos, cruceños, tarijeños” para que realizasen pronun-
ciamientos municipales a su favor. En esta primera intentona revolucionaria
tuvieron poco peso y duración. A medida que se materializaba la derrota de
187 “Proclama del 6 de julio de 1839 del general en Jefe José Ballivián al Ejército boliviano”,
Redactor del Congreso año 1839, i, pp. 205-206, 236-237.
82 ciudadanos armados de ley
Ballivián, sus apoyos políticos se fueron tornando en reuniones públicas en las
que la población se deslindaba de los rebeldes y nuevamente mediante actas se
sometía a los poderes constituidos contra la anarquía.188
La querella por la “felicidad y la paz para los pueblos” entre los diputados
y los militares que perseguía la sublevación ballivianistamostraba que lo que
estaba en juego era la personería del ejercicio delegado de la soberanía popular.
Si un contexto de guerra había servido a Ballivián para legitimar que el ejército
pudiera encarnarla, para el Congreso ese mismo escenario convertía a cada
ciudadano en “un centinela de las libertades públicas y un defensor de la repre-
sentación nacional”. Esto es, la disputa por la soberanía era también una disputa
entre los dos modelos de ciudadanía armada. Ballivián apelaba a la pretoriana.
Al criticar al Congreso por faccioso y ofrecerse a su salvación, de un lado, iden-
tificaba a los militares como el estamento más indicado por expresar la voz del
pueblo y, de otro, apostaba por un futuro patrón presidencialista de gobierno.
En contrapartida, los diputados apelaban a la ciudadanía armada popular. Como
miembros de una institución fuente de derecho, desautorizaban la actuación de
los soldados rebeldes de arrogarse la voluntad soberana de la nación y de ejercerla
mediante el uso de la fuerza. Como representantes de la nación, llamaban, bajo
su responsabilidad y tutela, a las armas a toda la población: a la organizada en
cuerpos como la guardia nacional, y a la que se unía espontáneamente a la causa
constitucional de la Restauración.
Con ello, no solo se reforzaba el proceso de sustitución de la ciudadanía ar-
mada pretoriana por la popular, sino que se ampliaba progresivamente la naturaleza
de sus componentes. Si en diversas circulares se exigía que todos los habitantes
demostrasen su patriotismo presentando “armas blancas y de chispa” para armar
con ellas a “la guardia nacional para la que no alcanza[ba]n los fusiles del Estado”;
en otras se señalaba “que los pueblos” que estimaban su dignidad y su libertad
debían de tener “en casa el fusil y la lanza, y cuidarlos con el mismo esmero con
que se cuida[ba] un arado o los instrumentos de taller”. La razón esgrimida con-
sistía en que para los bolivianos “la necesidad de comer y la necesidad de tener
patria y leyes” era la misma. Esto es, la participación armada de la población debía
canalizarse a través de la guardia nacional, pero ello no impedía que en contextos
de emergencia se colaborase al margen de los cuerpos organizados. Además, como
ya se ha visto, al tiempo que se subrayaba el compromiso armado de los civiles en
defensa de la institucionalidad representativa y su necesaria colaboración con el
ejército, se dirigían proclamas a los soldados para que sujetasen su acción a la de los
representantes y respetasen las órdenes del jefe nacional y los dignos generales que
sostenían la causa de la ley, en vez de escuchar la voz de los “parricidas facciosos”
188 El Restaurador. Chuquisaca, 10 de julio de 1839; 13 de septiembre de 1839; El Cóndor Restau-
rado. Sucre, 16 de junio de 1839; 4 de agosto de 1839; El Constitucional. La Paz, 29 de abril
de 1840.
“a resistir la conquista” 83
como Ballivián. En las arengas se les llamaba “soldados del orden y de las leyes”
y se les decía que como tales solo podían contribuir a la “gloriosa Restauración”
obedeciendo al Congreso.189 La importancia de la comunión “de los pueblos y el
ejército” fue resaltada por el presidente del mismo, Ángel Mariano Moscoso, en
su discurso de agradecimiento a Velasco por su triunfo militar. Señaló como uno
de los deberes más justos del Congreso el de “ocuparse en manifestar gratitud
nacional al bravo ejército de la ley y a los pueblos valientes”, porque el ejemplo
de su acción conjunta favorecía “que jamás la ambición más desenfrenada osará
en adelante turbar el pacífico imperio de la ley”.190
3.3. Nuevas sublevaciones ballivianistas
Como ya se ha indicado, la tarea discursiva y movilizadora del Congreso discurrió
en paralelo con el proceso de pronunciamientos militares y civiles a favor de Ba-
llivián. Tuvieron una corta vida, ya que a medida que se materializaba la derrota
militar del general se fueron tornando en reuniones públicas en las que la población
se deslindaba de los rebeldes y nuevamente mediante actas se sometía a los poderes
constituidos.191 Ante esas respuestas populares y las derrotas que sus fuerzas habían
sufrido en Cochabamba (Chimba de Vergara, Miraflores y Sipesipe) entre el 18
y el 25 de julio de 1839,192 Ballivián se refugió en Tacna y desde allí continuó su
conspiración contra el gobierno. En este contexto se iniciaron las negociaciones
de paz entre Perú y Bolivia para establecer los límites de ambas repúblicas a partir
del río Desaguadero en la Convención del Cuzco del 15 de agosto de 1839. Su
fracaso originó nuevas desavenencias en las que el presidente peruano Gamarra
aprovechó los ataques partidarios al gobierno de Velasco193 para amenazar en enero
de 1840 con una invasión como la sucedida en 1828.
Conocida la aprobación del Congreso peruano de la guerra contra Bolivia,
José María Dalence, en calidad de presidente de la Corte Suprema, dijo que esa
189 Morales, op. cit., 1925, pp. 269-272; Manuel Rigoberto Paredes, “El general Ballivián antes
de Ingavi”, Relaciones históricas de Bolivia. Obras completas, vol. I, Oruro, Ed. Isla, 1909a, pp.
531-581; El Restaurador. Chuquisaca, 2 de julio de 1839, 18 de julio de 1839, 10 de septiem-
bre, 13 de septiembre de 1839, 5 de diciembre de 1839, 13 de enero, 5 de marzo de 1840; El
Constitucional. La Paz, 30 de julio de 1839, 3 de agosto de 1839, 3 de septiembre de 1839.
190 Redactor del Congreso año 1839, i, p. 291.
191 El Restaurador. Chuquisaca, 10 de julio de 1839; 13 de septiembre de 1839; El Cóndor Restau-
rado. Sucre, 16 de junio de 1839; 4 de agosto de 1839; El Constitucional. La Paz, 29 de abril
de 1840.
192 Aranzaes, op. cit., 1992, p. 30.
193 “Se cuenta demasiado con la cooperación del partido ballivianista y acaso también con una
sorpresa sobre nuestros cuerpos estacionados en el departamento de La Paz” (“Carta de la
legación Boliviana en Perú de Hilarión Fernández al ministro de Relaciones Exteriores con
copia al oficial mayor Manuel Buitrago, Arequipa, 20 enero de 1840”, Colección de los oficios
que las corporaciones y principales autoridades de Bolivia han dirigido al supremo gobierno con oca-
sión de la guerra que amenaza la República, La Paz, Imp. del Colegio de Arte, 1840, pp. 3-4).
84 ciudadanos armados de ley
postura mostraba que no había sido la confederación “el verdadero motivo de
esas intimidaciones soberbias y torpes”, sino “el deseo manifiesto y declarado
de disponer” de Bolivia “a su arbitrio […] que sea una provincia peruana”. Algo
que no iba a ocurrir, porque si los bolivianos no habían inclinado su cerviz “a la
fortuna y poder colosal de los españoles” menos iban a hacerlo a las proposiciones
hechas por Perú “depresivas de la soberanía y derechos” de su patria.194 Hacerlo
equivalía –según otras declaraciones de diversas autoridades bolivianas– a olvidar
el legado “del inmortal Sucre” y a renegar de la herencia de Bolívar que había
declarado al país “su hija predilecta”.195 Ante ello y con el argumento de que “no
es el pueblo peruano el que nos provoca”, sino “los aspirantes y ambiciosos que
se han propuesto sacrificar a sus miras personales los intereses del Perú nuestro
hermano”, el presidente Velasco se invistió con la aquiescencia del Congreso
de los poderes extraordinarios que le autorizaba la constitución.196 Ello tuvo
lugar una vez que se habían producido las declaraciones de las prefecturas, los
concejos municipales y los tribunales de alzadas de las ciudades de Sucre, La Paz,
Cochabamba, Oruro y Potosí a favor de movilizar a sus vecinos.197 El despertar
del “espíritu público, el valor cívico y militar” también estuvo a cargo de las
pastorales de los arzobispos de dichas ciudades, convencidos de que incluso la
Restauración había permitido al Perú “su vida política”.198
Finalmente la situación se recondujo con el Tratado de Lima del 19 de abril
de 1840.199 Se trataba de un documento lesivo para Bolivia200 que fue aprobado
en un contexto en el que el general crucista Sebastián Agreda entraba al país
194 “Carta de José María Dalence al Ministro de Estado en el despacho de Interior, Sucre, 19 de
febrero de 1840”, Colección de los oficios, pp. 5-8.
195 Ibidem, pp. 2, 16, 19, 20, 27, 31, 34.
196 “Decreto de José Miguel de Velasco, mayor general presidente provisorio de la República
Boliviana, Oruro, 26 de febrero de 1840 y Proclama de José Miguel de Velasco, mayor ge-
neral presidente provisorio de la República Boliviana”, Oruro 2 de marzo de 1840, ibidem,
pp. 36-40.
197 Ibidem, pp. 9-20, 23-36.
198 Pastorales núm. 7 y 9, ibidem, pp. 8-9 y 22-23
199 Registro oficial. Colección diplomática o reunión de los Tratados celebrados por el Perú con las naciones
extranjeras desde su independencia hasta la fecha, Lima, Impreso por Francisco Solís, 1854, pp.
60-65.
200 Sobre la argumentación boliviana acerca del abuso de la fuerza de Perú y en respuesta a los
ataques de Gamarra, en El Peruano, véase Casimiro Olañeta, “Defensa de Bolivia”, Chu-
quisaca, 20 de enero de 1840, Folleto núm. 1, pp. 89-130; “Defensa de Bolivia”, La Paz, 22
de febrero de 1840, Folleto núm. 2, pp. 131-192; “Defensa de Bolivia”, La Paz, 9 de abril
de 1840, Folleto núm. 3, pp. 193-219; “Defensa de Bolivia”, La Paz, 27 de abril de 1840,
Folleto núm. 5, pp. 120-235; “Defensa de Bolivia”, La Paz, 1 de mayo de 1840, Folleto núm.
6, pp. 234-260; Obras de Casimiro Olañeta. Colección de sus mejores y más importantes folletos
publicados con una introducción, Manuel Campero, Sucre, Tip. Colón, 1877; Andrés de Santa
Cruz, Breve discurso político-militar sobre el tratado preliminar de paz y amistad entre los gobiernos
del Perú y Bolivia. Celebrados en la capital de Lima en 19 de abril de 1840. Por un amigo de la paz y
prosperidad de todas las naciones. Quito, 7 de julio de 1840, Quito, Imp. de la Universidad, 1840.
“a resistir la conquista” 85
con instrucciones para sublevar al ejército.201Aunque el Congreso se negó a
ratificarlo y dispuso que se enviaran plenipotenciarios para ajustarlo en términos
más equitativos,202 el refrendo presidencial del mismo el 30 de abril había dado
fuerzas a los simpatizantes ballivianistas y crucistas para continuar su hostilidad
contra el gobierno restaurador. En este clima de disidencias, el Congreso, con
el objetivo de consolidar “las instituciones”, organizó las elecciones que debían
nombrar al presidente constitucional de la República. Tras unos comicios que
destacaron por la multiplicidad de candidaturas, el 14 de agosto de 1840 y con
más de dos tercios de sufragios fue elegido como tal Velasco.203 Sin embargo,
ese proceso tampoco trajo la estabilidad política necesaria. Fueron creciendo
las críticas partidistas que acusaban a los restauradores de estar guiados por el
espíritu de partido, a Ballivián de connivencia con Gamarra y a Santa Cruz de
duplicidad y de fabricar conspiraciones, de manera que prevalecieron los recelos
y las desconfianzas por encima de posibles las alianzas.204
Desde su exilio en Perú, Ballivián no cejó en tratar de capitalizar a los
descontentos. Para ello insistió en desmentirse como aliado de los peruanos y,
aunque se declaró contrario a Santa Cruz, afirmó representar la causa consti-
tucional de 1834. Acusaba, así, al gobierno de Velasco no solo de calumniarlo
con una supuesta colaboración con el gobierno de Gamarra a partir de su co-
rrespondencia con el general peruano Juan Crisóstomo Torrico, sino incluso de
tenderle trampas para que traicionara a su patria como era el caso de la celada
protagonizada por “el agente del Ministerio” Pedro Murillo.205 También desca-
lificó la idoneidad profesional de los actuales jefes militares bolivianos debido a
que no habían “seguido una carrera ininterrumpida” en el ejército, porque los
que sí lo habían hecho, “servido en la guerra de la independencia” y adquirido
por ello ascensos, se hallaban ahora “perseguidos, anulados, vigilados”. Ballivián,
como ejemplo de este tipo de militar, consideraba intolerable que se le tildara
de traidor, máxime cuando antes se hubiera “arrancado la lengua” que felicitar a
los vencedores del ejército boliviano de la victoria de Yungay. A ello añadía que
su papel en los acontecimientos del 9 de febrero había sido muy diferente al de
Velasco. Antes de marchar a Puno había escrito a Santa Cruz, al vicepresidente
Calvo y a todas las personas “respetables de los departamentos de Bolivia” para
201 René-Moreno, op. cit., 1975, p. 120.
202 Ibidem, p. 121.
203 Redactor del Congreso año 1840, pp. 138-140. A pesar de que los comicios presidenciales de
1835 estaban concebidos en términos de una candidatura única, Velasco obtuvo un nada
desdeñable número de votos (Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 150-151).
204 José Pareja, Acusación contra el poder ejecutivo promovido por el diputado que suscribe por infraccio-
nes a la constitución (1 de octubre de 1840), Sucre, Imp. de Manuel Venancio del Castillo, 1840,
pp. 1-10.
205 El Investigador fue el diario de La Paz responsable de dar a conocer las maniobras de Balli-
vián contra la Restauración, siendo el movimiento del 7 de julio calificado de “escándalo de
militarismo desvergonzado” (René-Moreno, op. cit., 1975, p. 107).
86 ciudadanos armados de ley
manifestarles su intención de “ponerse de acuerdo para sostener al gobierno
legal y la Constitución” de 1834, e incluso lograr que el Congreso que estaba
en receso tomase “las medidas convenientes para salvar a la patria”. En ningún
momento había pensado en “asaltar la silla del poder, derribando la constitu-
ción sancionada y jurada por los pueblos; precipitando a estos y arrojándose
el mismo en una espantosa revolución”. Y no lo había hecho porque la misma
era innecesaria “desde que habían desaparecido las dos causas de la guerra y
de los peligros de la patria: la confederación y la autoridad del general Santa
Cruz”. Su objetivo al participar en la Restauración no había sido “la causa del
desorden”, sino que el Consejo de Estado se hubiera reunido y decidido qué
hacer con el gobierno de Bolivia. Así lo había manifestado a su llegada a La
Paz a “todas las autoridades y vecinos principales”. Sin embargo, los “apósto-
les del sanscoulotismo”, como el diputado Joaquín Aguirre, habían preferido
“satisfacer venganzas innobles y mezquinas pasiones” y consumar la revolución
que seguir los procedimientos constitucionales. Aunque no había logrado que
siguiera “la República por un orden legal”, había intentado posteriormente que
los revolucionarios no hubieran expatriado, destituido y proscrito “a ningún
ciudadano”. Eso tampoco lo había conseguido, porque el nuevo gobierno le
había apartado de “toda cooperación en asuntos públicos”, dejándole reducido
“a entender en lo militar”.206
Bajo los argumentos exculpatorios mencionados, la conspiración balli-
vianista se reactivó con el motín del 21 de noviembre de 1840. Los trabajos
revolucionarios se habían organizado con la aquiescencia de los sargentos de los
batallones Legión Boliviana en Oruro, Rifles en Paria y Voltijeros en Capinota,
siendo Mariano Melgarejo, José Llario Guardia, Hipólito Pecho y García los
responsables de liderar el ataque a la fortaleza de Oruro. Fueron rechazados
por el prefecto y comandante general, José María Silva.207 Tras el descalabro,
sus integrantes recibieron diferentes condenas –muerte, confinamiento, azo-
tes y quintada– por turbar el orden público, atentar contra la estabilidad de
las instituciones y el gobierno legítimo, perpetrar robos y otras extorsiones
“propias de la soldadesca inmoral y enfurecida”. Aunque las penas de muerte
dictadas en el consejo de guerra contra los sargentos Juan José Pérez y Juan
Crisóstomo Espinoza el 14 de diciembre de 1840 fueron conmutadas por diez
años de destierro a Mojos y Chiquitos, una condena basada en el argumento
de “haber sido seducidos” incidía en que el crimen revolucionario afectaba por
igual a dirigentes y seguidores.
La correspondencia intercambiada del 24 al 27 de noviembre de 1840 entre
la Prefectura y Comandancia General de la Fortaleza de Oruro y el ministro
206 José Ballivián, A mis compatriotas, Tacna, Imp. de la Beneficencia por R. Borel, 1840, pp. 2-4,
6-8.
207 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 31-32.
“a resistir la conquista” 87
de Estado en el despacho de Guerra, Luis Lara, contenía diferentes circulares y
proclamas que incidían en la necesidad de poner límites a la presencia del ejér-
cito en una revolución. ¿Cómo se concretaba ese objetivo? Por un lado, estaba
la envergadura del castigo impuesto a los sublevados. Con él se perseguía: que
la alianza para “anarquizar el país” entre los crucistas y los ballivianistas no se
extendiera a otras localidades; y que los soldados no vieran en la sublevación un
negocio de promoción personal y una salida a sus disconformidades y resenti-
mientos laborales. Por otro, figuraba la insistencia en la subordinación de los
soldados al orden constitucional. Este se decía encarnado por “los patriotas que
dirigían los departamentos” y por “los virtuosos y ejemplares representantes”.
En la obediencia a las instituciones y leyes residía que los soldados pudieran ser
reconocidos en la celebración del primer aniversario de la Restauración como
sus fundadores, y aclamados como “los conquistadores de la paz” o “el antemural
de la independencia” contra la usurpación y el envilecimiento de una patria. Esa
insistencia en que el ejército de línea debía permaneceral margen de la política
también conllevaba otro mensaje público. Se conminaba a la población civil a
armarse y a hacerse responsables del sofocamiento de los motines cuartelarios.
Mediante la fórmula retórica de “ciudadanos, amigos y soldados” se instaba a
todos a unirse al orden legal para sostener las libertades públicas: a unos me-
diante la obediencia institucional y a otros a través de la permanente vigilancia
ciudadana, siendo para las operaciones de defensa común “cada chuquisaqueño
un soldado y cada soldado un héroe ávido de gloria”.208
En recompensa por esa conducta, algunos diputados solicitaron que mientras
continuasen el clima subversivo se dijera públicamente “lo muy satisfactorio
que ha sido al soberano Congreso la conducta de los defensores de la fortaleza
de Oruro en la lucha sostenida contra las armas del rebelde Ballivián”. Otros
quisieron que se nombrase una comisión que dictaminara los premios y hono-
res que correspondían a los que había defendido la fortaleza de los ataques del
enemigo al ser muy grande el servicio prestado a la Patria por “ciudadanos que
han corrido los peligros de una guerra, sin más interés que el de sostener el
orden, la libertad y las leyes”. Sin embargo, como los defensores de la fortaleza
pertenecían, unos, a la lista militar y, otros, “a la clase de simple ciudadanos”,
la comisión encargada de reconocer sus méritos necesitaba recopilar datos que
justificasen “las acciones heroicas de todos y cada uno de ellos”. Dado que el
clima bélico dificultaba realizar esa operación, se decidió finalmente que los
premios y honores debían reservarse “para después”, cuando hubiera terminado
la guerra y pudiese calcularse “la importancia de los sacrificios de cada uno para
208 Manuel Rigoberto Paredes, “Mariano Melgarejo y su tiempo”, Relaciones históricas de Bolivia.
Obras completas, vol. i, Oruro, Ed. Isla, 1909b, pp. 402-407; El Restaurador. Chuquisaca, 17
de diciembre de 1839, 13 de enero de 1840, 5 de marzo de 1840, 2 de julio de 1840; El Cons-
titucional. La Paz, 22 de enero de 1840; 25 de marzo de 1840; 28 de abril de 1840; 9 y 30 de
diciembre de 1840.
88 ciudadanos armados de ley
recompensarle como corresponda” por el patriotismo y energía demostrados “y
el valor heroico con que hab[ían] llenado sus deberes”.209
3.4. Asonadas crucistas
Mediante la tesis de que la revolución restauradora había violado “las leyes y los
derechos de todos los ciudadanos”, además de haberse enajenado la voluntad
popular con sus actos de humillación ante los vencedores de Yungay, los cru-
cistas también se habían reorganizado para recobrar el poder. Alegaban que los
líderes de la Restauración habían sido “los mismos traidores que habían abierto
las puertas a la invasión de Gamarra a Bolivia y vendido su país en el Tratado
de Piquiza de 1828”. Eran los responsables de haber asegurado el triunfo del
enemigo chileno en Yungay en 1939 mediante conspiraciones para derrocar a
las autoridades legalmente constituidas, siendo prueba de ello la felicitación al
enemigo “por la muerte de sus compatriotas y la humillación del país”. A lo
anterior se sumaba la firma de un tratado desfavorable con Chile y la negocia-
ción de un pernicioso armisticio con Gamarra, el “irreconciliable enemigo de la
independencia de Bolivia y la libertades del Perú” en palabras de Santa Cruz.210
Fracasada la conspiración del exdiputado Fermín Eyzaguirre del 6 de fe-
brero de 1841 gracias a la intervención disuasoria del prefecto de Oruro, Carlos
Medinaceli,211 tales argumentos volvieron a esgrimirse para legitimar la subleva-
ción del 10 de junio de 1841. Bajo la dirección del general Agreda, el comandante
del batallón 5º de cazadores coronel José María Gandarillas y el edecán del pre-
sidente Gregorio Gómez de Goitia organizaron el apresamiento del presidente
Velasco en el palacio de gobierno de Cochabamba. El golpe se hizo en nombre
de la Regeneración y a favor de Santa Cruz. Se produjeron pronunciamientos del
vecindario cochabambino y paceño a su favor, con la consiguiente destitución
de autoridades afines al gobierno. El 12 de junio Agreda nombró, en la ciudad
de Sucre, presidente al mariscal, cuyo retrato fue sacado del Congreso en brazos
de los ministros de la Corte Suprema de Justicia, Narciso Dulón y José Santos
Cabrera. En ausencia del líder crucista, que continuaba exiliado en Guayaquil, la
jefatura de la revolución fue asumida por el exvicepresidente Calvo que regresó
a Potosí desde su destierro en Jujuy. Las manifestaciones de apoyo a los crucistas
continuaron en otras capitales departamentales como Santa Cruz, en donde se
hallaban desterrados Miguel Monroy de Portugal, Francisco Zapata, Juan Manuel
209 Redactor del Congreso año 1839, i, pp. 262-263, 287.
210 Parkerson, op. cit., 1984, p. 311; Andrés de Santa Cruz, El general Santa Cruz explica su conducta
pública y los móviles de su política en la presidencia de Bolivia y en el protectorado de la Confederación
Perú-Boliviana, Quito, Imp. de Alvarado, 1840 (reimpreso en Guayaquil, Imp. Manuel Ignacio
Murillo, 1841). Véase también la contestación: Refutación que hacen cien mil restauradores al ma-
nifiesto publicado por Don Andrés de Santa Cruz, Sucre, Imp. Beeche y Cía., 1843, pp. 5-67.
211 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 33-34.
“a resistir la conquista” 89
Castillo, Felipe Alipaz, Juan José Pérez y Juan Crisóstomo Espinoza, entre otros,
quienes el 3 de julio proclamaron la presidencia del Protector tras haber reducido
al prefecto y efectuado un pronunciamiento.212 Sin embargo, el 29 de julio los
dos últimos lideraron una revuelta que desconocía la autoridad de este a favor de
Ballivián. Sus seguidores aprovecharon el golpe crucista a Velasco para nombrarle
presidente a través de sus clubes políticos en Potosí, Sucre, Litoral y Tarija el 22,
24 y 26 de julio y el 2 de agosto, respectivamente, destacando en el proceso la
actuación del prefecto de Cobija, Andrés María Torrico.213 Los enfrentamientos
entre ambas facciones se resolvieron a favor de los crucistas. En las actas de los
pronunciamientos de las capitales de departamento y de sus respectivas provincias
la oposición armada contra Velasco no fue declarada como un motín militar. Fue
nombrada como un movimiento iniciado por el heroico y virtuoso departamento
de Cochabamba y secundado por los demás a favor de la causa constitucional de
1834: “la República toda ha derrocado a Velasco”.214
Tras la deposición presidencial, las Cámaras quedaron en receso a la espera
de las medidas del nuevo gobierno que volvía a hacer vigente la capacidad del
Ejecutivo de disolverlas. En un esfuerzo de hacer prevalecer la legalidad de la
Constitución de 1839 y no la de 1834, desde su exilio en Jujuy Velasco envió
a la Corte Suprema de Justicia una nota fechada el 14 de julio de 1841. En ella
no solo protestaba ante esta institución por el motín militar sufrido en Cocha-
bamba. También pedía que se respetase la norma constitucional que convertía
en presidente provisorio de la República al presidente de la Cámara de Repre-
sentantes. Fracasado en sus argumentos legales ya que la Corte de Justicia apoyó
la causa constitucional de 1834,215 el expresidente no se resignó a esa suerte y el
3 de agosto de 1841 apareció, junto a los oficiales Raña, Montero y Saavedra,
en Tupiza con un contingente de mil doscientos soldados, en su mayor parte de
caballería proveniente de Chichas. Después de derrotar en San Juan y Palca a la
columna crucista del capitán Suárez, esa fuerza avanzó hacia el interior del país.216
El argumento de Velasco a favor de que la sucesión legal residía en la
Representación Nacional, su posterior reorganización militar en el sur y el
reconocimientomeses más tarde por parte del Congreso del liderazgo de Ba-
llivián, pese a declarar a la vez insubsistentes las constituciones de 1834 y 1839,
212 Ibidem, p. 36-37.
213 Refutación, p. 17.
214 Morales, op. cit., 1925, pp. 274, 283-304; “Carta de la presidencia de la Corte de Justicia
al ministro de Estado en el despacho de Interior, Chuquisaca, 12 de septiembre de 1841”,
La Corte Suprema de Justicia en Bolivia. Su historia y su jurisprudencia, Luis Paz, Sucre, Imp.
Bolívar, 1910, pp. 48-49.
215 “Carta del presidente constitucional de Bolivia al presidente de la Corte Suprema de Justi-
cia, Jujuy, 14 de julio de 1839”; “Carta de la presidencia de la Corte de Justicia al ministro
de Estado en el despacho de Interior, Chuquisaca, 12 de septiembre de 1841”, Paz, op. cit.,
1910, pp. 47-49.
216 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 43-44.
90 ciudadanos armados de ley
fueron hechos que apuntaban a maniobras de los diputados en diversos frentes
para mantener su centralidad institucional. Pese a ello, hasta el 18 de noviembre
de 1842 no volvió a convocarse una Convención,217 más cuando el 8 de octubre
de 1841, ante la amenaza peruana de Gamarra, Velasco había optado por apo-
yar a Ballivián. En esta ocasión este explicó que su conducta respondía al “plan
patriótico de lograr la absoluta reconciliación de todos los partidos”.218
4. La batalla de Ingavi y la segunda independencia de Bolivia
Mientras gobernaba Velasco, el presidente peruano Gamarra había consentido a
Ballivián conspirar desde Tacna porque la inestabilidad política boliviana le conve-
nía en las negociaciones de paz. Sin embargo, el triunfo de los crucistas despertó el
fantasma de la Confederaciónpor lo que optó por combatirles. A continuación se
verá cómo la injerencia bélica peruana favoreció el proceso de unificación partidaria
en torno al liderazgo de Ballivián y el modo en que este construyó su estrategia
de legitimidad presidencial.
4.1. La guerra con Perú
Durante el enfrentamiento de Ballivián con el Congreso y otros núcleos partida-
rios, sus detractores habían señalado que este había recibido auxilio pecuniario
peruano para sostener tropas. Esa acusación también fue indirectamente reite-
rada por sus partidarios quienes señalaron que, bajo la protección del prefecto
de Puno, el exgeneral había podido entrar en Bolivia con el objetivo de “evitar
la guerra continental” y “el espantoso desorden que se ha introducido en el
ejército y los pueblos en donde todos mandan y ninguno obedece”.219 Aunque
esa iniciativa había sido impedida por la comandancia militar de la frontera
norte el 21 de junio de 1841, siendo obligado Ballivián a retroceder de nuevo
a Perú, ello no evitó el desarrollo a partir de ese momento de un proceso de
altercados verbales y correspondencias varias entre las autoridades fronterizas
de ambos países. El mismo fue acompañado de motines cuartelarios debelados
e incursiones repelidas por la guardia nacional de Copacabana ayudada “por una
gran multitud de indios” y por las partidas de los coroneles crucistas Mariano
Santander y Manuel Isidoro B elzu.220 Durante toda esta etapa, a la imputación
del depuesto gobierno de Velasco sobre que Ballivián era un “ambicioso traidor
a la Restauración” responsable de derramar “el mortífero veneno de la discordia”
217 Abecia, op. cit., 1996, pp. 137, 140-141.
218 Refutación, p. 10.
219 Paredes, op. cit., 1909b, pp. 408-412.
220 Ibidem, p. 414.
“a resistir la conquista” 91
entre los constituyentes,221 se sumó la hecha por el gabinete crucista referente
a estar en connivencia con los enemigos de la patria; es decir, de colaborar con
Gamarra para invadir Bolivia. Para atestiguarlo, El Regenerador y El Constitucional
publicaron actas de revolución que tenían el fin de anexar a Perú el departamen-
to de La Paz. Hacían referencia simbólica al movimiento separatista de 1828,
protagonizado por el coronel Ramón Loaiza. Las relaciones comerciales y los
vínculos de parentesco existentes “entre muchas y distinguidas familias paceñas
con otras peruanas” servían de argumento probatorio de su veracidad.222
La documentación consultada resulta insuficiente para clarificar la transfor-
mación de la crítica gubernamental, relativa a que las insurrecciones ballivianis-
tas se hacían de acuerdo con las autoridades peruanas, en la premisa contraria,
referente a que solo su líder podía frenar la invasión de Gamarra para derrocar
a los crucistas. A modo de hipótesis se sugiere que el creciente peso negativo de
la guerra entre la población en combinación con, 1) la ambigüedad del Congreso
frente al Ejecutivo, 2) el encono entre velasquistas y crucistas y 3) las habilidades
de liderazgo de Ballivián ante la ausencia física de Santa Cruz, tornaron priori-
tario solventar la amenaza peruana de manera militarmente colegiada. Aunque
las sublevaciones a favor de Velasco en el sur del país no tenían el objetivo de
apoyar a Ballivián, sí le reforzaban frente a los crucistas por ser los dos primeros
autores de la Restauración. En un contexto de indefensión/hartazgo civil bélico,
esa experiencia revolucionaria común hacía no contradictorio el hecho de que
cada vez fuesen más las localidades que se pronunciasen por parte de “todas las
autoridades, todos los ciudadanos, todos los partidos” a favor del mando pro-
visional de Ballivián mediante cartas de adhesión, manifestaciones patrióticas
y movilizaciones de artesanos y estudiantes.223 Además, pese a que el general
Agreda sofocaba con facilidad tales pronunciamientos, la perdida de ascendiente
de Santa Cruz entre sus partidarios militares y civiles a causa de su tardanza en
llegar a Bolivia debilitaba al gobierno, siendo esta debilidad vista por parte de
la población como una llamada a la intervención armada peruana.
En un clima de pronunciamientos224 a favor de Ballivián –como los del 22 de
julio en Potosí, 24 de julio en Sucre, 26 de julio en Cobija, 29 de julio en Santa
Cruz, 2 de agosto en Tarija, 17 de septiembre en Cochabamba, 22 en Laja y 27
en La Paz– o a favor de Velasco –como el del 3 de agosto, 25 de septiembre y
20 de octubre en Sucre–, Calvo trató de contener la amenaza militar peruana
mediante la negociación. El 27 de agosto había mandado desde Sucre dos oficios
al presidente Gamarra fechados el 30 y 31 de agosto de 1841 anunciándole el
restablecimiento constitucional alterado el 9 de febrero de 1839. Aunque Calvo
221 “El Congreso Constituyente a la nación”, Redactor del Congreso Nacional de Bolivia del año
1839, vol. i, pp. 197-199.
222 Paredes, op. cit., 1909a, p. 544.
223 Ibidem, pp. 550-558.
224 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 42-49.
92 ciudadanos armados de ley
le manifestaba una política de paz con Perú, también le pedía explicaciones y
satisfacciones por las muestras bélicas en la frontera, siendo Andrés María Torrico
el responsable de las gestiones de paz. Este, consciente del fracaso de las mismas y
de la inminencia de la invasión peruana, concertó una conferencia entre Ballivián
y Calvo que no dio resultados inmediatos pero que sí permitió entrever al primero
futuras posibilidades de gobierno. La amenaza exterior peruana, las hostilidades
velasquistas y el aumento de las simpatías a favor de Ballivián terminaron por
convencer a Calvo y a los cuerpos militares que apoyaban la Regeneración de la
necesidad de plegarse al mando de este último. En respuesta, Ballivián cruzó el
24 de septiembre el río Desaguadero.
De acuerdo con el Congreso, Ballivián se invistió del mando supremo en
Tiahuanaco y expidió una proclama a los soldados sublevados en la que les agra-
decía su apoyo por ayudarle a combatir “el espíritu de partido” que dominaba el
país y del que en el pasado le habían responsabilizado. Aunque había actuado en
contra del gobierno de Velasco y de los crucistas y provocado motines entre las
fuerzas militares, en su discurso instaba a estas a actuar de manera subordinada
y en “observancia de las leyes” por ser la fidelidad una de las divisas del ejército
boliviano.225 Esto es, a pesar del uso partidario instrumental que todos los líderes
hacían de una insurrección con apoyo militar, coincidían en que esa vía había que
cortarla y que la revolución debía ser gestionada fuera del ejército, siendo este una
fuerza ajena a la política.226
La llegada de Ballivián a Bolivia, al conllevar el apoyo de los crucistas en
el poder y el silencio cómplice de los velasquistas sublevados,227 debería haber
hecho desistir a Gamarra de su invasión porque el pretexto para la misma –el
restablecimiento del gobierno de Santa Cruz– había desaparecido.228 Sin embargo,
continuó con sus pretensiones acusando ahora a Ballivián de ser un agente de
Santa Cruz.229 El resultado fue la unión militar y coyuntural de todas las facciones
contra las tropas peruanas y la legitimación de tal pacto en reuniones y actas de los
vecindarios de las capitales de departamento y de provincia. El triunfo boliviano
225 Paredes, op. cit., 1909a, pp. 531-581; Paredes, op. cit., 1909b, pp. 391-459; Morales, op. cit.,
1925, p. 290.
226 “Decreto del 27 de septiembre de 1841” (Aponte, op. cit., 1911, p. 50); El Eco de Bolivia.
Sucre, 3 de octubre de 1841; Columna de Ingavi, ¿diciembre de 1841?
227 Pese a pronunciamientos a su favor, como el del 25 de septiembre o el 20 de octubre en
Sucre, Velasco desistió de sus propósitos presidenciales frente a los crucistas el 8 de octubre
de 1841, fecha en que envió desde Samago sus tropas a Ballivián (Aponte, op. cit., 1911, pp.
50-58; José María Santivañez, Vida del general José Ballivián, Nueva York, Imp. del Comer-
cio, 1891, pp. 97-99; Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 44 y 47).
228 “Proclama del presidente Gamarra a los bolivianos”, Laja, 7 de octubre de 1841. Reprodu-
cida en Aponte, op. cit., 1911, pp. 95-97.
229 El eco de Bolivia. Sucre, 8 de octubre de 1841. Corrían rumores, en la época, acerca de que
Ballivián había alentado a los crucistas a sublevarse contra Velasco y así obtener un pretexto
para movilizar a su favor a Gamarra.
“a resistir la conquista” 93
en la batalla de Ingavi el 18 de noviembre de 1841 constituyó su expresión final.230
Al día siguiente de la victoria, Ballivián entró en La Paz. Antes de regresar a la
frontera con Perú el 31 de diciembre para asentar lo logrado y terminar con la
tentación de futuras invasiones, decretó el 4 de diciembre de 1841 premios a
los guerrilleros nacionales por la campaña contra el ejército peruano y el 9 de
diciembre de 1841 la reposición en sus puestos de los empleados de la Restaura-
ción. Mientras estuvo con su ejército en campaña, el gobierno quedó a cargo del
Consejo de gobierno o de notables compuesto por siete vocales, cuyas funciones
fueron las de prestar dictamen al Ejecutivo en los asuntos que este le consultara
sobre la reorganización del país. Ballivián no pudo volver a Bolivia hasta el 22
de abril de 1842, fecha en la que reasumió la presidencia provisional de la Re-
pública. El 7 de junio fue firmado el Tratado de Puno que puso fin a la guerra.231
4.2. El liderazgo del general Ballivián durante la invasión peruana
Para establecer su liderazgo nacional frente a la amenaza peruana, Ballivián
llamó al pueblo en armas, no en calidad de representante de una facción política
o militar, sino como portavoz y aglutinador de todas ellas, tal como antes había
hecho el Congreso. La diferencia residía en que esta institución había apelado a
su papel de Representación Nacional para ostentar la soberanía indivisa popular
que le diese acceso constitucional a la organización del ejercicio de la violencia.
Sin embargo, para lograr una legítima dirección del pueblo, el general recurría
a esa representación mayestática ofreciéndose como un sujeto providencial,
lo que rescataba en clave salvadora el personalismo del que se acusaba a Santa
Cruz. Al igual que este, pero sin el refrendo de las urnas, Ballivián recurrió a
los decretos para gobernar, siendo el de octubre de 1841 el que organizó su ac-
tuación contra las fuerzas peruanas, proveyendo la legitimidad para emitirlo del
principio de seguridad e independencia de los pueblos frente al agresor exterior.
Su materialización requería que todos los miembros de la comunidad boliviana
cooperasen por el bien común, por lo que el general invistió de republicanismo
un decreto marcial a través del que convocaba a la República a organizarse en
asamblea permanente y a cada boliviano a tornarse en “un soldado resuelto a
morir mil veces antes de sufrir el oprobio y la humillación de su patria”. En el
mismo, la conservación de la nación era el primero de los deberes y de los de-
rechos de los bolivianos, pero ello únicamente funcionaba a partir del principio
230 Desarrollo del proceso bélico en Paredes, op. cit., 1909a, pp. 408-414; Kieffer, op. cit., 1996,
pp. 359-492; Aponte, op. cit., 1911, pp. 154-155; Campaña de 40 días hecha por el ejército
boliviano al mando del s.e. Jeneral Ballivián, contra el ejército invasor del Perú a las órdenes del
generalísimo de sus armas Agustín Gamarra, Valparaíso, Imp. Rivadeyra, 1842.
231 La guerra siguió latente hasta que en 1847 se firmó un tratado de paz y comercio. El Vigía de
la Restauración. Papel eventual. Sucre, 4 de abril de 1842; Aponte, op. cit., 1911, pp. 227-238;
Registro oficial, Colección, pp. 43-74; Abecia, op. cit., 1996, p. 140.
94 ciudadanos armados de ley
de reciprocidad: si cada miembro tenía el derecho de esperar que la nación le
protegiera, tenía igualmente el deber de sostenerla y defenderla.
Ante la acusación de que recurría a una ley marcial como ya lo había hecho
Santa Cruz en 1837, Ballivián señaló que mientras con el Pacto de Tacna se había
puesto en peligro la seguridad externa de la nación, su actuación garantizaba “el
bien de la patria, de nuestros derechos amenazados […] por un conquistador
ridículo”. Su legitimidad representativa para realizar un decreto marcial y lide-
rar el proceso de independencia nacional se asentaba en dos argumentos. De
un lado, sus rivales crucistas y velasquistas no podían ya hacerlo porque habían
atentado contra la patria: los primeros porque Santa Cruz había cometido el
delito de “reo de patrias” al poner en peligro la libertad y la seguridad externa de
la nación en 1837; y los segundos porque habían gestionado mal la paz, siendo
con ello invalidado no solo Velasco como gobernante, sino fundamentalmente
el Congreso en su papel de la Representación Nacional. De otro, como artífice
de la revolución restauradora del 9 de febrero de 1839, pero ajeno a los pecados
de los que la dirigieron, Ballivián estaba destinado a acabar “con los invasores
que nos quieren arrebatar independencia y restauración”232 y a hacerlo sin la
tutela de las Cámaras.
Vencido el ejército peruano, la legitimidad de Ballivián como gobernante
providencial requería dos acciones paralelas: primera, poner fin a las disensiones
intestinas o “espíritu de partido” por ser las responsables de crear oportunidades
de invasión al enemigo; y, segunda, invalidar a los partidos velasquista y crucista
como opciones de gobierno. Dado que había compartido con los primeros la causa
de la Restauración en 1839, la conversión de Ballivián en su verdadero impulsor
se preveía fácil en la medida en que concluyera con éxito la liberación del país.
Como único representante válido del ideario restaurador tenía la obligación de
acabar definitivamente con el legado de Santa Cruz, aunque hubiera contado por
extrema necesidad con el apoyo coyuntural de sus seguidores. Su estrategia dis-
cursiva fue igualar a Gamarra y Santa Cruz como representantes del despotismo
hispánico: “para vergüenza de la América han quedado dos cascajos de las plantas
que injertó el poder español”.
Los acusó de buscar ambos la destrucción de la independencia de Perú y
de Bolivia “para levantar un coloso sobre las ruinas del equilibrio continental
y establecer una dominación vasta que dejase a lo más una existencia precaria a
los demás estados”. Ese plan había sido iniciado por Santa Cruz en 1826 como
presidente del consejo de ministros peruano, ensayado por Gamarra en 1828 y
finalmente ejecutado por el primero en 1836. El conflicto internacional que se
había derivado de ello demostraba que los dos líderes habían estado educados
bajo los mismos principios “por el antiguo opresor común”. Su interés por unir
los dos territorios simplemente repetía los actos cometidos por los virreyes
232 El Centinela del Ejército. Gaceta militar. Sucre, 21 de noviembre de 1841.
“a resistir la conquista” 95
peruanos Pezuela y La Serna de querer hacer “un solo virreinato” y que ya la
emancipación había hecho fracasar.233 En el caso de Gamarra, retomar la idea
de la unión había consistido en “vengar la sangre [peruana] derramada por los
bolivianos en Yanacocha y Socabaya y partir su territorio y desaparecer la na-
ción dando a la república Argentina lo que antes pertenecía a ella y agregando
al Perú todo lo que era suyo antes”. En el caso de Santa Cruz, su sueño de
unidad territorial había sido gestado a partir de su conversión en tirano y había
derivado en la destrucción “de la seguridad de los pueblos”.234 De un modo u
otro, ambos generales encarnaban las ideas de “conquista y esclavitud” frente a
las de “independencia y libertad” representadas por la Restauración.235 Como
ambas actuaciones habían generado guerras internacionales y guerras civiles, la
anarquía era ahora el principal problema para la paz. Lo era porque la opinión
del pueblo estaba dividida en facciones y en un contexto social militarizado eso
significaba la defensa de opiniones partidarias a través del recurso a las armas.
4.3. Ingavi y el presidencialismo
Ya que de la estabilidad del Estado dependía “la dicha pública de los futuros
progresos de Bolivia”, los objetivos básicos de Ballivián fueron tres: “el silencio
de las armas, la calma de las pasiones y la concordia de los ciudadanos”.236 Para
cumplirlos realizó dos actuaciones complementarias: la búsqueda de la unidad
nacional y la despolitización del ejército.
Dada la convergencia de todas las fuerzas en torno al liderazgo de Ballivián,
la acción de unificar la opinión del pueblo, marginar el espíritu de partido y
promover la tolerancia política llevaba implícita una necesaria supremacía del
Ejecutivo frente al Legislativo mientras hubiese amenaza de guerra. Para asentar
ese Ejecutivo que, sin regresar a la monarquía, poseyera la capacidad unitaria del
orden mayestático, Ballivián construyó discursivamente su oferta de gobierno
en torno a la victoria de Ingavi. Presentó esa gesta como la legítima heredera
de la Restauración, de manera que si él era el mentor de Ingavi también lo era
de aquella. Con esa operación discursiva el general no solo se sobre-imponía al
protagonismo instructor del Congreso en la revolución restauradora. También
validaba su supremacía en el hecho de haber liderado de manera representativa
una hazaña bélica obtenida por todos los bolivianos “sin exclusión de banderas,
ni de partidos” y que era expresión del “triunfo de la independencia sobre la
ambición extranjera”, y “de la ley sobre la anarquía”. La naturaleza colectiva de
la proeza ofrecía dos logros. De una parte, permitía que se afianzara la solución
233 El Restaurador. Chuquisaca, 10 de abril de 1842.
234 Morales, op. cit., 1925, pp. 306-307.
235 Véase la canción del aniversario de Ingavi, 18 de noviembre de 1842, Columna de Ingavi.
Sucre, 20 de noviembre de 1842.
236 Morales, op. cit., 1925, p. 334.
96 ciudadanos armados de ley
nacional boliviana como símbolo de progreso frente a otras fórmulas territoria-
les que quedaban asociadas al pasado y atraso coloniales. Y, de otra, hacía que
se tuvieran presentes “las funestas consecuencias” de las disputas domésticas
frente a los resultados gloriosos de la concordia, para así estar siempre atentos a
conservar la “independencia, gloria exterior, paz y unión interior”.
Para que Ingavi fuese el comienzo de esa “nueva era para Bolivia”, Ballivián
se comprometía a hacerlo posible siendo fiel también al principio político de
“unanimidad, armonía o unidad civil” con el que se había el Congreso había
gestionado la Restauración en 1839. Entendido como una comunión entre el
Estado y la sociedad “en la que antes que el bando o partido estaba el ciudada-
no y antes que el ciudadano estaba la patria”, este principio hacía impensable
que no existieran idénticas opiniones acerca de que el objetivo supremo de
todo nacional fuese el bienestar de la nueva República. Durante la guerra, Ba-
llivián había desarrollado dicho principio gracias a aglutinar a los partidos en
un único bando militar contra Perú. Ahora, en la paz, se responsabilizaba de
seguir manteniendo dicha unidad y de aceptar que su legitimidad gubernativa
procediera de defender a Bolivia de la amenaza exterior gracias a evitar en el
futuro el conflicto fratricida entre partidos. Pero para ello era imprescindible
que el Congreso no limitase al nuevo Ejecutivo como había ocurrido durante el
gobierno de Velasco. No negaba su potestad legisladora, sino cuestionaba que
como Representación Nacional pudiera personificar unilateralmente la soberanía
popular para gobernar en nombre de la nación y los pueblos que la constituían.237
En conformidad con ello la Convención del 16 de abril de 1843 no solo declaró
vigentes todos los acuerdos y decretos de Ballivián y autorizó al Ejecutivo a to-
mar las medidas necesarias para consolidar la causa de la Restauración. También
redactó una nueva constitución que redujo la reunión de las Cámaras a cien días
cada dos años, estableciendo como su cometido fundamental el de discutir para
su deliberación los asuntos que el Ejecutivo presentara. En lo que respecta a la
producción de leyes solo hubo variaciones con la Carta de 1839 en lo relativo
a que ningún proyecto aprobado por la Representación Nacional tendría la
fuerza de ley si no era refrendado por el Ejecutivo. Sin embargo, este volvía a
poder disolver las Cámaras tras el dictamen del Consejo nacional y de la Corte
Suprema de Justicia, a elegir a la mayoría de los miembros de dicho Consejo
y a ejercer facultades extraordinarias poco restringidas en caso de conmoción
interior.238 Como el gobierno de Ballivián fue objeto de múltiples conspiraciones
crucistas y velasquistas, la amenaza de revolución se convirtió en una excusa para
redundar en el presidencialismo.
237 El Cóndor Restaurado. Chuquisaca, 17 de mayo de 1842; Morales, Los primeros, pp. 300-301
y 334; Columna de Ingavi. Sucre, 18 de noviembre de 1842; 20 de noviembre de 1842; El
Restaurador. Chuquisaca, 16 de diciembre de 1841; 10 de abril de 1842.
238 Abecia, op. cit., 1996, pp. 140-141; Trigo, op. cit., 1958, pp. 282-283, 286.
“a resistir la conquista” 97
En el fortalecimiento del Ejecutivo no bastaban las narrativas en torno a
un símbolo patriótico de refundación nacional. Ante todo había que desarmar
a posibles competidores políticos. Ello implicó para Ballivián continuar con la
práctica iniciada por la presidencia anterior: desautorizar en política al ejército
regular, convirtiéndolo constitucionalmente en una fuerza “obediente” y “no
deliberante”, y contar con fuerzas civiles armadas anexas a la Administración.
Aunque los motines y las conspiraciones en que se había visto envuelto desde 1839
lo habían hecho representante de la modalidad pretoriana de ciudadanía armada,
la capitalización de Ingavi requería asentar otro modelo, uno que rompiese el
binomio “todos los pueblos y el ejército”. El objetivo era que solo los primeros
encarnasen a la misma y que el segundo se mantuviera sujeto a la ley y al margen
de la competencia política, evitándose así el escenario del “ejército opresor y un
pueblo oprimido”. Acorde con el lema de que “los militares honrados no servían
a las personas, sino a la nación y que lo contrario era oprimir la voluntad de los
pueblos”,239 el honor militar debía depender de la sumisión y de la obediencia a
las instituciones representativas para servir a la voluntad del pueblo contenida
en ellas.240 Como ya había sucedido con Velasco, la solución para que el ejército
boliviano se reconociera como un “modelo de libertad” por el respeto a las leyes
fue su profesionalización –en este caso a través del Código militar de 1843–241
y la reorganización de la guardia nacional como expresión institucional de la
dimensión armada de la ciudadanía. Aunque las guardias nacionales constituían
un referente organizativo para la población civil, su existencia no fue contraria
a que esta pudiera armarse con independencia a ellas y de manera espontánea.
Pese a que la guardia nacional242 quiso ser vista por muchos como una reserva
del ejército permanente, fue la expresión institucional y civil de la dimensión
armada de la ciudadanía. Los comandantes generales de distritos no podían
entrometerse en ella ni entre sus autoridades salvo circunstancias extraordina-
rias, siendo los prefectos y los gobernadores sus jefes. Debía estar formada por
“propietarios, hombres de bien, ocupados, patriotas distinguidos, artesanos de
buen comportamiento, agricultores y la parte más decente de cada capital que
posea alguna profesión o industria, abonada por la utilidad común”. Quedaban
exceptuados de ella los “vagos, malentretenidos o viciosos”, cuyo destino sería
ser incorporados mediante levas al ejército de línea, y “todos los colegiales,
practicantes y jóvenes que se hallasen en las escuelas”. Se dividió en cuerpos
239 Frase de Isidoro Belzu recogida en El Restaurador, núm. 13.
240 “Mi delito Melgarejo”, en Paredes, op. cit., 1909b, pp. 426-429.
241 El Restaurador. Chuquisaca, 27 de junio de 1842.
242 Las guardias nacionales se regularon por: decretos del 18 de noviembre de 1842; 24 de
noviembre de 1842; 3 de diciembre de 1842; 30 de enero de 1843; 26 de mayo de 1843; 26
de agosto de 1843, Colección oficial de leyes, decretos, órdenes y resoluciones supremas que se han
expedido para el régimen de la República Boliviana, vol. 8, Sucre, Imp. de López, 1843. Véase
también Quintana, op. cit., 1998, pp. 18-23.
98 ciudadanos armados de ley
activo y pasivo. Al primero podían pertenecer solo aquellos que cumpliesen
todos los requisitos legales de ciudadanía, siendo organizados en “cuerpos de
caballería, infantería y artillería de las capitales de departamentos y de provincias”.
Dependíandel prefecto y, además de poder usar banderas y estandartes, estaban
sujetos a un tolerante régimen disciplinario que iba acompañado de un salario
que el Estado pagaba de acuerdo al tiempo de asistencia y de instrucción. Tenían
que acudir a sus formaciones a determinadas horas del día, los fines de semana
o los feriados. Asimismo, los milicianos serían preferidos “en los destinos pú-
blicos a los ciudadanos que no perteneciesen a la guardia nacional en igualdad
de circunstancias”, subrayando ese privilegio su importancia como “la mejor
garantía de los gobiernos representativos y el mejor apoyo de las instituciones
republicanas”. Al cuerpo pasivo pertenecían aquellos que no ostentaban la
condición plena de ciudadano, por no cumplir con todos los requisitos para la
misma. Bajo la autoridad de los gobernadores, constituían “compañías sueltas
de infantería y caballería organizadas en cantones”. No podían llevar estandarte
y por la participación en ellas de la población india podrían considerarse como
un antecedente de los ejércitos auxiliares indígenas.
capítulo ii
Las Matanzas de Yáñez o el triunfo
de la ciudadanía armada popular
Por orden de Plácido Yáñez, comandante general de La Paz, la noche del 23 de
octubre de 1861 tuvo lugar en la Paz el episodio de violencia conocido como las
Matanzas del Loreto o Matanzas de Y áñez. Dieron nombre a la ejecución, entre
los días 29 de septiembre y 23 de octubre, cincuenta y cinco prisioneros políticos
seguidores del partido belcista, liderado por los expresidentes Manuel Isidoro
Belzu (1848-55) y Jorge Córdova (1856-58). Acusados de preparar una revolución
contra la presidencia provisoria del general José María de Achá, murieron mientras
estaban confinados en el Templo del Loreto, los cuarteles Segundo y de policía y
la cárcel.243 Un mes más tarde, en medio de un enfrentamiento militar entre los
simpatizantes del gobierno y las fuerzas rebeldes del coronel Narciso Balza, Yáñez
fue buscado y asediado por una masa popular para ajusticiarlo por los crímenes
cometidos. Logrado su objetivo, la población involucrada en la persecución no solo
no tomó partido en la contienda militar, sino que para conseguir una pacificación
de la misma abandonó toda actividad insurgente y colaboró mediante fórmulas
asamblearias con otras instancias civiles de la ciudad. Esa convergencia de fuerzas se
concretó en el reconocimiento de Achá como legítimo representante de la nación.
Como ya se ha indicado en la introducción y en el anterior capítulo, durante
las primeras décadas republicanas la unión entre el Estado y la sociedad, entendida
como la erradicación de las luchas regionales y la competencia partidista fratrici-
da, había sido buscada a través del principio de “unanimidad, armonía o unidad
civil”. Este no contemplaba la conciliación o negociación entre contrarios, sino
243 A partir de ese lúgubre suceso cobró cuerpo la expresión “loretear”, como sinónimo de ajus-
ticiar por disputas políticas (Martín Castro, Mi martirio y mis sacrificadores (opúsculo dedicado
a D. Casimiro Corral), Cochabamba, Imp. Gutiérrez, 1873, p. 16).
[99]
100 ciudadanos armados de ley
la absorción de todos ellos en una síntesis superior que encarnaría lo exigido por
el bien nacional, siendo su expresión ideal la reunión de todas las facciones en un
partido único o sustancia misma del pueblo. Sin embargo, los enfrentamientos
partidarios hicieron que la visión unanimista diera paso a otra fórmula política
más acorde con la pluralidad de intereses de la sociedad: el principio de la fusión
o de “fraternidad y tolerancia recíproca de partidos”. Este abogaba por la gestión
de las disidencias políticas a partir del reconocimiento por parte de las autori-
dades gubernamentales del derecho de los opositores a expresar públicamente
puntos de vista divergentes e incluso un desacuerdo total, siempre y cuando no
recurrieran a la fuerza o a alianzas con países extranjeros para imponer su punto
de vista político. Aunque el gobierno de Achá materializó la política de fusión
con la formación de un gabinete multipartidista con el que buscaba contener
posibles insurrecciones, su éxito en implantarla no provino solo de decisiones
ministeriales, sino que requirió la acción del pueblo en armas. La gesta armada
de la población implicó que en el contexto de las Matanzas del Loreto hubo un
enfrentamiento entre las dos modalidades de ciudadanía armada, del que salió
reforzada la popular frente a la pretoriana. Si la violencia ejercida por los milita-
res rebeldes puso en peligro la propuesta de fusión de Achá, la protagonizada
por el pueblo paceño contra Yáñez y sus seguidores logró lo contrario. No solo
impidió el triunfo de la primera, sino que también hizo posible la instauración
de la iniciativa de Achá mediante una combinación de violencia civil –directa
y organizada partidariamente– con actuaciones asamblearias y asociacionista
originadas a partir del municipio y coordinadas desde una junta de gobierno.
A través del abordaje de la sangrienta actuación de Yáñez y de los posteriores
sucesos vinculados a ella, este capítulo trata sobre el modo en que la violencia
ayudó a la consolidación institucional del Estado y a la definición de las potes-
tades del pueblo en la concreción del mismo. Tres son los acápites. El primero
se centra en las Matanzas de Yáñez y la consecuente crisis de legitimidad del
gobierno p rovisional. El segundo abarca la muerte de Yáñez en el contexto de
la sublevación de Nicanor Balza y el resultante asentamiento presidencial de
Achá. Y el tercero afronta, a través del comicio de su reelección en 1862 y del
posterior intento de reforma constitucional, las consecuencias que tanto los
actos tiránicos de Yáñez como las asonadas militares tuvieron en las expresiones
políticas e institucionales de la soberanía del pueblo. A través de estos apartados
se tratará de contestar a tres preguntas: ¿qué relación existió entre el abuso de
autoridad, la legitimidad gubernamental y la acción popular?, ¿cómo la movi-
lización popular asentó la política de fusión de Achá? y ¿quiénes y de qué modo
capitalizaron la violencia del pueblo? Su respuesta constata la centralidad de la
actuación pública de los artesanos agremiados, subrayando a partir de la misma
el papel de la política como instrumento/recurso contra la devaluación social y
laboral de la población en un contexto de redefinición del valor del trabajo en
el ideario liberal.
las matanzas de yáñez 101
1. Primera etapa de la política de fusión: Las Matanzas de Yáñez
La realización de los principios democráticos, por medio de la fusión. Marchemos
pues unidos a conseguirlo, sin reconocer más partido que la felicidad de la patria.
En La Actualidad hemos enarbolado La Bandera Tricolor para sostener La Causa de
los Pueblos por medio de La Concordia y comenzamos ya a vislumbrar El Crepúsculo
de un claro y hermoso día.244
El 14 de enero de 1861 el general Manuel Antonio Sánchez, Ruperto Fer-
nández, ministro de Estado, y José María Achá, ministro de Guerra, lideraron
con éxito una sublevación ministerial contra el presidente José María Linares
(1858-60).245 En el Manifiesto de la Junta Gubernativa a la Nación calificaron esta
iniciativa como “revolución regeneradora” y acto “restaurador del orden legal”
con argumentos relativos a que la dictadura nacida de la revolución septembrista
de 1858 no avanzaba en el desarrollo de sus principios y entorpecía el proceso
de democratización del país. Explicaban que ello sucedía porque “la soberanía
y el derecho” se habían supeditado al abuso de la fuerza al no haber realizado
el gobierno una asamblea constituyente tras la revolución, con el consiguiente
retraso en la redacción de una nueva constitución y la formación de un congre-
so.246 Entre el 14 y el 29 de enero de 1861 la Junta decretó la reorganización del
personal de las subsecretarías de Estado y la realización de un proceso electoral
destinado a seleccionar a los miembros de una asamblea constituyente. Además
de encargarse de elaborar un texto constitucional, por ser este “la ley fundamental
dónde reposa[ba] el edificio social, […] el libro de los derechos del pueblo y de
la organización de los poderes públicos”,247 estos asamblearios248 serían también
244 Apoyo del periódico paceño a la política de fusión de Achá mediante un juego de palabras con
los principales periódicos del momento. La Bandera Tricolor. La Paz, 7 de abril de 1861.
245 abnb. m863/xvi . Manuel H. Guerra, Memoria de los actos políticos y administrativos de la au-
toridad departamental durante la gloriosa revolución de septiembre, La Paz: s.l., 1857; La Bandera
Tricolor. La Paz, 10 de marzo de 1861; 15 de marzo de 1861.
246 José María de Achá, Mi defensa, La Paz, Imp. del Vapor, 1861, pp. 1-9. Mensaje de la Exma.
Junta de Gobierno a la Asamblea Nacional de 1861, La Paz, Imp. del Vapor, 1861, p. 4, abnb.
872. La Bandera Tricolor. La Paz, 11 de abril de 1861; 27 de abril de 1861; 6 de mayo de 1861;
Gustavo Rodríguez, Estado y Municipio en Bolivia. La Ley de participación popular en perspectiva
histórica, La Paz, mdsyma, p. 39.
247 Causa Nacional. Número extraordinario. Artículos que contienen algunos datos para nuestra histo-
ria contemporánea, Sucre, Tip. Pedro España, 1863, p. 14.
248 La Asamblea Nacional Constituyente tuvo como presidente a José María de la Reza, di-
putado por Cochabamba, vicepresidente a Aniceto Arce, diputado por Potosí y secreta-
rios a Manuel María Caballero, diputado por Vallegrande, y Miguel Rivas, diputado por
Beni. Otros diputados: por Cochabamba, Pablo Barrientos, Natalio Yrigoyen, José Benito
Guzmán, José María Gutiérrez Mariscal, Manuel José Fernández, Miguel María Aguirre,
Manuel Macedonio Salinas, José Manuel Gutiérrez; por Potosí, Manuel José Cortés, Jenaro
Palazuelos, Tomás Frías, Manuel María Vicenio, Juan Manuel Sánchez; por la ciudad de
Potosí y su Cercado, Antonio Quijarro; por Porco, Bernardo Soto; por Tarija, Sebastián
102 ciudadanos armados de ley
los responsables de elegir al presidente provisional de la República entre los
tres triunviros –Sánchez, Fernández y Achá–; lo que forzó a estos a conseguir el
mayor número de adeptos. Tal tarea se hizo bajo una exhaustiva supervisión de
los trabajos electorales de los rivales. La reñida competencia entre los candidatos
permitió el desarrollo de actividades ligadas a los principios de “libertad de opi-
nión, reunión y asociación”, como la formación de clubes u otras asociaciones, la
celebración de tertulias públicas en locales comerciales, la edición de periódicos
y sueltos, y la organización de festejos públicos.249 El objetivo no solo era evitar
posibles abusos de poder, sino sobre todo generar un clima de legitimidad elec-
toral que no pusiese en compromiso la victoria conseguida frente a Linares, más
aún cuando el golpe de Estado no había implicado una movilización popular.
El resultado de la elección fue una asamblea multipartidista en la que había
diputados “de toda condición”.250 La Asamblea se instaló el 1 de mayo de 1861
en la antigua capilla del Loreto, ahora salón universitario y recinto legislativo, y
estuvo presidida por Adolfo Ballivián. Tras ser declarada constituyente, delegó
el poder político en la Junta de Gobierno hasta que fuera tomada una decisión
sobre el gobierno provisorio. El fallo se produjo el 4 de mayo, siendo nombrado
Achá presidente por 820 votos contra 16 y ratificado como tal el 6 de agosto de
1861 bajo el compromiso de respetar la alternabilidad en el poder mediante la
convocatoria de elecciones libres.251 Asimismo, de acuerdo con los propósitos de
la concordia referentes al olvido de los pasados agravios y a la legalidad en los
procedimientos, Achá aceptó las medidas decretadas por la Asamblea referentes
Cainzo; por La Paz, Emeterio Villamil, Adolfo Ballivián, Andrés Soto, José Nicolás Bur-
goa, Miguel Armaza, Evaristo Valle, Agustín Aspiazu, José Venancio Saravia, Barnardino
Sanjinés; por Inquisivi, Juan José de Ibarguen; por Paria, José Ignacio León; por Pacajes e
Ingavi, Serapio Reyes Ortiz; por Sucre, Rafael Bustillo, Leodegario Romero, Luis Guerra,
Félix Acuña; por Caupolicán, Melitón Miranda; por Chiquitos, Tristán Roca; por Yungas,
José Emilio Iturri; por Salinas, Rosendo Estensoro; por Cobija, Manuel Tomás Alcalde; por
Santa Cruz, Ramón Rodríguez, Gabriel José Moreno; por Carangas, Manuel Cárdenas; por
Oruro, Manuel J. Soria Galvarro, J. de la C. Renjél (Trigo, op. cit., 1958, pp. 325-326).
249 abnb. m798/k. El Club Septembrista, Sucre, Imp. Boliviana, 1861; Satisfacción, Sucre, Imp.
Boliviana, 1861; Acta del Club Patriótico-Septembrista, Sucre, Imp. Boliviana, 1861; Dirán que la
fuerza triunfa sobre ellos, Sucre, Imp. Boliviana, 1861; Hoja electoral del Club Patriótico-Nacional,
Sucre, Imp. Boliviana, 1861; Agustín Morales, A los pueblos del Sud, Potosí, 21 de abril de 1861;
Benedicto Trifón Medinaceli, Mi candidatura y mi programa para la Convención Nacional, Sucre,
Imp. de Beeche Arrendada, 1861b, p. 1; “Club de La Concordia”, La Concordia. Oruro, 16
de marzo de 1861; “A última hora”, “Alerta electores”, “Hechos criminosos”, La Concordia.
Oruro, 23 de marzo de 1861; El Crepúsculo. Cochabamba, 19 de marzo de 1861.
250 Linaristas exaltados como Tomás Frías, Evaristo Valle, Mariano Baptista y Adolfo Ballivián;
septembristas como Agustín Morales, Natalio Irigoyen, Genaro Palazuelos, Sebastián Cain-
zo, Miguel Rivas, Fermín Barrero, José Emilio Iturri, Manuel María Vicenio o Bernardino
Sanjinés; belcistas como Rafael Bustillo; cordovistas como Emeterio Valle Villamil; e inde-
pendientes como Agustín Aspiazu, Macedonio Salinas, Aniceto Arce, Manuel José Cortés o
Antonio Guijarro.
251 abnb. Poder Legislativo, núms. 186 y 187.
las matanzas de yáñez 103
tanto a la amnistía general de los bolivianos o extranjeros acusados de delitos
o causas políticas, como a la cancelación de los procesos judiciales al respecto.
Esta se clausuró el 15 de agosto.252
Aunque la elección de Achá no fue cuestionada por los otros dos miembros
de la ex junta gubernativa, estos –en especial Ruperto Fernández, nuevo ministro
de Estado y Justicia– se mostraron decepcionados y críticos ante el hecho de que
el presidente quisiese desarrollar una política de fusión contraria a la hegemonía
en el gobierno de los septembristas o seguidores de la asonada de José María
Linares en septiembre de 1857 contra el gobierno belcista de Jorge Córdova.253
Su gesto conciliador, además de juzgarse en exceso condescendiente con los
belcistas y responsable de poner en peligro la causa de septiembre, se interpretó
también encaminado a la formación de un partido propio.254 Si bien era muy
posible que Achá tratase de gobernar con un equipo de gobierno afín, el criterio
que empleó para conformarlo se adecuaba al principio de la fusión o de “frater-
nidad y tolerancia recíproca de partidos”. Según este precepto, la solución para
combatir los “banderíos exclusivistas” o “el espíritu de partido” que provocaban
el exterminio del bando rival y para lograr el “bienestar común por medio de
la tolerancia en política y la moderación en el gobierno” residía en combatir el
monopolio partidista del poder. Y Achá ejemplificaba el cumplimiento de ese
objetivo pacificador mediante la inclusión en el gabinete ministerial de conocidos
belcistas como Rafael Bustillos. Los partidarios de tal decisión entendían también
que esta respondía a la necesidad de crédito público que tenía un gobierno nacido
de una sublevación ministerial que había puesto en peligro el “equilibrio social”.
Dicho gobierno solo podía “suplir el desprestigio de origen independiente” y
ser respetado si daba pruebas de la importancia de sus servicios a la nación. Y
ello, además de implicar la utilización de la Constitución como una garantía
del ejercicio popular de la soberanía y no como un arma, se materializaba en
la voluntad de gestionar las rivalidades partidarias en el ámbito exclusivamente
político para atenuar uno de los males que afectaban el buen gobierno del país:
la militarización de la política o el “militarismo pretoriano”.255
Como ya se indicado, bajo la fórmula unanimista el consenso entre partidos
había equivalido a la homogeneización del pensamiento político sostenido por los
mismos. Su obtención no resultaba tan problemática como lo era la regulación
252 Alcides Arguedas, Historia de Bolivia. La dictadura y la anarquía. Libro ii. Madrid, Aguilar,
1959, pp. 726-759. La Bandera Tricolor. La Paz, 6 de mayo de 1864.
253 abnb. Bd 959. Ruperto Fernández, “Mi defensa”, Salta, 13 de enero de 1862, Ligera exposi-
ción de los últimos acontecimientos de Bolivia, Potosí, Imp. Republicana, 1861, pp. 5-7.
254 Gabriel René-Moreno, Anales de la Prensa boliviana. Las matanzas de Yáñez, Potosí, Casa
Nacional de Moneda, 1954 (1884-1885), pp. 157-158, 183.
255 abnb. 872, Mensaje de la Exma. Junta de Gobierno a la Asamblea Nacional de 1861, La Paz,
Imp. del Vapor, 1861, pp. 2-4; Emeterio Villamil, Juicio de la revolución de Linares por D.
Emeterio Villamil, Presidente de la Cámara Constitucional de Representantes de Bolivia, Arequipa,
Imp. de Francisco Ibáñez y Hns., 1858, pp. 11-19.
104 ciudadanos armados de ley
de la sucesión en el poder en un contexto de partido único.256 Dado que este
era inviable bajo un régimen democrático representativo en el que el conflicto
entre facciones expresaba la diversidad de la voluntad popular, la tradicional
combinación revolución-elecciones o golpe de Estado-elecciones encontró en
la política de la fusión el medio de lograr un acuerdo entre partidos que deste-
rrara la obligatoriedad del componente de violencia y asegurara el gobierno
mediante la corrección de dos males: “[1] las resistencias del partido vencido y
[2] el principio de autoridad victorioso que ninguna concesión quería hacer a
los hombres del pasado”. Según el fusionismo, ya que la opinión del pueblo no
podía uniformarse, las soluciones del partido único y del “gobierno de partido”
se sustituían por la de un partido nacional. Este provendría de una facción que
una vez alcanzada la presidencia estaría obligada a incorporar a toda la oposi-
ción en el ejercicio del poder para que el gobierno pudiera ejercer de intérprete
de la soberanía del pueblo. Esa práctica tornaba al patriota en “el amante de la
paz y de las instituciones”, siendo el golpismo un recurso político a erradicar
ya que al basarse en “la inobservancia de las constituciones” apagaba “el genio
revolucionario y democrático”.257 Sin embargo, como ilustra la experiencia gu-
bernamental de Achá, esa pacificación de la competencia partidaria no fue tan
fácil de conseguir. Este texto sostiene que el asentamiento de la política de fusión
fue resultado del ejercicio popular de la violencia desencadenada precisamente
por la aplicación de la máxima de “muerte al partido opositor” contenida en las
Matanzas de Yáñez. Paradójicamente, la militarización de la política se corrigió
mediante un levantamiento armado de la población paceña que no secundó
una asonada militar, quedando la figura del ciudadano en armas en un ámbito
exclusivamente civil. ¿Cómo se desarrolló ese episodio?
Como presidente provisional, Achá debía resolver dos asuntos inmediatos,
uno de orden interno y otro de orden externo. Mientras el primero se refería a las
sublevaciones facciosas, el segundo informaba del peligro de una invasión peruana
para una anexión parcial del territorio boliviano.258 Ambos asuntos exigían una
resolución común en la medida en que la acción invasora extranjera había estado
en ocasiones anteriores coordinada con los partidos desalojados del poder. Al
respecto, el caso de la conspiración del argentino Dalmiro A. Cordero259 había
256 Marta Irurozqui y Víctor Peralta, “Ni letrados ni bárbaros. Caudillos militares y elecciones
en Bolivia, 1826-1880”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 42, 1998, pp.
147-176.
257 abnb. 872, Mensaje Junta de Gobierno… Asamblea Nacional de 1861, pp. 4-8. abnb. Bd 959.
La Bandera Tricolor. La Paz, 2 de abril de 1861; La Concordia. Oruro, 8 de marzo de 1861.
258 Véase una visión general sobre el área andina en Manuel Lucena y Marta Irurozqui, “Lima
versus Valparaíso. El balance de poder en el área andina”, Historia de América Andina, Juan
Maiguashca (coord.), vol. 5, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, 2003, pp. 419-458.
259 Ramón Sotomayor Valdés, Estudio Histórico de Bolivia bajo la administración del general José
María de Achá con una introducción que contiene el compendio de la guerra de la Independencia y de
los gobiernos de dicha república hasta 1861, Santiago, Imp. Andrés Bello, 1874, pp. 203-204.
las matanzas de yáñez 105
alertado de que podía haber belcistas involucradosen la agregación del depar-
tamento de La Paz al Perú. Muchos septembristas creyeron verlo confirmado
en el hecho de que tras la amnistía miembrosde la administración de Belzu y de
Córdova habían regresado al país y, en especial, a La Paz. Al clima de rumores
de conspiraciones y motines, se sumó que Achá era observado con suspicacia
por parte de sus correligionarios. Con el triple propósito de desbaratar posibles
exhibiciones de fuerza contra su gobierno, de asentar su autoridad dentro de su
partido y de afianzar su presencia nacional, el mandatario decidió dejar La Paz
y recorrer el país.
Achá encomendó al coronel Plácido Yáñez, Comandante General de Armas,
el mantenimiento del orden público en la ciudad paceña, pidiéndole que prestara
especial atención a los movimientos de los belcistas y a posibles tramas anexio-
nistas peruanas. En respuesta a esa indicación, a finales del mes de septiembre
Yáñez autorizó el arresto de exmiembros de los gobiernos belcistas, altos cargos
del ejército ya retirados, algunos abogados, oficiales en servicio activo y solda-
dos. Se les acusaba de tramar un motín belcista apoyados en “el populacho” y
en algunos soldados de la columna municipal.260 Tal sublevación tendría lugar
el 30 de septiembre con ocasión del ejercicio de “armas y guerrilla” que debía
hacer dicho cuerpo. Es decir, se trataba de una sublevación desenmascarada
“antes de estallar”, en la que ninguno de los detenidos había sido descubierto en
flagrante delito. Informado el gobierno en Potosí de lo sucedido, el 5 de octubre
este dispuso que todos los detenidos, militares y paisanos, fuesen juzgados por
un consejo ordinario de guerra y decretó el estado de sitio en las provincias de
Pacajes e Ingavi y en el distrito de La Paz.261 En consonancia con esas medidas
de prevención, el 8 de octubre Yáñez señalaba que la fusión era impracticable
con hombres demagogos y egoístas que no representan un partido político, sino
aquella horda asoladora que en marzo del año 49 horrorizó esta ciudad con todo
género de crímenes cuyo recuerdo hasta hoy hace temblar al honrado propietario,
al activo comerciante y al laborioso artesano.
También decía que la fortuna de sus paisanos estaba salvada, mientras él per-
maneciese “a la cabeza de este departamento”, al cuidado “de su conservación
y seguridad”.262
En un contexto en el que los rumores de sedición iban en aumento, las medidas
cautelares tomadas por Yáñez para cumplir su compromiso recibieron respuestas
contradictorias por parte de la población. Por un lado, estaban quienes aplaudían
260 El Alacita, Crónica de los tres últimos meses de 1861 con una carta misteriosa de Plácido Yáñez a
Ruperto Fernández datada en la eternidad, La Paz, Imp. de Alacitas, 1862, pp. 1-2.
261 Sotomayor, op. cit., 1874, p. 209; René-Moreno, op. cit., 1954, pp. 26-27.
262 Plácido Yáñez, El coronel comandante general del Departamento de La Paz y jefe superior del norte
a sus habitantes, La Paz, Imp. del Vapor, 1861, p. 1.
106 ciudadanos armados de ley
y alentaban el celo demostrado por el militar para evitar una nueva revolución;263
por otro, quienes no solo consideraban extremas las medidas contra los belcis-
tas, sino contrarias a la ley.264 Al principio fueron mayoría los sostenedores de la
primera opinión. Alentado por ello, Yáñez, en su papel de “sostenedor del orden
público”, persistió en su conducta de encarcelar a todos los belcistas de La Paz,
incluido el expresidente Córdova. Tras un intento fallido de demostrar que en su
quinta de San Jorge hacía reuniones conspiradoras y acopio de armas, Córdova
fue finalmente apresado el 21 de octubre debido a una nueva denuncia hecha
por un sargento segundo y un soldado de la columna municipal. Le acusaban
de haberles abordado en la pulpería del barrio de Huturunco y pagado para que
le ayudasen a liberar a los prisioneros. Se lo recluyó en el Loreto junto a los
principales prisioneros políticos.265
Los acontecimientos que dieron lugar a las Matanzas del Loreto ocurrieron
la noche del 23 de octubre. En la versión defendida por Yánez,266 este dijo que
se había despertado al oír “un tiro en el cuarteldel batallón Segundo situado a
pocas calles del palacio de gobierno”. Su alarma quedó confirmada por el bu-
llicio procedente de la plaza y por el hecho de que cuando él y su hijo Darío se
asomaron a los balcones recibieron descargas de arma. Tras llamar al coronel
Luis Sánchez para que sostuviese el fuego con seis rifleros y dos fusileros, Yáñez
salió con la columna municipal –unos cien hombres– a la plaza. Esta fue dividida
en dos secciones. De una se hizo cargo el oficial Benavente con el cometido
de atacar al grupo que les disparaba, mientras la otra con Yáñez al mando, tras
defender los otros lados de la plaza, se dirigió al Loreto. Una vez allí, Yáñez
preguntó al custodio del lugar, el capitán Rivas, por las novedades acaecidas y este
le contestó que ninguna, salvo que Córdova había intentado dos veces atropellar
al oficial de guardia Núñez. En respuesta recibió la orden de “pegarle cuatro
tiros”, acción que cumplió el oficial Leandro Fernández. Después de indicar a
Fernández y al oficial Cárdenas que ejecutaran a los detenidos en el cuartel del
batallón Segundo, Yáñez hizo salir a todos los presos del Loreto de cuatro en
cuatro. A excepción del general Calixto Ascarrunz, por el que intercedió Darío,
263 Gacetas como El Telégrafo y El Boliviano ahondaban en la atmósfera de desconfianza y rece-
los contra los belcistas.
264 abnb. m412. Rudesindo Carvajal, Breve exposición de mis circunstancias públicas y privadas como
Jefe Político de la ciudad de La Paz en el último trimestre de 1861, Sucre, Tip. Pedro España,
1864, pp. 1-22; Carta de Saturnino Sanginés, fiscal del distrito, a Rudesindo Carvajal, La Paz, 16
de diciembre de 1861.
265 El Boliviano. La Paz, 2 de noviembre de 1861.
266 “Cartas y documentos oficiales referentes al 23 de octubre”. El Constitucional, La Paz, 25 de
mayo de 1862. Al respecto véanse la cartas escritas por Yáñez a Achá del 30 de septiembre,
del 4, 20 y 24 de octubre, y del 3, 12 y 20 de noviembre de 1861, en las que Yáñez expone su
celo en el control de los belcistas y en las que se advierte su progresiva angustia y desespe-
ración ante el hecho de que su defensa del orden no solo no es comprendida por Achá, sino
que posiblemente va a ser castigado por ello.
las matanzas de yáñez 107
todos fueron muertos. A ellos les siguieron los presos recluidos en el cuartel
de policía y en la cárcel, ocurriendo la matanza a mayor escala en el cuartel del
batallón Segundo.267 Su único superviviente fue Demetrio Urdininea, del que
se supo más tarde que era un espía de Yáñez.268
¿Cómo reaccionó el gobierno cuando conoció lo sucedido? Achá recibió la
noticia en la ciudad de Sucre a través del ministro Fernández, quien interpretó
muy favorable para los septembristas la casi desaparición de los principales miem-
bros del partido de Belzu. La actitud victoriosa de muchos gobiernistas no solo
obligó al ministro Bustillos a renunciar a su cargo, sino que también debilitaba
políticamente a Achá ya que mostraba fracasada la política de fusión a causa de
la porfiada actitud conspiradora de los belcistas. Bajo el entendimiento de que
con lo ocurrido se había abortado una revolución y salvado el orden público, las
cartas que el presidente envió en un inicio a Yáñez no lo reprobaron, sino que
parecían aceptar que las autoridades escarmentasen a los belcistas por el miedo
a una conspiración.269 Si bien esta postura fue más tarde utilizada para imputar
a Achá la responsabilidad de los hechos, es necesario precisar que las primeras
informaciones oficiales remitidas al gobierno justificaban lo sucedido, sin que
personajes críticos con Yáñez, como el jefe político Rudesindo Carvajal, hubie-
ran expresado aún el horror que le producían sus actos. También hay que tener
en cuenta que en esos momentos Achá se encontraba en una situación delicada
debido al comportamiento hostil de Fernández y al favor que el mismo recibía
de los linaristas. Y aunque el ministro no contaba con el sostén de sus correli-
gionarios de gabinete, cuyos miembros consideraban que hacía un uso privado
de los recursos gubernamentales, Achá había desatendido sus peticiones de crear
un nuevo equipo de gobierno que excluyera a Fernández porque temía que con
ello precipitase un nuevo golpe de Estado. De hecho, como demostración de
su poder, Fernández había colocado al ejército bajo las órdenes de jefes que le
eran adictos: los coroneles Nicanor Flores y Nicanor Balza. En contrapartida,
Achá solo tenía la lealtad de la columna de rifleros que montaban la guardia de
palacio. En esa situación de indefensión, la recriminación pública de la actuación
de Yáñez, que era su valedor en La Paz, podría llegar a traducirse en una alianza
estratégica en su contra entre el comandante y Fernández.
267 Relación incompleta de los muertos: Jorge Córdoba, Lorenzo Vega, José María Torres, Her-
menegildo Clavijo, Pedro Espejo, José Agustín Tapia, Luis Valderrama, Francisco de Paula
Belzu, José María Ubierna, Juan Crisóstomo Hermosa, Mariano Calvimonte, Victoriano Mu-
rillo, José Ugarte, José Zuleta, José María Campero y Lorenzo Vega. Tropa: Manuel Aguilar,
Basilio Suárez, Manuel Álvarez, Juan C. Cáceres, Bernardino Camacho, Carlos Pérez.
268 Sotomayor, op. cit., 1874, pp. 212-216; Arguedas, op. cit., 1959, pp. 767-772. Sobre la in-
vención de un complot revolucionario y de Urdininea véase también René-Moreno, op. cit.,
1954, pp. 32, 396-397.
269 abnb. Bd. 959. Ruperto Fernández, “Mi defensa”, Salta, 13 de enero de 1862, pp. 2-4; Julio
Méndez, “Carta a Yáñez”, El Constitucional. La Paz, 12 de mayo de 1862; “Cartas y docu-
mentos oficiales referentes al 23 de octubre”, El Constitucional. La Paz, 25 de mayo de 1862.
108 ciudadanos armados de ley
Si bien los primeros días tras la ejecución de los presos belcistas, las au-
toridades y la población estuvieron aturdidos, poco a poco el pueblo de La
Paz hizo responsable a Yánez de lo sucedido, no quedando claro si era él y sus
colaboradores los únicos responsables o estaban involucrados miembros del
gobierno, e incluso el presidente. De hecho, la prensa de la época, recogida en
la obra de Gabriel René-Moreno, debatió por largo tiempo y con tintes parti-
distas distintas hipótesis a cerca de las Matanzas del Loreto: ¿fue una empresa
madurada y preconcebida solo por Yánez?, ¿se trató de un trabajo alentado por
septembristas extremos, como Ruperto Fernández, que sirviéndose del celo an-
tibelcista de Yáñez se habían aliado con él o le habían utilizado para eliminar de
manera definitiva al partido opositor? o ¿resultó de circunstancias e incidentes
fatalmente combinados?
Para encontrar una respuesta oficial era prioritario dilucidar si había
habido una verdadera provocación por parte de las víctimas. En un clima de
exacerbación partidista en el que cualquier gesto sospechoso se juzgaba como
sedición, a nivel de opinión pública no se dudaba de que los belcistas pudieran
dedicarse a conspirar y a aprovechar cualquier oportunidad para desestabilizar
al gobierno.270 Otra cuestión era que existiera un complot organizado. Muchos
de los encarcelados estaban siendo juzgados por su tentativa de seducción de la
columna municipal. Como su acción subversiva se había descubierto antes de
materializarse no quedaba clara la veracidad de la misma; y menos aún cuando se
sospechaba que para probarla las autoridades habían llegado a infiltrar a “espías
entre los presos” con la finalidad de sonsacarles información.271 Y si ese suceso era
dudoso, mucho más lo era que los belcistas hubieran organizado un movimiento
de fuga el día 23. A juzgar por los contradictorios testimonios posteriores, parecía
cierto que sí hubo un tiroteo. Sin embargo, su origen, alcance e intención no
eran evidentes, siendo confusas las referencias a un intento de movilización de
artesanos para dar vivas a Belzu y Córdoba, a disparos de fusil y a la colocación
de tres compañías del cuartel de la Recoba en las calles adyacentes a la plaza.272
Ahora bien, sí el ataque había sido fingido, ¿quiénes eran los responsables?, ¿lo
organizó Yáñez para justificar una posterior represión belcista? o ¿Yáñez fue
víctimade una trampa urdida por los hombres de Fernández y otros septembristas
para inflamar su encono contra el belcismo y dar salida a su natural ferocidad?273
270 Apuntes para la historia de Bolivia. Bolivia desde la noche de 25 de noviembre hasta enero de 1861,
s.l., 1861.
271 Sotomayor, op. cit., 1874, pp. 199-216.
272 “Carta de José Santibáñez desde Tacna a Gabriel René-Moreno”, René-Moreno, op. cit.,
1954, p. 47.
273 Linares dijo de Yáñez: “incorregible en su dureza con los oficiales y en su arbitrariedad de
dar de baja por sí a los mismos oficiales y eso hizo que lo retirara de su cuerpo, aunque fuese
recompensado su honradez, lealtad y patriotismo con la comandancia general de Cocha-
bamba”, Memorias sobre algunos hechos, Sucre, s.e., 1861.
las matanzas de yáñez 109
Pese a su atractivo, no es el objeto de este capítulo resolver los enigmas plan-
teados por la prensa y René-Moreno, sino reflexionar sobre la acción popular que
desencadenó la ejecución de los belcistas. Si los días posteriores a lo ocurrido, los
vecinos no estaban de acuerdo acerca de si hubo provocación o conato sedicio-
so, pasadas tres semanas se inclinaban a pensar que la autoridad había simulado
el ataque. De hecho, a medida que el comportamiento de Yáñez se hacía más
intolerable para los paceños, el periódico que apoyaba sus medidas de orden, El
Boliviano, tuvo que dar respuestas más contundentes y justificativas a su favor
debido al éxito creciente de la propaganda belcista de El Pueblo. Para ello publicó
una serie de artículos que justificaban los actos represivos por la conversión de
la población en un colectivo que ejercía violencia en las calles seducido por “los
banderíos”. Sobre esa masa enfebrecida se escribía que tras perpetrar barbarida-
des y “crímenes atroces” volvía “a su casa” y con alborozo decía “a su familia: los
tiranos que habían proyectado empobrecernos haciendo más enorme las carga de
las contribuciones han sucumbido”. Tales eran el comportamiento y la naturaleza
de “los soldados y los cholos cabecillas de la plebe” que murieron la noche del
23 de octubre. Se trataba de un pueblo ignorante e inmoral, degradado por el
faccionalismo y, por tanto, deshabituado al trabajo, que se sublevaba “sediento de
sangre y ansioso de rapiña” por culpa de las seducción política. Los belcistas con
sus continuos planes de conspiración estaban evitando que la plebe, en vez de ser
útil a la sociedad en calidad de “artesanos, fabricantes o agricultores”, saliera de
“la esfera donde la naturaleza la ha[bía] colocado” y solo generase caos. En esas
condiciones, la editorial del periódico concluía que la política de fusión de Achá
era una quimera tanto porque el pueblo se había transformado en populacho por
ser conducido “al terreno de las cuestiones políticas”, como porque los belcistas
traicionaban los esfuerzos de conciliación del presidente aprovechándose de “un
pueblo inmaduro y una tropa desmoralizada”.274
Sin embargo, el discurso de deslegitimación de la sociedad en términos de
clase y a favor de la desmovilización política de la misma en virtud de su irra-
cionalidad liderado por El Boliviano no acalló el descontento de la población. Al
contrario, cierta o no la responsabilidad de Yáñez en la organización del ataque,
se creyó públicamente en ella y eso alentó la cólera popular. No se olvide que
además de belcistas notables, había muerto mucha gente de tropa perteneciente
a los sectores populares de La Paz. Si a eso se sumaba que todavía continuaban
muchos encarcelados por cuya vida se temía ante la actitud homicida de Yáñez y
la aparente pasividad de otras autoridades de la ciudad y del gobierno, no era de
extrañar una movilización popular “salvadora y justiciera”.275 Del lado belcista,
esta pudo estar azuzada por los folletos y la prensa publicados en Lima, Tacna e
274 El Boliviano. La Paz, 2, 13, 20 de noviembre de 1861.
275 Ibidem, La Paz, 2, 13 y 16 de noviembre de 1861. Artículos pro-Yáñez que avisan de las
terribles consecuencias de lanzar a la plebe al teatro de las cuestiones políticas.
110 ciudadanos armados de ley
Iquique que mediante interpelaciones a cuerpos o personas determinados (obispo,
artesanos, magistrados o autoridades municipales) les conminaban a un esfuerzo
moral y coordinado tendente a buscar un desagravio público contra Yáñez.276 A
esa acción propagandística en la que también se vieron involucrados periódicos
paceños, se unían las gestiones hechas por las familias de Eyzaguirre, Mendizábal,
Guachilla, Saravia y Sardón que se organizaron para ver a los presos después de
la matanza y para asistir a las viudas y huérfanos de los caídos. Tales medidas
estarían en consonancia con la activación de los lazos de clientela y compadrazgo
mantenidos por los belcistas con la población.277
Del lado gubernamental hay que señalar que cada vez eran más: primero,
las denuncias sobre la inconstitucionalidad de los actos de Yáñez;278 segundo, las
declaraciones acerca de que el gobierno podía perder su apoyo multipartidario
y correr el riesgo de no ser reconocido como “legítimo, popular y constitucio-
nal” si persistía en permitir que la voluntad general quedara mancillada por la
acción de Yáñez;279 y, tercero, las peticiones de que este fuera juzgado por el
276 René-Moreno, op. cit., 1954, pp. 137-145; abnb bo Ruck 415. “Quosque Tandem abuteris pa-
tientia nostra?”, Tacna, Imp. Pedro Freire, 1861; La América de Tacna. Tacna, 11 de noviembre
de 1861; abnb, m837. El Mercurio de Tarapacá. Iquique, 9 de diciembre de 1861; 16 de no-
viembre de 1861, pp. 2-4; ¡Septembristas adelante!, Tacna, Imp. Andrés Freire, 1861; ¡Adelante
septembristas!, Tacna, Imp. Andrés Freire, 1861; Delenda Cartago, Tacna, Imp. Andrés Freire,
1861, pp. 1-2; abnb. m794. Pedro Lozano, Un tributo de la amistad, Cochabamba, Tip. de
Quevedo, 1861, pp. 1-2; Una lágrima sobre la tumba, Tacna, Imp. Andrés Freire, 1861; Bolivia,
Tacna, Tip. del Porvenir, 1861; El presidente Achá, Tacna, Tip. del Porvenir, 1861.
277 Raúl Calderón Jemio, La rebelión de 1858-1860 en la provincia de Omasuyos, La Paz, E. G.,
1993; Raúl Calderón Jemio, “En defensa de la dignidad: el apoyo de los ayllus de Umasu-
yu al proyecto belcista durante su consolidación (1848-1849)”, Estudios Bolivianos, núm. 2,
1996, pp. 99-110; Frédéric Richard, “Política, religión y modernidad en Bolivia en la época
de Belzu”, El siglo xix en Bolivia y América Latina, Rossana Barragán, Dora Cajías y Seemin
Qayum (comps.), La Paz, ifea-Muela del Diablo-ch, 1997, pp. 619-634; Schelchkov, op.
cit., 2007, pp. 183-197, 212-240.
278 En un papel suelto, en Cochabamba, el jurista Pablo Barrientos decía que el art. 7 de la
Constitución de 1861 abolía la pena de muerte excepto en los casos de asesinato, parricidio
y traición a la patria, entendiéndose por traición la complicidad con enemigos externos en
caso de guerra. Por tanto, Yáñez, al ejecutar a ciudadanos en prisión por sí y ante sí, había
agravado su enorme crimen en tres circunstancias: 1) por haberse consumado contra una
prescripción expresa de la Constitución; 2) por las formas horrorosamente sumarias de la
ejecución; y 3) por el número de víctimas. En su opinión, ello quedaba reforzado por el art.
11 que indicaba que, en caso de conmoción interior que pusiese en peligro la Constitución o
las autoridades creadas por ella, se declararía en estado de sitio el departamento o provincia
donde existiese la perturbación del orden, quedando allí suspendidas las garantías constitu-
cionales. Durante esta suspensión y con respecto a las personas el Poder Ejecutivo se limita-
ría a arrestarlas o a trasladarlas del punto sitiado a otro de la nación, no estando bajo ningún
pretexto permitido emplear el tormento ni otro género de mortificación” (René-Moreno,
op. cit., 1954, pp. 68-69).
279 abnb. m794/iii. ¡Crimen atroz! Contra la Constitución, Cochabamba, Tip. de Los Amigos, 9
de noviembre de 1861; abnb, m833. El Pueblo. Sucre, 20 de noviembre de 1861, p. 4.
las matanzas de yáñez 111
bien del septembrismo y del gobierno. Al respecto son ilustrativos los artículos
publicados entre el 3 y el 18 de noviembre por BenedictoTrifón Medinaceli,280
antiguo ideólogo del expresidente Belzu y simpatizante del gobierno de Achá. Su
objetivo al escribirlos era movilizar al pueblo para que en “nombre de la ley y de
la Patria” gestionara públicamente el castigo de Yáñez. A este lo catalogaba de
“caribe”, “monstruo abortado por las furias del Averno”, “antropófago inmun-
do”, “vampiro de la humanidad”, “Caín maldito por cielos y tierra” u “hombre
fiera que pretend[ía] implantar en nuestra patria el sistema terrorista de Rosas, la
mazorca del Nerón argentino”. En su opinión, si Yáñez no era castigado por su
“atroz crimen” y averiguado si era el único “autor de tan gigantesco atentado o
si tenía directores y cómplices”, nada podría impedir en el futuro la “indignación
de los pueblos”. Esta estallaría pronto “en una sangrienta revolución”. Cuando el
“pueblo oprimido” veía cerradas las vías legales para alcanzar la justicia acababa
“por lanzarse a las vías del hecho por hacerse justicia a sí mismo”. Para evitar “la
anarquía perenne de la República”, el “infame soldado Yáñez”, que había violado
“la majestad de la Carta Magna, viva imagen de la Bolivia soberana”, tenía que
expiar sus culpas en el cadalso. A fin de lograr el público castigo de sus delitos
de desacato y abuso de la ley constitucional por parte de una autoridad, Trifón
Medinaceli instaba a los miembros de la Asamblea, a los septembristas y a los
belcistas a que, junto “al gobierno legal”, protestaran “por la hecatombe de La
Paz” y liderasen la furia de “la pueblada”. El resultado sería una “nación entera
levantada en masa y lanzada a una revolución nueva por su forma y su objeto, a
una revolución puramente del derecho”.281
El 13 de noviembre el Consejo de Guerra que debía juzgar a la tropa ac-
tuó a favor de este llamamiento y lesionó la autoridad de Yáñez. Los soldados
no fueron declarados culpables de “delito político” y condenados a la pena
280 Mencionado en: Schelchkov, op. cit., 2007, pp. 173-174 y 180. Recuérdese que Benedicto
Trifón Medinaceli fue el autor del Catecismo político, escrito en 1853 bajo la presidencia de
Belzu. Se trataba de un texto satírico que, parodiando las oraciones católicas, resumía tanto
las virtudes que debía reunir un buen ciudadanocomo los males que amenazaban a Bolivia.
La solución para combatir la anarquía, la demagogia y la empleomanía, “enemigos del alma
de una sociedad republicana”, residía en el sufragio restringido expresado en los sacramentos
que la Santa Madre Iglesia Política requería para que un ciudadano boliviano fuese verdade-
ramente tal. Estos consistían en haber nacido en Bolivia, tener la edad de 21 años, saber leer y
escribir, no depender de otra persona en calidad de doméstico, no ser deudor al Estado de plazo
vencido, no haber sido procesado criminalmente por delito que mereciese pena corporal o in-
famante y estar inscrito en registros cívicos. Tales requisitos, que coincidían en su mayor parte
con los declarados por la Constitución de 1839, hacían de los artesanos urbanos agremiados la
población más capacitada para ejercer como pueblo soberano (Benedicto Trifón Medinaceli,
“Catecismo político compuesto por…” [Potosí, Imp. El Castillo, 1853], Trienio. Ilustración y
Liberalismo. Revista de Historia, núm. 23, 1994, pp. 209-222).
281 Benedicto Trifón Medinaceli, “Protesta solemne”, “La causa de septiembre y sus profana-
dores”, Causa Nacional, pp. 1-3, 3-4.
112 ciudadanos armados de ley
correspondiente.Al contrario, se dio satisfacción a lo alegado por los reos y sus
defensores referente a que en el proceso incoado contra ellos había demasiados
“delatores, falsos testigos, fiscales acusantes y hechos fingidos”. Por ello, se
revocaron las sentencias e, incluso, se obligó al fiscal a que se deshiciera de sus
fallos. Ante un resultado que indirectamente imputaba a Yáñez atentar contra
“la reputación y el cuerpo de la víctimas”, violar “la ley” y “matar la opinión en
materia de política”,282 este escribió sin éxito al Achá para que declarase nula la
sentencia del Consejo.283
Los testimonios mencionados incidían en una progresiva estructuración
política del malestar generado por “la sangrienta actuación” de Yáñez. Tras el
recurso a la prensa y a los escritos peticionarios al gobierno, se imponía el poder
marcial del pueblo como la última solución de defensa de la ley y del gobierno
legítimo. Bajo el lema “¡Revolucionarios del Derecho!”, el miedo ante las posi-
bles represalias de Yáñez pudo haber dado lugar a la planificación de un acto de
liberación de los presos y apresamiento de su verdugo que se tornó más tarde
en una venganza homicida. El motín de Balza brindó una ocasión perfecta para
alentar y justificar el ejercicio de la violencia “en nombre de la conservación
del orden y del régimen constitucional”, además de servir a las autoridades de
recordatorio del poder del pueblo.284
2. Segunda etapa de la política de fusión: Muerte de Plácido Yáñez
Cuando no hacen justicia los gobiernos, el pueblo la hace a sí mismo en las
revoluciones. Entonces por cada vida se cobra mil, por cada gota de sangre se
derrama un millón… No permita el cielo que la que debe secar la justicia de la ley,
se enjuague y seque ¿con sangre? por la justicia del pueblo.285
Achá aprovechó su viaje de regreso a La Paz para asentar poco a poco su
autoridad mediante la distribución de cargos militares entre sus hombres de
confianza. El 15 de noviembre, a tres días de Oruro, en la localidad de Pocoata
concedió una licencia al coronel Flores y le separó del mando del batallón Pri-
mero. En su lugar nombró al coronel Mariano Melgarejo, quien logró que los
soldados se plegaran a su jefatura. Asimismo, otro opositor, el coronel Agustín
Morales, se vio obligado a abandonar su cargo de Jefe Superior del Ejército del
Sur para ocupar el de Comandante de Armas del departamento de Sucre, en
282 Benedicto Trifón Medinaceli, “Los mártires”, Causa Nacional, pp. 8-11.
283 “Carta de Plácido Yáñez al Exmo. señor presidente general José María de Achá”, La Paz, 20
de noviembre de 1861, El Constitucional. La Paz, 25 de mayo de 1862.
284 El Constitucional. La Paz, 2 de diciembre de 1861.
285 Juan de la Cruz Benavente, “Bolivia”, El Mercurio de Tarapacá, Iquique, 16 de noviembre de
1861, p. 4.
las matanzas de yáñez 113
cuya capital solo se dejó una columna municipal de ciento cincuenta hombres.
Ya en Chayanta, el 17 de noviembre Achá mandó una comisión rápida a Oruro
con el ministro de Guerra, el general Celedonio Ávila, a fin de separar al coro-
nel Narciso Balza, jefe superior político y militar del Norte, de la dirección del
batallón Tercero, del escuadrón Húsares y de una sección volante de artillería.
El control de esas fuerzas debía recaer provisionalmente en Yáñez, siéndole dada
a Balza la comandancia general de La Paz.286
La misión no tuvo éxito porque Balza se había dirigido a La Paz sin permiso
del presidente y con instrucciones secretas de Fernández, quien, consciente que lo
sucedido con Yáñez no había disuadido al gobierno de su política fusionista, había
decidido sustituir a Achá mediante una sublevación.287 Ante ese inconveniente,
Ávila marchó también a La Paz para cumplir allí su cometido y tomar medidas
humanitarias a favor de los belcistas que aún seguían presos. En dicha ciudad, el
coronel José María Cortés, ausente de la ciudad el día de las ejecuciones, en calidad
de responsable del batallón Segundo había actuado de contención de los excesos
de Yáñez. Aunque no había liberado a los cautivos por considerar que la autori-
dad del comandante aún no había sido cuestionada por el gobierno, su presencia
impedía iniciar nuevos ajusticiamientos. Una vez en La Paz, Ávila, consciente del
clima de miedo y descontento que dominaba la ciudad y en connivencia con las
autoridades municipales y el vecindario, optó por la liberación de los encarcelados
el 21 de noviembre.288 Esa medida fue ejercida evitando el enfrentamiento y la
desautorización públicas de Yáñez, a quien, pese a ello, cada vez le iba quedando
más claro que su celo contra el belcismo no iba a recibir los parabienes esperados.
2.1. La respuesta popular a la sublevación del coronel Narciso Balza
Pero si Ávila tuvo éxito con Yáñez, no fue así con Balza que rechazó sus órde-
nes. El 23 de noviembre con el batallón Tercero se apoderó del cuartel de la
columna municipal y destinó tres compañías dirigidas por el teniente coronel
Federico Tardió a tomar el batallón Segundo. Su responsable, el coronel Cortés,
“defensor del legítimo presidente y del orden constitucional”, resultó muerto
en el enfrentamiento sin que ello permitiera a Tardío liderarlo. El resultado de
la batalla fue confuso porque, aunque Balza obligó a las fuerzas del gobierno a
286 René-Moreno, op. cit., 1954, pp. 83-84.
287 abnb. Bd 959. Carta de Ruperto Fernández a José María de Achá, Sucre, 27 de noviembre de
1861, p. 12; Carta de Ruperto Fernández al teniente coronel Eduardo Dávila, Sucre, 21 de no-
viembre de 1861, pp. 11-12.
288 Fueron salvados 17 belcistas: Luciano Alcoreza, Mateo Belmonte, Policarpo Eyzaguirre,
Pastor de la Riva, José M. Calderón, Saturnino Guachilla, Luciano Mendizábal, Juan Sa-
ravia, Miguel Sardón, Francisco Medina, Antonio Palma, Manuel Palma, José R. Bayarri,
Abelardo Rodríguez, Feliciano Ceballos, Toribio Sanginés y Manuel Pizarro (René-More-
no, op. cit., 1954, p. 390).
114 ciudadanos armados de ley
retirarse a Calamarca, la intervención armada del pueblo paceño con el objetivo
de ajusticiar a Yáñez y a sus secuaces impidió que pudieran capitalizar su victoria.
¿Cómo ocurrió esto?
El Constitucional habló del despertar del pueblo como “el despertar de un
titán” que aguardaba su venganza con “constancia indomable” y que “sin más
armas que su bravura, sin otra dirección que la del instinto justiciero”, exponía “su
pecho al granizo de las balas” y se abría “campo entre las descargas cerradas”. Esa
era “la cholada” que llegó al lugar del combate “en grandes pelotones pidiendo la
cabeza de Yáñez”.289 Ante la insistente pregunta popular de “¿Y Yáñez?, ¿dónde
está Yáñez?”, Balza, para impedir que sus fuerzas fueran consideradas cómplices
de este y desviar su ferocidad hacia el enemigo, declaró que se encontraba con el
batallón Segundo en el cuartel donde se defendían los partidarios del gobierno.
Eso explicaría por qué “la plebe” actuó en un inicio en unión con los sublevados,
abandonándolos más tarde cuando descubrió que su perseguido no combatía en
ningún bando, sino que se hallaba en la Caja, edificio colonial situado en el ángulo
sudeste de la plaza mayor, con unos cuarenta rifleros escogidos. Allí Yáñez mantenía
una postura expectante ante los enfrentamientos armados. Ello podía interpretarse
de dos modos: de una parte, como resultado de una alianza secreta con Balza,
ya que a este no le convenía su apoyo explícito debido a “lo odioso que se había
hecho al pueblo”; de otra, de su convencimiento de que Achá no iba a premiar su
conducta, pudiendo sin duda alguna ser Fernández mucho más comprensivo por
su compartido repudio de los belcistas.290
Así, en un contexto en el que nadie se aclaraba a favor de quién estaba
Yáñez, “si del orden o de Balsa”, “la masa popular compacta, sedienta, inmensa
y soberana” fue tras él con el objetivo de castigarle. El “magnánimo pueblo de
La Paz” se precipitó sobre el “feroz Yáñez” como un torbellino y “se anticipó a
castigarlo, no dejando ya lugar al augusto fallo de la justicia”. Cuando Yáñez fue
consciente de la muchedumbre que le perseguía se encerró en la Caja con unos
pocos rifleros a la espera del auxilio de la columna municipal situada en el cuartel
de Santa Bárbara.291 Como esta no llegaba trató de huir a través de los tejados.
Allí fue descubierto y tras recibir varios disparos cayó al patio de una vivienda
contigua. A ella entró una multitud que se ensañó cruelmente con su cadáver.292
Después lo arrastró al Loreto y luego al Cenizal. Ambos habían sido escenarios
289 El Constitucional. La Paz, 25 de mayo de 1862.
290 Carta de Ruperto Fernández a Plácido Yáñez, Potosí, 6 de octubre de 1861; y Sucre, 4 de
noviembre de 1861, abnb, Bd. 959. “Cartas y documentos oficiales referentes al 23 de oc-
tubre”, El Constitucional. La Paz, 25 de mayo de 1862.
291 René-Moreno, op. cit., 1854, pp. 185-190. abnb. M 872. Mensaje del Presidente provisorio de la
República Boliviana a la primera Asamblea Constitucional reunida en la capital de Sucre en 1862,
Cochabamba, Tip. de Gutiérrez, 1862, p. 5.
292 El comisario Leopoldo Dávila fue ejecutado en la calle de la Caja, siendo también buscados
el comisario primero Manuel Monje y el fiscal Pedro Cueto.
las matanzas de yáñez 115
de los ajusticiamientos ordenados un mes antes por Yáñez, convirtiéndose,así,
en un irónico recordatorio acerca de que este había muerto: por adherirse al
principio de orden de una manera extrema; y por proclamar la paz pública a
través de una violencia desmesurada contra la oposición política que no fue re-
cibida por la población como legítima aunque mediaran los tribunales. Además,
el ensañamiento sufrido por el cadáver de Yañez mostraba que su simple muerte
no resultaba suficiente a la población paceña movilizada. Debía ser tratado con
mayor severidad y por eso su cuerpo fue humillado. Tal acto de violencia no
era atribuible simplemente a impulsos imprevistos o a irrefrenables arrebatos
emocionales. Se inscribía en una concepción de justicia en la que el ultraje de
Yáñez no era tal, sino una reparación, y como tal no ocurría para crear desorden,
sino para reparar un orden violado. Al restaurarlo, la población buscaba poner
límites a la autoridad e influir en aquellos que tomarían las siguientes decisiones.
Como confirmación letrada y efectista de lo sucedido, la prensa contraria a
Yáñez señaló que en el mismo teatro en el que el 23 de octubre habían tenido
lugar sus crímenes y, con ellos, mancillada “la carta magna de Bolivia”, el 23 de
noviembre esta era lavada con la sangre de los asesinos. Añadió también que el
éxito del pueblo paceño no iba a ser efímero ya que su acción no representaba
a ningún partido ni suponía, por tanto, una victoria partidaria. Se trataba del
triunfo de la constitucionalidad y del imperio de la ley. En palabras de Benedicto
Trifón Medinaceli, “satisfecha la vindicta nacional”, “escarmentada la barbarie
de los Nerones y Calígulas del siglo”, el pueblo se retiró después tranquilo,
dispersándose “en la ciudad esa inmensa muchedumbre, semejante a la trompa
marina, que después de levantarse colosal en terrible aparato hasta la región de
las nubes, cae deshecha para confundirse en las hondas del sosegado mar”. El
pueblo “inmortal, el pueblo instrumento de la divina justicia les había dado una
lección de fatal escarmiento”, triunfando en todas partes “el pueblo, el derecho
y la ley de cristo”.293 Pero si el pueblo dejó de ejercer su capacidad de violencia,
¿qué mecanismos políticos comenzaron a funcionar para asentar la idea de que
frente a las distinciones partidarias entre “vencedores y vencidos”, “humilladores
y humillados” debía haber solo bolivianos, tal como dictaba el principio de fusión?
Pese a su aparente victoria militar, la situación de los sublevados a las órdenes
de Balza era incierta. El pueblo movilizado para ejecutar a Yáñez no había hecho
causa con los amotinados y, por tanto, no era “un pueblo armado que apoyaba las
revoluciones”. Ello implicaba que en cualquier momento podían volver a alzarse
por el bien público y esta vez contra ellos. Ante esa presión, Balza intentó desar-
mar a la población de dos modos. De un lado, buscó eliminar cualquier sospecha
relativa a que su sublevación había contado con el apoyo o el conocimiento del
ajusticiado Yáñez. Sostuvo públicamente que este había perdido su legitimidad
en el mando por ejercer un abuso de autoridad, justificándose entonces una
293 Benedicto Trifón Medinaceli, “Triunfo del pueblo”, Causa Nacional, pp. 14-18.
116 ciudadanos armados de ley
movilización y linchamiento populares. De ahí que lo injuriase públicamente
en un discurso hecho a los granaderos del batallón Tercero: “habéis salvado a
La Paz y vengado la constitución política del Estado. El monstruo del 23 del
pasado que llenó de terror y espanto a esta indefensa ciudad ya no existe”.294
Sin embargo, esas palabras estaban en contradicción con el hecho de que
nunca, desde su llegada a La Paz, había proyectado aprender a Yáñez ni liberar a
los cautivos, algo que sí habían hecho las fuerzas gubernamentales representadas
por Ávila. De otro lado, Balza forzó al municipio a canalizar “ordenadamente”
la voz del pueblo para que la población que había hecho frente a los excesos de
Yáñez quedase supeditada a los dictados de un grupo de notables que no habían
sabido o querido frenarlo. Con esa pacificación controladora de la fuerza del pue-
blo sublevado no solo quería suprimir la amenaza a su victoria representada por
los “torrentes de plebe encabezada por grupos considerables de cholos armados”.
También pretendía asentar su triunfo militar con el apoyo del poder civil de la
ciudad.295
Según El Constitucional, Balza se presentó al presidente de la municipalidad
como “un ciudadano armado” en el que el pueblo había depositado sus garantías.
Como ya creía cumplido el deber de salvaguardarle de la tiranía invitaba “al res-
petable pueblo” a concurrir el mismo día 23, a las cinco de la tarde, en el salón
de la universidad, “a nombrar las autoridades que deben mantener el orden en el
país y garantizar la propiedad”.296 Aunque su iniciativa fue aceptada, los asistentes,
“patricios y una numerosa barra popular” dejaron claro que ello no comportaba
ningún compromiso político con B alza. Se habían reunido para cautelar “la tran-
quilidad política y la propiedad” ante posibles desmanes del pueblo movilizado. Se
acordó celebrar al día siguiente una junta en el Loreto, a la que acudió el segundo
de Balza, el coronel Tardío. El deseo de los sublevados era que los miembros de la
junta presidida por Diego Monroy admitieran que había sucedido un cambio po-
lítico. Sin embargo, concluyeron lo contrario: ya estaba establecido legalmente un
gobierno nacional, de manera que si los reunidos realizaban nombramientos entre
los sublevados cometían un grave delito contra la Constitución. En consecuencia,
se ratificaron a las autoridades legales existentes antes de lo sucedido el 23 de
294 abnb. Bd. 959. Proclama del Jefe Superior Político y Militar del Norte a las fuerzas de su mando,
La Paz, s.e., 24 de noviembre de 1861.
295 Según René-Moreno, el hecho de que “el populacho justiciero” se retirara sin querer ple-
garse a la rebelión militar de Balza hizo que su socio, el ministro Fernández, explicase el re-
chazo a sus actos por la corrupción del pueblo y, por tanto, reiterara el binomio populacho/
pueblo decente, siendo posible la regeneración del primero a través de una política de orden
por parte del segundo: “pero el pueblo, el verdadero pueblo, ¿en pos de qué va? Va como
toda asociación de hombres cultos o bárbaros en pos del progreso. ¿Y quién aleja y oscurece
ese porvenir? Los bandos que cada día reciben y dan de alta en sus filas a gente mala, así
como disminuyen cada día en esas filas las plazas del honrado, del industrial, del progresista,
del hombre bueno” (René-Moreno, op. cit., 1954, p. 11).
296 Ibidem, pp. 151 y 204-216.
las matanzas de yáñez 117
noviembre,como era el caso del jefe político Carvajal,297 y se decidió que el general
Gregorio Pérez, un “hombre de orden, siempre del orden y de las instituciones”,
ocupase provisionalmente el puesto ocupado por Yáñez.298
En definitiva, la junta de gobierno celebrada el 24 de noviembre en el Loreto
no supuso el reconocimiento del triunfo de los rebeldes. Al contrario, los dis-
cursos pronunciados por los asistentes “para llamar al pueblo a las vías del buen
sentido y del orden”, solo desacreditaron el motín militar.299 Esto es, la inicia-
tiva de Balza de que fueran las autoridades civiles y los vecinos notables los que
apaciguasen la acción popular tuvo como resultado que estos tomasen el control
de la ciudad y organizasen mediante fórmulas asociacionistas no la pacificación
del pueblo, sino la rendición pacífica de Balza y sus soldados al gobierno. La
violencia pretoriana quedaba, así, acallada por la violencia popular reconducida
institucionalmente por los vecinos de La Paz. En suma, el 23 de noviembre la
población movilizada contra Yáñez había ejercido el antiguo derecho de resisten-
cia del pueblo frente al gobernante tirano que estaba establecido y regulado en
el artículo 17 de la Constitución de 1861. En él se señalaba que todo boliviano
estaba obligado “a armarse en defensa de la patria y la Constitución”,300 con lo
que quedaba legitimado el uso de la violencia contra aquellos que actuasen fuera
de lo establecido por la ley. Días más tarde, en virtud del mismo principio de
resistencia a la opresión, los vecinos reunidos en asamblea declaraban legal la
rebelión popular, reasumían sus poderes e iniciaban un proceso de delegación
de los mismos a través de una junta.301
El general Pérez asumió el mando militar provisional de la ciudad en es-
pera de la llegada del presidente que había dejado Oruro el día 24 y se dirigía
a La Paz con una Secretaría de Guerra a cargo de Manuel Macedonio Salinas.
Pérez y Carvajal despacharon un correo extraordinario a Achá comunicándole
cómo la intervención del vecindario congregado en una junta había logrado
el restablecimiento del orden constitucional. Contento por ello, en las proxi-
midades de la ciudad, Achá recibió a varias corporaciones encargadas de pedir
la amnistía para los sublevados a fin de evitar “nuevos horrores”. Entre ellas
destacaba la Sociedad del Orden. Esta asociación se había organizado el 26 de
noviembre para “crear opinión a favor del orden legal y defender la legitimidad
de los poderes constitucionales”. Entre sus cometidos figuraban reordenar
la ciudad, asentar a sus autoridades y controlar tanto el poder popular como
297 abnb. m412. Carvajal, op. cit., 1864, p. 14.
298 René-Moreno, op. cit., 1954, pp. 216-218.
299 Sotomayor, op. cit., 1874, p. 227.
300 Trigo, op. cit., 1958, p. 311.
301 Sobre el tema del tiranicidio en la tradición política hispana véase Mónica Quijada, “From
Spain to New Spain: Revisiting the Potestas Populi in Spanish Political Thought”, Mexican
Studies/Estudios Mexicanos, vol. 24, núm. 2, 2008, pp. 185-219.
118 ciudadanos armados de ley
las acciones militares.302 Su protagonismo en las conversaciones entre Achá y
los rebeldes entre el 27 y 29 de noviembre incidió en un hecho fundamental:
la junta y sus notables organizados asociativamente canalizaban a su favor la
acción del pueblo movilizado contra Yáñez e impedían el reconocimiento de
una victoria militar como el medio de acceder al gobierno. La fórmula pueblo
armado-vecindario asociado había resuelto en clave civil y a favor del gobierno
un conflicto militar. Ahora el pueblo instituido en una junta asumía su poder
por encima de la acción de militares que estaban acostumbrados, primero, a
justificar sus sublevaciones argumentando que el pueblo había depositado en
ellos sus garantías y, segundo, a confiscar impunemente sus derechos soberanos.
Los actos de Yáñez y la rebelión de Balza, tuvieran o no un mismo origen, ex-
presaban un exceso de celo partidista que impedía la legitimidad gubernamental
de quienes lo ejercieran. En contraste, la política de fusión de Achá303 se tornaba
otra vez en la solución para regular el acceso al poder y su disfrute partidario.
Quedó reforzada a través de gestos como la amnistía general aceptada por el
presidente a instancias de la Sociedad del Orden y la admisión de las fuerzas
rebeldes en el ejército constitucional.
Al contrario de lo sucedido en agosto, Achá entró en la ciudad fortalecido
en su cargo. Su paso fue acompañado por una población que daba vivas a la
Constitución y gritaba “mueran los rebeldes argentinos, mueran los asesinos”.304
El fracaso del pronunciamiento del 30 de noviembre del exministro Fernán-
dez en Sucre y de otros septembristas disidentes supuso una confirmación de
la autoridad de Achá en las diferentes localidades bolivianas, tanto por parte
de autoridades civiles y militares como de la población que se había alzado en
armas para defender el orden constitucional.305 Asimismo, la posterior victoria
sobre motines belcistas,306 como el del 7 de marzo de 1862 en Sucre, favoreció
un hermanamiento entre los septembristas.307 Sin embargo, ello no conllevó que
Achá pudiera llevar a cabo una reforma militar que redujera y profesionalizase el
ejército, con lo que la rutina de las sublevaciones militares se mantuvo aunque
sus fundamentos legitimadores hubieran sido debilitados.
302 René-Moreno, op. cit., 1954, pp. 219-223.
303 El Pueblo. Sucre, 9 de noviembre de 1861, pp. 1-4; 20 de noviembre de 1861, pp. 1-2.
304 Fernández, Flores y Balza eran de origen argentino. Julio Méndez, “Carta a Yáñez”, El
Constitucional. La Paz, 12 de mayo de 1862. Sobre la naturalización de Fernández como
boliviano véase Benedicto Trifón Medinaceli, “Al señor n. n. sobre la naturalización de
Ruperto Fernández”, Causa Nacional, pp. 19-21.
305 El Constitucional. La Paz, 7, 11 de diciembre de 1861.
306 Sotomayor, op. cit., 1874, p. 247; Sebastián Agreda, Breve exposición del general Sebastián Agre-
da sobre los acontecimientos del 7 al 14 de marzo y sus consecuencias, Sucre, Imp. Boliviana, 1862,
pp. 1-14.
307 Apuntes, op. cit., 1861.
las matanzas de yáñez 119
2.2. La respuesta judicial a las Matanzas de Yáñez
Mientras el gobierno hacía frente a los asuntos bélicos, el caso Yáñez cobró
un lugar central en el proceso de pacificación nacional, siendo exigido para
ello tanto el resarcimiento a las víctimas, como el develamiento judicial de
lo sucedido. Ambas demandas estaban relacionadas con el citado derecho de
resistencia a la opresión que habilitaba constitucionalmente a la población a
ejercer la violencia como ciudadanos armados. Este derecho iba acompañado
del relativo a la “condena del agente arbitrario que actuaba al margen o en
contravención con la ley”. Su cometido era reconducir la violencia del pueblo
hacia una acción judicial en la que se pedía al juez que restituyera al demandante
su situación arbitrariamente afectada por el agente que había obrado al mar-
gen o en contradicción con la ley y que se castigara al mismo.308 Así, respecto
a compensar a las víctimas por lo acaecido, el 3 de diciembre se decretó una
pensión alimenticia sobre las rentas del tesoro público del departamento de La
Paz a las viudas y huérfanos de los ejecutados el 23 de septiembre, y se concedió
educación gratuita a los hijos de estos en colegios y universidades.309 Respecto
a lo segundo, René-Moreno señala que no existió un proceso especial sobre el
suceso, pero sí autos militares a a lgunos cómplices de Yáñez –no como tales,
sino como reos de delitos privados aquella noche– debido al clamor popular que
exigía juzgarlos. Ello permitió una revisión de los autos militares realizados por
orden de Yáñez entre el 29 de septiembre y el 23 de octubre. Como resultado,
en la Orden General del 2 de diciembre de 1861 Achá consideró punible lo
sucedido el día 23. Por haber coadyuvado a los asesinatos, fueron borrados
de la lista militar casi todos aquellos para quienes Yáñez había propuesto un
ascenso, como el coronel Francisco Benavente, el teniente coronel graduado
Santos Cárdenas, el sargento mayor Demetrio Urdininea y el capitán Antonio
Gutiérrez. El alcalde de la cárcel pública José María Aparicio y el fiscal Pedro
Cueto fueron expulsados de su cargo por ignominia.310
Aunque esas medidas no fueron suficientes para muchos belcistas y la
responsabilidad de Achá en lo hecho por Yáñez intentó ser probada por sus
detractores,311 el 18 de octubre de 1864 el Congreso rechazó los cargos relativos
308 Eduardo García de Enterría, La lengua de los derechos. La formación del Derecho Público europeo
tras la Revolución Francesa, Madrid, Alianza Universidad, 1995, p. 140.
309 El Constitucional. La Paz, 7 de diciembre de 1861.
310 abnb. m413. “Primer Sumario levantado en 1864. Secretaría General sección justicia, Oru-
ro 23 de diciembre de 1861”, Las matanzas del Loreto ejecutadas en La Paz la noche del 23 de
octubre de 1861 por el coronel Plácido Yáñez, Cochabamba, Imp. del Siglo, 1871, pp. 16-37.
311 Asunto de la correspondencia falsificada de Yáñez por su hijo Darío para vindicar su memo-
ria: abnb. m413. “Segundo Sumario levantado en 1864. Ministerio de Estado en el Despa-
cho de Justicia e Instrucción - Cochabamba, 15 de octubre de 1864”, Las matanzas del Loreto,
pp. 16-37.
120 ciudadanos armados de ley
al presidente por las matanzas, estableciéndose que: primero, los asesinatos del 23
fueron obra exclusiva de Yáñez; segundo, si hubo algún cómplice perteneciente
al gobierno ese no fue Achá (tampoco pudo demostrarse que fuese Fernández);312
y, tercero, Achá no dio nunca aprobación a la hecatombe sangrienta y que si no
la condenó en un inicio y castigó como correspondía fue porque su autoridad
estaba amenazada por los miembros de su propio gabinete.313
2.3. Sobre la espontaneidad de la respuesta popular contra Yáñez:
Política y trabajo
Historiográficamente se ha reiterado que las guerras civiles habían “corrompido
excesivamente las costumbres de la época” y que los sucesos narrados en torno
a Yáñez mostraban un “pueblo de La Paz […] acéfalo”, “levantado de modo
espontáneo” ante la “apatía y la abyección” demostrados en los días de las ma-
tanzas por las autoridades citadinas y por el “vecindario acomodado”. La plebe
“reasumió tumultuariamente la soberanía para el solo acto de hacer justicia de
Dios linchando a los culpados”. Mientras esto sucedía, “el vecindario no asomó
cabeza en esto para nada” y solo hizo “presencia en un comicio político después
de ejecutado Yáñez” porque “la ira popular” obligaba “a mantener a flote la
nave política”.314
Pese a que esta lectura no reconoce como política la respuesta de la plebe
paceña, no hay duda de que también asume que “la clase popular” o “la chola-
da” fue el principal actor del momento y que gracias a su acción y también por
temor a ella pudo ocurrir la posterior movilización política de otros sectores. Y,
aunque trivializa su capacidad organizativa al hacer hincapié en lo sangriento, la
información proporcionada sugiere que las manifestaciones populares contaron
con una mayor estructuración que la aparente. La forma de resolución del con-
flicto –armada y asamblearia– que se ha narrado hace pensar que durante el mes
transcurrido entre las Matanzas del Loreto y la muerte de Yáñez hubo un pro-
ceso organizativo encaminado a liberar a los presos y a destituir al comandante.
Ya en el primer apartado se ha mencionado como familiares y correligionarios
belcistas dentro y fuera de La Paz habían tratado de concienciar a la población
de los excesos de Yáñez para forzar su relevo. La rápida formación de una junta
amparada en un pueblo armado frente a las fuerzas victoriosas de Balza apunta
también a que existía una posible coordinación entre el pueblo que ejerció vio-
lencia contra Yáñez y el que se reunió en el Loreto a discutir sobre la legitimidad
de la asonada. ¿Quiénes lo componían?
312 El Juicio Público se empeñó en probar sin éxito la culpabilidad de Fernández.
313 abnb. m413. Juan M. Muñoz Cabrera, “Espléndida vindicación del presidente de la Repú-
blica José María de Achá”, Las matanzas del Loreto, pp. 1-4.
314 Moisés Alcázar, Páginas de sangre, La Paz, Ed. Juventud, 1988, pp. 77-89; Aranzaes, op.
cit.,1992, pp. 162-176; René-Moreno, op. cit., 1954, p. 155; Sotomayor, op. cit., 1974, p. 226.
las matanzas de yáñez 121
A juzgar por los relatos periodísticos publicados desde los primeros encarce-
lamientos el 27 de septiembre hasta la entrada triunfal de Achá en La Paz el 30
de noviembre, los integrantes de ese pueblo eran las autoridades municipales, las
corporaciones y el vecindario de La Paz. De este conjunto sobresalía “la clase de
artesanos” integrada por menestrales agremiados; lo que dejaba en un segundo
plano de acción pública popular a otro tipo de trabajadores cada vez más presentes
en la ciudad. Identificados como los miembros de los tumultos callejeros a favor de
Córdoba, de la “cholada persecutora” de Yáñez o de la “turba enloquecida” que no
secundó la sublevación de Balza y Fernández, la acción de los artesanos quiso ser
mostrada en todo momento por las autoridades como exclusivo resultado de los
excesos autoritarios y sangrientos de Yáñez. En los discursos, arengas y proclamas
hechas por el jefe político Carvajal y el general Pérez, las dos autoridades máximas
de la ciudad hasta la llegada del presidente, ambos dijeron que el triunfo de la
Constitución no hubiera sido posible sin “las inspiraciones y cooperación” de su
patriotismo, por lo que le pedían que se constituyera en el “mejor centinela de la
propiedad”. Sostenían también que al hacerlo desmentirían todas las acusaciones
que se habían vertido contra ellos referentes a su ignorancia e inmoralidad.315 El
trabajo de René-Moreno también se hizo eco de esa lectura. Asoció la participa-
ción pública de los artesanos como una reacción espontánea del pueblo indignado
que castigaba la atrocidad de una matanza e instintivamente con ello defendía las
instituciones republicanas, siendo los vecinos notables los que finalmente recon-
ducían la furia popular en clave constitucional. Es decir, pese a que, como se ha
indicado, desde las Matanzas del Loreto hasta el ajusticiamiento de Yáñez existió
un contexto de movilización del pueblo estructurado a partir de los principios del
“derecho a la resistencia” y de “la revolución del derecho” que legitimaba y alentaba
constitucionalmente la toma civil de las armas, la acción patriótica popular no se
quiso propagandizar como un acto de responsabilidad cívica ni de concienciación
política. Se popularizó como gesto natural, pero irracional, de indignaciónante
crímenes atroces que tuvo como resultado la defensa de las instituciones.
En contraste con esa lectura periodística de la acción popular retomada por
René-Moreno, las medidas que dictó Achá en 1862 referentes tanto a subrayar
el alcance nacional de la exposición local de artefactos –Alacitas–, como a orga-
nizar la guardia nacional, compuesta por “letrados, estudiantes, comerciantes y
artesanos”, en suspenso desde octubre de 1861,316 hacen pensar que los mani-
festantes tenían mayores razones para ejercer la violencia política que un simple
desahogo de “los bajos instintos desatados”. Esto es, el movimiento de pueblo
no fue tan espontáneo.317 No solo pudo estar orquestado con antelación, sino
315 El Constitucional. La Paz, 2, 11 de diciembre de 1861; 20 de febrero de 1862.
316 Sotomayor, op. cit., 1874, pp. 247 y 511-512.
317 Sobre la crisis de la estructura de la sociedad tradicional y la acción política popular con-
súltense los argumentos de los pioneros y sugerentes textos de Giesecke, op. cit., 1978 y de
Romero Píttari, op. cit., 1984, pp. 163-180. Más reciente: Schelchkov, op. cit., 2007.
122 ciudadanos armados de ley
también estar favorecido por motivaciones que iban más allá del odio a Yáñez y
que identificaban a la acción política en la calle en defensa de la constitucionalidad
como un modo de detener un proceso de devaluación social.
La primera medida de Achá informaba de que gremios artesanales estaban
descontentos ante la pérdida de estatus provocada por la competencia de las
manufacturas extranjeras y el aumento de la mano de obra no agremiada, aún
más en un contexto internacional de circulación de la producción y del capital
a escala mundial. Eran conscientes de estar amenazados por los efectos de la
industrialización de ultramar, por una legislación ambigua y por la competencia
existente entre los agremiados y las nuevas clases trabajadoras, especialmente al no
contar los primeros con una protección que limitara corporativamente el acceso
al trabajo.318 Ante esa situación de indefensión y devaluación profesionales, los
artesanos optaron por tornarse en un colectivo políticamente útil en dos niveles:
por medio de las asociaciones y por medio de la toma de la calle. Esto es, parte
de la población paceña tenía un malestar propio que esperaba ser solucionado
a través de su participación en los partidos políticos y su vinculación con las
instancias de autoridad de la ciudad.
La segunda medida del gobierno de Achá también estaba destinada a combatir
la devaluación social, ya que las guardias cívicas conllevaban nuevas reubicaciones de
estatus. Frente a la devaluación del artesano, su participación en estas les permitía
una alternativa de trabajo remunerada, fija y regular, que generaba independencia
económica y favorecía su reconocimiento social por parte de la comunidad en clave
318 Para el caso boliviano, pese a su reconocida importancia como fuerza política, son pocos los
trabajos sobre los artesanos en el siglo xix, véanse referencias en: Guillermo Lora, Historia
del movimiento obrero boliviano, 1848-1900, La Paz, Los Amigos del Libro, 1967; Gustavo
Rodríguez, El socavón y el sindicato. Ensayos históricos sobre los trabajadores mineros, siglos xix-xx,
Cochabamba, ildis, 1991; Rossana Barragán, Espacio urbano y dinámica étnica. La Paz siglo
xix, La Paz, Hisbol, 1990; Doris Butrón Untiveros, La festividad de Nuestra Señora de La Paz,
Alacitas y los artesanos, (1825-1900), La Paz, Fundación San Gabriel, 1990; Irurozqui, op. cit.,
2000, pp. 323-365; Luis Ríos Quiroga, “Los artesanos de Sucre en la prensa local. Contribu-
ción a la historia del periodismo en Bolivia”, Anuario de Estudios bolivianos, Archivísticos y Bi-
bliográficos, vol. 20, 2014, pp. 669-715. Ejemplos de estudios sobre el artesanado en América
Latina en: Charles Bergquist, Labor in Latin America. Comparative Essays on Chile, Argentina,
Venezuela and Colombia, Stanford, Stanford University Press, 1986; Sergio Grez Tozo, De la
Regeneración del pueblo a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular
en Chile (1810-1890), Santiago de Chile, Dibam, 1997; David Sowell, The early Colombian
Labor Movement. Artisan and Politics in Bogotá, 1832-1909, Philadelphia, Temple University
Press, 1992; Luis Alberto Romero e Hilda Sábato, “Artesanos, oficiales, operarios. Traba-
jo calificado en Buenos Aires, 1854-1887”, Mundo urbano y cultura popular, Diego Armus
(comp.), Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1990; Hilda Sábato y Luis Alberto Romero,
Los trabajadores de Buenos Aires. La experiencia del mercado: 1850-1880, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1992; Carmen Escobar Rodríguez, La revolución liberal y la protesta del artesa-
nado, Bogotá, Fundación Universitaria Autónoma de Colombia-Ediciones Fondo Editorial
Suramérica, 1990; Iñigo García-Bryce, República con ciudadanos. Los artesanos de Lima, 1821-
1879, Lima, iep, 2008.
las matanzas de yáñez 123
patriota. En este sentido, la actitud obsequiosa de Achá a través de la celebración
banquetes en el palacio en los que compartía mesa con los maestros mayores de
diferentes gremios, a los que alababa “su nunca desmentida disposición para de-
fender las instituciones y las autoridades legales”, informaba de que su apoyo en
la derrota de Balza les había convertido, una vez más, en actores políticos claves
en las luchas partidarias. Con lo que la política se constituía en un arma de lucha
contra el desempleo y el alza de precios, contra la proletarización y también contra
la pauperización sin proletarización.
A solicitud de algunos artesanos paceños, ambas medidas fueron acompaña-
das de un indulto general para muchos compañeros encarcelados, siendo todo
ello interpretado como un esfuerzo de dignificación del colectivo por parte del
gobierno. Después de la muerte de Yáñez corrían rumores que presentaban a “la
cholada con designios de perturbar el orden invocando a Belzu” e insistían en que
ello era así debido a su naturaleza siempre dispuesta “a hacer alboroto” a cambio
“del dinero de los que querían atentar contra el gobierno”. Ante la posibilidad
de que a tenor de ese discurso se castigara a “los cholos” por lo sucedido, hubo
un movimiento urbano de reivindicación pública. En él se inscribían las decla-
raciones en la prensa de los maestros mayores de diferentes gremios acerca de
los que subsistimos de nuestro trabajo no deseamos ningún cambio político
y nos hallamos resueltos a sostener al gobierno legal bajo la salvaguarda de la
constitución que ofrece toda clase de garantías, hasta que la nación elija al presidente
constitucional por medio de sufragios.
Este ofrecimiento al gobierno de sostenerlo igual que en la mañana del 23
de noviembre informaba de: primero, la necesidad de los artesanos agremiados
de asumirse como “el pueblo de la paz” y lograr a través de esa resignificación
identitaria diferenciarse de aquellos otros colectivos que competían laboralmente
con ellos; segundo, la urgencia en desacreditar a estos último asociándolos por su
baja cualificación laboral y origen rural con “la turba que se compraba para las
revoluciones”, “el populacho sin sentimientos de honor” o “la plebe deshabituada
al trabajo”; tercero, “la noble y generosa clase de artesanos” era consciente de
su importancia en las reyertas partidarias, con lo que la invocación de su pasado
belcista también actuaba de recordatorio para Achá de las consecuencias que
podría tener para el gobierno desatender sus reclamaciones laborales y de estatus;
y, cuarto, la oferta política hecha por los artesanos “de amar la paz y el orden” y,
por tanto, de apoyar la candidatura de Achá en las elecciones de mayo de 1862
se mantendría mientras en su programa de gobierno figurase la defensa de la
corporación. Esta cuádruple información redundaba en que dignificación social
artesana pasaba por el ejercicio de la política por entender que ello aseguraba su
trabajo y su promoción pública a través del mismo.319
319 El Constitucional. La Paz, 18 y 23 de diciembre de 1861; 15 y 25 de febrero de 1862.
124 ciudadanos armados de ley
En este sentido, la prédica fusionista de Achá de abandono de “la senda
revolucionaria y el desorden” no se entendía ni se traducía como en la época
de Linares320 en una despolitización de la población que debía consagrarse “a la
industria y a la explotación de suelo virgen y fecundo de la madre patria”. Esto
había sido así planteado porque, en opinión del régimen linarista, la obediencia
era la primera virtud republicana, no pudiéndose concebir un orden social en
donde no primase el derecho de mandar y la obligación de obedecer al ser “la
salud del Estado […] la suprema de todas las leyes”.321 Por el contrario Achá
buscaba lograr una incorporación partidista del pueblo a la vida pública en la
que el ciudadano armado organizado en asociaciones y guardias cívicas impediría
los motines militares. Tales actos en nada se asemejaban a las revoluciones, que,
aunque anterior “condición y constancia de todo progreso”, deberían asumirse en
adelante como una “perturbación violenta, transitoria e ilegítima de un recono-
cido y organizado orden social”.322 El mismo quedaba salvaguardado por un uso
civil de la violencia que se reduciría al mínimo si se concretaba la politización del
pueblo o el desarrollo en este del espíritu público. Es decir, el principio de fusión
no desacreditaba la vida política partidaria, sino el uso partidista de la política. En
este sentido, el compromiso del pueblo con la política no consistía en favorecer
a uno u otro banderío con criterio exclusivista, sino en velar que la competencia
entre ellos se hiciese conforme a lo dictado por la ley. La violencia del pueblo se
ratificaba así como un recurso constitucional contra su vulneración partidista,
constituyendo la fusión el brazo, el programa o el espíritu político de la ley.
Si bien Achá optó al igual que Belzu323 por promover la participación po-
lítica de la población, no pretendió gobernar apoyándoseen masas populares
organizadas militarmente. Buscó hacerlo mediante la institucionalización de los
mecanismos de representación que permitían a estas actuar conforme a la ley y en
defensa de la misma. La movilización armada popular había salvado al gobierno
legítimo y se reconocía como un recurso democrático imprescindible para restau-
rar el orden, pero también representaba un riesgo en términos de gobernabilidad.
Mientras permaneciese “el espíritu de partido”, el mejor modo de impedir que la
población recurriese a él y favoreciera revoluciones contra la ley era proteger el
trabajo. De ahí que atendiese a las demandas artesanas relativas a la descomposi-
ción gremial ante la competencia capitalista y a la desestabilización social de sus
320 Esta posición no parecer ser asumida por los artesanos, quienes reivindicaban ser la encar-
nación “de los principios de la revolución de septiembre” y se ponían al servicio del nuevo
gobierno solicitándole las “armas necesarias para escarmentar a los rebeldes y hacerles en-
tender que sus esfuerzos son impotentes contra la voluntad de un pueblo que ha compren-
dido la soberanía” (El Artesano de Sucre. Sucre, 27 de marzo de 1858; 1 de abril de 1858).
321 Se contraponen las posiciones de Belzu y de Linares (El Artesano de Sucre. Sucre, 6 de enero
de 1858).
322 Villamil, op. cit., 1858, pp. 43-37.
323 Schelchkov, op. cit., 2007, pp. 171-177 y 211.
las matanzas de yáñez 125
miembros.324 En palabras de uno de sus ministros, Lucas Mendoza de la Tapia,
“el orden público es el orden de las personas y de las familias, la garantía de la
propiedad es la garantía del hogar, de la hacienda, del capital, del trabajo, de las
personas, de las familias; la libertad de la patria es la libertad de los individuos”. Y
para que “la seguridad personal” no fuese “el favor del tirano” sino “el beneficio
obligado de la ley” la población debía ayudar a la institucionalización mediante
la democracia pacífica: voto, asociación y p etición.325
3. Tercera etapa de la política de fusión: Consecuencias institucionales
de las Matanzas de Yáñez
Para que Bolivia sea gobernable necesita cimentar sus instituciones [y…] para ello
deben cumplirse dos cosas: primera, que sus instituciones sean las únicas que reglen
la conducta de los gobiernos; y, segunda, que haya más abnegación y patriotismo
por parte de los gobernados.326
Restablecida la legalidad gubernamental, las ejecuciones ordenadas por
Yáñez el 23 de octubre de 1861, el levantamiento militar de Balza en La Paz
el 23 de noviembre, el pronunciamiento del exministro Fernández el 30 de
noviembre en Sucre y la posterior rebelión belcista del 7 de marzo de 1862327
fueron asumidos públicamente como actos inconstitucionales que pudieron
ser neutralizados y corregidos gracias a la movilización armada del pueblo. De
hecho, en las ocasiones en que tales sublevaciones habían tenido también apoyo
popular, este no se interpretó como la voz soberana del pueblo sino como una
perversión partidista de su buena fe. Durante más de la primera mitad del siglo
xix, el “dejarse alucinar” de la población por “las falsedades de los conspirado-
res” se había explicado desde el poder a partir de causas totalmente corregibles
324 No es casual que en esta época, para evitar los brotes de violencia entre grupos con incom-
patibilidad de intereses en un mercado de trabajo limitado, se quisieran generar nuevas
fuentes de trabajo productivas con la redistribución de las tierras aptas para el consumo, en
su mayoría ejidos y terrenos baldíos asociados a las tierras de comunidad indígenas (Erick
Langer y Robert Jackson, “El liberalismo y el problema de la tierra en Bolivia, 1825-1820”,
Siglo xix 10, Monterrey, 1990, pp. 9-32; Irurozqui, op. cit., 2006b: 35-66), o una reforma del
sistema contributivo (Félix Reyes Ortiz, Algunas indicaciones a la Soberana Asamblea Legislati-
va por Félix Reyes Ortiz, diputado en los años 1862 y 1863. Folleto 2º, régimen hipotecario, La Paz,
Ed. Francisco Arzadum, 1864).
325 “Elecciones”, La Concordia. Oruro, 19 de marzo de 1861.
326 “Lo que han sido nuestras revoluciones”, La Concordia. Oruro, 8 de marzo de 1861.
327 El Constitucional. La Paz, 20 de marzo de 1862; 5 de abril de 1862; Agreda, Breve exposición,
pp. 1-14; Ricardo Mujía, Informe verbal prestado por el Dr. Ricardo Mujía el día 3 del que corre
ante la Excelentísima Corte Suprema de Justicia con motivo del sumario organizado en esta capital
acerca de los acontecimientos políticos que tuvieron lugar el día 30 de noviembre pasado, Sucre, Imp.
Boliviana, 1862, pp. 1-21.
126 ciudadanos armados de ley
como la falta de instrucción o la persistencia de hábitos de sumisión colonial.328
Fue en las últimas décadas de dicho siglo cuando la raza se convirtió en un ar-
gumento estático para la descalificación política del actuar del pueblo.329 En el
contexto de las Matanzas del Loreto todavía se argumentaba lo primero, de ahí
que conseguido el objetivo de restauración constitucional, debiese producirse
el desarme popular330 o, en su defecto, su ordenamiento armado en cuerpos de
voluntarios bajo el mando de autoridades municipales y con la obligación de
concurrir a ejercicios disciplinarios. Salvo esa modalidad de conservación del
orden público, la movilización de la población como ciudadanos armados fue
sustituida por otras de naturaleza complementaria pertenecientes a la democracia
pacífica: elecciones, asociacionismo y derecho de petición. Estas actuaciones
estuvieron regidas por el principio de fusión, por entenderse que solo bajo su
arbitrio quedaba garantizado el respeto y cumplimiento de las leyes de la na-
ción y podía combatiese el abuso partidista que vulneraba tanto la legitimidad
gubernamental, como una oposición legítima al gobierno.
3.1. Los comicios de 1862
Con el designio de asentar los triunfos armados tanto del pueblo como del
ejército contra los motines militares, Achá convocó la celebración de elecciones
presidenciales y de diputados para los primeros domingos de mayo y de junio de
1862. El elevado número de clubes políticos, asociaciones, periódicos y folletos
que las acompañó subrayaba su importancia pública en la reafirmación de la vida
constitucional.331 Si bien ninguno de los contendientes renunció a los métodos
poco ortodoxos para hacer valer su candidatura, era imprescindible “ganar las
elecciones sin escándalos ni violencias”. Nada importaba más que “fundar la
estabilidad de los gobiernos” por medio de una transmisión o sucesión legal del
poder, ya que tras la masacre del 23 de octubre los comicios eran considerados
como la respuesta cívica por excelencia ante el abuso partidista. Asumido el
acto electoral por todos como “el único medio salvador”, de cuyo resultado se
lograba “la vida o muerte de Bolivia”, su ejercicio implicaba la hegemonía de
las instituciones sociales sobre las aspiraciones del partidismo. Pero para que
“el derecho electoral” primase, y no fuera una sombra que ocultara “nuestras
miserias ante un mundo civilizado”, era prioritario que no se negociase con “los
328 Melchor Terrazas, El gabinete de octubre y la Constitución, Cochabamba, Tip. de Gutiérrez,
1865, pp. 5-6.
329 Marta Irurozqui, “Los hombres chacales en armas. Militarización y criminalización indígenas
en la Revolución Federal de 1899”, La mirada esquiva. Reflexiones sobre la interacción entre
el Estado y la ciudadanía en América Latina, siglo xix, Marta Irurozqui (ed.), Madrid, csic,
2005b, pp. 285-320.
330 Las armas debían entregarse al jefe de policía, declarándose propiedad del gobierno cual-
quier clase de armamento (Sotomayor, op. cit., 1874, p. 285).
331 Ibidem, p. 250; Arguedas, op. cit., 1959, p. 779.
las matanzas de yáñez 127
sacrificios que hace el pueblo por su porvenir” y que se sacrificaran las indivi-
dualidades. Las apelaciones a distintos colectivos –“al artesano, al abogado o
al ministro de gobierno”– se sucedieron para que los intereses particulares no
fueran antepuestos a la necesidad que tenía la patria de que la ley constitucional
fuera cumplida y respetada.332
Los comicios de 1862 tuvieron como novedad que volvieran a ser los muni-
cipios los encargados de su organización. El 24 de mayo de 1858 Linares había
repuesto los municipios con concejales electos por voto popular, a la vez que había
optado por una descentralización territorial que sustituyó los ocho departamentos
–a cargo de prefectos designados por el presidente– por treinta y dos jefaturas
políticas –mandadas por jefes políticos también designados. Dichas jefaturas, ade-
más de realizar tareas de seguridad pública, tenían poder de veto sobre todas las
resoluciones de las juntas municipales, pudiendo estas últimas reclamar al gobierno
que ejercía poder de arbitraje. Como resultado de la reforma linarista de descentra-
lización territorial, pero no del poder político, los municipios se vieron enfrentados
con las jefaturas políticas en lo relativo al cobro de impuestos, la conducción de las
obras públicas o el derecho de mando sobre la policía. La asamblea nacional reunida
bajo la presidencia de Achá aprobó el 9 de agosto de 1861 la Ley Reglamentaria
de Municipalidades cuya característica más notable fue la separación de esferas
de acción entre los jefes políticos y los concejos municipales a fin de garantizar la
absoluta autonomía de estos últimos y eludir superposiciones de competencias.333
Sin embargo, se mantuvo la dependencia de las municipalidades en cuestión de
seguridad, ya que la fuerza que las custodiaba, la columna municipal,334 estaba
sometida a los jefes militares de cada cantón o provincia. Tampoco contaban con
recursos pecuniarios, aunque la nueva ley les daba facultades para obtenerla, y no
podían publicar por bando sus propias resoluciones.
Debido a las Matanzas del Loreto y a los acontecimiento que les siguieron,
las municipalidades no se establecieron hasta diciembre de 1861 y la elección
de su concejo municipal, que debió iniciarse el 4 de diciembre, se prorrogó,
existiendo problemas en constituirse de cara a las elecciones. Asunto grave este
último debido a que la calificación de los ciudadanos debía ser verificada por las
autoridades municipales, quienes además de encargarse del resto de actuacio-
nes electorales como la presidencia de los comicios o la formación de las juntas
receptoras de votos, estaban dotadas de poder discrecional para resolver dudas
o incidentes que se dieran en las mesas y durante el escrutinio. Pese a lo apre-
surado de los tiempos, las municipalidades tuvieron una actuación crucial en las
elecciones de 1862, sobre todo en lo relativo a operar como plataformas de los
332 Eugenio Caballero, El voto del ciudadano ausente, Salta, s.e., 1862, pp. 21 y 27.
333 Rodríguez, op. cit., 1995, pp. 25-27 y 39. Ley de Elecciones y Ley Reglamentaria de Municipa-
lidades, Sucre, Imp. Boliviana, 1862. La Asamblea Nacional Constituyente da la siguiente Ley
Reglamentaria de Municipalidades, La Paz, Imp. del Vapor, 1862.
334 El Constitucional. La Paz, 25 de febrero de 1862.
128 ciudadanos armados de ley
candidatos opositores al gobierno. Septembristas, linaristas y belcistas pudieron
expresar a través de ellas sus particularidades partidarias. Estas corporaciones no
practicaban una política de fusión. Reflejaban la fuerza de un partido determina-
do en un ámbito local; con lo que podía afirmarse que muchas municipalidades
eran desafectas al gobierno y eso daba mayor margen de victoria a la oposición.335
En las elecciones presidenciales compitieron el presidente Achá, el general
Narciso Campero, el ex ministro linarista Tomás Frías y el general Gregorio
Pérez. De los tres últimos, Pérez era el que gozaba de mayor popularidad y
apoyos regionales –sobre todo en Sucre, Oruro y La Paz–, por lo que, pese
a las diferencias partidarias, Campero y Frías renunciaron a su liderazgo y le
apoyaron. La contienda quedó reducida al enfrentamiento entre Achá y Pérez
y ambos consideraron sus candidaturas las más adecuadas para llevar a cabo “el
gran principio de la fusión”.
Aunque Achá había sido el primer gobernante en practicarlo,336 Pérez lo
descalificó argumentando que esa actuación no había resultado de las conviccio-
nes sociales, sino “del hacinamiento facticio de opuestos elementos”. Es decir,
su carencia de sólidos apoyos partidarios le había llevado a aprovecharse de las
rivalidades entre septembristas y belcistas y a pactar con ellos según le conviniera;
lo que tenía el inconveniente de dejar al gobierno en una continua situación de
dependencia e indefensión ante sus rivales. Pérez indicó que la presidencia de
Achá se había sostenido como “una necesidad transitoria” originada por las Ma-
tanzas del Loreto y los sucesos a que habían dado lugar. Y respecto a su conducta
en esas circunstancias, opinaba que, aunque Achá no tuviera responsabilidad en
los actos criminales de Yáñez, sí había demostrado falta de energía para gobernar
precisamente porque su gobierno se asentaba en dependencias partidarias, como
la mantenida con Fernández. En sus discurso político, Achá fue culpado, de un
lado, de generar desconfianza y rencor por su pasado golpista, por las traiciones
a los septembristas que lo ensalzaron y por su actitud poco clara respecto a la
culpabilidad de Yáñez; y, de otro, de no ofrecer estabilidad gubernamental de-
bido a que no mantenía compromisos partidarios firmes con ninguna facción,
tal como mostraba el hecho de que los septembristas puros lo rechazasen por
sus concesiones a los belcistas y estos por sus infracciones a la Constitución.
En contraste, Pérez aludía a su propio comportamiento constitucional tras los
acontecimientos del 23 de noviembre. La llamada que le hizo la Junta de La Paz
y la gestión gubernamental consecuente mostraban su carencia de obligaciones
con belcistas, rojos o septembristas. Y si esto era así, también lo era el hecho de
que era inmune a las presiones partidarias, pudiendo realizar por ello una ver-
dadera política de fusión. En su opinión, esta no consistía en hacer un gabinete
“con hombres de diferente color político”, sino en ser “la viva encarnación de
335 Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 229-231.
336 Yáñez, op. cit., 1861, p. 1.
las matanzas de yáñez 129
la imparcialidad y la Constitución”. Su objetivo era borrar las diferencias entre
belcistas y septembristas para realizar una conciliación verdadera de los partidos.337
En respuesta, Achá, convencido de que Pérez confundía la política de fusión
con el partido único, opuso a sus argumentos el fusionismoejercido durante su
mandato provisorio. Su candidatura representaba todas las ventajas de un golpe
de Estado que acabó con la dictadura linarista –“es decir, derrocó una dictadura
sin ley”–, que conservó el orden mediante la celebración de una asamblea cons-
tituyente y que no impidió la asistencia a la misma a los diputados contrarios a
sus actos. Como promotor del fusionismo –destinado a afianzar las instituciones,
conservar el orden y perpetuar la Constitución– creía que una vez en el poder
no podía presentarse como representante de un partido en perjuicio de otros.
Eso explicaba que su pequeño grupo de adeptos no fuese un inconveniente para
gobernar, sino la garantía de que lo haría mediante la unión y consideración de
todos los intereses y de todas las pretensiones. Proclamaría otra vez la bandera
nacional como símbolo de una alianza –no de una simbiosis– entre partidos
destinada a que se dejasen gobernar unos a otros. En su opinión, esta voluntad
de dar cobijo político a todos los bolivianos y, por tanto, impulsar una verdadera
reconciliación nacional quedaba expresada mediante medidas “de conciliación y
de progreso” como: la suspensión de los estados de sitio de Sucre y Potosí por
el decreto del 30 de abril o las tres amnistías –la del 25 de febrero, la del 26 de
marzo y la del 19 de abril de 1862 para las sublevaciones del 23 de noviembre,
del 30 de noviembre de 1861 y del 7 de marzo de 1862, respectivamente. Estos
indultos no habían sido promovidos como una “red” para cazar simpatizantes
incautos, tal como decía había sucedido con Belzu.338 Habían sido decretados
“con entera fe en su conveniencia social sin esperar recompensa en votos” e iban
acompañados con otras medidas como eran la restitución de bienes y la concesión
de franquicias a los exiliados, el rechazo a las persecuciones, la tolerancia con la
prensa opositora o, pese a las deficiencias del Erario, la atención a las necesidades
pecuniarias y de educación de viudas y huérfanos. Para Achá, estas disposiciones
revelaban su convencimiento de que Bolivia no podía gobernarse sin una política
conciliadora que destruyera el espíritu de banderío.339
337 José Lorenzo Campero, Honrosa candidatura del ilustre general Gregorio Pérez, Sucre, Imp. de
Becche, arrendada, 1862. M872. Candidatura del Dr. Frías. La Verdad Constitucional. Potosí,
1862; Heriberto Gutiérrez, “Nuestro pensamiento”, El Pensamiento de la Juventud. Sucre,
30 de abril de 1862, p. 1; José Cortés Caballero, “Unión”, El Pensamiento de la Juventud. Su-
cre, 30 de abril de 1862, p. 2; Heriberto Gutiérrez, “Fusión”, El Pensamiento de la Juventud.
Sucre, 30 de abril de 1862, pp. 3-4.
338 Peralta e Irurozqui, op. cit., 2000; Alberto Crespo, Los exiliados bolivianos (siglo xix), La Paz,
Anthropos Grupo Editorial, 1997.
339 M872. Ladislao Cabrera, Juicio crítico para las próximas elecciones, La Paz, Imp. del Vapor,
1862, pp. 14-25; Mensaje del Presidente Provisorio… a la Primera Asamblea Constitucional 1862,
p. 5; Caballero, op. cit., 1862, pp. 29-31.
130 ciudadanos armados de ley
Achá ganó a Pérez con 10.939 votos de un total de 16.939. Sin embargo, si la
opción de Achá fue valorada a nivel nacional por representar desde la presidencia
un camino a la reconciliación partidaria, a nivel local su éxito chocó con el hecho
de que no gozaba de los apoyos unívocos de un partido. Su fuerza residía en la
capacidad de negociación y arbitraje entre partidos y no en el liderazgo de uno
de ellos. No fue de extrañar, así, que Pérez triunfase sin dificultad en muchos
municipios, siendo anuladas actas enteras que favorecían a Achá sin que las
autoridades dependientes del gobierno pudieran hacer otra cosa que protestar.
En este sentido, si bien los opositores habían publicado en la prensa numerosas
advertencias sobre los posibles abusos electorales del gobierno,340 las quejas y
denuncias posteriores mostraban un mayor grado de irregularidades por parte
de los municipios que del gobierno.341 Si la oposición auguraba abusos, tras las
elecciones el gobierno dijo que
los concejos municipales han sido establecidos por toda la República, cumpliéndose
así el precepto constitucional de su creación. Ha visto el gobierno con pesar que
una u otra de esas corporaciones ha sido guiada por el espíritu de partido, lo
que ha puesto en dificultades a los actos que la ley les atribuye con relación al
derecho electoral: hay reclamaciones en ese orden, sin embargo el gobierno ha
preferido tolerar esos abusos antes de afectar a la completa independencia del
poder municipal.342
Un mes después tuvieron lugar las elecciones legislativas, logrando obtener
el Partido Rojo el triunfo de sus principales jefes como Adolfo Ballivián, Ma-
riano Baptista, Daniel y José María Calvo o Pedro Silvetti. Presidida por Lucas
Mendoza de la Tapia, la asamblea nacional abrió sesiones el 6 de agosto. De las
discusiones realizadas en su seno la más conflictiva estuvo referida al tema de
la alternabilidad en el poder. El diputado Adolfo Ballivián calificó de inconsti-
tucional el nombramiento de Achá porque el artículo 53 de la Constitución de
1861 prohibía la reelección presidencial. Después de arduos debates, se deses-
timó la queja al haber sido Achá un presidente provisorio y se reconoció que la
mayoría de sufragios recibidos por su candidatura generaba estabilidad frente a
las opciones no mayoritarias.343
340 “Se acusa al gobierno de forzar a los establecimientos de imprentas a suspender publicacio-
nes de la oposición, de ordenar a los administradores de correos de interceptar impresos que
les perjudicasen, rodear las mesas calificadoras con fuerza armada para que determinadas
personas no adquiriesen la cédula de ciudadanía, obtener firmas de apoyo a una candidatu-
ra bajo amenazas o promesas, abrir los brazos a los enemigos de la constitución mediante
amnistías para conseguir sus votos o utilizar al ejército para amedrentar a los votantes”
(“Presión”, El Pensamiento de la Juventud. Sucre, 30 de abril de 1862, p. 3).
341 Sotomayor, op. cit., 1874, p. 254.
342 Mensaje del Presidente Provisorio… a la Primera Asamblea Constitucional 1862, p. 6.
343 Sotomayor, op. cit., 1874, pp. 236-256; Arguedas, op. cit., 1959, pp. 781-784.
las matanzas de yáñez 131
Mientras la Asamblea deliberaba, el general Pérez, secundado por el ge-
neral Sagárnaga, Pedro García y Casimiro Corral, declaró el nombramiento
de Achá ilegal y se sublevó en La Paz. Había sido destinado allí en calidad de
jefe superior político y militar del norte debido a que el presidente temía que
organizara en Sucre –donde había obtenido mayoría de sufragios– una asonada
para hacer prevalecer por la fuerza su opinión. No se trató de un simple motín
militar. Aunque la acción de Pérez no fue secundada por los asamblearios, que
suspendieron las sesiones el 25 de agosto después de condenar la sublevación, sí
tuvo el apoyo tanto de los cuerpos de tropa como de población civil armada –la
“juventud decente y parte de la clase obrera de La Paz”– que protagonizaron los
episodios conocidos como las barricadas de La Paz y cuya posterior pacificación
fue gestionada por Cortes, ministro de Justicia. La sublevación contó con dife-
rentes núcleos de resistencia que fueron vencidos por los generales Melgarejo y
Agreda. Los mismos contaron a su favor con una numerosa movilización popular
organizada en columnas de voluntarios de “decente posición” y en batallones
de trabajadores, como el compuesto en Cochabamba por artesanos al mando
del comandante Lucas Meruvia, a los secundaron grupos de indígenas en la
realización de tareas de avituallamiento y zapa.344
Vencida la revolución de La Paz, Achá consideró necesario asentar su legi-
timidad gubernamental mediante una política de conciliación y reconciliación
nacionales que implicaba trabajar en tres frentes: una rearticulación regional que
combatiese proyectos de re-anexión del territorio boliviano por parte de otros
países; el hermanamiento partidista mediante amnistías que generaran espacios de
incorporación política; y la industrialización de la nación. En el anterior apartado
se ha indicado que entre las motivaciones de la población para armarse estaba la
relativa a lograr un compromiso con las autoridades que les ayudase a combatir
su devaluación laboral, tornándose así la defensa corporativa del trabajo en una
razón de actuación política. ¿Cómo se expresó esta?
3.2. Artesanos agremiados: Promesas y exigencias electorales
Si los artesanos habían constituido gran parte del pueblo movilizado que solicitaba
“armas para sostener el orden” y que colaboraba en batallones junto al ejército345
contra las vulneraciones constitucionales realizadas por Yáñez y por Balza, en
las elecciones de 1862 volvieron a ocupar una posición central. Fue convertida
“esta importante i laboriosa clase de la sociedad” en el principal sujeto político
interpelado por los contendientes por estar destinada a “ser la columna del orden
344 Sotomayor, op. cit., 1874, pp. 255-279. Cuadro financial de la revolución de agosto de 1862, La
Paz, Imp. del Vapor, 1862.
345 abnb. Circular. Palacio del Supremo Gobierno en La Paz a 20 de mayo de 1862 de Celedonio Ávila
al Sr. coronel comandante general del departamento de Potosí; Agreda, op. cit., 1862, p. 6.
132 ciudadanos armados de ley
y de las instituciones”. La llamada a que ejerciera “en el régimen democrático
los derechos del ciudadano” asentó la posibilidades de que sus necesidades in-
dividuales y colectivas devinieran en nacionales. Bajo el lema “paz y trabajo”,
la vida política le deparaba conseguirlo mediante una combinación de tres vías:
asociativa, electoral y peticionaria. Las dos primeras se atenderán en este acápite
y la tercera en el siguiente.
Con el objeto de atender a las demandas artesanas relativas a cualificarlos
laboralmente y defender la “industria nacional” de los productos y de la compe-
tencia foráneas, los primeros gobiernos republicanos346 además de dictar medidas
para prohibir la introducciónde artefactos extranjeros, favorecer la adquisición
de máquinas y conservar la organización gremial, habían avalado el aprendizaje
formal en las Escuelas de Artes y Oficios347 y el informal en los talleres. Para el
año 1853 existían en el país dos escuelas de Artes y Oficios, la de Cochabamba,
instalada en la Casa Viedma, y la de La Paz, en el convento de San Francisco.
Esta última, creada el 28 de febrero de 1826 por el gobierno de Sucre y clau-
surada en 1846, fue en 1851 reorganizada por la presidencia de Belzu, siéndole
concedido el 30 de octubre de 1856, bajo el mandato de Córdova, un reglamento
destinado a “dar a la juventud de las clases pobres, la instrucción moral y artística
necesaria para formar ciudadanos útiles i laboriosos que coadyuven a conservar
el orden i a dar incremento a la prosperidad pública”.348 En consonancia con
la autodefensa y dignificación artesanas y con el objetivo de institucionalizar la
capacidad gubernativa de las reuniones de maestros mayores y de maestros de
taller, el 22 de enero de 1860 se creó la Junta Central de Artesanos de La Paz.
Sus estatutos fueron aprobados por todos los gremios entre los meses de enero y
de febrero. Con el propósito de coadyuvar al “desarrollo y el perfeccionamiento
de la industria y al mejoramiento de la condición de la laboriosa clase de arte-
sano”, el 25 de junio de 1861 el gobierno presentó la Junta a la Asamblea para
su ratificación.349
La Junta Central de Artesanos englobaba a todos los gremios de La Paz.
Pretendía tener poder de dirección, supremacía, inspección y vigilancia sobre
todos ellos y cada uno de los artesanos. Estaba conformada por los maestros
mayores e internamente compuesta por un presidente, un vicepresidente, un
346 Rojas, op. cit., 1916, pp. 121-126; Antonio Mitre, El monedero de los Andes. Región económica
y moneda boliviana en el siglo xix, La Paz, Hisbol, 1986; Tristan Platt, Estado tributario y
librecambio en Potosí (siglo xix). Mercado indígena, proyecto proteccionista y lucha de ideología
monetaria, La Paz, Hisbol, 1986.
347 Un resumen sobre su retórica y discurso moralizante en Dora Cajías, Rossana Barragán
y Ana María Lema, “La educación a principios de la República”, Bolivia. Su Historia. Los
primeros cien años de la República, 1825-1925, Rossana Barragán, Ana María Lema y Pilar
Mendieta (coords.), vol. iv, La Paz, Coordinadora de Historia-La Razón, 2015, pp. 125-128.
348 La Época. La Paz, 17 de mayo de 1850; Butrón Untiveros, op. cit., 1990, pp. 54-58.
349 Presentación ante la Honorable Asamblea Nacional Constituyente del Reglamento de la Junta Cen-
tral de Artesanos de la ciudad de La Paz, La Paz, Imp. del Pueblo, 1862.
las matanzas de yáñez 133
administrador o tesorero a cargo del banco de ahorros y un depositario que ad-
ministraba la imprenta. Tres fueron sus objetivos primordiales: unirse, protegerse
y ayudarse mutuamente; influir directamente en el desarrollo intelectual, moral
e industrial de los artesanos; y dirigir los intereses generales de todos los gremios
y ejercer sobre todos los artesanos “una supremacía paternal para conducirlos al
deber, al orden, al trabajo y a la moralización”. Para su logro se confiaba en el
cumplimiento de un reglamento de cuarenta y siete artículos. Estos sintetizaban
una voluntad corporativa de instrucción y defensa laborales en la que primaba un
esfuerzo por controlar todo aquello que amenazase a los artesanos agremiados
con una devaluación de su estatus y pérdida de competencias. Así, por ejemplo,
se prohibía a todos los maestros la admisión en sus talleres públicos o privados de
aprendices que no supieran “leer y escribir correctamente, las cuatro operaciones
de aritmética y nociones de doctrina cristiana”, estando obligado el padre o el
tutor a proporcionar un certificado de instrucción primaria que sería archivado
en la junta. Si con ello se buscaba hacer obligatoria la instrucción primaria a todos
los artesanos y, por lo tanto, mejorar sus condiciones sociales y políticas, con el
artículo referente a la publicación periódica de un censo de artesanos se pretendía
acotar el número de individuos con licencia para ejercer el oficio y controlar
sus movimientos en materia de trabajo y moralidad. Las medidas de vigilancia,
para que los artesanos cumpliesen sus contratos y compromisos laborales y no
se pasasen los encargos de unos a otros sin justo motivo, ahondaban en dicho
control en lo referente a presentarse ante el público como un colectivo laboral
que ofrecía garantías de calidad y de formalidad frente a otros trabajadores no
agremiados. De hecho la capacidad de la Junta de poner multas y penas correc-
cionales a los artesanos por incumplimiento de contrato, robo o destrucción de
material, embriaguez y juego al azar, así como la formación de la Casa Central
de Artesanos para que, de acuerdo con los tribunales de justicia, les sirviese de
reclusión por deudas y para pagar sus delitos con trabajo, incidían en el deseo
de los artesanos agremiados de conformarse como un colectivo autorregulado
por el bien de la industria nacional.
Para la Junta Central de Artesanos dicha intención autogestionaria quedaba
demostrada a través de su capacidad de autofinanciación.El dinero se obtenía a
través de una imprenta y de un banco de ahorros, cuyos fondos resultaban de los
beneficios de la primera, de las multas, de las suscripciones obligatorias, de los
impuestos, de los donativos o de los depósitos salariales. Con lo último no solo se
pretendía aumentar el capital de la corporación a fin de realizar posteriores inver-
siones en mejorar sus instalaciones, crear escuelas profesionales, asumir contratas
con el Estado o establecer premios al mérito, la honradez y el trabajo. También
se buscaba acostumbrar a los artesanos al ahorro y capitalizarlos frente a posibles
accidentes y enfermedades, la compra de herramientas o la necesidad de una ga-
rantía pecuniaria en caso de su robo o destrozo. Esa política interna permitía dar
tanto “un impulso saludable al mejoramiento económico, moral e instructivo de
134 ciudadanos armados de ley
la numerosa clase de artesanos”, como obtener “un verdadero banco que tenga
disponibles grandes cantidades que sean reproductivos para la industria”.350
De lo anterior se desprende que la Junta Central de Artesanos no solo era
un sistema de asociación destinado a que “la numerosa clase artesana de La Paz,
cansada de su lastimoso estado de ignorancia, miseria y abandono” pudiera “de-
sarrollar los recursos del trabajo, instruir al pueblo y moralizar a los obreros”.
A juzgar por las declaraciones expresadas en la presentación del Reglamento a
la Asamblea, con el anuncio de su potencialidad industrial y financiera la Junta
buscaba ante todo el reconocimiento público como poder corporativo. Hacía
residir la salvaguarda de los intereses artesanos en su concreción como una ins-
titución con jurisdicción en materia educativa, de policía y de justicia, siendo
visto su presidente como “un verdadero Alcalde Parroquial” que dirimiese todas
las cuestiones de los artesanos.351 Desde los inicios de la República, la facultad
de organizar y atender los problemas del artesanado había sido competencia
reservada a la Prefectura y delegada por esta a la Intendencia de Policía; a la
que los maestros mayores debían entregar cada año, el 2 de enero, una lista de
los componentes de cada taller. Si bien esta situación cambió con la reorga-
nización territorial de Linares, quien en 1858 dictó una Suprema Orden que
favorecía la autorregulación de los gremios en lo relativo a la educación y al
financiamiento,352 estos continuaban sujetos a la tutela policial. Esa dependencia
hizo que uno de los objetivos fundamentales de la Junta fuese que los poderes
ejecutivo y legislativo aceptasen, primero, que esta organización disfrutara de
espacios de autogestión en materia de justicia y policía, y, segundo, que fuese
responsabilidad de la autoridad política, y no de la policial, la resolución de toda
cuestión o controversia de un gremio con la Junta. Para consolidarse como una
corporación oficial con autonomía y capacidades jurisdiccionales el artículo 21
del Reglamento establecía que el presidente de la Junta, previo acuerdo de ella,
podía “dirigir comunicaciones y ejercer el derecho de petición” al gobierno o
al congreso. A fin de que el empleo de ese derecho constitucional no entrañase
fisuras en la Junta que implicasen un uso individual y partidista de la fuerza co-
lectiva, el artículo 5 señalaba que un maestro mayor nunca podría “entenderse
aisladamente con las autoridades, en las materias y objetos de este reglamento,
sin intervención de la junta”.353
En suma, la Junta Central de Artesanos requería el respaldo gubernamental
para consolidarse como un organismo autónomo con poder de monopolio laboral
frente a los riesgos externos. Ante los amenazantes principios de “la libertad de
industria, de comercio, de tráfico” no bastaba el derecho de asociación. Al ser
350 Reglamento de la Junta Central de Artesanos de la ciudad de La Paz, La Paz, Imp. del Pueblo,
1862.
351 Presentación… del Reglamento de la Junta Central de Artesano.
352 Butrón, op. cit., 1990, p. 71.
353 Reglamento de la Junta Central de Artesanos.
las matanzas de yáñez 135
este un acto espontáneo no autorizado ni forzado, cualquiera podía hacerlo con
la consiguiente devaluación laboral e indefensión de los trabajadores previamente
agremiados. En opinión de la Junta, se necesitaba la intervención oficial y que el
gobierno le facultase competencias únicas. Los artesanos agremiados confiaban en
que la política –con su capacidad de conversión de los artesanos en el pueblo en
armas, en el pueblo que deliberaba mediante asambleas o en el pueblo que votaba–
brindara a nivel nacional esas posibilidades grupales de negociación. Si bien en la
década de 1880 los gremios serían abolidos y el asociacionismo laboral superaría
los márgenes de los agremiados,354 durante el gobierno de Achá representaban la
fuerza pública de una agrupación estructurada y jerarquizada. Como merced a
este potencial movilizador, la categoría artesano no era ya solo ocupacional sino
también política, la Junta abrazaba la causa constitucional siempre que esta impli-
case por parte de las autoridades el reconocimiento social y la defensa laboral de
los menestrales. En este sentido, la hegemonía de las ideas liberales no presuponía
la postergación social de los artesanos porque la política dignificaba a través del
trabajo sus demandas particulares y las tornaba en un bien para la sociedad.
Respecto a la segunda vía, la electoral, los artesanos fueron objeto tanto de
la necesidad de los partidos de contar con su participación, como del desagrado
de los mismos a depender de sus exigencias en un contexto en el que el cor-
porativismo tenía cada vez menor cabida en el ideario liberal y otros sectores
laborales pugnaban por integrarse en las clientelas políticas. El rechazo a esta
dependencia se concretó en una narrativa que, si bien no abogaba por la despo-
litización de la sociedad como en la época de Linares, sí advertía de los peligros
que la política causaba en el desarrollo de las actividades laborales. Esto es, por
un lado, se instaba a los artesanos a que participaran en la vida pública como
fuerza sostenedora de la ley, a la que había salvaguardado gracias al ejercicio de
la violencia; por otro, se les pedía que no emprendieran acciones políticas que
pudieran contraer la industria. Con esto último se hacía especial referencia a
los trabajadores que abandonaban sus talleres “seducidos” por la promesa de un
empleo público.
Si bien parece que los artesanos no mostraron un interés masivo en inte-
grarse a la administración, sino que sus esfuerzos tendieron a consolidarse como
corporación oficial, en las elecciones los candidatos de la oposición mostraban
miedo ante la posibilidad de que el gobierno utilizase los recursos de Erario para
repartir empleos a cambio de sufragios. Decían que el riesgo de la empleomanía,
como razón “para tomar las armas a favor de los ambiciosos” y para que “cual san-
grientos caribes” devorasen “a sus hermanos en guerra de exterminio”, impedía
354 Bajo el argumento de que los gremios no habían servido “sino para fomentar bandos políticos,
distrayendo y corrompiendo a la clase artesana y para establecer el predominio, despotismo y
tutelaje de los maestros mayores sobre los de su gremio convertidos en especie de vasallos” se
abolieron los gremios en 1882 (La Patria. Lima, 31 de enero de 1882, p. 2; Marta Irurozqui,
op. cit., 2000, pp. 327-366; Schelchkov, op. cit., 2007, p. 188).
136 ciudadanos armados de ley
a los menestrales actuar como sostenedores del orden y favorecía la parálisis de
“la industria”. Vaticinaban que de ello resultaría un aumento de la miseria y,
por tanto, también la necesidad de recurrir más aún a los empleos públicos, que
de esta forma dejarían de estar en manos “del saber y la justicia” para recaer en
los ociosos. Para contrarrestar los recursos de los candidatos de gobierno, los
opositores se anunciaban como verdaderos gobiernos protectores de la industria
que destinarían todos los esfuerzos a que ningún artesano se viese obligado a
abandonar sus oficios y a que los realizase “a la sombra de la paz, del orden y
de la libertad”.355 Frente a la fórmula de diversificación de labores a través de
las milicias cívicas o de la administración, oponían la de contención de los tra-
bajadores en su ámbito laboral mediante ofertas inscritas en sus propios oficios.
Con independencia de esa doble lectura de su intervención en política, los
artesanos eran conscientes de que la salvaguarda de su oficio y de su estatus
dependía de soluciones gubernamentales. Estas les favorecerían en la medida
en que ellos tuvieran mayor responsabilidad tanto en la solución de las reyertas
partidarias como en la defensa de las instituciones. Las promesas de dignificación
laboral servían de poco en un contexto de inestabilidad política. Luego la solu-
ción no era recluirse en el trabajo, sino recurrir a “la manía de la política” para
que su “interés privado” se transformase en derechos sobre el trabajo.356 Por ello
optaron por no actuar como comparsas políticas y se organizaron colectivamente
para forzar el cumplimiento de las promesas electorales:
si los artesanos de este siglo ven las cosas como son en sí, si algo comprenden de
las cuestiones políticas que agitan los espíritus y trastornan el orden, ¿por qué
hacerles el agravio de suponerles estúpidos y atrasados que no pueden producir
algunos pensamientos que se conciben aún en las cabezas más duras? Hágannos
pues el favor de creernos, guiados por la razón y que nadie por consiguiente nos
pervierte; quítense de esa aprensión de que hay algunos espíritus inquietos que
agitan imprudentemente las olas populares y que declaman contra los patricios y
llaman a la plebe para que suba al monte Aventino.
Un ejemplo de su autonomía política lo constituyó la llamada general a favor
de los candidatos de Achá que en las elecciones de diputados protagonizaron los
artesanos de Potosí. Bajo el lema “viva la República, viva la Constitución, viva
el orden” defendieron su derecho a sufragar y la necesidad de aprovechar tal
derecho “para apartar de nuestro seno a la turba de malvados que nos oprimen
y conducen a la patria a su exterminio y completa ruina”. Es decir, anunciaban
su voto por Achá haciéndole saber que la paz que le garantizaban al no apoyar a
otro banderío o a otra revolución implicaba que el presidente provisorio debía
355 Manuel J. Gallardo, “A los artesanos”, El Pensamiento de la Juventud. Sucre, 30 de abril de
1862, p. 4.
356 Caballero, op. cit., 1862, pp. 20-21.
las matanzas de yáñez 137
comprometerse en hacer realidad su crecimiento industrial y su dignificación
social. A través de la democracia pacífica ofrecían la conservación de la paz. Pero esta
solo sería posible mientras quedase garantizado el trabajo y el monopolio gremial
sobre el mismo. Únicamente así “Dios, bendiciendo nuestra elección, derramará
en nuestra patria la unión, la felicidad y la concordia”. Y para asegurarse que el
presidente comprendía la naturaleza de su apoyo no se mostraban solo como
los artesanos de Potosí. Se revelaban también como una confederación artesana
nacional que mediante la prensa exhibía la potencialidad de su apoyo. Ello explica
que al llamamiento potosino respondiesen los artesanos de Cochabamba haciendo
a su vez estos otro nuevo destinado a los de La Paz y Oruro. A través del mismo
indicaban al gobierno la necesidad de que los diputados elegidos respondiesen a
las peticiones concretas de sus votantes y no “a las ambiciones de los partidos”.
En tanto pueblo harto de elegir representantes ajenos a la voluntad nacional,
exigían ahora y a partir de su potencial político “el bien procomunal”. Es decir,
iban a depositar en las urnas los nombres de aquellos “republicanos y patriotas”
que hicieran coincidir los intereses de la nación con sus intereses corporativos y
que estuviesen dispuestos a atender como propias sus demandas laborales. Y los
diputados elegidos darían fe de ese compromiso con los menestrales no malgas-
tando el tiempo en reyertas partidarias y sí discutiendo “materias de utilidad”.
Por tales se entendían aquellas que favorecían el trabajo autorregulado por los
gremios y que procuraban el ascenso social de sus miembros.357
Un ejemplo de esa exigencia se observó en la inauguración el 4 de mayo
de una recoba y una casa de abastos en la ciudad de Oruro. Allí, el discurso
de “un noble artesano” abogaba por la aceptación pública del intercambio de
apoyo político por trabajo. Decía que mientras los políticos actuasen a favor de
“obras útiles y reclamadas por la necesidad de este pueblo que agoniza”, serían
asumidos como benefactores. A cambio de su patrocinio, el pueblo velaría por
sostener y conservar su administración. En estas condiciones, convertidos los
políticos en “protecto[res] del trabajo”, nadie se vería obligado a recurrir al
partidismo y “todas las clases de la sociedad” se ocuparían del bien público.358 Y
para que la ambición del artesano orador se materializara de modo sistemático,
los menestrales que secundaban su actuación consideraban que no bastaba con
ofrecer trabajo. Defendían que era imprescindible que este fuera acompañado
de “una verdadera revolución económica y social” que no era otra cosa que la
357 anb. m798k. Unos artesanos y ciudadanos honrados a sus compañeros. ¡Viva la República!, ¡Viva
la Constitución!, ¡Viva el orden!, Potosí, Imp. Republicana, 1862, pp. 1-2; José de Arébalo, “A
los artesanos de Potosí”, El Artesano. Cochabamba, 27 de mayo de 1862. pp. 2; “Elecciones”,
El Artesano. Cochabamba, 27 de mayo de 1862, pp. 2-3; “Un saludo cortés al nuevo impreso
que ha salido a luz con el título de El Independiente”, El Artesano. Cochabamba, 27 de mayo
de 1862, pp. 3-4; abnb. Bd 475A. Solemnidad pública, Oruro, Imp. del Pueblo, arrendada,
1862, pp. 1-4.
358 abnb. Bd 475A. Solemnidad, pp. 1-4.
138 ciudadanos armados de ley
restitución de un orden social corporativo amenazado “por las nuevas liberta-
des”. Si la “distinción odiosa de cholos, viracochas o caballeros que dividía la
sociedad” en el pasado había conducido a despreciar a los artesanos, “hoy, gra-
cias a los principios democráticos” ya no había tal distinción. Por ello era ya el
momento de abogar con contundencia por una sociedad organizada “en clases”
correspondientes a los diferentes ejercicios en que se ocupaba la población:
“clase de sabios, de abogados, de estudiantes, de sacerdotes, de comerciantes,
de labradores, de artesanos y de vagos”.359
Esta relectura corporativa de la sociedad implicaba la pervivencia del principio
de unanimidad a partir del cual las relaciones entre las distintas clases sociales no se
concebían como conflictivas, ya que el pueblo se imaginaba de manera unitaria y,
por tanto, caracterizado por deberes morales recíprocos. De ello se desligaba que
el ascenso social procedía del perfeccionamiento alcanzado por cada trabajador en
su oficio; luego era el trabajo y la calidad de su ejercicio lo que proporcionaba la
posición social. Sin embargo, el desarrollo del capitalismo implicaba el estableci-
miento de una diferenciación social no controlada por el buen hacer del trabajador.
Por tanto, los artesanos demandaban un orden ocupacional institucionalizado
que les preservara de la indefensión del libre mercado, la proletarización y la
pauperización. El orden idílico de cuerpos en armonía laboral defendido por los
menestrales y publicitado en la prensa artesana360 requería, a su vez, la admisión
pública de su representación política corporativa. ¿Cómo lograrlo?
3.3. El derecho de petición y el Club Constitucional de Potosí
En el ámbito electoral regía el principio de representación plebiscitaria361 limi-
tado por un sufragio censitario. Como ello suponía que no todos los bolivianos
elegían a las autoridades, en la Constitución de 1861 figuraba una fórmula
representativa que involucraba a toda la sociedad y que permitía la fiscalización
permanente del gobierno: el derecho de petición.362 A través de este, el pueblo
359 abnb. m798k. Unos artesanos..., pp. 1-2; José de Arébalo, “A los artesanos de Potosí”, El
Artesano. Cochabamba, 27 de mayo de 1862, p. 2; “Elecciones”, El Artesano. Cochabamba
27 de mayo de 1862, pp. 2-3; “Un saludo cortés al nuevo impreso que ha salido a luz con el
título de El Independiente”, El Artesano. Cochabamba, 27 de mayo de 1862, pp. 3-4.
360 La mayoría de los periódicos destinados a los artesanos, para asegurar su lectura, se distri-
buían gratis en determinadas tiendas. Un ejemplo era el de Emilio González en Cochabam-
ba. De hecho, ya en la época de Belzu, las editoriales anunciaban que los obreros y artesanos
que no tenían recursos para la suscripción podían libremente leerlos en el lugar de la im-
prenta (Schelchkov, op. cit., p. 187; Fernando Unzueta, “Periódicos y formación nacional:
Bolivia en sus primeros años”, Latin American Research Review, vol. 34, núm. 1, 1990, p. 50,
también consúltese Eduardo Ocampo Moscoso, Historia del periodismo boliviano, La Paz, Ed.
Juventud, 1978).
361 Bendix, op. cit., 1974, p. 79.
362 Art. 4, Constitución boliviana de 1861 (Trigo, op. cit., 1958, p. 310).
las matanzas de yáñez 139
podía ejercer y sentir “toda su representación soberana” ya que posibilitaba que
ante los poderes de la nación se elevasen demandas individuales o colectivas cuya
resolución redundara en el bien público. Es decir, al igual que en el caso del
ejercicio patriótico de la violencia por parte de los civiles, el derecho de petición
comprometía al pueblo en su conjunto y no solo al pueblo elector, con lo que la
población asumía corporativamente su poder social y quedaba responsabilizada
de la acción política.363 Dado que la agremiación facilitaba el sistemático empleo
de este derecho por parte de los artesanos, lo asumieron como el mecanismo de
representación más adecuado para la defensa de sus intereses. Además de que
con él no renunciaban al derecho al voto, tenía la ventaja de poder ejercerse en
todo momento y de manera colegiada. Su propósito fundamental era recordar
al gobierno encumbrado con su favor la potencia del accionar colectivo artesano
y obligarlo a satisfacer sus promesas electorales bajo la amenaza de posibles
revoluciones si eso no sucedía. De hecho, el recurso al derecho de petición fue
calificado en muchas ocasiones “de asonada o desacato” por la presión potencial
del pueblo sobre el gobierno. Sin embargo, tras las Matanzas de Yáñez, el uso del
texto constitucional a favor de las demandas populares era entendido como una
acción patriótica incuestionable, ya que el ejercicio cívico de la violencia había
colocado a la ley en “la única idea constituyente del Estado”.
El peso revolucionario de la ley constitucional explicaba que Benedicto Trifón
Medinaceli llamase al derecho de petición “ejemplar tan digno de un país repu-
blicano” en referencia a la destitución lograda por ese medio del agente fiscal de
Sucre Bernabé Latorre. Una vez que habían resultado infructuosas la vía judicial y
la de la prensa para lograr su cese, un conjunto de “abogados y ciudadanos” había
decidido hacer uso del derecho de representación que la Carta concedía al pueblo.
El recurso fue presentado a la “Suprema autoridad” por el batallón de artesanos
de la guardia nacional en el Palacio de Justicia. Tras el saludo del presidente a
este colectivo, había comenzado un acto solemne en el que un artesano se había
dirigido “al jefe del Estado a nombre del pueblo con todo el entusiasmo de un
verdadero tribuno” para entregarle la representación o escrito de petición. En
respuesta, el presidente, “cual verdadero padre del pueblo”, prometió “ofrecer
el reinado de las garantías constitucionales, la fiel observancia de las leyes y el
pronto remedio de cualquier mal”, siendo acompañadas su palabras por el clamor
general del pueblo que le pedía “la caída del tal indigno funcionario”.364
El recurso constitucional mencionado desvelaba que los gremios y las jun-
tas de artesanos contenían diversos niveles de colaboración asociativa con otras
363 Ladislao Cabrera, Juicio crítico para las próximas elecciones, La Paz, Imp. del Vapor, 1862, p. 22.
364 Benedicto Trifón, Manifestación que a nombre del pueblo y suyo hace el ciudadano Benedicto Trifón
Medinaceli al Supremo gobierno y al público de las causas justas que han motivado el acontecimiento
del día 31 del pasado mes de octubre, Sucre, Imp. Boliviana, 1861a, pp. 1-4; Escrito presentado por
el Batallón de la Guardia Nacional después de la proclama de s.e., Sucre, Imp. Boliviana, 1861,
pp. 1-2.
140 ciudadanos armados de ley
instancias públicas como los comités o clubes constitucionales generados a partir
de la competencia entre partidos. La necesidad de los trabajadores de que sus
intereses laborales particulares adquirieran dimensión nacional los obligó a re-
currir a la política y al juego partidario, siendo los intelectuales de esos partidos
quienes redimensionaron ideológicamente sus necesidades corporativas. Si bien
esto funcionó a lo largo del siglo xix, la novedad de las elecciones de 1862 fue
que las asociaciones surgidas en torno a ellas conservaban la impronta de la mo-
vilización popular armada y asamblearia del 23 de noviembre de 1861 y estaban
embebidas en los principios fusionistas; lo que posibilitaba un hermanamiento
político por encima de las diferencias sociales o de clase. Un ejemplo lo encarnó
la experiencia del Club Constitucional de Potosí. René-Moreno catalogó el caso
y otras actuaciones juntistas similares que se dieron en Cochabamba, Sucre y
La Paz como experimentos fallidos, sin sentido práctico, hechos por gentes que
“no servían para nada viril a favor del buen gobierno”. Juzgó la iniciativa de
“prácticas democráticas atenienses y anglosajonas”,365 antagónica “a una sociedad
compuesta por indios, criollos y mestizos inamalgamables al efecto de producir
en consorcio un mismo interés y una homogénea aptitud para la cosa pública”.366
Sin embargo, si se dejan de lado los prejuicios raciales de René-Moreno367 (más
propios de la década de 1880 que de la de 1860) que le llevaban a ver en toda
acción colectiva de “la plebe” la perversión del orden y el triunfo del “caudillismo
soldadesco”, se observa en el caso del club potosino una sugerente experiencia
republicana en la que el pueblo era llamado a retomar sus deberes cívicos a través
del asociacionismo, la deliberación y la demanda constitucional. Este ejemplo
refuerza lo dicho respecto al caso Bernabé Latorre: el sufragio censitario no
limitaba la acción ciudadana y la sociedad poseía formas de representación que
iban más allá del voto.
En reacción a/o en contraste con el atentado constitucional ejercido por
Yáñez y con el abuso partidista representado por Balza y Fernández, se fundó en
Potosí un club político llamado Club Constitucional. Sus principales responsa-
bles fueron Antonio Quijarro, Demetrio Calvimonte y Daniel Campos, quienes
junto a Pedro A. Nogales, Ildefonso Lagrava, Daniel Campos, Juan Tapia, Ma-
riano B. Arrueta y Pedro Hachi Vargas publicaron un periódico titulado El Club.
Su objetivo no era lograr que un determinado candidato ganase las elecciones,
sino que la agrupación por ellos formada fuera asumida públicamente como
365 El derecho de petición estuvo consignado en el artículo 373, en la Constitución de Cádiz. Su
copioso uso hizo que siguiera presente en las constituciones españolas de 1837, 1845, 1856
y 1869 (su formato se mantiene en la de 1978). Sobre su importante uso en otros espacios
véase Brian P. Owensby, Empire of Law and Indian Justice in Colonial Mexico, Stanford, Stan-
ford University Press, 2008.
366 René-Moreno, op. cit., pp. 348, 352, 355, 357 y 359.
367 Gabriel René-Moreno, Anales de la prensa boliviana. El golpe de Estado de 1861, La Paz, Ed.
Juventud, 1985, p. 81.
las matanzas de yáñez 141
una instancia defensora de la Constitución, dedicada a aconsejar a los poderes
públicos sobre materias de gobierno a través del derecho de petición. En calidad
de “legítimo partido republicano” contrario a actos autoritarios y destinado al
ensanche de las libertades públicas, el cometido del Club Constitucional era
ayudar a la presidencia a gobernar. Y, a cambio de su férrea defensa del régimen
legal, exigía medidas en beneficio de los distritos de Potosí. Es decir, mediante
la politización de la sociedad vía el asociacionismo abogaba por una reforma
moral de la sociedad en términos de orden que implicaba la eliminación del
partidismo faccioso. Los dirigentes del club opinaban que los bolivianos habían
renunciado a la iniciativa personal con respecto a la cosa pública para esperarlo
todo de la autoridad, con lo que habían dejado de comportarse como pueblo.
Era urgente, entonces, que “los vecinos acomodados, al clero, al gremio de
propietarios rurales, los artesanos…” retomasen sus derechos y obligaciones
soberanas y volviesen a ser el pueblo. Para que esto sucediese y se abriera otra
vez la comunicación entre este y el gobierno era imprescindible que no hubie-
se una separación entre la sociedad y la autoridad. El Club Constitucional se
proponía lograrlo a través de continuas manifestaciones colectivas “del espíritu
de libertad” estructuradas a través del derecho de petición. Esto funcionaría
siempre y cuando la población se tornase en una plebe en alerta, revoluciona-
ria, movilizada y armada que actuase de contrapeso al poder pretoriano bajo
el lema de “a discordia concordia”. Esto es, la experiencia de los sucesos de
La Paz reforzaba el modelo de ciudadanía armada popular como la respuesta
a cualquier exceso que vulnerase la ley y siempre que la violencia ejercida se
pudiera reconducir mediante la política de fusión.
El Club Constitucional se constituyó a finales de noviembre de 1861, siendo
comunicado tal hecho al jefe político Hilarión Ortiz y al fiscal del distrito. Pese
a que este último quiso que se aplicara el artículo 213 del código penal del 6 de
noviembre de 1834, por la que el club no podía reunirse sin licencia del supre-
mo gobierno, Ortiz lo autorizó y cedió las aulas del colegio Pichincha para sus
reuniones. La primera tuvo lugar el 12 de diciembre. En ella se acordó que solo
el debate pacífico de las diferencias partidarias podría “sanar a la nación”, siendo
los comicios deliberantes la mejor respuesta contra “matanzas de opositores”
como la del 23 de octubre en La Paz. En esta tarea de nada valía la “estratocracia”
y el monopolio del gobierno por una sola clase de la sociedad. A través de los
recursos que ofrecía la constitución, todos los bolivianos podían de un modo u
otro velar por el bien público. En su defensa nadie debía autoexcluirse ni que-
dar excluido, porque de lo contrario una causa común nacional sería imposible.
Había, por tanto, que “hacer que la verdadera opinión reine, que la soberanía no
sea una palabra sin sentido, que el ciudadano por humilde que sea su posición
no desaparezca en las complicaciones sociales”. Para conseguirlo, para que la
sociedad pudiera deliberar públicamente y que su opinión fuese escuchada por
las autoridades debían: primero, multiplicarse las asociaciones a todos los niveles
142 ciudadanos armados de ley
–“se las ramificara en cada barrio y aun en cada gremio”– y, segundo, organizarse
sus demandas para su presentación corporativa. Como ejemplo de ello, el Club
Constitucional usó el principio de petición para solicitar al jefe político la elimi-
nación de una ordenanza sobre patentes dictada por la municipalidad.368
Dejando a un lado el desarrollo del conflicto surgido entre las dos instancias
representativas, la reyerta entre el club y el concejo municipal abrió un debate no
solo sobre el ejercicio de las atribuciones constitucionales y los posibles conflictos
de competencia a que podía dar lugar. También lo hizo sobre qué poder debía
arbitrarlos. Si el derecho de petición como canal de expresión de la soberanía
popular conducía a una contradicción entre los preceptos constitucionales y
las potestades de los órganos de gobierno local, ¿qué instancia de poder debía
decidir? La Constitución de 1861 fijaba como tal a los poderes representativos,
pero ¿qué pasaba cuando uno de ellos, en este caso el concejo municipal, era una
de las partes de la disputa?, ¿qué hacer cuando se enfrentaba la representación
del pueblo con el pueblo congregado corporativamente a través de un escrito
de petición? Si bien la respuesta colocaba al Ejecutivo como árbitro final, ¿qué
ocurriría cuando este fuese objeto de reclamación? Ante estos dilemas, puede
afirmarse que si el derecho de petición ofrecía una salida pacífica al conflicto,
también colocaba a los poderes públicos en una posición de fragilidad en la
medida en que el pueblo nunca delegaba su soberanía de una manera plena en
sus representantes. Por tanto, la discusión potosina –en la que, de un lado, el
municipio se quejaba de que el club lo desautorizaba “ante las masas populares
y hacía impopular la gabela” y, de otro, el club consideraba su deber hacerlo
para proteger a “los pobres e infelices”– planteaba dos graves cuestiones: ¿qué
poder tenía dentro del Estado una sociedad organizada corporativamente?; y
¿cuál debía ser la distribución del poder dentro de la sociedad? Ambas remitían
al tema de la gobernabilidad de la República con referencia implícita al princi-
pio de autoridad. ¿Exigía la conservación del orden un rediseño de los poderes
públicos y una limitación del poder del pueblo?
3.4. El Decreto Supremo y La apelación al pueblo: Sobre el valor
de lo comunitario en el ideario liberal
La cuestión relativa al equilibrio entre el principio de autoridad y el principio de
soberanía popular volvió a manifestarse con ocasión del Supremo Decreto del
18 de noviembre de 1862. La sanción del mismo devino en un enfrentamiento
político que expresaba, por una parte, las tensiones en términos de poder entre
el Ejecutivo y el Legislativo, y, por otra, la conflictiva convivencia entre las fór-
mulas representativas del sufragio y el derecho de petición. Estaban en juego
368 Se han utilizado las referencias periodísticas y documentales proporcionadas por René-Mo-
reno, op. cit., 1958, pp. 341-359.
las matanzas de yáñez 143
la representación del pueblo en lo relativo a quiénes eran los portavoces de su
voluntad soberana y el modo en que el pueblo expresaba su opinión más allá de
la actuación de los diputados.
Con la intención de enfrentar mejor los futuros movimientos de sedición,
el 14 de diciembre bajo la iniciativa de Lucas Mendoza de la Tapia, ministro de
Gobierno y de Negocios Diplomáticos, se convocó por el Supremo Decreto
mencionado una asamblea constituyente que debía reunirse en Oruro el 1 de
marzo de 1863. Su cometido debía ser modificar la Constitución u originar una
nueva que reforzase al Ejecutivo, restableciese el Senado, eliminara el Consejo
de Estado, y descentralizase el poder administrativo a través de los municipios,
a los que les competiría “la gestión de los intereses subalternos”. Aunque esa
iniciativa contó con muchas actas de apoyo popular, también aparecieron otras
tantas en su contra, teniendo de nuevo los artesanos en ambos bandos una
actuación central. Por considerar que la convocatoria de una asamblea era un
golpe de Estado contra la Constitución, a los opositores tradicionales al gobier-
no –belcistas y septembristas– se unieron, paradójicamente, la mayoría de los
diputados cochabambinos y chuquisaqueños afines al presidente. Ejemplo de su
descontento fue la carta del 16 de diciembre dirigida al mismo para la revocación
de la ley. Iba firmada por el jefe político, el comandante general, los vocales de
la Corte, el fiscal del distrito, los administradores de rentas públicas y dos jefes
de la guardia nacional de Cochabamba. Teniendo en contra la opinión de sus
principales valedores, el 22 de diciembre de 1862 Achá revocó el Supremo De-
creto, siendo posteriormente reconstituido el gabinete ministerial.369
En un documento titulado La apelación al pueblo Mendoza de la Tapia ex-
plicaba las razones que exigían el cambio constitucional. La principal era que
la Constitución de 1861 no había organizado el poder público “con el vigor
necesario para contener el desborde de los partidos que hacen esas revolucio-
nes”. Si bien hasta el momento el gobierno había conseguido vencerlas, esto
había sucedido porque cuando la facción belcista se sublevaba la septembrista
se movilizaba a favor del gobierno y viceversa. Es decir, este sobrevivía gracias
a la hostilidad que se profesaban recíprocamente ambos banderíos. Dado que
la dominación alternativa de estos dejaba a la administración pública a merced
de las coyunturas partidarias, era necesario corregir aquello que lo permitía: “la
debilidad del principio de autoridad, o más bien, la total ausencia de ese princi-
pio”. Mendoza de la Tapia pensaba que se había llegado a esa situación porque la
Carta de 1861 había sido el resultado de dos reacciones combinadas: “la reacción
contra la dictadura y la reacción contra el golpe de Estado”. Como de esa doble
369 Lucas Mendoza de la Tapia abandonó el gabinete de gobierno. Juan de la Cruz Benavente
asumió la cartera de Relaciones Diplomáticas, Melchor Urquidi la de Hacienda, Serapio
Reyes Ortiz la de Instrucción y el coronel Juan Sánchez Benavente la de Guerra (Sotoma-
yor, op. cit., 1874, pp. 784-800).
144 ciudadanos armados de ley
tensión no podía resultar “la verdad constitucional” –es decir, aquella basada
en el criterio del “fallo de la mayoría”–, consideraba imprescindible lograr un
gobierno capaz de conservar “la paz pública”. Ello solo lo concebía factible si
se cambiaba la actual constitución que debilitaba el poder, haciendo “efímero y
precario el beneficio del orden”. Para concretar esa medida proponía convocar
una asamblea constituyente cuyos miembros debían ser previamente elegidos
por el pueblo.
Aunque la Constitución de 1861 establecía que su reforma era asunto del
Congreso,370 el ministro opinaba que eso no impedía al pueblo boliviano “el
derecho de variar la Carta sin las dificultades y lentitudes de un procedimiento
en que no esta[ban] comprendidos los grandes peligros ni las supremas urgen-
cias nacidas de los acontecimientos imprevistos”. El ejercicio de la soberanía
delegada de las asambleas podía y debía ser reglamentada, pero “la soberanía
radical, originaria, inmanente del pueblo” no podía ser constreñida por nadie. La
fórmula de apelación al pueblo era, así, la única adecuada para que este decidiese
un mejor modo constitucional de sostener el orden público. Tal acto constaba
de dos operaciones. Por un lado, el gobierno convocaba al pueblo con derecho
a sufragar para que mediante un comicio eligiese a los miembros de la asamblea
constituyente que debían promover el cambio constitucional. Por otro, como
estaba vigente el sufragio censitario, se esperaba que el pueblo en conjunto se
pronunciase a favor de la reforma constitucional a través de actas públicas o es-
critos petitorios confeccionados individual o colectivamente. La fuerza conjunta
de ambas acciones cívicas implicaba que la representación del pueblo delegada en
el Congreso retornaba otra vez al mismo para después depositarse, mediante el
voto y el escrito, en nuevos asamblearios. Y con el objetivo de que nada empañase
ese proceso y naciera una Constitución con mayor consenso entre los opositores,
Mendoza de la Tapia creía imprescindible el decreto de una amnistía absoluta.371
Con la participación en los comicios de todos los partidos rivales y hasta de los
líderes revolucionarios proscritos, solo en el caso de que el pueblo se negase a
elegir o eligiera representantes adictos a la Carta de 1861 podría afirmarse con
rotundidad que “la opinión pública sostenía esa Constitución o más bien que
se oponía a que fuese reformada”.372 Esa convicción explicaba que el ministro
defendiese que la apelación al pueblo no alteraba el orden constitucional hasta
que dicho pueblo “reformase la Carta o resolviese perecer con ella”.
Quienes se oponían al Supremo Decreto coincidían con el ministro en que
las revoluciones cuestionaban el orden y el principio de autoridad. Si bien sus
causas eran muchas, unas resultaban injustificables por haber nacido “solamente
de la ambición de los caudillos” y otras se tornaban necesarias para empujar a los
370 Arts. 26, 33, 81-88; Trigo, op. cit., 1958, pp. 313, 315, 324-25.
371 En las anteriores amnistías habían sido excluidos los líderes de las asonadas.
372 Lucas Mendoza de la Tapia, La apelación al pueblo o sea el Decreto del 18 de noviembre de 1862,
Cochabamba, Tip. de Gutiérrez, 1863, pp. 5, 11-13, 17-18.
las matanzas de yáñez 145
pueblos en su marcha progresiva “hasta alcanzar la conquista de sus derechos”.
Es decir, opinaban que la violencia era tan necesaria en la construcción del orden
público como lo era su domesticación para la conservación del mismo. Pero si
el pueblo siempre corría el riesgo de perder sus potestades “por la mano arma-
da”, también podía hacerlo por medio de fórmulas pacíficas que invocaban “la
necesidad del orden y la salvación pública”. Y eso podía suceder si se fortalecía
al Ejecutivo por encima de los otros poderes y se desoía la opinión colectiva del
pueblo expresada en actas populares. Así, para evitar que los gobernados cues-
tionaran su “sentimiento de obediencia” y estallara la resistencia civil, quienes
se oponían al Supremo Decreto estructuraron su negativa a través de tres pre-
guntas: ¿la Constitución de 1861 había originado las revoluciones debilitando el
principio de autoridad o, por el contrario, había sido la responsable de salvar el
orden?; ¿quién debía reformarla?; y ¿podía convocar un gobierno una asamblea
constituyente para que revocase, suspendiera o modificase la Carta?
En respuesta, los detractores del Supremo Decreto defendieron que la fuerza
del Ejecutivo no garantizaba el orden ni la paz pública, ya que el bienestar de
la nación resultaba “de la armonía del gobierno y la nación”. Y para obtenerla
se requerían: una colaboración compensada y regulada de los poderes bajo el
imperio de la ley, una transmisión legítima y regular de la autoridad y el respeto
gubernamental de las garantías del ciudadano. Opinaban que ello no quedaba
asegurado si se colocaba a la presidencia “en el terreno del poder discrecional”,
ya que los gobiernos fuertes solo conservaban su hegemonía sacrificando el
verdadero orden que solo se fundaba “en la razón y en la justicia”. Esto es, el
principio de la fuerza no podía erigirse en el único derecho. Hacerlo pondría al
pueblo y a las instituciones a merced de la autoridad como había ocurrido con
el caso de Yáñez. Las acciones del ajusticiado comandante general de La Paz no
habían respondido a lo dictado por la Constitución de 1861, sino al abuso de
las facultades extraordinarias que esta preveía. Esa infracción había originado
el “crimen más espantoso que jamás se ha consumado en el seno de una nación
civilizada”. La solución contra las revoluciones no residía en el “olvido” de las
garantías constitucionales que fue a lo que Yáñez recurrió. Todo lo contrario.
No se necesitaba otro castigo para los culpables que el de las leyes penales apli-
cadas por la justicia ordinaria, de manera que la Constitución de 1861 debía ser
mantenida a toda costa porque había dado argumentos al pueblo para defender
su soberanía. De hecho, los paceños, antes y después del combate, la habían in-
vocado para hacer frente tanto a un abuso de autoridad como a una sublevación
facciosa. Y si los sucesos ligados a las Matanzas del Loreto y a la rebelión militar
de Balza habían concienciado a la población sobre importancia de la ley, el Su-
premo Decreto lo único que hacía era cuestionar la legalidad y la legitimidad con
las que el gobierno había dominado todas las posteriores resistencias armadas.
Los detractores del Supremo Decreto insistieron también en que la obli-
gación del gobierno era cumplir y defender la Constitución. Solo el pueblo,
146 ciudadanos armados de ley
en virtud de su soberanía y a través de sus representantes y de las autoridades
creadas por la Carta, era quien podía variar las instituciones cuantas veces se
lo aconsejasen “la razón y la experiencia”. Y si el gobierno no lo respetaba co-
metía un delito de sedición al atribuirse los derechos del pueblo: si dictaba la
ley al pueblo se convertía en su soberano, robándole la soberanía.373 Añadían,
además, que cuando el ministro había apelado “al voto mudo, pasivo e indirecto
de los ciudadanos con derecho a sufragio” no lo había hecho al pueblo: prime-
ro, porque este no se componía de los siete u ocho mil ciudadanos inscritos
en el padrón electoral, sino de una gran mayoría de personas ilustradas, los
diputados, cuyo voto no había sido consultado; y, segundo, porque el pueblo
en su conjunto no había realizado actas de petición favorables a la reforma
constitucional. Esto es, el pueblo representado en el Congreso y el pueblo
deliberante a través del derecho de petición no se había manifestado de la
manera querida por el gobierno. Al no autorizar mediante actas populares la
reunión de una asamblea que reflexionara sobre la suerte de la República, como
sí había ocurrido en 1839, 1848 y 1861, nadie en su nombre podía modificar
o derogar la Constitución.374 Concluían, por tanto, no haber razón para la
conformación de esa asamblea que, tras declararse dueña del poder constituido
y del poder legislativo que le habilitaba para dictar la ley –los instrumentos
jurídicos del mando y del orden por excelencia–, pudiera elaborar una nueva
constitución con su consecuente poder de reconfiguración del conjunto de las
relaciones sociales.375
No solo la Constitución de 1861 se mantuvo vigente durante el gobierno
de Achá. También prevaleció la opinión de que fue confeccionada por una de
las asambleas constituyentes “más libre e independiente” que habían habido
hasta el momento en la República.376 Pero si el esfuerzo de Mendoza de la Tapia
de asentar el principio de autoridad no se concretó mediante la solución presi-
dencialista que diera mayores atribuciones al Ejecutivo sobre los otros poderes,
la discusión que se desencadenó acerca de la delegación de la soberanía y los
mecanismos de representación permite reflexionar sobre la naturaleza del libera-
lismo decimonónico. Aunque suele afirmarse que el ideario liberal decimonónico
buscaba romper íntegramente con las prácticas de servidumbre y despotismo del
Antiguo Régimen, esa ruptura no debe confundirse de manera absoluta con una
373 Art. 20. Trigo, Las constituciones, p. 312.
374 José María de la Reza, Constitución de 1861: sus influencias en la situación política, Cochabamba,
Imp. del Siglo, 1863, pp. 1-8; Benito Guzmán, La Constitución de 1861 y el Supremo Decreto
del 18 de noviembre de 1862, Cochabamba, Imp. del Siglo, 1863, pp. 1-7; Julián Ríos, Una
aclaración o sea el origen del decreto del 22 de diciembre de 1862, Cochabamba, Imp. del Siglo,
1863, pp. 1-7; Terrazas, op. cit., 1865, pp. 1-18.
375 García de Enterría, op. cit., 1995, p. 30.
376 Documentos para la Historia. El general José María de Achá, Cochabamba, Imp. del Siglo,
1871, pp. 1-4.
las matanzas de yáñez 147
identificación simplista entre el liberalismo y el individualismo ni con la condena
expresa de todo lo corporativo. ¿A qué responde esta observación?
Los acontecimientos de 1808 habían mostrado una comprensión del pueblo
depositario de la soberanía en su sentido corporativo de cuerpo y cabeza de una
conscripción territorial, siendo sinónimos pueblo y pueblos. A lo largo del pro-
ceso independentista, a partir de la reactivación del proceso de retroversión de
la soberanía al pueblo y del experimento constitucional gaditano, se sublimó su
sentido de cuerpo político. Este significado unido al de “conjunto de los gober-
nados” o al de “conjunto de habitantes de un país de cualquier clase y condición
que fueren” fue el que se estableció con la fundación republicana. El formato na-
cional impuesto hizo que el pueblo en tanto agregado de todos los individuos que
conformaban la nación boliviana se asumiese como el cuerpo político de la nación,
produciéndose una transmutación de la soberanía del pueblo en la soberanía de la
nación. Así, si durante el periodo español la noción de pueblo suponía entender
a las personas como sujetos arraigados en la comunidad, en la etapa posterior
republicana, a la vez que se había dado una individualización teórica de la sociedad
en virtud de la revolución, se produjo también un entendimiento colectivo de
la soberanía. Y no fue solo individual, porque la nación era una unidad superior
a cualquier ciudadano y a cualquier conjunto de ciudadanos. Los derechos del
individuo se reconocían en la medida en que este se definía como constituido en
una sociedad nacional, no pudiendo ser por ello sus intereses contradictorios.377
Se había producido una supeditación de los derechos individuales al colectivo de
la nación por ser esta la encarnación del poder o la voluntad del pueblo.
Cuando la nación como totalidad abstracta pasó a ser sujeto de soberanía,
la referencia a la voluntad general no implicaba solo y necesariamente fundar
la política en la opinión, los intereses o el consentimiento de los ciudadanos,
también subrayaba la organización de un poder imparcial que no distinguiera
entre individuos. Sin embargo esa mengua de potestades políticas del pueblo
trasmutado en nación no afectó al hecho de que la voluntad colectiva absorbía
la voluntad individual. El yo quedaba nuevamente vinculado a la comunidad,
lo que daba lugar a una concepción de lo político como búsqueda colectiva del
bien común, frente a la idea de una pugna entre individuos atomizados por el
control de los recursos. Al reforzamiento de esta concepción de matriz republi-
cana había contribuido el hecho de que la Constitución gaditana de 1812 definía
377 Sobre la discusión en torno a la noción de pueblo véanse: Federica Morelli, “La revolución
en Quito: el camino hacia el gobierno mixto”, Revista de Indias, vol. lxii, núm. 225, 2002,
pp. 335-356; Marta Irurozqui, “El sueño del ciudadano. Sermones y catecismos políticos en
Charcas tardocolonial”, Elites intelectuales y modelos colectivos. Mundo Ibérico (siglos xvi-xix), Mó-
nica Quijada y Jesús Bustamante (eds.), Madrid, csic, 2003a, pp. 215-245; Mónica Quijada,
“El pueblo como actor histórico. Algunas reflexiones sobre municipalismo y soberanía en
los procesos políticos hispánicos”, El lenguaje de los “ismos”: vocablos vertebradores de la Moder-
nidad, Marta Casáus Arzú (ed.), Guatemala, sig Editores, 2018, pp. 17-37.
148 ciudadanos armados de ley
al ciudadano a partir del vecino y reconocía a la parroquia –sociedad local– la
potestad de identificarlos. Aunque ello hizo que el principio de representación se
legitimase más a nivel del municipio que a nivel nacional con los consiguientes
problemas de gobernabilidad, también posibilitó un entendimiento comunitario
de la política que alentó la resignificación de fórmulas juntistas y asociacionis-
tas que favorecieron la democratización de la sociedad.378 Gracias al rescate o
conservación en el liberalismo del valor de la comunidad se podían afrontar
los peligros desligados de la pluralidad partidaria –división y conflicto– y de la
maleabilidad de la población –corrupción. ¿Cómo?
Cuando la razón individual se imponía a la razón pública, los banderíos
partidistas convertían el poder general en un derecho personal y fracturaban la
sociedad. La solución para que esta no fuese aniquilada por el interés individual
de los líderes facciosos era que desarrollara acciones propias de la democracia
pacífica o de la democracia armada tendentes a defender la ley constitucional que
sintetizaba la voluntad de todos. Es decir, el sistema político habilitaba al pueblo
en tanto colectivo generador de soberanía a defender la voluntad general que
había expresado en la ley. El interés individual no solo no rompería el principio
de autoridad, sino que lo asentaría legalmente siempre que este no estuviese en
contradicción con la ley. El castigo y la deslegitimación populares recibidos,
respectivamente, por Yáñez y por Balza habían sucedido precisamente porque
ambos habían atentado contra la legalidad constitucional, siendo apoyado el
gobierno debido al respeto de la misma a través de la política de la fusión. En
consecuencia, la no aceptación de la apelación al pueblo promovida por Mendoza
de la Tapia implicaba que la población asumía la representación electoral –a tra-
vés de los diputados elegidos mediante sufragio censitario– y la representación
corporativa –a través de las fórmulas petitorias– como garantías suficientes de
buen gobierno. Con ello rescataba también el “valor de las influencias sociales”.
Estas se manifestaban tanto en el gobierno de los más aptos concretado en los
miembros del Congreso, como en el poder de las corporaciones artesanas. En
ambos casos las colectividades institucionalizadas en el Estado se tornaban en el
pueblo, quedando valorada la armonía de la comunidad por encima de la estricta
autonomía individual.
El modo en que lo comunitario ayudaba en un contexto de República a re-
solver los peligros desligados de la pluralidad partidaria y de la maleabilidad de la
población permite sostener que de modo sustantivo el cuerpo político liberal se
concebía habitado por actores individuales que compartían un conjunto común
de intereses, teniendo que ser cualquier interés grupal idéntico a los intereses,
correctamente entendidos, de la sociedad como un todo. Pese a la retórica anti
Antiguo Régimen, lo corporativo no se concebía contrario a ese universalismo
378 Irurozqui, op. cit., 2005c, pp. 451-484; Antonio Annino, “Imperio, Constitución y diversidad
en la América hispana”, Ayer, vol. 70, núm. 2, 2008, pp. 38-39.
las matanzas de yáñez 149
implícito siempre y cuando los portadores de intereses especiales de naturaleza
sectorial –instituciones y grupos– los ostentaran para el beneficio general de la
sociedad. Es más, tanto el orden gubernamental, como un pueblo públicamente
ejercitado en sus potestades soberanas exigían una supeditación del individualis-
mo al bien público, con lo que el liberalismo de las primeras décadas del siglo xix
resolvía el dilema de la supremacía entre el individuo y la sociedad a favor de la
segunda. Los derechos de los primeros quedaban preservados gracias justamente
a priorizar el bienestar de la segunda mediante la ley. En este sentido, querer
modificar desde la presidencia la Constitución de 1861 cuestionaba el sentido
de la voluntad popular o de la voluntad general de la nación. Si bien Mendoza
de la Tapia trató de evitarlo mediante el método de apelación al pueblo que
conllevaba que la población de modo colectivo o individual emitiese actas a favor
de la medida, dichas actas no fueron mayoritarias y, por tanto, no se produjo el
asentimiento del pueblo u opinión pública a su favor.
El no consentimiento popular a la propuesta de Tapia tuvo dos resultados
básicos en términos de representación. Por un lado, el Congreso, en tanto ór-
gano representante de la voluntad del pueblo, quedó ratificado en su actividad
legislativa frente al Ejecutivo. Por otro, el hecho de que se reconociera que el
pueblo podía desautorizar a los dos poderes si actuaba de manera colegiada im-
plicó que ambos reconocían que la autoridad la había de ejercer siempre este.
Los agentes que obraran en nombre del pueblo eran temporales y revocables y
nunca, por tanto, propietarios del poder, pudiendo únicamente ostentarlo por
comisión del mismo. La delegación de la soberanía no se concebía total, sino
parcial, fragmentaria y limitada, no pudiendo tampoco quedar cautiva merced a
la razón de Estado, que en el caso tratado estaría referida a la prioridad de frenar
las revoluciones. Esta concepción de la delegación de soberanía continuó como
tradición política merced a la violencia popular en La Paz desencadenada en aras
de combatir un abuso de autoridad y defender la Constitución. La memoria de
las Matanzas de Yáñez actuó a favor de preservar un experimento constitucional
debido a que su defensa armada había pacificado el país y había dado instrumentos
a parte de la población para evitar su devaluación laboral y de estatus. Ambos
fenómenos requirieron de una politización de los actores sociales, que hacía de
la política una vía de conquista social.
capítulo iii
De la usurpación de Melgarejo
a la Santa Revolución de 1870.
El pueblo armado de los indígenas patriotas
Una serie de prodigios o señales ocurridos en vísperas de la llegada del ejército
del presidente Mariano Melgarejo a la ciudad de La Paz anticipaba, en opinión
de Miguel Ramos Chaves, el consentimiento divino a la revolución del 15 de
enero de 1871. De no ser así cómo podía explicarse que las oraciones, ayunos y
“toda clase de austeridades” realizadas por las monjas en sus claustros para que
Dios “aplazara su justa ira” tuvieran respuesta en forma de “una paloma blanca
como la nieve” que, perseguida por dos cóndores, llegaba a las barricadas de los
rebeldes “al tiempo que el ejército invasor se descolgaba del Alto”. La aparición
del “mensajero de la paz”, que anunciaba el inminente fin de los males y alentaba
la confianza de los combatientes, animó más tarde una procesión del Señor del
Perdón encabezada por el cura Martínez. Sin saber bien ni cómo ni por qué,
la comitiva fue recorriendo “los puntos que en sus altos arcanos” iban a estar
más expuestos durante el combate hasta llegar finalmente al cementerio de San
Sebastián. Allí se erigía la efigie de “Nuestra Señora de La Paz”, a quien como
verdadera fundadora de la ciudad los fieles procesionarios pidieron que en ese
mismo lugar descargara “sus pertrechos el enemigo”.379
Bajo la retórica de que Dios actuaba a favor de la revolución daba inicio la
última campaña de un proceso revolucionario iniciado en 1865 tras el derroca-
miento del presidente José María de Achá por el coronel Mariano Melgarejo el 28
de diciembre de 1864. Esta afirmación aboga por vincular el triunfo rebelde del
15 de enero 1871 con la mayoría de las asonadas contra “el usurpador Melgarejo”,
tornándolo parte y resultado final de un largo proceso conspirativo e insurreccional,
379 Miguel Ramos Chaves, Las tres estrellas del Norte o la Defensa de La Paz, Enero 15 de 1871, La
Paz, Imp. del Pueblo (dirigida por Francisco Arzadum), 1871, pp. 8-9.
[151]
152 ciudadanos armados de ley
acaecido en todo el territorio de la República y liderado por miembros del go-
bierno de Achá, antiguos colaboradores e incluso rivales. El argumento legal
sustentador de dicho proceso sedicioso era que el levantamiento de Melgarejo no
había constituido una verdadera revolución sino un motín de soldados, por ser de
naturaleza personal y no encabezar a ningún partido ni representar siquiera los
intereses y aspiraciones de una facción política. Frente al despotismo de Melga-
rejo, el propósito básico de los alzados contra su gobierno consistía en restaurar
por las armas la legalidad constitucional de 1861 y restablecer la política de fusión
que la hacía posible. A esa aspiración germinal se terminó sumando la necesidad
de desmantelar una política gubernamental nociva en materia de diplomacia,
finanzas y tierras. Pero si los “seis años de tiranía” fueron combatidos desde su
inicio por un constitucionalismo revolucionario, las divisiones en la dirección de
los pronunciamientos, su carácter en ocasiones local y las reiteradas derrotas de
los insurgentes daban cuenta de que se necesitó ese periodo de tiempo tanto para
organizar de modo unívoco la desafección institucional y popular a Melgarejo,
como para la concreción y aceptación colectiva del liderazgo nacional del coronel
Agustín Morales (y de Casimiro Corral) frente a otras candidaturas.
Ese periodo de incubación y eclosión revolucionarias de seis años dio lugar a
que en las campañas finales de Potosí y La Paz quedaran sublimados tres aspectos
característicos del mismo, de los que fueron recíproca expresión tres insultos
recurrentes a Melgarejo: “azote de Dios”, “jefe bandolero” y “usurpador (de
las tierras de indios)”.380 El primer aspecto fue la sacralización de los aconteci-
mientos violentos. Si bien en la mayoría de los sucesos revolucionarios acaecidos
en Bolivia desde la independencia habían estado presentes las alusiones pías y
la intervención de religiosos, en los que dieron lugar a la revolución de 1870
el Altísimo fue abiertamente invocado como el actor legitimador del proceso
de deposición de Melgarejo en tanto “azote de Dios”. Como consecuencia, el
pueblo en armas de la revolución terminó trasmutado en el pueblo de Dios en
armas. Esa consagración del hacer popular estuvo acompañada de una asociación
entre la “guerra de liberación del tirano” Melgarejo por “el ejército libertador”
y la guerra contra España por los independentistas charqueños. La revolución
adquiría, así, una doble legitimidad: la voluntad divina intervenía para asentar
la gesta emancipadora y fundadora de Bolivia.
El segundo aspecto implicó una nueva acometida contra la ciudadanía ar-
mada pretoriana, ya denostada a partir del episodio de las Matanzas de Yáñez.
Melgarejo –en tanto “jefe bandolero”– había movilizado desde un inicio al
ejército, pero a uno sin un “pueblo” que sostuviera y legitimara su proceder.
Como resultado, había usurpado la soberanía popular. Esa defenestración de
Melgarejo no cuestionabael uso de la fuerza militar para alcanzar el poder, sino
380 Tales calificativos aparecen de modo reiterado en las fuentes documentales utilizadas en este
capítulo.
de la usurpación de melgarejo 153
el uso personal de la misma por parte de líderes golpistas amparados en la fórmula
justificativa de que el pueblo había depositados en el ejército sus garantías. Con
ello quedaba subrayada que la defensa extrema del orden constitucional debía
recaer en la modalidad de la ciudadanía armada popular; es decir, en la que pueblo
y ejército actuaban de manera conjunta y coordinada, debiendo permanecer
siempre el segundo al servicio del primero. El tercer aspecto estaba referido a
los componentes del pueblo en armas. Al igual que en los episodios anteriores,
entre la población que se pronunció en cabildo abierto o comicio mediante
actas, nombró nuevas autoridades y se movilizó armado contra el gobierno de
Melgarejo destacaron los artesanos y los “jóvenes decentes”, siendo esta vez muy
significativa la participación de los indios aymaras del Altiplano.
De los tres aspectos mencionados, en este capítulo se va a primar la actuación
pública indígena381 en relación con el ejercicio de la ciudadanía armada, dejando
al elemento religioso vinculado a una retórica general de legitimación revolu-
cionaria en la que el carácter de santidad de actos, leyes y personajes provenía
de acatar “la voluntad nacional”.382 Dada la trascendencia de la presencia india
en los resultados revolucionarios del 15 de enero de 1871 se discutirá de modo
general la capacidad de la guerra para reestructurar identidades sociales y gene-
rar oportunidades de integración nacional, sobre todo en aquellos casos en los
381 Aunque a lo largo de este capítulo se usan las categorías indio o indígena para designar de
modo general al colectivo social ubicado en el altiplano y valles colindantes (indios de tie-
rras altas), asociado a la vida rural comunitaria y responsable del pago al fisco de un tributo
por el que adquiría posesión de las tierras de repartimiento, es imprescindible señalar, como
indica Rossana Barragán, que tal designación constituía sobre todo una condición homoge-
neizadora que encubría situaciones identitarias y laborales muy variadas (Rossana Barragán,
“¿Categoría fiscal o categoría social? La campesinización del indio”,Cuadernos de Historia La-
tinoamericana: Estado-nación, comunidad indígena, industria. Tres debates al final del milenio, Hans
Joachim König; Tristan Platt; Colin Lewis (coords.), Ridderkerk, ahila, 2000, pp. 143-167).
Véanse también Rossana Barragán y Sinclair Thomson, “Los lobos hambrientos y el tributo a
Dios: conflictos sociales en torno a los diezmos en Charcas colonial”, Revista Andina, núm. 22,
1993, pp. 305-348; Brooke Larson, “Casta y clase: la formación de un campesinado mestizo y
mercantil en la región de Cochabamba”, Revista Allpanchis, núms. 35-36, 1990, pp. 187-224;
Ulrich Mücke, “La desunión imaginada. Indios y nación en el Perú decimonónico”, Jahrbuch
für Geschichte Lateinamerikas, núm. 36, 1999, pp. 219-232; Rossana Barragán y Ana María
Lema, “Construir, representar y controlar”, Bolivia. Su Historia. Los primeros cien años de la
República, 1825-1925, Rossana Barragán, Ana María Lema y Pilar Mendieta (coords.), vol.
iv, La Paz, Coordinadora de Historia-La Razón, 2015, pp. 205-213. Véanse, además, las re-
flexiones de Josefa Salmón, El espejo indígena. El discurso indigenista en Bolivia 1900-1956, La Paz,
Plural editores-umsa, 1997; y Antonio Escobar, “Ciudadanías diferenciadas en los procesos de
conformación de las naciones y los estados en el siglo xix (México, Bolivia y Colombia)”, Las
poblaciones indígenas en la conformación de las naciones en la América Latina decimonónica, Ingrid de
Jong; Antonio Escobar (coords. y eds.), México, El Colegio de México-Colegio de Michoacán-
Centro de Investigaciones y de Estudios Superiores en Antropología Social, 2016, pp. 57-99.
382 Redactor de la Asamblea Constituyente. Legislatura del año 1871, La Paz, Litografía e Imprentas
Unidas, 1927, p. 25. Ejemplos de sacralización de actos públicos en Barragán, op. cit., 1999.
154 ciudadanos armados de ley
que la movilización popular propiciada por las crisis políticas se hizo conforme
a derecho. Esta aseveración no presupone que los participantes en la contienda
tuvieran que concebir sus intereses particulares como generales, sino solo que
su colaboración fue imprescindible para el logro de un objetivo considerado
colectivamente como nacional. Se defiende que esto último era lo que tornaba a
los participantes en tal tarea en sujetos proclives “a ser regenerados”, “tenidos en
cuenta” o “reconocidos socialmente” por el compromiso adquirido con la nación
a través de sus actos patriotas.
Con el propósito de mostrar a la revolución de 1870 como un episodio de
violencia cuyo desarrollo dio lugar a una posibilidad de redefinición de los inte-
grantes del cuerpo político de la nación, este capítulo se organiza en cinco partes.
La primera se centra en exponer la naturaleza unitaria de la concatenación de revo-
luciones sucedidas desde 1865 contra Melgarejo, y de la que finalmente surgieron
las campañas de 1870 en Potosí y La Paz. A través de ahondar en su organización,
estrategias movilizadoras, liderazgos, actores y rivalidades partidarias se pretende
incidir no solo en el proceso de nacionalización del territorio patrio a través de la
guerra, sino también en la puesta en valor de las instituciones republicanas gracias
a la defensa armada de la constitución. Los tres siguientes acápites indagan en la
naturaleza, el alcance y la recepción del ejercicio de la violencia por parte de la
población indígena como pueblo en armas y alzado contra Melgarejo:383 en el
segundo se trabaja en calidad de qué fue movilizada y cómo se organizó su ayuda;
en el tercero se especula sobre las razones que propiciaron su colaboración armada
a favor de los revolucionarios a partir del supuesto de asumirla inmersa, en tanto
grupo, en una situación involutiva de menosprecio social que buscó desactivar
mediante el ejercicio constitucional de la violencia; y en el cuarto se discuten las
características y el alcance de la oferta institucional de participación insurgente que
los revolucionarios le hicieron y la índole de dicha oportunidad de incorporación
nacional. Por último, a modo de colofón el quinto acápite contrasta, en términos de
reconocimiento público, los resultados de la participación armada de los indios en
la Guerra de 1870 y la Guerra Federal de 1899, con el objetivo de mostrar que en
esta última el ejercicio como pueblo en armas, en vez de redimirlos, los criminalizó.
1. Seis años de revoluciones
Al término del mandato de Achá dos eran los candidatos con más posibilidades
de sustituirle, el general Sebastián Agreda y Adolfo Ballivián. El apoyo del pre-
sidente al ministro de Guerra favoreció la realización de trabajos revolucionarios
en torno al segundo que terminaron siendo capitalizados por el general Mariano
383 Se agradece la colaboración de Carlos Tenorio en la localización, en el Archivo de La Paz
(alp), de material sobre la Revolución de 1870.
de la usurpación de melgarejo 155
Melgarejo, autor de motines contra los exmandatarios José Miguel de Velasco,
Isidoro Belzu y José María Linares. En marzo de 1863 la oposición de los rojos al
decreto de La apelación al pueblo de Lucas Mendoza de la Tapia ya había supuesto
para Melgarejo una ocasional invitación a participar en una sublevación contra el
gobierno, de la que no solo había rechazado formar parte sino también revelado
a las autoridades.384 Sin embargo, la centralidad que tal convocatoria le presu-
ponía, unida a su cambio de destino de la comandancia general en Cochabamba
a la de Santa Cruz a instancias del general Agreda, le tornó dispuesto a acceder
a la presidencia provisoria mediante un golpe de Estado. Y, aunque domina la
tesis de que Melgarejo se entronizó en el poder únicamente con la fuerza de “la
soldadesca” a cargo de los sargentos de los batallones,385 sin la aquiescencia de la
opinión pública y sin contar con un círculo político definido que lo sostuviera,
eso no fue exactamente así.
A juzgar por su gabinete de gobierno y por los silencios del Legislativo, en
un inicio contó, aunque fuera de manera velada, con la buena disposición de sim-
patizantes del Partido Rojo. Debido al miedo a una nueva presidencia de Manuel
Isidoro Belzu y a la necesidad de un gobierno fuerte –“de orden y libertad”– que
contrarrestara la inestabilidad del régimen de Achá,386 estos toleraron al principio
los actos de Melgarejo. Consecuencia colateral de ello fue la adquisición por
parte del general de nuevos aliados en el ejército. También recibió el sostén y la
publicidad de religiosos, cuya encarnación fue el cura de Macha Martín Castro,387
o de civiles notables, como ocurrió en el caso de Casimiro Corral388 o de Mariano
384 José María Camacho, Compendio de la Historia de Bolivia, La Paz, M. Lakermance Editor,
1907, p. 164.
385 Participaron con la promesa de que serían elevados a altos puestos, como sí sucedió en varios
casos con la consiguiente violación de las potestades de la asamblea que era la encargada de
sancionar ascensos y promociones. De hecho, en poco tiempo se improvisaron generales y co-
roneles, siendo ascendidos a ese primer rango Pedro España, José Manuel Rendón, Narciso y
Fernando Campero, Leonardo Antezana, Quintín Quevedo, Manuel Irigoyen y Aurelio Sán-
chez, además de “Olañeta, Ravelo, Goitia, Martínez, Peñaranda, Valencia, Penailillo, Crespo,
Allende, Chinchilla, Cortadellas, Pomier, Meruvia y Rojas” (Rafael Díaz Romero, “Informe
del Jefe de e.m.g. sobre la campaña del Norte y demás actos que han tenido lugar en el ramo
de la guerra que se pasa a la Secretaría General de Estado en cumplimiento de la orden del 14
del corriente. Sucre, 18 de junio de 1871”, Memoria del Secretario General de Estado Dr. Casimiro
Corral que presenta a la Asamblea Constituyente de 1871 (contiene todos los actos administrativos de
la revolución hasta el día que se organizó el gabinete actual), Sucre, Tip. del Progreso, 1871, pp.
35-40; Ligeros apuntes para la historia de Bolivia. Dominación de Melgarejo. Por un ciudadano, Co-
chabamba, Imp. del Siglo, 1873, p. 34 y 38).
386 Gutiérrez, op. cit., 1975, p. 84.
387 Desde los púlpitos predicaba a modo de penitencia nacional que Melgarejo era “el terrible
azote lanzado por la mano de Dios en castigo de nuestros pecados” (Ligeros… op. cit., 1873,
p. 31).
388 Pese a que encabezaría trabajos revolucionarios en su contra entre 1869 y 1870, Casimiro
Corral actuó a su favor en la medida en que prefería la candidatura de Adolfo Ballivián a la
del general Sebastián Agreda, siendo siempre expresa su enemistad con Achá (ej. revolución
156 ciudadanos armados de ley
Donato Muñoz. Si bien el primero encabezaría más tarde junto al general Agus-
tín Morales el movimiento revolucionario que lo destituiría como presidente, el
segundo permaneció a su lado y fue objeto de críticas y represalias por su directa
implicación en la política melgarejista.389 Antiguo prefecto de Belzu, fiscal de la
corte del distrito y posiblemente descontento porque su promoción a ministro
de la Corte de Cochabamba había sido rechazada por la asamblea ordinaria de
1864, aceptó el cargo de secretario general de Melgarejo. Encargado de promover
su reconocimiento oficial como presidente y de notificarlo a la nación mediante
los decretos de 6 y 28 de diciembre de 1864, se debió a él también la retórica en
torno a “la sublime y gloriosa causa de Diciembre” expresada en la Proclama de
25 de enero de 1865.390 El principio de que la fuerza era “el principio de todo
gobierno” fue defendido por el periódico La Opinión Nacional y suscrito por los
miembros de la Corte Suprema de Justicia, que más tarde, el 28 de febrero de
1867, incluso sostendrían que la d ictadura era “un principio de derecho públi-
co nacional”. A la defensa del golpe de diciembre se sumaron también actas
391
realizadas por jefes y oficiales del ejército a favor del “grande i heróico Jeneral
Melgarejo”, como la de Potosí el 7 de junio de 1865; muchos de cuyos firmantes
terminarían en las filas opositoras como José Manuel Rendón, Narciso Balza,
Juan Sarabia o Ignacio Castedo.392
Pese a que dicho patrocinio no fue suficiente para la legitimación de su
golpe, sí permitió a Melgarejo gobernar de manera autoritaria con un gabinete
reducido393 y mediante decretos. Muchos de ellos estuvieron destinados a evitar
la competencia política. Tal fue el caso del Decreto de 13 de enero de 1865 por
el que se disolvía el Consejo de Estado. Restablecido por Achá en la asamblea
de 1864 en Cochabamba, le correspondía a su rector el ejercicio de legítimo
presidente provisorio de la República en situación de crisis. Melgarejo acabó
con el Consejo de Estado porque suponía gobernar amenazado por rivales con
legalidad constitucional para el mando. O el caso del Decreto del 30 de enero
de Pérez). Posteriormente tuvo una actitud ambivalente con el gobierno melgarejista, ya
que se puso al servicio del revolucionario Casto Arguedas, de quien recibió el cargo de pre-
fecto de La Paz en 1865, para más tarde aceptar actuar como vocal de la Corte de Justicia,
siendo a mediados de 1868 nombrado plenipotenciario de la repúblicas de Ecuador, Vene-
zuela y Nueva Granada.
389 Juicio nacional sobre los actos del mandatario y funcionarios de la pasada administración o reca-
pitulación de los veredictos pronunciados por los Jurados Municipales de la República en las causas
criminales contra dichos funcionarios, La Paz, Imp. Paceña, 1872, pp. 5-9, 12-13, 17-18, 28-30.
390 Ligeros… op. cit., 1873, p. 2.
391 Ibidem, pp. 2-7.
392 Ibidem, pp. 37-38.
393 La inicial y única autoridad del secretario general Mariano Donato Muñoz se convirtió
en marzo de 1865 en un gabinete ministerial constituido por él, en calidad de ministro de
Gobierno y Relaciones Exteriores, Jorge Oblitas, como ministro de Instrucción Pública, y
Pedro Olañeta, como ministro de Guerra.
de la usurpación de melgarejo 157
de 1865 que suspendía los concejos municipales. Con esta medida Melgarejo
no solo limitaba la legalidad de la actividad política local, sino también adquiría
potestad sobre los fondos comunales. Para la centralización y administración
de estos caudales se creó una comisaría de Guerra, responsable de gestionar las
exacciones al vecindariode Cochabamba, La Paz y Oruro.394 Tampoco hubo hasta
1867 la convocatoria de una asamblea nacional que iniciara el trámite de nombrar
presidente interino y organizase unas elecciones presidenciales y legislativas.
De hecho, aunque el 24 de enero de 1866 fue anunciada mediante decreto una
asamblea que a partir del 6 de agosto de 1867 eligiera representantes –según
un nuevo reglamento de elecciones que reducía el número de diputados de 52
a 24–, y reformase la Constitución de 1861, ello no tuvo lugar debido al clima
de subversión contra el régimen. En su lugar fue impuesto un Decreto m arcial.
Habría que esperar al Decretodel 1 de diciembre de 1867 para que a partir del
6 de agosto de 1868 sesionara en La Paz la asamblea que reconoció el día 11
de este mes a Melgarejo como presidente provisorio. Estuvo presidida por José
Raimundo Taborga. Del total de representantes doce eran opositores, como Juan
Ramón Muñoz Cabrera y Ricardo Mujía, encarnando Isaac Tamayo y Rosendo
Gutiérrez el más firme apoyo a Melgarejo.395 El 26 de septiembre la Asamblea
promulgó una ley por la que se aprobaban los actos de la dictadura y los tratados
con Chile y Brasil, quedando el 1 de octubre sancionada la Constitución de 1868.
Entre sus novedades respecto a la de 1861 figuraba que la Cámara solo se reuniría
cada dos años, pudiendo ser reelegido el presidente, como le ocurrió en 1870 a
Melgarejo ante la ausencia de las candidaturas constitucionalista, roja y belcista.396
La impopularidad del golpe de Melgarejo se manifestó desde muy temprano
a través de los pronunciamientos sustentados con el triple argumento de que la
autoridad había sido usurpada, rota la política de fusión y violada la Constitución
de 1861. A excepción –pero sin negar su impronta en la capitalización de adhe-
siones– de la fallida sublevación de Belzu en La Paz, el 22 de marzo de 1865,
que conllevó su muerte,397 constituyeron un único proceso revolucionario cons-
titucionalista materializado en numerosos levantamientos y cuyo éxito tardaría
años en fraguarse. En gran medida eso ocurrió así debido a la dificultad de los
rebeldes para construir un liderazgo que uniera con legitimidad el carácter di-
verso, local y corporativo de las demandas contra Melgarejo. Las campañas de
1870 en Potosí y la Paz enarbolaron las proclamas constitucionales inicialmente
manifestadas en 1865, pero para que el movimiento revolucionario creciese y se
394 Rojas, op. cit., 1916, p. 80; Ligeros… op. cit., 1873, p. 7.
395 Abecia Baldivieso, op. cit., 1996, pp. 199-206.
396 Moisés Alcázar, Drama y comedia en el Congreso, La Paz, Ed. Juventud, 1980, pp. 20-21; Juicio
nacional sobre los actos del mandatario y funcionarios de la pasada administración o recapitulación
de los veredictos pronunciados por los Jurados Municipales de la República en las causas criminales
contra dichos funcionarios, La Paz, Imp. Paceña, 1872, pp. 1-2.
397 Alcázar, op. cit., 1988, pp. 91-103; Gutiérrez, op. cit., 1975, pp. 87-99.
158 ciudadanos armados de ley
reactualizara también hicieron falta: de un lado, el descontento generado por
la política del dictador en materia internacional, monetaria y agraria y, de otro,
las desafecciones civiles y militares de antiguos colaboradores.
Desde luego la propaganda melgarejista insistía en decir que las sublevaciones
anteriores a la encabezada por Agustín Morales “eran de hechura distinta”398 y
negaba con esa afirmación su origen revolucionario. Sin embargo, del Mensaje
a la asamblea constituyente de junio de 1871 hecho por Morales se desprende lo
contrario. En el mismo, este no atribuyó el triunfo revolucionario únicamente
a los combatientes de La Paz. Quiso que fueran reconocidos y recompensados
“los esfuerzos generosos de esos patriotas que en diferentes ocasiones se ha[bían]
afrontado al tirano en todos los departamentos de la República”, esos ciudadanos
infatigables que en los “seis años de tiranía ha[bían] probado al mundo que los
bolivianos [eran] dignos de ser libres”.399 Asimismo, el presidente de la asamblea,
Tomás Frías, aludió a la sangrienta lucha de seis años sostenida contra la tiranía,
designándola como “una hermosa epopeya nacional que ofrec[ía] la más perfecta
unidad de acción”.400 A juzgar por estos testimonio, se trató de un proceso revo-
lucionario mayoritariamente liderado desde las prefecturas y subprefecturas, tanto
por militares de carrera como civiles armados o civiles trasmutados en oficiales
del ejército, y que contó con la entusiasta participación de batallones de artesanos,
“jóvenes notables” e indígenas organizados en fuerzas auxiliares, además de los
paisanos.401 El peso y protagonismo de toda esta población en el desarrollo del
movimiento revolucionario identificó a la modalidad de ciudadanía armada popular
como la socialmente aceptada para r econducir la legalidad infringida. Las palabras
de reconocimiento del jefe del Estado mayor general, Rafael Díaz Romero “a to-
dos esos valientes que han hecho la cruda campaña de los cincuenta días” incidían
en ello al señalar que “ese ejército […] es el ciudadano armado contra el tirano;
no es un grupo de sicarios que venden la vida por un sueldo, sino propietarios y
hombres de trabajo que se han hecho soldados para hacer triunfar la libertad y
reivindicar el honor nacional”.402
La lectura continuista de las sublevaciones acaecidas a lo largo de los seis
años de gobierno de Melgarejo y protagonizadas mayoritariamente por “ciu-
dadanos armados” que actuaban como “defensores de la ley, centinelas de la
libertad y custodios del orden público”403 permite establecer tres etapas en su
desarrollo. La primera corresponde a la formación y posterior derrota de los
398 Quintín Quevedo, La campaña de Bolivia en fines de 1870 y principios de 1871, Tacna, Imp. del
Progreso, 1871 (7 de febrero), p. 2.
399 Mensaje que el presidente provisorio de la República, Agustín Morales, presenta a la Asamblea Cons-
tituyente de junio de 1871 (18 de junio de 1871), pp. 12 y 19.
400 Redactor… 1871, pp. 21-22.
401 Ibidem, pp. 492-494; Juicio nacional, op. cit., 1872, pp. 2-3, 64.
402 Díaz Romero, op. cit., 1871, p. 39.
403 Ibidem.
de la usurpación de melgarejo 159
ejércitos constitucionalesdel Sur y del Norte en las batallas de La Cantería el 5
de septiembre de 1865 y de Las Letanías el 24 de enero de 1866, respectivamente;
la segunda contempla la anexión a la causa constitucional de colaboradores del
régimen de Melgarejo debido a su descontento con los tratados firmados con
Chile y Brasil; y la tercera atañe a la campaña revolucionaria que derrocó al pre-
sidente el 15 de enero de 1871. Aunque este acápite se va a ocupar de describir
someramente las tres etapas, en el resto del capítulo continuará el desarrollo de
la tercera en lo relativo al tema indígena.
1.1. Primera etapa revolucionaria
Tras un momento inicial de aturdimiento o de “sorpresa indulgente” –en pa-
labras de Alberto Gutiérrez–,404 la primera etapa del proceso revolucionario se
inició en enero de 1865 con una protesta calurosa y generalizada contra Mel-
garejo que contó con una activa, pluripartidaria y multiclasista participación de
la sociedad. Dicha movilización urbana dio lugar a la formación de dos fuerzas
militares: el Ejército Constitucional del norte y el Ejército constitucional del
Sur. Ambas estaban integradas tanto por tropas de línea, como por milicias de
civiles. Adquirieron legitimidad mediante la multiplicación de actas populares
en contra de Melgarejo y la consiguiente celebración de comicios en ciudades
y pueblos para elegir a las nuevas autoridades que debían administrar la pro-
gresiva concentración de adhesiones y recursos. Si bien en número de soldados
y pertrechos llegaron a superar a las del presidente provisorio –4.000 frente a
1.600– y fue notable la abnegación y generosidad de sus integrantes, las tropas
de Melgarejo poseían mayor experiencia y disciplina, además de estar unidas a
él más por compartir su suerte que por una causa. Además, la dirección militar
y administrativa del movimiento revolucionario no solo no estuvo a la altura
del fervor de sus seguidores, sino que fue en gran medida responsable de la de-
rrota, debido fundamentalmente a la falta de coordinación conjunta de acción y
liderazgo entre los ejércitos del norte y del sur. La ineficacia en el ejercicio del
mando resultó y, a la vez, quedó evidenciada por: la falta de resolución en las
ocasiones en las que el éxito dependía de la prontitud de las determinaciones; el
avenimiento colectivo a exigencias personales a fin de no menguar las fuerzas
y elementos con que contaba la causa común; rivalidades entre los líderes; o lo
perjudicial de los personalismos de los generales en el desarrollo de tácticas de
combate ideadas por otros jefes subalternos.405 A los procedimientos de mando
–“arbitrarios y desacertados”–, se sumó el peso que el mantenimiento de la revo-
lución suponía a los vecindarios en exacciones, inacción laboral y desconcierto.
404 Gutiérrez, op. cit., 1975.
405 José María Camacho, Tratado sumario del arte militar seguido de una reseña crítica de la historia
militar de Bolivia, La Paz, Tip. Comercial, 1897.
160 ciudadanos armados de ley
El desarrollo del movimiento contra Melgarejo se inició en el mes de enero de
1865. Hubo juntas vecinales de protesta en La Paz, Cochabamba y Sucre apoyadas
por los generales Celedonio Ávila y Lorenzo Velasco Flor con el cometido de
restituir “el imperio de la ley”. Para lograrlo defendían como primera medida
que la presidencia de la República recayese de manera interina en el presidente
del Consejo de Estado, Lucas Mendoza de la Tapia. Pese a su negativa a pre-
sidir esta primera sublevación, la misma se llevó a cabo. Fue derrotada por el
ejército de Melgarejo a cargo del coronel Juan Sánchez406 y con el refuerzo de
una columna del coronel Agustín Morales,407 a las orillas del río Oscara el 3 de
febrero. Ese primer fracaso, que implicó por parte de Melgarejo una política
de pacificación territorial desde Cochabamba a La Paz y de ahí al resto de la
República con la exigencia de contribuciones forzosas a las municipalidades,408
no disuadió a los vencidos. Pese a la resistencia del prefecto de La Paz, Narciso
Campero, el 25 de mayo de 1865 tuvo éxito un movimiento civil organizado
por los simpatizantes belcistas, Alejo y Cirilo Barragán,409 e integrado por Pedro
Llano, Gregorio Castillo, Pedro Arias y otros vecinos de La Paz en nombre de
la Constitución de 1861. En cabildo abierto o comicio nombraron a las nuevas
autoridades, siendo proclamados prefecto, Alejo Barragán, comandante general,
el coronel Mariano Montalvo, y jefe superior del Ejército Constitucional del
Norte, el coronel Casto Arguedas. Este último también fue ascendido por acción
popular a general de brigada.
Con la misma lógica se organizó en Oruro de 1 de junio de 1865 otro
movimiento civil a cargo de los doctores Francisco Velasco, Donato Vásquez e
Ignacio León, de los jóvenes Calero, Castillo, Olaguivel y Manzano y del abogado
Rufino Jiménez. Aprovecharon la salida a Cochabamba del prefecto y coman-
dante general del departamento, el general Gonzalo Lanza, para apoderarse de
la Fortaleza. Logrado su propósito el pueblo reunido en comicio nombró como
prefecto a Velasco y comandante general a Vásquez. Bajo su mando se reunieron
406 Mientras Melgarejo estuvo en campaña formó un comité ejecutivo a cargo de Jorge Oblitas y
el coronel Pedro Olañeta.
407 Tras el triunfo de Oscara, Morales fue ascendido a general de brigada, siendo más tarde con-
denado al destierro en Caupolicán acusado de conspiración, de donde huyó a Perú para, pa-
radójicamente, administrar el cargo rentado de cónsul boliviano en El Callao. Entre las ra-
zones de su apoyo inicial a Melgarejo pueden argumentarse: 1) su filiación roja demostrada
con cargos durante el gobierno de Linares y su apoyo a la candidatura de Adolfo Ballivián;
2) su descontento con el Legislativo debido a que en la asamblea ordinaria en Cochabamba,
en 1864, los diputados excluyeron, por 28 votos en contra y 17 a favor, su candidatura como
diputado electo por Chuquisaca, ya que sobre él pesaba “estar sujeto a la pena infamante por
el artículo 3 de la ley de septiembre de 1850” por la tentativa de asesinar a Belzu (Diccionario
histórico del departamento de La Paz, La Paz, Talleres gráficos La Prensa, 1915, pp. 517-521;
Abecia Baldivieso, op. cit., 1996, pp. 193-196).
408 Gutiérrez, op. cit., 1975, p. 86.
409 Durante la época de las Matanzas de Yáñez administraban un periódico llamado El Juicio
Público, cuya actividad ayudó a gestionar la respuesta popular por lo ocurrido (Ibidem, p. 90).
de la usurpación de melgarejo 161
dos batallones de infantería, ochenta artilleros con cañones y dos cuerpos de
caballería. De ellos, veinticinco rifleros y dieciséis revolucionarios procedían de
la fallida sublevación de Chayanta del 3 de junio que al mando del coronel Juan
Sarabia había abandonado dicha localidad tras el éxito del subprefecto Arteche
en recobrar el poder. Esta fuerza había entrado en La Paz el 19 de junio tras
acordarlo con Arguedas en Viacha. También a las fuerzas concentradas en La
Paz se unieron las conseguidas por el coronel Severiano Zapata, jefe de la 2ª
vanguardia de Melgarejo situada en Paria, consistentes en algunos músicos, un
riflero y doce soldados. Para repeler a sus rivales, Melgarejo envió a la 1ª sec-
ción de la vanguardia, a cargo del coronel José María Calderón, en dirección de
Tapacarí el 30 de junio, que ocupó la ciudad de Oruro el 3 de julio. Aunque esta
no fue recobrada, el 17 de julio los revolucionarios bajo el mando del teniente
coronel Justo Villegas triunfaron en Sicasica sobre las fuerzas del general Cam-
pero y el comandante Máximo Gómez. A tenor de estos éxitos militares, sobre
todo en los departamentos y las provincias de La Paz y Oruro, la revolución en
el norte del país tomó cuerpo, teniendo lugar una oficialización nacional de la
misma en el edificio del Loreto en La Paz. Allí, un comicio popular acordó la
proclamación del general Arguedas como jefe provisorio de la República. Fue-
ron nombrados Belisario Salinas secretario general y el coronel Uladislao Silva
secretario de Guerra.
Esa elección rompía la inicial unanimidad de los revolucionarios en torno a la
figura del presidente del Consejo de Estado. De ella y de la negativa de Arguedas
a contar con los servicios de Adolfo Ballivián resultarían futuras desafecciones
como el motín en La Paz del 14 de septiembre de 1865 organizado por Maria-
no Peláez y Julio Carrillo, fugas de mandos militares a Tacna410 y, sobre todo,
los desencuentros organizativos con las fuerzas revolucionarias del sur. Tras la
derrota militar de Arguedas el 24 de enero de 1866 en Las Letanías –una cadena
de pequeños montes cerca de Viacha–, la ciudad de La Paz, a cargo del general
Gregorio Pérez y del prefecto Casimiro Corral, terminó por capitular, no siendo
cumplidas por parte de Melgarejo las promesas constitucionales y de amnistía.411
En paralelo con los sucesos en La Paz y Oruro se había iniciado también la
organización del Ejército Constitucional del Sur. Este proceso comenzó el 11
de junio de 1865 cuando los coroneles Eliodoro Camacho y Belisario Antezana
a la cabeza de veinte hombres, entre los que figuraban el abogado Félix Losada,
Mariano Ricardo Terraza y Tejada, trataron sin éxito de ocupar el cuartel de la
Compañía en Cochabamba. Sin embargo, el 14 de julio de 1865 sí triunfó la
toma del cuartel de Potosí por el coronel Nicanor Flores con el apresamiento
410 Ese fue el caso del expresidente Achá que, en calidad de inspector general del ejército, había
aconsejado sin éxito a Arguedas esperar a Melgarejo en Huanuni para inutilizar su caballe-
ría. Tras no ser escuchado y seguro de la derrota buscó asilo en Perú (Ligeros, op. cit., 1873,
p. 27).
411 Ibidem, pp. 29-30.
162 ciudadanos armados de ley
del jefe superior del sur, general Pedro España. Tras ello se reunió un comicio
que nombró autoridades y ascendió al grado de general a Flores. Con fecha
del 15 de julio, este escribió al prefecto de La Paz para decirle que “con la
columna residente en esta plaza y la cooperación de todos los vecinos de esta
ciudad” se había restablecido “el orden constitucional alterado por el motín del
28 de diciembre”. A esta acción se sumó la del prefecto del departamento de
Chuquisaca, el coronel Narciso Balza, ocurriendo también el pronunciamiento
de Camargo del 15 de julio. De este resultó Manuel Cabero elegido primera
autoridad a través de un comicio en el que se resaltó la labor de los artesanos
en la derrota de la columna melgarejista de Cotagaita. Asimismo, el exprefecto
Ladislao Cabrera de acuerdo con Alcaide, Alvarado y otros “jóvenes patriotas”
se apoderaron de la guarnición de Cobija el 16 de julio. Después de derrotas
y triunfos frente a los melgarejistas, ratificaron la Constitución de 1861 en el
comicio del 6 de noviembre, declarando en otro realizado el día 8 “indigno de
confianza al presidente del Consejo de Estado por no haber asumido el puesto
que le señalaba la ley después del motín del 28 de diciembre”. Tomás Alcaide
y el coronel Ángel Fajardo fueron nombrados prefecto y comandante general,
respectivamente. Entre 18 y 21 de julio acaeció en Tarija otro pronunciamiento
constitucional a cargo del general Celedonio Ávila, siendo depuesto el prefecto
general, Fernando Campero, con el argumento de que “el gobierno dictatorial
de diciembre emanado de un motín de cuartel ha[bía] destruido todos los ele-
mentos del orden social de la República por lo que se desconocía ese gobierno
irrisorio”. Nombrado Ávila prefecto, delegó el poder en Samuel Achá para irse
a combatir junto al comandante general, coronel José Hilarión del Carpio, en
Chara. Allí fueron derrotados por el general melgarejista José Manuel Ravelo.
En Cochabamba volvieron a sublevarse el 3 de agosto los coroneles Eliodoro
Camacho y Belisario Antezana bajo el mando del general Ildefonso Sanjinés. Tras
su triunfo se reunió un comicio que nombró prefecto a José María Santibáñez y
comandante general a Sanjinés.412 Sus fuerzas, constituidas con batallones de jóve-
nes y de artesanos voluntarios de Cochabamba, entraron en Sucre el 8 de agosto,
donde les esperaba el coronel Balza. De camino a Potosí surgieron desavenencias
de autoridad entre los oficiales debido a que: primero, el general Flores jefe de
dicha plaza exigió que Balza fuese separado de la columna, siendo secundado en
su petición por Daniel Calvo y Mariano Baptista; y, segundo, tampoco el general
Flores aceptó que el general Sanjinés ostentase el mando superior, iniciándose así
un enfrentamiento entre ambos, en el que el general Ávila se declaró en contra
de Flores. La falta de acuerdos entre los generales y las consiguientes deserciones
contribuyeron a la derrota de las fuerzas constitucionales el 5 de septiembre en
la batalla de La Cantería. Este descalabro del ejército del sur no paró la adhesión
412 El expresidente Achá fue responsable del Escuadrón Rifleros Vengadores de Lozada (Ibi-
dem, p. 12).
de la usurpación de melgarejo 163
regional a la causa constitucional mantenidaen el norte del país. En acuerdo con
ella, el coronel Miguel Castro Pinto y Andrés Ibáñez413 lideraron una revuelta en
Santa Cruz el 25 de octubre que desconocía la autoridad usurpada de Melgarejo
y se declaraba a favor del presidente del Consejo de Estado, siendo requerido
Rafael Peña como prefecto y el coronel Domingo Ardaya como comandante
general. Pese a que su autoridad quedó reconfirmada con el descalabro de los
melgarejistas el 22 de noviembre de 1865, los posteriores acontecimientos en
La Paz terminarían por invalidarla.414
1.2. Segunda etapa revolucionaria
Tras las derrotas de La Cantería y Las Letanías vino la segunda etapa del movi-
miento revolucionario, encarnada en la asunción de la causa constitucional por
parte de seguidores de Melgarejo contrarios a los tratados con Chile y Brasil. La
primera sublevación la realizó el ministro de Estado, Jorge Oblitas, en Potosí el
22 de abril de 1866 con motivo de impedir un tratado desfavorable con Chile.
Fracasó por no contar con apoyo partidario ni adhesión popular. En la negocia-
ción entre Chile y Bolivia para dar salida a la interdicción diplomática pendiente
desde 1863, este último país terminó el 9 de agosto de 1866 renunciando a los
derechos territoriales que hasta la fecha había uniformemente sustentado: cedía
un grado geográfico, de manera que la línea divisoria de la frontera estaría de-
terminada por el paralelo 24º de latitud sur, siendo la zona comprendida entre
el 23º y el 25º de explotación común entre ambos países.
Aunque la segunda sublevación tuvo un conato inicial a cargo de José
Manuel Gutiérrez, que convocó en Sucre un comicio popular para protestar
contra el tratado con Brasil del 27 de marzo de 1867, estalló finalmente con
mayores posibilidades de éxito el 17 de diciembre de 1868 en Sucre a cargo del
Mariano Reyes Cardona por idéntica causa415 y con la aquiescencia de José María
Santiváñez, Rafael Bustillo, Juan Ramón Muñoz Cabrera y Adolfo Ballivián. A
propósito del deslinde de los derechos que surgían de los pactos formados en el
siglo xviii entre los monarcas de España y Portugal, el gobierno de Melgarejo
trató de aprovechar el contexto de la guerra de la Triple Alianza para beneficiar
a Bolivia en los derechos que litigaba con Brasil sobre la hoya amazónica y los
grandes afluentes del Río de La Plata. Sin embargo el tratado con el consejero
López Netto significó para el país la pérdida de 150.000 km2 de territorios ricos
413 Hernando Sanabria Fernández, La ondulante vida de Tristán Roca, Cochabamba, Ed. Serrano,
1984.
414 La mayoría de los datos pertenecientes a esta primera etapa han sido extraídos de Aranzaes,
op. cit., 1992, pp. 197-221; Gutiérrez, op. cit., 1975, pp. 110-127.
415 Parece que también influyó en su decisión el fusilamiento de su pariente, el joven Ladislao
Santos, ajusticiado el 9 de diciembre de 1868 en posible venganza por el folleto del mismo
Reyes Cardona en contra del tratado con Brasil (Gutiérrez, op. cit., 1875, p. 209).
164 ciudadanos armados de ley
en goma elástica y castaña y 60 leguas del río Madera, además de privilegios
arancelarios para Brasil desde sureste en el río Paraguay y al noroeste en el río
Yavary.416 Frente a este resultado, con la consigna de la vuelta al imperio de la
ley identificado con la Constitución de 1861, se organizó en Sucre un comicio
que pedía al presidente del consejo de Estado ejercer la presidencia provisoria
del país, nombraba prefecto a Cardona y jefe militar de la revolución al coronel
Gabino Pizarroso.
Ese último pronunciamiento fue secundado por dos sublevaciones, una en
Cochabamba y otra en Santa Cruz bajo la consigna de que el gobierno de Mel-
garejo era insostenible, no solo porque había contrariado al país en sus legítimas
miras de conservar íntegro su territorio, sino por burlar la constitución jurada
e ir en contra de sus apoyos políticos. La de Cochabamba estuvo liderada el 21
de diciembre de 1868 por el mismo Lucas Mendoza de la Tapia en respuesta a
lo solicitado por el comicio de Sucre y en disconformidad con la promulgación
de la nueva constitución,417 siendo elegido secretario general de la revolución
Prudencio Barrientos. La de Santa Cruz también se pronunció a favor del
presidente del consejo de Estado. Tuvo lugar el 1 de enero de 1869 a cargo del
coronel Ignacio Castedo, siendo Rafael Peña aclamado prefecto. Terminó el 9
de enero tras conocerse las derrotas: de Pizarroso en Potosí el 24 de diciembre
por el prefecto Corsino Balsa y el general Rendón, y de Barrientos el 25 de di-
ciembre a cargo de dos batallones de cívicos de Tarata bajo el mando del general
Manuel Yrigoyen. Mendoza de la Tapia logró huir a Tacna.418
1.3. Tercera etapa revolucionaria
En su tercera etapa, el movimiento revolucionario recogió y potenció los créditos
de las dos anteriores. En la Contestación al Programa de don Jorge Córdova de 1859,
el abogado paceño Casimiro Corral había señalado que “en buena política solo
es legítimo un gobierno cuando es aceptado libremente por la mayoría de un
pueblo”, no consistiendo esta “en el número abstracto, sino en la concurrencia
de la generalidad de voluntades libres, racionales e independientes que en
otros términos se llama opinión ilustrada de la parte sensata y acomodada de
la sociedad”. Pero si el ejercicio del derecho se veía violado y la representación
416 Walter Auad Sotomayor, Relaciones Brasil Bolivia, la definición de las fronteras, La Paz, Plural
editores y ceres, 2013; Humberto Vázquez Machicado, “Para una historia de los límites
entre Bolivia y el Brasil”, Obras Completas de Humberto Vázquez Machicado y José Vázquez
Machicado, La Paz, Editorial Don Bosco, 1988, vol. 1, pp. 1-489; Valentín Abecia Baldivieso,
Las relaciones internacionales en la Historia de Bolivia, La Paz, Los Amigos del Libro, 1986, vol.
I; Clara López Beltrán, “Exploración y ocupación del Acre, 1850-1902”, Revista de Indias,
vol. lxi, núm. 223, 2001, pp. 573-590.
417 Lucas Mendoza de la Tapia, Manifiesto que el presidente del Consejo de Estado de Bolivia dirige a
sus compatriotas, Puno, Imp. Puneña, 1870.
418 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 222-226; Gutiérrez, op. cit., 1975, pp. 128-179.
de la usurpación de melgarejo 165
nacional falsificada, el pueblo mal gobernadodebía recurrir a la insurrección,
“el más santo de los deberes”, para depositar el poder en quienes demostrasen
el mérito, la capacidad y los servicios reales a la Patria.419 Convencido de que
solo los “ciudadanos liberales, desinteresados, independientes y fuertes contra el
vicio y la inmoralidad” podían evitar las farsas democráticas, Corral lideró una
expedición revolucionaria de exiliados bolivianos en Perú contra el gobierno de
Melgarejo el 27 de julio de 1870. Vieron ocasión de ocupar La Paz cuando el
gobierno salió hacia Oruro a reunir al Congreso. Para hacerlo creyeron contar
con el batallón Segundo, pero este no les secundó. Al día siguiente también
resultó fallido el asalto de Cesáreo Machicado al cuartel.
El testigo revolucionario fue tomado por el general melgarejista José Ma-
nuel Rendón en Potosí.420 Aprovechando la predisposición local contra la nueva
moneda y la reforma económica que implicaba, Rendón utilizó su posición de
poder para suscitar la animosidad pública contra el gobierno y en especial con-
tra el secretario general, Mariano Donato Muñoz. El 20 de octubre de 1870
consiguió que el batallón Cuarto que estaba bajo el mando del jefe superior del
Sur, general Gonzalo Lanza, se sublevara. A partir de ese éxito formó una junta
gobernativa, en compañía de los ausentes Mendoza de la Tapia y Narciso Cam-
pero (también de inicial filiación melgarejista),421 que recibió el apoyo armado
de voluntarios de Cinti, Chicha, Chayanta, Tupiza y Cotagaita: un contingente
de 1.200 hombres –en su mayoría con deficiente armamento y entrenamiento–,
responsable de la defensa de la ciudad.
En reconocimiento de la junta potosina, la ciudad de Sucre se rebeló el 1
de noviembre. La posterior derrota de dicha junta no desalentó a los rebeldes
sucrenses porque más tarde se vieron fortalecidos en su empeño gracias al éxito
del movimiento en La Paz comenzado el 24 de noviembre. También bajo las
consignas potosinas estallaron las insurrecciones del 10 de diciembre de 1870 en
Cochabamba y la del 13 de diciembre de 1870 en Cotagaita, esta última bajo el
mando de los generales Rendón y Campero. Mientras esto sucedía en el occidente
del país, tuvo lugar en Santa Cruz otra rebelión constitucional el 8 de noviembre
de 1870 a cargo de los coroneles Miguel Castro Pinto e Ignacio Castedo y en
apoyo a la junta de Potosí. Rafael Peña volvió a ser nombrado prefecto.422
419 Casimiro Corral, Contestación al Programa de Don Jorge Córdova, La Paz, Imp. del Vapor, 1859,
pp. 3-25.
420 Con ocasión de los comicios de representantes en 1877, Tomás Frías rescataba la importancia
de la resistencia potosina a Melgarejo en el éxito revolucionario de 1871 (Tomás Frías, El ciu-
dadano Tomás Frías ante los comicios de Potosí de 1877, Arequipa, Imprenta de San Luis por M.
Hinojosa, 22 de abril de 1877, pp. 3-4).
421 El 11 de enero de 1871, Rendón participó junto a Campero en Alpacani, inmediaciones de
Potosí, donde fueron vencidos Agreda y Melgarejo.
422 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 227-236.
166 ciudadanos armados de ley
Con intención de derrotar la sublevación de Potosí, el 3 de noviembre partió
Melgarejo con sus generales Irigoyen, Agreda, Lanza y Crespo desde La Paz y
a su paso por Oruro se les incorporó el contingente de tropas de Cochabamba a
cargo del general Quevedo. El éxito del gobierno sobre los rebeldes potosinos
el 28 de diciembre de 1870 no evitó que sus fuerzas fueran cada vez más objeto
de intentonas de motín ante las penurias propias de la guerra, como la falta de
fondos “de la caja” y la dificultad de conseguir pertrechos debido a hostilidad
de los indios. Lo sucedido en Potosí después de su capitulación dio lugar a dos
contradictorias versiones de los hechos. Del lado constitucional fue subrayada la
bárbara y sangrienta tarea de saqueo, incendio y abuso desarrollada por las huestes
melgarejistas; del lado gubernamental se ensalzó “la frugalidad y disciplina”423 de
los soldados, así como el trabajo de patrulla realizado por los jefes para recoger
a “algunos dispersos mal entretenidos”, de contención del pillaje de “mujeres,
mozos del pueblo y niños” potosinos, y de protección de la propiedad frente a
otro tipo de desórdenes”, e incluso la clemencia por los prisioneros.424 Ambas
lecturas cobraron amplia divulgación en la prensa y folletería de la época tras el
posterior triunfo de los revolucionarios en enero de 1871 y estuvieron enriqueci-
das con un nuevo ingrediente: la participación de los indios junto a los rebeldes.425
En paralelo a lo narrado y en consonancia con lo enarbolado en Potosí, en
La Paz Tomás Frías, Belisario Salinas, Agustín Aspiazu, García, el general Pérez
y otros vecinos notables conspiraron a favor de una nueva revolución. Después
de conseguir por suscripción popular los diez mil pesos requeridos por el coronel
Daza, jefe del batallón Tercero, para sublevarse contra el prefecto Leonardo An-
tezana, y recibir por ello también el apoyo del escuadrón Sucre y la artillería, fue
convocado un comicio en el Loreto el 24 de noviembre de 1870. Por el mismo se
desconocía la autoridad de Melgarejo y se nombraba a Frías prefecto y a Pérez co-
mandante general. Al día siguiente entraron en La Paz el coronel Agustín Morales
y Casimiro Corral, siendo designado el primero jefe supremo de la revolución y el
segundo secretario de la misma. A juzgar por lo expresado por Frías en 1877, su
calidad de prefecto le permitió hegemonizar el pronunciamiento de La Paz a favor
de la causa revolucionaria. Dado que su propósito era que la misma concurriese
constitucionalmente, en un inicio pretendió que Lucas Mendoza de la Tapia, como
expresidente del consejo de Estado, asumiera la dirección provisional del país.
Morales y Corral lo rechazaron, no por la conservación de la unidad de acción
militar, sino por su interés en no compartir “con otros los frutos del sacrificio y
del esfuerzo pecuniario que a Morales le había costado el levantamiento paceño”.
423 Quevedo sintetizaba esa conducta en una anécdota en la que dos de los soldados de su
siempre “obediente y siempre intrépida” división fueron hallados en una tienda con botellas
de licor en las manos, a las que renunciaron tras una breve amonestación que terminó con
aceptación “de panales con sus respectivos vasos de agua” (Quevedo, op. cit., 1871, p. 9).
424 Ibidem, pp. 2-10; Gutiérrez, op. cit., 1975, pp. 234-244.
425 Quevedo, op. cit., 1871, pp. 20-23.
de la usurpación de melgarejo 167
Ante ese argumento, Frías apoyó a este último en la asunción de toda gerencia de
la revolución y no solo de la acción militar.426 En su Mensaje a la asamblea de 1871,
Morales explicó “con toda franqueza de soldado” no “permanecer indiferente ante
las desgracias de la patria” ni negarse al llamamiento que le hacían sus compa-
triotas para salvarse de Melgarejo, ya que había “jurado mil veces que mientras”
él “viviese, no prevalecerían los tiranos”. Con su incorporación a la lucha el 11 de
octubre de 1870, Morales decía combatir los “seis años del cataclismo social” que
había producido “la desorganización, destrucción, perversión y aniquilamiento de
todas las leyes e instituciones del país”.427
En los días siguientes, al ejército de Morales se sumó una fuerza de mil
hombres organizados en el batallón Omasuyos, una columna de Corocoro, el
batallón Segundo a cargo del teniente coronel Guachalla y un escuadrón de
rifleros. Más tarde se añadió un contingente de tropas de Oruro y una vanguar-
dia consistente en “una vasta línea extendida […] desde Inquisivi y [eslabonada]
con Tapacari, Chayanta, Carangas y Pacajes en una extensión de más de cien
leguas”. Esta vanguardia estaba compuesta en su mayoría por indígenas. Igual
que en otras ocasiones la revolución decía hacerse contra “el despotismo y la
usurpación”, siendo novedad la defensa “en sus derechos de la desgraciada clase
indígena”.428 Ese propósito se materializó inicialmente en dos condenas: primera,
a las disposiciones, como el Decreto del 20 de marzo de 1866, la Orden Suprema
de 31 de julio de 1867 y la Ley del 28 de septiembre de 1869, que mandaban y
ratificaban la venta pública de las tierras de comunidad por considerarlas propie-
dad del Estado; y, segunda, a la represión de los indígenas a finales de 1868 tras
su levantamiento en Ancoraimes, Taraco, Huaychu y Coripampa. El principal
objetivo de este numeroso y organizado ejército auxiliar de indios era proteger
La Paz y obstaculizar la marcha del ejército de Melgarejo desde Oruro, median-
te “una guerra de recursos” y acoso continuo. Para hacer efectiva la acción de
las fuerzas rurales y adiestrar a sus miembros en el manejo de las armas y otras
técnicas bélicas, Morales creyó conveniente dejar la ciudad.
Conocida en La Paz la toma de Potosí por Melgarejo y para evitar un desen-
lace semejante, Pérez, premunido como jefe superior, político y militar del Sur,
recibió el encargo de sublevar a Oruro y Cochabamba. Contaba para hacerlo con
una división con la que salió hacia Sicasica, donde debían sumársele las fuerzas
de Oruro a cargo del coronel Donato Vázquez. También con dirección a Sicasica
partieron posteriormente la división Segunda bajo el coronel Daza y la Tercera
del general Luciano Alcoreza. Asimismo, al pronunciamiento de Cochabamba
a favor de la revolución ayudó la defección en Tapacarí de las fuerzas de Tarata
426 Frías, op. cit., 1877, p. 4.
427 Mensaje que el presidente provisorio de la República, Agustín Morales, presenta a la Asamblea Cons-
tituyente de junio de 1871 (18 de junio de 1871), pp. 10 y 16.
428 anb. Actos Administrativos, 1870-1871. Circular de Vladislao Silva, prefecto de La Paz, a Nicasio
Imaña, subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz, 29 de abril de 1871.
168 ciudadanos armados de ley
del coronel José Manuel Pantoja esperadas por Melgarejo. Mientras, apoyado
por el prefecto Agustín Aspiazu, Corral se quedó en La Paz para continuar con
la organización insurgente. Reunió una división que debía actuar de retaguar-
dia, estando la misma conformada por unidades, las “más de juventud decente y
honrosos artesanos que se prestaron gustosos a derramar sangre en defensa de
los sacrosantos deberes de la Patria”.
Terminada la tarea de adiestramiento rural y sabida la victoria del ejército
del general Campero del 11 de enero de 1871 en Potosí, el ejército de Morales
marchó a Corocoro y de allí se replegó hacia La Paz de manera que el 12 de
enero la 1.ª división estaba en Calamarca, la 2.ª en Viacha, la 3.ª en Laja y la
4.ª en dirección a Viacha. Contaban con el apoyo constante de cuatro líneas
conformadas por diez mil indios cada una y que discurrían: por la serranía de
Calamarca; por la serranía opuesta de Letanías, Totora y Umala; desde el Des-
aguadero hasta Chuilahuala; y entre Mecapaca, Palca, Achocalla, Obrajes y La
Paz. Fuera de estas líneas otro contingente de indios procedentes de Laracaja,
Muñecas y Caupolicán tenía el encargo de avanzar sobre las alturas de La Paz.
Su acción conjunta dio lugar al cerco indígena de la ciudad del día 12 desti-
nado a impedir la llegada de Melgarejo desde Sicasica hasta la ceja de El Alto.
Esa acción dio tiempo a la organización en la ciudad de barricadas defendidas
por artesanos y estudiantes, a los que en días posteriores se le fueron uniendo
grupos de indios. El 14 de enero entró Morales en La Paz seguido del resto de
oficiales y divisiones. Su objetivo era hacer el frente final al ejército de Mel-
garejo, menguado por su dispersión en El Alto. Los melgarejistas ingresaron
por fin a la ciudad el día 15. Fueron repelidos en un inicio por “una avanzada
de veinticinco jóvenes decentes o colejialillos” a los que sustituyeron fuerzas
más experimentadas protegidas bajo el fuego amigo de los rifleros de Caracato
y de Pacajes, estos últimos a las órdenes del coronel Hermójenes Pizarroso. El
combate entre las huestes de Daza y de Quevedo fue “casa por casa”, mientras el
incendio premeditado de las mismas por mano de los constitucionales obligaba
al desalojo de las posiciones melgarejistas. La contienda cesó a medianoche una
vez que fue conocida la huida del presidente.429
429 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 228-236; Ramos Chaves, op. cit., 1871, pp. 10-15; Díaz Romero,
op. cit., 1871, pp. 35-38; Quevedo, op. cit., 1871, pp. 15-16. También alp/cn. Expedientes
judiciales 1854/1898. Carta de Pedro García, p refecto del departamento de La Paz, a los corregidores
de escala marginal. La Paz, 16 de octubre de 1870; Carta de Benjamín Sarabia, primer jefe del
batallón de Omasuyos. Aroma, 22 de diciembre de 1870; Carta de Custodio Machicado, secretario
general de Gobierno, al subprefecto de la provincia de Omasuyos. Sin lugar, 24 de diciembre de 1870;
Carta de Casimiro Corral, Jefe Superior Político y Militar del Norte, al subprefecto de la provincia de
Omasuyos. La Paz, 30 de diciembre de 1870; Carta de Casimiro Corral, Jefe Superior Político y
Militar del Norte, al subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz, 3 de enero de 1871; Carta de
Simón González, corregidor del cantón de Laja, al subprefecto de la provincia. Sin lugar, 16 de enero
de 1871.
de la usurpación de melgarejo 169
1.4. Frutos de la revolución
La narración de las acciones armadas, procesuales y relacionales, contenidas en
las tres etapas del proceso revolucionario redundan en un argumento central: la
sucesión de revueltas en distintos escenarios departamentales a lo largo de seis
años contribuyó a un proceso de nacionalización territorial, política y social. La
difusión y propaganda a escala nacional del amplio repertorio de la revolución
(demandas, argumentos, estrategias y protocolos), de los distintos desacuerdos
ante la política del gobierno de Melgarejo y de la geografía de las acciones insu-
rreccionales no solo generó una experiencia de unidad en la lucha, también dio
lugar a un mayor conocimiento compartido del tejido humano nacional. Este
fue visibilizado y potenciado gracias a redes diversificadas de acción de natura-
leza partidaria, cuya consolidación y ampliación permitió que el localismo de
las reivindicaciones grupales trascendiera a un ámbito mayor. Aunque a lo largo
del proceso revolucionario parte de las demandas de sus integrantes solo estu-
vieron referidas a una conculcación de derechos adquiridos, al reconocimiento
de privilegios o a la defensa de intereses particulares, el litigio entre los distintos
actores dio como resultado una socialización de reclamaciones y un desarrollo
de concertaciones que favorecieron esa comprensión nacional del suceso revo-
lucionario y, por tanto, cierta nacionalización del territorio boliviano a partir del
mismo. Ello no fue un objetivo en sí, pero sí una consecuencia sobrevenida. En
este sentido, el escenario de la subversión mostraba las competencias institucio-
nales de los sujetos históricos implicados en la misma, pudiéndose afirmar que
esto sucedió porque en el desarrollo del conflicto los diferentes contendientes
vieron transformadas, vertical y horizontalmente, sus alianzas, estimuladas sus
contradicciones y enfrentamientos grupales, y alteradas las estructuras de poder
en las que se insertaban.
Como ese multiforme y diversificado movimiento social articuló los re-
querimientos de sus actores a través de la retórica revolucionaria del pueblo en
armas, en términos de ciudadanía armada y a juzgar por los debates en la prensa
y la asamblea, de ese proceso quedaron subrayados dos temas relacionados.
El primero fue la constitucionalidad del ejercicio popular de la violencia. Al
respecto Morales señaló que el pueblo boliviano había hecho la revolución, no
porque fuera “orgánicamente inclinado a las revueltas, sino porque Melgarejo
y sus satélites, sin títulos ni derechos para gobernar”, se habían constituido “en
verdaderos victimarios, en opresores de sus hermanos”, siendo la sublevación
producto de los desaciertos de los gestores de los grandes negocios públicos.430
El segundo tema resaltó nuevamente la responsabilidad civil en la reconquista
del imperio de la ley como ejemplificaba la siguiente declaratoria:
430 Mensaje que el presidente provisorio de la República, Agustín Morales, presenta a la Asamblea Cons-
tituyente de junio de 1871 (18 de junio de 1871), pp. 15 y 16.
170 ciudadanos armados de ley
Repetimos que los abogados de esta sociedad han contribuido a la revolución de
noviembre y muchos de ellos han combatido contra la tiranía de Melgarejo. En la
actualidad si hubiesen conatos o iniciativas de hecho para trastocar el orden público,
establecido por la revolución bajo el gobierno liberal del señor Morales sería un
deber para nosotros ponernos en las filas de la autoridad con el rifle en la mano
para combatir a cualquier facción revoltosa.431
La voluntad popular de tomar las armas quedaba refrendada por las opinio-
nes de los miembros de la asamblea de 1871 referentes a señalar que “el ejército
de enero no e[ra] el bandalaje de Melgarejo”. El encabezado por el presidente
depuesto merecía ese nombre porque había traicionado la nación que “había
depositado las armas en sus manos”, no para que defendiera “a un jefe bando-
lero, sino al pueblo que los sostenía”.432 Sin embargo, “el ejército libertador”
conocía sus deberes y derechos y sabía que debía “sostener las deliberaciones
del cuerpo soberano”. A través de ese acto de obediencia a “la representación
nacional” había explicitado su verdadero carácter marcial. Y al contrario de las
hordas melgarejistas, no se trataba de un ejército “compuesto de esclavos viles
que perd[ían] el país por un amo”, ya que había “brotado del pueblo”. Junto a
los soldados de línea adeptos a la revolución, habían combatido un numeroso
contingente de vecinos de los pueblos, hacendados,433 artesanos y una notable
porción de jóvenes valientes estudiantes de Derecho, quienes habían peleado
por ese principio por saber sostenerlo y rendirle respeto. En opinión de los
asamblearios, esa heterogénea composición hacía que terminada la contienda el
ejército ganador no conociera “más caudillo que la soberanía del pueblo ni mas
causa que la libertad”, siendo más que nunca “el pueblo armado para la defen-
sa” de la soberanía popular. La asamblea se apoyaba, así, “en todo el pueblo en
masa” que había peleado por darse la libertad.434 Esa multitudinaria presencia
popular invalidaba la modalidad de ciudadanía armada pretoriana por desoírse en
la misma la voz instituyente e insurreccional del pueblo.
“A fin de que el pueblo armado guard[ase] el mismo sus derechos”, la
admisión pública del esfuerzo popular en la revolución volvió a traducirse en
una apuesta a favor de las guardias nacionales en detrimento del ejército. A ello
respondían las propuestas de reducción del mismo “al número de mil plazas”435 y
431 Dos abogados de La Paz, La defensa de los intereses del pueblo ante la honorable asamblea consti-
tuyente de 1871, La Paz, Imp. del Siglo xix, 1871, p. 52.
432 Ramos Chávez, op. cit., 1871, pp. 12-13.
433 La oposición criticó a Morales y a Corral el apoyo recibido por los propietarios de antiguas
fincas contrarios al progreso y a favor de conservar el orden anterior, responsabilizándolos
de atizar el odio de los indios contra los blancos (Dos abogados, op. cit., 1871, p. 40).
434 Redactor… 1871, pp. 53-56 y 69.
435 Reducción del ejército “a 80.497 miembros suficientes para conservar el orden público y el
honor nacional” (Díaz Romero, op. cit., 1871, p. 39). Agustín Morales, en su mensaje del 15
de agosto de 1872 a la asamblea, hizo alarde de haber reducido el ejército, no habiéndolo
de la usurpación de melgarejo 171
de limitación de las capacidades extraordinarias del Ejecutivo en materia bélica y
fiscal –Cajas centrales y comisarías de Guerra. Estas consideraciones se sostenían
en el supuesto de que en el día 15 de enero no había terminado la revolución,
sino más bien comenzado. La “revolución verdadera”, la que entrañaba “la
misión regeneradora” del coronel Morales, no era “la de los cañones y rifles,
sino la de las instituciones”. Y su materialización suponía acabar de una vez con
el hecho de que “la primera magistratura del Estado” fuese asumida como “un
trofeo militar en algún glorioso campo de batalla o surg[iera] de las cartucheras
de la soldadesca amotinada que fundaba aquellas autocracias militares que tanto
deshonra[ban] el principio democrático”.436
La organización de las guardias nacionales quedó estipulada a partir del de-
creto del 14 de junio de 1871, siendo los distintos proyectos para hacerlo objeto
de debate en la asamblea de 1871. Entre las propuestas que terminaron en la
comisión de Guerra, relativas a subrayar el peso civil en la resolución de con-
flictos, cabe subrayar dos. La primera autorizaba a una comisión presidida por el
prefecto del departamento la confección de la lista de individuos a quienes debían
entregarse las armas. Dicha comisión estaría compuesta por “dos munícipes, un
miembro de la universidad, un individuo del comercio y un artesano”, siendo
los tres primeros nombrados por sus consejos respectivos y los dos últimos por
el prefecto. Toda localidad que tratase de aumentar sus armas u adquirirlas lo
debía efectuar pidiendo autorización a la junta indicada. La segunda propuesta
incidía en que “todo ciudadano [tenía] el derecho de armarse a su costa, dando
aviso a la autoridad política del lugar de su domicilio” por considerarse que solo
de ese modo “el pueblo que conoce muy bien sus verdaderos intereses y que
sabe defender su libertad” no tendría en lo sucesivo “ni un Melgarejo ni otra
cosa que equivalga a ocho melgarejos”.437 El principio del pueblo en armas no
podido hacer en mayor número a causa de necesidades de orden interior en el Litoral y en
el distrito del Gran Chaco. Añadía que en los cuarteles los soldados recibían instrucción y
aprendizaje de un oficio capaz de hacerlos buenos padres de familia en la sociedad cuando
obtuvieran “su boleto de retiro” (“Mensaje que dirige el ciudadano Agustín Morales, pre-
sidente de la República a los Honorables Representantes de la Asamblea Constitucional de
1872”, Redactor de la Asamblea Constitucional de 1872 [12 de agosto de 1872], La Paz, Litografía
e Imprentas Unidas, 1927, pp. 36-37). También la asamblea de 1872 se planteó convertir a
gran parte de los batallones en cuerpos de ingenieros con la intención de que los soldados,
en tiempos de paz, fueran de utilidad y contribuyeran a la construcción de obras públicas
(Redactor Asamblea 1872, pp. 444-453).
436 Redactor… 1871, pp. 24-34.
437 Redactor… 1871, pp. 68, 188-189, 234. Aunque el artículo 29 de la Constitución de 1871
permitía el uso particular de las armas de cara a la defensa común, dada la existencia de
conspiraciones melgarejistas, el decreto del 8 de marzo de 1872 matizó esa normativa en
lo relativo a la introducción de armas en el país (Corral, “Memoria de 1872”, pp. ii, iii y
iv y “Decreto de Agustín Morales de 8 de marzo de 1872 prohibiendo la internación en
la República de toda arma de fuego sin previo permiso del gobierno”, núm. 13, Casimiro
Corral, Memoria del Departamento de Gobierno presentada a la Asamblea ordinaria de 1872 por
172 ciudadanos armados de ley
solo quedó recogido en los reglamentos específicos sobre la guardia nacional. En
previsión de que parte de la población seguiría siendo analfabeta, no pudiendo
formar por ello parte de las guardia nacional que debía estar “conformada por
todos los ciudadanos en ejercicio de los derechos políticos”, se estableció la
existencia de “una guardia nacional auxiliar”. Estaría compuesta “de todos los
individuos” que sin saber leer ni escribir, fueran, “no obstante, aptos para llevar
armas y defender los grandes intereses de la Patria en caso de ser amenazados
por alguna tentativa de invasión a las fronteras, debiendo sujetarse en todo a la
organización y disciplina prescritas por el respectivo Decreto”.438
Como en anteriores ocasiones ambas iniciativas de restructuración mili-
tar fueron acompañadas con un reconocimiento de la sustancial participación
artesana como pueblo en armas. En nombre de una mayor protección de “la
Industria y de las Artes”, la admisión de su sacrificio armado se hizo explícito
con propuestas a favor de declarar la importación de maquinaria “libre de
derechos”, de evitar la internación de productos que pudieran “aniquilar su
trabajo” y de establecer más colegios de Artes y Oficios. En esa línea de lograr
una mayor competitividad y profesionalización internas se inscribían también
otras medidas como: la consideración de que la instrucción popular constituía
“la base de toda moralidad, trabajo y orden”; el rescate del modelo educativo del
ministro linarista, Evaristo Valle;439 y la fundación de una escuela mineralógica
“para que los hijos de Bolivia conozcan también los metales y su explotación
a fin de no buscar siempre un europeo”.440 Tales iniciativas fueron discutidas
bajo la supervisión expectante del “pueblo en armas”. Por ejemplo, a partir de
la sesión del 20 de junio de 1871 fueron presentadas por parte del secretario de
la asamblea diferentes representaciones de los artesanos de Sucre contrarias a
que esta admitiese la renuncia de Morales a la presidencia de la República. Se
trataba de demostraciones de fuerza que revalidaban públicamente su potencial
armado en el caso de que sus demandas laborales no fueran atendidas.441
Este cuadro de medidas referentes a dar satisfacción a la población menes-
tral por su movilización y, al tiempo, propiciar un contexto profesional/laboral
que hiciese innecesaria en el futuro su intervención armada se completaba con
el ministrodel ramo…, La Paz, Imp. La Libertad, 1872, p. 14). Sobre las guardias nacionales
véase también el Decreto del 7 de junio de 1872, núm. 20 (Ibidem, p. 19).
438 Corral, “Orden del ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores al prefecto del departa-
mento de Potosí. La Paz, 1 de marzo de 1872”, Ibidem, p. 58.
439 Tras la caída de Linares, Evaristo Valle fue diputado por La Paz en la asamblea constitu-
yente del 1861, el congreso de 1862 y la asamblea constituyente de 1871. Más información
en: Gustavo Adolfo Otero, Crestomanía boliviana, La Paz, Ed. Renacimiento, 1926; Emilio
Finot, Antología boliviana para escuelas y colegios, vol. ii, La Paz, Lakermance Hnos., 1913;
Nicanor Arana Urioste, Linares, patricio cristiano. Notas y apuntes, datos y perfiles del dictador,
Potosí, Ed. Cóndor, 1964, pp. 186-188.
440 Dos abogados de La Paz, op. cit., 1871, pp. 4-5.
441 Redactor… 1871, p. 66.
de la usurpación de melgarejo 173
una promesa de justicia –en términos de homogeneidad– para los indígenas. Su
trascendente actuación junto a los revolucionarios hacía urgente materializar los
objetivos civilizatorios en materia agraria, fiscal y administrativa implícitos en la
campaña de La Paz. Este tema se verá en los siguientes acápites.
2. Los indios actores revolucionarios en la campaña de La Paz
Además de llevar el epíteto de “santa”, la Revolución de 1870 fue definida por
sus actores y publicistas como una “guerra de civilización”.442 Esa designación
respondía a una quíntuple comprensión de la misma. Primera, la revolución se
había originado para defender el imperio de la ley frente a la acción usurpadora
de un tirano que al violar los preceptos constitucionales había involucionado el
país a la época del despotismo español. En tanto causa “noble y justa” a favor
de “la ley y la libertad”, tras su éxito fue equiparada discursivamente con una
nueva guerra de independencia. Y esa conexión se corroboraba en el hecho de
que entre los colaboradores revolucionarios estaban muchos descendientes de la
gesta emancipadora –con la excepción de “los Lanza”– como eran “el joven Juan
Granier, el joven Bilbao, once vástagos de la casa Indaburo, Rodríguez, Segurola,
Demetrio Catacora…”.443 Segunda, la revolución había heredado de los pronun-
ciamientos iniciados en 1865 el cometido de reparar los hábitos políticos de los
bolivianos a través de la restitución del principio fusionista, ahora entendido como
la conciliación de todos los “elementos antagonistas, hostiles y apasionados en el
sentido de los verdaderos intereses de la nación”.444 Dado que la regeneración de
la convivencia pública tras una experiencia de tiranía requería asentar un equilibrio
entre los principios de orden y de libertad, esa moralización de la vida pública se
tradujo en la fórmula de “más libertad y menos gobierno”. Como con ella445 se
sostenía que la democracia requería “que toda autoridad, imperio o mandamiento”
no tuviese otra fuente que “la ley y la voluntad nacional”, a su través la revolución
expresaba el objetivo de retomar el cumplimiento de la inexorable ley del progreso
que volvería a situar a Bolivia entre las “naciones adelantadas”.446
442 Corral, op. cit., 1872, p. 3.
443 Ramos Chaves, op. cit., 1871a, pp.16-17.
444 Corral, “Memoria del Departamento de Gobierno”, Corral, op. cit., 1872, p. i.
445 Esa fórmula también revelaba disidencias partidarias en el seno de los revolucionarios, en
concreto referentes al Partido Rojo y al linarismo, como se desprende de la alerta referente a
que los bolivianos debían aprender a gobernarse y a hacer buen uso de su libertad, “para que
no vuelvan a sufrir las funestas consecuencias de esas autocracias legales que bajo el pretexto
de robustecer el principio de autoridad gobernaban demasiado, hasta constituirse en peda-
gogos de los gobernados y hasta intervenir en el hogar doméstico” (Mensaje que el presidente
provisorio de la República, Agustín Morales, presenta a la Asamblea Constituyente de junio de 1871,
18 de junio de 1871, p. 15).
446 Dos abogados, op. cit., 1871, p. 2; Mensaje de Morales de 1871, pp. 15 y 17.
174 ciudadanos armados de ley
Tercera, aunque la defensa del imperio de la ley y la reconquista de la li-
bertad habían hecho a Morales depositario del título de “libertador de Bolivia”,
el origen de la revolución estaba en los pronunciamientos populares iniciados
en 1865 y refrendados en comicios. Eso la convertía en “una causa popular”
realizada “para la causa de los pueblos” en favor de la “causa nacional”. En La
doctrina del pueblo, el secretario de la revolución, Casimiro Corral, había escri-
to que ninguna insurrección por legítima que pareciese había “producido los
bienes que se prometían sus autores; lo que ha probado que todo lo que no se
obtenga por medios lícitos y legales siempre tendrá consecuencias funestas”.447
Sin embargo, la “calamidad” del gobierno de Melgarejo había llevado a Corral
a desdecirse de esa afirmación y considerar urgente e imprescindible el hecho
revolucionario. Asumida la insurrección como “la última razón de un pueblo”,448
el vecindario boliviano se había trastocado en el pueblo en armas y defenestrado
un gobierno nacido de un motín militar. En opinión de Corral, ese acto subra-
yaba que la movilización del ejército estaba supeditada y asociada a la iniciativa
civil sancionada por la ley constitucional.449 Cuarta, la revolución constituía una
empresa moralizadora en contra del “caos administrativo”, estando tras el lema
“más por el pueblo que por el gobierno” la reconducción de resoluciones guber-
namentales nocivas al desarrollo del país y relativas a: la modalidad de gobierno;
la formalidad democrática; las fronteras territoriales; las finanzas y la moneda;
o la explotación del territorio.450 Y, quinta, en consonancia con la regeneración
administrativa, la revolución abanderaba la defensa de la población indígena bajo
la premisa de que la redención de su atraso pasaba por devolverle lo usurpado
con la reforma agraria. Ello no equivalía a negar la necesidad de la misma, sino
a considerarla hecha en términos de rapiña y no de progreso.
Si mediante la revolución el pueblo en armas había reconquistado la libertad
para volver a lograr la independencia de Bolivia, ¿la población indígena partici-
pante como ejército auxiliar del Ejército del Norte formaba parte de ese pueblo
sublevado? La publicitada narración del general Quintín Quevedo sobre la huida
de Melgarejo y los suyos hacia Perú, acosados en todo momento por un contin-
gente de indios que fue diezmando al grupo, sintetizaba la lectura mantenida
al respecto por los vencidos. De su relato se infiere, de un lado, una visión de
los indios como sanguinarios, incivilizados y peligrosos; de otro, la aprobación
por parte de los revolucionariosde “las monstruosidades” realizadas por ellos
contra los melgarejistas y su incapacidad para controlar tal furia primitiva. Se
trataba de una lectura que hacía presente a la población india en los aconte-
cimientos históricos bolivianos al reconocerla como agente primordial en la
447 Casimiro Corral, La doctrina del pueblo, La Paz, Imp. Paceña, 1871a, p. 7.
448 Ibidem, p. 28.
449 Corral, “Memoria del Departamento de Gobierno”, Corral, op. cit., 1872, p. ii.
450 Dos abogados, op. cit., 1871, pp. 3-6.
de la usurpación de melgarejo 175
victoria revolucionaria,pero que también la consideraba ajena a la configuración
nacional porque su conducta solo aportaba terror y violencia en la resolución
de conflictos civiles. A continuación se narra con más detalle esa perspectiva:
La persecución de los indios a los melgarejistas derrotados fue definida
como “una campaña desconocida y de carácter salvaje”. No la protagonizaron
pequeñas partidas de amago”, sino grupos e hileras de indios –muchos de ellos
“en caballada”– que descendían por las faldas de los cerros para cortar el paso
a los huidos. El objetivo de esos “cordones inmensos que de todas partes bro-
taban y [les] cargaban, en distancias de guerrilla, con piedras de honda y toda
clase de proyectiles”, dirigidos “por algunos montados”, no era prenderlos,
sino masacrarlos. Para ello habían perseguido sin tregua al grupo de Melgarejo,
provocándole continuas bajas por el embate de piedras. Estas “falanges brutas
y sanguinarias” en ningún caso habían mostrado piedad o cumplido con las
convenciones internacionales de la guerra. Una vez cruzado el pueblo de Hua-
qui mediante la estratagema de dar “vivas a Vilca y Morales”, algunos oficiales,
“muertos de miedo al verse cercados por vanguardia y retaguardia”, habían sa-
cado pañuelos blancos gritando “capitulación, nos rendimos, garantía”, habían
pedido “ir donde el cura” o habían llamado al “corregidor que cruzaba montado
con espada en mano”. Nada de ello había surtido efecto. Como resultado de
la acción “de los caribes” constituidos en “una línea compacta”, solo escaparon
cinco melgarejistas de los treinta y cinco huidos. El resto sucumbió “inmolado
a las iras de esas fieras” que gritaban para que los peruanos cerrasen el puente
de la frontera en Desaguadero. Aunque eso no sucedió y pudieron cruzar, el
comandante militar Casapía, su señor tío y el gobernador “les manifestaron el
peligro de quedarse en la raya [...] y les instaron a viajar a Zepita”, no logrando
estar a salvo hasta llegar a Juli.451
La impronta de ese relato ha reaparecido en las escasas y tradicionales
referencias historiográficas a la presencia revolucionaría de los indios en los
sucesos de 1870-71. En su mayoría452 coinciden en caracterizarla de sangrienta
y bestial –“la indiada sublevada que hizo una terrible carnicería esa noche entre
los derrotados y prófugos”–,453 de refractaria a la civilización –“de todas partes
los indios se precipitaban, blandiendo sus hondas y sus lanzas, llenando la no-
che con sus clamores salvajes”–;454 de contraria al bienestar de Bolivia –“huía
(Melgarejo) acosado como una mala fiera por los indios que cercaban la ciudad
451 Quevedo, op. cit., 1871, pp. 20-23.
452 Aunque en los últimos años el gobierno de Evo Morales ha favorecido una historiografía hagio-
gráfica sobre todo lo relacionado con insurgencia indígena, son todavía muy pocos los trabajos
alusivos a la revolución de 1870 que vayan más allá de una mera transcripción entusiasta e
ideologizada de alguna fuente como ejemplifica el artículo on line de Wilson García Mérida,
“Sobre las guerrillas indígenas que tumbaron a Melgarejo”, Bolpress (http: //www.bolpress.
com/art.php?Cod=2006011612).
453 T. O. D’Arlach, El general Melgarejo, La Paz, 1913. Citado en Gutiérrez, op. cit., 1975, p. 257.
454 Max Daireaux, Melgarejo. Un tirano romántico, La Paz, Ed. Gisbert y Cía., s.a., 1958, p. 264.
176 ciudadanos armados de ley
y cuyo auxilio habían invocado imprudentemente los revolucionarios”–;455 y de
innecesaria –“fueron inútiles para el combate y solo sirvieron para ensangrentar
el triunfo de la revolución”.456 Ahora bien, ¿ese mensaje sobre la resistencia india
a la modernización y que etnizaba negativamente el ejercicio de la violencia, es
el que se desprendía de la correspondencia oficial intercambiada por los revo-
lucionarios entre 1870 y 1872?
Si bien los componentes de salvajismo estaban presentes en las fuentes revo-
lucionarias consultadas en este capítulo, no se referían únicamente al colectivo
indígena y cuando lo hacían, más que limitarlo a la barbarie, tornaban equivalente
el furor guerrero con el patriotismo. Era precisamente mediante el ejercicio de
actos de violencia contra las tropas de Melgarejo como los indios insurrectos
habían mostrado su apoyo a la causa “del imperio de la ley”. Con esa conducta
habían podido transfigurar una identidad colectiva percibida como refractaria al
progreso y transitar al universo de los c iudadanos bolivianos en tanto pueblo en
armas. Pero que los sublevados no expresasen temor ante la naturaleza “brutal”
de los actos indios, por estar a su servicio y responder al expolio agrario propi-
ciado por Melgarejo, no significaba que reconociesen haberlos movilizado. Al
contrario, buscaron matizar su connivencia bélica descargando la responsabilidad
de su presencia en el bando vencido. Esto es, no explicaban su colaboración
como resultado de una necesidad de regeneración política originada en el gol-
pe de 1864, como ocurría en el caso de los “artesanos y jóvenes decentes” y de
los soldados amotinados, sino consecuencia de vejámenes. En su Memoria a la
Asamblea Constituyente de 1871, Corral señalaba a “las usurpaciones, violencias,
depredaciones y asesinatos” perpetrados contra los indígenas como la razón que
los había obligado a defenderse.457 Rafael Díaz Romero añadía a esa afirmación
que los melgarejistas “muertos” habían fallecido “en los caminos que se dirig[ían]
al Desaguadero, a Viacha, a Calamarca” por su propia torpeza. Al no haberse
querido entregar a las huestes de Morales, habían huido a sabiendas que “todos
los campos y las alturas de La Paz estaban cubiertos por masas organizadas de
indios cuyo número pasaba los 50.000 mil”,458 con intención de vengarse por
las ofensas sufridas. De ambos testimonios se infiere una doble y contradictoria
comprensión de la actividad armada indígena.
Por una parte, las afirmaciones del gobierno de la revolución referentes a lo
espontáneo, imprevisto, irrefrenable y primario del levantamiento de los indios
pretendían contrarrestar la acusación de haberlos lanzado “contra bolivianos”.459
455 Alcides Arguedas, Historia general de Bolivia, La Paz, Ed. Gisbert & Cía., 1975, p. 306.
456 Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 227-236.
457 Corral, op. cit., 1872, p. 3-5.
458 Díaz Romero, op. cit., 1871, p. 39.
459 “Dejo al criterio del público las apreciaciones de esta persecución organizada y de la clase de
elemento desencadenado por el gobierno de la revolución para la caza y exterminio de una
parte de bolivianos desgraciados” (Quevedo, op. cit., 1871, p. 22).
de la usurpación de melgarejo 177
Para evitar ser percibidos por la opinión pública como un partido político bru-
tal, tildaron la violencia ejercida por los indios de natural e insubordinada. Y a
estos los identificaron como pertenecientes a un colectivo con un universo de
costumbres y de sentimientos distintos de los poseídos por la mayoría insurgente:
eran portadores de valores de enraizamiento más ancestral que tradicional y, por
ello mismo, proclives a desarrollar en la lucha una animalidad atávica capaz de
acciones bárbaras. Sin embargo, los revolucionarios no dejaban de reconocer la
legitimidad de esa violencia primitiva, ya que tras ella había un ultraje que era
compartido con el resto de habitantes del país y que necesitaba ser reparado. Por
otra parte, esa insistencia de los insurrectos en que los indios habían ejercido una
violencia irracional y bestial, fruto de impulsos emotivos y de pasiones instintivas,
también apuntaba a la autonomía de acción de los segundos. Es más, insinuaba
que su participación bélica había sido resultado de un proceso de negociación del
que habían surgido alianzas políticas interétnicas. El discurso de la animalidad
india no desdibujaba por completo las conexiones sociales verticales, de facciones
o clientelares y las tensiones subterráneas de la política que enlazaban grupos
y estratos diversos.460 En esa dirección señalaban las actividades organizativas
que los revolucionarios habían desplegado durante meses en el Altiplano en
colaboración con la prefectura, subprefecturas y corregimientos paceños para
asegurarse la presencia de los aymaras en el conflicto. A continuación se tratará
dicha operación.
Además de los batallones y oficiales melgarejistas que se fueron uniendo a la
causa de Morales y Corral, el Ejército del Norte contó con el soporte de partidas
organizadas. Como ya se ha indicado, mediante las tácticas de guerrillas tenían
el cometido de defender su vanguardia a lo largo de “una vasta línea extendida”
de más de cien leguas que desde Inquisivi se eslabonaba con Tapacarí, Chayanta,
Carangas y Pacajes. Rafael Díaz Romero identifica cuatro grupos procedentes
de los departamentos de La Paz, Oruro, Potosí y Cochabamba: 1) la guerrilla
del coronel Pedro Zelaya proveniente de los valles de Carangas y Luribai con
dirección a lagunillas; 2) la guerrilla del coronel Ildefonso Murgía cuyo cometido
era llegar desde La Paz a Tarata; 3) la guerrilla al mando de Federico Blacud
con huestes de Paria y Chayanta; 4) la guerrilla de Tito Andrade con gentes de
Carangas; y 5) los rifleros de Pacajes organizadospor Hermójenes Pizarroso.461
Se trataba de patrullas mixtas constituidas por vecinos de los pueblos e indígenas.
Aunque el nombre de los líderes remitía a los primeros, eso no debe interpretarse
necesariamente en términos de supeditación india. Por ejemplo, la información
que se posee sobre la relación entre los vecinos y las comunidades de Carangas
no solo apunta al alto nivel autónomo de estas. También alude a una estrecha
460 Una reflexión historiográfica sobre la violencia popular en Benigno, op. cit., 2013, pp. 150-
173.
461 Díaz Romero, op. cit., 1871, p. 36.
178 ciudadanos armados de ley
ligazón entre ambos sectores que terminó por generar una superposición entre las
categorías de estratificación social y étnica. La detentación de los cargos públicos
y el ejercicio de actividades de importación y exportación transfronterizas por
parte de los vecinos favorecieron la forja de vínculos comerciales, crediticios y de
parentesco con las comunidades. Ello permitió su acceso a las tierras en calidad
de contribuyentes indígenas, además de una mayor acumulación de bienes, po-
der y prestigio local y regional.462 El arraigo de los vecinos en las redes sociales
de la comunidad y su compromiso en su salvaguarda también puede observarse
en el caso de los rifleros de Hermójenes Pizarroso, ya que este figuraba entre
los compradores de tierras no pertenecientes al círculo de Melgarejo.463 No era
extraño, así, que los vecinos se identificaran con los intereses de las comunida-
des en lo relativo a su privatización o mala venta, involucrándose en la defensa
armada de sus intereses. La prensa y folletería de la época recogía testimonios
referentes a que “los indígenas colonos de las nuevas fincas” habían consultado
a sus patrones a propósito de las reiteradas invitaciones de los revolucionarios
para unirse a ellos contra Melgarejo, siendo consentido e incluso aconsejado
el levantamiento por parte de aquellos “propietarios que estaban afiliados a la
revolución y ha[bía]n combatido dentro de las barricadas”.464 Como resultado
de esa interacción en los conflictos partidarios, en torno a los procesos electo-
rales que culminarían en la Guerra Federal de 1899 nunca faltaron los discursos
que acusaban a los vecinos de ser la causa de la insubordinación indígena y de
obstruir su proceso civilizatorio, tanto por soliviantarles como por explotarles.465
El cometido de esas guerrillas era ralentizar la llegada a La Paz del ejército
melgarejista que había triunfado en Potosí y dar tiempo, así, al ejército constitucio-
nal a organizarse. Para ello se requería también hacer al enemigo “una guerra de
recursos” en la que era imprescindible el respaldo coordinado de mayores fuerzas
indígenas en el Departamento de La Paz. Sus miembros procedían mayoritaria-
mente de las provincias de Omasuyos, Sicasica, Pacajes, Ingavi y Muñecas.466 El
precedente de la actuación de la “indiada” contra la política agraria melgarejista
había estado en las insurrecciones en San Pedro de Tiquina el 28 de junio de
1869, Huaicho el 2 de enero de 1870 y Ancoraimes el 7 de agosto de 1870.467 El
462 Hanne Cottyn, “Entre comunidad indígena y Estado liberal: los vecinos de Carangas (siglos
xix-xx)”, Boletín Americanista, vol. lxii, núm. 2, 2012, pp. 40, 43 y 45. Para el caso de La
Paz, véase el testimonio en Dos abogados, op. cit., 1871, p. 27.
463 Dos abogados, op. cit., 1871, p. 32.
464 Ibidem, p. 11.
465 Véase Irurozqui, op. cit., 2000, cap. iv.
466 Correspondían a las zonas aymaras más densamente pobladas donde se habían vendido 356
comunidades hasta 1869 (Alberto Crespo, Mariano Baptista Gumucio y José de Mesa, La
ciudad de La Paz, La Paz, Ed. Alcaldía Municipal, 1989, p. 169).
467 Zoilo Flores, “Causa de la revolución de Potosí, 26 de febrero de 1870”, Melgarejo y la reforma
agraria (proceso de la propiedad territorial y de la política de Bolivia), Luis Antezana, La Paz, Los
Amigos del Libro, 1970, pp. 127-28.
de la usurpación de melgarejo 179
descontentoque expresaban tales levantamientos, y las consecuencias de la
represión ejercida contra los indios por los hacendados (y nuevos propietarios)
con ayuda gubernamental, fueron aprovechados por los rebeldes paceños para
atraerlos a su causa. La “indiada” estaba organizada en cuatro líneas integradas
por diez mil hombres bajo el mando de un “Comandante Jeneral de Yndios”.
Diversos trabajos apuntan a que este cargo fue ejercido por Luciano Willka,
apoderado de los indígenas de Huaicho que el 21 de diciembre de 1870 se ha-
bía presentado ante Morales para ponerse “a las órdenes de sus superiores: los
caballeros”, ofertándole servicios que incluían la colaboración de otros apode-
rados.468 La folletería contraria al g
obierno revolucionario les designó en 1873
como “aquellos hombrezuelos de instintos vengativos, feroces y sanguinarios”,
siendo Luciano tildado de “compinche” del presidente.469 Posiblemente algunos
de ellos estuvieron a cargo de cada una de las cuatro líneas, como pudo ser el caso
de Salvador Choquehuanca de la comunidad de Cotacota del cantón Huarina.
Esta afirmación obedece a que dicho personaje, en consonancia con la retórica
redentora de la conversión de los indios sublevados en pueblo en armas, argu-
mentó para la devolución de sus tierras el haber combatido “en clase de capitán
y tomado gran parte en la destrucción del tirano el día 15 de enero con la indiada
que estaba a mi cargo”.470
De las mencionadas cuatro líneas, dos de ellas debían marchar por las serra-
nías de acceso a Calamarca y a Letanías, Totora y Umala, otra avanzar desde el
río Desaguadero a Chilahuala y otra situarse entre Mecapaca, Palca, Achocalla,
Obrajes y La Paz. Fuera de estas líneas había grupos dispersos de indios encar-
gados de alcanzar esa ciudad desde Larecaja, Muñecas y Caupolicán.471
Aunque se conoce poco sobre el modo en que se desarrolló la colaboración
entre aymaras e insurgentes antimelgarejistas, los telegramas, circulares y cartas
oficiales intercambiados entre la prefectura, subprefecturas y corregimientos se-
ñalaban a estas instituciones como responsables del alistamiento y organización
de los primeros. A instancias del prefecto de La Paz, las subprefecturas formaron
en cada provincia un club presidido por el subprefecto y compuesto por “el
párroco del lugar y tres vecinos notables” y en cada cantón otro club integrado
468 Ramiro Condarco Morales, Zárate, el temible Wilka. Historia de la rebelión indígena de 1899
en la República de Bolivia, La Paz, Editorial y Librería Renovación, 1982; Gladys Guzmán,
Política agraria del gobierno del general Mariano Melgarejo 1866-1871. La venta de tierras de
comunidad y el conflicto del altiplano paceño. Un estudio de caso en el cantón Taraco, La Paz, Tesis
de Licenciatura, 1993; Pilar Mendieta, Entre la alianza y la confrontación. Pablo Zárate Will-
ka y la rebelión indígena de 1899 en Bolivia; La Paz, asdi-ifea-ieb-Plural editores, 2010, p.
123.
469 Amadeo, R.S. (Comité del Porvenir), A la Asamblea Nacional. Causales, razones y motivos por
los que es imposible la inauguración de Casimiro Corral en la silla de la Suprema Magistratura de
la República, La Paz, s.e., 28 de febrero de 1873, p. 21.
470 Mendieta, op. cit., 2010, p. 125.
471 Rafael Díaz Romero, op. cit., 1871, p. 10.
180 ciudadanos armados de ley
por el corregidor, el párroco y un vecino.472 La función básica de ambos clubes
eran animar “a todos los vecinos e indígenas de sus pueblos a la defensa de la
causa común de nuestras casas, hijos y todo lo que tenemos sobre la tierra”.473 La
materialización de esa defensa “de lo propio” se concretaba en cuatro acciones
fundamentales a cargo de los directores de cada club provincial y cantonal.
Primera, supervisaban la recogida de ganado, el cultivo de productos agrí-
colas y el reparto de los bienes de las haciendas poseídas por los melgarejistas y
reclamadas por los indios como antiguas tierras de comunidad, “porque ha de
haber necesidad de esos productos para diferentes usos del servicio público”.474 Si
bien la relación diaria entre vecinos e indígenas podía ser en ocasiones conflictiva,
la subprefectura había concebido sus actos de modo coordinado. En los casos en
que era necesario embargar el ganado y los frutos de las haciendas expropiadas,
se constituían comisiones mixtas formadas por “Ylacatas y Alcaldes de dichas
comunidades” que, en compañía “de algunos vecinos de sus respectivos pue-
blos”, se encargaban de organizar para beneficio público tales bienes propiedad
del Estado.475 Segunda, estaban facultados para: repartir los víveres existentes
en las haciendas y destinar gran parte de ellos a “la alimentación de más de los
cincuenta mil indios que deben ponerse en actitud de obrar contra el enemigo
y extirpar la tiranía más bárbara que ahora los pueblos todos de la República
combaten”; proporcionar la coca necesaria “en proporción diaria de una libra
para cada diez indígenas”; asegurarse que estos contribuyesen a la causa rebelde
con “mil quintales de cebada para los caballos del ejército”; y conseguir plomo.476
Tercera, además de lograr que los habitantes de la provincia suministrasen “un
empréstito en dinero o donativo de igual clase proporcionado a sus facultades”,477
472 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Correspondencia de Nicasio Imaña, subprefecto de la
provincia de Omasuyos, a los señores corregidores de la escala marginal. Lealtad, 16 de noviembre de
1870; Ramos Chávez, op. cit., 1871, pp. 12-13.
473 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Carta de Nicasio Imaña, subprefecto de la provincia de
Omasuyos, a los señores corregidores de la escala marginal. Lealtad, 18 de diciembre de 1870.
474 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Circular de Casimiro Corral a Nicasio Imaña,
subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz, 18 de diciembre de 1870; La Paz, 22 de di-
ciembre de 1870.
475 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Correspondencia de Nicasio Imaña, subprefecto de la
provincia de Omasuyos, a los señores corregidores de la escala marginal. Lealtad, 20 de diciembre de
1870.
476 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Comunicado de Casimiro Corral a Nicasio Imaña,
subprefecto de Omasuyos. La Paz, 11 de diciembre de 1870; La Paz, 16 de diciembre de 1870;
Circular de Casimiro Corral a Nicasio Imaña, subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz,
18 de diciembre de 1870; Circular de Pedro García a los señores corregidores de los cantones. La
Paz, 19 de diciembre de 1870; Circular no. 22 de la Prefectura y Superintendencia de Hacienda y
Minas del departamento de La Paz a la Subprefectura de la provincia de Omasuyos. La Paz, 25 de
diciembre de 1870.
477 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Carta de Pedro García, prefecto del departamento
de La Paz, a Nicasio Imaña, subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz, 14 de diciembre de
1870.
de la usurpación de melgarejo 181
estaban a cargo de la recaudación de las rentas fiscales, siendo fundamental ha-
cerse con el tributo indígena que estaba en poder de los corregidores cesantes.478
Y cuarta, los directores de cada club provincial y cantonal organizaban la
movilización bélica de la población. Mientras los vecinos de pueblos y ciudades
eran agrupados en milicias479 y designados como “los nacionales”,480 “la india-
da” constituía una fuerza independiente “de hondas y palos” dirigida por sus
“mandones o cabecillas” nombrados “comandantes, capitanes y demás cargos”.
Sus superiores directos eran los corregidores.481 Para el caso de la región de Laja
entre 1800 y 1850, María Luisa Soux señala que, aunque este cargo dependía
del gobierno central, se trataba de una figura ambigua cuyas obligaciones eran
ambicionadas por diversos sectores locales. No solo los antiguos caciques lo
entendieron como un puesto burocrático que les permitiría mantener su antigua
preeminencia y posesiones cacicales, también los indígenas originarios y los ve-
cinos de los pueblos trataron de ostentarlo. A comienzos de la etapa republicana
la Administración había tolerado que autoridades menores comunitarias como
los alcaldes o jilacatas se encargasen de la recaudación del tributo. Sin embargo,
cuando por la Ley de septiembre de 1831 fue destinado como pago a los co-
rregidores el 1% de la recaudación, entre los vecinos de los cantones más ricos
creció el interés en convertirse en tales. El enfrentamiento entre comunitarios y
vecinos condujo a una solución mixta de recaudación por la que el corregidor se
convertía en el destinatario final del cobro del tributo, una vez que este hubiese
sido recogido en cada ayllu por sus alcaldes.482 Si bien existe una enorme y con-
tradictoria casuística sobre el tema, en lo que compete a este libro lo reseñable
de la figura del corregidor es que se constituyó en una autoridad enraizada en lo
local. Lo pudo conseguir merced a, por un lado, actuar de intermediario entre las
autoridades estatales y las fuerzas locales y entre estas y los poderes comunales,
y, por otro, tener buenas conexiones con estos últimos gracias a aliviarles las
478 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Comunicación oficial de Ignacio L. de Zapata, Prefec-
tura y Superintendencia de Hacienda y Minas del departamento de La Paz, a Nicasio Imaña, prefecto
de Omasuyos. 21 de noviembre de 1870; Subprefectura de la provincia de Omasuyos a los corregidores
de escala marginal. Lealtad, 29 de noviembre de 1870; Orden de Nicasio Imaña, subrefecto de la
provincia de Omasuyos, a Mariano Barrera de Ullasillos y otros corregidores de la escala marginal.
Lealtad, 18 de diciembre de 1870; Comunicación oficial de Pedro García, prefecto de La Paz, a la
Subprefectura de Omasuyos. La Paz, 6 de diciembre de 1870.
479 “El Jefe de la guardia Nacional Dr. Agustín Aspiazu se encargó de esta obra (construir ba-
rricadas en La Paz) con la cooperación de la juventud y con la ayuda de los artesanos”, Díaz
Romero, op. cit., 1871, p. 10.
480 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Comunicación de la Secretaria General, sección Go-
bierno, a la Subprefectura de Omasuyos. Viacha, 17 de diciembre de 1870.
481 En el mencionado relato de Quevedo, este los identificaba como “algunos montados con
espada en la mano” que dirigían las huestes indias que los acosaban (Quevedo, op. cit., 1871,
pp. 20-23).
482 María Luisa Soux, Autoridad, poder y redes sociales entre colonia y república. Laja 1800-1850, Tesis
de Maestría, Universidad Internacional de Andalucía, La Rábida, 1999, pp. 137, 162, 167-168.
182 ciudadanos armados de ley
imposiciones del Estado.483 Esa doble capacidad explicaría el interés interno y
externo de atraerse a su ámbito a estos funcionarios o de monopolizar el cargo
para, mediante redes de familiares, partidarios y subordinados, controlar las
actividades de los pueblos.
Pese a la escasez de información historiográfica para el suceso revoluciona-
rio estudiado, el reconocimiento oficial del corregidor como responsable de los
indígenas hace pensar que se trataba de mestizos –posiblemente vecinos de los
pueblos– con relaciones de parentesco, de compadrazgo o de negocios en los
ayllus y que utilizaban precisamente esas conexiones para hacerse imprescindibles
a sus superiores en los ámbitos público y privado. En lo relativo a los términos
de la intervención bélica india, ese conocimiento y compromiso simbólicos del/
con el mundo rural hizo que en cada cantón el corregidor tomara “razón de los
indios alistados para hacerlos servir como auxiliares” bajo la dirección de un
“Comandante Militar de Yndios”.484 Dada la imprecisión de las fuentes y, tal
como se ha señalado antes, fue muy probable que tal autoridad la detentaran los
apoderados de las comunidades o los jilacatas de las mismas, con lo que se repro-
ducía la relación de intercambio y negociación entre estos últimos y el corregidor
que funcionaba en la recaudación del tributo u otras actividades locales.485 De ser
así, ese hecho subrayaba que la centralidad doméstica del corregidor residía en
gozar de legitimidad frente a los colectivos entre quienes mediaba, ofreciéndole
el episodio bélico una ocasión de alcanzarla o de reforzarla.
Terminada la guerra pero aún fresca la fraternidad entre los revolucionarios y
las comunidades, la legitimidad local del corregidor bien pudo devenir en precaria
o conflictiva según cómo pretendiese reconstruir la relación administrativa con
los indios. En algunos casos fueron acusados de sacar provecho pecuniario del
proceso de reposición a los indígenas de las comunidades vendidas. Esa conducta
daría lugar a quejas ante el prefecto como ejemplifica la demanda del comunario
Tomás Quispe. Este denunció al excorregidor Juan Cordero por haber exigido a
los alcaldes e jilacatas pongos con nombre de semaneros no solo para él mismo,
483 Sirva como ejemplo impedir que las comunidades de su jurisdicción tuvieran que proveer
con animales de carga a las tropas (Erick D. Langer, “Reintroduciendo lo económico: indios
andinos y la construcción del Estado-nación en la Bolivia del siglo xix”, Anuario de Estudios
Bolivianos, Archivísticos y Bibliográficos, núm. 18, 2012, p. 194; Quevedo, op. cit. 1871, p. 10)
o realizar préstamos para cumplir con la contribución indigenal adelantada (Dos abogados,
op. cit., 1871, p. 11).
484 Díaz Romero, op. cit., 1871, p. 10.
485 Sobre el proceso de sustitución de los caciques por autoridades menores más comprometi-
das con la comunidad véanse los textos de Sinclair Thomson, “¿Transmisión o intromisión?
Propiedad, poder y legitimidad cacical en el mundo aymara de la colonia tardía”, Historias…
de Teresa, núm. 2, 1998, pp. 169-186; “Quiebre del cacicazgo y despliegue de los poderes en
Sicasica, 1740-1771”, La desintegración surandina: cinco siglos después, Xavier Albó et al. (eds.),
Cusco, cbc, 1996; Cuando solo reinasen los indios. La política aymara en la era de la insurgencia,
La Paz, Muela del Diablo Editores-Aruwiyiri, 2006.
de la usurpación de melgarejo 183
sino también para todos los jefes militares, el subprefecto, el intendente y el
señor fiscal del partido.486 El indígena Miguel Turuchi, segunda persona de la
comunidad de Tajara, del cantón de Achacachi de la provincia Omasuyos, también
protestó en 1871 ante el prefecto del departamento de La Paz por los abusos de
autoridad del corregidor del cantón durante el ejercicio de sus funciones:
Que por diferentes leyes y resoluciones supremas se nos ha eximido a los indígenas
de todo servicio forzado y gratuito: la restitución de las comunidades no ha tenido
también otro objetivo que el de salvarnos del coloniaje que se nos impuso; más a
pesar de todo esto los indígenas de mi comunidad nos encontramos sometidos a una
servidumbre tan fuerte y gravosa que a más de quitarnos el tiempo para el laboreo
de nuestras chacras nos somete aún a la pérdida de nuestros bienes.487
Sin embargo, en otros casos, los corregidores fueron advertidos por la prensa
de los trastornos públicos que podía ocasionar su conducta. Por ejemplo, se les
prevenía “ante Dios y ante la Nación” de los males que sobreviniesen por acceder
a los exigentes pedidos de los indígenas: ya fuera por temor –“porque los indígenas
saben matar a los corregidores con la facilidad que a un perro”– o por “conve-
niencia pasajera”. Se vaticinaba que, por su culpa de “azuzar y haber azuzado a los
indios de las comunidades vendidas contra los compradores de tierras, contra los
blancos” y de “atizar, así, una guerra de castas”, el pueblo de La Paz terminaría
“bajo la presión de 200.00 makanas, yugo más terrible que los rifles de Melgarejo”.488
También los párrocos contribuyeron a la múltiple tarea de los corregido-
res de alistar a los indígenas para el combate, de integrarlos en “guarniciones
de guerra” nombrando capitanes a los que les inspirasen “más confianza”, de
supervisar los trabajos de interceptación de comunicaciones, espionaje de las
marchas y contramarchas del enemigo, acoso nocturno y robo de sus forrajes y
víveres, quema de campos o de disponer de sus recursos para la financiación de
la campaña. Lo hicieron mediante la realización de misas “en idioma aymara”
orientadas a explicar la importancia de su cooperación.489 La incorporación
486 Resulta ilustrativo del juego local de fuerzas el hecho de que entre los nombres de los bene-
ficiados figuraran el subprefecto Nicasio Imaña, el intendente Castro o el coronel Benjamín
Saravia, ambos personajes fundamentales en la organización de la participación indígena en
la guerra (Roberto Choque, “La servidumbre indígena andina de Bolivia”, El siglo xix. Bolivia
y América Latina, Rossana Barragán, Dora Cajías y Seemin Qayum (comp.), La Paz, ifea-
Historias. c.h.-Embajada de Francia, 1997, p. 481).
487 alp. ejo. 1871. Criminal seguido contra el corregidor sobre abusos de autoridad en el ejerci-
cio de sus funciones, año de 1871, f. 1. Citado en Choque, op. cit., 1997, p. 480, nota 8.
488 Dos abogados, op. cit., 1871, pp. 18-19.
489 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Comunicación de la Subprefectura de Omasuyos
a los corregidores de escala marginal. Lealtad, 18 de diciembre de 1870; Comunicación del Se-
cretario General del Gobierno a los sres. subprefectos del departamento de La Paz. La Paz, 16 de
diciembre de 1870; Circular no. 1 de Pedro García, prefecto de La Paz, a los señores corregidores
de los cantones de la escala marginal. La Paz, 19 de diciembre de 1870; Carta de Serapio Eguino,
184 ciudadanos armados de ley
del cura al universo del entrenamiento armado de los indígenas informaba no
solo del reconocimiento utilitario por parte de los rebeldes de las autoridades
domésticas. También expresaba su interés por comprometerlas en un conflicto
nacional y de esa manera remodelar la distribución del poder local.
El proceso organizativo de los indígenas para la guerra induce a dos ase-
veraciones interpretativas. Primera, el hecho de que los clubes provinciales y
cantonales asumieran diversas tareas de gestión relacionadas con la financiación
y el sostenimiento material de la campaña bélica y de que su coordinación fuese
responsabilidad de las autoridades departamentales supuso una progresiva mo-
dificación de las lealtades y compromisos locales y una consiguiente activación
del proceso de integración nacional de las instancias administrativas locales. La
insurrección de agentes estatales –desde el prefecto al cura– en 1870 favoreció
una “nacionalización de la cosa pública”490 porque conllevaba una voluntad de
redistribución del ejercicio del poder político y de rediseño de las relaciones
entre la autoridad central y los poderes locales. Además, la campaña de La Paz
contra Melgarejo a partir de una organizada y múltiple colaboración de actores
locales bajo objetivos nacionales y grupales ayudó a la cohesión social. Todo eso,
sumado a que el episodio insurgente se inscribía en un largo proceso revolucio-
nario (1865/1871) con escenarios en todo el país, redundó en una cierta cohesión
territorial. Segunda, no solo los indígenas comunarios (los indios colonos y los
vecinos de los pueblos) habían estado dispuestos a manifestarse contra la política
agraria de Melgarejo, sino que fueron sus opositores políticos quienes interactua-
ron con ellos para estructurar el modo de hacerlo. Ya fuese en términos discursivo
de barbarie o de colaboración patriótica, la actuación armada de los aymaras en
una guerra civil, larvada desde el golpe de diciembre de 1864, facilitó que sus
demandas e intereses comunitarios salieran del ámbito de lo local para adquirir
una dimensión pública. Su conversión en parte del pueblo en armas sublevado
ante la violación del imperio de la ley supuso una oportunidad de cambio en el
modo en que la población indígena era vista y asumida en la construcción nacional
boliviana. Por tanto, la revolución de 1870 fue un acontecimiento que: de una
parte, permitió una relectura gubernamental de la importancia política y pública
de la población indígena; y, de otra, otorgó a este colectivo la posibilidad de
transformar en nacionales sus peticiones corporativas. Establecida someramente
la interacción de los indios con los revolucionarios, se impone a continuación
ahondar, más allá de las explicaciones estratégicas, en las razones que llevaron a
los primeros a hacerse proclives a participar en una guerra civil junto al bando
rebelde y a los segundos a incorporar en su programa sus demandas.
Comisaría de Guerra de la provincia de Omasuyos, a los señores corregidores. Guarina, 6 de di-
ciembre de 1870; Carta de Casimiro Corral, Jefe Político y Militar del Norte, al subprefecto de la
provincia de Omasuyos. La Paz, 22 de diciembre de 1870.
490 Eduardo González Calleja, La razón de la fuerza. Orden público y violencia política en la España
de la Restauración (1875-1917), Madrid, csic, 1998, p. 539.
de la usurpación de melgarejo 185
3. Lo que llevó a los indios a la guerra
Pese a los avances historiográficos en torno a las comunidades indígenas, sobre
su población siempre penden dos tópicos que retoman una y otra vez las narra-
tivas paternalistas del siglo xix sobre “¿qué hacer con el indio?”.491 El primero
presupone su intrínseca pobreza y explotación, mientras el segundo conjetura
su natural desinterés por lo público-nacional.
En torno al proceso de revolucionario de 1870 diversas investigaciones
sobre el Altiplano boliviano han redundado en demostrar no solo su vital in-
corporación en la economía nacional, sino también su centralidad y fortaleza
productivas. En el caso del norte de Potosí ha sido subrayado su fuerte arraigo
territorial frente a las haciendas, merced al cultivo y exportación de trigo a
otras regiones dentro de Bolivia, sobre todo a centros urbanos y mineros. En
otros casos como el orureño, en el que la agricultura resultaba más secundaria
en distritos como los de Lípez, Carangas, Paria y Chichas, se ha mostrado la
exitosa especialización de los indios en el transporte y el comercio, además de
figurar como dueños de minas –con peones asalariados–, y prestamistas. Su
papel de arrieros en la mayor parte de las transacciones internas y de impor-
tación-exportación, de proveedores de la mayoría de bienes para las ciudades
y los enclaves mineros, o de beneficiarios de las operaciones de contrabando
de minerales a Argentina y Perú les hizo participar en el desarrollo económico
del país en las primeras décadas de vida independiente. Su involucramiento
en actividades comerciales y extractivas legales e ilegales, además de propiciar
relaciones de dependencia mutua con otros sectores de la población, les obligó
a interactuar en el territorio nacional más allá de su comunidad y a hacerlo con
la Administración a través de las aduanas, los agentes fiscales o los militares.492
Con ello el Estado se visibilizaba en las estructuras de la comunidad.
491 Sobre la impronta pública de esta pregunta literaria/retórica véase Marta Irurozqui, “¿Qué
hacer con el indio? Análisis de las obras de Franz Tamayo y Alcides Arguedas”, Revista de
Indias, núms. 195-196, 1993, pp. 559-587.
492 Tristan Platt, Estado boliviano y Ayllu andino: tierra y tributo en el norte de Potosí, Lima, iep,
1982; Tristan Platt, “The Weak and the Strong”. Monetary Policies, Spheres os Exchange and Crises
of Trust in 19th Century Potosí. Publicación ocasional núm. 31, St. Andrews, Centre for Ame-
rindian, Latin American and Caribbean Studies-University of St. Andrews, 2008; L anger, op.
cit., 2012, pp. 175-201, y 2012, pp. 178, 181-183, 185-186, 192, 197, 200-201; Erick Langer,
“Bajo la sombra del Cerro Rico: redes comerciales y el fracaso del nacionalismo económico
en el Potosí del siglo xix”, Revista Andina, vol. 37, núm. 2, 2003, pp. 77-94; Erick D. Langer
y Gina Hames, “Commerce and Credit on the Periphery: Tarija Merchants, 1830-1914”,
hahr, vol. 74, núm. 2, 1994, pp. 285-316; Erick Langer, “Género y comercio a mediados del
siglo xix en Bolivia: el caso de Antonia Lojo, una acaudalada mujer indígena de Challapata”,
Anuario del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia 2002, 2002, pp. 107-129; Hanne Cottyn,
Renegotiating Comunal Autonomy. Communal Land Rights and Liberal Land Reform on the Boli-
vian Altiplano, Carangas 1860-1930, Tesis Doctoral Universeit Gent, 2014, pp. 269-272.
186 ciudadanos armados de ley
Esa afirmación no desdice las dificultades –internas y externas– de preser-
vación del modo de vida comunitario. Los estudios sobre comunidades en el
Altiplano también han incidido: de un lado, en los cambios sufridos en el inte-
rior de las mismas merced a la diferenciación económica que conllevó disponer
de grandes pagos en moneda gracias al comercio; y, de otro, en los perjuicios
consecuentes de la implantación del libre comercio, de la retirada de la circu-
lación de moneda feble y adulterada, de la reorientación del contrabando o de
la hegemonía de la minería de la plata. Para el caso concreto de la coyuntura
agraria iniciada en 1866, por ejemplo Erick Langer señala indicios acerca de
que las comunidades de Oruro compraron sus propias tierras. Esto les privó de
capital para comerciar y hacer préstamos; de manera que la gesta revolucionaria
contribuyó a la merma de las actividades mercantiles y a la destrucción de las
redes de crédito rural.493
En esta investigación se va a sustentar que los perjuicios materiales expe-
rimentados por las comunidades poseyeron mayor gravedad para las mismas y
propiciaron su cooperación con las fuerzas rebeldes porque se inscribían en un
contexto de progresiva devaluación pública y social que afectaba no solo a la
institución de la comunidad, sino también a la consideración de sus miembros
como bolivianos. Para hacer más comprensible y desarrollar esta afirmación se va
a recurrir al empleo hipotético del concepto de “lucha social”494 de Axel Honneth.
Según este autor, la fuente motivacional para las acciones de resistencia política
no provendría solo de posiciones de intereses, sino de sentimientos morales de
injusticia, siendo fundamental la experiencia de menosprecio. En torno a ella va a
pivotar la explicación sobre la presencia de los aymaras en la revolución de 1870.
Se sostendrá que buscaron resolver su situación de desestima social a través del
ejercicio constitucional de la violencia. La colaboración con el ejército rebelde
fue el medio para adquirir un nuevo estatus público –pueblo en armas– que les
restituyera como derecho su medio de vida –la tierra– y con ello una autonomía
jurisdiccional que rescatase la razón pública de la comunidad.
La tradición historiográfica que durante años estuvo dando por buena la
tesis de la ficción democrática en América Latina, negando a este espacio su
inmersión en el republicanismo y el liberalismo por considerarlos principios
ajenos a la idiosincrasia católica e hispana del área, también suele dudar de que
la población indígena tuviera alguna relación con categorías como nación o ciu-
dadanía más allá del mero formalismo legal. En este texto no se va a defender
que esta población fuese una abanderada del patriotismo boliviano, pero sí que
tenía un conocimiento sobre lo que significaba ser boliviano y ciudadano de la
República y sobre cuál debería ser su estatus en la nación semejante al del resto
de la población boliviana coetánea. Lo contrario sería suscribir los discursos de
493 Langer, op. cit., 2012, pp. 198-199.
494 Axel Honneth, La lucha por el reconocimiento, Barcelona, Crítica, 1997, pp. 169-195.
de la usurpación de melgarejo 187
dominación étnica construidospor los publicistas de la segunda mitad del siglo
xix: dados a presuponer que los indios por el hecho de ser tales, es decir, por el
hecho de ser naturalizados como supuestamente inferiores e identificados como
un intemporal colectivo colonial de Antiguo Régimen, no estaban al tanto de la
política y lo público ni les importaba el bienestar de Bolivia.495 Se defenderá, en
consecuencia, que los indios participaron como el resto de la población de las
mismas contracciones y constricciones corporativas e individualistas que conllevó
la instauración de la República. Sus respuestas públicas estuvieron adecuadas a
los valores políticos y a las lógicas públicas vigentes. Teniendo en cuenta que
la normativa constitucional de la época no contenía reglamentos específicos
orientados a su discriminación ¿por qué este texto sostiene que necesitaron e
intentaron reinventarse a finales de la década de 1860 a través de la colaboración
revolucionaria?
La respuesta proporcionada respecto a la existencia de una situación de
menosprecio y del modo en que se llegó a ella está ligada a la evolución de la
percepción pública de los indios de tierras altas496 como miembros de Bolivia.
Pese a que durante la Guerra de Independencia(1809-1825) y las primeras décadas
republicanas fueron reconocidos como “ciudadanos”, “ciudadanos religiosos”,
“ciudadanos tributarios” o “ciudadanos republicanos”,497 en torno a 1870 las
495 Marta Irurozqui, “El pueblo soberano versus la plebe proselitista. Discurso historiográfico y
etnicización política en Bolivia, 1825-1922”, La nación y su historia. América Latina, siglo xix,
Guillermo Palacios (coord.), México, Colegio de México, 2009b, pp. 231-284.
496 A propósito de la problemática de los indios de tierras bajas consúltese los trabajos del Taller
de Estudios e Investigaciones Andino-Amazónicos (teiaa), coordinado por Pilar García
Jordán. Para el caso boliviano ejemplos de ello: Thierry Saignes, “Las sociedades de los An-
des orientales frente al Estado republicano: el caso chiriguano (siglo xix)”, Estados y naciones
en los Andes. Hacia una historia comparativa: Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, J.P. Deler e Y.
Saint-Geours, vol. 1, Lima, iep, 1986, pp. 173-201; Pilar García Jordán, Cruz y arados, fu-
siles y discursos. La construcción de los Orientes en el Perú y Bolivia, 1820-1940, Lima, ifea-iep,
2001; Pilar García Jordán, “Yo soy libre y no indio: soy guarayo”. Para una historia de Guarayos,
1790-1948, Lima, ifea-pieb-ird-teiaa, 2006; Pilar García Jordán, Unas fotografías para
dar a conocer al mundo la civilización de la república guaraya, Madrid, csic, 2009; Pilar García
Jordán, El Estado propone, los carai disponen y los guarayos devienen en ciudadanos, 1939-1953.
El impacto de la secularización en Guarayos, Cochabamba, ilamis-Itinerarios-ciha-Adveniat,
2015; Anna Guiteras Mombiola, De los Llanos de Mojos a las cachuelas del Beni, 1842-1938,
Cochabamba, Itinerarios Editorial, 2012; Ana María Lema, El sentido del silencio. La obra de
mano chiquitana en el Oriente boliviano a principios del siglo xx. Santa Cruz de la Sierra, La Paz,
pie, 2009.
497 Tristan Platt, “La experiencia andina del liberalismo boliviano entre 1825 y 1900: raíces de
la rebelión de Chayanta (Potosí) durante el siglo xix”, Resistencia, rebelión y conciencia cam-
pesina en los Andes, Steve Stern (ed.), Lima, iep, 1990, pp. 261-303; Tristan Platt, “Simon
Bolívar, the Sun of Justice and the Ameridian Virgin: Andean Concepcions of the Patria
in Nineteenth-Century Potosí”, jlas, vol. 25, núm. 1, 1993, pp. 159-185; Raúl Calderón,
“Años de ambigüedad: propuestas y límites de la política y legislación de tierras durante la
consolidación republicana (Umasuyu y Paria, 1825-1839)”, Estudios bolivianos, núm. 4, 1997,
pp. 108-123; Irurozqui, op. cit., 2005c, pp. 451-484.
188 ciudadanos armados de ley
fuentes oficiales se referían a ellos con el sustantivo aglutinador de la “indiada”.
Este término informaba de un proceso de reindianización que los enraizaba en
el pasado colonial de dos modos: primero, como víctimas de prácticas arcaicas
de desigualdad fiscal –por ser tributarios–, y de servidumbre –por serles exigidos
trabajos personales por parte de hacendados, vecinos de los pueblos y curas; y,
segundo, como miembros de comunidad y representar con ello a una colectividad
de Antiguo Régimen con exigencias particulares sobre el control del territorio
y con sistemas de autoridad y de valores propios. El uso del vocablo “indiada”
subrayaba fundamentalmente su no idoneidad para la buena marcha civilizatoria
del país y, en consecuencia, cuestionaba semánticamente la entidad pública y
nacional de los indios.498 El peso negativo del término se advertía incluso después
del triunfo revolucionario del 15 de enero de 1871 y de admitida la restitución
de las tierras de comunidad como uno de sus objetivos a cumplir. Una prueba de
ello la proporciona el modo discursivo en términos de reconocimiento político
con que fueron tratados los indios en la asamblea constituyente de ese mismo año
en comparación con el utilizado en la asamblea de 1826,499 pese a que en ambos
casos la participación indígena se hubiera considerado vital para ganar la guerra.500
Para ilustrar esta afirmación y, con ella, una opinión pública generalizada sobre los
indios, se remite breve y comparativamente a estas dos asambleas. La pertinencia
de hacerlo responde a una doble consideración. De un lado, los revolucionarios
antimelgarejistas se asumían, como en otras ocasiones, herederos del grito de
independencia. De otro, los diputados esperaban que con la asamblea de 1871 se
abriera para “Bolivia una época distinta” que en el futuro permitiese “a sus hijos
498 Marta Irurozqui, “Tributo y armas en Bolivia. Comunidades indígenas y estrategias de vi-
sibilización ciudadana, siglo xix”, Dossier “Pueblos indígenas en el siglo xix”, Antonio
Escobar (coord.), Revista digital Mundo Agrario de la Universidad Nacional de La Plata,
2013, http://www.mundoagrario.unlp.edu.ar/; Marta Irurozqui, “El trabajo os hará ciu-
dadanos. Tributo y armas en Bolivia en el siglo xix”, Dossiê “Trabalho, política y expe-
riências indígenas. Mundos do Trabalho”, Vania Moreira, Ingrid de Jong, Fabiane Popinigis,
Christine Schettini (coords.), Revista Mundos do Trabalho, vol. 6, núm. 12, 2015a, pp. 86-
106 (dx-doi.org/105007/1984-9222.2014v6n12p83) https://periodicos.ufsc.br/index.php/
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499 Constitución Política de 1826, Trigo, op. cit., 1958, pp. 176-199; Colección Oficial de Leyes, decre-
tos, órdenes de la República boliviana, años 1825-1826, La Paz, Imp. Artística, 1926.
500 Ejemplos con diverso enfoque sobre la importancia de la presencia indígena: Alipio Valencia
Vega, El indio en la Independencia, La Paz, Imp. Progreso, 1962; René Arze Aguirre, Partici-
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sin sucesiones. Del cacique al alcalde de indios. Perú y Bolivia, 1750-1835, Cusco, cbc, 1997; José
Luis Roca, Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación del estado nacional en Charcas, Lima,
ifea-Plural, 2007; Marie-Danielle Demélas, Nacimiento de la guerra de guerrilla. El diario
de José Santos Vargas (1814-1825), La Paz, ifea-Plural editores, 2007; María Luisa Soux,
El complejo proceso hacia la independencia de Charcas (1808-1826). Guerra, ciudadanía, conflictos
locales y participación indígena en Oruro, La Paz, ifea-asdi-ieb-Plural editores, 2010.
de la usurpación de melgarejo 189
señalar” esa fecha como la del “advenimiento de la libertad” de igual forma que
ellos, al enorgullecerse de la independencia nacional, recordaban con admiración
el Congreso de 1825 y la asamblea que le siguió.501
Cuando en la asamblea de 1826 se discutió la implantación del sufragio
censitario y fue abordado uno de sus requisitos, el de saber leer y escribir, hubo
diputados que trataron de impedir el voto y la representación indígenas argu-
mentando que su naturaleza iletrada los ponía a merced de cualquier influencia
y seducción externas. Sin embargo, la mayoría de los representantes no estuvo
de acuerdo con que todos fueran iletrados o que de serlo mayoritariamente ello
los incapacitara públicamente. Contra su exclusión esgrimieron tres argumentos.
Primero, esa población ya había gozado del derecho al voto durante el gobierno
constitucional español,502 luego impedirles su disfrute podía acarrear mil males
al llevarles a comparar la situación en la que se hallaban en el pasado con la que
iban a encontrarse “bajo un gobierno libre”. Segundo, aunque la influencia social
de los poderosos era inevitable, los indios, pese a su falta de ilustración, ya habían
actuado con discernimiento, no solo al levantarse en masa contra los españoles,
sino también porque los actuales diputados habían sido electos “por los que lo
fueron por esos hombres a quienes llaman enteramente estúpidos”. Y, tercero,
en el país había “infinidad de propietarios y de otros hombres de aptitudes” que
eran analfabetos, de manera que si solo la cuarta parte de los bolivianos sabía
leer y escribir, el Congreso iba a establecer a una aristocracia del Estado; lo que
sería contrario al principio de que la soberanía residía en el pueblo. Si este lo
componían todos los bolivianos, siendo los indígenas dos terceras partes del
total, “dueños del país y más naturales que los blancos”, su exclusión no solo
sería contraria a la voluntad general. Extinguiría también “el principio motor
de la prosperidad pública, que es el amor de la patria, pues que los indígenas no
podrían amar a una patria que los desconoce”. Con el convencimiento de que si
esta población no participaba en todos los bienes de la sociedad, el pacto social
respecto a ella sería nulo y de ningún valor, quedando la mayor parte del país
sin representación, los diputados acordaron que “no era gracia sino justicia la
que se haría a los indígenas y demás clases que se halla[ba]n en el mismo caso
concediéndoles la ciudadanía”.503
501 Palabras del diputado Nataniel Aguirre (19 de junio de 1871). Redactor… 1871, p. 44.
502 Las Cortes de Cádiz concedieron a los indígenas el pleno estatuto de ciudadanía sin despojarlos
de sus privilegios legales relativos a la posesión de tierras en régimen de comunidad. Diario
de las discusiones y actas de las Cortes, t. vii, Cádiz, Imp. Real, 1811; Constitución política de la
Monarquía Española, 19 de marzo de 1812, Cádiz, Imp. Real, 1812.
503 De hecho, la exigencia de ese requisito se pospuso hasta la década de 1830. Las referencias
documentales utilizadas acerca del criterio de saber leer y escribir en Redactor de la Asamblea
Constituyente del año 1826, La Paz, Imp. y Lit. Boliviana Hugo Hartman y cia., 1917, pp.
418-420, 444-447 y 451-469; los periódicos El Cóndor (1826-1829) y El Iris (1829-1838); Al-
cides D’Orbigny, Viajes por Bolivia, vol. I, La Paz, Ministerio de Educación y Bellas Artes,
1958.
190 ciudadanos armados de ley
A propósito del derecho de propiedad de los indígenas, en la Asamblea de
1871 también se consideró que la anulación de las acciones del gobierno de
Melgarejo y la devolución de las tierras de comunidad a sus iniciales poseedores
era un asunto de justicia. Sin embargo, la discusión al respecto no planteaba
el tránsito del indio de boliviano –pleno ejercicio de derechos civiles– a ciu-
dadano –pleno ejercicio de derechos político– como en 1826, sino el tránsito
escalonado de paria a boliviano y de ahí a ciudadano boliviano. El principal
objetivo era elevarle “al rango de la verdadera igualdad, rompiendo ese velo de
abyección con que hoy cubre su timidez para después presentarlo al suelo de
la patria como digno hijo del inmortal Bolívar”. No se trataba de conferir un
nuevo derecho a los indios, sino de restablecer el imperio de las leyes preexis-
tentes –las dadas por el Libertador y la Constitución de 1826– que habían sido
arrojadas “al lodo en ese sexenio de vértigo y trastorno general”. Sin embargo,
como habían sido privados de su propiedad por “su estado de ignorancia y de
atraso que los constitu[ía] en verdaderos ilotas”, los proyectos de ley presenta-
dos por los diputados recalcaban que mientras no supieran “leer y escribir” y
tuvieran la suficiente capacidad para ejercer libremente todos sus derechos de
propiedad, los indígenas debían ser objeto de tuición estatal para la conservación
de sus propiedades.
A entender de los representantes, la constatación de su minoría de edad
legal o no-evolución civilizatoria probaba dos asuntos: primero, no había mejo-
rado su condición al “pasar del coloniaje a la libertad”; y, segundo, frente a las
hecatombes de Huaicho, Ancoraimes y Taraco se habían lanzado “sin temor a
la muerte” y tomado parte activa en la lucha de la libertad contra la tiranía. Lo
último atestiguaba que tal conducta no se había producido porque Bolivia les
interesase. Había tenido lugar únicamente para “reivindicar sus propiedades”
y salir de la mendicidad a la que “numerosas familias” estaban condenadas “por
haber reunido sus intereses tomando plata a considerables usuras y vendido
sus últimas alhajas para comprar aquellas propiedades sin conocer tal vez las
nulidades que encerraban sus desgraciados contratos”. Por tanto, las medidas
reparadoras que resultaran de la asamblea debían tener como objetivo que
los indios fueran reconocidos socialmente como sujetos útiles al progreso de
la nación, siendo ese servicio el que les permitiría ejercer en el futuro como
ciudadanos bolivianos. Los representantes veían posible tal empresa mediante
la vinculación “del derecho de los indígenas con el interés de la agricultura”
(y la minería): como el progreso de ambos rubros necesitaba del trabajo “de
personas que tengan la seguridad de gozar y disponer de sus propiedades sin
traba alguna”, había que amparar y proteger “los incuestionables derechos” de
“más de un millón de nuestros hermanos los indígenas”.504 Pero si esta repara-
ción no alcanzaba su objetivo civilizatorio, también advertían de que se corría
504 Redactor… 1871, pp. 365, 368 y 375.
de la usurpación de melgarejo 191
el peligro de “una nueva lucha social con ellos”, una lucha más encarnizada de
insospechadas y funestas consecuencias.
Esta última afirmación revelaba que, aunque los asamblearios se dirigiesen
en todo el tiempo a los indios con epítetos paternalistas, condescendientes
y de menoscabo –“infelices”, “desvalidos”, “la parte más numerosa y la más
desgraciada de nuestra sociedad”, “desgraciada clase indigenal” o “desgraciada
raza”– e insistieran en que se habían levantado desde la más absoluta indefen-
sión en protesta por el decreto de expoliación comunitaria, no podían ocultar
su alarma ante su potencial movilizador. Este quedaba constatado en el hecho
de que desde el establecimiento de la asamblea “millares de familias de los
diversos pueblos de la República y en especial del Departamento de La Paz”
habían llegado a la capital para pedir justicia a los representantes del pueblo.
Es decir, la retórica legislativa podía enmascarar esa presencia amenazante con
expresiones paternalistas, pero los legisladores consideraban que la restitución
que hacían a los indios de sus tierras era un ejercicio de justicia ejercido bajo
presión.505
La somera comparación entre las opiniones vertidas sobre los indios en las
asambleas constituyentes de 1826 y 1871 daba cuenta de la existencia de una
situación involutiva de menosprecio. ¿Cómo se había llegado a semejante circuns-
tancia en la que era preciso que los indígenas ejecutasen acciones de reinvención
identitaria que pasaban por el ejercicio revolucionario de la violencia?
Tras la fundación de Bolivia el corporativismo implícito en la noción de co-
munidad indígena no solo se insertaba en una tradición política compartida con
el resto de la sociedad,506 sino que tampoco era contrario al espíritu republicano-
liberal prevaleciente. Como se ha indicado en la introducción, el principio de
retroversión de la soberanía intrínseco al nacimiento de las repúblicas americanas
generó y legitimó en términos fundacionales una pluralidad de soberanías en un
mismo espacio nacional, mostrando que la soberanía no era necesariamente un
único atributo del Estado, sino una cualidad presente en distintos grupos u otras
instancias de la sociedad. La tensión ideológica en torno a la soberanía entre plu-
ralismo y monismo estatal fue la responsable de propiciar, merced a una política
de homogeneización nacional ligada al modelo indiviso y al liberalismo indivi-
dualista, importantes cambios en el tiempo en lo relativo a la tolerancia del cor-
porativismo representado por las comunidades. La progresiva mercantilización
de las relaciones de autoridad y poder507 cuestionó lo idóneo del reconocimiento
505 Agustín Morales, Mensaje del presidente provisorio de la República presenta la Asamblea Constituyente
de 1871, p. 15; Redactor… 1871, pp. 133, 171, 190, 363, 365-367, 376-377, 384, 396, 403-405,
410, 433-434.
506 Sobre tales referentes véase: Quijada, op. cit., 2005, pp. 61-86.
507 Platt, op. cit., 1990, pp. 261-303 y Tristan Platt, “Protección divina y perdición liberal. Poé-
ticas del intercambio en el Potosí del siglo xix”, Revista Andina, núm. 22, 1993, p. 360.
192 ciudadanos armados de ley
de los indígenas comunitarios como sujetos contribuyentes y productivos merced
al pago del tributo y a la producciónagrícola, desdibujándose,en consecuencia,
su tradicional acceso legal a la ciudadanía gracias a los impuestos, la renta y el
trabajo. Como a mediados del siglo xix Bolivia no había alcanzado las cotas de
progreso esperadas tras la independencia, adquirió fuerza la idea de culpar de
ello a aquellos colectivos a los que se suponía que el Estado había otorgado más
atenciones o que habían conservado mayores cotas de soberanía. Dado que los
indígenas habían mantenido privilegios de Antiguo Régimen en lo relativo a la
tierra y a la jurisdicción sobre la misma a cambio de tributar y de hacerse cargo
de la modernización del agro, se tornaron en posibles responsables del no cre-
cimiento nacional. Sin la revolución agraria esperada, el dinero procedente del
tributo dejó de verse como crédito industrial y la estructura comunitaria se fue
asumiendo como una rémora arcaica que impedía la riqueza nacional. De ser
concebido como un trabajador productivo, generador de impuestos y de ganancia
agrícola, el indio pasó a verse como a un individuo arcaico, perteneciente a un
colectivo cuyas demandas grupales estaban en contradicción con las de la socie-
dad. Para dejar de ser visto como portador de intereses de naturaleza sectorial
debía ser incorporado humanitariamente a la sociedad civilizada mediante su
desvinculación de sus tradiciones y prácticas, ya que se había demostrado que la
conservación de estas atentaba contra el desarrollo del país.508
En respuesta, los indios asumieron que esa mercantilización de las relacio-
nes de poder para construir una sociedad con “hombres libres e individuales”
amenazaba el entramado comunitario porque les hacía perder el peso económico
que aseguraba su bienestar político y social. Pero, aunque muy probablemente
su consecuente rechazo a someterse sin reservas a las revisitas obedeciese a
una lucha contra una futurible pauperización y proletarización y no contra el
progreso como principio, los promotores de las mismas no lo entendieron así
o no quisieron hacerlo. Interpretaron la reacción india como un gesto pre-
civilizado y bárbaro, con lo que quedó reafirmada la opinión de que había que
transformar las formas de organización rurales para evitar el estancamiento
económico. En consecuencia en la década de 1860 se produjo una reactualiza-
ción del proyecto de reforma agraria bolivariano509 y las comunidades indígenas
fueron cuestionadas oficialmente por parte de reputados intelectuales y políticos
de la época como Jorge Mallo, Melchor Urquidi, Miguel María Aguirre, José
Vicente Dorado o Pedro Vargas. Protagonizaron un amplio debate en la prensa
508 Amplio desarrollo de estas afirmaciones en Irurozqui, op. cit., 2000; Peralta e Irurozqui, op.
cit., 2000; Irurozqui, op. cit., 2006b, pp. 35-66.
509 Tristan Platt. Estado tributario y librecambismo en Potosí (siglo xix). Mercado indígena, proyecto
proteccionista y lucha de ideologías monetarias, La Paz, Hisbol, 1986; Erick Langer, “Persistencia
y cambio en las comunidades indígenas del sur de Bolivia en el siglo xix”, Data. Revista del
Instituto de Estudios Andinos y Amazónicos, núm. 1, 1991, pp. 61-83.
de la usurpación de melgarejo 193
y a través de folletería sobre las formas, mecanismos y estrategias más eficaces
para lograr la a bolición de las comunidades y, con ello, la creación de nuevas
vías de riqueza nacional.510
Dos fueron las propuestas básicas sobre el lugar que se asignaba a los
indígenas en el desarrollo histórico de la civilización futura: una planteaba
la disolución jurídica de las comunidades mediante la individualización de la
propiedad territorial colectiva; y otra abogaba por la asimilación nacional de los
comunarios bajo la forma de colonos de haciendas. Aunque de ambas opciones
fue la primera la que contó con mayor proyección, en lo relativo al reconoci-
miento ciudadano del indígena, ambas convergieron en dos opiniones. De un
lado, la comunidad ya no actuaba como la base positiva de provisión económica
que le permitía al indio cumplir con los deberes patrióticos, porque era una
estructura que amenazaba la solidaridad nacional al favorecer lealtades grupales
y heterogeneidades étnicas. De otro, las cargas públicas desempeñadas por la
comunidad ya no elevaban a sus miembros “a la noble clase de ciudadano en
ejercicio”, sino que impedían su civilización. Resultado inmediato de la deva-
luación de la comunidad como espacio de adquisición jurisdiccional de tierra
fue la devaluación del estatus fiscal de indio originario y forastero. Ello trajo
el progresivo abandono de su comprensión social como sujeto productivo que
en su papel de contribuyente ayudaba a sanear la hacienda pública y a lograr
la estabilidad financiera.511 Un ejemplo de esa situación de menoscabo de los
referentes que antes daban identidad pública a la población india comunaria y
actuaban de fuente de dignificación ciudadana lo ofrece la negativa del gobierno
de Melgarejo a considerar los argumentos contenidos en la petición hecha el 10
de agosto de 1868 por los representantes de varias comunidades de los ayllus
de San Pedro. A través de esa solicitud trataron sin éxito de evitar la aplicación
de la reforma agraria defendiendo su utilidad a la nación gracias al pago del
tributo y el desempeño de tareas de postillones, limpieza de caminos, vigilancia
del orden público o prestaciones en las fiestas públicas. A ello añadieron que, si
pasaban a ser colonos de hacienda, a ninguno de ellos el Estado podría exigir
el desempeño de tales servicios porque pertenecerían a la propiedad privada y
estarían ocupados atendiendo a sus propios patrones.512
510 Erick Langer, “El liberalismo y la abolición de la comunidad indígena en el siglo xix”, His-
toria y Cultura, núm. 14, 1988, pp. 59-95; Víctor Peralta y Marta Irurozqui, “Los bolivianos
y el indio. Patrimonialismo y modernización en Bolivia, siglo xix”, Modernidad y tradición en
los Andes, Enrique Urbano (comp.), Cusco, cbc, 1992, pp. 163-190.
511 Alejandro Antezana, Estructura agraria en el siglo xix. Legislación agraria y transformación de la
realidad rural de Bolivia, La Paz, cid, 1992, pp. 54-62; Jorge A. Ovando, El tributo indígena
en las finanzas bolivianas del siglo xix, La Paz, Imp. del Comité Ejecutivo de la Universidad
Boliviana, 1985, pp. 65-67; Erick Langer, Economic Change and Rural Resistance in Southern
Bolivia, 1880-1930, Stanford, Stanford University Press, 1989, p. 61.
512 Testimonio recogido en Mendieta, op. cit., 2010, pp. 92-93.
194 ciudadanos armados de ley
La desestimación de sus premisas de utilidad pública daba fe de una pérdida
gradual de reconocimiento social. Este menoscabo, de una parte, les negaba su
papel de sujetos de progreso y agentes de las políticas de modernización del
agro (reforma agraria y colonizacion), y, de otra, les tornaba en nocivos para sí
mismos y no idóneos para la buena marcha civilizatoria. Tal proceso de merma
identitaria quedó expresado en una “reindianización” colectiva. Su designación
como la “indiada” llevaba implícito, entonces, no solo una devaluación pública,
sino también un cambio en la forma en que se percibía su lealtad a la nación
boliviana. En la medida en que el término “indiada”, como ya se ha indicado,
aludía a una colectividad de Antiguo Régimen con exigencias particulares sobre
el control del territorio y con sistemas de autoridad y de valores propios, sus
miembros adquirían progresivas y acumulativas culpas en el logro de la unidad
nacional boliviana. Sin embargo, a los indios aún les quedaba un recurso de
compromiso republicano al que apelar: el ejercicio de las armas. El pecado de
arcaicismo que representaban como la “indiada” encontró en la participación
revolucionaria un medio de remisión. La incardinación de la protesta indígena
en el juego partidario les ofrecía ejercer nuevos papeles de utilidad pública como
el de ejército auxiliar de la revolución, pudiéndose subsumir en la categoría
patriótica y unitaria del pueblo en armas.
Dada la dificultad documental de determinar cómo se veía a sí misma la
población designada “la indiada” y cuál era su grado de conformidad con tal
denominación, el hecho de que hubiera sido calificada y asumida como un ente
corporativo de Antiguo Régimen en un contexto definido por la superación de
todo lo colonial remitíaa un problema de recepción de una identidad grupal. Su
progresiva no asimilación cultural en términos nacionales había reinvertido el
discurso independentista de manera que la población indígena transitaba nomi-
nalmente de la ciudadanía a la negación de su bolivianidad. Esa variación discur-
siva en la percepción pública de los indios les mostraba objeto de un proceso de
desvalorización y pérdida de respeto social en tanto colectivo. En la medida en
que la reforma agraria de 1866-1868 confirmó ese proceso, fue vivida como una
modificación de una situación históricamente consensuada, cuya transgresión
implicaba la violación de las reglas implícitas del reconocimiento recíproco. Es
decir, la venta de tierras de comunidad mostraba que los indígenas, en tanto
grupo organizado en comunidades en una lucha simbólica con otros grupos, no
habían conseguido que sus formas de vida fueran asumidas públicamente como
valiosas, pese a haberse adecuado a los valores constitucionales/republicanos como
“ciudadanos productivos” y “ciudadanos contribuyentes”.
Ante esa situación, la participación de los indígenas en la Revolución de 1870
podría ser interpretada como su esfuerzo por modificar el sistema de clasificaciones
referentes a los valores de una sociedad y, así, recobrar una posición de relevancia
que creían perdida o amenazada. Su conversión en una fuerza militar auxiliar al
servicio de la Constitución y a favor de los revolucionarios contenía un llamado
de la usurpación de melgarejo 195
de atención a la opinión pública sobre el significado desdeñado de las cualidades
y capacidades colectivamente por ellos representadas. Los indios se sumaron a la
revolución porque, a través de la colaboración armada, esperaban ayuda política
en la aceptación y reconstrucción de su universo material y moral. Y vieron con-
firmada su oportunidad de redención pública a través de la guerra en dos hechos:
primero, los rebeldes no apelaban a su ayuda tratándoles como sujetos individuales,
sino como sujetos colectivos previamente cohesionados en la forma comunitaria;
y, segundo, hacían suya la causa indígena de restitución de las posesiones comuni-
tarias, no la de una individuación equitativa de las mismas. Tanto su convocatoria
armada en calidad de colectividad específica, como el reconocimiento de su derecho
grupal a lo expropiado por el gobierno, les informaban no solo de una asunción
tácita por parte de los revolucionarios del modo de vida de las comunidades, sino
también de la futura ratificación oficial de su mantenimiento.
A partir de estas afirmaciones especulativas no se infiere que los indios de-
fendiesen a través de las armas su conservación cultural como tales, sobre todo
porque como se ha indicado en la nota 380 el concepto homogeneizador de indio
o indígena aludía a una categoría fiscal que enmascaraba una diversidad social de
situaciones identitarias y laborales. Al contrario, se interpreta que sus demandas
se centraban en disponer de los medios jurisdiccionales y territoriales que dicha
categoría les había proporcionado hasta el momento. Tales medios formaban parte
de un conjunto de referencias comunes de naturaleza múltiple que ayudaban a sus
miembros a su construcción referencial como los integrantes del rango “indio”,
con independencia de su percepción o auto-autopercepción étnica identitaria.
Con ello se suscribe la opinión de J. W. Scott referente a que las identidades no
son entidades naturales, objetivas o sociales que preexisten a su invocación, sino
entidades que se constituyen como tales en su proceso de invocación.513 Por tanto,
las reticencias de las comunidades a secundar las revisitas no significaba la negativa
de sus miembros a subsumirse en una rearticulación administrativa del espacio
agrario boliviano que generase des-inscripciones étnico-identitarias. Se oponían
a carecer de una posición ventajosa en el mismo y, en consecuencia, a no incor-
porarse en la perspectiva normativa dominante como miembros respetados. En
este contexto de incertidumbre, el llamado de los rebeldes a las armas les asignaba
una identidad constitucional, la del pueblo en armas, que podía traducirse en la
nueva función pública de guardianes armados de lo local. Eso se preveía posible
porque su intromisión en las rivalidades políticas regionales y nacionales mediante
el ejercicio constitucional de la fuerza generaría oportunidades de negociación de
su existencia social corporativa e individual. Podrían volverse de nuevo coinciden-
tes los intereses comunitarios, amenazados por las reformas agraria y fiscal, y el
proceso de institucionalización del Estado en el medio local.
513 J. W. Scott , “Gender: a Useful Category of Historical Analysis”, American Historical Review,
núm. 91, 1986, pp. 1053-1075.
196 ciudadanos armados de ley
4. Invitación y oferta de la revolución a los indios: En tiempos
de guerra y de paz
El llamado revolucionario a la población indígena para “ayudar al triunfo de la santa
causa que debe regenerar el país”514 a cambio de atender a sus demandas agrarias
no se reducía a obtener de ellos recursos materiales y apoyo bélico. También re-
quería su colaboración para cumplimentar dos objetivos de su proyecto nacional:
primero, la transformación del tejido social boliviano a partir de la incardinación
de los indios en un proceso de homogeneización nacional;515 segundo, una más
efectiva vertebración estatal del medio local.
A fin de clarificar ambos propósitos, a continuación se va a distinguir en las
informaciones extraídas de la documentación oficial dos momentos relacionados
con la actitud que los revolucionarios tuvieron con la población indígena. El pri-
mero abarca la guerra, mientras el segundo está referido a los meses posteriores
al triunfo del 15 de enero de 1871. En ambas ocasiones los revolucionarios, en
tanto rebeldes y en tanto nuevas autoridades constituidas, mantuvieron una pos-
tura de reconocimiento de la trascendencia de la ayuda india en el resultado del
conflicto. Desarrollaron continuamente soluciones tanto para asegurarse dicha
colaboración y evitar su enemistad, como para que se cumpliese correctamente lo
acordado con ellos respecto a la restitución de sus posesiones y de los márgenes
de autonomía que estas les garantizaban. Pero si la admisión de lo decisivo de
su cooperación en el resultado de la contienda otorgaba a los indios centralidad
pública, también les terminaba visibilizando como un problema de índole nacional
a resolver en la medida en que “las violencias, las injusticias y las depredaciones
sistemáticas” que habían ocasionado su levantamiento ponían en evidencia su
escasa integración nacional. Como reflejo de esto, durante la guerra, la alianza
armada con los rebeldes les convirtió en “sujetos de actos revolucionarios” en
una “guerra de civilización” destinada a modificar los hábitos personales e insti-
tucionales de los bolivianos. Sin embargo, como finalizado el combate el come-
tido bélico continuaba siendo ese esfuerzo civilizador, tal alianza pudo terminar
significando para los revolucionarios una obligada conversión de los indios en
“objetos de nacionalización”. Para esclarecer esta aseveración, a continuación se
abordarán a ambas etapas con detalle.
4.1. La etapa de la guerra
¿Qué significado le otorgaron los revolucionarios a la participación indígena y
cuál fue la oferta que creyeron estar haciéndole a esta población? Aunque desde
514 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Sub-prefectura de la gobernación de Omasuyos a los
corregidores de la escala marginal. Lealtad, 20 de diciembre de 1870.
515 Sobre el paradigma de la homogeneidad véase Mónica Quijada, Carmen Bernard y Arnd Sche-
nider, Homogeneidad y nación. Con un estudio de caso: Argentina, siglos xix y xx, Madrid, csic, 2001.
de la usurpación de melgarejo 197
la instauración de la República de Bolivia la población indígena nunca había
permanecido al margen de los conflictos gubernamentales, lo reseñable de la Re-
volución de 1870 residió en que fue insistentemente presentada como una causa
“que interesa[ba] a los indios”.516 La reforma agraria del gobierno de Melgarejo
había pretendido modificar el sistema tradicional de tenencia comunitaria de la
tierra y, con ello, provocado la compra fraudulenta de gran número de terrenos
de comunidad. Ante esa situación y ante la amenaza de su continuidad, por ha-
ber sido esa medida una solución para disminuir la deuda interna del país y para
recompensar lealtades políticas, algunas comunidades afectadas y otras en vías de
serlo habían combinado diferentes estrategias para evitarlo. Las mismas, además
de responder a contextos geográficos y situaciones económicas diversas, revelaban
conocimientos del medio, recursos económicos y diversidad adaptativa. Tales
iniciativas habían consistido en: el aprovechamiento de las leyes en beneficio de
los intereses individuales de los comunarios, aunque no coincidiesen con los de
la comunidad; la conversión de las sayañas en propiedad individual a fin de lograr
mayores bases jurídicas para el sostenimiento comunitario frente a la presión ex-
terna; la negociación directa con Melgarejo en virtud de los servicios personales
prestados; o la sublevación.517 De todas estas respuestas Casimiro Corral subrayó
discursivamente la relativa a los levantamientos que se venían sucediendo desde
1869 en el departamento de la Paz. Esa actitud rebelde le permitió insistir en el
hecho de que los revolucionarios ni habían “sublevado a los indios”, ni los habían
convertido en “elemento político”. Las usurpaciones, violencias, depredaciones y
asesinatos experimentados habían bastado para convencerles de que la resolución
de sus problemas implicaba una alianza con los revolucionarios. Dado que la
“campaña de civilización” para derrotar al “tirano Melgarejo” exigía la formación
de un ejército, se llamó a las armas a todos, siendo muy bien recibido “el espontá-
neo y entusiasta ofrecimiento de los indios”. Por tanto, el mérito de los gerentes
de la revolución había consistido en utilizar esa fuerza “como medio de hostilidad
contra el tirano” y en organizarla de modo que “fuera fácil su pacificación” y no
se produjese “un desbordamiento social como sucedió con las masas el año 49” o
“una guerra de castas” que más tarde engendraría el comunismo.518
Además de canalizar la cólera de los indígenas a favor de la causa constitu-
cional para que no estallase de forma indiscriminada contra toda la población
paceña, los revolucionarios también les habían brindado la oportunidad de
ejercer la función cívica de pueblo armado bajo los parámetros patrióticos de
utilidad, solidaridad y servicio a la sociedad. Entraban legalmente en la acepción
516 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Circular no. 1. Pedro García, prefecto de La Paz, a
los señores corregidores de los Cantones de la escala marginal. La Paz, 19 de diciembre de 1870.
517 María Luisa Soux, “El problema de la propiedad en las comunidades indígenas. Patrimonio y
herencia, 1825-1850”, El siglo xix. Bolivia y América Latina, Rossana Barragán, Dora Cajías y
Seemin Qayum (comp.), La Paz, ifea-Historias. C.H.-Embajada de Francia, 1997, pp. 497-508;
Choque, op. cit., 1997, pp. 477-480.
518 Corral, op. cit., 1871a, p. 61.
198 ciudadanos armados de ley
de pueblo armado porque el estatus de tributarios impedía a los miembros de
las comunidades ser enrolados como soldados de línea en el ejército regular –y,
por tanto, ver temporalmente congelada su acceso a la ciudadanía–, y porque
desde las reformas de José de Ballivián (1841-1847) pertenecer a un colectivo
étnico les autorizaba a organizarse en cuerpos de defensa civil.519 Como ya se
ha indicado, pese a que desde la fundación republicana no habían existido leyes
específicas que negaran el acceso de los indios a la ciudadanía, permitiéndoles
sus capacidades fiscales y productivas un mayor disfrute de la misma que a otros
pobladores del país, en las últimas décadas los indios habían sido objeto de un
proceso nominal de “reindianización” concretado en su designación como la “in-
diada”. Ante ello, les era precisodetentar una función pública que les concediese
valor ante la sociedad. Para puntualizar esa necesidad de reconocimiento social
resultaadecuado explicitar el contenido que Casimiro Corral daba al término
“indiada” en el texto La doctrina del pueblo520 escrito en 1869.
Corral defendió que la educación,521 el trabajo522 y la eliminación de las cor-
poraciones figuraban como las condiciones que garantizaban que un individuo
519 Quintana, op. cit., 1998.
520 El opúsculo La doctrina del pueblo fue publicado en 1869, en Lima, y reimpreso en La Paz en
1871 bajo los gobiernos de Melgarejo y José Agustín Morales (1871-1872), respectivamen-
te. Su autor, interpretó a la democracia como el sistema articulador del desarrollo nacional
boliviano bajo el supuesto de que era la solución a los males de la humanidad. Si bien la
República constituía la forma ideal de gobierno que debía adoptar, ya que en ella se excluía
toda distinción de castas y jerarquías privilegiadas, se condenaba la desigualdad, se proscribía
el derecho de la fuerza y se interrogaba a la opinión pública “para realizar los grandes bienes
que necesita[ba] el pueblo para ser feliz”, la democracia solo podría existir mientras los in-
dividuos obrasen bien y con toda libertad (Corral, op. cit., 1871a, pp. 22-25, 31 y 97-99). En
opinión de Salvador Romero, el texto de Corral constituye una síntesis del liberalismo, los
ideales de la Revolución francesa y un catolicismo inspirado en la obra del abate Lamennais,
que defiende que los obstáculos del progreso del pueblo no surgen de la división de clases
en una sociedad concreta, sino de la ignorancia, la tiranía y la intolerancia (Salvador Romero
Pittari, “Pueblo y República en el Siglo xix”, Historia y Cultura, núm. 7, La Paz, 1985, p.
114). Un análisis del texto de Corral en Peralta e Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 174-189.
521 Las virtudes de la instrucción residían, primero, en convertir a los bolivianos en “pueblo sobe-
rano” y no en “populacho”; segundo, en eliminar el desorden nacido de la tiranía y la anarquía;
y, tercero, en acrecentar el patriotismo. Tal capacidad civilizadora en su sentido cívico tornaba
a la educación en un derecho y una obligación, cuya prioridad era inculcar las costumbres
republicanas y el hábito democrático. Solo mediante enseñanzas que hicieran conocer a los
alumnos su dignidad y sus derechos y robusteciesen sus vínculos domésticos y sociales podrían
lograrse “buenos ciudadanos, llenos de justificación, de veracidad, de sacrificio, de modestia
y actividad”, con conciencia de saber lo que se creía, se quería y se obraba. Por ello, todos los
que estuvieran interesados en el bienestar del país tenían la obligación y el derecho de saber
leer y escribir, siendo deber del Estado la fundación de escuelas para lograr que el aprendizaje
fuese universal, obligatorio y de fácil adquisición (Corral, op. cit., 1871a, pp. 2-4, 6-9, 15, 27-29
y 65-66).
522 Respecto al trabajo, Corral sostenía que este no solo debía dignificar al individuo, sino también
permitirle la movilidad y el ascenso social, ya que el progreso era la condición de la vida, siendo
de la usurpación de melgarejo 199
actuase con independencia de juicio, ganándose así el “derecho al sufragio,
cualquiera que sea su sexo, estado o condición”.523 De las tres condiciones, la
heterogeneidad de razas y lenguas constituía el mayor inconveniente para una
óptima construcción nacional. En un contexto en el que la homogeneidad era
un valor en alza,524 esa diversidad implicaba una multiplicidad de lealtades y si-
tuaciones excepcionales –expresada en fueros y privilegios– que atentaba contra
la igualdad de los individuos y la unidad de la nación e impedía el libre desa-
rrollo de sentimientos patrióticos, quedando con ello amenazada la seguridad
de Bolivia.525 De todos los colectivos o antiguas sociedades, la importancia de la
unidad boliviana afectaba directamente a la población indígena. Mientras no fuese
asimilada a la civilización mediante el abandono de las tradiciones coloniales, la
educación en castellano, la igualdad ante las leyes y la occidentalización de sus
ropas y hábitos, continuaría siendo una amenaza contra el resto de los pobladores
del país y no contribuiría a la riqueza nacional.526 Para evitarlo, Corral proponía
que los indígenas fueran “liberados” de su indianidad mediante su conversión
en “ciudadanos útiles, inteligentes, industriosos y amantes de su patria”, ya que
su conservación como indios solo ponía en peligro el “orden, la armonía y la
fraternidad” que debían reinar en una república democrática. De esa asevera-
ción se deducía que esta población era asumida como una facción dentro de la
nación, siendo su representación grupal un impedimento para que fuese vista y
considerada por el resto de habitantes de Bolivia como semejante a ellos.
el destino del hombre “progresar hasta perfeccionarse”. Pero este objetivo solo sería legítimo
mientras las personas demostrasen esfuerzo y cualificación, de lo contrario, se asentarían dos de
los peligros principales para el progreso nacional: la vagancia y la empleomanía (Ibidem, pp. 13-
15, 51, 75-77).
523 Ibidem, p. 40.
524 Véase Mónica Quijada, “El paradigma de la homogeneidad”, Quijada, Bernard y Schneider,
op. cit., 2001, pp. 15-55.
525 Corral, op. cit., 1871a, p. 89.
526 “Metamorfoseando al indio con nuestro traje, ya no se avergonzaría de su condición, cesa-
rían su abatimiento y abyección, aspiraría a ser algo más de lo que es actualmente y tendría
que trabajar más para satisfacer las nuevas necesidades que vienen siempre en pos de la
ilustración. Si el indio hablase nuestro idioma sería franco, sincero y desembarazado con
nosotros; porque el continuo trato y comunicación con los que hablan el idioma nacional
sería un constante aprendizaje para él: así se instruiría fácilmente. Entonces el indio dejaría
la estrechez de su modo de vivir, abandonaría su natural estupidez y apocamiento y aspiraría
a otra vida, a otros goces, a otras comodidades; y entonces conocería sus derechos y obliga-
ciones correlativas y ya no sería la mercadería de explotación del párroco, de las autoridades
y del patrón; entonces, comprendiendo que tiene los mismos intereses, derechos y garantías
y porvenir que nosotros, trabajaría con agrado para elevarse como hacen los demás. Es
tiempo de divorciar al indio con sus tradiciones, su fanatismo, su abyección e ignorancia,
rompiendo los diques que lo tienen alejado de nosotros y que detienen su progreso y civili-
zación. Es tiempo de sacarlo de su triste condición, instruyéndole y enseñándole a conocer
las ventajas de la libertad. Solo así el indio se aproximará a nosotros, cesará su odio y no
vivirá constantemente prevenido contra los que no son de su raza” (Ibidem, pp. 91-92).
200 ciudadanos armados de ley
Teniendo en cuenta la opinión de Corral y su papel gerencial en la revo-
lución, la incardinación de la protesta de los indígenas en el juego partidario y
su agregación a la causa revolucionaria en calidad de miembros de un ejército
auxiliar no solo les ofertaba un camino de redención de sus pecados corporativos.
También les ofrecía ejercer nuevos papeles de utilidad pública, pudiendo transitar
de “indiada” a la categoría patriótica y unitaria del pueblo en armas. Por ello,
cuando los sublevados insistían en la necesidad de que los corregidores hiciesen
comprender a las comunidades que su levantamiento ayudaría “al triunfo de la
santa causa que debe regenerar el país”,527 estaban brindando a sus componentes
la oportunidad de auto-regenerarse. A cambio de no permanecer indiferentes
en “la causa común” defendida por el resto de bolivianos, se les ofrecía una
modificación en la forma en que eran vistos y entendidos identitariamente por
el resto de la sociedad.
La invitación a aceptar la defensa de “la libertad y de la democracia” como
un deber patriótico ante el que cualquier sacrificio sería válido suponía, por tanto,
una liberación definitiva de los resabios coloniales que impedían a los indios ser
miembros de Bolivia. Esto es, el uso revolucionario de “la clase indigenal” al
servicio de la comunidad nacional otorgaba a sus miembros la oportunidad de
reintegrarse a la nación como individuos de derecho.528 En la medida en que acep-
taban “extirpar la tiranía” y hacían una exhibición de honor, dignidad nacional
y libertad cuyo ejercicio establecía vínculos de hermandad, su identidad grupal
de “indiada” se veía transfigurada y pasaban a ser asumidos como “pueblos”.529
Bajo esa designación quedaban igualados al resto de colectividades que “en tanto
pueblos” combatían a “la horda destructora de Melgarejo y sus adeptos”.530 Tras
su inclusión en la noción de “pueblos combatientes” –que podía remitir todavía
a un universo de cuerpos– y merced a una activa colaboración bélica a través de
la que daban muestras de patriotismo se transformaban en “habitantes de los
pueblos” y de ahí a “vecindario” o “vecinos de los pueblos a su mando”. Este
cambio de percepción identitaria no les igualaba necesariamente al “vecindario
más distinguido y selecto de la población”, pero sí les nivelaba con “el resto del
527 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Ignacio Imaña, Subprefectura de la Gobernación de
Omasuyos a los señores corregidores de la escala marginal. Lealtad, 20 de diciembre de 1870.
528 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Casimiro Corral, Secretario General del Gobierno,
a la Subprefectura de la provincia de Omasuyos. La Paz, 18 de diciembre de 1870; Corral, op.
cit., 1872, p. 1.
529 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Casimiro Corral, Jefe Superior Político y Militar del
Norte, a la Subprefectura de la provincia de Omasuyos. Lealtad, 20 de diciembre de 1870; Pedro
García, prefecto del departamento de La Paz al subprefecto de la provincia de Omasuyos. Lealtad, 16
de diciembre de 1870.
530 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Casimiro Corral, Jefe Superior Político y Militar
del Norte, a la Subprefectura de la provincia de Omasuyos. La Paz, 6 de diciembre de 1870;
Benjamín Sarabia, s.e. el Primer Jefe del Batallón Omasuyos a la Subprefectura de Omasuyos.
Pucaraní, 23 de diciembre de 1870.
de la usurpación de melgarejo 201
pueblo” cuya concepción unitaria era posible gracias a la decisión de “morir y
vencer en la lucha” de “todas las clases de la sociedad”.531
Como se ha indicado ya, la Revolución de 1870 fue asumida discursivamente
como “una causa popular” realizada “para la causa de los pueblos” en favor de la
“causa nacional”. La participación de los indígenas bajo tales imperativos propició
que la guerra actuara como un reactivo uniformizador capaz de dotarles de una
oportunidad de combatir la heterogeneidad étnica que limitaba su absorción
nacional. Esto sucedía en la medida en que su actuación como ejército auxiliar
les dejaba demostrar públicamente que no solo estaban interesados en su propio
bienestar corporativo, sino que también estaban dispuestos a hacer sacrificios
por una causa mayor como era “la regeneración de los pueblos”. Era esa dispo-
sición a la autoinmolación por la patria, expresada en donaciones tributarias y
de víveres y en “hacer la guerra sin tregua al enemigo”, lo que tendía a los indios
otra oportunidad simbólica para volver a ser vistos como bolivianos y, a través
de esa (re)nacionalización, acceder a la ciudadanía. Se producía, así, un proceso
gradualista de inmersión en la nación en el que esta, al ser asumida como un
último estadio de integración y de visibilización públicas, se entendía como una
conquista individual que requería esfuerzo y disciplina y a la que podían aspirar
todos los sujetos que estuviesen dispuestos al sacrificio de sus ambiciones perso-
nales/sectoriales por el bien público. En consecuencia, la ciudadanía se convertía
en un premio al compromiso nacional y en un mérito a ser ganado mediante un
esforzado comportamiento patriota. Este debía ser públicamente demostrado,
ya que tal exhibición se entendía como una evidencia del deseo de concretar
una homogeneización nacional basada en la cohesión social de sus integrantes.
En este sentido, la ciudadanía actuó como una instancia, a la vez, incluyente y
excluyente, que, precisamente por ese carácter doble y contradictorio, significó
mucho más que un conjunto de derechos y deberes. Además de asumirse como
un estatus que otorgaba existencia y respetabilidad sociales y ser ambicionada
tanto porque posibilitaba la movilidad social, como porque generaba poder,
la ciudadanía hacía referencia a una comunidad unitaria definida por una tra-
dición y experiencia comunes. Ambas no se concebían necesariamente como
preexistentes, sino que podían adquirirse a través de actos patriotas en los que la
violencia permitía el desarrollo de la lealtad nacional, siempre que fuera ejercida
en términos de cooperación.532
En 1870 la conversión de los indígenas en futuros ciudadanos virtuosos fue
posible no solo por el hecho de asumir una causa diferente a la propia y demos-
trar generosidad patria. También y principalmente ocurrió porque, en opinión
531 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Serapio Guerra, Comisaría de Guerra de la provin-
cia de Omasuyos a los Señores Corregidores. Guarina, 6 de diciembre de 1870; Casimiro Corral,
Jefatura Superior Política y Militar del Norte, a la Subprefectura de la provincia de Omasuyos. La
Paz, 6 de enero de 1870; Corral, op. cit., 1872, p. 2.
532 Irurozqui, op. cit., 2011c.
202 ciudadanos armados de ley
de sus promotores, participaban en una guerra “justa y santa” no empeñada en
defender a ningún partido ni caudillo. Se trataba de una “guerra social”, de una
“revolución contra el despotismo” en defensa de las instituciones democráticas
y republicanas. Como su dignificación implicaba que los beligerantes com-
batiesen “con la energía y abnegación del que tiene conciencia del deber”, el
levantamiento solo tendría éxito mientras fuese el resultadode la cooperación
de todos: solo el pueblo en armas “por los sagrados compromisos contraídos”
obtenía la unidad nacional.533
En suma, dado que “la insurrección de más de cincuenta mil indios” como
ejército auxiliar se había producido porque “su felicidad y la recuperación de
sus propiedades” dependía de contribuir con sus esfuerzos “a la santa causa de la
libertad”, la revolución les había brindado un medio de dignificación identitaria
al asumirlos parte del pueblo en armas. Este nuevo estatus les hacía portadores
del deber nacional de la salvación de la patria y, en consecuencia, les ofrecía a
través de la colaboración armada un espacio de igualdad con el resto de bolivianos.
Al tiempo, les conformaba en individuos útiles a la sociedad boliviana ya que la
guerra nacional les restituía su medio de vida: la tierra. Esto es, su cooperación
no rescataba únicamente sus derechos, libertades y garantías públicas, haciéndo-
los resultado de su ejercicio patriótico de la violencia. También les concedía el
medio de seguir contribuyendo al progreso material de la nación en calidad de
sujetos contribuyentes y productivos merced a su actividad agrícola, dando así
pruebas de su compromiso con el desarrollo de Bolivia en términos de utilidad.534
4.2. La etapa de la paz
¿Qué sucedió con las promesas que los revolucionarios hicieron a la población
indígena para que se alzase en armas? Terminada la guerra tuvo lugar un complejo
debate a través de la prensa y la folletería de la época destinado a interactuar en
las discusiones que tuvieron lugar en la asamblea de 1871.535 En esta el tema de
533 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Pedro García, Prefectura y Superintendencia de
Hacienda y Minas del departamento de La Paz al subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz,
8 de enero de 1871; La Paz, 12 de enero de 1871; Casimiro Corral, Jefe Político y Militar del
Norte al subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz, 8 de enero de 1871; Circular no. 43.
Casimiro Corral, Secretaría General, Sección Gobierno, al prefecto de La Paz. La Paz, 19 de enero
de 1871.
534 Ibidem, pp. 2-3; alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Serapio Eguino, Comisaría de
Guerra de la provincia de Omasuyos a los señores corregidores. Guarina, 6 de diciembre de 1870.
535 Redactor… 1871, pp. 133-405. El Ejecutivo en funciones pretendió dominar la opinión pú-
blica frente a la pluralidad de voces partidarias del Legislativo a través del periódico El
Republicano. Sobre la contradictoria visión histórica que caracterizó la disputa de los legis-
ladores véase un ejemplo en el análisis de Laura Gotkowitz sobre la postura de José María
Santivañez (Laura Gotkowitz, La revolución antes de la revolución. Luchas indígenas por tierra y
justicia en Bolivia, 1880-1952, La Paz, Plural editores-pieb, 2011, pp. 48-55).
de la usurpación de melgarejo 203
la devolución de los terrenos a sus antiguos poseedores se estructuró a partir de
tres discusiones relacionadas.
La primera controversia trataba sobre la legalidad del proceso de nulidad
de las ventas. Aunque Melgarejo hubiera sido “un tirano inmoral” y beneficiado
con la reforma agraria a sus más cercanos seguidores ¿podía servir ese hecho
como precedente para atacar a los otros compradores en sus derechos adquiri-
dos y declarar nulas las adquisiciones hechas con estricta sujeción a la ley?536 La
segunda polémica versaba sobre qué instancia institucional tenía a su cargo la
resolución final sobre la anulación de las ventas y adjudicaciones “hechas bajo la
pasada dominación”: ¿la asamblea o la corte de justicia? Es decir, ¿la restitución
de las propiedades comunitarias era un acto legislativo o una cuestión judicial
contenciosa-administrativa?537 A la resolución de ambas cuestiones estuvieron
vinculados otros asuntos relativos a si debían anularse todas las medidas de
Melgarejo o solo las de las ventas; a si estas se referían únicamente a las tierras
de comunidad o también afectaban a las sayanas poseídas por los mestizos; a qué
pasaría con los terrenos ya comprados por indígenas comunarios, agregados y
vecinos de los pueblos; a qué sucedería con los predios denominados vacantes
y sobrantes, o a cómo se iba resolver el tema de la contribución extraordinaria
o compensativo aplicada en las provincias de Carangas y Oruro a cambio de
la no venta de los campos. Por último, el tercer debate reactualizó el tema de
cómo redimir al indio de su atraso. Con el argumento del progreso nacional,
y no del de subvenir las deficiencias del Erario, sobre el tema de la vigencia de
las comunidades se volvió a proponer su división en pequeñas propiedades o su
incorporación a las haciendas con la conversión de sus miembros en colonos.538
Asociado a ello estuvo el asunto de la supresión del tributo bajo la premisa de
que declarar a “nuestros humildes compatriotas, los aborígenes, libres de esa
vergonzosa carga que gravita sobre ellos” permitiría coronar “la verdadera demo-
cracia” y dejar de ser un país de “salvajes cubiertos por el manto republicano”.539
Aunque las distintas posturas en la calle y en la asamblea coincidieron en
manifestar que el tema de la devolución de las tierras usurpadas daba aviso de
la necesidad futura de emprender “una reforma de gran valor en lo económico,
político, moral y religioso”, en términos generales la opinión de los vencedores
se declaró a favor de “la conservación”.540 Reafirmó que la ley de 1868 había
536 Dos abogados, op. cit., 1871, pp. 9-10 y 39; Amadeo, op. cit., 1871, pp. 19-20.
537 Redactor… 1871, pp. 366-367; Dos abogados, op. cit., 1871, pp. 13-16.
538 Redactor… 1871, pp. 416-418.
539 Ibidem, p. 411.
540 Rossana Barragán muestra que en los propios documentos de los apoderados se encuentra
la referencia a la Ley del 31 de julio de 1871 que “declaró y ratificó el derecho de propiedad
de los indios comunarios, anulando las ventas de Melgarejo” (Documento sin título que se
encuentra en las Gavetas de la Dirección del Archivo de La Paz, f. 8, “Documento Leandro
Nina Quispe y Marka Tola”, p. 25. Estos datos están registrados en Rossana Barragán, “Los
204 ciudadanos armados de ley
tenido “tanto el objeto político de crear prosélitos para sostener el gobierno con
el interés de conservar sus adquisiciones, cuanto la expectativa de formar grandes
fortunas improvisadas a costa del desvalido indígena a quien despojara”.541 Y como
“esa clase” había sufrido todas las vicisitudes y azares de la campaña, el triunfo
de los revolucionarios era la confirmación de sus legítimas aspiraciones: la recu-
peración de las tierras expropiadas. En este sentido, la asamblea de acuerdo con
el desiderátum de la revolución “de reivindicar la propiedad de los indios que ha
sido usurpada y arrebata, conculcando las leyes vigentes y las tradiciones del país”542
terminó dando una resolución esencialmente reparadora. En su opinión, ello no
hacía sino “poner el sello a una cosa sancionada ya por el triunfo de las armas por
el grito de 40.000 indios que se levantaron en el Norte por la opinión de toda
la República”.543 El Legislativo declaraba la nulidad de la venta de las tierras de
origen: si “uno de los actos más terribles de esta tiranía” había sido el arrebatar “al
infeliz indio su propiedad”, uno de los hechos más gloriosos de la revolución era
el devolver su propiedad “a ese desgraciado, poniéndolo en posesión de lo que le
pertenece y era suyo”.544 El resto de cuestiones ligadas a ese tema se consideraron
materia judicial o de futuras órdenes y circulares del Ejecutivo.
Las tres discusiones no solo mostraban la voluntad oficial de poner a los in-
dígenas en posesión de las tierras. También dejaban constancia de que las nuevas
autoridades ejecutivas y legislativas debían cumplir con el resto del programa
civilizatorio implícito en la revolución; de ahí que en lo concerniente a esa po-
blación, la asamblea indicase la necesidad de interesarlos en el sostén “del orden
público”, señalando que para ello bastaba “el status quo”.545 A continuación se
va a abordar cómo se desarrolló el cumplimiento de ambos objetivos –el resti-
tutivo y el civilizatorio– y de qué manera la declaración inicial por una política
de conservación de las comunidades devino en contradictoria con el principio
de progreso.
4.2.1. Objetivo restitutivo
La restitución de terrenos formaba parte de un programa general de reorga-
nización del país encaminado a restablecer el orden, la moral y la justicia que
“habían sido relajadas en el desorden causado por el pasado despotismo”. Como
se preveía que este sería un objetivo complejo a causa del legado de seis años de
títulos de la Corona de España de los indígenas: para una historia de las representaciones
políticas, presiones y negociaciones entre Cádiz y la república liberal”, Boletín Americanista,
vol. lxii, núm. 2, 2012, pp. 15-37).
541 Redactor… 1871, p. 384.
542 Circular de abril de 1872, Corral, Memoria del departamento de Gobierno, p. 42.
543 Redactor… 1871, p. 443.
544 Ibidem, pp. 405 y 412.
545 Ibidem, p. 386.
de la usurpación de melgarejo 205
abusos del gobierno de Melgarejo, antes de la reunión de la asamblea las nuevas
autoridades habían dispuesto medidas concretas para tal efecto expresadas en la
Suprema Orden Circular del 19 de enero de 1871, la Orden del 1 de marzo de
1871, la Orden Circular del 10 de abril de 1871 y la Orden del 13 de abril de
1871.546 Las palabras de Corral en la Orden de 29 de abril de 1871 redundaban
con claridad en ello:
La revolución operada por los pueblos contra el despotismo y la usurpación, entraña
entre sus fecundos y benéficos resultados el de proteger y amparar en sus derechos a
la desgraciada clase indígena; en la reconquista de las libertades y garantías públicas,
esa clase ha llevado el contingente de su concurso espontáneo y ha corrido todas
las vicisitudes y azares de la campaña. El triunfo obtenido debe ser el triunfo de
sus legítimas aspiraciones, la adquisición de sus tierras, de que fue violentamente
expropiada.547
Para hacerlo posible, en cada capital de departamento se formó una junta
calificadora, “compuesta de cinco vecinos notables”, ante la que los compradores
de comunidades y terrenos del Estado y los “consolidadores blancos e indígenas”
debían declarar las pérdidas sufridas por la guerra y acreditar los valores y nomi-
nales que hubiesen desembolsado por razón de dichas compras. Conocidos los
daños y dictadas las leyes oportunas para la anulación de las ventas fraudulentas,
siempre que los interesados probasen ante los tribunales haber cumplido los
requisitos exigidos por leyes y decretos anteriores al 18 de diciembre de 1868,
se dispuso también la ejecución de una revisita y el empadronamiento de los
contribuyentes bajo la Orden Suprema del 23 de noviembre de 1836 y el Decreto
del 18 de enero de 1858. A este acto debían concurrir todas las personas matri-
culadas y sus familias, así como los que poseyesen terrenos de comunidades, por
más que fuesen “de la casta de los blancos titulados mestizos o españoles”. Los
“agentes del Ministerio Público en las provincias, los jueces, los corregidores
y demás funcionarios subalternos” se responsabilizaban de que los trámites de
dar a los indígenas posesión de sus tierras fueran gratis, siendo los párrocos los
encargados de hacérselo saber en su propio idioma. Paralela a esas diligencias
y a fin de impedir que los indios prestaran servicios personales sin que mediara
un salario o jornal, entregasen gratuitamente bienes bajo el pretexto de servicios
al Estado o sufrieran exacciones monetarias y empréstitos forzosos, se exigió a
los subprefectos la confección de una relación de las prácticas y costumbres que
a ese respecto ejecutaban las autoridades locales en cada provincia y cantón.548
546 Antezana, op. cit., 1992, pp. 110-116.
547 Orden de 29 de abril de 1871 de Casimiro Corral, Dos abogados, op. cit., 1871, p. 36.
548 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Circular de Casimiro Corral, Secretaría General
del Estado, al Prefecto del departamento de La Paz. La Paz, 17 de febrero de 1971; Circular
no. 11 de Casimiro Corral, Secretaría General del Estado, al prefecto del departamento de La Paz.
206 ciudadanos armados de ley
Como ya se ha señalado, la asamblea nacional de 1871 r atificó tales iniciativas
por la Ley del 28 de julio y la Suprema Circular del 8 de agosto.
Durante el mandato de Morales549 la correspondencia oficial reflejaba tanto
la alarma gubernamental ante el incumplimiento de sus prescripciones, como
evidenciaba su interés en consumar lo pactado con la población indígena. ¿Qué
significaba para el gobierno de la revolución que uno de los objetivos fundamen-
tales para sublevarse contra Melgarejo hubiera sido “devolver a esos infelices sus
garantías individuales y de propiedad”?
La resolución tentativa y parcial de ese interrogante requiere tener en cuenta
que la Revolución de 1870 fue presentada por sus autores como una empresa
moralizadora en contra del “caos administrativo”, financiada con el tributo in-
dígena y “los donativos exigidos a todos los empleados y servidores de la Patria
de todas las listas”; siendo decretado a su terminación que todos los funcionarios
continuasen en sus destinos por entenderse que el nuevo orden de cosas no
implicaba “un botín de empleos”, sino una regeneración de las prácticas de la
República.550 La designación de Morales como “el salvador de las instituciones de
la patria” sugería que no se trataba simplemente de resolver una crisis política con
un cambio de titularidad del Ejecutivo. Mediante la movilización de recursos de
carácter extra-estatal en coordinación con instancias administrativas y militares
se buscaba desde dentro del sistema de poder un reforzamiento de las competen-
cias estatales.551 Ese propósito nacionalizador del Estado propició que el nuevo
gabinete se interesara en el bienestar indio en la medida en que su logro ayudase
a la vertebración institucional del territorio.
Para el caso ecuatoriano, Andrés Guerrero señala que el Estado había delega-
do facultades propias de su soberanía a la esfera particular de los ciudadanos y ello
había tenido como efecto la relegación de la población indígena de hacienda a los
confines de lo público donde no funcionaban las “tecnologías” jurídico estatales,
La Paz, 1 de marzo de 1871; Circular no. 56. Casimiro Corral, Secretaría General del Estado a
la Prefectura y Superintendencia de Minas del departamento de La Paz. La Paz, 2 de marzo de
1871; Circular no. 5. La Paz, 28 de febrero de 1871; La Paz, 28 de abril de 1871; Circular no.
52. Pedro García, Prefectura y Superintendencia y Minas del Departamento de La Paz. La Paz, 1
de marzo de 1871; La Paz, 22 de marzo de 1871; Felipe Rivera, revisitador de la provincia de
Omasuyos, al subprefecto de la provincia de Omasuyos. La Paz, 12 de marzo de 1871; Oficio de
Vladislao Silva, prefecto del departamento de La Paz a la Subprefectura de la provincia de Omasu-
yos. La Paz, 8 de agosto de 1871.
549 Sobre las elecciones que dieron la presidencia a Agustín Morales con 10.473 votos frente
a los 14.186 totales (Adolfo Ballivián 130, Lucas Mendoza de la Tapia 1.154, José Manuel
Rendón 990, Quintín Quevedo 1.081, Tomás Frías 6, Agustín Aspiazu 51, Belisario Salinas
14, dispersos 287) véase Redactor Asamblea 1872, pp. 121-124.
550 Corral, La memoria del señor Casimiro Corral a la asamblea Constituyente de Bolivia en 1871,
Tacna, Imp. El Progreso, 1871b, pp. 3-11.
551 Narciso Campero, Conducta del ciudadano Narciso Campero en la revolución contra Melgarejo (segunda
edición con suplemento), Potosí, Tip. del Progreso, 1871, pp. 5-25.
de la usurpación de melgarejo 207
sino los “saberes del sentido común”.552 Aunque no se pretende extrapolar esta
afirmación al caso boliviano, con su mención se quiere dar cuenta de que sí
podría haber existido una tendencia semejante, pudiendo estar esta expresada a
partir de la mencionada discusión sobre sustituir el estatus de indio comunario
por el de pequeño propietario o el de colono de hacienda. Los partidarios de lo
segundo no solo decían que después de la ley del 28 de septiembre de 1868 los
indígenas de las comunidades aún no vendidas habían buscado compradores para
“el aillo o estancia a que pertenecían, suplicando que los expedientes relativos a su
comunidad” se pusiesen en curso. También agregaban que la razón para querer
mejorar de condición convirtiéndose en colonos se debía a que consideraban
positivo tener el “apoyo solícito” del patrón en calidad de protector frente al
trato de “bestia humana” recibido por parte del “corregidor, el cura, los vecinos,
los alcaldes, jilacatas, segundas, militares”. Es decir, detrás del discurso de cul-
par de la explotación del indio a los agentes y delegados estatales, a las mismas
autoridades indias y a los vecinos de los pueblos que ejercían de tinterillos y de
ofertar el fin de “la dictadura de los comunarios” sobre el resto de los indios,
había una propuesta de control del agro. En ella nuevos patrones adoctrinados
en la tecnología del progreso se harían cargo de la población y de su redención
civilizatoria.553 Esa iniciativa se presentaba contraria al anacronismo colonial
tanto de la hacienda improductiva, como de la comunidad. Además entrañaba
una delegación de soberanía estatal a favor del poder particular del patrón mo-
derno, quedando el indígena colono de hacienda en “una indefinible y oscilante
separación entre lo público y lo particular”.554 Como la reforma agraria melga-
rejista ya había apuntado hacia esa intermediación del patrón en un contexto
de desposesión política de los gobiernos municipales, la regeneración pública
consignada en la Revolución de 1870 tendría como objeto resolver y regular
las prácticas territoriales de ejercicio del poder. Dado que también estaba en
su agenda decidir sobre la forma de gobierno –federal, unitario centralizado u
unitario descentralizado–, con ello no se trataba de negar a las fuerzas locales una
modalidad de gobierno en la circunscripción de un espacio y sobre el conjunto
de sus habitantes, sino de reglamentar esa delegación o división de la soberanía
del Estado y evitar hacerlo en sujetos particulares.
En términos partidarios, el esfuerzo soberanista del nuevo gobierno de
penetrar y de reestructurar la administración de lo público local requería estra-
tégicamente explicitar la preeminencia estatal en el control de las poblaciones a
través de una alianza con el colectivo indígena al que convertía en un “agente”
destinado a hacer presente su autoridad en el medio local. Como la asamblea se
552 Andrés Guerrero, “El proceso de identificación: sentido común ciudadano: ventriloquía y tran-
sescritura”, Etnicidades, Andrés Guerrero (comp.), Quito, flacso-ildis, 2000, pp. 38-40.
553 Dos abogados, op. cit., 1871, pp. 14-17, 28-30; Amadeo, op. cit., 1873, pp. 1-21. Véanse tam-
bién las fuentes de prensa (La Reforma) recogidas en Barragán, op. cit., 1990, pp. 131-133.
554 Guerrero, op. cit., 2000, pp. 38-40.
208 ciudadanos armados de ley
había pronunciado a favor de la nulidad de las ventas, tal requerimiento coincidía
con la necesidad de las comunidades de un apoyo institucional que les evitase
ser gobernadas como “cosa particular” y entrar en el ámbito de control privado:
no solo de los nuevos patrones sino del ejercido a través de los organismos loca-
les por los vecinos de los pueblos.555 Las dificultades presidenciales para hacer
cumplir a todos los corregidores lo dictaminado por la representación nacional
de 1871 respecto a la política indígena556 reforzaron en términos simbólicos esa
asociación. La causa del Estado fue identificándose cada vez más con la causa
india por la tierra, siempre y cuando la restitución territorial confirmara la crea-
ción de un entramado social de coerción que disciplinara a las fuerzas locales
en términos de lealtad. Por tanto, la reivindicación indígena de sus privilegios
y propiedades fue potenciada y propiciada por el nuevo gobierno mientras ello
supusiese una demostración con éxito de la capacidad de arbitraje del Estado.
En este sentido, los indígenas ganaron presencia pública no solo por participar
como ejército auxiliar en un conflicto que les permitió ejercer de patriotas.
También lo hicieron por compartir uno de los objetivos institucionales de la
revolución: la “domesticación” de los poderes locales y la rearticulación de una
administración nacional.
A juzgar por lo discutido por los asamblearios, tal objetivo a favor de la
estabilidad política y de una pauta civilizada de convivencia se concibió posible
mediante la reactualización de la Ley Reglamentaria de Municipalidades del 9
de agosto de 1861. La precariedad y la incertidumbre financieras que en épocas
anteriores había acompañado a la autonomía municipal trataron de ser subsanadas
con la descentralización rentística implícita en la Ley Orgánica del Presupuesto
y Administración Financial del 21 de noviembre de 1872. Con esta fórmula se
asentó un régimen político unitario descentralizado que suavizó las demandas
federalistas y comprometió a los poderes locales con el mantenimiento de la
unidad política del Estado.557 Si bien el deslinde del usufructo de las rentas en los
nivelesnacional, departamental y municipal generó cierta capacidad de acción
555 Como ya se ha indicado, la necesidad de subsidiar campañas militares contrainsurgentes y
de retribuir económicamente a parientes y aliados estuvo detrás de la venta de tierras, estan-
do gran parte de los compradores de las mismas vinculados al ejército y a la administración,
además de los productores medianos, comerciantes o antiguas autoridades indígenas (Re-
dactor… 1871, pp. 462-470; Herbert Klein, Haciendas and Ayllus: Rural Society in the Bolivian
Andes in the Eigthteenth and Nineteenth Century, Stanford, Stanford University Press, 1993,
p. 116; Irurozqui, op. cit., 1994, pp. 84-89; Gotkowitz, op. cit., 2009, pp. 47-48).
556 “En su momento, requiera V., el encausamiento de todos los que hayan abusado de la liber-
tad de los indios y, en especial, del corregidor Juan Cordero, dando cuenta a este Ministerio,
a fin de ocurrir al Supremo Gobierno y demandar la destitución de todos los funcionarios de
estos excesos, conforme al artículo 6 de la Ley de enero de 1871. Además transcribirá V., a
los Corregidores de su provincia, para que le den cumplimiento a las leyes citadas, debiendo
V. proceder al encausamiento de los infractores de ellas” (alp/cn. Expedientes judiciales
1854/1898. Víctor Pérez, Fiscalía del partido de Omasuyos. Lealtad, 19 de septiembre de 1871).
557 Rodríguez Ostria, op. cit., 1995, pp. 39-49; Redactor… 1871, pp. 442-838.
de la usurpación de melgarejo 209
en los ayuntamientos,558 se desconoce hasta el momento qué efecto tuvo para
las comunidades que apoyaron la revolución de 1870 el respeto a los “fueros,
inmunidades y beneficios municipales”; y cómo tras la experiencia bélica y al
amparo de la autonomía municipal se desarrolló la convivencia entre las comu-
nidades y los vecinos de los pueblos, se reestructuró la autoridad comunitaria,
se modificaron las relaciones entre los miembros de la comunidad, se reguló la
tenencia de la tierra o se produjeron desclasificaciones étnicas.559
Pese a los muchos vacíos historiográficos, la documentación consultada deja
claros dos asuntos que devinieron en conflicto. Primero, de todas las comunidades
afectadas por las medidas de Melgarejo fueron las situadas en el departamento de
La Paz, y aliadas con los revolucionarios en calidad de “pueblo armado” las que
recibieron sus antiguas posesiones.560 Segundo, las órdenes y circulares realizadas
558 El Reglamento de Municipalidades aprobado finalmente por la asamblea ordinaria de 1872,
a la vez que le concedía entidad pública al darle ingresos fijos para la autogestión por consi-
derar que la función del mismo era “educar al pueblo”, también pretendía evitar su injerencia
en asuntos políticos mediante la negación de responsabilidades escrutadoras en el proceso
electoral. De hecho, Casimiro Corral, en su “Memoria del Departamento de Gobierno del
17 de agosto”, incidió en que el Legislativo debía ser consciente de que “en ningún caso las
municipalidades podían ocuparse de asuntos políticos ni dirigirse al pueblo con motivo de
ellos” (Corral, “Memoria del departamento de gobierno…” y Decreto de 29 de octubre de
1871 reglamentando municipalidades, ambos en Corral, op. cit., 1872, pp. iv-v, xiii y 21-27).
559 Mientras en el área de La Paz se disolvieron las nuevas haciendas, corroborándose que su
formación no había contribuido a subsanar el déficit del Estado a causa de que muchas de las
ventas habían sido clandestinas, realizadas con tasaciones sin mensura, con mensuras falsas o
con títulos de propiedad extendidos sin pago de tasación, en los departamentos de Chuqui-
saca y Cochabamba no ocurrió lo mismo porque a causa de las dificultades con los créditos
el incremento de propiedades provino de la subdivisión de unidades mayores y no del asalto
a las comunidades. Asimismo, estas tampoco pudieron ser compradas como unidad porque
el sistema de herencia español obligaba a realizar múltiples compras parciales y porque los
compradores se limitaron a adquirir solo parcelas contiguas, al poseer una concepción unita-
ria de su propiedad y no por pisos ecológicos. Además, los indios también adquirieron tierras
de origen por estar interesados en librarse de los controles comunales y en extender sus po-
sesiones a expensas de otros comunarios, beneficiándose como el resto de compradores de la
dificultad del sostenimiento individual de las disputas en los juzgados, las deudas resultantes
con los abogados, los impuestos y el adeudo de mercaderías a los comerciantes. Sobre las va-
riaciones regionales en lo relativo a la devolución de las tierras comunales compradas durante
la presidencia de Melgarejo véanse: Herbert Klein, “Respuesta campesina ante las demandas
del mercado y el problema de la tierra en Bolivia. Siglos xviii y xix”, Población y mano de obra
en América Latina, Nicolás Sánchez Albornoz (comp.), Madrid, 1985; Herbert Klein, “El
crecimiento de la población forastera en el siglo xix boliviano”, La participación indígena en los
mercados del sur andino, Olivia Harris y Enrique Tandeter (eds.), La Paz, 1987; Platt, op. cit.,
1982; Langer, op. cit., 1988, pp. 59-85; Erick D. Langer y Robert H. Jackson, “El liberalismo
y el Problema de la tierra en Bolivia (1825-1920)”, Siglo xix, núm. 10, 1990, pp. 9-32; José
M. Gordillo y Robert Jackson, “Mestizaje y proceso de parcelización en la estructura agraria
de Cochabamba (“El caso de Sipe-Sipe en los siglos xviii-xix”), Hisla, núm. 10, 1989, pp.
15-37; Brooke Larson, Cochabamba 1550-1900. Colonialism and Agrarian Transformation in
Bolivia, Durham y Londres, Duke University Press, 1998; Cottyn, op. cit., 2014.
560 Dos abogados de La Paz, op. cit., 1871, pp. 19, 26-27.
210 ciudadanos armados de ley
en 1872 desde el ministerio de Gobierno y Asuntos Exteriores veían viable res-
petar la propiedad indígena y a la vez extinguir sutilmente las comunidades por
considerar que el gobierno revolucionario en nombre de la “reorganización y
regeneración del país” había contraído “el compromiso de cortar de raíz todos los
abusos y la corruptela que atacan los sagrados derechos del individuo”.561 Desde
el Legislativo esta tendencia estuvo apoyada por el Partido Rojo liderado por
Tomás Frías. La posterior Ley de Ex vinculación del 5 de octubre 1874 estaría en
consonancia con ello.562 Rossana Barragán matiza sus consecuencias y también la
afirmación referente a que las tierras readquiridas fueran de nuevo sometidas a
un proceso de venta entre los periodos de 1881 a 1886 y de 1905 a 1915,563 a la
vez que ahonda en el posterior reconocimiento del derecho de propiedad de los
indígenas. Mediante la oportuna aclaración de los significados de “desvincular”
y de “desamortizar”, Barragán muestra que, aunque la ley exvinculadora de
1874 ordenase conferirse títulos individuales para acabar con el reconocimien-
to legal de las comunidades, terminó por no ser una ley contra la comunidad
en tanto institución y por otorgar títulos y recibir dinero como en una antigua
composición. La razón estuvo en que, aunque la asamblea de 1880 ratificó ese
resultado por la ley de 1 de octubre y el Reglamento de 1 de diciembre, debiendo
las comunidades pasar a ser vendidas entre los miembros que se hallaban en su
posesión proindiviso, la resistencia indígena a los títulos individuales hizo que
por la ley del 1 de diciembre de 1881 se ordenara su matriculación “en conjun-
to dándose la posesión pro-indiviso”. La resolución de 21 de octubre de 1882
profundizó en ello al establecer que el título colonial no necesitaba refrenda y
que aquellos que lo tuvieran no estaban sometidos a la revisita. También por la
resolución del 25 de noviembre de 1883 se determinó que era libre elección de
los indígenas la posesión en común o la división de tierras, ya que los terrenos
de origen consolidados en la época colonial mediante cédulas de composición
eran de propiedad de sus poseedores, debiendo quedar excluidos de la revisita.
Esto es, las comunidades podían tener títulos proindiviso.564 Este proceso fiscal
se vería también ralentizado o frenado en 1899 con la rebelión de Zárate Wilka
y la acción de los caciques-apoderados.565
561 Circular de 25 de abril de 1872: Resolución de 7 de junio de 1872, en Corral, op. cit., 1872,
pp. 41-42; 49-50; Corral, op. cit., 1871b, pp. 53-63.
562 Irurozqui, op. cit., 2000, pp. 66-69.
563 Erwin P. Grieshaber, “Resistencia indígena a la venta de tierras comunales en el departamento
de La Paz, 1881-1920”, Data. Revista del Instituto de Estudios Andinos y Amazónicos, núm. 1,
1991, pp. 113-144; Langer, op. cit., 1991, pp. 61-83; Gustavo Rodríguez, “Entre reformas y
contrarreformas: las comunidades indígenas en el Valle Bajo Cochabambino, 1825-1900”,
Data. Revista del Instituto de Estudios Andinos y Amazónicos, núm. 1, 1991, pp. 169-210.
564 Barragán, op. cit., 2012, pp. 25-27. Véase también Miguel Bonifaz, Legislación agrario-indíge-
na, Cochabamba, umss, 1953, pp. 271-315.
565 Sobre este tema véanse Josep M. Barnadas, Apuntes para una historia aymara, La Paz, cipca,
1978; Irurozqui, op. cit., 2000; Mendieta, op. cit., 2010; G
otkowitz, op. cit., 2009.
de la usurpación de melgarejo 211
4.2.2. Objetivo civilizatorio
Ahora bien, el hecho de que en términos generales las comunidades volviesen
a reconstituirse merced a su ejercicio como pueblo armado y gracias a su pos-
terior “lucha política” no debe confundirse con que, a nivel de opinión pública,
se hubiese producido la superación de la experiencia de menosprecio de la que
pudieron creerse objeto los indígenas y que había actuado como fuente motiva-
cional de su insurgencia. En términos generales y a tenor de lo expuesto desde
luego sí puede afirmarse que las razones que llevaron a los indios a aceptar
intervenir en la guerra y los argumentos que los revolucionarios esgrimieron
para requerir su ayuda fueron coincidentes. O lo fueron en la medida en que se
reconocía por parte del gobierno la existencia de una ilegítima usurpación de
terrenos, dando su devolución validez nacional a las reivindicaciones indígenas
grupales al respecto. Sin embargo, ello no significaba necesariamente que las
acciones de ambos grupos poseyeran equivalente motivación subliminal, ya que
la apelación sincrónica a dos lógicas representativas presente en la revolución
revelaba ámbitos de expectativas desacoplados. ¿Por qué se hace esta afirmación?
En el Altiplano paceño los rebeldes necesitaban contrarrestar al ejército de
Melgarejo mediante el uso de una fuerza previamente cohesionada. Como esta
estaba encarnada por las comunidades afectadas por la reforma agraria, puede
afirmarse que a los indios no solo se les movilizó en tanto estamento, sino
también que la oferta de restitución de sus posesiones les ratificaba como tal.
Su convocatoria en calidad de colectividad específica y el reconocimiento de su
derecho grupal a lo expropiado por el gobierno, expresaban la asunción tácita
de su modo de vida. Sin embargo, aunque del ofrecimiento revolucionario podía
inferirse una aceptación y movilización de los indígenas como entes corporativos,
en la medida en que su consagración como salvadores de la patria los devolvía,
primero, a la nación, y, después, a la ciudadanía, también implicaba liberarles
de ese estatus colonial encarnado por la comunidad. Las repercusiones de ese
desacoplamiento fueron las siguientes.
Para los indígenas, el llamado a participar en la “revolución regenerado-
ra” supuso una promesa de renovación de sus competencias comunitarias de
gestión territorial y de rehabilitación/inclusión públicas. Su presencia activa
y comprometida en el conflicto les hizo ser vistos como sujetos productivos,
interesados en la causa de la patria y capaces de acciones conjuntas con el
resto de la población boliviana. Vencido Melgarejo, sus posteriores denuncias
legales contra el incumplimiento de lo dictado por el gobierno de Morales y
su amenazante presencia en la ciudad mientras la a samblea de 1871 debatía
sobre la nulidad de las ventas mostraban que la revolución había introducido
en la cotidianeidad india la promesa de importantes modificaciones que por ser
creídas fueron también exigidas. Su reclamación a los representantes incidía en
que su conversión coyuntural en fuerza armada había confirmado sus saberes
212 ciudadanos armados de ley
acerca de las contraprestaciones bélicas que les correspondían y los derechos
que les amparaban. Esta actitud apuntaba a que el ejercicio del deber patriótico
de “pueblo en armas” junto al resto de la sociedad boliviana sublevada no solo
fue vivido por los indios como un medio para recobrar gran parte de las tierras
usurpadas. También se asumió como una “bolivianización” de sus valores cor-
porativos con la consiguiente revaluación de su dimensión política. La supuesta
aceptación oficial de su modo comunitario de estar en la nación por actuar como
“nacionales virtuosos” lo creyeron ver confirmado en el hecho de que la Admi-
nistración hacía suya su causa a cambio de seguir contando con su colaboración
bélica a modo de cuerpo armado en reserva566 y con su papel de “ciudadanos
productivos” expresado en el pago del tributo.567
Para los revolucionarios, no hay duda de que la frase de Corral sobre que
“hoy todos somos iguales, todos pertenecemos a una misma familia y todos es-
tán uniformemente interesados en cooperar en la grande obra de regeneración
que os han encomendado los pueblos”,568 podía confirmar lo interpretado por
los indios. Sin embargo, también expresaba que las futuras autoridades, en la
medida en que reintegraban la tierra a los indios, no en calidad de comunarios,
sino como miembros de la nación boliviana por reconocerlos como “pueblo ar-
mado”, aspiraban a liberarlos de un contexto moral corporativo que les impedía
disfrutar de la bolivianidad. Y esa voluntad de “proteger y amparar en sus dere-
chos a la desgraciada casta indígena” implicaba desanclarlos de una institución
colonial caduca como era la comunidad. Esto es, a la antes “insolidaria indiada”,
que movilizada como “cuerpo” había entrado en el reino de lo nacional gracias
a su cooperación bélica como salvadores de la patria, había que recompensarla
con la tierra, sí; pero también con un acceso individualizado a la misma que
denotase una individualización de ese colectivo, y, por tanto, transformara a ese
grupo de “infelices”, con una “triste y lamentable situación, semejante a la de los
parias y los ilotas”,569 en ciudadanos. Esta encomienda no se concebía al modo
566 Por temor a una sublevación de Quevedo y Muñoz se insta a que los corregidores de sus res-
pectivos cantones alisten a “la indiada y nacionales” y les hagan saber “que los usurpadores
de sus terrenos y sayañas quieren volver a dejarlos otra vez en la mendicidad y hacer que sus
mujeres y familia sean vendidas y regaladas como esclavos y como seres irracionales” (alp/
cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Nicasio Imaña, Subprefectura de la provincia de Omasu-
yos, a los señores corregidores. Lealtad, 25 de noviembre de 1871).
567 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Nicasio Imaña, Suprefectura de la provincia de
Omasuyos, a los señores corregidores y al Comité Militar del Cantón Huaycho. Guarina, 23 de
agosto de 1871; Lealtad, 13, 17, 18 y 19 de diciembre de 1871; Severino Zapata, Subprefectura
de la provincia de Omasuyos, a los señores corregidores. Lealtad, 1, 8, 20, 29 y 31 de enero de
1872.
568 Corral, op. cit., 1871b, p. 9.
569 alp/cn. Expedientes judiciales 1854/1898. Circular de Casimiro Corral, Secretaría General
del Estado, al prefecto del departamento de La Paz. La Paz, 4 de mayo de 1971; Víctor Pérez, Fis-
calía del partido de Omasuyos. Lealtad, 19 de septiembre de 1871; Serapio Eguino, Comisaría de
Guerra de la provincia de Omasuyos a los señores corregidores. Guarina, 6 de diciembre de 1870.
de la usurpación de melgarejo 213
de la primera etapa republicana en la que para lograrlo se confiaba en el poder
transformador de las instituciones.570 Ahora era preciso extirpar su resistencia
“ignorante” al progreso con medidas concretas.
Ejemplo de una de esas medidas civilizadoras fue la sustitución de la contri-
bución personal por la predial. En la Asamblea de 1872, esta quedó formulada
en el proyecto de ley que quería dejar exentos de contribución a los indígenas
que supieran leer y escribir, por creerse que con ello se les alentaba a superar su
estado de “envilecimiento y degradación”. El proceso sería supervisado por las
municipalidades.571 El implícito propósito redentor de esta medida entrañaba
una amenazante actitud paternal: al tiempo que reconocía al indio como sujeto
de derecho merced a su colaboración bélica como “pueblo en armas”, lo tornaba
en singular necesitado de tutela y defensa y, por tanto, menor de edad o depen-
diente hasta que demostrase ser un individuo que pensaba y actuaba libremente.
La situación de menosprecio social de los indígenas en tanto aún integrantes de
un cuerpo colonial como era la comunidad seguía, así, sin desvanecerse pese a
que pudieran estar ganando la batalla de las tierras. Y a la persistencia represen-
tativa del indio como “auto-marginado y responsable de su propia destrucción,
degeneración o atraso”, por no aferrarse a la tabla de salvación que se le ofrecía572
mediante su individualización, contribuyó todavía más su voluntad de aferrarse
a la existencia de las comunidades.
En suma, al variar las identidades según las situaciones de poder, la revolución
de 1870 conllevó un doble y contradictorio movimiento en cuyo desarrollo se
reinventaba lo indio. De un lado, la restitución de las posesiones indígenas los
integraba en la comunidad nacional en la medida en que eran reconocidos como
parte integral y definidora de la misma. De otro, dicha restitución autorizaba una
tutoría estatal que no solo limitaba a los indios en su capacidad para modificar
las normas nacionales, sino que en tanto “sujetos necesitados de guía” y “objeto
de nacionalización” volvía a aislarlos del diseño nacional al responsabilizarlos
de la ausencia de cohesión social y tradición cultural. La conversión de los indí-
genas en “pueblo en armas” había estado orientada a reestructurar su aparente
desarmonía con el resto de la sociedad y a revertir su discursiva marginación de
la tradición nacional en tanto posibles definidores de esta. Sin embargo, al igual
que el trabajo y el tributo también terminaría agotándose como estrategia de
redignificación pública. Ello ocurriría claramente en 1899, cuando el recurso a
las armas en vez de tornarlos en bolivianos patriotas los trasmutó en criminales
salvajes.
570 Quijada, op. cit., 2001, pp. 15-55.
571 Redactor asamblea 1872, pp. 189-190, 269-270, 491-501, 520-530, 597-601.
572 Verónica Selles-Reese, “De mártires e indios: La (im)posibilidad de representar al otro”,
Historias de… Teresa, núm. 2, 1998, pp. 187-200.
214 ciudadanos armados de ley
5. Colofón: Los indios en la Guerra Federal de 1899573
La Guerra de 1870 y la Guerra Federal de 1899 contenían tres coincidencias:
se produjo un cambio de gobierno favorable a los sublevados;el Departamento
que articuló la trama revolucionaria fue el de La Paz; y sus autores tuvieron a su
favor la movilización como ejército auxiliar de la población aymara de Altiplano.574
Pero si en la guerra de 1870 la conversión del indio en pueblo en armas había
funcionado como un mecanismo de regeneración patriótica y consolidación
pública, expresando ello el triunfo de los condicionantes de utilidad, solidaridad
y servicio a la sociedad contenidos en la ciudadanía cívica, la violencia india ejer-
cida en 1899 hizo lo contrario. Condenó a esta población a la exclusión acusada
de degeneración racial, animalidad y sectarismo e ilustró el asentamiento de la
ciudadanía civil al quedar vinculados los controles de reconocimiento público al
criterio de civilización en términos de homogeneidad cultural. Esto es, en 1870
su actuación armada otorgó a colectivo aymara la posibilidad de transformar en
grupalmente legítimas sus peticiones corporativas, mientras que en 1899 sus
exigencias se interpretaron como bárbaras.
Ese cambio delataba que las similitudes entre ambos conflictos eran solo
aparentes. Primero, lo acaecido en 1899 obedecía a un cambio intraelitario
de hegemonía regional que se sintetizó en un enfrentamiento entre unitarios
–Partido Conservador– y federales –Partido Liberal–, iniciado por los últimos
al: oponerse a la Ley de Radicatoria que fijaba la capital de la República en Su-
cre, pedir una nueva constitución y establecer la Junta de Gobierno de La Paz.
Segundo, el apoyo de los indios a favor de las fuerzas rebeldes no se organizó
desde las prefecturas/subprefecturas, sino desde los municipios. Ello sucedió
porque en las décadas de 1880 y 1890 la oposición liberal había construido a
partir de estos su base de poder electoral para ganar la presidencia. Además, la
apelación de los liberales a una retórica federalista –que más que a la reorga-
nización territorial del Estado remitía a una descentralización del ejercicio del
poder en clave municipalista– entroncaba con las aspiraciones jurisdiccionales
de las comunidades. Desde la experiencia constitucionalista de 1812, estas veían
en la hegemonía municipal una fórmula representativa capaz de conciliar sus
demandas corporativas con lo nacional. Y, tercero, la actuación armada de los
indios como ejército auxiliar de los rebeldes les deparó una percepción pública
y un juicio sociales opuestos. El resto del acápite se centrará en esto último.
573 En extenso: Irurozqui, op. cit., 2005b, pp. 285-320; Marta Irurozqui, “¿Ciudadanos arma-
dos o traidores a la patria? Participación indígena en las revoluciones bolivianas de 1870 y
1899”, Iconos. Revista de Ciencias Sociales, núm. 26, 2006a, pp. 35-46.
574 Véanse Condarco, op. cit., 1982; Platt, op. cit., 1990, pp. 261-303; Mendieta, op. cit., 2010;
Gabriela Kuenzli, “La evolución de la revolución liberal: de aymaras a incas ciudadanos”,
Historia y Cultura, núms. 28-29, 2003, pp. 253-271.
de la usurpación de melgarejo 215
En la Guerra Federal de 1899 los indígenas volvieron a participar en una
guerra nacional en calidad de ejército auxiliar del bando sublevado, pero con la
experiencia en términos de ganancias y decepciones materiales e inmateriales
que había significado el conflicto de 1870. En ese bagaje figuraba la mutable
recepción social de la utilidad india. Aunque como ya se ha señalado su actua-
ción armada había ayudado a frenar la disolución material de las comunidades,
su consideración como parte del “pueblo soberano de quien debía emanar todo
poder” había seguido yendo en retroceso. Sin duda a ello había contribuido que
el Estado poseyera nuevas entradas fiscales asociadas a la minería que desdibu-
jaban la capacidad contributiva de la propiedad comunaria. Sin embargo, esa
respuesta es insuficiente. A finales del siglo xix el tributo solo fue suprimido en
las áreas donde hubo revisitas, siendo cobrados de modo paralelo el impuesto
antiguo y el nuevo impuesto territorial, y asimilados los pagos comunales a las
tesorerías departamentales.575 Por ello, en la pérdida de reconocimiento social
de la población india es necesario atender a otros dos fenómenos: uno general
de naturaleza política576 y otro particular.577
Respecto al primero, estaba la tensión entre el principio de autoridad y el
de soberanía popular resultante del recurso de la sociedad a la rebelión mediante
pronunciamientos para precautelar el orden constitucional. El esfuerzo guber-
namental por invalidar el uso popular de la violencia había conducido a finales
del siglo xix a soluciones políticas representativas que separaban titularidad y
ejercicio de la soberanía. La revolución pasaba, así, de ser entendida como la
realización del programa de la constitución a serlo como la causa de naufragio de
la misma. Ese rechazo a una soberanía autorregulada se había acrecentado tras
la Guerra del Pacífico a partir de una retórica anticaudillista y antimilitarista.
Las demostraciones públicas –individuales y colectivas– de servicio a la patria
no solo habían perdido relevancia frente a criterios de orden, sino que se podían
interpretar como la amenaza del salvajismo y el atavismo al progreso nacional.
Respecto al segundo fenómeno, estaba el impacto que la trayectoria reivin-
dicativa india y la materialización de la misma a través de las armas había tenido
en la sociedad. Si, de una parte, la formalización de sus protestas en un marco
constitucional había afirmado su voluntad cooperativa en términos patrióticos,
también se había acrecentado el fantasma de su poder y de sus posibilidades
públicas. En una Bolivia marcada por pérdidas territoriales con Chile y bajo la
influencia del pensamiento socialdarwinista, cada vez más lo corporativo era
visto como algo contrario al progreso y la cohesión nacionales y sus autores
entendidos como refractarios a la civilización a causa de taras ancestrales y de un
575 Barnadas, op. cit., 1978, p. 329; Platt, op. cit., 1982, pp. 134-135.
576 Este será atendido extensamente en el cuarto capítulo a propósito del episodio sedicioso de la
Semana Magna de Cochabamba.
577 El segundo fenómeno ha sido objeto de discusión en Irurozqui, op. cit., 2000, cap. iv.
216 ciudadanos armados de ley
determinadoorigen étnico. En consecuencia, en un contexto de reorganización de
la expresión pública del pueblo soberano, la percepción social de la importancia
de la potencia y autonomía indígenas radicalizó la competencia por los recursos y
la mano de obra, siendo los indios tanto contendientes, como objetos y objetivos
de la contienda. Por ello, si bien habían logrado amortiguar los ataques a la pro-
piedad comunal gracias a su reinvención como fuerzas auxiliares revolucionarias,
su desdibujamiento identitario como “la indiada” no cesó. Y no lo hizo porque
en la época era tendencia que la desigualdad natural se culturizara y reinventase
a partir del principio de jerarquización de las razas. Como ese encorsetamiento
categórico expresaba la marginación de los indígenas del espacio público y de los
bienes materiales y simbólicos que este proveía, su intervención en el conflicto
de 1899 es explicada en este texto como otro esfuerzo para lograr nuevamente
su redención grupal.
Esa nueva ocasión de demostrar públicamente un esforzado sentimiento pa-
triota estuvo estructurada por las rivalidades entre el Partido Liberal y los partidos
conservadores que ocuparon la presidencia hasta 1899. En los Departamentos
de La Paz, Oruro y Potosí, a través de una actividad proselitista explicitada en
clubes, apoyo legal y administrativo o lazos clientelares, el Partido Liberal había
capitalizado a su favor y con mayor éxito que los otros las demandas indias contra
el sistema fiscal, las revisitas, el ataque a sus autoridades o apoderados, las usur-
paciones de terrenos colindantes, los servicios forzados, las exigencias militares
de vituallas y los vejámenes en general. Aunque bajo el liderazgo del coronel
Eliodoro Camacho, este partido había negado toda actividad conspiradora y no
se había mostrado favorable a acceder a la presidencia mediante una revolución
popular, no ocurrió lo mismo con su sucesor el coronel José Manuel Pando.
Merced a su experiencia en la Guerra de 1870 y a sus recursos familiares, este
orquestó a través de una red de autoridades a ymaras, encabezadas por Zárate
Villca,578 la participación indígena como ejército auxiliar del partido sublevado.579
Sin embargo, al contrario de lo que sugiere la larga y estructurada alianza política
entre indígenas y liberales, terminada la Guerra Federal de 1899 los primeros
578 Pedro Zárate Villca, aymara alfabeto y bilingüe, originario del ayllu Collana de Machaca-
marca (provincia de Sicasica, en el departamento de La Paz), sustituto de Feliciano Espinosa
como cacique apoderado de las comunidades del norte del Altiplano paceño y considerado
el Willka sucesor de Willka Huayco o Luciano Willka que había luchado contra Melgarejo.
Para mayor información sobre él consúltese Condarco, op. cit., 1982; Brooke Larson, Indíge-
nas, elites y Estado en la formación de las repúblicas andinas, Lima, pucp-iep, 2002, pp. 145-179;
y sobre todo Mendieta, op. cit., 2010.
579 El material documental referente a las estrategias de competencia partidaria y a los aconte-
cimientos de 1899: Alberto Rodríguez Forest, Documentos para la Historia de la Guerra Civil
1898-1899, Sucre, Gobierno Municipal de Sucre, 1999; alp. Proceso Mohoza (1901-1904);
Colección Julio César Valdez; Boletines oficiales e Informes de la Prefectura de La Paz; El Comer-
cio, La Paz, 1890-1899; El Nacional, La Paz, 1894-1899; La Nación, La Paz, 1898-1899; La
Unión Liberal, La Paz, 1899.
de la usurpación de melgarejo 217
no fueron reconocidos como el pueblo armado. Todo lo contrario. Se les acusó
de ampararse en la violencia revolucionaria para iniciar una “guerra de razas” y
se les condenó pública y judicialmente por traición a la patria: razón y condición
legal de pérdida de ciudadanía.580
El detonante de esta inversión identitaria fue la masacre de Mohoza. Entre
el 29 y 30 de febrero de 1899 ciento veinte integrantes del batallón liberal Pando,
varios vecinos del pueblo y hacendados locales fueron victimados en esta localidad
y en sus inmediaciones por un grupo de indios liderado por Lorenzo Ramírez,
lugarteniente de Zárate Villca. Aunque a raíz de la matanza perpetrada por los
aliados indios el coronel Pando trató de disminuir sus competencias militares,
su ayuda siguió siendo solicitada contra el enemigo. Solo después de terminada
la guerra se tomaron medidas policiales y judiciales contra ellos. El resultado fue
la anulación discursiva de los méritos bélicos que en 1870 había otorgado reco-
nocimiento nacional a la “indiada”: el atentado contra el batallón liberal les hizo
bolivianos indignos de participar en la construcción nacional. Como consecuencia,
los posteriores procesos de Mohoza y Peñas, acaecidos entre 1901 y 1904, fueron
el escenario donde no solo se juzgó y condenó a los implicados en las matanzas,
sino a la población aymara en su conjunto. El delito del que se la acusaba no era
únicamente la traición a los liberales, sino sobre todo la venganza que tal gesto
entrañaba contra toda la sociedad blanca y mestiza, a la que se asumía que odiaban
y querían masacrar en venganza a siglos de opresión.581
Aunque en los tribunales se admitía que la guerra civil había sido la causante
de poner en peligro a la sociedad, también se consideraba que gracias a ella
se habían evidenciado cuatro deficiencias que incapacitaban en el futuro a los
indios para ser asumidos como parte políticamente activa del pueblo boliviano.
Primero, desconocían la solidaridad entre individuos en la consecución de una
causa que no fuera la suya propia. Segundo, eran contrarios a la unidad nacional
porque solo contemplaban el corporativismo comunitario. Tercero, constituían
“una raza atrofiada moralmente y degenerada hasta la deshumanización” que no
podía ser utilizada en las contiendas civiles por su vengativa sed de venganza.
Y, cuarto, su degeneración racial les hacía “bestias” influenciables al servicio
de pasiones facciosas y por tanto, no aptos para el juego político entre parti-
dos. Las cuatro deficiencias fueron voceadas por la prensa y folletería, siendo
subrayado que la naturaleza de la violencia ejercida por los indios, en vez de
visibilizarlos como pueblo en armas, les ilegitimaba como tal. El barbarismo y
580 Consúltense los textos constitucionales (Trigo, op. cit., 1958).
581 Al respecto resulta ilustrativa la aseveración del diputado Sanjinés en la Asamblea ordinaria
de 1872: “Además sabiendo leer y escribir, aprendería el castellano y se aproximaría a noso-
tros; de este modo sus antipatías se tornarían en simpatías hacia el blanco, pues bien sabéis
el aborrecimiento que nos tiene, y no espera sino el momento favorable para vengarse de
las vejaciones y ultrajes que le hace sufrir y nada extraño sería que se repitiesen las tristes
escenas de 1680, 1781 y 1811” (Redactor Asamblea 1872, p. 493).
218 ciudadanos armados de ley
deshumanización, demostrados por la crueldad y saña con que habían mutilado,
torturado, asesinado e, incluso, devorado a sus víctimas, les hacía incapaces
de hacer la guerracomo gente civilizada y menos seguir las convenciones de
derecho internacional.582
Consecuencia del juicio y la condena de los implicados fue la desciudadaniza-
ción discursiva de la población indígena y su confinamiento en una cuarentena y
minusvalía públicas. Pese a que los valores de la ciudadanía cívica –de compromiso
patriótico demostrado en los deberes– y de la ciudadanía civil –de superioridad
civilizatoria para ejercer derechos– eran diferentes, no ocurría así con el hecho
de que en ambos casos la ciudadanía apareciera como un bien a conquistar por
todos siempre y cuanto (esos todos) sufriesen un proceso de transformación
individual y colectiva. Tal condición, que convertía a la ciudadanía en algo con-
tingente, posibilitaba la elaboración de una narrativa oficial descalificadora de
la capacidad política indígena bajo la acusación de impedir la unidad nacional.
Merced a esa falta, la ayuda aymara prestada a los liberales en su triunfo contra
el gobierno quedó oficialmente olvidada, al igual que negada la responsabilidad
de los segundos en la movilización india. En su lugar se erigió la matanza del
batallón Pando como la síntesis de todo lo que podían llegar a ocasionar los
indígenas si tenían presencia política. No importó el confuso conflicto rural
entre militares, vecinos de los pueblos e indígenas que encerraba la masacre,
ni tampoco la coparticipación de los últimos en todos los sucesos. De manera
general, los indios fueron declarados inhábiles para participar en calidad de
sujetos políticos en la nación boliviana por su incapacidad para desprenderse
de sus costumbres arcaicas y de un pasado de degeneración racial. Esa decisión
oficiosa los hizo objeto de una política de invisibilización pública explicitada en
dos acciones compatibles: condenarlos a una criminalidad i nnata, explicitada en
su deseo de una guerra de razas, y convertirlos en una población eternamente
infantil e incapaz de comprender el juego político. Ambas operaciones acusa-
ban a la población india del pecado de heterogeneidad cultural (o ausencia de
cohesión y tradición cultural con el resto de bolivianos). Con él se le negaba un
papel activo en la confección de la nación, dejándola recluida en una imagen
esencialista y apolítica que la tornaba en objeto de políticas públicas.
Como esa lectura del indio obedecía a una lógica discursiva elitista enca-
minada a recrear jerarquías sociales y a disciplinar políticamente a los sectores
582 Sobre los acontecimientos post-1899: Bautista Saavedra, Defensa del abogado Bautista Saave-
dra pronunciada en la Audiencia del 12 de octubre de 1901, La Paz, Tip. Artística Velarde, Al-
dazosa y Cía, 1902; Bautista Saavedra, “La criminalidad aymara en el proceso de Mohoza”,
El ayllu. Estudios sociológicos, La Paz, Ed. Juventud, 1971; Natalio Fernández Antezana, La
hecatombe de Mohoza. La supuesta complicación del cura Jacinto Escobar y la comprobación de su
inocencia mediante la defensa hecha por el doctor Napoleón Fernández Antezana, La Paz, Tip. de la
Unión, 1905; Luis Polo y Natalio Fernández Antezana, Recurso de apelación ante los Sres. Ptes.
y vv. de la Corte Superior, La Paz, Tip. de la Unión, 1905.
de la usurpación de melgarejo 219
populares a través de clichés étnicos, en tanto narración no trabó que la pobla-
ción indígena continuara interviniendo en la definición política de la nación.
Prueba de ello fue el progresivo aumento de su presencia en la vida asociativa
y partidaria; sobre todo porque su descalificación social generó en los indios,
paradójicamente, una mayor necesidad de conquista del espacio público nacional
en calidad de legítimos miembros del mismo. Sin embargo, es preciso señalar que
gran parte de la literatura y de la historiografía del siglo xx asumió por razones
variadas dicho discurso vejatorio como cierto. Consecuencia de esa apropiación
interpretativa ha sido la hegemonía de tópicos historiográficos relativos tanto
a la exclusión absoluta de los indígenas de la sociedad, como a su desinterés en
insertarse en la nación e influir en el desarrollo de políticas públicas.
capítulo iv
La Semana Magna de Cochabamba.
La represión penal del ciudadano armado,
1872-1875
Y puesto que el gobierno está basado en la fuerza material
se hace preciso destruirlo por medio de la fuerza misma
para devolver al país el ejercicio de sus libertades y reinado
de las instituciones republicanas (19 de enero de 1875).583
Entre septiembre de 1874 y marzo de 1875 tuvieron lugar seis movimientos
sediciosos contra la presidencia de Tomás Frías (1874-1876): una supuesta cons-
piración de Casimiro Corral en La Paz, en septiembre de 1874; la sublevación
del batallón Tercero o Ballivián en Cochabamba, el 30 de noviembre de 1874;
la insurrección cuartelaria en El Litoral del 16 de enero de 1875; la sublevación
del batallón Segundo o Los verdes en La Paz, el 23 de diciembre de 1874; la
asonada del Palacio Quemado en La Paz, el 20 de marzo de 1875; y la rebelión
de Cochabamba el 18 de enero de 1875, que concluyó con el asedio militar a esta
ciudad durante la Semana Santa del 21 al 25 de marzo de 1875.584 La Semana
Magna de Cochabamba dio nombre a la última insurrección y constituyó la
síntesis política de todas las anteriores al unificar objetivos y demandas dispersas
en un solo frente interregional y con un liderazgo colegiado.
Todo el proceso insurgente entrañó tres tipos de violencia asociados a la
vida pública: primero, la violencia de motines de soldados de baja graduación;
segunda, la violencia del pueblo en armas representado por una coalición de
partidos rivales que capitalizaron revolucionariamente el descontento de los
cuarteles con el argumento de acabar con la dictadura militar encubierta del
general Daza y con la debilidad del gobierno frente al militarismo; y, tercero,
583 Miguel Aguirre, El ciudadano Miguel Aguirre a los pueblos del Departamento de Cochabamba,
Cliza, s.e., 1875b, p. 84.
584 Aunque la posterior insurgencia de Andrés Ibáñez no fue una mera continuación de ese
conjunto revolucionario, sí estuvo relacionada con él en lo concerniente al tema municipal
y a las filiaciones corralistas. Sobre su desarrollo véanse Romero Pittari, op. cit., 1984, pp.
163-180; Durán Ribera y Pinckert J., op. cit., 1988; Schelchkov, op. cit., 2008.
[221]
222 ciudadanos armados de ley
la violencia del gobierno materializada por el ejército de línea para reprimir las
sublevaciones y sentar un precedente legal contra la monomanía revolucionaria.
Salvo el primer tipo de violencia que estaba relacionado con reclamaciones por
mejoras de salario, manutención, trato o reconocimiento corporativo, los otros
dos se ejercieron en nombre de la defensa de la Constitución y el fin del poder
militar. Su disparidad estribaba en su comprensión de la soberanía popular y del
orden público y en su interpretación del texto constitucional al respecto.
Desde la presidencia, el uso popular de la fuerza, en vez de interpretarse
como un acto revolucionario de salvaguarda constitucional, fue asumido como
una sedición que ponía en riesgo la gobernabilidad de la República al exponerla
a los desmanes de la guerra. Para evitarlo se buscó la disciplina gubernamental
de aquellos que podían ejercer la violencia: el pueblo en armas y el ejército.
El recurso empleado para desmontar su potencial armado fue la ley. A través
de su capacidad de regular las instituciones políticas del Estado585 se trató de
tipificar toda insurrección como un delito ordinario y no político y de juzgar a
los sediciosos por el derecho penal y no por el derecho de gentes. En contra-
partida, los sublevados juzgaron inconstitucional tal acción de pacificar la vida
pública a través de criminalizar el recurso a la fuerza. Se defendieron mediante
la formulación de dos preguntas destinadas a deslegitimar la acción presidencial:
¿con ello se buscaba reconducir civilmente las disensiones políticas o tan solo se
pretendía desarmar a la oposición?; y ¿cómo garantizar la sumisión del ejército
al gobierno si se le usaba para reducir el poder de la sociedad que sostenía un
régimen representativo? Acusaron al gobierno de que, al buscar el desarme de la
sociedad para garantizar su desarrollo, había provocado algo peor, la injerencia
del ejército en el gobierno y la sumisión de este al primero. Con esa denuncia
los rebeldes justificaron el recurso a la ciudadanía armada como el medio legal
para reponer un verdadero régimen civil. Tal discrepancia entrañaría no solo
una discusión en torno a cuándo era legítima una insurrección y cuándo posible
su conversión en un delito ordinario, sino también sobre el valor de la ley como
dispensadora de orden social y como mecanismo de control partidista.
El desinterés historiográfico mantenido hasta la fecha sobre los aconteci-
mientos englobados bajo el apelativo general de la Semana Magna586 contrasta
con la cuantiosa literatura de folletines y prensa a la que dieron lugar en la época,
así como con los arduos debates políticos que generaron sobre el modelo de
Estado, las obligaciones públicas del ciudadano o la impronta política de la ley.
Con intención de subsanarlo parcialmente, este capítulo se adentra en la trascen-
dencia política que los episodios violentos mencionados tuvieron en el reparto
585 Maurice Duverger, Instituciones políticas y derecho constitucional, Barcelona, Crítica, 1988.
586 Sorprende la ausencia de su mención en los textos de Gustavo Rodríguez, La construcción de
una región. Cochabamba y su Historia, siglos xix-xx, Cochabamba, Universidad Mayor de San
Simón, 1995; Gustavo Rodríguez, Poder central y proyecto regional. Cochabamba y Santa Cruz
en los siglos xix y xx, Cochabamba, ildis-idaes, 1993; Larson, op. cit., 1998.
la semana magna de cochabamba 223
de la autoridad en el Estado y en la administración estatal del poder social. Se
sostendrá que ejemplificaron un caso de ciudadanía armada popular expresada a
través de un hermanamiento entre el pueblo y los soldados, en el que los civiles
estructuraron y dieron trascendencia pública a una convulsión militar. Sin em-
bargo, al contrario de lo sucedido en los episodios de las Matanzas de Yáñez o
de la Revolución de 1870, el ejercicio de las armas por parte de la población no
confirmó a sus miembros como ciudadanos que gracias a la violencia preservaban
la constitucionalidad en el país. Al contrario, sirvió para legitimar legalmente un
proceso de desmantelamiento de la figura del ciudadano armado.
Para desarrollar dicho desarme de la población, el capítulo se divide en tres
acápites. Mientras en el primero se contextualizan los acontecimientos a partir
del dilema constitucional sobre la sucesión que originó la prematura muerte del
presidente Agustín Morales (1870-1872), en el segundo se narran secuencialmen-
te los episodios sediciosos. El estudio del entramado revolucionario planteado
en ambos acápites permite contradecir el tópico de los militares dominando el
espacio público: no solo la acción conjunta del presidente y la asamblea redundó
en la subordinación del ejército a ambos poderes, sino que fueron los civiles los
que lideraron los motines cuartelarios de los batallones militares y los que die-
ron cuerpo revolucionario a actos rebeldes inconexos. Finalmente, en el tercer
apartado se aborda el modo en que se usó la legislación y los procesos judiciales
para desmontar, no tanto el principio, sino la práctica de la ciudadanía armada.
La criminalización legal de la violencia política conllevó una desautorización
del hecho revolucionario como pertinente expresión del descontento público,
produciéndose en la resolución de los conflictos el asentamiento oficial de las
actividades de la democracia pacífica –elección, asociación, opinión y petición–
frente a las de la democracia armada.
1. El contexto político de las sublevaciones
Tras el asesinato del presidente Agustín Morales el 27 de noviembre de 1872
por el teniente coronel Federico Lafaye, su sobrino y segundo jefe del escuadrón
Spencer, se hizo necesario nombrar a un nuevo mandatario.587 El artículo 70 de la
Constitución de 1871588 señalaba que “ante la renuncia, destitución, inhabilidad
o muerte del presidente, ser[ía] llamado a desempeñar sus funciones el presidente
del consejo de Estado hasta la terminación del periodo”. Dado que Tomás Frías
ocupaba ese cargo cuando murió Morales, él era la persona que debía ocupar el
587 Federico Lafaye, Mi declaración sobre el suceso del 27 en la noche del mes de noviembre, Tacna, 9
de diciembre de 1872.
588 La Constitución de 1871 sancionó y proclamó la Constitución de 1861 (Trigo, op. cit., 1958,
pp. 308-326 y 343).
224 ciudadanos armados de ley
puesto. Sin embargo, su nombramiento no resultó tan fácil de formalizar. En los
meses anteriores había existido un clima de desencuentros entre el Ejecutivo y
el Legislativo en relación a la recapitalización del Estado, expresado en rumores
de sedición revolucionaria de los representantes, maltratos verbales de Morales a
estos y acciones vejatorias a la asamblea por parte de algunas unidades militares.
Consecuencia de tales desavenencias fue la disolución de la Cámara por el pre-
sidente en dos ocasiones, el 21 de agosto y el 25 de noviembre de 1872.589 Antes
de que tuviera lugar esta última, estaban siendo discutidas dos materias: la ley
de financiación del Ejecutivo y el nombramiento de los consejeros de Estado.
Como la disolución de la asamblea y el establecimiento de una dictadura provi-
sional tuvieron lugar antes de que fuesen nombrados todos ellos, la pertinencia
del ejercicio de sus potestades quedó en entredicho.590
La reconducción de la crisis política se organizó a través de la representación
nacional a la que se plegaron las fuerzas militares a través de las gestiones del
ministro de la Guerra, general Ildefonso Sanginés Rada y los primeros jefes de
cuerpos (coroneles Hilarión Daza, Nicanor Lavandenz, Severino Zapata, Acosta
y Soliz). Esa pacífica resolución institucional mencionada, que puso en vigencia
la Constitución de 1871 y proclamó que el orden público anterior al 24 de no-
viembre se mantenía incólume, no pudo evitar que lo irresuelto en el consejo
de Estado derivase posteriormente en una doble y contradictoria lectura de la
Constitución por parte de las autoridades o en una observancia anómala de la
misma, que estaría en el origen de los sucesos revolucionarios.591 A continuación
se mostrará cómo fue ello posible.
1.1. Tomás Frías y el artículo 70: Las elecciones de 1873
Dos fueron las soluciones enfrentadas de cara a asumir la presidencia de Bolivia.
Por un lado, Frías estimaba que a la muerte de M
orales el consejo de Estado no
estaba organizado ni tenía presidente, aunque él lo hubiera sido cuando dicha
institución funcionaba. Opinaba que el régimen constitucional no se hallaba
vigente, porque Morales, con sus ataques y desautorizaciones al Legislativo y
589 Alcázar, op. cit., 1980, pp. 74-75; Luis Antezana E., Bolivia: Historia de las constituyentes, La
Paz, cima, 2006, pp. 54-56.
590 Sobre la discusión acerca de las razones de la disolución de la asamblea y la responsabilidad
en ello de la cuestión Arteche-Aullagas véanse los folletos: Félix Reyes Ortiz, Historia de cua-
tro días, La Paz, Imprenta de la Unión Americana de César Sevilla, 1872, pp. i-xvi; Amigos
de la verdad, Rectificaciones a la Historia de cuatro días de Félix Reyes Ortiz, La Paz, Imprenta
de la Unión Americana de César Sevilla, 1873, pp. 1-28; Anjel Zarco, El Dr. Casimiro Corral
ante la soberana asamblea de 1873, La Paz, Imp. de la Unión Americana de César Sevilla,
1873, pp, 1-7; La calumnia de Zarco desvanecida ante la soberana Asamblea de 1873, La Paz,
Imp. La Libertad, 1873, pp. 25-26.
591 Redactor de la Asamblea 1872, pp. 711-721; Redactor de la primera Asamblea Extraordinaria del
año 1873, La Paz, Litografía e Imprentas Unidas, 1927, pp. 22, 26 y 27.
la semana magna de cochabamba 225
con la concesión de la secretaría general del Estado al general Ildefonso S
anjinés,
había implantado una dictadura. Por ello optó por proceder en una asamblea
legislativa a la formación de un nuevo consejo formado por él, Mariano Baptis-
ta, José Manuel del Carpio, Belisario Salinas, el obispo Juan de Dios Bosque,
Napoleón Raña, Bernardino Sanjinés, Nataniel Aguirre y Pedro H. Vargas. Tras
la elección el 9 de diciembre del presidente y vicepresidente del mismo, Frías
asumió la presidencia provisional de la República con el argumento de que podía
hacerlo ya que a la muerte de Morales él era solo diputado. Tras su investidura,
expidió los Supremos Decretos del 12 y el 13 diciembre de 1872 (ratificados
por el Decreto del 22 de abril de 1873). Uno convocaba comicios para elegir
presidente definitivo y renovar a la mitad de los diputados de la asamblea y otro
mantenía el mismo gabinete ministerial que había servido a Morales: Casimiro
Corral, Pedro García, Melchor Terrazas y el general Sanjinés. La decisión de Frías
de aceptar el cargo solo hasta que fuera elegido por sufragio popular el nuevo
mandatario implicó que la asamblea llevara a cabo una modificación del artículo
70 siguiendo lo establecido en los artículos del 100 al 105. Como resultado quedó
estipulado que, “cuando por renuncia, inhabilidad o muerte falte el presidente
de la República, ser[ía] llamado a desempeñar sus funciones el presidente del
Consejo de Estado, quien en el término de treinta días decretar[ía] la elección
constitucional del presidente de la República, convocando la Asamblea para
los tres meses después de dictado el decreto”. Frías catalogó su llamamiento al
voto público de “obra desinteresada y patriótica”, de lo que, en su opinión, daba
prueba la exclusión de su propia candidatura.592
Por otro lado, miembros del gobierno y de la asamblea consideraron desde
un inicio que el consejo de Estado presidido por Frías estaba vigente. Inter-
pretaban que la desconfianza generada al respecto provenía de dos intereses
entrelazados: primero, el deseo del coronel Hilarión Daza de impedir que tras
la muerte de Morales gobernase Casimiro Corral, por haber sido el coautor de
la Revolución de 1871;593 y, segundo, la intención de Frías de que fuese Adolfo
Ballivián, otro miembro del Partido Rojo, el sucesor de Morales. Frías no habría
tenido que recurrir al decreto de elecciones porque la situación se habría sub-
sanado simplemente con el nombramiento de un nuevo presidente del consejo
592 Se modificaron también los arts. 62, 40 y 12; se dictó una ley de premios y honores al ejér-
cito y se procedió al sorteo de la mitad de la asamblea que debía ser renovada para el bienio
siguiente, siendo clausuradas las sesiones de la Asamblea el 2 de diciembre 1873 (Genaro
Sanginés, Apuntes para la Historia de Bolivia bajo las administraciones de D. Adolfo Ballivián y D.
Tomás Frías, Sucre, Imprenta Bolívar de M. Pizarro, 1902, pp. 21-23; Enrique Finot, Nueva
historia de Bolivia (ensayo de interpretación sociológica), Buenos Aires, Fundación Universitaria
Patiño-Imprenta López, 1946, pp. 283-286. Véase también Redactor de la primera Asamblea
Extraordinaria 1873, pp. 64-67).
593 Enrique Vidaurre Retamoso, El presidente Daza, La Paz, Biblioteca del Sesquicentenario de
la República, 1975, pp. 5, 47; Redactor Asamblea de 1872, pp. 724-726.
226 ciudadanos armados de ley
de Estado que terminase el periodo presidencial. Sin embargo, aducían que ese
“proceder legal” no se había producido porque Ballivián no era diputado y, por
tanto, no podía acceder a ser nombrado presidente del consejo de Estado. En
consecuencia, consideraban que el decreto de convocatoria de elecciones emitido
por Frías lesionaba la constitucionalidad del país, haciéndose necesario que este
lo revocase y ejerciera de presidente en observancia estricta de la constitución.594
Ambas posturas dieron lugar a un arduo debate sobre la inconstituciona-
lidad del aludido decreto del 12 de diciembre. Frías fue acusado: primero, de
doblegarse a la presión del coronel Daza, autor de ultrajes y cencerradas a las
asambleas de 1871 y 1872;595 y, segundo, de utilizar su posición institucional para
favorecer a su partido. Pero, pese a que Frías fue acusado de sobreimponerse a
la ley y obligado a explicar su proceder mediante su Manifiesto del 3 de enero
de 1873,596 contó con el apoyo de suficientes miembros del Legislativo y del
estamento militar para que la convocatoria de elecciones prosperase.
Una vez aceptada la convocatoria, la población debía elegir al presidente en
unos comicios que durarían cuatro días a partir del primer domingo de marzo.
Tres fueron los candidatos principales: Casimiro Corral,597 ministro de Gobierno y
Relaciones Exteriores, cuya renuncia al cargo fue aceptada con fecha 27 de enero;598
Adolfo Ballivián, perteneciente al Partido Rojo y ausente en Europa; y el general
Quintín Quevedo. Si las dos primeras candidaturas constituían fracciones del
Partido Constitucional en el gobierno –los exaltados y los moderados–, la tercera
representaba al melgarejismo vencido el 15 de enero de 1871. A estas postulacio-
nes se sumaron la de los generales Gregorio Pérez y José Manuel Rendón, cuyas
fuerzas se concentraban con pocos adeptos, respectivamente, en La Paz y en
Potosí. El resultado electoral dio la victoria a la candidatura de Ballivián. De un
total de 16.674 votos recibió 6.442, Corral 5.352, Quevedo 3.318, Rendón 1.382
y otros 185. Dado que ningún candidato había obtenido la mayoría requerida
por ley, una asamblea extraordinaria sería la encargada de elegir al presidente de
594 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 23-28; Miguel Aguirre, Manifiesto de la Revolución de enero de 1875
en Cochabamba, Cochabamba, Imp. Gutiérrez, 1875a, p. 15; Bolivia antes del 30 de noviembre
de 1874 (A propósito del folleto de Julio Méndez), La Paz, Imp. de la Unión Americana de César
Sevilla, 1875, p. 7; a.m., Las contradicciones de un folletista acerca de la legitimidad de los gobiernos
Ballivián-Frías, La Paz, Imp. de la Unión Americana de César Sevilla, 1875, pp. 3-4; Julio
Méndez, Bolivia antes del 30 de noviembre de 1874, Tacna, Imp. Revista del Sur, 1875, p. 8.
595 Vidaurre, op. cit., 1975, p. 43.
596 Tomás Frías, “Manifiesto del 3 de enero de 1873”, p. 1, en Sanginés, op. cit., 1902, p. 24.
597 Como candidato a la presidencia Corral creó El Club Artesano. Con consignas a favor de la
autonomía municipal y la autogestión ciudadana, su programa fue publicado por El Artesano
el 18 de febrero de 1873 (Andrey Schelchkov, “Por la igualdad y una república plebeya en
Bolivia”, Mundos posibles. El primer socialismo en Europa y América Latina, Carlos Illades y
Andrey Schelchkov (coords.), México, cm-uamc, 2014, p. 163).
598 Su sustituto fue Melchor Terrazas, ministro de Instrucción Pública, Justicia y Culto, cuyo
puesto fue ocupado por Juan de Dios Bosque, vicepresidente del consejo de Estado.
la semana magna de cochabamba 227
entre los tres que habían alcanzado mayores sufragios. Aunque convocada el 23
de abril, esta no pudo instalarse hasta el 28 del mismo mes, siendo presidida por
Daniel Calvo con la concurrencia de sesenta diputados.
La ausencia de un candidato con mayoría de sufragios hizo que los asamblea-
rios se plantearan al inicio de las sesiones dos preguntas con amplia repercusión
en la prensa, en los clubes y en las calles: primera, ¿debían rechazar lo acordado
con Frías y hacer que este cumpliese con el artículo 70 de la Constitución,
permaneciera como presidente hasta el final de la legislatura y pasada la misma
convocase nuevas elecciones?; y segunda, ¿debían proceder a votar entre ellos la
elección del presidente? Para resolverlo se nombró una Comisión de Constitución
formada por Francisco Santiváñez, Manuel María Gómez, Antonio Quijarro,
Juan Manuel Sánchez, José Pol, Belisario Boeto, Macedonio Doria Medina y
Pastor Sainz. Su cometido era el de deliberar sobre la inconstitucionalidad o
constitucionalidad del decreto de elecciones del 30 de abril de 1873.599 Tras la
presentación de sus disquisiciones a todos los asamblearios, la primera cuestión
fue votada de modo negativo en tres ocasiones,600 siendo remarcado que la mi-
sión principal de tal acuerdo había sido la conservación del orden. La segunda se
resolvió por dos tercios a favor de las elecciones por parte de los representantes.
En suma, la Asamblea aceptó la renuncia de Frías y se declararon válidas y legales
las elecciones de marzo, no sin antes emitir una ley referente a que el presidente
que resultase proclamado completaría el periodo comenzado en agosto de 1872.
Fijadas estas bases de legalidad se procedió a la votación de las tres candidaturas
en la sesión del 6 de mayo, exigiéndose que el resultado contase con dos tercios
de los votos. De 60 votos, el primer escrutinio arrojó 31 votos para Ballivián, 20
para Corral, 6 por Quevedo, 2 votos en blanco y 1 cédula para Daza declarada
nula por no figurar este militar entre los candidatos.601 Se volvió a votar a los dos
primeros candidatos, obteniendo Ballivián 41 sufragios sobre los 19 de Corral.602
Las elecciones de 1873 supusieron la ruptura del frente de gobierno consti-
tuido durante la presidencia de Morales, acusándose recíprocamente corralistas
y rojos/ballivianistas de haber empleado recursos e influencias gubernamentales.
La carta del candidato Corral presentada por el diputado Eliodoro Galdo a la
asamblea, después que el presidente de la misma proclamara el nombramiento
de Ballivián, expresaba el inicio de un enfrentamiento partidista postelectoral
que serviría de base para legitimar futuros actos sediciosos. Escrita con ante-
rioridad a la última votación de los asamblearios, en ella Corral renunciaba a la
599 Redactor de la primera Asamblea Extraordinaria 1873, pp. 36-37, 42.
600 Ibidem, pp. 41-43, 45-49, 52-53, 62, 71-76, 78-82.
601 Ibidem, p. 90; anb. mi 187, t. 199, núm. 35.
602 a.m., op. cit., 1875, pp. 5-6; Bolivia, op. cit., 1875, pp. 11-13; Méndez, op. cit., 1875, pp. 4;
Alcides Arguedas, Historia general de Bolivia. El proceso de la nacionalidad, 1809-1921, La Paz,
Arnó Hermanos, 1922, pp. 334-348; Redactor de la primera Asamblea Extraordinaria 1873, pp.
86 y 89.
228 ciudadanos armados de ley
presidencia en el caso de obtener tal nombramiento. Decía hacerlo movido por
un acendrado patriotismo que le aconsejaba evitar al país todo pretexto para
“el sacudimiento social” en un momento en el que todos los bolivianos debían
concurrir a robustecer la paz y el orden. Sin embargo, el hecho de que la carta
fuera presentada al final del escrutinio desmentía las bondades de su renuncia,
quedando en evidencia su intención de deslegitimar el proceso. Tras el aparente
sacrificio de retirar su candidatura subyacía una denuncia sobre el peligro que
entrañaba reducir la suerte de la patria a una decisión de los diputados, ya que
el ciudadano elegido no emanaría de la fuente de todo poder representativo: el
sufragio popular. Corral no consideraba que ese procedimiento y las dos vota-
ciones de la asamblea fueran garantía de estabilidad para el candidato triunfante;
sobre todo porque el pueblo podría creer que la candidatura ganadora había sido
resultado “de concesiones recíprocas, de avenimientos impuestos o de condes-
cendencias por seducción o por temor” entre los asamblearios. De ello concluía
que el proceso electoral vivido no afianzaba el orden público, ni fundaba una
obligación ineludible para someterse y sostener al nuevo gobierno.603
A partir de la misiva de Corral comenzó un enfrentamiento verbal entre
opositores y ganadores. Los primeros atribuían su inicial derrota en las urnas al
hecho de que Frías había mermado la popularidad de Corral: lo había conservado
en el gabinete ministerial después de presentada su candidatura con el objetivo de
hacerle firmar el Protocolo Corral-Lindsay que dañaba los intereses de Bolivia en
El Litoral. A ese razonamiento se sumaron acusaciones al presidente provisional,
relativas a que había impartido órdenes a los clubes constitucionales de atacar
por igual a las candidaturas quevedista y corralista para diputados. Decían que
su propósito era que ambas fuerzas rivalizaran hasta el extremo de neutralizarse
la una a la otra, permitiendo ello el triunfo de un tercero: Ballivián. Asimismo, la
posterior derrota de Corral en la asamblea se imputó tanto a que en la misma los
ballivianistas eran mayoría, como al hecho de que los seis diputados quevedistas
prefirieron a Ballivián debido a la rivalidad mantenida con los corralistas por las
persecuciones contra Melgarejo y por la defensa de los principios fusionistas de
Achá.604 Tal elección era, además, probatoria de que ballivianistas y melgarejistas
compartían un pasado en común: haber combatido aliados “la administración
constitucional y parlamentaria” de mandatario. Ante tales acusaciones, los gana-
dores se defendieron diciendo que el Ejecutivo había renunciado a su legítima
influencia y criticaron el empleo partidista hecho por Corral de las potestades
públicas de los prefectos y subprefectos afines a él.605
Ya investido presidente, por el Decreto de 9 de mayo de 1873 Ballivián or-
ganizó el gabinete ministerial sobre la base de que la lucha pacífica del derecho
603 Redactor de la primera Asamblea Extraordinaria 1873, pp. 92-97.
604 Méndez, op. cit., 1875, pp. 3-4, 13-14.
605 a.m., op. cit., 1875, pp. 5-6, 15; Bolivia, op. cit., 1875, pp. 13-15; Méndez, op. cit., 1875, p. 4.
la semana magna de cochabamba 229
no había dejado tras de sí el encono de los partidos, quedando “la mano de Dios
visible a los ojos de vuestros Representantes en la grave crisis que ha pasado”.606
Fueron nombrados: ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, Mariano
Baptista; ministro de Hacienda e Industria, Rafael Bustillo; ministro de Justicia,
Instrucción Pública y Culto, Daniel Calvo; y ministro de Guerra, el general
Mariano Ballivián. Se trataba de un gabinete circunscrito a los simpatizantes del
rojismo o a hombres “de confianza personal” que dejaba fuera a miembros de
otros partidos. Se desatendían, así, las disposiciones fusionistas del expresidente
Achá en 1862 tendentes a asegurar la gobernabilidad de la República haciendo
desaparecer a los partidos personalistas a través de la formación de equipos de
gobierno que acogieran a todas las tendencias políticas.607 Y si bien Ballivián
argumentó que había procurado ceñirse a ese postulado al ofrecer a sus rivales
Corral y Quevedo legaciones en el exterior, estos rehusaron a las mismas por
considerar “la misión diplomática” un exilio encubierto destinado a desarticular a
los partidos contendientes.608 En opinión de los opositores, esa estrategia quedaba
confirmada con las destituciones de aquellos militares y burócratas que habían
manifestado simpatías por la candidatura de Corral. El posterior nombramiento
de los miembros del consejo de Estado609 con Frías y José Manuel Carpio, como
presidente y vicepresidente, les corroboró la tendencia a favor de un gobierno
de naturaleza unipartidista. El 10 de mayo de 1873 se clausuró la asamblea.610
Las críticas opositoras al gobierno de Ballivián se agudizaron ante la con-
versión del coronel Daza en el brazo fuerte del gobierno. Sostenían que este y
otros militares eran sospechosos no solo de haber favorecido la gestión de Frías
al frente del consejo de Estado para impedir que Corral fuese el sustituto del
presidente fallecido, sino también de faltar a la neutralidad política que exigía
su posición. Les acusaban de no cumplir las normas electorales que fijaban la
ausencia del ejército en las urbes mientras se celebrasen las votaciones611 y de
hacer declaraciones bravuconas referentes a que como fuerza militar únicamente
se supeditarían a Ballivián. Ante tales actitudes, tildaron el triunfo ballivianista
de estar “revestido por las formas de la ley, aunque en el fondo no era sino la
imposición de una minoría apoyada en el poder”. El posterior ascenso de Daza
al grado de general de brigada, con el argumento de su actitud patriótica y
cooperativa para salvar al país de la crisis del 27 de noviembre, fortalecía las
peores sospechas de los opositores. Sus temores quedaron expresados en el
606 Redactor de la primera Asamblea Extraordinaria 1873, pp. 100-103.
607 Irurozqui, op. cit., 2009a, pp. 137-158.
608 Crespo, op. cit., 1997, p. 264.
609 Titulares: José Vicente Dorado, Juan Manuel Sánchez, Policarpo Eizaguirre, Emilio Fer-
nández Costas y Francisco Velasco. Suplentes: Manuel María Gómez y Diego Monroy.
610 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 28-61, Finot, op. cit., 1946, pp. 284-286; Aguirre, op. cit., 1875a,
pp. 18-19.
611 La calumnia, op. cit., 1873, pp. 5-6.
230 ciudadanos armados de ley
debate asambleario iniciado el 10 de mayo de 1873 referente a si los ascensos
militares eran premios.
Esa discusión se originó por la petición de Ballivián al Legislativo de cum-
plir una promesa política hecha por Frías al ejército y plasmada en las palabras:
“hoy queda demostrado que el soldado no es más que el ciudadano armado, el
defensor de la ley, que ha jurado sostener la Constitución del Estado y acatar la
Representación Nacional”. Se trataba de premiar a los militares que en la crisis
política612 ocasionada por la muerte de Morales habían sostenido del orden
constitucional.613 Aunque la conclusión fue afirmativa, el proceso permitió a los
diputados alzarse como responsables en la concesión de los ascensos. En su gran
mayoría, dejaron claro que la promesa de Frías no podía en ningún caso consi-
derarse un modo de coactar la voluntad de la asamblea para aceptar o rechazar
esa palabra oficial. Interpretaron que la intención del presidente provisorio había
sido asentar a la Representación Nacional como el cuerpo que tenía la última
palabra para fijar lo legal. A través de la declaración de que la autoridad dada por
el pueblo al ejército procedía de la asamblea como genuino representante del
primero, el Legislativo competía con el Ejecutivo en la estrategia de supeditar
al estamento militar a la autoridad civil.614
El grupo de diputados a favor de los ascensos como recompensa argumen-
taban que era un medio tanto para expresar la eficaz contribución del ejército
al triunfo del pueblo en la última campaña contra la tiranía, como para resal-
tar que la misma se había llevado a cabo desde el sostén constitucional de las
instituciones patrias. Se premiaba el hecho de sobreponerse “a las ambiciones
[causas personales] de los caudillos”, a sus halagos y a sus seducciones y de
conservar el orden público con la conciencia de soldado sostenedor de la ley.
Y, si bien era cierto que ese era en origen su deber, había que tener en cuenta
los tristes precedentes de desmoralización progresiva sufrida por el ejército
boliviano a causa de los demagogos políticos. Ante ese pasado, su conducta
frente a la prematura muerte de Morales demostraba el gran paso dado en el
respeto a la ley y a la voluntad nacional, siendo el ascenso “que otorga el país
a sus buenos servidores” la mejor forma de reconocerlo.615 En contrapartida,
los diputados contrarios a esa iniciativa consideraban falso que hubiera habido
peligro de sedición a la muerte de Morales. Interpretaban que detrás de esa voz
de alarma revolucionaria se escondía tanto una estratagema de deslegitimar las
protestas de los partidos opositores, como de capitalizar a favor del rojismo los
reconocimientos otorgados al ejército. Coincidían con sus rivales en el hecho de
que si durante la colonia había habido la costumbre de obedecer solo a la fuerza,
612 Amigos de la verdad, op. cit., 1873, pp. 18-22.
613 Redactor de la asamblea 1872, pp. 713-714.
614 Redactor de la segunda Asamblea Extraordinaria del año 1873, La Paz, Litografía e Imprentas
Unidas, 1927, p. 190, 239, 247-249.
615 Ibidem, pp. 227, 234, 237-238, 243, 259.
la semana magna de cochabamba 231
después de la independencia se había destinado la admiración y el respeto “a los
hombres que c[eñía]n los laureles de la victoria obtenida en combates fratricidas”
y que copiaban las instituciones liberales solo para despreciarlas. Por eso, desde
los primeros momentos de la emancipación, la República constituía una planta
exótica “que excitando la burla de los publicistas del viejo continente” había llenado
de “luto, desolación y miseria el mundo de Colón”. Pero la única salvación para
acabar con ello no era mantener el hábito pernicioso “de ascensos frecuentes y
de prematuras ambiciones despertadas”, sino conseguir un respeto reverente por
la letra y el espíritu de la Constitución. Esa tarea debía recaer en el Legislativo.
Defendían, en consonancia, que no se premiase a nadie únicamente porque hu-
biera cumplido con su obligación y que los generales habían de ser elegidos de la
manera prescrita por la atribución 24º del art. 45 de la Constitución. El objetivo
de ello era que el ejército dejara de considerarse el “de Melgarejo o de fulano y
zutano”, para ser el de la nación.616
Aunque el ascenso de Daza no fue bien visto por los opositores a Ballivián,
ello no significaba necesariamente que este se hubiera plegado a un militarismo
encubierto. Podría también interpretarse como una medida ligada a la tradición
rojista de supeditación del ejército al mandato civil. Ascendido a general, Daza
debía desvincularse del Batallón Primero o Los Colorados y trasladarse a Chuqui-
saca con el cargo de comandante general de este departamento. Con ello, si bien
alcanzaba mayor relieve público, dejaba de controlar de manera directa efectivos
militares con los que organizar un pronunciamiento. Pese a que ese parecía ser el
objetivo de Ballivián al darle el ascenso, algunos de sus partidarios paceños temían
que, con la desvinculación de Daza de su batallón, Corral se hiciese fuerte en
La Paz y que ello derivara en una rebelión que forzase a Daza a echar por tierra
“un orden de cosas tan feliz y extraordinariamente establecido”. Así, tanto para
impedir la hegemonía corralista como para evitar que Daza se pronunciase con
la excusa de una amenaza revolucionaria, varios clubes pidieron al presidente que
lo conservara en su puesto. A lo que Ballivián terminó accediendo. Ello supuso
colocar a Daza en una posición de arbitraje político que, en opinión de la oposi-
ción, iba a sepultar “para siempre los fundamentos de la república representativa
haciendo ilusoria de responsabilidad ministerial y la representación popular”.617
Ballivián tuvo varios desencuentros con la asamblea que implicaron que
su proyecto económico de sustituir todos los empréstitos por uno único, que
no impusiera al país un gravamen mayor que el actual, no fuese aceptado y que
se firmase el 5 de diciembre de 1873 un protocolo con Chile que daba a este
país más opciones sobre la costa que el firmado por Corral.618 Tras alegar mala
616 Ibidem, pp. 224-225, 244.
617 Aguirre, op. cit., 1875a, p. 18; Sanginés, op. cit., 1902, pp. 63-64.
618 Redactor de la tercera Asamblea Extraordinaria del año 1873, La Paz, Litografía e Imprentas
Unidas, 1927 (6 de octubre de 1873), pp. 374-379, 412-459, 463-487.
232 ciudadanos armados de ley
salud,dejó el gobierno en manos del presidente del consejo de Estado. Ballivián
falleció en Sucre el 14 de febrero de 1874.619 A su muerte, Frías no asumió la
presidencia con la condición de desempeñarla solamente el tiempo necesario
para que se realizaran los comicios presidenciales en 1874, tal como él mismo
había dispuesto anteriormente por decreto. Al contrario, amparándose otra vez
en el artículo 70 decidió ocuparla para todo el resto del periodo constitucional.620
El argumento en esta ocasión fue que “no [eran] dos soluciones opuestas; [sino]
casos esencialmente diversos con soluciones, en vez de opuestas, distintas”. Con
el decreto del 12 de diciembre de 1872, Frías decía haber buscado que el voto
popular corrigiese una situación irregular provocada por los atentados de Morales
al Legislativo. Sin embargo, como la muerte de Ballivián no había roto “la cadena
constitucional” y, por tanto, no había que dar a la legalidad legitimidad a través
de las urnas, en opinión de Frías se hacía innecesaria ahora la reproducción de
la e xcepcionalidad buscada con la reforma coyuntural del artículo 70.
1.2. La inconstitucionalidad del Ejecutivo: El Legislativo
y la autonomía municipal
Aunque en contra de la decisión de Frías estuvieron los dos partidos derrotados
en los comicios de 1873, fuertes en los departamentos de La Paz y Cochabam-
ba, no organizaron revueltas contra la presidencia. Se limitaron a desarrollar
una sostenida y ardorosa campaña sobre la ilegitimidad del nuevo gobierno.
Consideraban que tenía que celebrar elecciones cumpliendo lo dictado por
la reforma constitucional, cuya desconvocatoria no consideraban que hubiese
ocurrido.621 La oposición a Frías desde una perspectiva de simpatía con el corra-
lismo también encontró eco en el departamento de Santa Cruz en el Club de la
Igualdad fundado en septiembre de 1873.622 Su principal líder, Andrés Ibáñez,
619 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 65-69; Aníbal Quijarro, Segunda Asamblea Extraordinaria. Noti-
cias trasmitidas a los electores del Litoral por el diputado Aníbal Quijarro, Santiago de Chile, s.e.,
1873; Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 20-23.
620 Modesto Omiste, Historia de Bolivia desde la época incásica hasta la administración del gobierno
del doctor Mariano Baptista, Potosí, Imp. del Tiempo, 1904; Finot, op. cit., 1946, pp. 287-288.
621 Sanginés, op. cit., 1902, p. 109.
622 La presidencia del Club estaba compuesta por los viejos partidarios de Andrés Ibáñez y Car-
los Melquiades Barberí, el cura Manuel A. Castedo, Antonio Vicente Barba, José Mariano
Durán Canelas y Mariano Vargas. A esos había que añadir otros líderes como el cura Efraín
Barberí (considerado cabecilla de los comunistas) y el periodista Pedro Manuel Silva. Todos
ellos pertenecían a familias acomodadas de la ciudad y representaban a la elite tradicional
cruceña de propietarios, estancieros y abogados, en la que Barberí, Durán, Barba o Silva,
en calidad de doctores, actuaban como influyentes líderes de la opinión pública (Andrey
Schelchkov, “Todos somos iguales. La revolución de la Igualdad en Santa Cruz, Bolivia
1876-1877”, Monográfico “Otra vuelta de tuerca. Justicia y violencia política en Iberoamé-
rica, siglo xix”, en Marta Irurozqui y Flavia Macías (coords.), Revista de Indias, vol. lxxvi,
núm. 266, 2016, pp. 270-271).
la semana magna de cochabamba 233
junto a su padre Francisco y mediante el batallón popular “La Libertad”, habían
participado como fuerza política en el derrocamiento de Melgarejo, no siendo
esta desarmada ni dispersada. Si bien en las elecciones a diputados de 1871 los
igualitarios Carlos Melquiades Barberí e Ibáñez perdieron frente a Mamerto
Loyola, el primero terminó siendo electo presidente de la municipalidad cru-
ceña, mientras el segundo se confirmó como la cabeza del Partido Igualitario,
actuando junto a Manuel Castedo como diputado en la Asamblea Ordinaria de
1872 y en la Asamblea Extraordinaria de 1873. Aunque hasta ahora no se han
explicitado historiográficamente sus lazos orgánicos con el Partido Corralista,
la sintonía entre ambas agrupaciones en lo relativo al peso social de las “clases
laboriosas” hizo que las autoridades cruceñas asumiesen al grupo de Ibáñez como
una revoltosa facción del corralismo, sobre todo a tenor de los votos obtenidos
en Santa Cruz en los comicios presidenciales de marzo de 1873: Ballivián obtuvo
445 votos frente a los 425 ganados por Corral de un total de 943 sufragio.623
La acusación de inconstitucionalidad a lo dispuesto por Frías pronto fue com-
plejizada por otros malestares políticos relacionados con el tema de la autonomía
municipal en lo relativo: a la organización de los municipios y a la distribución
de los recursos tributarios entre el Estado central y las representaciones de los
poderes locales.624 Ambos temas sugieren que en el proceso revolucionario que
se inició en 1874 no solo se entrecruzaron rivalidades partidarias con diferendos
regionales y luchas intraelites.625 También estaba presente una contienda polí-
tica sobre los contenidos y expresiones de la democracia, y sobre el modelo de
Estado, no tanto en torno al binomio unitario/ federalista como en 1871, sino
acerca del sistema centralizado o descentralizado.
Un primer ejemplo fue la disputa en el seno de la tercera asamblea extraor-
dinaria de 1873 en torno a la diputación anulada de Juan Manuel Bálcazar, de
posible filiación corralista. Su elección como segundo diputado suplente por
Potosí había sido declarada no válida por esta municipalidad. La causa residía en
que la mesa receptora había dado credibilidad a un certificado del administrador
del Tesoro Público de Potosí que señalaba a Bálcazar como deudor de 2.266
bolivianos por la contribución indigenal de Porco del semestre de San Juan de
1865. El certificado iba acompañado de una nota aprobatoria del prefecto. Dado
que dicha deuda ya se había subsanado antes de los comicios, Bálcazar solicitaba
a la asamblea que se pronunciase sobre lo sucedido y le declarara rehabilitado
en sus derechos políticos.
Con independencia de que detrás de la invalidación de Balcázar como de
diputado subyaciese un ataque de la prefectura potosina al partido de Corral, lo
notorio del caso fue que tanto la petición hecha a la asamblea, como la decisión
623 Sobre este tema véase en extenso: Ibidem, pp. 259-286.
624 Rodríguez, op. cit., 1995, p. 41.
625 José Luis Roca, Fisonomía del regionalismo boliviano, La Paz, Los Amigos del Libro, 1980, pp.
128-132.
234 ciudadanos armados de ley
tomada por la misma aludían al tema de la naturaleza de la soberanía popular
detentada por el municipio. En concreto apuntaban a la consagración del prin-
cipio de soberanía de las municipalidades respecto a las cuestiones de sufragio
que se les pudiesen presentar. La consiguiente discusión versó, entonces, acerca
de las potestades de la asamblea y el municipio en materia electoral.
En conformidad con el artículo 24 de la Ley electoral de 1871, unos diputados
consideraban que la Asamblea no tenía nada que decir sobre el asunto porque el
poder electoral –y todo lo concerniente a dar carta de ciudadanía– recaían en el
concejo municipal. Este, gracias a sus atribuciones de mesa receptora, tenía la
potestad de resolver definitivamente y sin recurso todas las cuestiones que se le
suscitaran respecto a la elección de diputados, debiendo el Legislativo no inmis-
cuirse en competencias que no le eran propias. Rememoraban que, aunque en la
Asamblea de 1871 no había triunfado el pensamiento federal, sí lo había hecho
la idea de arrancar “de las altas regiones del gobierno todo el poder posible para
dar amplitud a los derechos del pueblo en la gerencia de los negocios públicos”.
La municipalidad había adquirido, así, autonomía política suficiente para que la
iniciativa y la intervención populares hicieran realidad la tendencia democrática
en la República. En su opinión, esto había quedado materializado en la concesión
a dicha institución de soberanía en toda cuestión electoral bajo el principio de
que la autoridad local, al rozar con los intereses más inmediatos del pueblo, era la
única que podía conocer a fondo sus circunstancias peculiares y las condiciones
personales de quienes querían convertirse en sus gerentes. Frente a esta postura,
otros diputados argumentaron que era falso sostener que el poder electoral residiera
en la municipalidad, ya que lo hacía en el pueblo y este se expresaba a través de la
Representación Nacional. A partir del artículo 22 de la Ley electoral de 1871 y el
artículo 45 de la Constitución de 1871 insistían en que el poder local del municipio
no debía confundirse con el poder nacional. Remarcaban, en consecuencia, que
ese cuerpo solo podía resolver dudas e incidentes que ocurriesen en la forma de
la elección, estando las cuestiones de fondo reservadas a la asamblea.626
Dado que Balcázar no buscaba su reposición como diputado, sino solo su
declaración de habilidad política, la asamblea concluyó en señalar a la munici-
palidad de Potosí como responsable de la resolución definitiva del caso, dejando
a la vez constancia moral de que lo ocurrido no había herido a Balcázar en sus
derechos por ser probada la injusticia de haberle quitado la diputación.627 Pese
a que el caso fue resuelto, quedó latente que a la disputa por la autoridad entre
el Ejecutivo y el Legislativo, se sumaba la disputa por la soberanía entre el Le-
gislativo y las municipalidades.
626 Redactor de la tercera Asamblea Extraordinaria 1873, pp. 506-544; Aníbal Quijarro,
Tercera Asamblea Extraordinaria. Noticias trasmitidas a los electores del Litoral por el
diputado…, Potosí, Tip. del Progreso, 1874.
627 Ibidem, pp. 538-540.
la semana magna de cochabamba 235
Un segundo ejemplo sobre esta disputa estuvo referido a la responsabilidad
de los munícipes en la administración de sus fondos. El 2 de marzo de 1874 había
sido expedida por el ministro de Gobierno, Mariano Baptista, una suprema cir-
cular cuyo propósito era precautelar la administración de las sumas entregadas a
las municipalidades para sus propios fondos y los de la instrucción pública. Para
ello se estableció que los concejos municipales no podían disponer libremente
de su presupuesto. Por conducto del ministerio del ramo debían, por un lado,
pasar al gobierno una doble copia de las disposiciones acerca del mismo; y, por
otro, pedir la aprobación gubernamental de los gastos extraordinarios fuera
de presupuesto que superaran los cincuenta bolivianos. Tal decisión originó
la protesta de las municipalidades, siendo las de Cochabamba y La Paz las que
opusieron mayor resistencia.
Esta última entidad presentó una reclamación al gobierno, en la que cali-
ficaba la circular de inconstitucional porque coartaba la independencia de las
municipalidades –establecida por la Ley Reglamentaria de Municipalidades de
1861 y la Constitución de 1871– en el ejercicio de sus atribuciones y el manejo
de los fondos. Declaró, en consecuencia, que hasta que se dirimiese la cuestión
reclamada se mantendría en posesión de sus facultades sin aceptar ninguna de
las disposiciones establecidas. La demanda incluía un extenso y argumentado
cuestionamiento de la circular. En él destacaba, por ejemplo, la necesidad de
modificar la aprobación de presupuestos de gastos extraordinarios en lo referente
a los fondos de instrucción.
La reclamación fue atendida el 8 de abril por el consejo de Estado. En su
opinión, las municipalidades no eran poderes políticos, pues no participaban de
la soberanía popular que estaba delegada a otros cuerpos del Estado. A partir de
ese argumento dictó una resolución de inconstitucionalidad para el municipio
de La Paz acusándolo de haber alegado contra un decreto presidencial. En su
memoria de gobierno, el ministro Baptista declaró su fallo como “sentencia legal
cumplidera”. Como el municipio rehusó obedecer a la circular y a lo dictaminado
por el consejo de Estado, el fiscal de la Corte Suprema fue instado a que iniciase
un juicio criminal contra él. Ante esa medida, el municipio optó por iniciar una
nueva reclamación, esta vez a la asamblea.
En la nueva demanda el municipio paceño consignaba la imposibilidad de
asumir lo obligatorio de la sentencia de consejo de Estado, ya que según el artículo
33 de la Constitución “son nulos los actos de los que usurpen funciones que no les
competen, así como los actos que ejercen jurisdicción o potestad que no emane de
la ley”. Esa afirmación se sostenía en el argumento de que el poder municipal podía
ser inferior al de los otros tres poderes, pero había nacido de las mismas fuentes
del sufragio y estaba dotado, por tanto, de la misma independencia, de manera
que ninguno de aquellos podía “minorarlo, ni modificarlo”. A nivel local, reunía
capacidad administrativa y deliberativa y poseía, a la vez, las dimensiones legislativa
y ejecutiva. Eso sucedía porque: de un lado, votaba y suprimía impuestos,contrataba
236 ciudadanos armados de ley
empréstitos, sancionaba y derogaba reglas de obligación general y nombraba el
poder judicial de escala inferior y servicio concejil; y, de otro, era poder auxiliar
de la administración general “en cuanto al censo, a la estadística, a la conscripción
y a cuantas delegaciones quisiera conferirle la administración general en asuntos
locales”. Tales facultades le habían sido concedidas por la constitución y ninguno de
los altos poderes podía quitárselas. Por ese motivo el consejo de Estado era acusado
por el municipio paceño de no actuar conforme a su sexta atribución referente
a “dirimir las competencias que se susciten entre los concejos municipales y las
autoridades políticas”. En vez de ello y con el nombre de sentencia legal había ex-
pedido una resolución confirmadora de las circulares presidenciales que declaraban
inconstitucional una reclamación. La independencia municipal era un principio
de derecho público que el gobierno erróneamente se había propuesto tratar por
la vía contenciosa: primero, lo contencioso administrativo del consejo de Estado;
y, segundo, lo contencioso penal del fiscal. Además, en el código penal boliviano
no estaba calificado de crimen “el reclamar, por medios legales y pacíficos, la in-
dependencia de las funciones municipales”. A esta aclaración, el municipio añadía
que si lo que se había querido castigar era la desobediencia municipal a la circular,
tampoco dicho código podía aplicarse. No había “más obedecimiento exigible a
ciudadanos y funcionarios que el prescrito por las leyes”. No se podía forzar el
cumplimiento de una norma hasta que no hubiese sido dirimido el contencioso, y
menos aún cuando el municipio había cumplido con dos artículos legales: primero,
el artículo 104 de la constitución relativo a que las autoridades y tribunales apli-
carían esta “con preferencia a las leyes y estas con preferencia a cualesquiera otras
resoluciones”; y, segundo, el artículo 376 del código penal que declaraba exentos
de toda pena a los que no obedecían las órdenes superiores cuando se encontraban
“en manifiesta contradicción con la Constitución”.
Visto lo anterior, como la municipalidad paceña consideraba que no era
delincuencia ni delito preferir el cumplimiento de la constitución “a los regla-
mentos inconstitucionales del Ejecutivo y a las resoluciones impertinentes e
indebidas del Consejo de Estado”, había decidido ejercer de nuevo el derecho
de petición a la asamblea. Consideraba a esta la institución con competencia para
dirimir un litigio entre los poderes del Estado que afectase a la aplicación de
la constitución, conforme a su atribución peculiar de explicarla e interpretarla.
Dado que el ministro Baptista había declarado que recurrir a la asamblea era
un delito, los munícipes insistieron en que el derecho de petición era constitu-
cional y no podía “ser coactado, desviado y supeditado” con el argumento de
que era improcedente hacerlo con un recurso que había sido dirigido al consejo
de Estado. Y menos aún lo era cuando se hacía imperativo apelar a la asamblea
porque este había faltado a sus atribuciones.628
628 Sobre el debate municipal: Méndez, op. cit., 1875, p. 15; Julio Méndez, Cuestión municipal en
Bolivia. Del Concejo Municipal de La Paz (artículos publicados el 11, 14 y 16 de septiembre de 1874
la semana magna de cochabamba 237
El diferendo entre el ministro y las autoridades municipales paceñas en
torno a los poderes jurisdiccionales y administrativos de estas últimas también
se manifestó en otros espacios como Santa Cruz y el Beni,629 siendo fundamental
en la conformación de la revolución de Andrés Ibáñez.
La rebeldía de la municipalidad de La Paz al ser declarada inconstitucional
su reclamación y exigírsele obedecer el mandato de la legislación impuesta por el
Ejecutivo revelaba una cuestión irresuelta sobre quiénes y cómo monopolizaban,
repartían y ejercían el poder público procedente de la soberanía popular, que
afectaba directamente a la acción misma de institucionalizar el Estado. En opinión
de los munícipes, si bien el orden rector y mediador en las relaciones grupales
lo encarnaba la constitución, su existencia no presuponía un único modelo de
Estado, sino que proveía de herramientas a los diversos poderes y actores del
mismo para que pudiesen coadyuvar en su diseño y asentamiento. Cuando el
Ejecutivo pedía a las municipalidades que acatasen su mandato ordenador les
estaban forzando a ratificar un consenso que no estaba respaldado por el texto
constitucional, provocando con ello una fractura entre legalidad y legitimidad.
Como desde el gobierno trataba de imponerse un sistema centralizado que
hacía del concejo una delegación del gobierno, las municipalidades defendían
su descentralización, asumiéndose, en consecuencia, como instituciones con
delegación directa de la soberanía proveniente de comicios populares. Además,
interpretaban que detrás del ataque a la independencia municipal había también
un esfuerzo partidario de control electoral. Si el municipio era el “notario elec-
toral” al encargarse del registro cívico, de las votaciones y del escrutinio de sus
resultados, su autonomía dejaba a merced de la oposición un amplio espacio de
actuación política difícilmente controlable desde el ámbito oficial. Eso explicaría
que los partidos rivales al gobierno de Frías lo acusaran de que con la circular
buscase “desalojar de las corporaciones al personal de la doble oposición corra-
lista-quevedista”. A lo que el gobierno contestaba con imputaciones referentes a
que estos y la municipalidad paceña defendían “la Internacional y la Comuna”.630
1.3. La amenaza pretoriana del general Hilarión Daza
y la alianza entre partidos rivales
La actitud combativa de la oposición, fortalecida en La Paz, Cochabamba y otras
regiones orientales, y el amplio debate que originó la cuestión municipal en la pren-
sa, unidos a los motines cuartelarios en nombre de Corral o Quevedo, dinamizaron
políticamente a la población en la práctica democrática. Sin embargo, ese contexto
de tumulto y agitación sociales también favoreció que el ejército fuese visto por
en “La Patria”), Lima, Tip. de La Patria, 1874, pp. 4-13; Sanginés, op. cit., 1902, p. 110; La
última revolución en Bolivia, Cochabamba, Imp. Gutiérrez, 1875, pp. 2-5.
629 Guiteras, op. cit., 2012, pp. 63-70, 118-125.
630 Sobre el debate municipal: Méndez, op. cit., 1875a, pp. 22-24.
238 ciudadanos armados de ley
muchos como “única garantía de la situación y del gobierno”. Por descontado que
los opositores a Frías tildaron su presidencia de ser objeto de una “conspiración
permanente de los decretos gubernativos y leyes de partido contra los principios
constitucionales”, pero esa supuesta violación de la Carta no llevó al inmediato
estallido revolucionario. Lo hizo el hecho de que, en opinión de los insurrectos,
el gobierno, como ya había ocurrido con Ballivián, había permitido por debilidad
o por interés una dictadura militar encubierta y comandada por el general Daza.
Y aquí es necesario introducir una precisión aclaratoria sobre la naturaleza de la
desmilitarización buscada por Frías, aunque no vista como tal por sus rivales.
El hecho de que Frías disintiera públicamente de esas acusaciones, no era
contrario a que fuese también plenamente consciente del riesgo que representaba
el general. Aunque con la decisión de aplicar el artículo 70 había buscado impedir
la inestabilidad política que podía conllevar una nueva contienda electoral, sabía
que la amenaza a la misma no solo la representaban los rivales políticos sino
también el ejército. Por ello, si, por un lado, necesitaba su apoyo para disuadir
o contener desmanes rebeldes, por otro, pretendía supeditarlo al poder civil e
impedir que provocara golpes armados. Esa intención quedó constatada en el
discurso que dirigió al ejército el día de su nueva investidura presidencial. En él
reconocía a los “Militares del Ejército Nacional” su función de preservadores de
las instituciones de la nación, asegurando no dudar de su “republicanismo y […]
respeto a la libertad política, es decir, a la libertad de vuestros conciudadanos
cuando obran colectivamente como nación”. Sin embargo, al definirles como el
“firme apoyo de esa libertad política, en su pleno y natural ejercicio mediante las
formas parlamentarias, necesarias al desenvolvimiento de la verdad en la esfera
de la razón común”, también les pautaba el modo de actuación que se esperaba
de ellos, totalmente ajeno a favorecer “el dinastismo y el personalismo en la
autoridad”. Debían adherirse firmemente a la autoridad política representada
por el gobierno civil, al ser esta “el único centro y la única personería de la razón
común y de la verdad en el orden de los intereses comunes”. Es decir, Frías les
encargaba “la fiel custodia de la libertad política de Bolivia” en la medida en que
la lucha por el bienestar de la patria no obedeciera al incentivo de los honores y de
los premios, sino a un auténtico “republicanismo”, “bolivianismo” y “civismo”.631
Sin embargo, el discurso de supeditar al ejército a los dictados constitucio-
nales, aunque era compartido por la oposición, no fue bienvenido por esta ya que
se interpretó como una estrategia formal que supeditaba al ejército al partido de
Frías, en vez de hacerlo a la nación. A ello se añadía el agravante de que tampoco
se confiaba en que el presidente pudiese limitar las ambiciones pretorianas al
gobierno. Corralistas y quevedistas veían prueba de esa dificultad en dos deci-
siones. Primero, Daza había sido nombrado ministro de Guerra el 24 de mayo
de 1874, habiendo implicado este acto la confirmación oficial de su fuerza ante
631 Discurso del Dr. Tomás Frías al Ejército el día de su investidura presidencial, Sucre, s.e., 1974.
la semana magna de cochabamba 239
el Ejecutivo. Respaldaban esa opinión en el hecho de que, cuando Daza había
desobedecido la orden de Frías de acudir a Sucre y dejar en La Paz al Batallón
Primero, el presidente había viajado a Oruro para ofrecerle al general el minis-
terio de Guerra. Juzgaban que había actuado así debido a que era consciente de
la delicada situación de su gobierno ante la intransigencia de la oposición y los
comportamientos levantiscos de los batallones. La solución para mitigar ambas
amenazas había sido ganarse el apoyo armado de Daza; probado en que el ge-
neral había asistido a la entrevista de Oruro acompañado de su batallón y de ahí
marchado junto a Frías hacia Sucre donde se había expedido el nombramiento
ministerial. Y aunque Frías quería incorporar al gobierno “al elemento militar
amenazante” para convertirlo en un elemento de legalidad y orden, sus acciones,
en vez de coartar la ambición de Daza, lo habían fortalecido en el campo militar,
permitiéndole asumiruna autoridad superior y legal sobre la fuerza militar de
la República.632 Segundo, cuando Daza había acudido en calidad de ministro de
Guerra a pacificar los motines de cuartel había ignorado los acuerdos previos
alcanzados entre el ministro Baptista y los civiles que gestionaban la pacificación
de los soldados sublevados. Los opositores entendían que Daza había actuado
de ese modo porque se consideraba a sí mismo un ministro con mayor potestad
que los otros miembros del gabinete y con mayor influencia con el presidente.
Ello generaba un desequilibrio a favor del poder marcial. Si a eso se añadía que
las acciones represivas de Daza no solo habían ido contra los amotinados, sino
fundamentalmente contra los civiles que habían tratado, mediante instituciones
como clubes y juntas, de mediar entre los sublevados y el gobierno, el mensaje
era claro: las acciones populares de soberanía eran juzgadas por la fuerza militar.
En vista de lo anterior, ante la autoridad asumida por Daza y el consenti-
miento que a la misma concedía Frías en su segundo mandato, los líderes oposi-
tores optaron finalmente, hacia mediados de 1874, por capitalizar a su favor los
motines cuartelarios y darles con ello una dimensión política y una proyección
revolucionaria que no tenían en su inicio. Para ello acordaron formar una alianza
de partidos rivales y organizar un ejército popular que restituyese el respeto a la
constitución. En la defensa de estas decisiones obraba que la reiterada inconstitu-
cionalidad de Frías y la consecuente tiranía de Daza habían forzado la aparición
de un movimiento revolucionario que concentraba múltiples malestares sociales.
Su objetivo era la protección y preservación del orden constitucional amenazado
por una fuerza militar mal controlada desde la presidencia. Se trataba, en palabras
de los sublevados, “de devolver al pueblo el ejercicio de sus derechos y oponiendo
a la razón de la fuerza la misma fuerza como medida extrema provocada por la
impotencia del gobierno”.633
632 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 111-115 y 117-118; Eduardo Calvo, Verdaderas causas del 4 de
mayo de 1874, Sucre, s.e., 1882, pp. 2-5.
633 Finot, op. cit., 1946, p. 288; Aguirre, op. cit., 1875a, p. 18; Sanginés, op. cit., 1902, pp. 106-
117; Bolivia, op. cit., 1875, pp. 8-9.
240 ciudadanos armados de ley
El liderazgo civil de los motines cuartelarios y la violencia desarrollada para
eliminar la injerencia militar en el gobierno se e structuró a partir del principio
del pueblo en armas. Con esa fórmula se quería forzar al presidente a ajustar sus
decisiones a lo establecido por el texto constitucional, sin embargo Frías inter-
pretó el recurso a la sedición como un cuestionamiento de la independencia del
Ejecutivo. Esa lectura enfrentada dio lugar a dos fenómenos. Por un lado, se
contrapusieron los dos modelos de ciudadano armado, el pretoriano y el popular;
por otro, los principios de legalidad y legitimidad dejaron de ser coincidentes a
ojos de unos y otros contendientes, queriendo monopolizar el ejército el primero
y siendo el segundo esgrimido por la población sublevada. Ello originó un amplio
episodio revolucionario que estuvo vertebrado a partir de dos argumentos de lucha
entrelazados: la inconstitucionalidad de las presidencias de Ballivián y Frías y el
consentimiento del gobierno a la dictadura encubierta de Daza. No se criticaba
la presencia militar en la política, sino el monopolio militar de la fuerza gracias al
ejercicio de cargos g
ubernamentales.
2. La acción revolucionaria
La pregunta general que articula este acápite aborda qué razones, acontecimientos
y acciones llevaron a la formación del Ejército Popular del Centro. Ello impli-
ca plantear dos cuestiones: ¿cómo se unificaron los motines cuartelarios bajo
una consigna antimilitarista? y ¿cómo la tradicional rivalidad entre corralistas
y quevedistas dio lugar a una única agrupación contra la presidencia de Frías?
2.1. La capitalización civil del descontento militar
A la muerte del presidente Morales y durante las presidencias de Ballivián y Frías
se sucedieron una serie de motines cuartelarios. Algunos de ellos tuvieron un tinte
federalista como los acaecidos en la provincia de El Litoral con la movilización de
peones chinos, mineros y soldados de baja graduación, mientras otros encarnaban
llamadas de atención al gobierno sobre la situación precaria de estos últimos. Si
bien los desórdenes ocurridos entre noviembre de 1872 y febrero de 1874 con
la proclamación de Quintín Quevedo y de Jorge Oblitas como presidentes no
tuvieron mayor trascendencia nacional y fueron rápidamente sofocados porque
los líderes invocados no secundaron las revueltas,634 la situación cambió a partir
de la consolidación del poder de Daza en el segundo gobierno de Frías. En un
634 El 16 de febrero de 1874 el teniente coronel Tarifa, E. Llanos y Pantoja se sublevan en
Tocopilla con 11 rebeldes, y proclaman líder a Casimiro Corral (Méndez, op. cit., 1875a, p.
17; Nicanor Aranzaes, Las revoluciones en Bolivia, La Paz, Ed. Juventud, 1992, pp. 247-248;
Quijarro, op. cit., 1873, pp. 1-75).
la semana magna de cochabamba 241
inicio, los jefes de los partidos políticos derrotados en las elecciones 1873 in-
tervinieron en la pacificación de las sublevaciones soldadescas, para, más tarde,
emplear ese descontento sedicioso en forzar al gobierno a cambios en su gabinete
o en buscar la renovación del mismo. La primera situación que favoreció este
fenómeno de capitalización civil de un descontento militar aludía a la acusación
hecha a Casimiro Corral de estar organizando una revolución en La Paz.
Pasados los comicios de 1873, aunque las actuaciones represivas del gobierno
contra los partidos opositores generaron inquietud política porque podían signi-
ficar la anteposición de la autoridad militar a las prescripciones constitucionales,
no fueron asumidas por la población como causas de desorden público. Sin
embargo, el fallecimiento de Ballivián dio paso a un nuevo escenario que iba a
poner a prueba la estabilidad del país. Este tuvo su origen en la inicial negativa
de Frías de mantener la reforma coyuntural del artículo 70 –de la que en 1872 se
había servido para rechazar la presidencia y convocar elecciones–, para más tarde
recurrir a la forma primigenia de dicho artículo y, en calidad de presidente del
consejo de Estado, ejercer la presidencia provisional de Bolivia hasta que finalizase
el periodo correspondiente a Ballivián. Pese a que al principio no hubo ningún
conato de violencia, el acto fue interpretado por la oposición como arbitrario e
inconstitucional, siendo acusado Frías de acatar la constitución según su conve-
niencia política. La situación se complicó cuando el único cambio realizado en
el gabinete ministerial fue el nombramiento de Daza como ministro de Guerra.
Aunque, como ya se ha indicado, ello pudo tener el objetivo de limitar el poder
omnímodo que el general ejercía en La Paz, el resultado fue una mayor presencia
de este en la vida política además del fortalecimiento de otro militar, el coronel
Severino Zapata, como a utoridad paceña en su calidad de jefe del Batallón Se-
gundo y jefe superior militar del Norte. El retorno de Corral a esta ciudad brindó
la ocasión para un ejercicio del poder marcial.635
Tras haber rechazado el puesto diplomático en Buenos Aires ofrecido
por Ballivián, Corral se había trasladado a Lima. Permaneció allí hasta que en
mayo de 1874 su elección y nombramiento como diputado le hizo regresar a
La Paz donde fue recibido con gran entusiasmo por sus partidarios. En opinión
de las autoridades citadinas, a partir de ese momento había dedicado su tiempo
a organizar a sus adeptos, en su mayoría pertenecientes a “la masa urbana y la
indiada”. Consecuencia de ello había sido la formación de un gobierno paralelo
al existente. Su residencia se había transformado en un simulacro de palacio
presidencial con guardias y retenes que era centro de diarias y numerosas reu-
niones políticas, habiéndose también creado un ejército civil llamado Guardia
de Corps. Amparado en la excusa de que la permanente provocación de los co-
rralistas presagiaba una guerra civil, el 7 de septiembre el coronel José Iriondo,
prefecto interino de la ciudad en lugar de Belisario Salinas, notificó a Corral que
635 Aguirre, op. cit., 1875a, p. 21.
242 ciudadanos armados de ley
debía disolver sus reuniones y entregar las armas porque creaban alarma entre
el vecindario. Aunque este aceptó hacerlo, en la calle continuó la algazara de
“cholos e indios que lanzaban insultos contra las autoridades locales”. Ante ello
el coronel Zapata decidió aplicar la fuerza contra los simpatizantes de Corral.
Mientras esto sucedía, el coronel Espectador Rivas se encargaba de apresar en
su casa al líder junto a veintiséis individuos. Tras requisar 1.160 cartuchos para
rifles Spencer y 400 para Sharp, todos fueron conducidos a la sede de la policía.636
El encarcelamiento de Corral y los suyos fue acompañado de atentados
contra sus bienes que originaron nuevos desmanes populares no solo en La Paz,
sino también en otras localidades del país.637 La condena oficial de tales abusos
no fue contraria a que las autoridades paceñas solicitaran permiso al Legislativo
para su enjuiciamiento pese a ser diputado. Se aducía que sus actos al frente “de
las muchedumbres y las turbas” iban mucho más allá de lo esperado en el “ejer-
cicio legítimo del derecho de reunión y de manifestación pacífica de opiniones”.
Corral negó la conspiración de la que le acusaban, aunque admitió que como
opositor combatía al gobierno. La razón para hacerlo era que este aún distaba
de representar “la desmilitarización completa del país”. Y, dado que esos mismos
argumentos le habían impulsado a luchar contra Melgarejo, se veía legitimado
para oponerse a Frías.
En la Cámara la petición del enjuiciamiento de Corral generó una larga
discusión en la que también salió a la luz la inconstitucionalidad de las medidas
contra los municipios y el descontento de estos cuerpos ante la aprobación de
una ley de presupuesto que atentaba contra su autonomía. La causa política de
Corral se entretejía, así, con las demandas municipales favoreciendo ello futuros
hermanamientos y cooptaciones armados. Finalmente la petición de la prefectura
fue desestimada por el Legislativo debido a que Corral había dimitido del cargo
de diputado. Ello fue acompañado de una ley que, si bien autorizaba al Ejecu-
tivo a hacer uso de las facultades prescritas en el artículo 20 de la constitución
para afianzar el orden público, también le instaba a dictar amnistía general para
todos los detenidos por delitos políticos. Frías la hizo efectiva el 23 de octubre
de 1874.638 Beneficiado por ella, Corral se trasladó a Puno.
636 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 163-166; Aranzaes, op. cit., 1992, pp. 249-250; Arguedas, op. cit.,
1922, pp. 346-347.
637 La represión sufrida por los corralistas tuvo un eco inmediato en Santa Cruz del que resultó
la huida del igualitario Ibáñez de la ciudad y la posterior unión al mismo de una montonera
formada por 200 hombres armados. Para terminar con ella el ejército solicitó al concejo
cruceño, con mayoría de igualitarios, que le concediese un préstamo. Ante su negativa, la
prefectura recurrió al uso de la fuerza para no perder el control sobre la ciudad, dando orden
a la policía, en febrero del 1875, de que allanase todas las casas de los munícipes igualitarios.
Esa medida derivó en una violencia abierta en las calles y tiroteos diarios con participación
de patrullas de artesanos igualitarios (Schelchkov, op. cit., 2016, pp. 272-273).
638 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 167-168; a.m., op. cit., 1875, pp. 17-21; Aguirre, op. cit., 1875a, p.
29.
la semana magna de cochabamba 243
A pesar de que la amnistía general fue vista como una medida que corregía los
excesos del militarismo en La Paz, la oposición seguía acusando a Frías no solo
de connivencia con los militares, sino de favorecer a las fuerzas de Daza y Zapata
por encima de otros cuerpos del ejército.639 La insatisfacción ante ello estalló en
el d
epartamento de Cochabamba. En el pueblo del Paso estaba acantonado el
batallón de línea Tercero o Ballivián. Este cuerpo no pertenecía a la división de
Zapata y era el más menospreciado de las huestes de Daza. Sin recibir las pagas
correspondientes a cuatro meses y mal vestidos y avituallados, de un total de
seis compañías estaba compuesto únicamente por doscientos hombres debido
a que el resto habían sido enviados de comisión al Litoral. El 30 de noviembre
de 1874 el batallón abandonó el Paso para trasladarse a la localidad de Pocona
en la provincia de Mizque. Sus integrantes estaban descontentos porque se les
hacía salir de maniobra en un día consagrado al regocijo, como era el domingo
destinado al gran paseo por la campiña de Calacala. En La Angostura, después de
cuatro horas de viaje hubo una disputa entre el capitán Dávalos y el segundo jefe
Chumacera, sustituto del comandante general Carlos Villegas. De ella resultó la
insurrección del primero en compañía del capitán Pérez y otros oficiales. Dada
la precaria situación de los soldados, estos optaron por secundar la revuelta y
cumplieron las órdenes de Dávalos de ingresar en la ciudad de Cochabamba.640
Allí entraron a las seis de la tarde, negándose desde ese momento a obedecer a
los jefes insurrectos.641
¿Qué hicieron las autoridades cochabambinas que no fueron a Calacala en
ausencia de sus superiores, de la mayor parte de la población y de una columna
de policía? El prefecto Carrillo se puso a la cabeza de una columna de guarnición
que sin éxito quiso sacar a los soldados de la ciudad; y el comandante general
Villegas, tras ser desautorizado por los oficiales, fue apresado “con centinela a
la vista”. Como resultado, la ciudad quedó en acefalía administrativa, militar y
política y a merced del cuerpo ocupante. Cuando por fin la noticia de lo sucedido
en la ciudad fue conocida por el intendente, uno de los vecinos notables, Miguel
Aguirre González de Prada,642 le ofreció sus servicios para lograr la conservación
639 Vidaurre, op. cit., 1975, pp. 60-61; Alcibiades Guzmán, Los colorados de Bolivia 1857-1980, La
Paz, González y Medina Editores, 1919.
640 Se recuerdan aquí las palabras del presidente Morales del 15 de agosto de 1872 referentes a
que, aunque todavía faltaban costumbres republicanas para comprender la institución mu-
nicipal y personas capaces para desempeñar la función de munícipes, estaba “la excepción
honrosa del Concejo Municipal de Cochabamba” (“Mensaje que dirige el ciudadano Agus-
tín Morales, presidente de la República a los Honorables Representantes de la Asamblea
Constitucional de 1872”, Redactor Asamblea 1872, p. 25).
641 Sanginés, op. cit., 1902, p. 169; Aranzaes, op. cit., 1992, p. 251; Arguedas, op. cit., 1922, pp.
349-350.
642 Hermano del novelista Nataniel Aguirre, diputado por Cochabamba por el partido de Frías,
e hijo del exdiputado por Cochabamba coronel Miguel María de Aguirre y González de
Velasco. Este último fue cercano al Partido Rojo, reconocido simpatizante del autonomismo
244 ciudadanos armados de ley
del orden público. Una vez llegado a Cochabamba fue recibido por los oficiales
Pérez y Dávalos. A la petición de Aguirre de que acuartelasen a la tropa hasta
resolver la situación, contestaron que ya lo habían hecho porque ellos querían
también el imperio del orden, pero que exigían una solución inmediata a las
demandas de los soldados respecto a sus haberes. Aguirre regresó a la campiña
para explicar lo ocurrido y retorno a la ciudad con Modesto Moscoso hijo,
perteneciente al partido del gobierno. A ellos se les incorporó el oficial Busta-
mante y el diputado general Quintín Quevedo que acababa de llegar de Sucre.
El prestigio de este último entre los soldados le permitió dirigirse a ellos para
instarlos a respetar el orden y el gobierno establecido. Esa acción fue acompa-
ñada del reparto entre los soldados de forraje, vituallas y algunas monedas por
parte de Moscoso y Aguirre. Más tarde el grupo cochabambino se entrevistó
con Villegas para que pagase al batallón sus haberes y lo disolviera. Sin embargo,
este se negó a hacerlo por considerar lo ocurrido un acto grave de insubordina-
ción. Consecuencia de su negativa fue que de nuevo lo apresaron los soldados,
no volviéndolo a liberar hasta que Moscoso y Quevedo intercedieron por él a
cambio de resolver los pagos.643
El 1 de diciembre el prefecto Carrillo pidió al presidente del concejo muni-
cipal Udaeta un préstamo de cuatro mil bolivianos de los fondos de la corpora-
ción, pudiéndose con él pagar, avituallar y vestir a los soldados. Esa medida fue
acompañada de la creación de una comisaría de Guerra para atender los gastos
extraordinarios derivados de las circunstancias. Aunque la solicitud a la alcaldía
se sabía ilegal, se hizo con el fin de resolver un problema mayor de orden públi-
co y de salvar “el orden constitucional”. Pese a ese esfuerzo, el batallón rehusó
someterse a las autoridades citadinas con lo que de nuevo Aguirre se reunió con
el prefecto y le pidió que delegara su autoridad transitoriamente en Quevedo,
debido a su estatus y a su predicamento entre los soldados. Carrillo no lo aceptó
porque “su dignidad no le permitía dejar el ejercicio de su autoridad” y Aguirre
renunció a intervenir más. Esa decisión le duró poco tiempo ya que a la mañana
siguiente el batallón, en un acto desesperado por evitar la represión del ministro
de Guerra, nombró a Hilarión Daza presidente de la República. Conocida la
noticia, Quevedo, alentado por el intendente Velasco, decidió ponerse a la cabeza
del batallón. Cuando Aguirre le pidió explicaciones, este le dijo que era solo una
municipal y participante en el debate que en la década de 1860 se desarrolló acerca de im-
poner un impuesto a la propiedad urbana y rural, declarar la tierra sobrante propiedad del
Estado y subastarla y elaborar un catastro basado en el valor de la propiedad. Para evitar una
posible insurrección indígena por la venta de terrenos comunales, proponía que los que se
tipificaran sobrantes se distribuyeran entre los indios, quedando prohibido venderlos hasta
que no supieran leer y escribir (Miguel María Aguirre, Apuntes financiales para Bolivia, Co-
chabamba, Imp. del Siglo, 1863).
643 Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 21-48; Sanginés, op. cit., 1902, pp. 200-206; La última, op. cit.,
1875, pp. 6-10; Una hoja sangrienta en la historia de la República boliviana el año 1875, Cocha-
bamba, Imp. Gutiérrez, 1875 (26 de junio), pp. 13-17.
la semana magna de cochabamba 245
estratagema de pacificación, ya que su intención era informar de los hechos al
gobierno para evitar malas interpretaciones. Mientras eso transcurría, Quevedo
solicitó a Aguirre que, como Carrillo se había ido de la ciudad, asumiera pro-
visionalmente la prefectura y comandancia general del Departamento. Aguirre
aceptó, teniendo lugar un acto de destitución y nombramiento de autoridades
que, aunque respondía a una emergencia nacional que activaba el principio de
ciudadanía armada, implicaba una duplicidad en el ejercicio de potestades que
podría ser también visto como un acto de sedición contra la presidencia.644
Para pedir el apoyo de la población y la complicidad de las autoridades de-
partamentales, Quevedo y Aguirre hicieron una convocatoria pública de reunión
para el día siguiente que sería presidida por el segundo. Aunque la concurrencia
de vecinos notables fue menor que la esperada debido a que muchos de ellos
habían optado por permanecer en Calacala, en cuanto a la representación social
el acto contó con la presencia de los gremios artesanales, empleados del go-
bierno y el apoyo de clubes políticos. Entre ellos destacó la a ctuación del Club
Popular, en el que participaban personajes de todos los colores políticos como
Daniel Galindo, Zacarias Arze, Isaías Carmona o Eleodoro Galindo, quienes
unánimemente nombraron a los dirigentes del evento “beneméritos de la patria”.
Como resultado de la reunión acordaron hacer uso del derecho constitucional
de petición y en virtud de él exponer ante el gobierno la conveniencia de que el
batallón Tercero continuara en servicio bajo su organización actual y que, hasta
que se dictase una resolución definitiva al motín, se encargasen la jefatura superior
política y militar del Departamento a Quevedo y la prefectura y comandancia
general a Aguirre. Esa solicitud fue acompañada de una declaración solemne
acerca de que todos los ciudadanos concurrentes se habían hecho cargo de la
situación por amor a la patria, no entrañando tal acto de autonomía política y
madurez republicana ningún cuestionamiento de la autoridad gubernamental.
Una comisión de tres individuos fue la encargada de poner en conocimiento del
presidente dicha petición, quedando constancia de todo el proceso en el Acta
del Comicio Popular de Cochabamba, frente a cuyo resultado se mostraron
disconformes algunas autoridades locales.
Recibido el escrito de petición, el ministro Baptista ratificó provisional-
mente a Aguirre en su cargo interino. Sin embargo pospuso su decisión acerca
de la suerte del batallón Tercero, así como el refrendo del acuerdo popular de
Cochabamba. Hacerlo implicaba no solo el consentimiento a la organización de
juntas de gobierno por parte de los vecinos, sino también la aceptación de una
sustitución de las autoridades no emanada de las fuentes competentes. Este acto,
en vez de ser interpretado como una prueba de patriotismo que buscaba mini-
mizar las consecuencias que podría tener para la estabilidad política de la región
644 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 167-168; a.m., op. cit., 1875, pp. 17-21; Aguirre, op. cit., 1875a, p.
29.
246 ciudadanos armados de ley
un motín, fue entendido por algunos miembros del gobierno como un conato
de sedición que debía ser contestado por la fuerza. El pueblo cochabambino
reunido y consultado había refrendado a Quevedo y a Aguirre en sus puestos,
constituyendo tal acción un ejercicio de autonomía popular que podía afectar
cualitativamente a la delegación popular de la soberanía en un contexto en el que
se discutía el modelo de Estado y se producían reivindicaciones políticas por parte
de las municipalidades. Por esa razón, el acuerdo popular fue asumido como una
amenaza a la unidad de la autoridad gubernamental en la medida en que Queve-
do era un reconocido opositor político que había tildado de inconstitucional el
nombramiento de Frías. Así, aunque la actuación del vecindario cochabambino
era una legítima medida de emergencia producto del miedo ante los posibles
desmanes de una soldadesca amotinada, en cuyo sincero sometimiento al orden
constitucional pocos confiaban, el presidente decidió evitar cualquier riesgo de
revolución y envió al ministro de Guerra al frente del batallón Primero para
restablecer el orden. Con fecha 9 de diciembre expidió un decreto supremo por
el que el Ejecutivo se declaraba en posesión de las facultades concedidas por el
artículo 20 para los casos de subversión del orden público. De inmediato, fue
ordenado que de las fuerzas de La Paz se destacase en Oruro el escuadrón de
húsares que salió hacia allí el día 15.
Mientras eso ocurría, Quevedo en ejercicio de su jefatura nombró subpre-
fectos y ordenó la organización de guardias nacionales en Tarata y Cliza. El 7
de diciembre el Batallón Tercero se dirigió a Tarata. La intención de la junta
cochabambina era que permanecieran allí acuartelados hasta que se concretase la
respuesta del presidente. Sin embargo, la presencia en la zona de Daza complicó
la situación por dos razones. Por un lado, en la petición que se había alzado a la
presidencia se rogaba que no interviniera “ninguna fuerza hostil” hasta que el
gobierno conociese cabalmente la situación y se pronunciase institucionalmente
al respecto. Sin embargo, Daza actuó con hostilidad. En Caraza no solo había
recibido a los tres comisionados de Cochabamba mostrándose en desacuerdo
con las medidas tomadas por el vecindario cuando esa no era su competencia.
También había dado por buenas las quejas en contra del gobierno provisional
de Aguirre hechas por el general Villegas y el prefecto Carrillo, que habían
acudido a él acompañados por el cura Benjamín Quiroga. Por otro, la presencia
de Daza no se interpretaba como un apoyo a los cochabambinos, sino como
una forma encubierta de importunar a los quevedistas, ya que su tratamiento
como sospechosos de colaboración revolucionaria impediría que capitalizaran
políticamente la pacificación del motín.
La posición amenazante del ejército de Daza aumentó cuando el batallón
Tercero se volvió a insurreccionar por temor a que fuera entregado sin garan-
tías al ministro de la Guerra. Pacificado de nuevo, fue trasladado del pueblo de
Tarata al de Toco el 18 de diciembre bajo la vigilancia de Quevedo y Moscoso.
Pese a esa medida, los soldados finalmente huyeron. Quevedo y Aguirre optaron
la semana magna de cochabamba 247
por formar un grupo para darles alcance. Junto a un grupo de ciudadanos,645
reunieron a catorce rifleros, estando la columna de guarnición dirigida por el
intendente Velasco y compuesta por sesenta hombres. Alcanzado el batallón
se llegó al acuerdo de entregar los pasaportes a los oficiales Pérez y Dávalos y
poner a los soldados bajo las órdenes de Aguirre, nombrado para la ocasión jefe
honorario del cuerpo. La columna de guarnición fue la encargada de vigilarlos
para impedir nuevos desmanes.
A fin de no dilatar la situación de incertidumbre, Quevedo salió al encuentro
de Daza el 21 de diciembre, habiendo enviado antes a unos emisarios para que
anunciasen su llegada. Contrario a lo esperado, estos habían sido apresados por
el ministro quien no parecía dispuesto a respetar ningún acuerdo establecido
entre los soldados del batallón sublevado y los vecinos de Cochabamba. Ante el
furor y la desatención de Daza a unas acciones preventivas sobre las que no se le
reconocía autoridad para decidir ni para actuar, Quevedo renunció a su entrevista.
Más tarde se acordó la disolución del batallón amotinado por miedo a que sus
miembros terminasen fusilados.646
Pero no solo la tropa temía contra sus vidas, sino que también lo hicieron
aquellos que habían tratado de “conservar el orden”. Daza acusó a Quevedo y
a Aguirre de estar en connivencia con los soldados amotinados. En su opinión,
el traslado de Quevedo de las ciudades de Sucre a Cochabamba y la formación
del grupo que debía vigilar al batallón rebelde eran pruebas de la organización
de una revolución con “cuerpos militares en el valle” que “imponía atrocida-
des ilegales a las autoridades”. Los acusados respondieron que ellos no habían
atentado contra “el principio de autoridad” para “el logro personal o interés
político por medio de la revolución”. Todo lo que habían hecho era buscar
el afianzamiento de la paz en la región. Con ello no justificaban el motín del
batallón Tercero que era catalogado de “escándalo militar”, pero sí su conduc-
ta: había resultado de la prioridad de salvar al pueblo de Cochabamba de un
conflicto armado y de proteger al mismo tiempo el orden constitucional que
podría verse amenazado si el motín adquiría la forma de una revolución. Para
impedir ese riesgo se habían desarrollado medidas conciliadoras con los soldados
que contrarrestaran “el escándalo originado por la mala administración y por
la relajación de la disciplina militar”. Eso explicaba que, por un lado, hubiesen
reorganizado provisionalmente el sistema de autoridades, y, por otro, hubiesen
solicitado a través del derecho de petición benevolencia para el batallón, cuyos
integrantes habían cumplido en todo momento lo pactado con los cochabam-
binos. Asimismo, Quevedo y Aguirre, al hacer hincapié en la desmoralización
645 Lisandro Quiroga, Isidro Aguirre, Cleómenes Arias, Sandalio Reque, Olegario Rioja, Dr.
Uriona, José Méndez, José María Prada, Gregorio Ramos, N. González, Samuel Bolívar y
Modesto Moscoso (Aguirre, op. cit., 1875a, p. 36).
646 Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 21-48; Sanginés, op. cit., 1902, pp. 250-259; La última, op. cit.,
1875, p. 11; Una hoja, op. cit., 1875, p. 18.
248 ciudadanos armados de ley
de la soldadesca como origen del conflicto, le estaban recordando a Daza que
el motín no había nacido de los círculos opositores, sino que se había dado
entre gente adepta a él, además de estallar sin preparación ni intención política
alguna. Por tanto, en vez de acusarlos de insurrección, Daza debía reconocer
su celo patriótico ya que únicamente habían buscado preservar, aun a riesgo de
su vida y sin economizar sacrificio alguno, “un perfecto orden constitucional y
de alta moralidad pública”.647
Como se verá más adelante, la oposición revolucionaria de Quevedo y Aguirre
al gobierno de Frías se alimentó de la tibieza con que este encaró el autoritarismo
militar de Daza en Cochabamba. Argumentarían que verse objeto de calumnias
y persecución, cuando solo habían buscado conservar el orden, les había hecho
conscientes de la necesidad de optar por la vía armada para recomponer la armonía
de la República. Frente a la paranoia y unipartidismo del gobierno, la revolución
fue progresivamente asumida como el único modo de reconquistar la soberanía
popular, “libremente ejercida”, y lograr la consolidación de las instituciones,
“aprisionadas por la razón de la fuerza”.648 La oportunidad de llevarla a cabo llegó
pronto. El 23 de diciembre el batallón Segundo o los Verdes, se sublevó en La Paz
encabezado por sus sargentos649 al grito de viva Quevedo. Más tarde, se les unió el
batallón primero de coraceros y el escuadrón de ametralladoras. En un contexto
de ultrajes y saqueos, el día 24 aparecieron diversas proclamas. En unas, el general
Gregorio Pérez, el general Gonzalo Lanza y el doctor José Nicolás Burgoa eran
nombrados, respectivamente, con las funciones de jefe superior político, jefe su-
perior militar de las fuerzas del Norte y prefecto de La Paz. En consonancia con
ello tomaban la gerencia de la revolución y proclamaban presidente a Quevedo,
ofreciendo garantías de orden al vecindario. En otras, se anunciaban medidas
destinadas a organizar la revolución y extenderla a las provincias. En cuanto
Quevedo conoció la noticia de lo ocurrido salió hacia La Paz y se presentó allí el
5 de enero de 1875 donde el vecindario adicto al gobierno le recibió con frialdad,
mientras los partidarios de Corral lo vitorearon.650 ¿Estaba este de acuerdo con
quienes apoyaban a Quevedo?
Corral había conocido lo sucedido en Cochabamba y La Paz mientras per-
manecía en Puno. De inmediato se pronunció por el régimen constitucional y
se ofreció a prestar su ayuda para el restablecimiento del orden perturbado. El 1
de enero hizo público un manifiesto651 en el que declaraba que sería un “crimen
permanecer indiferentes en presencia de la anarquía que se entroniza[ba] en el
647 Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 48-50,
648 Ibidem, pp. 34-54; La última, op. cit., 1875, p. 12; Méndez, op. cit., 1875a.
649 Martín Nava, Pedro Portugal, Pedro Castellón, Camilo Montesinos, Antonio Portugal y
Antonio Postigo.
650 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 208-253.
651 Casimiro Corral, Manifiesto a mis compatriotas (1 enero de 1875), Puno, Imp. de M. C. Mar-
tínez, 1875, pp. 1-2.
la semana magna de cochabamba 249
país”. Decía que, a pesar de las acusaciones de conspiración contra el gobierno y
de la persecución sufrida por su partido, él siempre había defendido “el imperio
verdadero de la Constitución contra los que la ata[casen] y la concul[caran]”. Sin
embargo, el orden legal se hallaba interrumpido, “sobreponiéndose la razón de la
fuerza a la fuerza de la razón y la ley; las conveniencias personales a los intereses
bien entendidos de la nación”. Ante ello, todos debían levantarse a la voz de la
patria y unidos devolverle “sus leyes, sus libertades, su reposo y tranquilidad,
conculcadas y pervertidas por las pasiones del proselitismo”. Proponía para ello
el empleo de la fuerza del ciudadano armado para someter con la ley a los que
con la fuerza material querían vulnerarla. Tal declaración de ponerse “en marcha
y en campaña”, seguro del apoyo de sus compatriotas y de la aprobación de la
autoridad establecida por la constitución, mostraba que él, al igual que Quevedo,
buscaba liderar un motín militar que no habían urdido pero del que deseaban
obtener réditos políticos. Como no podía dejar que Quevedo capitalizase a sus
seguidores y dado que había sido este, y no él, el invocado por los sargentos
insurrectos y el que contaba con mayor ascendencia entre los soldados de baja
graduación y los oficiales retirados de servicio, la mejor solución fue un pacto
con su enemigo político.652
2.2. La alianza entre corralistas y quevedistas
Tras una reunión el 8 de enero de 1875, Quevedo y Corral, en calidad de jefes
de los dos grandes partidos nacionales y en representación de ellos, pactaron
una alianza “para salvar la nación y restablecer el imperio genuino de la ley
fundamental”. Ese mismo día publicaron un manifiesto en el que exponían los
“móviles patrióticos” de su conducta al pueblo boliviano. Consecuencia del
mismo fue la formación de un directorio nacional o Supremo Directorio para la
salvación de la patria compuesto por ambos políticos, con igual participación en
la gerencia de los destinos de la nación. Una vez establecido, Julio Méndez fue
nombrado secretario general del Estado encargado de los ministerios de Gobier-
no, Relaciones Exteriores, Hacienda, Justicia, Instrucción Pública e Industria, y
el general Gonzalo Lanza designado jefe del Estado Mayor General. Cuando la
revolución acabase y fuera restituida la tranquilidad pública, el directorio debía
652 El 27 de diciembre de 1874 estalla la revolución en Colquechaca: Rufino Carrasco y Felipe
Ravelo secundan a Quevedo y hostigan a Frías de Potosí a Oruro; el 16 de enero de 1875 se
subleva, en Cobija, José Raimundo Taborga a favor de Quevedo; el 28 de marzo de 1875 se
da la revolución en Santa Cruz con Andrés Ibáñez. Los tres movimientos secundan la acción
de Quevedo en La Paz (Sanginés, op. cit., 1902, pp. 257-258 y 264-265; Juan Francisco Ve-
larde, Rasgos biográficos del coronel Quintín Quevedo, Buenos Aires, Imp. y Lib. de Mayo, 1868;
Quintín Quevedo, Al público, Iquique, s.e., 1872, pp. 1-10; Las glorias de los caudillos Corral y
Quevedo o entusiasmo por las carnestolendas de Bolivia, La Paz, Imp. de la Unión Americana de
César Sevilla, 1875).
250 ciudadanos armados de ley
convocar a los quince días siguientes una asamblea extraordinaria, que podría
declararse constituyente. Ante ella se daría cuenta de los actos de la revolución.
También sería la encargada de nombrar, conforme a lo dictado por la Constitu-
ción de 1871, a un presidente provisorio que gobernase el país e hiciese real la
alternabilidad en la presidencia.
Frías tuvo noticia en Sucre tanto de la entrada triunfal de Daza en Cocha-
bamba, como de la formación del frente antigubernamental Quevedo-Corral.
Junto a los ministros Baptista, Calvo y Camacho, el presidente se dirigió a La Paz
vía Potosí. Su fuerza militar fue designada como Ejército Constitucional. Al igual
que sus rivales políticos, Frías arengó a sus seguidores diciéndoles que iniciaban
una “campaña restauradora de la Ley”. Su objetivo era reimponer el orden legal
y acabar con “el desenfreno de soldadescas amotinadas”, de grupos extraviados
del ejército que proclamaban “sin justificativo el nombre de un caudillo”, y que
se convertían en amenaza constante para una nación “que en masa se aparta[ba]
del campo de la anarquía”. El 11 de enero Frías entró en Oruro, habiendo sido
perseguido el séquito presidencial por las fuerzas de Rufino Carrasco y Felipe
Rabelo, que en Colquechaca se habían declarado seguidores de Quevedo. El
coronel Jofré quedó encargado de la comandancia general del Departamento,
aunque por poco tiempo ya que los revolucionarios habían tomado la ciudad para
impedir la comunicación del ejército gubernamental con la capital. Tras reunirse
el presidente en Sicasica con el prefecto de La Paz, Belisario Salinas, quien se
había unido a él acompañado de algunos jóvenes de Laribay, se encaminaron a
Calamarca donde el día 14 les aguardaba Daza.
En La Paz, el directorio revolucionario había conformado una fuerza militar
dirigida por Quevedo que abandonó la ciudad el 10 de enero para combatir a
Frías. La batalla central tuvo lugar el día 18 en la ranchería de Chacoma con
el triunfo del Ejército Constitucional.653 Ante la derrota y la imposibilidad de
defensa en La Paz, ese mismo día Quevedo y Corral abandonaron la ciudad
pudiendo entrar Frías en la misma. Aunque la noticia de la derrota de Chacoma
trajo consigo la rendición de una sublevación en El Litoral iniciada el 16 de
enero en nombre de Quevedo como presidente,654 no ocurrió lo mismo con la
formada en Cochabamba.655
653 Calvo, op. cit., 1882, p. 23.
654 En esta fecha un grupo formado por civiles y militares retirados derrocó al prefecto Emilio
Fernández Costas en Cobija y proclamó a Quevedo presidente de la República. La prefec-
tura fue asumida por Raimundo Taborga, que recibió el apoyo de José Ruiz, autonombrado
subprefecto en La Chimba, y de Juan de Dios Ribera Quiroga. En respuesta a la acción
revolucionaria, en el asiento minero de Caracoles se formó una columna de jóvenes rifleros
y soldados de infantería bajo las órdenes de Ladislao Cabrera, presidente de la junta muni-
cipal, Exequiel Apodaca y Napoleón Tejada. A ellos se sumó Luis Baldivieso, subprefecto de
Atacama, con un piquete.
655 Aguirrre, op. cit., 1875a, pp. 50-55, 59-64; Sanginés, op. cit., 1902, pp. 243-247.
la semana magna de cochabamba 251
Tras el abandono de Daza de esa ciudad por los acontecimientos sucedidos
en la Paz, los clubs de los partidos quevedista y corralista habían optado por dar
respuesta armada al maltrato del que creían haber sido objeto por el gobierno
a causa del incidente del batallón Tercero. Argumentaban que con su ayuda al
“ciudadano Quintín Quevedo” no se oponían “al sistema constitucional y legal del
país, sino a los obstáculos desgraciadamente insuperables que representaban para
el desarrollo mismo de las instituciones”. En palabras de Aguirre y del coronel
Belisario Antezana estos eran: por un lado, “la espada amenazadora del general
Daza” y su deslealtad a los principios de la constitución; y, por otro, la debilidad
del gobierno de Frías al basar su mandato en una fuerza militar que usurpaba sus
potestades. Ante ello, era su misión afianzar el orden público, aunque hubiera
que destruirlo temporalmente por medio de la fuerza misma. Reconocían a la
violencia como el único medio de devolver al país el ejercicio de sus libertades
y el reinado de las instituciones republicanas.656
En ausencia de Quevedo, Aguirre fue nombrado jefe político superior de
los departamentos del centro, el coronel Belisario Antezana jefe superior mi-
litar y José Montenegro y Lisandro Quiroga secretarios. Desde el 19 de enero
los dos primeros comenzaron una campaña de movilización de la población de
los valles de Cliza y Tarata, que estuvo favorecida por el hecho de que en estas
localidades se habían organizado recientemente guardias cívicas. A partir de
los setenta hombres sin equipo y municiones del coronel Guagama se armó un
cuerpo de doscientos cincuenta soldados regularmente armados y distribuidos
en las columnas Unión, Tarata, Punata y Rifleros. A ellos se sumó la división de
doscientos efectivos del coronel Carrasco procedente de Oruro, dando lugar al
Ejército Popular del Centro.657
Conocido ese suceso, Daza volvió a dirigirse Oruro. El 9 de marzo llegó a allí
y el 17 se le unió el presidente. Mientras se reagrupaban las fuerzas del Ejército
Constitucional para hacer frente a los revolucionarios cochabambinos, el 20 de
marzo estalló en La Paz otra revuelta658 en nombre de Quevedo y Corral conocida
por la “revolución comunista”.659 Estaba dirigida por Modesto Moscoso, antiguo
656 Aguirre, op. cit., 1875b, p. 1; “Carta del coronel Belisario Antezana a las fuerzas de la provin-
cia de Cliza”. Cliza, 19 de enero de 1875, La Unión, núm. 1.
657 Sobre el reclutamiento de las fuerzas rebeldes y la responsabilidad de los corregidores véase
Evaristo Gutiérrez, Refutación al libelo publicado por Cornelio Calderón, La Paz, Imp. de la
Libertad, 1875, pp. 9-16.
658 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 228-239; Finot, op. cit., 1946, pp. 288-291; Modesto Omiste, Histo-
ria de Bolivia desde la época incásica hasta la administración del gobierno del doctor Mariano Baptista,
Potosí, Imp. del Tiempo, 1904, pp. 70-71; Méndez, op. cit., 1875, pp. 23-28; Arguedas, op.
cit., 1922, pp. 352-354; “Parte detallado del combate de Cochabamba, pasado por el jefe del
Estado Mayor Eliodoro Camacho el 31 de marzo de 1875”, El Régimen Legal, núm. 70.
659 Recibe ese nombre porque los corralistas fueron acusados de la tentativa de establecer “la
comuna” a imitación de su homónima parisina (La Reforma, La Paz, 24 de marzo, 1875).
252 ciudadanos armados de ley
secretario de Quevedo, y Carlos Resini,660 gerente del corralismo. Para detener
a una multitud de “turbas asaltadoras” el gobierno contaba con un cuerpo de
“covachuelistas o empleados de los ministerios”, un grupo de rifleros integrado
por jóvenes voluntarios a las órdenes del prefecto y una guerrilla a cargo del
intendente de policía Daniel Núñez del Prado. Ante el aumento de la violencia,
las autoridades se refugiaron en el palacio de gobierno, siendo los ministros de
Estado y Relaciones Exteriores, Calvo y Baptista, quienes gestionaron la defensa.
El edificio fue incendiado por los asaltantes. La liberación de quienes se habían
atrincherado en él se produjo gracias a la llegada a la ciudad del coronel Granier
con una parte del Batallón Primero. La noticia de la derrota de los sublevados
fue conocida por Frías el 21 de marzo.661
Tras el éxito de Granier, Antezana y Carrasco se encontraron en Caraza
para enfrentarse al ejército gubernamental del general Villegas. Cuando Aguirre
iba a su encuentro con un piquete de caballería fue localizado por una comisión
nombrada por una junta de nueve miembros llamada Conservadora del orden.
Su cometido era ofrecerles garantías en nombre de las autoridades a cambio
de su sometimiento. Aguirre pidió tiempo para comunicar la propuesta a sus
compañeros. Sin embargo, la no retirada de las fuerzas de Villegas ante las
negociaciones de paz, al igual que las muertes del teniente coronel Juan Alar-
cón y de su ayudante Ismael Serrano, hicieron optar a los revolucionarios por
ingresar en la ciudad de Cochabamba. Entraron en ella a las diez de la noche el
día 28 de marzo “con gran entusiasmo popular y con perfecto orden por parte
de nuestros soldados”. Mientras muchos vecinos huyeron a Oruro, soldados
de las huestes de los generales Villegas y Rendón, encabezados por los oficiales
Vaca y Subiera, se unieron a la revolución. Esta fue secundada por todos los
pueblos del departamento, excepción de Mizque que estaba ocupada por las
fuerzas del subprefecto Emeterio Prudencio. En ese momento el Ejército Po-
pular del Centro contaba con ochocientos hombres distribuidos en pequeños
cuerpos. A instancias del obispo de la diócesis, de eclesiásticos y de señoras de
la población los revolucionarios se plantearon sacarlo fuera de la ciudad, siendo
desestimada posteriormente esa opción y decidida la fortificación de la ciudad
por diecisiete votos contra los de Aguirre, Ravelo y Trinidad Guzmán. Fue
en este proceso de confeccionar barricadas y fortines y distribuir armamento
cuando tuvieron lugar lo que posteriormente el gobierno llamó “crímenes de
la revolución”: usurpación de propiedades, empréstitos forzosos y medidas
policiales contra la población.
660 Sobre su trabajo económico y reacciones al mismo véanse Carlos Resini, Examen del presu-
puesto de ingresos y gastos para el bienio de 1873 y 1874. Indicaciones para la amortización de la
deuda pública de Bolivia, sin necesidad de apelar a ningún empréstito, La Paz, Imp. de la Libertad,
1873; Refutación al informe del señor Carlos Resini, contador de primera clase del Tribunal nacional
de Cuentas, Cochabamba, Imp. El Heraldo, 1885.
661 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 240-253.
la semana magna de cochabamba 253
Después de un intercambio de misivas en las que Frías instaba a Aguirre a
deponer las armas “contra el Estado, su Constitución y leyes” bajo la pena de
serles aplicadas “las consecuencias del estado de guerra”,662 Cochabamba fue si-
tiada en Semana Santa. La estrategia de liberación ideada por los revolucionarios
fracasó y Frías entró en la ciudad el 28 de marzo. Allí se quedó hasta el 20 de abril,
mientras Daza regresó a La Paz a reasumir su ministerio.663 Tras la derrota de las
insurgencias cochabambina y paceña, continuó activa la ocurrida en Santa Cruz
el 27 de abril de 1875 cuando la montonera de Andrés Ibáñez entró en la ciudad
y aumentó sus filas por la deserción de soldados de plaza. Tal asalto fue descrito
por el periódico El Cometa como la acción de un “Club comunista” que “bajo
el pretexto de libre asociación trata de imitar a los correligionarios de La Paz
[corralistas], debiendo salir en grupo para apoderarse de las armas del cuartel”.664
Tras su marcha de la ciudad, el 23 de noviembre de 1875 los rebeldes fueron
derrotados en Pozos de los Pororós por una tropa procedente de Vallegrande,
pudiendo Ibáñez escapar.665
Como ya se ha indicado, la rebelión cochabambina fue conocida en la
prensa y en la folletería de la época como la Semana Magna de Cochabamba,
debiéndose su impronta pública a que lo ocurrido durante esos días en la ciudad
constituyó el colofón de una serie de actos sediciosos que comportaron una guerra
de implicaciones nacionales. Su denominación de guerra civil por parte de sus
participantes fue sometida a un arduo debate que enfrentó a aquellos que veían
en el uso de las armas una salvaguarda de la soberanía popular, con aquellos otros
662 Manifiesto de Tomás Frías y Eliodoro Camacho al ciudadano Miguel Aguirre, 25 de marzo de
1875.
663 Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 21-48; Sanginés, op. cit., 1902, pp. 200-206; La última, op. cit.,
1975, pp. 6-10.
664 El Cometa. Santa Cruz, 8 de mayo, 1876.
665 Andrey Schelchkov relata que, en febrero de 1876, el presidente Frías proclamó la amnis-
tía política y convocó a elecciones generales para mayo del mismo año. Tras el regreso de
Ibáñez a Santa Cruz, el Club de la Igualdad creció de manera vertiginosa, estableciendo
los igualitarios un partido con un sistema territorial de militancia. Por el mismo, la ciudad
quedaba dividida en cuatro barrios, estando al frente de cada uno dos activistas-dirigentes
con la obligación de mantener la comunicación con todos los miembros y simpatizantes del
partido por medio de asambleas masivas. Las noticias sobre el golpe de Estado del general
Daza llegaron con retraso y las elecciones presidenciales de mayo de 1876 se realizaron en el
día previsto. Aunque los igualitarios habían manifestado simpatía por Daza, la designación
de autoridades, el cierre por estas del Club de Igualdad, la suspensión de la municipalidad,
el arresto de Ibáñez y la persecución de adeptos en nombre de la seguridad departamental
generó una cotidianidad de desórdenes y refriegas en las calles. El motín militar del 1 de
octubre de 1876 por adeudo de salarios se convirtió en una sublevación popular de la que
Ibáñez resultó nombrado prefecto del departamento y comandante de la tropa. Pero si esta
primera sublevación contra los abusos de los gobernadores locales fue tolerada, la posterior
radicalización de los presupuestos igualitarios bajo la proclama de la federación en diciem-
bre de 1876 conllevó una dura y exitosa represión gubernamental (Schelchkov, op. cit., 2016,
pp. 273-280).
254 ciudadanos armados de ley
que, sin rechazar tal uso constitucional, temían su abuso y buscaban impedirlo
mediante la aplicación del derecho penal. El debate sobre la criminalización
del insurrecto y, por tanto, sobre una reforma de la concepción del ciudadano
armado no solo conllevó discutir en torno a la delegación, el ejercicio y el uso de
la soberanía por parte del pueblo y del gobierno, expresada a través de los temas
de la autonomía municipal y los límites del poder militar, también significó un
replanteamiento del empleo de la ley para evitar actos rebeldes. La discusión
al respecto, además de redefinir los límites entre la justicia penal ordinaria y la
justicia militar, ahondó en la legitimidad de la utilización de la ley en las reyertas
partidarias. A continuación será abordada tal problemática.
3. Revolución y represión: ¿La ley como venganza política
o como principio de orden?
En 1875, los revolucionarios y el gobierno compartían dos convicciones: primera,
el verdadero interés público consistía en “la constante observancia de la Constitu-
ción”, siendo esta “la gran síntesis que une los pueblos con sus gobiernos”;666 y, se-
gunda, la desmilitarización completa del país para acabar con los pronunciamientos
y golpes militares. Si el irrespeto a la constitución justificaba tanto una revolución
como la dura represión de la misma si esta no se ajustaba a derecho, el militarismo
conllevaba tanto una revolución preventiva para impedirlo, como una condena
ejemplar de los sublevados. Es decir, todos los participantes en una reyerta nacional
decían ser “la virtud democrática en acción” y acusaban al contrario de cometer un
crimen constitucional, arrogándose, en consecuencia, el recurso a las armas para
defender la Carta. Había consenso en lo referente a los pilares constitucionales de
la República, pero existía desacuerdo en torno a quiénes y cómo deberían defen-
derlos en aras del bienestar de la nación. Dado que las constituciones de 1861 y
1871 amparaban el uso patriótico de la violencia como se ha expuesto en anteriores
capítulos,667 la cuestión estribaba en fijar y consensuar institucionalmente cuándo
una revolución y su represión consiguiente eran legítimas.
La segunda presidencia de Frías ilustra uno de los momentos históricos de
reglamentación del ejercicio legítimo de la violencia. A través del esfuerzo de
su gabinete de asentar el principio de que la razón de la fuerza no constituía
derecho y que este debía triunfar sobre la arbitrariedad,668 este acápite se centra
666 Aguirre, op. cit., 1875a, p. 12; Manuel María Jordán, El pueblo y el gobierno contra las facciones,
Cochabamba, Imp. Gutiérrez, 1875, p. 5.
667 Si el artículo 17 de la Constitución de 1861 señalaba que “todo boliviano está obligado a
armarse en defensa de la patria y la Constitución”, en el artículo 29 de la de 1871 se afirmaba
que “todo ciudadano tiene el derecho de tener un arma para defender el orden público y las
instituciones” (Trigo, op. cit., 1948, p. 347).
668 Redactor Asamblea de 1872, p. 753.
la semana magna de cochabamba 255
en el proceso de desarme o disciplinamiento del ciudadano armado en sus dos
modalidades, la pretoriana y la popular. Las preguntas que lo estructuran son:
¿dónde residía el principio de autoridad: en el gobierno o en el pueblo?, ¿quién y
cómo se administraba la soberanía popular? y ¿cómo la ley afianzaba la potestad
gubernamental? Para afrontarlas se hará especial hincapié en las cuestiones del
valor del voto en la legitimación de una revolución, la potestad revolucionaria
de los partidos políticos y la aceptación popular de la ley.
3.1. Las razones de los revolucionarios: Estrategias y actores
Tres fueron las razones básicas aducidas por los revolucionarios para sublevarse
ya mencionadas en el primer y segundo acápites: la inconstitucionalidad de la
presidencia de Frías; su traición al principio fusionista establecido por la presi-
dencia de Achá; y su debilidad ante la dictadura encubierta del general Daza. La
primera acción había conducido a la celebración de las elecciones de 1873 que
habían provocado una ruptura innecesaria de la nación al producirse una división
en el frente gobiernista nacido de la Revolución de 1870 entre los partidarios
de Ballivián y los simpatizantes de Corral.669 La segunda había agravado esa
situación porque en el nombramiento del gabinete ministerial no fue respetada
“la apetecida fusión entre todos los partidos”,670 y, en consecuencia, todos los
ministros habían pertenecido al partido ganador. Sin embargo, aunque el incum-
plimiento de los preceptos constitucionales respecto tanto a la elección de un
nuevo presidente tras el deceso prematuro del Morales en 1872 y de Ballivián en
1874, como a la formación de gabinetes monopartidistas durante los gobiernos
de Ballivián y Frías podía justificar la tomar las armas en defensa del “Estado,
su Constitución y sus leyes”, esto no había ocurrido en obsequio a la tranqui-
lidad pública.671 La decisión de sublevarse había procedido de la necesidad de
llevar a cabo una revolución preventiva que terminase con la dictadura militar
encubierta de Daza. En nombre del derecho de la autodefensa nacional se había
hecho imperativo liberar a la sociedad boliviana “de un soldado que nada respeta
y todo reduce a egoísmo”. Se acusaba así a Daza, en su calidad de ministro de
Guerra y jefe del batallón Primero, no solo de impedir la práctica pacífica de
las instituciones. También y ante todo se le achacaba haber hecho nugatoria la
acción del gobierno en lo referente al principio representativo y a las garantías
constitucionales. Como Daza controlaba la presidencia de Frías y nada ya podía
esperarse de este, la “misión de afianzar el orden público” requería el uso de la
669 Miguel Aguirre y Belisario Antezana, Manifiesto de la Revolución de Miguel Aguirre y Belisario
Antezana, Cliza, 19 de enero de 1875, p. 1.
670 Castro, op. cit., 1873, p. 5.
671 Aguirre y Antezana, op. cit., 1875, p. 2; Carta de Miguel Aguirre y Belisario Antezana al Sr. Dr.
Tomás Frías, Jefaturas Superiores Política y Militar de los Departamentos del Centro, Cochabam-
ba, 26 de marzo de 1875, p. 1.
256 ciudadanos armados de ley
fuerza. Se admitía, por tanto, que la sublevación pudiese conducir a un cambio
de gobierno, ya que Frías no había servido a los intereses del pueblo. Al amparar
el militarismo se había convertido en una “rémora constante de la realización
de sus legítimas aspiraciones”. Esto es, en opinión de los insurrectos, como los
regímenes de Ballivián y de Frías distaban mucho de representar la desmilita-
rización completa del país, la única solución para que “los pueblos” recobrasen
“su soberanía usurpada por el egoísmo y por el sable de sus visires” había sido la
revolución. La guerra civil resultante únicamente debía achacarse “a la deslealtad
de un militar” a los principios de la constitución y a “la debilidad del gobierno”.672
Los revolucionarios sostuvieron que el paso de una conducta tolerante con
el gobierno a otra a favor de la revolución había tenido su inicio en la respuesta
dada al motín de los soldados del 30 de noviembre de 1874 y a la gestión vecinal
de la misma. Excusado en las contradictorias afirmaciones de las autoridades
cochabambinas, Daza había acusado a los líderes de la pacificación cuartelaria
de estar en connivencia con los amotinados. En su Exposición de 1875 al presi-
dente constitucional de la República Daza, en calidad de ministro de la Guerra,
había justificado la represión consiguiente argumentando que el origen de todo
lo sucedido estaba en la negación de la Asamblea Ordinaria de 1874673 a la ley
de reforma militar presentada por el Ejecutivo a instancias de la Comisión de
Guerra. Como por una mayoría de 29 votos sobre 27 se había optado por la
reducción del ejército en vez de por su engrandecimiento y profesionalización,
el gobierno de Frías había tenido que dar cumplimiento de resoluciones de la
Asamblea disolviendo algunos de los batallones. A causa de las maquinaciones de
“hipócritas de mal cubierta ambición”, de “oficiosos intermediarios” dispuestos a
explotar la situación en provecho propio, el batallón Tercero creyó que iba a ser
objeto de esa medida y para evitarla había cometido sedición en noviembre. Daza
afirmaba que había salido de Sucre a Cochabamba con el batallón Primero de
Granaderos para cumplir la misión encargada por el gobierno: castigar el motín
de soldados y restablecer el orden. Su sorpresa fue que, en vez de encontrar un
batallón Tercero disperso por el acto mismo del motín y por la deserción consi-
guiente de sus miembros, halló uno con sus plazas aumentadas, y con un general
jefe superior que organizaba otros cuerpos armados en el valle y que en nombre
de la constitución se había impuesto sobre las autoridades legales. De ello había
inferido que la sublevación del batallón Tercero no era un simple motín, sino un
acontecimiento hábilmente preparado de antemano para dar a una simple rebelión
soldadesca la forma de revolución. En consecuencia, había identificado como sus
672 La hora del peligro, La Paz, Imp. de la Unión Americana de César Sevilla, 1873, pp. 4-9;
Bolivia, op. cit., 1875, pp. 6-7; Aguirre y Antezana, op. cit., 1875, p. 1; Aguirre, op. cit., 1875a,
p. 32; “Carta del coronel Belisario Antezana a las fuerzas de la provincia de Cliza”, Cliza, 19
de enero de 1875, La Unión, núm. 1.
673 Hilarión Daza, Memoria que presenta el ministro de la Guerra a la Asamblea ordinaria de 1874
(Sucre 6 de agosto de 1874), Sucre, Imp. de Pedro España, 1874.
la semana magna de cochabamba 257
autores a los mismos que al presidente Frías le habían dicho actuar para sostener
el orden constitucional; e interpretado sus proposiciones conciliadoras solo como
una excusa para ganar tiempo “mientras sus cómplices de La Paz consumaban”
sus esfuerzos insurgentes. Allí el 23 de diciembre se había amotinado el batallón
Segundo arrastrando con él al Primero de Coraceros, al escuadrón de ametralla-
doras y al cuerpo de policía. El “caudillo [Quevedo]” aclamado por estos era el
mismo que, en el seno de la Asamblea y en Cochabamba pocos días antes, había
hecho reiterados juramentos de respetar y sostener el orden constitucional. Ese
hecho, en su opinión, evidenciaba que la coalición de partidos antagónicosque
representaba obedecía únicamente a una política personalista y conspiradora.
Pese a sus sospechas, sin que hubiera sido preciso movilizar “un solo cuerpo
de la guardia nacional, con el más diminuto de los ejércitos” y gracias a que el
“sensato pueblo paceño” había repudiado la asonada, esta fue sofocada.674
En desacuerdo con lo narrado por Daza, los rebeldes rechazaron toda pre-
meditación y señalaron que el clima de inconstitucionalidad generado había sido
el responsable de fraguar un hermanamiento de los dos partidos que habían per-
dido las elecciones en 1873 frente a Ballivián: el Partido Corralista o de Casimiro
Corral y el Partido Quevedista o del general Quintín Quevedo. Si bien ambos
pertenecían a facciones rivales que se habían perseguido mutuamente desde 1866,
ante lo sucedido en el gobierno de Frías optaron por unirse. Convertidos en una
facción unitaria, acordaron que para salvar la constitucionalidad del país y de-
volver al pueblo el ejercicio de sus derechos siempre amenazados por “la espada
exterminadora de Daza” había que oponer la fuerza revolucionaria. El argumento
utilizado fue que los dos partidos unidos constituían la expresión de la mayoría
nacional por representar la mayoría de sufragios. Como habían sido burlados en el
terreno constitucional, habían decidido buscar “de hecho la práctica del derecho
que se les nega[ba] por el mismo hecho”. Ese derecho les conculcaba a realizar
una revolución “verdaderamente civil y constitucional” nacida de la negativa del
gobierno a tomar en cuenta el poder de la opinión y el descontento de sus pueblos.
Ambas facciones legitimaban tal iniciativa en: primero, su unión por enci-
ma de sus rivalidades partidarias les permitía buscar por la vía armada lo que
el gobierno no les reconocía por la vía del derecho; y, segundo, sostenían un
programa que buscaba asentar la convivencia entre los distintos partidos a través
del principio de la fusión.675 Para restaurar el poder civil de la sociedad habían
674 Hilarión Daza, Exposición que presenta al Sr. Presidente constitucional de la República el general
ministro de la guerra del ejercicio de sus propias funciones en diferentes comisiones que se le han con-
fiado, La Paz, Imp. de la Libertad de Ezequiel S. Arzadum, 1875, p. 3.
675 “La declaración oficial del 13 de febrero último de Miguel Aguirre y Belisario Antezana”, La
Unión, núm. 13, Cochabamba, 13 de marzo de 1875, p. 1; Carta de Miguel Aguirre y Belisario
Antezana al Sr. Dr. Tomás Frías, Jefaturas SuperioresPolítica y Militar de los Departamentos del
Centro, Cochabamba, 26 de marzo de 1875, p. 1; Aguirre, op. cit., 1875a, p. 75; Méndez, op.
cit., 1875a, p. 10.
258 ciudadanos armados de ley
r ecurrido, por un lado, a estrategias propias de la democracia pacífica como los clu-
bes, las asambleas, el derecho de petición, las juntas y los directorios de gobierno;
y, por otro, a soluciones propias de la democracia armada como la formación del
Ejército Popular del Centro.
Con independencia de que el gobierno acusara al Ejército Popular del Centro
de ser la fuerza de un movimiento semejante al de la Comuna de París –sobe-
ranía municipal federada– y de defender principios comunistas –ley y distribu-
ción– para justificar una represión al estilo de la “MacMahon en 1871”,676 en su
filas sí estuvo enrolado “el obrero boliviano”.677 Junto a un número importante
de notables locales, se compuso por una generalidad de mineros, agricultores
(pequeños propietarios y colonos), artesanos, militares retirados y reservistas,
miembros de las guardias nacionales y jóvenes voluntarios, en cuya organización
fue central la labor de alcaldes y corregidores, al igual que la de antiguos mandos
del ejército. Aunque todavía queda mucho por investigar sobre el asunto, los
testimonios sobre el pueblo movilizado en las calles, reunido en los cabildos y
pronunciado a favor del directorio mediante un sistema de actas daban noticias
de la presencia preponderante de los militares desclasados678 y de los artesanos
agremiados.
Sobre estos últimos, más allá de su compromiso con las leyes y las insti-
tuciones republicanas, su preocupación por las mismas estaba mediada por el
hecho de que defenderlas debía proporcionarles ventajas laborales y de estatus
en un contexto en el que las medidas librecambistas del gobierno amenazaban
su supervivencia grupal e individual. La oposición pública de los artesanos a
tal política económica se había estructurado, paradójicamente, a partir de la
máxima liberal que hacía del trabajo el fundamento básico de la creación de ri-
queza. El énfasis en el trabajo constituía una base a partir de la que los artesanos
legitimaban su posición social. A través de revalorarse en el papel de trabajador,
el artesano no solo se convertía en el ciudadano industrioso por excelencia, sino
también se desmentía ante la sociedad como un cuerpo de Antiguo Régimen con
un conjunto de intereses comunes que no necesariamente armonizaban con los
de dicha sociedad. Recuérdese que en el pensamiento liberal decimonónico el
cuerpo político se concebía basado en actores individuales que compartían un
conjunto común de intereses, teniendo que ser cualquier interés grupal idéntico
a los intereses, correctamente entendidos, de la sociedad como un todo. Dado
que a los largo del siglo xix los artesanos fueron progresivamente vistos como
676 Al mando de las tropas de “Versalles”, el general Patrice de MacMahon fue el responsable
de la sangrienta represión de la Comuna de París en 1871.
677 Julio Méndez, La penalidad política en Bolivia, Tacna, Imp. de la Revista del Sur, 1875b, pp.
11 y 14.
678 Dunkerley, op. cit., 1987, pp. 11-26; Rossana Barragán, “Vestir o investir. Hacia un estudio
iconográfico de la vestimenta de los funcionarios estatales en Bolivia en el siglo xix”, Histo-
rias… para Teresa. Revista de la Coordinadora de Historia, núm. 2, La Paz, 1998, pp. 113-136.
la semana magna de cochabamba 259
portadores de intereses especiales de naturaleza corporativa que chocaba con las
nociones aparentemente universalistas del liberalismo, su énfasis en el trabajo les
facilitaba un papel central en el proceso productivo que hacía socialmente viable
su pretensión de merecer un trato particular. A este objetivo de ser reconocidos
por la sociedad como positivamente especiales contribuyó su potencial público
como ciudadanos trabajadores y, por tanto, como un electorado inevitable y
necesario, haciendo dicha duplicidad posible que el término artesano fuese, a la
vez, una categoría ocupacional y política. Diestros en el arte de apelar a la opi-
nión pública y de defender sus intereses en la prensa, de su apoyo a los rebeldes,
los artesanos esperaban un futuro compromiso gubernamental de conservación
y generación de empleo: tanto a través de una dinamización proteccionista y
asociacionista de la industria que favoreciese autonomías profesionales; como
mediante la ampliación de espacios laborales –guardias nacionales, administración
pública– que actuaran tanto de fuente de prestigio y honor como de instancias
de protección y pertenencia.679
Pese a que en la documentación utilizada también había menciones a la
presencia india, esta parece no haber sido mucha y actuadotanto a favor de
los sublevados como de las fuerzas oficiales. A juzgar por el Proyecto sometido al
director político, Casimiro Corral, por el secretario general de la revolución,680 un día
antes de la derrota de Chacoma, hubo un esfuerzo de movilizar a la población
indígena aprovechando las redes que le habían permitido a Morales y a él crear
ejércitos auxiliares indígenas para derrotar a Melgarejo en 1870. A este fin
podrían estar dirigidas las declaraciones contenidas en dicho Proyecto acerca de
que como “la gran independencia hispanoamericana no había emancipado en
Bolivia más que a una cuarta parte de sus habitantes”, todavía la raza indígena
permanecía bajo el sistema colonial heredado de la República. Ya que “la revo-
lución era esencialmente democrática” se establecían cuatro artículos por los
que cesaba la servidumbre del indígena boliviano, quedaba regenerado y se le
reconocía ciudadano de la República. Se abolían “todos los pechos, servidumbres
y contribuciones que a pretexto de costumbre demandaban a la clase indigenal
los funcionarios públicos, párrocos y militares” y todo servicio exigido debía ser
recompensado con dinero. Sin embargo, dado que las declaraciones a favor del
trabajo libre y asalariado que dicho proyecto contenía estaban en consonancia
con lo debatido en torno a la Ley de Exvinculación681 del 5 de octubre de 1874
679 De cara a futuras investigaciones sobre el artesanado, sería conveniente estudiar en qué
medida el Estado dependía de los artesanos por fines fiscales, por ejemplo en lo referente
a si les cobraban contribuciones para financiar las guardias cívicas, como se infiere del caso
peruano (García-Bryce, op. cit., 2008, pp. 118-119).
680 Julio Méndez, Proyecto sometido al director político, Casimiro Corral, por el secretario general de la
revolución, Cochabamba, s.e., 1875c, p. 1.
681 Informe y proyecto de ley presentado por la Comisión de Hacienda a la Asamblea Legislativa de 1874
prorrogando por seis meses el plazo establecido por la ley de 9 de agosto de 1871 que anuló la venta de
260 ciudadanos armados de ley
sobre la abolición de las comunidades indígenas, es posible que a través de él se
estuviera apelando a la intervención tanto de los indios desclasados o en proceso
de enriquecimiento individual, como de los colonos indios y mestizos. Esto es,
podría tratarse de un texto con distintos destinatarios según se expusiese en La
Paz o en Cochabamba. Recuérdese que si los decretos reglamentarios que acom-
pañaban a la citada ley tardaron en concretarse por la resistencia a la misma que
se originó en el Altiplano, no ocurrió lo mismo en los departamentos de Sucre
y Cochabamba. De hecho en el valle fue donde más se desarrolló el proceso
exvinculador debido a que ayudaba a “desatar anhelos y tendencias acumuladas
hacia una campesinización deseada por todos”.682
3.2. Las razones del gobierno: Las respuestas militar, judicial
y discursiva
En opinión del gobierno, el entusiasmo demostrado por una población “movid[a]
por la locuacidad vivaracha de un tribuno” como Corral únicamente conducía
a la anarquía o despotismo del pueblo. Únicamente podía apelarse a una insu-
rrección “cuando suprimidas aquellas garantías y establecida sobre sus ruinas,
la arbitrariedad o la tiranía, no ha[bía] esperanza de reforma ni seguridad para
nadie”. Ese no era el caso por tres razones.
Primera, no hubo inconstitucionalidad en la sucesión presidencial porque
durante las últimas semanas del gobierno de Morales no prevaleció régimen
constitucional alguno. Frías había obrado legalmente cuando quiso recomponerlo
a través del único camino que le quedaba expedito sin violación de la Carta: la
apelación al sufragio para dar base al nuevo orden. Además, la declaración de las
elecciones de marzo como legales y válidas “no absolvía ni validaba la soberanía,
sino el acto apelatorio a ella”. Si este hubiese sido reprobado por inconstitucio-
nal, el ejercicio del sufragio no habría producido efecto alguno. Sin embargo,
no solo el pueblo soberano aceptó la apelación al sufragio, también lo habían
hecho todos los partidos que dispusieron sus clubs para asegurar el éxito en los
comicios; concretándose el nombramiento presidencial sin la oposición de la
Asamblea y del Ejército.
Segunda, el pueblo no podía votar y luego desdecirse de su voto ya que en un
sistema representativo era mediante sus representantes en la cámara legislativa
tierras indigenales, Sucre, Tip. del Progreso, 1874; Proyecto de ley sobre la propiedad de las tierras
de origen, Sucre, Tip. del Progreso, 1874. Miguel Aguirre junto a Pedro Vargas formó parte
del la redacción de este proyecto de ley.
682 Gustavo Rodríguez Ostria, Capitalismo, modernización y resistencia popular, 1825-1952, La
Paz, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia-cis, 2014, p. 382. Véanse también
Gustavo Rodríguez Ostria, “Entre reformas y contrarreformas: las comunidades indígenas
en el valle bajo cochabambino, 1825-1900”, data. Revista del Instituto de Estudios Andinos y
Amazónicos, núm. 1, 1991, pp. 61-83; Larson, op. cit., 1998.
la semana magna de cochabamba 261
como se discutía, estatuía y aceptaba un conjunto de prescripciones, siendo esta
regla de conducta la única garantía de obligaciones, derechos y libertades frente
al despotismo y la anarquía. Si el pueblo pudiera dispensarse de las prescripciones
constitucionales sería inútil toda constitución escrita porque no habría más ley
que la voluntad “voluble e indecisa del pueblo, movido a satisfacción del interés
personal de sus tribunos populacheros”. Y aunque era verdad que la constitución
se hacía por y para el pueblo, una vez promulgada Ley del Estado el pueblo no
debía ni podía dispensarse de sus prescripciones. En caso de detectar defectos
en ella debía reformarla por los medios cautelares previstos por la ley misma,
pero no le era dado hacer leyes por aclamación o excusarse de las existentes. Lo
contrario produciría que una minoría de la población terminase por arrogarse
los derechos de la nación.
Y, tercera, ningún partido tenía derecho de tomar las armas alegando previ-
sión al delito. Antes de recurrir al campo de batalla se debían poner en marcha
todos los medios concedidos por el derecho de sufragio. Y si la mayoría no
consentía a las demandas de la minoría siempre estaban los clubes y la prensa
para crear opinión respecto a un cambio de gobierno en el próximo periodo
presidencial. A la larga, por medio de estas medidas quedaría potenciadas las
guardias nacionales y así neutralizada la amenaza de dictadura del ejército.
Con esos tres argumentos, el gobierno no solo reconocía y asentaba como
régimen democrático al sistema representativo, sino que también subrayaba la
pertinencia de la democracia pacífica frente a la democracia armada para solucionar
las posibles violaciones constitucionales. Se adjudicaba, así, a los partidos, y no al
pueblo, la administración de los intereses nacionales, ya que “la vida democrática
es la vida de los partidos, pero no una vida turbulenta, sino regularizada”.683
Como ya se ha señalado en el segundo acápite, el resultado final del con-
flicto fue que el Ejército Constitucional venció al EjércitoPopular del Centro.
Pese al objetivo constitucional de desmilitarizacióndel Ejecutivo, la rebelión
contra el gobierno se asumió como un delito previsto por las leyes, cayendo
inevitablemente bajo la sanción del código penal. Durante el conflicto Frías y
Eliodoro Camacho habían conminado a Aguirre a rendirse, advirtiéndole que,
en caso de prevalecer contra “la virilidad del sentimiento democrático de Bolivia
para gobernarse por sus propias leyes escritas y deliberadas sin imposición de la
fuerza bruta”, les serían imputadas a él y a sus fuerzas todas las consecuencias
del estado de guerra. No serían tratados como soldados, sino como criminales.684
683 Marcelino Cárdenas, Contestación del fiscal de este distrito al autor de folleto titulado “Los procesos
políticos seguidos contra la revolución de 1874 y sus gerentes”, Cochabamba, Imp. del Siglo, 1875,
pp. 4-14; a.m., op. cit., 1875, pp. 5-8 y 17; Bolivia, op. cit., 1875, pp. 13 y 25-26; La última, op.
cit., 1875, pp. 7-10; Máximo Pozo, Palabras políticas y sinceras dirigidas a los señores electores o
soberanos en el siglo xix, Cochabamba, Imp. Católica, 1875, pp. 1-8.
684 La Ley, núm. 1. Cochabamba. Proclama del presidente de la República Tomás Frías, Tapacarí, 21
de marzo de 1875; Frías y Camacho, op. cit., 1875.
262 ciudadanos armados de ley
Para que prevaleciera “el imperio del orden” conseguido con su victoria,
Frías deseaba acabar tanto con la injerencia militar en la vida política, como con
el uso popular de la violencia. Respecto al primer tema es preciso referirse breve-
mente a la Memoria presentada por el ministro de la Guerra a la Asamblea ordinaria
de 1874. En ella el general Daza había mostrado al ejército como la institución
que había hecho posible la ausencia de asonadas revolucionarias que parecían ir
a producirse con ocasión del fallecimiento de los presidentes Morales y Ballivián
el 27 de noviembre de 1872 y el 14 de febrero de 1874, respectivamente. Solo
gracias a su buen sentido y patriotismo, “las ambiciones personales o las pasiones
de partido” no habían producido los males que la sociedad temía. Esa actitud
del ejército, b izarra y noble al tiempo que serena y grave, “de frío desdén a las
seducciones de la demagogia”, probaba su compromiso con la representación
Nacional: tanto para servirle de antemural contra los adversarios, como para
asegurarle el cumplimiento de sus decisiones. En opinión de Daza, esa conducta
revelaba que habían quedado atrás los tiempos de desacatos e indisciplina que ha-
bían escandalizado al mundo y ensangrentado al país. El ejército, al dejarse llevar
“por el sentimiento del deber y por la irresistible fuerza del progreso” satisfacía
las aspiraciones de paz del pueblo, y los anhelos de orden del gobierno. Pero
para que tal tarea de “moralizar al hombre y quitar un peligro a la sociedad” se
concretase, Daza había solicitado a los diputados su apoyo a una reforma militar
que potenciara la ley de 1843 expedida por José Ballivián. Solo así podría estar la
Cámara segura del disciplinamiento del ejército al poder civil y de que merced
a ello las revoluciones quedarían controladas.
A juicio de Daza, los principales males que aquejaban al ejército eran: la
naturaleza de los soldados; la poca educación del pueblo; un mal sistema de
movilidad y aprovisionamiento de tropas; y los bajos salarios. Para solventarlos
proponía una reforma basada en tres acciones básicas.
En primer lugar era preciso un buen sistema de conscripción. La obliga-
ción al labriego o artesano de contribuir con su sangre al bienestar de la patria
mientras se eximía de lo mismo “al hombre de proporciones” no generaba
buenos soldados. Como tampoco lo hacía el destinar a los vagos, a los mal
entretenidos al servicio de las armas y menos aún sacar de los presidios “a los
más criminales, a los más forajidos” para encargarles la defensa de la patria y
de sus libertades públicas. Todo ello únicamente redundaba en desprestigiar
la carrera militar. Ese reclutamiento podía haber tenido su razón de ser “en
el tiempo de las levas del coloniaje español que trataba de ahogar las nobles
aspiraciones del continente en la sangre de sus propios hijos”, pero ahora era
un anacronismo que se solventaría con un servicio de armas obligatorio a to-
dos. Solo a condición de que cada ciudadano fuera soldado se acabaría con un
ejército inmoral basado en el principio de creer que “el proletario sin fortuna y
familia defenderá mejor la autonomía y las libertades de la patria” que quienes
tenían bienes que perder. Para lograr un ejército verdaderamente nacional,
la semana magna de cochabamba 263
Daza proponía una relectura del artículo 29 de la constitución que permitía a
todo boliviano “el derecho de tener un arma para defender el orden público y
las instituciones”. Interpretaba que esa aseveración llevaba implícito el servicio
obligatorio para todos, porque el ejercicio de tal derecho traía necesariamente
consigo el reconocimiento de esa obligación. Abogaba, en consecuencia, por
él y por la prohibición absoluta de remplazo personal. En segundo lugar, para
lograr que el “ciudadano inteligente” conformara al ejército Daza apostaba
por sistematizar su instrucción a través de un Colegio Militar y destinarlo
posteriormente a cuarteles correctamente equipados y acondicionados; siendo
imprescindible, en tercer lugar, que los soldados recibieran recompensas a su
trabajo basadas en el heroísmo, la instrucción y la antigüedad. Daza concluía
diciendo que la buena organización del ejército no era solo una necesidad
militar, sino esencialmente social. Como la guerra era un mal difícil de evitar,
la solución no estaba en la reducción del ejército o su disolución a favor de las
guardias cívicas, como aconsejaban algunos asamblearios. La única manera de
impedir que actuase como “fuente de las tiranías, de la demagogia y de nuestras
desgracias y miserias” era profesionalizándolo, y para ello se requería realizar
una reforma militar sin escatimar recursos del Erario.685
Si bien la reforma formulada por Daza coincidía con anteriores propuestas
en lo relativo a la profesionalización del ejército, implicaba como novedad una
clara desestimación de las guardias cívicas como cuerpos armados y, por tanto,
un rechazo a la gestión civil armada de los conflictos. Su afirmación acerca de
que la rebelión paceña se había solventado sin la ayuda de la guardia nacional
redundaba en la idea de que el ejercicio de la fuerza debía de estar monopolizado
desde un Ejecutivo centralizado. Se imponía imprescindible, entonces, desman-
telar las autonomías de los municipios al respecto, con lo que la pertinencia de
la modalidad de ciudadanía armada popular quedaba invalidada.686 Como ya se ha
indicado, la reforma no había sido consentida por la Asamblea de 1874, a lo que
Daza había respondido con soluciones propias materializadas en el reforzamiento
del batallón Los Colorados.687 Dado que para las medidas de profesionalización
del ejército habría que esperar a la debacle boliviana en la Guerra del Pacífico
(1879-1883),688 se discutirá a continuación el nuevo proceso de desarme o dis-
ciplinamiento del ciudadano armado y la conversión del gobierno en el órgano
encargado de decidir el momento y la envergadura de su acción. Para ello se ha
recurrido al análisis de la respuesta judicial a la secuencia revolucionaria de la
Semana Magna de Cochabamba.
685 Hilarión Daza, Memoria del ministro de la Guerra a la Asamblea Ordinaria de 1874, Sucre,
Imp. Pedro España, 1874, pp. 2, 5, 10-12, 15.
686 Daza, op. cit., 1875, p. 3.
687 Guzmán, op. cit., 1919, pp. 134-146.
688 Sanginés, op. cit., 1902, pp. 247-249; Dunkerley, op. cit., 1987, p. 33; Quintana, op. cit., 1998,
p. 26.
264 ciudadanos armados de ley
Con fecha de 15 de abril de 1875 Frías promulgó un decreto por el que se
confiscaban los bienes de los vencidos con el pretexto de que se trataba de “una
indemnización de daños y perjuicios”. A ello siguió que entre mayo y julio del
mismo año más de doscientos implicados en los sucesos de La Paz y Cocha-
bamba fueron citados a los tribunales. La mayoría de ellos estaban libres porque
habían recibido un salvoconducto político a cambio de la entrega de las armas,
permaneciendo los jefes de la revolución que no habían huido bajo vigilancia
policial en sus respectivas localidades. Dado que fue el proceso judicial seguido en
Cochabamba el que ha generado la mayor parte de la documentación encontrada
hasta la fecha sobre todo el suceso revolucionario y que ha terminado por darle
nombre, la discusión se centrará en los debates acaecidos en ella.
En Cochabamba, Aguirre y otros cincuenta hombres recibieron una pro-
videncia de acusación de la Sala de la Corte Superior del Distrito –compuesta
por los Drs. José María Gutiérrez Mariscal, Agustín Valdivieso y José Manuel
de la Reza–, y el requerimiento del fiscal Marcelino Cárdenas por los delitos de
rebelión, asesinato, robo de caudales públicos y particulares, incendio y destruc-
ción de edificios públicos y particulares. El proceso se organizó en treinta días,
declarándose reos prófugos a los individuos que no acudieran a la citación. Por
primera vez se utilizaba el código penal para castigar “faltas, delitos o sacrificios
políticos”, pidiendo el fiscal la cárcel, la confiscación de bienes (en violación a
los artículos 8 y 7 de la Constitución de 1871) e incluso la excomunión contra
los incendiarios de las propiedades del obispo Granado. En general, las penas
impuestas fueron leves, siendo escuchadas las peticiones de amnistía de los encau-
sados, como las del Club de la Alianza Nacional; ya que lo que más importaba al
gobierno no era imponer fuertes castigos, sino establecer una alternativa judicial
que disuadiese de futuras asonadas. Sin embargo, los reos protestaron ante el
hecho mismo del juicio. Criticaron la “admirable rapidez” del proceso, y sobre
todo que no hubiera ni “clasificaciones de delitos, ni gradación de delincuen-
tes”, ni nada que pudiese “conservar ilesa la majestad de la justicia ordinaria”.689
El proceso judicial fue interpretado, en consecuencia, como un acto público
de humillación de los vencidos en el que la justicia se había convertido en una
venganza política y, lo que era peor, en un precedente que atentaba contra el
legítimo derecho de rebelión.
Antes, durante y después del juicio se produjo un proceso paralelo, esta vez
de cara a la opinión pública, en el que batallaron folletos y artículos de prensa a
favor y en contra de lo ocurrido. Estuvieron escritos en su mayoría por los impli-
cados, tanto en la sublevación como en la organización y dirección del juicio, y
689 Sanginés, op. cit., 1902, p. 247; Aguirrre, op. cit., 1875a, pp. 67-69; Una hoja, op. cit., 1875, p.
13; Manuel María Jordán, Acusación ante los tribunales ordinarios y la opinión pública, La Paz,
Imp. de la Unión Americana de César Sevilla, 1875a, p. 4; Gutiérrez, op. cit., 1875, pp, 1-8;
Méndez, op. cit., 1875b, pp. 20-31.
la semana magna de cochabamba 265
dieron lugar a querellas y denuncias por supuestos delitos de injurias públicas. A
través de textos publicados en Bolivia, pero también en Tacna, Iquique, Arequipa
y Lima, los rebeldes –muchos de ellos prófugos– quisieron impugnar el oficial
“triunfo definitivo del imperio de la ley”, mientras que el gobierno buscaba
asentar políticamente sus logros judiciales. Del lado insurgente, los principales
portavoces fueron: Miguel María Aguirre, Julio Méndez, José María Lavayen
(seud.) y Román Sánchez (seud.). Y, del lado oficial, escribieron: los letrados
Cárdenas, de la Reza y Manuel María Jordán. A los primeros los secundó La
Republica de La Paz, El Tribuno de Cochabamba, La Constitución o Muerte de
Oruro, El Estandarte Civil de Potosí, El Pensamiento de Cobija y El Clamor del
Pueblo de Cochabamba, y a los segundos La Reforma de La Paz, El Régimen Legal
de Sucre y La Ley de Cochabamba.690
En opinión de Aguirre y Méndez, la salvación de la patria era la ley supre-
ma. Con el objetivo de “poner freno a la dictadura militar encubierta de Daza,
corregir los abusos del espíritu de rebelión y acabar con la monomanía revo-
lucionaria”, se habían visto obligados a incurrir en una serie de medidas –em-
préstitos forzosos, toma de caudales de la municipalidad y del banco nacional,
construcción de murallas, destrucción de edificios, etc.– que trajeron los mismos
perjuicios a los habitantes que los actos de asedio protagonizados por el ejército
sitiador. Sin embargo, esas eran calamidades propias de una guerra civil que el
fiscal confundía con “la verdadera criminalidad común”, sin atender a que no
solo no existió malicia691 en el delito, sino que regía el derecho de gentes. Hasta
el momento este había sido respetado. Y, aunque los gobiernos más tiránicos
habían reprimido las revoluciones por medio del patíbulo y del destierro, no se
habían atrevido a justificar legalmente esos medios. Por ello, el hecho de que el
gobierno de Frías quisiese fundar “una escuela que autorizara todos los excesos
del poder”, invocando para ello la genuina representación de la ley, constituía
la más perversa de las venganzas políticas.692
Román Sánchez defendió que el juicio no tenía validez ni los acusados eran
reos de rebelión porque la naturaleza de los delitos políticos era esencialmente
distinta de la de los crímenes ordinarios. No era justificable que la asociación
armada de una gran parte del pueblo “para proclamar la práctica verdadera y
real de las garantías constitucionales” por creerlas holladas de buena o de mala
fe, fuese igualada a una asociación que se armaba “para asaltar los caminos, ta-
lar y robar”. Además, la revolución en su programa y en su desarrollo material
690 Sanginés, op. cit., 1902, p. 247; Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 67-69; Una hoja, op. cit., 1875, p.
13; Jordán, op. cit., 1875a, pp. 1-4.
691 “Comete delito el que libre y voluntariamente y con malicia hace u omite lo que la ley
prohíbe o manda bajo alguna pena. En toda infracción libre de la ley se entenderá haber
voluntad y malicia mientras que el infractor no pruebe o no resulte claramente lo contrario”
(art. 1 Código Penal).
692 Aguirre, op. cit., 1875a, pp. 11-13; Méndez, op. cit., 1875b, p. 2; Aguirre, op. cit., 1875b, p. 96.
266 ciudadanos armados de ley
constituía un hecho esencialmente político que no afectaba al orden social, de
manera que si había conculcado alguna ley, ello no había comprometido la exis-
tencia de la sociedad ni sus derechos. Y si bien no eran deseables los medios de
la democracia armada, había que reconocer que la mayoría de los gobiernos se
habían entronizado por medio de revoluciones. Luego el problema no residía
en su existencia, sino en que, una vez develadas y reconquistado el orden, el
gobierno supiera restablecer convincentemente la confianza pública. Pero la
armonía, o al menos la tolerancia entre los partidos, no se conseguía mediante un
proceso judicial, ya que las persecuciones y condenas solo abrían más el abismo
que los separaba. Era imperativa la solución tradicional de la amnistía, porque
el pueblo sublevado no estaba compuesto por una pandilla “de bandidos, vagos,
incendiarios, comunarios, facinerosos y ladrones”, ni los gerentes de la revolución
eran “media docena de hombres vagos sin profesión ni ocupación sin oficio ni
beneficio que apadrina[ban] una turba de malhechores”, como señalaba el go-
bierno. Eran los candidatos, miembros y simpatizantes de dos partidos políticos
que unidos habían reconfirmado su mayoría electoral en actas populares que
“apoyaron la formación del Supremo Directorio”. En consecuencia, desarrollar
procesos judiciales contra los dos grandes partidos de la oposición acusándoles de
realizar una “disociadora e inmotivada” rebelión era el más “impolítico, ineficaz
y peligroso de los procesos políticos” porque con ello la ley y la potestad judicial
quedaban desacreditadas.693
En contrapartida a lo anterior, para el gobierno de Frías el problema político
central vinculado a las revoluciones era la usurpación de la autoridad guberna-
mental por parte de la población. Tal usurpación no estaba referida al hecho de
que en su calidad de ciudadano armado pudiese deponer al gobierno. Aludía al
hecho de que en su afán de precautelar el orden constitucional parte del pueblo
asumiese funciones o potestades que correspondían a autoridades legítimas, y
actuara, en consecuencia, como un poder autónomo que imponían sus decisiones
al Ejecutivo. Aunque el principio de revolución lo hacía posible no se trataba de
invalidar tal noción. En su lugar, se buscaba restringir las posibilidades de que
una insurrección pudiese ser calificada de revolucionaria y, con ello, disminuir
duplicidades en el ejercicio de la autoridad y evitar que el pueblo dictaminase
fuera de las elecciones en quién delegaba su consentimiento. Para esto último
se había recurrido a criminalizar a los revolucionarios –líderes y seguidores–, y
a desposeerlos de su capacidad como pueblo soberano.
Respecto a la ilegitimidad de una rebelión, como ya se ha indicado en los
párrafos anteriores, la discusión se centró en determinar si las acciones armadas
constituían actos de prevención constitucional contra una dictadura militar en-
cubierta y sostenida por la debilidad del gobierno o si eran simplemente actos
693 Román Sánchez, Los procesos políticos seguidos contra la revolución de 1874 y sus gerentes, Cocha-
bamba, Imp. Gutiérrez, 1875, pp. 2-32.
la semana magna de cochabamba 267
criminales. El fiscal Cárdenas se mostró conforme con lo segundo porque “la
revolución [era] la mayor y la más temible calamidad que p[odía] afligir a la socie-
dad o al orden social”. Colocaba en peligro la vida, la propiedad y hasta el honor
de los asociados y sembraba desconfianza, pánico y terror entre todas las clases
sociales, siendo el sufragio popular el único medio legítimo y legal de acceso al
gobierno. Pero, pese a lo perjudicial de una revolución, Cárdenas no negaba su
extrema necesidad. Defendía que lo ocurrido en La Paz y Cochabamba no había
sido una “insurrección de caudillaje” y, por tanto, un hecho criminal por tres
razones. Primera, sus autores habían constituido una pequeña fracción de pue-
blo acompañada de “una soldadesca desenfrenada y beoda”. Segunda, se habían
dedicado al saqueo y a la expoliación violenta de los fondos públicos y privados
en ambas localidades con el consiguiente menoscabo de la patria. Y aunque los
sublevados habían explicado que su acción no afectaba tanto al orden social, sino
solo político, ello era falaz porque ambos órdenes eran inseparables y sintetizaban
a “la sociedad misma políticamente ordenada bajo tal o cual forma de gobierno
con tendencias al bien procomunal”. La paralización y consiguientes pérdidas
en el comercio, la suspensión del trabajo diario del artesano, la falta de medios
para desarrollar la industria y el estancamiento de los negocios lo demostraba, al
igual que lo hacía la zozobra en que vivía el ciudadano atacado por la fuerza en
sus derechos de vida, de libertad y propiedad, sometido a prisión en la forma de
reclutamiento y presa de confiscaciones o empréstitos forzosos. Y, tercera, por
lo anterior, invocar el derecho de gentes era consentir la impunidad a criminales
y ponerse en abierta contradicción con el código penal vigente, que, según su
artículo 175, tipificaba como delito de rebelión al “levantamiento o insurrec-
ción de una porción más o menos numerosa de súbditos de la República que se
alza[ban]n contra la patria o contra el gobierno supremo legítimo de la nación
negándole la obediencia debida o procurando sustraerse a ella o haciéndole la
guerra con las armas”. Los rebeldes debían ser juzgados y castigados no solo por
ese delito, sino también por cualesquier otra transgresión legal que hubieran
cometido en el curso del conflicto como indicaba el artículo 190. El objetivo
era que los futuros insurrectos supiesen que de ser vencidos tendrían que sufrir
la sanción de las leyes.694
José Manuel de la Reza añadió que una revolución era constitucionalmen-
te justa tan solo cuando se hacía insoportable una tiranía que arrebataba toda
libertad, que suprimía todos los derechos y garantías de los ciudadanos, que
invadía los otros altos poderes, malversaba las rentas nacionales o pervertía la
moral como había ocurrido con el gobierno de Mariano Melgarejo. Nada de ello
había podido formular la prensa revolucionaria. Las cuestiones que reclamaban
“como el pleito con las municipalidades y el tratado de límites con Chile o la
vaguedad sin sentido de los intereses de la camarilla en el Gabinete o la mera
694 Cárdenas, op. cit., 1875, pp. 4-14.
268 ciudadanos armados de ley
suposición de amenaza del ministro de Guerra al orden público” eran asuntos
juzgados por la Asamblea y desmentidos por actos de lealtad comprobada.
Sobre si los partidos de Corral y Quevedo poseían la mayoría de sufragios del
pueblo para la presidencia, insistió en que los votos a su favor desaparecieron en
el acto de proclamación del presidente legal. En un sistema representativo las
minorías no podían retener los votos y usarlos a capricho ya que desaparecería
todo gobierno. Y si Ballivián no había reunido la mayoría de sufragios de los
ciudadanos, sí había conseguido la mayoría de los votos de los representantes del
pueblo. Como esto había sucedido y los dos candidatos rebeldes también habían
reconocido en su momento la legitimidad del presidente Frías y el deber de
respetar su gobierno, su acción se reducía a un gesto faccioso sin apoyo popular.
No había sido un combate entre dos partidos que representasen dos sistemas
de gobierno y a los que estarían afiliados todos habitantes. En consecuencia, lo
ocurrido no podía asumirse como una guerra civil y menos que tuviera que ser
observado el derecho de gentes. Había que juzgar a los sediciosos por el código
penal porque de lo contrario el país sería vituperado internacionalmente como
carente “de garantías para la vida y propiedad”. El delito de rebelión era como
cualquier otro y aunque la amnistía o ley del olvido podría ser una solución, lo
cierto era que los amnistiados volvían a rebelarse, por lo que había que poner fin
a esa práctica mediante la aplicación de la ley.695 Solo así el triunfo material de las
armas o la razón de la fuerza podría ser sustituido por el fomento del derecho.
Otro argumento para reducir las opciones de que una insurrección fuese
legítima estaba referido a la naturaleza de la población boliviana participante en
los sucesos revolucionarios.696 El objetivo de descalificar su potencial político
como “pueblo en armas” se asentó en dos premisas: las revueltas no eran revo-
lucionarias porque tenían escaso respaldo popular y las revueltas no eran revo-
lucionarias porque tenían el apoyo de un pueblo corrompido y que por ello no
podía ser el verdadero pueblo. Sobre lo primero, para contradecir la propaganda
rebelde acerca de que en su levantamiento habían intervenido “cinco departa-
mentos” dirigidos por “los dos partidos que representaban los dos tercios de la
población”, los portavoces del gobierno dijeron que la población movilizada no
solo había sido escasa. Había sido también forzada a participar en la contienda
por líderes “adictos a la revolución que defend[ían] el delito de rebelión sobre
la perversión de los principios y de las leyes patrias”. Su ejército se reducía a
menos de novecientos hombres sin instrucción y reclutados de las localidades de
Chayanta, Tarata, Cliza y Cochabamba. A ellos había que sumar los miembros de
los motines militares, todos “soldados y oficiales de poca graduación del Batallón
Segundo en La Paz y del Batallón Tercero en Cochabamba”. En vista de ello,
695 Reza, op. cit., 1875, pp. 9-19.
696 Arturo Argueta Villamar, El darwinismo en Iberoamérica. Bolivia y México, Madrid, Catarata-
csic, 2009, pp. 141-216.
la semana magna de cochabamba 269
el nombre de Ejército Popular del Centro no respondía a que fuese el defensor
del pueblo. Obedecía a estar compuesto “por los militares retirados del sexenio,
mineros, artesanos y agricultores”, además de presos liberados para la ocasión.
En su mayoría habían sido tomados por la fuerza de sus hogares y obligados a
intervenir en el combate junto a otra gente que había quedado “presa dentro de
grandes barricadas”. De hecho muchas “personas notables con armas y sin armas,
vecinos pacíficos, artesanos y agricultores” habían huido de él y del “triunfo
de los comunistas en Cochabamba” en busca de la protección de las fuerzas
gubernamentales. En suma, a juicio del gobierno, el número y condiciones de
los participantes reducían los movimientos subversivos a facciones personalistas
sin apoyo popular, cuyos líderes iban “sin rumbo a la cabeza de las multitudes”.697
Ante la insistencia de los folletinistas de la trascendencia popular de las jor-
nadas de diciembre y marzo,698 a las descalificaciones oficiales sobre la cuantía
del pueblo participante se sumaron otras relativas a su naturaleza políticamente
defectuosa. A causa de ella, en “las delicadas democracias de América” los con-
ductores de “las turbas” tenían que ser “muy hábiles y honrados para dirigirlas
por los rectos senderos del bien”. De lo contrario ocurriría lo visto en La Paz y
Cochabamba: “la sublevación de las masas que habían proclamado la Comuna”
y desarrollado un combate bárbaro y salvaje contra los defensores de la ley. Ese
razonamiento se asentaba en la distinción de dos tipos de pueblo: de un lado, la
clase sensata del país; y, de otro, una clase de ciudadanos cuya ilustración no se
hallaba a la altura de su buena fe y de su patriotismo. El primero comprendía
un reducido grupo de personas que en su gran mayoría pertenecían al partido
de Frías y eran “los ciudadanos que tienen propiedades e intereses”, la “porción
conspicua de personas” que creían en la ley, la justicia y las garantías públicas
y privadas. Era un pueblo “cansado de los golpes y los abusos de la canallada
[…] que no contemporaneizaba con la amalgama híbrida del sexenio quevedista
[melgarejista] ni con el bienio corralista”. El segundo tipo de pueblo, al no se-
guir las enseñanzas ni los valores del primero, demostraba carecer de un juicio
político fiable, no constituyendo, por tanto, un verdadero pueblo. Manuel María
Jordán lo describía conformado por “una numerosa juventud todavía inocente
que aspira a discernir y conocer la verdad y solo la verdad que la ambición y la
demagogia la oculta[ban]n entre alucinantes sofismas” y por aquellos bolivianos
697 a.m., op. cit., 1875, pp. 6-8 y 11; Reza, op. cit., 1875, p. 22; Bolivia, op. cit., 1875, p. 1; La
última, op. cit., 1875, p. 10.
698 Hay que señalar que a esta percepción también contribuyeron algunos folletinistas rebeldes
al culpar de la derrota a unos soldados “insubordinados que obraban sin orden, se fingían
enfermos” o “estaban dispuestos a entrar en capitulaciones con las tropas del gobierno acep-
tando las garantías ofrecidas”. Ello mereció contestaciones por parte de soldados que vieron
la causa principal de lo sucedido en la derrota de La Paz: aunque a su lado estaba “la plebe”
y “los ciudadanos” y contaban con soldados melgarejistas que hacían profesional el ejército,
“la noticia del 20 de marzo lo cambió todo” (Ligera Contestación, pp. 3-24).
270 ciudadanos armados de ley
que tan pronto trabajaban en su taller y cultivaban el campo, como estaban “en
las calles y en las plazas fusil en mano, oyendo ardores de la elocuencia gue-
rrera y discutiendo lanza en ristre y bayoneta calada sus legítimos derechos”.
Estos últimos constituían una “plebe famélica” que amaba a la patria “como el
sectario a su doctrina”, y que, en consecuencia, resultaba fácilmente seducida
por “la dictadura del sable”. Sus líderes eran “chusma pandillera” formada por
una “turba de hombres de color bronceado, aliento pestífero de beodez, mirada
siniestra y salvaje, cabellera aceitosa y desgreñada, de continente sospechoso y
repugnante, camisa sucia, levita raída o chaqueta mugrienta”. Derramaban sin
mesura “los billetes de banco en el taller del artesano, en la cuadra del soldado
o en la buhardilla del patán” y enardecían sin escrúpulos a la gentuza de los
arrabales y la hez de los cuarteles.
Ante esa naturaleza defectuosa de la población solo había dos soluciones
relacionadas. Por un lado, castigar a “la multitud armada” por medio de la ley
para que aprendiese a no buscar “el pan en la hornaza de las puebladas o en el
calor de los cuarteles” y para que el escarmiento penal evitara la impunidad de
los delincuentes y la perpetuación de otros delitos. Por otro, había que enseñar
“al inocente y sencillo pueblo” a respetar la ley y el orden. Esto es, había que
terminar con la ciudadanía armada popular porque esta modalidad, debido a la
incultura política de las masas, favorecía a los facciosos y generaba la tiranía del
pueblo. Con ello la estabilidad del país quedaba en riesgo al darse una dinámica
de violencia pública que impedía que ningún gobierno, legítimo o no, quedase
a salvo de una rebelión.699
En un contexto en el que comenzaba a primar una visión racializada de
la sociedad, avalada por la ciencia de la época, esta devaluación discursiva del
pueblo quedaba cada vez más explicada a partir del origen étnico –indígena y
mestizo– de sus componentes, incapaces por lo mismo de “practicar y compren-
der los deberes republicanos” y culpables por tanto de producir “arbitrariedad y
anarquía”.700 Asimismo, la consideración del pueblo que secundaba una revuelta
como “populachoo chusma ignorante” expresaba un cambio en la concepción
del pueblo depositario de la soberanía popular. Se pasaba de un pueblo soberano
gracias al ejercicio de la violencia, como habían mostrado las movilizaciones po-
pulares contra Yáñez o la revolución de 1870, a un pueblo que no podía ejercer
su soberanía porque estaba corrompido por el empleo ilegítimo de la violencia.
699 Manuel María Jordán, El pueblo y el gobierno contra las facciones, Cochabamba, Imp. Gutiérrez,
1875a, pp. 2-22; Bolivia, p. 9; a.m., op. cit., 1875, p. 5; Cárdenas, op. cit., 1875, p. 7; Ricardo
Terrazas, A mis compatriotas, Londres, Establecimiento Tipográfico de Werthelmer, Lea y
Cía, 1875, pp. 2-5.
700 Sobre el refrendo político e intelectual véanse: Irurozqui, op. cit., 1994; Fernando Unzueta,
La imaginación histórica y el romance nacional en Hispanoamérica, Berkeley, Latinoamericana
Editores, 1996; Irurozqui, op. cit., 2000; Salmón, op. cit., 1997; Paz Soldán, op. cit., 2003;
Ximena Soruco, La ciudad de los cholos. Mestizaje y colonialidad en Bolivia, siglos xix y xx, La
Paz, Plural editores, 2011.
la semana magna de cochabamba 271
El replanteamiento del ciudadano armado que se derivó del juicio a la Sema-
na Magna de Cochabamba dejaba su definición práctica a merced del Ejecutivo
bajo el argumento de que no se podía atentar contra el principio de autoridad y
menos atomizarla, aunque fuese con intenciones precautelares. Ello trajo con-
sigo una revaluación del legado de la Independencia. Si hasta ese momento la
emancipación sintetizaba el origen de un gobierno libre y soberano, a partir de
los sucesos de 1874 y 1875 comenzó a tomar cuerpo otra versión de la misma.
Esta revelaba el hartazgo de justificar en el hecho histórico fundador de la nación
el recurso a la fuerza para dirimir cualquier asunto político. Había ya que acabar
con “el círculo vicioso por donde hemos caminado hasta ahora en cincuenta años
de vida independiente” y que daba por buena “la revolución en Bolivia o sus
frecuentes revueltas de caudillaje […], impidiendo el advenimiento de días de paz
y ventura, imposibilitando el afianzamiento de sus instituciones y la trasmisión
de los gobiernos por vías pacíficas de la ley, supremos bienes garantizadores del
orden social y del progreso”. Si bien gracias a la guerra durante quince años
con España, la patria boliviana había recogido “la bandera de la democracia”,
lo cierto era que del poder godo se había pasado casi siempre al poder de los
tiranos demócratas, quedando la constitucionalidad del país reducida a “un libro
de preceptos”. No se trataba de renunciar a los grandes beneficios provenientes
de la lucha independentista, sino de combatir el principal mal que había dejado
tan larga guerra: “sociedades desorganizadas que no debían volver a ponerse
sobre sus quicios sino al amparo de un sistema de leyes sabiamente concebidas
e inflexiblemente ejecutadas”.701
Como resultado de ambas narrativas sobre el pueblo y la independencia,
se abogó por una desciudadanización del soldado y una desmilitarización de la
población, equivaliendo esta última a una despolitización popular en el sentido
de pautar el modo en que el pueblo, sobre todos los estratos populares, debía
intervenir en la vida pública. La violencia popular autónoma quedaba clausurada
convirtiéndose en un recurso administrado desde el gobierno y dictaminado por
la ley. Las prácticas democráticas debían quedar reducidas a las relativas a la de-
mocracia pacífica –voto, opinión y petición–; pero incluso el derecho de petición
resultaba sospechoso porque casi siempre aparecía anexo a un cabildo abierto o
una junta. Esa insistencia en que el sufragio popular era el único modo legítimo
en democracia de conseguir un cambio de poder implicaba un entendimiento
cada vez más restrictivo del ejercicio democrático en el que primaba el acto
de votar sobre el de debatir lo que se votaba. Aunque la frase “la discusión de
balas y de sangre sea la de las palabras”702 todavía mantenía latente el principio
de opinión, también sintetizaba el esfuerzo de disciplinar la ciudadanía armada
701 Cárdenas, op. cit., 1875, pp. 3-19; Bolivia, op. cit., 1875, pp. 23-25; Una hoja, op. cit., 1875, pp.
1-2.
702 Cárdenas, op. cit., 1875, p. 19.
272 ciudadanos armados de ley
por medio de legislar sobre las revoluciones y reducir el ámbito de acción del
pueblo soberano.
En las elecciones presidenciales anunciadas por Frías, José María Santiváñez
del Partido Rojo y respaldado por el Ejecutivo se enfrentó con Hilarión Daza y
Jorge Oblitas, quien posteriormente retiró su candidatura y apoyó a Daza como
único líder opositor.703 El golpe ministerial de Daza –o “el cambio pacíficodel
4 de mayo de 1876”, como le llamaron sus seguidores dos días antes de que
tuvieranlugar los comicios– hizo que se cumplieran las previsiones de los re-
beldes respecto a las ambiciones del nuevo presidente.704 Sin embargo, ello no
impidió a los golpistas decir que había sido una medida de emergencia tendente
a evitar que “todos los pueblos de Bolivia y todos los partidos militantes” se
despedazaran en una sangrienta lucha, siendo la posterior muerte de Quevedo
el 24 de agosto de 1876 una garantía de paz.705 Con ocasión de las elecciones a
diputados por Potosí de abril de 1877, Frías denunció el secuestro del ejercicio
del derecho de sufragio –y con él de la soberanía de Bolivia– perpetrado por
Daza. En una carta dirigida a Corral y Quevedo desde Arequipa el 4 de junio
de 1876, Frías rememoraba su central papel en el éxito de los pasados aconteci-
mientos revolucionarios de 1870 en Potosí y la Paz con la intención de buscar
un acercamiento a ambos políticos. Aunque recogía la fórmula de la unión
de los grandes partidos formulada por ellos en 1874, no pretendía organizar
una respuesta armada, como le criticaron sus detractores. Aspiraba a obtener
un frente fuerte en la Asamblea que desde el Legislativo coartara las acciones
de “esa bandada de prevaricadores profesionales que no ha[bían]n ahorrado
ninguna de las violaciones y blasfemias contra la constitución democrática y
contra la base electoral de todo estado americano”. Y añadía que solo mediante
las deliberaciones parlamentarias apoyadas en el sufragio popular y la opinión
pública podía acabarse con la mala interpretación de tomar toda acción política
como sinónimo de acción armada. Explicaba la persistencia de ese hecho en un
703 Del Oficio confidencial 3 de 1875 (Daza, op. cit., 1875, p. 4) se infiere que Corral trató de pac-
tar con Daza su elección presidencial, siendo la postura de Oblitas acorde a ello. También
se observa un movimiento parecido en relación con los rebeldes cruceños. En un inicio
Ibáñez había optado por Oblitas, por ser “amigo de los corralistas”, pero tras su renuncia
el Partido de la Igualdad apoyó a Daza como opositor de los rojos. En caso del triunfo de
Daza, los igualitarios aspiraban a obtener el control sobre el departamento como premio
por su apoyo. En el proceso electoral, los igualitarios proclamaron que su verdadera meta
consistía en la “defensa de los pobres”, del pueblo compuesto de labradores y artesanos, y
en el desarrollo en nombre de la equidad de un nuevo sistema de poder, del self-government
(autogobierno), de la descentralización y la municipalización de Bolivia (Schelchkov, op.
cit., 2016, pp. 274-275). Tampoco debe olvidarse el hecho de que Corral había sido, junto a
Morales, padrino de la boda de Daza el 12 de octubre de 1872 con Benita Gutiérrez.
704 Manifestación del Club Nacional, Liberal y fusionista en el gran día del 9 de diciembre de 1875,
Sucre, Imp. Pedro España, 1875, pp. 1-30; Vidaurre, op. cit., 1975, pp. 74-75.
705 Carlos de Villegas, Memoria que presenta el general ministro de la guerra a la honorable asamblea
constituyente, La Paz, Imprenta de la Unión Americana de César Sevilla, 1877, pp. 1-2, 5.
la semana magna de cochabamba 273
“hibridismo metafísico” que confundía la fuerza del derecho, representada por
la unión y cohesión moral de los grandes partidos, con la reunión de fuerzas
combatientes movidas al impulso de las pasiones hambrientas.706
Si bien los esfuerzos de Frías, primero como presidente y más tarde como
opositor, de dar relevancia al parlamentarismo no dieronlos frutos esperados, lo
importante de la censura gubernamental del episodio revolucionario de la Semana
Magna fue la urgencia de desmilitarización de la vida política y el desarme de la
población. Sin cuestionar en ningún momento el valor de la ciudadanía armada
como un recurso para garantizar el imperio de la ley y sin negar que fuera mo-
ralmente lícito recurrir a la fuerza para alcanzar objetivos políticos vinculados a
la defensa de la soberanía popular, el gobierno de Frías había tratado de imponer
el principio de autoridad –y no de autoritarismo– a través de reducir los casos
de uso legítimo de la violencia. Como la libertad se asociaba estrechamente con
la participación en la vida pública, el problema fundamental era cómo lograr un
equilibrio entre el pueblo en armas defensor de la ley y la institucionalización de
la vida política a fin de que las contradicciones políticas se expresasen por canales
ajenos a la violencia y que la acción en la calle de los movimientos sociales no
impidiese gobernar la República. La ocasión para resolverlo con una limitación
de la participación del pueblo en las decisiones del gobierno y con una mayor
competencia de este en las acciones del mismo volvería a ser reaparecer después
de la Guerra del Pacífico con los gobiernos conservadores, estando los argumen-
tos aquí expuestos en la base de su narrativa contra el militarismo caudillista y el
populismo demagógico.707
706 Frías, op. cit., 1877, pp. 3-4, 10, 12.
707 Tras la Guerra del Pacífico (1879-1881) se impuso la pacificación de la política como forma
de regeneración nacional frente a los desastres bélicos. Tuvo lugar la progresiva imposición
social de una narrativa que denostaba no solo a la ciudadanía armada protagonizada por
militares, sino también la ejercida por los civiles en armas. Ambas modalidades sufrieron
un proceso de descrédito que convirtió a la primera en la encarnación de “la soldadesca
pretoriana” y a la segunda en la de “la plebe proselitista”, tornándose en fantasmas omnipre-
sentes del discurrir político tanto el militarismo caudillista como el populismo demagógico
(Irurozqui, op. cit., 1994; Irurozqui, op. cit., 2000, cap. i; Marta Irurozqui, “Un mar de sangre
para renacer. Bolivia y la Guerra del Pacífico”, José Antonio Chaupis (ed.), La Guerra del
Pacífico 1879-1883, Lima, Universidad Mayor de San Marcos, 2010, pp. 11-56).
Conclusiones
La ciudadanía armada ha sido el fenómeno institucional escogido para reflexionar
sobre el tema de la violencia en Bolivia durante el periodo de 1839 a 1875. En
un contexto de posible desafuero constitucional, dicha categoría hacía referencia
al derecho y deber de la población de actuar con las armas, siendo la estrategia
insurreccional un recurso no solo legítimo, sino también legalmente lícito para
alcanzar objetivos políticos vinculados a la defensa de la soberanía popular. A
través de ese rescatado contenido conceptual de la ciudadanía armada se ha
revelado un complejo universo político en el que las experiencias republicanas
y liberales han dejado de reducirse a golpismo y abuso militar, a autoritarismo
y presidencialismo o a desgobierno e inestabilidad, para ser vistas a la luz del
ejercicio de la soberanía popular por parte de una sociedad –no opuesta al Estado
porque ambos se constituyen recíprocamente– que se valió de una combinación
de la ley y las armas para materializar tal acto soberano. ¿Qué escenarios, actores
y ocasiones podrían ser interpretados como parte del acto de transgresión consti-
tucional que justificaba el recurso de la ciudadanía armada? ¿cómo se articulaba la
conducta violenta con la construcción nacional y quiénes controlaban, regulaban
o materializaban su ejercicio? y ¿cómo se desarrolló el proceso interpretativo
del texto constitucional en lo referente a la relación entre soberanía popular y
orden público? han sido algunas de las preguntas básicas articuladoras de un
libro interesado en mostrar a través del ejercicio de la violencia la construcción
social de la institucionalidad republicana.
Cuatro han sido los episodios históricos que han permitido razonar sobre la
compatibilidad democrática entre la violencia política y la legalidad constitucional,
el modo en que se construyó en la práctica el derecho/deber del pueblo a la revo-
lución y las formas en que el recurso revolucionario institucionalizó socialmente
[275]
276 ciudadanos armados de ley
instancias de autoridad: los procesos revolucionarios en torno a la Restauración
de 1839; las Matanzas de Yáñez de 1861; la Guerra de 1870; y la Semana Magna
de Cochabamba de 1875. Ese cuádruple proceso insurgente organizado en sus
correspondientes cuatro capítulos ha permitido tipificar la violencia asociada a la
vida pública en tres m odalidades.
La primera alude a la violencia protagonizada por el ejército, siendo dos sus
variedades: 1) las acciones desplegadas en nombre de la soberanía del pueblo
como los golpes militares contra el gobierno por parte de miembros del mismo
(la sublevación militar del coronel Narciso Balza orquestada por el ministro de
Estado Ruperto Fernández en 1861, el golpe de Estado de Mariano Melgarejo en
1864 y los pronunciamientos militares a su favor entre 1864 y 1865, o las subleva-
ciones contra Melgarejo por parte de sus colaboradores entre 1867 y 1869); como
las asonadas revolucionarias para cambiar al titular del Ejecutivo (las revueltas
ballivianistas y crucistas entre 1839 y 1841); o como las revoluciones lideradas
nominalmente por militares (la Revolución Restauradora de 1839 o la Revolu-
ción de 1870); y 2) los motines de soldados o motines cuartelarios relacionado
con reclamaciones por mejoras de salario, manutención, trato o reconocimiento
corporativo (la sublevación del batallón Tercero o Ballivián en Cochabamba el 30
de noviembre de 1874, la insurrección cuartelaria en El Litoral del 16 de enero
de 1875, o la sublevación del batallón Segundo o Los verdes en La Paz el 23 de
diciembre de 1874).
La segunda modalidad recoge la violencia de la población transmutada en el
pueblo en armas, siendo tres sus variantes: 1) los actos homicidas del vecindario
contra el abuso de autoridad (ajusticiamiento popular de Plácido Yáñez); 2) las
movilizaciones políticas y partidarias del pueblo a favor de su redimensionamiento
social (los artesanos agremiados entre 1861 y 1863, el ejército auxiliar aymara
en 1870-71 o los trabajadores urbanos en 1875); y, 3) las conspiraciones revo-
lucionarias de los partidos (la acción de Casimiro Corral en La Paz en 1874, la
asonada del palacio quemado en La Paz en 1875, o la rebelión de Cochabamba
en enero de 1875 que concluyó con el asedio militar a esta ciudad durante la
Semana Santa de 1875).
Por último, la tercera modalidad se refiere a la violencia orquestada por las
autoridades institucionales. A este caso corresponden: 1) la iniciativa revoluciona-
ria del Legislativo (la Revolución Restauradora de 1839 o la Revolución de 1870);
2) la reacción marcial de los gobiernos derrocados (las fuerzas del expresidente
José Miguel de Velasco en 1840-41 o la acción de los ejércitos constitucionales
del Sur y del Norte entre 1865 y 1866); 3) el pacto entre partidos políticos para
reasumir la soberanía del pueblo emanada de las urnas (la coalición de partidos
rivales de 1875 que capitalizaron revolucionariamente el descontento de los
cuarteles con el argumento de acabar con la dictadura militar encubierta del
general Daza y con la debilidad del gobierno frente al militarismo); y 4) las re-
presiones gubernamentales contra los opositores políticos (acciones de Plácido
conclusiones 277
Yáñez contra los belcistas bajo la acusación de preparar una revolución contra
la presidencia provisoria del general José María de Achá) o contra grupos con
reclamaciones regionales-locales (la autorización del gobierno de Tomás Frías en
1875 al ejército de línea para reprimir las sublevaciones y sentar un precedente
legal contra la monomanía revolucionaria).
Esta tipología de la violencia cumple una función didáctica, no absoluta. De
su enunciación no debe deducirse una desconexión entre los tipos de violencia
descritos, sino todo lo contrario, codependencia y entrecruzamiento. Es en la
mixtura de violencias resultante en donde se advierte en toda su complejidad el
desarrollo, el funcionamiento y la acción de despliegue-repliegue de la ciudadanía
armada en lo relativo a la legitimidad/legalidad del acto revolucionario. Con el
objetivo de mostrar su plástico devenir contextual y temporal se ha recurrido
a una lectura conceptual de la ciudadanía armada que, además de implicar la
historización (dar contenido histórico) de otras nociones teóricas aledañas como
‘ciudadanía’, democracia o de los principios de unanimidad y fusión, conlleva
su organización en dos variantes: por un lado, la ciudadanía armada pretoriana o
la delegación de la soberanía a un líder militar; y, por otro, la ciudadanía armada
popular o la acción directa del pueblo. Dicha urdimbre teórica se desarrolla a lo
largo de los cuatro capítulos mencionados, cuya síntesis es la siguiente.
El periodo histórico que va desde la Revolución Restauradora de 1839 hasta
la consolidación nacional boliviana tras la batalla de Ingavi de 1841 da contexto a
la competencia partidaria por el modelo de Estado y por el reparto de autoridad.
Como uno de sus resultados, la ciudadanía armada popular salió reforzada frente
a la pretoriana del litigio entre ejército y pueblo en torno a la representación de
este último. Ello fue debido tanto a la regulación legal de la revolución a través
de la disputa entre el Legislativo y el Ejecutivo, como a la disminución del ries-
go de guerras entre naciones basadas en la estructura territorial española que
devino tras la derrota de las fuerzas peruanas. Para eliminar la amenaza de los
pronunciamientos facciosos y de los gobiernos erigidos a partir del monopolio
particular de las armas, se impulsó desde el gobierno, de un lado, la acción armada
civil a través de las guardias nacionales y, de otro, la conversión del ejército en
una fuerza “obediente” y “no deliberante” mediante su profesionalización. Sin
embargo, hubo que esperar a los sucesos ligados a las Matanzas de Yáñez en
1861 para que solo fuese percibida como legítima aquella violencia que tuviera
a la población civil en armas como principal actor. La centralidad de la ciudada-
nía armada popular no invalidaba la intervención del ejército en la vida pública,
sino la confiscación militar de los derechos del pueblo y la supeditación de la
voluntad popular a dictados unipersonales. Asimismo, la constatación de las
consecuencias negativas que tenía para la población una violación constitucio-
nal producto de las rivalidades partidarias identificó al reino de la ley como el
cauce necesario para el ejercicio del poder político, siendo el pueblo en armas
el necesario garante de su cumplimiento. Y el temor al descontrol popular que
278 ciudadanos armados de ley
acompañaba a todo llamamiento de acción violenta buscó resolverse median-
te una participación del pueblo en la vida pública por cauces institucionales
que asentasen el marco legal responsable de ordenar y legitimar la apuesta
democrática;siendo fundamental en tal maniobra de representación política la
fuerza social de los artesanos agremiados.
A partir del golpe de Estado de Mariano Melgarejo en 1864 y hasta la Re-
volución de 1870 el compromiso patriótico de la población con la nación siguió
concebido como sinónimo del involucramiento activo de esta en tareas políticas
tendentes a defender la legalidad, aunque dichas acciones implicasen a veces con-
ductas violentas. Como consecuencia se mantuvo reforzada la relación pueblo y
ley. Si un desacato a la misma por parte de la autoridad podía vulnerar un orden
originario e impedir la existencia republicana de Bolivia, su defensa y reconstitución
a través del uso de la violencia popular reforzaba su importancia y su centralidad en
el logro del bienestar republicano. En un entorno de movilizaciones populares, la
conversión de la población aymara del Altiplano en pueblo en armas ayudó a que el
partidismo excluyente y militarizado se cuestionara, por considerar que justificaba
comportamientos atroces contra la nación, no siendo, por tanto, desacreditado el
recurso a la guerra como modo de regular la competencia partidaria y la sucesión
en el poder. Ese descrédito sí tuvo lugar entre 1874 y 1875 con ocasión de las su-
blevaciones corralistas y quevedistas contra el gobierno de Tomás Frías, acusado
de infracción constitucional, de encubierta supeditación al ejército y de uso abusivo
del mismo para responder a las demandas populares. A través de una operación de
recuperación del voto ya emitido por parte de la mayoría sufragante, los sublevados
se asumieron como la generalidad del país y en calidad de tal apelaron al derecho
constitucional de resistencia del pueblo frente al despotismo para abrir un nuevo
proceso de elección presidencial. En contrapartida, frente a la lectura de que el
pueblo podía reasumir la soberanía a través del derecho de revolución y la forma-
ción de asambleas constituyentes, el Ejecutivo disputó que la razón de la fuerza
constituyese un derecho y buscó el desarme de los civiles. No se trataba de eliminar
la figura del ciudadano armado como referente de patriotismo, sino de restar al
pueblo espacio de gestión política, por interpretarse que este solo podía gobernar
por medio de sus representantes y de las autoridades creadas por la constitución. El
recurso al que se recurrió para d esmantelar el registro violento del pueblo fueron
los tribunales ordinarios: a través del delito penal de sedición se quiso reducir la
autonomía popular presente en el ciudadano armado. Como resultado, un ejército
constitucional fue responsabilizado en el futuro de impedir que cualquier “reunión
de personas” se atribuyera los derechos del pueblo, imponiéndose la idea de que el
ejercicio de la fuerza debía devenir en monopolio estatal en vez de ser gestionado
por diversas instancias sociales organizadas. El problema persistente fue el grado
de sumisión al Estado del ejército, ya que este, con la excusa de evitar sediciones,
instauró en ocasiones un pretorianismo encubierto que dejaría abierto el camino
a nuevas insurrecciones.
conclusiones 279
Del resumen anterior se desprende que de los dos formatos de ciudadanía
armada, el pretoriano y el popular, fue el segundo el que reguló al primero en sus
excesos contra el orden constitucional, siendo la constatación política de la fuerza
pública lo que terminó por limitar legalmente la acción violenta del pueblo. Ese
paradójico resultado se resume en dos afirmaciones propositivas de naturaleza
historiográfica sobre el ejercicio de la ciudadanía armada: de un lado, propició
el fortalecimiento de la sociedad civil y, de otro, reconfiguró el ejercicio popular
de la soberanía.
El papel de la ciudadanía armada en el fortalecimiento de la sociedad civil
permite cuestionar la asociación historiográfica de los gobiernos militares del
siglo xx con las revoluciones, asonadas o golpes de Estado del siglo xix y la
consecuente creencia en una tradición de violencia política latinoamericana que
ha impedido e impide su desarrollo democrático. Esa trasmutación ideológica
es posible porque la ciudadanía armada posibilita una reformulación del signifi-
cado de la militarización de la vida política decimonónica, haciéndola contraria
a los axiomas que hacen del empleo de las armas un monopolio del ejército,
y que asocian la ocupación de cargos públicos por militares con dominación
militar, con gobierno militar o con el triunfo de los militares sobre el espacio
público. No solo se ha declarado que estos no gobernaban a través de juntas
militares sino siguiendo el protocolo del sistema representativo recogido en la
constitución para salvaguarda de la soberanía popular. También se ha expuesto
el hecho de que los movimientos sediciosos estuvieron liderados y protagonizados
por coaliciones de civiles y militares, la mayor parte de las veces con respaldo insti-
tucional del Legislativo, siendo en muchos casos su objetivo impedir un gobierno
militar o la concentración de poder en sus mandos mediantela militarización
civil de la sociedad. Además, dado que la violencia ejercida por el pueblo en
armas formó parte del repertorio legal y legítimo de respuestas democráticas
a que la población estaba obligada en caso de que el orden institucional se
violase, la naturaleza de la participación de los actores populares no mostraba
únicamente procesos de transversalidad social y étnica: desvelaba también los
modos en que el desempeño plurisocial y plurinstitucional del poder armado
modificó comportamientos, identidades y políticas públicas.
El papel de la ciudadanía armada en la reconfiguración del ejercicio popular
del poder informa tanto de la tensión entre los principios de soberanía popular y
de autoridad, como del proceso por el que la democracia pasó de ser comprendida
como el triunfo de la soberanía popular a hacerlo como el imperio del estado de
derecho. Si bien la violencia vinculada a la ciudadanía armada había favorecido
la aceptación colectiva de la ley constitucional y de los códigos anexos a ella
como matriz institucionalizadora del Estado, ese afianzamiento legal revelaba
una operación doble y contradictoria respecto a la definición de las potestades
del pueblo en la concreción estatal. Por una parte, la violencia ejercida por la
población fue necesaria para fijar la legitimidad gubernamental y definir las
280 ciudadanos armados de ley
jurisdicciones de los tres poderes. Por otra, como esa misma violencia podía
poner en peligro la gobernabilidad de la República se hizo necesario “desarmar
al pueblo” o domesticar su ejercicio de la fuerza. Esa dicotomía implicó: una
progresiva transformación política y social del concepto revolución –con su consi-
guiente deslegitimación y criminalización públicas–, una clara disociación entre la
titularidad de la soberanía y el ejercicio de la misma, y el paulatino asentamiento
oficial de las actividades de la democracia pacífica –elección, asociación, opinión y
petición– frente a las de la democracia armada en la resolución de los conflictos.
Las dos afirmaciones sobre lo posibilitado por el ejercicio de la ciudadanía
armada muestran que la lucha partidaria, expresada con o sin violencia, fue
también, en términos de balance social del poder en un proceso de integración
de los estratos sociales, la lucha por el logro de una mayor reciprocidad en la
dependencia de los gobiernos respecto a los gobernados y de estos segundos
respecto a sus gobiernos. Dicho aumento de reciprocidad sucedió debido a la
conflictiva institucionalización social mediante la política de los canales re-
gulares de comunicación presentes en el sistema r epresentativo.
Con una lectura historiográfica centrada en lo que la violencia permitió en
vez de lo que impidió, este libro ha reconsiderado de forma propositiva, procesual
y abierta la naturaleza de muchas de las experiencias y experimentaciones públicas
bolivianas del siglo xix. Se espera que este esfuerzo que vincula a la violencia
con una múltiple comprensión de la ley –como garante de la soberanía popular,
fuente de gobernabilidad, mecanismo de control partidista o clasificadora del
orden social– ayude a superar algunas de las minusvalías nacionales con que se
ha descrito o imaginado tópicamente a Bolivia.
Cuerpo documental y bibliográfico utilizado
Archivos y bibliotecas
Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (abnb)
Archivo de La Paz o Archivo Departamental de La Paz (alp)
Archivo de la Corte Nacional Electoral
Archivo y Biblioteca de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia
Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de
Bolivia
Archivo y Biblioteca del Instituto Riva-Agüero de Perú.
Archivo Histórico de Límites del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.
Archivo Histórico Nacional de España (ahn)
Biblioteca de la Agencia Española de Cooperación Internacional (aeci)
Biblioteca Nacional (bn)
Biblioteca Tomás Navarro Tomás (btnt) del Centro de Ciencias Humanas y
Sociales (cchs) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas
(csic)
Prensa
El Alacita, La Paz.
La América de Tacna, Tacna.
El Amigo del Pueblo, Potosí.
El Artesano de Sucre, Sucre.
El Artesano de Cochabamba, Cochabamba.
El Artesano, Cochabamba.
La Bandera Tricolor, La Paz.
El Boliviano, La Paz.
Causa Nacional, Sucre.
El Centinela del Ejército. Gaceta militar, Sucre.
Columna de Ingavi, Sucre.
El Comercio, La Paz.
La Concordia, Oruro.
El Cometa, Santa Cruz.
El Constitucional, La Paz.
La Constitución o Muerte, Oruro.
El Cóndor de Bolivia, Sucre.
[281]
282 ciudadanos armados de ley
El Cóndor Restaurado, Chuquisaca.
El Constitucional, La Paz.
El Clamor del Pueblo, Cochabamba.
El Eco de Bolivia, Sucre.
El Eco de la Igualdad, Santa Cruz.
La Época, La Paz.
El Estandarte Civil, Potosí.
La Estrella de Sucre, Sucre.
El Hurón en Chuquisaca, Sucre.
El Investigador, La Paz.
El Illimani, La Paz.
El Juicio Público, La Paz.
La Ley, Cochabamba.
El Mercurio de Tarapacá, Iquique.
El Nacional, La Paz.
La Nación, La Paz.
El Obrero, Sucre.
La Opinión Nacional, Sucre.
La Patria, Lima.
El Pensamiento, Cobija.
El Pensamiento de la Juventud, Sucre.
El Pueblo, La Paz/Sucre.
El Restaurador, Chuquisaca/Sucre.
El Restaurador, La Paz.
El Regenerador, Sucre.
El Régimen Legal, Sucre.
La Reforma, La Paz.
La República, La Paz.
El Telégrafo, La Paz.
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1861 “Quosque Tandem abuteris patientia nostra?”. Tacna: Imp. Pedro Freire.
1861 ¡Septembristas adelante! Tacna: Imp. Andrés Freire.
1861 ¡Adelante septembristas! Tacna: Imp. Andrés Freire.
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