0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas27 páginas

Daleo. - Derecho A La Verdad, La Justicia y La Memoria

El documento aborda la temática de los derechos humanos, específicamente en relación con los genocidios y crímenes de lesa humanidad en Argentina. Se destaca la lucha por la verdad, la justicia y la memoria como ejes fundamentales del movimiento de derechos humanos, enfatizando la importancia de la justicia y la reparación para las víctimas. Además, se menciona la necesidad de recordar y preservar la memoria colectiva para prevenir la negación y el revisionismo histórico.

Cargado por

roblesoak
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas27 páginas

Daleo. - Derecho A La Verdad, La Justicia y La Memoria

El documento aborda la temática de los derechos humanos, específicamente en relación con los genocidios y crímenes de lesa humanidad en Argentina. Se destaca la lucha por la verdad, la justicia y la memoria como ejes fundamentales del movimiento de derechos humanos, enfatizando la importancia de la justicia y la reparación para las víctimas. Además, se menciona la necesidad de recordar y preservar la memoria colectiva para prevenir la negación y el revisionismo histórico.

Cargado por

roblesoak
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
Está en la página 1/ 27

COLECCIÓN PUENTES CP

Serie Extensión y Formación SEF

Derechos Humanos
Genocidios y crímenes de lesa humanidad

Marcelo Ferreira, Mariano Nagy, Alexis Papazian,


Samanta Casareto, Valeria Thus y Graciela Daleo

Prólogo de Gianni Tognoni y Simona Fraudatario


FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

Decana Secretario de Posgrado Consejo Editor


Graciela Morgade Alejandro Balazote Virginia Manzano
Vicedecano Flora Hilert
Secretaria de Marcelo Topuzian
Américo Cristófalo
Transferencia y Relaciones María Marta García Negroni
Secretario General Interinstitucionales
Fernando Rodríguez
Jorge Gugliotta e Internacionales
Gustavo Daujotas
Secretaria de Asuntos Silvana Campanini Hernán Inverso
Académicos Raúl Illescas
Subsecretaria
Sofía Thisted Matías Verdecchia
de Bibliotecas
Secretaria de Hacienda María Rosa Mostaccio Jimena Pautasso
y Administración Grisel Azcuy
Marcela Lamelza Subsecretario Silvia Gattafoni
de Hábitat
Secretaria de Extensión Rosa Gómez
e Infraestructura
Universitaria y Bienestar Rosa Graciela Palmas
Nicolás Escobari Sergio Castelo
Estudiantil
Ivanna Petz Subsecretario Ayelén Suárez
Secretario de Investigación de Publicaciones Directora de imprenta
Marcelo Campagno Matías Cordo Rosa Gómez

Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras


Colección Puentes, Serie Extensión y Formación

Coordinación editorial: Julieta Golluscio


Maquetación: Magali Canale
Imagen de tapa: Cátedra Libre de Derechos Humanos

ISBN 978-987-8927-68-8
© Facultad de Filosofía y Letras (UBA) 2023
Subsvecretaría de Publicaciones
Puan 480 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - República Argentina
Tel.: 5287-2732 - [email protected]
www.filo.uba.ar

Derechos humanos : genocidios y crímenes de lesa humanidad / Marcelo


Ferreira ... [et al.] ; prólogo de Gianni Tognoni ; Simona Fraudatario. - 1a ed. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editorial de la Facultad de Filosofía y
Letras Universidad de Buenos Aires, 2023.
264 p. ; 20 x 14 cm.

ISBN 978-987-8927-68-8

1. Derechos Humanos. 2. Genocidio. 3. Crímenes de Guerra. I. Ferreira,


Marcelo. II. Tognoni, Gianni, prolog. III. Fraudatario, Simona, prolog.
CDD 304.663
Derecho a la verdad, la justicia y la memoria

Graciela Daleo

Introducción

Esta nueva acción del terrorismo de Estado


del régimen que usted preside no quedará
sin sanción de la conciencia universal y en un
futuro Nuremberg ese repudio de la comunidad
internacional adquirirá las formas materiales
condignas a la magnitud del genocidio cometido.

Consejo Directivo de la Comisión Argentina


de Derechos Humanos (CADHU)1

“Desde la aparición del movimiento de derechos huma-


nos, un nuevo principio se pronuncia a la sociedad argenti-
na: ‘Juicio y castigo a los culpables’” (González Bombal, 1987:
167). Esta exigencia integra, junto con Memoria y Verdad,

1 Télex enviado por la CADHU al dictador Videla el 25 de junio de 1980, ante el secuestro en Lima,
Perú, de Noemí Gianetti de Molfino, María Inés Raverta y Julio César Ramírez. Raverta y Ramírez
permanecen desaparecidos. El cadáver de Giannetti de Molfino “apareció” en un hotel en la ciu-
dad de Madrid, España.

177
uno de los ejes más dinámicos y sostenidos de la lucha polí-
tica del pueblo argentino desde la década del setenta.
“Memoria, Verdad y Justicia” (MVJ) sintetiza una apuesta
política del pueblo y sus organizaciones, sostenida contra la
apuesta política de la dictadura genocida: hacer desapare-
cer el proceso sociopolítico en desarrollo en el período pre-
vio a su irrupción e implantar la política de “reorganización
nacional”. Esta implicó el saqueo del país, el ocultamiento y
negación de sus múltiples crímenes y la garantía de impu-
nidad para el sistema dominante que los diseñó y ejecutó.
Algunos objetivos de la “reorganización” y los medios
para alcanzarlos fueron publicitados (entre otros) por
Guillermo Walter Klein, hombre del gabinete de Martínez
de Hoz, en el diario Clarín del 5 de octubre de 1980: el pro-
grama económico que comenzó a aplicarse a partir de
marzo de 1976 “es incompatible con cualquier sistema de-
mocrático y solo aplicable si lo respalda un gobierno de
facto” (Mignone y Conte, 2006: 37). Pero en el proyecto de
la dictadura militar corporativa la “reorganización” no se
limitaba a la reformulación del sistema económico, sino,
en palabras de Daniel Feierstein, a “transformar a partir
del terror la identidad del pueblo argentino, sus valores
éticomorales, sus modos de vinculación, sus prácticas co-
tidianas” (Sordo, 2018).
En este capítulo se desarrolla una genealogía de la incor-
poración del derecho a la verdad, la justicia y la memoria
como parte constitutiva de “una alianza social y política
plural” que tiene “una potencia difícil de encontrar en otras
experiencias históricas”, tal como caracteriza el sociólogo
Daniel Feierstein (2016). Verdad, Justicia y Memoria en la
experiencia argentina integran una tríada —más tarde se
incorporó el derecho a la reparación— generada por y a la
vez generadora del movimiento de derechos humanos, de
múltiples construcciones organizativas en el ámbito social.

178 Graciela Daleo


Tríada que también ha cristalizado en varias políticas de
Estado. Como señala Eduardo Luis Duhalde:

[...] ni el fin de la dictadura, ni los logros del proceso


democrático en la materia, ni la posibilidad de desnu-
dar las políticas restrictivas implementadas para aco-
tar aquellos logros son posibles de ser comprendidos
sin advertir el nacimiento y desarrollo en la Argentina
de un nuevo sujeto social de derecho, que tiene en el
movimiento de Derechos Humanos su eje fundante,
aun en la diversidad y heterogeneidad de sus reivindi-
caciones democráticas (Duhalde, 2013: 174).

Si bien en nuestra experiencia histórica es imposible


abordar estos ejes —verdad, justicia y memoria— uno aisla-
do de los otros, dedico una atención particular al derecho
a la justicia. En primer término, a través del registro de los
instrumentos con que la dictadura genocida buscó negar
ese derecho y garantizar la impunidad de sus crímenes. Y
seguidamente —a partir del 10 de diciembre de 1983—, con
el tránsito por las diversas etapas de los sucesivos gobiernos
constitucionales, cuyos recorridos han sido zigzagueantes:
desde la apertura de juicios acotados, y su posterior obs-
trucción vía resoluciones de jueces y fiscales; el dictado de
leyes y decretos que determinaron el cierre de las causas;
hasta la transformación de todo el territorio nacional en un
escenario donde se llevan adelante procesos judiciales y se
han dictado centenares de condenas. Escenario que es pro-
ducto del otro elemento indispensable en esta trayectoria:
el protagonismo popular en la lucha por el derecho a la jus-
ticia ante cada medida a favor de la impunidad.
Acciones heroicas de resistencia en plena dictadura; mo-
vilizaciones masivas; reclamos ante autoridades nacionales;
denuncias en el ámbito internacional; diseño de estrategias

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 179


jurídicas; presentaciones de demandas colectivas; protago-
nismo como querellantes de colectivos, organizaciones e
instituciones, de sobrevivientes y familiares en los proce-
sos judiciales hoy en desarrollo, son algunos hitos de esta
lucha que permiten considerar “una hipótesis inexistente
hasta entonces en la política argentina: es posible la justicia”
(González Bombal, 1987: 148).
La elección de un esquema casi “narrativo” y cronológi-
co obedece al propósito de poner en evidencia que la cons-
trucción, y el mantenimiento, de esa alianza social y política
plural en torno al derecho a la MVJ es resultado —siempre
provisorio y abierto— del compromiso de sujetos y actores
sociales. Fueron ellos quienes, en respuesta a la violación de
todos los derechos humanos desatada por la dictadura ge-
nocida, se fueron organizando para ponerle un límite al po-
der desaparecedor del Estado. Un núcleo de búsqueda que
partió de la pregunta “¿dónde están, dónde y quiénes se los
llevaron?” (verdad); continuó por la exigencia de “Aparición
con vida” y “Castigo a los culpables” ( justicia); hasta la inte-
rrogación sobre “quiénes eran los victimizados y por qué lo
fueron”, que marca en forma indeleble las huellas de las vi-
das forzadamente desaparecidas y asesinadas (memoria).
El derecho a la justicia consta en declaraciones, conven-
ciones e instrumentos internacionales, y también en la
Constitución Nacional. Pero el recorrido que aquí se pre-
senta da cuenta de cómo fue la lucha organizada y constan-
te la que llevó a que en la actualidad (año 2021), en los tribu-
nales de todo el país, integrantes de las fuerzas armadas y
de seguridad, y varios de sus socios civiles, hayan rendido
cuentas, lo estén haciendo, o deban hacerlo.
Otro tanto se puede anotar sobre el derecho a la memoria y
el derecho a la verdad, también consagrados en instrumen-
tos internacionales. La Convención Internacional para la
Protección de todas las Personas contra las Desapariciones

180 Graciela Daleo


Forzadas, que entró en vigor el 23 de diciembre de 2010,
es el primer instrumento del derecho internacional de los
derechos humanos que reconoce a la verdad como un de-
recho autónomo, según establece en su artículo 24.2.2 Más
de cuatro décadas atrás, familiares de desaparecidos lo exi-
gían frente a los despachos oficiales de generales, almiran-
tes, brigadieres, comisarios, jueces, obispos y empresarios.
El relator especial de la ONU, Louis Joinet, en su infor-
me final acerca de la cuestión de la impunidad de los au-
tores de violaciones de los derechos humanos, anota los
denominados “principios Joinet”, a los que vincula con la
“toma de conciencia por parte de la comunidad internacio-
nal de la importancia que reviste la lucha contra la impuni-
dad” (Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas
[ECOSOC], 1997).
El derecho de saber, en tanto que derecho colectivo, se fun-
damenta en el principio 1:

Cada pueblo tiene el derecho inalienable de cono-


cer la verdad sobre los acontecimientos pasados, así
como las circunstancias y las razones que llevaron,
por la violación masiva y sistemática de los derechos
humanos, a la perpetración de crímenes aberrantes
[...] (ibíd.).

Como expresa el principio 3, se trata de un derecho co-


lectivo y a la vez particular:

Independientemente de toda acción en justicia, las fa-


milias de las víctimas tienen el derecho de conocer la

2 “Cada víctima tiene el derecho de conocer la verdad sobre las circunstancias de la desaparición
forzada, la evolución y resultados de la investigación y la suerte de la persona desaparecida. Cada
Estado Parte tomará las medidas adecuadas a este respecto”.

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 181


verdad en lo que concierne a la suerte que fue reservada
a sus parientes. En caso de desaparición forzada o de se-
cuestro de niños este derecho es imprescriptible (ibíd.).

Ya en septiembre de 1977, el grupo Madres de


Desaparecidos de La Plata, Berisso y Ensenada hacía un
reclamo público dirigido al Poder Ejecutivo y al Poder
Judicial: “¿Dónde están nuestros hijos? Solo pedimos la ver-
dad”. Como “Madres y esposas de desaparecidos” se reitera-
ba el reclamo en la solicitada publicada en varios diarios el
5 de octubre de 1977.
“Por contrapartida tiene, a cargo del Estado, el deber de la
memoria” —sostiene el Informe—. De ahí que el principio 2
establezca:

El conocimiento por un pueblo de la historia de su


opresión pertenece a su patrimonio, y como tal, debe
ser preservado por medidas apropiadas en el nombre
del deber a la memoria que incumbe al Estado. Esas
medidas tienen por objeto la finalidad de preservar
del olvido la memoria colectiva principalmente para
prevenir el desarrollo de tesis revisionistas y negacio-
nistas (ibíd.).

En cuanto al derecho a la justicia, “[...] implica que toda víc-


tima tenga la posibilidad de hacer valer sus derechos bene-
ficiándose de un recurso justo y eficaz, principalmente para
conseguir que su opresor sea juzgado, obteniendo su repa-
ración” (ibíd.). Más adelante, señala el documento: “El de-
recho a la justicia confiere al Estado una serie de obligacio-
nes: la de investigar las violaciones, perseguir a sus autores
y, si su culpabilidad es establecida, de asegurar su sanción”
(ibíd.); también separarlos de la administración pública y no
rendirles honores.

182 Graciela Daleo


Se integra a estos derechos el derecho a la reparación, que
incluye medidas de restitución (que la víctima pueda volver
a la situación anterior a la violación de sus derechos) e in-
demnizaciones. También, contempla:

medidas de carácter simbólico, en concepto de repa-


ración moral y colectiva [...]: reconocimiento público
por el Estado de su responsabilidad; b) declaraciones
oficiales de restablecimiento de la dignidad de las
víctimas; c) actos conmemorativos, bautizo de vías
públicas, monumentos, etc.; d) homenaje anual a las
víctimas; narración fiel, en los manuales de historia y
de formación en derechos humanos, de las violacio-
nes de excepcional gravedad perpetradas durante el
período de referencia (ibíd.).

Desde una perspectiva que podría etiquetarse como


“mercantil”, muchos han pretendido reducir este derecho
a lo meramente económico: el pago de una suma determi-
nada a quienes han sido víctimas de las acciones represivas
del Estado (sobrevivientes y familiares). Pero esta es apenas
una dimensión —y no la más relevante— de la reparación,
que adquiere su real envergadura cuando se la integra a ver-
dad, justicia y memoria.
Otra nota para fundamentar por qué he elegido abordar
el proceso genocida perpetrado en nuestro país desde el de-
recho a la memoria, la verdad y la justicia y la lucha contra la
impunidad: esta no se limita a la ausencia de sanción penal.
No es solo antónimo de justicia, sino también de memoria, de
verdad y del ejercicio pleno de todos los derechos humanos.
En su ponencia “Memoria e historia”, el profesor de la
Universitat Autònoma de Barcelona, Alejandro Andreassi
Cieri, señala:

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 183


Con cada ser aniquilado por el genocidio desapareció
un trozo del futuro, al suprimirse su infinita potencia-
lidad de auto–desarrollo, las infinitas e incalculables
promesas que sus vidas plenas hubieran concretado,
y con su pérdida sufrió el conjunto de la sociedad a la
que pertenecían [...] todos nosotros no somos ni volve-
remos a ser los mismos que hubiésemos sido si todos
los que fueron asesinados no lo hubieran sido. [...] su
ausencia nos amputa, nos empobrece [...] Somos quie-
nes somos en función de interrelaciones subjetivas y
objetivas, y esa red necesaria para nuestro desarrollo
personal, si hubiese conservado su integridad habría
interactuado con nosotros de forma distinta a como
nos condiciona al estar perforada por tantos agujeros
negros (Andreassi, 2010).

Andreassi aporta elementos para la comprensión de la


potencia y vigencia de “Memoria, verdad y justicia”, que
en el transcurso de más de cuatro décadas se viene cons-
tituyendo como uno de los ejes vertebradores de la lucha
por la vigencia y respeto de los derechos humanos en la
Argentina. Se remite a Benjamin, y amplía:

[...] recuperar el pasado [...] debe significar la identifi-


cación de lo que está pendiente de cumplimiento en
el presente y que procede de esas exigencias de espe-
ranza y justicia formuladas en el pasado por quienes
han sido derrotados o destruidos por quien domina
el presente. [...] la libertad futura se debe nutrir y se
debe fundar en las esperanzas, los sueños de libertad
y justicia frustrados en el pasado [...] La reparación
de la injusticia no se acaba con el juicio y castigo a los
responsables directos de los crímenes cometidos por
la dictadura, sino en la revisión y remoción de las es-

184 Graciela Daleo


tructuras sociales y políticas que favorecieron la ins-
tauración de la dictadura genocida en 1976, ya que esa
dictadura fue instaurada no solo en defensa, sino en
promoción de un modelo de acumulación que acen-
tuaría aún más los rasgos injustos, violentos y opresi-
vos de la sociedad, a favor de los intereses de clase do-
minantes, los que eran antagónicos con los proyectos
revolucionarios, aplastados sangrientamente (ibíd.).

Sin agotar los porqués de esta vía de abordaje, también


la fundamenta la decisión dictatorial de privilegiar, como
instrumento para perpetrar el genocidio, la desaparición
forzada, con sus efectos inmediatos y a largo plazo.

La no inscripción simbólica de la muerte es casi una


figura transpolítica en su impacto y en sus efectos so-
bre la cultura. Ese plus que asumió la modalidad del
terror en la Argentina tiene variadas consecuencias
sobre el orden simbólico de la sociedad. [...] El lega-
do del movimiento de derechos humanos a la cultura
política de la sociedad argentina es incalculable. Re-
sistiendo a los límites de lo necesario plantea pedir
lo imposible, hacer lo que aparecía como imposible:
la justicia. Rasgando el núcleo de la legitimidad de la
dictadura militar con un postulado: ‘ juicio y castigo
a los culpables’, abre una dimensión ética en una so-
ciedad donde la violación de toda ley había llegado al
paroxismo total (González Bombal, 1987: 148).

La lucha por la memoria, la verdad y la justicia ha sido y


es un camino por el que nuestro pueblo busca hacer “apa-
recer” a los desaparecidos. Y hacer “reaparecer” a mucho de
aquello que se buscó desaparecer.

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 185


Dictadura e impunidad

El pasado es el lugar donde están las causas,


es decir, los culpables. Por eso los culpables
insisten tanto en la inutilidad del pasado.
Quieren un mundo sin culpables y cuando
resulta imposible, cuando el pasado resucita la
culpa, los culpables vuelven a matar. Vuelven
a hacer lo que siempre fueron. Asesinos.

Manuel Vázquez Montalbán, 2010: 160

El diseño represivo de la dictadura genocida se organizó en


torno a garantizar que el exterminio fuera “rápido y eficaz”
y que a la vez asegurara la impunidad de los crímenes, tan-
to mientras se estaban perpetrando como en el futuro. Como
antecedente a favor pesaba el historial de golpes militares y
cívico-militares, cuyos autores, actores y beneficiarios no fue-
ron juzgados ni condenados. La impunidad de cada golpe le-
gitimó al siguiente en lo jurídico-institucional —y en ciertos
aspectos de la subjetividad colectiva— y naturalizó la alter-
nancia de gobiernos civiles y dictaduras militares.
Genocidio institucional, planificado y organizado, tal
como lo afirmó el hoy multicondenado general Santiago
Riveros. El 12 de febrero de 1980, en Washington, sostuvo
ante la Junta Interamericana de Defensa:

Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con


las órdenes escritas de los mandos superiores, con
planes establecidos. Nunca necesitamos como se nos
acusa de organismos paramilitares. Esta guerra la
condujeron los generales, los almirantes, los briga-
dieres de cada fuerza. La guerra fue conducida por la
Junta Militar del país a través de los Estados Mayores
(Mignone y Conte, 2006: 33).

186 Graciela Daleo


La desaparición forzada fue el instrumento privilegiado
—no el único— para perpetrar el genocidio. La dictadura
procuró la eliminación física y simbólica de sujetos indivi-
duales y colectivos que, desde distintas perspectivas y ám-
bitos organizativos, desarrollaban prácticas socio-políticas
cuestionadoras —con distintos niveles y grados de radicali-
dad— del orden existente, y reclamaban el respeto, ejercicio
pleno y la ampliación de sus derechos. Identificados por los
sectores dominantes como reales o potenciales opositores
al proyecto de “reorganización nacional”, cuya implanta-
ción es el fundamento y razón del golpe de Estado del 24 de
marzo de 1976 consumado por las Fuerzas Armadas, debían
desaparecer al igual que los proyectos y prácticas sociales
que realizaban. Eduardo Duhalde anota: “Ya en septiembre
de 1975, según lo manifestara Camps, los aspectos crimina-
les de la política a implementar se fijaron —con relación al
Ejército— en una resolución adoptada por el comandante
en jefe del arma (Videla) en acuerdo con el jefe del Estado
Mayor (Viola) y los generales jefes de Cuerpo. En ella se
acordó ‘la necesidad de desarrollar una estrategia clandes-
tina de represión y que los opositores no debían ser neutra-
lizados sino también exterminados físicamente’” (Duhalde,
2013: 93). Camps lo ratificó con su accionar y ya retirado,
ante los medios de comunicación en los que celebró la ma-
tanza de la que había sido parte.
A la desaparición “material” de los definidos como “ene-
migos” debía corresponder la desaparición de la identidad
y de la responsabilidad —institucional e individual— de los
autores de los crímenes. Desaparición, exterminio e impu-
nidad son inescindibles del proyecto genocida. También lo
es el ocultamiento de las pruebas de su accionar, que incluyó
tanto la de la documentación burocrática como la elección
del método de desaparición forzada para que ni siquiera los
cuerpos de los victimizados pudieran probar los delitos.

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 187


E incluso que esto permitiera negar que hubieran existido,
tal como lo afirmó el dictador Videla en 1979:

Frente al desaparecido en tanto esté como tal, es


una incógnita el desaparecido. Si el hombre apa-
reciera tendría un tratamiento X, si la aparición se
convirtiera en certeza de su fallecimiento tiene un
tratamiento Z, pero mientras sea desaparecidos no
puede tener un tratamiento especial, es un desapa-
recido, no tiene entidad no está ni muerto ni vivo,
está desaparecido, frente a eso no podemos hacer
nada (Sordo, 2016).

La impunidad garantiza la ejecución del crimen, la ne-


gación de lo que fue hecho, de quien fue exterminado,
del “antes del crimen”, para obligar a que sea olvidado.
Olvidado el crimen, los autores y quienes fueron blanco
de esos crímenes. Por eso, la impunidad no es solo falta de
sanción penal, sino un carril de construcción falsa de los
procesos históricos en los que los hechos se inscriben.
Señala aquello que debe ser olvidado, lo que no debe ser
recordado, memorado ni incorporado a lo que nos consti-
tuye como sujetos individuales y miembros de colectivos
sociales. Impone una “historia engañosa, mutilada, llena
de vacíos y fantasmas… donde los pueblos no logran en-
contrarse ni entenderse, solo condenarse a repetir la im-
punidad” (Bottinelli, 2007: 202).

Funciones y características de la impunidad

María Cristina Bottinelli (2007: 196) caracteriza como


crimen de lesa humanidad a la impunidad de los crímenes
de Estado, e identifica sus varias funciones:

188 Graciela Daleo


Como ausencia de castigo en las tres dimensiones en que
se expresa: falta de acción penal ( jurídica); no condena mo-
ral, y ocultamiento de la verdad (histórica). De ahí que, para
esta autora, la memoria y la sanción moral formen parte de
la lucha contra la impunidad.
Como acto de violencia “directa, visible, racional, instru-
mental, con interés”. No es solo omisión de castigo, “sino
un acto en sí de carácter violento, en tanto acto y como
comportamiento”.
Como contexto que posibilita la comisión de nuevos delitos
y violaciones a los derechos humanos por parte del Estado.
Como cultura, es decir:

Conjunto de instituciones, hábitos, creencias, actitu-


des y comportamientos que perpetúan las injusticias
[...] Es también el ámbito de la Ley, de la prohibición
social que es internalizada, [...] si la impunidad es cul-
tura, su introyección se vuelve necesaria, constituyén-
dose como un mecanismo psíquico de poder y control
(Bottinelli, 2007).

Como control social: una de sus funciones políticas es ase-


gurar que “se haga lo que se haga, los agresores nunca van
a ser procesados, enjuiciados y castigados”. Se busca de este
modo “inducir el miedo colectivo, la inmovilidad y la apa-
tía social”.
Tomando en cuenta estas puntualizaciones, es relevante
recorrer el proceso de construcción de la impunidad que
se fue edificando desde el aparato del Estado —durante la
dictadura, y en períodos constitucionales que lo sucedie-
ron—, y la oposición a su consolidación que desarrolló —
desarrolla— el movimiento popular, con los organismos
de derechos humanos como motor más dinámico, hasta
el presente.

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 189


Así como la garantía de la impunidad es constitutiva
del accionar genocida, la lucha en pos de que estos críme-
nes no quedaran impunes arranca prácticamente desde
el mismo momento en que estos empezaron a cometerse.
Organizaciones de derechos humanos —tanto las preexis-
tentes al golpe del 24 de marzo de 1976, como las que se fue-
ron constituyendo ante la masificación de las violaciones a
los derechos humanos durante el período dictatorial—, de-
sarrollaron una actividad incesante en las calles —las ron-
das de las Madres de Plaza de Mayo son un paradigma de
la movilización—. Ante dependencias estatales, religiosas y
en ámbitos internacionales, exigieron “Aparición con vida”
y “Castigo a los culpables” de los miles de secuestros, tortu-
ras, asesinatos, desapariciones forzadas y apropiaciones de
niños, perpetrados por el Estado terrorista.
Un eje de ese accionar se focalizó en el ámbito judicial.
Presentaciones de habeas corpus, individuales y colectivos,
por los presos recluidos en las cárceles “públicas” y por quie-
nes habían sido secuestrados; denuncias de los liberados de
los campos clandestinos de detención-desaparición; de-
mandas de los familiares; y apertura de causas en los países
de origen de muchos de los desaparecidos —Italia, Francia,
Alemania— fueron los pasos iniciales de un camino que hoy
se expresa en la realización de juicios contra los genocidas.
A su vez, la dictadura apeló —además de a la represión—
a instrumentos políticos y jurídicos para responder a las
denuncias que se hacían en el país y a los reclamos inter-
nacionales. En este aspecto contó con el Poder Judicial,
que no se limitó a ignorar los crímenes, sino que fue pieza
necesaria en el entramado para “reorganizar” estructural-
mente a la Argentina.
El detalle de los avances y retrocesos vividos a lo largo
de la etapa de gobiernos constitucionales, iniciada el 10 de
diciembre de 1983, tiene como objetivo brindar elementos

190 Graciela Daleo


que aporten a entender cómo el tronco “Memoria, verdad y
justicia” ha ido enraizando en la sociedad argentina e inte-
gra la demanda de respeto y ejercicio de todos los derechos
humanos para toda la población.

Construcción de la impunidad y combate a la impunidad

Dos órdenes normativos


La denominada “doctrina del paralelismo global”
(Mignone y Conte, 2006) señala la existencia de dos órde-
nes normativos: uno público —“conjunto de normas san-
cionadas antes y después del 24 de marzo de 1976, dirigidas
a encuadrar la acción represiva”—, y otro clandestino o se-
creto (órdenes, reglamentos, pautas de organización y ac-
ción elaboradas por los estados mayores de las tres fuerzas
y aprobados por los respectivos comandos). Así se preten-
dió “mantener la ficción del funcionamiento normal de las
instituciones del Estado” (ibíd.: 70).

Etapa previa al 24 de marzo de 1976


Entre los instrumentos del “orden público” previos al
golpe de Estado puede citarse la creación de nuevas figuras
delictivas en la reforma del Código Penal y la Ley 20840
de Seguridad Nacional, ambas de 1974; la imposición del es-
tado de sitio en noviembre de 1974 —que se prolongó hasta
octubre de 1983—; los decretos de 1975: el 261, de febrero (de
carácter secreto), y los de octubre, 2770, 2771 y 2772 (conoci-
dos como “decretos de aniquilamiento”), puestos en vigen-
cia durante el Gobierno constitucional que fue derrocado el
24 de marzo de 1976.
En la normativa paralegal se ubican directivas, órdenes
de personal, instrucciones, reglamentos y planes de las dis-
tintas armas, todos documentos secretos. Algunos de estos

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 191


habían sido establecidos durante la dictadura anterior (en-
tre el 28 de junio de 1966 y el 24 de mayo de 1973) y otros,
elaborados en 1975. El general Adel Vilas, que comandó el
Operativo Independencia —intervención del Ejército en
Tucumán al amparo del Decreto 261— desde febrero de
1975, ratificó la “eficacia” de la puesta en marcha del accio-
nar clandestino del Ejército en la provincia. En el “diario”
que escribió en 1977 sobre su experiencia en Tucumán dice:

Mi intención fue la de suplantar, aun utilizando mé-


todos que me estuvieran vedados, a la autoridad de la
provincia de Tucumán. [...] Hubo que olvidar por un
instante las enseñanzas del Colegio Militar y las leyes
de la guerra convencional donde los formalismos (el
honor y la ética) son las partes sustanciales de la vida
castrense, para consustanciarse con este nuevo tipo de
lucha. [...] Decidí prescindir de la justicia, no sin decla-
rar una guerra a muerte a los abogados y jueces cóm-
plices de la subversión [...], clasificar a los prisioneros
del ERP por su importancia y peligrosidad, de forma
tal que solo llegaran al juez los inofensivos [...]. (Vilas,
1977: 13 y 26)

Esto se tradujo, además de en la ocupación militar de la


provincia, en la instalación de centros clandestinos que
funcionaron en bases militares, como los antiguos inge-
nios Nueva Baviera, Lules y Santa Lucía, el Arsenal Miguel
de Azcuénaga, dependencias policiales (comisarías de
Famaillá y Monteros; Jefatura de Policía de San Miguel de
Tucumán); y establecimientos educativos, como la escuela
Diego de Rojas (Famaillá), entre otros. Allí fueron recluidas
y torturadas miles de personas. Muchas fueron desapareci-
das, mientras que otras fueron liberadas para que se consti-
tuyeran en una prueba “viva” del accionar genocida.

192 Graciela Daleo


A partir de la instauración de la dictadura
Una vez consumado el golpe de Estado, la Junta Militar
asumió la totalidad del poder; declaró la caducidad del
Poder Ejecutivo Nacional y los de las provincias; disolvió el
Parlamento Nacional —al que reemplazó por la Comisión
de Asesoramiento Legislativo (CAL)— y los de las pro-
vincias; removió a los miembros de la Corte Suprema de
Justicia, al Procurador General de la Nación, a los integran-
tes de los tribunales superiores provinciales y al Procurador
del Tesoro; entre otras medidas “fundacionales”.
El mismo 24 de marzo emitió los “Documentos básicos
y bases políticas de las Fuerzas Armadas para el Proceso de
Reorganización Nacional”, que incluían el acta de propósi-
tos y objetivos básicos y el Estatuto del PRN —al que ubicó
por encima de la Constitución Nacional—. En los días sub-
siguientes emitió una serie de instrumentos a los que deno-
minó “leyes”.
Apenas como muestra de las disposiciones dictatoriales
de los primeros días, anoto: establecimiento de la baja de
empleados públicos “por razones de seguridad” y “por ra-
zones de servicio”; suspensión del derecho de huelga “y toda
medida que pueda afectar la productividad”; sometimiento
a jurisdicción militar del personal de las fuerzas de segu-
ridad, de las fuerzas policiales y penitenciarias, nacionales
y provinciales, “respecto de las infracciones delictivas y/o
disciplinarias que pudiere incurrir durante o en ocasión del
cumplimiento de las misiones que le imponga el comando
militar respectivo”; prohibición de toda actividad política;
disolución de partidos y entidades políticas, culturales y
estudiantiles calificadas como de “marcada tendencia mar-
xista”, incluida la clausura de locales, bloqueo de sus cuen-
tas bancarias y la incorporación al patrimonio del Estado
de sus bienes y valores; prohibición en las universidades
de “toda actividad que asuma forma de adoctrinamiento,

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 193


propaganda [...] de carácter político o gremial, docente, es-
tudiantil y no docente”; anulación del derecho de opción
para salir del país de quienes estaban detenidos a raíz del
estado de sitio; restablecimiento de la pena de muerte. Todo
esto estaba destinado a los partidos y entidades políticas,
culturales y estudiantiles calificados como de “marcada
tendencia marxista”.
La dictadura le otorgó mucha relevancia al estableci-
miento de “normas” de supuesta legalidad. Desde su ini-
cio hasta que dejó el Gobierno, el 10 de diciembre de 1983,
emitió cerca de mil quinientas “leyes”. La producción de
normativa clandestina se multiplicó con la actualización
de disposiciones, directivas y reglamentos ya existentes y
la emisión de nuevos instrumentos. Entre ellos: la orden de
batalla del 24 de marzo de 1976; varios referidos a “opera-
ciones contra elementos subversivos” y “operaciones de se-
guridad”, “inteligencia táctica”, “continuación de la ofensiva
contra la subversión”, etc.
De las normas públicas de la dictadura que remiten direc-
tamente al accionar represivo, me detengo en tres: la Ley de
Ausencia con Presunción de Fallecimiento, el Documento
Final y la Ley de Autoamnistía.

Ley 22068 de Ausencia con Presunción de Fallecimiento,


del 6 de septiembre de 1979
Fue dictada con el argumento de que era necesario sor-
tear problemas legales que se les planteaban a las familias
de los desaparecidos:

Por la ausencia prolongada y el destino de alguno de


sus integrantes, [...] ante el caos desencadenado por
el terrorismo con su secuela de muerte, secuestro y
desaparición de personas [...] presuntos desapareci-
dos siguen en la clandestinidad [...] existen razonables

194 Graciela Daleo


posibilidades de que otros han muerto como conse-
cuencia de sus propias actividades terroristas sin que
haya sido posible ubicar el paradero de sus restos o
determinar su identidad.

Establecía: “Podrá declararse el fallecimiento presunto


de la persona cuya desaparición [...] hubiese sido fehacien-
temente denunciada entre el 6 de noviembre de 1974 y la
fecha de promulgación de la presente”. La acción debía ser
promovida por algún familiar de la persona desaparecida,
o “por el Estado nacional” ante un juzgado federal, y “trans-
curridos noventa días contados desde la última publicación
de los edictos”, si todas las diligencias resultaban negativas,
se declararía “también de oficio el fallecimiento presunto,
fijándose como fecha del deceso el día de la denuncia”. Años
más tarde, Camps reforzaría la asociación “desaparecidos-
muertos-agitadores: “No hay desaparecidos-detenidos
en Argentina, unos están muertos y otros son agitadores”
(Romero Ramírez, 1983).
Con esta Ley, el Estado desaparecedor depositaba en los
familiares la responsabilidad de dar por muertos a los de-
saparecidos, y culpaba a las propias víctimas de su ignora-
do destino. Pretendía, además, desalentar los reclamos y
las exigencias de que se investigaran miles de secuestros.
No hay casualidad en el hecho de que ese mismo día
la dictadura publicó el libro El terrorismo en la Argentina.
Ley y libro constituían la “recepción” preparada para la
delegación de la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos (CIDH) de la Organización de los Estados
Americanos (OEA), que en esa fecha llegaba al país.
Durante sus dos semanas de permanencia, la CIDH re-
cibió aproximadamente seis mil denuncias sobre vio-
laciones a los derechos humanos: detenciones; desapa-
riciones; torturas; violación de derechos laborales, de

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 195


libertad religiosa, libertad de expresión, etc. Visitó cár-
celes y centros clandestinos, se entrevistó con dirigen-
tes de partidos políticos, con el dictador Videla y otros
funcionarios del Gobierno. El informe que hizo públi-
co en abril de 1980 “ha llegado a la conclusión de que
por acción u omisión de las autoridades públicas y sus
agentes, en la República Argentina se cometieron nume-
rosas y graves violaciones de fundamentales Derechos
Humanos” (OEA, 1980: 289). Poco después, también el
Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas o
Involuntarias, de la Comisión de Derechos Humanos de
la ONU enfocó su atención sobre la situación que estaba
viviendo el pueblo argentino.
La respuesta desde el movimiento de derechos huma-
nos fue contundente: impugnó la Ley 22068, a la que ca-
lificó como “repugnante”, e interpuso una demanda de
inconstitucionalidad. Ante la Corte Suprema se presentó
una demanda colectiva de familiares de setecientas cin-
cuenta y dos personas desaparecidas. Fueron los parientes
y amigos de los desaparecidos y los sobrevivientes quienes
se alinearon frente a las puertas de las oficinas en las que
la CIDH recibía las denuncias, para dar cuenta de los crí-
menes que estaba perpetrando la dictadura. También por
esos días, sobrevivientes de Campo de Mayo, Sheraton,
Club Atlético, Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA),
La Perla, entre otros, detallaban ante organismos de de-
rechos humanos en España, Francia, Suiza, Suecia, la
red de centros clandestinos establecida en la Argentina,
en los que eran recluidos y sometidos a torturas miles de
secuestrados.
Las denuncias se fueron multiplicando ante los tribuna-
les; otras presentaciones hacían referencia a la existencia
de cementerios clandestinos donde había fosas comunes
en las cuales los enterrados como “NN” sumaban cientos.

196 Graciela Daleo


Esa “nube de silencio” que debía rodearlo “todo” en la
“lucha antisubversiva” que reclamaba el general Tomás
Sánchez de Bustamante en el diario La Capital de Rosario
(CELS, 1980: 25) se iba disipando por efecto del accionar
constante de las organizaciones de derechos humanos en
el país, que otras voces ampliaban en el exterior.
En contrapunto, también se reiteraban discursos de los
dictadores que pretendían negar los hechos. Según el al-
mirante Rubén Franco, comandante en jefe de la Armada
desde septiembre de 1982, el tema de los desaparecidos
“no debe ser resuelto [...] en la guerra contra la subversión
ocurrieron cosas y nada más” (El País, 13/12/1982). El 12 de
abril de 1980, el general Roberto Viola afirmó: “Las FF.AA.
no permitirán la revisión de lo actuado en la lucha con-
tra el terrorismo” (Mignone y Conte, 2006: 73); el jefe del
Estado Mayor, general Vaquero, lo ratificó el 18 de octubre
de ese año: “No se admite ni se admitirá ningún tipo de
revisión ni de investigación por parte de nadie ni ahora
ni en el futuro, en lo que respecta a las acciones contra el
terrorismo” (ibíd.: 72).
Pero las declaraciones no detenían la creciente movili-
zación popular —potenciada por los hechos en torno a la
Guerra de Malvinas y la derrota argentina— que incluía,
entre los múltiples reclamos sectoriales y colectivos, el re-
pudio a la dictadura y la exigencia de “Aparición con vida”
y “Castigo a todos los culpables”. Esto llevó a los militares a
pergeñar instrumentos con los cuales reasegurarse la im-
punidad. La revisión de los hechos, la determinación de
responsabilidades, la exigencia de justicia, además de estar
“en las calles”, también eran puntos programáticos —sos-
tenidos con énfasis y profundidad dispar— de varias de las
fuerzas políticas que participarían en las elecciones ya fija-
das para el 30 de octubre de 1983.

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 197


Documento Final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y
el terrorismo
Fechado el 28 de abril de 1983, ya desde su título este
documento explicitaba la decisión de clausurar todo re-
clamo de rendición de cuentas por lo actuado por la
dictadura.
Las FFAA aseveraban que habían actuado en cumpli-
miento de los Decretos 261, 2770, 2771 y 2772 emitidos por
el Gobierno de María Estela Martínez —obviaban que ellos
derrocaron a ese Gobierno, cuyos decretos habrían obede-
cido—, y con la “aprobación expresa o tácita de la mayoría
de la población”. Sostenía:

Las FF.AA. asumen la cuota de responsabilidad histó-


rica que les compete en el planeamiento y ejecución de
las acciones [...] las operaciones realizadas en la guerra
librada constituyen actos de servicio [...] errores, como
sucede en todo conflicto bélico que pudieron traspa-
sar el límite de los derechos humanos fundamentales
y quedan sujetos al juicio de Dios en cada conciencia
y a la comprensión de los hombres. [...] Quienes figu-
ran en nóminas de desaparecidos y que no se encuen-
tran exiliados o en la clandestinidad [...] se consideran
muertos. [...] Las FF.AA. actuaron y lo harán toda vez
que sea necesario en cumplimiento de un mandato
emergente del gobierno nacional aprovechando toda
la experiencia recogida.

Así, la dictadura estableció la muerte genérica, global e


innominada de los desaparecidos, y asimiló las desapari-
ciones a las “desgracias” que ocasionan catástrofes natura-
les. Había muertos no individualizados. Había muertos sin
responsables de esas muertes o, peor aún, ellos mismos eran
los responsables de su desaparición (“son una consecuencia

198 Graciela Daleo


de la manera de operar de los terroristas”). Sería recién “el
juicio de la historia” el que se pronunciaría sobre estos “ac-
tos de servicio”, y no faltó la advertencia al futuro Gobierno
civil: no debería intentar ninguna medida punitiva, pues de
hacerlo, actuarían “toda vez que sea necesario...”.

Ley 22924 de Pacificación Nacional, del 22 de septiembre de 1983


Conocida como Ley de Autoamnistía, reiteraba la justifi-
cación de sus crímenes: “Las FF.AA. han luchado por la dig-
nidad del hombre. Sin embargo, la forma cruel y artera con
que la subversión terrorista planteó la batalla pudo llevar a
que, en el curso de la lucha, se produjeran hechos incompa-
tibles con aquel propósito”. En la parte dispositiva estable-
cía la “extinción de la acción penal de los delitos cometidos
con motivaciones o finalidad terrorista o subversiva desde
el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982 y de los
hechos de naturaleza penal realizados para conjurar las ac-
tividades terroristas o subversivas”.
Este instrumento apuntaba a “institucionalizar” la teoría
de los dos demonios: no habría persecución penal para el
demonio “subversivo”, que había actuado primero (a partir
del 25 de mayo de 1973), ni para los que habían respondi-
do a fin de “conjurar” ese accionar. El objetivo perseguido
era lograr la impunidad para las fuerzas represivas. Cuando
la Ley fue sancionada, las cárceles estaban llenas de presos
políticos a quienes no les alcanzó esa “amnistía”; muchos
de ellos salieron en libertad en 1989, cuando el presidente
Menem, en otro acto institucional inspirado en la teoría de
los dos demonios, indultó a genocidas y a presos políticos
heredados de la dictadura.
Para coronar la clausura de todo reclamo, con el Decreto
“R” 2726 Confidencial, fechado el 19 de octubre de 1983, el
dictador Bignone ordenó:

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 199


Dénse de baja las constancias de antecedentes relativos
a la detención de las personas arrestadas a disposición
del Poder Ejecutivo Nacional en ejercicio de las faculta-
des exclusivas otorgadas por el artículo 23 de la Consti-
tución Nacional durante la vigencia del estado de sitio
[ya que] el espíritu de pacificación que debe presidir la
próxima etapa de institucionalización del país requie-
re que estas personas que se reincorporan al seno de la
comunidad, no sientan condicionado su futuro por el
efecto negativo que en algún momento pudiera tras-
cender de los antecedentes reunidos a su respecto.

La letra del Decreto simulaba cuidar de posibles estigma-


tizaciones a quienes la dictadura había encarcelado. Su ver-
dadero sentido aparece en el radiograma del Comando en
Jefe del Ejército, del 23 de noviembre de 1983, que ordenaba
“la destrucción de la documentación en poder de las fuer-
zas militares y de seguridad que le estaban subordinadas”,
relacionada con lo que llamaban “lucha contra la subver-
sión”. De lo que se trataba era de borrar todo aquello que
pudiera servir como prueba de sus crímenes.
Pocos días después del triunfo electoral de la Unión
Cïvica Radical (UCR), que consagró presidente constitucio-
nal a Raúl Alfonsín, el genocida Ramón Camps expuso sin
eufemismos el porqué de la dictadura y de la desaparición
forzada para lograr los objetivos del “PRN”: las desaparicio-
nes fueron “útiles” porque...

[…] no desaparecieron personas, sino subversivos. Te-


rroristas o pacifistas que alentaban el cambio de las
instituciones vigentes para imponer un sistema políti-
co antihumanista, anticristiano y dependiente del ex-
tranjero [...]. Mientras yo fui jefe de la policía de Bue-
nos Aires desaparecieron unas cinco mil personas...

200 Graciela Daleo


a algunas les di sepultura en tumbas NN [...] para no
crear nuevos héroes de la juventud subversiva. [Una]
experiencia globalmente positiva, sabremos aprove-
charla en otra ocasión (Aroca, 1983).

Sostuvo que no admitiría responder ante la Justicia por lo


hecho —“Tengo mi conciencia tranquila, duermo sin pas-
tillas”—, y sobre los niños desaparecidos, siguió el ejemplo
del dictador español Francisco Franco, y aclaró: “Lo que
hice fue entregar a algunos a organismos de beneficencia
para que les encontrasen nuevos padres [ya que] los padres
subversivos educan a sus hijos para la subversión” (ibíd.).

Gobiernos constitucionales

En medio de manifestaciones multitudinarias y gran-


des esperanzas, el 10 de diciembre Raúl Alfonsín asu-
mió la presidencia de la Nación. Ya en su discurso ante la
Asamblea Legislativa afirmó: “El Gobierno democrático se
empeñará en esclarecer la situación de las personas desa-
parecidas”. También, puso de manifiesto la óptica desde la
que caracterizaba al proceso dictatorial: “El país ha vivido
frecuentemente en tensiones que finalmente derivaron en
la violencia espasmódica del terrorismo subversivo y una
represión indiscriminada con su secuencia de muertos y
desaparecidos”. Expresó cómo encararía “la importante
tarea de evitar la impunidad de los culpables”, que le se-
ría encomendada a “la Justicia”. A propósito de la Justicia,
agregó: “Tendrá las herramientas necesarias para evitar
que sean considerados del mismo modo quienes decidie-
ron la forma adoptada en la lucha contra la subversión,
quienes obedecieron órdenes y quienes se excedieron en
su cumplimiento”.

Derecho a la verdad, la justicia y la memoria 201

También podría gustarte