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Calma Interna Un Camino Hacia La Paz Interior (Manuel Triguero) Spanish

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CALMA

INTERNA
Un camino hacia
la paz interior

MANUEL TRIGUERO
Primera edición: noviembre de 2020
Título: CALMA INTERIOR
Imagen de portada: Dorothe
Copyright © 2020 Manuel Triguero
Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibida, sin
la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las
sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de
esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la
reprografía y el tratamiento informático.
A los que buscan la paz interior,
a través del silencio y la calma.
Índice
Introducción
1. Calma interna
2. Silencio
3. Observación
4. Meditación
5. Ser consciente
6. Espacio interior
7. Encuentro con uno mismo
8. Pensamiento
9. Imaginación
10. Autocontrol
11. Acción
12. Experiencia
13. Sufrimiento
14. Influencia
15. Realidad
16. Tiempo
17. Comprensión
18. Propósito
19. Esperanza
ACERCA DEL AUTOR
Introducción

Cuando tu mente está en calma no hay ninguna intención, ningún


propósito en ti. Tu intelecto descansa; no busca ninguna razón, no
trata de comprender ni de conocer nada; no busca el entendimiento,
ni ninguna otra forma de pensamiento. Tan solo existe una armonía,
una unión llena de consonancia con un silencio oculto, escondido,
que te lleva a una quietud inmóvil, lejos de cualquier alteración, de
cualquier movimiento que pueda turbar esa serenidad secreta en la
que encuentras una paz interior que te va reconciliando con «lo que
eres», en lo más profundo de ti mismo.
Cuando llegas a este vínculo, es como si hallaras una
consonancia, una cohesión con algo más profundo que hay en ti
―que siempre ha estado ahí―, que te lleva a establecer una unión
contigo mismo, a través de una armonía que busca el equilibrio y un
sosiego que disuelve el ruido: todo ese estrépito mental que inunda
la conciencia a través del pensamiento, mediante todas esas
imágenes que percibes en tu propio interior y que muchas veces
nublan tu razón, llegando a confundir tus juicios y hasta tu propio
entendimiento.
En la quietud se amansa el pensamiento, se apacigua la mente,
que se aquieta sumergiéndote poco a poco en un vacío misterioso
de mutismo y silencio.
Sientes el orden, que todo tiene un ritmo más proporcionado, más
pausado, que te lleva a una afinidad con todas aquellas cosas que te
rodean; a establecer un vínculo mucho más profundo contigo mismo
y a identificarte con «lo que realmente eres».
Solo en tal estado puede existir esa unión, pues dejas de estar
gobernado por la intención de tu mente, por todas esas ideas sin
propósito que con frecuencia nublan tu razón y te hacen imaginar la
realidad de una forma equivocada.
Sentir la quietud te hace observar el vacío, ese lugar deshabitado
que hay dentro de ti, liberado de las ataduras de la mente, donde
hallas la paz interior a través del silencio.
Te ayuda a separar todos esos pensamientos que en un momento
determinado puedan llegar a resultar tóxicos. El hecho de establecer
una pausa a tiempo, te permite realizar esta elección, pudiéndote
centrar solo en aquellos contenidos que guarden una cierta
consonancia con aquello que entiendes que eres en realidad, con lo
que es tu «verdadero propósito».
Gracias a la calma estás presente ― dejas de estar dormido ― , tu
cuerpo se relaja y la quietud penetra en ti, de tal manera que
elimina todas las barreras que te separan de ese espacio donde se
encuentra tu «verdadero ser».
Es como si pasaras de la oscuridad a la luz; como si dejaras la
superficie donde habitualmente te mueves y te trasladaras a una
dimensión mucho más profunda, que es ese centro donde todo se
crea; un mundo mucho más real, en el que tan solo te limitas a «ser
testigo», sin que nada te condicione, y a estar en contacto con la
verdad, observando el presente tal y como es, sin necesidad de
recurrir a la imaginación ni a los millones de problemas que se
encuentran guardados en tu memoria, a la espera de brotar en tu
conciencia.
1. Calma interna

La calma interior es un estado mental delicado, ya que es algo


intangible, tan imaginario que solo nos damos cuenta de que existe
cuando sentimos sus efectos, cuando percibimos esa huella que nos
recuerda que estamos ante un estado de silencio que nos produce
una quietud que suspende cualquier sonido, cualquier arrebato de
ruido que nos aparte de ese sigilo, de ese misterioso secreto que es
nuestra paz interna: esa armonía que apreciamos cuando la calma lo
inunda todo, cuando el reposo nos lleva a una placidez sin
pensamiento, a una observación sin ideas, sin conceptos, sin
juicios…
Es esa paz que sentimos en esos momentos de no agitación en
los que alcanzamos una quietud interna que nos lleva a una armonía
en lo más profundo de nosotros mismos.
Estar en calma es vivir en la cordura, dirigirse a través de la
prudencia, observar las cosas desde la moderación, desde la cautela,
dejando siempre una pausa para reflexionar, para atender con más
detalle y advertir otras posibles sugerencias que se encuentren
escondidas detrás de todo eso que observas y que tienes ante ti.
Es un estado que te lleva al recogimiento, a contemplarlo todo de
una forma separada, aislando las partes: todos esos elementos que
conforman la realidad de lo que ves, y que la mayoría de las veces
permanecen ocultos, sin que puedas distinguirlos, haciendo que no
seas capaz de descubrir la verdad.
Llegar a la calma no es adormecer el pensamiento, sino templar la
mente: todo ese alboroto de imágenes que circulan por nuestra
conciencia de forma impulsiva, sin ningún tipo de orden.
Supone apaciguar el ruido que proviene del inconsciente, de
todos esos contenidos acumulados a lo largo del tiempo que tratan
de aflorar sin ningún tipo de control, para tomar el mando de tu
propia vida; de aquello que has de pensar y de lo que debes hacer,
sin que apenas tengas un lapso para que puedas desviarte, para
poder decidir por ti mismo.
Es una situación en la que simplemente nos dejamos llevar por el
silencio, y aceptamos que sea la propia quietud la que nos guíe.
Sin tener la necesidad de enfocarnos en un determinado
pensamiento, permanecemos ahí, presentes, siendo testigos de lo
que ocurre en nuestro propio interior; sin la obligación de tener que
juzgar nada; sin ocuparnos de etiquetar las cosas, cada contenido
mental que observamos; son momentos en los que no pensamos en
el pasado ni en el futuro.
Es como si perdiéramos la noción del tiempo; como si
estuviéramos alejados de todo sufrimiento, de todos esos
pensamientos que nos producen dolor y de esas emociones tóxicas
que con frecuencia se apoderan de nosotros.
Vivir en la calma es estar en contacto contigo mismo, con tu
propio cuerpo; cerca de un centro que está alejado de todo lo que
pueda influirte del exterior, de aquello que pueda perturbar un orden
que solo se encuentra ahí, en ese mundo alejado de cualquier
tensión al que solo se accede mediante la relajación y la quietud.
Tu cuerpo adquiere un estado de tranquilidad que se extiende
dentro de ti, poco a poco, a través de un silencio que te va
envolviendo y alejando del tiempo y de todo aquello que pueda
influirte del exterior.
La calma es un bálsamo que te hace estar por encima de los
escollos del pensamiento; que te conduce al inicio ―donde todo se
origina―, lejos del mundo visible donde abundan los estímulos y
apenas tienes tiempo de apreciar nada, pues a veces estos se
extinguen rápidamente dando paso a los siguientes, haciendo que se
nuble tu visión de la realidad. Una realidad que observas afuera y
que a veces difiere de aquella que se extiende dentro: esa que se
propaga por tu mente a través de tu propia imaginación, en una
perpetua conexión de imágenes que florecen dentro de ti de forma
interminable.
CÓMO SE ALCANZA
La calma interna se logra cuando conectamos con nuestro
«verdadero ser», que se encuentra en lo más profundo de nosotros
mismos, en un espacio de consciencia alejado del ruido mental,
donde tan solo hay silencio, donde existe un vacío al que solo se
puede acceder desde la quietud, en una disposición de paz interior.
Esta se alcanza cuando conseguimos unir el silencio exterior con
esa paz profunda que podemos lograr si nos alejamos del ruido
mental: de cualquier contenido psíquico que trate de robarnos
nuestra atención y nos aleje de esa unión con «lo que somos»; que
solo se produce a un nivel más profundo, dentro de nuestro mundo
interno.
Para ello es primordial, en primer lugar, distanciarnos de todo
aquello que nos aturde, que nos turba la mente creándonos una
confusión que nos atropella y nos hace caer en el descuido, en una
distracción que nos atonta conduciéndonos a la deriva, a la pérdida
de la atención en lo que realmente importa.
Haciendo una pausa
Para lograr la calma no debes forzar nada; tan solo dejar pasar un
tiempo para que tu mente se vaya pausando lentamente y dejen de
aparecer todos esos pensamientos automáticos que nos invaden de
forma continua.
Después de ese momento empiezas a sentir que tienes el control,
que puedes dirigir el contenido que se halla en tu conciencia.
En realidad, en esos instantes, también estás utilizando tu mente,
pero en este caso lo estás haciendo de una forma voluntaria,
consciente.
Cuando no existe esa pausa y no observas lo que ocurre dentro
de ella, simplemente te dejas arrastrar por cualquier pensamiento
que pueda surgir en un momento determinado.
Son dos formas distintas de funcionamiento mental: una es
totalmente inconsciente, automática, y actúa de una manera
autónoma, sin ningún tipo de control por tu parte; y la otra es
consciente, voluntaria, pues tú eres el que controla todo aquello que
surge en tu conciencia.
Para alcanzar la calma tan solo es suficiente no pensar en nada,
pero en la mayoría de las ocasiones esto no es tan sencillo: somos
activos mentalmente por naturaleza, por lo que apenas podemos
realizar una pausa alargada que ponga freno a este modo de
funcionar. Por tanto, necesitas de un tiempo, no se consigue
rápidamente.
Puedes hacerte con el control estableciendo una pausa cuando
quieras alcanzarla. Entonces te has de relajar y comenzar a
observarte interiormente haciendo que todo se vuelva más lento.
Irás sintiendo que tus pensamientos empiezan a ir más despacio, lo
que te hace ganar un tiempo para detenerte y observarlos, de forma
que tienes la oportunidad de ver cómo transcurren, cómo surgen y
al poco tiempo se van desvaneciendo.
Poco a poco empiezas a sentir que entras en un estado distinto,
como si te estuvieras adentrando en otra dimensión mucho más
profunda donde todo parece ir más lento.
Se trata, en realidad, de hacer una pausa y observar todo aquello
que ocurre en tu conciencia, sin fijarte en nada en concreto. De este
modo puedes llegar a transcender todo eso que sucede en tu mente.
Es la única forma de situarse en ese punto donde puedes observar
todo lo que piensas en un momento determinado.
Gracias a esa pausa podemos llegar a establecer, si la practicamos
con frecuencia, una separación de ese estado mental compulsivo en
el que diariamente estamos inmersos sin ser conscientes de ello, que
nos lleva a la realización de conductas y hábitos que van
condicionando nuestro destino, pues no son más que acciones
repetitivas que nos van conformando, que nos van dirigiendo en
muchas ocasiones por caminos que no deseamos.
Solo desde un estado de quietud podemos percatarnos de todas
estas consecuencias, pues contamos con un espacio suficiente y con
el tiempo necesario para observarnos a nosotros mismos, lo que nos
lleva a conocer nuestro funcionamiento interno y también la forma
que tenemos de comportarnos en el exterior; a través de nuestras
conductas, en nuestras relaciones con los demás, con aquellos que
nos rodean habitualmente.
Si conseguimos llevarlo a la práctica en momentos determinados,
de forma periódica, solo con eso nos bastará para descubrir todas
las ventajas que conlleva la consecución de esta pausa tan necesaria
en nuestra mente, para ser cada vez más conscientes de que
tenemos una herramienta útil para controlar, en aquellos momentos
en que lo necesitemos, toda esa vorágine de pensamientos
mecánicos y automáticos que nos inundan, y que cuando son tóxicos
nos causan sufrimiento y nos desvían de nuestro verdadero camino;
nos obligan a no ser nosotros, pues nos separan de lo que realmente
somos, de nuestra «verdadera esencia», forzándonos a ejecutar una
serie de hábitos adquiridos mediante la repetición con los que en
realidad no estamos conformes, puesto que nos llevan a realizar una
serie de acciones contrarias a lo que realmente desearíamos hacer,
para llevar una vida coherente que tenga que ver con aquello que
pretendemos ser en el fondo de nosotros mismos.
Puedes hacer que todo cese por unos instantes, llegar a la
suspensión de todas las acciones que estés realizando. En esos
momentos se activa en tu mente una función que apacigua el
movimiento, de manera que hasta el propio pensamiento transcurre
a una velocidad distinta, por lo que dispones de un espacio para
examinar todo eso que circula en tu conciencia.
Y todo debido a esa detención, a esa parada, donde por unos
segundos pones a tu mente en modo de espera, como en un
intermedio, fijando una distancia entre cada pensamiento, que te
permite establecer un descanso para resolver, de una forma más
acorde, todo aquello que en esos momentos está integrado en tu
conciencia, que en la mayoría de las ocasiones no logras captar por
la viveza que tienen todos esos contenidos que se mueven de forma
incesante en el interior de tu mente.
Lo más frecuente es que nos dejemos guiar por todo aquello que
sobreviene a nuestra conciencia, puesto que es a lo que estamos
habituados. No estamos entrenados para hacer frente a todo ese
torbellino de contenidos automáticos que provienen de nuestro
inconsciente y que nos inundan sin que podamos detenerlos en un
primer momento.
De todas formas, si dentro de toda esa vorágine de pensamientos
automáticos logramos establecer una pausa, conseguiremos parar
ese proceso repetitivo que nos lleva a ejecutar conductas
automáticas, en forma de hábitos no deseados, que nos conducen a
la realización de una serie de actividades en las que podemos perder
el tiempo muy fácilmente y gastar una enorme cantidad de energía
sin ningún tipo de recompensa aparente.
Saber hacer esa pausa lleva a conocerse mejor a sí mismo, a
entender el significado de las cosas ocultas y a encontrar la verdad
de aquello que nos rodea; y a descubrir una «claridad» que solo es
accesible desde la propia conciencia, lejos del ruido de la mente y de
todas esas distracciones del mundo externo que nos confunden y
nos conducen por caminos no deseados.
Para llegar a esa pausa, mediante la que puedes hacerte incluso
con el dominio de tu propio pensamiento, se requiere una práctica
previa en la que aprendas a encontrar espacios de silencio que
puedes llegar a crear en el quehacer diario de tu vida cotidiana.
Siendo consciente
Solo puedes controlar esta situación si eres consciente de que eso
puede ocurrir, en la medida en que te percatas de ello; de esta
forma puedes hacerte con el dominio de este proceso y seguir
manteniéndote en ese estado de paz interior en el que te encuentras
a solas contigo mismo y te conviertes en el observador de todo eso
que ocurre dentro de ti; al mismo tiempo que te haces con el control
de cada pensamiento que va surgiendo lentamente a tu conciencia.
En esos momentos tan solo basta con dejarte llevar. Si algún
pensamiento surge de repente, basta con dejarlo pasar; de esta
forma te mantendrás en ese estado y nada te sacará de ahí.
Pueden surgir también imágenes, ideas, recuerdos de una forma
involuntaria, pero serás consciente de todos esos elementos y
contarás con el tiempo suficiente como para detenerte a mirarlos,
como si aparecieran en una pantalla y los observaras desde la
lejanía, desde la distancia; como si no tuvieran que ver demasiado
contigo.
En esos momentos tu postura es la de un observador que
simplemente se limita a percibir lo que pasa por delante de él, sin la
obligación de tener que juzgar nada, de tener que poner una
etiqueta a cada objeto que surja.
Si te mantienes en esa posición, irás observando que la frecuencia
de aparición de cada pensamiento o imagen va disminuyendo, que
cada vez se amplía el tiempo en el que solo hay silencio o un espacio
vacío que no está ocupado por ningún contenido, por ningún
recuerdo.
Habrá momentos en los que sientas que existe una resistencia a
mantenerte ahí, puesto que tu mente, por su propia naturaleza,
siempre tenderá a estar activa, a gastar una energía a través de la
creación repetitiva de imágenes. Es por esto por lo que en ocasiones
sentirás la necesidad de salirte de ese estado de paz interior y
retomar la actividad normal, que se lleva a cabo a través de una
cadena repetitiva de pensamientos y acciones.
Con la práctica puedes ser consciente de que esto puede ocurrir,
por lo que poco a poco te irá resultando más fácil alargar esa
situación de calma durante más tiempo. Al ser consciente de los
mecanismos que utiliza tu mente para hacerte volver al estado
normal, puedes no dejarte llevar y mantenerte por más tiempo en
esa posición de quietud.
A través de la relajación
No puedes relajar la mente si te mantienes en tensión. Si por
algún motivo estás pendiente de un estímulo o algo te preocupa,
mantienes ahí tu foco de atención sin que puedas separarte de él.
Para parar de alguna forma toda esa actividad frenética y
constante que existe en tu mente es necesario que entres en un
estado de relajación.
Debes empezar primero por el cuerpo, por observar su
funcionamiento centrándote en tu respiración, sintiendo cómo
introduces aire dentro de tus pulmones y al mismo tiempo lo vas
expulsando. De esta forma tan simple tu actividad mental se
ralentiza, los pensamientos dejan de circular por tu conciencia y se
abre de este modo un espacio abierto donde reina una paz que te
envuelve.
No forzando nada
Se trata de buscar esos momentos de quietud, pero sin forzar
nada. Todo debe ser natural, debe surgir de forma simple, sencilla,
sin que hagamos demasiada presión para alcanzar esa situación.
No nos debemos sentir obligados, por así decirlo, a encontrar esa
posición que nos ponga en contacto con un nivel más profundo que
existe dentro de nosotros mismos y que está alejado del ruido de la
mente y de los pensamientos repetitivos y automáticos que
constantemente surgen en nuestra conciencia y lo abarcan todo,
obligándonos a poner el foco de atención en un determinado
contenido, sin que apenas nos demos cuenta de ello, de que eso
está ocurriendo dentro de nosotros.
Para llegar a ese estado debes permitir que tu paz interna poco a
poco se vaya apoderando de ese espacio interior, donde puedes
observarte a ti mismo alejado de cualquier distracción. Solo puedes
lograrlo si lo haces con naturalidad, liberándote de cualquier tensión
que en ese momento tengas por cualquier preocupación que ande
rondando tu mente en esos instantes.
Cuando mejor puedes conectar con tu espacio interior es cuando
no fuerzas nada, cuando dejas que el silencio por sí solo te lleve a
ese lugar. No se trata de hacer un esfuerzo específico para conseguir
llegar a ese estado de quietud, simplemente consiste en dejarte
arrastrar por la propia calma.
En el momento en que intentas forzar esa situación, sigues
pendiente de lo que ocurre en tu mente, la sigues utilizando para
tratar de crear o de llegar a esa condición de paz interior. De esta
forma te resultará mucho más complicado acceder a ese punto.
Debes ir soltando todo aquello que te impide llegar a esa fase de
quietud, hasta que logras entrar en ella. Una vez que lo consigues
todo resulta algo más sencillo, tan solo debes limitarte a observar tu
conciencia desde la calma.
No sientes la necesidad de forzar nada, puesto que en esos casos
no existe en ti ninguna intención, ningún interés por realizar una
acción próxima; tan solo te estás limitando a estar presente ante ese
vacío que poco a poco se va ampliando, ya que tu propia actividad
mental se vuelve más lenta.
BENEFICIOS
Solo cuando actuamos desde el sosiego, desde esa apacible balsa
de aceite que es la paz sin fisuras, desde ese lugar donde existe el
equilibrio y la mesura, podemos actuar en consonancia, desde una
sensatez que te lleva a razonar siempre desde la moderación, a
través de una lógica madura, de una reflexión con cautela.
Solo cuando estamos en calma somos prudentes, actuamos con
tacto. Nuestros juicios parecen ser más maduros, como si todo lo
viéramos desde otra dimensión, desde la distancia, con una
templanza medida y una prudente reflexión.
Si aprendemos a observarlo todo desde la quietud, obtendremos
una serenidad que nos ayudará en los momentos más complicados,
en esas situaciones más comprometidas en las que perdemos el
sentido de nosotros mismos y nos dejamos arrastrar por la angustia
y la ansiedad inconscientemente.
Te posibilita otra forma de estar en el mundo, otra manera de ver
las cosas más serena, más imperturbable; como si establecieras una
distancia entre todo lo que ocurre y tú mismo.
Saber detenerte a tiempo te conduce a tener un mayor
entendimiento, pues dispones de un espacio para encontrar una
lógica, una razón a aquello que tengas ante ti en cada momento: ya
sea una persona, un hecho o un pensamiento que haya surgido en
tu conciencia y tengas que decidir si seguirlo o no.
Dispones de un tiempo suficiente para atender a aquello que fluye
en tu mente, para fijarte en eso que piensas, y advertir los
pormenores de cada juicio que haces, de las deducciones que creas
para tratar de explicar aquellas cosas que aún no comprendes,
aunque las percibas cotidianamente.
Puedes distinguir cada idea, aquello que solo es propio de tu
imaginación, y todas esas sensaciones que vienen acompañadas con
cada imagen, con cada pensamiento que aflora y que te lleva a
diseñar planteamientos y creencias, por las que vas concibiendo
opiniones que te crean la convicción de que el mundo es solo como
tú esperas, sin tener la más mínima sospecha de que puede ser de
otra manera.
En esos pequeños intervalos donde te trasladas a otra dimensión
mucho más pausada, te encuentras con la capacidad de poder
apartar, de forma consciente, aquello que no te resulte útil, porque
no tenga ningún atractivo para ti o simplemente porque no le
encuentres ningún provecho. Puedes apreciar, con mayor claridad,
aquello que no te es favorable, de cara a los objetivos que tengas
marcados: al camino que pretendas recorrer.
Te lleva a encontrarte contigo mismo
Por medio de la quietud puedes llegar a establecer un
aplazamiento, un intervalo para asegurarte de que seguirás siendo
siempre el mismo, a pesar de aquello que encuentres a tu alrededor
y de la angustia que sientas cuando dejes de serlo: cuando pierdas
el dominio de tu propio ser.
Cuando tomas el control te conviertes en lo que realmente eres,
recobras tu verdadera identidad, que nada tiene que ver con esa
imagen creada en tu mente. Te conoces a ti mismo, lejos de todas
esas etiquetas que te has puesto inconscientemente.
Y empiezas a recorrer un camino interior diferente, alejado de los
obstáculos del pensamiento. Empiezas a ver las cosas desde otra
perspectiva, desde tu propio mundo interior, donde tienes la
capacidad de distanciarte de todas esas creencias ilusorias que has
desarrollado dentro de ti y que te han llevado a imaginar un mundo
irreal, en muchas ocasiones.
La calma interna te permite crecer por dentro, transformarte si es
preciso, alejándote del engaño de la mente, de toda esa actividad
frenética que te lleva a estar permanentemente activo, acumulando
una tensión que a veces te lleva al límite de tus propias fuerzas.
Desde la quietud es más fácil conocerte y saber quién eres.
Cuando llegas a descubrirlo, ya no te dejas dominar por tu mente,
empiezas a actuar de una forma más consciente, llegando al control
de tu mundo interno.
Puedes crear así una existencia mucho más coherente y adaptada
a lo que eres: más cercana a la verdad, pues todo aquello que
decidas vendrá propiciado por una integridad determinada por
aquello que realmente piensas, alejada de toda influencia externa y
del ruido psíquico, que normalmente se apodera de nosotros y nos
lleva por caminos indeseados.
Te ayudará a proseguir por el camino correcto, a no detenerte y a
ser testigo de todo cuanto ocurre mientras sigues esa senda que
comienza en ti y que necesitas recorrer para sentirte tú mismo en
todo lo que hagas.
La calma te lleva a actuar en consonancia, teniendo una
congruencia con lo que eres, con lo que realmente deseas hacer en
cada momento.
Si te encuentras en una situación de calma y de silencio te
resultará mucho más fácil tener acceso a esa otra dimensión que se
encuentra en lo más profundo de ti mismo.
Te permite observar desde otro lugar
La calma interna es una fuente de comprensión que te ayuda a
contemplar las cosas a través de un proceso en el que no juzgas ni
etiquetas nada, donde tan solo te limitas a vivir el momento, a
mirarlo todo desde tu propio interior, donde se producen todos los
cambios y se resuelven los miedos.
Cuando estamos en calma somos meros observadores de aquello
que está ocurriendo, tanto fuera como en el interior de nosotros
mismos. No sentimos la necesidad de forzar las cosas; de actuar
impulsivamente, dejándonos llevar por el pensamiento.
Al encontrar la calma nos sentimos en paz con nosotros mismos.
En esos momentos no hay nada que nos desvíe de ese centro que
solo encontramos cuando llegamos a ese punto donde nos
convertimos en observadores, donde establecemos una distancia
entre nosotros y lo que ocurre en nuestra propia mente.
La calma te permite observar tu interior desde una ubicación
superior, singular; desde la que puedes distinguirlo todo: vislumbrar
lo que hay de bueno en ti, lo que brota en tu conciencia y aquello
que te lleva a ser y a comportarte de una determinada manera, a
pensar siempre de una forma establecida.
Te hace penetrar, de un modo más profundo, en aquello que no
entiendes, que aún no logras discernir por esa falta de consciencia a
la que habitualmente estás sometido por vivir en un mundo
irracional e inconsciente, dominado por procesos automáticos que tú
mismo te creas dentro del contexto en el que vives.
La calma es el camino que te permite ser un espectador
excepcional de todo cuanto acontece. Te posibilita contemplarlo todo
desde una posición privilegiada, lejos de la influencia de la mente y
de las distracciones externas, que en muchas ocasiones se apoderan
de ti y te conducen a una acción desordenada: a que pierdas el
control y te dejes llevar por lo primero que pienses.
Gracias a ella puedes contemplar aquello que en una situación
normal pasa inadvertido, porque apenas te da tiempo para poder
atender a todo ese contenido que se agolpa en tu mente, que nace
del inconsciente de una forma impulsiva y mecánica y que muchas
veces te atrapa en un bucle perpetuo de pensamientos repetitivos.
En una situación normal es posible que nos dejemos arrastrar por
lo primero que pensemos, pues no disponemos de este espacio para
establecer esta pausa tan necesaria que nos lleva a observarlo todo
desde una quietud que nos posiciona en un lugar privilegiado, desde
el que podemos observarlo todo de una forma más pausada, más
objetiva; donde tenemos la oportunidad de contemplar los hechos
desde otro punto de vista más próximo a la verdad, más cercano a
la realidad de lo que está sucediendo.
Es una situación en la que cesa todo el ruido mental proveniente
de los pensamientos repetitivos, es como si nos situáramos a otro
nivel de conciencia desde el que podemos observar todo lo que
ocurre y a la vez encontramos la facilidad de dejar pasar cada
contenido que va ocupando nuestra mente: todas esas imágenes
que van surgiendo desde el fondo de nuestra memoria y que van
pasando por nuestra conciencia de forma incesante y repetitiva.
Hacer con frecuencia esa parada es recomendable, porque de
alguna manera te lleva al encuentro contigo mismo y, desde el lugar
donde eso se produce, dejan de afectarte todas esas influencias que
provienen del exterior y esos otros contenidos que surgen también
en tu propia mente, pues te sitúas en un lugar donde puedes
observar de una forma objetiva todo eso que está ocurriendo, tanto
fuera como dentro de ti mismo; eso solo lo puedes conseguir si
accedes a ese espacio de consciencia, alejado del ruido habitual de
la mente.
Si te habitúas a encontrarla frecuentemente notarás sus
beneficios, sobre todo en tu manera de estar en el mundo. Tendrás
otra actitud ante las dificultades, pues te acostumbrarás a observar
las cosas desde otra perspectiva mucho más distante y objetiva que
la habitual.
Gracias a la calma conseguirás tener otra visión de la realidad,
con menos interferencias, más liberada de todos esos elementos que
en muchas ocasiones nos impiden ver aquello que nos rodea con la
suficiente claridad.
Una vez que te adentras en ese lugar, te mantienes alejado de los
pensamientos, y si estos tratan de ocupar ese espacio de
consciencia puedes llegar a observarlos desde una posición que te
permite establecer una distancia entre esos contenidos ―que
pueden surgir a la conciencia― y tú mismo.
Simplemente te transformas en un mero observador de todo
aquello que ocurre en tu propio interior, y te limitas a escucharte a ti
mismo a través de un lenguaje que eres capaz de entender, pues
resulta tan claro que llegas a la comprensión de todo lo que antes
no tenía explicación.
La calma consciente te conduce a mirar sin pensar demasiado; te
hace examinar todo aquello que observas sin tener que sopesar
nada, sin esa necesidad de juzgar, que existe siempre, cuando
valoramos todo eso que acontece, cuando apreciamos cada cosa que
ocurre y enseguida tratamos de calificarla para atribuirle un nombre,
para clasificarla en nuestra memoria.
Te lleva al desbloqueo, a liberarte y a entrar en un espacio más
amplio que te permite observar las cosas desde otra dimensión;
captar toda la magnitud de la realidad; calibrar las cosas en su justa
medida, llegando a un equilibrio que solo se alcanza cuando sientes
que hay una consonancia y una unión contigo mismo.
Tenemos otra percepción de la realidad
Gracias a la calma podemos llegar a tener otra percepción de la
realidad; adquirir una visión mucho más objetiva y menos
contaminada, pues todo lo observaremos desde el interior de
nosotros mismos, fuera de las influencias de las distracciones
visibles: de los estímulos del exterior, que muchas veces nos
conducen a tener una visión de la realidad equivocada, pues nos
sentimos confundidos por la cantidad de contenidos que
permanentemente nos llegan de fuera y que nos cuesta asimilar,
pues apenas disponemos de tiempo para poder organizar toda esa
información que con frecuencia nos avasalla y hace que se nuble
nuestra propia razón, cuando estamos ante estímulos demasiado
intensos.
Cuando llegamos a ese estado de paz interna, observamos las
cosas como realmente son, nuestra percepción no parece tan
contaminada, pues hay una disminución en cuanto a la cantidad de
información que en esos momentos captamos; seguimos
permaneciendo alerta, atentos, pero sin la necesidad de tener que
enfocarnos en algo concreto, sin la obligación de tener que hacer un
esfuerzo para atender a un determinado contenido.
Tal estado te ayuda a descifrar de una forma más imparcial todo
aquello que percibes. Te sitúa en un lugar neutro, objetivo, donde tu
razón se hace sensata y tú entendimiento más prudente. Desde ahí
lo adivinas todo con mayor claridad: todo aquello que te aflige, tus
juicios y hasta tus propios sentimientos cuando adviertes que hay
algo que te afecta.
La calma te lleva a la luz, a verlo todo con mayor claridad, con
mayor precisión; está liberada del caos, de la confusión del
pensamiento, que con su anarquía muchas veces te lleva a un
trastorno que te hace vivir en el desorden, en un ruido constante
que te agita por dentro y no te deja sentir la armonía: ese ritmo
acorde que es tu propia paz en reposo, esa quietud que te lleva al
equilibrio interno, sensato y estable.
Dejas de soñar y empiezas a ver las cosas como realmente son,
sin ese deseo de hacer suposiciones y crear fantasías que tan solo
son meros inventos de tu propia imaginación, que necesita ingeniar
constantemente para hallar una puerta de salida, una razón para
encontrar un sentido a aquello que no lo tiene; una causa que te
haga encontrar el origen de aquello que no entiendes, de lo que no
eres capaz de interpretar porque aún no lo has experimentado.
Mediante esa pausa, que puedes lograr establecer gracias a la
práctica diaria, obtienes otra perspectiva distinta de la realidad que
te rodea, pues dispones de una herramienta que te permite percibir
las cosas con mayor claridad, con el tiempo suficiente como para
ordenar todos esos pequeños detalles que en la mayoría de los
casos nos pasan desapercibidos y que son importantes para
comprender todo aquello que nos acontece; para llegar a una
interpretación objetiva y fiable de todo eso que nos ocurre.
Lo que nos lleva, de alguna manera, a aceptar los hechos tal y
como están ocurriendo, sin caer en demasiadas interpretaciones;
nos proporciona una sabiduría para aceptar las cosas como son, ya
que en esos momentos estamos alejados del ruido mental y de la
influencia de todos esos pensamientos que muchas veces nos
inundan oscureciendo nuestra razón, confundiéndonos, haciendo
que desviemos nuestra atención hacia otro lugar.
Hacer esa pausa es beneficioso siempre, porque te permite
limpiar tu mente de pensamientos y contenidos tóxicos que te
invaden a diario, en el quehacer de tu vida cotidiana, y te obligan a
tener una visión negativa de la realidad o de aquello que está
sucediendo en cada momento.
Desconectar, aunque sea solo un momento de todo aquello que
nos rodea, siempre es beneficioso, puesto que te permite tener un
tiempo para ordenar un poco las ideas, que a veces se agolpan una
tras otra y se acumulan de tal forma que hacen que te sientas
confundido, sin saber qué hacer realmente.
Podrás observar el mundo con otra mirada, desde un punto de
vista más objetivo, más cercano a «lo que cada cosa es».
De esta manera tu mente se despeja, dejando un espacio para
que se establezca ese encuentro necesario contigo mismo que te
sitúe en esa posición en la que empiezas a ver las cosas desde otra
perspectiva, más profunda y auténtica; que te ayuda de alguna
manera a no dejarte llevar por el estrés cotidiano y la ansiedad que
puedes llegar a sentir a causa de tu estilo de vida y de todas esas
circunstancias que te rodean, que hacen que te comportes de una
manera mecánica y repetitiva, como si fueras un robot programado
por ti mismo.
Es la mejor manera de vencer a la incertidumbre. Si te limitas a
observar lo que hay en tu interior, llegarás a comprender sin
esfuerzo todo aquello que se oculta a tu entendimiento.
Solo desde una mirada tranquila puedes darte cuenta de eso que
se esconde y no te permite ver la realidad tal y como es: aquello que
te envuelve de tal manera que te lleva a un espacio de duda que no
sabes administrar, de manera que al final no puedes distinguir lo
verdadero de lo falso; lo real de lo ilusorio.
Sin saberlo, dentro de nosotros existen enigmas complejos que
nos van impulsando a cambiar de parecer y de pensamiento muy
rápidamente. Alteran nuestra propia visión de las cosas y se hacen
visibles cada vez que encontramos una dificultad para adivinar la
realidad.
Desde la calma puedes contemplar todo aquello que se oculta
dentro de ti; todo aquello que tiene un origen incierto, que no sabes
de dónde surge, pero que en ocasiones aparece de forma intensa
como un impulso que te causa una agitación que te lleva a la
inquietud.
Sin la calma no puedes apreciar cada instante, no puedes
detenerte a observar detenidamente esos objetos que aparecen ante
ti; o los sonidos que pueda haber a tu alrededor; o esas sensaciones
que ocurren en tu propio interior.
Con el tiempo, y prestando atención, podremos ir dibujando
dentro de nosotros mismos una valoración objetiva de cada cosa que
vemos. Pero para ello debemos mantenernos despiertos y tener la
quietud suficiente para saber y clasificar cada contenido en su justa
medida, de una forma diáfana.
Nos facilita un mayor conocimiento
La calma nos facilita más conocimientos acerca de todo lo que
hay a nuestro alrededor y en el interior de nosotros mismos. Gracias
a esa pausa que establecemos cuando nos fijamos en algo con la
intención de conocerlo, de llegar a su total comprensión, obtenemos
un mayor dominio sobre todos esos elementos que surgen en
nuestra mente ―en ese preciso instante― relacionados con eso que
tratamos de entender, de averiguar.
Nos ayuda a tener una mayor comprensión sobre todas aquellas
cosas que deseamos saber, que necesitamos dominar para ir
solucionando todas esas dificultades que se nos presentan en
nuestra vida cotidiana. Aquel que sabe encontrar la paz, en
momentos de dificultad, tiene una herramienta de primer orden para
ir resolviendo poco a poco sus problemas, pues no se deja llevar por
la contrariedad, no permite que un impedimento, un obstáculo, se
apodere de su mente y lo someta.
Aprenderemos a enfrentamos a la realidad que nos rodea de otra
forma, con otras herramientas mucho más poderosas. Será mayor el
número de conocimientos que adquiramos de nuestras experiencias,
pues dispondremos del tiempo necesario para hacer una lectura
mucho más completa de aquello que nos está sucediendo; llegando
a comprender mucho mejor las circunstancias que nos envuelven.
Nos desarrollaremos mejor en el contexto en el que transcurre
nuestra vida. Cada experiencia tendrá una riqueza cada vez mayor
para nosotros, pues tendremos la ocasión de sacar un número
mayor de conclusiones y de información que nos ayudará en el
futuro, cuando tengamos que enfrentarnos a situaciones parecidas.
Lograremos alcanzar una nueva forma de estar en el mundo, mucho
más pausada, con un mayor control sobre nosotros mismos.
Lo que hará que te encuentres con toda esa gran riqueza que se
halla dentro de ti y que no siempre tenemos la oportunidad de
descubrir al estar únicamente centrados en lo que ocurre fuera;
atrapados por todos esos estímulos e influencias que se encuentran
en el mundo material y que nos hacen vivir constantemente en un
bucle que en muchas ocasiones parece que no tiene fin.
Solo el que guía sus pasos desde la quietud, puede resolver con
mayor facilidad todos esos misterios que nos rodean a lo largo de
nuestra vida, y que están relacionados con cuestiones que tienen
que ver con la existencia, con lo que somos y con lo que podríamos
llegar a ser si conseguimos eliminar todo aquello que nos impide ser
nosotros mismos; que nos reprime y nos bloquea.
Habrá cosas que empezarán a tener sentido, pues esta situación
nos permitirá adentrarnos en las causas de todo aquello que sucede.
Te permite decidir mejor
Te posibilita alcanzar ese intervalo en el que puedes detener el
pensamiento y optar por la mejor alternativa posible a la hora de
elegir un acto, o un desenlace a todas esas ideas que se agolpan de
forma precipitada en tu conciencia y que en muchas ocasiones no te
permiten distinguir la realidad.
Nuestras decisiones cobrarán otra determinación, pues serán
tomadas con otra voluntad, partirán de un propósito adoptado en
una posición de quietud, por lo que serán más estables y
equilibradas; mantendrán una gran firmeza y su permanencia será
mayor en el tiempo.
Todo aquello que consideremos, desde una situación de calma
interna, generará en nosotros una mayor confianza. Hacer una
pausa en el momento oportuno genera en nosotros una mayor
seguridad, nos ayuda a creer que tenemos el control y que
actuamos con la certeza de saber que en ese momento hacemos lo
correcto.
Actuar de esta forma nos lleva al convencimiento de que somos
más auténticos, más fieles a nosotros mismos, que nuestras
conclusiones están más cercanas a la verdad; y que las decisiones
que tomarnos en esos momentos de reflexión nos alejan del error,
de esa confusión que se apodera de nosotros cuando nos
conducimos alocadamente, sin una dirección que nos lleve a
observar las cosas de una manera más pausada, a una toma de
decisiones más tranquila, más en consonancia con aquello que
deseamos en el fondo de nosotros mismos.
Todo esto se reflejará en una forma de actuar mucho más
moderada, más apacible y amable. Aquellos que nos rodean lo
apreciarán rápidamente, captarán tu templanza: esa mesura a la
hora de hacer las cosas o cuando te comuniques con ellos.
El hecho de poder hacer esa pausa te facilita la posibilidad de
elegir lo que en cada momento entiendas que es mejor para ti. Todo
esto traerá como consecuencia un mayor acierto a la hora de buscar
soluciones; a la hora de tomar las decisiones que más nos
convengan, según las circunstancias.
Aprovechar esa pausa te puede resultar ventajoso, pues siempre
dispondrás de un espacio para tomar la decisión más conveniente, la
que más se ajuste a lo que en el fondo deseas hacer.
Te aleja de toda influencia
Gracias a esa sensación de quietud que experimentamos,
permitimos que todo transcurra sin intervenir demasiado. Nos
limitamos a dejar pasar sin forzar, de manera que nada nos afecte. A
diferencia de lo que ocurre en una situación normal, en la que
estamos pendientes de todo aquello que causa en nosotros una
afección, de tal modo que nos influye en nuestro modo de
comportarnos, en nuestra manera de pensar y en nuestra actitud
ante las dificultades.
Es como si estuviéramos alejados de todo lo que pudiera
afectarnos, pero al mismo tiempo teniendo en cuenta todos los
detalles de aquello que nos envuelve, tanto fuera como dentro de
nosotros mismos.
Cuando conseguimos llegar a ese momento, no hay nada que nos
perturbe; ya sea desde fuera o cualquier pensamiento que emane de
nuestra conciencia con la idea de desviarnos de nuestro foco de
atención, que en esos momentos está dirigido hacia nosotros
mismos.
Conseguiremos que nuestra mente se aleje cada vez menos de
ese centro; que no se apoderen de nosotros las distracciones
externas, que de continuo nos avasallan con estímulos que hacen
que perdamos el control y la atención de lo que realmente importa:
de nosotros mismos y de lo que en verdad deseamos.
Gracias a la calma puedes mantener la atención en un
determinado punto que en esos momentos te interese por algún
motivo. Si no estamos en ese estado de relajación, es fácil que nos
desviemos de nuestro foco de atención y que nuestra mirada se fije
en otros estímulos que puedan estar cerca; cuando estás en un
estado de relajación te percatas de ello y tienes más posibilidades de
evitarlo.
Gracias a la calma ves la «claridad» en todo aquello que piensas;
es como una ventana por donde entra la luz en tu mente y apaga
cualquier sombra que tenga que ver con conflictos pasados.
Esta quietud te hace escapar del ruido de los recuerdos; te aleja
de todos esos mecanismos que agotan tu energía haciéndote vivir
en una realidad superficial, donde apenas dispones de tiempo para
formar tus propias reflexiones que te lleven a descubrir la verdad.
Del mismo modo, tampoco te verás afectado, en esa situación,
por la influencia externa, por las distracciones que existen afuera;
también te mantendrás alejado de esa posibilidad, como si no
hubiera nada próximo a ti que pudiera distraerte en esos momentos.
Esta situación te mantiene distanciado momentáneamente del
exterior, de todo aquello que se encuentra a tu alrededor.
Nos ayuda a ser más conscientes
La calma nos ayuda a alcanzar ese estado de conciencia donde
puedes establecer una separación entre aquello que observas y tú
mismo.
Desde la paz interna se puede llegar a ser consciente con mayor
facilidad, pues en tal situación nada te distrae, no hay nada del
exterior que pueda conducirte a otro lugar; ni nada proveniente de
tu propia mente tampoco. Con lo cual, es fácil tomar conciencia de
aquello que ocurre en esos momentos dentro de ti.
Gracias a la quietud que se consigue a través de esa calma
interna a la que se llega cuando logras desconectar del mundo
manifiesto, puedes alcanzar un estado de conciencia tal que te
permite establecer una distancia entre tú y todo aquello que pueda
ir surgiendo en tu mente, proveniente de todos esos contenidos
guardados a través del tiempo en lo más profundo de tu memoria.
Desde la calma interna se entra, por tanto, en la plena
consciencia, siempre y cuando esta venga acompañada de una
verdadera actitud observadora, que no tenga la intención de juzgar y
de etiquetar nada, que te obligue tan solo a estar presente, a ser
testigo de todo cuanto ocurre.
De esta forma, ya nada podrá afectarte, influirte; al menos
durante esos breves periodos en los que lleves esto a la práctica.
Con el tiempo, esta nueva actitud se trasladará a tu vida
cotidiana. Sentirás esa misma quietud, esa misma paz interior en
cada pequeña acción que hagas, en el quehacer de tu vida diaria.
Gracias a esta práctica de llegar a ser consciente, a través de la
quietud y el silencio, alcanzarás la costumbre de mirar con más
frecuencia en tu propio interior, lo que te ayudará a descubrir un
mundo hasta ese momento desconocido para ti.
Cuando eres consciente, desde la quietud, de todo aquello que
sucede, tu preocupación disminuye y empiezan a cambiar muchas
cosas. Te sientes cada vez más presente y tu mente poco a poco se
va liberando de ese mecanismo constante que trata de condicionarla
a través de pensamientos automáticos que se van imprimiendo en la
conciencia a gran velocidad.
Sientes en esos instantes que empiezas a alejarte de la prisa y de
todas esas influencias que encuentras ahí fuera y que en la mayoría
de las ocasiones te atrapan de tal modo que te dejas llevar por ellas,
sin tener la ocasión de poder ejercer un control sobre ti mismo que
te impida establecer una distancia sobre esos estímulos externos
que te avasallan.
El ruido mental, compuesto por todos esos pensamientos
automáticos que surgen de tu inconsciente, se irá aminorando poco
a poco, se irán reduciendo todas esas imágenes que surgen de
forma repetitiva a tu conciencia y que nublan tu visión y conducen tu
atención hacia otro lugar más distante.
Cuando eres consciente, desde la calma, dejas de vivir en el
descontento: en esa desilusión permanente que a veces te llena de
pesimismo y te lleva al hastío, a sentir una gran indiferencia por todo
aquello que ocurre en tu entorno más inmediato.
En una situación de quietud todos los momentos tendrán un
significado para ti; empezarás a existir de otra forma, con muchas
menos limitaciones, siendo mucho más consciente y profundo.
Gracias a la calma permanecemos ausentes, alejados de aquello
que nos rodea y que en muchas ocasiones nos confunde. Es una
manera de marcharnos momentáneamente, al mismo tiempo que
seguimos permaneciendo en el mismo lugar, pero de otra manera
mucho más consciente.
Te lleva al control
Si aprendes a abrir esos paréntesis, en los momentos en que son
necesarios, siempre llegarás a tener el control en cada situación;
dirigirás tu vida con mayor audacia, pues esta forma de proceder
siempre te guiará por la senda más apropiada: la que más se
amolde a lo que realmente eres.
Te llevará a proceder siempre desde una sintonía contigo mismo,
pues dejarás de actuar a través de esos hábitos adquiridos que en
muchas ocasiones nada tienen que ver con tus auténticos deseos,
con tu «verdadero propósito», con ese fin último que cada uno
tiene.
Gracias a esta pausa que podemos establecer, conseguimos un
control sobre nosotros mismos, de manera que podemos influir en
nuestra forma de enfocar nuestro propio pensamiento y también a la
hora de reconducir nuestras conductas, pues esta pausa nos facilita
la decisión que hemos de tomar antes de emprender cualquier
acción; nos otorga un espacio donde podemos elegir la mejor opción
posible, en función de cada circunstancia.
En estos casos las acciones que emprendamos siempre estarán
mucho más adaptadas a lo que realmente queremos hacer.
La calma interna te lleva al control de ti mismo; te permite no
desviarte de la ruta marcada por tu «verdadero propósito»: por
aquello en lo que debes enfocarte para seguir el camino que mejor
se adecúe a «lo que realmente eres».
La quietud te permite no dejarte llevar por todos esos impulsos
que surgen de tu propio inconsciente y que inundan tu mente
obligándote a realizar una serie de acciones muchas veces no
deseadas. Al tener el control de lo que ocurre en tu conciencia,
puedes desviar de alguna manera esa energía descontrolada que
muchas veces se apodera de ti y te lleva a actuar como un robot, de
manera automática e inconsciente.
Irás adquiriendo un mayor control sobre ti mismo, pues ya no te
dejarás gobernar por cada situación en la que vivas. Todo lo que
haya en tu entorno, en cada momento, será secundario, pues
siempre tendrá predilección lo que se halle en tu mundo interior; te
guiarás por aquellos pensamientos que vayan en consonancia
contigo, y no por cualquier distracción proveniente de algún objeto
que se encuentre próximo a ti.
Gracias a la calma interna dejarás de ser un esclavo de todo
aquello que pase por tu cabeza; dejarás de repetir una y otra vez los
mismos pensamientos. Cuando te conectes contigo mismo tu mente
dejará de ser automática y serás el responsable de todo lo que pase
por tu conciencia, sin necesidad de tener que manipular nada, te
dejarás llevar tan solo por aquello que sientas en ese vacío, pues ahí
tan solo existe un silencio profundo que te lleva a ser el dueño de
ese dominio.
Es entonces cuando adquieres el control de todas tus reacciones;
de todos tus impulsos, que están acostumbrados a surgir en
cualquier instante de lo más profundo de tu inconsciente y que
planean sobre ti constantemente obligándote a existir en un mundo
que te hace vivir como un robot, pues te obligan a permanecer
siempre andando por caminos y hábitos mecánicos que has ido
adquiriendo a lo largo del tiempo.
Gracias a la calma interna adquieres un conocimiento sobre ti que
te puede llevar a controlar todo aquello que pienses en un
determinado momento, siempre que te encuentres en una situación
de calma en la que reine la quietud y no haya ningún ruido, tanto
externo como interno, que pueda perturbarte; es la única manera de
encontrar esa paz interna que te hace mantener una distancia con
todo aquello que sucede tanto fuera como dentro de tu propio
interior.
Todo empieza en ti. La transformación solo es posible si te
enfocas en el dominio que puedes ejercer sobre ti mismo, sobre tu
propia mente; a través del ejercicio de observación de la conciencia,
desde donde puedes profundizar en todos esos contenidos que
surgen de lo más profundo de tu memoria.
Nos ayuda a superar dificultades
Si conseguimos llegar a este estado de quietud con frecuencia,
conseguiremos tener una herramienta de primer orden para hacer
frente a cualquier dificultad que se nos presente y que nos cueste
resolver a través de los medios normales.
Gracias a la calma logramos profundizar de una forma más eficaz
en aquello que para nosotros resulta desconocido o entraña una
gran dificultad; y gracias a esta atención plena que nos permite
observar sin distracciones y centrados en lo que realmente importa,
podemos conseguir resolver numerosos enigmas y dificultades que
surgen con frecuencia en nuestra vida cotidiana, en el mundo que
nos rodea.
De esta forma podrás comprobar y hacer un balance de todo
aquello que te ha sucedido hasta ese momento. Podrás confrontar la
realidad con las conclusiones que sacaste de todos aquellos hechos
que viviste.
Puede ser una forma eficaz de resolver los conflictos pendientes y
de superar todas esas dificultades que se han ido convirtiendo con el
paso del tiempo en un problema para ti, transformándose en
obstáculos que frenan tu desarrollo y tu propio bienestar personal,
pues te impiden disfrutar de la vida haciendo que esta se convierta
en una complicación permanente, llena de estorbos y
contrariedades.
Mediante la calma puedes conseguir grandes avances que con el
tiempo se verán reflejados en tu forma de estar en el mundo y en la
manera de afrontar todas y cada una de las dificultades que te va
poniendo la vida, a través de las distintas circunstancias que te va
tocando vivir.
2. Silencio

Para llegar a la calma también se requiere un contacto habitual con


el silencio, que es fuente de creatividad porque te ayuda a centrarte
en aquello que en cada momento deseas, lo que te ayuda a
descubrir los contenidos más valiosos que existen dentro de ti.
La calma es fácil de conseguir si diariamente consigues
desconectar en algún momento, si buscas espacios de silencio donde
nada pueda distraerte o llevarte a otro lugar distinto.
El silencio no es más que la llave para adentrarte en ese universo
de calma y de quietud donde realmente te sientes libre de todo
aquello que de forma habitual ocupa tu mente, que siempre trata de
que acabes haciendo algo: una acción o que utilices tu tiempo en
una actividad concreta, que normalmente suele ser la misma
siempre.
El silencio es una fuente de riqueza, puesto que las mejores ideas
que podemos desarrollar nacen en un principio del vacío, no están
contaminadas con ningún elemento tóxico ni están influidas por
otros aspectos externos que nada tengan que ver.
Si te acostumbras a utilizar el silencio como medio para encontrar
la calma interna, serás consciente de tus propias emociones; así
como de todas las cosas que has imaginado para tratar de evadirte
de aquello que te cuesta comprender.
No debe darnos miedo el silencio; todo lo contrario, siempre que
sea posible debemos buscarlo, acceder a él; porque es el medio, la
puerta que nos permite adentrarnos dentro de nuestro propio
mundo interno, donde podemos experimentar una paz sanadora que
nos permite reconciliarnos con nosotros mismos, volver a la senda
que nunca debimos dejar; nos sitúa de nuevo en el camino que en el
fondo de nosotros mismos sabemos que debemos recorrer para vivir
en consonancia con «lo que somos».
Cómo se alcanza
Se puede decir que has alcanzado el silencio mental cuando
ningún pensamiento te influye ni te afecta. Sucede en esos
momentos en los que únicamente te limitas a observar sin juzgar, sin
dejarte llevar por los flujos de energía que surgen de tu mente en
forma de pensamientos e imágenes.
En tal situación, logramos percatarnos de todo eso, de modo que
podemos llegar a controlarlo si lo practicamos de una forma habitual
y buscamos esos momentos en el día para apartarnos del ruido
tanto físico como mental, estableciendo una distancia entre aquello
que nos distrae y nosotros mismos.
Cuando te encuentras en silencio no es necesario que pienses en
algo en concreto, no estás obligado a enfocar tu atención en un
tema determinado. Simplemente basta con dejarte llevar por aquello
que viene a tu mente, por lo que surge de tu memoria e invade tu
conciencia, pero de una forma distante, sin que te afecte, sin dejarte
influir por su contenido.
Qué nos aporta
Gracias al silencio logras parar toda esa vorágine de imágenes
que se agolpan en tu conciencia y que en muchas ocasiones hacen
que tengas momentos de confusión, por no disponer del tiempo
suficiente para organizar todo ese cúmulo de contenidos que surgen
de forma desorganizada y mecánica; y que en muchas ocasiones nos
lleva a tal confusión mental que afecta a nuestra atención y nos
produce un desequilibrio psíquico que se hace difícil de controlar.
El silencio nos proporciona un terreno propicio para dirigir lo que
existe en el interior de nosotros mismos; todos aquellos impulsos
que nos inundan de manera inconsciente y que nos conducen a
acciones que apenas podemos evitar, puesto que estamos
habituados a actuar de esa manera: siguiendo esos arrebatos de
energía que se apoderan de nosotros y que nos impiden conducirnos
libremente.
Todo aquello que nos afecta, por tanto, lo veremos de una forma
distante, lejana, separada de lo que somos, y por tanto lo
entenderemos como algo que no tiene nada que ver con nosotros;
como un aspecto que pertenece a otro ámbito que no es el nuestro;
como algo que está compuesto por una serie de contenidos que han
venido y se han creado desde el exterior, que han sido propiciados
por otras fuerzas externas. Los hemos asimilado porque nuestro
sistema perceptivo los ha captado y los hemos interiorizado de
manera que han pasado a formar parte de nuestra memoria.
Todo lo que te afecta o que produce alguna sombra en tu mente
se desvanece cuando te adentras en tu mundo interno, a través del
silencio, y dejas de actuar como un robot y regresas a ti mismo.
Gracias al silencio y a la observación podemos llegar a separar
todos esos contenidos ―que no nos pertenecen― de lo que
nosotros somos, consiguiendo de esta forma que no nos afecten lo
más mínimo todo lo que son esos prejuicios, falsas creencias,
emociones tóxicas y pensamientos negativos con los que a veces
nos encontramos.
La calma que se adquiere, en este caso, es la mejor medicina
para todos esos conflictos que se crean en tu mente. Gracias a la
quietud que logras en esos momentos de sosiego interno, puedes
ordenar lo que está desordenado, encontrar el verdadero significado
de aquello que aún no has llegado a comprender.
Es la herramienta perfecta para generar otra clase de
pensamientos que te ayuden a ver con mucha más claridad la
realidad que te rodea, para encontrar de este modo la verdad.
Ser consciente, a través del silencio, elimina toda preocupación,
pues te distancia de cualquier agitación, de todas aquellas cosas que
alteran tu mundo interno provocando la ansiedad y la angustia.
Puede ayudarte a cambiar, a transformarte en otra persona con
mucho menos enojo, más alejada de la aflicción y el enfado, con
muchas menos contrariedades.
Si te adentras en ese espacio interno, donde solo existe la calma
y llegas a ser plenamente consciente, llegarás a observar el mundo
con otra actitud, y descubrirás que a través del silencio puedes hacer
frente a todos esos problemas que has ido encontrando en tu vida y
que tanto te han preocupado.
Solo cuando te encuentras en esa situación, puedes comprobar
los grandes beneficios del silencio; serás consciente de la realidad en
la que has vivido hasta ese momento: una realidad carente de
comprensión que te ha hecho insistir en un mundo donde apenas
has sido tú, en la mayoría de las circunstancias que te han rodeado.
PAZ INTERIOR
El silencio es nuestro principal aliado, puesto que a través de él
logramos adentrarnos en ese mundo, al que no es fácil acceder,
donde reina la quietud y es propicio para alcanzar la paz interior:
que no es más que un estado en el que te encuentras a solas
contigo mismo y observas tu mente sin que ninguna distracción te
aparte de él.
A la paz interior se llega alcanzando la quietud mental, cuando
logras estabilizar y poner en reposo toda esa amalgama de
pensamientos constantes que te inundan frecuentemente. Solo en
esos instantes, a través de ese ejercicio de sosiego, puedes calmar
la agitación que hay en ti: toda esa algarabía mental que
constantemente está rompiendo tu equilibrio y no te permite esa
estabilidad necesaria para pensar y actuar con moderación, con la
suficiente sensatez para que todo vaya en consonancia contigo
mismo, con «lo que realmente eres».
Si quieres hallar dentro de ti la armonía, esa cualidad que te hace
encontrar siempre la justa proporción y el equilibrio de todo aquello
que piensas y sientes, ha de haber una consonancia, una unidad
propiciada por esa paz interna que solo se alcanza cuando todo
cesa, cuando encuentras una tregua en la que todo se interrumpe;
en la que tú mismo te abandonas en una calma plácida que
apacigua los impulsos y todos esos arrebatos propiciados por el
apremio de la mente, por su ansia de mantenerte siempre activo,
por su anhelo enérgico de impulsarte siempre a la acción.
Solo se adquiere si consigues llegar a esa tranquilidad necesaria a
través del silencio, sabiendo detener a tiempo cada impulso, cada
incitación proveniente de tu propio interior, y no dejándote llevar por
el ruido, por cada influencia externa o por cualquier otro influjo que
trate de desviarte de ese punto donde se encuentra la paz y todo se
amansa, a través de un sigilo que aplaca cualquier distracción y
todos esos actos inconscientes que nos empujan a dejar ese centro,
donde nos encontramos con nosotros mismos.
Dispones de tiempo
Cuando consigues la verdadera «paz interior» llegas a un proceso
en el que cesan algunas funciones de tu mente; la actividad se
vuelve mucho más lenta y va desapareciendo ese apremio para
pasar al pensamiento siguiente de forma precipitada. Puedes
advertir que no existe esa necesidad de mantener ese tren
interminable de contenidos mentales que se repiten una y otra vez
apropiándose de todo ese espacio que es tu consciencia.
Dispones de tiempo para administrar y gobernar todas esas
imágenes que luego se convierten en ideas que se reproducen de
forma automática sin que puedas tener control sobre ellas en
condiciones normales.
Dispones de un periodo más amplio, de un intervalo, para percibir
todos esos pequeños detalles que muchas veces nos pasan
desapercibidos pero que son importantes para entender la realidad
de una forma objetiva; para apreciar de una manera más completa
el estado de las cosas, los hechos que suceden y el lugar donde se
encuentra la verdad.
Tienes otra visión de ti mismo
Gracias a esos momentos de paz propiciados por el silencio,
podemos llegar a convertirnos en personas muy distintas de lo que
somos, puesto que ya no estaremos conducidos por nuestra mente,
sino por aquello que se encuentra más allá, a otro nivel al que solo
se puede acceder mediante la quietud y la observación sin juicio.
Llegas a tener otra visión de ti mismo, pues esta forma de estar
también influye en tu manera de proceder, en tus conductas y en la
forma de contemplar todo eso que sucede en tu propio interior.
Podrás distinguir tus mejores atributos, todas esas aptitudes que
permanecen guardadas y que no afloran porque nunca has tenido la
ocasión de fijarte en ellas; al ir por la vida demasiado deprisa, sin
mirar en todo eso que llevas dentro para poder sacarlo cuando es
necesario.
Contar con esta herramienta te hace ver la existencia desde otro
punto de vista, con otra actitud, de una forma más íntegra, libre de
esas ataduras de la mente que muchas veces nos cubren la razón
con juicios borrosos que nos conducen por caminos confusos e
inciertos.
Te ayuda a resolver conflictos
Cuando vives lejos del aprieto y del ahogo de la prisa, te sitúas en
un punto favorable para hacer frente a todos esos conflictos que
dificultan tu vida; dispones de un mecanismo útil para salir de cada
atolladero, de cada contratiempo que vaya apareciendo a lo largo del
camino.
Es un medio bastante válido para hallar el remedio más apropiado
a cada inconveniente, ya que de esta forma puedes meditar
observando muchas más alternativas; llegar a mejores soluciones,
para alcanzar, de este modo, el mejor desenlace posible a todos esos
problemas que poco a poco te van cargando de un sufrimiento
incómodo.
Cuando cesa el ruido de tu mente, los pensamientos se
suspenden y entras a formar parte de una calma donde encuentras
esa paz que en muchas ocasiones has necesitado para hacer frente,
de una forma precisa, a todos esos conflictos que te han complicado
la existencia; a todos esos problemas que te han imposibilitado ver
la claridad para obtener una respuesta precisa, una salida apropiada.
Es una forma de estar más despiertos, pues gracias a este estado
advertimos con mayor facilidad el origen de todo cuanto acontece,
los componentes que originan las situaciones y muchas
circunstancias que nos envuelven.
Lo observas todo con más detenimiento
Esa paz interna que en esos momentos sientes, hace que te
conviertas en el observador de tus propios pensamientos, de tu
propia mente, de todo lo que transcurre en ella, logrando de este
modo una separación que te posibilita conservar ese estado de
quietud gracias al cual te mantienes en ese «centro» que es tu ser
interior, desde el que puedas observar todo aquello que ocurre
dentro de ti mismo, en tu mundo interno; en la medida en que te
permite mantener esa distancia sobre cualquier contenido mental o
cualquier emoción que puedas llegar a sentir.
Todo eso no puede tener lugar hasta que no alcanzas, a través
del silencio, esa paz interior a través de la que logras separar todo
eso que no es tuyo ―pues te ha venido de fuera― de lo que eres
realmente, en el fondo de ti mismo.
De este modo llegamos a una paz interna que nos permite
observarlo todo con más detenimiento, suspendernos en un reposo
secreto donde podemos contemplar cada misterio: todas esas dudas
que llevamos ocultas en el interior de nosotros mismos.
Es la mejor manera de llegar a una paz interior que en la mayoría
de los casos no es posible debido al ajetreo cotidiano que nos
inunda y que nos aparta de ese centro donde nos encontramos con
nosotros mismos, dentro de nuestro propio interior, en esos espacios
de silencio y de quietud en los que podemos observar con claridad
cada pensamiento y cada imagen que circula por nuestra conciencia;
tanto si son automáticos como si aparecen de forma deliberada,
porque nosotros los hayamos buscado conscientemente en el fondo
nuestra memoria, para dar sentido a los contenidos que en esos
momentos tengamos en nuestra conciencia.
3. Observación

Dentro de nosotros se encuentran todas las explicaciones que nos


ayudan a esclarecer la verdad; a detallar el contexto y a definirnos a
nosotros mismos a través de todos esos pensamientos que nos
informan de aquello que somos.
Todo parte de ahí: nuestras intenciones, las razones por las que
hacemos algo y todas las explicaciones con las que tratamos de
entender el origen de todo lo que ocurre.
En nuestra mente tratamos de buscar la procedencia de aquello
que observamos, para saber de dónde nace, cuáles son sus
fundamentos: los motivos por los que aparecen todos esos
elementos que hay a nuestro alrededor. De esta manera
encontramos una finalidad a cada objeto que vemos; a cada asunto
que se mueve por nuestra conciencia.
Es un proceso que se produce de forma automática: solo con
percibir cada forma ya estamos analizando de manera inconsciente
su procedencia y su razón de ser.
Gracias a esta clase de contemplación, donde advertimos las
características de todo aquello que observamos, podemos establecer
la utilidad de cada objeto, de cada experiencia que sentimos, cuando
nos hallamos en contacto con el mundo que nos rodea.
El valor de observar
Tu vida cotidiana se desarrolla bajo una superficie en la que no es
necesario profundizar demasiado, solo te basta con estar atento a
los estímulos externos y a todo lo que te sobreviene de fuera para ir
solventando la mayoría de inconvenientes que la vida real te
propone en cada momento.
No sientes la necesidad de profundizar aún más en ti, ni apenas
tienes tiempo para detenerte a observar esa otra realidad que hay
en tu interior que también existe y que forma parte de lo que eres.
Puedes atender a las demandas externas sin necesidad de pensar
demasiado, sin la obligación de tener que observarte a ti mismo
antes de tomar cualquier decisión; aunque todo ese otro mundo,
que también te pertenece, sigue estando ahí.
A veces, cuando te detienes a pensar por un momento y a
explorar aquello que hay más allá de lo que ves, entonces percibes
esa otra dimensión llena de pensamientos e ideas, de imágenes y
contenidos que se mueven de forma tumultuosa dentro de tu mente.
Entonces te das cuenta de que necesitas establecer un orden,
buscar una mayor «claridad» que te ayude a comprender todo ese
mundo, y separarte de todo aquello que te produce confusión y que
te lleva a la incoherencia, apartándote de lo que entiendes que es tu
verdadero camino.
Si logras poner el foco en ese espacio interior donde te
encuentras contigo mismo, tendrás la ventaja de observarlo todo
desde otro punto de vista distinto, que te hará ver las cosas con
mayor claridad y teniendo la posibilidad de separar aquellas ideas o
pensamientos tóxicos que te arrastran por caminos indeseados, que
te conducen a actuar de forma incongruente con «lo que eres», o
con lo que realmente pretendes ser.
En esos momentos es cuando encuentras el valor de tu propia
observación, de los beneficios que conlleva meditar con frecuencia y
detenerte para distanciarte del ruido mental que te aprisiona y de
todo aquello que te lleva a un vacío inexplicable.
Observar sin etiquetar
Existe una manera de atender a todo eso que nos circunda.
Consiste en hacerlo sin emplear ningún tipo de pensamiento. Solo se
trataría de estar frente a cada realidad, pero sin etiquetarla, sin
juzgarla, sin pasarla por el tapiz de nuestros prejuicios o de
cualquier contenido que pudiera surgir de repente de nuestra
memoria, relacionado con eso que tenemos frente a nosotros en ese
determinado momento.
En este caso, tan solo nos limitaríamos a estar frente a las cosas
siendo conscientes de ellas, pero sin contaminar lo que vemos, sin
recurrir a ninguna imagen del pasado y sin utilizar nuestro propio
lenguaje para encasillar nuestra percepción en un apartado
concreto.
En esos momentos somos libres de todo prejuicio, pues nos
habremos liberado del pensamiento que en muchas ocasiones nos
conduce a idear una realidad que en nada se asemeja a lo que
realmente existe y se presenta ante nosotros.
Es el mejor antídoto para todos aquellos pensamientos tóxicos
que nos inundan con frecuencia. El mero hecho de observarlos hace
que pierdan su fuerza y que pasen desapercibidos, unos detrás de
otros, sin que nos atrapen de este modo.
También consigues, en cada momento que tú decidas, seleccionar
aquellos contenidos que consideres más convenientes en función de
las circunstancias en las que te encuentres en cada caso.
Observación consciente
Conectar con nosotros mismos no es tan sencillo, debemos estar
en un estado de quietud que nos posibilite apaciguar nuestra mente.
De manera que todos esos pensamientos que se ejecutan de una
forma mecánica, dejan de aflorar con tanta persistencia cuando nos
encontramos en un estado de paz y el silencio reina fuera y dentro
de nosotros.
Desde ese punto es posible llegar a ese espacio mental, propio de
la conciencia, donde hay ausencia de imágenes mentales y otros
contenidos que surgen procedentes del inconsciente. Justo cuando
llegamos a ese lugar, que es un momento donde el tiempo se
detiene y no hay ninguna otra distracción procedente del exterior
que nos distraiga, podemos observarnos a nosotros mismos con
total objetividad, libres de la influencia de los pensamientos.
En tal caso, nos sentimos cerca de la verdad de las cosas, y una
profunda sabiduría se extiende sobre nosotros que nos hace ver la
inmensidad de lo que somos, pues en esos momentos somos
conscientes de nuestro verdadero potencial, pues no estamos
contaminados por ningún contenido tóxico proveniente de la mente,
que nos confunda o que nos haga ver lo que no somos.
Es una forma de observarte a ti mismo, alejada del ruido mental y
de todo lo que pueda confundir tu propia visión de lo que eres. De
esta manera logras un nivel de comprensión de todo cuanto te ha
sucedido que alcanzas un conocimiento sobre el pasado que antes
desconocías.
Hasta ese momento solo eres consciente de que has tenido
experiencias que te han marcado, pero a partir de esta forma de
observación, logras analizar aquellos hechos que sucedieron de otra
manera, mucho más cercana a la verdad. Lo que te permite hacer
una nueva lectura de tu propio pasado, de aquellas cosas que te
afectaron durante muchos años convirtiéndote en la persona que
ahora eres.
Solo observamos una parte
Siempre tenemos una inclinación a atender solo a aquello que nos
interesa, que causa en nosotros una atracción o nos deslumbra por
algún motivo. Es habitual que dejemos a un lado todo lo demás,
aquello que no tiene ningún encanto o atractivo; o algún aliciente
que nos seduzca lo suficiente para captar nuestro interés.
No solemos detenernos en todos y cada uno de los detalles de
aquello que observamos; de forma que tan solo captamos lo que
llama nuestra atención, porque los estímulos hayan sido muy
intensos y nos hayamos detenido a observarlos asimilando con ello
toda la información relacionada.
Existen hechos, acciones que suceden ante nosotros, que apenas
nos paramos a contemplar, a considerar si eso que estamos
presenciando tiene una razón de ser, o una consecuencia que de
alguna manera nos afecte más adelante.
Son contenidos que vemos pero que en realidad no sopesamos lo
suficiente; transcurren ante nosotros sin que dictaminemos un juicio
o una calificación que nos permita atribuirle un sentido o un
significado concreto.
Solo retenemos parte de la información que percibimos, por lo
que no nos beneficiamos totalmente de todo lo que se encuentra en
la realidad, pues tan solo valoramos aquello que podemos analizar
en un momento determinado; aunque siempre hay algunos
elementos en el exterior que, aunque no los estimemos, también
son percibidos e incorporados a nuestra memoria.
Más adelante, con el paso del tiempo, aparecerán relacionados
con algún contenido que en un momento determinado estemos
atendiendo porque que tenga algún interés por alguna razón.
No todo lo que percibimos tiene para nosotros un significado. A
veces, simplemente lo absorbemos y lo guardamos para luego poder
relacionarlo posteriormente con algún asunto o algún tema que nos
atraiga.
Ante toda esta exposición de materiales externos que, en
realidad, al final, van conformando nuestro conocimiento, uno a
veces no llega a ser muy consciente de todo el saber que podemos
descubrir si aprendemos a extraer aquello que es importante de
todo eso que observamos.
No podríamos cuantificar el valor de todo aquello que no
apreciamos pero que entendemos que también se encuentra ahí, a
nuestro alrededor, listo para ser comprendido y para ser incorporado
a nuestro propio conocimiento.
Los pequeños detalles
Cuando estamos pendientes de todo lo que hay en nuestro
contexto más próximo, percibimos hasta los elementos más
insignificantes con más detalle, guardando aquello que consideramos
relevante. Posteriormente, gracias a todos esos nuevos contenidos,
podemos llegar a un análisis objetivo de todo eso que hemos
advertido en el exterior.
Nuestros pensamientos obedecen, en cierta forma, a todos esos
pequeños detalles que hemos ido anotando en nuestra memoria,
cuando hemos examinado lo que nos rodea, cuando hemos mirado
escudriñando cada realidad, cada componente de aquello que hemos
tenido frente a nosotros.
Son la expresión de aquello que se manifiesta en nuestra
conciencia, proveniente de nuestra memoria. Son la exteriorización
de todos esos contenidos que hemos ido incluyendo a lo largo del
tiempo en nuestros recuerdos; una manifestación clara de cada
experiencia que hemos vivido, de cada objeto que hemos observado
y de cada evento que hemos advertido cuando hemos mirado a
nuestro alrededor prestando atención.
Todos los conceptos y nociones a la hora de valorar una opinión,
nacen de ahí, de todos esos juicios que no son más que el fruto de
todo aquello que nuestra razón se ha ido asegurando de cada
pequeño detalle que hemos apreciado en el mundo externo, visible,
en ese universo palpable que nos ha envuelto en cada momento.
Cada episodio que vivimos, no es un mero incidente que pasa de
largo sin que nos afecte. Todo lance y asunto que nos envuelva,
influirá de una manera o de otra en nuestros juicios, en nuestra
forma de razonar y en los propósitos que calculemos en el futuro.
Detrás de cada episodio, de cada situación, existen circunstancias
que hacen que eso se produzca. De nosotros depende, a través de
nuestra capacidad de observación, averiguar esos elementos: esos
pequeños detalles que forman las circunstancias de cada situación,
de cada asunto que llega.
En realidad, nuestra inteligencia también se desarrolla en base a
ese fondo que vamos acumulando a través del tiempo, donde están
incluidas nuestras experiencias y todo aquello que hemos aprendido
en nuestro proceder cotidiano, a través de nuestras conductas y de
todos esos acontecimientos que hemos tenido la ocasión de
experimentar y que van conformando, poco a poco, nuestras
circunstancias.
BENEFICIOS
Esta forma de observación permite que todo quede en la
superficie, y que tú seas testigo, de alguna forma, de todo aquello
que suceda en lo más profundo de ti mismo. Accedes a algo así
como a una conciencia distanciada, donde tu energía tan solo se
limita a contemplar lo que pueda ir surgiendo desde el silencio de
ese vacío, que está libre de recuerdos y de todas esas tensiones que
habitualmente sientes en tu actividad cotidiana.
En esos instantes es como si regresaras a ti mismo; sientes que
nada puede detenerte. Es como una puerta abierta, silenciosa, que
se abre en tu interior y que una vez que entras por ella te ves
inundado de una «claridad consciente», en la que todas tus dudas
desaparecen y sientes una relajación que poco a poco te va
absorbiendo en una nube de quietud interna, que te hace llegar al
centro de ti mismo, que se encuentra más allá del tiempo y el
espacio, ya que solo se puede acceder mediante este estado de
meditación, donde tu energía tan solo está centrada en ese punto,
sin la necesidad de realizar ningún esfuerzo.
Cuando esto ocurre es como si entraras en otra dimensión; como
si dejaras a un lado la acción y tomaras el camino de la
contemplación, dentro de un mundo distinto al real, donde poco a
poco tu conciencia se va alejando de todo aquello que te estorba y
te distrae, y de todos esos elementos que te influyen y te hacen vivir
inmerso en una existencia dominada por los pensamientos
automáticos, y condicionado por una serie de hábitos que te obligan
a repetir una y otra vez las mismas conductas.
Esta forma de observar te sitúa en otra dimensión, en la que eres
mucho más consciente de todo cuanto ocurre en tu interior; de
manera que puedes llegar a alcanzar un nivel de conciencia que te
permite atender a todo aquello que te interese desde otro enfoque,
desde otra forma de ver las cosas bien distinta de como las has
percibido en el mundo real, a través de las experiencias que has
tenido a lo largo de tu vida.
Lo que pienses ya no tendrá tanta importancia, pues dejarás de
identificarte con aquello que ocurre en tu mente. Estarás centrado
más bien en intentar estar presente en cada momento, en vivir cada
experiencia sin intentar forzar nada, sin necesidad de buscar
explicaciones a todo.
Eres más objetivo
Llegas a ver las cosas desde una posición privilegiada, podríamos
decir, desde la que observas todo con mucha más objetividad, desde
una postura mucho más cercana a la verdad; puesto que esta otra
forma de atender a la realidad está limpia de todo prejuicio, está
alejada de los pensamientos tóxicos y repetitivos que diariamente
sobrevuelan tu conciencia y que provienen de tu inconsciente, que
se hace visible mediante este mecanismo de pensamientos
repetitivos e impulsos que no puedes llegar a controlar porque te
encuentras inmerso en una serie de hábitos frecuentes que se han
ido afianzando en ti a lo largo del tiempo, en base a repeticiones de
conductas y de patrones de comportamiento que te has ido creando
sin ser muy consciente de las consecuencias que estos acarrean, y
de la influencia que llegan a tener en tu propio destino.
Te facilita una nueva visión de la realidad mucho más objetiva y
cercana a «lo que cada cosa es», lo cual te ayuda a desempeñarte
de una manera más eficaz en el mundo, con todo aquello que haces
y con la clase de relaciones que estableces con aquellos que te
rodean.
Entenderás que a través de la relajación y de la observación
serena, tu análisis de las cosas llega ser más objetivo, y que todo
aquello que te hace daño se evapora, se va apartando si no te dejas
llevar por la mente y por todos esos pensamientos que renacen una
y otra vez de forma automática, que te llevan a una existencia
repetitiva donde apenas eres consciente del presente y apenas
dispones de tiempo para hallar las respuestas oportunas a cada
situación.
Observarte a ti mismo, desde la calma interior, tiene como
consecuencia una mayor coherencia entre aquello que piensas y los
actos que finalmente acabas realizando. El hecho de poder
establecer a tiempo una pausa en tus propios pensamientos,
conlleva poder alcanzar el control de estos, de manera que eres tú el
que al final acabas decidiendo el contenido y la frecuencia de
aparición de cada elemento que trate de ocupar un espacio en tu
conciencia.
Te ayuda a transformarte
El hecho de poder detener tu mente y empezar a observar de una
forma consciente todo aquello que ocurre, hace que encuentres una
base idónea para tu propia transformación.
Puede ser un medio de volver a encontrar la orientación de tu
propia vida; de hacerte con el control de una manera total; de hallar
la calma; un medio para encontrar las respuestas correctas y toda
esa verdad que ha permanecido oculta en ti a lo largo del tiempo.
Esa capacidad de observación, junto a un estado de quietud
adecuado, te posibilitará también la opción de modificar algunas
ideas y estructuras de pensamiento, e incluso creencias, con las que
no estés muy conforme o simplemente desees cambiar por no
encontrar una utilidad suficiente a esa clase de contenidos.
A partir de aquí, tienes la oportunidad de hacer un análisis mucho
más real y objetivo sobre ti mismo, que te conducirá a modificar
muchas premisas y creencias que tenías sobre aquello que en su día
te aconteció.
Todo ello te conducirá a un cambio personal, a modificar muchas
de las perspectivas que tenías sobre tus experiencias anteriores, a
valorar de otro modo muchas de las relaciones que tuviste
anteriormente con otras personas cercanas.
Posiblemente te lleve a cambiar también muchos pensamientos
erróneos sobre aquellas personas con las que has mantenido algún
tipo de contacto anteriormente, gracias a la adquisición de esta
nueva forma de observar lo que ya hay en ti, que permanece
guardado en lo más profundo de tu mundo interior.
Por tanto, gracias a la posibilidad de poder observar nuestro
propio pensamiento, adquirimos la capacidad de modificarlo en
función de los intereses que tengamos en cada momento.
Empiezas a entender que detrás de todo siempre hay un
trasfondo, un doble sentido. Llegas a percibir la verdadera
naturaleza de aquello en lo que te fijas detenidamente. El resultado
es otra forma de vivir; otra forma de estar ante todo aquello que te
rodea.
Te ayuda a resolver conflictos
A veces, los conflictos te asaltan y te van aniquilando poco a poco
en un proceso salvaje que te va encauzando hacia una pendiente
perversa, en la que pierdes tu equilibrio y tu paz se interrumpe por
una inquietud que poco a poco te va envolviendo conduciéndote a la
angustia y al desánimo.
Y es que hay pensamientos cargados de insensatez, que carecen
de una finalidad concreta y que desde luego no contribuyen nada a
la transformación personal.
Puede que no sepamos muy bien de dónde nacen, pero lo cierto
es que rompen nuestro equilibrio interno removiendo esa leve
armonía que en ocasiones conseguimos cuando permanecemos en
silencio, sin alimentar nuestra mente con pensamientos que nos
atrapan en la incertidumbre.
Para conseguir modificarlos se hace necesario que apartemos
nuestra mirada de todas esas imágenes que nos van conduciendo a
la desgracia y que en la mayoría de los casos son automáticas y
están vinculadas con un terrible sentimiento de desdicha, que se va
esparciendo por todo nuestro saber de forma irracional.
La observación de nosotros mismos debe servir para eso: para
erradicar todos esos contenidos de nuestra mente, que a veces se
estanca cuando se siente contaminada o funciona de una manera
automática, sin que hallemos la manera de frenar ese movimiento a
veces compulsivo que nos tortura con pensamientos imaginarios
desprovistos de toda lógica.
Cuando todo lo observas desde la calma, existe una profunda
aceptación de todo cuanto sucede a tu alrededor, de manera que
cada dificultad no la sientes como una amenaza, tan solo te limitas a
observar y a identificar todo eso que sucede.
Todo esto lo puedes presenciar desde la calma, sin necesidad de
tener que analizar nada. Solo se requiere que te abandones en el
silencio, asegurándote que pones tu foco de atención en lo que
ocurre dentro de ese lugar de tu mente donde se propagan los
recuerdos de tu memoria: todos esos conocimientos y ese saber
guardados que habitan dentro de ti y que permanecen ocultos hasta
que una determinada tarea los despierta y empiezan a ocupar un
espacio en tu conciencia donde se van convirtiendo en imágenes que
te llevan a elaborar ideas y creencias que te vinculan con el mundo y
que van determinando aquello que eres.
Logrando esto, ciertamente alcanzas otro nivel de vida. Deja de
afectarte todo aquello que antes te producía sufrimiento y malestar,
pues aprendes a restar importancia a todo lo que es innecesario.
Estos son los motivos por los que es conveniente observarse con
frecuencia, penetrar en esa otra dimensión que hay en ti pero que
permanece dormida porque no sueles entrar habitualmente.
Estableces una distancia
La división entre aquello que pensamos y nosotros mismos, como
observadores de eso que aparece en nuestra conciencia, nos permite
establecer una distancia con nuestros propios pensamientos y con
todo aquello que aparece en nuestra mente, que en muchas
ocasiones son elementos no deseados puesto que surgen de forma
automática y repetitiva desde lo más profundo de nuestro
inconsciente.
Gracias a este distanciamiento podemos lograr que los contenidos
del pensamiento no nos afecten, de tal modo que gracias a esta
separación conseguimos anular la carga emocional de cada elemento
que aflore a nuestra mente.
Así, con el paso del tiempo, si nos limitamos a observarlos y a
dejarlos pasar, estos empezarán a dejar de tener valor para nosotros
y se irán difuminando sin que tengan ninguna influencia en nuestras
acciones; se irán diluyendo poco a poco hasta dejar de repetirse y
perderán su relevancia dentro de la jerarquía de pensamientos
frecuentes que habitan nuestra conciencia de forma continuada.
Es la única manera de llegar al control de lo que ocurre dentro de
nosotros mismos. Se logra mediante la observación, en esos
momentos donde tan solo existe el silencio y una sensación de
quietud se adueña de tu mundo interior, facilitándote el control de
todo lo que allí ocurre.
Es algo que puede aprenderse mediante la práctica continuada,
de modo que puedes hacerte, de esta manera, con el dominio de ti
mismo, de tus impulsos más inmediatos y de todos esos hábitos
repetitivos sobre los que apenas tienes control y que sin duda están
marcando tu propio destino, pues son la base de todo lo que haces
diariamente de una forma automática, sin que seas muy consciente
de ello.
4. Meditación

Una forma de observación es la meditación, que es una técnica que


nos permite observar el curso de nuestra razón; una manera de
buscar la lucidez y la armonía en todo aquello que no llegamos a
comprender, de buscar un significado a todos esos conceptos que
tienen un efecto sobre nosotros.
Cuando miras a tu mundo interior, observas tu mente y los
pensamientos que allí ocurren. Al lograr establecer ese proceso de
ver lo que sucede dentro de ti, en realidad estás usando la
meditación, que de alguna forma significa observar los
pensamientos; para otros puede significar otra cosa, pero el hecho
de estar presente, viendo cómo funciona tu mente, atendiendo a lo
que allí ocurre, es como situarse en otro estado distinto al normal.
Te colocas en una posición desde la que accedes a un espacio que
solo está reservado a aquellos que se alejan del ruido y de todo
aquello que los pueda distraer del exterior.
Uno siempre busca meditar sobre aquello que le dicte su propia
imaginación, cualquier reflexión es bienvenida cuando intentas
hurgar en ella para obtener un mayor conocimiento; a través de una
consciencia que te haga ver la razón, conocer el origen y las causas
de aquello que tratas de comprender. Es la única forma de llegar a
un discernimiento sensato sobre todo eso que vemos y sentimos.
Es una forma de dar importancia a aquello que es de utilidad, una
manera de atreverse a indagar sobre aquello que no se ve; a
husmear en los pormenores de cada elemento que nos rodea,
buscando los detalles que nos lleven al principio y a la esencia de lo
que realmente importa: todos esos componentes que son los
cimientos donde nos apoyamos; donde se inician los motivos y cada
juicio que hacemos; donde están las causas del guion que seguimos
cada día, cuando circulamos por el mundo en conexión con los
demás.
Es una manera de relacionarse con uno mismo, un intercambio de
pareceres entre la persona que no eres y la que has sido siempre.
La meditación es un diálogo que nos facilita la entrada a una
dimensión oculta, que existe dentro de nosotros, en la que podemos
observar el brillo de aquello que siempre hemos sido y las tinieblas
de lo que no queremos ser: de todo eso que nos produce confusión
y nos incita a enfrentarnos con nosotros mismos; en una lucha sin
pausa que solo se detiene cuando captamos ese espacio de silencio
que existe en nuestra mente, cuando nuestra conciencia no tiene
ninguna intención, cuando no existe ninguna imagen o idea que
pretenda proyectarnos hacia un fin objetivo, determinado.
La meditación puede impulsarte a buscar en ese otro lado de tu
mente, esos otros pensamientos más profundos y racionales que
tienen que ver contigo.
Te puede ayudar a sintonizar con ese canal donde puedes
transformarte y alejarte de todas esas divisiones que aparecen y
alteran tu bienestar psíquico.
Es como conectar con otra fuente de energía distinta, a través de
la relajación y del mantenimiento de una calma que te lleva a
eliminar todas esas tensiones que fluyen en tu vida diaria y que poco
a poco se van acumulando, hasta el punto de hacerte explotar en
algunos momentos, cuando llegas al límite.
Algunos admiten que la meditación no es más que enfocarte en
un pensamiento, centrarte en un contenido mental, en una imagen
sin salirte de ahí. Yo me decanto más por entender la meditación
como mera observación de lo que ocurre en ese espacio que es tu
conciencia, tanto cuando hay pensamientos como cuando no los
hay; ser consciente de cada idea, de cada imagen que te sobreviene
y atender también a esos momentos en los que no hay ningún
pensamiento ni nada que te arrastre o te distraiga y te aparte de ese
momento.
Qué conseguimos
Mediante esta práctica podemos llegar a ser conscientes de todo
lo que ocurre tanto a nivel externo como en el interior de nosotros
mismos, puesto que nos da una capacidad de observación que antes
desconocíamos, pues esta forma de atender a cualquier estímulo
externo o interno nos da la posibilidad de tener en cuenta todos los
detalles que habitualmente nos pasan desapercibidos en nuestra
vida cotidiana.
Es una forma de estar conscientes y despiertos, siendo testigos
de aquello que acontece en nuestra propia mente, que es la clave de
nuestro funcionamiento, pues eso que sucede a nivel mental ―todos
esos pensamientos que surgen de nuestra memoria― es lo que nos
conduce a actuar la mayoría de las veces de una forma inconsciente
y automática; a no ser que sepamos poner freno a todo ese tren
interminable de imágenes automáticas que aparecen en nuestra
conciencia, una detrás de otra, sin que apenas tengamos tiempo de
detenernos y hacer una pausa para saber calibrar en todo momento
las consecuencias que conlleva seguir o aferrarse a un determinado
pensamiento o centrarse en un contenido mental concreto.
Esta otra forma de observación, si la entendemos desde esta
perspectiva, nos puede ayudar a cambiar nuestro modo de estar en
el mundo, a enfrentarnos de otra forma a la vida y a los problemas
que en ella se originan, pues nos proporciona una manera de estar y
de ser mucho más cercana y consciente, más propicia para
enfrentarnos a la situaciones problemáticas con más realismo y
conciencia, por lo que conseguiremos estar más cerca de las
soluciones que de aumentar dichas dificultades; que a veces nos
aprisionan y nos generan un malestar que prolongamos en el
tiempo, que nos hacen entrar en un bucle interminable del que
apenas tenemos opciones para poder salir airosos.
Todo esto nos puede proporcionar esta forma de meditación, que
a medida que la practiquemos podremos ir observando pequeños
logros en nuestra manera de pensar, de observar y de controlarnos a
nosotros mismos.
Esos logros luego se traducirán en un mayor bienestar psíquico,
puesto que servirán para saber discriminar en todo momento
aquellos contenidos tóxicos que nos aparten del camino que
debemos recorrer para sentirnos bien con nosotros mismos.
Veremos resultados en muy poco tiempo, pues nuestro modo de
pensar al final nos acaba convirtiendo en «lo que somos» y en lo
que manifestamos afuera, en lo que hacemos, en nuestra actitud
ante la vida y ante las otras personas que nos rodean. Todo eso se
verá reflejado en el exterior y seremos conscientes de ello muy
fácilmente.
Esta forma de observar el pensamiento nos llevará a otra
dimensión hasta ahora desconocida, nos conducirá a entrar más en
contacto con un saber y con una información acerca de nosotros
mismos que la mayoría del tiempo ha permanecido oculta, pero que
siempre ha estado ahí y que tiene que ver con todo aquello que
somos, con nuestro «verdadero propósito», con lo que es nuestra
esencia.
Nos posibilita un encuentro con nosotros mismos que nos ayudará
a encontrar la verdad escondida de las cosas. Es como si abriéramos
la puerta de los misterios y descubriéramos la forma de resolver
todos esos enigmas que nos han rodeado y que nos han causado
sufrimiento por carecer de los conocimientos suficientes para
resolverlos en su debido momento.
Toda esa sabiduría ya se encuentra en ti, lo que ocurre es que
permanece oculta en un lugar al que solo se puede acceder
mediante este modo de observación consciente y pausado,
distanciado del ruido mental y de cualquier otra distracción del
mundo externo.
La meditación puede ser un buen mecanismo para indagar en tu
interior y observar la situación en la que te encuentras en cada
momento, que vendrá expresaba por todos esos pensamientos que
encontrarás en tu mente y que irán surgiendo automáticamente sin
que hagas un esfuerzo para que eso ocurra.
Si sabes encontrar la tranquilidad y observar eso, en pocos
segundos empezarás a experimentar una transformación que vendrá
propiciada por esa observación de aquello que se encuentra en tu
mente.
Simplemente con observar esa información, en el silencio,
comienza a suceder un cambio en ti, pues sientes que te haces con
el dominio de eso que sucede en tu propio interior; y en ese
momento todos esos pensamientos automáticos dejan de florecer
permaneciendo cada vez menos tiempo en tu conciencia.
El ritmo de aparición de todos esos contenidos empieza a ser
cada vez más lento, desapareciendo todas esas imágenes que
surgen de tu memoria acompañándote todo el día, a través de una
secuencia continua y casi inalterable; la meditación te permite variar
todo este proceso.
Alterar este mecanismo solo es posible si se hace desde la calma
interna, desde un nivel mucho más profundo, sin la necesidad de
tener que forzar nada, sin tener que hacer ningún movimiento para
que todo ese flujo mental se paralice. Simplemente se empieza a
eliminar por sí solo; comienza a limpiar tu mente a través del
silencio.
Es una técnica muy valiosa para ver lo que hay dentro de tu
propio interior y descubrir la persona que eres en realidad, que
puede que sea distinta a la imagen que los demás tengan de ti.
Es bueno acostumbrarse a hacer una pequeña meditación diaria,
romper un poco con la monotonía de tener que estar pensando
siempre en lo mismo, obligatoriamente.
5. Ser consciente

La consciencia es un concepto que tiene muchas consideraciones. Lo


que yo aprecio cuando me examino a mí mismo, dentro de esa
reflexión que sugiero que todo el mundo haga, es que existe dentro
de nosotros un lugar lleno de imágenes que se reproducen de forma
continua y que percibimos interiormente. Cuando eso ocurre somos
conscientes de aquello que estamos pensando en ese momento,
observamos esas reproducciones como si estuviéramos ante una
pantalla viendo una película repetidamente, lámina a lámina.
En ese momento tenemos un sentido, una noción de aquello que
estamos pensando, llegamos a entender con lucidez todo eso que
ocurre en nuestro cerebro que nos da la capacidad de actuar con un
propósito o una razón de ser.
En este punto podemos decir que la mencionada consciencia hace
alusión a la percepción interna que tenemos acerca de todo lo que
surge en nuestra mente: como son los juicios, las ideas, los
razonamientos y todo aquello que nuestra inteligencia nos permite
entender.
Desde esta perspectiva, podríamos decir que todos los elementos
que aparecen en ella son componentes de nuestra memoria, son
aspectos integrantes de todas esas piezas que hemos ido guardando
a lo largo del tiempo. Muchas de esas partes se unen en fragmentos
dando lugar a ideas y creencias, formando un bloque del que luego
dependemos a la hora de establecer un juicio o de dar una opinión
sobre un tema determinado.
Desde otro punto de vista, también podemos considerar la
consciencia como un proceso de nuestra propia mente en el que no
existe ningún tipo de imágenes, ni figuras provenientes de nuestra
propia memoria, ni ningún otro pensamiento que ocupe nuestra
atención.
Sería algo así como un espacio o un estado sin forma, donde
existe un vacío que no está ocupado por ninguna apariencia; como
si fuera una presencia donde no habría nada, donde tan solo
estuviéramos nosotros ante esa realidad escondida en la que no
existe ninguna materia, ninguna forma. Digamos que este sería un
segundo aspecto de la conciencia.
Con lo cual, para intentar formarnos una idea aproximada de lo
que es, debemos tener en cuenta estas dos consideraciones. Por lo
que podríamos llegar a afirmar que la conciencia es esa parte de
nuestra mente que se compone por todos esos elementos que
surgen de nuestra memoria y por un espacio donde todas esas
formas se disuelven dando lugar a un vacío liberado de imágenes y
del ruido mental del pensamiento.
Ser consciente significa estar despierto, darse cuenta de todo eso
que ocurre no solo a nuestro alrededor sino también en lo más
profundo de nosotros mismos.
Cuando te mantienes despierto, eres testigo de los pensamientos
que circulan por tu mente; tomas conciencia, desde tu propio
interior, de tu existencia, de todo aquello que te condiciona y del
momento en el que vives.
Si eres consciente dejarás de vivir en el abandono; te
desprenderás de la desgana, de la apatía, pues sabrás defenderte y
ponerte al abrigo de todo aquello que te desvíe de «lo que
realmente eres», de todo aquello que te aparta de ti, que surge de
forma inconsciente tratando de desorientarte, de convencerte para
que sigas tratando de hacer siempre las mismas cosas; que te
predispone para que todas tus acciones sean automáticas, para que
apenas tengas tiempo de convencerte de que puede existir otra
forma de actuar, otra manera de enfocar la realidad.
Para llegar a esto se requiere también la calma: esa paz en la que
sientes una cierta conformidad con todo aquello que te rodea, una
tolerancia y una conciliación contigo mismo que te lleva a actuar con
coherencia, alejado de las ataduras del mundo externo, donde a
veces tan solo encuentras obstáculos que te impiden resolver todas
esas dificultades que poco a poco te conducen a la angustia y a un
malestar en forma de tristeza permanente.
Cómo ser consciente
Lo más importante que nos sucede ocurre en ese lugar de la
conciencia donde fijamos nuestra atención, en aquello donde
ponemos nuestra mirada interna. Es ahí donde ocurre
constantemente una lucha entre los pensamientos que surgen de
forma inconsciente y nosotros mismos, que de alguna manera
estamos separados de ellos, puesto que tenemos la posibilidad de
observarlos estableciendo de este modo una distancia.
Por lo general, esta lucha la gana la parte inconsciente, ya que
ocupa el mayor espacio de tu mente; aunque bien es verdad que la
otra parte consciente, a pesar de ocupar un menor espacio, puede
hacerse con el dominio total y controlar a la otra parte.
Esto último ocurre cuando somos conscientes y tomamos el
mando de nuestra mente, decidiendo aquello que verdaderamente
deseamos hacer, aquello que va en consonancia con lo que
realmente somos.
Estamos acostumbrados a seguir, sin reticencias, todo aquello que
nos propone nuestra mente a cada paso, sin detenernos, aunque tan
solo sea un instante, a valorar las consecuencias que puede
acarrearnos seguir un determinado planteamiento, o insistir en una
idea que se repita incesantemente en nuestra conciencia.
De alguna manera, esta forma de operar no es más que una
consecuencia de nuestra propia naturaleza. Lo hacemos de esta
forma porque está en nuestra propia condición humana actuar de
esa manera.
Si te detienes demasiado en pensar en un determinado problema,
lo que ocurre en la mayoría de las ocasiones es que este se
incrementa y apenas se pueden atisbar las soluciones. Solo cuando
despejas de alguna manera tu mente de elementos tóxicos que
entorpecen la «claridad», entonces es cuando sientes que estás en
contacto con la objetividad de las cosas, tienes menos dificultades
para observar la verdad que hay en ellas; cuando te liberas del ruido
mental y de todo aquello que sobra y que proviene de lo más
profundo de tu inconsciente, de manera que te nubla la visión
objetiva de las cosas y te aparta de tu verdadero propósito, pues te
distrae y te conduce por otros caminos que en el fondo no deseas
transitar.
Solo cuando despejas tu mente de lo innecesario, puedes llegar a
ser consciente de lo que ocurre en tu interior, de cómo se llenan
esos vacíos que hay en tu conciencia en los que no existe ningún
contenido y apenas existe la percepción del tiempo y el espacio.
Gracias a esto nos podemos focalizar sobre un punto en concreto,
sobre una parte, y mediante esta elección podemos delimitar los
contenidos que en cada momento estén presentes en nuestra
conciencia.
De este modo dejamos de estar condicionados por el
pensamiento, gracias a nuestra propia voluntad y a la capacidad
para identificar todos esos elementos que aparecen en nuestra
mente.
Para ello se requiere que seamos conscientes, que hagamos un
esfuerzo para entrar en un estado de quietud que nos permita
despejar un poco ese bosque espeso que es nuestra mente, para
cultivarla y abrir senderos que nos lleven por el camino que mejor se
ajuste a lo que somos, a nuestro verdadero propósito.
Esta sería una forma de acabar con todos esos dilemas que
existen dentro de nosotros, cuando actuamos sin pensar demasiado
en las consecuencias, o permitimos que nuestra mente trabaje de
una manera inconsciente dejándonos condicionar por ella.
Merece la pena hacer un esfuerzo para atravesar esa barrera que
existe entre nosotros y nuestra propia mente; de esta forma no nos
dejaremos absorber por ella, se volverá más racional y muchas cosas
dejarán de ser un rompecabezas, no nos sentiremos tan paralizados
como ocurre muchas veces cuando nos limitamos a estar viendo
siempre la misma imagen convenciéndonos de que solo existe esa
realidad.
Para ser consciente de todo ello necesitas estar despierto, vivir en
la realidad de la conciencia, que está más allá de lo que tu mente te
propone en cada instante.
Solo si despejamos nuestra mente de todo aquello que nos
estorba, que nos aparta de lo que somos, seremos capaces de
observar con una mirada consciente todo aquello que hay detrás de
lo que vemos, todo eso que se encuentra más allá, todo lo que ha
propiciado que cada cosa sea.
Se puede conseguir si aprendemos a conectarnos con el silencio y
con esa quietud que tan solo surge cuando nada puede distraernos,
separarnos de ese lugar donde desaparece todo aquello que nos
agobia y nos destruye.
A veces, tan solo se trata de observar dejando que los
pensamientos fluyan por tu mente, no dejándote influir por ninguno
de ellos, permitiendo que aparezcan y que al mismo tiempo
desaparezcan sin que te afecte en lo más mínimo.
En realidad, de eso se trata cuando hablamos de observar tu
propia conciencia, en esos momentos en los que consigues llegar a
una quietud, mediante el silencio, que te permite realizar un control
sobre todo aquello que ocurre en tu mente.
Gracias a nuestra propia voluntad y a otras cualidades que
también poseemos como seres humanos que somos, podemos llegar
a establecer una dirección sobre este mecanismo que tenemos
incrustados desde que nacemos. Para conseguirlo, debemos
permanecer conscientes sobre todo en esos momentos en los que
perdemos el control con mayor facilidad, en esos instantes en los
que nos dejamos llevar por aquellos pensamientos que en el fondo
no deseamos tener, pero que afloran porque los hemos repetido con
mucha asiduidad, por hábito, o porque simplemente obedecen a
deseos que queremos realizar pero que a la larga resultan tóxicos
para nosotros, pues no nos conducen a nada ni nos resuelven
ningún problema, aparentemente.
Todo depende del grado de consciencia al que logremos llegar. Es
evidente que cuanto más practiquemos esta forma de afrontar lo
que nos pueda proponer nuestra mente, más cerca estaremos de
conseguir esta independencia, como observadores que somos, de
toda esa estructura de contenidos inconscientes que surgen a
nuestra conciencia muchas veces de una forma descontrolada y
repetitiva, sin que podamos hacer nada para evitarlo.
Para acercarnos al conocimiento de todo eso que se produce en
nuestra mente, debemos ser conscientes, tratando de estar siempre
en un estado de alerta, advirtiendo todo aquello que se presenta en
nuestra conciencia en forma de pensamiento.
Se hace necesario que nos fijemos en nuestras propias reflexiones
acerca de todo eso que nos ocurre, en los razonamientos y las
consideraciones con las que tratamos de justificar nuestras
afirmaciones más frecuentes, que se transforman en creencias en
muchas ocasiones alejadas del sentido común.
BENEFICIOS
Lograr ser consciente es el mejor camino para descubrir aquello
que realmente somos. Es la mejor manera de entendernos a
nosotros mismos, de comprender todo eso que sucede a nuestro
alrededor.
Todo aquello que somos se encuentra más allá de lo que vemos.
Aparece escondido en el interior de nosotros mismos, oscurecido por
nuestros propios pensamientos, por todo aquello que inunda nuestra
mente, que invade nuestra conciencia de tal manera que nos aparta
de nuestro verdadero camino, que no es más que el propósito para
el que hemos venido a este mundo.
A partir de aquí comienzas a guiarte por lo que eres, no por lo
que han hecho de ti tus circunstancias y las experiencias pasadas,
que en realidad es lo que está en la base de tus pensamientos; que
son los que hacen que actúes en una dirección determinada, a no
ser que seas tú el que tome el control de una forma consciente y te
hagas con el mando de todo aquello que ocurre en tu interior.
Es la única manera de ser uno mismo, de ser fiel a «lo que uno
es», que tiene que ver más con esa parte consciente que con la
otra, con aquella que está formada por tus pensamientos
automáticos e inconscientes.
Nos dará otra visión de las cosas, ciertamente. Esta forma de
entender nuestro funcionamiento mental, nos lleva a entrar en
contacto con nuestra propia conciencia, a conocerla de una forma
más precisa. Nos conduce al conocimiento de nosotros mismos, de
todo aquello que se esconde en nuestro interior; nos lleva a una
sabiduría que nos proporciona esa paz que solo es posible cuando
uno llega al pleno conocimiento de «lo que es», cuando llega a
detectar dónde se encuentra exactamente ese saber, cómo se
accede a él.
Gracias al nivel de consciencia al que podemos llegar, mediante
esta nueva forma de entender lo que somos ― a través del
conocimiento de nosotros mismos ― , en este contacto permanente
con nuestro propio interior, tendremos acceso a una nueva forma de
entender nuestra propia realidad y aquello que nos rodea y que
observamos en el mundo que existe en nuestro entorno y con el que
tenemos un contacto cercano.
Llegaremos a la transformación de nosotros mismos mediante
esta nueva herramienta que es la utilización de nuestra propia
consciencia para discriminar, en nuestro propio interior, aquellos
elementos que estén más relacionados con «lo que somos» y con lo
que entendemos que es la auténtica verdad de las cosas, que tan
solo se puede descubrir cuando las despojamos de todo aquello que
es superficial, de aquello que oscurece su esencia.
Cuando nos adentramos en el interior de nosotros mismos para
observar todo eso que surge en nuestra propia mente, somos
conscientes de toda esa riqueza infinita que se encuentra dentro de
nosotros, que solo es visible si sabemos contactar con esa otra parte
que se encuentra oculta, pero que siempre permanece ahí,
escondida, a la espera de ser observada y utilizada.
En realidad, es ahí donde se encuentra nuestra verdadera riqueza,
pues esa parte de nosotros tiene que ver con lo que somos
realmente, pues no se encuentra contaminada por ese ámbito de la
mente compuesta por pensamientos repetitivos e inconscientes.
Cuando somos verdaderamente conscientes, llegamos a distinguir
lo que forma parte de nosotros de aquello que no nos pertenece
porque nos ha venido de fuera y hemos asimilado sin apenas darnos
cuenta.
Lo que realmente forma parte de nosotros es todo aquello que se
encuentra alejado de toda influencia externa, que nada tiene que ver
con lo que nos ha venido del mundo material. Lo que somos,
verdaderamente, se encuentra a un nivel mucho más profundo,
alejado de los pensamientos y de cualquier etiqueta.
Tomar consciencia de tus propios pensamientos te lleva al
conocimiento de todo aquello que ocurre dentro de ti. Gracias a esto
puedes reflexionar y tomar en consideración todos esos aspectos
que entiendas que son importantes; puedes llevar a cabo una
meditación a través de la que observes lo que hay en tu interior,
advirtiendo toda esa información que tiene que ver contigo mismo,
donde puedes hallar una explicación a tus conductas, y aclarar todos
esos enredos a los que te ha llevado la vida, a través de tus propias
experiencias.
Desde las profundidades de ti mismo llegas a captar el presente,
a establecer una distancia con el mundo externo, no dejándote llevar
por todo aquello que te dicte tu mente; donde se va acumulando
una información que viene de fuera, que te recuerda que tienes que
comportarte como la multitud, como todos aquellos que te rodean
en tu contexto más próximo.
Apenas te deja un espacio para ser tú, para que puedas
encontrarte contigo mismo y eliminar todo aquello que nada tenga
que ver con tu personalidad, con esa dimensión profunda que hay
en ti donde encuentras tu «verdadero ser», que nunca cambia a
pesar de las influencias y las circunstancias externas, que
constantemente tratan de atraparte a una gran velocidad.
Es entonces cuando empiezas a percibir más allá, cuando
adquieres el verdadero conocimiento, que solo se da cuando eres
consciente y no te dejas arrastrar por ese movimiento continuo de tu
mente mecánica que nunca deja de fluir.
Nos lleva al control
Ser consciente nos lleva al control, y es lo que nos impulsa al
cambio; ese cambio que muchas veces hemos deseado pero que no
hemos podido lograr por carecer de los conocimientos necesarios.
Llegar a ese control supone dominar nuestros propios
pensamientos, y todo aquello que surge de nuestra mente
automática que hace que no seamos nosotros mismos; que
deambulemos sin estar despiertos en muchos momentos.
En este sentido, ser conscientes implica llegar a un control de
nuestra propia mente, concretamente de esa parte de la conciencia
donde aparecen los pensamientos; y de esa otra parte donde no
existe ninguna imagen, ningún contenido ni ninguna forma que
ocupe ese espacio, dando lugar a una conciencia sin pensamiento,
aunque sea de una manera momentánea.
Cuando eres consciente todo se detiene, tus problemas ya no
resultan ser tales, pues aprendes a tomar la dirección mediante esa
parada propiciada por la propia quietud que te ayuda a distanciarte,
a no identificarte con ningún pensamiento que surja de lo más
profundo de tu memoria.
Una vez que llegamos a ese punto podemos conducirnos, gracias
a nuestra voluntad, por donde queramos, con la ventaja de que
somos totalmente conscientes en cada momento, y de que estamos
alejados de cualquier influencia de nuestro inconsciente, de forma
que dejamos de estar guiados por todos esos impulsos inmediatos
que nos guían de continuo y a los que estamos acostumbrados.
Si aprendemos a ejercer este control sobre nosotros mismos,
sobre toda esa parte de la conciencia donde surgen todas esas
imágenes que nos inundan constantemente, nuestra visión de la
realidad cambiará, puesto que tendremos la posibilidad de observar
con más detalle aquello que más puede influirnos, de tal modo que
gracias a esta atención consciente podemos llegar a transformarlo, a
cambiarlo por otros contenidos que entendamos que están más
acordes con lo que nosotros somos, con nuestra «verdadera
esencia».
El aprendizaje de este mecanismo podemos obtenerlo mediante la
práctica continuada; de este modo lograremos grandes resultados a
no muy largo plazo.
En realidad, todo aquello que ocurre en nuestro interior es lo que
nosotros permitimos que ocurra; de manera que, si no ponemos
freno y no atendemos a la naturaleza de nuestros propios
pensamientos, al final nos convertiremos en alguien que se deja
guiar por su propia mente sin tener una autonomía propia, sin
contar con una voluntad que le permita actuar por sí mismo
realizando aquellos actos que en el fondo desea poner en práctica.
Gracias a la observación que podemos ejercer sobre nosotros
mismos, nos daremos cuenta de todo este proceso y de la forma de
transformarlo en un nuevo mecanismo que nos libere de esa atadura
constante que supone estar constantemente a merced de nuestros
propios pensamientos sin ser demasiado conscientes de ello.
Solo de esta forma conseguiremos allanar el camino para una
«nueva conciencia», en la que seamos capaces de separar todo ese
ruido mental en forma de pensamientos que nos inunda, logrando
con ello llegar a un control sobre nosotros mismos que nos permita
actuar conforme a lo que realmente deseamos hacer, dejando a un
lado aquello que nuestra propia mente nos proponga a cada
instante, al margen de nuestra propia voluntad.
Gracias al surgimiento de esta nueva conciencia, nuestro
crecimiento será aún mejor, pues aumentará un mayor nivel de
presencia en todo aquello que realicemos. De nosotros brotará un
interés por expandir y ampliar todo eso que llevamos dentro y que
apenas prolongamos afuera, por esa constante e inquebrantable
actitud de encerrarnos en nosotros mismos para permanecer de
forma continua en una larga oscuridad.
Conectas con tu propio Ser
Ser consciente es conectar con tu propio Ser; es tratar de
conducirte con mayor coherencia, sin esa necesidad de aferrarte a
cada pensamiento que brote en tu mente; es darte un espacio para
poder meditar, para poder identificar a la persona en la que te has
convertido durante todo este tiempo; es reconciliarte contigo mismo
y abandonar la confusión que pueda haber en torno a lo que debes
hacer en la vida.
Cuando eres consciente se inicia un nuevo movimiento hacia ti,
donde aprendes a convertirte en lo que realmente eres; a dejar de
vivir en el pasado y a seguir la senda de lo que debes hacer.
Se abre un puente de comunicación con algo más profundo que
se encuentra en tu propio interior ―que ha permanecido dormido
hasta ese momento―: un espacio donde se encuentra tu «verdadera
naturaleza», donde aprendes a vivir el presente sin tener la
necesidad de juzgarlo.
Gracias a esto puedes profundizar más allá, vivir una nueva
experiencia dentro de ti, a través de la que puedes tener un
contacto con una dimensión más profunda que lo abarca todo,
donde te encuentras contigo mismo más allá de la razón y de la
lógica de la mente.
Si das ese salto tendrás la oportunidad de impulsarte más allá, de
moverte hacia ese lugar donde todo se detiene, donde tu mente
cesa y solo existe un movimiento interior provocado por una energía
que fluye como el agua de un canal que nunca se detiene ni se
estanca en la orilla.
SI NO ERES CONSCIENTE
En numerosas ocasiones, a largo del día, nos descarriamos,
perdemos la dirección sin ser muy conscientes de ello. Nos
confundimos en toda una serie de estímulos externos y de impulsos
inconscientes que hacen que nos desviemos de nosotros mismos, de
lo que realmente somos, y nos olvidemos de lo más importante: de
aquello que ocurre en nuestra propia conciencia.
La mayor parte del tiempo vivimos en la inconsciencia; es nuestra
mente automática la que ejerce su control sobre nosotros y nos
somete hasta el punto de hacernos actuar de un modo
descontrolado, sin que apenas podamos dominar nuestra propia
voluntad.
Al final acabamos siendo el resultado de pensamientos
inconscientes, que nos guían sin que nos demos cuenta hacia
aquello que en el fondo no deseamos.
Nos convertimos, por tanto, en el fruto de nuestra propia mente
la mayor parte del tiempo; en la consecuencia de todo aquello que
ha sobrevenido a nuestra conciencia proveniente de nuestra
memoria, que es donde se guardan los recuerdos de todo aquello
que hemos vivido, que hemos experimentado a lo largo de toda
nuestra vida.
Si no eres consciente de lo que haces, nunca podrás aventurarte:
probar otra forma de hacer las cosas; intentar acometer nuevas
iniciativas que te hagan abordar la vida de otra manera.
Si no eres consciente, estás ausente de ti mismo, dependerás de
tu mente mecánica, que en la mayoría de los casos es irracional, tan
solo sigue la lógica de la repetición, alejándote del conocimiento de
«lo que verdaderamente importa»; de ese conocimiento que solo es
accesible cuando te adentras un poco más allá, cuando llegas a la
fuente donde está el origen de lo que eres y se manifiesta tu
«verdadera naturaleza», más allá de los límites de la mente, donde
te reconcilias con tu propia existencia y encuentras un nuevo
lenguaje para encontrar expresiones y conceptos que permanecían
ocultos y carentes de significado hasta ese momento.
Nunca te podrás plantear tu «verdadero propósito», que solo
puedes descubrir si te adentras en lo más profundo de ti mismo,
donde se halla tu auténtica razón de ser, donde puedes sentir y
advertir lo que eres y lo que cada cosa es. Solo ahí podrás estar
presente, sin tener la necesidad de imaginar o de soñar con ideas
inventadas que discurren por tu mente sin ningún tipo de razón, que
luego se ahogan cuando miras de frente la realidad de la vida.
6. Espacio interior

Siempre que te observas a ti mismo, desde la calma interna, lo


haces desde un punto que está más allá de tu mente; lo haces
desde un espacio interior donde hay un vacío y se encuentra la
fuente donde todo se origina, desde la que puedes mirar cada forma
que aparece en tu conciencia.
Ese espacio interior es como tu templo: un mundo interno en el
que puedes entrar a través del silencio para dejar a un lado el
tiempo y encontrarte contigo mismo, sin necesidad de volver al
pasado; los pensamientos dejarán de moverse de un lado a otro
cuando empiezas a ser consciente de ello.
Dentro de ese nivel de conciencia más profundo, se encuentra
esta otra dimensión, que aparece cuando te adentras en ese
intervalo sin forma, sin pensamiento. Cuando eso ocurre, sientes que
tienes el control total sobre tu mente y sobre ti mismo, puesto que a
la vez que tienes la posibilidad de observar todo lo que pueda surgir
en ese espacio, también tienes la oportunidad de adentrarte en ese
silencio, en ese intermedio, para llevar a cabo una exploración
mucho más profunda.
Es una fuente de sabiduría en la que te encuentras contigo
mismo, donde se halla tu verdadero ser y tienes contacto con «lo
que eres», con tu auténtico yo y con todo lo que no esté
contaminado por la mente, por los pensamientos.
Es un espacio donde te encuentras a solas contigo mismo y
descubres tu «verdadera esencia» y tu verdadero yo. Gracias a ello,
cualquier pensamiento que aflore de tu mente no podrá afectarte,
puesto que en la medida en que lo observas disminuye su fuerza; es
una forma de apaciguar su carga energética, la influencia que pueda
ejercer sobre ti obligándote a la acción.
Una vez que te adueñas de ese lugar, pasas a una nueva realidad
más cercana a la evidencia, a la autenticidad. Siempre será propicia
para ti puesto que estará relacionada con la verdad y no con todas
esas creencias erróneas creadas a través de contenidos tóxicos
provenientes de tu mente y de toda la información a la que te
sometes constantemente, sin establecer una pausa para observarte
y ser consciente de todo esto que ocurre dentro de ti.
Enseguida te das cuenta de que ahí no existe el caos, sino una
tremenda armonía, que todo lo que de ahí surge no te afecta, como
lo hacen los pensamientos monótonos que nacen de tu mente
inconsciente. Es como si estuvieras separado de cualquier emoción,
que también tienes la capacidad de observar en esos momentos,
dentro de ese espacio en el que no existe nada, pero a la vez se
concentra todo lo que eres y lo que puedes llegar a ser.
También podemos observarlo
Todo lo que aparece en tu mente es pasajero, pero aquello que
hay más allá, en ese espacio liberado del pensamiento, es
permanente, no está sujeto al tiempo, ni desaparece como lo hacen
las formas que surgen en tu conciencia, que puedes expulsar
fácilmente si te detienes en ellas y no las etiquetas ni las juzgas.
No tiene nada que ver con ninguna ficción del pensamiento, ni se
repite como lo hacen muchas imágenes en nuestra mente, que se
resisten a desaparecer a no ser que las examines detenidamente en
un proceso de meditación, de forma tranquila, a través del silencio.
Lo que acontece en ese espacio también se hace visible y
podemos llegar a observarlo; es estable, pues no está sujeto al
conocimiento que proviene de nuestra memoria; es algo que florece
de lo más profundo de nosotros mismos y está despojado del
tiempo.
CÓMO SE ACCEDE
Vivir en la mente es vivir en una guerra continua, donde siempre
te has de estar moviendo, obedeciendo a unos pensamientos que se
hacen visibles y que van determinando lo que tienes que hacer en
cada momento, que van consumiendo tu energía mientras aparecen
y desaparecen.
Solo se detienen si profundizas un poco más allá, si te dejas
abandonar y conviertes todo ese ruido mental en silencio; entonces
tu energía se transforma siguiendo otra secuencia que te conduce
hacia otro lugar más apartado: otro mundo donde empiezas a vivir
una nueva experiencia, que te libera de todo lo que has encontrado
hasta ese momento en tu mente.
Cuando tratas de desconectar de tus pensamientos más
habituales para pasar a ese nivel mucho más profundo, donde el
ruido mental no tenga tanta influencia sobre ti, tu mente ofrece una
resistencia que te obliga a que te mantengas en ese estado
superficial, en el cual los pensamientos se repiten una y otra vez, de
forma que al final todo acaba en una acción relacionada con esos
pensamientos que se van agrupando uno tras otro de una manera
mecánica e inconsciente.
No es nada fácil dar ese salto a ese otro nivel de conciencia,
donde existe un cambio de enfoque: ya no son los pensamientos los
que te dirigen, sino que eres tú el que te conviertes en el observador
de todos esos contenidos que aparecen en tu mente.
Gracias a la calma podemos adentrarnos en todo ese
conocimiento escondido, que surge cuando tu mente se despeja de
toda esa sucesión de contenidos mentales que constantemente
tratan de abrirse hueco en tu conciencia.
Es una travesía abrupta, pues tienes que protegerte del embrujo
del pensamiento y de la angustia de algunas emociones, como la
tristeza, que en muchas ocasiones te oprime y te domina cambiando
tu foco de atención hacia otro lugar.
Para hacer ese movimiento que pueda trasladarte a tu espacio
interior, se hace necesario que practiques la calma, pues es lo único
que te puede ayudar a unirte a ese lugar donde nada puede
distraerte.
Si utilizas tu conciencia estando presente, entonces sientes cómo
la mayoría de los pensamientos inservibles se evaporan y te
empiezas a abandonar en el silencio. Notas cómo toda esa actividad
habitual de tu mente se apacigua; es como si estuvieras alerta, pero
sin estar activo, como si te dejaras llevar por ese intervalo vacío
donde no surge ningún pensamiento y no aparece ninguna imagen.
Cuando eres consciente tan solo te limitas a observar, a sentir tu
respiración. Si mantienes la quietud, si miras cómo funciona tu
mente, llegarás al principio, donde comienza cada pensamiento,
cada idea, la razón y todas esas emociones que te hacen sentir de
una determinada manera y que te arrastran sin que te des cuenta a
pensar en una dirección concreta.
Entonces comienzas a escucharte a ti mismo, como pocas veces
lo has hecho; y cuando empiezas a mirarte desde ese lugar,
concluyes que algo muy poderoso se encuentra dentro de ti que te
hace ver la realidad con otra mirada, de una forma consciente, sin la
necesidad de reaccionar a cada estímulo como lo haces
habitualmente en una situación normal.
Solo en un estado de relajación puedes llegar a contactar con ese
espacio que hay en tu interior desde el que se puede vislumbrar
todo eso que ocupa tu conciencia, que proviene de tu memoria y
que surge automáticamente mediante pensamientos e imágenes en
los que vas centrando tu atención sin que seas muy consciente de
ello.
En los momentos de quietud puedes llegar a contactar con esa
otra parte de ti mismo donde se encuentra «lo que realmente eres»,
que no está contaminada por ningún pensamiento o contenido del
pasado.
Llegas a percatarte de que entras en contacto con ese lugar
cuando se desvanece el ruido propio de la mente y tus pensamientos
repetitivos dejan de invadirte, cuando parece que todo se inunda de
un silencio que hace que te evadas de cualquier distracción externa.
En ese momento sientes que estás plenamente concentrado en
esa parte de tu interior en la que empiezas a vislumbrar un vacío
que al mismo tiempo hace que sientas una paz interior que no
puedes llegar a experimentar con ninguna otra cosa en el mundo
externo, en el mundo material.
Esto es posible gracias a que en ese espacio de «no mente»
existe la pausa adecuada para tomar el mando, para llegar a tener el
control de tus propios pensamientos. En tal caso, eres tú el que
orientas tu propia mente y no al contrario; no es la mente, en esos
momentos, la que te conduce a ti.
Te haces con el control gracias a que has logrado establecer una
pausa y has sabido permanecer en ese espacio donde tan solo existe
la quietud y el silencio y la mente no te invade con sus habituales
pensamientos automáticos que te distraen y te alejan de lo que
realmente eres, de tu verdadero ser, de tu esencia.
En tal situación, puedes permanecer todo el tiempo que desees,
aunque el funcionamiento habitual de tu mente te lleve a
permanecer siempre en ese estado normal en el que van
emergiendo pensamientos de forma mecánica y te vas dejando
conducir por ellos, siguiéndolos hacia el lugar donde quieran llevarte
en función del objetivo que tengan en cada momento.
Con la práctica llegará el momento en que no te cueste ningún
esfuerzo establecer contacto con esa otra dimensión más profunda
que existe en ti, en tu mundo interno, donde aprendes a separarte
del ruido mental y de todo aquello que te distancia de «lo que eres»,
proveniente del mundo material, del mundo de las formas.
A través del silencio
La manera de acceder a esa dimensión desde donde puedes
observar todo eso que ocurre en tu propia mente, es dejándote
llevar por el silencio. No es necesario que fijes tu atención en un
determinado punto, se trata de conseguir que en tu mente se
apacigüen todos esos pensamientos automáticos que
constantemente están surgiendo a tu conciencia.
A esa dimensión solo se puede acceder si te liberas de lo que hay
en tu mente y empleas un tiempo para que el silencio se apodere de
ese momento y conduzca tu energía hacia el interior de ti mismo. Es
entonces cuando empiezas a observar hacia esta otra dirección,
olvidándote de lo que hay afuera; aunque haya un flujo de estímulos
golpeándote en el exterior.
Esto solo sucede cuando empiezan a existir grandes espacios de
silencio entre un pensamiento y otro. Cuando ese intervalo se va
alargando, puedes llegar a controlar la dirección y el sentido de los
contenidos que vayan surgiendo posteriormente.
Es por ello por lo que se requiere unos momentos de espera para
lograr ese silencio mental entre un pensamiento y otro. Llegado ese
momento, tú ya puedes decidir qué clase de contenidos van a
ocupar tu conciencia, el sentido y la dirección que deseas darles, en
función de dónde quieras poner el foco de atención.
En ese intermedio, donde reina el silencio, puedes hacerte con el
dominio de ese espacio; así como de todo aquello que piensas o de
aquello que puedes llegar a idear a través de la unión de estructuras
de pensamientos que puedes ir creando desde ese lugar, de una
forma voluntaria y consciente.
Una vez que consigues llegar a ese punto, tendrás momentos en
los que sientas la necesidad de salir, porque aún no estás muy
habituado a tener tal grado de observación, por lo que sentirás la
intención de querer alejarte de ahí; pero gracias a la calma interna,
si la utilizas en esos momentos, puedes continuar en ese estado
―en ese intervalo― durante más tiempo, de manera que esta te
ayudará a hacerte con el control de la situación, sin dejarte llevar
por otra clase de pensamientos que tengan como finalidad que
salgas de esa situación y empieces de nuevo a funcionar
normalmente, como lo has venido haciendo toda tu vida.
QUÉ OBTIENES
Solo si te alejas de todo aquello que te separa de tu «verdadero
ser», que se encuentra en ese espacio sin contenido de tu
conciencia, es cuando llegas a encontrar el genuino significado de
muchos interrogantes que te has planteado a lo largo de tu vida y
para los que no has tenido o no has encontrado una respuesta
oportuna.
Todo cobra un sentido distinto si nos despojamos del
condicionamiento de la mente y nos decantamos por permanecer a
ese lado de la conciencia alejado del ruido y de las imágenes que
provienen de la memoria. Solo en ese espacio de «no mente», que
no está inundado por el pensamiento ni por el tiempo, puedes llegar
a reconstruir todas aquellas experiencias que has tenido y dar un
nuevo significado muy distinto al que le otorgaste cuando esos
contenidos los percibiste por primera vez.
Desde tu espacio interior todo se ve de otra manera, mucho más
cercana a «lo que eres», más próxima a la realidad de las cosas y a
la verdad, pues todos los objetos y las formas que ahí aparecen no
están tan contaminadas por el pensamiento.
Puedes comprobar que todo lo que nace de allí es más auténtico,
pues no está contaminado por los contenidos habituales de la
mente, que están basados en una información que adquirimos del
exterior que en muchas ocasiones viene incompleta.
Solo en ese espacio de silencio puedes llegar a tomar el control
de todo aquello que sucede en tu interior, de manera que puedes
reconducir todo aquello que ocurre en tu conciencia, de una forma
deliberada, dándole un sentido y un significado a todas aquellas
cosas que antes te parecían incomprensibles o difícil de asimilar.
Realmente es cuando tomas el mando de ti mismo, cuando llegas
a descubrir «lo que realmente eres», el verdadero propósito de tu
existencia.
Es como estar en contacto con una fuente de sabiduría que nos
permite ir resolviendo de otra forma aquello que entendemos que
para nosotros es un problema. Podemos desde este espacio llegar a
ser conscientes, sabiendo que detrás de cualquier dificultad existen
una serie de pensamientos que hemos organizado y estructurado de
tal manera que nos conducen a elaborar una serie de conclusiones
erróneas que se transforman en creencias y emociones tóxicas que
hacen que pensemos que un hecho o una cuestión concreta es un
problema para nosotros.
Si todos aprendiéramos a conectar con ese espacio, con esa otra
dimensión que existe dentro de nosotros mismos, tendríamos una
actitud ante la vida mucho más calmada y daríamos valor a lo que
realmente importa.
Seguramente no nos dejaríamos arrastrar tan fácilmente por
todos esos estímulos externos que nos acompañan en el día a día,
por todas esas influencias provenientes del exterior que nos
confunden y nos generan pensamientos tóxicos que pasan a formar
parte de una programación que al final acaba desembocando en
hábitos no deseados.
Si esto lo prácticas con frecuencia, encontrarás otras sensaciones,
y un mundo que ha estado ahí, oculto para ti, y que gracias a esto
se hace presente; pero sin estar sujeto al tiempo, pues una vez que
te sitúas en él, no sientes la necesidad de recurrir al pasado o de
evadirte pensando en el futuro. No sientes la necesidad de escapar
de esa situación, todo lo contrario, te olvidas de cualquier conflicto
que circule por tu mente y solo te limitas a pensar en «lo que eres»,
sin que tu conciencia esté influida por otra clase de pensamientos.
Te alejas de la influencia de la mente
Gracias a la calma interna puedes observar todo aquello que se
oculta en lo más profundo de ti mismo, todo eso que te roba tu
energía y que aceptas sin más porque estás habituado a hacer las
cosas de una forma mecánica, sin tratar de conocer lo que hay más
allá de ti mismo; por lo que te creas un sistema que no te permite
penetrar más allá, llegar a las profundidades.
Un sistema que te hace actuar de manera involuntaria, la mayor
parte del tiempo, siempre al mismo ritmo, sin que seas consciente
de que puedes cambiarlo, de que puedes estar por encima de ese
estado mental y modificar tu forma de pensamiento, a través del
empleo de la calma y de la observación consciente.
Para ello debes llegar al «centro» mismo, que está separado de lo
que habitualmente ocurre en tu mente. Tan solo consiste en dejarte
arrastrar por el silencio y la quietud, y dejar que tu energía fluya
hacia ese otro nivel de conciencia donde no hay resistencia y entras
en contacto con «la fuente», que todo lo envuelve de un vacío que
apaga los sonidos y el ruido de tu propia imaginación.
Solo si estamos atentos a ese espacio de nuestra conciencia, que
en un primer momento parece vacío, nos sentiremos libres de la
influencia de la mente y de cualquier otra cosa que pretenda
separarnos de ese instante, de ese lugar donde nos encontramos
con nosotros mismos mediante una paz interior que nos inunda por
completo y que nos aparta de cualquier estímulo que pretenda
romper esa quietud que se crea en esos momentos en los que logras
controlar todo eso que sucede dentro de ti; particularmente en tu
mente, en el fluir de tus propios pensamientos.
Solo ahí puedes llegar a mantenerte despierto, a encontrarte con
tu «verdadero ser», de una forma consciente, en una fase donde
cesa toda actividad y no sientes ninguna necesidad de seguir a tu
mente.
En esta dimensión, que está alejada del pensamiento y es donde
te encuentras contigo mismo, ya no te dejas absorber por los
impulsos que surgen de tu inconsciente: por toda esa actividad
frenética de imágenes que circulan gastando tu energía repitiendo
siempre el mismo contenido, mientras que tú te mantienes ahí,
indefenso, incapaz de cambiar ese proceso condicionado por todas
esas expresiones que aparecen en tu mente, que no te permiten ser
tú mismo en todas las circunstancias y que te hacen recordar de una
forma constante todos los conflictos que has vivido y que algunas
veces has tenido que reprimir para evitar ser esclavo del sufrimiento.
Solo puedes ser consciente de esta realidad si lo haces desde la
calma, desde ese centro que se encuentra en tu interior donde se
halla una quietud distinta que te lleva al dominio de ti mismo, sin
necesidad de forzar nada, manteniendo una distancia con todo
aquello que te rodea y que la mayoría de las veces te ha
imposibilitado ver la verdad y todo aquello que hay detrás de las
cosas.
Si llegamos al dominio de ese mundo escondido, donde se apaga
todo eso que nubla nuestro entendimiento, podremos llegar a
asociar de forma correcta todo aquello que aflore a nuestra
conciencia.
Alcanzas la paz mental
Cuando cesan tus pensamientos, tu conciencia se abandona en
un vacío donde tan solo existe una calma que anula, de alguna
forma, toda esa actividad mental que nos causa tanto estrépito
interno: ese aparato de imágenes y juicios que forman todo ese
estruendo en lo más profundo de nosotros mismos.
Cuando salimos de todo ese bullicio, de toda esa exposición de
pensamientos e impulsos inconscientes, logramos atisbar el silencio,
que siempre ha permanecido ahí, oculto, en reposo, esperando la
ocasión para hacerse visible, para llevarnos a otro nivel en el que
somos nosotros los que observamos todo eso que sucede dentro, en
esos espacios vacíos y secretos de nuestra propia conciencia, donde
reina la quietud y nada puede distraerte.
Permanecer ahí, en esa serenidad apacible, es residir en la fuente
de donde todo parte, pues antes de que brote un pensamiento hay
un vacío, un espacio sin pensamiento, un silencio que no es ocupado
por nada; es lo que hay antes de que emanen los contenidos que
ocupan nuestra conciencia.
Es precisamente en ese punto donde se alcanza la «paz mental»,
esa calma que logra cesar tu intelecto y aplaca la repetición
constante de razonamientos e ideas que se van esfumando poco a
poco, gracias al silencio, por las extensiones de tu mente.
Si permanecemos un tiempo en esa ubicación, en esa posición de
sosiego, sentimos una paz llena de armonía, que nos lleva a estar en
consonancia con «lo que somos», logrando de esta forma una
sensación de unidad interna que nunca antes hemos experimentado,
en nuestra experiencia con el mundo material.
Solo es posible alcanzar ese equilibrio, esa unión con nosotros
mismos, desde ese reducto, desde ese emplazamiento que es tu
conciencia sin forma, sin pensamiento, sin esas imágenes mentales
que surgen de forma repetida de lo más profundo de tu memoria,
que te atrapan de manera automática y guían tu atención hacia
otros espacios no deseados.
En esos momentos, donde tan solo hay un espacio desierto y
silencio, tienes la oportunidad de estar frente al origen, de estar en
ese punto donde todo se ocasiona. Todas tus ideas, tus juicios y
razonamientos, germinan ahí, en ese lugar donde se crean las
ilusiones, los planes y las creencias, las reflexiones y todos tus
buenos propósitos.
Situarnos en esa dimensión más profunda dentro de nosotros
mismos, nos libera del engaño de la mente, de esa falsedad
escondida en muchos pensamientos que observamos en nuestra
conciencia y que se empeñan en aparecer una y otra vez, tratando
de hacerse visibles a la más mínima ocasión.
Alcanzas la verdadera transformación
Es ahí donde se produce la verdadera transformación, en tu
propio interior, cuando te liberas del pensamiento y te conviertes en
aquel que siempre fuiste, que nada tiene que ver con la máscara o la
fachada que representas afuera.
Desde ahí puedes retomar tu verdadero camino, con el que
siempre te has identificado, pues de ahí parte tu verdadero objetivo,
tu meta vital, el propósito para el que viniste aquí y que a veces
pierdes de vista porque te distraes con aquello que observas en el
mundo exterior, donde deja de permanecer el silencio y te empiezas
a olvidar de ti mismo, a través de falsas apariencias en las que no
puedes distinguir la verdad.
Tu desarrollo real empieza por tu experiencia interna, cuando tus
acciones coinciden con aquello que sientes que eres realmente;
cuando van en la línea de tu propósito y están en consonancia con
tu «verdadera naturaleza».
La auténtica transformación ocurre cuando conectas con tu ser
más profundo, en ese otro mundo alejado de las formas del
pensamiento, de las imágenes de la memoria, que se encuentra en
un lugar más trascendente, donde está la fuente de lo que eres,
donde te sientes en paz contigo mismo y tus problemas dejan de
existir y todo ese contenido mental que te mantiene en una lucha
permanente en la que siempre tienes la necesidad de ganar y que
hace que rompa tu tranquilidad y que no disfrutes de la vida.
Situarte en tu espacio es volver al principio. Te da la oportunidad
de reiniciar aquello que has vivido; te da un tiempo para convertir
tus experiencias en un instrumento válido para tu propio desarrollo,
para transformarte.
Acceder a este espacio, donde llegas a encontrarte contigo
mismo, te proporciona una nueva actitud ante el mundo, otra forma
de estar distinta ante aquellos que te rodean; ante las dificultades a
las que tienes que enfrentarte diariamente.
Encuentras tu potencial oculto
Allí se encuentra todo nuestro potencial oculto, que no podemos
atisbar hasta cuando no establecemos ese contacto con esa parte de
nosotros que permanece dormida y a la que apenas accedemos,
puesto que estamos más pendientes del ruido que proviene de
nuestra propia mente y de todos esos pensamientos automáticos
que nos invaden de continuo, como un tren interminable que no
tiene ningún tipo de pausa, que nos avasalla y nos dirige y nos lleva
a actuar de una forma descontrolada e inconsciente, creando en
nosotros unos hábitos repetitivos de los que resulta muy difícil
desprenderse y que nos llevan a un destino no deseado, que nada
tiene que ver con la senda que debemos recorrer para ser en todo
momento nosotros mismos; para actuar acordes con nuestra
«verdadera esencia», de forma coherente y adaptada a lo que
realmente somos, cercana a nuestra propia naturaleza.
Fomenta tu creatividad
Entrar en contacto con este otro nivel más profundo, que se
encuentra dentro de tu propio interior, dentro de ese espacio de
conciencia alejado de los pensamientos repetitivos, hace que te
encuentres en una posición en la que sientes la necesidad de crear
nuevos elementos.
Observas que dentro de ese espacio no hay nada y tiendes a
llenarlo con elaboraciones propias, que puedes ir entrelazando a
través de componentes que vas extrayendo de toda la información
almacenada en tu memoria.
A diferencia del funcionamiento normal de la mente, en esta
ocasión, este proceso ocurre de una forma voluntaria, deliberada:
eres tú el que busca los contenidos creando nuevas estructuras de
información relacionadas con un determinado tema.
Esta creación voluntaria de ideas y agrupación de imágenes y
pensamientos, puede llevarte a elaborar una nueva realidad distinta
a esa otra que se forma en tu mente ―la mayoría de las ocasiones
de forma inconsciente― y que más adelante te conduce a inventar
una serie de creencias erróneas que hacen que interpretes el mundo
de una forma equivocada.
Cuando la información aparece de una forma consciente ―dentro
de ese espacio creativo que inicialmente se encuentra vacío porque
no está ocupado por ningún pensamiento―, todo eso que creas
guarda una mayor consonancia con «lo que eres», contigo mismo, y
no con el personaje que ha creado tu mente en base a la
información que brota de forma inconsciente del fondo de tu
memoria.
7. Encuentro con uno mismo

Nos cuesta ser nosotros mismos en todo momento, puesto que la


mayoría del tiempo nos dejamos guiar por todo aquello que aparece
en nuestra mente y que en muchos casos nada tiene que ver con
aquello que realmente somos, que es algo que está más allá de
nuestros propios pensamientos, del contenido mental que proviene
de nuestra memoria.
Cuando uno indaga en su mundo interior, tratando de buscar su
propia identidad, muchas veces no encuentra la armonía: esa
sensatez que nos hace mirar las cosas con una determinada quietud
en su justa proporción, en consonancia con nosotros mismos.
Permanecemos atados durante mucho tiempo a una serie de
mecanismos que surgen de nuestro inconsciente y se apoderan de
nuestra mente, y por tanto de nosotros mismos, obligándonos a ser
aquello que no somos, a actuar de una determinada manera que
nada tiene que ver con aquello que en el fondo pretendemos
realizar; para continuar en la senda que pensamos que debemos
recorrer; para llevar una vida coherente en todos los sentidos.
Vivimos constantemente en estado de alarma; aunque
permanezcamos quietos en un lugar, seguimos manteniéndonos
activos, puesto que nuestra mente no deja de fluir, no se para un
instante y nos avasalla con un pensamiento tras otro, provocando
que no tengamos ningún momento de relajación para hacernos con
el control de todo eso que nos sucede y que no podemos parar de
ningún modo.
Todo esto seguramente viene propiciado por el deterioro
constante al que estamos sometidos a causa del estrés; de nuestro
aprendizaje previo, en el que nos hemos guiado por una serie de
modelos que pretendemos seguir e imitar y que están basados en la
actividad constante, en la rutina diaria.
Apenas tenemos tiempo para encontrarnos a nosotros mismos,
para nuestro desarrollo personal, para un autoconocimiento que nos
pueda impulsar hacia la mejora de nuestras propias vidas y a un
mayor conocimiento de lo que somos y de todo ese potencial que se
encuentra escondido en lo más profundo de nuestro propio interior.
Cuando nos alejamos del mundo material y nos adentramos y
fijamos nuestra atención más en nuestro espacio interior, accedemos
a un mundo misterioso para nosotros, porque no estamos
habituados a estar en contacto con ese nuevo entorno donde reina
la paz y el silencio y te observas a ti mismo con si fueras un testigo
apartado, distanciado de lo que son tus propios pensamientos, de
aquello que percibes.
Una vez que logramos contactar con esa otra parte, que es donde
se encuentra «lo que realmente somos», descubrimos un saber que
estaba ahí, oculto, sin que antes nos hubiéramos dado cuenta de
ello. Es un cúmulo de conocimientos acerca de la vida y de nosotros
mismos que surge de repente, simplemente por haber separado
nuestra mirada de lo que habitualmente acontece en nuestra mente
repetitiva.
Cómo se consigue
Dentro de nuestro mundo interior nos encontramos con nosotros
mismos, gracias a la observación que hacemos de nuestra propia
conciencia. El conocimiento de lo que somos viene precisamente de
ahí, de ese acto por el cual somos conscientes de todo eso que
pensamos y percibimos internamente; de nuestra existencia; de
nuestra forma de proceder y del resto de cosas que forman nuestro
modo de ser: nuestra forma de conducirnos y de ejecutar cada
acción en el mundo externo.
Son momentos en los que te das cuenta de que tan solo se trata
de estar y de observar la quietud, sin la necesidad de forzar nada,
permitiendo que fluyan esos contenidos que surgen
esporádicamente de tu mente y que poco a poco se van
apaciguando y disminuyendo su frecuencia en la medida en que tan
solo te limitas a observarlos; en realidad, la paz mental se trata de
eso, de mantenerte consciente, pero sin pensar en nada.
No sientes el apremio de buscar más pensamientos ―crees que
todo está bien como está―; no hay necesidad de etiquetar nada, de
nombrar nada; no es obligatorio recurrir al pasado ni pensar en el
futuro. En ese momento no existe ninguna fuerza que pueda
dominarte; estás libre de toda influencia, incluso del tiempo.
En nuestra mente fluyen un sinfín de contenidos relacionados con
lo que hacemos habitualmente en nuestra vida cotidiana. Son los
que van conformando nuestros hábitos: aquello que hacemos
repetidamente en muchas ocasiones sin ser muy conscientes de ello.
Todo este material que se apodera de nuestra mente nos conduce
diariamente, nos permite que actuemos en el contexto en el que
vivimos, haciendo que nos relacionemos con nuestros semejantes,
sobre todo con aquellas personas más cercanas a nosotros.
Pero estos elementos, que ocupan la mayor parte de nuestra
mente todo el tiempo, no aluden a aspectos personales que tengan
que ver con nosotros mismos. Estos están en otro apartado distinto,
al que se accede si logramos detener estos otros pensamientos que
son más habituales y repetitivos.
Lleva un tiempo conocerte, digamos que no es algo que se logre
de la noche a la mañana. Es cuestión de mirarse a uno mismo, de
forma habitual, para entender todo aquello que sucede dentro. Se
trata tan solo de observar eso que sientes en cada momento; tus
reacciones más habituales y también lo que haces normalmente, que
en realidad es en lo que te acabas convirtiendo: aquello que repites
con más facilidad es lo que forja tu propio destino, aunque tú no
seas muy consciente de ello.
El mejor conocimiento de uno mismo es el que se produce hacia
dentro. No tiene muy en cuenta lo que digan los otros, las personas
que te rodean, ni lo que observes afuera sobre aquello que tenga
que ver contigo. La mejor forma de conocerse es mirando hacia uno
mismo, puesto que todas las claves están dentro de todos y cada
uno de nosotros, lo que ocurre es que no las vemos porque
permanecen escondidas, ocultas por esos pensamientos habituales
que en su gran mayoría nada tienen que ver con lo que somos.
Todo ese conocimiento lo puedes adquirir gracias al hallazgo de
todo eso que hay en tu mundo interior, que te lleva a otra visión de
las cosas mucho más consciente y tranquila, puesto que lo haces
desde una posición en la que apenas te influye ningún estímulo
externo ni interno.
Para acceder a él debemos separarnos de aquello que nos
propone nuestra mente en cada momento, pues esto tiene muy
poco que ver con lo que eres.
Adentrarte dentro de ti mismo no es tan fácil, se requiere una
práctica diaria si quieres llegar a hacerlo con facilidad.
Resulta complicado porque estamos acostumbrados a vivir fuera
de nosotros mismos, en el mundo externo. Todas nuestras acciones
las realizamos afuera y, por costumbre, estamos habituados a estar
más pendientes de los estímulos que nos rodean que de aquello que
ocurre dentro de nosotros, en nuestro mundo interior.
Si bien, realizar esta práctica es conveniente, pues dispones de un
espacio para detener un poco el pensamiento y para situarte y
volver así a recuperar de nuevo la perspectiva, para tomar otra vez
la dirección correcta de tus actos y de todo aquello que pase por tu
cabeza.
QUÉ OBTIENES
El encuentro contigo mismo te conduce a descubrir una realidad
interna que se encuentra en ti y que forma parte de lo que eres y de
lo que has sido.
El conocimiento de esa nueva realidad te lleva a una sabiduría
que te encamina siempre a buscar la «claridad» de las cosas que
transcurren por tu conciencia, que muchas veces pasan
desapercibidas porque nuestra atención está puesta en todos esos
pensamientos mecánicos que provienen del inconsciente y que nos
inundan a cada paso de forma repetida y sin que tengamos control
sobre ellos.
El verdadero conocimiento es el conocimiento profundo que
adquieres cuando indagas la realidad desde lo más profundo de ti
mismo.
Observas de otra forma
Una vez que logras conectar contigo mismo, en tu propio interior,
empiezas a observar la realidad de otra forma, de una manera
mucho más distante. De tal modo que dejan de afectarte muchas
cosas que antes sí lo hacían; dejan de tener influencia sobre ti todos
esos estímulos que habitualmente captan toda tu atención y te
distraen con suma facilidad.
Puedes ejercer un control sobre todo aquello que observas, tanto
fuera como dentro de ti mismo. De tal manera que en cualquier
momento puedes decidir, conscientemente, el tipo de información a
la que vas a prestar atención, y a qué contenidos vas a dejar en un
segundo plano por considerarlos irrelevantes para ti.
Todo ello te hace mantener una distancia que te ayuda a ver las
cosas con objetividad, sin que estas te afecten. Es un buen método
para controlar las emociones, puesto que cuando estableces una
distancia entre tú y lo que piensas y observas internamente, ya no te
afecta la carga emocional con la que muchos contenidos vienen
acompañados, solo te influye aquello a lo que prestas atención,
aquello que sigues de una forma automática, como si fueras un
robot, sin realizar esa pausa necesaria para atisbar las
consecuencias que conlleva seguir un determinado pensamiento o
una idea que al final termina en una acción repetitiva, que te lleva a
crear unos hábitos que al final condicionan tu vida y tu destino.
Desde el conocimiento de ti mismo todo se ve con otra mirada
mucho más atenta, que tiene en cuenta cada pequeño detalle, que
también son importantes y te influyen en tu forma de ser y de sentir.
Desde este lugar, es la mejor forma de observarlo todo; a través
de una mirada consciente, alejada de cualquier contaminación
proveniente del mundo material o de tu mente inconsciente.
Te sientes más cercano a lo que eres
Es la mejor forma de mantenerte siempre fiel a tu «verdadera
esencia», a lo que siempre has sido.
Te sentirás cada vez más cercano a lo que eres, pues gracias a
este estado hallarás en tu mente otra clase de contenidos que antes
permanecían inaccesibles porque apenas disponían de espacio para
poder sobresalir.
Notarás este ligero cambio al comprobar cómo poco a poco se
empiezan a incorporar otra clase de pensamientos a tu conciencia,
que vienen cargados con otra finalidad y con muchas menos
contradicciones.
Entonces tendrás la oportunidad de percibir todas aquellas cosas
que antes para ti aparecían incompletas. Todo lo que en esos
momentos se reproduzca en tu mente tendrá una claridad y una
viveza que creerás que todo viene de una misma fuente, que
resume perfectamente lo que eres y encierra todos los
conocimientos necesarios para que logres el equilibrio y tu vida
vuelva de nuevo a la templanza, a la calma interna, donde empieza
el silencio y acaba la inquietud mental.
Si establecemos contacto con «lo que somos», en el fondo de
nosotros mismos, llegaremos a un cambio profundo que
experimentaremos muy rápidamente, puesto que estaremos en
comunicación con esa «fuente» de la que todo parte: el centro
donde se origina lo que realmente somos, del que nunca debemos
apartarnos, donde se encuentra nuestra «verdadera naturaleza», la
sabiduría necesaria para la solución a todas nuestras dificultades y
con la que no siempre tenemos contacto, puesto que permanecemos
distraídos por todas esas influencias externas que nos apartan de
ese lugar.
Encuentras tu verdadero propósito
El que se encuentra consigo mismo y se conoce y se observa,
está en la buena senda, en el camino adecuado para que todas sus
acciones vayan en la misma dirección: aquella que tiene que ver con
su verdadero propósito y con aquello que da plenamente sentido a
su vida.
Es un medio para encontrar tu camino, tu verdadero propósito,
para saber cómo has de recorrerlo; cuáles son los pasos que has de
seguir, qué clase de ideas has de reforzar para llegar a tu objetivo
(aquello que inicialmente te has marcado para llevar una vida plena,
sin contradicciones, para no traicionarte a ti mismo y ser siempre fiel
a tus propias creencias y no a las que han intentado inculcarte desde
fuera).
Corriges los errores
Es una forma de verte a ti mismo actuando en situaciones que ya
acontecieron, con la idea de poder rectificar muchas interpretaciones
erróneas que en su momento hiciste de aquello que te aconteció y
que te marcó sin que te dieras cuenta en tus acciones posteriores;
aquello que te hizo ser la persona que eres.
Ahora todo esto lo puedes modificar desde la autoobservación y a
través de tu propio conocimiento, indagando en tu pasado, en
aquellas experiencias que fueron más relevantes para ti y que te
influyeron de tal manera que te marcaron definitivamente
convirtiéndote en la persona que ahora eres.
Desde ese autoconocimiento puedes volver a valorar si mereció la
pena actuar de una determinada manera en aquellos momentos
donde decidiste intervenir y tomar una decisión que te condujo por
un camino que te llevó a lo que eres actualmente.
Es la mejor manera de rectificar y de dar marcha atrás; de buscar
soluciones donde no las hubo; de encontrar explicaciones a aquello
que no entendiste en momentos determinados de tu vida donde
necesitaste más que nunca un apoyo y la ayuda que nadie te prestó;
de hallar la coherencia para evitar muchas confusiones que
encuentras en tu vida cotidiana.
El que no se conoce, posiblemente cometa muchos más errores a
la hora de tomar algunas decisiones claves para su vida. Solo con el
paso del tiempo se da cuenta de los fallos cometidos en el pasado.
Para esta clase de personas la vida es un aprendizaje por ensayo y
error, delegan en el tiempo y en la experiencia su propio
conocimiento.
Es una forma de mirar tu pasado, pero desde una perspectiva
más objetiva y cercana a la verdad. El conocimiento de ti mismo
hace que tengas otra lectura muy diferente de las cosas que te
sucedieron, que te lleva a hacer una revisión de tu pasado en la que
puedes llegar a ser consciente de los momentos en los que no
estuviste acertado a la hora de interpretar aquello que te ha
sucedido.
Haces frente a las distracciones
También es una forma de hacer frente a las distracciones diarias
que te alejan de lo que eres, en el fondo de ti mismo, y de aquello
que quieres llegar a ser, de aquello que quieres construir y
desarrollar a través de unos hábitos propicios.
Puedes fijarte en lo que más se ajuste a lo que realmente eres y a
lo que deseas hacer, logrando estar al margen de todos esos
impulsos que normalmente surgen, sin que apenas te des cuenta, de
lo más profundo de tu inconsciente.
Llegas a un control de ti mismo que antes desconocías, por el que
logras evitar el sufrimiento y que muchas cosas dejen de afectarte.
TU VERDADERO YO
Tu verdadero yo es tu esencia: lo que realmente eres. Está
ubicado en esa parte de la conciencia donde tan solo hay un abismo
de silencio y la calma te lleva a encontrarte contigo mismo, más allá
del estruendo de afuera y del revuelo de tus ideas, que andan por tu
mente de forma impetuosa capturando tu atención y usando tu
limitada energía.
Tu auténtico yo se halla en ese lugar de tu conciencia aislado del
estrépito, en ese espacio sin imágenes que a veces hay en tu mente;
donde tan solo existe la quietud y una pausa tranquila en la espiral
de ideas que viajan dentro de ti de forma interminable.
Es ahí donde se encuentra la verdadera fuente de lo que eres y
de lo que serás. Es donde descubres tu auténtica esencia, en ese
punto donde no existe el tiempo y el espacio tan solo es un lapso
hueco de impresiones.
No existe un pensamiento para identificarlo, pues está más allá de
la forma de cualquier contenido mental. Está alejado de las
imágenes de la mente, y no se ve influido por el tiempo. Lo que
realmente somos está al margen de cualquier idea, es algo que está
separado de la estructura de la mente, que se forma en base a todo
aquello que entra por los sentidos en nuestro contacto con el
mundo; cuando nos relacionamos, o simplemente observamos todo
eso que nos rodea cotidianamente en el contexto donde vivimos.
Es un manantial del que todo puede surgir, aunque
aparentemente tan solo sea un abismo sin fondo. En este sitio se
aúnan aquellas expresiones de la memoria que tú requieras, solo las
que tu anheles y no las que tu mente inconsciente resuelva, pues
está libre del vínculo con cualquier pensamiento no deseado que
nazca de forma redundante y descuidada del fondo de tu memoria.
Toda tu esencia se encuentra ahí, en el corazón mismo de lo que
eres, alejada del mundo de las ideas; de las visiones constantes del
recuerdo, que permanece oculto en tu memoria aguardando una
salida a tu conciencia, muchas veces confusa por las figuras del
pasado y las proyecciones del futuro que circulan por tu mente de
forma continua a lo largo del tiempo.
La persona que conecta con su yo interno descubre el sentido de
la realidad que le rodea: todas aquellas cosas que le han hecho ser
como es. Todo adquiere su verdadero significado, puesto que uno
entra a formar parte de ese espacio donde obtiene todo ese
conocimiento que tiene que ver con él mismo, y que solo puede
hallar ahí, en ese lugar donde reina la quietud y ningún pensamiento
puede contaminar lo que va surgiendo en tu conciencia desde lo más
profundo de ti mismo.
Cómo se llega
Cuando alcanzas ese extremo donde cesa tu actividad mental y el
silencio comienza a florecer y dejas de actuar, entonces empiezas a
«ser» en ese otro mundo, que en realidad es el centro donde está la
verdadera raíz de lo que eres; de tu «verdadera esencia», que nada
tiene que ver con ese personaje que es producto de tu mente y de
todo el movimiento que ocurre allí, que te va condicionando y
dictando el tipo de acciones que has de realizar, a través de un
movimiento constante de imágenes que circulan por tu conciencia
provenientes de tu memoria.
La mejor manera de llegar a ese centro donde se encuentra tu
verdadero yo, es haciendo una separación entre tú y tu propia
mente, observando los pensamientos distanciadamente,
estableciendo una separación entre eso que ves y tú mismo, entre
las imágenes que afloran a tu conciencia y tú en tu posición de
observador.
De este modo lograremos separarnos de toda influencia, tanto
externa como interna, que nos pueda distanciar de lo que somos,
que nos impida ser nosotros mismos en cada momento de nuestra
vida.
Tan solo consiste en mirar con propósito, con la voluntad y el
deseo de encontrarnos; lejos de nuestra propia razón, de nuestro
intelecto, más allá de la mente y de todos esos juicios que nos
ocupan constantemente, que son la base de nuestra propia
destrucción y la fuente de todas esas afecciones que sentimos
cuando permanecemos alejados de lo que realmente somos, de
nuestra «verdadera esencia».
Una vez descubierto ese espacio vacío donde reina el silencio,
podremos entrar en contacto con lo que somos, nos daremos cuenta
de que hay algo más allá de nuestros propios pensamientos, de
aquello que observamos en nuestra propia mente, que está
distanciado, separado, de todos esos contenidos de nuestra
memoria; son elementos que tienen que ver con lo que realmente
eres, con tu verdadera esencia.
Para conseguir permanecer ahí, en nuestra «verdadera
naturaleza», se hace necesario que indaguemos en nuestro propio
interior para descubrir esa parte de la conciencia que no está
contaminada por el pensamiento y que está libre del ruido que la
propia mente provoca a través de la repetición incesante de
imágenes.
Puedes llegar a hacerte con ese ámbito; y una vez que lo logras,
sentirás que llegas al gobierno de tu propio interior. En ese momento
surge y brota todo lo bueno que hay en ti, es el momento donde
alcanzas tu mayor potencialidad, pues en ese punto logras
percatarte de tus verdaderos dones, con los que has venido dotado;
descubres tu «verdadero yo», rodeado de una paz que te lleva a
mantenerte alejado de las distracciones del mundo material que te
rodean constantemente y que te apartan de lo que eres.
8. Pensamiento

Cada señal que surge en nuestra mente no es más que una


reminiscencia del pasado, un vestigio que se halla en nuestra
memoria, que evoca un hecho que ya hemos vivido, que hemos
observado o aprendido anteriormente; es por ello por lo que
reconocemos cada recuerdo, porque hace alusión a algo con lo que
ya hemos tenido contacto; por lo que sentimos que existe una
proximidad, una identificación con todas esas evocaciones que
surgen del fondo de la memoria y que luego observamos en la
pantalla de nuestra propia conciencia.
Gracias al pensamiento buscamos toda esa información que
llevamos dentro y propagamos nuestras ideas y creencias, que se
han creado en base a nuestras propias interpretaciones de todo
aquello que previamente se ha expuesto ante nosotros.
A través de los pensamientos podemos llevar a cabo afirmaciones;
manifestarnos sobre un asunto determinado; ratificar nuestras
propias conclusiones y alimentar fantasías que hacemos perseverar
en el tiempo con el fin de alargar algunas ilusiones.
Los pensamientos son distintos en cada ocasión; a veces pueden
ser también contradictorios, opuestos; muchos de ellos, en realidad,
son inútiles.
Están cargados de una energía penetrante que va ocupando toda
tu mente; iluminando otros pensamientos parecidos, que comienzan
a brotar de una fuente inagotable y continúan reproduciéndose así,
constantemente.
Qué es el pensamiento
Un pensamiento no es más que una reproducción de lo que ya
hemos visto anteriormente, que se ha multiplicado en nuestra
memoria al repetirse de forma constante en nuestra conciencia.
En esta percibimos nuestros propios pensamientos ―por
pequeños que estos sean―, que no son más que impresiones que se
van impregnando en una pantalla en blanco que dejan una huella
que impacta en nosotros, que una vez que surge tratamos de
evocarla de forma repetida si su efecto nos causa una cierta
impresión.
Cada pensamiento es una representación de todas esas señales
que están guardadas en nuestra memoria, no es más que una
muestra de todos y cada uno de los indicios que nos ha dejado
nuestro pasado, que hemos ido experimentando a lo largo del
tiempo a través de nuestras propias experiencias.
Un pensamiento en realidad es una representación que se forma
en nuestra conciencia, gracias a unos contenidos que permanecen
en nuestra memoria y que en un determinado momento han surgido
y se han hecho presentes de manera que llegamos a observarlos,
comprobando cómo se difunden por nuestra mente.
Un pensamiento es el efecto de nuestro propio aprendizaje, es el
producto de todo aquello que hemos llegado a conocer en nuestro
contacto con el mundo.
Es el fruto de nuestra percepción, su contenido final, una imagen
que previamente hemos captado y que, gracias a nuestra
imaginación, posteriormente transformamos en un concepto, una
idea o una impresión que se queda guardada para siempre en el
fondo de nuestros recuerdos.
Los pensamientos son representaciones que se exhiben en
nuestra mente como figuras o símbolos que tienen una forma y una
apariencia fácilmente reconocible.
Forman estructuras, y una vez que aparecen sabemos
exactamente a qué hacen referencia: su aspecto nos resulta familiar;
es como si los hubiéramos visto en otras ocasiones.
En realidad, se trata de componentes que ya hemos observado
anteriormente, por lo que una vez que los percibimos en nuestra
conciencia, nos percatamos enseguida del sentido que tienen;
advertimos su significado solo con contemplarlos una sola vez.
Cuando se unen varios pensamientos llegamos al entendimiento,
a discernir a través del uso de nuestra razón. De esta forma
tomamos conciencia de lo que somos, de nuestros juicios y
conceptos que sobrevuelan nuestra mente de manera constante.
Gracias a los pensamientos reconstruimos una realidad que
hemos creado en el interior de nosotros mismos, copiando las
escenas que hemos observado e interpretando los hechos y cada
experiencia que hemos vivido, que nos han ayudado a describir la
realidad de una forma entendible; a razonar a través de argumentos,
aunque a veces estos resulten contradictorios.
Nos ayuda a comprender
A través del pensamiento tratamos de comprender todas nuestras
ideas, dándole un sentido a cada planteamiento que tenemos y a
cada enfoque; a través de los cuales tenemos una perspectiva, una
visión de las cosas que nos hace entenderlas cuando aparecen ante
nosotros.
Siempre que tenemos una visión de algo, aparece a continuación
un pensamiento que se manifiesta para ayudarnos a comprender esa
presencia que aparece ante nosotros; es una realidad objetiva que
también existe y tiene una razón de ser, por lo que enseguida
tratamos de buscarle un sentido, como lo hacemos con cualquier
objeto, elemento o circunstancia que tengamos delante.
Nuestro pensamiento, por tanto, tiene una intención. A veces su
objetivo es ayudarnos a reconocer todo aquello que tenemos a
nuestro alrededor, o lo que observamos en el interior de nuestra
propia conciencia; otra finalidad es la de llevarnos a la acción, pues
muchos contenidos tienen la intención de llevarnos a realizar una
actividad concreta; de manera que, si no cumplen con su propósito,
se empeñan en repetirse una y otra vez hasta que logran esa
aspiración, que es la idea con la que nacen y brotan de nuestra
mente.
Con lo cual, los pensamientos aspiran a ayudarnos a interpretar el
mundo: que llegues a comprender cada cosa que ves para que
puedas interactuar de esta forma con todo aquello que te rodea. Es
por ello por lo que impregnan tu mente; a veces sin ningún tipo de
filtro y logrando tal fascinación en ti que te dejas engañar por ese
susurro constante de una imagen tras otra en la pantalla de tu
propia conciencia, de manera que no puedes sustraerte a ese runrún
que se afana en robar tu atención y agitarte por dentro para que
acabes moviéndote; aunque en muchas ocasiones lo hagas sin tener
un rumbo fijo, sin un propósito.
Movimiento constante
Existe siempre la necesidad interior de estar pensando, de estar
sumergido en juicios, conceptos y palabras que penetran en tu
conciencia provenientes de tu memoria.
Es difícil no pensar en nada; por nuestra propia condición humana
estamos diseñados para que nuestra mente esté continuamente en
acción, de modo que estamos habituados a estar cavilando
constantemente con un pensamiento tras otro, incluso cuando
estamos realizando una acción concreta. En tal caso podemos
mantener centrado nuestro pensamiento en aquello que estamos
realizando; o bien podemos estar, al mismo tiempo, en otra parte
bien distinta a esa acción.
Lo normal es que nuestra mente esté constantemente en
movimiento, repitiendo con frecuencia aquello en lo que más
enfocamos nuestra atención, lo que hemos realizado últimamente y
a lo que le hemos dedicado más tiempo.
En ella hay un flujo de información incesante, de manera que
florecen las emociones sin un control, condicionando todo aquello
que haces y resucitando recuerdos del pasado; mientras que tú
sigues ahí, observando en el silencio, convirtiéndote en un testigo
que no hace nada para detener ese mecanismo que de tanto
repetirse se convierte en un bucle de pensamientos que aparece y
desaparece consumiendo una energía que necesitas para desarrollar
tu potencial.
Nos hace avanzar
En realidad, el pensamiento es lo que nos hace avanzar, pues
gracias a él transitamos en este viaje de la vida buscando siempre
un camino para expandirnos y poder difundir «lo que somos»,
expresando aquello que hay en nuestra mente en cada momento.
A causa de los pensamientos no nos detenemos, continuamos sin
parar en ese torrente interminable de imágenes que surgen en
nuestra mente y que en la mayoría de los casos nos capturan
entorpeciéndonos, apresando nuestra atención e impidiendo que
observemos con claridad lo que verdaderamente hay más allá, en
ese otro espacio donde todo se congela, donde descansa nuestro
«verdadero ser» y desaparecen los obstáculos y las dificultades; ese
espacio interno donde todo se detiene y te encuentras contigo
mismo.
El pensamiento, a veces, también te inmoviliza, pues contiene
ideas que suspenden tu voluntad, que te encarcelan en un bucle sin
fin donde te sientes enjaulado por quedarte apresado en un cúmulo
de pensamientos tóxicos que te atrapan de forma inconsciente.
Los pensamientos se forman sin que apenas te des cuenta; es un
devenir de imágenes que estaban grabadas en lo más profundo de
tu memoria y que ocupan un espacio en tu mente llegando a
dominar gran parte de tu voluntad de una forma automática.
Si te encuentras en silencio y en una situación de calma interna,
puedes observar todo este proceso que se desarrolla a gran
velocidad y que en realidad es lo que te hace actuar en la mayoría
de los casos.
Todo reside en ese espacio donde se asocian unos pensamientos
con otros, donde se consolidan tus intenciones y se refuerza aquello
que deseas hacer hasta que llega el momento en que decides
llevarlo a la práctica. Todo se inicia ahí, en ese animado lugar donde
los pensamientos concurren mientras que tú te limitas a aceptarlos
sin más.
En realidad, son los que te dirigen, los que hacen que te
encamines por una determinada senda.
Cambian nuestro estado de ánimo
El pensamiento invade nuestra mente en un proceso creciente,
realizando cambios en nuestro estado de ánimo. Surge de forma
espontánea, derrochando energía y turbando nuestra tranquilidad.
Hay pensamientos que nos confunden, que nos provocan
desorden y nos llevan a potenciar la imaginación de tal forma que
esta se convierte en una fuente inagotable de fantasías nocivas que
perduran en el tiempo.
A veces, pueden provocar en ti el caos, haciéndote vivir en una
realidad aparente, imaginaria, envolviéndote en una ficción profunda
que te va amarrando poco a poco en una ilusión transitoria que va
arrebatando lentamente tu razón.
Cuando se trata de pensamientos negativos, todo se anula a
nuestro alrededor; irrumpen con fuerza en nuestra mente
causándonos un desorden que capta toda nuestra atención y nos
remueve nuestra propia paz interna, que solo se manifiesta cuando
no nos dejamos absorber por todas esas imágenes en forma de
contenidos mentales que se recrean en nuestra conciencia,
provocándonos una estimulación impulsiva.
Todo aquello que te produce aflicción, en realidad son
pensamientos que se van difundiendo por tu mente. Cuando los
contemplas sientes que poco a poco van encendiendo una emoción
en ti que te lleva al desaliento, a sentir que existe en lo más
profundo de ti mismo una discordia que es necesario dominar para
dejar de vivir en esa desagradable situación.
En realidad, todo lo que pasa por tu mente te altera de alguna
manera, va produciendo cambios en ti que a veces te pueden causar
nerviosismo, angustia, o hacerte vivir en una ilusión que solo existe
en tu propia imaginación.
Ante esto, tu estado de ánimo va cambiando sin resistencia,
reaccionando a cada contenido, a cada huella que deja en tu
conciencia todos esos elementos que se suceden uno tras otro
agrupándose y concentrando toda tu atención.
En muchas ocasiones, tan solo te limitas a seguirlos, encerrado en
tu mente, viviendo en la ilusión que ese manantial de pensamientos
va creando en tu propio interior.
Lo que pensamos no es lo que somos
Gracias al empleo de nuestra conciencia, podemos llegar a
establecer una diferencia entre aquello que pensamos de forma
constante, de forma repetitiva, y lo que somos realmente, que es
algo que se encuentra separado de nuestro propio pensamiento, de
todos esos contenidos que surgen de nuestra memoria simplemente
porque los hemos almacenado allí, a través de nuestro contacto con
el mundo y gracias a las experiencias que hemos tenido a lo largo
del tiempo.
En algunas ocasiones aquello que pensamos no se corresponde
con lo que somos. El contenido de nuestros propios pensamientos,
muchas veces, no tiene nada que ver con lo que realmente
deseamos ser, pues obedece a una clase de material que hemos ido
asimilando proveniente del exterior, que nos ha venido de fuera y no
se asemeja a aquello que en el fondo deseamos ser, a todas aquellas
cosas que verdaderamente queremos realizar para seguir
sintiéndonos nosotros mismos en todo momento.
Gracias a la observación que podemos ejercer sobre nuestra
propia mente, seremos cada vez más conscientes de esta diferencia.
No todo aquello que piensas tiene que ver con lo que eres, con lo
que realmente te gustaría hacer. Muchos de tus pensamientos que
surgen inesperadamente a tu conciencia lo hacen de este modo
porque obedecen a la manera en la que has construido tu estructura
mental, a la forma en la que has elaborado tus propias ideas acerca
del mundo y de ti mismo.
Es por ello por lo que hay que establecer esta separación, entre
aquello que te propone a cada instante tu propio pensamiento y lo
que eres en realidad.
Solo si llegamos a un nivel alto de observación de nosotros
mismos, podemos darnos cuenta de esta diferencia entre estos dos
ámbitos: entre nuestra mente y aquello que somos, que se
encuentra más allá de nuestras propias ideas y de todo aquello que
nos ha venido de fuera y que no pertenece a nuestra «verdadera
esencia», no forma parte del ser que somos.
PROGRAMACIÓN
A uno le vienen representaciones a la mente: imágenes
acompañadas de emociones que causan un efecto y una agitación
que quedan impresos en nosotros. Cada evocación que surge en
nuestra conciencia, tiene un impacto y deja una huella en forma de
recuerdo, se graba como un sello dejando una estela en la memoria.
De esta manera, cada movimiento que fluye en nuestra mente,
cada oscilación en forma de actividad, genera un curso de
sensaciones que se apoderan de nosotros; alcanzando nuestra
propia voluntad, que en muchas ocasiones se queda inmóvil,
anquilosada, sujeta en ese pensamiento que nos detiene y aquieta,
que se redobla y reitera en el tiempo; que seguimos sin limitaciones,
prolongándolo en acciones que repetimos una y otra vez
reincidiendo siempre en los mismos asuntos, sin ningún otro objetivo
que el de mantener el mismo esquema de contenidos que tenemos
incrustado desde siempre en lo más profundo de nosotros mismos.
Es una programación que nos hemos implantado, reiterando
siempre las mismas ideas, reproduciendo continuamente los mismos
contenidos, que se duplican con nuevas premisas, gracias a nuestra
capacidad de añadir nuevos argumentos a una misma materia, de
forma constante.
Cuando esto ocurre, numerosos pensamientos circulan a gran
velocidad generando una corriente en nosotros que nos lleva a
acciones repetidas, y a gastar nuestra energía a través de impulsos
descontrolados que nos hacen entrar en un bucle continuo,
espontáneo, donde fluimos derramando toda nuestra fuerza en un
río de hábitos perennes.
Con el tiempo nos acostumbramos a ese torbellino usual, de
manera que empezamos a repetirlo de forma constante, hasta que
lo convertimos en una programación crónica, diaria, que se extiende
por cada rincón de nuestra mente haciéndonos repetir la misma
acción continuamente.
No podemos dejarnos llevar por el pensamiento, puesto que este
en la mayoría de las ocasiones se nos presenta de una forma
desorganizada: aparece impulsivamente de manera mecánica en
nuestra mente por mero hábito, por la costumbre de pensar siempre
en los mismos contenidos, provocándonos que ejecutemos una
acción si nos fijamos en ellos, si obedecemos todo aquello que estos
nos proponen.
No podemos guiarnos por todo eso que surge de repente en
nuestra mente, puesto que gran parte de esos elementos que
aparecen en nuestra conciencia no han sido analizados previamente,
no nos hemos detenido haciendo esa pausa tan necesaria para
observar su contenido, las consecuencias que conlleva seguir unos
determinados planteamientos y obrar en función de esas ideas sin
habernos detenido al menos por un instante en ellas.
AFIRMACIONES
Nos dejamos apresar por todo lo que ocurre en nuestra mente,
por todas esas afirmaciones que nos seducen y que afianzan una
serie de contenidos a los que vamos concediendo relevancia; de
forma que llegan a manifestarse con mayor frecuencia.
Aquello a lo que damos continuidad se extiende de forma repetida
y se expande dentro de nosotros de forma gradual; estableciéndose
de esta manera estructuras de pensamiento que con el tiempo
resultan difíciles de eliminar, puesto que se quedan impresas de tal
manera que resulta muy complicado extinguirlas.
Debemos prestar especial cuidado a todas esas afirmaciones que
expresamos sobre nosotros mismos, porque suelen brotar una y otra
vez, y en el caso de que estas sean negativas van a contribuir a
confeccionar una idea de lo que somos que vamos a albergar
durante mucho tiempo.
En el caso de que no coincidan con la verdad, vamos a tener unas
creencias sobre nosotros imprecisas, que se van a retener en
nuestra memoria más profunda y se van a hacer permanentes en el
tiempo.
Puede que no veamos de una forma clara la procedencia de todos
esos componentes que van fluyendo en nuestra mente y que nos
van separando de lo que somos; son contenidos que se esconden en
nuestra memoria y que en muchas ocasiones renacen relevando a
otra clase de pensamientos, de tal manera que nos van
sugestionando poco a poco, agregando elementos de nuestra propia
imaginación que al final nos van delimitando y condicionando, pues
finalmente nos conducen a transitar por una senda llena de dudas
que poco a poco nos van abrumando, apartándonos de nosotros
mismos.
CONTENIDOS OCULTOS
Cuando no fuerzas tu mente, esta se vuelve creativa, surgen en
ella otros contenidos que normalmente se mantienen ocultos, pues
se encuentran algo separados de los pensamientos habituales.
Cuando tu mente se apacigua, gracias a la calma interna, esta
otra clase de pensamientos más retirados salen a la luz. Entonces
percibes interiormente una serie de contenidos más profundos; a
diferencia de los habituales que son algo más superficiales.
Gracias a estos otros pensamientos que tienen que ver más
contigo mismo, puedes llegar a descubrir muchas cosas sobre ti que
desconocías; te apartan de alguna manera de esa imagen superficial
que puedes llegar a crearte en el contacto con el exterior, en la
relación con los demás; son pensamientos más profundos y menos
habituales que te conectan con lo que realmente eres.
A esta clase de pensamientos, que te proporciona una visión más
objetiva de ti mismo, tan solo se puede acceder si alcanzamos un
estado de quietud donde reine en nosotros la paz interior, que hace
que todo vaya más lento y te proporciona un espacio en el que
puedes observarte y poner atención en otra clase de contenidos que
tienen que ver más con tu propio mundo interno que con el mundo
de afuera: con todas esas circunstancias visibles que te rodean
habitualmente.
Te proporcionan un saber que te ayuda posteriormente en todo
aquello que realizas en tu vida. Este autoconocimiento te va guiando
por el camino que más se acomoda a lo que realmente deseas ser, a
lo que en realidad pretendes conseguir. Está relacionado con lo que
es tu «propósito interno»: con la verdadera senda que piensas que
has de recorrer para actuar siempre en consonancia con lo que
realmente eres, en el fondo de ti mismo.
Los pensamientos habituales, en cambio, están más vinculados
con el mundo material, con aquello que hacemos en el exterior o
con nuestros propios hábitos que repetimos constantemente.
9. Imaginación

Cuando percibimos interiormente aquello que hay en nuestra


conciencia, que no son más que pensamientos e ideas que están ahí
con el propósito de llevarnos a una acción concreta, observamos
nuestros juicios de una forma más reflexiva, más considerada.
El hecho de poder examinar, aunque sea brevemente, ese proceso
que ocurre en nuestra mente, en esa parte de la conciencia donde
se forman las reflexiones y los conceptos, hace que nuestra razón
encuentre una explicación más precisa a todo eso que juzgamos, a
todo eso que pensamos frecuentemente.
Tan solo es necesario observar esas imágenes que se pasean por
nuestra mente y que forman estructuras de pensamiento que nos
hacen discurrir y deducir, algunas veces equivocadamente, aquello
que debemos creer; lo que tenemos que considerar verdadero y lo
que no; lo que podemos imaginar; el resto de cosas que se pueden
dejar a un lado porque no se consiguen comprender: a las que aún
no les hemos encontrado una explicación lógica; a todo aquello que
se amontona en nuestra memoria sin conocer su origen y su razón
de ser.
Se trata de descubrir cómo funciona ese proceso, mediante el
cual ponemos en marcha una idea, y a partir de unas breves
reflexiones, gracias a nuestra capacidad imaginativa, algunas veces
comenzamos a inventar una ilusión que puede hacernos vivir en la
ficción durante un tiempo determinado, bajo los caprichos de un
delirio, de un espejismo o una utopía.
Todo eso que ocurre, cuando dejamos nuestro ingenio a su libre
albedrío, tiene que ver con nuestra capacidad de invención, con la
forma de usar nuestra agudeza para crear nuevos juicios que nos
hagan entender las razones: esas causas que explican los motivos
que están detrás de esos problemas que no entendemos, que no
sabemos resolver porque nos faltan argumentos; premisas para
encontrar una aclaración convincente, una interpretación que
resuelva nuestras dudas; unas conclusiones que remedien aquello
que no sabemos descifrar.
Puedes imaginar otros mundos
Todo tu contenido mental se derrama sin miramientos dentro de
tu propio interior, de manera que se apodera de tu imaginación, que
se ocupa de confeccionar un mundo conforme a tus deseos, que a
veces coincide con lo que eres, pero otras veces no.
Cada idea que se introduce en tu conciencia despierta tu interés
de alguna forma. A veces indagas en algunas más que en otras, en
función del grado de atracción que tengan sobre ti. En el caso de
que hagan alusión a un contenido que realmente te cautive, pueden
mantenerse ahí casi de forma inagotable.
Los pensamientos tienen la facultad de trasladarte a otro lugar, de
forma que puedes imaginar otros mundos para tratar de liberarte de
la angustia que puedas estar sufriendo en este.
Tu mente tiene la capacidad para percibir otra realidad distinta,
más extraordinaria y asombrosa que la que pueda estar ocurriendo
frente a ti. Puede aparecer ocupando toda tu conciencia, mientras
que tú te limitas a observar y examinar todo aquello que se oculta
en ese mundo ilusorio que puede engañarte abiertamente con un
conjunto de fantasías inciertas.
Ambos mundos, tanto el real como el imaginario, pueden
coexistir. Puedes vivir en uno mientras el otro se difunde lentamente
dentro de ti, cautivándote poco a poco, en un proceso donde vas
abandonando algunos pensamientos ocultándolos en el olvido.
Hay momentos en los que puedes sentirte confundido, cuando
tratas de desplazarte de un mundo a otro. Entiendes que no existe
una armonía, que tan solo obedeces a impulsos que te van
manejando de forma inapelable.
Sientes que tus conductas están vinculadas a estructuras de
pensamiento de una forma automática, de manera que todo aquello
que pasa por tu mente se convierte en una acción, sin poder realizar
un juicio serio que te lleve a entender la finalidad de cada cosa que
haces.
Cuando vives dentro de un mundo creado por tu propia
imaginación, te sientes indiferente a la realidad que te rodea,
separado de las circunstancias externas. Estás más pendiente de eso
que se origina en tu mente que de observar con exactitud aquello
que te envuelve, cada situación que florece ante ti.
De esta forma tu mente se convierte en un conjunto de
manifestaciones que te van aislando del mundo real, donde has de
resolver las dificultades que este te va planteando en cada
circunstancia.
Una forma de huir de la realidad
Esta habilidad para inventarnos otros mundos paralelos dentro de
nosotros mismos, tiene su explicación y se fundamenta en la
necesidad de huir de la propia realidad, por miedo o por no saber
solucionar las distintas dificultades que en ella encontramos.
En nuestro particular mundo de la ilusión podemos inventar una
nueva existencia, alejada de las circunstancias externas, que solo
sea visible para nosotros, pues estará elaborada con nuestra peculiar
forma de entender el mundo y todo aquello que nos ha sucedido
anteriormente. Será una nueva realidad adaptada a nuestras propias
necesidades; aunque en algunos aspectos pueda coincidir con la que
encontremos afuera.
Muchas veces nos dejamos llevar por nuestra imaginación, por
cualquier imagen o idea que en esos momentos nos nuble el
pensamiento y nos haga suponer que existe algo más allá de las
verdades que nos rodean.
Y es que, en muchas ocasiones, solemos mantener durante largos
periodos de tiempo un sinfín de fantasías que concebimos tratando
de evitar la realidad, cuando esta no discurre como nosotros
deseamos o simplemente porque no acontece por la vía que
habíamos previsto.
En esos momentos, recurrimos al poder de nuestro ingenio para
idear una invención: una ilusión que al menos nos satisfaga durante
un tiempo determinado, hasta que adivinamos que solo es un
ensueño que inventamos para negar la verdad y el estado de
nuestra propia existencia.
Con el tiempo descubrimos las quimeras y espejismos con los que
en muchas ocasiones alimentamos nuestra ficción: nuestros delirios,
que nos llevan a una visión del mundo más cerca de la alucinación
que de la propia realidad, que día tras día brota en el espacio donde
vivimos y que nos hace ver la certeza de la vida: lo que finalmente
somos, lo que hemos sido anteriormente, y lo que vamos a ser
después.
Si esta clase de contenidos permanecen demasiado tiempo en tu
mente, de alguna manera se fortalecen, y posteriormente resulta
más difícil mitigarlos. Si lo permites, esta clase de pensamientos
pueden inundarlo todo, pueden ahogarte en un mundo de falsas
ilusiones, haciéndote vivir en una ficción que ocupe toda tu mente,
llevándote a imaginar cosas inverosímiles que pueden extenderse en
el tiempo de forma inexorable.
Es fácil que imaginemos una realidad inexistente, y también una
forma de vernos a nosotros mismos muy distinta a lo que realmente
somos. Todo ello se debe a una deformación por nuestra parte a la
hora de analizar la información que nos viene de fuera, así como
todos esos contenidos que se manifiestan en nuestros
pensamientos, cuando extraemos conclusiones erróneas; cuando
imaginamos o suponemos a través de falsas creencias, de
pensamientos irracionales que no explican de forma acertada cómo
son las cosas realmente.
Podemos inventar engaños
En tu imaginación se transforman tus pensamientos y de alguna
manera se deforma la verdad. Estableces conexiones de ideas que
en algunos momentos llegan a confundirse con la propia realidad.
De manera que puedes llegar a afirmaciones que nunca antes habías
pensado; puedes extraer conclusiones equivocadas que refuerzan
tus creencias acerca de aquello que eres o de la vida en general.
A partir de todo aquello que se crea en nuestra conciencia,
podemos inventar engaños y cualquier ficción, que pueden llegar a
alterar el orden de las cosas; pueden incluso cambiarnos si
engañamos a la verdad adulterando aquello que estamos viendo,
tanto fuera como dentro de nosotros mismos.
A veces, nuestra inteligencia utiliza nuestra capacidad de
raciocinio para crear unas ideas acerca de nosotros mismos que en
muchas ocasiones no son exactas, carecen de objetividad;
pertenecen más bien al mundo de la ficción.
Todo esto nos transporta al engaño, nos conduce a creernos lo
que no somos, pues nos dejamos guiar por esos pensamientos
erróneos que nos hemos inventado para concebir una vida distinta,
alejada del sufrimiento y de la verdad de los hechos cotidianos, que
se suceden uno tras otro desnudándonos, destapando nuestra
verdadera naturaleza, nuestros errores y todas esas limitaciones que
nos impiden llegar donde realmente deseamos.
No deberíamos creernos muchos juicios que hacemos, pues en
muchos casos tan solo son meras opiniones sin una explicación
sólida, que lleve detrás un análisis razonado que nos conduzca a
esas conclusiones. Lo malo es que todo eso que pensamos sobre
nosotros, lo llegamos a creer y a aceptar sin más.
Debemos aprender a desconfiar de aquello que damos por válido
sin antes haberlo demostrado, sin tener una razón que certifique y
acredite que esas valoraciones, que en ocasiones hacemos, están
justificadas y basadas en la evidencia.
Se requiere que observemos
Para darnos cuenta de que esto que ocurre, se requiere que
miremos, de una forma más detallada, todo aquello en lo que
creemos: lo que juzgamos sin sospechar que nos podemos estar
equivocando, aquellas cosas que damos por supuestas, sin
considerar que pueden existir otras variantes, más alternativas
dentro de una misma opción.
Solo basta contemplar todo eso que ocurre en nuestra conciencia,
para advertir que existe otra realidad dentro de nosotros mismos,
que tiene una existencia propia y que está en acción
permanentemente, a través de todo un cúmulo de pensamientos
incesantes que se mueven de forma repetida sin que podamos
ejercer un control sobre ellos, a no ser que estemos despiertos, que
hagamos acto de presencia en todo ese universo de imágenes
perennes que nos aferran de forma constante.
Este mecanismo reside en nosotros y a veces es inevitable que
funcione de esa manera, pero gracias a nuestra capacidad de
observación nos percatarnos de este proceso, podemos llegar a ser
conscientes de cómo se unifican todos esos pensamientos que
habitan en nuestra imaginación y que en ocasiones forman una
visión de la vida más cercana a la locura que a la propia realidad.
Se recomienda calma
Para esta serie de situaciones también se recomienda el empleo
de la calma, de esa quietud suave que poco a poco se va
reproduciendo en tu mundo orientando correctamente todos esos
pensamientos que se van acumulando en tu conciencia y que
abiertamente son más propios de la imaginación que de la propia
realidad.
Gracias a nuestra imaginación podemos estar en otro sitio, con
otros pensamientos distintos a los que se requieren para realizar una
actividad determinada. Es lo que nos permite nuestra propia mente,
la forma en la que estamos diseñados; de modo que la capacidad
para poder realizar una pausa en todo ese trajín de pensamientos
constantes ha de aprenderse mediante la práctica, puesto que no es
lo natural en nosotros.
10. Autocontrol

A veces, obedecemos a un pensamiento como si nos sometiéramos


a él, como si nos dejáramos controlar sin detenernos a examinar su
origen; simplemente nos dejamos gobernar permitiendo que nos
dirija, que nos conduzca hacia una determinada acción.
Nos dejamos transportar, de alguna manera, pues el pensamiento
es el que nos guía en nuestra forma de actuar. De esta manera
llegamos a elaborar patrones de comportamiento dejándonos
conducir por una idea, sin apenas tener una participación por
nuestra parte, sin que influyamos demasiado.
Simplemente nos limitamos a ejecutar una serie de acciones que
nos hacen funcionar de tal manera que en muchas ocasiones no está
regida por nuestra propia voluntad, por aquello que en realidad nos
gustaría hacer.
Es una forma de actuar sin intervenir, dejándonos conducir
permitiendo que otros procesos administren nuestra forma de
dirigirnos, la manera de orientarnos por la vida, de encarrilar
nuestras acciones y de manejar de una forma consciente todo
aquello que ocurre a nuestro alrededor.
Permitimos que nuestro pensamiento mande sobre nosotros, que
nos manipule, que opere de una determinada manera llevándonos a
proceder de una forma inconsciente, involuntaria en muchas
ocasiones.
Cuando esto ocurre, simplemente nos abstenemos, permitimos
que nuestro comportamiento funcione y trabaje de una forma
involuntaria; es como si transitáramos por la vida sin tener un
control sobre aquello que hacemos, como si nos moviéramos como
ausentes y alejados de lo que somos, puesto que en esa marcha, en
ese camino, no mandamos de una forma consciente, no caminamos
por nosotros mismos recorriendo la senda que realmente deseamos
transitar; y todo porque dejamos que sea nuestra propia mente la
responsable de nuestros movimientos, permitimos que ella sea la
que nos lleve y nos transporte en cada viaje que realizamos, cada
vez que andamos corriendo ausentes, sin apenas detenernos para
reconocer que no somos nosotros los que decidimos nuestra forma
de caminar.
Tú puedes tomar el mando
Con la atención plena puesta en aquello que circula por tu mente,
consigues situarte a otro nivel de conciencia desde el que puedes
controlar el sentido y la dirección de tus propios pensamientos; de
manera que todo ese flujo de contenidos e imágenes que va
surgiendo automáticamente, en este caso, se hace de una forma
controlada, puesto que eres tú el que en ese momento se hace con
el dominio de ese espacio, de modo que todo aquello que surge no
lo hace automáticamente, sino que es fruto de una decisión
deliberada, que parte del control y de aquello que en cada momento
desees que ocurra; de aquello que busques para dar significado a
eso que en ese momento observas dentro de tu conciencia.
En estos casos, todo eso que ocurre en tu mente está bajo tu
dominio, al amparo de lo que quieras crear mediante tu imaginación
y la combinación de todos aquellos pensamientos que tú decidas y
que guarden alguna relación entre sí, con algún asunto que en ese
momento te pueda interesar y quieras prestarle atención, porque lo
consideres necesario para ti.
Eres tú, en tal caso, el que toma el mando y decide y selecciona
lo que sucede en tu mente, gracias a esta capacidad observadora
que se alcanza mediante la práctica, en momentos de quietud y de
silencio donde nada pueda distraerte.
Todo lo puedes analizar de una forma más pausada, desde esa
postura en la que eres tú el que ejerce el control sobre cada
contenido mental que va surgiendo desde el fondo de tu memoria,
que se hace visible y del que eres consciente en todo momento, que
puedes ir variando y eliminando como creas conveniente; de manera
que no ejerza en ti ningún tipo de poder e influencia que te aparte
de ese estado de control.
Eres tú el que, de alguna manera, consiente cada contenido que
te causa sufrimiento. Y es que todo se origina a partir de ese
instante donde un pensamiento se manifiesta en tu conciencia y al
mismo tiempo va encendiendo a otros que finalmente se acaban
apoderando de tu mente.
Solo a través del concurso de nuestra voluntad, podemos realizar
grandes avances de cara al dominio de nuestra propia mente.
Hace que tengas un mayor control sobre ti mismo y te conviertas
en el dueño de tus propios pensamientos; que puedas llegar a
gobernar hasta tus propias emociones derivadas de estos. Logras
hacerte con el mando de todo lo que ocurre en tu propio interior, de
manera que puedes llegar a encontrarte en una posición privilegiada
que te aísla de cualquier influencia, tanto externa como interna.
Cuando tomas las riendas de tu mente, tomas las riendas de tu
propia vida. A partir de ahí todo empieza ya a ser diferente. El
cambio es bastante considerable, el que puedes experimentar
cuando logras dominar tus pensamientos y tu atención solo se
enfoca en lo que realmente importa.
Gracias a ello puedes ejercer un mayor control ―establecer una
distancia sobre todo aquello que pueda distraerte y alejarte de ese
camino―, y continuar por esa senda de silencio y de paz interior que
te lleva a encontrarte contigo mismo, en lo más profundo de tu ser;
que hace que te conozcas como realmente eres, en un lugar donde
no existe el tiempo y eres tú el que domina ese espacio donde
aparecen las formas y los objetos mentales provenientes de tu
memoria.
Con el tiempo sentirás que ese control se irá haciendo cada vez
mayor, que poco a poco te vas haciendo con el gobierno todo
aquello que ocurre en tu mundo interno, llegando a alcanzar grandes
descubrimientos sobre lo que realmente eres.
Conquistar nuestra mente es dominarnos a nosotros mismos, es
controlar todo aquello que nos sucede internamente.
A través de la observación
Mediante el esfuerzo personal de observación pausada, a través
de la meditación, podemos llegar a conseguir grandes logros en
cuanto al dominio de nuestros propios pensamientos, de esa
actividad constante que tiene lugar en nuestra propia mente y en la
que no somos conscientes, puesto que apenas nos detenemos a
observar eso que ocurre dentro de nosotros mismo, que hace que
nos comportemos de una determinada manera: repitiendo hábitos
de forma continua a los que no podemos ponerles freno; aunque
muchas veces lo intentemos y nos esforcemos en eliminarlos
totalmente.
Cuando te conectas contigo mismo en ese espacio interior alejado
del pensamiento, entras en otra dimensión más profunda desde la
que puedes observarte, contemplando todo aquello que ocurre en tu
propio interior.
En ese instante adquieres el control de tu mundo interno, de
modo que puedes llegar a decidir la clase de contenidos que han de
circular por tu conciencia y a los que deseas prestarles atención.
Por lo general, los pensamientos se imponen sobre ti, de forma
que los vas ejecutando sin ser muy consciente de ello. A veces,
incapacitan para ver la realidad tal y como es; de forma que te
llevan a una confusión que nubla tus ideas y todo aquello que pueda
surgir en esos momentos de tu memoria.
Para poder desvincularte de ese proceso, que puede absorberte
sin que te des cuenta, tan solo te basta con observar cómo se
reproducen esos contenidos y cómo se forman tratando de obligarte
a actuar. Si no te dejas guiar por ellos, estos no cumplirán con su
finalidad, por lo que irán cesando paulatinamente y se irán volviendo
cada vez más débiles, de forma que perderán toda su potencia y
empezarán a desmontarse lentamente de tu conciencia.
La fuerza del pensamiento se debilita cuando este es examinado;
cuando descubres lo que se oculta detrás de cada imagen que
observas en tu conciencia; cuando eres capaz de pararte y capturar
todo ese contenido que surge en tu mente y no te dejas seducir por
ningún impulso; cuando tan solo te limitas a quedarte inmóvil,
sereno, sin alejarte de tu centro: de ese espacio alejado de la
adversidad donde desaparece toda confusión y te sientes aislado del
ruido y de cualquier influencia que pueda aparecer, y que pretenda
separarte de ese lugar fecundo que es tu mundo interior.
Hasta que no llegamos a dominar ese espacio ocupado por esos
pensamientos, que tantas veces nos aturden, no podemos penetrar
en esa otra dimensión que existe dentro de nosotros mismos, donde
podemos examinarlo todo desde otra posición, si permanecemos en
una situación de quietud y observamos con detenimiento todo
aquello que se esconde dentro, que en muchas ocasiones nos
conduce a la amargura y a acumular una angustia que nos va
derribando poco a poco y separando de aquello que realmente
somos.
Cualquier pensamiento puede apoderarse de nosotros alterando el
orden mental, haciéndonos vivir en un desequilibrio que puede
afectar a nuestra propia existencia.
El hecho de que se repitan una y otra vez hace que se
fortalezcan, de manera que no llegan a disolverse hasta que no eres
consciente de que eso se produce.
Si los contemplas, desde la distancia, sin realizar ninguna acción,
entonces comienzan a perder impulso, se van acortando poco a
poco, de manera que llegan a aquietarse hasta que se vuelven
neutrales, inofensivos, y lentamente se van eliminando de tu
conciencia.
Si nos sometemos a nuestros propios pensamientos, corremos el
riesgo de vivir en una vida incierta, por lo que se hace necesario
disponer de un tiempo para tener la ocasión de poder examinarlos
(eso sería lo recomendable); para no dejarnos absorber por todos
esos objetos mentales que se apoderan de nuestra imaginación
llevándonos a una sensación de desdicha que apaga de forma tenaz
cualquier claridad.
Es la mejor manera de alcanzar esa fuente de sabiduría que se
encuentra en ti, en tu propio interior, pero que no florece hasta que
no despejas tu mente de todos esos contenidos tóxicos que nublan
tu entendimiento y tu razón de ser. De este modo puedes reconducir
tus ideas, todo aquello que piensas acerca de un tema concreto que
en un determinado momento pueda estar causándote sufrimiento.
Es un modo de parar esos pensamientos automáticos que nos
inundan descontroladamente, que se adueñan de nuestra voluntad
sin que apenas tengamos conciencia de ello.
Es una forma de llegar al control de tu propio pensamiento, que
puede ayudarte a reconducir todos esos comportamientos que luego
se transforman en hábitos, que te alejan de aquello que en el fondo
deseas hacer realmente. Si no llegas a dominar este proceso, al final
acabas repitiendo toda una serie de conductas automáticas, sin
ningún tipo de control, que conducen a la creación de patrones de
comportamiento que pasarán a formar parte de lo que es tu
programación mental.
A través de la calma
La única forma de templar la energía de todos estos
pensamientos compulsivos que con frecuencia te llevan a la
confusión, es recurriendo a la quietud. Solo desde ahí puedes
transformar el transcurso de todo ese ruido mental en un silencio
que poco a poco te irá alejando de esos pensamientos e irá
difundiendo en ti una paz interna que te invitará a encontrarte
contigo mismo; en ese espacio donde todo queda suspendido,
donde la mente se disuelve y la aparición de cada pensamiento se
prolonga en el tiempo progresivamente, llenando esa superficie de
un vacío silencioso, lejos del recuerdo y de la propia imaginación.
Si buscamos momentos de silencio, estos nos pueden ayudar a
intervenir sobre la frecuencia en la que aparecen los pensamientos,
de forma que podemos alargar en el tiempo esos espacios entre un
pensamiento y otro, manteniendo cada vez una mayor distancia
entre ellos.
Esto podemos hacerlo si nos aislamos por completo de las
distracciones externas, que pueden romper esos momentos de
quietud y hacernos volver de nuevo a nuestra forma de funcionar
habitual.
Puedes llegar a conseguirlo cuando entras en un estado de calma
interior, de paz serena, que solo es posible en una situación de
silencio en la que puedas observarte a ti mismo.
En tal situación, no encuentras ningún obstáculo, ningún
impedimento. Todas las dificultades se empiezan a evaporar de
repente por la inmensidad de tu mente, que te lleva a un abandono
extraño, donde poco a poco te vas desprendiendo de lo que no te
hace falta, mientras que en todo tu ser se difunde una templada paz
interior que poco a poco se va alejando de esa superficie que es tu
mente confusa.
Cuando eso sucede y llegas a alcanzar esa situación privilegiada,
puedes organizarte un poco mejor por dentro. Tienes la posibilidad
de seleccionar aquello que te venga mejor y apartar todos esos
elementos tóxicos que muchas veces rondan por tu cabeza y te
apartan de tu «verdadero propósito», obligándote a ejecutar
conductas que con el tiempo se convierten en hábitos no deseados
que se perpetúan en el tiempo.
Y es que, gracias a la calma, en ocasiones, logramos disipar toda
esa exaltación mental que a veces se extiende por nuestra propia
mente, que viene importada de nuestro inconsciente a través de una
serie de contenidos que de golpe se abren paso y que ocupan
nuestra conciencia, sin concedernos un respiro para poder
desplazarlos a otro sitio.
Pueden reproducirse una y otra vez de forma inequívoca; nada los
puede extinguir excepto el silencio. Un silencio que se enfoque en
separarte del ruido de la mente, que aparte todos esos contenidos
que te alejan de lo que eres, de tu propio ser; de ese espacio donde
se vislumbra la verdad, en el que te sientes libre, pues ahí no
encuentras nada que tenga la capacidad de afectarte, de disuadirte
o de llevarte al desánimo.
Si no hay calma no podemos enfrentarnos a todo aquello que nos
proponga la mente; no podemos abrazar esa paz interna que lo
arregla todo, que nos conduce a una armonía que nos aparta del
sufrimiento y apacigua la ansiedad creando una atmósfera interna
donde descubrimos el ser que somos, y llegamos a entender todas
esas confusiones que de vez en cuando nos aturden, llevándonos al
límite.
Gracias a la quietud interna encontramos las certezas, aquello que
nos hace escapar de las tinieblas y nos proporciona una libertad
individual que nos hace vivir alejados de los juicios y de todas esas
etiquetas que muchas veces ponemos rápidamente a cualquier
circunstancia que vivimos.
De alguna manera, es una forma de controlar tu propio
pensamiento, que siempre trata de forzarte a realizar una acción,
aunque no seas muy consciente; aunque para ello dispones de tu
propia voluntad para decidir si hacerla o no, cuando te encuentras
en una situación en la que puedes optar libremente por la opción
que más desees en ese momento; pero eso solo puede ocurrir si te
encuentras en una posición en la que tengas el control de ese
proceso, mediante la observación de todo esto que ocurre en el
interior de tu propia mente.
Comprobarás que ningún pensamiento, en esa situación, puede
influirte; nada que provenga de tu mente puede afectarte, cuando te
haces con el dominio de ese ámbito, en el que te encuentras a solas
contigo mismo y tienes el mando de todo lo que ocurre en ese
mundo interno, oculto, que se encuentra en otra dimensión, en esa
parte de tu conciencia en la que te encuentras contigo mismo,
alejado de tus pensamientos habituales y de todas esas influencias
externas que te avasallan constantemente.
Todo esto te da la posibilidad de ordenar, de una forma más
exhaustiva, tus propias ideas: todos esos pensamientos caóticos que
con frecuencia te inundan y hace que te confundas a la hora de
interpretar la realidad, que observas tanto fuera como dentro de ti
mismo.
Si nos dejamos llevar por la mente y por todo lo que ella te va
proponiendo en cada instante, es fácil que el caos se apodere de ti y
de que encuentres una enorme dificultad a la hora de encontrar la
verdad de las cosas; a la hora de valorar en su justa medida todo
aquello que está aconteciendo en tu vida.
Todo el ruido y los pensamientos tóxicos se eliminarán. Tu mente
dejará de ser irracional; dejará de ser esa prisión que te hace vivir
en un mundo mecánico, robotizado, en el que apenas tienes tiempo
para ser tú mismo, pues todo eso hace que te muevas en un círculo
continuo que te obliga a vivir en el pasado, o pendiente del futuro,
sin otra finalidad que permanecer activo y siempre en la misma
dirección.
11. Acción

Aquello que se reproduce en tu mente es lo que te va guiando a lo


largo de tu vida. Es el producto de un cúmulo de contenidos
provenientes de tu experiencia que se encuentran alojados en tu
memoria. Surgen a tu mente prácticamente de forma automática,
sin que seas muy consciente de ello, y se apoderan de tu conciencia
guiando tu pensamiento en una dirección concreta, hacia un tema
determinado.
En realidad, este proceso es lo que nos conduce a actuar, a llevar
a cabo una serie de acciones relacionadas con esos contenidos que
previamente surgen en nuestra mente y que nos atrapan de tal
modo que captan toda nuestra atención y nos llevan a la realización
de una actividad concreta.
En nuestro mundo interior fabricamos nuestra manera de actuar,
que en realidad depende de los contenidos de nuestros propios
pensamientos, que se asoman a nuestra conciencia, la mayoría de
las veces, de forma redundante, obligándonos a desplazarnos por un
camino que muchas veces no deseamos, que no tiene mucho que
ver con aquello que realmente anhelamos.
No podemos parar de reflexionar, de fijar nuestra atención en
cualquier idea que pase por nuestra mente. Nuestra inteligencia
hace que cavilemos constantemente, atendiendo a todo lo que surge
en nuestra consciencia, tanto si tiene algún propósito como si no.
El caso es que nuestra mente siempre nos sugiere una propuesta,
algo sobre lo que tenemos que decidir. De manera que esa idea que
pensamos la acabamos desarrollando, la sometemos a una acción
que al final, tras muchas repeticiones, la convertimos en una
actividad que junto a otras van conformando nuestra vida.
En realidad, nuestra existencia se va constituyendo por pequeñas
acciones que nos permiten tener un movimiento donde consumimos
nuestra energía, donde invertimos el tiempo. Estas acciones van
configurando, de alguna manera, lo que acabamos siendo; van
ajustando nuestro carácter y muchos otros atributos entre los que se
encuentran nuestra voluntad, el temperamento y el espíritu con el
que hacemos las cosas.
Según la naturaleza de nuestras acciones, distinguiremos nuestra
propia identidad, pues estas son el distintivo, nuestra forma de
expresarnos en el exterior y el medio por el que otras personas nos
pueden conocer.
En todo aquello que hacemos queda reflejado nuestro modo de
ser, la firmeza con la que lo hacemos y todas esas cualidades que
forman nuestra aptitud, la disposición y las condiciones personales
para realizar una tarea concreta.
Nuestro talento también queda reflejado en lo que hacemos;
nuestra capacitación y el sistema que empleamos para resolver las
distintas dificultades que van surgiendo; la disciplina y las
costumbres que tenemos cuando realizamos ciertas acciones,
muchas de las cuales se transforman en hábitos gracias a la práctica
repetitiva.
Todo aquello que repetimos se convierte en rutina, de forma que
aprendemos a usar siempre el mismo procedimiento, el mismo
método, como si fuera un rito repetitivo, a la hora de ejecutar una
conducta o de seguir unas pautas que tengamos por costumbre.
Si nos fijamos, la mayoría de las veces realizamos las mismas
actuaciones, a través de actos frecuentes que nos mantienen
ocupados repitiendo siempre las mismas operaciones. No nos
detenemos, aunque sea un solo instante, para observar el proceder
de nuestra propia conducta, que en realidad se origina en nuestra
mente a través de un pensamiento que surge en nuestra conciencia
proveniente de los datos que tenemos almacenados del pasado.
Esto en realidad nos limita, nos lleva a tener una actitud
dependiente de la mente, de forma que nos dejamos arrastrar y
actuamos en comunión con todo aquello que pensamos en cada
momento, según sean las circunstancias.
Por ello, podríamos decir que nuestra vida, en ocasiones, está
condicionada por nuestra propia mente; y es algo que no podemos
cambiar fácilmente, puesto que en todo momento sentimos esa
necesidad de actuar y no siempre somos capaces de detenernos y
de dejar de comportarnos como un robot, de esforzarnos por tener
una actitud consciente, recorriendo el sendero más acorde a nuestro
auténtico propósito; de esta forma no existiría dentro de nosotros
ningún dilema.
Pues vivimos de una manera inconsciente, sin llegar a descubrir
todo nuestro potencial, que se halla escondido en esa otra
dimensión algo más profunda que se encuentra dentro de nosotros
mismos; en esa otra parte de la mente donde somos conscientes y
no nos dejamos llevar por el pensamiento y por esa actividad mental
que con frecuencia consigue atraparnos y nos condiciona de tal
manera que al final acabamos convirtiendo en conductas y actos
cada pensamiento.
Refuerzo
Uno siempre tiene ilusiones: esas sensaciones que se aprecian
cuando ves que tu intención se cumple, que al final se convierte en
realidad; que aquello que en un principio era tan solo un deseo,
cobra vida propia, se convierte en algo que puedes ver, comprobar
que ha sucedido, aunque no tuvieras muchas esperanzas al
principio.
Y es que, cuando algo que tan solo estaba en nuestra mente
cobra forma, se convierte en acción, en algo que podemos
reconocer, obtiene mucho poder, de manera que impacta en
nosotros dejando una impresión constante, que no se anula con el
paso del tiempo; no se esfuma de nuestra memoria con tanta
facilidad.
Permanece ahí, abarcándolo todo, penetrando en lo más profundo
de nosotros, de forma que captura toda nuestra atención durante un
tiempo prolongado; nos atrapa de tal forma que tan solo pensamos
en ese tema. No podemos impedir que nos envuelva y que oculte
otros pensamientos y otras ideas distintas que también nos puedan
interesar en un momento determinado.
Cuando esto ocurre, nos implicamos totalmente en eso que para
nosotros tiene un resultado, en aquello que tiene consecuencias, los
efectos buscados. En función del fruto y el rendimiento que
observemos en aquello que pretendamos con más ahínco, así será
nuestra implicación, nuestra intervención posterior.
Si entendemos que hay un desenlace positivo, fructífero para
nosotros, seguiremos manteniendo una sumisión, un sometimiento a
esa idea, a ese propósito; mientras nos siga dando el rédito
suficiente como para entender que es de utilidad, que es importante
y que merece la pena seguir insistiendo en él, aunque ello conlleve
la adhesión a una determinada forma de pensamiento o a reducirnos
actuar de una manera definida, concreta.
Solo nos decidimos por repetir las acciones que tienen un efecto
específico, de manera que si actuamos reiterando una actividad en la
que no obtenemos ningún provecho o utilidad, finalmente la
dejamos a un lado, pues nos falta ver el fruto para obtener el
refuerzo suficiente como para seguir manteniéndola en el tiempo.
Todo aquello que hacemos es consecuencia del rendimiento
anterior, del efecto positivo que previamente ha tenido en nosotros.
A través de nuestra experiencia vamos comprobando las cosas que
realmente son de provecho, todas esas cuestiones a las que
podemos sacarle un beneficio, aunque ello conlleve un esfuerzo por
nuestra parte; estaremos dispuestos a realizarlo si con ello
obtenemos el desenlace que prevemos.
CONTROL
A veces, los días se transforman en pequeños momentos donde
apenas tienes la ocasión de darte una oportunidad para observar los
hechos que están sucediendo. En tales circunstancias, te conviertes
en alguien que se limita a desarrollar un patrón establecido de
conductas que ha ido aprendiendo a fuerza de práctica.
Llevas a cabo tu desempeño actuando de una forma que en
realidad no te satisface, puesto que no estás convencido realmente
de aquello que estás haciendo.
No dejarnos llevar por los impulsos
Lo más aconsejable es no dejarnos guiar por nuestros impulsos
más inmediatos, puesto que estos obedecen a una serie de pautas
inconscientes que apenas conocemos. Tan solo somos testigos de la
presencia de estos impulsos cuando acabamos ejecutando una
acción y vemos los resultados de esta; entonces, en ocasiones, nos
detenemos a analizar qué es lo que ha provocado esa reacción en
nosotros, esa forma de actuar, qué es lo que nos ha impulsado a
proceder de una manera determinada.
Tenemos la ocasión de poder observar el momento en que eso se
ha producido, incluso si somos un poco más profundos, el motivo
que ha originado ese impulso automático que nos ha sobrevenido y
que nos ha conducido a actuar de esa manera concreta; de esta
forma podemos llegar a comprender nuestra conducta, muchas
veces automática y descontrolada.
De este modo no solo logramos entenderla, sino que también se
nos abre una vía, una puerta para poder llegar a controlarla en el
futuro; puesto que siendo conscientes de este mecanismo que hay
detrás de cada acto que realizamos, es posible llegar a un dominio
de nosotros mismos, sobre todo de aquellos hábitos con los que no
estamos conformes y que nos gustaría tratar de eliminar.
Si no nos dejamos llevar por estos impulsos, tendremos un gran
terreno ganado a la influencia que ejerce nuestra mente sobre
nosotros. Solo es posible si establecemos esta separación entre
aquello que ocurre en nuestra mente, en forma de pensamiento, y
nosotros mismos; si separamos lo observado de aquel que observa,
de aquel que es testigo de lo que ocurre.
Para ello hay que mirar de una forma distanciada, sin que nada te
influya, sin que aquello que percibes te conduzca a ser otra cosa
distinta de lo que eres.
Observar lo que está pasando
En nosotros existe la facultad de observar ese proceso, de tal
modo que cuando somos conscientes de él, todos esos contenidos
que ocupan nuestra mente dejan de tener influencia sobre nosotros,
de manera que podemos llegar a establecer una distancia con todos
esos elementos que tenemos la ocasión de observar. En estos casos
conseguimos que un determinado pensamiento, por muy intenso
que sea, no nos lleve a una acción que en el fondo no deseamos.
Si nos enfocamos en nuestra mente por un momento,
conseguimos observar lo que está pasando dentro de nosotros. De
manera que podemos elegir la mejor opción para actuar; de esta
forma no existe conflicto, pues eso que en ese momento decidamos
hacer siempre será lo más apropiado, porque lo estamos
disponiendo desde esa dimensión en la que tenemos la posibilidad
de decidir por nosotros mismos y no de manera inconsciente, como
es lo habitual.
Cualquier momento es propicio para darte cuenta y ser consciente
de aquello que estás observando. Solo basta con tener un poco de
voluntad y de estar pendiente de ese proceso, sabiendo que en
cualquier momento puedes establecer una distancia entre lo que hay
a tu alrededor y tú mismo. De esta manera puedes alcanzar una
cierta objetividad sobre aquello que ves, sobre tus propias
conclusiones acerca de aquello que percibes.
Esa distancia que puedes llegar a mantener, puede ayudarte, de
igual modo, a conseguir un control sobre ti mismo que no es posible
alcanzar si te mantienes actuando en tu forma habitual.
Son muchos los estímulos que nos rodean, y es normal que al
final nos dejemos llevar por aquello que más llame nuestra atención,
por lo que más nos impacte en un momento determinado. Si somos
conscientes y recordamos en esos momentos que esto puede
suceder, puede ser un buen punto de partida para frenar, de algún
modo, todas esas conductas que no deseas pero que al final acabas
realizando de una forma descontrolada e inconsciente, obligado por
todas esas distracciones que hay a tu alrededor y que tratan de
atraparte llamando tu atención.
Cuando llegamos a ese punto, solo si establecemos esta distancia,
podemos controlarnos a nosotros mismos; ya nada puede
afectarnos: ni el ruido de nuestra mente inconsciente, ni las
distracciones provenientes del mundo externo en modo de
estímulos, que tratan te distraernos y separarnos de ese momento
en el que nos encontramos dentro de ese espacio de conciencia
donde nos hacemos con el control de todos esos contenidos
mentales que aparecen desorganizados y de forma impulsiva; y que
nos llevan a actuar en muchas ocasiones sin que apenas tengamos
voluntad para poder frenar toda esa energía que nace de nuestro
propio interior.
Te darás cuenta enseguida de todos y cada uno de los hábitos
que te llevan a perder el tiempo, y de lo que tienes que hacer para
cambiarlos.
Esta sería la forma de llegar al control de nuestros propios
pensamientos, mediante una observación pausada de ese proceso
que ocurre en nuestra mente.
Control a través de la calma
Para llegar a ese estado de observación se requiere que te
encuentres, a la vez, en una situación de calma interna que te aleje
de cualquier distracción del mundo externo y también de todo ese
ruido mental que de alguna manera también te distancia de ese
estado de observación que se ha de conseguir para que todo aquello
que ocurra en tu mente deje de afectarte.
Una vez que consigues llegar a este punto, puedes lograr tu
propio autocontrol. En la medida en que te haces con el dominio de
lo que ocurre en tu propio interior, consigues a la vez poner un poco
de orden en todos esos pensamientos que te asaltan de forma
automática, alterando el orden mental y llevándote a una confusión
continua que te impide conseguir ese equilibrio necesario para ser
consciente y pensar de una forma correcta.
El hecho de que tu mente se vuelva más calmada, hace que todo
funcione con mayor lentitud, por lo cual es más fácil controlar
determinados procesos que habitualmente funcionan de forma
mecánica y que son prácticamente imposibles de frenar. Gracias a tu
capacidad de observación y a esta posibilidad de ser consciente de
todo esto que ocurre, puedes dirigir tu propio comportamiento allí
donde realmente desees.
Permanecer en un estado de calma interior te lleva al control
también de tu propio comportamiento, pues te posibilita contar con
el tiempo suficiente para frenar todos esos impulsos descontrolados
que a veces nos inundan y a los que no sabemos ponerles freno.
Si te acostumbras a mantenerte así durante largos periodos de
tiempo, durante el día, puedes ejercer un control sobre la mayoría
de tus conductas, propiciando de este modo un cambio en tus
hábitos más repetitivos.
Puedes llegar a crear una nueva programación mental, mediante
la incorporación de nuevas conductas, gracias al establecimiento de
esta pausa que te permite discriminar entre las acciones que son
positivas para ti y las que no lo son; que te posibilita poner freno a
todas esas costumbres en las que malgastas tu tiempo y en las que
pierdes todas tus energías sin que apenas te des cuenta de ello.
12. Experiencia

En lo más profundo de nosotros mismos, nuestros pensamientos, en


forma de imágenes, van formando ideas que nos hacen tener una
concepción del mundo.
En realidad, crean una mentalidad que se va generando poco a
poco con el paso del tiempo, que va reproduciendo todo ese
contenido que tenemos incubado en nuestra memoria, proveniente
de todas y cada una de las experiencias que hemos vivido a lo largo
de los años.
Todos esos pensamientos que se producen en nuestra mente, van
difundiendo todas las materias y asuntos que antes hemos tenido la
oportunidad de observar y de percibir a nuestro alrededor, en todos
y cada uno de los contextos donde hemos estado anteriormente.
Y es que, todos albergamos en lo más profundo de nuestro
recuerdo, todo aquello que hemos vivido, que son las huellas de
nuestro pasado, las impresiones de todo lo que antes hemos
contemplado, incluso aquellas cosas que hemos atesorado sin
darnos cuenta, sin apenas percatarnos de que estaban ante
nosotros, que hemos observado sin mirarlas, sin haber tenido la
oportunidad de apreciarlas en su justa medida.
Todas esas ideas que tenemos del mundo y de nosotros mismos,
son concebidas en nuestra propia mente, a través de todos los
contenidos que hemos ido acumulando a lo largo del tiempo, a
través de todas nuestras experiencias pasadas, que se convierten en
información relevante que se guarda en nuestra memoria y
permanece ahí, disponible para esos momentos en los que
necesitamos encontrar una explicación, un argumento, a algún
asunto que estemos tratando de comprender por medio de nuestra
propia razón.
Tus experiencias son impresiones grabadas, que en muchas
ocasiones despiertas sin que te des cuenta, cuando tu mente recurre
al pasado para interpretar el presente. Entonces se adentra en tus
recuerdos, y a través del mecanismo de la imaginación resucita lo
que permanece dormido.
Se acumulan en la memoria. Cuando sientes que tienes
problemas recurres a ellas para tratar de buscar una solución.
Fuerzas tu mente para que busque en ellas una salida.
Todas tus experiencias del pasado, adquiridas a través del
contacto con tu mundo externo, vuelven a surgir de nuevo a tu
conciencia porque están plantadas como semillas en el fondo de tus
recuerdos.
Duermen en tu mente como huellas que no están muertas, pues
se mueven buscando surgir de nuevo en forma de evocación en el
presente; nunca desaparecen, pues constituyen tu pasado, tu
memoria.
Utilidad
Toda esa información permanece dentro nosotros, será útil para
indicarnos la forma de proceder; la manera de ejecutar una acción
determinada, incluso sin haberla efectuado anteriormente. Todos los
datos acumulados en nuestra memoria nos ayudarán a realizar
aquello que nos propongamos, si sabemos emplearlos
convenientemente a la hora de realizar esa actividad.
La experiencia siempre es para nosotros una lección, una
enseñanza por la que aprendemos toda una clase de contenidos que
vamos acumulando a lo largo del tiempo. Todo lo que aprendemos
ocupa una posición en nuestra memoria, se ubica allí ocupando un
rango, en función del significado que tenga para nosotros, según las
circunstancias y las condiciones en las que hemos obtenido esa
información.
Todos los contenidos que hemos ido asimilando se mantendrán en
esa situación, ocupando un estado de espera, en un escenario en el
que es posible que resurjan a nuestra conciencia en cualquier
momento, cuando alguna cuestión relacionada con esos contenidos
ronde por nuestra mente. En ese caso buscaremos dar un sentido a
esas impresiones que en ese momento tengamos en nuestra
conciencia; y para ello buscaremos, dentro de las huellas de nuestra
memoria, los conceptos adecuados para dar significado y relevancia
a eso que en esos momentos tiene un interés para nosotros.
En muchas ocasiones ocurre que esa información que ya
poseemos, se malgasta, no se aprovecha de la forma más adecuada.
Todo depende de dónde pongamos nuestro foco de atención a la
hora de realizar una tarea concreta. Si centramos todo nuestro
interés solo en aquello que hagamos en cada momento, si
desplegamos todas nuestras facultades en desarrollar nuestras
mejores habilidades en el desempeño de aquello que hacemos
cotidianamente, estaremos aprovechando lo mejor de nuestras
experiencias, de aquello que hemos ido asimilando, poco a poco, de
cada lección que nos ha ido enseñando la vida.
Cuando meditas, puedes observarlas y preguntarte por qué
permanecen allí y por qué condicionan tus decisiones, pues son
realidades olvidadas que ya ocurrieron y que simplemente se
mantienen ahí, almacenadas, justo en la puerta de tu conciencia,
que en la mayoría de las ocasiones recurre al pasado para proyectar
sus pensamientos de una forma mecánica.
Tú eres tu maestro
La enseñanza de la vida es una lección que no se aprende en
ninguna escuela, es un aprendizaje que te orienta en aquellas cosas
que necesitas saber. La experiencia te va formando a lo largo del
tiempo, dotándote de un adiestramiento que te va preparando para
afrontar las distintas dificultades que van surgiendo a largo de tu
existencia.
La vida no es más que un aprendizaje donde tú eres tu propio
adiestrador, tu maestro y el que maneja tu propia formación sobre ti
mismo. Eres el supervisor y el responsable de todo aquello que te
ocurre, por lo que siempre deberías tener el control para seguir y
revisar todo eso que te influye y que al final te acaba afectando por
no saber hacer un análisis previo comprobando el alcance de cada
nueva experiencia que vives.
Eres el piloto que ha de verificar y hacer el seguimiento de
aquello que observas y que está frente a ti, pues debes controlar
todos esos aspectos importantes que forman parte de la realidad
que te rodea. Eres el que ha de tener en cuenta los componentes
más destacados, los factores que contribuyen a que un hecho tenga
unas consecuencias determinadas.
En función de que hagas bien ese cometido, tu actuación en la
vida será una función enriquecedora, pues tus actos siempre
encontrarán una armonía y un sentido en todas sus manifestaciones.
Tus actividades serán la viva imagen de la coherencia, ya que
expresarán en cada una de tus intervenciones tu compromiso con
aquello en lo que estés implicado en cada momento.
13. Sufrimiento

Todo aquello que nos oprime lo creamos en nuestra propia mente;


se encarga de alterar el orden de nuestros pensamientos
impidiéndonos observar con claridad y usar nuestro ingenio de la
mejor manera posible.
Estamos expuestos constantemente a todo aquello que se
representa en nuestra mente y que en un momento determinado
puede romper nuestro equilibrio, con toda una serie de contenidos
que se van asociando unos con otros y nos conducen a un engaño
absorbente que nos va asaltando, hasta el punto que llegamos a
formarnos creencias que nos condenan a vivir en una ilusión sin
resultados, sin una mínima evidencia que nos sirva para entender
que vamos por el verdadero camino.
No somos conscientes de que, en la mayoría de los casos, somos
nosotros mismos los que buscamos nuestra propia tortura, poniendo
énfasis solo en aquello que nos aflige, centrando nuestra atención
en todas esas historias del pasado en las que sufrimos y
experimentamos la desgracia; en esos momentos de desazón que
nos atormentaron.
Con frecuencia tratamos de hurgar en la herida, quizás para ver si
somos capaces de tolerar el sufrimiento de nuevo. Es una manera de
ponernos a prueba, para ver si podemos quebrar ese círculo vicioso
que en su día nos arrolló; para ver si conseguimos, al menos por
una vez, estar por encima de lo que nos debilita, de aquello que nos
hace desfallecer consumiéndonos; es una forma de hundirnos en el
caos conscientemente.
Y es que, a veces, nos atrae el naufragio; saber qué se siente
cuando todo se desmorona, aunque sea por un instante. Hay
quienes viven en esa zozobra permanentemente, tratando de
despeñarse tirando su vida por la borda. A medida que se van
ocultando en un total hundimiento, comienzan a ser conscientes de
la verdad y de su propia existencia; aunque a veces ya es demasiado
tarde para empezar a vivir en la certeza de la vida.
Experiencias dolorosas
Algunas experiencias son dolorosas, por lo que te pueden
provocar aflicción, cuando tomas conciencia de aquello que te hizo
un daño y sigues pensando en ello, aunque pasen los años. Nunca
consigues olvidarte por completo de aquello que en su día te
provocó una herida emocional. Todavía existe en tu mente gracias a
los recuerdos, que de alguna forma son el testimonio de aquello que
ocurrió y son los que te hacen evocar los problemas del pasado.
En esos momentos empiezas a experimentar las mismas
emociones que sentiste cuando estas experiencias ocurrieron por
primera vez. Cuando estos recuerdos fluyen por tu conciencia no hay
manera de detenerlos, tan solo has de limitarte a comprender que
funcionas así y que tu mente está utilizando los mecanismos que les
son propios, de manera que lo único que puedes hacer es
convertirte, a través de la meditación, en un observador de aquello
que aparece en tu mente; tanto si son recuerdos de los fracasos del
pasado como si son fantasías que esperas que se cumplan en el
futuro.
Es la única manera de ser consciente sin estar dormido; de este
modo todos los contenidos transcurrirán sin que te afecten, vengan
de donde vengan. Es la única manera de que el sufrimiento se lo
lleve el viento, tanto si está en el pasado como si viene del futuro.
De esta manera es cómo funciona la mente, y esta puede ser una
buena técnica para llegar a controlarla de alguna forma, pues en ella
siempre hay un movimiento, no es fácil que se mantenga estática
―siempre tiene vida de alguna manera―; pero si sabes mirar al
interior y te das cuenta de lo que allí ocurre, en seguida entenderás
que los problemas no son más que pensamientos que surgen del
pasado o están relacionados con el futuro; que en estos casos son
destructivos y renacen una y otra vez desde el fondo de tu
memoria, aunque puedas pensar que algunos de ellos ya están
muertos.
En realidad, están grabados a fuego en cada una de las heridas
de las experiencias del pasado, y cuando afloran de nuevo te
vuelven a confundir tal y como lo hicieron la primera vez, de una
forma irracional, mientras tu perdías la calma tratando de interpretar
aquello que estaba ocurriendo.
No te esfuerces por eliminar las experiencias del pasado, aunque
parezcan muertas siempre permanecerán ahí, a la espera de
convertirse de nuevo en pensamientos. Limítate tan solo a
conocerte; a observar tu conciencia viendo cómo se mueven por ella
las imágenes que surgen de tu memoria, para mantenerte de esta
forma despierto y no dejarte llevar por las huellas de tus propios
recuerdos.
Confusión
A veces, la confusión se precipita en tu mente, se mezcla con
juicios que propician otra realidad muy distinta a la habitual: a la
que estás acostumbrado.
Esta puede ser debida a algunos contenidos que se mueven sin
ningún fundamento y que forman creencias que se establecen y se
mantienen impresas en tu mente, carentes de toda lógica; lo que
puede llegar a producirte un tormento excesivo en el que no puedes
hallar la forma de acabar con esos pensamientos perpetuos que te
desquician y que te llevan a creer en afirmaciones que solo se
fabrican en tu conciencia y que aún no has comprobado en la vida
real.
Y es que, en ocasiones, dentro de nosotros se difunde una fuerza
que nos lleva por una dirección incierta. Esto ocurre cuando dejamos
que se impongan todos esos pensamientos y creencias que nos
conducen al desorden y que se mantienen ocultos en nuestra
memoria a la espera de que un impulso los inserte de nuevo en la
conciencia.
Una vez que ocupan todo nuestro espacio mental, nos golpean
poco a poco a través de juicios que nos van enredando en una
confusión de la que no conseguimos salir. Se adueñan y nos dirigen
de forma inesperada por caminos que nos llevan al bloqueo mental y
a una situación de inquietud que nos crea un oscuro desorden.
Algunos contenidos mentales nos llevan al caos, se mantienen
durante largo tiempo en nuestra mente y se apoderan de nosotros
haciéndonos cambiar nuestra visión de todo aquello que sucede a
nuestro alrededor.
Puede que tu mente se abone a permanecer durante largo tiempo
en una confusión singular, que empiece a filtrar pensamientos que
cambian rápidamente de sentido, importados de tu memoria, que se
manifiesten sin ninguna dificultad recorriendo tu conciencia sin que
puedas eliminarlos.
Puede que encuentres alguna dificultad en seguir algunos
elementos mentales, pues algunos componentes entran en
contradicción. Por un lado, se expresan a través de unos términos
que van en una dirección, y al poco tiempo comienzan a revelar lo
contrario.
Y es que, a veces, nuestros juicios no siguen ningún criterio, se
alejan de la prudencia y la moderación, nos aturden con razones que
no tienen ninguna lógica, separándonos de la cordura.
En ocasiones tu mente te engaña, pues te oculta la verdad y te
lleva al caos conduciéndote por caminos inciertos que te roban el
entendimiento creando pensamientos que te conducen a la
desdicha, por ser irracionales.
Puedes llegar a ser víctima de tu propio autoengaño, cuando
aceptas cualquier pensamiento que aparece en tu conciencia y te
dejas llevar por cualquier impulso que perturbe y remueva tu paz.
Si te guías por ellos, acabarás teniendo una concepción del
mundo defectuosa, pues tus pensamientos, aunque son inagotables,
siempre serán incompletos.
FRUSTRACIÓN
La intención es lo que cuenta, el alma que le pones cuando haces
algo. Hay momentos en los que toda tu existencia gira alrededor de
un asunto concreto, de manera que todas tus acciones operan en un
mismo sentido.
Sacas la fuerza de donde no la hay para llegar a una meta que
hace tiempo que te ronda por la cabeza, creándote un deseo
obsesivo que no tiene final hasta que no cumples con ese propósito.
A veces, el destino y seguir el rumbo de una buena dirección por
tu parte, hacen que llegues al final del recorrido con el éxito
esperado, por lo que obtienes la recompensa de saber que el viaje
ha merecido la pena.
En otras ocasiones, cuando no se logra la meta prevista,
entiendes que no se han cumplido las expectativas trazadas antes de
iniciar ese trayecto, por lo que te quedas con una sensación de
haber hecho un viaje que no ha merecido la pena, pues no has visto
cumplido el propósito que te marcaste antes de iniciar esa aventura
que tanto te apasionaba y en la que esperabas que se vieran
cumplidos todos tus sueños.
Aunque los riesgos fueran muchos, pensabas que ya se te
ocurriría algo para solventar los lances y toda esa clase de incidentes
que pudieran presentarse en una empresa de tal naturaleza.
El caso es que, a veces, un cúmulo de circunstancias pueden
guiarte hacia el fracaso más absoluto, sin que nadie te haya
aconsejado previamente y sin estar entrenado para enderezar el
rumbo hacia otros caminos con más posibilidades de éxito.
El problema surge cuando aparece el fracaso y nos inunda la
frustración. No siempre estamos preparados para hacer frente a esa
contrariedad que se produce cuando caemos en el desengaño, al no
ver cumplidas nuestras metas: esos fines sobre los que hemos
puesto tanta dedicación en muchas ocasiones.
Cuando no llegamos a la culminación de ese objetivo, de aquello
que ambicionamos con mayor anhelo, sobreviene sobre nosotros
una enorme decepción, nuestra propia confianza se va debilitando y
empezamos a advertir la opresión del que se siente abrumado por la
decepción y la angustia.
Seguramente, esto nos hace cambiar de dirección, buscando otros
caminos donde hallar la suerte. En realidad, nuestro viaje por la vida
es así: no siempre el recorrido es el más apropiado, el que
deseamos; por ello siempre tenemos la opción de buscar otras
sendas por las que continuar nuestro trayecto.
Siempre, en cualquier caso, será un error detenerse y dar por
finalizada la travesía, no buscar otras rutas más afables y acordes
con lo que uno verdaderamente desea.
Aprovechar lo aprendido
En tal situación, tratas de conducirte como puedes, intentando
trasladar todo eso que has aprendido ―de tus viajes que no te
condujeron a ninguna parte― a un nuevo recorrido, a una nueva
forma de andar caminando por una senda que al menos te haga
avanzar, en la que puedas tantear una luz que te encienda o algo
que te incendie por dentro y que no se apague hasta que no
empieces a actuar de nuevo; a comportarte como si nada hubiera
pasado, sin vivir en la decepción que te provocó ese fracaso; lejos
del fatalismo y la tristeza que en ocasiones provoca esa desdicha de
no poder vivir con optimismo, cuando se pierde la alegría de la
esperanza y no hay ninguna creencia ya de que existan otras ideas
más seguras para alcanzar la ilusión de un nuevo sueño.
Perseverancia
No siempre lo que debería ser nuestro afán es lo suficientemente
fuerte como para actuar con la perseverancia que se requiere. En
muchos casos es cuestión tan solo de mantener una constancia ―sin
necesidad de obstinarse demasiado― que nos mantenga vivo el
interés y la actitud necesaria.
A veces, las cosas salen no por talento, sino por la capacidad de
mantener la propia voluntad siempre con la misma predisposición,
dando preferencia a aquello que anhelamos. Aquel que está
encaprichado con insistir siempre en aquello que desea,
normalmente tiene más posibilidades de alcanzarlo, su manera de
empecinarse le acerca al objetivo; en muchos casos, es la única
forma de lograr aquello que ambicionamos, no existe otra fórmula.
RECURRIR A LA CALMA
Son momentos en los que también es recomendable buscar la
calma, pues gracias a esta podemos hacer frente a esos tormentos
que solo aparecen cuando la amargura y el dolor se apoderan de
nosotros y no sabemos cómo liberarnos de esa carga de pesimismo.
Solo si establecemos una pausa para valorar todo aquello que
está ocurriendo, en su conjunto, podemos hacerle frente al fracaso y
a la desilusión que acompaña a todos esos desengaños que muchas
veces padecemos cuando vemos que no se cumplen nuestras metas,
cuando sentimos que el destino sigue siendo un ideal que aún no
hemos alcanzado.
En esos momentos necesitamos detenernos para abrir un
paréntesis, para buscar en ese intervalo un escape, una puerta de
salida que nos lleve hacia otro lugar que nos haga ver las cosas
desde otro punto de vista, con otra mentalidad y una nueva actitud
más serena y alejada de ese sentimiento de fracaso en el que
muchas veces nos vemos atrapados.
Si nos dejamos arrastrar por nuestra propia mente en tales
situaciones, seguramente insistiremos, de forma repetida, en ese
enfoque de frustración y desengaño; hay quienes viven
permanentemente ahí y no llegan a salir nunca.
Solo si somos conscientes de que podemos intervenir en esta
clase de procesos, tendremos la llave para cambiar la orientación, el
sentido de nuestros juicios y la forma de usar nuestro propio
razonamiento.
Solo si actuamos desde la reflexión, llegaremos al verdadero
conocimiento, a lograr esa conciencia necesaria para poder impulsar
un cambio que nos haga rectificar, innovar, transformar nuestros
viejos propósitos por nuevos deseos, nuevos proyectos que
despierten nuestro interés y nos ayuden a encontrar una nueva
finalidad, un nuevo destino.
En tales situaciones se hace necesario buscar siempre la calma:
esa paz que arregla nuestro propio entendimiento y que todo lo
vuelve a unir, que aminora el conflicto y nos devuelve el equilibrio.
Con ella conseguirás dar luz a la conciencia, para resolver de este
modo todas esas contradicciones a las que te sientes sometido y que
has ido convirtiendo poco a poco en problemas, que has ido
aceptando sin más por tu propia incapacidad para superarlos, para
encontrar una solución a todas esas confusiones que se mueven en
tu mente ocupando todo el espacio, eliminando toda esa claridad
que necesitas para despertar, para existir de un modo mucho más
consciente.
Cuando atiendes a lo que hay en tu interior, desde la calma,
puedes distinguir toda esa corriente de pensamientos que se van
incorporando poco a poco a tu mente y que van absorbiendo tu
atención sin que seas muy consciente.
Para alejarte de ellos y poder desterrarlos, solo debes tratar de
observar brevemente todos esos pensamientos que antes estaban
ocultos y que en esos momentos se extienden engañando a la
realidad y falseando la verdad de todo aquello que se expone ante
ti.
Solo empleando la calma podemos aspirar a sondear esa otra
parte turbia de nuestra mente que nos engaña y nos conduce por
caminos que alteran lo que somos, que nos hacen flotar en un
mundo imaginario que nos lleva a vivir en la ficción.
Si tienes la oportunidad de contemplar todo eso, comprobarás la
inexactitud de muchos de tus razonamientos, los errores que se
proyectan en tus juicios, en el diseño de tus creencias, que se van
definiendo con cada valoración que haces de aquello que te va
sucediendo.
Todo esto lo puedes distinguir claramente, seguir su desarrollo, si
te adentras en un nivel algo más profundo, a través de esos
intervalos de silencio que a veces surgen en medio de toda esa
agitación mental a la que estamos sometidos sin descanso.
Todo se hace más visible de esta forma; todo aquello que ocupa
tu mente se hace más moldeable en esa fase. Puedes llegar al
origen de todo aquello que se manifiesta.
Desde la calma puedes observarlo todo de una manera más
imparcial, sin estar sometido a todo aquello que proceda de tu
propia mente: todos esos componentes que intervienen en tu propio
pensamiento que se van amontonando hasta que logran dibujar un
mundo por donde tratas de escapar a la mínima oportunidad.
Si dominas ese lugar y te haces dueño de tu propia conciencia,
habrás ganado la batalla más importante, estarás por encima de
aquello que te causa sufrimiento, puesto que lo observarás todo
como un testigo, distanciado de tu propio contenido mental, como
un mero observador que establece una separación entre él y aquello
que observa: esos contenidos y pensamientos que afloran a tu
conciencia que no son más que ilusiones y material del pasado.
Si no aprendemos a establecer una pausa y a detenernos para
poder encauzar nuestro propio pensamiento, no distinguiremos la
realidad de la ficción; nos sumergiremos de forma automática en un
mundo de afirmaciones más propias de la imaginación que del
mundo real.
Si te abandonas únicamente a lo que proponga tu mente en todo
momento, vivirás en un bucle que te llevará a una existencia
artificial: dependiente de tus hábitos, inmovilizado por tus propios
pensamientos, que te irán gobernando mientras sigas habitando en
una vida inconsciente, sin apenas apreciar todo aquello que te rodea
de otra forma, mucho más profunda.
Gracias a este medio que es tu propia calma, puedes llegar a
suspender ese mecanismo irracional en el que algunos pensamientos
se enaltecen repitiéndose una y otra vez a través de impulsos
vigorosos que se van reproduciendo de forma infinita a lo largo del
tiempo.
14. Influencia

El mundo que nos rodea ejerce un enorme poder de atracción


permanente sobre nosotros, sobre nuestra propia voluntad, de tal
manera que todos nuestros sentidos perceptivos están únicamente
pendientes de todo aquello que sucede a nuestro alrededor, que nos
cautiva de tal modo que hace que estemos constantemente
prestando atención a cualquier estímulo que surja en todo momento.
Actuamos inmersos dentro un proceso que te da una oportunidad
limitada para ser tú mismo. Normalmente nos dejamos llevar por las
circunstancias, sin disponer de un espacio para ver las cosas de otra
manera, desde un terreno más propicio para calibrar las
consecuencias con más reposo; para actuar desde la tranquilidad y
observarlo todo desde una paz que nos aleje de la angustia.
De ser así nos conduciríamos por la vida con más confianza;
muchas cosas nos dejarían de afectar, pues contaríamos con un
mecanismo propicio para no dejarnos influir por todas esas
suposiciones que nos invaden y que hacen que no apreciemos esa
verdad que siempre aparece oculta pero que sabemos que está ahí,
en de cada detalle, escondida detrás de cada apariencia, como si
fuera un secreto que solo se puede observar cuando cesa el fragor
de nuestra propia mente.
Funcionamos por fases. A veces, en función de las circunstancias
y del tipo de experiencias previas que hayamos tenido, podemos
encontrarnos eufóricos, más motivados de lo habitual; y en otros
momentos puede ocurrirnos lo contrario: podemos llegar a estar
más decaídos, como con menos fuerza, con menos energía para
afrontar los quehaceres de nuestra vida cotidiana.
No siempre mantenemos una misma línea en cuanto a lo que
puede ser nuestro estado de ánimo, pues este se ve afectado por
cada pequeño detalle que ocurre en nuestras vidas: en aquello que
observamos; en todo cuanto sucede en nuestras relaciones con las
personas que nos rodean habitualmente…
Todo influye y nos afecta, de forma que nuestra trayectoria,
nuestro devenir, no siempre sigue la misma línea. Existen momentos
en los que nos desviamos de la senda, por todo aquello que ocurre a
nuestro alrededor y también en el interior de nosotros mismos,
puesto que en ocasiones sobrevienen contenidos mentales, en forma
de pensamientos e imágenes, que nos conducen por un camino
determinado y que acaban afectando a nuestras propias emociones
―a aquello que sentimos en cada momento― y también influyen en
el tipo de acciones que acabamos realizando; puesto que si son
contenidos que se repiten más intensamente, al final casi sin que
nos demos cuenta acabamos ejecutando una acción relacionada con
dichos contenidos.
Todo esto hace que nuestra vida, en algunas ocasiones, no siga la
línea que debería seguir, que tenga altibajos y desviaciones debido a
todo esto: al influjo que ejerce la mente sobre nosotros y también a
la influencia de las circunstancias externas que nos rodean, que
también nos afectan, puesto que no podemos dejar de existir en ese
entorno en el que nos movemos diariamente, en el que
desarrollamos nuestras vidas.
CÓMO HACER FRENTE A LAS INFLUENCIAS
Para que no nos afectara todo aquello que hubiera a nuestro
alrededor, tendríamos que vivir aislados, pero no estamos hechos
para eso. Somos seres sociales y sentimos la necesidad de
relacionarnos con los otros y de vivir en un contexto concreto en el
que nos podamos desarrollar tanto personal como socialmente, en
compañía de los demás.
Por tanto, es inevitable que todas esas cosas que suceden a
nuestro alrededor, nos afecten, tengan unas consecuencias para
nosotros, tanto a nivel externo como interno.
Consciencia y observación
Esto es ineludible, pero sí que está en nuestra mano el modo de
hacer frente a todas esas influencias que nos vienen del exterior; de
modo que, si somos conscientes, todos esos elementos externos que
nos afectan, dejan de ejercer su poder sobre nosotros, ya que a
través de la consciencia y de la observación pausada podemos
desviar todo aquello que pueda influirnos: todo eso que vemos fuera
de nosotros.
Solo siendo conscientes, observaremos al detalle lo que ocurre
dentro de nuestro propio interior; no nos dejaremos arrastrar por
ninguna influencia, y mucho menos por el fragor de los
pensamientos inconscientes que surgen del fondo de nuestra
memoria creando desorden y una confusión que nos lleva al
trastorno: a la alteración de esa paz que se oculta dentro, que se
encuentra apartada de los flujos de la mente, más allá del tráfico
constante de imágenes e ideas que recorren nuestros circuitos
cerebrales.
Cuando eres consciente observas todo eso que existe dentro de ti,
puedes liberarte de todo aquello que te ha influido del exterior, que
te hace experimentar un desequilibrio y te convierte en alguien
distinto.
No te dejarás influir con tanta facilidad por todas esas
distracciones que con frecuencia se apoderan de ti y que hacen que
pierdas el control, a veces durante demasiado tiempo.
Abandonarás el sueño de la realidad exterior; dejarás de sentir la
necesidad de seguir los estímulos que habitualmente te atrapan
consiguiendo influir en tu propio comportamiento; empezarás a
dominar cada idea que viene a tu conciencia, olvidándote del tiempo
y de todos aquellos asuntos que te ocupan diariamente.
Gracias a la observación podemos llegar a realizar una separación
entre lo que observamos y nosotros mismos, de forma que podemos
lograr no identificarnos con aquellas cosas que provienen del
exterior, ni tampoco con todos esos contenidos que provienen de
nuestro mundo interno.
A veces, no es tan sencillo: establecer esa barrera, ese
distanciamiento por el que conseguimos que nada nos afecte,
puesto que nuestra propia condición humana siempre va a llevarnos
a que nos dejemos conducir por el poder y la influencia que ejercen
los estímulos que hay a nuestro alrededor, y también por los
impulsos que nacen de nuestro propio interior, que a veces surgen
de forma descontrolada, sin que seamos muy conscientes de ellos.
Aquel que logra distanciarse de toda influencia externa, siempre
encontrará el mejor camino para llegar a ser él mismo en todos los
momentos, en todas las circunstancias. Podrá lograr la comprensión
y alcanzar esa sabiduría que solo tienen aquellos que se descubren a
sí mismos, que han llegado a la comprensión de lo que son, al
conocimiento de su «verdadera esencia», a su auténtico yo, que
nada tiene que ver con ese otro yo falso que es el ego, creado
mediante la identificación con el pensamiento y que en la mayoría
de los casos se apodera de nosotros obligándonos a comportarnos
de forma distinta de lo que realmente somos.
Calma interna
Para hacer frente a todo ese proceso, se hace necesario que
entres en contacto con una situación en la que tengas el control y el
dominio sobre ese mecanismo, y eso solo puede conseguirse a
través de la calma interna, en una situación de alejamiento de los
estímulos externos, que pueden distraerte con suma facilidad y
desviarte de esa senda de paz interior que siempre será beneficiosa
para ti, puesto que hace que te encuentres contigo mismo en un
espacio dentro de tu propio interior, alejado del pensamiento
inconsciente y repetitivo.
15. Realidad

El hecho de llegar a una explicación sobre aquello que intentamos


averiguar, no significa lograr descifrar por completo todos los
entresijos que conforman esa realidad. Tan solo nos limitamos a
intuir, opinar sobre lo que creemos que es, en base a lo que nuestro
entendimiento nos permite deducir de lo que vemos.
En la mayoría de los casos, seguramente, existen otros muchos
elementos que se quedan en el aire, que también son componentes
y piezas importantes de ese factor, de esa materia que intentamos
desentrañar.
Por tanto, nuestra comprensión de la realidad tan solo abarca una
pequeña porción, aquella que logramos discernir gracias a los
conocimientos que ya poseemos, fruto de nuestras experiencias del
pasado.
Esa otra parte de la realidad que no logramos interpretar, porque
nuestro saber aún no ha logrado la suficiente instrucción, la dejamos
para más adelante, para cuando nuestra razón descubra los
suficientes fundamentos para encontrar una explicación lógica de
aquello que aún no comprendemos.
Solo podremos apropiarnos de la realidad si dominamos sus
propiedades más importantes, por lo que siempre es necesario
detenernos en todas y cada una de sus características, no dejando
pasar por alto esos elementos que algunas veces aparecen
apartados pero que también son necesarios, pues son parte
integrante y piezas de esa misma realidad.
Tu propia visión
En tu análisis del mundo tratas de hallar una explicación
buscando las causas de todo aquello que sucede. Buscas contenidos
y representaciones que ya se encuentran en tu memoria, que son
producto de las experiencias del pasado, para tratar de formular, de
esta forma, una reflexión que coincida con aquello que estás
observando; llegas así a tu propia visión de la realidad.
Una cosa es aquello que en un momento determinado tienes
delante; y otra es lo que percibes, que puede llegar a ser similar
algunas veces, pero otras puede que no sea exactamente igual.
Y es que, cada uno experimenta la realidad de forma diferente,
aunque aquello que se esté observando sea lo mismo.
Nos apropiamos de cada objeto que observamos, de tal manera
que lo terminamos incorporando a nuestro particular almacén de
conocimientos, pero con unas características muy particulares: las
que nosotros le hemos colocado de forma subjetiva, a través de
nuestra propia interpretación.
Por lo general, nos inclinamos a ver las cosas solo desde nuestro
punto de vista. En nuestras propias expresiones se puede ver
claramente que usamos las palabras de tal modo que siempre
tendemos a modificar los hechos para poder contar nuestra propia
versión.
Usamos cualquier artilugio para llevar una conversación a nuestro
terreno, para tratar de convencer a otras personas con nuestros
razonamientos y nuestra propia visión de la realidad.
Toda la información que proviene de fuera empieza a coexistir con
todos los conocimientos adquiridos previamente, de tal modo que al
final nos creamos una opinión bastante subjetiva de aquello que
vemos. Nunca podremos estar seguros de estar en posesión de la
verdad, pues existe dentro de nosotros un proceso patente que nos
va alejando de la objetividad de las cosas.
Hasta nuestros propios juicios están llenos de resoluciones que
nosotros mismos hemos creado en nuestra propia mente. Son
sentencias con las que tratamos de definir y calificar aquello que
vemos, pero en realidad no son más que descripciones que se han
formado en nuestra conciencia, que realizamos para ampliar nuestra
propia comprensión del mundo, de todo aquello que nos rodea; pero
que no dejan de ser elaboraciones propias que hemos confeccionado
en nuestra mente, de forma minuciosa, a través de términos que ya
poseíamos, de conclusiones que nos hemos ido inventando a lo largo
del tiempo para tratar de encontrar un orden en aquello que nos
rodea.
A través de conceptos y opiniones personales, vamos
conformando nuestra propia visión de la realidad. Llegamos a
principios que nos ayudan a crear nuestras particulares teorías
acerca de la vida y de nosotros mismos.
A veces, estas llegan a ser un poco atrevidas, pues con el tiempo
y la experiencia comprobamos que son inapropiadas, por
fundamentarse en creencias que están más cercanas a la ficción que
a la propia realidad.
Cuantos más factores tengas en cuenta a la hora de constituir tu
punto de vista, con mayor facilidad accedes a esa dimensión esencial
de la verdad de las cosas; tu grado de comprensión se ampliará
alcanzando una magnitud que te permitirá detenerte siempre en lo
que realmente importa, en la trascendencia y en la esencia de
aquello que ves.
Todo para ti tendrá un significado distinto, pues adquirirá un
mayor valor y el nivel de importancia adecuado, en función de la
utilidad que cada cosa tenga.
Según esta forma de proceder, tu interés se adecuará a un mejor
empleo de todo aquello que te haga mejorar como ser humano,
pues esto reforzará tu desarrollo y mejorará tu crecimiento, al elevar
tu nivel de atención creciente solo en aquellas cosas que te hacen
progresar.
La realidad no es lo que imaginas
En ocasiones, te dejas fascinar por el sorprendente poder de tu
mente, que te impresiona con su formidable e ingente ola de
pensamientos fantásticos acerca del mundo que te rodea; sobre las
cosas asombrosas que podrías hacer y lo que podrías conseguir si
eres más o menos normal y te comportas como todo el mundo.
Hasta que sufres un baño de realidad, cuando observas que lo
que hay a tu alrededor no es lo que habías imaginado, constatas con
tus propios ojos que eso que encuentras ahí fuera no es lo que
habías vivido dentro de ti mismo, en los registros de tu propio
pensamiento.
No conoces la causa por la que eso sucede, pero presencias un
poco frustrado una realidad que de golpe se produce que antes no
habías experimentado. Entonces asistes a un presente al que tienes
que hacerle frente alejado de tu propio pensamiento, cuyas ideas
transcurren aún con un razonamiento distante de aquello que estás
viendo ante ti.
Por lo que entiendes que necesitas realizar una reflexión lógica y
pausada, para analizar y explorar con más detenimiento aquello que
está sucediendo y que no habías apreciado hasta ese momento; que
no habías tenido en cuenta, puesto que tu atención estaba perdida
deliberando sobre otras consideraciones que nada tenían que ver
con la realidad que tenías delante.
A todos nos gustaría dar un sentido a todas aquellas cuestiones
que desconocemos, pero hay asuntos cuya temática quizá no esté
en el ámbito de nuestra comprensión, pues siempre quedarán
preguntas por resolver y muchas problemáticas a las que no
sabemos enfrentarnos; ya que son obstáculos que nos sobrepasan,
quizás por la carencia de conocimientos o por la falta de experiencia
en algunas ocasiones.
16. Tiempo

Todo lo que existe en tu memoria puede salir a la luz de tu


conciencia, extenderse por toda tu mente sin un orden definido.
Todo lo que está impreso en tus recuerdos puede llegar a ser
consciente de nuevo, a través de un impulso que lo eleva
provocando que aflore.
Todas las huellas de tu memoria pueden hacerse visibles,
recuperando todas aquellas experiencias que en su momento viviste.
En tu mente puede surgir todo aquello que está enterrado, todos
esos elementos que un día reprimiste por algún motivo, hasta que
de una forma ocasional vuelven de nuevo a la luz y, con el concurso
de tu propio entendimiento, se manifiestan de nuevo en tu mente,
avivando aquellas emociones que sentiste cuando aparecieron por
primera vez.
En realidad, todos los pensamientos que produce tu mente se
elaboran a través de contenidos que has ido almacenando a lo largo
el tiempo, están atados a todo aquello que has experimentado
anteriormente, que vuelve a exponerse en tu mente cada vez que
necesitas conectar con cualquier contenido previo para tratar de
entender algún aspecto que aparezca en el presente y que te cueste
distinguir.
Tu mente necesita del tiempo
A veces, la mente es un abismo en el tiempo que te hace escapar
de ti mismo y utiliza tu pasado para ir plantando semillas en el
futuro.
Este proceso, a veces, no lo puedes controlar, pues se carga en ti
como un programa con el propósito de que se muevan tus
pensamientos de un lado hacia otro; un programa que al final te
acaba engañando, pues te convierte en un esclavo del tiempo y te
mantiene fuera de la realidad, sin ser consciente, sin que puedas
pensar por ti mismo y conducir tus pensamientos hacia la puerta
donde se halla tu «verdadero ser», donde se encuentran todos los
significados y la raíz de «lo que eres».
Si sigues tu mente es fácil que te dejes invadir por la ansiedad,
pues esta tan solo se guía por el tiempo, necesita del tiempo, para
hacerte vivir en el pasado o pendiente del futuro; de tal manera que
siempre estás en otro lugar y no allí donde se encuentra tu Ser; en
ese otro nivel más profundo y absoluto donde te encuentras contigo
mismo en un espacio donde no existe el pasado ni el futuro, donde
sientes que estás vivo y presente en otra nueva realidad: una
realidad donde no hay afirmaciones ni ruidos; donde te sientes libre
de cualquier control que pueda ejercer sobre ti tu mente
inconsciente.
Recurrir al pasado
A veces, evocamos pensamientos con la idea de recordar el
pasado, cuando creemos que el hoy no nos satisface, no nos llena.
Recurrimos a hechos lejanos en el tiempo, que ya sucedieron y que
resultaron ser satisfactorios para nosotros. Lo hacemos para
encontrar una recompensa, una excusa que repare el sufrimiento
que podamos estar experimentando en el momento presente.
Nos recreamos en experiencias pasadas, sobre todo en aquello
que fue de nuestro agrado, que ocurrió tal y como nosotros
planeamos, con la idea de evadirnos de una realidad que no nos
satisface, que en muchas ocasiones encontramos a diario y que
viene repleta de una serie de dificultades que no sabemos solventar.
Es por ello por lo que damos marcha atrás en el tiempo, para
situarnos en aquellos momentos en los que sí pudimos sortear los
obstáculos y estar por encima de los inconvenientes; hay mucha
gente viviendo en el pasado solo por este motivo.
Puede acaecer que uno se vea atrapado en una serie de
circunstancias de tal manera que no pueda llegar a aclararse para
solventar los problemas, para tomar la mejor decisión posible en
función de cada situación.
Hay periodos en los que uno puede sentirse algo más cargado,
más cerrado en sí mismo y con menos pasión por las cosas. A veces,
no contamos con el suficiente fervor para poner remedio a todo
aquello que nos oprime: todos esos pormenores que causan
angustia y provocan en nosotros una preocupación constante que
nos deshace y abruma.
Recurrir al pasado es una maniobra para huir del presente, para
desaparecer un rato de esos estados de angustia que a veces nos
avasallan y no nos permiten sentir esa paz que solo se adquiere
cuando no hay ninguna preocupación, cuando el sosiego lo abarca
todo y la vida es un manso y apacible trayecto.
Antes de evitar el momento actual, porque no nos guste,
deberíamos recurrir a la calma, para hacer frente, de una forma más
perdurable, a todas esas emociones negativas que a veces sentimos
cuando de nosotros se apodera un desencanto que nos lleva al
pesimismo, a una angustia que nos abate en la tristeza, por llegar a
creer que vivimos en una realidad complicada que nos frena y nos
impide alcanzar la dicha y el placer de la alegría.
El futuro tan solo está en tu pensamiento; surge cada vez que tu
mente quiere llevarte más allá del presente, cuando este no es lo
suficientemente atrayente o quieres viajar en el tiempo para
abandonarte en otros momentos, que aún están por llegar.
Observar desde la calma
Si te detienes, en el silencio, podrás conectar con todo aquello
que en su día fuiste, con todas aquellas experiencias que ahora
permanecen ocultas en tu memoria pero que un día te enseñaron a
apreciar la alegría de la vida, o a sentir la angustia provocada por
alguna dificultad.
Podrás distinguir todos estos contenidos ―que pertenecen a tus
recuerdos― con suma facilidad, si observas desde la calma todos
esos elementos que en un momento determinado surgen de tu
memoria y que ya aparecieron en el pasado.
Si eres testigo de todo esto que ocurre en tu mente, no
malgastarás tu tiempo en tu propio pasado, ni utilizarás el futuro
como medio de evasión. Percibirás la realidad tal como es, pues no
te dejarás conducir por ese hábito mecánico que te lleva a
concentrar tus energías en un pasado que ya ocurrió, y en un futuro
que está aún por llegar.
17. Comprensión

Nuestros juicios se van llenando de razonamientos, de pruebas y


conclusiones que nos ayudan a registrar una explicación a cada una
de las tramas de aquello que observamos, cuando a veces no
encontramos los motivos: la razón de ser de esas cuestiones que
aún no tienen una solución que nos convenza.
Gracias a estas consideraciones, se va formando nuestra razón,
sentimos que nuestro entendimiento tiene más cordura, que en
nuestra mente hay más opiniones, y que el proceso de nuestra
propia inteligencia tiene más sensatez; una mayor comprensión del
origen de las cosas, que es la fuente donde nacen los motivos, las
razones que hacen que tengamos una finalidad, que todo tenga una
causa, incluso aquellos temas que no tienen ningún fundamento,
ningún cimiento donde apoyarse.
Todo lo que hay en nuestra conciencia, en cada momento, son
componentes sueltos que emergen de nuestra memoria y van
conformando nuestro conocimiento cuando se unen unos con otros.
Cuando tratamos de buscar una razón o de entender aquello que
no comprendemos, lo que hacemos es penetrar en aquellos
contenidos que ya tenemos para buscar una información relacionada
que explique ese asunto que tratamos de discernir.
En realidad, buscamos argumentos para elaborar nuestros propios
juicios, para demostrar con pruebas nuestros peculiares
razonamientos sobre aquello que intentamos conocer.
Para ello, usamos una información que ya está contenida en
nuestra base de datos, que ya ha sido captada a través de la
experiencia, en nuestro contacto con el mundo que nos rodea.
Lo que hacemos a continuación es relacionar aquellos
componentes que guardan una relación, para hallar de este modo un
fundamento, unos principios que nos hagan comprender el origen de
aquello que estamos tratando de adivinar.
Podemos realizar este proceso gracias a todos esos conocimientos
previos que se encuentran almacenados en nuestra memoria, fruto
del contacto que hayamos tenido con el mundo; del tipo de
comunicación establecida con aquellos con los que nos hemos
relacionado; de la información adquirida a través del aprendizaje y
de la práctica de nuestras propias conductas, del resultado de todas
nuestras acciones, a través de las cuales hemos adquirido las
habilidades suficientes para ser expertos en determinados asuntos.
Tiempo
Cuando tratamos de descifrar aquello que no sabemos, al
principio nos guiamos por una mera intuición que apenas nos
alcanza para llegar a un conocimiento completo de eso que estamos
deduciendo. Si seguimos tomando información, al final obtenemos
resultados más completos, más concluyentes y objetivos; todo
depende del tiempo que dediquemos a investigar sobre aquello que
tengamos frente a nosotros.
Curiosidad
Solo indagamos en las cosas que nos producen curiosidad por
alguna razón: por su singularidad; por su rareza o porque resultan
significativas para nosotros por cualquier otro motivo.
El caso es que, no siempre nos vemos impulsados a aumentar
nuestro propio conocimiento. Solo deseamos alcanzar la sabiduría de
aquello que entendemos que es importante, que es relevante de
alguna manera, representativo de la persona que deseamos ser.
Si somos conscientes
Conseguirás comprenderlo todo cuando disminuya tu tensión y tu
conciencia se quede libre de las ataduras de la mente. Comprobarás
que has estado en un mundo de sueños que te ha hecho vivir en
una existencia inventada, que constantemente te hace retroceder al
pasado a través del pensamiento, entrando así en una especie de
bucle que va condicionando todo aquello que proyectas hacer en el
futuro.
Si somos conscientes de nuestros propios procesos internos,
podemos llegar a la comprensión y al conocimiento de nuestro
espacio interior.
Para llegar a este grado de conocimiento, se requiere una actitud
de observación hacia dentro. Ha de hacerse de forma constante,
puesto que en la práctica se halla el secreto de esta forma de
conocernos accediendo a nuestro mundo interno.
Alcanzaremos una sabiduría acerca de lo que somos que nos hará
mejores, pues con esta nueva información abarcaremos un campo
más amplio en cuanto a lo que se refiere al conocimiento de nuestra
propia realidad. Sabiendo cómo somos, nos comprenderemos a
nosotros mismos, estaremos más cerca de la verdad de las cosas
que nos rodean.
Conocimiento de uno mismo
Cuando te conoces a ti mismo llegas a comprender todo aquello
que no has entendido hasta ese momento. De alguna forma te
perdonas por los errores cometidos en el pasado; encuentras que
todo tiene una explicación lógica y razonable, que todo tiene unas
causas y una razón de ser, unos antecedentes y una explicación.
Comprendes que para que hayan ocurrido algunas cosas han
tenido que suceder otras, que previamente se han establecido las
condiciones necesarias para que una determinada situación aparezca
en detrimento de otra; y que en la mayoría de los casos las
condiciones de vida en las que vives en realidad te las has creado tú,
a través de tu comportamiento y tus hábitos.
Llegas a percatarte de que todo está en ti, incluso aquello que en
esos momentos desconoces; que muchas de las dificultades por las
que atravesamos nos las creamos nosotros mismos; que podemos
parar nuestra propia rumiación mental, los pensamientos repetitivos,
si llegamos a ser conscientes de todo eso que ocurre en nuestra
mente a través de la observación y del establecimiento de una pausa
en momentos de quietud y de silencio.
El conocimiento de uno mismo te da todas estas ventajas, esta
sabiduría acerca de la vida y de ti mismo que antes desconocías.
Esta clarividencia solo se tiene cuando uno llega a conocerse. En
esos momentos todo tiene un nuevo significado, tanto las cosas que
haces en la vida como aquellas que dejamos de hacer; todo tiene un
sentido.
En seguida comprobarás que el encuentro contigo mismo es la
mejor manera de observar el mundo con una mirada limpia, clara y
objetiva, mucho más cercana a la verdad de las cosas, que ese
conocimiento es el que propicia que camines siempre en la dirección
correcta: la senda de la que nunca debiste desviarte.
Veremos perfectamente el origen de todo aquello que
desconocíamos o que no llegamos a comprender. Muchas cosas
dejarán de ser desconocidas para nosotros, pues desde este
conocimiento podemos llegar a entenderlas sin necesidad de que
alguien nos las explique, sin tener que realizar más investigaciones
en busca de información que nos ayude a comprenderlas.
Tu grado de comprensión de todo cuanto sucede será cada vez
mayor, pues tendrás la oportunidad de fijarte con más atención en
cada pequeño detalle de aquello que aparezca por tu conciencia,
que es el vehículo de cada contenido que se halla impreso en tu
memoria.
Cuando llegas a comprenderte, entiendes muchas cosas que te
ocurren que antes no tenían explicación; o quizá no habías dispuesto
del tiempo suficiente para encontrarla. De este modo luego resulta
mucho más fácil guiarte por la vida, pues este autoconocimiento es
algo así como una herramienta que te permite elegir de forma más
fiable aquello que es mejor para ti en todo momento.
A través del conocimiento de uno mismo, puedes entender tus
reacciones ante todas aquellas circunstancias que te han rodeado,
ante los hechos que te han sucedido (las experiencias que has
tenido que experimentar, muchas de ellas traumáticas).
El que trata de comprenderse, no solo se limita al paso de los
años, a lo que le pueda aportar su experiencia, intenta indagar en el
interior de sí mismo para saber más de él, para entender la realidad
de las cosas que le rodean y conocer también todo aquello que hay
en su propio interior, que le lleva a comportarse de la forma en que
lo hace.
Todo aquel que sabe distanciarse del mundo material, que sabe
elegir en cada momento lo que es más conveniente para él en todos
los aspectos, siempre tendrá una ventaja sobre el resto, puesto que
tendrá una mayor información acerca de sí mismo y llegará a una
mayor comprensión de lo que es y del significado que guardan todas
aquellas cosas aparentemente incomprensibles que nos rodean y
que tanto nos afectan sin que nos demos cuenta.
18. Propósito

Vivir una vida con propósito es tener una serie de objetivos, un plan,
para ir poniendo todo el empeño que sea posible con la intención de
aspirar a cumplirlos.
Siempre que hay un deseo, existe una determinación, una idea de
mirar siempre en la misma dirección. Luego está la voluntad con la
que nos decidimos abordar ese fin, ese objetivo.
Cada uno tiene sus propios motivos: las causas que están en la
base y explican las conductas y el estilo de vida de cada cual. Lo
verás claramente en la forma de proceder de todos aquellos que te
rodean, en cómo actúan y se conducen por la vida.
En sus comportamientos y su actitud contemplarás, sin esfuerzo,
sus objetivos, la finalidad que les mueve a la hora de tomar sus
decisiones; de dónde les viene el arrojo y la audacia para hacer
frente a todos esos obstáculos que se van interponiendo,
irremediablemente, a lo largo del camino.
En muchas ocasiones nuestras acciones no se ajustan a nuestro
verdadero propósito, a ese objetivo último que todos tenemos y que
viene determinado por nuestros deseos más profundos, por esa
meta final que todos poseemos donde tenemos depositadas la
ilusión y la esperanza.
A veces no tenemos una razón
En ciertos momentos vivimos en un delirio donde convertimos la
realidad en un carrusel de ideas imaginarias que nos llevan al
engaño; a enfrentarnos a un mundo donde vivimos limitados, sin un
propósito que se ajuste a lo que realmente somos, que nos defina,
que nos incite a penetrar en lo más profundo de nosotros mismos
para ahondar en «lo que realmente somos».
A tu cabeza vienen miles de ideas con la intención de que
cumplas un propósito determinado, de tu voluntad depende llegar a
ese objetivo; aunque para ello se requiera una constancia que te
haga perseverar con firmeza para alcanzar esa meta, o ese deseo
que tengas la intención de cumplir.
En muchas ocasiones puede ser que no tengamos una finalidad
concreta, un anhelo o un proyecto que nos capte el interés y que
haga que nos sintamos útiles, si con ello ganamos algo en algún
sentido, si obtenemos algún beneficio.
En estos casos, nos encontramos sin un plan, podemos llegar a
realizar cosas sin una pretensión, sin ninguna voluntad de llegar a
un fin determinado.
Es posible que, algunas veces, no tengas una idea, una razón
para poner todo tu empeño y tu ánimo. Cuando esto ocurra, hay que
insistir con tesón en buscar un destino, una finalidad a la que dirigir
tus acciones; será la única forma en la que tu vida tendrá un valor, si
tu existencia y todas tus actuaciones contienen la fuerza de una
meta, de una ilusión.
Solo si nos alejamos del pensamiento, establecemos una distancia
entre nuestra mente y lo que verdaderamente somos, que está más
allá de cualquier contenido mental. En tal caso podemos
encontrarnos a nosotros mismos; establecer contacto con nuestra
«verdadera esencia»; descubrir el propósito que todos tenemos en
nuestro interior, pero que pocas veces descubrimos, puesto que no
estamos habituados a entrar en contacto con ese mundo interior
para descubrir lo que verdaderamente somos.
Es la única forma de encontrar nuestra «verdadera finalidad»: ese
objetivo por donde debemos conducir nuestra existencia que nos
lleve a actuar con sensatez, conforme a «lo que somos», al
verdadero camino que debemos recorrer para llevar una vida con
una intención.
Formará tu destino
La clase de objetivos que te marques formarán tu destino, que te
irá modelando conforme a cada una de las acciones que realices, a
través todas las actividades diarias que lleves a cabo. Tu propio
entusiasmo y tu fuerza se verán incrementados cuando, detrás de
cada acto que ejecutes, verifiques que tu propósito se está
materializando en unos resultados fácilmente observables.
De este modo, seguirás interesado en ese fin, no abandonarás tu
intención de perseguir esa idea, ni la determinación de conseguirla a
través de tu afán y tu constancia. Comprobarás que llevar una vida
con una pretensión o una aspiración, te mantiene diligente, ligero,
que todo tu poder está basado en la firmeza de un ideal, de un
propósito, que te lleva a tener una razón para vivir.
Cuando alguien solo está centrado en su intención, su interés y su
afán siempre van de la mano, con el único fin de llegar a la meta. En
esos momentos su ideal, su propósito, es su destino, pues tan solo
se aplica en realizar aquellas tareas que le conduzcan al éxito
deseado.
Cuando llega a la consecución de aquello que se había propuesto,
entiende que su proyecto valía la pena, que a pesar de las
dificultades se podía alcanzar. No siente ningún tipo de frustración,
pues sus expectativas se ven cumplidas.
19. Esperanza

Nuestra razón se nutre de opiniones, convencimientos y otras


consideraciones que se convierten en juicios, en ideas y creencias
que nos llenan de convicciones durante un tiempo determinado.
Ello nos lleva a tener una cierta seguridad sobre aquello que
pensamos del mundo, de la gente que nos rodea y de todo aquello
que nos acontece diariamente, en el transcurso de nuestra vida
cotidiana.
Necesitamos creer siempre en algo, contar con una cierta
evidencia, tener la certeza de que algunas cosas van a ocurrir en
nuestra vida si actuamos de una determinada manera. Esa
esperanza es necesaria, pues nos llena de confianza y nos permite
tener una clara ilusión en el futuro, en aquello que aspiramos
alcanzar.
De manera que todo lo que hacemos lo proyectamos hacia eso
que pretendemos, alimentando una ilusión que se convierte en
nuestro ideal, en algo que imaginamos que ocurrirá si todo sale
como tenemos previsto.
A veces, ese anhelo se cumple, pero en otras ocasiones tan solo
se queda en un mero espejismo, en una simple quimera que hemos
inventado para contar, al menos, con una aspiración, con una meta
que nos mantenga vivo el deseo de seguir existiendo, de sobrevivir,
aunque sean muchos los apuros e impedimentos que tengamos que
tantear.
La esperanza se convierte, de este modo, en uno de los
principales motivos para seguir existiendo, para albergar una
perspectiva que nos dé una cierta tranquilidad, aunque todo entrañe
un riesgo y siempre ande cerca el peligro de la fatalidad: de esa
desgracia que uno siente cuando no ha tenido suerte, cuando un
halo de infortunio nos invade causando la tristeza y la aflicción.
Ánimo
Eso que llamamos ánimo, que no es más que esa energía que
arranca del interior de nosotros mismos y que hace que nos
atrevamos a ejecutar una acción determinada, es algo que nace de
nuestra fuerza interior.
Es el combustible que diariamente necesitamos para afrontar la
vida cotidiana con la suficiente entereza como para no venirnos
abajo a las primeras de cambio.
Es lo que hace que no decaigamos, en esos momentos de mayor
flaqueza en los que nuestra fuerza se ve comprometida, cuando
nuestro aguante precisa de una ayuda de nuestra propia voluntad
para seguir actuando con arrojo y con la osadía suficiente para vivir
con decisión.
Es lo que nos da esa entereza que viene determinada por «el
poder de la intención», cuando tenemos interés en algún asunto que
requiera perseverancia y todo el empeño por nuestra parte para
luchar con afán por ese objetivo al que aspiramos o por esa pasión
que siempre nos ocupa.
Nuestro ánimo tiene que ver con el anhelo, con el afán que
ponemos en aquello que pretendemos. Es el ardor, el ímpetu que
nos lleva al esfuerzo diario en esas pequeñas tareas a través de las
cuales vamos conquistando poco a poco nuestro propio destino;
nuestra función, el cometido que nos permite tener al menos una
dirección, una ocupación en la que mantenernos activos, donde
consagrar esa energía que nace del interior de nosotros mismos para
ofrecerla al mundo, a través de nuestra entrega en nuestros
quehaceres más cotidianos.
Si no tenemos valentía, si no contamos con ningún tipo de
resolución y de coraje, nunca podremos tomar las decisiones
necesarias para seguir progresando, para poder desenvolvernos
convenientemente en todos esos obstáculos que en muchas
ocasiones nos presenta la vida en forma de conflictos a los que
tenemos que dar una salida; de manera que el final siempre sea un
buen desenlace para nosotros, algo que nos satisfaga, que nos alivie
del dolor de esas caídas que a veces nos hunden en una terrible
frustración y nos hacen naufragar en el declive, en una decadencia
que nos derrumba sin desaliento, haciéndonos ver el ocaso y nuestra
propia debilidad.
Nuestro ánimo es la mejor medicina contra el abatimiento, contra
ese decaimiento que a veces sufrimos cuando hacemos las cosas sin
pasión, sin amor, sin el respeto debido a nosotros mismos.
Calma interna
Para aquellos que no han encontrado aún una salida, les puede
resultar recomendable buscar esos momentos propicios para hallar
la quietud: esa calma que nos lleva a observarlo todo con una
lentitud apacible, serena, donde podemos encontrar un nuevo
paisaje, una nueva perspectiva que nos cambie el enfoque y nos
haga encontrar una nueva expectativa, una salida al desengaño y a
toda esa frustración que sentimos cuando no llegamos al final,
cuando no vemos la culminación de aquello que ambicionamos,
cuando nuestro objetivo tan solo se queda en un mero propósito, en
un fin no resuelto.
Solo desde ese lugar podemos divisarlo todo desde otra posición,
desde un emplazamiento que nos hace ver las cosas de una forma
mucho más imparcial, más objetiva.
Tu mente siempre te recordará todas esas ilusiones que necesitas
para seguir sintiéndote vivo, para mantener la esperanza y poder así
alcanzar ciertos niveles de optimismo que te permitan ir
sobrellevando el día a día; aunque a veces te invada la confusión y
no encuentres el medio de liberarla.
ACERCA DEL AUTOR
Manuel Triguero es Licenciado en Psicología por la Universidad
Pontificia de Salamanca (España). Como orientador ha tenido la
oportunidad de ayudar a un gran número de personas de forma
individualizada.
En sus libros comparte su experiencia en el campo del desarrollo
humano, tratando de dejar plasmadas sus reflexiones y todos
aquellos descubrimientos que puedan convertirse en herramientas
de ayuda para el autoconocimiento y la transformación personal.
Constituyen una invitación a todas aquellas personas interesadas
en esta clase de contenidos a que indaguen en su propio interior,
para que despierten su capacidad de conocerse y puedan vivir así de
la mejor manera posible.

DEL MISMO AUTOR

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