SANAR
EL TRAUMA COLECTIVO
La integración de nuestras heridas intergeneracionales
y culturales
THOMAS HÜBL
CON JULIE JORDAN AVRITT
Nos inclinamos ante la revelación de un Futuro emergente,
que nos llama...
PREFACIO
recomendar este libro revelador, sabio y
E
S UN VERDADERO PLACER
fundamental sobre la sanación de los traumas colectivos escrito por mi
amigo y colega Thomas Hübl.
Durante los últimos cuarenta años he sido testigo del profundo impacto que
ejercen los traumas colectivos; por mi papel como asesor externo en
negociaciones para la resolución de conflictos y guerras de todo el mundo,
como la guerra civil colombiana, la crisis nuclear coreana y el conflicto de
Oriente Medio entre los más recientes, sé muy bien lo difícil, frustrante y
esquiva que puede resultar la tarea de acabar con el derramamiento de sangre.
A menudo me planteo un interrogante esencial: ¿por qué la paz es tan difícil
cuando aporta tantos beneficios, sobre todo teniendo en cuenta que la guerra
conlleva inexorablemente grandes pérdidas para todas las partes y sus
sociedades?
Son muchas las razones por las que esto sucede, pero seguramente una de
las más importantes son los traumas colectivos subyacentes que siguen sin
abordarse. La guerra de Corea se cobró millones de vidas y causó un número
similar de desplazados. En la guerra civil colombiana murieron más de
doscientas mil personas y más de siete millones se vieron forzadas a
abandonar sus hogares. Incluso cuando se recupera una aparente normalidad,
las cicatrices subyacentes permanecen. Parece que las heridas abiertas
impulsan a seguir repitiendo los mismos patrones de conflicto. Las treguas o
los acuerdos de paz suelen ser difíciles de mantener.
Una de las grandes innovaciones históricas del proceso de paz colombiano
fue la participación en las negociaciones de miembros civiles, las propias
víctimas de dicho conflicto. Se invitó a La Habana a numerosas delegaciones
de víctimas de la guerra para que dieran testimonio de sus experiencias ante
los negociadores de ambas partes y para que su voz fuera escuchada por los
medios de comunicación y la sociedad colombiana. Estas personas fueron
seleccionadas cuidadosamente por la ONU y las universidades nacionales
para reflejar la diversidad de todos los bandos del conflicto. Muchas, quizá la
mayor parte, eran mujeres. Para sorpresa de un gran número de observadores
que temían que el experimento removiera viejas heridas y obstruyera el
proceso de paz, la gran mayoría de las víctimas no exigieron la imposición de
castigos, sino que solicitaron poner fin a ese cruel conflicto desde la
perspectiva del perdón y la reconciliación con sus enemigos.
Dar voz a las víctimas de la guerra, ofrecer una escucha empática y llamar
la atención de la sociedad sobre el trauma no solo recordó a los negociadores
lo que estaba en juego, sino que ayudó a la sociedad colombiana a iniciar el
lento proceso de curación de las viejas heridas.
Si queremos conseguir la paz y, en general, el bienestar en nuestro mundo,
es esencial que aprendamos más sobre los traumas colectivos y cómo
sanarlos. Por eso este libro pionero de Thomas Hübl es tan valioso. Nos
ayuda a ver las dimensiones de los traumas colectivos que subyacen en los
males del mundo y destaca las oportunidades que tenemos para sanar nuestras
comunidades y a nosotros mismos.
El trauma colectivo constituye un fenómeno complejo que no resulta fácil
de comprender, y por ello la amplia perspectiva que aporta Thomas resulta
tan útil. En esta obra encontrarás una mezcla poco común de aspectos
mundanos y místicos. Thomas combina una aguda curiosidad psicológica y
científica con una profunda comprensión espiritual. El resultado es una
amplitud de visión de la que todos podemos beneficiarnos.
Una valiosa lección que he aprendido de Thomas es la sabiduría que
encierran nuestras respuestas a los traumas. En lugar de estigmatizar la
tendencia a la paralización como reacción a una situación de estrés
abrumador, Thomas subraya con compasión la inteligencia que refleja esta
respuesta. Es esta misma inteligencia la que debemos aprovechar si queremos
sanar nuestras heridas.
Tal vez lo más importante es que, aunque Thomas ahonda en la oscuridad
interior colectiva, nunca pierde la esperanza en la humanidad. Aun buscando
la claridad conceptual y la comprensión profunda, sigue centrándose en lo
que es práctico y útil para la gran tarea que tenemos entre manos y nos
muestra un camino para abrir nuestras mentes y nuestros corazones con el fin
de despertar nuestra voluntad individual y colectiva de paz. Dado que cada
uno de nosotros, a su manera, experimenta un trauma colectivo de algún tipo,
aprender a sanar estas heridas puede beneficiarnos enormemente.
Estoy agradecido por todo lo que he aprendido de Thomas sobre el trauma
colectivo. Mi sincera esperanza es que tú, el lector, te beneficies de su trabajo
de la misma manera. Nuestro mundo lo necesita.
WILLIAM URY
Boulder, Colorado
4 de mayo de 2020
PRÓLOGO
«Y dijo Dios: “¡Que exista la luz!”.
Y la luz llegó a existir».
Génesis 1:3
«El remedio ya se encuentra en el propio dolor y sufrimiento: solo has de mirar de manera profunda
y silenciosa. De este modo, te das cuenta de que ha estado ahí todo el tiempo».
Dicho de la tradición oral de los nativos americanos
ACE CUARENTA AÑOS, Helen Epstein, una joven profesora de periodismo
H de la Universidad de Nueva York, publicó un libro pionero que cambió
el curso de la investigación psicológica occidental sobre los traumas y
validó muchos de los conocimientos que los pueblos aborígenes y los
pensadores orientales han atesorado durante siglos. El libro, titulado Children
of the Holocaust (Los hijos del Holocausto), era una combinación de
etnografía, historia oral y autobiografía, y fue la primera obra publicada fuera
del ámbito académico que estudiaba el tema de la segunda generación (2G)
—los hijos e hijas— de los supervivientes del Holocausto. Su trabajo suscitó
nuevos interrogantes: ¿los horrores no contados de la Alemania nazi se
habían transmitido de algún modo a las generaciones sucesivas? De ser así,
¿qué podría implicar esta herencia traumática para otros grupos
traumatizados y su descendencia?
El libro de Epstein era una exploración honesta de la transmisión
intergeneracional de los traumas que dio inicio a décadas de investigación, a
menudo difícil y a veces esclarecedora, en Israel, Estados Unidos, Suiza y
otros países. Aunque es necesario investigar más sobre el tema, lo que se ha
descubierto es sumamente revelador.
En 1981, el erudito y teólogo judío Arthur A. Cohen describió la 2G de esta
manera: «Es la generación que mantiene la cicatriz sin la herida, preservando
su memoria sin la experiencia directa»1. En su libro de 2006, Healing the
Soul Wound, el psicólogo clínico e investigador Eduardo Duran estima que
en el conjunto de investigaciones sobre el tema del trauma histórico y su
transmisión existen pruebas que sugieren que «los traumas no solo se
transmiten de generación en generación, sino que son acumulativos». Duran
sostiene además que «cuando un trauma no se ha tratado en las generaciones
anteriores, su sanación queda pendiente para las generaciones futuras».
Asimismo, cuando el trauma no resuelto se transmite, puede «agravarse» en
las generaciones sucesivas2.
Al principio de su carrera, el trabajo de Duran con poblaciones nativas
americanas en California reveló una diferencia cultural fundamental en la
forma en que la comunidad indígena percibía y hablaba de los efectos, las
consecuencias o los síntomas del trauma histórico que experimentaban
directamente, como la pobreza, la enfermedad, el alcoholismo, la separación
de familias, los trastornos de salud mental y emocional y otros aspectos. Si
bien en el mundo occidental predominan las descripciones y etiquetas
clínicas y patológicas para todo tipo de malestar emocional e interpersonal,
estas comunidades no utilizaban esos términos. En su lugar, se referían al
sufrimiento que había padecido su pueblo durante la colonización europea y
que se había transmitido desde entonces a través de las generaciones como
una «lesión espiritual, enfermedad del alma, herida del alma y dolor
ancestral»3.
Mi trabajo me ha demostrado que los traumas nunca son un problema
puramente individual: por muy personales o particulares que sean, no
pertenecen únicamente a una familia y ni siquiera al intrincado árbol
genealógico de esa familia. Sus efectos —y, de hecho, los efectos
acumulativos de los traumas personales, familiares e históricos— se filtran a
través de las comunidades, las regiones y las naciones. La carga soportada
por una sola persona, familia o comunidad llega de forma inexorable a la
sociedad más amplia, afectando incluso a quienes menos tienen en común en
lo concerniente a identidad o costumbres. El impacto del sufrimiento creado
por el ser humano se extiende más allá del sujeto o del grupo subyugado; el
legado del trauma se halla entrelazado en el propio mundo, e influye en cómo
vivimos en él, cómo lo percibimos y cómo nos vemos y entendemos unos a
otros.
Muchos de nosotros somos conscientes de las formas manifiestas en que los
traumas no sanados pueden crear dolor personal a largo plazo y problemas de
desarrollo para los individuos. Lo que tal vez no se entienda tan bien es cómo
el trauma colectivo no sanado puede suponer una carga similar para la salud
de las culturas y sociedades humanas e incluso poner en peligro nuestro
hogar planetario. Los síntomas del trauma colectivo parecen hacerse visibles
en el estado de las colectividades de todo tipo —nuestras comunidades,
escuelas, organizaciones, instituciones, gobiernos y entornos— revelando
dónde estamos heridos, fracturados o desequilibrados. De hecho, creo que los
traumas sistémicos y multigeneracionales no resueltos retrasan el desarrollo
de la familia humana, dañan el mundo natural e inhiben la evolución superior
de nuestra especie.
Recuerdo vívidamente los momentos de mi infancia en los que me sentaba
junto a mi abuelo, Opa en alemán, y escuchaba con atención sus historias
acerca de las experiencias que le tocó vivir durante la Segunda Guerra
Mundial. Había sido soldado raso en el Bundesheer o ejército federal
austriaco y, por desgracia, cuando Austria fue anexionada por la Alemania
nazi, tanto él como sus compañeros fueron reclutados para servir en el frente
a las órdenes del Tercer Reich alemán.
Entre los episodios de guerra que me contaba Opa estaba el de un encuentro
con soldados enemigos en campo abierto en el que ambos bandos habían
optado por replegarse, en lugar de entablar un combate letal. A menudo
hablaba de la bondad y el heroísmo de los hombres corrientes, muchos de los
cuales se habían visto obligados a luchar, aunque su corazón no estuviera en
la causa. Mi abuelo, que entonces era un hombre joven, resultó gravemente
herido por la explosión de una bomba. Lo enviaron a casa con importantes
heridas en la pierna, porque había quedado incapacitado para seguir
luchando.
Antes de la guerra, Opa había sido un apasionado jugador de fútbol, atlético
y vigoroso. Después, tanto su pasión como su agilidad se redujeron. Aunque
mantuvo ocultas sus heridas emocionales a lo largo de su vida, el sufrimiento
incesante provocado por el trauma de sus experiencias durante la guerra le
había cambiado para siempre. Durante el resto de su existencia, a Opa le pesó
la estigia tristeza del pasado, siempre presente en la habitación. A veces, una
sombra de distancia y desconexión oscurecía sus ojos benévolos.
Aunque de niño yo podía sentir estas cosas, aún no era capaz de
entenderlas. Me sentía muy unido a mi abuelo, y al hacerme mayor empecé a
sentir aún más cosas. A algunas de ellas no podía ponerles nombre, ya que
provenían de capas emocionales ocultas, consecuencias de las cicatrices de la
guerra. Otras eran más tangibles. Por ejemplo, la relación entre Opa y Oma,
mi abuela, era a menudo tempestuosa (Oma había perdido a su madre cuando
solo tenía catorce años, lo que la obligó a luchar en la vida desde edad
temprana). Un trauma profundo rondaba la vida de mis abuelos, como la de
todos los que habían sido tocados por la guerra. En silencio, este sufrimiento
personal y cultural oculto —presente en todas partes en Austria durante mi
infancia— empezó a dar forma a mi vida y mi futuro. Me vi obligado a
aprender todo lo que pudiera sobre ello.
Cuando aún estaba en el instituto comencé a manifestar un gran interés por
las emergencias médicas y decidí convertirme en paramédico, ofreciéndome
como voluntario en la Cruz Roja. Tras un largo periodo de formación,
alcancé mi objetivo y me volqué en un trabajo que me importaba mucho.
Cuando no estaba trabajando o estudiando medicina, ejercía de profesor de
nuevos paramédicos. Me encantaba trabajar a un ritmo acelerado estando
plenamente presente. Era una tarea que requería agilidad mental, prudencia y
reacción rápida, así como una solidez interna ante el sufrimiento humano. El
hecho de que me llamaran para prestar auxilio en tantas situaciones críticas
me enseñó a observar más profundamente las vidas humanas en todos los
ámbitos. Atendí tanto a ricos como a pobres en sus momentos más íntimos de
miedo y dolor, y observé cómo personas de todas las edades y credos
luchaban por sobrevivir en las situaciones más traumáticas de sus vidas.
Muchas veces presencié los últimos instantes de la vida de alguien.
Con el tiempo me percaté de que las experiencias de nuestros pacientes no
se mantenían aisladas ni afectaban únicamente a los heridos o moribundos y a
sus seres queridos. Como personal de emergencias estábamos expuestos a esa
cascada de sufrimiento humano, que también ejercía efecto en nosotros. Los
paramédicos de aquella época no recibíamos ninguna orientación sobre cómo
afrontar las repercusiones psicológicas de los traumas ni en nuestros
pacientes ni en nosotros mismos. Aun así, mi deseo de entender el
sufrimiento para poder servir mejor en mi papel de sanador siguió creciendo.
Decidí convertirme en médico de urgencias.
A los diecinueve años empecé a meditar de forma regular. Y, en paralelo a
mis estudios de medicina, comencé a indagar sobre muchas de las tradiciones
de sabiduría del mundo. Mantuve estos hábitos incluso cuando entré en la
facultad de medicina de Viena, donde me pasaba los días trabajando por
turnos y las noches inmerso en el estudio. Fue una época increíble de la que
disfruté mucho: sentía que estaba al servicio de la vida misma. Allí percibí
por primera vez que algo sucedía bajo la superficie de mi país. Cada vez que
salía fuera de Austria, algo que me encantaba, tenía una extraña sensación de
liberación, como si respirara mejor, pero cuando regresaba volvía a
experimentar una sensación de resistencia y constricción. Esto me
desconcertaba y empezó a parecerme una llamada hacia una comprensión
más profunda o elevada. Seguí trabajando y estudiando, hasta que a los
veintiséis años sentí un impulso poderoso de dejarlo todo y me embarqué en
un periodo de silencio y meditación.
Mis allegados estaban preocupados. ¿Por qué había decidido dejarlo todo
para «quedarme sentado»? Pero yo sabía que tenía que hacerlo; debía
adentrarme en las raíces del yo soy para averiguar las respuestas a mis
interrogantes.
Inicié mi búsqueda en la India, y luego, junto con mi exmujer, Lenka, viajé
a la campiña checa, donde pasé muchas horas al día en meditación, decidido
a explorar niveles más profundos de conciencia. Desde los veinte años había
recibido inspiración de sabios y filósofos tradicionales como Sri Aurobindo y
Ramana Maharshi, así como de los escritos del filósofo estadounidense Ken
Wilber. Ansiaba experimentar lo que ellos señalaban, profundizar en mi
conciencia e investigar el vasto terreno del mundo interior. Esta experiencia
duró cuatro intensos años y no solo alteró el curso de mi vida, sino que me
hizo crecer y cambiar profundamente.
Nunca retomé los estudios de medicina.
Cuando regresé a Viena afronté mi vida y mi trabajo desde una perspectiva
más lúcida y consciente. Pero también había desarrollado una percepción más
refinada de la psique colectiva de mi país y de las sutiles, aunque poderosas,
capas energéticas de la historia que alberga.
Un año más tarde, un amigo me llevó a conocer a un maestro que estaba
viajando por Europa, un hombre sabio de cabello blanco que parecía
compartir ese potente impulso de explorar la naturaleza más profunda de la
conciencia humana. En cuanto nos conocimos describió con agudeza y
precisión partes de mi experiencia que ningún extraño podría haber
identificado. Sentí que me había «visto» de forma poderosa, y esto alivió mi
alma. Pronto, este encuentro me abrió las puertas de la enseñanza. La gente
empezó a invitarme a todo tipo de lugares para que enseñara y dirigiera
talleres yo mismo.
Mi vida cambió radicalmente: había pasado cuatro años básicamente en
silencio y ahora viajaba por diversos países para hablar y enseñar. Pronto me
encontré dirigiendo talleres y retiros para miles de personas y aprendiendo
mucho más sobre la conciencia humana. Todo lo que se me había mostrado
durante mi retiro de cuatro años cobró vida. Cuando visité Berlín por primera
vez, percibí la presencia de una energía pesada, que era resultado de una
herida colectiva. Por invisibles que fueran las costras, seguían escociendo a
los habitantes de esta ciudad. La propia herida se había producido a raíz de
una de las mayores atrocidades de la historia humana, y más de medio siglo
después seguía supurando. Aunque el Memorial del Holocausto rinde
homenaje a los perseguidos y asesinados, y se fomenta un diálogo abierto en
toda Alemania, pude percibir que muchas cosas permanecían ocultas,
enterradas en lo más profundo de las sombras colectivas. Mi estancia allí
supuso una revelación. Me permitió ver que existía una herida psíquica
similar en la gente de mi Austria natal, una lesión enorme que aún no había
sanado.
De este modo, cada grupo con el que trabajé por toda Alemania estaba
enseñándome a mí. Empecé a observar un patrón profundamente recurrente,
que surgía una y otra vez en grupos de todo tipo y tamaño. El eje central de
ese patrón era una erupción, a menudo poderosa, de material energético
relacionado con el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Después de tres
o cuatro días de trabajo, este material salía a la superficie en forma de ondas
de emociones, sensaciones físicas y recuerdos, incluyendo el fenómeno de los
recuerdos generalizados, que a menudo eran experimentados por una gran
parte de los componentes del grupo durante una sesión. Cuando esto ocurría,
decenas de participantes empezaban a llorar a la vez al percibir imágenes de
la guerra de forma colectiva como si fueran recuerdos personales. Después,
nos llevaba uno o dos días más procesar e integrar cuidadosamente todo lo
que había surgido.
Asombrado por la regularidad de este patrón y las grandes transformaciones
que eran posibles dentro de un proceso dinámico de cambio grupal, sentí la
necesidad de explorar la sombra colectiva más profundamente.
En ciudades de toda Alemania se repetía el mismo proceso con grupos muy
diferentes. Me di cuenta de que solamente se iniciaba una vez que los
participantes habían conseguido un cierto nivel de conexión y seguridad entre
ellos y conmigo, y después de que se hubiera alcanzado una fuerte presencia
y coherencia de grupo. Lo que sucedía era a menudo profundamente sanador.
La vida me había ido señalando un proceso de integración de los traumas
colectivos, y supe que debía estudiarlo a fondo. Me dediqué a aprender todo
lo que pude. A medida que trabajaba con el proceso, fui ampliando mi
capacidad de guiar a los participantes a través de las increíbles ondas de
energía colectiva, ayudando a cada grupo a alcanzar una regulación más
profunda.
Mi periodo de contemplación y exploración de la conciencia me había
revelado mi verdadera vocación, un propósito y una misión que me apasionan
desde entonces.
Durante esos años de enseñanza en Alemania conocí a mi bella esposa,
Yehudit Sasportas, una artista internacional nacida en Israel, y mi vida volvió
a dar un giro. Su obra, al igual que la mía, trataba directamente los temas
relacionados con los traumas individuales y colectivos.
Después de haber estado viajando sin parar durante años, me instalé con ella
en un piso en Berlín. Yehudit me introdujo en un mundo artístico asombroso
hasta entonces desconocido para mí. Su inspirador enfoque del trauma a
través del arte, así como el estudio del judaísmo, aportaron otra perspectiva a
mi propia investigación del trauma colectivo. Y me dio a conocer Israel,
donde más tarde nos trasladamos para que ella pudiera continuar con su
compromiso docente en el departamento de bellas artes de la Academia de
Arte y Diseño de Bezalel. Israel se convirtió rápidamente en mi nuevo
maestro, lo que me llevó a profundizar en mi investigación sobre el impacto
que la exposición a la guerra y al conflicto continuo —traumas históricos,
culturales y ancestrales de larga duración— ejerce en los habitantes de una
nación.
De este trabajo surgió un proceso claro para la integración de los traumas
colectivos, al que denomino Proceso de Integración del Trauma Colectivo
(CTIP, por sus siglas en inglés). En la actualidad, sigo dirigiendo talleres de
CTIP tanto en Alemania como en Israel y en muchas otras partes del mundo,
y hace poco he celebrado uno de estos cursos con 150 personas de treinta y
nueve países. El CTIP puede trabajarse con éxito en grupos de todos los
tamaños, incluso de hasta mil participantes.
También seguimos ampliando las enseñanzas de este trabajo a través de
Pocket Project, una organización internacional sin ánimo de lucro de la que
Yehudit y yo somos cofundadores. En Pocket Project trabajamos junto con
otros muchos investigadores y colaboradores brillantes de todo el mundo con
la misión compartida de contribuir a la sanación de los traumas colectivos e
intergeneracionales y reducir sus efectos perjudiciales en nuestra cultura
global.
En la actualidad existen numerosas zonas de crisis en el mundo, donde la
realidad de la guerra es inminente y continua. Sin embargo, incluso donde
parece reinar la paz en la superficie, pueden sentirse los estragos de un
pasado no tan lejano. Cada región tiene su propia marca traumática. Es como
si un enorme elefante se sentara en la sala de estar de los humanos; puede que
pocos lo perciban o lo reconozcan, pero todos nosotros nos vemos afectados
por su presencia. Todo en nuestras sociedades —desde la geopolítica hasta
los negocios, el clima, la tecnología, la atención sanitaria, el mundo del
espectáculo y mucho más— está dominado por la existencia de este elefante:
el residuo de nuestros traumas colectivos. Y mientras no lo reconozcamos ni
nos ocupemos de él adecuadamente, el elefante seguirá creciendo.
Este libro nos permite identificar y atender la creciente crisis de los traumas
colectivos mediante una exploración de los síntomas, hábitos y acuerdos
sociales inconscientes que estos generan. Como si fueran esporas de moho
que crecen en el oscuro y fragmentado subsuelo de la psique humana, las
semillas del trauma se manifiestan a nuestro alrededor: el aislamiento
generalizado, la depresión endémica, las divisiones violentas, la injusticia
sistémica y otras innumerables formas destructivas, incluyendo la cada vez
mayor crisis climática. Pero, aunque la sanación sea una cuestión urgente,
este libro no resulta apocalíptico. Sus páginas aportan ideas sobre cómo
podemos poner luz en la oscuridad y unirnos de forma revolucionaria con el
fin de abordar directamente nuestros traumas generacionales y culturales para
sanarnos a nosotros mismos y al mundo.
Como místico contemporáneo y antiguo estudiante de medicina, me interesa
salvar la brecha existente entre las antiguas tradiciones espirituales de nuestro
mundo y la comprensión actual que ofrece la ciencia. Creo que nos
encontramos al borde de una nueva era que pide la unión entre la ciencia y el
espíritu, entre el alma y el conocimiento. La propia evolución parece estar
extendiendo esta invitación.
La psique colectiva es holográfica: somos a la vez uno y muchos, únicos y
unificados, individuales y totales. Cada uno de nosotros es responsable ante
los demás, ante nuestros antepasados y ante nuestros descendientes, así como
ante la Tierra, que es nuestro hogar. Creo que juntos podemos y debemos
sanar la «herida del alma» que nos distingue a todos. Al hacerlo,
despertaremos a la posibilidad luminosa y al profundo potencial de nuestra
verdadera naturaleza común como humanidad, una raza de seres dentro del
gran orden cósmico.
Espero que pronto nos adentremos, integrados y unificados, en la Luz de un
futuro próspero, mejor preparados para cocrear mundos.
1 Las palabras de Cohen nos invitan a considerar que «preservar el recuerdo» tal vez no sea muy
diferente de preservar una herida. Arthur A. Cohen, The Tremendum: A Theological Interpretation of
the Holocaust (Nueva York: Crossroad, 1981), 2–3.
2 El concepto de «herida del alma» puede parecer extraño para la mayoría de los occidentales, pero,
como señala Duran, el término psicología denota «el estudio de la psique», que en griego antiguo se
traduce como «espíritu» o «alma». Eduardo Duran, Healing the Soul Wound: Counseling with
American Indians and Other Native Peoples (Nueva York: Teachers College, 2006), 49.
3 Duran, Healing the Soul Wound.
INTRODUCCIÓN
«Ahora, en un momento de la historia en el que parece fundamental que trabajemos juntos,
vemos señales de que empieza a surgir una conciencia compartida a escala mundial».
ROGER D. NELSON
Connected
ACE POCO, MI AMIGO y colega William Ury me hizo un comentario
H inquietante sobre el dilema social que está en la mente de todos en
2020: «La Covid-19 constituye una evaluación inmediata de la
sociedad —afirmó—; nos transmite impresiones sobre todos los ámbitos: la
desigualdad económica, la injusticia social, la calidad del liderazgo y la
cultura, el estado de polarización política. Puedes intentar darle la vuelta,
pero el virus no escucha: es impersonal. Simplemente quiere expandirse y le
gusta nuestro hábitat. Al virus le agrada la polarización».
Es cierto. La intensa polarización ha dificultado que nos unamos para hacer
frente a las crisis de nuestro tiempo, y el coronavirus es solo uno de los
numerosos retos a gran escala a los que se enfrenta la humanidad en la
actualidad o lo hará pronto. Sin embargo, esta pandemia está conectada de
alguna manera con muchos otros problemas sociales persistentes: desde el
racismo institucional y la brutalidad policial, hasta la aceleración de la crisis
climática. En el momento de escribir estas líneas, por todo el oeste de Estados
Unidos y más allá están produciéndose incendios forestales sin precedentes
que están quemando millones de hectáreas, destruyendo miles de hogares y
negocios e hiriendo o matando a personas y animales por igual. Este año se
ha originado en los océanos un número récord de ciclones tropicales, que han
causado daños incalculables e inundaciones históricas. A consecuencia de
ello, un denso manto de mosquitos pulula ahora por ciertas regiones
terrestres, matando a su paso tanto a animales salvajes como a ganado, y
planteando nuevos riesgos para la salud humana.
En 2020 (un año que hace tiempo sonaba totalmente futurista y lleno de
promesas), las naciones poderosas discuten acerca de los recursos, los
derechos del petróleo y del agua y las tecnologías de los misiles, mientras la
amenaza nuclear acecha de nuevo. En Estados Unidos, Canadá, Reino Unido,
Israel, Líbano, Rusia, Bielorrusia, Brasil, Chile, Filipinas, Hong Kong y otros
países se han producido disturbios generalizados. Aunque la gran mayoría de
las protestas políticas y civiles no han sido violentas, otras han terminado en
enfrentamientos llenos de furia e indignación entre distintas facciones,
guerreros culturales y ciudadanos corrientes. Tanto a través de Internet como
en tiempo real mucha gente desafía las restricciones impuestas por la
pandemia, mientras que en algunos lugares han surgido grupos de civiles
armados que asedian al propio gobierno. En numerosos países la gente sale a
la calle para protestar contra la brutalidad policial, y en otros lo hacen para
manifestarse contra el desprecio social hacia las mujeres y las niñas. En todos
los rincones del planeta las democracias frágiles soportan un asalto continuo
a través de métodos nuevos o restablecidos de ataque digital, social y
político, y se ven amenazadas por poderes autoritarios desde dentro y desde
fuera. Un gran número de personas teme por sus vidas y por su futuro.
Todo esto y más constituye una evidencia clara e indiscutible: el cuerpo-
mente colectivo —esa parte de nosotros que está conectada de forma amplia
y sorprendente— está traumatizado, y por lo tanto enormemente
fragmentado, desconectado, polarizado y separado. ¿Por qué? Desde una
perspectiva mística, todos los problemas sociales sistémicos y aparentemente
irresolubles, independientemente del lugar del mundo en que se desarrollen,
surgen de la misma fuente: la profunda maraña no sanada ni resuelta del
pasado de la humanidad. Los sucesos de 2020 ponen de relieve y amplían
esta verdad, y surgen de las capas de traumas sociales, históricos y
generacionales no resueltos que están dentro de nosotros y que debemos
abordar, reconocer, sentir, procesar e integrar.
Al tratarse de la materia oscura del tejido social, no es posible observar el
trauma colectivo directamente, pero podemos advertir sus efectos (es decir,
sus síntomas), para lo cual necesitamos emplear algo más que los ojos. El
trauma, sobre todo el crónico o recurrente, nos fragmenta. Daña nuestra
coherencia interna y externa. Distorsiona la percepción e interrumpe el flujo
de fuerza vital que circula a través de un sistema vivo, ya sea el de una
persona o el de un planeta. El trauma deteriora la capacidad de relacionarnos
con los demás, es decir, produce la ilusión de la separación.
Para obtener pruebas de la incoherencia y la fragmentación, basta con
fijarnos en el grado de hiperactivación (por ejemplo, ansiedad social,
vehemencia, desconfianza, agitación, miedo, agresividad) o hipoactivación
(por ejemplo, embotamiento, apatía, aletargamiento, desconexión, hastío,
pesimismo) a que se ha llegado. Podemos considerar estos fenómenos como
el «testigo luminoso» que indica un fallo de la cultura. La fragmentación
implica una desvinculación: la capacidad de mantener una conexión humana
constante se rompe. De este modo, se genera un bucle de retroalimentación
negativa en el que la fragmentación produce separación, polarización,
desorden y caos.
El pasado congelado y no resuelto frena o inhibe nuestra capacidad de
afrontar los retos del presente. En medio de la confusión reinante, factores
como la ansiedad ambiental, la desconfianza y la desconexión parecen
repentinamente más intensos que en cualquier otro momento de la historia
reciente. Aun así, todos los síntomas dolorosos que experimentamos —ya sea
de forma individual o colectiva— son en realidad flechas que dirigen nuestra
atención hacia la necesidad de comenzar el trabajo de reintegración de
nosotros mismos y nuestras sociedades.
Considera lo siguiente: la evolución diseñó el sistema inmunitario para
desarmar con facilidad la mayoría de los patógenos invasores y diversos tipos
de toxinas. Sin embargo, cuando se ve desbordada, la respuesta inmunitaria
natural puede acelerarse de forma exagerada, haciendo que las defensas se
conviertan en agresores que atacan al propio organismo (hiperactivación
prolongada), o bien inhibirse, creando una mayor vulnerabilidad frente a los
invasores (hipoactivación prolongada). El grado de salud, bienestar y
resiliencia existente en el sistema son factores que marcan el rumbo que
tomarán las cosas.
No cabe duda de que vivir una experiencia traumática puede hacer que una
persona (o una comunidad) sea más vulnerable a los efectos nocivos del
estrés y las adversidades en el futuro. Pero también es necesario atravesar
dificultades para ayudar a una persona (o a una comunidad) a fortalecerse y
desarrollar una mayor resistencia al estrés y los traumas. De este modo, se
establece un bucle de retroalimentación positiva: cuando existe suficiente
resiliencia en el sistema, se fortalecen aún más las vías neuronales que
regulan el estrés y refuerzan la capacidad de superación de situaciones
traumáticas.
Existen numerosos factores externos que contribuyen a la creación de
resiliencia, como el acceso a una vivienda digna y a la atención sanitaria, la
estabilidad económica y la presencia de apoyos familiares o comunitarios
(por ejemplo, conexión, comunicación, empatía y sintonía). En ausencia de
estos y otros marcadores, las personas y las sociedades experimentan un
mayor estrés y son más vulnerables a venirse abajo ante las dificultades, lo
que deteriora aún más la salud y la integridad, y limita la capacidad de tener
éxito y prosperar.
Aun así, incluso en medio de la pandemia de coronavirus, las revueltas
mundiales, la inestabilidad económica y el caos climático, hay muchas
maneras en que podemos unirnos para activar y mejorar conscientemente
nuestra resiliencia, y están descubriéndose nuevos métodos todo el tiempo.
Esta obra se centra en una práctica que he aprendido a través de los procesos
grupales que he facilitado en numerosos países durante muchos años con
resultados poderosos. Es evidente que nuestros cuerpos albergan muchos
miles de años de traumas ancestrales y el consiguiente dolor y sufrimiento
experimentado por las generaciones precedentes; si estamos vivos hoy, es
porque cada uno de nuestros antepasados genéticos a lo largo del tiempo
sobrevivió lo suficiente (a través de innumerables periodos de volatilidad,
caos y cambio) para reproducirse y traer al mundo un niño resiliente. Y
también ese niño hizo lo mismo.
Existimos gracias a la resistencia humana, que es un derecho inalienable.
Todo lo que afrontaron nuestros progenitores para sacarnos adelante vive hoy
en nosotros: no solo su lucha y sufrimiento, sino también su capacidad,
talento, tenacidad, perseverancia y genialidad. Al igual que la vasta red de
raíces de una gran secuoya, la energía y la información de incontables
generaciones recorren nuestros huesos, tejidos, sistemas nerviosos y cerebros
modernos. Es más, milenio tras milenio, los humanos hemos aprendido y
desarrollado un sinfín de medios y métodos para reparar, curar y restaurarnos
a nosotros mismos y a los demás, y toda esa sabiduría también está aquí
presente en nuestras propias células.
La cuestión es: ante los crecientes dilemas sociales, ¿seguiremos
reaccionando sin pensar (o anestesiándonos) contra aquello que trastoca
nuestra sensibilidad personal o desafía nuestras diversas perspectivas tribales
del mundo? ¿O decidiremos, en cambio, escuchar más profundamente a los
demás, hacer más espacio dentro y fuera para acoger a otras personas y
perspectivas y, de paso, aprender a comportarnos de una forma más receptiva
y menos reactiva ante las circunstancias de nuestras vidas?
El trauma fragmenta nuestra luz humana, ocultándola en la sombra. Pero al
igual que una persona comprometida es capaz de buscar la sanación y
liberarse de las consecuencias de un trauma pasado, también pueden hacerlo
las familias, las organizaciones, las comunidades e incluso las sociedades. Mi
labor en este campo me ha demostrado una y otra vez esta asombrosa verdad:
cuando emprendemos juntos este tipo de trabajo de sanación, desbloqueamos
grandes reservas de energía congelada, desconectada, separada y enterrada,
liberando enormes cantidades de fuerza vital e inteligencia que antes estaban
bloqueadas y ocultas a la vista. Una vez liberadas, estas enormes reservas
energéticas se vuelven disponibles en el campo que existe dentro y alrededor
de nosotros, y no solo pueden utilizarse para una mayor sanación, sino
también para innovaciones brillantes y cambios relevantes. En definitiva,
para un nuevo desarrollo. Este es quizá el mayor recurso natural sin explotar
de nuestro planeta.
La crisis climática, un problema existencial que hemos creado nosotros
mismos y del que nadie está exento, existe debido a nuestro pasado no sanado
ni atendido. Al fin y al cabo, el trauma es el karma, el destino. Sin embargo,
puesto que la emergencia ecológica exige nuestra atención, podemos
emprender actos de sanación colectiva. Podemos desbloquear las grandes
reservas de energía y el potencial sin explotar que están ocultos en nuestro
interior y activar así mejores futuros posibles. Incluso en medio de un
trastorno mundial, tenemos la posibilidad de mejorar la resiliencia individual
y social para hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo. Está en nuestras
manos honrar nuestra incertidumbre, ansiedad y miedo compartidos, tanto
como nuestra fuerza, determinación y capacidad de transformación innatas.
Estamos preparados para despertar la resiliencia evolutiva heredada de
antepasados que nos dejaron hace mucho tiempo y tenemos capacidad para
abrirnos a la conexión con todos los descendientes futuros. Podemos aprender
a sostener el pasado no resuelto por medio de la presencia para recibir mejor
nuestro futuro. Mediante el apoyo y la colaboración mutuos podemos
aumentar la conciencia individual y grupal, acceder a nuevos niveles de
inteligencia colectiva y poner en práctica una nueva visión del mundo. Al
inclinarnos y escuchar juntos, abrimos las puertas a las capacidades
emergentes, a percepciones más elevadas y a marcos más provechosos de
correlación y conexión. Nos comprometemos con lo más elevado del espíritu
humano y encarnamos más plenamente nuestro potencial verdadero.
Resulta que tú y yo somos como las células T del sistema inmunitario
colectivo de la humanidad; nosotros somos tanto el problema como la
solución. Disponemos de todo lo que necesitamos en nuestro interior para
sanarnos a nosotros mismos, a nuestras sociedades y a nuestro planeta. Y
debemos hacerlo, porque no hay tiempo que perder.
1.
LOS PRINCIPIOS MÍSTICOS DE LA
SANACIÓN
«[…] ni siquiera tenemos que arriesgarnos solos a la aventura, porque los héroes de todos los
tiempos se nos han adelantado, el laberinto se conoce meticulosamente; solo tenemos que seguir el
hilo del camino del héroe. Y donde habíamos pensado encontrar algo abominable, encontraremos
un dios; y donde habíamos pensado matar a otro, nos mataremos nosotros mismos; y donde
habíamos pensado que salíamos, llegaremos al centro de nuestra propia existencia; y donde
habíamos pensado que estaríamos solos, estaremos con el mundo»4.
JOSEPH CAMPBELL
El héroe de las mil caras
Joseph Campbell exploró dos tipos de
E
L MITÓLOGO ESTADOUNIDENSE
hazañas que cualquier héroe o heroína puede acometer durante la
búsqueda arquetípica. La primera cumple un objetivo material, la
realización de alguna acción tangible y en última instancia valerosa, por
difícil o aparentemente imposible que sea. La segunda es menos clara porque
es de naturaleza espiritual. Implica un viaje en el que el héroe descubre un
conocimiento místico oculto sobre la existencia humana, y del que a menudo
regresa con un mensaje sagrado o algún elixir vivificante5.
Como descubrió Campbell, tanto si lo que se busca es físico como
espiritual, el camino de cualquier héroe, en cualquier historia —desde los
primeros mitos de la humanidad hasta los guiones cinematográficos actuales
—, sigue una trayectoria común. Y ya sea que nos encontremos con dragones
o demonios, con sirenas o santos, con una ciudad ilusoria de músicos
celestiales o simplemente con las pruebas y tentaciones mundanas de una
vida «ordinaria», cada uno de nosotros es el héroe de su propia historia.
El viaje de todo héroe tiene como objetivo la transformación. La historia del
tonto es convertirse en sabio. La historia del cínico es la de abrirse a la
vulnerabilidad y la autenticidad, la de volverse real. La historia del
desesperado es encontrar la esperanza, la fe y la renovación. La historia del
temeroso o débil es despertar a la nobleza de la propia fortaleza verdadera.
Estos son los viajes fundamentales del espíritu, el arco narrativo de las almas.
Por supuesto, antes de emprender el viaje, debemos responder a la llamada,
una señal de alerta que está siempre presente, pero que solo puede escucharse
cuando se tiene un gran anhelo.
En este momento de la historia de la humanidad hay una nueva llamada,
una poderosa invitación que surge de un profundo anhelo colectivo. Nos
impulsa a una búsqueda compartida, que implicará una acción práctica y
espiritual. En el fondo, se trata un viaje de sanación colectiva. Para tener
éxito, debemos empezar a cerrar la brecha que existe entre los campos de la
ciencia y el espíritu, a fin de crear un vínculo sagrado entre dos esferas vitales
que se consideraban contradictorias. Este nexo fomenta la unidad en lugar de
la división, la integración en lugar de la separación. Como en todos los
grandes viajes heroicos, nuestra propia supervivencia depende de ello.
Este libro pretende poner de relieve la urgencia de esta llamada e inspirar al
héroe o heroína que todos llevamos dentro.
El principio del ensō
La sabiduría mística surge de una experiencia directa y no mediada de lo
numinoso que es a la vez personal y universal. Esta experiencia constituye un
vislumbre del insondable misterio que se encuentra en el centro de Todo lo
que Es, y proporciona a los buscadores una sensación de mayor conciencia:
una perspectiva más clara de uno mismo y del otro, del ser humano y del
cosmos. Cuando la doctrina, el dogma, la política sectaria y las estructuras de
poder se eliminan de la perspectiva religiosa o espiritual, se deja paso a los
principios intemporales sobre cómo vivir una existencia sana, armoniosa y
plena. Con independencia de la cultura, la religión o la época, los principios
fundamentales de las grandes tradiciones de sabiduría revelan verdades
perennes sobre la condición humana, la naturaleza de la realidad y, para
algunos, eso que llamamos lo Divino.
La teoría mística nunca trata solamente de conocimiento, sino más bien de
resonancia, coherencia, recuerdo y realización. Se trata de crear una mayor
claridad de percepción. El antiguo símbolo del enso¯ de la tradición budista
zen, a veces llamado «círculo de la iluminación» o «círculo infinito», se
representa con frecuencia en la caligrafía japonesa como un círculo abierto
perfectamente imperfecto. El enso¯ se utiliza a menudo para representar el
satori. Los términos satori y su pariente, kensho¯, que significa «ver la
propia naturaleza verdadera», suelen traducirse como «iluminación». El
símbolo sagrado del enso¯ representa el vasto espacio, que no carece de nada
y sin embargo no contiene nada. Al mismo tiempo, representa los ciclos de
principios y finales y el infinito que los contiene. Simboliza tanto lo completo
como el espacio de apertura en la renovación.
El ensoˉ revela el camino de la energía que busca la transformación a través
de la sustancia para poder regresar a la paz con un mayor desarrollo. Nuestras
vidas reflejan este principio.
Cuando una parte de mi energía vital o chi se bloquea, incapaz de seguir su
desarrollo natural, se separa del todo y va a parar al inconsciente. Aunque no
me doy cuenta de esta escisión, la llevo conmigo en forma de equipaje
psíquico. Podríamos decir que este proceso es similar a la fragmentación del
disco duro de un ordenador: cuando un ciclo no puede completarse, el
sistema se ve obstaculizado por los archivos fragmentados o la falta de
cohesión.
Digamos que al mediodía mantengo una conversación espinosa con un
compañero de trabajo en la que me altero y me pongo a la defensiva o me
invade la ansiedad. Durante el resto del día, no dejo de pensar en esa
interacción y la reproduzco mentalmente, y cada vez que lo hago, vuelvo a
experimentar la crispación y la ansiedad que sentí cuando la conversación se
produjo, de modo que estos sentimientos persisten, incluso después de haber
dejado de pensar en esa persona. Por la noche, quedo con un amigo para
cenar. Si todavía no he resuelto esa experiencia, también podría reservar un
lugar extra en la mesa para mi equipaje energético. Probablemente mi amigo
sentirá su presencia residual, aunque no le explique cómo me siento ni por
qué. Y si se produce algún incidente durante la cena que me irrite aún más,
me marcharé de allí con una mayor carga o fragmentación.
La energía no resuelta que arrastro me pesa e influye en mis experiencias,
impidiéndome vivir plenamente en el momento presente. Este equipaje o
fragmentación es kármico: se trata de la energía del pasado no resuelto. Dado
que impide una alineación precisa con el momento presente, crea una
distorsión tanto en mi perspectiva como en mi experiencia del propio
espacio-tiempo.
En las tradiciones místicas, la fragmentación, el estancamiento y el
aislamiento se consideran áreas de debilidad, enfermedad o dolencia. Cuando
los órganos, las estructuras, los sistemas o las personas se apagan, se cierran,
se aíslan o no se desarrollan, su capacidad interna y externa de comunicar y
recibir información se ha atrofiado o perdido, y podría poner en riesgo la
salud de su organismo. La sanación consiste en abrir o recuperar la conexión.
Es la realización del ensoˉ.
Cuando hacemos un trabajo de sanación, deshacemos de forma segura el
equipaje inconsciente que acarreamos. Nos «desfragmentamos» con la
intención de lograr una mayor integración. La curación nos permite viajar
más ligeros y radiantes, estar más presentes de forma más plena y profunda
en cada momento ya que nuestro pasado no divide tanto nuestra energía y
atención ni supone un lastre. Empezamos a tener una sensación de presencia
más profunda, de «estar aquí», y a ver y sentir el mundo con mayor claridad y
precisión. Al igual que Dorothy en El mago de Oz, nuestro mundo se ve en
tecnicolor.
Con la realización del ensoˉ, se regresa a la paz. La apertura del círculo
permite la entrada de la inteligencia divina. Aquí, el mundo ordinario se
convierte en fuera de lo común, y las zonas que antes permanecían aisladas y
estancadas de repente respiran abiertas y despiertan con energía y vitalidad.
Los sistemas que fluyen y se interpenetran de nuevo intercambian
información y danzan con la vida.
En los próximos capítulos, a medida que exploremos más hallazgos
psicológicos, neurológicos, epigenéticos6 y socioculturales contemporáneos
relacionados con el tema del trauma, volveremos siempre a los antiguos
principios místicos relacionados con el ser humano y la sanación. De este
modo unimos la ciencia y el espíritu en un ritual de manos sagrado, formando
una doble hélice entre la sabiduría antigua y la comprensión contemporánea.
El destino del héroe no sanado
Desde la perspectiva de un místico (o de un junguiano), toda experiencia o
emoción del pasado que no hemos reconocido o procesado, o que negamos,
se almacena en el ámbito del inconsciente o de la sombra. Estas experiencias
no han sido integradas por la psique o el espíritu, por lo que saldrán a la
superficie una y otra vez —de hecho, deben hacerlo— de formas nuevas pero
familiares. Lo que pensamos que es el destino es en realidad el pasado no
integrado. Y el pasado fragmentado y no integrado aparece siempre como un
falso futuro de repetición, un camino preprogramado por el que transita cada
individuo y cada cultura hasta que los contenidos de ese pasado se ponen a la
luz de la conciencia y se produce una reconciliación y sanación. Esta
sabiduría mística se revela en el estudio de la historia y la psicología, y
subyace en las palabras del filósofo George Santayana: «Aquellos que no
recuerdan el pasado están condenados a repetirlo»7.
Podemos optar por etiquetar estas repeticiones del contenido de la sombra
como karma, una palabra sánscrita que originariamente significa «efecto» o
«destino», o bien, a la luz de nuestra comprensión contemporánea, podemos
considerarlas traumas y, específicamente, una retraumatización, que es el
acto inconsciente de repetir las condiciones de traumas anteriores en uno
mismo y en los otros.
Todo aquello que reside en mi inconsciente fluye hacia ti y se mezcla con tu
propio inconsciente y el de los demás de forma inevitable. En conjunto, todo
esto forma la sombra colectiva, que puede visualizarse como una serie de
oscuros lagos subterráneos que fluyen en las profundidades de nuestra
conciencia cotidiana. El agua oscura de la sombra colectiva se convierte en el
apeadero de los residuos energéticos de conflictos no resueltos, del
sufrimiento multigeneracional y de todo tipo de traumas no sanados. Alberga
el odio no reconocido de una nación hacia otra, el terror reprimido que
resuena dentro de un grupo racial o un determinado sexo, y la indignación no
expresada de una tribu o grupo religioso.
La energía psíquica que se mantiene en la sombra permanece fuera de la
vista hasta que se activa por condiciones externas y una acumulación de
potencia energética dentro del campo social. Una vez activado, el contenido
oscuro de la sombra sale a la superficie como un monstruo del Lago Ness, y
se manifiesta en forma de patrones de conducta humana y de consecuencias,
desde relaciones tóxicas recurrentes hasta historias sociales perniciosas. Estas
repeticiones constituyen la llamada silenciosa de nuestras heridas no sanadas
y nuestros fracasos no examinados. El término con el que Freud describió la
tendencia a repetir el pasado doloroso es Wiederholungszwang o
«compulsión de repetición», y teorizó que la retraumatización inconsciente es
un intento de encontrar una solución consciente al trauma inicial8. Ya sea en
forma de historias de pobreza, violencia familiar o adicciones, o a escala
social en forma de odios étnicos, guerras o colapso social, la compulsión de
repetición constituye una antigua corriente subterránea que subyace en los
asuntos humanos y que puede sanarse.
Aunque tenemos una voluntad propia, nuestras elecciones están
ineludiblemente atadas y restringidas por el karma, por los traumas, por lo
que concebimos como «el pasado», todo lo que hemos negado, rechazado,
disociado y reprimido. La negación inconsciente de cualquier experiencia
paraliza una parte de nuestra energía disponible y la relega a la sombra, lo
cual restringe nuestra libertad y nuestro movimiento. Con cada negación o
supresión del pasado creamos nuestro destino, que es la repetición del
sufrimiento.
Sin embargo, como revelan los grandes mitos espirituales, el héroe descubre
que, al reconocer y reparar la locura de su pasado, al integrar todo lo que él o
ella ha sido, puede llegar a ser auténticamente libre, más de lo que en realidad
es.
El futuro puede reescribir el pasado
Tanto en la filosofía como en la física cuántica existe una teoría
denominada retrocausalidad, que postula que ciertos efectos, quizá muy
especiales, pueden preceder de hecho a sus causas. Aunque la retrocausalidad
es objeto de acalorados debates en ambas disciplinas, siguen surgiendo
nuevos apoyos. En 2017, la prestigiosa Royal Society publicó un artículo de
los físicos Matthew S. Leifer y Matthew F. Pusey titulado «Is a Time
Symmetric Interpretation of Quantum Theory Possible without
Retrocausality?» (¿Es posible una interpretación simétrica en el tiempo de la
teoría cuántica sin retrocausalidad?), que supone un apoyo teórico a la
retrocausalidad9.
Si se demostrara, esta teoría podría significar que las influencias del
presente o del futuro son capaces de actuar sobre el pasado y, por tanto, de
cambiarlo. Desde el punto de vista místico, se trata de un principio esencial
de la gracia que es siempre verdadero: el futuro tiene el poder de reescribir el
pasado. De hecho, cuando integramos la sombra o el trauma, estamos
utilizando este principio porque la curación de la energía del pasado crea una
onda expansiva. Esto libera la luz y la energía que antes estaban retenidas en
la sombra, proporcionando un mayor movimiento y libertad de elección en el
presente.
El principio de retrocausalidad constituye el núcleo del trabajo que realizo
en torno a la sanación de los traumas tanto con individuos como con grupos,
ya sean los miembros de una familia, organización o comunidad de práctica
en cualquier parte del mundo. Más adelante exploraremos la sanación
retrocausal en mayor profundidad.
Todavía hay algo de verdad en las palabras del zoólogo y evolucionista
alemán Ernst Haeckel: «La ontogenia recapitula la filogenia». Es decir, el
origen y las etapas de desarrollo de un solo organismo a lo largo de su vida
(ontogenia) se parecen mucho a los cambios que se produjeron en el conjunto
de sus antepasados a lo largo del tiempo (filogenia). Estamos diseñados para
desarrollarnos y evolucionar como se desarrolla y evoluciona todo lo
viviente, siguiendo una trayectoria parecida, fundamentalmente, de forma
consciente, sistémica y mutua. Al ser más conscientes, creamos espacio para
que la luz de la inspiración y la innovación nos llene y fluya a través de
nosotros. Esto activa estados de flujo, corrientes sin obstáculos de pura
energía evolutiva. Esta corriente emergente, creativa y espontánea de luz e
información es la esencia del auténtico futuro, que es original y no repetitivo.
A medida que nuestro pasado kármico se limpia y los traumas se sanan e
integran, el auténtico futuro puede llegar a nuestro encuentro. Cuando lo
recibimos desde un lugar de presencia y sintonía, el mundo comienza a
ponerse interesante. De repente, todo cambia, pero nada se pierde. Al igual
que Pablo en el camino de Damasco, donde antes estábamos ciegos, ahora
vemos. Reconocemos nuevas perspectivas.
Solemos ver el mundo en tres dimensiones, pero los físicos nos dicen que
hay muchas más. Para intentar «ver» de forma multidimensional, imagina un
holograma. Una imagen holográfica es una grabación fotográfica de un
campo de luz, que aparece visualmente como un objeto 3D. Aunque una
fotografía no es más que una representación en 2D, puede proyectarse de
forma que se experimente como una dimensión superior (es decir, en 3D).
Ahora imagina que eres un ser que reside en algún lugar de, digamos, la
quinta o sexta dimensión, de modo que eres capaz de ver y observar tu propia
dimensión, así como todos los planos inferiores que incorpora, tal como
vemos y reconocemos de la primera a la tercera dimensión. Desde tu nuevo
punto de vista, es probable que tengas una perspectiva muy diferente del
tiempo, que es la cuarta dimensión. El tiempo nos parece bastante lineal
desde nuestro ángulo en la 3D, donde suponemos que el pasado está siempre
detrás de nosotros y el futuro está siempre delante de nosotros (y nunca se
encontrarán). Pero desde una perspectiva dimensional más elevada podríamos
comprender cómo es posible que los efectos precedan a sus causas, y, por
tanto, cómo el futuro puede cambiar el pasado.
La distorsión en la percepción es una distorsión espacio-
temporal
Cuando nos sentimos agobiados por las historias que nos contamos sobre el
pasado, no podemos vivir plenamente el presente y somos incapaces de poner
nuestra energía más esencial en nuestro trabajo o en nuestras relaciones.
Tanto si pasamos el día repitiendo contenidos mentales relacionados con una
relación romántica difícil o una reunión de negocios frustrante, una parte
activa de lo que somos está ocupada en el pasado y, por tanto, ausente en el
presente y no disponible para el aquí y el ahora.
Imagina que todo —aquello que percibes, recuerdas, intuyes, sientes, ves y
experimentas— es una proyección en una especie de pantalla de cine interna.
Tu experiencia de la habitación en la que estás sentado, el libro o el
dispositivo que sostienes, las palabras que estás leyendo en este momento y
tus propios sentimientos y sensaciones corporales son simplemente una
percepción proyectada en esta pantalla interna. Cuando estás totalmente
disponible para el momento presente, la pantalla de tu película es clara y
nítida, y el sonido envolvente tiene una claridad perfecta. Pero cuando te
dejas arrastrar por pensamientos o sentimientos sobre el pasado kármico, tu
pantalla se arruga y se frunce. Y cuando vives experiencias traumáticas, esta
pantalla se deforma, y el sonido se vuelve metálico y se producen
interferencias. Ahora imagina que intentas mirarla, pero los anuncios o la
película de otra persona se superponen a la tuya por completo. Todo esto
dificulta la interpretación clara de lo que percibes y experimentas.
Todo lo que percibimos de nuestro mundo se distorsiona en la medida en
que estamos fragmentados por los traumas y atados por el pasado no resuelto.
La percepción de uno mismo y del otro pierden la sincronía. Las
percepciones culturales se retuercen y distorsionan. Dado que ese contenido
no resuelto es el pasado, el propio espacio-tiempo se deforma.
En la mitología estas distorsiones se tratan como ilusiones. Su propósito es
poner a prueba la comprensión profunda y la fortaleza espiritual del héroe.
Tanto si estas distorsiones aparecen en nosotros mismos como en otras
personas, en nuestras familias o en las sociedades, es importante reconocer el
poder que poseen para desestabilizar y fragmentar.
Ubicar la dirección cósmica del trauma
Podemos considerar el cuerpo humano como un holograma: no lineal y
multidimensional. Todas las partes de un holograma contienen la imagen del
todo, al igual que las células del cuerpo, ya sean cutáneas, cardíacas,
cerebrales u otras, contienen la información genética de todo el organismo.
La energía que fluye verticalmente a lo largo de la columna vertebral
representa lo que está sucediendo ahora, pero como el cuerpo constituye un
modelo espacio-temporal multidimensional, revela al mismo tiempo un
registro energético completo de su propio pasado. El sistema nervioso
constituye el núcleo central inteligente del cuerpo y contiene un akasha 10
detallado de toda la historia de desarrollo de un individuo.
Con la práctica de la sanación podemos aprender a acercarnos y sentir
profundamente o alinearnos con cualquiera de las coordenadas holográficas
del sistema nervioso energético, tanto en nosotros mismos como en los
demás. Al desarrollar esta habilidad, podemos aprender a utilizar nuestro
propio sistema nervioso para sintonizarnos con el de otra persona. Esto nos
permite acceder a impresiones o sensaciones emocionales relacionadas con
experiencias ocurridas en puntos específicos en el espacio y el tiempo. Esta
facultad sutil va perfeccionándose a medida que aprendemos a conectar a
través del receptor de nuestro propio sistema nervioso, estableciendo una
conexión de datos con una mayor precisión. Al sintonizar con otra persona de
esta manera, siempre con permiso, podemos simplemente sentir, dentro de
nuestro propio sistema, la edad aproximada o la etapa de la vida en la que se
produjo una experiencia dolorosa o trauma. Se trata de su «dirección
cósmica».
Los traumas no sanados nos impiden estar presentes y enraizados en nuestro
cuerpo, e interfieren en nuestra capacidad de relacionarnos y conectar con los
demás de forma saludable. Cuando somos capaces de albergar nuestras
experiencias internas, podemos relacionarnos con el exterior de forma más
funcional. Por muy estresante y desconcertante que parezca nuestro mundo,
si podemos acogerlo, también podemos responder a él.
La matriz humana divina
Cada uno de nosotros es un cable de fibra óptica pulsante y vivo de una
matriz de luz. La fuente de esta luz, sea cual sea el nombre que le demos —
energía primordial, semilla de vida o lo Divino—, nos toca desde el auténtico
futuro. Se trata de una inteligencia evolutiva que busca descargarse en
nosotros y a través de nosotros. Desde este manantial consciente y siempre
emergente, se nos ofrece todo el tesoro acumulado de la vida humana. Existe
dentro de nosotros como electricidad que asciende verticalmente por cada
hilo familiar y se extiende horizontalmente por las fibras de nuestros sistemas
nerviosos, conectándonos unos con otros y animando toda la corriente de la
humanidad en un unísono vibrante. La matriz humana divina contiene la
historia codificada de nuestra raza, desde sus inicios. A todos los que hoy
estamos vivos se nos ha confiado este registro vivo y la evolución nos ha
encomendado actualizarlo y renovarlo en un nuevo mañana.
Cuando un humano se encarna, un flujo de luz inicia un recorrido
ascendente a lo largo de milenios de dobles hélices de ADN e historias
genéticas acumuladas. Abriéndose paso entre miles de años de sustrato
kármico, una sola alma humana aparece en un mundo cargado de franjas
antiguas, modernas y posmodernas de dolor tribal y trauma cultural. Su luz
aflora finalmente en la concepción y culmina con un bebé que llora. Cada
niño es nuevo, inocente y perfecto, pero ha entrado en una historia
incomprensible, que requiere una gran fuerza de espíritu.
La sombra se crea por la energía bloqueada y está ligada a los vértices de la
matriz viva. Pero la plenitud y la belleza de lo que somos, como una red
orgánica de luz que vibra con información y potencial, no se ven disminuidas
por estos lugares de contracción, desunión y devolución o evolución hacia
atrás. Durante el desarrollo de nuestra historia colectiva, los humanos hemos
descendido una y otra vez a submundos reales y mitológicos.
Portamos el registro de nuestras experiencias más oscuras en los huesos, la
piel y los dientes, así como en nuestras familias, comunidades y sociedades.
En nuestra exploración del tema de la sombra humana y su anhelo de
integración y liberación, recurriremos a la medicina y al misticismo, a los
sabios y a los científicos. Los puntos de dolor que sentimos en nuestros
cuerpos individuales y colectivos son producto de la acumulación de traumas,
pero la llamada que muchos de nosotros escuchamos constituye una
invitación hacia la sanación colectiva, el viaje definitivo del héroe.
Si atendemos la llamada, es probable que nos encontremos con la oscuridad.
Pero si sobrevivimos a la oscuridad, nuestros ojos se habrán abierto y
habremos cambiado de forma infinita e indescriptible.
4 Joseph Campbell, El héroe de las mil caras, México: Fondo de cultura económica, 1972. (N. de la
T.)
5 Joseph Campbell y Phil Cousineau, The Hero’s Journey: Joseph Campbell on His Life and Work
(Nueva York: New World Library, 1990).
6 El término epigenético se refiere a los cambios hereditarios en el ADN como resultado de las
influencias ambientales, que afectan a la forma en que se expresan los genes sin alterar la secuencia del
ADN.
7 George Santayana, Reason in Common Sense: The Life of Reason (Nueva York: Dover Press,
1980), 172.
8 Jan Grant y Jim Crawley, Transference and Projection: Mirrors to the Self (Berkshire, Inglaterra:
Open University Press, 2002), 38.
9 Matthew Leifer y Matthew Pusey, «Is a Time Symmetric Interpretation of Quantum Theory
Possible without Retrocausality?», Proceedings of the Royal Society A 473, n.º 2202 (2017), doi:
10.1098/rspa.2016.0607.
10 En la filosofía vedanta el término akasha se refería al éter, una sustancia sutil que impregna todas
las cosas del cosmos. Posteriormente esta palabra ha pasado a significar un registro inteligente o campo
de información que contiene toda la historia y los recuerdos.
2.
LA CIENCIA MATERIAL
DEL TRAUMA
«Me di cuenta de que todos los animales poseen alguna forma de vida mental que refleja la
arquitectura de su sistema nervioso»11.
OLIVER SACKS
El río de la conciencia
«La mente tiene su propia voluntad: puede hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo».
JOHN MILTON
El paraíso perdido
surgieron hace unos seis
S
E CREE QUE NUESTROS PRIMEROS ANCESTROS
millones de años, y que los humanos modernos llegaron hace unos 200
000 años 12. Al haber poblado todo el planeta en un periodo tan
relativamente corto, podríamos decir que nuestra especie es prolífica y
resistente. Desde que el ser humano existe, hemos sobrevivido a
innumerables catástrofes tanto naturales como provocadas por nosotros
mismos: terremotos, tsunamis, sequías, inundaciones, plagas, guerras,
genocidios y ríos de violencia indescriptible. A lo largo de todas ellas,
nuestra especie ha seguido prosperando y floreciendo, con independencia de
lo frágil que pueda ser una sola vida humana o una sola psique. Sin embargo,
a pesar de nuestra evidente resiliencia, no somos inmunes al sufrimiento —
hemos causado y soportado mucho dolor—, y este doble legado de trauma y
resiliencia se refleja en el ADN ancestral de cada ser humano y en la herencia
psíquica de cada cultura.
Vivir en el mundo moderno implica estar familiarizado, aunque sea de una
forma inconsciente, con los efectos de los traumas. Desde los soldados que
viven con los efectos debilitadores del estrés postraumático y las altas tasas
de suicidio, hasta las sociedades plagadas de ansiedad inespecífica, fobias y
miedos, obsesiones y compulsiones, adicciones y agotamiento, nos sobran
ejemplos de los impactos del sufrimiento humano, desde Oriente a Occidente
y en todo el mundo desarrollado y en vías de desarrollo.
Para muchos resulta evidente que, en nuestra época, tanto las catástrofes
naturales como las provocadas por nosotros mismos están aumentando en
cantidad y velocidad. Con el incremento exponencial de la población
humana, así como por una explosión de las tecnologías que nos permiten
conectarnos y comunicarnos en todo el mundo, nuestro impacto —así como
la conciencia de nuestro impacto— se ha acentuado en un periodo
relativamente breve. Desde la Primera Guerra Mundial los conflictos armados
no han cesado, y desde el final de la Segunda Guerra Mundial las masacres y
las persecuciones raciales, étnicas y religiosas continúan sin control en
muchas partes del mundo. Estos dilemas tienen sus raíces en antiguas
conductas humanas, pero su potencial de maldad se ve amplificado por las
armas modernas y la tecnología de las redes sociales que permite difundir
ideas dañinas y propaganda de odio.
Sin embargo, no estoy hablando de profecías catastrofistas: nuestro mundo
no es tan sombrío. Al fin y al cabo, el hecho de que ahora podamos abordar
cuestiones relacionadas con el trauma psicológico o su sanación es una
capacidad evolutiva. La humanidad en su conjunto parece desarrollarse y
evolucionar del mismo modo que las personas individuales, aunque el camino
puede verse obstaculizado por bloqueos, regresiones, represiones, sombras no
integradas y traumas no sanados.
La cuestión fundamental sobre la oscuridad que vemos fuera de nosotros no
es si consumirá nuestro mundo, sino si podemos redefinir nuestra
comprensión de esa oscuridad. ¿Cómo podemos darnos cuenta de que la
oscuridad constituye una parte de nosotros mismos para poder integrar su
lección y, a través de ella, transformarnos? ¿Y cómo podría esa sanación, a
escala colectiva, suponer un avance en el cuidado del planeta que es nuestro
hogar?
Antes de dar respuesta a estos interrogantes existenciales y
fundamentalmente místicos, tal vez nos interese explorar cuestiones prácticas
tales como definir el trauma y determinar cómo abordan sus efectos las
comunidades científicas y de salud pública de todo el mundo. Este capítulo
trata estos asuntos desde el punto de vista científico y constituye una
introducción a la visión científica contemporánea del trauma humano.
Los efectos del trauma en los individuos
El Dr. Bessel van der Kolk, director médico y fundador del Centro del
Trauma en el Justice Resource Institute, profesor de psiquiatría de la Facultad
de Medicina de la Universidad de Boston y autor del superventas El cuerpo
lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma,
describe el trauma como cualquier acontecimiento o experiencia continua que
ejerce un efecto significativo en la parte animal del cerebro relacionada con la
supervivencia. Cuando se produce un trauma, nuestras «señales automáticas
de peligro se alteran y nos volvemos hiper o hipoactivos: nos excitamos o nos
anestesiamos» 13. Como resultado, podemos retroceder a estados primarios de
agresividad o miedo (es decir, recurrir a la respuesta de lucha o huida), o bien
quedarnos paralizados (mediante el instinto de supervivencia de congelarse),
incapaces de calibrar racionalmente el nivel de amenaza o de utilizar la razón
para defendernos de persecuciones futuras.
Tal como han demostrado Van der Kolk y otros investigadores, el trauma
tiene el poder de modificar el sistema nervioso central. Altera la forma en que
asimilamos los recuerdos y nos vuelve sumamente reactivos ante cualquier
estímulo que refleje, aunque sea de forma inconsciente, la experiencia inicial
14
.
Cuando una familia o comunidad no valida las experiencias de una persona
traumatizada o no le transmite una sensación de cuidado y seguridad después
del suceso, hay menos probabilidades de metabolizar el trauma con
resiliencia y lo más probable es que acabe expresándose a través de síntomas
de estrés postraumático.
El estrés postraumático
Las situaciones catastróficas suelen producir efectos postraumáticos en los
supervivientes; entre ellas se encuentran las experiencias que ponen en
peligro la vida en zonas de guerra, las regiones de intensos conflictos tribales
o las áreas donde son habituales las peleas entre bandas, y también sobrevivir
a un ataque terrorista, ser testigo de violencia generalizada (por ejemplo, en
tiroteos masivos, atentados suicidas, etc.), sobrevivir a un desastre natural,
tener un accidente grave o una lesión mortal, o bien sufrir una agresión
sexual, violencia machista u otro tipo de violencia doméstica, incluido el
maltrato infantil.
Las consecuencias del estrés postraumático pueden ser lo suficientemente
graves como para alterar el estado de ánimo, la conducta, la cognición, el
sueño, las relaciones interpersonales y la sensación de bienestar, y genera en
innumerables personas una enfermedad que hoy se conoce como trastorno de
estrés postraumático o TEPT. Los síntomas más comunes del TEPT —que
oscilan entre la hiper y la hipoactividad— son ansiedad grave, agitación,
irritabilidad y/o depresión; hostilidad, desconfianza, miedo y/o agresividad;
hipervigilancia o embotamiento; escaso control de los impulsos, incluidas
conductas autodestructivas (por ejemplo, hipersexualidad o búsqueda de
riesgos); pérdida de interés por las actividades placenteras o las rutinas
habituales; distanciamiento emocional, evitación y aislamiento social. Otros
síntomas comunes que identifican al TEPT son los flashbacks, así como las
pesadillas y los patrones de alteración del sueño 15.
En 1980, cuando el TEPT fue considerado por primera vez un trastorno de
salud mental diagnosticable, los acontecimientos que se adecuaban a los
criterios de este trastorno eran únicamente aquellos que se percibían como
una amenaza para la vida o como un riesgo real de violencia o lesiones a uno
mismo o a otros 16. En las décadas posteriores, los investigadores de todo el
mundo que estudian el tema del trauma han aprendido que ciertos agentes
estresantes que resultan traumáticos, repetitivos y generalizados, incluso
cuando no hay riesgo para la vida, pueden suponer un riesgo verdadero de
lesiones para el espíritu, la psique y la salud y, en particular, para el
desarrollo infantil saludable.
El trauma complejo
La doctora Judith Lewis Herman, profesora de psiquiatría clínica en la
Facultad de Medicina de Harvard y directora de formación del Programa de
Víctimas de la Violencia de la Cambridge Health Alliance, es la autora de
Trauma and Recovery: The Aftermath of Violence — From Domestic Abuse
to Political Terror (traducido en español con el título Trauma y
recuperación: cómo superar las consecuencias de la violencia), considerado
ahora un clásico en el estudio del TEPT y una contribución decisiva para la
comprensión del trauma en los afectados.
En su trabajo, Herman distingue dos clases de traumas: los de tipo 1, que
son traumas ocasionados por un solo incidente o por sucesos puntuales de
impacto significativo con efectos observables y relevantes, y los de tipo 2,
que describen traumas originados por incidentes continuos y repetitivos que
pueden incluir sucesos como una experiencia crónica y prolongada de abuso
y abandono en la infancia o una historia dilatada en el tiempo de violencia
doméstica. Herman denominó al trauma de tipo 2 y sus efectos «trauma
complejo» y, en Trauma and Recovery, propuso su clasificación diagnóstica
como «trastorno de estrés postraumático complejo», o TEPT-C, y esbozó las
semejanzas y diferencias de los efectos a largo plazo del trauma complejo con
respecto a los experimentados por las personas aquejadas de TEPT 17.
Herman escribió:
«Los traumas repetidos durante la infancia forman y deforman la personalidad. El niño atrapado
en un entorno abusivo se enfrenta a enormes tareas de adaptación. Debe encontrar la manera de
preservar el sentido de la confianza en personas que no son de fiar, la seguridad en un escenario
inseguro, el control en un entorno que es aterradoramente impredecible y el poder en una situación
de impotencia. Incapaz de cuidarse o protegerse a sí mismo, debe compensar los fallos en los
cuidados y protección que le brindan los adultos con los únicos medios de que dispone, un sistema
inmaduro de defensas psicológicas» 18.
Más de dos décadas y media después, se han presentado unas propuestas de
criterios diagnósticos para el TEPT-C con objeto de su inclusión en la
undécima revisión del manual de diagnóstico La Clasificación Internacional
de Enfermedades (CIE-11) 19, de la Organización Mundial de la Salud.
El trauma del desarrollo
Si bien es posible experimentar un trauma complejo a cualquier edad, su
estudio arroja una luz significativa sobre las experiencias de los niños con
historias de abuso y abandono. En colaboración con otros expertos e
investigadores y ampliando el concepto de trauma complejo, el Dr. Bessel
van der Kolk ha presentado una nueva categoría de trauma que denomina
trauma del desarrollo, así como la correspondiente lista de criterios para
considerarlo un diagnóstico formal bajo el nombre de trastorno traumático
del desarrollo o TTD. Los traumas repetitivos que tienen lugar durante los
años de desarrollo tienen un impacto nocivo en la salud psicológica y
relacional de un ser humano en crecimiento, incluyendo, en particular, el
riesgo de enfermedades o trastornos mentales y físicos comórbidos 20.
Al igual que el trauma complejo, el trauma del desarrollo abarca numerosas
formas de sufrimiento, pero la mayoría de las veces apunta a la exposición
reiterada de un niño a la violencia interpersonal, los malos tratos o el
abandono, así como a las experiencias subjetivas de vergüenza, humillación,
traición y culpabilidad que puede arrastrar después. Los traumas del
desarrollo pueden incluir el abuso psicológico, la separación repetida de los
cuidadores, la pérdida traumática y la exposición a conductas sexuales
inapropiadas.
La experiencia del estrés traumático crónico durante los años de desarrollo
puede perjudicar el funcionamiento saludable en las siguientes siete áreas
fundamentales:
1. El apego: a medida que el niño se desarrolla, el vínculo más temprano
con sus cuidadores primarios se convierte en el modelo de su sentido del
yo y del otro. Cuando la relación de un niño con sus cuidadores primarios
es traumática, la facultad de conectar y vincularse con los demás se
deteriora, lo cual puede afectar a la capacidad para regular las emociones y
tolerar el estrés.
2. La biología: los niños en edad de crecimiento que experimentan traumas
complejos a menudo no tienen un desarrollo psicológico en consonancia
con sus compañeros y, como resultado, pueden tener dificultades con la
regulación emocional, la tolerancia al estrés, así como con funciones
cognitivas como el lenguaje, el razonamiento abstracto, la planificación a
largo plazo, la capacidad de aprender de las experiencias pasadas y las
relaciones sociales. Presentan un mayor riesgo de disfunción
sensoriomotora, dificultades de integración sensorial, trastornos somáticos
y enfermedades físicas.
3. La afectividad: los traumas del desarrollo inhiben la capacidad del niño
para tranquilizarse o tolerar el estrés o el cambio. Estos niños y
adolescentes pueden mostrar una deficiente regulación de la afectividad y,
al igual que en el caso del TEPT, suelen ser hipo o hiperreactivos,
revelando retraimiento y falta de afecto, o bien estados emocionales
intensos y desinhibidos. Presentan dificultades para identificar sus propias
emociones y estados internos, así como las emociones y percepciones de
los demás, y a menudo les resulta complicado comunicar sus necesidades
y deseos.
4. La disociación: los niños maltratados y desatendidos tienden a expresar
una interesante adaptación: sus recuerdos dolorosos y los sentimientos
asociados se compartimentan fuera de la conciencia. A menudo padecen
amnesia para protegerse de hechos que les resultan intolerables y
presentan síntomas como la despersonalización. Esta tendencia hacia el
desapego y la disociación puede dar lugar a una falta de autoconciencia, a
una desconexión con las sensaciones somáticas y a patrones de conducta
inconscientes, lo cual aumenta el riesgo de sufrir traumas por abusos,
accidentes o lesiones.
5. El control de la conducta: los traumas del desarrollo alteran el sistema
nervioso y el desarrollo cerebral del niño, y conllevan un riesgo de falta de
control de los impulsos, agresividad, problemas para tranquilizarse y
trastornos del sueño.
6. La cognición: muchos experimentan dificultades para regular la atención
o para el razonamiento abstracto y la función ejecutiva (por ejemplo, el
juicio, la planificación, el autocontrol), así como déficits en el desarrollo
del lenguaje y dificultades para iniciar y completar tareas y objetivos. Si
bien los bebés y los niños desatendidos presentan las limitaciones
cognitivas más graves, los que presentan historias de traumas complejos
de todo tipo obtienen peores resultados en las pruebas y calificaciones en
la educación temprana.
7. El autoconcepto: los traumas del desarrollo ejercen un impacto
claramente nocivo en el sentido de identidad del niño en desarrollo. Estos
niños y adolescentes luchan con una narrativa autobiográfica fragmentada
o interrumpida, una baja autoestima (a menudo consecuencia de una
vergüenza excesiva) y una imagen corporal negativa o alterada. Esta
capacidad limitada de comprender sus propias emociones o las de los
demás reduce en gran medida su facultad de sentir o conocerse a sí
mismos, y mucho menos de amar aquello que llegan a sentir o conocer 21.
Estudio de experiencias adversas en la infancia
En 1996 se realizó un estudio longitudinal sobre los efectos de los traumas
complejos, en el que se tomaron muestras de más de 17 000 personas.
Conocido como Estudio de Experiencias Adversas en la Infancia (estudio
ACE, por sus siglas en inglés), fue dirigido por el Dr. Robert Anda, de los
Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, y el Dr. Vincent
Felitti, de la organización Kaiser Permanente.
Los datos del estudio ACE revelaron algo intuitivo y a la vez radical: existe
una relación significativa entre el número de «experiencias adversas» a las
que se enfrenta una persona durante la infancia —abusos físicos, emocionales
y sexuales, desatención y disfunciones familiares tales como el abuso de
sustancias, las enfermedades mentales o el encarcelamiento de los
progenitores— y ciertos resultados negativos para la salud futuros, como la
depresión, las autolesiones, el suicidio, el abuso de sustancias, la
promiscuidad sexual, las enfermedades de transmisión sexual, la violencia de
pareja y la obesidad. Cuantas más experiencias adversas se hayan vivido
durante la infancia, mayor será la prevalencia de la diabetes, los accidentes
cerebrovasculares, las enfermedades cardíacas, el cáncer y otras
enfermedades 22. No puede negarse el daño profundo, y a menudo
permanente, que pueden crear los traumas tempranos.
En su investigación sobre las ACE, la Dra. Christina Bethell y sus colegas
de la Escuela Bloomberg de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins
han explorado aún más el alcance del trauma y han desvelado los efectos
adversos que ejercen los traumas en lo que denominan «florecimiento
infantil». Según afirma la Dra. Bethell en un artículo titulado «Child
Flourishing: Our Greatest Public Health Opportunity Needs a Policy
Response» (El florecimiento infantil: nuestra mayor oportunidad de salud
pública necesita una respuesta política), los niños florecen y se desarrollan de
forma saludable cuando en todo momento o la mayor parte del tiempo se
observan tres características en su conducta: (1) compromiso/motivación (el
niño es «curioso y está interesado en aprender cosas nuevas»), (2)
regulación/resiliencia (el niño «mantiene la calma y el control cuando se
enfrenta a un reto»), y (3) concentración/atención (el niño «sigue y termina
las tareas»).
Cuantas más experiencias adversas sufren los niños durante su infancia,
menos señales de desarrollo saludable manifiestan. Pero hay esperanza.
Ahora que el trauma y su constelación de efectos a lo largo de la vida va
comprendiéndose mejor, los investigadores y profesionales están encontrando
diversas formas exitosas de mejorar la salud, potenciar el florecimiento del
niño (y de su familia) y prevenir y curar los efectos de las situaciones
adversas y los traumas durante la infancia, incluyendo:
«Crear una cultura y unas comunidades sanadoras que enseñen a los niños y a los jóvenes a
desarrollar y mantener la esperanza, el sentido y el optimismo, y que aborden las desigualdades
estructurales generalizadas; potenciar la capacidad innata de autocuidado de los niños, los jóvenes
y los adultos para aprender a prosperar a lo largo de la vida; y ayudar a los niños, los jóvenes y las
familias a reconocer la necesidad de ayuda y a acceder “a través de cualquier puerta” a los apoyos y
recursos necesarios para sanarse» 23.
LA TRANSICIÓN DE UNA SOCIEDAD BASADA EN EL TRAUMA A UNA SOCIEDAD BIEN
INFORMADA SOBRE EL TEMA
DRA. CHRISTINA BETHELL
Desde el inicio de la vida —incluso en el vientre materno— son fundamentales las relaciones seguras,
estables, armoniosas y nutritivas. Existen estudios que demuestran claramente que cuando las madres
experimentan una gran cantidad de estrés o viven en un entorno estresante durante el embarazo, esto
empieza a afectar al sistema nervioso y al desarrollo del niño. Ciertamente, al principio de la vida, esa
necesidad de sintonía que incluso llega a trazar nuestro décimo nervio craneal, que regula gran parte del
sistema nervioso del organismo, empieza a verse afectada.
Diversos estudios revelan que las personas que afirman haber sufrido ACE durante su vida, tienen
muchísimas más probabilidades de padecer también enfermedades cardíacas y pulmonares,
alcoholismo, insatisfacción vital, problemas de salud o conductuales y, desde luego, depresión o
ansiedad. Se considera que las ACE son factores causales biológicos de enfermedades.
Acciones como desactivar la vergüenza y desarrollar la compasión de forma consciente dan comienzo
al viaje de curación. Abren la puerta a potenciar lo que yo llamo la voluntad de estar bien. Porque,
muchas veces, las personas con traumas no buscan ayuda realmente. Pueden producirse múltiples
reacciones defensivas e incluso conductas nocivas para la salud. Y una persona tiene que querer
comprometerse con todas las cosas que sabemos que son tan importantes para el bienestar, incluyendo
la meditación y el movimiento, pero también, por supuesto, la dieta y el ejercicio, además de hábitos
básicos que a menudo se desactivan con el trauma.
La conciencia es el primer paso —una conciencia compasiva, de aceptación del lugar donde el
individuo se encuentra—, y luego la conexión con el cuerpo. Existen nueve niveles de integración
cerebral que hay que atravesar, pero la meditación y la práctica de la atención plena son el primer paso.
También están las prácticas relacionales de dar la cara y decidirse a compartir la historia personal,
sintiéndose seguro y confiando en los demás. Si tenemos un trauma, puede que, de una forma u otra,
nunca hayamos experimentado seguridad, conexión ni sintonía, de modo que ni siquiera sabemos lo
que nos estamos perdiendo. Pero cuando empezamos a conectarnos con nosotros mismos, activamos el
saludable instinto de conectar con los demás de una manera cálida y abierta. Y tenemos que pasar por
todo un proceso para desaprender y reaprender del trauma, para permitir que lo que es natural salga a la
luz para poder expresar nuestro potencial creativo y expresivo.
Nuestras experiencias relacionales vividas momento a momento y la relación que tenemos con
nosotros mismos impulsan muchos de los síntomas biológicos y neurológicos de los traumas, y, al
mismo tiempo, también pueden potenciar la sanación. Cuando consideramos la investigación científica
de los traumas, de las ACE y de la curación, vemos que la forma de responder y poner en práctica lo
que aprendemos de la ciencia es a través de nuestra propia autoconciencia y nuestra conexión con
nosotros mismos y con los demás, así como a través de los sistemas y las estructuras. Y sabemos lo que
sucede cuando no hacemos esto.
Hay algunos términos científicos formales que designan la capacidad de entrar en la experiencia
relacional de forma consciente y uno de ellos es la mentalización. No se trata de un proceso mental,
porque la mente es en realidad un sistema distribuido por todo el cuerpo. La mente no está en tu
cerebro, sino en todo tu ser. La mentalización es la capacidad de sentirte a ti mismo y saber que te estás
sintiendo a propósito, y la capacidad de sentir a otra persona a propósito, y sentir si esa otra persona
siente que tú la estás sintiendo o sentir si esa persona es capaz de sentir que tú la estás sintiendo.
Lo que necesitamos para poder hacer esto, ante todo, es lo que sucede a través del desarrollo
saludable del cerebro, y a través de la sintonía y el apego del bebé y el niño pequeño, algo llamado
interocepción, que es la capacidad de sentirnos a nosotros mismos, nuestros sentimientos, nuestro
cuerpo, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestro amor. Esa capacidad puede verse interrumpida
de forma significativa si no se nos atiende de forma segura, estable, nutritiva y relacional cuando somos
bebés o cuando percibimos estrés en el entorno. Y una forma de activar la interocepción es a través de
la meditación y la conciencia corporal.
El proceso de mentalización reside en la restauración de nuestra capacidad de relacionarnos unos con
otros de esa manera mutua e integrada en la que nos acogemos unos a otros en nuestro interior de forma
intencionada, y podemos sentir cuándo eso está ocurriendo o no, y volver a sintonizarnos
continuamente de la manera en que los pájaros, cuando vuelan y se sincronizan en el cielo, están
sintiendo constantemente el centro de su colectividad. Se trata de un hecho biológico, pero también
obviamente de un profundo constructo espiritual.
Podemos acceder a la presencia a través de cualquier experiencia, y al hacer esto y acercarnos a lo
que está sucediendo, incluso si es espantoso —especialmente cuando estamos en conexión con otros—,
podemos amortiguar gran parte del daño al encararlo e integrarlo continuamente, estando presentes. Si
algo es demasiado abrumador, por ejemplo, cuando hemos padecido un trauma y no hemos
desarrollado una fuerte capacidad para la presencia, entonces no podemos hacerlo. Pero podemos
construir de forma preventiva la capacidad de estar presentes con la vida y las experiencias, para que
cuando vivamos situaciones catastróficas podamos acceder a esas capacidades.
En última instancia, mi trabajo consiste en cambiar los sistemas y la cultura, lo cual requiere que
primero nos ocupemos de los modos de pensar. Después tenemos que ocuparnos de nuestras relaciones,
la forma en que las personas se relacionan entre sí. Por último, tenemos que trasladar esto al modo
específico en que construimos organizaciones y sistemas, a los ámbitos de la economía y la educación,
etc.
Ahora mismo, vivimos en una sociedad basada en el trauma, por lo que tenemos que pasar de estar
organizados según el trauma a disponer de una amplia información al respecto y, finalmente, centrarnos
en la sanación. No tenemos que esperar a curarnos. Tenemos que empezar con la sanación como
prevención, y hay muchas oportunidades para hacer esto. Creo que saliendo al encuentro de aquello que
habita en y entre nosotros, desde un sentido más profundo de lo que realmente somos, podemos crear la
posibilidad de experimentar nuestra unidad.
La respuesta del trauma como una función inteligente del
sistema nervioso
Ya sea en la vida de un solo individuo o a escala colectiva, los efectos de
los traumas son innegables y a menudo duraderos; en muchos casos, las
huellas del trauma persisten varias generaciones después. Sin embargo, estos
efectos no son únicamente negativos. De hecho, el sistema nervioso humano,
en la medida en que ha evolucionado para ayudar a la supervivencia, es
bastante elegante, incluso inteligente, podríamos decir.
Pensemos en un veterano de guerra que regresa a casa padeciendo un TEPT.
Uno de sus síntomas puede ser la hipervigilancia, definida por un estado de
ansiedad, excitación, sensibilidad sensorial y la vigilancia constante de su
entorno en busca de señales de amenaza. Se necesita una gran cantidad de
energía para mantener esta atención intensificada, por lo que esta persona
acaba agotada física y emocionalmente. Como resultado, debe lidiar con
sentimientos generalizados de irritabilidad y agitación, que su familia y
amigos son incapaces de procesar o entender. La incomprensión de sus seres
queridos y sus crecientes sentimientos de ansiedad, frustración y vergüenza
pueden llevarle a replegarse, lo que interfiere en lo que, antes de su
alistamiento, había sido una fuerte capacidad para establecer conexiones
interpersonales saludables y duraderas. Y esto lo lleva a sentirse aislado y
deprimido.
Sin embargo, el síntoma de hipervigilancia se origina como un producto de
la inteligencia evolutiva del sistema nervioso. El sistema nervioso del
veterano había emitido una orden de recableado, potenciando la función
automática de patrullar y vigilar en busca de peligro, amplificando su apoyo
defensivo para hacer frente a lo que el cuerpo percibía como un entorno
cambiante e inseguro. El efecto inicial de la hipervigilancia en respuesta al
trauma, por tanto, parece contener una estrategia funcional, incluso para
salvar la vida.
La respuesta a en qué punto exactamente las consecuencias del trauma se
vuelven disfuncionales puede encontrarse en algún lugar dentro del espacio
de relaciones que rodea a una persona traumatizada y su familia, comunidad,
sociedad y cultura. Cuanto más tiempo permanezca el trauma sin atención y/o
tratamiento, mayor será la probabilidad de que la vida de una persona acabe
dominada por los síntomas de ese trauma.
La teoría polivagal
En 1994, el Dr. Stephen Porges, director del Consorcio de Investigación de
Estrés Traumático del Instituto Kinsey, propuso lo que se conoce como teoría
polivagal, que ayudó a iluminar un aspecto profundo y totalmente nuevo del
papel que desempeña el sistema nervioso en nuestra supervivencia evolutiva
24
. Para entonces, los biólogos ya entendían que las respuestas simpática y
parasimpática (es decir, de lucha o huida y paralización o desmayo,
respectivamente) constituían un aspecto biológico innato de supervivencia
animal. La teoría de Porges supuso un avance en esta danza prehistórica al
distinguir el profundo impacto que tienen las relaciones sociales no solo en la
supervivencia, sino también en nuestra capacidad para soportar el estrés y
recuperarnos de un trauma 25.
La teoría polivagal explica cómo la sensación de seguridad o peligro de un
individuo está profundamente conectada con su entorno social. Las señales
viscerales que recibe el sistema nervioso se transmiten a través de cambios
casi imperceptibles en las voces, las expresiones y/o los cambios posturales
que detectamos —generalmente de forma automática e inconsciente— en los
rostros y cuerpos de quienes nos rodean. Estos cambios infinitesimales
ofrecen constantes señales de retroalimentación sobre si nuestro entorno es
amenazante o seguro, y si las personas que nos rodean suponen un riesgo o
nos ofrecen conexión. Cuanto más acertadamente seamos capaces de
descifrar estas señales, más fuertes serán nuestros vínculos con los demás y
más seguridad y bienestar experimentaremos.
El nervio vago —el décimo de los pares craneales— interviene en la
regulación de las actividades cardíacas, pulmonares, digestivas y de otros
sistemas autónomos por parte del sistema nervioso parasimpático. El
complejo vagal ventral (CVV) —a veces denominado «sistema nervioso
social»— es una rama del nervio vago que se activa cuando experimentamos
estrés o cualquier tipo de amenaza ambiental o psicológica, ya sea real o
imaginaria. En cuanto el CVV se activa, tratamos de restablecer una
sensación de seguridad, certeza y conexión a través de conductas de «cuidar y
hacer amigos» con los que nos rodean 26. Si oímos de repente un ruido fuerte,
por ejemplo, podemos mirar inmediatamente a los ojos de un compañero, no
solo para comprobar que también lo ha oído, sino como un medio
inconsciente de buscar seguridad.
Si las acciones del sistema nervioso social fallan y no hay vínculos o
conexiones seguras, o simplemente estamos demasiado angustiados para
sentir alivio o establecer una conexión, la siguiente línea de defensa de
nuestro sistema nervioso se establece en el complejo dorsal vagal (CDV)
mediante las reacciones simpáticas de lucha o huida. Evolutivamente
hablando, el CDV pertenece a la parte más primitiva del nervio vago. Si sus
defensas de lucha o huida no funcionan para protegernos de la amenaza en
cuestión, el sistema nervioso parasimpático recurre por defecto a la
paralización, el desmayo o la muerte fingida 27.
El impacto del trauma en las relaciones
El trauma rompe las relaciones y daña las facultades humanas de confianza,
conexión y mutualidad. Cuando estas capacidades están deterioradas o
destruidas, disponemos de menor resiliencia y, por tanto, somos más
vulnerables a traumas adicionales que con frecuencia se infligen a través del
canal de la relación rota.
Los traumas complejos inhiben la capacidad de establecer un sentido de
identidad estable, y por tanto una relación con uno mismo, y dificultan o
cercenan la posibilidad de formar relaciones sanas con los demás. Esta es
quizá la consecuencia más debilitante del trauma.
«El trauma no es la historia de lo que ocurrió hace mucho tiempo —afirma
Bessel van der Kolk—, sino que es un residuo que habita en tu interior
ahora» 28. Dado que el trauma sigue viviendo dentro de la persona que lo
sufre, fragmentando los recuerdos, distorsionando la percepción e impidiendo
que se enraíce en su cuerpo, ocupa un espacio crítico. Las funciones
evolutivas más antiguas son necesariamente más estables, de modo que una
persona traumatizada —con independencia del desarrollo alcanzado antes del
trauma— experimentará regresiones a estados y etapas de desarrollo
anteriores cuando determinados factores de estrés, especialmente los
producidos por las relaciones, le induzcan una reacción emocional, lo que
repercutirá aún más en su capacidad de construir o mantener conexiones
sanadoras.
Combinar la ciencia material con la ciencia sutil
Ahora que hemos establecido un marco básico para reconocer el trauma
humano y sus efectos desde una óptica científica, el siguiente capítulo
considerará los mismos elementos desde una visión mística, no con la
intención de promover una dicotomía, sino de crear una suave dialéctica. Al
incorporar la perspectiva de las dimensiones sutiles a nuestro conocimiento
actual sobre el tema, podemos fomentar una comprensión más
multidimensional e integrada.
11 Oliver Sacks, El río de la conciencia, Barcelona: Anagrama, 2019. (N. de la T.)
12 Sarah Graham, «Skulls of Oldest Homo Sapiens Recovered», Scientific American 12 (junio de
2003), scientificamerican.com/article/skulls-of-oldest-homo-sap/.
13 Bessel van der Kolk, «Is Your Client Traumatized? For the Answer, Look to the Body»,
Psychotherapy Networker, 1/2017, psychotherapynetworker.org/blog/details/311.
14 Bessel van der Kolk, El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del
trauma, Sitges: Eleftheria, 2020.
15 «Post-Traumatic Stress Disorder», National Institute of Mental Health, consultado en febrero de
2018, nimh.nih.gov/health/publications/post-traumatic-stress-disorder-ptsd.
16 Matthew J. Friedman, «PTSD History and Overview», US Department of Veterans Affairs, marzo
de 2016, consultado en febrero de 2018, ptsd.va.gov/professional/treat/essentials/history_ptsd.asp.
17 Judith Lewis Herman, Trauma and Recovery: The Aftermath of Violence — from Domestic Abuse
to Political Terror (Nueva York: Basic Books, 1992), 127.
18 Herman, Trauma and Recovery, 96.
19 «Complex Posttraumatic Stress Disorder», TraumaDissociation.com, consultado el 6 de marzo de
2018, traumadissociation.com/complexptsd.
20 Bessel A. van der Kolk, «Developmental Trauma Disorder: Toward a Rational Diagnosis for
Children with Complex Trauma Histories», Psychiatric Annals 35, n.º 5 (mayo de 2005): 401–08, doi:
10.3928/00485713-20050501-06.
21 Alexandra Cook, Margaret Blaustein, Joseph Spinazzola et al., «Complex Trauma in Children and
Adolescents: White Paper from the National Child Traumatic Stress Network», Complex Trauma Task
Force (PDF), National Child Traumatic Stress Network, consultado el 6 de febrero de 2017,
nursebuddha.files.wordpress.com/2011/12/complex-trauma-in-children.pdf.
22 K. Hughes et al., «The Effect of Multiple Adverse Childhood Experiences on Health: A
Systematic Review and Meta-Analysis», Lancet Public Health 2, n.º 8 (agosto de 2017): e356–e366.
23 Christina D. Bethell, «Child Flourishing: Our Greatest Public Health Opportunity Needs a Policy
Response», AcademyHealth, 5 de septiembre de 2017, academyhealth.org/blog/2017-09/child-
flourishing-our-greatest-public-health-opportunity-needs-policy-response.
24 Stephen W. Porges, Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse
seguro (Sitges: Eleftheria, 2018).
25 Porges, Polyvagal Theory, 55.
26 Porges, Polyvagal Theory, 159–161.
27 Porges, Polyvagal Theory, 159–161.
28 Elissa Melaragno, «Trauma in the Body: Interview with Dr. Bessel van der Kolk», Anchor
Magazine, n.º 4 (noviembre de 2015), stillharbor.org/anchormagazine/2015/11/18/trauma-in-the-body.
3.
LA CIENCIA INTERIOR DEL TRAUMA
«El trauma no es lo que nos sucede, sino lo que llevamos dentro en ausencia de un testigo
empático».
PETER A. LEVINE In an Unspoken Voice
«El mayor daño causado por el abandono, el trauma o la pérdida afectiva no es el dolor
inmediato que infligen, sino las distorsiones a largo plazo que crean en la forma en que el niño
interpreta el mundo y su lugar en él».
GABOR MATÉ In the Realm of Hungry Ghosts
se enmarca en lo que yo llamo los principios
L
A ESENCIA DE ESTE LIBRO
místicos de la sanación, que son la base de mis cursos globales sobre
trauma colectivo (cuyas bases se esbozan en el capítulo 1). Como
místico, el fundamento de mi trabajo es espiritual y, por lo tanto, descansa y
surge de la sustancia de lo sagrado, del Misterio, de aquello que llamo Dios.
El término «Dios» suele resultar controvertido en nuestro mundo moderno y
postmoderno; evoca diferentes connotaciones y emociones en todos los que
lo leen o escuchan. Desde luego, se han propuesto innumerables expresiones
o nombres en el intento de identificar el mismo concepto. Puede sentirse
como Espíritu, el Todo, el Uno, el Absoluto, la Realidad Última, lo
Indescriptible, lo Divino. Se ha llamado Fuente, Tao, Brahman, Vacío, o
también conciencia ilimitada, el estado plenamente despierto, el principio de
la creación y a lo que todo regresa, alfa y omega, y se le conoce además por
otros muchos nombres, así como por aquello que es inefable.
Ninguna palabra o concepto humano logra captar su esencia, que para los
corazones antiguos y modernos expresa algo que es a la vez inmenso y
singular, absoluto y relativo, muchos y uno, personal e inefable, radicalmente
manifiesto y de algún modo silencioso y sin forma.
Una cualidad inmanente y trascendente a la vez.
No es posible poner nombre a la paradoja divina. Constituye un misterio
que no puede captarse, ni siquiera de soslayo.
Sea cual sea la forma en que elijamos relacionarnos con lo Divino, sigue
siendo un misterio para nosotros. Aun así, hay belleza y revelación en la
búsqueda espiritual: cualquier detalle que descubramos sobre el infinito,
también podemos descubrirlo sobre nosotros mismos. Como ya vimos en el
capítulo 1, sus energías se expresan con frecuencia por medio del enso¯;
trazan un mapa que es a la vez fractal y holónico: tanto el todo como la parte.
En otras palabras, es donde una entidad completa (holón) se convierte en
parte de la entidad superior siguiente, y así sucesivamente, hasta llegar a lo
más alto, como muñecas rusas divinamente encajadas unas en otras.
Considera cómo una partícula-onda se convierte en un átomo, en una
molécula, en una célula, en una forma de vida y en un organismo complejo;
cada holón envuelve y trasciende el precedente, evolucionando a través de un
proceso de diferenciación e integración hacia una complejidad cada vez
mayor. Y con una mayor complejidad llegan dimensiones crecientes de
conciencia.
Las cualidades de un átomo se reflejan o se incluyen en la molécula, pero
son trascendidas por ella. «Como es arriba, es abajo». Del mismo modo, las
cualidades de un solo humano se expresan en la totalidad humana. Si el
humano muestra un ego parpadeante y un extenso inconsciente dormido,
también la psique colectiva de toda la humanidad contiene estas fuerzas.
Somos a la vez yo y nosotros, cuerpo y sociedad, psique y cultura.
Pero no solo el ser humano posee interioridad; incluso puede decirse que el
átomo expresa alguna fuerza de prensión, aunque sea discreta de manera
proporcional. De hecho, todos los holones lo hacen, y esto revela otra
cualidad que podemos conjeturar sobre la creación: nos ha provisto de una
conciencia interior y una forma externa a partes iguales.
Como es el exterior, es el interior.
Y aquí reside una clave sagrada. Reconocer o examinar solo lo exterior —
ya sea la parte física de las estrellas, los ecosistemas de los planetas o la
neuroquímica profunda del cerebro humano (posiblemente el sistema exterior
más complejo que se haya identificado hasta ahora)— es perderse mundos
enteros. Además de las dimensiones de conciencia de los seres humanos, los
planetas y las estrellas, existe una esfera sutil de la que todo nace y a la que
todo regresa. Aunque su naturaleza secreta puede a veces intuirse desde el
mundo material, sus misterios no pueden verse de forma total o directa en el
exterior, sino que deben (también) explorarse en el interior. Y durante siglos,
mucho antes del auge de la ciencia o incluso del dominio imperial de las
religiones míticas del mundo, los antiguos místicos, chamanes, sabios y
yoguis hicieron justamente eso. Podemos beneficiarnos de su sabiduría y
tratar de integrarla con los descubrimientos de la ciencia moderna y la
psicología del desarrollo.
Diversas tradiciones sagradas y sabios-filósofos, desde Plotino hasta
Sankara, han conducido a los practicantes hacia el despertar interior, estados
divinos que reciben nombres diversos: kensho¯, satori, sahaja, metanoia,
nirvikalpa sama¯dhi, jnana, turiya y turiyatita. Al emprender nuestro viaje
de desarrollo mediante una vida contemplativa, hacemos consciente nuestra
anatomía sagrada. Practicando la vida contemplativa, podemos despertar.
Desde una perspectiva mística, la encarnación en el cuerpo nos brinda un
poder transformativo: la capacidad del alma de progresar y crecer. El alma es
una potencialidad, una inteligencia que se descarga en la vida. El cuerpo
físico es el receptáculo del alma para la energía de arraigo, así como el
conducto a través del cual su luz o inteligencia puede canalizarse y
desarrollarse; es a la vez condensador y conductor.
A través de la encarnación nos arraigamos en una vida humana y en su
historia, aunque la narración que debemos transformar no es solo la nuestra,
sino la historia humana colectiva y, en última instancia, la de la vida en su
conjunto. De hecho, somos actores en un viaje de héroes compartido, una
gran narrativa en la que conspiramos con todos los miembros de nuestra raza
que nos precedieron, que viven ahora y que están por venir.
Como vimos en el capítulo 1, la dimensión sagrada que llamamos vida ha
puesto en nuestras manos cientos de miles de años de desarrollo humano, la
totalidad del código humano que se manifiesta dentro y a través de quienes
vivimos hoy en la Tierra. Juntos, encarnamos el registro genético y
geográfico de todo lo que la humanidad es y ha sido siempre. Se trata de un
don sagrado.
Y aunque nos veamos ligados al presente, nuestras almas vivas encarnan
una dimensión vertical, que surge de los orígenes de nuestra historia
compartida y que avanza hacia el potencial pujante que es nuestro futuro.
El «pasado» es la historia no integrada. Es el contenido de nuestra historia
personal y colectiva que ha sido enterrado en la sombra, en los lagos oscuros
del interior inconsciente, y por lo tanto convertido en karma, obligado a
aflorar una y otra vez en nuestro mundo exterior. El pasado inconsciente y no
integrado es el destino. Se convierte en un falso futuro proyectado en el
mañana, construido a base de repeticiones, preprogramado por nuestro
aspecto no despierto. Es como tomar el camino que hemos dejado atrás,
ponerlo frente a nosotros y llamarlo el «futuro».
Lo que hemos llamado «karma» o «sombra» puede denominarse hoy en día
«trauma», ya que los efectos del trauma se propagan como energías
disociadas y negadas, congeladas en la sombra, destinadas a repetirse. El
trauma crea incoherencia, fracturándonos de nosotros mismos y separándonos
de los demás. Sus recuerdos rotos resurgen reiteradamente a través de
erupciones exteriores que no están dirigidas por el libre albedrío, sino por esa
parte de uno mismo que se mantiene en la oscuridad.
Espacio, energía y estructura
Como hemos visto, nuestro universo es holónico, y todos los holones
presentan dimensiones interiores y exteriores, sutiles y burdas. Estas
dimensiones dobles tienen lugar en el espacio, la energía y la estructura, algo
que requiere una explicación desde el punto de vista de nuestro enfoque
místico contemporáneo.
Cuando leemos la palabra espacio, pensamos en el espacio exterior, ese
paisaje celestial que contiene nuestro sistema solar y que se extiende al
menos hasta donde alcanzan los telescopios. Pero en el ámbito de la mística,
el espacio se refiere a su dimensión interior, igualmente inmensa. Aquí, el
espacio es el receptáculo de la conciencia, el mundo del yo, del nosotros y de
todo lo que se encuentra en proceso de despertar.
Según las tradiciones místicas, las cualidades del espacio pueden observarse
a través de múltiples dimensiones, ya que su naturaleza manifiesta se
distribuye en «capas» interpenetradas de ensamblaje. En un nivel está el
espacio burdo, que alberga la dimensión material y sus propiedades
energéticas: energías electromagnética, gravitatoria, nuclear fuerte y nuclear
débil.
El espacio sutil, que emerge del espacio burdo y lo envuelve, alberga las
corrientes emocionales, mentales e intuitivas. Es el plano de la información,
el reino de los sueños y el paisaje de iniciación de la contemplación
espiritual, que abre las primeras puertas a las energías sutiles conocidas como
etéricas, astrales, psíquicas, etc., en diversas tradiciones. El adjetivo sutil
denota que la información y la sustancia son más finas y menos densas de lo
que nuestros ojos físicos pueden percibir.
Más allá del plano sutil se encuentra el espacio causal. En los textos
sagrados se han utilizado expresiones como ámbito del ser, vacuidad y vacío
para identificar su naturaleza. En la comprensión mística, esta cualidad del
vacío no se ve puramente como un espacio nulo, sino más bien como un
vacío sin forma que contiene todas las potencialidades, todas las
posibilidades. Se trata de un reino misterioso que está más allá de la dualidad,
y es allí donde encontramos la conciencia testigo, ese aspecto de nuestra
naturaleza que es capaz de ver lo subjetivo con claridad objetiva. La esfera
causal es el ámbito del sueño profundo y el paisaje del Absoluto. Del vientre
de lo causal emana todo lo que es.
Del espacio surge la energía, que es movimiento. La energía es el flujo
incesante de inteligencia, de datos, de información en movimiento. La
energía es la luz del Espíritu, que se pliega en la forma creativa y se despliega
como el vacío/plenitud trascendente de lo completo. Puede ser prana o luz de
estrellas, chi o electricidad. En los tiempos modernos, llamamos a esta
energía superior genialidad o visión profunda. Surge cuando una nueva
información que no estaba antes se descarga en el sistema en forma de ideas
rompedoras y avances innovadores.
La estructura se refiere a la forma mórfica o vía a través de la cual la
energía se cristaliza y se canaliza, como el agua a través de una tubería, en
formas físicas, circuitos neuronales, patrones emocionales, estructuras de
conciencia, formas culturales, hábitos cósmicos, etc. Las estructuras se
convierten en los senderos por los que se canalizan las energías primordiales
y cósmicas; son la arquitectura, el conducto.
La voluntad de llegar a ser
En el momento de la concepción puede decirse que un hilo sutil y brillante
de energía —la voluntad humana— se extiende hacia adelante a partir de la
energía y la información proporcionada por los cuerpos de dos seres humanos
adultos. Esa línea numinosa llamada «voluntad» está directamente vinculada
al alma y es la realización del impulso más esencial de la vida: crecer,
evolucionar, llegar a ser.
Esta fibra sutil (voluntad) nos vincula a cada uno de nosotros con nuestra
esencia más pura (alma) y la inteligencia más refinada (la vida en su
conjunto), para que en torno a ella se desarrolle y despliegue toda una vida
humana. De este modo, la voluntad es el progenitor energético de la médula
espinal y del sistema nervioso central en desarrollo.
La voluntad individual está íntimamente ligada a la voluntad colectiva; su
energía se eleva verticalmente a través de todo un linaje genético, de hecho, a
través de todos los linajes. Como tal, la voluntad de un humano recién
encarnado lleva el código de la especie para la continuidad, que no es
simplemente el instinto de supervivencia, sino el anhelo de convertirse en
algo nuevo y más completo. Contiene la semilla de la totalidad, al igual que
una sola bellota alberga la memoria genética de bosques antiguos y guarda en
su interior su propio futuro como roble completamente formado.
La creación del sistema nervioso
A medida que el sistema nervioso se desarrolla, surge como un canal para
una energía sutil específica, un flujo de luz inteligente y vivo: un alma
humana. Y a medida que el cerebro y la espina dorsal maduran, se crea una
columna principal para el flujo de esta luz, que se canaliza y circula por todo
el cuerpo en desarrollo, subiendo desde la base de la columna vertebral y
saliendo por la coronilla. Sus energías terciarias viajan por todo el organismo,
trazando un camino a lo largo de los meridianos de energía y los nadis,
canalizando el prana hacia cada célula 29. El sistema nervioso envía
información hacia arriba, a través de la espina dorsal, para que llegue al
cerebro, y también hacia abajo al resto del cuerpo.
En la zona donde se ubica cerebro, concretamente en la coronilla, aparece
un canal energético o campo de flujo que corresponde al futuro. Al meditar
en ese campo, podemos aprender a conectar con nuestras capacidades
superiores de inspiración e innovación. De hecho, el sistema nervioso central
humano actúa como una inmensa biblioteca energética de información de 360
grados. Posee múltiples niveles y escalas, y alberga la suma total de nuestra
historia: cada paso que hemos dado de cada fase de desarrollo, así como los
pasos y etapas que recorrieron nuestros antepasados para traernos hasta aquí.
Este magnífico sistema funciona como una especie de red inalámbrica.
Cuando y dondequiera que se encuentre un trauma no sanado, su registro
queda atrapado en la sombra, invisible para nosotros en la superficie. Este
trauma provoca una interrupción en la red inalámbrica, de modo que cada vez
que pasamos por esa sala de la biblioteca, nuestras llamadas se interrumpen.
Esto es clave para entender el sistema nervioso: desde el punto de vista de
la energía sutil, facilita un flujo de datos tanto ascendente como descendente.
Cuando las vías de comunicación se interrumpen, los tejidos posteriores no
pueden ser atendidos plenamente; estarán faltos de energía e información, y
los principios organizativos elementales no se manifestarán plenamente.
Imagínate que cada célula del cuerpo dispone de un teléfono móvil. Cuando
hay suficiente recepción celular, todos los teléfonos funcionan y cada célula
se comunica a la perfección. Pero en zonas de trauma, la recepción está
dañada, lo cual deja a muchas células sin acceso vital a la información y a la
conexión. El principio organizador superior del sistema es incapaz de
informar a sus partes interdependientes.
Esto es tan cierto para el individuo como para la colectividad: las células,
los organismos y los seres humanos. Los traumas suelen alterar gravemente
el flujo y el procesamiento de datos. Crean una disfunción en la capacidad de
una persona para sintonizar y conectar consigo misma, y daña su capacidad
para sintonizar y relacionarse con los demás.
El bucle de individuación
El alma humana es energía/potencialidad pura que es atraída a la estructura
creada por los padres. Un proceso de apego saludable entre los padres y el
niño permite la formación de estructuras de conciencia sanas para que el
pequeño pueda desarrollarse y prosperar, pero los padres inconstantes,
negligentes o abusivos suelen dañar gravemente el desarrollo interior e
incluso exterior. Como he mencionado en el capítulo anterior, este tipo de
crianza da lugar a traumas complejos o de desarrollo. Igualmente, unos
progenitores que no ven, no sienten y no reconocen la interioridad del niño
puede dar lugar a traumas parecidos.
Del ser surge el devenir y de este último surge la voluntad. Cuando se
produce la concepción, la voluntad puede percibirse como una línea sutil de
energía. Está conectada con el impulso del alma y se cristaliza en el feto en
formación. La voluntad se expresa aquí como el impulso de crear y lo hace en
forma de bucle: es enso¯.
Con cada nuevo bucle la energía se cristaliza en el siguiente paso de la
estructura. Conecta el sistema nervioso, y construye la columna vertebral y
los circuitos neuronales del cerebro. Mientras teje, la energía va enlazando la
forma exterior. Constituye una aguja y un hilo que sale y vuelve al tapiz de la
autoestructura, repitiendo su patrón fractal una y otra vez. De esta manera, se
genera la base energética de lo que yo llamo el bucle de individuación.
Cada nueva función y aspecto del desarrollo surge primero como un
impulso energético o eléctrico y luego, a través de una práctica regular, crea
lentamente para sí una estructura, convirtiéndose en el cable por el que fluye
la electricidad. De este modo, la energía se convierte en estructura. Así es
como se desarrolla el cuerpo (o la forma exterior), y lo mismo sucede en el
interior.
A medida que el niño crece, dos estímulos energéticos —la curiosidad y el
miedo— se convierten en los principales motores del desarrollo de su
psiquismo. La curiosidad impulsa al niño a explorar su entorno, a salir y
descubrir, mientras que el miedo le obliga a volver de nuevo a la seguridad de
los brazos de sus progenitores. De este modo, nuestro primer instinto de
supervivencia —el miedo— nos empuja hacia la conexión. Y una vez
tranquilizado en el confort de la protección, el niño puede salir de nuevo a
saciar su curiosidad por el mundo.
Si los cuidadores no están presentes o no transmiten al niño una sensación
de seguridad y certeza constante, este se verá obligado a contener su miedo
en solitario. Esto resulta abrumador para un sistema nervioso en desarrollo,
que depende de la corregulación entre el cuidador y el niño para que este
último adquiera la capacidad de autorregulación.
Cada vez que nos asustamos o sobresaltamos a lo largo de nuestra vida nos
volvemos de forma instintiva hacia los demás, evaluando rápidamente sus
rostros para determinar si existe un verdadero peligro o si podemos relajarnos
y abrirnos de nuevo. Piensa en la última vez en que viajaste en un avión que
sufrió fuertes turbulencias. Los pasajeros sentados cerca de ti, que tal vez no
hubieran hablado antes entre sí, probablemente miraron a su alrededor,
midiendo el nivel de miedo de los demás con una sonrisa nerviosa, y
suspiraron juntos de alivio cuando retornó la calma. Esto es una expresión de
corregulación. Pero si, cuando somos niños, no recibimos una corregulación
de nuestros padres (lo cual es una especie de trauma del desarrollo), es más
probable que expresemos una desregulación emocional, incluso durante la
edad adulta, y tal vez experimentemos frecuentemente estrés e
hiperactivación en circunstancias de poca importancia o incluso neutras. Esto
también es aplicable en otros tipos de trauma.
Una vez más, los principales impulsos para el desarrollo interior temprano
son la curiosidad y el miedo. La curiosidad impulsa al bebé a salir al exterior,
a explorar el mundo, mientras que la ansiedad o el miedo lo obligan a
regresar a la seguridad de sus padres. Cada vez que el niño acude en busca de
seguridad y tranquilidad, la atención adecuada a sus necesidades genera una
resonancia entre el sistema nervioso de los padres y el sistema nervioso del
niño, creando de este modo una corregulación del miedo y la activación. A
medida que este proceso se repite a lo largo de la primera infancia, el cerebro
y el sistema nervioso del niño van instaurando los hábitos de autorregulación
que necesitará para convertirse en un adulto funcional e independiente.
A nivel sutil, cuando se produce un trauma continuo en estas primeras
etapas debido a una falta de corregulación adecuada por parte de progenitores
sanos, el niño puede sufrir una contracción energética de la base, o una
tensión de la base. Energéticamente es como si el niño se contuviera o
refrenara (apartado de los demás y de su entorno). Su energía está contraída
en lugar de ser expansiva y fluida. La contracción existe porque el niño está
conteniendo el miedo (es decir, está tensando el cuerpo en respuesta al
miedo), al no haber aprendido de sus padres o cuidadores el modo de
autorregularlo. Si la contracción causada por el temor se convierte en un
patrón continuo, el niño es incapaz de sentirse seguro en el mundo, lo que da
lugar a un estado de desconexión y desarraigo con relación a su cuerpo.
Este tipo de trauma temprano suele inhibir el desarrollo y puede
manifestarse posteriormente en forma de vulnerabilidad a obsesiones como
las conductas adictivas o la repetición compulsiva. Pero dado que la
autocontención constreñida de un niño traumatizado sustituye el soporte
seguro de unos padres sanos, del que carece, es en realidad una elegante
función adaptativa. Permite la supervivencia. Aunque un niño con una
constricción continua puede experimentar una lesión en su desarrollo, el
sistema nervioso está utilizando una especie de servicio de reducción de
volumen, acallando la hiperactivación y la sobrecarga del miedo basado en el
trauma para que pueda establecerse un cierto nivel de coherencia y la vida
pueda continuar. El niño puede sobrevivir a su miedo y a su trauma.
Una vez que un niño pequeño se hace lo suficientemente fuerte, habiendo
establecido de forma saludable el primer nivel de estructura interior a través
de la repetición del bucle de individuación, puede empezar a decir «¡no!». En
esta etapa siente más curiosidad, menos miedo y un mayor deseo de oponer
resistencia. Para poder hacer esto debe haberse formado una estructura
suficientemente sólida a lo largo del desarrollo temprano que lo sustente, al
igual que se requiere una superficie firme para poder saltar. Durante un
tiempo, los niños pequeños juegan a decir que no para sentir su poder, la
solidez de la estructura que su desarrollo ha creado bajo sus pies. Este
proceso —de la dependencia a la independencia y a la interdependencia— se
produce a lo largo de todo el desarrollo y condiciona todas las funciones
vitales.
Cuando el trauma del desarrollo (por ejemplo, los abusos o la desatención)
se produce en una etapa temprana, la lesión emocional puede dar lugar a una
obsesión invisible de oposición hacia los demás, incluso en las relaciones
adultas. Con su pareja, la persona traumatizada puede mostrar un patrón
inconsciente de evitación o un hábito de crear distancia emocional, una
tendencia que puede llegar a confundir con la libertad o la fortaleza personal.
Pero cuando reciben una atención adecuada, los niños desarrollan un
sentido de relación en el que «sí» o «no» se convierten en opciones
igualmente válidas: «Estoy relacionado con mi entorno y puedo decir sí o no
libremente». Surge una nueva etapa de desarrollo en el bucle y, con ella, un
nuevo sentido del espacio en la relación.
Espacio-tiempo-ritmo
De cada capa de individuación emerge otra capa estructural de desarrollo.
Esta geografía interior es el sólido fundamento, o la base, sobre la que
seguimos desarrollando con seguridad nuevas estructuras en la conciencia.
Con el crecimiento se desarrolla un sentido del espacio, el tiempo y el ritmo
(E-T-R). Cada vez que nos alejamos de nuestras madres, se amplía nuestro
sentido del espacio exterior y de la orientación espacial. A medida que el
proceso continúa, se desarrolla nuestro sentido de la duración o del tiempo, y
nos orientamos impulsados por las emociones y los pensamientos que
experimentamos. Cada vez que nos movemos hacia fuera, siguiendo un
impulso de curiosidad y libertad, y luego volvemos hacia dentro, hacia la
seguridad de los brazos de nuestra madre cuando sentimos miedo o
incertidumbre, estamos siguiendo el ritmo del bucle de la vida misma: hacia
fuera, hacia la autonomía, y hacia dentro, hacia la conexión. De hecho, el
tiempo, el espacio y el ritmo son los elementos fundamentales de la
percepción, que nos permiten orientarnos en nuestro mundo físico, con
nosotros mismos y con otras personas.
Como vimos en el capítulo 1, esta pantalla de percepción es como el amplio
lienzo sobre el que se proyecta una película en una sala de cine. El cerebro es
el proyector, que modula con fluidez la afluencia de percepciones, tanto
internas (pensamientos, emociones y sensaciones) como externas (estímulos
procedentes de nuestro entorno). Cuando estamos traumatizados, nuestro
proyector se daña; perdemos la capacidad de unir fácilmente las percepciones
interiores y exteriores y de integrarlas con precisión en la pantalla. Se
produce un retraso o una falta de sincronización (tiempo y ritmo), y la propia
pantalla (el espacio) se distorsiona, como si el lienzo estuviera arrugado o el
negativo de la película se saliera de la bobina de repente.
El trauma distorsiona nuestra percepción de la realidad, e impide que
veamos el mundo tal como es. Reduce el «ancho de banda» de nuestras
capacidades perceptivas y deforma nuestra experiencia del espacio-tiempo.
El E-T-R es la base de la percepción de la realidad. La coherencia entre
estos tres elementos permite el flujo de la vida. Estar «en el flujo» constituye
un testimonio de su alineación, al igual que la experiencia de las sincronías o
la sensación de estar en el lugar correcto en el momento adecuado. Con una
práctica consciente estas experiencias pueden convertirse en la norma. Sin
embargo, cuando nos sentimos desincronizados, desafortunados o somos
propensos a los accidentes, experimentamos una falta de coherencia en el E-
T-R.
El trauma, sobre todo, crea una discontinuidad en el E-T-R, aunque solo
lleguemos a reconocer las distorsiones de la percepción que esto acarrea a
través de los síntomas y las crispaciones, especialmente en las relaciones con
los demás.
Cuando se satisfacen las necesidades físicas y se establecen unos cuidados
saludables, el niño crece de forma natural. Pero siempre que haya angustia,
enfermedad, desatención o trauma que no pueda procesarse e integrarse
adecuadamente, se producirá una alteración en el campo sutil, que se
manifestará como un lugar de constricción y rigidez o de caos y
sobreexcitación. En el bucle de individuación se graba una marca energética
precisa en el lugar exacto del cuerpo y en el momento exacto en que se inició.
Es decir que, energéticamente hablando, el sistema nervioso sutil preserva y
contiene la huella de cualquier trauma en su dirección cósmica no local. Toda
la energía e información que estaba presente en el momento del trauma fue
congelada y almacenada en el cuerpo para ser tratada en un momento
posterior. Esto sucede porque, en ese momento, todos los recursos del
organismo se utilizaron para satisfacer las necesidades de supervivencia. Sin
embargo, la información del trauma sigue existiendo en el mismo punto del
campo personal en el que ocurrió, y nos referimos a esta ubicación como su
dirección cósmica.
Como hemos visto, la evolución, y por tanto el desarrollo, es un proceso de
diferenciación e integración. Un bebé percibe a su madre como una extensión
de sí mismo. Es indiferenciado. Pero a medida que ese bebé se convierte en
un niño pequeño, se produce un proceso saludable de separación o
individuación; empieza a reconocer que él o ella y su madre son dos, no uno.
Más adelante, cuando se convierte en un adolescente/joven adulto sano,
empieza a distinguir sus propias necesidades y deseos de los de sus padres y
anhela iniciar una vida independiente.
Este proceso se interrumpe o se retrasa considerablemente para el hijo de
padres traumatizados. Tal vez la madre no permita que su bebé comience a
separarse de ella de forma saludable, lo cual interrumpe la individuación
temprana. El miedo abrumador de la madre frena el deseo natural del niño de
gatear y explorar su mundo, lo que provoca frustración, estancamiento y
distanciamiento. O puede que desatienda la necesidad de conexión y
corregulación de su retoño, dejándolo en un estado de incertidumbre y
ansiedad perpetuas. Cuando estas pautas siguen produciéndose durante las
primeras fases de desarrollo, se inhibe el proceso natural de diferenciación
del niño.
Cuando un bebé se desarrolla en un receptáculo sano, se produce un campo
de resonancia entre madre e hijo. Existe un campo sutil de llamada y
respuesta, y donde el campo está abierto hay coherencia. Al igual que una
señal entre dispositivos inalámbricos, sale una especie de ping y es recibido
por un pong correspondiente. Es una música sutil que suena entre la madre y
el niño en todo momento.
Estos impulsos energéticos crean un campo de ondas, y el grado de
coherencia de ese campo conforma la calidad de las conexiones neuronales
en desarrollo en el cerebro del bebé. Pero cuando hay una falta de resonancia
en la madre o el padre como resultado de su propio trauma, puede haber una
coherencia insuficiente entre el progenitor y el niño, y cuando se trata de una
deficiencia significativa, se genera un campo traumático. Las señales de la
madre, sus sutiles pings, ahora estridentes e incoherentes, desaparecen como
en un rollo de algodón; no hay llamada y respuesta emocional sana, no hay
música. Donde el niño sano siente conexión y pertenencia, el niño
traumatizado experimenta desconexión y dislocación. Sus necesidades
emocionales no han sido satisfechas y las emociones de sus cuidadores han
resultado aterradoras, confusas o ausentes. Donde debería estar
experimentando un incremento de la conexión consigo mismo y con su
mundo, se encuentra con la incoherencia y la insensibilidad.
Un campo traumático suele impedir que se establezca en el niño una
conexión adecuada entre el exterior y el interior, lo que repercute en el
desarrollo del cerebro y el sistema nervioso, así como en su sentido de
identidad y su conciencia. La creación del bucle de individuación se ve
obstruida y se producen bloqueos, interrupciones y defectos potenciales.
Cuando esto ocurre, no hay espacio ni energía suficientes para que se
complete el siguiente bucle del proceso, lo que podría dar lugar a circuitos
neuronales no desarrollados en el cerebro, por ejemplo, o a estructuras
internas atrofiadas, como la incapacidad de comprender cómo ven las cosas
los demás (a la edad apropiada).
La energía de un niño en desarrollo está siempre anclada en el cuerpo de sus
padres o de su cuidador principal. Sus sistemas nerviosos están claramente
unidos y, cuando la madre mira la cara de su bebé —sonriéndolo y
arrullándolo—, sus sistemas empiezan a reflejarse y a alinearse, enraizándose
el uno en el otro. Cuando la madre mira los ojos de su hijo con atención y
cuidado, el espacio interior del niño se profundiza y expande, de modo que
las nuevas estructuras tienen espacio para crecer. De esta manera y de
muchas más, el niño mira a su progenitor o cuidador principal como su
estrella del norte, la fuente más poderosa por la que se orienta.
Pero si el sistema nervioso de los padres es hiperreactivo o está apagado
como consecuencia de su propio trauma, serán un ancla inestable. El niño
carecerá de una orientación adecuada y a veces podría sentirse como un
astronauta a la deriva. A medida que crece, se aísla dentro de un cuerpo que
carece de acceso a sus propias emociones y que refleja su herencia
traumática, ya sea hiperactivo y desregulado o congelado y anestesiado.
Cuando lo veamos más tarde como adulto, es probable que encontremos a
una persona dislocada y sin fundamento, incapaz de participar plenamente en
las necesidades cocreativas de su propio potencial superior o en la gran
empresa colectiva de esculpir las formas del mundo. Estos impulsos que
brotan de su alma también se han amortiguado en algodón.
La conexión saludable del bucle de individuación crea claridad y nitidez.
Forma una especie de espacio acústico para la música que suena entre madre
e hijo y para que se manifieste la sinfonía entre el niño y el mundo.
El trauma del desarrollo obstaculiza la capacidad de manifestación.
Deposita una capa de aislamiento en la base y sobrescribe una vida en
desarrollo —de hecho, líneas generacionales enteras— con miedo y tensión
donde de otro modo debería haber amor y libertad, devenir y pertenencia,
libertad e intimidad. Pero incluso las capas de algodón más densas pueden
aclararse y avivarse. Hay una manera de que el miedo, la tensión y el
aislamiento más oscuros y terribles —incluso allí donde se han colocado
ladrillo a ladrillo sobre las piedras base— puedan deshacerse. También los
traumas heredados y colectivos pueden ser sanados e integrados. Hemos
llegado a considerar todo esto y más.
La inteligencia relacional
El trauma rompe la relación. Dentro de una persona, el trauma rompe la
relación con uno mismo y sabotea la conexión con el otro. A escala colectiva,
la desvinculación traumática es cultural y generacional; constituye un bucle
de retroalimentación.
Imagina dos trenes que circulan a distinta velocidad por vías paralelas. Los
pasajeros de ambos trenes están asomados a las ventanillas, tratando de
comunicarse desesperadamente, pero uno de los ferrocarriles está acelerando
o frenando. Los trenes son ruidosos y el cielo está cubierto de niebla y humo.
Únicamente viajan al mismo ritmo por un breve espacio de tiempo, y aunque
los pasajeros pueden verse y oírse mutuamente, solo captan algunos
fragmentos de lo que dicen los otros. Aunque esto pueda parecer una comedia
de equívocos, describe con bastante precisión la naturaleza deficiente de la
comunicación y la conexión en un mundo en el que se permite que el trauma
y la desvinculación permanezcan sin procesar y sin integrar.
Ahora bien, si dos trenes paralelos circularan con la misma dirección y
velocidad, los pasajeros podrían abrir las ventanillas y entablar una agradable
charla, tal vez incluso tomando una taza de té. Para que se produzca
comprensión, conexión y una comunicación precisa, debe haber sintonía y
presencia, en y entre los trenes: con uno mismo y con los demás.
Cuando observas a tu familia, amigos, colegas o incluso a desconocidos,
podrías fijarte en cómo se asientan en su energía. ¿Están conectados y
enraizados? ¿Eres capaz de notar una solidez energética en su base? ¿Y qué
percibes de las cualidades sutiles en la base de una persona que esté
desregulada o exprese de algún modo la sombra? ¿Y en el caso de alguien
que ha experimentado un trauma? Si somos observadores, nos daremos
cuenta de que la mayoría de nosotros no descansa plenamente en su base.
Si estamos abiertos, podemos detectar ciertas huellas en la arquitectura
interior de una persona y percibir dónde se encuentra más contraída o vital,
más activada o entumecida, etc. Si nos mantenemos enraizados y abiertos con
una conciencia corporal global, podemos sentir a alguien (o a un grupo, una
comunidad, o posiblemente una colectividad mucho mayor) y percibir
cuándo o dónde se han desconectado de sus cuerpos, emociones o entorno.
Es importante darnos cuenta del grado de descorporización que hay en
nosotros mismos y en nuestra cultura. La descorporización expresa
claramente la desvinculación traumática a escala colectiva y manifiesta
consecuencias tanto directas como sistémicas. Incluso la crisis climática es
una manifestación nefasta del trauma colectivo: estamos desconectados de la
propia naturaleza.
Si de niño fui golpeado y aterrorizado por mis cuidadores, me habré
protegido contrayéndome, volviéndome distante, evasivo y retraído. Es
posible que haya acallado cualquier deseo de hacer valer mi voz o mis
necesidades, y esta contracción se habría convertido en un hábito arraigado.
Más tarde, de adulto, siempre que me encontrara con un conflicto, podría
recurrir de forma instintiva e inconsciente a esos hábitos de supervivencia.
Sin embargo, no estaría contrayéndome en el momento presente, sino en el
pasado. Volvería al espacio de descorporización creado en mi yo de tres
años, que sigo albergando y transportando, sin examinar ni digerir.
Esta contracción podría estar presente en mí durante años de forma
silenciosa, pero en algún momento la vida la sacará a la luz. Sucederá algo,
tal vez sin importancia, y sentiré que se me hace un nudo en la garganta o que
se me hunde una piedra caliente en la tripa. Tendré la sensación de que el
corazón se me cierra. Pero el verdadero origen no será la experiencia del
momento presente, sino esa experiencia dolorosa de mi pasado.
Quizá debamos reflexionar de nuevo aquí sobre las sabias palabras de Van
der Kolk cuando afirma que el trauma no es una historia sobre lo que te ha
pasado, sino un residuo que vive en ti.
Por supuesto, las respuestas de supervivencia de un niño de tres años ante el
abuso son una expresión de la inteligencia del sistema nervioso y de la
elegancia imperecedera de la voluntad humana. Sin embargo, si se permite
que los hábitos de contracción, retraimiento y descorporización continúen en
la edad adulta, sus poderes de supervivencia fracasan. En todo caso, mediante
el restablecimiento de la corporeidad, la presencia y la relación, incluso una
persona que ha vivido siempre con sufrimiento puede sanarse.
La sintonía fortalecedora
Un sistema nervioso sano nos permite sintonizar con los demás, crear un
campo de experiencia mutua con los demás. Estar completamente
sintonizados significa ser capaces y estar disponibles para acoger en nuestro
interior la energía, la mente y las emociones de los demás; es permitir que el
otro se sienta sentido por nosotros.
La sintonía es una habilidad que requiere práctica. Para sintonizar bien,
tengo que entrenar mi sistema nervioso para que sea más receptivo a la
energía. Además, debo practicar el descanso consciente en el espacio interior.
Es importante comprender que no podré reposar plenamente en el espacio —
en el presente— si mi sistema nervioso sigue digiriendo mi pasado (no puedo
escucharte bien durante la cena si una parte de mí aún está procesando lo que
ocurrió durante el almuerzo).
Existe una diferencia fundamental entre escuchar y sintonizar. Puedo ser
capaz de escuchar y procesar cognitivamente todo lo que compartes conmigo
en una conversación importante, pero a menos que haya fortalecido el
espacio o desarrollado estructuras de conciencia (como las que facilitan la
empatía), tal vez sea incapaz de recibirte de forma completa u holística. Mi
sistema nervioso necesita estar libre para esta tarea. Cuanto más pasado
cargue en el presente, menos disponible estaré para la sintonía, y con mayor
probabilidad proyectaré mi estado interior en ti. Esto es, al menos en parte,
una cuestión de eficiencia, ya que mi sistema nervioso tendrá una capacidad
reducida y será incapaz de recoger parte de tu transmisión.
La higiene interior
El concepto de sintonía ilustra la importancia de dedicar un tiempo a digerir
nuestras experiencias, procesando el material del pasado para poder estar
plenamente disponibles en el espacio del presente. Es fundamental que
establezcamos una práctica regular de higiene interior, dedicando tiempo a
contemplar, caminar o simplemente sentarse y digerir nuestras experiencias y
tensiones. Esta práctica constituye un acto de limpieza y nos permite disponer
del tiempo y el espacio necesarios para sintonizar plenamente con los demás
y con nosotros mismos. Considéralo como el filtrado del sistema nervioso y
sus campos energéticos sutiles de relación. En una relación íntima, podríamos
emplear una práctica de higiene interior mutua, un tiempo en el que cuidamos
el propio espacio relacional.
Este filtro es especialmente vital para los terapeutas y los facilitadores de
grupos grandes. Constituye un proceso necesario con objeto de estar
disponibles para sintonizar con los campos colectivos. Las personas que
trabajan directamente con grandes grupos para sanar el trauma colectivo
deben ser capaces de acceder al material cultural o material ancestral. Este
contenido es como un fantasma en la habitación; aunque es invisible, se
siente poderosamente. Para poder conectar, un facilitador debe estar
plenamente disponible, profundamente presente, totalmente sintonizado. Es
necesario controlar el estado interno de presencia, como si se tratara de un
indicador de presión o una batería, y percibir, momento a momento, cuándo
el sistema nervioso está abierto y espacioso con una conciencia corporal
global. Esta es la capacidad de sintonizar con otra persona, con el grupo, con
el pasado colectivo. Pero si el facilitador se ocupa, en el grado que sea, de
procesar cualquier aspecto de su pasado personal, la sintonía se pierde, y solo
tendrá una percepción parcial del momento actual.
Conciencia intersubjetiva y corregulación
A nivel sutil, la energía de un bebé está alineada y anclada a su madre. Su
delicado sistema nervioso en desarrollo refleja el intrincado e inteligente
sistema materno. Está totalmente conectado. Este es el software y el
hardware de la conexión entre humanos; es la placa base, los datos y el
código. Pero esta conexión no se limita a madre e hijo. Al igual que un
técnico informático puede acceder a distancia a tu ordenador y alojar en su
aparato los contenidos que aparecen en tu propia pantalla, tu sistema nervioso
sigue empleando sus sutiles poderes de corregulación.
En la medida en que fomentes la sintonía de forma consciente y desarrolles
activamente la capacidad del espacio personal e intersubjetivo, harás crecer
esta poderosa forma de visión/relación mutua y multidimensional. Con esta
nueva facultad, puedes aprender a tocar las energías sutiles de tu propio
sistema nervioso como un piano y, a partir de ahí, empezar a organizar
conscientemente una sinfonía que suene dentro del campo de ondas entre tú y
otra persona. De hecho, es posible aprender a utilizar las capacidades de
nuestro propio sistema nervioso para la relajación y la regulación del estrés
con el fin de apoyar energéticamente a otra persona para que haga lo mismo.
Esto es parecido al modo en que podemos tranquilizar a un niño que se ha
sobreexcitado y está dando voces moviéndonos nosotros de forma pausada y
hablando con calma, ya que tiende a producirse una imitación inconsciente.
Se trata de una función de la corregulación.
CÓMO LA SINTONÍA CONTRIBUYE A LA PAZ NUCLEAR
ENTREVISTA DE JULIE A LA DRA. SCILLA ELWORTHY
Cuando Scilla Elworthy tenía tan solo once años, sus cuatro hermanos mayores le enseñaron a disparar
una escopeta. Al considerarse «muy lista», se aventuró en el bosque ella sola e hizo algo que sabía que
era tabú. Apuntó su arma a lo alto de un árbol y disparó a un nido.
«Me cayeron por encima trozos de cáscara de huevo, los embriones de los polluelos y las plumas de
la madre», cuenta Elworthy. Conmocionada por la evidencia del acto de crueldad que había cometido,
se llevó el arma a casa y nunca más volvió a tocarla.
Durante las siguientes décadas, Elworthy se convertiría en una apasionada activista, incansable
constructora de la paz, destacada asesora en la resolución internacional de conflictos, fundadora de
múltiples organizaciones no gubernamentales e iniciativas de construcción de la paz, y se la nominaría
tres veces al Premio Nobel de la Paz. Ella cree que ese terrible episodio bajo aquel árbol del bosque,
con pedazos de carne y plumas cayendo a su alrededor, fue la primera señal que impulsó la misión de
su vida.
La segunda señal le llegó en el otoño del año en que Elworthy cumplió trece años. En su televisor en
blanco y negro vio cómo el pueblo húngaro, representado inicialmente por activistas estudiantiles,
protestaba públicamente contra el control soviético. Mientras los tanques soviéticos cargaban en
Budapest, acribillando a los estudiantes, Elworthy observaba estupefacta. Se trataba de la revolución
húngara de 1956.
Totalmente indignada, hizo la maleta. Como ella misma describe: «Le dije a mi madre: “Me voy a
Budapest”. Y ella me respondió: “Eres demasiado joven para resultar de ayuda, pero si deshaces la
maleta, me encargaré de que recibas formación”».
Y su madre cumplió su palabra.
«A los dieciséis años, me envió a trabajar a un campamento de verano para supervivientes de
Auschwitz —explica Elworthy—, escuchaba sus historias durante horas». A continuación, asistió a la
universidad en el Trinity College de Dublín, donde aprendió más sobre la difícil situación de los
refugiados. Después, Elworthy trabajó en campos de refugiados en Francia y Argelia, justo después de
la guerra de independencia argelina. Desde allí, la joven activista se embarcó en un buque de carga en
Burdeos, Francia, y viajó por la costa occidental de África, desembarcando finalmente en la República
del Congo (hoy, República Democrática del Congo). La asediada nación centroafricana se encontraba
en medio de una serie de violentas guerras civiles conocidas en conjunto como la Crisis del Congo.
A los veintiún años, Elworthy había trabajado con refugiados vietnamitas, en un orfanato de guerra
argelino y en el corazón de una zona de guerra activa en el Congo. «Para entonces ya había visto una
buena parte de la violencia humana —señala— y sus consecuencias, los desechos humanos». Pero en
lugar de amedrentarse, ella describe que estas experiencias supusieron una fuerza motivadora. Fueron
«el fuego que encendió mi alma», según lo describe.
Y entonces nació su hija, y la joven madre se enfrentó a otro tipo de infierno: contrajo una encefalitis
vírica que la dejó en coma durante dos semanas. La enfermedad conllevaba un importante riesgo de
muerte en esa parte de África en aquella época, y aunque sobrevivió, su cerebro y su cuerpo tardaron
seis años en recuperarse. En esa quietud sobrevenida a consecuencia del problema médico y la larga
recuperación, dos preguntas ocupaban repetidamente el primer plano de su conciencia: ¿quién soy?, y
¿por qué estoy aquí?
En 1982, Elworthy parece haber descubierto una respuesta: era una constructora de la paz. Así pues,
centró toda su atención en el problema de las armas nucleares.
«Me enfurecía que las decisiones sobre las armas nucleares se tomaran sin un debate previo en el
parlamento —cuenta Elworthy—; simplemente se le informaba una vez que la decisión estaba tomada.
Pensé que era una terrible traición a la democracia, sobre todo porque muchos de nosotros en Gran
Bretaña podríamos haber votado en contra de haber tenido la oportunidad». De este modo, trasladó sus
sentimientos a la calle.
«Asistí a marchas de protesta; me manifesté», comenta. En marzo del 82 llevó a su hija a las primeras
protestas del Greenham Common Women’s Peace Camp en Berkshire, Inglaterra, donde unieron las
manos para crear una cadena humana alrededor de la base de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.
«Éramos cientos de personas alrededor de esta base militar —cuenta—, ¡ocupábamos trece kilómetros
de largo!».
Poco después, se trasladó a Nueva York y empezó a trabajar con Naciones Unidas.
«Estaba trabajando con la ONU cuando se convocó un gran congreso sobre desarme nuclear —
explica—, pero después de seis semanas, no se había llegado a ninguna conclusión, a ningún resultado.
Y yo estaba desolada. Iba en tranvía por Broadway, sujetándome a la agarradera, cuando una voz me
susurró en la cabeza: “Estás hablando con la gente equivocada, Scilla. Las Naciones Unidas no pueden
resolver este problema. Tienes que encontrar a las personas que realmente toman las decisiones”».
Y descubrió que esas personas son las que diseñan, fabrican y venden cabezas nucleares, misiles,
aviones y tecnología. En resumen: la industria armamentística. En el centro de todo esto están los
funcionarios de inteligencia que justifican el uso de la tecnología de armas nucleares, los funcionarios
que firman los cheques para su adquisición y, por último, los políticos.
«Así que me subí a un avión para volver a casa y fundé el Oxford Research Group (ORG), en la mesa
de la cocina. En ese momento, ninguno de nosotros sabía nada del sistema, pero cuatro años después
habíamos escrito nuestro primer libro». Ilustrado con esquemas, How Nuclear Weapons Decisions Are
Made (Cómo se toman las decisiones sobre las armas nucleares) llegó a las estanterías en 1988, la
primera de las docenas de obras de las que la Dra. Elworthy es autora o editora.
Su principal revelación fue darse cuenta de que protestar no era suficiente. «Hay que salir a buscar a
las personas que realmente toman las decisiones y hablar directamente con ellas», comenta. Así pues, el
equipo del ORG hizo algo sin precedentes: se puso en contacto con los responsables mundiales en
materia nuclear y los invitó a reunirse en secreto para mantener conversaciones cara a cara con sus
homólogos de otras naciones y con sus detractores, las personas que se encontraban en el lado opuesto
del debate sobre las armas nucleares.
Le chocó descubrir que estas partes nunca se habían reunido. Aun así, los actores de la industria
armamentística se mostraron reacios al principio. «Tuvimos que demostrarles que no habría prensa, ni
comunicados ni medios de comunicación», cuenta Elworthy. Llevó tiempo, pero como había
entrevistado a muchos de los representantes principales durante su trabajo de investigación doctoral, al
final acabaron aceptando. «Empezaron a darse cuenta de que no éramos hostiles —comenta—, solo
queríamos entenderlos e iniciar un diálogo».
Fue un proceso largo, pero el ORG consiguió finalmente convocar la primera reunión de la historia
entre los responsables de las armas nucleares y sus detractores. Y sucedió algo increíble.
El ORG se había establecido en sintonía con los valores cuáqueros, ya que Elworthy conocía los
beneficios de la práctica de la meditación que había aprendido con esta comunidad religiosa. «Me di
cuenta del valor de esa calma, de ese aquietamiento de la psique y el cuerpo», señala. Con esto en
mente, invitó a cinco meditadores experimentados a acudir a esa primera reunión crítica, celebrada en
las afueras de Oxford, donde se sentarían a meditar en la biblioteca, justo debajo de la sala de
reuniones.
«Se trataba de personas mayores que estaban dispuestas a sentarse en meditación durante los dos días
y medio —explica—; no sabía qué iba a suceder exactamente, pero el segundo día, un hombre que
representaba al Departamento de Estado de EE. UU. se acercó a mí en la pausa del almuerzo y me dijo:
“¿Sabes? Esta sala en la que nos reunimos es muy especial”. Y yo le contesté: “Sí que lo es. La
construyeron en 1360”. Y él añadió: “No, me refiero a que es muy especial: hay algo que llega a través
de las tablas del suelo”».
En efecto, lo había.
La Dra. Elworthy explicó al funcionario del Departamento de Estado que había gente meditando justo
debajo de ellos, con la intención de que los miembros de la reunión pudieran relacionarse entre sí como
seres humanos. «Me miró como si estuviera loca», cuenta riendo. También explicó a esta persona que
podía preguntar a cualquier miembro del personal que iba a servirle el almuerzo, porque eran los
mismos meditadores que le prestaban su apoyo en silencio.
«Se marchó», cuenta. Cuando aquel hombre vio más tarde a Elworthy, su mirada lo decía todo. «Y
así, sin más, comenzó nuestro trabajo».
Si bien la sala de reuniones estaba compuesta casi en su totalidad por hombres, los había de todos los
bandos: jefes militares y delegados de Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido; científicos de Los
Álamos; contratistas de defensa y expertos en armas nucleares, académicos, activistas de Greenpeace y
constructores de la paz cuáqueros. En el transcurso de sus debates ocurrió algo curioso: empezaron a
verse los unos a los otros como personas, a compartir historias personales. «Acabaron mostrando fotos
de sus familias —cuenta Elworthy— y se invitaban a sus casas si alguna vez estaban de viaje por la
zona, ese tipo de cosas. Fue maravilloso. Y era algo inaudito en aquella época».
Elworthy y el ORG habían logrado algo sencillo, pero profundo. Habían mostrado a los asistentes
que, en lugar de enfrentarse, podían crear una conexión, lo cual es fundamental para la construcción de
la paz. «Creamos un entorno suficientemente seguro para que los miembros se aflojaran las corbatas y
se quitaran las chaquetas, y empezaran a verse unos a otros».
«Llevamos siete delegaciones a China, algo inaudito en aquella época», cuenta Elworthy. «Llegamos
a India y Pakistán cuando probaron armas nucleares». Y su premiado modelo ha seguido funcionando.
Después de veintiún años, la Dra. Elworthy dejó el ORG en manos expertas y apasionadas y pasó a
investigar lo que ocurría a nivel de base. «Tenía el presentimiento, la corazonada, de que en el ámbito
local —comenta— había personas que trabajaban en zonas de conflicto al rojo vivo, que estaban
evitando que muriera gente».
Se envió a un investigador al terreno para que llevara a cabo un estudio de un año, al final del cual
identificó 350 iniciativas de mantenimiento de la paz de base en todo el mundo. «Todas ellas eran
fiables y reproducibles —señala Elworthy— y daban resultados». Basándose en sus conclusiones,
cofundó Peace Direct con Carolyn Hayman, oficial de la Orden del Imperio Británico. «Peace Direct ha
emprendido 1700 iniciativas de paz locales en todo el mundo, prestando apoyo, desarrollando
capacidades y habilidades de prevención de conflictos, y aportando pequeñas cantidades de dinero»,
comenta.
Desde entonces, estas y otras estrategias y la sabiduría adquirida con tanto esfuerzo han servido para
crear Rising Women Rising World, FemmeQ y The Elders. Para estas iniciativas y otras más, la
humilde lección de una niña de once años sobre la violencia —y el poder humano de destruir o
preservar la vida— ha resultado más que instructiva: ha sido visionaria.
El papel de la práctica contemplativa en la sanación
Cuando meditamos nos preparamos para anclarnos de forma más auténtica
y profunda en aquello que está disponible para nosotros con el fin de hacer
consciente lo que no está disponible para nosotros. Estas prácticas
profundizan la capacidad de presencia, abren y amplían la sensación de
espacio interior y ayudan a conectar la estructura.
Por ejemplo, si estoy relajado y sin estrés, y me encuentro en un lugar
confortable como un jardín tranquilo o cerca de un arroyo, puedo sentarme y
sintonizar con mi entorno externo, percibiendo todo lo que me rodea con
claridad y detalle. Si cierro los ojos y me centro en mi interior, me sumerjo en
una sensación de quietud, de amplitud interior. Simplemente descanso en el
espacio. Me siento claro y presente, capaz de entrar y salir de los ámbitos
externo e interno con relativa facilidad.
Sin embargo, si estoy sumido en un estrés no digerido —o si experimento
un trauma—, mi capacidad de ser un testigo claro y consciente de mí mismo,
de los demás y de mi mundo se verá mermada y distorsionada. La práctica de
descansar en un estado contemplativo de conciencia testigo se verá
dificultada, y tendré una sensación de constricción, al ser incapaz de
moverme entre mis percepciones interiores y exteriores. Será necesaria toda
mi energía y atención para combatir el estrés y asegurar que el azúcar en
sangre, el ritmo cardíaco, los pulmones y las extremidades funcionen de
forma óptima. Incluso cuando el estrés o el peligro inmediato hayan pasado,
el sistema nervioso necesitará un tiempo para procesar la adrenalina y el
cortisol, y la mente puede necesitar un largo periodo de descanso antes de
poder volver a entrar en el mundo como antes.
El espacio es una experiencia consciente que se pierde, aunque sea
temporalmente, en las experiencias de trauma. Cuando esto ocurre, nos
identificamos con la actividad del momento, perdiendo el sentido expandido
de identidad que podemos haber adquirido a través de la práctica consciente.
Durante un periodo de tiempo, podemos quedar atrapados en la experiencia
del trauma, alienados de nosotros mismos y de nuestra Fuente. Pero si,
mientras padecemos los síntomas postraumáticos, nos implicamos
activamente en la práctica contemplativa, podemos fortalecer nuestra
capacidad de sostener, integrar y sanar la experiencia.
Prácticas contemplativas como la meditación, la atención plena, la
presenciación, el yoga o la oración centrada pueden ayudarnos a tomar
conciencia de los efectos del trauma, que incluyen la disociación, la represión
y la desconexión. De lo contrario, nos identificamos en exceso con nuestra
disociación, la conciencia se encoge y nos quedamos atascados repitiendo las
antiguas respuestas al estrés de hiperactivación o embotamiento.
Pero si recurrimos a la práctica contemplativa, aunque sea con buenas
intenciones, para buscar la felicidad de los estados superiores o una
insensibilidad desapegada, podemos descubrir que estamos eludiendo
espiritualmente el trabajo que requiere el trauma. La verdadera sanación
exige que estemos más disponibles para nosotros mismos, más dispuestos a
sentir y convivir con las auténticas emociones que presenta nuestra
experiencia, no menos. Al realizar una práctica espiritual sin eludir nada,
desarrollamos y fortalecemos nuestros recursos internos, no solo para hacer
frente a los efectos del trauma, sino también para progresar, integrar y
trascender. A su vez, intensificamos la conexión con nuestro ser superior, con
nuestra alma. Se desarrolla un sentido de presencia y espacio interior que nos
permite ser testigos imparciales de nuestro proceso interno y digerir más
plenamente nuestras vidas.
El principio del tiempo después
Cuando no somos capaces de estar plenamente presentes porque una parte
esencial de nosotros sigue procesando un acontecimiento anterior (como una
discusión con un ser querido), el tiempo que pasamos dislocados del presente
y reproduciendo la experiencia pasada puede llamarse «tiempo después». En
resumen, el tiempo después se refiere al tiempo necesario para integrar
cualquier experiencia que quedó sin digerir cuando tuvo lugar.
Una experiencia colectiva de trauma como el Holocausto puede permanecer
sin procesar durante muchas generaciones y, por tanto, no puede decirse que
exista únicamente en el pasado, ya que el tiempo después creado por esta
atrocidad sigue pesando en nuestro mundo incluso en la actualidad. En el
tiempo después, proyectamos el pasado en el mañana, de modo que nuestro
futuro no es una innovación o un desarrollo superior, sino un intento de
integrar lo que ya ha ocurrido. De la integración surge un futuro auténtico e
innovador, al liberar una versión superior de nosotros mismos para que nos
encuentre en el presente.
Es como si estuviéramos conduciendo por la autopista y cada ocho
kilómetros viéramos un cartel que dice «ayer». La vida intenta desintoxicarse
del pasado no integrado, que a menudo aflora en forma de sensaciones físicas
inexplicables (dolores de cabeza, malestar intestinal o tensión muscular),
emociones difíciles (miedo, preocupación y ansiedad) y pensamientos
repetitivos que tienen poca cabida en el momento presente. El miedo y la
indecisión arraigados en el pasado inconsciente pueden bloquear nuestras
acciones en el presente. Cuando esto sucede, especialmente cuando el trauma
desempeña un papel, nuestro sentido del E-T-R se inhibe, y nuestra
percepción interna de la realidad externa se distorsiona.
De este modo, el trauma no solo daña la relación, sino también la
percepción, y hace que veamos el mundo distorsionado. Es importante
entender esto ya que, aunque la mayoría de nosotros creemos que percibimos
el mundo con precisión, muy a menudo solo captamos una parte e incluso esa
visión se produce «a través de un cristal oscuro». Ver a través del filtro del
pasado constituye una receta para el conflicto. Con objeto de percibirnos a
nosotros mismos y al mundo con mayor claridad, necesitamos la resonancia y
la relación con los demás, al igual que un bebé precisa de la empatía y la
sintonía de su madre para empezar a ver y conocer su espacio en el mundo.
Existen distorsiones espacio-temporales parecidas no solo para los
individuos sino para las culturas. A medida que se producen y acumulan los
traumas culturales, las distorsiones sociales se amplifican. Los malentendidos
y las percepciones erróneas resultantes se convierten en acuerdos culturales:
estereotipos limitadores o perjudiciales, una creencia de que «así son las
cosas», u otros códigos, valores y lenguajes inconscientes que forman parte
de una sociedad como resultado de las distorsiones colectivas.
Cualquiera de estas distorsiones genera una desincronización literal en el
flujo del espacio-tiempo. A nivel colectivo, esto significa que somos
incapaces de crear un espacio-nosotros coherente o de estar en sintonía con
otros colaborando juntos como una unidad. A nivel individual, es posible que
rara vez estemos en el lugar correcto en el momento adecuado y no podamos
acceder a estados de flujo creativo. Nuestro principio de organización interna
está desconectado, incapaz de recibir la energía y la información necesarias.
Explorar la naturaleza del sufrimiento
Cuando consideramos el sufrimiento humano, podemos distinguir entre
daño o dolor explícito (es decir, directo) e implícito (es decir, residual). Un
crimen violento perpetrado hoy crea un sufrimiento explícito o directo en el
objetivo o la víctima, mientras que el impacto de este trauma puede crear
efectos implícitos o residuales de sufrimiento a lo largo del tiempo no solo en
la víctima, ya que, si no se integra y se cura, también lo hará en su comunidad
y en su descendencia. Los traumas explícitos pueden dañar el funcionamiento
y el desarrollo actual de los individuos, mientras que los efectos duraderos e
implícitos del trauma a través de los individuos generan una vibración de
sufrimiento dentro de una cultura. Este tapiz se convierte en un campo de
ondas de trauma colectivo, y toda cultura humana presenta focos de trauma
generacional. En estos focos la cultura expresa de forma inconsciente los
recuerdos y las sensaciones atrapadas de su pasado kármico.
Como vimos en el capítulo 1, el pasado es un contenido no resuelto; se trata
de cualquier historia o energía que ha sido negada y rechazada. Por ello,
existe una falta de claridad en torno al trauma implícito. Como escribió la
Dra. Judith Herman en la introducción de su innovadora obra Trauma and
Recovery:
«La respuesta ordinaria a las atrocidades es desterrarlas de la conciencia. Ciertas violaciones del
pacto social son demasiado terribles para ser pronunciadas en voz alta: este es el significado de la
palabra indescriptible.
Las atrocidades, sin embargo, se niegan a ser enterradas. Tan poderosa como el deseo de negarlas
es la convicción de que el rechazo no funciona. La sabiduría popular está llena de fantasmas que
rehúsan descansar en sus tumbas hasta que se cuenten sus historias. Todo termina por saberse.
Recordar y contar la verdad sobre los hechos terribles son requisitos previos tanto para la
restauración del orden social como para la curación de las víctimas.
El conflicto entre la voluntad de negar los sucesos horribles y la voluntad de revelarlos constituye
la dialéctica central del trauma psicológico. Las personas que han sobrevivido a hechos atroces
suelen contar sus historias de forma muy emotiva, contradictoria y fragmentada, lo que merma su
credibilidad y, por tanto, sirve al doble imperativo de decir la verdad y guardar el secreto. Cuando
finalmente se reconoce la verdad, los supervivientes pueden iniciar su recuperación. Pero con
demasiada frecuencia prevalece el secreto, y la historia del acontecimiento traumático no sale a la
superficie como una narración verbal, sino como un síntoma» 30.
El sufrimiento no expresado no siempre desaparece en el momento de la
muerte, sino que puede transmitirse. Con el tiempo, estos fantasmas se
convierten en hábitos y viven una y otra vez en experiencias como la pobreza
cultural, la violencia secreta ejercida sobre las hijas o la negación de la vida
emocional de los hijos. Estas expresiones son el legado de nuestros traumas
compartidos, nuestro karma colectivo. Nuestro pasado negado, no procesado
ni integrado.
En un sentido más profundo, gran parte del sufrimiento humano existe
debido a la negación del pasado y la incapacidad de reconocerlo e integrarlo.
Pero cuando se toma la decisión de mirar y sentir el pasado todo cambia. Por
ejemplo, si yo o mis antepasados hemos estado reprimiendo la pena profunda
y permito que esa pesadumbre salga a la luz, de modo que empiezo a sentirla
de verdad, será doloroso, sí, pero al mismo tiempo cuanto más permita su
expresión honesta, casi seguro que también experimentaré una liberación. Y
si sigo haciendo de este proceso una práctica consciente, habré comenzado el
trabajo de integración sanadora.
Cuando decido poner fin a la repetición emocional de experiencias del
pasado o de aquellas que proyecto en algún futuro imaginado, la claridad se
restablece. A medida que integro el contenido del trauma y la sombra, me
vuelvo más disponible para el presente y más vivo para el auténtico futuro
emergente.
Casi todos los efectos del trauma, ya sean individuales o colectivos, pueden
entenderse como una respuesta evolutiva inteligente: tanto un impulso de
supervivencia como una oportunidad de integración consciente. Al examinar
el pasado en busca de respuestas y curación, podemos optar por replantear el
significado que damos al sufrimiento, ofreciendo a nuestros demonios la
oportunidad de integrarse como aliados en una nueva comprensión de nuestro
mundo.
29 Elissa Melaragno, «Trauma in the Body: Interview with Dr. Bessel van der Kolk», Anchor
Magazine, n.º 4 (noviembre de 2015), stillharbor.org/anchormagazine/2015/11/18/trauma-in-the-body.
30 Judith Lewis Herman, Trauma and Recovery: The Aftermath of Violence — from Domestic Abuse
to Political Terror (Nueva York: Basic Books, 1992), 1.
4.
LA ARQUITECTURA DEL TRAUMA
COLECTIVO
«La historia, a pesar de su dolor desgarrador, no puede cambiarse, pero cuando se afronta con
coraje no es necesario volver a vivirla».
MAYA ANGELOU New York Times, 21 de enero de 1993
«El sufrimiento humano que acontece en cualquier parte del mundo concierne a los hombres y
mujeres de todas partes».
ELIE WIESEL Night
son verdaderos 31. Describen un episodio
L OS SIGUIENTES ACONTECIMIENTOS
espantoso de la historia de Estados Unidos que sucedió a un número
relativamente pequeño de personas durante una semana en una zona
rural aislada, aunque la falta de humanidad que revelan sus detalles describe
con precisión lo que fue en realidad una tragedia histórica mucho mayor.
El relato expuesto a continuación no resultará fácil de leer. Te insto a que
permanezcas presente, prestando atención a cualquier sentimiento,
pensamiento o sensación que experimentes durante la lectura.
Los hechos ocurrieron en el extremo sur de Georgia, en algún lugar a lo
largo de un pequeño afluente conocido como Little River. Era el año 1918,
cincuenta y tres años después de que terminara la Guerra Civil y se aboliera
la esclavitud, ratificada por la Decimotercera Enmienda a la Constitución de
los Estados Unidos.
A pesar de su estatus legal como ciudadanos libres y legítimos, los
estadounidenses negros que vivían o viajaban por los estados del sur se
vieron sometidos a una serie de prácticas discriminatorias, punitivas y a
menudo violentas ratificadas en leyes conocidas como Jim Crow 32. Durante
la mayor parte del siglo, estas leyes impusieron la segregación racial y dieron
lugar a generaciones de desigualdad económica, legal, educativa y social.
Esto se produjo a causa del resentimiento feroz de la poderosa mayoría
blanca, que estaba furiosa por su derrota en la guerra. Valiéndose de la
autoridad de todas las instituciones disponibles —la ley, la Iglesia, las
escuelas y la prensa—, un nuevo y feroz régimen de supremacía blanca se
movilizó para sustentar el poder. Utilizó la identidad cristiana como
contrapeso, la política de la indignación para alimentar su motor, y una
campaña implacable de terrorismo racial y violencia como su modus
operandi.
Hayes y Mary Turner eran una joven pareja que vivía en el condado de
Brooks en 1918. Trabajaban para un terrateniente blanco local llamado
Hampton Smith, un hombre que tenía una terrible reputación por maltratar a
sus trabajadores. De hecho, Smith había golpeado a Mary hacía poco, tras lo
cual su marido se había enfrentado a él y supuestamente lo había amenazado.
Por ello habían condenado a Turner a realizar trabajos forzados encadenado.
Tras su liberación, volvió a trabajar junto a su esposa en la plantación de
Hampton Smith, quizá porque no tenía otra opción.
Probablemente los rumores sobre los abusos desenfrenados de Smith habían
contribuido a la escasez de mano de obra en su granja. Para conseguir más
trabajadores a bajo precio utilizaba un sistema conocido como peonaje, la
práctica de la «esclavitud por deudas» 33. El peonaje había sido prohibido por
el Congreso en 1867, aunque su práctica continuó en el sur hasta la década de
1940, arrastrando a innumerables hombres negros a diversas formas de
servidumbre involuntaria. La más abusiva de todas ellas la llevaban a cabo
los propietarios de negocios locales y los terratenientes de la zona con el
beneplácito de las fuerzas del orden estatales y locales. La policía solía
arrestar a negros de la localidad por delitos menores o inventados. Cuando
estos hombres no eran capaces de pagar las crecientes multas, los
empresarios intervenían, sufragando los honorarios del tribunal y adquiriendo
los derechos sobre ellos como trabajadores convictos 34. Así pues, los
obligaban a trabajar sin remuneración alguna hasta saldar su deuda, aunque
con demasiada frecuencia esta era cada vez más alta y estos trabajadores
seguían sin ser pagados ni liberados. De este modo, junto con un sistema de
encarcelamiento masivo cada vez más extendido, esta práctica, muy parecida
a la esclavitud, continuó vigente sin control.
Coincidiendo con la puesta en libertad de Hayes Turner y su retorno al
trabajo, detuvieron a otro joven negro de dieciocho años llamado Sidney
Johnson por el delito de «jugar a los dados». Rápidamente fue puesto en
libertad bajo la custodia de Hampton Smith, quien pagó la multa de treinta
dólares de Johnson y lo reclutó como peón.
Durante el poco tiempo que el joven estuvo trabajando bajo las órdenes de
Smith, este lo golpeó con severidad en múltiples ocasiones; la última paliza la
recibió por pedir un día de permiso por enfermedad.
El 16 de mayo, utilizando una pistola que supuestamente había robado a su
patrón, Sidney Johnson habría disparado a través de una ventana, matando a
Hampton Smith en su casa. La noticia se extendió deprisa y con ella el rumor
de que varios trabajadores negros descontentos habían conspirado para
asesinar a Hampton Smith: Sidney Johnson solo había apretado el gatillo.
Esto provocó la indignación de los blancos de la zona, que formaron una
turba enardecida. De este modo, se inició una cacería humana que duró una
semana, alimentada por el alcohol y la sed de sangre. Llegaron a ser
doscientos en un momento dado, y al final de la campaña de terror, al menos
trece personas habían sido asesinadas públicamente de forma brutal. Se dice
que cientos de georgianos negros huyeron para salvar sus vidas.
El sheriff había vuelto a detener a Hayes Turner justo después de la noticia
de la muerte de Hampton Smith, ya que su anterior altercado con el
hacendado lo convertía en sospechoso de la supuesta conspiración. Cuando la
turba se enteró de su paradero, cuarenta hombres se dirigieron a la cárcel y lo
sacaron fácilmente del recinto. Se dice que los integrantes de aquella horda
eran conocidos del sheriff.
La mañana del sábado 18 de mayo sacaron al Sr. Turner de su celda por la
fuerza y lo arrastraron hasta un cruce cercano. Allí lincharon a un marido, un
padre y un ciudadano estadounidense a la vista de todos. Su cuerpo
permaneció colgado en aquel lugar durante dos días.
Se dice que, horrorizada por el asesinato de su marido, Mary Turner
condenó la injusticia, negando públicamente que su marido estuviera
relacionado con el asesinato de su patrón. Es posible que advirtiera que, si se
enteraba de quiénes eran los responsables, los denunciaría a la policía 35.
La turba se volvió contra ella y, aunque huyó aterrorizada, la capturaron
enseguida.
Mary Turner tenía veintiún años y estaba embarazada de ocho meses
cuando la horda la arrastró hasta el puente de Folsom. Le ataron los tobillos y
la colgaron de un árbol boca abajo. Estaba todavía viva cuando le rociaron la
ropa con aceite de motor y gasolina y le prendieron fuego.
Cuando se le había quemado la ropa, un hombre se adelantó con un cuchillo
que al parecer se utilizaba para descuartizar cerdos y le abrió el abdomen sin
miramientos arrojando al suelo al hijo no nacido de Mary, cuyo cuerpecito
aplastó repetidas veces con la bota.
En un macabro final, la multitud ebria disparó sus armas al cuerpo sin vida
de Mary antes de que ella y su hijo fueran enterrados, finalmente, en una
tumba poco profunda adornada con una botella de whisky.
Por otro lado, la noche del asesinato de Hampton Smith, Sidney Johnson
huyó de la escena y se escondió. Pero la turba logró dar con él y murió
tiroteado. Una vez muerto, le cortaron los genitales y se los colgaron del
cuello. Después arrastraron su cuerpo detrás de un camión durante
veinticinco kilómetros, entre gritos y vítores.
A pesar de las declaraciones empalagosas del gobernador dirigidas a la
comunidad negra, nadie fue arrestado o acusado en relación con los sucesos
durante esa semana de asesinatos.
La mayor parte de lo que sabemos sobre estos acontecimientos procede de
los minuciosos informes de Walter White, que en 1918 era investigador de la
Asociación Nacional para el Progreso de las Personas Negras, y que más
tarde pasó a dirigir la organización. En Baltimore, Maryland, hay un lugar
poco conocido llamado Museo Nacional de Grandes Negros en Cera fundado
en 1983 por la Dra. Joanne Martin y su marido, Elmer. El museo alberga una
exposición de tamaño natural que representa con detalle las muertes por
linchamiento de Hayes y Mary Turner.
Junto a la exposición hay un cartel que dice: «Walter White, al relatar el
linchamiento de Mary Turner y su marido Hayes Turner, representado en esta
escena, afirmó que era demasiado horrible describir cómo la turba llegó al
extremo de coser dos gatos en el estómago de la señora Turner y hacer
apuestas sobre cuál saldría primero» 36.
Hay más carteles en el museo, como este otro donde puede leerse:
«Identifícate con las víctimas y los mártires y nunca los olvides. Pero no te
amargues ni te desanimes por lo que soportaron» 37.
Algunas personas dirán que conocer estos detalles y sobre todo ver los
muñecos de cera en 3D a tamaño real y a todo color supone una especie de
«trauma secundario» (un término normalmente utilizado para denotar la
angustia emocional que experimenta un individuo al escuchar el relato
traumático de un superviviente). Dependiendo de nuestra capacidad de
resiliencia, esto puede ser cierto. Pero cuando tenemos resiliencia, el
recuerdo voluntario compartido puede ser una parte importante de la
sanación de los traumatizados.
Ya sea individual o colectivo, el trauma fragmenta y fractura. Rechaza y
silencia. Crea negación y olvido. Para ayudar a su reparación, debemos
reconocer, observar de forma imparcial y de ese modo sentir juntos lo que
realmente ha ocurrido, incluso los detalles más horribles ante los que
preferiríamos cerrar los ojos. Porque mirar hacia otro lado —descartar, negar,
minimizar u olvidar voluntariamente— implica mantener las instituciones de
desigualdad, de inhumanidad, que las crearon.
En Trauma and Recovery, Judith Herman escribe:
«Resulta muy tentador ponerse del lado del agresor. Lo único que pide este último es que el
espectador no haga nada. Apela al deseo universal de no ver, oír ni decir nada malo. La víctima,
por el contrario, pide al espectador que comparta la carga de dolor. La víctima exige acción,
compromiso y recuerdo» 38.
Esto resulta difícil.
Y, sin embargo, puede resultar aún más difícil cuando estamos llamados a
examinar la verdad sobre las formas en que nosotros mismos hemos actuado
como agresores. Este capítulo estudia la arquitectura social y cultural del
trauma, y nos pedirá que miremos más allá de la dinámica víctima/verdugo
para que podamos comprender plenamente el legado del trauma: la forma en
que se propaga, se transmite y se repite influyendo en todos nosotros.
Podríamos empezar por considerar el paisaje humano como si fuera un
mapa topográfico multidimensional, con fronteras superpuestas entre familia,
sociedad, cultura y tiempo. Cada uno de estos ámbitos está solapado y
ninguno es independiente, al igual que ningún individuo puede ser una isla.
En el artículo titulado «Trauma in Cultural Perspective» (El trauma desde la
perspectiva cultural), Martin W. DeVries señala:
«El TEPT requiere que nos centremos en la historia de vida del individuo que interactúa con otros
individuos en el contexto de la sociedad y la cultura. El TEPT es, por tanto, una descripción de un
proceso de enfermedad que no está basado únicamente en la naturaleza intrínseca de la persona,
sino más bien en su interacción sociocultural a lo largo del tiempo» 39.
El trauma intergeneracional
A medida que pasamos de lo individual a lo colectivo, las primeras capas de
trauma grupal que empezamos a distinguir son las del trauma generacional.
En la historia del arte, la literatura y el cine abundan las representaciones —
en forma de vívidas alegorías, simbolismo y lenguaje codificado— que
describen el poder de los oscuros secretos familiares y las dimensiones
ocultas, invisibles pero generalizadas, en las que se transmiten las fuerzas
innombrables de una generación a otra.
En un contexto general, el trauma intergeneracional (también denominado
por los expertos como trauma transgeneracional o multigeneracional) se
refiere a los efectos de un trauma grave y no tratado que ha sido
experimentado por uno o más miembros de una familia, grupo o comunidad y
que se ha transmitido de una generación a otra a través de factores
epigenéticos, como veremos más adelante 40.
Desde una perspectiva mística, vemos que el trauma intergeneracional
impacta en la humanidad a lo largo de una línea vertical, por lo que también
podría denominarse «trauma heredado o ancestral». Las familias pueden
transmitir los efectos de un trauma durante varias generaciones. Los vínculos
disfuncionales o las dinámicas abusivas pueden pasar en gran medida sin
cuestionar y sin resolver, codificando y reforzando los mensajes implícitos en
el tejido de la identidad familiar. Los niños que nacen en el marco de un
trauma intergeneracional suelen heredar un legado de pobreza, riesgo de
abuso y vulnerabilidad a las enfermedades mentales y físicas, y es posible
que les resulte complicado crear vidas con sentido o propósito.
Numerosas mujeres que han sido víctimas de violencia sexual generacional
durante su infancia descubren consternadas que sus propios hijos también han
sido víctimas de abusos. Creían que serían capaces de detectar y prevenir el
daño, pero, en lugar de aumentar la conciencia, la violencia sexual
generacional ha servido para reforzar una atmósfera de disociación,
distanciamiento y silencio. Estos ciclos intergeneracionales de abuso se
observan de forma similar en las personas que han sufrido desatención o
abusos sexuales cuando eran niños y que de adultos perpetúan ese patrón con
sus propios hijos.
«Muchas personas traumatizadas se exponen, aparentemente de forma
compulsiva, a situaciones que recuerdan el trauma inicial —observa Bessel
van der Kolk—. Estas recreaciones conductuales rara vez se relacionan
conscientemente con experiencias vitales anteriores» 41.
En efecto, la abundante investigación sobre las víctimas de traumas revela
otro patrón desafortunado: las personas traumatizadas suelen recrear
inconscientemente una situación de abuso anterior. En esta dinámica, uno
puede adoptar el papel de víctima o de verdugo. Este patrón de recreación
inconsciente, según Van der Kolk, constituye una fuente importante de
violencia social 42.
El trauma histórico
El trauma histórico afecta al campo horizontal. Se ha descrito como «un
trauma complejo y colectivo experimentado a lo largo del tiempo y a través
de generaciones por un grupo de personas que comparten una identidad, una
afiliación o una circunstancia» 43. De este modo, los traumas históricos son
compartidos por numerosas familias y miembros del grupo cultural más
amplio. Cuando consideramos el trauma histórico, pensamos en las dolorosas
y duraderas consecuencias de la guerra, el imperialismo, la dominación de la
colonización, el sometimiento, la ocupación, la esclavitud, el
intervencionismo y la hegemonía. Es una fuerza que a menudo prolifera
como resultado del exterminio cultural, político, racial, étnico, religioso, de
género y/o sexual, así como de la represión o la intolerancia sistémica.
Cuando se ha arrancado de sus hogares y sus tierras a personas que
pertenecen a una determinada cultura o tradición, cuando se han profanado o
negado sus bibliotecas, lugares de enterramiento, centros religiosos o lugares
sagrados, cuando se han prohibido, vetado u olvidado su lengua, sus rituales
o sus costumbres, cuando se las ha separado, humillado, maltratado, torturado
o asesinado, una herida traumática escinde la psique colectiva —dejando
marcado tanto al agresor como a la víctima—, y se cargará con ella y se
transmitirá durante múltiples generaciones.
La historia presenta un sinnúmero de ejemplos de traumas históricos,
algunos de los cuales se enumeran a continuación:
• Innumerables juicios, torturas y ejecuciones de individuos —la gran
mayoría mujeres—, familias e incluso pueblos enteros sospechosos de
brujería.
• Genocidios, migraciones forzadas y exterminio cultural de los grupos
aborígenes de las Primeras Naciones, las tribus nativas americanas y los
numerosos pueblos indígenas del mundo.
• El secuestro, tráfico y esclavización de africanos en las Américas.
• El genocidio armenio (hasta la fecha Turquía no ha reconocido el suceso
como un genocidio oficial).
• Holodomor, un genocidio del pueblo ucraniano cometido por la Unión
Soviética en 1932.
• El Holocausto.
• La masacre de Nankín.
• Los gulags soviéticos.
• Los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki por parte del ejército
de EE. UU.
• La anexión, ocupación y sinización del Tíbet por parte de China, forzando
el exilio de su santidad el decimocuarto Dalái Lama y dando lugar a
continuas violaciones de los derechos humanos.
• El genocidio camboyano perpetrado por el régimen de los jemeres rojos.
• La masacre de la Plaza de Tiananmen.
• El genocidio de Ruanda.
• Campañas de limpieza étnica, violaciones masivas, torturas y
esclavización llevadas a cabo durante las guerras yugoslavas.
• Los atentados terroristas del 11-S cometidos por Al Qaeda contra Estados
Unidos.
• El genocidio de Darfur.
• El secuestro masivo por parte del grupo terrorista Boko Haram en 2014 de
276 colegialas en Chibok, Nigeria.
• El violento reclutamiento de niños soldado en el Ejército de Resistencia
del Señor a lo largo de las fronteras del norte de Uganda, Sudán del Sur, la
República Democrática del Congo y la República Centroafricana, que
continúa en la actualidad.
• La situación de los rohinyás, la mayor parte musulmanes, muchos de los
cuales se han visto obligados a huir de Myanmar —de mayoría budista—,
como refugiados, debido a la violenta represión y a las condiciones de
apartheid.
• Los más de seis millones de refugiados de la guerra civil siria que han
tenido que huir de su país, abandonando hogares, familias y medios de
vida como consecuencia de la brutalidad de la guerra.
• La persecución de los refugiados, los inmigrantes y los musulmanes,
incitada en parte por el rechazo de los partidos de extrema derecha a la
crisis de los refugiados en Europa y —como en el caso de la agitación
política en Estados Unidos y Canadá— la oposición a la globalización
económica, que necesariamente abre las fronteras y aumenta la interacción
entre personas y culturas.
EL TRAUMA COLECTIVO Y LA ESPIRITUALIDAD
DR. GABOR MATÉ
Es imposible separar los traumas personales de los colectivos porque la propia fisiología de nuestro
sistema nervioso se crea en interacción con el sistema nervioso de otras personas desde el momento de
la concepción. Incluso en el útero, los estados emocionales de la madre tienen un impacto en el sistema
nervioso en desarrollo del niño, incluyendo todo tipo de neuroquímicos, mensajeros químicos, sinapsis
y conexiones. Estos estados afectan a cómo se desarrollan los sistemas cerebrales y en qué medida lo
hacen, y tendrán un impacto de por vida.
Un estudio de 1967 realizado en Israel tras la guerra de los Seis Días reveló que las mujeres que
estaban embarazadas durante el conflicto eran más propensas a tener hijos esquizofrénicos en la edad
adulta. Lo que ocurría de forma colectiva en el país se reflejaba en la neurobiología individual de los
bebés en el útero, y lo sabemos por múltiples estudios internacionales. Esto sucede porque nuestros
cerebros están realmente conectados.
Dado que esto tiene lugar a nivel neurobiológico —sistema nervioso y cerebro— y que el sistema
nervioso afecta y está conectado a todos los demás órganos, a nivel biológico también sucede en todo el
organismo, incluso en todas las células, órganos y sistemas, etc. Por tanto, ni siquiera es posible hablar
del trauma solamente desde el punto de vista individual.
También hay que tener en cuenta el hecho básico de la interconectividad desde la perspectiva
espiritual, algo que se ha reconocido desde siempre, pero que ahora está validándose desde un punto de
vista puramente científico. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios en el sentido de que
estamos destinados a ser creadores. Si no necesitamos reducir a Dios a una entidad lo suficientemente
pequeña como para que pueda contenerla la mente, podemos permitir que sea una expresión, o que
forme parte de una expresión, para designar el ser, la fuerza creativa del universo, así como la
organización y las leyes por las que se rige (el cosmos está dirigido por leyes). Existen un gran número
de leyes universales que puedes identificar, y surgen de tu verdadera naturaleza y tu conexión. Cuando
vas en contra de ellas, generas sufrimiento para ti y para otras personas.
En la tradición de los indios nativos norteamericanos se habla de la rueda medicinal que contiene los
cuatro cuadrantes. Se trata de una herramienta sumamente sofisticada que apunta en todas las
direcciones: este, norte, sur, oeste. Estos cuadrantes representan el cuerpo, la mente, las relaciones
sociales y nuestra naturaleza espiritual. Si ignoramos o sufrimos un desequilibrio en alguno de ellos, se
produce la enfermedad. La espiritualidad no es algo adicional, sino que forma parte de nuestra
naturaleza. Para mí, la espiritualidad tiene que ver con la conectividad, con algo que va más allá del
individuo. Revela que no solo estamos conectados, sino que formamos parte de algo mucho más grande
que cualquier cosa que pueda entenderse de forma individual o intelectual.
Con cada trauma que se causa —ya sea de forma individual o colectiva— subyace una creencia de
separación. La verdadera espiritualidad sería lo que enseñaron Moisés, Jesús, Buda o Mahoma: que
solo hay un Dios. Solo hay una realidad. Todos la compartimos y somos manifestaciones de ella.
Y si realmente crees que soy la manifestación de la misma realidad y las mismas verdades que otras
criaturas, que otras formas, entonces ¿cómo puedes ocasionarme sufrimiento? El trauma es la antítesis
de la espiritualidad. No importa lo que la persona que origina el trauma crea de forma consciente: en el
nivel inconsciente, cree en la separación. Si no fuera así, no traumatizaría a nadie.
Como médico, a menudo veo la enfermedad, incluso la más grave, como una poderosa llamada de
atención. Esto no es universal y, por desgracia, el sistema médico no lo fomenta. Pero he visto despertar
a personas con enfermedades mortales. De repente, empiezan a cuestionarse: ¿quién soy realmente?,
¿cuál es mi verdadera naturaleza? A veces, incluso los grandes desastres pueden enseñarnos de forma
positiva. No es que se los desee a nadie, pero una vez que han tenido lugar pueden servirnos. La
pregunta esencial que surge es: ¿qué significa esto y qué puedo aprender de ello?
Como dice Sócrates: «Una vida sin indagación no merece la pena ser vivida». Y nuestro mayor
recurso es la capacidad de observarnos conscientemente a nosotros mismos. La cultura del trauma está
diseñada para impedirnos examinarnos a nosotros mismos, para mantenernos alejados de ese tipo de
conciencia. Pero esa indagación, como la que estamos haciendo ahora mismo, solo puede funcionar
porque la respuesta ya está dentro de nosotros. Nosotros somos nuestro mayor recurso.
En las tradiciones nativas usan el saludo «Todos mis parientes». Cuando saludan o se despiden dicen:
«Todos mis parientes». El nosotros está integrado en ellos. La enseñanza budista propone los tres
refugios: el Buda, el Dharma y la Sangha. El ser del Buda es nuestra propia naturaleza búdica, nuestra
naturaleza verdadera. El ser del Dharma es la ley. Quizá lo llamemos «la Torá» o «el sendero». Y el ser
de la Sangha es la comunidad. Somos criaturas sociales por naturaleza. No podríamos haber
evolucionado como individualistas; no habríamos sobrevivido por nuestra cuenta. Por tanto, estar en
comunidad forma parte de nuestra naturaleza y, como he mencionado antes, estamos conectados de esa
manera. Estamos predispuestos para comunicarnos. Por tanto, la sanación ha de ser social; tiene que ser
un espacio-nosotros. Pero en la sociedad moderna hay una tensión entre nuestra naturaleza intrínseca
del nosotros y nuestra cultura basada en el yo.
Cuando dejamos de ser cazadores-recolectores y empezamos a fabricar excedentes, estos se
acumularon en forma de riqueza. En ese punto perdimos realmente nuestra inocencia. Abandonamos el
Jardín del Edén en cierto sentido. La civilización radica en establecer una diferenciación basada en la
propiedad, el control, el poder y las jerarquías. Por lo tanto, nuestros sistemas actuales, ya sea a nivel
nacional o global, simplemente reflejan un proceso que ha estado sucediendo durante al menos diez mil
años.
Pero está siguiendo su curso. Y ahora podemos ver a dónde nos lleva. A medida que la civilización
alcanza sus etapas más altas, vemos el alcance de los tremendos poderes creativos que ha abierto. Se
trata de un sistema asombroso. Pero también estamos contemplando sus más altas formas de
destrucción. Cualquiera de los siguientes países: Estados Unidos, China, Rusia, Israel y probablemente
la India, podría destruir el mundo varias veces solo con sus propias armas. Por no hablar de la crisis
climática. De modo que, mientras llegamos al punto álgido del sistema, tanto en lo creativo como en lo
destructivo, la pregunta es: ¿qué fuerza prevalecerá?
San Pablo recoge un famoso dicho del rey Jacobo en Corintios 1, 13:12: «Porque ahora vemos a
través de un cristal oscuro». Describía que nuestra percepción del mundo es como la de un espejo
empañado; no podemos ver con claridad. También señala que cuando nos conectemos con Dios
veremos con claridad. Si bien su idea de Dios era muy específica, hablaba de la realidad. Es cierto que
cuando nos conectemos con la realidad superior el espejo en el que nos miramos se volverá prístino.
Por fin nos veremos claramente reflejados.
Los efectos del trauma colectivo
La Dra. Maria Yellow Horse Brave Heart conceptualizó el modelo de
trauma histórico (TH) definiéndolo como «una herida emocional y
psicológica acumulada a lo largo de la vida y a través de generaciones, que
emana de experiencias traumáticas grupales masivas». En su investigación,
Brave Heart identificó un patrón de síntomas que surgen en respuesta al
trauma histórico, etiquetado como respuesta al trauma histórico 44 (HTR, por
sus siglas en inglés).
La respuesta al trauma histórico de una comunidad afectada revela lo que
podría describirse como un TEPT colectivo, cuyos síntomas pueden ser
depresión o ansiedad, baja autoestima, ira o agresividad, embotamiento
psíquico, conductas autodestructivas o de autosabotaje (incluido el abuso de
sustancias y la adicción), ideas de suicidio, dificultad para reconocer o
expresar las emociones, y diversos síntomas físicos 45. Lamentablemente, las
consecuencias del trauma histórico no terminan ahí. En el pueblo lakota, por
ejemplo, Brave Heart y otros investigadores observaron una alta tasa de
mortalidad, una mayor incidencia de abuso de alcohol, así como pautas
preocupantes de maltrato infantil y violencia doméstica.
Fue en la década de 1970, mientras observaba fotografías históricas de
nativos, cuando Brave Heart empezó a reconocer estos patrones, unos
indicadores que pronto conectaría con los supervivientes del Holocausto y
sus descendientes. Para ella, ese descubrimiento supuso una especie de
despertar espiritual 46.
En el modelo de Brave Heart, la respuesta al trauma histórico siempre va
acompañada de un sentimiento personal y colectivo de «dolor no resuelto»
relacionado con el trauma masivo inicial. Este duelo no resuelto que se
observa en las personas y comunidades está «instaurado, inhibido, pospuesto
y/o privado de expresión» 47.
También se describe otro conjunto de síntomas superpuestos al trauma
generacional en grupos que han sufrido un trauma histórico. De este modo, se
observa que los hijos y nietos de los supervivientes de traumas masivos
experimentan mayores tasas de TEPT que sus iguales y son más vulnerables
a una peor salud psicológica 48.
En cualquier parte del mundo, la situación de los descendientes
generacionales de comunidades históricamente traumatizadas es
sorprendentemente parecida. Estas comunidades suelen tener unas
condiciones socioeconómicas más bajas y manifiestan un mayor estrés y una
peor salud, como en el caso de los descendientes de los palestinos
desplazados durante la Nakba de 1948 49. En los estudios sobre los pueblos
indígenas de las Primeras Naciones canadienses y las tribus nativas
americanas, así como en los estudios de referencia realizados con
supervivientes del Holocausto de primera y segunda generación israelíes y
canadienses, se observan situaciones parecidas.
Dado que los traumas históricos son creaciones humanas que suelen
producirse cuando un grupo discrimina y oprime a otro, no terminan de forma
clara ni rápida. En muchos sentidos, las condiciones que se extienden desde
el trauma grupal inicial parecen transformarse con el tiempo, agravándose de
manera impredecible. Por ejemplo, los sociólogos creen que el trauma de la
esclavitud que pesa sobre generaciones de afroamericanos ha contribuido
directamente a un legado de privación de derechos sociales y económicos,
hostilidad policial, encarcelamiento masivo y otras formas de racismo
institucional al que se enfrentan los estadounidenses negros contemporáneos.
En muchas comunidades actuales de mayoría negra se evidencian claramente
los síntomas del trauma histórico esbozados en la investigación de Brave
Heart. Sin embargo, en lugar de suscitar una comprensión o compasión
generalizadas, sus manifestaciones (por ejemplo, la depresión, la ira, el abuso
de alcohol y otras sustancias, etc.) siguen utilizándose habitualmente para
justificar los resentimientos raciales y las políticas de discriminación.
Sin embargo, los grupos históricamente oprimidos no son las únicas
comunidades que expresan síntomas de trauma colectivo. La Dra. Joy
DeGruy, investigadora y autora del libro Post Traumatic Slave Syndrome:
America’s Legacy of Enduring Injury and Healing, afirma que las
consecuencias de un trauma colectivo no resuelto van mucho más allá de las
personas que han sido privadas de derechos. Esta investigadora describe
cómo el legado de la esclavitud y la subsiguiente privación de derechos de los
ciudadanos negros ha dado lugar a una negación profunda y colectiva del
pasado por parte de muchos estadounidenses blancos, así como a una
incapacidad o falta de voluntad para reconocer sus privilegios basados en la
raza 50. Esto coincide con la idea de la Dra. Judith Herman: «La negación, la
represión y la disociación operan tanto a nivel social como individual» 51.
Sabemos que, para el individuo, el estrés postraumático significativo puede
dar lugar a conductas que inicialmente son adaptativas, por ejemplo,
estrategias de supervivencia como la hipervigilancia. Pero si esas conductas
se vuelven compulsivas, inflexibles o fijas, pueden derivar en una
maladaptación y disfunción, en cuyo caso ya no puede afirmarse que
beneficien a la supervivencia, sino que más bien la dificultan.
Lo mismo se aplica a los síntomas colectivos del trauma histórico.
El trabajo de la Dra. DeGruy ofrece ejemplos ilustrativos a este respecto.
Entre los múltiples traumas de la esclavitud está la separación forzada que
soportaban las familias. Incluso cuando estaban juntos, la incertidumbre
sobre una posible disgregación familiar —separando a los maridos de sus
mujeres y a los niños de los brazos de sus madres— o sobre cuándo sucedería
esto les producía una ansiedad terrible, y todo por el capricho de los amos,
que principalmente buscaban beneficios económicos, para lo cual imponían
las separaciones familiares de forma habitual a fin de romper o desestabilizar
los vínculos entre los esclavos y de este modo mantenerlos aislados,
desmoralizados y debilitados emocionalmente a fin de evitar rebeliones o
levantamientos.
En un intento desesperado por disuadir o evitar la subasta o la venta directa
de un niño —lo que probablemente equivaldría a una separación permanente
—, las esclavas se acostumbraron a hacer comentarios negativos sobre sus
hijos: «Este es estúpido, débil, no está dispuesto a trabajar» 52. Alabar a un
niño, incluso en privado, habría sido peligroso, ya que un muchacho
orgulloso o seguro de sí mismo tenía más posibilidades de llamar la atención
de los especuladores.
Esta estrategia de adaptación se generalizó socialmente debido a siglos de
terror histórico ejercido sobre padres e hijos, a los que se separaba de forma
sistemática como si sus experiencias personales no tuvieran ningún valor ni
significado y su sufrimiento no importara nada. De este modo, se transmitió
un poderoso mensaje encriptado entre los descendientes generacionales de la
esclavitud, hasta que, según DeGruy, se convirtió en una norma cultural que
persiste en la actualidad. En las comunidades negras, explica, muchos padres
siguen siendo reticentes a alabar abiertamente, incluso cuando se sienten
orgullosos de sus vástagos y de sus esfuerzos. En parte como resultado de
esta transmisión del trauma histórico, DeGruy cree que muchos de los hijos e
hijas que forman parte de estas comunidades crecen cuestionando su valor
inherente.
Además de explorar el legado transgeneracional de la esclavitud en la
dinámica familiar contemporánea, su trabajo aborda las normas culturales de
disciplina. Los padres esclavos solían imponer una disciplina férrea y
pegaban a sus hijos sin contemplaciones incluso por infracciones menores, o
bien de forma preventiva como medio para mantener controlados a los niños
potencialmente excitables. Esto se practicaba, al menos en parte, para que los
pequeños no llamaran la atención de los capataces y amos, cuyo castigo
habría sido mucho más duro o incluso letal.
Como respuesta colectiva al trauma, esta estrategia también habría sido
sumamente adaptativa. Sin embargo, al igual que el hábito de censurar y
negar los elogios, lo que había surgido como una estrategia de supervivencia
contra un trauma social insoportable perduró a lo largo de generaciones,
reforzándose repetidamente hasta convertirse en un hábito cultural. El
mensaje codificado de controlar y disciplinar a los niños mediante duros
castigos verbales o físicos recorrió el arco vertical durante el siglo y medio
transcurrido desde la abolición de la esclavitud, creando su propio legado
transgeneracional.
En la actualidad, estos hábitos sociales se mantienen con fuerza en las
normas culturales de las familias afroamericanas, así como en las de muchos
miembros de la clase trabajadora blanca de Estados Unidos, especialmente en
los descendientes de los blancos sumidos en la pobreza que habitaban en el
sur antes de la guerra (aunque no estaban sometidos a los horrores de la
esclavitud o el racismo, los blancos de clase baja de aquella época y lugar —
desplazados económicamente, descontentos socialmente y con carencias
educativas— eran frecuentemente objeto de ataques y encarcelamientos,
corrían el riesgo de caer en las redes del peonaje y a menudo soportaban
severos castigos corporales, ya fuera a manos de las autoridades, o bien de
fuerzas al margen de la ley53). De hecho, entre un gran número de
estadounidenses descendientes de africanos es habitual la costumbre de
contar, normalmente con humor y orgullo, las historias familiares de los
«azotes» de la infancia por parte de padres bienintencionados, ofreciendo un
medio de conexión, vinculación y pertenencia a la comunidad.
Sin embargo, la consecuencia más significativa y duradera de la esclavitud
sobre sus herederos generacionales es descrita por DeGruy como el
«síndrome postraumático del esclavo», cuyos principales síntomas son los
siguientes:
• Falta de estima primaria, desesperanza, depresión y/o conducta
autodestructiva.
• Dudas, desconfianza, recelo, perspectiva negativa.
• Ira, agresividad o violencia contra uno mismo, contra bienes o contra los
demás, incluyendo miembros de la propia familia, amigos o grupo cultural/
étnico.
• Indefensión aprendida, analfabetismo, distorsión del autoconcepto.
• Marcada antipatía o aversión por los miembros, costumbres o
características del propio grupo cultural/étnico54.
Pero no solo las víctimas ancestrales de un trauma histórico expresan
patrones de aversión psicológica hacia sus propias familias o comunidades, o
interiorizan la ideología o las tácticas del agente traumatizador.
En un artículo titulado «Children of Nazis: A Psychodynamic Perspective»
(Los hijos de los nazis: una perspectiva psicodinámica), Gertrud Hardtmann,
psicoanalista y catedrática emérita del Instituto de Pedagogía Social de la
Universidad Técnica de Berlín, presenta una investigación basada en cuarenta
años de observaciones realizadas durante el tratamiento psicoanalítico, el
asesoramiento y las sesiones de grupos de autoayuda con descendientes de
segunda y tercera generación de funcionarios nazis 55. La revisión
comparativa de sus registros psicoanalíticos reveló una sorprendente
coincidencia relacionada con la dinámica familiar y la transmisión de los
traumas históricos presentes en el cuerpo y la psique del «agresor».
Una y otra vez, los hijos y nietos de los nazis revelaban las formas en que
sus progenitores habrían usado lo que los psicoanalistas describirían como
patrones de «negación, escisión, proyección e identificaciones proyectivas
para defenderse y a la vez transmitirles su pasado». A consecuencia de haber
crecido en este «mundo cuasi-psicótico, desarrollaron límites del ego
fragmentados y distorsionados sin una noción estable de la realidad» 56.
Ya sea que nos refiramos a alguien como víctima o verdugo, opresor u
oprimido, parece que nadie se mantiene al margen del sufrimiento colectivo.
Los traumas históricos tienen sus consecuencias indistintamente sobre el niño
y la familia, la institución y la sociedad, la costumbre y la cultura, el valor y
la creencia. Los traumas colectivos distorsionan las narrativas sociales,
rompen las identidades nacionales y obstaculizan el desarrollo de las
instituciones, las comunidades y las culturas, al igual que los traumas
experimentados de forma individual tienen el poder de perturbar el desarrollo
psicológico de un niño en crecimiento.
La transmisión del trauma transgeneracional
En las décadas posteriores al Holocausto nazi, los psicoanalistas e
investigadores observaron ampliamente un interesante fenómeno entre los
hijos y nietos de los supervivientes judíos. A pesar de no haber sufrido el
Holocausto y de que sus padres nunca les hablaron del tormento que habían
vivido (se observa con frecuencia una «conspiración de silencio» entre los
supervivientes de traumas masivos, donde revelar o reexaminar puede ser
tanto un tabú cultural como una retraumatización interpersonal), las segundas
y terceras generaciones a menudo se vieron afectadas por síntomas
postraumáticos. De hecho, manifestaban una incidencia superior a la media
de TEPT y otros problemas de salud mental, como ansiedad y depresión
grave.
La hipervigilancia, el aumento del miedo y la ansiedad, la agitación y los
cambios de humor eran comunes entre los supervivientes del Holocausto.
Pero cuando se observó una incidencia superior a la normal de estos mismos
síntomas postraumáticos en sus hijos, los investigadores creyeron
inicialmente que la causa de estas transmisiones había sido ambiental y
conductual, es decir, que eran aprendidas. Los padres que están crónicamente
llenos de temor, ansiosos y estresados tienden a crear condiciones en las que
los niños también se vuelven ansiosos.
Sin embargo, más allá de la conducta aprendida, del impacto de los ciclos
de retraumatización intergeneracional o de la herencia intergeneracional de
las respuestas al trauma colectivo codificadas socialmente (como se observa
en la investigación de DeGruy), los científicos están explorando otros
mecanismos de transmisión del trauma transgeneracional.
La Dra. Rachel Yehuda es directora del Departamento de Estudios del
Estrés Traumático de la Facultad de Medicina de Mount Sinai e investigadora
de los efectos epigenéticos (cambios que se producen en la expresión de los
genes por factores no genéticos) que subyacen en la transmisión del trauma
transgeneracional. El equipo de Yehuda realizó un estudio —con análisis
moleculares supervisados por Elisabeth Binder, directora del Instituto Max
Planck de Psiquiatría de Múnich— que analizó los genes de treinta y dos
supervivientes del Holocausto y sus hijos.
Los resultados fueron reveladores. Los perfiles de las hormonas del estrés
en los hijos de los supervivientes del Holocausto eran diferentes de los del
grupo de control (adultos judíos de edad similar cuyos familiares habían
escapado de la persecución), lo que indica un posible mecanismo bioquímico
para la señalada predisposición al TEPT, la depresión grave, los trastornos de
ansiedad y otros puntos débiles. Los supervivientes y sus hijos tenían niveles
comparativamente más bajos de la hormona del estrés cortisol, que se encarga
en parte de regular el organismo después de una experiencia de estrés o
trauma. En el caso de los que sufrían TEPT, los niveles de cortisol eran
incluso más bajos. Se observaron además otras diferencias en la segunda
generación de supervivientes, en la que las experiencias de trauma masivo de
sus padres parecían tener efectos epigenéticos, transmitiéndoles cambios en el
metabolismo, como un mayor riesgo de obesidad, hipertensión y resistencia a
la insulina 57.
Además, el trauma del Holocausto había iniciado un cambio en el gen
FKBP5 de los supervivientes y su descendencia. Según Binder, «el FKBP5
determina la eficacia con la que el organismo reacciona a las hormonas del
estrés y, por tanto, regula todo el sistema hormonal del estrés. El FKBP5 está
alterado en varias enfermedades, como el trastorno de estrés postraumático o
la depresión grave, y ahora se ha asociado con efectos intergeneracionales»
58
.
En otra investigación, la neurobióloga Isabelle Mansuy dirigió un equipo de
investigadores de la Universidad de Zúrich (Suiza) que se centró en los
efectos epigenéticos del estrés sobre la cognición y el comportamiento de los
ratones. En concreto, Mansuy y su equipo compararon la conducta, hormonas
y marcadores epigenéticos de ratones macho, que desde su nacimiento hasta
los catorce días de edad habían sido separados repetidamente de sus madres
en momentos y tiempos imprevisibles. A las dos semanas de edad, los
intervalos de separación cesaron y los ratones fueron criados y atendidos con
normalidad, sin otras causas externas de estrés.
A pesar del periodo de estrés relativamente breve al que fueron sometidos,
cuando estos ratones llegaron a la edad adulta mostraban síntomas similares a
los del TEPT, por lo que con frecuencia estaban nerviosos, retraídos y
aislados. Algunas pruebas posteriores revelaron otras diferencias.
Centrándose en cinco marcadores genéticos relacionados con la conducta —
uno de ellos responsable de la regulación de la serotonina y otro relacionado
con la regulación de una importante hormona del estrés—, el equipo de
Mansuy descubrió que, en estos ratones, estos cinco genes se habían vuelto
hiper o hiporreactivos. También se observaron otros cambios epigenéticos
relacionados con la regulación del metabolismo.
Resulta revelador que cuando estos machos se aparearon, se observaron los
mismos efectos postraumáticos en el comportamiento de sus crías, así como
en sus genes, a pesar de haber sido criados normalmente por sus madres (sin
separaciones) y con poca o ninguna influencia de sus padres, como es típico
de la especie. La segunda generación transmitió los mismos rasgos
conductuales y genéticos a una tercera generación de descendientes.
Para descartar aún más la influencia social como factor de transmisión, los
investigadores recogieron material genético del esperma de los sujetos de la
primera generación y lo inyectaron en los óvulos fecundados de hembras no
traumatizadas. Sin haber estado expuestas a factores de estrés generacional,
sus crías mostraron síntomas postraumáticos y problemas de metabolismo y a
su vez transmitieron estos rasgos a su descendencia.
Este estudio supuso una poderosa revelación: las consecuencias del trauma
se transmiten de generación en generación y pueden afectar a las vidas de
descendientes muy alejados de la experiencia traumática inicial, lo que
plantea la siguiente pregunta: ¿las experiencias de los progenitores humanos,
incluso cuando no desempeñan ningún papel en la crianza de su hijo,
impactan en el resultado de la vida del niño de formas no comprendidas
anteriormente?59.
En la madrugada del 3 de marzo de 1991 arrestaron a un taxista
afroamericano llamado Rodney King en Los Ángeles. Había estado bebiendo
y viendo un partido de baloncesto con sus amigos, Bryant Allen y Freddie
Helms. Los agentes de la patrulla de carreteras de California lo pillaron
conduciendo con exceso de velocidad y se inició una persecución primero por
una autopista y luego a través de calles residenciales llenas de gente en la que
participaron varios coches de policía y un helicóptero, y después de una
carrera de trece kilómetros, el objetivo fue acorralado y capturado.
Ahí mismo, bajo el foco de un helicóptero y el zumbido de sus aspas,
Rodney King fue agredido brutalmente por al menos cuatro policías
uniformados.
Un ciudadano que vivía cerca, George Holliday, cogió una cámara de vídeo
y pulsó «grabar». Al principio de la grabación, el Sr. King se encontraba en el
suelo, rodeado por ocho agentes. Pueden verse cables de dispositivos de
control conectados a su cuerpo; le habían administrado descargas dos veces.
King se incorporó y trató de echar a correr (en el juicio se alegó que King
estaba intentando abalanzarse sobre un agente), pero lo arrojaron al suelo con
un fuerte golpe de porra. Los agentes lo rodearon y, aunque King trataba de
ponerse de rodillas, lo golpearon repetidamente para que volviera a caer al
suelo. Los hombres uniformados elevaban las porras por encima de sus
cabezas antes de hacerlas caer sobre el cuerpo del hombre desarmado que
yacía bajo ellos sobre el asfalto.
Posteriormente, lo rodearon, lo patearon, lo golpearon decenas de veces con
las porras, y después lo esposaron y lo apartaron de la calzada fuera de la
vista arrastrándolo boca abajo.
Dos días después de la detención de King, George Holliday se puso en
contacto con la jefatura del Departamento de Policía de Los Ángeles para
informar sobre el vídeo, pero dado que no hubo interés en revisar su
contenido, se dirigió a una cadena de televisión local. Las imágenes se
emitieron y revelaron un problema que los activistas y las comunidades
negras habían denunciado durante décadas: el trato brutal que recibían los
hombres de raza negra en Estados Unidos por parte de las fuerzas del orden.
La historia llegó a las noticias nacionales y su gravedad y urgencia hizo que
la fiscal del condado de Los Ángeles iniciara un proceso penal contra cuatro
de los agentes que participaron en la detención de Rodney King 60. Los cuatro
agentes fueron acusados y juzgados formalmente ante un jurado de iguales
por los delitos de agresión y uso excesivo de la fuerza.
El 29 de abril de 1992 el juicio llegó a su fin. Los cuatro quedaron
absueltos.
Cuando se anunció el veredicto, estallaron disturbios por todo Los Ángeles.
Las protestas masivas y las manifestaciones que expresaban el malestar de la
población continuaron durante seis días. En medio de esa angustia, hubo
saqueos, incendios, muertos, heridos y detenciones masivas, y la policía de
Los Ángeles se vio desbordada. Como respuesta, se desplegaron las tropas de
la Guardia Nacional del Ejército de California y una división de los Marines
de EE. UU., poniendo fin a la semana de revueltas.
El legado de la detención de Rodney King y las manifestaciones que inspiró
su paliza a manos de la policía sigue resonando más de un cuarto de siglo
después. Hoy en día, los ciudadanos-periodistas siguen el ejemplo de George
Holliday, grabando con sus cámaras casos de un uso desproporcionado de la
fuerza por parte de las figuras de autoridad contra personas negras y
compartiendo las imágenes con el mundo. Los activistas hablan. Los
manifestantes se manifiestan. Y donde el legado de dolor no se resuelve, los
ciudadanos angustiados pueden amotinarse.
Si echamos la vista atrás a las comunidades implicadas en los disturbios de
Los Ángeles, vemos que eran predominantemente negras e hispanas. Estos
grupos expresaban, en un grado u otro, los síntomas esbozados en la
investigación de la Dra. Brave Heart sobre el trauma histórico y sus síntomas.
En relación con otras comunidades blancas, revelaban mayores disparidades
socioeconómicas, mayores tasas de abuso de drogas y alcohol, y otros
síntomas postraumáticos, como el duelo no resuelto. Al igual que los
supervivientes de traumas individuales, eran colectivamente más propensos a
la revictimización, lo que tal vez se revele en la dinámica inconsciente que se
desarrolla por parte de la policía y otros poderes institucionales.
Toda la nación había visto lo que le había ocurrido a Rodney King. Un
grupo de poderosos hombres blancos había rodeado, agredido brutalmente y
arrastrado a un hombre negro. Y nunca fueron castigados por su crimen.
Esto no describe otra cosa que un linchamiento. En la memoria colectiva de
un pueblo traumatizado supone un horror y una injusticia vivida
innumerables veces a lo largo de muchas generaciones. Ha provocado un
dolor tan inmenso que no puede localizarse y una angustia tan profunda que
no puede nombrarse.
Cuando el vídeo de la paliza de Rodney King apareció en las pantallas de
televisión, golpeó el cable trampa en ese dolor colectivo inconsciente. Al
principio, catalizó una conversación pública que era sumamente necesaria.
Pero cuando los agentes fueron absueltos de la agresión y el uso
desproporcionado de la fuerza a pesar de las amplias y demostrables lesiones
que produjeron a Rodney King, ese dolor afloró violentamente en forma de
indignación colectiva. Algunos disparadores emocionales son desconocidos y
pueden suscitar reacciones repentinas y explosivas. Los disturbios fueron
para Los Ángeles lo que una pesadilla despierta para un veterano
traumatizado.
El pasado no resuelto es el destino: se repite.
31 Tomado en su mayor parte del artículo «The Work of a Mob» del investigador de la Asociación
Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), publicado en la
revista The Crisis 16 (septiembre de 1918), así como del artículo escrito por los responsables del
Proyecto Mary Turner, maryturner.org/mtp.htm.
32 «The Truth about Jim Crow», The American Civil Rights Union, 2014, consultado el 10 de mayo
de 2017, theacru.org/wp-content/uploads/The-Truth-About-Jim-Crow.pdf.
33 «Slavery vs. Peonage», Slavery by Another Name, PBS.org, 2017, consultado en 2018,
pbs.org/tpt/slavery-by-another-name/themes/peonage/.
34 «Slavery vs. Peonage», Slavery by Another Name.
35 Un artículo del 20 de mayo de 1918 sobre los linchamientos publicado en el periódico Atlanta
Constitution informaba de que Mary Turner había hecho «comentarios imprudentes», lo que suscitó «la
indignación» de la turba, cuyos miembros se mostraron contrariados por «su actitud». Atlanta
Constitution, 20 de mayo de 1918, maryturner.org/images/VDT5-20.pdf.
36 «627: Suitable for Children», This American Life, 6 de octubre de 2017,
thisamericanlife.org/627/transcript.
37 «627: Suitable for Children», This American Life.
38 Judith Lewis Herman, Trauma and Recovery: The Aftermath of Violence — from Domestic Abuse
to Political Terror (Nueva York: Basic Books, 1992), 7-8.
39 Martin W. DeVries, «Trauma in Cultural Perspective», en Traumatic Stress: The Effects of
Overwhelming Experience on Mind, Body, and Society, eds. Bessel A. van der Kolk, Alexander C.
McFarlane y Lars Weisaeth (Nueva York: Guilford Press, 1991), 399.
40 Sue Coyle, «Intergenerational Trauma: Legacies of Loss», Social Work Today 14, n.º 3
(mayo/junio de 2014): 18.
41 Bessel van der Kolk, «The Compulsion to Repeat the Trauma: Re-enactment, Revictimization,
and Masochism», Psychiatric Clinics of North America 12, n.º 2 (junio de 1989): 389–411.
42 Van der Kolk, «Compulsion to Repeat».
43 Nathaniel Vincent Mohatt et al., «Historical Trauma as Public Narrative: A Conceptual Review of
How History Impacts Present-Day Health», Social Science & Medicine 106 (abril de 2014): 128–136.
44 Maria Yellow Horse Brave Heart, «The Historical Trauma Response Among Natives and Its
Relationship with Substance Abuse: A Lakota Illustration», Journal of Psychoactive Drugs 35, n.º 1
(2003): 7–13.
45 Brave Heart, «Historical Trauma».
46 «Conversations About Historical Trauma, Part One», Impact Newsletter, National Child
Traumatic Stress Network, mayo de 2013, consultado en mayo de 2018,
nctsn.org/resources/conversations-about-historical-trauma-part-one.
47 Brave Heart, «Historical Trauma», 7–13.
48 Mohatt et al., «Historical Trauma», 136.
49 Nihaya Daoud et al., «Internal Displacement and Health Among the Palestinian Minority in
Israel», Social Science & Medicine 74, n.º 8 (abril de 2012): 1163–1171, doi:
10.1016/j.socscimed.2011.12.041.
50 Joy DeGruy, Post Traumatic Slave Syndrome: America’s Legacy of Enduring Injury and Healing
(Nueva York: HarperCollins, 2017).
51 Herman, Trauma and Recovery, 2.
52 DeGruy, Post Traumatic Slave Syndrome.
53 Keri Leigh Merritt, Masterless Men: Poor Whites and Slavery in the Antebellum South (Nueva
York: Cambridge University Press, 2017).
54 DeGruy, Post Traumatic Slave Syndrome.
55 Gertrud Hardtmann, «Children of Nazis: A Psychodynamic Perspective», en International
Handbook of Multigenerational Legacies of Trauma, ed. Yael Danieli (Nueva York: Plenum, 1998).
56 Yael Danieli et al., «International Handbook of Multigenerational Legacies of Trauma», PTSD
Research Quarterly 8, n.º 1 (1997): 1–8.
57 Tori Rodriguez, «Descendants of Holocaust Survivors Have Altered Stress Hormones», Scientific
American (1 de marzo de 2015), consultado en mayo de 2018,
scientificamerican.com/article/descendants-of-holocaust-survivors-have-altered-stress-hormones/.
58 «Inheriting Trauma: Holocaust Survivors Pass Trauma to Their Children’s Genes», Neuroscience
News, agosto de 2015, neurosciencenews.com/epigenetics-trauma-transmission-2502/.
59 K. Gapp et al., «Implication of Sperm RNAs in Transgenerational Inheritance of the Effects of
Early Trauma in Mice», Nature Neuroscience 17 (abril de 2014): 667–669, doi:
dx.doi.org/10.1038/nn.3695.
60 Seth Mydans, «Police Beating Trial Opens with Replay of Videotape», New York Times (marzo de
1992), consultado el 20 de abril de 2010.
5.
LA SABIDURÍA DEL TRAUMA
COLECTIVO
«La desesperación que se abraza de forma consciente nos enfrenta a la oscuridad que hay en nosotros
mismos y en el mundo».
MIRIAM GREENSPAN Healing Through the Dark Emotions
«Veo cómo el mundo se convierte poco a poco en desierto; oigo cada vez más cerca el estruendo del
trueno que, un día, nos destruirá también a nosotros. Siento el sufrimiento de millones de personas. Y,
sin embargo, cuando miro al cielo, pienso que de alguna manera todo cambiará para bien, que esta
crueldad también terminará, que la paz y el sosiego volverán otra vez».
ANA FRANK El diario de Ana Frank
son un bosque grande y
P
ODEMOS IMAGINAR QUE NUESTROS ANTEPASADOS
antiguo cuyas raíces vivas compartimos. Esas raíces ancestrales nos
conectan unos con otros y con la Tierra, como han hecho desde mucho
antes de que surgiera nuestra especie: nuestras raíces nos conectan con el
planeta, con la vida misma. Pertenecen a nuestro sistema nervioso colectivo,
y por muy lejos que vivamos o muramos, o por muy distante que sea nuestro
parentesco, no se puede pensar que dos humanos, a través del espacio o del
tiempo, estén totalmente desconectados. Estamos unidos por nuestro origen
común.
Al igual que el estado del sistema nervioso de un individuo contribuye al
bienestar o la disfunción, la salud de nuestras raíces colectivas establece
cómo responden y se adaptan las comunidades y las sociedades, ya sea al
cambio cultural o climático. Los traumas colectivos, como los causados por
las marcas comunitarias que deja la guerra, actúan como una gran cuchilla
que corta esas raíces, separándonos los unos de los otros y de nosotros
mismos. Rompen nuestros lazos con el hogar y la patria, dejándonos con el
dolor del aislamiento y la rueda del hámster del pasado negado. Al girar esta
rueda, el sufrimiento kármico se repite y el trauma se transmite de una
generación a la siguiente, hasta que encuentra espacio, presencia y claridad;
hasta que se reconoce para poder sanarlo.
En esto consiste la integración y, a través de ella, establecemos una relación
más elevada con nosotros mismos y con los demás; nos sentimos movidos a
participar en un espacio-nosotros consciente. Nuestras raíces se fortalecen, de
modo que, con independencia de lo lejos que estemos de nuestra tierra natal,
aprendemos a sentirnos siempre en casa.
La tecnología, los traumas y la sombra colectiva
Los avances exponenciales de la tecnología han hecho posible la creciente
asequibilidad y el uso generalizado de dispositivos conectados a Internet.
Esto ha supuesto un cambio social radical que ofrece múltiples ventajas, entre
ellas la capacidad de conexión inmediata entre nosotros, sin importar la
distancia. Nuestra tecnología nos permite ser testigos de la amplia corriente
de innovación humana y participar de ella. Una mayor conectividad nos da la
posibilidad de crear una red de contactos, organizarnos e implicarnos. Estos
son los aspectos conscientes de los que dispone el cerebro global que
llamamos Internet. Pero tan poderoso como el Facebook que podemos ver es
el «Libro de las Sombras» invisible. Este cerebro global sincroniza todo lo
que hacemos juntos tanto de forma consciente como inconsciente.
Nuestros teléfonos móviles y tabletas nos exponen a flujos constantes de
información (energía) no solo sobre los traumas presentes en nuestras propias
regiones o naciones, sino los de todo el mundo. Los impulsos de estas
cicatrices globales llegan directamente a nosotros a través de las noticias de la
televisión, los vídeos y las redes sociales. Crear un espacio consciente para
sostener este flujo de energía puede permitirnos ser más sensibles y
receptivos al sufrimiento general. Pero hasta que tengamos la capacidad de
establecer este espacio tan necesario, el aluvión de impulsos de nuestras
cicatrices globales puede provocar una mayor insensibilización y disociación.
¿Cómo vamos a digerir estos flujos de energía traumática? Historias de
mujeres y niñas maltratadas y violadas en grupo en la India. Imágenes de
hombres, mujeres y niños moribundos atacados con gas sarín en Siria.
Imágenes de niños pequeños —hijos de migrantes que huyen— ahogados y
transportados sin vida a la orilla en Libia. Encerrados y disociados, solo
podemos consumir estas energías mentalmente. Para digerirlas por completo
se requiere el compromiso de todo el sistema: la parte intelectual, emocional,
física y espiritual.
Las mismas aplicaciones que utilizamos para compartir fotos de nuestras
mascotas y mantenernos al día con familiares o viejos amigos constituyen
una poderosa plataforma para el intercambio constante de material
inconsciente. El flujo y la velocidad de la información (energía) están
aumentando exponencialmente, y esto está creando una profunda presión en
nuestro sistema nervioso evolutivo. Nuestra exposición a la información
traumática también está creciendo rápidamente. Así que, mientras la
tecnología nos obliga a desarrollar nuevas habilidades y capacidades, también
requiere que hagamos un trabajo de sombra colectivo.
Como vimos en el capítulo 3, desde el punto de vista místico, la luz (o la
energía o el impulso) de la voluntad humana fluye a lo largo de la columna
vertebral de acuerdo con el bucle de individuación: la curiosidad empuja la
luz hacia fuera y el miedo la devuelve hacia la seguridad. Cuando existe una
relación sana entre el progenitor y el niño, este último se siente seguro y
tranquilo en la conexión, amado. Y la seguridad de este receptáculo amoroso
es como una tierra fértil. Permite que el campo interno del niño —una matriz
de E-T-R y percepción— comience a desarrollarse, sincronizarse y
cohesionarse.
Si el niño no experimenta una seguridad adecuada o una relación saludable,
esta matriz no puede estabilizarse. El niño en desarrollo tendrá dificultades
para percibir con precisión a los demás, al mundo y a sí mismo. El campo
interior estará de algún modo desincronizado, y el niño experimentará
desconexión y separación. Lo que existe en su lugar es el campo del trauma.
Nuestras sociedades están dominadas por la energía del trauma, y como
resultado tenemos visiones del mundo absolutamente dispares, realidades
separadas y percepciones a menudo distorsionadas. Muchos de nosotros nos
sentimos descorporizados, separados de nuestras raíces colectivas. Ya no
sentimos a nuestros antepasados, y nos resulta difícil estar presentes o
conectar con los demás. A menudo llevamos vidas insostenibles en
sociedades que tampoco pueden sostenerse. Estamos cerrados a la presencia
del futuro.
Estas son las consecuencias de los traumas, aunque sus efectos pueden
atenuarse o sanarse y, en última instancia, transformarse en resiliencia. Con el
desarrollo y la integración, un ser humano experimenta más a menudo que
está en el lugar correcto en el momento adecuado. A través del espacio-
tiempo multidimensional, todos estamos intrínsecamente conectados y a
través del desarrollo transpersonal despertamos a nuestra unidad esencial. El
espacio-tiempo es inteligente; es la «nube» del flujo de datos humanos, el
terreno de la relación, y la base para la afluencia de la luz futura.
Cuando existe una estructura suficiente a través de la cual canalizar la
energía entrante —es decir, la intensidad generada por la experiencia de la
vida—, el sistema es coherente. La coherencia genera resiliencia y esta nos
aporta la capacidad de permanecer presentes y conectados incluso con
aquello que nos supone un desafío. La coherencia crea un campo o matriz 4D
estable (E-T-R), y la resiliencia permite que esa coherencia se restablezca
cuando se rompe. Una matriz interna estable (como vimos en el capítulo 1)
genera una conexión vertical (desde nuestras raíces ancestrales hasta nuestra
Fuente), así como una relación horizontal (con los demás). Esto nos
proporciona la amplitud interior y exterior necesaria para sincronizarnos en el
tiempo con el ritmo de la totalidad. Además, con un E-T-R estable y bien
desarrollado, nos sincronizamos con el E-T-R colectivo, con el flujo colectivo
de energía, información, trabajo, empatía, compasión, amor y presencia, que
es el trampolín de la inteligencia colectiva y la base de nuestra evolución
mutua.
Muchas personas se sienten desacompasadas cuando intentan relacionarse
con los demás. Cuando experimentamos una regresión en respuesta al estrés
y a los disparadores emocionales del trauma, nos encontramos con la energía
traumática de una parte más joven y menos desarrollada de nosotros mismos,
que no está sincronizada con nuestro yo adulto maduro. Comenzamos a
actuar y a reaccionar de forma desincronizada con respecto a los demás y a
nuestro yo más desarrollado.
Los traumas del desarrollo, que a menudo son ancestrales, restringen la
conexión adecuada de la luz (alma, voluntad, energía) en la estructura, lo cual
inhibe o retrasa la aparición de la coherencia y la resiliencia. No es posible
mantener la presencia ante la intensidad de la experiencia y la relación se
rompe fácilmente. Sin una relación sana, nuestra supervivencia se ve
amenazada, o puede sentirse de ese modo. La energía de los desafíos de la
vida no puede fluir a través de nosotros, quedando bloqueada en los puntos
de trauma y desencadenando sus síntomas.
Una matriz 4D estable resulta esencial para la percepción precisa de los
mundos interno y externo. Se trata de la pantalla lisa y clara en el cine de la
percepción interior. Su claridad nos permite crear el espacio interior
necesario para la sintonía y la presencia, a través del cual podemos descargar
la guía superior y estar disponibles para el auténtico futuro (puesto que el
pasado no procesado se convierte en destino, podríamos llamarlo el futuro
inauténtico). Pero el trauma fragmenta y desarmoniza este campo,
deformando la percepción y aislándonos del mundo y de los demás. El
resultado es la descorporización, y cuando estas condiciones se fijan en el
campo colectivo, la separación se convierte en el acuerdo básico de la cultura.
La naturaleza de las numerosas distorsiones causadas por los traumas todavía
no se ha explorado a fondo. Es necesario investigar más en profundidad el
modo en que la fragmentación inhibe la propiocepción61 y un sentido claro
de uno mismo en el espacio y el tiempo.
Kairos es una voz del griego clásico que significa tiempo. El término
chronos, por otro lado, se refiere al tiempo cronológico y a su naturaleza
cuantitativa. Sin embargo, kairos alude a los aspectos cualitativos, señalando
el momento esencial o el momento más oportuno para la acción. El tiempo
oportuno de kairos surge de un campo sincronizado donde el flujo está
siempre disponible. El E-T-R está sincronizado, y lo que llamamos
sincronicidad constituye una condición fundamental. El momento adecuado
siempre es claro para nosotros, porque nosotros tenemos claridad.
Cuando nos unimos en coherencia para crear un campo colectivo
sincronizado (o E-T-R resonante), experimentamos una mayor conciencia de
la presencia de grupo. Un alto nivel de conciencia de grupo multiplica
radicalmente el flujo de datos a través de los integrantes, elevando la
inteligencia colectiva. Esto se convierte en el acto de presenciar. El Dr. Otto
Scharmer define la presenciación de esta manera:
«La presenciación se basa en una recolocación interna. Implica liberar la percepción de la
“prisión” del pasado y dejar que actúe desde el campo del futuro. Esto implica desplazar el lugar
desde el que opera la percepción a otra posición. En la práctica, presenciar significa vincularse de
una manera muy real con la “posibilidad futura más elevada” y dejar que acceda al presente» 62.
Muchos de nosotros hemos experimentado este cambio dimensional como
un espacio-nosotros o resonancia grupal, pero incluso si aún no lo hemos
experimentado, podemos intuir esa posibilidad. A través de la intención
compartida, la sintonía consciente y la presenciación podemos inducir este
estado de conciencia grupal. Tal vez el sistema nervioso polivagal contribuya
a hacer posible el presenciar colectivo, abriendo las puertas a una función
relacional cada vez más elevada diseñada por la evolución.
La matriz del trauma colectivo
El trauma individual debe verse en el contexto del trauma social; se
encuentran entrelazados entre sí y se influyen mutuamente. El espacio
interior 4D de cada persona se sitúa dentro de las frecuencias del entorno
social; los campos de ondas holográficos son matrices anidadas (un sistema
complejo está contenido por un sistema más grande y más complejo, que está
contenido por un sistema aún más grande y más complejo, y así
sucesivamente). Al igual que la biografía personal influye en la coherencia de
un campo individual, un campo colectivo está formado por la historia social
de su contexto. Cuando un campo colectivo está dominado por capas
energéticas de traumas históricos y transgeneracionales, el contenido de
sombra de las personas que viven en él puede activarse más fácilmente, y se
crean otros traumas con mayor facilidad.
Cuando llega una nueva alma, penetra a través de las frecuencias
energéticas de los campos de los padres, a través de las capas generacionales
del campo ancestral y a través de las capas arqueológicas del campo
colectivo. Las frecuencias del trauma depositadas en estos campos son
paquetes kármicos que se mantienen en el tiempo después. Las generaciones
anteriores cargan este material en la «nube» colectiva, de la que lo descargan
las generaciones siguientes. El alma entrante hereda estos paquetes kármicos,
así como la disonancia E-T-R que crean. Por lo tanto, si la matriz más amplia
está cargada de paquetes residuales del Holocausto, la esclavitud o el
apartheid, todas las almas nacidas en el campo serán impresas por esta
energía.
Al igual que el crecimiento de un niño se ve afectado por un traumatismo en
su desarrollo, también la evolución de una cultura está moldeada por un
trauma histórico. Las energías más densas del pasado no integrado se
congelan y cristalizan, alterando la biomateria a través de los efectos
epigenéticos y se manifiestan posteriormente en forma de relación
interpersonal. En una cultura marcada por el trauma histórico, múltiples
generaciones a través de muchas familias confirman estos efectos, y también
presentan una relación social y cultural deteriorada o rota.
En el campo del trauma, grandes porciones de energía están fuertemente
disociadas y reprimidas en la sombra. Su energía se encuentra en el lago
oscuro, en gran medida invisible para los miembros de la sociedad, aunque
los síntomas que producen se manifiestan ampliamente en todo el mundo. El
sistema nervioso de la siguiente generación nace y se cría dentro de ese
campo, que es invisible; sus efectos y estructuras se incorporan y se
consideran «normales». Este condicionamiento de estado traumático dificulta
que cualquier persona que viva en esa comunidad tenga acceso a una
sensación vital de su lago oscuro, incluso después de que esta persona llegue
a tener un conocimiento intelectual de su existencia.
La energía se convierte en estructura, incluso cuando ha sido creada por el
trauma cultural. Las estructuras culturales inconscientes que el trauma genera
en el campo son como estar rodeados de agua siendo nosotros los peces que
nadan en ella, que se preguntan de vez en cuando: «¿Dónde está eso que
llaman agua de lo que se habla tanto?». Excepto que, a diferencia del agua de
esta analogía, las estructuras del trauma se vuelven fijas y congeladas;
carecen de capacidad de respuesta a la emergencia, al movimiento creativo de
la vida. Los síntomas mantenidos en la sombra se convierten en tendencias
sociales al trauma, y estas tendencias se convierten en acuerdos culturales del
trauma. Además, las estructuras traumáticas son inestables y a la larga
alimentan el estallido de las crisis culturales.
Las culturas traumatizadas operan en un campo que no es coherente, sino
que presenta interferencias. Pero cuando el trauma más reciente de un
territorio se ha producido hace más de una o dos generaciones, el grado de
interferencia en el campo puede ser inicialmente engañoso. Una fachada de
civismo y costumbre puede enmascarar las capas de negación y disociación
generacional, ocultando poderosas corrientes subterráneas de desconfianza
social, repulsión u odio, síntomas postraumáticos colectivos que se mantienen
en la sombra. Después de un trauma histórico pueden erigirse monumentos
para reconocer y honrar a las víctimas, la política puede sufrir modificaciones
y ciertas costumbres sociales de larga duración pueden someterse a escrutinio
o cambiar. Incluso pueden pasar años sin que aparentemente se produzcan
incidentes. Sin embargo, las sombras se han ocultado, se han negado y no se
han examinado, y es solo cuestión de tiempo que una nueva crisis social o un
cambio turbulento activen este material y generen un estallido.
El pasado no resuelto se convierte en destino; la sombra debe salir. Pero la
integración consciente del trauma activa el potencial y despierta la
posibilidad de un nuevo futuro.
Los síntomas colectivos
Un terapeuta del trauma hábil y sensible puede reconocer los síntomas
traumáticos de un cliente y seguir esos síntomas hasta su origen, la zona cero
del trauma. En ese caso, ¿también es posible identificar con precisión los
síntomas del trauma colectivo? A medida que nos adentramos en un mundo
afligido por una escalada de sufrimiento, se necesitan unas competencias
totalmente nuevas.
Los síntomas del trauma pueden aparecer como regresiones a etapas
anteriores de desarrollo. Cuando sentimos que nuestra supervivencia está
amenazada, volvemos a los impulsos evolutivos primarios dominados por la
preocupación por la seguridad. Cuando la mayoría de nuestra especie vivía en
esta etapa, los extraños se consideraban una amenaza inquietante para la
tribu. Sentíamos un gran temor por los forasteros, y este miedo ayudó a
nuestra supervivencia, ya que potenciaba la unidad tribal y fomentaba las
capacidades superiores de colaboración, planificación, organización y
defensa de la seguridad del grupo frente a las incursiones ajenas.
Aunque han pasado milenios desde que la seguridad era la preocupación
diaria predominante de la mayoría de los humanos, cuando las capas de
trauma cultural se activan, gran parte de las sociedades, incluso las más
avanzadas, retornan al impulso primario de esta etapa anterior de la
evolución. Desde ella, vemos al extranjero como mortífero o indigno, como
alguien ajeno a nosotros. Los fuertes sentimientos de cautela y el deseo de
distancia deben procesarse a fin de hacer posible la relación con individuos o
grupos que no conocemos.
Esta precaución evolutiva nos permite sentirnos protegidos, pero después de
un gran trauma, nos volvemos hipervigilantes. Sentimos que nuestra
supervivencia está amenazada. Proyectamos nuestros miedos y desconfianza
en el extraño, el extranjero, el emigrante, el refugiado, como si la presencia
de estos grupos amenazara nuestra propia existencia.
Al igual que el trauma individual, el trauma cultural manifiesta epidemias
de hiperactivación o embotamiento y reconstituye tendencias de negación
social, disociación y represión. Cada una de ellas constituye un patrón de
onda distinto que circula a través del campo social, como ondas que se
propagan en la superficie del agua. Cuanto más regulares son los patrones,
más fuerte es el campo que crean. De este modo, un campo traumático se
convierte en una especie de campo mórfico, un espacio oscuramente
generativo para la sombra cultural. Una carencia propagativa en la que
arrojamos todo aquello que somos y que nos resulta insoportable. Los
campos de trauma son distorsiones colectivas del espacio-tiempo y la
percepción, hogar de poltergeists y demonios, proyecciones masivas y
engaños virales.
Sus patrones de interferencia nos fracturan en mundos dispares.
Existe una hiperactivación de naciones en conflicto, junto a la indiferencia
de las masas y la falta de participación en el proceso cultural. El
embotamiento que sigue a la traumatización reduce la capacidad de la
humanidad de ser testigo imparcial de sí misma y disminuye nuestra
compasión. La indiferencia y la desconexión contribuyen a que se cometan
más atrocidades, alimentando un bucle de retroalimentación a través del cual
es más probable que se produzcan nuevos traumas.
Las tendencias colectivas
Muchos síntomas de traumas colectivos se manifiestan en todo el campo
social. Puede que dos o tres generaciones sean incapaces de conectar con un
trauma histórico o multigeneracional a través de su propia historia biográfica,
pero nacen igualmente en su campo de ondas y lo llevan consigo en el
inconsciente colectivo. Sus síntomas se revelan en sus vidas a través de
pensamientos, conductas, acciones o inacción.
Estos síntomas se convierten en tendencias sociales, como la anestesia
colectiva, que nace de la disociación y la negación masiva del trauma
histórico, incluidas sus causas y consecuencias. La anestesia colectiva se
manifiesta en forma de abuso generalizado de sustancias, adicción a la
comida, al sexo y al entretenimiento, un uso excesivo de los medios de
comunicación y muchas otras formas. Se pone de manifiesto como un cierre
colectivo tanto a la crisis como a la sanación.
Hace poco estuvimos muy cerca de una guerra nuclear cuando se intensificó
la política de riesgo entre los Estados Unidos y Corea del Norte bajo la
dirección de Donald Trump y Kim Jong-un, pero gran parte del mundo no
pareció reaccionar ni responder a esta amenaza con verdadera preocupación.
El hecho de que se estuviera llevando a cabo un genocidio masivo contra el
pueblo judío en Europa pareció tener poco impacto durante mucho tiempo en
el mundo, o incluso en Alemania, ya que su población miró en gran medida
hacia otro lado. La actual catástrofe humanitaria que sigue asolando Siria y
generando millones de refugiados aparece de vez en cuando en las noticias,
pero el mundo aún no ha respondido de manera real. Una vez más, miramos
hacia otro lado, cerrados, aislados, desvinculados. Al menos hasta que esos
refugiados de guerra amenazan con cruzar nuestras propias fronteras y
entonces se activan generaciones de material reprimido que estalla dando
lugar a odio racial, una indignación masiva e inestabilidad social, todo ello
manifestaciones de miedo y dolor no resueltos.
Se trata de una hiperactivación e hipervigilancia colectiva. En Oriente
Medio, el conflicto violento ha persistido durante siglos y generaciones,
culminando en una poderosa polarización de los pueblos de la región,
dividiendo nacionalidades, etnias y religiones en identidades fracturadas y
enfrentadas. Esta energía de polarización revive la crisis inicial. Sin
resolución, una vez gastada la energía eruptiva, sus contenidos primarios se
ocultan de nuevo.
Lo mismo sucede con la crisis climática de nuestro planeta. Todas las
naciones tienen acceso a los exhaustivos y categóricos datos científicos sobre
este gran desafío global, pero la mayoría, incluidos los líderes mundiales,
siguen negándolo (recordemos las respuestas que dio el presidente brasileño
en 2019 ante los enormes incendios forestales que arrasaban la selva
amazónica o la afirmación que hizo un presidente estadounidense acerca de
que el cambio climático es un «engaño»). Cuando estamos separados,
reprimidos y desconectamos, no podemos unirnos para abordar o resolver
problemas sistémicos o crisis existenciales. El cambio climático es un
síntoma del trauma colectivo, y nuestro retraso en dar una respuesta
inteligente y coherente también lo es.
Tanto si la tendencia es la anestesia colectiva como la hiperintensidad, el
resultado es la disminución del espacio. Nuestros mundos se encogen a
nuestro alrededor, y nuestra visión del mundo solo puede ampliarse lo que le
permite este espacio restringido. Así como para sanar el trauma personal se
necesita un mayor espacio interno, para sanar los traumas colectivos es
necesario crear un mayor espacio interior colectivo. De un mayor espacio
pueden surgir soluciones más elevadas (en el capítulo 6 incluyo un ejemplo
de un proceso grupal para integrar los traumas colectivos).
Los acuerdos colectivos
El lenguaje es un poderoso mecanismo a través del cual las sociedades
codifican una red inconsciente de acuerdos sobre nuestra realidad compartida,
es decir, la realidad «consensuada». Cuando empezamos a hablar,
aprendemos los nombres de personas, objetos y lugares. Muy pronto,
aprendemos que la palabra «mesa», por ejemplo, no solo se refiere a la mesa
de la cocina de nuestra casa, sino a un determinado tipo de objeto en general:
hay muchos tipos de mesas. Cuando alguien nos habla de una mesa,
buscamos el contexto para saber si se refiere a una mesa concreta o solo al
concepto amplio de mesa. Este proceso es rapidísimo y representa una
especie de acuerdo intersubjetivo entre el hablante y el oyente que permite la
comprensión compartida y, por tanto, la comunicación. Todo lo que se acepta
y codifica en el lenguaje pasa a formar parte de una realidad compartida.
Cada vez que nos comunicamos, empleamos nuestro chi, nuestra energía
viva, e intercambiamos pasivamente numerosos acuerdos inconscientes. El
verbo «guglear» no habría tenido ningún significado para nadie hace más de
un par de décadas, pero hoy casi todo el mundo sabe lo que significa. Aunque
esto no surgió como un proceso totalmente consciente, «guglear» se codificó
en nuestra realidad global compartida.
Lo mismo sucede con nuestras conductas, pensamientos y actividades
compensatorias inconscientes. Todo lo que he reprimido, desde la primera
infancia hasta ahora, crea una compensación. Si he reprimido gran parte de
mi experiencia emocional o de mis respuestas, por ejemplo, puede que me
vuelva hiperracional, para distanciarme más de mis emociones y compensar
en la medida de lo posible la inteligencia viva de mi cuerpo emocional, que
ha sido negada. Incluso podría asociarme principalmente con otras personas
que hacen lo mismo, prefiriendo la intelectualización a la emocionalidad
porque refleja y reconfirma mi propio proceso. Al comunicarme con personas
que son parecidas, participo en un acuerdo inconsciente: un sistema
compartido de compensación.
Si siento mucho miedo en mi cuerpo emocional, me contraeré al mismo
tiempo en alguna parte de mi cuerpo físico. La contracción puede adoptar la
forma de una tensión de los músculos del cuello, un efecto derivado de mi
intento de bloquear la intensidad del miedo. Esta constricción surge como un
intento inteligente de regular la emoción, pero cuando no soy capaz de
experimentar mi temor a través de una relación adecuada y, por tanto, de
liberarlo, trato de hiperregular mi estado interno de forma inconsciente desde
el cuerpo.
Si esta tensión o contracción se vuelve crónica, puede afectar a mi salud
emocional y física. Cuanto más tiempo pase, menos conciencia tendré de mi
miedo y de mi cuerpo. Si se deja demasiado tiempo, la respuesta podría
manifestarse como un dolor crónico (una tendencia a las migrañas) o como
un proceso de enfermedad de algún tipo (artritis o enfermedad degenerativa
del disco, tal vez). Habré empujado no solo mi miedo sino mi conexión con
el estado de mi cuerpo a la esfera inconsciente, cerrando eficazmente un
vasto canal de información y sensibilidad. Con el tiempo, quizá empiece a
hablar de mi dolor físico o de mi pésimo estado de salud como si yo fuera un
blanco aleatorio oprimido por algo ajeno a mí sobre lo que no ejerzo ningún
control. Este es otro tipo de acuerdo inconsciente, que a menudo se crea y
refuerza por las condiciones del trauma.
Todos hemos oído decir a alguien: «No sé cómo voy a conseguirlo», o «No
puedo con esto», en medio de una experiencia que supone un desafío. Un
amigo que está pasando por un divorcio puede quejarse de que su «vida está
desmoronándose». Una persona que se enfrenta a la muerte de un ser querido
puede confesar su miedo a «no poder sobrevivir sin él». Otra puede señalar:
«Después de esa conversación, tengo el corazón encogido», o tal vez añada:
«Siento tensión muscular en los hombros». Al oír estas palabras, podemos
intentar compadecer y tranquilizar, incluso tal vez recomendar a un terapeuta
experto. Aunque nuestra intención es ayudar, nos convertimos en partícipes
involuntarios de la elección inconsciente de esa persona.
Tales afirmaciones parecen intentos comunes de expresar pena, terror,
miedo o dolor, pero estas frases cotidianas pertenecen al lenguaje de nuestra
sombra colectiva, y el lenguaje de la sombra refuerza el trauma. Normalizada
y reforzada, la falta de resiliencia se convierte en un acuerdo cultural. La
tendencia moderna a diagnosticar como una patología los síntomas
emocionales constituye otro tipo de acuerdo cultural. Cuando aprendemos a
escuchar estos acuerdos claramente, revelan una resiliencia que se halla
inhibida dentro del campo social. Además, el lenguaje de la sombra desvela
una verdad importante: no puede haber una sombra individual independiente
o un yo inconsciente; solo existe la sombra colectiva. Estamos íntimamente
ligados al entorno social, que nos permea y moldea. La sombra necesita
inversores, personas que compartan un interés en que siga existiendo. Cuando
los que nos rodean son claros, directos y conscientes de sí mismos, puede
sentirse una especie de impulso de desarrollo en el campo. Esta fuerza es
como la luz del sol; en su resplandor, se desafía la inercia, y se hace más
difícil evitar el crecimiento, la claridad y la conciencia.
El yo maduro e integrado puede estar presente incluso ante las emociones
más intensas que se experimentan en el transcurso de la existencia —como la
ira y la pena, por muy dolorosas que sean— sin considerarlas una amenaza
para la vida. Si una experiencia desencadena un miedo relacionado con la
supervivencia, el yo maduro puede dejar espacio para observar el temor
desde el testigo interno, procesarlo y rastrear su origen hasta un trauma que
aún necesita ser integrado. Desde esta perspectiva, el miedo existencial que
consideramos normal después de una crisis de salud, la pérdida de un trabajo
o una ruptura importante se convierte en un punto de referencia que señala las
heridas que todavía necesitan nuestra presencia y atención.
La lealtad a los traumas
Otro tipo de acuerdo cultural implícito es la lealtad a los traumas.
Un individuo traumatizado que vive entre personas relativamente menos
traumatizadas se beneficia de la estabilidad estructural del campo social
circundante. Pero el mundo alberga muchos focos de traumas culturales
intensos, como Puerto Rico, una isla que sigue tratando de recuperarse tras un
huracán devastador, o la República Democrática del Congo, una nación
destruida por guerras civiles consecutivas.
Dondequiera que los campos colectivos contengan la energía de un trauma
activo o que se haya activado hace poco, la gente puede experimentar una
poderosa lealtad social al trauma, una especie de vínculo de trauma colectivo.
Los traumas personales están ligados a una atmósfera traumática; las
respuestas individuales al trauma y el patrón de supervivencia tribal están
entrelazados. Al igual que una persona que busca un tratamiento duradero
para el alcoholismo o la adicción debe apoyarse en un entorno familiar y
social saludable para seguir bien, si queremos ayudar a sanar los traumas
debemos abordar el entorno. Al hacerlo, hemos de considerar cualquier
lealtad inconsciente que la persona traumatizada comparta con su grupo
familiar, ancestral, racial, étnico, religioso o de otro tipo. En el caso de las
personas supervivientes de la violencia doméstica, la lealtad inconsciente al
trauma podría expresarse como un sentimiento de familiaridad o incluso de
comodidad de por vida con las relaciones tóxicas. El acuerdo inconsciente
podría ser: «Se supone que el amor es doloroso», o «No soy digna de que me
trates bien». Las comunidades traumatizadas funcionan con lealtades
similares y acuerdos no reconocidos.
Muchos de los integrantes de un grupo grande que participó en un Proceso
de Integración del Trauma Colectivo (CTIP) que facilité en Alemania habían
vivido en Alemania Oriental (antigua República Democrática Alemana) antes
de la reunificación después de la Guerra Fría. La energía traumática de esa
época surgió con fuerza durante nuestro trabajo juntos, así que la
presenciamos como grupo. En un momento dado, pedimos a los alemanes
orientales que se sentaran en un lado de la sala y a los alemanes occidentales
que se sentaran en el otro, para que pudiéramos recordar la sensación del
Muro de Berlín que antaño había mantenido separada Alemania (mi equipo y
yo colocamos ladrillos en el centro de la sala para representar física y
energéticamente el muro). Curiosamente, cuando la gente compartió sus
sensaciones e impresiones, muchos de los alemanes del este expresaron un
sentimiento de «alivio», que les sorprendió. El Muro de Berlín les había
unido, incluso en el trauma, y portaba una energía inconsciente de
supervivencia grupal, de lealtad al grupo.
Desvincularse conscientemente de estas lealtades en la sombra es necesario
para la sanación. El proceso de romper con el campo social y su poderosa
respuesta tribal postraumática requiere apoyo y sintonía, y puede aflorar
durante un tiempo en forma de fuertes sentimientos de culpa del
superviviente y otras emociones difíciles.
Estas lealtades se producen en los niveles micro y macro. Las personas que
sufren violencia doméstica tienen dificultades para separarse de sus
maltratadores. Los hijos adultos de progenitores maltratadores, negligentes o
adictos luchan con el miedo, el sentimiento de obligación y la culpabilidad
cuando intentan poner límites o poner fin al contacto. Los vínculos
traumáticos mantienen a muchas personas en sistemas dolorosamente
disfuncionales mucho después de que se hayan dado cuenta de su inutilidad,
y esto no es diferente para las sociedades.
En los campos traumáticos, el pasado surge y resurge de múltiples formas:
levantamientos violentos, conflictos internacionales y guerras civiles,
burbujas y colapsos de mercado, e incluso más ampliamente como ciclos
repetitivos de nacimiento y desmoronamiento de las sociedades. Las
civilizaciones alcanzan su esplendor y caen cuando el pasado busca una y
otra vez ser resuelto. Sin un progreso hacia la resolución, el futuro no puede
emerger. Pero al hacer aflorar estas estructuras inconscientes en una relación
superior, podemos integrar sus elementos y convertirlos en crecimiento.
El chi consciente e inconsciente
La energía vital o chi es un efecto del flujo; cuando me siento vivo, siento
que me muevo, pero cuando percibo que estoy anquilosado o atascado,
experimento una reducción de energía vital. Esta disminución de la energía
constituye un indicio de que hay algo en mi vida, en mi interior, que no siento
ni veo por ahora. Y es este aspecto disociado el que está creando ese bloqueo
o estancamiento. Al abrirnos a la conciencia de este aspecto disociado,
creamos un mayor espacio en el que puede liberarse la energía retenida. Esta
liberación de chi positivo se potencia participando en la energía de la luz, que
es la esencia más pura de la vida. La luz proporciona claridad y conciencia, y
me reconecta con mi esencia, mi misión, mi propósito y mi voluntad. La luz
me permite experimentar mi ser superior y mis capacidades futuras, tomar
conciencia de todo mi potencial como ser humano. Me permite despertar y
sanar.
Sin suficiente luz (conciencia), mi inteligencia intersubjetiva o relacional
está limitada por la cantidad de chi inconsciente que acarreo. La fuerza vital
se divide entre el chi consciente y el inconsciente, y el mundo inconsciente o
de las sombras solo puede observarse a través de los síntomas o efectos que
produce en mi vida. Mi propio chi inconsciente u oscuro se cohesiona con la
sombra de los que me rodean y se codifica a través del lenguaje de la sombra
y los acuerdos inconscientes. El chi inconsciente es la fuerza vital que se
pierde en el lago oscuro cuando reprimo la ira, niego mi vergüenza o me
disocio del miedo. Es la represión de mi potencial.
Los focos culturales de chi inconsciente son a menudo poderosos y poseen
una energía oscura. Si bien alguien que se conecte a esa fuente y la canalice
puede parecer muy vivo e irradiar energía, sus motivaciones y resultados no
serán beneficiosos ni para uno mismo ni para el entorno.
Hay una gran cantidad de chi en la ira no vivida. Esa energía rechazada
tiene un gran poder potencial, pero conlleva una pérdida igualmente grande
de la fuerza vital que se siente en la parte consciente. Si la rabia
profundamente reprimida de un individuo se activa de repente, se producirá
una explosión que lo conmocionará a él y a cualquiera que esté cerca. Esto
nos muestra cómo las grandes reservas de energía reprimida que se
mantienen en el inconsciente colectivo constituyen una especie de bomba
latente. La Alemania de los años treinta reveló el poder incendiario de una
bomba de este tipo, y hay muchas otras que detonan en todo el mundo hoy en
día.
Debemos aprender a trabajar con esta energía oscura para desactivar la
bomba y reorientar el flujo de chi hacia la cultura consciente como potencial
despierto (en el capítulo 6 se expone una práctica grupal más profunda para
este trabajo). Hacer esto es reescribir el proyecto humano.
Detectar tendencias antes de que se manifiesten
Cuando hay claridad y coherencia en mi campo interior, soy capaz de
albergar un sentido más preciso del mundo exterior. Es como si cientos de
músicos estuvieran tocando una composición musical y yo fuera capaz de
abarcar toda la sinfonía y distinguir las notas que toca cada músico.
La coherencia interna me permite sentir y observar de forma imparcial lo
que surge en mi interior, se trate o no de una emoción desencadenada por un
trauma o una regresión que sea resultado de este. La coherencia me permite
autorregularme, de modo que una vez que aparece la emoción suscitada por
un trauma o una regresión, sepa encontrar el camino de vuelta a la
coherencia. Me permite adquirir madurez, de modo que pueda reconocer:
«¡Ah, ahora mismo están activándose mis disparadores emocionales!», y
detectar cuándo mi grado de activación emocional o la naturaleza de mi
respuesta no se ajusta al momento presente sino a una experiencia pasada.
Para hacer un trabajo de trauma colectivo, primero debemos estar muy
presentes. La presencia permite un discernimiento preciso para poder
diferenciar lo personal de lo social y reconocer cuándo lo que estamos
observando pertenece a la voz colectiva.
Mediante el desarrollo de la conciencia llegamos a sentir la relación entre
los cuerpos físico y sutiles, y el universo físico y sutil. Somos capaces de
percibir los efectos del trauma en el cuerpo físico, ya sea en el nuestro o en el
de los demás. Cuando el trauma ha ejercido influencia en el cuerpo de manera
manifiesta, ha tenido lugar un proceso en el que capas de información sutil
han establecido una conexión con la sustancia del propio cuerpo físico. A
través de las prácticas contemplativas y el trabajo de sanación consciente,
volvemos a recorrer este camino, empezando por la manifestación física
(como puede ser una enfermedad) y culminando allí donde esta información
sutil empezó a permear el campo. La curación física es el proceso por el que
la enfermedad palpable se vuelve cada vez más sutil hasta que la tendencia
desaparece. El objetivo del trabajo de sanación consiste en tomar conciencia
de una tendencia aún sutil (por ejemplo, resistirse a sentir emociones
incómodas desconectándose) antes de que se manifieste como sustancia (por
ejemplo, malestar o disfunción en el cuerpo) y ayudar a invertir dicha
tendencia.
La presencia de esa tendencia indica la existencia de un impulso dentro del
campo colectivo que busca condiciones en el entorno que lo activen y
suscriban, o bien lo desactiven y reescriban. En el caso de la tendencia a
resistirse a sentir emociones incómodas (es decir, la hipoactivación), este
hábito se activa y se suscribe en el entorno social con el consumo masivo de
cosas que permiten a la gente sentirse anestesiada o disociarse, como el
consumo desmedido, las plataformas de entretenimiento o el alcoholismo y la
drogadicción. Sin embargo, el mismo impulso —la tendencia a resistirse a los
sentimientos— se desactiva y se reescribe en lugares de sanación a través de
la observancia religiosa o espiritual, el activismo comunitario o el servicio a
causas que nos importan, así como de muchas otras maneras.
Estas tendencias sutiles llegan primero como susurros. Aprendemos a
escucharlas creando consciencia, quietud y presencia para que nuestra guía
superior tenga un lugar donde hacerse oír. En ese lago tranquilo, en el
silencio del corazón, es posible escuchar el nombre de lo Divino.
Una función de regulación social
Al igual que el sistema inmunitario del organismo genera inflamación y
fiebre para atacar a los invasores infecciosos y favorecer la curación, nuestras
respuestas psíquicas al trauma —enraizadas en el sistema nervioso y
abarcando todo el complejo humano— proporcionan una especie de
protección sistémica para los cuerpos emocional, psicológico y espiritual. Las
respuestas evolutivas al trauma son funciones de la homeostasis del sistema
y, por tanto, de la supervivencia colectiva.
Cuando los individuos están traumatizados o activados emocionalmente,
pueden retroceder durante un tiempo a una etapa de desarrollo anterior y, por
tanto, más estable, dominada por los instintos de supervivencia y seguridad.
Para la colectividad, esta etapa de desarrollo evolutivo albergó nuestro
principal instinto tribal, un impulso que unió a los humanos en torno a un
enfoque compartido de seguridad y supervivencia del grupo. El mensaje
primario del tribalismo que pervive en nuestra base colectiva es:
«Superaremos esto juntos».
En un campo de trauma colectivo el tribalismo se reafirma poderosamente,
incluso cuando el grupo o la cultura se han adaptado desde hace tiempo a
estadios superiores de conciencia. La respuesta postraumática de un
individuo no requiere una participación consciente, sino que se encarna en el
sistema nervioso autónomo y la esfera inconsciente de la psique. El
tribalismo también es autónomo y está igualmente encarnado en el
inconsciente colectivo. Al volver a estos instintos, los individuos y los
colectivos se regulan a través de la experiencia del trauma.
En el capítulo anterior mencionamos la investigación realizada sobre la
transmisión transgeneracional del trauma. Los ratones de laboratorio
expuestos a traumas repetidos transmiten mensajes epigenéticos a su
descendencia, influyendo en la expresión de los genes y transmitiendo
información importante sobre el trauma a las generaciones siguientes. El
papel evolutivo de estos mensajes epigenéticos puede ser el de impartir
información vital sobre las condiciones que suponen un desafío a las que la
progenie puede verse obligada a enfrentarse para sobrevivir. Del mismo
modo, la información que contiene un campo más amplio sobre el trauma
social, histórico y transgeneracional —y todas las capas de sombra que se
manifiestan en él— revela la elegancia de la evolución. En lugar de ver las
zonas de trauma estrictamente como lugares de calamidad y desesperanza,
podríamos verlas como proveedoras de información vital sobre nuestra
herencia genética y de verdades esenciales sobre nuestras circunstancias
actuales. Estos campos indican dónde reside el mayor dolor de la humanidad,
señalando la necesidad de una sanación colectiva y llamándonos a ese
propósito.
Calmar las aguas
La energía kármica en la que nacen las almas crea una tensión evolutiva que
puede sentirse en muchas de ellas. Se trata de la tensión entre los ámbitos
culturales consciente e inconsciente. Al sentir esta tirantez de forma
consciente, reconocemos el dolor del potencial humano no manifestado, que
puede percibirse en kilogramos kármicos.
El residuo kármico del Holocausto pesa sobre Alemania, inhibiendo la luz y
el potencial plenos de las generaciones nacidas desde entonces. Hay un peso
de cientos de años de esclavitud en los Estados Unidos que aflora en las
corrientes activas de racismo y en la epidemia de encarcelamiento masivo de
hombres negros. Muchas comunidades negras luchan contra ese peso para
alcanzar su verdadero potencial.
Existen múltiples focos de trauma ancestral en todo el mundo, donde el
karma del pasado sigue repitiéndose. En estos lugares, el progreso evolutivo
de la humanidad está lastrado o bloqueado, física, emocional, intelectual y
espiritualmente. La sanación requiere que hagamos espacio para explorar y
sentir el pasado de forma individual, generacional y cultural. En muchas
personas integrantes de comunidades espirituales o preocupadas por el futuro
de la humanidad surge la siguiente pregunta: ¿por qué dedicar tanto tiempo al
pasado? La respuesta es que, para la mayoría de nosotros, el pasado es
nuestro futuro. No podemos implicarnos en un futuro auténtico hasta que no
hayamos terminado de recrear el pasado. La vida trata de digerir el pasado no
integrado recreándolo en «nuevas» experiencias.
Si alguna vez has investigado tu genealogía, indagando en las experiencias
personales e históricas de tus antepasados, es posible que hayas tenido la
sensación de estar mirando hacia atrás en el tiempo. Sin embargo, en la
medida en que tus experiencias aún no se han resuelto, también estabas
mirando hacia adelante. Una canadiense puede empezar a investigar su
ascendencia judía en Polonia y descubrir que puede sentir el profundo terror,
el dolor y la pérdida de sus antepasados, como si su trauma siguiera vivo,
próximo y disponible. El pasado no ha pasado. El polvo de los
acontecimientos kármicos crea una gran estela ondulada cuyas aguas se
retiran solo para avanzar hacia adelante y descender de nuevo. De este modo,
la energía residual y no digerida de un acontecimiento colectivo como el
Holocausto puede convertirse en un gran tsunami.
Nunca aprenderemos a nadar con seguridad en medio de esa destrucción.
Para ello, nuestras aguas kármicas deben calmarse.
Cuando el trauma transgeneracional se refleja y se almacena en el cuerpo, la
mente o la cultura, necesitamos nuevas capacidades en la conciencia para
distinguirlo, sostenerlo e integrarlo. La conciencia superior nos permite
hacernos presentes a las condiciones pasadas y repetidas. Con una presencia
plena podemos canalizar la clara luz del futuro hacia la sustancia creada por
el pasado, para abrirla y sanarla, y también a nosotros mismos. A medida que
el tercer ojo, el corazón y los centros de energía de la base se alinean, el alma
comienza a transformar el karma en un proceso de evolución consciente.
Cuando la energía de la fuente fluye de la base hacia la coronilla, empezamos
a tocar un futuro cada vez más elevado. De este modo, el alma descarga una
porción del impulso evolutivo o la luz futura en los campos ancestrales y
colectivos, a fin de que su viaje contribuya a la evolución global de la
humanidad.
El trabajo con el trauma colectivo constituye el compromiso activo de tales
almas.
Tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, un grupo
internacional de científicos conocido como los Científicos Atómicos de
Chicago creó una revista llamada Bulletin of the Atomic Scientists. En su
portada había un potente símbolo que llamaron el Reloj del Juicio Final. La
posición de las manecillas del reloj representa una cuenta atrás hacia la
medianoche y hacia una catástrofe global provocada por el ser humano.
En el primer número, justo después de la Segunda Guerra Mundial, el Reloj
del Juicio Final se puso a siete minutos de la medianoche. Al final de la
Guerra Fría, los científicos reajustaron sus manecillas más atrás, dando más
tiempo. Pero en 2018, con la amenaza de una guerra nuclear y la inminente
crisis que presenta el cambio climático, las manecillas del reloj volvieron a
adelantarse. El Reloj del Juicio Final está ahora a solo 100 segundos de la
medianoche 63.
EL TRAUMA COLECTIVO REQUIERE UNA RESPUESTA COLECTIVA
ENTREVISTA DE JULIE A PATRICK DOUGHERTY
A los dieciocho años Patrick Dougherty se alistó en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos y se
presentó como voluntario para la guerra de Vietnam. Lo que vivió allí fue una auténtica atrocidad, una
experiencia que lo traumatizó y le dejó una marca indeleble. Sin embargo, el regreso a casa, según
cuenta, fue demoledor. Los estadounidenses protestaban enérgicamente, no solo contra la guerra, sino
también contra los soldados de su país. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, los veteranos
de guerra que retornaban no eran bienvenidos ni aplaudidos: eran despreciados.
Dougherty había vuelto a un país que en gran medida deseaba mantener una actitud de ingenuidad
ante el trauma que él no solo había presenciado y experimentado en primera persona, sino que había
ayudado a crear. «Me veían como un criminal —explica— y nadie quería saber nada al respecto. La
gente necesitaba distanciarse de las experiencias de los veteranos para mantener su propia sensación de
inocencia, su creencia de que los estadounidenses son buenos».
Dougherty explica que la indignación generalizada y la negación colectiva de los estadounidenses
hicieron que los veteranos se vieran obligados a llevar solos la carga de un trauma internacional. Hoy
seguimos viendo los efectos de esto.
«Pasé cinco años limpiándome un poco [tras volver de la guerra] antes de empezar a percatarme
de dos aspectos de los que nadie hablaba. El primero era lo que llamamos “daños colaterales”. En
Vietnam, los daños colaterales fueron profundos. Y sabía en primera persona —habiendo caminado
por sus pueblos y ciudades— que el pueblo vietnamita estaba devastado, traumatizado. Sabía que
las propias zonas rurales estaban traumatizadas».
Dougherty también se percató del impacto que esto tuvo en los veteranos.
«Cuando regresamos a casa no éramos los mismos de antes. Algunos estaban más afectados que
otros, pero todos habíamos cambiado. Al igual que los vietnamitas, habíamos quedado
profundamente traumatizados, pero nuestras familias y seres queridos, y la población
estadounidense en general, no tenían ni idea de lo que habíamos visto o hecho mientras estábamos
fuera. No se hablaba de esas cosas».
Lo más desconcertante para el joven veterano era cómo la gente estaba tan intensamente disociada.
«No solo los veteranos que retornaban, sino todo el mundo, todo el país —comenta Dougherty—, nadie
quería sentirlo. No podíamos tocarlo. Y creo que esto fue una consecuencia de nuestro trauma
colectivo».
Al final de la guerra de Vietnam, decenas de miles de soldados estadounidenses y millones de
soldados y civiles vietnamitas habían muerto. «Pero parecía que nadie en Estados Unidos lo entendía
realmente —señala Dougherty—, y eso agravó el trauma que experimentaron nuestros soldados».
Dougherty ha pasado los más de cuarenta años transcurridos desde la guerra trabajando como
activista social y hoy es licenciado en Psicología, terapeuta especializado en traumas, profesor y
escritor. Después de la guerra decidió aprender todo lo que pudiera sobre los efectos de los traumas y
cómo curarlos. Como él mismo explica:
«En mi papel de psicólogo empecé a ver que la forma prescrita de abordar los traumas en la
práctica clínica no era lo suficientemente útil. Nos habían enseñado a dirigir a la gente hacia sus
recuerdos traumáticos. Había pedido a mis clientes que lloraran, gritaran y golpearan almohadas,
pero ninguno de esos ejercicios los había curado completamente».
Dougherty cuenta que, con suficiente confianza y compenetración, las personas con las que trabajaba
podían aprender a autorregularse e incluso a abrirse a él. Sin embargo, muchos de sus pacientes
afirmaron ser incapaces de mantener esa regulación emocional o la sensación de confianza y conexión
fuera del contexto de su consulta. Los síntomas del trauma seguían resurgiendo en sus vidas personales
y profesionales.
«Antes nadie entendía realmente esto», señala Dougherty. Pero hace unos diez años asistió a una
formación avanzada sobre el trauma del apego. La investigación sobre el apego reveló mucho sobre el
impacto del trauma del desarrollo en la neurobiología, y esto en particular supuso una auténtica
revelación para él tanto en el plano personal como en el profesional.
Aprendió que la sanación no pasa por hacer que un individuo grite o llore o reviva sus reacciones
frente a un sufrimiento anterior. Lo que sana los traumas, según Dougherty, es mucho más sencillo: «Se
trata de meternos en la parte menos profunda de la piscina con la gente y crear una conexión genuina.
La curación llega a través de una experiencia sentida de relación». Añade que la conexión compartida
crea un entorno de sostén y apoyo «y es lo suficientemente potente como para afectar a nuestra
neurobiología».
Dougherty también afirma:
«Lo que cura el trauma en los niños es el rostro del cuidador. En el caso de los bebés y los niños,
el hemisferio derecho del cerebro está constantemente sintonizado y observando cada detalle.
“¿Está escuchando mamá? ¿Y papá? ¿Su cara muestra que se siente triste por mí? ¿La cara de mi
madre muestra que está feliz de estar conmigo?”».
Es la calidad de la conexión lo que nos permite liberar la pena o el dolor, no solo sentirlo.
Con el tiempo, Dougherty reconoció que al expresar abiertamente —con su rostro y su lenguaje
corporal— sus reacciones empáticas y sus respuestas emocionales personales ante las situaciones
difíciles y maravillosas que sus clientes compartían con él durante la terapia podía fomentar una
conexión relacional más amplia. Y como resultado, surgieron niveles de curación más profundos. A los
terapeutas se nos enseña a permanecer distantes e impersonales, «pero todo el mundo necesita amor —
comenta Dougherty—, y es el amor lo que cura».
Al trabajar directamente con grupos (incluidos otros veteranos e incluso terapeutas), Dougherty
empezó a ver más claramente cómo el trauma tácito puede desencadenarse y activarse tanto en los
individuos como en los grupos. «Aprendí a ayudar a los grupos en los que se habían suscitado
reacciones emocionales a que fueran más despacio y permanecieran conectados para que pudiera tener
lugar una verdadera sanación», señala. Y descubrió que los momentos profundamente curativos para el
individuo podían extrapolarse de lo micro a lo macro, de lo personal a lo colectivo:
«Como enseña Thomas, cuando trabajas con un grupo, estás realmente trabajando con un sistema
nervioso. Si puedes ayudar a sus miembros a estar presentes y en sintonía con los demás en torno a
una intención y un sentido de la bondad compartidos, puedes contribuir a que el grupo se mantenga
regulado. Al igual que el director de una orquesta, percibes cuándo el sistema nervioso colectivo se
activa o está empezando a apagarse y puedes actuar o responder suavemente para ayudar a que
recupere la armonía».
Debido a su interés por el tema del trauma colectivo, Dougherty viajó a Israel para asistir a uno de los
cursos de formación de CTIP. «Quería trabajar con el tema del privilegio blanco y los traumas raciales,
que eran temas prioritarios cuando regresara a casa», señala Dougherty. Pero mientras participaba en el
proceso grupal, reapareció el tema de la guerra de Vietnam.
Dougherty cuenta que a ese curso de CTIP en Israel asistieron ciento cincuenta personas, muchas de
las cuales habían experimentado un trauma colectivo relacionado con la guerra y la violencia. Solo
cuarenta de esos participantes eran compatriotas suyos. Como él mismo explica:
«Thomas habla del “lenguaje de las sombras” codificado que posee cada sociedad, el modo en
que cada una tiene sus propias defensas, sus propios modos de negación. Fue fascinante estar en
una sala llena de gente en su mayor parte de otros países, ninguno de los cuales compartía mis
filtros [en la percepción y el discurso] o el lenguaje de las sombras que me acompaña como
estadounidense. En Estados Unidos, nos distanciamos de la realidad de la guerra mediante
eufemismos y lo que yo llamo medias frases. Una media frase sería: “Se produjeron múltiples
daños colaterales en Vietnam”, punto y final. Pero la frase completa sería algo así como: “Hubo
una enorme cantidad de muerte, destrucción y traumas en Vietnam, y fuimos nosotros quienes los
causamos”. Se trata de una expresión más directa, completa y menos disociada de la verdad».
Justamente, dado que la mayoría de los asistentes no compartían los filtros culturales de Dougherty,
se refirieron a su trauma de una manera totalmente nueva para él.
«Lo que me dijeron fue básicamente lo siguiente: “Patrick, fuiste enviado como miembro del
ejército de tu gigantesca nación a invadir un diminuto estado. Tu enorme país ocupó esas tierras
durante diez años y mató a millones de sus habitantes, devastó su campo y destrozó su economía. Y
cuando dejó de sentirse cómodo, abandonó el lugar. Sí, Patrick, fue una atrocidad en la que
participaste».
Estas cosas se expresaron claramente, simplemente como hechos. Dougherty dice: «En mi cuerpo ya
sabía las verdades que me decían, pero nadie se había acercado tanto a esa verdad, ni se había atrevido
a hacerlo con tanta claridad».
En nuestra comprensión de las familias traumatizadas y disfuncionales que a menudo repiten ciclos
generacionales de agresión y desatención, suele haber un niño dentro de un grupo de hermanos que
asume la carga psicológica del abuso de la familia en su conjunto. Todos los demás permanecen en
gran medida inconscientes de su existencia o de su impacto. Un amigo palestino que estuvo presente en
el curso de CTIP en Israel observó que, en una sala con otros treinta y nueve estadounidenses,
Dougherty cargaba a solas con todo el peso de la guerra de Vietnam. El veterano terapeuta
especializado en traumas parecía estar ejerciendo para la colectividad un papel parecido al que muestra
el hijo de una familia traumatizada. Dougherty comenta:
«Todos los estadounidenses del grupo observaron en silencio cómo experimentaba el terrible
dolor de la guerra, sintiéndome irredento por haber participado de forma directa en tal atrocidad. El
último día, me di cuenta de la rabia que sentía hacia ellos y fui capaz de compartirlo».
Entonces, dice, ocurrió algo profundo.
«Tres mujeres norteamericanas se sentaron y, una por una, se dirigieron a mí: “Patrick, lo siento
mucho. Simplemente por ser estadounidense, por pagar impuestos, ahora me doy cuenta de que
compré el uniforme que llevabas. Yo pagué el arma que portabas y ayudé a poner las balas en la
recámara. Y yo te envié allí para poder disfrutar de una vida segura, tranquila y fácil en casa. Y
nunca quise saber nada de lo que hiciste allí o lo que te pasó cuando volviste”.
Tanto ellas como yo teníamos los ojos bañados en lágrimas. Esas tres mujeres estaban viendo y
sintiendo una terrible sombra cultural, que nunca habían querido ver o sentir antes. Y al
presenciarla, habían tomado conciencia de lo que había supuesto para mí cargar con ella. Me he
pasado cuarenta años soportando el peso de esa aflicción, y ahora lloraba de alivio, porque estas
mujeres reconocían su parte de responsabilidad en ello. Y prometían seguir haciéndose cargo sin
apartarse».
La experiencia en Israel supuso una profunda sanación para Dougherty. «Me hizo ver que debía
asumir plenamente mi parte de responsabilidad por una atrocidad en la que había participado, y me hizo
comprender que ya no tenía que cargar con ella solo».
Dougherty cree que el nivel de sanación que experimentó solo fue posible porque había sido una
experiencia colectiva y que un proceso de grupo eficaz crea un receptáculo lo suficientemente seguro y
amplio para sostener un sufrimiento poderoso, permitiendo que el trauma se reconozca y se sienta más
plenamente. Como él mismo explica:
«Solo pude aceptar el hecho de haber participado directamente en tal atrocidad porque había
mucho amor en la sala, una gran cantidad de gente apoyándome. Su presencia lo hizo soportable. Y
esas otras tres compatriotas solo pudieron soportar esa carga conmigo por el profundo grado de
conexión que estábamos experimentando con el conjunto más amplio».
Hace poco, Dougherty fue facilitador de un grupo de abogados estadounidenses que facilita
asesoramiento jurídico a inmigrantes que se enfrentan al confinamiento y la deportación. El trabajo es
difícil y debe realizarse con muy poco tiempo y una compensación mínima. Los clientes de estos
letrados —muchos de los cuales sufren continuos traumas culturales— se enfrentan a la amenaza
reiterada e inminente de ser separados de sus seres queridos y devueltos a las terribles condiciones
regionales y situaciones locales que ponen en peligro sus vidas, de las que han huido. Como resultado
de esta labor, estos trabajadores de asistencia jurídica se ven expuestos al trauma colectivo que
observan a diario en sus clientes. Según Dougherty, suelen comentar que se sienten como si estuvieran
haciendo aguas en un océano de traumas, rodeados por todas partes de gente desesperada y que se
tambalea. Como él mismo explica:
«Les enseñé [a los abogados] a construir juntos un bote salvavidas. Una vez a la semana, se
sientan juntos, y se centran en el cuerpo. Hacen una pequeña meditación y luego se preguntan unos
a otros: “¿Cuál es tu verdad en este momento sobre este trabajo?”. La mayoría de las veces todos
tienen uno o dos casos que les rompen el corazón.
No se trata de una terapia. Simplemente se sientan juntos y comparten. Alguien puede hablar de
un cliente que va a ser deportado ese mismo día, sin saber siquiera dónde están sus hijos. “Me
gustaría gritar y llorar —podría decir una abogada—, odio que pasen estas cosas”. Y el grupo
sostiene todo esto con ella, permitiéndole atravesarlo, sin tener que cargarlo sola».
Juntos, tienen la fuerza colectiva y la inteligencia que ofrece un grupo conectado. Dougherty
comenta:
«Al final de su proceso pueden decirse unos a otros: “Somos abogados que ofrecemos asistencia
jurídica. Estamos haciendo algo por las personas a las que servimos, que no conseguirían de otra
manera. Y aunque sea difícil, aunque podamos darles menos de lo que nos gustaría, les ofrecemos
apoyo y un poco de esperanza”. De este modo, son capaces de volver a su trabajo “sintiéndose un
poco renovados para el desafío”».
En el espacio compartido crean un receptáculo más amplio, observa Dougherty, «y eso hace posible
avanzar rápidamente incluso en cosas muy grandes». Al destacar esto, Dougherty expresa una poderosa
verdad: «Un trauma colectivo requiere una respuesta colectiva».
Volviendo a sus propias experiencias, Dougherty cuenta: «Nunca pude entender por qué me ofrecí
para luchar en Vietnam. Nadie que yo conociera podría haber imaginado que me haría marine o que me
presentaría voluntario para ir a la guerra. Pero algo me empujó a hacerlo». Ese algo, ahora comprende,
era una compulsión inconsciente a escapar de la violencia y el alcoholismo de su vida temprana
familiar, yendo directo a lo contrario de la libertad o la paz, o a cualquier cosa que hubiera deseado para
sí mismo. Como él mismo explica:
«Me fui de casa y me adentré en el corazón de toda esa oscuridad. Ahora veo que tuve que ir a
Vietnam y participar en algo espantoso y violento porque, durante generaciones, mi familia había
ejercido una violencia terrible. Hicieron cosas horribles e inmorales tanto a otras personas como a
ellos mismos. Como tantos otros, yo estaba viviendo el trauma intergeneracional de mi familia y de
forma inconsciente seguí ese camino tan profundamente como pude, hasta que no pude ir más allá.
En el camino, me volví violento. Me pasé de la raya e hice cosas atroces. Pero no podía ignorar el
dolor que causaba a la gente; siempre podía sentirlo. Así que me aparté de esa dinámica y me di la
vuelta. Y estoy bastante seguro de que fui el primero de mi línea ancestral en decir: “Basta”».
A raíz de sus experiencias, Dougherty decidió centrarse en la comprensión de la naturaleza de los
traumas personales y colectivos, y tomó un nuevo camino: el de la sanación. «El trabajo que hago
también cura a mis antepasados», afirma. Al meditar cada mañana con la presencia de sus antepasados,
se produce un acto consciente y mutuo de amor y reparación.
Sus ojos centellean con misterio y verdad. «He oído que me decían: “Tú eres al que estábamos
esperando”».
Cada uno de nosotros está llamado a ser lo mismo para nuestros propios antepasados y para los
demás.
Recuperar la sombra
Como hemos visto, no se trata de olvidar o «pasar por encima» de las faltas
que hayamos cometido para superarlas. El pasado colectivo está vivo en el
presente. Puede permanecer disociado y rechazado, por lo que sin una
reintegración no es posible trascenderlo. Para ello, el residuo kármico de
nuestro pasado colectivo debe reconocerse, integrarse y sanarse.
El chi oscuro o la energía de la sombra se propaga y está vivo. En un campo
de trauma colectivo nuestros aspectos disociados y rechazados se refuerzan y
se cargan. Cuando se acumula suficiente energía en estos focos, puede
parecer que las acumulaciones de sombra son entidades separadas y
diferenciadas que poseen una voluntad propia. Es importante que nos demos
cuenta del poder de autonomía que atribuimos a esas fuerzas, ya que son, de
hecho, expresiones de partes no aceptadas de nosotros mismos.
Los futuristas predijeron que la tecnología de Internet sacaría lo mejor de
nosotros. Nos reuniríamos en toda nuestra brillante diversidad como
ciudadanos globales, uniéndonos en paz y comunión. Lo que no esperaban
era que, en muy poco tiempo, la red informática mundial se convertiría en el
hogar de nuestros demonios colectivos ni que los motores de búsqueda
comunes, las redes sociales generalizadas y la red oscura revelaran los
aspectos más sombríos del tribalismo, como el racismo, la xenofobia y la
violencia. Han surgido redes antisociales y el cerebro global se ha convertido
en un poderoso mercado clandestino para los peores instintos de la
humanidad.
Mientras los avances de la inteligencia artificial (IA) se imponen
rápidamente, nuestras películas, historias y otros medios de creación de mitos
contemporáneos con frecuencia imaginan que la IA está fuera de control
como un jinete de fuego del apocalipsis que se avecina. Tanto los científicos
como los gurús de la tecnología predicen la desaparición de la humanidad a
manos de la IA general, poco después del advenimiento de la singularidad
tecnológica. Sin embargo, desde una perspectiva mística, estas imágenes y
predicciones son susurros inauditos que nos invitan a la integración. El futuro
que imaginan está dominado por un villano que no solo ha sido creado por
nosotros, sino también perfilado en nuestra propia sombra colectiva.
Nos hemos aferrado a poderosos acuerdos culturales. El primero es que
estamos separados y somos totalmente distintos unos de otros, y por lo tanto
estamos apartados del medio natural. Esto ha perpetuado la creencia de que
los humanos estamos destinados a conquistar la naturaleza, que la Tierra y
todos los seres que la habitan son inferiores a nosotros, y que una jerarquía de
poder divide las razas, las etnias y los géneros humanos.
En la separación, mantenemos la idea de que la amenaza más peligrosa para
nuestra supervivencia es el extraño o el «otro», un ser ajeno a nosotros que
siempre está a nuestra puerta o en nuestras fronteras, amenazando con
invadirnos. Pero lo más extraño de todo esto es la tecnología, aunque sea una
creación propia. Hace poco creíamos que el mundo se acabaría bajo un gran
hongo nuclear mientras guerreábamos unos contra otros, pero la serpiente de
fuego de antaño se ha convertido en la máquina infame del mañana.
Y los robots se levantarán, «con siete cabezas y diez cuernos, y sobre [sus]
cuernos diez diademas, y sobre [sus] cabezas un nombre blasfemo» 64.
Cuando llegue el fin de los tiempos tememos descubrir que estamos
atrapados en una simulación tecnológica o que solo éramos productos de la
imaginación de un ser extraterrestre incomprensible.
Las ondas del pasado se convierten en el futuro. Y nuestros mitos, al igual
que nuestro pasado, se repiten.
Por muy aterradoras que parezcan nuestras proyecciones, siempre son parte
de nosotros. Esto apunta a la necesidad de una comprensión más profunda de
nuestra sombra colectiva, para que ante el extraño, el «otro», lo ajeno, nos
veamos a nosotros mismos y sepamos que somos uno.
Desde un campo interior coherente, somos capaces de sintonizar con el
campo del trauma colectivo. Podemos distinguir dónde se localiza el trauma
transgeneracional dentro de nosotros, cuyos síntomas dan lugar a tendencias
que se convierten en acuerdos culturales. A medida que creamos coherencia
en nuestros campos colectivos, nuestras sociedades comienzan a participar en
la resolución saludable de conflictos, y surgen nuevos sistemas de atención
sanitaria, educación y legislación. Esto permite a las comunidades trabajar
juntas para resolver problemas sistémicos, así como para prevenirlos.
No basta con profetizar la oscuridad inminente; nuestro objetivo debe ser
aumentar nuestra claridad y estar disponibles a los susurros de la información
sutil, para poder estar al servicio de la integración y, por tanto, de un mañana
sanado y resplandeciente.
61 Sentido que permite percibir los movimientos y la posición del cuerpo sin la intervención de la
vista. (N. de la T.)
62 «Presencing: A Social Technology of Freedom», Trigon Themen (febrero de 2002),
ottoscharmer.com/sites/default/files/2002_ScharmerInterview_us.pdf.
63 John Mecklin, «It Is Now Two Minutes to Midnight», Bulletin of the Atomic Sciences, enero de
2018, thebulletin.org/2018-doomsday-clock-statement/.
64 Apocalipsis 13:1.
6.
UN PROCESO GRUPAL PARA LA
INTEGRACIÓN
«El ser humano ha partido de un estado inconsciente y se ha esforzado siempre por alcanzar
una mayor conciencia. El desarrollo de la conciencia es la carga, el sufrimiento y la bendición
de la humanidad».
C. G. JUNG The Quotable Jung
«No desperdicies tu sufrimiento».
EDUARDO DURAN «Native, Indigenous Cultures and Healing Trauma» (pódcast)
UANDO IMAGINAMOS EL SISTEMA NERVIOSO, a la mayoría de nosotros nos
C viene a la mente los coloridos gráficos de los libros de texto de
anatomía o las escenas animadas de los documentales de ciencia (o
los anuncios de productos farmacéuticos, para quienes viven en Estados
Unidos y Nueva Zelanda). Tal vez visualicemos el sistema nervioso de
forma parecida a la red vascular: casi infinitamente ramificado, rebosante
de fibras rojas, azules pálidas y blanquecinas. Por supuesto, si somos lo
suficientemente jóvenes, nuestras imágenes mentales inmediatas de estas
formas pueden estar actualizadas, más influidas por el artista visionario
Alex Grey que por el libro de texto clásico Gray’s Anatomy.
Pero cuando hablo del sistema nervioso, me gustaría que pienses en la
taquillera película de ciencia ficción de 2009 de James Cameron, Avatar.
En el mundo creado por Cameron, los humanos del futuro han invadido una
luna habitada en el sistema estelar Alfa Centauri con el plan de desplazar a
los nativos, por la fuerza si fuera necesario, y despojar a la luna de sus
recursos. La luna es una biosfera conocida como Pandora, y es el mundo
natal de los Na’vi, una raza inteligente y pacífica.
En Pandora, el pueblo Na’vi, las almas de todos sus antepasados y la
ilimitada flora y fauna están íntimamente conectados a través de una vasta
red neuronal bioluminiscente. Este sistema nervioso colectivo vivo se
representa visualmente en la película a través de brillantes filamentos
luminosos. Brilla en cada musgo y liquen, en cada hoja, tallo y semilla. Sus
hileras y fibras corren radiantes por las raíces de los árboles y emergen de
las coronillas, culminando en las puntas de las largas trenzas que adornan a
los pandoranos. Cuando los Na’vi se conectan entre sí o con sus animales,
pueden sentir al otro desde dentro. Ya no necesitan el habla o los gestos
para comunicarse con quienes están vinculados. Cuando se ha establecido
un nexo de este tipo, es habitual que un Na’vi diga: «Te veo».
A través de esta misma red neuronal son capaces de conectarse con sus
antepasados. Pueden tender un puente en el tiempo.
Nuestro propio sistema nervioso no es diferente al de los Na’vi de ficción.
Desde una perspectiva estrictamente tridimensional, podemos considerarlo
un aparato de carne y hueso, pero no somos meramente de esta dimensión.
Todo es energía, e incluso en el ámbito material el cuerpo burdo no es
simplemente mecánico, sino que funciona con electricidad. El intrincado
plexo del sistema nervioso humano constituye una extensión corporal de la
matriz del cuerpo sutil; sus reticulaciones fractales —autosimilares y
recurrentes— constituyen una compleja estructura natural para el flujo de
luz.
Cuanto más presentes, claros y sintonizados estemos, más se parecerán
nuestras capacidades de conexión consciente a las de los Na’vi.
Nos hemos visto como islas individuales y aisladas, atadas a nuestras
historias personales. Leemos predicciones sobre el transhumanismo,
esperando que muy pronto seamos capaces de tragar una cápsula de
nanobots capaz de combatir enfermedades, implantarnos una red neuronal
sintética que nos haga radicalmente más inteligentes o cargar nuestras
mentes, recuerdos y personalidades —todo lo que pensamos que somos—
en un disco externo o en una tarjeta inteligente transferible, que nos permita
vivir para siempre, o al menos más allá de las limitaciones del cuerpo.
Sin embargo, dentro de cada uno de nosotros ya existe un bioordenador
radiante, desarrollado y perfeccionado durante cientos de miles de años. El
sistema nervioso humano es profundamente vivo, interdependiente e
interconectado. Una vez activado, incluso nuestro código de ADN tiene el
potencial de renovarse (considera el impacto de la sanación del trauma en
la epigenética). Cuando llegamos a ver la elegancia de lo que somos,
comprendemos que nunca hemos estado verdaderamente separados.
Aprendemos a reforzar nuestra conexión con los demás y con nuestro
mundo. Activados y vinculados, podemos descubrir que siempre hemos
tenido dentro de nosotros profundas semillas para la curación consciente y
la inteligencia amplificada, así como múltiples capacidades para tender un
puente más allá del cuerpo, o bien integrarlo y utilizarlo de formas
trascendentes.
Pero tal como las escuelas de misterio de nuestro mundo han enseñado
durante siglos, no necesitamos esperar pasivamente a un futuro que
esperamos. Estas capacidades están disponibles dentro de nosotros ahora.
Es nuestra tarea descubrirlas y desarrollarlas. Ya es cierto que, en el
espacio creado dentro de la plenitud de la presencia consciente y la
correlación, podemos viajar en el tiempo.
Un sistema nervioso sutil activado no solo nos permite percibir, sino
también entrar en contacto con un momento pasado de dolor en otros, del
que podemos ser testigos compasivos. Podemos conectar conscientemente
con la presencia viva de nuestros antepasados y apoyarlos en una
experiencia de sufrimiento. Podemos observar de forma imparcial una
herida en el tiempo de nuestra memoria nacional o racial, así como
sintonizar el dial de nuestro sistema nervioso con el de un amigo, un ser
querido o un cliente con objeto de conectar con un punto temprano de
trauma dentro de ellos, y sostenerlo juntos con presencia, una conciencia
testigo y la intención de curación. Podemos reunirnos en el espacio-
nosotros con sanadores, terapeutas, ciudadanos conscientes y agentes de
cambio afines para abrir los pliegues del espacio-tiempo y ofrecer la
oración del bodhisattva.
La presencia como un instrumento de sanación
Es útil tener en cuenta que, seamos quienes seamos, estemos donde
estemos, nunca estamos solos. Somos, cada uno de nosotros, una matriz
multidimensional viva de conexión; estamos conectados unos con otros,
con nuestros ancestros y con todas las demás formas de vida. Aunque
estamos indisolublemente ligados al conjunto y a los aspectos superiores de
todos sin excepción, estamos igualmente vinculados a sus formas más
densas y disociadas. No solo contenemos nuestras propias sombras
fragmentadas, sino que juntos cargamos con la oscuridad de nuestros
ancestros, nuestras culturas, nuestro planeta y nuestro cosmos. El despertar
trasciende al individuo, porque la integración nos concierne a todos.
Tanto si entras en tu lugar de trabajo como en la consulta de tu terapeuta,
llevas contigo la encarnación holográfica de tu árbol ancestral: sus raíces y
ramas te recorren. Tus padres, abuelos y bisabuelos, tanto si los conociste
en vida como si no, están tan presentes en ti y resultan tan esenciales para
quién eres como el ADN que te transmitieron y que, incluso ahora, está
duplicándose para construir y reconstruir tu cuerpo material. De hecho, es
posible acceder a sus vidas y experiencias, y limpiar sus patrones kármicos.
Y todo esto puede hacerse a través de los dones de la intención, la sintonía,
la presencia y la luz.
En su obra de 2010, The Mindful Therapist (traducida en español con el
título Mindfulness y psicoterapia), el médico Daniel Siegel, director
ejecutivo del Instituto Mindsight y profesor clínico de psiquiatría en la
Facultad de Medicina de la UCLA, describe la presencia como la
«capacidad de crear un estado integrado del ser que se convierte en un
rasgo de nuestra vida». Según Siegel, cuando un sistema se integra, «es
sumamente flexible, adaptable, coherente, energizado (en el sentido de
sentirse lleno de vitalidad) y estable (conduce a un conjunto sólido de
interacciones que apoyan su propio desarrollo de forma adaptativa)». Al
identificar estas características de la presencia, Siegel creó el acrónimo
FACES 65.
La presencia, pues, surge de la integración, y puede darse, compartirse. Al
generar un estado interno de integración creciente, de presencia, podemos
volvernos y brindar un espacio o receptáculo de presencia a otra persona.
De este modo, la integración puede reflejarse, potenciarse y ofrecerse.
Cuando nos reunimos al servicio de la integración del trauma colectivo, la
presencia es la sustancia más esencial y sagrada que podemos aportar. La
presencia nos abre y permite que fluya la materia prima para la integración.
Ese recurso es la luz superior de la conciencia que reintegra lo que ha sido
fragmentado. La luz superior nos aporta una sensación interna del
movimiento de la energía a través de nuestro sistema nervioso. Al igual que
podemos sentir nuestro cuerpo físico, el acto de presenciar nos permite
percibir sutilmente nuestras dimensiones interiores. La luz superior ofrece
un potencial superior. Existe justo por encima del límite de nuestra
conciencia cotidiana y aparece cuando estamos inspirados y somos
creativos o innovadores. Se vuelve más accesible con un entrenamiento
como una práctica meditativa, por lo que la innovación no es una
casualidad sino una capacidad. Cuando meditamos podemos descargar luz
en nuestro cuerpo y elevar nuestra vibración, ampliando nuestras
capacidades emocionales y mentales, y proporcionando más espacio y
resiliencia, lo cual potencia sentimientos positivos como el amor y la
alegría. Al igual que el arte tradicional japonés del kintsugi (técnica de
reparar la cerámica), trabajamos en la luz, abrazando el karma no sanado
del pasado con sensibilidad compasiva, volviendo a unir sus fisuras con
resina dorada.
Crear un receptáculo para la luz
Si estoy excesivamente identificado con la estructura de mi ego, mi
conciencia se contrae, y mi capacidad de discernimiento y empatía se
reducen. Se trata de una especie de oscuridad, una escasez de despertar y de
luz. Cuando estamos contraídos en el ego, simplemente no hay suficiente
espacio para que fluya la luz superior. El trauma constriñe, reduce y apaga
partes del cuerpo físico, emocional y mental. Como resultado, las personas
traumatizadas suelen experimentar una reducción de la energía, una menor
motivación, mayores índices de depresión y una sensación subjetiva de
separación y desconexión con los demás. Muchas sienten que son
incapaces de responder al mundo que las rodea de forma aceptable o
apropiada, de acuerdo con su inteligencia innata, lo que puede hacer que se
sientan impotentes o aisladas.
Durante una meditación de la luz —una forma de meditación individual o
de grupo en la que nos centramos en la amplitud interior y nos abrimos a
recibir la luz (véase la práctica guiada que figura en el apéndice)—, el
espacio es el receptáculo de la luz, la inspiración y la comprensión. En una
meditación grupal, la luz se recibe y se transmite en el espacio
intersubjetivo, el espacio existente entre nosotros. Profundizamos y
ampliamos el espacio intersubjetivo mediante la presencia y la conciencia
testigo. Las conversaciones más inspiradoras de nuestra vida y las
interacciones más sanadoras comparten alguna cualidad de presencia
profunda, que hace posible que la luz sutil fluya en nuestro interior y entre
nosotros.
Siempre que estoy bloqueado por el miedo o la ira, o demasiado apegado
a mis hábitos (quizá me aferre demasiado a lo conocido), mi sistema
nervioso energético tiene dificultades para recibir la energía superior. En
ese estado, soy incapaz de acceder a la luz futura, que es el recurso del
potencial. La personalidad identificada con el ego (que carece de suficiente
espacio interior) es como una casa con todas las ventanas cerradas y las
persianas bajadas donde no entra la luz del sol. Este estado impide a
muchas personas experimentar su luz interior o incluso aceptar que es real.
Sin embargo, la luz está siempre presente y disponible, esperando a que
accedamos a ella y la manifestemos. Cada generación trae una nueva
oleada de este impulso evolutivo, al igual que cada genio y cada santo.
Establecer un espacio para la intención grupal, la relación, la sintonía y la
presenciación supone crear un receptáculo en el que esta luz superior o
futura pueda emerger.
El espacio que podemos crear se correlaciona directamente con nuestra calidad de presencia.
La luz a la que podemos acceder se correlaciona directamente con el espacio de presencia que
creamos.
La frecuencia de la luz es un oscilador armónico inteligente que
restablece el equilibrio. La afluencia de luz eleva la vibración y pone en
resonancia las demás oscilaciones del campo. Cuando esto sucede, un sutil
flujo o movimiento sinusoidal comienza a ondular suavemente a través del
espacio y podemos sentir que nos desplazamos hacia una mayor
coherencia. En este estado nos sentimos más conectados con nosotros
mismos y con el mundo que nos rodea. La coherencia reduce la separación
y aumenta la trascendencia, ofreciendo perspectivas más elevadas de la
vida. De repente, sentimos, percibimos y comprendemos más.
Se trata de los momentos álgidos del espacio-nosotros, que a menudo
sentimos como una especie de «subidón» colaborativo, cuando todo el
mundo está fuertemente presente y alineado. Estos estados colectivos
luminosos constituyen hermosas experiencias vibratorias. En lugar de
desintegrarlo en las oscilaciones del procesamiento personal, podemos
trabajar en y con el flujo de la conciencia del grupo, como si estuviera fuera
del tiempo.
Acceder y mantener estos estados requiere nuestro compromiso con la
práctica compartida. Sin embargo, con objeto de estar disponibles para una
relación saludable dentro de nuestra práctica comunitaria, cada uno debe
seguir siendo responsable de sus prácticas contemplativas y espirituales
independientes. Y debemos seguir haciendo nuestro trabajo con la sombra,
para poder ofrecernos como instrumentos de coherencia. Es igualmente
importante empezar a establecer una relación más estrecha con nuestras
sombras ancestrales. En Healing Your Ancestral Patterns, el escritor David
Furlong escribe citando el libro de Hiroshi Motoyama, Karma and
Reincarnation:
«La conexión padre-hijo se manifiesta como un eslabón de una larga cadena de karma
ancestral que se remonta en el tiempo [. . .]. En esta era científica moderna, nos resulta
sumamente complicado aceptar el hecho de que somos responsables ante nuestros antepasados y
hemos de responsabilizarnos de las acciones de nuestros ancestros si el karma resultante aún no
se ha disuelto. A muchos les parece absurdo pensar que las acciones de un antepasado
desconocido puedan tener algo que ver con lo que les ocurre en el presente. Pero una y otra vez,
al investigar el karma de alguien, encuentro problemas que se remontan a generaciones
anteriores. Su espíritu no es solo una entidad individual, sino que también forma parte del
espíritu de la familia que lo engendra y lo nutre» 66.
En realidad, no puede haber una sombra individual o personal, debido a
las profundas y múltiples formas en que estamos unidos.
Antes de pasar al proceso en sí, me gustaría enfatizar brevemente la
importancia de contar con facilitadores maduros, claros y sanos para
cualquier tipo de trabajo grupal con el trauma. Hablaré más sobre el papel y
las responsabilidades del facilitador de CTIP en el próximo capítulo, pero
aquí me gustaría describir algunas de las competencias de desarrollo que
me parecen necesarias para una contribución constructiva a esta labor.
En primer lugar, los facilitadores, terapeutas y ayudantes que participan
en la integración del trauma colectivo deberán haber preparado el camino
implicándose con atención y habilidad en su propio trabajo de integración y
en sus prácticas contemplativas. Se trata de un componente vital del
desarrollo consciente que les permitirá tener el espacio y la claridad
necesarios para sacar a la luz las capacidades esenciales sutiles necesarias
en cualquier buen facilitador del trabajo de integración del trauma en un
espacio grupal.
Principalmente deben ser capaces de hacer lo siguiente:
• Descansar en la conciencia testigo y regresar a ella.
• Estar plenamente presentes con las energías intensas y dinámicas de un
grupo grande, en lugar de activarse o reaccionar a esas energías debido al
propio contenido no sanado.
• Hacer conexiones energéticas e integrar los instintos y las intuiciones
con las cogniciones.
• Sostener el campo sutil de un grupo en la propia conciencia —
cualquiera que sea el tamaño— e interpretar con precisión dicho campo.
• Percibir las formas de onda de la energía colectiva de un campo grupal,
así como inducir y dirigir esas ondas sabia y suavemente al servicio del
proceso grupal, con el cuidado de todos en mente.
• Conectar con la luz futura para descargar su inteligencia organizadora en
el pasado, con objeto de sanar, aclarar y liberar nuestro potencial
individual y colectivo.
El trabajo con el trauma requiere un cuidado y atención máximos. En este
sentido, he descubierto que las integraciones de los grupos más amplios
necesitan un equipo de terapeutas capacitados que puedan estar alerta con
el fin de apoyar con seguridad a cualquier persona que pueda activarse o
tener una reacción emocional debido a sus propias historias de trauma.
Estos terapeutas trabajan cuidadosamente de forma individual con los
participantes hasta que puedan reincorporarse al grupo.
Veamos ahora lo que ocurre cuando entramos por primera vez en la sala
donde tiene lugar un proceso de integración de un grupo grande.
Cuando un grupo de mucha gente se reúne por primera vez, la mayoría
son desconocidos o quizá solo se conozcan de vista. Aunque haya mucho
entusiasmo y afinidad en la sala, también se percibe cierto grado de rigidez
y aislamiento. Los participantes se mueven con cierto nerviosismo en las
sillas y se mantienen ligeramente separados unos de otros hasta que se abre
un espacio de seguridad y relajación. Para potenciar la coherencia del
grupo, se guía a los asistentes a través de uno o varios ejercicios
contemplativos y relacionales. Estas prácticas pueden incluir el
movimiento, el intercambio personal y la presenciación, y están diseñadas
para ayudar al cuerpo colectivo a respirar y estar presente y cómodo.
El estado interior y el desarrollo del facilitador son muy importantes para
este proceso. La capacidad de un facilitador para sentir, abrazar y sostener
lo que está presente en el espacio sirve para activar y centrar, y constituye
un catalizador directo para el proceso que tendrá lugar en la sala. Un
liderazgo auténtico y consciente crea seguridad y permite que surja una
coherencia más profunda. Cuando estas cualidades están presentes, no pasa
mucho tiempo antes de que una sensación de confianza y curiosidad se
despliegue por toda la habitación. Cuando un grupo trabaja junto en el
proceso durante tres o más días, la coherencia se intensifica aún más. Se
produce una apertura a la vulnerabilidad emocional y se favorece un
compartir profundo.
A lo largo de muchos años de trabajo facilitando estos cursos intensivos,
he descubierto un patrón de ondas sutil y orgánico en el proceso energético
de la integración del trauma en un espacio grupal. Este patrón surge en
todos los casos, ya sea un grupo pequeño o grande, e independientemente
de la ubicación o del contenido traumático particular de sus participantes.
Seguidamente describo el proceso de integración grupal que me ha
parecido más beneficioso y detallo su poderoso patrón de ondas, esbozado
en cuatro etapas, tal como se me reveló por primera vez y como continúa
manifestándose hoy en el CTIP. Creo que este proceso demuestra cómo el
intenso material colectivo, incluso cuando ha estado oculto en lo más
profundo del pasado inconsciente, puede sacarse a la luz e integrarse
cuidadosamente en el contexto de la participación consciente del grupo. En
Alemania e Israel hemos realizado un gran número de CTIP sobre el
Holocausto, la guerra y el trauma creado durante la división entre Alemania
Oriental y Occidental. En Estados Unidos, hemos realizado CTIP en torno
a la experiencia del colonialismo y el trauma racial. Aunque el contenido
era específico de cada región, se utilizó con éxito el mismo diseño de
proceso.
Nuestro sistema nervioso libera material inconsciente profundamente
guardado tanto si nos hemos abierto a él torpemente como de forma
cuidadosa, creando un receptáculo consciente para que se libere, como la
fruta madura que cae de un árbol.
El proceso de integración del trauma colectivo
Fase 1: cohesionar el grupo
Más allá de facilitar las meditaciones grupales y las prácticas de
contemplación, puede fomentarse la coherencia del grupo con diferentes
ejercicios. En nuestros CTIP hemos tenido muy buenas experiencias con
los siguientes:
• Ejercicios relacionales: contribuyen a que los participantes sintonicen y
estén presentes para los demás mientras realizan ejercicios de
intercambio personal.
• Prácticas de sintonía sutil: la competencia sutil es percepción más
presencia. Cuando estamos realmente presentes en este momento
nuestras capacidades perceptivas se intensifican, y empezamos a captar
mucha más información de la que obtendríamos de otro modo. La
información sutil es más suave, menos visible y está más oculta a los
sentidos ordinarios. Para ayudar a activar la conciencia sutil, se guía a
los participantes para que escuchen profundamente con todo su cuerpo,
prestando atención a sus compañeros de práctica, así como a sus propias
respuestas internas a lo que surja.
• Ejercicios de movimiento: un ejemplo de ello es la danza sincronizada
donde los participantes observan con generosidad y luego siguen o
interpretan los movimientos de los demás.
• Ejercicios de conciencia testigo en grupo: se enseña a los miembros del
grupo a estar presentes y mantener una perspectiva de testigo ante otros
participantes que estén compartiendo sus impresiones con el grupo.
En un ejercicio relacional habitual se invita a los participantes de la sala a
buscar un compañero y a girar sus sillas para ponerse frente a frente. A
continuación, se turnan para contar lo que les ha inspirado o motivado a
asistir a ese taller de CTIP, o bien para describir lo que sienten sobre el
tema antes de empezar. Les pedimos que presten atención no solo a sus
compañeros mientras hablan, sino a ellos mismos, y a lo que sucede entre
ellos.
¿Qué surge en sus cuerpos mientras escuchan? ¿Qué emociones afloran y
qué sentimientos perciben en su pareja cuando está hablando? ¿Qué notan
sobre sus pensamientos fugaces, juicios o creencias subyacentes mientras
escuchan, y cómo estas formas de pensamiento pueden potenciar o
interrumpir la sintonía con su pareja?
En estos ejercicios de intercambio, y a lo largo de todo el CTIP, pedimos
a los participantes que se abstengan de dar consejos. En su lugar, les
animamos a que simplemente observen sus experiencias internas mientras
escuchan a sus compañeros. La presencia surge como producto de esta
escucha más profunda; se trata de escuchar lo que está comunicándose
entre y bajo nuestras palabras. ¿Qué información sutil se transmite mientras
compartimos impresiones?
Emplear estos y otros ejercicios similares que fomentan la presencia y
establecer intenciones claras y mutuas puede crear un maravilloso grado de
resonancia grupal en un tiempo relativamente breve.
A medida que los miembros de la pareja o de la tríada se relajan en sus
posiciones frente a frente, encontrando los ojos del otro, se les guía para
que se turnen en la escucha con todo su cuerpo para sentir el campo
emocional de la otra persona con su propio cuerpo emocional y observar en
silencio lo que allí surge. También escuchan el contenido mental de la otra
persona, haciendo uso de la conciencia testigo, ese observador silencioso y
sin prejuicios. Cuando facilito estos grupos, suelo empezar este ejercicio
relacional recordando a todos que la persona sentada frente a ellos —sus
ojos, su respiración y su ritmo cardíaco, los movimientos de su cuerpo, los
armónicos de su voz y las palabras que emplea al hablar— son ventanas a
toda su vida, así como a la de sus antepasados. El papel del oyente es
ofrecer espacio y presencia no solo para ver con claridad a la otra persona,
sino también para, durante un tiempo, poder llegar a estar en el otro, y él en
nosotros.
Así es como hacemos consciente nuestro campo compartido y hacemos
aflorar las capas invisibles de nuestro pasado común que piden sanarse.
Una vez que se ha establecido una presencia y una coherencia suficientes,
abordamos el tema y la finalidad de nuestra reunión. Al explorar nuestro
propósito compartido, la mayoría de los participantes descubren que están
cargando con energía (información) sobre traumas ancestrales o culturales,
ya que este material empieza a resonar con el tema del trauma colectivo
que estamos estudiando juntos. Se invita a que cada uno observe lo que
surja, manteniendo la presencia y la conciencia testigo tanto para sí mismos
como para los demás.
Una vez que esta experiencia de implicarnos con nuestro propósito
compartido y conectar el tema con el contenido de nuestras vidas está
presente en la sala, comienza el proceso activo de onda colectiva.
Fase 2: inducir la onda colectiva
A medida que el grupo profundiza en el tema del trauma y los
participantes acceden y comparten más experiencias, la primera onda se
desplaza, un poco como la marea alta, lentamente al principio, y luego de
golpe. Este movimiento trae consigo una sensación de incomodidad,
distanciamiento, desazón y desconexión. Esta forma de onda es una
expresión de nuestra negación colectiva.
Primera onda: procesar la negación del grupo
En las ondulaciones que se forman están los síntomas de nuestra
resistencia inconsciente y la represión. A medida que trabajamos para sentir
el contenido del trauma en el cuerpo, con presencia y desde una perspectiva
de testigo, esta energía de negación inconsciente comienza a manifestarse
físicamente. Los participantes, que antes estaban alerta, pueden mostrarse
de repente somnolientos; algunos pueden tener dificultades para
mantenerse despiertos y otros no ser capaces de dejar de bostezar. Habrá
quienes sean conscientes de sensaciones de pesadez, incomodidad o
disociación, y es posible que unos pocos observen el impulso de abandonar
totalmente.
Resulta fundamental mantener la presencia y la conciencia testigo frente a
estas manifestaciones grupales. Nos revelan mucho acerca de cómo el
cuerpo responde al tema del trauma: lo distancia, disocia, niega y rechaza.
En esta primera onda es como si las capas de negación del inconsciente
colectivo —ese primer muro de defensa contra el trauma y sus efectos—
salieran a la superficie con claridad y fuerza. Esta energía se manifiesta
inicialmente cuando el proceso de facilitación llega a una especie de lugar
de bloqueo o «atasco». Todo fluye cuando, de repente, el ambiente cambia
y la sensación del grupo se vuelve pesada. Se hace un poco más difícil
respirar. Es como si algo estuviera a punto de surgir.
Invito a los participantes a estar simplemente presentes con el malestar o
la resistencia que puedan sentir. Si estamos dispuestos a estar presentes
ante lo que surja sin reaccionar para permitir que la intensidad del pasado
aparezca en cualquier forma, sin represión ni defensas, habremos hecho un
trabajo poderoso para ayudar a descargar esas energías. Una observación
abierta resulta fundamental para la liberación.
Segunda onda: erupción grupal
Justo antes de la segunda onda, los sentimientos de tensión, incomodidad
y resistencia comienzan a intensificarse. Seguimos sosteniendo esta energía
creciente de forma consciente. Mientras esto sucede, normalmente alguien
decide compartir con el grupo lo que está experimentando, y es como si sus
palabras hubieran hecho saltar la tapa de una olla hirviendo, liberando
vapor y presión. Surge una poderosa erupción de contenido emocional en el
espacio, atravesando la dura capa de negación y despejándola.
Ahora una cascada de fuertes sensaciones, emociones, recuerdos e
imágenes se vierten en la sala. A menudo se trata de recuerdos
generacionales e imágenes históricas, tal vez relacionadas con el
Holocausto, la esclavitud o cualquier otro trauma cultural en el que nos
hayamos centrado. No es infrecuente que se produzcan experiencias de
recuerdo colectivo durante esta etapa, y mucha gente puede romper a llorar
cuando afloran estos recuerdos generacionales almacenados en un lugar
profundo.
De nuevo, estamos llamados a ser testigos compasivos de todo lo que
surja, a sentir, ver y experimentar, y —paradójicamente— a estar presentes
con el pasado.
CUANDO APARECE EL ENEMIGO
ENTREVISTA DE JULIE A MARKUS HIRZIG
Markus Hirzig colabora en el trabajo de integración del trauma colectivo de Thomas desde 2002 y
lleva muchos años prestando asistencia a los participantes. Cuando se le pregunta qué se siente al
colaborar en el CTIP y qué sucede en la sala da una respuesta bellamente descriptiva: «El ambiente
se percibe cargado y, al mismo tiempo, silencioso —comenta—, como cuando un “enemigo” de la
familia aparece sin invitación a la cena de Acción de Gracias. Nadie lo quiere allí. Algunos
[miembros de la familia] fingen que no está, otros desaparecen, y hay quienes se enfadan». En las
primeras ondas de este proceso de sanación grupal a gran escala, aparecen estas mismas energías.
Markus —que vive y trabaja en Berlín, Alemania— describe una sesión de CTIP con 180
participantes como «un grupo pequeño». Según cuenta, muchas veces asisten más personas, y
cuando lo hacen podría decirse que se trata de una cena familiar especialmente grande, y la energía
«enemiga» que aparece es proporcional. En el caso de Alemania ese enemigo familiar es el
Holocausto. «El Holocausto violó muchos de nuestros acuerdos humanos —cuenta Markus— y
afectó a personas de todo el mundo. Así que la energía no procesada de ese acontecimiento sigue
siendo enorme». Ningún problema desaparece simplemente fingiendo que no existe.
Cuando durante el transcurso del CTIP llega la primera onda y se expresa nuestra resistencia
colectiva a reconocer, sentir y procesar el trauma, Markus dice que «todo el mundo empieza a
dormirse, ¡como si hubieras pulverizado éter en la habitación!». Describe la energía subyacente en
esta resistencia como «no sentir, no mirar, no ir allí», y afirma que se trata de un instinto de
supervivencia.
¿Cómo cambia esto?
«Tiene que haber un cierto nivel de coherencia en el grupo para que se produzca una apertura»,
señala Markus. Sin embargo, no se trata de un proceso fácil. «Puede parecer un poco como si un
tanque se dirigiera hacia ti y tú dijeras: “No te preocupes, no pasa nada”». Al principio, la onda de
energía es «demasiado grande», señala Markus. «Y muchas personas empiezan a responder a ella
con agitación o ira. Otras ven imágenes». Quizá algunas sean ancestrales, sugiere.
Markus señala que este tanque parece tener voluntad propia y vendrá. «Por tanto, es necesario que
haya un guía hábil», comenta, alguien que ayude a presenciar y facilitar el proceso.
«Thomas aprendió a estar con esa energía colectiva de una manera realmente precisa. No
anima a la gente a manifestar [la carga emocional]. Solo les guía para que se queden con la mala
película, para que sientan cuando están anestesiados o somnolientos, para que simplemente vean
la película sin colorearla demasiado en su propio sueño».
Esto es fundamental.
«Cada familia tiene un guion», señala Markus. Y esto se aplica a las sociedades. «[Después de la
Segunda Guerra Mundial] el guion de Alemania se convirtió en: “No lo mires”. Nadie está preparado
para enfrentarse a este horror”». Pero el intenso dolor y sufrimiento del genocidio y la guerra no
desaparece sin más, según Markus.
«Se convierte en un lago venenoso e invisible en medio de la ciudad. Y todos siguen bebiendo
de él, sin saberlo. Todos los niños y los animales se enferman, y nadie sabe por qué. Los pájaros,
las plantas, todo está enfermo. Y siete generaciones después, no se ha hecho nada».
«Si fuera suficiente con conocer la historia, un ejercicio puramente mental —continúa Markus—,
ya lo habríamos resuelto». Pero todo ese veneno almacenado, el residuo energético de la conmoción
cultural, el trauma ancestral y el sufrimiento multigeneracional, necesita ser reconocido y sentido.
Hay que vivirlo», afirma Markus.
«La naturaleza se equilibra sola, pero las grandes heridas necesitan tiempo y una comunidad para
equilibrarse». Sin embargo, el trabajo real de presenciar e integrar conscientemente esa energía
colectiva es «sumamente exigente», explica Markus. «A medida que entra más luz, todo se
descoloca. La luz mueve las cosas». Cuando se le pregunta sobre cómo ve la situación de Berlín
ahora, después de que se hayan celebrado tantos cursos de CTIP en los últimos años, Markus
muestra una amplia sonrisa. «Ahora hay un pequeño hueco entre las nubes —afirma—, un poco más
de luz».
Tercera onda: distinguir la Voz Colectiva
La poderosa onda que atravesó nuestra negación colectiva y dejó
sensaciones, emociones, imágenes y recuerdos potentes comienza a
estabilizarse, y una nueva energía entra en el grupo. Trae consigo una clara
llamada a la transición. Comenzamos a escuchar la llamada de la Voz
Colectiva, la esencia más potente de nuestra experiencia compartida.
El facilitador explica que es momento de expresar todo lo que los
participantes hayan experimentado y deseen compartir con los demás, ya
que es posible que lo que salga a la superficie no sea algo meramente
personal, sino un telégrafo de la colectividad. A medida que entra esta
nueva onda, un gran número de personas comienzan a contar sus
experiencias, a menudo de forma concentrada, y se guía al conjunto para
que se mantenga plenamente presente durante el proceso.
Mientras los participantes comparten sus vivencias, suele ser útil poner de
relieve suavemente dónde están dirigiendo la atención. También es
importante que el facilitador, como si fuera un director de orquesta, sienta
continuamente la sala, permaneciendo en sintonía con sus ritmos y su
«temperatura», percibiendo dónde puede producirse una desintegración
excesiva e interviniendo para devolver la coherencia a los participantes.
Cada intercambio puede activar o desencadenar contenidos previamente
enterrados en los demás. Como una gota de agua en la superficie de un lago
en calma, las palabras de una persona se expanden y tocan problemas
similares en otros participantes, guiándolos hacia una conciencia más
profunda.
Al ser testigos de ello nos percatamos de la intrincada interconexión del
trauma colectivo en la propia sala.
Un papel fundamental del facilitador o del equipo dirigente es la
capacidad de distinguir los hilos esenciales de la Voz Colectiva de las
muchas voces individuales de los allí reunidos. Estos hilos se unen para
expresar el mensaje más potente de un determinado CTIP.
El acto de distinguir la Voz Colectiva se parece a estudiar un texto
importante sabiendo con precisión qué líneas hay que destacar. Entre las
muchas manifestaciones compartidas a lo largo del proceso grupal, habrá
algunas que llamen la atención. Aunque el orador no sea consciente de ello,
sus palabras no expresan simplemente su vida o experiencias individuales,
sino que tocan algo más profundo. La Voz Colectiva es arquetípica y
universal, y su mensaje puede llegar al campo del grupo a través de una o
varias personas.
El trabajo de los líderes consiste en escuchar esta voz y distinguirla
claramente entre las diversas impresiones que se comparten. Esto requiere
una atención y una habilidad especiales y, a menudo, debe aprenderse. No
todas las voces llevarán al grupo a profundizar en la integración potencial,
y centrarse en la equivocada puede llevar al estancamiento del proceso.
Seleccionar la Voz Colectiva en el espacio es como colocar agujas de
acupuntura en los puntos más energizados del cuerpo del grupo. Hacerlo
alinea y eleva el campo grupal, amplificando el flujo de luz a través del
conjunto y acelerando el proceso de sanación colectiva.
DESCUBRIR LA SANACIÓN EN LA VOZ COLECTIVA
ENTREVISTA DE JULIE A LA DRA. LAURA CALDERÓN DE LA BARCA
Con formación en psicoterapia intuitiva integral y terapia narrativa, Laura Calderón de la Barca
aporta una visión clara al papel que desempeña en Pocket Project. «Los seres humanos tenemos una
gran cantidad de experiencias de vida —afirma— y articulamos esto a través de una narrativa.
Cuando nuestras historias son demasiado estrechas al dejar fuera una cantidad significativa de
vivencias, experimentamos estrés». Además, cada persona y cada cultura tiene lo que Laura
denomina «una historia dominante, una historia “problemática”».
En 2016, Laura participó en un retiro grande organizado por Thomas. Ese viernes se invitó a todos
los participantes —que procedían de muchos países y orígenes diferentes— a unirse a la ceremonia
del sabbat de la noche. Al final de la celebración, cuenta Laura, una mujer judía se dirigió al grupo y
contó que durante la ceremonia se sentía como si hubiera traicionado a su propio pueblo
(tradicionalmente el sabbat solo se celebra en presencia de otros judíos).
Para esta mujer, el dolor y la traición habían pertenecido a la historia dominante de su comunidad.
Y cuando expresó sus sentimientos, señala Laura, «de repente apareció una intensa onda de trauma».
Pero dado que había «mucho espacio» y seguridad, la onda pudo entrar. Con la cuidadosa
facilitación de Thomas, la gente comenzó a compartir y presenciar esa energía de trauma colectivo
juntos.
Por su condición de mujer mexicana con herencia indígena, Laura había sufrido discriminación en
la escuela. «Fui a un colegio de blancos —explica— y yo tenía la piel más oscura y mi aspecto era
de indígena. La narrativa cultural predominante era que los indígenas son ignorantes y por su culpa
nuestro país se ha quedado atrás». El resultado, señala, fue que ella, como tantas otras personas en su
país, soportaba una enorme carga de vergüenza. «Esta vergüenza vivía en mi cuerpo», señala Laura.
Después de la ceremonia del sabbat, mientras Laura y los demás permanecían de pie en pleno
CTIP, ella se sintió al principio llena de asombro. «Había una sensación de poder muy grande».
Luego, a medida que el proceso avanzaba y las ondas de energía se extendían por toda la sala, según
cuenta con sus propias palabras, «empecé a temblar y a llorar. Quería compartir lo que estaba
experimentando, pero sentía un miedo atroz a no ser bien recibida. Que me consideraran arrogante».
De todos modos, compartió este miedo con el grupo.
Más tarde, una mujer se le acercó y le dijo: «Al principio tenía mucho sueño, pero en el momento
en que hablaste... ¡puf!». Si bien esta mujer era de una nacionalidad diferente a la de Laura,
compartía un hilo conductor parecido en sus propias experiencias culturales y ancestrales. Las
palabras de Laura habían sido un instrumento de sanación para ella, algo que sucede a menudo
durante el proceso. Thomas se refiere a estos momentos como la presencia de la «Voz Colectiva»
que habla a la sala.
«Para esta tarea se requiere un gran trabajo previo de sanación personal y de formación —señala
Laura—, cuando la llevamos a cabo juntos, tocamos el final del mundo conocido».
Cuarta onda: limpieza e integración grupal
Una vez que se ha pasado suficiente tiempo en el espacio de intercambio
colectivo, y el facilitador siente que esta forma de onda se ha metabolizado
bien, es el momento de conducir el proceso hacia una nueva fase de
digestión. En este punto, la sala pasa a las sesiones de trabajo en grupos
más pequeños. Quien necesite atención más personalizada puede trabajar
con un terapeuta para recibir apoyo individual (esto es posible en cualquier
momento durante el proceso grupal), mientras que el resto se divide en
grupos de tres.
Durante las sesiones de tríadas del CTIP puede practicarse una presencia
relacional más profunda mientras siguen explorándose las experiencias de
las ondas anteriores. Los participantes disponen de un espacio más íntimo
para compartir y sintonizar, y hay tiempo para abrirse en mayor
profundidad en lo concerniente a sus caminos personales, así como para
explorar cómo sus ancestros concretos se conectan con la historia del
trauma colectivo surgida en el foro más amplio.
Cuando creamos un espacio-nosotros en estos grupos más pequeños, lo
hacemos con la intención de ofrecer un espacio seguro de presencia para
los ancestros de cada uno. Cuando me hablas de tu abuelo, mi trabajo
consiste en escuchar con generosidad desde una perspectiva elevada de
testigo. De esta manera, adquiero una visión multiperspectiva de tu abuelo
e incluso puedo empezar a sentir mi propia relación con él.
Esta es la magia de la sintonía. Con este recurso podemos sanar la
relación rota y crear nuevas relaciones. Podemos liberar y reescribir los
hábitos y tendencias energéticas que se encuentran en nuestro pasado
colectivo.
Dado que llevamos a nuestros padres y abuelos y a nuestras madres y
abuelas dentro de nuestros cuerpos, también portamos sus heridas. El
trauma se almacena en las raíces del árbol genealógico, lo que significa que
está presente en nuestro propio cuerpo, expresado en nuestra estructura de
ADN y en nuestros sistemas nerviosos. A través de una sintonía profunda,
nos es posible trascender los límites del tiempo lineal y conectar con la
información ancestral. Por eso, el legado del linchamiento no es algo
realmente pasado; lo tenemos dentro, al igual que a nuestros antepasados.
Estamos interrelacionados. Las experiencias de quienes fueron
traumatizados en décadas pasadas no fueron solo suyas: también nos
pertenecen a nosotros. Por eso todos somos responsables de ayudar a
reparar los daños del pasado.
Se debe dejar suficiente tiempo para esta fase en pequeños grupos ya que
se trata de un proceso sumamente metabolizante. Al trabajar íntimamente
juntos en un espacio más profundo, los participantes son capaces de
reabsorber y equilibrar las profundas energías de las ondas anteriores del
grupo grande.
Cuando es el momento, la sala vuelve a reunirse y se restablece la
coherencia. Se trata de un paso crucial para el facilitador, que tendrá que
sentir el campo y determinar si hay energía pendiente que aún no ha salido
a la superficie. Dicha energía se sentirá como otra onda, que presiona y
pide entrar. Cuando hay energía pendiente de procesar, el equipo de
facilitación presta asistencia al grupo durante el proceso de afloramiento y
limpieza del nuevo material.
Una vez que el facilitador percibe que la energía del grupo se ha
procesado en gran medida, guía a la sala a través de una meditación (véanse
ejemplos en el apéndice), si es posible con sonidos para despejar el espacio
y bañar al grupo con una luz y una frecuencia de sonido más elevada (los
cuencos tibetanos se utilizan con frecuencia para sanar, limpiar o ayudar a
centrarse en la meditación o en las ceremonias espirituales. Cuando se
tocan o golpean con un mazo, emiten un tono sumamente puro y
estabilizador). A través de esta meditación los asistentes van saliendo de la
energía profunda del proceso de integración y vuelven a sus cuerpos y
experiencias individuales. Aunque las meditaciones sónicas constituyen
una gran herramienta para crear sincronización en el grupo, también sirve
cualquier otra meditación guiada que facilite la coherencia.
Es importante tener en cuenta que a menudo se necesitan dos o más días
para la celebración de un taller de CTIP a fin de que los participantes
puedan integrar lo vivido de forma saludable y puedan marcharse con un
resultado positivo. Después de la gran intensidad del trabajo, los asistentes
dicen sentirse «lavados» o «limpios», como si entraran juntos en el fuego y
salieran purificados y renovados.
Fase 3: la metarreflexión
En la etapa final concluimos reflexionando sobre el proceso, aclarando lo
que hemos experimentado y aprendido de nuestro trabajo conjunto.
Después de la profunda liberación de energía, es beneficioso llamar la
atención del grupo sobre el propio proceso de cambio. Esta metarreflexión
refuerza la liberación que se ha producido y fortalece su integración al
reforzar las nuevas vías neuronales establecidas a través del proceso.
También se da tiempo para la metarreflexión sobre los ejercicios
relacionales, la puesta en común en el foro más amplio y el trabajo en
tríadas. Se pide a los participantes que reflexionen sobre su capacidad de
estar presentes y conectados como oyentes y como hablantes, sobre los
cambios de sus niveles de vitalidad y sobre cómo sus experiencias internas
parecían reforzar el proceso de toma de conciencia de sus compañeros, su
tríada o la sala en su conjunto.
Con la metarreflexión a menudo somos capaces de sacar a la superficie
más información de la que habíamos sido conscientes durante el proceso, y
esto refuerza y afianza toda la experiencia. Al hacer este importante trabajo
juntos estamos reescribiendo el libro de la vida.
CREAR NUEVAS PROFUNDIDADES DE CONCIENCIA SENTIDA
ENTREVISTA DE JULIE A GREGOR STEINMAURER
Gregor Steinmaurer lleva más de una década formándose en el trabajo con traumas colectivos y ha
prestado asistencia a los participantes del CTIP durante los últimos años. Refiriéndose a lo que
sucede en estos procesos de cambio en grupos grandes, afirma: «Su naturaleza es, de alguna manera,
inmensa».
Al principio, señala Gregor, «no comprendía del todo su alcance». Hoy en día, habla del proceso
con claridad y sinceridad, y describe el CTIP como una práctica sumamente profunda y refinada.
«Todos los miembros del grupo [llegan a estar] muy presentes, sumamente interrelacionados —
comenta—; esto genera una atmósfera; a menudo la llamo un templo, un espacio sagrado. Todos
sabemos que hay algo profundamente sagrado e importante en este momento».
Al describir el «gran movimiento» o patrón ondulatorio de energía e información sobre el trauma,
Gregor explica que «todo el mundo queda atrapado. Es como si te golpeara una ola y tuvieras que
cabalgarla hasta casa». Lo que ocurre en el CTIP «no es como un proceso individual en el que [un
terapeuta] puede decir: “Vale, ahora vamos a centrarnos en otra cosa”». Cuando la coherencia del
grupo y la presencia colectiva están vivas en el espacio, dice Gregor, «de repente, toda la sala
escucha. Todos ven algo juntos. Y empiezas a relacionarte con ello como una fuerza existente».
Cuando esto sucede, explica, «la conexión se vuelve mucho más fuerte que la separación».
Gregor cuenta que, para la mayoría de la gente, la idea de reunirse con un grupo grande de
personas para experimentar e integrar el trauma colectivo «suena casi masoquista. Piensan: “Pues
eso debe ser muy denso”. Y, sí, a veces resulta pesado, pero sobre todo constituye un alivio. Se
produce una profunda sensación de asombro, y también de relajación».
Gregor continúa explicando que este trabajo cambió su vida y su perspectiva. Le enseñó a él, un
historiador austriaco, la profunda diferencia entre la comprensión intelectual y un darse cuenta que
sientes corporalmente. Cuando Gregor participó por primera vez en el CTIP, en Alemania, el grupo
se centró de forma natural en el Holocausto. «Pero no sentí nada, absolutamente nada —cuenta—,
realmente pensé que sentiría algo, pero era como si hubiera una… puerta».
Gregor comenta que poco a poco llegó a ser consciente de esta «puerta», y comprendió que el
embotamiento intelectual que él sentía había sido parte de una pieza mucho más grande en la
sintomatología postraumática colectiva. Al seguir trabajando, el proceso acentuó su sensibilidad con
la condición humana, y experimentó «una profundidad mucho mayor de conciencia sentida».
Cuando el proceso te toca de verdad, señala Gregor, «es realmente sencillo y al mismo tiempo
sumamente complejo. No puedes forzar nada. Se trata quizá del arte más elevado en lo que se refiere
a trabajar con un proceso. Te enseña mucho sobre la vida».
Usar el sistema nervioso como una máquina del tiempo
A medida que formamos una conexión consciente o espacio-nosotros,
somos capaces de trascender los límites de la tercera y cuarta dimensiones
en las que el tiempo se percibe como lineal y local, y juntos cruzamos el
umbral hacia nuevas dimensiones más allá del tiempo, donde todo lo que
ha sido o será está disponible en lo que llamamos el «ahora». Como los
Na’vi de Pandora, nuestros sistemas nerviosos no son puramente físicos ni
están totalmente separados: estamos inextricablemente unidos.
El secreto del viaje en el tiempo es doble: primero, nosotros somos el
portal. Y segundo, para viajar en el tiempo no tenemos que movernos ni un
centímetro. Solo tenemos que estar presentes de forma más plena y
consciente, dondequiera y con quienquiera que estemos.
En la práctica terapéutica
A mi parecer, el sistema nervioso es un mensajero de la ley universal, es
decir, la fuente intemporal del desarrollo de la conciencia. Revelada en las
tradiciones de sabiduría perenne, la ley universal protege la naturaleza
sagrada de la vida y la fuente de la vida como tal. Nos permite restablecer
el flujo de la conciencia y crear unas vidas sanas y éticas, así como culturas
sostenibles. Dondequiera que se haya transgredido la ley, la ubicación
precisa de esa ruptura en el sistema nervioso (dirección cósmica) se
bloquea o constriñe, y la energía superior ve reducida su capacidad de fluir
en y a través de esa parte del sistema nervioso sin bloqueos ni
interrupciones. El material biográfico relacionado con la ruptura se disocia
y, con el tiempo, la función natural de esa zona puede quedar inhibida o
disminuida y el desarrollo, congelado o bloqueado.
Para los terapeutas y sanadores, la capacidad de sintonizar a través del
sistema nervioso energético consiste en percibir y conectar con nuestros
clientes en la dirección cósmica precisa o ubicación espacio-temporal de
una herida temprana o antigua, consciente o inconsciente. Todos hemos
sido bebés, niños pequeños, muchachos y adolescentes, y nuestros cuerpos
recuerdan estas etapas de la experiencia, aunque nuestras mentes las hayan
olvidado. Y debido a la hermosa capacidad del sistema nervioso para la
conexión relacional (tal y como se describe en la teoría polivagal), todos
los padres pueden sentir íntimamente la experiencia de su hijo y ver a
través de sus ojos, y conocen a través de una transferencia de energía a sus
propios cerebros y cuerpos los estados somáticos y emocionales precisos de
su vástago, ya sea somnolencia, frustración, alegría o asombro.
Con el perfeccionamiento y el entrenamiento, podemos utilizar esta
capacidad para otra conciencia en el contexto de la relación terapéutica o
de curación. Podemos sentir el estado somático y emocional de nuestros
clientes, y ellos pueden llegar a percibirse sentidos en nosotros. Este es el
don relacional de la presencia que puede trascender los límites de lo que
llamamos el presente. Al utilizar esta sutil capacidad del sistema nervioso,
podemos aprender a conectarnos directamente con un estado pasado de
nuestros clientes, a cualquier edad o momento concreto.
Como adultos integrados somos capaces de acceder a nuestro interior de
forma consciente y de reconocer cuándo no nos mostramos como nuestro
yo más elevado y en su lugar hemos retrocedido momentáneamente a una
etapa anterior (debido al estrés o a la activación de la sombra). Pues bien,
con esa misma capacidad, podemos sentir el interior de nuestros clientes,
utilizando nuestros propios sistemas nerviosos energéticos, y percibir con
precisión cuándo y dónde se emite la energía no sanada de una etapa
temprana de sus vidas. Estos aspectos fracturados se crean en momentos de
lesión o trauma, y al sintonizar plenamente con los estados iniciales del yo
de nuestros clientes podemos ofrecer el poder de la presencia y ayudar a
construir una relación donde tal vez no existía ninguna.
Un terapeuta sintonizado puede —de forma ética y con permiso— no solo
aprender a percibir un trauma temprano, sino a localizar y descargar con
precisión su información en tiempo real por medio del campo sutil.
Simplemente mediante la presencia y la relación consciente, a menudo sin
necesidad de hablar del contenido (ya que hacerlo no siempre resulta útil
para el cliente), un terapeuta o sanador experto puede aprender a descargar
la energía del trauma, tal y como se almacena en el complejo corporal del
cliente, pasando de la hiperactivación o la disociación al equilibrio de la
corregulación.
Estas lesiones distintivas son puntos críticos en el bucle de individuación;
se trata de registros del trauma archivados y almacenados en la biblioteca
holográfica del cuerpo. Allí, el sistema nervioso energético es el
bibliotecario principal y el médico jefe, y nuestro trabajo como sanadores
consiste simplemente en ayudar a despertar y catalizar.
En el proceso de integración colectiva
Esa misma competencia sutil constituye una habilidad esencial para
quienes desean trabajar con traumas históricos o culturales, o con algún
aspecto del desarrollo. Imagínatela como un extensor de Wi-Fi para el
tercer ojo, que lo vincula e integra con todos los sentidos físicos. Al activar
esta capacidad en la siguiente octava, somos capaces de percibir y
sintonizar con precisión el campo del grupo y localizar en él información
sobre un impacto cultural particular que se mantiene en el cuerpo colectivo.
Esta carga distintiva puede haberse producido durante un periodo de guerra
catastrófica o una época de gobierno autoritario. Puede ser específica y
singular para un momento y lugar concretos, o puede ser más amplia y de
mayor alcance.
Un facilitador debe ser capaz de sintonizar con las capas arqueológicas
del cuerpo cultural más amplio y aislar la señal específica que se transmite
al campo del grupo. Nuestro papel es contribuir a su movimiento, guiando
esta energía dentro y a través del campo del grupo, para que pueda emerger
como una experiencia consciente para todos los presentes. Es importante
que un facilitador de la integración grupal despierte las capacidades sutiles
de su sistema nervioso energético para (1) aprender a percibir estas
complejas energías con precisión y (2) descubrir cómo conectar su propio
campo con el campo colectivo más amplio.
Al conectar el campo individual con la matriz colectiva en el vector
adecuado y mientras se mantiene la conexión con la luz, el sistema
nervioso energético actúa como una especie de enlace Wi-Fi, permitiendo
el acceso del contenido traumático adecuado al marco consciente del grupo.
Este enlace abre una puerta para que los participantes comiencen a
experimentar y expresar las formas de onda más amplias.
A partir de aquí, nuestro papel consiste en dirigir y apoyar sutilmente la
intensidad general del proceso del grupo. En el momento adecuado, un
facilitador experimentado puede activar más energía en el proceso,
amplificando el volumen de contenido kármico que fluye en el espacio, o
bien ajustar sutilmente la válvula, reduciendo la afluencia de energía
inconsciente y bajando la intensidad en la sala. Con cuidado y práctica
aprendemos a guiar compasivamente el poder de este profundo proceso de
sanación.
Para aquellos grupos que se han reunido y han practicado juntos muchas
veces, todavía hay otro dominio al que puede accederse mutuamente y con
intención. Requiere una capacidad colectiva de orden aún mayor, así como
una guía y una práctica claras y cuidadosas. Debe haber una coherencia
adecuada en el campo compartido, por lo que es exclusivo para los grupos
bien sintonizados.
Para esta práctica, el facilitador elegido guía al grupo a través de una
meditación hacia la presencia de una experiencia ancestral o cultural (véase
un ejemplo en el apéndice), como el Holocausto o el Sendero de Lágrimas.
Cuando los participantes comienzan a entrar en una sintonía mental,
emocional y física más profunda con las personas que vivieron la
experiencia, surgen impresiones y sensaciones sumamente poderosas, y
pueden sentir que están siendo testigos de algo que está ocurriendo ahora.
Todos los participantes necesitan amplias capacidades de quietud y
resiliencia. Se trata de un trabajo muy intenso, por lo que es sumamente
beneficiosa una comprensión transpersonal por parte de todos los presentes.
Juntos podemos convertirnos en faros, abriendo un portal en el espacio y
el tiempo. Al adentrarnos en él, somos como la luz del futuro relativo, que
lleva su recurso superior a lo que llamamos «ayer». Creo que así ocurrió en
los peores momentos de sufrimiento de nuestros antepasados, cuando
rezaban con desesperación y sentían algún atisbo de presencia más allá del
caos, una sensación tranquilizadora de que no estaban solos en su dolor, y
de hecho no lo estaban ni lo están, lo Divino inefable ya estaba llegando a
raudales, a través de grandes distancias como si fueran simples pasos, a
través de eones a la velocidad de la luz. Y cuando nos reunimos en este
trabajo, somos a la vez testigos y servidores de este misterio.
El corazón es la puerta; el elixir es la luz. Y el presente puede cambiar el
pasado.
LA PRESENCIA ES HOLÍSTICA
Es importante reconocer que existe una diferencia cualitativa entre el compartir general, que ocurre a
nivel del cuerpo mental, y el compartir en sintonía. Compartir con intención, presencia y sintonía es
una acción somática y emocional. Se produce de forma holística, a través de los cuerpos mental,
emocional y físico. Escuchar con presencia requiere la sensibilidad del cuerpo y, por tanto, una
conexión con el cuerpo. Requiere una receptividad emocional y conciencia. Y nos pide que
prestemos atención a la calidad de la receptividad de nuestra pareja o de los miembros del grupo.
¿Qué cambios se producen en nuestra vitalidad mientras estamos hablando o escuchando? ¿Cuándo
nos sentimos conectados a nuestras emociones? ¿Cuándo nos sentimos disociados?
Tanto si somos el hablante como el oyente, la sintonía relacional nos invita a tomar conciencia de
la calidad de la energía que hay en nosotros y que pasa entre nosotros. Sentimos la energía «activa»
—fluirá de forma evidente con facilidad— cuando nos sentimos conectados con lo que estamos
diciendo y cuando nos sentimos conectados mutuamente. Cuando perdemos esa conexión, como a
veces sucede, ya sea por nuestra parte o por la de la otra persona, es como si se hubiera cerrado una
válvula. Aprender a observar estos flujos dinámicos de energía dentro y entre nosotros constituye el
núcleo de la práctica de presenciar.
La coherencia colectiva es un derecho evolutivo inalienable
El año clasificado como «trauma de guerra de 1941» constituye un
archivo corrupto en nuestra memoria colectiva. Contiene datos no digeridos
(es decir, el pasado), que se materializan en las vidas contemporáneas como
patrones sintomáticos de sufrimiento residual. Estos datos resurgirán en
nuestras vidas y en nuestras historias culturales, generación tras generación,
a medida que el propio principio vital trabaje para desintoxicar y restaurar
el equilibrio. Podemos reprimir este proceso en vano, o bien podemos
trabajar conscientemente para restablecer el flujo colectivo.
Tanto si somos facilitadores de procesos de integración grupales como
miembros de colectivos conscientes, podemos aprender a recuperar
cualquier archivo de nuestra biblioteca cultural o histórica y descargar su
información, su energía, en un campo grupal consciente. Este paquete de
datos entra en nuestros campos primero como una sensación de tensión,
incomodidad y resistencia, reflejando nuestro hábito colectivo de negar el
trauma y sus consecuencias. Si permanecemos presentes con esta energía,
acabará abriéndose paso en una oleada de poderosos recuerdos y
emociones, así como de muchas otras formas. La energía de nuestro trauma
colectivo está almacenada en las profundidades de la sombra cultural, y
aunque nos parezca imponente a la luz del día, con la presencia y el apoyo
de la luz superior, puede dializarse desde la fragmentación y restaurarse en
su totalidad.
Todo lo que se requiere es nuestra voluntad de prestar una atención plena
a lo que surja y ser compasivos con nosotros mismos y con los demás
durante el proceso. Lo que sale a la luz puede haber ocurrido en nuestras
propias vidas o puede haber estado esperando en el alero durante tres o más
generaciones. Con estas y otras prácticas, nuestro cuerpo colectivo puede
aprender a autorregularse. Juntos somos capaces de llevar la paz al pasado.
Lo que el Dr. Hiroshi Motoyama describió como la «larga cadena de
karma ancestral que se remonta en el tiempo» es un campo energético, una
red vertical y horizontal de energías ancestrales y personales. Los campos
energéticos son sistemas anidados; nuestras biografías personales son
marcas holográficas de cicatrices colectivas más grandes. Estas cicatrices o
patrones de trauma se mantienen en la sombra colectiva. Al igual que en el
caso de la energía oscura de la que hablan los físicos, solo nos damos
cuenta de su presencia a partir de los efectos o síntomas posteriores, como
ya hemos comentado. Cuando nos reunimos con el propósito de integrar el
trauma colectivo, puede que no veamos este lago oscuro con nuestros ojos,
pero con sensibilidad y sintonía podemos percibir su singularidad y sentir
sus formas. La sombra colectiva de Argentina, Estados Unidos, Israel o
Alemania se siente como algo concreto del lugar y de las personas que
viven y han vivido allí.
Cuando nos sintonizamos desde un campo de coherencia, es como si nos
asomáramos juntos a la superficie de un estanque tranquilo: nos recibe un
espejo de nuestra complejidad. En ese reflejo, podemos ver las grandes
reservas de información que hemos estado almacenando durante tanto
tiempo fuera de la vista. Tal vez nos hayamos reunido con la intención de
mirar en el pasado no sanado de la Segunda Guerra Mundial en Alemania.
El espejo de la conciencia del espacio-nosotros nos muestra que nosotros
también somos los alemanes de ese pasado; estamos interconectados de
forma sagrada.
Cualquier campo energético formado y mantenido por la reunión de
varias personas es necesariamente complejo. Para convertirlo en un campo
consciente, es decir, para practicar la presencia y el espacio-nosotros a fin
de sacar a la superficie lo que ha permanecido inconsciente, se necesita una
intención clara, una conciencia testigo, una sensibilidad compasiva, una
visión transpersonal y una delicada destreza. En el CTIP no solo estamos
sacando a la superficie traumas culturales compartidos, sino que estamos
sosteniendo un hilo conductor energético para el resto de la humanidad, así
como para las energías de nuestro planeta.
Con sintonía y presencia podemos crear una coherencia colectiva, y
juntos convertirnos en una barra de puesta a tierra para la afluencia de la
luz superior. Cuando se ha creado la suficiente coherencia, esta luz activa el
espacio, haciendo sonar un armónico divino en un diapasón cuya vibración
es un resonador para las aguas inconscientes que se encuentran bajo
nosotros. Nuestra intención mutua de integración hace que la luz ondule
sobre las aguas del lago oscuro, creando geometrías sagradas a partir de la
desintegración, orden a partir del caos. Mientras nos inclinamos y
escuchamos, nuestros sistemas nerviosos comienzan a resonar y se abre
entre nosotros una puerta a una relación de dimensión superior. Desde esa
posición podemos ver las notas de nuestro pasado colectivo como una
sinfonía vívida e intrincada. Dramática. Oscura y ardiente. A veces,
dolorosamente discordante, pero siempre reveladora.
65 Daniel Siegel, The Mindful Therapist: A Clinician’s Guide to Mindsight and Neural Integration
(Nueva York: W. W. Norton and Company, Inc., 2010), 31.
(Versión en español: Daniel Siegel, Mindfulness y psicoterapia: técnicas prácticas de atención
plena para psicoterapeutas, Barcelona: Paidós, 2012).
66 David Furlong, Healing Your Ancestral Patterns: How to Access the Past to Heal the Present
(Malvern Worcestershire, Inglaterra: Atlanta Books, 2014), 194.
7.
ORIENTACIÓN PARA FACILITADORES,
TERAPEUTAS Y SANADORES
«La compasión no es una relación entre un médico y su paciente, sino una relación entre iguales. Solo
cuando conozcamos a fondo nuestra propia oscuridad, podremos estar presentes en la oscuridad de los
demás. La compasión se vuelve real cuando reconocemos nuestra humanidad compartida»67.
PEMA CHÖDRÖN Los lugares que te asustan
un gran número de CTIP durante años
H
E TENIDO EL PRIVILEGIO DE DIRIGIR
y es una tarea que me conmueve siempre. Algunas de estas
experiencias han sido especialmente emotivas y profundas. En ellas he
sido testigo de un grado de dolor colectivo que ha permanecido conmigo
mucho después de que todos se hubieran marchado a sus casas. Después del
trabajo grupal necesitaba tomarme más tiempo para digerir el poder de la
sombra colectiva de la humanidad.
En cada parte del mundo el lago oscuro tiene distintos sabores, distintos
mecanismos y distintos grados de intensidad. Sin embargo, existe allí donde
hay seres humanos. Como facilitadores de la integración de traumas
colectivos, debemos adoptar las herramientas apropiadas para los grupos, las
culturas y las sociedades concretas en las que nos encontramos y con las que
trabajamos. Solo la llave adecuada puede abrir la puerta correcta. Saber qué
herramientas utilizar y cómo emplearlas de la mejor manera requiere disponer
de una amplia gama de competencias y un elevado grado de compromiso.
Como en cualquier búsqueda superior, nuestro compromiso debe ser puro. Y
existen peligros reales. El impacto de este trabajo es exponencial, por lo que
debe hacerse bien y con cuidado. Asumimos una gran responsabilidad.
Al guiar a otros a traspasar ese umbral, permitimos que el aire y la luz
fluyan a través de la red interferencial de densidad y desorden, que causa
tanto estancamiento en la conciencia humana y, por tanto, inhibe nuestra
evolución. Al levantar las persianas de las ventanas permitimos que acceda el
flujo de emergencia y potencial en la habitación.
La teoría de sistemas y su práctica —desde la informática, la ecología, la
psicología, las organizaciones y más allá— surgió de una disposición
evolutiva a abrazar más profundamente la complejidad de nuestro universo.
El cuerpo humano es un sistema, al igual que una sola célula del corazón
dentro del cuerpo es un sistema. La célula cardíaca es un sistema abierto que
intercambia energía/información con el sistema mayor en el que está
encapsulada o inserta. Desde una perspectiva puramente física, las paredes
celulares de la célula cardíaca son el límite de su sistema, y la piel es el límite
del sistema del cuerpo.
Un sistema se desarrolla mediante un intercambio de energía —es decir, un
proceso— entre él mismo y su entorno. El sistema recibe entradas de su
entorno en forma de recursos y procesa esos recursos para crear una
respuesta. Cuando esta respuesta ofrece un valor positivo al entorno del
sistema (como la contribución de las células cardíacas a la respiración del
cuerpo humano) es energía. Pero cuando la respuesta de un sistema a su
entorno tiene un valor negativo (como un subproducto de desecho), se genera
entropía. El entorno se desordena.
La mayoría de los sistemas orgánicos están anidados dentro de otros
sistemas, como en una regresión infinita. El individuo está integrado en la
familia (ascendencia), en la sociedad y en la humanidad a través de todos los
tiempos y todas las culturas, ahora mismo. Visualizar esta encapsulación
resulta beneficioso para nuestra tarea como facilitadores. Pero hay algo más.
La teoría de sistemas también explora la emergencia; examina las relaciones
entre las partes constituyentes de una cosa y el modo en que esas partes se
autoorganizan para formar el todo. Así, por ejemplo: ¿cuáles eran las partes
constitutivas de la molécula de ácido desoxirribonucleico y cómo surgieron
como ADN? Y, además, ¿cómo se ha organizado y reorganizado el ADN con
tanta elegancia en la amplia gama de formas de vida emergentes?
Hay elegancia y complejidad en el proceso evolutivo, y está claro que la
autoorganización es fundamental para la emergencia. La facilitación de
grupos es precisamente eso: requiere que nos autoorganicemos y nos enseña
que esto no puede forzarse ni controlarse de una manera férrea. La
facilitación debe ser adaptativa y receptiva. Como grupo consciente, nos
convertimos activamente en algo más grande que la suma de las partes, y
precisamente lo que buscamos es la emergencia de esa Suma Mayor.
Nos encontramos en una coyuntura evolutiva exponencial. Las matrices
embrolladas de la conciencia humana están plagadas de entropía y residuos.
Domina el campo de la sombra colectiva. Desde nuestro ángulo, esto ha
creado distorsiones en el tejido del propio tiempo. Estamos divididos en
mundos alternativos, y nuestro pasado no es pasado. A consecuencia de esto,
nuestro desarrollo colectivo puede haberse detenido. Para progresar como
especie, para sanarnos a nosotros mismos y a nuestro planeta, todos los
sistemas humanos tendrán que limpiarse y ser coherentes. Si bien muchos de
nosotros experimentamos un sentimiento de presión o una sensación de
urgencia en torno a la necesidad de que la humanidad se comprometa con
esta tarea en este momento, esto viene acompañado de un mensaje de
claridad y esperanza. Más personas serán llamadas a descubrir enfoques de
escala sistémica o de orden superior para la sanación. Se trata de la gracia de
la luz evolutiva que actúa en nosotros.
Examinar nuestra motivación para ayudar
Creo que es importante explorar cuáles son nuestras razones para querer
ayudar. ¿Qué nos acerca al trabajo terapéutico? Nuestras historias familiares
pueden ser reveladoras. Algunos enmarañamientos acumulan energía, y a
menudo son los lugares donde el agua sube a la montaña. Si aprendí a ser el
«ayudante» en mi sistema familiar, asumiendo siempre ese papel de apoyo
para satisfacer mis propias necesidades de aceptación, atención y aprobación,
es especialmente importante que examine este guion temprano cuando
explore mis motivaciones para hacer el trabajo de curación en general.
Si no he limpiado por completo este material del pasado, entonces mi
instinto de ayudar o sanar ahora no es un acto totalmente consciente. Todavía
estoy impulsado por el chi oscuro (inconsciente/sombra), y busco ser visto,
aceptado y amado. Puede haber muchos tipos de apegos inconscientes detrás
de nuestro deseo de ayudar a los demás, de modo que nos corresponde —y a
todos los que pretendemos ayudar— trabajar para ser conscientes de estos
elementos ocultos y sanarlos.
El compromiso de prestar un servicio para el cuidado y el desarrollo del
mundo es algo hermoso y necesario, y debe ser asumido con conciencia.
La facilitación como servicio
Los traumas limitan el flujo de energía superior a través del sistema
nervioso, y los traumas continuos dañan o retrasan el desarrollo del sistema
nervioso. La columna vertebral es la principal vía para esta energía e
información, y cuando una persona está afectada por un trauma, su campo
personal contiene energía congelada o sofocada. Puede percibirse como una
especie de interferencia o una «burbuja» gris. Imagina que entras en una casa
grande en la que se han abierto algunas de las ventanas para que entre la brisa
primaveral. Sin embargo, al adentrarte en la vivienda, descubres que otras
habitaciones están precintadas, con las puertas cerradas con llave y las
ventanas con los postigos echados impidiendo que penetre la luz. En esas
habitaciones el aire está cargado de humedad y se ha acumulado polvo, y
tienes la sensación de que algo debe haber pasado en ellas, aunque nadie
parece recordar qué o tal vez nadie desee hacerlo. Esa energía recluida ya no
se comunica con el resto de la casa, al igual que la capa traumatizada del
campo corporal se ha aislado del resto del sistema.
Dado que la luz o la energía superior ya no fluye hacia esa parte del campo
del individuo, la capa o «habitación» congelada actúa bloqueando la
recepción de información evolutiva vital. Tal vez las demás habitaciones
estén conectadas, pero una persona no puede progresar plenamente sin
integrar ese aspecto perdido. Numerosas personas en el mundo no han
experimentado traumas o ya han sanado e integrado sus experiencias, y
muchas han empezado a sanar su ascendencia. Sin embargo, si una gran parte
de una ciudad o país se queda sin electricidad, teléfono o servicio de Internet,
el conjunto se ve afectado. La comunicación, la conectividad y el ritmo de
desarrollo se ralentizarán drásticamente o incluso se detendrán hasta que
todos los sistemas vuelvan a estar operativos. Si esta situación es lo
suficientemente generalizada y continua no puede surgir la innovación.
Este es el estado de nuestro mundo. No se trata simplemente de que las
naciones desarrolladas tengan acceso a recursos de los que aún no disponen
las menos desarrolladas, o de que la innovación sea una consecuencia de la
posesión de recursos materiales. El trauma bloquea la conectividad, congela
el desarrollo e inhibe la emergencia. Estas verdades están interrelacionadas.
Múltiples acuerdos traumáticos inconscientes conforman nuestra realidad
compartida. Numerosas personas se enamoran y entablan relaciones íntimas
dichosas solo para desencantarse a causa de los acuerdos traumáticos que
establecieron de forma inconsciente. Lo mismo ocurre en los sistemas
familiares y en los lugares de trabajo, donde se cae en patrones de discordia y
de luchas de poder, se activan reacciones emocionales, se opera con
dinámicas de víctima/opresor y, en última instancia, se siente el dolor de la
separación. Sin embargo, la repetición de estos patrones inconscientes
constituye la llamada constante del alma para sentir, reconocer, abrazar y
sanar.
En una escala mayor, nuestros problemas sociales o difíciles de resolver
surgen como una llamada del Alma Colectiva que nos ofrece una invitación
al despertar mutuo. En nuestro papel de facilitadores de la integración del
trauma colectivo somos servidores de esa alma superior y mensajeros de su
invitación. Todo viaje comienza con esa llamada, y para que se produzca la
transformación el héroe debe aceptarla ineludiblemente.
El papel del facilitador: atraer la luz
El atributo más importante con el que debe contar un facilitador es la
capacidad de permanecer presente durante el proceso del grupo, y esto
requiere ser capaz de mantener una conciencia interior y exterior clara. La
presencia plena permite al facilitador seguir el flujo del grupo de forma
intuitiva mientras mantiene un receptáculo resonante para que los
participantes puedan sentir confianza y conexión. Resulta crucial que el
facilitador esté lo suficientemente desarrollado como para presenciar y
sostener la profundidad e intensidad del proceso de integración del trauma de
forma adecuada.
También es fundamental que los facilitadores mantengan una conexión con
la dimensión de la conciencia superior o esencia en nombre del grupo. De
este modo, ejercen una influencia centradora o mediadora, para que la luz
superior o la luz del futuro pueda penetrar más fácilmente en el espacio. Esta
inteligencia luminosa contiene el patrón para la integración potencial que ya
existe en el campo del grupo y, por tanto, constituye el recurso más
importante para el proceso.
A fin de ser capaces de acceder a la luz y canalizarla de forma constante y
regular en beneficio del trabajo de integración del trauma colectivo, los
facilitadores deben desempeñar su papel con una profunda capacidad de
percepción transpersonal. Deben haber hecho un trabajo interior previo y
continuar haciéndolo; asimismo, deben estar implicados en la integración de
las fuerzas destructivas y constructivas de sus sombras personales. También
han de estar comprometidos con la comunicación precisa y las relaciones
sanas.
Para poder permanecer presente durante el proceso del grupo, las
identificaciones individuales del facilitador deben pasar a un segundo plano.
Si nos identificamos demasiado con cualquier aspecto del proceso, seremos
incapaces de mantener la perspectiva superior y dejaremos de canalizar su luz
en el espacio. El proceso se estancará, se desintegrará y podría llegar a
fracasar. Pero la perspectiva transpersonal nos permite mantener una actitud
de desidentificación, de modo que, como facilitadores, reducimos el riesgo de
ser absorbidos por cualquier elemento del proceso que nos impida prestar
apoyo a la intención del grupo o de causar algún perjuicio sin darnos cuenta.
La intuición y la inspiración son herramientas fundamentales para el
facilitador. Igualmente importantes son la experiencia, las cualidades de
apertura, sensibilidad y receptividad y la voluntad de trabajar con lo
desconocido, todo lo cual nos permite estar presentes y en sintonía con las
energías y necesidades del grupo. Una sensación más profunda de amplitud
interior permite que la luz de las nuevas percepciones y la información
penetren en nuestra conciencia perceptiva y de repente tal vez sintamos o
sepamos cosas más allá de nuestros sentidos ordinarios. Podemos sentirnos
inspirados para hablar de temas que no habíamos planeado abordar antes del
taller, una señal positiva que sugiere que estamos conectados con el flujo de
energía.
En nuestro papel de facilitadores estamos disponibles para canalizar
información vibratoria superior y conducir su inteligencia hacia nuestro
pasado, y al limpiar y liberar ese pasado, este sublime impulso evolutivo es
capaz de iluminar lo que podemos llegar a ser. Su luz es esa corriente de
visión profunda, innovación, revelación y maestría que ha brillado sobre
todos aquellos que la historia ha etiquetado como visionarios, genios y
«adelantados a su tiempo».
Al comprometernos a crear un espacio seguro para una perspectiva más
elevada, enraizamos y canalizamos la luz del futuro en la sala. Como
instrumentos de esa luz, estamos conduciendo al grupo hacia el umbral de la
transformación.
Estándar de atención recomendado
En esta tarea nos encontramos al borde de la transformación, en una
frontera audaz de sanación que agrupa la psicología, la sociología, la ciencia
y la espiritualidad. Con el tiempo irá descubriéndose mucho más y a partir de
esos hallazgos surgirán prácticas novedosas. Presento a continuación algunas
recomendaciones basadas en las mejores prácticas conocidas cuyo objetivo es
formar una estructura consciente a través de la cual puedan empezar a fluir
nuevas energías.
El compromiso
Facilitar la integración del trauma en un grupo requiere un profundo nivel
de compromiso personal y profesional con todos los presentes en la sala y
con el núcleo del propio proceso. Teniendo esto en cuenta, cualquier persona
que desee facilitar la integración del trauma colectivo en un proceso grupal
formal está llamada a comprometerse con lo siguiente:
• La responsabilidad y el cuidado continuos de la salud psicológica y el
progreso en el desarrollo personal.
• El más alto nivel ético de compromiso con el propio trabajo.
• Máxima integridad en relación con el bienestar de cada alma que participa
en el proceso.
Para honrar nuestros compromisos, debemos apoyarnos en sabias prácticas
personales y del espacio-nosotros.
Prácticas de limpieza
Después de las intensas energías de cualquier CTIP, con independencia del
tamaño del grupo es esencial que los facilitadores se tomen un tiempo de
descanso personal, permitiendo que la mente y el cuerpo digieran el impacto
de lo que se ha vivido. Siempre que programo un taller CTIP, reservo un
periodo de tiempo inmediatamente después del evento para este fin. Este
tiempo debe utilizarse para descansar y cuidarse.
Pasa tiempo en la naturaleza. Recibe un masaje u otra forma de técnica
corporal. Mueve los músculos con el yoga, la danza o cualquier clase de
juego que te guste. Prepara comidas deliciosas y nutritivas, y compártelas con
tus seres queridos.
En pocas palabras: recarga las pilas.
También es importante que durante este periodo retomes tu práctica
meditativa. La meditación regular constituye el medio fundamental por el que
podemos limpiar el sistema nervioso de cualquier energía residual que
hayamos absorbido durante un proceso de integración de traumas en un
espacio grupal. La meditación de quietud, la meditación de la luz y la
meditación somática resultan prácticas útiles.
La práctica de la intervisión
El término intervisión se utiliza habitualmente en los Países Bajos,
Alemania y en otros lugares para referirse a las reuniones entre profesionales
sanitarios o miembros del equipo de tratamiento que se juntan para compartir
sus aprendizajes laborales con el objetivo de mejorar la calidad de la atención
que prestan. Así pues, la intervisión constituye un enfoque de desarrollo
profesional centrado en el cliente.
La intervisión te permite reunirte con otros compañeros y cofacilitadores,
contactar de forma consciente con personas que realizan la misma tarea, para
de este modo recibir apoyo y retroalimentación y crecer juntos. Estos
encuentros deben celebrarse con regularidad, en persona siempre que sea
posible, o bien por videoconferencia. Estamos trabajando con energías
inmensas, y resulta esencial que no nos mantengamos aislados.
Además de la intervisión formal, también resultan provechosas otro tipo de
conexiones: reunirse para tomar un café, chatear por Internet o planificar
cenas o retiros informales. Tómate un tiempo para compartir, apoyar y
potenciar la afinidad, o simplemente para estar juntos. Fortalece los lazos con
la comunidad.
Funciones de la intervisión
La intervisión es una práctica entre iguales donde todos los miembros
comparten la responsabilidad del grupo y su agenda. Tal vez se elija a un
voluntario para presidir el equipo, un papel que puede ser rotativo. Hay
muchas maneras de organizarse y autogestionarse; lo importante es que el
grupo satisfaga las necesidades de sus miembros.
Una vez que los integrantes del grupo se han reunido en el lugar y la hora
designados, pueden realizar una práctica relacional para entrar en coherencia.
Dependiendo del tamaño, el grupo puede dividirse en tríadas y se invita a la
gente a establecer contacto entre ellos y compartir sus impresiones. Si un
miembro del equipo ha experimentado una activación emocional provocada
por su trabajo como facilitador o cualquier otra preocupación, puede contarlo
mientras los demás escuchan y sintonizan, ofreciendo reflexión y
retroalimentación según corresponda. Esto puede potenciar el compartir y
hacer aflorar contenidos del grupo que pueden procesarse e integrarse por el
conjunto.
Se debe dejar tiempo para la reflexión mutua y el aprendizaje (es decir, el
proceso de metarreflexión). Los miembros pueden explorar preguntas o
pensamientos que hayan surgido durante el proceso de facilitación y
reflexionar sobre sus perspectivas y posibles lecciones.
Cuando surge una pregunta después de facilitar una práctica grupal, es
importante sintonizar con nuestro interior; esto da inicio a la reflexión
personal y la contemplación. Podemos descubrir la respuesta a esta pregunta
por nosotros mismos, o bien llevarla a la intervisión. Este último recurso
puede funcionar muy bien para resolver un interrogante, de modo que no sea
necesaria la orientación de un supervisor. Sin embargo, cuando alguna parte
de la pregunta sigue suscitando dudas, existe una tercera opción para aportar
una mayor claridad, comprensión o resolución, que consiste en derivar la
pregunta a la práctica de la supervisión con el líder de facilitación, profesor o
mentor designado.
La práctica de la supervisión
Todos los facilitadores del CTIP cuentan con el apoyo continuo de un
profesor, mentor o líder del proceso. Al igual que los psicólogos y los
terapeutas licenciados asisten a reuniones regulares de supervisión con un
superior, los facilitadores de la integración del trauma colectivo se benefician
de la orientación y la claridad que surgen de las conversaciones con un
mentor de confianza.
Durante las prácticas de supervisión, el facilitador puede abordar cualquier
punto o cuestión poco clara que haya surgido en el transcurso del proceso
grupal. Puede examinar y reconocer sus reacciones emocionales, algo
sumamente importante para el éxito del trabajo. Con una relación clara
basada en la conexión, como debería ser toda supervisión a este nivel, el
profesor o mentor tiene la oportunidad de ofrecer valiosas percepciones o de
evaluar si un facilitador necesita hacer una pausa para dedicarse al
autocuidado. Son muchos los beneficios que se obtienen de la supervisión,
todos los cuales redundan en los individuos y las comunidades, así como en
las culturas afectadas por procesos de integración más amplios.
Funciones de la supervisión
El individuo que actúa en el papel de supervisor sirve de espejo, reflejando
al facilitador cualquier punto ciego o contenido traumático no visto que
pueda estar creando desconexión o una activación emocional. El supervisor
nos ayuda a ver con más claridad, portando un farol en la oscuridad para que
podamos encaminarnos en la dirección de una mayor integración.
Los cuidados posteriores
Una parte esencial de la construcción de un buen receptáculo son los
cuidados posteriores al CTIP. Es posible que los participantes del CTIP
necesiten reunirse periódicamente después del trabajo inicial del grupo para
seguir procesando cualquier material que haya surgido durante el proceso o
que haya aparecido posteriormente. Recomiendo que los grupos más
pequeños se reúnan con regularidad para trabajar con ese material durante un
periodo de tres a seis meses después de los CTIP, donde una atención
adicional puede resultar beneficiosa o necesaria.
Seguir estas etapas garantiza que busquemos nuestra sabiduría interior, que
utilicemos la inteligencia del grupo y que solo se lleven a la supervisión las
preguntas correctas. A esto lo llamamos «el recorrido de la pregunta», y
ayuda a evitar la dependencia excesiva de un solo recurso, que causaría
desequilibrio. A medida que los facilitadores progresan, necesitan menos
tiempo de supervisión, e incluso pueden asumir el papel de mentores de
otros. Sin embargo, la intervisión siempre es importante.
Recursos internos para facilitadores
Cualquier facilitador de la integración del trauma colectivo debería haber
despertado a las esferas sutiles, así como haber desarrollado de forma
saludable su propia capacidad perceptiva sutil. Desde este ámbito de
conciencia, podemos reconocer la sombra en la experiencia energética y
distinguir con precisión las cargas, las ondas y los residuos del trauma tanto
en el campo personal como en el colectivo. Por medio de esta conciencia sutil
superior, el facilitador es capaz de sentir el alma o la energía transpersonal —
la fuerza motriz básica de la vida humana— e identificar la naturaleza y el
estado de su flujo.
El poder del alma
El alma es el recurso fundamental del proceso de sanación. Al facilitar la
alineación entre el yo personal, el ser superior (el alma) y la luz de lo Divino,
puede producirse una curación instantánea. Cuando se facilita la misma
alineación sinérgica entre muchas almas a la vez, pasadas y presentes, la
sanación que se produce es exponencial. Se trata de un momento poderoso de
despertar mutuo que es asombroso y nos da una lección de humildad. Cuando
sucede, es como si el corazón luminoso de un futuro ya sanado se regocijara
al recibirnos.
Las fuerzas de un campo traumático colectivo son inmensas y poderosas y,
por tanto, deben abordarse con habilidad y cuidado. Por algo el vasto
submundo de nuestro inconsciente compartido es la morada de las pesadillas
y los demonios. No es una hazaña pequeña intentar entrar en él de forma
voluntaria. Hacerlo requiere una gran lucidez personal y un campo relacional
fuertemente sincronizado. Si no conseguimos entrar en ese ámbito con
claridad o resonancia, no conseguiremos permanecer en él (o posiblemente
salir de él) con cordura. Neptuno rige las aguas oscuras, y se dice que para
ver en ellas con claridad se requiere la disolución del falso yo. Si no pasamos
su prueba, Neptuno nos muestra engaño e ilusión. Pero si tenemos éxito,
alcanzamos la iluminación espiritual.
El poder de la conexión
El trauma provoca retracción, embotamiento y aislamiento y, por tanto,
daña la capacidad innata de relación. De este modo, la conexión se convierte
en el segundo recurso más importante para su sanación. Después de un
acontecimiento traumático, los individuos son capaces de integrar sus
experiencias y volver a sus vidas mucho más rápidamente cuando se sienten
apoyados por sus familias y comunidades, es decir, cuando la relación y la
conexión están presentes. En la literatura que hace referencia a la terapia de
salud mental individual, se presta mucha atención a la calidad de la relación
entre el cliente y el terapeuta. Cuando los clientes dicen sentir una sensación
de confianza, comodidad y conexión, los resultados son bastante mejores.
Estas verdades apuntan a otra: en un CTIP la calidad de la presencia y la
sintonía, así como el grado de coherencia del grupo, afectan directamente a
los resultados.
El poder de la conciencia compartida
Es responsabilidad de los facilitadores ayudar a fortalecer estos recursos
para el grupo, y con este fin debemos encarnar la coherencia que pedimos del
grupo, guiando su proceso con compasión y claridad. Para que una sala llena
de gente se cohesione, debe alcanzarse un punto de equilibrio en el que la
calidad de la conexión del conjunto sea más fuerte que cualquier
fragmentación que surja en los individuos (de hecho, el nivel de coherencia
constituye un recurso fundamental para integrar la fragmentación del
sistema). Puede haber una coherencia inicial y luego una ruptura, y este
patrón se repetirá hasta que el campo se estabilice. El trabajo consiste en
animar suavemente a los participantes a sentir la fragmentación cuando
aparezca, mientras se invita al grupo a crear una coherencia más profunda.
Una vez que se ha constituido una coherencia energética en el campo del
grupo, puede restablecerse más fácilmente si se produce una fragmentación.
La intención es crear un receptáculo de conciencia compartida a través del
cual podamos procesar con seguridad la energía del trauma colectivo. Con
una presencia y sintonía adecuadas, cualquier energía, emoción o recuerdo
histórico que salga a la superficie se mantiene en relación y es probable que
todos los presentes lo gestionen bien. Aunque siempre nos movemos a través
de un campo colectivo más amplio, con el trabajo del CTIP estamos llamados
a establecer una conciencia colectiva para poder realizar un trabajo con la
sombra colectiva.
Recordemos que la energía requiere una estructura adecuada. La resonancia
grupal en el CTIP crea lo que puede entenderse como una matriz de luz
extratemporal y multidimensional. La coherencia energética es el espacio-
nosotros y establece una arquitectura o estructura. Si bien puedes considerar
sus cualidades geométricas y frecuencias armónicas, solo es necesario
sentirla. En el punto máximo de coherencia, este campo es reconocido por
todos como una pura cualidad de presencia, una mayor sensación de unión.
Su arquitectura es el recipiente preciso necesario para contener el flujo de
inmensas energías en un CTIP.
Afrontar los posibles peligros
Nunca insistiré lo suficiente en este punto: un facilitador de la integración
del trauma colectivo debe dar prioridad a su propio desarrollo personal y
transpersonal, comprometerse con una práctica regular de conciencia
contemplativa y atender a su salud y bienestar personal de forma diligente.
Esto requiere un trabajo continuo con la sombra y un compromiso con las
prácticas regulares del espacio-nosotros (por ejemplo, la presenciación
grupal, la intervisión, etc.), así como la voluntad de rodearse de otras
personas igualmente comprometidas. En el fondo, el trabajo que hacemos
juntos es mucho más que una terapia de trauma en grupo: se trata de un
despertar mutuo.
Para ser guías sabios y hábiles de la integración del trauma colectivo, los
facilitadores debemos ser capaces de sintonizar profundamente con nosotros
mismos y con el grupo de forma simultánea y a lo largo del proceso.
Debemos entrar en el espacio del grupo con claridad para poder sostener en
nuestro interior lo que surja, ya sea la energía fragmentada presente en una
sola persona o una onda colectiva de contenido ancestral, regional o histórico
que fluya en la sala. Estamos llamados a observar y percibir estas capas con
agudeza. Se trata de energías que pueden tener un poder y una fuerza
profundos, y el reto para los facilitadores radica en aprender a mantener los
pies bien afianzados en el suelo para que estas energías fluyan a través de
nosotros sin sobrepasarnos.
He aquí una regla general: lo que le suceda al facilitador, también le
sucederá al grupo. Si alguna cualidad o contenido dentro de la onda
traumática del grupo carga o activa la sombra personal del facilitador, este
puede sentirse incómodo o incluso «reactivo». Sin una adecuada conciencia
transpersonal y una conciencia testigo continua (por parte del facilitador),
esta activación podría reforzar la onda traumática para todos los presentes en
la sala. Se puede perder la claridad y el proceso puede volverse rápidamente
confuso o caótico. Las neurosis personales del facilitador pueden salir a la
superficie, reflejándose y amplificándose en el grupo. O tal vez se active un
trauma no resuelto y sus síntomas afloren físicamente, quizá en forma de
dolor de cabeza, molestias abdominales u otros síntomas. Sin la suficiente
capacidad para atender a la propia experiencia al mismo tiempo que se
sostiene al grupo, la atención se reduce y la capacidad de presencia se
constriñe. Dependiendo de la etapa del proceso y de la fuerza de la
activación, tanto los participantes como el facilitador pueden verse
perjudicados.
En la terapia de trauma individual, el nivel de desarrollo transpersonal, el
enfoque ético y la cantidad de entrenamiento ejercen un gran efecto en los
resultados. Pues bien, creo que el éxito de la integración del trauma en un
proceso grupal depende igualmente del desarrollo del facilitador, su enfoque
ético y su formación, y al igual que en la atención individual, cuando falta
alguno de estos factores, los puntos fuertes se convierten en deficiencias y
aumenta la posibilidad de tener resultados negativos.
Los peligros relativos al colapso del campo
Si no se logra establecer una coherencia del campo, el facilitador será
incapaz de iniciar el proceso de grupo. Si se establece la coherencia del grupo
pero el facilitador no actúa para reunificar el campo después de que se
produzca una fragmentación o desintegración, no habrá suficiente estructura
para contener las energías colectivas que se mueven a través del grupo y los
participantes no podrán avanzar en el proceso. En tal caso, es probable que la
dinámica se estanque y se colapse de forma inevitable. Recuerda que la
primera onda empuja a la superficie el cieno profundo y el lodo de la
negación colectiva y a menudo el grupo lo siente en forma de resistencia,
incomodidad, opresión, respiración restringida, somnolencia, falta de
atención u otras sensaciones. El sistema nervioso tiene múltiples formas de
disociar la conciencia de las duras realidades del trauma. Sin una coherencia
de grupo suficiente y la presencia de un(os) facilitador(es) capacitado(s),
tenemos pocas posibilidades de conseguir vadear el fango en la ciénaga de la
negación que aflora.
Sin embargo, si el grupo procesa con éxito esta primera onda de negación
colectiva, manteniendo o restableciendo la coherencia con la ayuda del
facilitador, su resonancia se vuelve más adaptativa. A menudo se establece
una sensación de magnetismo y estabilidad, de modo que se requiere menos
esfuerzo por parte del facilitador si surgen fragmentaciones o estas pueden
ser más sutiles o menos frecuentes. A medida que se desarrolla el proceso, los
lazos energéticos entre los individuos y en el conjunto del grupo se vuelven
más elásticos, incluso cuando las energías que fluyen por la sala se
intensifican.
Cuanto más avanza el proceso, más consolidada está la coherencia del
grupo y menos probable es su colapso. Sin embargo, si el campo del grupo se
colapsara en esta fase, quizá debido a una facilitación poco hábil, se habrá
alcanzado un punto de peligro. Cualquier contenido traumático que salga a la
superficie dentro de un campo colapsado no podrá ser procesado
adecuadamente al haber demasiada energía y poca estructura. Si el colapso se
produce en esta fase, la mitad de la sala podría desconectarse, siendo de
repente incapaces de sentir o dar sentido a las energías presentes, mientras
que otros participantes podrían activarse y sentirse abrumados
emocionalmente. En otras palabras, pueden producirse síntomas de
embotamiento e hiperactivación, lo cual podría resultar perjudicial para todos
los presentes. Por esta razón es tan importante una cofacilitación acertada.
La necesidad de una perspectiva transpersonal y una percepción holística
Si el facilitador no es capaz de acceder o mantener una perspectiva
transpersonal durante el proceso, no podrá apoyar la coherencia más amplia
del grupo. Esto sucede cuando un facilitador intenta dar sentido al contenido
del trauma que está expresándose puramente desde su parte mental o
intelectual. Incluso el enfoque cognitivo más refinado y hábil no es
suficiente, pues, si bien la comprensión intelectual puede ser amplia y
profunda, en relación con las múltiples capas dimensionales con las que
trabajamos, la cognición es un plano que, aunque necesario, requiere la ayuda
de otras perspectivas. Por definición, la sombra es lo que la mente consciente
desconoce desde la lógica y el intelecto, pero no es totalmente incognoscible.
Como una aparición fantasmal, podemos distinguir su contorno o teorizar
sobre su posible significado, pero interactuar con sus energías requiere una
sintonía sutil y una percepción holística. La sombra contiene nuestro dolor,
nuestras faltas y nuestras pesadillas, pero también es un ámbito de ancestros,
oraciones y sueños. Es a la vez la dimensión del sufrimiento no resuelto y un
portal hacia nuestro potencial no reclamado.
Guiar a otros con éxito a través de su umbral y regresar requiere, como
mínimo, estar enraizado en el cuerpo, madurez interior (es decir, desarrollo
del ego), sensibilidad moral, comprensión interpersonal, conciencia
transpersonal, conciencia energética sutil y la capacidad de observar desde el
testigo interno y alcanzar una conciencia unitiva. Cada una de estas áreas de
desarrollo son necesarias en los facilitadores del proceso grupal, ya que, si
falta una de ellas, el proceso fracasa e incluso puede llegar a distorsionarse.
Los facilitadores deben sostener las emociones de un gran número de
individuos en su conciencia, con plena presencia y atención, mientras que al
mismo tiempo se conectan con las corrientes subterráneas del trauma
largamente disociado. Deben ser capaces de percibir cuándo estas energías
están a punto de salir a la superficie, o de iniciar hábilmente su flujo y
aparición en el campo del grupo en el momento adecuado. Deben notar de
forma precisa cuándo el flujo se vuelve demasiado intenso y saber
intuitivamente cómo aplacar esa intensidad. Deben percatarse de cuándo hay
que introducir más contenido, porque el proceso aún no está completo, y
cuándo ha culminado. Deben ser capaces de invitar y crear un espacio seguro
para la luz superior, esa gracia del futuro que tiene el poder de transformar el
pasado. Todo esto exige algo más que una comprensión cognitiva: requiere
desarrollo personal, conciencia multidimensional y sintonía con los principios
superiores que están en acción.
Preselección y cofacilitación
La luz superior es la energía que sustenta el sistema nervioso del grupo y
transforma las capas de fragmentación del trauma. A través de la coherencia
del campo, los sistemas nerviosos de todos los participantes se vinculan
energéticamente. Si algunos de los asistentes están fuertemente
traumatizados, esto puede activar involuntariamente una fuerte disociación
hacia el proceso en otras personas presentes en la sala y al mismo tiempo
reforzar los síntomas o efectos del trauma. Por eso es aconsejable incorporar
un proceso de selección funcional antes de cualquier taller de CTIP, además
de asegurarse de que siempre haya suficientes cofacilitadores durante su
celebración.
El personal de apoyo terapéutico debe estar bien entrenado en el proceso y
tener una formación psicoterapéutica. Deben ser capaces de reconocer los
síntomas y las respuestas traumáticas. Su papel consistirá en entrar
silenciosamente en la sala cada vez que un individuo parezca necesitar apoyo
y animarle suavemente a acudir a un espacio separado para recibir atención
directa. Dado que algunos individuos pueden pasar desapercibidos incluso
con la selección más cuidadosa (por ejemplo, aquellos que no recuerdan
conscientemente sus historias traumáticas personales u otros que no son
conscientes de la forma en que puede sentirse la memoria ancestral hasta que
comienza el proceso), es fundamental contar con la presencia de
cofacilitadores capacitados. El CTIP es poderoso y afecta al conjunto de
manera profunda. Aunque no todos los asistentes se verán afectados de la
misma forma, todos deben sentirse plenamente apoyados.
Con objeto de mantener la visión y la intención de la sanación colectiva, se
necesita personal de apoyo y facilitación capacitado y hábil. Hacemos este
trabajo al servicio de la colectividad, y esto requiere una ética e integridad
máximas. Exige un compromiso con el autocuidado, los cuidados posteriores,
una intervisión y supervisión continuas, así como con una comunidad
despierta de compañeros de CTIP con los que crecer, trabajar, intercambiar
consejos y compartir conocimientos.
Las recompensas
El proceso del trauma colectivo no es un procedimiento limpio y lineal con
un resultado directo y programable. Para entenderlo, podemos organizarlo en
etapas y ondas, pero no es una máquina en la que una entrada ofrece un
resultado. El CTIP constituye un sistema complejo; los componentes que
participan en él (algo que se inicia mucho antes de que atravesemos el
proceso) son variables e inmensos. Para que el proceso funcione se necesita
inteligencia, dedicación y sinergia de grupo. Y el resultado del proceso —ya
se lleve a cabo de forma correcta o incorrecta— se expresará
exponencialmente, a escala de los sistemas. No solo los participantes
experimentan los efectos, sino también las familias, las comunidades y las
culturas con las que interactúen en el futuro. El CTIP constituye una
acupuntura para el cuerpo colectivo. El regalo más aleccionador de esta tarea
es el reconocimiento de que, después, se siente una mejoría vibracional donde
tuvo lugar el proceso. Cuando la sanación del CTIP se repite en una ciudad,
región o país en particular, muchos sienten que la composición energética de
la sociedad comienza a cambiar. Las energías evolutivas bloqueadas se
liberan y la innovación puede surgir. Con el tiempo, una zona que era
problemática puede convertirse en próspera y floreciente.
Tal vez esto suene extraño, pero yo y muchos otros hemos observado estos
cambios radicales una y otra vez. Al crear una gran coherencia relacional en
los grupos e infundir estos campos con presencia interior y exterior, nos
convertimos en herramientas de transformación colectiva. Muchos crean
estos campos para meditar sobre la paz mundial y otros se reúnen en una
diversidad de cultos religiosos o espirituales para orar por la sanación.
Diferentes personas de todo el mundo crean campos de resonancia, incluso
sin saberlo, en un esfuerzo por enviar energía curativa a los ecosistemas
vulnerables de la Tierra. La intención y el enfoque alineados son
manifiestamente poderosos. Al despertar juntos en nuevos campos de
coherencia, empezamos a activar la respuesta inmunitaria natural de la
humanidad, reactivando la arquitectura a través de la cual nuestra propia
inteligencia divina puede purificar y reparar el sistema humano y ayudar a
desintoxicar nuestro mundo.
Algunas personas asisten al CTIP con el deseo de una sanación personal
más profunda, que ciertamente puede tener lugar, pero la integración del
trauma colectivo es una sanación al servicio de los demás, de la propia
humanidad. Es la reparación que ofrecemos por las atrocidades soportadas
por nuestros antepasados y por el sufrimiento que todos albergamos por vivir
en un mundo traumatizado. Es una luz con la que podemos alumbrar nuestra
oscuridad común, no rechazándola, sino asumiendo que nos pertenece.
67 Pema Chödrön, Los lugares que te asustan, Barcelona: Oniro, 2004. (N. de la T.)
8.
LA IMAGEN DE UN MUNDO
TRAUMATIZADO
«Hay buenas razones para sugerir que la era moderna ha terminado. Numerosos indicios señalan que
estamos atravesando un periodo de transición en el que parece que algo está desapareciendo y algo
nuevo está surgiendo penosamente. Es como si algo se desmoronara, se descompusiera y se agotara,
mientras que otra cosa, aún indistinta, se levantara de entre los escombros».
VACLAV HAVEL New York Times
como una matriz, palabra que tiene su
E
L CAMPO COLECTIVO SE HA DESCRITO
origen en las voces latinas ma¯ter, que significa «madre», y ma¯trı¯x,
cuyo significado es «vientre». En el ámbito arqueológico, el término
matriz se refiere al suelo que rodea el yacimiento, y en los campos de la
escultura y la fabricación, a una estructura a partir de la cual se moldea un
objeto o una pieza de arte. Del mismo modo, el campo colectivo invisible es
fundacional y morfogénico; contiene nuestros patrones de ensamblaje y
nuestra programación compartida —impulsos para la creatividad, la creación
de significados y arquetipos antiguos y emergentes—, así como nuestros
códigos de comunicación y conexión. Pero la energía oscura e inconsciente
de los traumas históricos y culturales está superpuesta en esta matriz, y
también es formativa, manifestativa y demiúrgica.
Nuestra sombra común aparece como una masa invisible o inercia, que
presiona el campo y se abalanza sobre nosotros. Por su naturaleza, el trauma
impide la integración y promueve la desintegración. Sus síntomas aparecen
de forma polivalente a través de las actividades humanas, alimentando la
desconexión, la disociación, la apatía y el malestar, y estimulando una
conducta antisocial en líderes, empresas e instituciones. El trauma constriñe
el desarrollo evolutivo, retrasa el progreso e inhibe la innovación,
manifestando un bucle de retroalimentación negativa de estancamiento, así
como colapso sistémico y cultural. Si no se reconoce ni se resuelve, la
energía oscura que arrastramos acaba convirtiéndose en los problemas
difíciles de resolver de nuestro tiempo.
Nos encontramos en un momento complejo de la historia, ante un umbral
inescrutable, y de nosotros depende que se trate del borde de la destrucción o
la cúspide de un cambio sin precedentes. Una cosa está clara: no podemos
convencernos de la necesidad de transformación basándonos únicamente en
los hechos. Debemos sentir la realidad más profunda de nuestro tiempo para
conocer la crisis que presenta y así empoderarnos para cambiarla y hacer
realidad un nuevo futuro.
Sentir de verdad es enraizarse en el cuerpo, integrarse y ser completo. La
transfiguración llega a través de la presencia.
PRESENCIA, AUSENCIA Y LA CREACIÓN DE UN ESPACIO DE ACOGIDA PARA EL
TRAUMA
DR. OTTO SCHARMER
En muchos países, contextos y sistemas nos enfrentamos a tres grandes divisiones —el ámbito
ecológico, social y espiritual— que surgen de la desconexión entre el yo y la naturaleza, el yo y el otro,
y el yo y el yo. Por lo tanto, considerar el trauma desde la perspectiva de un cambio de sistemas basado
en la conciencia significa observar los síntomas del trauma desde un punto de vista que tiene en cuenta
estos tres problemas centrales, incluyendo su origen.
De este modo, vemos que un gran número de los problemas que se han producido a lo largo de la
historia y que padecemos en nuestra sociedad hoy en día son recreaciones de traumas. La violencia
suele estallar cuando se reactiva un trauma. No podemos entender Oriente Medio sin las Cruzadas. No
podemos entenderlo sin el Holocausto. Se trata de traumas muy profundos que pueden activarse y
derivar en violencia. De modo que puede decirse que la historia es una repetición, una recreación de los
traumas del pasado. Y hay muchas pruebas de ello. Pero también estaríamos cegándonos si nos
limitáramos solamente a esa perspectiva.
Porque algo nuevo está sucediendo.
En el siglo XX el totalitarismo de Hitler, Stalin y otros fue algo que no habíamos visto antes. Y en este
siglo, está ocurriendo algo que, de nuevo, no puede entenderse solo desde la óptica del siglo XX. Me ha
interesado arrojar más luz sobre ello desde la perspectiva de hoy en día, la perspectiva de ahora. El
momento actual en el que vivimos es un momento de disrupción. Y para todos nosotros esto significa
que el futuro va a ser diferente. No sabemos exactamente cómo ni mucho menos la forma de llegar a él.
La perspectiva de la presenciación sugiere que, para hacer frente a la disrupción, para pasar de aquí a
allí, tenemos que emprender un viaje. En parte, se trata de un viaje exterior, que implica ir hasta los
bordes del sistema. Y en parte, es un viaje interior que conecta con las capas más profundas de nuestra
propia experiencia. Porque, si conectamos con la experiencia verdadera y profunda del ahora, nos
damos cuenta de que el futuro ya está aquí. Nos damos cuenta de que nuestra experiencia actual no se
basa únicamente en la «realidad» actual o está impulsada por el pasado, sino que el futuro ya está ahí,
en la experiencia más profunda del ahora.
Pero a menudo no sabemos cómo responder a este momento de disrupción y a las situaciones a las
que nos enfrentamos como individuos u organizaciones o como comunidad global. Cuando observamos
empíricamente cómo responden las personas a la disrupción, así como la forma en que la disrupción
afecta a los sistemas organizativos, sociales o globales, creo que vemos el mismo patrón en todos los
países, que incluye básicamente dos tipos de respuestas: retroceder o inclinarse hacia adelante. La
vuelta atrás se basa en una reacción de parálisis y funciona como tal. Paralizar la mente, el corazón y la
voluntad, también conocido como ignorancia, odio y miedo. Volvemos hacia atrás para «ser grandes de
nuevo». La palabra más importante de esa expresión es de nuevo, porque constituye una orientación
hacia el pasado, un estado proyectado que buscamos restablecer.
Sin embargo, inclinarse hacia algo que aún no conocemos —apostar por el futuro emergente—
requiere abrir la mente, el corazón y la voluntad, y esto solo es posible si accedemos a nuestra
capacidad de curiosidad, compasión y coraje. A esta segunda respuesta la llamo el ciclo de presenciar,
de estar presente y de conectar con la posibilidad futura más elevada. La otra respuesta es la de
ausentarse, porque da como resultado estar ausente frente a nuestra situación actual. Cuando miramos
esto con más detalle, vemos que tener una mente cerrada significa estar atrapado en una verdad o en
una ideología. Atascado en el pasado, básicamente. Un corazón cerrado significa estar atascado en la
propia piel, es nosotros contra ellos. Y una voluntad cerrada es estar atascado en una resolución, una
especie de miedo o fanatismo. Con la ausencia, no hay evolución en nuestra capacidad como seres
completos.
Lo interesante de la ausencia es que no se trata de ver sino de cegar. No se trata de sentir sino de des-
sentir. Quedar atrapado en tu piel como individuo, pero también en una piel colectiva. No se trata de
conectarse con la fuente y la presencia, sino de desconectarse de la posibilidad futura más elevada. Las
puertas de entrada a la ausencia son la negación, el atrincheramiento y el aferramiento.
Esto está muy presente en nuestra sociedad actual. El presidente Trump ya ha expresado más de ١٢
000 mentiras y declaraciones falsas o engañosas desde que está en el cargo. ¿Ha afectado esto a su
popularidad? En absoluto, al menos no de manera significativa. Y ese es el mundo de la política de la
posverdad en el que vivimos. Y se trata de una situación colectiva que tiene lugar en cada vez más
países. De hecho, se encuentra en todos más o menos activada.
Vemos cómo las sociedades se desmoronan. Lo vivimos en Estados Unidos, pero también en muchos
otros países. Y uno de los principales factores que contribuyen a ello es el filtro burbuja: el modo en
que las redes sociales han amplificado nuestra desconexión de la diversidad, de la apertura a otros
puntos de vista. La estrategia política que está detrás de la victoria de Trump y del Brexit es una
maniobra intencionada basada en datos que se centra en la mentira. Se trata de una ignorancia que
activa el odio, la ira y el miedo. Y también está la manipulación y la represión de los votantes. Cuando
observamos esto como un fenómeno social, lo vemos aparecer de múltiples formas diferentes, en la
política, la economía y la comunicación.
La ceguera y la desensibilización señalan que estás desconectándote horizontalmente: te desconectas
de lo que ocurre a tu alrededor, mientras que ausentarse es una desconexión vertical: te desconectas de
tu ser superior, de tu posibilidad futura más elevada. Cualquier sistema social que esté lidiando con
estas dos desconexiones mostrará el mismo fenómeno, que es manipular, culpar, abusar y sembrar
violencia y destrucción.
La manipulación, la culpabilización de los demás y la incapacidad de reflexionar sobre uno mismo
pueden verse en los abusos de la Iglesia católica y de muchas otras instituciones en todos los países. Y
el resultado es la violencia. Yo distingo tres formas de violencia. Las dos primeras son la violencia
directa y la violencia estructural (la violencia directa implica a los autores y a las víctimas individuales
o grupales). La violencia estructural es aquella en la que hay víctimas, pero no hay una persona o
personas que puedan ser consideradas como verdugos. Por ejemplo, la pobreza, el hambre, el
subdesarrollo son formas de violencia estructural que vemos en muchos países. Y es la estructura
económica la que está detrás de ellas. Por lo tanto, el autor no es un individuo, son nuestras acciones
colectivas. Y creo que hay un tercer tipo de violencia a la que llamo violencia atencional. La violencia
atencional consiste en no ver a otra persona, a otro ser humano, en función de quién es de verdad, o por
su posibilidad futura más elevada. Cuando lo que eres de verdad no es visto por la sociedad, se ejerce
una forma de violencia sobre ti, que deriva en la destrucción de la naturaleza, del otro y de uno mismo,
las tres divisiones que he mencionado antes.
El fenómeno de presenciar se encuentra al otro lado de la manipulación, la culpa, la violencia y la
destrucción. Se trata de dejar llegar, consolidar y dar a luz —primero de forma experimental y luego
encarnando— lo nuevo. Se trata de traer algo a la realidad, un potencial más profundo y latente, dar a
luz a eso en la realidad, permitir que algo crezca en el interior y luego pase a la realidad. Cada uno de
nosotros participa en cualquiera de los dos lados de la ecuación, de una manera u otra. Y este marco y
lenguaje nos permiten no solo mirar los traumas que se han generado en el pasado, sino también
observar la elaboración más profunda de los traumas y de la violencia estructural y atencional directa
que está teniendo lugar ahora, y que es única en nuestro siglo.
Hoy en día realmente tenemos dos narrativas en marcha. Está la historia de la ausencia y todos los
problemas que la rodean. Y luego está el despertar humano más profundo que está teniendo lugar en
todo el planeta. Y se trata de una narrativa muy poderosa, la historia más importante que no se ha
contado. ¿Por qué? Porque toda la conversación colectiva está absorbida por la amplificación de la
ausencia, que acontece a través de las redes sociales y los medios tradicionales. Así, por ejemplo, según
un reciente estudio del MIT, cuando compartes noticias falsas, tu tuit tiene un 40 % más de
probabilidades de ser reenviado que las noticias auténticas. Y para las grandes empresas de datos como
Facebook, la ausencia es mejor para su negocio. Sus ingresos publicitarios se basan en la participación
de los usuarios y esta es mucho mayor cuando se activa el odio, la ira o el miedo. Esos son los motores
más poderosos para la implicación de los usuarios, por lo que son el modelo de negocio principal.
La pregunta es: ¿cómo podemos, como facilitadores del cambio, gestionar el fenómeno de la
ignorancia, el odio y el miedo, el fenómeno de la ausencia colectiva? Esa es la nueva situación con la
que trabajamos en este siglo. ¿Cómo la abordamos fuera y dentro de nosotros mismos en el nivel de la
colectividad? Creo que un mecanismo principal tiene que ver con hacer que los sistemas tengan sentido
y se vean a sí mismos. Tiene que ver con crear un espacio en el que, a través del uso de los datos y de
las tecnologías sociales, desarrollemos procesos que nos permitan no solo vernos, sentirnos y
percibirnos a nosotros mismos, sino también ver, sentir y percibir el sistema que estamos creando
colectivamente de una manera más integrada. De hecho, en el cambio de sistemas basado en la
conciencia ese es el enfoque principal. Gran parte de este trabajo tiene que ver con la creación de estos
espacios a un nivel en el que podamos sostener la complejidad, lo que suele resultar muy difícil cuando
se trata de experiencias traumáticas del pasado.
La creación de este espacio de acogida comienza con ver a la otra persona como realmente es, usando
la capacidad profunda de ser un testigo incondicional. Y a medida que profundizamos en este proceso
hacia el corazón abierto, aceptas al otro. No solo ves, sino también sostienes el momento actual y
aquello que quiere surgir. Y nace el gesto de prestar apoyo, que significa estar cien por cien al servicio
de la evolución del otro y de la colectividad. Esto se basa en la confianza incondicional en que la otra
persona accederá a su posibilidad más elevada, que también es una confianza incondicional en la
capacidad de la colectividad, la confianza incondicional de que nosotros, como colectividad, podemos
remodelar nuestra economía, nuestra democracia y nuestros sistemas de aprendizaje y liderazgo de
forma significativa y profunda, lo cual, hasta cierto punto, ya estamos haciendo, más de lo que la
mayoría de la gente cree que es posible.
Después de facilitar un gran número de CTIP en diferentes regiones y
países, he llegado a comprender que la misma energía de negación y
resistencia que surge durante el proceso de integración grupal existe en todas
partes a nuestro alrededor, en todo el mundo. Puede percibirse como una
poderosa presión que empuja hacia abajo a nuestras comunidades y naciones
(¡excepto cuando esa pesadez inhibe nuestra propia capacidad de reconocer
que existe!). La energía del trauma toca cada rincón de nuestro mundo, y
afecta a nuestros gobiernos, instituciones y formas de vida. En este capítulo
consideraremos algunas de las consecuencias a gran escala del trauma no
sanado y cómo se manifiesta en el mundo. En algunos momentos, esta
información puede parecer sombría o incluso desesperanzadora, por lo que te
insto a permanecer presente con los sentimientos que te suscite la lectura. La
tendencia a la desesperación o a alejarse es en sí misma un síntoma de trauma
no resuelto, y si has llegado hasta aquí ya conoces la responsabilidad que
tenemos de atenderlo juntos (en el capítulo 9 exploraremos las hermosas
posibilidades que podríamos hacer realidad en nuestro mundo a través de la
integración continua del trauma colectivo).
Este es un buen momento para recordar que la tendencia a reprimir la
energía del trauma (el malestar que provoca) es inicialmente una respuesta
inteligente del sistema nervioso colectivo. Se trata de un proceso que nos
protege del dolor y el sufrimiento abrumadores derivados de la guerra, el
genocidio étnico, la injusticia económica y racial y otras innumerables
barbaries. La energía del sufrimiento intenso se aleja de la conciencia
simplemente para que la vida pueda continuar. La negación nos permite
sobrevivir a lo insuperable durante un tiempo, pero si se alarga demasiado,
cualquier mecanismo de defensa inconsciente se vuelve perjudicial para la
vida. Cuando la negación colectiva no se aborda, vemos la proliferación de
grupos que niegan que se produjera el Holocausto, que se librara una guerra
civil para defender la institución económica basada en la discriminación
racial que supuso la esclavitud en Estados Unidos o que cientos de miles de
musulmanes rohinyás estén sometidos a una limpieza étnica consentida por el
Estado en forma de asesinatos en masa, violencia sexual y el exilio forzoso
de Myanmar, una nación principalmente budista 68.
La represión, la resistencia y la negación cumplen una función crucial para
la supervivencia humana… hasta que dejan de hacerlo. Cuando la negación
del trauma se prolonga demasiado, empieza a cobrar un precio muy alto, una
deuda que a menudo deben saldar las generaciones siguientes.
La descorporización en la matriz del trauma
Las reacciones disociativas al trauma, como los flashbacks, la amnesia, los
estados de fuga, la despersonalización/desrealización, el sonambulismo y los
estados de sueño, hablan directamente del impacto del trauma en la
corporeidad. La Dra. Alison Rhodes informa sobre un estudio relativo a los
beneficios de la práctica de corporización para los supervivientes de traumas:
«Los supervivientes tienen dificultades para estar presentes en sus vidas. La respuesta
condicionada al miedo, que es el legado de vivir con un trauma durante un periodo prolongado, les
lleva a reaccionar ante nuevos estímulos de formas que, en el mejor de los casos, son irrelevantes y,
en el peor, gravemente perjudiciales; tienden a reaccionar de forma exagerada ante estímulos
inocuos, a no reaccionar ante el peligro y a bloquearse ante los desafíos» 69.
Los supervivientes que participaron en el estudio de Rhodes
«experimentaban su cuerpo de forma “constreñida”, “insegura” o “dolorosa”,
o bien sentían un desapego total de su cuerpo y mente» 70. En el transcurso
del estudio, los participantes realizaron una práctica regular de yoga,
incorporando la respiración y el movimiento conscientes. Al final, afirmaron
de forma abrumadora sentirse más seguros, más confiados y más conectados
consigo mismos y con su cuerpo, y más a gusto con otras personas en su vida.
Cuando no estamos enraizados en el cuerpo, nuestro sistema nervioso es
incapaz de inervar plenamente el cuerpo físico, lo que embota la percepción y
restringe la vitalidad, o bien da lugar a expresiones desequilibradas de esa
fuerza. «Poseemos» cuerpos sin estar plenamente presentes en ellos. El
trauma colectivo crea una descorporización colectiva. A consecuencia de
vivir bajo la presión de un campo traumatizado, los grupos se fragmentan, se
disocian y se desconectan unos de otros. Se reduce nuestra capacidad de
habitar total u holísticamente la plenitud de nuestro potencial como seres
encarnados. Es como si hubiéramos acordado colectivamente, aunque de
forma inconsciente, estar en el planeta sin residir plenamente en él.
A medida que la corporalidad se fortalece, empezamos a notar la intensidad
de la descorporización en el mundo. Observamos que algunas personas se
sienten parcialmente descentradas del núcleo de su cuerpo. Otros parecen
estar lejos, como si el cuerpo estuviera siendo controlado a distancia, o
pueden parecer pesados como si sus voces emergieran de debajo de un
espacio desordenado o cubierto situado en el tercio inferior del cuerpo. Otras,
en cambio, se sienten como si residieran en algún lugar por encima de la
región de la cabeza, que puede parecer desvinculada del resto, como si
estuviera unida únicamente por el hilo de un globo.
Lo que no podemos ver ni sentir puede ser simplemente inconsciente y, por
tanto, desconocido para nosotros. A menudo descubrimos estas partes
desconocidas solo después de que surjan los síntomas o cuando otra persona
con gran sensibilidad perceptiva nos ayuda a reconocerlas.
Hemos visto en los capítulos anteriores que el enraizamiento y la
corporeidad se alinean a través de la relación y la seguridad. El arraigo es
nuestro estado natural y la sensación de desarraigo requiere un esfuerzo por
parte del cuerpo-mente. La descorporización es desconexión. Nos impide
conectar bien o plenamente con nosotros mismos, con otras personas o con la
Tierra. La descorporización masiva nos separa de la naturaleza, e impide que
muchas personas sientan la verdad o la urgencia de nuestra crisis climática
global y, por tanto, sean incapaces de abordarla.
He escrito que el trauma no atendido daña la capacidad de relación (y, por
tanto, crea descorporización). Cuando no podemos relacionarnos desde el
presente, reaccionamos y nos enfrentamos a las circunstancias actuales desde
el pasado no sanado. El trauma fractura y quiebra porciones vitales del yo,
congelando aspectos escindidos fuera del tiempo presente y manteniendo
partes fundamentales de la psique en el pasado. Estos fragmentos dislocados
crean bloqueos energéticos en los meridianos, manifestando esa ruptura en el
sistema nervioso y fomentando la disociación y la represión futuras. Pues
bien, el mismo bucle de retroalimentación negativa se produce en el cuerpo
colectivo; nos mantenemos en planos paralelos fragmentados del tiempo, en
lugar de en sincronía; en incoherencia, en lugar de en resonancia. No
podemos vernos ni sentirnos con precisión. Al igual que las crisis personales
nunca pueden resolverse a partir de la dislocación o la desconexión (y solo se
verán agravadas por ella), ninguna crisis cultural o planetaria puede
afrontarse adecuadamente mientras estemos bloqueados, rotos y divididos.
El término responsabilidad se refiere a nuestra capacidad de respuesta.
Podemos esperar responsabilidad personal de nosotros mismos y de los
demás o exigir responsabilidad social a nuestras instituciones, pero, cuando la
descorporización es alta, la capacidad de respuesta se reduce. Cuando
estamos embotados y disociados o activados de forma reactiva, parecemos
zombis. Puede que nuestros miembros y rostros estén animados, pero hay
poca luz en la mirada. Nos proyectamos en los demás y los dividimos, sin
reconocer la sombra rechazada ni la luz que permanece oculta.
Toda crisis social es una crisis relacional —ya sea económica, migratoria o
climática—, y es, por tanto, una crisis de corporización. Muchos de los
problemas difíciles de resolver de nuestro mundo son la consecuencia
inevitable de un trauma colectivo no resuelto y la descorporización, así como
de la falta de relación que crean estos males. Problemas sistémicos como la
pobreza, el hambre, la delincuencia, la enfermedad y la violencia se
consideran intratables o incluso imposibles de resolver. Aunque casi todo el
mundo reconoce su existencia, muchos siguen siendo incapaces de sentirlos
plenamente, lo que constituye el núcleo de su irresolubilidad.
Sentir los problemas de nuestro mundo es conocer el sufrimiento que
provocan, pero esto requiere una «capacidad de respuesta» compasiva. Si no
abordamos el trauma colectivo del mundo con claridad y compasión,
ponemos en peligro la supervivencia de nuestros hijos y de los hijos de estos,
así como de innumerables especies. Un año después de la detonación de las
bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki,
Albert Einstein rogó al público que reconociera un principio clave que se
encuentra en la base de esta verdad:
«Nuestro mundo se enfrenta a una crisis aún no percibida por quienes tienen el poder de tomar
grandes decisiones para bien o mal. El poder desatado del átomo lo ha cambiado todo, excepto
nuestros modos de pensar y, de este modo, nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes. Los
científicos que liberamos este inmenso poder tenemos la responsabilidad abrumadora, en esta lucha
a vida o muerte, de utilizar el átomo para el beneficio del género humano y no para su destrucción.
[…] Es esencial un nuevo tipo de pensamiento si la humanidad ha de sobrevivir y avanzar hacia
niveles superiores» 71.
En un extremo está el dualismo cartesiano o la división mente-cuerpo, y en
el otro, el «fantasma en la máquina»72. La mente se ha venerado como algo
separado y, por tanto, más allá de la materia, o bien se ha considerado que
surge totalmente de esta, siendo la conciencia un subproducto casual del
cerebro. Pero ¿y si la mente y el cuerpo, la cabeza y el corazón, el espíritu y
la materia, la conciencia y la forma, y la onda y la partícula fueran
indivisibles? ¿Y si somos conjuntos integrados, interrelacionados,
interpenetrados, transformativos y cocreativos? Esta es la base del
enraizamiento en el cuerpo y las prácticas de corporización, que cuentan con
un creciente apoyo en múltiples disciplinas como la lingüística, los estudios
de la conciencia, la filosofía, la psicoterapia, la psiconeuroinmunología y la
medicina, la física moderna, la espiritualidad, etc.
Los impactos sistémicos del trauma colectivo
Al igual que la verdad, la sombra siempre sale a la superficie.
La energía reprimida no desaparece, ni tampoco la energía oscura o
rechazada puede destruirse, sino que necesita moverse, convertirse,
transmutarse; debe encontrar una expresión. De este modo, el material
inconsciente asciende una y otra vez a la superficie, buscando ser encontrado,
desintoxicado y aclarado. Hasta que el trauma se reconozca, se sienta y se
libere, se experimentará desde fuera en forma de repetición compulsiva y
proyección, y desde dentro como tensión y contracción, reducción del flujo
vital, enfermedad o malestar.
Innovación y sociedad
La era moderna ha sido testigo de asombrosos avances: descubrimientos
revolucionarios en la ciencia, la medicina y los negocios, que han sido
posibles en gran medida gracias a la innovación disruptiva en el sector
tecnológico. Las mejoras en los niveles de vida en forma de saneamiento,
vivienda, reforma laboral y atención sanitaria han ampliado la vida humana y
han garantizado la invención, la innovación y el progreso continuos, desde la
electricidad, los automóviles, los aviones, los ordenadores, los satélites, las
naves espaciales y más allá, incluyendo la IA, el aprendizaje automático, la
robótica, los coches autónomos, el mapeo del cerebro y del ADN y la
computación cuántica. Con cada nuevo descubrimiento, damos un paso
adelante en nuestra búsqueda de comprensión.
Sin embargo, el legado del materialismo newtoniano y el dualismo
cartesiano sigue dando forma a nuestras interpretaciones del yo, del otro y del
mundo. El pensamiento científico sigue dominado por la perspectiva de que
vivimos en un universo frío, atomístico y totalmente fortuito que puede ser
analizado, predicho, conquistado, utilizado y explotado. Esta idea impera en
la política, el capitalismo, el mundo académico, la medicina, la psicología e
incluso la religión. Es la visión del mundo de la individuación y el
individualismo, basada en el mito de la separación.
Al haber establecido la división entre mente y materia, objetivamos el
cuerpo, el «otro» y la Tierra. La mente se diferencia de las emociones y se
eleva por encima de ellas, y ambas se consideran distintas del cuerpo. Se da
poca autoridad a la intuición, el instinto, la emoción, la compasión, la
comunión o la creatividad. Divididos y compartimentados, hablamos de en
vez de desde la vida. Nos mantenemos distantes y alejados de nosotros
mismos y de los demás, adheridos a la interpretación, pero recortados del
sentimiento. Nos aferramos a nuestra descorporización por medio de la
intelectualización, la compartimentación y la distracción, que ayudan a
ocultar nuestras heridas.
Pero mientras estemos divididos y separados, seguiremos sin poder acceder
a todas nuestras capacidades sutiles. Incapaces de sentir que nos
pertenecemos unos a otros o al mundo. Incapaces de sentir la inteligencia
numinosa de nuestro universo o de reconocer que en última instancia estamos
viajando a lo largo de su curso evolutivo. La ilusión de la separación hace
que nos temamos, nos odiemos y nos explotemos los unos a los otros, que
dañemos el cuerpo y la psique, que rechacemos la naturaleza y abusemos del
medio ambiente, que maltratemos a los animales, a los niños y a nosotros
mismos, que repudiemos el espíritu y neguemos el alma.
Podemos volvernos adictos a los programas de cocina y, sin embargo, saber
muy poco sobre la procedencia de nuestros alimentos, los aditivos añadidos o
la distancia que han recorrido para llegar a nuestros platos. Consumimos
plantas sin saber cómo se han cultivado, si se ha protegido el suelo donde han
crecido, si proceden de cultivos transgénicos o qué pesticidas químicos se
han empleado para cultivarlas. Al morder una manzana comprada en la
tienda, rara vez nos preguntamos si su adquisición contribuyó sin saberlo al
colapso generalizado de las colonias de abejas o si la exposición reiterada a
los insecticidas supone riesgos para la salud de los trabajadores agrícolas y
sus familias.
Conocemos los detalles íntimos de los famosos mientras que estamos
mucho menos atentos a las verdades más profundas de nuestra vida. Nos
parece normal que las estrellas de cine, los deportistas y los ejecutivos de
fondos de inversión ganen millones de dólares, mientras que la mayoría de
los profesores, trabajadores sociales, paramédicos, periodistas, cuidadores de
niños y artistas luchan por ganar un salario digno. Aceptamos que la
corrupción es un hecho en los gobiernos y los negocios, y nos mantenemos al
margen mientras los plutócratas, los cleptócratas, los oligarcas y los
delincuentes de cuello blanco alcanzan los puestos más altos del poder en
ambos ámbitos. Reconocemos que los deportes profesionales, la industria de
los cosméticos, la mercadotecnia en los medios sociales, así como la prensa y
la televisión sensacionalistas se embolsan miles de millones de dólares cada
año, mientras que en gran parte del mundo las escuelas carecen de fondos y la
educación esencial se resiente. De este modo, enviamos a nuestros hijos a
colegios deplorables o aceptamos como ley de vida que los hijos de otras
personas asistan a centros en los que la disciplina estricta, el control y los
resultados de los exámenes estandarizados se valoran más que la satisfacción
de los alumnos, de modo que la curiosidad, la alegría y la vida desaparecen
del aprendizaje.
Cuanto más rechacemos nuestra oscuridad, más posibilidades tendremos de
autocumplir las profecías que más temor nos suscitan. Pero a medida que
recuperamos el contenido de nuestro inconsciente, vamos convirtiéndonos en
mejores seres humanos, más capacitados para construir un mundo mejor. En
lugar de fomentar el daño y la desconexión, las tecnologías que creemos
desde esa perspectiva potenciarán la benevolencia de la vida misma.
Medicina y salud
El trauma no solo daña la mente, sino también el cuerpo. Reduce nuestra
capacidad de prosperar. Como reveló el Estudio de Experiencias Adversas en
la Infancia, el número de traumas clave que experimenta un niño se
correlaciona con enfermedades crónicas y terminales en la vida posterior e
incluso con la muerte prematura 73. La carga de los traumas heredados en las
sociedades de posguerra parece confirmarse por el dramático aumento de los
trastornos autoinmunes y el número o el grado de los trastornos de salud
mental que vemos diagnosticados hoy en día 74.
Los traumas no sanados pueden manifestarse físicamente a través de la
supresión celular, el desequilibrio metabólico, el desequilibrio hormonal, el
dolor somático, la reducción de la claridad mental, la angustia emocional y la
enfermedad 75. A escala colectiva, la acumulación de traumas se expresa a
través de la degradación medioambiental, la explotación empresarial, la
opresión étnica o religiosa, la discordia política, el malestar social, los
conflictos armados, la pobreza pandémica, las enfermedades endémicas, la
depresión epidémica, el aumento de las tasas de suicidio (como en Alemania,
Israel y Estados Unidos) y muchas otras lacras sociales 76.
Dado que el trauma es sistémico y se manifiesta en casi todos los sectores
de la sociedad, afecta y de algún modo permea incluso nuestras instituciones
sanitarias y los mecanismos que empleamos para tratar y prevenir la
enfermedad. En general, en las naciones desarrolladas que utilizan alguna
forma de asistencia sanitaria universal el acceso a la atención médica está
garantizado, los costes derivados son menores y los resultados en materia de
salud pública son mejores que en otros lugares. Sin embargo, incluso en
países como el Reino Unido, los hospitales y clínicas pueden carecer de
fondos suficientes, lo que hace que los sistemas estén sobrecargados y sin
personal suficiente 77. Con frecuencia, los pacientes se ven obligados a
esperar mucho tiempo para recibir el tratamiento o la atención quirúrgica
necesarios 78, y los servicios médicos se racionan o reducen. Debido a la
limitación y la presión, los médicos, las enfermeras y el resto del personal
sanitario se ven desbordados y son más vulnerables a la ansiedad, la
depresión y otros problemas. Además, las innovaciones importantes pueden
quedar bloqueadas o restringidas, o adoptarse de una forma equivocada.
Cuando nuestros sistemas de atención sanitaria están infrafinanciados y
desatendidos, reflejan el estado del sistema inmunitario global. No disponer
de suficiente energía es un síntoma de trauma colectivo. Podemos considerar
normal no tener suficientes recursos para la autocuración: así es el mundo.
Pero no lo es. Se trata de una señal de que hay aspectos vitales de nuestra
vida colectiva que están menos energizados de lo que deberían.
Estados Unidos, la única nación industrializada del mundo sin un sistema de
asistencia sanitaria universal, suele dar prioridad a los costes elevados y la
escasa regulación, lo que puede llegar a traducirse en investigaciones poco
sólidas, la proliferación de fármacos sintéticos con fines de lucro,
dispositivos médicos que se han probado poco o nada en absoluto 79, así como
cirugías y procedimientos innecesarios o invasivos 80. La ética médica queda
relegada a un segundo plano con demasiada frecuencia frente a los beneficios
y el prestigio, de modo que la innovación está impulsada en parte por el
deseo inconsciente de supremacía en lugar de alinearse con el juramento
hipocrático y su dictado fundamental: «Lo primero es no hacer daño».
En un sistema dirigido a instancias de las empresas con ánimo de lucro, las
personas que no pueden pagar se ven abocadas a no recibir tratamiento. Otros
estadounidenses quedan atrapados en la incertidumbre económica debido a
los crecientes costes de los seguros, los medicamentos, las visitas al médico y
la atención de urgencia o quirúrgica. En este contexto, la importancia de la
relación médico-paciente y su repercusión en la recuperación y el bienestar
suele infravalorarse o descartarse, y el papel de los estilos de vida sostenibles
y los alimentos naturales en la salud se ignora o se coarta peligrosamente.
Existen problemas comunes y generalizados con independencia del país o
de su sistema. Si bien algunos sectores pueden experimentar importantes
avances, dado que las disciplinas sanitarias están sumamente especializadas
—y, por tanto, radicalmente aisladas—, a menudo hay poca transversalidad o
funcionalidad interdisciplinar. La mano izquierda y la derecha no se
comunican. A su vez, la salud de los pacientes se resiente, aumenta la
responsabilidad de los hospitales y los profesionales, y se limita la realización
profesional de médicos y científicos por igual. En un modelo el personal
administrativo se ve obligado a dar prioridad a la productividad y la
eficiencia, controlando rígidamente todos los aspectos de la atención al
paciente, mientras que en otro la administración se ve sumida de forma
inflexible en la ineficacia burocrática. En cualquiera de los dos casos, el
personal sanitario sufre presión y estrés, los pacientes obtienen malos
resultados y las instituciones se vuelven frágiles y rígidas.
Los traumas culturales invisibles nos impiden cumplir el objetivo de atender
adecuadamente a los enfermos o promover la salud y el bienestar de nuestras
comunidades. Tanto en el cuerpo como en la sociedad, la sombra reduce el
flujo de datos e inhibe el principio organizador superior. No solo disminuye
la capacidad de comunicación de las células, sino también de las
comunidades, las sociedades y los sistemas que las sustentan. La sombra, el
karma, el trauma —el pasado no sanado— inhibe el impulso evolutivo y nos
deja en un estado de fragilidad en lugar de resiliencia.
Estudios recientes sobre el ámbito de la enfermería en los Estados Unidos,
Hong Kong y el Reino Unido informan de niveles desproporcionados de
estrés laboral, ansiedad y depresión con respecto al público en general, así
como de un mayor riesgo de TEPT en las enfermeras de cuidados intensivos
en los Estados Unidos 81. Trabajar en un entorno estresante en una institución
disfuncional, donde los profesionales deben enfrentarse a diario con pacientes
traumatizados, desencadena la activación de traumas inconscientes en los
propios profesionales sanitarios. Los socorristas, el personal médico de
urgencias, los centros de traumatología y los trabajadores de intervención en
crisis son el cortafuegos que trabaja para reducir o reparar el trauma a medida
que aflora en la sociedad. Actúan como el sistema inmunitario de sus
comunidades, los primeros glóbulos blancos que corren hacia el peligro y lo
rodean para limitar su propagación. Con su esfuerzo y energía, amortiguan
valientemente el grado de energía traumática que se transmite a través de sus
comunidades. Pero también absorben parte de ese impacto.
Al igual que guerreros curtidos enviados a la batalla una y otra vez, muchos
de los profesionales que se dedican a este tipo de labor generan tolerancia
hacia el sufrimiento que presencian. Para poder llevar a cabo su tarea día tras
día, los profesionales sanitarios y los socorristas deben reprimir el impacto
del trauma que soportan en su trabajo. Los paramédicos, las enfermeras de
urgencias, los bomberos y los agentes de policía suelen endurecerse ante sus
experiencias como una cuestión de supervivencia. Su capacidad de emoción y
empatía se ve necesariamente reducida. Pero, de nuevo, el chi oscuro debe ir
a alguna parte, y con demasiada frecuencia la respuesta de anestesia frente al
estrés puede aparecer en forma de problemas de salud, ansiedad, depresión o
adicciones. El estrés aumenta, la relacionalidad disminuye y, con el tiempo,
se reduce la resiliencia.
Una vez que comprendemos el impacto del trauma en los profesionales que
actúan como cortafuegos —el sistema inmunitario de la sociedad—,
reconocemos que estas personas merecen una consideración y atención
especiales. Esto incluye el acceso a la terapia y a la educación sobre el
trauma. Cuando las organizaciones cuidan del personal sanitario, los
terapeutas, los socorristas y los policías, estos trabajos son más saludables y
están más actualizados. Las instituciones que apoyan a estos profesionales se
vuelven más resilientes e innovadoras, y las comunidades y sociedades a las
que sirven pueden prosperar mejor.
Comercio y transacciones
Desde la descorporización y la desvinculación, las empresas y los gobiernos
explotan los recursos naturales y humanos de nuestro mundo. Los
trabajadores son valorados única o principalmente en términos de eficiencia y
rentabilidad. Las condiciones inhumanas e inseguras persisten en forma de
trabajo infantil, talleres de explotación, servidumbre, abuso de los migrantes
y las minorías, mataderos de «carne barata», etc. Siguen dominando los
sistemas destructivos para el medio ambiente, como el petróleo y el gas, la
minería a cielo abierto, la fracturación hidráulica, los agroquímicos, el aceite
de palma y una proliferación interminable de plásticos. Los abusos se ignoran
y se niegan o simplemente se aceptan como el precio que hay que pagar por
hacer negocios en las economías de libre mercado.
Mientras los animales, las personas y los hábitats son tratados de forma
inhumana, se fabrican y venden productos tóxicos y proliferan las dietas
insalubres, porque —en la economía informal— los problemas de salud y las
enfermedades aumentan la cuota de mercado. En todas las naciones, las
economías sumergidas suponen un impulso constante para el PIB a través del
trabajo forzado, el tráfico sexual, los bienes ilícitos, el robo de identidades, el
chantaje y otros muchos medios. Las drogas ilegales crean cárteles y
financian guerras internacionales, mientras que las drogas legales crean
gigantes multinacionales y financian el control gubernamental. Las armas de
guerra se comercializan, se trafican y se venden legalmente como medio para
obtener mayor riqueza y poder. El conflicto es una mercancía, la muerte es un
servicio y los negocios están en auge en todas partes.
Incluso en el caso de las estrellas brillantes de la cultura corporativa, para
las que existen regulaciones y es importante la responsabilidad social, las
multinacionales punteras luchan por abordar las disparidades relacionadas
con el trato justo y la remuneración equitativa. En la era del #MeToo, los
escándalos de ejecutivos siguen saliendo a la luz y muchos de los mejores y
más destacados están implicados. La mala gestión, las tormentas internas y
las oscuras prácticas financieras o de otro tipo salen a la luz. Las estrategias
de ganar a toda costa pueden generar un rápido crecimiento e incluso el
dominio del mercado, pero las victorias son temporales; el colapso es
inevitable.
Estas son las consecuencias de la falta de coherencia, de la desvinculación y
de la división mente-cuerpo/cabeza-corazón que se deriva de una sombra no
integrada. Cuando nuestros sistemas se basan en el legado de los traumas
culturales, el rápido avance y la innovación que vemos son insostenibles.
Dondequiera que se valore el beneficio por encima de la salud humana,
animal y ecológica, estamos destinados al infortunio.
Distribución de la riqueza
Según la World Inequality Database (base de datos sobre las desigualdades
económicas a nivel mundial), el 1 por ciento de población más rica posee más
del 70 por ciento de la riqueza total en China, Europa y Estados Unidos,
mientras que el 50 por ciento de población con menores ingresos posee
menos del 2 por ciento de la riqueza total. «Si las tendencias establecidas en
la desigualdad de la riqueza se mantuvieran, el 0,1 por ciento de mayores
ingresos poseería más riqueza que la clase media mundial en 2050» 82. Esta
extrema desproporción de recursos es el producto de nuestra sombra, el
antiguo legado del colonialismo, la ocupación, la explotación, la expansión y
la ruptura relacional que estas realidades han provocado.
La pobreza, la delincuencia, la desigualdad social y la degradación
medioambiental proliferan en las comunidades más devastadas por el trauma
colectivo. Estas zonas calientes experimentan menos flujo, menos chi vivo,
por lo que sus habitantes disponen de menos recursos para la realización
personal. Apagados y disociados, destinan toda la energía disponible a luchar
para satisfacer sus necesidades más básicas. La cultura en general proyecta su
sombra sobre estos lugares y sus gentes con mayor intensidad,
considerándolos feos y repelentes. Los visitantes experimentan incomodidad
y aprensión o evitan estas zonas por completo, advertidos por la energía de la
resistencia: negación, tensión, miedo u odio. Mientras tanto, los nativos
luchan por salir de allí, a menudo sin conseguirlo.
Pero la fuerza vital reprimida y desaprovechada no desaparece. Se convierte
en energía oscura y se redirige a otra parte. En nuestro mundo, gran parte de
este potencial enterrado se desvía hacia el consumismo de masas y la
conspicua adquisición de bienes materiales. Los señores del comercio
minorista son maestros de la propaganda que adoctrinan con poderosas
creencias («No soy suficiente») e incitan un deseo perpetuo en la gente
(«Para ser digno, debo adquirir x, y o z»). El resultado de este enfoque es la
acumulación masiva, el despilfarro exponencial, el endeudamiento
desorbitado y una sensación generalizada de escasez.
El dinero es como el oxígeno. Puede alimentar un sistema con la energía
necesaria, pero cuando hay demasiado puede volverse tóxico. Un exceso de
energía en una dirección merma el flujo energético hacia otras partes del
conjunto. En cualquier sistema fluido en el que los recursos están distribuidos
de forma desigual e injusta, las zonas de saturación se contaminan y
corrompen, y las zonas de carencia se debilitan o se ven privadas de aquello
que necesitan. Cuando el sistema circulatorio está dañado, la enfermedad
prolifera y después se produce la muerte.
Medio ambiente y ecología
Separados de nosotros mismos y divididos entre nosotros, ignoramos las
urgentes voces de alarma y seguimos permitiendo la destrucción activa de los
hábitats naturales. Los ríos se dragan, se desvían, se filtran y se contaminan.
Los océanos se contaminan con redes abandonadas, islas de basura y un
sinfín de plásticos, toxinas y escorrentías agrícolas. Las especies marinas se
ven perjudicadas por la pesca de arrastre, la sobrepesca, el uso de sónares y
otros abusos, y los frágiles ecosistemas se destruyen para siempre. Los
bosques se talan. Las selvas tropicales se derriban. Se eliminan cimas enteras
de montañas al servicio de los gigantes del carbón que destruyen las
comunidades y el medio ambiente, y dejan residuos tóxicos en forma de
lodos o «balsas de relave».
Hace solo unas décadas creíamos que podíamos tirar toda la basura que
quisiéramos y que esta simplemente desaparecería o al menos estaría lo
suficientemente distante como para no preocuparnos más por ella. Hoy en
día, ya no hay «lejanía»; nuestro mundo se ha hecho radicalmente más
pequeño con los avances exponenciales del transporte aéreo, las
comunicaciones por Internet y el crecimiento de la población. Los
contaminantes químicos —desde la pintura a base de plomo hasta los
pesticidas de los huertos, pasando por los fármacos y el formaldehído de los
cementerios— se filtran en las aguas subterráneas, llegando a nuestros
arroyos y lagos e incluso a los grifos de nuestras cocinas. Los microplásticos
han colonizado el mundo como un virus desbocado, desde los archipiélagos
mediterráneos y el Mar del Sur de China hasta los manglares malayos, los
ríos de Tennessee y el hielo marino del Ártico. Se han encontrado niveles
sorprendentes de estos microplásticos en el agua potable e incluso en el aire
en lugares como la India, el Líbano, Europa, Reino Unido y, sobre todo,
Estados Unidos. Aunque estas sustancias químicas son tóxicas, se encuentran
en toda la cadena alimentaria y repercuten en la salud de los mamíferos, la
vida marina e incluso los insectos esenciales. También aparecen en los
intersticios de nuestro propio cuerpo 83.
La destrucción de especies y hábitats, el intenso cambio climático, la
migración forzada de humanos y animales, la contaminación de nuestros
cuerpos y del planeta son las plagas bíblicas de nuestro tiempo. La ingeniería
genética frente a la agricultura ecológica. El monocultivo frente a la
permacultura. La agricultura industrial frente a la agricultura sostenible.
Hemos convertido nuestras aguas en sangre, matando a los peces y
haciéndola no potable. Hemos fabricado nuestra propia pestilencia, hemos
enfermado a nuestro ganado, y hemos destrozado nuestros campos y nuestros
propios cuerpos. Continuar por este camino es garantizar la décima
calamidad bíblica: la muerte de nuestros hijos y de los hijos de estos, pues
¿qué mundo heredarán? En la historia bíblica, las diez plagas de Egipto
impulsaron al Faraón a liberar a los israelitas tras 400 años de esclavitud. Es
un desafortunado tópico de la condición humana que el cambio positivo y
necesario vaya a menudo precedido por una crisis.
Hace tiempo que se veía venir. Los científicos llevan décadas advirtiéndolo.
Sin embargo, seguimos adelante, sin prestar atención al peligro. En la apatía
que se desprende de la negación, el desapego, el rechazo, el aletargamiento,
la complacencia y el sopor espiritual, participamos de los sistemas de
colapso. Al borde del precipicio, nos narcotizamos con la comida, el alcohol,
el sexo, las redes sociales, las compras online, los videojuegos y los
maratones de series. Nos adormecemos y nos desligamos: vemos Netflix y
nos relajamos. Cuando estos anestésicos fallan y nuestros centros de dolor se
activan, estallamos contra nuestras familias, nuestros vecinos, nuestros
líderes y nuestras pantallas, retrocediendo hacia el tribalismo y expresando
indignación por las acciones, ideas o características esenciales de los demás.
¿Y una vez hemos liberado toda esa energía? Nos retiramos a la comodidad
de la indiferencia, deslizando el dedo por la pantalla del móvil
incesantemente. La pereza rige nuestras vidas una vez más.
La apatía es tanto una consecuencia de la traumatización colectiva como
una defensa psicológica contra el sufrimiento que genera. Pero, como toda
estrategia de defensa, si esta desidia (y sus múltiples manifestaciones) se
convierte en algo habitual, forma una estructura rígida de conciencia que ya
no es beneficiosa para la supervivencia, sino que es antagónica a ella. Las
mismas estrategias en las que confiamos para protegernos se vuelven
disfuncionales y desadaptativas. Mary-Jayne Rust, analista junguiana,
terapeuta de arte y ecopsicóloga, ha escrito:
«Estamos completamente jodidos […]. Si hay mucha gente que piensa esto en su fuero interno, y
sospecho que así es, su motivación para actuar frente al cambio climático será nula. Los terapeutas
sabemos que, cuando nos enfrentamos a nuestros peores miedos y sentimos sus efectos, tenemos la
oportunidad de atravesar la oscuridad hacia una creatividad enorme […]. La respuesta “estamos
completamente jodidos” es otra capa del sistema de defensa que nos da licencia para dejar de
pensar […]. Cuando la colectividad se atasca de esta manera, se produce un desastre que se
convierte en un apocalipsis» 84.
Al examinar el impacto del trauma colectivo con una mirada crítica, la
intención no es reafirmar la dicotomía bueno/malo o la desconexión mente-
cuerpo, lo que sería aún más autodestructivo. El trabajo con la sombra
colectiva nos invita a ver cómo estamos actuando en el mundo, pero sin
juicios proyectados ni vergüenza interiorizada, sino con compasión y
claridad, una mirada resuelta y un corazón abierto.
El trauma es el karma, la entropía y los residuos. Es el olvido de la
inconsciencia, la restricción de la fuerza vital, la represión de la luz evolutiva.
Es la repetición interminable y la calamidad en forma de bola de nieve. Es
vivir y morir en la sombra, dormidos en el sueño de la separación.
Antes de caminar dormidos al borde del precipicio, debemos despertar.
Sacar a la superficie el arroyo subterráneo
En el transcurso de nuestra rápida expansión y desarrollo, innumerables
cabeceras de ríos se pierden bajo las nuevas construcciones, se entierran bajo
las transitadas carreteras o se desvían hacia alcantarillas o desagües. Nos
encontramos viviendo la extinción del Holoceno o sexta extinción masiva
durante la era del Antropoceno, una época en la que la actividad humana está
directamente implicada en la devastación de los ecosistemas, las amenazas
endémicas a la biodiversidad, la pérdida radical de especies y el cambio
climático catastrófico.
En Canadá y Estados Unidos los promotores urbanos y los ingenieros
civiles tienen una expresión poética para un tipo particular de restauración y
recuperación de las cuencas hidrográficas: «Iluminar el arroyo con la luz del
día». Se trata de sacar a la superficie cursos de agua enterrados y devolverlos
a la vida, fomentando la biodiversidad y revitalizando los ecosistemas.
Podríamos considerar esta práctica como una forma de reunión o
reintegración.
Incontables ámbitos y disciplinas muestran signos de renovación e incluso
saltos transformativos. Entre ellos se encuentran el desarrollo organizativo y
el liderazgo transformador, la medicina narrativa, la enfermedad simbólica y
la «coemergencia mente-cuerpo», el resurgimiento de las economías del
regalo y el intercambio, las prácticas de despertar mutuo y los estudios de la
conciencia en la intersección con la física cuántica. Hay muchos motivos para
la esperanza.
En su libro El corazón de la comprensión, el monje budista y activista por
la paz Thich Nhat Hanh escribe:
«[…] el individuo es la combinación de varios componentes no individuales. Si eres poeta, verás
con claridad que hay una nube que flota sobre esta hoja de papel. Sin las nubes no habría agua; sin
agua, los árboles no crecerían y, sin árboles, no podríamos hacer papel. Por ello, la nube se
encuentra aquí. La existencia de esta página depende de la existencia de la nube. El papel y la nube
están muy ligados»85 86.
Si aplicamos la visión poética de este maestro zen, vemos que somos
inseparables de nuestros antepasados más lejanos. Nuestros cuerpos son
indivisibles del sol, la lluvia y la tierra. Albergamos un mar de vida
microscópica floreciente con la que estamos entrelazados y con la que
tenemos una relación de simbiosis. El carbono que se encuentra en el cuerpo
humano estaba aquí en los albores del planeta, por lo que no somos, de
hecho, la edad impresa en nuestros pasaportes; nuestras raíces se remontan a
todos los antepasados, que a su vez se remontan a mucho antes del primer
humano, del primer mamífero o del primer pájaro, pez o plancton hambriento
de sol. Estamos hechos de electricidad y magnetismo, y de partículas
minerales provenientes de la explosión de estrellas.
Intersomos con nuestro cosmos, con nuestro planeta y con los demás.
La vieja historia de la separación es una ilusión colectiva, un sueño
compartido. Tal vez esto se encuentre en la raíz de la teoría de la simulación
descrita en la ciencia ficción e hipotetizada por científicos y filósofos:
creemos que habitamos el presente, cuando, en realidad, vivimos en un sueño
recurrente del pasado no integrado. Solo cuando nos volvemos lúcidos
accedemos al potencial ilimitado del verdadero futuro, que está siempre
disponible y anhelando ser alcanzado. El puente hacia ese portal no está lejos,
pero solo puede descubrirse con claridad de visión y una presencia enraizada
en el cuerpo. Tiene el poder de transformar el borde de la aniquilación en el
umbral del devenir.
Sanar el trauma es integrar el yo: la sombra y la luz. La recompensa es una
encarnación más profunda, una relación restaurada y la capacidad de
presenciar nuestras experiencias desde el ahora. En un espacio renovado de
claridad y coherencia, el río en espiral de la evolución vuelve a fluir. El denso
vórtice de sombras personales y culturales se afloja, la innovación surge y se
despliega una nueva capacidad de conciencia de unidad.
Somos una especie resiliente que vive en un planeta igualmente adaptable
ante las adversidades. Incluso después de terribles y repetidos traumas, el
cerebro y el sistema nervioso pueden repararse; podemos conectarnos y
cohesionarnos. Lo mismo sucede con las sociedades. Después de siglos de
una repetición de karma que ha provocado disonancia, desconexión y
división, podemos abrir los ojos al presente e inclinarnos hacia una corriente
clara de mutualidad consciente. Podemos descubrirnos como un nuevo tipo
de ser: claramente individual, pero profundamente colectivo. Como un
nosotros consciente podemos descubrir que estamos plenamente presentes,
aunque misteriosamente no locales, operando dentro del tiempo, pero
totalmente disponibles para una radical no linealidad.
Sanar nuestro mundo es el viaje del héroe o heroína colectivo. El camino
requiere que penetremos en nuestras profundidades —el inframundo, el lago
oscuro, la matriz inconsciente— como un rito de iniciación. Estamos
llamados a reconocer todo lo que somos y a ofrecer una reparación a los
demás y a la Tierra. Sanarse es descubrir la verdad de nuestra interrelación e
interdependencia. Estamos llamados a iluminar la corriente del inconsciente
colectivo, nuestra historia cultural no sanada, y devolver sus aguas ocultas al
mundo.
Para aceptar esta llamada, debemos inclinarnos juntos hacia nuestro límite
transformativo más extremo, un punto de bifurcación consciente, y cocrear
nuestra fase de transición hacia un futuro mejor, que sea totalmente nuevo,
profundamente real y rebosante de luz evolutiva. De hecho, ese brillante
mañana ya está aquí, esperando ansiosamente para recibirnos.
68 «Who Are the Rohingya?», Al Jazeera, 18 de abril de 2018,
aljazeera.com/indepth/features/2017/08/rohingya-muslims-170831065142812.html.
69 Alison M. Rhodes, «Claiming Peaceful Embodiment Through Yoga in the Aftermath of Trauma»,
Complementary Therapies in Clinical Practice 21 (2015): 247–256.
70 Rhodes, «Claiming Peaceful Embodiment», 247.
71 Albert Einstein, «Atomic Education Urged by Einstein», New York Times, 25 de mayo de 1946,
13.
72 Frase acuñada por el filósofo británico Gilbert Ryle en su crítica al dualismo cartesiano. (N. de la
T.)
73 Shannon Monnat y Raeven Chandler, «Long Term Physical Health Consequences of Adverse
Childhood Experiences», PubMed 56, n.º 4 (septiembre de 2015): 723–752.
74 Grace Rattue, «Autoimmune Disease Rates Increasing», Medical News Today, 22 de junio de
2012, medicalnewstoday.com/articles/246960#1.
75 Robert Wood Johnson Foundation, «Traumatic Experiences Widespread Among US Youth, New
Data Show», 19 de octubre de 2017, rwjf.org/en/library/articles-and-news/2017/10/traumatic-
experiences-widespread-among-u-s--youth--new-data-show.html.
76 Marco Helbich et al., «Spatiotemporal Suicide Risk in Germany: A Longitudinal Study 2007–
2011», Scientific Reports 7 (2017): 7673; Ido Efrati, «Suicides on the Rise in Israel after a Four-Year
Improvement», Haaretz, 28 de noviembre de 2018, haaretz.com/israel-news/.premium-suicides-on-the-
rise-in-israel-after-a-four-year-improvement-1.6697321; Amy Ellis Nutt, «Suicide Rates Rise Sharply
across the United States New Report Shows», Washington Post, 7 de juno de 2018,
washingtonpost.com/news/to-your-health/wp/2018/06/07/u-s-suicide-rates-rise-sharply-across-the-
country-new-report-shows/.
77 Denis Campbell, «NHS Suffering Worst Ever Staff and Cash Crisis, Figures Show», Guardian, 11
de septiembre de 2018, theguardian.com/society/2018/sep/11/nhs-suffering-worst-ever-staff-cash-
crisis-figures-show.
78 Ceylan Yeginsu, «NHS Overwhelmed in Britain, Leaving Patients to Wait», New York Times, 3
de enero de 2018, nytimes.com/2018/01/03/world/europe/uk-national-health-service.html.
79 «Dangerous Medical Implants and Devices», Consumer Reports, mayo de 2012,
consumerreports.org/cro/magazine/2012/04/cr-investigates-dangerous-medical-devices.
80 «America Is a Healthcare Outlier in the Developed World», Economist, 26 de abril de 2018,
economist.com/special-report/2018/04/26/america-is-a-health-care-outlier-in-the-developed-world.
81 Alan Yu, «Nurses Say Stress Interferes with Caring for Their Patients», NPR, 15 de abril de 2016,
npr.org/sections/health-shots/2016/04/15/474200707/nurses-say-stress-interferes-with-caring-for-their-
patients.
82 «World Inequality Report 2018», World Inequality Lab 2018, consultado en noviembre de 2018,
wir2018.wid.world/files/download/wir2018-full-report-english.pdf.
83 Andrea Thompson, «From Fish to Humans: A Microplastic Invasion May Be Taking a Toll»,
Scientific American, 4 de septiembre de 2018, scientificamerican.com/article/from-fish-to-humans-a-
microplastic-invasion-may-be- taking-a-toll/.
84 Joseph Dodds, Psychoanalysis and Ecology at the Edge of Chaos: Complexity Theory, Deleuze,
Guattari, and Psychoanalysis for a Climate in Crisis (Nueva York: Routledge, 2011), 69–70.
85 Thich Nhat Hanh, Ser paz y el corazón de la comprensión, Madrid: Neo Person, 1999. (N. de la
T.)
86 Thich Nhat Hanh, Ser paz y el corazón de la comprensión. (Madrid: Neo Person, 1999).
9.
LA VISIÓN DE UN MUNDO INTEGRADO
«Mi ser participa de tu ser y de todos los seres. Esto va más allá de la interdependencia: nuestra
propia existencia es relacional».
CHARLES EISENSTEIN The More Beautiful World Our Hearts Know Is Possible
«El nuestro es un tiempo entre distintas visiones del mundo, creativo aunque desorientado, una
era de transición en que la antigua visión del mundo ya no se sostiene, pero la nueva todavía no
ha madurado. Sin embargo, no carecemos de señales acerca de cómo puede ser esta nueva visión
del mundo»87.
RICHARD TARNAS Cosmos y psique
del trauma constituye una función
H
EMOS EXPLORADO CÓMO EL PROCESO
evolutiva inteligente del sistema nervioso humano. Las defensas
psicológicas activadas por el trauma son mecanismos de protección que
nos permiten vivir con una tensión psicológica reducida frente a los
acontecimientos traumáticos. Pero cuando nos habituamos a estas estrategias
a largo plazo, se convierten en desadaptativas para las personas y las
comunidades. Hemos instaurado estas defensas durante cientos de miles de
años, y siguen transmitiéndose y reforzándose a través de las generaciones.
De hecho, nuestras propias células cantan las historias de dolor de nuestros
antepasados, reconozcamos o no la letra.
Los traumas verticales y horizontales de la humanidad, cuyas capas son de
naturaleza casi geológica, han creado la ilusión de separación a partir de la
que vivimos. El denso limo de nuestro pasado no resuelto deforma y
distorsiona el tiempo, atrapándonos en una oscura matriz de un tiempo
después perpetuo. Esta distorsión confunde nuestra percepción del «pasado»
y el «futuro» e inhibe nuestro libre albedrío. Proyectamos representaciones
distorsionadas de los demás en un lienzo arrugado, que filtra y encoge lo que
podemos percibir como real o lo desproporciona. El trauma colectivo
fragmenta y aliena energéticamente, atrapándonos en un campo
conmocionado de separación estática. Ponemos etiquetas de «enemigo»,
«rival» y «malvado» donde solo hay variaciones raciales o nacionales de
nosotros mismos.
En este campo traumatizado nuestras decisiones inconscientes —incluso las
que creemos que son libres— las toma por nosotros el destino kármico.
Es como si funcionáramos automáticamente a partir del guion programado
de algún algoritmo recursivo que nos mantiene atados en simulaciones
codificadas de acontecimientos anteriores. Sus diversas reiteraciones son
interminables y los temas esenciales se repiten. Rara vez detenemos el
programa para cuestionar su diseño o funcionalidad. Es poco probable que la
realidad consensuada sea una simulación tecnológica creada por una
conspiración oscura o un diabólico plan alienígena: nosotros hemos generado
la matriz del trauma.
Al final de la Revolución Industrial, los rápidos avances científicos,
médicos y tecnológicos habían despertado una concienciación colectiva sobre
la seguridad, la sanidad y la salud. A consecuencia de ello, se implementaron
numerosos cambios incluso para los pobres y las clases trabajadoras. Por
supuesto, fue necesario que aumentara la comprensión antes de que se
produjeran avances tangibles o duraderos en las condiciones de trabajo o las
infraestructuras de las áreas metropolitanas y las ciudades periféricas en
rápido crecimiento. La teoría miasmática de la enfermedad, una antigua
creencia de que las dolencias eran causadas por el «aire viciado», hubo de dar
paso a una nueva comprensión científica basada en el hecho de que las
enfermedades se transmiten por agentes infecciosos 88.
Para que la humanidad pudiera utilizar esta nueva información, la sociedad
hubo de transformarse. Las comunidades debían ser atendidas de formas
novedosas, las instituciones públicas (especialmente los hospitales) debían
tomar las medidas adecuadas, y los ciudadanos debían aprender la
importancia de la acción preventiva para cuidar de su propia salud y la de sus
familias. La concienciación de la población requirió cierto esfuerzo, pero en
un periodo relativamente breve la esperanza de vida y las tasas de mortalidad
infantil mejoraron enormemente y se produjeron muchos otros cambios
positivos.
Al entrar en una nueva era de complejidad, la sociedad debe volver a
transformarse. Se necesitan actualizaciones cruciales de la conciencia,
basadas tanto en la ciencia como en la espiritualidad. A fin de mejorar la
salud y el bienestar de todas las personas y del planeta que llamamos nuestro
hogar, debemos aumentar la conciencia pública sobre la naturaleza y el
impacto del trauma colectivo. Tratar solo los síntomas externos no sirve para
abordar la causa. Debemos actuar como cirujanos de la conciencia e ir hacia
el interior, atendiendo directamente a nuestro pasado kármico como si fuera
uno, creando un espacio de presencia tanto para el agresor como para la
víctima, para los espectadores y los descendientes. Para todos nosotros.
Los humanos no vivimos «en» la Tierra, separados y aparte, sino que
pertenecemos a ella. El espíritu y la conciencia son propiedades innatas de la
materia en todas las dimensiones y en todas las escalas de nuestro cosmos, y
la expresión más elevada de cada conjunto/parte revela su propósito. Al
alinearnos en coherencia con el Espíritu, la resistencia cesa. Las energías
estancadas de las decisiones inconscientes y poco éticas comienzan a cambiar
y fluir, y empezamos a ver y sentir las energías residuales de aquellos que
fueron perjudicados por acciones atroces pretéritas. Dondequiera que
vayamos en el mundo, una conciencia relacional más profunda nos hace
presentes a nuestras propias experiencias y a las de los demás, aunque no
tenemos que viajar para sentir la realidad de nuestra conexión, incluso con los
que están al otro lado del mundo. Ya no podemos dejar de ver o sentir el
alarmante estado de nuestro entorno o el peligro que corren los sistemas
vivos a todas las escalas; lo sentimos en nuestro propio cuerpo, como algo
que nos pertenece.
El dolor de la aldea global supone un toque de atención destinado a
despertarnos a la verdad de que ya no hay «ahí fuera»: todo existe aquí
dentro. Al principio, esto resulta aterrador. De repente, podemos percibir las
toxinas, los venenos y los residuos radiactivos y de otro tipo que inundan
nuestros mercados a través de toda la cadena alimentaria, llegando a nuestras
comunidades, nuestros hogares y nuestros propios cuerpos. Ya sean
pesticidas, microplásticos o metales pesados, nosotros somos responsables de
haber saturado nuestros paisajes de residuos. Reconocer esto nos da la
oportunidad de elegir la sanación y la reparación.
Unirse con el propósito de integrar los traumas colectivos constituye un
activismo medioambiental. Antes de poder revertir la extinción masiva
antropogénica o resolver la creciente crisis climática, tenemos que mirarnos a
nosotros mismos. Por muchas resoluciones internacionales que se firmen, los
traumas del pasado que se dejen sin resolver y sin atender harán que algunos
de los firmantes incumplan el acuerdo. Y por muchas corporaciones que
pacten adoptar estándares más verdes, la repetición kármica hará que algunas
sean deshonestas y otras se nieguen a hacerlo directamente. Debemos adoptar
prácticas del mundo real para reparar y cuidar el medio ambiente, pero para
encarnar esos cambios plenamente de forma duradera o sistémica tendremos
que abordar el turbio terreno ecológico de la sombra colectiva.
UNA VISIÓN DE LOS TRAUMAS INDIVIDUALES Y COLECTIVOS SEGÚN LA TEORÍA
INTEGRAL
KEN WILBER
No cabe duda de que los seres humanos somos parte de un desarrollo evolutivo global. Si retrocedemos
miles de millones de años hasta el big bang, podemos ver una serie de patrones comunes que adopta el
desarrollo evolutivo. Se inicia con las partículas subatómicas como quarks, electrones y protones, y va
hasta el final a través de los seres humanos y el modo en que crecen, se desarrollan y evolucionan. Las
etapas de la evolución tienden a ser lo que Arthur Koestler denominó holones. Y un holón es
simplemente un conjunto que forma parte de un todo mayor.
Casi todo en el universo es un holón de un tipo u otro. Tenemos partículas subatómicas enteras como
electrones, protones y neutrones que se combinan como partes de un átomo entero. Los átomos enteros
se combinan como partes de moléculas enteras. Las moléculas enteras se combinan como partes de
organismos enteros y así sucesivamente. Esto llega hasta nosotros, los seres humanos, que seguimos
evolucionando en lo que respecta a los componentes biológicos y objetivos. Pero también iniciamos un
crecimiento y desarrollo interior y un despliegue evolutivo. Esto consiste en varias etapas de desarrollo
que han sido estudiadas muy cuidadosamente por un gran número de psicólogos del desarrollo
sumamente brillantes y competentes.
Estas etapas de desarrollo que atravesamos los seres humanos, empezando por el nacimiento, también
son holones. En otras palabras, la totalidad de una etapa se convierte en parte de la totalidad de la
siguiente etapa. Esto se mantiene durante un tiempo, y luego, a medida que el desarrollo continúa, la
totalidad de esa etapa pasa a formar parte de la totalidad de la siguiente etapa, y así sucesivamente. Es
un proceso de trascender e incluir para luego seguir trascendiendo e incluyendo.
Se trata del mismo proceso evolutivo que sigue adelante. En los organismos biológicos y psicológicos
complejos como los seres humanos, dado que estas etapas son orgánicas, dado que están
desarrollándose y dado que tienen partes móviles, por así decirlo, pueden llegar a romperse. Algo puede
salir mal en estas fases de desarrollo, y siempre que eso sucede suele haber algún tipo de trauma
implicado.
A medida que se alcanza una etapa superior, se trasciende, en cierto sentido, la etapa anterior, se va
más allá y resulta más expansiva, más inclusiva. Incluye algún tipo de nuevas capacidades. Surgen
nuevas realidades emergentes, y esa es la parte que trasciende. Las moléculas trascienden a los átomos
porque incluyen a los átomos, pero también van más allá de ellos y disponen de otras características
que los átomos no tienen. Del mismo modo, las células incluyen y trascienden a las moléculas.
Literalmente las envuelven, pero también van más allá de ellas. Llevan a cabo acciones que las
moléculas no pueden hacer por sí mismas.
Puesto que se produce este trascender e incluir, este ir más allá-pero-envolver o integrar, algo puede
ir mal en cualquiera de esos aspectos. La parte de la trascendencia puede fallar, y cuando eso ocurre no
avanzas más allá de la etapa anterior, como se supone que debes hacer. No la trasciendes. Te quedas
atascado en la etapa anterior por un tipo de apego o una especie de fijación a esa etapa. Sigues
aferrándote a esa fase anterior cuando deberías haber sido capaz de soltarla. Y si eso ocurre, hay un
apego secreto, una especie de adicción, en un sentido. Sigues buscando lo que esa etapa inferior
anterior te daba y no estás preparado para dejarla.
Por otro lado, a veces puedes trascender correctamente, pero luego no incluir. En este caso, no te
quedas atascado en algún aspecto de la etapa anterior, sino que no lo incluyes. En lugar de trascender e
incluir, estás trascendiendo y reprimiendo, cerrando o disociando. Y en lugar de una adicción, se genera
una alergia. Rehúyes activamente algún aspecto de la etapa anterior. No te gusta y lo expulsas de ti
mismo. Intentas negarlo. Ambos escenarios son conflictivos, y abordan directamente algunos de los
problemas que están asociados con el trauma.
Cuando observamos el desarrollo evolutivo, vemos que hay al menos cuatro perspectivas
fundamentales que podemos utilizar para entender estos procesos, y todas ellas son igualmente
importantes. Las llamamos los cuatro cuadrantes subjetivo, objetivo, intersubjetivo e interobjetivo.
Podemos tomar casi cualquier disciplina humana, ya sea la historia, la medicina, la psicoterapia o la
espiritualidad, y aplicar solo uno de esos puntos de vista afirmando que es la única manera correcta de
ver algo. Por ejemplo, en el enfoque científico, la perspectiva más común es la visión exterior de un
holón individual. Lo que es real son las partículas fundamentales como los electrones, protones,
neutrones, quarks y cuerdas, y estas se miran de forma objetiva en tercera persona.
Así pues, si consideráramos el trauma solo en función de una visión externa en tercera persona
(cuadrante objetivo), entonces reduciríamos todo a algún tipo de daño cerebral o de componente
material biológico. Esa visión externa en tercera persona también puede considerarse desde un punto de
vista colectivo (cuadrante interobjetivo), que incluye todos los aspectos institucionales de las culturas
en las que nos encontramos, así como las infraestructuras tecnológicas. Aspectos como los sistemas
monetarios y de transporte, las tasas de natalidad y de mortalidad, etc., hechos objetivos que utilizamos
para ver las realidades exteriores. Por supuesto, esos sistemas externos en tercera persona del plural
(cuadrante interobjetivo) son de vital importancia, al ser portadores ocultos de varios tipos de traumas
colectivos.
Luego está la dimensión colectiva (cuadrante intersubjetivo) que se observa desde dentro. Incluye un
componente cultural —nuestros sistemas sociales—, y, por supuesto, un gran número de traumas de
nuestra historia pasada están incrustados en estos sistemas culturales. Cuando miramos el componente
subjetivo individual interior (cuadrante subjetivo) —cómo la gente realmente siente su trauma— se
trata de un enfoque psicoterapéutico. Casi todas las disciplinas importantes que tienen algo que decir
sobre el trauma lo hacen desde una de estas perspectivas.
Digamos que has sufrido abusos sexuales en tu infancia. Esto, desde luego, puede traumatizar
profundamente tu psique subjetiva individual (cuadrante subjetivo). También va a traumatizar tu
sistema nervioso neurofisiológico exterior (cuadrante objetivo), incluyendo su proceso de crecimiento,
que va a verse alterado. Pero también está la cultura familiar en la que te has criado, que estaba lo
suficientemente perturbada como para convertirse en un nexo para este tipo de conducta (cuadrante
intersubjetivo). Después acabarás interiorizando todo eso, lo que te generará una tendencia a repetir el
trauma inicial porque fue un patrón que aprendiste en el cuadrante intersubjetivo. Y también están los
componentes externos de tu cultura (cuadrante interobjetivo). ¿Cuál era tu estructura familiar? ¿Cuáles
eran sus ingresos? ¿Eran tus padres adictos a las drogas o al alcohol? Como puedes ver, las cuatro
perspectivas tienen algo fundamental que ofrecer.
Pero además existe otro tipo de trauma, que también tiene que ver con el desarrollo. En este caso, la
causa del trauma no es algo que ya haya surgido, sino que es el resultado de etapas superiores que aún
no han aparecido. Por ello, una persona puede dañar u oprimir a otros involuntariamente, sin ni siquiera
ser consciente de ello. No es que algo haya ido mal para el opresor necesariamente, o que haya algún
material de sombra de la primera infancia pendiente de resolver (aunque eso puede ser a menudo una
causa de trauma). Es que su incapacidad para tener una visión más amplia genera un trauma en aquellos
con los que se relaciona, especialmente si se encuentra en una posición de poder. Tanto la esclavitud
como el Holocausto son ejemplos de esto y, claramente, se trata de sucesos gravemente traumatizantes
para las personas que los padecieron. Por lo tanto, una gran parte de las acciones traumáticas que han
sido perpetradas sobre la humanidad por otros seres humanos ocurrieron porque los opresores aún no
habían desarrollado o evolucionado hacia etapas superiores que eran más inclusivas con una moral más
amplia.
Este es uno de los problemas con los que tenemos que lidiar cuando analizamos el trauma
generacional en curso en el mundo actual. Un dato que asusta un poco es que entre el 60 y el 70 por
ciento de la población mundial se encuentre en un estadio de desarrollo etnocéntrico o inferior. Esto
significa que todos esos individuos estarán dispuestos a hacer daño a otros grupos simplemente por no
ser capaces de incluirlos en su abrazo moral más amplio.
Para Plotino el pecado no es un «no», sino un «todavía no». Y hay una cierta verdad en esa
afirmación desde el punto de vista del desarrollo. La falta aquí no radica en que haya habido un no, que
haya sucedido algo malo y se haya reprimido, sino en que aún no se ha alcanzado una etapa en la que
no querrías «ser partícipe» del Holocausto o la esclavitud. Todo el mundo nace en la primera casilla y
tiene que pasar por todas las etapas de desarrollo.
Y puedes atascarte, detenerte o disociarte en cualquiera de ellas. Las cosas pueden ir mal y ralentizar
tu evolución, dificultando que alcances estadios superiores de desarrollo que permitan que tu propio
sentido moral se expanda para incluir de verdad a todos los seres humanos y que no los juzgues en
función del color de la piel, del sexo, del género, de la etnia, de las creencias religiosas, etc.
Y, sí, uno de los principales problemas que frena ese desarrollo es el trauma, ya sea el experimentado
individualmente o un tipo de trauma más colectivo. Cuando uno ha sido traumatizado, la energía que se
supone que debe seguir ascendiendo a medida que trasciende e incluye, simplemente se congela. Ya no
funciona como debería porque hay un daño. Y para la parte traumatizada, el crecimiento suele
detenerse ahí. Puede que vayas tirando en otras áreas, pero cualquier parte de ti que se haya roto,
dañado o herido será disfuncional, y no va a crecer. No va a avanzar.
Esto crea un contenido de sombra, y casi ningún individuo sale de la infancia sin algún tipo de
material de sombra. Y estos elementos de sombra mantienen esencialmente la misma edad cronológica
que tenían cuando fueron creados, lo cual es una de las razones por las que son disfuncionales. Puedes
tener elementos de sombra de cuando tenías tres años, y esos elementos tendrán ellos mismos tres años
con los deseos y la impulsividad y la falta de razonamiento de un niño de tres años. Y puedes tener
otras sombras que tengan siete años y otras que tengan doce. A medida que avances en el desarrollo
adulto, puedes seguir generando sombras en cualquiera de esas etapas, y ese material permanecerá en la
edad que tenías cuando se creó.
Esa es una de las razones por las que trabajar con los traumas es tan importante: para ayudar a la
humanidad a avanzar hacia el futuro y poder así ser de utilidad frente a los problemas reales que
estamos enfrentando ahora. Lo más normal es que nos preguntemos: «Vale, entonces, ¿qué tenemos
que hacer en el ámbito tecnológico o qué tenemos que hacer en nuestra economía o qué sistemas
políticos necesitamos o qué tipo de producción de alimentos sería adecuada?». Pero en lugar de mirar
todos estos aspectos materiales externos, hemos de mirar el interior de los individuos que son realmente
responsables de realizar esas cosas. Ahí es donde trabajar con el trauma, liberar el trauma, puede ayudar
a la conciencia a seguir avanzando.
El despertar colectivo y la reparación
La cohesión de nuestro E-T-R colectivo constituye una parte vital de la
restauración de la sociedad y del planeta. La sincronización equilibra nuestro
sistema nervioso colectivo —las raíces energéticas del cuerpo y la psique
colectivos— para que dejemos de funcionar como ordenadores portátiles
separados, desconectados e ineficaces, y en su lugar funcionemos como un
único superordenador con más de 7500 millones de estaciones de trabajo. La
fuerza de la humanidad estriba en que compartimos una enorme fuente de
energía, que ha sido fragmentada y desviada como resultado de traumas
pasados no integrados, nuestra disociación compartida del inconsciente. Su
reparación es más sencilla de lo que creemos.
La presencia es el momento sagrado (tiempo divino) y el templo sagrado
(espacio divino). La presencia es el útero del mundo, el lugar de nacimiento
de Todo Lo Que Es o será. El poder de la presencia compartida libera
nuestros entrelazamientos con el pasado. Al volver a ese pórtico sagrado
acompañándonos unos a otros, despertamos capacidades de orden superior y
activamos tanto la revolución como la innovación en nuestro mundo exterior.
Comenzamos a descargar flujos de claridad e inteligencia superiores, así
como la voluntad y valentía que nos capacitan para resolver los problemas
sistémicos. Tomamos la luz viva del futuro como socia y colaboradora,
estableciendo nuevas activaciones a través de la superficie del mundo
atascado y ordinario.
Todo ser humano es feliz cuando crece en la dirección de su potencial más
elevado, pero no es solo la felicidad lo que anhelamos: es el propósito, un
deseo imperioso de vivir para algo que está más allá de nosotros mismos.
Estamos llamados a crear familias, comunidades y sociedades desde una
orientación hacia el potencial. En lugar de vivir en función del plan semanal
que tenemos por delante, tal como se indica en nuestra agenda, o en función
de un «plan estratégico quinquenal» rutinario, la orientación al potencial nos
invita a inclinarnos hacia lo emergente y lo evolutivo, escuchando los puntos
fuertes, las capacidades y los resultados potenciales que son posibles si los
invitamos a avanzar. Lo que está latente se vuelve transparente a medida que
la luz viva fluye vertical y horizontalmente a través del cuerpo colectivo.
Una enseñanza judía sostiene que la «voluntad de recibir» es una
característica básica del ego, mientras que la «voluntad de otorgar» surge de
una condición trascendente, que refleja el estado de la creación misma:
incesantemente generosa y creativa. A medida que buscamos alinearnos con
la naturaleza sagrada de la vida, empezamos a acceder a dimensiones y
capacidades más elevadas que pertenecen a la divinidad. Vivir se convierte en
un ofertorio; existir en el mundo es dar abundantemente, bendecir y servir de
todo corazón, compartir el flujo dinámico de la inteligencia divina.
Una nueva visión de la educación y el aprendizaje
Los traumas impiden que el niño responda de forma adecuada a su entorno
y pueden retrasar o dañar su facultad de aprendizaje. Los traumas del
desarrollo coartan su capacidad de autorregularse, de modo que las
emociones y estados de ánimo aparecen desplazados y erráticos o apagados y
desconectados. La atención y la inhibición pueden quedar suprimidas, lo que
provoca impulsividad, distracción y dificultad de concentración. Tanto si los
niños heredan el trauma familiar o nacen en comunidades traumatizadas,
absorben esas energías y reflejan los síntomas personales y culturales
concomitantes.
Con demasiada frecuencia, los profesores, administradores y orientadores
aprenden a ver a un muchacho traumatizado como un «niño problemático»,
culpando de la disfunción conductual o emocional al propio niño y,
posiblemente, a los padres. Se emplean castigos sistemáticos o expulsiones
para hacer frente a estos problemas, pero mientras las sociedades no
comprendan el impacto y las consecuencias de los traumas individuales y
comunitarios, no atenderemos las necesidades de nuestros ciudadanos más
vulnerables. Para cambiar esta situación es necesario que todos los
educadores y adultos que trabajen con alumnos tengan una formación sobre
el tema del trauma, con objeto de disponer de enfoques serios que puedan
ayudar a los estudiantes que lo necesiten. La eficacia en esta tarea requiere
una responsabilidad compartida y un enfoque colectivo en todos los sectores
de la sociedad.
Nuestros hijos se ven perjudicados por sistemas rígidos y exigentes que les
obligan a conformarse como autómatas, a tener un aspecto y un
comportamiento igual al de cualquier otro ejemplar. Los códigos autoritarios
ya no funcionan (no se debería esperar que una persona se convierta en
futbolista si nació para el bádminton o el ajedrez). Tales sistemas desestiman
la inteligencia y la belleza únicas inherentes al alma de cada niño, que anhela
ser visto y recibido con amor. Estamos llamados a fomentar espacios en los
que la relación, la conexión y la presencia —y por tanto el crecimiento y el
aprendizaje— puedan prosperar, así como a crear estructuras educativas
flexibles, adaptables y receptivas que apoyen el potencial humano. Las
capacidades superiores nos permiten sentir las distintas inteligencias y estilos
de aprendizaje de los demás para descubrir los dones que cada uno de
nosotros podemos ofrecer al mundo. Como composiciones únicas de la
orquesta colectiva, cada uno de nosotros tiene un propósito individual y
transpersonal.
Ser capaz de mirar a los ojos de un alumno y percibir realmente cómo se
siente y reconocer su estado de desarrollo y lo que podemos hacer para servir
a su propósito más elevado requiere coherencia y presencia. Para que esto
ocurra en el mundo de la educación (o en cualquier otro), los profesores y
educadores deben enfrentarse a sus propios dolores enterrados y a sus
traumas insatisfechos y trabajar con ellos. Esto requiere valentía. El propósito
del profesor consiste en transmitir un caudal de conocimiento saludable a los
alumnos, potenciar su devenir. El trabajo se ve obstaculizado por el bloqueo
y la fragmentación que se mantiene en el árbol intergeneracional, creando una
disfunción para el conjunto. Con el fin de avivar el papel del maestro y la
salud del sistema, las comunidades deben trabajar para despejar las marcas
del trauma intergeneracional, de modo que se soporte menos sufrimiento y se
absorba más liberación en cada nueva generación. Esto se consigue a través
de la presenciación activa, el trabajo grupal con la sombra, las prácticas
grupales de sanación como el CTIP, y un proceso que llamo Global Social
Witnessing (Testigo Social Global). A medida que trabajamos juntos para
estar con lo que está sucediendo, plena y activamente, reconociendo y
sintiendo incluso nuestro malestar, resistencia y dolor con paciencia y gracia,
descubrimos que disponemos de más espacio, más luz, más libertad.
Una nueva visión de la educación cobra vida a través de líderes y
educadores inspiradores que alimentan la creatividad y estimulan la
motivación y el compromiso. Se hace realidad todavía más cuando los
jóvenes se convierten en adultos prósperos y potentes con corazones abiertos
y mentes curiosas que desean participar en sus sociedades. En esta visión se
apoya a los librepensadores inspirados para que aprendan a estar abiertos y
centrados. Se enseñan prácticas de autocuración, contemplativas y
relacionales, y los alumnos adquieren muy pronto el poder de la presencia.
Las escuelas se convierten en lugares donde se adquiere sabiduría, no solo
información, y donde se potencian valores como el coraje, la valentía y la
compasión.
En ese nuevo mundo nuestros futuros líderes son personas que ya no ansían
el poder, sino que se esfuerzan por tener integridad. El liderazgo de servicio
es la norma y no la excepción. En lugar de la apatía y la indiferencia, las
futuras generaciones se comprometen, contribuyen y participan libremente,
no porque sea lo que se espera de ellos, sino porque son capaces de sentir el
mundo en su interior. En lugar de estar incentivadas por la riqueza o las
adquisiciones, las generaciones futuras eligen ocupaciones basadas en el
propósito único de cada individuo. Reconocen dónde se alinean los dones que
tienen que ofrecer con las necesidades o deseos de sus comunidades, y eso se
convierte en su servicio al mundo.
En su máxima expresión, la educación activa la conciencia, optimiza el
poder de la imaginación y despierta el poder de descargar el espíritu en la
forma. La educación evolutiva apoya la escucha y la sintonía con el futuro, de
modo que incluso la inteligencia colectiva de los más jóvenes puede
potenciarse y desarrollarse. La belleza de las nuevas formas de arte, las
tecnologías innovadoras y la construcción visionaria del mundo serán suyas,
y nuestro planeta se iluminará por los colores nunca vistos de millones de
almas humanas en crecimiento.
Una nueva visión de la tecnología y la sociedad
Vivimos en una época de máximo acceso a la información y también de
máximo agobio y colapso. Las estructuras de nuestros sistemas nerviosos son
inadecuadas para la recepción de los terabytes masivos de datos que fluyen a
través de los procesos cognitivos. Todos los días nos enteramos de nuevas
atrocidades —tiroteos en escuelas, atentados contra civiles, ataques terroristas
nacionales e internacionales— y llamamos a este ciclo interminable de
información «noticias negativas». El mundo se ha teñido de estados crónicos
de agobio, ansiedad y estrés. Sentir o digerir verdaderamente la información
que consumimos es demasiado complicado, por lo que no estamos preparados
para responder adecuadamente.
A través de la práctica del Global Social Witnessing, desarrollamos la
capacidad de responder a nuestro mundo con una claridad que no es ni
indiferencia ni rechazo. Si todo lo que podemos hacer inicialmente es
reconocer mejor nuestras reacciones, estamos progresando. A medida que
aprendemos a sentir y sostener la información de forma consciente sin
embotamiento ni hiperactivación, vamos siendo más capaces de integrar los
datos que nos rodean.
La creencia en un cataclismo medioambiental o en un apocalipsis
tecnológico (es decir, el mundo está acabado, de modo que lo mejor será
marcharse fuera del planeta) hace que nuestra especie se convierta en un virus
galáctico sin darse cuenta. En esta profecía subyace el supuesto de que la
humanidad, en su base, no es muy diferente de un enjambre de langostas en
un sistema desequilibrado y que nuestro imperativo biológico es simplemente
propagarnos incluso más allá de la capacidad de la Tierra para sustentarnos.
Una vez que se hayan consumido, explotado o destruido todos los recursos
territoriales, solo tendremos que utilizar nuestros brillantes cerebros para
lanzarnos hacia las estrellas. Pero se trata de una filosofía peligrosa que nos
imagina separados de la Tierra y no hace nada para abordar nuestro karma
colectivo, que se ha convertido en una reserva cósmica de equipaje perdido,
tal vez lo suficientemente grande como para necesitar su propio planeta, pero
incapaz de ser transportado sin un riesgo terrible. Con independencia de lo
lejos que viajemos en esta dimensión, nunca podremos escapar de nosotros
mismos. No podemos llevar nuestro nivel actual de equipaje kármico fuera
del mundo si esperamos sobrevivir, y mucho menos prosperar. Y nunca
salvaremos las vastas distancias del espacio ilimitado viviendo incesantes
repeticiones de nuestra historia; esto crea un retraso insalvable. Si deseamos
sociedades sanas en un planeta sostenible con recursos adecuados donde sea
posible una vida plena, saludable y abundante, primero debemos crearla aquí.
Como suele decirse, «se trata de una labor interna».
El algoritmo recursivo del viejo mundo está fallando en los albores de una
nueva época. Estos fallos aparecen como áreas de movimiento restringido,
que ralentizan o bloquean el flujo de datos de la inteligencia evolutiva a
través del sistema nervioso humano. El paradigma de los últimos miles de
años está envejeciendo hacia la obsolescencia; no podemos hacer simples
ajustes de código en el algoritmo, llamarlo actualización y esperar que
funcione. Tenemos una memoria RAM considerable para el almacenamiento
de información kármica, pero no la suficiente. Nuestra capacidad de
procesamiento se ha visto sobrecargada por la acumulación. Si queremos
prepararnos para una nueva era, necesitamos nada menos que una
actualización holística. Debemos dejar atrás nuestros viejos guiones y
programas inconscientes e iniciar una forma de operar más regenerativa y
emergente. Nuestro papel en el tiempo que se avecina es unirnos
conscientemente y hacer el trabajo necesario para deshacernos de estos
bloqueos, con objeto de que la energía y la información fluyan de forma
natural y plena. A medida que evolucionamos hacia nuestro nuevo neocórtex,
el cerebro global de sinapsis y dispositivos conectados a Internet, restauramos
las raíces y las ramas del gran árbol en espiral de la humanidad.
No solo necesitamos innovación tecnológica, sino una comprensión más
profunda de los mensajes y códigos epigenéticos y transgeneracionales, y de
cómo transformarlos. Nuestro futuro depende de la voluntad de trabajar para
alinearnos con el impulso inteligente de la vida. La conciencia basada en el
trauma es la perspectiva actual de la «Tierra plana»: aferrarse a ella nos
mantiene atrapados en una bola de nieve. Pero al trascender el trauma, nos
liberamos. Al transformar la separación en comunión, superamos las
limitaciones de nuestra actual comprensión del espacio y el tiempo. En ese
acto de iluminación, la ciencia y el espíritu se convierten en dos caras de la
misma moneda. Con un equilibrio de ambos, tal vez descubramos una fuerza
de propulsión más potente que las velas solares o los cohetes de fusión.
Mejor aún, podríamos aprender el don secreto de cómo emitir luz, cómo
devolver la luz al corazón de nuestro cosmos.
Las capacidades superiores de sanación a distancia, la precognición y las
experiencias de conexión y unión ya no serán solo posibles, sino que serán
accesibles. Los milagros atribuidos a los antiguos místicos y sabios religiosos
se convertirán en parte de lo cotidiano. Los mundos brillantes de la fantasía y
la ciencia ficción ya no parecerán ilusorios, sino proféticos. A través de la
integridad, la fe y la valentía de amar, nuestro mayor misterio acabará
revelándose de forma indefectible. Nuestros antiguos mitos y cuentos de
hadas siempre lo han sugerido y en el fondo de nuestros corazones sabemos
que es verdad. Pero esta historia requiere algo más que la voluntad y el coraje
de un solo héroe o heroína: precisa del conjunto inteligente, la colectividad
despierta, activada por muchas voces alzadas al unísono.
Estamos llamados a reescribir la historia humana, actuando como coautores
conscientes del futuro emergente a través de la interrelación y la presencia.
Practicando la conciencia profunda por medio de la atención plena, la
contemplación y la integración mutua (individual y colectiva), podemos
transformar radicalmente no solo nuestra vida personal, sino la de la
colectividad. Esta tarea requiere atención, intención y práctica, pero cuando
nos implicamos en ella, no solo nos sanamos, sino que florecemos. El pasado
no es tanto una historia de lo que sucedió ayer, sino más bien los trozos no
digeridos del ayer, que interrumpen el flujo de la voluntad y la fuerza vital en
el presente. Del mismo modo, el futuro no es lo que ocurrirá mañana; el
auténtico futuro es el espacio, un lugar de encuentro donde la conciencia
superior puede actualizarse e innovar en el momento presente. Utilizando las
capacidades elevadas de la conciencia compartida, podemos cocrear un
mundo muy diferente al que percibimos a nuestro alrededor.
Recuerda: el futuro puede cambiar el pasado.
Al sensibilizar a la opinión pública sobre el tema esencial del trauma
colectivo y trabajar en ello de verdad y sin reservas —como hacemos en el
CTIP—, iniciamos un movimiento en el que las comunidades, las
agrupaciones, las organizaciones no gubernamentales (ONG) y las iniciativas
multidisciplinarias de todo el mundo pueden unirse para reducir eficazmente
los traumas colectivos, capa por capa. Pequeños o grandes, cercanos o
lejanos, nuestros esfuerzos contribuyen activamente a liberar enormes
reservas de energía potencial, recluidas en el inconsciente colectivo en el
momento del trauma. De este modo, las iniciativas de integración del trauma
colectivo actúan como una acupuntura global.
Esa energía desbloqueada nos transforma, liberando nuestro potencial
creativo al alimentar nuevas soluciones radicales y una rápida innovación. Su
liberación continuada tiene el poder de acelerar el desarrollo individual y
colectivo, conduciendo a un mundo más justo y democrático. Con la
liberación del chi oscuro a través de la integración, estamos llamados a
asumir, reconocer y reparar nuestras acciones. Imagina a los líderes
mundiales y a los jefes de Estado pidiendo perdón con humildad y sinceridad
por los errores cometidos por sus naciones: colonización, imperialismo,
injusticia racial y económica, disparidad de género, crímenes de guerra,
limpieza étnica, genocidio. ¿Cómo sería el mundo si, en lugar de la evasión
sistemática, la culpa y la negación, los seres humanos de todo el mundo
practicaran la defensa de la verdad, no por interés propio, sino por un interés
colectivo superior? Esta visión de la integración que se centra en el
reconocimiento y asunción de las equivocaciones —del terrible daño que
hemos cometido y perpetuado— no trata de lo que es políticamente correcto,
sino de lo que es bueno para todos.
Al aprender a fortalecer y mejorar la coherencia del grupo y la inteligencia
colectiva y al comprometernos a procesar y sanar nuestros traumas colectivos
a través de métodos como el CTIP descrito en este libro, creo que
reformaremos y revitalizaremos radicalmente la colectividad. Estos pasos
fomentarán la salud y el potencial de todos los aspectos de nuestro mundo:
desde las escuelas, los hospitales, el cuerpo de policía, el personal de
emergencia, los gobiernos y las ONG, hasta las organizaciones humanitarias,
civiles, de lucha contra la discriminación racial y de asesoramiento legal, los
asuntos políticos e internacionales, todos los sectores cívicos, empresariales y
no lucrativos, todas las organizaciones e instituciones religiosas y
espirituales, así como el clima y el medio ambiente local y planetario.
Lo que aprendamos ampliará nuestra apertura, reforzará nuestra resiliencia
y aumentará nuestra capacidad para mediar en los conflictos y encontrar
soluciones justas para los crecientes desafíos a los que nos enfrentamos. De
hecho, creo que estas cosas y muchas más no solo son posibles sino
probables. Pertenecen al desarrollo planetario y de la especie, a lo largo del
flujo en espiral iluminado de la evolución de la conciencia. La creación de
este futuro no requiere que lleguemos sabiendo ya qué hacer. Solo requiere
nuestra curiosidad y nuestra voluntad de estar presentes a lo emergente.
Si es una responsabilidad ética atender al sufrimiento de las personas
traumatizadas, sin duda es nuestro deber comunitario trabajar juntos para
formular respuestas eficaces a los traumas compartidos por la humanidad,
tanto del pasado como del presente. Solo abordando el sufrimiento pasado no
resuelto podremos trabajar eficazmente para prevenir posibles sufrimientos
futuros. Un trauma colectivo requiere una respuesta colectiva. Restaurar las
sociedades humanas y nuestro entorno natural requiere nada menos que un
activismo espiritual colectivo: la intención sagrada y compartida de ocupar
nuestro lugar como ciudadanos del mundo inspirados y empoderados,
dispuestos a cantar juntos en el gran coro del devenir.
La evolución que se avecina
En algunas comunidades indígenas supervivientes los síntomas que en
Occidente consideramos manifestaciones de un trastorno mental se
consideran una señal de iluminación inminente, más que de enfermedad 89.
Desde este punto de vista, las personas que presentan ciertos síntomas
psicológicos suelen ser vistas como futuros sanadores que intentan aflorar.
Como tal, un individuo afectado es tratado con cuidado y orientación, aunque
se entiende que tendrá que realizar un arduo viaje antes de que sus dones sean
revelados. Esos dones pueden surgir como una capacidad para curar a los
enfermos o para sentir y comunicarse con los difuntos de la comunidad. Estas
manifestaciones no se perciben como sucesos aislados e individuales, sino
como estados sagrados que surgen y pertenecen a la colectividad. Por esta
razón, la comunidad se reúne para celebrar rituales y ofrecer oraciones y
servicios. Pero si el individuo o la comunidad fallan en esta iniciación, las
capacidades superiores del sanador potencial nunca se expresarán, y puede
quedar herido o perdido espiritualmente. No solo su supervivencia, sino la
activación de su potencial se considera responsabilidad del conjunto 90.
Ya sea en Oriente o en Occidente, en las tribus indígenas o en la sociedad
posmoderna, el trauma y el sufrimiento son indicadores colectivos. La tarea
de reconocer estos indicadores y atender y cuidar los patrones a los que
apuntan es una responsabilidad comunitaria.
Cuando la humanidad creía que el mundo era plano, casi nadie cuestionaba
el orden mundial dominante. Pocos podían imaginar un escenario diferente y
menos aún eran lo suficientemente intrépidos como para poner a prueba el
conocimiento imperante navegando lo suficiente para probar o refutar la
existencia de una catarata que caía en picado a un abismo al borde del
océano. A aquellos que se atrevieron a cuestionar u ofrecer una visión
alternativa del mundo no les creyeron, o bien fueron ignorados o perseguidos
hasta que, finalmente, un número suficiente de personas estuvieron dispuestas
y preparadas para recibir la energía de una era naciente que desmantelaría las
estructuras del viejo mundo ofreciendo uno nuevo, audaz y estimulante.
Lo mismo sucede con las dimensiones de la conciencia. Cuando aceptamos
las convenciones como algo indiscutible, sin estar dispuestos a desafiar sus
márgenes o a aceptar la evidencia inapelable de los que sí lo hacen, acabamos
siendo dejados atrás por los audaces. El rayo de la acción llama a los osados
visionarios a nuevas tierras o nuevas verdades, mientras las estructuras
anticuadas construidas por la visión del mundo anterior comienzan a
desmoronarse y desintegrarse. Las ideologías, las torres y las civilizaciones
acaban cayendo, pero no tenemos por qué quedar enterrados entre los
escombros.
La disociación masiva de la memoria, la represión generalizada de las
emociones y la descorporización colectiva en todo el mundo nos parece
normal a la mayoría. La epidemia global de desconexión no se siente y, por
tanto, no se examina. Pero a medida que empecemos a poner más luz —
sacando a la superficie la corriente de conciencia colectiva— las capas
sedimentarias y las energías residuales estáticas de nuestra sombra colectiva
se desplazarán y liberarán, restaurando la luz viva donde antes había
oscuridad. Nuestros fragmentos se unirán de nuevo y el sistema nervioso
colectivo volverá a conectarse en un campo de unión y correlación. La
resonancia armónica crecerá en los espacios intersubjetivos, y se activarán
facultades nuevas y más profundas dentro y entre nosotros. Nuestro enfoque
dejará de estar centrado en la carencia y la separación, y se basará en la
presencia y la totalidad. Reconoceremos que la matriz colectiva es, de hecho,
enormemente abundante e infinitamente generadora. Compartiremos los
recursos en lugar de acapararlos, y se aprovecharán y despertarán estados
superiores de salud, felicidad y flujo.
La inteligencia colectiva y la valentía compartida se amplifican con nuestras
notas individuales, permitiéndonos restaurar los potenciales evolutivos
latentes en nuestro propio ADN. Con cada aportación de nueva fuerza y
sensibilidad, aceleramos la liberación del trauma e inervamos nuestro sistema
nervioso colectivo. En coherencia mutua creamos una puerta dimensional a
través de la cual el tiempo ya no es lineal ni fragmentado, sino fluido,
dinámico y consciente. En las ondas sinusoidales de un nuevo futuro radical,
los fragmentos de nuestro mundo dividido se unen en un todo más completo.
De hecho, ese hermoso mundo nuevo ya está siempre disponible; es nuestra
patria común, nuestro hogar verdadero.
Todo esto y más pertenece al proyecto natural y vivo que está detrás de lo
que llamamos «la condición humana». El trauma constituye una interrupción
de nuestra verdadera naturaleza, pero la conexión, la verdadera intimidad y el
amor total nos pertenecen y son un derecho inalienable. El plano de nuestra
especie, al igual que el plano planetario, irradia una gloria multidimensional
desde nuestra fuente. Al seguirlo de nuevo, podemos reclamar nuestra
naturaleza y sanar nuestro entorno.
El Edén no es un lugar del que nos expulsaron, sino un futuro evolutivo que
traemos a la existencia, a través de la diferenciación y la integración, la
individuación y la comunión. En ese lugar verde y floreciente, que está fuera
del tiempo y a la vez aquí y ahora, la luz del sol de la conciencia fluye sin
obstáculos, proporcionando una visión audaz, una innovación brillante y una
visión radical. Una vez que nos hemos desprendido del pesado peso del
pasado y hemos aclarado sus distorsiones incapacitantes, atravesamos un
portal hacia una posibilidad evolutiva de la humanidad que jamás hubiéramos
podido imaginar.
87 Richard Tarnas, Cosmos y psique, Gerona: Atalanta, 2017. (N. de la T.)
88 Stephen Halliday, «Death and Miasma in Victorian London: An Obstinate Belief», British
Medical Journal 323 (diciembre de 2001): 1469–1471.
89 Jonathan Davis, «The Shamanic View of Mental Health», Uplift, 9 de octubre de 2019,
upliftconnect.com/shamanic-view-of-mental-health/.
90 Andrew Solomon, «Notes on an Exorcism», The Moth, 29 de octubre de 2008, youtu.be/-
UBgBpFGODI.
EPÍLOGO
«Dios no se halla en nuestro pasado colectivo, sino en nuestro futuro: el Jardín del Edén es el
mañana, no el ayer; la Edad de Oro se encuentra al final del camino, no en su inicio».
KEN WILBER The Eye of Spirit
«El mundo que vivimos hoy es el resultado de nuestra conciencia colectiva. Y si queremos un
mundo nuevo, cada uno de nosotros debe empezar a asumir la responsabilidad de ayudar a
crearlo».
ROSEMARY FILLMORE RHEA New Thought for a New Millennium
INDESCRIPTIBLES,
incluso invisibles. Su
L
OS TRAUMAS SUELEN SER
naturaleza suscita la negación en el superviviente, que puede
disociarse de la experiencia; en el opresor, que puede tratar de evitar,
distanciar o minimizar la culpabilidad; y en la comunidad, que permanece
en silencio y no responde al sufrimiento o fomenta la incredulidad. Con
demasiada frecuencia los traumas culturales se convierten en objeto de
teorías conspirativas en las que no solo se duda de los supervivientes, sino
que se los vilipendia y ataca. También esto es la herencia del trauma.
Ya sea que se revele como negación, rechazo, disociación o ignorancia, la
evasión del trauma se manifiesta como una incapacidad para afrontar la
vida, que es el síntoma principal de la separación. Eludir la conciencia del
trauma y sus efectos constituye la forma más esencial de evasión espiritual.
Con demasiada frecuencia buscamos ingenuamente solo «luz y
positividad», o nos pasamos horas o toda la vida utilizando una meditación
u otra práctica de observación interna para distanciarnos inconscientemente
del dolor y la dureza de nuestro propio sufrimiento y el de los demás.
Nuestras intenciones son buenas, pero al evitar la cruda desnudez de lo real
en una búsqueda interminable de un ideal, nos perdemos la profunda
intimidad espiritual que solo puede experimentarse a través de la voluntad
de estar profundamente en y con la dolorosa oscuridad. Por supuesto, esto
es demasiado difícil de hacer solo. Cuando nos reunimos, dispuestos a
presenciar y recibir el dolor del otro sin juzgarlo, apartarlo, minimizarlo ni
intentar vencerlo, descubrimos la confianza, la conexión y la liberación
sanadora. Descubrimos nuestra unidad esencial, sostenida en el generoso
abrazo de lo Divino.
La sombra, al igual que el conflicto, es impulsora de la evolución. Al final
nos empuja a incrementar la complejidad y la claridad. La energía
disociada y contraída que mantenemos en el lago oscuro busca la
integración; el chi oscuro anhela volver a la luz de la conciencia, siguiendo
su curso a lo largo de la gran espiral de la vida. La voluntad de adentrarse
en la oscuridad portando una luz constituye un trabajo evolutivo que aporta
sanación, claridad e integración. Cuando estamos comprometidos con la
tarea, esto no nos supone más dolor y oscuridad, sino una luminosidad más
brillante a través de la cual podemos acceder a capacidades más elevadas, a
potenciales más profundos y a un estado de ser más claro y creativo. Estos
son los ingredientes necesarios para una auténtica emergencia futura.
Tras años de practicar en el espacio-nosotros con grupos de diferentes
tamaños, he observado directamente cómo los estados de coherencia
permiten a los participantes empezar a hablar desde el campo, en lugar de
hacerlo sobre él. Juntos, los seres humanos somos capaces de entrar en una
esfera más alineada, un estado colectivo de ser y conciencia. Desde ese
lugar, un miembro de un grupo (llamémosle Adina) es capaz de hablar
desde la energía y la información de otro (llamémosle Gael). A esto lo
denomino comunicación transparente. Adina puede hacerlo apoyándose en
la cualidad de la mutualidad, al suspender sus propias imágenes e
interpretaciones de Gael y, en su lugar, abrazar o sintonizar profundamente
con la energía de origen o alma de Gael, esa parte de él que precede a la
realidad ilusoria y a su aparente condición de separación.
Cuando hacemos esto, descubrimos que hay mucho más espacio y mucha
más luz disponible. La coherencia nos lleva a la sorprendente constatación
de la contemplación común y la observación compartida, a la plenitud e
intimidad del emergente nosotros. Al vibrar juntos en este estado de
conciencia colectiva, accedemos a un nuevo nivel de inteligencia humana.
Al conectarse desde esa corriente de inteligencia colectiva, las palabras de
Adina se convierten en un mediador para la conciencia mayor en la que se
convierte el grupo en conjunto, el interser. Ya no habla desde su yo
separado e individual, sino desde el todo.
Cuando un grupo se compromete de este modo, sus miembros trascienden
la mente personal y subjetiva y sus pensamientos pululantes y a menudo
lineales, y son capaces de procesar un grado mucho mayor de información
de forma más rápida y holística. Vamos más allá de nuestro pensamiento
crítico individual o de nuestras capacidades de percepción sutil y
accedemos a nuestra inteligencia colectiva, lo que nos lleva a lo que se ha
llamado «la simplicidad al otro lado de la complejidad». Yo denomino a
esta cualidad pensamiento de campo, un tipo de procesamiento de sistemas
que no solo nos permite vernos a nosotros mismos y a los demás, sino
también nuestros puntos de superposición e interconexión como un todo
energético. Creo que este nivel de percepción es una emergencia evolutiva.
El Collective Intelligence Research Institute (Instituto de Investigación de
la Inteligencia Colectiva) ha acuñado el término holopticismo, que parece
referirse al pensamiento de campo y se define de este modo:
«El término holopticismo proviene de las voces griegas holos (todo) y optikè (ver), y alude a la
capacidad de un individuo de ver el todo como una entidad viva en la colectividad a la que
pertenece. Los equipos deportivos y las bandas de jazz funcionan en un contexto holóptico
porque cada jugador percibe al equipo como un todo y sabe lo que tiene que hacer.
No debemos confundir el holopticismo con la transparencia. Esta última se refiere a la
capacidad de ver las acciones de todos. El holopticismo solo se aplica cuando un conjunto
emerge como una entidad autónoma y perceptible (la banda, el equipo...). Por ejemplo, los
pasajeros que se agolpan en un autobús no funcionan como un todo colectivo unificado (a menos
que ocurra algo especial). Cien jugadores en un campo deportivo tampoco forman un equipo
coherente, aunque todos puedan ver a todos. En ambos ejemplos, tenemos transparencia, no
holopticidad.
En un contexto holóptico, el individuo sabe lo que tiene que hacer porque es informado por el
conjunto. Las acciones no tienen por qué provenir de una cadena de mando ciega. Las
actuaciones individuales y colectivas surgen del cruce de reglas y acuerdos, de los papeles de los
jugadores, las personalidades y estilos individuales, y de la configuración del campo en tiempo
real. Cada acción individual modifica el conjunto, que a su vez informa al jugador sobre lo que
debe hacer a continuación, y así sucesivamente. Un bucle de retroalimentación incesante permite
que el individuo y la colectividad se comuniquen entre sí» 91.
Cuando formamos parte de un grupo —ya sea religioso, espiritual,
organizativo, corporativo o de cualquier otro tipo— y sentimos que la
energía se eleva con una profunda calidad de conexión e intención
compartida, está produciéndose cierto grado de coherencia y pensamiento
de campo. Nos sentimos entusiasmados y llenos de energía por nuestros
objetivos compartidos y más estrechamente conectados entre nosotros, a
pesar de nuestras diferencias. Con demasiada frecuencia, al dejar el grupo y
volver a la realidad ordinaria de nuestra vida separada, la vitalidad e
inteligencia que sentíamos con el grupo parece desaparecer, por eso es
importante aprender formas de permanecer conectados a su flujo vivo.
Todo esto pertenece a un área de investigación fascinante y vital para una
investigación futura.
La complejidad es simplicidad en el recipiente adecuado. En su libro de
1982, The Evolving Self, el psicólogo del desarrollo y profesor de Harvard,
Robert Kegan presentó su teoría del sujeto-objeto, que amplió en obras
posteriores 92. La teoría de Kegan es en esencia la siguiente: en cada etapa
progresiva del desarrollo (lo que él denomina «los distintos órdenes de la
conciencia»), el sujeto de la etapa anterior se convierte en el objeto de la
siguiente. La teoría de Kegan es una teoría de complejidad ascendente. En
pocas palabras, el sujeto se refiere al «yo soy», que es apegado y no
objetivo. El sujeto incorpora sus propios sentimientos, conductas, rasgos de
personalidad y/o suposiciones sobre el mundo, sin diferenciar estas
cualidades de sí mismo. A medida que se desarrolla la conciencia, él o ella
comienza a diferenciarse, convirtiendo al sujeto en objeto («yo tengo»),
ahora separado de sí mismo y, por lo tanto, observable. Así, en cada etapa
sucesiva de desarrollo, el sujeto se vuelve capaz de reflexionar y considerar
—y por tanto cambiar— las formas anteriores. Como explica el filósofo
estadounidense Ken Wilber, el desarrollo o evolución de la conciencia
humana se produce a través de un proceso que trasciende, pero también
incluye las etapas anteriores 93.
El concepto budista del desapego puede tener su origen en esto, ya que
enseña que cuando estamos demasiado identificados con sentimientos,
conductas o creencias, o están demasiado arraigados en nosotros, sufrimos.
Pero a medida que ampliamos la consciencia y el discernimiento a través de
la conciencia de testigo, nuestro sufrimiento disminuye.
Las cuestiones complejas abruman a un sujeto que todavía tiene que
establecer una diferencia entre sí mismo y el objeto y, por tanto, sigue
enredado con los síntomas generados por los problemas. En cada etapa
superior, es capaz de reflexionar sobre los síntomas con mayor desapego y
objetividad, afrontándolos con mayor presencia, espacio interior y
conexión. Lo que era de una complejidad abrumadora en la etapa anterior
se vuelve claro y comprensible en la siguiente. Un litro de agua (objeto) no
puede ser contenido por un vaso (sujeto); el vaso debe «aumentar». Dado
que cuestiones como el cambio climático y el trauma colectivo son tan
grandes y complejas, necesitamos una mayor complejidad sujeto-objeto (un
vaso más espacioso) para comprenderlas y resolverlas.
Podemos avanzar activamente en nuestro desarrollo personal de la
conciencia presenciándola y prestándole atención. Alcanzar órdenes
superiores de conciencia colectiva requiere lo mismo; debemos trabajar
individualmente y en conjunto para ampliar nuestra copa. Cuando lo
hacemos, descubrimos que un cambio mayor es posible y llega más rápido.
El trauma reduce el flujo de energía en un sistema y crea una conciencia
de escasez. Integrar el trauma colectivo aporta más energía al sistema, lo
cual da acceso a una mayor abundancia. El flujo de la fuente de nuestro
cosmos es interminable y abundante, y nosotros somos una manifestación
viva de ese flujo. Nuestra tarea consiste en cultivar la copa de la conciencia
interior; necesitamos desarrollarnos para ser capaces de acoger y sostener la
complejidad que encontramos en nuestro mundo exterior. Como escribió en
1955 Pierre Teilhard de Chardin, idealista, filósofo, científico y jesuita
francés:
«Vemos que el pensamiento no participa de la evolución como una anomalía o un
epifenómeno, sino que la evolución es tan reducible e identificable con un avance hacia el
pensamiento, que el movimiento de nuestra alma expresa y mide las propias etapas del progreso
de la evolución. El ser humano descubre que no es nada más que evolución consciente de sí
misma» 94.
A medida que la energía da lugar a la forma a lo largo del bucle de
individuación en el proceso inicial de desarrollo, la luz vibratoria se
convierte en algo sólido, manifestándose en 3D. Entrelazándose y
siguiendo el mapa de un código sagrado autorreplicante, la inspiración y la
energía se transforman en estructura material. La luz se convierte en el
cerebro y el sistema nervioso, en el esqueleto, el corazón y los pulmones,
en los grandes vasos sanguíneos y los pequeños capilares, en los músculos
y las fascias, en la linfa y los ganglios, en las hormonas y las glándulas, en
los órganos y los tejidos, en la piel, los dientes y el cabello, e incluso en las
complejidades del iris y las huellas dactilares, únicas para cada individuo
en todo el universo.
Sin embargo, por muy antiguo y perfeccionado que sea este proceso
arquitectónico, una sola experiencia traumática tiene el poder de crear una
fractura, un punto de dislocación entre el campo energético y su expresión
tridimensional en la estructura material. Dondequiera que ocurra, crea
constricción y descorporización. En esencia, puede decirse que el trauma
reduce, separa, fragmenta o «aplana» un aspecto del complejo cuerpo-
mente en una representación 2D, que queda así disociada y descorporizada
(saber de forma intelectual que esto nos sucede no es lo mismo que ser
capaces de observarlo desde el testigo interno y sentirlo plenamente).
En los conflictos traumáticos, como la guerra, la gente reduce, aplana y se
separa de aquellos que percibe como enemigos. El miedo, la adrenalina y la
simple mecánica de la conmoción generan experiencias de miedo, furia o
insensibilidad que les permiten luchar, huir, esconderse y sobrevivir, pero
no son sentimientos encarnados de interconexión consciente. Los seres
humanos deben convertir a esos enemigos percibidos en recortes 2D para
perpetuar la guerra contra ellos; esto es quizá una estrategia evolutiva.
Cuando vemos a los demás plenamente en 3D, los sentimos igual que a
nosotros mismos, y ¿quién puede explotarse a sí mismo de forma
razonable? Rechazar en la orilla una embarcación pequeña e inestable
atestada de refugiados asustados, muchos de los cuales son niños, requiere
una enorme disociación. Separar a los niños inmigrantes de sus familias
solicitantes de asilo y encerrarlos en jaulas abarrotadas requiere una enorme
disociación. Entrar en una escuela o en un club nocturno portando un arma
semiautomática requiere convertir a todas las personas que están dentro en
una imagen 2D, una ficción aplanada.
Dondequiera que vayamos, acarreamos maletas mentales llenas de
nuestros propios fragmentos 2D, nuestros propios fantasmas. Entendemos
en algún nivel que estamos cargando con ellas, y quizá incluso conozcamos
la causa. Pero estos aspectos disociados no están disponibles para el cuerpo
y, como tales, permanecen sin sentirse y sin restaurarse (es decir, sin
integrarse). El trauma reduce la capacidad superior, cerrando nuestra
conexión energética con el ser multidimensional completo. A medida que
nos desarrollamos, sanamos e integramos conscientemente, restauramos
lentamente la corporización del yo tridimensional, accediendo a una
resiliencia más profunda y a capacidades más elevadas.
El trabajo con el trauma puede ser una especie de operación de
salvamento. No es necesario volver una y otra vez a cada experiencia
traumática, llorando, gritando o hablando de ella, pero sí debemos localizar
nuestros fantasmas incorpóreos, enterrados en algún lugar de esa tumba
congelada del yo disociado. Nuestro trabajo consiste en liberar nuestros
fragmentos 2D con las energías restablecedoras de la integración y el amor:
revivirlos y restaurarlos de nuevo en el cuerpo, a través del canal central,
reintegrando todas nuestras partes en el conjunto de nuestra esencia.
Al igual que cada individuo está diseñado para desarrollarse y
evolucionar, también lo está la colectividad, así como cada raza, cultura y
nación. Cuando los traumas colectivos frenan o impiden nuestro
crecimiento mutuo, el cuerpo colectivo rechaza sus propios fantasmas.
Algunas partes del cuerpo colectivo aplanan otras partes, reduciendo y
separando, negándose a sentir. Pero todos los aspectos son necesarios para
la salud del conjunto. Para empezar a resucitar y restaurar nuestras sombras
colectivas, debemos ir más allá de lo tridimensional, incorporando el
espacio, el tiempo y el ritmo. La presencia compartida y la conciencia
testigo grupal constituyen los fundamentos del trabajo de trauma colectivo.
Ya sean individuales o colectivas, nuestras sombras no pueden ser
simplemente enterradas y olvidadas, pues nos perseguirán hasta que las
devolvamos a la vida. Y si nunca lo hacemos, perseguirán a nuestros hijos
y a los hijos de estos, transmitiéndose a la siguiente generación en una
repetición interminable del karma y del tiempo.
Al final, las sombras reflejadas en la pared de la cueva no eran un truco o
una ilustración. Eran las asustadas formas 2D de nuestros propios
fantasmas repudiados, y de los de nuestros antepasados y de los hijos de
nuestros hijos. La tarea del héroe colectivo —que somos tú y yo— es
volver a entrar en la cueva portando una luz. Permanecer en el poder
resplandeciente de la presencia compartida y una conciencia testigo
recíproca. Reclamar nuestro derecho inalienable como seres completos que
pertenecen a un planeta completo dentro de un cosmos completo y sagrado.
Nuestros ancestros no se han ido: habitan con nosotros y en nosotros. Esta
verdad viene como una llamada de atención de las generaciones futuras,
que precisan de la sanación de sus ancestros para poder vivir en un mundo
mejor o para vivir simplemente. A medida que sanamos e integramos los
traumas de nuestro tiempo, contribuimos a la integración y sanación de los
suyos.
Como dijo el oráculo en la película Matrix: «Ahora tienes la visión, Neo.
Estás mirando el mundo sin tiempo»95. En la nueva dimensión en la que
entramos juntos, el tiempo desaparece, las generaciones se unen y las
naciones se vuelven una. En ese campo futuro, espero que descubramos dos
verdades místicas: nosotros somos aquellos a quienes hemos estado
esperando. Y hemos estado presentes en los otros todo el tiempo.
Rezo para que tú, yo y todo el mundo —nuestras parejas, hijos, familias,
colegas y amigos— llenemos el mundo con el amor de nuestra presencia
más plena y nuestra devoción más profunda. No tenemos que preocuparnos
por cómo queremos ser o por cómo preferiríamos que fueran los demás. No
tenemos que preocuparnos por ninguna versión ideal de nosotros mismos,
de los demás o del mundo. Mi oración de amor es encontrarte exactamente
como eres; encontrarme a mí mismo exactamente como soy; encontrarme
con el mundo precisamente como es, en el detalle más específico, la forma
más verdadera y desnuda. Esa es mi oración.
91 «Holopticism: Definition», Collective Intelligence Research Institute, consultado en marzo de
2019, cir.institute/holopticism/.
92 Robert Kegan, The Evolving Self: Problem and Process in Human Development (Cambridge,
MA: Harvard University Press, 1982).
93 Ken Wilber, Psicología integral (Barcelona: Kairós, 1994).
94 Pierre Teilhard de Chardin, The Phenomenon of Man (Nueva York: Harper Perennial, 1959),
221.
(Versión en español: Pierre Teilhard de Chardin, El fenómeno humano, Barcelona: Orbis, 1984).
95 The Matrix, una película dirigida por los hermanos Wachowskis (Burbank, CA: Warner
Brothers, 1999).
APÉNDICE: PRÁCTICAS GUIADAS
pertenecen a cuatro prácticas guiadas
L
AS INSTRUCCIONES AQUÍ EXPUESTAS
de meditación tomadas de mis talleres y retiros. Constituyen un
complemento del texto y puedes seguirlas de la manera que mejor te
convenga. Quizá te interese leerlas en voz alta y grabarlas para reproducirlas
durante la meditación.
Meditación de la luz
En las tradiciones espirituales encontramos dos descripciones del despertar
aparentemente contradictorias. Algunos santos que han vivido estados
profundos proclaman: «¡Me he fundido en la luz! Me he vuelto uno con
Dios», mientras que otros afirman: «Me adentré en la oscuridad más
profunda, examinando el pensamiento “yo”, y lo que encontré fue la amplitud
más profunda, la presencia más magnética. Una unificación con la Fuente».
Al principio, parece que estas dos descripciones se refieren a experiencias
diferentes, tal vez a dos niveles distintos de despertar. Pero hay belleza en
comprender que estas experiencias —la luz numinosa y la negrura del
espacio, del vacío— no son dos, sino una.
La alineación con la Ley Divina o con la Luz tiene un efecto transformativo.
Esta luz se revela como una transmisión de conciencia que fluye a través de
todos los ancestros, todas las vidas, en un flujo continuo e ininterrumpido.
Encontrar la alineación con la Ley Divina estriba en adecuar nuestro ritmo al
flujo de luz y nos enseña cómo podemos transmitir esa luz de una generación
a la siguiente, sin apego, karma, trauma o violencia.
En el Tao Te Ching, Lao Tzu pregunta: «¿Puedes aclarar tu visión interior
hasta no ver nada más que luz?» 96. ¿Puedes purificar tu visión interior hasta
no ver nada más que lo que es sagrado y está vivo, y ha querido estarlo
durante incontables generaciones?
La explosión de luz en todas las direcciones es la creación misma del
universo, y está sucediendo ahora. Pero debido a nuestro karma, a nuestros
traumas, nos parece que ocurrió hace mucho tiempo, en un pasado lejano. Sin
embargo, el Dios que es, era y será está presente en la creación ahora.
La meditación de la luz aumenta la conciencia de la sensación interna de
luz, pero es mucho más que un ejercicio de imaginación visual. Se trata de
una meditación sobre —y de hecho una llamada a— la Luz Divina.
Constituye un acto de realineación y purificación, que eleva activamente
nuestra frecuencia, como una oración cargada de energía, e infunde nueva
información vital en nuestro sistema nervioso.
Práctica guiada
Si te es posible, siéntate en una posición cómoda con la columna vertebral
erguida. Respira hondo un par de veces y relájate.
Deja que la respiración te ayude a adquirir una mayor conciencia de tus
sensaciones corporales. Simplemente respira y observa. Practica este viaje
interior hacia tu cuerpo físico, sintonizando con diferentes zonas: los pies, los
tobillos, las pantorrillas, las rodillas, los muslos, las caderas, la pelvis, el
abdomen, la espalda y los hombros. Fíjate en las partes que notas estresadas o
tensas, o incluso las que te resultan menos perceptibles, tal vez un poco
entumecidas. Al inspirar y espirar, observa las zonas que sientes más llenas
de energía y de sensaciones sutiles.
Sigue respirando y fíjate en cualquier contenido emocional. ¿Qué
impresiones emocionales están presentes junto con las sensaciones físicas que
percibes?
Ahora, simplemente respira y toma conciencia de la dimensión del espacio
interior, el campo interno que alberga estas impresiones y sensaciones. Toma
conciencia de tu pensamiento. Simplemente respira y observa.
Observa cómo todo esto existe en una dimensión interna, que contiene una
sensación de presencia interior. Esta presencia interna alberga la experiencia
de tus sensaciones corporales, así como tus emociones y tus pensamientos.
Observa cómo esta presencia interior o testigo tiene un sabor a
intemporalidad y está vinculada a una cualidad de amplitud que rodea tus
procesos emocionales y de pensamiento. Mientras respiras, fíjate en esta
amplitud.
Esta dimensión interior es el hogar de la mente.
Ahora, desplaza la atención lentamente hacia la coronilla. Usando tu visión
interna, concéntrate en la parte superior de la cabeza, y trata de prestar
atención y centrarte en esta parte del cuerpo.
Simplemente respira y mantén la atención ahí durante un momento.
Inspira suavemente, dirigiendo el aire hacia un lugar de la coronilla, que se
expande hacia arriba y hacia afuera. Ahora, desplaza la atención por encima
de ti. Imagina que tu cuerpo continúa por encima de la cabeza y que puedes
sentirte en ese espacio de arriba. Simplemente respira y explora este espacio.
Mientras exploras esta zona por encima de tu cuerpo, fíjate en cualquier
sensación tenue de luz que comience a aparecer. Conéctate con estas
sensaciones mientras sigues ascendiendo y expandiendo la sensación de tu
cuerpo.
Cada vez que aparezca un pensamiento, mira a ver si puedes dejarlo ir y
continúa sintiendo y percibiendo mientras expandes la conciencia hacia
arriba, quizá alrededor de un metro por encima de la cabeza, aunque todavía
dentro de los límites de una sensación expandida del cuerpo. Simplemente
estás extendiendo la conciencia de la ubicación de tu cuerpo, como si
activaras un nuevo órgano sensorial en el cerebro. Puedes sentir hacia arriba,
mirar hacia arriba, percibir hacia arriba, como si tu columna vertebral tuviera
una extensión, un pilar que se elevara por encima de la cabeza, más y más
arriba.
Al seguir expandiendo esa conciencia sentida cada vez más arriba por
encima de lo que habías pensado que era la parte superior de tu cuerpo físico,
tal vez comiences a percibir impresiones nuevas y sutiles, quizá una luz
blanquecina o dorada. Comprueba si puedes sentir esta luz.
(No te desanimes si no puedes. Ahora lo más importante es que centres la
atención en el espacio por encima de la cabeza. Si te resulta complicado,
tómate con calma el proceso como si se tratara de un experimento lúdico).
Cuando notes una sensación de luz o quizá una iluminación visual interna,
conecta con ella. Siéntela. Cuando tus pensamientos se entrometan, déjalos ir
si puedes y simplemente quédate con esta exploración. Continúa elevando esa
conciencia sentida por encima de la cabeza, llevando la visión interior hacia
arriba. Sigue explorando.
Cuando conectes con la luz, quédate ahí, siéntela. Trata de estabilizar la
atención en esta sensación de la luz. Muéstrate receptivo a ella, dejando que
fluya hacia tu cuerpo. Esta es la luz de tu alma. Establece la intención de
conectar con esta luz, con la cualidad de la inteligencia que te trajo a esta
vida. Siente esta nueva iluminación, dejando que te llene y te rodee.
Quédate con ella todo el tiempo que puedas.
Cuando estés preparado, vuelve a dirigir la atención a tu cuerpo físico.
Siente tu cuerpo sentado en el resplandor de esta meditación de luz.
Simplemente permanece sentado, ábrete y escucha cualquier cosa que surja.
Luego, de nuevo, suavemente, respira hondo unas cuantas veces,
percibiendo la sensación de tu cuerpo sentado en la silla o en el cojín,
dondequiera que estés.
Y ve regresando lentamente.
0«Ver en la oscuridad es claridad.
Saber ceder es fortaleza.
Usa tu propia luz
y retorna a la fuente de luz.
Esto se llama practicar la eternidad»97.
Meditación de presenciación
En su libro Theory U, el Dr. Otto Scharmer, presidente fundador del
Presencing Institute, escribe: «La presenciación es una mezcla de los
términos “presencia” y “sentir”. Significa sentir, sintonizar y actuar desde el
potencial futuro más elevado de uno mismo, el futuro que depende de
nosotros para hacerse realidad» 98. Cuando presenciamos, nos sintonizamos
desde lo más profundo de nosotros mismos.
La competencia corporal interior constituye un recurso disponible que te
permite ver, sentir y responder —a ti mismo y a los demás— con mayor
claridad, como si tuvieras ojos por todo el cuerpo. Te proporciona un mayor
discernimiento para que haya menos oportunidades de confusión y
malentendidos. También aumenta la sensibilidad y la claridad, y te aporta una
presencia más profunda.
Con esta práctica de sintonización interna empiezas a sentirte más enraizado
en el cuerpo. Te permite recorrer más fácilmente tu paisaje interior,
examinando todo tu cuerpo y todas las sensaciones internas, percepciones e
impresiones sutiles como si lo hicieras a través de la lente de una cámara.
Puedes observar con más claridad las zonas de comunicación reducida y las
que permanecen abiertas, así como incluir las partes anestesiadas o
desconectadas del cuerpo, en lugar de rechazarlas, simplemente relajándote
en esas sensaciones.
Práctica guiada
Si te es posible, siéntate en una silla con la columna vertebral erguida.
Apoya la pelvis cómodamente en el asiento con los pies apoyados en el suelo
separados el ancho de los hombros.
Al comenzar, simplemente sintoniza con tu respiración. Siente la
respiración y toma conciencia de las sensaciones corporales. Deja que cada
espiración te conduzca a través de una puerta abierta, ahondando en el cuerpo
físico.
Mientras continúas sintonizando más profundamente, presencia más y más
aquello que tu cuerpo está sintiendo en este momento, en diferentes zonas.
Tal vez notes que tu atención se dirige a la sensación de tensión, un
sentimiento de estrés interno, o incluso al dolor que sientes en ciertas partes
del cuerpo. En otras áreas tal vez percibas una sensación de vitalidad, un
ligero flujo de movimiento junto con diversas sensaciones sutiles.
Mientras sigues respirando, siente el peso del cuerpo tocando la superficie
de la silla. Siente cómo ese peso ancla tu cuerpo en el mundo. Siente la
presión del peso en el asiento. Respira suavemente y siente esa presión.
A partir de esta sensación, amplía la exploración a diferentes zonas, como la
parte superior de las piernas, para ver si tienes acceso a ellas a través de tu
sintonía corporal interna. Comprueba si puedes sentir los muslos y explorar
los músculos, los huesos, los tejidos, la piel y el flujo sanguíneo.
Ahora, elige otra zona de tu cuerpo y sigue escuchando. Presencia, escucha,
respira, presencia.
Fíjate en cualquier señal de sujeción, la tendencia a agarrar objetos que
surgen en la conciencia interior, como pensamientos, imágenes, emociones,
sensaciones corporales, así como estímulos externos: ruidos, olores e
impresiones visuales. Simplemente escucha el aferramiento.
O bien nos aferramos a un pensamiento interno o a una sensación corporal,
o bien se mueven y fluyen. Cada vez que surja un pensamiento o una
sensación, observa ese pensamiento o esa sensación y date cuenta de cómo te
apropias de ellos cuando salen a la superficie.
Sigue respirando y fíjate en que hay una cualidad de espacio, de espacio
interior. Cuando escuchas, eres espacio. Escuchar es espacioso. La atención
es espaciosa. Vigila tu mente y observa simplemente si está agarrando o
escuchando.
Mira a ver si puedes dejar que tu atención se vuelva más refinada, más sutil.
Más abierta.
Sigue respirando profundamente y sintoniza de nuevo con tu cuerpo físico.
Siente el cuerpo, su peso, sus músculos y su piel. Al sintonizar con el cuerpo,
deja que la atención se vuelva más suave, más sutil. Sigue respirando y
sintiendo el cuerpo de esta forma más sutil. Escucha el espacio que albergas
en tu interior.
La mayor parte del tiempo nuestra atención está ocupada con el mundo
exterior, pero ahora se dirige hacia dentro. Y puedes sentir cuánto espacio
hay en tu interior. ¿Lo sientes apretado, tenso, apiñado? ¿O sientes este
espacio interior más abierto y relajado?
Trata de percibir alguna zona de tu cuerpo que disponga de más espacio,
que sientas más ligera y abierta. Fíjate en los lugares que están más tensos,
más estresados. Tal vez en esas áreas haya una sensación de mayor densidad
o congestión, de menos espacio.
Ahora, vuelve a prestar atención al flujo de la respiración. Observa cómo su
movimiento a través del cuerpo es como un pulso, un ritmo, un movimiento
constante y repetitivo. Trata de percibir algún detalle sutil en el ritmo
respiratorio.
Si notas que te distraes, simplemente vuelve a prestar atención a los detalles
de la respiración. Fíjate en el lugar de reposo, esa breve quietud que se
produce antes de que la inspiración se convierta en espiración, y de que la
espiración se convierta en inspiración.
Cuanto más te acerques y presencies estas sensaciones, más finas y sutiles
serán y más información aparecerá, como si la resolución de la imagen
aumentara.
Mira a ver si puedes sentir cómo la respiración afecta a la cabeza. ¿Existe
una conexión entre tu respiración y la forma en que sientes la cabeza?
Observa cómo la respiración afecta a los brazos, manos y dedos. A la pelvis.
A las piernas y los pies.
Tal vez ahora percibas cómo la respiración afecta a todo tu cuerpo, a todas
sus partes. Mientras el pecho y el vientre se expanden y se contraen, todo el
cuerpo respira suavemente. Quizá notes además cómo tu respiración afecta
incluso al aire que te rodea.
Mientras exploras el efecto de la respiración, quédate con la sensación vital
de tu cuerpo. Escucha su experiencia. Esta escucha crea una presencia. Al
escuchar las sensaciones corporales que produce la respiración, infundes esa
sensación con presencia, conciencia, una resolución superior.
Disfruta del ritmo de la respiración. Se trata del flujo simple y esencial de tu
vida, y puedes volver a él una y otra vez, siempre que pierdas el ritmo en la
agitación del mundo exterior.
Ahora, si puedes, desplaza la atención a una parte de tu cuerpo que sientas
viva. Tal vez sean las manos, el pecho o el rostro. Tal vez notes un pequeño
cosquilleo o una sensación de flujo ahí donde tu cuerpo está más presente y
despierto. Escucha esos movimientos sutiles. Presencia su sensación de
vivacidad, flujo, energía y accesibilidad. Cuanto más tiempo observes, más
fina y sutil será esta vivacidad. Su sabiduría es otro recurso que está
disponible en tu interior.
Cada vez que surja un pensamiento, déjalo ir suavemente y regresa a esta
exploración del movimiento en tu cuerpo, a su vitalidad. Presencia su ritmo y
su energía.
Hay respiración. Hay espacio. Hay sensaciones, percepciones, impresiones,
imágenes y pensamientos. Hay una cualidad de reducción y tensión, o bien de
energía y vivacidad. Y hay presencia y conciencia sosteniendo todo esto.
Obsérvate a ti mismo mientras presencias tu respiración. Obsérvate a ti
mismo mientras percibes tus sensaciones corporales o experimentas tus
pensamientos e impresiones. Observa que hay un testigo interno,
presenciación, quietud y conciencia. Observa que hay respiración, espacio y
confianza.
Respira hondo unas cuantas veces mientras empiezas a regresar. Abre los
ojos lentamente. Sigue respirando y fíjate en los objetos del espacio exterior
que te rodea. Quizá haya un ordenador, un teléfono o una ventana. Mientras
respiras, observa la habitación. Escucha cualquier ruido de fondo. Siente la
temperatura del aire.
Mientras tomas conciencia de estas sensaciones y percepciones externas,
comprueba si puedes seguir presenciando tus sensaciones y percepciones
internas. Intenta mantener ambas: tu conciencia interior y exterior. Siente los
detalles sutiles, las cualidades más tenues. Observa que puedes sentir,
percibir y escuchar en ambos mundos con curiosidad, intención y presencia.
Trata de establecer en tu vida cotidiana la práctica regular de presenciar tus
campos de conciencia interior y exterior.
Meditación de limpieza
Al final de la cuarta onda del CTIP, a la que llamo la etapa de limpieza e
integración grupal, se han experimentado enormes cantidades de energía,
información, impresiones, sensaciones y emociones. A fin de enraizar,
digerir, limpiar e integrar esas experiencias, es importante que regresemos al
centro, capaces de sentirnos claros, presentes y enraizados en el cuerpo. Para
ello, elegimos una meditación sencilla de centramiento o limpieza junto con
técnicas de tonificación, como el tarareo en grupo, y también puede incluirse
el uso de cuencos tibetanos.
Por supuesto, las prácticas sencillas de centramiento y las meditaciones de
limpieza como esta pueden utilizarse en cualquier momento y por cualquier
motivo. Nos ayudan a volver a centrarnos y a reconectarnos con nuestro
corazón, así como a sintonizar más profundamente con nuestro cuerpo.
Práctica guiada
Siéntate en una posición cómoda, si es posible con la columna vertebral
erguida, y comienza con unas cuantas respiraciones profundas.
Mientras respiras, céntrate en el cuerpo. Siente y escucha: ¿te sientes
cómodo en tu cuerpo mientras practicas? Simplemente observa mientras
descansas en la simplicidad de estar sentado.
Cualquiera que sea el grado de bienestar, calidez y descanso que encuentres
en esa escucha —por poco o mucho que sea—, es exactamente donde estás.
Y no hay nada mejor, nada más que debas buscar. No hay ningún ideal,
ningún «debería». Un largo camino empieza por un primer paso.
Sigue respirando tal como estás, escuchando y presenciando tu estado
interior, iluminando el estado actual con conciencia, tal y como es.
La respiración es una amiga íntima. Ha estado contigo desde el primer
instante en que llegaste a este mundo. Te ha acompañado en todas las
experiencias, desde las más agradables hasta las más complicadas. Camina
contigo dondequiera que vayas, a través de cualquier cosa que hagas, como lo
hará hasta tu último suspiro. Y dado que la respiración siempre está presente,
puede guiarte hacia una experiencia más profunda de ti mismo, exactamente
tal como eres ahora. No hay una versión mejor que debas buscar. Solo existe
esta versión, la más verdadera, la más fiel al ahora.
Así es como fluye la respiración.
Mientras sigues la respiración, deja que te conduzca a un lugar más
profundo y te muestre el fluir de tu experiencia tal y como es ahora. La
respiración es el movimiento de tu existencia; refleja el flujo y el desarrollo
de tu vida mientras nadas en el río de tus experiencias. El modo en que
conoces a nuevas personas, realizas las tareas diarias, mantienes la intimidad
y la conexión contigo mismo y con los demás, todo ello se revela en el flujo
de la respiración a través del río más amplio de tu alma.
También fluyen en este río tu inteligencia, motivación, pasiones, intereses y
potencial. La luz que contiene tu inspiración, creatividad e innovación está
ahí. Tu capacidad hacia el despertar y la iluminación también está presente en
el río, por el que fluye la propia luz de tu alma.
Puedes descansar en este río y mantener la intención de conectar con su luz,
con tu inspiración y creatividad, o tal vez prefieras dirigir tu visión interior
hacia arriba, conectando con la luz que fluye por encima de tu cabeza, con
suavidad y apertura; también puedes sentarte como un embudo abierto, con la
intención de recibir. Simplemente invita a la luz del alma a derramarse sobre
ti, mientras te abres y escuchas.
En los niveles más elevados la luz posee tonos o frecuencias más altas —
como las notas más agudas de un piano o las emitidas por el rasgueo de una
guitarra—, que son mucho menos densas que la experiencia ordinaria. Al
sentir el espacio situado por encima de la cabeza, tal vez percibas una
vibración más fina, una octava más alta de sonido o color. Se trata de un
espacio más refinado, más sutil. Cuando el mundo es ruidoso, la inspiración
suele ser solo un susurro. Por eso los momentos de silencio, soledad y
quietud resultan fundamentales, ya que nos permiten sintonizar con las
resonancias más refinadas y elevadas.
Cuando estés preparado, regresa suavemente al cuerpo, percibiendo la
sensación de estar sentado y sintiendo tu espacio interior. Reposa un
momento en la quietud. Simplemente descansa y escucha. Dirige la atención
al corazón y escucha la amplitud de tu interior.
A continuación, respira hondo un par de veces y abre los ojos.
Meditación de presenciación de los ancestros
En los grupos que tienen una práctica regular y han sido capaces de alcanzar
un alto nivel de sintonía compartida y coherencia colectiva es posible
presenciar las energías, las experiencias, los recuerdos, las percepciones y la
información que pertenecen a los ascendientes de los participantes del grupo,
o a los de un lugar o tiempo particular (como los ancestros que
experimentaron el Holocausto o la esclavitud en América). Esta práctica
requiere una facilitación experta y se lleva a cabo con el propósito de
profundizar en nuestra conexión y comprensión de nuestros antepasados, así
como por la posibilidad de una sanación y liberación generacional.
Práctica guiada
Siéntate cómodamente en un lugar tranquilo y cierra los ojos.
Mientras respiras, dedica un momento a disfrutar de la sencillez de estar
sentado. Deja que cada espiración te ayude a adentrarte un poco más en tu
cuerpo.
Al hacer esto, notarás que cada vez te resulta más fácil conectar con el
cuerpo y dejar que la espiración te dirija a una conciencia corporal, una
conciencia más profunda de todo tu campo energético. Puedes presenciar
todo el cuerpo, observando sus zonas de vitalidad y entumecimiento:
sintonizar con sus cargas y ritmos, así como con sus lugares de restricción,
tensión o desconexión.
Disfruta de los diferentes aspectos del cuerpo, sintiendo sus múltiples partes
y cómo están contenidas en un sentido creciente del conjunto.
No hay ninguna presión para sentir. Puedes simplemente darte permiso para
no sentir algunas cosas o dárselo a otras personas. A medida que te haces más
sensible al ritmo de tu cuerpo y a los cuerpos y experiencias de otras
personas, encuentras la velocidad justa de procesar todo esto. Descubres un
camino sencillo para seguir la respiración y centrar tu chi, tu energía vital,
enraizándola en el bajo vientre o la base, con el fin de aquietar la mente.
A medida que estás más presente en el cuerpo, te vuelves más disponible
para tu entorno emocional. Te sientes más valiente para sentir cualquier cosa
que surja en la vida, para disfrutar de la colorida experiencia de ser humano,
y para permitir que los demás también sean seres humanos coloreados.
Con independencia de cómo sea tu vida o de lo que pueda desencadenar o
activar tu pasado, estás más disponible, más presente para la experiencia.
Esto te proporciona el coraje espiritual para adueñarte del pasado, para
abrazar de dónde vienes y para integrar las corrientes de tus padres, abuelos y
antepasados —todo lo que eres en los ámbitos genético, histórico, cultural,
emocional y mental— en el río de tu alma. Encuentras el valor tanto para
abrazar como para superar esta historia, de modo que cada vez haya menos
fricción con tu pasado y más inclusión. Más espacio. Más plenitud.
Empiezas a ver que tus padres forman parte de ti de una manera muy
íntima. Su energía está entretejida de forma inherente con tu propia energía, y
sigue fluyendo hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. Puede que estés en
paz con unas energías o rechaces otras, o tal vez haya algunas a las que estés
demasiado apegado. Eres capaz de ver claramente lo que es adicción y lo que
es evasión, que son las dos formas de expresar un miedo no resuelto.
Honrar a tu madre y a tu padre es un mandamiento sagrado. Al
considerarlo en el contexto de abrazar quién eres y de dónde vienes,
descubres su verdadero significado.
Descubres una nueva disposición para sentirte tanto cómodo como
incómodo, para estar aquí y mostrarte disponible, con independencia de cómo
se desarrolle la vida. Esta nueva disponibilidad y buena voluntad surgen junto
a un amor creciente que amplía el plano esencial que contiene el registro de
tu nacimiento y la totalidad de tu pasado hasta ahora. Este amor es la clave;
su luz abre el futuro potencial latente en tu diseño.
La luz del alma desea sumergirse en los rincones más profundos de tu
pasado para iluminarlo, sanarlo y trascenderlo; para llenarlo de conciencia,
claridad, compasión y amor. En la medida de tus posibilidades, puedes
ampliar la corriente lo suficiente como para incluir una o dos generaciones
anteriores: tus abuelos y bisabuelos. Cuando hagas esta invitación, permite
que tu conciencia toque la inmensidad del río del que provienes, el flujo
energético de tendencias, hábitos evolutivos, cualidades y características que
se transmiten a lo largo de las generaciones. Fíjate en aquellas corrientes que
son más brillantes; siente los numerosos dones luminosos, las habilidades y
las distintas cualidades del espíritu que están allí presentes. Siente también las
partes más oscuras, menos iluminadas, ocultas en la sombra del inconsciente
familiar.
Observa cómo responde tu propio campo energético a esta invitación y
honra cada paso. Respeta por igual las resistencias o el impulso de parar y los
sentimientos de curiosidad e interés. Todo tiene su lugar. Si te adormeces,
adormécete. Si surge una gran cantidad de información, acompáñala. Mira y
siente con una actitud abierta. Honra el proceso.
De nuevo, si amplías la corriente, presta atención a las partes con las que
puedes estar excesivamente identificado o apegado. Observa con claridad los
aspectos de tu corriente ancestral que rechazas, que simplemente no te
gustan, que te suscitan el impulso de alejarte.
Disfruta de tu creciente capacidad de sentir, ver y sintonizar con lo que te
llega. Si surge algo que te interesa, sintoniza más profundamente, como si
estuvieras volando hacia esa energía. Intenta sentir lo que aflore con una
mayor precisión, examinando con más detalle la información que contenga.
Mantente abierto a cualquier sensación que aparezca. Fíjate en su calidad:
puede que la sientas distante y lejana, o quizá sumamente cercana. Tal vez la
sientas cálida o abierta, afectuosa. Quizá contenga una cualidad de frialdad o
vacío. Sé amable con todo lo que llegue, permite que sea lo que es y recíbelo.
Simplemente ofrécele presencia.
Cuando te sientas preparado, dirige la atención desde esta corriente interna
hacia el lugar que está justo encima de la cabeza. Conecta con lo que hay allí.
Tal vez sientas un cosquilleo energético o una sensación de flujo. Tal vez
haya un sonido. Mientras observas y sientes esta zona por encima de la
cabeza, mueve la energía hacia arriba lentamente, más arriba. Si puedes,
conecta con la luz en ese lugar. Si no, simplemente dirige la atención más
arriba y ábrete. Relájate en el espacio por encima de la cabeza y simplemente
siente lo que está presente.
Cuando notes una sensación de luz, conecta con ella. Siéntela. Estabilízate
ahí.
Si es posible, asciende más alto. Alcanza una vibración de luz más elevada
y expande tu conciencia en ese espacio. Aumenta tu amplitud y
disponibilidad. A medida que esta vibración más elevada fluye hacia abajo a
través de tu sistema nervioso central o canal principal, hacia el cuerpo,
percibe el cambio de frecuencia, el modo en que afecta a cómo te sientes.
Deja que siga fluyendo a través de ti, de vuelta a tus raíces, expandiendo la
corriente de luz que fluye a través de tu línea ancestral.
Cuando estés conectado con la luz, siéntela y ofrece una breve oración o
una intención clara. Invita a la claridad. Tal vez haya algo en tu ascendencia
que necesite tu comprensión o apoyo. Invita a una aclaración sanadora de tu
pasado: revelaciones más conscientes, una integración más profunda. Envía
esta oración o intención arriba, hacia la luz, aún más alto. Y déjala ir.
Permanece sentado con receptividad, sintiendo el resplandor de la luz. En
este espacio hay más información, una visión más profunda. Si hay algo
importante que debas saber, estás descansando en un espacio abierto en el
que puede serte revelado. Al pasar un tiempo aquí, te abres al verdadero
futuro que se derrama a través de ti en el río de tu pasado, tocando a tus
ancestros con frecuencias clarificadoras y sanadoras.
Descansa y observa la amplitud de este lugar. Deja que todo lo demás
desaparezca. Sé con la profunda presencia sin forma que subyace en este
momento.
Cuando estés preparado, regresa suavemente. Respira hondo unas cuantas
veces y retorna al lugar donde estás sentado.
96 Lao Tzu, Tao Te Ching, trad. S. Mitchell, cap 10, thetaoteching.com/taoteching10.html.
97 Lao Tzu, Tao Te Ching, trad. S. Mitchell, cap 52, thetaoteching.com/taoteching52.html.
98 C. Otto Scharmer, Theory U: Leading from the Future as It Emerges (San Francisco: Berrett-
Koehler Publishers, 2009), 8.
COLABORADORES
Christina Bethell
La Dra. Christina Bethell es profesora de la Escuela de Salud Pública Bloomberg en la Universidad
Johns Hopkins, donde propone una nueva ciencia integrada del bienestar, a fin de promover una salud
temprana y duradera en los niños, los jóvenes, las familias y las comunidades. Es la directora fundadora
de Child and Adolescent Health Measurement Initiative y de Mindfulness in Maternal and Child Health
Consortium, y su planteamiento se basa en enfoques de competencia intercultural comprometidos con
la comunidad para la evaluación y mejora de la salud y el bienestar. La Dra. Bethell dirigió el diseño de
una agenda nacional ampliamente respaldada para abordar el trauma en la infancia y fomentar la
sanación y el florecimiento infantil. Es máster en Administración de Empresas y Salud Pública por la
Universidad de California, Berkeley, así como doctora en Políticas Públicas por la Universidad de
Chicago. Enseña métodos de reducción del estrés basados en la atención plena, así como de «sanación a
través de la revelación», y es una ávida estudiosa de la comunicación transparente, la presencia y la
evolución humana.
Laura Calderón de la Barca
La Dra. Laura Calderón de la Barca es psicoterapeuta, analista cultural, escritora y educadora. Ha
vivido, estudiado y trabajado en México, su país de origen, así como en Austria, Bélgica, Inglaterra,
Australia y Canadá. Su trabajo se centra en la sanación personal y colectiva de individuos, parejas,
grupos y comunidades. Es miembro del comité directivo de investigación de Pocket Project.
Patrick Dougherty
Patrick Dougherty, maestría en Humanidades, es licenciado en Psicología, activista social, escritor,
profesor de qi gong y miembro de Pocket Project. Ha pasado más de cuarenta años trabajando como
terapeuta, centrándose en el trauma individual y colectivo. Su trabajo se enfoca en el desarrollo de
modelos eficaces de facilitación de grupos en torno a las cuestiones de la violencia armada, la guerra y
el genocidio, así como el racismo y el privilegio blanco. Es autor de Qigong in Psychotherapy: You
Can Do So Much by Doing So Little y de una autobiografía, A Whole-Hearted Embrace: Finding Love
at the Center of It All.
Scilla Elworthy
La Dra. Scilla Elworthy ha sido nominada tres veces al Premio Nobel de la Paz por su trabajo con
ORG para desarrollar un diálogo eficaz entre los responsables de la política internacional de armas
nucleares y sus detractores. Fundó Peace Direct (2002) para financiar, promover y aprender de los
constructores de paz locales en zonas de conflicto y es cofundadora de Rising Women Rising World
(2013) y FemmeQ (2016). La Dra. Elworthy fue asesora de Peter Gabriel, el arzobispo Desmond Tutu
y Sir Richard Branson en la creación de The Elders, y en 2003 recibió el Premio Niwano de la Paz. Su
último libro es The Business Plan for Peace: Building a World Without War.
Markus Hirzig
Markus Hirzig ha ejercido como fisioterapeuta y osteópata durante treinta años. Colabora con
Thomas Hübl desde 2002 y lleva varios años prestando apoyo a los participantes de los grupos.
Respalda el desarrollo de los miembros del equipo de ayudantes, facilita mentorías grupales en los
cursos online de los Principios Místicos de la Sanación de Thomas y colabora con los programas de
formación de Pocket Project para la integración del trauma.
Gabor Maté
El Dr. Gabor Maté es un médico jubilado que, tras veinte años de experiencia en medicina familiar y
cuidados paliativos, trabajó durante más de una década en el Downtown East Side de Vancouver con
pacientes con problemas de adicción a las drogas y enfermedades mentales. Autor de cuatro libros
publicados en veinticinco idiomas, Gabor es un conferenciante de renombre internacional muy
solicitado por sus conocimientos sobre adicción, traumas, desarrollo infantil y la relación entre estrés y
enfermedad. Debido a su innovadora labor médica y sus escritos, ha recibido la Orden de Canadá, la
más alta distinción civil de su país, y el Premio al Mérito Cívico de su ciudad natal, Vancouver.
Otto Scharmer
El Dr. Otto Scharmer es un autor de libros superventas, fundador del Presencing Institute y profesor
titular de la Escuela de Administración y Dirección de Empresas Sloan del MIT, donde dirige el
programa MIT IDEAS de sostenibilidad e innovación intersectorial. Otto introdujo el concepto de
«presenciación», aprender del futuro emergente, en sus obras más vendidas. En 2015 cofundó el MITx
u.lab, un curso en línea abierto a un número ilimitado de participantes para liderar cambios profundos,
que desde entonces ha activado un ecosistema global de renovación social y personal en el que
participan más de 125 000 usuarios de 185 países. En 2019 cofundó el Laboratorio de Transformación
Social (u.lab-S), que está integrado por 350 equipos con un enfoque local centrado en reinventar la
educación, la gobernanza y nuestras economías en el contexto de su ecosistema. En 2018 la
Vicesecretaria General de las Naciones Unidas (ONU) lo nombró miembro del Consejo Asesor sobre
Aprendizaje de la ONU para la Agenda 2030. Y en 2019 la organización Global Gurus lo clasificó
tercero entre los treinta mejores profesionales de educación del mundo.
Gregor Steinmaurer
®
Gregor Steinmaurer es terapeuta familiar sistémico, terapeuta del trauma (Somatic Experiencing ),
consejero, coach y facilitador. Vive en Austria, donde tiene una consulta privada, además de dirigir
talleres y formaciones internacionales con su mujer, Komala de Amorim. Gregor es miembro del
equipo de Pocket Project y un valioso componente del equipo de ayudantes de Thomas Hübl.
Ken Wilber
Ken Wilber es uno de los filósofos más importantes del mundo y el escritor académico más traducido
de Estados Unidos, con veinticinco obras traducidas a una treintena de idiomas. Es el creador de la
primera filosofía verdaderamente exhaustiva o integradora del mundo, llamada acertadamente «teoría
integral». Ken es fundador del Instituto Integral, la primera organización totalmente dedicada al avance
y la aplicación del Enfoque Integral en relación con los problemas globales contemporáneos. También
es cofundador de Integral Life, una comunidad virtual dedicada a compartir la visión integral en todo el
mundo, así como a documentar y catalizar el progreso del movimiento integral.
SOBRE EL AUTOR
THOMAS HÜBL es un reputado místico contemporáneo, maestro espiritual y facilitador de grupos cuyo
trabajo integra las ideas fundamentales de las grandes tradiciones de sabiduría con los descubrimientos
de la ciencia contemporánea.
Sus enseñanzas ofrecen un enfoque único para vivir como místico en el «mercado» moderno de la
actividad humana. Ha desarrollado un método para fomentar una profunda transformación individual
dentro del contexto cooperativo de la presencia y la conciencia testigo grupales, equilibrando la
integración individual con el aprendizaje colectivo. Su trabajo combina prácticas de conciencia
somática, prácticas meditativas avanzadas, un sofisticado análisis de la arquitectura cultural y procesos
de transformación que abordan la sombra humana y los traumas personales y colectivos. Sus
enseñanzas pretenden guiar a los practicantes hacia un nivel más profundo de autoconciencia, desde
una visión del mundo centrada en el ego hacia una vida de expresión, servicio y alineación auténticos.
Lleva trabajando desde 2004 con decenas de miles de personas de todo el mundo, dirigiendo talleres
internacionales, programas de formación plurianuales y eventos y festivales a gran escala. Es un asesor
muy solicitado por emprendedores sociales, líderes empresariales, organizaciones, terapeutas, asesores,
consultores y buscadores espirituales, así como un ponente habitual en congresos y talleres de todo el
mundo. En 2020 fue nombrado doctor honoris causa por la Ubiquity University. Es fundador de la
Academia de la Ciencia Interior, de la Escuela de Integración del Trauma Colectivo y de Pocket
Project.
Es natural de Austria y en la actualidad reside entre Tel Aviv (Israel) y Oldenburg (Alemania) junto
con su esposa, la galardonada artista y profesora israelí Yehudit Sasportas, y la hija de ambos, Eliya.
SOBRE LA COAUTORA
JULIE JORDAN AVRITT es escritora por encargo, colaboradora de autores, asesora de contenidos y
pensadora integral que trabaja con agentes de cambio globales, emprendedores culturales e
incorformistas, con el propósito de inspirar a la humanidad en una época de gran transición. Los libros
de sus clientes han sido bestsellers en las listas del New York Times y del Washington Post, y han
aparecido en publicaciones de prestigio.
Vive en Asheville, Carolina del Norte, junto con su hija, Journey, y dos compañeros felinos, Truman
Catpote y Esther, Destructora de Mundos.