Vol. 17 (1) – Mayo 2023 - http://dx.doi.org/10.21110/19882939.2023.
170106
La esperanza como inspiración en el Psicoanálisis1
Sandra Buechler, Ph.D.2
New York, USA
En este artículo se explora la esperanza como una fuerza motivadora en el tratamiento analítico.
Entender la esperanza, del paciente o del analista en el sentido de los cambios que se esperan poder
alcanzar en el tratamiento enfatiza el aspecto cognitivo de la mis-ma. Si bien se aborda la dimensión
cognitiva de las expectativas, este artículo se centrará principalmente, más que en el aspecto
cognitivo, en el valor emocional de la esperanza en el tratamiento. Se pondrá énfasis en cómo la
esperanza puede ser una fuente de inspiración para los participantes analíticos para encontrar la
fuerza y la resistencia que requiere el análisis.
Palabras clave: Esperanza, Psicoanálisis, Emociones
In this paper, hope is explored as a motivating force in analysis. To see the patient's and the analyst's
hopes in terms of changes they expect the treatment to accomplish emphasizes the cognitive aspect
of hope. While touching on these cognitive expectations, this paper focuses on the emotional, rather
than the cognitive, function of hope in treatment. It addresses the question of how hope can inspire
analytic participants to have the strength and stamina that analysis requires.
Key Words: Hope, Psychoanalysis, Emotions
English Title: Hope as Inspiration in Psychoanalysis
Cita bibliográfica / Reference citation:
Buechler, S. (2023). La Esperanza como inspiración en el Psicoanálisis. Clínica e Investigación
Relacional, 17 (1): 85-96. [ISSN 1988-2939] [Recuperado de www.ceir.info ] DOI:
10.21110/19882939.2023.170106
¿Cuántas veces en medio de una conferencia psicoanalítica que se desarrollaba con la debida
solemnidad surge un comentario conciso y directo por parte de un respetable miembro mayor
que deriva en risas de alivio en el auditorio? ¿Por qué dichas palabras, pronunciadas, tal vez,
con la franqueza propia de un niño, desprenden a su vez la autoridad de un oráculo? Más allá
de la hilaridad que pudiesen generar, ¿por qué al mismo tiempo esas palabras conmueven?
1
Traducción castellana realizada por Mario Nervi Vidal del trabajo original: Buechler, S. (1995). Hope as
Inspiration in Psychoanalysis. Psychoanal. Dial., 5(1): 63-74. Reproducido con autorización.
2
La Doctora Buechler es una analista supervisora y miembro del cuerpo de profesores del William Alanson White
Psychoanalytic Institute.
CeIR Vol. 17 (1) – Mayo 2023 ISSN 1988-2939 – www.ceir.info
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Creo que en parte es debido a que la analista mayor ha hablado de forma apasionada, con
seguridad, sin equívoco, como si fuera obvio lo que es correcto y lo que no lo es, que unas cosas
son importantes y otras no. Esta nítida relación entre lo correcto y lo incorrecto es algo que
todos tenemos muy presente en nuestra infancia, pero, sobre todo en el clima actual, nos
cuestionamos como adultos. Vivimos en "un universo en el que las verdades son reemplazadas
por opiniones", un universo en el que, como sugirió el teórico literario y profesor de derecho
Stanley Fish (citado en The New York Times, el 28 de enero de 1994), la muerte de la
objetividad "me libra de la obligación de tener razón" y "sólo exige de mí que sea interesante".
Da la sensación de que algunos de nosotros, en nuestros últimos años, recuperamos la
sencillez de las convicciones tempranas.
La inversión emocional en un valor no solo es reconfortante sino inspiradora. Promueve actos
de coraje y fortaleza. Tanto en la guerra como en la enfermedad o en medio de períodos de
angustia, si sentimos que estamos luchando por la vida, por aquello que es correcto, que
representa al bien y que sin lugar a dudas vale la pena, nos da fuerzas para se-guir luchando.
En Esperanza y Temor en Psicoanálisis (Mitchell, 1993) Mitchell se pregunta qué es lo que
inspira a ambos participantes de la díada analítica en esta nueva era del perspectivismo.
¿Cómo ser capaces de mantener nuestro compromiso apasionado y a su vez promoverlo en
nuestros pacientes, en un proceso que ha sido despojado de las certezas del siglo XIX? Como
Mitchell afirma sucintamente el problema radica en;
El cambio de perspectiva de que el analista conoce la Verdad hacia otra en la que conoce
una (o más) entre varias verdades posibles sobre la experiencia del paciente ha creado una
crisis de confianza en la teorización psicoanalítica y una crisis de autoridad en la confianza
y el propio auto concepto del psicoanalista. La certeza y el consiguiente optimismo que
impregnaba la teorización psicoanalítica clásica se han vuelto inaccesibles para los teóricos
analíticos o clínicos contemporáneos. ¿Es esto un problema? ¿Se tornará la incertidumbre
en una fuente de nihilismo y pavor, o en la base de un tipo diferente de conocimiento? Si
el contenido de lo que los analistas saben no es la Verdad absoluta, ¿se verá disminuida la
autoridad que los analistas pueden demandar? [páginas. 47-48].
Las firmes convicciones de Freud respecto a lo que el paciente necesita y lo que sabe el analista
son imposibles de resituar en esta época de tanta diversidad teórica. El ojo del observador
influye de modo significativo en lo que el paciente parece necesitar. Las lealtades políticas e
intelectuales modulan la manera en la que el analista cree que puede contribuir al proceso de
crecimiento del paciente.
El analista tradicional tenía la clara sensación de que lo que se necesitaba alcanzar en el
tratamiento era la superación por parte del paciente de la fuerza de instintos y pulsiones
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infantiles. Lo que necesitaba el paciente era incrementar el dominio de si mismo; lo que el
analista proporcionaba era claridad de metas y un método para su consecución.
Ahora comparemos esto con nuestra actual diversidad de opiniones sobre los objetivos y
métodos de tratamiento. En La pesadilla del actor, Christopher Durang (1980), ese mordaz
disidente del dogma católico, creó la expresión perfecta de lo que el analista moderno no
aferrado a un marco teórico concreto puede sentir. La obra de Durang presenta al protago-
nista atrapado en un guion cuya trama no puede comprender en su totalidad, tratando de-
sesperadamente de descifrar su sentido a medida que avanza. Sus esfuerzos por guiarse
usando a los demás actores como referentes deriva en confusión y desesperanza, ya que el
sentido de la trama va cambiando a lo largo de toda la obra.
Estas observaciones plantean cuestiones fundamentales sobre el tratamiento psicoanalítico y
de una forma más general, sobre la naturaleza humana. Si la esperanza es una emo-ción, ¿qué
es lo que le da su fuerza motivadora? ¿Tiene dicha esperanza una fuerza equi-valente a la de
una expectativa? ¿Deriva acaso de la certeza sobre el valor y la viabilidad de una meta? ¿De
qué modo se relacionan estas cualidades (cognitivas) con la experiencia emocional de estar
motivado por la esperanza? ¿Podemos sostener el valor emocional de la esperanza sin la
certeza cognitiva? ¿Es posible contagiar esa esperanza en psicoanáli-sis? ¿Cómo se transmite
o cultiva la esperanza en otra persona? ¿Cómo podríamos enten-der la ausencia de esperanza
y su desafortunada tendencia a mantenerse a lo largo de al-gunos tratamientos?
Los resultados de una encuesta podrían asombrar al lector respecto a nuestro gran descuido
de estos temas. Todavía no hemos alcanzado la suficiente claridad sobre la naturaleza de la
emoción (Spiegel, 1980; Buechler, 1993a) y que relación guarda con lo cognitivo (Barnett,
1968, 1980) en el tratamiento. La literatura sobre las emociones en psicoanálisis es
curiosamente consistente respecto a los sentimientos que pueden resultar disruptivos en el
trabajo, como por ejemplo la ansiedad, pero relativamente silenciosa respecto a qué es lo que
sostiene el esfuerzo continuo que el tratamiento requiere. Algunas contribuciones recientes
(Stern, 1989, 1990) han sugerido la importancia de la curiosidad para mantener vivo el espíritu
indagador. Junto a la curiosidad, la esperanza seguramente debería estar entre las fuerzas
motivadoras que impulsan a los participantes en el análisis.
Al definir la entrevista psiquiátrica, Sullivan (1954, pág. 4) considera esencial que el paciente
espere obtener beneficios de revelar sus patrones de vida característicos. El mandato de Bion,
citado con frecuencia de que el analista debe entrar a cada sesión sin memoria y sin deseo no
suele prescribirse como una meta para el paciente. Es de esperar que el paciente entre a cada
sesión con una memoria cada vez más elaborada y un ávido deseo de alcanzar, como resultado
del proceso, una vida mucho más plena.
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Al abordar la naturaleza de la esperanza en psicoanálisis, debemos preguntarnos de que forma
lo que sucede en nuestra cabeza afecta a lo que sucede en nuestro corazón y vice-versa. Si
vemos la esperanza como una expectativa, con un grado particular de certeza o
incertidumbre, se enfatiza su dimensión cognitiva, pero creo que esta forma de entender la
esperanza no explica del todo su poder motivador. Cuando nos referimos a lo que el paciente
espera obtener del tratamiento, o también a lo que el analista espera ofrecer, nos estamos
centrando en una valoración que es precisamente el aspecto cognitivo de la esperanza.
Estamos procurando explicar el fenómeno, pero solo de forma parcial. Todavía no
comprendemos totalmente de qué manera una expectativa podría en ocasiones dotarnos de
la fuerza emocional suficiente como para impulsarnos a seguir adelante.
Schachtel (1959) nos aporta un marco para el estudio de la esperanza como emoción. Como
punto de partida, Schachtel clasifica los afectos en dos categorías: los afectos arraigados, cuyo
objetivo es rebajar la tensión, y los afectos de actividad, que son nuestros esfuerzos dirigidos
hacia aquello que anhelamos. La esperanza, en su opinión, puede ser considerada desde estas
dos perspectivas. Desde la primera perspectiva, sería la expectati-va ilusoria de que las cosas
cambiarán a mejor en el futuro. Pensar que el día de mañana alguien, una circunstancia o
incluso el paso del tiempo en sí mismo conducirá a una feliz realización. Por el contrario, en el
afecto de actividad;
el presente no es vivenciado como un desierto por el que caminamos errantes para llegar
al futuro. Adquiere significado a partir de las actividades que dan sentido a la vida de uno y
/ o mediante las cuales uno trata de promover o lograr el cambio esperado. Si bien la
esperanza realista también se dirige hacia el futuro, no deja de lado el énfasis en el
presente por la anticipación del futuro [p. 39].
De esta forma, se genera un contraste entre una expectativa esencialmente pasiva de que
suceda algo en el futuro y un esfuerzo activo que confiere un poder gratificante al presente,
mientras se prepara para el futuro. El comportamiento motivado por la esperanza como un
afecto de actividad puede ser gratificante como medio para un fin, pero también como un fin
en sí mismo.
Si contemplamos desde esta categorización a ambos participantes de la diada analítica,
podemos apreciar que sus expectativas podrían no derivar en un afecto de actividad, sin
importar el grado de certeza con que se mantenga. La certeza de nuestro freudiano del siglo
XIX acerca de la Verdad puede no ser suficiente para proveerle de una esperanza que inspire
su motivación, aunque le aportaría una expectativa de éxito, si se cumplen las circunstancias
adecuadas (tener un paciente analizable). Para que su esperanza le provea de su dimensión
motivadora tendría que encarnar una actitud activa, focalizarse en el proceso, así como en los
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resultados previstos y generar entusiasmo por realizar los esfuerzos que conlleva. Lo mismo
puede decirse de su paciente. Su esperanza debería abarcar estos factores actitudinales para
ser capaz de mantener su compromiso activo.
De manera similar, Fromm (1968), al escribir sobre expectativas esperanzadoras de una vida
más plena, dice: “De hecho, este tipo de expectativa podría ser esperanza; pero no es
esperanza si tiene la cualidad pasiva de “esperar por”, hasta el punto de que la esperanza se
convierta, de hecho, en una tapadera para la resignación, en una mera ideología” (p. 6).
Debe quedar claro que, la esperanza, al igual que todas las demás emociones humanas, no
puede entenderse fuera del contexto del resto de emociones a las que se encuentra unida en
un momento dado (Buechler, 1992, 1993b). Las emociones conforman un sistema en el ser
humano (Izard, 1977) con la experiencia y expresión de cada una de ellas moduladas a su vez
por la presencia e intensidad de todas las demás. No podemos hablar de esperanza del analista
y del paciente sin hacer referencia a lo que les genera o no alegría, y a lo que les suscita o no
ansiedad, rabia o vergüenza. La esperanza estará determinada, en parte, por la capacidad de
ambos miembros para la sorpresa ante lo novedoso y por su encendida curiosidad. Como
emoción, la esperanza estará modulada por las distintas fuerzas motivadoras que la
acompañan.
Por lo tanto, desde la perspectiva de Schachtel (1959), probablemente si conocemos la
confianza del individuo en sus propias expectativas, podríamos predecir la fuerza del afecto
de arraigo de la esperanza ya que este tipo de esperanza se entiende como similar a una
valoración cognitiva. Pero para entender el poder motivador e inspirador que la esperanza da
al comportamiento tenemos que mirar más allá de las expectativas, independientemente de
la seguridad que inspiren, a una compleja gama de otras emociones y actitudes que dan forma
y forjan esta fuerza.
En la esfera de las expectativas, las esperanzas de los dos participantes pueden diferir
significativamente, creando desencuentros que resultan familiares a cualquier clínico.
Mitchell (1993) subraya las dificultades que todos enfrentamos cuando escribe sobre el
paciente neurótico que accede al tratamiento con una agenda de demandas que, para el
terapeuta, equivale al perfeccionamiento de la neurosis más que a su superación. Plantea
otras cuestiones clínicamente complejas, como las difíciles decisiones de juicio que hacemos
al evaluar si lo que el paciente quiere de nosotros es una necesidad legítima, que debería
concederse, o un deseo regresivo, que debería frustrarse. También cita casos en los que el
paciente espera que el tratamiento no resulte en un cambio o resolución “real” sino que
prefiere utilizar la terapia al servicio de mantener las cosas como estan.
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En todas estas situaciones, se espera del clínico que encarne el papel de experto, en cierto
sentido capacitado para aportar al tratamiento una visión desapegada de lo que sería bueno
para el paciente. Estas situaciones nos recuerdan que no somos meros facilitadores de un
proceso que se despliega naturalmente en el paciente. Contribuimos al proceso de forma
activa, aportando nuestra propia mirada respecto al potencial de la persona que estamos
tratando. Como instrumentos analíticos, tenemos mucho más que ofrecer que úni-camente
un método para el autoexamen del paciente. Debemos aportar más que el conoci-miento de
"cómo" llevar a cabo la exploración analítica. Deberíamos ser capaces de pro-porcionar algo
más que un “otro” observador que esté disponible para interacciones de reflexión mutua.
Necesitamos un mapa del territorio, no solo saber cómo conducir el au-tomóvil. No podemos
operar completamente sin las teorías que nos dan una idea de hacia dónde ir.
La teoría puede proporcionar el aspecto cognitivo de la esperanza, es decir, las expectativas
que el analista aporta a la interacción. Este es un tipo de esperanza que guía, pero no basta en
sí misma como fuerza motivadora. Es necesaria, pero no suficiente. Puede decirnos mucho
sobre hacia dónde vamos una vez movilizado el impulso para continuar con nuestros
esfuerzos. Tanto para el paciente como para el analista, se necesita algo más, más cercano a
la esencia de la esperanza como emoción, o en la frase de Schachtel (1959), un afecto que
promueva la conducta. Aunque es difícil de definir, la presencia de esta esperanza activa a
veces puede diferenciar al analista del paciente y formar un aspecto significativo de la
contribución del analista al proceso. Sospecho que, aunque las expectativas que traen al
tratamiento, tanto el paciente como el analista han cambiado desde la época de Freud a la
nuestra, los cambios culturales pueden no haber alterado lo que inspira.
Para algunos analistas, el tratamiento debería abordar específicamente las necesidades del
desarrollo que han quedado insatisfechas. Otros consideran que la curación se producirá si el
paciente desarrolla la capacidad de obtener provecho de aquellas cosas que la vida le brinda y
por lo tanto focalizarán su atención en el desarrollo de la capacidad del paciente para vivir
nuevas experiencias y aprender de ellas. Si el paciente pudiese experimentar plenamente lo
que en el ahora queda “desatendido” progresaría satisfactoriamente. Creer firmemente en
cualquiera de estos paradigmas u otra concepción del desarrollo, es lo que dará a los analistas
una idea de cuál es su misión en el tratamiento. ¿Pero acaso dicho sen-tido nos convertirá en
los corredores de fondo que todos necesitamos ser? ¿Nos permitirá ser capaces de atravesar
los períodos sombríos e inertes donde ningún movimiento parece posible y mucho menos
evidente?
Esto no pretende devaluar la importancia de la teoría. La claridad de propósito es un in-
grediente esencial de la esperanza. Como repite a menudo Viktor Frankl, en su conmovedora
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historia autobiográfica de supervivencia durante el Holocausto; Nietzsche captó una verdad
esencial cuando dijo que “quien tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier
cómo” (Frankl, 1985, pág. 97). Sería difícil movilizar la emoción de la esperanza sin una
sensación de convicción respecto al propósito del esfuerzo analítico.
Creo que Mitchell (1993) podría estar aludiendo a la brecha entre la expectativa y la inspiración
cuando dice: “Las formas analíticamente útiles de significado y esperanza no se encuentran
preformadas en el paciente; se generan cuando el analista ha encontrado una manera de
inspirar formas de crecimiento y expansión personalmente significativas desde adentro hacia
afuera” (p. 225). Creo que es tan difícil definir este vacío como llenarlo, aunque en mis intentos
de definir la esperanza como un componente del sistema emocio-nal y en lo que sigue, trato
de hacerlo.
En un esfuerzo por aplicar la visión de Frankl a la díada analítica puede ser de utilidad mirar
nuevamente el "por qué" de los esfuerzos, es decir, cuales son los propósitos que guían
actualmente el análisis, y de ésta forma poder entender qué es lo que inspira a los analizados
a soportar el "cómo" del análisis. Estos propósitos del esfuerzo analítico están
inextricablemente entrelazados con nuestra comprensión actual de la naturaleza del self,
materia esencial del proceso analítico. En la visión de Mitchell (1993), el tratamiento se
esfuerza por lograr la continuidad y diversidad de la experiencia del self. Si bien necesito un
sentido continuo del "yo", mi crecimiento depende igualmente de una expansión de lo que
conscientemente puede constituir "yo". Debo llegar a ser capaz de escuchar un tema y
reconocer sus posibles variaciones. Me recuerda una definición del proceso creativo descrito
como un método para "hacer que lo extraño sea familiar" y "hacer que lo familiar sea extraño"
(Gordon, 1966). El desarrollo de un sentido del yo implica el reconocimiento de cierta
consistencia personal en mi forma de abordar la vida. Debo ser capaz de conectar con un “Yo”
que me resulte familiar en momentos de extrañeza. Del mismo modo, debería ser capaz de
reconocer y tolerar mi propia discrepancia conmigo misma, apreciando los diversos matices
que emergen en mí en diferentes contextos.
A diferencia de una comprensión de la experiencia del yo basada en las pulsiones, Mitchell
sugiere que
la teoría psicoanalítica tendrá más que aportar a nuestra comprensión de la singularidad
personal si somos capaces de mantenernos alejados de una búsqueda de las raíces pre-
sociales o extra-sociales del núcleo del self o del verdadero self y focalizar nuestra atención
en lo que significa en un momento en particular vivenciarse y poder usarse a uno mismo de
una forma más o menos au-téntica [p. 150].
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La búsqueda de un núcleo basado en el cuerpo fracasa, ya que el significado de cualquie
experiencia está siempre inextricablemente entrelazado con sus funciones interpersonales.
Por lo tanto, la cuestión "¿Cuál es el propósito del psicoanálisis?" conduce a l pregunta, "¿Cuál
es el yo al que estamos tratando de llegar?" Conocer este "yo requiere que nos planteemos,
una vez más, la espinosa cuestión de la naturaleza de las motivaciones, en particular la de la
agresión y de qué forma ésta cristaliza como parte de la experiencia.
¿Es la agresión un impulso pre-establecido, una fuerza de naturaleza innata que busca úni-
camente su descarga independientemente del contexto interpersonal? ¿Es algo que pueda,
por lo tanto, reconocer como que siempre ha sido parte de mí, sin importar las circunstancias?
Si entendemos esto así ¿Acaso la experiencia cobra un sentido de mayor “profundidad” o se
genera una sensación de mayor “autenticidad” respecto a quien soy yo realmen-te? ¿He
venido a este mundo “sacando pecho” , buscando pelea? En caso de ser asi, podría atribuir a
mi experiencia de agresividad una naturaleza liberadora, y al reconocerla como algo continuo
que me motiva, tal vez mejoraría mi conocimiento de mí mismo. Por el contrario, si concibo la
agresividad como una respuesta potencial pero cuya expresión no es el producto de un anhelo
interno, para conocerme mejor tendría que entender que es lo que provoca dicha respuesta
Mitchell (1993) rechaza la idea de un impulso agresivo, pero recoge de la perspectiva clásica la
visión de la agresión como central en la experiencia humana, solo que la entiende, no como
un impulso innato sino como una respuesta del yo cuando se siente amenazado. Para mí, esta
perspectiva plantea dos cuestiones:
1. ¿Se puede diferenciar con claridad la agresión de la auto-afirmación como sugiere este
punto de vista? En caso de no ser asi, Thompson (1950) señala que resultará más difícil
excluir la posibi-lidad de un impulso agresivo / asertividad pre-establecida
2. ¿Venimos al mundo con emociones pre-programadas (más que impulsos)? Si asumimos
la perspectiva de que todo lo que está pre-programado se esfuerza por expresarse, esto
sugeriría que cada emoción básica, cada uno de los sentimientos humanos universalmente
experimentados tienen una base corporal e interpersonal y configura un aspecto del self.
Es decir, vengo al mundo con cierta predisposición a experimentar, por ejemplo, miedo.
Desarrollaré una narrativa de quien soy como una persona temerosa.
Esta narrativa, por supuesto, estará modulada por lo interpersonal y lo contextual, pero será
inevitable que esté forjada sobre algunas experiencias teñidas por el miedo, y estas, a su vez,
formarán parte de lo que yo entiendo que soy para mí misma. Vengo a este mundo con una
predisposición, una tendencia hacia el miedo, y esto impone un sentido aparte de lo que me
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pasa. Siento miedo, rabia, vergüenza; Por lo tanto, yo soy de esa forma. Por ejemplo, no sería
yo, para mí, sin mi sentido de quién soy como una persona temerosa.
Una larga historia de investigación empírica desarrollada interculturalmente (Izard, 1971;
Buechler e Izard, 1983) apoya tal punto de vista. Nociones como la creencia de Tomkins (Izard
y Tomkins, 1966) en la socialización de las emociones, sugiere que cada emoción básica es a
la vez catalizadora y organizadora de la experiencia de uno mismo.
Para hacerlo aún más complejo, podríamos ver la contribución más reciente de Kernberg
(1992) que sugiere que los componentes emocionales pre-programados son el material del
que estan forjadas las pulsiones. Aquí las emociones se ven como los ladrillos con los que estan
construidos los impulsos. Esta visión preserva imperativos constitucionales basados en el
cuerpo, pero con las emociones en lugar de los impulsos como base fundamental, abriendo
espacio para más posibilidades de diferencias individuales a nivel de estructura.
¿Qué diferencias implicarían estos distintos puntos de vista respecto a lo que se espera del
tratamiento? Viene a mi memoria la oración, que ocupa un lugar tan central, en los grupos de
Alcohóli-cos Anónimos. La que pide tener serenidad para aceptar lo que al cambio se resiste,
valor para cambiar lo que es posible cambiar y sabiduría para reconocer la diferencia entre am-
bas situaciones. No podemos esperar cambiar la forma en que la experiencia se expresa en el
cuerpo. Los pacientes que vienen a tratamiento a menudo demandan que se les haga sentir
menos enojados, menos temerosos o menos avergonzados. Ciertamente no es que estas
esperanzas sean poco razonables. El hecho de que hayamos nacido con propensión a sentir
estas emociones no implica que debamos aceptar pasivamente la experiencia de que de ellas
tengamos, pero la simple graduación que de modo implícito se halla en la esperan-za del
paciente es imposible.
Como analistas, no es posible hacer directamente a alguien menos algo. Las emociones no se
pueden subir o bajar como si estuviésemos hablando de un termostato.
La pregunta es, más bien, qué tipo de interacción en el tratamiento puede dar como resultado
que el paciente pueda disfrutar de una vida a nivel emocional más saludable, dado que alguna
experiencia con cada una de las emociones fundamentales es esencial para ser humano. El
paciente bien puede dejar el tratamiento más curioso, esperanzado, alegre y menos enojado,
temeroso o avergonzado; pero no creo que estos cambios se puedan abordar directamente
como metas. Al igual que la felicidad, estos cambios en el sistema de emociones son, sugeriría,
subproductos de una relacion saludable.
Esta posición teórica tiene implicaciones en relación al modo en que la esperanza, como un
activo motivador emocional, evoluciona a lo largo del tratamiento. ¿Es contagiosa (en el
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sentido que planteaba Sullivan respecto a las primeras experiencias de ansiedad transmitidas
de madre a hijo)? ¿Se modela?, ¿Se aprende a partir del ejemplo?
¿Cómo se transmite la esperanza al paciente?, la del analista respecto al paciente o la del
analista mismo, ¿Se contagia?, ¿Se enseña?
No creo que sea, específicamente, la esperanza del analista lo que inocula esperanza en el
paciente, sino la propia relación del analista con la vida. El paciente observa la lucha del
analista por dar sentido a las cosas, la forma en la que persevera en seguir ade-lante frente a
obstáculos aparentemente insuperables, el modo en que conserva el humor y el coraje en
situaciones que parecen no inspirar nada bueno a ninguno de los dos.
El analista tropieza, pero reacciona sin odiarse a sí mismo por ello, trabaja y se esfuerza en
recuperarse. El analista está dispuesto a trabajar duro. Procura ser honesto y no quedar
paralizado por la vergüenza. Quiere estar vivo, incluso en los momentos más difíciles.
No se repliega ante lo que no le gusta de sí mismo o del otro. Se muestra más interesado en
crecer que en tener razón, más curioso que defensivo. Puede ser herido, pero se resiste a ser
dado por muerto. Si bien es cierto que esta actitud puede ser contagiosa y puede proporcionar
un modelo, creo que lo que principalmente genera esperanza en el paciente, es su propia
experiencia de encontrar un modo de relacionarse con una persona así.
Para muchos, esta tarea requiere cambios substanciales, una modificación en todos y cada
uno de los componentes del sistema emocional. Que la curiosidad y la alegria se tornen más
profundas, que se atenúe la envidia y el odio puede derivar en la cristalización de la Esperanza.
El título del trabajo de Mitchell (Hope and Dread in Psychoanalysis, 1993) también hace
referencia al "miedo", una emoción que siento que puede tener un componente importante
de ansiedad. Es difícil saber decir si el miedo es simplemente la ausencia de esperanza o un
conjunto de emociones más complejo. Seguramente lo que si es cierto es que tratar de
afrontar la vida sin muchas esperanzas es un terreno fértil para la ansiedad. El paciente que no
es capaz de mantener o de alcanzar un sentido activo de esperanza en el tratamien-to puede
salir más dañado que ayudado.
Volviendo a nuestra venerable e impresionante analista del principio del artículo, su poder
deriva de su compromiso de vida, el cual es el contexto que da forma a sus expectativas. Como
sugirió Fromm (1968) la esperanza puede definirse como "un concomitante psíquico de la vida
y el crecimiento”(p. 13).
El aspecto activo de la esperanza que afirma un compromiso con la vida probablemente no se
comunica de forma general a través del contenido de lo que se dice, sino más bien, en el fervor
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del tono, en la fuerza de convicción que puede ser subrayada por la franqueza y contundencia
del discurso.
A lo largo del análisis, es probable que el analista transmita esto al paciente casi sin darse
cuenta, a través de su actitud, tanto profesional como personal. El amor por el trabajo, la
pasión por promover la vida y el crecimiento, una posición empática hacia sí mismo y hacia los
demás, voluntad de lucha, mantener cierto sentido del humor ante los desafíos de la vida, tal
vez sean algunos de los valores intangibles que se transmiten a través del tempo y de la
armonía de los gestos, más que a través de las propias palabras.
Aquello en lo que el analista focaliza su mirada, aquello a lo que responde, aquello por lo que
está dispuesto a romper el marco terapéutico, o lo que está dispuesto a dejar pasar en silencio,
o confronta con pasión, o expresa en primera persona, manteniendo su voluntad de pelea, a
pesar del desgaste, dice mucho de quien es el analista. Lo mismo podría decirse del espacio
de supervisión donde las actitudes ante el tratamiento y la vida, tanto del supervisor como del
supervisado son analizadas a menudo, explícita e implicitamente.
La relación entre escritor y lector también proporciona vías para la inspiración de la esperanza.
Probablemente seamos capaces de aprender y asimilar más de un autor por quién es y cómo
se comporta ante nosotros que por lo que nos dice.
Por ejemplo, en las últimas páginas de su libro, Mitchell (1993) expresa su esperanza de que
su trabajo sea “valorado sin ser sacralizado”(p. 230). Como sus lectores, nos ha facilitado el
acceso a la experiencia personal y profesional de un analista profundamente reflexivo
Hemos podido verle trabajar duro por dar sentido a sus experiencias en el tratamiento. Le
hemos escuchado respecto a cómo su esfuerzo por ser un buen padre nutría su comprensión
analítica. Nos ha permitido ser testigos de la fertilización cruzada entre su vida pública y
privada. Hemos, de forma parcial, vivenciado los valores de su trabajo clínico gracias a su
cercanía como escritor. Hemos sentido su pasión y compromiso con la vida y el desarrollo.
Tenemos la oportunidad de cosechar su esperanza.
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Original recibido con fecha: 17/5/2022 Revisado: 30/3/2023 Aceptado: 30/4/2023
NOTAS:
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